El monopolio del Estado o la libertad de enseñanza. 1958

PERIODISTA: ¿Cree usted que hay alguna semejanza entre el presente debate y el que polarizó al país, en liberales y católicos, en la década del 80 del siglo pasado?

PROFESOR ROMERO: La semejanza es sólo externa. Su pregunta me lleva al fondo del problema. Sin duda, en uno y otro caso, el origen de la cuestión religiosa no es circunstancial, sino que responde —me parece— a cuestiones profundas. En la década del 80, la minoría liberal quería crear en el país un ambiente favorable al cambio social que preconizaba como condición indispensable para el cambio económico. En la actualidad, mi impresión es que la ofensiva católica que estamos viviendo deriva de la comprobación de una innegable declinación de su influencia en la vida argentina.

P.: ¿Entonces usted no cree que el nudo de este debate es exclusivamente educativo?

P.R.: En lo que he dicho está implícita la respuesta negativa. Lo que está en debate es un problema político de fondo, que puede plantearse así: ¿subsistirán o no las estructuras espirituales tradicionales de este país? o ¿el cambio social al que el país viene asistiendo hallará su nueva fórmula de expresión espiritual?

P.: Al margen del problema de la otorgación de títulos ¿Qué opina usted de las universidades privadas?

PR.: Como toda clase de institutos de cultura superior que responda a determinada orientación, pero que no tenga capacidad para ejercer coacción sobre terceros, las universidades privadas son instituciones legítimas y protegidas por el artículo 14 de la Constitución. Ojalá el país tuviera muchos sectores con la voluntad de asociarse para profundizar y difundir la cultura.

P.: Y si se las facultara a otorgar título, ¿no cree usted que se establecería una fértil competencia para beneficio general? ¿Qué enseña la experiencia extranjera en este sentido?

P.R.: Mi opinión es categórica. La experiencia extranjera indica que no ha pasado nada. Ni la llamada competencia, de la que se espera un mejoramiento en la calidad de los técnicos No sucede nada. Es todo lo mismo. En mi opinión, lo que hay, en realidad, en los países vecinos que nos es dado conocer mejor, son dos universidades paralelas, generalmente con los mismos profesores, a los cuales el estado les paga en la suya para que ellos hagan catequesis gratuita en la Universidad confesional.

P.: ¿Por qué razones usted se opone a la otorgación de títulos por las universidades privadas?

P.R.: En primer lugar, porque creo que es función del estado, el cual la ejerce por medio de sus institutos naturales que son las universidades que sostiene y en las que no hay discriminación ideológica. En segundo lugar, porque, para mí, el problema de los títulos es un paso dentro de un plan cuyas etapas sucesivas serán la obtención de subsidios estatales y finalmente la autonomía en los tres grados de enseñanza. No debe olvidarse la franquicia que se otorgó al Colegio de El Salvador, de Buenos Aires, y al de la Inmaculada Concepción, de Santa Fe. Si esta política tuviera éxito, volveríamos a tener enseñanza religiosa en las escuelas y se habría perdido la batalla por la tolerancia y la auténtica libertad de la cultura.

P.: Finalmente, ¿a qué atribuye usted el replanteamiento del problema en este momento?

PR.: No podría contestarle exactamente. Pero estoy seguro que la opinión pública no reclamaba solución al problema sino que, con estimable prudencia, prefiere dejarlo de lado. Habría que ver qué grupos de presión son los que se mueven cerca de la Casa Rosada para precipitar una solución. No se trata sólo de prelados, ni tampoco exclusivamente de militares.

Función social de la Universidad lationamericana. 1959

1. La Universidad es, fundamentalmente, un centro de enseñanza superior, y como tal mantiene, desde sus orígenes, ciertos caracteres exteriores inalterables. Pero fuera de éstos, tanto sus fines como sus formas de acción y el tipo de relación con su contorno se han modificado sustancialmente de acuerdo con las situaciones sociales predominantes y con la significación que el saber ha tenido en cada colectividad. La concepción de la Universidad y de su misión no es, pues, absoluta sino que está condicionada por circunstancias de tiempo y lugar.

2. Unas veces la Universidad ha sido solamente un instrumento de conservación y transmisión del saber tradicional. En esas ocasiones podían darse dos circunstancias diferentes: que el ambiente espiritual y social no requiriera la elaboración y difusión de otro tipo de saber, o que, por el contrario, existiera cierta inquietud en relación con nuevas formas de conocimiento ajenas a la atmósfera de los claustros. En el primer caso, la Universidad ha mantenido su condición de centro cultural eminente; en el segundo, la ha ido perdiendo, poco a poco, y de hecho ha sido reemplazada por otras instituciones que se mostraron más ágiles para responder a los nuevos requerimientos del ambiente intelectual.

Pero otras veces la Universidad ha percibido y aceptado las situaciones de cambio, tanto espiritual como social. En ese caso ha renunciado a limitar sus funciones a la simple conservación y transmisión del saber tradicional, encaminando sus esfuerzos, en cambio, a la tarea de renovarlo. Por esa vía la Universidad ha mantenido o recobrado su condición de centro cultural eminente.

3. Debe entenderse, pues, que —como ha ocurrido siempre— la Universidad latinoamericana de nuestro tiempo tiene que elegir su camino en relación con las opciones que le ofrecen las exigencias propias de la época y del lugar en que actúa. El mantenimiento de su rango depende de su elección.

4. De hecho y por imperio de las circunstancias, la Universidad latinoamericana de nuestro tiempo es una institución a la que se le exige mucho más— en diversos planos— que a la Universidad europea o norteamericana. Son éstas, exclusivamente, centros de enseñanza e investigación, y la colectividad no espera de ellas sino lo que prometen como tales, puesto que para otras necesidades colectivas hay, o surgen fácilmente, otros órganos destinados a satisfacerlas. Las universidades latinoamericanas, especialmente después de la Primera Guerra Mundial, han sido vivamente solicitadas por inquietudes de otro tipo. La colectividad ha esperado de ellas, fundadamente o no, la sistematización y formulación de nuevas corrientes de opiniones, sin duda difusas, heterodoxas y en ocasiones revolucionarias, de los nuevos sistemas de valores que comenzaban a adquirir espontánea vigencia y de las respuestas adecuadas a las nuevas situaciones espirituales y sociales. Este requerimiento constituye el hecho más sorprendente y significativo en la historia de la Universidad latinoamericana.

Una opinión apresurada o superficial ha condenado, en función de una idea preconcebida y abstracta de la Universidad, la actitud que en casi todos los países latinoamericanos ha adoptado la Universidad frente a estas vagas solicitaciones de la colectividad o de algunos de sus grupos más o menos disconformistas. Pero un análisis más detenido de la situación espiritual y social de Latinoamérica parece justificarla.

5. En general, puede decirse que la sociedad de los países latinoamericanos ha perdido coherencia en los últimos tiempos. Está integrada por grupos que no están suficientemente articulados, o cuya articulación es notoriamente inestable. Son elementos yuxtapuestos dentro de una estructura formal más que partes de un conjunto homogéneo. La consecuencia más importante de esta situación es que la comunicabilidad entre los grupos se torna difícil, sobre todo porque los supuestos de la mentalidad y del comportamiento de cada uno de ellos son distintos y tienden a acentuar su diversificación. En consecuencia, la formación de corrientes de opiniones es, en relación con la fluidez de las situaciones, sumamente lenta, y muy difícil de lograr el consentimiento.

De aquí el problema que se suscita en los grupos más lúcidos de cada colectividad cada vez que se producen cambios en las situaciones reales: no se advierten simultáneamente las respuestas eficaces en el terreno de las ideas y de las opiniones, ni llegan a formularse oportunamente las correcciones de matiz en los sistemas de valores ni se logra un consentimiento suficientemente generalizado en relación con ninguna de las reacciones suscitadas por los cambios. Las corrientes de opinión circulan dificultosamente en una sociedad que es fluida para los cambios de situaciones sociales y que no está suficientemente articulada para permitir la comunicabilidad de las actitudes intelectuales y emocionales. A veces las mutaciones son muy lentas, y por lo mismo ocurre que en ciertos momentos se producen cambios bruscos caracterizados por la madurez de las nuevas formas. Los grupos lúcidos y sensibles se caracterizan en Latinoamérica por su constante insatisfacción frente a lo que consideran insensibilidad y conformismo, tanto de las mayorías como de ciertas minorías tradicionales. Esa insatisfacción tropieza con inmensas dificultades para llegar a una formulación precisa, y si llega a alcanzarla, aún quedan otras dificultades para obtener rápido y profundo arraigo en la conciencia colectiva. La consecuencia es manifiesta: aparece en el seno de la comunidad una necesidad nueva, que consiste en que alguien a quien se reconozca autoridad moral e intelectual se encargue de promover esas vastas corrientes de opiniones que la comunidad no engendra sola, como seguramente lo haría si fuera más homogénea y sus grupos estuvieran mejor articulados. Así parece explicarse el hecho de que los sectores disconformistas tiendan a reconocer que no hay en la sociedad de los países latinoamericanos otro órgano para esa función que la Universidad.

6. Si la peculiaridad espiritual y social del ambiente en que se desenvuelve la Universidad latinoamericana requiere que afronte estas exigencias, es obvio que no tiene sino dos posibilidades: aceptar esta misión sui generis, abandonando cierta concepción abstracta de la misión de la Universidad o, por el contrario, rechazarla y mantener su esquema tradicional. Cualquiera sea la opinión que suscite la gravedad de la decisión, debe convenirse en que, si la Universidad latinoamericana opta por la segunda de estas dos posibilidades, está destinada a perder la posición rectora que ha tenido, y puede preverse que se verá desplazada por otros órganos más ágiles y más sensibles a las inquietudes de la época.

7. Si, por el contrario, acepta esa misión sui generis, la Universidad latinoamericana tiene que modificar y diversificar su estructura. Esta perspectiva produce en algunos espíritus cierta alarma; pero tal actitud no es más valida que la de aquellos que en otras circunstancias y otras épocas resistieron la incorporación al ámbito universitario, por ejemplo, de la filosofía racionalista o de la física experimental. Puede convenirse, sin agravio para nadie, en que la actual estructura de la Universidad latinoamericana ha sido eficaz y adecuada a la realidad, pero que ya no lo es. Corresponde, pues, cambiarla, no excluyendo ciertamente nada de lo que haya de útil en ella, sino ampliándola y adecuándola a exigencias antes insospechadas. Puede convenirse en que una Universidad destinada eminentemente a formar profesionales, con estudiantes reclutados en altísima proporción en las clases medias, y en la que sólo ocasionalmente se han constituido algunos centros de investigación científica de alto nivel —generalmente promovidos por la tenacidad de algunas vocaciones individuales—, no constituyen el instrumento eficaz que la sociedad y la cultura de los países latinoamericanos requieren hoy para afrontar sus necesidades materiales y espirituales. Es, pues, necesario transformarla.

8. Transformar la Universidad tradicional no es, ciertamente, una tarea fácil ni sobre la que haya ideas claras y maduras. La persistencia de lo que se considera la idea arquetípica de la Universidad es muy fuerte en muchos espíritus. Intereses de grupo —más o menos legítimos— suelen coadyuvar a la persistencia de esa noción. Pero las dificultades no residen solamente allí. Si las formas de acción para el cumplimiento de la misión tradicional de la Universidad están claramente establecidas, las formas de acción para el cumplimiento de esa misión sui generis propuesta ahora a la Universidad la-tinoamericana no sólo no están establecidas sino que, además, son difíciles de descubrir y formular. Hay que innovar, pero no podrá innovarse hasta que la formulación genérica de esa nueva misión no sea traducida a términos concretos y reales. Habrá, pues, que formular un nuevo sistema de fines de la Universidad e imaginar después las formas de acción.

9. Para afrontar las tareas que la situación espiritual y social de Latinoamérica exige hoy a la Universidad, parece imprescindible que se acepten dos postulados básicos.

El primero es que nos hallamos en una época de intenso cambio social y espiritual. Es una afirmación que exime de la prueba. Si es innegable que hay una intensificación notable de la movilidad social desde la Primera Guerra Mundial, no es menos notorio que hay una renovación radical en las concepciones teóricas fundamentales de todos los campos de la cultura.

El segundo es que, en casi todos los países latinoamericanos, esa intensificación de la movilidad social ha traído consigo alteraciones sustanciales en la realidad nacional de cada uno de ellos. La significación relativa de los diversos grupos sociales, y muy especialmente de las élites, se modifica notablemente y a veces con extraordinaria rapidez. Pero el hecho trasciende con no menos velocidad del campo de lo puramente demográfico y alcanza tanto al plano de las formas de convivencia como al de la cultura. Existe una cultura latinoamericana sin ninguna duda, pero es inestable, imprecisa y proteica, tanto como conjunto como desde el punto de vista de cada ámbito nacional.

10. Aceptados estos dos postulados básicos, aparecen dos corolarios inexcusables.

El primero es que la Universidad latinoamericana tiene que elegir entre oponerse al cambio tal como se da en el orden universal, o, por el contrario, resolverse deliberadamente a contribuir a su desarrollo. En última instancia puede decirse que no caben actitudes intermedias. No cabe sino la posición extrema de enfrentar polémicamente el cambio y transformar a la Universidad en un reducto académico en el que se defiendan las situaciones sociales tradicionales y las formas de saber ya constituidas y ahora cuestionadas, o, por el contrario, aceptar resueltamente el cambio, aun cuando se admita la posibilidad de actuar más o menos intensamente en el proceso de su desarrollo. Si es así, la Universidad latinoamericana tiene que tomar clara conciencia de su responsabilidad y optar entre ambas posiciones ponderando cuidadosamente las consecuencias que tal opción entraña.

El segundo es que la Universidad latinoamericana tiene que establecer la manera de combinar sabiamente sus finalidades de tipo universal y sus finalidades de tipo local. Tiene que decidir si se mantiene ajena al profundo y dramático proceso mediante el cual se renuevan, en cada país, los fundamentos económicos, las relaciones sociales y la vida de la cultura; o si, por el contrario, se dispone decididamente a colaborar en la obra de renovación fundamental que requiere cada región y cada país y en la definición de sus peculiaridades. Pero si adopta esta última actitud, tiene que establecer en qué medida esa tarea puede realizarse sin abandonar las exigencias derivadas de la intensa universalización de los problemas que caracteriza al mundo de hoy.

11. Si acepta las responsabilidades que supone contribuir al desarrollo del proceso universal de cambio y acepta también las que entraña sumarse a la renovación nacional y regional dentro del orden de la universalidad, habrá llegado el momento de que la Universidad latinoamericana revise a fondo el sistema de sus fines, el conjunto de sus formas de acción, su estructura funcional y, sobre todo, sus relaciones con el contorno social.

El ensayo reformista. 1971

Hasta hace poco tiempo parecía imprescindible, para explicar los fenómenos de la reforma universitaria en los países de América Latina, introducir al lector en las peculiaridades de la sociedad latinoamericana y acaso familiarizarlo con algunos exóticos rasgos de carácter que parecían propios de sus miembros. Para observadores europeos o estadounidenses, las conmociones estudiantiles, así como las modificaciones introducidas en los regímenes universitarios como consecuencia de ellas, constituían aberraciones incomprensibles.

Afortunadamente para quien intente explicar ahora tales fenómenos, su generalización ha puesto de manifiesto que no corresponden a determinadas singularidades locales o tendencias caracterológicas sino a ciertas situaciones sociales y culturales que pueden darse en cualquier momento y en cualquier lugar. Dejando, pues, a un lado la fácil apelación al pintoresquismo, corresponde tratar de plantear el problema en sus justos términos y con el mayor rigor.

Que corresponde y conviene hacerlo es cosa que ya nadie discute. Las agitaciones universitarias constituyen fenómenos cuya magnitud y trascendencia sobrepasan su propio límite y alcanzan ámbitos extensos y profundos que comprometen a toda la sociedad. Pero no solamente, como lo entienden tantos observadores simplistas, a través de emociones superficiales que agitan la opinión pública o promueven otras acciones de tipo preferentemente político, sino de una manera más profunda; de hecho, cuestionando sistemas de normas y valores cuya vigencia se pretende mantener al margen de toda crítica, sacudiendo el prestigio de las elites más o menos tradicionales y lanzando a la consideración general un nuevo cuadro de problemas y un nuevo sistema de ideas, imprecisos quizá, pero vigorosamente ajustados a la situación real que se ha modificado por debajo del sistema institucionalizado.

Tales son las dos características fundamentales, a mi juicio, de los vagos y difusos fenómenos agrupados bajo la designación de movimientos reformistas universitarios. Como movimientos capaces de producir agitaciones públicas, dentro y fuera de los recintos universitarios, esos fenómenos pueden ser confundidos con otros de distinto origen y, en consecuencia, de distinta dinámica. Pero si bien pueden adoptar la apariencia de los movimientos sociales y políticos, estos otros tienen una naturaleza mucho más compleja. Nacidos y desencadenados en el seno de las elites, son unas veces expresión de un grupo disidente y otras veces signos de la gestación de enfrentamientos generacionales. Pero el carácter de movimientos de elite se mantiene siempre, aun cuando sus promotores apelen al apoyo de sectores más vastos o aun si el movimiento lo suscita por su propia dinámica. Como tales, sus objetivos sólo en apariencia derivan de una reacción espontánea y primaria frente a fenómenos inmediatos; en rigor, responden más profundamente a cierta interpretación intelectual de esos fenómenos, incluidos generalmente en una curva de media o larga duración que torna aún más abstracta esa interpretación. Nada más equivocado, pues, que buscar una estrecha y mecánica relación entre el desencadenamiento y el curso posterior de esos fenómenos, puesto que su origen responde al tipo de perspectiva propia del grupo promotor, en tanto que su desarrollo corresponde a las modalidades de la situación real.

En cuanto no derivan solamente de reacciones espontáneas, los objetivos de estos movimientos no se agotan de ninguna manera en las formulaciones que han sido explícitamente expresadas ocasionalmente. Son mucho más extensos y difusos. En relación con los problemas que expresamente se plantean, son más extensos que los que se ven en las soluciones propuestas, porque flotan alrededor de estos innumerables matices no expresados que responden a la nueva imagen que esos problemas ofrecen desde la perspectiva de la disidencia y del disconformismo. Pero además, los objetivos expresos ocultan objetivos implícitos, difusos por cierto y de ninguna manera claros, aunque percibidos o intuidos con agudeza y con fervor, y cuyo alcance supera los límites de las preocupaciones originarias para abarcar toda la situación en que estas se insertan. De ese modo, la acción, los grupos atraídos hacia ella, la envoltura sólo aparentemente retórica de las formulaciones estrictas y las reacciones frente a otros aspectos de la situación enfrentada en cada uno de los conflictos concretos revelan que los movimientos reformistas universitarios, como expresión de una disidencia o de una crisis generacional dentro de las elites, renuevan las perspectivas de los problemas tradicionales y anticipan la presencia de problemas nuevos.

Tal es, a mi juicio, la singularidad de estos fenómenos sociales y culturales. Hay que estudiarlos, por una parte, a través de los grupos que los promueven y luego a través de los que los acompañan, les prestan eco, intentan utilizarlos o procuran orientarlos. Por otra parte, a través de los problemas específicos que plantean en relación con la vida universitaria y con el carácter que en cada sociedad desempeñan el saber superior y las minorías más cultas; y por otra, finalmente, a través de los nuevos problemas que suscitan, en los cuales se puede adivinar, generalmente, un diagnóstico precoz del proceso social y cultural. Con estos criterios trataré de puntualizar el alcance y la significación del intento reformista de la universidad latinoamericana.

La situación prerreformista

Los movimientos reformistas desencadenados a partir de 1918 —en la Argentina y pronto en otros países latinoamericanos— enjuiciaron a la universidad tradicional y denunciaron tanto las fallas de su estructura como sus vicios ocasionales. La universidad latinoamericana reconocía un doble origen y, en consecuencia, una doble tradición. Eran, algunas, de tradición colonial, y perpetuaban, al calor de situaciones sociales favorables, el espíritu del neoescolasticismo suarista, y con él, cierta tendencia autoritaria y dogmática que apenas disimulaban algunos vagos intentos de modernización realizados en épocas diversas. Los más importantes, o acaso los únicos importantes, eran los que se habían hecho para incluir en la estructura de la universidad colonial los cuadros de una profesional, de tipo napoleónico. Este fue, precisamente, el modelo de otras universidades, creadas en el siglo XIX y orientadas desde el comienzo hacia un rechazo de la tradición colonial del neoescolasticismo suarista. Empero, no dejó de sentirse en ellas cierta persistencia para recuperar poco a poco la persistente influencia colonial, mantenida por una estructura social inalterada. De ese modo se constituyó un sistema híbrido que adoptó en cada universidad matices peculiares, según los caracteres de cada sociedad nacional, y muy especialmente según los caracteres de la sociedad urbana de las ciudades que las alojaban. Ya hacia fines del siglo, la vigorosa influencia del positivismo se hizo sentir sobre muchas universidades, robusteciendo la línea del profesionalismo tal como lo requería y estimulaba el creciente desarrollo económico de los países latinoamericanos, incorporados como áreas subsidiarias del mundo industrial.

El profesionalismo —acompañado de un marcado desdén por toda preocupación acerca de los problemas generales— fue el signo predominante de las universidades latinoamericanas en vísperas de los movimientos reformistas. El argentino Héctor Ripa Alberti caracterizaba así sus objetivos:[1]

“Venían gobernando nuestro país tanto en política como en enseñanza, hombres del pasado siglo, moldeados por la mano áspera de la filosofía positiva. Viejas ideas y viejas teorías eran el pan desabrido que se brindaba a las nuevas generaciones. Salían los jóvenes de los claustros universitarios, encajados en formas rígidas que tan sólo les servían para cruzar por la vida como las viejas naves de Tiro y de Sidón, que surcaban el Mediterráneo celosas del oro que guardaban en sus entrañas La tiranía de los que no van más allá del catecismo comtiano había echado cadenas al alma argentina; ni una inquietud por superarse, ni un aleteo de esperanza noble o una leve fulguración idealista.”

Y otro argentino, Deodoro Roca, describía los rasgos de las últimas generaciones salidas de la universidad con estas palabras:[2] “La anterior (generación), se adoctrinó en el ansia poco escrupulosa de la riqueza, en la codicia miope, en la superficialidad cargada de hombros, en la vulgaridad plebeya, en el desdén por la obra desinteresada, en las direcciones del agropecuarismo cerrado o de la burocracia apacible y mediocrizante”.

Quienes adoctrinaban a estos estudiantes, los profesores, fueron juzgados duramente por los disconformistas. Sin duda el ambiente intelectual de las universidades latinoamericanas no era muy exigente, ni la competencia muy dura. La formación profesional requería sólo el aprendizaje de técnicas convencionales, que se empobrecían en la medida en que faltaba tanto el estímulo para la investigación y la creación personal como la apertura que suele ofrecer el contacto con las grandes corrientes de pensamiento. Hubo, sin duda, muchos profesores de excelente formación y vivas inquietudes, y aun figuras descollantes en su campo. Pero no fueron ellos los que dieron el tono de la vida universitaria, cuyo control estaba en manos de grupos cerrados, que correspondían a los grupos sociales hegemónicos y consideraban a la universidad como su propio territorio. El peruano Luis Alberto Sánchez caracterizaba así el cuerpo docente de su universidad:[3]

“Los profesores lo eran casi por derecho divino. No había apellidos heterodoxos. La Colonia presidía vigilante las ubicaciones. Los hijos solían heredar las cátedras de los padres, y los hermanos reforzaban el equipo. Entre dos familias (agnados y cognados) disfrutaban de doce cátedras en la Universidad de San Marcos. El título era invulnerable, aunque la competencia sobreviniera o anteviniera. Un profesor lo era por vida. Nadie turbaba sus derechos. Ni siquiera repetir un texto de memoria año tras año.”

A ellos, pues, debía culparse de la situación general de la universidad, cuyo diagnóstico hacía el argentino Alejandro Korn en estos términos:[4]

“Había sobrevenido en las universidades una verdadera crisis de cultura. Por una parte la persistencia de lo pretérito, el imperio de difundidas corruptelas, predominio de las mediocridades, la rutina y la modorra de los hábitos docentes, por otro la orientación pacatamente utilitaria y profesional de la enseñanza, la ausencia de todo interés superior, el olvido de la misión educadora y por último el autoritarismo torpe y la falta de autoridad moral, dieron lugar a esa reacción que nace de las entrañas mismas de la nueva generación.”

La “nueva generación” —que Deodoro Roca llamó en Córdoba “la generación de 1914” — fue la que se lanzó al ataque contra la vieja universidad. Un análisis de los documentos que produjo revela que poseía un conjunto compacto y coherente de ideas acerca de lo que la universidad no debía ser, y algunas nociones menos precisas acerca de cuáles eran sus objetivos constructivos. La universidad no debía ser una institución rutinaria que se limitara a proveer de nociones prácticas a las sucesivas generaciones de aspirantes a profesionales, ni debía contentarse con servir sumisamente a los intereses de grupos sociales conformistas y poderosos, enquistados en sociedades fundadas en el privilegio. Para que no fuera así, pareció en un principio que bastaba simplemente con sustituir a unos profesores por otros; luego se vislumbró que se necesitaba un cambio más profundo en los métodos de enseñanza y en la organización de la universidad; finalmente se advirtió que era necesario cambiar de espíritu, abrirla a todas las inquietudes, científicas y sociales, de un mundo en cambio, y modificar sus objetivos generales, sin perjuicio de que conservara algunos de los tradicionales.

La nueva generación no era lo suficientemente compacta —ni social ni intelectualmente— como para que, en el curso de la acción se atribuyan siempre el mismo alcance a cada uno de aquellos objetivos. Mientras algunos sectores ponían el mayor énfasis en la transformación funcional de la universidad, otros lo colocaban en la misión cultural y otros en lo que empezó a llamarse su “función social”. Distintas influencias operaron sobre cada uno de los diversos grupos. Las influencias de las filosofías antipositivistas fueron vigorosas: se apeló a Platón y se recogieron las sugestiones de Bergson; el cientificismo fue condenado como cómplice de una concepción utilitaria de la vida, y se proclamó un idealismo que fue formulado unas veces en estrictos términos filosóficos y otras según la acepción más vulgar del vocablo. Las influencias del pensamiento social no fueron menos visibles: se condenó a las sociedades fundadas en el privilegio, y mientras en algunos se entreveían simplemente las salidas propias de una democracia burguesa y liberal —forma no alcanzada aún en casi ningún país latinoamericano—, en otros se adivinaba la influencia de la Revolución rusa de 1917 y un vago anhelo de transformaciones profundas en la estructura social.

No era ajena a esta heterogeneidad de designios la mezclada extracción de los miembros de la nueva generación universitaria. Hasta muy poco antes —y en algunos países aún entonces— los estudiantes universitarios correspondían a las más altas clases sociales. Precisamente era esa característica la que explicaba la situación de las universidades, verdaderos reductos de las clases privilegiadas. Pero en vísperas de los movimientos reformistas, en diversos países —y precisamente allí donde más virulencia tuvieron tales movimientos— comenzaron a tener acceso a las aulas universitarias estudiantes provenientes de las clases medias en ascenso. La movilidad social inspiró los designios de una democratización de la universidad, y los proyectó en ocasiones hacia formas aún más extremadas, bajo el estímulo de doctrinas y experiencias que adquirían dramática intensidad por entonces en Europa. Pero, en todo caso, la movilidad social proporcionó la experiencia inmediata de que la universidad comenzaba a mostrar ostensiblemente su desajuste con los procesos sociales que ocurrían en cada país.

En efecto, hacia comienzos del siglo se advertía en varios países de América Latina una cierta crisis de las oligarquías feudales. Quizá no muy profunda, y por cierto no muy decisiva, pero lo suficientemente fuerte como para que se abriera una marcada posibilidad de ascenso a ciertos sectores de las clases medias de típica mentalidad burguesa y liberal. Hubo cambios políticos que respondieron a esa circunstancia: la llegada al poder de Batlle y Ordóñez en Uruguay, de Yrigoyen en la Argentina, de Leguía en el Perú, de Alessandri en Chile, revelaron que el sistema social y político tradicional había sufrido cierto resquebrajamiento. Por entonces, el proceso de secularización de la cultura, visible en América Latina desde 1880, había debilitado la influencia de los grupos clericales y del pensamiento tradicional. La nueva generación pudo advertir sin error que las universidades seguían siendo el reducto de un sector social que había demostrado un principio de debilidad. La ocasión pareció oportuna para promover su transformación.

Los movimientos estudiantiles

El designio de promover una democratización y renovación de la universidad conformó la atmósfera en la que los movimientos se desencadenaron; pero sus causas inmediatas fueron siempre situaciones concretas que demostraban no solamente el carácter arcaico de la organización tradicional de la universidad sino también la obstinación de sus cerrados grupos dirigentes.

En Argentina hubo graves disturbios entre 1903 y 1906 en la Universidad de Buenos Aires, en cuyas facultades de Derecho y de Medicina los estudiantes protestaron por ciertos actos de las autoridades académicas, solicitaron reformas, organizaron huelgas tumultuosas y obtuvieron finalmente satisfacciones concretas, aunque parciales, para sus demandas. Fue un hecho nuevo la organización estudiantil y su técnica operativa: la huelga, la presión callejera y violenta sobre las autoridades reunidas en deliberación, y apareció un inesperado enjuiciamiento del contenido y la orientación de la enseñanza por los estudiantes que revelaba no sólo la crisis de las elites tradicionales sino también su percepción por las nuevas promociones.

Mostraron entonces las autoridades superiores de la universidad mayor flexibilidad —y sin duda más agudeza política— que los grupos profesionales que dominaban las facultades; pero en mayor o menor medida cundió en todos los sectores el sentimiento de que la vieja organización académica de la Universidad de Buenos Aires, establecida en 1886, requería una reforma, del mismo modo que el espectáculo de la metrópoli cosmopolita y renovada como consecuencia del fuerte impacto inmigratorio sugería ya a muchos la necesidad de una reforma política. Esta predisposición al cambio, explicable en Buenos Aires, no se manifestaba con la misma intensidad en otras ciudades del país.

Una de ellas, Córdoba, cuya sociedad acusaba acentuados rasgos de la perpetuación de la mentalidad colonial, alojaba la más antigua universidad de la República. Fundada a principios del siglo XVIII, la Universidad de Córdoba mantenía vigorosamente su espíritu tradicional, sin que hubiera bastado para desvanecerlo la orientación profesional que se dio a sus estudios a fines del siglo XIX. Pero no faltaban tampoco allí los signos de cierto cambio en la estructura social y de algunas variaciones notables en la mentalidad de ciertos grupos, especialmente en un sector de las nuevas generaciones de la alta clase media. Unido a densos grupos de distinta extracción social pero de coincidente vocación de cambio, ese grupo encabezó en 1918 el movimiento contra el orden universitario constituido.

Como quince años antes en Buenos Aires, ofreció la ocasión un incidente revelador de la rigidez de las autoridades, al que siguió una huelga estudiantil. Pero los frentes estaban ya preparados para la batalla. No sólo un vasto sector de profesores, sino también muchos estudiantes y buena parte de la alta sociedad cordobesa coincidían en la decisión de prevenir los efectos conjuntos de la onda revolucionaria que circulaba por el mundo y de la ofensiva democrática desencadenada por el triunfo del Partido Radical en Argentina. Formaba la vanguardia de ese movimiento una organización católica —la Corda Frates— y ejercía su jefatura la propia jerarquía eclesiástica encabezada por el obispo de la ciudad. La huelga estudiantil, con visible apoyo popular e inequívoca simpatía gubernamental, aglutinó a los sectores progresistas, coincidentes en ese momento, en el deseo de suprimir el monopolio de los quince académicos que gobernaban la universidad.

Los actos de desafío a las autoridades constituidas, las declaraciones específicas sobre el problema universitario y las más genéricas sobre cuestiones sociales y culturales iban mucho más allá que los objetivos concretos del movimiento: consistían estos solamente en conseguir la intervención del gobierno nacional en la universidad y la modificación de su régimen de gobierno. El presidente Yrigoyen accedió prontamente a ello; pero la tradicional sociedad provinciana consiguió frustrar el plan estudiantil y la asamblea compuesta por todos los profesores —que según el nuevo régimen debía elegir al rector— fue presionada suficientemente para que designara un hombre de su seno y notoriamente opuesto a toda reforma.

