Cambio social, corrientes de opinión y formas de mentalidad, 1852-1930. 1966

El intenso cambio económico-social que se operó en la Argentina a partir de las décadas que siguen a la batalla de Caseros (1852) fue el resultado de diversos factores. Por una parte, fue una respuesta a las perspectivas que abrían los mercados europeos, transformados como consecuencia del desarrollo industrial; pero por otra, fue la consecuencia de la sustitución de una minoría dirigente, empeñada en la defensa tenaz de una estructura tradicional, de origen colonial y desproporcionada con las posibilidades del país, por otra minoría que había madurado en la oposición política, en el análisis de la situación nacional y en el examen de las variaciones que se operaban en Europa y en los Estados Unidos. Tanto aquel análisis como este examen fueron hechos —como lo hacían, por lo demás, los doctrinarios europeos— a la luz de un cierto sistema de ideas. Para la minoría argentina, ese sistema de ideas tenía no solo el prestigio de su origen europeo y de su modernidad sino, además, la garantía del éxito, pues se lo consideró inseparable del progreso técnico que se advertía en los países civilizados. Llegada al poder después de la derrota de Rosas en 1852, esa minoría impuso sus puntos de vista, desencadenó audazmente una política de cambio económico-social y se enfrentó, naturalmente, con las consecuencias de su acción.

Así, a la promoción del cambio, por una parte, y a la evolución de sus consecuencias, por otra, correspondieron ciertas corrientes de opinión en las minorías predominantes. Pero a esas corrientes de opinión, como era inevitable, respondieron otras. Primero, de los sectores pasivos que manifestaron una fuerte resistencia al cambio; luego, de los diversos grupos que surgieron de la acentuada y rápida diferenciación social que el cambio produjo.

El objeto de este estudio es analizar esas corrientes de opinión. En primer lugar, se examinarán aquellas que corresponden al desencadenamiento del cambio (antes de 1880); en segundo lugar, las que surgen al calor de los fenómenos de cambio que, naturalmente, fueron muy complejos y escaparon al control de quienes los habían desencadenado (de 1880 a 1910); y en tercer lugar, las que predominan al producirse el primero de los momentos de reajuste y estabilización (de 1910 a 1930).

Antes de 1880

El período que transcurre entre 1862 y 1880 constituye una etapa trascendental en el desarrollo de la Argentina. Para la historiográfica tradicional, ha sido el período de “la organización nacional“, esto es, de la liquidación de los problemas suscitados a partir de la independencia, en 1810, y del ordenamiento de la vida nacional dentro de un cuadro institucional vigoroso y estable. Para nosotros, su trascendencia consiste en que, precisamente cuando se constituye ese cuadro institucional que organiza la nación, se desencadena un cambio estructural que altera sus supuestos.

Se advierten, en efecto, dos tendencias bien definidas, no necesariamente contradictorias, desde el punto de vista de la acción, pero sin duda divergentes y capaces de producir efectos muy diversos. Por una parte, se cierran ciertos problemas tradicionales; pero, por otra, se abren otros de mucha mayor envergadura que introducen gravísimas tensiones dentro del cuadro institucional.

SITUACIONES Y GRUPOS DE OPINIÓN

Desde el punto de vista político, la situación del país después de la batalla de Caseros parece ser de ruptura instantánea y violenta. No lo es, sin embargo, sino en parte. El equipo triunfante en 1852 es heterogéneo, y solo en Buenos Aires se advierte un grupo radical. El resto es ligeramente conciliador, no con el régimen político derrocado, pero sí con las situaciones subsistentes en las diversas provincias. Estas actitudes corresponden al proceso operado en el país desde 1810 y condicionan las respuestas al interrogante que abre la caída de Rosas.

La revolución que había dado origen a la independencia —prácticamente ya en 1810— tuvo su centro en Buenos Aires y se irradió con bastantes dificultades hacia el resto del Virreinato del Río de la Plata. Fue un movimiento de las burguesías urbanas, cuya mentalidad había adquirido una fisonomía singular al calor de los cambios económicos e ideológicos de la segunda mitad del siglo XVIII. Pero, pese a los cambios de mentalidad, esa burguesía urbana conservaba la actitud básica de los grupos urbanos españoles que habían hecho la colonización. La ciudad era un baluarte europeo en medio de la barbarie, y solo en ellas se desarrollaba un estilo de vida civilizado, capaz de encuadrar la actividad política. La actitud colonizadora se había perpetuado, adquirió más firmeza —y más estrechez de miras, al mismo tiempo— a medida que crecía la burocracia colonial, y no llegó a ser sobrepasada totalmente por quienes recibieron la influencia de la fisiocracia.

A causa de esta concepción eminentemente urbana de la colonización, el desarrollo de las áreas rurales fue libre y espontáneo. Se formó allí una sociedad sui generis, cuyos miembros crearon un modo de vida apropiado a sus necesidades y posibilidades. Era, sin duda, una sociedad no política, que solo entraba en relación con el orden político y administrativo —vigente en las ciudades— de manera ocasional y bajo la forma de presiones esporádicas que la distancia y la despoblación neutralizaban. A fines del siglo XVIII, esas poblaciones rurales comenzaron a ponerse de manifiesto y a gravitar cada vez más sobre las ciudades. Félix de Azara, entre otros, advirtió su presencia y procuró comprender su idiosincrasia. La ciudad —y Buenos Aires especialmente— recibió las primeras influencias a través del habla rural —de los gauderios o gauchos— y conoció a estos cada vez mejor a través de los mataderos y saladeros. Era una población que crecía en importancia económica a través de la relación patrón-peón, pero que era ajena a la vida civil y política.

Esta situación cambió esencialmente después de la revolución. Las poblaciones rurales aparecieron en la escena y, con su apoyo, los grupos productores rurales exigieron un reajuste de la participación política. El resultado fueron las guerras civiles y el régimen de la Federación. No corresponde explicar aquí este proceso, pero basta señalar que las minorías urbanas perdieron influencia en casi todas partes, aun cuando en Buenos Aires la conservara gracias al puerto y a la aduana; pero aun en ella se operó un cambio importante, pues quedó desplazada la burguesía progresista.

La época de las guerras civiles y la Federación (1820-1852) significó un ascenso y predominio de la mentalidad rural y tradicionalista. El poder político estaba en todas las provincias en manos de grupos que podían caracterizarse por tal mentalidad y que, puesto que poseían la tierra, poseían también el control directo e indirecto de todas las actividades económicas. Solo Buenos Aires poseía una burguesía urbana significativa, cuyos sectores superiores, vinculados a las actividades agropecuarias y a su comercialización, estaban en estrecha relación con el poder político.

Ya cerca de la mitad del siglo, algunos de los grupos provincianos comenzaron a manifestarse sensibles a ciertas influencias diferentes. En la región litoral, los estancieros entrevieron nuevas posibilidades de exportación en relación con las demandas europeas y procuraron adecuarse a esa situación. Pero Buenos Aires constituía un obstáculo, pues controlaba la aduana y vedaba la libre navegación de los ríos interiores por donde esos productos podían salir al exterior. Fueron esos grupos provincianos los que comenzaron a acercarse a los grupos de emigrados de Montevideo y comenzaron a revisar sus opiniones. Los grupos de emigrados eran, generalmente, antiguos “unitarios”, en principio partidarios de un régimen centralista de gobierno, pero sobre todo representantes de una mentalidad burguesa y liberal. Enemigos políticos de Rosas, algunos de ellos rechazaron cualquier aproximación a quienes parecían compartir su política; otros, en cambio, aun manteniendo sus posiciones radicales en materia económica, social y política, trataron de influir sobre aquellos representantes de la mentalidad tradicional a quienes la situación empujaba hacia una apertura.

Tres tipos de mentalidad se vislumbran, pues, fundamentalmente al producirse la batalla de Caseros. En primer término, la mentalidad tradicional, de raíz colonial y apoyada en las líneas de la reacción absolutista posterior al Congreso de Viena, sustentada por vastas masas en las que se apoyaba una minoría rural poderosa. En segundo lugar, una mentalidad transaccional sustentada por un grupo disidente del anterior a partir del momento en que descubren nuevas perspectivas. Y en tercer lugar, una mentalidad liberal burguesa, sustentada activamente por grupos emigrados pero compartida pasivamente por pequeños grupos urbanos residentes en el país, aunque marginalizados por el régimen vigente. Estos tres grupos y estas tres actitudes se encontrarán frente a frente a partir de Caseros y rivalizarán por fijar el rumbo del país.

EL ENFRENTAMIENTO DE LOS GRUPOS TRANSACCIONALES Y LOS GRUPOS LIBERALES BURGUESES

Desde 1852 hasta 1862, los grupos transaccionales y los grupos liberales burgueses sostuvieron puntos de vista diferentes e inconciliables sobre la solución que debía darse a los problemas tradicionales del país.

Los grupos transaccionales garantizaban el apoyo de los grupos rurales provincianos al nuevo régimen, lo cual les daba una gran fuerza, pero los obligaba también a mantener una actitud cauta. Sensibles a los puntos de vista de la minoría progresista —burguesa y liberal—, los habían asimilado, sobre todo, porque coincidían con la política económica que convenía a la región donde el grupo transaccional había aparecido: el litoral. Pero no podían transformarse en defensores incondicionales de esos puntos de vista sin poner en peligro el apoyo de los grupos rurales provincianos y, eventualmente, sin situarse en posición de inferioridad frente a la minoría progresista, más coherente y radical.

En la situación de predominio que les otorgó la victoria (puesto que su principal representante, el general Urquiza, era el vencedor y jefe del ejército triunfante) asumieron la defensa de los intereses provincianos frente a Buenos Aires y trataron de contener la influencia de los grupos progresistas, no en cuanto tales sino como representantes de los intereses de Buenos Aires.

Los grupos progresistas, a diferencia de los grupos transaccionales, carecían totalmente de compromisos políticos y, sobre todo, de responsabilidades efectivas, fuera de las que Urquiza quisiera otorgarles. Su radicalismo se acentuó en la medida en que se observaba cierta reticencia de los grupos transaccionales. Y así como estos asumieron la defensa de los intereses provincianos, los grupos progresistas asumieron la defensa de los intereses de Buenos Aires.

De este modo, el más grave de todos los problemas suscitados por la Revolución de 1810 —el de las relaciones entre Buenos Aires y el interior del país— volvió a plantearse con caracteres semejantes a los que había tenido en 1820. Y otra vez, la respuesta fue la secesión: Buenos Aires se separó del resto del país.

Una diferencia fundamental había, sin embargo. El grupo transaccional no retrocedió de sus posiciones transaccionales. Se mantuvo firme en ellas y no opuso a los grupos progresistas un retorno a la vieja mentalidad rural. Por el contrario, aceptó el punto de vista elaborado por los grupos progresistas y de acuerdo con él echó las bases de un orden institucional, consagrado en la Constitución de 1853.

En adelante hubo, pues, un enfrentamiento de hecho. Los grupos progresistas de Buenos Aires se dividieron entre los que querían consumar la secesión definitiva y los que, admitiendo que el nuevo orden constitucional coincidía con sus principios generales, aspiraban a reintegrar a Buenos Aires al conjunto nacional.

Fueron estos últimos los que predominaron en Buenos Aires y los que finalmente impusieron su punto de vista. A partir de 1862, el país quedó unificado. Los grupos progresistas de Buenos Aires se impusieron a los grupos transaccionales, y su representante, Bartolomé Mitre, fue elegido presidente, dentro del orden institucional que los grupos transaccionales habían establecido en la Constitución de 1853.

EL PREDOMINIO DE LOS GRUPOS PROGRESISTAS

Desde 1862 en adelante predominaron los grupos progresistas. Sin embargo, tal predominio tuvo matices muy importantes. Al principio, predominaron los grupos típicamente burgueses y liberales de Buenos Aires, a quienes les tocó enfrentar la oposición de la mentalidad tradicionalista manifestada a veces como una mera resistencia pasiva al cambio y a veces como una resistencia activa, polémica y que en ocasiones apeló a la fuerza. Pero a medida que impuso sus tendencias, atrajo hacia ellas a grupos originarios del interior, los que, al aceptarlas, las adecuaron en alguna medida a la receptividad que hallaban en el seno de sus sociedades locales. La oposición fue, finalmente, aniquilada; pero hacia 1880, los grupos originarios del interior consiguieron predominar e impusieron una nueva forma de mentalidad transaccional. En ella, el componente tradicional era mucho más débil que en la mentalidad transaccional de 1852.

Entre 1852 y 1862, los grupos transaccionales y los grupos progresistas de la burguesía liberal disputaron sobre la solución que debía darse a los problemas heredados de las cuatro décadas anteriores. Desde 1862, las soluciones fueron definiéndose cada vez más. Dentro del límite de los principios fijados por los grupos transaccionales —que habían cristalizado en la Constitución de 1853— los grupos progresistas fueron ejecutando esas soluciones metódicamente, extremando acaso las decisiones. Pero el programa de acción fue el que había dado la Constitución de 1853.

En general, en la mayoría de los problemas no se plantearon sino cuestiones de hecho, porque la Constitución amparaba en alguna medida la posición radical de los grupos progresistas. Solo el problema de las relaciones entre Buenos Aires y el interior del país replanteó polarizaciones de la opinión en términos agudos. La discusión giraba alrededor de si la ciudad de Buenos Aires —su puerto y su aduana— debía estar dentro de la jurisdicción de la provincia de Buenos Aires o dentro de la del gobierno federal. Un sector, conocido como “nacionalista”, era partidario de la federalización; otro, conocido como “autonomista”, se oponía. El “autonomismo” se convirtió en un movimiento popular y hacia él se canalizaron las fuerzas políticas que habían apoyado a Rosas; el “nacionalismo”, en cambio, aglutinó a las clases medias más cultas. El problema no fue resuelto hasta 1880 y hasta entonces provocó repetidos brotes de tensión. La última fue la revolución bonaerense de 1880, pero ya para entonces había predominado la idea de que era inevitable la federalización de Buenos Aires y así lo resolvió el Congreso nacional y lo admitió la legislatura provincial. Todo el período está caracterizado por una fuerte tensión entre provincianos y “porteños”, que solo comenzó a ceder a medida que el funcionamiento de las instituciones fue otorgando cada vez más el control político a las mayorías provincianas.

Los grupos progresistas eran de remota tradición unitaria y habían transigido con los principios del federalismo como un precio que se debía pagar para asegurar la existencia de la nación unida. Precisamente, la idea de la Argentina como una nación unida había sido el supuesto esencial del viejo unitarismo y había resurgido después de Caseros como pivote del pensamiento político de la burguesía liberal. Aun en la época en que la provincia de Buenos Aires estuvo separada de la Confederación Argentina, esta idea no había dejado de ser sustancial. Al tratarse la constitución del Estado de Buenos Aires en 1854, Mitre había afirmado que “hay una nación preexistente”, y frente a la insurrección provincial de 1880 el presidente Avellaneda declaró que “no hay dentro de la nación nada superior a la nación misma”. Esta convicción básica determinó toda una línea de la acción de la burguesía liberal cuando llegó al poder.

Esa línea fue la de afianzar el ordenamiento institucional de la nación, que, en rigor, era entonces solo una virtualidad. La nación fue constituida, casi creada, como consecuencia de aquella convicción. Si como político y estadista trabajó Mitre por proveer a la nación de todos sus órganos políticos y administrativos, como historiador procuró crear, bajo la influencia del romanticismo, la imagen de un destino nacional que desde el pasado se proyectaba hacia el futuro.

La burguesía liberal constituía un conjunto homogéneo, tanto por la formación ideológica de sus miembros como por las expectativas que tenía como clase. Fue, pues, solidaria, y trabajó para proveer a la nación de todo el aparato de poder que necesitaba. Se dictaron las leyes fundamentales y se redactaron los códigos; se organizó el ejército nacional y se suprimieron las milicias provinciales; se echaron las bases de las finanzas nacionales y su administración; se organizó la justicia y se fijaron cuidadosamente las relaciones entre el Estado nacional y los poderes provinciales; se aniquiló el poder de los indios y se incorporaron a la producción vastas extensiones de tierra. En lo fundamental, toda esa obra fue cumplida antes de 1880. Para esta fecha, el Estado nacional contaba con los recursos necesarios para asegurar su autoridad suprema y había alcanzado un vigor irrevocable. Por eso ha podido considerarse que la obra fundamental del período fue la “organización nacional“.

La creación del Estado nacional y su ordenamiento institucional no fue, empero, el único cauce de las opiniones de los grupos progresistas. Cuando alcanzó el predominio en la vida política se advirtió que, entrecruzada con aquella preocupación, había otra no menos importante o acaso más importante aún en el fondo de su pensamiento. La organización nacional no parece haber sido un fin en sí mismo, sino un medio para promover un cambio económico-social meditado desde mucho tiempo atrás.

El sector activo y militante de los grupos progresistas se había constituido en la lucha contra Rosas y la Federación. Pero en tanto que algunos unitarios de mentalidad rígida vieron en el rosismo un fenómeno político y un caso personal de vocación tiránica, otros comenzaron a ver en él un resultado de una situación económico-social. Bajo la influencia de las ideas del romanticismo social y de la historiográfica romántica, pusieron sus ojos en los fenómenos sociales. De allí nació un diagnóstico de la situación, fundado en el análisis y la evaluación de las relaciones entre vida urbana y vida rural, de las actitudes y tendencias de las clases populares, de las relaciones entre masas y élites, y de la gravitación del ambiente geográfico y las relaciones económicas sobre los distintos sectores sociales del país. Este diagnóstico se elaboró lentamente. Ciertos libros orgánicos y ricos en doctrina contienen los elementos fundamentales: el Fragmento preliminar al estudio del derecho, de Juan Bautista Alberdi (1837), el Dogma socialista, de Esteban Echeverría (1839), y el Facundo, de Domingo Faustino Sarmiento (1845). Todos escritos al calor de la lucha política, son verdaderas inducciones de la realidad, aunque elaboradas a través de las ideas en boga en la literatura sociológica europea contemporánea. Pero además de estos conjuntos orgánicos de observaciones e interpretaciones, hubo innumerables observaciones esporádicas, que contribuyeron a formar una corriente de opinión vigorosa. En la discusión de los vaivenes de la política y, sobre todo, en el examen del fracaso, para muchos inexplicable, de las sucesivas rebeliones contra Rosas, el sistema interpretativo fue afinándose hasta componer un cuerpo coherente.

A ese diagnóstico acompañó y siguió un sistema de soluciones. Partiendo de la solución de facto—esto es, la destrucción del poder de Rosas— se inició la indagación de cómo debía encauzarse luego la vida del país no solo para que no volviera a repetirse un episodio semejante, sino también para que el país entrara en la vida de lo que Sarmiento había puntualizado como la otra opción que se ofrecía: la civilización. Ahora bien, la civilización era, para la generación romántica, la forma y el contenido de la vida europea. El sistema de soluciones debía, pues, girar alrededor de la idea de europeizar al país e incluirlo en la red de la economía y la cultura europeas.

