Experiencia y saber históricos en Alejandro Korn. 1941

Cuando el joven Telémaco se encontró lanzado a la inverosímil y maravillosa aventura de decidir un día sobre su destino, una voz, que parecía salir de los labios del anciano Méntor, aconsejó al muchacho que se hacía hombre cuáles eran los pasos que debía dar para conducirse como cuadraba a un hijo de tal padre.

Después, el viejo Méntor se alejó. En el extraño ritmo de su huida, todos aquellos que rodeaban al joven Telémaco advirtieron los signos de una presencia extraña. Entonces, sereno y seguro, Néstor se acercó al inquieto y desconcertado hijo de Ulises y le dijo que ya no temía por su suerte, porque, bajo la figura de Méntor, era la propia Palas Atenea quien velaba por él: era, pues, esa voz y ese consejo lo que era necesario seguir.

Como Pablo en el camino de Damasco, solo él había entendido lo que significaban las palabras que todos oían sin entender. Pablo por la fe y Néstor por la experiencia viva, configuran la imagen del individuo de excepción: frente al devenir de la vida, atento al sentido de las cosas, el madurado examen o la intuición profética señalaban con signos inequívocos la voz que había que escuchar. Todos habían observado el porte aquilino del viejo Méntor; pero fue Néstor, y solo él, quien descubrió que era la diosa Palas transfigurada, y solo él supo advertir al joven Telémaco que era una voz divina la que había escuchado, y que tras el consejo se escondía la verdad.

Algo había en la figura de Alejandro Korn que hacía recordar los contornos homéricos del anciano Néstor. Era, seguramente, la austeridad dúctil, producto de la constante interacción de la inteligencia y el sentido moral. Había vivido mucho y había vivido intensamente. Poseía, como resultado de su permanente actitud vigilante, un agudísimo sentido para descubrir en el fondo de la naturaleza humana los móviles secretos, y su consejo era prudente y seguro, y se posaba sobre la duda como una golondrina que es a la vez anuncio y certeza.

Su voz y su consejo, antes que saber intelectual, se ofrecían a quienes lo escuchaban o lo leían, como experiencia viva, que surgía renovada de la honda e inagotable vertiente de su espíritu. Hija de la vida, era cálida como ella y poseía la plasticidad de lo humano. Era experiencia, sabiduría recogida fuera de sí mismo, pero trabajada amargamente por su celo intelectual y vertida luego, con la generosidad de un gran señor del espíritu, para adoctrinar, hecha ejemplo y voz.

Esta experiencia de la vida provenía de su atenta y constante preocupación por lo histórico. Antes que filósofo era hombre y le apasionaba su íntima esencia, observándola a un tiempo mismo con la lupa del erudito y la pupila del hombre apasionado y vivo.

Vida histórica le ofrecía su contorno social y vida histórica buscaba en la lectura asidua. De una y otra fuente recogía una enseñanza palpitante y su reflexión incansable tejía con ella un cañamazo de amplia trama, dentro de cuyo orden cabía la eterna fluctuación de la vida.

Este saber hecho experiencia era el típico saber histórico de Alejandro Korn. Cuando escribió sobre la Historia, tradujo a fórmulas sistemáticas y categóricas —en el hermoso capítulo de los Apuntes filosóficos— un pensamiento vivo, profundamente sentido, que se enmarcaba en la más vasta y trabajada concepción de Croce, a quien admiraba con singular respeto.

La Historia es, para él, concepción del proceso histórico, y, si no es eso, apenas es nada el mero saber de hechos. Pero esa concepción la veía renovarse en cada historiador —al fin no hay sino historiadores, dirá Korn— y esta recreación constante, así como la incapacidad de matematizarse, restaba para él carácter científico a la Historia. Lo que hay que exigirle al historiador, dice, es talento y sentido histórico. La previa labor de erudición —tan respetable co-mo necesaria— no puede ser erigida en finalidad de las disciplinas históricas, construidas sobre la valoración, no sobre la enunciación de los hechos; por eso nos dice, comentando una obra de un contemporáneo, que no es lícito darnos, en Historia, la búsqueda en lugar del hallazgo. La expresión es exacta y definitoria. La búsqueda es análisis, desarticulación de los procesos, marchas y contramarchas a lo largo de la ancha vía del tiempo. Pero el hallazgo debe ser, por sobre todo, una concepción coherente de la vida histórica; a ella se tiende, y fuera pueril invalidarla como aspiración, porque en cierto momento de la Historiografía se la haya construido sin saber riguroso ni comprensión profunda.

Pero la reflexión de Korn no debía detenerse en los lindes del problema gnoseológico de la Historia. Más allá, la naturaleza misma de la vida histórica plantea su interrogante, quizá porque la respuesta yacía latente en su actitud ética. El torso que Korn veía emerger desde el abismo de la determinación natural hacia la clara promesa de la libertad, era precisamente el de ese Yo que constituye la esencia espiritual del hombre, que configuraba su humanidad y que es el protagonista simbólico de la vida histórica.

El Génesis y Goethe —dos de las raíces de su meditación— le sugirieron la clara fórmula de la que arrancaba para explicar su sentido: “Al principio fue la coacción”. Desde esa etapa en adelante, el hombre lucha por desprenderse de las ataduras y limitaciones de la naturaleza. Por sobre ella el hombre crea su mundo, y para lograrlo debe vencer en dura lucha los imperativos primeros de su propio ser y las exigencias de su medio ambiente. “Esa rebeldía —dirá Korn— es el asunto de la Historia.”

Si “el hombre es el animal que se subleva contra el destino”, es porque lo anima y lo impulsa una aspiración ética que configura un ideal trascendente de vida. Para lograrlo, el hombre lucha, y es propio de la lucha el riesgo de ser derrotado o vencer. Una u otra posibilidad acaso modifiquen el destino individual, pero confirman en todo caso la vocación beligerante del hombre en cuanto tal: indigna del varón es la entrega o la huida, no la derrota.

“Por la aptitud técnica —afirma el filósofo—, se inicia y se mantiene la acción del hombre sobre su contorno.” Pero la naturaleza no da cuartel y no se obtienen sobre ella victorias decisivas. A cada instante, agazapada en las encrucijadas de la vida y transfigurada bajo formas cambiantes, toca el ámbito de la cultura con su intento avasallador de determinarla y constreñirla, o toca los más íntimos rincones del corazón con su llamado a los pecados capitales contra el espíritu. La libertad no es una tierra de promisión donde es posible el descanso y el abandono. “La libertad deviene”, se logra para perderse de inmediato si no se defiende el palmo trabajosamente conquistado, y de esa eterna inquietud se nutre la cultura, y por ella se anima, y se evade del ciclo vital cuya curva se cierra con el nacer y el morir.

Pero, esquivado el duro señorío de la naturaleza, afirmado el profundo significado ético de la aspiración a la libertad, el hombre descubre que no por eso se debate en el seno de una existencia carente de finalidad y de sentido. Reacio a las afirmaciones metafísicas, Korn afirma, sin embargo, la presencia de una estructura en la vida histórica: “Se vislumbra en ella —dice— la sombra de un orden superior, aunque sombra escurridiza e inasible”. El filósofo que había en Korn no arriesgaba ni una caracterización ni una teoría de este orden intuido en la vida histórica. Pero a mitad de camino entre su pensamiento reflexivo y su actitud vital ante las cosas, la acción surge como la consecuencia inexcusable de aquella y por ella se califica y se humaniza la conducta. Junto a la actitud teórica, emergiendo de su profundidad y prolongándose en una marcha acentuada por el imperativo del espíritu, la acción es la resolución final del destino del hombre. En esta afirmación, de cuyo tono parece desprenderse una extraña fe, se reflejan, diáfanas, su hombría y su inteligencia tanto como en la resuelta firmeza de su voz entrecortada o en la ternura de su mirada severa y profunda.

He aquí, pues, que por el examen de su pensamiento tornamos a encontrarnos con la presencia viva de Alejandro Korn. Porque la acción que postulaba el filósofo como cauce donde debía desembocar la actitud reflexiva del hombre, era precisamente la exigencia ineludible y terminante de su conciencia moral. Hombre de pensamiento singularmente profundo, poseía al mismo tiempo el sentido de la acción y el sentimiento de su dignidad, y por eso su vida fue, por sobre todo, militancia y lucha. A su alrededor cambiaron los conmilitones y a su frente cambiaron los objetivos del combate; en vano pasó el tiempo y su actitud fue firme y sostenida, como brotando de una conciencia vigilante, con algo de encina y algo de cíclope.

En las luchas universitarias y en las luchas políticas, Alejandro Korn fue ejemplo y voz: porque Alejandro Korn era hombre austero y cuando su conciencia lo llamaba a la acción, su cuerpo aparecía en las filas como uno de tantos, y su voz lo volvía a sacar de ellas para otorgarle un lugar de mando y de consejo. Porque Alejandro Korn —cabeza blanca y mirada firme— era, en la acción, por sobre todo, experiencia y sabiduría.

En la vida argentina fue un hombre de excepción. Para pisar terreno firme en el momento en que vivía, se inclinó —estudioso y meditabundo— sobre el pasado argentino, y fruto de su celo intelectual fue su estudio sobre Las influencias filosóficas en la Argentina. Obra de historiador y de filósofo, las Influencias… acusan sobre todo una actitud vigilante con respecto a la vida del país, al que amaba con singular amor. En el espectro de la realidad, eligió la gama de colores que le era más familiar para recomponer, en su conciencia, la íntima esencia de la vida argentina. Pero tras su afán intelectual, fundido con él, se advierte la mirada avizora del hombre de viva inquietud contem-poránea que quiere conocer hasta en sus más recónditos secretos el área en que ha de dar el supremo combate de la existencia.

Cincuenta y ocho años tenía sobre sus espaldas cuando anunció en circunstancias memorables, la llegada de una nueva era: el anciano que percibía en su propio pasado el pasado de la cultura de su tiempo, supo decir a quienes sostenían a su lado sus primeros combates: Incipit vita nova. Del siglo XIX de donde arrancaba, Alejandro Korn sopesaba con sereno juicio la marcha prometeica, que conducía al dominio de la naturaleza, después de haber desentrañado su secreto. Pero junto a la admiración, Korn colocaba su rebelión creadora, y formaba en las filas que constituían por entonces un Bergson o un Croce. Su gesto era resuelto y quienes quedaban rezagados fingieron ignorarlo, pero Korn se sobrepuso porque tenía la vocación incontenible y la mente clara. Pero junto a la función de meridiano —como alguien ha dicho— que cabe a Korn en el panorama de las ideas, es aleccionador observar en él al minucioso y certero vigía que hace un alto para descubrir el sentido total de la marcha, disimulado en los zigzags y entrecortado en los paraderos. Caminante experto, Korn sabía que era menester fijar el norte antes de continuar la aventura, y su misión debía ser la de determinar el rumbo, atento a la secreta voz que hacía de él un hombre de excepción.

Vita nova, anunciada en un horizonte lejano, significaba para el filósofo que doblaba el último recodo de la vida, una esperanza inaccesible. Hay una grandeza señorial en el gesto de Alejandro Korn, a quien la muerte no inspiraba temor, quizá porque, como el maestro de Atenas, no quería tener la arrogancia de juzgar lo desconocido. La vida histórica pasaba a la vera de su destino personal, y con magnífica elegancia clavaba en ella su mirada el filósofo para descubrir su secreto, sin querer recordar que su río arrastraba con él las aguas de su vida. Comenzar es siempre una aventura, y es doblemente duro comenzar cuando la espalda es corva y la cabeza es gris: doble grandeza hay, pues, en el Incipit vita nova, que hizo de Alejandro Korn un maestro.

Todos sabemos con qué bravura y con qué elegancia vivió su vida. Pero lo que debe ser señalado por quien quiera —siquiera brevemente— caracterizar su preocupación por lo histórico, es cómo su actitud fue consciente e históricamente conducida. Los que vivieron a su alrededor, los que lucharon con él o los que gozaron de su intimidad recuerdan todavía su consejo y su voz, que tenían a un tiempo mismo energía y prudencia, clarividencia en el juicio y sabiduría para la conducta.

¿Quién no sintió a su lado la sombra protectora de Néstor? El anciano estaba hecho de dulzura y de probidad; pero cuando el curso de las cosas parecía engañar con su voz de sirena a los más jóvenes del barco, la palabra de Alejandro Korn sabía descubrir certeramente cuál era, entre todas, la voz secreta que era necesario escuchar, y entonces su consejo era enérgico y vibrante, como animado por un celo profético.

La Historia era historia viva y palpitante en Alejandro Korn, y a través de su corazón abierto para todo lo humano, había cristalizado en experiencia. De su seno debía surgir después para adoctrinar, hecha ejemplo y voz. Por eso, a veces, se creía vislumbrar, tras su recia figura, la sombra venerable de Néstor.

Guía histórica para el Río de la Plata. 1951

Un breve examen del desarrollo histórico de los países del Plata es tarea que puede parecer tentadora en estos tiempos. Mientras más compleja y enigmática es la realidad, más parece fructífero el análisis genético para entenderla. Y aun a riesgo de tener que sacrificar muchos matices, vale la pena esforzarse por adquirir una perspectiva de ese confuso y diverso desarrollo que ha conducido a estas inusitadas situaciones históricas que sería imperdonable error considerar como puramente episódicas. No un prolijo relato sino más bien un sucinto elenco de ideas fundamentales constituye la mejor guía para una comprensión histórica de la situación contemporánea del Río de la Plata. Y si consiguiera ofrecerlo en este ensayo, creería haber cumplido una labor útil.

I

No bien concluida la anexión del reino moro de Granada al finalizar el siglo XV, la corona de Castilla —unida ya su suerte a la de Aragón— se encontró, un poco por obra del azar, en posesión de vastos territorios ultramarinos que parecían ofrecer incalculables posibilidades. Algunas sospechas más o menos fundadas y múltiples leyendas de vario origen aplicadas al caso en virtud de cierta explicable alucinación hicieron esperar de las comarcas localizadas por el almirante Cristóbal Colón un alud de riquezas acerca de cuya especie sólo podía decirse que acaso fuera la más preciada el oro. En toda Europa ascendía rápidamente por entonces la burguesía; y toda Europa miró con envidia a España, en la que inesperadamente se descubría la feliz poseedora de un misterioso tesoro virtual. Ateniéndose a los principios de la concepción mercantilista, toda la burguesía europea tuvo por seguro que España llegaría a ser en poco tiempo una de las potencias más temibles y vigorosas, pese a no haber desarrollado hasta esa época una actividad manufacturera y comercial como la que caracterizaba ya en ese momento a otras regiones. La aparición de la “leyenda negra” no haría sino revelar la intensidad de ese sentimiento en el transcurso del siglo XVI.

España abrigó también aquella esperanza. El espíritu de aventura caracterizaba a los hidalgos que, generación tras generación, luchaban contra el moro en tierra firme o en las aguas mediterráneas, pero caracterizaba también a otros sectores sociales de más baja extracción cuyos miembros no desdeñarían seguir las huellas de aquellos que habían luchado por los casi irreales dominios que se ofrecían en el mar Egeo. El llamado espíritu renacentista —un medievalismo hibridado— difundíase por la Europa occidental y alcanzaba a aragoneses y castellanos, inspirándoles irreflexiva e ilimitada confianza en la capacidad del esfuerzo individual. No por héroe, sino simplemente por hombre, podría uno cualquiera alcanzar el vellocino de oro. Y fueron numerosos los que teniéndose por tales se aprestaron a conquistarlo.

A bordo de las naves nadie perdió tiempo en consultar cartas geográficas, oscuras memorias o viejos manuscritos que pudieran revelar los secretos del mundo recién descubierto, porque nada de todo eso poseía suficiente valor. Lo mejor que el conquistador llevaba consigo era su decisión inquebrantable de llegar a alguna parte desconocida donde quizás encontrara algo que escapaba a su imaginación. Eso era todo. Y unos encontraron las viejas ciudades de Anahuac, otros las antiguas poblaciones mayas, otros el Imperio quichua, y todos ellos oro y plata, como si su irrazonado designio hu-biera tenido fundamento cierto. Nada menos maravilloso que aquella maravilla; tanto que la maravilla pareció formar parte del orden natural de las cosas, en el que casi todos opinaron que estaba ínsita la legitimidad de la conquista, el avasallamiento de los indígenas y la despreocupada apropiación de las riquezas: gruesos lingotes o enseres domésticos acerca de cuya propiedad pareció superflua y digresiva cualquier argumentación basada en los principios del derecho. Aquello era la realización de un sino, la victoria de la voluntad del hombre.

Pero esta euforia no duró mucho tiempo. La voluntad del hombre fue empleada en otras muchas empresas similares a la conquista de Tenochtitlán o del Cuzco, y sólo dio por resultado el hallazgo de miserables aldeas donde el oro estaba ausente y en las que, en cambio, solían aparecer pobladores enérgicos y valientes que resistían a aquella voluntad con voluntad no menos resuelta. Muchos cayeron. Pero el orgullo y la esperanza empujaron a otros tras de ellos, y la conquista de la tierra se consumó inexorablemente en virtud de la superioridad técnica de los conquistadores. La aventura, peligrosa y todo, seguía pareciendo tentadora. El oro y la plata podían aparecer en cualquier parte. Pero entretanto, las tierras de las que se había tomado posesión —y virtualmente aun las demás— eran ya dominios del rey. Había aspirantes a la concesión de nuevos señoríos —aunque fuera a seis mil millas de Sevilla—, indios para catequizar y un patrimonio que defender frente a la codicia, harto justificada por cierto, de los demás países de Europa. Carlos V agregó las Indias a su corona y a su imperio y estableció dentro de ellas distintas zonas jurisdiccionales como si efectivamente alguien las conociera a fondo. La conquista estaba en marcha y fue la gran aventura —económica y espiritual— del viejo mundo.

