Los años platenses de José Luis Romero

Claudio Panella
Universidad Nacional de La Plata
Academia Nacional de la Historia

José Luis Romero

La vida y, sobre todo, la obra de José Luis Romero, uno de los más importantes historiadores argentinos, ha sido vastamente estudiada en sus diferentes dimensiones, aspectos y facetas por colegas que han visto en ella distintos méritos, tal como los que se consignan en este sitio digital. El presente artículo se aproximará al personaje desde un lugar hasta ahora poco explorado, tal su paso y estadía por la Universidad Nacional de La Plata. Esto ocurrió al comienzo de su etapa formativa, luego de obtener los títulos de grado y posgrado en aquella y, después de un forzado interregno en tiempos del gobierno peronista, cuando retomó su actividad en la Casa de Estudios platense ya como historiador formado y reconocido en los ámbitos intelectuales y políticos nacionales. Se intentará de esta manera realizar una contribución a la biografía de Romero, ubicándola dentro de un espacio de tiempo que fue más extenso, tal su actuación en la vida universitaria, en la política partidaria y en el campo específico –y más perdurable- de la historia.[1]

Los inicios de una carrera académica

José Luis Romero realizó sus estudios primarios en el Colegio del Salvador de la Capital Federal y los secundarios en la Escuela Normal Superior “Mariano Acosta”, recibiéndose de Profesor Normal en Letras en 1929 y ejerciendo el cargo de maestro por algunos años. Luego ingresó en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata a instancias de su hermano Francisco, diecisiete años mayor que él y filósofo, que era profesor de esa universidad. Cuando lo hizo ya poseía un bagaje de conocimientos sobre historia antigua a partir de lecturas recomendadas precisamente por su hermano. De su paso por las aulas platenses, que compartió con futuros colegas como Enrique Barba y Roberto Marfany, recordaría a profesores como Carlos Heras, Rómulo Carbia y Pascual Guaglianone; pero sobre todo recordó al italiano Clemente Ricci -que dictaba clases en la Universidad de Buenos Aires-, destacado investigador de la antigüedad clásica,[2] de quien reconocía_ “me enseñó a trabajar en lo que luego sería mi oficio”; y no solamente ello, pues manifestó: “Creo que es la persona que más ha influido en mí”.[3] Romero se recibió de Profesor Secundario en Historia y Geografía en 1934 y Doctor en Historia en 1937, con una tesis sobre Los Gracos y la formación de la idea imperial, dirigido por Pascual Guaglianone.

Antes de continuar con el derrotero académico de Romero, se hace necesario realizar un paréntesis a fin de situar su actuación, afinidades y redes de sociabilidad en el medio platense. En efecto, desde 1918 y hasta la llegada del peronismo al gobierno nacional, y en gran parte debido a su universidad, La Plata fue un ámbito intelectualmente rico, en el que se tejieron relaciones personales duraderas, coincidencias ideológicas y de la militancia política. En este sentido, puede afirmarse que las terminales de quienes integraban estos círculos eran el reformismo universitario, la adhesión a ideas socialistas democrático parlamentaristas y un fuerte antifascismo que se convirtió, casi sin escalas, en consecuente antiperonismo. Romero estableció lazos perdurables con el humanista dominicano Pedro Henríquez Ureña –con quien compartía su viaje en tren de Buenos Aires a La Plata para dictar clases en la universidad-, y con el médico y filósofo socialista Alejandro Korn, que se sumaron a las charlas discipulares que de joven había mantenido con Alfredo Palacios –que vivía cerca de su casa en el barrio porteño de Palermo-, y a las enseñanzas provenientes de su hermano Francisco.[4] Otras personas con las cuales se relacionó fueron Arnaldo Orfila Reynal, que con los años se convertiría en un destacado editor, el guatemalteco Juan José Arévalo, que sería presidente de su país (1945-1951), Luis Aznar y Vicente Fatone, por nombrar algunas.

En este marco merece citarse la experiencia de la Universidad Popular Alejandro Korn (UPAK), fundada en 1937, una entidad político-cultural en la cual convergieron intelectuales que abrevaban en el reformismo universitario y en ideas socialistas –su sede funcionaba en la Casa del Pueblo platense-.[5] Romero participó de la misma dictando conferencias, en una de las cuales, que se publicó, realizó un perfil laudatorio de Alejandro Korn.[6] A lo expresado debe sumarse que Romero contrajo matrimonio en 1933 con Teresa Basso, platense de nacimiento, graduada en filosofía, quien transitó el círculo de sociabilidad en torno de Korn, además de trabajar durante la década del ‘30 en la Biblioteca Central de la Universidad, algo que sin dudas reforzó los vínculos de su esposo con La Plata.

Otra institución de la cual formó parte Romero, en la que se entrelazaron los campos intelectual y político, fue el Colegio Libre de Estudios Superiores (CLES), fundado en Buenos Aires en 1930, que adquirió con el tiempo un perfil claramente liberal y antifascista. “Ni universidad profesional, ni tribuna de vulgarización” fueron palabras incluidas en su acta de fundación, que con el tiempo se transformaron en el lema del Colegio. Este  tuvo su publicación oficial, Cursos y Conferencias, en la que escribieron sus miembros, entre ellos Romero, cuya participación en la institución tuvo relevancia a partir de la década de 1940.[7] Fue en este ambiente político-cultural entonces, y ante el surgimiento del peronismo, que Romero adquirió un compromiso más enérgico con el Partido Socialista, al cual se afilió en 1945.[8] En paralelo, debe destacarse también que Romero desarrolló la tarea de editor, pues dirigió la editorial Argos, desde la cual publicó un importante catálogo literario de autores nacionales y extranjeros.[9]

            Volviendo a su carrera académica, la tesis de su autoría mereció elogios de sus colegas; tal fue el caso de José Oría, quien lo hizo sin ambages: “He visto de nuevo su tesis y ella confirma lo que públicamente le expresé al respecto y levanta casi todos mis anteriores reparos. Lo evidente es que el autor de ella posee una inteligencia de primer orden, excelente estilo, amplia cultura y, no tan sólo buen método, sino también sagacidad crítica”.[10]

            Estas cualidades seguramente influyeron para que fuese designado orador en representación de los graduados en el acto de colación de grados correspondiente al año de 1938. Allí, ante autoridades nacionales –concurrió el ministro de Instrucción Pública, Jorge E. Coll-, provinciales – el gobernador Manuel Fresco- y universitarias –el presidente de la Universidad, Julio Castiñeiras-, Romero hizo un elogio de la naturaleza del estudiante universitario desde los tiempos de la Baja Edad Media, cuando la vida urbana resurgía y aquel estudiante inauguraba una tradición “romántica e inquieta”, para luego afirmar que ya casi nada quedaba de esa condición. En el presente -afirmaba- el estudiante “parece más bien aprendiz de un oficio que ágil pirata del pensamiento, y más que el goce del ejercicio de la inteligencia lo guía un destino práctico puesto al final de su carrera. Signo de los tiempos, el estudiante aspira hoy a evadirse cuanto antes de tal condición […] Todo el contorno social induce a apresurar la marcha en el transcurso de la etapa escolar y se preforma así en el estudiante, prematuramente, el hombre de carrera”.[11] Frente a esta realidad, cabía a la universidad acentuar su misión directora, cobijar al estudiante, luego graduado, contribuir decididamente a su elevación cultural y estimularlo para que continuara ligado a la misma en una actitud que entendía recíproca: “El investigador no puede prescindir de la universidad que le proporciona el usufructo de la acumulada labor de años y los recursos de su organización institucional. Pero la universidad no puede prescindir del investigador sin correr el riesgo de secar la viva fuente en que se nutre su validez científica y malograr su saber y su enseñanza”.[12]