Se trataba, pues, de promover un cambio sustancial. Poblar el desierto suponía alterar la estructura demográfica, social y cultural del país. Robustecer la vida urbana, modificar las formas de la economía rural, crear nuevos sistemas de comunicaciones e introducir todos los dispositivos necesarios para europeizar las formas de vida significaba abrir un interrogante sobre el futuro, puesto que se alteraban las formas de la acción social al tiempo que se alteraba el sujeto de esa acción. Una confianza absoluta en que se obtendría en esas condiciones un éxito semejante al que se había obtenido en los diversos países europeos y en Estados Unidos movió a los grupos progresistas a desencadenar aceleradamente el cambio. Podía descontarse la resistencia de los grupos tradicionalistas, pero no pareció un obstáculo serio sino, por el contrario, un aliciente para acelerar el proceso de su neutralización o, eventualmente, su aniquilamiento. En rigor, los grupos progresistas adoptaron la actitud propia del despotismo ilustrado.

El cambio se desencadenó a través de una decidida política inmigratoria y una política, no menos audaz, de promoción de inversiones y préstamos extranjeros. Estas dos líneas fueron impulsadas simultáneamente y con pareja intensidad. Resultados visibles fueron alcanzados en plazos brevísimos y se los juzgó satisfactoriamente: acrecentamiento de la población, desarrollo de nuevas actividades agrícolas, incremento del monto del comercio exterior con franco superávit para las exportaciones, modernización de las formas de vida, progreso urbano. A la organización nacional acompañaba una apertura inédita.

LOS GRUPOS TRADICIONALISTAS FRENTE A LA organización nacional Y AL CAMBIO ECONÓMICO-SOCIAL

La triple acción de los grupos progresistas predominantes —solución de los problemas heredados, ordenamiento institucional y promoción del cambio— obtuvo el consentimiento de los sectores ilustrados de clase media urbana, pero debió enfrentar un fuerte sentimiento de resistencia por parte de los grupos rurales y por parte de quienes por una u otra razón asumieron su representación.

El signo más visible fue la aparición de un fuerte sentimiento xenófobo. El inmigrante fue menospreciado por el criollo, especialmente en las áreas rurales, y sus formas de vida subestimadas. Como el inmigrante recibió cierta protección —quizá solamente la que necesitaban como seres humanos— el criollo consideró que la ley —la ley impuesta por los gobiernos progresistas— era un simple instrumento de opresión. Las poblaciones criollas desarrollaron cierto resentimiento, no solo contra los inmigrantes, sino contra los gobiernos que los atraían. Era, en principio, resentimiento contra ciertas formas de actividad económica desusada: por ejemplo, la agricultura, el cultivo de huertas o el tambo. Luego, resentimiento contra la explotación de los intermediarios. Y luego, contra las nuevas formas de vida y contra el orden jurídico que poco a poco se consolidaba.

A este resentimiento acompañó una progresiva idealización del tipo tradicional del criollo y de sus virtudes. José Hernández y Eduardo Gutiérrez —en el Martín Fierro o el Juan Moreira— respondieron a ese sentimiento. Y en ocasiones, el resentimiento derivó hacia una resistencia, pasiva unas veces y activa otras, contra el poder del Estado nacional. Las insurrecciones fueron escasas pero muy enérgicas. La eficacia del nuevo dispositivo estatal pudo neutralizarlas. La actitud de estos grupos rurales explica su escasa participación política durante este período.

De 1880 a 1910

Desencadenado el cambio económico-social, sus efectos comenzaron a multiplicarse, no solo a causa de la atracción que ejercía el país sobre ciertos sectores europeos —tanto para la emigración como para la inversión— sino también a causa de la creciente seguridad que ofrecía en la medida en que se afianzaba la organización del Estado nacional. Esa multiplicación de los efectos económicos y sociales deparó poco a poco, a partir de 1880 aproximadamente, situaciones tan complejas como imprevistas. El proceso fundamental seguía su curso —crecimiento de la población, expansión de la producción agropecuaria, modernización del equipamiento del país—, pero los grupos promotores y el gobierno comenzaron a perder su control. Los epifenómenos surgieron a la vista: especulación, inflación, interferencias políticas, crisis financieras, inadecuación de los grupos inmigrantes, insularización de las colectividades, etc. Tales epifenómenos amenazaban el éxito del proceso fundamental.

SITUACIONES Y GRUPOS DE OPINIÓN

La situación no solo se hizo contradictoria, sino incoherente. El crecimiento general de la riqueza era notorio y provocaba una euforia general; pero su distribución azarosa, como correspondía a una perspectiva abierta y al parecer ilimitada, originó la formación de grupos diversos. Cada uno de ellos —y sobre todo los subgrupos, que reaccionaban según su propia experiencia en fenómenos de ritmo acelerado— no solo elaboró un tipo peculiar de comportamiento social, sino que elaboró también una subimagen del país —dentro de la generalizada imagen de optimismo económico— y un sistema de opiniones sobre su presente y su futuro.

Localizada la inmigración preferentemente en la región litoral, en el resto del país se acentuó la situación de inferioridad económica. Allí, naturalmente, la condición de los grupos populares criollos no solamente no mejoró sino que involucionó desfavorablemente, sobre todo en términos comparativos. Donde aparecieron o se desarrollaron actividades productivas con mano de obra criolla (obrajes, yerbatales, explotaciones de tanino, azúcar) las condiciones de trabajo y de vida de los trabajadores criollos empeoró. En cuanto a la región litoral, los grupos populares criollos siguieron vinculados a la producción ganadera, en tanto que se mantuvieron ajenos a la producción agrícola. Fueron también ajenos, en general, a la actividad comercial, desde las primarias y locales hasta las más complejas y metropolitanas.

Los contingentes de inmigrantes —preferentemente italianos y españoles— llegaron a la Argentina como consecuencia de una intensa propaganda estatal y, a veces, de la gestión de empresarios privados. La decisión de radicarse se fundaba en la seguridad adquirida de que había inagotables fuentes de trabajo, pero solo en contadas ocasiones hubo destinos preestablecidos para los contingentes inmigratorios. Así, los grupos inmigrados se caracterizaron por cierta tendencia a la aventura, puesto que sabían más de la ausencia de perspectivas en su lugar de origen que de las posibles perspectivas en el lugar hacia donde se dirigían. Vastos sectores se dedicaron a la agricultura como braceros o arrendatarios. Otros se establecieron en las ciudades y se dedicaron a ejercer distintos oficios, unos especializados, pero los más a ocupaciones no especializadas. Otros, finalmente, al pequeño comercio. La aventura fue estrictamente individual. A partir de ese comienzo, los destinos fueron variados. Algunos retornaron a su lugar de origen, con más o con menos de lo que habían traído; otros permanecieron en sus ocupaciones primeras fluctuando dentro de pequeñas variantes en cuanto a éxito económico y social; otros, finalmente, ascendieron a ritmo diverso y en diversa medida.

Los inmigrantes que ascendieron —o los pocos que llegaron con un oficio muy solicitado, una profesión liberal o algún capital para establecerse comercialmente— constituyeron una naciente clase media de caracteres imprecisos. En la primera generación de inmigrantes el ascenso se produjo por compra de tierra e incremento de la producción, por evolución comercial y en menor escala por especulación. Al éxito económico acompañó un ascenso social. A partir de la primera generación de hijos de inmigrantes, el ascenso se buscó a través de las carreras profesionales, del comercio y de la burocracia. También se buscó a través de matrimonios que emparentaron la naciente clase media con la pequeña clase media tradicional y ocasionalmente con la clase alta. La política comenzó a ser utilizada también.

Fue característica de estas nuevas clases medias —como en otros casos bien conocidos— una extraordinaria movilidad y una gran diferenciación de grupos.

Descendientes y herederos de los grupos progresistas que habían desencadenado el cambio, las minorías tradicionales continuaron su política pero perdieron el control del proceso. Los resultados que estaban a la vista eran contradictorios: los objetivos fundamentales se estaban cumpliendo, pero la atmósfera general del país se había hecho confusa y al parecer incontrolable. Sobre todo en las regiones de afluencia inmigratoria, las minorías tradicionales, aun conservando el poder político, quedaron distanciadas de las clases populares. Su retracción fue inevitable y comenzaron a adquirir los rasgos de una oligarquía cerrada e incomunicada. En las regiones que habían quedado al margen del aluvión inmigratorio, por el contrario, conservaron su ascendiente social sobre las clases populares criollas y configuraron un grupo tradicionalista en el seno de la clase dirigente así escindida.

LAS TENDENCIAS DE LOS GRUPOS POPULARES criollos

Los grupos populares criollos fueron los que sufrieron el más profundo impacto como consecuencia del predominio de los grupos progresistas. Su actitud fue distinta —dentro de pequeños márgenes— en tres áreas del país.

En las regiones que se mantuvieron al margen del proceso de cambio —esto es, que no tuvieron inmigración, ni obras de fomento ni fuertes inversiones de capital— la posición y las actitudes de los grupos populares criollos se mantuvieron estables, aunque su posición se deterioró aún más por factores secundarios. Mantuvieron allí su adhesión a los valores, a las formas de vida y a los principios de participación política tradicionales. El deterioro provino de que, cualquiera fuera el grado de desarrollo local, las minorías tradicionales, propietarias de la tierra, robustecieron aún más su poder al calor del crecimiento del poder del Estado. Los grupos populares criollos constituyeron la clientela política de los que tenían derecho a ejercer las funciones públicas: todos ellos adquirieron fisonomía de “caudillos” políticos de mayor o menor envergadura, apoyados en estas relaciones de dependencia social y económica que controlaban. Los grupos populares criollos acentuaron su posición de dependencia, su marginalidad política, su escasa significación social.

En las regiones sometidas al proceso de cambio la situación varió de dos maneras diferentes. Hubo regiones en las que el cambio se manifestó sobre todo en el incremento de capitales y de la actividad productiva, sin que hubiera importante aflujo inmigratorio. Tal fue el caso de las regiones del norte donde se desarrolló o se intensificó la producción industrial —o semiindustrial— del azúcar, la yerba mate, el tanino, la madera. Allí, las inversiones de capital produjeron la aparición de un tipo de empresa aparentemente moderna por el tipo de producción, pero que se montó sobre la base del uso de una mano de obra sometida y explotada en términos casi de servidumbre. La fatiga, la desnutrición, las enfermedades, el alcoholismo, redujeron las posibilidades sociales de esos grupos criollos, cuya marginalidad fue extremándose. Por otra parte, hubo regiones en las que el cambio se manifestó no solo a través de fuertes inversiones de capital y de importantes obras de fomento, sino también a través de la aparición de grupos inmigrados y de nuevas formas de producción. Tal fue el caso del área litoral, donde surgió un vasto desarrollo de la actividad agropecuaria. En las explotaciones ganaderas los grupos populares criollos mantuvieron su posición dentro de un régimen patriarcal y conservaron su mentalidad tradicional: el culto al coraje, a la pericia en los trabajos de campo, considerados en cierta manera dentro de una concepción deportiva. Pero socialmente, el régimen patriarcal mantuvo la marginalidad política de los grupos populares criollos, excepto en la indirecta participación que ofrecía el apoyo al patrón o al caudillo local. En las áreas donde se desarrolló la actividad agrícola, casi exclusivamente en manos de inmigrantes, hubo unas veces adecuación e incorporación a la concepción económica del inmigrante y otras veces marginalidad y, naturalmente, descenso económico y social. Pero en ambos casos se advirtió poca participación política y un fuerte escepticismo.

LAS TENDENCIAS DE LOS GRUPOS INMIGRADOS

Instalados preferentemente en las zonas aptas para la agricultura y para el desarrollo de un activo comercio, los grupos inmigrantes no tuvieron una fuerte tendencia a operar en regiones inciertas. Algunos lo hicieron, pero no constituyen el caso típico. Esta tendencia predominante corresponde a las actitudes fundamentales del grupo.

La motivación económica fue fundamental en los grupos que emigraron de Europa. A la imagen de su lugar de origen como un área sin perspectivas, contrapusieron la imagen de la Argentina —o de otro lugar de América— como un área de perspectivas inagotables. En consecuencia, al incorporarse a la sociedad argentina, el grupo inmigrante estableció como objetivo fundamental y en cierto modo excluyente el de acumular sus ganancias. No se trataba solamente de conseguir mejores jornales o salarios: se trataba de acumular ganancias para constituir cuanto antes un capital. A veces, el inmigrante pensaba en volver con ese capital a su lugar de origen, y en ese caso, mayor tenacidad se aplicaba a la conquista de la ganancia, para acortar el plazo del desarraigo. Pero aun si no pensaba en volver, igualmente el esfuerzo era tenaz y excluyente. Ganar lo más posible y ahorrar lo más posible eran principios fundamentales: de donde resultaba la norma de gastar lo menos posible, y esto caracterizaba un modo de vida.

En el orden de la producción, este modo de vida significaba producir con el mínimo de calidad competitiva y realizar el mínimo de inversiones. Y en cuanto a las formas de la vida cotidiana, significaba no plantar árboles, construir viviendas mínimas y exentas de todo elemento prescindible, disminuir el ocio y con él las posibilidades de perfeccionamiento cultural y social. Era, pues, un trasplante de los hábitos de economía intensiva de los lugares de origen, extremados ahora en virtud de las exigencias de un objetivo apremiante: alcanzar la riqueza en un plazo lo suficientemente corto como para poder tener un período útil de vida para gozar de la riqueza obtenida.

Ese objetivo pudo o no lograrlo cada inmigrante. Pero mientras lo procuraba, configuraba un grupo social que impostaba un tipo de economía extensiva o, más aún, consuntiva. El resultado fue una violenta contraposición de dos estilos de vida, con los consiguientes conflictos de valores y desequilibrios de prestigio social.

El prestigio social no fue una meta en primera instancia para los grupos inmigrantes: por el contrario, los hábitos de trabajo y ahorro determinaron una valoración negativa del ocio, de las formas de trabajo-deporte propias de la actividad ganadera, del refinamiento en las formas de vida, de la acción política y, más aún, de las preocupaciones de figuración y posición social. Pero muy pronto se produjo un cambio. El éxito económico provocó la diferenciación social y los grupos inmigrantes acomodados, propietarios de tierras o dedicados a un comercio de cierto nivel, comenzaron a buscar el prestigio social, primero dentro de la colectividad y muy pronto en la sociedad tradicional a la que procuraban integrarse. Una definición de esta actitud apareció en el momento en que debía decidirse sobre el destino de los hijos. Y en la primera generación de hijos de inmigrantes, la busca del lucro comenzó a equilibrarse o a ser desplazada por la busca del ascenso social y del prestigio.

Los grupos inmigrantes que buscaron el prestigio social fueron, sobre todo, los que se radicaron definitivamente, esto es, los que abandonaron el designio de retornar a su lugar de origen y dispusieron y organizaron su vida familiar y social sobre la base de un establecimiento definitivo. Estos grupos manifestaron una actitud cultural variable. Generalmente, asimilaron la cultura de sus países de origen con su propia experiencia; y como en general eran de extracción muy humilde —campesinos u obreros no especializados— y provenían de pequeñas aldeas de países sin desarrollo industrial, subestimaron la cultura de sus países de origen, de la que solo participaban en lo elemental, y procuraron adherirse a la de su país de adopción. Así se produjo en ciertos grupos una acentuada adecuación, cuyo signo fue la pérdida total o parcial del idioma y, sobre todo, la pérdida de la lengua materna por sus hijos. Aquella adhesión no podía ser al principio sino muy superficial, más formal que profunda; y como entretanto había un rechazo del trasfondo originario, la característica de tales grupos fue cierta inconsistencia radical que no solo se manifestó en una suerte de incoherencia intelectual y sensible, sino también en una suerte de atonía moral. Al abandono de cierto sistema de normas —inadecuado para la nueva situación—, siguió no la adopción de las normas vigentes en la sociedad de adopción, sino la adopción de las normas adecuadas para la conquista del ascenso económico y del ascenso social.

Solo en los grupos inmigrantes que habían pertenecido en sus lugares de origen a la clase media profesional o mercantil —escasos, por cierto— o al proletariado urbano con cierta formación sindical, se manifestó cierta tendencia a conservar el legado cultural de los países de origen. Fundamentalmente, procuraron estrechar los lazos de la colectividad para la ayuda mutua, pero también para la conservación de la lengua, mediante el mantenimiento de escuelas. El mantenimiento de los vínculos de la colectividad supuso la conservación de costumbres y normas morales, estas últimas defendidas por el control social del grupo.

El predominio de la tendencia al lucro, estrechamente dependiente de las motivaciones del desarraigo del inmigrante, determinó un estilo de vida en el que no cabían, sino excepcionalmente, las preocupaciones políticas. La actitud normal fue, pues, la prescindencia. Solo a través de ciertas vías llegó el inmigrante a participar, directa o indirectamente, en la vida política del país. Una vía fue la necesidad de amparar o promover la acción de las colectividades. Poseedoras de importantes bienes societarios —escuelas, hospitales, asilos, etc.— y cuidadosas de su papel tutelar, las instituciones que apoyaban a las colectividades inmigrantes debieron aproximarse al poder administrador y utilizar eventualmente las vinculaciones económicas o sociales de algunos de sus miembros para obtener determinados fines. Especialmente en las ciudades, la actividad comercial y la fortuna permitían a algunos grupos actuar frente a los poderes públicos con cierta seguridad de ser escuchados. Pero más importante fue la posibilidad de establecer vínculos de simpatía, adhesión o dependencia, teniendo en cuenta la importancia que adquirieron las clientelas políticas dentro de la rudimentaria y fraudulenta organización electoral.

A veces, la defensa de ciertas actividades económicas resultó ser una vía de introducción de ciertas colectividades en el juego de las presiones políticas. Algunas de esas actividades estaban casi absolutamente en manos de una o varias colectividades extranjeras. La defensa de esas actividades suponía el ejercicio de una acción colectiva frente al poder administrador, que se encontraba frente a un grupo de extranjeros cuyos intereses, sin embargo, eran fundamentales para la comuna, la provincia o el país, y al que era necesario escuchar puesto que ignorarlos significaba poner en peligro la economía en cambio. Por esa vía, un grupo inmigrante, a veces hablando incorrectamente la lengua o ignorando la historia del país, se transformaba de pronto en un importante grupo de presión. Quizás el caso más significativo fue el de la constitución final de un partido político en la provincia de Santa Fe —la Liga del Sur, organizada por Lisandro de la Torre— que adquirió los típicos caracteres de un partido de clase, porque aglutinó preferentemente a los agricultores del sur de la provincia en defensa de sus intereses.

Pero la acción política más intensa que desarrollaron los grupos inmigrantes fue la de los obreros calificados en los grandes centros urbanos. En el ferrocarril, las artes gráficas y otras industrias menores, los obreros extranjeros, con formación y experiencia sindical adquirida en sus países de origen, promovieron la formación de sindicatos o asociaciones obreras a los que infundieron los principios teóricos y la táctica elaborada en Europa al calor del movimiento obrero que acompañó la revolución industrial. Esa actividad era insólita y provocó fuertes reacciones. Los grupos obreros eran de tradición socialista unas veces y de tradición anarquista otras. En ambos casos, una vigorosa disciplina les permitía ejercer una acción visible y llamativa a pesar de que el número de los militantes solía ser escaso. Y como no abundaron los nativos que se sumaron a sus filas, la acción sindical apareció como fundamentalmente extranjera. Actos públicos, periódicos, huelgas y organizaciones sindicales fueron las manifestaciones de esa acción, cuya expresión formal más importante fue la fundación del Partido Socialista, bajo la inspiración de un argentino, Juan B. Justo.

La singularidad de la acción sindical dio a esta participación política de determinado grupo inmigrante un carácter singular, puesto que más contribuyó a marginalizarlo que no a integrarlo. Los poderes públicos juzgaron sediciosa esa acción y las clases medias acusaron su presencia con un sentimiento de temor. Pero, de todos modos, quedó abierto un camino por el cual nutridos grupos de inmigrantes se compenetraron con el proceso político del país.

