Vicente Palermo
Club Político Argentino
Introducción [1]
No me resulta sencilla de imaginar la siguiente escena. Un alumno avanzado interroga al profesor José Luis Romero: “profesor, ¿es posible un mundo sin lazo político?”. Tras un momento de desconcierto, el profesor Romero encuentra la pregunta llamativamente extravagante; un relámpago que atraviesa su mente le hace notar que, de hecho, jamás se la había formulado a sí mismo. El lazo político, conceptualmente un desprendimiento del sintagma lazo social de Emile Durkheim, era algo que entonces se daba por descontado, a nadie podría ocurrírsele que la condición humana pudiera apartar de sí ese lazo. En otras palabras, la pregunta habría sido anacrónica porque es, lamentablemente, una pregunta demasiado pertinente de nuestro tiempo. Supongo que Romero habría intentado responderla, de todas maneras. Su improvisada respuesta, a mi juicio, habría estado enderezada a resaltar la vigencia de ciertos valores. Saltando por encima de argumentos radicados en un orden natural, o en el contractualismo, su liberalismo progresista lo llevaría a la cooperación, los derechos del hombre, la libertad, la igualdad y la justicia, la fraternidad, la ciudadanía y la acción en común, el pluralismo y el orden democrático, a iluminar instancias de ser en común, de hacer en común. Porque en un mundo sin lazo político la vigencia de estos valores y formas de ordenar los lazos sociales serían simplemente inconcebibles. Aun cuando bajo el ala del lazo político sea posible abrigar y habitualmente se abriga una multitud de componentes siniestros, y ninguno de ellos está fuera del alcance del conocimiento del historiador, quizás podamos suponer que sea esta la respuesta del profesor Romero. En un mundo sin lazo político, podemos imaginarlo por muy inconcebible que sea, las loterías biológicas y sociales más primarias se impondrían acompañadas de la fuerza desnuda, las relaciones de intercambio se mantendrían en un bajísimo nivel de supervivencia, ya que no se podría concebir ni siquiera un mercado mínimamente complejo. Evidentemente, en la época en que le tocó vivir y pensar a José Luis Romero esa pregunta era sin duda alguna extemporánea. El anarquismo tal cual era entonces conocido, en modo alguno concebía un mundo sin lazo político. Las utopías en boga hoy día, habitualmente denominadas “de derecha”, van en gran medida no solamente por el Estado y el gobierno, sino por el lazo político en sí mismo. En los confines más sobrecogedores son imaginados mundos regulados por el mercado y en los que decisiones que tomamos hoy en día los seres humanos hayan sido transferidas a la inteligencia artificial. La privatización del lazo político sería el oxímoron con que este último se negaría a sí mismo. En sociedades complejas la supresión del lazo substituido por “repúblicas tecnológicas” sería posible siquiera como una pesadilla verosímil. Los peligros inherentes a la inteligencia artificial probablemente serán sorteados como los de tantas revoluciones tecnológicas a lo largo de la historia humana, pero la batalla, esencialmente una batalla política, no será fácil.
El objetivo de este ensayo es el de contribuir a desentrañar la concepción de la política, de un historiador que vivió en una época no tan lejana, pero en la que el lazo político se daba firmemente por descontado. Como historiador, Romero se consideraba a sí mismo un hombre “comprometido con su tiempo” y con valores por los cuales valía la pena bregar en su contemporaneidad, pero también hacerse y en lo posible responder las preguntas apropiadas a la vida histórica con que ese presente lo desafiaba. El tema de este ensayo es, por tanto, resultado de una elección. El multifacético historiador que era Romero admitiría otras, pero si hay una sabiduría que nos enseña que los historiadores deben hacer las preguntas adecuadas al pasado desde sus presentes, en mi condición de politólogo me atrevo a decir que es precisamente la pregunta por lo político, la pregunta por la naturaleza del lazo político, la que debo formularle a José Luis Romero. Es que al definirse a sí mismo como “historiador comprometido con su tiempo” JLR no establecía un límite entre dos campos pero tampoco los convertía en uno solo. Era consciente, al parecer, de la medida en que su condición de historiador incidía en el hombre comprometido con su tiempo, y también de la medida en que el compromiso con tu tiempo que hacía de él un ciudadano, un intelectual público, estaba presente en la labor de su obra histórica. En este texto no abordaré, deliberadamente, el paso por (hay varias autobiografías de políticos socialistas tituladas de ese modo, “mi paso por la política, la medicina, etc.) la política universitaria (fue rector de la UBA y luego decano de Filosofía y Letras) y partidaria (intensa, por algunos años, en el Partido Socialista) del profesor Romero, creo que sería completamente innecesario. Pero no puedo omitir que se consideraba a sí mismo un “maestro de juventudes” por encima de muchas otras condiciones (la universidad “debía generar las nuevas élites” – concepción esta muy francesa, y anglosajona). Toda la obra de Romero está arraigada en la pasión por la historia tanto como en su ciudadanía activa y su vena progresista y, algo más tenue, romántica.[2]
He intentado, en el desarrollo de este ensayo, no alejarme ni en una línea de su tema, la concepción del historiador JLR sobre lo político. Quizás lo he conseguido, pero no estoy seguro. Entre las muchas virtudes que tenía JLR está, a mi juicio, la de tratar el proceso histórico como un todo – o sea como lo que es – en lugar de bandearse hacia una de sus dimensiones. Esto es maravilloso para el lector, pero complica mucho las cosas cuando uno quiere responder prolijamente la pregunta sobre cuál era su concepción sobre cualquiera de esas dimensiones en particular. Tiene que andar escudriñando porque nunca va a encontrar un Romero que te diga “mirá, para mí lo político es esto”. O sea que hay que avanzar con mucha atención y mucha cautela. Es inútil quejarse.
La mirada de JLR sobre la vida histórica no busca el conflicto como quien busca el pelo en la leche. Pero cuando éste está presente, lo reconoce, no deja que se le escape. Aprecia la conciliación -como enfatiza (1997)- aunque sabe que el conflicto es inevitable, y parece confiar la realización de sus valores más a aquella que a éste. El progresismo de JLR puede más que su escepticismo, pero su progresismo va de la mano de la composición, no de la contraposición.[3]
La mera política
En su libro Las ideas políticas en Argentina, publicado en 1946, dice JLR que procura analizar las características y la evolución “de la estructura económica y social en que hunde sus raíces el mero fenómeno político”. Más adelante, con referencia a un asunto que no viene ahora al caso, dice: “se había operado una desviación considerable en ciertos aspectos, pues por debajo del mero fenómeno político se habían producido cambios trascendentales en lo económico y en lo social”. No es tanto lo que parece una noción super estructural de la política (después de todo, lo político no puede no tener raíces humanas) lo que llama mi atención sino el adjetivo con que nuestro autor califica en ambas oportunidades el “fenómeno político”. Mero es un término algo ambiguo, se presta tanto para establecer una distinción nítida como para poner las cosas en su lugar. En este caso, ubicando, parecería, el fenómeno político en un plano secundario, menos relevante que otros. Estas frases, ¿hacen justicia al pensamiento histórico de José Luis Romero? Me atrevería a negarlo.[4] Este es el hilo del que pretendo tirar para desovillar el tema de este breve ensayo: la concepción de JLR sobre lo político y la política. Quiero ser claro: no me pregunto aquí por la ideología política de Romero, por su ideario político (aunque tal vez precise aludir a él, lateralmente). Sino interrogarme sobre qué papel atribuía Romero a lo político y la política en la historia humana. Esto va acompañado de una intuición: la de que JLR no identificaba completamente la política con la ciudad, ni con la ciudad en sentido físico, urbano, ni con la polis, pero le otorgaba a la ciudad una posición central. Algo más obvio, pero absolutamente nada trivial, es que Romero se niega a separar la política de las ideas políticas. Romero considera perfectamente posible hacer política en sentido cívico, a través de su tarea de severo historiador: “lo que he hecho sobre historia argentina siempre ha sido movido más por una vocación ciudadana que por una vocación intelectual”, nos dice, y leyéndolo no cabe dudar de su sinceridad,[5] que se extiende expresamente a sus vastas investigaciones como medievalista. Esto será de alguna importancia a la hora de abordar las preferencias analíticas de Romero en su estudio de las opciones de la política y el poder.[6] JLR historiador dialoga constantemente con JLR intelectual público, un Romero que cree que arrancar del pasado los secretos que guarda sobre la política desde el presente (que por cierto no es vivido o percibido por los humanos como un instante fugaz) es indispensable para recorrer ese tramo de la vida histórica que es el futuro.
En el mismo libro señala que no concibe la historia de las ideas políticas como una exposición del pensamiento doctrinario; y efectivamente buscaríamos en vano tal exposición; parece lo suyo una procura de las ideas en acción, de las ideas políticas formadas en contextos, y dando forma, a la política (así es que no nos somete en sus textos a extensos pasajes dedicados a la revisión de las ideas y la historia que les es propia). La política es, para Romero, una voluntad, diría que una voluntad libre pero ambiciosa.[7] La política, los liderazgos, las instituciones, las instancias estatales, pretenden arbitrar la vida de los hombres y aún más que eso; y aún mucho más que eso. Las ideas políticas, y la política en acción, se la pasan concibiendo ciudades imaginarias. No van muy lejos porque “no pueden desprenderse de las influencias originarias que las condicionan” dice un joven JLR en El estado y las facciones en la Antigüedad, de 1938. Lo interesante aquí, me parece, no es tanto el aporte analítico de la limitación, como el ontológico: lo político sería el campo de acción “libre” de una voluntad excesiva en sus pretensiones y por tanto casi siempre frustrada. Lo político no obstante formaría parte de los procesos de larga duración porque tiene entre sus componentes las ideas y las instituciones; y es en ese pantano (fértil) de “raíces” entremezcladas con ellas, que sucumben inevitablemente los hombres de acción. Siempre sucumben, pero nunca sin antes dejar oír su voz que confiere formas, perfiles, a los procesos de larga duración: detrás del Código Civil resuena el eco de la voz de Napoleón Bonaparte. Es decir, lo que producen los hombres en las vidas que están siendo vividas, con tinta y sangre, son ideas, son acontecimientos, hechos políticos puntuales, decisiones tomadas en coyunturas febriles, pero Romero no se escapaba de ellos al abordar los procesos de larga duración (se hacía cargo de aquello expresado por Lucien Febvre, la historia como “todo lo que siendo del hombre, expresa al hombre, significa la presencia, la actividad, los gustos y las formas de ser del hombre”).[8] No es un error, así creo, considerar que el JLR más volcado sobre lo político (y aun el medievalista, aun el historiador del mundo feudoburgués y de las culturas urbanas) no se aparta en este sentido de la historiografía argentina florecida en el siglo XIX, basada no precisamente en las estructuras económico sociales.
La política, lo político, son términos inevitablemente múltiples en su semántica.[9] Por ejemplo, es posible distinguir entre la política de Hannah Arendt como acción (espacio público entre iguales manifestando lo que distingue a los humanos como únicos, la creación, la libertad, la impredecibilidad), la política como práctica reproductiva del poder y la política operativa. Gramsci – para tomar otro ejemplo entre muchos posibles – distingue entre gran política y pequeña política:
“Gran política (alta política) — pequeña política (política del día a día, política parlamentaria, de corredor, de intrigas). La gran política comprende las cuestiones ligadas a la fundación de nuevos Estados, a la lucha por la destrucción, por la defensa, por la conservación de determinadas estructuras orgánicas económico-sociales. La pequeña política comprende las cuestiones parciales y cotidianas que se presentan en el interior de una estructura ya establecida en consecuencia de luchas por el predominio entre las diversas fracciones de una misma clase política. Por lo tanto, es gran política intentar excluir la gran política del ámbito interno de la vida estatal y reducir todo a pequeña política (Giolitti, bajando el nivel de las luchas internas, hacía gran política; mas sus acólitos, objeto de la gran política, hacían pequeña política). Al contrario, es cosa de diletantes poner las cuestiones de modo tal que cada elemento de pequeña política deba necesariamente tornarse cuestión de gran política, de reorganización radical del Estado. Los mismos términos se presentan en la política internacional: 1) la gran política en las cuestiones relacionadas con la estatura relativa de cada Estado en las confrontaciones recíprocas; 2) la pequeña política en las cuestiones diplomáticas que surgen dentro de un equilibrio ya constituido y que no intentan superarlo para crear nuevas relaciones”.[10]
Con sus enormes diferencias, las concepciones sobre la política parecen tener algo en común y específico, la decisión humana. Aun cuando sea absurdo aspirar a una definición omnicomprensiva, exhaustiva de la política y lo político, no lo es justificar nuestra elección, que haremos manifiesta enseguida. Se trata de la que nos parece la concepción que mejor se ajusta al modo en que, entre líneas, puede percibirse en JLR una comprensión de la política. Antes señalemos que, por comprensibles razones, la presencia de lo político es más fuerte en su nada secundaria obra dedicada a la Argentina (y América Latina) que en la dedicada a Europa Occidental. A su vez, la presencia de lo político es central (en parte por su temática, obviamente) en su obra de juventud dedicada a la antigüedad romana, especialmente a la crisis de la república romana.

El poder y la libertad
La búsqueda de las claves con las que consigue Romero entrelazar las dimensiones del proceso histórico dando su lugar a lo político como decisión humana, orientarán las preguntas que serán aquí nuestro punto de partida. Aun así, se percibe a veces claramente que si JLR se sentía incómodo en un callejón entre la Escuela de los Annales y el marxismo, consigue, avanzando sin inclinarse a ninguno de ambos flancos, desenvolver una historia en la que lo político tiene un lugar – una historia en que los hombres, como tales, en tanto personas, tienen un margen de libertad, deciden y definen trayectorias con sus decisiones. No es, por lo general, una dimensión abrumadoramente central, que aplaste a las otras. Pero me parece que en la historia de Romero no hay una dimensión que se pueda considerar central. Hay varias dimensiones del proceso histórico que Romero encuentra cruciales. Entiendo que lo político tiene para él una importancia crucial. Aunque raramente encontremos abordajes específicamente políticos en su obra histórica (probablemente los más claros en La crisis de la república romana y en Las ideas políticas en Argentina). Pero a pesar de todo, es la suya una historia en la que la política tiene un lugar imprescindible, tiene su propio peso explicativo. Pero seguir adelante exige aquí detenerse brevemente en qué podemos entender qué es lo político para Romero, es decir, cuáles serían aquellas claves con las que Romero entrelaza la política con otras dimensiones. Algo que no nos resulta tan fácil.
Arranquemos desde la raíz, eligiendo una genealogía (que no se otorgaría Romero a sí mismo, pero podemos, a mi juicio, percibir en sus páginas). Lo político es tensión, tensión entre personas e instituciones; consiste, genéricamente, en estrategias a través de las cuales los hombres toman decisiones que buscan determinar la conducta de los otros. Entendiendo conducta en sentido amplio: objetivación y subjetivación; acción, emoción, pensamiento, creencias. Michel Foucault, en una argumentación que tiene su origen en Nietzsche, focaliza en la voluntad de potencia, como impulso necesario para dominar a los demás.[11] Sin embargo, hay personas, conocidas o anónimas, que requieren la potencia simplemente para no dejarla caer en manos de terceros de los que no desean depender.[12] Esta es una motivación que se identifica claramente en las páginas de la extensa y riquísima obra que Romero consagra a la formación y maduración del mundo feudoburgués, por ejemplo. O sea que tenemos dos motivaciones que no salen precisamente cada una al encuentro de la otra. Aceptemos este modo de distinguir de Foucault, en la que los juegos estratégicos entre libertades son dinámicas de poder en las que una parte intenta dirigir o controlar la conducta de la otra, siendo que la segunda conserva siempre, en alguna medida, la capacidad de resistir, dar respuesta y alterar esa relación. Se sigue entonces que la capacidad de resistir se traduciría, a veces, o más bien con frecuencia, en la segunda forma, la de procurar la potencia para no dejarla caer en manos de otros (de los que no se desea depender). Y se diluirían en ciertos casos – no tan infrecuentes – los límites entre poder y resistencia.
Simona Forti, en ese camino, postula la constitución de un polo político que se promete, justamente, a través de las estrategias observadas por Foucault (“juegos estratégicos entre libertades”, “tecnologías de gobierno”, “estados de dominio”) gobernar a los demás.[13] Sin embargo entiendo que las estrategias no se limitan a establecer y mantener apenas estados de dominación, es decir, situaciones en las que “se han solidificado rígidamente las relaciones, configurando geometrías asimétricas e inmóviles…”, en las que los márgenes de libertad de uno de los polos son extremadamente limitados, o inexistentes… No sólo establecen estos estados de dominación, porque hay otra implicación en la “promesa de gobernar a los demás”, más allá de estados puros de dominio. Con Foucault y Forti el poder es siempre una relación estratégica asimétrica entre libertades, dado que en los dos polos de la interacción hay grados de libertad. Pero los intentos de uno de los polos de conducir la conducta del otro pueden estar enderezados – por diferentes motivos – no solamente a consolidar vínculos de dominio, o a establecer relaciones estables de consentimiento, sino a ampliar la dimensión de libertades de la que dispone el otro polo, inclusive a expensas del primer polo. Los juegos estratégicos de alianzas entre élites y contraélites no son puramente gobernados en una situación pasiva. Es decir que los actores situados en el polo de gobernar a los demás, en ocasiones procuran y/o consiguen incrementar la capacidad del otro polo de tensionar con el poder – y hasta consigo mismos. En suma, es indiscutible que donde hay poder hay resistencia, pero “hay poder” parece llanamente expresar una máquina a la búsqueda de dominación, o al menos de relaciones asimétricas estables. No obstante, partiendo del mismo marco foucaultiano y sin romper con él, puede significar también una acción a la búsqueda del empoderamiento del otro polo.
Me importa destacar esta dimensión porque en las páginas de JLR emerge en muy variadas experiencias históricas. El poder, que no puede identificarse sin más ni más con el mal (como sabiamente argumentan Foucault y Forti), puede actuar como tal poder, incidiendo en la conducta de los actores del otro polo, haciendo realidad su “promesa de gobernar a los demás”, procurando ampliar su libertad, no su obediencia pasiva (esto, independientemente de la resistencia que encuentre, y de las motivaciones que tenga para hacerlo, que son otras cuestiones).
Forti argumenta: “podríamos forzar una nueva antinomia foucaultiana: la contraposición entre el mal, punto máximo de dependencia subjetiva en un estado de dominación, y la libertad, punto de menor dependencia posible de un sujeto de las decisiones de otro sobre su conducta”. Muy bien, pero hay, entre los dos puntos, un abanico de posibilidades, y en cualquier resultado que se aproxime a la libertad (en contraposición al mal), interviene no solamente la resistencia, sino el propio poder. Algún grado de libertad del polo “débil” es indispensable para que se ejercite una relación de poder (en el caso límite de un dominio absoluto han cesado las relaciones de poder), el grado de libertad mínimo es indispensable. Pero el poder es copartícipe allí donde el vínculo no se endereza hacia la dominación sino al conferimiento de mayor libertad a su polo contrapuesto. Es el sentido de la acción, en esencia; una conjugación de poder y libertad es indispensable para que la acción política, el gobierno de los demás, conduzca a una mayor libertad. Probablemente, pura resistencia no conduzca a la libertad, del mismo modo en que dominio absoluto cancela las relaciones de poder. Esta dinámica se hace perceptible, a nuestro criterio, en el desarrollo del mundo urbano en el marco del orden feudal que estudia Romero. Y no solamente aquí. También en el caso de la formación de la Argentina liberal desde mediados del siglo XIX y, otra vez, en el proceso político de entre siglos, que se extiende sobre todo entre 1880 y 1912.
En esencia, el punto es que el poder no está condenado a establecer o intentar establecer, necesariamente, puras relaciones de dominio, puede desempeñarse como gobierno de los hombres (para cumplir su torva promesa de gobernar a los hombres), para instituir grados, espacios, valores, de libertad. No alcanza con comprender al poder y lo político como el “arte de gobernar”. Sin duda que, con Foucault, siguiendo a Forti, entre el “gobierno de las almas” o la “economía de las almas” de los primeros siglos cristianos y el “gobierno de los hombres” que signa el horizonte dentro del que se inscribe la política occidental, hay un vínculo profundo. Es la estructura de una relación específica entre sujetos que Foucault denomina – y analiza con extraordinaria agudeza – “relación pastoral”.[14] La relación pastoral ha sido, históricamente, muy central en lo político; pero lo político no es exclusivamente relación pastoral. Ni el pensamiento político ni la acción política moderna hablan exclusivamente en esta lengua. Las ideas historiadas por Romero tampoco. De hecho, Michel Foucault observa que la relación pastoral no indica ninguna natural propensión humana.
De hecho, la relación pastoral se desarrolla en ruptura con el universo clásico griego, donde es extraña la idea de que los hombres sean objeto o materia de control o dirección. ¿Por qué es importante observar esto aquí? Porque hace patente de modo marcado la pertinencia de uno de los rasgos que surgen en el precoz estudio de JLR sobre la crisis de la república romana. Una crisis de legitimidad en la que las élites prácticamente carecían de instrumentos de control o dirección sobre las masas, gran parte de las cuales eran ya activas en la política de la ciudad. La crisis que tiene lugar en los vínculos entre las elites y las masas, es coetánea con una etapa expansiva en que Roma descubría sus potencialidades imperiales.
Foucault califica al poder pastoral como un poder que mira el bien entendido como bienestar de aquellos que desearían ser conducidos y aceptan por eso ser subordinados, controlados y mandados. Pero hay otro modo de percibir un poder que “mira el bien…”, que rechaza el poder pastoral, y que está orientado – en general ambiguamente – a generar condiciones de libertad, y que procura, dentro de la gama de sus acciones y propósitos posibles, desenvolver condiciones de libertad.
Es cierto que la impostación estructural del poder pastoral, ajena al pensamiento grecorromano, penetró capilarmente en el mundo occidental, y también lo es que los hombres establecen acuerdos con cualquiera que les prometa el bien y la salvación. Pero a veces se establecen acuerdos en base a otras promesas, de libertad, de derechos o garantías. No cabe la menor duda de que la ambigüedad puede entrar de lleno en el análisis de estos procesos, pero de hecho han existido y sus tensiones, avances, retrocesos y desdoblamientos no expresan un dominio consolidado y estable, y en muchos de ellos ha estado presente (por los motivos que sean) una búsqueda de establecer nuevos “equilibrios” bajo la premisa de ensanchamiento de libertades del polo contrapuesto al poder. Eso forma parte de la tradición de Occidente y la lectura histórica de JLR lo registra de un modo abundante y a través del que gana en nitidez la confluencia de intereses, ideas, valores y coyunturas en que se acrisolan nuevas mentalidades y se crean nuevas instituciones. Para decirlo de otro modo, difícilmente JLR admitiría sin objeciones la visión de Nietzsche sobre la historia occidental como un largo y doloroso proceso de moralización inseparable de la progresiva universalización de la dependencia y la obediencia. Es en esa dirección de Nietzsche y Foucault que Forti remarca la “escandalosa virtud de la obediencia y del comportamiento afín, que se demuestra el más sólido pegamento para consolidar las relaciones de poder como relaciones de dominio”. Sin duda es así, pero los vientos contrarios a las corrientes históricas dominantes han sido también potentes y poderosos y aunque con frecuencia dejan de soplar por largos periodos, las páginas de Romero en sus principales trabajos llevan su impronta.
La genealogía que intento establecer como marco teórico implícito a la obra de JLR no es, por tanto, la de una unívoca relación entre un polo de dominio y un polo de sometimiento, pero tampoco es la de una tensión irreductible entre el dominio y la oposición plena a él. Esos dos modos de narrar la vida histórica no se encuentran en la obra de Romero.
Para Forti, en la política moderna, lo que marcó nuestro universo político “es la estructura de una relación basada en el intercambio dependencia-salvación, sea esta salvación inmortalidad del alma o bienestar material de la población o ciudadanía”; pero creo que no hay cómo hacer en estos términos una historia política completa de Occidente; la de Romero no apunta en la misma dirección. El juicio individual y los derechos se contraponen a la omnipotencia del poder pastoral en la política moderna. De éste por cierto no nos hemos librado, pero hay un poder no pastoral, que es sin embargo poder, porque está orientado a dar forma a la conducta (y al pensamiento) de los hombres… es un poder que, en el extremo, se niega a sí mismo.
Lo discutido nos aproxima a nuestra idea de la concepción de lo político en José Luis Romero. Porque elabora, a pesar de todo – a pesar de los muros que en la disciplina histórica limitan la amplitud de su trayectoria – una historia en la que la política y la acción humana voluntaria, la decisión de las personas, tienen una relevancia decisiva en su interpretación y su análisis. No hay un texto de Romero en que lo político no esté presente, y no esté presente en ese sentido específico. Pero hay algo más que siento que es obligatorio destacar: si la política de la que habla, o la concepción de la misma que emplea para abordar el proceso histórico, es, claramente, la política entendida como el empeño, la disposición o la acción orientada a incidir o determinar la conducta de los otros, si es eso, entonces la noción/orientación normativa, que condiciona las elecciones empíricas y de investigación de nuestro autor tanto como la evaluación y el destaque de los actores históricos, es el esfuerzo de actores históricos por determinar, por incidir en la conducta de los otros ensanchando sus márgenes, sus grados de libertad. En breve, el esfuerzo político para que el poder sea capaz de ampliar la libertad de su polo contrapuesto.
Pero cabe agregar una última reflexión antes de cerrar este punto. Si la política, el modo en que es concebida por JLR para hacer historia, es en parte el esfuerzo, acompañado a veces de una orientación normativa, del polo de poder por conferir grados de libertad al polo opuesto, entonces habría que concluir en que la mirada de Romero debería terminar siendo de un pesimismo atroz, aunque justificado (no sorprende que en algún pasaje se tache a sí mismo de Casandra): consecuencia de una asimetría en la línea de oposición ideas/instituciones/política vs realidad y de resistencia/persistencia que hace que dos siglos marquen una continuidad y que los puntos de discontinuidad sean gloriosos aunque de resultados dudosos. En su obra: fracaso de los Gracos, doblegamiento de “la libertad antes que el liberismo”[15] en las ciudades feudo burguesas, debacle en el Plata del grupo ilustrado, etc. Sin embargo, basta con leer páginas al azar para corroborar que tal pesimismo no es en modo alguno predominante. Podríamos decir que Romero sufre el tironeo entre un campo magnético de valores que lo concita a ver con deseo y empatía la forma liberal progresista en la historia (como se define en la extensa conversación con Félix Luna[16]) y una honestidad intelectual que lo obliga a no ocultarse cuando lo que ve no es exactamente eso.

