Vida rural y vida urbana, 1810-1880. 1972

Bien sentado en su caballo, Anastasio el Pollo, gaucho criollo, avanza despaciosamente por las calles que conducen a la plaza Mayor de Buenos Aires. Casas, gentes, vestimentas, todo es sorpresa para el paisano. Así es “la ciudá”, a la que llega desde lejos, quizá para cobrar unas lanas, él también, como su compañero Laguna. Desocupado, busca una distracción ciudadana, y se encamina hacia el Teatro Colón, ante cuya fachada le sorprende una larga hilera de coches. La función está por comenzar, y el gaucho se decide a entrar, naturalmente al paraíso. El espectáculo lo sorprende. Desde arriba contempla las elegantes vestimentas de damas y caballeros, ceremoniosos y cumplidos. Contempla los cortinados, las luces, las joyas que brillan, los músicos con sus variados instrumentos; y contempla a esta gente que está sentada próxima a él, vestida como corresponde a la gente urbana en contraste con su ropa paisana. Avivada su curiosidad, se entera de lo que va a ver cuando se levante el telón: el Fausto de Gounod. Y se prepara a sumergirse en el espectáculo, entre cazurro y desconfiado.

Finalmente la función empieza, y con ella el drama del pobre viejo sabio atormentado por el amor de “la rubia”. Anastasio el Pollo mira y escucha, y entiende lo que puede. Pero una cosa queda grabada en su memoria: con destellos y mucho olor a azufre aparece el propio diablo con su largo sable y su cara de chivo, que ofrece la juventud y el amor al doctor Fausto a cambio de su alma. No podía ser que allí estuviera el propio Mandinga. Pero había que creer, porque el viejo rejuveneció de repente y Margarita cayó enamorada ante él. ¡Cosas del Malo! Y todo terminó como tenía que terminar cuando el diablo mete la cola. Valía la pena haber venido a la ciudad para ver tanto misterio, con tanta música y tantas luces, entre gentes desconocidas que tenían tan distintas costumbres. Pero Anastasio el Pollo prefería el campo y su tranquila vida, su pausada conversación con su compadre Laguna, el espectáculo de la naturaleza que le hacía decir: “¿Sabe que es linda la mar? / La viera de mañanita / cuando a gatas la puntita / del sol comienza a asomar”. No, la ciudad no era su mundo, y eso fue lo que quiso mostrar el poeta argentino Estanislao del Campo cuando compuso su Fausto, en el que cuenta la sabrosa experiencia del gaucho en la ciudad.

Este contraste entre la vida rural y la vida urbana se acentuó y se puso de manifiesto en Latinoamérica sobre todo después de la Independencia. Fue entonces cuando esos dos mundos entraron en estrecho contacto y chocaron con violencia, disputándose el derecho de imponer a los nuevos países su propio estilo de vida.

Campo y ciudad: un descubrimiento recíproco

Para los conquistadores y colonizadores, el mundo americano fue un mundo de ciudades: en ellas se concentraron para conservar su fuerza, su religión y sus costumbres; y en ellas actuaba la autoridad de la metrópoli para que las colonias rindieran los frutos que se esperaban de ellas. Imitación de las europeas, las ciudades coloniales no sólo repitieron su aspecto físico, con el trasplante de su arquitectura, sino que repitieron también las formas de vida: México o Lima quisieron ser cortes como las españolas; Bahía o Río de Janeiro, como las portuguesas. Y cada europeo trasplantado trató de reconstruir su ambiente originario en la iglesia suntuosa que se erigía, en el mobiliario con que adornaba su morada y en los modales que adoptaba para no ceder a la tentación de lo que consideraba la barbarie circundante. Fuera de la ciudad, las inmensas extensiones de las que los conquistadores se apropiaron sólo contaron como zonas de producción, fuentes de riqueza, en las que una naturaleza rica pero desmesurada amenazaba con absorber al recién llegado.

Sólo con el tiempo –casi en el siglo XVIII-, cuando ya vivían en las ciudades varias generaciones de criollos, empezó a descubrirse el mundo rural. Para entonces muchas zonas habían sido domesticadas: la población aborigen estaba doblegada e incorporada mansamente como mano de obra en compañía de los esclavos negros, y las unidades de producción se habían delimitado y sistematizado. Entonces empezó a percibirse el sabor de la naturaleza: los de Bogotá, el de la sabana; los de México, el de la sierra; los de Buenos Aires, el de la pampa. Los poetas neoclásicos, primero, y los románticos, después, empezaron a describir el paisaje: la zona tórrida, como hizo el caraqueño Andrés Bello, o la llanura, como hizo el bonaerense Esteban Echeverría. Y hasta se advirtió una idealización de su belleza.

Pero el mundo rural no era ya puro paisaje: poco a poco se había constituido en él una sociedad singular, muy diferente de las sociedades urbanas. Tipos humanos y sociales rigurosamente típicos habían surgido en los llanos y en las sierras, con costumbres singulares y tendencias definidas. Fue la gran sorpresa de los viajeros europeos de los últimos tiempos de la colonia y los primeros de la Independencia. Y hasta en las aldeas y en las pequeñas ciudades alejadas de las capitales advirtió el hombre que provenía de ellas un estilo de vida que no era el suyo.

Pero hasta la Independencia, la gravitación de las ciudades fue decisiva. Sólo cuando se desplomó el imperio español y se constituyeron, por la fuerza de las armas, las nuevas naciones, adquirió el mundo rural una nueva significación. La Independencia nació en las ciudades, pero los países que se constituyeron se integraron no sólo con ellas sino con vastas regiones rurales a las que fue necesario convocar a la lucha y ofrecer un papel en la nueva vida que se inauguraba. Para los doctores de las ciudades parecía suficiente una representación de los cabildos para constituir la nueva nación; pero las zonas rurales acudieron al llamado y exigieron sus derechos. En ese momento empezó el enfrentamiento entre el campo y la ciudad.

En ese momento, precisamente, el mundo rural descubre la ciudad. Antes la padecía y su presencia lejana era la de un poder absorbente y dominador. Sin duda la conocía el peón arriero que llevaba la hacienda hasta los mataderos o los saladeros, o el carretero que transportaba mercancías. Pero después de la Independencia empezaron a llegar los hombres en armas, convocados a veces por los ejércitos libertadores o lanzados atrás de sus caudillos para tomar posiciones en la áspera lucha por el poder. Fueron los llaneros de Páez en Venezuela o los montoneros de López y Ramírez en Argentina. Y no llegaron en son de paz sino en son de guerra, orgullosos de su fuerza viril, conscientes de su papel, firmes en sus convicciones tradicionales que juzgaban más valiosas que las ideas aprendidas por los letrados de las ciudades.

De todos modos, Latinoamérica seguía siendo un mundo de ciudades, y los hombres rurales que llegaban se azoraban frente a sus misterios. Embestían, pero caían al poco tiempo seducidos por el poder de los engranajes que funcionaban en las ciudades. Parecían odiarlas, pero en cuanto las descubrían y las conocían a fondo, pretendían dominarlas, someterlas a sus dictados, transformar su vida para que fueran menos urbanas, un poco más rurales, y para que se respetara en ellas la ley de las sociedades formadas en los campos. Fue un duelo tremendo, que el argentino Sarmiento definió con la fórmula “civilización y barbarie” que sirve de subtítulo a su obra Facundo. Fue una confrontación de dos estilos de vida, en la que se ocultaban dos concepciones diferentes de lo que era y debía ser la sociedad de los países que nacían, del destino que cada uno debía forjar.

La vida urbana

Estimuladas por la libertad de comercio, las ciudades latinoamericanas iniciaron un proceso de acentuado desarrollo en los últimos tiempos de la Colonia. No todas, ciertamente, sino en particular los puertos, las capitales y aquellas que por su posición o su riqueza quedaron incluidas en los principales circuitos comerciales. Pero, de todos modos, aun las más modestas sintieron el reflejo de esa actividad, excepto las que, por esa misma causa, vieron desaparecer sus posibilidades de competir con los grandes centros económicos. Pero esta situación se modificó de diversas maneras con la Independencia. Mientras algunas ciudades, como Buenos Aires y México, acrecentaron su poder y su riqueza, otras, como Caracas, sufrieron los embates de las guerras y vieron reducidos su población y sus medios económicos.

Por lo demás, en casi todas ellas se produjo un cambio en la estructura de su sociedad. Una excepción fue la de las ciudades brasileñas, en las que el Imperio mantuvo la sociedad tradicional o, por lo menos, moderó la profundidad de los cambios. En las ciudades hispánicas, el nuevo patriciado republicano desalojó a las antiguas aristocracias coloniales, en algunos lugares menos –como en México y América central– y en otros más, como en el Río de la Plata y en los países que se desprendieron de la Gran Colombia.

Ese patriciado fue el que fijó las pautas de las nuevas formas de vida en las ciudades latinoamericanas. En los puertos y en las capitales, la tradición hispánica y las costumbres criollas sufrieron el embate de los modelos europeos, especialmente franceses e ingleses. Comerciantes, diplomáticos y viajeros animaron las tertulias de las clases altas, e impusieron nuevos hábitos y normas. Signo de distinción fue adoptarlos. El conocimiento del francés pareció imprescindible para quien quisiera sostener una elevada posición, y la lectura de las obras literarias y de doctrina alimentó las mentes. Una tertulia de cierta categoría era impensable sin un piano en el que las niñas de la casa ejecutaran las arias de moda o las piezas de los músicos más conocidos: el chileno Blest Gana describió, en su novela Martín Rivas, estas tertulias de clase alta, en las que se hacía gala del más fino esprit, aunque a veces se notara excesivamente la imitación servil de los modelos.

Una educación esmerada suponía un viaje al viejo mundo, que era como decir a París. Los jóvenes de familias acomodadas pasaban su temporada europea recorriendo los bulevares, los teatros y los cafés, y volvían trayendo las últimas novedades a sus ciudades, que desde entonces, y en comparación con París, empezarían a encontrar insoportablemente provincianas, groseras y aburridas. Pero pronto atrapaban a los jóvenes de la clase rica los compromisos económicos, las tentaciones políticas, los compromisos de familia, y la vieja experiencia bohemia se tornaba un lejano recuerdo. Empero, los gustos, las ideas, los hábitos solían perdurar en ellos hasta imprimir a su clase social un marcado tono que la gente del campo consideraba extranjero y sofisticado. En eso radicó el conflicto entre la vida rural y la vida urbana: en un contraste entre una manera extranjerizante y sofisticada de vivir, y lo que se consideraba una manera “natural” que no era sino la vieja tradición hispanocriolla.

El argentino José Mármol presentó en su novela Amalia un cuadro de ese enfrentamiento, tal como se manifestó en la ciudad de Buenos Aires durante la época de Juan Manuel de Rosas. La ciudad de la época de Rivadavia había brillado bajo el influjo de una minoría europeizante; pero el triunfo de Rosas significó la ruralización de la ciudad, esto es, el predominio de las formas hispano-criollas de vida. El frac y el sombrero de copa, los uniformes imitados de los ejércitos extranjeros parecieron afrentas a la tradición y resultó de buen gusto adoptar el poncho y el chiripá. Eso, y el culto del coraje –a veces cruel– signó la vida de la ciudad durante la época en que se quiso hacer de ella un símbolo del pasado restaurado.