LAS TENDENCIAS DE LAS NUEVAS CLASES MEDIAS

Las nuevas clases medias constituyen la resultante social más importante del cambio promovido desde mediados del siglo XX. Se trata de un conjunto heterogéneo de grupos sociales constituido por la integración en la pequeña y estática clase media tradicional de vigorosos grupos de inmigrantes o hijos de inmigrantes en acelerado ascenso. Esa integración es de carácter social. Desde el punto de vista económico, en cambio, son los nuevos grupos de origen inmigrante los que inauguran buena parte de las actividades cuyos beneficios provocan el ascenso social, y los grupos nativos son atraídos poco a poco a esas actividades. De aquí dos componentes distintos —y casi contradictorios— en la fisonomía de las nuevas clases medias, que se advertirán, sobre todo, en su actitud económico-social.

La dinámica del ascenso conservó en los grupos de origen inmigrante una predominante tendencia al lucro. Pero los grupos que más rápidamente alcanzaron cierto nivel de fortuna capaz de permitir un abandono del trabajo personal comenzaron a introducirse paulatinamente en el medio social de las clases medias nativas y en ocasiones en el de la clase alta. Así se configuró una alta clase media —muy reducida todavía en el período en estudio, pero que se extendería poco más tarde—, en cuya constitución intervino la formación de pequeñas oligarquías dentro de las colectividades.

Las bajas clases medias nuevas mantuvieron su predominante tendencia al pequeño lucro. Los grupos que seguían ascendiendo, en cambio, comenzaron a combinar esa tendencia al lucro con cierta disposición a las inversiones destinadas a mejorar su status. La carrera no fue fácil, puesto que la prosperidad general elevaba también los niveles de vida de las clases medias nativas y, más aún, los de las clases altas, a las que ambas procuraban imitar. Esos altos niveles de vida no solían corresponder exactamente a los niveles de fortuna, puesto que, en plena euforia y en medio de una fuerte corriente especulativa e inflacionaria, había aparecido la necesidad permanente de exhibir una prosperidad que fuera garantía y aliciente para nuevas empresas. Solo una actitud decidida y audaz podía permitir a unos pocos miembros de las nuevas clases medias alcanzar su integración en el cuadro de la alta clase media o la clase alta nativa.

El proceso que acaba de describirse se relaciona con los grupos inmigrantes que comenzaron su ascenso a partir de los rangos inferiores; eran estos, en su mayoría, de origen español o italiano. En cambio, los grupos inmigrantes de origen inglés o francés, que llegaron generalmente vinculados a las empresas que desarrollaron importantes actividades, tuvieron más fácil acceso a la alta clase media y a la clase alta nativas: podría decirse que de manera natural se incorporaron a ellas.

Los grupos de las nuevas clases medias que mantuvieron, pese a sus primeros pasos hacia el ascenso social, una predominante tendencia al pequeño lucro, mantuvieron también, generalmente, su prescindencia política. Algunas circunstancias, sin embargo, contribuyeron a estimular su participación política.

La primera fue la progresiva aparición de una primera generación de hijos de inmigrantes. Nacida y educada en el seno de una sociedad muy politizada, agitada por fuertes tensiones y por explosiones revolucionarias, predispuesta en algunos casos por la actitud familiar, en la que el jefe de familia solía disimular su fervor político —como en el caso de los italianos de tradición garibaldina o los liberales españoles—, esa generación de hijos de inmigrantes se sintió predispuesta a incorporarse a la lucha política.

La segunda fue la crisis financiera y política de 1890, que tuvo fuerte y desastrosa influencia sobre la economía de muchos inmigrantes, predisponiéndolos a una actitud hostil hacia las clases gobernantes. Por esa vía se comenzó a constituir una atmósfera general de oposición política que arrastró a muchos inmigrantes e hijos de inmigrantes.

Esta primera apertura hacia una participación política es difícilmente mensurable. Se manifestó bajo la forma de una corriente de opinión y se bifurcó, naturalmente, separando a conformistas y disconformistas.

Quienes temían los enfrentamientos y preferían aprovecharlos para enrolarse en las clientelas políticas de los grupos influyentes prestaron a la clase gobernante un apoyo importante. Con él se robusteció la acción de la oligarquía, que manejaba los créditos bancarios y el favor oficial, traducido en la favorable resolución de gestiones administrativas o el logro de concesiones o bienes. A cambio, los grupos inmigrantes mantenían una atmósfera favorable a la clase gobernante y, eventualmente, servían para colaborar en las oscuras operaciones electorales que caracterizaron el período.

Frente a ellos comenzó a constituirse un grupo de opinión disidente o disconformista. La agitación que se produjo en 1890 constituyó el clima favorable para su formación, porque quedó sometida a pública discusión la conducción de la economía del país. Esa discusión no quedó limitada a los ciudadanos, que ya participaban en la vida política; como la crisis golpeó a todos —argentinos y extranjeros— el problema quedó planteado en la calle, en la puerta de los bancos en quiebra, en la bolsa, en las oficinas de los consignatarios de “frutos del país”, en los mercados de hacienda, en los mercados mayoristas, etc. A través de la discusión acerca de la conducción de la economía, la participación política creció instantáneamente. El movimiento de oposición que surgió hacia fines de 1889 y cristalizó al año siguiente encontró gran eco popular en Buenos Aires, al que no fue ajeno el sector de inmigrantes e hijos de inmigrantes. Cuando se constituyó la Unión Cívica Radical, bajo la inspiración de Leandro N. Alem, tanto en la capital como en el interior del país se reunieron bajo su bandera los sectores inmigrantes que comenzaban a comprender que la defensa de sus intereses económicos estaba en la lucha política. Esos grupos no ofrecieron todavía líderes, pero constituyeron el conglomerado informe, indeciso, que prestó el principal apoyo al movimiento disidente nacido en 1890.

LAS TENDENCIAS DE LAS MINORÍAS TRADICIONALES

Las minorías tradicionales sufrieron un proceso de transformación bastante acentuado durante el período en estudio. Situados en las posiciones clave desde las que se manejaba la política y la economía, sus miembros recibieron el impacto inmediato y directo del proceso de cambio y respondieron con rápidas reacciones para adecuarse a las nuevas situaciones y mantener el control del país y, en especial, el control del proceso de cambio. Esas reacciones de adecuación no fueron, sin embargo, acomodaciones miméticas y pasivas, sino que entrañaron una afirmación polémica de los derechos eminentes de la minoría tradicional a conservar su hegemonía.

Las minorías tradicionales conservaron —o acaso acentuaron— la vocación intelectual que las había caracterizado desde antes de alcanzar el poder. Constituidas originariamente en la oposición a Rosas, habían desplegado un ingente esfuerzo para adoptar, primero, una actitud crítica, y luego, una actitud constructiva. En esta última etapa, el metódico análisis de la situación del país y el estudio de las soluciones posibles para sus problemas crearon hábitos intelectuales que, poco después, el refinamiento perfeccionó y enriqueció con nuevas inquietudes y curiosidades. La élite política fue también la élite intelectual.

La fisonomía cultural de las minorías tradicionales fue dada por su europeísmo. En rigor, la devoción por Europa solo alcanzaba a los países de intenso desarrollo industrial, y especialmente a Francia e Inglaterra. Pero no solo se debía a ese desarrollo, sino también a las formas de vida que había creado la alta burguesía al calor de la prosperidad económica. La elegancia y el refinamiento en los hábitos cotidianos sedujeron a las minorías tradicionales. Y la creación literaria, sobre todo, fue acogida con entusiasmo y devoción.

El europeísmo correspondió a la preocupación por las formas. Las minorías tradicionales se deslizaron hacia cierto formalismo que se manifestó en diversos aspectos: desde los más intrascendentes, como el del trato social, hasta los más importantes de la conducción política. El formalismo inspiró, en última instancia, una imagen de la nación, según la cual su desarrollo consistía fundamentalmente en la adquisición de una forma institucional dentro de la cual deberían conjugarse todas las fuerzas de la sociedad. Si se compara el punto de vista histórico, sociológico y político de Bartolomé Mitre con las ideas que Juan Manuel de Rosas había desarrollado en la llamada “carta de la hacienda de Figueroa”, se advertirá este rasgo distintivo de las minorías preponderantes después de Caseros.

Cuando las minorías tradicionales fueron cerrándose —de acuerdo con el proceso que se describirá más adelante—, su fisonomía cultural adoptó los rasgos de una verdadera “aristocracia de la inteligencia”. Por eso halló eco en su seno la doctrina que, al comenzar el siglo, desarrolló el filósofo uruguayo José Enrique Rodó y que, por el título de la obra en que la expuso, fue conocida como “arielismo”.

El europeísmo no era, en las minorías tradicionales, una mera actitud intelectual. Fue la opción que consideró más eficaz para salir de una situación de estancamiento. En términos económicos, europeísmo significó estimular ciertos cambios en la producción para poder orientarla hacia el mercado europeo, cada vez más absorbente, abriendo al mismo tiempo el mercado local para los productos manufacturados europeos que contribuirían al equipamiento moderno del país y a la elevación del nivel de vida, en particular de las nuevas clases medias. Esta política no podía ser sino una imitación de la que había presidido el desarrollo industrial de los países europeos. Como imitación, fue promovida en estrecha relación con los países a los que parecía justo imitar, y en particular con los grupos económicos de esos países que podían interesarse por la economía argentina como subsidiaria de la propia. Tal actitud condujo al establecimiento de un sistema de escasa autonomía, y hubo grupos, especialmente en el interior, que lo consideraron nefasto y contrario a los intereses nacionales. También se manifestaron disconformes los pequeños grupos industriales que se organizaron en la década de los setenta y pugnaron por resistir la competencia extranjera. Pero la actitud predominante fue la de los promotores del desarrollo agropecuario y de las inversiones extranjeras para el equipamiento del país, cuya política pareció a la mayor parte de sus miembros garantía de prosperidad y bienestar.

El variado curso del proceso económico, a lo largo del cual se alternaron los éxitos y los fracasos, no alteró la firme y generalizada convicción de que el sistema económico adoptado era bueno. Las minorías tradicionales siguieron desarrollándolo, aunque se dividieron las opiniones acerca de las medidas que frente a cada caso debieran tomarse. En cambio, el proceso social y político que acompañó al cambio económico sacudió profundamente a las minorías tradicionales, que comenzaron a revisar sus ideas, pero ya antes habían revisado sus actitudes.

El espectáculo de la constitución de una sociedad marginal de origen inmigrante, cuya integración parecía teóricamente deseable pero que producía un inocultable sentimiento de rechazo, provocó en las minorías tradicionales una actitud de retracción. La nueva fisonomía social del país era la que ellas habían prefigurado, pero al verla transformada en realidad aparecía en sus miembros una secreta repugnancia. Persistieron en la obra emprendida, pero prefirieron reducir al mínimo su contacto con las nuevas multitudes. Adoptaron una actitud de aristocrático desdén hacia ellas, y se encerraron dentro de círculos cerrados donde regían las normas que se habían impuesto y tenían plena vigencia las convenciones, las preferencias y los sobreentendidos que la convivencia del pequeño grupo de familias había elaborado. Poco después, las minorías tradicionales habían adquirido un vigoroso sentimiento oligárquico, con el que creían poder justificar su convicción de que eran los amos legítimos del país, acosados por cierto por una jauría deseosa de satisfacer sus apetitos materiales. Este sentimiento, que engendró una marcada incomunicación, pondría poco a poco en peligro su ascendiente sobre los nuevos grupos sociales que se constituían con elementos de origen extranjero.

La influencia de tales elementos suscitó en las minorías tradicionales un creciente sentimiento xenófobo. Cosa curiosa, el europeísmo no cubrió con su prestigio a los grupos humanos concretos, de origen europeo, que se incorporaron a la vida del país. Por el contrario, la primera manifestación xenófoba fue un inocultable desprecio por los inmigrantes, que luego se transformó en abierta repulsión. En el origen de ese sentimiento estaba, simplemente, la sensación de cambio que introducían en un mundo pequeño y coherente, ahora en peligro de escapárseles de las manos a las minorías tradicionales. Pero en su intensificación obraron otros fenómenos, especialmente la progresiva politización de algunos grupos inmigrantes. La organización de huelgas y movimientos de resistencia obrera, la difusión de doctrinas revolucionarias —como el anarquismo y el socialismo— y la creación de movimientos sindicales no fueron observados por la mayoría de los miembros de las minorías tradicionales como fenómenos derivados del proceso económico-social, sino como resultado de la acción malintencionada de grupos subversivos. La reacción fue reprochar a los grupos obreros su deslealtad para con el país que los había acogido y les proporcionaba trabajo para subvenir a sus necesidades. Tal interpretación suponía rechazar los riesgos que inevitablemente debía acarrear la europeización. Y de acuerdo con ella se sancionó una “ley de residencia” que autorizaba la expulsión de los extranjeros que realizaran una acción sindical o política susceptible de ser considerada subversiva, en tanto que se descuidaba introducir la legislación obrera que el desarrollo de la producción requería.

El sentimiento oligárquico presidió la acción política de los grupos preponderantes de las minorías tradicionales. A medida que los cambios sociales se intensificaban en el país, el riesgo de perder su control se hizo mayor. Pareció imprescindible, pues, evitar la participación política de los nuevos grupos sociales, e impedir que se polarizaran los sectores disconformistas. La consecuencia fue el perfeccionamiento de la máquina electoral oficialista, respaldada con todos los recursos del Estado. El fraude fue sistemático y pareció legítimo.

Favorecieron la perpetuación del régimen político diversas circunstancias. En las regiones donde el cambio económico-social había sido escaso o nulo, subsistían las antiguas relaciones de dependencia que hacían menos visible el fraude político. En las regiones más desarrolladas, los grupos inmigrantes tendían a la prescindencia. Pero la prescindencia significó, de hecho, un apoyo a los grupos que detentaban el poder, los cuales pudieron utilizar a los grupos inmigrantes, directa o indirectamente y en diversa escala, para el funcionamiento de la máquina electoral.

Aparecieron, sin embargo, en el seno de las minorías tradicionales, algunos grupos que adoptaron una actitud distinta. Unos enrostraron a quienes ejercían el poder político el ejercicio del “fraude y la violencia”; otros, su nepotismo; otros, su inmoralidad. La lucha entre los grupos y entre las personas, acentuada cada vez al negociarse la distribución de las candidaturas, cavó fosos profundos en el seno de las minorías tradicionales; y esas disensiones, unidas a las que nacían del enfrentamiento de las opiniones, crearon núcleos de polarización para los sectores disconformistas. Fue muy significativo el que encabezó Bartolomé Mitre, el que dio origen al Partido Republicano, el que resultó de la disidencia de Carlos Pellegrini con el general Roca y, sobre todo, el que inspiró Roque Sáenz Peña. Más trascendencia había de tener la disidencia total de Aristóbulo del Valle y Leandro N. Alem, de la que resultaría la formación de una corriente de opinión definida y hostil a la línea predominante en las minorías tradicionales: la Unión Cívica Radical.

Independientemente de los enfrentamientos políticos, se suscitaron en el seno de las minorías tradicionales otros acaso más graves. Resultaron de la contraposición entre católicos y liberales. Estos últimos no solo se apoyaban en firmes convicciones doctrinarias, sino que consideraban que su política —dirigida hacia una separación entre la Iglesia y el Estado, que no llegó a consumarse— era la que correspondía a la situación creada por el cambio económico-social. Los primeros, por su parte, defendían sus convicciones tradicionales apoyándose no solo en el valor universal y eterno de su doctrina, sino también en la necesidad de conservar la fe católica como instrumento de unificación del complejo social creado por la inmigración. El enfrentamiento ideológico —que era también una expresión del europeísmo, puesto que reproducía conflictos que ya habían aparecido en Europa— adquiría profundidad en la medida en que oponía dos soluciones diferentes a un problema real.

De 1910 a 1930

La celebración del centenario de la Revolución de Mayo, en 1910, provocó una apasionada revisión de la situación del país y contribuyó a definir las posiciones. Las circunstancias eran apropiadas. El proceso de cambio económico-social se intensificaba; habían comenzado a advertirse muchas y muy complejas consecuencias, casi todas imprevistas, en virtud de las cuales el proceso había escapado a todo control; y la situación general era, pese a la generalizada sensación de optimismo con respecto a la prosperidad, de cierta incertidumbre con respecto a las etapas futuras. Los problemas sociales se acentuaban, el clima era de intranquilidad, y tanto la corriente inmigratoria como las inversiones de capitales extranjeros seguían llegando como resultado de un dispositivo incontenible. Al hacerse el “juicio del siglo” —tal fue, por ejemplo, el título de un libro muy significativo de Joaquín V. González— parecía advertirse que la prosperidad tenía un precio. Las opiniones variaron acerca de si era justo o excesivo.

Para esa época, las tensiones políticas eran tan fuertes que, poco después, los grupos que controlaban el poder consintieron en sancionar una ley que aseguraba el voto secreto y obligatorio, con lo que se condenaban a sí mismos, poniendo fin a una larga era de falseamiento del régimen representativo.

Estas circunstancias marcan un viraje en las situaciones que se manifestaron en las corrientes de opinión.

LOS GRUPOS DE OPINIÓN

La continuidad del proceso de cambio mantuvo, en líneas generales, los rasgos fundamentales de la situación social. Pero algunos se extremaron. La movilidad social se acentuó notablemente o, mejor dicho, se hicieron más visibles sus resultados. Las nuevas clases medias crecieron y acentuaron su diferenciación interna. Los grupos de proletariado urbano precisaron su fisonomía social y sus objetivos. Los grupos de las minorías tradicionales se diferenciaron también, destrozados, en cierto modo, por la intensidad del proceso a que se vieron sometidos. Y algunos sectores del proletariado rural acusaron nuevos impactos que desmejoraron aún más su condición.

LAS MINORÍAS TRADICIONALES

Si fue típico del período que siguió a 1880 el fortalecimiento de los vínculos internos de las minorías tradicionales y del sentimiento oligárquico, a medida que avanzó el proceso de cambio ambos rasgos se disociaron: el sentimiento oligárquico se acentuó, pero los vínculos internos se debilitaron, creándose, en consecuencia, subgrupos muy definidos y de actitudes divergentes. En cuanto a otros aspectos, las tendencias persistieron. El europeísmo siguió presidiendo la concepción de la vida, de la economía y de la política, y el sentimiento xenófobo referido a los grupos inmigrantes se acentuó a medida que crecía su número y su politización.

Las alteraciones más sensibles en el seno de las minorías tradicionales se produjeron en su actitud política. Acostumbradas al poder y a las ventajas que deparaba a quienes lo ejercían y a su grupo circundante, vieron con progresiva zozobra el ascenso de la ola que amenazaba su posición. El crecimiento de las nuevas clases medias, nutridas por las sucesivas generaciones de hijos de inmigrantes y por el ascenso de ciertos grupos, así como el desarrollo del proletariado urbano, modificaba sustancialmente el conjunto social que las minorías tradicionales estaban acostumbradas a manejar. Perpetuar los métodos usados para neutralizar la participación política se hacía cada vez más difícil, más arriesgado y sin duda más inseguro. Ante esa situación, las minorías tradicionales comenzaron a escindirse entre las que preferían una obcecada persistencia en las actitudes tradicionales y las que, por convicción moral o por escepticismo político, creyeron que había llegado el momento de revisarlas.