Una mirada al interior de la política
Pero, ¿cómo opera Romero, con esta guía de acción heurística, su trabajo en el campo de la historia política, o más precisamente su intelección de la dimensión política de la historia? ¿Podemos intentar introducir aquí el manojo de componentes – un manojo que no es tan reducido en número – de la visión de Romero sobre lo político en la vida histórica? No me resulta fácil, y cualquier lector entenderá por qué: Romero es un historiador excepcionalmente amplio en su magnitud de temas abordados, muy diferentes, y entre las suyas se destaca la aspiración por integrar, ofrecer interpretaciones de inmensos procesos, en tiempo y alcance geográfico (Europa Occidental, América Latina y sus ciudades), tomando en cuenta la totalidad de sus componentes activos. Separar una variable y analizarla aisladamente es del todo imposible. Pero veamos.
Comenzamos con aquello que es básico, dicho unas líneas atrás: la política como lucha por incidir en la conducta, las creencias, sentimientos y pensamientos de los hombres (todo junto, mentalidades, para Romero), y en la institución de un orden normatizado, legítimo. Pero esto es un punto de partida, casi obvio. La pregunta es, ¿en qué consiste, para Romero, la dinámica política del proceso histórico, aun de la vida histórica? Consiste en: la relativa irrelevancia de los grandes liderazgos; la patente relevancia de los elencos políticos; definitivamente, la gravitación de las ideas políticas y, en un plano algo secundario en relación a las ideas, de las instituciones; la interminable tensión entre las ideas (y las instituciones) y “la realidad”; el entrelazamiento de lo político con otros componentes o dimensiones de la vida histórica; las complejas interacciones entre continuidad profunda y ruptura y continuidad profunda y crisis, que se expresan en una peculiar coexistencia y rozamiento entre lo viejo y lo nuevo y en un continuo desfasaje; la ciudad como agente político del cambio; el disloque del tránsito, su des-quicio;[17] el proceso de constitución de mentalidades y su relevancia; las tensiones entre consentimiento y disentimiento, concesiones y resistencias, conflicto y conciliación, legitimidad y poder fáctico; el ordenamiento transaccional y las fusiones; la pugna por la incorporación y la obstrucción como dinámica política del cambio social y político y su relación con el orden; la pugna jamás interrumpida por potestades y libertades, por la distribución y las formas del poder, pugna que incluye la conferencia, la cesión, de libertades, la concesión gradual y por definición segmentada, de privilegios; y la pugna por tomar parte (en un plano la política operativa y reproductiva como lucha eterna por el acceso al propio ejercicio de la política y por su perduración en él, y en otro, por la ampliación o reducción de sus límites).
Hasta aquí, hemos mencionado dimensiones que podemos considerar genéricamente políticas y que se hacen presentes en la obra de JLR (obviamente, muy poco o nada explicitadas por nuestro autor). Identifiquemos ahora algunas pocas más, que podemos considerar marcadas por los procesos históricos por él estudiados: la inclinación recurrente de los sectores sociales altos y/o de sus élites a fracasar en el establecimiento de hegemonías, y su éxito en mutar de aristocráticas a oligárquicas; la atención muy esmerada de Romero a los inicios sociales, a la emergencia de actores, y a las disidencias y el disconformismo (por naturaleza hechos socio-políticos esenciales).
Es un listado heterogéneo, imperfecto, y quizás no sea exhaustivo; sin embargo, creo que todos los componentes mencionados están presentes en la obra de nuestro autor, como pautas interpretativas de la dimensión política de los procesos históricos.[18]
Exhaustivo o no, este ramillete debería tener valor por lo que incluye tanto como por lo que no incluye. Es obvio que la de Romero no es una historia de masas, ni de clases (por mucho que las masas, a veces en clave romántica, y sobre todo las clases sociales, estén presentes en sus interpretaciones). No es que las clases no existan, pero si hay actores sociales colectivos en acción política, estos no son las clases sociales en términos discretos, sino sectores de las mismas que se integran, se funden, interactúan en profundidad, con – o contra – otros sectores de ellas mismas y de otras clases. Sólo así participan en el proceso político, en el que las fusiones y las con-fusiones de clases sociales “fragmentadas” permiten que las personalidades tengan un papel. Romero presta gran atención a este tipo de procesos en muchos de sus trabajos más importantes. Y observa el papel que desempeñan las ideas en la formación de mentalidades y de interpretaciones, en los procesos, en las pugnas de esos actores. Especialmente las ideas.[19]
Precisamente, su historia, si es de algo, es (historia) de las ideas en acción, entrelazadas en la vida histórica. Pero esto el lector debe descubrirlo porque, al no tratarse de un manual de ideas eslabonadas en el vacío, su realce puede pasar desapercibido. A veces, una primera lectura de sus textos no muestra este rasgo de un modo tan evidente. Sin embargo, es así, porque son las ideas la fuerza “estructural”, el combustible principal, que alimenta la dimensión política de los procesos históricos. No los procesos históricos considerados en un todo, pero sí sus dimensiones específicamente políticas. Como señala nítidamente en su libro de 1946, una idea puede presentar notorio interés histórico; “pero no solamente en cuanto es idea pura, sino también —y acaso más— en cuanto es conciencia de una actitud y motor de una conducta”. Cuando impulsa, confiere sentido, potencia, a la acción.
La acción de estas dimensiones, bajo el impulso de las ideas, es vista, forzosamente, como una acción de élites. El polo de poder, por tanto, que, a veces, empodera y confiere libertades.
Líderes, elencos, actores históricos
En el dispositivo básico que quiero creer que explica la forma de JLR de pensar la política en el proceso histórico, hay sesgos inevitables. Es como si Romero “desconfiara” del poder explicativo de las individualidades (aunque, por supuesto, mal puede hacerlo en el terreno estricto de la formulación de ideas). Romero se vale de un recurso, quizás no conscientemente: tiende a apagar, en su análisis, a los “grandes hombres”, aquellos que Aristóteles, en su increíble tratado sobre la Política, fue de los primeros en pensar como hombres extraordinarios.[20] Romero apaga a los hombres extraordinarios, en el sentido de que tiende a considerarlos epifenómenos del proceso histórico. Y ¿cómo los sustituye? Los sustituye por elencos.[21] Su historia es una de elencos de liderazgo colectivo (elencos en los que a veces se coopera y otras se cortan cabezas), elencos con creencias, ideas, concepciones del futuro, convicciones normativas, propósitos e interpretaciones e intelecciones a veces más equivocadas, a veces menos, a veces menos acertadas, a veces más, de la vida (al cabo, del proceso histórico) en la que estaban inmersos y sobre la que actuaban, abriendo o continuando rumbos. La historia de Romero no es “homérica”, pero se aproxima más a la guerra de Troya que al regreso de Ulises a Ítaca[22]. Sus elencos no son epifenómenos. Y no se trata de una sustitución puramente numérica, uno por varios. Se trata de una mutación conceptual. De la unidad perfecta, sin fisuras, del Uno, a la pluralidad que abre el proceso histórico a caminos alternativos.
Es por ejemplo el caso de los Gracos en la República Romana, que refiere no solamente a los hermanos sino a un grupo amplio de liderazgo político. También encontramos este abordaje cuando JLR estudia la primera generación de patriotas argentinos y luego a la Generación del 37. Lo que vemos en ambos casos son élites que hacen política bajo el impulso de ideas. Algunas más equivocadas que otras. En ambos casos (como también en el de los Gracos) se trata de empeño para dar forma a conductas y a las ideas que fundamentan esas conductas, como generadoras de mayores grados de libertad, aun cuando estas intenciones, enderezadas a beneficiar a los “sectores subordinados”, estén mezcladas con ambiciones autocráticas y/o imperiales (de hecho, la autocracia y el Imperio romanos nacen como ideas, de cuño helenístico, antes que como hechos). De este modo, al instituir la centralidad de los elencos, se aparta del romanticismo (al que es próximo en otros aspectos de su concepción de la política) sin caer en el causalismo tan gravitante en el siglo XX.
Para ilustrar mi impresión con un ejemplo europeo del período germinal del mundo feudoburgués, mencionaré a Federico II, rey de Sicilia y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. En verdad, nuestro autor menciona a Federico II (1194-1250), en varias ocasiones en La revolución burguesa… Lo introduce señalando que “los normandos organizaron el reino de Dos Sicilias, cuyos principios centralizadores y cuya enérgica autoridad heredó luego Federico II”. La referencia a los principios centralizadores y la enérgica voluntad es algo ambigua, una herencia, un legado imperial. Pero el de Federico II es un liderazgo típicamente romeriano, un hombre de la primera mitad del siglo XIII que no obstante anticipó formaciones políticas más propias del mundo feudoburgués. Su inclinación universalista y políticamente centralizadora, que complicó la pretensión de la Iglesia como autoridad universal, contribuye en su papel no menor en algunas de las cuestiones que JLR rastrea en la configuración embrionaria del orden feudoburgués. Romero destaca al emperador por el otorgamiento de Estatutos a la ciudad hanseática de Lübeck, fundamentales en materia impositiva. No obstante, quedan en la sombra las convocatorias dirigidas a las comunas toscanas entre 1526 y 1544, para que enviaran plenipotenciarii (i.e. embajadores con poderes plenos) a las Dietas de Cremona y Verona, a establecer acuerdos en el marco de decisiones imperiales. La convocatoria de representantes urbanos por gobernantes imperiales era por entonces algo común. Sin embargo, la dotación de plena potestas exigida por Federico sistemáticamente suponía una índole jurídica y política diferente para las ciudades, porque su presencia frente a la autoridad imperial las comprometía de otro modo. Los plenipotenciarii englobaban jurídicamente a toda la ciudad[23]. Virtualmente, la ciudad así representada quedaba expuesta a las tensiones internas consecuentes de las decisiones obligadas convenidas por el representante. Pero, en compensación, gracias al procedimiento la ciudad pasaba a ser ante el Imperio y ante el mundo un sujeto político. Lo que contribuía sin dudas a su consolidación como entidad jurídico política y a su identidad social, y al incremento de sus espacios de libertad.
Otro buen ejemplo es Mayo y el grupo ilustrado. En verdad no tiene líderes, y JLR no hace mucho esfuerzo por identificar alguno. De hecho, el papel de Bernardino Rivadavia está mucho menos realzado que en la historia de los padres fundadores como Mitre y en la de la Nueva Escuela Histórica. En Romero, el relieve de Bernardino Rivadavia como líder ilustrado de la Independencia, es parcialmente eclipsado por la expresión “grupo de los ilustrados” como el agente político predominante que se reitera constantemente identificando así, con mayor precisión, a un elenco propulsor del cambio.
El borramiento de los hombres extraordinarios es en ocasiones hasta excesivo. Me permito ahora dar un salto de siglos, tanto como lo permite la diversidad temática que aborda José Luis Romero. No es tanto el caso de Rivadavia, como digo, uno de borramiento, pero claramente lo es en Romero el de Juan Domingo Perón, del que se ocupa, con manifiesto desdén analítico, en un texto de gran envergadura como es Las ideas políticas en Argentina, en diversos ensayos, y en artículos menores, de batalla, que, aunque adopten un estilo quizás más informal, nunca dejan de ser coherentes con su interpretación histórica.
Como evidencian los muy elaborados estudios de Cattaruzza y Pulfer,[24] la percepción del peronismo por parte de JLR fue cambiando a lo largo de los años, se fue haciendo más compleja y desarrollando más arraigada a la interpretación que el propio Romero fue formando de la historia argentina contemporánea. No obstante, esto no le impide mantener a Perón en un plano secundario y casi de menosprecio. Vale la pena destinar alguna atención a este ejemplo de la tesitura que atribuimos a Romero, dada la centralidad de Perón en la Argentina del siglo XX. Así, distinguiendo entre “problemas genuinos y problemas anecdóticos”:
“La personalidad de Perón es un problema anecdótico… El carisma personal aglutina las masas, las dinamiza. Pero se trata de un simplismo… El problema de las masas argentinas es complejo y enmarañado. En términos de historia social la personalidad individual de quien se dice que tiene carisma no es sino el núcleo de su personalidad social… soporte de algo que la sociedad proyecta en él… la proyección social que se agrega a las tres personalidades, Rosas, Yrigoyen, Perón… el contenido de aquella proyección: una rebelión primaria y sentimental contra el privilegio. Y Eva Perón más que él”.
Nótese que Rosas e Yrigoyen son encuadrados en el mismo marco interpretativo epifenoménico. Para Romero, es la sociedad en cambio, en agudo proceso de diferenciación y reajuste de grupos según determinaciones socioeconómicas y según orientaciones políticas, la que “creó la figura mesiánica de Perón”. Esta caracterización de su liderazgo es abordada en detalle en un breve pero rico artículo, El carisma de Perón (1973). Allí afirma que lo importante es dilucidar “por qué el político consiguió transformarse en símbolo eficaz de tantas aspiraciones encontradas (esto es interesante, entre otros motivos, porque se adelanta a los abordajes conceptuales de Ernesto Laclau, que fue discípulo suyo en la Universidad de Buenos Aires). Romero afirma que el carisma de Perón estriba, básicamente, “en lo que todos le otorgaron con la esperanza de que él lo encarnara”. De algún modo, esta subestimación del papel del liderazgo equivale también a una des responsabilización: “sólo en pequeña parte fue responsabilidad suya el defraudarlos”.
Es muy significativo aquí que el historiador ensaye una equiparación a la que él mismo atribuye raíz en la sicología social, equiparación a la que “la alucinación colectiva que provocó la aglutinación alrededor de Perón” da pie. Para Romero revistió los caracteres del “sebastianismo”.[25] Lo verdaderamente llamativo de esta equiparación, es el patente contraste, porque en efecto el Deseado había muerto aunque nadie estuviera dispuesto a admitirlo y Perón no solamente se mantuvo vivo una vez depuesto, sino que dedicó gran parte de sus esfuerzos a conservar intacto su liderazgo o, en otras palabras, Perón cultivó por sí mismo la esperanza mesiánica. En definitiva, Perón, para Romero, no es más que el “Perón simbólico”. Pero ese “Perón simbólico” es expresivo, para él, de un contenido densamente social, no programático:
“… otros partidos se han manifestado también contra el privilegio; pero esos votos tienen componentes programáticos que limitaban el consentimiento. Sólo Perón significaba eso y fundamentalmente eso. Como el plebiscito de 1928 en favor de Yrigoyen, el voto mayoritario ha tenido más que nada un contenido social y ha sido, en rigor, un grito. Y como hecho social —y no estrictamente político— hay que analizarlo”.
En verdad, el ejemplo de Perón en JLR es interesante porque pone de manifiesto una ambivalencia muy comprensible: parte del problema argentino radica, para él, en la dificultad que tiene la política de hacerse cargo de los procesos sociales (por caso, Perón expresa pero no lidera, no historiza, esos procesos); esta dificultad en cierta medida responsabiliza a los líderes pero, por otra parte, no es sensato depositar en sus espaldas el peso de la carga histórica: “no se han hecho cargo de este proceso de integración social y de los cambios estructurales que la Argentina ha operado. Prueba de ello es la tendencia a hacer de Perón el responsable de todo lo que pasó en el país, cuando Perón es una hoja en el viento”. Esta ambivalencia es patente en textos o comentarios como este:
“Yo considero que la obra de Perón es un fracaso total, porque del proceso social a que me refiero obtuvo su capital político y su formidable posición de liderazgo. Pero él no orientó el proceso para nada; el proceso lo superó. Tanto es así, que a lo que está ocurriendo me remito. No ha creado un camino. Todas sus soluciones fueron absolutamente coyunturales, y en consecuencia su muerte ha creado sólo una nueva coyuntura, una tremenda coyuntura, porque él no le dio a los sectores sociales que se aglutinaron a su alrededor la interpretación adecuada para ese proceso del cual era el protagonista. Les dijo cosas viejas, inútiles, inadecuadas.”
No le faltaba razón a Romero al reclamarle a Perón una expresión adecuada para lo social, porque a mi juicio el General había sido un líder con ideas a destiempo (en el mundo que recomenzaba en la inmediata posguerra), y una visión organicista.[26] Pero, a la sombra de esa falla en las ideas, su liderazgo fue ciertamente determinante, lejos de ser una hoja al viento. Y la ambivalencia se revela en otra faceta, una pauta de interpretación que acompañaría luego la política y el pensamiento político no peronista (que tomaba distancia de las interpretaciones más implacables, y en especial desde la caída de su primer gobierno: la disyunción analítica entre Perón y las masas. Romero zigzaguea, podríamos decir, a lo largo de esta línea interpretativa. Las masas peronistas “eran pueblo argentino” ante lo cual el deber de la hora era esclarecerlas de los medios y fines de la democracia, educarlas, y persuadirlas de que sus auténticos representantes eran otros (hay en esto ecos de lecturas políticas “retrospectivas” de la Generación del 37). Básicamente, la tarea tenía mucho de imposible porque, aunque la masa fuera esencialmente democrática (“inorgánicamente democrática”), debía ser persuadida de no entregar su “voto” y su “adhesión incondicional a un gobierno de fuerza” en un arranque de “juvenil entusiasmo”, a cambio de una “justicia social que se le ofrece sin esfuerzo”. Pero lo que destacamos aquí es, otra vez, el contraste: a la intensidad política de las masas, aún ingenuas, se contraponía un Perón bastante fantasmagórico, que era pintado más como aventurero que como un auténtico liderazgo.
En 1966, en un texto que permaneció inédito hasta 1980, Romero presenta una síntesis de su mirada, a la sazón, de la historia del país (Cattaruzza y Pulfer, op. cit. I). Nuestro autor sostiene sobre Perón que más importante que su acción misma fueron otros tres factores: “su atractivo personal, su oratoria eficaz y sobre todo la explotación de ciertos tópicos”. Estos últimos habrían hecho impacto sobre el “naciente proletariado industrial falto de experiencia sindical y sensible a los matices autóctonos que Perón sabía introducir en su sencilla explicación de los complejos problemas contemporáneos”. Sintéticamente, un Perón oportunista que tenía aquello que a los otros les faltaba – habilidad para manipular “tópicos”. Pero sobre su liderazgo prácticamente no había nada que decir.
En abril del 76, como nos refieren Cattaruzza y Pulfer, Romero presenta en Estados Unidos un trabajo titulado “El caso argentino”; también en esta ocasión el contraste entre la atención al análisis de las masas y la figura de Perón es pronunciado. Se dibuja un perfil populista de cuño autoritario y sobre todo paternalista, lejos de un liderazgo político como núcleo dinámico del peronismo. La complejidad y las sutilezas de un líder político excepcional no obstante sus carencias en Virtud y Fortuna, desaparecen casi por completo.
Y no deja de ser significativo que, en 1973, le pareciera a JLR suficiente para caracterizar a Perón, retomar los elementos muy agudamente señalados en su texto “El carisma de Perón”, de ese mismo año, pero para referirse no ya a los inicios de su parábola política sino a ese presente: la aglutinación en torno a Perón de “un variado conjunto de sectores, cada uno de los cuales creía ver en el veterano líder proscripto el representante legítimo de sus ideas y el defensor inequívoco de sus intereses”, llevaría a que le tocara a él mismo hallar una “fórmula propia de su propio nombre”, mediante el triunfo electoral de 1973.
“La figura simbólica de Perón reemplazaba aceleradamente a su figura real”. Así, Perón sigue pareciendo para Romero apenas un símbolo, un significante vacío [27] (consagrado ante vastos sectores de la opinión pública “…como representante simbólico de una política nacional y popular”), no un actor político decisivo. “Buena parte de la responsabilidad debía recaer en quienes contribuyeron a elaborar ese ilusorio símbolo sincrético”, agrega. Ilustrativo de lo poco que atribuye a los liderazgos en los procesos históricos.
Así, en el poder, de lo que se trata es de grupos de liderazgo como actores centrales. Elencos de composición más o menos elitista (más o menos porque en muchas ocasiones se trata de élites significativamente abiertas al ingreso “desde abajo”) expuestos a la influencia de ideas, que tienen cierta oportunidad de participar en la elaboración o reelaboración de ideas, y sobre todo de vivir crueles procesos de aprendizaje – revisión crítica y creativa de ideas, interpretaciones, hipótesis – a partir de errores ajenos o propios y, con suerte, incidir, proporcionar combustible, a los rumbos políticos del proceso histórico.

Determinación y entrelazamiento en la vida histórica
Hay aquí, cae de su peso, un rasgo más, ínsito a la elaboración histórica de Romero, aunque este ni se moleste en hacerlo explícito. La determinación no forma parte de los conceptos heurísticos con los que nuestro autor desenvuelve sus interpretaciones históricas. No creo en absoluto, por ejemplo, que se pueda sostener que para JLR la historia argentina desde 1852 en adelante ya estaba escrita, como una conjunción feliz de nuevas y amplias demandas europeas, ferrocarriles y buques frigoríficos. No estaba escrita; no habría sido así, de no haber sido destrabado el camino por la generación de 1837, en un descomunal esfuerzo político e intelectual. La historia tiene, para Romero, un curso contingente, en el que las opciones son reales, las respuestas a las opciones no están predeterminadas, y los elencos de liderazgos disponen de grados significativos de libertad, en la mayoría de los casos, para equivocarse (quizás sea por eso que las élites lo irritan bastante, como observa Omar Acha).[28] Como historiador puede adoptar y adopta, se siente moralmente obligado a hacerlo, una actitud comprensiva; como intelectual político se permite irritarse. La disonancia entre ambas condiciones es tenue, pero existe).
Es verdad que en ocasiones Romero dice pensar de un modo diferente, si no opuesto, el problema de la relación entre libertad y determinación en la vida histórica. Tal es el caso, por ejemplo, de la respuesta que da en su conocida entrevista a Félix Luna (1976):
“El sentido de la historia es fundamentalmente prospectivo. La historia tiene sentido solo para aquel capaz de darse cuenta de que el pasado forma una línea coherente con el presente y con el futuro. Para aquel que está en condiciones de analizar un proceso en una enorme curva, de la cual el pasado es una parte y el futuro su continuación. Así que la historia es pura prospectiva. Pero si uno piensa no en la superficie de los fenómenos históricos, sino en el trasfondo, en lo que yo llamo el revés de la trama, entonces ve que eso se mueve tan despacio, que no es muy difícil establecer la proyección. El historiador se mueve en el largo plazo: identifica su pasado en el largo plazo y eso le está dando la dirección de una curva que le identifica, con absoluta claridad, el futuro en el largo plazo. No mañana, ni pasado, ni el otro. Pero en el largo plazo sí, totalmente… soy capaz de imaginar una curva…”
Sorprende la confianza en la clarividencia y en la predictibilidad de la vida histórica. Parece haber un determinismo de lo histórico; el historiador lo detecta observando “el plano de todo el sistema profundo de los procesos sociales y políticos”. En el revés de la trama está lo determinante. Creo que es el profundo compromiso cívico de JLR con la acción lo que lo lleva a verbalizar afirmaciones como esta, de hecho indemostrables. El magnetismo que ejerce la masa del pasado y el presente, la configuración de un campo gravitatorio del que es difícil sustraerse a la hora de pensar el futuro, en un ejercicio que va más allá del de “hacer preguntas” al pasado histórico. Si se va más allá de esas preguntas, el interrogante obligado, que vuelve por sus fueros, ya lo conocemos: ¿qué es lo político? Renace en el lector el interrogante sobre la concepción que tiene el historiador sobre lo político. Y lo político dejaría de ser un ámbito de libertad. Pero, insisto, este no es el JLR autor de sus extraordinarios estudios históricos, sino el historiador tensionado por el compromiso con el presente y el futuro. El espíritu que anima a Romero en su presentación de Las ideas políticas (1946) es completamente otro, diríase que mucho más existencialista que determinista: “cierta acerada visión del curso de la historia argentina, cuya proyección hacia el futuro ha querido vislumbrar el autor muchas veces, unas con angustia, otras con orgullo, siempre con la ansiedad de quien se juega la vida confundido en una multitud cuyos pasos no sabe quién dirige…”.
Pero, ¿por qué podemos afirmar que la vida histórica para Romero tiene un curso contingente? No son las estructuras económico sociales por sí, ni tampoco la acción deliberada de los hombres, las dueñas del curso histórico; tampoco lo político, o las grandes ideas sobre lo político, sino que Romero es tributario de una visión multidimensional, donde lo principal es el entrelazamiento de las dimensiones, que van cambiando su relevancia relativa, y van generando resultados, efectos, cuya predictibilidad es imposible. La incidencia de cada dimensión sobre las otras es crucial a lo largo del tiempo histórico, tanto en cortos como en largos plazos, aunque a futuro los efectos apenas puedan conjeturarse, o intuirse. Y las interpretaciones acaban mostrándose, ex post, casi siempre inconsistentes. La dinámica política del proceso histórico consiste en que lo político, por impulso propio, se entrelaza con otros componentes, otras dimensiones, en un curso en el que el peso relativo de cada componente, va cambiando según circunstancias y especificidades de la etapa, en períodos de tiempo también variables. Los componentes del proceso histórico, incluyendo desde luego el político, interactúan, se influyen unos a otros, de modo tal que en cada etapa, para comprenderla acabadamente, es indispensable identificar cuáles son los componentes que tienen la iniciativa, la gravitación mayor en la misma. Es esta, a mi juicio, la concepción que tiene Romero del proceso político en la vida histórica, y es por eso que, para identificarla, hemos preferido emplear el término entrelazamiento en lugar de otros, como determinación, o cualquier variante de un léxico historicista (en sentido popperiano). En el historiador Romero no hay tal cosa como una determinación de unos niveles por otros, unas estructuras por unas infraestructuras, o unos actores colectivos hipostasiados concebidos como actores individuales, que encarnan una legalidad histórica. Y asimismo usamos entrelazamiento por oposición a términos como integración, porque este, y otros semejantes, suponen una homogeneización de los componentes, una suerte de fundición de los mismos en una totalidad. Por el contrario, en el movimiento y la interacción de los componentes en el proceso histórico que nos muestra Romero, hay asonancias y disonancias, fricciones y asincronías, mayor proximidad y distancia, mayor y menor incidencia, pero en términos generales los componentes no se funden ni establecen entre sí vínculos presididos por lógicas permanentes.
Es interesante el amargo comentario del militante cívico tras las elecciones de 1946, porque no carece de cierta ambigüedad. Por un lado, dice a sus lectores: “descubrimos la dura lección que deja esta aventura: no conocemos suficientemente nuestra realidad social”. Esto podría interpretarse mecánicamente en términos ilustrados: no predijimos bien por no haber conocido suficientemente bien; fallamos en el campo de la búsqueda del conocimiento adecuado, no en el de la predicción. Pero, acto seguido, JLR expresa algo muy diferente: “Tenemos el triste privilegio de haberlo manifestado… cuando confiábamos en el triunfo. Hoy, no nos debe avergonzar el declararlo: la realidad es un complejo proteico y multiforme, y da con frecuencia estas sorpresas, sobre todo en un país que, como el nuestro, se caracteriza por la escasa decantación de sus elementos constitutivos; hay que escrutar constantemente los rasgos de su fisonomía y estar atento a las más ligeras influencias, porque en cada pequeña mutación puede esconderse el origen de una total reacomodación de aquellos elementos.”
En una entrevista que da Romero en 1976,[29] quizás expresa una síntesis de su visión de entrelazamiento: “el historiador debe saber ver debajo de la superficie… ya que esa curva [pasado, presente, futuro] responde a determinaciones… nos ha sorprendido esta mutación de la realidad social argentina, pero no perdamos un instante en aclarar el secreto resorte que ha podido moverla…”. Sin caer en la exégesis, entiendo que en el contexto de este párrafo el sustantivo está utilizado en términos de una tarea indispensable del historiador, la de escudriñar en la maraña de ¿por qués? sin incurrir en teleologismos.
De modo tal que lo político es una de las dimensiones que se entrelaza tanto en el corto como en el largo plazo incidiendo sobre las otras para definir el curso histórico. En cada presente la contingencia es dominante, porque si es imposible “aclarar el secreto resorte” decisivo en el pasado inmediato, lo es más aún predecir con certeza el resultado de las incidencias recíprocas. En el corto y en el largo plazo, en la dimensión política, se anudan a su vez resultados cuya perduración y sus consecuencias inmediatas o prolongadas en el tiempo pueden ser siempre identificadas ex post facto, pero apenas entrevistas con mayor o menor seguridad cuando se intenta atisbar el futuro.
Ideas en el proceso histórico
La gravitación de las ideas tiene sus fuentes; la mayoría de ellas, en sus líneas fundamentales, originarias, ha sido elaborada en los centros culturales el mundo, allí donde las ideas políticas, la reflexión sobre lo político, reconocen una maravillosa genealogía de siglos,[30] en un complejo entrelazamiento con las experiencias políticas – complejo porque tanto han sucedido a las experiencias como se han anticipado a las mismas o las han acompañado en la reflexión de actores u observadores contemporáneos. Pero esas ideas, y sus efectos, a la hora en que entra en escena el historiador, se proponen como interpretaciones posibles, alternativas, a veces también complementarias, de una realidad renovada o nueva, que no habla por sí sola, que nada dice si no es en diálogo con marcos conceptuales preexistentes pero que se prestan, por su vez, a ser reelaborados, a aplicaciones que dan lugar a grandes errores o a grandes aciertos, a pautas de interpretación y de acción, a colisiones ideológicas o a singulares sincretismos. Tales interpretaciones nacen en el seno del mundo feudal al encuentro de actores sociales que aún no se reconocen a sí mismos, o nacen en el mundo hispano americano que ha entrado en lo desconocido (con el doble caudal de la Ilustración y sus desdoblamientos y la crisis del Absolutismo). En ambos casos, la acción política es autorizada por ellas y ella las seguirá necesitando a lo largo de todos sus trayectos. Estarán desde el comienzo entremezcladas con otras dimensiones (no solamente con la dimensión específicamente política, claro); madurarán como parte de concepciones de la vida y mentalidades. Pero en todo caso Romero nos muestra cómo sus perfiles propiamente políticos se irán haciendo más perceptibles y diferenciados al compás de su reelaboración en la misma vida histórica. La intelección de Romero es a su vez un esfuerzo por organizar conceptualmente ese proceso y, al mismo tiempo, por expresarlo, por dar cuenta de su entidad real – en suma, un esfuerzo convergente en la tarea de interpretación del historiador. La interpretación de Romero es suficientemente seductora como para que olvidemos, por momentos, sus límites epistemológicos: la vida histórica estaría estructurada, frecuentemente, aunque no siempre, por grandes oposiciones que organizarían la acción social y sobre todo la acción política, y en la configuración de esas oposiciones las ideas tendrían un papel central. Tal es el caso, para Argentina en los siglos XIX y XX, de liberalismo vs autoritarismo, democracia doctrinaria vs democracia inorgánica, ideas e instituciones vs realidad social (discutiremos más adelante el modo en que detecta Romero las ideas en estas oposiciones). Pero – permítame el lector hacer aquí un breve paréntesis – también es el caso, pero en un lapso que no fue más allá de una coyuntura decisiva, de las oposiciones que terminaron por dividir la “oligarquía” romana, donde las ideas políticas jugaron un papel privilegiado en la confrontación política:
“La consecuencia política del tribunado de Tiberio Graco había sido la formación de dos grandes frentes: contra la alianza revolucionaria, controlada por la facción radical de la oligarquía ilustrada, se constituía una alianza reaccionaria, sobre la base de la antigua oligarquía conservadora a la que se agregaba, por la fuerza de los acontecimientos, la facción moderada y, acaso, la facción centrista de la oligarquía ilustrada. Las directivas de la alianza reaccionaria variaron según las circunstancias y, si tendía a preponderar la influencia de la facción moderada de la oligarquía ilustrada por tratarse de un grupo más flexible y moderno, la oligarquía conservadora, tras ceder momentáneamente esa preeminencia por razones de táctica, procuró, cada vez que el momento le pareció propicio, recoger el control del movimiento de opinión que se formaba a su alrededor. La lucha entre estos dos frentes así constituidos se insinúa ya al producirse, en 145 AC, la escisión de la oligarquía ilustrada, pero sólo se define y agudiza cuando, en 133 AC, la facción radical se muestra decidida a realizar su vasto programa.”
El grupo oligárquico ilustrado vencerá, los Gracos triunfarán post mortem, el poder del Senado será severamente limitado, se impondrá la orientación helenística autocrática, imperial e inclusiva. Ideas centrales, como ya fue dicho, en la crisis de la república romana, darán un gran primer paso. Una ilustración de matriz romerista, conviene observar, ya que las facultades autocráticas serán concedidas según líneas tradicionales en moldes republicanos y el impulso imperial será todavía una orientación de la propia república. En lo que toca a la dimensión inclusiva del proyecto ilustrado, deberá esperar.
Pero volviendo a la Argentina del siglo XIX, salta a la vista, si analizamos el enfoque con que JLR se aproxima al debate de mediados del siglo XIX, su negativa a emplear la dicotomía sarmientina, civilización y barbarie. Por cierto, el hecho de que no se trate de una antinomia no puede ser fundamento suficiente para esa negativa. Pero ésta no le impide explorar las fuentes históricas de la idea sarmientina. En lo que atañe a civilización no hay mucho misterio, diría que el sobreentendido entre Romero y sus lectores era fuerte. En lo que se refiere a barbarie, aproximada semánticamente con la forma del autoritarismo coetáneo, JLR explica de un modo incisivo su doble origen, que arraiga por un lado en la autocracia monárquica hispánica y por otro en el individualismo sin ley del campo rioplatense […]. En suma, nuestro autor contrasta el binomio civilización y barbarie con otros dos: liberalismo y autoritarismo y – este sí sarmientino, ciudad y campo.
Pero antes de abordar esas dos oposiciones, creo necesario decir que Romero no descarta el empleo del término barbarie ni le niega pertinencia; en Las ideas… se refiere a las situaciones vastamente creadas de barbarie civilizatoria y barbarie indígena; indudablemente Romero está volviendo aquí al binomio civilización y barbarie. Pero la oposición es puesta claramente en duda, siendo que es la acción de los colonizadores –colonización, explotación y mandato religioso civilizador– la que los barbariza, cosa que, de hecho, conjuga bien con la tensión entre ideas/instituciones vs realidad; aunque él no lo hace explícito, se percibe aquí nítidamente la producción civilizada de barbarie: en palabras de nuestro autor,
“… la sumisión por la fuerza retrajo y aniquiló espiritualmente a los indígenas… una marcada indolencia y una apatía muy peculiar los incitó a aceptar la nueva situación con la voluntad decidida de no prestar otro apoyo que el exigido de ellos – en el mestizo… se agregó a su carácter un marcado resentimiento contra el blanco europeo, insolente, soberbio y avasallador, cuyo temperamento empezaba a conocer en la situación de su madre india.”
En lo que se refiere a la maciza incidencia de las oposiciones liberalismo y autoritarismo y ciudad y campo, sobre la sociedad criolla, con las que nuestro autor toma distancia del binomio civilización y barbarie, Romero identificará el peculiar ambiente político, sobre todo platense, como resultante del acrisolamiento del tipo de autoridad impuesto por la Corona en sus colonias. En la morfología territorial del Plata se mantenía el culto de la autoridad real omnipotente mientras funcionaba a contento la confutación de hecho y cotidiana de los estrechos mecanismos de la legislación autocrática. De ese modo, en dos esferas harto diferentes y desde dos puntos de vista radicalmente opuestos, el espíritu autoritario se afirmaba en la vida colonial y cristalizaba como actitud política en los criollos.