Concluía Romero su exposición haciendo un vivo elogio de la universidad platense, que se encontraba en condiciones óptimas para llevar a cabo aquella tarea: “Así fue concebida por su fundador y todo contribuye en ella a señalar este carácter: tiene la plasticidad y el entusiasmo de la juventud; tiene el escenario de la ciudad de los eucaliptos y los tilos; tiene la paz de la provincia y la intuición de la metrópoli. De nosotros depende que tenga también el estudiante preocupado y el maestro ejemplar”.[13]

Luego de su doctorado, Romero se incorporó al Centro de Estudios Históricos, creado en 1932 por Ricardo Levene cuando ejercía la presidencia de la universidad platense –antes había sido también decano de la Facultad de Humanidades en dos oportunidades, 1920-1923 y 1926-1930-. Nació éste con el objeto de realizar estudios de historia argentina y americana y de difundir el conocimiento de los mismos, extendiendo luego su ámbito de investigación a la historia mundial. Lo integraban profesores en ejercicio, diplomados y estudiantes avanzados; su primer presidente fue Levene, que fue sucedido luego por Carlos Heras.[14] Entre sus integrantes puede mencionarse a Antonino Salvadores, Mateo Heras, Luis Sommariva, Fernando Márquez Miranda, Luis Aznar, José Oría, Vicente Fatone, Roberto Marfany, Rómulo Carbia y Enrique Barba.[15] Si bien predominaban los historiadores que abordaban temas nacionales -incluidos no pocos referidos a la provincia de Buenos Aires-, y americanos, Romero logró hacerse un lugar para difundir los de su preferencia. Así, en 1939 publicó el artículo “El concepto de lo clásico y la cultura heleno-romana”[16], a la vez que en un acto del Centro celebratorio del 150° aniversario de la Revolución Francesa, pronunció la conferencia titulada “La historiografía del iluminismo y la Revolución Francesa”.[17] 

De las conferencias brindadas por los integrantes del Centro en 1940, le tocó a Romero la correspondiente al 27 de octubre, “La antigüedad y la Edad Media en la historiografía del iluminismo”, que además fue publicada.[18] En 1944, el Centro renovó sus autoridades, siendo electo como presidente de la Comisión Directiva Enrique Barba, de la que Romero formó parte, ocupando una vocalía.[19]

En esos años Romero publicó dos artículos sobre la Grecia antigua en la revista oficial de la Facultad de Humanidades, uno titulado “Imagen y realidad del legislador antiguo”,[20] y el otro “La concepción griega de la naturaleza humana”.[21] Con esos antecedentes, que se venían acrecentando con publicaciones por fuera del ámbito universitario platense, en 1942 pudo comenzar a ejercer como profesor interino de la materia Historia de la Historiografía, en la que sucedió a Rómulo Carbia. Según Tulio Halperín Donghi: “Su designación en un cargo docente de la Universidad Nacional de La Plata significó sin duda un reconocimiento de su valor académico, pero su alcance era sobre todo simbólico y no permitía anticipar nuevos progresos en una carrera universitaria que constituía el marco lógico para la trayectoria intelectual de Romero: Pedro Henríquez Ureña iba a morir profesor suplente, y era improbable que un joven historiador separado de quienes controlaban el acceso a las posiciones universitarias por un recíproco desapego corriese mucho mejor suerte”.[22]

Como sucede muchas veces, se trata de una afirmación formulada a sabiendas de su resultado final, es decir después de que la carrera de Romero en la universidad platense no logró prosperar. Pero en ese año de 1942 no podía saberse lo que iba a suceder a futuro. Por lo pronto, debe decirse que Romero era efectivamente un joven profesor e investigador de creciente presencia en una universidad presidida desde el año anterior por Alfredo Palacios – que además le asignó horas de cátedra en el Colegio Nacional, dependiente de la misma-, integrado fuertemente a los círculos intelectuales, culturales y políticos platenses y, sobre todo, en un momento en el que el golpe militar del año siguiente y sus efectos no asomaban en la escena política para ninguno de estos actores. Además, en ese año se publicó su tesis doctoral[23] y en los posteriores siguió sumando antecedentes académicos, lo que incluyó una prolífica producción intelectual, como los trabajos que publicó sobre el mundo antiguo[24] y, principalmente, sobre temas historiográficos.[25]

Rectorado de la Universidad Nacional de la Plata, fachada, c. 1920

En tiempos del peronismo

La relación entre el gobierno de facto surgido del golpe de Estado de 1943 y su sucesor, el constitucional que se extendió desde 1946 hasta 1955, fue particularmente conflictiva con la universidad, en la medida en que en esos años fueron suprimidos principios reformistas que la habían regido desde 1918. A diferencia de las restantes del país, que fueron intervenidas en el transcurso de 1943, no ocurrió lo mismo con la universidad platense, que mantuvo sus autoridades constituidas bajo la presidencia de Alfredo Palacios. Continuó con sus actividades en aparente normalidad –por caso, a comienzos de septiembre de 1943 el Consejo Superior creó la Cátedra de Defensa Nacional,[26] que inauguraría al año siguiente el ministro de Guerra Juan Perón-, al menos hasta el mes de octubre. Efectivamente, el día 14 apareció en los periódicos un manifiesto firmado por reconocidas figuras del ámbito académico exigiendo al gobierno el retorno al sistema democrático, respondiendo aquel con la cesantía de los firmantes que desempeñaran funciones en la administración nacional o en la docencia. El ministro de Justicia e Instrucción Pública, Gustavo Martínez Zuviría, notificó a Palacios dicha disposición, pero este se negó a cumplirla, renunciando en consecuencia a su cargo, al igual que lo hicieron el vice Gabriel del Mazo y varios consejeros, que de ese modo se negaron a reemplazarlo. Finalmente, fue electo nuevo presidente Ricardo de Labougle, que alineó la Casa de Estudios platense con la política del gobierno nacional, aunque sin producir cesantías.[27]

            En el transcurso del agitado año de 1945, la comunidad universitaria, especialmente su componente estudiantil, tuvo activa participación en los sucesos políticos que se desarrollaron, posicionándose en contra del gobierno nacional y de su principal referente, Juan Perón, a la vez que articulaba acciones con la oposición política. Fue así que el gobierno, a fin de descomprimir la situación, propició un proceso de normalización de la vida universitaria, que llevó a la elección de Alfredo Calcagno, un dirigente de la Unión Cívica Radical, como presidente de la Universidad Nacional de La Plata, que recuperó con ello su autonomía. En esa instancia, Romero fue electo consejero académico titular de la Facultad de Humanidades.[28]

Pero esto no aplacó lo ánimos de una sociedad dividida por posicionamientos irreductibles, tal como se vivieron en las calles de la ciudad las jornadas del mes de octubre. Sucedió que luego de la renuncia forzada de Perón a los cargos que ocupaba –vicepresidente de la Nación, ministro de Guerra y secretario de Trabajo y Previsión- despertó júbilo en los sectores medios, en especial los estudiantes universitarios, que en gran número recorrieron las calle céntricas celebrando el acontecimiento, lo que incluyó expresiones críticas al funcionario dimitente y al gobierno nacional, incluida la quema de un ataúd, una fogata frente a la corresponsalía del diario La Prensa y pedradas a luminarias de distintas plazas céntricas. También, saludar frente a su domicilio al presidente Calcagno y concentrarse a las puertas de la sede de la Universidad. Una semana después, en la jornada del 17, columnas de trabajadores provenientes de las localidades industriales cercanas de Berisso y Ensenada, en camino a la Plaza de Mayo, recorrieron las calles céntricas de La Plata dando vivas a Perón y atacando a edificios representativos de la ciudad, como el del diario El Día, el del Jockey Club y el de la presidencia de la Universidad, además de enfrentarse a grupos de estudiantes.[29]

            Luego del triunfo de Perón en las elecciones del 24 de febrero de 1946, pocos días antes de asumir, el gobierno militar volvió a intervenir las universidades, situación que se mantendría hasta la puesta en vigor de la ley Universitaria n° 13.031, sancionada en 1947, que suprimió la autonomía de las Casas de Estudios. Este rumbo impulsado por el gobierno nacional conllevó en la universidad platense el apartamiento de 164 profesores que dictaban clases en distintas unidades académicas, ya sea por retiro, cesantía, renuncia o jubilación, entre quienes estaba José Luis Romero.[30]

