Pensar con otros: José Luis Romero en el Colegio Libre de Estudios Superiores

MABEL N. CERNADAS – JULIANA LÓPEZ PASCUAL
(CER “Prof.  Félix Weinberg”-UNS/CONICET)

En el estudio de los escenarios culturales de mediados del siglo XX en la Argentina, la trayectoria vital de José Luis Romero emerge como una figura insoslayable cuyo análisis abre la posibilidad de interpretar y explicar numerosos aspectos del devenir del mundo intelectual local. Como se desprende de una recorrida por los escritos publicados en este sitio, sus intereses y su praxis cotidiana abarcaron e incidieron en una multiplicidad de espacios en los que los debates en torno a la cultura, el saber, su rol en la transformación social y en el desarrollo de los individuos funcionaron como hilos conductores. Tal como ha planteado Ricardo Pasolini[1], la atención a la biografía y a los sujetos constituyó para Romero una de las claves teórico-metodológicas para la comprensión de la vida histórica y del lugar de lo simbólico en ella. Es en ese sentido que aquí nos interesa recuperar ese nexo, esa relación intrínseca y fluida entre el recorrido intelectual individual y la acción colectiva sobre el presente.

Una de las instituciones a las que estuvo vinculado en su juventud –había iniciado la carrera de Historia en la Universidad Nacional de La Plata, en 1929- fue el Colegio Libre de Estudios Superiores (CLES), en el que ya participaba su hermano Francisco[2]. Conformado inicialmente en la Capital Federal durante 1931, por Alejandro Korn, Narciso C. Laclau, Carlos Ibarguren, Roberto Giusti, Aníbal Ponce y Luis Reissig, pronto se sumaron otros integrantes de las élites letradas de Buenos Aires, constituyendo, en palabras de Silvia Sigal, “un magnífico ejemplo de la función modernizadora y del carácter combinado, cultural y político, de una franja de intelectuales argentinos”[3]. La tensión entre estos dos tipos de objetivos puede verse de manera más o menos explícita a lo largo de su evolución institucional, aunque en su Acta fundacional, publicada con regularidad en distintos números de Cursos y Conferencias, manifestaba solo sus preocupaciones en torno a la cultura. Así puede leerse:

El grupo de personas que firma esta carta ha pensado en la conveniencia de constituir un organismo exento de carácter profesional destinado al desarrollo de los estudios superiores…Ni universidad profesional, ni tribuna de vulgarización el Colegio Libre de Estudios Superiores aspira a tener la suficiente flexibilidad que le permita adaptarse a las nuevas necesidades y tendencias. Germen modesto en favor de un esfuerzo a favor de la cultura superior, espera la contribución material, intelectual y moral de todas las personas interesadas en que aquella sea un elemento de acción directa en el progreso social de la Argentina”.(Buenos Aires, 1930).

En realidad, la etapa que se inicia durante los años treinta con la ruptura institucional, la reinstauración de gobiernos de extracción conservadora y la creciente intervención del Estado en nuevos ámbitos constituye en la vida política argentina un proceso de gran complejidad y ambigüedades, que evidenció el creciente desgaste del entramado de relaciones que había articulado el sistema político con la sociedad, desnudando la inadecuación de la dirigencia para afrontar los desafíos de un mundo social complejizado por las transformaciones económicas y la movilidad social. Fueron perfilándose así lazos asociativos de una vigorosa trama social sustentada en el florecimiento de un variado repertorio de asociaciones, que al participar en el espacio público por carriles distintos de la política partidaria, se manifestaba a través de un amplio abanico de expresiones de sociabilidad.

Dentro del denso entramado de asociaciones, empresas editoriales, revistas, círculos intelectuales y culturales de Buenos Aires en la entreguerra, el CLES ocupó un lugar central, por su intención de promover una “cultura superior” sustentada en los principios difundidos por la Reforma Universitaria de 1918, la lucha antifascista y la oposición al proyecto universitario corporativo del estado. En cierta forma es posible, incluso, relacionar las inquietudes de estos intelectuales argentinos con la trayectoria de los liberales krausistas españoles de la Institución Libre de Enseñanza y su proyecto pedagógico de fines del siglo XIX. Su presencia en el mundo de la cultura se prolongó por casi cuatro décadas, durante las cuales sus gestores procuraron preservar un espacio de producción de conocimiento alejado de las luchas del mundo de la política partidaria. Al mismo tiempo, su accionar configuró intervenciones con claras filiaciones ideológicas, no sólo por sus tensiones evidentes con la dirigencia conservadora, inicialmente, y con el proyecto peronista más tarde, sino porque su propuesta cultural se orientaba a brindar una oportunidad de acceso a dicha cultura a sectores más amplios de la sociedad argentina[4]. En ese sentido, el proyecto del CLES buscó difundir e institucionalizar una noción del conocimiento y el saber que incluyó agentes extra-universitarios tanto como debates y problemáticas que emergían de los espacios regionales argentinos.