En busca del metal precioso llegaron también los conquistadores a las costas meridionales de América del Sur, y llamaron Río de la Plata al ancho estuario que descubrió Juan Díaz de Solís. El nombre era expresivo; y aunque sus orillas no atrajeron de momento la atención de quienes surcaban por primera vez sus aguas, el vasto caudal anunciaba el misterio oculto en las entrañas del territorio, cuencas lejanas donde se reunían tantas aguas y en las que acaso se escondiera tanto oro como encontraron Cortés o Pizarro. El sino de quienes remontaron el Paraná y el Paraguay sería no alcanzar nunca la riqueza. Pero Asunción y Buenos Aires quedaron levantadas en las orillas de los grandes ríos, y en ellas, y en las otras poblaciones que fueron surgiendo, se desarrolló poco a poco un proceso de radicación de colonizadores españoles, en cuyas mentes la aventura comenzó a adquirir una fisonomía distinta de la que tenía para los que llegaron a otras partes de América.

El primer problema fue el sustento, y a través de él comenzaron a establecerse relaciones precisas entre los aborígenes y los recién llegados. Hubo unas veces entendimiento y otras diferencias y conflictos; y no tardaron en aparecer los primeros mestizos, hijos de la tierra para quienes muy pronto la vida americana tendría un tono peculiar. Para sus padres la india fue la mujer ocasional en la que tardarían mucho tiempo en acostumbrarse a ver una compañera; para los hijos la india fue la madre y el símbolo de su dependencia social, condición esta última que caracterizaría al nuevo mundo, su naciente patria. Dos concepciones entrarían muy pronto en conflicto, agudizado por la renovación de sus términos con cada ola de nuevos españoles que llegaba de la metrópoli; frente a este conjunto se oponía, pese a su humilde condición, el conjunto de los criollos.

En misiones y reducciones organizaron los colonizadores a fuertes núcleos de indígenas en zonas en las que el trabajo organizado pudo parecer —y fue, en efecto— provechoso para la corona o para las órdenes religiosas que habían adquirido algún predominio. Pero esas áreas sociales y económicas quedaron enquistadas, en tanto que, aunque lentamente, el intercambio removía el ambiente en otras regiones. El mestizaje es el fenómeno fundamental de la conquista, y su resultado fue la lenta pero progresiva transformación de la población, en la que se diferenciaban indios, criollos y españoles. Esta diferenciación escondía el germen de las peculiaridades del proceso histórico rioplatense en su primera faz.

En su transcurso, el autoritarismo fue la tónica general de la convivencia. Se derivaba del tipo de autoridad que ejercía —a millares de leguas de la metrópoli— el funcionario colonial; de la misión que se había asignado al clero y, finalmente, de las condiciones que prevalecían en la vida económico-social. Surgió la gran propiedad territorial, y en ella el amo fue todopoderoso porque nadie había capaz de vigilarlo cuando se apartaba de los centros poblados. El cuidado de la hacienda, de la que se sacaban los cueros que constituían la principal riqueza, se confió a un tipo de pastor que era casi un nómada y vivía sujeto a la ley del desierto. El amo no tenía sobre él más autoridad que la que le proporcionaban su fuerza y su prestigio, y si los mantenía era porque podía demostrar en los hechos que su autoridad era eficaz. Hubo autoritarismo porque en el desierto estaba la fuente de riqueza, y el autoritarismo del desierto, acentuado por las reminiscencias de los principios políticos y sociales que obraban en el ambiente, constituyó la primera ley de la colonia.

Sólo comenzó a parecer objetable el autoritarismo cuando empezaron a cambiar las condiciones de la vida rioplatense en el curso del siglo XVIII. La riqueza agropecuaria habíase acrecentado poco a poco y los núcleos urbanos, sobre los que repercutía la riqueza, habían aumentado en número y en magnitud. En la costa oriental se fundaron la Colonia del Sacramento y Montevideo, plazas establecidas como consecuencia de la contienda que sostenían España y Portugal por los territorios al este del Río de la Plata. En él tenía España uno de sus límites, y a través de él llegan los sacudones que conmovían el régimen fiscal español, pues en beneficio de la metrópoli —y según las ideas predominantes por entonces en todas partes— se había establecido un riguroso monopolio para el comercio de la colonia. Pero las necesidades obligaban, y el contrabando se convirtió en la principal actividad económica de la época y la industria más productiva. Lo hacían imprescindible las exigencias de los crecientes centros poblados y lo facilitaban las condiciones de la vida rioplatense, en la que las distancias constituían el principal enemigo del fisco. Por esa vía comenzaron a hacerse nuevas fortunas, a modificarse las estructuras sociales y económicas, y, prontamente, a debilitarse las convicciones que estaban adheridas al orden tradicional, transformado en un orden violable. Portugal —y tras él toda la Europa antiespañola— trató de ensanchar las brechas que se abrían en la organización económica de la colonia. Y ante el jaqueo portugués —que coincidía con el progreso de la región rioplatense y el desarrollo de las ideas fisiocráticas— España creó el virreinato, señalado desde el principio como un intento de adecuar el orden legal a la realidad económica de la comarca.

Mientras se llevaba la guerra a Portugal, comenzaba a esbozarse una política más liberal, aunque limitadísima por diversas situaciones concretas: intereses de comerciantes españoles, intereses fiscales, e intereses de Buenos Aires contrapuestos a los de las ciudades de la ruta altoperuana o los de Montevideo. De aquella acción quedó, sin embargo, algún saldo favorable, pues sirvió de estímulo para que germinasen en algunas cabezas las simientes que comenzaban a llegar en las postrimerías del siglo XVIII desde Europa, desprendidas de la Enciclopedia o de las obras de filósofos y economistas. Algunas de esas ideas cundieron hasta entre los representantes del orden tradicional, hombres de iglesia que no desdeñaban a Rousseau, a Diderot o a Montesquieu. Pero una predisposición aun más favorable hallaron entre los jóvenes de familias acomodadas de las ciudades, criollos que deseaban ascender por la vía de las profesiones liberales o la actividad comercial. El pensamiento liberal fue acogido —abiertamente o a escondidas— en Chuquisaca y Buenos Aires y se difundió por otras ciudades a través de pequeños grupos. Las tendencias que entrañaba se fundían, aunque de manera imprecisa, con el vago impulso de libertad que se advertía en las zonas rurales, entre la plebe criolla. Si más tarde esas dos concepciones se tornarían hostiles, por el momento se manifestaron solidarias en un mismo afán de quebrar las rígidas restricciones que el orden fiscal y político de la colonia imponía a la actividad económica y al ascenso social de la población nativa.

II

El antagonismo entre la libertad civil sometida a fórmulas políticas ya experimentadas en otros países y la libertad de tendencia anárquica propia de quienes soñaban con ella para sacudir el autoritarismo de la vida rural habría de ponerse de manifiesto cuando las poblaciones de las colonias se enfrentaran con el problema de darse un régimen propio. Esta condición se cumplió al triunfar el movimiento emancipador de 1810.

Por esta fecha llegó a su más alto grado la crisis del imperio español. Insinuada desde fines del siglo XVI, manifestada en el curso del XVII y contenida en parte en el XVIII, la crisis adoptó formas catastróficas para España al producirse la conmoción que sacudió a Francia al finalizar esa centuria. La solidaridad monárquica y borbónica alineó a España entre los enemigos de la revolución, pero nada grave ocurrió por entonces; las dificultades surgieron cuando su vecina se transformó en brevísimo tiempo en la mayor potencia militar del continente y adoptó, con Napoleón Bonaparte, un programa inter-nacional frente al que no cabía la neutralidad.

A partir de 1808 —cuando Napoleón se corona emperador— el problema se tornó para España gravísimo. En rigor, disputaban la hegemonía europea dos imperios, territorial el uno y marítimo el otro. En esa disputa entraba en juego el vasto imperio ultramarino de España, que ésta no podía ya asegurar ni defender, y al que Francia, sin duda, aspiraba. Pero las aspiraciones de Inglaterra no eran menos vehementes desde hacía mucho tiempo, aun cuando pudiera entreverse que el tipo de peligro era distinto en uno y otro caso. España debió elegir, y su debilidad la obligó a unirse al más efímero de los dos imperios porque era el más próximo y el más amenazador de sus vecinos. Inglaterra derrotó en Trafalgar a las flotas unidas de Francia y España (1805) y desde entonces el destino del imperio hispánico quedó sellado. No mucho después comenzó a resquebrajarse la inestable creación política de Bonaparte y se diseñó poco a poco una nueva situación dentro del área atlántica, en la que el predominio inglés resultó indiscutible.

En esta coyuntura, el imperio ultramarino de España no podía mantenerse unido. La disgregación era inevitable y el potencial de cada una de sus diversas partes no era suficiente para asegurar su soberanía; pero las colonias españolas tenían manifiesta vocación emancipadora y Gran Bretaña, por su parte, no se inclinaba hacia la conquista territorial. Lo inesperado pudo realizarse en aquella sorprendente mutación del sistema político-económico del mundo occidental y el Virreinato del Río de la Plata —como las otras regiones del imperio español— alcanzó su independencia en 1810.

La decisión emancipadora fue tomada por Buenos Aires y se proyectó luego hacia el interior, obteniendo repercusión diversa. Hubo apoyo incondicional unas veces, reticencias otras, y en algunas regiones prevalecieron los sentimientos de lealtad monárquica; pero fue un esfuerzo inorgánico y sin trascendencia, aunque reveló la virtualidad de una resistencia enérgica a medida que la revolución se insinuaba dentro de la zona de influencia de Lima. Fuera de eso, otras resistencias obedecieron a otras razones. El nuevo estado dio por resuelto que sus fronteras eran las del antiguo virreinato y Buenos Ai-res no admitió que se discutiera su autoridad de capital. Por eso reaccionó violentamente contra los movimientos secesionistas que se manifestaron en el Paraguay primero y en diversas regiones del litoral después, pero carecía de fuerza para superar esas reacciones precisamente cuando debía atender más celosamente el afianzamiento de la emancipación y la organización de un nuevo estado. Buenos Aires vio reducirse poco a poco su zona de influencia, y del antiguo perfil del virreinato no quedó sino una sombra que, en 1820, llegó a desvanecerse del todo.

En rigor, el Virreinato del Río de la Plata —como casi todos los territorios españoles de América— carecía de las condiciones mínimas requeridas para poder asegurar su existencia independiente. La emancipación fue el resultado de un esfuerzo titánico de sus hijos y de algunas circunstancias externas que resultaron favorables. Carecía el virreinato de suficiente riqueza y, sobre todo, de suficiente población como para constituir un país autónomo. Sus centros poblados eran escasos y reducido su número de habitantes, con amplias perspectivas, sin duda, pero que no podrían tornarse realidad si no se salvaban los difíciles obstáculos que se oponían a su desarrollo. Las inmensas distancias, las malas comunicaciones, los desiertos inmensos, la producción insignificante y una desconexión de todo otro mercado que no fuera el español, eran las condiciones dentro de las cuales se había desarrollado la existencia colonial y debía desarrollarse la existencia independiente. En las primeras horas, esa situación, apenas remediada por los resultados del activo contrabando y por las vinculaciones comerciales rápidamente establecidas a través de algunas naves inglesas, entrañaba insuperables dificultades frente a la responsabilidad que imponía la soberanía. Sólo la tenacidad de los grupos criollos y el ambiente favorable que proporcionaba la dislocación del orden internacional pudieron permitir el desvanecimiento de esas dificultades que, empero, dejarían sus huellas en el desarrollo ulterior.

Gran Bretaña vigiló y garantizó la independencia del Río de la Plata en virtud de sus propios intereses económicos y estratégicos, que la vinculaban a los dos puertos que se levantaban sobre sus orillas, Buenos Aires y Montevideo, y más aún con el primero. Buenos Aires se creyó en posesión de la clave de la independencia rioplatense, y consideró que sólo bajo su autoridad era viable la emancipación; en consecuencia exigió el reconocimiento de su hegemonía y se dispuso a organizar la nueva nación dentro de una estructura política que se apoyara en los principios liberales que sus minorías cultas preferían. Algunas regiones del interior y la Banda Oriental opusieron a esos principios otras reivindicaciones: autonomía regional, federalismo, y, en la práctica, el respeto a su propia actitud vital, que no era sino la de las masas rurales frente a las minorías urbanas. Estas últimas calificaron a esa tendencia de “democracia inorgánica” y de “caudillismo”. Artigas representó de manera eminente esta actitud política y social, con su fidelidad a los impulsos e intereses de las masas rurales, su anhelo de independencia sin claudicaciones ni compromisos y su firme voluntad republicana, todo lo cual se unía a una concepción del poder que suponía, en efecto, la autoridad de hecho e incontrovertible que caracterizaba al auténtico caudillo popular. Esa combinación de factores explica el conflicto que se suscitó entre Buenos Aires y el interior y que culminó en 1820, con la disolución del vínculo nacional preexistente entre las diversas regiones del antiguo virreinato.

Entretanto, el nuevo Estado hacía ingentes sacrificios para asegurar la emancipación. Una y otra vez había armado ejércitos y flotillas para defender las fronteras, y había organizado, finalmente, la vasta campaña de San Martín para aniquilar en su propio reducto la reacción española. Otros enemigos tuvo que afrontar al mismo tiempo, pues Portugal había aprovechado la coyuntura para satisfacer su vieja aspiración de alcanzar las orillas del Plata y anexar su costa oriental. Y el Brasil, independiente desde 1822, mantuvo anexada la que se llamó Provincia Cisplatina hasta que estalló en ella una insurrección movida por el afán de retomar al seno de las Provincias Unidas.

Inminente la guerra con el Brasil y crecido el prestigio de Buenos Aires, una constitución unitaria restauró el antiguo estado nacional, a cuyo frente se puso Bernardino Rivadavia. Su obra ciclópea sobrepasó las posibilidades del país de asimilar sus iniciativas renovadoras, y la amenaza de desintegración volvió a aparecer precisamente cuando más se necesitaba el esfuerzo mancomunado para afrontar la guerra con el Brasil. La paz arrebató a las Provincias Unidas ventajas que habían conquistado legítimamente en el campo de batalla, y la Banda Oriental estuvo amenazada por un momento de volver a formar parte del Imperio del Brasil. Se opuso a esa solución Gran Bretaña, que exigió su independencia. Así surgió la nueva República Oriental del Uruguay, como prenda del equilibrio internacional en la cuenca del Plata.

Hasta ese entonces Uruguay y Argentina habían tenido una misma historia y podían confundirse en uno solo sus respectivos procesos de desarrollo social y político. Montevideo había representado, frente a la campaña oriental, un centro de reacción europeizante, como Buenos Aires frente a las comarcas del litoral; y ambas ciudades defendieron principios políticos que en verdad sólo podían realizarse a través de una técnica y un sistema institucional ajenos a las condiciones de vida de sus respectivas áreas de influencia.

Pese a la independencia, consagrada en 1830, Uruguay siguió teniendo por mucho tiempo un destino común con Argentina. No en balde había sido un oriental quien levantó la bandera del federalismo en el Plata, dejando planteado el problema que dividió a los pueblos durante varias décadas. Federalismo y unitarismo no eran por entonces meras nociones académicas. Eran soluciones fecundas que se ofrecían para los problemas capitales, aunque se desconocieran el alcance y, sobre todo, las posibilidades prácticas de su realización. Pero fueron además, muy pronto, dos rótulos que agruparon a otros tantos sectores que, poco a poco, dejaron de corresponder a definidas clases para configurar banderías políticas y facciones lugareñas que arrastraban legados de odio y de desquite de generación en generación.

La antigua rivalidad entre los porteños —los “doctores”— y las gentes de las campañas —y no faltaban unitarios en las ciudades del interior— alcanzó su mayor dramaticidad en 1828, cuando el general Lavalle, al regresar del Brasil, se sublevó contra el gobierno de Buenos Aires y ordenó el fusilamiento del gobernador Dorrego. Ya por entonces asomaban en las campañas Facundo Quiroga y Juan Manuel de Rosas. Poco tiempo después los esfuerzos de Lavalle y Paz fueron frustrados por sus rivales, y el último cayó prisionero a fines de 1831. Rosas, gobernador de Buenos Aires, llegó a ser el más poderoso de los caudillos y constituyó con los demás una suerte de alianza que, asegurando su hegemonía, le permitía cumplir los planes que acariciaba respecto al puerto de Buenos Aires, cuyos beneficios quería acreditar solamente a su provincia.

