José Luis Romero frente al fascismo y al antifascismo

ANDRÉS BISSO

(Universidad  Nacional de La Plata/ CONICET)

Introducción

La aparición y el desarrollo del fascismo, y de sus recreaciones más o menos célebres, significaron un hecho de tanta gravitación en el período de entreguerras, que resulta imposible pensar que ello pudiera haber pasado desapercibido para un historiador como José Luis Romero. En su atención al fenómeno, como en muchos otros que requirieron su interés, la perspectiva disciplinar y el compromiso cívico se retroalimentaban, a través de lógicas que les eran propias, que no podían asimilarse de manera completa y que eran desplegadas consecuentemente y en paralelo por Romero, a través de puntillosas reflexiones.

El nacimiento inmediato de una corriente antifascista que, inicialmente se pensaba como mero espejo negativo de los valores de su contrincante[1], pero luego evolucionaría con ramificaciones y sentidos propios según su desarrollo temporal y sus diversas derivas nacionales[2], también llamaría la atención de Romero, quien se situaría claramente en dicho campo, pero sin dejar de identificar y reflexionar de manera crítica acerca de algunos de los dilemas que podían advertirse dentro de ese campo heterogéneo de voluntades sumadas en contra del llamado “totalitarismo pardo”.

Las contribuciones de Romero a dicho debate se avivarían a partir de la “tragedia española” y se multiplicarían especialmente una vez estallada la Segunda Guerra Mundial.

Romero ante la Segunda Guerra Mundial. Ejercicios de reflexión frente a una apelación antifascista no del todo confortable.

Cinco días después de que Hitler forzara a los franceses a firmar un armisticio muy parecido a una capitulación absoluta, en el mismo vagón en el que los alemanes habían reconocido su derrota en la Primera Guerra Mundial, se publicaba –en el semanario antifascista Argentina Libre[3]– un artículo[4] (cuya relevancia fue identificada y su contenido minuciosamente recorrido, ya al comienzo de este siglo, por Tulio Halperin Donghi[5]) en el que José Luis Romero advertía la gravedad y los alcances de dicho suceso no sólo para los europeos, sino para toda una cadena de “entes”, así por él definidos, que –según se detallaba en un orden de cercanía creciente como si se tratara de mamushkas– se encontraban correlativamente en peligro: la cultura occidental; “las generaciones que hoy florecen”; el continente americano; la República Argentina; y, por último, la propia existencia personal[6].

Así, la reaparición del vagón de Compiègne en las portadas de los diarios no debía a ojos de Romero –en ese año de 1940- asombrar tanto a los contemporáneos, ya que “aunque dramático, y acaso decisivo, la actual guerra europea no es sino un episodio de un proceso que se desenvuelve en la cultura occidental desde 1914”[7]. Teniendo en cuenta la complejidad dinámica de dicho proceso, resultaba fácil advertir las inconsistencias aparentes que podían surgir de la colisión entre postulados ideológicos y embanderamientos geopolíticos[8], en una línea ya detectada en el uso interno por Borges (ese “literato exquisito”[9]) al comienzo mismo de la segunda conflagración, en un artículo precisamente intitulado “Ensayo de imparcialidad”[10].

En la necesidad de ver más allá de las noticias cablegráficas del momento y de comprender cabalmente ese proceso en su devenir ulterior, Romero señalaba que el escritor debía escindirse del “hombre de la calle”. Si el segundo “vive” y “siente las urgencias de su medio y de su tiempo”, debiendo por lo tanto “tomar partido” con premura, el primero, en cambio debe observar y reflexionar enhebrando “los hilos sutiles que encadenan la conducta humana” para poder descubrir la realidad profunda, de manera “lenta y delicada” (esos eran el timing y la forma con que adjetivaba la labor intelectual). El “humilde heroísmo” del escritor –una especie de hermoso oxímoron- debía consistir, por lo tanto, en “ver claro en la densa maraña de la vida”[11] y evitar las urgencias para posicionarse.

Al calor de esa dualidad nunca del todo desagregada del “hombre de la calle” y el “escritor”[12], Romero había ido construyendo una actitud antifascista que contemplaba un apoyo -solamente condicional- a los Aliados en la Segunda Guerra Mundial. A diferencia de otros referentes socialistas, a esa altura del “Partido” embanderados ya abiertamente bajo la causa británica[13], Romero no dejaría de mantener vigentes los condicionamientos antiimperialistas y americanistas que consideraba afines a una perspectiva antifascista de vigilancia democrática y no condescendiente con las actitudes previas de las “grandes potencias” (Inglaterra y Francia), que las habían hecho acreedoras a fuertes críticas en el interior de la izquierda y del republicanismo, en particular en relación con lo ocurrido durante la Guerra Civil española[14], causa con la que Romero se mantendría comprometido, más allá del episodio bélico específico[15].

Considerando todas esas alternativas de posicionamiento, el historiador no olvidaba señalar –a menos de un año de comenzada la Segunda Guerra Mundial- que:

“las reticencias con que algunos nos adherimos a la causa de los aliados se deben a la debilidad con que la han defendido [se refiere a  ‘la libertad’, A. B.] los hijos de quienes la conquistaron y la afirmaron mediante las formas jurídicas de la democracia”[16].

La postura –en parte distanciada- frente al esfuerzo bélico que a esa altura reposaba sólo en el imperio británico, le permitiría, de paso, dilatar un posicionamiento tajante en relación con el tipo de neutralidad que mantenían los gobiernos americanos (y dentro de ellos el argentino, conducido por Ortiz), señalando incluso su conveniencia estratégica, al señalar que

“acaso se pueda sostener la necesidad que en nuestro país el Estado mantenga su neutralidad, y acaso convenga que, mientras se pueda, América no sea llevada a una lucha donde se juegan intereses que no son sino en parte los suyos”[17].

