José Luis Romero y Luis M. Baudizzone: testimonio sentimental sobre una amistad

Graciela Silvestri y
Miguel Baudizzone
(a dos voces)

Dibujo de Miguel Baudizzone recordando las charlas con José Luis Romero y Baudi en Pinamar

(Graciela) Cuando Luis Alberto me pidió una contribución para el Sitio José Luis Romero, pensé en que yo no podía competir con todo lo que se había escrito sobre el historiador. Recordé, sin embargo, que yo lo había conocido en la casa de vacaciones de Luis M. Baudizzone, al que llamábamos Baudi, en Pinamar, en una hermosa zona alrededor del Golf, donde también veraneaban otras figuras importantes del mundo intelectual de entonces. Yo era muy joven y José Luis ya era famoso como escritor, aunque -por fuera de un núcleo reducido- su labor editorial era poco difundida. Baudi, que participó con José Luis en varias de las empresas a las que nos referiremos, apenas era mencionado en estos artículos. Uno de ellos, escrito por Darío Pulfer y publicado en estas mismas páginas, se centraba en la experiencia de Argos, y mencionaba la relación con Baudizzone, si bien subrayaba que sobre éste poco se conocía. Aunque mi primer impulso había sido escribir sobre Romero y Baudi como editores, el trabajo de Pulfer era suficientemente detallado para reintentar esta vía. Pensé entonces que resultaba interesante reconstruir ese mundo de las décadas entre el ’30 y el ‘60 en que se habían cruzado los caminos de un grupo de inclinaciones socialistas, relacionados por un “antiperonismo intelectual”, entre los que se hallaban escritores, críticos de arte, musicólogos, artistas visuales, que habían contribuido a la brillante labor editorial de esos años. ¿Cómo se habían conocido? ¿Por qué se habían agrupado en estas empresas editoriales? ¿Cuáles eran sus afinidades electivas?

Para recabar información que no figuraba en la bibliografía secundaria, acudí al reconocido arquitecto Miguel Baudizzone, hijo de Luis M., al que me unía una vieja amistad. Esta provenía, antes de que yo iniciara la carrera de arquitectura en la UBA, de mi relación con sus viejos, Elena y Baudi. Baudi fue mi padre intelectual, y, según Miguel, mi hermana y yo éramos como las hijas mujeres que ellos hubieran deseado tener. De allí nuestros veraneos en Pinamar, nuestras visitas a Maschwitz y al departamento de Arenales, de allí mi educación literaria -que superaba la habitual en las bibliotecas, bastante más nutridas que las actuales, de las capas medias. Esta relación se había iniciado porque Elena Ruiz, esposa de Baudi, era compañera de mi mamá en el Liceo nº 12, donde ambas enseñaban química. En muchos artículos e investigaciones, el nombre de Elena es olvidado. Elena Ruiz era hermana del ginecólogo Vicente Ruiz y del pediatra Carlos Ruiz, casado con Beatriz del Pino. Sus padres, Ezequiel Ruiz y Benita La Calle, eran emigrantes españoles: Ezequiel venía de un pueblo vasco, y Benita era castellana. Se establecieron en La Plata, hasta que Elena inició la universidad en Buenos Aires. Nos preguntamos con Miguel si en aquellos años platenses los hermanos Ruiz no se habrían relacionado con los Romero; y de hecho, Carlos Ruiz, cuyas inclinaciones intelectuales quedan claras como bibliotecario de la Sociedad Argentina de Pediatría entre 1943 y 1947, fue pediatra de los hijos de José Luis. Sin duda este pasado “gallego” de la familia también explicaba la relación con los exilados españoles.

De manera que le pedí a Miguel que reuniera los documentos que Baudi había dejado. Tarea inútil: cuando Baudi murió, Elena ordenó quemar todas las cartas y papeles de su marido, con excepción de algunos libros. Sólo quedaban nuestros recuerdos. Y así, nos reunimos con Miguel para repasarlos, con especial atención -arquitectos como somos- a los ámbitos y lugares de reunión e intercambio, como también, por supuesto, a la relación con Romero y otros personajes del grupo. Como las noticias sobre Baudi son escasas, le pedí a Miguel que iniciara con su biografía.

(Miguel, con algunos comentarios de Graciela) Mi padre, nacido en 1909, era hijo de Laureano Andrés Baudizzone, y de Miguelina Battaglia. Su padre, despachante de aduana, tenía muchos contactos con el mundo político y financiero, participando incluso de la gestión de Saavedra Lamas en la paz paraguayo-boliviana. Se casó con mi madre, Elena Ruiz (La Plata 1912-Buenos Aires 2004), en 1937, y tuvieron dos hijos: yo nací en 1943, y mi hermano Martin en 1946. La infancia de Baudi transcurrió en una casa con amplio jardín, ubicada en José María Moreno 150. Fue monaguillo (con gran disgusto), y luego abandonó totalmente la religión, proclamándose ateo. Se recibió de abogado en la UBA, aunque tardó más tiempo que el habitual porque fue suspendido durante dos años por haber participado en la toma de la Facultad por un grupo dirigido por Alfredo Palacios. Establece su estudio en la Diagonal Norte, junto con Jorge Romero Brest, hasta que éste deja la profesión, momento en el cual LMB se incorporara al estudio del Dr Enrique Gil, de quien más tarde fue socio y -después del fallecimiento de Gil- socio único, hasta la incorporación, como asociados primero y socios luego, de Ignacio Winitzky y de López Isnardi. (Graciela: Yo todavía tengo un escritorio que usaban las secretarias del estudio, donde escribo).

En la década del ‘30, Baudi enseñaba español a emigrados judíos que venían escapando del nazismo, con algunos de los cuales mantuvo una estrecha amistad durante años. Por ejemplo: Herr Levy y Herr Gumbert, dueño de AllWays, agencia de turismo que muchos del grupo usaron, entre ellos mi hermano y yo. Esa enseñanza de español a germano parlantes forma parte de su interés por los idiomas -dominó el inglés, el francés, el italiano y el alemán, así como un muy rudimentariamente latín.

Durante los años ’40, Baudi formó parte de grupos diferentes, algunos relacionados por Newton Freitas (miembro cultural de la embajada de Brasil y mi testigo de nacimiento), además de otros, como Machado de Assis -de lo que me enteré por un contacto en la Universidad de Sao Paulo.  Estos grupos no siempre tenían estrecha relación, pero con algunos se desarrolló un fuerte vínculo amistoso, además de compartir intereses intelectuales. Entre ellos, el pintor y poeta Eduardo Jonquières y su mujer la grabadora Maria Rocchi (relación que se mantuvo hasta la muerte de ambos, pese al traslado de Jonquières a París); Julio Cortázar y Aurora Bernárdez; el poeta, explorador y fotógrafo Fredi Guthman y su mujer Natacha; los musicólogos Jorge D´ Urbano y Daniel Devoto, y desde ya con José Luis Romero y su mujer Tere, así como con Francisco Romero y su mujer Annelise. Con menos frecuencia, con Arias y su mujer Dora Berdichevsky, cantante lírica. Por otro lado, con los “españoles”, muy especialmente Luis Seoane y su mujer Maruxa Fernández, amigos hasta la muerte de ambos, y durante menos tiempo con Arturo Cuadrado y otros emigrados después de la derrota de la República Española.

La presencia de Ezequiel Martínez Estrada y su mujer era en mi recuerdo frecuente pero más aislada de los otros grupos. A Martin y a mí su erupción en la cara y su declarada molestia por nuestra presencia, nos provocaba un gran rechazo.

1. Luis Seoane 2. Newton Freitas 3. Ezequiel Martínez Estrada 4. Arturo Cuadrado 5. Eduardo Mallea 6. L.M. Baudizzone 7. Francisco Romero 8. Jorge D’ Urbano 9. Oliverio Girondo

Creo bastante peculiar el hecho de que, salvo mis padres, los dos hermanos Romero y los Jonquières, ninguna otra pareja tuvo hijos. Un grupo tan nutrido, de personalidades tan creativas y de presencia en el campo intelectual argentino como grupo de cierta coherencia en la década del ‘40 no quiso, no pudo o no supo crear una continuidad generacional.

