Maquiavelo y el realismo republicano en José Luis Romero

LEANDRO LOSADA
(CONICET/UNSAM)

En 1943, José Luis Romero (1909-1977) publicó Maquiavelo historiador[1]. Es un texto importante por varias razones. Por un lado, se conecta con inquietudes, temas y preguntas persistentes en la obra de Romero; en especial, las características y propósitos del trabajo del historiador, la aparición y singularidades de la mentalidad burguesa, y los principios sustantivos y las relaciones históricas entre liberalismo y republicanismo.

Por otro lado, es un trabajo relevante en otro marco, el de las recepciones y lecturas de Nicolás Maquiavelo en la Argentina, y por dos motivos. En primer lugar, para el momento en que Romero publicó su libro, Maquiavelo era una rareza en el ámbito intelectual argentino. Había referencias y alusiones dispersas (motivadas por las disputas políticas antes que por la reflexión desapasionada), y, en especial a partir de la década de 1920, artículos o textos breves que habían propuesto interpretaciones sobre el pensamiento del florentino. Pero, con excepción de un volumen compilado por Mariano de Vedia y Mitre en 1927, Maquiavelo historiador es el primer libro publicado por un académico argentino íntegramente dedicado al estudio del autor de El Príncipe[2].

En relación con esto, y en segundo lugar, Romero propuso una lectura de Maquiavelo diferente, y en algunos casos, opuesta, a otras que ya circulaban en la Argentina, así como a arraigadas tradiciones de lectura en el pensamiento político occidental, por ejemplo aquella que asociaba a Maquiavelo con el mal, en el sentido más amplio e inclusivo del término, el “maquiavelismo”[3]. La singularidad de la lectura de Romero se deriva de los motivos ya señalados, las preguntas y las inquietudes desde las que se acercó y leyó a Maquiavelo: la historiografía y el oficio del historiador, la mentalidad burguesa, el liberalismo.

Romero abordó a Maquiavelo desde una perspectiva integral, si vale la expresión. En su libro, el interés no es solo, ni principalmente, la interpretación doctrinaria de la obra maquiaveliana (sobre la cual, de todos modos y como se verá, hay una toma de posición). Maquiavelo es, para Romero, mucho más que un nombre en la historia de las ideas políticas. Es un símbolo de la consolidación de la mentalidad burguesa en tiempos del Renacimiento y es a partir de esa característica desde la que, en Maquiavelo historiador, se postula por qué fue un punto de inflexión en el pensamiento occidental (Maquiavelo como ruptura con el pasado es una premisa y una perspectiva constante en el libro de Romero). En esta dirección, el aporte sustantivo de Maquiavelo, para Romero, fue su concepción de la política y la perspectiva de análisis propuesta para abordarla, el realismo político.

Para Romero, el realismo de Maquiavelo reflejaba la afirmación del “hombre instalado eminentemente en la realidad sensible”.[4] Desde este punto de vista, Maquiavelo ejemplificaba (incluso más, condensaba) la superación de la mentalidad cristiano-feudal por la mentalidad burguesa. El florentino no era un “antiguo”, sino que expresaba la configuración del “hombre moderno” y la negación del trascendentalismo medieval por la afirmación de una visión profana de la realidad sensible.[5]

En segundo lugar, el realismo había significado llamar a “las cosas por su nombre precisamente en el momento en que triunfaba el compromiso de omitirlo”. El realista Maquiavelo había llevado adelante una operación de desenmascaramiento, de impugnación de velos e imposturas: “Ha desafiado la política de enmascaramiento y ha desplegado todas las posibilidades de la mentalidad burguesa […]. Mente lúcida, desvaneció la tupida red de convenciones y extremó la actitud burguesa fundamental que había sido el entendimiento directo de la realidad”.[6]

Es necesario resaltar las implicancias de estas concepciones del realismo para aprehender su significado, pues suponían disonancias o discrepancias importantes con formas asentadas de pensar a Maquiavelo. El florentino en tanto que expresión de la mentalidad burguesa suponía atribuirle dos rasgos principales, modernidad y profanidad. La modernidad de Maquiavelo, desde ya, no era una originalidad o un descubrimiento de Romero. La importancia de su intervención radica en otros acentos.

Por un lado, en que puede definirse como una argumentación personal, enhebrada entre una lectura directa de la obra de Maquiavelo (la edición que se cita de sus obras completas es la de Guido Mazzoni y Mario Casella, Tutte Le Opere Storiche e Letterarie Di Niccolo Machiavelli, Firenze, Barbera, 1929[7]) y bibliografía especializada que sugiere elecciones deliberadas al momento de abordar al florentino (pues, por ejemplo, no predominan títulos que adhieran a la caracterización de su pensamiento como “maquiavelismo”), aunque tampoco era absolutamente desconocida para quienes ya se habían acercado a la obra del autor de los Discursos en la Argentina. Es decir, la singularidad del texto de Romero no es haber basado sus argumentos en bibliografía desconocida en el país, sino en edificar a través de ella una lectura personal. Entre los principales autores referidos por el historiador se cuentan, de hecho, especialistas insoslayables sobre el florentino, y, además, italianos, como Francesco Ercole, Felice Alderisio, Federico Chabod, Francesco de Sanctis o Pasquale Villari (este último había resaltado el republicanismo de Maquiavelo y su carácter de precursor del patriotismo italiano en su obra de tres volúmenes publicada entre los años 1870 y 1880).[8]

Por otro lado, en las lecturas locales de Maquiavelo habían prevalecido, en general, dos acentos: negar su modernidad, o reconocerla, pero repudiarla. La primera perspectiva tenía antecedentes nada menos que en la Generación del 37. Para Domingo Faustino Sarmiento, por ejemplo, Maquiavelo había sido un símbolo de un momento histórico signado por la corrupción y la violencia (así era retratada la Italia renacentista, al menos en lo referido a su vida política), y por ello, distante en su moralidad pública a un siglo XIX definido por el progreso y la convergencia entre política, moral y justicia. En otra dirección, Juan Bautista Alberdi había concebido a Maquiavelo como un idealizador de la Roma republicana, entendida como un orden social y político marcado por el militarismo y la postergación de las libertades individuales en nombre del bien público; en suma, un símbolo de la “libertad de los antiguos” opuesta a la “libertad de los modernos”. Fuera por ser un nostálgico de la antigüedad o un arquetipo del Renacimiento, Maquiavelo no había sido un moderno[9].

Por otro lado, había quienes habían reconocido la modernidad de Maquiavelo y por las mismas razones que Romero, es decir, por representar la superación histórica de una concepción del mundo según la cual la vida terrenal estaba supeditada a una autoridad trascendente. En ello, sin embargo, no había nada a rescatar. Por el contrario, Maquiavelo, en tanto responsable protagónico de los inicios de la Modernidad e incluso de algunos de sus epígonos, como el liberalismo, era objeto de ataque y de repudio. Así lo habían sostenido autores católicos como Tomás Casares, Julio Meinvielle o Faustino Legón[10]. En oposición a esta lectura, la profanidad de Maquiavelo y la afirmación del hombre en la realidad sensible que su obra exponía, lejos están de ser concebidas como un problema en el libro de Romero.

En otro sentido, el realismo entendido como operación de desenmascaramiento, también se distinguía de lecturas arraigadas, y conocidas y desplegadas en la Argentina hasta el momento de la aparición de Maquiavelo historiador. En primer lugar, y como ya se apuntó, de aquellas que asociaban a Maquiavelo con el “maquiavelismo”, es decir, con la mentira, el engaño o la hipocresía, y que había tenido exponentes en figuras ubicadas en tradiciones políticas opuestas, desde Sarmiento a autores católicos como los citados en el párrafo anterior. Para Romero, Maquiavelo no había ocultado la verdad o enseñado la mentira, sino que había retratado la realidad sin argucias ni dobleces. El florentino no era sinónimo de simulación o de perfidia; por ello, era sorprendente -e infundado- constatar “el curioso destino de su pensamiento, definido con el rótulo de maquiavelismo”[11].

A su vez, la lectura de Romero tampoco asociaba el realismo con una concepción de la política que, por concebirla autónoma (de la religión y de la moral), como “cosa en sí” y despojada de eufemismos, entendiera que su significado profundo era la lucha descarnada por el poder, la violencia o, en una expresión usual entonces, una “política biológica”, de supervivencia del más fuerte. Semejante concepción, también conocida en la Argentina, había sido aludida con acentos positivos (pues permitía desmontar los ecumenismos del cristianismo o del liberalismo, como había afirmado Leopoldo Lugones), así como con rechazo y repudio, en tanto otorgaba legitimidad a los autoritarismos (razón por la cual, ciertamente, Lugones también había celebrado a Maquiavelo, al entenderlo como un padre intelectual del fascismo)[12].

Frente a todo esto, entonces, Romero sostuvo que el realismo implicaba antes que nada una epistemología, un estudio de la política apegado al rigor empírico, y era gracias a éste que había podido llevar adelante la operación de desenmascaramiento en la que había consistido su obra. El florentino había enarbolado un “empirismo radical”. Ese era el sentido de su invocación a la “veritá effetuale”.[13] Desde este punto de vista, Romero tuvo un juicio positivo de un rasgo que otras lecturas habían objetado o desdeñado. En algunos casos, y en el marco de otra discusión perdurable, la relación entre el florentino y el surgimiento de un estudio científico de la política, porque el apego empirista era precisamente la razón que excluía a Maquiavelo de la ciencia política, en tanto le había impedido la abstracción necesaria para identificar principios generales o universales (ese era, por ejemplo, el juicio de Arturo Sampay). Según otras voces, como Tomás Casares, Carlos Astrada o Enrique Martínez Paz, el empirismo maquiaveliano había sido un falso realismo, al basarse en una concepción o en una ontología discutible de la política, que la separaba de una dimensión ética, proviniera ésta de la religión o de la filosofía[14].

