Vida rural y vida urbana, 1810-1880. 1972

Bien sentado en su caballo, Anastasio el Pollo, gaucho criollo, avanza despaciosamente por las calles que conducen a la plaza Mayor de Buenos Aires. Casas, gentes, vestimentas, todo es sorpresa para el paisano. Así es “la ciudá”, a la que llega desde lejos, quizá para cobrar unas lanas, él también, como su compañero Laguna. Desocupado, busca una distracción ciudadana, y se encamina hacia el Teatro Colón, ante cuya fachada le sorprende una larga hilera de coches. La función está por comenzar, y el gaucho se decide a entrar, naturalmente al paraíso. El espectáculo lo sorprende. Desde arriba contempla las elegantes vestimentas de damas y caballeros, ceremoniosos y cumplidos. Contempla los cortinados, las luces, las joyas que brillan, los músicos con sus variados instrumentos; y contempla a esta gente que está sentada próxima a él, vestida como corresponde a la gente urbana en contraste con su ropa paisana. Avivada su curiosidad, se entera de lo que va a ver cuando se levante el telón: el Fausto de Gounod. Y se prepara a sumergirse en el espectáculo, entre cazurro y desconfiado.

Finalmente la función empieza, y con ella el drama del pobre viejo sabio atormentado por el amor de “la rubia”. Anastasio el Pollo mira y escucha, y entiende lo que puede. Pero una cosa queda grabada en su memoria: con destellos y mucho olor a azufre aparece el propio diablo con su largo sable y su cara de chivo, que ofrece la juventud y el amor al doctor Fausto a cambio de su alma. No podía ser que allí estuviera el propio Mandinga. Pero había que creer, porque el viejo rejuveneció de repente y Margarita cayó enamorada ante él. ¡Cosas del Malo! Y todo terminó como tenía que terminar cuando el diablo mete la cola. Valía la pena haber venido a la ciudad para ver tanto misterio, con tanta música y tantas luces, entre gentes desconocidas que tenían tan distintas costumbres. Pero Anastasio el Pollo prefería el campo y su tranquila vida, su pausada conversación con su compadre Laguna, el espectáculo de la naturaleza que le hacía decir: “¿Sabe que es linda la mar? / La viera de mañanita / cuando a gatas la puntita / del sol comienza a asomar”. No, la ciudad no era su mundo, y eso fue lo que quiso mostrar el poeta argentino Estanislao del Campo cuando compuso su Fausto, en el que cuenta la sabrosa experiencia del gaucho en la ciudad.

Este contraste entre la vida rural y la vida urbana se acentuó y se puso de manifiesto en Latinoamérica sobre todo después de la Independencia. Fue entonces cuando esos dos mundos entraron en estrecho contacto y chocaron con violencia, disputándose el derecho de imponer a los nuevos países su propio estilo de vida.

Campo y ciudad: un descubrimiento recíproco

Para los conquistadores y colonizadores, el mundo americano fue un mundo de ciudades: en ellas se concentraron para conservar su fuerza, su religión y sus costumbres; y en ellas actuaba la autoridad de la metrópoli para que las colonias rindieran los frutos que se esperaban de ellas. Imitación de las europeas, las ciudades coloniales no sólo repitieron su aspecto físico, con el trasplante de su arquitectura, sino que repitieron también las formas de vida: México o Lima quisieron ser cortes como las españolas; Bahía o Río de Janeiro, como las portuguesas. Y cada europeo trasplantado trató de reconstruir su ambiente originario en la iglesia suntuosa que se erigía, en el mobiliario con que adornaba su morada y en los modales que adoptaba para no ceder a la tentación de lo que consideraba la barbarie circundante. Fuera de la ciudad, las inmensas extensiones de las que los conquistadores se apropiaron sólo contaron como zonas de producción, fuentes de riqueza, en las que una naturaleza rica pero desmesurada amenazaba con absorber al recién llegado.

Sólo con el tiempo –casi en el siglo XVIII-, cuando ya vivían en las ciudades varias generaciones de criollos, empezó a descubrirse el mundo rural. Para entonces muchas zonas habían sido domesticadas: la población aborigen estaba doblegada e incorporada mansamente como mano de obra en compañía de los esclavos negros, y las unidades de producción se habían delimitado y sistematizado. Entonces empezó a percibirse el sabor de la naturaleza: los de Bogotá, el de la sabana; los de México, el de la sierra; los de Buenos Aires, el de la pampa. Los poetas neoclásicos, primero, y los románticos, después, empezaron a describir el paisaje: la zona tórrida, como hizo el caraqueño Andrés Bello, o la llanura, como hizo el bonaerense Esteban Echeverría. Y hasta se advirtió una idealización de su belleza.

Pero el mundo rural no era ya puro paisaje: poco a poco se había constituido en él una sociedad singular, muy diferente de las sociedades urbanas. Tipos humanos y sociales rigurosamente típicos habían surgido en los llanos y en las sierras, con costumbres singulares y tendencias definidas. Fue la gran sorpresa de los viajeros europeos de los últimos tiempos de la colonia y los primeros de la Independencia. Y hasta en las aldeas y en las pequeñas ciudades alejadas de las capitales advirtió el hombre que provenía de ellas un estilo de vida que no era el suyo.

Pero hasta la Independencia, la gravitación de las ciudades fue decisiva. Sólo cuando se desplomó el imperio español y se constituyeron, por la fuerza de las armas, las nuevas naciones, adquirió el mundo rural una nueva significación. La Independencia nació en las ciudades, pero los países que se constituyeron se integraron no sólo con ellas sino con vastas regiones rurales a las que fue necesario convocar a la lucha y ofrecer un papel en la nueva vida que se inauguraba. Para los doctores de las ciudades parecía suficiente una representación de los cabildos para constituir la nueva nación; pero las zonas rurales acudieron al llamado y exigieron sus derechos. En ese momento empezó el enfrentamiento entre el campo y la ciudad.

En ese momento, precisamente, el mundo rural descubre la ciudad. Antes la padecía y su presencia lejana era la de un poder absorbente y dominador. Sin duda la conocía el peón arriero que llevaba la hacienda hasta los mataderos o los saladeros, o el carretero que transportaba mercancías. Pero después de la Independencia empezaron a llegar los hombres en armas, convocados a veces por los ejércitos libertadores o lanzados atrás de sus caudillos para tomar posiciones en la áspera lucha por el poder. Fueron los llaneros de Páez en Venezuela o los montoneros de López y Ramírez en Argentina. Y no llegaron en son de paz sino en son de guerra, orgullosos de su fuerza viril, conscientes de su papel, firmes en sus convicciones tradicionales que juzgaban más valiosas que las ideas aprendidas por los letrados de las ciudades.

De todos modos, Latinoamérica seguía siendo un mundo de ciudades, y los hombres rurales que llegaban se azoraban frente a sus misterios. Embestían, pero caían al poco tiempo seducidos por el poder de los engranajes que funcionaban en las ciudades. Parecían odiarlas, pero en cuanto las descubrían y las conocían a fondo, pretendían dominarlas, someterlas a sus dictados, transformar su vida para que fueran menos urbanas, un poco más rurales, y para que se respetara en ellas la ley de las sociedades formadas en los campos. Fue un duelo tremendo, que el argentino Sarmiento definió con la fórmula “civilización y barbarie” que sirve de subtítulo a su obra Facundo. Fue una confrontación de dos estilos de vida, en la que se ocultaban dos concepciones diferentes de lo que era y debía ser la sociedad de los países que nacían, del destino que cada uno debía forjar.

La vida urbana

Estimuladas por la libertad de comercio, las ciudades latinoamericanas iniciaron un proceso de acentuado desarrollo en los últimos tiempos de la Colonia. No todas, ciertamente, sino en particular los puertos, las capitales y aquellas que por su posición o su riqueza quedaron incluidas en los principales circuitos comerciales. Pero, de todos modos, aun las más modestas sintieron el reflejo de esa actividad, excepto las que, por esa misma causa, vieron desaparecer sus posibilidades de competir con los grandes centros económicos. Pero esta situación se modificó de diversas maneras con la Independencia. Mientras algunas ciudades, como Buenos Aires y México, acrecentaron su poder y su riqueza, otras, como Caracas, sufrieron los embates de las guerras y vieron reducidos su población y sus medios económicos.

Por lo demás, en casi todas ellas se produjo un cambio en la estructura de su sociedad. Una excepción fue la de las ciudades brasileñas, en las que el Imperio mantuvo la sociedad tradicional o, por lo menos, moderó la profundidad de los cambios. En las ciudades hispánicas, el nuevo patriciado republicano desalojó a las antiguas aristocracias coloniales, en algunos lugares menos –como en México y América central– y en otros más, como en el Río de la Plata y en los países que se desprendieron de la Gran Colombia.

Ese patriciado fue el que fijó las pautas de las nuevas formas de vida en las ciudades latinoamericanas. En los puertos y en las capitales, la tradición hispánica y las costumbres criollas sufrieron el embate de los modelos europeos, especialmente franceses e ingleses. Comerciantes, diplomáticos y viajeros animaron las tertulias de las clases altas, e impusieron nuevos hábitos y normas. Signo de distinción fue adoptarlos. El conocimiento del francés pareció imprescindible para quien quisiera sostener una elevada posición, y la lectura de las obras literarias y de doctrina alimentó las mentes. Una tertulia de cierta categoría era impensable sin un piano en el que las niñas de la casa ejecutaran las arias de moda o las piezas de los músicos más conocidos: el chileno Blest Gana describió, en su novela Martín Rivas, estas tertulias de clase alta, en las que se hacía gala del más fino esprit, aunque a veces se notara excesivamente la imitación servil de los modelos.

Una educación esmerada suponía un viaje al viejo mundo, que era como decir a París. Los jóvenes de familias acomodadas pasaban su temporada europea recorriendo los bulevares, los teatros y los cafés, y volvían trayendo las últimas novedades a sus ciudades, que desde entonces, y en comparación con París, empezarían a encontrar insoportablemente provincianas, groseras y aburridas. Pero pronto atrapaban a los jóvenes de la clase rica los compromisos económicos, las tentaciones políticas, los compromisos de familia, y la vieja experiencia bohemia se tornaba un lejano recuerdo. Empero, los gustos, las ideas, los hábitos solían perdurar en ellos hasta imprimir a su clase social un marcado tono que la gente del campo consideraba extranjero y sofisticado. En eso radicó el conflicto entre la vida rural y la vida urbana: en un contraste entre una manera extranjerizante y sofisticada de vivir, y lo que se consideraba una manera “natural” que no era sino la vieja tradición hispanocriolla.

El argentino José Mármol presentó en su novela Amalia un cuadro de ese enfrentamiento, tal como se manifestó en la ciudad de Buenos Aires durante la época de Juan Manuel de Rosas. La ciudad de la época de Rivadavia había brillado bajo el influjo de una minoría europeizante; pero el triunfo de Rosas significó la ruralización de la ciudad, esto es, el predominio de las formas hispano-criollas de vida. El frac y el sombrero de copa, los uniformes imitados de los ejércitos extranjeros parecieron afrentas a la tradición y resultó de buen gusto adoptar el poncho y el chiripá. Eso, y el culto del coraje –a veces cruel– signó la vida de la ciudad durante la época en que se quiso hacer de ella un símbolo del pasado restaurado.

En rigor, Rosas quiso aniquilar a sus enemigos políticos apoyándose en las clases populares, y tales costumbres eran, efectivamente, populares. Porque el abismo que separaba a esas clases de las otras, ricas e influyentes, fue en todas las ciudades muy profundo y se notaba exteriormente en las formas de vida. En Martín Rivas, la novela de Blest Gana, aparece una vigorosa diferenciación entre las tertulias de clase alta y las de “medio pelo”. Las formas de trato, el lenguaje, las comidas y bebidas, los instrumentos musicales, las piezas musicales: todo está señalado con su correspondiente símbolo indicador de la posición social. Y en las descripciones de la vida mexicana que hicieron José Joaquín Fernández de Lizardi en el Periquillo Sarniento y más tarde la señora Calderón de la Barca quedó patente la presencia de unas clases altas que se esforzaban por parecer “civilizadas” –esto es, europeas– y unas clases populares que conservaban sus modos tradicionales de vida.

Quizá las “cortes” que organizaban los presidentes republicanos y, sobre todo, los dictadores omnipotentes fueran las más altas expresiones de un boato rebuscado y artificial. Pero sin duda fue en los teatros donde brilló todo el afán de las clases altas de lucir su capacidad de comportarse como un grupo social a la europea. La ópera y el drama, sobre todo, convocaban a las familias distinguidas, y no sólo por el interés de la obra sino por ser el tipo de espectáculo que caracterizaba la vida de las grandes ciudades.

Cosa distinta era la vida de las pequeñas ciudades provincianas. El argentino Sarmiento la ha descripto en Recuerdos de provincia, para destacar la permanencia en ella de ciertas virtudes tradicionales hispanocriollas, posibles en pequeñas sociedades que no habían sido alcanzadas por la nerviosa influencia de las grandes capitales. Pero aun en ellas se advertía la presencia de grupos ilustrados que pretendían remover el manso cauce de las ideas tradicionales, provocando dramáticos conflictos que tenían quizá más dramatismo que en las grandes ciudades.

Las ideas –y las ideologías– fueron las que conmovieron más la vida urbana. La influencia europea no sólo se tradujo en la importación de productos manufacturados y en la adopción de normas y costumbres no tradicionales. Se tradujo también en la difusión de las corrientes de pensamiento y de las tendencias literarias que renovaban por entonces la vida europea: las que provenían del romanticismo, saturadas de nuevas ideas sociales, o las que provenían del progresismo que estimulaba la renovación de la vida económica y política. Los cafés, los clubes, las tertulias se agitaban por el juego de las ideas y oponían a liberales y conservadores, a progresistas y tradicionalistas, con una vehemencia que transformaba a las ciudades en un hervidero cuya temperatura se transmitía poco a poco a todo el país. Como en Europa, la ciudad latinoamericana comenzaba a ser un foco de alta tensión.

La vida rural

Ese intenso cambio que caracterizó la vida de las ciudades latinoamericanas durante las décadas que siguieron a la Independencia no se manifestó en la vida rural, cuyos rasgos se conservaron semejantes desde la época de la Colonia. Por eso el contraste fue tan vivo. Las ciudades respondían al llamado del cambiante mundo industrial, en tanto que las áreas rurales apenas recibían ese estímulo.

En rigor, los establecimientos donde se desenvolvía la actividad rural mantenían los caracteres originarios. Eran las explotaciones mineras, más o menos decaídas algunas veces, los pueblos constituidos sobre antiguas comunidades aborígenes y, sobre todo, las grandes haciendas, unas dedicadas a plantaciones y otras para cría de ganado. Pero en las márgenes de las zonas metódicamente pobladas y explotadas había vastas regiones que estaban más allá de esas fronteras, en las que vivía y crecía una población indiferente a los controles del sistema social y político, indígena algunas veces y la mayoría mestiza y criolla. Algunos rasgos comunes caracterizaban todo ese conjunto: un apego a la tradición hispanocriolla, a las costumbres nacidas en la dura lucha contra la naturaleza y a las normas creadas por la autoridad señorial de los dueños de la tierra.

Donde la autoridad del amo perduró plenamente fue en los establecimientos tradicionales. Una plantación constituía un mundo cerrado que, muchas veces, parecía patriarcal, como el que describió el colombiano Jorge Isaacs en su novela María. La familia, sólidamente unida bajo la autoridad paterna, era el centro de una comunidad constituida por esclavos y peones, a los que los amos brindaban su protección a cambio de una total sujeción. El trabajo duro y ordenado era la regla, desenvuelto dentro de rígidos principios que el amo hacía cumplir inexorablemente. Pero la coincidencia de señores y peones tanto en las faenas como en el sistema de normas y creencias creó una vigorosa solidaridad entre ellos. Un día el amo podía salir en tren de guerra y su peonada constituía su hueste, fiel y resuelta. Así se vio, sobre todo, en las haciendas ganaderas, donde el peón –gaucho rioplatense o llanero mexicano– se convertía fácilmente en soldado, hábil en el manejo de la lanza y, sobre todo, jinete insuperable.

En la paz, la vida rural transcurría monótona para el peón y su familia. Tras la dura jornada de trabajo, la comida y el descanso en el rancho familiar o en el vasto cobertizo de los hombres solos; y a veces la rueda alrededor del fogón, donde solía oírse una guitarra o el murmullo del narrador que reinventaba los cuentos tradicionales con aparecidos y prodigios que asombraban al auditorio. Las fiestas religiosas quebraban la monotonía cotidiana; pero más aún las fiestas rurales, en las que se mostraba la destreza y el valor de los competidores; y algún viaje al pueblo para un privilegiado ponía en contacto al hombre de campo con otra manera de vivir.

Pero el hombre de campo amaba la suya. Si escapaba de la dura sujeción de la hacienda, era para buscar más libertad, en las zonas donde la civilización –y la opresión– no llegaba. Algunos –como el rastreador o el baqueano que describe Sarmiento en Facundo– ponían sus habilidades al servicio ocasional de un patrón sin sujetarse a él. Otros elegían la libertad del nómade y no faltaron, en las pampas argentinas, quienes optaron por agregarse a una tribu indígena.

A este último tipo de rebeldes que reaccionaron contra la penetración pertenecen los bandidos –con o sin ideas sociales– que retratan los mexicanos Ignacio Altamirano en El zarco y Manuel Payno en Los bandidos de Río Frío: temerarios y crueles pero animados en el fondo por un instinto que los llevaba a defender a su manera un mundo que veían amenazado por la civilización. Y a esa estirpe pertenece el gaucho “matrero”, del que Martín Fierro, el héroe del poema del argentino José Hernández, es el arquetipo insuperable.

Durante muchas décadas el mundo rural sintió que la civilización era su enemigo: la civilización de las ciudades, europeizante, impuesta y defendida con toda la fuerza del estado. Y no era sólo porque la civilización fuera más cruel en la explotación de los peones, sino porque tanto los peones como los señores rurales veían prosperar y triunfar un sistema de ideas que quebraban sus viejas creencias y sus hábitos seculares. “Religión o muerte” fue la bandera de un caudillo que luchó contra la ciudad y las ideas de los doctores.

Los suburbios

En un lugar se encontraban y confrontaban directamente las formas de la vida rural y las formas de la vida urbana: en los suburbios de las ciudades, y especialmente de las más importantes. Allí coincidía el que arreaba el ganado o el que traía sus cestas de productos para mercarlo con el avisado comerciante, con el cliente, con el funcionario o con el policía. Generalmente silencioso, el hombre de campo sobrellevaba su inferioridad; algunos se fortalecían en sus convicciones pero otros se incorporaban poco a poco, al tiempo que transmitían a sus interlocutores parte de lo que contenía su espíritu: la sabiduría de sus dichos, la maestría de sus manos, la música que habían aprendido de sus abuelos, las virtudes de las hierbas; y no sólo eso, sino también su sentimiento del honor y su experiencia de la vida. En cambio recibían nuevas ideas y cierto gusto por formas más suaves de vida que conocían y elaboraban.

Ese intercambio no fue el único. Los señores rurales comenzaron a radicarse en las ciudades, y tras ellos comenzaron a escapar de los campos las nuevas generaciones que descubrían la posibilidad de prosperar. El mundo mercantil les ofreció cabida, y poco a poco la vida urbana afianzó su triunfo sobre la vida rural.

Ciudades en transformación, 1880-1930. 1972

Algunas ciudades latinoamericanas habían comenzado cierto proceso de desarrollo y transformación edilicia antes de 1880: Río de Janeiro, capital imperial, o Caracas en la época del presidente Guzmán Blanco. Pero a partir de 1880 el cambio se hizo general, y llegó a constituir un rasgo característico de muchas de ellas. Las ciudades veían crecer su población, diversificarse sus actividades, mudarse su fisonomía, alterarse los modos de pensar y las costumbres de sus ciudadanos. El viajero europeo se sorprendía de estas transformaciones que hacían irreconocible una ciudad en veinte años; y fue eso, precisamente, lo que dio a la imagen de Latinoamérica el carácter de un mundo vertiginoso, de un mundo en desenfrenado cambio.

Un examen más atento hubiera permitido ver que el juicio no era exacto. Mucho era lo que en Latinoamérica no cambiaba, sobre todo en las zonas rurales, pero también en las aldeas y en las ciudades provincianas. Fueron las ciudades las que cambiaron, y en particular, las grandes ciudades. Porque el cambio estaba relacionado profundamente con cierta transformación sustancial que se operó por entonces en la estructura económica de casi todos los países latinoamericanos, y repercutió particularmente sobre las capitales, sobre los puertos, sobre las ciudades que concentraron y orientaron la producción de algunos productos muy solicitados por el mercado mundial; fue, ciertamente, la preferencia del mercado mundial por los países productores de materias primas y consumidores de productos manufacturados la que concentró en ciertas ciudades mucha población, la que creó nuevas fuentes de trabajo y nuevas formas de vida, la que inyectó en ellas mucha vida y ciertas formas de modernidad.

Para entonces, los países industrializados –los de Europa y Estados Unidos– comenzaban a alcanzar su plenitud. Habían acumulado fuertes capitales, poseían industrias en pleno crecimiento, y necesitaban tanto materias primas abundantes como mercados para sus productos. También en ellos crecían desmesuradamente las ciudades, cuyas poblaciones requerían una cuota de productos alimenticios que sus países no producían. Y tanto las exigencias de los grandes capitales y de las pujantes industrias como los requerimientos de las nuevas concentraciones urbanas promovían una acción indirecta sobre los países que no habían comenzado a desarrollarse industrialmente.

Esa acción se advirtió –dramáticamente– en la incentivación forzada de cierto tipo de producción: en las zonas rurales de Latinoamérica se estimuló el trabajo con un criterio empresarial, para que un país produjera más café; otro, más caña de azúcar; otro, más metales; otro, más cereales, lanas o carne para consumo; otro, más caucho; otro, más salitre. Las empresas eran, casi siempre, de capital extranjero, y extranjeros fueron sus gerentes, sus ingenieros, sus mayordomos y a veces hasta sus capataces; la mano de obra, en cambio, era nacional; y nacional fue también todo el mundillo de intermediarios que la producción y su comercialización engendraron. Ese mundillo fue el que creció en las ciudades, que se llenaron de oficinas y de bancos, de negocios mayoristas y de pequeñas tiendas, de gentes que medraban con lo que sobraba de tanta riqueza concentrada en lo que era el viejo casco urbano colonial y que empezaba a transformarse, imitando a las grandes capitales, como Londres o París. Una suntuosa avenida, un parque, o acaso la costumbre de reunirse en un club, o la de adoptar ciertas modas, parecían garantizar a la antigua aldea su paso hacia la condición de metrópoli.

Transformación o estancamiento

Dos palabras parecieron obsesivas para el hombre de las ciudades: exportación e importación. Eran dos palabras que sintetizaban las corrientes de una actividad comercial en la que desembocaba la nueva economía; y en aquellas ciudades donde esa actividad se localizaba, el dinero corría, las especulaciones calentaban la cabeza de grandes y pequeños ahorristas, y las esperanzas del enriquecimiento o, al menos, del ascenso de clase terminaban por convertirse en una obsesión de todos. Esas ciudades prosperaron.

Entre todas, aquellas donde más claramente se advirtió la prosperidad y la transformación, tanto de la sociedad y sus costumbres como de la fisonomía edilicia, fueron las capitales que eran, al mismo tiempo, puertos: Río de Janeiro, Montevideo, Buenos Aires, Panamá, La Habana, San Juan de Puerto Rico, todos puertos marítimos que desarrollaban su actividad al lado de las que eran propias de una capital, centro de decisiones políticas y también económicas; y aun Asunción, puerto fluvial; y aun Caracas o Lima que, aunque eran ciudades interiores, formaban pareja con sus puertos vecinos, La Guaira o El Callao. Una economía pujante, despertada por la incitación del mercado exterior, acompañaba ahora a la tradicional actividad que derivaba del ejercicio del poder político, del juego de la burocracia, del ejercicio de las influencias para obtener tales o cuales beneficios. Aunque sin puerto, México brillaba por su vitalidad y su riqueza bajo la égida de Porfirio Díaz, alojado en el castillo de Chapultepec.

Las capitales aprovecharon la riqueza del país, y generalmente modificaron su fisonomía; y no sólo porque se supuso que debían dar la imagen de un país próspero, sino porque en ellas se alojaron los grandes intermediarios, los banqueros, los exportadores, los financistas, los magnates de la bolsa. Pero en realidad la riqueza entraba y salía por los puertos, que ya habían crecido mucho en las últimas décadas. Algunos, como Buenaventura, no consiguieron sobrepasar su medianía. Pero otros concentraron una burguesía mercantil de sólidos recursos, aunque no siempre tuviera la ostentosa preocupación de las capitales que remedaban las viejas cortes. Valparaíso o Guayaquil fueron prósperas, como Santa Marta y Cartagena y la floreciente Barranquilla; Rosario, Santos, Belém reflejaron las nuevas formas de la riqueza –el trigo, el café, el caucho-; y Cartagena, Bahía, Veracruz y Puerto Cabello conservaron o mejoraron su condición de centros comerciales, como empezaron a serlo Antofagasta, Iquique, Maracaibo o Matamoros. En poco tiempo comenzaron muchos de ellos a exhibir sus nuevas instalaciones –los muelles, los depósitos, las vías férreas, las grúas– y todo un mundo de gente conformaría su nueva sociedad: desde el poderoso importador o el representante de una empresa inglesa hasta el lustroso mestizo que aportaba al progreso la fuerza de su espalda desnuda.

También prosperaron las ciudades que se constituyeron en foco de una zona productora en proceso de expansión, como Manaos, San Pablo o Manizales. Surgida en el corazón de la Amazonia, Manaos se transformó en la capital del caucho, y hacia ella concurrieron todas las corrientes que suscitó la nueva riqueza: repentinamente se congregó allí una sociedad abigarrada que quiso poseer las comodidades y el lujo de las grandes ciudades, y su suerte quedó atada a las alternativas del mercado internacional del caucho. San Pablo y Manizales, en cambio, crecieron con la demanda del café, que se producía en las zonas circundantes; y también acrecentaron rápidamente su población, desarrollaron sus servicios y modernizaron su fisonomía hasta adquirir el ritmo de las ciudades modernas.