En rigor, Rosas quiso aniquilar a sus enemigos políticos apoyándose en las clases populares, y tales costumbres eran, efectivamente, populares. Porque el abismo que separaba a esas clases de las otras, ricas e influyentes, fue en todas las ciudades muy profundo y se notaba exteriormente en las formas de vida. En Martín Rivas, la novela de Blest Gana, aparece una vigorosa diferenciación entre las tertulias de clase alta y las de “medio pelo”. Las formas de trato, el lenguaje, las comidas y bebidas, los instrumentos musicales, las piezas musicales: todo está señalado con su correspondiente símbolo indicador de la posición social. Y en las descripciones de la vida mexicana que hicieron José Joaquín Fernández de Lizardi en el Periquillo Sarniento y más tarde la señora Calderón de la Barca quedó patente la presencia de unas clases altas que se esforzaban por parecer “civilizadas” –esto es, europeas– y unas clases populares que conservaban sus modos tradicionales de vida.

Quizá las “cortes” que organizaban los presidentes republicanos y, sobre todo, los dictadores omnipotentes fueran las más altas expresiones de un boato rebuscado y artificial. Pero sin duda fue en los teatros donde brilló todo el afán de las clases altas de lucir su capacidad de comportarse como un grupo social a la europea. La ópera y el drama, sobre todo, convocaban a las familias distinguidas, y no sólo por el interés de la obra sino por ser el tipo de espectáculo que caracterizaba la vida de las grandes ciudades.

Cosa distinta era la vida de las pequeñas ciudades provincianas. El argentino Sarmiento la ha descripto en Recuerdos de provincia, para destacar la permanencia en ella de ciertas virtudes tradicionales hispanocriollas, posibles en pequeñas sociedades que no habían sido alcanzadas por la nerviosa influencia de las grandes capitales. Pero aun en ellas se advertía la presencia de grupos ilustrados que pretendían remover el manso cauce de las ideas tradicionales, provocando dramáticos conflictos que tenían quizá más dramatismo que en las grandes ciudades.

Las ideas –y las ideologías– fueron las que conmovieron más la vida urbana. La influencia europea no sólo se tradujo en la importación de productos manufacturados y en la adopción de normas y costumbres no tradicionales. Se tradujo también en la difusión de las corrientes de pensamiento y de las tendencias literarias que renovaban por entonces la vida europea: las que provenían del romanticismo, saturadas de nuevas ideas sociales, o las que provenían del progresismo que estimulaba la renovación de la vida económica y política. Los cafés, los clubes, las tertulias se agitaban por el juego de las ideas y oponían a liberales y conservadores, a progresistas y tradicionalistas, con una vehemencia que transformaba a las ciudades en un hervidero cuya temperatura se transmitía poco a poco a todo el país. Como en Europa, la ciudad latinoamericana comenzaba a ser un foco de alta tensión.

La vida rural

Ese intenso cambio que caracterizó la vida de las ciudades latinoamericanas durante las décadas que siguieron a la Independencia no se manifestó en la vida rural, cuyos rasgos se conservaron semejantes desde la época de la Colonia. Por eso el contraste fue tan vivo. Las ciudades respondían al llamado del cambiante mundo industrial, en tanto que las áreas rurales apenas recibían ese estímulo.

En rigor, los establecimientos donde se desenvolvía la actividad rural mantenían los caracteres originarios. Eran las explotaciones mineras, más o menos decaídas algunas veces, los pueblos constituidos sobre antiguas comunidades aborígenes y, sobre todo, las grandes haciendas, unas dedicadas a plantaciones y otras para cría de ganado. Pero en las márgenes de las zonas metódicamente pobladas y explotadas había vastas regiones que estaban más allá de esas fronteras, en las que vivía y crecía una población indiferente a los controles del sistema social y político, indígena algunas veces y la mayoría mestiza y criolla. Algunos rasgos comunes caracterizaban todo ese conjunto: un apego a la tradición hispanocriolla, a las costumbres nacidas en la dura lucha contra la naturaleza y a las normas creadas por la autoridad señorial de los dueños de la tierra.

Donde la autoridad del amo perduró plenamente fue en los establecimientos tradicionales. Una plantación constituía un mundo cerrado que, muchas veces, parecía patriarcal, como el que describió el colombiano Jorge Isaacs en su novela María. La familia, sólidamente unida bajo la autoridad paterna, era el centro de una comunidad constituida por esclavos y peones, a los que los amos brindaban su protección a cambio de una total sujeción. El trabajo duro y ordenado era la regla, desenvuelto dentro de rígidos principios que el amo hacía cumplir inexorablemente. Pero la coincidencia de señores y peones tanto en las faenas como en el sistema de normas y creencias creó una vigorosa solidaridad entre ellos. Un día el amo podía salir en tren de guerra y su peonada constituía su hueste, fiel y resuelta. Así se vio, sobre todo, en las haciendas ganaderas, donde el peón –gaucho rioplatense o llanero mexicano– se convertía fácilmente en soldado, hábil en el manejo de la lanza y, sobre todo, jinete insuperable.

En la paz, la vida rural transcurría monótona para el peón y su familia. Tras la dura jornada de trabajo, la comida y el descanso en el rancho familiar o en el vasto cobertizo de los hombres solos; y a veces la rueda alrededor del fogón, donde solía oírse una guitarra o el murmullo del narrador que reinventaba los cuentos tradicionales con aparecidos y prodigios que asombraban al auditorio. Las fiestas religiosas quebraban la monotonía cotidiana; pero más aún las fiestas rurales, en las que se mostraba la destreza y el valor de los competidores; y algún viaje al pueblo para un privilegiado ponía en contacto al hombre de campo con otra manera de vivir.

Pero el hombre de campo amaba la suya. Si escapaba de la dura sujeción de la hacienda, era para buscar más libertad, en las zonas donde la civilización –y la opresión– no llegaba. Algunos –como el rastreador o el baqueano que describe Sarmiento en Facundo– ponían sus habilidades al servicio ocasional de un patrón sin sujetarse a él. Otros elegían la libertad del nómade y no faltaron, en las pampas argentinas, quienes optaron por agregarse a una tribu indígena.

A este último tipo de rebeldes que reaccionaron contra la penetración pertenecen los bandidos –con o sin ideas sociales– que retratan los mexicanos Ignacio Altamirano en El zarco y Manuel Payno en Los bandidos de Río Frío: temerarios y crueles pero animados en el fondo por un instinto que los llevaba a defender a su manera un mundo que veían amenazado por la civilización. Y a esa estirpe pertenece el gaucho “matrero”, del que Martín Fierro, el héroe del poema del argentino José Hernández, es el arquetipo insuperable.

Durante muchas décadas el mundo rural sintió que la civilización era su enemigo: la civilización de las ciudades, europeizante, impuesta y defendida con toda la fuerza del estado. Y no era sólo porque la civilización fuera más cruel en la explotación de los peones, sino porque tanto los peones como los señores rurales veían prosperar y triunfar un sistema de ideas que quebraban sus viejas creencias y sus hábitos seculares. “Religión o muerte” fue la bandera de un caudillo que luchó contra la ciudad y las ideas de los doctores.

Los suburbios

En un lugar se encontraban y confrontaban directamente las formas de la vida rural y las formas de la vida urbana: en los suburbios de las ciudades, y especialmente de las más importantes. Allí coincidía el que arreaba el ganado o el que traía sus cestas de productos para mercarlo con el avisado comerciante, con el cliente, con el funcionario o con el policía. Generalmente silencioso, el hombre de campo sobrellevaba su inferioridad; algunos se fortalecían en sus convicciones pero otros se incorporaban poco a poco, al tiempo que transmitían a sus interlocutores parte de lo que contenía su espíritu: la sabiduría de sus dichos, la maestría de sus manos, la música que habían aprendido de sus abuelos, las virtudes de las hierbas; y no sólo eso, sino también su sentimiento del honor y su experiencia de la vida. En cambio recibían nuevas ideas y cierto gusto por formas más suaves de vida que conocían y elaboraban.

Ese intercambio no fue el único. Los señores rurales comenzaron a radicarse en las ciudades, y tras ellos comenzaron a escapar de los campos las nuevas generaciones que descubrían la posibilidad de prosperar. El mundo mercantil les ofreció cabida, y poco a poco la vida urbana afianzó su triunfo sobre la vida rural.

Ciudades en transformación, 1880-1930. 1972

Algunas ciudades latinoamericanas habían comenzado cierto proceso de desarrollo y transformación edilicia antes de 1880: Río de Janeiro, capital imperial, o Caracas en la época del presidente Guzmán Blanco. Pero a partir de 1880 el cambio se hizo general, y llegó a constituir un rasgo característico de muchas de ellas. Las ciudades veían crecer su población, diversificarse sus actividades, mudarse su fisonomía, alterarse los modos de pensar y las costumbres de sus ciudadanos. El viajero europeo se sorprendía de estas transformaciones que hacían irreconocible una ciudad en veinte años; y fue eso, precisamente, lo que dio a la imagen de Latinoamérica el carácter de un mundo vertiginoso, de un mundo en desenfrenado cambio.

Un examen más atento hubiera permitido ver que el juicio no era exacto. Mucho era lo que en Latinoamérica no cambiaba, sobre todo en las zonas rurales, pero también en las aldeas y en las ciudades provincianas. Fueron las ciudades las que cambiaron, y en particular, las grandes ciudades. Porque el cambio estaba relacionado profundamente con cierta transformación sustancial que se operó por entonces en la estructura económica de casi todos los países latinoamericanos, y repercutió particularmente sobre las capitales, sobre los puertos, sobre las ciudades que concentraron y orientaron la producción de algunos productos muy solicitados por el mercado mundial; fue, ciertamente, la preferencia del mercado mundial por los países productores de materias primas y consumidores de productos manufacturados la que concentró en ciertas ciudades mucha población, la que creó nuevas fuentes de trabajo y nuevas formas de vida, la que inyectó en ellas mucha vida y ciertas formas de modernidad.

Para entonces, los países industrializados –los de Europa y Estados Unidos– comenzaban a alcanzar su plenitud. Habían acumulado fuertes capitales, poseían industrias en pleno crecimiento, y necesitaban tanto materias primas abundantes como mercados para sus productos. También en ellos crecían desmesuradamente las ciudades, cuyas poblaciones requerían una cuota de productos alimenticios que sus países no producían. Y tanto las exigencias de los grandes capitales y de las pujantes industrias como los requerimientos de las nuevas concentraciones urbanas promovían una acción indirecta sobre los países que no habían comenzado a desarrollarse industrialmente.

Esa acción se advirtió –dramáticamente– en la incentivación forzada de cierto tipo de producción: en las zonas rurales de Latinoamérica se estimuló el trabajo con un criterio empresarial, para que un país produjera más café; otro, más caña de azúcar; otro, más metales; otro, más cereales, lanas o carne para consumo; otro, más caucho; otro, más salitre. Las empresas eran, casi siempre, de capital extranjero, y extranjeros fueron sus gerentes, sus ingenieros, sus mayordomos y a veces hasta sus capataces; la mano de obra, en cambio, era nacional; y nacional fue también todo el mundillo de intermediarios que la producción y su comercialización engendraron. Ese mundillo fue el que creció en las ciudades, que se llenaron de oficinas y de bancos, de negocios mayoristas y de pequeñas tiendas, de gentes que medraban con lo que sobraba de tanta riqueza concentrada en lo que era el viejo casco urbano colonial y que empezaba a transformarse, imitando a las grandes capitales, como Londres o París. Una suntuosa avenida, un parque, o acaso la costumbre de reunirse en un club, o la de adoptar ciertas modas, parecían garantizar a la antigua aldea su paso hacia la condición de metrópoli.