También se introdujo Rosas en el entredicho suscitado en Uruguay entre Oribe y Rivera, prometiendo ayuda al primero, de quien esperaba que consintiera en la anexión de la Banda Oriental a la Confederación. Y como Rivera se unió a su vez a los proscriptos argentinos e hizo causa común con los unitarios, los dos caudillos orientales se vieron muy pronto frente a frente como jefes de sendos cuerpos que defendían simultáneamente en una y otra banda del Plata idénticos intereses e ideales. Asilo de los emigrados argentinos, Montevideo se constituyó en el bastión de los enemigos de Rosas y de Oribe, y el largo sitio entablado en 1843 constituyó la acción más importante que se libró entre una y otra fuerza. La acción del Ejército Grande, mandado por Urquiza, puso fin a la dictadura de Rosas y abrió a cada uno de los dos países del Plata nuevas y diferentes perspectivas.

III

Al caer Rosas en la batalla de Caseros, habían transcurrido poco más de cuarenta años desde la independencia. La experiencia política acumulada era abundante, porque se había trabajado sin descanso en busca de fórmulas diversas que pudieran conciliar los distintos y opuestos intereses de las diversas clases y zonas del país. Esa experiencia constituía, en el momento de la crisis, su mejor riqueza.

Entre 1810 y 1820, Buenos Aires había sostenido con vehemencia el principio de que subsistía una unidad política correspondiente al viejo virreinato, en la que le correspondía la autoridad hegemónica. Sus hombres eran, en general, de formación europea, lectores de los filósofos políticos del siglo XVIII, de los utilitaristas y radicales ingleses y admiradores de los Estados Unidos, cuyas grandes figuras veneraban. Diez años de gobierno bajo la autoridad de Buenos Aires no significaron otra cosa que la estéril persecución de soluciones políticas para evitar una guerra civil que, sin embargo, no tardó en llegar.

Cuando sobrevino la crisis del 1820 el país se disgregó y dejó de existir como unidad política. Cada provincia siguió su propio rumbo y Buenos Aires —conviene recordarlo— aprovechó la ocasión para realizar, libre de ataduras, un verdadero experimento de gobierno progresista bajo la inspiración de Martín Rodríguez, de Rivadavia y de Las Heras. El Estado adquirió una sólida organización, sus órganos administrativos alcanzaron inusitada eficacia y se intensificaron la vida económica y las obras públicas; la vida intelectual entró en una etapa de decidido avance gracias a la llegada de algunos hombres de ciencia extranjeros y a la creación de algunas instituciones de enseñanza, entre ellas la Universidad de Buenos Aires; las doctrinas lancasterianas y las de Bentham y Destutt de Tracy orientaron el pensamiento y la acción de quienes, a su vez, orientaron al estado de Buenos Aires durante aquellos años ejemplares.

Tan altos fueron los resultados obtenidos en breve tiempo que Buenos Aires recuperó la simpatía y el respeto que había perdido poco antes. Y frente a la inminencia de una guerra con el Brasil, los partidarios de la centralización se sintieron suficientemente fuertes como para imponer en 1826 la creación de un gobierno nacional, que se confió a Rivadavia. Pero la sanción de una carta constitucional que restauraba los principios unitarios, modificándolos sólo en los detalles, suscitó de nuevo la discordia, y el gobierno de Rivadavia, brillante pero efímero, halló su fin poco después en medio de las complicaciones que trajo la guerra con el Brasil. Una vez más quedaba desintegrado el país y las provincias recuperaban su autonomía.

El ámbito rioplatense tuvo, desde 1830 aproximadamente hasta 1852, una historia singular. Cada antigua provincia quedó bajo la autoridad más o menos firme de un jefe popular —un “caudillo” que si mostraba alguna debilidad solía ser reemplazado prontamente por quien supiera estar a la altura de las circunstancias. Tal situación política —de casi total autonomía— significó, naturalmente, un notable retroceso económico, pues diversas cir-cunstancias contribuyeron a estancar las corrientes de intercambio que habían comenzado a establecerse desde los primeros tiempos de la independencia. A ese letargo económico acompañó un marcado ascenso de las clases menos ilustradas en tanto que, en las más cultas, comenzaron a abundar los claros debidos a las persecuciones políticas. Todo ello contribuyó a provocar una acentuada declinación del nivel social y cultural del Río de la Plata, que acusó aun más su retardo con respecto al grado de desarrollo técnico y civilizatorio que por entonces se alcanzaba en Europa y en los Estados Unidos. Un estado de permanente guerra civil caracterizó también a esos veinte años, en los que predominaron los ideales criollos, aunque bastardeados a veces y utilizados para servir a empresas de mero servicio personal de los caudillos.

Desde muchos puntos de vista, la incomunicación efectiva con Europa constituye el hecho fundamental de este período. En guerra con las potencias europeas, el Río de la Plata conoció el asedio de las flotas enemigas, entendidas por cierto con los emigrados políticos que buscaban toda suerte de apoyo para librarse de la opresiva autoridad de Rosas. Y esa incomunicación, en países que no habían comenzado a desarrollar su transformación técnica, y en un período de tan notables mutaciones en ese terreno, significó para el Río de la Plata un retardo que influiría notablemente en su desenvolvimiento.

La disgregación política es, sin duda, el hecho que sigue en im-portancia a aquél entre los que caracterizan ese período de la vida rioplatense. Rivadavia había realizado el último intento de unificación con un criterio que revelaba ya cierta plasticidad y la posibilidad de hallar un camino para conciliar los intereses encontrados de las provincias y Buenos Aires. Pero para entonces las provincias no eran ya solamente unidades políticas celosas de su autonomía y de sus tradiciones, sino más bien los feudos de ciertos caudillos que tenían en ellas el centro de su poder y que se resistían a cualquier li-mitación de su autoridad. Esta situación, sumada a la creciente acumulación de los odios facciosos, hizo inevitable la prueba que soportó el país durante veinte años.

Rosas declaró categóricamente que nunca tuvo la intención de realizar la unificación del país. En famoso documento, conocido bajo el nombre de “carta de la hacienda de Figueroa”, había explicado sagazmente su opinión sobre los problemas políticos argentinos, y explicado también el fracaso de los intentos de organización constitucional por medio de muy convincentes argumentos de realidad. Hacia la misma época Alberdi y Sarmiento aportarían ricas y fructíferas observaciones acerca de la situación social del país, que en última instancia coincidían con los puntos de vista del sagaz caudillo bonaerense, pues tanto éste como aquéllos trataron de explicar los fenómenos políticos partiendo de las peculiaridades de la realidad económica y social. Pero a pesar de no proponerse ningún plan formal ni tener, seguramente, ideas claras acerca de cómo realizarlo, Rosas trabajó indirectamente por la unidad en la medida en que trabajó por la supremacía de su autoridad, y preparó el camino para la eliminación de ese localismo feroz que caracterizó a algunos caudillos. Así, al producirse la batalla de Caseros y la caída de Rosas, se había dado un paso importante hacia la futura ordenación de los dos países que sufrieron su dictadura. Aún subsistirían por algún tiempo retoños del viejo caudillaje que en ocasiones pretendería, oculta o desembozadamente, imponer su autoridad. Pero las largas luchas civiles desarrollaron los gérmenes de una conciencia nacional, despertando el sentido de la responsabilidad en las minorías ilustradas que habían comenzado a imponer sus puntos de vista en los consejos áulicos. A ellas les tocaría ahora echar las bases del orden institucional apropiado para encauzar la vida de un pueblo que había sufrido una larga y profunda experiencia en el campo de la vida política.

IV

Si los problemas pudieron plantearse fácilmente, las soluciones fueron más difíciles de alcanzar. ¿Quién había ganado la guerra contra Rosas, en ambas márgenes del Plata? El Ejército Grande era, sin duda, una fuerza internacional cuyos contingentes correspondían, en última instancia, a los países y regiones interesados en la libre navegación de los ríos de la cuenca del Plata. Su jefe era un antiguo oficial de Rosas, convertido en su enemigo por la doble acción de los intereses de la región mesopotámica y de los principios políticos, sociales y económicos que difundieron los unitarios y que él recibió con beneficio de inventario para sazonarlos con su sentido directo y realista de las cosas. Y los grupos que alcanzaron el poder tras las jornadas libertadoras fueron los que poseían la fuerza, en el seno de todos los cuales quedaban elementos que de una u otra manera habían estado en relación con el orden derrotado. En fin, ganó la guerra no el adversario tradicional e irreductible de Rosas y el rosismo, sino un movimiento en el que se mezclaban con esa oposición convertidos y disidentes; estos aportaban a la interpretación de la realidad ciertos criterios realistas, que sirvieron en su momento para hacer viable la operación militar y política que suplantó un régimen por otro.

Ese movimiento logró el apoyo de las poblaciones de la campaña y de algunos caudillejos locales y, una vez triunfantes, se suscitó otra vez en su seno la divergencia entre transigentes e intemperantes; eran estos últimos preferentemente los miembros de las minorías ilustradas, “doctores”, “principistas”, “unitarios”, nombres todos estos con que los transigentes designaron a aquellos que temieron que Urquiza asumiera a su vez la dictadura y que querían ignorar los veinte años transcurridos y restaurar el poder de Buenos Aires y lo que Buenos Aires significaba, como en época de Rivadavia.

La consecuencia de aquella divergencia fue que, durante diez años, Buenos Aires estuvo separada de las demás provincias de la Confederación por obra de un movimiento secesionista en el que se repitió una situación análoga a la de 1820. El Estado de Buenos Aires pudo realizar una obra constructiva y progresista. Pero, contra las previsiones de los porteños, Urquiza y luego Derqui se esforzaron honestamente por hacer también de la Confederación un Estado moderno y progresista, al que proporcionaron la carta constitucional de 1853, y en el que procuraron sortear las dificultades provenientes de la orfandad económica en que lo dejó la pérdida del puerto de Buenos Aires. Uruguay, por su parte, oscilaba entre los partidos rivales, pero más aún entre las facciones urbanas y rurales, pues la oposición entre éstas llegó a ser tan profunda que se unieron los grupos urbanos blancos y colorados para tratar de impedir el acceso al poder de los caudillos de la campaña. Aquéllos se sentían estimulados por la eficacia de la resistencia durante el asedio y el prestigio alcanzado por Montevideo; pero estos últimos poseían por el momento la fuerza.

Cuando en 1862 se constituyó por fin la República Argentina mediante la anexión de Buenos Aires a la Confederación, Mitre y Sarmiento procuraron neutralizar los resabios del caudillaje que aún subsistían en el interior del país. En cambio, un típico caudillo, el general Flores, lograba apoderarse del poder en Uruguay mediante una “cruzada” que había organizado en la vecina orilla y cuyo resultado fue instalar al partido colorado en el gobierno. Era un esfuerzo radical que suscitó enconada resistencia y terminó con el asesinato de Flores, de modo que pareció oportuno intentar una conciliación entre los intereses de una y otra parte del país. Tal fue el programa de Lorenzo Batlle.

Pero aquí ya empezaron a diferenciarse los destinos de Uruguay y la Argentina. Mientras en el primero se iniciaba un período de profundas convulsiones, en la segunda las minorías ilustradas gobernaron desde 1862 en un clima político que tiende a la pacificación. No faltará el levantamiento provocado por un bando contra el oficialismo acusado de parcialidad, pero el orden institucional tiende a consolidarse y cualquiera sea el grupo que alcance el poder, el programa de acción frente a los grandes problemas nacionales es aproximadamente el mismo.

Reposa ese programa sobre dos o tres principios elementales acerca de los cuales el consenso es unánime. Parece fuera de discusión que lo más urgente es modificar la fisonomía social y económica del país, del que se tiene, en general, una opinión que no difiere en lo fundamental de la que Sarmiento había expuesto en Facundo. Y esa modificación constituye la meta de toda la acción estatal.

Para las minorías ilustradas resultaba evidente que el país requería una población mucho más numerosa que la que contaba por entonces, en la que se deseaba que entrara en mayor proporción el elemento blanco y, de ser posible, una cierta proporción de elementos anglosajones. Esta renovación demográfica no era utópica y podía alcanzarse mediante la inmigración, fenómeno que por entonces era muy fácil estimular pues diversas circunstancias favorecían el éxodo de los países europeos; y la renovación demográfica operaría —así se esperaba— una rápida transformación en los caracteres generales del conglomerado social argentino, en sus hábitos de vida y, consecuentemente, en sus tendencias políticas. Para llegar a esta última etapa parecía necesario emprender además una vasta obra educativa. Sus postulados eran simples: se trataba de arraigar al hijo del inmigrante familiarizándolo con el idioma y con la tradición vernácula al tiempo que se lo proveía de la instrucción fundamental para la vida práctica.

Tal era, en lo fundamental, el programa de las minorías ilustradas. Su éxito residía, sobre todo, en que el nuevo conglomerado social lograra, efectivamente, transformar en breve plazo la vida económica del país e indirectamente la fisonomía social de las poblaciones rurales y sus tendencias políticas. Era necesario yuxtaponer a la predominante actividad ganadera una equivalente actividad agrícola, porque se esperaba neutralizar las tendencias del pastor nómade con las del labrador sedentario. Y era necesario también acrecentar la riqueza nacional mediante una adecuación de los productos exportables a las exigencias del mercado europeo, pues formaba parte de este programa un vasto esfuerzo civilizador que dotara al país de todos los progresos técnicos que se habían alcanzado en Europa en los últimos tiempos. Un nuevo factor iba a incorporarse así a la vida rioplatense, destinado por cierto a influir en ella de modo decisivo: el capital extranjero.

Comenzaron a poner en práctica este plan hombres como Mitre, Sarmiento y Avellaneda en la Argentina, y como Latorre en Uruguay, figura ésta muy contradictoria, llegada al poder mediante una revolución que desalojó a las minorías montevideanas en nombre de los caudillos de campaña, pero que encauzó la acción de gobierno guiado por los principios progresistas que por entonces representaban, generalmente, aquellas minorías. Al mismo tiempo se esforzaban todos en ambas márgenes del Plata por acelerar el proceso de unificación de la nación y en especial de la organización del Estado, sobre el principio federal en Argentina, sobre principios unitarios en Uruguay.

V

Las dos últimas décadas del siglo XIX constituyen el período en que se intensifica en ambas márgenes del Plata la política social y económica basada en la inmigración. Simultáneamente con ella, y respondiendo a los mismos supuestos, comenzó a desarrollarse otra de vastas consecuencias también, consistente en la atracción del capital internacional para intensificar la explotación de los recursos naturales y para dotar al país de los nuevos elementos técnicos con que se trabajaba ya en Europa y Estados Unidos. Sumados, la inmigración y el capital extranjero debían provocar una mutación profunda en los países rioplatenses. En 1889 —durante la presidencia de Juá-rez Celman— entraron en la República Argentina 261.000 inmigrantes, y el censo de ese mismo año reveló en el Uruguay —durante la presidencia de Tajes— que la ciudad capital tenía 100.000 extranjeros sobre un total de 214.000 habitantes. Este aflujo de población extraña modificó, efectivamente, las fisonomías nacionales y dio lugar en ambos países a lo que, refiriéndome a Argentina, he llamado en otra ocasión la “era aluvial“.

En su transcurso las condiciones tradicionales de vida y las pers-pectivas económicas, sociales y políticas se alteraron aceleradamente, y esas alteraciones provinieron fundamentalmente de las consecuencias entrecruzadas de la renovación demográfica y de la incorporación del capital extranjero a la economía rioplatense. Ya se ha señalado cómo el largo período de las guerras civiles trajo consigo una efectiva incomunicación con Europa, precisamente en la época en que se cumplían allí las etapas decisivas de la revolución industrial. La diferencia del nivel técnico entre Europa y el Río de la Plata se acentuó por entonces marcadamente y, al comenzar la era de la organización, resultó imprescindible atraer los medios económicos para emprender rápidamente la modernización que en el campo de la técnica exigían los nuevos programas que se formulaban para la vida nacional y las nuevas condiciones en que la producción debía desarrollarse para cumplir con ellos. Las obras portuarias, los ferrocarriles, los puentes y caminos, las construcciones, las obras de salubridad y el aprovisionamiento de maquinarias para la producción agropecuaria, exigieron en poco tiempo crecidas inversiones para las que no estaban preparadas las minorías terratenientes que constituían las clases acaudaladas. Se requirieron, pues, empréstitos o se otorgaron concesiones a grupos financieros extranjeros en condiciones variables, gracias a los cuales pudo realizarse una gigantesca labor constructiva y una modificación fundamental en las condiciones de la producción y del transporte, y la consecuencia fue una rápida elevación de los niveles de la producción y la riqueza.