            En efecto, por nota del 4 de diciembre de 1946 firmada por el Decano Interventor de la Facultad de Humanidades, Diego Martínez, y por su secretario, Andrés Allende, se le comunicaba a Romero que por resolución del Interventor de la Universidad, Orestes Adorni, se lo separaba de su cargo de profesor suplente de la cátedra de Historia de la Historiografía, “de conformidad con el pedido que basado en conveniencias docentes” le había formulado oportunamente.[31] La causa aducida por Adorni era que Romero había “incitado públicamente” a una huelga estudiantil, actitud que importaba “una falta grave de disciplina que lo inhabilita para continuar desempeñando funciones docentes”.[32]

            La contestación de Romero comenzaba acusando recibo de aquella para luego expresar la injusticia que a su entender importaba la medida, que no era de carácter académico, pues en ese caso no le quedaría otro camino que “rebatirla con las indudables razones que obran en mi favor, afirmando, sobre todo, que esa Intervención carece totalmente de elementos de juicio y de preparación especial para juzgarme como profesor”. En esa línea enfatizaba que a nadie se le escapaba que la “conveniencia docente”, una fórmula convencional en definitiva, no constituía la verdadera razón de su apartamiento sino que era otra, más grave, que pasaba a explicitar: “Se me separa de mis funciones porque, en circunstancias conocidas, no vacilé en hacer públicas mis opiniones sobre los problemas que se habían suscitado en la vida institucional de la Nación”. Luego pasaba a defender el derecho que le cabía a todo intelectual de manifestarse sobre los distintos aspectos de la actualidad política, es decir comprometerse con el momento que le tocaba vivir: “Afirmo enérgicamente, Señor Delegado, no solo el derecho que me asistía como profesor universitario para intervenir en política, sino también mi firme convicción de que entonces cumplí con mi deber, porque estoy persuadido de que, siempre y más en momentos decisivos, es un excusable deber para todos los hombres de pensamiento, el tomar posición clara y definida frente a los problemas institucionales y políticos de su país. De otro modo, no merecerían el honor de ser llamados ciudadanos libres de una República”. Concluía su carta dejando sentada su protesta por la injusta medida, cuya responsabilidad recaería sobre los funcionarios que la habían tomado.[33]

            De esta manera se interrumpía la carrera académica, sólida y promisoria de Romero, en la universidad de la ciudad capital de la provincia de Buenos Aires. A partir de ese momento, debió proseguir su vida –intelectual y material- por fuera del ámbito universitario, transitando distintos caminos, continuando algunos ya comenzados y recorriendo otros nuevos. Por lo pronto, y como era lógico, desarrolló actividades en los circuitos de sociabilidad que había forjado en los años anteriores. De este modo, siguió dictando conferencias en el CLES y participando de la UPAK, realizando tareas en la editorial Argos a la vez que publicó Las ideas políticas en Argentina, donde plasmó su mirada de la evolución política y social del país desde sus orígenes coloniales hasta 1930.[34] Ganó una beca de la Fundación Guggenheim en 1951, con la cual estuvo investigando en la biblioteca de la Universidad de Harvard sobre temas del medioevo, dictó clases en la Universidad de la República en Montevideo entre 1948 y 1953, escribió artículos académicos en revistas extranjeras (entre ellas la mexicana Cuadernos Americanos), y notas sobre política internacional en el diario La Nación,[35] entre otras actividades.

            Pero el emprendimiento intelectual de mayor significación de Romero durante el peronismo fue la publicación de la revista Imago Mundi, cuyo subtítulo, ‘Revista de historia de la cultura’ era, según él “una defensa, un alegato, una toma de posición en el campo historiográfico”.[36] Más precisamente, buscaba “una concepción integral de la historia que no terminaba en la historia política; que iba mucho más allá, que era mucho más comprensiva en sentido filosófico, que comprendía mucho más cosas y quería ser mucho más profunda”.[37] Romero dirigió los doce números que aparecieron entre septiembre de 1953 y junio de 1956, siendo acompañado en la empresa, entre otros intelectuales –la mayoría apartados de la universidad en 1946-, por su hermano Francisco, Vicente Fatone, Roberto Giusti, José Babini, Luis Aznar, Alfredo Orgaz, Jorge Romero Brest, José Rovira Armengol, Juan Mantovani, Ramón Alcalde y Tulio Halperín Donghi.[38]

            Como apunte debe señalarse que en las publicaciones de carácter cultural, y tal vez porque llegaban a un público acotado, el control gubernativo no se hizo sentir como sí ocurría con los periódicos o la radiodifusión. De allí la aparición en esos años de no pocas revistas en cuyas páginas escribieron intelectuales críticos del peronismo, como Realidad (1947-1949),[39] dirigida por Francisco Romero -en la que José Luis tuvo una destacada tarea en la redacción junto a Francisco Ayala-, Los Anales de Buenos Aires (1946-1948, Jorge Luis Borges),[40] Expresión (1946-1947, Héctor Agosti),[41] Ver y estimar (1946-1955, Jorge Romero Brest)[42], Cabalgata (1946-1948, Joan Merli), Liberalis (1949-1961, Rodolfo Fitte), Cuadernos de Cultura (1947 y 1951-1967, Héctor Agosti), Contorno (1953-1956, Ismael y David Viñas),[43] Buenos Aires Literaria (1952-1954, Andrés R. Vázquez),[44]  o Centro (1951-1959, Centro de Estudiantes de Filosofía y Letras, UBA),[45] que se sumaron a la reconocida Sur, que se editaba desde 1931 –y lo haría hasta 1992-. En varias de estas revistas escribió José Luis Romero en ese tiempo.[46]

José Luis Romero. Defensa de tesis de doctorado, Universidad Nacional de La Plata, 1937

1955 y después

            En el decenio siguiente al derrocamiento del gobierno peronista tuvo Romero una intensa participación en los ámbitos universitario y político, a la vez que continuó con un destacado derrotero intelectual que se plasmó en distintas publicaciones. Efectivamente, fue nombrado Interventor en la Universidad de Buenos Aires (UBA) en septiembre de 1955 a partir de una terna presentada por la Federación Universitaria de Buenos Aires, integrada por José Babini, Vicente Fatone y el propio Romero. Ocupó el cargo hasta mayo del año siguiente, cuando renunció junto al ministro de Educación Atilio Dell’Oro Maini –que lo había designado- por desacuerdo entre ambos acerca del artículo 28 del decreto/ley 6403 dictado por el gobierno de facto que contemplaba la posibilidad de creación de universidades privadas. La discusión sobre el tema se reavivó en septiembre de 1958 cuando el presidente Arturo Frondizi decidió avanzar sobre el tema, lo cual movilizó a la comunidad universitaria enfrentando a los que se identificaron con un tipo de enseñanza, ya sea “laica o libre”, que se tradujo en movilizaciones masivas de estudiantes. En la más importante de las correspondientes a la “laica”, que se realizó frente al Congreso Nacional, Romero fue el orador principal.[47]

            Por la misma época se produjo una división en el partido Socialista, luego del apoyo sin fisuras al golpe de Estado de 1955, entre un sector más liberal y “derechista”, que acompañaba con énfasis al gobierno de facto, encabezado por Nicolás Repetto y Américo Ghioldi, y otro, menos dogmático y con una mirada más realista de la actualidad política, inclinado a la “izquierda”, que integraban Ramón Muñiz, Alicia Moreau, Alfredo Palacios, Carlos Sánchez Viamonte, José Luis Romero y la militancia juvenil. De este modo quedaron constituidos el Partido Socialista Democrático y el Partido Socialista Argentino, de cuyo Comité Ejecutivo formó parte Romero.[48]

            En el ámbito académico de la UBA, en 1957 se creó la cátedra de Historia Social General, que Romero dirigió, inicialmente en la carrera de Sociología y, desde 1959, en la de Historia, desde donde produjo un fuerte impacto en la actualización historiográfica. En la composición de la misma hubo nombres como los de Tulio Halperin Donghi, Reina Pastor, Haydeé Gorostegui, Alberto Plá y Nilda Guglielmi.[49] En torno a la cátedra se creó también el Centro de Estudios de Historia Social -donde particiaron entre otros Gustavo Beyhaut y Ernesto Laclau, en el cuál se dictaron cursos y seminarios de investigación.