La institucionalidad del Colegio -inicialmente restringida a la realización de actividades en la Capital Federal- se acompañó de un órgano de difusión perdurable, la revista Cursos y Conferencias, que apareció entre los años 1931 y 1960 de manera mensual, trimestral o semestral. Como su mismo nombre lo indica, la sección principal contenía la transcripción de aquellas disertaciones y cursos realizados en Buenos Aires y, más tarde, en las filiales del interior por científicos, intelectuales y profesionales de distintos ámbitos, que daban a conocer el resultado de investigaciones, ensayos o debates académicos. En ese sentido, y a pesar de no tratarse de una revista en el sentido estricto del término, sí asumía formas que la vinculaban con la modernización en la circulación y la divulgación del conocimiento. Los diferentes tópicos eran seleccionados por el comité editor de acuerdo al interés científico o la relevancia social y con su publicación se ampliaba la red de lectores y adherentes. Una sección especial estaba consagrada al comentario y crítica de libros y publicaciones contemporáneas y además reseñaba la vida cultural de la ciudad. La riqueza temática y la diversidad de autores y títulos elegidos confirmaban el carácter ecléctico de la cultura argentina, que constituye también el rasgo más notable de la producción de este universo de intelectuales caracterizados por el ideario progresista. En la sección denominada “Vida del Colegio”, además, quedaron reflejadas las actividades del CLES en la Capital y en las filiales creadas en las ciudades del interior (conferencias, lectura de autores, audiciones, cine documental y artístico) como así también las relaciones con grupos similares radicados en distintos países del continente americano. Por último, “Noticias y comentarios” incluía información relacionada con la política general de la institución y sobre su posición respecto a cuestiones y preocupaciones de la vida nacional.[5]

La imbricación de las relaciones entre la cultura y la política de este activo sector del universo político- cultural ha sido observada también por A. Cattaruzza, quien indica que “la proximidad entre las acciones desplegadas por quienes pretendían dedicarse a cada actividad y entre los elencos involucrados en ellas, así como la discusión del papel del intelectual en la lucha social y política –que no fue sólo la réplica de las polémicas europeas– son rasgos salientes en esa reorganización”. Si bien, según el autor, la misma tenía antecedentes en la etapa anterior, “en los años treinta las distancias son menores y, por ejemplo, revistas culturales asumían sin mediaciones el debate político, intelectuales -consagrados o no- se incorporaban a las organizaciones políticas, dirigentes ilustrados publicaban sistemáticamente artículos y libros dedicados a los temas más variados comprometiéndose en múltiples empresas culturales. Así, agrupaciones de escritores o políticos, revistas, ateneos, ciclos de conferencias y congresos constituyeron una trama muy densa y poblada, que no excluía sectores de los partidos pero que era visiblemente más amplia que ellos”.[6]

En este sentido, la figura de Romero cobró relevancia dentro del Colegio a partir de la década de 1940 en coincidencia con el desarrollo de un proceso de transformación cualitativa que la entidad encaró luego de una década de trabajo, y en consonancia con el clima de auto-organización intelectual que Silvia Sigal atribuye a la década[7]. Por un lado, se produjeron algunos contactos con esferas públicas que permitieron proyectar cierto crecimiento material mediante el acceso a subsidios y beneficios materiales que se vieron frustrados por la coyuntura política de 1943. Por otro, la dirección del Colegio buscó descentralizar las actividades, adquirir una mayor envergadura y dotar de cierta sistematización a sus tareas a partir de la redacción de un estatuto. En este sentido y aprovechando los lazos personales de sus miembros, se crearon sedes en algunas ciudades del interior del país como Entre Ríos, Córdoba, Bahía Blanca, Tucumán, Santiago del Estero, La Plata, Santa Fe, Mendoza y Rosario, y se planificó la circulación activa y ágil de los miembros por todas las filiales[8].