Transformación o estancamiento

Dos palabras parecieron obsesivas para el hombre de las ciudades: exportación e importación. Eran dos palabras que sintetizaban las corrientes de una actividad comercial en la que desembocaba la nueva economía; y en aquellas ciudades donde esa actividad se localizaba, el dinero corría, las especulaciones calentaban la cabeza de grandes y pequeños ahorristas, y las esperanzas del enriquecimiento o, al menos, del ascenso de clase terminaban por convertirse en una obsesión de todos. Esas ciudades prosperaron.

Entre todas, aquellas donde más claramente se advirtió la prosperidad y la transformación, tanto de la sociedad y sus costumbres como de la fisonomía edilicia, fueron las capitales que eran, al mismo tiempo, puertos: Río de Janeiro, Montevideo, Buenos Aires, Panamá, La Habana, San Juan de Puerto Rico, todos puertos marítimos que desarrollaban su actividad al lado de las que eran propias de una capital, centro de decisiones políticas y también económicas; y aun Asunción, puerto fluvial; y aun Caracas o Lima que, aunque eran ciudades interiores, formaban pareja con sus puertos vecinos, La Guaira o El Callao. Una economía pujante, despertada por la incitación del mercado exterior, acompañaba ahora a la tradicional actividad que derivaba del ejercicio del poder político, del juego de la burocracia, del ejercicio de las influencias para obtener tales o cuales beneficios. Aunque sin puerto, México brillaba por su vitalidad y su riqueza bajo la égida de Porfirio Díaz, alojado en el castillo de Chapultepec.

Las capitales aprovecharon la riqueza del país, y generalmente modificaron su fisonomía; y no sólo porque se supuso que debían dar la imagen de un país próspero, sino porque en ellas se alojaron los grandes intermediarios, los banqueros, los exportadores, los financistas, los magnates de la bolsa. Pero en realidad la riqueza entraba y salía por los puertos, que ya habían crecido mucho en las últimas décadas. Algunos, como Buenaventura, no consiguieron sobrepasar su medianía. Pero otros concentraron una burguesía mercantil de sólidos recursos, aunque no siempre tuviera la ostentosa preocupación de las capitales que remedaban las viejas cortes. Valparaíso o Guayaquil fueron prósperas, como Santa Marta y Cartagena y la floreciente Barranquilla; Rosario, Santos, Belém reflejaron las nuevas formas de la riqueza –el trigo, el café, el caucho-; y Cartagena, Bahía, Veracruz y Puerto Cabello conservaron o mejoraron su condición de centros comerciales, como empezaron a serlo Antofagasta, Iquique, Maracaibo o Matamoros. En poco tiempo comenzaron muchos de ellos a exhibir sus nuevas instalaciones –los muelles, los depósitos, las vías férreas, las grúas– y todo un mundo de gente conformaría su nueva sociedad: desde el poderoso importador o el representante de una empresa inglesa hasta el lustroso mestizo que aportaba al progreso la fuerza de su espalda desnuda.

También prosperaron las ciudades que se constituyeron en foco de una zona productora en proceso de expansión, como Manaos, San Pablo o Manizales. Surgida en el corazón de la Amazonia, Manaos se transformó en la capital del caucho, y hacia ella concurrieron todas las corrientes que suscitó la nueva riqueza: repentinamente se congregó allí una sociedad abigarrada que quiso poseer las comodidades y el lujo de las grandes ciudades, y su suerte quedó atada a las alternativas del mercado internacional del caucho. San Pablo y Manizales, en cambio, crecieron con la demanda del café, que se producía en las zonas circundantes; y también acrecentaron rápidamente su población, desarrollaron sus servicios y modernizaron su fisonomía hasta adquirir el ritmo de las ciudades modernas.

Algo parecido ocurrió, en otra escala, con las ciudades que quedaron adscriptas a zonas de expansiva riqueza agropecuaria, como las que fueron fundadas o crecieron en las áreas argentinas del cereal y del ganado, entre las que cobraron particular significación La Plata y Bahía Blanca; o con las que adquirieron pujanza en las regiones mineras, como Oruro, Antofagasta, Belo Horizonte –fundada en 1897-, Monterrey; o con las que adelantaron la frontera de las áreas productivas, como Temuco o Punta Arenas en Chile, Tres Arroyos, Villa María o Resistencia en Argentina, Chihuahua en México; o con las que aprovecharon el intercambio fronterizo, como Rivera, Encarnación o Ciudad Juárez. Un vigoroso tráfico mercantil y una creciente infraestructura de servicios proporcionó creciente desarrollo a su vida económica y las puso en camino de convertirse en importantes centros urbanos.

Pero donde esas condiciones no se dieron, las viejas ciudades mantuvieron su actividad y su aspecto tradicionales que, en contraste con el desarrollo de las otras, pareció significar un estancamiento y, en ocasiones, un retroceso. Así ocurrió con las ciudades que quedaron al margen del sistema ferroviario, o con las que estaban emplazadas en áreas cuya economía no se dinamizó. Hasta algunas capitales, como Quito y La Paz, enclavadas en la zona andina, sufrieron un retardo en su desarrollo que las hacía parecer estancadas. Cuzco y Potosí, Cuenca y Trujillo, Popayán y Sucre, Mérida y Cochabamba conservaban las apacibles formas de vida sin que las sacudiera lo que orgullosamente se llamaba el progreso. Y algunas se resistían hasta a abandonar su fisonomía colonial y parecían ciudades dormidas, como Cajamarca o Cholula, Villa de Leyva o Maldonado, Ouro Preto o La Rioja, Coro o Guatemala la Antigua. Muchas de ellas mantendrían ese aspecto, en tanto que se aceleraba la transformación de las otras, incluidas de lleno en la renovación económica de la época.

Las sociedades urbanas

Lo típico de las ciudades estancadas y dormidas no fue tanto la permanencia de su trazado urbano y su arquitectura como la perduración de su sociedad. De hecho, se conservaban en ellas los viejos linajes y los grupos populares tal como se habían diseñado en el mundo colonial o en la época patricia. Poco o nada había cambiado, y ciertamente nada estimulaba la transformación de la estructura de las clases dominantes, ni la formación de nuevas clases medias ni la diversificación de las clases humildes.

Todo lo contrario ocurrió en las ciudades que quedaron incluidas en el sistema de la nueva economía. Las viejas sociedades se vieron desbordadas por nuevos contingentes que se incorporaban a la vida urbana, resultado unas veces del éxodo rural y otras veces de la aparición de grupos inmigrantes. El mayor número –acentuado por un decidido crecimiento vegetativo– alteró también cualitativamente la vieja estructura demográfica, favoreciendo las posibilidades de movilidad social que ofrecían las nuevas perspectivas ocupacionales y provocando muy pronto una ruptura del sistema de las relaciones sociales. Donde antes había un sitio preestablecido para cada uno, comenzó a aparecer una ola de recién llegados con vocación por la aventura que destruyó la armónica y convencional sociedad tradicional. El “nuevo rico”, el pequeño comerciante afortunado, el empleado eficaz, el obrero habilidoso se abrieron paso entre los recovecos del armazón social y consiguieron dislocarlo. De pronto, el viejo patriciado descubrió que la “gran aldea” se transformaba en un conglomerado en el que se perdían las posibilidades del control de la sociedad sobre el individuo a medida que desaparecía la antigua relación directa de unos con otros. En rigor, comenzaba a constituirse en Latinoamérica la ciudad multitudinaria.

Acusaron el golpe las clases tradicionales, ese viejo patriciado que parecía consustanciado con la tradición republicana y que había envejecido en el ejercicio tanto del poder político como del poder económico. De pronto apareció a su lado una nueva burguesía, acaso compuesta en parte por sus propios miembros, pero de la que formaban parte también otras gentes: el financista improvisado, el representante de una compañía extranjera, el técnico contratado para las minas o para las obras del ferrocarril, del puerto o de salubridad, o simplemente el comerciante enriquecido que había abandonado la venta al menudeo para dedicarse a las importaciones, y que acaso dejaría muy pronto esa actividad para especular en la bolsa, establecer una sociedad financiera o fundar un banco. Con todos ellos se encontraba ahora el viejo patriciado en los clubes –nuevos, muchos de ellos, a imitación de los ingleses– y hasta en las reuniones exclusivas de su clase, que se abría poco a poco ante el prestigio de la nueva riqueza.

Ese prestigio adornó, sobre todo, a los grandes aventureros de la finanza y de la industria: Emilio Reus en Uruguay, José María Menéndez en el sur patagónico, Waldemar Scholz en Manaos, Ernesto Pugibet en México. Efímera o duradera, su fortuna casi inconmensurable parecía el símbolo de las esperanzas que se abrían para todos. Y en los salones de las nuevas residencias que construía para ellos un arquitecto llegado de París, se iniciaba el ejercicio de una forma de vida que imitaba la de la alta burguesía victoriana o napoleónica. Su ejemplo fue imitado, porque el viejo patriciado perdió su prestigio ante el avance de esta nueva burguesía moderna y europeísta; y no sólo porque fuera más rica y más audaz, sino también porque expresaba más fielmente las necesidades de los nuevos tiempos y asumía con más clara visión las funciones de minoría directora.

Por lo demás, el viejo patriciado no contaba ya con la forzosa dependencia de las clases populares. Nuevas fuentes de trabajo aparecían, y el que quería labrarse una posición tenía abierta toda la escala de posibilidades. A las antiguas tareas, la vida urbana agregaba otras nuevas: en los puertos, en los comercios, en las instituciones, y también en el campo de las manufacturas, de la construcción, de las obras públicas, sin contar los nuevos servicios subsidiarios que crean las ciudades populosas, desde mensajero hasta guardián del orden público o cochero. Esta apertura en las posibilidades del trabajo modesto no sólo sirvió para canalizar las expectativas de las nuevas clases populares, acrecentadas en las ciudades por causa del éxodo rural o de las migraciones extranjeras, sino también para sacudir la modorra de las clases populares tradicionales, cuyos miembros, antes contentos con su suerte, veían ahora prosperar al imaginativo vecino que abandonaba el servicio doméstico para vender baratijas por la calle y terminaba como tendero establecido y con buen pasar.

Además, las nuevas manufacturas e industrias dieron nacimiento a una suerte de proletariado industrial, ajustado a un salario y sometido a la disciplina impersonal de la empresa. No había para sus miembros el despreocupado solaz del vendedor callejero o del mayoral del tranvía que siempre encontraban una pausa para la conversación. Pero adquirían poco a poco la modalidad de una clase combativa, disconforme y capaz de expresar su rebeldía. Poco a poco, las clases populares escapaban del viejo sistema, un poco patriarcal, y se ajustaban al nuevo que se elaboraba sordamente en las plantaciones y en las minas pero de una manera visible en los centros intermediarios que constituían las ciudades. Y a medida que la ciudad crecía, crecía también el mundo de los marginales, con sus mendigos resignados y acaso filosóficos, con sus prostitutas y sus borrachos, con los ladrones de bajo o de alto vuelo, que ensayaban en las calles de Santiago o Buenos Aires, de México o Caracas, las artes de un oficio que prosperaba al calor del ambiente cada vez más multitudinario.