Como era inevitable, estas transformaciones económicas, combinadas con la renovación demográfica, tuvieron una rápida y profunda trascendencia en la vida social. Las minorías dirigentes eran, en general, las poseedoras de los grandes latifundios, forma que adoptaba preferentemente la propiedad raíz; de aquí que su política de atracción tanto de inmigrantes como de capitales extranjeros se orientara hacia la satisfacción de las necesidades que suponía la gran propiedad. Se postergó la posibilidad de estimular una sistemática radicación de la masa inmigratoria sobre cuya base se hubiera podido crear rápidamente una nueva clase de pequeños propietarios rurales, con lo cual se hubiera satisfecho uno de los principios básicos del programa político-social de quienes habían inspirado la política de renovación demográfica; y por el contrario, se trató por todos los medios de que la masa inmigrante sirviera a los intereses de los terratenientes, para quienes el incremento de la actividad pecuaria, desarrollada en alto grado, significaba la ampliación de las expor-taciones de los productos derivados de la ganadería a los países importadores, aquellos precisamente que introducían los capitales y explotaban los métodos industriales de conservación de la carne. La consecuencia de esa política fue la constitución de un proletariado rural socialmente híbrido, cuyas perspectivas radicaban fundamentalmente en el abandono de los campos y en las tentativas que pudiera hacer en los grandes centros urbanos. Sólo en menor medida se desarrolló la agricultura, con preferencia explotada por los grandes propietarios mediante el sistema de arrendamientos en las zonas de tierras fértiles, y en escala incluso mucho menos desarrollada bajo la forma de colonias o pequeñas explotaciones individuales. De este modo, aunque se consiguió acrecentar la producción y el volumen de las exportaciones, con el consiguiente equilibrio progresivo de la balanza comercial, se echaron las bases de un disconformismo social que crearía un principio de inestabilidad entre los propietarios, los arrendatarios y los asalariados rurales, cuya consecuencia sería el continuo éxodo hacia los centros poblados.

Buenos Aires, Montevideo y Rosario fueron las que atrajeron mayor número de personas deseosas de probar fortuna al calor de la vigorosa actividad portuaria y comercial, pero otros muchos centros urbanos recogieron en menor medida numerosos núcleos de población, como Bahía Blanca, Córdoba y Mendoza; y constituye un curioso fenómeno económico-social la fundación en la Argentina de la ciudad de La Plata, en 1882, en la que se operó una artificial concentración de población y riqueza, efímera por la imposibilidad de competir con el puerto de Buenos Aires. En todas ellas se constituyó rápidamente un proletariado urbano adscripto a actividades económicas no productivas y caracterizado por un alto nivel de consumo; y como aprovechaba el necesario tránsito de la riqueza hacia los puertos, insertándose en la actividad comercial derivada, obtuvo múltiples ocasiones que pudieron utilizar individualmente muchos de sus miembros para operar su ascenso hacia las clases medias. La inestabilidad social fue, pues, en las ciudades, un fenómeno tan típico como el de los campos.

Esos grupos sociales —urbanos y rurales— caracterizados por su dependencia y su inestabilidad, constituyeron durante algún tiempo la clientela política de las minorías dominantes, pero buscaron poco a poco su propio nivel a través de otras organizaciones políticas que supieron ofrecerles satisfacción para sus anhelos: el partido Colorado en Uruguay y la Unión Cívica Radical en Argentina.

Partido de larga tradición, el Colorado había representado en el Uruguay la fuerza renovadora y liberal frente al nacionalismo blanco. La mayoría de la inmigración, especialmente la de origen italiano, se incorporó a sus filas y engrosó su número al mismo tiempo que tonificaba su actitud popular, actitud que robusteció José Batlle y Ordóñez desde el momento en que comenzó a dirigir el partido y el país. Las circunstancias fueron dramáticas. Batlle Ordóñez alcanzó la primera magistratura dentro de un régimen de compromiso con el partido Blanco, y se evadió de él tras una guerra civil en la que consiguió derrotarlo y eliminar a su caudillo, Aparicio Saravia, en 1904. A partir de entonces, inicia Batlle una política que, de liberal, pasa a ser socialista. Si en lo político alcanza su más alto punto con la reforma constitucional de 1917 que consagra —aunque muy limitada— la tesis del Poder Ejecutivo colegiado, en lo social logra imponer una legislación avanzada en lo referente a la previsión y las relaciones entre el capital y el trabajo, que acaso exceda a las demandas y a las necesidades de su época pero que, sin duda, ha prevenido los conflictos que, inevitablemente, debían suscitarse con el correr del tiempo.

La política de Batlle llevó al poder a una clase media de orientación democrática y popular que, al mismo tiempo, manifestó cierta tendencia al estatismo, preconizado por el jefe colorado. Era un signo más de la evolución de su pensamiento hacia la izquierda, y de la flexibilidad y previsión de su política, que aspiraba a ajustarse a la realidad adivinando el sentido de su transformación. Algo muy distinto debía ocurrir en Argentina con el movimiento que encabezó Hipólito Yrigoyen.

Los primeros signos de la inadecuación entre el régimen de las minorías dirigentes y la nueva sociedad plasmada, en gran parte, como resultado de su política, comenzaron a advertirse a lo largo de la presidencia de Juárez Celman e hicieron crisis en la revolución de 1890. Encabezaron el movimiento hombres de tendencia democrática de diversas capas sociales y distintas orientaciones políticas, concordes todos ellos en repudiar el fraude electoral, el “unicato” o prepotencia presidencial y la administración dispendiosa y sin escrúpulos. Pero si el movimiento tuvo eco y pudo finalmente canalizarse en un partido político fue porque aglutinó la masa descontenta de los que se sentían manejados políticamente como mera clientela electoral e ignorados en sus derechos fundamentales. El movimiento —que encarnó pronto la Unión Cívica Radical— fue eminentemente político y exigió sobre todo el libre ejercicio del derecho del sufragio. La cuestión social apenas había aparecido y nadie sospechó que pudiera llegar a ser grave en un país en el que las condiciones de la vida económica eran excepcionalmente favorables para las clases trabajadoras dada la abundancia de los géneros alimentarios. Esta circunstancia hizo que el naciente movimiento soslayara desde el primer momento los problemas económicos y sociales y se transformara pronto en partido mayoritario en virtud de no haber deslindado las posiciones acerca de los puntos fundamentales de la acción de gobierno, con lo cual tuvieron acceso a él todos los que coincidían vagamente en ciertos anhelos primarios de honestidad política.

Encarnó esos ideales Hipólito Yrigoyen, que pretendió forzar a la oligarquía unas veces mediante los movimientos militares y otras con la abstención electoral, que entendía como una sanción moral. Esta última obró en el ánimo del presidente Sáenz Peña, que satisfizo las exigencias de la oposición mediante una ley electoral que establecía el sufragio universal, secreto y obligatorio, bajo cuyo imperio se realizaron las elecciones en que triunfó Yrigoyen en 1916.

Su gobierno renovó los equipos administrativos y políticos, pero no renovó la situación económico-social del país, de modo que nada cambió fundamentalmente. El paternalismo del presidente pudo ser simpático a muchos, pero no constituía una actitud capaz de resolver los nacientes problemas del país en los que no era difícil adivinar —como lo señalaban ya por entonces el socialismo y los movimientos obreros— los conflictos que se preparaban para el futuro. Pero el radicalismo no podía afrontar aquellos problemas porque integraban sus filas hombres de muy distintas orientaciones, oscilando desde la extrema derecha hasta una izquierda ligeramente demagó-gica; y prefirió la inmovilidad, acompañada, por cierto, en el segundo gobierno de Yrigoyen, de inmoralidad administrativa y política.

VI

Dos golpes de Estado interrumpieron la normalidad constitucional en Argentina y en Uruguay; en 1930 un movimiento militar depuso al presidente Yrigoyen en Argentina, y en 1933 dio el presidente Terra un golpe de Estado que suprimió el Consejo de Administración y le entregó la suma del poder. En ambos casos puede advertirse la repercusión de los movimientos autoritarios que por entonces habían aparecido en Europa; pero el desarrollo posterior de la vida política en uno y otro Estado revela la fuerza de las condiciones con que los regímenes anteriores habían moldeado la realidad. En Argentina, en efecto, prosiguió la misma tendencia a ignorar los problemas sociales, agravada ahora con un régimen político en el que la minoría reaccionaria pugnaba por sostenerse en el poder mediante el más descarado fraude electoral. Así se explica el creciente escepticismo político de las masas, que un día irrumpieron violentamente cegadas por las promesas de la demagogia. En Uruguay, en cambio, el episodio dictatorial se diluyó poco a poco, y la presión de la opinión pública forzó a los herederos del “terrismo” a volver al cauce constitucional, para proseguir dentro de un régimen democrático y al mismo tiempo socialmente avanzado.

Ambas crisis —las de salida de los regímenes del golpe de Estado en Argentina y Uruguay— se operaron al promediar o finalizar la Segunda Guerra Mundial. Un clima de revisión predominaba en el mundo con respecto a los saldos políticos de la primera posguerra. Y la diversidad de las situaciones creadas por el radicalismo y el coloradismo en uno y otro país, impusieron finalmente su signo sobre el destino político de cada uno.

La experiencia argentina. 1966

En el vasto territorio de lo que hoy es la Argentina, una comunidad no demasiado numerosa de hombres de origen europeo en su gran mayoría ha forjado y forja cotidianamente un país. En las inmensas tierras americanas no estaban preestablecidas sus fronteras, ni las habían dibujado pueblos antiguos de rica cultura. Lo que hoy es la Argentina era una parte imprecisa de una enorme llanura entre los Andes y el mar, cuyos límites estableció con su dura experiencia la pequeña comunidad humana que se instaló en ella, sobre el Río de la Plata, en la llanura, al pie de las montañas. Algunos pobladores vinieron directamente de España, pero otros llegaron a través del Perú o de Chile y pensaron que las ciudades que fundaban eran prolongaciones de esas comarcas. Sólo la experiencia les enseñó que el único núcleo aglutinante estaba en las bocas del Río de la Plata, por donde toda la llanura salía al mar y al camino de Europa. La Argentina fue el país que se formó alrededor de las bocas del Río de la Plata, y allí se estableció, una y otra vez, Buenos Aires.

En un principio, la Argentina fue un pequeño conjunto de ciudades salpicadas en el desierto: Buenos Aires, Santiago del Estero, Córdoba, Salta, Mendoza, Corrientes, Santa Fe. Las unían imprecisos caminos dibujados por las huellas de los conquistadores, a través de una extensa tierra tan desierta como feraz. Pero en la llanura no había minas, ni densas tribus de aborígenes que pudieran utilizarse para plantaciones; sólo hubo vacas y caballos cuando fueron traídos de Europa, y en esas tierras se criaron robustos y salvajes hasta formar enor-mes manadas. Desde las ciudades se penetraba con recelo en el casi ignoto mundo de la llanura, y de allí se traían los animales que se criaban o se sacrificaban; y a principios del siglo XVII se comenzó a exportar desde Buenos Aires cuero y carnes saladas. Así se configuró, en los remotos orígenes, el primer esquema de la economía argentina.

Poblaban las ciudades españoles, descendientes de españoles, mestizos a veces, que se ocupaban de la administración y del comercio preferentemente. Eran aldeas pequeñas, sin muchas perspectivas, aherrojadas por el monopolio comercial instaurado por España, entre las cuales se destacó Buenos Aires no sólo por ser puerto de mar sino también porque la vecindad con las colonias portuguesas permitió el productivo ejercicio de un comercio ilegal. El contrabando reemplazó el tráfico de mercancías que España limitaba hasta el ahogo, y estimuló en la pequeña capital —de la gobernación primero y del virreinato después— la formación de una clase considerablemente rica, cuyos miembros eran quizá los mismos que medraban con el comercio monopolista. El resto de las ciudades cumplían también, en menor escala, funciones administrativas y mercantiles, y sólo en algunas del norte crecía el trabajo rural, se desarrollaba una tímida actividad minera o prosperaban algunas manufacturas.

En los campos, sobre todo en la vasta llanura poblada de ganado salvaje, la población se constituyó espontáneamente con españoles, criollos, mestizos y los que resultaron de las cruzas. Entre ellos estaban esos “gauchos” que observó Félix de Azara. Todos ellos diferían de los hombres de las ciudades, porque en éstas la vida había estado reglada desde un principio con suma precisión por las leyes españolas, en tanto que en las campañas la vida se había desenvuelto libremente y había adoptado los caracteres que la naturaleza le imponía. Era otro mundo, que los ciudadanos ignoraban y menospreciaban. Pero lo más importante para el futuro argentino es que, además, lo consideraron como un mundo marginal, sin derecho a participar en la vida común.

Dos mundos: uno severamente reglamentado a imitación de Europa y otro extremadamente libre en el cuadro de una naturaleza casi virgen, constituían el conjunto originario de lo que sería la Argentina. Quizá los rioplatenses se sintieran distintos de los paraguayos o de los peruanos ya desde antes; pero fue sobre todo en el siglo XVIII cuando comenzaron a adquirir conciencia de que formaban una unidad. La creación del Virreinato del Río de la Plata en 1776, las guerras contra los portugueses que pretendían apoderarse de la Banda Oriental y, sobre todo, las invasiones inglesas de 1806 y 1807, intensificaron aquel sentimiento nacional. Las tierras y ciudades que se reunían alrededor de Buenos Aires comenzaron a formar un país.

Cuando el imperio español quedó impotente —entre la amenaza de la Francia napoleónica y las victorias navales de Inglaterra— los rioplatenses decidieron que ya constituían un país y que era necesario darle forma. El 25 de mayo de 1810 se dieron un gobierno propio y comenzaron a introducir visibles cambios en su manera de vivir. La iniciativa había sido porteña, obra de los hombres de Buenos Aires, de la burguesía mercantil ilustrada que vivía en la capital del virreinato y estaba atenta a los tormentosos acontecimientos que se sucedían en Europa desde 1789. Las ideas liberales habían ganado muchos adeptos, y parecieron un modelo aplicable al nuevo país para lograr que se pareciese a los Estados Unidos de América. Porteños constituyeron la primera Junta de Gobierno, y porteños fueron los inspiradores de todos los actos de los primeros tiempos, hasta la época de la Asamblea General Constituyente de 1813, que consolidó los anhelos de independencia y asentó los principios liberales. Ejércitos porteños partieron de Buenos Aires para llevar la buena nueva hacia el Paraguay y el Alto Perú. El nuevo país independiente fue, pues, obra y creación de la antigua capital virreinal.

Pero si Buenos Aires tuvo el mérito de la iniciativa, no tuvo el de desenvolverla con clara comprensión de la realidad. Sus audaces dirigentes, impregnados de nuevas ideas y entusiastas de los cambios radicales, subestimaron la fuerza de las otras ciudades, más calmas y tradicionalistas, e ignoraron la existencia de ese mundo rural que crecía al margen de las ciudades sin que se le confiriera el derecho a integrarse con ellas. A poco de empezar su vida independiente, el nuevo país se vio envuelto en una guerra civil.

Cuando ya amenazaba con desencadenarse —por el recelo de las regiones interiores frente a la orgullosa capital—, un congreso reunido en Tucumán en 1816 pudo, todavía, aunar la mayoría de las voluntades para declarar solemnemente que los rioplatenses coincidían al menos en la decisión de ser libres. Así fue declarado el 9 de julio, y desde entonces adquirieron las Provincias Unidas del Sur los títulos necesarios para ser consideradas como una nación soberana. Pero el Congreso de Tucumán no pudo dar al país un ordenamiento institucional, porque las opiniones chocaron al llegar el momento de las decisiones. El gobierno de Buenos Aires siguió como un régimen de hecho, como una continuación del orden virreinal, como un fruto de la Revolución; pero el resto del país le restó cada vez más su apoyo hasta que lo disolvió por las armas. A principios de 1820, los ejércitos de las provincias litorales derrotaron al de Buenos Aires — que se consideraba nacional— y el nuevo país quedó disuelto. Las Provincias Unidas serían, de aquí en adelante, un conjunto de provincias desunidas.

Sólo el general José de San Martín mantuvo su fe inconmovible en el destino del país unido. Solicitado para que sirviera en la guerra civil, respondió que no intervendría en ella. Pero, al margen de las disputas, se propuso dar realidad al voto del Congreso de Tucumán y asegurar la soberanía de la nueva nación. Pacientemente, organizó un ejército en las provincias cuyanas y con él cruzó la cordillera de los Andes para enfrentar a los ejércitos españoles que se proponían recuperar las colonias para la madre patria. En 1817 los derrotó en la batalla de Chacabuco y al año siguiente en la de Maipú. Con esas victorias quedaba afianzada la independencia de Chile y asegurada la de Argentina. Pero pensando que era necesario aniquilar el último reducto español, llevó su ejército al Perú y se apoderó de Lima en 1821. Libres los países fronterizos, la independencia argentina estaba asegurada.

Desde 1820 hasta principios de 1826 no existió un gobierno nacional, y las provincias ordenaron su vida según sus libres y espontáneas tendencias. Buenos Aires, bajo la inspiración de Rivadavia, procuró llevar a la práctica las aspiraciones de progreso y modernización que alentaban los grupos liberales. Las demás provincias, por su parte, salvo excepciones, perpetuaron sus modos de vida tradicionales. Pero todas volvieron a unirse ante la amenaza de guerra con el Brasil, y coincidieron en la elección de Rivadavia como presidente de la República. La guerra, conducida por el general Alvear y el almirante Brown, proporcionó importantes triunfos al país. Pero, entretanto, la gestión de Rivadavia suscitó nuevos recelos de los grupos del interior. Como la Constitución de 1819 había desencadenado la guerra de 1820 a causa de sus tendencias centralistas, del mismo modo la que se proyectó en 1826 promovió la resistencia. Rivadavia debió renunciar y el gobierno nacional volvió a desaparecer.