En ese instante se produjo un acto revolucionario que orientaría la acción posterior de los movimientos estudiantiles. La asamblea del 15 de junio de 1918 fue atropellada por los estudiantes, la universidad ocupada, el rector desconocido e, inmediatamente, decretada la huelga general. Seis días después, uno de los dirigentes estudiantiles, Deodoro Roca, redactaba un Manifiesto Liminar. “La juventud universitaria de Córdoba, a los hombres libres de Sudamérica”, que hizo suyo la recién fundada Federación Universitaria de Córdoba, y en el que se explicaba el sentido del movimiento lanzado:[5]

“La Federación Universitaria de Córdoba cree que debe hacer conocer al país y a América las circunstancias de orden moral y jurídico que invalidan el acto electoral verificado el 15 de junio. Al confesar los ideales y principios que mueven a la juventud en esta hora única de su vida, quiere referir los aspectos locales del conflicto y levantar bien alta la llama que está quemando el viejo reducto de la opresión clerical. En la Universidad Nacional de Córdoba y en esta ciudad no se han presenciado desórdenes; se ha contemplado y se contempla el nacimiento de una verdadera Revolución que ha de agrupar bien pronto bajo su bandera a todos los hombres libres del continente. Referiremos los sucesos para que se vea cuánta razón nos asistía y cuánta vergüenza nos sacó a la cara la cobardía y la perfidia de los reaccionarios. Los actos de violencia, de los cuales nos responsabilizamos íntegramente, se cumplían como en el ejercicio de puras ideas. Volteamos lo que representaba un alzamiento anacrónico y lo hicimos para poder levantar siquiera el corazón sobre esas ruinas. Aquellos representan también la medida de nuestra indignación en presencia de la miseria moral, de la simulación y del engaño artero que pretendía filtrarse con las apariencias de la legalidad. El sentido moral estaba oscurecido en las clases dirigentes por un fariseísmo tradicional y por una pavorosa indigencia de ideales.”

Las consecuencias inmediatas del movimiento fueron un efímero ensayo de gobierno propio en la universidad, la eliminación de numerosos académicos y profesores, la designación de otros nuevos, entre ellos algunos muy jóvenes, y finalmente la elección de un nuevo rector que satisfizo a los estudiantes. Pero las consecuencias mediatas fueron muchas y muy variadas. Desde el primer momento se advirtió que coexistían muchas tendencias diferentes en el seno del movimiento estudiantil, y que cada una atribuía distintas proyecciones a la acción desencadenada. El proceso siguiente probó, en efecto, que lo que desde entonces se llamó “la reforma universitaria” constituía el punto de partida y no el punto de llegada de un vasto movimiento de carácter universitario pero también de carácter social y político.

Más flexible, la Universidad de Buenos Aires trató de salir al encuentro de las nuevas inquietudes antes de que estallaran conflictos graves. Manteniendo los principios legales vigentes, sancionó en 1918 un estatuto en el que se recogían indirectamente algunas de las aspiraciones señaladas en Córdoba: en adelante, las facultades estarían gobernadas por un consejo de profesores titulares y suplentes, parte de los cuales serían elegidos por los estudiantes; y al mismo tiempo se admitían los principios de la asistencia libre y la docencia libre, que los estudiantes juzgaban fundamentales para impedir la estagnación de la enseñanza. Entretanto en la Universidad de La Plata, donde poco antes se había hecho un intento de modernización de la enseñanza según el modelo de las universidades norteamericanas, graves conflictos crearon un clima de singular violencia. Finalmente se reformaron sus estatutos en un sentido semejante a los de las universidades de Córdoba y Buenos Aires.

Sin duda, fue la simpatía que el gobierno popular del presidente Yrigoyen demostró por el movimiento estudiantil lo que favoreció su desarrollo y lo condujo al logro de sus objetivos primarios. Condiciones semejantes predominaban en esos mismos años en otros países latinoamericanos, gracias a las cuales se produjeron en ellos movimientos análogos con resultados parecidos.

Uruguay había tenido un desarrollo democrático precoz, y su universidad, fundada en 1849, tenía los caracteres típicos de una universidad napoleónica. Desde 1908 contaba con una organización democrática, y los estudiantes tenían participación en los consejos de las facultades. Su autonomía, reconocida de antiguo, fue consagrada por la Constitución de 1917. Pese a ello, desde 1918 se manifestó una viva inquietud estudiantil dirigida a lograr una modernización de la enseñanza y una participación más importante de los estudiantes en la dirección universitaria. Pero el clima político y social del país —en el que el batllismo había impuesto principios más avanzados que en ningún otro del continente— no reclamaba tan vehementemente la acción estudiantil como en aquellos países donde predominaba la tradición colonial en las universidades y la estructura oligárquica en la sociedad.

Este era, en cambio, el caso de Perú, donde, más aún que en Argentina, las viejas familias dominaban la riqueza y poseían la Universidad de San Marcos como un feudo propio. Una larga lucha estaba entablada allí entre aquellas y los sectores progresistas, y algunos aguerridos luchadores, como Manuel González Prada, Abraham Valdelomar y Clorinda Matto de Turner, habían denunciado los más graves problemas sociales del país. En 1919 el conflicto estalló en la Universidad de San Marcos, y los estudiantes reclamaron el derecho de impugnar a los profesores incapaces, elegidos tradicionalmente entre los miembros de los grupos dominantes. Los actos de violencia fueron muchos, y muy pronto se advirtió que las reclamaciones estrictamente universitarias se entrelazaban con otras relacionadas con los grandes temas de la “realidad peruana”, que José Carlos Mariátegui analizaría, por cierto, con rara profundidad. Como en la Argentina, las exigencias universitarias hallaron acogida poco después en el gobierno de Leguía, que por entonces llegaba al poder rompiendo el cerco oligárquico y prometiendo un régimen liberal, y en 1920 fue dictada una ley orgánica de enseñanza en la que se establecían principios más democráticos y modernos: el derecho de tacha de los profesores, la representación estudiantil, la libertad de cátedra y de asistencia y la renovación pedagógica. Pero la derivación más significativa del movimiento estudiantil fue la creación de las “universidades populares”, que poco después serían bautizadas con el nombre de González Prada. A través de ellas se canalizaría la extensión universitaria, no por obra de la universidad oficial misma sino por la acción de los universitarios, que así se hacían cargo de lo que consideraban un deber social frente a las clases desposeídas.

También en Cuba se produjeron movimientos estudiantiles algo más tarde, en 1923, destinados a separar de la universidad a sus malos profesores y a renovar su sistema de gobierno introduciendo la representación estudiantil en los consejos. Y también allí —como en Perú y en Argentina— el nuevo gobierno de Machado, en busca de aliados contra los grupos tradicionales, miró con simpatía el movimiento y le otorgó su apoyo. Otros movimientos igualmente intensos se produjeron en Venezuela, Guatemala y Brasil por aquellos años. En otros países, en cambio, la inquietud estudiantil —ideológica en parte, o movida por la conciencia política o social— derivó hacia análisis y planteos de los problemas universitarios y sociales, expresados generalmente con vehemencia, y poniendo de manifiesto —acaso por primera vez en muchos países— los caracteres reales de situaciones antes no observadas o no incorporadas al repertorio de los temas políticos. Así pasó en Chile, donde la Primera Convención Estudiantil, celebrada en 1920, analizó el conjunto de los problemas nacionales, o en México, donde el clima político no estimulaba tales planteos y donde se reunió el Primer Congreso Latinoamericano de la reforma, en 1921, para estudiar, en cambio, los problemas del continente.

Si los movimientos de Argentina, Perú y Cuba recibieron apoyo en los primeros momentos de los gobiernos que acababan de establecerse, muy poco después fueron reprimidos enérgicamente, sobre todo cuando se puso de manifiesto que tenían implicaciones políticas y sociales, y fueron revisadas las disposiciones estatutarias que consagraban las reformas. Pero a fines de la década del veinte volvió a agitarse el ambiente estudiantil. Hubo fuertes presiones en Argentina —en las universidades de La Plata, de Buenos Aires y del Litoral—, en Brasil, en Venezuela, en México, y enérgicas reacciones gubernamentales. Los grupos dictatoriales de Uriburu en Argentina, Vargas en Brasil, Terra en Uruguay, Ibáñez en Chile, Gómez en Venezuela y otros más o menos violentos encasillaron los movimientos estudiantiles —por lo demás con razón— entre los que constituían la oposición política, y los reprimieron severamente. Cosa parecida ocurrió con el gobierno de Perón, en Argentina, desde 1946, y por entonces y más tarde en otros países, en una serie que sería ocioso enumerar detalladamente.

Lo cierto es que, desde el estallido cordobés de 1918, los movimientos estudiantiles se repitieron en casi todos los países latinoamericanos, y constituyen uno de los polos de la situación social y política. Sus objetivos, y especialmente sus fundamentaciones doctrinarias y sus exposiciones de motivos, demostraron que combinaban permanentemente las preocupaciones estrictamente universitarias y educacionales con las preocupaciones de carácter social y político tanto en relación con los problemas nacionales como con los problemas continentales y mundiales. Predominantemente eran democráticos y de izquierda, y tomaron partido contra el fascismo y el nazismo a favor de la República española y, luego, contra la política de los Estados Unidos; pero no faltaron movimientos, generalmente minoritarios, de derecha, conservadores en el sentido tradicional o abiertamente fascistas, y movimientos resueltamente antiizquierdistas que se propusieron enfrentar la ola izquierdista y, en los últimos tiempos, antinorteamericana. Una variante curiosa se ha observado en los últimos años, con la aparición de grupos católicos de izquierda, que han demostrado notable beligerancia.

La naturaleza polivalente de los movimientos estudiantiles que responden a la “reforma Universitaria’’, requiere un estudio cuidadoso, si se quiere apreciar con exactitud el alcance de los intentos que realizaron. Aunque sus objetivos aparecieron siempre confundidos en un haz, es posible distinguir los que se relacionan con la organización y el espíritu de la vida universitaria y los que trascienden esos límites para fijarse en problemas de más vasto alcance. Con ese método se analizarán, tratando, sin embargo, de no olvidar la indisoluble unidad que generalmente conservan en la inspiración originaria.

Los objetivos universitarios estrictos

Desencadenados como reacción contra la inmovilidad y el anacronismo de las universidades, los movimientos de reforma tuvieron como objetivo general su renovación y modernización. Atendiendo al contenido pedagógico de los términos, esta preocupación estaba plenamente justificada en casi todos los casos. Pero pronto se advirtió que la renovación y la modernización a que aspiraba la reforma iba más allá de sus simples contenidos pedagógicos. La reforma pretendió no sólo que la universidad actualizara el contenido y los métodos de la enseñanza sino también que modificara constantemente su concepción del papel que debía desempeñar en la sociedad, teniendo en cuenta los cambios que en ésta se habían producido y las tendencias que en ella se manifestaban. Esta ambivalencia del concepto de modernización explica la multiplicidad de planos en que operaron los movimientos reformistas, y a causa de ella pudieron formar en sus filas grupos diversos con distintas ideas acerca del alcance de la reforma. En todo caso, la idea de una universidad estática, concebida como una academia en la que el saber simplemente se conservaba y se transmitía, pareció inadecuada para la dramática época que siguió a la Primera Guerra Mundial. Se consideró necesario salir al encuentro de los problemas nuevos, formularlos en términos precisos, afrontarlos decididamente y, abandonando prejuicios, convenciones e intereses creados, ofrecer soluciones que no rehuían parecer, en alguna medida, revolucionarias. El ideal de la reforma fue, pues, una universidad dinámica, y en consecuencia inestable, que no podía sino chocar tanto contra los intereses de las clases dominantes como con el sistema institucional del que las universidades formaban parte.

Así nació una concepción de la autonomía universitaria que reivindicó sus formas más extremas. Varios países, como Argentina y Uruguay, habían reconocido la autonomía de la universidad, entendiendo por ella lo que jurídicamente corresponde llamar autarquía. Pero autárquica en derecho, la Universidad seguía siendo dependiente no sólo del poder político, que tenía muchas armas a su disposición para intervenir en su vida interna, sino también de los sectores predominantes de la sociedad, hostiles al cambio. La reforma proclamó, pues, el principio de la autonomía, pero cargándolo con otro contenido. Pretendió que la comunidad universitaria —el demos universitario, como gustaban decir los jóvenes del 18— tuviera independencia suficiente como para enfrentar a la sociedad conservadora de que formaba parte, gracias al predominio que podían alcanzar en una nueva organización de la universidad sus elementos más dinámicos, y particularmente los estudiantes. Gracias a esa independencia, la universidad podía modificar su orientación y alcanzar la modernización y el dinamismo a que la reforma aspiraba. La autonomía podía ser ejercida en varios campos: en el administrativo y financiero, en el científico, en el político; pero la reforma aspiraba a más; aspiraba a una autonomía política e ideológica de tal grado que le permitiera a la universidad establecer su propia problemática, la de sus sectores más dinámicos, la de los estudiantes que representaban, sin duda, los grupos sociales más favorables al cambio. Así, el problema de la autonomía, encubierto a veces tras el ropaje bizantino de las discusiones jurídicas, trasuntaba el problema crítico de la reforma.

Quizás podría decirse algo semejante del problema del cogobierno. La reforma no sólo quiso arrancar la universidad de las manos de los cerrados cenáculos académicos, sino que aspiró a que su gobierno no fuera un monopolio de los profesores. Los argumentos eran variados y no faltaron las reminiscencias de las universidades medievales; pero la experiencia del uso interesado que los grupos profesorales habían hecho de su poder valía más que los argumentos esgrimidos: el cuerpo docente se reclutaba por cooptación y no sólo se mantenía ajeno a los intereses y demandas de otros grupos sociales ya suficientemente vigorosos en el seno de la sociedad sino que se mostraba indiferente a la modernización científica. La reforma propuso que el gobierno universitario estuviera en manos de consejos tripartitos, con igual número de representantes de los profesores, los estudiantes y los graduados. Este objetivo nunca fue alcanzado. Su teoría descansaba en el principio de que “la universidad tiene que ser la proyección institucional del estudiante”, para decirlo con palabras de José Ortega y Gasset. Del estudiante, decía el filósofo español que debía partir la organización de la enseñanza superior, y no del saber del profesor. Pero el supuesto de esta doctrina, tal como fue entendida por la reforma en América Latina, era que no son los profesores los que representan la tendencia a la modernización y el cambio, sino los estudiantes, puesto que, ajenos a los intereses de grupo, no sólo evitan la formación de sectores interesados en su propio predominio sino que atacan permanentemente el conformismo, renovando la problemática universitaria con las nuevas cuestiones suscitadas en el mundo del conocimiento y en el ámbito de la sociedad.

En reducida escala, la participación estudiantil en el gobierno universitario fue aceptada muchas veces. Los adversarios de la reforma la criticaron acerbamente, atribuyéndole los mismos vicios que los movimientos estudiantiles achacaban al exclusivismo profesoral y señalando un predominio de la demagogia. Pero, dejando de lado el análisis de esas y otras críticas, debe señalarse que el ejercicio del cogobierno no puede juzgarse confundiéndolo con el curso del movimiento estudiantil, y menos con la llamada “politización” de la universidad, fenómenos que obedecen a una constante polarización de los grupos sociales y a tendencias que son propias de la vida social y política.

La reforma universitaria nació como una profunda y enérgica protesta contra los profesores. Ellos eran la expresión real de la universidad, los testimonios de su espíritu, y contra ellos se dirigieron las primeras baterías acusándolos no sólo de sentirse miembros de una casta intangible sino también de ser ineptos e ignorantes. Los dos argumentos se entrecruzaron: el que se refería a su situación de clases y el que se relacionaba con su formación intelectual. A veces no eran justos los dos en la misma persona. Espíritus aristocratizantes y autoritarios podían ser excelentes juristas o grandes clínicos. Pero la crítica se entrecruzó justificadamente porque de cualquier manera los estudiantes sentían con razón que aun cuando fueran profesores no eran maestros. La distancia interpuesta entre profesores y alumnos correspondía a un rígido concepto de la autoridad, pero servía a veces para defender la ignorancia evitando el diálogo. La reforma aspiró, primero, a la eliminación inmediata de los profesores notoriamente incapaces, ignorantes de su disciplina o aferrados a viejas concepciones. Pero enseguida procuró imponer nuevos sistemas para la designación de profesores, a partir de concursos públicos, que impidieran las combinaciones de los grupos dirigentes, y trató, además, de impedir el estancamiento y la burocratización. Las designaciones debían ser por tiempo limitado, y sometidas a renovaciones en nuevos concursos periódicos que probaran la sostenida preocupación de quienes ejercían la cátedra por la disciplina que enseñaban. Pero aun así la reforma no quiso admitir la servidumbre de los estudiantes y sentó el principio de la cátedra paralela, que diera oportunidad de escuchar distintas voces, y el de la asistencia libre, para que los estudiantes pudieran sustraerse de la obligación escolar de escuchar a quien nada enseñaba. Tales principios echaban por tierra la concepción autoritaria que predominaba en la enseñanza universitaria, pero, además, desafiaban el principio de la enseñanza magisterial.

En efecto, tras la crítica a los malos profesores y tras las precauciones propuestas para su designación se escondía un ataque contra los métodos tradicionales de la enseñanza universitaria. La reforma rechazó la función pasiva que se atribuía al educando dentro de un sistema fundado en el monólogo del profesor, y exigió el diálogo, el cambio de ideas, la discusión. Era una cuestión de método, pero era también una cuestión de actitud humana. La reforma pensaba en el estudiante como un educando, no como un aprendiz, y rechazaba la idea de que su papel consistiera en el aprendizaje de nociones y fórmulas útiles para el ejercicio de una profesión lucrativa. Más allá de esos límites, la enseñanza era concebida como formación científica y formación humana. Se reclamaron institutos de investigación y seminarios de enseñanza práctica, pero sobre todo se reclamó un tipo de contacto entre profesores y alumnos que permitiera a estos últimos una participación personal y activa. Eran, por lo demás, principios que por entonces comenzaba a difundir la pedagogía moderna, sin perjuicio de que muchos de ellos estuvieran implícitos en la tradición cientificista que en parte habían recogido algunos de los viejos maestros.

Lo innegable es que la reforma pretendió desplazar el centro de gravedad de la vida universitaria de los profesores a los estudiantes. Ellos eran la razón de ser de la universidad y para ellos existía. Toda la política de la reforma giró alrededor de este principio. Si se pretendió que los estudiantes participaran activamente en el gobierno de la universidad y que tuvieran el derecho de opinar sobre los profesores, fue en función de ese principio. Y si se consideró lícito que los estudiantes ejercieran el derecho de no escuchar a aquellos a quienes consideraban por debajo de su misión, fue también en función de él. Pero los estudiantes planteaban otros problemas organizativos y de gobierno. A diferencia de lo que ocurría una generación antes, fueron cada vez más numerosos los estudiantes de modesto origen social que tenían que trabajar mientras seguían su carrera, y la reforma sostuvo la necesidad de que la organización académica considerara esta situación, derivación y signo de un cambio social importante. A causa de este último, otras cuestiones se planteaban. La reforma sostuvo el principio de la gratuidad de la enseñanza y suscitó la preocupación por los innegables problemas que creaba a la universidad la creciente afluencia de estudiantes no ya de las tradicionales clases altas que habían provisto hasta entonces los cuadros profesionales, sino de las clases medias en ascenso. La reforma rechazó la política de limitación del ingreso, y propuso, en cambio, una política de expansión de la enseñanza universitaria: era una respuesta social abierta a un problema social nuevo, frente al que mostraban los grupos dirigentes una marcada insensibilidad. Y con todo, el problema no pareció agotarse allí. Aun cuando la universidad se abriera a las clases medias en ascenso, la reforma creyó que seguiría conservando su carácter de institución para privilegiados si no sobrepasaba su específica área de influencia, y proclamó la necesidad de que saliera de sus recintos para llevar su acción al seno de otros sectores sociales. Así, lo que se llamó la “extensión universitaria” llegó a ser la expresión visible y simbólica de la misión social de la universidad, sobre la cual puso la reforma el mayor énfasis.

La puntualización de los objetivos concretos que, en materia estrictamente universitaria, persiguió la reforma, quedaría incompleta si no se señalara con la debida precisión el que se refiere al campo mismo de la enseñanza. Es precisamente allí donde el intento de la reforma alcanzó su mayor profundidad.

De los dos modelos que siguió la universidad latinoamericana —el colonial y el napoleónico— el primero puso el mayor énfasis en la formación del hombre, desde su peculiar punto de vista, y el segundo en la formación del profesional. La reforma rechazó categóricamente el segundo y, en rigor, reivindicó del primero su preocupación por la formación general, aun cuando proclamara la vigencia de contenidos totalmente opuestos. Así quedó esbozada una imagen de la universidad que provocaría las mayores controversias, en las que se opuso al proyecto de una universidad abierta a los problemas vivos, la imagen de una universidad con una “misión específica” consistente en la enseñanza profesional o, todo lo más, en la investigación científica incontaminada de lo que se llamó la “política”.

La universidad profesional correspondió al predominio de una filosofía utilitaria y nació en el seno de una sociedad que creyó haber alcanzado una estabilidad definitiva. Empero, la inestabilidad social se hizo manifiesta en el siglo XIX y adquirió caracteres dramáticos después de la Primera Guerra Mundial, en tanto que la filosofía del utilitarismo entró en profunda crisis por la misma época. La reforma asumió en principio la defensa de una concepción no utilitaria del hombre, tal como Alejandro Korn la había formulado en 1918 en el memorable ensayo titulado Incipit Vita Nova. Y entre las obligaciones fundamentales del hombre no utilitario se entrevió como fundamental la de servir a los principios éticos que la inteligencia, libre de servidumbres, era capaz de formular frente a las exigencias de la realidad.

La “realidad” fue, por excelencia para la reforma, la realidad social. Una formación profesional utilitaria, que prescindiera deliberadamente de un examen de los nuevos problemas del mundo, pareció, simplemente, inmoral. Fue, por el contrario, un anhelo ferviente de la reforma, agregar —y superponer— a la misión profesional de la universidad, la de situar al hombre en el seno de los problemas fundamentales del mundo, para que aceptara su compromiso con ellos y buscara su respuesta sin enajenar su inteligencia.

Pero los problemas del mundo eran y son arduos problemas que se traducen en formulaciones muy concretas. Examinarlos y tomar posición sobre ellos pareció a muchos que era una actividad política; y ciertamente lo es, sin perjuicio de que quepa distinguir la pequeña política de los intereses partidarios de aquella otra que supone asumir la responsabilidad de las decisiones en los problemas que son propios de la sociedad y del hombre. La reforma afirmó que la universidad debía enfrentar al estudiante con los grandes problemas del hombre y de la sociedad, pero no solamente en abstracto, sino en las formas concretas que esos problemas asumen hic et nunc. La universidad fue concebida como una comunidad compenetrada con los problemas del país, con los que son fundamentales y permanentes en principio, pero también con los circunstanciales, que expresan en cada instante la forma de los problemas permanentes. La reforma consideró deber ineludible de la universidad estudiar metódica y científicamente los grandes problemas sociales —los relacionados con la economía, con la salud, con la educación— pero también adoptar posiciones frente a cuestiones más espinosas, como la libertad de conciencia y de pensamiento, los abusos del poder o las cuestiones sociales. Por esta vía, la reforma orientaba a la universidad hacia cierto grado, variable por cierto, de militancia. Sus adversarios sostuvieron que esto implicaba politizar la universidad, dando a entender que se la arrastraba hacia la política de partidos; pero la reforma rechazó la política de partidos; quiso sí, en cambio, que la universidad no fuera prescindente frente a los problemas de la comunidad, y quiso, sin duda, que estuviera al servicio del cambio social. He aquí la gran cuestión y acaso podría decirse que el punto neurálgico en el que la imagen reformista de la Universidad se contraponía a la imagen tradicional. Tal era el tipo de militancia que la reforma consideraba necesaria para la universidad: la militancia al servicio del cambio social, sin adopción de posiciones dogmáticas y con el más absoluto respeto por la libre discusión de las ideas.

Los objetivos extrauniversitarios

Sólo por vía conceptual es posible separar los objetivos universitarios estrictos de la reforma, de los objetivos extrauniversitarios. Pero la separación conceptual cobra más sentido si se considera que la reforma universitaria fue promovida, mantenida y desarrollada por un movimiento juvenil renovado generación tras generación, de cuyo seno salieron grupos sociales y políticos que ejercieron luego considerable influencia en sus diferentes países. Fueron esos movimientos juveniles los que coincidieron en ciertos objetivos estrictamente universitarios; y fue en su seno donde se constituyeron grupos diversos que diseñaron otros objetivos en relación con sus particulares ideologías y tendencias. En la acción universitaria, cada uno de esos grupos procuró influir sobre el conjunto e imponer sus ideas: pero en tanto que en la acción estrictamente universitaria se conservó generalmente la unidad de los objetivos y de la acción, la defensa y promoción de los objetivos extrauniversitarios separó a los grupos y los orientó —a medida que concluía la etapa universitaria en la vida de cada generación— hacia distintos partidos políticos o grupos de opinión.

Los movimientos juveniles reformistas no fueron sino una expresión más de la marcada tendencia a la politización que manifestaron las clases medias en casi todos los países latinoamericanos a partir de comienzos del siglo. Si hasta esa época la oposición entre liberales y conservadores expresaba fielmente los matices que diferenciaban a dos sectores de la oligarquía dominante, a partir de entonces la creciente politización de las clases medias en ascenso se manifestó en la penetración de grupos renovadores dispuestos a radicalizar a los partidos tradicionales unas veces, y en la creación de nuevos partidos otras, tratando de imitar al radicalismo francés o siguiendo las vías del socialismo internacional.

Dada esa tendencia de los grupos sociales donde se reclutaban los nuevos grupos universitarios, que tan profundamente modificaron la fisonomía de las universidades latinoamericanas después de la Primera Guerra Mundial, era previsible que las nuevas generaciones acentuarían su tendencia a la participación política y buscarían las posiciones más radicales para sumar a ellas su acción. La oportunidad no siempre fue propicia, dada la situación política de los países latinoamericanos. Resulta aleccionador el caso de México, donde la Revolución en marcha desde 1910 ofreció un puesto de combate a las nuevas generaciones para las cuales el problema de la universidad fue por largo tiempo secundario. Pero en el resto de los países latinoamericanos, la universidad fue el único sector vulnerable de la vieja estructura, y sobre él se lanzaron las nuevas generaciones cumpliendo un designio colectivo, y al mismo tiempo un deber, puesto que los nuevos grupos sociales no encontraban otra vía para participar en la vida política. No era, sin embargo, un subterfugio. A la tesis de que la universidad era un recinto sagrado destinado al culto de la sabiduría, las nuevas generaciones opusieron la tesis de que la universidad formaba parte del conjunto social, y de que era artificioso y malintencionado el intento de mantenerla ajena a sus contingencias. Así, la acción universitaria se confundió a veces con la acción política, y esta confusión adquirió gravedad cuando los recintos universitarios dejaron de ser, en ocasiones, campos neutrales para la libre discusión de las ideas y se convirtieron en tribunas partidistas. Pero el hecho era inevitable, y no ocurrió generalmente sino en circunstancias muy críticas. Al lado de los grupos interesados estrictamente en la universidad, se desarrollaban los grupos más politizados, con frecuencia muy definidos ideológicamente y muchas veces conectados con poderosas organizaciones partidarias que les imponían su estrategia y su táctica. Los adversarios de la reforma caracterizaron todos estos fenómenos como resultantes de su equivocada concepción universitaria; pero, de hecho, en las circunstancias críticas, y aun normalmente, los grupos tradicionales y los sectores estudiantiles que respondían a sus directivas ejercitaron una acción política igualmente partidista y generalmente mucho más violenta, probando así que los problemas sociales y políticos se filtraban en los claustros universitarios indefectiblemente, y que la Universidad había dejado de ser un recinto inviolable, por ciertas causas generales, de las cuales la reforma misma era, a su vez, un efecto particular.

De los movimientos juveniles reformistas salieron densos grupos de estudiantes que se encaminaron luego hacia los partidos políticos: algunos hacia los partidos burgueses tradicionales y otros hacia los partidos de izquierda: el socialismo, el comunismo ortodoxo o el comunismo trotskista. En el Perú ocurrió un caso singular, pues lo que se llamó el APRA fue un partido nuevo formado sobre la base del reclutamiento estudiantil reformista y en relación con la experiencia social y política recogida en el movimiento universitario. En esa experiencia se formularon los principios más ambiciosos de la reforma, y sobre ellos comprendió Haya de la Torre que podía fundar un movimiento político eficaz, dada la situación de los países latinoamericanos y especialmente del Perú.

En Argentina, Julio V. González creyó también que la movilización política provocada por el movimiento estudiantil y el esclarecimiento de ciertos objetivos mediatos e inmediatos permitía intentar la creación de un partido de la reforma; pero el proyecto no tuvo éxito. Quienes habían recibido su formación política en los movimientos estudiantiles prefirieron buscar su camino a través de los partidos ya constituidos. Pero casi nunca fueron disciplinados militantes que aceptaran las viejas consignas, sino grupos renovadores que propusieron nuevas orientaciones y, a veces, fundaron claras disidencias, como en el caso del grupo FORJA, surgido en el seno del radicalismo, pero cuyos planteos permitían que algunos de sus miembros derivaran luego hacia el movimiento peronista. No faltaron los intentos para infundir en los diversos partidos políticos una problemática nueva, que adquirieron forma en proyectos de acción conjunta de los partidos democráticos. Fenómenos semejantes se observaron, en diversa escala, en otros países: Uruguay, Brasil, Guatemala, Cuba, entre otros.

Los objetivos sociopolíticos más generales de los movimientos estudiantiles reformistas fueron entrevistos desde un comienzo, sobre todo en Perú, gracias, sin duda, a la penetración política de Haya de la Torre. En Argentina, Deodoro Roca señalaba en 1936 que el descubrimiento de las conexiones entre los problemas universitarios y los problemas sociales se fue haciendo lentamente: “Buscando un maestro ilusorio —escribía— se dio con un mundo. Eso es la reforma: enlace vital de lo universitario con lo político, camino y peripecia dramática de la juventud continental, que conducen a un nuevo orden social. Antes que nosotros lo adivinaron, ya en 1918, nuestros adversarios”.[6] El propio Roca, Alberto Palcos y otros habían percibido, sin embargo, desde el primer momento, la indisoluble vinculación existente entre la situación universitaria y la situación social, y tal planteo quedó expresamente aceptado en el Segundo Congreso Nacional de Estudiantes Universitarios, celebrado en Buenos Aires en 1932, al establecer como principio inspirador de la acción futura que “la reforma Universitaria es parte indivisible de la reforma Social”.

La reforma social, eso sí, no fue concebida de manera muy precisa, ni podía serlo sin desatar conflictos insalvables entre los distintos grupos ideológicos. Hubo —y coexistieron— distintas concepciones de los niveles que debía alcanzar, desde el reformismo hasta las formas extremas del comunismo, y hubo —y coexistieron— distintas concepciones de la estrategia del cambio, desde las aspiraciones parlamentarias dentro del sistema democrático liberal hasta los designios revolucionarios más audaces. Pero no sería difícil entresacar cuáles fueron, desde su comienzo, los principios más generalmente aceptados como esquema general del cambio deseado y previsto.

Por el análisis —o la simple observación— de la situación universitaria latinoamericana se cobró conciencia de que la sociedad estaba fundada en el sistema de privilegio. Era una observación obvia, pero fue una conquista de los grupos juveniles de clase media incorporarla a su propia experiencia, y fue un hecho político trascendental establecer una relación entre lo que enseñaba esa experiencia y la situación de las clases populares, puesto que esa relación importaba una imagen total del cuadro social. La reforma adoptó, pues, un punto de vista favorable al cambio social fundado en la supresión del privilegio. Pero esta postura adoptó dos matices. Fue, por una parte, una resistencia a la perduración de las sociedades semifeudales aún vigentes en muchos países latinoamericanos, y por otra, una resistencia a la consolidación de las sociedades burguesas, más modernas pero no menos injustas. Del primer matiz pudieron derivarse, escalonadamente, posiciones democráticas, reformistas y revolucionarias; del segundo sólo posiciones claramente revolucionarias.