El nudo del drama político
En la medida en que son presentadas las ideas y la especificidad de su enraizamiento en el proceso histórico, y los modos en que van acompañando a su vez la trama del pensamiento de las élites y de los acontecimientos económicos, sociales y políticos, se va haciendo transparente la relevancia que JLR les confiere. Romero hace hincapié en que tempranamente en el siglo XIX se colocaron “frente a frente dos concepciones de la vida que se decantaron en otras tantas actitudes políticas: el autoritarismo y el liberalismo”. En la era colonial – indica – se estudia el proceso de elaboración de dos principios políticos destinados a tener larga vida: el principio autoritario y el principio liberal, y, al mismo tiempo, se señala el comienzo del proceso de superposición de cierta estructura institucional sobre una realidad que apenas la soporta. Ese duelo entre dos principios y este otro entre la realidad y la estructura institucional se perpetúa y constituye el nudo del drama político argentino.[31] Activa o pasiva, la resistencia es denodada y ha de anotarse grandes triunfos en oposición a las ideas civilizatorias o liberales. Otra vez, Romero no cree ver mucho de barbarie como línea de discriminación. Un acierto que deja planteada, in nuce, la perspectiva que desenvolverá José Carlos Chiaramonte mucho tiempo después al estudiar el derecho de gentes y el derecho consuetudinario como fundamentos de un orden legal en las provincias.[32] Pero JLR sí percibe los componentes de autoritarismo e inmovilidad corporizados en la propia resistencia, que en gran medida se muestra impenetrable frente a las tradiciones legales peninsulares.
La exégesis que realiza Romero del texto constitucional argentino de 1853 es un buen ejemplo de la identificación de una genealogía ideológica, las luchas políticas precedentes, y su activa presencia en la moldura de las instituciones. Nuestro autor no se limita a marcar la influencia convencional de las antiguas constituciones de 1819 y 1826 y la consabida de la Constitución de los Estados Unidos; nos señala, en cambio, que
“… los puntos fundamentales revelaban el inmenso peso que ejercía sobre los espíritus de los constituyentes el sistema propugnado por la generación de los proscriptos… aparecen, categóricamente formuladas, las ideas fundamentales elaboradas por la generación de 1837: la forma de gobierno republicana, representativa y federal, el sistema rentístico, las relaciones entre el poder federal y los poderes provinciales, los derechos civiles y políticos de los habitantes y los ciudadanos, el régimen de las personas y de la propiedad, la política inmigratoria, el libre tránsito de los ríos interiores, y otras cuestiones que habían sido debatidas con extensión en libros y artículos periodísticos”.
Están presentes tanto el vínculo que se establece entre las generaciones, como los debates que acompañaron y dieron forma a la vida política durante cuarenta años, como los contenidos en que cristalizaron. La observación general de JLR sobre el debate en la Constituyente es también expresiva, por defecto, de la intensidad de las disputas de esos años:
“Escasa o nula fue la influencia del vencedor de Caseros en la redacción del texto constitucional; y escasa fue también la discusión, porque estaban ya en la conciencia de todos, las ideas directoras, y sólo en contados puntos llegaron a suscitarse disensiones y pareceres encontrados.”
Si recordamos la escena argentina de 1853 veremos el sentido que las oposiciones definidas más arriba cobran para Romero. Rosas ha dejado, de hecho, una sociedad paradójicamente menos anárquica, pero sin Estado. La élite que se propone rectora cuenta con la aquiescencia parcial de la sociedad, no con herramientas estatales. Y debe organizar al propio Estado. Asoman aquí las oposiciones que ha establecido: liberalismo vs autoritarismo, democracia doctrinaria vs democracia inorgánica, ideas e instituciones vs realidad social. Y la dinámica de esas oposiciones, en ese momento fundante, no instituye apenas al ejecutivo fuerte, al monarca bajo los ropajes presidenciales; instituye asimismo derechos y garantías que en el papel – pues la Constitución es todavía un papel – son universales.
Y realidad es, para Romero, sobre todo, resistencia… de modo que la vida histórica será una moneda, con una de sus caras como la lenta y difícil acomodación de las instituciones a la realidad, siendo la otra la capacidad de modificar la realidad que no es una naturaleza puramente institucional, ni siquiera puramente política, desde luego. Las determinaciones, y las transformaciones, estructurales, de largos plazos, lentos (y también cortos, rápidos, como es el caso de los impactos del contexto internacional), existen. Pero donde la resistencia, y la tensión que conlleva se hacen evidentes es en el orden institucional y en la dimensión política. De hecho, los componentes trágicos, inescapables, que percibe y resalta Romero para la historia argentina son resistencia y persistencia. Algunos de los componentes de la concepción de la política de Romero que mencionamos páginas arriba – las tensiones entre consentimiento y disentimiento, concesiones y resistencias, legitimidad y poder de hecho; el ordenamiento transaccional y las fusiones – se presentan aquí en toda su intensidad.
Puede decirse que, en la interpretación de JLR, el fracaso del elenco de ilustrados de la primera generación, consistente en un resonante choque entre las ideas y la realidad en toda su capacidad de resistencia, llevó al elenco sucesor, a los integrantes de la generación del 37, a elaborar las ideas necesarias para vencer la resistencia y al mismo tiempo adaptarse a esa realidad. Esa doble reelaboración – cómo adaptarse y cómo vencerla – fue ideológico político, y al mismo tiempo requirió de la política: hizo posible que esas ideas se expresaran en un marco de receptividad.[33] Por lo demás, Romero es perfectamente consciente de que cuando los hombres innovan casi nunca lo hacen en el sentido en que quieren hacerlo. Eso es inherente a la oposición ideas vs realidad. Como sostiene Adam Ferguson en una sentencia célebre, “Las naciones llegan a instituciones que son, ciertamente, el resultado de la acción humana, pero no la ejecución de un designio humano.”. Digamos que esta advertencia, muy apropiada, hasta indispensable para la ingenuidad de la cultura política argentina, José Luis Romero no la necesita. La relación de las ideas y los hombres con el proceso histórico es recurrentemente, aunque no siempre, un choque… las ideas gravitan así muchísimo, pero generan consecuencias ni deseadas ni pensadas por los hombres, las más de las veces…[34] Frecuentemente con consecuencias trágicas. Por ejemplo, a Romero no se le escapa la posibilidad de construir una interpretación en la que sus líneas de oposición fueran tan nítidas que permitirían percibir que la Argentina ya existe desde un punto de vista político cultural desde la Colonia: la tutela en la norma y las intenciones transfiguradas en instituciones y marcos legales y su colisión con la roca dura de la realidad lo ilustran:
“Los indígenas no debían poseer otro derecho que el que se derivaba de las ordenanzas que mandaban tener para ellos un trato misericordioso según los principios del cristianismo y del derecho natural… La situación de inferioridad del indígena era clara e indiscutible; pero las necesidades de la colonización y la política de principios de la Corona obligaban a los conquistadores a no contentarse con establecer esta situación, sino que incitaba, por el contrario, a buscar una incorporación de los indígenas que, sin peligros para sus privilegios ni su seguridad, contribuyera al desarrollo de la colonia. Las reales cédulas y ordenanzas no faltaron; pero la realidad tuvo más fuerza que ella y fue creando un status peculiar…”
De este choque primordial entre ideas/instituciones y realidad, Romero desprende la genealogía de una mentalidad. A lo largo de un proceso, prolongado, que tiene a lo político por uno de los lazos que se entremezclan, la realidad se impone a las formas. Pero el vínculo entre cultura colonizadora y catequizados “debió afrontar graves cuestiones… en el problema político, producto de la imposición de un régimen sólidamente estructurado en la metrópoli sobre una realidad”. Radica allí el origen de la tensión que nuestro autor ve como eterna.
El blanco europeo (engreído y prepotente pero “disminuido por la creencia general de que degeneraba en América”), el mestizo, la mujer india, el criollo blanco, son personajes de un drama marcado por las abismales desigualdades, el resentimiento, las sordas tensiones, en una situación social estable en apariencia pero magmática – como se hará patente a principios del siglo XIX – en la que las razones sociales favorecieron la creación de un núcleo intermedio mestizo-criollo.
En las páginas dedicadas a esta cuestión, el lector no encuentra información que no sepa o no pueda deducir, sino la excelencia de la sinopsis penetrante que JLR consigue expresar como configuración de una mentalidad. Que no exceptúa del todo a los españoles y a los pocos criollos que habían podido “lograr mercedes de tierras abundantes, aptas para el pastoreo y cercanas a la ciudad”. A la búsqueda de las raíces, del proceso de formación, de una mentalidad que alcanzará ulteriormente un protagonismo político decisivo. No se puede negar que la descripción es un tanto sobrecogedora:
La llanura creó en los que la poblaron una peculiar psicología. En constante peligro por las acechanzas de las tribus indígenas no incorporadas, lejos de la ciudad y de toda vigilancia estatal, forzados, en consecuencia, a bastarse a sí mismos, tanto el colonizador que residía en ella como la peonada criollo-mestiza y aun el indígena aquerenciado, adquirieron un aire bárbaro, como de quien vive en estado de naturaleza. Sólo la fuerza individual aseguraba el uso del legítimo derecho y aun la conservación de la vida. El propietario se hacía despótico y cobraba un auténtico ascendiente, que sus hombres respetaban si les parecía que era adquirido en buena ley. Nada se oponía a su prepotencia, porque la acción del Estado apenas llegaba hasta él, y porque nadie tenía una decidida voluntad civilizadora: el amo, porque esperaba enriquecerse para volver, y sus subordinados, porque nada esperaban de la suerte. Así nació un tipo de vida rural que sufrió pocos cambios con el andar del tiempo, facilitado por la distancia, por la escasa densidad de población y por la impotencia de una legislación que desconocía la realidad.[35]
Mantenida a su vez en perpetua transgresión la rígida legislación real autocrática… conjugada con el día a día de la vida en la colonia rural, “el espíritu autoritario se afirmaba… y cristalizaba como actitud política… nutrido por una singular estructura moral… una concepción de la vida caracterizada por la aventura frecuente que eran sus afanes en la campaña, en la que se ponía constantemente a prueba el ánimo del varón fuerte”.
La autoridad política que se cristalizaba era una mezcla de inconsistencias; se acataba lo que no se podía cumplir (aunque ese poder legítimo pudiera tomar decisiones estratégicas de largo alcance y a veces lo hacía); en la vida local se basaba más en la fuerza y en una esfera estrecha e informal y de radio muy limitado, que en la ley. Así, formas y realidad se ajustaron en el marco de tales inconsistencias: “surgió un conjunto de normas morales que, por responder a las formas de la existencia cotidiana, poseían una fuerza de que carecían las leyes”.
Podríamos decir que estas marcas tienen mucho en común, o son, más bien, los no muy remotos orígenes del arquetipo identificado en La ciudad indiana (1900) por Juan Agustín García, con su rasgo más marcado de dominio del coraje por sobre la ley (“desprecio a la ley y culto al coraje”). Y una suerte de inconsistente, pero en funcionamiento, disposición al despotismo a dos niveles: el imperial y el local. La conformación de toda una mentalidad político cultural perdurable. Entrelazada con el problema étnico (con “todas las repercusiones sociales que traía la aparición del mestizo y el criollo”), y con el económico (que surgía de “las nuevas condiciones en que se ofrecía la posibilidad de la riqueza y de su explotación, y que entrañaba, a su vez, graves problemas sociales), el problema político (producto de la imposición de un régimen sólidamente estructurado en la metrópoli sobre una realidad que se modificaba día a día) desembocó “en una fisonomía peculiar en el Río de la Plata, y cuajó con ellos”.
“Toda acción que más tarde se emprendiera debía contar con esta situación”, agrega Romero. No importa aquí cuán precisa, exhaustiva o comprehensiva es esta caracterización de trazos de los grupos humanos en el mundo rural durante la época de los Austria, que por otra parte no se apartan mucho de una genealogía del ensayo antropológico con eslabones como Hernández y el propio García; importa sí el cuidado de JLR por dar cuenta de una mentalidad en cuya formación tomaron parte sustancias políticas, mentalidad que, a su vez, se proyectaría como un componente ineludiblemente presente en el proceso político del siglo XIX.
Continuidad y discontinuidad
Las oposiciones de ideas entrelazadas con la acción en las dimensiones económica, social y política (liberalismo vs autoritarismo, democracia doctrinaria vs democracia inorgánica, ideas e instituciones vs realidad social) pasan así a un primer plano: la vida histórica no reconoce “etapas”, “épocas”, porque el entrelazamiento de sus dimensiones mutantes es constante, y porque lo que luego es imaginado por la historia convencional con sentido “epocal” es imposible que exprese los tiempos verídicos en la evolución de sus dimensiones múltiples. Se explica entonces su hipótesis entre la continuidad y la discontinuidad. Las ideas, por caso, son continuidad en el sentido de que son lenta evolución, preparación, impactos graduales en la cabeza y los corazones, hasta una emergencia de ruptura, el espejismo de un estallido de lo nuevo:
“El ascenso de la burguesía, por una parte, y la formación de la mentalidad burguesa, por otra, son procesos lentos; lo que se ha llamado el espíritu moderno tal como parecía constituirse en el llamado Renacimiento, no es sino mentalidad burguesa, conformada a partir del momento en que la burguesía aparece como difuso grupo social, elaborada a partir de ciertas actitudes radicales, y desarrollada de manera continua, aunque con ritmo diverso desde entonces”.[36]
Lo que hay, sí, son rupturas, acontecimientos de relieve por sus consecuencias. Por definición, entonces, si hay oposiciones hay continuidades (las oposiciones tienden a perdurar, a perpetuarse) y rupturas, discontinuidades (en el marco de las oposiciones; saltos, quiebres, episodios vividos traumáticamente, etc.). La vida histórica es, así, continuidad y sin embargo es también ruptura… Es inevitable que existan rupturas. La caída de Constantinopla no da lugar a un cambio de época, pero sí es una ruptura; lo mismo podríamos decir de la batalla de Ayacucho (asumiendo que el resultado militar podría haber sido otro). Una situación social que parece estable, de hecho quizás lo es y puede mutar lentamente, pero pueden tener lugar acontecimientos contingentes (como por ejemplo las Invasiones Inglesas y la irrupción napoleónica en España) que activen procesos “profundos” más difícilmente perceptibles y que originen un cambio identificable y perdurable.
Tanto la continuidad como la discontinuidad constituyen, no determinación estructural de una dimensión sobre las otras, sino entrelazamientos… Y ruptura equivale a oportunidades para actores que hasta ese momento estaban más sujetos por cadenas preexistentes, equivale a mayores grados de libertad… y esos grados de libertad son el reino de las ideas en acción, y dejarán sus marcas imborrables… He aquí el modo en que JLR explica, a mi juicio, su percepción, en La Revolución burguesa en el mundo feudal:
Los momentos de más acelerado ritmo… aquellos en que se hacían más brillantes y visibles sus expresiones,los que han sido considerados una y otra vez como instantáneas irrupciones de un espíritu nuevo. Estos espejismos han creado la imagen de un proceso discontinuo. El Renacimiento, el siglo de los grandes sistemas filosóficos, la época de la Ilustración, la de la revolución industrial o de la revolución francesa han deslumbrado a quienes examinaban los productos de la creación estética, filosófica, política o científica, impidiéndoles ver la continuidad de un proceso que cada cierto tiempo lograba expresar acabadamente lo que se venía elaborando con duro esfuerzo durante siglos.
Por tanto, la política encuentra aquí una de sus tareas esenciales, dar cuenta de las rupturas. Pero se da cuenta de ella con lo que los hombres llevan en sus mochilas, en el proceso histórico del que son parte, desde mucho tiempo atrás… incluyendo muy especialmente las ideas sobre el futuro… Entre el pasado y el futuro también hay una traducción, una reconversión, traducción y reconversión que llevan a cabo la elaboración de las ideas y la política.
El quid de la cuestión estriba, a mi entender, en que JLR hace un esfuerzo denodado, y bien logrado, por cambiar la perspectiva desde la cual suele mirarse la vida histórica. Por eso es que, no sin cierta actitud desafiante,[37] puede calificar de revolución burguesa un proceso de siglos, de espejismos deslumbrantes los momentos de ruptura o admitir que tienen lugar las discontinuidades porque la maduración de un profundo proceso de cambio abre a su vez las puertas a caminos impensados.
Hay lecturas algo desconcertantes, por lo menos de antemano muy diferentes, a las que considero propias de la mirada original del Romero. Lecturas que parecen ir más allá, interpretando en términos de una “instantánea irrupción…”. En palabras de Romano, se presenta una interpretación difícil de sostener: “su idea [la de Romero] –que era casi una obsesión- era la de sorprender el momento, el instante fugaz, de una sociedad, de situaciones, de acontecimientos. Un nacimiento en el seno de una crisis. Es ahí, entre la crisis y el nacimiento (o más exactamente la concepción) donde se sitúa el núcleo del pensamiento (y la actividad) de José Luis Romero”.[38] La interpretación de Halperin Donghi es también, me parece, demasiado radical: “[para Romero] la historia sigue resumiéndose… en el acto creador de nuevas formas culturales, no en esas formas mismas”.[39]
Halperin, entonces, observa algo a primera vista paradójico: la historia, para JLR, es en esencia el nacimiento de los cambios, el “acto creador de nuevas formas culturales”. Si así fuera, tendríamos una adecuada aproximación al esfuerzo que hemos hecho para identificar componentes en la concepción romeriana de la política: esos momentos de “aceleración” tienen, aún enmarcados por la continuidad, un componente de ruptura, una apertura de rumbos, unos aflojamientos, unos desgarros a través de los que voluntad puede devenir en voluntad política. Pero asumiendo esto, vamos a lo nuestro: de ser así, estamos hablando del acontecer, y el acontecimiento histórico podrá ser el terremoto de Lisboa, la fiebre amarilla en Buenos Aires, la tormenta que destruyó la Armada Invencible, el brote especulativo de los tulipanes en Holanda, o el descubrimiento de petróleo a mediados del siglo XIX en los Estados Unidos, pero por lo general es otra cosa: un acontecimiento esencialmente político (entre mil ejemplos, la sublevación de Espartaco, el “descubrimiento” de América, la Paz de Westfalia, la Guerra de Secesión o la Comuna de París no son equiparables a los casos mencionados. Son acontecimientos esencial y notoriamente políticos. La despolitización que podría alojarse en la percepción de los momentos… como momentos de mera aceleración, no se sostiene, porque el acontecimiento político tiene algo que decir en el cambio (sus desenlaces podrían haber sido otros, y los rumbos por ellos abiertos, en cualquier caso, eran impredecibles).
Podemos encontrar en este párrafo de JLR, una idea del concepto de revolución burguesa que ilumina, por su vez, la noción de discontinuidad enraizada en la lenta continuidad del cambio:
“El fenómeno original se había dado en los países en que la burguesía urbana se organizó al calor de circunstancias económicas que se estaban elaborando todos los días de manera continua y homogénea, de modo que había logrado elaborar una ideología totalmente adherida a las condiciones económicas reales. Esta burguesía naciente, que surgió en el seno de una sociedad feudal, estuvo desde el primer momento pegada a ella, codo a codo. La lucha la dio un grupo disidente, que surgió de su seno, que no se desprendió de ese contexto, que vivió en contacto con esa sociedad, que la conocía hasta el fondo, que no la idealizaba, que no la combatía de manera utópica, sino que la enfrentaba oponiendo a una ideología que había surgido de condiciones de la realidad, otra ideología que también nacía de las condiciones de la realidad”.[40]
Tenemos un buen ejemplo de estas concepciones que no sin cierta libertad, pero tampoco sin fundamento, percibo en Romero, en la mirada política del historiador. Me refiero a la expresión que el propio JLR acuña para tomar por los cuernos (es su intento, al menos) al toro de la cuestión peronista que se incuba desde el golpe militar de 1955 y estalla tres lustros después: “fórmula supletoria”. Si se precisaba una fórmula supletoria (Romero lo decía consciente de adolecer de la mayor inopia sobre cuál podría ser esa fórmula), era menester buscarla, obviamente, revolviendo el mundo de las ideas y al costo de muchos desvelos políticos. Así como no perdiendo de vista que, aunque el peronismo había aparecido en la escena de golpe y porrazo, como una formidable sorpresa histórica, por debajo de él se encontraban causas profundas y placas tectónicas que se habían movido lentamente (acaso la contracara del espejismo sea la habitual ceguera humana para captar procesos que están a la vista y aun aquellos en los que tomamos parte). Pero lo repentino de su emergencia como actor político expresa entrelazamiento de dimensiones, contingencia y grados de libertad así como la exigencia de estar a la altura del desafío tremendo. No se trata de interpretar el reclamo por una fórmula supletoria como una especie de “Eureka”, pero tiene mucho de encuentro impensado, de inspiración y fortuna, de emergencia, si no de un líder, de un elenco, cosas todas que no se desplazan en el plano de profundidad de las placas tectónicas. Dice JLR:
“no bastaba ser peronista o antiperonista, radical, conservador o socialista para responder a los interrogantes puestos sobre la mesa. Era necesario combinar los planteos políticos con las opiniones sobre política social y económica, y esta exigencia resultaba nueva para la mayoría de los ciudadanos formados en las tradiciones cívicas argentinas. Había que empezar por descubrir y reconocer la existencia de los nuevos sectores y los términos de los nuevos problemas”.[41]
Esta evocación de las tradiciones en una exhortación a una tarea de descubrimiento tan compleja, nos deja ver que la relación entre continuidad y discontinuidad se puede comprender claramente en los procesos, en que las formas nuevas no es que nazcan en lo viejo, sino que coexisten y son parte actuante en lo viejo aunque tengan un destino decisivo en lo nuevo. Tal es el patrón de interpretación de Romero: domina la idea de persistencia en el tiempo y en lo nuevo; los componentes antiguos no lo son, están vigentes, presentes en lo nuevo; lo nuevo es nuevo, pero ha estado presente ya en lo viejo, y lo viejo no es viejo, es actual. Por otra parte, la conciliación es para Romero deseable, posible y de fundamental importancia histórica; ineludible tanto como el conflicto, ambos integrantes del lazo político. En principio, tienen directa relación con la acomodación entre instituciones y realidad. Pero no es todo, porque la conciliación es una opción de los elencos, de las personas, tanto como el conflicto lo es. Y el entrelazamiento es la forma principal en la que este proceso se desarrolla. Así, saltando desde la Argentina peronista al mundo feudal en formación, percibimos la presencia de las mismas pautas interpretativas:
“El proceso que se inició entonces [siglo V, avanzadas las invasiones germánicas], aun canalizándose dentro de ciertas direcciones que se insinuaban en la vida imperial, cavará sus vías propias. Podría decirse que, al precipitarse, la crisis del Imperio se renovó, y lo que tendía a ser una crisis de consunción se transformó en un verdadero paroxismo por el vigor de las nuevas fuerzas sociales y culturales que se hicieron cargo del mundo en crisis. Todavía se advertía una cierta continuidad de estilo en la declinación de la cultura imperial romana hasta la época de las invasiones; pero desapareció con ellas y comenzó una época de inusitada y caótica fuerza creadora, en la que la creación coexistió con el aniquilamiento o la salvación de determinados elementos de la tradición”.[42]

Disloque, vértigo y pasión
En el diálogo consigo mismo y con el lector que intenta desenvolver JLR, las ideas políticas y la acción están siempre intensamente presentes y entrelazadas. No corren nunca por vías paralelas. Así es en Sobre los interrogantes de un ciclo inconcluso, el epílogo de la primera edición de Las ideas políticas en Argentina (1946), escrito por la mano del historiador guiada por su corazón cívico. Y ahí lo que se encuentra es la incertidumbre, la conmoción que ha producido un cambio súbito, no la parábola prolija de pasado-presente-futuro. Se encuentra también el rigor que se exige a sí mismo nuestro historiador, a la hora de exponer su pasión, todo lo cual desemboca en trasmitir desde otro ángulo, fuertemente comprometido, su concepción sobre el relieve de las ideas políticas, de lo político y sobre las esperanzas que Romero deposita en ese conjunto. El primer paso es la exposición de su propio desconcierto, la incertidumbre y la conciencia de lo desconocido:
“El primero y más importante de los interrogantes que se ofrecen a los argentinos de hoy es el destino posible de ese conglomerado social de imprecisa fisonomía que actualmente constituye la realidad del país. Es innegable que el conglomerado mantiene todavía los caracteres de tal, sin que se hayan decantado sus elementos ni se hayan fundido en un conjunto homogéneo. Sería difícil afirmar hoy cómo somos los argentinos, cuáles nuestras características predominantes, cuáles los rasgos que nos son comunes; difícil, si deseamos ser sinceros con nosotros mismos; porque quienes afirman una específica fisonomía, suelen dar por sentado —gratuitamente, y de buena o de mala fe— el triunfo final de ciertos rasgos que existen, sin duda, en nuestra personalidad colectiva, pero que nada autoriza a suponer con fundamento que serán los destinados a prevalecer en definitiva”.[43]
Romero, que no renuncia al anhelo de que la sociedad pueda “decantar o fundirse en un conjunto homogéneo”, en esta larga oración tampoco renuncia a la pregunta implacable por nuestra identidad. Pero al menos, en lugar de precipitarse, de movida admite que sería difícil responderla. Y que aun cuando haya rasgos que se puedan identificar, no se sabe si son perdurables. Creo que ninguna pregunta por la identidad nacional se puede responder bien, en todo caso hay versiones de identidad, propuestas identitarias, que puede ser útil identificar. Es inútil buscar una respuesta a “cómo somos los argentinos”. Pero admitir o sugerir esa imposibilidad en 1946 tiene un aire de osadía, una invitación al lector a experimentar el vértigo.
“No podrá negarse que hay algo en nuestra vida histórica que parece trabajar intensamente para precisar nuestro contorno, para trasegar los contenidos espirituales de los distintos núcleos, para asimilar lo diverso; pero en materia de problemas sociales nada puede reemplazar la acción del tiempo, y es arbitraria toda afirmación categórica acerca de la presunta fuerza interna de cada una de las tendencias que luchan por predominar en el seno del abigarrado conjunto social. Hombres y partidos propugnarán determinadas orientaciones y sostendrán como inevitable el triunfo de ciertas tendencias y ciertos ideales; es legítimo, porque es deber de quien abriga sinceras y decididas convicciones luchar por su victoria; pero tales afirmaciones carecen de validez objetiva y no pueden escapar a los riesgos propios de las opiniones. Quien pueda alcanzar la tranquilidad de ánimo propia del sabio, comprobará que el alma argentina constituye un enigma porque la personalidad colectiva del país se halla en plena elaboración. Son las alternativas de un proceso las que ocultan las profundas raíces de muchos hechos aparentemente inexplicables.”
El vértigo que suscita la conciencia de hallarse en plena elaboración la personalidad colectiva del país, vértigo poco evitable por quien ha sido desconcertado por los acontecimientos, no puede más que ser reconocido y colocado en un plano, bastante artificial, de normalidad: para la tranquilidad de ánimo propia del sabio, el alma argentina constituye un enigma. Y aunque es inevitable observar cara a cara las “alternativas de un proceso”, puesto que allí se ocultan las profundas raíces de los hechos aparentemente inexplicables, también es preciso reconocer que los menos transparentes entre ellos son los hechos políticos:
De éstos [los hechos inexplicables], los menos transparentes son los hechos políticos; tortuosos y escurridizos, ocultan el segundo gran interrogante del ciclo inconcluso. En la encrucijada del presente, fuera ingenuo intentar una respuesta a la grave cuestión de cuáles de estas fuerzas prevalecerán en las próximas etapas de nuestra vida política y cuáles marcarán con su sello el proceso de ordenación social e institucional en que nos hallamos. Hombre de partido, el autor quiere, sin embargo, expresar sus propias convicciones, asentadas en un examen del que cree inferir que sólo la democracia socialista puede ofrecer una positiva solución a la disyuntiva entre demagogia y autocracia; esta disyuntiva parece ser el triste sino de nuestra inequívoca vocación democrática, traicionada cada vez que parecía al borde de su logro. Pero el autor teme que esta afirmación incite a algunos a sospechar de su objetividad y repite que no le otorga otro valor que el de una opinión. Si la confía a este epílogo, es para cumplir con lo que considera un deber de conciencia. El historiador tiene una deuda con la vida presente que sólo puede pagar con la moneda de su verdad, moneda en la que, a veces, funde un poco de su pasión; pero la historia sólo apasiona a quien apasiona la vida, y el autor cree que, en este punto de su examen, le es ya lícito confesar su pasión.
Y si son los hechos políticos los menos transparentes, lo son por ocultar – segundo gran interrogante – qué fuerzas han de prevalecer. La política, con toda su carga de conflicto entre oposiciones (marco interpretativo que el autor no ha abandonado, más bien al contrario) se presenta en plenitud. Las ideas y los elencos confluyen en una nueva tormenta de impredecibles resultados. Todo lo que puede hacer el autor es mantenerse consciente de que la lucha está en curso, las oposiciones vigentes, los resultados radicalmente inciertos, y ofrecer sus preferencias con honestidad y pasión.