En Buenos Aires fue elegido gobernador un partidario del federalismo, Dorrego, visto con buenos ojos por las otras provincias. Pero un golpe militar dirigido por Lavalle —unitario— lo derrocó, y Dorrego fue fusilado. Desde ese momento la guerra civil no tuvo pausa en la Argentina. Rosas apareció como el jefe federal de Buenos Aires, de acuerdo con López y Quiroga en el interior. Lavalle combinó sus acciones con Paz para oponérseles. Se enfrentaron así dos países ideológicos que representaban los ideales de dos países reales: no el campo y la ciudad en abstracto, sino la ciudad de Buenos Aires, con su puerto y su aduana, y el resto del país con su economía casi natural y su sentimiento de dependencia inexorable frente a la metrópoli que estaba en la boca del río abierto hacia Europa. En 1830 se constituyó la Liga del Interior presidida por Paz y en 1831 se firmó el Pacto Federal entre las provincias litorales. Buenos Aires parecía solidaria con sus hermanas ribereñas, pero pronto el gobernador de Buenos Aires, Rosas, demostró que él y los demás saladeristas no estaban dispuestos a compartir los beneficios del puerto y la aduana con nadie. El país quedó dividido en tres cuando, caído Paz, se midieron los tres jefes federales que poseían poderes regionales: Rosas, López y Quiroga.

Poco tiempo necesitó Rosas para sobreponerse a sus dos rivales y para reafirmar la supremacía de Buenos Aires sobre el resto del país. De manera informal, pero muy firme, Rosas restableció la unidad del país bajo su autoridad personal, asumiendo la representación de todos los federales para enfrentar a sus rivales unitarios. Repetidas veces los derrotó en batalla y, además, los persiguió implacablemente, sobre todo después de 1840. Los franceses bloquearon el puerto de Buenos Aires tratando de conseguir y mantener el mercado de Montevideo, en vista de que los ingleses, amigos de Rosas, controlaban el de Buenos Aires; y después de algún tiempo, también los ingleses se unieron al bloqueo. Pero Rosas resistió apoyado en un frente interno muy unido a causa de su vasto prestigio popular. Las clases altas, en cambio, le eran hostiles, excepto los que componían el círculo saladeril y los grandes terratenientes a quienes él había beneficiado. Esta situación hizo crisis cuando los ganaderos del litoral no pudieron soportar más el ahogo producido por las prohibiciones que pesaban sobre la navegación de los ríos, y se decidieron a la acción. El gobernador de Entre Ríos, Urquiza, organizó una coalición que en 1852 dio por tierra con Rosas en la batalla de Caseros.

Desde los primeros tiempos del gobierno de Rosas, muchos estudiosos se preguntaron sobre la explicación del fenómeno político que contemplaban. Todos coincidieron en que el país tenía dos caras: una urbana y otra rural, y que la lucha civil había sido la expre-sión de ese enfrentamiento, que había desembocado en la dictadura de Rosas. Sarmiento definió esta contraposición como “civilización y barbarie”, términos con los que definía un juicio de valor; pero aun confusos, los términos contrapuestos correspondían a una realidad. La respuesta de los expatriados con visión política fue buscar una fórmula que superara ese antagonismo, y la hallaron en el diálogo con los disidentes del rosismo. Urquiza la encarnó y logró que se plasmara en la Constitución de 1853, federal pero representativa, progresista sin olvido de las tradiciones y equidistante de los intereses de Buenos Aires y del interior.

Sin embargo, después de Caseros los grupos liberales de Buenos Aires habían sospechado de Urquiza y se habían alejado de él. La ruptura determinó que desde 1852 hasta 1862 Buenos Aires constituyera un Estado independiente, opuesto a la Confederación Argentina. La guerra económica que estalló entre ambos Estados expresaba lo que había detrás del conflicto: la Confederación creó el puerto de Rosario y otorgó aranceles favorables a los productos que llegaran sin tocar en Buenos Aires. Esta vez, el conflicto no se disimulaba bajo una máscara ideológica o política. Pero la realidad se empeñó en probar que las dos partes del país se necesitaban, y la antigua fórmula transaccional fue ajustada hasta decantarse en un acuerdo. Luego de dos batallas —Cepeda y Pavón— Buenos Aires se incorporó a la Confederación Argentina y la Constitución de 1853 tuvo plena vigencia a todo lo largo del país unificado.

Desde 1862 hasta 1880 se sucedieron en la presidencia de la República Bartolomé Mitre, Domingo Faustino Sarmiento y Nicolás Avellaneda. Porteño el primero y provincianos los dos últimos, su origen simbolizó la progresiva conquista de Buenos Aires por el interior. Finalmente, en 1880 la ciudad de Buenos Aires fue federalizada.

Durante ese lapso, el gobierno de la nación se empeñó en ajustar el nuevo mecanismo institucional, que Urquiza, como presidente de la Confederación, había puesto ya en funcionamiento. El régimen administrativo, la justicia, los correos, las relaciones interprovinciales, las de las provincias con la nación, el ejército, la educación, la salud pública, la aduana, todo fue necesario montarlo en función de la totalidad de la nación, venciendo dificultades técnicas y, lo que era aun más grave, sospechas y temores recíprocos. Pero poco a poco la tarea dio sus frutos y pudo decirse que, durante esos años, se había logrado la “organización nacional”. Ciertamente, todos los problemas que habían enfrentado a las distintas regiones y a los distintos sectores del país comenzaban a entenderse sobre la base de soluciones equitativas.

Empero, la labor de los gobiernos de Urquiza, Mitre, Sarmien-to y Avellaneda no se limitó a resolver los problemas del pasado. La minoría que ejercía el poder tenía ideas claras sobre el futuro. Creía que el porvenir argentino consistía en incluir al país en la línea del desarrollo económico y cultural de Europa. Y para alcanzar este objetivo promovió un cambio sustancial en la vida argentina. Tan profundo era su convencimiento acerca de las ventajas de esa política que no vaciló en modificar la estructura de la sociedad, incorporando al país una ingente masa de inmigrantes que acudió al insistente llamado del gobierno argentino. No le ofreció éste tierras ni planes organizados de trabajo, pero puso en sus manos una economía abierta, que se orientó decididamente al aprovechamiento de las tierras fértiles para la producción de carnes, lanas y cereales que tenían gran demanda en el mercado europeo. Los inmigrantes se incorporaron a estas actividades, pero también al comercio y al artesanado, logrando muchos de ellos con notable rapidez una posición económica de tal nivel que quedaron incorporados a una clase media acomodada que se constituía aceleradamente gracias al bienestar y a la prosperidad general. El trabajo de todos enriqueció también a las clases ricas tradicionales, generalmente dueñas de la tierra. Y los grandes comerciantes que acumulaban los “frutos del país” reunieron ingentes fortunas en el comercio exportador.

Pero la política de la minoría que ejercía el poder no se limitaba a promover la inmigración. También promovió la modernización del país. Y así como recurrió a Europa para poblar el país, recurrió a ella para buscar capitales. Los ferrocarriles fueron la empresa más tentadora. En un país tan extenso y desierto, el ferrocarril fue instrumento fundamental de cambio. Extensas zonas se incorporaron a la explotación, y la vida se hizo posible en ellas. En las fronteras, los indios amenazaban a la población blanca. Pero el presidente Avellaneda asumió la responsabilidad de terminar con esa amenaza y cumplió sus planes gracias a la actividad de Adolfo Alsina y del general Julio A. Roca, que dirigió la campaña del desierto en 1879. Nuevas tierras se dedicaron entonces a la cría de ganado. Entretanto, otras obras completaban el reequipamiento moderno del país. Se iniciaron las obras para la construcción de varios puertos, empezando por el de Buenos Aires; se construyeron puentes, se tendieron hilos telegráficos, se hicieron obras de salubridad, todo lo necesario, en fin, para facilitar la producción de la riqueza y ofrecer mejores condiciones de vida a la población que intervenía en ella. Escuelas primarias, colegios secundarios, bibliotecas, hospitales, surgieron de la tesonera acción de esa minoría ilustrada.

Principal actora del proceso, esa minoría se había enriquecido con la valorización de las tierras, con el aumento y diversificación de la producción, con el desarrollo de una intensa actividad financiera. La generación que le siguió se encontró en la abundancia y comprobó que el país que recibía no era ya el de los días de Caseros y de Pavón. Era un país organizado, próspero, con una población heterogénea, con una creciente clase media, con ciudades desarrolladas. La era de los propulsores había terminado, y sus herederos consideraron que eran los herederos legítimos del país que sus padres habían construido.

El tono moral del país cambió sensiblemente después de 1880. La empresa de organizar y modernizar el país unificado perdió el aire misional que había tenido y dejó paso a una vasta aventura tras la riqueza. Fue entonces cuando se comenzó a dibujar la imagen de una Argentina próspera, de porvenir seguro, tierra de promisión para todo el que quisiera hacer fortuna con su esfuerzo. Dada la densidad de población y la demanda europea de las materias primas argentinas, esa imagen no estaba muy alejada de la realidad. Y tanto las clases altas como los distintos sectores de la clase media que se constituía con población de origen inmigrante, se ajustaron a ella y procedieron en consecuencia.

La persecución de la riqueza fue un signo de la época, que Julián Martel pintó diestramente en La Bolsa. Hubo altibajos, como la crisis de 1890, y hubo, naturalmente, muchos que se hundieron en la miseria mientras recorrían el camino hacia la riqueza. La especulación, especialmente en tierras, el uso inmoderado del crédito, el planeamiento desaprensivo de fantásticos negocios, envenenaron la vida financiera y suscitaron una corriente de inmoralidad que alcanzó a los sectores más responsables. Pero, entretanto, se proseguía la obra de población y modernización del país con el mismo o mayor empeño: los inmigrantes entraban en proporciones extraordinarias, los capitales acudían, los ferrocarriles progresaban, aumentaban las cifras de la exportación de carnes, lanas y cereales y crecía el volumen de las importaciones destinadas a aprovisionar a un público consumidor cada vez más considerable. La prosperidad se traslucía en los altos niveles de vida, tanto de la aristocracia tradicional, cada vez más cerrada, como de las clases medias, cada vez más abiertas.

Quizá fuera éste el rasgo más significativo de la época. Sorprendida, y sin duda disgustada, por el aspecto heterogéneo que iba adquiriendo el país, la vieja aristocracia criolla, antes modesta, comenzó a adquirir ínfulas de aristocracia o de plutocracia y a estrechar sus filas para denotar que constituía un sector distinto de la masa que componían las clases populares y las clases medias saturadas de inmigrantes de diversos orígenes. Éstos, por su parte, corrieron las distintas andanzas que permitían las posibilidades económicas del país y escalaron los diversos grados de la fortuna, con lo cual constituyeron una clase media abierta, muy móvil, cuyos miembros, si bien se mantuvieron ajenos a la vida política, procuraron consolidar su posición social y representar un papel generalmente superior al que correspondía a su posición económica.

En el orden económico, tanto las clases altas como las medias se transformaron en fuertes consumidoras de bienes. En el orden político, las clases altas mantuvieron el control del Estado. Pero en este aspecto la situación comenzó a hacerse cada vez más inestable, sobre todo a medida que comenzaron a alcanzar mayoría de edad las promociones de argentinos hijos de inmigrantes, que aspiraron a participar en la vida política del país y encontraron una valla en la cerrada actitud de las clases tradicionales.

Los descendientes de los viejos liberales, en efecto, adquirieron los rasgos de un grupo conservador. Para enfrentarlo, las clases medias comenzaron a aglutinarse alrededor de algunos principios democráticos, relacionados sobre todo con la pureza del sufragio, puesto que los grupos conservadores respondieron a las nuevas demandas políticas falseando cada vez más el régimen electoral. La Unión Cívica Radical, inspirada por Leandro N. Alem, recogió esas inquietudes, y desde 1890, en que se lanzó a la revolución, en adelante, fue el movimiento político que expresó a las clases medias. A partir de entonces el país adquirió una nueva fisonomía: dos partidos que representaban con bastante fidelidad dos sectores sociales del país, aunaban las opiniones de vastos sectores y expresaban sus designios acerca del futuro nacional. Otros partidos aparecieron, como el socialismo; pero conservadorismo y radicalismo fueron los grandes temas que aglutinaron a la opinión pública.

Inequívocamente mayoritario, el radicalismo fue mantenido fuera del poder por los conservadores durante largo tiempo; pero el presidente Roque Sáenz Peña decidió quebrar esa política e hizo sancionar una ley que establecía el sufragio secreto, universal y obligatorio. En virtud de ella, el radicalismo llegó al poder en 1916 imponiendo a Hipólito Yrigoyen como presidente.

Entre 1916 y 1930, el gobierno radical condujo al país por un camino semejante al recorrido por sus antecesores. Sólo la aparición de nombres nuevos, de extracción modesta a veces, en los elencos gubernamentales, puso de manifiesto el cambio operado. Pero tanto desde el punto de vista de la política económica como de la política social, las cosas no cambiaron.

Y sin embargo, los problemas del país cambiaban y se hacía visible que se necesitaban nuevas soluciones. El radicalismo había aglutinado en la oposición no sólo a las clases medias, a las que representaba fielmente, sino también a vastos sectores populares; pero, una vez llegado al poder, el radicalismo dejó de ser una esperanza para estos últimos, como se advirtió a partir de la gran huelga de principios de 1919. El movimiento obrero tenía ya cierto desarrollo, y fue creciendo con el tiempo; y en las zonas rurales aparecieron problemas que requerían soluciones. Más aún, la pequeña clase media manifestaba las angustias que son propias de su condición de grupo-límite, y tampoco divisaron una esperanza en el radicalismo. De ese modo, una vasta red de desilusiones debilitó poco a poco al numeroso movimiento que había llegado al poder seguro de representar al país en pleno. Al producirse las primeras dificultades graves para la economía del país —tras la crisis mundial de 1929—, el gobierno cayó empujado por la revolución de 1930.

Para entonces era ya visible que la modernización del país no sólo se había operado en cuanto a su equipo y a sus instituciones fundamentales, sino también en cuanto a la aparición de los problemas propios de una sociedad evolucionada. Conscientes de sus intereses, los distintos grupos sociales pugnaban por defenderlos y por arrancar al gobierno las decisiones que les interesaban. Así como después de 1852 pareció que la Argentina había superado una era de enfrentamiento de intereses inconciliables, después de 1930 se advirtieron recaídas en una situación conflictual en la que los intereses comunes de la colectividad nacional parecían menos importantes que los de cada uno de los grupos sociales.

Los gobiernos que surgieron de la revolución de 1930 atendieron preferentemente a la suerte del sector agropecuario, amenazado por la crisis de sus tradicionales mercados europeos; pero su política económica trajo una retracción que tuvo graves consecuencias para el país, puesto que disminuyeron las fuentes de trabajo en muchas regiones, creció la desocupación, se acentuaron las diferencias de clase y se inició una era de éxodo de población rural hacia las ciudades, especialmente hacia Buenos Aires.

Un pequeño desarrollo industrial comenzó a producirse por entonces, que requirió mano de obra especializada; pero no podía absorber los gruesos contingentes de desocupados que poblaron los sórdidos caseríos que ya aparecían en los alrededores de Buenos Aires. Esos sectores populares perdieron las esperanzas en la acción de los gobiernos llamados democráticos, y no sólo porque los veían ajenos a sus problemas urgentes y primarios sino porque aprendieron en su ejemplo a desconfiar de la democracia misma.

La Segunda Guerra Mundial abrió las perspectivas de la industria en algunas ciudades, y los altos salarios que empezaron a ofrecer constituyeron nuevos estímulos para la migración de grupos rurales hacia la metrópoli. Al terminar la guerra, el mapa social del país ofrecía rasgos muy distintos de los tradicionales, puesto que había adquirido coherencia un vasto grupo social marginalizado por las condiciones económicas, sociales y políticas del país.

Ese grupo —y otros que, en distintas circunstancias, habían sufrido el mismo proceso de marginalización— fueron los que prestaron su apoyo al vasto movimiento político lanzado por el coronel Juan Perón después de la revolución de 1943, que había puesto fin al gobierno del presidente Castillo. Perón inició una transformación importante en la política económica del país, apoyando a los sectores industriales y nacionalizando algunos servicios fundamentales. Pero además inició una política social que, aunque débilmente sustentada, significó un cambio sustancial para las clases populares, hasta entonces omitidas en todos los planes gubernamentales.

Apoyado en fuertes grupos militares por una parte, y en el movimiento sindical por otra, el gobierno que había comenzado constitucionalmente en 1946 pudo desarrollar una obra de inequívoco sentido popular. La falta de una política profunda que asegurara la perpetuación de sus tendencias no fue advertida por sus partidarios, que mantuvieron incólume su apoyo durante diez años. Pero desde 1950 la situación económica se fue haciendo más difícil, y la política salarial del gobierno encontró más obstáculos. Entretanto, diversas circunstancias le enajenaron el apoyo de los sectores católicos y militares, y el presidente Perón fue derrocado por una revolución en 1955.