Los primeros afirmaron su derecho a conservar el control del país, descalificaron políticamente a las nuevas clases en ascenso y justificaron todos los métodos utilizados para retener el poder: una concepción clasista disimulaba, en el fondo, este designio fundamental. Pero la concepción clasista echaba raíces y ahondaba el abismo entre la sociedad tradicional y la nueva.

Los segundos, en cambio, consideraban que la situación se hacía insostenible. Si algunos, por escepticismo político, estaban dispuestos a entregar el poder —y acaso a abandonar el país—, otros advertían que era preferible conceder a tiempo y mediante negociación lo que no parecía imposible que los nuevos grupos sociales pudieran un día obtener por la violencia. Estos no alimentaban el desdén por la nueva sociedad y reconocían como un hecho irreversible la alteración que se había operado. Fueron ellos los que favorecieron la sanción de la nueva ley electoral de 1912.

Producido el triunfo de la Unión Cívica Radical en 1916, el nuevo gobierno incluyó buen número de miembros pertenecientes a las minorías tradicionales. Alternaron con los “recién llegados” que eran mayoría en sus cuadros y pusieron de manifiesto la hibridación que comenzaba a producirse en el seno de la clase alta.

Cuando, después de la Primera Guerra Mundial, se acentuaron no solo los fenómenos normales derivados de la progresiva asimilación de los grupos inmigrantes, sino también las tensiones sociales, arraigaron en el seno de las nuevas generaciones de las minorías tradicionales las doctrinas aristocratizantes de los monárquicos franceses y las doctrinas corporativistas y autoritarias del fascismo italiano. Con esos componentes se integró una teoría llamada nacionalista, cuyo disfraz ideológico era la defensa de los valores de la tradición hispánica y criolla. Se manifestó como un movimiento antipopular de fuerte sentido clasista y tuvo influencia en el desencadenamiento de la revolución militar de 1930, que puso fin al gobierno radical y repuso a las antiguas minorías tradicionales.

LAS NUEVAS CLASES MEDIAS

A medida que avanzó el proceso de cambio, las clases medias crecieron numéricamente y se diversificaron dentro de una gama extensa. En su límite superior, se perfiló nítidamente una alta clase media cuyos caracteres no fueron particularmente originales; pero en su límite inferior, algunos de los variados grupos sociales que se constituyeron presentaron rasgos singulares. La actitud de los inmigrantes fue adversa al trabajo asalariado y cada uno de ellos no lo aceptó sino como una derrota. Como trabajador independiente o como pequeño comerciante, adoptó ya actitudes socioculturales de clase media; y como asalariado, procuró ocultar su condición proletaria hasta donde pudo. En ambos casos, el penoso o frustrado ascenso de clase fue transferido hacia los hijos, a los que se procuró situar en una posición de clase media. El resultado de esta tendencia fue una gran variedad en las clases medias inferiores y el consiguiente desdibujamiento del sector asalariado como grupo compacto.

La alta clase media, inclusive en sus rangos superiores, comenzó a incluir miembros de origen inmigrante: algunos vinculados a actividades comerciales en gran escala; otros, que actuaban en ambientes urbanos pero que nutrían su fortuna en actividades agropecuarias; y otros que prosperaban en las profesiones liberales, generalmente de primera o segunda generación inmigrante. Los miembros de origen nativo pertenecían aproximadamente a los mismos sectores económicos. La aproximación y fusión fue fácil y frecuente, sobre la base de la mayor fortuna de los grupos inmigrantes —en cierto modo condición del ascenso— y de su designio de vencer toda clase de obstáculos para lograr esa aproximación. Los recién incorporados trataron de filtrarse en las instituciones sociales tradicionales, de adquirir los hábitos y las formas de vida vigentes dentro del sector al que se aproximaban, y se solidarizaron con las actitudes sociales y políticas de estos.

Más que los de origen nativo, los miembros de origen inmigrante de la alta clase media —no muy numerosos todavía— sintieron el rechazo de las minorías tradicionales, especialmente de los sectores terratenientes y ganaderos que constituían la clase alta, de tendencia muy exclusivista. Pero no vacilaron en intentar también el ingreso a ese sector. Ciertas actividades económicas —la consignación de frutos del país, el remate de animales y tierras, las finanzas— establecieron preferentemente los contactos. La adquisición de residencias urbanas en los mejores barrios, la participación en obras de beneficencia y otros mecanismos semejantes permitieron también facilitar esa aproximación; y la adquisición de tierras para ganadería perfeccionó el ciclo. También en estos casos hubo mimetismo: adopción de formas verbales y de hábitos propios de los estancieros, preferencia —auténtica o fingida— por ciertas actividades sociales; eventualmente, los matrimonios mixtos consolidaron las alianzas.

En general, las clases medias superiores manifestaron marcada prevención hacia las clases populares, en las que descubrían unas veces una actitud demagógica y vulgar, otras una desbordante agresividad, y otras un fuerte resentimiento. Esta prevención se acentuó cada vez que las clases populares, o algunos de sus sectores, se comprometieron en acciones de tipo sindical o político que condujeron a actos de violencia. Más benévolas fueron con las clases medias, en las que descubrían no solo identidad de origen con los miembros de origen inmigrante que ya formaban parte de ellas, sino también con sus tendencias y aspiraciones, lo cual entrañaba una solidaridad en cuanto a ideas, normas y valores. La fuerte movilidad social mantuvo abierto el conjunto de las clases medias y todos sus grupos coincidieron en una filosofía de la vida fundada, precisamente, en el prestigio del éxito económico y de la tendencia al ascenso social y a la posesión de bienes.

Todos los grupos de las clases medias coincidieron también en una definida actitud política, cuyo contenido fundamental era el logro y la conservación de una democracia formal. Conscientes de que constituían la mayoría, aspiraban tan solo a que los mecanismos institucionales le aseguraran la participación que les correspondía en un régimen democrático. Fue propio de las clases medias vituperar el “régimen”, esto es, el sistema de gobierno de las minorías tradicionales anteriores a 1915, pero de ninguna manera el sistema económico-social sobre el cual ese régimen descansaba. La oposición política a las minorías tradicionales consistió en exigirles que les permitieran participar en la administración del sistema vigente, pero no para alterarlo sino para compartirlo.

Esta condición de la clase media abierta y móvil se tradujo en la acción de los gobiernos radicales que surgieron después de la nueva ley electoral de 1912. Temidos como destructores del sistema, se transformaron en sus defensores, aun cuando ampliaron el grupo social que recibía sus beneficios y obtenía los privilegios derivados del ejercicio del poder.

Más complejo fue el cuadro de las pequeñas clases medias. Su rasgo distintivo fue la tenuidad de los límites que las separaban de las clases asalariadas, a causa de la actitud de estas últimas. En ese límite inferior de las clases medias, las actitudes y expectativas correspondientes a tales clases fueron adoptadas por quienes todavía no se habían incorporado a ellas, aun cuando conservaban la esperanza de lograrlo, por sí mismos o más tarde por medio de sus hijos. Hubo, pues, variados grupos intermediarios que reflejaban la extremada fluidez social y la vigencia general de una concepción burguesa de la vida.

Esta actitud burguesa alejó a los asalariados que aspiraban al ascenso de cualquier actitud política que implicara un compromiso con su condición de asalariado y supusiera un arraigo de la “conciencia de clase proletaria”. Más bien predominó el conformismo político, la tendencia a integrar clientelas políticas de nuevo cuño y un inocultable deseo de no asumir responsabilidades. Tales actitudes configuraban un clima político de escasa rigidez moral.

El proletariado urbano

En Buenos Aires y en algunas otras grandes ciudades siguió creciendo el proletariado urbano. Conservó las mismas características. Los obreros especializados, sobre todo, eran de origen inmigratorio, y fueron algunos de entre ellos los que mantuvieron y desarrollaron la organización sindical y los que, eventualmente, promovieron huelgas de cierta trascendencia. Anarquistas, socialistas y comunistas infundieron a las organizaciones donde predominaban una doctrina bastante rígida, que a veces era difícil ajustar a las situaciones concretas del país, no tanto porque no fueran válidos sus esquemas en términos generales, sino a causa de la peculiar actitud de la mayor parte de la masa obrera de origen inmigratorio, que no se manifestaba dispuesta a enrolarse en una lucha clasista. Solo grupos de élite sindical mantuvieron el movimiento, que, quizás a causa de eso, fue muy doctrinario. Para la gran masa, en cambio, la actitud paternalista que puso en funcionamiento el gobierno radical —surgido en 1916, después de la vigencia de la nueva ley electoral— constituyó cierta garantía que acentuó su prescindencia sindical.

EL PROLETARIADO RURAL

La situación de los grupos criollos incluidos en las explotaciones ganaderas no cambió. Se acentuó, en cambio, el deterioro del proletariado de las regiones del interior que tenían cierto desarrollo industrial: explotaciones de caña de azúcar, tanino, madera, yerba mate, minas. Las condiciones económicas de los empresarios mejoraron, pero las condiciones del trabajo empeoraron y siguieron funcionando cada vez más crudamente las relaciones de dependencia para mantenerlas en los más bajos niveles.

Fue distinta la situación del proletariado que se desplazó hacia las explotaciones petroleras —que mejoró— y la del que trabajaba en la industria vitivinícola, en la región de Cuyo, que tuvo discretos niveles de salarios y buenas condiciones de vida.

En todos los casos hubo cierta prescindencia política. Al cambio de partido político, en 1916, siguió un cambio parcial de las organizaciones electorales que arrastró parte del proletariado rural, quizás un poco más entusiasta con la nueva situación que con la tradicional. El proletariado rural siguió considerándose postergado, marginal, y acumuló un singular resentimiento, nacido de un régimen que consideraba opresor. Oscuramente, se dibujaba una vaga reacción antioligárquica.

El ambiente intelectual y artístico en Sudamérica.* 1952

Desde el punto de vista del desarrollo intelectual y artístico, el período comprendido entre los años 1835 y 1875 no constituye un continuo homogéneo en los países del sudeste de América del Sur. En Paraguay, la muerte del doctor Francia, en 1840, significó un cambio sustancial en la situación política y también en la situación cultural. Cosa semejante ocurrió en la Argentina y Uruguay con la caída de Rosas en 1852. El cambio cultural fue en los tres casos muy importante. En la Argentina y Paraguay consistió en pasar de una situación de enclaustramiento a una situación de apertura hacia el exterior. En Uruguay, la ciudad de Montevideo fue durante ese lapso un activísimo centro cultural en el que circularon libremente las ideas europeas. Pero el período inmediatamente posterior fue sumamente agitado. Todo aconseja, pues, subdividir el período en dos: uno desde 1835 hasta 1852 y otro desde 1852 hasta 1875.

Con respecto al conjunto del período 1835-1875 conviene hacer una indicación preliminar. A lo largo de esos cuarenta años, la vida política de los tres países fue sumamente agitada, y el relato de las distintas contingencias revela la inestabilidad de las relaciones socioeconómicas y de las tendencias políticas. En el orden cultural, en cambio, las alternativas y los cambios fueron muy tenues. Esta circunstancia, así como la brevedad del período, permitió la perduración de las ideas y actitudes que predominaron durante el momento revolucionario y que solo se extinguieron poco a poco, dejando entretanto una secuela más o menos vigorosa que impregnó la cultura del período en estudio y le confirió un matiz confuso e indeciso.

La filosofía predominante en el Río de la Plata durante la década de los veinte fue la de Condillac y la “ideología”. Juan Crisóstomo Lafinur y Juan Manuel Fernández de Agüero fueron sus más altos representantes. Esta corriente filosófica —y sus supuestos— se perpetuó en el período en consideración a través de la enseñanza universitaria de Diego Alcorta, hasta su muerte en 1842, y quedó flotando en el ambiente por todo lo que significaba a causa de haber sido la primera corriente intelectual laica y moderna que, en el campo doctrinario, se enfrentó con la tradición escolástica colonial.

Cosa semejante, aunque en menor escala, ocurrió con las ideas científicas. Estimuladas por Rivadavia, comenzaron a desarrollarse muy tenuemente y muy pronto desaparecieron de la enseñanza. Pero esa breve luz quedó en el ambiente como un signo de modernidad que pareció necesario recuperar.

También tuvo ese destino el pensamiento político liberal y progresista. Sostenido por los políticos de formación europea y por los grupos urbanos, sufrió los embates de la acción desencadenada por los caudillos y los grupos rurales, así como el impacto del pensamiento, a veces muy explícito, de los corifeos del criollismo. Las instituciones que el pensamiento liberal había inspirado sucumbieron en la práctica, pero los principios en que se fundaban fueron tan solo postergados, sin que cayera sobre ellos otro estigma que el de su mala aplicación o el de su inadecuación a las circunstancias del momento. Quedó, pues, el pensamiento liberal y progresista como un trasfondo de toda política, impregnando también las actitudes opuestas.

Finalmente, también perduró, sordamente, la influencia del neoclasicismo. Consustanciado con el espíritu de la Revolución —por la fuerza de la tradición francesa— pareció el estilo propio de los sentimientos republicanos, con todo su sistema expresivo y sus particulares símbolos. Como ocurrió en Europa, el neoclasicismo restauró y consolidó la tradición académica, tanto en literatura como en plástica. Y por entre los cambios de sensibilidad, conservó el prestigio de una ortodoxia expresiva que nunca pareció lícito abandonar del todo.

Esta perduración de corrientes tradicionales da al período que vamos a examinar un carácter singular. Las novedades no adquieren un carácter muy definido ni rotundo, sino que se combinan en proporciones diversas con formas tradicionales o encubren con distintas apariencias actitudes tradicionales.

De 1835 a 1852

En 1835, precisamente, comenzó en Buenos Aires el segundo gobierno de Juan Manuel de Rosas. Su influencia se extendió hacia Uruguay, y sus objetivos se dirigieron hacia Bolivia y Paraguay. En la Argentina, el período que transcurre entre 1835 y 1852 se caracterizó por la acción de un gobierno fuerte, que persiguió violentamente a sus adversarios y obligó a expatriarse a los más activos. El agresivo criollismo de Rosas adoptó las formas de la xenofobia; de aquí una política de enclaustramiento y de rechazo de las formas cultas de la influencia extranjera. En Uruguay la política de Rosas desencadenó la guerra civil, como una prolongación de la que consumía a la Argentina. Montevideo, en manos de uruguayos enemigos de Rosas unidos a emigrados argentinos y europeos, permaneció sitiada por tierra desde 1843 hasta 1851. Pero su puerto se abrió sin restricciones a la influencia europea, que arraigó sobre todo gracias a la numerosa población de ese origen que poblaba la ciudad. Entretanto, en Asunción, la muerte del doctor Francia, en 1840, había puesto fin a un período de estricto enclaustramiento y permitió una moderada penetración de ideas europeas.

Una caracterización sumaria de la situación social del período puede hacerse alrededor de la oposición entre los grupos urbanos y los grupos rurales. Los primeros habían sido los responsables y sostenedores del movimiento de la independencia; pero los segundos no aceptaron el tipo de organización económica y política que aquellos propusieron y se enfrentaron con ellos desencadenando las guerras civiles. En términos generales, la oposición entre campo y ciudad, tal como la explicó Sarmiento en el Facundo, fue el motor de la vida política. Pero el conflicto entre las formas de mentalidad que entrañaban la vida urbana y la vida rural, condicionó la vida de la cultura. Durante este período, solo la ciudad de Montevideo, sitiada, pero abierta por mar a la influencia de Europa, fue un activo centro de renovación cultural. El campo —bajo la autoridad de los “caudillos” y la presión de las masas rurales— dominó a Buenos Aires y a las demás ciudades argentinas.

Reflejo de esa avasalladora influencia de las masas rurales fue el desarrollo de la literatura gauchesca. Literatura comprometida, ligada a la guerra civil, se difundió tanto entre los federales como entre los unitarios, pese a la vocación cultista de estos últimos. Expresaba sentimientos populares y su difusión entre los unitarios revela hasta qué punto estaban todos influidos por este ascenso de las masas rurales, por el prestigio de la sensibilidad criolla, por la difusión del habla popular. Fue poesía anónima en gran parte, a veces improvisada; pero Hilario Ascasubi alcanzó una expresión individual de cierto encanto poético. Puede decirse que la literatura gauchesca —y su éxito— revela una irrupción de lo popular y una asignación de valor a los grupos sociales que lo representaban.

Por la misma época, y a su vuelta de Europa, Esteban Echeverría introduce en el Río de la Plata la estética del romanticismo. En 1837 publica La cautiva, un poema en el que, a través de una evocación del desierto, intenta una descripción del paisaje de la pampa. El uso de las mismas formas poéticas que usaban los “payadores”, esto es, los improvisadores populares, prueba la identificación de los elementos típicos del romanticismo. Paisaje, alma popular, sentimiento íntimo, todo aparece y permanecerá mezclado.

A la irrupción de un sentimiento espontáneo de valorización de lo popular acompañó, pues, una estética de notoria raíz europea que precisaba de ese elemento. Pero a la valorización espontánea de lo popular acompañó también una teoría de la sociedad que intentó sistematizar y comprender intelectualmente el significado de los caudillos y de los grupos rurales dentro del complejo social rioplatense. Ese intento se hizo, sobre todo, a la luz de las teorías del romanticismo social, particularmente de las ideas de Saint-Simon. Centro de esa renovación intelectual fue el “Salón Literario”, que Marcos Sastre organizó en Buenos Aires en 1837.

Textos significativos de esa dirección son el Fragmento preliminar al Estudio del Derecho de Juan Bautista Alberdi, de 1837, y el Facundo de Domingo Faustino Sarmiento, de 1845. En ambos casos, los autores, enemigos jurados de Rosas, prefieren sustituir la simple execración del dictador por un estudio minucioso y comprensivo de las situaciones sociales que permitieron su ascenso político y un análisis de las actitudes y formas mentales de los grupos que lo seguían y le prestaron su incondicional apoyo. Era, pues, la de Alberdi y Sarmiento, una actitud claramente encuadrada dentro de los criterios del romanticismo social. La realidad se imponía a sus ojos por debajo de los esquemas intelectuales, y era la realidad lo que se necesitaba comprender. En el mismo sentido se expresó, precisamente, el propio Juan Manuel de Rosas cuando intentó explicar su política contraria a la organización institucional —que juzgaba prematura— en la llamada “Carta de la hacienda de Figueroa”, que redactó en 1834. Su análisis subordinaba los esquemas políticos a las fuerzas sociales.

Así, como en el caso de la literatura, también en el campo de las ideas ciertas corrientes difusas provenientes de la experiencia político-social de los últimos decenios se mezclaron con algunos conceptos que el pensamiento político sistematizaba en Europa. Este curioso conjunto de ideas presidió la imagen de la realidad. Se desarrolló en los círculos cultos de Montevideo, entre los emigrados argentinos y los ciudadanos uruguayos; pero a su lado se desarrolló en la capital uruguaya, por una parte, el estudio de la ideología —llevada por emigrados argentinos—, y por otra —en el Gimnasio Nacional creado en 1848—, el estudio del eclecticismo espiritualista, que enseñó Luis José de la Peña. Poco antes, al caer el doctor Francia, se había inaugurado en Asunción la Academia Literaria, pero el magisterio fue confiado allí a los jesuitas, que mantuvieron la enseñanza escolástica. En cuanto a las ciencias físico-matemáticas y naturales, que Rivadavia había procurado impulsar en Buenos Aires, la enseñanza se desvaneció a causa de la indiferencia del ambiente, las dificultades prácticas y la inequívoca hostilidad del gobierno de Rosas.