La ponderación del realismo de Maquiavelo en Romero tenía, con todo, sus límites. Y estos tenían que ver con la concepción de la sociedad que lo sostenía, y con sus implicancias para el trabajo del historiador. Con relación al primer punto, aquello que había hecho célebre y rupturista al florentino, el reconocimiento y la postulación de una “total autonomía” del “obrar político”, decantaba en una “sobreestimación del fenómeno político”, en una “subordinación de todos los otros planos [de la vida social] al plano político”.[15] La objeción de Romero a la centralidad y a la autonomía de la política como clave explicativa de la vida social podría atribuirse a su sensibilidad e interés por aquella forma de historia en la que fue un referente insoslayable, la historia social.

La atención de un historiador social a un autor célebre por otorgar autonomía a la política es una de las razones que hacen relevante a Maquiavelo historiador, y probablemente subyace a algunos de los comentarios que atraviesan sus páginas sobre temas y argumentos clave de la obra del florentino, como el conflicto. Es de destacar, de hecho, que Romero viera en Maquiavelo un autor atento al conflicto, ya que había sido hasta entonces una de las facetas de su obra poco advertidas (con excepciones) en la Argentina[16]. Sin embargo, en la lectura del historiador, el conflicto entre los “grandes” y el “pueblo” no fue entendido como el resultado de pasiones políticas contrapuestas (la de dominar frente a la de no ser dominado), sino en clave materialista: “la hostilidad natural entre los nobles y el pueblo” era una lucha que enfrentaba a “los que desean adquirir y los que quieren conservar”. Desde esta perspectiva, el conflicto social revelaba la prevalencia de los intereses particulares, la “conciencia egoísta” y la “desaparición del ideal del ‘bien común’”[17].

En segundo lugar, el rigor empírico propuesto por Maquiavelo, vinculado a ese movimiento más amplio que el florentino condensaba, la ubicación de la reflexión sobre los asuntos humanos en el marco estricto de la realidad sensible, había tenido una implicancia decisiva, concebir al hombre como artífice de su destino. A raíz de ello, el realismo de Maquiavelo había supuesto un punto de inflexión, pues había habilitado las condiciones para identificar lo “individual histórico”, y, más aún, para forjar la conciencia histórica. Profanidad, empirismo e historicidad componían, de esta manera, los pilares del realismo maquiaveliano: “El saber histórico es, pues [para Maquiavelo], antes que nada, un saber vital, imprescindible e irrenunciable, inherente al hombre y atado indisolublemente a su más específica actividad, que es el cumplimiento de su voluntad de dominio, manifestada en su obrar político”.[18]

Es importante destacar el énfasis de esta apreciación. En otras lecturas, la asociación de Maquiavelo con una torsión antropocéntrica de la concepción de la realidad había tenido diferentes proyecciones. Por ejemplo, ver en la obra del florentino una exaltación de las figuras “fuertes” o “excepcionales” (y desde allí, la legitimación del autoritarismo); o concebirlo como un autor de la incertidumbre, pues, al derribar los absolutos heredados del cristianismo y a la vez no proponer una filosofía de la historia situando al hombre en el centro del escenario, Maquiavelo había delineado una visión de las cosas de este mundo definida por la carencia de certezas[19].

En Romero, en cambio, atribuir a Maquiavelo el señalamiento de la capacidad de agencia no se conectaba con el autoritarismo, ni con una concepción del presente y del futuro enmarcada por una sombría incertidumbre. Más bien, el antropocentrismo de Maquiavelo se relacionaba con una noción de historicidad y de conciencia histórica que, en lugar de destacar la omnipotencia de la voluntad o la incertidumbre, resaltaba la indeterminación. Esta era otra de las razones por las cuales Romero se distanciaba del “maquiavelismo” como clave de lectura. A su entender, la cifra del pensamiento del florentino no estaba en la contraposición entre entre virtú y virtud moral, sino entre virtú y esa otra noción distintiva de Maquiavelo, fortuna; es decir, “entre la voluntad humana y las fuerzas que son ajenas a su potestad”.[20]

La objeción de Romero a Maquiavelo en este contexto, en consecuencia, no radicaba en sus propuestas, en el significado y en el alcance del realismo, sino en la aplicación que había hecho de él. Si era visible su atención a la “veritá effetuale” en sus escritos políticos, no era así en sus textos históricos. Esto era el resultado de haber puesto su trabajo de historiador al servicio de una empresa política, la unificación de la península itálica. Estos sesgos también recorrían sus estudios sobre la antigua Roma, en los que “se guía no por el deseo de lograr una imagen fiel [del pasado] sino por el a priori de un ideal político que lo subordina a sus fuentes”.[21] Ese ideal político era la república, frente a la cual el imperio se recortaba como una “secuela decadente”.[22] En suma, según Romero, Maquiavelo había estado atravesado por una “contradicción inmanente” entre los “dos polos de su espíritu: el histórico y el sistemático”, de la cual salían “un historiador frustrado” y, a la vez, un triunfante “teórico del Estado moderno”.[23]

Teniendo en cuenta esta afirmación, el título del libro adquiere un sentido peculiar. Maquiavelo, vinculado a la historia (y a la historiografía), por haber postulado la conciencia histórica y el rigor empírico, fue, a la vez, un historiador frustrado, por subordinar sus estudios del pasado a un objetivo de su presente, es decir, por carecer de objetividad. Al respecto, y por caminos diferentes, Romero llegaba a conclusiones similares a las que en su momento formularan autores como Carlos Astrada (que había definido a Maquiavelo como un “militante” de la unificación italiana, y había visto en ello un problema para sus propósitos teóricos) o Arturo Sampay, para quien la centralidad de su compromiso político no lo hacía referente ni fundador de la ciencia política (sí, en cambio, de la teoría del estado -otra coincidencia con Romero-, pero porque la teoría del estado era concebida por Sampay como un campo menor de la ciencia política: si ésta se dedicaba a “la esencia y propiedades universales del Estado”, la teoría del Estado se abocaba a “la realidad concreto-histórica”)[24].

Por último, Romero también dejó apreciaciones sobre el significado político-doctrinario y sobre las proyecciones políticas del pensamiento de Maquiavelo. En este campo, entre las disímiles lecturas que hubo de la obra del florentino desde el siglo XVI, habían prevalecido dos opciones: entender que Maquiavelo, en especial a través de El Príncipe, había legitimado el poder arbitrario y acuñado la noción de razón de Estado, y proponer que el florentino había sido, en cambio, un baluarte del republicanismo y de la libertad. Paralelamente a las opciones que se le atribuyeron en lo referido a formas de gobierno y de ejercicio del poder, y sobre todo en discusión con quienes acusaban a Maquiavelo de ser cómplice de las tiranías y del poder personal, también había una extendida tradición de lectura según la cual el objetivo último del florentino había sido proponer la unidad política italiana (un modo de conectarlo, asimismo, con la libertad en clave de autodeterminación), y para ello, la conformación de un poder centralizado, motivo por el que había sido un pionero de la Teoría del Estado[25].

En esta discusión, en la Argentina había estado extendida la asociación de Maquiavelo con la tiranía y la arbitrariedad, en una línea que se remontaba (una vez más) a la Generación del 37. Fue a partir de los años 1920 cuando, a raíz del ingreso de Maquiavelo en la enseñanza universitaria de manera sistemática, semejante interpretación comenzó a revisarse. Se ha visto líneas arriba que incluso críticos u objetores de Maquiavelo (Sampay, por ejemplo) lo incluyeron entre los teóricos del Estado moderno. Por su parte, sin sustituir la vinculación Maquiavelo/Razón de Estado/Tiranía, cobró fuerza su concepción como autor republicano.

Ahora bien, qué republicanismo era el de Maquiavelo fue asimismo objeto de controversia. Como se dijo más arriba, Alberdi, de hecho, lo había considerado un enemigo de la libertad moderna por ser expresión de un republicanismo apegado a la “libertad de los antiguos”. Una conclusión similar se reeditó en los años 1920 y 1930 entre publicistas antiliberales, que reivindicaron a Maquiavelo por las mismas razones que Alberdi lo había rechazado, es decir, por ser representante de una vertiente no liberal de la tradición republicana. Frente a esto, hubo quienes afirmaron, como Mariano de Vedia y Mitre, que el florentino había delineado un republicanismo convergente con el liberalismo[26].

Las afirmaciones de Maquiavelo historiador vuelven a tener acentos singulares cuando se las sitúa en este contexto, y su posición al respecto puede inferirse de argumentos ya expuestos. En breve, para Romero el florentino había sido un teórico del Estado, no un apólogo del poder de los tiranos, y eso se relacionaba con el objetivo político que, a la vez, subyacía a sus imperfecciones como historiador, la búsqueda de unidad en Italia. Al mismo tiempo, Maquiavelo había sido un republicano, de implicancias nocivas, sin embargo, para la libertad.