Esa posición se encontraba en línea con la comprensión expresada previamente, e incluso de forma algo irónica, por otros escritores socialistas como Enrique Anderson Imbert. En efecto, unos meses antes, la beligerancia exacerbada había sido previamente satirizada en clave porteña por el autor de “Cassette”, en la misma publicación, al decir:

“Ningún argentino ha discutido ni objetado la neutralidad decretada por la República. No ‘nos mandemos la parte’. ¿Para qué enardecemos en posiciones beligerantes, si en el fondo estamos contentos con la neutralidad? Es como insultar en la calle Florida, sabiendo que nadie nos dejará pelear”[18].

Sucedía que, en los primeros meses del año 1940, la estrella del presidente Ortiz todavía estaba fulgurante en sus intentos de renovación democrática y posicionamiento antitotalitario[19] y la respetada figura de Roosevelt permitía mantener una cerrada convicción en torno a la posibilidad que tenía el continente de mantenerse formalmente neutral y de no participar directamente en la conflagración, sin dejar por ello de tener una sentada posición en contra de la avanzada alemana[20].

De allí que la neutralidad argentina no fuera leída en los términos favorables al nazismo con los que se la identificaría desde la gestión de Ramón Castillo, por parte de algunos propios y la mayoría de los extraños. Según señalaría Romero post facto, la orientación “benévola para con las potencias democráticas” cambiaría, ya que “sobre el ánimo –bien predispuesto por cierto- de Castillo comenzó a gravitar la presión de los grupos filonazis y el gobierno aceptó virar el rumbo” con la complacencia de “los movimientos neutralistas que apenas disimulaban sus simpatías totalitarias”[21].

Pero volviendo a la perspectiva americanista, Romero tendría algo más para agregar, evitando liberar de culpa y cargo a las potencias imperialistas democráticas y proponiendo una idea de unidad continental de resonancias bolivarianas, pensada precisamente, tanto para evitar las influencias externas como para asegurar la preservación nacional[22], en un tono que podría haberse intercalado con el manifiesto que –ese mismo año- daba a conocer Oliverio Girondo, y que le provocaría un duro cruce verbal con Emilio Mitre, referente del aliadismo anglófilo[23].

Teniendo en cuenta una confluyente perspectiva nacional y americana, Romero remarcaba que -como ya ha citado Halperin[24]– la política imperialista debía “ser condenada donde se la encuentre y debemos confesar que se la encuentra en ambos bandos: más blanda e insidiosa en uno, más fuerte y prepotente en otro”[25] y que por ello convertir a

“América [en] una isla de libertad es empresa que justifica la movilización de las conciencias libres. Al escritor americano le corresponde precisar las líneas, las raíces, los contenidos de este ideal relativamente cercano que creo percibir en muchos hombres de nuestra generación”[26].

La defensa de la unidad del continente en una especie de “Liga Aquea”, metáfora afín a sus intereses historiográficos, lo llevaría a la estructuración de una estrategia particularmente afín al relato panamericanista, aunque supeditada a ciertas reglas de convivencia. Esa “alianza democrática continental”[27] sería, a los ojos del escritor, la única capaz de “asegurar a nuestros países el mantenimiento de nuestra soberanía”[28].

Sin embargo, ni las condiciones relativamente periféricas del país, ni la necesidad de un análisis medular de las condiciones bélicas “desde América”, podrían impedir que –en Romero- volviera a “aflorar” la necesidad de un posicionamiento que no diera lugar a malos entendidos con respecto a su antifascismo y al lugar político a adoptar: “de ningún modo significa esto que la conciencia americana deba sustraerse a la valoración relativa de las fuerzas en pugna; sin duda surge de ella una preferencia”[29]. ¿Quién era “dentro” de Romero el que –a pesar de todo- realizaba la algo desganada opción por los Aliados, el “hombre de la calle” o “el escritor”?

Podría decirse que “ambos”, con dos condicionalidades diversas. Si Romero escribía que “como solución inmediata —como solución del hombre de la calle— prefiero, pues, en los aliados la coacción menos dura”, en tanto “escritor -que existe por la libertad”[30] también debía “ser más que nadie sensible a la coacción: enemigo de todos los que la restringen y más enemigo de quienes la restringen más; en tal sentido, el régimen nazi recoge la más triste de las supremacías”[31].

Por otro lado, más allá del posicionamiento final y de la “toma de partido” dada –digamos- en última instancia, una cuestión ciertamente interesante en esta definición acerca del rol del “escritor”, para el diálogo en el interior de campo antifascista, es la justificación del posicionamiento que Romero hace surgir de la identificación de la tarea intelectual con la idea de “Libertad”, antes que con la de “Cultura”.

Así, en este caso, el historiador socialista realizaría una modulación a destacar con respecto de la tradición de los “escritores antifascistas”, según la había cristalizado localmente –a partir de la herencia de Barbusse y Rolland- la Alianza de Intelectuales, Artistas, Periodistas y Escritores (AIAPE), creada por Aníbal Ponce en 1935. Esta asociación al poner en el centro de la actividad intelectual –como ya ha analizado tempranamente James Cane[32]– la tarea de la “Defensa de la Cultura”, preveía ciertas traducciones en la práctica política, de las cuales Romero quizás no estuviera tan seguro, ante los peligros de su utilización “faccional”, la cual –en el caso de la AIAPE- se mostraría luego crecientemente evidente bajo la dirección de Emilio Troise, primero como figura asociativa de relevancia y luego como, directamente, sucesor del fallecido Ponce en la presidencia[33]

Así, consideramos que al poner el acento en la identificación de la tarea intelectual preeminentemente con la de la “Libertad”, Romero permitía desentender al escritor tanto de un “deber profesional” y “corporativo” en relación con su posicionamiento, como de una exigencia de integrarse a una colectividad “militante” que diseñara el “compromiso” bajo la gravitación de una especificidad intelectual.