También es llamativo que a partir del ‘55 el grupo empieza a disgregarse, quizás por discrepancias políticas, antes unificados por el antiperonismo; además de situaciones etarias y de algún divorcio como el caso de Romero Brest (de su primera mujer Amelita; la segunda, Chiquita Bontempi, de alguna manera lo alejó del resto). A título personal, sólo mantuve una amistad con Pancho, el hijo de Francisco Romero, amistad infantil que terminó cuando dejamos de veranear en San Isidro. Con las hijas de los Jonquières -Marie Claude, Sandra, Valeria y Alberto- mantuvimos una relación, más frecuente en el caso de mi hermano, que se concretaba en las visitas a Paris.

Todos los mencionados venían mucho a mi casa de la calle Arenales 2040, aunque supongo que las reuniones comenzaron antes de la mudanza, en 1941, desde Juncal al 800. Las comidas nocturnas eran muy frecuentes hasta aproximadamente 1960, cuando las amistades fueron cambiando y los grupos se fueron disolviendo. No tengo claro si seguían un ritmo semanal, (¿los viernes?); además eran grupos diferentes cuya frecuencia cambiaba en el tiempo. Por ejemplo, los exilados alemanes no se mezclaban con los otros grupos. Durante mi infancia, como se usaba entonces, los chicos saludábamos y no participábamos de las reuniones y debates.

Tanto Jonquières, como Seoane y Guthman siguieron estando muy presentes, e incluso mantuve una relación muy cálida con ellos, que después de la muerte de Seoane continué con los Jonquières, en especial con Eduardo, quien alguna vez de visita a Buenos Aires vino a mi casa y siempre veíamos en Paris; y con Fredi Guthman, con quien me encontraba en cafés o eventualmente en su casa de la avenida Santa Fe. Recuerdo una conversación con Luis Seoane sobre la importancia de las fachadas como frente del espacio público que me impresionó mucho.

Políticamente el grupo era sin reservas antiperonista, asociándolo al fascismo. Pero aparecieron matices. José Luis Romero era en mi recuerdo partidario o simpatizante del Partido Socialista, mientras papá lo era de la Democracia Progresista. En el caso de mi padre, creo era un liberal en lo político, a la manera sajona, lo que lo llevó a rechazar indignado el golpe del ‘76 pese a su obvio disgusto con Isabelita. Romero, Baudi y Seoane pensaron tanto el país, pero me atrevo de suponer que les costó mucho entenderlo. Recuerdo comentarios sobre cómo en el año ‘46 habían pensado que el peronismo no sacaría más del 10% de los votos! (Halperin Donghi, en algún texto, comenta algo parecido).

Vayamos ahora a la relación de José Luis con mi padre. Por un lado, no tengo idea de cómo se conocieron; para mi eran amigos “desde siempre”. Sin embargo, no creo que fuera una amistad de temas íntimos, relación que yo limitaría a Jonquières, Fredi Guthman y Seoane. Los Romero vivían en Adrogué, donde recuerdo haber ido durante mi infancia, así como en alguna ocasión ellos vinieron a la quinta de mi familia en Ingeniero Maschwitz -casa construida en 1955, no casualmente cuando cae Perón. Si bien en esos casos coincidíamos con Luis Alberto, María Luz y María Sol, los hijos de José Luis, ni mi hermano ni yo fuimos íntimos con ellos.

JLR, cuando fue rector interventor de la UBA, designó a papá Decano interventor en Derecho, tarea que le ocupó muchísimo tiempo, aunque fuera un período corto, y supongo los unió en una tarea en común. Pero papá, de 1965 a 1968, presidió la Bolsa de Comercio de Buenos Aires, y así las amistades fueron cambiando.

Los encuentros de Pinamar, en mi recuerdo, fueron después de 1965, año en que le hice a papá la casa frente al Golf, al lado de la de su amigo M. Barbero; la siguiente en la cuadra era la de Alberto May Zubiria, escribano y militante del reformismo universitario. JLR tenía una casa más alejada del mar, que recuerdo vagamente. Creo que la relación pinamarense en esa época era sobre todo de hombres -las mujeres no participaban tanto de las charlas playeras. Asistí a algunas de esas charlas; recuerdo sobre todo aquellas sobre temas relativos a la ciudad, que por distintas razones nos interesaba a ambos. Creo poder resumir mis recuerdos sobre esas conversaciones playeras en las explicaciones de JLR sobre como la ciudad medieval-feudal se transforma en ciudad burguesa, es decir, en la Ciudad propiamente dicha. Recordé sus comentarios cuando visité los grandes monasterios en Rumania, construidos en forma de circunferencia a manera de muralla. Entendí esas ciudades fortalezas, con establo en la planta baja, un primer piso destinado a granero y un segundo piso para la vivienda, con aberturas exclusivamente hacia el interior, en cuyo centro se hallaba la capilla. La imagen global es un volumen ciego, cerrado y sin elementos que sobresalen, mientras en las ciudades del tardomedioevo la torre de la catedral asoma como símbolo de otra circunstancia. Aquella protociudad-castillo, aislada en el campo, era muy diferente a la ciudad burguesa donde la catedral era comercio y mercado, además de símbolo del poder celestial. También creo haber escuchado las explicaciones de José Luis sobre la fundación de Buenos Aires como lugar de salida del Alto Perú, sin controles aduaneros, o sus interpretaciones sobre las invasiones inglesas, sus intenciones comerciales y no territoriales (tema que papá desarrolló con la serie de viajeros ingleses). Son memorias confusas con posibles atribuciones de ideas inexactas, pero lo que sí recuerdo es que entre sus sabias explicaciones él tenía una gran curiosidad por la arquitectura, de allí que, siendo yo un recién egresado, lleno de autoconfianza y empezando una experiencia laboral e intelectual, le interesara escucharme. “Arquitectura, decía Romero, que no es consecuencia de razón ni de fe, y solo se descubre con el movimiento.”

Respecto de los libros de Romero, tengo (o tuve: los préstamos han diezmado la biblioteca) La Edad Media (edición de Breviarios FCE); Latinoamérica, las ciudades y las ideas (ambos aún en mi poder); y Las ideas políticas en Argentina, desaparecido pese a ser una edición que recuerdo autografiada. De la colección Mar Dulce y Buen Aire, valoro mucho un hecho adicional al estrictamente editorial, en cuanto a la selección de títulos, desde ya fascinante. Se trata de las tapas con dibujos de Luis Seoane, quien estaba a cargo además de todo el diseño del libro en materia de viñetas, tipografías, etc. No recuerdo otras series o colecciones con ese interés por el diseño gráfico, luego muy valorado por mi papá en la Enciclopedia Quillet de los niños, que él dirigió.

Sobre la actividad editorial no tengo nada que aportar, salvo que los títulos de la editorial Argos los aprobaba el triunvirato de Baudi, Jorge, y José Luis.  Recuerdo sin embargo la existencia de un boletín clausurado en el primer peronismo, dirigido por papá, llamada La Semana Financiera, en la cual no sé si participó alguno más del grupo. También me parece importante señalar, continua Miguel, la primera edición de Ferdydurke, de Witold Gombrowicz, en 1947, editada por Argos en una colección dirigida por LMB, JLR y Jorge Romero Brest. Esta edición fue ignorada por el autor, lo que causó mucha indignación entre los directores que colaboraron en la traducción y promovieron a un autor totalmente desconocido e inédito.