En 1962 Romero fue electo Decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, cargo que ocupó hasta fines de 1965, momento en que decidió renunciar y retirarse de la vida universitaria. Su actuación al frente del decanato estuvo centrada en la necesidad de modernizar y elevar la calidad de la enseñanza y la investigación en una facultad cuya matrícula aumentaba en forma constante y en la que tuvieron un desarrollo notable las nuevas carreras de Sociología y Psicología, creadas en 1957.[50]

De la producción intelectual de Romero en esos años postperonistas puede mencionarse la publicación de la segunda edición de Las ideas políticas en Argentina, una década después de la primera, a la que agregó el capítulo IX –“La línea del fascismo”-, con la que completó el período 1930-1955.[51] Asimismo, otros textos referidos a la misión y función social de la universidad, como “La Reforma Universitaria y el futuro de la Universidad argentina” (1956)[52] e “Inauguración de los cursos en la Facultad de Filosofía y Letras” (1964).[53]

Ahora bien, ¿qué fue de la ligazón de Romero con la universidad platense? Por lo pronto, en 1955 se dio en esa Casa de Estudios el mismo proceso de protagonismo estudiantil que en la universidad porteña, con idéntico celo desperonizador. Efectivamente, en una asamblea llevada a cabo apenas depuesto el gobierno justicialista, la Federación Universitaria de La Plata (FULP) resolvió hacerse cargo de la Universidad, constituyéndose en gobierno provisorio de la misma, hecho que fue comunicado al Presidente de la Nación en razón del “estado de acefalía” de aquella. Entendiendo ejercer un “legítimo derecho”, se conformaba una Junta Representativa de la FULP presidida por el estudiante Jorge Ochoa e integrada por los titulares de los centros de cada una de las facultades. En su comunicación al gobierno nacional se le solicitaba al mismo el reconocimiento de la “precitada autoridad estudiantil” a la vez que pedían la intervención de las autoridades nacionales para que actúen conjuntamente con la entidad surgida de la Federación a fin de normalizar la universidad “mediante la vigencia plena de la Reforma Universitaria”.[54] Días después, la Junta propuso al Presidente de la Nación y al ministro de Educación para hacerse cargo de la Universidad una lista de cuatro nombres, a saber, Gabriel del Mazo, Aquiles Martínez Civelli, Carlos Bianchi y Pedro Luis Boffi Boyero, todos los cuales, a juicio de los estudiantes, eran garantía de “conducta moral” y “capacidad técnica indudable” para la “reconstrucción de la Universidad Argentina”.[55] El gobierno tomó nota de este pedido, pero finalmente designó Interventor a Benjamín Villegas Basavilbaso, que había ocupado similar cargo entre febrero y junio de 1945, decisión que tuvo asimismo el apoyo de la FULP.[56]

De las primeras medidas adoptadas por el Interventor se contó la reincorporación de profesores apartados de la universidad una década atrás, que en el caso de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación fueron, entre otros, Francisco Romero, Vicente Fatone, Abraham Rosenvasser, Alfredo Calcagno, Américo Ghioldi, Juan Mantovani, José Rodríguez Cometta, Ricardo Caillet-Bois, Enrique Barba, José M. Monner Sanz, Elisa E. Bordato, Fernando Márquez Miranda, Luis Aznar, José Oría y José Luis Romero.[57] Asimismo, fueron designados, como profesores titulares interinos, Risieri Frondizi, José Babini, Tulio Halperin Donghi, Florencio Escardó, Norberto Rodríguez Bustamante, Víctor Massuh, Emilio Estiú, Juan C. Ghiano y Ramón Alcalde.[58]

Estas reincorporaciones y designaciones fueron simultáneas a las cesantías de profesores que habían desempeñado funciones durante los años peronistas, es decir en un procedimiento similar al de 1946 pero en sentido político inverso. Del listado de desplazados puede mencionarse a Juan José Hernández Arregui, Alicia Eguren, Carlos Steffens Soler, Roberto Marfany, Enrique Catani, Rodolfo M. Agoglia, Joaquín Pérez, César E. Pico, Juan C. Goyeneche, Exequiel C. Ortega y Carmelo Zingoni.[59]

En la era postperonista sin embargo, se plantearon interrogantes que no fueron fáciles de resolver: ¿Qué lugar ocuparían los profesores reincorporados, cuyas trayectorias académicas eran variadas? ¿Se trataba de una restauración de la universidad de 1946 o de una auténtica renovación? ¿Alcanzaba solamente con la expulsión de aquellos que adhirieron al peronismo, los que no implementaron nuevas metodologías de investigación ni modificaron sustancialmente los planes de estudios sino solo expusieron miradas diferentes del pasado nacional? Como bien se ha afirmado, “no se trataba de una simple cuestión de elección o preferencias sino de las relaciones de fuerza”.[60] En la carrera de Historia de la universidad platense se definió esta cuestión recién en los primeros años de la década siguiente, no sin consecuencias entre los profesores que se referenciaron en Enrique M. Barba, discípulo de Ricardo Levene y representante de la Nueva Escuela Histórica, y los que lo hicieron con José L. Romero, principal exponente de la renovación y modernización de los estudios históricos. Una mirada basada en la cronología de las designaciones, licencias y retiros nos permitirá situarnos en esa disputa académica y política.

Por lo pronto, el Presidente de la Universidad designó Decano Interventor de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación al escritor Bernardo Canal Feijóo, que sustituyó al filósofo Rodolfo Agoglia, en tanto que en el Departamento de Historia Ricardo Caillet-Bois sucedió a Roberto Marfany; en abril de 1956 se nombró a Enrique Barba como director del Instituto de Historia Americana en reemplazo de Joaquín Pérez y a José Luis Romero del de Cultura, que estaba a cargo de Juan José Hernández Arregui -ambos institutos dependían del Departamento de Historia-.[61] Este reacomodamiento sin embargo tuvo algunas excepciones, como la de Carlos Heras, representante de la Nueva Escuela Histórica, que dictó clases durante los años peronistas y que continuó, luego de 1955, a cargo del Instituto de Historia Argentina. A otro profesor, el nacionalista Carlos Ibarguren, que desde 1947 dictó materias como Historia Argentina, Historia de la Civilización Contemporánea y Sociología Argentina, se le limitaron sus funciones en diciembre de 1955, por lo cual renunció sin dejar de manifestar su “solidaridad, personal y moral, con los dignos profesores ilegalmente separados de sus cátedras por el gobierno”.[62] En su reemplazo en la cátedra de Sociología Argentina fue designado Gino Germani, que ocupó el cargo hasta 1960, con algunas licencias por sus actuaciones en el exterior y en la UBA, siendo sucedido por otro representante de la renovación, Norberto Rodríguez Bustamante.[63]

En el caso específico de Romero, además de la dirección del Instituto de la Civilización -anteriormente denominado de la Cultura, ya referido-, retomó su cargo de profesor interino de Historia de la Historiografía y accedió a dictar las materias de Filosofía de la Historia e Historia Medieval y Moderna. No obstante, debido a las solicitudes de licencia en ambas cátedras, en 1958 lo suplantaron Tulio Halperín Donghi en la primera de las mencionadas y Nicolás Sánchez Albornoz en la segunda. Halperin además estuvo al frente de Historia Contemporánea y como secretario en el Instituto de la Civilización.[64] Esta significativa presencia de hombres de la renovación historiográfica,[65] que pretendían a superar barreras de una historia estrictamente nacional para hacer posible su inclusión en el ámbito más amplio de la historia universal, además de incluir las perspectivas de la historia social, debió convivir con representantes de la Nueva Escuela Histórica, de reconocida formación, peso institucional y arraigo en la universidad platense.[66] Fue el caso, entre otros, de Enrique Barba, profesor ajunto de la materia Historia Americana II además de Director del Instituto de Historia Americana ya referido y luego del Seminario de Historia Argentina; el de Ricardo Caillet-Bois en Historia Argentina I; y el de Carlos Heras en Historia Argentina II, este último también Director del Instituto de Historia Argentina como se dijo.[67]