Asimismo, la reformulación del proyecto complejizó las formas en las que se concebía el nexo entre cultura y política; a las “cátedras libres” y las conferencias magistrales se sumó una variada gama de actividades que comprendió la creación de institutos, la organización de disertaciones y audiciones musicales, el intercambio de investigadores, la realización de ciclos interdisciplinarios sobre temas específicos, el dictado de cursos de idiomas, la proyección de documentales de cortometraje y el otorgamiento de becas o subsidios a alumnos destacados. Por otra parte, la publicación de algunos textos de los disertantes en Cursos y Conferencias, transformó a la revista en un observatorio de primer orden de la sociabilidad de este universo de intelectuales progresistas, además de un lugar privilegiado para la comprensión del movimiento de ideas de la época. Del recorrido temático por la publicación se evidencia que los planteos académicos desarrollados se estructuraron a partir de una base de orientación progresista y liberal, que implicó tomar posición en el debate social y político mayor que habían abierto las experiencias europeas autoritarias, pero también frente al crecimiento de los sectores militares golpistas, conservadores y católicos integristas en la escena argentina a partir de 1930.

Efectivamente, una de las actividades más importantes desarrolladas por el CLES en Buenos Aires y, luego de 1941, en las filiales del interior del país fue la creación de cátedras libres que estuvieron a cargo de docentes universitarios o reconocidos hombres de la política, la economía y de la cultura y a la vez referentes por su compromiso político y una militancia intelectual sustentada en los ideales del liberalismo reformista y de izquierda. La denominación de cada una de ellas dio cuenta del universo ideológico complejo que la entidad nucleaba, a la vez que se volvía clara la articulación referencial con el pensamiento liberal: Domingo F. Sarmiento, Alejandro Korn, Lisandro de la Torre, Juan María Gutiérrez y Juan Bautista Alberdi daban nombre a los espacios dedicados a temas educativos, filosóficos, económicos, literarios y jurídicos. A este respecto, y en clara coherencia con el lema fundacional que manifestaba alejarse de la “universidad profesional” y de la “tribuna de vulgarización”, el trabajo con las cátedras se pensó desde “una articulación entre el conocimiento y su transferencia al medio social, en donde lo popular y cultural no resultaran antagónicos con los saberes provistos desde el medio académico…y que representaban un balance de los debates intelectuales y científicos del momento”[9]. Una de las formas con la que se buscó dar mayor coherencia a las exposiciones de determinadas temáticas, fue realizando ciclos que estuvieron a cargo de especialistas de diferentes disciplinas. Dentro de esta modalidad se incluyeron los homenajes tributados a Aníbal Ponce, Alejandro Korn y Lisandro de la Torre, no sólo por su trayectoria dentro del CLES sino porque eran considerados paradigmas de la defensa del sistema democrático. Junto a los argentinos antes citados, se incluyó a Franklin Delano Roosevelt por su enérgica posición frente al nazifascismo y la Cátedra de Estudios Americanos del Colegio recibió su nombre.

Doctorado en la Universidad de la Plata en 1937, Romero inició sus vinculaciones formales con el CLES a partir de la convocatoria de Luis Reissig para el dictado de una serie de clases cuyos resúmenes serían publicados en la revista del Colegio: “El Estado y las facciones en la Antigüedad” (1937), “La Revolución francesa y el pensamiento historiográfico” (1940), “La Enciclopedia y las ideas liberales en el pensamiento argentino anterior a Caseros” (1949). En 1941, conjuntamente con Claudio Sánchez Albornoz y Emilio Ravignani y en el marco de la transformación interna de la entidad, fundó y dirigió la Cátedra Bartolomé Mitre dedicada a las temáticas históricas, y comenzó a viajar a distintas filiales para presentar sus conferencias[10]. El trabajo de reflexión e investigación sobre el pasado quedaría vinculado, desde entonces, a variables caras a la acción del Colegio: los problemas políticos del presente, el desarrollo nacional, el lugar de una cultura activa en las sociedades democráticas y la defensa de la libertad frente a los proyectos autoritarios, a la vez que suscitaría polémicas más o menos veladas.