Esa fue la época en que desapareció de la Universidad de Buenos Aires la enseñanza del dibujo; la escuela, inaugurada en 1821, fue cerrada en 1835. Pero ya habían concluido sus estudios Carlos Morel y Fernando García del Molino, discípulos de varios pintores extranjeros que enseñaban en aquella. De formación academicista, no les faltó alguna influencia renovadora, como la de Goya, algunas de cuyas obras habían podido ver en Buenos Aires. El uruguayo Blanes y el francés Pellegrini, radicados en la Argentina, pintaban retratos y cuadros de batallas. Pero todos ellos comenzaron a interesarse por las escenas de costumbres, por las escenas de campo, por los tipos populares, tal como lo hicieron otros viajeros, en particular D’Hastrel, Bacle y Monvoisin, este último condiscípulo de Delacroix en París. El romanticismo se filtraba a través del interés por los temas populares y por el paisaje.

De 1852 a 1875

La caída de Rosas en 1852 transformó sustancialmente la situación en el Río de la Plata. Bloqueado el puerto de Buenos Aires por las escuadras extranjeras en los últimos años de su gobierno, su xenofobia y su repugnancia por la cultura europea fueron en aumento. Pero otras fuerzas sociales, movidas por las perspectivas que abrían los mercados europeos, manifestaron una actitud contraria, y fueron ellas, precisamente, las que contribuyeron a su caída. En Uruguay, el sitio de Montevideo había sido levantado en 1851. Comenzaba, pues, una época de apertura hacia el exterior en todo el Río de la Plata, en tanto que tal actitud, siempre con algunas limitaciones, se mantenía en Asunción.

En la Argentina, la orientación de la política económica hacia los mercados internacionales se mantuvo inalterable desde 1852 en adelante, y en los años que ahora estudiamos se echaron las bases de la organización nacional. Aunque tempestuoso por momentos, el proceso fue continuo y coherente. Tuvo éxito y se consolidó la posición de una élite de pensamiento político muy claro. Una constitución establecida en 1853 y adoptada definitivamente en 1862 creó los cuadros de la vida nacional argentina, dentro de los cuales el desarrollo de la cultura superior adquirió notable importancia.

En Uruguay, en cambio, predominó, entre 1851 y 1876, la lucha entre las facciones. Al levantarse el sitio de Montevideo, la hostilidad entre los grupos urbanos y los grupos rurales se hizo tan violenta que las clases sociales se agruparon como tales por encima de los partidos tradicionales. La aglutinación de los “principistas” —expresión de los grupos urbanos de los dos partidos: blanco y colorado— dio nacimiento al gobierno ilustrado del doctor Ellauri y a las cámaras llamadas “bizantinas”, precisamente por la alta cultura intelectual y política de sus miembros; pero la inestabilidad se acentuó y concluyó en la dictadura de Latorre. En Paraguay, entretanto, Carlos Antonio López gobernó desde 1844 hasta 1862, y traspasó ese año el poder a su hijo Francisco Solano López. La guerra del Paraguay con la Argentina, Brasil y Uruguay duró desde 1865 hasta su muerte en 1870 y, en su trascurso, el país recayó en el enclaustramiento más riguroso.

Los “principistas” uruguayos no pudieron imponer sus principios. Eran, sin embargo, los mismos que lograron hacer triunfar los liberales argentinos después de la caída de Rosas, y los que durante breve tiempo quiso imponer en Paraguay, con limitaciones, el gobierno de los López. Eran principios económicos, sociales y políticos que se consideraban válidos para transformar la estructura de las antiguas colonias a fin de convertirlas en países modernos y capaces de incorporarse al juego de la economía internacional. Se sustentaban en las doctrinas generales del liberalismo económico y político, pero contenían, además, una teoría acerca de las necesidades reales de cada país y de los mejores medios para satisfacerlas. La atracción de capitales extranjeros para realizar grandes obras públicas —ferrocarriles, puertos, puentes, obras sanitarias, edificios, etc.— y la promoción de una corriente inmigratoria de origen europeo que permitiera modificar la fisonomía de la vida rural, fueron los puntos fundamentales del programa.

Los grupos liberales creyeron, además, que era fundamental el afianzamiento definitivo del orden constitucional y legal del país. Al funcionamiento riguroso de la Constitución debía acompañar la sanción de un conjunto de leyes orgánicas, relacionadas con las actividades básicas del país: la administración pública, la justicia, la moneda, etc. Un inmenso esfuerzo para dar forma al país caracterizó la labor de esos años, especialmente en la Argentina.

Sobre todo, se consideró necesario atender a la educación popular y superior. La preocupación más urgente pareció ser la de enseñar a leer y escribir a las grandes masas cuyo ascenso social se procuraba estimular con las nuevas medidas económicas. Esta preocupación se vinculó estrechamente con la introducción del pensamiento de Spencer y de Comte, con el cientificismo y el positivismo, que fueron las doctrinas de las élites políticas. Si el progreso fue la fórmula que sintetizó los fines de su acción, la educación popular fue el medio indispensable para lograrlos. En 1874, el uruguayo José Pedro Varela publica su obra La educación del pueblo, y en 1876, fundada en los principios de otra obra suya, La legislación escolar, promueve la sanción de la ley de educación común en Uruguay. El argentino Sarmiento había publicado en 1849 La educación popular, y dedicó todo su esfuerzo, desde que tuvo acceso al poder, a llevar a la práctica su doctrina educacional. Pero el hecho de mayor resonancia —en cuanto significó un pensamiento filosófico en acción— fue la fundación de la Escuela Normal de Paraná (Argentina) en 1870. Se inició allí una campaña metódica de formación de maestros, que continuarían poco después otros establecimientos similares en todo el país. Es en Paraná, sin embargo, donde tuvo su centro la difusión del positivismo comtiano, que enseñó por primera vez Pedro Scalabrini en 1872. Materialismo, darwinismo y positivismo es el título de un trabajo suyo publicado en 1889, en el que resumía los fundamentos de su enseñanza. Complementó esta labor la incesante prédica de Sarmiento, su obra múltiple como pensador y como político, y la influencia que a través de él ejerció el pensamiento pedagógico de Horacio Mann.

Junto a la influencia filosófica del positivismo, se advirtió la del racionalismo de Quinet y de Renán. La Vida de Jesús, de este último, fue traducida en Montevideo en 1864 e inspiró una singular actitud intelectual de las élites de ambas márgenes del Plata. Pero sobre todo ejercieron fuerte influencia renovadora los estudios científicos. En Asunción, la apertura que se observó durante el gobierno de Carlos Antonio López permitió la creación, en 1857, de un grupo de institutos destinados a echar las bases de la universidad. Allí se enseñó matemáticas y medicina, además de filosofía, latinidad y derecho. En la universidad de Montevideo, solo en 1874 se establecieron cursos de física e historia natural. Pero en Buenos Aires tales estudios tuvieron mayor desarrollo. Desde 1861 hasta 1873 ejerció el rectorado de la Universidad de Buenos Aires Juan María Gutiérrez, espíritu renovador a quien se debe la creación del Departamento de Ciencias en 1865. Una idea del vigor que para entonces tenían tales estudios puede darla el hecho de que se crearan poco después dos instituciones de alto nivel: en 1872 la Sociedad Científica Argentina y en 1873 la Academia de Ciencias de Córdoba (Argentina).

El signo de todas estas tendencias fue la europeización. Hubo, naturalmente, una reacción inversa, de afirmación del criollismo, cuyo símbolo fue la publicación de Martín Fierro de José Hernández, en 1872. De todos modos, el campo perpetuaba todavía los rasgos tradicionales y la pintura siguió buscando en él su inspiración. Lo hizo el más representativo pintor de la época, Prilidiano Pueyrredón, sin dejar por eso de ejercitarse en el retrato, en el que sobresalía. Es la época de Cándido López, pintor de la guerra del Paraguay, del francés Pallière, de los italianos Manzoni y Verazzi.

De 1875 a 1910

El normal proceso de desarrollo interno de cada país y, además, el auge de la economía europea, promovieron la estabilidad y la organización de la zona sudeste de América del Sur en las últimas décadas del siglo XIX. Al salir de la guerra de la Triple Alianza, Paraguay dictó la constitución de 1870, muy semejante a la argentina de 1853, y dentro de sus marcos se sucedieron los gobiernos que procuraron sacar al país del aniquilamiento en que había caído. En la Argentina, el presidente Roca inauguró su gobierno en 1880 bajo el lema de “paz y administración”, que revelaba la actitud de la élite gobernante, partidaria del progreso material y del refinamiento intelectual al modo europeo. La política de Mitre, Sarmiento y Avellaneda se había impuesto definitivamente, como en Uruguay se impuso una actitud semejante a través de Latorre, Santos, Tajes y Herrera y Obes. Como otrora en Francia, la consigna fue: “¡Enriqueceos!”. Podría agregarse: “Y gozad”, porque las burguesías en ascenso revelaron un fuerte hedonismo.

Desde el punto de vista de las ideas que presidían la acción pública, pocas novedades se advirtieron en este período. El liberalismo tradicional seguía siendo eficaz y se persistió en la aplicación de sus principios. En la Argentina se dictó en 1889 la Ley de Matrimonio Civil y en Paraguay una semejante en 1898. La política económica fue ambiciosa y, aunque condujo a la crisis de 1890 en Uruguay y la Argentina, abrió amplias posibilidades de desarrollo. Los barcos seguían volcando en los puertos del Plata cantidades inmensas de inmigrantes europeos, muchos de los cuales se radicaban en los campos, en tanto que otros engrosaban la población urbana. Montevideo, Buenos Aires, Rosario, La Plata, Bahía Blanca, crecieron como importantes centros de comercialización de los productos agropecuarios. Los medios de transporte se desarrollaron considerablemente y las comunicaciones y servicios públicos alcanzaron un nivel semejante al de los países europeos.

La política educacional se intensificó en todas partes. En 1884 se dictó en la Argentina la Ley de Educación Común y al año siguiente la ley que organizaba el gobierno de la universidad. En Paraguay se dictó la Ley de Educación Común en 1887 y se creó en 1889 la Universidad Nacional, fundándose más tarde, en 1896, la Escuela Normal y el Instituto Paraguayo. Una crisis institucional determinó en 1885 una reorganización profunda de la Universidad de Montevideo, que se modernizó.

En el campo de la filosofía y las ciencias, las doctrinas de Comte y Spencer, el darwinismo y otras corrientes afines siguieron predominando. Florentino Ameghino realizó por entonces intensos estudios de paleontología y antropología en la Argentina, y precisó su credo cientificista. Pero en los comienzos del siglo no dejaron de percibirse algunos signos de la receptividad de ciertas reacciones que se operaban en Europa frente a aquellas doctrinas. En 1896 se fundó en la Universidad de Buenos Aires la Facultad de Filosofía y Letras, donde Rodolfo Rivarola intentaría una “vuelta a Kant”. En Uruguay, la disidencia se señaló hacia 1890, encabezada por Julio Herrera y Obes, pero se acentuaría luego a través del pensamiento de José Enrique Rodó y Carlos Vaz Ferreira. Durante todo el período en examen adquirió importancia la lucha religiosa, cuyo pretexto fue a veces el problema de la educación, pero que alcanzó todos los estratos del pensamiento. La concepción laica del Estado fue muy definida y enérgica durante estas décadas, de modo que su acción planteaba reiteradamente cuestiones de hecho que arrastraban la polémica hacia los fundamentos doctrinarios. Católicos militantes como los argentinos José Manuel Estrada y Pedro Goyena reeditaron todos los tópicos de la polémica europea de la época contra el liberalismo. El movimiento liberal anticatólico alcanzó más virulencia todavía en Uruguay, donde fue recogido por grupos políticos que obtendrían —más tarde, en 1917— la separación de la Iglesia y el Estado.

Una consecuencia decisiva del auge del pensamiento spenceriano y positivista fue el desarrollo de las preocupaciones por los problemas sociológicos. Ciertamente, el vasto experimento demográfico que se había realizado en Uruguay y especialmente en la Argentina, ponía en evidencia ciertos problemas reales que suscitaban la curiosidad por las indagaciones de los sociólogos positivistas. La coexistencia de grupos indígenas y criollos con los sectores de origen europeo recién llegados determinaba conflictos evidentes que se traslucían sobre todo en conflictos de actitudes y formas mentales, de normas y valores. Al mismo tiempo, el espectáculo de una sociedad cosmopolita, nacida por la acción de las últimas generaciones de dirigentes, planteaba el problema de la dinámica social y llamaba a la reflexión, precisamente no mucho después que otros conflictos contribuyeran a echar las bases de la disciplina sociológica en Europa.

Un signo claro fue la apertura de la polémica sobre la historia argentina. Bartolomé Mitre y Vicente F. López —políticos de antigua militancia antifederales— escribieron sus grandes obras históricas en estas décadas y en ellas fijaron un concepto de la historia argentina. Según ellos, la nación, la comunidad nacional argentina, era el resultado de la acción de los grupos revolucionarios de las ciudades, de clara mentalidad liberal. Pero no mucho más tarde, Adolfo Saldías refutó este planteo e intentó una explicación de la historia argentina en la que las masas populares rurales —que para Mitre y López eran solamente elementos negativos y obstáculos del progreso— representaban un valor positivo. Este enfrentamiento adquirió cierta trascendencia, a medida que la nueva aristocracia se consolidaba en el poder y se distanciaba del abigarrado conjunto social que quedaba por debajo y en el que se distinguían nítidamente el sector criollo, por una parte, y el sector inmigrante, por otra. Pese a esa heterogeneidad, las clases populares veían en la aristocracia un grupo separado, un poco soberbio, y a medida que cobraban conciencia política, se acercaban a un concepto de la historia argentina que entrañaba un valor positivo en las clases populares.

Junto a la polémica de la historia argentina, surgió la polémica acerca de la peculiaridad de la sociedad argentina. El tema del gaucho fue uno de los predilectos y Carlos Octavio Bunge, el autor de Nuestra América, lo analizó con cuidado. También fueron analizados los problemas de lo que Ramos Mejía llamó “las multitudes argentinas”, de acuerdo a los criterios más ceñidos de la sociología positivista. Las multitudes eran, a la luz de la historia, las masas rurales y acaso las muchedumbres indiferenciadas de los suburbios. Pero a la luz de la realidad viviente, aparecieron las nuevas multitudes, las que constituían los grupos de inmigrantes, algunos de los cuales se esforzaban por mantener sus vínculos nacionales formando colectividades cerradas que procuraban no abandonar la lengua vernácula. Este fenómeno fue el que más preocupó a Ricardo Rojas, cuyo libro La restauración nacionalista constituyó, en 1910, una denuncia del grave problema que afrontaba el país.

La situación social había servido, pues, para estimular los estudios sociológicos, aplicando los métodos de las escuelas positivistas en boga. Pero no solo había suscitado una preocupación doctrinaria. Los grupos inmigrantes, especialmente los grupos de artesanos y obreros industriales, habían introducido, en las últimas décadas del siglo, las doctrinas del anarquismo y del marxismo. En la última década del siglo, Juan B. Justo inició el análisis de la historia argentina desde un punto de vista marxista y fundó el Partido Socialista. En los grupos intelectuales, poetas como Leopoldo Lugones profesaban un anarquismo agresivo. Ese espectáculo permitió una curiosa reacción en las aristocracias tradicionales: la identificación de la xenofobia con la defensa del criollismo y la hispanidad. Esta agitada atmósfera social permitió un vasto desarrollo de las ideas y una sensible alteración de los criterios para evaluar los fenómenos de la realidad.

Es innegable que el proceso de desarrollo de estos países —como de otros de América Latina— suscitó una polarización social: las aristocracias se sintieron más aristocráticas, se retrajeron y comenzaron a cultivar deliberadamente sus sentimientos minoritarios, en tanto que, por otra parte, se desarrollaba una política de contenido popular y, en algunos sectores, de carácter obrero y revolucionario. Respondió al refinamiento de las nuevas burguesías la estética del modernismo, que triunfó en Buenos Aires con la publicación, en 1896, de Prosas profanas, de Rubén Darío. El uruguayo Julio Herrera y Reissig y el argentino Leopoldo Lugones se encaminarían por esa vía. Pero fue José Enrique Rodó quien definió más precisamente una actitud aristocrática y estetizante como postura espiritual frente a la turbulenta aparición de las masas populares. Su Ariel, publicado en 1900, adquirió tal importancia que el “arielismo” fue considerado como la doctrina propia de los círculos cultos. Era una afirmación del valor del espíritu frente al materialismo triunfante, pero no solo el de las turbas groseras sino también el de las burguesías enriquecidas y obsesionadas tan solo por la conquista de groseros goces y de bienes tangibles. Era, por lo demás, una afirmación del valor del espiritualismo latino frente al pragmatismo anglosajón.

Entretanto, la burguesía en ascenso y las clases populares abrumadas por la miseria habían encontrado quienes expresaran su presencia: su concepción de la vida y sus problemas. El realismo comenzó a hacerse presente en el sudeste de América Latina en las últimas décadas del siglo, tanto en la literatura como en la plástica. Como actitud intelectual, el realismo tenía estrecho parentesco con la actitud sociologista del positivismo. Su preocupación era poner al desnudo la realidad sin preocuparse por la belleza o, por el contrario, desafiándola con la exaltación de lo grotesco. Tal fue el caso de Eugenio Cambaceres, el novelista argentino de Sin rumbo y En la sangre. Aunque con matices, perteneció a la misma tendencia toda la novela de la “generación del 80”, representada, con Cambaceres, por Lucio López, el autor de La gran aldea, y por Julián Martel, el autor de La Bolsa. Cosa semejante podría decirse con respecto a los cuentos de Eduardo Wilde o a las obras teatrales de Gregorio de Laferrère. Por la misma época, aunque con menos intensidad, aparece la misma tendencia en Uruguay con Daniel Muñoz y en las primeras obras de Carlos Reyles.

El realismo fue la tendencia renovadora que polarizó en Buenos Aires el entusiasmo de los fundadores de la Sociedad Estímulo de Bellas Artes, en 1876, que tanto hizo por el desarrollo de las artes plásticas. Eduardo Sívori y Eduardo Schiaffino fueron, entre los propulsores, los que más se destacaron en la pintura. El desnudo, provocativo a veces, hizo irrupción en la cultura argentina, desafiando los prejuicios de una sociedad provinciana. Pero también hizo irrupción, con Ernesto de la Cárcova, el tema social de fuerte contenido polémico. Del año 1894 —precisamente el año en que Juan B. Justo fundó La Vanguardia, el periódico socialista— es su cuadro Sin pan y sin trabajo. Vinculada a aquella sociedad estuvo la fundación del Círculo Fomento de Bellas Artes, en Montevideo, en 1905. Carlos María de Herrera y Pedro Blanes Viale cumplieron papel semejante al de los citados pintores argentinos. Y también por esos años se fundó el Partido Socialista Uruguayo bajo la inspiración de Emilio Frugoni. Pocos años más tarde —y acaso en relación con el esteticismo finisecular— el pintor argentino Martín Malharro introdujo el impresionismo en el Río de la Plata.