Algo parecido ocurrió, en otra escala, con las ciudades que quedaron adscriptas a zonas de expansiva riqueza agropecuaria, como las que fueron fundadas o crecieron en las áreas argentinas del cereal y del ganado, entre las que cobraron particular significación La Plata y Bahía Blanca; o con las que adquirieron pujanza en las regiones mineras, como Oruro, Antofagasta, Belo Horizonte –fundada en 1897-, Monterrey; o con las que adelantaron la frontera de las áreas productivas, como Temuco o Punta Arenas en Chile, Tres Arroyos, Villa María o Resistencia en Argentina, Chihuahua en México; o con las que aprovecharon el intercambio fronterizo, como Rivera, Encarnación o Ciudad Juárez. Un vigoroso tráfico mercantil y una creciente infraestructura de servicios proporcionó creciente desarrollo a su vida económica y las puso en camino de convertirse en importantes centros urbanos.

Pero donde esas condiciones no se dieron, las viejas ciudades mantuvieron su actividad y su aspecto tradicionales que, en contraste con el desarrollo de las otras, pareció significar un estancamiento y, en ocasiones, un retroceso. Así ocurrió con las ciudades que quedaron al margen del sistema ferroviario, o con las que estaban emplazadas en áreas cuya economía no se dinamizó. Hasta algunas capitales, como Quito y La Paz, enclavadas en la zona andina, sufrieron un retardo en su desarrollo que las hacía parecer estancadas. Cuzco y Potosí, Cuenca y Trujillo, Popayán y Sucre, Mérida y Cochabamba conservaban las apacibles formas de vida sin que las sacudiera lo que orgullosamente se llamaba el progreso. Y algunas se resistían hasta a abandonar su fisonomía colonial y parecían ciudades dormidas, como Cajamarca o Cholula, Villa de Leyva o Maldonado, Ouro Preto o La Rioja, Coro o Guatemala la Antigua. Muchas de ellas mantendrían ese aspecto, en tanto que se aceleraba la transformación de las otras, incluidas de lleno en la renovación económica de la época.

Las sociedades urbanas

Lo típico de las ciudades estancadas y dormidas no fue tanto la permanencia de su trazado urbano y su arquitectura como la perduración de su sociedad. De hecho, se conservaban en ellas los viejos linajes y los grupos populares tal como se habían diseñado en el mundo colonial o en la época patricia. Poco o nada había cambiado, y ciertamente nada estimulaba la transformación de la estructura de las clases dominantes, ni la formación de nuevas clases medias ni la diversificación de las clases humildes.

Todo lo contrario ocurrió en las ciudades que quedaron incluidas en el sistema de la nueva economía. Las viejas sociedades se vieron desbordadas por nuevos contingentes que se incorporaban a la vida urbana, resultado unas veces del éxodo rural y otras veces de la aparición de grupos inmigrantes. El mayor número –acentuado por un decidido crecimiento vegetativo– alteró también cualitativamente la vieja estructura demográfica, favoreciendo las posibilidades de movilidad social que ofrecían las nuevas perspectivas ocupacionales y provocando muy pronto una ruptura del sistema de las relaciones sociales. Donde antes había un sitio preestablecido para cada uno, comenzó a aparecer una ola de recién llegados con vocación por la aventura que destruyó la armónica y convencional sociedad tradicional. El “nuevo rico”, el pequeño comerciante afortunado, el empleado eficaz, el obrero habilidoso se abrieron paso entre los recovecos del armazón social y consiguieron dislocarlo. De pronto, el viejo patriciado descubrió que la “gran aldea” se transformaba en un conglomerado en el que se perdían las posibilidades del control de la sociedad sobre el individuo a medida que desaparecía la antigua relación directa de unos con otros. En rigor, comenzaba a constituirse en Latinoamérica la ciudad multitudinaria.

Acusaron el golpe las clases tradicionales, ese viejo patriciado que parecía consustanciado con la tradición republicana y que había envejecido en el ejercicio tanto del poder político como del poder económico. De pronto apareció a su lado una nueva burguesía, acaso compuesta en parte por sus propios miembros, pero de la que formaban parte también otras gentes: el financista improvisado, el representante de una compañía extranjera, el técnico contratado para las minas o para las obras del ferrocarril, del puerto o de salubridad, o simplemente el comerciante enriquecido que había abandonado la venta al menudeo para dedicarse a las importaciones, y que acaso dejaría muy pronto esa actividad para especular en la bolsa, establecer una sociedad financiera o fundar un banco. Con todos ellos se encontraba ahora el viejo patriciado en los clubes –nuevos, muchos de ellos, a imitación de los ingleses– y hasta en las reuniones exclusivas de su clase, que se abría poco a poco ante el prestigio de la nueva riqueza.

Ese prestigio adornó, sobre todo, a los grandes aventureros de la finanza y de la industria: Emilio Reus en Uruguay, José María Menéndez en el sur patagónico, Waldemar Scholz en Manaos, Ernesto Pugibet en México. Efímera o duradera, su fortuna casi inconmensurable parecía el símbolo de las esperanzas que se abrían para todos. Y en los salones de las nuevas residencias que construía para ellos un arquitecto llegado de París, se iniciaba el ejercicio de una forma de vida que imitaba la de la alta burguesía victoriana o napoleónica. Su ejemplo fue imitado, porque el viejo patriciado perdió su prestigio ante el avance de esta nueva burguesía moderna y europeísta; y no sólo porque fuera más rica y más audaz, sino también porque expresaba más fielmente las necesidades de los nuevos tiempos y asumía con más clara visión las funciones de minoría directora.

Por lo demás, el viejo patriciado no contaba ya con la forzosa dependencia de las clases populares. Nuevas fuentes de trabajo aparecían, y el que quería labrarse una posición tenía abierta toda la escala de posibilidades. A las antiguas tareas, la vida urbana agregaba otras nuevas: en los puertos, en los comercios, en las instituciones, y también en el campo de las manufacturas, de la construcción, de las obras públicas, sin contar los nuevos servicios subsidiarios que crean las ciudades populosas, desde mensajero hasta guardián del orden público o cochero. Esta apertura en las posibilidades del trabajo modesto no sólo sirvió para canalizar las expectativas de las nuevas clases populares, acrecentadas en las ciudades por causa del éxodo rural o de las migraciones extranjeras, sino también para sacudir la modorra de las clases populares tradicionales, cuyos miembros, antes contentos con su suerte, veían ahora prosperar al imaginativo vecino que abandonaba el servicio doméstico para vender baratijas por la calle y terminaba como tendero establecido y con buen pasar.

Además, las nuevas manufacturas e industrias dieron nacimiento a una suerte de proletariado industrial, ajustado a un salario y sometido a la disciplina impersonal de la empresa. No había para sus miembros el despreocupado solaz del vendedor callejero o del mayoral del tranvía que siempre encontraban una pausa para la conversación. Pero adquirían poco a poco la modalidad de una clase combativa, disconforme y capaz de expresar su rebeldía. Poco a poco, las clases populares escapaban del viejo sistema, un poco patriarcal, y se ajustaban al nuevo que se elaboraba sordamente en las plantaciones y en las minas pero de una manera visible en los centros intermediarios que constituían las ciudades. Y a medida que la ciudad crecía, crecía también el mundo de los marginales, con sus mendigos resignados y acaso filosóficos, con sus prostitutas y sus borrachos, con los ladrones de bajo o de alto vuelo, que ensayaban en las calles de Santiago o Buenos Aires, de México o Caracas, las artes de un oficio que prosperaba al calor del ambiente cada vez más multitudinario.

Pero lo más sorprendente de las ciudades que se transformaban al calor de los cambios económicos fue la aparición de nuevas y nutridas clases medias. Ciertamente, no faltaban antes. Las constituían quienes poseían un comercio, quienes ejercían una profesión liberal, los burócratas, los militares, los clérigos, los funcionarios. Pero en todos esos niveles hubo una expansión que creó nuevas expectativas. La ciudad era, fundamentalmente, un centro intermediario, y las necesidades de esa función multiplicaban las de la producción misma. Más burocracia, más servicios, más funcionarios, más militares, más policía. Quienes eran originarios de la ciudad tenían más posibilidades de alcanzar esas posiciones; pero quienes llegaban a ella y hacían su carrera desde los primeros peldaños podían subirlos en breve tiempo a fuerza de capacidad o de vinculaciones. Y luego podían hacer fortuna, o incorporarse a una clientela política o a la suerte de un grupo de poder. Así, el tránsito desde las clases populares a la clase media fue frecuente y a veces rápido, al tiempo que en las capas superiores aparecían posibilidades de trepar a los altos estratos de la burguesía por la vía de la fortuna, o del padrinazgo de un poderoso, o de las alianzas afortunadas. Fue esta nueva clase media la que caracterizó la transformación de las ciudades, y no sólo porque reflejó la intensa movilidad de la sociedad, sino porque sus miembros permitieron la renovación de las formas de vida: eran los que compraban los periódicos, los que discutían sus opiniones en los cafés, los que se proveían en los nuevos almacenes que ofrecían la moda de París, los que llenaban las aceras de la bolsa y los bancos, los que empezaron a pensar que también ellos tenían derecho a participar del poder.

En pocos años, veinte o treinta ciudades latinoamericanas vieron transformarse sus sociedades y arrinconar las formas de vida y de mentalidad de las clases tradicionales. En su lugar, las nuevas sociedades elaboraron otras formas de cultura urbana.

Los marcos de la vida urbana

En esas ciudades, las nuevas culturas urbanas aparecieron enmarcadas por las condiciones que el nuevo sistema económico imponía. Ciertamente, en las ciudades estancadas pudo perpetuarse el estilo de vida tradicional; pero en estas otras las cosas cambiaron. Lo primero que se modificó fue el ritmo de la existencia, porque era difícil mantener el hábito de la siesta cuando a esa hora funcionaban los bancos y la bolsa.

Algunos bancos existían; desde la década del sesenta funcionaba en Brasil el Banco de Londres y Brasil, y en la Argentina, el Banco de Londres y Río de la Plata; y en el otro confín de Latinoamérica funcionaba el Banco de Londres y México. Pero en la década del ochenta empieza a crecer el número de los bancos extranjeros: ingleses, alemanes, franceses y, en México sobre todo, norteamericanos. Mucho más débiles, no faltaban los bancos nacionales. Fundados aquéllos para atraer a los inversores extranjeros, fueron árbitros de cuanta empresa o aventura económica surgió en la mente de empresarios o aventureros. Y en la vida de la ciudad, giraba alrededor de sus despachos y de sus ventanillas una maraña de operaciones que implicaba no sólo a los sectores poseedores, sino también a los medianos y al gobierno mismo. El crédito era la condición de toda iniciativa, y la esperanza de un lucro rápido obtenido sin capital caracterizó la mentalidad de todos los grupos en situación de ascenso económico.

La bolsa atraía la atención de los especuladores tanto o más que los bancos, y por eso fue el símbolo de la nueva mentalidad económica. El argentino Julián Martel describió, en su novela La Bolsa, el ambiente febril de la de Buenos Aires; pero el fenómeno se repetía en muchas partes, porque ella también ofrecía la perspectiva de un lucro rápido obtenido sin capital. Unicamente se necesitaba imaginación, audacia y, preferentemente, socios y amigos encumbrados no sólo en los círculos financieros sino también políticos. Pero la bolsa no sonreía siempre ni a todos. Frente a las pizarras de las cotizaciones se definían los destinos individuales de quienes apostaban lo que tenían y lo que no tenían a una aventura, unas veces real y otras imaginaria. Se especulaba con los títulos del estado, con el oro, con las tierras, con las acciones de compañías que se fundaban a cada instante con capitales fantasmas, y también con las de compañías sólidas a las que se jaqueaba con la especulación desmedida. Y al calor de esas especulaciones se hacían y se deshacían fortunas, con las cuales ascendía o descendía la posición de las familias alterando el cuadro social de la ciudad.

Unos pocos centros comerciales donde se concentraba el tráfico de exportación e importación completaban el sistema básico de la economía regional, que la ciudad administraba. Por los puertos salían el café, el trigo, el salitre, la carne, el oro, la caña de azúcar; y entraban gruesas cantidades de productos manufacturados. Pero el dinero en que todo eso se convertía, y el dinero obtenido de los inversores extranjeros para desarrollar esos negocios o financiar la infraestructura moderna, corría por aquellos canales que, finalmente, no concluían en la ciudad sino que seguían su curso hasta desembocar en las grandes metrópolis financieras e industriales de Europa o Estados Unidos. La ciudad que se transformaba, que veía cambiar la estructura de su sociedad y su fisonomía edilicia, que veía circular el dinero y obtenía ciertos réditos no era, en rigor, sino una avanzada de un sistema cuyos controles estaban fuera de ella. Por eso la ciudad patricia adquirió un marcado aire de factoría que la convirtió en típica ciudad burguesa.

Al crecer, la ciudad misma ofreció un nuevo género para la desenfrenada tendencia a la especulación: la tierra urbana. Perspicaz y decidido, el especulador en tierras compra –con o sin dinero– la quinta suburbana, el predio abandonado, calculando que allí se dirigirá la gente que no puede comprar en el viejo centro de la ciudad. El especulador se erige en urbanista y traza calles y plazas, reserva lugares para edificios públicos y hasta se arriesga a construir alguna casa o al menos unas paredes que sirvan de anzuelo. Entonces convoca a un remate, que suele ser una especie de fiesta popular animada por una banda de música, para un domingo por la mañana. Y el rematador –especulador y urbanista– asciende al podio y comienza con un largo y animado discurso sobre las ventajas del lugar y, sobre todo, sobre su brillante futuro. Porque el rematador sabe que muy pocos de los que vienen a comprar se proponen edificar para vivir: los más son también especuladores, aunque en otra escala, que esperan que la tierra se valorice y haga que se reproduzca el dinero invertido. Pero al fin el nuevo barrio queda hecho, y quizá muchos han ganado dinero. Allí florecerá un nuevo género de pequeño comercio, ejercido por los adelantados del menudeo, cuyas tiendas serán los focos tanto de la compraventa como de la sociabilidad del nuevo distrito. Así extendida, la ciudad necesitará servicios públicos, que nuevas empresas proveerán: el alumbrado, el tranvía, el gas y la electricidad más tarde, el agua y las obras sanitarias. Sobre la expansión física de la ciudad, una vasta inversión financia la infraestructura.

Pero las clases tradicionales preferían el viejo centro o, en todo caso, los nuevos barrios próximos a él que surgieron también como resultado de una especulación en alta escala. Son los barrios residenciales, que conviene que no estén muy lejos de donde está situado el palacio de gobierno. Por mucho que los bancos, la bolsa, las sociedades financieras y las grandes casas exportadoras e importadoras se constituyeran en centros decisivos de la vida urbana, el palacio de gobierno conservaba y aun acrecentaba su importancia. Allí residía el poder político, que no era desdeñable ni siquiera para el poder económico.

En las capitales ejercieron funciones políticas, directas o indirectas, no sólo los antiguos sino también los nuevos factores de poder. Y en diversa escala, en todas las ciudades que se transformaron por quedar inscriptas en el nuevo sistema aparecieron los nuevos factores de poder para competir con los antiguos. Eran éstos los viejos linajes patricios, las clases altas tradicionales, los jefes militares y los prelados, algunos ricos comerciantes y algunos círculos ilustrados que merecían consideración especial. Pero poco a poco el número comenzó a crecer. Otros grupos sociales, especialmente las clases medias en ascenso, canalizaron un cuerpo de opiniones políticas que se transformó en respetable. Y con el tiempo, empezarían a aparecer grupos obreros organizados en sindicatos con los que había que contar. Pero los nuevos grupos de poder importantes fueron los que expresaron el poder económico. Lanzado a la tarea de la modernización del país y a una explotación más intensiva y organizada de las riquezas naturales, el poder político descubrió que necesitaba capitales: y quienes lo ofrecieron o, finalmente, lo invirtieron se sintieron solidarios en la conducción del país, de modo que su consejo fue escuchado y sus aspiraciones generalmente satisfechas. El inversor quiso privilegios y garantías, y las solicitó al poder político que procuraba atraerlo. En el juego de toma y daca muchos se enriquecieron ilícitamente, y todos los que representaban de alguna manera al capital extranjero adquirieron una inusitada personería que gozaba de valimiento en los estrados oficiales. Privilegios y garantías quedaban establecidos en leyes que sugerían gestores, estudiaban ministros y funcionarios, votaban diputados y senadores, ponían en funcionamiento burócratas. El vínculo quedó establecido, y poco a poco el poder político se encontró apresado en esa red.

Con todo, los principales factores de poder fueron, en apariencia al menos, los partidos políticos. Algunos eran tradicionales, y su pensamiento solía corresponder a una problemática ya envejecida. Pero en su seno mismo se formaron grupos que se adecuaron a las nuevas circunstancias, y la teoría del progreso sirvió a veces de escudo para esconder sus aspiraciones. Salvo algunos sectores que perpetuaron una imagen tradicional de la economía, tanto liberales como conservadores procuraron canalizar en su provecho las nuevas circunstancias.

Algo nuevo pasó, sin embargo, después de desencadenarse el proceso de transformación económica. Las nuevas clases medias y ciertos sectores de las clases populares comenzaron a organizarse políticamente y reclamaron sus derechos a participar en la vida política del país. O en el seno de los viejos partidos o a través de partidos nuevos, estas nuevas masas urbanas se hicieron presentes exigiendo que se hiciera efectiva la democracia. Las ciudades vieron de pronto formarse esos nuevos nucleamientos políticos –liberales avanzados, radicales, socialistas-, y contemplaron la aparición de nuevas formas políticas. Los mitines de varios millares de personas reunidas en la plaza pública, el orador exaltado, las consignas reformistas o revolucionarias conmovieron a las ciudades y sacaron a la política de las tertulias y los cenáculos donde tradicionalmente se hacía. Hubo revoluciones populares, llamadas así, pero que en realidad estaban movidas por las clases medias aunque contaran a veces con el apoyo de sectores más humildes. Y los periódicos, que acrecentaban su tiraje, canalizaban sus opiniones.

La vida política se hizo más vivaz en las ciudades que se transformaban, y el poder político más difícil de ejercer. Hasta entonces había sido cosa de unas pocas familias; pero para que siguiera siendo así comenzará a parecer imprescindible que el poder político fuera más fuerte, a veces dictatorial. Y no sólo para que siguiera en manos de unas cuantas familias, sino para que no se escapara de los nuevos grupos de poder que se estaban constituyendo. Oligarquías y dictaduras fueron las formas típicas de gobierno que se ejercitaron desde las capitales.

En ellas reinó “el señor Presidente”, según la feliz fórmula acuñada por Miguel Ángel Asturias, que pensaba en los días del gobierno guatemalteco de Estrada Cabrera. Rafael Núñez y Rafael Reyes en Bogotá, Porfirio Díaz en México, Eloy Alfaro en Quito, Cipriano Castro o Juan Vicente Gómez en Caracas ejercieron el poder dentro de una concepción autocrática, que no difería mucho, por lo demás, de la que caracterizó a los presidentes que representaban a las poderosas oligarquías asentadas en Río de Janeiro o Buenos Aires. El “señor Presidente” poseía extensos poderes, y la capital era su corte, a la que era necesario encaminarse para resolver cualquier problema, sin perjuicio de que sus delegados tuvieran también sus cortes en las ciudades provincianas. Pero, en rigor, la corte era el “palacio”, tan suntuoso como era posible, en el que funcionaba un protocolo a veces grotesco y en el que no faltaban los pechos cubiertos de generosas condecoraciones ni los servidores con librea. Ese espíritu reflejaba el de las nuevas oligarquías, alucinadas por el lujo de los salones y de los parques, por el prestigio del champaña y de las aristocracias europeas de la belle époque, burguesas, por lo demás, como ellas mismas.

Pero el “señor Presidente” no siempre era prisionero y representante de la oligarquía; tenía su propio estilo, y hasta podía ser austero como Porfirio Díaz, recluido en el castillo de Chapultepec. Lo importante era que no perdiera ni un instante el control del poder, y en eso confiaban sus mandantes. El “señor Presidente” tenía su pequeña nobleza de incondicionales que lo rodeaba, todo el mundillo palaciego que se interponía entre él y los demás; tenía sus ministros, que estaban en contacto con lo que la calle decía, sus funcionarios, sus amigos predilectos, a quienes invitaba “a palacio”. Y tenía a sus generales, y a su jefe de policía, y a sus esbirros y a sus soplones, todos encadenados a los favores del “señor Presidente”, cada vez más rico, cada vez más poderoso y cada vez más prisionero en su corte, en su capital, que se transformaba con amplias avenidas y paseos, con vistosos edificios públicos, con lámparas de gas o de electricidad, con tranvías a caballo primero y eléctricos después. Prisionero de los grupos de poder, a los que daba imperiosamente aquellas órdenes que ellos esperaban y querían cumplir.

El “señor Presidente” solía llegar al poder mediante elecciones, generalmente amañadas, luego de largas deliberaciones entre los notables, entre los que no faltaba el banquero que decía las medias palabras decisivas. Siempre había un club en el que se tomaban las decisiones –el del Progreso, el Nacional, el de la Unión-, o algún hotel cuyos salones frecuentaban los iniciados, o alguna redacción de periódico en cuyos despachos se anudaban las voluntades. Después, el acto eleccionario consagraba al candidato, y para más adelante bastaba con el aparato del estado. Pero las clases medias crecieron en número, en poder, en claridad de ideas, y vastos sectores de las clases populares coincidieron con ellas, aunque algunos grupos propusieran sus propios objetivos. La política empezó a complicarse y no bastó con meter preso al opositor sino que fue necesario que la policía –o el ejército– reprimiera a los manifestantes que inundaban las calles. Junto a las oligarquías, nacidas del cambio económico y el “señor Presidente”, hacía su aparición, a veces triunfante, una clase social antes desdeñada. Era, precisamente, la que estaba haciendo las nuevas ciudades, la que leía periódicos, la que usaba el tranvía, la que conversaba en los cafés o en los clubes políticos, la que empezaba a ir al cine. Entretanto, había habido una revolución triunfante en México y otra en Rusia.

Esa clase también empezó a leer libros, pero no para distraerse, como hacían frecuentemente las clases altas, sino para aprender, para adquirir “conocimientos útiles” y para compenetrarse de las “ideas modernas”, relacionadas con la ciencia y con la política. El fenómeno era general en Europa y, en consecuencia, no faltaron libros, como los españoles de la Biblioteca Sempere y los que luego empezaron a editarse en algunas ciudades. Además estaban las revistas y los periódicos doctrinarios de los grupos anarquistas y socialistas. Así alcanzó rápidamente la clase media un nutrido bagaje de conocimientos que le permitió opinar y discutir hasta organizar una cierta actitud ante los problemas del mundo: una opinión, ciertamente muy intelectual, muy ideológica, que por eso mismo la separó cada vez más tanto de las clases altas como de las clases populares, ambas unidas en una apreciación espontánea e inmediata del mundo.

Del seno de las clases medias salieron los nuevos profesionales –médicos, ingenieros, abogados– que gracias a su profesión ascendieron de clase, y un nuevo tipo de hombre de letras que no era el caballero distinguido y refinado que distraía su ocio con la literatura: era menos esteticista, más comprometido y, generalmente, más utópico. Se lo veía, junto con los pintores y escultores, en los cafés bohemios, en las tertulias literarias y artísticas, en los estrenos de los dramas o sainetes de sus compañeros, o en los talleres o en las exposiciones donde trabajaban sus amigos. Así se constituyó una especie de nueva cultura intelectual, sin que desapareciera, por cierto, la tradicional. Tenía ésta sus hogares: la Academia, las sociedades sabias, las universidades; y también las tertulias literarias de alto rango, muy exquisitas y un poco puristas, que se desarrollaban en los salones. El contraste fue percibido, y como las nuevas luchas políticas y sociales, agitó la vida urbana de las ciudades que se transformaban por la vía de polémicas o de enfrentamiento de grupos, que llegaban al público a través de periódicos o revistas. La renovación estética posterior a la primera guerra acentuó el contraste. Tanto los que promovieron la “Semana de arte moderno” en San Pablo como los que animaron el grupo Martín Fierro en Buenos Aires tenían un cierto sentimiento minoritario; pero en ambos casos surgió al lado un movimiento militante de vocación izquierdista que aspiraba a un arte de masas. El cine, los periódicos y revistas de creciente tiraje estimulaban esta tendencia, en busca de nuevos lectores que escondían preocupaciones distintas a las de los reducidos sectores que antes tenían el privilegio de la lectura.

Cosa semejante ocurrió con los deportes. Mientras subsistía la aristocrática devoción por la esgrima y por el tenis, deportes populares como el fútbol empezaban a congregar muchedumbres en los estadios deportivos, acaso los primeros testimonios de ese fenómeno urbano que muy pronto se llamaría “la rebelión de las masas”. Como algunos movimientos políticos, eran expresiones de un sentimiento multitudinario que se constituía poco a poco en las ciudades: y un campeón de box podía transformarse en un héroe popular.

El cine y el deporte fueron, efectivamente, los signos más típicos de la transformación de las ciudades, por cuanto revelaban la presencia de unas clases populares con fisonomía distinta de la tradicional. Ahora, no sólo la procesión del Señor de los Milagros o la peregrinación al santuario de Guadalupe congregaban multitudes: también el partido final entre dos equipos que disputaban un campeonato reunía millares de personas que, evidentemente, querían escapar de la rutina del trabajo y gozar de la vida, expresar sus sentimientos y sus opiniones y acaso dar rienda suelta, un domingo, a cierta oculta cuota de rebeldía. Era como los toros, cada vez con más gente en las plazas, y más apasionada. Y luego en los cafés suburbanos y en las esquinas de los barrios cada uno defendía su opinión multitudinaria como si fuera su opinión personal. Una creciente tendencia de las clases populares hacia su integración y un marcado propósito de cada uno de sus miembros de afirmar su personalidad estaban latentes en este cambio social y cultural que desencadenó la transformación de las ciudades.

Por lo demás, la vida cotidiana cambió poco para esos sectores. Gozaron ciertamente de algunas comodidades –el agua corriente, el alumbrado a gas o la electricidad, las obras sanitarias-, pero no siempre, puesto que el crecimiento de la ciudad y el alto costo de la tierra urbana desplazaban en general a los sectores de bajos ingresos hacia áreas que no siempre se beneficiaban con ellas. Y fue más fácil la educación de los niños, porque la educación pública fue una creciente preocupación, o la atención de los enfermos, porque aumentó el número de hospitales y mejoró la atención que se prestaba en ellos. El más grave problema fue la vivienda. El conventillo –que Aluysio de Acevedo describió en Río de Janeiro y Nicomedes Guzmán en Santiago de Chile– fue un signo de degradación del que quisieron huir muchos, adquiriendo el lote prometido por el elocuente rematador de los suburbios para levantar allí su casa: un cuarto y la cocina primero, y luego, poco a poco, al compás del ahorro, el resto. Un cromo de la virgen o una fotografía de un torero o boxeador podían ser los únicos adornos de la morada, provista de elementales muebles. Y acaso flores, en las que se depositaban todas las aspiraciones sentimentales de las clases populares.