Si bien la actividad de reflexión intelectual era indiscutiblemente necesaria, en relación con su capacidad de expresar una “verdad precursora”, y por ende cuestionadora de cualquier poder político coyuntural, este lugar –por otro lado- conducía de manera inevitable a cierta “marginalidad” de su voz, frente a otras pretensiones que otorgaban al intelectual un rol de tipo “rector”[34]. Por ello, para Romero, si el escritor debía “fundirse” –por la presión del momento en que vivía- con el colectivo social, lo debía hacer antes –como demostraremos en una cita próxima- en su condición de “hombre de la calle”, que bajo la especialidad de su métier.

Esto se tensaba con la visión de sus colegas de la AIAPE, quienes –repitiendo la mirada de un ya fallecido Ponce- “ataban” a los intelectuales a un marcado rol de modeladores culturales bajo un patrón ideológico preestablecido y preeminente, al definirlos (y autodefinirse) como los “depositarios del haber de cultura acumulado por la humanidad en siglos de luchas penosísimas y de tenaces esfuerzos”[35], lo que suponía –a su vez- que debían

“hacerse cargo del deber impostergable que les señala este momento. A ellos, antes que nadie les corresponde aprestarse  a  la  defensa   del   tesoro   que   guardan   y acrecientan, y denunciar ante los pueblos la amenaza que se cierne sobre la cultura”[36].

En efecto, ya unos años antes del posicionamiento en relación con la Segunda Guerra Mundial, Romero había advertido que el compromiso del intelectual debía surgir de una voluntad personal que no debía estar afectada por la capacidad colectivizadora de las reglas y redes del campo cultural o académico. Así, muy  lúcidamente, señalaba en un texto sobre “las facciones”:

“Y si una vocación íntima o un sentido del deber de la hora lo lleva [al escritor o intelectual, A. B.] a inclinarse sobre los problemas político-sociales, no intente dirigirlos o encaminarlos con los presupuestos de su función específica, con los esquemas de su estructura mental y con los criterios de acción que se elaboran en los gabinetes: ya sabemos desde Platón el resultado de esta traducción de destinos”[37].

Militante político por un lado, y espíritu pensador por el otro, Romero parecía desconfiar de las traducciones fáciles de certezas y estrategias de apelación entre ambas esferas, aunque -por otro lado- fuera consciente de la imposibilidad de desanudar ambas experiencias inscriptas sobre el registro de la vida cotidiana y sobre las siempre cambiantes modulaciones de la coyuntura histórica, que lo hacían –incluso en tiempos de euforia- matizar el entusiasmo con la atención a la complejidad[38].

De esta manera, la reflexión de Romero sobre cómo oponerse al fascismo resultó estar, a lo largo del período de su dominio en Italia y Alemania, particularmente atenta a no servir de “excusa” para la avanzada de los “viejos imperios” sobre los intereses nacionales y plantear soluciones que no implicaran la mera oposición, dando cuenta incluso –en la línea previa, entre otros, de Lisandro de la Torre[39]– de las ventajas “objetivas” –aunque no necesariamente deseadas por los regímenes señalados- que la aparición de estos movimientos tenían como catalizadores de transformaciones sociales revolucionarias y de la emergencia de las “masas” en la política. Romero lo resumiría, pocos años después, de esta manera:

“aunque a un precio subido, el nazifascismo cumplió una innegable misión histórica: romper en los países occidentales el tabú que la conciencia burguesa había creado respecto de las aspiraciones de las masas en ascenso desde la Revolución industrial”[40].

En línea con esa reflexión, Romero sostenía que –de la misma manera que había sucedido en Europa- el peronismo, en Argentina, había producido una equivalente politización y un “ascenso repentino de las masas”[41].

Así, una vez desaparecida lo que consideraba la amenaza global de dichos movimientos, pero activada la pulsión social de una manera en que no podía darse marcha atrás, el surgimiento del peronismo como filiación supuesta y asumida por la mayoría de los más enfáticos contradictores locales del totalitarismo los obligaría a reformular la descripción de esa ideología para accionarla en función con su militancia política local.

¿Un fascismo después del fascismo? Límites y alcances de la receta “antifascista” para juzgar y conjurar al peronismo en José Luis Romero.

Una vez disipada, en 1945, la amenaza nazi-fascista en el plano internacional, con la rendición alemana en mayo y el fin de la guerra en agosto de ese año, la movilización de la llamada “Resistencia” argentina forzaría a los diversos sectores políticos a sentar posición en relación con el dilema de las formas de continuidad del gobierno militar que derrocó a Castillo con respecto del surgente fenómeno del peronismo (proceso más tarde catalogado por Romero como el de la “revolución desembozadamente pronazi de 1943 a la que se debe el advenimiento final del fascismo con el gobierno de Perón”[42]).

Aunque la relación entre los totalitarismos derrotados en la guerra y la experiencia abierta por el coronel Perón resultaba clara para el grupo de “demócratas”argentinos[43], los alcances concretos de lo que depararía la concreción duradera de esa experiencia se aparecían con menor precisión, ante la novedad de la aparición de una “masa” consideraba especialmente voluble e impredecible[44].

Esta incertidumbre sería rápidamente reconocida por Romero, quien en una tan irónica como apesadumbrada referencia libre al “Manifiesto Comunista”, señalaría en un mitin universitario en 1945, en tiempos de campaña electoral: “un fantasma recorre la tierra libérrima en que nacieron Echeverría y Alberdi, Rivadavia y Sarmiento: el fantasma fatídico que se levanta de las tumbas apenas cerradas de Mussolini y Hitler”[45].