El examen de la situación social, económica y política de las sociedades latinoamericanas condujo a la percepción de la decisiva influencia que en todos esos campos ejercían las grandes potencias económicas sobre la vida de los distintos países. La acción de Gran Bretaña y de Estados Unidos en América Latina fue enjuiciada con rigor, y la reforma adoptó el principio de la autodeterminación de los pueblos. El presidente argentino Yrigoyen lo había expresado por aquellos años en frase contundente, afirmando que “los pueblos son sagrados para los pueblos”, protestando contra la intervención de Estados Unidos en Santo Domingo; y otros movimientos en diversos países, inspirados por el mexicano Vasconcelos o por los argentinos Ugarte, Ingenieros y Palacios, habían comenzado una enérgica acción a favor de la autonomía de los países latinoamericanos. La reforma asumió enérgicamente una defensa de esas posiciones, que sería definida como “política antiimperialista”, y que se manifestó a veces con extremada violencia. Fue Haya de la Torre quien definió con más precisión esta línea del pensamiento político de la reforma, en los siguientes términos:[7]

“No vale terminar estas breves apreciaciones sin detenerse aunque sea someramente en otra de las grandes proyecciones de la reforma, ya insinuada ‘ut supra’: la decisión de los reformistas sinceros por participar directa y eficazmente en la lucha latinoamericana contra el imperialismo. Este punto de mayor actualidad y que me atañe más directamente, es largo a tratarse porque incorpora otros muchos. Además, es punto que conduce a enunciación de interpretaciones de más definida categoría política y polémica. Podía considerársele, un poco arbitrariamente quizá, como excediéndose de los límites de la reforma propiamente dicha. Empero la relación existe y existe estrechamente. La reforma prepara a los intelectuales, “a la primera generación universitaria”, a comprender el fenómeno del imperialismo en nuestra América, contra el que se habían alzado ya voces precursoras que buscándoles gaveta en el casillero clasista diremos que fueron voces pequeño-burguesas. Ciertamente, voces de la clase media producidas por los primeros efectos del empuje imperialista invasor contra esa clase. En honor a esos precursores cabe afirmar y repetir que son ellos los que inicialmente descubren a grandes lineamientos, no siempre muy precisos, la magnitud del problema imperialista como el más vital de la presente época americana. Mientras los intérpretes y líderes abocados a la dirección intelectual de la lucha contra la explotación capitalista topeteaban en los vericuetos de la ortodoxia europea, repitiendo tesis de doctrina y de táctica sabias para la realidad en que se producían, prematuras e inadaptables para la nuestra, aparecieron los llamamientos líricos y confusos, pero nutridos de evidencia de los intelectuales de la clase media que señalaban el peligro. La reforma había dejado puertas abiertas para el estudio de nuevos problemas. Por ellas pasan los primeros curiosos del fenómeno.”

También condujo el examen de las sociedades latinoamericanas a una opinión definida acerca de la significación que habían tenido —y conservaban— el militarismo y el clericalismo. El segundo aparecía vinculado a la persistencia de la atmósfera intelectual y tradicionalista de las universidades, pero también a la concepción conservadora de las clases altas, a su resistencia a toda transformación social; el primero, en cambio, aparecía vinculado eminentemente al establecimiento de fuertes dictaduras que rompían la normalidad institucional y frustraban los trabajosos esfuerzos por consolidar los regímenes constitucionales y democráticos. La reforma tomó una posición definida contra el militarismo y el clericalismo, que se manifestó en la acción política de los movimientos estudiantiles a través de una cerrada oposición a los regímenes dictatoriales: el de Uriburu en la Argentina, los de Machado y Batista en Cuba, el de Sánchez Cerro en Perú y tantos otros que fueron instaurándose en los distintos países latinoamericanos. La reacción nacía en cada caso, generalmente, a partir de la hostilidad que las dictaduras militares mostraron frente al movimiento reformista y contra las universidades en general, a las que acusaban una y otra vez de ser focos subversivos. Pero muy pronto adoptaba la forma de una franca oposición política, más peligrosa por la peculiar agilidad que solía caracterizarla. Los tumultos callejeros y las víctimas que resultaban de ellos agregaban a esa oposición un carácter dramático que multiplicaba el efecto de la acción.

Un rasgo, finalmente, completa —y caracteriza profundamente— el cuadro de los objetivos extrauniversitarios de la reforma: el de la formación de nuevas elites para una sociedad en proceso de cambio, frente al cual la universidad tradicional se había resistido a asumir una función orientadora. Haya de la Torre definió ese objetivo en términos estrictamente políticos:[8]

“El proletariado que justamente está surgiendo como consecuencia y negación del imperialismo —para expresarnos con la dialéctica hegeliana—, es clase naciente o incipiente, como naciente o incipiente es el industrialismo que el imperialismo lleva. Parece claro que el proletariado, donde ya existe más o menos definido en nuestra América, necesita aliados y que en los países donde no existe o apenas se inicia debe aliarse o incorporarse al movimiento de liberación nacional. Empero, tornemos a nuestro tema central. Las clases medias urgidas a la lucha la han iniciado y la realizan con mayor o menor acierto. Los intelectuales salidos de esas clases se han incorporado a ambas tendencias. En ambas militan y ambas cuentan en ellos directores y coadyuvantes convencidos. Este aporte intelectual ha sido fortalecido por la reforma. Los más y los mejores de sus soldados han tomado posiciones en la lucha contra el imperialismo y han contribuido eficientemente en ella. Pueden considerar el antiimperialismo desde diversos puntos de vista, especialmente desde los dos principales en que me he detenido. Pero son justamente intelectuales, muchos de ellos antiguos reformistas sinceros, los que más ardorosamente defienden los dos puntos de táctica enunciados. Cabe afirmar, pues, que malogrados sus posibles prejuicios pequeño-burgueses, los intelectuales y la reforma han dado buenos luchadores a la causa antiimperialista, aun en los sectores más ortodoxamente extremistas.

Pero aun para aquellos sectores de la reforma que no llegaban tan lejos en los planteos políticos, la renovación de la universidad debía orientarse hacia el cumplimiento de un papel semejante: formar las nuevas promociones de técnicos y profesionales, de políticos y militantes, que tuvieran una nueva imagen del proceso social.

La universidad traicionaba a la sociedad —decían— si se limitaba a ofrecer a sus estudiantes títulos que sirvieran solamente para el progreso individual de sus beneficiarios. Servía, en cambio, a la sociedad, si preparaba hombres que se pusieran a su servicio, que conocieran sus nuevos problemas, que estuvieran abiertos a las inquietudes y necesidades de las clases populares, que aceptaran el proceso de cambio y se incorporaran a él. Crear una elite con esta nueva mentalidad debía ser la misión fundamental de la universidad, dada la situación social de los países latinoamericanos, y la reforma la postuló directa o indirectamente.

Quizá sea este el punto de unión entre los objetivos estrictamente universitarios y los objetivos extrauniversitarios de la reforma. El movimiento sabía que, pese a las transformaciones que la universidad pudiera sufrir en su estructura, seguiría siendo centro de formación de las elites nacionales. Pero como anhelaba una universidad al servicio del cambio, luchaba porque esas elites se compenetraran de ese proceso y aceptaran su papel de promotoras y encauzadoras de las transformaciones que el país y el continente requerían.

Cualesquiera hayan sido las alternativas de las universidades latinoamericanas y cualquiera sea el grado de influencia que la reforma haya podido tener en la transformación de su estructura y de su orientación pedagógica y científica, los movimientos reformistas han logrado, por sí solos, este objetivo fundamental.

Notas:

1 Héctor Ripa Alberti, Renacimiento del espíritu argentino, 1920, en La reforma Universitaria, compilación y notas de Gabriel del Mazo, T. III, p. 29.

2 Deodoro Roca, La nueva generación americana, 1918, en íd., p. 7.

3 Luis Alberto Sánchez, El estudiante, el ciudadano, el intelectual y la reforma universitaria americana, 1940, en íd., p. 212.

4 Alejandro Korn, La reforma universitaria y la autenticidad Argentina, 1920, en íd., p.19.

5 Transcripto, entre otros lugares, en Ciria y Sanguinetti, Los reformistas, Buenos Aires, 1968, p. 271.

6 Respuesta a una encuesta, 1936. Cf. La reforma Universitaria, t. III, p. 546.

7 V. R. Haya de la Torre, La reforma Universitaria, 1929, en íd., p. 180.

8 Íd., p. 181.

Brevísima historia argentina.* 1966

La historia de la República Argentina se inicia con las poblaciones aborígenes que habitaron su territorio desde tiempos remotos. En algunos lugares ha dejado una huella profunda y persistente. Pero en el área geográfica que hoy constituye la Argentina no eran sino grupos aislados, heterogéneos, que en muchos casos se ignoraban entre sí. Como unidad política y cultural, la Argentina nace con la colonización española, y no desde el primer momento. La Patagonia fue muy poco explorada. Las regiones occidentales miraban hacia Chile y el Pacífico. El noroeste constituía una prolongación remota del Perú. Pero en el siglo XVIII, cuando se constituye el Virreinato del Río de la Plata, la Argentina ya está dibujada. Podría decirse que su territorio fue toda el área que por una u otra razón descubrió que se orientaba hacia las bocas del Río de la Plata, donde se había levantado Buenos Aires. Para esa época no solo se había dibujado su contorno físico. La Argentina comenzaba a ser ya una entidad social y cultural, tenue, sin duda, pero en la que estaban perfilados muchos de los rasgos que la caracterizarían por largo tiempo, acaso hasta hoy. También estaban ya delineados algunos de los problemas fundamentales de la vida nacional, pero la situación de dependencia los mantuvo contenidos hasta la hora de la emancipación. Entonces se desencadenaron y comenzó una larga lucha para ordenar la vida del país, sus fuerzas sociales, su desarrollo económico, sus tendencias religiosas e ideológicas, su régimen político, su papel internacional.

Esta lucha aún no ha cesado. No podría decirse que la Argentina es un país estabilizado. Sus problemas son profundos y complejos, en la medida que sus recursos, sus posibilidades y sus aspiraciones son inmensos. Es difícil estabilizar una sociedad muy diversificada, con una prodigiosa riqueza sin explotar, con una imagen de sí misma que la induce a proyectos ambiciosos y la obliga a vastas empresas. Los argentinos saben que su país no es un país estabilizado. Pero saben que ese hecho es fruto de su historia. Dadas las fuerzas que la Argentina esconde, la estabilidad sería la frustración. Su historia es la de su renovación, la de sus ensayos, la de sus equivocaciones; pero es también la de sus triunfos y sus aciertos, gracias a los cuales muchos sillares de su arquitectura están ya firme y definitivamente asentados.

La historia de la Argentina —quizá como la de otros países— es la de una vasta aventura, quizá la de algunos atrevidos experimentos, realizados para responder a los desafíos de su contorno. En esa historia se esconde el secreto de lo que hoy es la Argentina, un país en el que la magnitud de las promesas que encierra suele disimular su vigorosa y decantada realidad.

En el variado paisaje argentino, vivían dispersos desde tiempo inmemorial distintos grupos de poblaciones autóctonas confinadas en su propia región y que, generalmente, ignoraban a sus vecinos. Los pampas habitaban la llanura desde el Río de la Plata hasta la cordillera de los Andes; los guaraníes se extendían por Corrientes y Misiones, y los matacos, guaycurúes, tobas y chañés ocupaban los bosques chaqueños; los tehuelches poblaban la Patagonia, y los onas y yaganes las islas meridionales. Todos ellos tenían rasgos distintivos, pero poseían aproximadamente el mismo nivel de desarrollo. Eran, en general, nómades y vivían de la caza y la pesca, aunque algunos sabían cultivar mandioca, zapallo y maíz. La alfarería y los tejidos que fabricaban eran rudimentarios, como también las embarcaciones y las viviendas. En continua guerra, obedecían a los caciques de las distintas naciones en que se agrupaban. Y obedecían aun más a sus magos, que conocían los secretos de la abundancia y la escasez, de la victoria y la derrota, de la naturaleza toda, en fin, que suponían animada por espíritus.

Solo los diaguitas, que habitaban los valles del noroeste argentino, poseían un nivel más alto de desarrollo. Reunidos en aldeas con casas de piedra, fabricaban una excelente alfarería finamente decorada y numerosos objetos de hueso, madera, piedra y cobre. Eran hábiles agricultores, y cosechaban zapallo, papa y maíz en las terrazas que construían en las laderas de las sierras. Guanacos, llamas y vicuñas les proporcionaban las fibras para sus hermosos tejidos. Quizás algunas de estas técnicas las aprendieron de los quechuas, que descendieron desde el altiplano boliviano y los sometieron. Hubo, sin duda, largas guerras, de las que son testimonio los pucaraes o fortalezas de piedra que vigilaban los pasos estratégicos. Y la sumisión a los quechuas significó para los diaguitas la adopción de la lengua de los conquistadores y de sus cultos solares, que reemplazaron las creencias animalísticas tradicionales.

En 1516 aparecieron los españoles en el Río de la Plata. Uno de ellos recogió la noticia de que había ricas minas hacia el interior del territorio y el vasto río recibió el nombre de una esperanza. Tentado por ella, Sebastián Gaboto remontó el Plata y el Paraná en 1526, fundando el primer establecimiento español, un fuerte que llamó Sancti Espíritu, sobre las bocas del río Carcarañá. Pero el esfuerzo fue inútil y Pedro de Mendoza fue enviado en 1536 para intentarlo nuevamente. Esta vez, el español se instaló en la orilla occidental del Río de la Plata y fundó Buenos Aires: un muro de tierra rodeando unas chozas de barro y paja. Desde allí intentaron sus capitanes llegar al Perú, ya legendario por las noticias de Pizarro; como no lo lograron, uno de ellos decidió establecer una base más próxima y fundó Asunción sobre el río Paraguay, en beneficio de la cual Domingo de Irala resolvió poco después despoblar Buenos Aires.

Por esos años, los conquistadores del Perú intentaron descender hacia el sur. Redujeron a los diaguitas y fundaron varias ciudades: Santiago del Estero en 1553, San Miguel de Tucumán en 1565 y Córdoba en 1573. Otros conquistadores penetraron desde Chile y fundaron Mendoza en 1561 y San Juan en 1562. Esas dos regiones —el noroeste y el oeste— quedaron orientadas hacia aquellos centros de colonización. Pero el Río de la Plata recuperó la atención de los españoles, y desde Asunción bajó Juan de Garay para fundar Santa Fe en 1573 y Buenos Aires —por segunda vez— en 1580. Predominaban entre los compañeros de Garay los criollos, y tanto ellos como los españoles recibieron solares en la ciudad y tierras en los alrededores para que se radicaran. Buenos Aires fue una puerta abierta hacia el Atlántico y comenzó a atraer hacia ella a toda la región, en la que poco después se fundaron nuevas ciudades: Salta en 1582, Corrientes en 1588, Jujuy en 1593.

Durante largo tiempo fue muy pobre la vida de tales aldeas. La región no poseía minas y España no le prestó la atención que otorgaba a México o al Perú, y hasta llegó a prohibir que Buenos Aires comerciara desde su puerto. Pero la vasta llanura comenzó a producir inmensos ganados semisalvajes que pronto constituyeron una inmensa riqueza: el sebo y los cueros dieron origen a un comercio de alguna importancia, y las poblaciones urbanas se tonificaron con él, mientras se procuraban los productos que necesitaban por medio del contrabando.

En el Tucumán —que correspondía a la región noroeste del país— hubo violentas rebeliones de indígenas; en otras regiones fueron menos graves, y en el Paraguay trató de evitarlas el primer gobernador criollo —Hernandarias— encomendando a los jesuitas la fundación de misiones para reducirlos. Por su parte, los criollos que no encontraban perspectivas en las ciudades solían emigrar a los campos, donde se constituían poco a poco las “estancias”, en las que se recogía de vez en cuando un gran número de animales. Eran los vecinos afincados en las ciudades los que gozaban de mejores condiciones de vida. En todas las ciudades, diversas órdenes religiosas fundaron escuelas y en Córdoba comenzaron los estudios universitarios en 1622. Plácida y monótona, la vida aldeana se desenvolvía sin sobresaltos, excepto cuando se producía una rebelión indígena o cuando se sentía en Buenos Aires la amenaza portuguesa desde la Colonia del Sacramento. Este era el baluarte de los contrabandistas, y para reprimirlos el gobierno español decidió transformar a Buenos Aires en la sede de un nuevo virreinato, que quedó fundado en 1776.

Diez años antes habían sido expulsados los jesuitas del Río de la Plata, como de los demás dominios españoles, y el hecho había producido cierta polarización de las opiniones. El primer virrey fue Pedro de Cevallos, que les era fiel. A él le tocó acabar con los portugueses de la Colonia del Sacramento y abrir las puertas del comercio con Chile y Perú. El segundo virrey fue Juan José de Vértiz, partidario, en cambio, de la política de los ministros progresistas de Carlos III. En 1778 se creó la aduana de Buenos Aires y poco después se instaló en la ciudad la primera imprenta. Vértiz, que antes, siendo gobernador, había fundado una “Casa de Comedias”, tuvo otras muchas iniciativas: un colegio superior —el de San Carlos—, una casa de niños expósitos, un hospicio para mendigos y un hospital para mujeres fueron instituciones que él puso en funcionamiento y cambiaron la fisonomía de la ciudad. Años más tarde, en tiempos del virrey Arredondo, se autorizó el comercio con naves extranjeras y se creó el Consulado: su secretario, Manuel Belgrano, defendió los principios de la libertad de comercio y desafió a los comerciantes monopolistas. Por entonces, comenzaron a advertirse en Buenos Aires los primeros efectos de las ideas de la Revolución francesa, que arraigaron en algunos negros esclavos que soñaban con su emancipación, pero también en muchos criollos que comenzaron a participar de ellas. Los primeros periódicos que se publicaron en Buenos Aires, El Telégrafo Mercantil (1801) y el Semanario de Agricultura, Industria y Comercio (1802), reflejaban las nuevas preocupaciones por los problemas económicos y sociales.

Designado virrey en 1804, el marqués de Sobremonte debió enfrentar la invasión de un ejército inglés en 1806. La decidida acción del jefe del fuerte de Barragán, Santiago de Liniers, logró ponerle fin. La situación española era grave a causa de la amenaza de Napoleón, y un Cabildo abierto encomendó el mando militar de la plaza a Liniers, cuyo desempeño fue tan eficaz que contuvo una segunda invasión al año siguiente. Pero el apoyo popular a Liniers significó la polarización de los grupos criollos contra los grupos españoles tradicionalistas. El ambiente comenzó a agitarse a causa de las noticias que llegaban de España: la abdicación de Carlos IV, la prisión del rey, del príncipe heredero, la invasión francesa y la designación de José Bonaparte como rey. Hubo partidarios de diversas actitudes, pero se adivinaba que muchos pensaban en la independencia. Cuando la Junta Central de Sevilla designó virrey a Baltasar Hidalgo de Cisneros, las opiniones estaban definidas, y poco después, el 25 de mayo de 1810, un movimiento popular depuso al virrey y designó una Junta de Gobierno. Nunca más se restauró la autoridad española en el Río de la Plata.

Presidía la Junta Cornelio Saavedra y era uno de sus secretarios Mariano Moreno. Ambos representaban las dos tendencias que se oponían en aquella: Saavedra la conservadora y Moreno la liberal. Pero la acción del nuevo gobierno no se vería dificultada solo por esa oposición: el más grave problema era si las ciudades del interior respaldarían al gobierno surgido en Buenos Aires y si tolerarían que la antigua capital del virreinato siguiera siendo la cabeza de toda la región. Moreno trató de difundir el pensamiento de la Revolución francesa a través de sus artículos de la Gazeta de Buenos Aires, pero no halló mucho eco. Problemas urgentes y concretos surgieron en cada región, y pese a los esfuerzos militares de dos expediciones enviadas al interior, la situación del gobierno de Buenos Aires comenzó a debilitarse. Moreno debió renunciar y la Junta fue ampliada con representantes del interior, más bien moderados. Un Triunvirato la reemplazó poco después; y entretanto, Manuel Belgrano y José de San Martín lograban derrotar a las fuerzas españolas, pero sin aniquilarlas. En 1813 se reunió la Asamblea General Constituyente, que tomó numerosas decisiones que revelaban el predominio de los progresistas. También consagró el Himno Nacional que había compuesto Vicente López y Planes; y este hecho, unido a la creación de la bandera azul y blanca por Manuel Belgrano poco antes, revelaba la intención de afirmar la soberanía de la “nueva y gloriosa nación”. Pero la misión específica que la Asamblea se había asignado, que era constituir jurídicamente el país, no pudo cumplirse. Fue creado un Poder ejecutivo unipersonal —el Directorio— pero quedaron patentes las disensiones que separaban a Buenos Aires de algunas provincias; las del litoral y la Banda Oriental del Uruguay comenzaron a rechazar la autoridad del gobierno de Buenos Aires y poco después llegarían a las armas contra él.

Un nuevo intento de organizar la nación se hizo en 1816. Un congreso reunido en Tucumán volvió a fracasar en esa tarea. Pero en cambio asumió la responsabilidad, en medio de los mayores peligros, de declarar la independencia el día 9 de julio. Hizo frente a los peligros externos el general José de San Martín, que había preparado cuidadosamente un poderoso ejército para cruzar los Andes y aniquilar en Chile el poderío español. Cumplida la difícil travesía, San Martín derrotó en 1817 a los españoles en Chacabuco y al año siguiente en Maipú. La amenaza española quedó conjurada, pero los peligros internos de disgregación se acentuaron. Las provincias del litoral se alzaron en armas contra el gobierno de Buenos Aires, acusado de centralista. Esta fue, efectivamente, la orientación que el congreso dio a la constitución aprobada en 1819. Y frente a ella, la rebelión se hizo general. El 1 de febrero de 1820 las tropas provincianas derrotaron en Cepeda a las del gobierno central y obligaron a Buenos Aires a firmar el Tratado del Pilar. Según él, caducaba la autoridad directorial y se echaban las bases de un régimen federal, dentro del cual se establecía la libre navegación de los ríos Paraná y Uruguay. Era un golpe mortal contra la aduana de Buenos Aires, que constituía el fundamento del poder de la antigua capital del virreinato. Con el tratado del Pilar se cerraban diez años de infructuosos intentos de ordenar la nación sobre el modelo del virreinato. A través de sangrientas luchas se buscaría en adelante una nueva fórmula para la organización del país.

A la crisis del poder central siguió un período en el que cada provincia quedó librada a sus propias fuerzas. Las del litoral, cuya posición geográfica les permitía esperar un vigoroso desarrollo económico, pensaron en independizarse. Entre Ríos lo hizo en un momento de optimismo y la Banda Oriental lo intentó bajo la inspiración de José Artigas, pero ambas fracasaron. La segunda cayó bajo la autoridad de los portugueses, hasta que en 1825 un grupo de treinta y tres orientales mandados por Lavalleja promovió otra vez la anexión a Buenos Aires. Entre tanto, las otras provincias litorales así como las del interior del país mantuvieron el designio de restablecer la unidad nacional, pero, como se establecía en el Tratado del Pilar, dentro de un régimen federal. El obstáculo era su escaso desarrollo y su tradicional dependencia del puerto de Buenos Aires, de modo que cualquier solución debía fundarse en la inclusión de este, aunque sustrayéndole el privilegio de sus exclusivos beneficios. Tal solución era la que se buscaba a través del sistema federal.

Todas las provincias vieron surgir enérgicos jefes —los caudillos— que impusieron su autoridad sobre ellas. Estanislao López en Santa Fe, Bustos en Córdoba y sobre todo Juan Facundo Quiroga en La Rioja fueron figuras singulares de este período. Su prestigio popular fue grande, acaso porque compartían las tendencias y los rasgos de las masas criollas; se declaraban demócratas y lo eran, ciertamente, en un sentido primario; pero aun cuando expresaran los sentimientos colectivos, ejercían un poder discrecional que los convertía en verdaderos autócratas. Solo se exceptuó de tal suerte en 1820 la provincia de Buenos Aires que, por el contrario, logró establecer una democracia institucional y desarrollar una política moderna y progresista.

Tras el Tratado del Pilar, fue elegido gobernador de Buenos Aires Martín Rodríguez, de quien fue ministro de Gobierno Bernardino Rivadavia. A él se debieron profundas innovaciones y reformas que cambiaron la fisonomía de la provincia e hicieron de ella un modelo que muchos quisieron que todo el país imitara. A la luz de la experiencia y de los principios progresistas, se reformó la justicia, el régimen municipal, el ejército, las escuelas y los colegios, las órdenes religiosas, la política económica, el régimen de la tierra pública; pero además se promovieron nuevas instituciones, como la Sociedad de Beneficencia y la Universidad de Buenos Aires, que se inauguró el 12 de agosto de 1821. En el orden político, el gobierno de Buenos Aires sancionó una Ley de Olvido, destinada a apaciguar las pasiones políticas, y promovió un tratado con las provincias del litoral para echar las bases de un entendimiento con ellas, que permitiera luego restaurar la unidad nacional.

Entre tanto, San Martín, que se había mantenido ajeno a las luchas civiles, había preparado una expedición para acabar con la amenaza del poder español. Desembarcó en la costa peruana y en julio de 1821 entró en Lima, proclamando la independencia del Perú: de este modo, la amenaza de una restauración del poder español quedó neutralizada. Pero otra amenaza exterior comenzaba a cernirse sobre las fronteras. Celoso de la decisión que los orientales habían adoptado en el Congreso de La Florida en 1825, Brasil —que se había independizado en 1822— rechazó la anexión de la Banda Oriental a Buenos Aires y declaró la guerra en diciembre de 1825.

Pocos días después, un congreso que sesionaba en Buenos Aires desde 1824 para tratar de constituir la nación, creó un Poder Ejecutivo nacional para hacer frente a la guerra. Bernardino Rivadavia fue elegido presidente de las Provincias Unidas del Río de la Plata y se encomendaron las fuerzas al general Carlos María de Alvear y al almirante Guillermo Brown. Mientras Rivadavia veía crecer la oposición interior —sobre todo a causa de la declaración de la ciudad de Buenos Aires como capital de la nación— la escuadra y el ejército triunfaban en los escenarios de la guerra. Brown en la batalla de Juncal y Alvear en la de Ituzaingó dieron al país la sensación del triunfo. Pero Rivadavia quería la paz a toda costa, preocupado por la crisis interna, y toleró las desventajosas negociaciones de su embajador Manuel José García, que ofreció a Brasil la posibilidad de crear un Estado independiente en la Banda Oriental, tal como lo sugería la diplomacia inglesa, deseosa de tener en el Río de la Plata un puerto ajeno a poderosas influencias. La situación hizo crisis. El congreso había sancionado poco antes, en diciembre de 1826, una constitución centralista que varios gobiernos de provincia rechazaron. Rivadavia presentó su renuncia en junio de 1827 y el intento de unificar la nación —desunida desde 1820— fracasó.

Buenos Aires eligió entonces gobernador a Manuel Dorrego, federal moderado, a quien tocó firmar la paz con Brasil y reconocer la independencia de la Banda Oriental. Pero al regresar los ejércitos, sus jefes se dispusieron a aniquilar a los caudillos federales. Los generales Lavalle y Paz asumieron esa responsabilidad. En 1828, Lavalle depuso y fusiló a Dorrego, y Paz se enfrentó con Quiroga en el interior, derrotándolo. Pero Lavalle tuvo que hacer frente a la rebelión federal que en la llanura bonaerense acaudillaba Juan Manuel de Rosas, y Paz fue hecho prisionero por Estanislao López en marzo de 1831. Los unitarios —como se llamaba a los partidarios del régimen centralista— quedaron en situación de inferioridad y el país se vio dividido en tres áreas políticas bien definidas, que eran también tres áreas económicas: el interior, bajo la autoridad de Juan Facundo Quiroga; el litoral, bajo la de Estanislao López y Buenos Aires, bajo la de Juan Manuel de Rosas. Sorpresivamente, Quiroga cayó asesinado en febrero de 1835 y poco después Rosas era elegido gobernador de Buenos Aires. La desunión de las provincias quedó consumada con el triunfo de los federales en aquella que defendía con más ahínco la tesis de la unidad.

Campeón del federalismo, Rosas realizó, sin embargo, una suerte de unificación del país. Pero no dentro de un sistema institucional, que él juzgaba prematuro, sino de hecho, en virtud del ascendiente que alcanzó sobre los demás gobiernos provinciales. El país logró una unidad laxa dentro de lo que se llamó la Federación, palabra que designaba al mismo tiempo al país constituido por provincias federales y al régimen político al que estaba sometido. La Federación reconocía la imprecisa autoridad del gobernador de Buenos Aires, con lo que moderaba la concepción básica de las autonomías provinciales. Pero reconocía, sobre todo, la vigencia de ciertas ideas, que eran más bien actitudes mentales. Era hostil a las formas de vida europeas, a las ideas liberales, a los cambios económicos, a la ilustración, a la libertad política. En realidad, los ideales de la Federación se relacionaban estrechamente con los del absolutismo español, tal como habían triunfado en España con la restauración de Fernando VII. Rosas era llamado “restaurador de las leyes”, y en tal título se descubría la hostilidad a cuanto habían hecho los gobiernos de la República desde la Revolución de Mayo.

Lo más singular de la Federación fue que dio al problema de la libre navegación de los ríos —fundamental para las provincias litorales— la misma respuesta que los antiguos gobiernos centralistas. La aduana de Buenos Aires siguió beneficiando exclusivamente a la provincia y el omnipotente gobernador obstaculizó enérgicamente la actividad económica del interior del país. Por eso, precisamente, contó con el apoyo de estancieros y comerciantes ingleses, que se beneficiaron con una suerte de monopolio para la venta de productos manufacturados. Apoyaron también a Rosas los estancieros criollos que formaban parte de su círculo, que además de obtener vastas extensiones de tierras obtuvieron pingües ganancias con las ventas de cuero y de tasajo.

La concepción política de la Federación suponía la unanimidad de opiniones; quienes no participaban de ellas debieron emigrar, y así se constituyó, sobre todo en Montevideo y en Santiago de Chile, un nutrido grupo de proscriptos. Todos combatieron al régimen. En Chile escribió Sarmiento el Facundo, vasto intento de explicación del fenómeno sociológico que se escondía detrás del ascenso de Rosas. En Montevideo escribió Echeverría el Dogma Socialista. Pero en esta ciudad, tan próxima a Buenos Aires, los proscriptos procuraron luchar activamente, preparando la guerra contra quien consideraban un tirano. Desde allí apoyaron al general Lavalle en sus diversos intentos militares y allí actuó el general Paz cuando las fuerzas adictas a Rosas pusieron sitio a Montevideo en 1843.

Para entonces la situación argentina se había agudizado. Hasta 1840 Rosas había conducido su política no sin cierta cautela. Pero ese año estalló una extensa insurrección a la que Rosas respondió no solo enfrentándola militarmente sino también extremando la represión. La persecución de los opositores fue enérgica y justificada a los ojos de los federales por el apoyo que les prestaba Francia, que había bloqueado el puerto de Buenos Aires para defender su propia posición en Montevideo. Las rebeliones frustradas se sucedieron, pero cuando pareció que Rosas podía imponerse en la Banda Oriental, Inglaterra se asoció a Francia y se enfrentó a él. Obstinado en sus ideas, Rosas acentuó la preponderancia económica de Buenos Aires y amenazó con ahogar a sus propios aliados, entre los cuales, el gobernador de Entre Ríos, Justo José de Urquiza, realizaba ciertos audaces experimentos para vitalizar la riqueza de su provincia.

Cuando diversas circunstancias obligaron a Francia e Inglaterra a levantar el bloqueo en 1850, el gobierno del Brasil asumió la responsabilidad de impedir que Rosas dominara las dos márgenes del Plata. Los antirrosistas encontraron un nuevo aliado, y ante la acentuación de las restricciones a la libre navegación de los ríos, Urquiza decidió encabezar la rebelión contra Rosas. En mayo de 1851, se declaró públicamente contra él y cruzó el río para obligar a las fuerzas rosistas a levantar el sitio de Montevideo. Logrado esto, volvió a su provincia y con un poderoso ejército invadió Santa Fe y Buenos Aires. En Caseros derrotó a Rosas el 3 de febrero de 1852, y el gobernador vencido se refugió en un barco inglés que lo alejó definitivamente del país.

Árbitro de la situación, Urquiza dependía, para promover la unidad y el ordenamiento institucional del país, de los designios de diversos grupos. Sus antiguos amigos federales y los gobernadores de las distintas provincias que lo habían apoyado aspiraban a una solución que no compartían totalmente los antiguos proscriptos. Atento a las fuerzas reales, Urquiza convocó a una reunión de gobernadores en San Nicolás, de la que surgió un acuerdo que garantizaba la libertad de comercio, la libre navegación de los ríos y el reparto proporcional de las rentas nacionales. Pero Buenos Aires, que no había visto con buenos ojos a Urquiza, rechazó el acuerdo y poco después se sublevó contra Urquiza. Este se abstuvo de intervenir y se dedicó a promover la reunión de un congreso que, en Santa Fe y sin representación bonaerense, dictó la Constitución Nacional, que fue sancionada el 1 de mayo de 1853.

Buenos Aires no juró la Constitución y con ello consagró la secesión entre el Estado de Buenos Aires y la Confederación Argentina, que agrupaba a las demás provincias. Esta situación se mantuvo a lo largo de nueve años, durante los cuales las tensiones fueron en aumento. Sin embargo, Buenos Aires reconoció, al dictar su constitución provincial de 1854, que no renunciaba a formar parte de la nación. Pero a pesar de todo, enfrentó a la Confederación, cuyo gobierno ejercía Urquiza y había fijado su sede en la ciudad de Paraná. Mediante una audaz política fiscal, la Confederación trató de transformar a Rosario en un puerto internacional, por el que debían salir sus productos. Eran esos no solo los tradicionales de la ganadería sino, y cada vez más, las lanas y también los cereales que comenzaron a producirse en las colonias agrícolas que el gobierno estimuló, pobladas de inmigrantes atraídos por disposiciones generosas.