Pero lo más sorprendente de las ciudades que se transformaban al calor de los cambios económicos fue la aparición de nuevas y nutridas clases medias. Ciertamente, no faltaban antes. Las constituían quienes poseían un comercio, quienes ejercían una profesión liberal, los burócratas, los militares, los clérigos, los funcionarios. Pero en todos esos niveles hubo una expansión que creó nuevas expectativas. La ciudad era, fundamentalmente, un centro intermediario, y las necesidades de esa función multiplicaban las de la producción misma. Más burocracia, más servicios, más funcionarios, más militares, más policía. Quienes eran originarios de la ciudad tenían más posibilidades de alcanzar esas posiciones; pero quienes llegaban a ella y hacían su carrera desde los primeros peldaños podían subirlos en breve tiempo a fuerza de capacidad o de vinculaciones. Y luego podían hacer fortuna, o incorporarse a una clientela política o a la suerte de un grupo de poder. Así, el tránsito desde las clases populares a la clase media fue frecuente y a veces rápido, al tiempo que en las capas superiores aparecían posibilidades de trepar a los altos estratos de la burguesía por la vía de la fortuna, o del padrinazgo de un poderoso, o de las alianzas afortunadas. Fue esta nueva clase media la que caracterizó la transformación de las ciudades, y no sólo porque reflejó la intensa movilidad de la sociedad, sino porque sus miembros permitieron la renovación de las formas de vida: eran los que compraban los periódicos, los que discutían sus opiniones en los cafés, los que se proveían en los nuevos almacenes que ofrecían la moda de París, los que llenaban las aceras de la bolsa y los bancos, los que empezaron a pensar que también ellos tenían derecho a participar del poder.

En pocos años, veinte o treinta ciudades latinoamericanas vieron transformarse sus sociedades y arrinconar las formas de vida y de mentalidad de las clases tradicionales. En su lugar, las nuevas sociedades elaboraron otras formas de cultura urbana.

Los marcos de la vida urbana

En esas ciudades, las nuevas culturas urbanas aparecieron enmarcadas por las condiciones que el nuevo sistema económico imponía. Ciertamente, en las ciudades estancadas pudo perpetuarse el estilo de vida tradicional; pero en estas otras las cosas cambiaron. Lo primero que se modificó fue el ritmo de la existencia, porque era difícil mantener el hábito de la siesta cuando a esa hora funcionaban los bancos y la bolsa.

Algunos bancos existían; desde la década del sesenta funcionaba en Brasil el Banco de Londres y Brasil, y en la Argentina, el Banco de Londres y Río de la Plata; y en el otro confín de Latinoamérica funcionaba el Banco de Londres y México. Pero en la década del ochenta empieza a crecer el número de los bancos extranjeros: ingleses, alemanes, franceses y, en México sobre todo, norteamericanos. Mucho más débiles, no faltaban los bancos nacionales. Fundados aquéllos para atraer a los inversores extranjeros, fueron árbitros de cuanta empresa o aventura económica surgió en la mente de empresarios o aventureros. Y en la vida de la ciudad, giraba alrededor de sus despachos y de sus ventanillas una maraña de operaciones que implicaba no sólo a los sectores poseedores, sino también a los medianos y al gobierno mismo. El crédito era la condición de toda iniciativa, y la esperanza de un lucro rápido obtenido sin capital caracterizó la mentalidad de todos los grupos en situación de ascenso económico.

La bolsa atraía la atención de los especuladores tanto o más que los bancos, y por eso fue el símbolo de la nueva mentalidad económica. El argentino Julián Martel describió, en su novela La Bolsa, el ambiente febril de la de Buenos Aires; pero el fenómeno se repetía en muchas partes, porque ella también ofrecía la perspectiva de un lucro rápido obtenido sin capital. Unicamente se necesitaba imaginación, audacia y, preferentemente, socios y amigos encumbrados no sólo en los círculos financieros sino también políticos. Pero la bolsa no sonreía siempre ni a todos. Frente a las pizarras de las cotizaciones se definían los destinos individuales de quienes apostaban lo que tenían y lo que no tenían a una aventura, unas veces real y otras imaginaria. Se especulaba con los títulos del estado, con el oro, con las tierras, con las acciones de compañías que se fundaban a cada instante con capitales fantasmas, y también con las de compañías sólidas a las que se jaqueaba con la especulación desmedida. Y al calor de esas especulaciones se hacían y se deshacían fortunas, con las cuales ascendía o descendía la posición de las familias alterando el cuadro social de la ciudad.

Unos pocos centros comerciales donde se concentraba el tráfico de exportación e importación completaban el sistema básico de la economía regional, que la ciudad administraba. Por los puertos salían el café, el trigo, el salitre, la carne, el oro, la caña de azúcar; y entraban gruesas cantidades de productos manufacturados. Pero el dinero en que todo eso se convertía, y el dinero obtenido de los inversores extranjeros para desarrollar esos negocios o financiar la infraestructura moderna, corría por aquellos canales que, finalmente, no concluían en la ciudad sino que seguían su curso hasta desembocar en las grandes metrópolis financieras e industriales de Europa o Estados Unidos. La ciudad que se transformaba, que veía cambiar la estructura de su sociedad y su fisonomía edilicia, que veía circular el dinero y obtenía ciertos réditos no era, en rigor, sino una avanzada de un sistema cuyos controles estaban fuera de ella. Por eso la ciudad patricia adquirió un marcado aire de factoría que la convirtió en típica ciudad burguesa.

Al crecer, la ciudad misma ofreció un nuevo género para la desenfrenada tendencia a la especulación: la tierra urbana. Perspicaz y decidido, el especulador en tierras compra –con o sin dinero– la quinta suburbana, el predio abandonado, calculando que allí se dirigirá la gente que no puede comprar en el viejo centro de la ciudad. El especulador se erige en urbanista y traza calles y plazas, reserva lugares para edificios públicos y hasta se arriesga a construir alguna casa o al menos unas paredes que sirvan de anzuelo. Entonces convoca a un remate, que suele ser una especie de fiesta popular animada por una banda de música, para un domingo por la mañana. Y el rematador –especulador y urbanista– asciende al podio y comienza con un largo y animado discurso sobre las ventajas del lugar y, sobre todo, sobre su brillante futuro. Porque el rematador sabe que muy pocos de los que vienen a comprar se proponen edificar para vivir: los más son también especuladores, aunque en otra escala, que esperan que la tierra se valorice y haga que se reproduzca el dinero invertido. Pero al fin el nuevo barrio queda hecho, y quizá muchos han ganado dinero. Allí florecerá un nuevo género de pequeño comercio, ejercido por los adelantados del menudeo, cuyas tiendas serán los focos tanto de la compraventa como de la sociabilidad del nuevo distrito. Así extendida, la ciudad necesitará servicios públicos, que nuevas empresas proveerán: el alumbrado, el tranvía, el gas y la electricidad más tarde, el agua y las obras sanitarias. Sobre la expansión física de la ciudad, una vasta inversión financia la infraestructura.

Pero las clases tradicionales preferían el viejo centro o, en todo caso, los nuevos barrios próximos a él que surgieron también como resultado de una especulación en alta escala. Son los barrios residenciales, que conviene que no estén muy lejos de donde está situado el palacio de gobierno. Por mucho que los bancos, la bolsa, las sociedades financieras y las grandes casas exportadoras e importadoras se constituyeran en centros decisivos de la vida urbana, el palacio de gobierno conservaba y aun acrecentaba su importancia. Allí residía el poder político, que no era desdeñable ni siquiera para el poder económico.

En las capitales ejercieron funciones políticas, directas o indirectas, no sólo los antiguos sino también los nuevos factores de poder. Y en diversa escala, en todas las ciudades que se transformaron por quedar inscriptas en el nuevo sistema aparecieron los nuevos factores de poder para competir con los antiguos. Eran éstos los viejos linajes patricios, las clases altas tradicionales, los jefes militares y los prelados, algunos ricos comerciantes y algunos círculos ilustrados que merecían consideración especial. Pero poco a poco el número comenzó a crecer. Otros grupos sociales, especialmente las clases medias en ascenso, canalizaron un cuerpo de opiniones políticas que se transformó en respetable. Y con el tiempo, empezarían a aparecer grupos obreros organizados en sindicatos con los que había que contar. Pero los nuevos grupos de poder importantes fueron los que expresaron el poder económico. Lanzado a la tarea de la modernización del país y a una explotación más intensiva y organizada de las riquezas naturales, el poder político descubrió que necesitaba capitales: y quienes lo ofrecieron o, finalmente, lo invirtieron se sintieron solidarios en la conducción del país, de modo que su consejo fue escuchado y sus aspiraciones generalmente satisfechas. El inversor quiso privilegios y garantías, y las solicitó al poder político que procuraba atraerlo. En el juego de toma y daca muchos se enriquecieron ilícitamente, y todos los que representaban de alguna manera al capital extranjero adquirieron una inusitada personería que gozaba de valimiento en los estrados oficiales. Privilegios y garantías quedaban establecidos en leyes que sugerían gestores, estudiaban ministros y funcionarios, votaban diputados y senadores, ponían en funcionamiento burócratas. El vínculo quedó establecido, y poco a poco el poder político se encontró apresado en esa red.

Con todo, los principales factores de poder fueron, en apariencia al menos, los partidos políticos. Algunos eran tradicionales, y su pensamiento solía corresponder a una problemática ya envejecida. Pero en su seno mismo se formaron grupos que se adecuaron a las nuevas circunstancias, y la teoría del progreso sirvió a veces de escudo para esconder sus aspiraciones. Salvo algunos sectores que perpetuaron una imagen tradicional de la economía, tanto liberales como conservadores procuraron canalizar en su provecho las nuevas circunstancias.

Algo nuevo pasó, sin embargo, después de desencadenarse el proceso de transformación económica. Las nuevas clases medias y ciertos sectores de las clases populares comenzaron a organizarse políticamente y reclamaron sus derechos a participar en la vida política del país. O en el seno de los viejos partidos o a través de partidos nuevos, estas nuevas masas urbanas se hicieron presentes exigiendo que se hiciera efectiva la democracia. Las ciudades vieron de pronto formarse esos nuevos nucleamientos políticos –liberales avanzados, radicales, socialistas-, y contemplaron la aparición de nuevas formas políticas. Los mitines de varios millares de personas reunidas en la plaza pública, el orador exaltado, las consignas reformistas o revolucionarias conmovieron a las ciudades y sacaron a la política de las tertulias y los cenáculos donde tradicionalmente se hacía. Hubo revoluciones populares, llamadas así, pero que en realidad estaban movidas por las clases medias aunque contaran a veces con el apoyo de sectores más humildes. Y los periódicos, que acrecentaban su tiraje, canalizaban sus opiniones.