El primer punto se advierte en cómo Romero entendió la figura del príncipe. A través de él, Maquiavelo había retratado un arquetipo conocido: el gran legislador, fundador del Estado (“es en el fondo, el sabio de la tradición griega, el rey-filósofo a que aspiraba Platón”), cuyas leyes “educaban” a los individuos promoviendo el bien común e inhibiendo las pasiones egoístas. El príncipe “garantiza el ‘vivere civile’ y previene la natural tendencia humana a la ‘corrupción’, que no es sino la prevalencia de los impulsos egoístas sobre las exigencias del ‘bien común’” (el fenómeno que, como se citó anteriormente, el conflicto exponía con nitidez).[27] El príncipe era una figura constructora, no destructiva, ni había sido delineada por Maquiavelo para celebrar la acumulación de poder[28].

Respecto del segundo punto, según Romero las simpatías políticas de Maquiavelo eran indudablemente republicanas. Caracterizarlo como republicano y no como apólogo de la tiranía no conducía, empero, a exaltar las proyecciones políticas del pensamiento del florentino. Así era porque Romero advirtió cómo la libertad de la patria, entendida como bien común, podía ser invocada para socavar las libertades individuales:

La astucia, la hábil ocultación de los designios, el uso de la fuerza, el engaño, adquieren categoría de medios lícitos si los fines están guiados por la idea del “bien común”, noción que encierra la idea de patriotismo, por una parte, pero también las anticipaciones de la moderna raison d’état. Pero no sólo es lícita la sumisión de los criterios morales corrientes; es lícito también subordinar a los fines políticos todas las formas de vida que, en otras circunstancias, han podido ser consideradas como fines en sí; ante todo, la libertad, de la que supone Maquiavelo que basta una apariencia inoperante para satisfacer al pueblo, tal como debía pensar Cosme de Médicis [sic]; porque la libertad del individuo puede ser considerada como una manifestación de la “conciencia egoísta o utilitaria” y no moral, la cual debe ser sometida a las exigencias del “bien común” mediante la coacción del Estado.[29]

El republicanismo de Maquiavelo era el elemento de su obra que podía conducir al autoritarismo, o, al menos, a legitimar el ejercicio arbitrario del poder. En otras palabras, si Maquiavelo podía ser considerado el autor que había señalado la “fecundidad del mal”[30], no lo era por sus postulados a favor del príncipe, tampoco por la separación entre política y moral (menos aún por haber sido el padre intelectual del fascismo -juicio que, ante todo, habría carecido de historicidad para Romero-), sino por su republicanismo.

En esta dirección, Maquiavelo historiador puede situarse, en una dimensión sincrónica, en un corpus particular del ensayo político argentino de los años de 1930 y 1940, aquel que se detuvo en la historia de la Roma republicana y de sus principales estudiosos e historiadores, como punto de mira para pensar la tradición republicana en un momento pautado por su crisis e impugnación en la Argentina (y, desde ya, no solo en la Argentina). Romero puede inscribirse en estas coordenadas, por el libro aquí analizado, pero también por una obra publicada un año anterior (basada en su tesis doctoral de 1938), sobre la crisis de la República en tiempo de los Gracos[31]. En una dimensión diacrónica, Maquiavelo historiador fue una primera escala de un interés perdurable de Romero por el florentino, y a partir de él, sobre el realismo y fenómenos políticos que incluyeron desde el republicanismo hasta el cesarismo, tal como puede constatarse en sus libros clásicos de los años 1960 y 1970, La revolución burguesa en el mundo feudal, Crisis y orden en el mundo feudoburgués y Estudio de la mentalidad burguesa.

Volviendo al libro de 1943 y los ejes argumentales aquí destacados, Romero, más cerca de Alberdi que de otras voces contemporáneas del liberalismo local (como el citado Mariano de Vedia y Mitre), advirtió las diferencias y las tensiones entre liberalismo y republicanismo, y vio en ello un motivo de inquietud (no de celebración, como fue el caso de los autores antiliberales entusiasmados con el republicanismo -y con el lugar de Maquiavelo en él- precisamente por identificar también sus oposiciones con el liberalismo). Por ello, la intervención de Romero es una voz singular en el marco de este debate de la Argentina de los años 30 y 40. Frente a quienes exaltaron el republicanismo antiliberal, o, desde un lugar opuesto, confiaron en la convergencia entre republicanismo y liberalismo, el estudio de Maquiavelo condujo a Romero a destacar la posible proyección autoritaria y antiliberal del lenguaje republicano. Sólo por esta razón (que no invalida o subordina otras ya señaladas, como las consideraciones acerca de los propósitos y características del trabajo del historiador, o los dilemas entre presentismo e historicismo), la lectura de Maquiavelo historiador sigue siendo un ejercicio intelectual estimulante para pensar problemas persistentes de la vida pública argentina.


[1] José Luis Romero, Maquiavelo historiador, Buenos Aires, Signos, 1970 [1943]. Sobre este mismo texto, véase la contribución, también disponible en https://jlromero.com.ar/ , de Constanza Cavallero, “El “gran historiador frustrado”. Maquiavelo según José Luis Romero”: https://jlromero.com.ar/temas_y_conceptos/el-gran-historiador-frustrado-maquiavelo-segun-jose-luis-romero/

[2] Leandro Losada, Maquiavelo en la Argentina. Usos y lecturas (1830-1940), Buenos Aires, Katz, 2019.

[3] Véase Claude Lefort, Maquiavelo. Lecturas de lo político, Madrid, Trotta, 2010.

[4] Romero, Maquiavelo historiador, p. 14.

[5] Ibid., pp. 9-13.

[6] Ibid., p. 18.

[7] Ibid, p. 56, nota 1.

[8] Lefort define a Villari como “uno de los intérpretes más serios”, ibid., p. 65. El libro es: Pasquale Villari, Maquiavelo. Su vida y su tiempo, México, Biografías Gandesa, 1953 (la edición original se publicó en tres volúmenes, entre 1877 y 1882). Sobre la gravitación de De Sanctis en la recepción argentina de la literatura italiana, Alejandro Patat, Un destino sudamericano. La letteratura italiana in Argentina (1910-1970), Perugia, Guerra, 2005. Por lo demás, cabe señalar la ausencia de alusiones en el texto de Romero a Benedetto Croce, teniendo en cuenta que fue una referencia de otros trabajos del historiador argentino y un autor preocupado por la relación entre política y moral a través de Maquiavelo, en conexión con el escenario político italiano durante el fascismo. Véase por ejemplo Benedetto Croce, “Maquiavelo y Vico. La política y la ética”, en Ética y política, Buenos Aires, Imán, 1952  (su publicación original fue en 1924).

[9] Losada, Maquiavelo en la Argentina, pp. 23-39.

[10] Losada, Maquiavelo en la Argentina, pp. 100-115.

[11] Romero, Maquiavelo historiador, p. 18.

[12] Losada, Maquiavelo en la Argentina, pp. 70-88.

[13] Romero, Maquiavelo historiador, p. 112.

[14] Losada, Maquiavelo en la Argentina, pp. 119-129.

[15] Romero, Maquiavelo historiador, pp. 74-75.

[16] Mariano de Vedia y Mitre, profesor de Derecho Político en la Universidad de Buenos Aires entre la década de 1920 y 1940 y pionero en la enseñanza universitaria del florentino, había detectado y otorgado importancia a este tema. Véase Leandro Losada, “Republicanismo y liberalismo en la Argentina. Mariano de Vedia y Mitre, lector de Nicolás Maquiavelo (1920-1950)”, Ayer. Revista de historia contemporánea, vol. 119, núm. 3, 2020, pp. 109-134.

[17] Maquiavelo historiador, pp. 80-81.

[18] Ibid., p. 118. Véanse Omar Acha, La trama profunda. Historia y vida en José Luis Romero, El Cielo por Asalto, Buenos Aires, 2005, pp. 24-27; Julián Gallego, “De Heródoto a Romero: la función social del historiador”, en José Emilio Burucúa, Fernando Devoto y Adrián Gorelik (eds.), José Luis Romero. Vida histórica, ciudad y cultura, San Martín, UNSAM, 2013, pp. 165-184; Cavallero, “El ‘gran historiador’”.

[19] Respectivamente, Leopoldo Lugones, “Elogio de Maquiavelo”, en Repertorio Americano, T. XV, n° 19, 19/11/1927, pp. 297-301. Originalmente publicado en La Nación, 19/6/1927; Juan Agustín García, “La actualidad de Maquiavelo”, en Anales de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales. Tomo tercero. Tercera Serie, Buenos Aires, 1917, pp. 99-102.

[20] Romero, Maquiavelo historiador, p. 93. Más en general, pp. 89-96.

[21] Ibid., p. 104.

[22] Ibid., p. 107.

[23] Ibid, pp. 125-127.

[24] Arturo Sampay, Introducción a la teoría del Estado, Buenos Aires, Politeia, 1951, p. 370. Un énfasis relacionado con este tipo de evaluaciones, fue el de situar a Maquiavelo como autor del “arte de gobierno” antes que de “ciencia” política”, precisamente por el estatuto poco científico de sus textos. Asimismo, la asociación de Maquiavelo con el “arte de gobierno” estuvo recubierta de una valoración positiva, en tanto actividad creativa al alcance de figuras excepcionales, inimitables, registro que motivó una apropiación aristocratizante de la obra del florentino. Ver por ejemplo (además del texto de Lugones ya citado): Marcelo Sánchez Sorondo, La clase dirigente y la crisis del régimen, Buenos Aires, Adsum, 1941.

[25] Véase “Special Issue: Machiavelli’s Prince”, in The Review of Politics, vol. 75, nro. 4, 2013, especialmente, Giovanni Georgini, “Five Hundred Years of Italian Scholarship on Machiavelli’s Prince”, pp. 625–640.