Pero la diferencia de poderío económico era inmensa. La Confederación se ahogaba por falta de recursos, en tanto Buenos Aires, pese a los ataques de los indios que se ensañaron con ella, poseía recursos cuantiosos. Desesperada, la Confederación apeló a una política de derechos diferenciales, favoreciendo las mercaderías que entraban directamente al puerto de Rosario; pero Buenos Aires respondió al desafío con otras medidas y las tensiones condujeron a la guerra. En 1859, Urquiza avanzó sobre Buenos Aires y derrotó a sus fuerzas, mandadas por Bartolomé Mitre, en la batalla de Cepeda. El resultado fue un pacto de unión, por el que Buenos Aires se declaraba parte de la nación y aceptaba la Constitución con algunas reservas. Diversos pasos debían conducir a la unidad nacional; pero nuevos conflictos estallaron y otra vez se enfrentaron los dos ejércitos. La victoria favoreció en Pavón a Buenos Aires, y el jefe vencedor, Mitre, asumió interinamente la presidencia de la nación. Convocado un congreso, fue elegido él mismo como presidente constitucional por seis años, funciones que asumió el 12 de octubre de 1862.

El período que transcurre entre 1862 y 1880 marca un viraje fundamental en la historia argentina. La acción orgánica y tenaz del poder público durante las tres primeras presidencias constitucionales no solo puso fin a los viejos problemas que se habían debatido durante cinco décadas sino que inició una era de cambios sustanciales en la estructura económica y social del país. Esta doble faz de la acción de las minorías gobernantes correspondía a un cambio profundo de mentalidad en la generación que llegó al poder después de la batalla de Caseros. Era el fruto de la paciente labor de estudio de los emigrados, de Alberdi, de Echeverría, de Sarmiento, quienes habían inculcado a sus contemporáneos la idea de que, tras las crisis políticas, conmovían fundamentalmente al país ciertos problemas profundos cuya solución era imprescindible. Llegada al poder, esa minoría emprendió la tarea de poner en marcha la Constitución, que recogía la dolorosa experiencia de muchos años y resolvía sabiamente los problemas institucionales al tiempo que establecía los principios generales del funcionamiento económico del país. Pero, al mismo tiempo, emprendió la tarea de poner en funcionamiento un plan económico y social que había sido esbozado por economistas y sociólogos durante largos años. Tal fue la labor que se desarrolló durante las presidencias de Bartolomé Mitre (1862-1868), Domingo Faustino Sarmiento (1868-1874) y Nicolás Avellaneda (1874-1880).

Formó parte de los equipos de gobierno y del parlamento un grupo de hombres de formación muy homogénea, con preocupaciones e intereses análogos, y que concibieron la política nacional como una respuesta al desafío que lanzaba a los países como la Argentina una Europa que se industrializaba rápidamente. Esa política requería afianzar el ordenamiento interno y promover ciertos cambios económico-sociales. En el fondo, constituía una revolución; pero fue concebida como una acción lenta y firme, destinada a vencer innumerables obstáculos y a difundir una nueva actitud mental entre los sectores activos del país.

El ordenamiento interno no era cosa fácil. Las medidas necesarias para llevarlo a cabo rozaban siempre los viejos problemas que habían suscitado tantos conflictos. El gobierno nacional debió crear el Estado casi de la nada y en constante choque con otros poderes. Hubo que fijar los límites interprovinciales, fijar las jurisdicciones, resolver el espinoso problema de las relaciones entre el Estado nacional y la provincia de Buenos Aires, en cuya capital residían los dos gobiernos; hubo que resolver el problema de los ejércitos provinciales, que debían desaparecer, establecer los servicios de correos, suprimir las aduanas provinciales; hubo que fijar el sistema impositivo, establecer las normas contables, redactar y poner en vigencia los códigos y la administración de justicia. Todo esto, y mucho más, fue hecho metódicamente, hasta crear un vasto aparato de poder y administración para que funcionara en todo el país. No faltaron dificultades y hasta hubo algunas insurrecciones armadas, pero el Estado nacional las superó, como superó la amenaza de los indios, que finalmente fueron reducidos por el general Julio A. Roca en 1879. Vigente la Constitución y establecidos, uno a uno, los innumerables engranajes de la vida nacional, la dura etapa de la desunión de las provincias quedó superada.

Vestigios de esa lucha fueron las tensiones políticas, puestas de manifiesto, sobre todo, a la hora de resolver el problema de las candidaturas presidenciales. Mitre, porteño, fue el principal sostenedor de una política nacionalista provinciana y, con él, todos los grupos provincianos que recelaban de los porteños. Esta extraña combinación de suspicacias agitó la vida política y llevó a la presidencia, después de Mitre, a dos provincianos: Sarmiento y Avellaneda, que, con todo, mantuvieron la línea de la política nacionalista. Un problema, grave entre todos, suscitó una crisis peligrosa: el de la federalización de la ciudad de Buenos Aires, en 1880, que la provincia resistió por las armas. Pero también este problema fue superado.

Desde 1865 hasta 1870, la Argentina mantuvo, junto al Brasil y al Uruguay, una dura guerra con el Paraguay, siempre vinculada con el problema de la navegación de los ríos. Vencedora, la Argentina sostuvo que “la victoria no da derechos” y procuró resolver los problemas internacionales con la mayor equidad.

Entretanto, la atención del país se volcaba cada vez más hacia Europa, como resultado de aquella actitud mental que habían adoptado las minorías dirigentes. Solo en relación con las posibilidades que ofrecía la economía europea podían hacerse los cambios que habían propuesto los economistas y sociólogos que veían en la realidad social del país la causa de su malestar político. En Europa había excedentes de población para poblar el vasto desierto argentino y, de acuerdo con el principio formulado por Alberdi de que, en la Argentina, “gobernar es poblar”, comenzó a fomentarse la inmigración masiva. Prevaleció la de los países menos desarrollados industrialmente, y llegó en número considerable. El saldo inmigratorio de la década de los sesenta a la de los setenta fue de 76.000 inmigrantes, y el de la década de los setenta a la de los ochenta fue de 85.000. Su distribución fue singular: se fijó preferentemente en las zonas del litoral, y como no hubo una política de colonización, fue muy grande el número de inmigrantes que permaneció en las ciudades o volvió a ellas después de alguna experiencia rural. Las ciudades, pues, crecieron rápidamente, sobre todo Buenos Aires, pero también Rosario, Bahía Blanca y otras en menor medida. Allí se dedicaron los inmigrantes a actividades comerciales, preferentemente, en tanto que los que habían permanecido en las áreas rurales trabajaron sobre todo en las nuevas regiones dedicadas a la agricultura.

Para ese entonces, el país comenzó a producir lanas en gran escala y, poco a poco, cereales; esto, unido a las carnes, que comenzaron a mejorar gracias a la mestización de los ganados, significó un considerable volumen de productos exportables. La inmigración fue un importante factor de progreso económico, pero creó algunos problemas inesperados. Sobre todo porque constituyó grupos marginales que no se asimilaban fácilmente. En Martín Fierro, el poeta José Hernández recogió el sentimiento de animadversión que los criollos manifestaron frente a este extranjero que venía a enriquecerse. Para acelerar la asimilación, se buscó el apoyo de la escuela pública, de la que Sarmiento fue propulsor entusiasta. En ella deberían familiarizarse los hijos de inmigrantes con las tradiciones del país y fundirse con los nativos.

Para estimular el desarrollo económico, se procuraron capitales extranjeros que se invirtieron en las grandes obras públicas que el país necesitaba. La más importante fue la de los ferrocarriles. Entre 1862 y 1880, se tendieron 2.516 kilómetros de vías férreas, iniciándose las líneas troncales que nacían en Buenos Aires y conducirían a su puerto las riquezas exportables que el campo producía. De ese modo, no solo la inmigración, sino también la riqueza y su distribución, contribuyeron al crecimiento de la capital.

Con la definitiva sumisión de los indios y la federalización de Buenos Aires, el presidente Avellaneda puso fin a una época. Su sucesor, Julio Argentino Roca, fue impuesto por el informe Partido Autonomista Nacional, el único verdaderamente importante y que reunía a los grupos influyentes de las provincias. Progresista y liberal de convicciones profundas, consideró que habían quedado enterrados todos los problemas que habían dividido al país desde 1810 y enunció su programa de gobierno con una fórmula muy significativa: “Paz y administración”. Era, sin duda, lo que querían las clases acomodadas del país, y sobre todo las que aspiraban a serlo. Se vislumbraba una vaga promesa de trabajo y de riqueza que estimulaba el optimismo colectivo, en un país que crecía a ojos vistas. Y el gobierno administró sabiamente dentro de un clima de paz, como invitando a todos a la prosperidad.

No sin sacudidas, el país aceleró el ritmo de su crecimiento y prosperó visiblemente. Los inmigrantes siguieron llegando en cifras crecidas. Con unos 4.000.000 de habitantes —como indicaba el censo de 1895—, el país recibió 800.000 inmigrantes en el decenio 1890-1899. Había recibido 1.000.000 en el decenio anterior; y en el quinquenio que precedió a la celebración del centenario de la Revolución de Mayo, en 1910, recibió 1.200.000. Así se explica, por ejemplo, que Rosario, que solo contaba con 23.000 habitantes en 1869, llegara a 91.000 en 1895. El país vivía una gran aventura. La gran aventura económica era la de los productos agropecuarios, que reportaban al país gruesas sumas. Pero la gran aventura social y cultural, menos visible, era la de la formación de un cuerpo social nuevo, de caracteres insospechados, de cuyo comportamiento futuro poco podía preverse. Pronto apareció la primera generación de hijos de inmigrantes y luego la segunda, cada una con rasgos sociales y culturales diferentes. En ese mar confuso, los viejos grupos de la aristocracia criolla cerraron sus filas, se retrajeron y acentuaron con ello la heterogeneidad del cuadro social.

Esa antigua aristocracia retuvo el gobierno del país. A su sombra se enriquecieron vastos sectores de recién llegados, pero ella conservó el control del poder. Con él impulsó la riqueza y consolidó la estructura económica del país. Los ferrocarriles prolongaron sus líneas, se construyeron puertos, diques y canales, redes de aguas corrientes y cloacales, edificios públicos y privados concurrían para llevar a cabo un vasto programa que haría de la Argentina un país de riqueza casi legendaria.

Pero el desarrollo vertiginoso de la riqueza trajo consigo sus riesgos. El clima de venalidad y de especulación se hizo intenso, y la inflación comenzó a crecer. En 1890, una crisis —quizá de crecimiento— estalló con caracteres alarmantes. Muchas fortunas se derrumbaron. Al año siguiente quebraron el Banco Nacional y el de la Provincia de Buenos Aires, y quedó en descubierto una inmensa deuda exterior. Fueron necesarios ingentes esfuerzos para restaurar el crédito nacional.

Sin duda, Roca cumplió con su lema. Pero no pudo impedir que se suscitaran otros conflictos distintos de los tradicionales. Eran los que traía consigo la nueva situación. Movido por sus concepciones liberales, Roca promovió algunas leyes —la de educación, la de Registro Civil— que plantearon un enfrentamiento entre católicos y liberales. En el orden político, la omnipotencia del presidente de la República comenzó a levantar resistencia en sus propias filas; y en los que no pertenecían a ellas, un sentimiento de frustración, puesto que la vida pública parecía patrimonio de unos pocos. Roca señaló a su sucesor, Miguel Juárez Celman, y a él le tocó soportar la crisis de 1890, en la que apareció por primera vez un movimiento político opositor de nuevo cuño. Una revolución popular reveló una corriente de opinión democrática que reflejaba los anhelos de esa vasta masa que había creado el progreso, la inmigración, la vida de las grandes ciudades, la riqueza: una masa políticamente inmadura, pero numerosa y aferrada a sus instituciones. Fue su portavoz Leandro N. Alem, orador inflamado que echó las bases de la Unión Cívica Radical; pero de las filas de esos revolucionarios saldrían Lisandro de la Torre, fundador de la Liga del Sur, partido santafesino de agricultores, y Juan B. Justo, fundador del Partido Socialista. Así, en pocos años, el decorado del escenario político cambió completamente. El que se había montado después de Caseros quedó envejecido y uno nuevo apareció a la vista de todos.

Desde la revolución de 1890 hasta 1916, la vida política consistió en un esfuerzo desesperado de los grupos tradicionales por subsistir y en sucesivos esfuerzos de sus adversarios por entrar en escena. Los radicales fueron a la revolución dos veces, en 1893 y en 1905. Entretanto, comenzaron a sucederse las huelgas y los movimientos obreros en una escala que los grupos tradicionales consideraron peligrosa. En 1902, fue sancionada la Ley de Residencia, en virtud de la cual el gobierno podía deportar a cualquier extranjero que tomara parte en movimientos juzgados subversivos. Pero las huelgas siguieron y la represión fue cada vez más violenta, hasta llegar a un clima amenazador en 1909 y 1910. Para ese entonces, el Partido Socialista había conseguido llevar un diputado a la Cámara: Alfredo L. Palacios, elegido por la capital en 1904, a quien se debieron las primeras leyes sociales que tuvo el país.

Pero la inquietud de los sectores obreros —extranjeros en su mayoría— era un fenómeno ajeno a la inquietud de la vigorosa clase media, constituida por elementos criollos y por descendientes de inmigrantes, que no quería la protección del Estado sino su control. Aspiraba a compartir el poder con los grupos tradicionales o a ejercerlo sola si era posible. Por eso su exigencia era, en suma, la de poder votar libremente y llevar al poder a sus representantes. La Unión Cívica Radical que, muerto Alem, reconocía como su jefe a Hipólito Yrigoyen, fue la organización política que expresó esta tendencia.

La obstinación de los grupos tradicionales que ejercían el poder levantó contra ellos a algunos sectores de su propio seno, que temían las consecuencias de un enfrentamiento: Joaquín V. González, Carlos Pellegrini y Roque Sáenz Peña fueron entre otros los que señalaron ese riesgo. En 1910, Roque Sáenz Peña ocupó la presidencia de la República y asumió la responsabilidad de dar al país la legislación electoral necesaria para que la democracia no fuera desvirtuada. En 1912, fue aprobada la ley electoral —hoy llamada Ley Sáenz Peña— y poco después fue puesta en vigencia en Santa Fe, donde los radicales obtuvieron su primer triunfo. En el año 1916, al producirse la renovación presidencial, Hipólito Yrigoyen obtuvo el triunfo.

La Unión Cívica Radical ejerció el poder desde 1916 hasta 1930. Marcelo T. de Alvear sucedió a Yrigoyen en 1922 y al término de su mandato, en 1928, volvió a ser elegido Yrigoyen, cuyo gobierno duró hasta la revolución de 1930, que lo depuso. Cuando llegó al poder, el radicalismo no tenía más bandera que el sufragio libre. Carecía de un programa orgánico frente a los problemas nacionales, y sin embargo, era evidente que entrañaba un estilo político original y cierta propensión a dar soluciones nuevas.

Sin duda, provenía esa actitud de la peculiaridad del conglomerado social que formaba el radicalismo. Compuesto de grupos de diverso origen —criollos unos e inmigrantes otros—, tenía sin embargo como denominador común un sentido de lo popular, una inequívoca preferencia por los sentimientos más que por las ideas, y un raro optimismo acerca del destino del país que le permitía confiar en la espontánea solución de los problemas. Todo esto —y más— encontraba su símbolo en Yrigoyen, cuyo atractivo personal ejercía una poderosa gravitación.

Al subir al poder, en plena guerra mundial, la economía argentina se beneficiaba con la fuerte demanda de materias primas. Habían surgido además algunas industrias de reemplazo y había plena ocupación. Pero la situación comenzó a cambiar poco después de terminada la guerra. Las exportaciones comenzaron a verse restringidas según las posibilidades de la economía de posguerra y las incipientes industrias tuvieron que afrontar la competencia de los productos que volvían a importarse. De ese modo, el tradicional ritmo de la prosperidad se vio alterado, precisamente cuando un clima mundial de renovación dejaba sentir su influencia en la Argentina.

La crisis de algunas industrias provocó, especialmente en Buenos Aires, un fuerte malestar obrero que culminó en algunas huelgas violentas. Las de enero de 1919 alcanzaron un punto álgido, sobre todo porque se vio en ellas un reflejo de las actitudes revolucionarias que flotaban en Europa al calor de la Revolución Rusa de 1917. También en el ambiente universitario se produjo por entonces una conmoción profunda. Grupos estudiantiles exigieron la separación de algunos catedráticos y el derecho a participar en el gobierno de la universidad, pero dieron a sus exigencias un carácter tumultuario que alteró la vida académica. Pronto se advirtió que tras los planteos estrictamente universitarios flotaban otras preocupaciones de carácter social. La reforma universitaria, que el gobierno apoyó para sustraer a los conservadores uno de sus reductos, alteró la fisonomía de las universidades y reveló —como las huelgas obreras— la aparición de un nuevo clima en el país. La mera conquista de la democracia formal, por la que el radicalismo había luchado, comenzaba a no parecer suficiente.

En el orden político, el gobierno de Yrigoyen chocó con una vigorosa oposición. Durante muchos años, el presidente había adoptado una postura intransigente frente a los gobiernos conservadores, prometiendo una victoria revolucionaria. Pero finalmente había llegado al poder por las vías legales que el conservadorismo había creado, y no pudo —o no quiso— romper la legalidad constitucional. De ese modo, el gobierno Radical debió enfrentar una vigorosa oposición en el parlamento y una hostil resistencia de la mayoría de los gobiernos provinciales. Fue, pues, muy difícil su acción, y casi imposible consagrar una legislación que alterara la organización básica del país. Sin embargo, mediante la intervención federal en algunas provincias, el gobierno consiguió quebrar las organizaciones tradicionales del poder y, poco a poco, el radicalismo fue controlando todos los mecanismos.

Un nuevo estilo político predominó en el país. Fuera de cierta imprecisión con respecto a las soluciones que debían buscarse para sus problemas fundamentales, el radicalismo acusó ciertas tendencias definidas. Sin duda, no compartía totalmente los principios del liberalismo económico; por el contrario, manifestó cierta tendencia a la estatización que se advirtió en el franco apoyo que prestó a las empresas nacionales, especialmente a Yacimientos Petrolíferos Fiscales, de la que el radicalismo hizo una bandera representativa de su nacionalismo económico y de su decisión de oponerse a los grandes monopolios internacionales. Por lo demás, una generosa y romántica actitud de solidaridad con los débiles llevó a Yrigoyen a definir una política opuesta a las intervenciones armadas.

Pese a que se habían desvanecido las promesas revolucionarias que el radicalismo había hecho desde 1890, pese a la transigencia con el conservadorismo, pese a su confusa política obrera, Yrigoyen llegó al fin de su mandato con un prestigio aun mayor que el que tenía al iniciarlo. Su bondad se hizo casi legendaria y su personalidad intocable. Así, su prestigio tuvo algo de carismático y se sobrepuso a las contingencias de la política cotidiana.

Su sucesor, Alvear, poseía un temperamento muy distinto. Intachable en su conducta pública y consecuente con sus ideas era, sin embargo, un hombre de mundo que en nada parecía un iluminado. Elevar la dignidad de la función pública y ajustar la administración fueron sus preocupaciones fundamentales; pero su gobierno careció de iniciativas importantes y, lo que es más grave, careció de visión frente a los problemas que se incubaban en esa agitada posguerra durante la cual se sometió a revisión todo el orden tradicional. Esa ceguera fue particularmente grave puesto que también estaba en revisión el sistema de las relaciones económicas, especialmente entre los países que constituían los principales mercados de la Argentina.

Así, la crisis económica de 1929 sobrevino sin que el radicalismo tuviera opiniones firmes sobre cuáles eran los recursos a que podría apelar si se conmovía el marco de su economía. El problema lo percibía claramente, en cambio, la oposición conservadora, muy vinculada a los intereses ganaderos, que eran los más amenazados. Una sorda resistencia contra el radicalismo comenzó a crecer, polarizándose en la figura de Yrigoyen, cuyo prestigio parecía asegurar su reelección. Efectivamente, en 1928 volvió a la presidencia, pero ya muy anciano e incapaz de ajustar sus ideas a una situación totalmente nueva. Su gobierno fue ineficaz, y como el peligro de un desastre económico se acentuaba, los conservadores promovieron un golpe militar que depuso al presidente en septiembre de 1930.

Políticamente, la revolución había sido un golpe contra el radicalismo. Pero en el fondo era la respuesta del orden económico tradicional a la crisis de 1929, que parecía destinada a alterarlo profundamente. Los conservadores se apoderaron del poder para defenderlo, dispuestos a afrontar todos los riesgos que tal decisión implicaba y sabiendo que la revolución sería impopular. Lo fue, en efecto. En su gestación se advirtió la presencia de grupos influidos por el fascismo italiano y partidarios del corporativismo y la dictadura. Pero pese a que el jefe militar de la revolución, el general José E. Uriburu, les profesaba cierta simpatía, no prosperaron y el país se vio conducido a una solución aparentemente constitucional y democrática, pero en verdad fundada en el fraude electoral. Proscripto el radicalismo, los poderes del Estado aparecieron con un estigma que debilitó su autoridad moral. El gobierno del general Justo, desde 1932 hasta 1938, emprendió una reforma económica destinada a contraer la producción y a garantizar las máximas seguridades para los exportadores de carnes. Lo más grave de esa política fue que, mediante una severa regulación de la producción, se disminuyeron las posibilidades de trabajo en vastas zonas del país, de las cuales comenzaron a emigrar densos grupos de trabajadores hacia el litoral y especialmente hacia Buenos Aires. Hubo ocupación para algunos en determinadas nacientes industrias, pero la desocupación fue notable. Este hecho, que debía tener importantes consecuencias, pasó inadvertido.

Más atrajo la atención pública el curso de los cambios políticos. El presidente Roberto Ortiz, que subió al poder en 1938, se propuso llevar al país a la normalidad institucional. Intervino la provincia de Buenos Aires y ofreció elecciones libres. Las tensiones aumentaron con ese motivo, pero bruscamente Ortiz renunció a causa de su progresiva ceguera, sucediéndole el vicepresidente, Ramón Castillo, profundamente conservador y ligeramente partidario del Eje. Esta última circunstancia modificó la línea neutralista de Ortiz. Pero el curso de la guerra modificó la situación y Castillo fue depuesto por una revolución militar en 1943.

Asumió la presidencia el general Pedro P. Ramírez ante la incertidumbre del país, que no comprendía el sentido del movimiento. Algo tenía que ver, sin duda, la situación de ciertos grupos demasiado comprometidos con el Eje y que deseaban controlar el poder al advertirse la derrota alemana. Una de las consecuencias fue una tardía declaración de guerra a Alemania y Japón en enero de 1944. Igualmente confusos fueron otros actos del nuevo gobierno. Pero todo ello perdió importancia frente al rápido ascenso de uno de sus miembros, el coronel Juan D. Perón, que ocupó la Secretaría de Trabajo y Previsión y, poco después, el Ministerio de Guerra. Desde ambos cargos, y gracias a una clara visión de la situación social del país, Perón pudo construirse una sólida base política.

Para lograrla, comenzó a actuar en los conflictos laborales inclinando el peso del Estado en favor de los sindicatos obreros, justificando su acción ante los sectores militares mediante una teoría de la organización para la defensa nacional que requería la coincidencia benévola de todos los sectores de la vida del país. Con todo, más importante que su acción misma fue su atractivo personal, su oratoria eficaz y, sobre todo, la explotación sistemática de ciertos tópicos que hicieron impacto sobre las masas suburbanas, naciente proletariado industrial falto de experiencia sindical y sensible a los matices autóctonos que Perón sabía introducir en su sencilla explicación de los complejos problemas contemporáneos. Un vehemente nacionalismo, encarnado en la hostilidad contra el embajador norteamericano, y una inflamada condenación de la oligarquía acentuaban el tono revolucionario de Perón.

Cuando se advirtió la magnitud de su fuerza, estos sectores se aunaron para neutralizarlo. Pero el movimiento militar que lo desalojó del poder a principios de octubre de 1945 fue arrollado por el movimiento popular del día 17 que, fuera del apoyo oficial que tuvo, reveló el impresionante volumen de la masa que lo defendía. Apartado de las funciones públicas, Perón concurrió a las elecciones de 1946 y obtuvo una fuerte mayoría que lo consagró presidente constitucional.

Reelegido en 1952, su gobierno abarcó desde junio de 1946 hasta septiembre de 1955. Durante ese largo plazo, Perón aprovechó la abundante disponibilidad de divisas que el país había acumulado durante la guerra para financiar una política de abundancia que consolidó su posición. Perón aseguró altos salarios a los obreros —cuyo monto los patronos trasladaban a los precios— y, además, leyes jubilatorias, indemnizaciones por despido, vacaciones pagas, aguinaldo y otras ventajas concretas que, pese a la inflación, daban la impresión a los sectores asalariados de hallarse dentro de un régimen de protección. El movimiento obrero oficial, agrupado dentro de la Confederación General del Trabajo, adquirió los caracteres de un grupo de poder. Y aun la masa no sindicada se aglutinaba alrededor de Perón por el atractivo de su oratoria y por la seducción que ejercía su esposa, Eva Perón, a quien le estaba encomendado el mantenimiento de ese fervor popular de hondo sentimentalismo.

En el orden político, el régimen sancionó una constitución en la que se admitía la reelección presidencial y se sentaban algunos principios de soberanía económica. Consecuente con ellos, Perón se manifestó decidido defensor del desarrollo industrial. Mediante el crédito estimuló la instalación de fábricas, aun cuando no afrontara los problemas de las industrias básicas. Para proteger la producción agropecuaria se creó el Instituto Argentino de Promoción del Intercambio, que debía asegurar precios remuneradores para las cosechas. Esta tendencia a la intervención estatal se manifestó también en la nacionalización de los ferrocarriles, los teléfonos, el gas y la navegación fluvial.

Desde 1950, la situación comenzó a cambiar. Las reservas de divisas empezaban a agotarse y, al mismo tiempo, comenzaron a bajar los precios internacionales de las materias primas. Una sequía malogró las cosechas y la inflación se acentuó, de modo que los aumentos de salarios, cada vez más discutidos y controlados, no alcanzaron a cubrir el sombrío panorama que se divisaba. Todavía pudo la propaganda ocultar los fenómenos profundos. La Fundación Eva Perón, que presidía la esposa del presidente, otorgaba protección directa a aquellos que llegaban hasta su despacho y hacía espectaculares donativos en manifestaciones públicas. La esposa del presidente gozaba, sin duda, de una extraordinaria simpatía popular y cumplía una misión política fundamental dentro del régimen. Por eso su fallecimiento, ocurrido en 1952, fue un duro golpe para Perón, que tuvo que multiplicarse para atender las exigencias del sector militar y del sector obrero, sin descuidar la atención de la administración, cada vez más comprometida con una política que era difícil sostener.

Diversas circunstancias condujeron a un enfrentamiento entre la Iglesia Católica y el presidente. El gobierno suprimió la enseñanza religiosa y esbozó una tímida ley de divorcio. Entonces su base política se resquebrajó y perdió el apoyo de fuertes sectores militares. En junio de 1955, una sublevación militar fracasó, pero poco después, en septiembre, otra, encabezada por el general Eduardo Lonardi, triunfó, y Perón abandonó el país.

El general, Lonardi llamó “revolución libertadora” a la que había triunfado y proclamó el principio de que no había “ni vencedores ni vencidos”. Figuraron entre sus colaboradores inmediatos hombres que habían participado en el movimiento peronista al lado de otros que se habían mantenido en la oposición. Había también conservadores ultramontanos y liberales avanzados. Esta heterogeneidad revelaba la amplitud del apoyo prestado al jefe de la revolución, pero dificultaba la definición de una política. Mientras en ciertos sectores hubo una depuración rígida, en el movimiento obrero hubo una especie de transacción que impidió, por cierto, que la revolución tomara un carácter violento. A fines de año, los grupos liberales desafiaron al presidente y le exigieron la dimisión, reemplazándolo el general Pedro E. Aramburu.

Ante la gravedad de la situación económica, el gobierno había solicitado un informe al economista Raúl Prebisch, cuyo diagnóstico fue grave. Con todo, las soluciones que propuso no fueron aceptadas y la controversia entre partidarios de la libre empresa y partidarios de la planificación, con distintos grados de intensidad, se inició entonces y habría de continuar. Frente a la Confederación General del Trabajo se adoptó una actitud más enérgica, sobre todo después de producirse un conato revolucionario peronista que fue sofocado.

Consecuente con su posición liberal, el gobierno llamó a una Junta Consultiva a los principales partidos políticos, con exclusión de la Unión Federal —de extrema derecha—, el Partido Comunista y los sectores peronistas. Ante la perspectiva de encaminar al país hacia la normalidad, el gobierno convocó una Asamblea Constituyente en Santa Fe. Las elecciones sirvieron para tantear el estado de la opinión pública. La Asamblea, en cambio, apenas pudo restaurar la vigencia de la Constitución de 1853, agregándole algunos capítulos declarativos. La tensión política estaba ya referida a la elección presidencial que se esperaba, y la Unión Cívica Radical, que era el único partido que podía competir con el peronismo, se había dividido en dos sectores: la Unión Cívica Radical del Pueblo y la Unión Cívica Radical Intransigente. Esta última fue acusada de haber logrado un vago acuerdo con algunos sectores peronistas: lo cierto es que su candidato, Arturo Frondizi, resultó triunfante en las elecciones de 1958.

Fiel a su palabra, y resistiendo muchas presiones, Aramburu entregó el poder a su sucesor. Se inició entonces una era de audaces iniciativas, que el país suponía maduramente estudiadas gracias a la imagen que de sí y de su programa había sabido dar el partido triunfante. En el orden social, el gobierno promovió la Ley de Asociaciones Profesionales, que consolidaba el movimiento sindical y la Confederación General del Trabajo. En el orden económico, su política fue de desarrollo y puso el mayor énfasis en el petróleo, en la siderurgia, en la petroquímica y en otras industrias básicas. Para estimularlas, el gobierno buscó capitales extranjeros y obtuvo fuertes empréstitos, realizando algunas veces, como en el caso de las empresas petroleras norteamericanas, contratos que vastos sectores consideraron perjudiciales para la economía del país. De todos modos, la explotación petrolífera se intensificó, al par que crecían otras industrias, especialmente la automotriz.

Pero la situación política fue desde el comienzo muy inestable. La sensación de que el gobierno había triunfado gracias al apoyo del peronismo creó a su alrededor un ambiente de sospechas por parte de ciertos grupos políticos y, en especial, de las fuerzas armadas. Muchas figuras del gobierno fueron objetadas por estas y muchos actos censurados directamente. Siempre tensas, las relaciones entre el Poder Ejecutivo y las fuerzas armadas llegaron a ser amenazantes. No faltaron los emplazamientos ni las rebeliones abiertas, en tanto que el presidente perdía poco a poco la autoridad y la fuerza que hubiera necesitado para enfrentarlos.

Al aproximarse las elecciones de 1962, las tensiones se acentuaron. El peronismo parecía tener mayoría y muchos sectores antiperonistas —entre ellos las fuerzas armadas— sostenían que tolerar su regreso al poder era traicionar a la Revolución Libertadora. El dilema era, pues, o la proscripción del peronismo o su triunfo. El gobierno aseguró a las fuerzas armadas que el partido gobernante triunfaría, especialmente en la provincia de Buenos Aires, donde debía elegirse gobernador. Pero los hechos desmintieron esas afirmaciones. Triunfante en Buenos Aires el candidato peronista, Frondizi intervino la provincia y adoptó otras medidas desesperadas. Pero fue inútil. El gobierno había perdido la confianza de las fuerzas armadas y estas no vacilaron en deponerlo en marzo de 1962.

El vicepresidente José María Guido asumió el poder. Su política fue vigilada de cerca por las fuerzas armadas, que para entonces se dividieron profundamente. El país estaba en una encrucijada y hubo un comienzo de guerra civil. El bando “azul” se impuso finalmente y fijó la política del gobierno, que llamó a elecciones generales. Resultaron electos numerosos legisladores y algunos gobernadores de provincia peronistas. Pero para la elección presidencial el candidato del “Frente” que agrupaba al peronismo, a la Unión Cívica Radical Intransigente y al Partido conservador Popular no pudo llegar a las elecciones. Mediante la aplicación de diversas disposiciones legales fue impuesto el criterio de que subsistían las condiciones políticas creadas por la revolución de 1955.

