Discurso en la colación de grados. La Plata, 1938

José Luis Romero defiende su tesis de doctorado, 1937.

Excmo. señor ministro de Justicia e Instrucción Pública de la Nación. Excmo. señor Gobernador. Señor Presidente de la Universidad. Señores decanos y profesores. Señoras y señores:

Hoy nos acoge el claustro universitario para despedirnos cordialmente; henos aquí, finalizando una jornada.

Durante varios años, lo distintivo de la vida, aquello que condicionaba nuestras resoluciones y nuestros actos, era esta peculiar condición del estudiante de frecuentar las aulas, de convivir los de una misma generación, de aspirar a un grado académico despreocupadamente.

Etapa definida de la existencia, su tradición es ejemplar. Durante siglos, vistió el estudiante de Coimbra o de Praga un uniforme definidor: era «el estudiante », que era como decir la burla, o la alegría, o el heroísmo o el saber. Por las calles de la ciudad, en los atrios catedralicios, en las tabernas y en los mesones, las bandadas de jóvenes se congregaban alegres, escandalizando y discutiendo, alternando el amor con el vino y entremezclando con los dos los más abstrusos problemas escolásticos. Por los caminos, era un viandante conocido. La esperanza de escuchar a Abelardo en París o a Roger Bacon en Oxford, arrancaba de la paz hogareña a los más inquietos, a aquellos en quienes palpitaba la duda o la ambición, y los encaminaba hacia la docta ciudad llena de mágico prestigio. El juego, o la canción o la limosna, pagaba la mesa y el jergón de aquel en quien ardía la llama del espíritu.

Universidad Nacional de La Plata, c. 1920.

Tras de su ropa cobijaba el estudiante una singular manera de vida: un hábito trashumante e inquieto, un temperamento burlesco y rebelde, un apetito desinteresado de saber que sobrevolaba los dictados de la razón. Virtudes y defectos los ejercitaba en grado sumo, y se sentía siempre vanguardia de todo lo que intuía generoso y prometedor. Se era estudiante por temperamento y por vocación, y, mientras se era, el futuro acentuaba como un relámpago su existencia, como el penacho la frente del héroe. Por eso cuando llegaba a la edad madura, aparecía aquella etapa de la vida como la más fresca, la más viva, la más dúctil. Sólo sería después lo que era entonces.

De esta tradición estudiantil, no nos queda ya ni el vestido romántico, ni el hábito trashumante, ni el ánimo aventurero. El estudiante siguió la marcha de los tiempos y fue propicio a todas las influencias.

Acompañó las corrientes espirituales de todas las épocas y las vivificó permanentemente, entremezclando su cultivo con el ejercicio de sus pasiones de juventud. A la progresiva diversificación de la vida, correspondió con una pareja diversificación de sus intereses, matando la primigenia actitud vital del estudiante que vivía su edad pasajera bajo la especie de eternidad. Hoy, el estudiante parece más bien aprendiz de un oficio que ágil pirata del pensamiento, y más que el goce del ejercicio de la inteligencia lo guía un destino práctico puesto al final de su carrera. Signo de los tiempos, el estudiante aspira hoy a evadirse cuanto antes de tal condición: el porvenir lo espera, lleno de señuelos y de promesas y los grados universitarios son las armas para su conquista.

Todo el contorno social induce a apresurar la marcha en el transcurso de la etapa escolar y se preforma así en el estudiante, prematuramente, el hombre de carrera.

Fuera ingenuo creer que desde la universidad tan sólo podría vencerse esta coacción externa, vinculada al orden económico-social del mundo contemporáneo. Pero, en todo caso, la universidad no puede desertar de su misión directora. Urgencia primera de la universidad argentina de nuestro tiempo es desvanecer el ensoberbecido fantasma de la profesión como meta absoluta de su labor y diversificar sus posibilidades como para responder a la variada gama de las vocaciones.

Una entre todas se identifica con la naturaleza íntima de la universidad: la del hombre de estudio y de saber que se abisma en la búsqueda eternamente insatisfecha. El investigador no puede prescindir de la universidad que le proporciona el usufructo de la acumulada labor de años y los recursos de su organización institucional. Pero la universidad no puede prescindir del investigador, sin correr el riesgo de secar la viva fuente en que se nutre su validez científica y malograr su saber y su enseñanza. Parecería superfluo repetirlo si no se supiera que — aún en los ambientes universitarios — perdura la opinión vulgar de que la universidad no es sino un organismo profesional. Afortunadamente, en cierta medida se esclarece poco a poco nuestra conciencia universitaria y comienza a verse claro que — para que sea un organismo vivo — es menester adosarle un crisol de saber. Al lado de las aulas, al lado de la lección magistral, la universidad necesita los centros de labor benedictina, austera, silenciosa, que absorban el trabajo singular organizándolo en el cuadro de la investigación científica, cuyo plan excede, en el tiempo y en el esfuerzo, la limitada labor individual. Porque la cultura es continuidad y sólo sirviendo esta exigencia se traspone su umbral.

No nos extrañemos de que así no sea, porque ya lo hecho significa un esfuerzo superior a las exigencias culturales de nuestro medio, aceleradamente desarrollado en los últimos cincuenta años de nuestra historia. Pero no nos conformemos tampoco con que lo sea siempre, para que no corramos el riesgo de perder el papel director que a la universidad le corresponde. Para la conciencia media argentina, ser físico o biólogo o historiador es algo obscuro que solo puede justificarse por la profesión o la enseñanza. Una universidad que se propusiera la dignificación del saber puro y su vigencia social, cumpliría la misión de elevar, en un escalón trascendental, el nivel cultural argentino.

Para cumplir este papel, está nuestra universidad en condiciones óptimas. Así fue concebida por su fundador y todo contribuye en ella a señalar este carácter: tiene la plasticidad y el entusiasmo de la juventud; tiene el escenario de la ciudad de los eucaliptos y los tilos; tiene la paz de la provincia y la intuición de la metrópoli. De nosotros depende que tenga también el estudiante preocupado y el maestro ejemplar.

Entonces, se robustecería su papel nacional, ya señalado y reconocido. El egresado hallaría allí un hogar de colaboración desinteresada, y un centro de trabajo al cual unir el propio esfuerzo. Las bases de una convivencia culta se echarían así para siempre y las capacidades encontrarían la vía natural para su ejercicio.

Señoras y señores:

Maestros esclarecidos han enaltecido ya el prestigio de esta casa de estudios y han dejado como recuerdo de su paso el ejemplo imperecedero de su saber y su virtud. El fuego por cuya llama nos toca velar, recuerda aún el místico temblor de las manos que lo encendieron. Que su luz sea cada vez más pura, es nuestro voto. Un día llegará en que nos acerquemos — blanquecino el cabello — a una despedida como ésta.

Yo espero que nuestra conciencia nos diga entonces que hemos cumplido nuestro deber.

Joaquín Víctor González.