[26] Losada, Maquiavelo en la Argentina, pp. 88-100; 141-179.

[27] Romero, Maquiavelo historiador, op. cit., p. 73.

[28] Ibid., p. 93. Más en general, pp. 89-96.

[29] Romero, Maquiavelo historiador, op. cit., pp. 77-78.

[30] La expresión es de Pierre Manent, Historia del pensamiento liberal, Buenos Aires, Emecé, 1990, pp. 33-53.

[31] José Luis Romero, La crisis de la República Romana. Los Gracos y la recepción de la política imperial helenística, Buenos Aires, Losada, 1942. Respecto de ensayos y textos dedicados a la historia romana entre los años 1920 y 1940, véanse, entre otros: Leopoldo Lugones, “Historia del dogma”, en Boletín de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, año 1, nº I, 1921, pp. 1-112; Ernesto Palacio, Catilina contra la oligarquía, Buenos Aires, Rosso, 1935; Ernesto Palacio, Historia de Roma, Buenos Aires, Albatros, 1939; Joaquín Díaz de Vivar, Ideas para una biología de la democracia, Buenos Aires, La Facultad, Buenos Aires, 1937; Julio Irazusta, Tito Livio. O del imperialismo en relación con las formas de gobierno y la evolución histórica, Mendoza, Universidad Nacional de Cuyo, 1951.

José Luis Romero frente al fascismo y al antifascismo

ANDRÉS BISSO

(Universidad  Nacional de La Plata/ CONICET)

Introducción

La aparición y el desarrollo del fascismo, y de sus recreaciones más o menos célebres, significaron un hecho de tanta gravitación en el período de entreguerras, que resulta imposible pensar que ello pudiera haber pasado desapercibido para un historiador como José Luis Romero. En su atención al fenómeno, como en muchos otros que requirieron su interés, la perspectiva disciplinar y el compromiso cívico se retroalimentaban, a través de lógicas que les eran propias, que no podían asimilarse de manera completa y que eran desplegadas consecuentemente y en paralelo por Romero, a través de puntillosas reflexiones.

El nacimiento inmediato de una corriente antifascista que, inicialmente se pensaba como mero espejo negativo de los valores de su contrincante[1], pero luego evolucionaría con ramificaciones y sentidos propios según su desarrollo temporal y sus diversas derivas nacionales[2], también llamaría la atención de Romero, quien se situaría claramente en dicho campo, pero sin dejar de identificar y reflexionar de manera crítica acerca de algunos de los dilemas que podían advertirse dentro de ese campo heterogéneo de voluntades sumadas en contra del llamado “totalitarismo pardo”.

Las contribuciones de Romero a dicho debate se avivarían a partir de la “tragedia española” y se multiplicarían especialmente una vez estallada la Segunda Guerra Mundial.

Romero ante la Segunda Guerra Mundial. Ejercicios de reflexión frente a una apelación antifascista no del todo confortable.

Cinco días después de que Hitler forzara a los franceses a firmar un armisticio muy parecido a una capitulación absoluta, en el mismo vagón en el que los alemanes habían reconocido su derrota en la Primera Guerra Mundial, se publicaba –en el semanario antifascista Argentina Libre[3]– un artículo[4] (cuya relevancia fue identificada y su contenido minuciosamente recorrido, ya al comienzo de este siglo, por Tulio Halperin Donghi[5]) en el que José Luis Romero advertía la gravedad y los alcances de dicho suceso no sólo para los europeos, sino para toda una cadena de “entes”, así por él definidos, que –según se detallaba en un orden de cercanía creciente como si se tratara de mamushkas– se encontraban correlativamente en peligro: la cultura occidental; “las generaciones que hoy florecen”; el continente americano; la República Argentina; y, por último, la propia existencia personal[6].

Así, la reaparición del vagón de Compiègne en las portadas de los diarios no debía a ojos de Romero –en ese año de 1940- asombrar tanto a los contemporáneos, ya que “aunque dramático, y acaso decisivo, la actual guerra europea no es sino un episodio de un proceso que se desenvuelve en la cultura occidental desde 1914”[7]. Teniendo en cuenta la complejidad dinámica de dicho proceso, resultaba fácil advertir las inconsistencias aparentes que podían surgir de la colisión entre postulados ideológicos y embanderamientos geopolíticos[8], en una línea ya detectada en el uso interno por Borges (ese “literato exquisito”[9]) al comienzo mismo de la segunda conflagración, en un artículo precisamente intitulado “Ensayo de imparcialidad”[10].

En la necesidad de ver más allá de las noticias cablegráficas del momento y de comprender cabalmente ese proceso en su devenir ulterior, Romero señalaba que el escritor debía escindirse del “hombre de la calle”. Si el segundo “vive” y “siente las urgencias de su medio y de su tiempo”, debiendo por lo tanto “tomar partido” con premura, el primero, en cambio debe observar y reflexionar enhebrando “los hilos sutiles que encadenan la conducta humana” para poder descubrir la realidad profunda, de manera “lenta y delicada” (esos eran el timing y la forma con que adjetivaba la labor intelectual). El “humilde heroísmo” del escritor –una especie de hermoso oxímoron- debía consistir, por lo tanto, en “ver claro en la densa maraña de la vida”[11] y evitar las urgencias para posicionarse.

Al calor de esa dualidad nunca del todo desagregada del “hombre de la calle” y el “escritor”[12], Romero había ido construyendo una actitud antifascista que contemplaba un apoyo -solamente condicional- a los Aliados en la Segunda Guerra Mundial. A diferencia de otros referentes socialistas, a esa altura del “Partido” embanderados ya abiertamente bajo la causa británica[13], Romero no dejaría de mantener vigentes los condicionamientos antiimperialistas y americanistas que consideraba afines a una perspectiva antifascista de vigilancia democrática y no condescendiente con las actitudes previas de las “grandes potencias” (Inglaterra y Francia), que las habían hecho acreedoras a fuertes críticas en el interior de la izquierda y del republicanismo, en particular en relación con lo ocurrido durante la Guerra Civil española[14], causa con la que Romero se mantendría comprometido, más allá del episodio bélico específico[15].

Considerando todas esas alternativas de posicionamiento, el historiador no olvidaba señalar –a menos de un año de comenzada la Segunda Guerra Mundial- que:

“las reticencias con que algunos nos adherimos a la causa de los aliados se deben a la debilidad con que la han defendido [se refiere a  ‘la libertad’, A. B.] los hijos de quienes la conquistaron y la afirmaron mediante las formas jurídicas de la democracia”[16].

La postura –en parte distanciada- frente al esfuerzo bélico que a esa altura reposaba sólo en el imperio británico, le permitiría, de paso, dilatar un posicionamiento tajante en relación con el tipo de neutralidad que mantenían los gobiernos americanos (y dentro de ellos el argentino, conducido por Ortiz), señalando incluso su conveniencia estratégica, al señalar que

“acaso se pueda sostener la necesidad que en nuestro país el Estado mantenga su neutralidad, y acaso convenga que, mientras se pueda, América no sea llevada a una lucha donde se juegan intereses que no son sino en parte los suyos”[17].

Esa posición se encontraba en línea con la comprensión expresada previamente, e incluso de forma algo irónica, por otros escritores socialistas como Enrique Anderson Imbert. En efecto, unos meses antes, la beligerancia exacerbada había sido previamente satirizada en clave porteña por el autor de “Cassette”, en la misma publicación, al decir:

“Ningún argentino ha discutido ni objetado la neutralidad decretada por la República. No ‘nos mandemos la parte’. ¿Para qué enardecemos en posiciones beligerantes, si en el fondo estamos contentos con la neutralidad? Es como insultar en la calle Florida, sabiendo que nadie nos dejará pelear”[18].

Sucedía que, en los primeros meses del año 1940, la estrella del presidente Ortiz todavía estaba fulgurante en sus intentos de renovación democrática y posicionamiento antitotalitario[19] y la respetada figura de Roosevelt permitía mantener una cerrada convicción en torno a la posibilidad que tenía el continente de mantenerse formalmente neutral y de no participar directamente en la conflagración, sin dejar por ello de tener una sentada posición en contra de la avanzada alemana[20].

De allí que la neutralidad argentina no fuera leída en los términos favorables al nazismo con los que se la identificaría desde la gestión de Ramón Castillo, por parte de algunos propios y la mayoría de los extraños. Según señalaría Romero post facto, la orientación “benévola para con las potencias democráticas” cambiaría, ya que “sobre el ánimo –bien predispuesto por cierto- de Castillo comenzó a gravitar la presión de los grupos filonazis y el gobierno aceptó virar el rumbo” con la complacencia de “los movimientos neutralistas que apenas disimulaban sus simpatías totalitarias”[21].

Pero volviendo a la perspectiva americanista, Romero tendría algo más para agregar, evitando liberar de culpa y cargo a las potencias imperialistas democráticas y proponiendo una idea de unidad continental de resonancias bolivarianas, pensada precisamente, tanto para evitar las influencias externas como para asegurar la preservación nacional[22], en un tono que podría haberse intercalado con el manifiesto que –ese mismo año- daba a conocer Oliverio Girondo, y que le provocaría un duro cruce verbal con Emilio Mitre, referente del aliadismo anglófilo[23].