Quedaban enfrentados los candidatos de algunos partidos menores con el de la Unión Cívica Radical del Pueblo, Arturo U. Illia. Este último obtuvo el mayor número de sufragios y en el Colegio Electoral fue elegido presidente con el voto de varios partidos políticos. El 12 de octubre de 1963, asumió la presidencia de la nación.

La figura de Alfredo Palacios. 1975

Todo hace pensar que es muy urgente rescatar del olvido la figura de Alfredo Palacios. Apenas se ha ahondado en el estudio de su acción, de su obra y de su personalidad. Sin embargo todo ello es ingente, enorme, casi tremendo, sobre todo si se tiene en cuenta siempre a este luchador solitario que no rehuyó jamás el combate y que nunca pidió apoyo de nadie sino que se limitó a recibir el que se le quiso ofrecer.

Tenía algo de campeón. Tenía algo de lidiador. Y con estas virtudes personales afrontó un vasto programa de trabajo, que se impuso desde muy joven, y que cumplió tesoneramente durante más de sesenta años. Es bien sabido que su obra tanto parlamentaria como estrictamente intelectual, y la de luchador político y social, constituye un capítulo importante y decisivo en la historia de la República. Es sabido también que su acción universitaria constituyó un ejemplo que acaso no ha sido analizado todavía como merece. Él puso al servicio de este proyecto de vida, que se hizo desde muy joven, una personalidad singular, de cuya intimidad sabemos poco, porque era extremadamente pudoroso para desnudarla, pero de cuyas formas de exteriorización sabemos mucho porque están consustanciadas con la historia del último medio siglo.

Yo creo que podría hablarse para definir a este medio siglo, a estos sesenta años que pasan desde el momento en que llega a la banca de Diputados hasta el momento de su muerte como “de la época de Palacios”. Quizá pudiera ser el título para un estudio integral de su labor, porque durante tanto tiempo nadie hizo tanto por las ideas por las que luchaba, nadie fue un actor tan decidido, nadie fue un testigo tan fidedigno y nadie ejerció como él ese papel de “fiscal de la República” que él mismo se asignó.

Esa larga vida tuvo dos polos que atrajeron su atención, su dedicación, su devoción. Fueron la universidad y la política. Sería muy difícil deslindar en Palacios lo que en él era obra universitaria y lo que en él era trabajo de político. En realidad la intercomunicación entre ambas actividades fue íntima, quizá porque ejerció siempre la política como un magisterio, de modo tal que algo repercutía en su labor política de lo que era su actitud universitaria. A nadie que haya seguido los acontecimientos de este último siglo —los que los hemos seguido paso a paso porque hemos sido sus discípulos, sus amigos, sus correligionarios, sus admiradores, por qué no decirlo, o aquellos otros que ya estarían obligados a aprender lo que fue su labor en los libros, como se estudia la labor de las grandes figuras—, a nadie se le escapa que, con todos los defectos que pudo haber tenido, su personalidad fue siempre ejemplar y no declinó jamás en sus convicciones fundamentales. No sé de cuántos puede decirse lo mismo. Quizá de muchos ciudadanos ignorados, pero él saboreó la vida pública, estuvo en contacto con el halago que proporciona la popularidad, pudo haberse dejado tentar por el poder o por la fortuna, y no hay en su historia personal un momento en el que haya declinado su comportamiento insobornable.

Quizá resulte obvio todo esto para quienes lo conocieron, o para los que conocen su labor. Si algo no se puede discutir de Palacios es su comportamiento. Pero el caso es que sus ideas, me atrevo a decirlo, son más ricas no sólo de lo que suele suponerse sino también de lo que hemos creído. Al cabo del tiempo, una lectura relativamente cuidadosa de su obra, una relectura de una parte de ellas me induce a suponer que hay en su pensamiento un poco esparcido en una vasta obra y en mucha obra ocasional un cuerpo de pensamiento verdaderamente extraordinario. Yo no sé si es un cuerpo de pensamiento equiparable al de los grandes teóricos de la política, al de los grandes teóricos del socialismo, al de los grandes teóricos de la filosofía. Quizá no. Pero hay algo que sorprende a quien relee sus discursos parlamentarios, sobre todo los discursos que pronunció en los congresos del Partido, que son un reflejo fiel de lo que era su personalidad. Esto que sorprende es la íntima relación que hay entre el pensamiento y la acción, entre el pensamiento y la conducta. Esto que sorprende es que esa masa de pensamiento que hay allí no es pensamiento académico y frío. Es un pensamiento profundamente vivido, sentido hasta la médula, puesto al servicio de una causa, jugado en esa causa en la cual él comprometía la totalidad de su vida, con lo cual se tonificaba simultáneamente el pensamiento y la acción. Esto hace de un sistema de pensamiento algo quizá mucho más importante que lo que puede ser un puro sistema de ideas. Era un sistema de ideas vivas y brillantes, era un sistema de ideas comprometido por la acción. La acción estuvo siempre al servicio de los más nobles ideales. Es natural que ese volumen de ideas, ese conjunto de pensamiento, adopte una magnitud extraordinaria y sobre todo una inmensa jerarquía, en la que se confunde la jerarquía intelectual con la moral.

En esta actividad bifronte de Palacios entre la universidad y la política parece destilarse no sólo un amor profundo por la cultura —este del que es testimonio esta casa— sino quizás algo más acerca de la cultura. No sólo un mero amor sino una concepción en la que veo algo de original, siempre en relación con este compromiso profundo y permanente entre el pensamiento y la acción. Palacios tuvo por la cultura una devoción conmovedora. Los que lo hemos seguido durante largos años conocemos lo que fue su inmensa inquietud de lector reflexivo, de hombre permanentemente dispuesto a revisar su pensamiento en función de todo aquello que circulaba y que él podía allegar.

Cuando descubrió a Max Scheler se entusiasmó con su famosa y proverbial definición de la cultura como “un saber olvidado”. Repetía esta frase con extraordinaria frecuencia, y yo me atrevería a decir que pocas personas de las que conozco -y conozco muchas personas en el ámbito intelectual- tuvieron esta virtud de recoger y amasar sabiamente todo aquello que recibían como lo hizo Palacios. Era su conversación por eso una especie de perpetua aparición no de citas textuales sino de esa reminiscencia que deja una vieja lectura de la cual sale decantado aquello que en ella pudo haber sido desprendido para encuadrarla dentro de su sistema general de ideas.

Extraordinariamente singular era la coherencia del pensamiento de Palacios. Vuelvo a repetir: no acaso en el aspecto puramente teórico, sino la coherencia de ese pensamiento movilizado por un deseo de verlo operar sobre la acción, de verlo transmutarse en vida creadora. Esta vida creadora era lo que precisamente él creía que sólo podía alimentarse en una sólida formación cultural. Él la amasó durante muchos años, y tuvo ricas y apasionadas lecturas juveniles que correspondían a los novelistas del naturalismo, como Emilio Zola, naturalmente, o a los poetas del modernismo, o a los filósofos positivistas, en los que lo inició en cierto modo José Ingenieros. Tuvo luego una formación jurídica, cuyos rudimentos adquirió sin duda alguna en la universidad, pero que alimentó constantemente en busca de una doctrina que pudiera servirle para elaborar lo que él llamaría en forma genérica “el nuevo derecho”. Y se interesó por las figuras clásicas del derecho, se interesó por las figuras que despertaban una nueva inquietud en el pensamiento jurídico. Siguió el pensamiento de Ihering, siguió el pensamiento de Del Vecchio, y todo esto se combinó con su preocupación sociológica por todo lo relacionado con el derecho penal y sobre todo con lo relacionado con el derecho del trabajo. Yo diría que hubo muchos otros campos que él frecuentó. Es sorprendente su conocimiento de los clásicos, algunos bien leídos y otros a medias —como nos pasa a todos, por lo demás—, pero aquellos que había leído y aquellos en quienes había encontrado algo que despertara su vocación o que fundamentara su concepción de la vida —Tácito por ejemplo, en el que veía esa especie de nostalgia del sentimiento republicano, que era uno de los pilares de su concepción de la vida política—, estos los había leído densamente y había obtenido de ellos este robustecimiento fundamental de lo que constituían sus convicciones básicas. También los clásicos políticos, que conocía estupendamente bien; no sólo el viejo Aristóteles, al que volvía con mucha frecuencia: Maquiavelo, Hobbes. Y por encima de todo eso, creo que desde el principio de su carrera, pero muy particularmente después del año 30, se desarrolló en Palacios una profunda vocación filosófica, que tenía algo que ver quizá con una constante preocupación por los problemas fundamentales, y que lo condujo una y otra vez a la lectura del Evangelio. Leyó naturalmente a los filósofos del positivismo, que eran los que estaban en boga cuando él empezó a despertar a la vida intelectual; leyó los clásicos de la filosofía, leyó con cuidado a Kant —me consta—, leyó con cuidado extraordinario a Gianbattista Vico, a quien citaba con frecuencia, y de cuyo pensamiento extrajo muy buena parte de su concepción de la vida histórica y social, una concepción vital para él, en cuanto alimentaba su pasión política y social.

Y cuando empezó a difundirse en la Argentina la nueva filosofía alemana, se deslumbró. Volvió a algunos de los clásicos, volvió a leer a Hegel, y empezó a leer la nueva filosofía alemana —Max Scheler sobre todo— y cayó bajo la seducción de Ortega y Gasset, en cuyo pensamiento descubrió geométricamente formuladas muchas de las cosas que él pensaba y muchas de las cosas que esperaba oír decir. No era hombre de conformarse con el pensamiento recibido. Su lectura fue siempre crítica, y quien mueva los ejemplares de esta casa descubrirá que hay muchísimos libros, quizá la mayoría, marcados, señalados, subrayados, con notas al margen. Su lectura era una especie de diálogo con el autor, y se lo veía enojarse con él, y arrojar el libro furioso cuando no le gustaba, indignarse, insultarlo, como si fuera una especie de diálogo, porque así leía, en diálogo, en el que se enfrentaba su propio pensamiento con todo aquello que recibía de esa inmensa biblioteca, que no era esta sino la que él tenía en cabeza, aquella que había conseguido ordenar al cabo de muchos años de lectura, y que constituía una especie de selección de la cultura universal que conducía como por un conducto estrecho a lo que era estrictamente su propio pensamiento. Alguna vez se le criticó su afán por las citas, pero yo desafiaría a quienes lo criticaban a que encontraran algún desfase en esas citas. La cita está siempre traída para incorporarla a un pensamiento orgánico, a un pensamiento que era el suyo, a un pensamiento que estaba organizado mucho antes de empezar a leer, sin perjuicio de que fuera reordenándose al compás de cada lectura. Toda esta preocupación por la cultura es la que trasciende en su obra. Palacios ha dejado una larguísima obra escrita que no ha tenido todavía el análisis que merece. Hay libros, naturalmente, que forman parte del más alto patrimonio de la cultura argentina, como el Echeverría. Pero hay en sus discursos parlamentarios tal cantidad de saber, tal cantidad de elaboración de ideas propias y ajenas —nadie sabe al final qué es lo propio y lo ajeno—, tal riqueza, tal militancia, que constituye un repertorio no sólo de ideas, sino de programas, un repertorio de replanteamientos de cuestiones viejas y nuevas, siempre original, y siempre movido por el afán de encontrar cuál es el movimiento creador que puede estar atrás de esas ideas. Era una de sus preocupacio-nes, y quizás esta preocupación sea la que explique cómo esta manera de entender la cultura plasmó finalmente en la concepción de la universidad. Porque así como no pensó jamás que la cultura fuera un bagaje de cosas muertas, yuxtapuestas a la personalidad, con la forma de una especie de adorno, sino que pensó que, por el contrario, tenía que ser una permanente creación viva, de la misma manera fundó toda su acción universitaria. Fundó toda su concepción de la universidad en el rechazo de la concepción académica para reemplazarla por una concepción de la universidad viva. “La universidad no puede ser —dijo algunas veces— un repositorio de conocimientos adquiridos. Tiene que ser necesariamente un hogar donde se cree un pensamiento nuevo”. Esta idea ha hecho fortuna, pero no era fácil sostenerla como él la sostuvo. En realidad él compartió esta idea con ese movimiento universitario al que prestó inmediatamente su adhesión —la Reforma de 1918— porque vio en él el instrumento eficaz para hacer de la vieja universidad académica, de la vieja universidad que era repositorio del saber adquirido, una universidad nueva que fuera creadora de un nuevo saber.

Palacios se plegó a la Reforma inmediatamente. Fue, con Alejandro Korn, con José Ingenieros, con Juan B. Justo, con Mario Sáez y tantos otros, de los primeros entre los primeros, de los primeros que descubrieron que el movimiento reformista significaba una transformación fundamental en la universidad argentina pero también en la vida política argentina. Universidad y política no se separaron jamás en su concepción y el tema, polémico entonces y polémico ahora, estuvo presente siempre en su mente y nunca se desdijo de su concepción originaria.

Hacía ocho años aproximadamente que estaba en la universidad cuando estalló el movimiento reformista. Había llegado a la Facultad de Derecho de Buenos Aires en 1910 como profesor suplente de Historia de las Instituciones Jurídicas. En el curso de poco tiempo fue profesor de Legislación del Trabajo en la Facultad de Derecho de la Universidad de La Plata y allí fue muy pronto decano, como lo fue, en circunstancias memorables, en la Facultad de Derecho de Buenos Aires. Fue luego finalmente, es bien sabido, presidente de la Universidad de La Plata en el momento en que se produjo la revolución de 1943.

Ya profesor, vinculado a la tradición académica de la Facultad de Derecho, vinculado a hombres de la más rancia tradición conservadora, algunos de los cuales, como el Dr. Obarrio, él admiraba extraordinariamente, se encontró con este despertar juvenil que fue el movimiento cordobés de 1918 y descubrió que algo importante estaba pasando en el país.

Quizá le importó más, me atrevería a decir, que el triunfo radical de 1916. Casi en secreto, yo diría que había en Alfredo Palacios un hombre de élite que sentía muy profundamente los problemas de la cultura con una hondura y un compromiso personal extraordinariamente profundo. Lo que pasaba en la Universidad, lo que empezó a suceder en la Universidad, lo conmovió tanto como lo había conmovido la condición de la clase obrera en la Argentina. Y así como no había vacilado en luchar por la difusión de las ideas socialistas; así como se había enfrentado en los actos públicos con las policías bravas; así como palpitaba en el contacto con estas multitudes obreras que tenían por él extraordinaria admiración, de la misma manera se sintió atraído de un modo incontenible por el movimiento juvenil del 18 al que le asignó un papel decisivo en la transformación de la Universidad.

Él tuvo una concepción particular de la Reforma. Yo no sé si estoy totalmente capacitado para diagnosticar acerca de ella porque reconozco ahora que no he profundizado en el asunto tanto como debiera. Pero me inclino a creer, sobre la base de alguna experiencia personal, que de todas las cosas que él descubrió en el movimiento reformista lo que más le sedujo y le atrajo fue lo que consideró en ella una nueva actitud moral.

Palacios era esencialmente un hombre moral. Era esencialmente un hombre moral porque vivía los valores morales, cualquiera fuera la contingencia, cualquiera fuera el tipo de factores que entraban en juego. Este problema insurgía y se levantaba frente a él como una especie de problema clave. Y cuando vio la actitud del movimiento juvenil, que era capaz de anteponer, como decía él, los ideales a los intereses materiales, se volcó a esa causa y la siguió, pero afirmado siempre este principio fundamental que, sospecho, más le seducía. Y cuando empezó a descubrir que en el movimiento reformista se producían abusos y desvíos y corrupciones, fue inflexible y se levantó de la manera más tremenda para condenarlo porque le parecía una doble traición, no sólo porque toda corrupción le parecía traición, sino porque esta lo era más en la medida en que, a sus ojos, constituía fundamentalmente un movimiento moral.

Pero, naturalmente, no era esto solo. También vio en la Reforma, como efectivamente era perceptible, una revolución intelectual y educacional. Sería largo explicar la coyuntura cultural del año 18, pero podría resumirse la situación diciendo que la Argentina vivía el clima de la descendencia indirecta de la Generación del Ochenta. Es decir, vivía un mundo de ideas muy firme, muy consustanciado con la vieja oligarquía y naturalmente muy susceptible de ser atacado a la luz de un pensamiento que la guerra y los acontecimientos sociales y políticos de esos años ponían sobre el tapete.

Él pensó que la Reforma Universitaria podía renovar todo este cuadro de ideas, podía aventar esta especie de fantasma de una cultura muy propia de la belle époque, muy propia de los años prósperos de la burguesía europea de preguerra, y sacudirla con ciertas ideas que circulaban en Europa hacía tiempo, pero que en la Argentina circulaban poco y muy difícilmente. Desde fines del siglo pasado socialistas y anarquistas habían introducido algunos autores, habían comenzado a difundir ciertas ideas trabajosamente, con escasa receptividad; y sólo la infatigable constancia de un hombre como Juan B. Justo pudo hacerle sobrepasar esta especie de indiferencia de un ambiente acostumbrado a una vida holgada de las altas clases y totalmente insensible a los problemas sociales.

Él creyó que todo este pensamiento nuevo que había descubierto en los círculos en que actuaba políticamente, este pensamiento nuevo que él había empezado a descubrir en los libros pero que también descubrió sobre todo al lado de hombres como Justo y Dickman, este pensamiento que flotaba en las páginas de Marx, que flotaba en las páginas de su muy amado Llovet, que flotaba en las páginas de las polémicas del revisionismo, en las de Bernstein o las de Kautsky, que todo este pensamiento, inclusive el pensamiento anarquista, al que no se cerró, como no se cerró nunca a ningún pensamiento, que todo esto podía reverdecer, de alguna manera, y tonificar esta especie de cultura académica y estancada que prevalecía en los cenáculos académicos. En otros que no eran académicos, en los cenáculos literarios, vibraba esta nueva sensibilidad del modernismo que en Buenos Aires encarnaron Darío y Lugones. Pero en el ambiente académico lo que predominaba era ese pensamiento estancado, y él creyó que había la posibilidad de modificarlo, transformándolo y refrescándolo. Principalmente con estas ideas que provenían del pensamiento social, pero además con otras que empezaban a flotar en la Europa de la Primera Guerra en relación con la sacudida tremenda producida en los años 17 y 18, y que empezaba a canalizarse a través de algunas experiencias: la experiencia que provenía del “affaire” Dreyfus en Francia, la influencia que se concretaba alrededor del grupo Pelloutier, en Francia también. Y al cabo de muy poco tiempo otras ideas un poco más exquisitas, como las que empezaba a elaborar esa filosofía que empieza a contraponerse a la del positivismo.

Todo esto le parecía imprescindible que circulara en un mundo académico en el que circulaban todavía textos del siglo XVII, como denunció Juan B. Justo en un famoso informe acerca de la Universidad de Córdoba. Pero el caso es que además de que circularan estas nuevas ideas, además de la esperanza de que al calor de estas nuevas ideas circularan otras que se elaboraran en este ambiente de rebelión, mejor dicho, en ese ambiente de disconformismo, junto con todo esto pensó que era imprescindible que quienes quisieran elaborar esas ideas, y vivir esas ideas y transformar esas ideas en acción las volcaran sobre este país, sobre su país. De todo esto deducía que se requería un cambio sustancial en la actitud educativa. Una actitud educativa caracterizada en el mundo académico hasta entonces por lo que llamaríamos la “enseñanza autoritaria” que se reflejaba en la clase magistral y que él quiso reemplazar por un tipo de educación, como se diría luego en todos los movimientos de la “escuela nueva”, en un tipo de aprendizaje fundado en la propia experiencia, que hiciera amar la aventura del pensamiento, como dijo una vez glosando una frase de Bertrand Russell.

Esto era lo importante para él. No sólo aprender ciertas cosas, sino despertar un estado de inquietud espiritual, un estado de “hambre” cognoscitiva que le permitiera al estudiante apoderarse a través de esta metodología, que tal vez él no profundizó nunca muy bien, pero que intuía, una capacidad para transformarse en creador de pensamiento, sin desdeñar, naturalmente, todo lo que pudiera ser recibido, pero haciéndose fuerte en su propia elaboración. Era al fin de cuentas su propia experiencia. No era exactamente un autodidacta pero no estaba muy lejos, y no tanto porque le faltaran consejeros sino porque su curiosidad solía sobrepasar los límites de los consejos que recibía. Y sobre la base de esta concepción apoyó este movimiento en lo que tenía de afirmación moral frente a lo que él creía que era Universidad inmoral y en lo que tenía de renovación intelectual, y muy especialmente de renovación educacional.

Pero la apoyó también por algo que no puede olvidarse. Lo apoyó porque también vio que era un movimiento con implicaciones políticas. Porque en él, en que la universidad y la política eran inseparables, no hubiera cabido la posibilidad de encontrar, de ofrecer apoyo a un movimiento que pretendiera aislarse de la agitada realidad del país y del mundo. Él creyó que eso era un movimiento político. Lo era, efectivamente. Y lo apoyó porque lo era, y si bien es cierto que no habría estimulado cierto tipo de extralimitaciones, no habría tampoco respetado a jóvenes asépticos para quienes el saber fuera algo ajeno a la vida y ajeno a los compromisos con su sociedad.

Vio en la Reforma un movimiento político. Estimuló la preocupación de la universidad por los problemas de la vida política, con la sola condición de que se entendiera la política como la entendía él, llena de dignidad. Como entendía la cátedra universitaria, regida exclusivamente por los principios más incuestionables, nunca manchados por el arribismo ni por la ambición personal. Entendía de esta manera la política como un compromiso militante, compromiso dramático. Él no pudo entender jamás que un universitario se desentendiera de los compromisos morales y políticos con el país.

Ahí está su famosa actuación como decano en la Facultad de Derecho en 1930, su reacción contra el gobierno del presidente Yrigoyen y su reacción inmediata y tremenda contra el gobierno de Uriburu. Cada vez que la universidad se sacudía, la voz de Palacios era la primera que resonaba. Cuando la Universidad de La Plata vio cercenada su autonomía y luego vio la intervención de Walker, Palacios fue el primero que habló, el primero que convocó a los profesores, y él fue el que estimuló a todos a que ninguno declinara en la defensa de lo que consideraba era la condición fundamental de la universidad. Se opuso, es bien sabido, a todas las dictaduras, a todos los atropellos contra el derecho y pensó que su misión era la de fiscal de la República. Él creyó que el movimiento juvenil lo apoyaba en esta actitud, coincidía con él en ella y él apoyó en el movimiento juvenil no sólo al movimiento de reacción moral, no sólo al movimiento de renovación intelectual y educacional, sino que apoyó también el movimiento político.

Naturalmente que esta universidad, la que él pensaba, no era una universidad profesionalista, no podía serlo. Su imagen de la universidad la expuso tres o cuatro veces y en cierto modo quedó definida en el famoso proyecto de ley, breve, por cierto, que presentó en la Cámara en 1932. Allí Palacios concibe la universidad, como concibe la cultura, como una totalidad indisoluble. Y a quienes defendían la universidad profesional, los increpaba sosteniendo que esta no podía ser un lugar donde se forjaran técnicos que ignoraran los fines a los que servían. Por el contrario, la profesión y la técnica tenían que estar impregnadas, profunda y definitivamente, de un sistema de fines que sólo una universidad integrada podía dar.

Esa universidad en la que él pensaba; esa universidad por la cual él trabajó en la cátedra, en el decanato, en el rectorado; esa universidad por la cual trabajó cotidianamente en su casa, en la que no faltaron nunca grupos estudiantiles que venían en busca de la opi-nión y consejo; esa universidad en la que él pensaba no era una universidad abstracta, así como no era abstracto el conocimiento que debía obtenerse de ella. Tampoco era abstracta la misión que la universidad tenía dentro de la sociedad en que vivía.

En el último artículo de su proyecto de ley del año 32 propone Palacios la formación de unas residencias de estudiantes en las que —puntualiza— se ofrecerá a los jóvenes una formación cultural, física, estética, patriótica. Ese es un tema singular en el pensamiento de Palacios. La universidad era una universidad para el país. Él la definía diciendo que era una institución para el mejoramiento humano y el perfeccionamiento social. Pero le interesaba fundamentalmente que estuviera intensa y entrañablemente unida a los problemas de su país. Ese país que él no cavilaba en llamar Mi patria. En un debate famoso, en 1912, dijo: “Soy argentino antes que socialista” y recordó después que Juan B. Justo se acercó y le estrechó cálidamente su mano. Esta vocación argentina de Alfredo Palacios inspira y enmarca su concepción de la universidad, como inspira y enmarca su concepción de la política.

Era un patriota, sin retórica, sin patrioterismo, pero con una densidad que a veces producía cierto escalofrío. Porque no sólo conocía la historia argentina como pocos, sino que la vivía como yo he visto pocos que la vivieran. Confieso que una de las emociones más grandes que he sentido, sentado en esta mesa, fue una vez en que sacudiendo los brazos con cierta vehemencia, dijo: “Cuando yo impugné el diploma de diputado de Carlos Pellegrini…”. Yo tuve la sensación de que estaba delante de la historia. Porque al fin de cuentas, sería 1930 y tantos, no hacía de aquello más de treinta años. ¡Qué poco para la memoria de un hombre!, pero lo cierto es que su vehemencia era no sólo la del militante, la del militante que se siente en posesión de la verdad y percibe que tiene acosado al adversario que está en débil posición. Era mucho más que eso. Era el sentirse en posesión de una tradición argentina que en esos momentos estaba en las mejores manos que él creía podía estar, que eran las suyas. Y él lo creía fervientemente. Y recogía la totalidad de la tradición histórica argentina de una manera realmente ciclópea. Desde los remotos orígenes coloniales, con ese conjunto de matices que traía la apelación a los comuneros paraguayos o colombianos, o a los actos de rebeldía de los viejos colonos españoles que sostenían que la disposición emanada del Rey se acataba pero no se cumplía. Desde allí a la Revolución de Mayo y al pensamiento de Moreno, al pensamiento de los hombres de Caseros, a Mitre y a Sarmiento, a los hombres de la organización nacional, al general Roca, por quien tenía extraordinaria admiración, y que se enorgullecía de que había querido conocerlo a él, a ese joven diputado de quien tanto se hablaba. Todo esto vivía en su conciencia y se reunía con una tradición que aparentemente él no compartía, que era la de las viejas clases conser-vadoras de la generación de su padre y de la época de su adolescencia y su juventud. ¡Qué decir de la formidable admiración que tenía por Joaquín V. González!, o la que tenía por Roque Sáenz Peña, o que tenía por Drago, por todos aquellos en quienes había visto alguna vez un gesto noble, un gesto magnánimo, una actitud desinteresada. Todo esto le parecía a él que era lo específicamente argentino y se enorgullecía de serlo y daba como razones el predominio fundamental de esta tradición en la vida argentina.

Y hasta tal punto vivía intensamente esta tradición argentina, que no pudo sentirse socialista con absoluta tranquilidad de ánimo hasta que no descubrió, hasta que no creyó descubrir por lo menos que el socialismo tenía una raíz argentina.

Es curioso; treinta años antes, Alejandro Korn había afirmado, en su famoso libro sobre las influencias filosóficas en la Argentina, que Alberdi había descubierto el positivismo avant la lettre. Palacios decidió rastrear en la tradición argentina los principios del socialismo y desembocó en ese estudio minucioso y prolijo sobre Esteban Echeverría, albacea del pensamiento de Mayo. Era, sin duda, una versión un poco libre de la palabra socialismo. Era, sin duda, una concepción muy laxa en la que socialismo se confundía, en cierto modo, con justicia.

Esta idea trabajó mucho en su pensamiento, y reunió el texto de todas las leyes que él había propuesto y obtenido, de todos los campos en los que él había luchado por la justicia social, en ese libro que se llamó luego La justicia social. Cuando reunió todo eso, incorporó un prólogo que es una historia de la justicia social, curio-sísimo ensayo en el que se decantan innumerables lecturas, innumerables reflexiones, algunas de ellas de extraordinaria originalidad. Lo escribió acuciado por esta perspectiva, por esta posibilidad, seguro de que la justicia social había funcionado por lo menos desde la fundación de su partido hasta el año 1943, a través de la labor de hombres como él, y de él mismo. Lo hizo acaso para probar que antes del 43 había habido una intensa lucha en la Argentina por la justicia social. Una vez alcanzada esta convicción, o mientras esta convicción era amasada, Alfredo Palacios dedicó largo tiempo a estudiar cuidadosamente la obra de Esteban Echeverría, la obra de la generación del 37, todo ese cúmulo de pensamiento que aparece en la Argentina precisamente en el momento en que emerge la dictadura, y cuando determinados grupos empiezan a recibir la influencia de los llamados socialistas románticos, cuyos textos comenzaron a circular por aquella época y que han dejado no pocos rastros en la obra de los hombres del 37.

El libro de Palacios es, desde el punto de vista intelectual, un libro ejemplar. Pero es mucho más ejemplar por otras cosas. Porque no es frecuente encontrar una militancia intelectual que esté indisolublemente unida a una conducta y a una militancia política. Su pensamiento avalaba su obra y su acción. Cuando se decidía a obrar según eso, era porque todo ese caudal de ideas, que eran las suyas; las que él había elaborado durante años pero que eran también las de su patria; las que se habían elaborado en su país a través de grupos que cumplieron en su momento el mismo papel que él estaba cumpliendo en su época. Se decidía a obrar cuando todo esto estaba absolutamente internalizado en su conciencia y funcionaba como una especie de carga que le da naturalmente a su pensamiento y a su acción no sólo una extraordinaria dignidad sino, sobre todo, una extraordinaria fuerza.

Nosotros éramos treinta o cuarenta años más jóvenes que él cuando lo oíamos inflexible, cuando lo oíamos irreductible, cuando sabíamos todo lo que en él había de capacidad para otras muchas cosas que él sacrificaba a esta especie de misión que se había adjudicado. Él era un temperamento ético, pero al mismo tiempo un temperamento misionario. Y dentro de esta concepción argentina, dentro de esta vocación argentina incluyó lo que él creía que era lo más importante que podía tener un país desde el punto de vista de la educación y de la cultura, que era la universidad. Y, cierto es, incluyó también dentro de esta vocación argentina su política, esa política a la que él le quiso buscar raíces en la tradición argentina a pesar de que los textos clásicos eran naturalmente extranjeros. Su socialismo, cuando tuvo que definirlo alguna vez, fue llamado Socialismo Argentino. Pero aunque él no le hubiera llamado así, allá por el año 15 o 17 o 18 —no recuerdo bien—, su socialismo fue siempre argentino. Era una modalidad de su mente, era una vocación de su conciencia. Quizá fuera también una tradición de unas raíces que no sabemos bien, pero que corresponden a su formación familiar.

Este profundo sentido que lo hace sentirse heredero nato y legítimo de todo lo que constituía la tradición nacional, esto le daba una fuerza extraordinaria, una autoridad extraordinaria, y con esta autoridad no sólo actuó en la universidad sino que actuó también en la política.

No fue un político vulgar. No fue un político cualquiera. No porque haya sido más o menos inteligente que otros, sino porque introdujo una variante singular en la política. Estuvo siempre apoyado por masas populares. Conoció el halago de la gloria. Supo, y declaraba entre sonrisas, que había “palacistas”; se burlaba del personalismo, a pesar de que no le faltaba cierta soberbia, y operó dentro de la política argentina, y dentro de su partido, de una manera singular. Gran parte fue la escuela política en que se formó y la enseñanza de los hombres a quienes él respetó, inclusive cuando disentían con él.

Otra parte es su genio personal que le dio a su conducta un aire diferente. Quizá lo más diferente fuera este sentimiento de que había que operar inmediatamente sobre la realidad y no perder de vista los grandes objetivos. Quizá su singularidad fuera el elemento pasional o emotivo que hacía intervenir en su acción política, pero de todos modos hay algo que le dio a Palacios durante esos años una fisonomía que no tuvo ningún otro político. Cualquiera fuera su grado de capacidad, fue una figura original. En la política operó de la misma manera que en la universidad, y de la comparación de su acción en ambos campos acaso pudiera salir el argumento más fuerte para reclamar que Palacios salga del olvido. Porque de su manera de actuar —esta profunda apelación a la conciencia y a la razón para encaminar su comportamiento—, de esto salió una manera de entender la acción renovadora, que puede ser reformista o revolucionaria, según se quiera y según sea la moda de los tiempos, pero que en todo caso es la acción de quien se encuentra con una estructura dada y quiere transformarla. La acción renovadora se ha dado casi siempre en la historia, con triste frecuencia, envuelta en una especie de confusión que ha hecho suponer que no se puede renovar el mundo sin caer en cierto tipo de inmoralidad.