La ciudad, agente político del cambio
Como ya dijimos, la imagen de un proceso discontinuo, corporizado en instantáneas irrupciones de un espíritu nuevo, es, para JLR, un espejismo, ya que el entrelazamiento a lo largo del tiempo hace ora que se sumerjan, ora que cobren visibilidad, componentes nuevos cuya aparición oculta una constitución de larga data, y que se transforman en interacción con los viejos, y que componentes viejos perduren y actúen transfigurados en los nuevos órdenes. Es esta una de las claves de interpretación del proceso histórico de formación de las ciudades burguesas en el mundo feudo germánico.
Romero analiza la consolidación del mundo urbano como coetánea, paradójicamente, con la declinación de la autonomía política de las ciudades, “vigorosas concentraciones de población, capital y poder”; fue entonces, en el triunfo de los modos de vida urbanos, que se generalizaron las formas de actividad económica que las ciudades habían inventado, se impusieron las normas y valores que la convivencia urbana había establecido, se difundieron las ideas que sobre la política, el hombre, el conocimiento y la realidad había elaborado la naciente burguesía. El “mundo urbano se infiltró por entre las mallas del orden cristiano-feudal, ya declinante a pesar de la desesperada defensa de los grupos nostálgicos que pretendían sobrevivir en él, y a pesar de la apelación a su prestigio que hacían una y otra vez los grupos ascendentes en busca de una consagración formal de su estatus; y poco a poco impregnó también los estados territoriales, imponiendo entre las clases dominantes y en las mismas cortes su propio estilo de vida”.
Las ciudades se constituyen impensadamente como agente político del cambio. Los componentes de lo que hemos definido como políticos para Romero están aquí presentes, aunque se van manifestando gradualmente, en la medida en que la capacidad de los elencos políticos urbanos de acción va creciendo, ganando en autonomía, consolidando su capacidad mercantil y, propagando tecnologías socioeconómicas, normas y valores, crean condiciones para una reformulación – centralizadora – del poder político. El entrelazamiento – analíticamente decisivo – de dimensiones se expresa en la formación de lo urbano y de su relación con el poder feudal en múltiples planos – el derecho, lo militar, lo religioso, lo cultural. Romero asevera que
“la revolución burguesa se produjo muy lentamente, descomponiendo el sistema tradicional sin destruirlo, alterando el sentido de ciertas formas de actividad, promoviendo un nuevo estilo de vida, eliminando tesoneramente los obstáculos que se le oponían y atrayendo a su causa a sectores antes comprometidos con el orden tradicional. Es, pues, un proceso que no puede comprenderse sino envuelto en el proceso de las resistencias y las concesiones del orden feudal. Y del juego de las resistencias y las concesiones resultó ese nuevo ordenamiento transaccional que llamo feudoburgués”.[44]
He aquí una composición de un cuadro en que el poder empodera al polo opuesto, entre resistencias y lentamente. Romero dice atender a un conjunto de dimensiones (“el juego peculiar de las situaciones de hecho”), entre ellas,“los esfuerzos de los grupos en ascenso para alcanzar cierta participación en el poder”.
Pero inmediatamente aclara: “no me he atenido, para este análisis, al mero juego de las situaciones reales, pues creo que no se explica por sí mismo, sino que he tratado de referirlo a las formas de mentalidad propias de los grupos participantes”. Un plano en que la dimensión política es realzada y asimismo lo son las ideas políticas.
“La expansión y el desarrollo de la riqueza asestó un nuevo golpe a la tradición cristianofeudal y acentuó la actitud burguesa, que se extremó a medida que cobraban conciencia de sus fines y triunfaban ante las nuevas solicitaciones las renovadas burguesías”, señala Romero. Lo que se ha generado y se desarrolla es una mentalidad, un ambiente social donde se entrelazan nociones, creencias, actitudes, modos de ver el mundo y al hombre en él, y dentro de ellos, modos de concebir el poder. Esto es clave en Romero; es precisamentelo que quiere historiar y comprender: la formación de una mentalidad, la propia del mundo urbano. Los elencos políticos y, juntos y entrecruzados con ellos, los elencos de pensadores políticos, han tenido en ellos un papel central.
Es evidente que la cuestión le importa mucho, porque pronto agrega que: “los cambios que se producen en las situaciones reales no obedecen solamente a una mera dinámica socioeconómica, sino que responden también al impacto que producen sobre esas situaciones el consentimiento o disentimiento de quienes estaban inscriptos en ellas”. El consentimiento y el disentimiento resultan de una representación, de una mentalidad, de una imagen crítica de la situación, arraigada en la experiencia y capaz de provocar una vehemente tendencia al cambio; pero, sobre todo y como marco fundamental, resultan de las ideas.

Subitaneidad del tránsito [45]
Descartar la lectura “epocal” no impide, sin embargo, para JLR, la percepción de “momentos de más acelerado ritmo… en que se hacían más brillantes y visibles sus expresiones”, no ya como saltos cualitativos espectaculares del proceso, como repentinos estallidos de un espíritu nuevo y de creación absoluta, pero sí como lapsos en que parece acelerarse el tiempo histórico. Recurro aquí a una expresión que no es de JLR pero que a mi juicio es valiosa para discutir la forma en que nuestro autor piensa estos momentos de la vida histórica: la subitaneidad del tránsito o subitaneidad del cambio (retórica política de Mirabeau, reelaborada en ensayo filosófico por Ortega). Creo que para Romero, estos períodos en los que el cambio parece ganar en intensidad y tiende a presentarse más como emergencia de lo nuevo que como continuidad, tiene dos rostros, el del espejismo y el de la incertidumbre. La mirada del Romero historiador obviamente no es esa, y él es duramente crítico (ver por caso la entrevista de Luna) con lo que considera un errado sesgo interpretativo muy frecuente en la historiografía. Pero sin dudas la percepción de los propios actores, que viven a la sazón esa aceleración o aparente precipitación del cambio, está afectada para mal o para bien por el espejismo y por la incertidumbre. El espejismo es demasiado intenso y se materializa y la incertidumbre es embriagadora mezcla de vértigo y libertad. Los actores, por un lado, tienden a interpretar lo que está sucediendo en términos de advenimiento, de aparición repentina (y esta pauta de lectura suele ser muy resistente aun en el caso, muy común, en que ellos dispongan de información suficiente sobre el pasado reciente y aun remoto, como para dudar de la índole subitánea del cambio). Pero por otro lado, tienden a experimentar variadas impresiones y sensaciones, como presentación en acto de lo inesperado, como extravío, euforia e impulso incontenible a la acción. Casi siempre, los actores sociales y políticos se vuelven propensos a percibir el cambio como un proceso más abierto y abarcador de lo que realmente es.[46]
El período comprendido entre los siglos XI y XIV, el lapso durante el cual se constituye el sistema feudoburgués de relaciones socioeconómicas y socioculturales, se ordena lentamente alrededor de las formas de vida urbanas, pero sólo avanzado el siglo XIV se adquiere conciencia de él. He aquí una etapa de la vida histórica de continuidad y maduración, de ruptura puesta de manifiesto, no de súbita irrupción. La transformación apenas es percibida por un puñado de personas colocadas en posiciones apropiadas y con mentes suficientemente perspicaces para dar cuenta de un cambio muy vasto. Muy lejos esto de las experiencias de irrupciones vividas por un conjunto de actores relevantes como subitaneidad del tránsito. Cuando tiene lugar la vivencia de estos “momentos de acelerado ritmo”, de maduración arrolladora de lo nuevo, que suelen ser percibidas en todos sus peligros y oportunidades, la política es convocada de un modo diferente al usual, por tirios y troyanos, por reaccionarios, conservadores, progresistas y revolucionarios. Es convocada bajo la égida de percepciones de contingencia e incertidumbre, de angustia y embriaguez de libertad. Esos momentos, en que la novedad parece surgir de la nada, momentos de una conjugación peculiar de lo nuevo y lo viejo y donde lo político parece tener – o tiene – más libertad creativa (pero precisamente en virtud de lo peculiar de esa conjugación), lo nuevo irrumpe, “inesperado”, seduce, promete, atemoriza, horroriza, esperanza, abate, anima, y se abren muchas puertas cerradas, se descubren caminos donde antes había sólo murallas, se dislocan legitimidades, normas y vínculos que hasta entonces parecían pétreas. Las puertas que se abren parecen hacerlo de golpe, no lo hacen así, se trata de interfaces en los que procesos de largo plazo se combinan con acontecimientos; pero en esos lapsos la política gana capacidad creativa, instituyente. De este modo se abren puertas a la libertad, también en el plano político. Por caso, al analizar el tránsito del mundo romano cristiano al mundo germánico-cristiano, Romero nos dice:
“Tales fueron las condiciones que caracterizaron de allí en adelante la vida del área romana occidental, transmutada ahora en área romano-germánica. En ella, los grupos que alcanzaron por la fuerza situaciones de privilegio se esforzaron para consolidar un orden que no sería sino la consagración de una situación de hecho. En efecto, situaciones de hecho en el orden social y en el orden cultural caracterizaron los siglos que transcurrieron desde que comenzaron las invasiones hasta la disolución del Imperio Carolingio. Mientras buscaban su acomodación los distintos grupos étnicos y sociales –en combinación diversa– a través de una constante puja por el poder, la riqueza y el privilegio, coexistían y procuraban la hegemonía en sorda lucha las distintas corrientes de ideas y creencias: las que habían conocido ya una rigurosa organización y sistematización, las que pugnaban por clarificarse y ordenarse, y las que sólo subsistían como aislados desprendimientos de antiguas concepciones caducas o parcialmente invalidadas. El predominio de situaciones de hecho, tanto en el plano de la vida social como en el de la vida cultural, revela la multiplicidad de factores que confluyeron en ellos. La conciencia contemporánea parece haber percibido la trascendencia de este encuentro conflictual de tradiciones y de intereses, antes y después de Carlomagno. Inestabilidad social, inseguridad individual, choque conflictual entre concepciones del mundo y la vida aparentemente incompatibles, crearon las condiciones necesarias para una nueva y libre aventura de los hombres y las ideas.”
Nos refiere JLR a la “íntima coherencia” que anima la vida histórica durante los últimos diez siglos; pero en las páginas dedicadas a los cambios en sus dimensiones múltiples, para esos momentos de acelerado ritmo, nos muestra asimismo la asincronía entre sus distintas dimensiones. Son los que presentan nudos, bifurcaciones, encrucijadas, contextos de decisión que dan lugar a path dependence. Son, en sí mismos, grandes momentos de acción, momentos de acción colectiva. ¿Y acaso en este sentido no son más capaces todavía de percibirla de ese modo los conservadores y hasta los reaccionarios? Romero así parece atisbarlo al observar con agudeza quiénes eran los que mejor (si no los únicos) comprendían lo que estaba sucediendo, quienes estaban en los atalayas desde donde se podían captar las señales amenazantes de lo nuevo: las mentes más sutiles del campo cultural reaccionario. Como la de San Bernado abad, doctor de la Iglesia:
“San Bernardo no se equivocaba demasiado cuando avizoraba las últimas y necesarias consecuencias de la nueva actitud intelectual de quienes confiaban en la inteligencia y se regocijaban en su ejercicio. “Se desprecia la fe de los simples y se aspira a penetrar los secretos de Dios”, decía; y agregaba: “He aquí que la inteligencia humana quiere extenderse sobre todo y no deja nada a la fe.” Ciertamente, la nueva sabiduría, tanto la que razonaba sobre los misterios de la fe como la que examinaba y explicaba la naturaleza, se prometía alcanzar una comprensión del misterio; era el misterio mismo lo que veía en peligro el celador de la fe tradicional… San Bernardo requería la simple aceptación del misterio como tal y denunciaba con penetrante clarividencia los caracteres de la nueva actitud intelectual, que él personificaba en Abelardo: “No es ya el hombre que contempla las cosas como en un espejo y en enigma, sino un hombre lleno de vanidad y henchido de orgullo que las mira cara a cara.””
Abelardo por su parte se escudaba en la necesidad de responder a las ansiedades de sus discípulos. El combate ideológico político en la maduración del mundo feudo burgués cobra por momentos singular virulencia introducido de lleno en la sensibilidad profana. Como observa Romero:
“La percepción del cambio por parte de quienes se sentían adheridos a él originó una actitud nostálgica manifestada en un embellecimiento del pasado mediante la proyección retrospectiva de un orden del que, en rigor, sólo entonces se comenzaba a tomar conciencia. Pero en tanto que unos tradujeron ese sentimiento nostálgico sólo en amargas lamentaciones sobre el “estado del mundo”, recurriendo generalmente a viejos tópicos de la literatura moral, otros adoptaron una actitud combatiente para defender el orden tradicional. Fue esta última una actitud eminentemente intelectual. Escasa o nula fue la acción contra las nuevas formas de actividad económica o las nuevas tendencias de la vida social y escasa o nula lo fue contra las nuevas tendencias éticas o sensibles. Pero fue enérgica contra las desviaciones religiosas e ideológicas, precisamente porque quienes más vehementemente asumieron la defensa del orden tradicional fueron aquellos que percibieron, por detrás de los cambios de las situaciones reales, la amenaza contra los fundamentos del orden cristianofeudal. Por vía intelectual procuraron establecer las causas de esas desviaciones y sus responsables por acción o por omisión; y dada la imprecisa fisonomía de los caracteres del orden tradicional, trataron de fijar también por vía intelectual qué elementos debían ser defendidos, discriminando los que era necesario conservar y los que era menester restaurar para limpiarlos de las injurias que recibían en el proceso de cambio. En este esfuerzo, y en el que demandó encontrar los medios eficaces de acción, los grupos refractarios al cambio acusaron su existencia y fijaron con mayor o menor exactitud los sectores donde se manifestaba. Quizá fueron Dante Alighieri y Juan de Meun quienes más agudamente percibieron la totalidad de la situación, no sólo por la extensión y variedad de sus observaciones, sino por su inequívoca tendencia a referirlas todas a una actitud radical: la profanidad.”
En el ambiente social de la profanidad, la noción de hombre nuevo del cristianismo primitivo (presente en Jesús, Juan, Pablo, por lo menos) está siendo secularizada, pero se mantiene en pie; y el hombre sigue siendo libre de ser nuevo o no serlo:
“El individuo que había experimentado la posibilidad de dirigir su propio destino… concluyó por considerarse parte de la naturaleza. También en esto imitaba el naciente hombre burgués… que se sentía como una fuerza de la naturaleza… Ahora… el individuo solo que pugnaba por escapar de la situación de dependencia tradicional para construir sus propias circunstancias cobró también conciencia de su potencia vital… traducida en fuerza de voluntad, en capacidad de resistencia, en vigor y en astucia. Y esa potencia vital lo asimiló a un ser de la naturaleza, con fines inmediatos obsesionantes y excluyentes y con promesas de goce compensatorio, también inmediatas.”
El hombre nuevo que capta JLR en partidarios y detractores de la lectura feudoburguesa de la condición humana, se anticipa pocas décadas a la Oratio de hominis dignitate de Pico della Mirandola (1486):
“Como ser de la naturaleza, el hombre nuevo recuperó el sentimiento del valor de la vida… Como expresión de un designio, la vida reflejaba la peculiaridad de la condición humana. El hombre poseía todos los vicios que los moralistas le atribuían: “Es orgulloso, asesino, ladrón, cruel, codicioso, avaro, falaz, desesperado, glotón, murmurador, rencoroso, despreciativo, incrédulo, envidioso, mentiroso, perjuro, falsario, jactancioso, inconstante, desvergonzado, idólatra, desagradable, traidor, hipócrita, perezoso y sodomita… Esclavo de todos los vicios, a todos aloja en sí”. Esta larga enumeración de Juan de Meun era como un repertorio de las aptitudes que el “hombre nuevo” debía ejercitar en su cotidiana lucha por el ascenso económico y social, pero suponía un repertorio de los goces inmediatos que se prometía como premio de su esfuerzo…”. Mezcla de bien y mal, la condición humana triunfaba sobre todo… como lo señalaba Juan de Meun recordando a los poetas romanos. Pero este triunfo suponía el enfrentamiento con tradicionales normas éticas, frente a las cuales parecía diabólica la exaltación del goce… como triunfo del hedonismo que acompañaba a los cambios operados en el ordenamiento socioeconómico…”.
Pero es en el rostro de contingencia e incertidumbre donde cobra particular intensidad la dimensión política. La contingencia y la incertidumbre de los tiempos de “aceleración” – siquiera aparente – del proceso histórico, hacen que las sociedades humanas procuren refugiarse bajo un nuevo orden – lo que Mirabeau denominaba la política como control de la subitaneidad del tránsito. Esa búsqueda de control es asimismo una pugna social y política; y, en esencia, se trata de una pugna por el orden. La instauración de un nuevo orden no es un proceso ordenado, y en él se expresan y gravitan los valores del viejo orden tanto como los llamados a constituirse en piedra angular del nuevo. Pueden condensar cosas muy heterogéneas – y hasta diabólicas –, como las utopías, el mesianismo, la convicción disciplinadora de hacer lo nuevo, la nueva sociedad, el hombre nuevo, la sistematización del poder pastoral. Lo que importa aquí es que pesa con particular gravitación lo político como creación, fundación del acontecimiento. ¿Se sostiene la hipótesis de la íntima coherencia – creo que sí – y a su vez se conjuga con el cambio? Hay íntima coherencia pero ella no impide, a la vez, momentos de creación. Definitivamente, queda claro que JLR ve en la vida histórica un proceso que no tiene una lógica interna predeterminada. Pero si no lo tiene, ¿cuál es el vínculo entre el largo plazo y los momentos críticos? Consecuencia de la propia vida histórica; hay marcos y materiales nuevos y viejos que están presentes en un proceso creativo, donde las ideas políticas y la política tienen un papel principal: el control del cambio, organizar lo nuevo en un nuevo orden.

Es muy ilustrativo el modo en que Romero desentraña el tránsito de maduración del mundo feudoburgués. Se hace presente de lleno, ya, la ciudad como agente político. Los elencos ciudadanos, patricios y asalariados. “Unos y otros – nos dice – quebraban igualmente el orden tradicional y comenzaban a elaborar nuevas actitudes sociales. No con la misma decisión e intensidad, sin embargo… Fue en la ciudad –señorial primero y burguesa después – donde maduró rápidamente la revolución burguesa”. Una coyuntura de ruptura crea oportunidades, abre puertas: “Un sentimiento general de inestabilidad comenzó a cundir, precisamente cuando, en el siglo XI, empezaba a institucionalizarse el orden cristianofeudal”. El “precisamente” merece ser notoriamente destacado porque el término y sus familiares (justamente cuando, en el momento en que, etc.) forma parte de los vocablos predilectos de las pautas interpretativas de nuestro autor. Y se entiende por qué: se trata de conjugaciones de procesos históricos, entrelazados e interactuantes y, precisamente, los momentos de disloque, subitaneidad, son de esa índole.
Referido a la formación burguesa, observa Romero, se trataba de la “constitución progresiva de un nuevo sector económico que podía desarrollarse al margen de las condiciones vigentes en el tradicional sector de la economía rural. Distinta de ésta por sus tendencias internas, por el tipo de relaciones que instituía y por los grupos sociales que la impulsaban, la economía mercantil pudo organizarse en poco tiempo.”. Pero veamos qué significa al margen en el contexto del párrafo porque, acto seguido, algo sorprendentemente (al menos para mí) nuestro autor introduce una variable psicosocial:
“Las viejas aristocracias juzgaron que era una economía marginal por el hecho de que eran marginales los grupos sociales vinculados a ella; la vieron crecer como una actividad extraña y, mientras sólo unos pocos de sus miembros advirtieron que era urgente incorporarse a su proceso, la mayoría de ellos se mantuvo indiferente y apegada a sus formas tradicionales de acción… Pero los nuevos grupos mercantiles pudieron sobreponerse a tales obstáculos y su actividad creció con tal ímpetu que entre los siglos XI y XII lograron constituir, junto al sistema económico agrario pero independiente de él, un sistema económico mercantil. Así se desencadenó el cambio, mediante la yuxtaposición de dos sistemas económicos que entrañaban dos sistemas sociales.”
Quizás el término yuxtaposición (elementos juntos sin enlace) no sea el mejor, pero de cualquier modo se hace aquí muy nítida la mirada de Romero. Quien por otra parte atempera la variable psicosocial:
“… acaso el sentimiento de la inmensa superioridad que la vieja aristocracia descubría en sí misma con respecto a las nuevas clases mercantiles, y sobre todo la seguridad que le otorgaba la posesión del poder político, le impidieron alarmarse y comprender el extraordinario fenómeno”.
Romero observa, complementariamente, un rasgo nada menor del proceso, emparentado con la variable psicosocial: cambios formidables ocurren y no son percibidos: una imagen social bloqueaba esa percepción: “La concepción cristianofeudal había arraigado vigorosamente en las conciencias y con ella una imagen estática de la vida social que ocultaba la posibilidad de cualquier cambio”.
Hete aquí el perfilamiento de la necesidad y demanda del control del tránsito, que aún no se ha convertido en acto político:
“… las nuevas clases amaban lo que estaba por venir, puesto que lo que constituía el orden tradicional era, frente a sus posibilidades, un sistema de obstáculos… ascendían en distinto grado hacia la riqueza, sentían la legitimidad de sus aspiraciones y las ostentaban y defendían. Desafiaban el orden constituido, y con él desafiaban oscuramente las ideas que lo sustentaban, reclamando un ajuste de las situaciones institucionalizadas a pesar del respaldo carismático con que contaban. Vagamente, las nuevas clases insinuaban su aspiración a establecer un orden profano…”[47]
Guillermo de Tiro, figura tradicional de gran relevancia, interpela a los suyos en plena crisis, haciéndose eco de estas aspiraciones; así lo cita JLR:
“un populacho desenfrenado se entrega imprudentemente y sin reflexión al tumulto y a toda clase de desórdenes; pero también se sabe – y este antiguo uso está confirmado por una larga experiencia – que en todas las ciudades bien organizadas la prudencia de los principales ciudadanos reprime el ímpetu del pueblo y pone un freno a la audacia que no reconoce límite… si los grandes no tuvieran la esperanza de poder compensar las faltas de un pueblo desconsiderado”.

Conferimiento de libertades
Las interacciones transcurren por caminos que no habían sido aún recorridos, y se enderezan engorrosamente al conferimiento de libertades: “las clases populares adquirieron en la ciudad conciencia de su fuerza y según los casos rogaron o exigieron el establecimiento de nuevas normas”, argumenta Romero. La matriz de interpretación de la apertura de puertas hasta entonces cerradas, que culmina al cabo de reacomodamientos del orden, está aquí presente:
“Aprovechando una fractura, los enfrentamientos sociales irrumpieron cuando los conflictos internos del orden tradicional proporcionaron la oportunidad de tomar partido sin revelar explícitamente los objetivos de los grupos disconformistas. Las nuevas clases carecían de la fuerza y de la claridad ideológica necesarias para desafiar abiertamente al orden tradicional. Pero éste ofreció las oportunidades favorables para que las nuevas clases se atrevieran a reivindicar sus aspiraciones sin tener que asumir las responsabilidades de una iniciativa revolucionaria.”.
El entremezclamiento de dimensiones como modo típico del proceso histórico, la yuxtaposición de lo viejo y lo nuevo, y el papel realzado de la política a cargo de elencos de liderazgo, son las claves de interpretación de una interacción sumamente compleja:
Entremezclados con las disidencias religiosas, se ventilaron cuestiones de influencia y de poder entre las élites tradicionales y los nuevos grupos en ascenso… La conmoción, con sus fenómenos correlativos de enriquecimiento y empobrecimiento, con la quiebra de la autoridad tradicional, permitía que los grupos mejor constituidos y más homogéneos por sus intereses definieran sus objetivos fundamentales y procuraran alcanzarlos por la vía de la rebelión, apoyados por la masa de los descontentos y los desesperados… El objetivo también podía ser, secreta o desembozadamente, llegar a conquistar o a compartir el poder… Las nuevas clases en ascenso… podían parecer a quienes estaban consustanciados con la mentalidad tradicional, equiparables a los siervos, a los rustici. Fue precisamente entonces cuando se suscitó “el gran debate sobre libertad y servidumbre” que escondía no sólo el problema personal de quienes buscaban la libertad individual, sino también el problema general de los grupos que procuraban incorporarse al orden político, y no al tradicional, sino a uno nuevo en el que se les reconociera su nueva significación económica y social”.
El logro de reconocimiento y libertades no es una concesión graciosa, sino un proceso de interacción en el que se combina “el ruego y la exigencia”, el consentimiento adaptativo y la aspiración que pone y acepta condiciones, que percibe y cuestiona la percepción de su exclusión de la comunidad tradicional. Y si la trayectoria es hacia un nuevo orden, los valores están identificados: “valores positivos… la riqueza, en primer lugar; pero, además, nuevos principios morales relacionados con su actividad, como la honradez, que tendería a confundirse con el honor burgués”. Una puesta en tela de juicio de la dependencia política en que se encontraban y de las relaciones de orden jurídico y judicial. “La rebeldía contra el derecho tradicional y por el reconocimiento de nuevas normas [y valores]… hermandad, amistad, juramento… transformaba a los grupos disidentes – o, mejor al sector militante que se constituía en su seno –, de un confuso conglomerado, en un grupo compacto, orgánico y definido en cuanto al conjunto de sus miembros y a los objetivos de su acción”.
En estas páginas de Romero está expresado el núcleo de interpretación de las etapas en que se “acelera el cambio”, anudando las dimensiones socioeconómicas, culturales, con la política. La pelea no es siempre frontal, sino que aprovecha la maduración de fisuras o fracturas morfológicas más profundas; es entonces que el poder transfiere – de buen o mal grado – libertades. “Los grupos que se instalaron en determinadas regiones – observa Romero – respondiendo al llamado de reyes y señores… recibieron bienes o franquicias que los pusieron desde el primer momento en una situación de privilegio…” (nacían, lógicamente, como “privilegios” las atribuciones concedidas a las ciudades burguesas por los poderes reales o señoriales, no como derechos estamentales y menos universales en un marco estatal). La atracción de las ciudades – el agente político del cambio, como ya observamos – no siempre es espontánea, sino estimulada por los requerimientos del poder, con desenlaces no del todo gratos para estos:
“… en busca de libertad… una ocasión favorable para ascender económica y socialmente. Rustici de comarcas más o menos lejanas, buscaban en las ciudades el aire que hacía libres a los siervos… al cabo de poco tiempo llegaron a adquirir sus actividades tal importancia que el conjunto de inmigrantes individuales se transformó por la fuerza de los intereses comunes en un grupo compacto y de acción solidaria. La acción de ese grupo provocó situaciones conflictuales muy intensas y en relación con los grupos tradicionales… aceleró el proceso en virtud del cual las tensiones sociales se transformaron en tensiones políticas…”
Lo que permite percibir las trayectorias alternativas, muy disímiles entre sí en sus posibilidades extremas, de la política como control del tránsito y la instauración de nuevos esbozos de órdenes:
“… el desarrollo creciente e incontenible de los grupos patricios, y el crecimiento de sus ambiciones, introdujeron en muchas ciudades un fermento que, llegada la ocasión favorable, debía provocar una acentuación de las tensiones hasta límites intolerables. En ese instante, los movimientos insurreccionales fueron inevitables… las tensiones derivaron hacia la violencia generalmente cuando el poder tradicional adoptó una actitud rígida… mientras que, en otros lugares, las circunstancias lo llevaron [al Papado, a los Emperadores] a apoyar a las nuevas clases en busca de aliados en sus conflictos… También adoptaron una actitud rígida en un principio la mayoría de los señores eclesiásticos… sobre todo, por las posibilidades que les ofrecía una burocracia bien organizada, procuraron no sólo mantener el orden político tradicional sino, además, beneficiarse con la expoliación… en cambio, los señores laicos se mostraron generalmente más flexibles, no sólo por la precariedad de la organización administrativa de sus dominios sino también por el impacto que, en los sectores sociales que constituían su apoyo [o sea una sociedad más autónoma de la Iglesia y el poder tradicional], provocaron las nuevas perspectivas económicas…”.
Aquí, la pauta interpretativa de la tensión entre las instituciones y lo real aparece invertida, el orden tradicional autocrático de matriz religioso se respalda no solamente en configuraciones ideológicas de las que obtiene cohesión sino también en su fortaleza institucional (la realidad tangible de las instituciones establecidas), y este conjunto colisiona con ideas y configuraciones institucionales anheladas (que consolidarán guildas, hansas y corporaciones, por ejemplo) hacia un nuevo orden. “Tras el objetivo inmediato surgían las múltiples aspiraciones, difusas, que escondían en su pensamiento los nuevos grupos en ascenso.” Aspiraciones difusas, pero que tendían a tornarse más precisas y definidas, y a propagarse (de “los mismos privilegios”), todo lo cual constituye un umbral para que la acción colectiva no se limite al mero estallido y se vuelva sostenible. En el control del tránsito, tenían lugar reiteradamente movimientos de emulación, pero la orientación general nunca dejaba de lado un componente de conferimiento de libertades.
En términos más generales, se podría argumentar que para el historiador que es JLR la política tiene dos dimensiones principales: la acción colectiva enderezada a potenciar, liberar de ataduras, sacar provecho de, explotar, el cambio socioeconómico (y de esta dimensión forman parte las ideas políticas sobre derechos, instituciones, valores), por una parte; y por otra el control de la subitaneidad del tránsito, la configuración siempre conflictiva de un nuevo orden con los problemas de legitimación que les son inherentes.
En cierta medida, Romero es tributario de una noción progresista del cambio: la propagación, por ejemplo, “se constituía en un sistema de esperanzas que sólo requería, para que se intentara transformarlo en realidad, una coyuntura favorable… Esta coyuntura fue, con frecuencia, proporcionada por un conflicto entre los poderes tradicionales, que abrió la posibilidad de obtener el apoyo de uno de ellos contra el otro”. Nuestro autor regresa aquí a lo que un poco irónicamente podríamos denominar pauta latinoamericana del populismo, en la que actores (en reconstitución) desde arriba y desde abajo salen a su encuentro en el aprovechamiento de fisuras, fracturas del poder tradicional: “La larga querella entre el Papado y el Imperio permitió a la burguesía de las ciudades italianas contar con el apoyo de un poder equivalente a aquel con el que tenía que enfrentarse”. Romero recoge así expresiones que solamente una percepción muy sombría del proceso histórico podría afirmar que auguran simplemente un cambio de amos:
“Un conde –como el de Nevers– o un rey –como el de Aragón– podían decidir a los burgueses a enfrentar el poder señorial con alguna probabilidad de triunfo… ‘Si os declaráis por nosotros –decía a los burgueses de Vézelay el conde de Nevers–, si os asociáis a nuestro poder, no tendréis que cuidaros más de los vanos ruegos de los monjes ni de los frívolos socorros del abad; y teniendo desde entonces en plena seguridad y libertad la facultad de ir y de volver adonde queráis, gozaréis de una seguridad perpetua tanto para vuestras personas como para vuestros bienes’”.
La promesa es constitutiva, y de una importancia crucial, en lo político. También es frágil. Pero sin dudas estamos ante un caso típico de promesa política: de transferencia de libertades. Romero trae a la palestra casos semejantes, como el que sigue: “El conde Thierry de Alsacia, dirigiéndose a los burgueses de Brujas… los incitaba a la rebelión prometiéndoles paz y tranquilidad, como prometía ‘a vuestros mercaderes y a los de todo Flandes, la paz y libre tránsito para sus negocios’”. Frente a prohibiciones o constricciones taxativas, podían los burgueses, “tras el anhelo de libertades concretas… “obtener graciosamente alguna concesión a cambio de fidelidad o de servicios”, lo que hace patente el sinuoso tránsito del vasallaje a la ciudadanía. En germen, se hace visible aquí el vínculo entre imposición y representación[48], un principio extraordinario en la gestación de la ciudadanía: “Pues nos excomulgáis sin haberlo merecido –dijeron los burgueses de Vézelay al prior–, obraremos como excomulgados, y en consecuencia, desde este momento no os pagaremos más ni los diezmos ni el censo ni las otras rentas ordinarias”.
Romero enfatiza que, más allá de las franquicias arrancadas a quien poseía el poder, “ciertos grupos burgueses comenzaron a perseguir el poder mismo para establecer, desde él, el orden que más les conviniera…”. Acto seguido formula una caracterización que encuentro algo disonante: “Este designio político le daba a los movimientos insurreccionales un carácter revolucionario… en la medida en que suponía la revisión del orden tradicional”. Fórmula de conferir libertades por parte del poder constituido, más bien, “la comuna fue consentida u otorgada cuando los señores o reyes no podían evitarla”. Creo que es más bien el orden, no la revolución, el rasgo dominante; sin ignorar, por supuesto, la índole de las revoluciones como instituyentes de un orden. De cualquier modo, la clave de su interés en términos políticos es la coexistencia – que será duradera, pero tendrá infinidad de vicisitudes – de un orden dentro de otro orden. Así como la nitidez con que se recorta la ciudad como agente político, en estado puro: constituida como ciudad política, pretendía ser tolerada dentro de un mundo despótico, autogobernarse; fue la transformación extrema de la novedad urbana. “Las comunas – nos dice Romero – ensayaron un tipo de autoridad unipersonal ajena a las facciones, encarnada en el podestá. Con él se insinuaba una nueva concepción del Estado, del poder equidistante apoyado en normas objetivas”. También se trata de una insinuación de Romero, la del embrión de un instrumento institucional que estará al cabo a la mano de príncipes centralizadores en camino hacia el Estado moderno. Por de pronto, parecería ser que para Romero al aceptar quedar dentro del cuadro de la monarquía las ciudades resuelven problemas de legitimidad.