La época de Perón reveló la existencia y la polarización de un sector popular muy definido, en el que había un fuerte grupo de obreros industriales, pero que se componía también de gentes humildes y de pequeña clase media que apreciaba la protección que el Estado había comenzado a prestarles por entonces. Ese vasto sector se sintió defraudado en 1955 cuando Perón fue derrocado. Desde entonces constituyó un sector marginalizado políticamente, que idealizó los tiempos en que el Estado —por intermedio del presidente de la nación— parecía consciente de sus responsabilidades de defensor de los intereses de las clases más necesitadas. Los gobiernos surgidos de la revolución de 1955 intentaron reconstruir la economía tradicional, sin descuidar, por cierto, el estímulo del desarrollo industrial. Intentaron también asegurar la vigencia de la democracia, aun cuando conjuraran las amenazas de retorno del peronismo con distintas medidas ocasionales. Pero el país percibió la existencia de un conflicto de difícil solución entre los ideales democráticos y las garantías de libertad, que para muchos aparecían comprometidas por la experiencia del peronismo, cuyo gobierno no fue respetuoso de las minorías. No sin incertidumbres políticas, el país se acercó a la celebración de los ciento cincuenta años de la Declaración de la Independencia.

Inestable por la vivacidad de los cambios sociales y económicos que están lanzados, la Argentina no oculta la pujanza de su economía y la vitalidad de los procesos sociales que se dan en su seno. Una viva cultura aflora cada vez más nítidamente. Sólo necesita hallar una fórmula para que las fuerzas socioeconómicas ocupen el sitio que corresponde a su auténtica significación en la balanza de poder. No es fácil, pero alguno de los intentos tendrá éxito, y entonces podrá disiparse la nube que cubre el destino argentino, superficial pero oscura. Una mirada sobre el país basta para descubrir que todos sus sectores desean vehementemente hallar aquella fórmula para que sea factible la empresa común llena de promesas.

La extensión universitaria. 1958

Para cerrar este acto quizá fuera suficiente someter a ustedes al suplicio de sintetizar, después de haberlas oído en extenso, las conclusiones a que se ha arribado. A todos nos ha resultado evidente que el trabajo realizado por las comisiones ha sido extraordinariamente fecundo. Si algo ha malogrado en otras ocasiones este tipo de iniciativa, ha sido el no saber nunca descender suficientemente al plano de las realidades concretas, a los problemas inmediatos de la realización; pero esta vez nos hemos encontrado, a través de las conclusiones que hemos oído, con que se han estudiado los problemas reales que se le plantean a la Universidad en relación con el medio social, buscando soluciones concretas y exponiendo con claridad, con inteligencia y con modestia, cuál es el esfuerzo que se ha hecho y el que debe hacerse en un futuro inmediato.

En realidad, a mí me queda muy poco por decir. Pero si me conceden unos minutos, pienso que después de haberse desarrollado el análisis de los problemas concretos de la extensión universitaria, puede ser conveniente volver a recordar ciertos fundamentos y ciertas razones de peso, que justifiquen el que la Universidad se encargue de esta labor. Pienso que es oportuno hacerlo porque la Universidad argentina conserva cierto antiguo empaque académico, que les hace suponer a algunos que tal labor carece de rango universitario. Esta actividad es quizás una de las que suelen escandalizar a los espíritus pacatos; pero lo cierto es que el mundo se escandaliza demasiado para que nos asustemos de los que se escandalizan. Tenemos que enfrentarnos con un mundo en el que los cambios sociales se aceleran de un modo demasiado impresionante como para que estas reflexiones nos detengan. Hay que seguir en esta labor, como en tantas otras que afectan a la existencia misma de la comunidad nacional.

La extensión universitaria, es decir, la idea de que la Universidad debe extender su labor más allá del pequeño mundo dentro del cual habitualmente desarrolla su acción, la idea de que la Universidad debe salir de los claustros y tomar contacto con el mundo exterior, fuera de los límites estrictamente académicos, está íntimamente unida a la reforma universitaria de 1918. Me ha preocupado mucho, como uno de los tantos fenómenos típicos de la vida argentina, averiguar qué relación puede haber existido entre la aparición de esta inquietud en la juventud universitaria de esa época y el ambiente intelectual y espiritual del país en ese momento. Y me ha interesado pensar en ella porque he llegado a conocer a esa primera generación de la reforma universitaria, y pienso en Ripa Alberdi y en Deodoro Roca, y me pregunto cómo podía coexistir ese inequívoco sentimiento de aristocracia intelectual que caracterizó a esa primera generación, con este sentimiento de simpatía por lo popular, que fue evidente en la primera versión de la Reforma Universitaria. Hubo, sin duda, no sólo una gran generosidad de espíritu en aquellos jóvenes, sino también circunstancias objetivas que justificaron la aparición de esa inquietud. Si algo llamó la atención de los jóvenes de entonces, fue ese aspecto caduco que tenía la Universidad argentina, ese aspecto esclerosado que le deben las viejas academias, ese aspecto de desconexión con la vida del país que era característico de la Universidad de entonces. Eran universidades que no sólo estaban encerradas dentro de estrechos límites académicos, sino que estaban encerradas también dentro de estrechos límites sociales, por lo que llamaríamos la élite académica, que coincidía con la élite social. De modo que el espectáculo mismo de la Universidad estaba induciendo a preguntarse si aquello podía seguir así, y si los cambios sociales y políticos que por entonces comenzaban a producirse en el país podían soportar el mantenimiento de una Universidad que hacía gala de su capacidad de aislamiento y de ignorancia respecto de lo que ocurría en el mundo. No sólo acababan de producirse en el país hechos funda-mentales, sino que estaban ocurriendo en el mundo entero; se había producido la primera guerra, la Revolución Rusa, los primeros fenómenos que siguieron a la guerra, creando todo ello, en 1918, 1919 y 1920, un clima de turbulencia que sirvió para descubrir en cada una de las sociedades la existencia de problemas sociales. Y estas generaciones que descubrían una Universidad caracterizada, precisamente, por su incapacidad para comunicarse con el mundo social, comprendieron que comenzaba un período de transformaciones que requerían que todos los sectores de la comunidad nacional entraran en estrecho contacto para comenzar un nuevo modo de vida.

Y entonces pareció que era el momento de adoptar una nueva actitud universitaria. Muy poco tiempo después apareció el famoso tema de la identificación de “obreros y estudiantes”, y es sabido que fue típico de algunas universidades la casi obligatoria implantación del “overall” como prenda representativa del estudiante universitario.

Este sentimiento, cualquiera fuera el alcance que pudiera tener, cualquiera fuera la mella que hubiera hecho en las circunstancias de la vida nacional y mundial, determinó un singular estado de ánimo; hubo una especie de viraje de una institución que acostumbraba solamente a contemplarse a sí misma hacia la contemplación de otros problemas, viraje que estaba evidenciando que tenía escondidas en su seno las raíces de un profundo drama, y así comenzó esta preocupación por los problemas sociales, suscitada por circunstancias del momento nacional y circunstancias del momento mundial, desencadenadas por un estado de espíritu de la época, que cuajó en la vida universitaria argentina, como también en el ámbito extrauniversitario, por razones que además contribuían en forma vehemente a que no pudiera dejar de contemplarse la peculiaridad del ambiente social argentino. Esto indujo a muchos universitarios a considerar como una obligación de la Universidad la de dirigirse hacia él.

Si algo caracteriza al medio social argentino es su heterogeneidad, la coexistencia de grupos que tienen un carácter singular, pero que coexisten de tal manera que la comunicación entre ellos es sumamente difícil. Nuestro país se caracteriza por la incomunicación. No conocemos castas, no conocemos principios inquebrantables de cla-se y, sin embargo, la fuerza de los hechos, la peculiaridad del proceso de formación de nuestra sociedad es tal, que se han creado en su seno diversas capas que parecen tener una irreductible independencia. Tal es la peculiaridad de la vida argentina. Nuestra falta de comunicación, nuestra falta de articulación social, nos ha llevado a la imposibilidad de contar con corrientes de opinión que se formen de una manera rápida y coherente a través de los estratos sociales, que tengan la posibilidad de comunicarse. Si la expresión pudiera no parecer exagerada, yo diría que contamos con un país que tiene una sociedad, pero que carece de una comunidad. Tenemos que construirla: constituye uno de los esfuerzos más importantes de los grupos lúcidos y responsables, el de contribuir a la creación de las condiciones de existencia de la comunidad nacional, de una comunidad que se reconozca a sí misma, integrada por todos los grupos que la forman.

Naturalmente, esta tarea no está encomendada a nadie específicamente. Si se nos preguntase quién ha hecho esta tarea en otras partes, yo diría que nadie; y si insistieran en la pregunta, respondería que el tiempo. La comunidad nacional británica, la comunidad nacional francesa, ¿quién las ha hecho sino el tiempo? Pero, como tenemos ahora sobre los problemas sociales una actitud crítica y reflexiva, como los contemplamos tratando de sumergirnos en sus profundidades para descubrir el proceso que los guía, nos es imposible quedamos inactivos. No podemos asistir pasivamente a un lento proceso como el que se realizó en los países europeos durante la Edad Media, en los que a través de los siglos, por decantación y tras reiterados fracasos, se llevó a cabo el proceso de aglutinación social, constituyéndose poco a poco el ser nacional, lo que los románticos llamaron el “espíritu del pueblo”. El mundo marcha demasiado aprisa para que sigamos en inferioridad de condiciones en este sentido; no tenemos tiempo para esperar que este país termine por resolver solo sus problemas: hay que salir a su encuentro. Yo diría que la historia argentina consiste en un vasto y terrible esfuerzo para salir al encuentro de esa lentitud en la formación de la Nación. La generación del 37 se planteó este problema. Echeverría, Sarmiento, Mitre, tenían otro apremio que el de terminar una vez por todas de constituir un país. Nosotros estamos urgidos por el mismo pensamiento: hay que acelerar el proceso de constitución del país; pero para ello no es posible operar sobre la superficie de la vida nacional, sino que es imprescindible actuar sobre su profundidad, que es la vida social; y es necesario modificarla, porque en la medida en que lo hagamos iremos hacia la conquista de un estilo. Yo considero un rasgo de extraordinaria originalidad de la vida social y espiritual de nuestro país la manera como ha respondido a un reto de la realidad resolviendo que sea la Universidad la responsable de trabajar en esta tarea que no le estaba específicamente asignada a nadie y que, sin embargo, la realidad requería de manera urgente. Había y hay que trabajar en la transformación de una sociedad que requiere homogeneidad, que requiere articulación de sus grupos, que requiere comunicación interna, que necesita finalmente adquirir su propio estilo de vida y de cultura. Esta labor estaba a merced del que quisiera hacerse cargo de la misma, y resultó que, intempestivamente, un grupo particularmente capacitado para ello asumió un día la responsabilidad de cumplirla, movido acaso por cierto sentido ético que había y hay subyacente en el fondo de esta preocupación de la Universidad por los problemas sociales. Es bien sabido que nuestros universitarios se reclutan generalmente en las clases medias y sólo muy escasamente en las clases proletarias, y suele llamarse “sentimiento ético” a esta especie de imperativo de volverse hacia los grupos no privilegiados, en un afán de incidir sobre ellos, en una tarea de interés nacional y colectivo, que comprende a toda la comunidad y que se ha de comenzar por cumplir en alguna parte. La Universidad no tiene, naturalmente, la obligación de hacerlo; si se habla en términos estrictos de funciones sociales de la Universidad, yo me atrevería a aceptar que la enseñanza y la investigación son funciones sociales indiscutibles y que, en cierto sentido abstracto, la Universidad cumple con esa función social en la medida en que lleva a cabo estas labores, pero sólo en un sentido abstracto, y la Universidad, desgraciadamente, no puede conformarse con ser una abstracción. Casi todos sus males residen, precisamente, en haberse creído esto; pero la Universidad es hija de su medio y de su tiempo; no existe una Universidad tipo, no existe nada más que en cierta “élite” social e intelectual. Puede hablarse de ideas generales acerca de lo que es la Universidad, pero es sabido que Bolonia se diferencia bastante de Harvard, y hay, por supuesto, una estructura diferente en cada Universidad en relación con su contorno social.

Nuestra Universidad, fundada en Córdoba, fue influida por el pensamiento de la Ilustración e inmediatamente entró en la vía del profesionalismo, tal como ocurrió en toda Europa en el siglo XIX y desde entonces ha sido nada más que eso. Desgraciadamente por circunstancias propias, ha perdido eficacia inclusive en lo puramente profesional; pero, entretanto, el profesional sabe que hay otras cosas en el mundo, y que su actividad profesional no va a estar limitada al mero ejercicio de su profesión. Por una serie de azares —muy felices por cierto— le ha correspondido a la Universidad creerse depositaria del cumplimiento de una difícil misión que en todas partes es importante, pero que en un mundo social como el nuestro es decisiva. Le ha correspondido a la Universidad la misión de contribuir al logro de la homogeneidad de la sociedad, al logro de la aceleración del proceso de articulación entre los grupos de la sociedad argentina. La Universidad ha comenzado a hacer esta tarea, equivocándose muchas veces, seguramente, pero la ha tomado como una actividad propia de la Universidad de estos tiempos, una labor que trasciende lo puramente académico; pero da la casualidad de que es tan rica en posibilidades, que esa tarea tiene un valor educativo, y a poco que se vean los efectos de esta labor, se descubre que constituye una misión que parecería haber sido hecha a propósito para la Universidad. Y así creo yo, que se ha manifestado una especie de sabia armonía entre las exigencias del ambiente, entre las respuestas de la Universidad y entre ciertas ideas y convenciones que parecen prevalecer en la vida argentina, todo lo cual le crea a la Universidad una posibilidad de acción que hace cuarenta o cincuenta años era insospechada, que en otras universidades de otros países no se sospecha, acaso porque allí hay otros grupos u otras instituciones que cumplen la tarea que aquí ha asumido la Universidad. Yo diría que en la medida en que la Universidad trascienda de sus claustros y tome contacto con la sociedad, puede promover su transformación, en mayor o menor escala, en una medida que interesa sustancialmente a la comunidad nacional. De la misma manera puede decirse que los problemas de la cultura nacional no ha de encontrarlos la Universidad interesándose en sí misma, sino que debe encontrarlos fuera de ella. Debemos tener en cuenta que la peculiaridad del proceso social no le da a los problemas de la cultura argentina la típica fisonomía que tienen los problemas de la cultura en Europa. De modo que, como nuestra formación intelectual es europea, solemos descubrir que el tema de nuestros estudios de la realidad nacional carece de los rasgos que lo harían valioso como para que nosotros le hiciéramos el honor de ocuparnos de él. Empero, los problemas de la vida argentina deben ser tomados como son y donde se encuentran, con las características que tengan, con los rasgos que interesan, y hay que ejercitar el análisis para comprenderlos en su peculiar esencia.

Parecería que se requiere un estilo nuevo de vida universitaria. Ese estilo nuevo tiene un sentido más amplio y abierto que el tradicional, y la labor más difícil que pueda exigirse a la Universidad es tomar conciencia de sí misma y de sus peculiaridades; este afán de la Universidad latinoamericana de trascender me parece acaso la actitud más inteligente, fresca y vital. Esta tarea es la que ha emprendido esta modesta organización, que ha surgido en todas las universidades argentinas con el nombre de “extensión universitaria”. Es bueno recordar que en algunas universidades, como la del Litoral, por ejemplo, se trabaja desde hace tiempo y se han hecho muchas experiencias en este sentido. Tal vez estas jornadas sean la ocasión propicia de sopesar los resultados obtenidos en las experiencias realizadas.

Querría que, como saldo de esta exposición, quedara grabado en el espíritu de todos los que trabajan en esta actividad, el convencimiento de que no están haciendo nada superfluo y que están trabajando en una tarea más importante de lo que a primera vista parece. Acaso resida en ustedes la posibilidad más fértil de renovación de la Universidad argentina; acaso resida en esta tarea una de las posibilidades de integrar la comunidad nacional. Si se logra algún resultado en esta labor, se habrá hecho mucho, tanto, al menos, como con la labor académica. Guardémonos de desdeñar la actividad académica, pero no debemos creer tanto en ella como para suponer que debe privarnos de enfrentarnos con las formas inmediatas de la realidad. Son dos maneras de actuar de la Universidad: una es tradicional y goza de respeto; la otra es muy joven y parece una aventura intrascendente o un pasatiempo secundario. Yo quiero contribuir a que cada uno de ustedes vuelva convencido de que trabaja en una actividad que merece el más alto respeto, que está movida por altísimos fines y que tiene en el desarrollo de la vida y de la cultura argentina un papel decisivo.

En el centenario de Emilio Mitre. El ciudadano. 1953

Diez días después de la muerte de su padre escribía Emilio Mitre estas palabras al doctor Carranza: “…tengo necesariamente que olvidar por un instante los reatos del parentesco y del cariño apasionado, y trocarlos por la libertad del juicio de los extraños. Tratándose del general Mitre esta ficción es permitida. Al fin y al cabo si yo, como hijo, no soy testimonio tan imparcial como el de los que he llamado extraños, ¿acaso entre estos, que echan a manos llenas las palmas de la gloria sobre la tumba recién abierta, no los hay a centenares que querían al general Mitre con filial afecto y que lo lloran como a un padre? Yo soy uno de ellos, y creo que puedo conciliar mi juicio con la severa verdad debida a un hombre que de la verdad hizo el fundamento de su vida”.