La vida política se hizo más vivaz en las ciudades que se transformaban, y el poder político más difícil de ejercer. Hasta entonces había sido cosa de unas pocas familias; pero para que siguiera siendo así comenzará a parecer imprescindible que el poder político fuera más fuerte, a veces dictatorial. Y no sólo para que siguiera en manos de unas cuantas familias, sino para que no se escapara de los nuevos grupos de poder que se estaban constituyendo. Oligarquías y dictaduras fueron las formas típicas de gobierno que se ejercitaron desde las capitales.

En ellas reinó “el señor Presidente”, según la feliz fórmula acuñada por Miguel Ángel Asturias, que pensaba en los días del gobierno guatemalteco de Estrada Cabrera. Rafael Núñez y Rafael Reyes en Bogotá, Porfirio Díaz en México, Eloy Alfaro en Quito, Cipriano Castro o Juan Vicente Gómez en Caracas ejercieron el poder dentro de una concepción autocrática, que no difería mucho, por lo demás, de la que caracterizó a los presidentes que representaban a las poderosas oligarquías asentadas en Río de Janeiro o Buenos Aires. El “señor Presidente” poseía extensos poderes, y la capital era su corte, a la que era necesario encaminarse para resolver cualquier problema, sin perjuicio de que sus delegados tuvieran también sus cortes en las ciudades provincianas. Pero, en rigor, la corte era el “palacio”, tan suntuoso como era posible, en el que funcionaba un protocolo a veces grotesco y en el que no faltaban los pechos cubiertos de generosas condecoraciones ni los servidores con librea. Ese espíritu reflejaba el de las nuevas oligarquías, alucinadas por el lujo de los salones y de los parques, por el prestigio del champaña y de las aristocracias europeas de la belle époque, burguesas, por lo demás, como ellas mismas.

Pero el “señor Presidente” no siempre era prisionero y representante de la oligarquía; tenía su propio estilo, y hasta podía ser austero como Porfirio Díaz, recluido en el castillo de Chapultepec. Lo importante era que no perdiera ni un instante el control del poder, y en eso confiaban sus mandantes. El “señor Presidente” tenía su pequeña nobleza de incondicionales que lo rodeaba, todo el mundillo palaciego que se interponía entre él y los demás; tenía sus ministros, que estaban en contacto con lo que la calle decía, sus funcionarios, sus amigos predilectos, a quienes invitaba “a palacio”. Y tenía a sus generales, y a su jefe de policía, y a sus esbirros y a sus soplones, todos encadenados a los favores del “señor Presidente”, cada vez más rico, cada vez más poderoso y cada vez más prisionero en su corte, en su capital, que se transformaba con amplias avenidas y paseos, con vistosos edificios públicos, con lámparas de gas o de electricidad, con tranvías a caballo primero y eléctricos después. Prisionero de los grupos de poder, a los que daba imperiosamente aquellas órdenes que ellos esperaban y querían cumplir.

El “señor Presidente” solía llegar al poder mediante elecciones, generalmente amañadas, luego de largas deliberaciones entre los notables, entre los que no faltaba el banquero que decía las medias palabras decisivas. Siempre había un club en el que se tomaban las decisiones –el del Progreso, el Nacional, el de la Unión-, o algún hotel cuyos salones frecuentaban los iniciados, o alguna redacción de periódico en cuyos despachos se anudaban las voluntades. Después, el acto eleccionario consagraba al candidato, y para más adelante bastaba con el aparato del estado. Pero las clases medias crecieron en número, en poder, en claridad de ideas, y vastos sectores de las clases populares coincidieron con ellas, aunque algunos grupos propusieran sus propios objetivos. La política empezó a complicarse y no bastó con meter preso al opositor sino que fue necesario que la policía –o el ejército– reprimiera a los manifestantes que inundaban las calles. Junto a las oligarquías, nacidas del cambio económico y el “señor Presidente”, hacía su aparición, a veces triunfante, una clase social antes desdeñada. Era, precisamente, la que estaba haciendo las nuevas ciudades, la que leía periódicos, la que usaba el tranvía, la que conversaba en los cafés o en los clubes políticos, la que empezaba a ir al cine. Entretanto, había habido una revolución triunfante en México y otra en Rusia.

Esa clase también empezó a leer libros, pero no para distraerse, como hacían frecuentemente las clases altas, sino para aprender, para adquirir “conocimientos útiles” y para compenetrarse de las “ideas modernas”, relacionadas con la ciencia y con la política. El fenómeno era general en Europa y, en consecuencia, no faltaron libros, como los españoles de la Biblioteca Sempere y los que luego empezaron a editarse en algunas ciudades. Además estaban las revistas y los periódicos doctrinarios de los grupos anarquistas y socialistas. Así alcanzó rápidamente la clase media un nutrido bagaje de conocimientos que le permitió opinar y discutir hasta organizar una cierta actitud ante los problemas del mundo: una opinión, ciertamente muy intelectual, muy ideológica, que por eso mismo la separó cada vez más tanto de las clases altas como de las clases populares, ambas unidas en una apreciación espontánea e inmediata del mundo.

Del seno de las clases medias salieron los nuevos profesionales –médicos, ingenieros, abogados– que gracias a su profesión ascendieron de clase, y un nuevo tipo de hombre de letras que no era el caballero distinguido y refinado que distraía su ocio con la literatura: era menos esteticista, más comprometido y, generalmente, más utópico. Se lo veía, junto con los pintores y escultores, en los cafés bohemios, en las tertulias literarias y artísticas, en los estrenos de los dramas o sainetes de sus compañeros, o en los talleres o en las exposiciones donde trabajaban sus amigos. Así se constituyó una especie de nueva cultura intelectual, sin que desapareciera, por cierto, la tradicional. Tenía ésta sus hogares: la Academia, las sociedades sabias, las universidades; y también las tertulias literarias de alto rango, muy exquisitas y un poco puristas, que se desarrollaban en los salones. El contraste fue percibido, y como las nuevas luchas políticas y sociales, agitó la vida urbana de las ciudades que se transformaban por la vía de polémicas o de enfrentamiento de grupos, que llegaban al público a través de periódicos o revistas. La renovación estética posterior a la primera guerra acentuó el contraste. Tanto los que promovieron la “Semana de arte moderno” en San Pablo como los que animaron el grupo Martín Fierro en Buenos Aires tenían un cierto sentimiento minoritario; pero en ambos casos surgió al lado un movimiento militante de vocación izquierdista que aspiraba a un arte de masas. El cine, los periódicos y revistas de creciente tiraje estimulaban esta tendencia, en busca de nuevos lectores que escondían preocupaciones distintas a las de los reducidos sectores que antes tenían el privilegio de la lectura.

Cosa semejante ocurrió con los deportes. Mientras subsistía la aristocrática devoción por la esgrima y por el tenis, deportes populares como el fútbol empezaban a congregar muchedumbres en los estadios deportivos, acaso los primeros testimonios de ese fenómeno urbano que muy pronto se llamaría “la rebelión de las masas”. Como algunos movimientos políticos, eran expresiones de un sentimiento multitudinario que se constituía poco a poco en las ciudades: y un campeón de box podía transformarse en un héroe popular.

El cine y el deporte fueron, efectivamente, los signos más típicos de la transformación de las ciudades, por cuanto revelaban la presencia de unas clases populares con fisonomía distinta de la tradicional. Ahora, no sólo la procesión del Señor de los Milagros o la peregrinación al santuario de Guadalupe congregaban multitudes: también el partido final entre dos equipos que disputaban un campeonato reunía millares de personas que, evidentemente, querían escapar de la rutina del trabajo y gozar de la vida, expresar sus sentimientos y sus opiniones y acaso dar rienda suelta, un domingo, a cierta oculta cuota de rebeldía. Era como los toros, cada vez con más gente en las plazas, y más apasionada. Y luego en los cafés suburbanos y en las esquinas de los barrios cada uno defendía su opinión multitudinaria como si fuera su opinión personal. Una creciente tendencia de las clases populares hacia su integración y un marcado propósito de cada uno de sus miembros de afirmar su personalidad estaban latentes en este cambio social y cultural que desencadenó la transformación de las ciudades.

Por lo demás, la vida cotidiana cambió poco para esos sectores. Gozaron ciertamente de algunas comodidades –el agua corriente, el alumbrado a gas o la electricidad, las obras sanitarias-, pero no siempre, puesto que el crecimiento de la ciudad y el alto costo de la tierra urbana desplazaban en general a los sectores de bajos ingresos hacia áreas que no siempre se beneficiaban con ellas. Y fue más fácil la educación de los niños, porque la educación pública fue una creciente preocupación, o la atención de los enfermos, porque aumentó el número de hospitales y mejoró la atención que se prestaba en ellos. El más grave problema fue la vivienda. El conventillo –que Aluysio de Acevedo describió en Río de Janeiro y Nicomedes Guzmán en Santiago de Chile– fue un signo de degradación del que quisieron huir muchos, adquiriendo el lote prometido por el elocuente rematador de los suburbios para levantar allí su casa: un cuarto y la cocina primero, y luego, poco a poco, al compás del ahorro, el resto. Un cromo de la virgen o una fotografía de un torero o boxeador podían ser los únicos adornos de la morada, provista de elementales muebles. Y acaso flores, en las que se depositaban todas las aspiraciones sentimentales de las clases populares.

Otra cosa fue el cambio que experimentaron las formas de la vida cotidiana de las clases medias. Si algo las caracterizó fue su vehemente deseo de ascender socialmente y, sobre todo, de conservar su decoro y mejorar su apariencia. Esto llevó a sus miembros a aceptar todas las incitaciones de la naciente publicidad, a consumirse en la fiebre de poseer objetos y a envanecerse por su conocimiento de “las últimas novedades de París”. Al compás de los objetos aceptaron las costumbres y las convenciones, cada uno en la medida de sus posibilidades o, mejor, un grado más de lo que ellas le habrían permitido. En rigor, la vida del hogar no fue la que cambió más. Fue la vida de los hombres fuera de su casa la que reveló transformaciones más profundas, porque más aún que en las clases populares, creció el afán de participación en las clases medias. Para satisfacer ese designio era necesario estar en todo, y la calle se hizo más importante que la casa. Todos notaban que la vida se hacía poco a poco vertiginosa, y deseaban estar en el vértigo porque sospechaban que, de lo contrario, retrocederían en lugar de avanzar. La calle eran los cafés y los restaurantes, los teatros y los cines, pero también eran las oficinas y los bufetes, los clubes, los centros políticos y los sindicatos. Si la familia quería progresar, empezó a ser imprescindible que su jefe cultivara sus relaciones y procurara extenderlas. Y “progresar” era la ley de las ciudades que empezaban a transformarse al quedar incluidas en el nuevo sistema económico.

No ocurrió así con las pequeñas clases medias, generalmente agobiadas por el peso de sus obligaciones. Ni el empleado de tienda ni el burócrata tenían muchas esperanzas, porque el mundo era de los que tenían iniciativa para buscar aventuras. Pero ocurrió mucho más todavía en las clases altas, cuyos miembros sentían casi como una invitación personal las nuevas posibilidades que se ofrecían. Pocos fueron los que se retrajeron y perseveraron en su tradición más o menos hidalga. Los más cedieron al envite y arriesgaron su cuidada apostura en el juego de la política o de los negocios, y más frecuentemente, en los dos al mismo tiempo.