La Reforma Universitaria y el futuro de la Universidad Argentina.* 1956

Jóvenes estudiantes, conciudadanas y conciudadanos:

Al clausurarse en Córdoba las sesiones del Primer Congreso Nacional de Estudiantes, el 31 de julio de 1918, se acordó instituir la celebración anual del 15 de junio como día del advenimiento de la Universidad nueva. Henos aquí reunidos en cumplimiento de un deber de solidaridad con la historia. Nació entonces, más que una realidad, una esperanza. Y tras esa esperanza corremos desde entonces los espíritus democráticos, progresistas y libres, salvando los obstáculos que una y otra vez se interponen en nuestro camino como si la Universidad nueva constituyera un inalcanzable espejismo. Pero una y otra vez reinician su camino los espíritus democráticos, progresistas y libres, porque la fe no abandona a quienes se sienten movidos por el impulso hacia la libertad, propio del hombre y particularmente del que se siente consustanciado con los altos valores de la cultura, cuya atmósfera propia e irrenunciable es el reinado de la libertad.

La Universidad nueva fue el objetivo final de la Reforma desencadenada por las juventudes de 1918, y sigue siendo el objetivo final de cuantos aman la libertad y la cultura, jóvenes todos ellos por la juventud del espíritu. Comenzó su camino la Universidad nueva entre escollos y vendavales, y a poco de iniciado, lo envolvieron —tras la revolución oligárquica de 1930— las auras maléficas del fascismo que comenzaba a viciar la vida nacional. El camino quedó sumido en aquella niebla enceguecedora, y la meta comenzó a desdibujarse porque los viandantes que recorrían la ruta debieron detenerse a cada paso ante el obstáculo imprevisto. La Universidad nueva se tornó una esperanza cada vez más lejana a medida que se apretaban las esposas en las muñecas y las mordazas en los labios. Y parecía razonable ilusión aspirar cada día tan sólo a la Universidad de la víspera, mejor sin duda que la que se anunciaba para cada uno de los días que se sucedían en la precipitada pendiente que conducía desde la reacción oligárquica hacia el fascismo.

Después se extremó la angustia y la Universidad se tornó sombra de sí misma. El espíritu de la Universidad nueva, el espíritu que vivificaba la esperanza, subsistió insobornable en muchos que levantaron su voz, y muchos que levantaron su brazo, muchos que levantaron finalmente el arma decisiva. La Universidad vibraba en sus juventudes incorruptibles, y resurgió enccuarnada en ellas tras las jornadas de septiembre, cuando asumieron la custodia de los hogares universitarios. Viva la encontramos cuando creíamos que estaba muerta, Porque había vivido en la eterna juventud del espíritu. Y viva existe todavía, viva y anhelante de renovación, para retomar aquel camino en el que se detuviera a poco de comenzar su marcha, cohibida por el enrarecimiento de la atmósfera espiritual del país. Toca a nosotros impulsarla para que alcance un día la inmarcesible perfección de los sueños.

He aquí que, en un clima de libertad, la Universidad se torna entre nuestras manos una materia plástica en busca de forma. Tras las zozobras de casi cuarenta años de experimentos y de luchas, la Universidad argentina se nos presenta como un conjunto informe sin armonía y sin estilo. Tal es la dura realidad. Pese a ello, no faltan quienes preconicen prudentemente un retorno a lo antiguo, como si los únicos males fueran los que trajo consigo la dictadura. Yo afirmo que cualquier retorno es suicida y que la simple esperanza de lograrlo revela ya una imperdonable miopía para los problemas de la inteligencia. La Reforma de 1918 apenas pudo lograr escasísimos frutos, y muchos de ellos se vieron roídos por los gusanos que se lanzaron sobre los vivos durante las oscuras décadas del fraude y del fascismo. No es, pues, exagerado situarnos en posición análoga a la que encontraron las juventudes de antaño, y yo propongo aquí otra vez como solución única la fórmula preconizada por Alejandro Korn en 1918: Incipit vita nova; he aquí que comienza una nueva vida.

Estoy persuadido de que no hay otra. La Universidad argentina requiere una revisión total de sus fines, de su organización, de sus sistemas pedagógicos, hasta de su espíritu. Es la revisión a la que aspiró la Reforma, que se hizo en parte, que se malogró en mucho, pero que hay que volver a hacer, además, porque todo cuanto es obra del espíritu exige perpetua revisión y reforma perpetua. Yo no puedo concebir la Reforma como un conjunto de principios rígidos e inmutables, sino como un impulso del espíritu, y por eso veo en la esencia de la Universidad un drama idéntico al que constituye la esencia de la cultura misma.

La Universidad, como la cultura, se nos aparece como algo concreto: sus edificios, sus laboratorios y bibliotecas, sus alumnos y sus profesores. Es también un cierto caudal de saber que discurre entre ellos, cierto sistema de pensamiento, cierta imagen del mundo, todo lo cual anida en los espíritus, y preside las relaciones entre los hombres. Pero todo eso no constituye sino una de las facetas de la Universidad, la que vive en el mundo de los hechos, la que hemos heredado. Mas la Universidad no es sólo eso. Mucho más que eso, es también la Universidad que queremos hacer para que acoja el saber que vamos creando, saber nuestro, irrenunciable e intransferible, saber entrañablemente nuestro y no heredado, sino creado con la efusión de nuestro espíritu y con el que quedan comprometidas nuestras vidas. Este saber en perpetua creación requiere una Universidad flexible y modelable, para que sus formas endurecidas no hieran su frágil contextura. Y la variable receptividad de cada genera-ción de educandos exige por su parte pareja flexibilidad para que las heridas no sean sus almas o sus mentes.

Hay una dialéctica entre la estructura de la Universidad y el impulso perpetuamente renovador del saber que se rehace en ella cada día, porque muere si no acierta a rehacerse, porque no vive sino en su propia y perpetua recreación. Y hay una reforma necesaria e impostergable para cada etapa de la Universidad, porque la letra mata y el espíritu vivifica; y cada vez que la Universidad tropieza y consiente en detener su propia renovación se torna academia, urna para el saber estéril, y deja de ser hogar para la perenne creación.

Yo os digo que no hay una Reforma, sino innumerables y sucesivas reformas; y estoy cierto que ha llegado el momento de una que sea sustancial y profunda. Pero fijémonos cómo hemos de hacerla, porque si ha de hacerse en virtud del espíritu, es imprescindible que sea del espíritu crítico y libre, y no del espíritu dogmático y fundado en el principio de autoridad. Si es este último el que predomina, es seguro que toda reforma será estéril y que finalmente la Universidad dejará de serlo. Sólo por el espíritu crítico y libre ha existido la Universidad, y tanto asegura su muerte la infiltración del espíritu dogmático y del autoritarismo como la estagnación del saber. Si hemos de recuperar la Universidad para el espíritu, será porque la recuperemos entera, en la plenitud de su libertad, sin límites para la inteligencia, sin otra aspiración que la del saber humano, del que podemos decir que ha nutrido nuestra cultura desde la misma Edad Media, y libre de los tabúes con que se quieren contener los espíritus.

Acaso no se haya repetido suficientemente que la reforma uni-versitaria forma parte de la vasta reforma educacional que requiere el país. Es innegable que el movimiento reformista nació y se desenvolvió en un ambiente tumultuoso y en una atmósfera de rebeldía, Era la misma juventud la que exigía la reforma de la educación que le ofrecía la Universidad, y el clamor resonó con el brío y la frescura que son propios de los movimientos juveniles. Pero si era en muchos aspectos un movimiento político, un movimiento social, un movimiento vinculado al despertar de la ciudadanía democrática, no es menos cierto que era esencialmente un movimiento en favor de la renovación de la Universidad y la cultura; un movimiento educacional, análogo al que entonces comenzaba a desarrollarse en favor de la renovación de la educación de los niños y los adolescentes. La exigencia de una reforma educacional sigue en pie en nuestro país para todos los órdenes de la enseñanza, y entre ellos para la enseñanza universitaria. Parecería como si las dolorosas alternativas porque ha pasado nuestro país fueran particularmente graves en cuanto conciernen a la cultura y a la educación. Una indiferencia culpable se ha advertido en relación con este problema, que hace al presente y al futuro de este país, que hace a la correcta formación de las nuevas generaciones, que hace al destino de nuestra cultura.

Si entendemos la reforma universitaria como reforma educacional, descubrimos como primer objetivo el de hacer una Universidad que constituya un centro de formación del hombre. La mera enunciación de tan evidente designio descubre la insuficiencia de nuestra actual Universidad frente a su misión fundamental. ¿Acaso se ha planteado el problema en alguna ocasión? ¿Acaso la Universidad ha modificado o intentado modificar alguna vez su estructura de mera yuxtaposición de escuelas profesionales, para afrontar el problema total que le plantea el joven que llega un día a sus puertas y comienza a ambular por los corredores y las aulas sin mantener otro contacto con la Universidad que el puramente pasivo del oyente o del que pide informes en una oficina administrativa? Constituye una actitud simplista y culpable hablar de los estudiantes como de una fuerza de opinión, o como de un malón subversivo, o como de una multitud indiscriminada. Los estudiantes constituyen un conjunto, pero sólo subsidiariamente valen como conjunto. En principio y fundamentalmente valen como individuos, como personalidades singulares. ¿Quién que sea de verdad padre o maestro ignora lo que es un joven de veinte años, lleno de esperanza, de inquietudes, de temores y, sobre todo, de imperativos morales irrenunciables? Para ese joven que no ha concluido su educación, sino que se halla en la etapa más difícil de su proceso formativo, la Universidad ofrece sólo la fría enseñanza de quien únicamente considera su misión hacer de él un técnico. Nada más, y es notorio que es harto poco si pensa-mos la Universidad como una escuela, como un hogar para la formación de hombres.

El problema no reside en las eternas y casi siempre estériles reformas de planes, sino en una reforma del espíritu de la Universidad, y en la reforma de su estructura para que el nuevo espíritu pueda florecer. Hay que crear la comunidad universitaria, la escuela a la medida del estudiante, dentro de la cual esa comunidad se desenvuelva en el ambiente cálido que necesita, y crear el profesorado con dedicación exclusiva que cuente con tiempo y aptitudes suficientes como para afrontar el problema personal de cada educando. Sólo a partir de esta situación podrá hablarse de la Universidad como de un hogar para la formación del hombre.

Pero no es todo. La Universidad tiene que dar al joven educando todo lo que necesita para su formación juvenil, todo lo que busca en su tránsito desde la adolescencia hacia la juventud. Es una edad llena de problemas, la edad del descubrimiento del mundo, la edad de las curiosidades universales. ¿Es posible que la Universidad se empeñe en frustrar prematuramente tantas inquietudes? Ciertamente está obligada a favorecer una elección profesional, pero al mismo tiempo que encamina hacia un rumbo determinado, al mismo tiempo que dirige al educando hacia la especialización, es deber de la Universidad estimular y satisfacer la curiosidad general acerca de los problemas que se debaten alrededor del estudiante, porque el hombre es hombre antes que profesional, y difícilmente se halle mo-mento más propicio para crear una clara posición frente a las inquietudes del mundo circundante que los años que el estudiante pasa en la Universidad. Entonces hay que modelar el ciudadano, el hombre maduro, de opiniones claras acerca de las cosas que le importan a to-do el mundo y que no son patrimonio de ningún especialista. Nada más triste que el profesional ciego y sordo a las inquietudes del ambiente circundante, y por ello incapaz de ejercer influencia alguna sobre su contorno.

Acaso lo que no sea propio de la profesión deba sustraerse al ámbito de la escuela profesional, aunque no estoy cierto de ello, porque la comunidad universitaria es el más eficaz vehículo de la educación juvenil. De todos modos, puede no ser objeto de una enseñanza sistemática. La Universidad puede ofrecer una posibilidad de formación en todos los aspectos no profesionales a través de departamentos paralelos a la escuela profesional, cuya labor sea la de suscitar intereses y satisfacerlos sin la constricción de ninguna exigencia, porque es seguro que los intereses profundos de la juventud despertarán y se encauzarán por sus propios impulsos.

Pero aún la enseñanza profesional puede colaborar indirectamente en la formación de la personalidad, si se destierra de una vez la enseñanza verbalista y se sienta el principio de la enseñanza activa, de la conquista del saber por el educando mediante su contacto con el fenómeno o con la fuente. Entonces se ejercitarán de tal modo las aptitudes que las personalidades saldrán enriquecidas para el análisis de cualquier realidad, de cualquier estirpe de problemas.

Todo esto, y muchas cosas más, constituye la preocupación de la pedagogía universitaria. Es triste decirlo, pero la Universidad argentina ha vivido ignorándola, y aún hoy parece lícito regirla sin otras preocupaciones que las del gobierno político y administrativo de la institución. No es suficiente, como tampoco es suficiente cierta competencia profesional para orientar la vida universitaria. Es hora de que se entienda de una vez que la enseñanza es cosa de maestros, de expertos en cierta clase de problemas que atañen a la Universidad como a cualquier otra etapa de la enseñanza, y que tales expertos deben formarse como especialistas en problemas educa-tivos, sin perjuicio de su especialidad científica.

Acaso este planteo parezca agresivo. Pero puesto que nuestras universidades se han esclerosado adoptando la forma de una mera yuxtaposición de escuelas profesionales, contra el profesionalismo es contra lo que resulta más urgente combatir cuando se piensa en la renovación de la Universidad. Ha pasado la época en que parecía sensato y propio del sentido común afirmar irónicamente que la lectura de Platón o de Shakespeare no era “práctica” ni contribuía a formar, por ejemplo, un buen agrónomo. La estrechez del planteo salta hoy a la vista, y a nadie se le oculta que un buen agrónomo, como un buen médico o un buen arquitecto, sólo puede hacerse con un hombre de buena y correcta formación integral.

Porque es menester que quede bien claro que todo cuanto se haga para la formación del joven educando en las universidades ha de servir al hombre que hay en él y subsidiariamente al profesional que ha de llegar a ser. De modo alguno se contradicen los objetivos de una formación humana con los de una correcta formación profesional. Ni nadie debe entender que la Universidad debe desocuparse de la formación del profesional.

El profesional, en efecto, es el hombre idóneo para la solución de los problemas concretos de la colectividad y de sus individuos. Sería torpe suponer que tal idoneidad se compromete enriqueciendo a quien la busca. Por el contrario, se perfecciona. De cualquier modo, nuestras universidades no son tampoco satisfactorias como centros de formación de profesionales, y también en este aspecto es menester una renovación sustancial.

Yo no ignoro que hay centros donde se aprenden bien determinadas técnicas. Los hay, sin duda, y es innegable que se han hecho en nuestro país esfuerzos prodigiosos para perfeccionarlos. Pero si analizamos el problema en su totalidad, y afirmamos que las universidades deben formar el conjunto de los hombres idóneos para la solución de los problemas de la colectividad y de sus individuos, nos vernos obligados a reconocer que tal misión no se cumple.

Las causas son muchas y las justificaciones numerosas; pero tal es el hecho. La Universidad argentina no es la última instancia a que se deba recurrir para afrontar los problemas fundamentales del país, excepto en algunos órdenes de la vida nacional. Hay disciplinas en las que no tenemos un solo especialista de indiscutible autoridad. Hay campos del saber en los que estamos atrasados en medio siglo y aún más. Hay problemas nacionales urgentes que requieren determinada clase de técnicos y que no pueden ser afrontados ni resueltos con los especialistas que egresan de nuestras universidades. Todo esto es desgraciadamente cierto, y son pocos, sin embargo, los que se conmueven al descubrirlo. Pero al salir de una crisis como la que acabamos de sufrir, al descubrir un país con crecientes exigencias técnicas, la mínima responsabilidad de los universitarios exige que denunciemos el problema y que, por lo menos, organicemos un movimiento de opinión para que cuanto antes se difunda la conciencia de su gravedad. Quizás el Estado no gaste todo lo necesario para lograr lo que el país necesita, pero parte considerable de lo que gasta se desperdicia, acaso por no gastar un poco más, acaso por la irresponsabilidad de los que tenemos el deber de denunciar el problema y buscar soluciones desde dentro o desde fuera de la Universidad, desde su gobierno o desde fuera de su gobierno.

Hay problemas argentinos relacionados con la economía, con la vida social, con la vida espiritual del país, que la Universidad no ha afrontado jamás. El Estado es también culpable de esta ignorancia, pero la Universidad lo es mucho más, porque la obligación de la inteligencia es más perentoria y su responsabilidad más alta. Sin duda las responsabilidades se complementan, y podríamos poner algunos ejemplos. El Estado paga a la Universidad para que forme profesores secundarios, pero nombra en las escuelas medias personas sin título especializado. El Estado paga a la Universidad para que afronte los problemas pedagógicos en el campo teórico, pero los técnicos en los problemas fundamentales de la enseñanza primaria o secundaria no son universitarios ni especializados. El Estado paga a la Universidad para formar técnicos que no se requieren, pero nadie se ocupa de que formen otros que están siendo solicitados urgentemente por el desarrollo económico del país. Las distintas universidades superponen carreras con escasas posibilidades prácticas y descuidan las necesidades regionales malgastando sus recursos en repetir las carreras clásicas. Todo esto se sabe, pero no constituye —como debiera— un tema sustancial de nuestras preocupaciones. Sabemos que hay ciertas actividades en el país que rechazan directamente a los egresados de las universidades argentinas, porque no les resultan eficaces. Y todo esto corresponde al plano de la acción universitaria que la Universidad argentina cultiva con más empeño; más aún, prácticamente el único que cultiva: el de la formación profesional.

Si la reforma educacional que requiere nuestra Universidad es urgente en cuanto se relaciona con la formación del hombre, acaso es más urgente aún con respecto a la formación de técnicos y profesionales. El país debe exigirnos que satisfagamos sus necesidades, el Estado debe exigirnos que cumplamos con nuestro deber, y nosotros debemos anticiparnos a esas exigencias de quienes esperan de noso-tros la solución de sus problemas.

La Universidad no debe ser, pues, exclusivamente profesional; no debe ser el profesionalismo lo que la identifique y caracterice; pero en la medida en que debe ser profesional, es necesario que lo sea eficazmente.

Yo quiero explicarme el hecho de que no lo sea por tres razones. Primero, porque no atiende suficientemente a la formación del hombre; segundo, porque no atiende suficientemente a las exigencias del contorno social; y tercero, porque no se preocupa lo bastante de la investigación, de la creación del saber.

No repitamos más —como solemos hacerlo cuando queremos ponernos juiciosos y serios— que la investigación constituye la misión fundamental de la Universidad. Tal afirmación no es exacta. La Universidad es una escuela, y su misión fundamental es educar al hombre y transmitir el saber ya conquistado. Pero como se trata de un saber superior, como lo que debe trasmitirse son los rudimentos del saber superior, es absolutamente imprescindible que en alguna parte la Universidad se ocupe también de cultivar a fondo y seriamente el saber superior, a fin de que sus profesores y sus estudiantes se mantengan en contacto con el proceso de renovación que lo caracteriza.

Pero la investigación no se hace en las aulas, en los laboratorios o en los seminarios donde concurren los estudiantes a recibir los rudimentos del saber superior. En las aulas, en los laboratorios y en los seminarios, los estudiantes deben aprender, ciertamente, el método científico, repitiendo las experiencias, recorriendo el camino dado por otros, redescubriendo, por su propio esfuerzo activo, un saber ya conquistado. Sería farsa pretender que el estudiante de segundo año realice investigaciones nuevas mientras está aprendiendo los fundamentos de su disciplina.

La investigación pueden hacerla los profesores; pero si la hacen con los estudiantes perderán su tiempo, y si la hacen solos no cumplen una labor universitaria. Deben hacerla de otro modo, y la Universidad les ofrece colaboradores inestimables en sus graduados, maduros ya, y en condiciones de iniciar la conquista de nuevos conocimientos. Con los graduados, en los departamentos de graduados, debe realizarse la labor de investigación, sin limitaciones escolares, sin apremios de exámenes ni términos, al ritmo propio de la investigación, que no puede estar coaccionada por disposiciones reglamentarias. En los departamentos de graduados será honesta y eficaz, si los profesores se aplican a ella con honestidad y eficacia.

Esa investigación no debe tampoco sufrir las limitaciones de la organización escolar ni de la escolarización del saber. Las escuelas profesionales tienden a encarrilar la investigación hacia una relación estrecha con las profesiones; pero los grandes problemas científicos sobrepasan los límites escolares y profesionales y es necesario que se afronten sin restricciones formales. Una química para farmacéuticos o para agrónomos se empobrece si se la separa de la filosofía por antonomasia. Es sabido que, a medida que se amplía el horizonte, los problemas se integran y acaso la Universidad deba tener algún rincón donde se integren las investigaciones parciales, puesto que el saber tiende a integrarse.

Esta descripción de lo que parece misión exigible a una Universidad demuestra la humildad del esfuerzo que realizan nuestras universidades. Casi no hay investigación científica; apenas existen departamentos de graduados que acojan las vocaciones maduras y definidas; apenas existe contacto entre los especialistas, ni revistas que los vinculen y que difundan su labor. También esta reforma hay que hacerla, antes que proliferen los intentos aislados que multiplicaran los gastos y dividirán los resultados.

Si la vocación reformista puede ahora abandonar las preocupaciones inmediatas, de tipo generalmente político, que han suscitado las condiciones en que ha vivido el país, acaso podamos comenzar a clarificar nuestras ideas acerca de lo que tenemos que hacer con la Universidad, y acaso podamos comenzar a hacerlo en breve tiempo. Estoy persuadido de que henos salido ya del período oscuro de la historia argentina, y que se nos ofrece una época de amplias y brillantes perspectivas. La vocación reformista debe canalizarse hacia el problema específico de la Universidad y debe crear un movimiento de opinión decidido para que recuperemos el tiempo perdido. Pero es necesario para eso que nos dejemos poseer por un auténtico espíritu universitario, en función del cual dediquemos nuestras energías y nuestros esfuerzos al cumplimiento de esta exigencia perentoria de la Universidad argentina.

Sólo una cosa me preocupa cuando hablo de espíritu universitario: la maléfica confusión mediante la cual se carga esta expresión de un sentido de aristocracia. Es este un país en el que las aristocracias se constituyen por propia determinación de sus miembros; pero el primer deber de quien accede a la Universidad y al saber es renunciar a tan deleznables ambiciones, y situar sus anhelos no en el plano de los derechos sino en el de los deberes. Porque sólo en virtud de determinadas situaciones reales puede llegar un estudiante a la Universidad, en tanto que son muchos los que no llegan a ella, también merced a circunstancias de la realidad que se interponen como obstáculos insalvables.

La Universidad debe combatir todo espíritu de casta que surja en su seno, porque nada hay más inmoral y degradante. Se lo combate expulsándolo de uno mismo si aparece; se lo combate extendiendo la base social de que proviene el estudiantado, para posibilitar el acceso a la Universidad de estudiantes provenientes de medios rurales o alejados de los centros universitarios, y de estudiantes de grupos sociales de escasos recursos económicos; y se lo combate llevando a esos ambientes, dentro del área de cada Universidad, la cooperación que pueden prestar los universitarios para coadyuvar a su elevación y mejoramiento social. El “presalario” ensayado en algunos países, las becas, las organizaciones de asistencia social, son distintas soluciones al segundo problema, en tanto que la extensión universitaria es la adecuada respuesta al tercero.

Vivimos en un país de incuestionable sentido republicano; aspiramos fervientemente a la democracia; carecemos de tradiciones que autoricen la formación de grupos aristocratizantes; y sin embargo nos falta un arraigado y vibrante sentido social. Es este un dato para conocernos, que acaso explique algo de lo que nos ha ocurrido, porque somos muchos los argentinos que creemos merecer lo que las circunstancias de la realidad nos han otorgado, y muchos los que juzgamos que también se merecen su situación aquellos que deben luchar denodadamente en la estrechez o en la miseria. No es misión de la Universidad resolver tales problemas en su totalidad, pero la Universidad debe ser el principal reducto para la defensa de todos los derechos, para la lucha contra la injusticia y para el estudio de las soluciones que tales problemas necesitan. Y el primero entre todos es que la Universidad misma no se organice sobre un principio de injusticia social.

Quizá no falte quien repita una vez más que la introducción de tales problemas en la vida universitaria constituye un atentado contra la imperturbabilidad que requiere el estudio. No hagamos caso, porque tal reflexión es la del fariseo de todos los tiempos. No hay saber sólido si la conciencia en que se aloja es éticamente deleznable. Tampoco hagamos caso a quienes temen demasiado a lo que se ha dado en llamar la intromisión de la política en la Universidad, porque suelen ser ellos los que la han introducido, y en su provecho, y se resisten a que se denuncien los males que ha creado una política reaccionaria y de camarillas a lo largo de muchos años. Sólo los reaccionarios son apolíticos. Y me atrevo a decir que si no existieran situaciones creadas o por crearse en la Universidad, si no existiera la tendencia a asegurar el control por parte de ciertos sectores interesados, no se suscitarían esos clamores en demanda de honradez y justicia que luego suelen ser estigmatizados por los espíritus conformistas.

Otra cosa es que se introduzca la política partidaria en la Universidad, donde nada tiene que hacer, excepto en la medida en que —como es de desear— tengan todos los ciudadanos posición tomada frente a los problemas de la república, y entre ellos los estudiantes, los graduados y los profesores. Esa política partidaria es nefasta en la Universidad. Pero la política de las ideas, de las grandes co-rrientes de pensamiento que pugnan en el mundo de nuestros días, no sólo es legítima sino necesaria; y si alguna vez la polémica degenera en alboroto, también es de fariseos atemorizarse más de la cuenta, porque sólo se defiende lo que se ama, y sólo se ama lo que se defiende.

Jóvenes estudiantes, conciudadanas y conciudadanos:

Hago votos para que esta celebración de la Reforma, en el día de la Universidad Nueva, señale la fecha inaugural de la etapa de renovación que hemos esperado durante tanto tiempo. Que en adelan-te la lucha por la libertad y por el triunfo de la democracia y la justicia no exija de los universitarios más esfuerzos y sacrificios que los que son requeridos a los demás ciudadanos.

Hago votos para que nos sea dado comenzar, en un país libre la construcción de la Universidad Nueva, de espíritu libérrimo; la Universidad del deber, donde la competencia sea por el sacrificio mayor, por el esfuerzo más tenaz, por los frutos más sazonados en la cosecha de la verdad. Que profesores, graduados y estudiantes coincidan en este designio de servir con fidelidad al país, a la justicia y a la verdad.

Hago votos para que la Universidad argentina sacuda la molicie que la carcome, y para que adopte como lema el obstinado rigor que Leonardo preconizaba como regla para los trabajos del espíritu. Que en ello, más que en cosa ninguna, resida el secreto de la Universidad Nueva. Porque los tiempos son duros y las tinieblas impenetrables para quien no ha templado sabiamente la espada del espíritu.

Informe del rectorado de la Universidad de Buenos Aires. 1956

Alcances de la reforma pedagógica iniciada

En uso de las atribuciones de Rector y Consejo Superior de que está investido el Interventor, y teniendo presente el definitivo establecimiento de la autonomía universitaria, se dictaron en el período comprendido entre octubre de 1955 a marzo de 1956 importantes resoluciones relativas al funcionamiento de la Universidad y a la indispensable reforma pedagógica que deberá realizarse para que la Universidad pueda estar nuevamente a la altura de su misión y de la responsabilidad que le cabe en el desarrollo científico y cultural del país.

Con las disposiciones que se describirán más abajo, la Intervención, tal como lo declarara oportunamente y en público su titular, no pensó haber agotado las posibilidades de acción inmediata así como tampoco pretendió que ellas tendrían un efecto positivo tan cercano como sería de desear. Por el contrario, juzgó que tales providencias tendrían un carácter primario y que serían tan solo los carriles por los cuales, en fechas no excesivamente lejanas y siempre que no decreciera el ritmo de trabajo previsto, se obtendrían, no solo las modificaciones a que se atendió concretamente y en cada caso, sino aun la cooperación activa e integrada de todos los sectores que componen naturalmente la Universidad.

Departamento de pedagogía universitaria

En tal sentido, conviene señalar la creación del Departamento de pedagogía universitaria, cuya dirección se encomendó al ingeniero José Babini. Los fundamentos contenidos en la resolución respectiva enumeran la mayor parte de las deficiencias que padece la Universidad en materia de organización y destacan que ellas conspiran no solo contra un trabajo fecundo sino también contra la constitución del espíritu universitario que debería nutrirla.

Una vasta y compleja tarea espera a este Departamento. En primer lugar la afirmación de un principio de remozamiento constante de la estructura universitaria. En efecto, ninguna solución puede ser más atinada y definitiva que un sistema que facilite constantemente los cambios. Para ello, es preciso desterrar la idea de que cierto y determinado cambio de planes podrá entrañar soluciones definitivas. El Departamento buscará los medios de aligerar el sistema de enseñanza proveyendo los elementos de información adecuados como para que dicho sistema permita la introducción de innovaciones sin que ello implique cambios bruscos sino mejoras constantes.

Otra de las tareas que corresponden al Departamento es introducir la idea de la existencia de métodos de enseñanza adecuados a la Universidad. El Departamento deberá establecerlos, ordenarlos y sistematizarlos de modo que la enseñanza sea eficaz y produzca un nuevo tipo de relación entre profesores y estudiantes, basado en el empleo de métodos específicos y adecuados al nivel en el que ambos actúan. Además, se podrá encarar así eficazmente el establecimiento de la carrera docente, en cuya falta de rigor deben buscarse algunas causales de la crisis profesoral señalada repetidas veces por todos los sectores, y padecida desde hace tiempo por la universidad argentina.

Primeras Jornadas de pedagogía universitaria

En tanto se establecen las tareas que habrá de realizar el Departamento de Pedagogía Universitaria en su funcionamiento regular, la Intervención convocó a las Primeras Jornadas Pedagógicas de la Universidad de Buenos Aires, en la que se prevé la discusión, en distintas etapas, de los más importantes problemas que atañen a la estructura general de los estudios en vinculación con la formación del universitario. Este tipo de asambleas en las que se reunirán para discutir problemas universitarios profesores, graduados y estudiantes, es un ensayo original, acorde con las restantes iniciativas de la Intervención, que trata de integrar paulatinamente y en un trabajo de colaboración efectiva, a todos los miembros de la Universidad.

Departamentos de Graduados

Dentro de este orden de innovaciones, la Intervención ha creado los Departamentos de Graduados en cada Facultad. La innovación no es absoluta porque tales organismos ya existían, con muy buenos resultados por cierto, en las Facultades de Ciencias Médicas y Odontología. Lo que se ha dispuesto es extenderlo a toda la Universidad, tratando al mismo tiempo de que sirvan de vehículo para trascender la especialización, que por otra parte deberán favorecer, apuntando en sus cometidos a los problemas últimos que las disciplinas contienen.

La resolución respectiva contiene los fundamentos de creación que pueden resumirse en dos principios rectores: integrar al graduado por medio de un trabajo efectivo para que su futura participación en los gobiernos de las casas obedezca a una presencia real, y dar cauce a un tipo de estudios o investigaciones que exijan un nivel superior, estudios hasta ahora librados al mero esfuerzo personal con exclusión de los recursos científicos, personales y económicos con que cuenta la Universidad.

Por otra parte, una vez que se organicen tales actividades, la Universidad podrá contar con un centro superior de estudios que podrá recibir a becarios extranjeros, en especial latinoamericanos, y convertirse así en un centro irradiante de magnitud internacional.

Departamentos de disciplinas afines

En otro aspecto, pero siempre dentro del proceso de mejoramiento pedagógico, la Intervención dispuso que las materias afines que se dictan en las Facultades se agrupen en Departamentos, cuyos proyectos de organización deberán ser presentados por las Facultades antes del 30 de mayo de 1956.

Esta novedad, que no lo es para las más importantes universidades del mundo, no implica un mero formalismo de organización, sino una reforma auténtica y muy concreta. Si bien ella se manifiesta solo en el ámbito de las Facultades, constituye un primer paso hacia la integración de la Universidad, objetivo cuyos alcances pueden ser calculados pero no medidos. En cambio e inmediatamente esta organización entraña, en cada Facultad, un trabajo orgánico que tiene en cuenta la unidad de las disciplinas antes que el aislamiento de las cátedras, la comunicación y el entendimiento entre los docentes, que deberán enseñar en acuerdo y relación, y un aprovechamiento efectivo por parte de los estudiantes para los cuales se produce actualmente, entre curso y curso, una zona de vacío que cuesta superar.

Tal como se ha señalado arriba, no se piensa que la creación de Departamentos, como cualesquiera otras, produzca en sí misma resultados; no es más que un carril que demostrará, en el trabajo concreto, su eficacia y la bondad de sus previsiones, dentro de las cuales se salva el principio de la libertad de la cátedra. Mediante estos organismos solo se concede a los profesores la posibilidad de integrar su labor y su libertad con la de los otros colegas que trabajan una similar disciplina. El resultado será, sin duda, un lenguaje característico que revelará la unidad de un espíritu.