La construcción de un orden legítimo
En todo caso, se trata de un cuadro en el que se mezclan relaciones de fuerza con persuasión, negociación, tira y aflojes interminables, en un camino en el que el poder (legítimo – imperial, real, señorial, papal) transfiere libertades que son una dimensión básica del mundo feudoburgués (in nuce, poder limitado, no interferencia, representación), de naturaleza precaria a la búsqueda de su legitimidad:
“En lo que se mostraron radicales los movimientos anti señoriales en esas áreas fue en el sistema de garantías que procuraron formalizar… La simple exclusión de los milites del poder urbano… las garantías y los derechos de los ciudadanos y los mecanismos mediante los cuales participarían en el gobierno, fueron objeto de cuidadosa reflexión, partiendo de la experiencia y tratando de corregir las costumbres mediante dispositivos reglamentarios sugeridos por aquella. De esa experiencia y de esa reflexión nacieron cartas, estatutos, fueros o constituciones… en las que se especificaba sólo aquello que constituía una innovación… Algunos fueron documentos transaccionales, otorgados sin lucha y, generalmente, parcos en concesiones…”.
Ilustra el forcejeo y lo inseguro del terreno alcanzado, por ejemplo, la carta que otorgó el conde de Dreux en 1180 a “sus burgueses”: “he querido por medio de caracteres escritos notificar a todos –presentes y futuros– que, habiendo surgido un desacuerdo entre yo y mis burgueses de Dreux, hemos convenido en este acuerdo, a saber, que les hemos concedido tener la comuna que tuvieran en los días de mi padre y que nosotros les hemos confirmado por juramento yo, Inés condesa de Braine, mi esposa, y Roberto, mi hijo.”
Los nuevos grupos sociales escapaban poco a poco –aunque con dificultades e intermitencias– al poder señorial, aunque al cabo las ciudades fueron absorbidas por el estado monárquico. En Italia, huyendo de emperadores y papas, cedieron constituyendo, dentro del proceso urbano, signorias como otra forma de gobierno fuerte (como las de los Medici o los Sforza; en Florencia, el gobierno republicano había sido caótico, no contaba con dinero ni con fuerza ni con legitimidad; acabó cediendo ante el riquísimo poder señorial, aunque no absoluto).
Para Romero, esta obtención de libertades que en parte fueron arrancadas del poder tradicional y que en parte (nada nimia) fueron concedidas o transferidas por diferentes motivos, en un proceso que comprendió los siglos XI, XII y XIII, fueron el corazón de la institución de lo nuevo, del orden feudoburgués: “cuestionaba, en el fondo, todo el sistema tradicional, todo el conjunto de fundamentos y de hechos que componían el orden cristianofeudal”. Consciente o inconscientemente, todos los movimientos anti señoriales pusieron en discusión el orden cristianofeudal, en otras palabras, los fundamentos del orden político, “sobre todo en cuanto orden universal, sagrado, inmutable y eterno”. Ese cuestionamiento parece ser, para JLR, una apertura a lo nuevo, a lo desconocido en sentido arendtiano, aunque se vaya instituyendo de modo parcial y limitado en lo que se refiere a la normatización y formalización,[49] y siempre expuesta a reversiones su legitimidad. Es una apertura de consecuencias impredecibles, entrelazada con el proceso político y con los cambios en ideas y concepciones que se hacen visibles, como dijimos, más todavía que en los pensadores que expresan la profanidad, en aquellos que reaccionan advirtiendo sus implicaciones y amenazas no ya a la solidez ilimitada de la fe sino a los fundamentos del orden político. No tanto en lo que toca a la soberanía real sino a la esfera de garantías y derechos de los súbditos frente al monarca y los señores. “Poco a poco – nos dice nuestro autor –, la promoción del cambio dejó de manifestarse bajo la forma de una simple reacción y cobró intencionalidad y sentido”. Romero cita a Giovanni Villani, quien explica que en Florencia, en 1289, el temor de que i grandi abusaran de los popolani, haciéndolos cargar con el peso de los gastos de guerra, originó un acercamiento entre las siete artes mayores y las cinco siguientes, siendo aquello “casi un comienzo del popolo (o constitución popular) del que después se tomó la forma del popolo que comenzó en 1292″.
La gestación lenta de individualidades innovadoras, nuevos intereses, actitudes y mentalidades, y que alcanzaban cierta cohesión entre sí, dando paso a redes, a configuraciones institucionales en las que empeñarse, era una manifestación del entrelazamiento de las dimensiones entre las que se contaba la política:
“los nuevos grupos se insertaron entre los grupos tradicionales dislocando el antiguo equilibrio. Para alcanzarlo era menester poner en funcionamiento innumerables mecanismos económicos, administrativos, jurídicos y políticos que operaron ese dislocamiento y que, poco a poco, integraron un conjunto orgánico de disposiciones; si pudo hablarse de un jus mercatorum fue porque un sistema institucional nuevo se opuso a otro que no satisfacía las necesidades de los nuevos grupos sociales. Pero ese sistema institucional, aún incipiente, estaba sostenido por ciertas actitudes que entrañaban otro aspecto del cambio. Lo vivificaba una nueva mentalidad que se manifestaba al mismo tiempo en otros aspectos de la vida. Los defensores del orden cristianofeudal percibieron de inmediato que tras las más moderadas aspiraciones de los nuevos grupos sociales se escondía una actitud revolucionaria… la aspiración a la formación de comunas representaba el último paso de ese proceso”.
Si esa aspiración era el último paso, es evidentemente porque lo político fue acompañándolo y apuntalándolo en los anteriores, en los vínculos e interacciones ya referidas. Sólo que la formación de comunas era una estocada en profundidad porque afectaba el corazón del orden político: “los grupos privilegiados tradicionales peligraban en la medida en que se reconociera la legitimidad del cambio”.
La ciudad confirma así su papel como agente político por antonomasia: “aquella aproximación, que se consolidó tanto a través de las sociedades en comandita como de los matrimonios mixtos… era una alianza funcional, basada en la existencia de adversarios y de intereses comunes. Y la ciudad en expansión, renovada por el desarrollo económico y transformada en una patria nueva cuyo destino estaba en sus manos, se transformó en un patrimonio común que anudaba los vínculos y tendía a conservarlos a pesar de las disidencias que se insinuaban en el seno del patriciado”.
Pero el tránsito, frecuentemente lento, algunas veces más súbito, no raramente tenía problemas insalvables en el camino de institución del orden legítimo, que no siempre llevaba a destino. La comuna adolecía de un problema de legitimidad que fue pocas veces salvado. La brecha entre capacidades socioculturales y políticas y velocidad del cambio socioeconómico se hacía así demasiado grande, y los sectores que se agolpaban en las márgenes de la innovación y la prosperidad podían encontrar jefes resueltos a las revueltas:
“[Tenían lugar las] pujas entre los patricios y con la nobleza integrada a ellos… y pujas con los nuevos grupos sociales en ascenso… el resto podía, apenas, obrar por vía tumultuaria… Esta situación era general y desembocó en violentas insurrecciones populares dirigidas contra el patriciado… por parte de millares de artesanos… el resentimiento anti ricos de los pobres… y la predicación evangélica… se tornaron más frecuentes y más graves… […] La revolución de las gentes de los oficios triunfó en muchas ciudades y los gobiernos oligárquicos cedieron el paso a una nueva organización política.”.
Pero los actos de violencia no eran el único camino, y también “se sumaron medidas de gobierno muy definidas destinadas a traspasar a las clases más ricas las mayores cargas impositivas”; lo que acarreaba un conferimiento de libertades. “La redistribución de las cargas impositivas, la fijación de condiciones precisas para el ejercicio de las funciones públicas o las garantías otorgadas a los pequeños contra los abusos de los grandes eran, entre otros, objetivos frecuentes… Los pequeños artesanos y los asalariados deseaban romper el cerco de las oligarquías y llegar a participar del gobierno en alguna medida”.

Sacar la escalera y sus consecuencias
Decíamos páginas atrás que la dinámica política del proceso de cambio está marcada, para JLR, por fusiones, escisiones, incorporaciones y exclusiones mucho más que por luchas de clases. Esto se hace visible en la etapa tardía de desenvolvimiento del mundo feudoburgués. Por un lado, una tendencia irrefrenable, en los sectores que han logrado o consolidado su ascenso social, a impedir los consiguientes ascensos de sectores que aún los anhelan por estar en etapas previas de lo que sería, virtualmente, el mismo camino. Romero explicita esta pauta cruda y reiteradamente: “Los grupos que en cada etapa reivindicaban los derechos que les había otorgado su ascenso aspiraban también a contener el fenómeno de movilidad social que los había empujado hacia él, para no tener que compartir el privilegio alcanzado”. Pero, por otro lado, observa que el proceso social y económico era incontenible y capaz de arrollar, por tanto, esta reacción política (efecto sacar la escalera). Y la respuesta fue asimismo dada en el plano político porque, cuando los sectores cuyo ascenso se había consolidado, advirtieron su ímpetu, “comenzó a pensarse en la necesidad de detenerlo en el plano político, y la reacción inevitable fue la instauración de un poder fuerte… Esto era, sin duda, la condición fundamental para que pudieran desenvolverse las actividades económicas”. Los grupos tradicionales, colocados por encima del patriciado, los reyes y señores, tuvieron así oportunidades de organizar concesiones y conseguir más sólidos respaldos. Y se establecieron arreglos, compromisos, entre las tendencias despóticas y sus fuentes tradicionales de legitimidad, y la panoplia de ideas elaboradas en los albores de la nueva sociedad urbana. El patriciado renunciaba, pues, al ejercicio del poder político directo, a cambio de “orden y paz en la vida pública, limitación autoritaria de las luchas por el poder y restricción de las aspiraciones políticas de los grupos socioeconómicos en ascenso”. De este modo, el tercer vértice del triángulo de composición fue una conferencia selectiva de libertades y garantías económicas “a cambio de restricciones políticas [que] permitió a la monarquía en muchos casos resolver el problema de las oligarquías en peligro, atrayéndolas a su lado y ofreciéndoles la seguridad que deseaban a cambio de la renuncia al ejercicio de poderes políticos”.[50]
A la larga, este proceso ahogó considerablemente la influencia de los grupos burgueses diversos en el ejercicio del poder político y las señorías reconquistaron legitimidad y dominio. En las ciudades italianas, por caso, este proceso, originado, como vimos, en la dinámica y las tensiones internas a la expansión de los nuevos sectores económico sociales, significó, paradójicamente, un lazo político que cerró el paso a esas propias fuerzas: “el fin de los procesos de libre juego de las fuerzas económicas y sociales. Desde entonces los poderes fuertes regularon en alguna medida las fuerzas”. Sin embargo, observa Romero, el saldo fue algo diferente porque la intangibilidad del poder señorial quedó destruida: “quedó cuestionado el principio teórico que servía de fundamento a toda autoridad”. El poder político, “si quería ser eficaz… debía decidirse a aceptar la presencia y la legitimidad de los derechos argüidos por los nuevos sectores en ascenso”. Los viejos y los nuevos grupos sociales se vieron enfrentados y debieron buscar una “fórmula transaccional” que les permitiera coexistir. Es imposible, aquí, no recordar la búsqueda de la “fórmula supletoria” que propone Romero frente a la cuestión peronista; necesariamente, la fórmula supletoria debería haber sido transaccional. Para el caso argentino, todo lo contrario al espíritu que, aunque fuera tras tinieblas, JLR cree ver en la trayectoria del mundo feudoburgués. Donde la fórmula transaccional no necesariamente tuvo éxito, ya que disparó reacciones internas en sus protagonistas sociales. De hecho, marcó el comienzo de la reactivación del poder monárquico, desde fines del siglo XII, con los pilares de una política fiscal que obligaba a los señores y una centralización administrativa.
Las tensiones entre los diferentes componentes sociales desde luego no finalizaron, pero la recomposición de las monarquías mostró un proceso en el que JLR pone a prueba su patrón interpretativo: una dinámica de oposiciones que está lejos de la lucha de clases, y en la que la imposible cohesión de los grandes conjuntos sociales los obliga a la contraposición y a la composición políticas. En efecto, “los nuevos grupos burgueses… pasaron, sin duda, por pruebas durísimas y probaron que no sólo no constituían una unidad, sino que, por el contrario, se componían de sectores con intereses encontrados”.

Ciudad y política en los mundos rural y urbano
A la búsqueda de una comprensión del proceso político latinoamericano, JLR se enfocará mucho más que en la política reproductora u operativa, en el extraordinario relieve de las ideas políticas (en realidad, es enteramente lógico que Romero no dedique ni un renglón – que yo sepa – a la política reproductiva, la política, como dijimos, consistente en la pugna por la conquista de los ámbitos desde los cuales puede hacerse política). En última instancia, podría decirse que, para él, impera una marcada distinción entre la formación del mundo urbano europeo y el latinoamericano. En el mundo medieval europeo, la ciudad surge al margen del orden feudal y construye su autonomía política; en la ciudad se inventan, a partir de la experiencia, formas específicas de hacer política, desde la formalización del cuerpo político a las formas de la competencia, y la expresión política de la conflictividad social. En el mundo urbano latinoamericano, en cambio, la ciudad es existencial para la política, y la política no puede ser concebida sin la ciudad; allí, campo y política pueden ignorarse mutuamente, prescindir una de la otra. Y es en esta marcada distinción que JLR destaca el desenvolvimiento, adaptativo, de las ideas políticas y su impacto, ahora sí, sobre la totalidad social latinoamericana.
Comenzando por lo más obvio, esto es, la índole fundacional de las ciudades latinoamericanas, como acto genuinamente político:
“La ciudad es el meollo de la historia latinoamericana. Desde la conquista, las ciudades han sido los centros de decisión. Porque la conquista empezó con la fundación de ciudades. Y las ciudades eran lo positivo, puesto que era lo hispánico; y el campo era lo deprimido, puesto que era lo indígena”.
El campo “nunca tuvo en América la placidez que podía tener en Europa. Siempre ha sido una zona inquieta. Esa ha sido la zona inquieta. Las ciudades, en cambio, han sido los centros de organización, de intercomunicación de ideas, de formación de grupos coherentes y compactos… La aglomeración urbana reveló ante todo una tendencia a la concentración social… un grupo primario, en el que todos los miembros se sintieron corresponsables de su conducta colectiva. Dentro de los estrechos límites del muro, el vínculo primario se robusteció”.

El epítome de toda la concepción de JLR es la ciudad como agente político del cambio. De hecho, este es un fuerte rasgo común de sus principales trabajos. En Las ideas políticas en Argentina, no es el sintagma civilización y barbarie, sino el de ciudad y campo, el que recoge de Sarmiento. Así, la relación entre ciudad y política estará presente, dispersa, a lo largo de su obra, y nos proporciona pistas, explícitas a veces, implícitas las más, para responder nuestro interrogante sobre cómo concebía JLR lo político. Para JLR no hay política fuera de la ciudad, y aunque la formación de la ciudad como tal puede no haber sido un proceso político (si bien muchas veces sí lo fue, esto es obvio en América, y bastante menos en Europa), la ciudad como tal es en sí misma un proceso político. Su idea de la política y su idea de la ciudad están entrelazadas. Esto no significa, como ya hemos discutido, que lo urbano sea de por sí civilización, política entendida por su oposición a barbarie. Anudado a la existencia y desarrollo de la ciudad, estaba el problema esencialmente político del orden. No del orden político sino el de la producción, el intercambio y la vida cotidiana. Dice Romero: “La paz del mercado fue la exigencia más urgente de los burgueses, pero la paz general fue su preocupación constante. Un régimen jurídico… y una policía urbana… fueron los objetivos que persiguieron quienes se encerraron dentro de los muros de las ciudades para desarrollar un nuevo tipo de vida fundado en el trabajo y orientado hacia la tranquilidad y el goce.” Salta a la vista una distinción política nada secundaria, porque viviendo en el reino el vínculo con la ley y con la seguridad era una cosa; viviendo en un señorío era otra, y viviendo en una ciudad podía ser otra muy diferente. Es en todo esto donde hay una diferencia importantísima con Sarmiento, porque para Romero es indispensable identificar en América hispana (y en América lusitana) una barbarie rural y una barbarie urbana, de raíces y genealogías diferentes. No significa, reitero, que lo urbano equivalga a lo político directa e inmediatamente. Pero si consideramos lo político en sus diferentes, múltiples, dimensiones, es en las ciudades donde está presente la mayoría de ellas: la acción, la política reproductiva y la política operativa, el poder enderezado a inducir conductas y subjetividades. El aporte del campo sería más bien marginal, limitado a la política operativa y la violencia. Marginal pero decisivo, JLR no lo ignora, porque las sucesivas irrupciones de un mundo en el otro – del rural en el urbano – definirían el comienzo y el fin de cada momento histórico. Es en las ciudades donde hay elaboración, contrato político, desenvolvimiento complejo del poder. Pero el fiel de la balanza suele inclinarlo la potencia del campo. Por supuesto, hay experiencias por las que JLR pasa de largo, como el artiguismo. O la potencia del derecho consuetudinario del mundo rural en la que, muchos años después, pondría el acento José Carlos Chiaramonte. En su abordaje, JLR se maneja en el sendero que abre Sarmiento con su Facundo (aun en controversia implícita con él), al punto que, en ocasiones (entrevista con Luna, 1976), explica por qué se refiere a ideas, no tanto a ideologías, aproximándose al proceso político latinoamericano con la óptica bifocal mundo urbano-mundo rural: “la gente entiende por ideologías sistemas de ideas organizadas, racionales, elaboradas intelectualmente, y en América latina las ideologías más definidas son ideologías absolutamente espontáneas que no han recibido una denominación ni pertenecen a la historia de la filosofía. En América latina ni el conservadurismo ni el socialismo ni el liberalismo son las verdaderas ideologías, vivas, operantes; son otras… por ejemplo la ideología urbana y la ideología rural…”. Por supuesto, Romero sabe que esas ideologías no son absolutamente espontáneas, tienen por detrás una genealogía y por delante una promesa de “gobierno de los hombres”. Pero también sabe, hasta demasiado bien, de la resistencia de la realidad frente a ellas, de la persistencia de las cosas, de la dificultad extrema que tiene lo político para acertar el camino para vencer esa resistencia.
Por eso, no podemos evitar captar las resonancias con casos hispanoamericanos y en particular con el caso argentino, cuando leemos el análisis del proceso de formación del mundo feudoburgués:
“lo que permitió que esas fórmulas [las nuevas formas burguesas] se impusieran fue la circunstancia de que se lanzaran desde las ciudades – que representaban fielmente las nuevas situaciones –, desde las cuales podía hacerse pesar la fuerte influencia de los grupos burgueses y desde donde era posible imponer, por la sola gravitación de sus formas de vida, un nuevo sistema para el ordenamiento de la convivencia… la ciudad agencia de cambio político… La ciudad burguesa constituyó la gran creación de los nuevos grupos sociales en ascenso: fue el crisol donde se elaboraron las nuevas formas de vida y surgieron los rudimentos de las normas que debían regirlas. Fue un ámbito cerrado por murallas en cuyo seno un grupo social, cuyos miembros habían logrado desligarse de sus viejos vínculos de dependencia, comenzó a establecer un nuevo sistema de lazos que lo aglutinara. La ciudad burguesa reconoció la coacción de las normas tradicionales, pero se dispuso a introducir entre sus meandros los dispositivos necesarios para forzarlas y hacerlas entrar dentro de un nuevo sistema en el que se integraban con otras nuevas que modificaban su sentido. Gracias a ese proceso –tortuoso, empírico, ajeno a toda preocupación trascendental– la ciudad burguesa elaboró un conjunto de hábitos políticos que poco a poco comenzaron a poner de manifiesto ciertos principios y tendencias que estaban en la raíz de sus actitudes. Esos hábitos políticos empezaron a institucionalizarse y no se tardó en contar con un esquema de los mecanismos de poder, construido sobre la experiencia y cuya eficacia se había probado.”
Como no podría haber sido de otra manera, ya que su éxito dependía de su expansión, la ciudad burguesa dirigió su mirada al campo:
“La ciudad burguesa transfirió luego en alguna medida su esquema político a las jurisdicciones territoriales: reinos y señoríos. Si la burguesía organizó sus formas de vida dentro del marco urbano, sus actividades económicas trascendieron muy frecuentemente esos límites. Las necesidades fundamentales que la burguesía sintió en las ciudades –seguridad, libertad, protección económica– comenzó a percibirlas muy pronto en áreas más extensas, dentro de las cuales se proyectó su actividad mercantil. También allí requirió medidas de protección o de control indirecto de los mecanismos que regían la producción o el comercio; pero en tanto que en la ciudad la burguesía formaba un grupo compacto capaz de imponer sus designios, en las áreas territoriales carecía de fuerza y necesitaba obtener el apoyo de los poderes políticos constituidos. Esta circunstancia determinó un cambio de actitud de la burguesía frente a reyes y señores.”
Lo cierto es que JLR, centrado su foco en el papel de la ciudad como agente político, no vacila en afirmar que “el único hombre que ha visto claro el problema de Latinoamérica es Sarmiento… [Sarmiento expresa una] comprensión de la realidad. Porque… el campo ha sido en América latina la zona sometida. Las ciudades – es decir, los núcleos hispánicos o con influencia europea luego de la Independencia –, en cambio, han tenido todo en la mano. Han tenido la dirección política, la hegemonía social, y han tenido también la formación intelectual como para dar a sus ideas una formulación capaz de envolver a todo el mundo. Y además en las ciudades se han creado los grandes proyectos acerca de lo que debía ser la vida en cada uno de los países americanos”.

Criollismo rural como ideología urbana
La fuerza y la capacidad de resistencia podían estar en el mundo rural o en la propia ciudad; aunque nuestro autor establecerá, para las ideologías innovadoras, a la ciudad como su centro de gravedad, también verá en las ciudades el centro de gravedad de la resistencia a las mismas, de la persistencia de las cosas. Pero la capacidad estratégica de innovación estaría en las ciudades, siempre. Este patrón de interpretación puede percibirse en algunas aproximaciones a la historia latinoamericana, y en particular argentina, de Romero. Y, de algún modo, el corte, aun partiendo de Sarmiento, es menos profundo que el de este. Ya Sarmiento planteaba la barbarie como amenaza, como algo vivo, con una vitalidad propia y destructiva, y como algo que había entrado en la ciudad. ¿No era acaso Rosas la encarnación de esa interiorización? Pero quizás pueda responderse, manteniéndonos probablemente más próximos de JLR, que era en Rosas que se había interiorizado el espíritu conservador al tiempo que despótico, uno de los espíritus que moraban en la ciudad desde el propio nacimiento urbano, no el de la fuerza caótica del mundo rural de aquel entonces.
Significativamente, JLR hace con agudeza un giro para permitirnos comprender de qué se trata aquella “ideología rural”, de dónde cada cierto tiempo – dice – han salido irrupciones que trataban de recuperar un sentimiento autóctono de la vida. Fue derrotada, diríase, por esa superioridad estratégica de lo urbano. La ideología rural, podríamos agregar, más que cuajar en una idea anacrónica, nace asumidamente anacrónica, como un adiós. Aquellas irrupciones, sostiene Romero, formidables, de enorme valor, de enorme importancia, sólo se han expresado, desgraciadamente, en la idea del criollismo. “Es el estilo de vida peculiar de América latina, que quizás hubiera sido una cosa formidable en el siglo XVI o hasta en el XVIII, pero no cuando Latinoamérica, después de la Independencia, se encuentra con el mundo mercantil ya perfeccionado y con el mundo industrial naciente. Frente a eso, la ideología del criollismo no es otra cosa que un sentimiento nostálgico”. Me gustaría agregar algo que Romero no ignora: que casi desde su nacimiento esas expresiones culturales del “sentimiento nostálgico” son, aunque con materiales rurales, urbanas. Porque el criollismo es casi tan urbano como campestre; es producido por los que sienten, o asumen, la nostalgia desde la ciudad; ejemplos inmejorables en terreno cultural son las conmemoraciones canónicas de tristeza, inocultablemente alegres, del forrô brasileño nordestino Riacho do navío, despiadadas en el corrido mexicano Jacinto Cenobio, melancólicas en el Santos Vega, el poema gauchesco de Rafael Obligado, todas patentemente urbanas. Y la ciudad también habrá de producir, al cabo, las expresiones criollistas en lo político. El criollismo político no puede ser negado, pero es urbano. Esto se desprende, claramente a mi juicio, de la apreciación casi íntima del historiador JLR en sus conversaciones con Luna de 1976:
[el criollismo] “diría que tiene un fondo de inmenso valor. Porque la ideología rural y criollista es la que ha definido en cierto modo las nacionalidades. Pero ha tenido un tremendo defecto, llamémoslo así: se ha manifestado de una manera ucrónica, es decir, ha aparecido cuando ese tipo de vida no va más en el mundo. Porque Artigas y Ramírez y López y después Varela y el Chacho – esto por citar ejemplos argentinos, pero podría hablarse de Páez, de Cipriano Castro y hasta, en última instancia, de Emiliano Zapata – aparecen cuando eso ya es utópico. Porque es una irrupción radical, nacida en el fondo visceral del hombre americano, cuando el problema de América es ver cómo se integra”.
Ciertamente, el criollismo nace como un futuro alternativo, imaginado en retrospectiva, sobre la base de un camino que habría sido diferente, partiendo del mismo origen. Y un problema de las ciudades, del mundo urbano, es ver qué se hace con eso, y cómo; es un problema que no puede evitarse:
“En un mundo que, desgraciadamente para esa concepción y quizás para el mundo – porque a lo mejor se podría decir que la industrialización es una cosa diabólica –, ya ha sido tomado por eso. Y se los traga. Como se tragaron a Emiliano Zapata, a Villa. Como antes se habían tragado a López, a Urquiza, a Páez, a todos los que, con el pretexto de reivindicar las esencias nacionales, han pretendido crear estados absolutamente imposibles en el siglo XIX”.
Supongo que resulta evidente para el lector que JLR está hablando aquí más aún que del problema de lo urbano frente a lo rural, de una cuestión radicalmente política. Porque la pregunta sobre cómo encarar el problema de las tensiones de una integración social cruzado por las oposiciones que nuestro autor estima unas constantes (liberalismo vs autoritarismo, ideas/instituciones vs realidad, democracia orgánica vs democracia inorgánica) también nos exige dar cuenta de la anacronicidad, de los desfasajes, que son tanto temporales como sociales y geográficos, de los procesos. Y frente a ese problema radicalmente político, hubo también una respuesta, política, más elegida que otras, entre las posibles, por la cual la mención de Urquiza quizás resulte bastante exagerada: la fusión factible, encarnada en figuras como él, expresada en el liberalismo conservador de las ciudades. Los nacionalismos tradicionalistas tenían así “un sentido profundo, metafísico, emotivo. Pero, desde un punto de vista pragmático, eran imposibles”. Quizás no hayan sido tan imposibles; el proyecto que se realizó en muchos países tuvo muchísimo de fusión. Pero lo que nos importa es ajustar el foco para percibir la mirada histórica de nuestro autor sobre lo político, iluminada por una comprensión de lo humano – “metafísico, emotivo” – y de la inexorabilidad del cambio histórico (inexorable, pero no predeterminado). El drama, quizás implacable, de sociedades que no pueden más que “integrarse” y no pueden hacerlo del todo. O del todo bien. Y qué hacen, al fin y al cabo.
Porque, como defiende nuestro autor, “políticamente es mucho más eficaz tomar nota y hacerse cargo de la realidad tal como es y proponer una transformación a partir de lo que es, que encerrarse en una utopía nostálgica”. Eso, el develamiento de esos nudos políticos, se hace perceptible en ensayos tales como, por de pronto, La crisis de la república romana, Las ideas políticas en la Argentina y La revolución burguesa en el mundo feudal. Pero difícilmente podamos pensar que JLR ignora el dilema: lo que se gana en eficacia a veces no compensa lo que se pierde en el sentido transformador y normativo que se espera mantener en lo político. Ya vimos en nuestro autor un patrón interpretativo de sensibilidad analítica a la persistencia de lo viejo, como actual, vigente, en lo nuevo (perceptible también en su análisis de la primera etapa de la Argentina criolla). Asimismo su talante analítico para pensar, a veces, como procesos de conciliación aquellos que otros pueden percibir como drásticas imposiciones. Necesariamente esta percepción lleva a ser redefinida nuestra mirada de las oposiciones. Emerge en ellas entonces el perfil de la composición – condenada inevitablemente, y no sin buenas razones, a ser tachada de conservadora.