El “hecho peronista” configuró, según Carlos Altamirano[11], uno de los grandes ejes frente a los cuales se produjo la transformación de las culturas políticas liberales y de izquierdas, proceso que afectó también al CLES y que se observa, según su análisis, en la articulación con las investigaciones históricas y, puntualmente, en el posicionamiento de José Luis Romero. El recurso al pasado y a la evocación de figuras específicas ofreció un canal elusivo pero claro para intervenir en la controversia sobre el fenómeno del justicialismo, entroncando así con los debates en torno a “las dos Argentinas”. En la línea de jerarquización de los valores de la democracia liberal y también como un modo de esquivar la censura, los integrantes del CLES decidieron conmemorar el bicentenario de la Enciclopedia y el sesquicentenario de la Revolución Francesa, organizando ciclos que contaron con la participación de expertos de distintas materias y un nutrido auditorio[12]. Con la misma intención se recordaron la Revolución de Mayo, la Organización Nacional y la Revolución de 1890, que representaban hitos del “glorioso siglo XIX” al que debía apelarse para interpretar la “formación nacional y cultural argentina”[13]. Devenidos aquellos procesos históricos en instancias fundacionales, el grupo los examinó en clave política, rescatando sólo a algunos de sus protagonistas. Así, Mariano Moreno, José de San Martín y Bernardo Monteagudo fueron los personajes ineludibles en el momento de referirse al ciclo iniciado en mayo de 1810. Por su parte, Domingo F. Sarmiento, Juan Bautista Alberdi, Esteban Echeverría, y Bartolomé Mitre constituyeron los nombres que por antonomasia se asociaron a la formación del estado nacional, en una clara intención de utilizar el pasado y sus “héroes” para reforzar la controversia que mantenían con nacionalistas, rosistas, revisionistas y, sobre todo, peronistas. La figura de Romero constituyó, sin embargo, la voz problematizadora de estas prácticas. Como ha advertido Altamirano, su aguzado sentido histórico lo llamó a observar y señalar las profundas diferencias y discontinuidades entre el siglo XIX y su presente, introduciendo matices críticos en los usos analógicos del pasado y reivindicando la investigación minuciosa sobre los datos[14].

Más allá de esos debates, la realidad institucional cotidiana del CLES se vio afectada de manera particular por el golpe de Estado que produjo el derrocamiento de Ramón Castillo en junio de 1943 y la posterior consolidación de la figura de Juan Domingo Perón. En los primeros días de octubre de 1945, la sede de Capital Federal suspendió las actividades “en vista de las circunstancias por las que atraviesa el país”, mientras algunas de las filiales decidieron “solidarizarse” con el organismo central y cancelaron su programa de trabajo. La institución manifestó anoticiarse de los acontecimientos políticos que le fueron contemporáneos y así la ligazón entre cultura y política se hizo más estrecha; sin embargo, ello se expresó de manera sutil y en apariencia recelosa, al menos en sus espacios oficiales. El anclaje en las preocupaciones políticas era evidente y, aunque no se precisaba su posición al respecto, resulta sugerente observar que buena parte de los docentes e investigadores cesanteados de las universidades nacionales por la intervención estatal en 1946 -entre los que se encontraba Romero- hallaron acogida en las aulas del Colegio. Así las relaciones entre los integrantes del CLES y el poder político fueron deteriorándose, en el marco de las tensiones generadas por el proceso de expansión de los intereses e incumbencias del Estado sobre terrenos culturales hasta entonces en manos de la gestión privada y de la sociedad civil. En ese sentido, las filiales se constituyeron en la base de una red de sociabilidad donde circulaban los intelectuales no peronistas y eran, asimismo, el ámbito donde encontraron subsistencia material profesores universitarios, literatos, artistas y científicos alejados de la órbita oficial. Es de esa constatación que suele afirmarse que la institución, que había nacido en respuesta a la inquietud de intelectuales y profesionales por generar espacios educativos y de investigación paralelos al sistema universitario, habría asumido también el rol de caja de resonancia de la solapada oposición al justicialismo. Sin negar esa noción, la observación detenida del accionar institucional introduce complejidad en la interpretación: aún cuando varios de sus miembros eran reconocidos antagonistas partidarios, la tónica general de las actividades del Colegio evitaba manifestar los posicionamientos ideológicos coyunturales y, en cambio, recurría a estrategias metafóricas y elusivas ligadas específicamente a la tarea intelectual. El programa cultural solía leerse, sin embargo, enlazado en la interpretación compleja y conflictiva del fenómeno justicialista, en el que no pocos caracterizaban a los seguidores peronistas como una masa ignorante y violenta, representación social que sustentaba la descalificación de sus opciones políticas.