Otra cosa fue el cambio que experimentaron las formas de la vida cotidiana de las clases medias. Si algo las caracterizó fue su vehemente deseo de ascender socialmente y, sobre todo, de conservar su decoro y mejorar su apariencia. Esto llevó a sus miembros a aceptar todas las incitaciones de la naciente publicidad, a consumirse en la fiebre de poseer objetos y a envanecerse por su conocimiento de “las últimas novedades de París”. Al compás de los objetos aceptaron las costumbres y las convenciones, cada uno en la medida de sus posibilidades o, mejor, un grado más de lo que ellas le habrían permitido. En rigor, la vida del hogar no fue la que cambió más. Fue la vida de los hombres fuera de su casa la que reveló transformaciones más profundas, porque más aún que en las clases populares, creció el afán de participación en las clases medias. Para satisfacer ese designio era necesario estar en todo, y la calle se hizo más importante que la casa. Todos notaban que la vida se hacía poco a poco vertiginosa, y deseaban estar en el vértigo porque sospechaban que, de lo contrario, retrocederían en lugar de avanzar. La calle eran los cafés y los restaurantes, los teatros y los cines, pero también eran las oficinas y los bufetes, los clubes, los centros políticos y los sindicatos. Si la familia quería progresar, empezó a ser imprescindible que su jefe cultivara sus relaciones y procurara extenderlas. Y “progresar” era la ley de las ciudades que empezaban a transformarse al quedar incluidas en el nuevo sistema económico.

No ocurrió así con las pequeñas clases medias, generalmente agobiadas por el peso de sus obligaciones. Ni el empleado de tienda ni el burócrata tenían muchas esperanzas, porque el mundo era de los que tenían iniciativa para buscar aventuras. Pero ocurrió mucho más todavía en las clases altas, cuyos miembros sentían casi como una invitación personal las nuevas posibilidades que se ofrecían. Pocos fueron los que se retrajeron y perseveraron en su tradición más o menos hidalga. Los más cedieron al envite y arriesgaron su cuidada apostura en el juego de la política o de los negocios, y más frecuentemente, en los dos al mismo tiempo.

Era mucho lo que un señor de la política y los negocios debía hacer fuera de su casa; pero no era poco lo que tenía que hacer en ella. El palacio –o por lo menos, el palacete– constituía un ideal urgente; y los criados, y el mobiliario y el juego de mesa. Porque la tertulia frecuente y la gran fiesta ocasional debían servir a los ambiciosos planes del propietario que aspiraba a lograr una concesión o a cerrar un negocio o, acaso, a casar a una hija con alguien que lo ayudara a escalar posiciones. El argentino Julián Martel en La Bolsa y el venezolano José Rafael Pocaterra en La casa de los Ábila han descripto, entre otros, estas fiestas suntuosas de las familias ricas que aspiraban a constituir una aristocracia de imitación, que fue cruelmente calificada por sus modelos como “rastacuera”. Y de imitación fueron los modales y las costumbres, y hasta las opiniones y las ideas. Pero cuando se encontraban unos y otros en el club, en la Ópera o en el paseo de carruajes, no parecían sospechar la profunda inautenticidad de sus vidas.

La transformación edilicia

Las últimas décadas del siglo XIX vieron renovarse la fisonomía de muchas ciudades latinoamericanas. Las nuevas burguesías se avergonzaban de la modestia del casco antiguo de la ciudad, en muchos casos aún colonial. Pero, además, el crecimiento demográfico requería cambios espaciales, las nuevas actividades exigían una nueva infraestructura y, por su parte, tanto la técnica como los capitales extranjeros estaban en condiciones de resolver todos los problemas físicos de las ciudades.

Hubo un ejemplo. Más que la moderada transformación victoriana de Londres, obsesionó a las burguesías latinoamericanas la remodelación de París imaginada por Napoleón III y realizada por Haussmann. El principio fue la ruptura del casco antiguo y la comunicación con las nuevas áreas edificadas; pero dentro de ese esquema se introducía una vocación barroca –un barroco burgués– por los edificios públicos monumentales y la edificación privada de aire señorial. Extensos parques, grandes avenidas, servicios públicos modernos debían “asombrar al viajero”, según una reiterada frase finisecular.

Fue en Buenos Aires y en Río de Janeiro donde más audazmente se quebró el casco antiguo, comenzando con la avenida de Mayo en la primera y con la avenida Río Branco en la segunda, y seguidas por otras. Pero allí donde aquél se conservó, se trazaron o perfeccionaron otras que arrancaban de él o lo bordeaban: la avenida Juárez y el Paseo de la Reforma en México, la avenida Nicolás de Piérola y el Paseo de Colón en Lima, 18 de Julio en Montevideo, las avenidas Paulista e Higienópolis en San Pablo, la avenida Colón en Bogotá, la avenida Bolívar en Caracas. Eran vías destinadas a comunicar nuevos barrios, de los cuales algunos adquirieron muy pronto un aire aristocrático y en los que se afincaron las clases altas: en el Prado montevideano, en la Altagracia caraqueña, en la Alameda santiaguina, en Catete o Laranjeiras en Río de Janeiro, en las colonias Roma o Juárez en México, en el barrio Norte de Buenos Aires. Pero también comunicaban con los nuevos barrios de clase media y popular que nacían de los loteos de viejas quintas. Y en tanto que en los primeros predominaba un estilo francés en las residencias lujosas, se desarrolló en las modestas una arquitectura casi sin estilo o, en algunos casos, con un estilo elemental que llevaba la impronta de los maestros de obra italianos.

Plazas y paseos fueron el orgullo de las nuevas burguesías. El paseo de carruajes se hacía en la Lima finisecular por el Paseo de Colón, por Chapultepec en México y en Buenos Aires por la avenida de las Palmeras en el bosque de Palermo, inspirado en el Bois de Boulogne parisiense. Pero las gentes que paseaban a pie tuvieron plazas numerosas en todas las ciudades, y en muchas de ellas, sus jardines, que a veces reunían colecciones botánicas o zoológicas, sin que faltaran los entretenimientos para niños. Con esa perspectiva solían edificarse los grandes edificios públicos, teñidos de monumentalidad neoclásica, los “capitolios”, como el de La Habana o el de Caracas, los palacios de Gobierno, los palacios de Justicia, desentonando a veces con las iglesias coloniales y con la achaparrada edificación circundante. Y en el medio de las plazas, los monumentos a los héroes, de mármol o de bronce, hechura casi siempre de escultores italianos o franceses. Sólo muy lentamente empezaban a levantarse casas de departamentos de varios pisos en las zonas céntricas, donde comenzaban a fijar su residencia quienes se hastiaban de las viejas casonas de dos o tres patios. Y los comercios que se modernizaban solían renovar su fachada para abrir vistosas vidrieras, estableciendo con frecuencia un curioso contraste entre la planta baja y los pisos altos de los viejos edificios.

En medio del eclecticismo arquitectónico, las ciudades latinoamericanas mostraron cierta predilección por el art nouveau, cuyos modelos, especialmente catalanes, parecieron expresar no sólo la novedad del momento sino también cierta tendencia al lujo rebuscado que agradaba a las clases opulentas. Pináculos abigarrados y estatuas imponentes jugaban en las fachadas con las atrevidas cornisas, en un alarde de irrealidad y como un desafío a las reglas clásicas de la arquitectura. De buena factura, algunas cabecitas o algunos florones provocaban el éxtasis de los entendidos; pero para los más, lo importante era aquella ostentación de la decoración superflua, lo que concitaba el interés y la admiración. Y en contraste, las estaciones ferroviarias que seguían el modelo de la Victoria londinense exhibían sus estructuras de hierro como si fueran monumentos al Progreso y a la Industria.

Signos de progreso fueron las obras sanitarias, que proveyeron de aguas corrientes y de cloacas a las ciudades que crecían. Ríos y arroyos fueron entubados, y sobre algunos de ellos correrían importantes avenidas, como la Jiménez de Quesada en Bogotá o la Juan B. Justo en Buenos Aires. La iluminación pública a gas deslumbró a quienes estaban acostumbrados al aceite, y la eléctrica sobrepasó el asombro el día que se encendieron los primeros focos. Un día aparecieron los tranvías a caballo, y más tarde los reemplazaron los tranvías eléctricos que contemplarían la aparición de los autobuses. En alguna ciudad apareció un aeródromo. Y cuando ya todos se habían acostumbrado al uso del telégrafo y del teléfono, se levantó en algunas ciudades una antena transmisora de radiotelefonía. Año más, año menos, como en Europa, porque el trasvasamiento de las innovaciones técnicas fue en Latinoamérica casi instantáneo.

En medio del creciente trajín urbano, la Ópera se constituyó en el símbolo del arte. Teatros más o menos lujosos aparecieron en casi todas las capitales: el Municipal de Río de Janeiro, el Colón de Buenos Aires, el Palacio de Bellas Artes de México. Pero no sólo en las capitales: muchas ciudades poseyeron su teatro, como el de Juárez en Guanajuato de México, el Argentino de La Plata y, sobre todo, el Amazonas de Manaos, Brasil, el más estupendo ejemplo de una sociedad que elegía sus formas de vida impostando en el corazón de la selva ese “templo del arte” que inauguraría Caruso.

El teatro –el dramático tanto como el operístico– atrajo a las burguesías urbanas de las ciudades que se transformaban, porque significaba, al mismo tiempo, una reunión social y un solaz del espíritu. Pero también fue vehículo de ideas: “Es así como haremos teatro, ¡el verdadero teatro de ideas!… Basta de sainetes vacíos y huecos, ¡tesis, tesis!”, hacía decir, no sin ironía, a su personaje el argentino Gregorio de Laferrère en Locos de verano, estrenada en Buenos Aires en 1905. Era el teatro que preferían los jóvenes intelectuales, pero también todos aquellos que se preocupaban por los problemas sociales y políticos y los que creían en el Progreso.

El progreso y la religión de la ciencia conformaron una ideología que dividió a las clases altas. Mientras algunos de sus miembros permanecían adheridos al tradicionalismo de sabor hispánico, otros, cada vez más, se volcaron a las nuevas ideas que acompañaban el desarrollo industrial y capitalista. Y no sólo el teatro de tesis difundió esas ideas: los periódicos y revistas, los libros de Spencer y otros de variados divulgadores contribuían a formar una nueva mentalidad de clase dirigente, que se inspiraba en el liberalismo y tonificaba sus convicciones en la masonería.

Las polémicas entre partidarios del laicismo y aquellos que defendían la tradicional influencia de la iglesia sacudieron la paz de muchas ciudades, en cuyos foros discutían los prohombres. A medida que pasaba el tiempo, las clases medias en ascenso se inclinaban más decididamente por las ideas liberales, ensanchando el plano de su sustentación. Una creciente indiferencia religiosa parecía advertirse en algunas ciudades, cuyos templos vieron disminuir considerablemente el número de practicantes del sexo masculino. Y el tradicionalismo, que sólo para las clases medias tradicionales constituía una herencia, fue mirado por las nuevas clases medias en ascenso con una mezcla de desprecio y burla.

Algo semejante ocurrió con las clases populares. Los sectores vernáculos se mantuvieron adheridos a sus viejas ideas, como se mantenían adheridos a sus viejas costumbres. Pero los grupos migratorios, y sobre todo los externos, no sólo se sentían ajenos a los contenidos del tradicionalismo sino que se sentían atraídos por las ideas que alimentaban la corriente económica que los había llevado a la ciudad, sobre todo en la medida en que servían de fundamento a una justificación de la intensa movilidad que caracterizaba la vida urbana. Una cierta anomia comenzó a caracterizar la yuxtaposición de grupos sociales de distinta mentalidad.

La anomia fue considerada por muchos temperamentos nostálgicos como un signo de decadencia. La ciudad que comenzaba a ser multitudinaria contemplaba la quiebra del viejo sistema de normas morales sin que ningún otro lo reemplazara, y en cambio comenzaban a proliferar insólitas doctrinas sobre la educación, sobre la familia, sobre las actividades económicas –relacionadas con el lucro y la competencia-, sobre las relaciones sociales y políticas y hasta sobre los criminales, a quienes algunos consideraban víctimas de la sociedad. Para muchos, las viejas costumbres parecían ridículas y no vacilaban en calificarlas de prejuicios. Y como el anonimato crecía a medida que crecía el volumen de la población, fueron cada vez más los hijos de buenas familias que se dedicaban a la vida alegre y no faltó quien quisiera redimir a una prostituta mediante el vínculo matrimonial. La prostituta –la que el mexicano Fernando Gamboa retrató en su novela Santa– pasó también a ser un símbolo de la perversidad de la ciudad que se transformaba, como ya lo había sido, por otra parte, en Europa.

Por lo demás, la prostituta era una mujer, y su suerte estaba vinculada de alguna manera a la condición que la sociedad le reservaba a todas. La protagonista de la novela de Gamboa había sido expulsada de su casa por obra de una maniobra sórdida; pero muchas mujeres empezaron a pensar que había pasado el tiempo de la “tapada” limeña y que había llegado la hora de que la mujer alcanzara su liberación. De hecho, poco a poco, se la vio salir a la calle sin acompañantes, y después de la Primera Guerra Mundial comenzó a frecuentar lugares públicos y a ejercer ciertos empleos. Hubo mujeres escritoras, como las limeñas Mercedes Cabello de Carbonera y Clorinda Matto de Turner o la argentina Emma de la Barra, que constituyeron arquetipos de una forma de liberación; y otra argentina, Julieta Lanteri, sacudió el ambiente porteño proclamando vehementemente los principios del feminismo.

Con todo, las ideas que más agitaron a las ciudades que se transformaban fueron las que se relacionaban con los grandes problemas sociales y políticos. El conservadorismo se escindió entre los partidarios de una concepción tradicional con resabios feudales y los partidarios de un conservadorismo moderado, liberal y moderno. Pero el liberalismo democrático y progresista arraigó sobre todo en las clases medias populares, al menos hasta que aparecieron fórmulas más avanzadas. En Lima, Manuel González Prada pronunció en 1888, en el teatro Politeama, un discurso en el que sostuvo una audaz fórmula revolucionaria: “Los viejos a la tumba, los jóvenes a la obra”. Sus esfuerzos cristalizaron en la formación del Partido Unión Nacional, que se asemejaba a la Unión Cívica Radical que organizó en Buenos Aires Leandro N. Alem. Eran partidos populares que intentaban ofrecer una salida a las nuevas mayorías preferentemente urbanas y, como en el caso de González Prada, movilizarlas en favor de los grandes problemas sociales del país. También en otras ciudades la politización de esas mayorías fue importante, como en Montevideo y en Santiago de Chile. Pero algunos de sus sectores prefirieron soluciones más avanzadas.

Buenos Aires vio constituirse un Partido Socialista bajo la inspiración de Juan B. Justo; y de sus filas salió Alfredo L. Palacios, que logró en el popular barrio porteño de La Boca la primera banca que un socialista latinoamericano ocupara en el Congreso. A su lado luchaban los anarquistas y los sindicalistas, en tanto que los católicos constituían los primeros Círculos de Obreros siguiendo las enseñanzas de la encíclica Rerum Novarum. Hubo luchas por las ideas; pero como el movimiento obrero pareció subversivo, hubo huelgas violentas y represiones despiadadas. Algunos empezaron a pensar en la dictadura. En Lima, al celebrarse el centenario de la batalla de Ayacucho, en 1924, el poeta argentino Leopoldo Lugones proclamó la llegada de “la hora de la espada”. Y se vio a algunos pequeños sectores incorporarse a las corrientes del fascismo italiano.

Para los espíritus temerosos, la agitada vida de las ciudades que se transformaban pareció indicar el comienzo de una grave crisis. Y lo era. Las ciudades empezaban a dejar de ser lo que habían sido. Junto a la cultura tradicional de las clases privilegiadas se constituía en ellas una cultura popular, de raíces heterogéneas, todavía sin estilo, más visible sin duda en las ciudades que, como San Pablo, Buenos Aires y Montevideo, acusaban la presencia de una fuerte corriente inmigratoria. Era el fruto del cambio. El modelo de esas ciudades empezaría a operar poco después sobre las demás, y después de 1930 la transformación urbana se precipitó en un proceso de tremendas proyecciones.

Buenos Aires, una historia. 1971

A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires: la juzgo tan eterna como el agua y el aire.

[Jorge Luis Borges]

Pero no es cuento. Empezó dos veces, fundada la primera por Pedro de Mendoza en 1536 y la segunda por Juan de Garay en 1580. Fue, antes que una ciudad real, un acta y un plano. De las 144 manzanas previstas, sólo 30 estaban edificadas en 1750, cuando la iglesia de San Juan —en Alsina y Piedras— era un curato de indios. Para entonces, los 300 habitantes de 1580 habían llegado a ser 12.000: “vecinos” propiamente dichos los comerciantes, los militares, los funcionarios y los eclesiásticos, y simples habitantes los más, entre los que había criollos, indios, mestizos y negros esclavos que se vendían en Retiro.

Era una sociedad amodorrada la de la ciudad indiana, en cuyo seno sólo solían hacer fortuna los exportadores de cueros, los gobernadores y los funcionarios, y algún contrabandista. Al margen de las rutas metalíferas, inhabilitado el puerto, los estímulos faltaban a esta sociedad que sólo se conmovía cuando se anunciaban los temidos piratas o cuando trascendían las contiendas entre obispos y gobernadores.

Pocas fiestas —como la de la coronación de Fernando VI— sacudían la calma aldeana. Y sólo los domingos se animaba la ciudad cuando los fieles se dirigían a sus iglesias: la Catedral, La Merced, San Francisco, por lo demás los únicos edificios —con el Cabildo y el Fuerte— que le daban a la aldea de casas de barro cierto aire de ciudad.

Buenos Aires cambió notoriamente hacia 1776, cuando se transformó en capital del nuevo virreinato; pero sobre todo porque, a partir del año siguiente, se reemplazó el sistema económico del monopolio por un régimen de comercio libre. Se creó la aduana en 1778, se autorizó poco después la salida de barcos cargados con frutos del país, se orientó el tráfico de la plata potosina hacia Buenos Aires y se creó el Consulado en 1794. Fue una inyección de riqueza y de vida, que se advirtió en seguida en la plaza Mayor —donde se construyó en 1802 la Recova para los comerciantes— y en los mercados de la plaza Monserrat, de la plaza Lorea y de la plaza Nueva, que se abría donde está hoy el mercado del Plata. Tres mataderos aparecieron: el del sur, en la plaza España, el del norte, en la Recoleta, y el del Centro —o de Caricaburu— en la plaza Once. Los caminos de acceso a la ciudad —Santa Fe, Rivadavia y Montes de Oca, que se prolongó desde 1791 en el puente de Gálvez para cruzar el Riachuelo— comenzaron a volcar al mercado urbano los productos alimenticios y artesanales del interior con tal intensidad que el virrey Vértiz tuvo que prohibir en 1783 que las carretas penetrasen en el centro. Aquellos mercados fueron, precisamente, los lugares de arribo.

La ciudad crecía. Aumentaban las manzanas edificadas y las casas modificaban su estilo, sustituyendo el techo de tejas por la azotea con barandas de hierro. Y aumentaba la población, que alcanzó en 1778 a más de 24.000 habitantes, en 1790 a 32.000 y en 1810 a 44.000. El grupo más activo era el de los comerciantes que explotaban las nuevas posibilidades económicas. Tiendas de productos variados surgieron, importados y locales, y sus propietarios acumularon un capital que los transformó en los intermediarios obligados de toda la actividad económica de la ciudad. Algunos comenzaron a formar explotaciones agropecuarias en campos no muy distantes, y poco después surgirían los saladeristas que entrarían de lleno en una vigorosa actividad internacional. Así, el puerto vivificó a la ciudad, en la que empezó a constituirse una burguesía local de españoles y de criollos. Y no sólo de comerciantes, sino también de funcionarios, de militares, de eclesiásticos, y poco a poco de gentes dedicadas a las profesiones liberales. Un mundillo marginal creció en los nacientes barrios populares —Monserrat, Concepción, San Telmo— del cual fueron los más significativos personajes aquellos que estaban vinculados a los mataderos.

También cobraban importancia las clases populares dedicadas al pequeño comercio, a las artesanías, a las tareas del puerto, al transporte, sin que faltaran en su seno los mendigos —algunos a caballo— y las gentes de mal vivir que flotaban entre la ciudad y la campaña. Había criollos, negros y mulatos, indios y mestizos. Pero todo ese mundillo popular o marginal no oscurecía el brillo que empezaba a tener la nueva burguesía urbana, seducida por el ingenuo orgullo de constituir la clase directora en la sociedad del nuevo virreinato, cuya corte poblaba el recinto del Fuerte. Los virreyes procuraron ennoblecer sus salones, harto modestos, y los tenderos y funcionarios eran convocados de vez en cuando para asistir a las fiestas que ofrecían remedando las de Madrid o Lima. Pero la burguesía porteña era modesta. Se contentaba con trabajar, con pasear por la Alameda que construyera Vértiz, con ir a misa, los hombres al café y las mujeres de tiendas por las cuadras de Bolívar, Perú o Victoria donde se concentraba el comercio, y especialmente por aquélla que tuvo el primer empedrado que conoció la ciudad. Y en las veladas, la tertulia familiar, en la sala de estrado o en los patios poblados de limoneros y diamelas congregaba a parientes y amigos para dejar correr las habladurías de la aldea.

Ciertamente, la sociedad comenzó a perder su sencillez a medida que crecieron las fortunas y se diversificaron los intereses. Los progresistas ilustrados se opusieron a los tradicionalistas, y hubo polémicas y enfrentamientos. El Colegio de San Carlos, la Casa de Comedias primero y el Teatro Coliseo después, los periódicos que publicaron Cabello en 1801 —el Telégrafo Mercantil— y Vieytes en 1802 —el Semanario de Agricultura, Industria y Comercio— sirvieron de instrumentos para la renovación de las ideas. Estaban los pacatos repetidores de las que sustentaban sus abuelos, pero estaban también quienes difundían lo que aprendieron en Chuquisaca, o en los libros de los filósofos franceses que subrepticiamente entraban en la ciudad, o en los que con rara valentía intelectual reunía en su biblioteca privada el padre Maciel. Eran, por lo demás, las ideas que circulaban y triunfaban en el mundo, y en la ciudad fueron llamadas a un primer plano cuando se renovaron las formas de la actividad económica y, sobre todo, cuando los ingleses llegaron como invasores y como portadores al mismo tiempo de una nueva alternativa económica y política.

En 1806 y 1807 lucharon los porteños con los invasores ingleses e hicieron su primera experiencia urbana de coherencia y solidaridad. El saldo fue muy favorable. Se constituyeron grupos definidos de opinión, se desvanecieron mitos anacrónicos, y la ciudad se situó dentro del cuadro real que ofrecía el mundo. Poco después la situación se precipitó. Liniers reemplazó a Sobremonte como virrey, y Cisneros a Liniers. España había caído ante las fuerzas napoleónicas, pero ya antes su imperio colonial había caído ante la fuerza del comercio inglés. Un día —25 de mayo de 1810— Buenos Aires hizo su segunda experiencia urbana y, a través de una insurrección popular y militar, se dio un gobierno propio echando las bases de un nuevo régimen para toda el área del virreinato.

Desde ese día, Buenos Aires entró en conflicto con el interior del país, que rechazó su pretensión a conservar la hegemonía. La ciudad se hizo jacobina, asumió dramáticamente su papel revolucionario, pero tuvo que ceder poco a poco a la resistencia de la realidad. Las burguesías criollas se vieron desplazadas por los comerciantes ingleses en las actividades mercantiles, pero mantuvieron la llama progresista, que culminó en la Asamblea del año 1813, reunida en el edificio del Consulado, en la calle San Martín. Hubo periódicos, representaciones teatrales y, sobre todo, discusiones apasionadas, en los diez años que siguieron a la revolución. La ciudad pasó de 44.000 habitantes en 1810 a 51.000 en 1820, y requirió más atenta policía, que fue confiada al capitán Rafael Alcaraz. En aquel año terminó la hegemonía de Buenos Aires sobre el antiguo virreinato y sus orgullosos y progresistas burgueses se espantaron ante los caballos de los gauchos montoneros que se acercaron a la plaza Mayo, donde ya lucía la Pirámide recordatoria de la Revolución. Un acuarelista inglés —Emeric Essex Vidal— dejó una imagen insustituible de esa ciudad modesta y orgullosa que, tras la experiencia jacobina, creía fervorosamente en su destino:

Silencio, que al mundo asoma

La gran capital del Sur.

[Vicente López y Planes]

Cuando las guerras civiles consagraron su caída como capital de las Provincias Unidas, Buenos Aires pasó a ser, en 1821, la capital de la provincia más próspera, más progresista y más europeizada. Salían por su puerto cueros, sebo, astas y carne salada, que producía una elite rural que empezaba a formarse; y entraban por él productos manufacturados preferentemente ingleses, que dejaban en la aduana fuertes sumas que las provincias del interior envidiaban. El comercio fue la actividad principal de la ciudad, y desde aquel año funcionó una Bolsa mercantil. El gobierno provincial que encabezaba el coronel Martín Rodríguez, y en el que Rivadavia imponía sus ideas modernizadoras, dispuso en 1822 que se realizara un censo, y los habitantes de Buenos Aires supieron a ciencia cierta que llegaban al número de 55.416. Sin duda la mayor aglomeración estaba en las 30 manzanas que rodeaban la plaza Mayor; pero una edificación discontinua cubría ya alrededor de 260 manzanas, definiendo progresivamente la fisonomía de los barrios: Monserrat, San Telmo, Concepción, y más allá, San Miguel, Balvanera, Piedad, Socorro. Las parroquias iban creciendo y la iglesia —a veces reconstruida más de una vez— constituía su centro, sin perjuicio de que los habitantes los identificaran a menudo mencionando una pulpería que resultaba un centro de reunión social tanto como de actividad económica. Y la vida vecinal —y con ella la mala vida— fue puesta bajo la vigilancia de una nueva organización policial que dirigió Joaquín de Achával.