Los problemas de la historia social en América Latina. 1965

Los estudios historiográficos tienen una antigua y sólida tradición en casi todos los países de América Latina. Durante la segunda mitad del siglo XIX se trabajó incesantemente en muchos de ellos para reunir y organizar materiales de acuerdo con las mejores técnicas eruditas, y aparecieron numerosas obras —parciales unas y de conjunto otras— que intentaron, y lograron a veces, establecer ciertos criterios que se consideraron fundamentales para la comprensión de los procesos históricos nacionales. Esta tarea se prolongó con los mismos caracteres durante las primeras décadas de este siglo. Se continuó, acaso con más intensidad, la publicación de fuentes documentales y no faltaron los ensayos rigurosos y lúcidos que han agotado ciertos temas concretos. Pero la problemática predominante ha sido la misma, y son escasos —y acaso por eso más meritorios— los esfuerzos hechos para ampliar el horizonte de los temas que se ofrecen hoy al historiador.

Entre estos esfuerzos, deben señalarse los que se han intentado para enfrentar algunos de los grandes problemas de la historia social latinoamericana, problemas de pasado oscuro y complejo y que desembocan en el presente bajo la forma de candentes cuestiones inocultables. Acaso esta urgencia de los problemas latinoamericanos contemporáneos haya sido el móvil indirecto de la preocupación creciente por los temas de la historia social; y se explica que así sea, porque es innegable que los problemas sociales son de tal naturaleza que el conocimiento del proceso que los ha engendrado encierra los datos fundamentales para su comprensión actual. Pero a pesar de todo ello, la historia social no ha tenido en las últimas décadas el desarrollo que hubiera podido esperarse, y aún aparece agobiada por la tradicional gravitación de la historia política. Este hecho merece cierto análisis.

En los países latinoamericanos —tan distintos, por cierto, y tan difícilmente comprensibles como una unidad más allá de ciertos límites— los estudios históricos se desarrollaron intensamente en la segunda mitad del siglo XIX como consecuencia de causas encontradas y diversas. Sin duda los cultivaron y desarrollaron ciertas minorías cultas, de muy fina formación intelectual e impregnadas de pensamiento europeo. Pero sólo en parte fue una pura actitud científica la que las movió a dedicarse a la investigación histórica, como se advierte si se observa que ninguno de los miembros de esas minorías cultas se sumió exclusivamente en ella. Tanto como la pasión del conocimiento, o acaso más, las movió cierta militancia política, tanto en sentido lato como en sentido estricto. Y de esa confluencia de motivaciones obtuvo el saber histórico cierta inobjetable gravitación.

En Juvenilia, publicada en 1882, cuenta el novelista argentino Miguel Cané que un viejo condiscípulo fracasado justificaba su oscuro destino sosteniendo que, aunque tenía disposición para las matemáticas, su ignorancia de la historia le había impedido progresar. “Desengáñate, el que no sabe historia no hace camino”, decía; y agregaba: “Mi hijo, que tiene seis años, empieza a deletrear un Duruy. No hay como la historia, y si no, mira a todos los compañeros que han hecho carrera”. La observación de Cané —uno de los miembros más representativos de la generación argentina del 80, progresista y liberal— recogía un hecho tan exacto como significativo. Saber historia era, en los países latinoamericanos de la segunda mitad del siglo XIX, tener opinión acerca del proceso de constitución del país o, mejor aún, participar en alguna medida en el arduo proceso de definición de la nacionalidad. Porque esta era, en el fondo, la motivación sustancial de la pasión que suscitaban los estudios históricos.

El problema no era absolutamente original. También en Europa y en Estados Unidos la historiografía romántica había estado movida por el afán de definir las nacionalidades. La búsqueda del “espíritu nacional”, del Volksgeist, había originado nuevas preocupaciones científicas que tenían, sin embargo, una vertiente política. Pero en los países de América Latina esta vertiente era mucho más acentuada, y con razón. El movimiento emancipador había creado a principios del siglo XIX un conjunto de países de idéntica raíz, constituidos al calor de situaciones muy semejantes y con un futuro que se insinuaba con problemas muy parecidos. Hallar la peculiaridad de cada uno de ellos era empresa difícil, y, sin embargo, fundamental no sólo para afirmar su independencia del poder español, sino también para justificar su segregación de vastas áreas tradicionales, como los antiguos virreinatos, o de nuevas áreas políticas como la Gran Colombia creada por Bolívar y de la que se desgajaron tres países. Fue esa dificultad la que desencadenó el afanoso análisis del pasado, la exploración cuidadosa de los nimios detalles propios de cada desarrollo regional y, además, la sobreestimación de un patrimonio legendario y heroico que se trataba de exaltar envolviéndolo en una atmósfera carismática.

Esta fisonomía particular de la historia concebida como historia comprometida en relación con un problema vivo, pero exclusivamente como historia del desarrollo político, configuró los estudios históricos tradicionales. Frente a ellos, en cierto modo, la historia social nació también al calor de problemas vivos, antes apenas percibidos, pero que hicieron irrupción ya en la última década del siglo XIX en algunos países, y más tarde en otros. Su naturaleza es, pues, semejante. Y así como los problemas vivos que alimentaron la historia tradicional siguen siendo vivos, del mismo modo parece evidente que la historia social no podrá desprenderse de su compañía y deberá hallar un planteo temático y un método que no los separe. Acaso en esto consista la mayor dificultad.

Quizá pueda afirmarse que en todas partes la historia social es inseparable de la historia política. En mi opinión es así. Pero quizá en el campo de la historia de los países de América Latina esta relación sea más estrecha y acaso más inseparable que en otros. El plazo de cuatro siglos y medio que cubre la historia del proceso de mestizaje y aculturación desarrollado en América no ha sido, ni podía ser, suficiente para otorgar estabilidad a las situaciones sociales y culturales, y, en consecuencia, los conflictos no pudieron resolverse de otro modo que acudiendo a actos de poder que aseguraran el predominio de ciertos grupos. Esta circunstancia frecuente en todas partes, pero más característica en la situación latinoamericana, enlaza la historia social y la historia política, y torna peligroso un acentuado desdén por la última, pese a la ya visible insuficiencia de sus planteos.

Quizá, en rigor, corresponda una total reconsideración de la historia política, revisando sus criterios tradicionales y reemplazándolos, acaso, por otros más ricos y complejos. Si así se hiciera, podría obtenerse para la historia social un cuadro adecuado en el que se insertaran sus problemas legítimamente, y sin el cual, por cierto, ninguno de los grandes problemas de la historia latinoamericana podría entenderse cabalmente. Un ligero examen de alguno de esos problemas podría probar la exactitud de esta afirmación.

Un capítulo fundamental es el de la conquista y la colonización durante los primeros siglos de la dominación hispanolusitana. Los problemas que allí se originaron con motivo de la impostación de un núcleo conquistador y colonizador sobre la masa aborigen derrotada recibieron distintas y sucesivas soluciones; pero ninguna de ellas acabó con aquellos. Los problemas subsisten aún hoy, y si constituyen un tema histórico, constituyen también cuestiones de palpitante actualidad. ¿Cómo establecer los límites entre lo que es tema de investigación y de análisis y lo que es candente problema social y político? Con distinta intensidad y diferente aspecto, la cuestión del enfrentamiento entre los grupos blancos y los grupos indígenas, negros, mestizos, etc., ha asumido caracteres de problema decisivo en distintas épocas y en diferentes países. En cada una de esas circunstancias han podido advertirse a un tiempo, por una parte, una política destinada a asegurar el predominio de cierto grupo, y por otra, una renovación de los estudios antropológicos, sociológicos e históricos relacionados con el fenómeno de mestizaje y aculturación. Esta interacción de actitudes ha condicionado el estudio de los problemas de la historia social, puesto que, en la medida en que son problemas vivos que han originado y siguen originando actos de poder, se insertan inevitablemente en el cuadro de la historia política y responden en sus planteos a las incitaciones de la política misma.

Sin embargo, la historia social debe hacer un esfuerzo para trasladar sus temas al campo de la más estricta objetividad. Este esfuerzo, por cierto, no es fácil, y su obstinada dificultad es quizá lo que retarda el desarrollo de esa disciplina. Por lo demás, las casi inevitables implicaciones de tipo ideológico que entrañan esos temas hacen el esfuerzo aún más difícil. El análisis de los fenómenos de aculturación en México o en Perú deja filtrar una teoría acerca de la legitimidad de las influencias extranjeras; y si suscita una determinada actitud con respecto a Cuauhtémoc o a Hernán Cortés, muy pronto se ve envuelto, aunque sea de lejos e indirectamente, en la necesidad de cierta toma de posición con respecto a la influencia española; pero es evidente que, por extensión, roza el fenómeno del imperialismo y se ve cercado por ásperos problemas contemporáneos.

Cosa semejante ocurre con el capítulo de la emancipación política. Durante muchos decenios el tema se ha mantenido dentro de los marcos románticos. El acopio exhaustivo de documentación sobre cada uno de los distintos y minúsculos aspectos del episodio de la emancipación, y la indagación biográfica de sus actores, han servido para definir y afianzar la idea de las nacionalidades que durante algún tiempo ha sido una idea polémica. Pero una vez logrado ese propósito el lema comenzó a adquirir un carácter superabundante y retórico. Entre tanto, otros enfoques del mismo problema comenzaron a surgir desde el campo de la historia social. El problema de las influencias ideológicas se combinó con el de los grupos que promovieron o se opusieron al cambio, y el análisis económico social de esos grupos renovó de raíz el tema de la emancipación. Pero por esa vía, el problema perdió prontamente su carácter retórico y volvió a adquirir un tono polémico. Los grupos que fueron llamados “patriotas”, aun cuando siguieran considerándose como tales, comenzaron también a ser identificados de modo más preciso en términos económico-sociales. Se vio en ellos sectores de la burguesía urbana con intereses definidos y opuestos a los de otros grupos, se identificaron más precisamente los caracteres de su mentalidad y de sus actitudes, y en ellas se percibieron los puntos donde podían arraigar las influencias ideológicas extranjeras y favorables al cambio.

Este planteo renovó, naturalmente, toda la perspectiva del primer período independiente, generalmente caracterizado en muchos países por las guerras civiles. Los sectores regionales y sociales en pugna aparecieron muy pronto enfrentados no sólo por una concepción política y una idea acerca de la forma de organización del naciente país, sino también, y fundamentalmente, por intereses locales o de grupos que se favorecían o perjudicaban con la forma de organización política en discusión. A los grupos burgueses ilustrados se opusieron las masas campesinas insurrectas. A los ideólogos saturados de ideas europeas, los “caudillos” intuitivos que expresaban ciertos imprecisos anhelos colectivos de los sectores populares. Y por esa vía surgieron diversas interpretaciones que tornaron polémico el tema, antes retórico, de la independencia nacional, y enriquecieron un cuadro que comenzaba a hacerse lánguido.

Finalmente, deberían señalarse, entre los capítulos más importantes de la historia social, los que se relacionan con la adecuación del área latinoamericana a las transformaciones que produjo en el mundo la Revolución Industrial. En rigor, buena parte de los cambios operados desde la segunda mitad del siglo XIX tienen que ver con ese proceso en alguna medida. Pero esos cambios adoptaron en cada país formas diversas. La “Reforma” mexicana apeló a ciertas raíces indígenas y criollas frente a la explícita ofensiva del capital europeo personificado en los ejércitos invasores; pero por otra parte aceptó e impuso ciertas tendencias del progresismo europeo que al cabo de cierto tiempo impregnaron el movimiento con su propio contenido. Un examen de lo que ocurrió en México desde Juárez hasta Justo Sierra ofrece, en el campo de la historia de las ideas, alguna pista para entender un proceso que puede trasladarse al terreno de la historia social. En la Argentina, en cambio, la generación que promovió la “organización nacional” después de 1852, y sobre todo la generación de 1880, que llevó hasta sus últimas consecuencias esos puntos de vista, fueron europeizantes desde el primer momento y procuraron adaptar el país rápidamente a las nuevas condiciones creadas en el mercado internacional por la Revolución Industrial. Frente a la demanda de materias primas alimenticias desencadenada por la concentración urbana europea, la Argentina decidió modificar todo su sistema de producción de carnes y cereales, para lo cual decidió al mismo tiempo modificar toda su estructura social atrayendo una inmigración masiva que operó cambios sustanciales en la composición social y demográfica del país. Pero no fue la Argentina: fue un sector de propietarios de tierras para el que esa operación significaba aprovechar una coyuntura excepcionalmente favorable. Esta actitud de ciertos grupos desencadenó, a su vez, una actitud inversa. Cuando José Hernández reivindica al “gaucho malo” en la figura de Martín Fierro, y al viejo caudillo en la de Peñaloza, llamado “el Chacho”, reacciona contra la ola inmigratoria europea, contra la nueva economía intensiva que había comenzado a oponerse a la pura economía de consumo propia del pastor nómada y contra las ideas europeas que presidían la “organización nacional“. El tipo de “pulpero”, del comerciante italiano o español establecido con un negocio de “ramos generales” en las zonas rurales, cobra el valor de símbolo para el poeta que evocaba nostálgico la antigua libertad errabunda de los pobladores de la pampa. La minuciosa actividad del comerciante que compraba y vendía con un estrecho sentido de la ganancia y del ahorro parecía despreciable a quien consideraba que la antigua grandeza del hombre libre de los campos, ajeno a toda preocupación económica y capaz de matar una vaca para comer la lengua, constituía el rasgo predominante de la vida argentina. Pero comprobaba que la “civilización” —como llamó Sarmiento a la nueva forma de vida por oposición a la “barbarie” tradicional— empujaba inexorablemente hacia la marginalidad a esos sectores rurales que, por lo demás, no tenían más apoyo que la actitud paternalista de los propietarios de la tierra.

Estos problemas adquirieron importancia decisiva en los países monoproductores, cuya economía y cuya sociedad estaban fundadas exclusivamente sobre el café, la caña de azúcar, el banano, el guano, el salitre o el estaño. Un pequeño grupo social —a veces un pequeño grupo familiar— controlaba toda la riqueza, y la necesidad de ajustar las exportaciones a las demandas del mercado internacional y, naturalmente, la política interior, en la cual la regulación de los grupos sociales era un punto fundamental. Para esas minorías, el problema fundamental era el mantenimiento de la mano de obra barata, y toda otra consideración cedía frente a esta exigencia de sus planes.

No es difícil imaginar las dificultades que entraña, en el orden científico, plantear rigurosamente tales temas, tan comprometidos. ¿Quién podría abordar el problema de la historia de la “estancia” argentina sin sacar a luz todo el proceso de la ocupación indebida de la tierra, de la utilización del poder político para lograrla y conseguir buenos frutos de ella, de la sumisión a los poderosos grupos financieros que controlaban la colocación de sus productos en el mercado internacional? Y, sin embargo, es visible que una historia de la “estancia” argentina constituye uno de los temas vitales de la historia social de ese país, como la historia de la explotación del salitre y el cobre lo es de la de Chile y Perú, o la de las plantaciones de caña de azúcar y de café lo es de la de Brasil.

El examen de estos y otros capítulos de la historia social de los países del área latinoamericana, tan compleja como sea la investigación de los datos y tan arriesgada como sea la elaboración objetiva de las hipótesis de trabajo, comienza a renovar en sus raíces la comprensión del proceso histórico de esta zona tan diversa en su fisonomía y tan compacta si se considera su situación frente a las áreas de pleno desarrollo económico. Pero con ello, no sólo podrán aclararse los problemas de la historia social sino también los de otros planos de la vida histórica aparentemente mejor conocidos.

La historia y la situación contemporánea. 1951

Que nuestra época acusa una acentuada conciencia histórica es un hecho incontrovertible, que se manifiesta en numerosos signos visibles para todos. Los siglos cuyos secretos hemos ido descubriendo en los últimos tiempos pesan cada vez más sobre nuestras conciencias y nos sentimos herederos legítimos y forzosos de una ingente tradición; y como el tiempo proyecta sobre ella una sombra augusta, nos inspira un temeroso respeto y apenas nos atrevemos a discriminar entre lo valioso y lo no valioso como si la mera existencia de sus vestigios confiriera a todo el bagaje del pasado idéntica calidad. Esta conciencia histórica condiciona el espíritu del hombre contemporáneo —pese a las reflexiones de Nietzsche en su estudio titulado De la utilidad y de los inconvenientes de los estudios históricos para la vida— y le proporciona cierta reflexiva circunspección que es quizá su más típico rasgo. He aquí un mundo poco dispuesto a la aventura.

Y sin embargo, allí donde la conciencia histórica parecería ser más necesaria no se la descubre presidiendo la actitud del hombre contemporáneo. Porque la misión eminente de la conciencia histórica debería ser orientar el análisis de la situación contemporánea, esto es, de ese sistema de relaciones que vincula a los sujetos y los objetos de nuestro mundo circundante, aquel que nos es más caro y entrañable porque depende de él nuestro propio destino. Y frente a esa misión se la advierte temerosa y esquiva. Cualquier tiempo parece ser mejor comprendido que el nuestro.

Considerada como disciplina, como forma del saber y cauce de la reflexión, la historia parece aludir ahora tan sólo a contenidos remotos, sometidos a nuestro examen pero ajenos a nuestra experiencia inmediata. Volverse hacia ella parece implicar una actitud erudita —o simplemente pedantesca— a la que serían ajenos todos los elementos del drama humano que se desenvuelve a nuestro alrededor. He aquí un prejuicio indefendible, y que sin embargo ha arraigado considerablemente en el espíritu del hombre culto de nuestros días. No carece de explicación, sin embargo; y acaso sea una de las misiones de nuestro siglo devolverle a la historia su vibración dramática, esa sensibilidad para lo humano vivo que poseyó siempre hasta que el siglo XIX, perfeccionando su ideal científico, logró restarle como si constituyera su máximo defecto.

Porque la historia ha sido siempre, eminentemente, historia contemporánea o ha estado, al menos, dirigida y orientada por la situación contemporánea. Del pasado remoto se ocupaba el anticuario o el erudito, bien es cierto que porque era breve el tema y escasa la materia. Pero el principio era inobjetable. El pasado como mera curiosidad es tan sólo un objeto más de conocimiento, como las propiedades del hidrógeno o de estructura de los terrenos paleozoicos; pero adquiere en cambio una dignidad excepcional y sui generis cuando se lo encadena con la vida misma, que participa, por lo demás, de la naturaleza de lo que en el pasado nos atrae y nos apasiona. Acaso no sea injustificado el recuerdo de aquella frase de Goethe con que Nietzsche encabeza su citado estudio: “Detesto, por lo demás, todo lo que no hace más que instruirme sin aumentar mi actividad o vivificarla inmediatamente”. Constituye, ciertamente, un grave error de la ciencia histórica haberse dejado seducir por la mayor vastedad del tema y la abundancia de la materia que proporciona ahora el pasado remoto, abandonando por eso lo que fue siempre su misión esencial, y no es imposible acordar ambas preocupaciones. Quizá sería exigible que todo historiador se sintiera a sí mismo como historiador del mundo contemporáneo, al tiempo que lo es de otros ámbitos del pasado; porque sólo en ese ejercicio prepara eficazmente sus instrumentos para la búsqueda y la crítica de los datos primarios. E historiadores del mundo contemporáneo fueron, en suma, Heródoto y Tucídides, Tácito y Salustio, Gregorio y Beda, Guicciardini y Voltaire, aun cuando se ocupaban de otras centurias, pues era su afán primordial acarrear las aguas del tiempo hacia ese preciso lugar del cauce en que se descubría la vida.