Al quedar resueltas –y confirmadas- esas ansiedades con la derrota de la “Unión Democrática”, José Luis Romero comenzaría a analizar –bajo la necesidad de complejizarlas- las líneas de relación entre el peronismo y el totalitarismo que –como dijimos- le seguirían resultando evidentes[46], aunque a diferencia de otros actores, no le permitiesen la indulgencia para el conglomerado político del que había participado[47] y lo obligaran a pensar –ahora ya oficialmente inscripto en las filas del socialismo- cuál era el desafío político para acercar a esas “masas” que la situación de posguerra había derivado hacia el lado “contrario”, aprendiendo a “distinguir con matizada sutileza la artera habilidad de los aprovechados corifeos de circunstancia, de la vaga pero auténtica conciencia revolucionaria que alienta en los distintos semicoros”[48].

Nuevamente, la requisitoria de la acción unida a la reflexión lo invitarían rápidamente a la autocrítica, ya que si bien aseguraba la existencia de “grupos notoriamente reaccionarios o fascistas” dentro del peronismo, reconocía que –a pesar de ello- dicho movimiento (en algo que lo distinguía de la “línea del fascismo” local de los años treinta[49]) había sabido expresar un anhelo de amplios sectores que eran democráticos, a los que el socialismo -en particular- no había logrado interesar en ese momento. Si estaba seguro de las “verdades” que sostenía su formación política, ya inmediatamente producida la derrota electoral, Romero instaría la necesidad de replantearse “la eficacia de los procedimientos utilizados para lograr la adhesión de las masas populares”[50].

Una vez instalado el peronismo en el poder de manera más sólida, la oportunidad de derivar el cauce de esas masas hacia el socialismo pareció volverse cada vez más estrecha. De allí que la propia mirada de Romero, que conservaba en los primeros momentos la vivacidad de la autocrítica y la confianza de un período novedoso e inaugural, se volviera fluctuante: si en ocasiones las veía politizadas y abiertas a la prédica del socialismo, en otros momentos las consideraría demasiado “simplistas” y sujetas a los poderes autocráticos. Con todo, siempre confiaría en que ese ingreso había sido necesario e irreversible como dato de actuación política[51].

Una vez producido el golpe de Estado de 1955, se impondría con más fuerza en Romero una mirada sobre la conexión entre el “fascismo criollo” y el peronismo, que había sido adelantada en forma de bosquejo en el epílogo de Las ideas políticas… y que sería sistematizada, extendida en el tiempo y sostenida con especial énfasis en el capítulo “La línea del fascismo” agregado en la segunda edición de 1956,  y que no parece haber estado tan presente en los juicios previos, contemporáneos a los hechos referidos. Esta relación –con crecientes énfasis en las adjetivaciones negativas- subrayaría la importancia del surgimiento del “fascismo argentino” a partir del golpe de Uriburu, encargado –como sostendría en los años cincuenta- de iniciar “las auras maléficas del fascismo que comenzaba a viciar la vida nacional”[52], estableciendo así un “ciclo del fascismo argentino”, denominado “de los veinticinco años amargos”, que unificaba como males equivalentes al uriburismo, al período fradulento, al golpe del ’43 y al peronismo, en una línea que desdibujaba enfáticamente la originalidad del último de esos procesos[53].

Dicha equiparación, aunque levemente descarrilada en relación a algunas inquietudes previas del autor, resultaba particularmente sólida para enlazar las perspectivas de los renacidos sectores“democráticos” que esperaban de la Revolución Libertadora, la transición a una “fórmula supletoria”, como indicaba el décimo capítulo de Las ideas políticas incorporado en la década del setenta,  que permitiera “hallar el modo de encaminar” el país “hacia el establecimiento de una democracia legítima”[54]. Como el propio Romero se ocuparía de reconocer, esa fórmula resultaría “infructuosa”[55] y el peronismo retornaría al poder en 1973.

Conclusión

Según hemos visto, el repudio del fascismo como sistema político era, por parte de Romero, indubitable. El mantenimiento de sus convicciones socialistas y humanistas no podía más que colocarlo en esa posición. Sin embargo, su pretensión de historiador y analista social lo obligaban a reconocer las innovaciones que ese fenómeno había provocado, las previas razones que habían coadyuvado a su posibilidad de existencia y, en especial, las transformaciones inevitables que su emergencia había desatado en la relación entre “política” y “masas”. Su postura frente al peronismo, en efecto, tendría una similar intención.

Por otro lado, aunque se hallaba situado en el extenso campo de quienes se oponían al fascismo, Romero no estaría dispuesto a asumir de manera automática las posiciones que las principales corrientes del antifascismo local –bien la liberalsocialista, bien la comunista- consideraban indisolublemente ligadas a esa causa. Esto sería especialmente cierto en relación al lugar geopolítico que la Argentina debía ocupar, lo que colocaba su opinión –especialmente en los primeros años de la Segunda Guerra Mundial- distanciada tanto de la que se contentaba con definir la disputa bélica como una desinteresada “cruzada democrática” como de aquella que la tachaba –al menos hasta mediados de 1941- de mera “guerra entre imperialismos”.


[1] En ocasiones, casi se pensaba positivamente el aporte que había hecho el fascismo para permitir aclarar –por oposición a él- las ideas propias, como lo sostendría Klaus Mann: “El Fascismo- por paradójico que esto suena- hace que sea más fácil para nosotros de aclarar y definir la naturaleza y el aspecto de lo que queremos. Nuestra visión se opondrá, punto por punto, a la práctica del fascismo. Lo que este último destruye, el humanismo socialista defenderá, lo que este defiende, se destruirá”. Citado en Pieper Mooney, Jadwiga, “El antifascismo como fuerza movilizadora: Fanny Edelman y la Federación Democrática Internacional de Mujeres (FDIM)”, Anuario IEHS, n° 28, 2013, p. 212.