Se erigió por entonces el edificio de la Sala de Representantes —en Perú y Moreno—, y se inauguró el nuevo frente neoclásico de la Catedral. Rivadavia procuró introducir costumbres civilizadas en la ciudad, reglamentó la vida urbana y proyectó las grandes avenidas del futuro: Callao, Santa Fe, Córdoba, Corrientes, Belgrano, Independencia, San Juan y Caseros. Y para adecentar la ribera, dispuso que se trasladaran al otro lado del Riachuelo los saladeros malolientes: allí nacería poco a poco la ciudad de Avellaneda.

La sociedad ilustrada quería vivir en una ciudad limpia y ordenada. Un vecino que firmó “Un inglés” describió agudamente sus formas de vida. Había salones distinguidos, tertulias literarias, centros financieros, tiendas bien provistas, todo lo que deseaba la burguesía “decente” sin que faltaran por cierto los centros de reunión para las clases populares, cuyo género de vida era distinto. Cuando se fundó la Universidad, inaugurada el 12 de agosto de 1821, Buenos Aires se sintió centro intelectual. No faltaban las buenas bibliotecas privadas, las librerías ni los periódicos, progresistas unos y reaccionarios otros, como los que publicaba con títulos estrafalarios el padre Castañeda para combatir a Rivadavia, mentor de toda modernización.

Había también una minoría rivadaviana que compartía sus ideas: Agüero, Varela, Lafinur, Alcorta, Argerich. Eran cultos, progresistas, pero, ciertamente, desdeñaban al pueblo. Todo el pueblo crecía, tanto en los suburbios de la ciudad como en las zonas rurales vecinas, y adquiría cierta conciencia en el interior del país. Buenos Aires, la Buenos Aires ilustrada, no reparó en que crecía, y lo ignoró. Ciertamente, los problemas la abrumaban: quería reconstruir la nación, pretendía someter a las provincias, y se vio comprometida en la guerra contra el Brasil. Rivadavia fue elegido presidente de la República en febrero de 1826 y el 4 de marzo se declaró a Buenos Aires capital de la Nación. Pero fue una aventura efímera y en junio de 1827 todo volvió a ser como antes.

Muchos años después evocarían los recuerdos de esta época José Antonio Wilde en Buenos Aires desde setenta años atrás y Santiago Calzadilla en Las beldades de mi tiempo, dos libros insustituibles para la historia del viejo Buenos Aires.

Dorrego, nuevo gobernador, fue depuesto por un golpe militar que encabezó Lavalle. Buenos Aires se estremeció al saber que el vencedor había fusilado al vencido, y comprendió que se abría una nueva era. Fue cierto. Lo que empezó fue algo así como una recuperación de la ciudad por esas elites rurales que habían empezado a constituirse poco antes y por las clases populares. Ya se vio durante el primer gobierno de Rosas de 1829 a 1832; se vio durante los inquietos días de la “Revolución de los Restauradores” a fines de 1833; pero se vio mejor cuando Rosas inauguró en 1835 su largo gobierno. Al principio no se notó mucho el cambio, y pudo constituirse, en la librería de Marcos Sastre en la calle Victoria 59, una institución tan refinada como el Salón Literario, inaugurado en junio de 1837, en una sesión en la que participaron Juan María Gutiérrez y Juan Bautista Alberdi. Pero las cosas cambiaron pronto. Un movimiento de terror cundió en la ciudad cuando se supo que el presidente de la Sala de Representantes, Manuel Vicente Maza, había sido asesinado el 27 de junio de 1839 en su propio despacho. Rosas, desde su casa de la calle Moreno y luego desde el palacio de Palermo, donde habitó con su corte, vigilaba a los rivadavianos y a los unitarios, que se redujeron a silencio y comenzaron a emigrar. La nueva elite fue federal y tradicionalista, fiel a la mentalidad criolla, y a su alrededor se aglutinaron las clases populares, urbanas y rurales. Sus enemigos dejaron reflejado el cuadro de la sociedad porteña de entonces: Echeverría en El Matadero y Mármol en Amalia. Pocas ciudades latinoamericanas de esa época tienen tan singulares testimonios de su vida urbana que, por su parte, Pellegrini, Bacle y Morel reflejaron minuciosamente en sus litografías y grabados.

Pero la ciudad no se estancó, pese a la crisis del progresismo. El puerto vio crecer su actividad. La población, que Rosas hizo censar en 1836, llegó en esa fecha a 62.000 habitantes, y alcanzó a 85.000 en 1852, dispersa en más de 350 manzanas edificadas. Tonificada por la presencia de extranjeros, la nueva elite no dejó de tener cierto aire internacional: el ministro inglés —que desde su quinta llegaba a Palermo por la calle abierta para él, hoy Canning—, los cónsules, el sabio De Angelis, dialogaban en la casona con el Restaurador, con su hija Manuelita, y también con figuras tan exquisitas como la hermana de Rosas, poetisa, el doctor Vélez Sarsfield, jurista, o el joven Mansilla, aprendiz de hombre de mundo. Juan Aurelio Casacuberta y Trinidad Guevara que habían hecho las delicias de los espectadores del Teatro Coliseo, se retiraron de las tablas y dejaron paso a otros actores que se lucieron con el Macias de Larra en el nuevo Teatro de la Victoria, inaugurado en presencia de Manuelita Rosas el 24 de mayo de 1838. Parecía que la vida seguía; pero seguía de otra manera, y la Mazorca se encargaba de recordar a los desmemoriados que los tiempos habían cambiado. Buenos Aires era ahora la cabeza de la llanura, y el plano que el cartógrafo Sourdeaux dibujó hacia 1850 reflejaba cómo la pampa se insertaba en el ámbito urbano.

Vencido Rosas en Caseros en 1852, entró en Buenos Aires Urquiza con sus tropas. Hubo saqueos en los suburbios, temores en el centro y fusilamientos en Palermo. Poco después Buenos Aires tuvo su gobernador, y al cabo de poco tiempo su legislatura. Pero el clima político y social de la ciudad fue de tirantez durante mucho tiempo. Repentinamente, la ciudad cambiaba su elite federal y tradicionalista por una nueva, decidida a imponer su ideología liberal. El ajuste fue difícil. Los debates en la legislatura y las polémicas periodísticas tuvieron repercusión en las tertulias y en las calles, caldeando los ánimos.

La revolución porteñista encabezada por Alsina sacudió la ciudad en setiembre, y el sitio de Lagos acentuó la inquietud: fue una época vibrante, en la que los porteños sintieron reverdecer su viejo jacobinismo y se sintieron los defensores de la ciudadela liberal contra el país bárbaro. En Buenos Aires, la rivalidad entre porteños y provincianos creó unos enconos que durarían largo tiempo, y que todavía en la década del sesenta descubriría Miguel Cané entre los alumnos del Colegio Nacional, tal como lo refirió en Juvenilia.

Activa y politizada, la ciudad empezó a crecer aceleradamente en riqueza. El puerto, además de los productos tradicionales, exportaba ahora lanas en proporción creciente: 12 millones de toneladas en 1855, 18 millones en 1858, 90 millones en 1875. Un creciente mercado interno atraía muchos productos manufacturados extranjeros —percales y muselinas, porcelanas y chocolates— que se exhibían en las tiendas de las calles Victoria o Perú, y se consumían en el seno de las familias acomodadas que, poco a poco, pasaron de la sencillez republicana al lujo ostentoso de las nuevas burguesías. Lucio V. López describió este tránsito con lucidez y encanto en La gran aldea. De 90.000 habitantes en 1855, la ciudad pasó a 128.000 en 1862 y a 286.000 en 1880. Era un cambio numérico importante, pero más importante era el cambio cualitativo, porque la ciudad empezaba a incorporar una masa creciente de inmigrantes europeos que modificaría muy pronto su fisonomía social y cultural.

Los inmigrantes no pasaron de pertenecer por estos años a la clase popular. Estaban, en la jerarquía social, junto a los criollos pobres, quizá junto a los pardos o negros; pero traían otro ímpetu, y pronto comenzarían a ascender. Ya por estos años algunos comenzaban a alcanzar ciertos niveles de pequeña clase medía, especialmente los españoles, favorecidos por las ventajas que les deparaba su lengua. Tenderos y almaceneros generalmente, algunos pudieron hasta introducirse en la burocracia o la enseñanza elemental. Pero sólo unos pocos, porque las clases medias criollas se mostraron celosas de sus privilegios en la ciudad orgullosa, y muy pronto formaron una barrera contra los “gallegos” y los “gringos”.

Ciertamente, más sólida fue la barrera que puso la alta burguesía urbana, ese patriciado que se sentía protagonista de una epopeya iluminada por las antorchas del liberalismo y del progreso. Sólo las actividades modestas parecían a ese patriciado propias para estos recién llegados a los que tuteaban con cierto menosprecio. Y atrincherado en su naciente fortuna, se dio un estilo de vida, imitado de la burguesía francesa, que ingenuamente tomó como el más inequívoco signo de aristocracia.

El Club del Progreso, que poco después de su fundación se instaló en el palacio Muñoa, en Perú y Victoria, fue el centro de los alardes de lujo y señorío de la nueva burguesía. El salón de los retratos servía para las grandes recepciones, había espejos, estrados lujosos, y sobre todo, un comedor donde se servía excelente cocina francesa y se podía beber champagne, mucho champagne. Por las noches, las veladas del Teatro Colón —levantado en la plaza Mayo en 1857 e inaugurado con una memorable Traviata cantada por Tamberlick— reunían a los elegantes, que se sentían transportados no tanto por la música como por el brillo de la reunión social. Sarmiento se burló con alguna crueldad de esa sociedad que se esforzaba denodadamente por parecer la “buena sociedad”. Pero con los años las fortunas se hicieron viejas, las generaciones se sucedieron y las costumbres se refinaron. Muchos de los miembros de la nueva burguesía contrajeron el hábito de la lectura, se compenetraron del contenido de cada número de la Revue de Deux Mondes —para los iniciados, simplemente “la Revue”—, frecuentaron la literatura francesa y algunas veces la inglesa, y algunos brillaron en el foro, en los debates parlamentarios y en las letras, además de destacarse en la dirección de sus intereses privados.

El esplendor económico se reflejaba también en los otros estrados sociales. Había teatros para diversos gustos: el Victoria, donde podía escucharse ópera, el Argentino, donde podía verse a la Rístori, el Alcázar, donde se presentaron los Bouffes parisiens, el Alegría, para la zarzuela española, y luego el Variedades, el Porvenir, el Hipódromo, para los géneros más populares. Había también para la gente del pueblo circos y fiestas de Carnaval, procesiones, bailes para morenos, y poco a poco sociedades de las colectividades extranjeras en cuyos salones comenzaron a sonar los aires de la tarantela o la muñeira.

El dinero y los buenos jornales no faltaban, pero el trabajo era duro: diez o doce horas era la jornada de un trabajador. Pero todos, y sobre todo los inmigrantes, no medían su esfuerzo porque aspiraban a ahorrar y a acumular sus ahorros, a pasar de jornalero a comerciante y a “labrarse una posición”. Buenos Aires era —o parecía— un paraíso del que empezaba a hablarse con arrobamiento en las aldeas de Galicia y Piamonte.

Para los hijos de criollos e inmigrantes, abundaron las escuelas primarias. Para la nueva burguesía se estableció el Colegio Nacional de Buenos Aires en 1863 y fundaron los jesuítas el del Salvador en 1868. La Universidad progresaba notablemente desde que asumiera el rectorado Juan María Gutiérrez en 1861, y los periódicos crecían en número y calidad: El Nacional, La Tribuna, La Prensa, La Nación. Una elite intelectual empezaba a formarse al lado de la elite económica y política, en la ciudad que se poblaba y se extendía.

Para 1855 ya estaban edificadas 683 manzanas, con casas modestas en su gran mayoría. Pero en el centro —Catedral al sur— empezaban a aparecer algunos edificios de categoría: casonas privadas, palacios de ricos estancieros, como los de Muñoa, Bosch o Miró, escuelas públicas, hospitales y el nuevo Congreso Nacional inaugurado en 1864. Algunas iglesias se modernizaron, y las casas privadas contaron con provisión de gas. En 1871 la epidemia de fiebre amarilla conmovió a la ciudad e interrumpió su vida; y a su término el centro elegante comenzó a emigrar hacia el norte, como lo comentó con su gracia habitual Fray Mocho, sutil cronista de la vida cotidiana de la ciudad. El norte prosperó, y se hicieron clásicos los paseos de la Recoleta y de Palermo, este último llamado oficialmente parque Tres de Febrero e inaugurado por Avellaneda en 1875; el sur, en cambio, comenzó a declinar lentamente y fue ocupado por sectores medios y populares, convirtiéndose algunas de las viejas casonas patricias en nuevos “conventillos”. Pero surgían otros barrios. El tranvía a caballos, que empezó a correr en 1853, acercó poco a poco las zonas suburbanas, y así crecieron Barracas y Balvanera, la desordenada aglutinación de la Boca y hasta el lejano San Cristóbal, más allá de Entre Ríos. El Once era ya un barrio remoto; pero la ciudad sabía que crecería, y en 1867 se fijaron sus lejanos límites: el Riachuelo, el arroyo Maldonado y las calles Córdoba, Medrano, Boedo, Castro Barros y avenida Sáenz, según sus denominaciones actuales. Esta última conducía al Paso de Burgos —luego Puente Alsina—, que adquirió gran importancia cuando, en 1872, se trasladó el matadero a los Corrales, donde hoy está el Parque Patricios. Caseros y Amancio Alcorta acrecentaron su caudal de tránsito: carretas, arreos y jinetes. Y en 1871, colmado el cementerio del Sur —hoy plaza Ameghino— y casi colmado el de la Recoleta, se estableció el de la Chacarita, en una zona tan remota que pronto hubo que establecer un ferrocarril para conducir hasta allí los féretros y sus cortejos.

Un día se inauguró la estación del Parque, en 1857, desde la que partía el ferrocarril a Floresta. La vía hacía una curva al llegar a Callao, pasando de la calle Lavalle a la calle Corrientes: así quedó trazada Rauch. Fue por entonces cuando se hizo el primer plan de pavimentación de la ciudad, un año después de inaugurarse la iluminación a gas en las calles Victoria, Bolívar y Chacabuco. Era el triunfo del liberalismo y la modernización: el atildado gentleman del Club del Progreso podía esperar que Buenos Aires se pareciera pronto a París. Valía la pena ser porteño:

¡Qué me importan los desaires

con que me trate la suerte!

Argentino hasta la muerte

he nacido en Buenos Aires.

[Carlos Guido Spano]

La ciudad de las dos culturas

La empresa de llevar a cabo esa tarea de convertir a Buenos Aires en una metrópoli europea fue asumida por Torcuato de Alvear, el primer intendente que tuvo la ciudad después que fue federalizada en 1880, Hubo una revolución ese año y se combatió duramente, pero Roca asumió la presidencia e inauguró una era de renovación, y la ingente riqueza que produjeron las nuevas actividades económicas permitieron, como un lujo, transformar y embellecer la capital del país organizado y progresista.

El puerto adquirió un movimiento tan intenso que en 1889 se decidió construir uno modernísimo, según et proyecto del ingeniero Madero, que se inauguró parcialmente en los años que siguieron hasta 1897. Por él comenzó a salir no sólo el ganado en pie y las lanas sino también las carnes congeladas y los cereales que empezaron a cultivarse; y simultáneamente creció la cantidad de productos que entraron por él, para satisfacer un mercado interno cada vez más exigente y consumidor. Buenos Aires se convirtió en una fuerte plaza comercial, en la que no sólo aparecieron poderosas casas mayoristas que concentraban las operaciones de exportación e importación, sino también una multitud de pequeños comercios dispersos por el centro y los barrios.

La Bolsa de Comercio, en la plaza de Mayo, fue el santuario de quienes se dedicaban a esas actividades, y dos novelas —La Bolsa, de Julián Martel y Quilito, de Carlos María Ocantos— reflejaron la gravitación que ejerció en la vida de la ciudad y en el desarrollo de su sociedad heterogénea. Las especulaciones tentaron la ambición y la fantasía de los porteños, y gracias a ellas crecieron y se desplomaron muchas fortunas. En 1890, una crisis sacudió dramáticamente la vida de la ciudad. Tras las corridas, hubo fugas y suicidios, derrumbes vertiginosos y sospechosas supervivencias. Y, entretanto, otra crisis sacudió al régimen político y enfrentó al gobierno con un naciente movimiento popular que desafió a la naciente oligarquía. El Parque de Artillería, en la plaza Lavalle, sirvió de cantón a los revolucionarios, y hubo combates callejeros en los que el gobierno, finalmente, se impuso. Pero pasaron las dos crisis: la política se canalizó otra vez, la economía se recompuso y la prosperidad volvió a reinar poco después en la ciudad, un poco cartaginesa, en la que el dinero medía los prestigios.

Por el puerto entraron durante estos años no sólo mercancías sino también ingentes cantidades de inmigrantes europeos. El gobierno los llamaba para que trabajaran la tierra, pero muchos de ellos se quedaban en Buenos Aires o volvían a ella después de una corta y generalmente triste experiencia rural. En cincuenta años la ciudad decuplicó su población. De los 286.000 habitantes con que contaba en 1880 pasó a 649.000 en 1895 y a 2.254.000 en 1930. Fue como una inundación que provocó una alteración sustancial de la fisonomía urbana, y el joven Ricardo Rojas la descubrió en La restauración nacionalista. Muchas lenguas y muchas costumbres se entrecruzaron, rompiendo los cuadros de la antigua ciudad criolla.

Durante bastante tiempo los grupos inmigrantes permanecieron encerrados dentro del cuadro de las clases populares o de las pequeñas clases medias. Fue en el seno de estos grupos donde empezó a operarse, muy lentamente por cierto, la integración entre los recién venidos y los grupos criollos tradicionales, todos en estrecho contacto en los barrios populares o en los suburbios orilleros.

De ese conglomerado se desprendió, en cierto momento, un nuevo proletariado manufacturero y luego industrial que empezó a tener alguna significación a fines del siglo pasado. Pero nunca fue más que un sector minoritario, pese al triunfo de Alfredo L. Palacios en 1904 como candidato a diputado socialista por la jurisdicción de la Boca, pues la mayoría dentro de las clases populares estaba decidida a “hacer la América” aprovechando la apertura económica que ofrecía el país. Esa mayoría se desentendió de la acción gremial y política, y buscó el ascenso social por la vía del trabajo tesonero y el ahorro metódico: muchos de sus miembros lograron éxito, y así empezó a constituirse una creciente clase media de singulares caracteres sociales y culturales. Para alcanzar ese ascenso, el pequeño comercio fue el camino preferido por los grupos inmigrantes, en tanto que las primeras generaciones de sus descendientes prefirieron el camino de la burocracia y, sobre todo, el de las profesiones liberales, como lo mostró Florencio Sánchez en M’hijo el dotor. Uno de los factores del éxito que tuvo la campaña proselitista de la Unión Cívica Radical fue el generoso ofrecimiento de puestos públicos que hacían los caudillos de barrio.

En ese acelerado proceso de cambio social —confuso, como todos— se constituyeron también extensos grupos marginales que le dieron a Buenos Aires un carácter peculiar. En las orillas de la ciudad —cerca de los Corrales, en Barracas, en la Boca— se entrecruzaron los troperos criollos que llevaban los arreos de ganado a los mataderos con los peones de las barracas laneras o de los frigoríficos, los marineros, desembarcados en la ribera del Riachuelo con los carreros y cuarteadores, y alrededor de este heterogéneo mundo de hombres solos —sin arraigo, sin mujer, sin familia— surgieron los prostíbulos, los salones de baile y los cafés, las pulperías y las cantinas, los “despachos de bebidas” que se agregaban a los almacenes, lugares todos donde los parroquianos buscaban un poco de compañía y un poco de enajenación, en un ambiente de libertad que se sustraía al sistema de costumbres y de normas propio del centro de la ciudad burguesa. Junto a los hombres de trabajo, las prostitutas, los ladrones, los jugadores, los “cafishios’’, los borrachos consuetudinarios, los guitarreros y cantores se mezclaban, sin suscitar distanciamientos ni reproches ni repugnancia a las humildes familias del vecindario ni sorpresa a los chiquilines. Fue, en conjunto, una apretada sociedad marginal, en cuyo seno se elaboraron nuevas formas de convivencia, inflexibles reglas de juego y ciertos ideales originales y vigorosos que contaron con un decidido consentimiento. De acuerdo con esos ideales de vida se delinearon ciertos tipos sociales: el malevo, el guapo, el compadrito, el canfinflero, la percanta, la yira, la milonguita, el ciruja, que se sumaban a los que daban forma local a viejas profesiones: los cuenteros, las adivinas, los escruchantes, los punguistas, los jugadores fulleros. Era, ciertamente, una sociedad marginal, pero inseparable y parasitaria del núcleo de la gran ciudad, que se constituía al calor de un enriquecimiento acelerado, desbordando los marcos tradicionales.

Durante cierto tiempo, la sociedad tradicional ignoró este mundo marginal, como todavía lo revelaba la autora de Stella [Emma de la Barra, “César Duayen”], esa novela de principios de siglo que presentaba una Buenos Aires idealizada. Las viejas y las nuevas clases acomodadas se mostraron sorprendidas e irritadas por la aparición de estos mundos disímiles pero concurrentes: el de los inmigrantes que trabajaban ahincadamente para lograr su ascenso social y se mostraban ajenos a la vida del país tradicional —ignorantes de San Martín e indiferentes a la emoción del Himno Nacional—, y el de este mundo marginal que crecía en las orillas de la ciudad y cuyo eco llegaba lentamente hasta el centro, llevado unas veces por la crónica policial y otras por la sorprendente revelación de algún hijo de familia “bien” que se había deslizado en tren de “garufa” hacia sus misteriosas profundidades. Fue una sorpresa que engendró nuevas actitudes sociales de vastas consecuencias.

La reacción de las clases acomodadas, cada vez más ricas y cada vez más celosas de su poder, fue retraerse, constituirse en una verdadera oligarquía y afianzarse para defender sus privilegios y su estilo de vida. Una obsesiva preocupación por los “apellidos” subyugó a las clases altas —de la que dejó curioso testimonio Gastón Federico Tobal en sus Evoluciones porteñas— y aun a las clases medias tradicionales que se sintieron unidas a aquéllas, y sólo muy lentamente, y ante la tentación de las nuevas fortunas, comenzó a transigirse con el matrimonio de una niña “bien” con un “gringo con plata”. Los salones y los clubes —el del Progreso, el Jockey, fundado por Pellegrini en 1882, el Círculo de Armas— se hicieron cada vez más herméticos y pasaron algunas décadas antes de que comenzaran a abrir sus puertas a las nuevas fortunas. Los palacios lujosos del barrio norte congregaron a los grupos cerrados, de los que, sin embargo, solían escapar los jóvenes “patoteros” para deslizarse en el café de Hansen o en el Armenonville en busca de alegres compañías que hubieran espantado a sus padres si muchos de ellos no se hubieran familiarizado con gentes parecidas en las dudosas operaciones electorales, en la vida de los studs o en las subrepticias aventuras eróticas. Era la nueva burguesía una clase cada vez más conservadora, pero que se mostró incapaz de conservar, en su propio círculo, el estricto sistema moral de “la gran aldea”. Porque, nacida del cambio, no podía sustraerse a la situación que ella misma había desencadenado.

El cambio fue notorio en la fisonomía física de la ciudad. Tanto y tan pronto se poblaron sus baldíos que en 1888 se consideraban edificadas 1.363 manzanas. Cierto es que el ámbito de la ciudad había cambiado. El año antes, una ley había incorporado a la ciudad los partidos de San José de Flores y de Belgrano, llevando los límites urbanos hasta lo que es hoy la avenida General Paz: un total de 19.000 hectáreas aproximadamente, con lo que Buenos Aires se convertía en una de las ciudades más extensas del mundo.

En poco tiempo se modificó profundamente la infraestructura de la ciudad. Se construyó el puerto Madero, se concluyeron las obras de salubridad en la década del 80, se extendieron y electrizaron los tranvías desde 1902, se desarrollaron las líneas suburbanas de ferrocarriles, aumentaron los hospitales, los mercados y los parques, se electrificó el alumbrado público a partir de 1882, se construyó el primer subterráneo, inaugurado en 1914, aparecieron los ómnibus y los colectivos, y se hicieron sobre el río el Balneario Municipal y la avenida Costanera. La Asistencia Pública, creada por el doctor Ramos Mejía en 1884, trataba de cubrir los servicios de salud, en tanto que los Bomberos Voluntarios de la Boca, constituidos el mismo año, y el cuerpo de Bomberos de la Policía, reorganizado por el coronel Calaza en 1890, se esforzaban por contrarrestar los incendios. Con algún retardo, todos los servicios públicos fueron desarrollándose al compás del vertiginoso crecimiento de la ciudad.

Tanto el intendente Alvear como sus sucesores procuraron modificar el casco viejo de la ciudad para adecuarlo a las nuevas necesidades. Demolida la Recova en 1884, la plaza Mayo cubrió dos manzanas. Donde había estado el viejo Fuerte —demolido también en 1853— se construyó la Aduana primero y la Casa de Gobierno después. Pero la obra más importante de remodelación del centro fue la apertura de la avenida de Mayo, iniciada en 1888 e inaugurada en 1894, que obligó a mutilar —no sin polémicas— el viejo Cabildo. Dos años antes se había erigido el edificio de la Municipalidad y poco después se inauguraron los del Congreso Nacional y del Palacio de Justicia. Y frente a este último, en la plaza Lavalle, se construyó en 1908 el nuevo Teatro Colón, que abrió sus puertas el 25 de mayo con una fastuosa función en la que subió a escena la ópera Aída.

El barrio norte se poblaba de suntuosas viviendas y se creaban hermosos rincones en los que brillaban los palacios y palacetes de estilo francés, y el barrio sur seguía siendo ocupado por gentes modestas. Y en tanto que las avenidas Alvear y Quintana sólo veían el desfile de los distinguidos vecinos, la avenida de Mayo, con sus cafés de españoles, como el Tortoni o el Colón, y la calle Corrientes, con sus cafés bohemios y sus cafés de tangos, sus teatros y sus restaurants, se transformaron en los polos de atracción de la gente de los barrios.

Justamente, la experiencia más llamativa de Buenos Aires fue por entonces el desarrollo de los viejos barrios y la aparición de otros nuevos. Los transportes públicos acortaron las distancias. Se podía llegar en subte hasta Caballito primero y hasta Chacarita después, combinando allí con tranvías u ómnibus que prolongaban el recorrido; o se podía ir en tren hasta Belgrano o Villa Devoto o Vélez Sársfield o Villa Urquiza; o se podía usar el tranvía, el ómnibus o el colectivo —este último, un espontáneo invento porteño aparecido en 1928— para alcanzar los innumerables barrios que surgieron poco a poco, más allá de los tradicionales.