Teniendo en cuenta una confluyente perspectiva nacional y americana, Romero remarcaba que -como ya ha citado Halperin[24]– la política imperialista debía “ser condenada donde se la encuentre y debemos confesar que se la encuentra en ambos bandos: más blanda e insidiosa en uno, más fuerte y prepotente en otro”[25] y que por ello convertir a

“América [en] una isla de libertad es empresa que justifica la movilización de las conciencias libres. Al escritor americano le corresponde precisar las líneas, las raíces, los contenidos de este ideal relativamente cercano que creo percibir en muchos hombres de nuestra generación”[26].

La defensa de la unidad del continente en una especie de “Liga Aquea”, metáfora afín a sus intereses historiográficos, lo llevaría a la estructuración de una estrategia particularmente afín al relato panamericanista, aunque supeditada a ciertas reglas de convivencia. Esa “alianza democrática continental”[27] sería, a los ojos del escritor, la única capaz de “asegurar a nuestros países el mantenimiento de nuestra soberanía”[28].

Sin embargo, ni las condiciones relativamente periféricas del país, ni la necesidad de un análisis medular de las condiciones bélicas “desde América”, podrían impedir que –en Romero- volviera a “aflorar” la necesidad de un posicionamiento que no diera lugar a malos entendidos con respecto a su antifascismo y al lugar político a adoptar: “de ningún modo significa esto que la conciencia americana deba sustraerse a la valoración relativa de las fuerzas en pugna; sin duda surge de ella una preferencia”[29]. ¿Quién era “dentro” de Romero el que –a pesar de todo- realizaba la algo desganada opción por los Aliados, el “hombre de la calle” o “el escritor”?

Podría decirse que “ambos”, con dos condicionalidades diversas. Si Romero escribía que “como solución inmediata —como solución del hombre de la calle— prefiero, pues, en los aliados la coacción menos dura”, en tanto “escritor -que existe por la libertad”[30] también debía “ser más que nadie sensible a la coacción: enemigo de todos los que la restringen y más enemigo de quienes la restringen más; en tal sentido, el régimen nazi recoge la más triste de las supremacías”[31].

Por otro lado, más allá del posicionamiento final y de la “toma de partido” dada –digamos- en última instancia, una cuestión ciertamente interesante en esta definición acerca del rol del “escritor”, para el diálogo en el interior de campo antifascista, es la justificación del posicionamiento que Romero hace surgir de la identificación de la tarea intelectual con la idea de “Libertad”, antes que con la de “Cultura”.

Así, en este caso, el historiador socialista realizaría una modulación a destacar con respecto de la tradición de los “escritores antifascistas”, según la había cristalizado localmente –a partir de la herencia de Barbusse y Rolland- la Alianza de Intelectuales, Artistas, Periodistas y Escritores (AIAPE), creada por Aníbal Ponce en 1935. Esta asociación al poner en el centro de la actividad intelectual –como ya ha analizado tempranamente James Cane[32]– la tarea de la “Defensa de la Cultura”, preveía ciertas traducciones en la práctica política, de las cuales Romero quizás no estuviera tan seguro, ante los peligros de su utilización “faccional”, la cual –en el caso de la AIAPE- se mostraría luego crecientemente evidente bajo la dirección de Emilio Troise, primero como figura asociativa de relevancia y luego como, directamente, sucesor del fallecido Ponce en la presidencia[33]

Así, consideramos que al poner el acento en la identificación de la tarea intelectual preeminentemente con la de la “Libertad”, Romero permitía desentender al escritor tanto de un “deber profesional” y “corporativo” en relación con su posicionamiento, como de una exigencia de integrarse a una colectividad “militante” que diseñara el “compromiso” bajo la gravitación de una especificidad intelectual.

Si bien la actividad de reflexión intelectual era indiscutiblemente necesaria, en relación con su capacidad de expresar una “verdad precursora”, y por ende cuestionadora de cualquier poder político coyuntural, este lugar –por otro lado- conducía de manera inevitable a cierta “marginalidad” de su voz, frente a otras pretensiones que otorgaban al intelectual un rol de tipo “rector”[34]. Por ello, para Romero, si el escritor debía “fundirse” –por la presión del momento en que vivía- con el colectivo social, lo debía hacer antes –como demostraremos en una cita próxima- en su condición de “hombre de la calle”, que bajo la especialidad de su métier.

Esto se tensaba con la visión de sus colegas de la AIAPE, quienes –repitiendo la mirada de un ya fallecido Ponce- “ataban” a los intelectuales a un marcado rol de modeladores culturales bajo un patrón ideológico preestablecido y preeminente, al definirlos (y autodefinirse) como los “depositarios del haber de cultura acumulado por la humanidad en siglos de luchas penosísimas y de tenaces esfuerzos”[35], lo que suponía –a su vez- que debían

“hacerse cargo del deber impostergable que les señala este momento. A ellos, antes que nadie les corresponde aprestarse  a  la  defensa   del   tesoro   que   guardan   y acrecientan, y denunciar ante los pueblos la amenaza que se cierne sobre la cultura”[36].

En efecto, ya unos años antes del posicionamiento en relación con la Segunda Guerra Mundial, Romero había advertido que el compromiso del intelectual debía surgir de una voluntad personal que no debía estar afectada por la capacidad colectivizadora de las reglas y redes del campo cultural o académico. Así, muy  lúcidamente, señalaba en un texto sobre “las facciones”:

“Y si una vocación íntima o un sentido del deber de la hora lo lleva [al escritor o intelectual, A. B.] a inclinarse sobre los problemas político-sociales, no intente dirigirlos o encaminarlos con los presupuestos de su función específica, con los esquemas de su estructura mental y con los criterios de acción que se elaboran en los gabinetes: ya sabemos desde Platón el resultado de esta traducción de destinos”[37].

Militante político por un lado, y espíritu pensador por el otro, Romero parecía desconfiar de las traducciones fáciles de certezas y estrategias de apelación entre ambas esferas, aunque -por otro lado- fuera consciente de la imposibilidad de desanudar ambas experiencias inscriptas sobre el registro de la vida cotidiana y sobre las siempre cambiantes modulaciones de la coyuntura histórica, que lo hacían –incluso en tiempos de euforia- matizar el entusiasmo con la atención a la complejidad[38].

De esta manera, la reflexión de Romero sobre cómo oponerse al fascismo resultó estar, a lo largo del período de su dominio en Italia y Alemania, particularmente atenta a no servir de “excusa” para la avanzada de los “viejos imperios” sobre los intereses nacionales y plantear soluciones que no implicaran la mera oposición, dando cuenta incluso –en la línea previa, entre otros, de Lisandro de la Torre[39]– de las ventajas “objetivas” –aunque no necesariamente deseadas por los regímenes señalados- que la aparición de estos movimientos tenían como catalizadores de transformaciones sociales revolucionarias y de la emergencia de las “masas” en la política. Romero lo resumiría, pocos años después, de esta manera:

“aunque a un precio subido, el nazifascismo cumplió una innegable misión histórica: romper en los países occidentales el tabú que la conciencia burguesa había creado respecto de las aspiraciones de las masas en ascenso desde la Revolución industrial”[40].

En línea con esa reflexión, Romero sostenía que –de la misma manera que había sucedido en Europa- el peronismo, en Argentina, había producido una equivalente politización y un “ascenso repentino de las masas”[41].

Así, una vez desaparecida lo que consideraba la amenaza global de dichos movimientos, pero activada la pulsión social de una manera en que no podía darse marcha atrás, el surgimiento del peronismo como filiación supuesta y asumida por la mayoría de los más enfáticos contradictores locales del totalitarismo los obligaría a reformular la descripción de esa ideología para accionarla en función con su militancia política local.

¿Un fascismo después del fascismo? Límites y alcances de la receta “antifascista” para juzgar y conjurar al peronismo en José Luis Romero.

Una vez disipada, en 1945, la amenaza nazi-fascista en el plano internacional, con la rendición alemana en mayo y el fin de la guerra en agosto de ese año, la movilización de la llamada “Resistencia” argentina forzaría a los diversos sectores políticos a sentar posición en relación con el dilema de las formas de continuidad del gobierno militar que derrocó a Castillo con respecto del surgente fenómeno del peronismo (proceso más tarde catalogado por Romero como el de la “revolución desembozadamente pronazi de 1943 a la que se debe el advenimiento final del fascismo con el gobierno de Perón”[42]).

Aunque la relación entre los totalitarismos derrotados en la guerra y la experiencia abierta por el coronel Perón resultaba clara para el grupo de “demócratas”argentinos[43], los alcances concretos de lo que depararía la concreción duradera de esa experiencia se aparecían con menor precisión, ante la novedad de la aparición de una “masa” consideraba especialmente voluble e impredecible[44].

Esta incertidumbre sería rápidamente reconocida por Romero, quien en una tan irónica como apesadumbrada referencia libre al “Manifiesto Comunista”, señalaría en un mitin universitario en 1945, en tiempos de campaña electoral: “un fantasma recorre la tierra libérrima en que nacieron Echeverría y Alberdi, Rivadavia y Sarmiento: el fantasma fatídico que se levanta de las tumbas apenas cerradas de Mussolini y Hitler”[45].

Al quedar resueltas –y confirmadas- esas ansiedades con la derrota de la “Unión Democrática”, José Luis Romero comenzaría a analizar –bajo la necesidad de complejizarlas- las líneas de relación entre el peronismo y el totalitarismo que –como dijimos- le seguirían resultando evidentes[46], aunque a diferencia de otros actores, no le permitiesen la indulgencia para el conglomerado político del que había participado[47] y lo obligaran a pensar –ahora ya oficialmente inscripto en las filas del socialismo- cuál era el desafío político para acercar a esas “masas” que la situación de posguerra había derivado hacia el lado “contrario”, aprendiendo a “distinguir con matizada sutileza la artera habilidad de los aprovechados corifeos de circunstancia, de la vaga pero auténtica conciencia revolucionaria que alienta en los distintos semicoros”[48].