Emilio Mitre contaba entonces cincuenta y tres años y había alcanzado ya una situación de indiscutida preeminencia en la vida pública del país; cada vez que este se había agitado por las alternativas de la política, había unido su acción a la de los que procuraban en-cauzarlo; cada vez que se había conmovido por un problema trascendental, había hecho oír su voz para manifestar sus opiniones, siempre honradas e inteligentes; y en los períodos de normalidad había extremado su celo de legislador y periodista para promover en el ánimo público la preocupación por el progreso del país. Su obra se hallaba casi cumplida ya y no le estaban reservados sino muy pocos años más de vida cuando asistió al duelo unánime de la ciudadanía por la muerte de su ilustre padre. Ese día lo lloró como hijo y como ciudadano, porque el afecto filial no hacía sino extremar la admiración que suscitaba en él su virtud, auscultada desde muy cerca. Aquellas palabras que escribió entonces definían su posición frente a su ilustre progenitor, cuya sombra, por ley inexorable, cubrió en ocasiones su figura. La posteridad la observa a veces imprecisa; pero cuando se contempla de cerca la escena política finisecular, se descubre casi con asombro su personalísimo perfil y se advierte la sabiduría de su conducta, regida siempre por el interés público, gracias a la cual lo colocó el juicio unánime entre los primeros de la República. Alcanzó ese puesto por su propio esfuerzo: un esfuerzo inteligente y tenaz, que puso una y otra vez al servicio de lo que sus convicciones le señalaban como útil y necesario para su país.

Útil y necesario para el país parecía, ante todo, en las décadas que siguieron a la organización nacional, promover el desarrollo de su riqueza y acelerar su progreso técnico. Juan María Gutiérrez —designado rector por el general Mitre— había organizado poco antes en la Universidad de Buenos Aires el Departamento de Ciencias Exactas, y a sus aulas acudió Emilio Mitre. Allí hizo sus estudios de ingeniería y los completó luego en Londres. Desde su regreso fue preocupación permanente del joven técnico dedicar sus esfuerzos a la solución de los problemas prácticos que afligían al país. La situación política comenzaba a estabilizarse y el cotejo con los países europeos en pleno desarrollo industrial hacía más visible el retraso en que la Argentina se hallaba. Ferrocarriles, caminos, diques, puertos, telégrafos, todo estaba por hacerse cuando comenzaban a multiplicarse los ganados y las áreas sembradas. Un ingeniero tenía una enorme labor por delante en la Argentina de 1880 y Emilio Mitre comenzó a realizarla. Pero Emilio Mitre no era sólo un técnico. Había crecido al calor de las pasiones políticas y no hubiera podido mantenerse ajeno a ellas en cuanto respetara el ejemplo paterno. A su regreso de Inglaterra —mientras se ocupaba de telégrafos y ferrocarriles— se encontró sumergido en la contienda y aceptó el deber moral de definirse en ella. Tomó las armas en 1880 y siguió a su padre en la corriente de oposición a Roca y Juárez Celman que debía desembocar en la fundación de la Unión Cívica. La revolución del ’90 lo contó entre los que se movieron contra el “unicato”, contra “el fraude y la violencia”, y la política sería desde entonces una de sus permanentes preocupaciones; se manifestó a través de sus campañas periodísticas, de las luchas partidarias, pero se manifestó, sobre todo, en el ahincado estudio de los grandes problemas nacionales, actividad que expresaba en última instancia su manera de entender la política. Dividida la Unión Cívica en 1891, tras el histórico abrazo de Mitre y Roca, se incorporó a las filas de la Unión Cívica Nacional y comenzó a compartir con su padre la jefatura del movimiento, al tiempo que lo sucedía en la dirección de La Nación. Tenía entonces treinta y ocho años y había logrado una temprana madurez, un recio equilibrio y una segura independencia de carácter, virtudes que habían suscitado, como el mejor premio, la admiración paterna.

Pero el político se conjugaba con el técnico en la figura del estadista. Frente a las contingencias de cada día tomaba Emilio Mitre posición sin vacilaciones; mas en cuanto las pasiones se serenaban y recobraba su calma interior volvía a dirigir la mirada a los problemas permanentes del país para coadyuvar a su solución. Obra de estadista fue enfocar el problema de la navegación de los ríos. En 1876 había comenzado la exportación de carnes congeladas, y ese año alcanzó la de cereales las treinta mil toneladas, cifra que llegaría al millón hacia 1890. El crecimiento del volumen del comercio exterior parecía previsible y era necesario poner en condiciones el puerto de Buenos Aires y facilitar el acceso a los puertos del Paraná, que servían a la más importante zona agrícola-ganadera del país. La certidumbre de la trascendencia del problema para el desarrollo de la riqueza nacional movió a Emilio Mitre a estudiar a fondo el sistema de la navegación fluvial, estudio cuyo fruto fue el proyecto de construcción de un canal, excavado en tierra firme, que uniera el cauce del Paraná con las aguas profundas del Plata, evitando los bajíos de la zona del Delta, proyecto cuyos fundamentos y detalles técnicos expuso en los artículos que publicó en La Nación en los últimos días de 1893. La personalidad del autor se afirmaba; era un político con impulsos constructivos, de sostenida preocupación por las necesidades colectivas y más atraído por los problemas fundamentales del país que por las contingencias cotidianas de la política. Su nombre era ya notorio cuando se produjo la conmoción de 1893. Aristóbulo del Valle le ofreció una cartera en el gabinete que, a pedido del presidente Sáenz Peña, constituyó a principios de julio, pero la rechazó porque no quería perder su independencia política; y pocos días después se lo vio sumado a uno de los bandos revolucionarios que se proponían derrocar al gobernador bonaerense. Triunfante el movimiento en cuanto a sus designios inmediatos e intervenida la provincia, la renuncia del gabinete de Del Valle llevó al sector que orientaba Mitre al primer plano en el orden nacional, por la designación de Quintana como ministro del Interior, y más tarde en la pro-vincia de Buenos Aires, con la elección de Udaondo como gobernador y del propio Mitre como senador de la Nación. Poco después la figura de su hijo Emilio cobraría en la Cámara de Diputados un singular relieve.

Desde su aparición en el Parlamento, Emilio Mitre fue reconocido como el primero de los expertos en materia de obras públicas. Por su amplia visión y su capacidad de estudio, su opinión se consideró imprescindible para resolver los numerosos y arduos problemas técnicos que se tornaban impostergables en aquel período de expansión económica. Emilio Mitre se anticipaba a todos previendo las dificultades y las necesidades futuras del país. Y las cuestiones financieras e internacionales que por entonces conmovieron a la República le proporcionaron la ocasión de contribuir con su recto juicio a la ordenación de los problemas nacionales.

En noviembre de 1896 se ocupó en la Cámara de la navegación del Riachuelo, apoyando un proyecto de construcción de esclusas que aseguraran un nivel regular de aguas. Como en ocasiones semejantes, su estudio serio y metódico del problema reveló su contracción a los asuntos públicos, y acaso por eso quiso contar Roca con su colaboración al organizar el gabinete que debía acompañarlo en su segunda presidencia. Una vez más desechó Emilio Mitre los cargos ejecutivos y prefirió atenerse a su labor periodística y par-lamentaria sin contraer responsabilidades de gobierno, que acaso no pudiera compartir con plena tranquilidad de ánimo. Su posición se puso de manifiesto en el memorable debate de octubre de 1899, en el que Emilio Mitre enfrentó al gobierno al tratarse el proyecto de conversión de la emisión fiduciaria presentado por el ministro Rosa. Una documentación acabada sirvió de base a los discursos que pronunció durante dos sesiones consecutivas, en los que se señalaba la preocupación por la abultada deuda pública, por el cariz que tomaban las inversiones extranjeras y por las consecuencias que acarrearía al país una política monetaria a su juicio improvisada y peligrosa. Empero, fue en otro terreno donde alcanzó Emilio Mitre poco después la plenitud de su ascendiente en la vida pública de la Nación. El pleito de límites con Chile había conmovido la conciencia nacional y, a fines de siglo, parecía inminente la guerra. Pactado el arbitraje en 1898, Inglaterra comenzó a cumplir la misión que le asignaron los litigantes, y el coronel Holdich empezó a principios de 1902 a determinar la línea fronteriza sobre el terreno. Ahora la paz parecía estar a un paso, y con ella la esperanza de poder desmovilizar al país; y, sin embargo, abundaban los que creían en la guerra y aun los que parecían desearla. Se decía que el arbitraje no pondría fin a la tensión internacional, y que la política chilena frente a sus vecinos del Pacífico comprometía de manera directa la posición argentina, hasta el punto de que no podría nuestro país desentenderse del problema. Quienes sostenían este punto de vista exigían el mantenimiento de la movilización militar y no faltaba quien insinuara proyectos de futuros repartos territoriales. En ese instante Emilio Mitre creyó necesario establecer con claridad los principios de la política exterior argentina y preparó un meditado editorial para ser publica-do en La Nación, en el que sostenía la tesis de que el problema del Pacífico nos era ajeno y que era imprescindible dar por concluido el conflicto con Chile en el momento en que el árbitro inglés estableciera los límites cordilleranos. Leído y aprobado por su padre, el editorial se publicó el 9 de abril de 1902, con el título El día siguiente del fallo. Era la prosa periodística de Emilio Mitre precisa y categórica, como su oratoria parlamentaria. El planteo honesto y realista a un tiempo del problema, la argumentación sólida y el tono convencido y convincente dieron a aquellas páginas tal vigor que la opinión pública, como galvanizada, rechazó unánimemente la actitud belicista. El país tomó nota ese día de la presencia de este mentor sereno y responsable, para quien la razón constituía el mejor instrumento de la acción política.

Aunque vigiladas por la razón, vibraban, sin embargo, en su espíritu las pasiones, y la pasión política entre todas, que no era en él ambición de poder, sino como un entusiasmo fervoroso por el destino de la colectividad. Como en 1890, la indignación se apoderó de su espíritu otra vez al contemplar el espectáculo de la usurpación de la voluntad ciudadana, que se preparaba en los círculos áulicos de Roca al expirar su segunda presidencia. Los nombres de los candidatos para sucederle se discutían en juntas de notables, sopesándose las influencias y auscultando la voluntad del presidente de la República, mientras la opinión pública se mantenía ajena e insensible al despojo. Para Emilio Mitre el sistema era la negación del régimen republicano, y acaso por eso quiso que se llamara “republicano” el partido político que constituyó en 1902 para combatir a un tiempo las candidaturas oficiales y la indiferencia ciudadana. Uriburu y Udaondo fueron los hombres que propuso al país el Partido Republicano para las elecciones de 1904. “Hace un año —decía Emilio Mitre al despedir a los convencionales que los habían elegido— apelamos a la opinión pública para que se congregara en torno a nuestra bandera de principios y se lanzara a la recuperación de los derechos cívicos. Ese día levantamos como tema el imperio del sufragio libre y protestamos virilmente contra el régimen de absorción oficialista que tenía cristalizada la vida pública de la Nación y anuladas sus energías”. Con esa bandera fue a la lucha el nuevo partido, y, como era previsible, los resultados contrariaron las aspiraciones renovadoras. Pero el paso estaba dado y serviría para llamar la atención de los que, dentro del régimen, comenzaban, como Pellegrini y Sáenz Peña, a comprender que era necesario purificar la democracia.

Vencido, siguió combatiendo por los principios. Luchó con sostenida tenacidad para que el país desarrollara su riqueza, porque estaba persuadido de que la transformación social que habría de operar traería consigo el perfeccionamiento político. Pero no quiso ceder un paso en el terreno de los principios, porque sabía que constituyen el único freno capaz de contener las pasiones y los excesos, las declinaciones peligrosas del espíritu ciudadano y las aventuras irresponsables de la política. “La más grave, la más urgente de las cuestiones que tenemos entre manos, la que debe primar sobre todas las otras, bien se trate de obras públicas, de legislación o de tanta reforma que está reclamando el país”, así definió Emilio Mitre en su discurso en la Cámara de Diputados la defensa de los privilegios parlamentarios, atropellados por el presidente Figueroa Alcorta al clausurar el Congreso con la fuerza pública en enero de 1908. Seguro de sus opiniones —”nunca he intervenido en un debate público con un juicio más seguro”, decía—, reclamó la enérgica reacción de la Cámara contra la extralimitación del Poder Ejecutivo, porque veía en ella la última expresión de la funesta tendencia a la concentración del poder, negación del principio republicano.

Poco antes se había ocupado de la necesidad de ampliar el puerto de Buenos Aires y había elaborado el proyecto de ley de ferrocarriles. Otros asuntos de interés público demandarían su atención después de aquella intervención en defensa del régimen institucional de la República. Y hasta las vísperas de su muerte apenas hubo asunto importante en cuya dilucidación no participara en busca de soluciones eficaces. Pero las soluciones eficaces tenían para él un límite preciso, determinado por una concepción armónica del desarrollo del país, que se desprende tanto de sus palabras como de sus obras. Buen liberal, creía en el progreso, pero creía más en el espíritu. Su acción política fue reflejo fiel de su personalidad: recta y mesurada, constructiva y eficaz, apasionada y severa. Hombre de su tiempo, heredó de la generación que le precedió la certidumbre de que era necesario construir; cosas que se apoyaran sobre la tierra y normas e ideas que se enraizaran en los espíritus. Entendió la política como una lenta y cotidiana labor constructiva, como un deber propio de su condición de ciudadano, como un tributo debido a la colectividad; y no hizo otra política que aquella a la que se sentía obligado por sus convicciones. No buscó las dignidades ni quiso prevalerse de las circunstancias que le hubieran abierto una brillante carrera de los honores. Vivió tras de su mesa de periodista y tras de su banca de legislador. Y murió sirviendo al país, honrado y honorable.

Variaciones sobre la acción y el peligro. 1931

La conducta de las masas está condicionada por una primera aptitud, típica, diferenciadora, cambiante en cada generación, para la valoración, para la determinación del sentido de la vida. Hay en esta determinación un aspecto que es elemental; la masa —el individuo que la constituye, esto es, el individuo en tanto que actúa y piensa como masa— siente la actualidad como si fuera la realidad misma, la realidad esencial. Los marcos actuales, los principios directores de la vida adquieren así un carácter a priori y se piensa definitivo todo aquello que se da elaborado y concluso, hasta el punto de suponer característico de la hora, lo que en realidad es previo e impuesto.

Este sentido conservador está tan arraigado en la raíz del sentir y el pensar de la masa, que hasta aquellos sectores avanzados, esto es, los que se oponen por principio al estado de cosas, no se sienten a sí mismos como presente, sino como atisbos de un futuro lejano, sobreentendiendo así que, en efecto, lo real coincide en ese momento con lo actual.

La conducta humana se determina entonces por dos maneras; o sujetándola a ese sistema de valores admitido y “standard”, o sometiéndola a un sistema atemporal, con una cierta perspectiva histórica. Aquí sería útil anotar que en este último modo se aprecian opuestamente muchos valores que son despreciados en el primero; por ejemplo, todos aquellos que son exponentes de una pujante y rica vitalidad. Así, en el lenguaje, las innovaciones que el pueblo introduce por razones de graficidad o de simple riqueza expresiva, se juzgan incorrecciones en su momento y se valoran como inyecciones de nueva fuerza en una perspectiva histórica. Parejamente, la audacia, el empuje, todas aquellas aptitudes que por ser singulares y sobresalientes contribuyen a precisar los niveles vitales, aparecen en la valoración inmediata con caracteres insultantes; son, en cambio, las grandes virtudes de la historia.

Es singular que en su estado de plena normalidad la masa carezca de esta perspectiva histórica, de esta conciencia de su destino, y que sus actos se determinen exclusivamente por el sentido inmediato. Mientras no encuentra estímulo suficiente, la masa no adquiere, en realidad, caracteres típicos. Actúa, entonces, tan sólo, como agrupación de individuos, multiplicando al infinito los instintos y las reacciones individuales. En el estado de pasividad —el estado normal de la masa— hay entonces una multiplicación de los valores individuales que la componen, esto es, de los valores mediocres o vulgares.

Frente al orden de cosas establecido, frente al sistema de valores usual, frente al sentido corriente de la vida, la masa —normalmente— no actúa en forma alguna. El individuo reacciona personal, individualmente, y somete su acción futura a esa reacción personal cuya nota destacada es, sin duda, el peligro. Frente al monstruo que es la realidad establecida, el individuo se encuentra solo, aislado, impotente, desamparado ante su magnitud. Seguro de su propia reacción, le falta, la íntima seguridad de que sea esa, precisamente, la reacción colectiva, y su situación de desamparo se traduce en esa sensación de peligro, que condiciona la acción pasiva de la masa. En la normalidad, la masa se encuentra inconexa, inexistente, frente a lo establecido; la realidad actual es la obra de otro conglomerado humano, pero animado esa vez por un impulso íntimo y creador. Frente a él la masa pasiva se siente pequeña e impotente, y el peligro que implica la acción personal detiene toda posibilidad de acción.

Una revolución podría definirse —si no resultara demasiado estrecha la definición— como el proceso por el cual la masa deja de ser una suma de individuos, para adquirir un sentido nuevo, distinto del individual. En tal momento el peligro, reacción individual, desaparece y deja su lugar al sentido heroico, al impulso creador, a todo aquello que signifique vida, más estrictamente, aún, a todo aquello que signifique acción. Actuando ya como tal, la masa no está condicionada, limitada por sentimientos individuales; la masa es ya un organismo nuevo, de caracteres propios y definidos. Frente al motor de su pasividad, peligro, ha puesto el de su actividad, acción; una acción desinteresada, entiéndase bien, una especie de acción por la acción misma, una acción lírica, y que impulsa, contra toda otra determinación de utilidad o de razón, a obrar.