El 17 de julio de 1952 los cursos en Capital Federal – habitualmente desarrollados en la Sociedad Científica Argentina- fueron suspendidos por la oficina de Reuniones Públicas de la Policía Federal lo que permite sospechar que, en el momento en que las prácticas gubernamentales destinadas a censurar a la oposición intelectual se hicieron más frecuentes, la dirigencia justicialista se volvió más sensible a las declaraciones veladas que circulaban en la entidad. En noviembre del mismo año, la situación del organismo central se complejizó en virtud de la explicitación de los conflictos internos que desembocaron en la renuncia de Ricardo M. Ortiz, Homero B. de Magalhaes y Jorge Thénon a sus cargos en el Consejo Directivo. Mediante una larga nota de dimisión en la que la figura del malogrado Aníbal Ponce funcionaba como una pauta de evaluación de lo realizado, quienes se retiraban expusieron críticas muy severas a la gestión del CLES en torno a la planificación de su política cultural, al manejo de los fondos financieros, a las posiciones ideológicas adoptadas y a los hábitos de “renovación mecánica” de autoridades. Lo que se manifestó, en primera instancia, como una impugnación de las prácticas institucionales internas constituyó una de las variantes en la disgregación del consenso intelectual opositor como consecuencia del realineamiento de los intelectuales comunistas en torno al antifascismo, a los postulados soviéticos y, en último plano, al mismo peronismo[15]. Incluso ante estos hechos, las fuentes públicas del CLES mantuvieron un claro silencio ante lo que empezaba a evidenciarse como un clima de obstaculización a las actividades de las instituciones que impugnaban el gobierno peronista. El trabajo del Colegio se desplazó, entonces, a las filiales que permanecían abiertas -Bahía Blanca y Rosario- y a la publicación de la revista.

La experiencia vital de José Luis Romero entronca con estos devenires institucionales no sólo porque el Colegio fue, en efecto, uno de los espacios – junto con la Universidad de la República, en Montevideo, e Imago Mundi– en los que pudo desarrollar sus intereses y continuar con su actividad docente en el contexto de la persecución política sino también por su voluntad cívica y su participación partidaria. Habiendo manifestado tempranamente su simpatía por las ideas socialistas por influencia de sus relaciones familiares e intelectuales, colaborando esporádicamente con la Universidad Popular Alejandro Korn, impartiendo cursos y publicando algunos artículos sobre temas de historia en La Vanguardia, ante el desafío político que se observaba en la emergencia del peronismo decidió afiliarse al partido. Como ha afirmado Omar Acha, la trayectoria política de Romero en el socialismo estuvo atravesada por su impronta profesional:

…la relación inicial de Romero con el Partido Socialista no fue la propia de un referente político activo, ni la del militante que hace de los deberes organizativos el centro de su existencia. Romero tuvo siempre una posición alimentada desde su obra de historiador y estuvo encuadrada en una costura de amistades que sólo en parte conocían bien las peripecias facciosas y transaccionales que recorren la vida de todo partido político. En verdad, no estaba preparado ni deseaba la disipación de tiempo y energía que deparaban las disputas internas. Esto no significa que no hiciera sus elecciones, ni que estuviera exento de los alineamientos a que obligaba la hegemonía del sector de Américo Ghioldi.[16]

En ese sentido, su participación en el socialismo era coherente con la actitud reflexiva y crítica asumida en la lectura de los regímenes totalitarios europeos y en lo que Andrés Bisso ha interpretado como una “apelación antifascista no del todo confortable”[17]. El compromiso político, entendía Romero, debía desprenderse de la inquietud y la decisión individual, marginando de ella las tensiones y dinámicas colectivas del campo cultural. La militancia partidaria se conjugaba con -y se distinguía de- una disposición analítica que rescataba el fenómeno de aparición y acción de las masas en la vida política a partir de la emergencia de los proyectos corporativos, mirada que lo acercaba a algunos otros miembros del Colegio y que sería relevante luego de 1955, tanto en lo atinente a las derivas partidarias como en los tópicos asumidos por el debate en torno a la desperonización y la modernización social.