A veces los barrios surgieron espontáneamente a lo largo de la vía tranviaria, o de las avenidas que se alejaban del centro cruzando una semicampaña, como Villa Crespo y Almagro en los últimos años del siglo pasado. Otras veces crecieron como aglomeraciones alrededor de un foco de atracción: Abasto, alrededor del mercado inaugurado en 1889 en Corrientes y Laprida; Nueva Pompeya, en las proximidades del puente que cruzaba el Riachuelo, cerca de donde estuvieron los Corrales: Nueva Chicago, alrededor de los nuevos mataderos, inaugurados en 1901; Palermo, recostado sobre el arroyo Maldonado y polarizado hacia plaza Italia en cuyos bordes se inaugurara el Jardín Zoológico en 1875 y el Jardín Botánico en 1898.

Aun en estos barrios fue importante la acción de los rematadores, que en otros, en cambio, significó una creación desde la nada. Los rematadores descubrieron y emprendieron el negocio del fraccionamiento de viejas quintas o extensos solares baldíos, tentando a los que querían afincarse. Los lotes eran ofrecidos en espectaculares remates que se hacían los domingos. “Se compra sin dinero”, decía en 1889 un cartelón en el que anunciaban lotes a razón de cinco pesos mensuales a una cuadra de Rivadavia y Cuenca. Alguna vez el rematador ingenioso levantaba un simulacro de construcciones para atraer a sus presuntos clientes. Y tanto el aprendiz de especulador que adivinaba el futuro incremento del valor de la tierra urbana como el ahorrativo trabajador que acariciaba el sueño de la casa propia compraban su parcela, aquél para revenderla en momento oportuno y éste para edificar su vivienda.

No todos edificaban su casa de una sola vez. Muchos edificaban no sin sacrificio una pieza de material, y así podían abandonar el sórdido conventillo. Un primitivo retrete y una cocinita bajo techo precario permitían sobrellevar una nueva etapa de ahorro, tras de la cual la casa se iba completando, sin preocupaciones estilísticas. En cambio, los más acomodados, o los que edificaban para alquilar, confiaban la construcción a un maestro de obra generalmente italiano —y hubo muchos— que repetía, en un lote de diez varas de frente, el plano de la casa de habitaciones en fila, esmerándose en la ornamentación de una fachada de remotas reminiscencias renacentistas con sus cornisas y balaustradas: una puerta y dos balcones daban su fisonomía a la “cuadra”, expresión que localizaba el entrañable habitat de los nuevos porteños.

Así surgieron incontables núcleos urbanos, inscriptos en el área más extensa del barrio. Algunos de esos barrios fueron importantes desde un comienzo, como Villa Devoto o Villa Urquiza, en tanto que otros crecieron lentamente, sin que se edificaran sus baldíos, como Villa Soldati, La Paternal, Villa Ortúzar o Villa Lugano. En algunos, una plaza o la estación suburbana del ferrocarril crearon un polo de atracción comercial y social; en otros fue una esquina —como la de San Juan y Boedo, o la de Caseros y Rioja, o la de Lope de Vega y Jonte— la que concentró los pequeños negocios y alentó el encuentro de sus habitantes a la tardecita, después del trabajo, o por la mañana, a la hora de la compra. Y algunos recibieron el don de un vasto parque público —Centenario, Patricios, Lezama, Avellaneda— que conservó largo tiempo cierto aire de pampa en el seno de la ciudad.

Fueron barrios familiares, de gente honesta y trabajadora, ahorrativa, cuyos objetivos familiares e individuales consistían primariamente en mejorar de condición económica y social, en casar a las hijas y en asegurar un porvenir a los muchachos: una clase popular con expectativas de pequeña clase media que, a medida que crecía, se constituía en el grupo social más significativo de la población de Buenos Aires. Pero era una sociedad inestable, puesto que se integraba al calor de los ascensos y descensos de clase, de los triunfos y las frustraciones: junto al almacenero próspero estaba la “costurerita que dio aquel mal paso”; junto al muchacho que conseguía un empleo en un ministerio, el que se desgraciaba por un estúpido alarde de machismo; junto a la chica que se casaba con un rico, la que hundía su vida en un taller del que salía tuberculosa, o la que, deslumbrada por “las luces del centro”, terminaba de “milonguera” en un cabaret; junto al “bacán” perezoso, el obrero esforzado que se sobreponía a su fatiga para leer un folleto de propaganda anarquista. Era esa sociedad inestable que descubrió Evaristo Carriego, revelándola a través de una sociología en verso que era, a la vez, su exaltación sentimental. Un café ofrecía compañía y solaz a los muchachones, un “despacho de bebidas” a los viejos, y un cine reunía los sábados y domingos a las familias para ver las películas de Perla White o de Rodolfo Valentino. Pero las “barras” preferían el fútbol —activo en los potreros, pasivo en las canchas de Boca Juniors o de San Lorenzo de Almagro—, y a veces aparecían en el centro para escuchar tangos en el Café de Pacho o en El Estribo, o en los que aparecieron en Corrientes, todavía estrecha.

Así se diversificó la sociedad porteña. En distintos sectores de la ciudad se alojaron sociedades distintas, netamente diferenciadas, y cada una de ellas desenvolvió una cultura singular que durante largo tiempo se mantuvo enfrentada irreductiblemente con la otra. Hubo una cultura de las clases tradicionales y una cultura de las nuevas formaciones sociales, esta última escindida a su vez en la de los grupos inmigratorios que mantenían vivas sus tradiciones populares europeas y en la de los grupos criollos hibridados de las orillas.

La cultura de las clases tradicionales se alimentaba de sus raíces criollas y se adornaba con el reflejo de la cultura burguesa propia de París y de Londres. Brilló en el centro, en las residencias aristocráticas, en los bailes y en los clubes, en la platea y los palcos del Teatro Colón, en la Universidad, en las tertulias literarias, en la tribuna de socios del Hipódromo Nacional, en las redacciones de los grandes diarios. Allí se alojó la moda parisiense, el Art Nouveau, luego el Modernismo —cuando en 1896 publicó Rubén Darío Prosas Profanas en Buenos Aires—, y luego el Ultraísmo, cuando el grupo literario de Florida comenzó a publicar el periódico Martín Fierro. Era una cultura brillante, sin duda, pero un poco convencional y, sobre todo, muy dependiente de las novedades de París, tan visibles en los escaparates de Harrods como en la revista Nosotros, o en la polémica cotidiana del Café de los Inmortales, refugio de una bohemia que pintó agudamente Manuel Gálvez en El mal metafisico, o en la evolución de la cocina criolla, alterada por los mandamientos del Cordon Bleu. Y no era sólo la cultura de las clases altas, sino también la de las clases medias tradicionales y la de las nuevas clases medias a medida que lograban integrarse en la sociedad tradicional, unas lectoras de Plus Ultra y de La Nación, otras de El Hogar y de La Prensa, unas habitués de Harrods y otras de Gath y Chaves o La Ciudad de México, revistas, diarios, tiendas, confiterías, todos sutilmente signados por un matiz que revelaba el sector de la estratificación social a que respondían. Era una cultura constituida.

En los barrios, en cambio, se constituía una cultura inédita, propia de los sectores inmigrantes y marginales, que tuvo dos matices distintos. Los grupos de inmigrantes y de hijos de inmigrantes constituyeron una cultura marginal, pero incómoda en su marginalidad y que dio muestras de aspirar a su rápida integración. Subsistían los signos de sus raíces populares europeas: el predominio de una cocina española o italiana, la vigencia de normas éticas y sociales que correspondían a los lugares de origen, generalmente aldeas cuyas formas de vida se acomodaban difícilmente a las de la gran ciudad que era ya Buenos Aires. Pero la aspiración al ascenso social forzaba las limitaciones impuestas por la tradición y empujaba a las nuevas generaciones a aceptar las pautas establecidas por las clases dominantes: había que abandonar el genovés o el idish, había que tratar de entrar al Colegio Nacional, había que aprender las maneras convencionales de trato. Fue un aprendizaje duro. Los grupos que aspiraban al ascenso podían parecer “guarangos” o “caches” a los ojos de las clases tradicionales —que a veces se ponían demasiado “tilingas”—, precisamente porque estaban elaborando, a su modo y para adaptarlo a sus necesidades, el modelo que las clases altas les ofrecían. Ciertamente, la elegancia de las chicas de barrio no era la misma que la de las niñas de clase alta, pero aspiraba a serlo, y lo lograba poco a poco. Esa reelaboración del modelo de la clase alta por las nacientes clases medias constituyó una curiosa aventura cultural del Buenos Aires de las dos culturas.

Pero no fue ésta la única cultura inédita que surgió en los barrios. Al lado, y ocasionalmente mezclada con ella, apareció una cultura marginal que aceptó su marginalidad, asumió sus raíces y sus tendencias, y afirmó su peculiaridad. La elaboraron, en los suburbios marginales de los Corrales, Barracas, la Boca, Palermo o Nueva Chicago o Nueva Pompeya, paisanos de la llanura e inmigrantes italianos y españoles que entrecruzaron sus sentimientos y a veces sus ideas, sus costumbres y sus principios, sus atávicas formas de comer y sus sistemas de lucha por la vida. Y la coincidencia tuvo tal vigor que crearon un habla —el lunfardo—, un baile y una canción —el tango—, y dieron vida al mismo teatro criollo que desembocó muy pronto en una entrañable expresión teatral, el sainete. Los valores de la cultura del centro no se cuestionaron sino que, simplemente, fueron ignorados; las normas se dejaron de lado y se sustituyeron con otras que respondían exactamente a las situaciones reales. Considerada en sus elementos no parecía una cultura original, pero fue inusitada la combinación de los viejos elementos y el sentido que se atribuyó a esa combinación. Fue un formidable experimento, forzado por la presencia y el contacto de grupos diferentes puestos en una misma situación, y para quienes la segregación actuó como agente catalizador.

Esta cultura marginal que aceptaba su marginalidad y perseveraba en su peculiaridad, coincidía con la cultura marginal que no aceptaba su marginalidad en que ninguna de las dos podía vivir sin la cultura del centro. Por eso las dos se entremezclaron y formaron un vago conglomerado para responder al desafío de la cultura constituida, que era la cultura del poder.

Las culturas marginales se enfrentaron con la cultura del centro, y aceptaron las vías de contacto que en cierto momento empezaron a establecerse: y así comenzaron a entrecruzarse mil sutiles hilos entre las dos culturas, que concluyeron por crear una trama común para las dos en el Buenos Aires de 1930. ¿Quiénes los tejieron?

Fue la “milonguita” que quiso abandonar la miseria suburbana y ofreció compañía pasajera en los cabarets a la juventud dorada. Fue el político de fuste que buscaba votos en los comités de suburbio, comisionaba agentes electorales y contrataba guardaespaldas entre los muchachos de avería. Fue el “cafishio” que proveía de “programas” al caballero distinguido con “bulín” puesto. Fue el turfman que se entreveraba con jockeys, cuidadores y tahures en los studs del bajo de Belgrano. Fue el “niño bien” que no podía olvidarse en casa de lo que había aprendido en Hansen, en los prostíbulos o en los salones de baile. Fue Crítica, el periódico de Botana, que canalizó los valores de la cultura del suburbio y los volcó en el centro. Fue la calle Corrientes, terreno neutral de las dos culturas, donde una y otra se encontraban a gusto. Fue Maffia y Firpo, Contursi y Flores, Carlos Gardel y Rosita Quintana, que ganaron el centro con un tango que de milonga se hacía canción. Fue Soria y García Velloso, González Castillo y Vacarezza, que intentaron la épica del conventillo, con el enfrentamiento del compadrito y el cocoliche. Fueron los bodegones del Abasto, las cantinas de la Boca, los restaurants de la cortada Carabelas y los cafés de Corrientes. Fue Olinda Bozán y Arata, Muiño y Simari. Fue Carlos de la Púa y Last Reason, Arlt y Olivari. Por la presión de la periferia sobre el centro, las dos culturas se compenetraron, y en la década del 20 quedó a la vísta que la integración quedaría consumada en poco tiempo.

El crecimiento de las masas radicales lo confirmó. Los muchachos que vivaban al doctor Yrigoyen ganaron el centro y expresaban en ese símbolo todo ese bagaje de ideas y sentimientos del suburbio trabajador tanto como del suburbio orillero. En las fiestas del Centenario, en 1910, las clases tradicionales habían sellado su decisión de mantenerse puras y resistir la contaminación. Hicieron lo que pudieron desde la escuela, desde la tribuna, exagerando a veces un patriotismo formalista. Cuando la nueva sociedad se manifestó violentamente, a través de las bombas de los anarquistas o a través de la protesta de los obreros de Vasena, la sociedad tradicional la enfrentó con dureza, a veces desmedida, como en la Semana Trágica de 1919, que Arturo Cancela llamó con ironía una semana de holgorio. Para recuperar el poder que había perdido en 1916, cuando Yrigoyen subió al poder en medio de extraordinarias manifestaciones de júbilo popular, recurrió a la conspiración y al golpe de estado. El 6 de setiembre de 1930 Buenos Aires se sacudió con el desfile de los cadetes del Colegio Militar que derrocaron a Yrigoyen y pusieron en el poder a Uriburu. Al pasar, cañonearon el Congreso.

La capital de la crisis

La revolución de 1930 inauguró una época crítica para el país, y Buenos Aires fue la capital de la crisis. La dictadura se mostró temerosa y la represión fue dura con los opositores. Torturadores vocacionales hicieron famoso su nombre en la ciudad, y años después, cuando se constituyó el nuevo Congreso, fueron denunciados por Alfredo L. Palacios en un debate del Senado. Para entonces, la revolución había desembocado en un régimen surgido de elecciones, y los presidentes Justo y Ortiz mejoraron los métodos represivos. Hasta se pudo votar libremente en la ciudad de Buenos Aires, seguramente en homenaje a la imagen internacional del país. No sólo se habló de las torturas en el Senado. Se habló también de los escándalos en la compra de armamentos y se habló de las carnes, en un debate memorable conducido por Lisandro de la Torre en 1935 y en cuyo transcurso fue asesinado en pleno recinto el senador Bordabehere.

Entre 1930 y 1943, una paz varsoviana reinó en la ciudad. Las clases altas se sintieron cómodas. Fue una época de cierto brillo cultural, con buenas temporadas líricas en el Colón, conciertos excelentes de música moderna, exposiciones y conferencias en el salón que en la calle Florida tenía Amigos del Arte, cursos en el Colegio Libre de Estudios Superiores, y una buena difusión de la mejor literatura europea de la que se encargaba la revista Sur. Pintores y escultores, muchos recién llegados de Europa, difundían a través de sus obras las nuevas concepciones plásticas, y los escritores más refinados vertían las influencias de Huxley y de Joyce. Al margen de la cultura, cierto sentimiento aristocratizante campeó por la ciudad, manifestado en una sostenida preocupación por la elegancia que acentuó el tradicional empaque del porteño y de la porteña. Florida era todavía una calle un poco exclusiva donde la gente se saludaba, y los lugares de reunión estaban claramente discriminados por grupos sociales, cuyos miembros acataban las reglas del juego: sólo los “petiteros” —como se les llamaría poco después— entraban al Petit Café, en Santa Fe casi Callao, frente al Aguila, donde se daban cita las personas mayores. Y en el Congreso Eucarístico de 1934 se aglutinaron las damas y los caballeros de la buena sociedad.

Para el resto de la sociedad la situación fue muy dura. Hubo cesantías en la administración pública y en las actividades privadas, y la desocupación se notó en el centro en el lustre de los trajes viejos y en los barrios populares bajo formas más dramáticas: el hambre de los desocupados, que no alcanzaban a mitigar las “ollas populares” que se ofrecieron a los más pobres, o el abandono de la pieza del conventillo que conducía a sus habitantes a la Villa Desocupación, que surgió en Puerto Nuevo. Conseguir trabajo —o “el mango que te haga morfar”— era para muchos la preocupación cotidiana, y Discépolo expresó el sentimiento general de la “mishiadura”, de la frustración y del cinismo que embargó a las clases medias y populares. Fue entonces cuando Scalabrini Ortiz intentó retratar al “hombre que está solo y espera” en la esquina de Corrientes y Esmeralda donde nada esperaba.

Agolpados frente a las pizarras de los diarios muchos lloraron la caída de la República Española, los triunfos de Hitler y la ocupación de París. La desilusión cundía. Dos suicidios, el de Lugones en una isla del Tigre en 1938 y el de De la Torre en su departamento de la calle Esmeralda en 1939, adquirieron un valor simbólico en la ciudad tumultuosa que Martínez Estrada llamaría poco después La cabeza de Goliath.

Pese a todo, el centro prosperaba y se embellecía. Se rectificó el trazado de la avenida Leandro N. Alem, se ensancharon las calles Santa Fe, Córdoba y Corrientes, se continuó la Diagonal Norte, se empezó a abrir la avenida Nueve de Julio y se erigió el obelisco en 1936 para conmemorar el nuevo centenario de la primera fundación de la ciudad. Pero los barrios progresaron poco, y su población empezó a cambiar nuevamente con la aparición de crecidos contingentes de inmigrantes del interior, más empobrecido aún que la capital, que luego desbordaron los límites urbanos para asentarse en los pueblos suburbanos. Algunas industrias que aparecieron con motivo de la disminución de las importaciones que acarreó la guerra empezaron a ofrecer salarios tentadores y la situación de algunos sectores populares mejoró un poco. Los rancheríos —las villas miseria— empezaron a extenderse por Avellaneda, Lanús, San Martín, San Justo, a veces en las afueras de los suburbios donde se instalaban las pequeñas industrias de reemplazo, y sus pobladores —muchos muy morenos— empezaron a modificar la fisonomía de la ciudad. No se los veía mucho por el centro, pero existían.

Un día aparecieron en la plaza Mayo, el 17 de octubre de 1945, junto con otras muchas gentes que se politizaron de pronto, después de muchos años de politización prohibida. Poco antes, otras multitudes habían celebrado la recuperación de París en la plaza Francia. Pero ésta del 17 de octubre era una multitud nueva, desconocida para las gentes del centro, y revelaba un cambio sustancial en la composición social de la ciudad. Perón, un líder político de nuevo estilo, logró movilizar esa multitud nueva, y la ciudad cobró un aspecto diferente entre 1945 y 1955. Las clases tradicionales advirtieron la presencia de los que llamaron ‘‘cabecitas negras” y comprobaron el ascenso económico y social de las clases populares, que ahora consumían más productos alimenticios, más artículos para el hogar, colmaban los ómnibus y los trenes suburbanos y acudían en grandes cantidades a las canchas de fútbol y a los cines. Para muchos fue un espectáculo intolerable y los aristocratizantes lectores de Ortega y Gasset descubrieron que estaban en presencia de una real “rebelión de las masas”, a causa de la cual muchas señoras debían lamentar la falta de servicio doméstico. Así, la ciudad se vio escindida socialmente una vez más, y más aún que en la época en que aparecieron en las calles las masas que vitoreaban al doctor Yrigoyen. Fue normal que las gentes acomodadas no salieran de sus casas los días de grandes concentraciones populares en la plaza Mayo, cuando Perón y Evita hablaban a las multitudes convocadas por la Confederación General del Trabajo. Pero eran, en cambio, días de fiesta auténticos para las clases populares, sobre todo si ei líder anunciaba para el siguiente el feriado de “San Perón“.

De cualquier manera, la nueva justicia social no perjudicó a los poseedores. Algunos de ellos sufrieron persecuciones económicas. Pero, en general, el bienestar general alcanzó a las clases tradicionales, y sobre todo a aquellos que supieron aprovechar la coyuntura. En el sector de la clase alta aparecieron nuevos tipos de ricos, el industrial o el empresario, que competían con los ricos tradicionales en la suntuosidad de sus departamentos de la avenida Libertador, compraban tierras para pasar por estancieros, procuraban ser admitidos en el Jockey Club y derrochaban sabiamente su dinero o especulaban con él. Se los veía codeándose con las familias que habían perdido el reducto de la Sociedad de Beneficiencia, en las nuevas boutiques de la calle Santa Fe, en el grill del Alvear o en las boites de lujo. Y en la Bolsa el juego hizo y deshizo fortunas como en los tiempos del 90, porque la especulación giraba alrededor de informaciones reservadas que todos pretendían tener acerca de las empresas que prosperarían por misteriosas razones. Un automóvil importado era un signo de que su propietario contaba con buenas conexiones porque no se veían en Buenos Aires por entonces sino viejos coches en cuya conservación se esmeraban los mecánicos porteños de sutil ingenio.

Las fricciones sociales y políticas adquirieron a veces contornos dramáticos. Las campañas electorales eran duras y los conflictos entre obreros y patronos muy tensos. En la Universidad los conflictos se sucedieron ininterrumpidamente, y la policía empezó a entrar en los recintos de las facultades cada vez que la FUBA organizaba actos relámpago, cuyo saldo solía ser la detención de numerosos estudiantes. Allí, como en otros campos, la delación fue una sucia práctica que enturbió la convivencia. Un día, el gobierno se incautó de La Prensa. Otro día, grupos bien organizados incendiaron el Jockey Club, algunas iglesias y varios locales pertenecientes a partidos políticos: alguien —no se sabe quién— incendió una bandera argentina. La situación empezaba a ponerse crítica, sobre todo porque desde 1951 la euforia económica había pasado y en las panaderías empezó a venderse un pan negruzco que simbolizaba la crisis.

Lo más típico de la vida de la ciudad fue, por esos años, cierta ruptura en las formas tradicionales de pensar. Para entonces la ciudad había sublimado la vieja oposición entre el centro y el suburbio, que el tango del 40 —Homero Manzi típicamente— idealizaba:

Barrio de tango luna y misterio,

¡desde el recuerdo te vuelvo a ver!

Pero de pronto se avivó otra vez con un ligero desplazamiento ecológico: el centro descubrió de nuevo su adversario no tanto en los viejos barrios urbanos, sino en las nacientes aglomeraciones del Gran Buenos Aires, que crecían como mancha de aceite, y la oposición volvió a plantearse entre el centro y la periferia. Más allá de las definiciones políticas, la gente se definió por una u otra sociedad, por una u otra cultura. Para algunos lo popular empezó a ser odioso y despreciable y para otros lo aristocrático empezó a ser ridículo y exacrable. Por su parte, el habla popular y las revistas satíricas —Rico Tipo, Tía Vicenta— se hicieron cargo de la tarea de precisar matices intermedios de la sensibilidad, distinguiendo entre lo “bien” y lo “mersa”, lo primero referido a los gustos y tendencias de ciertas burguesías asentadas y lo segundo a los de ciertas clases medias en ascenso que procuraban imitar a aquéllas; y para que no hubiera dudas de que la sociedad porteña tenía profundas vacilaciones acerca de lo que debía y lo que no debía hacerse o decirse, el humorista se ocupaba de ofrecer listas completísimas de lo que se consideraba “in” y lo que se consideraba “out”, clasificado por categorías. Entremezclados, los odios de clase y las tendencias al ascenso de clase engendraron una turbia forma de convivencia, que aprovechaba cualquier oportunidad para manifestarse: una fue el inusitado espectáculo del velatorio y entierro de Eva Perón en julio de 1952; una multitud acongojada desfiló días y noches por la capilla ardiente, instalada en la Secretaría de Trabajo y Previsión, mientras los opositores al régimen se indignaban por lo que consideraban una función carnavalesca. Entretanto, las minorías intelectuales y sensibles proclamaban su adhesión al existencialismo y entonaban su fervor antiperonista con el vivo ejemplo de la Resistencia francesa, que ya había producido y difundido una abundante literatura.

Las migraciones internas apresuraron el proceso de formación del Gran Buenos Aires, de la megalopolis moderna. Un cinturón industrial empezó a rodear a la ciudad, y allí crecieron los barrios nuevos. Hubo tierras ocupadas ilegalmente, pero sobre todo loteos modestos, a veces en tierras bajas y siempre alejadas de las grandes avenidas y de los medios de transporte. Pese a todo, las viviendas se multiplicaron, precarias, levantadas con cartón, con latas, con cajones de automóviles, hacinadas y sin servicios públicos. Allí se constituyó una sociedad nueva y marginal de singulares caracteres. No faltaban, sin duda, algunos delincuentes y muchas gentes de vida irregular; pero la sociedad de los ‘‘villeros” se compuso generalmente de gente honesta y trabajadora, cuyo problema fundamental era la imposibilidad de conseguir otra clase de vivienda. Solían ser obreros de las nacientes industrias que ganaban buenos salarios, lo cual les permitía alimentarse y vestirse bien, y en muchos casos adquirir su radio, su heladera y su lavarropas. El contraste entre la vivienda y el nivel de vida llamó la atención de muchos que, ignorantes del proceso de formación de barrios semejantes en otras partes, achacaban al régimen el desencadenamiento de procesos sociales y económicos que eran, por el contrario, los que habían suscitado y sostenían al régimen. Pero las villas miseria —que “también son América”, dijo Bernardo Verbitzky— no sólo indignaban a los opositores sino que molestaban al régimen. Cuando se construyó la autopista al aeropuerto de Ezeiza —la obra más importante, junto con el aeropuerto mismo, que se construyó por entonces en relación con la modernización de la ciudad— se levantaron muros delante de las villas construidas al costado para que los viajeros no contemplaran el deprimente espectáculo de las pobres viviendas hacinadas. Sólo esporádicamente comenzó a esbozarse una política de edificación de viviendas económicas para salir al encuentro del problema.

Testigo de tantas concentraciones peronistas, la plaza de Mayo presenció el 16 de junio de 1955 el más inusitado espectáculo: los aviones de la Marina bombardearon la Casa de Gobierno como par- te de un fracasado plan revolucionario. Hubo una conmoción general en la ciudad, que se repitió en setiembre, cuando se supo que Lonardi había sublevado en Córdoba algunas guarniciones. Esta vez la revolución triunfó, y los porteños se enteraron de que Perón se había embarcado en una cañonera paraguaya con destino a Asunción. Era visible la pesadumbre en los barrios populares y en los suburbios: en Lanús, en Avellaneda, en San Martín. De otros barrios más céntricos, en cambio, salieron hacia la plaza de Mayo los nutridos grupos que se concentraron cuando juró Lonardi como presidente. Y mientras los grupos suburbanos se sobrecogían ante las amenazas de las fuerzas de represión, los grupos del barrio norte se sobrecogían ante el temor irracional de que una incontenible ola de “descamisados” se volcara sobre ellos para satisfacer su presunta vocación de incendio, saqueo y muerte.