La mentalidad aluvial
El concepto de “Argentina aluvial” quizás sea uno de los más novedosos entre los acuñados por JLR en su libro sobre las ideas argentinas, de 1946. Ciertamente el empleo del adjetivo se aparta de su despectivo uso común de la época, pero para referirse al mismo fenómeno, las olas de inmigración externas e internas y sus impactos en lo social y en lo político.
Observa Ruggiero Romano, “Por paradójico que hoy parezca a un latinoamericano de la generación de los cincuenta o de los sesenta, la inmigración europea era considerada en Argentina como un ‘fenómeno marginal’ y, para muchos otros colegas un fenómeno lamentable”. Quizás sea algo exagerado referido a la inmigración europea – aun cuando en determinados sectores de las clases altas el desprecio por los inmigrantes provenientes de la Europa meridional fuera un hecho. Pero en lo que concierne a la valoración de la inmigración interna la observación de Romano era acertada. El abordaje de Romero es histórico en una clave sociopolítica y absolutamente no está cargado de preconceptos.
Romero intenta desentrañar las facetas de la Argentina aluvial, entonces, como mentalidad. En su texto “El carisma de Perón” (1973), escribe:
“Argentina no es un país frustrado. Es, simplemente, un país en proceso de intenso cambio, en el que la modificación de su estructura social —como resabio de su composición inmigratoria— ha coincidido con la alteración de su estructura económica. Se trata, pues, de una nueva Argentina que se constituye lentamente desde hace casi un siglo: largo plazo, sin duda, para las expectativas de una generación, pero razonable para un proceso de tal magnitud y profundidad. No hay, pues, una verdadera y esencial frustración: hay, simplemente, cambio. Y si para las frustraciones pueden valer las esperanzas de que una galvanización repentina reanime la conducta social, para los cambios sociales y económicos se necesitan sabias políticas que conjuguen la audacia y la prudencia. No hay mesías que reemplace al tiempo y a la acción tenaz de la sociedad y de las nuevas élites que la nueva sociedad en proceso de transformación debe suscitar.”
Está escrito por JLR en su vena optimista. El único “conflicto” que se percibe en él es el de secuencias temporales diferentes: la nueva Argentina se constituye lentamente y las expectativas de la/las generaciones no pueden esperar. “Hay, simplemente, cambio”, ¿simplifica mucho? Sin embargo, tiene un sentido afinado: la demanda de expectativas crecientes para una estructura económica mal preparada para ellas y muy mal dispuesta a cambiarla se prefigura (es la “Argentina en el callejón” a la que poco después prestaría atención Tulio Halperin Donghi). Es un párrafo edificante, donde los conflictos quedan disimulados. Pero creo que ese disimulo es sólo aparente; Romero destaca rasgos a su juicio centrales que se remontan a etapas más tempranas de la formación de la Argentina aluvial:
“Del país nuevo que se constituía, las clases tradicionales perdieron el control social, obsesionadas por mantener el control económico… contra el “régimen” se levantó la “causa”, un movimiento [el radicalismo] sin un modelo de cambio profundo pero que estaba animado por un sentimiento vehemente contra el privilegio… pero la “causa” no dio un paso para modificar la estructura básica del país.”
Parece claro que la Argentina aluvial se formará marcada por estos desequilibrios… Si las clases privilegiadas han perdido ya el control social, hay rechazo, quiebre de la deferencia, plebeyismo, igualitarismo… Pero antes de continuar con ellos, vale la pena observar también aquí la pauta interpretativa recurrente que nos dice:
“La antigua oligarquía, reducida en número, reforzó sus filas con el aporte de sectores de clase media cuyos miembros se identificaron con su actitud social. Todos quisieron ser privilegiados por adopción y comenzaron a comportarse como tales… pujando sórdidamente por el ascenso social, por las posiciones públicas, por el dinero, revelando una innoble sordidez”.
Estos desplazamientos sociales son típicos como pautas interpretativas de la vida histórica de JLR. Los encontraremos en sus textos sobre la Roma Antigua y sobre el mundo feudo burgués. En ningún caso se trata, a mi modo de ver, de la postulación implícita de una ley del curso histórico, sino de una atención focalizada en un tipo de vínculo entre sectores cuyas posiciones relativas y cuyos incentivos para la acción son diferentes. Romero, así, no hace una teoría, que sepamos, pero debate con otras formulaciones que sí tienen aspiraciones teóricas. Y abre una puerta hacia el proceso político. En verdad es en este caso en el marco de un ángulo de observación política, que el análisis empírico se despliega. Así como sorprende la dureza de las calificaciones que dedica a los sectores arribistas que pujando por el ascenso social revelarían “una innoble sordidez”, sorprende también la mención de un autor que de antemano podría considerarse improbable en su obra escrita:
“Esa clase argentina privilegiada y decidida a extremar los beneficios que otorga el privilegio es la que Jauretche ha identificado como el ‘medio pelo’, y es, sin duda, una élite ilegítima e ineficaz.”
Diría que nuestro autor “politiza” conceptos morales o sociológicos, en el sentido estricto del “politizar”: no se trata de una manipulación conceptual, sino de detectar efectos en lo político:
“comenzó a acumularse un oscuro resentimiento de las clases populares… difícil de descubrir en 1945 porque era un sentimiento más profundo e impreciso que las ideologías… cualquiera de esos componentes supone un nivel de conceptualización que no alcanza a la totalidad de los que optaron por el Perón simbólico. Sólo la reacción contra el privilegio constituye un denominador común en esa masa de votos”.
En este caso, el foco está puesto en el resentimiento y la reacción contra el privilegio como impulsores de acciones políticas. De algún modo Romero está pensando, aquí, en diálogo con las interpretaciones, contemporáneas o ulteriores, que destacan la ruptura de los patrones de deferencia y una fuerte cultura igualitarista a la hora de explicarnos la política argentina del siglo XX. Pero no menos evoca aquí sus análisis de la mentalidad de la “democracia inorgánica” del siglo XIX.

A la búsqueda de una fórmula supletoria
Dediquemos unos minutos nuestra atención a un concepto bien conocido por los lectores de Romero, el de “fórmula supletoria”, uno de los puntos altos de la irregular presencia de Romero en la escena pública más allá del campo académico. Según todo indica, una invención del propio Romero, que utiliza aquí un término infrecuente, y hasta un poco extravagante, extraído del lenguaje jurídico. La RAE nos dice que supletorio equivale a suplemento, allí donde hay una falta, un vacío que el suplemento puede llenar. En el caso de la compleja cuestión peronista – que a veces se convertía casi en sintagma equivalente a cuestión argentina – la fórmula debería prometer solucionar la ausencia de una ecuación política inclusiva y plural a un tiempo – estabilizar un sistema democrático y republicano con un peronismo integrado (contra dos impulsos absurdamente restauracionistas, el del liberalismo cerrilmente excluyente, y el del peronismo del unanimismo justicialista). Romero no tenía esa fórmula, pero su primer paso hacia ella era postular la necesidad de reconocer al peronismo como un hecho establecido, un actor que no se podía expulsar del escenario; más aún, era indispensable pensar la Argentina desde él y con él, ponerse en sus zapatos (es desde ese ángulo que nuestro autor puede decir en 1961, por ejemplo, que “el peronismo ha sido un movimiento precoz de la nueva situación latinoamericana, un movimiento de avanzada”).[51] Esta actitud es a mi juicio emblemática del espíritu de conciliación de JLR tal como lo hemos discutido. Un espíritu que, en este caso, cruza la línea de lo comprensivo a lo propositivo – quizás consciente de que aquella estabilización inclusiva plural no desvelaba a ninguno de los actores entonces en escena –, y que conjuga, no puede negarse, su condición de historiador con la de intelectual público, porque es indiscutible que las raíces de su propuesta se alimentan en su conocimiento de la vida histórica.
La fórmula aparece por primera vez en la quinta edición (revisada), de 1975, de Las ideas políticas en Argentina, que resultó ser la definitiva. Tiene por marco su concepto de “Argentina aluvial”, una nación en la que las inmensas inmigraciones y desplazamientos internos habían cambiado radicalmente su perfil, y que Romero cree estar observándola en su punto de terminación. JLR considera – aunque en esta oportunidad no lo acompañaría la suerte, menos aún considerando que fallece dos años después – que la respuesta puede ser encontrada reconstruyendo – tarea del historiador – el proceso por el que se llegó al impasse. En otras palabras, la fórmula habría que encontrarla desde cada presente, siendo que los presentes de la “cuestión peronista”/”cuestión argentina” van cambiando. Como es evidente, Romero elabora un diagnóstico pero no puede ir más allá de puntualizar la necesidad de buscar la fórmula. El motivo por el que no puede avanzar más allá de su puntualización, no es ningún misterio. La cuestión peronista va variando al sabor de las impredecibles circunstancias argentinas, se adapta flexiblemente a ellas. Y, en el fondo, ni los peronistas ni los no peronistas colaboraron con lo que nuestro autor esperaba de ellos.
En 1975-76 se hizo trágicamente evidente que ninguna fórmula supletoria se había encontrado. La precisión de la expresión no oculta, sino que evidencia, sus debilidades. Se hacía patente que se estaba delante de un problema básicamente político, y eso era acertado. Pero se confiaba a la política la tarea de proceder, de acuerdo a una fórmula (que nadie había encontrado, porque nadie munido de suficiente densidad política había buscado), para resolver lo que Guillermo O’Donnell a la sazón había llamado “juego imposible”.
Ya de por sí, el concepto de fórmula supletoria es demasiado ilustrativo de la situación. Expresa la alarma por el progresivo descubrimiento del embrollo que se había armado, y la desesperada tentación de exigir de la política imperiosamente lo que se entendía que debía hacer. En el debate de esos años, quizás “fórmula supletoria” sea un eslabón de una cadena conectado con otro, en el que se discuten conceptos como “crisis hegemónica” y “empate hegemónico”, de cierta inspiración gramsciana. El propio JLR había observado la situación argentina en términos de vetos recíprocos. Probablemente Juan Carlos Portantiero haya partido de otra pregunta inicial, consistente en saber si es posible despejar de la hojarasca peronista, por un momento, la naturaleza del conflicto socioeconómico estructural. No se trataría de que los conflictos políticos fueran pura apariencia, sino de conjeturar que se daban en un marco básico del cual no podían zafar los actores políticos, que estaban en verdad atrapados. ¿Podía acaso, por muy consciente que fuera del problema del desequilibrio externo, un dirigente sindical defender una devaluación? ¿Podía acaso no exigirla una asociación empresarial textil? En ese sentido el concepto de crisis hegemónica es más riguroso que el de empate hegemónico.[52] Aunque este último tuvo más éxito, quizás porque sea posible captarlo de inmediato.

Ideas, instituciones y política: la primera etapa de la Argentina criolla.
El período que se abre con las Invasiones Inglesas y la Revolución de Mayo y se cierra con la llegada de Rosas al poder en la provincia de Buenos Aires, es uno muy interesante para el análisis de la concepción política de JLR, porque se trata de un proceso marcadamente político. Romero hace patente su percepción del entrelazamiento de dimensiones, los modos en los que relaciona ideas y realidad, los dilemas en la propagación de la ley y la adquisición de derechos, en una etapa de disloque del cambio, de ruptura tras el prolongado y en apariencia estable período colonial.
Para nuestro autor, el pueblo del interior, que había acudido al llamado del grupo ilustrado de Buenos Aires, por compartir con él los ideales democráticos y emancipadores, se oponía a compartir también su pensamiento doctrinario y sus principios institucionales y estaba caracterizado por una arraigada mentalidad colonial y por su sentimiento localista. Pero Romero es algo impreciso al hablar de que [el pueblo del interior] se opuso a “la finura de los mecanismos institucionales que, inevitablemente, debía poner el ejercicio de la autoridad en los hombres de mayor ilustración”. Otro tanto puede decirse de la calificación de “localista” de la posición adversa al tornarse visible la intención geopolítica de Buenos Aires: el establecimiento de un régimen centralizado, bajo su égida.
Se manifiestan aquí problemas políticos líquidos, esto es, específicamente políticos, como dilemas de la revolución: abierta la Revolución el núcleo de su agenda pasaba a ser las formas, fundamentos, modos, organización institucional y geopolítica, del ejercicio de la autoridad, el establecimiento de un orden, por parte de los hombres de mayor ilustración; esto era central y a la vez un problema que no tenía cómo ser solucionado.
Romero nos dice que “el pueblo prefirió obedecer la voz de los caudillos de su clase y su misma formación espiritual que surgieron por doquier, y se prestó a la elevación de un nuevo autoritarismo que no dejaba de participar de ciertos caracteres vagamente democráticos”. Parece ser esta una afirmación más bien introductoria de un problema que en las páginas siguientes se desplegará en su complejidad.
Por de pronto, después de todo, los criollos de provincias preferían pasar de un autoritarismo distante (el de Buenos Aires), impopular o anti popular, a un autoritarismo de identificación, con un inconsciente cálculo pragmático de la base popular. Se trata de una suerte de autoritarismo de acción, porque, en efecto, “el caudillo exaltaba los ideales de su pueblo y llevaba al poder la consigna de imponerlos y defenderlos… no vaciló éste en negar su apoyo a aquellas otras formas políticas con que el grupo ilustrado quería revestir el movimiento”. Y Romero añade: “los núcleos más ilustrados de los criollos, recordaban a las masas rurales su antigua condición y las inclinaban a aglutinarse alrededor de los mandones de su propia estirpe… Política instintiva, la de este pueblo, se mostraba intransigente y reacia a todo entendimiento”. Veremos pronto que el rechazo a todo entendimiento estará presente en ambos lados, aunque no los abarcará por completo:
“No procedían de otro modo, ciertamente, los hombres del grupo ilustrado; tampoco ellos quisieron indagar cuáles eran las ambiciones de los pueblos ni pretendieron encontrar las vías de transacción… los términos suponían tal antinomia, que no se facilitaba un acuerdo. Sólo por la educación política, por la difusión del pensamiento doctrinario de la Ilustración creyeron los hombres de Buenos Aires que podían atraer a esa masa rural ignorante, pero firme en sus imprecisos ideales…”
Romero hace entrar en escena, desde un comienzo, a la masa rural. Intenta una sociología política, porque caracteriza indiscriminadamente a la población de las provincias. Sin duda la masa rural era ignorante, pero los “caudillos” no necesariamente lo eran. Se puede entender que nos recuerde la iniciativa de Moreno de difundir el Contrato Social, y de doctrinas del derecho público y política liberal en competencia con la formación espiritual escasísima que proporcionaba el clero rural, y la califique de ingenua. Más que por la imposible recepción de los destinatarios directos, por el sarcasmo de los caudillos más cultivados.[53]
Se trataba, este, de un abismo que nadie quería franquear. “Los grupos urbanos y rurales del interior se encerraron en sí mismos… alrededor de sus caudillos… [mientras que] en el seno del grupo ilustrado de Buenos Aires comenzó a manifestarse una enérgica reacción antipopular a partir de 1814”.
La revolución había inventado actores que no existían antes como tales. Lo supieran o no, ya nadie era el mismo. Chocaron y se radicalizaron. Era muy difícil moverse bien en aguas tan revueltas, dar cuenta de la subitaneidad, del disloque, del tránsito. La democracia inorgánica (léxico ya en desuso, más propio de la primera mitad del siglo XX; de hecho, Romero lo utilizó sólo en 1946) es un “sentimiento democrático” antiliberal pero en base al cual se cree realmente en que los componentes del pueblo deciden más (aunque terminen dando poder a conductores, en general por consentimiento).
Pero, ¿cómo reaccionó el grupo ilustrado? Frente a la certidumbre de que no sería posible encajar la masa popular dentro de los esquemas preestablecidos, el grupo ilustrado de Buenos Aires tomó una decisión política de importancia crucial: “comenzó a encerrarse en una actitud cada vez más hostil al movimiento popular”.
Aquí doy una opinión personal: quizás a JLR se le va la mano. A mi juicio, fue el predominio creciente de Artigas sobre el litoral y Córdoba lo que conmovió más a fondo el ánimo del grupo porteño ilustrado. El triunfo de la democracia inorgánica y espontánea, cuya secuela era, a los ojos de aquél, la dictadura de los mandamases locales. Esta posibilidad llenaba de espanto a los hombres que habían soñado con “mantener” la integridad del virreinato ahora como “nación” independiente y asegurar, mediante la ilustrada dirección de la capital, un régimen institucional fundado en el sistema republicano y representativo. En síntesis: integridad del ex virreinato, comando de Buenos Aires y régimen no federal y de representación, preferentemente, para muchos de sus integrantes, limitada. “Sólo la anarquía podía esperarse, a sus ojos, del predominio de Artigas, y el grupo ilustrado se cuadró ante esa posibilidad: ‘todo es mejor que la anarquía’, como dirá el enviado de Alvear al ministro inglés en Río de Janeiro; aun la enajenación de la independencia”.
Digo se le va la mano porque me parece que sus páginas trasuntan el egoísmo geopolítico de Buenos Aires, y no otra cosa.[54] Y llegaron lejos los que adoptaron expedientes monárquicos (con buenas razones en parte, debido al contexto internacional posterior a 1815, y a la comprensible premura de San Martín – aunque Romero es demasiado benevolente con ellos). 1816 reúne el interior de mentalidad colonial, antiliberal… y Buenos Aires. “Congreso monárquico, unitario y antiliberal”. Algo interesante: nuestro autor matiza mucho el perfil de José Gervasio Artigas, no se le escapa que “pese a todo mantenía su fe republicana”.
El célebre decreto de agosto de 1816: “Fin a la revolución, principio al orden, reconocimiento, obediencia y respeto a la autoridad soberana de las provincias y pueblos representados en el congreso y a sus determinaciones”, pone de manifiesto el alcance decisivo que en poco más de un lustro había ganado la idea de autoridad soberana de las provincias, y su ímpetu frente a Buenos Aires y la vacilación en el seno de los grupos ilustrados. JLR tacha de “reaccionarios —a los que lo eran genuinamente y a los que empezaban a serlo por horror a la irrupción de la democracia inorgánica” – y al artiguismo; la anarquía estaba “representada por el pueblo y, en especial, por las masas del interior que se presentaban como republicanas hasta la ferocidad y democráticas hasta la ceguera”. No quiero exagerar, pero la sombra de la divisa punzó se proyecta sobre estas páginas, y no creo que se trate de un artificio retrospectivo.
No había forma de defender la solución monárquica y el federalismo a un tiempo; Pueyrredón acometió contra los federales y expatrió a Manuel Dorrego, representante y cabeza dirigente “del único grupo liberal que se mantenía republicano y defendía el federalismo de Buenos Aires esperando hallar una fórmula de conciliación con el pueblo”. Con los federales del litoral Pueyrredón fue más enérgico y la guerra civil cobró una violencia que acentuaba día a día la hostilidad entre ambos bandos. Dorrego es, para JLR un protagonista al que percibe positivo e inviable. La urgencia campea por sus fueros: a duras penas puede mantenerse el orden que resultaba imperioso para el ejército de los Andes.
La consecuencia fue la polarización de los elementos antagónicos. Entre las “masas del interior”, republicanas, no monárquicas, federales, no unitarias-porteñas, democrático inorgánicas, no orgánico representativas, intensamente reticentes frente al orden legal y la pretensión porteña de autoridad, y la solución imaginada por el sector del Buenos Aires moderado, se cavó una fosa imposible de superar. Ese orden legal quedaba identificado con el centralismo porteño; de hecho, es significativo que se elija esa línea adversativa, ese eje de oposición, el geopolítico (federalismo – centralismo), y no otro. La Constitución de 1819 catalizó una oposición enérgica que culminó en 1820, en Cepeda. Las páginas están cubiertas ahora por un aire de fatalismo:
“Así terminó el primer ciclo del grupo ilustrado de Buenos Aires, desviado de sus principios [adaptados al expediente monárquico] por su inexplicable sorpresa ante un pueblo que había llamado a la acción y al que, como el aprendiz de brujo, no podía dominar”.
Pero el párrafo anterior es un buen resumen de su visión: instituciones y principios en colisión con la realidad; efectos inesperados de lo que ha sido desencadenado; “inexplicable sorpresa”. Pero, ¿dónde cobra su fuerza la inclinación que asegura (promete) un orden legal pero no liberal? El “principio del orden” supone un golpe durísimo para el liberalismo. Romero cita una misiva de San Martín: “El genio del mal os ha inspirado el delirio de la federación”. No parecía muy sensible al antiguo orden de normas e instituciones, y parte de los actores a la sazón, mucho más allá del grupo ilustrado porteño, vivía en la creencia, que con el paso de los años sabemos errada, de que el mundo rural perduraba sumergido en un vacío legal e institucional. No obstante, el antiguo orden de normas (derecho de gentes, antigua constitución) contaba con un reconocimiento que era mucho mas que un recuerdo.
Pero el análisis de JLR para 1820 nos muestra cómo la ruptura de la Revolución estaba muy lejos de haberse reparado: “con la disgregación del antiguo virreinato y la iniciación de una era de autonomía en cada una de las provincias… el proceso no estaba terminado ni mucho menos; los hermanos enemigos no podían vivir separadamente”. El Virreinato no era tan antiguo como para merecer el sustantivo de disgregación, pero los tiempos de autonomía durarían varios lustros, porque
“cada una de las provincias ajustó su existencia política a los designios de los caudillos que, con mayor o menor fidelidad, interpretaban la voluntad de sus pueblos. Muchas de ellas se dieron constituciones que, disimulando las situaciones de hecho, testimoniaban la radical solidez de los sentimientos republicanos y democráticos… otras, en cambio, mantuvieron su organización casi feudal sin escrúpulo alguno o dictaron constituciones que no tuvieron siquiera un principio de vigencia”.
¿Podemos conjeturar que esa radical solidez se ligaba de algún modo al derecho de gentes y consuetudinario previo? Lo encuentro razonable, Romero proporciona algunos indicios de la posibilidad de esta articulación. Como sea, digamos primero que, en el párrafo, parece claro que JLR es sensible a la distinción, a la noción de que no se trataba de pura anarquía en el interior. Pero es más sensible, en materia institucional, junto a las dimensiones sociológica y politológica, a lo nuevo: república y democracia (¿federalismo?) que a lo viejo, “antigua constitución”.
En tanto, en Buenos Aires renace el grupo ilustrado, que ya libre de reticencias en materia representativa, establece el voto universal en la provincia. Pero sin dejar de postular porfiadamente la conducción unitaria del conjunto. Aunque Romero revisa el lugar común sobre Rivadavia, que había quedado para la posteridad como el unitario por excelencia.