Sin embargo, este esquema comenzó a desequilibrarse en detrimento de los renovadores cuando a fines de 1958 fue electo Decano de la Facultad de Humanidades Enrique Barba, cargo que ocupó hasta 1964, pues fue reelecto en 1961. Desde ese momento comenzó a perfilarse el afianzamiento de un claustro de profesores estables y preferentemente egresados de la universidad local, a la vez que se mantuvo vigente la tradición académica de la facultad, de perfil humanista, sin descuidar por ello la necesaria renovación profesional que imponía la época.[68] En paralelo, y por distintos motivos, los profesores renovadores fueron abandonando las aulas platenses: el propio Romero en 1959 cuando concentró su actividad académica en la UBA;[69] Gino Germani, ya se adelantó, en 1960; Tulio Halperin Donghi en 1962, luego de un conflicto con el decano Barba, con el que tenía diferencias, para pasar a desempeñarse en la Universidad del Litoral; y finalmente Nicolás Sánchez Albornoz en 1964.[70]

El proceso reseñado tuvo su repercusión en las publicaciones institucionales de la Casa de Estudios platense, la Revista de la Universidad y Trabajos y Comunicaciones. En la primera de ellas, creada en 1957 y que expresaba a todas las carreras de la universidad, aparecieron artículos de Romero,[71] Germani[72] y Barba.[73] Pero en la segunda, editada desde 1949, y que era el medio de difusión del Departamento de Historia –su primer director fue Carlos Heras-, los profesores renovadores no encontraron en ella un ámbito propicio para dar a conocer el resultado de sus investigaciones debido, en gran parte, a que no pudieron incorporarse al aparato institucional de la Facultad de Humanidades, y porque tampoco se identificaron con el perfil historiográfico de la publicación, donde abundaron los artículos de historia argentina y americana.[74] Visto en perspectiva este proceso, y atendiendo a las diferencias que separaban a historiadores de ambas tradiciones, poseían sin embargo dos elementos en común: una fuerte condena al peronismo, y un intento concreto de remozar los estudios históricos, haciendo de la profesionalización y la institucionalización un rasgo distintivo.[75]

De la relación de Romero con la universidad platense, además de la hasta aquí expresada, debe consignarse una acción poco conocida pero de significativa importancia, tal fue su postulación a Presidente de la misma a fines de 1958, cuando debían renovarse sus autoridades. Ante la elección, la prensa local destacaba que eran tres los candidatos con posibilidades de ser elegidos, a saber: José Peco, por entonces Presidente de la UNLP, que buscaba su reelección; Danilo Vucetich, Decano de la Facultad de Química y Farmacia; y José L. Romero, docente de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.[76] En este marco, la FULP resolvió tempranamente “por la unanimidad de los delegados de la junta representativa”, apoyar la candidatura de Romero.[77] La entidad estudiantil reiteró esta postura días antes de la elección en un comunicado en el que afirmaba que dicho apoyo significaba “la adhesión casi total del estudiantado platense a la figura del profesor Romero”, y que asimismo se contaba con el acompañamiento “de la mayoría de profesores en Humanidades e Ingeniería”.[78] Por su parte, la Federación de Graduados resolvió su apoyo a los candidatos Danilo Vucetich, José Peco y Santiago Fassi.[79]

La Asamblea Universitaria se reunió el día 13 de diciembre en el Colegio Nacional y estuvo compuesta por un total de 106 integrantes de los 108 que debían participar. La prensa platense destacaba que los tres postulantes gozaban de “gran prestigio en las esferas universitarias” a la vez que se esperaba un “marcado equilibrio en el número de los posibles votos” que cada uno de ellos obtuviese en la Asamblea.[80] Iniciada la misma, varios fueron varios los intercambios de opiniones que la atravesaron hasta llegar a la votación para la cual había sido convocada. Por lo pronto, el consejero estudiantil Vildoza propuso a la asamblea se rindiese homenaje a la empresa estatal Yacimientos Petrolíferos Fiscales (en la jornada se celebraba el Día del Petróleo). Si bien algunos asambleístas la consideraron fuera de lugar, el representante del claustro de profesores Aznar entendió que homenajes de esa naturaleza no podían ser objetos de discusión por lo que propuso se pusiesen de pie los presentes, lo que ocurrió finalmente.[81] No puede dejar de verse aquí una crítica implícita a la política petrolera del presidente Arturo Frondizi.

Seguidamente, un representante estudiantil propuso que la Asamblea ratificase la autonomía de la Universidad, la “derogación del artículo 28” y de la “ley Domingorena”. Se refería en este último caso a la ley n° 14557/58, que otorgaba validez a los títulos expedidos por universidades privadas, impulsada por Horacio Domingorena, diputado nacional frondizista. Otros asambleístas entendieron que era una moción que estaba fuera de lugar pues no correspondía considerarla debido a que no figuraba en el orden del día, por lo que el acto sería nulo. El consejero Salas, por los profesores, expresó que para poder abordar el tema en la Asamblea se necesitaba su aprobación con los votos de los dos tercios de los concurrentes; sometida a votación la propuesta estudiantil, fue rechazada.

Cuando parecía que finalmente se podría votar para elegir presidente, hizo uso de la palabra el consejero estudiantil Dabat, quien interpretó el artículo 86 del Estatuto de la Universidad como no imponiendo taxativamente el voto secreto para la elección del presidente, mocionando en consecuencia para que el mismo fuera público en virtud de lo que calificó como “necesidad de que el estudiantado conociera la forma en que habían votado sus representantes”. Esta intervención provocó el rechazo de no pocos asambleístas, en especial profesores y graduados, entre ellos el del consejero Borga, quién expresó que el artículo 86 era suficientemente claro al respecto, leyéndolo a continuación: “El sufragio es obligatorio y secreto en todas las elecciones que se realicen en la Universidad”. Otro asambleísta, Acdel Salas, fustigó la propuesta estudiantil con duros conceptos, a la que comparó con el “voto cantado” de los tiempos en que el conservador Manuel Fresco gobernaba la provincia de Buenos Aires. En similares términos se pronunció el profesor Delfino, haciendo además una defensa de le ley Sáenz Peña. En realidad, lo que muy probablemente subyacía en la intervención del representante estudiantil era el temor del claustro al que pertenecía de que algunos consejeros, que previamente a la asamblea se habían comprometido a votar por Romero, cambiaran súbitamente de opinión resguardándose en el voto secreto. Tampoco debe descartarse que fuera un coletazo de la división del radicalismo ocurrida el año anterior, en una universidad donde la presencia de esta fuerza política fue siempre significativa. Sometida a votación la moción estudiantil, fue rechazada por 71 votos contra 34 y una abstención.

Luego, solo restaba sufragar para elegir al presidente de la Universidad. Llevada a cabo la primera votación, el resultado fue el siguiente: José L. Romero 39 votos, Danilo Vucetich 31, José Peco 28, Santiago Fassi 6, Carlos Heras 1, Andrés Ringuelet 1 y en blanco 1. Al no haberse alcanzado la mitad más uno de los votos por ninguno de los candidatos, se procedió a una segunda votación con resultados parecidos: Romero 38, Vucetich 35, Peco 30, Fassi 1, Ringuelet 1 y en blanco 1. A continuación se llevó a cabo una tercera votación entre los dos candidatos más votados, correspondiendo el triunfo a Vucetich por 62 a 42 de Romero y 2 en blanco, resultado que se explica por la traslación de votos de Peco a Vucetich.