Ciertamente, la ciudad estaba dividida: la componían otra vez dos sociedades, dos culturas. Hubo represión y ajuste de cuentas, y la hostilidad más bien se acentuó. La Confederación General del Trabajo, en cuyo edificio de la calle Azopardo descansaban los restos de Eva Perón, fue intervenida, desapareciendo el féretro, y los sindicatos fueron severamente controlados. Pero la fuerza real del movimiento obrero como grupo de presión no decreció y se manifestó a través de huelgas y/o ocupaciones de fábricas que probaban que la situación social no se encauzaba. Tampoco se encauzaba la situación política. Hubo elecciones y Aramburu salió de la Casa de Gobierno vitoreado por algunos grupos, que le manifestaron su respeto por haber cumplido su palabra de restaurar el régimen constitucional. Pero las dificultades subsistían. Juró Frondizi, cayó Frondizi, juró Guido, mientras el escribano Garrido testimoniaba una y otra vez los actos oficiales que se sucedían. Unas veces los porteños veían en la Casa de Gobiernos a los granaderos con su brillante uniforme histórico; pero otras veces veían las tropas en traje de fajina, con las armas listas para disparar y con el apoyo de los tanques. Entre 1962 y 1963 hubo pronunciamientos, salieron los tanques a la calle, y en una ocasión hasta se realizaron dispositivos de combate en varios lugares de la ciudad. Pero no fue muy grave. Los porteños, burlones e incisivos, se sonrieron cuando el conductor de un tanque detuvo su vehículo en la esquina de Santa Fe y Callao al encenderse la luz roja del semáforo, y no faltaron en los barrios los chicos que se trepaban por los costados de los temibles monstruos, que se humanizaban cuando se descomponían y quedaban inmovilizados junto al cordón de la vereda. El poder cambiaba —aparentemente— de manos, pero la ciudad seguía su ritmo de vida oscilando entre el “no se vende nada” de los comerciantes pesimistas y el “ahora empieza a moverse un poco” de los optimistas.

Sobre todo, la ciudad crecía como si fuera el desaguadero de toda la República. El Gran Buenos Aires tenía cuatro millones y medio de habitantes en 1947, más de seis millones y medio en 1960 y llegó a 8.352.000 en 1970. Muchos —quizá medio millón por día— ingresaban al casco viejo de la ciudad para trabajar o para recorrer oficinas o casas de comercio. Pero poco a poco el casco viejo dejó de ser el único polo de la ciudad, y otros polos aparecieron en los barrios suburbanos y en el Gran Buenos Aires. Resultó tan difícil estacionar un automóvil cerca de Cabildo y Juramento, o de Rivadavia y Pedernera, o de San Juan y Boedo, como en pleno centro, donde, por lo demás, el estacionamiento fue prohibido en las calles. Como otros barrios, Belgrano perdió su aspecto de ciudad jardín, sumergido por las altas casas de departamentos, y la avenida del Libertador —refugio del más alto status económico— vio correr en las horas de pico caravanas interminables de automóviles que llevaban a sus propietarios hacia sus residencias de Acassuso o San Isidro, desfilando entre torres residenciales, boutiques de lujo y boites elegantes que por la noche congregaban a ejecutivos en tren de esparcimiento y figuración y a jóvenes de familias ricas que querían estar “en el ruido”.

Durante el gobierno de lllia la Municipalidad trabajó intensamente para urbanizar el bajo de Flores. En la zona circundante, las calles de acceso empalmaron con la autopista a Ezeiza y las avenidas que corrían hacia el centro, estimulando la ocupación de zonas poco habitadas; y el barrio de San Telmo empezó a colmarse de restaurantes snobs que atrajeron a turistas y ejecutivos. Huelgas, ocupaciones de fábricas, disturbios estudiantiles y mitines políticos animaron la vida de la ciudad, que casi gozaba de libertad. El paso del tiempo parecía haber moderado la tensión entre las dos sociedades y las dos culturas, que se mostraban inclinadas a confundirse dentro de los marcos de la creciente sociedad de consumo. Pero lllia cayo y juró Onganía, siempre mediante la intervención del escribano Garrido, en quien los porteños que contemplaban las fotografías y los noticiosos televisivos veían la imagen viva de la Historia y sus mudanzas. Muchos creyeron que el orden predominaría cuando se cerraron los locales de los partidos políticos, se reprimieron enérgicamente las huelgas y se castigó a la Universidad en la persona de sus estudiantes y profesores. Pero no fue así, porque en Buenos Aires, como en otras muchas ciudades, la inquietud de los grupos estudiantiles y de las clases populares más bien tendía a crecer que a disminuir. Signo secreto, en las canchas de fútbol, en las que se aloja la predominante pasión porteña, la “hinchada” empezó a cantar la marcha de “Los muchachos peronistas”.

En Buenos Aires hubo pocos hippies. Algo que se le parecía empezó a reunirse en “la manzana loca” —donde funcionaba el salón de exposiciones del Instituto Di Telia, vidriera del “Pop Art” y otras tendencias avanzadas— o en el bar Moderno de la calle Maipú, o en algunos teatros independientes. Los jóvenes adoptaron la barba y el pelo largo, y las jóvenes oscilaron entre la maxi y la mini, todo dentro de una moderación muy porteña. Algunos adoptaron posiciones ideológicas e intelectuales muy avanzadas, se declararon estructuralistas o marxistas y ostentaron en su cuartos los posters del Che Guevara. Pertenecían generalmente a las clases medias y aunque no hicieron ninguna revolución política, hicieron una importante revolución en las formas de vida.

Como en casi todas las ciudades del mundo, en Buenos Aires se liberalizaron las costumbres. Las muchachas empezaron a llegar tarde a sus hogares burgueses ante la creciente indiferencia de sus padres. Las parejas comenzaron a besarse en público más que antes, y a nadie que estuviera “en la onda” —manía porteña— se le pasaba por la cabeza interrogarse sobre la existencia de libreta de matrimonio cuando advertía en aquéllas cierto intenso grado de intimidad. Por lo demás, había comenzado la era de la píldora, y en pequeña escala la de las drogas.

Pero todo eso no era un fenómeno típicamente porteño, sino una puesta al día de la ciudad siempre un poco pacata y respetuosa. Lo que sí fue un fenómeno típicamente porteño propio de estas clases medias liberalizadas fue el desafío a cierta retórica tradicional, que se manifestó en las formas del lenguaje. Sorpresivamente, las palabras prohibidas empezaron a circular libremente con tal fuerza que invadieron hasta los círculos más convencionales. Las malas palabras se hicieron buenas. Y para consagrar la revolución se inscribieron en un contexto en el que el “vos”, las formas verbales porteñas —salí, corré, volá— y crecido número de palabras lunfardas adquirieron plena vigencia, articuladas a veces en una sintaxis trabajosa simbolizada en el uso del fatídico “de que”. La Fiaca —una obra teatral de Talesnik que recupera un tipo muy porteño— señaló la licitud del nuevo estilo idiomático, consagrado no sólo por el teatro sino también por la radio y la televisión. Y quedó establecido que, cuando a una chica le presentan un muchacho, debe decir: “¿Cómo te va?”. Modesta, era una revolución para facilitar la comunicación en una sociedad compuesta por grupos muy dispares y acostumbrada, por eso mismo, a aferrarse a ciertas convenciones que aseguraran la distancia inicial hasta saber quién es quién. Inversamente, los ejecutivos, los adictos a la sociología usual y los lectores de las revistas semanales de información concentrada —Primera Plana, Panorama, Análisis— comenzaron a difundir un lenguaje críptico cuyos elementos fundamentales eran giros norteamericanos traducidos y palabras técnicas de la economía y de la sociología, que se consideró el desiderátum de la objetividad y la precisión.

Un día asesinaron a Jáuregui, otro a Vandor, otro a Aramburu, otro a Alonso. Las tensiones parecían crecer y cayó Onganía, después que se construyeron los puentes sobre el Riachuelo y sobre el cruce de Córdoba y Juan B. Justo. Aunque moderadamente, la infraestructura de la ciudad mejoraba. No puede decirse lo mismo de la estructura.

Brujas entre la frustración y el recuerdo. 1970

De noche, o mejor, entre dos luces, es cuando Brujas adquiere más carácter. Lo que se alcanza a observar se entremezcla con la leyenda que satura el espíritu del observador, y ese heterogéneo conjunto, mezcla de realidad y fantasía, cobra los caracteres de una magia profunda, casi imposible de traducir en palabras. El observador repite esta experiencia una y otra vez, y tarda en comprender el secreto profundo de esa magia. Al fin descubre que la media luz opera en esta extraña ciudad una combinación sincrética de los estilos, en la que el pórtico barroco revela —como quien revela un secreto escondido celosamente— su misterioso parentesco con la ojiva gótica que lo precede en el tiempo y con el artificioso cornisón art nouveau que le sigue. Quizá la clara luz diurna incite a un análisis que desmenuce lo que hay de diverso en cada uno; pero la media luz aproxima a ciertas esencias que se resisten al análisis; y bajo su sugestión se acrecienta el encanto de una ciudad que parece detenida en el tiempo, y que una vez Rodenbach llamó “Brujas, la muerta”.

Desde hace más de un siglo, la sostenida preferencia de los turistas le ha devuelto una suerte de vida. A todas horas, incluso entre dos luces, las calles, las plazas, los muelles de los canales son invadidos por este moderno peregrinaje hacia lo antiguo y hacia lo exótico que se llama turismo, y que no es un fenómeno tan desdeñable como cierto esnobismo esteticista quiere hacernos creer. Brujas, antes privilegio de raros observadores que conocían el encanto plástico de su secular paisaje urbano, ha pasado a ser un bien cultural de vastos sectores, acaso todavía insensibles a los valores recónditos de la ciudad de Rodenbach, pero que legarán a otros su cuota de leyenda para mantener y extender la que la cubre. Guía en mano, los curiosos recorren los rincones y creen ver lo que está escrito que allí se encuentra; pero se engañan; en rigor los envuelve la atmósfera difusa de la ciudad y es siempre la leyenda del conjunto urbano lo que impregna la memoria del desprevenido observador que, sin saberlo, devuelve la vida a la ciudad muerta.

En rigor, el caso de Brujas no es frecuente en ninguno de sus aspectos; ni es frecuente su belleza, ni su tan precoz frustración, ni tampoco la supervivencia de su estructura física y, más aún, la supervivencia de su encanto un poco legendario. Quizá sea el más curioso enigma urbano. Más allá de la nostalgia que hoy la adorna, Brujas plantea un curioso caso entre todos los que ofrece la historia de las ciudades.

Brujas fue una de las ciudades más brillantes y espléndidas de Europa entre los siglos XIV y XV. Era entonces un puerto de mar sobre el Zwyn, en el que un vigoroso señorío se había constituido de antiguo. El burgo era la sede de los señores —donde hoy está la Cancillería—, y muy cerca se levantaba la catedral de San Donaciano, hoy desaparecida. Fue allí donde, al producirse el reavivamiento económico del siglo XI, comenzó a constituirse una pujante burguesía local que muy pronto entró en contacto con la organización comercial de la Hansa germánica; su sede fue la plaza del Mercado, donde se levantan los Halles, a los que siglos después se agregaría el simbólico carillón de las cuarenta y seis campanas. Activa y emprendedora, esa burguesía supo comprender su privilegiada situación geográfica y transformó a Brujas en la etapa intermedia de todo el tráfico hanseático; allí se levantó una factoría en la que se acumulaban los productos del intercambio y muy pronto empezaron a entrar en su puerto los navios de las más lejanas ciudades.

Tan pujante fue esa burguesía que muy pronto aspiró a participar del poder en la ciudad señorial. Una revolución comunal estalló a principios del siglo XII, y el conde Carlos, llamado el Bueno, sucumbió asesinado al iniciarse la lucha por la Comuna. El conflicto fue cruel. La burguesía aprendió en su transcurso cuáles eran sus verdaderos intereses y sus objetivos inmediatos, y consiguió alcanzarlos; por eso logró prontamente imponer su política en la ciudad marítima, que desde entonces se consagró al ejercicio del comercio internacional en una escala que muy pocas ciudades europeas alcanzaron entonces.

La plaza del Mercado fue el centro de la actividad mercantil. A su alrededor, o en sus vecindades, erigieron sus casas los ricos mercaderes, y se erigieron también los edificios de las grandes corporaciones. Pero lo que dio un carácter más singular a la ciudad fueron las residencias que hicieron levantar los comerciantes extranjeros —luqueses, florentinos, alemanes, portugueses, españoles—, generalmente agentes de poderosas casas comerciales de sus respectivas ciudades y países que operaban en Brujas. Fue Brujas entre los siglos XIV y XV una ciudad internacional por excelencia, y en ella no sólo se cruzaban las líneas del tráfico marítimo del Atlántico y del Mediterráneo, sino que se cruzaban también las ideas y las modas, los gustos y las influencias, que a través de ella se difundían en ese vasto mundo urbano que las burguesías estaban creando en este momento singular.

Fue por entonces que Brujas se transformó en uno de los grandes centros artísticos de Europa. Vinculada al ducado de Borgoña recogió —como todas las ciudades flamencas— la herencia del gran experimento plástico que allí empezó a hacerse; y fue Memling —el maestro Hans— el que, al radicarse en Brujas, otorgó a la ciudad el rango supremo de la pintura durante los últimos decenios del siglo XV. Hoy se conservan en la ciudad algunas de sus obras maestras, reunidas en el Hospital de San Juan; y allí se contempla, al lado de la urna de Santa Ursula con sus inimaginables miniados, ese Matrimonio místico de Santa Catalina en cuya tabla principal pintó Memling una sutil vista de Brujas enmarcada en la casi fantástica luz flamenca.

Quizá fue esa época —la de los años de la permanencia de Memling— la edad de oro de Brujas. La ciudad de la rica burguesía internacional fue corte de los duques de Borgoña, celosos de su refinamiento y de su lujo. Allí se celebraron, en 1468, las bodas del duque Carlos el Temerario con Margarita de York, tan fastuosamente que el cronista Olivier de la Marche necesitó muchas páginas para describir las fiestas que se organizaron. Todos los pintores de la ciudad —y de las ciudades vecinas— fueron convocados para decorar los ambientes donde se celebraron las ceremonias. Y tanto los cortesanos como los burgueses participaron en ellas en medio de un extraordinario alborozo que revelaba la prosperidad de la ciudad.

Pero la prosperidad de la ciudad estaba amenazada, y muy poco después se cumplió la amenaza. El brazo por el que Brujas salía a los mares comenzó a cegarse y la poderosa burguesía vio comprometida su actividad. Los navios empezaron a detenerse en L’Écluse y en Damme, pero ya no era lo mismo. Las mercancías debieron ser transbordadas, y el tráfico comenzó a desviarse de Brujas. Era una fatalidad insuperable. La ciudad que había vencido tantas veces a la naturaleza, que había construido innumerables canales y se había sobrepuesto al duro clima, nada podía hacer —aunque lo intentó— contra esta traición del mar que había sido su aliado. Los agentes de las grandes casas extranjeras comenzaron a abandonar la ciudad, y la burguesía local vio disminuir el volumen de los negocios. Entonces empezó la declinación que se acentuaría con los años.

El papel que la burguesía de Brujas desempeñaba en el mar del Norte fue heredado por la burguesía de Amberes, primero, y por la de Amsterdam, después. Brujas vio frustrarse su destino cuando estaba en el punto más alto de su esplendor. Y testimonio de esa frustración prematura fue la supervivencia de una ciudad espléndida, amorosamente edificada y amorosamente vivida, pero cuya vida empezó a languidecer por debajo de su superviviente estructura física. La plaza del Mercado, antes emporio internacional, comenzó a alojar un modesto comercio local, y las viejas moradas de los orgullosos burgueses empezaron a recubrirse de esa tristeza nostálgica que aún conservan.

Desde entonces, Brujas vive entre la frustración y el recuerdo. Quedan sus canales, sus iglesias, sus monasterios —como el indescriptible Beguinage—, sus casas; pero su misma presencia sirve al mismo tiempo para avivar el recuerdo y para testimoniar la frustración. La nostalgia impregna la ciudad en que la vida, antes tan brillante, discurrió luego, durante siglos, opaca y desesperanzada.

El recuerdo es el de la ciudad gótica: con su inconfundible escala, su trazado, su estructura, su edificación. Todo lo que se agregó después fue absorbido por la ciudad gótica, que atrajo hacia sí la fisonomía del barroco y del neogótico. Y lo que trasunta la ciudad muerta es la frustración de la ciudad gótica, apenas alterada por la inclusión de construcciones sustitutivas erigidas después. Es por la ciudad gótica que discurre el viajero de hoy, que no siempre acierta a explicarse la singular fisonomía de la ciudad que lo aloja. Quizá por eso es entre dos luces cuando la comprende mejor: cuando los estilos se resumen en los rasgos predominantes de la ciudad, cuando se puede suponer que, al día siguiente, al retornar la claridad, despertará la vida que comenzó a declinar hace cinco siglos sin que, empero, haya desaparecido el testimonio de la creación de aquellas burguesías orgullosas y emprendedoras que hicieron su grandeza.

Hoy parece que volverá la vida a la vieja Brujas. No sólo la vivificará la ola de los turistas presurosos, sino también la localización de nuevas industrias en su área de influencia. ¿Qué será de Brujas? Acaso un día la rodee una ciudad moderna, y el casco antiguo perdurará como testimonio silencioso de un pasado esplendor interrumpido durante largos siglos.

El desarrollo de la ciudad latinoamericana. 1972

Herederas inequívocas de la cultura europea, las ciudades latinoamericanas fueron, y siguen siendo, los núcleos más activos de la vida del continente. En las extensas superficies que cubrió la colonización española y portuguesa, las zonas rurales fueron concebidas como áreas productoras de riqueza; las ciudades, en cambio, fueron pensadas como ámbitos civilizados y como centros difusores de civilización a la manera europea. Esta actitud de las metrópolis signó muy marcadamente, por mucho tiempo y acaso de manera definitiva, la relación entre campo y ciudad en Latinoamérica. La explicación de esa actitud, y de la política que implicaba, debe buscarse en el significado que suponía la experiencia urbana en la Europa colonizadora. Para la época de la conquista esa experiencia tenía cuatro o cinco siglos de elaboración, puesto que arrancaba de la gran explosión urbana del siglo XI que renovaría, poco a poco, la estructura socioeconómica, política y cultural de Europa. Apoyada en ella los países colonizadores repitieron en Latinoamérica el proceso de urbanización, pero ahora según un designio que respondía a los resultados de esa experiencia, elaborados y resumidos en un conjunto de nociones consideradas indiscutibles. La ciudad era, para los colonizadores, el instrumento eficaz no sólo para asegurar la posesión del territorio y la explotación de las riquezas, sino también para construir las sociedades colonizadoras y mantenerlas dentro del sistema cultural propio de la metrópoli.

Fueron, pues, fundadas en función de un designio. Pero, inevitablemente, las ciudades latinoamericanas evolucionaron según el juego de las circunstancias y las exigencias de la estructura socioeconómica. Así, sólo en ocasiones conservaron las líneas de desarrollo que su fundación les había impuesto, en tanto que la mayoría de las veces —excepto en casos de estancamiento flagrante— las modificaron para adecuarse a las condiciones que les fijaba el medio regional y, sobre todo, a las características propias del mundo en el que estaban insertas.

Por eso puede hablarse de un desarrollo original de la ciudad latinoamericana, desde el siglo XVI hasta hoy, que no repite el de la ciudad europea del mismo período. Es un desarrollo complejo, en el que por una parte se advierte la línea que expresa su condición dependiente de Europa y por otra la que revela sus tendencias autónomas. En su conjunto ese desarrollo se manifiesta a través de sucesivas etapas que, dejando de lado innumerables peculiaridades irreductibles, pueden tipificarse con cierta precisión. Un examen, tan somero como lo permite la extensión de este ensayo, puede ayudar a comprender la significación del mundo urbano latinoamericano.

La ciudad hidalga

Las fundaciones —a partir de La Isabela, en 1493— resultaron del propósito de los conquistadores de establecer bases tanto para su defensa como para la progresiva ocupación de la tierra y la explotación de las riquezas. Pero privaron distintos criterios, puesto que aparecieron diversas necesidades. Hubo ciudades que tuvieron funciones definidas y fundamentales desde un principio; casi todas comenzaron siendo fuertes, pero, además, unas fueron eminentemente puertos destinados a mantener las comunicaciones con España, otras mercados que enlazaban varias regiones, otras focos de grandes explotaciones rurales o mineras, otras sedes administrativas y políticas, otras, simplemente, puestos de etapa. Con el tiempo, y a medida que creció su magra población, muchas de ellas diversificaron sus funciones adecuándose a las exigencias y posibilidades que les imponía la región.

Lo que les dio a todas cierta semejanza fue, por una parte, su trazado, generalmente preestablecido, y por otra, su sociedad. Fuera de las ciudades a las que la topografía imponía sus reglas —como Guanajuato o Taxco— el trazado en forma de damero otorgó una fisonomía uniforme a casi todas. Y una fisonomía social uniforme también les otorgó la condición de hidalgo que obtuvieron los pobladores españoles, no sólo formalmente por gracia real, sino de hecho por la circunstancia de que constituyeron una sociedad fundada en el dominio de una población que le estaba sometida y le proveía de mano de obra gratuita. Este rasgo es, sin duda, el más importante. Para ese entonces, innumerables ciudades europeas habían adquirido una inequívoca fisonomía burguesa, y hasta se habían aburguesado vastos sectores de las aristocracias en un proceso que se combinaba con las tendencias aristocratizantes de las altas capas burguesas. Pero el efecto socioeconómico que produjo en España la abundancia de riqueza, capaz de estimular las tendencias hidalgas con los caracteres que muestra la novela picaresca, se produjo también en las ciudades latinoamericanas. Y a medida que se consolidaba el mundo mercantilista, a lo largo de los siglos XVI y XVII, se consolidaba también la imagen de la ciudad hidalga latinoamericana, de la que dan noticias muchas crónicas, pero sobre todo algunos testimonios literarios como los que se hallan en los diálogos latinos de Cervantes de Salazar, en El Carnero de Rodríguez Freyre o en El Periquillo Sarmiento de Fernández de Lizardi.

De la ciudad hidalga a la ciudad patricia

Excepto algunas ciudades que tuvieron rápido y transitorio crecimiento por circunstancias especiales —como Potosí, con motivo de la explotación de la plata del Cerro Rico—, casi todas se desarrollaron lentamente entre los siglos XVI y el XVII, y muchas involucionaron, fuera por la disminución del número de la mano de obra indígena o por ciertos fenómenos de crisis económica, locales en parte y en parte generalizados. Aun las grandes capitales virreinales, como México y Lima, acusaron ese ritmo, con ser la primera, junto con Salvador de Bahía, una de las más pujantes del mundo latinoamericano. Pero, en general, comenzaron a prosperar muchas de ellas en el siglo XVIII. El tiempo no había pasado en vano, y una ciudad es un complejo que necesita tiempo para definir su fisonomía, estabilizar su sociedad, dibujar su área de influencia y elaborar los rudimentos de su cultura urbana. Todo esto se hizo en las ciudades latinoamericanas durante los primeros siglos, lentamente, y los frutos de ese proceso quedaron a la vista en el siglo XVIII.

Para entonces, el mundo mercantilista había alcanzado su más alto grado de madurez. El imperio español declinaba, evidentemente, pero las rutas del comercio mundial, controladas sobre todo por Holanda e Inglaterra, habían generalizado un tráfico del que se beneficiaban, por cierto, Portugal y el Brasil, y que no tardaría en hacerse sentir sobre todo en el área española directa o indirectamente. El contrabando y el comercio negrero, así como la presión inglesa sobre el comercio español contribuían a dinamizar la vida de las ciudades latinoamericanas. A finales del siglo, esa presión era tan fuerte que el sistema monopólico debió ceder, y los puertos coloniales comenzaron a activarse vitalizando la vida económica general sin perjuicio de que, en ocasiones, trastornaran algunas economías regionales. Pero, en el conjunto, la activación fue el rasgo predominante, y muchas ciudades cambiaron su fisonomía.

La expresión más visible de ese cambio fue cierta transformación edilicia. La adhesión a la idea del progreso, que cuajaba en el siglo XVIII, se manifestó a través de una marcada preocupación por el embellecimiento de la ciudad, por la mejora de sus servicios, por el perfeccionamiento de su trazado. Virreyes progresistas, como Bucareli y Revillagigedo en México, Amat en el Perú o Vértiz en el Río de la Plata, renovaron sus capitales imprimiéndoles moderadamente algunas de las características de las ciudades barrocas europeas, como, ciertamente, había comenzado a hacer el marqués de Montesclaros en Lima en el siglo XVII. Algunas ciudades erigieron por entonces sus murallas, como Lima o Cartagena de Indias, perfeccionando sus viejas defensas militares contra los piratas, y en todas se notó una renovada preocupación por la salubridad, el alumbrado público y cuanto se relacionaba con el bienestar y la seguridad de sus habitantes. Una arquitectura más ambiciosa comenzó a aparecer en las ciudades ricas —puertos y capitales, sobre todo—, tanto privada como pública; catedrales e iglesias nuevas o renovadas, sobre todo donde no había habido ricos alardes barrocos o churriguerescos hasta entonces; palacios para las autoridades o para la Inquisición, conventos y palacios para las familias que alcanzaban la riqueza y con ella, a veces, el rango nobiliario.

Si la consolidación de esas clases caracterizó el cambio, más aún lo subrayó la aparición o crecimiento de otras. A la explotación de las riquezas naturales, en minas o plantaciones, vino a agregarse desde mediados del siglo XVIII una intensa activación del comercio, favorecido por la supresión del tradicional sistema de monopolio que habían impuesto originariamente las potencias coloniales. En poco tiempo crecieron las clases específicamente mercantiles, y el tono que supieron imprimirle a la actividad económica comenzó a desvanecer el matiz hidalgo de las ciudades. La riqueza constituyó el objetivo fundamental de las nuevas clases burguesas —como lo había sido de las antiguas clases hidalgas—, pero las ideas sobre la manera de alcanzarla variaron en poco tiempo. El lucro no pareció necesariamente unido a la idea de ocio aristocrático, y, por el contrario, el trabajo y la organización mercantil parecieron los medios válidos para alcanzarlo. La casa de negocios y su mostrador adquirieron una identidad antes insospechada, y las exigencias prácticas del mundo mercantilista se convirtieron en las reglas de las que no podía apartarse esta nueva burguesía que, en poco tiempo, pasó a ser la clase dominante de las ciudades.