(Graciela) En base a estos recuerdos, interpretaciones y olvidos, volví a revisar el trabajo de aquella época brillante en el mundo editorial. Los emprendimientos de Romero, Seoane y Baudi no eran los únicos: florecían diversas editoriales, que a veces se iniciaban en librerías, como El Ateneo, en las instituciones universitarias, o en emprendimientos comerciales como la editorial Atlántida, que ofrecía también traducciones y adaptaciones de clásicos para niños y adolescentes en la Biblioteca Billiken (1929/1999), donde colaboró Baudi con Cervantes. Iniciación literaria. Fue relevante el exilio español en el impulso editorial, como se constata en diversos artículos que aparecen en esta página de homenaje. Por ejemplo, el exilado Gonzalo Losada Benítez funda en 1938 la editorial con su nombre, refugio republicano, consolidando un catálogo de prestigio con autores como Pablo Neruda y Miguel Ángel Asturias. Recordemos que Francisco Romero, hermano mayor de José Luis, era sevillano, aunque a los 13 años se trasladó con su familia a la Argentina, por lo que la relación con los emigrados republicanos resultaba natural. La editorial Losada, como sucederá con las fundadas por Romero y Baudi, atendía muy especialmente al diseño gráfico, dirigido por el italiano Attilio Rossi desde la fundación hasta 1950; en Losada colaboró Francisco Romero. Emecé, fundada en 1939 por el español Mariano Medina del Rio, empezó con publicaciones de literatura gallega, aunque amplió rápidamente su catálogo. Este fue el sello bajo el cual se inició la colección del Buen Aire, “imágenes y espíritu de América”. La década del ‘30 fue también pródiga en revistas, involucradas en los debates político-culturales, con fuerte sesgo vanguardista: la más conocida es Sur, fundada en 1931. Menos conocida, y de vida más breve, la revista Clave de Sol (1930/31) fue dirigida por Isidro Maiztegui, Horacio Coppola, José Luis Romero y Jorge Romero Brest -los tres últimos, como dijimos, del círculo de amigos-editores con Baudi. La revista exploraba las experimentaciones estéticas en la poesía, las artes visuales, la música, y las novedosas artes del cine y la fotografía. Me interesa en particular la vinculación con Coppola, ya dedicado a estas dos últimas artes: entre 1932 y 1935, participa en el departamento de fotografía de la Bauhaus en Dessau, donde conoce a su mujer Grete Stern. Sus fotografías de Buenos Aires, con sus enfoques y perspectivas desacostumbradas, no solo han quedado como testimonio de la ciudad de entonces, sino que fundan la tradición moderna porteña.

Horacio Coppola, Diagonal Norte, Buenos Aires, 1936

En cuanto al cine, los editores de Clave de Sol eran asiduos del cine club Buenos Aires, fundado en 1929, que funcionó hasta 1931 en Amigos del arte, y también colaboraban en su revista. De hecho, el joven Romero participó en su fundación junto con León Klimovsky, Jorge Romero Brest, Horacio Coppola, Ulyses Petit de Murat, Jorge Luis Borges y César Tiempo (Israel Zeitlin). Allí hablaron, entre otros, Federico García Lorca, Waldo Frank, José Ortega y Gasset, Ramón Gómez de la Serna y David Alfaro Siqueiros.

La relación entre Romero y el cine está tratada en estas páginas de homenaje por Clara Kriger, y al artículo se agregan algunas páginas inéditas de JLR sobre el cine en general y el cine ruso en particular -que llegaba por entonces a Buenos Aires. Su entusiasmado juicio sobre éste ilumina su interés por las artes y las letras en relación a la vida histórica: “cuando se crea sobre el hecho social, cuando es lo social la substancia de la obra artística, además de la resonancia inmediata que se logra en cada conciencia, se provoca un categórico llamamiento al sentir que es en cada uno sentir colectivo. Nos vemos objeto de arte, utilizados en la creación, pero no en cuanto somos como conciencia, sino en cuanto formamos parte de un grupo social, en cuando coexistimos y estamos en relación con otros hombres”. Se entiende pues la importancia que JLR le otorgaba, como sus compañeros, a las artes visuales, acompañando los hermosos libros de las colecciones que dirigió o amparó.

Comenté más arriba la importancia del exilio español en el mundo editorial, lo que me lleva a la figura de Luis Seoane, íntimo amigo de JLR y Baudi. (Sobre Luis Seoane se incluye en estas páginas de homenaje un artículo de Ramón Villares, que comenta su relación con el frente armado por el Partido Comunista, el único de esta afiliación con el que JLR mantuvo una profunda amistad, ya que el crítico de arte Cayetano Córdova Iturburu, otro de sus conocidos, había sido expulsado del Partido en 1948 por sus preferencias estéticas.

Seoane había nacido en Buenos Aires, pero de chico los padres lo llevaron a España, donde se recibió de abogado en Santiago de Compostela, e incluso ejerció allí la profesión, hasta que regresó a la Argentina después de la derrota republicana. Era miembro del partido galleguista, y colaboraba con la revista Unidad por la Defensa de la Cultura, órgano de la Agrupación de Intelectuales Artistas Periodistas y Escritores. Interesa esta relación porque, aunque Baudi no contribuyó directamente en el órgano fundado en 1936, queda clara no sólo la inclinación socialista, sino la extensa red de relaciones que se armó entonces, entre los que cabe destacar a Alberto Gerchunoff, Álvaro Yunque, Cayetano Córdova Iturburu, Raúl y Enrique González Tuñón, Boleslao Lewin, Alfonso Reyes, Alfredo Varela, César Tiempo y León Klimovsky. Como se ve, los nombres se repiten en los distintos emprendimientos culturales. Entre los colaboradores políticos de este espacio, se destacan Aníbal Ponce, Héctor P. Agosti (también excelente crítico literario), Liborio Justo, Rodolfo Ghioldi, y Rodolfo Puiggrós: sin duda, la marca comunista fue fuerte al menos hasta la sucesión de rupturas guiadas por el “realismo” staliniano y el avance militar en Hungría.

Dardo Cúneo, otro colaborador del Frente, afirmaba que Baudi -como tantos otros– había iniciado su camino político en la Federación Juvenil Comunista (la “Fede”), clásica trayectoria de aquella época. No es el caso de Romero, por lo que no fue este ámbito en el que se inicia su relación con Baudi. Si, en cambio, es el caso de Newton Freitas, el “padrino” de Miguel, exilado brasileño en la época del Estado Novo, afiliado al Partido. Es de destacar el trabajo de este escritor y periodista en la difusión de la cultura sudamericana, superando las barreras tradicionales entre la cultura portuguesa e hispánica. Freitas divulga, por ejemplo, la obra de Mario de Andrade, siendo uno de los responsables de una temprana aproximación entre este autor y los intelectuales bonaerenses. En sus Ensaios americanos (Rio, 1945) destaca, por ejemplo, la obra de Eduardo Mallea y G.E. Hudson, que hacía poco tiempo, en 1937, ingresara a su “canonización” de la mano de Borges.

En la citada revista Unidad, los ilustradores tenían un papel destacado:  Pompeyo Audivert, Lino Enea Spilimbergo, Demetrio Urruchúa, Juan Batlle Planas, Víctor Rebuffo, Juan Carlos Castagnino, Guillermo Facio Hebequer, Abraham Vigo, Antonio Berni, Aquiles Badi, Horacio Cóppola.. Y, por supuesto, Luis Seoane. En la lista no faltaban mujeres: Nydia Lamarque, Leticia Brun, Maria Carmen Portela, Maria Luisa Carnelli, Amparo Mom, Aida Waisman, Gerda Taro, Maruja Mallo. JLR, nos dice Luis Alberto, solía frecuentar el taller de Bigatti y compró monocopias de Spilimbergo, que aún conserva.

Ramón Villares, en uno de los citados artículos publicados en esta página de homenaje, se detiene en Luis Seoane, considerando que jugó un papel fundamental como enlace entre intelectuales europeos exilados y el campo argentino. Junto con Lorenzo Varela, Arturo Cuadrado y Rafael Dieste, dice este autor, “constituyeron un equipo de trabajo que marcó la industria editorial, el diseño gráfico y la crítica literaria de Buenos Aires durante más de una década”. La figura de Rafael Dieste (tío del famoso arquitecto uruguayo Eladio Dieste), exilado galleguista y antifascista, permite también trazar relaciones con la cultura del Uruguay, en donde vivió por un tiempo; instalado en Buenos Aires, fue director de la editorial Atlántida. De hecho, en 1939, una comisión de reconocidos intelectuales, entre los que se encontraban Francisco Romero, Eduardo Mallea y María Rosa Oliver, creó un comité de ayuda a los exilados en la Argentina. El apoyo a los republicanos era políticamente transversal: reunía a radicales, socialistas y comunistas. La guerra civil española continuaba marcando el ideario progresista argentino cuando yo todavía era joven -cantábamos las canciones republicanas en todas las guitarreadas.