Del proceso relatado pueden hacerse al menos dos consideraciones. En primer término, que el apoyo estudiantil lo era menos por la adscripción político-partidaria de Romero que por su indudable compromiso con el reformismo y el laicismo. Esto atento a que en la FULP confluían militantes radicales, socialistas, comunistas, anarquistas, etc. Esta confianza depositada en Romero también se relacionaba con la necesidad imperiosa que tenían los estudiantes más politizados de otorgarle a la universidad un rumbo diferente del que se estaba llevando adelante, al que consideraban vetusto y refractario, con cambios de tinte progresista.

Es interesante al respecto observar las opiniones de dos propulsores de la candidatura de Romero, en cartas enviadas a este luego de la asamblea.[82] Ricardo Maliandi sintió la necesidad de escribirle a aquel en nombre de todos los que apoyaron su candidatura para manifestarle la “incondicional adhesión moral” de todos ellos, quienes habían luchado “para salvar a la Universidad de La Plata de una situación decadente y vergonzosa”. Y agregaba: “Creímos que las fuerzas oscuras que la manejan serían por fin desalojadas: estábamos equivocados. No sabíamos que la degradación hubiera llegado hasta tan hondo. No sospechamos que se llegaría a desechar así, con frío empecinamiento, la única oportunidad de salir a flote que se le presentaba después de tantos años. La triste experiencia de ayer nos ha mostrado el triunfo de lo mediocre y de los intereses personales extrauniversitarios, que seguirán jugando aquí su papel preponderante y ya sin escrúpulos morales de ninguna especie”. El tono pesimista del autor de la carta continuaba al referirle a Romero su breve experiencia, previa a la asamblea, en la Federación de Graduados, de la cual se llevó una impresión por demás negativa: “el pequeño núcleo de egresados que se mantiene en torno a nuestra Casa es, en líneas generales, el elemento más nefasto en todo este proceso de descomposición”. Reconocía luego cierta ingenuidad en el comportamiento estudiantil frente a la elección, en la cual estos habían luchado “a campo abierto, sin esconder el rostro ni las manos”, a diferencia de sus adversarios, que lo hicieron subterráneamente y por eso vencieron. Y en la misma línea enfatizaba: “Hay datos concretos del arreglo previo entre esos dos sectores que, en el fondo, no bregaban por una candidatura ni por un plan de trabajo, sino precisamente contra la única candidatura que traía un plan de trabajo […] No caben para ellos los ideales, no apuntan a nada. Pero unen sus fuerzas cuando se ven amenazados por el ímpetu decidido a elevar el nivel sobre el que ellos vegetan”. Terminaba su carta Maliandi de la siguiente manera: “Siga Ud. contando, Dr. Romero, con toda nuestra confianza: mis palabras reflejan el común sentir de los que hemos estado a su lado”.

Armando Delucchi fue el autor de la segunda carta dirigida a Romero, en la que se expresó en similares términos que su compañero, sintiéndose responsable de haber promovido su candidatura “y lo que es más, de haber hecho lo posible para que Ud. aceptara. Recuerdo todavía sus últimas palabras del sábado anterior: ’yo no les he fallado’”. Explicaba a continuación los motivos de esa apuesta: “Considerábamos que con Ud. la Universidad de La Plata podría aún salvarse, por eso insistimos tanto en que aceptara. Sabíamos de su constante preocupación por los problemas universitarios, de su concepción de cómo debía organizarse la Universidad. Esta manera de pensar era también la nuestra”. Del mismo modo, hizo referencia que en la “batalla de diez días” previos a la elección le habían permitido a él y a sus compañeros “conocer como nunca” a varios profesores: “algunos nos comprometieron su voto y luego traicionaron la palabra empeñada. Otros no soltaron prenda y prefirieron hablar bien de Ud. y de cuanto candidato apareciera como posible”. Y, enojado, confesaba: “Conocemos perfectamente las bases del acuerdo entre la gente de Vucetich y de Peco, que se obtuvo luego de dos reuniones, una en el Colegio de Abogados y la otra en la misma presidencia de la Universidad. El arreglo era votar por el candidato más votado en la tercera votación y lógicamente contra Ud.” Concluía su carta Delucchi en forma afectuosa: “Profesor Romero, sepa Ud. que la muchachada universitaria lo sigue y espera que continúe siendo su maestro”.

Una segunda consideración fue la constatación evidente de que el prestigio académico de Romero y su reconocimiento en el campo intelectual nacional se mostraron insuficiente para lograr el apoyo de sus colegas en una Casa de Estudios que valoraban cada vez con mayor fuerza –ya se ha visto- a aquellos que habían forjado su trayectoria y permanencia en la misma a través del tiempo. Por caso, el nuevo Presidente, apenas electo, recordó que habían transcurrido 42 años desde su egreso de la Escuela Anexa (primaria), por lo cual “toda mi vida fue consagrada a la Universidad”.[83] Otra vez merece citarse la carta de Delucchi a Romero en el párrafo en el cual le señalaba: “Los que se quedaron durante la dictadura, votaron al que también se quedó”, en obvia referencia a Vucetich. Agréguese a lo manifestado el hecho de que cuando el mencionado concluyó su mandato en 1961 lo sucedió su antecesor, es decir José Peco.

Reunión del Centro de Estudios Históricos, Universidad Nacional de La Plata, 1940

 A modo de conclusión

            “Mi impresión, contra mi idea prejuiciosa, es que JLR quería adaptarse y pertenecer a la Universidad de La Plata e integrarse con los profesores de la por otro lado criticada ‘Nueva Escuela’”, le expresó Luis Alberto Romero al autor de este artículo.[84] Si eso fue así –y muy probablemente lo fuera-, algunas reflexiones deben plantearse a fin de intentar comprender las razones por las cuales tal deseo no se pudo materializar, al menos como lo hubiese querido su protagonista.

En primer término, no caben dudas de que Romero transitó por las aulas platenses, al comienzo como alumno y luego como investigador y profesor, siguiendo los pasos obligados para construir una carrera académica: integró un centro de estudios, publicó libros y artículos de su especialidad, dictó cursos y conferencias hasta que se hizo cargo de una materia en la carrera de Historia, e inclusive alcanzó a ser representante del claustro de profesores en el gobierno de su facultad. Pero tuvo límites, no intelectuales por cierto, sino de otro tipo, concretamente la orientación que tenía la carrera de Historia en la Facultad de Humanidades, en la que las materias Historia Argentina e Historia Americana poseían un peso institucional significativo, dejando poco espacio para el desarrollo de otras que se dictaban. Además, la concepción renovadora de la historia y sus reflexiones sobre el mundo occidental que comenzaba a explicitar Romero no coincidía con la de la Nueva Escuela Histórica, cuyos autores, si bien de valía, no se apartaban demasiado de los límites nacionales o americanos, del afán documentalista y de las miradas político-institucionales. En otros términos, difícilmente podía Romero integrarse con poder de decisión a un aparato institucional diseñado oportunamente por Ricardo Levene, fuertemente anclado en relaciones personales y con fluidos contactos con funcionarios públicos.