Un discutible sentido científico ha alejado a la ciencia histórica del problema del destino del hombre y de la sociedad, sin duda ultima ratio de la reflexión histórica como el problema de la existencia lo es del filosofar. Todo lo demás se construye sobre eso, pero no existe válidamente sin eso. Y es imprescindible devolverle aquella preocupación originaria y situarla en su base para que retorne a ser la fuente viva a la que se acuda frente al desconcierto, a la indecisión y a la angustia que brota cuando se hace crítica la relación entre el individuo y su contorno. En última instancia toda crítica conduce a una política, de la que debe aspirarse a que sea la más alta y noble imaginable, pero sin que sea lícito incomunicarla de la inmediata realidad. No hay, por lo demás, ejercicio más eficaz para el historiador.

Por no haberse hecho cargo los historiadores de aquella misión de intentar la interpretación del mundo contemporáneo —movidos por innumerables prejuicios, algunos respetables—, se ha agravado el problema del hombre de nuestro tiempo que, necesitando más que nunca una interpretación de su contorno, se ha visto obligado a obtenerla de fuentes poco responsables o insuficientemente controladas. La información proporcionada por los periódicos y las crónicas en que se ordenan los sucesos en ellos crean la ilusión de que acaba por entenderse la maraña de los hechos; pero es alarmante la rapidez con que esas composiciones de lugar caen en el olvido, a causa, sin duda, de su debilidad, y sus escasas raíces. Nada más explicable. La información tal como la proporciona el periodismo contemporáneo no constituye sino materia bruta que, aunque satisfaga la curiosidad inmediata, se desvanece prontamente cuando no se inserta dentro de un sistema explicativo; pero éste requiere cierto método, y el cronista de nuestros días, tan ágil y perspicaz como pueda serlo el que prepara su crónica para un periódico o una cadena periodística, carece generalmente de él y se limita a hacer exactamente lo que la palabra indica: una crónica, lo cual tiene en el campo de los estudios históricos un valor preciso, que alude a la despreocupación por la meditada conexión entre todos los grupos de hechos que concurren a cierta serie histórica. Si se busca una comprensión profunda, el historiador debe reemplazar al cronista, y constituye un grave signo de impotencia el que el historiador renuncie a esa misión cuando se trata de aquel pasado —el pasado vivo — que más debiera atraer su atención.

Si quisiera medirse la urgencia que existe de que el historiador se haga cargo de esa labor, nada sería más útil que enumerar los problemas que supone la comprensión de la situación contemporánea. Ha adquirido ésta la categoría de problema corriente, y se la define de ordinario como el problema del Occidente, esto es, como un interrogante acerca del destino de la cultura occidental frente al cual se yerguen dos clases de peligros: por una parte se presiente o se observa cierto debilitamiento de su potencia íntima o, como se ha dicho alguna vez, su decadencia; y por otra se adivinan las amenazas que parecen provenir de otros ámbitos culturales, amenazas de aniquilamiento que parecen renovar el viejo “peligro amarillo” que fue tema predilecto de conversación en otros tiempos.

Este es el problema fundamental que debe encarar el historiador de nuestro tiempo, para situarnos en plena crisis. Su planteo nos conduce hasta el último cuarto del siglo XIX, donde nos encontramos con la formalización de la vasta empresa de expansión colonial destinada a occidentalizar el mundo no europeo, al mismo tiempo que con los primeros signos de resquebrajamiento en el sistema de ideas en virtud del cual esa empresa fue concebida y realizada.

Fue, efectivamente, la economía industrial y la mentalidad progresista de la burguesía de la segunda mitad del siglo XIX lo que proporcionó su impulso e hizo posible la expansión colonial, teñida con propósitos de civilización. Y fue sobre todo la certidumbre de que la civilización occidental era inequívocamente superior lo que le prestó a la empresa su aire de legitimidad. Pero mientras maduraba el propósito y se lanzaba la burguesía europea a su realización, dos series de obstáculos se comenzaron a interponer en su realización, una vinculada con el problema del equilibrio social interno del mundo occidental, y otra relacionada con el sistema de ideas que regía la concepción del mundo.

El desarrollo alcanzado por las clases proletarias a partir de la Revolución industrial y su progresiva adhesión a las concepciones revolucionarias o reformistas que le proporcionaban una clara guía para su conducta política, crearon por debajo de la burguesía un conjunto social cuya gravitación crecía cada vez más en el seno de la sociedad occidental. Las reivindicaciones del proletariado, por lo demás, no constituían sino la última consecuencia de las ideas fundamentales sobre las que reposaba esa sociedad, de modo que su difusión fue amplia y muy pronto los principios éticos y económicos en que se apoyaban aquéllas ganaron otros sectores del complejo social que debilitaron fuertemente la posición de la burguesía al cuestionar la legitimidad de sus privilegios y orientaciones. Era un impacto importante en el frente de la clase que, en ese momento, intentaba la máxima empresa de su plan.

Pero entretanto comenzaba a insinuarse otra crisis no menos grave, esta vez no en el campo de la realidad sino en el de las ideas. Si el mundo occidental podía proclamar la legitimidad de su campaña de occidentalización era porque estaba seguro de la superioridad de su civilización, de su imagen del hombre y de la vida, de su programa y sus objetivos; esa seguridad provenía del desarrollo y firmeza de la concepción mecanicista del universo, del racionalismo y el cientificismo que progresivamente fueron conformando la concepción vulgar del mundo y la vida en el hombre occidental, y de la inquebrantable fe en el progreso que se había apoderado de él. Ahora bien, al finalizar el siglo XIX, todo ese sistema de ideas empieza a descubrir brechas importantes, primero en el seno de algunas minorías y poco a poco, en el siglo XX, entre sectores más amplios. En nombre de la vitalidad, o en nombre de la intuición, o en nombre de elementos irracionales exaltados de distintos modos y muchas veces en relación con un innegable despertar del sentimiento religioso, aquel sistema comenzó a perder la unanimidad de la adhesión en tanto que comenzaban a vislumbrarse innumerables posiciones disidentes.

Una primera etapa de maduración en este proceso en el que se interfiere la mentalidad tradicional con las nuevas formas de pensamiento se sitúa en las vísperas de la primera guerra mundial. El escepticismo comienza a apoderarse de importantes sectores de la opinión, acaso aquellos que tenían más influencia sobre el resto. Y la burguesía demostraba evidentemente su impotencia para mantener unidad de objetivos, compitiendo por los mismos fines con distintas banderas. Era una ocasión inmejorable para que los frutos que empezaban a madurar atrajeran todas las miradas. La primera guerra mundial destruyó tantas vidas y tantos bienes, que por primera vez no bastaron los argumentos tradicionales para justificar la catástrofe, cuya trama fue puesta al desnudo por innumerables voces. El escepticismo crecía por una parte, al tiempo que desaparecía por otra pero para dejar paso a una nueva fe que entrañaba la condenación de cuanto había movido hasta entonces la vida de los pueblos en su conjunto. Las clases parecieron más importantes que las nacionalidades, a partir sobre todo del momento en que una nación —Rusia— encarnó el predominio de la clase proletaria. Y al terminar la guerra quedó abierto el camino para lo que alguien llamó la revolución del nihilismo, para la era del kaputt.

Europa quedó escindida en diversos grupos y por distintas razones, y se perdieron los elementos comunes hasta entonces, más profundos que las disensiones políticas que podían ventilarse en las guerras hasta el siglo XIX. Quedó quebrada el alma de Europa, el crisol de la cultura occidental. Pero una Europa que se carcomía y se invalidaba a sí misma condenaba, naturalmente, toda aquella empresa de occidentalización del mundo que se había propuesto. ¿En nombre de qué? ¿Defendiendo qué principios indiscutibles, comunes antes a los rusos que avanzaban sobre Turquestán y Siberia y a los ingleses que penetraban en la India? A partir de este momento, está dentro del curso normal de los acontecimientos que se plantee la posibliidad de un nuevo reagrupamiento de países y de una redistribución del poder. Hace tres generaciones nadie discutía el derecho de Europa a “civilizar” el Asia. Hoy nadie lo justifica, excepto con argumentos que contienen más que estimulan la política expansiva.

El mundo occidental ha tecnificado al mundo oriental y le ha proporcionado a Rusia la doctrina con la cual ha operado su formidable resurgimiento. ¿Será imprescindible que ahora sucumba? Las perspectivas son distintas según el ángulo que se adopte para contemplarla. Sin duda Rusia ha adoptado una política de hegemonía asiática que hereda del Japón, como si se vengara de su derrota de 1905. Pero eso no significa que la influencia que proviene de Rusia sea necesariamente oriental. Rusia no es, por eso, Oriente, y su ascenso se ha operado, precisamente por obra de su occidentalización. Pero es que además la revolución no es Rusia, pues Inglaterra está haciendo la suya a su modo. La revolución no es el peligro que ensombrece a Europa. Tampoco es, necesariamente, el aniquilamiento de Rusia la panacea para la salvación de la civilización occidental. El problema es harto más complejo, y supone un reajuste de las relaciones con Asia. He aquí los temas fundamentales que debiera comprender un planteo histórico de la situación contemporánea, y acaso nuestra época vea aparecer al historiador que, frente a este conflicto de culturas, no menos sinuoso y equívoco que el que opuso antaño a griegos y persas, realice el justo balance que en su tiempo logró hacer el viejo Heródoto de Halicarnaso.

Valéry y la conciencia europea. 1948

Le passé, l’avenir sont frères

Et par leurs visages contraires

Une seule tête pâlit

De ne voir oú qu’elle regarde

Qu’une mème absence hagarde

D’iles plus belles que l’oubli.

Paul Valèry, La Pythie

Una y otra vez me ha asaltado la duda, leyendo las páginas de Valèry poeta y las de Valèry ensayista: ¿Asciende o desciende de su mundo poético cuando ordena more geometrico su pensamiento? ¿Une o disocia los elementos diferentes de su visión del mundo? ¿O acaso es una y compacta esa visión y sólo nos es dado alcanzarla a través de una doble metamorfosis? Porque Valèry, como lo advertía el abate Brémond, es “poeta a pesar suyo” y esencialmente poeta en su prosa, mas no por eso deja de penetrarse su poesía de logos transfigurado.

Me inclino a pensar que, reflexionando con ese desusado rigor que le era caro, Valèry permanece sumido en las honduras de un universo poblado por las resonancias poéticas más que por los datos empíricos de la realidad, o, mejor dicho, un universo en el que los datos empíricos no logran ingresar sino a costa de cierto abandono de su sustancia. Dentro de él, Valèry se sirve diestramente de la experiencia para precisar con método poético sus intuiciones fundamentales. Si su meditación se organiza plásticamente dentro de un esquema more geometrico, su propia geometría participa de las calidades de la abstracción poética aun cuando conserve su irrenunciable condición racional. La prosa –se ha dicho– le parecía deleznable por insuficientemente precisa. Pero él es poeta aun en su prosa, y como poeta trasvasa en ella con rara precisión su imagen del universo, y procura no desertar de ella negándose a descender hasta las cosas de la experiencia y contentándose con las resonancias que descubría en su espíritu. Y en ese mundo de la conciencia Valèry señorea sobre cierta especie de realidad como un demiurgo omnipotente y se complace en proponer un orden posible regulado por un sistema que le es peculiar: un sistema de resonancias cuyos valores convenidos mantienen su vigencia y su coherente entrelazamiento a través del apasionado soliloquio.

Porque a pesar de dirigirse en ocasiones al lector, como invitándolo al diálogo y a proseguir unidos el examen de la cuestión propuesta, Valèry no desenvuelve sino un soliloquio ininterrumpido, en el que se interroga y se responde a sí mismo. Hay algo intransferible en su pensamiento, que no es sino su sistema de resonancias, y el poeta teme acaso que el diálogo lo fuerce a trasladarse a un mundo extraño en el que ese sistema carezca de valor. Su soliloquio recoge con medida sabiduría cuanto le es esencial para revelar el orden interior de su visión del mundo y perfecciona el orden mismo con el ajuste exacto de la expresión que lo trasunta. Pero no lo olvidemos. Hay entre ese orden y el mundo de su experiencia un delicadísimo instrumento de selección gracias al cual pasa y queda lo que es necesario y desaparece lo que no halla cabida en su mundo poético. Todo es en Valèry sabiduría, medida y perfección. Y sin embargo, alguna vez declina su tensión prometeica y sobre la blanca y lisa perfección de su mundo se advierte la mancha roja del hecho irreductible. Pero es tan sólo alguna vez, y pronto vuelve el poeta a enjugar la sangre y a ejercitar sobre ella cierto ennoblecedor poder catártico.

Entre otras cosas, es peculiar de este universo poético de Valèry su tensión temporal –una especie de conciencia viva del tiempo– gracias a la cual el espíritu se ve solicitado por la bifronte unidad del pasado y el porvenir y se manifiesta ávido de cuanto sea o parezca ser signo de mutaciones y de tránsitos. “Hay en el espíritu –decía Valèry– no sé qué horror de la repetición”. Y lo cierto es que el suyo parece enriquecerse y aguzarse frente a la inestable atmósfera que lo circunda exaltándose en la vigilia y la militancia. Alguna vez, si se traducen sus palabras a cierto lenguaje más sensible, se advertirá que ha sollozado en silencio sobre lo que ve sucumbir inexorablemente. Pero nunca lo veremos llorar, porque su llanto se hace muy pronto reflexión y examen. Y por sobre lo que puede ser llamado su cósmica aflicción por lo que pasa y lo que queda, Valèry se yergue entonado por el ejercicio intelectual, como el atleta ante el obstáculo, y se concentra en el análisis del cambio. Porque tan dolorosa como sea la pérdida y tan obscura como sea la promesa, es en el cambio donde adivina Valèry el triunfo del espíritu.

Tan distintos como sean entre sí muchos de sus elementos, nunca he podido releer La crise de l’Esprit sin acordarme de los versos de La Pythie. El don profético, la necesidad de delinear la profecía, la impotencia del conocimiento para reconstruir con trazo seguro la curva del destino, suscitan en su ánimo una invencible angustia, porque Valèry se resiste a considerar como legítima la acción ciega, y se afana por hallar, en la intuición o el razonamiento, la luz capaz de esclarecer los interrogantes del mundo, y, sobre todo, de la existencia espiritual. Esa tensión que lo predispone a percibir las mutaciones y esa ceñida angustia que lo mueve a individualizar los enigmas del futuro, han obrado en él una curiosa declinación de su eje intelectual. Todavía en la mitad del camino de la vida, el poeta interior de La jeune Parque sintió posarse en su espíritu lúcido y vigilante la conciencia del trágico tiempo de su vida, la conciencia de una pavorosa crisis del espíritu, la conciencia, en fin, del destino de Europa.

No es difícil reconocer en el mismo Valèry los rasgos sombríos de ese “Hamlet intelectual” que contempla como desde un moderno Elsinor los millones de espectros y reflexiona amargamente “sobre la vida y la muerte de las verdades”. Es a él, más que a nadie, a quien conmueve el descubrimiento de lo efímero y lo perecedero que es cuanto amaba y cuanto creía; es él quien ha sentido con casi irreprimible dolor “el escalofrío extraordinario que ha recorrido la médula de Europa”. Y este Hamlet, que no tenía sino que volver la cabeza para encontrar millares de fosas entreabiertas, parece descubrir de pronto tras la plácida piel los rasgos de la calavera de Europa, y comienza a reflexionar sobre su sino, sobre su pasado henchido de promesas, sobre lo cumplido y sobre lo frustrado, sobre ese presente y ese futuro que se proyecta como la sombra de una muerte.

Hay en Valèry una primera captación del destino de Europa que es de índole inequívocamente poética. Para él, como para Zeus, Europa tiene cuerpo y voz. Luego se lo ve desdibujarla en una abstracción –el espíritu europeo– y esa abstracción provoca extrañas y matizadas resonancias en su propio espíritu. A veces se ve que la presiente como una especie de Minerva obscura y en ocasiones se insinúa con los rasgos de una Artemisa indómita. Pero muy luego Valèry comienza a reflexionar metódicamente sobre aquella abstracción y su perfil empieza a precisarse.

Una fecha parece darnos de su primera intuición de Europa al recordar las primeras insubordinaciones de los mundos europeizados contra Europa misma. Desde entonces la imagen trabaja su espíritu y lucha por adquirir forma. Si se irrita contra la inexistencia de una historia de Europa que no sea mera yuxtaposición de crónicas de los distintos países, es porque no halla quien le hable de esta intuición suya, sabiamente aislada: el espíritu europeo. Y tras un primer cotejo entre su abstracción y la realidad del mapa de Europa –otra abstracción–, comienza Valèry a cercar las imprecisas formas de su intuición harto precisa, procurando trazar por sucesivas aproximaciones un perfil cada vez más exacto de su imagen. No ya de Europa, entiéndase bien, sino del espíritu europeo que sólo en función de su propia clave corresponde a la realidad de la Europa de la geografía.

Una devota admiración de geómetra, de hombre de razón para quien el mundo se explica cada vez más claramente por la naturaleza y las abstracciones apoyadas sobre ella, suscita en Valèry la imagen de un espíritu europeo rico en capacidad de creación, pero rico sobre todo en capacidad de dominio. Dominio de la naturaleza, en primer término, y por ello proyectado como capacidad técnica en su faz más elemental pero más decisiva. Este espíritu europeo ha cometido la insanable equivocación de procurar difundirse más allá del área geográfica donde adquirió su forma primigenia. Y aun conservando su calidad de insustituible matriz, el espíritu europeo ve, como el aprendiz de brujo, erguirse contra él amenazadoras las obras de su propia creación. Apenas se adivina –anotémoslo– cómo pudiera haberse evitado el desarrollo que Valèry deplora y que parece ínsito en él. Y en el mundo de las resonancias dentro del que Valèry se mueve, el hecho parece revelar un fatum trágico: por su causa Europa declina su misión y deja de presidir una creación cuyo primer impulso al menos constituye su imperecedera e inmarcesible gloria. Gloria de eternidad renovada, podría agregarse si fuera lícito decirlo, porque su encarnación en sucesivos avatares perpetuará el recuerdo de lo que él llama “espíritu europeo”.

La prueba decisiva para el espíritu europeo fue, para Valèry, la primera guerra mundial. Hasta ese momento veía él trabajar activamente las fuerzas que podían unir y congregar a Europa, sobre todo en el plano de la cultura, aquel precisamente en que se elaboraba la faz más pura del espíritu europeo. Sólo más tarde y en un análisis retrospectivo advirtió que trabajaban simultáneamente otras fuerzas que contribuían a disgregarla, a separarla en ínsulas hostiles, en reductos que procuraban acentuar sus diferencias, sin advertir que cuanto hacían para acrecentar su propio poder no se lograba sino a costa de lo que, por ser Europa, era en el fondo patrimonio común. En 1919 Valèry dejó señalados sus trágicos presentimientos en La crise de l’Esprit: “¿Guardará Europa su preeminencia en todos los géneros? –se preguntaba–. ¿Se convertirá Europa en lo que es en realidad, es decir, en un pequeño cabo del continente asiático? ¿O bien Europa seguirá siendo lo que parece, es decir, la parte preciosa del universo terrestre, la perla de la esfera, el cerebro de un vasto cuerpo?”. Y esta duda se trasladaba al campo de las creaciones del espíritu y se trasuntaba en esta angustiosa afirmación: “Nadie podrá decir lo que mañana estará muerto o vivo en literatura, en filosofía, en estética”.