¿Fue acaso el mundillo galleguista el “enlace” entre Baudi y JLR? Aunque carecemos de certezas, existen otras tempranas pistas. En 1930, se funda la Sociedad Kantiana, impulsando ciertas líneas de la filosofía alemana contra el positivismo generalizado desde principios de siglo. Aunque la figura central fue Coriolano Alberini, sin duda la presencia de Ortega y Gasset en Buenos Aires, en 1929, y sus artículos y ensayos difundiendo a muchos autores alemanes -si bien desde una perspectiva liberal- fue fundamental para este impulso, avivado por la crisis política y social de la “década infame”, que llevaba a los intelectuales a repensar la construcción de la acción. Entre los miembros plenos y los participantes, encontramos a José Luis Romero y a Baudi, entonces joven estudiante de abogacía.

Vinculado con estas inquietudes, el ámbito de estudiantes reformistas vuelve a cuestionarse sus principios. En 1932, a raíz del Segundo Congreso Nacional de Estudiantes Universitarios, celebrado en Buenos Aires, se publicó un folleto anaranjado, el “Llamado” del Frente de Afirmación del Nuevo Orden Espiritual (FANOE), del que se ha conservado un ejemplar en los archivos personales de José Luis Romero. Se buscaba “corregir los defectos” de la Reforma de 1918 y se tomaba conciencia de que no era posible “servir con espíritu viejo a la rebelión de las nuevas generaciones”. Para algunos, se gestaba en esta efímera agrupación una especie de “nacionalismo izquierdista”, pero no parece esta la inclinación de Romero y Baudi, firmantes del “Llamado”. Según Halperin Donghi, Romero solo habría firmado por amistad. Sin embargo, la documentación sobre el FANOE encontrada entre los papeles personales de Romero permiten conjeturar que la afinidad intelectual fue más profunda. Fernando Devoto, en su ponencia en las Jornadas Internacionales “José Luis Romero” del 2009, ha indicado una discrepancia en torno al diagnóstico común de la crisis a la que buscaba dar repuesta el FANOE: “ahí donde Taborda -que supuestamente redactó el Llamado- encuentra las fuentes para una crítica a la crisis de la civilización burguesa (pero también de la democracia liberal), … Romero las busca en un lugar muy diferente y su crítica a la crisis de la sociedad burguesa no va, en ningún momento, acompañada por una crítica paralela al sistema demoliberal.” La ambigüedad del manifiesto no era ajena a la misma ambigüedad de L’Ordre Nouveau en Francia, los inconformistas opuestos tanto al fascismo como al comunismo; críticos del capitalismo desenfrenado y, como los neokantianos, de aspectos morales de la sociedad presente, como el materialismo y el individualismo. La proclama del FANOE buscó diversas adhesiones en los círculos intelectuales, y de esta tarea se encargaron Francisco y José Luis Romero junto a Luis Juan Guerrero. La lista de veinte nombres incluye a Baudi, a Coppola, y a Jorge Romero Brest. De manera que la amistad entre ellos ya estaba consolidada en 1932.

La relación de Romero con Baudi, pues, fue muy anterior a 1955, cuando, caída de Perón mediante, Romero asume como Rector Interventor de la UBA, y Baudi como Decano Interventor de la Facultad de Derecho. JLR renunció al rectorado en mayo de 1956 -junto con Dell Oro Maini, con quien había polemizado sobre el artículo 28 de la Ley Universitaria- mientras que los decanos, incluido Baudi, siguieron con el nuevo Rector, hasta la normalización y elección estatutaria de Risieri Frondizi.

Por su lado, Jorge Romero Brest se hará cargo de la cátedra de Estética en la misma universidad, en 1957. No extraña entonces que en la década del ‘40 hayan iniciado o impulsado juntos varios emprendimientos editoriales. Uno de ellos fue la editorial Nova (1942), creada por Luis Seoane y Arturo Cuadrado (otro galleguista poeta y gráfico); se publica en la Imprenta López (de la calle Perú 666), que también se ocupaba de las ediciones de la editorial Emecé, de donde procedían ambos, y también Baudi, dirigiendo la prestigiosa colección Buen Aire. En 1944, Baudi, José Luis y Jorge Romero Brest fundan la editorial Argos. Más tarde, en 1946, Seoane, junto a Baudi y Arturo Cuadrado, inauguran Botella al mar. En 1951 Baudi abandonó la dirección compartida de la Biblioteca Argos, para concentrarse en el desarrollo de esta colección. Aunque los tres se apartaron del grupo editor de Nova, en el que participaba activamente Romero, continuaron amparados por ella: siguieron compartiendo el local de la calle Perú hasta 1952, y Nova prosiguió como concesionario exclusivo de sus ventas. Para entonces, Baudi ya era autor de Cuentos, publicado en 1939 (y reeditado por su viuda en 1980), con ilustraciones de Seoane; de la mencionada introducción literaria a Cervantes (1943); y de varias antologías como La lira romántica (1942) o la Relación del primer viaje de D. Cristóbal Colón (1942).

La labor editorial de estos emprendimientos se inclinaba por una tradición “universalista” (como la llamaba Romero), bien asentada en la Argentina: la traducción de obras en particular francesas -labor apoyada por entonces por la Alianza Francesa en Buenos Aires, y por el prestigio del Partido Socialista Francés-, aunque también de otros idiomas europeos. Baudi tradujo al español de Dom Casmurro (1900) de Machado de Asís, en colaboración con Newton Freitas y Carlos Ruiz, y fue el descubridor, como ya comentamos, de Witold Gombrowicz, cuya novela Ferdydurke se publicó en Argos en 1947. Pero debemos recordar que aquellos viajes a París, donde Baudi permanecía bastante tiempo, tenían como contrapartida el aporte financiero del señor Combescaut, socio capitalista de Argos. (Sus gustos eran más bien mediocres, nos dice Luis Alberto, pero tenía amigos en editoriales y medios literarios franceses; armó su propia colección y no intervino en las elecciones de sus socios). Las publicaciones no se centraron sólo en el mundo europeo: en Argos se editó el Popol Vuh (1944); en Nova, donde Baudi dirigió la Colección Mar Dulce, se publicaron en 1943 el Guamán Poma -que él prologó-; Amazonia. Leyendas Ñangatú, una selección y noticia realizada por Newton Freitas; y La calavera y otros grabados de Guadalupe Posada, seleccionados por Luis Seoane. En 1946 republicaron el Fausto de Estanislao del Campo, con prólogo de Jorge Luis Borges. La orientación de Botella al mar era también “universalista”: aunque en el inicio publicaron escritos de algunos exilados “gallegos”, como Rafael Alberti o Luis Buñuel (el guion reducido de El perro andaluz, ilustrado por Salvador Dalí). Más tarde editarán ensayos críticos en la serie Color del Tiempo (como uno de Newton Freitas y otro de Lorenzo Varela); narrativas en la serie La sirena escondida, donde el propio Seoane publica e ilustra Tres hojas de ruda y ajo verde, sobre leyendas populares (las coplas y mitos folclóricos eran temas recurrentes de las colecciones de los ‘40), y, finalmente, trabajos de escritores jóvenes aún desconocidos, especialmente poetas: Alberto Girri, Eduardo Jonquières (el pintor que también se dedicaba a la poesía), y otros sudamericanos como el brasileño Carlos Drummond de Andrade, la uruguaya Clara Silva, la chilena Margarita Aguirre, el guatemalteco Miguel Ángel Asturias. Seoane permanece en la dirección gráfica de esta editorial hasta fines de los ‘50, sin desvincularse del todo: ilustra el segundo libro de Alejandra Pizarnik en 1976.

Se comprende la importancia de la “ilustración” y el diseño gráfico en diarios, revistas y libros: son todos objetos que solicitan atención, y que en esas épocas solían aparecer en las librerías de la calle Corrientes y en los kioscos barriales. La belleza de las colecciones que hemos citado no fueron secundarias para impulsar la lectura, si bien las tiradas, en los casos de Nova, Argos y Botella al Mar, solían ser pequeñas -no buscaban editar best sellers, sino promover una cultura que, como diría Romero, ya era francamente aluvional, originada en inmigraciones elegidas o forzadas -y recordemos que, a diferencia de lo sucedido en Estados Unidos, no había barrios-gueto en Buenos Aires: todos se mezclaban. En las editoriales y colecciones que comentamos, letras, poesía y artes visuales -incluyendo el diseño de los objetos en que las palabras se imprimen- guardaban una estrecha armonía. La maestría de Seoane puede notarse en el Libro de tapas (1953), donde se recogen las cubiertas creadas por él para los libros de Botella al Mar, despojadas de los detalles tipográficos que las complementaron.