[2] Como se ha señalado en una compilación multinacional sobre dicha corriente: “el antifascismo era cualquier cosa menos un movimiento estructurado con una clara direccionalidad, y por lo tanto era trasladado hacia diferentes y cambiantes propuestas y retoricas de acción”. García, Hugo; Mercedes Yusta; Xavier Tabet y Cristina Clímaco (eds.), “Introduction”, Rethinking antifascism. History, memory and politics. 1922 to present, New York-Oxford, Berghahn Books, 2016, p. 4. Mi traducción.

[3] Tan antifascista que luego de que el gobierno militar surgido en 1943 impidiera que Argentina Libre (frente a la suposición que dicho título pudiera actuar como una velada demanda democratizadora) se siguiera denominando de esa manera, el semanario pasaría a titularse -ingeniosamente- nada menos que Antinazi, con lo cual los temores de su carácter cuestionador continuarían intactos, sin que en este caso el gobierno de facto pudiera hacer demasiado, pues la prohibición de dicha definición podría suponer una connivencia con las potencias del Eje que la administración de Farrell no estaba, ya a esa altura, dispuesta a asumir abiertamente. Ver nuestro: “Argentina Libre y Antinazi: dos revistas en torno de una propuesta político-cultural sobre el antifascismo argentino, 1940-1946”, Temas de nuestra américa, UNA, Costa Rica, 25, 47, 2009, pp. 63-84; y Nállim, Jorge, “Del antifascismo al antiperonismo: Argentina Libre,…Antinazi y el surgimiento del antiperonismo político e intelectual”, Buenos Aires, Iberoamericana, 2006, pp. 77-105.

[4] Romero, José Luis (en adelante, JLR), “El escritor –que existe por la libertad– debe repudiar al nazismo”. Argentina Libre, 27 de junio de 1940. Todos los textos citados de JLR (a excepción que se indique lo contrario) se encuentran en: jlromero.com.ar

[5] Halperin identificaría este artículo (también bajo el clima de la “caída de París” y en tanto disparador de los que posteriormente Romero escribiría en la misma revista) como una forma de recuperar intelectualmente los intentos (que para Alfredo Palacios resultaban a esa altura imposibles de realizar en términos políticos) de compatibilizar un cerrado antihitlerismo con una igualmente marcada toma de posición antiimperialista que no apareciera como disminuyente de aquel. Halperin Donghi, Tulio, La Argentina y la tormenta del mundo, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003, pp. 186-7. En sintonía con lo dicho, al analizar Carlos Miguel Herrera de manera más detallada los vínculos políticos efectivos entre Palacios y Romero, nos permite pensar que la apuesta del texto de Romero superaba la instancia de “ensayo intelectual” y quizás podría entenderse como un alegato de mantenimiento de esas premisas antiimperialistas en un contexto que por razones de estrategia política se le hacían imposible al “Maestro” expresar de manera más enfática y ampliada. Herrera, Carlos Miguel, “Romero, socialista”, Anuario del CEH “Segreti”, Córdoba, 20, 20, 2020, pp. 1-25. Recordemos en efecto, que no en pocas ocasiones, las opiniones antiimperialistas de Palacios llegarían a ser usadas por los propios hitleristas locales como forma de legitimar su propia propaganda antibritánica, como hemos analizado en nuestro: “Voceros de Hitler en la Argentina Análisis de la tarea propagandística del diario pro-nazi Deutsche La Plata Zeitung en su edición en castellano (1941-1944)”, Índice, 37, 25, 2007, pp. 247-280. Lo que, sin embargo, no impedía que Palacios siguiera expresándolas, incluso teniendo al propio F. D. Roosevelt como interlocutor, como sucedería con el pedido que le hiciera –en plena guerra- de liberar presos políticos puertorriqueños Palacios, Alfredo, Cartas a Roosevelt sobre Puerto Rico, Buenos Aires, Futuro, 1943.

[6] JLR, “El escritor –que existe por la libertad-…”

[7] Ídem

[8] Aunque finalmente, en su obra de temprana posguerra, Romero terminaría resumiendo que “por encima del conflicto imperialista, el conflicto ideológico ha adquirido una significación extraordinaria en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial. El nazifascismo era, sobre todo, la encarnación diabólica de la conciencia antirrevolucionaria, organizada del modo más eficaz que pudiera concebirse: reivindicando para sí la actitud exterior de la revolución y construyendo un aparato de camuflaje para poner a su servicio a las masas en trance de ascenso económico-social. Y frente al nazifascismo, las potencias occidentales, democráticas y capitalistas se aliaron con Rusia soviética para salvar el destino de la conciencia revolucionaria, pese a la radical diversidad que caracteriza a sus respectivas concepciones de la revolución. No hay paradoja: aun defendiendo el imperio británico, Churchill defendía más celosamente la concepción revolucionaria que un Hitler apoyado en el Arbeiterfront.”. JLR, El ciclo de la revolución contemporánea, 1948.

[9] Así lo definía Romero, bajo el seudónimo de José Ruiz Morelo, en “Lo representativo del alma popular”, 1946.

[10] Borges enumeraba, de esta manera, las múltiples contradicciones circulantes en el país acerca del suceso: “El que ha jurado que la guerra es una especie de yihad liberal contra las dictaduras, acto continuo anhela que Mussolini milite contra Hitler: operación  que aniquilaría su tesis. El que juraba hace cuarenta días que Varsovia era inexpugnable, ahora se admira (con sinceridad) de que haya resistido algún tiempo. El que denuncia las piraterías inglesas es el que aprueba con fervor que Adolf Hitler obre a lo Zarathustra, más allá del bien y del mal. El que proclama que el nazismo es un régimen que nos libra de charlatanes parlamentarios y que entrega el gobierno de las naciones a un grupo de strong silent men, escucha embelesado las efusiones del incesante Hitler o -placer  aún  más  secreto- de  Goering.  El que pondera la presente inacción de las armas francesas aplaudirá esta noche los síntomas iniciales de una ofensiva. El que reprueba la codicia de Hitler saluda con veneración la de Stalin. El rencoroso augur de la desintegración inmediata del injusto Imperio Británico, demuestra que Alemania tiene derecho a la posesión de colonias (anotemos, de paso, que esa yuxtaposición de las voces colonias y derecho es lo que alguna ciencia muerta -la lógica- denominaba una contradictio in adjecto). El que rechaza con  supersticioso pavor la mera insinuación de que el Reich puede ser derrotado, finge que el menor éxito de sus armas es un incomprensible milagro. No prosigo; no quiero que esta página sea infinita”. Borges, Jorge Luis, “Ensayo de imparcialidad”, Sur, 61, octubre de 1939, pp. 27-28.