Aquí nuestro autor contempla las cosas con espíritu conciliador, aun conociendo el tremendo desenlace, que no estaba lejos (el fusilamiento de Dorrego). A Tulio Halperin Donghi este espíritu de Romero probablemente no se le escapa:[55] “…en una Argentina en que se había puesto ufanamente en marcha un futuro cuyas sombras pocos presentían, Romero parecía haberse resignado de buen grado a un papel de observador comprensivo, o quizá compasivo”. Halperin se refiere aquí a otra Argentina, pero la frase califica: observador comprensivo, compasivo:
“… el congreso que deliberó desde 1824 hasta 1827 [fue] el primer intento de fijar esa línea de conciliación; pero la ocasión propicia no había llegado aún, y las sugestiones de los rivadavianos no lograron borrar las sospechas que contra Buenos Aires abrigaban los hombres del interior. Rivadavia sabía muy bien que no era posible forzar las situaciones y que debía rehuir el planteo de una cuestión política e institucional que suscitara otra vez la polarización de los intereses encontrados”.
Tal vez porque en este caso, quien más fielmente expresó la tensión entre ideas y realidad, fue el propio Bernardino Rivadavia, al asumir la función presidencial, en palabras notoriamente poco rivadavianas según los preconceptos acumulados a lo largo de más de un siglo:
“…sólo la sanción que regle lo que existe, o para cortar el deterioro o para que produzca todo lo que da su vigor natural, tiene efecto, y por consiguiente obtendrá la autoridad que da el acierto, y la duración que sólo puede garantir el bien. De ello debe apareceros en evidencia cuán fatal es la ilusión en que cae un legislador cuando pretende que sus talentos y voluntad pueden mudar la naturaleza de las cosas o suplir a ellas sancionando y decretando creaciones; y si queréis satisfaceros de pruebas, recurrid a la historia, y particularmente a la de los últimos treinta años”.
Consecuente con su inclinación por ver elencos como sujetos de la acción política, nuestro autor enfatiza que esa doctrina fue la expresada en el congreso cuando comenzó a discutirse la necesidad y urgencia de dar una constitución al Estado, rehuyendo todo intento de “repetir el infausto ensayo de 1819”. Era ineludible obtener un pronunciamiento categórico de los pueblos del interior antes de emprender la redacción del proyecto, y así se hizo, aunque con escaso provecho:
“ya la misma coexistencia del congreso primero y de la presidencia de la república luego, con unas provincias absolutamente autónomas, revelaba la decidida voluntad de transacción, inconcebible antes de 1820, que animaba a los hombres del grupo ilustrado.”
La coexistencia prefigura, a mi juicio, la forma del estado nacional en un todavía lejano futuro, inclusive tomando en cuenta las amplísimas competencias que finalmente, en 1853, serán otorgadas al Ejecutivo.[56]
Aquí se hace manifiesta la ambigüedad perceptiva de Romero, no tanto porque identifique en el “problema fundamental de la existencia de la nación” el límite de la tendencia conciliatoria, sino por la borrosidad con que aparece el bagaje de concepciones institucionales y normativas que perduraban en las primeras décadas del siglo XIX. Romero interpreta, en efecto, el problema:
“Los hombres de Buenos Aires sostuvieron que la nación preexistía con respecto a las provincias y defendieron la tesis de que sus instituciones fundamentales eran previas a las autonomías provinciales. Este principio, que enraizaba en la tradición centralista del grupo ilustrado de Buenos Aires desde la Revolución de Mayo, se oponía, en última instancia, a la constitución del país mediante un pacto que significara la mera agregación de partes heterogéneas tal como lo suponían, en general, los pactos federativos a que parecían aspirar muchos de los caudillos. En efecto, esta actitud de Buenos Aires señalaba la zona de rozamiento que se manifestaría al discutirse el proyecto de constitución”.[57]
El diferendo no era tan abstracto como parecía, ya que a la “mera agregación de pautas heterogéneas” despreciada por el grupo ilustrado, este oponía una mera concepción de pizarra en blanco en que “la nación”, siendo que, a su criterio, preexistía con respecto a las provincias, y sus instituciones fundamentales eran previas a las autonomías provinciales, podía dar forma desde el plano básico de una constitución ex nihilo una configuración unitaria, en lo institucional, en el diseño decisorio, en la tributación.
Sin duda que aquí JLR pone en juego un rasgo fuerte de su concepción de la política: que los hombres son prisioneros de sus ideas, más todavía que de sus intereses, y que el choque entre lo ideacional y la realidad casi siempre hace que los resultados, aún de los mejores esfuerzos, acaben teniendo gusto a fracaso. Romero sostiene la doctrina del grupo ilustrado, “harto difícil de rebatir en el plano de los fundamentos”. Pero no se adentra en explicitar los términos del debate. Sin embargo, rápidamente toma distancia. Lo hace valiéndose de la moderación de Manuel Dorrego. Así, cita su reacción al ser presentado el proyecto constitucional preparado por la comisión redactora:
“¿Qué reproche no podría resultar contra el congreso si se diese una constitución que dijese: ‘ésta ha de ser la forma de gobierno’, cuando ésta no estuviese en consonancia con la opinión de los pueblos? Ellos dirían: ‘Señores, muy bueno está lo que Ud. demuestra, pero mis habitudes, mis tendencias y mis deseos han sido por esta otra forma de gobierno, y Ud. no los ha llenado; ha hecho Ud. una constitución contra la voluntad general de los pueblos todos’.”
Dorrego, afirma nuestro autor, convencido de la necesidad de hallar una fórmula de conciliación, chocó con las tendencias del recalcitrante grupo rivadaviano. “No era Dorrego un federal intransigente, sino que, por el contrario, pertenecía al grupo de hombres que partían del principio opuesto [al federalismo]… Y al tratarse el artículo séptimo del proyecto, sobre la forma de gobierno, analizó una a una las objeciones levantadas contra el sistema federal hasta declarar que este estaba ‘en consonancia con una mayoría tal que no sólo se ha pronunciado por él de un modo formal y enérgico, sino que será dificultoso hacerla contramarchar, para que reciba otra forma de gobierno’”. En otras palabras que, a esa altura, el único eje relevante era el federal-unitario (con todo lo que ello implicaba geopolíticamente: instituciones y normas, procedimientos de decisión, tributación), porque el carácter representativo y republicano no estaba en cuestión.[58]
El distanciamiento de Romero con la doctrina del grupo ilustrado es claro; su pesar por el fracaso de la búsqueda de una fórmula de conciliación (que tiene mucho que ver con aquello que, más adelante, será la búsqueda de una “fórmula supletoria”), su destaque de la tesitura acuerdista de Dorrego (es significativa la observación de JLR de que provenía del bando ilustrado, sobre todo porque es innecesaria), son elocuentes. Pero sólo vale la pena detenerse en lo observado porque elimina implícitamente, pero de modo rotundo, el antagonismo entre civilización y barbarie. Allí donde una fórmula de conciliación es un bien, un hallazgo difícil pero deseable, no es sensato distribuir la civilización y la barbarie atribuyendo toda la civilización a una parte y toda la barbarie a la otra. Creo que la idea de JLR que sobrevuela estas páginas es que hay dos componentes civilizatorios en pugna – pero en mucho conciliables, combinables. Romero es liberal, pero entiende más allá de su liberalismo la coyuntura histórica que analiza. No encuentra un choque civilizatorio; a la tradición autoritaria de la que percibe un largo hilo histórico que se entrelaza y se tensa con el hilo del liberalismo, no es razonable clasificarla en la categoría de barbarie.
Romero prefiere otro corte: la pugna entre la democracia doctrinaria y la democracia inorgánica (debemos decir que es una oposición no muy nítidamente formulada en un plano más teórico): la segunda había triunfado en 1827, como había triunfado en 1820.[59] Romero agrega que esta vez la victoria sería duradera, pero se refiere, a mi juicio claramente, al plano de las actitudes: la hubris; “el fracaso creó en el espíritu de los hombres del grupo rivadaviano, que constituyeron el partido rivadaviano, un sentimiento aristocrático, en tanto que el triunfo dio a sus enemigos una soberbia bárbara que les impidió descubrir los gérmenes malignos que encerraba su actitud”. Romero ahorra a los fundadores del partido unitario calificativos tan duros, pero yo diría que está entendiendo de un modo preciso la situación: no es exactamente la democracia inorgánica (de los caudillos constituidos en macizos “representantes de la masa rural”) sino más bien la radicalización de los talantes y los ánimos la que preparó el camino “para otra forma de unidad, autocrática y prepotente, representada por Juan Manuel de Rosas”.
De hecho, como ya dijimos, nuestro autor atribuye a la democracia inorgánica una índole bastante imprecisa. Desde Mayo… “germinaba e irrumpía en la escena social argentina una tendencia antagónica a las liberales y centralistas, como aquéllas, de origen colonial y, como aquéllas, maduradas al calor de intereses encontrados e ideologías diversas… concepción política nacida con el movimiento emancipador, y que conservaba de él cierto fuego…”. Y aquí Romero parece tomar el toro por las astas, pero no lo hace: “democrática como las otras… aparecía marcada con el sello de la vida autóctona y surgía estructurada dentro de cierta peculiaridad intransferible.”. No lo hace porque la precisión de los rasgos de la democracia inorgánica son definidos apenas por la negativa, y de paso, como una fugacidad:
“Entre 1820 y 1826 – nos explica –, las distintas provincias se dieron el régimen que prefirieron, y mientras casi todas afirmaban los ideales de la democracia inorgánica, Buenos Aires consolidaba un régimen liberal y progresista… cuya suerte fue efímera… [?!] En el seno de esa sociedad disgregada se restauró un régimen autoritario, pero centralizado, gracias a la progresiva sumisión de los caudillos provinciales…”.
Parece claro que, aunque JLR no lo afirme, ni la disgregación hasta la emergencia de Rosas, ni la centralización con Rosas llegaron demasiado lejos. No hay “democracia inorgánica” – fuera lo que fuere – sin localismo. La “centralización” rosista es inevitablemente borrosa. Continúa nuestro autor:
“Informe, ajeno a todo sistema legal y basado tan sólo en la autoridad de hecho, el Estado rosista constituye la última consecuencia implícita en la concepción autoritaria y federalista. Y como forma extrema de una tendencia que había aplastado, pero no destruido, las tendencias antinómicas, sucumbió ante sus propios errores, por obra de quienes, a la luz de la experiencia, supieron y pudieron hallar una vía de conciliación entre los intereses y principios en pugna…”.
Desde luego, la conciliación a la que se refiere es la que se abre, trémula pero persistente, con la batalla de Caseros. Pero, ¿cómo nos representa JLR a uno de los protagonistas de ese proceso dramático, las bases de la “democracia inorgánica”? Hay allí un relato histórico que vale la pena reseñar en lo que se refiere a sus facetas ideológicas.
“Esa masa informe e indiscriminada que, por entonces, constituía el pueblo— recibió el movimiento porteño de mayo de 1810 con sorpresa primero, y con frenético entusiasmo después. El sentimiento espontáneo de adhesión a la libertad se manifestó con energía y precisión en todo lugar… el principio de la emancipación y de la libertad arraigó con prontitud y comenzó a extenderse y precisarse… Pero este proceso reveló que ese sentimiento que conducía a los hombres de Buenos Aires a la democracia doctrinaria y orgánica, llevaba al pueblo a otras formas políticas más en consonancia con su temperamento”.
La distinción entre estos dos tipos de democracia continúa siendo borrosa, aunque, obviamente, se distingue el carácter representativo de la que Romero denomina “orgánica”.[60] Con todo, esto no es importante. Lo importante es que la que se entiende por oposición a la democracia orgánica, es decir la “inorgánica”, la democracia de una “masa informe e indiscriminada”, mal puede guardar consistencia con normas y costumbres como aquellas vinculadas al derecho de gentes y a la “antigua constitución” inherentes a la vida socio política colonial americana y que, de ser así, deberían haberse mantenido en el período pos colonial. Hay por lo tanto un punto de incoherencia en la pluma de JLR, que comienza este apartado, como acabamos de ver, hablando de “masa informe e indiscriminada”.
Y, en efecto, Romero se aleja rápidamente, en el texto, de esas calificaciones, que darían pie a suponer que nuestro autor no percibe más que la nada misma o el vacío en lugar de las dimensiones institucionales y normativas del legado colonial. Porque Romero dice:
“[…] obraban en el pueblo ciertas formas mentales conformadas a través de los siglos y fundidas en su espíritu de modo indisoluble. Si el movimiento de Mayo encontró la adhesión de la mayoría en cuanto significaba una finalidad, recibió muy pronto un duro revés en cuanto era expresión y forma de sus contenidos. Y frente a la democracia orgánica y doctrinaria se irguieron los resabios del espíritu colonial…”.
Diría que se trata, en esos resabios, de unas formas comunitarias, no liberales; pero como sea estamos, por anticipado, en el terreno de un legado identificable. Aunque con un fuerte sesgo normativo, JLR ve las cosas con discernimiento, no se queda en barbarie. Llegado el momento, para autores como Chiaramonte, se tratará mucho más que de resabios; sin embargo, JLR hace algo diferente: una sociología y una politología de la cuestión (sin que esté ausente una cierta vena romántica). Aunque no nos adelantemos; Romero continúa afirmando que este espíritu colonial “sobrevivía en las masas rurales y, en general, en casi todo el interior, guiadas por un vivo sentimiento antiliberal”[61]. Y reproduce las palabras de unas instrucciones de Belgrano a San Martín al sucederse en el mando del Ejército del Norte: “La guerra allí no sólo la ha de hacer Ud. con las armas, sino con la opinión, afianzándose siempre en las virtudes naturales, cristianas y religiosas; pues los enemigos nos la han hecho llamándonos herejes, y sólo por este medio han atraído las gentes bárbaras a las armas manifestándoles que atacábamos la religión… no debe Ud. dejarse llevar de opiniones exóticas, ni de hombres que no conocen el país que pisan…”. Resulta perfectamente verosímil, y sagaz; los caudillos, como es universal a la condición del liderazgo político, podían a veces definir sentidos de las acciones colectivas. Romero añade: “lo que había de liberal en el movimiento de Mayo era lo que apartaba a un pueblo que coincidía con él en sus objetivos fundamentales; pero este apartamiento llevaba a una diversificación tan radical de los principios políticos, que muy pronto, pese a la unidad de ideales, se constituyeron dos frentes antagónicos en la masa patriota.”. Es difícil que nos pase desapercibido que para Romero tenía lugar una radicalización de principios políticos, que el antiliberalismo estaba ahí, pero nada tenía de bárbaro. La línea de contraposición tiene por cierto al liberalismo por uno de los campos, pero el autoritarismo en el campo opuesto no lo es en el sentido moderno, sino en el antiguo y constitutivo que sintetizara José Hernández con “algún criollo a mandar (uno de nosotros, uno como nosotros, el mejor de nosotros)”. Esencialmente no liberal, nada tiene de “bárbaro” ni de “informe e indiscriminado” este espíritu de cuerpo. Romero nos deja ver como el guion de una tragedia, marcada por la contraposición (a su juicio de largo plazo histórico) ideas/instituciones vs realidad, porque cada grupo chocaba, en sus intenciones, aspiraciones, ideas y preferencias, con la realidad constituida por el otro.
Aquí, JLR establece, sin embargo, un inicio notoriamente artificial, en una perspectiva que, tomada literalmente, y desentendida de dimensiones que el autor ha identificado para el pasado colonial, se aleja del guión que ha establecido: “Contrario a la democracia doctrinaria y orgánica encuadrada dentro de los principios liberales, propugnada por los hombres de Buenos Aires, comenzó a esbozarse otro sistema de ideales…”. Sería el equivalente de atribuir carácter de novedad, y apenas oportunismo, por ejemplo, a las posiciones estrictamente antiliberales de Mariano Moreno y otros hombres de Mayo en lo que se refiere a la libertad religiosa. Ciertamente pronunciándose en contrario a separar iglesia y estado / libertad de pensamiento y prensa fuera del control de la Iglesia, los hombres liberales ilustrados de Mayo tenían una tesitura no muy diferente a los de la “democracia inorgánica”. Pero esto es más bien secundario en línea a nuestro argumento. Muy central es, en cambio, la manifiesta tensión intelectual que se deja sentir en la continuación del análisis de Romero. En efecto, en lo que atañe a ese recién esbozado sistema de ideales, agrega que
“Como no provenía de la reflexión sistemática ni se apoyaba en doctrina alguna, sus características fueron su imprecisión y su resistencia a toda formulación estricta; pero tenía en cambio la fuerza de las convicciones seculares y el vigor de las reacciones primigenias. Era, eso sí, un sistema, porque, en sus diversas manifestaciones revelaba una profunda unidad interior, y de esa actitud espiritual provenía su fuerza y su irreductibilidad.”
El párrafo no se caracteriza precisamente por su consistencia. Las reflexiones sistemáticas y las doctrinas no estaban, por cierto, ausentes de la base en que se sostenían las formulaciones antiliberales, federalistas, “inorgánicas”, etc. Por muy heterogéneo que fuera ese conjunto, no lo era más que el opuesto. La pregnancia en cada caso derivaba de idéntica condición, la de no constituir una doctrina perfectamente coherente. Romero no olvida, por supuesto, el comportamiento algo ridículo de las lecturas del Contrato Social en los atrios. Pero se apoya en esa distinción un poco artificiosa para ir a su punto: el conflicto que amenazaba “era mucho más grave, porque consistía en una lucha entre una doctrina y un sentimiento”. Retrospectivamente optimista, añade que “la posibilidad de conciliación sólo podía darla el tiempo.”. Atribuir la diferencia al sentimiento no es, por cierto, muy congruente, no se ajusta a los hechos – los liberales y el grupo ilustrado estaban impulsados, asimismo, en alguna medida, por sentimientos. No nos explica mucho; mejor dicho, eso puede explicar la radicalidad fanática de los sectores más recalcitrantes de ambas partes; pero no aquello para lo que estamos procurando ahora una respuesta: entre lo que los pueblos de interior oponían al grupo ilustrado, ¿estaban también mundos de derechos, normatividad, concepciones institucionales?
Pero Romero efectúa pronto una búsqueda que parece más intuitiva, y llega a resultados menos borrosos que aquellos con los que comienza estos párrafos:
“Imprecisos en su formulación y confusos en algunos de sus contenidos, los ideales de las masas populares se manifestaban de manera inequívoca en tres aspectos fundamentales: emancipación, revolución criolla y democracia eran… objetivos coincidentes con los del movimiento liberal [no es el caso del antiliberalismo y la “inorganicidad” democrática] y centralista de Buenos Aires, pero una actitud espiritual recóndita e irreductible les proveía de un contenido harto diferente”.[62]
Aunque, una vez más, JLR parece vaciar de contenido institucional y normativo el ámbito socio territorial en el que la activación popular del interior se manifiesta porque,
“como la insubordinación contra lo español arrastrara consigo la idea de la unidad que constituía el virreinato, ese sentimiento adoptó la forma de un estrecho patriotismo local, apegado a la comarca, o, todo lo más, a la provincia”.
Resulta un poco artificial la explicación dado que, en todo caso, el Virreinato constituía, para las partes que lo componían, una entidad abstracta, creada como una decisión regia de geografía política, apenas unos años antes. Como sea, si “para las masas populares, los intereses comarcanos constituyeron los únicos que adquirieron fuerza y realidad”, para las élites (rioplatenses en sus dos vertientes, Buenos Aires y la Banda Oriental), litoraleñas, del interior, la idea de nación surgió, aunque en formas muy diferentes, en los distintos actores, aunque varias provincias (término que fue mudando de significados desde el siglo XVI) si bien jamás se opusieron formalmente a ella, expusieron – por los motivos que examinamos páginas atrás – su desconfianza al modo porteño en que ella era concebida (“la nación pareció una mera superestructura creada por Buenos Aires para mantener sus privilegios”, dice JLR) y defendieron su preexistencia como provincias, convergiendo en el ideario federalista. El caso de Artigas y las provincias litoraleñas que lo respaldaron, que proponían una confederación y con capital fuera de Buenos Aires, fue una poco duradera pero muy importante excepción, encabezada por un caudillo que no encajaba bien en ninguno de los dos campos ideológicos.
Pero si bien no puede negarse que las élites sacaron partido de estas tendencias localistas de las masas “agitando la bandera de las autonomías locales contra la prepotencia de Buenos Aires”, no cabe duda que es frágil la posición de nuestro autor al sostener que la
“xenofobia violenta no sólo se manifestaba contra personas —españoles y extranjeros en general— sino también contra las ideas y las costumbres. De modo tal que todo intento de ordenar el movimiento revolucionario según los cauces institucionales elaborados sobre la base de una doctrina parecía necesariamente atentatorio contra los derechos del criollaje.”
Pero es muy necesario aclarar que Romero se refiere a una animadversión popular criolla contra las “influencias extranjeras”, en los planos de las ideas, las costumbres y las instituciones, que habían quedado asociados a la “prepotencia de Buenos Aires”. No era sólo que el logro de las aspiraciones de predominio criollo, dependiera de la total exclusión de influencias foráneas, sino que el grupo ilustrado porteño había quedado convertido en el canal de introducción de esas influencias. De modo que no hay ninguna base analítica para concluir en que el cuadro normativo consuetudinario y más o menos formal compuesto por la “antigua constitución”, fuera considerado por Romero como inexistente. Simplificando las cosas, podríamos sintetizar en que por motivos lógicamente diferentes tanto élites como masas se oponían a que esos cuadros de normas y costumbres fueran sustituidos por otros, que entraran “por la vía de la organización institucional” sin ánimo conciliador sino intransigente.
También es cierto que Romero – a diferencia de Chiaramonte, para quien esto no estará dentro de sus propósitos – elabora una sociología y una politología de la cuestión, tal como hemos señalado, que podríamos sintetizar como un igualitarismo despótico. Dice Romero que
“El criollo estaba acostumbrado a gozar de una inmensa libertad individual; la que aseguraba el desierto, aun cuando fuera a costa de su total exclusión de la vida pública, manejada desde las ciudades.”
Y cita un observador norteamericano, Henry Brackenridge, quien describe en 1817 los hábitos gauchescos en la campaña oriental: “Sus ideas, más allá de lo referente a sus necesidades y ocupaciones inmediatas, son pocas; y éstas son una pasión por la libertad como ellos la entienden, esto es, una licencia ilimitada, con la más absoluta sumisión a sus jefes, y que, aunque parezca contradictorio, depende de la popularidad.”.
Entre otras cosas, esta interpretación establece unos límites que parecen bien equilibrados: por un lado, la noción de autoridad legítima era básicamente informal, y estribaba, como señalamos, en un lazo de identificación, no de representación; por otro lado, los cuadros normativos consuetudinarios y escritos existían, de antigua data, y tenían una vigencia legal plena (aunque fuera de un modo formal), pero no un alcance socio-territorial pleno. Agrega Romero:
“Del sentimiento de libertad irrestricta nacía, pues, una voluntad democrática de imponer sus propios jefes, pero nacía también, por lo elemental de las técnicas políticas puestas en juego, el constante peligro de la tiránica autoridad de quien pudiera llegar a afirmar su poder de hecho y alegara el respaldo de las masas populares.”

Ilustración democrática
Hemos discutido la percepción de Romero sobre los liderazgos y los elencos. Entre tanto, ¿qué visión tiene en lo que se refiere al papel de las masas en el proceso histórico? ¿Acaso les atribuye el de motores del cambio? Es más que dudoso. Diría que considera que el aporte de las masas es indispensable porque tienen un papel limitado pero fundamental: habilitar la acción colectiva. También es de crucial importancia su papel en la consolidación de cambios. Pero como agentes del cambio aportan poco – lo que se hace patente en la elaboración de ideas y en la condición del personal político que compone las élites. Para JLR, las masas tienen sobre todo una inclinación reactiva. No son agentes políticos del cambio, pero sí están intuitivamente atentas a las situaciones y a las posibilidades que se abren en los procesos de cambio. Sus instrumentos principales son la protesta y la adhesión, el rechazo abierto y el consentimiento, no necesariamente la disconformidad expresa y el respaldo movilizador, pero en manos de las masas, esos instrumentos tienen una relevancia estratégica para la política, la de hacerla posible y hacer posible la innovación, al expresar, dando cauce, al “alma popular”, que sólo se manifiesta por sí misma silenciosa e intuitivamente. Las obligaciones de las élites son, por tanto, por completo diferentes; se diría que las élites tienen la responsabilidad, para Romero, de “ser ilustradas” (responsabilidad de la que con frecuencia defeccionan, para su gran disgusto). Pero esta responsabilidad, debe tener por punto de partida una suerte de estima, respeto, por la índole del alma popular y de su potencial para las funciones que se supone estipuladas para ellas en el proceso histórico. De algún modo, el talante de Romero se emparenta con el que él considera, con agudeza, habría sido el de la generación del 37, en contraste con el primer grupo ilustrado, que dio por descontada la adhesión popular a sus verdades, en lugar de intentar comprender al pueblo, captar lo democrático en su inorganicidad,[63] como condición necesaria a la acción. Romero lee la amarga experiencia de este primer grupo, y examina la lectura que de esa experiencia hacen Echeverría, Alberdi, Gutiérrez, entre otros. Pero lo hace, como no podría ser de otro modo en nuestro autor, en la circunstancia en que le toca pensar la acción política. El alma popular tiene una sustancia digna, las masas no son un mamarracho o la turba nazifascista que otros quieren ver. Han hecho su experiencia, entregadas a quien por “pertenecer a la casta privilegiada del militarismo dominante, [pudo dar] cumplimiento de sus promesas [pero] al precio de la opresión, bajo la cual no hay conquista duradera ni satisfactoria”. Fiel a su disposición a no conceder mucha gravitación histórica a los líderes, la educación política de las masas, esencialmente democráticas (i.e., inorgánicamente democráticas), consistía en ayudarlas a discriminar, en asistirlas para que se les cayera la venda de los ojos. La masa debía ser persuadida de “no entregar su voto y su adhesión incondicional a un gobierno de fuerza… en un arranque de juvenil entusiasmo” [juvenil en el sentido de inexperto, ingenuo], a cambio de una “justicia social que se le ofrece sin esfuerzo”.
Fatigosa tarea, por cierto. Puede reconocerse en la clave de predecir el desgranamiento de lo que no tiene básicamente cohesión o, cuando estas esperanzas son defraudadas, en la de admitir a un interlocutor político vicario de una masa de reacciones acaso excesivamente lentas. Educar y persuadir; el lector podrá encontrar bastante ingenuidad en esta tesitura, sin embargo, debería ponderarla tomando en cuenta el abanico de imágenes provenientes del mundo político e intelectual que se desplegaban en la Argentina en esos años hacia las masas (desde el aluvión zoológico en un extremo y la masa potencial agente revolucionario a la espera de su levadura en el otro, con una rendición con armas y bagajes frente al peronismo en el medio). En Lo representativo del alma popular (1946);[64] claramente, la dimensión romántica forma parte de las dimensiones positivas que tiene esta masa, a la que Romero mira comprensivo desde dos ángulos diferentes, uno, sus primarias adhesiones democráticas y de justicia social, y otro, el de las emociones y los sentimientos, el lado de su alma, del alto grado de emocionalidad. JLR tiene una vena romántica fuerte y lo sabe – no vacila en exponerla ante Félix Luna, por ejemplo. ¿Cómo es el alma popular? “Inspiración viva y genuina, de contenido emocional, de renovada vida interior indómita e ingenua al mismo tiempo” a la que asignaba un inmenso valor. Es lo opuesto, si se quiere, a la crítica ilustrada a la emocionalidad popular; pero es un registro en ruidosa asintonía con la exaltación populista de las emociones.[65] Quizás esta búsqueda lo obligue a irremediables torsiones, pero Romero consigue no perder coherencia:
“El hecho que ha causado más honda sorpresa ha sido la aparición de una masa sensible a los halagos de la demagogia y dispuesta a seguir a un caudillo, un fenómeno amargo y peligroso, pero no inexplicable”. [La masa política] “en el fondo igualitaria y democrática, por otra parte era inexperta y simplista”.
Romero llamaba así a los partidos populares a comprender la situación y formular soluciones “acomodando el régimen institucional a las nuevas realidades” creadas por las demandas y necesidades populares, lo que permitiría alcanzar “el nuevo equilibrio que requiere la Argentina aluvial, de cuya democracia virtual no podemos dudar.”. Es más que evidente la pauta interpretativa del choque entre ideas/instituciones vs realidad, conjugando al historiador Romero con el Romero ciudadano, con los lazos del realismo político.
“La visión de las masas como algo informe y sin iniciativa e intereses propios (“profundamente democrática, aunque tenga una idea imprecisa de los medios y de los fines de la democracia”, escribe Romero), inexperta y lista para ser seducida por un demagogo – nos dice Jorge Nállim –, compartía los prejuicios comunes del antiperonismo en general y el socialismo en particular sobre el apoyo popular a Perón”. Al mismo tiempo, reconocer esa esencia democrática era para él equivalente a un deber político, pero era algo más que eso. Una convicción (¿romántica? No tengo duda alguna)[66] de que esas masas pasivas eran portadoras de un plus, de algunas virtudes… El problema es que para explorar eso Romero tenía que remontarse con una buena pregunta hacia el pasado, llegar a su noción de “democracia inorgánica” de la Argentina criolla – una persistencia de la Argentina criolla en la Argentina aluvial. ¿Cuándo usa por primera vez Romero el concepto de democracia inorgánica? Si es en 1946, Romero le hace las preguntas “correctas” a toda la historia argentina, para poder responder por el enredo en que se ha metido, y para encontrar cómo salir de él. El afán con el que Romero se apura a sí mismo y a los actores políticos preexistentes al diluvio, a conjugar masa e institucionalidad republicana, le otorgaba una visión de las cosas que no muchos tenían en ese momento – y que prefigura la búsqueda, pocos años y muchas convulsiones después, de una “fórmula supletoria”.[67]
Romero, apenas comenzada la década peronista, identifica, en El alma popular “lo propio y lo grande de las creaciones populares; espontáneas e impremeditadas, no las conduce el afán de alcanzar una forma precisa; su impulso, renovándose a cada instante, quiebra con su flujo todo intento de canalización, y por eso suelen ser efímeras”. Salta a la vista que las masas están mucho más próximas de la realidad que de las ideas y las instituciones, que deben arremangarse dispuestas a una pugna arriesgada. Sin embargo, in extremis nuestro autor encuentra el hilo de Ariadna en la intuición que ha destacado al comienzo de su artículo:
“No es propio de las creaciones populares acomodarse sumisamente a las formas establecidas y a los valores perdurables. Más que un impulso estético, las mueve un impulso vital y una sensibilidad que tienen apremio por expresarse de algún modo. Pero no por eso dejan de tener un inmenso valor, en cuanto suponen un vigoroso brote de inspiración viva y genuina, de contenido emocional, de renovada vida interior indómita e ingenua a un tiempo… Conviene que piensen en esto quienes tienen que hablar a nuestras masas populares si es que quieren ser entendidos.”
Y Romero lo intenta, aun cuando dude de conseguirlo. En 1961 se lo puede ver muy activo en esa función pedagógica:
“Si algo se hace evidente, visible, es que se trata de una crisis de reajuste que supone un replanteo del control de la riqueza y del control del poder. Ninguna salida que no contemple estos dos problemas fundamentales será una verdadera solución… Estos controles deben tener una base social mucho más amplia. El límite lo fijan determinadas y precisas circunstancias históricas. Evidentemente, el control tiene que ampliar su base porque no puede concebirse que en esta era de la energía nuclear el destino de la inmensa mayoría esté cada vez más en manos de pequeños grupos. Con apariencias diversas, la lucha por conseguir esto es lo que caracteriza la actual etapa del mundo… casi todos los programas de los partidos políticos argentinos tradicionales han envejecido…”
Pero si algo se hace evidente es que el destinatario principal de estas frases asertivas son las propias masas, puesto que el control de la riqueza y del poder ya estaba en la agenda de las élites políticas e intelectuales. Y así lo muestra Romero de inmediato:
[en los países periféricos] “hay una serie de fenómenos absolutamente originales… Lo más novedoso, especialmente en los países latinoamericanos, es la nueva fisonomía de las masas populares, tan singular que no sólo ha desconcertado a los partidos conservadores y centristas sino que ha desconcertado a las izquierdas tradicionales, requiriéndoles planteos nuevos…”[68]
Quizás a compás de la creciente complejidad del panorama social y político argentino y de las cada vez más manifiestas dificultades para encaminarlo, nuestro autor, ya a mediados de los 60,[69] reformula un poco el rumbo, en lo que se refiere a los destinatarios de sus esperanzas, pero no en el modo en que concibe su misión. Ahora las masas, y la “gente común”, son parcialmente substituidos por un grupo presente por definición en todos los actores sociales. Romero cifra sus esperanzas en las nuevas generaciones, en la juventud. Con una novedad: ya no espera, como de las masas, una actitud reactiva, sino netamente proactiva; como motor del cambio:
“individuos y grupos en conflicto con la realidad argentina, puesto de manifiesto de diversas formas, desde la protesta activa y la militancia política hasta la creación artística y la reflexión filosófica… Esa conciencia sólo puede formarse en una parte de la sociedad, en los jóvenes, en los innovadores, en los oprimidos, que son la minoría pensante y actuante de toda sociedad, los únicos capaces de comprender y amar el porvenir.”
Para Romero, escribe José Zanca,[70] se trataba “de una ruptura con las formas tradicionales de pensamiento y una exploración de nuevas formas de expresión individual. Este desacuerdo se manifestaba en la juventud de la segunda mitad del siglo XX a través de su rebeldía… al sentirse alienada y frustrada por la sociedad, buscaba nuevas formas de identidad y expresión, contribuyendo así a la crisis de la mentalidad burguesa”. En el texto de Romero (inédito hasta hace muy poco) se destaca el perfil de un historiador confiante en que las jóvenes y ya bastante revoltosas generaciones serían capaces de identificar el nacimiento de una nueva mentalidad. Nacimiento que, si nos atenemos al pensamiento histórico de nuestro autor, seguramente ya habría tenido lugar en el seno de la vieja. Y así parece sugerirlo: “El destino de la mentalidad burguesa es languidecer y acaso solamente sobrevivir embozada en los pliegues de otra nueva, que ya ha demostrado su tendencia a constituirse…”.
Es sobre la base de este descontento juvenil y la perspectiva de la configuración de una nueva mentalidad que el disconformismo ocupará un lugar cada vez más importante en la reflexión de Romero, en una clave nítidamente anidada en su concepción de la vida histórica, en la que pasado, presente y futuro se presentan aunados. Romero escudriña en el pasado, vislumbrando en el presente las pistas de esa nueva mentalidad anunciada. Esto se percibe tanto en los programas de las disciplinas que dicta en la universidad, como en artículos publicados a la sazón, y deja su huella en un tema al que JLR dedica gran atención en sus últimos años, las ciudades. El disconformismo surgía, en especial desde la posguerra (tal como lo expresa en una nota publicada en la revista Extra en 1971), en el marco de cambios tecnológicos y sociales; aunque, o precisamente por ello, Romero se enfoca en el Occidente capitalista. El disconformismo sería una reacción frente a la incoherencia de estructuras sociales anacrónicas: “…las estructuras son el fruto de la creación, pero de una creación antigua y decantada, de la creación de los que nos han precedido y nos han legado el fruto de su creación”. En ese sentido, y a contrario de lo que a veces se ha dicho, Romero, gran lector de Ortega y Gasset, no lo sigue. El hombre-masa de Ortega es un conformista cuya rebelión no pasa de iniciativas para imponer su vulgaridad a toda la sociedad, muy lejos de la creación de una mentalidad superadora de la languidez de la mentalidad burguesa. Si pone en jaque a Occidente lo hace de un modo destructivo, de una regresión civilizatoria. El disconformismo que identifica Romero podía expresarse en orientaciones anti tecnológicas, o en disposiciones revolucionarias, pero nuestro autor no percibe ninguna regresión civilizatoria en él ni en sus cuestionamientos a la “sociedad normalizada” y sus valores al parecer algo rancios. Como observa Zanca: “Era posible encontrar disconformistas en todas las clases sociales, aunque sus motivaciones y expresiones variaran. En las clases populares, el disconformismo a menudo se vinculaba a la falta de elementos básicos, mientras que en las clases medias y altas podía surgir de la frustración y la insatisfacción existencial. El disconformismo se manifestaba especialmente en las grandes ciudades, donde se ofrecían oportunidades de libertad y creación, pero también se imponían rigideces y convenciones.”. La ciudad recupera, así, su papel de agente político del cambio, porque es por excelencia el lugar en que las distintas formas de disconformismo entran en contacto.
Pero si era factible, para Romero, detectar disconformistas en todas las clases sociales sin tener que buscarlos con lupa – muy por el contrario – el nuevo eslabón de esta cadena conceptual nos remitirá nuevamente a las masas: se trata de su “sensibilidad ante el privilegio”. Es esta, para Romero, la marca específica del disconformismo de masas, un disconformismo que ya comienza a atravesar la frontera entre lo reactivo y lo proactivo. Vinculado, para el caso argentino, con su cultura igualitarista de larga data.
En El carisma de Perón (1973), recordémoslo, luego de destacar la complejidad del problema de las masas argentinas y de poner en su lugar más que nada simbólico a Perón, Romero se pregunta por “la significación de [ese] Perón simbólico”:
“La respuesta no parece difícil. Perón simboliza una rebelión primaria y sentimental contra el privilegio. Y Eva Perón más que él. Pero ahora es sólo él, purificado y hecho espíritu por la lejanía. Esta es la fuerza de su nombre. Y esto es lo que tiene de grande la decisión de quienes han preferido seguir manteniendo tal opción, porque más allá de sus implicaciones socioeconómicas, y más allá de las esperanzas concretas de cambio, supone una condenación del privilegio.”
Pero el historiador Romero no permite que el frenesí del contexto político argentino en el que escribe le haga perder de vista al ciudadano Romero que la disconformidad es de naturaleza telúrica y no puramente doméstica: “La protesta de los marginados… Conviene detenerse en el examen de este sentimiento contra el privilegio… La democracia liberal no desterró, en los hechos, el privilegio en ninguna parte”. Aunque las Argentinas criolla y aluvial, y sus historias, lógicamente, vuelvan por sus fueros:
“la composición peculiar de la sociedad argentina contribuyó a que se acentuara [el privilegio]. Nadie puede negar que la población indígena y mestiza haya estado —y esté— en una situación de marginalidad. Esa herencia de la conquista ha perdurado y perdura… creó un nuevo sector marginal: el de los inmigrantes y sus descendientes… Gayego o gringo significaban en los labios de los grupos tradicionales lo mismo que “cabecitas negras”. Esto es, una calificación sobre el lugar que ocupaban en la estructura socioeconómica y, además, un juicio sobre sus valores humanos…”.
Y con la evocación del proceso histórico regresa a un primer plano – en un texto prefigurado en 1946, pero de rasgos más nítidamente marcados – la capacidad reactiva de las masas:
“Todos estos grupos, en conjunto mayoritarios en la sociedad argentina, o buena parte de ellos, han tenido y tienen el sentimiento profundo y firme de que viven en una sociedad en la que no están totalmente integrados porque subsisten grupos que monopolizan el privilegio. Como atrás de Yrigoyen, ahora irrumpen detrás de Perón para gritar una protesta. Una protesta, nada más. No para exigir el sistema de cambios que podrá poner fin al primado del privilegio.”
Quizás algo imprecisamente, nuestro autor define como resentimiento lo que en el vocabulario sociológico de hoy denominamos igualitarismo, el igualitarismo fuerte de la cultura política argentina:
“…comenzó a acumularse un oscuro resentimiento de las clases populares, con independencia de partidos e ideologías. Esto fue lo más difícil de descubrir en 1945… [ahora] Sólo la reacción contra el privilegio constituye un denominador común en esa masa de votos.”