A causa de este cambio, la diferenciación entre las grandes ciudades —puertos y capitales especialmente—, las medianas y las pequeñas se acentuó considerablemente: fueron aquellas las que acusaron toda la magnitud de la transformación que se operaba, en tanto que en muchas de estas subsistió un aire tradicional que algunas conservaron durante largo tiempo, como Cuenca, Trujillo, Popayán, Villa de Leyva o Puebla. En las grandes ciudades aparecieron las sociedades progresistas —como las de los “Amigos del país”—, circularon periódicos, funcionaron teatros, surgieron centros de estudio para estimular el conocimiento de la naturaleza, de la economía, de la arquitectura, de la minería, se abrieron cafés en los que se congregaban tertulias, se difundieron libros que exponían ideas modernas. Todo en pequeña escala, ciertamente, pero con los mismos signos que revelaban las ciudades burguesas de Europa. En el fondo, la nueva clase daba sus primeros pasos para imponer una nueva mentalidad, acorde con su concepción básica de la vida económica y social.

Empero, la declinante situación de las potencias coloniales —España y Portugal— imponía algunos límites a este progreso, y en mayor o menor medida esas burguesías divisaban otras circunstancias vigentes en el mundo, más favorables para desarrollar sus posibilidades. Como las débiles burguesías de sus metrópolis, también las de las ciudades coloniales comenzaron a acariciar la esperanza de escapar a aquellos límites. Fue, precisamente, en el seno de esas burguesías donde empezaron a constituirse los grupos inclinados a la independencia, o a una política que les permitiera insertarse en un mundo mercantil que, sin saberlo, acusaba la influencia tonificante de la Revolución Industrial. Esta opción modificó sustancialmente la actitud de las burguesías mercantiles; algunos grupos persistieron en sus preocupaciones exclusivamente económicas, en tanto que otros se deslizaron por el camino de una ideología que los condujo a una preocupación finalmente política. Fueron estos últimos los que impusieron su signo al nuevo patriciado que se constituyó con la Independencia.

La ciudad patricia

La Independencia puso a las ciudades en manos de ese patriciado. Con altos y bajos, sin duda, según las alternativas de la política, unas más y otras menos, según el grado de militancia; algunas animadas por el fervor jacobino de los grupos juveniles y otras movidas por la prudencia conservadora de los que no querían que el cambio llegara demasiado lejos. Pero en todas partes se constituyó un patriciado, esto es, un grupo surgido del seno de las clases acomodadas que tomó partido por algunas de las opciones que en el mundo convulsionado por la crisis napoleónica y la Revolución Industrial inglesa les ofrecía. No hay duda, sin embargo, de que fue en las capitales y en los puertos donde se hizo más notoria la presencia de esas nuevas minorías criollas.

Poco a poco se diferenciaron en el seno del patriciado grupos diversos que modificaron su fisonomía: gente de condición modesta empujada por el azar de la política, hombres a quienes las contingencias de la lucha llevaban de los campos a la ciudad, mestizos y mulatos que antes no hubieran tenido posibilidad alguna de ascenso. Así, complejo y renovado, el patriciado urbano debió afrontar el problema del nuevo papel que la independencia otorgaba a las ciudades. Fueron estas el botín de los bandos en pugna, porque todos quisieron participar de los refinamientos que prometían. Pero, sobre todo, fueron el objeto de una disputa acerca de su función, tanto frente al mundo rural como frente a la presión de los países exportadores de productos manufacturados que vieron en ellas promisorios mercados. Mundo rural y mundo urbano se transformaron en dos términos de una sociedad que buscaba un nuevo equilibrio. Y entre tanto, al calor de los conflictos, muchas ciudades vieron decrecer su población —como Caracas, que pasó de 50.000 habitantes en 1810 a 23.000 en 1823—, y cayeron en un estancamiento que se advirtió en su aspecto edilicio y en su actividad cultural.

También las clases medias y populares cambiaron de fisonomía. Las guerras civiles y la política provocaron ascensos y descensos que se combinaron con los que produjeron las nuevas oportunidades económicas que brindaban las circunstancias: el comercio de nuevos productos, el aprovechamiento del favor del Estado, el aprovisionamiento de los ejércitos. Y en la periferia de las capitales y los puertos, especialmente, se constituían los nuevos grupos populares de renovada fisonomía, como resultado tanto del cambio económico como del político.

Quizá Río de Janeiro fue la única capital que mejoró su fisonomía durante este período que se extiende desde la Independencia hasta la segunda mitad del siglo XIX. Capital imperial, trató de adquirir el aire de las cortes barrocas y lo logró en parte. Pero las otras tardaron decenios en salir de la crisis en que las sumió el cambio socioeconómico y político. La ciudad colonial perduró durante la etapa independiente, sin que pudieran advertirse sino pequeñas modificaciones hasta que promedió el siglo. A partir de entonces, y muy lentamente, las situaciones sociales comenzaron a estabilizarse en algunos países, se inició la era constitucional y con ella la organización política, y las corrientes económicas —de importaciones y de exportaciones— tonificaron la vida mercantil. El Martín Rivas del chileno Blest Gana representa un buen testimonio de esta mutación.

Poco a poco, el progreso industrial comenzaría a manifestarse en otra cosa que no fueran los productos extranjeros exhibidos en los almacenes. En algunas ciudades comenzó a instalarse el alumbrado público a gas, a correr tranvías a caballo, a pavimentarse zonas céntricas; y un día empezó a funcionar el ferrocarril, cuya primera estación se convirtió en un nuevo foco activo de la ciudad. Puertos, mercados, mataderos, plazas, cárceles, cementerios y hospitales eran los tradicionales. La estación de ferrocarril significó la implantación en el casco urbano de un verdadero monumento al progreso, y a su alrededor surgió una nueva aglomeración. Las ciudades comenzaron a crecer, y Lima derribó sus murallas en 1869, cuando alcanzaba los 90.000 habitantes. Buenos Aires doblaba por entonces ese número. Pero Buenos Aires estaba volcada sobre el Atlántico y comenzaba a transformarse en la gran exportadora de alimentos para la Europa industrial. Al calor de estas y otras actividades empezó a formarse en esas décadas una nueva burguesía, que iba a alterar la fisonomía de las ciudades en las postrimerías del siglo.

La ciudad burguesa

El rápido crecimiento de Buenos Aires después de 1880 se debió a la reactivación de su economía, a la nutrida inmigración europea, que multiplicó su población, a la nueva burguesía mercantil que se desarrolló al calor de las exportaciones de productos primarios. Fue el primer caso, y el más intenso, de transformación urbana, cuando Latinoamérica quedó inscrita en la periferia de los grandes países industriales. Pero no fue el único. Poco a poco, a partir de las últimas décadas del siglo XIX, muchos países iniciaron en diversa escala el mismo proceso —con el café, el guano, el salitre, el caucho y los metales— y la actitud exportadora que los enriqueció tuvo consecuencias visibles sobre todo en las capitales y los puertos. Algo más tarde, el petróleo cumpliría la misma función en las economías nacionales y en las ciudades. Puertos activos, vastos sectores obreros, nuevas clases medias en formación y ricas burguesías, que ejercieron tanto el poder político como el poder económico, cambiaron el aspecto de las viejas ciudades, que todavía conservaban casi intacta, sin embargo, la fisonomía edilicia de la colonia.

Fueron las nuevas burguesías las que marcaron el rumbo del proceso del cambio urbano. Devotas de la religión del progreso, imprimieron a la vida de las ciudades un carácter renovador. Clubes, restaurantes y cafés, bolsas mercantiles hirvientes de preocupaciones especulativas, teatros y salones lujosos fueron los escenarios de la nueva actividad de esta clase que soñaba con Europa y que elaboraba rápidamente una mentalidad cuya antítesis era no sólo la de la colonia sino también la de la época de la Independencia o de las guerras civiles. Su lema fue el “enriqueceos” que había formulado algunas décadas antes Guizot; y para hacerlo era necesario “menos política y más administración”, como repetía Porfirio Díaz en México, expresando el mismo pensamiento de “orden y progreso” que pregonaba la república brasileña o el de “paz y administración” que formulara Roca en Argentina. Y, ciertamente, al calor de gobiernos fuertes que ellas mismas se dieron, esas clases dirigentes promovieron la riqueza y se beneficiaron con ella. Pero, junto a la actividad económica, procuraron gozar de su poder y de sus fortunas. El lujo —insospechable en las modestas ciudades de treinta años antes— empezó a desbordar en las ciudades que veían aparecer la nueva arquitectura de las suntuosas residencias, palacios algunas veces, como las ciudades latinoamericanas no las habían visto desde el siglo XVIII.

Poco a poco empezaron a aparecer los nuevos barrios residenciales, hacia los que se inició el éxodo de las familias opulentas: en Montevideo hacia el Prado, en Buenos Aires hacia el barrio Norte, en Lima hacia el Paseo Colón, en Santiago hacia la Alameda, en Río de Janeiro hacia Catete o Laranjeiras, en México hacia la Colonia Roma. En una reiteración del proceso barroco, dos ciudades tendieron a escindirse en el seno de cada gran ciudad, y las clases medias y populares debieron aceptar su condición de inferioridad ostensible permaneciendo en los barrios que abandonaban las nuevas oligarquías. Los recientes sectores aristocráticos mostraban inclinación hacia una arquitectura generalmente de modelo francés que dio una nueva fisonomía a la ciudad. Las verjas, las mansardas de pizarra, las ventanas numerosas y los breves y cuidados jardines brindaron el testimonio inconfundible de una mentalidad europeizante reflejada en la manera de vivir.

En el fondo de esas transformaciones estaba el recuerdo vivo del faubourg Saint Germain y, en general, el del París del Segundo Imperio o, a veces, el del Londres victoriano. Aunque las nuevas clases opulentas no se conformaron con que su propia morada se pareciera a los modelos que imitaban. Quisieron que quedaran enmarcadas dentro del cuadro de una gran ciudad moderna, y no vacilaron en seguir, en mayor o menor medida, el ejemplo de Haussmann, que había renovado en el siglo XIX la furia demoledora del Barroco. Los afanes urbanísticos de las nuevas clases opulentas no se limitaron a la construcción de nuevos barrios exclusivos, sino que tendieron a la remodelación del casco antiguo de la ciudad que aún conservaba la fisonomía colonial. Grandes avenidas, paseos, plazas, edificios de vasta perspectiva surgieron tras las necesarias demoliciones, debidas a lo que se dio en llamar “la piqueta del progreso”. El modelo neoclásico presidió la nueva arquitectura pública, cuyas moles se erigieron junto a la modestia de las supervivencias coloniales o decimonónicas en flagrante contraste que denunciaba el cambio de la sociedad y de las tendencias. El alumbrado y los tranvías eléctricos, los autobuses después, acentuaron la transformación, a la que había contribuido la progresiva sustitución de los carruajes por los automóviles.

Pero quizá lo que más denotaba la profundidad del cambio fue el aumento de la población urbana. Casi todas las grandes ciudades crecieron considerablemente en población, gracias a la fuerte atracción que ejercía la riqueza y la posibilidad de ascenso económico y social que ella prometía. Las clases sociales aumentaron en número y diversidad, en unos casos por la inmigración extranjera, en otros por el éxodo rural, y en ocasiones por ambas causas. Y crecieron también las clases medias, porque la ciudad promovía una intensa movilidad social en virtud de las oportunidades económicas que brindaba. Fue precisamente esta movilidad social, y las tendencias de los grupos antes marginados del poder a participar en él, lo que invitó a las clases altas a sostener a los gobiernos fuertes y, en ocasiones, dictatoriales, para prevenir sus consecuencias políticas.

Figuras representativas de esos regímenes fueron Porfirio Díaz en México, Estrada Cabrera en Guatemala, Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez en Venezuela. Sólo las oligarquías seguras y eficaces —como las de Argentina y Brasil— conservaron las formas del sistema democrático. Pero los dictadores, efímeros o duraderos, impusieron un tono singular a la vida política. Sus capitales fueron cortes montadas no sólo sobre un vigoroso aparato represivo sino también sobre una clase cortesana. Por su influencia se hacían y deshacían fortunas y bajo su protección se alcanzaban los más altos honores: Miguel Ángel Asturias, en El Señor Presidente, ha recogido la imagen de esa singular estructura de poder propia de una sociedad en brusco cambio.

Fuera de las capitales y los puertos, la gran mayoría de las ciudades fueron alcanzadas sólo muy lentamente por los efectos del cambio. Algunas se mantuvieron largo tiempo, o aún se mantienen, casi insensibles a él, y otras comenzaron a evolucionar muy lentamente como resultado de los efectos indirectos que les llegaban desde los grandes centros de difusión. Pero algunas se transformaron rápidamente por estar vinculadas con alguna de las nuevas formas de explotación; así, San Pablo y Manaos en el Brasil, vinculadas al café y al caucho respectivamente, de las cuales la segunda dio el extraordinario espectáculo de su modernización en contraste con el ambiente de la selva amazónica en que está enclavada.

Tanto la vida cultural como la vida política de las ciudades comenzaron a activarse lentamente como consecuencia de los cambios sociales y económicos. Universidades y colegios, teatros y más tarde cinematógrafos, periódicos y revistas, sociedades literarias y científicas, bibliotecas y museos empezaron a organizarse o a aumentar en número impulsados por la creciente población y, sobre todo, por el mayor desarrollo de las clases medias. En los cenáculos literarios, saturados de la nostalgia de los cafés de París, nació el modernismo que ilustraron Rubén Darío, José Asunción Silva, Julián de Casal, Julio Herrera y Reissig o Leopoldo Lugones; y allí nació también la novela naturalista. De esta, una buena parte se caracterizó especialmente por su descubrimiento de la ciudad. El mexicano Gamboa no vaciló en aplicarle el símbolo dantesco de la prostituta en su novela Santa; el argentino Julián Martel describió en La Bolsa la afiebrada actividad mercantil de Buenos Aires; el brasileño Aluisio Azevedo presentó en El conventillo la vida de las clases bajas de Río de Janeiro.

Fueron las clases medias también las que promovieron la activación de la vida política, cuando revelaron que aspiraban a consumar su ascenso participando en ella. En Lima, Montevideo, Santiago y Buenos Aires, el fenómeno fue notorio ya al finalizar el siglo XIX. Frente a las oligarquías comenzaron a organizarse movimientos renovadores que levantaban la bandera de la democracia para oponerse a los gobiernos minoritarios que les cerraban el paso, y en algunos casos lograron desalojarlos del poder. Las clases medias, en rigor, fueron las vanguardias; pero poco a poco integraron en sus filas a vastos sectores de las clases populares que se sumaron a sus reivindicaciones, aunque algunos pequeños grupos prefirieron la formación de sindicatos y de partidos definitivamente obreros. Pero fueron las clases medias las que empezaron a lograr cierta representatividad. Las clases populares, en cambio, debieron aguardar su turno: después de 1930, estas estaban decididamente dispuestas a irrumpir en la vida política, como las ya grandes ciudades latinoamericanas comenzaban a acusar algunos de los rasgos de la ciudad de masas.

La ciudad de masas

Diversos factores se combinaron para que esos rasgos aparecieran. El ajuste de la economía mundial que siguió a la Primera Guerra repercutió sobre los países latinoamericanos, que constituían la periferia de los grandes países industrializados. Hubo expansiones y retracciones, se organizaron nuevos circuitos económicos y se desarticularon otros, en tanto que variaba el origen y la manera de operar de las inversiones extranjeras. Mucho influyó en el cambio la nueva economía del petróleo y, poco a poco, la incontenible tendencia que apareció en varios países de impulsar el proceso de su industrialización. Todo esto debía incidir rápidamente sobre el mundo urbano.

Sometidas a nuevas incitaciones económicas, las ciudades respondieron aceptando el reto y constituyéndose muchas de ellas en focos de una renovada actividad. Nuevas perspectivas de producción y, con ellas, nuevos horizontes abiertos para los sectores terciarios, hicieron de las ciudades poderosos centros de atracción para las poblaciones rurales, que iniciaron el éxodo hacia ellas. Rápidamente aumentó el número de la población urbana en tanto que la rural disminuía; y el equilibrio entre un sector y otro se alteró sustancialmente en pocas décadas: los campos comenzaron a despoblarse paulatinamente, pero las ciudades crecieron con gran rapidez; la concentración demográfica tornaba visible la mutación que, por lo demás, se manifestaba por sus consecuencias. Ciertamente, el fenómeno no era exclusivo de Latinoamérica, pero en ella adquirió singular significación.

Desde entonces en algunas ciudades se desencadenaron procesos socioeconómicos, políticos y culturales no sólo de gran intensidad sino también extremadamente acelerados. La ciudad en rápido crecimiento se transformó en un problema grave que adquirió cada día mayor importancia, a medida que descubría todas sus facetas: la insuficiencia de su infraestructura para responder a las demandas del creciente número de usuarios, la presencia de grupos sociales nuevos que entraban en conflicto virtual con la vieja sociedad, la formación paulatina de viejas subculturas urbanas con peculiaridades propias y tendencias disidentes. Pero a tan variada gama de problemas sólo pareció posible responder con la atención de las necesidades más primarias y urgentes, con soluciones urbanísticas que atendían sólo a las cuestiones suscitadas por el espacio físico.

En rigor, tales problemas se hicieron patentes, sobre todo, en las grandes megalópolis: San Pablo, Caracas, México, Buenos Aires; también en las ciudades que, sin alcanzar tal magnitud, tuvieron un crecimiento vertiginoso. En distintos niveles, su número ha sido considerable, y la dimensión de los problemas no se mide en términos absolutos sino relativos y teniendo en cuenta la situación a partir de la cual se ha desencadenado el cambio. Así, por ejemplo, en los casos de Bogotá, Medellín, Cali, Guadalajara, Monterrey, Maracaibo, Córdoba, La Habana o San Juan de Puerto Rico. Pero como los motivos de la atracción son muy concretos, allí donde no aparecen el crecimiento es muy reducido y a veces no existe, con lo cual la diferenciación entre las grandes ciudades y las medianas o pequeñas se acentúa, no sólo cuantitativamente sino también cualitativamente, puesto que en las últimas subsisten culturas urbanas muy tradicionales. Esta contradicción se extrema en pequeñas ciudades que parecieran no haber registrado sino levísimas transformaciones a lo largo del siglo XIX y que ofrecen el aspecto de ciudades detenidas.

Los casos llamativos son, naturalmente, los de las ciudades que han sufrido cambios importantes y rápidos. En ellas puede hablarse, sin discusión, de la formación de nuevas sociedades, fenómeno propio del proceso general del mundo industrializado, pero que en Latinoamérica tiene matices peculiares. Sociedades urbanas que mantenían hasta hace poco una estructura casi colonial han sido transformadas por aceleradas manifestaciones de ascenso o diferenciación de grupos. En la organización de nutridos y crecientes sectores de clase media, diversificados en numerosos subsectores de matices a veces imponderables, destaca la entrañable relación de la cultura urbana con los sectores terciarios de la economía y proporciona a la ciudad una masa plástica de consumidores que son, a la vez, creadoras de formas originales de vida. Pero el fenómeno de la formación de las clases medias es, con todo, el menos significativo de esta etapa del cambio de las sociedades urbanas, puesto que reitera un proceso ya desencadenado sin que se puedan anotar variantes demasiado profundas. No pasa así, en cambio, con las clases altas y las clases populares.

Supérstites de viejas situaciones, los sectores tradicionales de la clase alta son los que más han acusado el golpe. Como en todas partes, la masificación de las minorías se hace patente en las ciudades multitudinarias, y afecta sobre todo a esos grupos que no sólo ostentaban su carácter tradicional y minoritario sino que cultivaban también cierto dejo de aristocracia. Esto último es lo que más claramente ha entrado en crisis, puesto que, a su lado, otras élites que se han constituido se conjugan mejor con las nuevas situaciones sociales y económicas. Nuevos grupos de alto nivel de ingresos, de origen vario y estrechamente vinculados a nuevas actividades en plena vigencia, comparten con las nuevas élites tecnológicas la función directora en las grandes ciudades, que han llegado a serlo por el nivel de su actividad económica. El juego entre esos sectores de las clases altas adquiere particular significación en las ciudades latinoamericanas por la sobrevida que aquellos grupos tradicionales han tenido en virtud del lento desarrollo que en muchas partes tuvieron las burguesías urbanas.

Pero la transformación más importante en la estructura de las sociedades urbanas se da, en las grandes ciudades, en el seno de las clases populares. Es ese sector el que aumenta considerablemente como resultado tanto del crecimiento vegetativo como de las migraciones internas. El primer dato se relaciona con el boom demográfico general, y el segundo con el cambio de las estructuras económicas. Pero ambos factores concurren para volcar sobre las grandes ciudades una masa de población extremadamente numerosa que, además, roza los límites de la anomia. Ciertamente, hay en su seno sectores muy integrados; pero los que prestan su carácter más típico a las sociedades multitudinarias son, precisamente, los sectores que se sitúan en los bordes, tanto sociales como físicos, de las ciudades. Son sectores marginales, cuyos miembros no encuentran dentro del sistema manera de individualizarse: tal es el sentido de las irrupciones políticas de octubre de 1945 en Buenos Aires o el de abril de 1948 en Bogotá. Sin duda también operan multitudinariamente las clases medias y aun las clases altas, todas obsesionadas por encontrar reductos exclusivos, formas de comportamiento y de lenguaje que las diferencien, objetos que denoten su posición social. Pero en tanto que muchos de los miembros de esos sectores lo logran —al menos por algún tiempo y en relación con el juicio de los grupos cuyo consentimiento buscan—, los miembros de las clases populares se estrellan contra el sistema y se refugian en una irracionalidad que parece ofrecerles respaldo.

En el juego de estos sectores se constituyen poco a poco las nuevas culturas urbanas de las grandes ciudades latinoamericanas. Su principal rasgo es precisamente ser culturas multitudinarias, y en consecuencia signadas por la despersonalización y la irracionalidad. Los llamados medios masivos de comunicación necesitan, en cuanto empresas lucrativas, ajustarse a las expectativas de las masas a las que sirven, y contribuyen a alimentar aquellas tendencias, puesto que el mayor número se establece según el más bajo nivel. Y la apelación al consumo que en cierto modo trabaja en favor de una mejora de las condiciones de vida de los que son consumidores posibles, deteriora la situación relativa de los que no pueden serlo y agrega a la despersonalización y a la irracionalidad una considerable cuota de resentimiento. Inmenso escaparate de las situaciones sociales, la gran ciudad elabora dentro del sistema una cultura urbana que no expresa sino anhelos frustrados, sentimientos primarios y tendencias elementales. No faltan, sin embargo, los productos sofisticados, en los que ese cauce torrencial se canaliza a través de formas intelectuales que intentan sublimar su contenido y adecuarlo a los márgenes de disidencia tolerables dentro del sistema.

La contradicción que irrumpe en esta sociedad se manifiesta inequívocamente en el desarrollo físico de las ciudades. Los recursos económicos y las posibilidades tecnológicas, así como ciertas exigencias de prestigio, contribuyen a transformar la fisonomía de las ciudades. Las grandes obras públicas —autopistas, aeropuertos—, la arquitectura pública y privada han terminado por romper el casco antiguo de muchas ciudades. Empero, a medida que crece el número de los rascacielos y de la edificación de lujo en los barrios residenciales, la gran ciudad ve crecer el número y el tamaño de las subciudades, que en cada lugar se designan con nombres diferentes: barriadas, cayampas, villas miseria, rancheríos. Hay ciudades como Caracas, materialmente sitiadas, y cuya imagen física es la de un núcleo poderoso rodeado por un cinturón miserable.

La ciudad física siempre ha sido reflejo del sistema. Si algo ilustra sobre la situación latinoamericana es la fisonomía de sus grandes ciudades.

Bogotá en el siglo XIX. 1972

Tranquila y recatada, Bogotá duerme la noche del 8 de agosto de 1819. Por la calle Real llega Martínez de Aparicio, sin detenerse casi en la Plaza Mayor, para despertar al virrey Sámano que duerme. La noticia es tremenda: sus tropas han sido derrotadas en el puente de Boyacá por el insurrecto Simón Bolívar, cuyas tropas ya marchan sobre la capital. Cunde la confusión y el miedo. La voz va corriendo entre los chapetones, y cada uno recoge lo que mejor puede para huir a toda carrera. Cuando el virrey Sámano reacciona, él también huye a todo correr; y cada vez que manda a los suyos que espoleen a sus caballerías los amenaza con que han de alcanzarlos “esos cobardes”. La ciudad despierta. La Plaza Mayor se puebla de gente. Ahora acabó la época del Terror que desencadenara tres años atrás el feroz Morillo.

El 10 de agosto, casi solo, llega Bolívar en traje de campaña. Las lágrimas de los criollos no les dejan ver la fisonomía del triunfador. Se grita, se baila, se llora en la Plaza Mayor. La libertad merece una fiesta. Y el 18 de septiembre los libertadores serán coronados mientras lloran las esposas y los hijos de los mártires. Entonces Bogotá empieza su historia como capital de la Gran Colombia.

De la fundación a la Independencia

Casi tres siglos antes —en 1538— la había fundado un licenciado, Gonzalo Jiménez de Quesada, y quizá por eso fue siempre Bogotá ciudad de letras y de leyes. Ricos encomenderos, funcionarios y clérigos, mercaderes y gentes de baja condición constituyeron la primitiva sociedad, de cuyas aventuras guardó recuerdo, en El carnero, Juan Rodríguez Freile, un clérigo zumbón de principios del siglo XVII. Ya para entonces comenzaban a abundar los mestizos, signo de una sociedad dinámica.

El marco urbano era modesto. Poco más de 150 manzanas de escasa edificación se diluían hacia la sabana, a partir del centro más compacto formado alrededor de la Plaza Mayor y encerrado por dos ríos: el San Francisco y el San Agustín. Más allá de ellos, los conventos que les dieran nombre, y cuyas iglesias son joyas de la arquitectura colonial, ricas en tallas y retablos barrocos, como las de Santa Clara y la Tercera. Y sobre sus muros —como en los del Sagrario— abunda la pintura, en la que se destaca el eximio Gregorio Vásquez Ceballos.