[11] JLR, “El escritor –que existe por la libertad-…”

[12] Halperin sí parece ver la oposición de una manera más clara, en tanto indica que el esfuerzo de Romero como “escritor” estaba destinado precisamente a “buscar una alternativa que hiciera innecesaria esa opción entre dos males” entre los que el “hombre de la calle” debía necesariamente optar. La Argentina y la tormenta, p. 186.

[13] Apenas un mes después del artículo referido, Nicolás Repetto publicaba, en la misma Argentina Libre, una respuesta a la “gente que se ha dado en criticar acerbamente al imperialismo británico, que en este momento no es nuestro enemigo, que no nos amenaza en forma ni grado algunos y que, por el contrario, lucha solo por la libertad en todo el mundo”. Repetto, Nicolás, “El imperialismo inglés” (25 de julio de 1940), en: Política internacional, Buenos Aires, La Vanguardia, 1943, p. 32.

[14] Pensemos en ese sentido, la condena que presentaba el Comité Pro Defensa de los Derechos del Pueblo Español, presidido por el socialista Antonio Zamora, cuando señalaba: “El Comité deplora la falsa situación en que se colocan ciertos gobiernos democráticos, que en la anterior conflagración mundial, protestaban indignados contra el bombardeo de algunas ciudades belgas, y que ahora, al impedir, contra todo derecho, el armamento del gobierno legal, conducen al martirizado pueblo español, a la trágica situación presente, preanuncio de terribles desgracias para la humanidad toda”. Claridad, Mayo de 1937, p. s/n. Romero, según dialogó con Félix Luna, estuvo en España hasta pocos días antes de  la explosión de la Guerra Civil, y quedaría impactado especialmente –en eso se asemeja a Ponce- por las demostraciones de fervor obrero y campesino de la época: “En los ferrocarriles andaluces se cruzaban los campos y se veía a los campesinos levantando el puño…era un espectáculo muy impresionante”. JLR, Conversaciones con Félix Luna, 1976.

[15] Como podemos ver, por ejemplo, a partir de sus recurrentes colaboraciones en el proyecto editorial de los años cuarenta, dirigido por los exiliados republicanos Serrano Plaja y Varela y titulado De Mar a Mar. Esta solidaridad aparecía todavía incluso en obras “informativas” de los años ’50, como cuando en la entrada “Historia contemporánea” de la Editorial Jackson, Romero lamentaba: “Por su parte ni la UN ni los países del bloque anglosajón lograron modificar el régimen del general Franco en España, al que se acusaba de entendimiento con el Eje y con el que la UN aconsejó no mantener relaciones diplomáticas”. JLR, “Historia contemporánea” en: Enciclopedia práctica Jackson, 1951.

[16] JLR, “El escritor que existe…”

[17] Ídem.

[18] Anderson Imbert, Enrique, “El intelectual frente a la guerra”, Argentina Libre, 28 de marzo de 1940, p. 9.

[19] Luego de la intervención a la provincia de Buenos Aires, el presidente Ortiz gozó de un momento –aunque efímero- de encumbramiento. Además de lograr converger, al asestarle el golpe a Fresco, las credenciales antifascistas con las antifraudulentas, Ortiz alcanzaría el momentáneo apoyo del Ejército con esa decisión. Así, como se ha señalado: “el ministro de Guerra, Carlos Márquez, y la oficialidad más cercana a él se identificaban con las tradiciones liberales de la Argentina y apoyaban al presidente en su política encaminada a la restauración de los métodos electorales limpios”. López, Ignacio, “El desmantelamiento del ‘fraude patriótico’: las intervenciones federales durante la presidencia de Roberto M. Ortiz (1938-1940)”, Anuario del CEH “Segreti”, año 11, n° 11, 2011, p. 125.

[20] El 10 de Mayo de 1940, en su discurso radial con objeto de inaugurar el 8º Congreso Científico Panamericano, Roosevelt haría esa distinción entre pacifismo y aislacionismo, en los siguientes términos: “Yo soy pacifista. Ustedes, mis compañeros, ciudadanos de veintiuna naciones, también son pacifistas. Pero yo creo que por mayoría abrumadora en toda América, ustedes y yo, en última instancia y de ser necesario, actuaremos de manera conjunta para proteger y defender, por todos los medios que dispongamos, nuestra ciencia, nuestra cultura, nuestra libertad americana y nuestra civilización”. “Washington, DC –Radio address before 8th Pan American Scientific Congress (20 min)”. Traducción mía directa del audio, disponible en https://www.fdrlibrary.org/utterancesfdr#afdr167

[21] Al no poder contar con la opinión de Romero que discontinuaría su participación en Argentina Libre meses antes de Pearl Harbour y la consecuente declaración de Río de Janeiro, a partir de la que las naciones americanas, con excepción de Chile y Argentina, romperían relaciones con el Eje, nos remitimos a su mirada posterior, expresada en el célebre Las ideas políticas en Argentina, Capítulo “La línea del fascismo” (agregado a la segunda edición de 1956), en: FCE, Buenos Aires, 1987, p. 241.