            En segundo lugar, la llegada del peronismo a la universidad interrumpió la carrera de no pocos profesores e investigadores, entre ellos la de Romero. ¿Qué hubiese sido de ella sin dicha interrupción? ¿Se hubiese consolidado aquel en la universidad platense? Obviamente estos interrogantes no pueden ser respondidos. Sí está claro que el suyo fue un caso singular pues al ser reincorporado le tocó ejercer la máxima autoridad de la principal Casa de Estudios del país, lo cual le otorgó una visibilidad y posicionamiento académico y político destacado a nivel nacional. Retornó asimismo a la docencia en la universidad platense, inclusive acompañado por colegas que coincidían con su forma de entender la historia, no obstante lo cual tampoco pudo asentarse sólidamente allí. En ese sentido, más allá de las disputas institucionales con representantes de la Nueva Escuela Histórica, fue decisivo para ello su firme anclaje en la Universidad de Buenos Aires como principal ámbito de docencia e investigación, disminuyendo en consecuencia su presencia en la universidad platense.             Finalmente, cabe preguntarse por su candidatura a la presidencia de la Universidad de La Plata. ¿Se dejó llevar por el apoyo incondicional del claustro estudiantil, que lo veía como la persona más capacitada para desarrollar un programa de gobierno modernizador, dinámico, que rompiese con el inmovilismo que a su juicio padecía la universidad? ¿Caló hondo en su espíritu el ser “maestro de juventudes”? Difícilmente Romero desconociera la circunstancia de que no se podía acceder a ocupar el cargo más importante de aquella, contando solo con el idealismo y el entusiasmo que le manifestaban los estudiantes. Además, conocía sin dudas a sus adversarios y su capacidad de lograr apoyos concretos en los otros dos claustros, sobre todo cuando uno de ellos contaba con los resortes institucionales y políticos del gobierno de la universidad y el otro con los de una facultad, mientras Romero era solo profesor en una unidad académica. ¿Apostaba a que, contando con el total apoyo estudiantil, podía sumar adhesiones de sus colegas profesores y entre los graduados a partir de sus propuestas para la conducción de la Universidad? Es probable, pues así lo creyeron los promotores de su candidatura e inclusive se comentó en los medios de prensa locales. Pero una cosa son las conversaciones y conciliábulos previos a toda votación, donde seguramente se comprometen apoyos para tal o cual candidato, y otra, como en este caso, el comportamiento de cada representante al momento de sufragar en la Asamblea. ¿Fue tal vez el último intento de Romero, el más desafiante, el más difícil, en el que si lograba triunfar lo haría “pertenecer” definitivamente a la universidad platense? Si ese era su objetivo, qué mejor modo de hacerlo que en forma decidida, apostando sin medias tintas a “todo o nada”.

Enrique M. Barba

[1] Al respecto resulta de lectura obligada la biografía de Romero escrita por Omar Acha: La trama profunda. Historia y vida en José Luis Romero. Buenos Aires, El cielo por asalto, 2005. Por mi parte, agradezco la atenta lectura de este artículo que realizaron Luis Alberto Romero y Darío Pulfer.

[2] Sobre el mencionado véase Dell’Elicine, Eleonora. “Antes de Claudio Sánchez Albornoz y José Luis Romero: la labor del clasicista italiano Clemente Ricci en Buenos Aires (1893-1946)”, en Anejos de la Revista de Historiografía n° 12, 2024, pp. 93-104 (https://e-archivo.uc3m.es); y Santos, Diego y Ubierna, Pablo. “Clemente Ricci (1873-1946) y las humanidades como parte del proyecto científico en la Argentina”, en Ciencia hoy,  vol. 30 n° 179, abril-mayo de 2022, pp. 57-60 (https://ri.conicet.gov.ar/handle/11336/214037).

[3] Luna, Félix. Conversaciones con José Luis Romero sobre una Argentina con historia, política y democracia. Buenos Aires, Editorial de Belgrano, 1978, p. 87.

[4] Sobre estas cuestiones consúltese, entre otros, a Graciano, Osvaldo. Entre la torre de marfil y el compromiso político. Intelectuales de izquierda en la Argentina, 1918-1955. Bernal, Universidad Nacional de Quilmes, 2008, pp. 213-270; Bustelo, Natalia. “Vitalismo e historia. El joven José Luis Romero y el movimiento de la Reforma Universitaria (1929-1942)” en https://jlromero.com.ar/temas_y_conceptos/vitalismo-e-historia-el-joven-jose-luis-romero-y-el-movimiento-de-la-reforma-universitaria-1929-1942/; y Nallim, Jorge. “José Luis Romero en el universo antiperonista: entre el compromiso militante y los matices interpretativos”, en https://jlromero.com.ar/temas_y_conceptos/jose-luis-romero-en-el-universo-antiperonista-entre-el-compromiso-militante-y-los-matices-interpretativos/.

[5] Cfr. Graciano, O., op. cit., pp. 233-244.

[6] Romero, José L. “Experiencias y saber histórico en Alejandro Korn”, en Publicaciones de la Universidad Popular Alejandro Korn. La Plata, 1941.

[7] Cfr. Neiburg, Federico. Los intelectuales y la invención del peronismo. Buenos Aires, Alianza Editorial, 1998, pp. 137-182; y Cernadas, Mabel y López Pascual, Juliana. “Pensar con otros: José Luis Romero en el Colegio Libre de Estudios Superiores, en (https://jlromero.com.ar/temas_y_conceptos/pensar-con-otros-jose-luis-romero-en-el-colegio-libre-de-estudios-superiores/).

[8] Acha, O., op. cit., p. 47.

[9] Cfr. Pulfer, Darío. “José Luis Romero en el mundo editorial: la experiencia de Argos (1944-1953)”, en https://jlromero.com.ar/temas_y_conceptos/jose-luis-romero-en-el-mundo-editorial-la-experiencia-de-argos-1944-1953/

[10] Carta de José A. Oría a José Luis Romero, Buenos Aires, 18/11/1938. Copia de la misma facilitada por Luis Alberto Romero.

[11] Universidad Nacional de La Plata. XXVI colación de grados. La Plata, 1938, pp. 25-26.

[12] Ibídem, p. 26.

[13] Ibídem, p. 27.

[14] Gutiérrez, Talía. “Los estudios históricos en la etapa fundacional de la Universidad Nacional de La Plata, 1905-1943”, en Zarrilli, Adrián, Gutiérrez, Talía y Graciano, Osvaldo. Los estudios históricos en la Universidad Nacional de La Plata, 1905-1990. Buenos Aires, Academia Nacional de la Historia, 1998, pp. 63-64.

[15] Ibídem.

[16] Labor de los Centros de Estudios. Sección II, años 1938-1939. La Plata, Universidad Nacional de La Plata, 1940, pp. 36-41.

[17] Ibídem, p. 201.

[18] Labor del Centro de Estudios Históricos. La Plata, Universidad Nacional de La Plata, 1942, pp. 326-333.

[19] Centro de Estudios Históricos (Labor correspondiente a los años 1942-1943). La Plata, Universidad Nacional de La Plata, 1944, p. 348.

[20] Romero, José L. “Imagen y realidad del legislador antiguo”, en Humanidades n° 25, t. 2. La Plata. Universidad Nacional de La Plata, 1937, pp. 311-330.

[21] Romero, José L. “La concepción griega de la naturaleza humana”, en Humanidades n° 28. La Plata, Universidad Nacional de La Plata, 1940, pp. 415-430.

[22] Halperín Donghi, Tulio. “José Luis Romero y su lugar en la historiografía argentina”, en Desarrollo Económico vol. 20, n° 78, julio-setiembre de 1980, pp. 249-274. (https://jlromero.com.ar/textos_sobre_jlr/tulio-halperin-donghi-jose-luis-romero-y-su-lugar-en-la-historiografia-argentina-1978/).

[23] Romero, José L. La crisis de la república romana. Los Gracos y la recepción de la política imperial helenística. Buenos Aires, Losada, 1942.

[24] Romero, José L. “La helenización del judaísmo en el siglo II a. C.”, en Humanidades n° 30, La Plata, Universidad Nacional de La Plata, 1945, pp. 67-94.

[25] Romero, José L. Maquiavelo historiador. Buenos Aires, Nova, 1943; “La biografía como tipo historiográfico”, en Humanidades n° 29, La Plata, Universidad Nacional de La Plata, 1944, pp. 117-134. Sobre esta temática consúltese a Bragoni, Beatriz. “Biografía e historia en la agenda intelectual de José Luis Romero” (https://jlromero.com.ar/temas_y_conceptos/biografias-e-historia-en-la-agenda-intelectual-de-jose-luis-romero/).

