Esta elección y la otra. 1976

Todo hace pensar que pronto volveremos a encontrarnos en vísperas electorales. Y todo hace pensar que la anticipación de las fechas tiene como objeto aliviar la tremenda tensión que vive el país, obligándolo a pensar en el futuro para que se olvide del presente. No creo que se logre. Pero de todos modos muchos espíritus reflexivos asociarán la perspectiva de nuevas elecciones con el recuerdo de las últimas que ha vivido el país. Y parece útil evocar aquellas vísperas electorales del verano caliente que transcurrió entre los últimos meses de 1972 y los primeros de 1973.

¿Sería posible saber qué piensan hoy los siete millones de argentinos que contribuyeron a constituir la situación en que nos hallamos, en relación con lo que pensaron en aquel verano caliente? Ciertamente, hubo muchos que no pensaron y razonaron su decisión; y muchos más tradujeron sus opiniones y tendencias en frases hechas con valor de consignas. Sería un buen ejercicio de análisis político recordarlas y analizar qué contenido se ocultaba en ellas, qué valor mágico se les atribuía.

El verano caliente presenció manifestaciones exaltadas y oyó discusiones vehementes en las que adquirieron un significado irrevocable y mesiánico los llamados a la revolución, a la liberación, a la reconstrucción nacional. El verano caliente oyó hablar a unos de Argentina potencia y a otros de socialismo nacional. Oyó hablar de prodigiosas inversiones de capitales extranjeros y de implacables nacionalizaciones. Oyó hablar de comandos tecnológicos y de comandos de organización. Oyó hablar con respeto a viejos franquistas de los regímenes de Chile y Cuba. Se oyó comparar al conductor con Mao y al largo exilio con la larga marcha. Se oyó decir que nada importaban las contradicciones porque el conductor las resolvería todas, unas veces mediante alardes de ingenio y otras mediante actos de poder.

Cada uno de los que cifraron su esperanza en lo que sería el gobierno del pueblo dijo en aquel verano caliente lo que se le pasó por la cabeza imaginando que se iba a producir en el país un gran cambio. Cada uno pensó que se produciría según sus deseos; pero en lo que todos parecieron estar contestes fue en que se iba a producir gratuitamente y sin esfuerzo para nadie; que ninguno se opondría al proyecto del otro; que si llegara a oponerse sería fácilmente derrotado; que los que no querían ningún cambio aceptarían resignadamente cualquiera de los proyectos de los demás; en fin, que su proyecto era, en el fondo, el que prefería el conductor. La palabra «gorila» definió no solo al opositor recalcitrante sino también al que intentaba cuestionar el alegre optimismo de quienes ya veían consumado su propio proyecto. La palabra «gorilón», en cambio, definió simplemente al escéptico, que se resistía a participar en los homenajes rítmicos y delirantes que se tributaban a la palabra mágica que constituía el apellido del conductor. Fue un verdadero festival el que vivió el país durante ese verano caliente, a la espera del día de la resurrección de los vivos marginados, hasta entonces civilmente muertos.

Sería aleccionador para todos saber qué piensan los que compartieron esa alegre esperanza de «la patria boba», a la luz de lo que ha ido pasando en el desenfrenado y confuso proceso que empezó el 5 de mayo de 1973. No es fácil, porque muchos se han olvidado de todo. Pero quizá puedan sacarse algunas inferencias objetivas, no menos aleccionadoras, por cierto. El proceso sigue, y un llamado a elecciones propondrá, dentro de poco, opciones totalmente distintas de las que se plantearon hace tres años.

El foco de la polarización mayoritaria fue entonces, fundamentalmente, un sentimiento de carácter social: la reacción contra una estructura fundada en el privilegio que no ofrecía satisfacción para las expectativas de una sociedad muy móvil. La mayoría quiso un cambio, pero no de la estructura sino del sistema de participación. Solo algunos un poco avisados sugirieron que, para modificar el sistema de participación a esta altura del desarrollo socioeconómico argentino, habría que revisar la totalidad del sistema. Pero, más que decirlo, lo dejaron entrever, agregando a la lista de las consignas la de que habría que «modificar las estructuras». Y en el alegre festival nadie se ocupó de exigir precisiones. La rebeldía contra el privilegio consistía, en rigor, en una aspiración a compartirlo, pero nadie quiso pensar quién lo pagaría. El conductor, fiel expresión de ese estado de ánimo, dejó correr los equívocos, como la mayoría galvanizada alrededor de su nombre simbólico quería, en el fondo, que corriera. No se hubieran reunido siete millones de votos si se hubiera planteado el problema de cómo se iban a multiplicar los panes y los peces. Pero, ¿quién de sus discípulos le hubiera preguntado a Jesús cómo multiplicó los panes y los peces? La duda parecía sacrílega y los equívocos siguieron corriendo hasta quedar probado que, paradójicamente, la mayoría de la sociedad argentina quería un cambio sin cambio. Esto es, un sistema en el que no hubiera privilegiados sino en el que todos fueran privilegiados. No se aclaró a costa de quién y, de hecho, quedó indicado que cada uno suponía que tenía que ser a costa de los demás. Pero nunca quedó aclarado quiénes eran «los demás».