Epílogo
La clase había terminado. El profesor salió del aula y, por los pasillos, se dispuso a arrostrar el frío de la noche, superando con destreza el desafío habitual de introducirse en el sobretodo. Estaba contento. El joven preguntón tenía pasta. Un hallazgo. Su ansiedad no le había dado descanso, sin embargo. La extensa plática sobre el lazo político lo había demorado. ¿Habría omitido él algo importante? La conversación lo había obligado a repasar mentalmente su obra, y alguna pregunta del chico… ahora caía… su narrativa no era una épica de la libertad, la épica que, quizás, el jovencito esperaba. Pero, frente a una pregunta como la que abrió el diálogo, él, estimaba ahora, había intuido bien el rumbo a tomar, sobre todo lo que no había que hacer. E improvisó. Ese lazo político no podía ser normativo, reconstruirlo exigía tomar de lo político aquello que estaba siempre en él, a veces hasta lo que estaba siempre y exclusivamente en él, no podíamos limitarnos a buscar y encontrar apenas lo que nos gusta, lo que nos cae… ideológicamente simpático. Así fue que, después de unas fintas enderezadas a pavimentar el camino del diálogo con un estudiante cuyo perfil sólo podía calcular en base a preconceptos, procuró ir al hueso.
Sí, la política real no era una épica de la libertad. No había empleado esas palabras, ni siquiera había caído en ello. Pero en la conversación no se hicieron presentes ni revoluciones ni genocidios, insurrecciones o conspiraciones, partidos políticos o tropas de asalto, bancos centrales e idearios anarquistas, parlamentos y bunkers, y tantas otras cosas que no podrían estar ausentes de una historia política universal de los últimos dos siglos, pero que no nos impiden concebir la política sin ellas. El lazo político va mucho más allá de lo que precisamos para construir épicas. Fue interesante el momento en que, algo acalorado, el jovencito, inadvertidamente, cambió de término – estado por lazo político – para hablar de lo mismo. Hijo – lo interrumpió – el lazo político comprende en su totalidad al estado… pero el estado no abarca la totalidad del lazo político. Afortunadamente. Si así fuera, viviríamos en un mundo de pesadilla. El joven acusó recibo y vaciló, sin recuperar el hilo. Él había sido cortés, dándole el pie para que retomara su argumentación, aunque el joven no puso mucha energía. Él recuperó la palabra. Recordó que Sócrates, en el Fedón, decía, quizás irónicamente, “no sabía que la política se podía enseñar”. En algún sentido, nadie podía enseñar a otro a hacer política – un rayo atravesó su mente mientras hablaba; después de todo, ¿no se consideraba él un maestro de juventudes? –, ni a definir de una vez y para siempre la naturaleza del lazo político. Y a pesar de este misterio la política tiene una decisiva importancia, a contracorriente de todo reduccionismo, no es superestructural, no hay tal cosa como superestructuras, usted puede decir, ¿no? Como decía Trotsky, creo, aunque usted no se meta con la guerra, la guerra se mete con usted, bueno, se aplica aún más a la política, al largo lazo político no lo podemos eludir. Hoy en clase discutimos el papel de las ciudades como agentes del cambio en el proceso histórico; bueno, pero ¿qué hay detrás de las ciudades en América Latina, por ejemplo, o de muchas en la Antigüedad? Hay ideas, ideas que son esencialmente políticas, detrás de Alejandría como de Buenos Aires o Rio de Janeiro, por no hablar de Petrópolis, hay ideas políticas. Quizás sea mi romanticismo que me lleva a pensar que en lo político, tanto en el largo como en el corto plazo, en general importan más las ideas que los intereses. Los más cultivados de entre los políticos saben que todos están actuando dentro de cauces en cuya formación las ideas han contribuido decisivamente… Mire, le doy un ejemplo; la ruptura de 1810 – entre la primera Invasión Inglesa y el Congreso de Tucumán transcurre menos de una década –ilustra muy bien este papel. Ilustra el valor y asimismo el peligro de las ideas políticas. La élite – un elenco sin la figura sobresaliente de un líder – que logró ser rectora de la revolución, era poderosa principalmente porque daba vida en el Plata a un conjunto fenomenal de ideas que la galvanizó e hizo posible y eficaz su acción. Pero la firmeza y el ardor de sus creencias, la autoconfianza que el poder de esas ideas le confería – principalmente en el núcleo duro de la revolución, el grupo ilustrado –, fueron asimismo la fuente de su fragilidad, de su hybris. La democracia tal como la concebían, los principios institucionales, su concepción de un país, eran ideas todas tan seductoras que la experiencia del choque con la realidad los hizo tambalear. Confundieron las formas con la esencia, y las masas rurales pasaron, de ser el esperado repositorio lógico de las verdades ilustradas, a ser sus enemigos. Para el grupo ilustrado de Buenos Aires el sentimiento democrático se manifestaba indisolublemente unido a ciertos principios institucionales… Y confundidas las formas con la esencia, se opusieron como enemigos a los que, coincidiendo en lo profundo, diferían de ellos en lo accidental.
Formas y esencias… reiteró su mente, ¿qué esencias? Bueno, la esencia de las masas rurales era democrática… Recordó con una risa ligera el comentario que le había hecho Luna, “me pareció ver – pero usted me dirá si tengo razón o no – me pareció ver que usted trata un poco marginalmente la jornada del 17 de octubre de 1945 en Buenos Aires”. Qué zorro. La estocada lo obligó a precisar rasgos de identidad, hay una intuición de las masas, yo soy un buen romántico y creo en eso. Y, acrecentó ahora en su diálogo interior, el desenlace había sido contingente, pero la convocatoria que marcó la entera etapa, deliberada e inédita, y la respuesta de esas masas, sin titubeos. El alma popular habla con un lenguaje propio.
En el silencio del coche de alquiler que lo llevaba a su casa, volvió a irrumpir en su mente el punto incómodo de la conversación reciente; concluyó en que su narrativa no era una épica de la libertad, porque no veía, precisamente, se dijo con pesar, que una épica exitosa de tal corte estuviera demasiado presente en el proceso histórico. Ni en las iniciativas de ampliación por parte de sectores altos rupturistas o al menos liberales, ni en los esfuerzos emancipadores surgidos desde abajo, como iniciativas emanadas de la base social, tan fáciles de cooptar, de manipular, de desvirtuar sus impulsos inorgánicamente democráticos. Ahí estaban los procesos que él había estudiado a conciencia, como los Gracos, la pérdida de las libertades comunales de las ciudades feudoburguesas, el fracaso estrepitoso del grupo ilustrado de Mayo, la transición de la generación del 80 constituida en una oligarquía hermética incapaz de integrar políticamente a las nuevas masas, la formación y el destino de los grandes partidos, o movimientos, populares, desde abajo o desde arriba, en la Argentina del siglo XX. Quizás el secreto esté, se dijo, no sin vacilaciones, en las transformaciones, tanto en las mutaciones entrelazadas, como lo tengo pensado y dicho, que son como el conjunto de pasos de una floración, como en las debacles, los fines súbitos inevitables y casi nunca predecibles de ciclos. No es fácil identificar en esos casos élites conscientemente emancipadoras y al cabo exitosas, pero sí inmensas oportunidades para el arte político. La forma – el automóvil ya llegaba a su destino y su conductor permanecía en oportuno silencio. Él continuaba conversando, más que consigo mismo, con el joven interlocutor – en que monarquía y burguesía se constituyeron recíprocamente, por ejemplo, en que la traslación del paradigma de la ciudad burguesa había dado pie, por convergencia de intereses, al mercantilismo, y creado una inmensa terra incognita para la creación política.
Cayó en la cuenta de que el maestro de juventudes tenía muchas cosas para conversar con el joven, pero que el diálogo consigo mismo no tenía ni tendría un final. Como si fuese una discusión, implacable, entre Cavour, Mazzini y Garibaldi.
[1] Deseo agradecer a Luis Alberto Romero por haberme invitado a hacer este trabajo y por los enriquecedores diálogos sostenidos a lo largo del mismo. También a María Teresa Brachetta por su estimulante lectura de los borradores.
[2] Esta vena romántica es, lógicamente, más perceptible en intervenciones en el debate público o en entrevistas. Así la nación puede figurarse más que como “un plebiscito diario”, como un continuo en el que “los motivos y los acontecimientos difieren, es verdad, en las distintas piezas, pero el Espíritu de los sucesos es el mismo… Aún hoy vivimos ese drama”, le dice a Félix Luna.
[3] Emblemática de este espíritu de Romero es la sinopsis que dedica al período posterior a Rosas.
[4] Ciertamente, el análisis del Río de la Plata durante la colonización de los Austria es clarísimo en ese sentido, y el “mero” se asemeja más a un saludo a la bandera del determinismo, que a una adjetivación de valor analítico.
[5] En Las ideas… (edición de 1975) se manifiesta “convencido de la necesidad de difundir ciertos esquemas que ayuden a la comprensión del presente histórico”.
[6] Romero es un reconocido medievalista; pero no es casualidad que, como tal, se haya interesado especialmente por una cuestión – como la formación del mundo feudo burgués en el interior del mundo feudocristiano – que implica especialmente al cambio, al desequilibrio, a la reconfiguración del orden y, como él la llama, a una revolución, y por lo tanto a lo político.
[7] Su mirada de la acción política y las personas que la encarnan está cubierta por una pátina de escepticismo, más gruesa que la que cubre a las ideas que las impulsan.
[8] En Combates por la Historia, Ariel, Barcelona, 1970.
[9] Es corriente hacer una aclaración semántica, distinguiendo la política de lo político. Según la cual la política atañe a las reglas del juego y lo político a lo que está en juego. Creo que esta distinción no tiene mucho sentido, entre otras razones porque demasiado frecuentemente lo que está en juego son precisamente las reglas del juego. Como sea, de aquí en adelante emplearé indistintamente política y político.
[10] Cadernos do Cárcere, Civilização Brasileira, 2007.
[11] Michel Foucault (1983-1984): El coraje de la verdad. El gobierno de sí y de los otros (II), Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2010.
[12] Discutido en el moderno debate republicano: Quentin Skinner, Maurizio Viroli, etc.
[13] Simona Forti: Los nuevos demonios. Repensar hoy el mal y el poder; Edhasa, Buenos Aires, 2014.
[14] La relación pastoral instila en los sometidos a ella, la humildad consistente en asumir que la voluntad propia es una voluntad malvada.
[15] En la expresión de Quentin Skinner.
[16] En Conversaciones con Félix Luna (1976).
[17] La subitaneidad del tránsito, en Mirabeau, Talleyrand, Ortega y Gasset.
[18] No es mucho lo que Romero dice sobre la cuestión de la legitimidad, pero sí sobre la institución del orden… tema al que le dispensa una gran atención en sus textos. Va de suyo que es siempre un orden ocupado en encontrar o mantener sus fuentes de legitimación.
[19] Al punto que puede decirse que, en la política, los hombres son todavía más prisioneros de sus ideas que de sus intereses.
[20] Aristóteles explícitamente los convierte en excepciones personificadas, en los distintos marcos institucionales que considera como formas de gobierno.
[21] Si hay aquí cierta “personalización” de los procesos históricos, ciertamente no es la de la “historia tradicional” (siglos XVIII y XIX), por el modo en que Romero entrelaza la acción de los elencos con otras dimensiones y componentes.
[22] Esta especificación es importante. Romero se mantiene en un plano de investigación apartado del exclusivamente “sistémico” o “estructural” tanto como del romanticismo (a lo Carlyle). Sobre todo, esta opción distanciada de los liderazgos y los “sistemas” construye implícitamente una suerte de triángulo heurístico. Sean o no los elencos un modo de acción estable. Probablemente no lo sean, o lo sean menos que los liderazgos. La Revolución Francesa mantuvo un elenco – de composición cambiante, por supuesto – hasta la emergencia de Napoleón, que disolvió el Directorio en 1799; menos de diez años. Y el elenco de Mayo, en el Plata, algo más duradero, fue clausurado definitivamente con Rosas.
[23] Esos delegados podían prestar juramento, aceptar estatutos, reconocer obligaciones fiscales o militares, o resolver conflictos sin necesidad de consultar a su ciudad (https://es.wikibooks.org/wiki/Historia_de_Europa/Texto_completo).
[24] Alejandro Cattaruzza y Darío Pulfer: José Luis Romero, Imágenes y perspectivas del peronismo (I, II y III) https://jlromero.com.ar/temas_y_conceptos/jose-luis-romero-imagenes-y-perspectivas-sobre-el-peronismo-i/
[25] El rey portugués, a quien llamaron el Deseado, nacido a mediados del siglo XVI, era la esperanza para salvar a su dinastía y a su país. Murió combatiendo en África y su patria cayó en poder del Reino de Castilla (durante sesenta años). Una desesperada esperanza nacional se aferró al nombre de don Sebastián, en cuya muerte nadie quiso creer y en cuyo retorno, colmado de promesas, fueron confiando todos, aun los más escépticos – relata JLR.
[26] Las ideas de Perón estaban fuera de su lugar y tiempo, aunque no en todo: tenía lúcida conciencia de lo inevitable de reestablecer la forma representativa y no sus simulacros, y de lo imperioso de la necesidad de incorporar al proceso político al mundo del trabajo.
[27] Como ningún lector ignora, es la expresión consagrada por Ernesto Laclau en su libro La razón populista.
[28] Omar Acha: La trama profunda. Historia y vida en José Luis Romero, El cielo por asalto, Buenos Aires, 2005.
[29] Entrevista concedida a Rubén Tizziani, 1976. En Clarín. Cultura y Nación.
[30] En Las ideas… dice: “Ni en la Argentina ni en el resto de los países hispanoamericanos ha florecido un pensamiento teórico original y vigoroso en materia política, ni era verosímil que floreciera…”.
[31] Dicho así, se podría sospechar que el mayor esfuerzo histórico para conciliar realidad y estructura institucional, sobre un basamento innegablemente democrático, pero aproximando el conjunto al principio autoritario, es el del primer Perón, no tanto su Constitución de 1949 como un conjunto de leyes de dominación vertical de reglas de acceso y ejercicio.
[32] José Carlos Chiaramonte: Usos políticos de la historia. Lenguaje de clases y revisionismo histórico, Sudamericana, Buenos Aires, 2013.
[33] Uno de los eslabones de la política requerida lo proporcionó la acción previa de Rosas, que acható considerablemente, cuando no liquidó, el poder de los caudillos.
[34] Las oposiciones están recorridas por la condición humana, sus virtudes y defectos. Romero hace una distinción entre ideas y sentimientos que toma en cuenta en la dimensión política. En ese plano, con frecuencia los sentimientos pueden perfectamente ser comprendidos como ideas, aunque no se formulen como tales, aunque los portadores de los mismos ni siquiera lo sepan… Romero presta mucha atención – diría que esto es una consecuencia de su agudeza, no de una obcecación – a los temas humanos, no tanto a los que llevan a decisiones virtuosas como al error: el exceso, la inexperiencia, están tan presentes en Tiberio Graco y Cayo Graco como en Moreno y Castelli…
[35] Romero observa que la legislación española, en efecto, miraba la Colonia como un conjunto de ciudades y sólo reglaba eficazmente la vida urbana.
[36] José Luis Romero, Curso de historia general, 1964. En https://jlromero.com.ar/archivos_jlr/historia-social-general-curso-de-1964/
[37] Debo esta observación a Luis Alberto Romero, que comenta: “en qué momento un libro que [JLR] llevaba veinte años escribiendo con el título de Los orígenes del espíritu burgués pasó a llamarse La revolución burguesa en el mundo feudal, probablemente a sabiendas del tipo de discusiones que la sola palabra, en el clima de los años sesenta, iba a originar”.
[38] Ruggiero Romano, Entronque, prólogo a José Luis Romero, ¿Quién es el burgués? CEAL, 1983.
[39] Tulio Halperin Donghi, José Luis Romero y su lugar en la historiografía argentina, Desarrollo Económico, núm. 78, Buenos Aires, 1980.
[40] Curso de Historia Social General, UBA, 1964. En https://jlromero.com.ar/archivos_jlr/historia-social-general-curso-de-1964/
[41] Aunque no lo dijera, JLR veía a sus amigos políticos un poco adormilados si desde 1955 tenían que plantearse esa tarea de descubrimiento.
[42] Curso de Historia Social General, UBA, 1964. En https://jlromero.com.ar/archivos_jlr/historia-social-general-curso-de-1964/
[43] El epílogo es de 1946. En la tercera edición, de 1975, Romero explica que “La primera edición… publicada en la Colección Tierra Firme del Fondo de Cultura Económica y aparecida en 1946, llegaba hasta el capítulo VIII de la tercera parte. En ese punto adquiere sentido el epílogo que cerraba el libro y que hoy se conserva como un testimonio” [sic].
[44] Curso de Historia Social General, 1964. En https://jlromero.com.ar/archivos_jlr/historia-social-general-curso-de-1964/
[45] Las citas textuales de este y los dos apartados siguientes, son todas de La revolución burguesa en el orden feudal, a menos que se indique lo contrario.
[46] Una referencia útil sobre el tema, es el artículo de Laura Cucchi sobre Romero y la palabra revolución, https://jlromero.com.ar/temas_y_conceptos/jose-luis-romero-y-la-historia-como-revolucion/
[47] Un proceso de entremezclamiento, ilustrativo, lo encontramos en que fue la crisis religiosa la que más contribuyó a crear una atmósfera favorable para la libre expresión de las tendencias disconformistas de las nuevas clases.
[48] En Europa meridional, el principio de que ningún impuesto podía ser establecido sin consentimiento de los potenciales contribuyentes empezó a abrirse paso en el norte de Italia.
[49] Nadie pudo confiar en que lo alcanzado se lograría mantener sin luchas. Para asegurarse su conquista y su permanencia se recurrió en algunos casos, como en Florencia, a la creación de instituciones.
[50] En estas páginas de Romero está implícito el tema de Barrington Moore, Los orígenes sociales de la dictadura y la democracia: el proceso desde abajo o desde arriba de las revoluciones burguesas y sus diferentes consecuencias en términos de régimen político.
[51] José Luis Romero, Hay que replantear el control de la riqueza, Entrevista, Córdoba, 31 de agosto de 1961.
[52] Juan Carlos Portantiero acuñó el concepto de “empate hegemónico” en su artículo “Economía y política en la crisis argentina: 1958-1973”, Revista Mexicana de Sociología (1977). Portantiero aborda la situación política argentina posterior a 1955, en la que tendría lugar un empate hegemónico dado que los grandes actores socio políticos carecen de fuerza suficiente para imponer su proyecto, pero cuentan con la suficiente para vetar los de otros actores. Más que un empate hegemónico sería una crisis de hegemonía.
[53] Se cuenta que, estando José María Paz prisionero de Estanislao López, colaboradores del caudillo santafecino le arrimaron un ejemplar del Contrato Social en francés con la intención de que el general cordobés lo tradujera.
[54] Artigas no había dado pasos concretos hacia una forma institucional definida, ni instaurado prácticas representativas. La animadversión del grupo ilustrado poco tenía que ver con eso. El perfil y el espíritu de Artigas eran republicanos y democráticos. Dramas políticos en la historia porque por otro lado su propuesta de capital del conjunto del Plata no era Buenos Aires y no propugnaba una federación sino una confederación.
[55] El lugar de José L. Romero en la historiografía argentina, 1980.
[56] “Había quedado establecido en la llamada ley fundamental, sancionada en 1825, que se reconocía la vigencia de las instituciones provinciales, y que el congreso solamente se reservaría “cuanto concierne a los objetos de la independencia, integridad, seguridad, defensa y prosperidad nacional”. Había, pues, un principio de conciliación en esta coexistencia, mutuamente admitida, de dos órdenes gubernativos, y en esta actitud se mantuvieron los hombres de Buenos Aires, como lo prueba el apoyo que prestaron al principio de la consulta a los pueblos.”
[57] La teoría dice que es menos costoso, fiscal y políticamente, el pacto para que no se deshaga una unión, que el pacto para que se configure una unión. Desde este punto de vista la preferencia de Buenos Aires es la correcta. Pero no era realista.
[58] Sancionada la constitución, los caudillos la rechazaron y Rivadavia renunció a la presidencia, pero no por este rechazo; lo hizo en junio de 1827, a causa de las dificultades insuperables que presentaba la continuación de la guerra con el Brasil.
[59] Entre el pensamiento de los grupos ilustrados y el de la masa rural representada por los caudillos se había abierto un abismo que sólo el tiempo podría llenar.
[60] En cuanto los términos “orgánico” e “inorgánico”, han mudado de sentido a lo largo de los años, porque lo que es “inorgánico” para Romero, se aproxima al concepto de integralidad política de masas. Por supuesto, lo que Romero llama “democracia orgánica” se distancia del uso de esa familia de palabras en la doctrina peronista y en general en la terminología política argentina desde mediados del siglo pasado, como en “comunidad organizada” y también de todo aspecto “organicista”. Ese léxico ha perdido su vigencia.
[61] De ese espíritu antiliberal formaba parte medular el clericalismo local, hostil a todo laicismo y muy bien dispuesto para con las diferentes formas de simbiosis entre Iglesia y Estado.
[62] En cierta medida es curioso que en este párrafo, en la enumeración de los ideales de las masas populares, Romero haya omitido mencionar el federalismo y el localismo, como “aspectos fundamentales”. Como es imposible considerarlo una distracción, creo que la explicación reside en que para la visión geopolítica de Romero carecía de sentido ya discutir normativamente el federalismo.
[63] Esteban Echeverría, Ojeada retrospectiva sobre el movimiento intelectual en el Plata desde el año 37 (https://www.marxists.org/espanol/echeverria/index.htm).
[64] José Luis Romero, Lo representativo del alma popular. (firmado: José Ruiz Morelo). En El Iniciador, nº2, Buenos Aires, 1946.
[65] Proponía, entonces, próximo al espíritu de la generación del 37, “auscultar las palpitaciones” de dos de esas creaciones: el tango y el fútbol.
[66] “la impronta elitista e iluminista de Romero… cribada por una veta romántica”, sugiere Omar Acha en La trama profunda… (2005). Lo veo así, aunque menos, claro está, qué cribó a qué.
[67] Conjugación de romanticismo e ilustración (fenómeno que no es inédito): “la masa es pueblo argentino, que no puede ser ni reaccionario ni fascista, y es deber de los ciudadanos democráticos contribuir a esclarecer su conciencia, para impedir que pueda ser arrastrada más hacia el precipicio.”
[68] Si colocamos las siguientes declaraciones en su contexto temporal (1961), el entusiasmo de JLR por la revolución cubana resulta muy comprensible. En una clave socialista y romántica. Pero traigo un fragmento de esta entrevista por lo que ella expresa, una vez más, sobre el espíritu con que encara Romero la situación política argentina en su tiempo: creo que el peronismo ha sido un movimiento precoz de la nueva situación latinoamericana, un movimiento de avanzada… [pero] La Revolución Cubana ha recogido las nuevas ideas populares y ha asumido la responsabilidad de llevarlas hasta sus últimas consecuencias. El peronismo, en cambio, estimuló los anhelos más primarios pero sus capas superiores se abstuvieron de modificar el sistema básico de las relaciones económicas y sociales… No hay ninguna fuerza política capaz de decidir el destino argentino. Es un hecho que está a la vista… en el caso de la izquierda el problema es mucho más difícil. En mi opinión, tendrá que girarse alrededor de la unificación de la fuerza obrera organizada y de los partidos políticos que sean capaces de orientarla y de sumar las fuerzas populares marginales. – ¿Cómo ve, usted, las nuevas actitudes de figuras de nuestra política tradicional que adhieren a la Revolución Cubana y que plantean salidas de carácter popular?– Celebro que existan figuras de los partidos tradicionales que sigan esa ruta, pero no creo que estén en condiciones de ganarse la simpatía de las masas.
[69] José Luis Romero, El desarrollo de las ideas en la sociedad argentina del siglo XX, 1965.
[70] José Zanca, ¿Quién destruyó el Imperio Romano? El disconformismo en la obra de José Luis Romero (https://jlromero.com.ar/temas_y_conceptos/quien-destruyo-el-imperio-romano/).