Y es que si el derrocamiento de Juan Domingo Perón por la “Revolución Libertadora” en septiembre de 1955 configuró un quiebre en el curso histórico nacional, también introdujo un nuevo parteaguas en el derrotero de la entidad que reabrió sus cursos en la Capital Federal con un encendido discurso pronunciado por Roberto F. Giusti, secretario provisorio del Colegio, en presencia del Ministro de Educación nacional y frente a un público de más de 500 personas. Sus palabras asumieron, claramente, una postura diferente a la sostenida desde la fundación del CLES y abandonaron las expresiones cautelosas y escuetas de las manifestaciones previas. Aún sin nombrarlo, el orador impugnó con dureza la gestión del ex presidente calificándolo de “déspota”, “tirano”, “inverosímil megalómano”, y a su esposa María Eva Duarte como espíritu “demoníaco”; la vida argentina de los doce años anteriores había constituido un “drama” en el que la clausura de CLES había configurado uno de tantos episodios. En ese mismo evento, José Luis Romero participó como miembro del Consejo Directivo y reinició oficialmente las actividades, presentando de manera condensada la exposición inicial de un curso que ya había sido ofrecido en la filial de Rosario, titulado “Ubicación histórica de la generación del 80”.

En la dimensión institucional específica, la vida del Colegio también comenzó a cambiar. En tanto se comprendió que el organismo había sido un “reducto de la libertad de pensamiento” durante los años peronistas, numerosos de sus miembros fueron convocados a participar de la tarea de “reparación y restauración” que procuraría desarrollar Atilio Dell’Oro Maini desde la cartera de Educación. Ese fue el caso, entre otros, de José Luis Romero, quien fue llamado a ocupar el rectorado interventor de la Universidad de Buenos Aires con el decisivo apoyo de las organizaciones estudiantiles[18]. En el mediano y en el largo plazo, esa inserción creciente en otros espacios académicos o políticos condujo a un progresivo declive de la participación de los socios del Colegio, cuyas energías se destinaban ahora al desempeño de funciones en la esfera pública orientadas a modernizar la estructura de investigación y formación profesional tanto como a “desperonizar” las instituciones[19].

La agitación política y la visibilización de otros actores introducirían, sin embargo, nuevos tópicos en el debate intelectual y generarían otras coyunturas institucionales a partir de la polémica. En diciembre de 1955, y por iniciativa del ministro Dell’Oro Maini, fue aprobado el decreto-ley 6403 que otorgaba autonomía organizacional a las universidades nacionales. Por primera vez se concedía que los cargos docentes fueran cubiertos sin la intervención del Poder Ejecutivo y también se establecía el gobierno tripartito que abría la política universitaria a estudiantes y egresados, aunque en posición minoritaria con respecto al claustro docente. Aunque esta normativa fue acogida favorablemente por los universitarios porque veían concretarse los requerimientos de la Reforma Universiraria de 1918, uno de sus artículos, el 28, desencadenaría la polémica porque establecía la creación de instituciones educativas superiores privadas a las que también facultaba para entregar títulos y diplomas académicos. Ante la oposición desatada en el escenario universitario y al ver que las opiniones dentro del propio seno del gobierno se encontraban divididas, se relegó la reglamentación del artículo, se desplazó a Dell’Oro Maini de su cargo, produciéndose también la renuncia de José Luis Romero, que no había sido consultado al respecto.[20]

La presidencia de Arturo Frondizi profundizaría esa atracción de los intelectuales del Colegio hacia la función pública: la designación de Luis R. Mac Kay en la cartera de Educación derivó en la convocatoria del secretario Luis Reissig, Risieri Frondizi y José Babini para acompañarlo en distintos cargos de su gestión. En ese sentido, el CLES entraría en una larga crisis que sus propios dirigentes atestiguaron y que condujo, hacia finales de los 60, a su disolución.


[1] Ricardo Pasolini. “José Luis Romero y la biografía como forma de la historia”, en J. Burucúa, F. Devoto y A. Gorelik (eds.) José Luis Romero. Vida histórica, ciudad y cultura. San Martín: UNSAM Edita, 2013.

[2] Mabel N. Cernadas y Juliana López Pascual han investigado extensamente sobre esta institución. Véase al respecto los artículos referidos en la bibliografía.

[3] Silvia Sigal, Intelectuales y poder en la década del sesenta, Buenos Aires, Puntosur, 1991.