Nuevamente, la requisitoria de la acción unida a la reflexión lo invitarían rápidamente a la autocrítica, ya que si bien aseguraba la existencia de “grupos notoriamente reaccionarios o fascistas” dentro del peronismo, reconocía que –a pesar de ello- dicho movimiento (en algo que lo distinguía de la “línea del fascismo” local de los años treinta[49]) había sabido expresar un anhelo de amplios sectores que eran democráticos, a los que el socialismo -en particular- no había logrado interesar en ese momento. Si estaba seguro de las “verdades” que sostenía su formación política, ya inmediatamente producida la derrota electoral, Romero instaría la necesidad de replantearse “la eficacia de los procedimientos utilizados para lograr la adhesión de las masas populares”[50].

Una vez instalado el peronismo en el poder de manera más sólida, la oportunidad de derivar el cauce de esas masas hacia el socialismo pareció volverse cada vez más estrecha. De allí que la propia mirada de Romero, que conservaba en los primeros momentos la vivacidad de la autocrítica y la confianza de un período novedoso e inaugural, se volviera fluctuante: si en ocasiones las veía politizadas y abiertas a la prédica del socialismo, en otros momentos las consideraría demasiado “simplistas” y sujetas a los poderes autocráticos. Con todo, siempre confiaría en que ese ingreso había sido necesario e irreversible como dato de actuación política[51].

Una vez producido el golpe de Estado de 1955, se impondría con más fuerza en Romero una mirada sobre la conexión entre el “fascismo criollo” y el peronismo, que había sido adelantada en forma de bosquejo en el epílogo de Las ideas políticas… y que sería sistematizada, extendida en el tiempo y sostenida con especial énfasis en el capítulo “La línea del fascismo” agregado en la segunda edición de 1956,  y que no parece haber estado tan presente en los juicios previos, contemporáneos a los hechos referidos. Esta relación –con crecientes énfasis en las adjetivaciones negativas- subrayaría la importancia del surgimiento del “fascismo argentino” a partir del golpe de Uriburu, encargado –como sostendría en los años cincuenta- de iniciar “las auras maléficas del fascismo que comenzaba a viciar la vida nacional”[52], estableciendo así un “ciclo del fascismo argentino”, denominado “de los veinticinco años amargos”, que unificaba como males equivalentes al uriburismo, al período fradulento, al golpe del ’43 y al peronismo, en una línea que desdibujaba enfáticamente la originalidad del último de esos procesos[53].

Dicha equiparación, aunque levemente descarrilada en relación a algunas inquietudes previas del autor, resultaba particularmente sólida para enlazar las perspectivas de los renacidos sectores“democráticos” que esperaban de la Revolución Libertadora, la transición a una “fórmula supletoria”, como indicaba el décimo capítulo de Las ideas políticas incorporado en la década del setenta,  que permitiera “hallar el modo de encaminar” el país “hacia el establecimiento de una democracia legítima”[54]. Como el propio Romero se ocuparía de reconocer, esa fórmula resultaría “infructuosa”[55] y el peronismo retornaría al poder en 1973.

Conclusión

Según hemos visto, el repudio del fascismo como sistema político era, por parte de Romero, indubitable. El mantenimiento de sus convicciones socialistas y humanistas no podía más que colocarlo en esa posición. Sin embargo, su pretensión de historiador y analista social lo obligaban a reconocer las innovaciones que ese fenómeno había provocado, las previas razones que habían coadyuvado a su posibilidad de existencia y, en especial, las transformaciones inevitables que su emergencia había desatado en la relación entre “política” y “masas”. Su postura frente al peronismo, en efecto, tendría una similar intención.

Por otro lado, aunque se hallaba situado en el extenso campo de quienes se oponían al fascismo, Romero no estaría dispuesto a asumir de manera automática las posiciones que las principales corrientes del antifascismo local –bien la liberalsocialista, bien la comunista- consideraban indisolublemente ligadas a esa causa. Esto sería especialmente cierto en relación al lugar geopolítico que la Argentina debía ocupar, lo que colocaba su opinión –especialmente en los primeros años de la Segunda Guerra Mundial- distanciada tanto de la que se contentaba con definir la disputa bélica como una desinteresada “cruzada democrática” como de aquella que la tachaba –al menos hasta mediados de 1941- de mera “guerra entre imperialismos”.


[1] En ocasiones, casi se pensaba positivamente el aporte que había hecho el fascismo para permitir aclarar –por oposición a él- las ideas propias, como lo sostendría Klaus Mann: “El Fascismo- por paradójico que esto suena- hace que sea más fácil para nosotros de aclarar y definir la naturaleza y el aspecto de lo que queremos. Nuestra visión se opondrá, punto por punto, a la práctica del fascismo. Lo que este último destruye, el humanismo socialista defenderá, lo que este defiende, se destruirá”. Citado en Pieper Mooney, Jadwiga, “El antifascismo como fuerza movilizadora: Fanny Edelman y la Federación Democrática Internacional de Mujeres (FDIM)”, Anuario IEHS, n° 28, 2013, p. 212.

[2] Como se ha señalado en una compilación multinacional sobre dicha corriente: “el antifascismo era cualquier cosa menos un movimiento estructurado con una clara direccionalidad, y por lo tanto era trasladado hacia diferentes y cambiantes propuestas y retoricas de acción”. García, Hugo; Mercedes Yusta; Xavier Tabet y Cristina Clímaco (eds.), “Introduction”, Rethinking antifascism. History, memory and politics. 1922 to present, New York-Oxford, Berghahn Books, 2016, p. 4. Mi traducción.

[3] Tan antifascista que luego de que el gobierno militar surgido en 1943 impidiera que Argentina Libre (frente a la suposición que dicho título pudiera actuar como una velada demanda democratizadora) se siguiera denominando de esa manera, el semanario pasaría a titularse -ingeniosamente- nada menos que Antinazi, con lo cual los temores de su carácter cuestionador continuarían intactos, sin que en este caso el gobierno de facto pudiera hacer demasiado, pues la prohibición de dicha definición podría suponer una connivencia con las potencias del Eje que la administración de Farrell no estaba, ya a esa altura, dispuesta a asumir abiertamente. Ver nuestro: “Argentina Libre y Antinazi: dos revistas en torno de una propuesta político-cultural sobre el antifascismo argentino, 1940-1946”, Temas de nuestra américa, UNA, Costa Rica, 25, 47, 2009, pp. 63-84; y Nállim, Jorge, “Del antifascismo al antiperonismo: Argentina Libre,…Antinazi y el surgimiento del antiperonismo político e intelectual”, Buenos Aires, Iberoamericana, 2006, pp. 77-105.

[4] Romero, José Luis (en adelante, JLR), “El escritor –que existe por la libertad– debe repudiar al nazismo”. Argentina Libre, 27 de junio de 1940. Todos los textos citados de JLR (a excepción que se indique lo contrario) se encuentran en: jlromero.com.ar

[5] Halperin identificaría este artículo (también bajo el clima de la “caída de París” y en tanto disparador de los que posteriormente Romero escribiría en la misma revista) como una forma de recuperar intelectualmente los intentos (que para Alfredo Palacios resultaban a esa altura imposibles de realizar en términos políticos) de compatibilizar un cerrado antihitlerismo con una igualmente marcada toma de posición antiimperialista que no apareciera como disminuyente de aquel. Halperin Donghi, Tulio, La Argentina y la tormenta del mundo, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003, pp. 186-7. En sintonía con lo dicho, al analizar Carlos Miguel Herrera de manera más detallada los vínculos políticos efectivos entre Palacios y Romero, nos permite pensar que la apuesta del texto de Romero superaba la instancia de “ensayo intelectual” y quizás podría entenderse como un alegato de mantenimiento de esas premisas antiimperialistas en un contexto que por razones de estrategia política se le hacían imposible al “Maestro” expresar de manera más enfática y ampliada. Herrera, Carlos Miguel, “Romero, socialista”, Anuario del CEH “Segreti”, Córdoba, 20, 20, 2020, pp. 1-25. Recordemos en efecto, que no en pocas ocasiones, las opiniones antiimperialistas de Palacios llegarían a ser usadas por los propios hitleristas locales como forma de legitimar su propia propaganda antibritánica, como hemos analizado en nuestro: “Voceros de Hitler en la Argentina Análisis de la tarea propagandística del diario pro-nazi Deutsche La Plata Zeitung en su edición en castellano (1941-1944)”, Índice, 37, 25, 2007, pp. 247-280. Lo que, sin embargo, no impedía que Palacios siguiera expresándolas, incluso teniendo al propio F. D. Roosevelt como interlocutor, como sucedería con el pedido que le hiciera –en plena guerra- de liberar presos políticos puertorriqueños Palacios, Alfredo, Cartas a Roosevelt sobre Puerto Rico, Buenos Aires, Futuro, 1943.