Luis Seoane, ilustración para el Libro de Tapas

No he mencionado hasta ahora uno de los más conocidos integrantes de este grupo: Julio Cortázar. Cortázar y José Luis Romero  coincidieron en varios espacios culturales durante la década de 1940, como en la revista Realidad (1947/49), a la que volveremos.

Buscando más noticias de Baudi, encontré un artículo de Diego Tomasi, Cortázar por Buenos Aires, del 2013. El investigador no sólo consultó los cinco tomos de cartas de Cortázar, editadas por Aurora Bernárdez y Álvarez Garriga en Alfaguara, sino que entrevistó a varios ligados al grupo -del que ya quedaban solo hijos, como Miguel o Alberto Jonquières, hijo de Eduardo. Él recuerda que Cortázar conoció a Jonquières (1918-2000) entre el ‘32 y ‘35. “Mi padre y Julio hablaban de literatura, por supuesto, de pintura, y de otros temas muy profundos. Mi viejo era un tipo muy culto. Leía como loco. Julio tocaba la trompeta, porque adoraba el jazz, pero tocaba muy mal”. Ya en 1936, Cortázar y Jonquières fueron al Teatro Colón para la función de Edipo Rey, con música de Igor Stravinsky y libro en latín de Jean Cocteau (a quien Cortázar rendía pleitesía). La orquesta estuvo dirigida por el propio Stravinsky, en su primera visita a Buenos Aires. Buenos Aires parecía el centro de la vida artístico-intelectual de Sudamérica: JLR recuerda cómo con sus amigos, como Jorge Romero Brest, Horacio Cóppola e Isidro Maiztegui, iban también al Teatro Colón y visitaban museos y talleres de artistas como Lino Enea Spilimbergo, Emilio Pettorutti, Alfredo Guttero, Raquel Forner, Alfredo Bigatti, muchos de ellos -como hemos anotado- participantes de Unidad por la defensa de la cultura.

Jonquières y Cortázar
Cuadro de Jonquières, en su período concreto

Existen varias cartas de Julio Cortázar a Eduardo Jonquières, desde y hacia París, en las que se menciona en forma conjunta a JLR y a LMB. En una de 1955, escrita desde Buenos Aires, Cortázar comenta: “el jueves que viene iremos los cuatro [con los Baudi] en el auto para visitar al bueno de José Luis Romero en su casona de Adrogué”. JLR había dejado su casa de la calle Guatemala en 1948, y se mudó a Cerreti 928, en Adrogué, una casa con jardín y taller de carpintería, donde vivirá hasta su muerte practicando estos hobbies distantes de la escritura. En 1955, esta vez desde París, Cortázar le escribe a su amigo: “Me han dejado (las noticias no las copas) con el desconcierto habitual frente a cosas que ya renuncio a entender. Eso de que sesenta aviadores armados se apoderen de la comisaria de Nueva Pompeya es algo que excede mi imaginación. Me dicen además que José Luis [Romero] ha renunciado o lo han renunciado…. ¿No te animarías a explicarme un poco de lo que pasa? Ya he renunciado a esperar cartas de Salas, de Baudi o de Jorge; confío en ti para tratar de ver un poco más claro.” No mencionamos hasta ahora a Alberto Salas, poeta y ensayista, otro organizador de tertulias literarias porteñas.

Para cuando conoce a Jonquières, Cortázar ya se había recibido de maestro en el colegio Mariano Acosta, donde también José Luis Romero cursó sus estudios primero de maestro y, más tarde, de profesor de Historia y Geografía -cargos que ejerció entre 1930 y 1945. Cortázar recuerda con cariño las amistades que hizo en esta escuela. Pero entre el 37 y el 45, pasó muy pocos días en Buenos Aires, trabajando en Bolívar, en Chivilcoy, en Mendoza … aunque vuelve continuamente a la Ciudad. Entre sus amigos, además de Jonquières -del que seguirá íntimo hasta su muerte-, se encontraban Jorge D’Urbano Viau y su pariente, el musicólogo Jorge D’Urbano. En 1946 conoce al poeta Fredi Guthmann y a la traductora Natacha Czemichowska, que van a casarse tres años después. También con Guthmann seguirá su amistad de por vida. En el libro Fetemendia (2009), Natacha cuenta: «El primer encuentro entre Julio y Fredi tiene lugar en 1946, en la Cámara del Libro. Baudizzone le avisa a Fredi que había llegado “un joven sumamente inteligente de Mendoza y que quizá le interesaría conocerlo”. Miguel lo confirma: “Yo sé que mi padre lo ayudó a Cortázar cuando él vino de Mendoza, porque le dio una mano para conseguir un trabajo en la Cámara del Libro. Mi padre ya era amigo de Fredi, y por ese lado vino la conexión”. Es en 1947 cuando Cortázar consigue este trabajo e ingresa, por concurso, como gerente. Uno de los empleados a su cargo, el poeta Félix Molina Téllez (que dirigía la revista Biblos publicada por la Cámara), resulta ser amigo de Sergio Sergi. Seguramente de Mendoza viene la conexión de Cortázar y Sergio Sergi, el artista triestino llegado a la Argentina en 1927. El gran público lo recuerda por ser el autor de la cabeza de Geniol, pero fue maestro de la xilografía. Nuevamente: Baudi selecciona alguna de sus obras para el libro Las Pampas (Colección Buen Aire Nº 3, 1941), obra que incluyó grabados de gran relevancia.

Sergio Sergi, grabado utilizado en Las Pampas

Otro de los intelectuales ligado al grupo, como dijimos, fue Ezequiel Martínez Estrada, aunque mayor que los ya mencionados. Es sabido que JLR y Martínez Estrada mantuvieron una relación personal. Darío Pulfer comenta que ella nace en el contexto de la universidad platense, donde compartieron espacios como en la Universidad Popular Alejandro Korn, fundada en 1937 con el impulso de varias figuras del socialismo -ellos mismos se encontraban entre los intelectuales que apoyaban-, y en el Colegio Nacional dependiente de la UNLP, siendo profesores colegas por espacio de varios años. En Buenos Aires, participaron en el ámbito del Colegio Libre de Estudios Superiores, y en la SADE, de la que Martínez Estrada ocupó la presidencia dos veces, al igual que Romero (una vez, en 1956, luego de la muerte de Barbieri, además de haber sido secretario en 1948, cuando Leónidas Barletta era presidente).

Otro espacio de encuentro se constituyó en torno a las revistas literarias, en las que coincidieron desde las tempranas publicaciones asociadas al grupo “Renovación” de La Plata, pasando por Vida Literaria en los años treinta y llegando a Correo Literario, Cabalgata y Realidad, en la década del cuarenta. José L. Romero fue editor del Sarmiento de Martínez Estrada, en 1946, en Argos.      

En «Recordación de don Ezequiel», Cortázar detalló cómo fue su primer encuentro con Martínez Estrada: “Una librería y una traducción me pusieron por primera vez en contacto con don Ezequiel. Mi amigo Jorge D’Urbano, entonces gerente de la librería Viau, nos reunió en un café venciendo mi casi patológica resistencia a conocer escritores. Martínez Estrada acababa de leer mi traducción de Nacimiento de la Odisea, de Jean Giono, y quería decirme personalmente que le había gustado. Cuando se me pasó la primera emoción pude darme cuenta de la cálida humanidad que subyacía en la tremenda inteligencia y la vastísima cultura de ese hombre que se molestaba en felicitar expresamente a un joven traductor desconocido”. Desde ese día, Cortázar decidió presenciar los cursos que daba Martínez Estrada. Escribió en el artículo citado que eran “brillantes charlas que me revelaron muchos aspectos de ese universo literario que mis rápidas lecturas habían pasado por alto”. A ambos escritores les interesaba el tema de la traducción. Escribe Cortázar: “En las raras ocasiones en que lo encontré solo o en casa de algún amigo, el tema de la traducción llenó lo mejor de nuestro diálogo, porque a Martínez Estrada lo fascinaban los problemas de ese extraño oficio fronterizo lleno al mismo tiempo de ambigüedades y de rigor”. El “amigo” podría haber sido Baudi, tan interesado también en el tema de la traducción.