Era mucho lo que un señor de la política y los negocios debía hacer fuera de su casa; pero no era poco lo que tenía que hacer en ella. El palacio –o por lo menos, el palacete– constituía un ideal urgente; y los criados, y el mobiliario y el juego de mesa. Porque la tertulia frecuente y la gran fiesta ocasional debían servir a los ambiciosos planes del propietario que aspiraba a lograr una concesión o a cerrar un negocio o, acaso, a casar a una hija con alguien que lo ayudara a escalar posiciones. El argentino Julián Martel en La Bolsa y el venezolano José Rafael Pocaterra en La casa de los Ábila han descripto, entre otros, estas fiestas suntuosas de las familias ricas que aspiraban a constituir una aristocracia de imitación, que fue cruelmente calificada por sus modelos como “rastacuera”. Y de imitación fueron los modales y las costumbres, y hasta las opiniones y las ideas. Pero cuando se encontraban unos y otros en el club, en la Ópera o en el paseo de carruajes, no parecían sospechar la profunda inautenticidad de sus vidas.

La transformación edilicia

Las últimas décadas del siglo XIX vieron renovarse la fisonomía de muchas ciudades latinoamericanas. Las nuevas burguesías se avergonzaban de la modestia del casco antiguo de la ciudad, en muchos casos aún colonial. Pero, además, el crecimiento demográfico requería cambios espaciales, las nuevas actividades exigían una nueva infraestructura y, por su parte, tanto la técnica como los capitales extranjeros estaban en condiciones de resolver todos los problemas físicos de las ciudades.

Hubo un ejemplo. Más que la moderada transformación victoriana de Londres, obsesionó a las burguesías latinoamericanas la remodelación de París imaginada por Napoleón III y realizada por Haussmann. El principio fue la ruptura del casco antiguo y la comunicación con las nuevas áreas edificadas; pero dentro de ese esquema se introducía una vocación barroca –un barroco burgués– por los edificios públicos monumentales y la edificación privada de aire señorial. Extensos parques, grandes avenidas, servicios públicos modernos debían “asombrar al viajero”, según una reiterada frase finisecular.

Fue en Buenos Aires y en Río de Janeiro donde más audazmente se quebró el casco antiguo, comenzando con la avenida de Mayo en la primera y con la avenida Río Branco en la segunda, y seguidas por otras. Pero allí donde aquél se conservó, se trazaron o perfeccionaron otras que arrancaban de él o lo bordeaban: la avenida Juárez y el Paseo de la Reforma en México, la avenida Nicolás de Piérola y el Paseo de Colón en Lima, 18 de Julio en Montevideo, las avenidas Paulista e Higienópolis en San Pablo, la avenida Colón en Bogotá, la avenida Bolívar en Caracas. Eran vías destinadas a comunicar nuevos barrios, de los cuales algunos adquirieron muy pronto un aire aristocrático y en los que se afincaron las clases altas: en el Prado montevideano, en la Altagracia caraqueña, en la Alameda santiaguina, en Catete o Laranjeiras en Río de Janeiro, en las colonias Roma o Juárez en México, en el barrio Norte de Buenos Aires. Pero también comunicaban con los nuevos barrios de clase media y popular que nacían de los loteos de viejas quintas. Y en tanto que en los primeros predominaba un estilo francés en las residencias lujosas, se desarrolló en las modestas una arquitectura casi sin estilo o, en algunos casos, con un estilo elemental que llevaba la impronta de los maestros de obra italianos.

Plazas y paseos fueron el orgullo de las nuevas burguesías. El paseo de carruajes se hacía en la Lima finisecular por el Paseo de Colón, por Chapultepec en México y en Buenos Aires por la avenida de las Palmeras en el bosque de Palermo, inspirado en el Bois de Boulogne parisiense. Pero las gentes que paseaban a pie tuvieron plazas numerosas en todas las ciudades, y en muchas de ellas, sus jardines, que a veces reunían colecciones botánicas o zoológicas, sin que faltaran los entretenimientos para niños. Con esa perspectiva solían edificarse los grandes edificios públicos, teñidos de monumentalidad neoclásica, los “capitolios”, como el de La Habana o el de Caracas, los palacios de Gobierno, los palacios de Justicia, desentonando a veces con las iglesias coloniales y con la achaparrada edificación circundante. Y en el medio de las plazas, los monumentos a los héroes, de mármol o de bronce, hechura casi siempre de escultores italianos o franceses. Sólo muy lentamente empezaban a levantarse casas de departamentos de varios pisos en las zonas céntricas, donde comenzaban a fijar su residencia quienes se hastiaban de las viejas casonas de dos o tres patios. Y los comercios que se modernizaban solían renovar su fachada para abrir vistosas vidrieras, estableciendo con frecuencia un curioso contraste entre la planta baja y los pisos altos de los viejos edificios.

En medio del eclecticismo arquitectónico, las ciudades latinoamericanas mostraron cierta predilección por el art nouveau, cuyos modelos, especialmente catalanes, parecieron expresar no sólo la novedad del momento sino también cierta tendencia al lujo rebuscado que agradaba a las clases opulentas. Pináculos abigarrados y estatuas imponentes jugaban en las fachadas con las atrevidas cornisas, en un alarde de irrealidad y como un desafío a las reglas clásicas de la arquitectura. De buena factura, algunas cabecitas o algunos florones provocaban el éxtasis de los entendidos; pero para los más, lo importante era aquella ostentación de la decoración superflua, lo que concitaba el interés y la admiración. Y en contraste, las estaciones ferroviarias que seguían el modelo de la Victoria londinense exhibían sus estructuras de hierro como si fueran monumentos al Progreso y a la Industria.

Signos de progreso fueron las obras sanitarias, que proveyeron de aguas corrientes y de cloacas a las ciudades que crecían. Ríos y arroyos fueron entubados, y sobre algunos de ellos correrían importantes avenidas, como la Jiménez de Quesada en Bogotá o la Juan B. Justo en Buenos Aires. La iluminación pública a gas deslumbró a quienes estaban acostumbrados al aceite, y la eléctrica sobrepasó el asombro el día que se encendieron los primeros focos. Un día aparecieron los tranvías a caballo, y más tarde los reemplazaron los tranvías eléctricos que contemplarían la aparición de los autobuses. En alguna ciudad apareció un aeródromo. Y cuando ya todos se habían acostumbrado al uso del telégrafo y del teléfono, se levantó en algunas ciudades una antena transmisora de radiotelefonía. Año más, año menos, como en Europa, porque el trasvasamiento de las innovaciones técnicas fue en Latinoamérica casi instantáneo.

En medio del creciente trajín urbano, la Ópera se constituyó en el símbolo del arte. Teatros más o menos lujosos aparecieron en casi todas las capitales: el Municipal de Río de Janeiro, el Colón de Buenos Aires, el Palacio de Bellas Artes de México. Pero no sólo en las capitales: muchas ciudades poseyeron su teatro, como el de Juárez en Guanajuato de México, el Argentino de La Plata y, sobre todo, el Amazonas de Manaos, Brasil, el más estupendo ejemplo de una sociedad que elegía sus formas de vida impostando en el corazón de la selva ese “templo del arte” que inauguraría Caruso.

El teatro –el dramático tanto como el operístico– atrajo a las burguesías urbanas de las ciudades que se transformaban, porque significaba, al mismo tiempo, una reunión social y un solaz del espíritu. Pero también fue vehículo de ideas: “Es así como haremos teatro, ¡el verdadero teatro de ideas!… Basta de sainetes vacíos y huecos, ¡tesis, tesis!”, hacía decir, no sin ironía, a su personaje el argentino Gregorio de Laferrère en Locos de verano, estrenada en Buenos Aires en 1905. Era el teatro que preferían los jóvenes intelectuales, pero también todos aquellos que se preocupaban por los problemas sociales y políticos y los que creían en el Progreso.

El progreso y la religión de la ciencia conformaron una ideología que dividió a las clases altas. Mientras algunos de sus miembros permanecían adheridos al tradicionalismo de sabor hispánico, otros, cada vez más, se volcaron a las nuevas ideas que acompañaban el desarrollo industrial y capitalista. Y no sólo el teatro de tesis difundió esas ideas: los periódicos y revistas, los libros de Spencer y otros de variados divulgadores contribuían a formar una nueva mentalidad de clase dirigente, que se inspiraba en el liberalismo y tonificaba sus convicciones en la masonería.

Las polémicas entre partidarios del laicismo y aquellos que defendían la tradicional influencia de la iglesia sacudieron la paz de muchas ciudades, en cuyos foros discutían los prohombres. A medida que pasaba el tiempo, las clases medias en ascenso se inclinaban más decididamente por las ideas liberales, ensanchando el plano de su sustentación. Una creciente indiferencia religiosa parecía advertirse en algunas ciudades, cuyos templos vieron disminuir considerablemente el número de practicantes del sexo masculino. Y el tradicionalismo, que sólo para las clases medias tradicionales constituía una herencia, fue mirado por las nuevas clases medias en ascenso con una mezcla de desprecio y burla.

Algo semejante ocurrió con las clases populares. Los sectores vernáculos se mantuvieron adheridos a sus viejas ideas, como se mantenían adheridos a sus viejas costumbres. Pero los grupos migratorios, y sobre todo los externos, no sólo se sentían ajenos a los contenidos del tradicionalismo sino que se sentían atraídos por las ideas que alimentaban la corriente económica que los había llevado a la ciudad, sobre todo en la medida en que servían de fundamento a una justificación de la intensa movilidad que caracterizaba la vida urbana. Una cierta anomia comenzó a caracterizar la yuxtaposición de grupos sociales de distinta mentalidad.

La anomia fue considerada por muchos temperamentos nostálgicos como un signo de decadencia. La ciudad que comenzaba a ser multitudinaria contemplaba la quiebra del viejo sistema de normas morales sin que ningún otro lo reemplazara, y en cambio comenzaban a proliferar insólitas doctrinas sobre la educación, sobre la familia, sobre las actividades económicas –relacionadas con el lucro y la competencia-, sobre las relaciones sociales y políticas y hasta sobre los criminales, a quienes algunos consideraban víctimas de la sociedad. Para muchos, las viejas costumbres parecían ridículas y no vacilaban en calificarlas de prejuicios. Y como el anonimato crecía a medida que crecía el volumen de la población, fueron cada vez más los hijos de buenas familias que se dedicaban a la vida alegre y no faltó quien quisiera redimir a una prostituta mediante el vínculo matrimonial. La prostituta –la que el mexicano Fernando Gamboa retrató en su novela Santa– pasó también a ser un símbolo de la perversidad de la ciudad que se transformaba, como ya lo había sido, por otra parte, en Europa.

Por lo demás, la prostituta era una mujer, y su suerte estaba vinculada de alguna manera a la condición que la sociedad le reservaba a todas. La protagonista de la novela de Gamboa había sido expulsada de su casa por obra de una maniobra sórdida; pero muchas mujeres empezaron a pensar que había pasado el tiempo de la “tapada” limeña y que había llegado la hora de que la mujer alcanzara su liberación. De hecho, poco a poco, se la vio salir a la calle sin acompañantes, y después de la Primera Guerra Mundial comenzó a frecuentar lugares públicos y a ejercer ciertos empleos. Hubo mujeres escritoras, como las limeñas Mercedes Cabello de Carbonera y Clorinda Matto de Turner o la argentina Emma de la Barra, que constituyeron arquetipos de una forma de liberación; y otra argentina, Julieta Lanteri, sacudió el ambiente porteño proclamando vehementemente los principios del feminismo.