[4] Cfr. Federico Neiburg, Los intelectuales y la invención del peronismo: Estudios de antropología social y cultural, Buenos Aires, Alianza ed., 1998, p. 145 y “Ciencias sociales y mitologías nacionales. La constitución de la sociología en la Argentina y la invención del peronismo”, en Desarrollo Económico, Revista de Ciencias Sociales, (1995), Nº 136, vol. 34, enero- marzo, pp. 533-556.

[5] Véase al respecto: Mabel N. Cernadas “Lecturas de una élite intelectual argentina: el Colegio Libre de Estudios Superiores, 1930 – 1950”. Cuadernos Americanos, Ciudad de México, n. 74, 1998,; M.N. Cernadas, “ La revista Cursos y Conferencias: un proyecto cultural diferente”. Cuadernos del Sur, Bahía Blanca, n. 28, 1999, y M.N. Cernadas, “El entramado cultural de Buenos Aires desde las páginas de Cursos y Conferencias”. En Biagini, Hugo; Roig, Arturo. El pensamiento alternativo en la Argentina del siglo XX: Obrerismo, vanguardia, justicia social (1930 – 1960), Buenos Aires: Biblos, t. 2, 2006.

[6] Alejandro Cattaruzza. “Las culturas políticas en la Argentina de los años treinta: algunos problemas abiertos”. Anuario del Instituto de Historia Argentina, 16(2), e018, 2016.

[7] Silvia Sigal, Intelectuales y poder en Argentina. Cit.

[8] Al respecto, véase Juliana López Pascual, “Prácticas culturales y sensibilidades políticas en la concreción de proyectos regionales: el Colegio Libre de Estudios Superiores a mediados del siglo XX”. Anuario de la Escuela de Historia Virtual, No 17, (11), 2020.

[9] Sandra Fernández, “Las voces rosarinas en el Colegio Libre de Estudios Superiores. Líneas y alcances de la participación de los profesionales e intelectuales de la ciudad de Rosario en la revista Cursos y Conferencias”. Anuario del Instituto de Historia Argentina, 19 (2), 2019, e099. 

[10] Presentó “La cultura occidental y el destino americano” en Bahía Blanca, en 1949, y “El período de las guerras mundiales”, publicado en Cursos y Conferencias en 1955.

[11] Carlos Altamirano, Peronismo y cultura de izquierda. Buenos Aires: Temas Grupo editorial, 2001.

[12] Junto a José Luis Romero participaron Ricardo Caillet-Bois, Juan Cassani, Juan Carlos Vedoya, Luis Roque Gondra, Luis Juan Guerrero, Emilio Ravignani, José A. Oría, M. S. Neuschlosz, Ariel Maudet, Luis Reissig, Norberto Pinilla, Jorge Romero Brest, Patrick O. Dudgeon, Margarita Arguas, Francisco Romero, Roberto Giusti y Julio V. González.

[13] Sobre estos procesos históricos reflexionaron José Luis Romero, Ricardo Caillet-Bois, Diego Luis Molinari, Abel Chaneton, Julio Noble, Rodolfo Puiggrós, Emilio Ravignani, Nicolás Repetto, José P. Barreiro, José P. Tamborini, Germán García, Anastasio González Vergara y María Emma Carsuzán en un ciclo que Cursos y conferencias publicó en 1948 bajo el título “Ideas y doctrinas en nuestra formación nacional y cultural”.

[14] Carlos Altamirano, cit.

[15] Véase Adriana Petra, Intelectuales y cultura comunista. Itinerarios, problemas y debates en la Argentina de posguerra. FCE: Buenos Aires, 2017.

[16] Omar Acha, Tribulaciones de un historiador socialista. La trama profunda. Historia y vida en José Luis Romero. Programa Buenos Aires de Historia política siglo XX. Buenos Aires, 2005, pp. 32-65.

[17] Andrés Bisso, “José Luis Romero frente al fascismo y el antifascismo”.

[18] Juan Sebastián Califa, “El rector de los estudiantes. José Luis Romero al frente de la UBA, 1955-1956

[19] Claudio Suasnábar. Universidad e intelectuales: Educación y política en la Argentina [1955-1976]. Buenos Aires, Manantial, 2004.

[20] Luis Alberto Romero, “José Luis Romero y la Universidad”.


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