Hasta 1947, Cortázar era un traductor entrenado pero autodidacta, pero Fredi Guthmann lo convence de sacar el título público. En apenas medio año lo consigue, y se asocia con el húngaro Zoltan Havas, también gracias a los contactos de Fredi. Unía a todo este grupo, como ya hemos anotado, dos cuestiones clave. La primera, la admiración y amistad con muchos exilados republicanos: «Siento un gran amor y les debo mucho (…) a los poetas llamados “de la República” -escribe Cortázar- empezando por la llegada imperial de García Lorca a Buenos Aires, que provocó en todos nosotros un “lorquismo desaforado”. Entre otros escritores exilados con quienes trabó amistad se encontraba Francisco Ayala, secretario de redacción de la revista Realidad. Revista de ideas, dirigida por Francisco Romero. Entre 1947 y 1949, cuando sale el último número, contribuyeron Eduardo Mallea, Ezequiel Martínez Estrada, Julio Rey Pastor y Raúl Prebisch, además de José Luis y de Cortázar. Ayala también era amigo de Baudi y de Luis Seoane. En su libro Recuerdos y olvidos (Alianza, 2011) Seoane contó una anécdota graciosa, que pinta bien el clima de época. Los directivos de Realidad no querían publicar una nota sobre Adán Buenosayres, por la pertenencia de Marechal al peronismo, y por la caricatura sobre Victoria Ocampo que la novela contenía. Pero a Ayala le había gustado el libro. «Y me propuse —escribió Ayala— vencer la resistencia que había en nuestro consejo de redacción para que Adán Buenosayres recibiera el debido reconocimiento». Así, Ayala se decidió por darle la tarea a un colaborador de Realidad que no estuviera dentro de la estructura de la revista. “Encargué el comentario que ninguno quería hacer ni dejar que se hiciera a Julio Cortázar, un joven escritor amigo mío de quien por aquellas fechas nadie hacía caso. Yo tomaba café a veces con Daniel Devoto (musicólogo), Luis M. Baudizzone y algún otro, y Cortázar se nos sumaba, apresurado, jovial, irritado, asertivo. Julio se hizo cargo de la tarea encomendada y escribió la nota crítica sobre el libro de Marechal.”

Esto nos permite pasar a la segunda cuestión, ligada en parte a la primera: el “antiperonismo intelectual”. Estos amigos, más o menos simpatizantes de los partidos de izquierda, identificaban al movimiento peronista con los fascismos europeos. De allí que en las vísperas de la elección de febrero del ‘46, Cortázar deja testimonio de su presencia en el lanzamiento de la fórmula del Partido Comunista, en el Luna Park; en el cierre de listas de la Unión Democrática, en la avenida 9 de Julio («es la multitud más fabulosa que haya yo contemplado en mi vida»), como también de su asistencia en el acto del Partido Socialista, donde seguramente estaba Romero, que acababa de afiliarse. De hecho, JLR habló en 1945 en el acto del PS “En defensa de la Universidad”, discurso publicado en este sitio de homenaje, junto con una foto donde aparece la primera plana del PS. Como sus amigos, después de esta experiencia, Cortázar opina que Perón no tiene manera de ganar las elecciones sin fraude. No podían estar más equivocados, como más arriba ha comentado Miguel.

Cafés, tertulias y reuniones

En 1934, Cortázar, Jonquiéres, D’Urbano y Reta, entre otros, se reunían en el sótano del bar La Perla, del barrio de Once (muy cerca del colegio Mariano Acosta), y organizaban reuniones para hablar de literatura, arte, filosofía. Se hacían llamar La Guarida. D’Urbano Viau era propietario de la librería Viau, heredada de su padre Domingo, ubicada en Florida 530, en la esquina de Tucumán. A pocas cuadras quedaba el café Jockey Club, donde también se reunían otros amigos, entre ellos Luis Seoane y Arturo Cuadrado. Era el punto de encuentro de muchos intelectuales, como Borges o Ramón Gómez de la Serna, muy frecuentado por los estudiantes de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, cuya sede estaba en Viamonte al 400. Recuerda María Elena Walsh: “En Florida y Viamonte estaba el roñoso café donde era posible irrumpir en una rueda juvenil y discutir sobre proyectos de revistas siempre nonatas y destilar maldades contra Arturo Capdevila, Hugo Wast o Ricardo Rojas, dinosaurios bien apodados figurones. (…) A veces, una cabecita sobresalía de la rala multitud y algún experto informaba quién era: un sonetista secreto que leía a Paul Valéry, cultivaba el cine europeo y se llamaba Julio Cortázar”. No había aquí división entre “Florida y Boedo”: Cortázar publicará Casa Tomada en 1946, en el nº 11 de la revista Los Anales de Buenos Aires, que dirigía Jorge Luis Borges, con ilustraciones de Norah Borges. Será republicado en Bestiario en 1951, y Sebreli, en los años ‘60, lo interpretará como alegoría del avance del peronismo.

En las vacaciones de 1949 proliferaron los encuentros de Cortázar con otros amigos, como la poeta Perla Rotzait, casada con el reconocido arquitecto polaco Enrique (Hirz) Rotzait -responsable del proyecto del Mercado del Plata y del edificio del Fondo de Cultura Económica-; Rafael Alberti; Alberto Girri o Alejandra Pizarnik. También se encontró con Baudi, a quien le entregó algunos cuentos que había escrito en las semanas previas. Esos cuentos, que venían a postergar la edición del volumen La otra orilla, no eran otros que los que luego formarían Bestiario. Por su parte, Baudi le regaló una edición en francés de Los hermanos Karamazov. Miguel repasa para el trabajo de Tomasi sus imágenes más lejanas de Julio Cortázar, cuando él no era más que un niño: “Lo conocí uno o dos años antes de que se fuera a Francia. Recuerdo citas en la casa de mis padres, en la calle Arenales … recuerdo, sobre todo, su altura. Mi padre era un hombre alto y corpulento, pero Julio era todavía más alto, y eso me impresionaba bastante”. “Tengo el recuerdo, continua Miguel, de algún encuentro en un lugar que después él menciona mucho, que es la puerta de Transradio, una empresa de telecomunicaciones que quedaba en San Martín y Corrientes. No sé por qué esa situación de Transradio la recuerdo con más nitidez que los encuentros en mi casa. Ni siquiera sé por qué estábamos ahí. Me acuerdo que entraban y salían cadetes llevando telegramas o cosas por el estilo, con un uniforme gris, con una especie de birrete gris, y eran casi todos chicos muy jóvenes, muy bajitos, y era muy curioso verlo a Julio entre esos chicos”. Tal vez Miguel lo recuerde tan nítidamente porque el edificio Transradio había sido proyectado por el arquitecto Alejandro Christophersen, en un “estilo” depuradamente racionalista. O porque fue uno de los edificios que aun guardan las esquirlas de los proyectiles de un tanque Sherman durante el golpe de 1955.

Un tema que merecería más investigación tiene que ver con la inclinación de JLR hacia el boxeo, que comenzó a practicar de muy joven en el gimnasio de Raúl Landini. Este era un hombre culto, que sería subcampeón en las Olimpíadas de Ámsterdam de 1928. “Conocí a Landini, dice JLR, por intermedio de mi querido amigo, el periodista y dibujante Roberto Mezzadra -que retrataba, aclaro yo, a boxeadores, pero luego, también, al general Perón- y ante el horror de mis compañeros lo llevé a hablar al Partido Socialista sobre boxeo. El Partido proponía la municipalización del Luna Park y la prohibición del boxeo profesional. En la sede del Partido, Landini expuso sobre “El boxeo por la alegría” y fue largamente aplaudido. Landini … era un hombre sensible, como la mayoría de los boxeadores, lo que lo llevó a crear la Casa del Boxeador, en la calle Bartolomé Mitre, que sirvió de refugio y protección a los boxeadores olvidados por los empresarios explotadores”. En relación con el auge del boxeo, en 1920 se crea la Federación Argentina de Box, que en 1935 adquiere el predio de Castro Barros 75: desde entonces, constituyó un punto de reunión de partidos y demostraciones de izquierda, como también peronistas. De manera que tanto el Luna Park como el área de la Casa del Boxeador fueron puntos de reunión que no excluían los cafés de los alrededores (para controlar que nadie “había caído en cana”).