Con todo, las ideas que más agitaron a las ciudades que se transformaban fueron las que se relacionaban con los grandes problemas sociales y políticos. El conservadorismo se escindió entre los partidarios de una concepción tradicional con resabios feudales y los partidarios de un conservadorismo moderado, liberal y moderno. Pero el liberalismo democrático y progresista arraigó sobre todo en las clases medias populares, al menos hasta que aparecieron fórmulas más avanzadas. En Lima, Manuel González Prada pronunció en 1888, en el teatro Politeama, un discurso en el que sostuvo una audaz fórmula revolucionaria: “Los viejos a la tumba, los jóvenes a la obra”. Sus esfuerzos cristalizaron en la formación del Partido Unión Nacional, que se asemejaba a la Unión Cívica Radical que organizó en Buenos Aires Leandro N. Alem. Eran partidos populares que intentaban ofrecer una salida a las nuevas mayorías preferentemente urbanas y, como en el caso de González Prada, movilizarlas en favor de los grandes problemas sociales del país. También en otras ciudades la politización de esas mayorías fue importante, como en Montevideo y en Santiago de Chile. Pero algunos de sus sectores prefirieron soluciones más avanzadas.

Buenos Aires vio constituirse un Partido Socialista bajo la inspiración de Juan B. Justo; y de sus filas salió Alfredo L. Palacios, que logró en el popular barrio porteño de La Boca la primera banca que un socialista latinoamericano ocupara en el Congreso. A su lado luchaban los anarquistas y los sindicalistas, en tanto que los católicos constituían los primeros Círculos de Obreros siguiendo las enseñanzas de la encíclica Rerum Novarum. Hubo luchas por las ideas; pero como el movimiento obrero pareció subversivo, hubo huelgas violentas y represiones despiadadas. Algunos empezaron a pensar en la dictadura. En Lima, al celebrarse el centenario de la batalla de Ayacucho, en 1924, el poeta argentino Leopoldo Lugones proclamó la llegada de “la hora de la espada”. Y se vio a algunos pequeños sectores incorporarse a las corrientes del fascismo italiano.

Para los espíritus temerosos, la agitada vida de las ciudades que se transformaban pareció indicar el comienzo de una grave crisis. Y lo era. Las ciudades empezaban a dejar de ser lo que habían sido. Junto a la cultura tradicional de las clases privilegiadas se constituía en ellas una cultura popular, de raíces heterogéneas, todavía sin estilo, más visible sin duda en las ciudades que, como San Pablo, Buenos Aires y Montevideo, acusaban la presencia de una fuerte corriente inmigratoria. Era el fruto del cambio. El modelo de esas ciudades empezaría a operar poco después sobre las demás, y después de 1930 la transformación urbana se precipitó en un proceso de tremendas proyecciones.

El cambio social en Latinoamérica. 1963

Las ideas que expongo a continuación —de una manera casi geométrica— están destinadas a servir a la comprensión del problema total de la cultura latinoamericana, caracterizada hasta ahora a mi juicio por el predominio de los fenómenos de transculturación. Teniendo en cuenta la finalidad de estas notas, circunscribo el tema al examen de las corrientes ideológicas que se intensifican más claramente en el siglo XIX[1], relacionándolas con las situaciones reales.

El problema de la transculturación

Para entender la situación sociocultural de Latinoamérica es imprescindible, en mi opinión, no perder de vista ciertas características que configuran la historia del hemisferio desde fines del siglo XV. Antes de esa época tiene una densa historia; si la conocemos mal, no por eso dejamos de percibir su legado. Y cada vez que se repite ingenuamente que América es un mundo joven, se comete, además del error conceptual propio del naturalismo, un error de hecho. La historia anterior a las postrimerías del siglo XV configura una realidad socio-cultural de cierto tipo; y la llegada de los europeos provocó una crisis de cambio que, aunque en algunas partes llegó a exterminarla, en otras muchas se limitó a alterarla provocando un fluido y complejo proceso de transculturación.

Lo que nuestros historiadores llaman la “conquista” y la “colonización” son los primeros experimentos de cambio social y cultural en la serie de los que analizaremos después. Sin duda, ha habido cambios en la historia americana anterior a las postrimerías del siglo XV. Pero el que se inició con la “conquista” y la “colonización” fue de otro tipo. Se trata de un experimento parecido al de la conquista de España o de Galias por los romanos. En el caso de la conquista del mundo griego[2] y oriental, los romanos obraban persuadidos de la superioridad cultural de los vencidos, y lo mismo ocurrió en el caso de la conquista del Imperio Romano por los germanos. Pero cuando los romanos se enfrentaron con los celtas, por ejemplo, ignoraron su cultura y optaron por superponerse a los vencidos: no sólo como clase conquistadora sino también como elite colonizadora para impostar una nueva estructura socio-cultural en el ámbito de la conquista. Ésta fue también la actitud de los europeos en América desde las postrimerías del siglo XV.

Un largo proceso —al que no es oportuno referirse aquí[3]— condujo a la Europa occidental a operar en el siglo XV una nueva expansión hacia la periferia, de radio más vasto que la que había operado entre los siglos XI y XIV. América fue la más importante de las zonas ocupadas porque diversas circunstancias facilitaron la penetración europea y la estabilización de la nueva estructura. Para los europeos, América fue una zona marginal de Europa. Explícitamente o no, el designio fue sustituir en América una sociedad por otra: esto es, por otra en la que los conquistadores constituyeran la nueva aristocracia terrateniente y militar. Pero, además, el designio fue sustituir una cultura por otra, sin detenerse a conceder a la autóctona otro valor que el del exotismo. La actitud catequística fue tan categórica como la actitud conquistadora y colonizadora.

En comparación con todos los otros fenómenos de contacto de culturas que puedan observarse, el que se produjo entre las culturas americanas y la cultura europea desde las postrimerías del siglo XV parece ser el más contrastado y conflictivo. No me atrevo a decir que, como tal contacto de culturas, sea el mejor conocido, porque me parece que no se ha reparado suficientemente sobre este aspecto del problema. Pero en todo caso es visible que el cambio socio-cultural con que se inicia la era colonial en América es radical y se desencadena a partir de un sistema de ideas elaborado en Europa y esencialmente disímil con respecto a la situación autóctona. Este hecho —que podría ser considerado como un impacto medieval europeo sobre las culturas americanas– abrió un período en el que el ritmo del cambio, dramáticamente veloz al principio, disminuyó luego poco a poco. Los elementos de la estructura socio-cultural sometida comenzaron a recuperar valor y vigencia. Quizás nunca podamos conocer con exactitud la densidad del mundo de ideas y la complejidad de las situaciones que se escondían detrás de las rebeliones indígenas, signos de aquella recuperación. Acaso Ercilla las intuyera más que ningún otro. Pero sí podemos medir los efectos del mestizaje y la perduración de ideas y creencias, costumbres y actitudes que pudieron sobrevivir a la terrible presión conquistadora.

En esa situación general de transculturación, operada por grupos conquistadores y catequizadores que se superpusieron definitivamente a las poblaciones sometidas, se produjo luego la penetración de sucesivas corrientes de ideas. Nuevas olas de población europea, de distinta extracción social y con distinta actitud cultural, renovaron la estructura social latinoamericana y, en alguna medida, la estructura cultural. De cómo las ideas operaron en relación con las situaciones reales dependió el sesgo que las ideas tomaron y, en última instancia, su eficacia y vigencia, configurando un proceso cuyos rasgos se reiteraron insistentemente y que, en cierto modo, caracterizan la vida latinoamericana.

Los casos de tres grandes corrientes de ideas —la Ilustración, el positivismo liberal y el socialismo–, observados desde el punto de vista de su impacto y su proceso posterior, pueden ayudar a entender aquellos reiterados caracteres.

Los caracteres de la situación latinoamericana

Para comprender cómo penetran, cómo se difunden y cómo se transforman las ideas europeas en Latinoamérica, convirtiéndose con frecuencia en típicas ideologías, conviene señalar ciertos caracteres de la situación real latinoamericana, que se origina con la conquista.

El primero es la aparición de la ciudad americana. Se trata de una prolongación de un fenómeno que, como es sabido, se manifiesta en Europa desde el siglo XI[4], pero que tuvo en Castilla, especialmente, ciertos rasgos singulares –análogos, por lo demás, a los de otras zonas de frontera como la del este de Europa–. La ciudad fue el reducto de los conquistadores y el centro de la colonización económica tanto como de la catequesis cultural. Mira hacia dentro, hacia la tierra otorgada al conquistador; pero no puede dejar de mirar hacia Europa, que no es ya la Europa medieval del descubrimiento sino la Europa burguesa del desarrollo mercantil. La ciudad americana quiso ser la ciudad hidalga pero concluyó siendo la ciudad burguesa, cuyas capas superiores estaban constituidas por los sectores administrativos, eclesiásticos, mercantiles y en cierta medida por el de las profesiones liberales. Con una intensa actividad mercantil, con escaso artesanado urbano y con un contorno social muy complejo compuesto de la nueva y creciente clase de los mestizos y de la clase indígena sometida, con el tiempo la ciudad se transformó —como era inevitable— en el reducto de una especie de clase media, en cuyo seno comenzó a constituirse un sector criollo.

Los grupos terratenientes, los propietarios de las minas, los beneficiarios del comercio monopolista, todos los que detentaban el poder económico eran españoles y conformistas, en cuanto aceptaban total y vehementemente el orden constituido sobre la base de la servidumbre de las poblaciones autóctonas. En las áreas rurales perduraba el esquema social que había prevalecido en Europa durante la Edad Media y que aún persistía en muchas partes durante la Edad Moderna. La ciudad, en cambio, aun cuando contara en su seno vigorosos sectores conformistas, alojó y fomentó los gérmenes del disconformismo burgués, en términos análogos, por lo demás, a los de las burguesías españolas. La Independencia de las colonias inglesas de América del Norte y la Revolución Francesa de 1789 avivaron ese disconformismo y desencadenaron en ciertos grupos urbanos –criollos en su mayoría— una fuerte tendencia al cambio de acuerdo con las ideas de la Ilustración.

Es evidente que en las áreas rurales estas ideas no habían llegado a penetrar. Decirlo es obvio. No había allí clases medias sino dos grupos sociales extremos, sin posibilidad alguna de conciliación; ni había posibilidades humanas o técnicas de comunicación. Por el contrario, largos siglos de dependencia habían logrado constituir un sistema pasivo de consentimiento por parte de los grupos sometidos, que veían en la protección del señor la única posibilidad de sobrevivir o de mejorar. Tradicionalismo, actitud mágica más que religiosa, obediencia espontánea y, sobre todo, una actitud inerte frente al contorno y frente al futuro caracterizaba el comportamiento de los grupos rurales. Sólo el mestizo —en algunas regiones, por lo menos– buscó liberarse de la dependencia por la vía indirecta de la marginalidad. El “gauderio” o gaucho de las planicies que arreaba o cuereaba hacienda recuperaba su libertad en la soledad de la naturaleza, inalcanzable para quienes ejercían la autoridad. En la pampa o en la sabana, en las sierras o en las selvas cerradas, el hombre solitario lograba escapar a la dependencia a costa de excluirse de la sociedad. Todo retorno a esta tradición de indómita soledad, amparada en una concepción telúrica de la vida, escondería en el futuro un signo de disconformismo social.