Monótona y devota, la vida de Santafé de Bogotá transcurría mansamente sin otras inquietudes que las de la vida pueblerina. Sólo en el siglo XVIII se animó un poco al instaurarse definitivamente el Virreinato en 1739. La Real Audiencia, el Cabildo, el palacio de los Virreyes y la catedral daban movimiento a la Plaza Mayor, en cuyo centro se erguía el Mono de la Pila, de cuyas aguas se proveían las aguateras que servían a las linajudas familias de las vecindades. Las tiendas —pequeñas y modestas— abundaban en la Calle Real, hoy Carrera Séptima, alternando con las casas particulares, generalmente de tapia pisada salvo algunas de piedra, como la que, en otra calle, levantó el marqués de San Jorge. Fue éste el más empingorotado de los vecinos, y tenía uno de los pocos coches de la ciudad, como el señor Virrey y el señor Arzobispo; pero no era fácil ir en coche por Santafé, entre los charcos y los montones de desperdicios. Como decía el señor Virrey, sólo había cuatro agentes encargados de la limpieza de la ciudad: las gallinas, la lluvia, los burros y los cerdos.

Tanto les daban a los buenos santafereños los disturbios de los comuneros en los pueblos de Tunja como las sospechosas salidas del virrey Solís por la puerta excusada del palacio en busca de aventuras: todo era bueno para el palique de las tertulias aseñoradas, mientras se bebía la tradicional taza de chocolate. Pero un día una noticia conmovió a todos: Morales y Llorente —un criollo y un chapetón— se tomaron a bofetadas en la esquina de la Plaza Mayor y el pueblo comenzó a pedir Cabildo Abierto. Era el 20 de julio de 1810. Ciertamente, el ambiente estaba preparado. Nariño publicaba la Declaración de los derechos del hombre en su pequeña imprenta de la plazuela de San Carlos; el sabio Caldas reunía a los patriotas en el Observatorio Astronómico; la gente leía las gacetillas dando cuenta de la desesperada situación española. Todos sabían que también la colonia sufría graves males, como Camilo Torres lo había probado en su valiente alegato. Y ahora era el momento de corregir lo andado.

Hubo Independencia, y Santafé quiso ser la capital de la nueva nación; pero otras regiones neogranadinas cuestionaron esa autoridad, y hubo guerra entre centralistas y federalistas. Nariño y Torres encabezaban en Santafé los grupos adversos. Fueron los seis años de la “Patria Boba”, que terminaron trágicamente el día que llegó Morillo, el “Pacificador” que instauró la “época del Terror”. Entonces empezaron los suplicios y los fusilamientos de los patriotas, hasta el día en que Bolívar venció en Boyacá: por eso lo acogieron los alborozados santafereños como libertador, sin poder contener las lágrimas.

La capital de la Gran Colombia

Seguro de su autoridad, Bolívar organizó con Colombia y Venezuela el nuevo estado de la Gran Colombia, a la que el Congreso de Cúcuta proveyó de una constitución en 1821. Bolívar fue el presidente y Santafé fue la capital. Pero el libertador no tenía reposo, y el gobierno quedó en manos de otros, de Santander especialmente, cuyas ideas políticas se deslizaban cada vez más hacia el liberalismo en tanto que las de Bolívar adquirían una tendencia conservadora. Bogotá fue el teatro de esa disputa, de la que nacieron los dos partidos tradicionales de Colombia. Los periódicos y el Congreso fueron los vehículos de la polémica, en la que se enzarzaron todos los grupos de una sociedad que cambiaba. Ahora había un nuevo patriciado criollo que prosperaba gracias al comercio, y se lo vio reunido en el banquete que los señores Arrublas ofrecieron en 1823: el vicepresidente brindó por “el inmortal Bolívar”, y el capitán Cochrane, por la “prosperidad del comercio de Colombia, y porque marche en armonía con el comercio de Inglaterra”. También comenzaron a prosperar algunas manufacturas, y Santander se mostró partidario del proteccionismo. Pero el comercio importador creció en fuerza y vigorizó a la clase alta bogotana, que comenzaría a ver en los artesanos a sus adversarios políticos. conservadora y tradicionalista, asistió orgullosa a la consagración de la nueva catedral en 1823; pero mantenía sus costumbres modestas, y pudo verse a un ex ministro de Relaciones Exteriores retomar la vara de medir en su tienda para atender a sus parroquianos al día siguiente de su renuncia.

Lo importante para ella era conservar el orden —el orden colonial— y contener la movilidad social que desencadenó la Independencia. Por eso se opuso a los liberales y, un día de tremenda crisis, azuzó a Bolívar para que asumiera la dictadura.

Fue en julio de 1828. En septiembre, instalado Bolívar en el palacio de San Carlos, un grupo de exaltados intentó asesinarlo. Pero lo salvó la “amable loca”, su amante doña Manuela Sáenz, que vivía enfrente y arrostró el peligro mientras el Libertador escapaba por una ventana. La situación se ponía tensa. No mucho después Bolívar se presentó al Congreso para renunciar a su mando y entregó el poder a Sucre. Bogotá vio partir al Libertador el 8 de mayo de 1830 hacia Santa Marta. Y el 17 de diciembre se enteró de su muerte, que marcó el fin de la Gran Colombia y dejó paso al estado naciente, que debía buscar su destino.

De los conservadores a los liberales

Bogotá se cargaba de recuerdos. Una experiencia muy intensa había dejado sembrados muchos rincones con reminiscencias imborrables. Pero más intensa aún sería la experiencia de los veinticinco años que siguieron a la muerte de Bolívar. La política obsesionaba a los bogotanos y los dividía. A Santander siguió en el gobierno Márquez, y se afirmaron los conservadores mientras que los liberales comenzaban a dividirse. Un día de 1840, Santander fue acusado cruelmente en el Congreso, y poco después moría para acusar a sus acusadores. La polémica saltaba electrizada en la Plaza Mayor, en Santo Domingo, en cada casa, azuzada por los periódicos y por la vibrante oratoria de los repúblicos.

Una revolución puso en peligro a la ciudad: “¡Los liberales!”; y la ciudad se puso en pie. Se aprestó a la defensa el general Neira, que contuvo a los invasores al precio de su vida. Y poco después fue ungido presidente el general Herrán, que designó ministros a Rufino Cuervo y a Manuel Ospina, flor y nata del conservadorismo. Enseguida se dispuso el retorno de los jesuitas y en 1843 fue sancionada una nueva Constitución. Los conservadores se afirmaban. Pero entre bastidores comenzaba a moverse el hombre que sacudiría la calma bogotana. Era de Popayán y se llamaba Tomás Cipriano Mosquera.

También él era conservador; pero su personalidad y sus ambiciones lo impulsaban a promover novedades. Su ministro Florentino González desencadenó, entre intensos debates, una importante reforma económica, mientras toda la acción de gobierno se dirigía a promover una modernización del país. Los conservadores se sintieron amenazados; y con razón, porque la nueva apertura política estimuló la rama radicalizada del liberalismo y, sobre todo, la formación de las “sociedades democráticas” que agrupaban a los artesanos y a muchos liberales sacudidos por el aura de las revoluciones europeas de 1848.

Los resultados de la agitación se vieron al renovarse el mando presidencial. Bogotá vivió el 7 de marzo de 1849 uno de sus días más intensos. Se elegía presidente en la iglesia de Santo Domingo, y allí estaba el joven José María Cordovez Moure que, en sus Reminiscencias de Santafé y Bogotá, ha dejado testimonio de las peripecias de ese día. En medio de una gran tensión fue elegido el candidato liberal, el general José Hilario López, y todos tuvieron la sensación de que empezaba una nueva era. Y fue cierto, porque los años que siguieron fueron agitados, con violentos enfrentamientos del “pueblo de ruana” y el “pueblo de levita”, encabezados estos últimos por los “cachacos” que constituían la juventud dorada bogotana. En medio de esa agitación, otra vez fueron expulsados los jesuitas y se produjo la liberación de los esclavos; pero ni el general López ni su sucesor, el general Obando, se atrevieron a extremar su política y Bogotá vio cómo se formaba una desusada coalición de liberales radicalizados —los “draconianos”—, de artesanos agrupados en las “Sociedades democráticas” y de militares populistas encabezados por el general Melo. Un día el general se alzó con el poder en medio del alborozo de sus partidarios y del terror de sus enemigos. La capital quedó en sus manos; pero todos sus adversarios —conservadores y liberales— se unieron contra él y entraron en Bogotá, a la cabeza del ejército constitucional, el 4 de diciembre de 1854. Herrán y Mosquera, Márquez y López se abrazaron esa tarde al pie de la estatua del Libertador en la Plaza Mayor.

La sociedad urbana

Los enfrentamientos sociales y políticos revelaban que la sociedad tradicional había cambiado: crecía una difusa clase popular preferentemente mestiza, crecía una clase artesanal diversificada, crecía una clase media compuesta de comerciantes, profesionales y burócratas, y se diversificaba la clase alta tradicional ante las nuevas incitaciones de la economía y la política. Pero la clase alta seguía dando el tono a la vieja Bogotá, modesta y señorial a un tiempo.

En las vecindades de la Plaza Mayor se levantaban sus moradas, viejas casonas coloniales sin ostentación. Sus miembros acusaban distintos orígenes: descendientes unos de viejos encomenderos o de funcionarios coloniales, terratenientes, militares; comerciantes enriquecidos otros, que no desdeñaban alternar el mostrador con el estrado ministerial o el curul legislativo. Y muy politizados, simpatizaban los primeros con los conservadores y los segundos con los liberales. Pero sus hábitos cotidianos y sus formas de vida se parecían mucho. La clase alta cultivaba la tertulia elegante y espiritual, en la que la conversación banal alternaba con los tópicos literarios y políticos. Entretanto, bebían los invitados en sus ricas tazas: el chocolate en la época de la Patria Boba, el café durante la primera presidencia de Mosquera, el té más tarde, cuando la moda inglesa empezó a modificar la vida ciudadana. Las tres tazas, precisamente, se llama el cuadro de costumbres en el que describió el cambio de las épocas el escritor José María Vergara y Vergara.

Era éste hombre de gran prestigio, y a su alrededor se desarrolló la vida literaria a partir de 1858. La peña se llamaba “El mosaico” y en ella obtuvieron su consagración Jorge Isaacs, el autor de María, y Eugenio Díaz, el autor de Manuela, dos novelas rurales escritas desde la ciudad. Allí se hablaba, sobre todo, de literatura; pero en el “Altozano”, frente a la catedral y mirando a la Plaza Mayor, se reunían los patricios a hablar no sólo de literatura, sino también de política: era el gran mentidero bogotano, protegido por la estatua de Bolívar que se levantaba en la plaza desde 1846, y enmarcado a medias por el edificio a medio construir del capitolio, que el general Mosquera había encargado al arquitecto inglés Reed para comenzar la renovación de la ciudad.

Muy cerca estaban los grandes colegios —el de San Bartolomé, y más allá el del Rosario— donde brillantes profesores enseñaban vieja y nueva ciencia. Pero a pocos metros se divisaban las chicherías, en vivo contraste. Allí se reunía la gente del pueblo, un pueblo sacudido en aquellos días de mediados del siglo por profundas inquietudes políticas y sociales. Eran artesanos y operarios, muchos de los cuales estaban por allí de paso, porque habitaban los barrios suburbanos de Las Nieves y de San Victorino, del otro lado del río San Francisco. La vestimenta los identificaba, porque seguían usando la ruana y el sombrero redondo mientras los patricios ostentaban la levita y el sombrero de copa. Y los diferenciaban también las ideas políticas, porque las clases populares se mostraban muy decididas a sacudir el peso de la tradición colonial.

La radicalización de las clases populares tenía mucho que ver con el desarrollo de la economía. La subsistencia de los mayorazgos y el ejercicio del monopolio de algunos productos fundamentales como el tabaco y el azúcar aseguraban una posición predominante a las clases altas; y entretanto, un activo comercio de importación favorecía desde 1830 a los comerciantes capitalinos. Pero los artesanos se empobrecían y los trabajadores sin oficio sentían, además de su inferioridad social, una tremenda opresión económica. Aparecían las industrias —loza, vidrio, tejidos, papel—, pero la competencia las arruinaba. Y en medio de esas dificultades crecían las tensiones políticas y las disputas por el poder entre los patricios, en las que las clases populares eran carne de cañón.

La capital de un país federal

Las agitadas luchas de la década del cincuenta promovieron un cambio importante, no sólo desde el punto de vista social, sino también en cuanto a la organización del país. La liberación de los esclavos y la remoción de viejas tradiciones coloniales, tanto económicas como administrativas, hicieron de Bogotá una ciudad sacudida por la inquietud. En respuesta, ni los conservadores quisieron ser tan conservadores ni los liberales quisieron quedarse dentro de sus propios límites. Por eso el gobierno conservador de Mariano Ospina fracasó pese a las concesiones que hizo al redactar la Constitución de 1858. Se veía que el ambiente era para los liberales y favorecía la tendencia federativa. Más audaz, el general Mosquera, antiguo conservador, tomó esas banderas y se lanzó a la revolución. Y tras corta batalla, entró en Bogotá el 18 de julio de 1861.

Desde entonces y hasta 1867 gobernó, por sí mismo o por medio del doctor Murillo. El liberalismo federalista de Mosquera se acentuaba, y bajo su inspiración quedó sancionada la Constitución de Río Negro, en 1863, que creaba los Estados Unidos de Colombia. Fue un período de gobierno personalista que creó malestar en Bogotá, muy sensible a la libertad política. No sólo los conservadores sino también los radicales se enfrentaron a él; pero Mosquera contaba con la masonería, cuyo “Grande Oriente Colombiano” instaló solemnemente el 24 de junio de 1866: del palacio San Carlos salió vestido con el traje de Gran Maestre, Grado 34, para presidir la ceremonia, ante la mirada atónita de los devotos bogotanos. Poco después el presidente ordenó demoler el altar mayor de Santo Domingo para que el recinto sirviera de sede a la Cámara de Representantes; y en uniforme de general, abrió las sesiones hablando desde el púlpito. ¡Era el demonio!

Unos y otros conspiraron contra él y el 23 de mayo de 1870 lo apresaron en la cámara del palacio San Carlos, mientras dormía. Bogotá respiró, pero no recuperó la tranquilidad política. Los presidentes se sucedieron hasta 1880, militares y civiles, todos débiles y trabados por las tendencias dispares de los estados provinciales.

El experimento federal fracasaba. La expansión de la economía produjo graves crisis financieras y el consiguiente malestar; pero al calor de esa expansión económica se modernizó el país. Aparecieron los ferrocarriles, el telégrafo; se creó el Banco de Bogotá en 1871 y el de Colombia en 1875; y aunque la ciudad misma no se modernizaba, crecían los negocios y las fortunas de los comerciantes.

Fueron las exportaciones de tabaco las que robustecieron la economía de la nación y las que hicieron circular el dinero. La sociedad acentuaba su modesta transformación, y la ciudad se sentía orgullosa de sus 130.000 habitantes. Pero apenas crecía en extensión y sus casas mantenían el viejo aire colonial. Bogotá sabía que, aislada del mar, estaba preservada de influencias muy profundas, y gustaba de ahondar en su propia personalidad. El costumbrismo literario describía prolijamente las costumbres vernáculas e identificaba el tipo del “cachaco”, hijo de familias distinguidas, el del burgués en ascenso o el del hombre de pueblo fiel a su tradición aunque hubiera absorbido algunas ideas modernas. Rufino José Cuervo identificaba las formas del habla local en sus Apuntaciones críticas al lenguaje bogotano. Y a nadie extrañaba que aún se dieran serenatas bajo los balcones.

El lenguaje era un culto. Un poeta como Julio Arboleda, jugado en la política, merecía la admiración de sus adversarios. Los clásicos antiguos y los españoles estaban en los labios de los patricios bogotanos, que un día se reunieron para constituir la Academia Colombiana de la Lengua, en 1871. Y desde el “Altozano”, desde la tribuna parlamentaria o desde la cátedra, la rica oratoria fluía como un rito.

Crisis del federalismo y modernización

La era federal terminó con el gobierno de Rafael Núñez y la Constitución de 1886. Un orden férreo facilitó el progreso material y Bogotá comenzó a crecer, y aún más después de la guerra civil de principios del siglo XX y el gobierno del general Reyes. Primero abrazó el barrio de Chapinero y luego siguió implacable hacia el norte, estableciendo barrios residenciales y abriendo vastas avenidas. Después de la Segunda Guerra Mundial, Bogotá creció como pocas ciudades de Latinoamérica. Hubo desarrollo industrial, éxodo rural y aglomeración urbana. Aparecieron los rascacielos, las urbanizaciones —como la ciudad Kennedy— y los rancheríos. Todo anuncia el proceso continuado de una ciudad moderna, hasta la delincuencia de los adolescentes y el tráfico de las drogas.

Pero nadie se engaña en Bogotá: persiste la vieja ciudad escondida, quizá no en su arquitectura o en sus calles, pero sí en sus costumbres y en sus ideas. Sólo las nuevas clases —las que se hicieron notar los días del “bogotazo” de 1948— han empezado a dibujar el perfil de una Bogotá nueva, menos provinciana y más sometida a las duras condiciones del mundo contemporáneo.

Barcelona o las burguesías mediterráneas. 1970

Una fotografía de su ciudad que satisface a los barceloneses es la que se obtiene desde el Tibidabo, enmarcando las torres de la vetusta y magnífica catedral gótica entre las chimeneas de las modernas usinas industriales. Y, ciertamente, la foto que reúne tales elementos simboliza las dos grandes etapas de la vida de Barcelona: la de ios siglos XIV y XV, cuando era una de las grandes potencias mediterráneas, y la de los siglos XIX y XX, cuando se trasformó en la más importante ciudad industrial de España. Pero hay varios siglos de desarrollo urbano entre una y otra, y en ellos se esconde cierto secreto de la existencia de la ciudad condal. Son siglos de frustración, de posibilidades contenidas, de impulsos sofocados. La ciudad pudo ser una formidable ciudad barroca, pero siguió encerrada en su casco antiguo, un poco más vasto que lo que hoy se llama el barrio gótico, pero apretado alrededor de él, como si el viejo barrio de la Seu —el rovell de l’ou— conservara la esencia misma de la vida ciudadana y escondiera el principio de cohesión que le da fuerza y personalidad a la ciudad.

Estas ciudades actuales de casco antiguo suelen revelar el dispar desarrollo que han tenido en la edad de oro de las burguesías urbanas y en las épocas de tenaz crecimiento de las monarquías centralizadoras. Brillante en la primera época, palideció luego porque palideció el poder de las burguesías emprendedoras y rebeldes que no se resignaron a ofrecer su obra creadora, encerrada dentro de los muros de la ciudad, a los príncipes que organizaban vastos estados territoriales, esplendorosos en sus brillantes cortes y rodeados en ellas de esas clases ociosas que formaban la variada escala de la nobleza. La industriosa ciudad recelaba de los ocios improductivos y brillantes, y las burquesías urbanas odiaron a las cortes suntuosas. Pero la rivalidad tuvo un precio: la frustración y el ahogo de las clases productoras, cuyo signo fue esta perpetuación de la fisonomía gótica de la ciudad, mientras surgían en las ciudades cortesanas los palacios ilustres, los jardines y las alamedas, y esa plaza mayor que cerraba el foro de las clases urbanas despolitizadas, que en Barcelona sólo fue la reducida Plaza Real

Barcelona, emprendedora y rebelde, conserva el casco antiguo como vestigio de un brillante pasado. La antigua Generalidad, símbolo de su autonomía y de sus fueros, con su patio y su galería con su San Jorge en la fachada gótica; la catedral soberbia, la Lonja, la casa del arcediano Desplá, las plazas de San Jaime y del Rey, todo rodeando simbólicamente las columnas del antiguo templo romano de Augusto de la vieja Barcino romana, testimonian el inmenso y fructífero esfuerzo de la burguesía barcelonesa de la Edad Media. Situada al sur del Pirineo y al norte del Ebro, Barcelona estuvo siempre vinculada al tráfico comercial con Francia, pero sobre todo, con el comercio mediterráneo. Desde el siglo XI los burgueses de Barcelona entraron en la carrera desatada por las ciudades mediterráneas para heredar la vasta actividad mercantil, antes monopolizada por los musulmanes, y pronto tuvieron éxito. Barcelona se trasformó rápidamente en un emporio marítimo. Sus marinos y comerciantes llegaron a los puertos del Levante y establecieron bases de operaciones en territorio griego. Pero toda la riqueza volvía hacia la rica Barcelona El puerto fue —y sigue siendo— el corazón de la ciudad; y la Lonja fue el símbolo de la predominante actividad de sus marinos y mercaderes.

Barcelona era una ciudad hija de su burguesía, y su burguesía adquirió tanto los rasgos típicos de su población como los rasgos específicos de las burguesías mediterráneas. La ciudad fue hermana —y por eso rival— de Génova, Marsella y Pisa, y se pareció a ellas en muchas cosas. Pero sobre todo se pareció en la mentalidad de sus gentes. Por debajo de su acrisolado cristianismo se adivinaba ese sentido mundanal de la vida que alimentaba tanto el gusto por la riqueza como el gusto por el goce de las cosas que se adquieren con ella. Tenían —y tienen— el seny, el sentido práctico de la vida, la percepción de lo posible y el desdén por lo utópico; y en medio de su bienestar se adivina cierto anhelo de grandeza y de alegre lujo. A diferencia de las burguesías del Norte —las de las ciudades alemanas del Hansa, por ejemplo—, estas burguesías mediterráneas amaban la vida al aire libre, el paseo por las riberas, el coloquio en las plazuelas. Más extravertidas, pudieron concordar su sentimiento de la vida con las formas del catolicismo, cuando los conflictos religiosos estallaron en Europa a principio del siglo XVII.

Por entones se cerró también en toda Europa la malla del estado centralizado, y la España de los Reyes Católicos y de los Austria no fue una excepción. No sin resistencias, los distintos estratos del reino cedieron a la presión de la monarquía, y en muchas ciudades, las burguesías nacientes, débiles en su mayoría, aceptaron mudar su condición de burguesías estrictamente urbanas para trasformarse en burguesías nacionales. Barcelona, en cambio, resistió, y junto al resto de Cataluña inició un movimiento separatista en 1640 que la enfrentó con Felipe IV. La guerra fue dura. Barcelona fue sitiada y finalmente las tropas reales entraron en ella el 12 de octubre de 1652. Aun así, la burguesía barcelonesa no se entregó francamente. La ciudad conservó sus libertades, pero no gozó del favor real; y el desarrollo de la ciudad, condenado por el desplazamiento del gran comercio hacia el Atlántico, se vio también detenido por esta indiferencia de la monarquía que, entretanto, introducía en otras el sello del barroquismo señorial.

Una segunda vez fue ocupada Barcelona. Cuando en la guerra de la sucesión de España tomó la ciudad partido por el archiduque austríaco; y al triunfar el aspirante Borbón, Barcelona fue sitiada y conquistada finalmente en setiembre de 1714. Esta vez sí sufrió la ciudad un castigo duradero. Las viejas libertades comunales, orgullo tradicional de la burguesía urbana, fueron suprimidas, y la vieja ciudad del mar languideció sobre su balcón mediterráneo. No fue corte ni emporio, ni sufrió el casco viejo de la ciudad esa mutación que en otras partes se advertía, hasta que a principios del siglo XIX sintió Barcelona el llamado de la revolución industrial.

Fue entonces cuando el viejo esplendor de la ciudad medieval se reavivó. La Industria textil, sobre todo, pero muchas otras menores también, despertaron de su letargo al viejo emporio marítimo mediterráneo. Comenzaron a surgir fábricas y talleres, y el humo de las chimeneas tiñó el horizonte antes diáfano. Una vez más, Barcelona demostró que era distinta del resto de España. Enriquecida y febril, vio nacer un nuevo avatar de la vieja burguesía urbana, y una clase rica surgió al tiempo que se constituía una vigorosa clase obrera. Fue ciudad de antinomias. Junto a la bien templada mentalidad de su nueva clase industrial nació una turbulenta mentalidad revolucionaria en las clases medias y populares, que acogieron con entusiasmo el llamado del anarquismo y el socialismo. En poco tiempo adquirió Barcelona los rasgos de las mas activas ciudades europeas, y en 1888 brindó a España el espectáculo de una exposición internacional —según el gusto de la época— que revelaba su increíble pujanza.

Sin embargo, por entonces todavía el centro de la ciudad estaba en las Ramblas que separaban el casco antiguo propiamente dicho del Arrabal. El paseo concentraba tanto la actividad como el ocio de los barceloneses, en sus cafés, en sus tertulias espontáneas. Pero ya comenzaba a ser estrecho el marco de la vieja Barcelona, y nació el Ensanche, una vasta extensión urbanizada en forma de damero que rodea a la ciudad vieja y cuyo eje había de ser el Paseo de Gracia. A su izquierda se ubicaron las familias de clase modesta y a su derecha las de la nueva burguesía industrial, ricas y ostentosas. Mucho se discutió sobre la belleza de este barrio tan americano, pero los barceloneses son sólo tradicionalistas a medias, como lo prueba el ensanche mismo; y son, sobre todo, capaces de absorber lo distinto y teñirlo en alguna medida con los matices de su aire local. Al fin, fue lo que hizo el prodigioso Gaudí, que en ese barrio erigió el embriagador templo de la Sagrada Familia, la casa llamada La Pedrera y el Parque Güell, en un estilo personal en el que el gótico se trasunta a través de un modernismo agresivo y casi fantasmal. Las murallas habían sido derribadas en 1860, y la ciudad se hizo una, variada, aparentemente heterogénea, alternativamente gótica y moderna, con algunos toques de barroquismo. Cuando empezaron a levantarse los altos edificios de la vía Layetana, Barcelona experimentó su incorporación plena al mundo industrial.

Las burguesías mediterráneas no se han extinguido: conservan su carácter, su fisonomía, sus formas de mentalidad. Un barcelonés, declaradamente separatista o políticamente indiferente, es, ante todo, un barcelonés, más emparentado en el fondo con las burguesías meridionales de Francia o Italia que con las de la adusta Castilla. Un ingenuo podría decir que es el sol del Mediterráneo y, sin embargo, el Mediterráneo es una realidad, y las formas de vida y de mentalidad que ha elaborado, en un largo proceso que empieza con los fenicios y los griegos, conservan ciertos rasgos inmutables que contrastan con el de otras burguesías urbanas. Se las descubre andando por el Paseo de Colón, por las Ramblas, por el Paseo de Gracia, por el distrito financiero, por las villas de los alrededores o por el barrio gótico. Hay una gracia adusta, una sonrisa escondida que estalla en la sardana, que hace de Barcelona un mundo de prodigiosa vitalidad.