La dura incertidumbre no hizo sino madurar más y más en su ánimo. La conciencia de Europa tomó en Valèry la figura de una conciencia de la posguerra y se localizó en ella circunscribiéndose y profundizándose. Pero esa profundización le impidió inser¬tarla dentro de una vasta curva que incluyera sus posibilidades presumibles. Sin duda alguna, como estricta conciencia de una posguerra, Valèry alcanzó las formulaciones más agudas y precisas. Pero la posguerra se tornó a sus ojos un mundo hermético y su percepción de las mutaciones se fijó en aquella que la había desencadenado sin atreverse a adivinar otra que pudiera transformarla a su vez. Una declinación inevitable y amarga se levantaba sobre el horizonte. Cuando años más tarde escribe sus Regards sur le monde actuel, esa opinión se había hecho ya más categórica y definitiva y su expresión más amarga y desesperanzadamente fría: “El resultado inmediato de la gran guerra fue lo que debía ser: no ha hecho más que acusar y precipitar el movimiento de decadencia de Europa”.

Apenas es posible vislumbrar en ninguna de las páginas de Valèry un rayo de optimismo acerca del destino del espíritu europeo. Y, sin embargo, alguna vez se traslucen entre sus reflexiones los datos que podrían haberlo movido a concebir una esperanza siquiera remota. Pero Valèry no creía en la posibilidad de una comprensión de los tiempos actuales basada en el análisis histórico. Acaso ese prejuicio contra la historia ha cegado su imaginación para descubrir –él, el geómetra– la vasta curva en la que su presente se inserta y cuyo trazo conduce la mirada hacia menos siniestros panoramas. Valèry –como Dante Alighieri en la Commedia– percibe claramente el tránsito desde el pasado hacia el presente, pero se demora en su contemplación con excesiva parsimonia y malogra la posibilidad de conservar el ritmo histórico del proceso que de un tránsito desemboca en otro sin anegarse en un estado, en un reposo.

Y, sin embargo, ¿qué puede oponerse a la perennidad de la creación si el espíritu se niega a repetirse? Esa declinación que entrevé Valèry parece conducir a una muerte y acaso se adivina cierta deliberada resolución de morir él también en ella. Enclaustrado en su mundo de resonancias, el poeta ha consumido todas sus energías en esa encarnación de la conciencia de Europa, de una Europa que creía ver morir. ¿Por qué le fue negada la gracia de adivinar otros senderos de la vida? Quien alcanzó tan alta gloria, acaso hubiera superado su propia grandeza de haber sabido mantener su reflexión bajo el signo de aquel profundo pensamiento que le dictó una vez su genio: “La vida es más oscura y más profunda que la muerte”.

Pedro Henríquez Ureña. 1948

Si existe o no la América hispánica como una unidad de cultura, si es algo más que un heterogéneo conjunto de países cuyas fisonomías no siempre es fácil precisar y distinguir, si constituye, en fin, un todo orgánico provisto de un sentido singular y una original personalidad espiritual, es un problema acerca del cual las opiniones se manifiestan indecisas. Acaso sea prematuro exigir un juicio categórico sobre él, y fuera lo prudente dejar que el tiempo preste su concurso para aclararlo. Pero el interrogante tiene para nosotros, hispanoamericanos, cierta dramática urgencia porque de la respuesta que le demos dependerá nuestra actitud frente a la cultura universal, la orientación de nuestra posible actividad creadora, y, sobre todo, el sentido con que trabajemos nuestra propia expresión.

Nada tan difícil, sin duda, como llegar a construir un esquema conceptual sobre una realidad históricosocial viva y cambiante, sobre todo cuando esa realidad cuenta con una escasa tradición intelectual aplicada a desbastar su perfil, y se aspira a que el esquema demuestre su efectiva correspondencia con la materia viva. Para intentar esa empresa se requiera un uso maduro de la inteligencia, pero también cierta virtud que parece exceder sus límites y proviene de estratos muy profundos en donde brota ininterrumpidamente una suerte de fe sostenedora y estimulante. A veces, una situación crítica puede poner de manifiesto con espléndida diafanidad los elementos de aquel esquema; pero mientras esa ocasión llega, su percepción sólo se hace posible mediante una delicadísima observación, hija del amor, con la que alguien sutilmente dotado puede descubrirlos y aislarlos para que ojos menos penetrantes logren verlos. Es sin duda obra de inteligencia, pero es también obra de fe y amor, acerca de cuya significación sólo el tiempo puede revelar si fue ilusoria y vana o por el contrario profética.

Sería difícil para un espíritu riguroso, acostumbrado a saborear los frutos sazonados de la milenaria cultura europea y hecho al manejo de esos esquemas temporales propios de un desarrollo que se prolonga ininterrumpidamente desde los griegos hasta nosotros, percibir la novedad, fina a veces pero a veces ruda, que representa en la cultura occidental esta variante hispanoamericana. Por lo demás, no siempre es claramente perceptible ni siquiera para los que viven dentro de su atmósfera; pero crece el número de los que creen en ella, acaso porque más que a sus mismos ojos creen en la palabra de sus profetas. Profeta de la cultura hispanoamericana fue —a más de diserto investigador y juez peritísimo— Pedro Henríquez Ureña, y uno de los que han contribuido más a suscitar, con su sostenido clamor, la acaso potencial existencia de nuestra realidad espiritual.

Y no se diga de él que fue una circunscripta dedicación a los problemas americanos lo que alimentó su apostolado, lo que sostuvo su indeclinable convicción; porque es bien sabido que su curiosidad era universal y amaba con la misma medida intensidad cuanto el espíritu ha producido de más alto, sin consideración alguna a circunstancias de tiempo ni lugar. Vivía demasiado activamente Pedro Henríquez Ureña los valores de la cultura occidental para imponerse constricciones, y aun le gustaba, con absoluta libertad interior, asomarse al conocimiento de lo que siendo ajeno a su mundo estricto no lo era en modo alguno a su lato sentido de humanidad. Y sin embargo, esa curiosidad sin límites y esa activa adhesión a lo universal decantaban al fin en él bajo forma de una devoción decidida por todo lo que proviniera de América, al servicio de cuyo conocimiento ponía el inmenso caudal de su experiencia de estudioso, de su saber, de su amor, de su inmensa fe.

América era para él un conjunto homogéneo en el que, sin embargo, era lícito determinar la existencia de individualidades autónomas: América era para él, sobre todo, una unidad de cultura. Esa noción de la unidad americana se manifestaba en dos planos a la luz de su experiencia y su saber, entre los cuales parecía establecer una relación de grado: distinguía una América como totalidad y una América hispánica, ambas provistas de sentido y en la primera de las cuales se integraba la unidad que descubría en la segunda.

En efecto, defensor celoso de las virtudes y los derechos del mundo hispanoamericano —acaso porque él mismo era natural de un país pequeño que había conocido la opresión—, Henríquez Ureña no cejaba en su afán de afirmar, frente a la influencia que por diversas vías ejerce el poderío de los Estados Unidos, la necesaria independencia de sus vecinos de habla española. Se manifestaba entonces como un ardoroso propugnador de la unidad de la América hispánica, pero este designio se apoyaba en una concepción más profunda y menos circunstancial de esa unidad. Aun por sobre los lazos idiomáticos —tan significativos a sus ojos— veía Henríquez Ureña en la comunidad de los países de habla española un vínculo creado por la aventura común a partir del hecho del descubrimiento, por la similitud del destino después de la emancipación, por la sensible similitud del desarrollo social y espiritual a partir del momento de expansión imperialista que comienza en las postrimerías del siglo XIX. Todo ello, unido a la comunidad de tradición cultural, contribuía a sus ojos a crear una unidad de destino, una unidad de cultura en Hispanoamérica. Frente a ella tenía Henríquez Ureña una actitud un poco tutelar, como de hermano mayor cuya protección está legitimada por el vasto conocimiento del mundo. A veces, leyendo alguna de las observaciones de que está salpicado su último libro [1] acerca de la primacía de ciertos hombres o ciertos fenómenos americanos, parece vérsele sonreír con esa ingenua malicia con que gustaba subrayar sus frases; entonces pone al descubierto su orgullo porque tales cosas hayan pasado aquí, porque sean naturales de estas tierras tales hombres. Le complacía acumular los testimonios, porque no ignoraba con cuanta vehemencia es necesario todavía afirmar que florece en América hispánica una cultura de cierta singularidad, creada con el esfuerzo ciclópeo de quienes tienen que luchar contra todo y de la que apenas brillan los frutos perdidos en la inmensidad del escenario.

Pero Henríquez Ureña sabía muy bien que Hispanoamérica no era toda América y admiraba demasiado a los Estados Unidos para que pudiera olvidar su inmensa significación ni por un momento. Estados Unidos integraba con la América hispánica una unidad de sentido aun más vasto. Si la tradición de cultura era diferente entre sus partes, si el desarrollo social y espiritual seguía en ellas caminos no siempre paralelos, la mera contigüidad y la similitud de circunstancias creaba a sus ojos un principio de identidad que regía en cierto plano, un poco más lejano todavía que aquel en que se daba la unidad de la América hispánica. Conocía Henríquez Ureña demasiado bien la forzosidad de ciertos procesos para caer en superficiales reproches frente a hechos que se explicaban por si solos, y se limitaba a consignarlos proponiendo luego las soluciones que su temperamento crítico le sugería. Porque tenía la certidumbre de que las diferencias eran menos significativas que las analogías, y esperaba que un día se produjera el equilibrio capaz de permitir la realización del destino común que prometía el hecho del descubrimiento.

Su devoción por la cultura hispanoamericana movió a Henríquez Ureña a no permanecer ajeno a ninguna de sus manifestaciones. Había leído con profunda atención buena parte de su literatura y aún podía sospecharse que toda ella a juzgar por la seguridad con que se movía en su territorio; pero no era eso solo; había acumulado innumerable cantidad de datos de la más diversa índole, porque aspiraba a comprender del fenómeno americano lo típico de su totalidad. Cosa curiosa y significativa, nunca quiso dedicar su esfuerzo a la indagación exhaustiva de un aspecto determinado o a la realización de un estudio singular sobre un tema circunscripto; acaso haya alguien que lamente no hallar en su bibliografía el ensayo definitivo que hubiera podido escribir sobre Bello o Martí, Hostos o Sarmiento. Voluntaria o involuntariamente, Henríquez Ureña dejó de hacer muchas cosas en que hubiera podido brillar, pero le estaba reservada la misión de ordenar los cuadros generales de nuestra cultura, la misión que sólo un humanista de su temple podía emprender en América. Como un humanista, en efecto, aspiraba sobre todo a las ideas generales, y si perseguía el dato aislado no era con fervor de erudito sino para apresurarse a introducirlo diestramente en el cuadro de conjunto que componía en su espíritu con segura noción de la medida y pinceladas expertas y precisas. Así pudo dejar dos obras que de aquí en adelante se considerarán punto de partida inevitable para todo intento de comprensión de la América hispánica: Literary Currents in Hispanic America, que todavía no ha aparecido en español, y la breve y sustanciosa Historia de la cultura en la América Hispánica que escribió originariamente para una editorial inglesa y acaba de aparecer en nuestro idioma.

Quienes conocieron de cerca el vasto saber de Henríquez Ureña advertirán cuánto más hubiera podido dejarnos. Podría centuplicarse el contenido en extensión y en intensidad de estos dos libros y aun así quizá no alcanzáramos a medir lo que hubiera podido ser su obra de haber tenido el ocio necesario o la capacidad de realización material de un Menéndez y Pelayo. Pero así y todo, como la síntesis comprensiva era quizá una de sus facultades más notables, Henríquez Ureña ha podido legarnos un zumo precioso de su inmensa elaboración, contenido en sus dos últimos libros. Sin duda está en ellos todo lo fundamental armonizado con sabiduría y profundidad, y sobre todo organizado por primera vez en un conjunto, cosa antes no intentada en América con tanta autoridad. Podría llegar a afirmarse que sólo los esquemas que ha propuesto equivalen a muchos volúmenes de densa y erudita discusión, así como podría afirmarse que algunos juicios condensados por él en dos adjetivos equivalen a muchas monografías alrededor del tema. Libro para releer muchas veces, para repensarlo y desplegarlo sobre el vasto territorio al que sirve de mapa, la Historia de la cultura en América Hispánica está destinado a ser un hito inolvidable en el curso de los estudios americanos.

Está destinado, además, a testimoniar su indeclinable confianza en la existencia de una cultura americana, sustentada en medio de muchos escepticismos y sobreponiéndose a muchas aparentes contradicciones. Es en cierto modo una profesión de fe; porque hay en ese pequeño breviario mucha sabiduría y mucha inteligencia, pero hay por sobre todo un inmenso amor esperanzado. Sucinto y casi adusto, algo hay en él que le confiere la dignidad de un pequeño evangelio.

Notas

1. Henríquez Ureña, Pedro: Historia de la cultura en América Hispánica, Fondo de Cultura Económica, México, 1947.

Situaciones e ideologías. 1967

El problema que presta unidad a los trabajos que aquí se reúnen me ha preocupado desde hace largo tiempo, aun cuando diversas circunstancias hayan retardado su examen. En rigor, desde la aparición de Las ideas políticas en Argentina, hace ya más de veinte años, me propuse hacer un estudio comparativo del desarrollo de las ideas en Latinoamérica, o al menos un ensayo en busca de las categorías que pudieran permitir la comparación. Era un tema ambicioso que requería revisar muchos materiales no siempre fácilmente accesibles. Pero, de todos modos, una investigación de tal índole re-presentaba un experimento tentador para un historiador de la burguesía europea, puesto que suponía indagar de qué modo el sistema de ideas elaborado en Europa desde la Edad Media, al compás de un largo y complejo proceso socioeconómico, se proyectó hacia Améri-ca, donde la europeización se desarrolló de manera radical. Requería el experimento un largo esfuerzo dada la vastedad de las fuentes que deberían ser examinadas. Pero no solamente por eso. En tanto que no existen esquemas objetivos que permitan aproximarse con seguridad a los fenómenos latinoamericanos considerados en su conjunto, gravitan sobre ellos innumerables preconceptos tradicionales y no pocas fórmulas retóricas que oscurecen su fisonomía. Era claro que se necesitaba no sólo una larga frecuencia de las fuentes sino, además, una vigorosa crítica, por una parte, para descartar los esquemas insostenibles, y cierta imaginación, por otra, para proponer nuevas hipótesis. He emprendido esta tarea sin apremio y con creciente interés y curiosidad.

A lo largo de esta vasta experiencia que supone el examen de tantos y tan diversos materiales, he ensayado una sistematización que he ajustado a través de sucesivos intentos. Escribí en 1954 un breve capítulo sobre las corrientes políticas y sociales en América latina para el volumen que editó Marzorati con el título de Les grands courants de la pensée mondiale contemporaine (Milán, 1959); y desarrollé en los Cursos de Temporada que organizó en Montevideo la Universidad de la República en 1958, diez lecciones sobre Un siglo de la historia de las ideas en Latinoamérica, cuyo texto no llegó a publicarse. Sobre esos esquemas preparo ahora un libro titulado Latinoamérica: las ciudades, en el que, ajustándome a cierta hipótesis personal, me propongo analizar la formación de la sociedad latinoamericana, el proceso por el que se construye su singular burguesía, el hegemónico papel de las ciudades y, en relación con ello, los rasgos peculiares de las grandes corrientes de ideas y de opiniones que han surgido en el seno de aquella sociedad y han provisto de sentido tanto a las formas de la vida social como a las creaciones de la cultura.

Entre tanto, en diversas ocasiones he creído lícito adelantar algunas conclusiones, generalmente de modo muy sumario —por exigirlo así las circunstancias—, pero tratando de ajustar las pautas comparativas que constituyen mi preocupación fundamental. La historia del desarrollo latinoamericano no puede ser la mera yuxtaposición de historias nacionales, y no poseemos sino esquemas muy precarios para analizar los fenómenos de conjunto. Fruto de ese esfuerzo son los cinco ensayos que aquí se reúnen. Me ha bastado in-troducir muy ligeras modificaciones en los textos para sentirme satisfecho en mi propósito de establecer suficiente continuidad en la exposición de los problemas, y toca al lector juzgar si, como yo creo, no es este volumen una simple recopilación de estudios sueltos sino un libro coherente, nacido de un pensamiento orgánico.

De todos modos, me parece útil destacar en este prólogo qué es lo que creo que une los cinco ensayos, porque allí está, precisamente, lo que juzgo de mayor interés. En el campo de la historia latinoamericana son todavía escasos los estudios de historia social y han alcan-zado, en cambio, vasto desarrollo y considerable brillo los de historia política. Estos ensayos parten del punto de vista propio de la historia social, pero no para detenerse en el análisis de sus problemas específicos, puesto que son casi meros enunciados, sino para señalar la es-trecha relación que esos problemas tienen con los de la historia de las ideas. Más de una vez he expresado mi punto de vista acerca de cuál es el campo propio de la historia de las ideas, y me remito al prólogo —y al texto, naturalmente— de un libro escrito con una marcada intención metodológica y que he titulado adrede El desarrollo de las ideas en la sociedad argentina del siglo XX, para dar a entender a través de ese largo enunciado, cuál es la relación que me parece importante perseguir para acercarse a los mecanismos profundos que operan luego en el plano de la historia política. No llamo ideas, solamente, a las expresiones sistemáticas de un pensamiento metódicamente ordenado sino también a aquellas que aún no han alcanzado una formulación rigurosa; y no sólo a las que emergen de una reflexión teórica sino también a las que se van constituyendo lentamente como una interpretación de la realidad y de sus posibles cambios. Estas otras ideas, las no rigurosas, suelen tener más influencia en la vida colectiva. En verdad, son expresiones de ciertas formas de mentalidad, y suponen una actividad frente a la realidad y un esquema de las formas que se quisiera que la realidad adoptara. Todo esto no suele ser engendrado en las mentes de las élites. Suele ser el fruto de un movimiento espontáneo de vastos grupos sociales que se enfrentan con una situación dada y piensan en ella como en su constrictiva circunstancia, sin perjuicio de que de las élites salga quien provea la forma rigurosa, la expresión conceptual y, acaso, la divisa rotunda capaz de polarizar a las multitudes y enfrentar a amigos y enemigos.

La vida histórica supone innumerables y entrecruzadas relaciones. Hay un juego entre la realidad y las ideas; pero también hay un juego entre las ideas teóricas preexistentes y las ideas que nacen espontáneamente de cierta imprecisa interpretación de la realidad, vigorosas, empero estas últimas, a pesar de su endeblez conceptual, a causa de la vital experiencia que la nutre. Estos dos juegos —dos entre muchos— son los que he tratado de perseguir en estos ensayos, porque creo que son los que más importan para descubrir el gigantesco esfuerzo que hoy hace Latinoamérica para descubrir su auténtica personalidad, fruto de una experiencia singular.

Nada más necesario que liberarse de cierto conformismo científico, en virtud del cual aceptamos como realidades lo que no son sino apariencias. Sin duda es cierto casi todo lo que sabemos de la historia política de Latinoamérica; pero no es nada más que una parte de la verdad, y acaso la más superficial. Ha sido mi propósito, no revelar hechos desconocidos, sino señalar un camino para una investigación y un análisis que juzgo más profundos. Estoy persuadido de que por él puede llegarse a una imagen más exacta del mundo al que pertenecemos.