[22] Esta necesidad preveía ciertos frenos, incluso, a las presiones frente a la potencia continental que se estaba desarrollando al calor de la Segunda Guerra (Estados Unidos) ya que Romero preveía “una alianza continental cuya fuerza pueda equilibrar la de las grandes masas políticas en formación o en reajuste, sin descontar el eventual auxilio de potencias solidarias —en este caso los Estados Unidos— cuya ayuda debe ser aceptada en condiciones tales que no pueda convertirse en una nueva dominación. Solo la alianza continental puede tratar de igual a igual con la gran potencia del Norte, y solo el gran bloque continental podrá oponerse a los grandes bloques que resulten de esta contienda”. JLR, “El problema de las alianzas”, Argentina Libre, 17 de julio de 1941. Este proyecto que contaba con la capacidad de contener las excesivas aspiraciones estadounidenses sería juzgado por Halperin Donghi como presentado “con demasiado optimismo” (La Argentina y el mundo…, p. 189) frente a la evolución posterior de dicha potencia. Con todo, es cierto que casi dos décadas después de la frase aludida y ante el nuevo panorama creado por la guerra fría y la revolución cubana, Romero no parecía ser nada “ingenuo” frente al colonialismo norteamericano, al señalar: “¿Cómo podría tomarse en serio un comentario en el que se habla de la ‘buena amistad’ que ha caracterizado a las relaciones entre los Estados Unidos y Cuba durante toda su vida independiente? ¿O cuando se habla de la magnanimidad de un comprador que paga mayores precios que los del mercado por el azúcar cubana? Como es seguro que no es ignorancia, hay que suponer que es colonialismo puro”. JLR, “Cuba, una experiencia”, Situación, 1960, p. 29.

[23] En dicho manifiesto, Girondo señalaba que “apremiados por las circunstancias, mucho más que por el profuso convencimiento que deben apoyarse entre sí, los pueblos de América parecen cada vez más dispuestos a abandonar su aislamiento suicida”. Girondo, Oliverio, “Nuestra actitud ante el desastre” citado en: Bisso, Andrés, El antifascismo argentino, Buenos Aires, Cedinci-Buenos Libros, 2007, p. 594. El manifiesto íntegro y la disputa con Emilio Mitre en Argentina libre, están transcriptos en El antifascismo argentino, op. cit., pp. 585-606.

[24] Halperin, La Argentina y la tormenta del mundo, pp. 186-187.

[25] JLR, “El escritor que existe…”

[26] Ídem.

[27] JLR, “La política exterior y sus supuestos”, Argentina Libre, 31 de julio de 1941.

[28] JLR, “Dinámica del equilibrio político”, Argentina Libre, 3 de julio de 1941.

[29] JLR, “El escritor que existe…”

[30] Ídem.

[31] Ídem.

[32] Cane, James, “‘Unity for the Defense of Culture’: The AIAPE and the Cultural Politics of Argentina Antifascism, 1935-1943”, The Hispanic American Historical Review, vol. 77, n°3, 1977, pp. 443-482.

[33] Ya en 1937 se desataría una fuerte controversia entre Emilio Troise y otro miembro de la AIAPE, César Tiempo [Israel Zeitlin], por el apoyo de este último a la fórmula Ortiz-Castillo, en vistas de la propuesta de dichos candidatos de retomar una política inmigratoria no restrictiva. En la condena a la postura de apoyo político de César Tiempo, Troise le escribiría que en la AIAPE habían creído que Tiempo era un “camarada celoso de la defensa de la verdadera cultura” pero que, en cambio, había demostrado “ser judío antes que hombre libre”. Como señala Ricardo Pasolini (de donde sacamos la cita previa), además de Tiempo, otros prominentes intelectuales en un variado registro desde el liberalismo al trotskismo (es decir, de Alberto Gerchunoff a Liborio Justo) dejarían la asociación a causa de lo que reputaban un creciente proceso de “stalinización”. Cita y desarrollo de la idea en: Pasolini, Ricardo, “Intelectuales antifascistas y comunismo durante la década de 1930. Un recorrido posible: entre Buenos Aires y Tandil”, Estudios sociales, 26, primer semestre de 2004, pp. 101-102.

[34] Romero diría que “como a Calcas augur, puede el poderoso llamar al escritor ‘adivino de males’ porque no siempre profetiza lo que él quisiera oír. Por eso bebió Sócrates la cicuta, por eso crucificaron a Cristo, por eso ultrajaron la venerable cabeza de Galileo y cortaron la recia de Tomás Moro”. Es un recorrido que nos hace acordar a las posiciones que sólo unos años antes Horkheimer desarrollaba, al escribir: “la gente que piensa ‘demasiado’ fue considerada peligrosa en todas las épocas en las que las transformaciones sociales estuvieron a la orden del día”, Teoría tradicional y teoría crítica, Barcelona, Paidós, 2000, p. 56.

[35] “Mensaje a los intelectuales de América Latina”, citado en “De la vida argentina. El primer año de A. I. A. P. E.”, Dialéctica, año 1, n°6, agosto de 1936, p. 330.

[36] Ídem.

[37] JLR, “Sobre el espíritu de facción”, Sur, nº 33, junio de 1937, p. 76. Esta reflexión no deja de resultar, a nuestro entender, una contundente respuesta –dada muchas décadas antes- a los intentos de Bourdieu por reclamar para los intelectuales cierta primacía normativa bajo la idea de ser servidores de un “corporativismo de lo universal” (Bourdieu, Pierre, “Por un corporativismo de lo universal”, Criterios, n° 32, julio-diciembre de 1994, pp. 5-14). Esta posición, por otro lado, no significaba bajo ningún aspecto, el desconocimiento de la capacidad del intelectual de ofrecer sus reflexiones como forma de compromiso con su tiempo, como puede verse en: JLR, “Soliloquio sobre la militancia del espíritu”, Correo Literario, n°3, 15 de diciembre de 1943.