El mito y los brujos

Como era previsible, el proyecto fracasó. Aparecieron nuevos privilegiados y «los demás» fueron, precisamente, la mayoría. Se entabló una lucha denodada por pertenecer al grupo de los privilegiados y muchos no repararon en medios para lograrlo. Pero, de pronto, la lucha dejó de ser una palabra vana y se transformó en una trágica realidad, con frentes que parecen delinearse y con unos holocaustos humanos que hoy aterrorizan a los argentinos. Brujos y aprendices de brujo parecerían haberse necesitado para intentar un cambio profundo sin la menor idea de sus objetivos y de los medios para alcanzarlos.

Pero en Argentina no ha habido solo un aprendiz de brujo capaz de desatar procesos, sin saber luego cómo encauzarlos. En términos de responsabilidades históricas, casi todos lo somos un poco. Argentina es un país rico y fuerte, pero el mito de su riqueza y su fortaleza sobrepasa la realidad. Los argentinos han creído que todo puede hacerse, pero está probado que hay límites. También hay esperanzas, pero solo a costa de que recuperemos la capacidad de reflexionar y de dirigir nuestra conducta pensando en el interés común y no tan solo en el inmediato interés individual o sectorial; solo a costa de que abandonemos la ciega seguridad de que se cumplirán solas. La primera revolución que hay que hacer en la Argentina es una revolución mental que nos ponga en claro acerca de nuestras posibilidades como conjunto social y despierte en nosotros el sentido de la responsabilidad. No hay política que pueda alimentarse solo de reacciones sentimentales.

Una reacción sentimental provocó la gran polarización del verano caliente. El hecho no es malo por sí mismo, pero lo es si el sentimiento es primariamente individual. No solo los inmigrantes o sus hijos sino también napas de más viejo arraigo siguen pensando que en Argentina se vive para «hacer la América», filosofía válida en singularísimas condiciones, pero cuyo tiempo ha pasado. Todo el que pretende hacer rápidamente la América en su propio país es un aprendiz de brujo que contribuye a disolver la sociedad nacional sin ofrecer ninguna alternativa para su reordenamiento.

¿Responsabilidades? Quizá no valga la pena establecerlas, sobre todo si llegara a aparecer una voluntad generalizada de abandonar la mezquina mentalidad que ha engendrado la crisis. Pero las hay, porque es inexcusable el desencadenar procesos sociales sobre cuyo alcance no se ha meditado suficientemente y para cuyo control no se cuenta con los recursos necesarios. Brillante por otros conceptos, la generación del 80 tiene la responsabilidad histórica de no haber canalizado las funciones sociales y económicas de la inmigración que atrajo al país. Del mismo modo, el gobierno surgido de las elecciones de 1973 tiene la responsabilidad histórica de no haber sabido canalizar el formidable movimiento social que vio en su conductor el símbolo de una esperanza difusa, que deliberadamente no esclareció en sus alcances y posibilidades. Pero quizá no sea hora de establecer responsabilidades, a menos que se persevere en el error.

¿Qué queremos?

Es doloroso comprobar que Argentina ha desperdiciado una de las grandes oportunidades de su historia. Si el drama argentino es que su sociedad es poco compacta, esta vez se había galvanizado alrededor de una esperanza. Pero, una vez más, el sentimiento de frustración se ha apoderado de los argentinos, y en ese clima prospera tanto la lucha armada como la inmoralidad, el robo o el crimen. Desgraciadamente, lo que más prospera es el desaliento y ese funesto sentimiento de impotencia para dirigir el propio destino —individual y social— que desemboca en actitudes suicidas. Somos, sin duda, una sociedad poco compacta como resultado de su peculiar proceso de formación en el último siglo. Hemos asistido a un momento de galvanización alrededor de una figura carismática en la que se depositó un poder autocrático. Y el precio más alto que se pagó por esa delegación fue que no se formara una élite capaz de entender el movimiento —que era mayoritario y tenía derecho a gobernar— y con autoridad suficiente como para decantar y filtrar sus vagas tendencias para ordenar las más constructivas en una política posible. Ahora se nos convoca a otra elección. ¿Sabemos los argentinos lo que queremos? ¿Retorno al pasado o cambio hacia el futuro? Y si queremos el cambio, ¿cuál? Y si sabemos cuál, ¿qué estamos dispuestos a hacer por él? Estas son las preguntas, y ojalá tengamos respuestas claras en este decisivo año —¿de gracia?— de 1976.