[6] JLR, “El escritor –que existe por la libertad-…”

[7] Ídem

[8] Aunque finalmente, en su obra de temprana posguerra, Romero terminaría resumiendo que “por encima del conflicto imperialista, el conflicto ideológico ha adquirido una significación extraordinaria en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial. El nazifascismo era, sobre todo, la encarnación diabólica de la conciencia antirrevolucionaria, organizada del modo más eficaz que pudiera concebirse: reivindicando para sí la actitud exterior de la revolución y construyendo un aparato de camuflaje para poner a su servicio a las masas en trance de ascenso económico-social. Y frente al nazifascismo, las potencias occidentales, democráticas y capitalistas se aliaron con Rusia soviética para salvar el destino de la conciencia revolucionaria, pese a la radical diversidad que caracteriza a sus respectivas concepciones de la revolución. No hay paradoja: aun defendiendo el imperio británico, Churchill defendía más celosamente la concepción revolucionaria que un Hitler apoyado en el Arbeiterfront.”. JLR, El ciclo de la revolución contemporánea, 1948.

[9] Así lo definía Romero, bajo el seudónimo de José Ruiz Morelo, en “Lo representativo del alma popular”, 1946.

[10] Borges enumeraba, de esta manera, las múltiples contradicciones circulantes en el país acerca del suceso: “El que ha jurado que la guerra es una especie de yihad liberal contra las dictaduras, acto continuo anhela que Mussolini milite contra Hitler: operación  que aniquilaría su tesis. El que juraba hace cuarenta días que Varsovia era inexpugnable, ahora se admira (con sinceridad) de que haya resistido algún tiempo. El que denuncia las piraterías inglesas es el que aprueba con fervor que Adolf Hitler obre a lo Zarathustra, más allá del bien y del mal. El que proclama que el nazismo es un régimen que nos libra de charlatanes parlamentarios y que entrega el gobierno de las naciones a un grupo de strong silent men, escucha embelesado las efusiones del incesante Hitler o -placer  aún  más  secreto- de  Goering.  El que pondera la presente inacción de las armas francesas aplaudirá esta noche los síntomas iniciales de una ofensiva. El que reprueba la codicia de Hitler saluda con veneración la de Stalin. El rencoroso augur de la desintegración inmediata del injusto Imperio Británico, demuestra que Alemania tiene derecho a la posesión de colonias (anotemos, de paso, que esa yuxtaposición de las voces colonias y derecho es lo que alguna ciencia muerta -la lógica- denominaba una contradictio in adjecto). El que rechaza con  supersticioso pavor la mera insinuación de que el Reich puede ser derrotado, finge que el menor éxito de sus armas es un incomprensible milagro. No prosigo; no quiero que esta página sea infinita”. Borges, Jorge Luis, “Ensayo de imparcialidad”, Sur, 61, octubre de 1939, pp. 27-28.

[11] JLR, “El escritor –que existe por la libertad-…”

[12] Halperin sí parece ver la oposición de una manera más clara, en tanto indica que el esfuerzo de Romero como “escritor” estaba destinado precisamente a “buscar una alternativa que hiciera innecesaria esa opción entre dos males” entre los que el “hombre de la calle” debía necesariamente optar. La Argentina y la tormenta, p. 186.

[13] Apenas un mes después del artículo referido, Nicolás Repetto publicaba, en la misma Argentina Libre, una respuesta a la “gente que se ha dado en criticar acerbamente al imperialismo británico, que en este momento no es nuestro enemigo, que no nos amenaza en forma ni grado algunos y que, por el contrario, lucha solo por la libertad en todo el mundo”. Repetto, Nicolás, “El imperialismo inglés” (25 de julio de 1940), en: Política internacional, Buenos Aires, La Vanguardia, 1943, p. 32.

[14] Pensemos en ese sentido, la condena que presentaba el Comité Pro Defensa de los Derechos del Pueblo Español, presidido por el socialista Antonio Zamora, cuando señalaba: “El Comité deplora la falsa situación en que se colocan ciertos gobiernos democráticos, que en la anterior conflagración mundial, protestaban indignados contra el bombardeo de algunas ciudades belgas, y que ahora, al impedir, contra todo derecho, el armamento del gobierno legal, conducen al martirizado pueblo español, a la trágica situación presente, preanuncio de terribles desgracias para la humanidad toda”. Claridad, Mayo de 1937, p. s/n. Romero, según dialogó con Félix Luna, estuvo en España hasta pocos días antes de  la explosión de la Guerra Civil, y quedaría impactado especialmente –en eso se asemeja a Ponce- por las demostraciones de fervor obrero y campesino de la época: “En los ferrocarriles andaluces se cruzaban los campos y se veía a los campesinos levantando el puño…era un espectáculo muy impresionante”. JLR, Conversaciones con Félix Luna, 1976.

[15] Como podemos ver, por ejemplo, a partir de sus recurrentes colaboraciones en el proyecto editorial de los años cuarenta, dirigido por los exiliados republicanos Serrano Plaja y Varela y titulado De Mar a Mar. Esta solidaridad aparecía todavía incluso en obras “informativas” de los años ’50, como cuando en la entrada “Historia contemporánea” de la Editorial Jackson, Romero lamentaba: “Por su parte ni la UN ni los países del bloque anglosajón lograron modificar el régimen del general Franco en España, al que se acusaba de entendimiento con el Eje y con el que la UN aconsejó no mantener relaciones diplomáticas”. JLR, “Historia contemporánea” en: Enciclopedia práctica Jackson, 1951.

[16] JLR, “El escritor que existe…”

[17] Ídem.

[18] Anderson Imbert, Enrique, “El intelectual frente a la guerra”, Argentina Libre, 28 de marzo de 1940, p. 9.

[19] Luego de la intervención a la provincia de Buenos Aires, el presidente Ortiz gozó de un momento –aunque efímero- de encumbramiento. Además de lograr converger, al asestarle el golpe a Fresco, las credenciales antifascistas con las antifraudulentas, Ortiz alcanzaría el momentáneo apoyo del Ejército con esa decisión. Así, como se ha señalado: “el ministro de Guerra, Carlos Márquez, y la oficialidad más cercana a él se identificaban con las tradiciones liberales de la Argentina y apoyaban al presidente en su política encaminada a la restauración de los métodos electorales limpios”. López, Ignacio, “El desmantelamiento del ‘fraude patriótico’: las intervenciones federales durante la presidencia de Roberto M. Ortiz (1938-1940)”, Anuario del CEH “Segreti”, año 11, n° 11, 2011, p. 125.

[20] El 10 de Mayo de 1940, en su discurso radial con objeto de inaugurar el 8º Congreso Científico Panamericano, Roosevelt haría esa distinción entre pacifismo y aislacionismo, en los siguientes términos: “Yo soy pacifista. Ustedes, mis compañeros, ciudadanos de veintiuna naciones, también son pacifistas. Pero yo creo que por mayoría abrumadora en toda América, ustedes y yo, en última instancia y de ser necesario, actuaremos de manera conjunta para proteger y defender, por todos los medios que dispongamos, nuestra ciencia, nuestra cultura, nuestra libertad americana y nuestra civilización”. “Washington, DC –Radio address before 8th Pan American Scientific Congress (20 min)”. Traducción mía directa del audio, disponible en https://www.fdrlibrary.org/utterancesfdr#afdr167

[21] Al no poder contar con la opinión de Romero que discontinuaría su participación en Argentina Libre meses antes de Pearl Harbour y la consecuente declaración de Río de Janeiro, a partir de la que las naciones americanas, con excepción de Chile y Argentina, romperían relaciones con el Eje, nos remitimos a su mirada posterior, expresada en el célebre Las ideas políticas en Argentina, Capítulo “La línea del fascismo” (agregado a la segunda edición de 1956), en: FCE, Buenos Aires, 1987, p. 241.

[22] Esta necesidad preveía ciertos frenos, incluso, a las presiones frente a la potencia continental que se estaba desarrollando al calor de la Segunda Guerra (Estados Unidos) ya que Romero preveía “una alianza continental cuya fuerza pueda equilibrar la de las grandes masas políticas en formación o en reajuste, sin descontar el eventual auxilio de potencias solidarias —en este caso los Estados Unidos— cuya ayuda debe ser aceptada en condiciones tales que no pueda convertirse en una nueva dominación. Solo la alianza continental puede tratar de igual a igual con la gran potencia del Norte, y solo el gran bloque continental podrá oponerse a los grandes bloques que resulten de esta contienda”. JLR, “El problema de las alianzas”, Argentina Libre, 17 de julio de 1941. Este proyecto que contaba con la capacidad de contener las excesivas aspiraciones estadounidenses sería juzgado por Halperin Donghi como presentado “con demasiado optimismo” (La Argentina y el mundo…, p. 189) frente a la evolución posterior de dicha potencia. Con todo, es cierto que casi dos décadas después de la frase aludida y ante el nuevo panorama creado por la guerra fría y la revolución cubana, Romero no parecía ser nada “ingenuo” frente al colonialismo norteamericano, al señalar: “¿Cómo podría tomarse en serio un comentario en el que se habla de la ‘buena amistad’ que ha caracterizado a las relaciones entre los Estados Unidos y Cuba durante toda su vida independiente? ¿O cuando se habla de la magnanimidad de un comprador que paga mayores precios que los del mercado por el azúcar cubana? Como es seguro que no es ignorancia, hay que suponer que es colonialismo puro”. JLR, “Cuba, una experiencia”, Situación, 1960, p. 29.