A mediados de los ‘60, como notó Miguel, se produce un alejamiento entre los Baudizzone y aquel grupo intelectual que tan íntimas relaciones había trazado. No es que se alejen totalmente, pero Miguel recuerda que comenzaron a frecuentar su casa personajes del mundo financiero y empresario (como se dijo, Baudi fue presidente de la Bolsa de Comercio desde el ’65 al ‘68). Al principio de nuestras conversaciones, Miguel y yo pensamos que los había alejado el caso Padilla en 1971, que puso en alerta a muchos progresistas con respecto a lo que pasaba en la revolución cubana, que tantos apoyaban. Entre otros, JLR, quien había viajado a Cuba en 1960, invitado por el gobierno revolucionario, donde se entrevista con Fidel Castro y con el “Che” Guevara. En 1961, expresó su apoyo a Cuba con motivo de la invasión a Bahía de los Cochinos. Pero las fechas no cerraban. Además, con motivo del arresto de Padilla, Cortázar y un centenar de escritores prestigiosos (entre ellos, Gabriel García Márquez, Simone de Beauvoir, Jean-Paul Sartre, Italo Calvino, Mario Vargas Llosa, Marguerite Duras y Octavio Paz) envían una carta a Fidel Castro, en la que dicen: “Los abajo firmantes, solidarios de los principios y objetivos de la Revolución Cubana, se dirigen a usted para expresar su preocupación ante el arresto del poeta y escritor Heberto Padilla, y para solicitar a usted que tenga a bien examinar la situación creada por dicho arresto”. Luego, la carta menciona el proceso comenzado en Chile, y también las situaciones que se viven en Perú y Bolivia, todas ellas tendientes a contrarrestar el bloqueo que sufre Cuba desde el triunfo de la revolución.

Cortázar se acerca a Chile, donde emerge un “socialismo democrático” con Allende. Y es entonces cuando Cortázar explica: «Cuando escribí “El perseguidor” fue el primer eslabón, el primer contacto que tuve con el destino humano visto fuera de mí. A partir de entonces hice una autocrítica despiadada de mí mismo. Me pregunté por qué en 1951 era antiperonista. (…) Lo que no había sido capaz de comprender era esa increíble toma de conciencia de todo un pueblo. Un pueblo colonizado, enajenado, como quieras llamarle. Lo que despectivamente conocíamos entonces como “el cabecita negra”. De mi autocrítica salió una nueva visión de las cosas. Comprendí que el único camino de nuestro país está en esas pulsiones -racionales o irracionales-, que expresan la voluntad y el deseo de su enorme mayoría. (…) Esa autocrítica hace que hoy vea el flamante triunfo del peronismo con ojos que no son los mismos que vieron el triunfo de Perón en el 46”. También JLR, aún sin renunciar a la crítica del período peronista, adoptó una actitud mucho más abierta con quienes habían apoyado, o simplemente callado, durante el gobierno de Perón, a diferencia de su hermano Francisco -lo que lo llevó a tener con él fuertes discusiones. (¿Habrá sido por estas posturas “properonistas” o condescendientes con el movimiento la causa del alejamiento de Baudi con el grupo intelectual original?).

(Miguel) Leyendo las notas que me envió Graciela, recordé algunas cosas de Seoane y de Fredi Guthmann, del que existen tan pocas noticias. En cuanto a Seoane, que volvió tras la muerte de Franco a la Coruña, se dedicó a pintar cerámica en una fábrica llamada o ubicada en Sargadelos. Incluso nos regaló un juego de jarras con los nombres de los viejos, Martin y yo.

Autorretrato de Seoane, y su reproducción en la fábrica
de Sargadelos. Abajo, jarra dedicada a los Baudi.

Respecto a Fredi Guthmann, tuve una relación muy especial con él. Hombre de gran cultura, su gran tamaño, su español nasal y su cambio de idiomas, sus insólitos chistes, a veces subidos de tono, hacían muy curiosos los encuentros. Pertenecía a un grupo religioso en la India, donde sus relatos sobre el manejo del tiempo y el espacio, totalmente diferentes de mi formación, me sorprendían e interesaban. Declaraba tener ciertos poderes y en lo que a mí respecta una vez y como expresa excepción, me vaticinó un hecho de mi vida privada que nadie conocía y era ni más ni menos que mi mujer estaba embarazada, que mi futuro hijo iba a ser varón y que le iba a interesar el Oriente. Y de hecho, mi hijo Francisco vive en Japón !!!

Por otra parte, Fredi vivió los últimos años en Mar del Plata, lugar del que huía cuando “llegaban los fenicios”, y se iba a la India. Tenía un pequeño pied a terre en la Av Santa Fe casi Ayacucho, y un Citroen 2cv donde verlo entrar con Natacha y su gran perro caniche era francamente tan insólito como su personalidad. Después de su muerte (en Mar del Plata, 1995), Natacha publicó un libro maravilloso con sus desconocidas poesías surrealistas, escritas en francés y admiradas por Breton. El libro incluye fotografías extraordinarias de Oriente de cuando hizo un viaje en velero por el Pacífico desde el ‘32 en adelante, y cartas desde distintos lugares del mundo de y a su hermano y sus amigos, entre ellos Joaquín Torres García, Pedro Figari, Francisco Porrúa y otros.

Siempre me impresionó que JLR muriera en Tokio (1977), Luis Seoane en La Coruña (abril 1979) y mi padre en Paris (mayo 1979), adonde fue después de ir a saludar a Maruxa, la viuda de Seoane. Habían nacido con apenas un año de diferencia (1909/10). Pero todos murieron fuera del país que habían querido entender, sin lograrlo.

Luis Seoane, dibujo utilizado en la segunda edición de los Cuentos, de Luis M. Baudizzone

Pequeña bibliografía

Se ha advertido que no hemos interrumpido este ensayo con notas al pie de página. Debemos a los lectores interesados, pues, un resumen de los artículos y libros más importantes que nos han documentado, algunos de ellos publicados en estas mismas páginas.

Bernárdez, Aurora, y Álvarez Garriga, Carlés, Cortázar de la A a la Z, Alfaguara, Madrid, 2014.

Burucúa, José E.; Devoto, Fernando y Gorelik, Adrián (comp.) José Luis Romero, vida histórica, sociedad y cultura, Unsam edita, 2013. El libro se deriva de las ponencias, convertidas en artículos, presentadas en las Jornadas de Historia en Homenaje a José Luis Romero, Unsam, 2009. Consulté los artículos de Aricó, Devoto y Halperín Donghi (especialmente sobre el FANOE). En algunos casos, como la disertación de Aricó sobre el “Llamado” del FANOE, fueron dictadas previamente en el ámbito del Club de Cultura Socialista entre 1988 y 89.

Costa, María Eugenia, “Configuración del catálogo de Emecé: directores de colecciones y materialidades del quehacer editorial” IV Coloquio Argentino de Estudios sobre el Libro y la Edición, Universidad Nacional de La Plata, Facultad Humanidades y Ciencias de la Educación.

Cuneo, Dardo, El desencuentro argentino, 1930/1955, editorial Pleamar, Buenos Aires, 1964.

Fiorucci, Flavia, Intelectuales y peronismo, Biblos, Buenos Aires, 2011.

Gerhardt, Federico, Temas y autores argentinos y latinoamericanos en proyectos editoriales de los exiliados gallegos en la Argentina durante la década del ’40,  Kamchatka 7, pp 73-96.

Guthman, Natacha, Fredi Gutman, editorial Letemendia, Buenos Aires, 2009.

Krieger, Clara, Los primeros cineclubistas: el joven José Luis Romero.

De Diego, José Luis (dir.) Editores y políticas editoriales en Argentina, 1880-2000. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2006

Devoto, Fernando (2012). “Cultura y política entre dos mundos: el exilio gallego en la Argentina, los debates intelectuales y las tramas de sociabilidad (1936-1963)”. Devoto, Fernando y Villares, Ramón (eds.) Luis Seoane entre Galicia y la Argentina. Buenos Aires: Biblos: 165-198.