[38] Como puede verse en su “Retorno a la historia de Francia” (Correo Literario, octubre de 1944), en el cual, frente al “entusiasmo por tanto tiempo contenido” que había desatado la Libération, llamaba asimismo a mantener la expectativa en torno a su evolución política y en señalar “no nos apresuremos a decir cuál es de las muchas Francias posibles en estos días de crisis decisiva”. De esta manera, Romero ponía en cuestión, también, la explosión optimista pos-liberación que se había dado en nuestro país y que parecía olvidar ciertas reticencias previas que se habían tenido acerca de la preferencia por la continuidad del gobierno del Frente Popular y también de ciertos apoyos velados que el régimen de Pétain había sabido recibir por parte de quienes habían sostenido previamente conductas abiertamente antifascistas. Es decir, para Romero, esa Francia que “liberada” ahora, “había vuelto a ser Francia”, podría volver a dejar de serlo en el caso que no se encontraran las causas profundas que habían facilitado su temporal extravío y que habían sido provocadas por impulsos que aún latían en dicha sociedad.

[39] Lisandro de la Torre, en la conferencia “Grandeza y decadencia del fascismo” dada en el Colegio Libre de Estudios Superiores en agosto de 1938, sostendría que dicho régimen, aunque era una “teoría reaccionaria en el orden político”, en “materia social (era), por los hechos que ejecuta y por la doctrina misma, una teoría no solo progresista, sino revolucionaria”. En: Intermedio filosófico y otros, Buenos Aires, CLES, 1946, p. 375.

[40] JLR, El ciclo de la revolución contemporánea.

[41] JLR, “Indicaciones sobre la situación de las masas en Argentina”, 1951.

[42] JLR, Capítulo “La línea del fascismo”, en: Las ideas políticas en Argentina, p. 238.

[43] Así Halperin recordaría “la afinidad que todos teníamos por evidente entre el proyecto del régimen militar y el implantado bajo la guía de Mussolini”. Halperin Donghi, Tulio, Son memorias, Buenos Aires, Siglo XXI, 2008, p. 150.

[44] En “El drama de la democracia argentina” (1946), Romero definía: “Políticamente, esta masa es inexperta y simplista; como en el fondo es igualitaria y democrática, acoge con calor la propaganda demagógica que parece responder a sus anhelos, sin descubrir los peligros que entraña”.

[45] JLR, “Universidad y Democracia”, Buenos Aires, Partido Socialista, 1946.

[46] Así definiría al nuevo gobierno electo como producto de un “brote de totalitarismo criollo”. JLR, “La lección de la hora”, El Iniciador, n°2, abril de 1946.

[47] Como ha señalado Carlos Miguel Herrera, aunque definiciones como la arriba transcripta podrían haber sido aceptadas, e incluso dichas, por actores con los que Romero se encontraba enfrentado en las líneas internas del partido, como Ghioldi, serían las formas en que se apeló contra dicha amenaza y la necesidad de rever de manera más poderosa el vínculo que el Partido había establecido con los sectores populares, lo que finalmente distanciaba a los sectores que cada uno de los mencionados representaba. Herrera, “Romero, socialista”, pp. 11-12.

[48] JLR, “El caos de un cosmos (los veinte años trágicos)”, 1948.

[49] Precisamente, en el capítulo así titulado, agregado en la segunda edición de 1956, Romero señalaba –en una línea similar a la del “falso fascismo” de Lisandro de la Torre- que los émulos locales de Mussolini desde el manifiesto lugoniano de la “hora de la espada”, no habían logrado concitar el apoyo popular como sus modelos europeos. Así, la Legión Cívica no habría sabido más que reclutar “de ordinario sino retoños de familias conservadoras” y el movimiento en general no era más que “un remedo hecho por aficionados, que no tenían contacto con la masa y que parecían tender a lo que pudiera llamarse un ‘fascismo ilustrado’”. En: JLR, “La línea del fascismo”, en: Las ideas políticas en Argentina, p. 231. El carácter elitista de ese movimiento sería refrescado en un texto posterior, al señalarlo como “un movimiento antipopular de fuerte sentido clasista y tuvo influencia en el desencadenamiento de la revolución militar de 1930, que puso fin al gobierno radical y repuso a las antiguas minorías tradicionales.” JLR, “Cambio social, corrientes de opinión y formas de mentalidad, 1852-1930”, 1966.

[50] JLR, “La lección de la hora”, El Iniciador, n°2, abril de 1946.

[51] Como había señalado para una revista venezolana: “Quienes jugaban a la política comprendieron que con el apoyo de las masas –sirviéndolas o sirviéndose de ellas– podían conquistarse el poder. Y no se equivocaban, porque en el mundo del período de las guerras mundiales no podía haber ya una política sin masas. Se había operado, gracias a esta acentuada aceleración del fenómeno de movilidad social, una cabal renovación de la conciencia social”. JLR, “Las masas en ascenso”, 1955.

[52] JLR, “La reforma universitaria y el futuro de la universidad argentina”, 1956.

[53] JLR, Capítulo “La línea del fascismo”,  en: Las ideas políticas en Argentina, p. 257. En ese sentido, Romero indicaría las conexiones del pensamiento nacionalista de Ibarguren –al que consideraba el principal estructurador de esas ideas- con muchas de las posiciones del peronismo, tanto que diría que su líder “no innovó demasiado, sino que se limitó a realizar, glosándolas y variándolas en ocasiones, viejas inspiraciones de los grupos nacionalistas”. Íbidem, p. 248.

[54] Íbidem, Capítulo “La busca de una forma supletoria” (incorporado desde la edición de 1974), p. 258.

[55] Ídem.