Departamentos de la enseñanza media

En uso de sus atribuciones y para extender al ámbito de la enseñanza media los recursos organizativos explicados, el Interventor resolvió que se crearán departamentos de materias afines en el Colegio Nacional de Buenos Aires, en número de diez, que servirán, además de las finalidades apuntadas, para acentuar el carácter de escuela experimental y modelo con que dicho establecimiento funciona.

Comisión de Planes de estudio

Para materializar las soluciones relativas a estos aspectos se han tenido en vista evidentes deficiencias de funcionamiento, aunque cabe fundamentalmente a la Comisión de Planes de estudio de la Universidad de Buenos Aires la organización sistemática de las principales respuestas. Dicha Comisión, integrada por los doctores Alberto Salas, Juan Chaneles y Risieri Frondizi, el ingeniero José Babini y el profesor Noé Jitrik, como secretario, elaboró un único despacho que ataca las principales soluciones que es dable pensar actualmente para encarar una reforma de planes y sistema de enseñanza.

La orientación fundamental que dirige ese despacho, reafirmada en todo momento por las resoluciones de la Intervención, es que, más que un cambio único, es necesario para la Universidad la implantación de un sistema de cambios que deje margen y espacio para que nuevas corrientes científicas, culturales, pedagógicas y administrativas puedan penetrar sin dificultad colaborando con la formación de un espíritu universitario en ciernes y no distorsionando, por cambios únicos, lo que pueda estar empezando a dar frutos.

Orientación universitaria de la Intervención

Ninguna de estas creaciones ha escapado al marco de dos ideas directrices según las cuales ha guiado la Intervención su trabajo: la carencia de una Universidad por dispersión y aislamiento de Facultades y la carencia de un espíritu universitario común a estudiantes, graduados y profesores.

Como puede verse, las anteriores descripciones tienen estas perspectivas y significan soluciones concretas tendientes a realizar un fin superior: la existencia de una universidad moderna, integrada socialmente, capaz de cumplir con su triple misión de preparar profesionales, favorecer la investigación científica y colaborar con el desarrollo cultural.

Ciudad Universitaria

La culminación de un proceso tal es la Ciudad Universitaria, problema que tampoco fue dejado a un lado por la Intervención. Una comisión constituida por los arquitectos Alberto Prebisch y Manuel Paz, los ingenieros José Babini, Francisco Malvicino y Lucas Marengo, el doctor Nerio Rojas y los señores Héctor Mase primero, y luego René Balestra, se reunió y estudió las posibilidades de llegar a un plan satisfactorio. El problema de realización es fundamentalmente económico, pero como se cuenta con los terrenos de Agronomía y Veterinaria y con los recursos que se obtendrían de la venta de otros bienes de la Universidad, las condiciones estarían planteadas para que en el curso de este mismo año de 1956 se iniciaran las primeras tareas.

Una ciudad universitaria debe justificarse no tan solo por argumentos de comodidad. Deben intervenir razones tales de funcionalidad que hagan de ella simplemente el cuadro en el que se introduzca una Universidad de existencia previa innegable. Para ello, numerosas reformas son necesarias, la primera de las cuales es evitar que la Universidad sea un mero rótulo y un precario edificio destinado a ejercitar una suerte de centralismo exclusivamente burocrático. Este concepto, sobre el cual fue necesario insistir, ha sido tenido permanentemente en cuenta por la Intervención.

Autonomía universitaria

La Intervención ha querido salir de la ficción con que se encontró al tomar a su cargo la responsabilidad de la dirección universitaria, dando vida a iniciativas que tendieron a lograr la existencia cabal de la Universidad. En tal sentido, la reafirmación de la autonomía universitaria por parte de las autoridades nacionales y reclamada insistentemente por todos los sectores responsables de opinión universitaria implicó un excelente punto de partida.

Pero para la Intervención no se trató tan solo de obtener un instrumento jurídico sino de ver qué se hacía con él, cómo se lo empleaba para que esa autonomía resultara provechosa. Las normas que al respecto dictó en ningún caso tuvieron un carácter definitivo, porque eso corresponde que sea decidido por el claustro futuro, que redactará asimismo su estatuto. Lo que ha querido la Intervención es no perder tiempo y adelantarse a las necesidades de modo que la próxima Universidad tenga a la vista una experiencia realizada sobre la que pueda medir los alcances de las soluciones de fondo que deberá encarar.

Problemas inherentes a cada estadio universitario

Para que esa Universidad llegue a existir es preciso estudiar en primer lugar los problemas intrínsecos a cada uno de los sectores. Ya hemos hablado de los graduados y en alguna medida de los profesores. En cuanto a los estudiantes, dos importantes creaciones de la Intervención revelaron el alcance de las tentativas. Una de ellas tuvo un inmediato comienzo, la otra no pudo iniciarse. Ellas son: el Departamento de relaciones y actividades culturales para universitarios y el Departamento de orientación vocacional.

Departamento de relaciones y actividades culturales para universitarios

El Departamento de Relaciones y actividades culturales, cuya organización se ha encomendado al ingeniero Frank Memelsdorff, deberá cumplir una doble función: atender a las necesidades que en el aspecto material e intelectual afectan a la población estudiantil. Teniendo presente que dicho Departamento careció de presupuesto, los resultados del trabajo en el segundo de los aspectos mencionados son altamente satisfactorios, según se desprende del informe presentado a la Intervención por el Ingeniero Memelsdorff. En uno de sus párrafos se expresa que es propósito del Departamento la “tentativa de salir del restringido ambiente de la Facultad, para llegar al más abierto de la Universidad” y “cooperar en la tarea de llevar a la Universidad a convertirse en centro de investigación, experimentación cultural y artística y foco de irradiación cultural”. Como se advierte, primó asimismo aquí el concepto de Universidad en torno del cual se ha trabajado en otros órdenes.

La falta de presupuesto y locales impidió que se concretara el aspecto asistencial, en cuanto a consultorios médicos y odontológicos, comedores y residencias, pero no detuvo la iniciación del plan de turismo universitario que será puesto en ejecución para el próximo receso escolar, como asimismo la organización de un servicio de venta de localidades, a precios reducidos, para espectáculos teatrales y musicales. Con todo éxito, este servicio distribuyó entradas para dos representaciones de la Comedia Uruguaya. Dos mil estudiantes colmaron las instalaciones del Teatro Nacional Cervantes. La carencia de fondos y de personal influyó sensiblemente en la marcha del Departamento, pero el sistema de colaboradores honorarios y especializados en diversos aspectos del trabajo cultural ha hecho que se programaran, para principios de mayo y hasta fines de 1956, conciertos y funciones cinematográficas en todas las Facultades. De la calidad de aquéllos se ha hecho cargo la Radio del Estado, que los retransmitirá a partir de junio de 1956.

La cantidad de colaboradores, el interés demostrado por los universitarios, en especial estudiantes, y el altísimo nivel de las distintas manifestaciones de este Departamento han hecho de él una de las obras más satisfactorias de la Intervención, sobre todo porque tendió a disolver el seco y receloso clima de incomunicación reinante en las Facultades, fruto de los años de dictadura, en un fecundo ambiente de diálogo y participación.

Departamento de orientación vocacional

Completando el sistema de soluciones para los problemas relativos a los estudiantes en cuanto miembros de una comunidad perfectible, la Intervención creó el Departamento de orientación vocacional. También incidieron, para impedir el inmediato comienzo de actividades de este Departamento, inconvenientes presupuestarios y de locales, todos ellos superables en gran medida en cuanto un minimum de posibilidades pueda serle otorgado.

La resolución respectiva fija los siguientes cometidos:

a) establecer un servicio de información de carreras, planes y programas de la Universidad de Buenos Aires para los aspirantes a ingresar en ella;

b) estudiar y establecer los requisitos psicofisiológicos que el estudio regular, normal y económico de cada carrera exige;

c) establecer un servicio de consulta vocacional y psicológico que ayude al aspirante a ingresar en la Universidad a resolver las dudas y problemas que ese hecho pueda provocarle;

d) orientar a los estudiantes que hayan ingresado en la Universidad, introduciéndoles en el nuevo ámbito que ello significa, el conocimiento del cual es obtenido hasta ahora por una experiencia exclusiva;

e) establecer un servicio permanente de consultas pedagógicas y caracte-rológicas.

Así como sucede en otros terrenos, esta novedad no es tal para otras universidades. Al corriente de ese hecho, la Intervención no ha vacilado en solicitar toda la información que ha creído podría ser orientadora, en ese y en otros aspectos. Valioso material en todos estos campos ha sido provisto por la Universidad de Chile, así como por la Unión de Universidades de América Latina. La correspondencia de esta última, sobre todo, explicativa de lo que se cumple en otras universidades de Latinoamérica, ilustra el estado de abandono en que se encuentra la nuestra.

Previsiblemente, el Departamento de orientación vocacional podría recibir a los primeros candidatos hacia noviembre de este año. De más está decir que los graves problemas del ingreso y la racionalización de la población estudiantil, vinculada a los intereses y necesidades del país, perderían enjundia en cuanto estos servicios estuvieran en posesión de toda su eficacia.

Los estudiantes y sus medios de expresión

Hay otro aspecto del interés por los problemas estudiantiles que la Intervención encaró aceptando un principio quizás inédito en la Universidad argentina.

La Universidad es fundamentalmente una expresión colectiva y resultante de diversos factores que intervienen en ella y no existe como tal expresión en cuanto se pierden los alcances éticos que le son propios y la condicionan. Son los estudiantes, a juicio de esta Intervención, quienes salvaron la Universidad de la total abyección en que quería hundirla la dictadura.

Ellos representaron en ese momento la gran tradición universitaria argentina, fundamentalmente porque actuaron con un claro y definido sentido político. Ese hecho fué reconocido por el Interventor en su discurso de toma de posesión de su cargo. En consecuencia empezó por llamar y reconocer a todas las entidades estudiantiles existentes en el ámbito universitario e impulsó, mediante el mismo llamado, a formar las entidades de graduados, visto el papel que unos y otros desempeñaron en el proceso antedicho y que deben seguir desempeñando en el proceso constructivo siguiente. Asimismo la Intervención dispuso que, sin distinción de ninguna índole, tanto el Interventor como los restantes funcionarios de la Universidad recibieran y atendieran a todas las delegaciones de estudiantes y graduados que lo solicitaran. Dispuso también que se les cursara copia de cuanta resolución pudiera interesarles. Ningún conflicto estudiantil se registró durante este período.

Para reafirmar esta incipiente comunicación entre todos los sectores componentes de la Universidad, la Intervención resolvió realizar una experiencia en la cual cifra grandes esperanzas: las Juntas Consultivas. Integradas por cuatro profesores (dos elegidos directamente y dos designados por el Delegado Interventor), cuatro graduados y cuatro estudiantes, se les fijó como función considerar todos los asuntos de interés que el Delegado Interventor les proponga. Siendo los representantes de alumnos y graduados elegidos por votación y habiéndose previsto la mayoría y minoría, es dable suponer que los Delegados Interventores tendrán opiniones que reflejen las distintas corrientes políticas universitarias, todas ellas realzadas por el acto de responsabilidad que implica formar parte de un cuerpo orgánico y regular.

El conflicto en el Colegio Nacional Buenos Aires

Si bien no se han producido choques entre las autoridades de la Universidad y los miembros integrantes de la misma, es preciso señalar el episodio del Colegio Nacional de Buenos Aires como uno de esos falsos problemas que en determinado momento desvían la atención y confunden el sentido con que se toman decisiones de reorganización administrativa y pedagógica. La prensa diaria se ocupó oportunamente de los incidentes. A consecuencia de ellos se levantó un sumario que dio cuenta de las responsabilidades.

Intervención en el Colegio Nacional de Buenos Aires y en la Escuela Superior de Comercio “Carlos Pellegrini”

Respecto del mismo asunto, cabe destacar que el Delegado Interventor designado, doctor Risieri Frondizi, cumplió en el plazo estrictamente previsto con los cometidos que inspiraron la intervención. Realizó concursos para designar profesores, reguló la marcha del establecimiento, propuso reformas pedagógicas y entregó el Colegio al Rector nom-brado por concurso, celebrado por primera vez para tal fin, profesor Antonio Valeiras. Similar juicio mereció la gestión realizada en la Escuela de Comercio “Carlos Pellegrini” por el Delegado Interventor doctor Hilmar Digiorgio, quien dirigió los concursos para llenar las cátedras vacantes y condujo el establecimiento a total satisfacción de la Universidad y los principios pedagógicos sus tentados por la Intervención.

Nuevas manifestaciones de la orientación universitaria

El concepto básico de Universidad que orientó a la Intervención para los actos descriptos hasta aquí tuvo todavía dos claras manifestaciones. La primera es la transformación del Instituto de publicaciones y Ateneo de altos estudios en Departamento Editorial de la Universidad de Buenos Aires. La segunda es la creación del Departamento de extensión universitaria.

El Instituto de publicaciones, cuya dirección confiose al doctor Manuel A. Río, e interinamente en su ausencia al doctor Marcos Victoria, estaba limitado, hasta dichas designaciones, a la mera edición de la Revista de la Universidad. Al ampliarse sus funciones, el Instituto pasó a llamarse Departamento editorial, estableciéndose que, además de la Revista, el Departamento efectuará una serie de publicaciones que luego comercializará en el mercado, como lo hacen las distintas editoriales del país. Cuenta para este fin con los programas de ediciones de las Facultades y el material de interés universitario y cultural que no tiene cabida, por su especialización, en las editoriales corrientes. A las ventajas de disponer en seguida de originales valiosos, de tener in-mediatamente un mercado, de permitir el reingreso de fondos para la Universidad, se une la de adquirir un tono editorial único y la de facilitar la circulación de estos libros entre todas las Facultades y el acceso a ellos de estudiosos no universitarios. Constituye, además, un poderoso recurso para incorporar al acervo nacional obras cuya naturaleza universitaria las ha hecho permanecer inéditas, en especial tesis, monografías y tratados.

Departamento de extensión universitaria

En cuanto al Departamento de Extensión Universitaria, cabe destacar que bajo ese mismo nombre, la historia de la Universidad registra varios proyectos nunca puestos realmente en ejecución. Los alcances de los mismos, por otra parte, fueron muy restringidos y lo que queda de sus conceptos inspiradores en diversas Facultades es decididamente insuficiente, en abierta contradicción, además, con lo que implica la extensión. Cursos de perfeccionamiento para graduados, por ejemplo, tal como se había programado hacer en la Facultad de Agronomía y Veterinaria, es justamente lo contrario de la extensión universitaria.

Esta Intervención entendió que la extensión universitaria debe consistir en la proyección adecuada de la Universidad hacia y sobre medios no universitarios, respecto de cuyos intereses y problemas la Universidad puede proporcionar o proponer soluciones basadas en el espíritu de síntesis que implica cada manifestación universitaria.

A fin de precisar este concepto y de atribuirle tareas concretas, se designó una comisión integrada por los doctores Gino Germani y Risieri Frondizi, el profesor Guillermo E. Savloff, el señor Juan C. Marín y el Asesor científico de la Universidad, prof. Noé Jitrik, que emitió rápidamente despacho. De él surgía que las tareas del Departamento debían encararse en el sentido de la educación fundamental, para ejercitar la cual se puntualizaban las siguientes posibilidades: acción de la Universidad sobre los medios de difusión de masas (cine, radio, periodismo, etc.); creación de centros de educación integral en zonas urbanas y suburbanas; servicio de asesoramiento cultural y técnico para instituciones populares (organización de bibliotecas, de cursos, solución de problemas de vivienda, sanitarios, etc.) y servicio cultural para instituciones populares (cine, conferencias, teatro, exposiciones, etc.). La comisión recomendaba, asimismo, una activa participación de todos los universitarios en tales tareas y señalaba la necesidad de formar técnicos que encauzaran con eficacia todas estas posibilidades de labor.

Poco después, la Intervención designó los funcionarios correspondientes, recayendo la dirección de dicho Departamento en el profesor don Guillermo Savloff. Como en otros casos, las dificultades presupuestarias amenazaron coartar la actuación del Departamento, y en efecto lo consiguieron en cuanto al cumplimiento de un plan máximo, pero no impidieron la concreción de numerosos trabajos resultantes de la combinación de recursos existentes en la Universidad, de la prodigalidad en el trabajo por parte de los funcionarios responsables y de la franca colaboración, espontánea y honoraria, de estudiantes, graduados y profesores.

Daremos algunos ejemplos de lo realizado por el Departamento en tan precarias condiciones, pues sería excesivo hacer un inventario completo.

En el aspecto de acción sobre medios de difusión, se organizó y confeccionó un ciclo de audiciones radiotelefónicas (Radio El Mundo, lunes a las 18.30) en el cual se debatieron asuntos de interés para la población desde el punto de vista de la educación fundamental. Se organizó un servicio de colaboraciones de similar naturaleza para los diarios y revistas, servicio que será cumplido por las personas inscriptas para colaborar. En lo que se refiere al Servicio Cultural, numerosas instituciones vecinales y populares han solicitado la colaboración del Departamento, que ha obtenido films adecuados y los ha exhibido profusamente, ha efectuado funciones de títeres para niños y ha gestionado representaciones teatrales. Se ha iniciado asimismo un registro de instituciones con las cuales se mantendrá contacto permanente. En cuanto a los Centros de educación integral, se iniciará una experiencia en Isla Maciel, cuya Escuela N.º 6 ha sido facilitada con toda comprensión por S.E. el señor Ministro de Educación de la provincia, profesor Juan Cánter. El problema sanitario de dicho lugar, así como el del perfeccionamiento técnico del grueso de los pobladores de la zona, en su mayoría obreros navales, constituye el punto de partida del trabajo de educación fundamental en Isla Maciel. Las instituciones vecinales del lugar han prometido el apoyo a la iniciativa y dado su aporte de entusiasmo y conocimiento.

En cuanto al asesoramiento técnico, se ha cumplido una experiencia interesante. La cátedra de Geodesia de la Facultad de Ingeniería, a pedido del Departamento de extensión universitaria, que a su vez lo había recibido de los interesados, se transportó en pleno al pueblo de Glew para medir y examinar el deficiente canal que sirve de desagüe a la población. Hecho el estudio, éste pasará a la cátedra de Hidráulica, que propondrá las medidas a adoptar para coadyuvar en la solución del problema, de naturaleza verdaderamente grave para los pobladores de ese lugar. El interés de este episodio reside en lo siguiente: una institución vecinal solicita colaboración a la Universidad de Buenos Aires, ésta pone en juego recursos propios y hace trabajar en común a profesores titulares, adjuntos, auxiliares y estudiantes de una Facultad. La gestión administrativa y de coordinación se realiza por intermedio de una dependencia de la Universidad de Buenos Aires, y Facultades que no están directamente interesadas pueden colaborar de acuerdo a sus posibilidades (Agronomía con su vehículo ómnibus, etc.).

Gestión administrativa de la Intervención

Se tomaron medidas destinadas a racionalizar la organización burocrática, y a facilitar los trámites que deben realizar los estudiantes en las Facultades. Otras medidas, en el mismo plano, se dirigieron a establecer principios humanos, acordes con el espíritu que guía a la Intervención en su gestión.

Así, se reestructuró el Rectorado, estableciendo solo dos categorías de oficinas y homogeneizando las denominaciones y las jerarquías, tendiendo a una mayor coordinación de las funciones.

Se estableció que los alumnos puedan retirar los documentos que acompañan al inscribirse, dejando en su lugar copia fotográfica de los mismos. En el sistema anterior el estudiante que entregaba su certificado de estudios secundarios para poder inscribirse, no podía ya retirarlo. Esto creaba innumerables dificultades a las personas que necesitaban presentar ese certificado para acreditar los estudios realizados ante reparticiones nacionales o extranjeras, y el problema se agravaba si el estudiante se había recibido en el interior del país o en el extranjero, por la dificultad en obtener el duplicado de esos documentos.

Se estableció, adoptando un principio ya aceptado en todos los países civilizados e incorporado a nuestra legislación, que los alumnos, al ingresar no están obligados a declarar el nombre de sus padres, evitando así toda innecesaria molestia a quienes no han sido reconocidos. En parecido sentido, se adoptó una tercera fórmula de juramento para los graduados, respondiendo al requerimiento de estudiantes que profesan religiones que no sean la católica.

Se reimplantó el sistema de reválidas para los extranjeros recibidos en universidades de otros países, exigiendo la naturalización Se tuvo en cuenta no solo el problema individual de aquellos que, poseyendo un título habilitante, se veían privados de ejercer sus profesiones, sino también las necesidades de la colectividad inútilmente privada del servicio de técnicos y profesionales capaces.

Cabe señalar, por último, lo cumplido por la Intervención en lo que atañe al aspecto administrativo de la Universidad. En primer lugar, se resolvió intervenir las contadurías de todas las dependencias universitarias, facultándose al doctor Isidoro Martínez para cumplir ese cometido. En cuanto al personal de la Universidad de Buenos Aires, se estableció que toda vacante que existiera o se produjera fuera cubierta por personal en condiciones de ser promovido, de tal manera que las vacantes a ser llenadas siempre lo fueran en el cargo menor. Con tal sistema, se obtuvo que prácticamente todo el personal administrativo fuera mejorado en sus remuneraciones, generalmente exiguas.

La extensión universitaria. 1958

Para cerrar este acto quizá fuera suficiente someter a ustedes al suplicio de sintetizar, después de haberlas oído en extenso, las conclusiones a que se ha arribado. A todos nos ha resultado evidente que el trabajo realizado por las comisiones ha sido extraordinariamente fecundo. Si algo ha malogrado en otras ocasiones este tipo de iniciativa, ha sido el no saber nunca descender suficientemente al plano de las realidades concretas, a los problemas inmediatos de la realización; pero esta vez nos hemos encontrado, a través de las conclusiones que hemos oído, con que se han estudiado los problemas reales que se le plantean a la Universidad en relación con el medio social, buscando soluciones concretas y exponiendo con claridad, con inteligencia y con modestia, cuál es el esfuerzo que se ha hecho y el que debe hacerse en un futuro inmediato.

En realidad, a mí me queda muy poco por decir. Pero si me conceden unos minutos, pienso que después de haberse desarrollado el análisis de los problemas concretos de la extensión universitaria, puede ser conveniente volver a recordar ciertos fundamentos y ciertas razones de peso, que justifiquen el que la Universidad se encargue de esta labor. Pienso que es oportuno hacerlo porque la Universidad argentina conserva cierto antiguo empaque académico, que les hace suponer a algunos que tal labor carece de rango universitario. Esta actividad es quizás una de las que suelen escandalizar a los espíritus pacatos; pero lo cierto es que el mundo se escandaliza demasiado para que nos asustemos de los que se escandalizan. Tenemos que enfrentarnos con un mundo en el que los cambios sociales se aceleran de un modo demasiado impresionante como para que estas reflexiones nos detengan. Hay que seguir en esta labor, como en tantas otras que afectan a la existencia misma de la comunidad nacional.

La extensión universitaria, es decir, la idea de que la Universidad debe extender su labor más allá del pequeño mundo dentro del cual habitualmente desarrolla su acción, la idea de que la Universidad debe salir de los claustros y tomar contacto con el mundo exterior, fuera de los límites estrictamente académicos, está íntimamente unida a la reforma universitaria de 1918. Me ha preocupado mucho, como uno de los tantos fenómenos típicos de la vida argentina, averiguar qué relación puede haber existido entre la aparición de esta inquietud en la juventud universitaria de esa época y el ambiente intelectual y espiritual del país en ese momento. Y me ha interesado pensar en ella porque he llegado a conocer a esa primera generación de la reforma universitaria, y pienso en Ripa Alberdi y en Deodoro Roca, y me pregunto cómo podía coexistir ese inequívoco sentimiento de aristocracia intelectual que caracterizó a esa primera generación, con este sentimiento de simpatía por lo popular, que fue evidente en la primera versión de la Reforma Universitaria. Hubo, sin duda, no sólo una gran generosidad de espíritu en aquellos jóvenes, sino también circunstancias objetivas que justificaron la aparición de esa inquietud. Si algo llamó la atención de los jóvenes de entonces, fue ese aspecto caduco que tenía la Universidad argentina, ese aspecto esclerosado que le deben las viejas academias, ese aspecto de desconexión con la vida del país que era característico de la Universidad de entonces. Eran universidades que no sólo estaban encerradas dentro de estrechos límites académicos, sino que estaban encerradas también dentro de estrechos límites sociales, por lo que llamaríamos la élite académica, que coincidía con la élite social. De modo que el espectáculo mismo de la Universidad estaba induciendo a preguntarse si aquello podía seguir así, y si los cambios sociales y políticos que por entonces comenzaban a producirse en el país podían soportar el mantenimiento de una Universidad que hacía gala de su capacidad de aislamiento y de ignorancia respecto de lo que ocurría en el mundo. No sólo acababan de producirse en el país hechos funda-mentales, sino que estaban ocurriendo en el mundo entero; se había producido la primera guerra, la Revolución Rusa, los primeros fenómenos que siguieron a la guerra, creando todo ello, en 1918, 1919 y 1920, un clima de turbulencia que sirvió para descubrir en cada una de las sociedades la existencia de problemas sociales. Y estas generaciones que descubrían una Universidad caracterizada, precisamente, por su incapacidad para comunicarse con el mundo social, comprendieron que comenzaba un período de transformaciones que requerían que todos los sectores de la comunidad nacional entraran en estrecho contacto para comenzar un nuevo modo de vida.

Y entonces pareció que era el momento de adoptar una nueva actitud universitaria. Muy poco tiempo después apareció el famoso tema de la identificación de “obreros y estudiantes”, y es sabido que fue típico de algunas universidades la casi obligatoria implantación del “overall” como prenda representativa del estudiante universitario.

Este sentimiento, cualquiera fuera el alcance que pudiera tener, cualquiera fuera la mella que hubiera hecho en las circunstancias de la vida nacional y mundial, determinó un singular estado de ánimo; hubo una especie de viraje de una institución que acostumbraba solamente a contemplarse a sí misma hacia la contemplación de otros problemas, viraje que estaba evidenciando que tenía escondidas en su seno las raíces de un profundo drama, y así comenzó esta preocupación por los problemas sociales, suscitada por circunstancias del momento nacional y circunstancias del momento mundial, desencadenadas por un estado de espíritu de la época, que cuajó en la vida universitaria argentina, como también en el ámbito extrauniversitario, por razones que además contribuían en forma vehemente a que no pudiera dejar de contemplarse la peculiaridad del ambiente social argentino. Esto indujo a muchos universitarios a considerar como una obligación de la Universidad la de dirigirse hacia él.

Si algo caracteriza al medio social argentino es su heterogeneidad, la coexistencia de grupos que tienen un carácter singular, pero que coexisten de tal manera que la comunicación entre ellos es sumamente difícil. Nuestro país se caracteriza por la incomunicación. No conocemos castas, no conocemos principios inquebrantables de cla-se y, sin embargo, la fuerza de los hechos, la peculiaridad del proceso de formación de nuestra sociedad es tal, que se han creado en su seno diversas capas que parecen tener una irreductible independencia. Tal es la peculiaridad de la vida argentina. Nuestra falta de comunicación, nuestra falta de articulación social, nos ha llevado a la imposibilidad de contar con corrientes de opinión que se formen de una manera rápida y coherente a través de los estratos sociales, que tengan la posibilidad de comunicarse. Si la expresión pudiera no parecer exagerada, yo diría que contamos con un país que tiene una sociedad, pero que carece de una comunidad. Tenemos que construirla: constituye uno de los esfuerzos más importantes de los grupos lúcidos y responsables, el de contribuir a la creación de las condiciones de existencia de la comunidad nacional, de una comunidad que se reconozca a sí misma, integrada por todos los grupos que la forman.

Naturalmente, esta tarea no está encomendada a nadie específicamente. Si se nos preguntase quién ha hecho esta tarea en otras partes, yo diría que nadie; y si insistieran en la pregunta, respondería que el tiempo. La comunidad nacional británica, la comunidad nacional francesa, ¿quién las ha hecho sino el tiempo? Pero, como tenemos ahora sobre los problemas sociales una actitud crítica y reflexiva, como los contemplamos tratando de sumergirnos en sus profundidades para descubrir el proceso que los guía, nos es imposible quedamos inactivos. No podemos asistir pasivamente a un lento proceso como el que se realizó en los países europeos durante la Edad Media, en los que a través de los siglos, por decantación y tras reiterados fracasos, se llevó a cabo el proceso de aglutinación social, constituyéndose poco a poco el ser nacional, lo que los románticos llamaron el “espíritu del pueblo”. El mundo marcha demasiado aprisa para que sigamos en inferioridad de condiciones en este sentido; no tenemos tiempo para esperar que este país termine por resolver solo sus problemas: hay que salir a su encuentro. Yo diría que la historia argentina consiste en un vasto y terrible esfuerzo para salir al encuentro de esa lentitud en la formación de la Nación. La generación del 37 se planteó este problema. Echeverría, Sarmiento, Mitre, tenían otro apremio que el de terminar una vez por todas de constituir un país. Nosotros estamos urgidos por el mismo pensamiento: hay que acelerar el proceso de constitución del país; pero para ello no es posible operar sobre la superficie de la vida nacional, sino que es imprescindible actuar sobre su profundidad, que es la vida social; y es necesario modificarla, porque en la medida en que lo hagamos iremos hacia la conquista de un estilo. Yo considero un rasgo de extraordinaria originalidad de la vida social y espiritual de nuestro país la manera como ha respondido a un reto de la realidad resolviendo que sea la Universidad la responsable de trabajar en esta tarea que no le estaba específicamente asignada a nadie y que, sin embargo, la realidad requería de manera urgente. Había y hay que trabajar en la transformación de una sociedad que requiere homogeneidad, que requiere articulación de sus grupos, que requiere comunicación interna, que necesita finalmente adquirir su propio estilo de vida y de cultura. Esta labor estaba a merced del que quisiera hacerse cargo de la misma, y resultó que, intempestivamente, un grupo particularmente capacitado para ello asumió un día la responsabilidad de cumplirla, movido acaso por cierto sentido ético que había y hay subyacente en el fondo de esta preocupación de la Universidad por los problemas sociales. Es bien sabido que nuestros universitarios se reclutan generalmente en las clases medias y sólo muy escasamente en las clases proletarias, y suele llamarse “sentimiento ético” a esta especie de imperativo de volverse hacia los grupos no privilegiados, en un afán de incidir sobre ellos, en una tarea de interés nacional y colectivo, que comprende a toda la comunidad y que se ha de comenzar por cumplir en alguna parte. La Universidad no tiene, naturalmente, la obligación de hacerlo; si se habla en términos estrictos de funciones sociales de la Universidad, yo me atrevería a aceptar que la enseñanza y la investigación son funciones sociales indiscutibles y que, en cierto sentido abstracto, la Universidad cumple con esa función social en la medida en que lleva a cabo estas labores, pero sólo en un sentido abstracto, y la Universidad, desgraciadamente, no puede conformarse con ser una abstracción. Casi todos sus males residen, precisamente, en haberse creído esto; pero la Universidad es hija de su medio y de su tiempo; no existe una Universidad tipo, no existe nada más que en cierta “élite” social e intelectual. Puede hablarse de ideas generales acerca de lo que es la Universidad, pero es sabido que Bolonia se diferencia bastante de Harvard, y hay, por supuesto, una estructura diferente en cada Universidad en relación con su contorno social.

Nuestra Universidad, fundada en Córdoba, fue influida por el pensamiento de la Ilustración e inmediatamente entró en la vía del profesionalismo, tal como ocurrió en toda Europa en el siglo XIX y desde entonces ha sido nada más que eso. Desgraciadamente por circunstancias propias, ha perdido eficacia inclusive en lo puramente profesional; pero, entretanto, el profesional sabe que hay otras cosas en el mundo, y que su actividad profesional no va a estar limitada al mero ejercicio de su profesión. Por una serie de azares —muy felices por cierto— le ha correspondido a la Universidad creerse depositaria del cumplimiento de una difícil misión que en todas partes es importante, pero que en un mundo social como el nuestro es decisiva. Le ha correspondido a la Universidad la misión de contribuir al logro de la homogeneidad de la sociedad, al logro de la aceleración del proceso de articulación entre los grupos de la sociedad argentina. La Universidad ha comenzado a hacer esta tarea, equivocándose muchas veces, seguramente, pero la ha tomado como una actividad propia de la Universidad de estos tiempos, una labor que trasciende lo puramente académico; pero da la casualidad de que es tan rica en posibilidades, que esa tarea tiene un valor educativo, y a poco que se vean los efectos de esta labor, se descubre que constituye una misión que parecería haber sido hecha a propósito para la Universidad. Y así creo yo, que se ha manifestado una especie de sabia armonía entre las exigencias del ambiente, entre las respuestas de la Universidad y entre ciertas ideas y convenciones que parecen prevalecer en la vida argentina, todo lo cual le crea a la Universidad una posibilidad de acción que hace cuarenta o cincuenta años era insospechada, que en otras universidades de otros países no se sospecha, acaso porque allí hay otros grupos u otras instituciones que cumplen la tarea que aquí ha asumido la Universidad. Yo diría que en la medida en que la Universidad trascienda de sus claustros y tome contacto con la sociedad, puede promover su transformación, en mayor o menor escala, en una medida que interesa sustancialmente a la comunidad nacional. De la misma manera puede decirse que los problemas de la cultura nacional no ha de encontrarlos la Universidad interesándose en sí misma, sino que debe encontrarlos fuera de ella. Debemos tener en cuenta que la peculiaridad del proceso social no le da a los problemas de la cultura argentina la típica fisonomía que tienen los problemas de la cultura en Europa. De modo que, como nuestra formación intelectual es europea, solemos descubrir que el tema de nuestros estudios de la realidad nacional carece de los rasgos que lo harían valioso como para que nosotros le hiciéramos el honor de ocuparnos de él. Empero, los problemas de la vida argentina deben ser tomados como son y donde se encuentran, con las características que tengan, con los rasgos que interesan, y hay que ejercitar el análisis para comprenderlos en su peculiar esencia.