[23] En dicho manifiesto, Girondo señalaba que “apremiados por las circunstancias, mucho más que por el profuso convencimiento que deben apoyarse entre sí, los pueblos de América parecen cada vez más dispuestos a abandonar su aislamiento suicida”. Girondo, Oliverio, “Nuestra actitud ante el desastre” citado en: Bisso, Andrés, El antifascismo argentino, Buenos Aires, Cedinci-Buenos Libros, 2007, p. 594. El manifiesto íntegro y la disputa con Emilio Mitre en Argentina libre, están transcriptos en El antifascismo argentino, op. cit., pp. 585-606.

[24] Halperin, La Argentina y la tormenta del mundo, pp. 186-187.

[25] JLR, “El escritor que existe…”

[26] Ídem.

[27] JLR, “La política exterior y sus supuestos”, Argentina Libre, 31 de julio de 1941.

[28] JLR, “Dinámica del equilibrio político”, Argentina Libre, 3 de julio de 1941.

[29] JLR, “El escritor que existe…”

[30] Ídem.

[31] Ídem.

[32] Cane, James, “‘Unity for the Defense of Culture’: The AIAPE and the Cultural Politics of Argentina Antifascism, 1935-1943”, The Hispanic American Historical Review, vol. 77, n°3, 1977, pp. 443-482.

[33] Ya en 1937 se desataría una fuerte controversia entre Emilio Troise y otro miembro de la AIAPE, César Tiempo [Israel Zeitlin], por el apoyo de este último a la fórmula Ortiz-Castillo, en vistas de la propuesta de dichos candidatos de retomar una política inmigratoria no restrictiva. En la condena a la postura de apoyo político de César Tiempo, Troise le escribiría que en la AIAPE habían creído que Tiempo era un “camarada celoso de la defensa de la verdadera cultura” pero que, en cambio, había demostrado “ser judío antes que hombre libre”. Como señala Ricardo Pasolini (de donde sacamos la cita previa), además de Tiempo, otros prominentes intelectuales en un variado registro desde el liberalismo al trotskismo (es decir, de Alberto Gerchunoff a Liborio Justo) dejarían la asociación a causa de lo que reputaban un creciente proceso de “stalinización”. Cita y desarrollo de la idea en: Pasolini, Ricardo, “Intelectuales antifascistas y comunismo durante la década de 1930. Un recorrido posible: entre Buenos Aires y Tandil”, Estudios sociales, 26, primer semestre de 2004, pp. 101-102.

[34] Romero diría que “como a Calcas augur, puede el poderoso llamar al escritor ‘adivino de males’ porque no siempre profetiza lo que él quisiera oír. Por eso bebió Sócrates la cicuta, por eso crucificaron a Cristo, por eso ultrajaron la venerable cabeza de Galileo y cortaron la recia de Tomás Moro”. Es un recorrido que nos hace acordar a las posiciones que sólo unos años antes Horkheimer desarrollaba, al escribir: “la gente que piensa ‘demasiado’ fue considerada peligrosa en todas las épocas en las que las transformaciones sociales estuvieron a la orden del día”, Teoría tradicional y teoría crítica, Barcelona, Paidós, 2000, p. 56.

[35] “Mensaje a los intelectuales de América Latina”, citado en “De la vida argentina. El primer año de A. I. A. P. E.”, Dialéctica, año 1, n°6, agosto de 1936, p. 330.

[36] Ídem.

[37] JLR, “Sobre el espíritu de facción”, Sur, nº 33, junio de 1937, p. 76. Esta reflexión no deja de resultar, a nuestro entender, una contundente respuesta –dada muchas décadas antes- a los intentos de Bourdieu por reclamar para los intelectuales cierta primacía normativa bajo la idea de ser servidores de un “corporativismo de lo universal” (Bourdieu, Pierre, “Por un corporativismo de lo universal”, Criterios, n° 32, julio-diciembre de 1994, pp. 5-14). Esta posición, por otro lado, no significaba bajo ningún aspecto, el desconocimiento de la capacidad del intelectual de ofrecer sus reflexiones como forma de compromiso con su tiempo, como puede verse en: JLR, “Soliloquio sobre la militancia del espíritu”, Correo Literario, n°3, 15 de diciembre de 1943.

[38] Como puede verse en su “Retorno a la historia de Francia” (Correo Literario, octubre de 1944), en el cual, frente al “entusiasmo por tanto tiempo contenido” que había desatado la Libération, llamaba asimismo a mantener la expectativa en torno a su evolución política y en señalar “no nos apresuremos a decir cuál es de las muchas Francias posibles en estos días de crisis decisiva”. De esta manera, Romero ponía en cuestión, también, la explosión optimista pos-liberación que se había dado en nuestro país y que parecía olvidar ciertas reticencias previas que se habían tenido acerca de la preferencia por la continuidad del gobierno del Frente Popular y también de ciertos apoyos velados que el régimen de Pétain había sabido recibir por parte de quienes habían sostenido previamente conductas abiertamente antifascistas. Es decir, para Romero, esa Francia que “liberada” ahora, “había vuelto a ser Francia”, podría volver a dejar de serlo en el caso que no se encontraran las causas profundas que habían facilitado su temporal extravío y que habían sido provocadas por impulsos que aún latían en dicha sociedad.

[39] Lisandro de la Torre, en la conferencia “Grandeza y decadencia del fascismo” dada en el Colegio Libre de Estudios Superiores en agosto de 1938, sostendría que dicho régimen, aunque era una “teoría reaccionaria en el orden político”, en “materia social (era), por los hechos que ejecuta y por la doctrina misma, una teoría no solo progresista, sino revolucionaria”. En: Intermedio filosófico y otros, Buenos Aires, CLES, 1946, p. 375.

[40] JLR, El ciclo de la revolución contemporánea.

[41] JLR, “Indicaciones sobre la situación de las masas en Argentina”, 1951.

[42] JLR, Capítulo “La línea del fascismo”, en: Las ideas políticas en Argentina, p. 238.

[43] Así Halperin recordaría “la afinidad que todos teníamos por evidente entre el proyecto del régimen militar y el implantado bajo la guía de Mussolini”. Halperin Donghi, Tulio, Son memorias, Buenos Aires, Siglo XXI, 2008, p. 150.

[44] En “El drama de la democracia argentina” (1946), Romero definía: “Políticamente, esta masa es inexperta y simplista; como en el fondo es igualitaria y democrática, acoge con calor la propaganda demagógica que parece responder a sus anhelos, sin descubrir los peligros que entraña”.

[45] JLR, “Universidad y Democracia”, Buenos Aires, Partido Socialista, 1946.

[46] Así definiría al nuevo gobierno electo como producto de un “brote de totalitarismo criollo”. JLR, “La lección de la hora”, El Iniciador, n°2, abril de 1946.

[47] Como ha señalado Carlos Miguel Herrera, aunque definiciones como la arriba transcripta podrían haber sido aceptadas, e incluso dichas, por actores con los que Romero se encontraba enfrentado en las líneas internas del partido, como Ghioldi, serían las formas en que se apeló contra dicha amenaza y la necesidad de rever de manera más poderosa el vínculo que el Partido había establecido con los sectores populares, lo que finalmente distanciaba a los sectores que cada uno de los mencionados representaba. Herrera, “Romero, socialista”, pp. 11-12.

[48] JLR, “El caos de un cosmos (los veinte años trágicos)”, 1948.

[49] Precisamente, en el capítulo así titulado, agregado en la segunda edición de 1956, Romero señalaba –en una línea similar a la del “falso fascismo” de Lisandro de la Torre- que los émulos locales de Mussolini desde el manifiesto lugoniano de la “hora de la espada”, no habían logrado concitar el apoyo popular como sus modelos europeos. Así, la Legión Cívica no habría sabido más que reclutar “de ordinario sino retoños de familias conservadoras” y el movimiento en general no era más que “un remedo hecho por aficionados, que no tenían contacto con la masa y que parecían tender a lo que pudiera llamarse un ‘fascismo ilustrado’”. En: JLR, “La línea del fascismo”, en: Las ideas políticas en Argentina, p. 231. El carácter elitista de ese movimiento sería refrescado en un texto posterior, al señalarlo como “un movimiento antipopular de fuerte sentido clasista y tuvo influencia en el desencadenamiento de la revolución militar de 1930, que puso fin al gobierno radical y repuso a las antiguas minorías tradicionales.” JLR, “Cambio social, corrientes de opinión y formas de mentalidad, 1852-1930”, 1966.

[50] JLR, “La lección de la hora”, El Iniciador, n°2, abril de 1946.

[51] Como había señalado para una revista venezolana: “Quienes jugaban a la política comprendieron que con el apoyo de las masas –sirviéndolas o sirviéndose de ellas– podían conquistarse el poder. Y no se equivocaban, porque en el mundo del período de las guerras mundiales no podía haber ya una política sin masas. Se había operado, gracias a esta acentuada aceleración del fenómeno de movilidad social, una cabal renovación de la conciencia social”. JLR, “Las masas en ascenso”, 1955.

[52] JLR, “La reforma universitaria y el futuro de la universidad argentina”, 1956.

[53] JLR, Capítulo “La línea del fascismo”,  en: Las ideas políticas en Argentina, p. 257. En ese sentido, Romero indicaría las conexiones del pensamiento nacionalista de Ibarguren –al que consideraba el principal estructurador de esas ideas- con muchas de las posiciones del peronismo, tanto que diría que su líder “no innovó demasiado, sino que se limitó a realizar, glosándolas y variándolas en ocasiones, viejas inspiraciones de los grupos nacionalistas”. Íbidem, p. 248.

[54] Íbidem, Capítulo “La busca de una forma supletoria” (incorporado desde la edición de 1974), p. 258.

[55] Ídem.