[26] Coll Cárdenas, Marcelo. “La Universidad Nueva entre 1897 y 1955”, en Barba, Fernando (Director). La Universidad Nacional de La Plata en su Centenario, 1897-1997. La Plata, Banco Municipal de La Plata, 1998, p. 51.

[27] Ibídem, pp. 49-50.

[28] Graciano, O., op. cit., p. 302.

[29] Cfr. Díaz, César L.” Las movilizaciones callejeras de octubre de 1945: dos sectores en pugna”. Buenos Aires, Academia Nacional de la Historia, 2001; y James, Daniel. “17 y 18 de octubre: el peronismo, la protesta de masas y la clase obrera argentina”, en Desarrollo Económico N° 107, octubre-diciembre de 1987, pp. 445-461.

[30] Belinche, Marcelo y Panella, Claudio (Coordinadores editoriales). Memorias de la Universidad. Un relato fotográfico sobre la identidad de la UNLP. La Plata, Edulp, 2014, p. 100.

[31] Copia de la misma facilitada por Luis Alberto Romero.

[32] Labor cumplida por la Intervención en la Universidad Nacional de La Plata N° 4. Primera parte: labor del señor Interventor. La Plata, Universidad Nacional de La Plata, 1947, p. 101.

[33] Copia de la misma facilitada por Luis Alberto Romero.

[34] Romero, José L. Las ideas políticas en la Argentina, México, Fondo de Cultura Económica, 1946.

[35] Cfr.  Romero, José L. La Guerra Fría vista desde Buenos Aires. Los editoriales en La Nación, 1954-1955. Buenos Aires, SB, 2025.

[36] Luna, F., op. cit., p. 153.

[37] Ibídem.

[38] Para un análisis de la revista véase Acha, O., op. cit., cap. III. “Crisis e historia de la cultura en Imago Mundi, pp. 117-142; Terán, Oscar. “Imago Mundi. De la universidad de las sombras a la universidad del relevo”, en Punto de vista N° 33, septiembre-diciembre de 1988, pp. 3-7. 

[39] Colección completa disponible en https://ahira.com.ar.

[40] Ibídem.

[41] Ibídem.

[42] Colección completa disponible en https://revistasdeartelatinoamericano.org/collections/show/5.

[43] Colección completa disponible en https://americalee2.cedinci.org/revistas/.

[44] Ibídem.

[45] Colección completa disponible en https://ahira.com.ar.

[46] Cfr. https://jlromero.com.ar/bibliografía/.

[47] Sobre la Universidad de Buenos Aires en ese tiempo consúltese Buchbinder, Pablo. Historia de las universidades argentinas. Buenos Aires, Sudamericana, 2005, pp. 169-178.

[48] Cfr. “Blanco, Cecilia. “La erosión de la unidad partidaria en el Partido Socialista, 1955-1958”, en: Camarero, Hernán y Herrera, Carlos M. (editores). El Partido Socialista en Argentina. Buenos Aires, Prometeo, 2005, pp. 367-389.

[49] Devoto, Fernando y Pagano, Nora. Historia de la historiografía argentina. Buenos Aires, Sudamericana, 2009, pp. 376-377.

[50] Sobre la vida de la facultad post 1955 y la actuación de Romero, incluido su decanato, véase Buchbinder, Pablo. Historia de la Facultad de Filosofía y Letras. Universidad de Buenos Aires. Buenos Aires, Eudeba, 1997, pp. 187-217.

[51] Romero, José L. Las ideas políticas en Argentina. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1956.

[52] Cfr. https://jlromero.com.ar/textos/la-reforma-universitaria-y-el-futuro-de-la-universidad-argentina-1956/

[53] Ibídem.

[54] El Argentino, 25/9/1955, p. 2. Para más información sobre la participación de los estudiantes en el proceso normalizador consúltese Pis Diez, Nayla. “El movimiento estudiantil de la Universidad Nacional de La Plata ante la “Revolución Libertadora”: actores, transformaciones y conflictos entre septiembre de 1955 y mayo de 1956”, en Sociohistórica n° 37, 1° semestre de 2016 (http://www.sociohistorica.fahce.unlp.edu.ar/).

[55] El Argentino, 30/9/1955.

[56] El Argentino, 4/10/1955. El nuevo Presidente sucedió a Francisco M. Anglada.

[57] El Día, 23/11/1955. También fue reintegrado Romero al ejercicio de las horas de la materia Historia que dictaba en el Colegio Nacional, aunque renunció a ellas, lo que fue lamentado por las autoridades del establecimiento educativo: “La decisión de alejarse de la cátedra que prestigió con su talento y su consagración docente, contraría los más sinceros anhelos de las autoridades y alumnos de nuestra casa”. Nota del Rector del Colegio Nacional a José Luis Romero, 10/10/1956. Copia de la misma facilitada por Alfredo Triana, colaborador del Archivo Histórico del Colegio Nacional.

[58] El Día, 23/11/1955.

[59] Ibídem.

[60] Devoto F. y Pagano, N., op. cit, p. 375.

[61] Girbal-Blacha, Noemí. “La Facultad de Humanidades de La Plata y su producción historiográfica entre la “Revolución Libertadora” y la “Revolución Argentina”: del consenso al disenso intelectual”, en Devoto, Fernando (comp.). La historiografía argentina en el siglo XX (II). Buenos Aires, CEAL, pp. 71-72.

[62] Ibídem, p. 72.

[63] Zarrilli, Adrián. “Los estudios históricos platenses. De la ruptura del orden institucional al establecimiento de la democracia (1955-1983)”, en Zarrilli, A., Gutiérrez, T. y Graciano, O., op. cit., p. 152.

[64] Girbal-Blacha, N., op. cit. p. 73.

[65] Ver Devoto, F. y Pagano, N., op. cit., pp. 339-433.

[66] Cfr. Zarrilli, A., op. cit., p. 157. Sobre la pervivencia del paradigma de la Nueva Escuela Histórica, inclusive en los años del peronismo, véase Halperin Donghi, Tulio. “La historiografía argentina en la hora de la libertad”, en Sur n° 237, noviembre-diciembre de 1955, pp. 114-121; Graciano, O., “Docencia, historiografía y Universidad en la Argentina peronista”, en Zarrilli, A., Gutiérrez, T. y Graciano, O., op. cit., pp. 81-139.

[67] Girbal-Blacha, N., op. cit., pp. 73-74.

[68] Girbal-Blacha, N., op. cit., p. 56; Zarrilli, A., op. cit., p. 155.

[69] Ficha de personal de José Luis Romero. Copia de la misma facilitada por Laura Casareto, Directora del Archivo Histórico de la Universidad Nacional de La Plata.

[70] Girbal-Blacha, N., op. cit, p. 76. Esta cuestión merece mayores estudios, no circunscriptos solamente a la Universidad Nacional de La Plata; una mirada en Halperin Donghi, Tulio. “Un cuarto de siglo de historiografía argentina (1960-1985)”, en Desarrollo Económico vol. 25, n° 100, enero-marzo de 1986, pp. 487-520.

[71] “La realidad argentina y el análisis sociológico a principios de siglo”, en Revista de la Universidad N° 5, julio-septiembre de 1958, pp. 49-59.

[72] “El psicoanálisis y las ciencias del hombre”, en Revista de la Universidad N° 3, enero-marzo de 1958, pp. 61-67.

[73] “La significación del 80”, en Revista de la Universidad N° 8, segundo cuatrimestre de 1959, pp. 41-48.

[74] Zarrilli, A., op. cit., p. 174.

[75] Devoto, F. y Pagano, N., op. cit., pp. 192-193.

[76] El Argentino, 9/12/1958.

[77] El Día, 5/12/1958.

[78] El Día, 10/12/1958.

[79] El Argentino, 13/12/1958.

[80] Ibídem.

[81] Todas las referencias a la Asamblea fueron extraídas de los periódicos El Argentino y El Día del 14/12/1958.

[82] Copia de ambas facilitadas por Luis Alberto Romero.

[83] El Argentino, 14/12/1958.

[84] Comunicación vía correo electrónico, 20/10/2025.