Parecería que se requiere un estilo nuevo de vida universitaria. Ese estilo nuevo tiene un sentido más amplio y abierto que el tradicional, y la labor más difícil que pueda exigirse a la Universidad es tomar conciencia de sí misma y de sus peculiaridades; este afán de la Universidad latinoamericana de trascender me parece acaso la actitud más inteligente, fresca y vital. Esta tarea es la que ha emprendido esta modesta organización, que ha surgido en todas las universidades argentinas con el nombre de “extensión universitaria”. Es bueno recordar que en algunas universidades, como la del Litoral, por ejemplo, se trabaja desde hace tiempo y se han hecho muchas experiencias en este sentido. Tal vez estas jornadas sean la ocasión propicia de sopesar los resultados obtenidos en las experiencias realizadas.

Querría que, como saldo de esta exposición, quedara grabado en el espíritu de todos los que trabajan en esta actividad, el convencimiento de que no están haciendo nada superfluo y que están trabajando en una tarea más importante de lo que a primera vista parece. Acaso resida en ustedes la posibilidad más fértil de renovación de la Universidad argentina; acaso resida en esta tarea una de las posibilidades de integrar la comunidad nacional. Si se logra algún resultado en esta labor, se habrá hecho mucho, tanto, al menos, como con la labor académica. Guardémonos de desdeñar la actividad académica, pero no debemos creer tanto en ella como para suponer que debe privarnos de enfrentarnos con las formas inmediatas de la realidad. Son dos maneras de actuar de la Universidad: una es tradicional y goza de respeto; la otra es muy joven y parece una aventura intrascendente o un pasatiempo secundario. Yo quiero contribuir a que cada uno de ustedes vuelva convencido de que trabaja en una actividad que merece el más alto respeto, que está movida por altísimos fines y que tiene en el desarrollo de la vida y de la cultura argentina un papel decisivo.

Para recuperar la universidad. 1976

La cuestión universitaria —esto es, cómo recuperar la Universidad que el país necesita— está en la mente de todos los que tienen o han tenido que ver con ella: los profesores, los ex profesores y los estudiantes, los graduados ya en el ejercicio de sus profesiones, los investigadores, los estudiosos. Pero también está en la mente de todos los que están interesados en el problema de la cultura nacional y de todos los que conocen cuánto importan la correcta orientación y el buen funcionamiento de la Universidad para el desarrollo del país y para su futuro. Todos coinciden en que la Universidad no puede desenvolverse en el caos ni puede arrastrarse en un letargo que sólo asegure el módico cumplimiento de sus tareas primarias. Más acá de la irresponsable audacia de algunos y más allá de los oprimentes terrores de otros, un vago consenso de muchos de los que están preocupados simultáneamente por la Universidad y por el país parece expresarse en un anhelo de que se encuentre la óptima vía media para que pueda cumplirse en la Argentina la “misión de la Universidad”, como llamó Ortega en lúcido ensayo al conjunto de sus funciones.

La cuestión, siempre difícil, se plantea ahora en la Argentina en un momento excepcionalmente duro de su historia. Los argentinos vivimos una dramática experiencia que pone al descubierto cada día, junto a lo que sabíamos de nosotros mismos, otras muchas cosas que ignorábamos. Hemos aprendido mucho acerca de nuestra grandeza y de nuestras miserias, de nuestra capacidad de odio y de estéril violencia y de nuestra capacidad de amor y constructiva creación, de lo que en nosotros hunde sus raíces en oscuros resentimientos y de lo que se nutre de nobles esperanzas. Ha sido, y sigue siendo, un aprendizaje doloroso. Parecería como si la conciencia argentina hubiera perdido su inocencia y hubiese descubierto que está desnuda. El momento es oscuro y obliga a los espíritus reflexivos a ahondar en sus problemas sin perder de vista las experiencias que han vivido y las que viven cada día a lo largo de un proceso aún abierto que oculta muchas incógnitas. El análisis, la reflexión y el diálogo entre los que no quieren estar al vaivén de las cosas son obligaciones insoslayables de quienes quieren conducirlas con la mirada puesta en el largo futuro del país.

Sin duda la cuestión universitaria constituye un problema inmediato y de corto plazo. Como otros muchos que nos inquietan a todos, requiere ser analizado en el contexto de las situaciones que plantean las formas de convivencia nacional que se han ido estableciendo en los últimos decenios, cuyo último tramo son las que predominan hoy. Por muchos prejuicios que operen en la consideración de lo que ha ocurrido y ocurre en la Universidad, nadie podrá dejar de reconocer que nada en ello ha sido esencialmente diferente de lo que ha ocurrido en otros sectores de la vida nacional. Y si hay algo distinto, es porque se trata de uno de los puntos más sensibles de la sociedad y, en consecuencia, allí donde se manifiestan precozmente y de manera más aguda ciertos fenómenos que aún se gestan en otros sectores pero que se manifestarán más tarde con diversas apariencias. La Universidad, puesto que es, quiérase o no, el lugar donde se forman las
élites
, constituye un espejo de la sociedad que no debe perderse de vista por razones que exceden considerablemente los problemas estrictamente universitarios.

Para quien, como yo, está alejado hace muchos años de la vida universitaria activa y sólo tiene de sus últimas peripecias una información ocasional e indirecta, es muy difícil todavía arriesgar un diagnóstico de lo que ha pasado que se funde en un conocimiento cierto y profundo. Es peligroso dejarse seducir por las meras anécdotas, aunque algunas puedan ser significativas y reveladoras; pero todo hace pensar que hay causas profundas de la actual situación universitaria que habrá que escrutar cuidadosamente si se quiere hacer del proceso una historia clínica que permita formular un diagnóstico seguro.

Puede admitirse, sin embargo, como regla metodológica, que lo que le ha ocurrido a la Universidad no puede ser separado de lo que le ha ocurrido al país. En consecuencia, las soluciones inmediatas y de corto plazo de la cuestión universitaria no pueden pensarse de manera abstracta sino en relación con la contingencia que vive el país. Ocuparse, pues, de ellas sería introducir aquí un análisis político que no me corresponde en esta circunstancia y en este lugar. Para analizar las medidas que corresponden para enfrentar la cuestión universitaria y ponerla en el camino de una solución se requiere un conocimiento pormenorizado de las fuerzas en juego —que ahora no poseo, aunque lo he tenido en otro tiempo—, así como de los objetivos y las estrategias que caracterizan a cada una de ellas. Sólo a los que han seguido paso a paso el proceso universitario en los últimos años y cuentan hoy con la información necesaria les será posible medir y pesar en cada caso la oportunidad y la eficacia de una determinada política de coyuntura.

Pero si no me siento capaz de diagnosticar con seguridad y con responsabilidad el proceso que ha desembocado en la actual situación universitaria ni de proponer las medidas inmediatas y de corto plazo para modificarla en un sentido favorable a los intereses del país y de la cultura nacional, sí creo poder opinar sobre la relación indispensable que debe haber entre la política universitaria de corto plazo y la de largo plazo, porque sobre esta última he pensado y pienso constantemente en la medida en que me siento comprometido con el destino de nuestra cultura.

Creo que debe ser regla de oro de la política universitaria de corto plazo el no comprometer el futuro. Ya se ha destruido demasiado de lo que construyeron muchas generaciones en la Universidad argentina para que se destruya más. Tan difíciles como sean las circunstancias actuales, la política de corto plazo no tiene que cerrar, ni estrechar siquiera, el camino para la recuperación de la Universidad que, sin duda, sólo podrá emprenderse en un clima de convivencia civilizada. Esto significa que no puede tolerarse la violencia, ni el sectarismo ni el caos; pero tampoco puede establecerse el principio de que el orden requiere la limitación de la libertad de pensamiento y de expresión. Esto es, a mi juicio, lo más importante. No habrá Universidad en medio del caos, pero tampoco la habrá en medio del temor y de la autocensura suscitada por el temor.

En mi opinión, en esta simple fórmula queda encerrado el meollo de la cuestión universitaria propiamente dicha. Tanto el tema de la autonomía de la Universidad como el de la libertad académica están inscriptos en ella. La Universidad es, por definición, un ámbito de libertad. Alguna vez, para justificar cierta política, se dijo que la Universidad no podía ser una isla dentro del país. Y, sin embargo, la Universidad tiene algo de isla y no es casual que naciera en la Edad Media con fueros propios. No se trata de privilegios personales, pero sí de reconocerle un clima de libertad sin la que no puede existir. Esa existencia sólo se justifica porque se elaboran en ella ideas y conocimientos nuevos que se suman a los existentes, aunque introduzcan matices o direcciones inéditas. Pero ni las ideas ni los conocimientos nuevos pueden constituirse si no es al calor de una intensa y multiforme actividad intelectual que tiene que contar con un amplio margen de libertad y de tolerancia para su presunta heterodoxia. El caso es claro: si no se admite más que lo que ya está admitido ¿de qué manera se podría trabajar en la conquista de lo que todavía es ignorado?

La libertad de pensamiento y de expresión es algo que concierne a los hombres. Luego, es a hombres concretos, a éste o a aquél, a quienes debe reconocérselas. Nada comprometerá tanto el futuro de la Universidad como una política de corto plazo que discrimine injustamente los buenos y los malos según criterios ocasionales o, eventualmente, según prejuicios injustificables. Pero no se trata sólo de la libertad para pensar y expresar ideas en el campo de la especulación y el conocimiento. La regla vale también para las ideas sobre cuestiones de orden general, porque nadie puede establecer a priori los límites entre unas y otras. El uso de la cátedra para la propaganda sectaria es inaceptable e inmoral. Pero hay que apelar a la responsabilidad de cada uno, porque no se ha encontrado hasta ahora otro recurso que el de la censura previa, no menos inaceptable en la actividad universitaria. No habrá nunca Universidad si se suceden las generaciones acostumbradas al cercenamiento de la libertad de pensar, a la sanción punitiva del pensamiento libre, al reconocimiento de ortodoxias permitidas y heterodoxias condenadas.

Que la libertad de pensamiento tiene riesgos es tan cierto como que los tiene toda forma de libertad. Pero el caso de la Universidad es extremo, y no puede imaginarse sin ella. Es su ley interna. Conservarla es y debe ser el objetivo primero de toda política universitaria de largo plazo. Luego hay otros problemas, pero ninguno es esencial ni permanente. La forma del gobierno universitario, la participación de los claustros y su alcance, el papel que debe corresponder a los estudiantes, el sistema de ingreso a la Universidad, son todos temas importantes y en ocasiones candentes, pero todos tienen más implicaciones sociales y políticas que estrictamente universitarias. Dentro de ese contexto deben ser considerados. Si la Reforma Universitaria fue una creación argentina de cierto momento, es porque la situación requería una respuesta de ese estilo —social y política— acorde con los cambios que la inmigración había producido en la estructura social argentina y con la transformación política sustancial que había significado la llegada del radicalismo al poder. Ciertamente, la Reforma tuvo también otros objetivos, pero los fundamentales se relacionaban con la llegada de la clase media al poder y a la Universidad. De acuerdo con los principios de la Reforma deben ser consideradas las soluciones a esos problemas, porque, en mi opinión, siguen siendo válidos puesto que aquellos procesos sociales y políticos han continuado y, más aún, se han acentuado. Pero no quiero sostener dogmáticamente los principios de la Reforma. Pueden discutirse y aún rechazar su letra. Pero no se puede rechazar su metodología en cuanto enseña a distinguir en los problemas universitarios aquellos que nacen de la situación predominante en la sociedad donde la Universidad se aloja. Cosa distinta es la libertad de pensamiento y expresión, que no sólo debe analizarse en el contexto social y político sino, sobre todo, en el de las insoslayables exigencias de la creación intelectual.

Universidad y democracia. 1946

Ciudadanos: Un partido político de firme tradición democrática y proletaria nos ha convocado a esta asamblea porque considera un inexcusable deber moral señalar a la ciudadanía la deuda de gratitud que con la Universidad ha contraído. Democrático y proletario, el Partido Socialista tributa un homenaje doblemente significativo. Es en primer lugar, prueba acabada de que no considera que la Universidad esté apartada en modo alguno de las masas trabajadoras, porque ha visto a sus hombres confundidos de mucho tiempo atrás —no desde ayer— en la lucha por la redención de los humildes. Es, en segundo término, clara comprobación del respeto que se han granjeado los universitarios por su decidida defensa de las instituciones, en virtud de la cual está desde ahora la Universidad argentina atada indisolublemente al destino de la causa de la democracia.

La Universidad y la vida pública

A esta actitud ha llegado tras un proceso que comenzó hace un cuarto de siglo. Fue la Reforma Universitaria del año ’18 la que infundió a la Universidad el ímpetu renovador que la arrancó de su culpable indiferencia frente a los problemas del país. Desde entonces, ningún auténtico universitario pudo creer que cumplía sus deberes —la totalidad de sus deberes— si se mantenía al margen de las inquietudes sociales y políticas que conmovían a la nación. Acaso algunos siguieron creyéndolo por algún tiempo. Pero, poco a poco fue despertando su conciencia política, y el número de los convencidos de la trascendental misión de la Universidad en la vida pública ha crecido como para permitir esta unanimidad que ha revelado en las duras jornadas de los últimos tiempos.

Un cuarto de siglo ha transcurrido desde que esa transformación se iniciara, y hoy ha demostrado la Universidad que el espíritu democrático se ha hecho carne en ella, compenetrada de que es del pueblo y para el pueblo. Ante los ojos del país, ha cumplido con insobornable dignidad los mandatos de su fe democrática, en defensa de la conciencia republicana amenazada. Dos veces ha triunfado de las fuerzas oscuras que quisieron aniquilarla demoliendo sucesiva-mente su espíritu y su cuerpo. Triunfó una vez, cuando se lanzaron sobre ella los solapados enemigos de la libertad de pensamiento, pretendiendo restaurar en sus claustros la vigencia de una doctrina superada hace cinco siglos, mezclada, ciertamente, con las modernas y nefastas ideologías totalitarias. Pero el espíritu republicano y democrático velaba vigilante, y reaccionó contra ese intento regresivo, cumplido al amparo de una organización inquisitorial. La Universidad demostró acabadamente su repudio a los que querían escolastizarla y nazificarla, y volvió —tonificado su espíritu— a recobrar su régimen normal. El clamor democrático resonó entonces más enérgico todavía en los claustros antaño silenciosos, y bien pronto la misma aspiración galvanizó en compacta masa a todos sus miembros: rectores, profesores y estudiantes. A una voz, con el vigor que presta a las conciencias libres la certeza de que las impulsa la justicia, la Universidad señaló a la ciudadanía el camino de sus reivindicaciones. Y cuando se respondió con la violencia a sus clamores, triunfó otra vez en la simbólica defensa de sus muros, oponiendo a la fuerza una indomable energía moral y el intrépido valor de los cuerpos inermes.

La Universidad en el puesto de combate

Nadie podrá negar —y así lo prueba este homenaje de un partido político democrático y proletario— que la Universidad ha conquistado un lugar de honor en las filas de la ciudadanía argentina.

Nadie podrá negarlo, nadie, fuera de aquellos a quienes atemoricen los resplandores de la luz, fuera de aquellos que requieren las sombras para disimular su siniestra y amenazadora catadura. La Universidad no podrá abandonar ya más el puesto de combate que con su conducta ha conquistado, que es un puesto de honor y sacrificio, como cumple a los buenos.

Pero acaso convenga reflexionar serenamente sobre el sentido y el alcance de esa militancia. Como cuerpo, la Universidad debe probar que está al servicio del país y de su pueblo haciéndose cargo del estudio de los graves problemas que exigen solución, para que no haya lugar a las fáciles improvisaciones y evitar de ese modo la renovada irrupción de salvadores de la patria. Esa labor de estudio de nuestra realidad y sus problemas es propia de la Universidad, que no está por encima del pueblo, sino arraigada en el pueblo mismo. Pero debe probar también que está al servicio del país y de su pueblo orientando la formación del ciudadano como tal, deber supremo de una educación republicana, para que respete y haga respetar las instituciones dentro de las cuales es lícito y posible alcanzar la satisfacción de los anhelos sociales y las aspiraciones económicas.

Esta misión de vigilancia institucional —que la Universidad ha cumplido con denuedo— está inequívocamente comprendida dentro de sus específicas funciones sociales. Pero juzgo importante decir aquí que la misión estrictamente política en una democracia es función específica de los partidos políticos, y que estoy convencido de que es obligación perentoria de los universitarios en cuanto ciudadanos, allegar su esfuerzo a los que luchan por la causa de la de-mocracia y la libertad. Por obra de un escepticismo que nos ha carcomido y que nos condujo donde nos hallamos, los universitarios -como otros grupos del cuerpo social- han creído durante mucho tiempo que no era propio de ellos actuar en las luchas políticas: funesto error que hay que combatir con energía para no volver a recorrer caminos cuyo polvo se divisa todavía a nuestras espaldas. Una democracia, ciudadanos, no tolera los apolíticos, porque no nos es dado delegar en nadie nuestros irrenunciables derechos a intervenir en los asuntos públicos. Y sólo por la culpable indiferencia de la ciudadanía ha sido posible que, en un país profundamente democrático como lo es el nuestro, proliferaran los admiradores —y los imitadores— de Mussolini y Hitler.

La actual contienda cívica

En los últimos tiempos, la Argentina ha alcanzado un altísimo nivel de politización. Hombres y mujeres, obreros y estudiantes profesionales e industriales, nadie está hoy ausente en la lucha cívica que conmueve al país. Si esta movilización de la ciudadanía, iniciada lentamente después de la revolución del 6 de septiembre, se hubiera desarrollado con más intenso ritmo, otra hubiera sido nuestra suerte durante este amargo período de la historia de la República. ¿Es que, acaso, queremos los argentinos delegar en un esperado su-perhombre la conducción de nuestro destino nacional? No, ciudadanos. No lo hemos querido jamás, ni lo quisieron los auténticos hombres superiores que hemos tenido en el pasado. Pero no empecemos nosotros por ceder lo que por derecho nos corresponde.

No nos aferremos a la fácil excusa de que no nos satisfacen los partidos que luchan en nuestra escena política. Si no son mejores es porque no es mejor nuestra realidad social y porque carecen del aporte de muchos esclarecidos ciudadanos que escatiman su colaboración. Los partidos no son creaciones arbitrarias, sino reflejo de la sociedad en que se constituyen. No nos aferremos tampoco a la idea de que la lucha política es una actividad incompatible con nuestro temperamento, porque son muchas las formas de la militancia, y porque todos, activa o pasivamente, participamos en ella, aunque no sea más que para ofrecer la cerviz al yugo cuando se tolera mansamente el encumbramiento de los déspotas.

En circunstancias memorables, el más ilustre filósofo argentino, Alejandro Korn, angustiado por la ola de reacción que se levantaba sobre el país después de la revolución de 1930, quiso sumar su esfuerzo, con juvenil resolución, en las filas del Partido Socialista. Otros, antes que él, y algunos de los cuales nos acompañan esta noche, juzgaron indivisible —como él— la función universitaria y la función ciudadana. Urge a los argentinos reflexionar sobre estos ejemplos.

La Universidad, ciudadanos, no ha ofrecido mejoras de salarios, es innegable, porque no es misión suya otorgarlas. Pero la Universidad ha trabajado en la elaboración de las ideas que han permitido un día hablar de las reivindicaciones económicas y sociales sin que nadie se atreva ya a negar su justicia. Esta es la misión de la Universidad en este campo y la ha cumplido y seguirá cumpliéndola porque la anima la más decidida convicción.

Otra, sin embargo, es la misión de sus hombres, cuya militancia política asegurara la cristalización de aquellas ideas sin la mezquina exigencia de la enajenación del voto y dentro del más profundo respeto a las normas jurídicas que aseguran el primado de la democracia y la perdurabilidad del progreso social. Médicos, filósofos, abogados, químicos, historiadores, arquitectos, matemáticos, todos son necesarios para lograr estos ideales que hoy esperan, porque los esperan la justicia social, el orden democrático, la felicidad de la nación y de su pueblo.

Ciudadanos: un fantasma recorre la tierra libérrima en que nacieron Echeverría y Alberdi, Rivadavia y Sarmiento: el fantasma fatídico que se levanta de las tumbas apenas cerradas de Mussolini y Hitler. Sólo la movilización de la ciudadanía puede disiparlo, y el Partido Socialista, que está empeñado en esa lucha, saluda a la Universidad por su conducta heroica y convoca a sus hombres para cubrir sus filas.

Unidos y resueltos, para la reconstrucción de una auténtica justicia social, para la reconstrucción de una auténtica democracia.

Defensa de la Universidad. 1956

Como era previsible, el simple anuncio de que serán autorizadas las universidades privadas con capacidad para extender diplomas y tí¬tulos ha despertado una viva polémica entre partidarios y detracto¬res de tal iniciativa. El problema no es nuevo y, en consecuencia, la rica y variada argumentación que se esgrime en uno y otro sentido se limita a reiterar conceptos que han sido fundados y desarrollados una y otra vez desde hace mucho tiempo. No es mi propósito abun¬dar en la defensa de una de las posiciones, pero creo impostergable llamar la atención sobre un aspecto del problema que debe preocu¬par a aquellos a quienes inquieta el sino de nuestra cultura y de nuestra Universidad.

Sería pueril ignorar los sobreentendidos que entraña tal polé¬mica, y sería peligroso dejarnos cazar inadvertidamente en la tram¬pa de un problema cuyas últimas consecuencias conducen muy le¬jos y suscitan cuestiones fundamentales que pueden comprometer las bases de la convivencia nacional. Que el problema sea desenca¬denado, pero que se desencadene midiendo escrupulosamente la in¬tensidad de los vendavales que han de sobrevenir. No nos faltan puntos de referencia. Tenemos a la vista los debates que se desarro¬llaron en la década de los treinta y —más próximas— las experien¬cias sufridas en el ámbito de la educación durante el período de la dictadura; es bien sabido que fue entonces cuando se desvirtuaron los sabios principios de la ley 1420 y cuando aparecieron en todos los órdenes de la enseñanza los intentos de imponer determinada orien¬tación doctrinaria. El problema de lo que ahora se llama enseñanza libre es exactamente igual a lo que en otros tiempos fue conocido co¬mo problema de la enseñanza religiosa; y a nadie se le oculta a qué extremos de beligerancia puede conducir el plantearlo.

Ciertas responsabilidades que ahora gravitan sobre mi ánimo me mueven a preguntarme si es este el momento adecuado para sus¬citar tan grave cuestión. Es a todas luces evidente que el problema no apremia —a menos que se espere obtener alguna ventaja con la premura— y más evidente es todavía que no es de fácil solución. En nuestro país y en las circunstancias por que atravesamos es inevitable que se exijan responsabilidades y se justiprecien ciertos intentos, de manera que la discusión tiene muchas probabilidades de terminar en agria polémica y en odiosos antagonismos. Cabe entonces preguntarse si es esta la ocasión oportuna para plantear el problema.

Todo hace presumir que, en efecto, la polémica concluirá por separar los espíritus. No ignoro que tal situación tiene algo de inevi¬table; pero si pienso concretamente en los deberes que hoy tenemos frente a la Universidad argentina, me inclino a juzgar que todo in¬tento de acelerar ese proceso tiene algo de maléfico y conspira con¬tra la exigencia primaria de rehabilitar nuestra enseñanza superior.

Todo aquel que tenga algún contacto con las universidades argentinas —y sin duda lo tienen quienes se proponen dedicar sus esfuerzos a las proyectadas universidades privadas— ha podido apreciar en alguna medida la situación en que se hallan. Locales, instrumental, organización, planes de estudio, cuerpo docente, re¬cursos, nivel científico, todo presenta un déficit lamentable en rela¬ción con las exigencias mínimas. Los males son de vieja data, pero es notorio que se han agravado considerablemente durante los doce úl-timos años, y caben las mayores responsabilidades a los que durante esa época han gobernado las universidades y han enseñado en ellas. Hoy debemos afrontar la tarea de hacerlas nuevamente útiles, y la pri¬mera y más triste sorpresa con que nos hallamos es que el país no ofrece recursos humanos y materiales suficientes como para alcanzar esa finalidad. ¿Es justo, es oportuno sustraer esfuerzos a esta tarea?

La Universidad argentina debe adecuarse a la realidad social argentina, cuya conformación ha variado considerablemente en los últimos tiempos, y en buena parte a causa de ciertos fenómenos que están vinculados a la dictadura, pero que pertenecen a la peculiar evolución del país. Todo retorno —sea a la Universidad de 1943, sea a la de 1930 o a la de 1923— es inútil y absurdo, y a la larga el esfuerzo que hiciéramos para lograrlo resultaría estéril. Es necesario, pues, hacerse cargo de todo lo que en el país se ha transformado desde 1930 y tenerlo presente para que la Universidad no defraude sus necesidades y sus exigencias. Para un país que ha crecido, que ha modificado su estructura social, que ha removido ciertos valores tradicionales y que ha sufrido, no lo olvidemos, la extraña seducción del fascismo, es necesario hacer una Universidad profundamente renovada y socialmente eficaz. Si uno de sus objetivos fundamentales debe ser alcanzar el más alto nivel científico, otro no menos importante debe ser dotarla de la sensibilidad suficiente como para que sir¬va al desarrollo social del país formando minorías que no persigan privilegios y que estén animadas por la convicción de sus deberes frente a la sociedad.

Si este planteo es exacto, si tales son los esfuerzos que requiere hoy la Universidad argentina, parece obvio inferir que no es esta la hora de iniciar una secesión en el ámbito universitario. Como en otros órdenes de la vida nacional, el momento es de colaboración en la obra común, no de retracción displicente. La Universidad, la Universidad que vimos declinar con dolor y que nos comprometimos tá¬citamente a defender y restaurar, es la Universidad del Estado, la vie¬ja Universidad a cuya historia están unidos los nombres de Trejo, de Rivadavia, de González, de Avellaneda y de tantos otros. Esa Univer¬sidad es de todos y será de todos, y constituye un patrimonio común. Esa es la que requiere ahora el esfuerzo conjunto y solidario de cuan¬tos se preocupan por el destino de nuestra enseñanza superior. Lue¬go habrá tiempo de que los disidentes se agrupen en selectas univer¬sidades privadas; pero ahora que la Universidad ha vuelto a ser de todos —de todos los que son dignos y capaces—, sustraerse al esfuerzo común parece una deserción vituperable. ¿O es que hay quien piensa que la Universidad, que el país mismo, ya no puede salvarse, y que ha llegado la hora de que sólo se salven algunos elegidos?

La Universidad y su futuro.* 1955

El Poder Ejecutivo ha querido confiarme la ímproba labor de colaborar con el gobierno de la Revolución Libertadora en la misión de devolver a los claustros de la Universidad de Buenos Aires su dignidad y su libertad. Agradezco profundamente la confianza que el señor Ministro ha depositado en mí y declaro que no he de escatimar esfuerzos para justificarla y seguir mereciéndola. Si así no lo hiciera no sólo habría defraudado la fe de un hombre honesto, sino que habría defraudado también —lo que es más grave aún— una enorme esperanza del país entero, que aspira a salir de la oscura encrucijada en que se ha hallado, mediante el esfuerzo austero y tenaz de sus hijos.

Las palabras del señor Ministro de Educación han expresado acabadamente la clara, firme y serena posición del Poder Ejecutivo en relación con el problema universitario. La labor de la Intervención será breve, y su designio es devolver a la Universidad su autonomía tan pronto como sea posible. Pero antes de que llegue el momento de hacer efectiva esta promesa, es deber de la Intervención modificar su fisonomía para sustraerla a maléficas influencias que viciarían su gobierno futuro.

No quiero reiterar la descripción de los males que nos agobiaron en un pasado cuya turbia imagen aún perdura ante nuestros ojos. Nuestro pensamiento y la totalidad de nuestras energías deben dirigirse hacia el futuro, porque las circunstancias que nos han sido deparadas ofrecen la perspectiva de trabajar con sostenido afán y con fruto para construir una Universidad renovada, la Universidad a que han aspirado siempre las mejores inteligencias y los corazones más nobles.

La Universidad argentina —la auténtica Universidad argentina— cumplió en horas amargas para el país una misión que la historia no podrá olvidar. Se vio entonces a los que la amaban —hombres maduros unos, cargados de angustias y responsabilidades; jóvenes otros, henchidos de entusiasmo y heroica devoción— abandonar sus labores para defender como podían la libertad de sus conciencias. Hubo muertos y héroes. Y la llama encendida alcanzó tan puro y alto fuego que ha durado a través de los años y fue defendida de los vientos que pretendieron apagarla. Ahora está en nuestras manos, y nos toca avivarla en la atmósfera serena que nos rodea.

La Universidad no perderá nunca más su estrecha compenetración con la ciudadanía, y el vigor del pensamiento que en ella se elabore ha de tonificarse con la virilidad del espíritu republicano que anima a sus hijos, firmes en el desprecio de los que se comportan como metecos en su propia tierra. La personalidad es indisoluble y la Universidad debe enorgullecerse del ejemplo que ha dado su juventud insobornable en la defensa de los derechos de la ciudadanía. De esa madera se hacen también los hombres rectos y probos en el cumplimiento de sus deberes profesionales, y vigorosos en la defensa de sus ideas.

Tan breve como sea la tarea de la Intervención, es propósito de todos cuantos han aceptado colaborar en esta obra señalar una huella para el futuro, con la esperanza de que la sigan aquellos en cuyas manos se deposite luego el gobierno autónomo de la Universidad. Estamos persuadidos de que la Universidad debe ser la más alta expresión de la vida intelectual argentina, y ningún argumento ni circunstancia debe prevalecer contra el principio de que las cátedras deben ser servidas por los hombres más honestos y capacitados. La Universidad debe prestar su apoyo máximo a las labores de investigación y no debe desentenderse de ninguna de las funciones que le son propias.

Es absolutamente imprescindible que establezcamos en la Universidad un clima de austeridad, en el que sus estudiantes y sus profesores se fijen a sí mismos, por propia determinación y sin necesidad de coacciones externas, las normas más severas para el cumplimiento de sus deberes como investigadores, como docentes o como alumnos. La Universidad no es lugar apropiado para los ánimos indolentes ni para los espíritus superficiales.

Conducida democráticamente y por el esfuerzo mancomunado de profesores, egresados y estudiantes, la Universidad puede llegar a ser ese vigoroso centro de irradiación que siempre hemos anhelado, en el que se elabore la peculiaridad de nuestra cultura —sin triviales deformaciones nacionalistas— y en el que se preparen despaciosamente las soluciones que el país aguarda para sus problemas fundamentales. En sus aulas se formarán hombres honestos, ciudadanos dignos, profesionales eficientes e investigadores profundos; y en la comunicación recíproca florecerá la solidaridad de las generaciones, y se labrará amorosamente la filigrana del destino patrio.

Confío en obtener la colaboración de todos para la pesada tarea que me espera, y en especial la de los profesores que aúnan la dignidad y el saber. Nadie que advierta la gravedad de la hora en que vivimos será capaz de escatimar su esfuerzo, si en su fuero interno sobrepone los intereses del país y de la Universidad a los suyos propios. No es tiempo de exaltaciones verbales del patriotismo, sino de tesonera y generosa actividad en favor del país herido. El tiempo del desprecio ha pasado y ha comenzado el de la solidaridad.

Para un maestro, una escuela vale antes que nada por sus discípulos. Confío en los estudiantes de la Universidad de Buenos Aires, y estoy seguro de poseer la autoridad necesaria para hablarles como un maestro, con la alternativa inflexión de la severidad y del amor. Yo los espero en la tarea juvenil de la creación. Y estoy seguro de que llegarán disciplinados y tenaces, encendidos de fe en el futuro, apasionados por el bien público, libres, valientes y generosos. Yo los espero, y los espera esta noble tierra que los argentinos queremos conquistar día a día para la luz.