La revolución —ha dicho Ortega— no es la barricada, sino un estado de espíritu. Es inexacto creer que la revolución es la transformación de un algo dado —institución, creencia— en otro. Esto es una realización posterior en donde el azar o las contingencias históricas tienen gran influencia. La revolución es algo previo, una conciencia colectiva que aparece y que sirve como soporte común donde asentar una inspiración, un impulso. Reducir a un estado de conciencia común todas las individualidades que componen la masa, uniformizar las reacciones ante un fenómeno cualquiera, eso es la revolución. Es por esa esencial virtud por lo que valen históricamente las revoluciones, no por lo que comportan o por lo que logran.

Porque hay que contar con que la subversión de valores que esa transformación representa es más fundamental si se recuerda aquella básica limitación en la estimativa de las masas. Romper con lo estatuido, con lo maduro, es, independientemente de que parezca o no pintoresco, un suceso fundamental y extraordinario. Significa arrasar el marco tradicional, que tenía todos los caracteres de lo definitivo y esencial, para intentar cambiarlo por otra cosa, que es espontánea y joven, y por lo mismo insegura y dudosa. Lo importante en estos momentos de la vida de un pueblo es lograr la voluntad de revolución, esto es, lograr la voluntad de violar normas, de romper cánones. Eso si que es trascendental, porque implica la aparición de un elemento nuevo en la vida activa de una entidad social cualquiera: la masa. La masa no tiene sentido sino por la acción. La acción implica que la masa se encuentre, que la masa posponga lo individual de cada uno para unir en un ser nuevo lo unánime y lo coactivo, que se olvide el peligro y se avance en la acción.

Peligro y acción son, precisamente, dos elementos que solo se estructuran en sistemas distintos; el peligro es un valor de presencia, despreciable históricamente, y que solo se siente como limitación personal; la acción, en cambio, es un valor dentro de la más estricta perspectiva histórica, y para percibirlo hay que superar un poco el plano de las reacciones inmediatas. El predominio de uno u otro valor en el alma de las masas está indicando como pocas cosas lo harían, la altura del pulso de los tiempos.

El porvenir de una revolución se encuentra condicionado por múltiples factores y, en general, el resultado es mínimo con relación al élan creador que lo movió. De todas ellas queda impreso el paso por la incorporación de este elemento que aparece y desaparece en la vida social de los pueblos, y que siendo atributo de una generación —o de las generaciones que conviven— se pierde con ellas así como con ellas apareció.

Si en los pueblos de efectiva cohesión racial tienen importancia estos movimientos de consolidación de las masas, fácil será comprender la que adquieren tratándose de entidades sociales de muy débil estructura. Y este último es el caso de la Argentina. Desde hace 30 o 40 años, el aporte inmigratorio ha dado a la economía, a la industria, un impulso casi fabuloso. Pero este impulso se ha logrado por el esfuerzo individual, por el esfuerzo del industrial o del agricultor, teniendo el trabajo un sello característico de factoría, acentuado en la tendencia egoísta, personal, de quien viene a recoger de la tierra un máximo de rendimiento sin preocupación posterior alguna.

En el plano de la actividad política, este fenómeno se ha manifestado claramente en la indiferencia que por los destinos del país ha sentido la masa. Y no es que se tratara de desagradecimiento a la patria adoptiva, o de falta de visión para su futuro. Es sencillamente que el elemento nacional, el auténtico criollo del año 80, se ha diluído poco a poco entre la enorme masa inmigratoria, que por traer solamente el elemento indispensable para el país —brazos— llegaba, sin preocupación alguna en cuanto al cuerpo social que venía a integrar. No puede hacerse por esto un reproche al extranjero —ese reproche que en la palabra “gringo” sintetizaba el criollo de hace 60 años—. El extranjero no hacía sino cumplir la ley elemental del aprovechamiento de las circunstancias. Venía de tierras de trabajo difícil y había aprendido en ellas una lección de tesón, de voluntad, de preocupación. Y llegaba a unas tierras nuevas, donde aun sin todo esto podían ya lograrse eximios frutos. Aplicando a éstas aquellas viejas virtudes, el extranjero ofrecía al criollo un espectáculo exótico: preocuparse por lo que se daba por sí solo. Para el criollo la vida era una empresa fácil; para el extranjero, una empresa difícil cumplida en un campo propicio. Y era esta radical oposición ante la vida la que el criollo encerraba en el recuadro despectivo de la palabra “gringo”.

Cada vez más, esta expresión empieza a carecer de sentido; la masa empieza a adquirir una serie de caracteres comunes a los dos distintos elementos que la componen, que son, desde un punto de vista más estricto, infinidad de elementos. Y así, como antes era la actividad política la que trasuntaba la hetereogenidad de la masa, es ahora también la actividad política la que empieza a mostrar este nuevo atisbo de cohesión.

Después del pronunciamiento popular del año 90, la vida política argentina ha sido, por excelencia, irregular y tortuosa. No hubo apenas sanciones colectivas, ni expresiones de un común sentir o pensar. Pero he aquí que las cosas han cambiado en los últimos años. La actividad política ha empezado a entrar en los sectores que antes se desentendían de ella, y dos hechos sugestivos dan la pauta de un efectivo cambio en la estructura social de la masa. Estos dos hechos —elecciones del 28, revolución de septiembre— aun de sentido práctico inverso y quizá por ello mismo, tienen una misma y sola raíz y reside en aquel cambio fundamental. Por primera vez desde hace 40 años, la masa ha vuelto a adquirir conciencia de si misma, sentido de su específico querer. Y he aquí que ya la tenemos obrando como masa, reaccionando en cada caso, fiel a sí misma.

Quizá interesara aclarar cómo tienen una misma raíz estos dos hechos contradictorios, elegir y derrocar un gobierno. Pero la contradicción desaparece si se piensa que lo verdaderamente importante de la elección del 28 no fue el decidirse la masa por uno u otro nombre, sino el agrupar alrededor de cada uno de ellos todo un sistema de aspiraciones políticas. En efecto, a poco de conocidas, las dos fórmulas se cargaron de un sentido, que acaso no tuvieran estrictamente, pero del que se advertían atisbos evidentes. Por una parte aparecía una fórmula derechista, conservadora, protegida por agrupaciones políticas del más variado cariz, solamente concordantes en cuanto a protegerse de un presunto gobierno demagógico. Por otra, una fórmula popular, de lejana inspiración izquierdista, prestigiada por una auténtica tradición radical.

La definición fue categórica [1]; pero no en el sentido de los nombres elegidos, sino en el del contenido vagamente ideológico con que el sentir de la masa —acaso su intuición, nunca demasiado errada— había cargado los dos opuestos nombres.

Esta masa que por primera vez desde mucho tiempo se encontraba a sí misma, coincidía en una aspiración social, ejecutaba su voluntad de poder, apareció en el campo social como un factor nuevo con el que de aquí en adelante habrá que contar, a riesgo de sufrir sobresaltos y contratiempos. Lograda la conciencia de sí misma, volvió a aparecer en defensa de derechos vulnerados, justamente por aquellos que en un momento sintetizaron toda una aspiración social.

A quien de aquí en adelante se encarame a la florida rama del poder, bueno será gritarle un alerta antes innecesario y recordarle este suceso paradójico: ya existe el pueblo.

Notas

1. Recuérdese, por otra parte, que en cuanto al matiz político del movimiento de septiembre, el pueblo estaba en absoluta oscuridad. No había en el apoyo popular, sanción favorable a ninguna tendencia.

Ingenieros. El inconformista de la cultura argentina. 1975

La breve vida de José Ingenieros fue tan intensa que no sólo ejerció una marcada influencia sobre sus contemporáneos —los jóvenes, especialmente— sino que dejó una huella profunda en la cultura argentina. Quizá hoy sea uno de los grandes olvidados, en esta Argentina sospechosamente olvidadiza de quienes no buscaron los halagos fáciles y quemaron imperturbablemente la vida en su tarea. No son muchos los que recuerdan la intensidad de su vida, los muy diversos campos en los que abrió nuevos rumbos, la desusada originalidad de su pensamiento; ni ese ingente esfuerzo para poner de manifiesto la continuidad de la cultura argentina, dentro de cuyo amplio marco esperaba que se acumulara y fortaleciera la capacidad creadora de las generaciones sucesivas, más allá de las incidencias polémicas y de las modas ocasionales. Como otros disconformistas, tuvo una permanente actitud de generosidad y comprensión para aquellos con quienes disentía, sin perjuicio de que los combatiera con esa energía que le prestaba el vigor de sus convicciones. Menos generosos, espíritus dogmáticos y, sobre todo, mentes comprometidas con la sucesión de las modas intelectuales y de los “ismos”, procuraron silenciar su nombre y dar por extinguida su obra. Pero es injusto y falso. Hoy parece necesario recuperar a Ingenieros del olvido para afirmar que también él, el disconformista, pertenece a la tradición de la cultura argentina.

La Cultura Argentina se llamó, justamente, la vasta colección de obras de autores que él, a su vez, se propuso rescatar del olvido, en esta Argentina que cada cierto tiempo se pone un poco snob y desdeña el temperamento original que asume la plena responsabilidad de su pensamiento mientras sobreestima al imitador complaciente y al divulgador puntualmente enterado de la última novedad de cualquier parte. Conocedor de todas las modas gracias a su increíble capacidad de lectura, Ingenieros difundió y discutió las corrientes nuevas sólo cuando creyó que lo merecían; y juzgó obligación suya poner al alcance de las nuevas generaciones el vasto patrimonio cultural que la Argentina posee, aún no suficientemente valorado como un conjunto coherente incluso en la disidencia y menos aún, incorporado a la conciencia nacional como su propio e irrenunciable acervo.

Quien asumió la tarea de difundir el corpus de la cultura nacional no era, por cierto, un desocupado ni un amateur. Médico psiquiatra, trabajaba sin descanso en su profesión y se procuraba afanosamente el tiempo necesario para la lectura y para la investigación. Mente lúcida y organizada, escritor infatigable, sabía ordenar rápidamente su pensamiento y darle forma metódica y cuidadosa. Gracias a esa capacidad logró Ingenieros elaborar una obra ingente cuyo núcleo fueron los problemas de la psiquiatría y la criminología. Alrededor de ese núcleo se ordenaron otras preocupaciones intelectuales. De la psicología y la biología salió en busca de los caminos de la filosofía, y se introdujo en ellas con su habitual lucidez. Y por la incitación de sus preocupaciones sociales y políticas derivó hacia la sociología y la historia, referidas a la realidad argentina, con la que Ingenieros se sentía radicalmente comprometido. En todos esos terrenos innovó Ingenieros, suscitó nuevos puntos de vista, propuso nuevas pautas interpretativas y ofreció los primeros resultados de sus reflexiones con el brillo y la claridad que le eran propios.

En 1918, vieron la luz dos obras particularmente significativas de Ingenieros, ambas ajenas a sus preocupaciones fundamentales, o al menos, a sus preocupaciones científicas y profesionales. Una, las Proposiciones relativas al porvenir de la filosofía; otra, La evolución de las ideas argentinas. Ese mismo año Ingenieros prestó su adhesión al movimiento de la Reforma Universitaria que había estallado en Córdoba y pronunció su famosa conferencia del Teatro Nuevo en la que señaló la significación histórica de la Revolución Rusa. En plena madurez, Ingenieros definía inequívocamente su irrenunciable autenticidad y su vocación disconformista.

Espíritu formado en el rigor científico, quiso desbrozar el campo de la metafísica y establecer sus relaciones legítimas con la ciencia. Ninguna autoridad lo arredró y se atrevió a pensar con la libertad más absoluta sobre el contenido de una tradición filosófica más de dos veces milenaria. Tampoco lo arredraron los admitidos preconceptos que articulaban las interpretaciones corrientes de la historia argentina, y los enfrentó decididamente, primero en la Sociología argentina y luego en La evolución de las ideas argentinas. El fruto de su esfuerzo fue un nuevo y vigoroso planteo del proceso nacional, que dejó inconcluso, pero que aun así constituye un rico punto de partida para una comprensión bien encaminada de nuestro desarrollo histórico. Libre de compromisos, audaz en la expresión de sus más recónditas ideas, Ingenieros quiso ser auténtico en la verdad, desdeñando el cúmulo de las verdades convencionales y desafiando los peligros que entraña toda disidencia frontal.

“El autor ha escrito este libro —puntualizaba en la Advertencia de La evolución de las ideas argentinas— creyendo servir a los ideales que considera legítimos, sin ignorar que ello importa el sacrificio de algunas convicciones propias. Pocos hombres aman las verdades que perturban sus ideas o hieren sus intereses presentes; los libros que dicen alguna, sólo sirven a lectores jóvenes, no contaminados por la mentira o capaces todavía de repudiarla.” Y agregaba más adelante: “No desea presentarse como imparcial ante lectores que no lo son; en demasiadas páginas ha probado que pertenece al partido de los que buscan la verdad sin temor de encontrarla y de los que no envenenan las certidumbres grandes con dudas pequeñas”.

Auténtico y disconformista, José Ingenieros recorrió su destino entre la carcajada vital y la angustia metafísica. Nunca fue infiel a sí mismo, y tanto importa de él su obra como su vida. Porque una y otra fueron pensadas para dar cumplimiento a un principio moral del que nunca quiso apartarse. Una moral de pensador militante.

Hay que indagar por qué se lee poco a nuestros escritores. 1941

Hay que indagar por qué se lee poco a nuestros escritores (1941)

La actualidad que ha cobrado en estos últimos tiempos el problema del libro argentino proviene, a mi juicio, de la relación establecida entre dos procesos de curso muy diverso: el desarrollo de la labor intelectual de los argentinos y el desarrollo de la industria editorial en Buenos Aires; las conexiones que los unen no son sino el resultado de un espejismo.

Es sabido que el desarrollo editorial de estos últimos años ha producido como consecuencia de la crisis europea en general y, muy especialmente, de la guerra de España; si por estas razones ciertos editores han resuelto establecer en Buenos Aires la sede de su producción, no creo que pueda inferirse de ese hecho ningún indicio sobre la significación cultural de la Argentina ni sobre la trascendencia de nuestra obra; ese hecho prueba, solamente, la importancia comercial de Buenos Aires.

Frente a este hecho inesperado y feliz para difundir de alguna manera el nombre argentino, los escritores nos preguntamos si ahora será posible obtener editor de manera más amplia y eficaz que antes; la experiencia parece responder negativamente y el problema de la edición del libro de autor argentino parece como si se hubiera agravado; pero conviene que el hecho sea analizado de manera objetiva.

A nadie puede extrañar que una empresa industrial procure explotar aquellos filones cuyo rendimiento ofrece mayores garantías. Dentro de una economía liberal, es justo, y es además imprescindible para no terminar en un fracaso, vender aquello que el público pide; no hacen otra cosa las editoriales de Buenos Aires y se puede afirmar categóricamente que si no lanzan al mercado más libros de autores argentinos es, sencillamente, porque no es para ellas un negocio productivo; esto es, porque el público lee poco el libro de autor argentino.

No veo mayor ingenuidad que pedirle a una empresa industrial que proceda generosamente en contra de sus intereses; si lo hiciera, Buenos Aires tendría editoriales por poco tiempo y acaso hubiera que lamentar luego que empresas de tal trascendencia para el futuro de los escritores de todo el mundo y de todas las épocas hubieran estado mal financiadas y administradas. Porque no me cuesta trabajo creer que en el futuro, el desarrollo editorial argentino ha de tener capital importancia en el proceso cultural de América y de la Argentina muy especialmente. La edición del autor novel o del libro destinado a públicos esotéricos no puede hacerse comercialmente sino sobre la base de un fondo editorial vastísimo que las editoriales de reciente data no han logrado todavía: por eso creo que vale la pena esperar.

Pero el punto de vista del escritor de hoy merece ser considerado; en todos los órdenes, cuando se reconoce la necesidad de mantener una empresa o una institución que no se financia por sí sola, no hay más remedio que proveer los fondos necesarios; en esa situación está el libro argentino cuya producción hay que estimular hasta que el público comprenda su importancia y su significación; cosa semejante hace el Estado con ciertas líneas ferroviarias o con ciertas instituciones y las universidades e instituciones de cultura con las ediciones de obras muy especializadas. Está bien claro que, dentro de una economía liberal, es imposible pedir a las empresas editoriales que publiquen obras que no constituyen un negocio productivo y que exis-ten en cambio, otras vías para lograr su difusión.

Quedan, pues, dos cuestiones en pie. Una, la posibilidad de que el libro de autor argentino no consagrado o de público restringido se edite por intermedio de entidades solo parcialmente comercializadas, subvencionadas de alguna manera. Otra, muchísimo más importante para el destino del escritor, la necesidad de indagar seriamente por qué los argentinos leen poco a sus escritores.

¿Hemos reflexionado convenientemente para quién escribimos y qué necesidades satisfacen los que hoy escribimos en la Argentina? Yo me permitiría sugerirle a Argentina Libre que invitara a los escritores a dar su opinión sobre esta cuestión de fondo.