Couselo José Miguel. Los orígenes de cineclubismo en la Argentina y “La Gaceta Literaria”, Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2000.

Halperin Donghi, Tulio. Son memorias. Siglo XXI, Buenos Aires, 2008

Ibarlucia, Ricardo, Luis Juan Guerrero. Luces y sombras en la historia de la filosofía argentina: de la Reforma Universitaria al primer peronismo, Tandil, Provincia de Buenos Aires, 2025.

Loedel Rois, German, Los traductores del exilio republicano español en Argentina, Universitat Pompeu Favra, 2012.

Pasolini, Ricardo, “José Luis Romero y la biografía como forma de la historia”, 2013. En Burucúa, José E.; Devoto, Fernando y Gorelik, Adrián (comp.) José Luis Romero, vida histórica, sociedad y cultura, Unsam edita, 2013.

Pedroni, Juan Cruz, “Semblanza de Argos (Buenos Aires, 1944- 1960)”, en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal.

Pulfer, Darío, “José Luis Romero en el mundo editorial: la experiencia de Argos (1944-1953)”.

Romero, José Luis. Tres notas sobre cine. Inéditos, 1929-1930.

Sarlo, Beatriz, “Las Argentinas de Seoane”. En Devoto, Fernando y Villares, Ramón (eds.), Luis Seoane entre Galicia y la Argentina. Biblos, Buenos Aires, 2012.

Seoane, Luis. El libro de las tapas. Botella al Mar, Buenos Aires, 1953.

Seoane, Luis. Recuerdos y olvidos, Alianza editorial, Buenos Aires, 2011.

Tomasi, Diego. Cortázar por Buenos Aires, Buenos Aires por Cortázar, Seix Barral, Buenos Aires, 2013.

Walsh, María Elena, “Escenas de la vida literaria. Buenos Aires, 1948”, La Nación, Buenos Aires, 1998.

Apéndice

I. Baudizzone orador en el banquete de homenaje a José Luis Romero. 1947.

El 6 de junio de 1947, en el restaurante Comega, se celebróun banquete de homenaje a José Luis Romero por la publicación reciente de su libro Las ideas políticas en Argentina, editado en México por Fondo de Cultura Económica.

Estos banquetes eran muy comunes en el mundo intelectual y artístico de entonces.

El discurso de presentación fue pronunciado por Luis M. Baudizzone, amigo íntimo y compañero en algunas empresas editoriales. Es quizá el único testimonio escrito que ha quedado de esa larga relación amistosa.

Se agregan el original del texto del discurso de Baudizzone -se conserva en el Archivo José Luis Romero, a cargo de la Universidad de San Andrés-, la invitación a los asistentes y una foto de la cabecera. A la izquierda de J.L. Romero se ubican Baudizzone y Teresa Basso, esposa de José Luis.

II. Baudizzone sobre José Luis Romero

Dos años antes Baudizzone había escrito este texto en el Catálogo de la Editorial Nova.

José Luis Romero y la nueva concepción de la historia. https://jlromero.com.ar/textos_sobre_jlr/jose-luis-romero-y-la-nueva-concepcion-de-la-historia/

III. Boletín Bibliográfico argentino, 1936

Interesa citar la lista del Boletín Bibliográfico argentino (Comisión Nacional de Cooperación Intelectual, fundada en 1936 y publicada semestralmente desde 1937), ya que catalogan y apoyan numerosas editoriales y libros de la época, además de impulsar actividades culturales. Fue la primera publicación oficial encargada de recopilar el registro de la producción impresa de Argentina. Aquí van las mencionadas que nos interesan, por autores o editoriales.

Romero (José Luis). Las cruzadas. Un volumen de 129 págs. E. $ 2,50. (Colección Oro. Edit.: Editorial Atlántida).

Romero (José Luis). Maquiavelo historiador. Un volumen de 135 págs. R. $ 2,50. (Colección Serie de Estudios Contemporáneos. Edit.: Editorial Nova). — Mitre. Un historiador frente al destino nacional. Un folleto de 38 págs. (Edit.: La Nación).

Romero (Francisco) y Jesinghaus (Carlos). La cultura moderna. Un volumen de 106 págs. R. (Edit.: Curso de Cultura Universitaria, Facultad de Humanidades y Ciencia de la Educación. Universidad Nacional de La Plata).

Scheler (Max). El puesto del hombre en el cosmos. Traducción de José Gaos. Prólogo de Francisco Romero. Segunda edición. Un volumen de 140 págs. R. $ 2,50. (Colección Filosófica. Edit.: Editorial Losada, S. A.).

Iconografía argentina. Anterior a 1820. Con una noticia de la vida y obra de E. E. Vidal. Un volumen de 76 págs. de texto y 32 reproducciones. (Edit.: Emecé, Colección Buen Aires).

Guaman Poma. Selección y noticias de Luis Baudizzone. Un volumen de 10 págs. de texto y 74 de ilustraciones. Cartoné. (Editorial Nova, Colección Mar Dulce).

Gudiño Kramer (Luis). Médicos, magos y curanderos. Un volumen de 102 págs. (Colección Buen Aire. Edit.: Emecé).

Norte (el). Selección de Bernardo Canal Feijóo. Un volumen de 109 págs. (Colección Buen Aire. Edit.: Emecé).

Poesía, música y danza inca. Selección y noticias de Luis M. Baudizzone. Dirección gráfica de Luis Seoane. Un volumen de 86 págs. E. $ 2,50. (Colección Mar Dulce. Editorial Nova).

Rodríguez López (Jesús). Supersticiones de Galicia y preocupaciones vulgares. Un volumen de 203 págs. (Colección Camino de Santiago. Editorial Nova).

IV. Carta de Baudi a Luis Seoane, a poco más de un año de sus propias muertes

Buenos Aires, marzo, 28 1977

Señor Luis Seoane.

Paseo de la Ronda, 15. La Coruña. España

Queridos Maruja y Luis:

Recibí tu carta, le pasé el contenido a Guthman y acabo de recibir su respuesta. Aquí va la información y le pedido de instrucciones. Dice Guthman que le dijo a Cassara que precisaba tener los cuadros en Buenos Aires y le dio como motivo que vendrían algunos compradores colombianos que querían ver el máximo posible de cuadros. Cassara aceptó de inmediato; dijo que se ocuparía del envío y embalaje y Fredi quedó en informarle el lugar de envío. Esa es la primera cuestión sobre lo que te pido indicaciones. Fredi no los puede tener en Mar del Plata, pues tiene un departamento muy chico y todas las paredes ocupadas con telas de Natacha. En Buenos Aires yo te los puedo guardar en mi departamento –apilados, no colgados– con el único inconveniente de que a fin del mes de abril nos vamos a Europa y queda el departamento sólo y me preocupa dejar tus cuadros sin custodia. ¿Qué quieres que hagamos? Dilo y lo haremos.

Nosotros estamos bien; pasados por agua con las lluvias casi diarias, que son una lata, entre otras razones porque han formado charcos en todas partes y en los charcos se han criado mosquitos que es una maravilla (¡para ellos!).

Elena ha hablado un par de veces con Marika; aún no la hemos visto, pues el médico le ha ordenado calma y reposo, sobre todo en vísperas de la liquidación de todas las cosas, que es al parecer su decisión.

Vamos preparando el viaje con alguna lentitud, pues espero en los próximos días una visita de clientes. De cualquier modo pensamos salir o el 30 de abril o el 2 de mayo; estaremos en España cerca del fin de junio y si no vamos a Galicia al menos os llamaremos por teléfono desde Madrid.

Los chicos y sus mujeres, bien. Martín e Isabela, felices con su viaje, volviendo a la rutina del trabajo diario. Miguel y Mirta también muy bien.

Nosotros seguimos inconsolables con la muerte de Romero. Vamos a Adrogué a menudo para acompañar a Tere que está tremendamente afectada, pese a que la rodean sus hijos y sus nietos. Pero la casa, el jardín, los libros, todo es una presencia permanente de José Luis.

Queridos amigos, espero vuestras noticias e indicaciones. Un gran, gran abrazo de los dos para los dos.

Baudi.