El impacto de las ideas de la Ilustración

El caudal de las ideas de la Ilustración penetró en Latinoamérica a través de los grupos urbanos de la clase media disconformista. Pero antes de señalar las consecuencias de este hecho, conviene indicar qué peculiaridades mostró ese caudal de ideas; sería un error suponer que penetraron indiscriminadamente y que todas tuvieron la misma aceptación y la misma influencia.

En general, las ideas de la Ilustración se elaboraron despaciosamente en Europa[5], a través de múltiples experiencias que hizo la burguesía desde la Edad Media y a lo largo de un proceso intelectual que fijó la concepción racionalista. Sólo después de tan larga elaboración el pensamiento burgués y racionalista logró integrarse en un sistema no sólo de gran coherencia sino también de creciente simplicidad. Sin embargo, la síntesis no fue universal. En cada circunstancia entraron en ella diversos elementos y en diversos grados, unas veces según la predilección de los autores y su influencia en los ambientes intelectuales y políticos, y otras veces según las limitaciones que, espontánea o coactivamente, imponía el ambiente. Pero en todos los casos, cualesquiera fueran los términos de la fórmula y cualesquiera sus contenidos, el sistema arrastraba un conjunto de experiencias reales previas a su elaboración intelectual y un nutrido contexto de supuestos que anunciaban su presencia cualquiera fuera el esfuerzo que se hiciera por ocultarlo.

Hubo una síntesis, una fórmula española del pensamiento de la Ilustración. En ella entraba en muy pequeña escala la especulación política y no alcanzaban mayor significación las reflexiones religiosas ni aun las filosóficas, por lo que tenían de vecinas con aquéllas. El acento, en cambio, fue puesto sobre las cuestiones económicas y sobre ciertos campos de costumbres y de creencias. Ambos temas suscitaban singular interés en el seno de una corte que viraba hacia el “despotismo illustrado” y en el seno de una pequeña burguesía que se constituía trabajosamente y encontraba entonces —acaso por primera vez— un clima favorable para su expansión.

Esa fórmula fue la que se difundió más vigorosamente en Latinoamérica, porque en el área colonial pesaba aún más que sobre la metrópoli el condicionamiento y la coacción de una sociedad tradicionalista que transmitía su sensibilidad al poder político. Empero, precisamente por las condiciones locales de dependencia, comenzaron a incorporarse a los términos de la fórmula española algunas ideas concernientes a la realidad social y política a través de autores franceses que sólo podían circular subrepticiamente.

Ésta fue la fórmula latinoamericana. La recibieron y la elaboraron –dijimos– los grupos urbanos de la clase media disconformista, esto es, sectores burgueses, acaso juveniles y por eso más disconformistas aún, o acaso más disconformistas por ser ajenos a los intereses monopolistas. Con ese bagaje de ideas imaginaron ante todo la posibilidad de modificar el régimen económico vigente para sobrepasar el estrecho horizonte impuesto por el sistema monopolista y provocar una vigorosa expansión de la riqueza al calor de los principios de la libertad de comercio. En este sentido, los economistas españoles respaldaban la decisión de los grupos disconformistas de las colonias. Pero a medida que crecía la influencia del ejemplo de los Estados Unidos y de Francia, luego de la revolución de 1789, y a medida que se desvanecía el temor, los principios políticos relacionados con la soberanía popular y los principios filosóficos relacionados con el racionalismo comenzaron a atraer la atención y a provocar la adhesión. Poco después, la coyuntura favorable para la emancipación se produjo: la batalla de Trafalgar, la crisis dinástica española, la invasión napoleónica y el apoyo inglés; y una vez producida, los grupos urbanos, criollos y disconformistas, lanzaron la ejecución del programa de cambio en términos rigurosos y a la luz de la Razón.

Si se considera en conjunto el proceso económico, social y político que siguió a la emancipación, acaso podría concluirse que la consecuencia de la aplicación del programa de cambio propuesto por los grupos urbanos, criollos y disconformistas, fue la anarquía y la guerra civil. Esta contraposición de los dos términos extremos tiene algún significado. A mi juicio, prueba que los grupos urbanos, criollos y disconformistas, elaboraron con el caudal de las ideas de la Ilustración un programa de cambio que sólo podía cumplirse sobre la base del sistema autoritario propio del “despotismo ilustrado“; pero si ese sistema era una aspiración máxima dentro del régimen colonial, resultaba intolerable e inaplicable dentro del nuevo régimen de libertad republicana que la emancipación debía crear. En efecto, dentro de él cobraban significación los grupos rurales, y al otorgársele representación y al suscitarse su participación activa en la vida política, se desencadenaron todos los factores de oposición al cambio. Pueden señalarse los signos de esa oposición.

El programa de cambio elaborado a la luz de las ideas de la Ilustración suscitó en Latinoamérica el mismo tipo de oposición que halló en Europa y desencadenó allí la actitud que luego, elaborada y formulada con cierta precisión, se conoce como Romanticismo. El Romanticismo fue un movimiento espontáneo en Europa; pero también lo fue, y al mismo tiempo, en Latinoamérica. A la idea de la Razón se opuso la tradición, la costumbre, el alma nacional[6]. A la idea de nación, constituida sobre el principio del uti posidetis, sobre la idea de la soberanía y sobre el conjunto institucional de Montesquieu y de la experiencia de Estados Unidos y de Francia, se opuso la idea de región, que nacía de una experiencia inmediata del hombre de las zonas rurales, atado a una experiencia cotidiana, sumergido en la naturaleza y consustanciado con los valores espontáneamente creados en la vida rural. Al saber racional se opuso la intuición; al “doctor” de la ciudad, el varón eficaz en las contingencias de la vida primitiva; al europeísmo, el criollismo; a la democracia orgánica, representativa e institucionalizada, las democracias igualitarias, paternalistas e inorgánicas.

Sólo un esfuerzo de muchos años permitió hallar un principio de conciliación, y una fórmula en virtud de la cual los esquemas y relaciones de la Ilustración se llenaran con los contenidos espontáneos de la vida social. Cuando ese proceso hubo terminado, concluyó un período histórico y con él la vigencia de un sistema de ideas.

El impacto del positivismo liberal

Como doctrina, el positivismo liberal está indisolublemente unido a la difusión de la revolución industrial. En Latinoamérica no hubo hacia mediados del siglo XIX revolución industrial, pero hubo una modificación sustancial de las condiciones económicas en relación con la situación que la revolución industrial creó en Europa. Si en el marco de la economía mercantil era importante, Latinoamérica pasó a ser mucho más importante en el marco de la economía industrial. Sus materias primas adquirieron más importancia aún, y sobre todo las materias primas alimenticias, que se tornaron imprescindibles frente a las exigencias de las grandes concentraciones urbanas que empezaron a constituirse hacia mediados del siglo. Para esos mercados, Latinoamérica comenzó a producir de una nueva manera. Lo que en cada país se producía según la tradición, debió ser producido según ciertas exigencias y según nuevas normas. Y en las ciudades, especialmente, las nuevas posibilidades de ganancia se transformaron en estímulo para nuevas aventuras económicas y para ciertos cambios sustanciales en las condiciones de vida que suponían la adquisición de bienes de consumo de origen extranjero.

La perspectiva de esta mutación económica primero y luego la mutación misma produjeron un cambio sustancial de actitud en ciertos sectores ilustrados. Antes de formularse en Europa las teorías positivistas ya había positivistas en América. Eran los que proponían un cambio radical que ajustara la realidad a las nuevas posibilidades que se abrían a los países latinoamericanos en el mundo. Pero en cuanto se constituyó esta actitud, y en cuanto esta actitud dio sus frutos, todo el conjunto de pensamiento que el cambio había suscitado en Europa llegó por vía intelectual a las minorías progresistas.

Tal fue el carácter de los sectores promotores del cambio. El progreso fue la voz de orden. La instauración de una legislación laica y liberal y, sobre todo, el desarrollo de la instrucción primaria para alfabetizar a las masas ignorantes se constituyeron en objetivos fundamentales. Eran los dictados del progreso y de la razón. Pero el respaldo de toda esa actitud era, en el fondo, el “enriqueceos” de Guizot. La preocupación por las instituciones liberales, por la educación, el gusto por la literatura y por las formas refinadas de vida, todo ello no era sino la espuma de una vehemente preocupación por la riqueza. Promoverla fue la ocupación cotidiana de quienes, por las noches, hacían alarde de fina espiritualidad en los clubes conversando sobre literatura y filosofía. Y al cabo de poco tiempo, y sin que fuera forzoso e inevitable, la actitud positivista se transformó en propiedad de las oligarquías que controlaban la riqueza. Vastos sectores de las clases medias y populares comenzaron a reaccionar sordamente en nombre de cierto genio telúrico que repudiaba la conjunción de privilegio y soberbia racionalista que caracterizó a las nuevas minorías. La expresión política de esa reacción fueron partidos policlasistas, románticos en buena medida, que apelaban a sentimientos primigenios e indiferenciados en relación con las clases humildes y, en particular, con los grupos autóctonos sometidos a las duras condiciones de trabajo impuestas por el nuevo orden económico; y como éste estaba visiblemente vinculado al capital extranjero, apelaban también a cierta elemental xenofobia disfrazada de nacionalismo constructivo.

La respuesta al sistema del positivismo liberal opuso al institucionalismo político un caudillismo intuicionista y carismático, que pudo tomar caracteres de autocracia paternalista y, finalmente, de desenfrenada dictadura. La restauración católica tuvo su lugar en esa reacción, desencadenada contra un pensamiento laico, contra una concepción laica del Estado y de la educación. Y el vago tradicionalismo de quienes querían aferrase a lo vernáculo frente a los intentos de europeización agregó un matiz restrictivo a la respuesta ofrecida al positivismo.

Algo quedó del vigoroso impacto del positivismo liberal: un vago cientificismo, una idea genérica del progreso y, sobre todo, una filosofía de la vida que había encontrado en el positivismo cierta apropiada formulación, pero que era anterior a él. Sus finalidades se deslizaban hacia una típica filosofía del bienestar; pero por expresar una actitud individualista y por fijar los objetivos de la vida en la satisfacción de aspiraciones muy inmediatas, el positivismo expresó fielmente la mentalidad de la burguesía; y no sólo de las clases altas muy enriquecidas sino también de las clases medias en ascenso.

El impacto del socialismo

Como doctrina revolucionaria, destinada a ofrecer una solución económica, social y política justa a las clases desposeídas, el socialismo se elaboró simultáneamente como una especulación filosófica y como un análisis histórico-social. Como especulación filosófica, el socialismo tenía remotos antecedentes; pero la formulación estricta que llegó a Latinoamérica hacia fines del siglo XIX era la que se había elaborado en Europa en relación con las situaciones sociales creadas por la revolución industrial. Consistía en un conjunto de fines, pero también en un conjunto de soluciones concretas para problemas reales. La doctrina implicaba la existencia de un vigoroso proletariado industrial, desarrollado al calor de una irreversible transformación económica y técnica, y enfrentado luego, cuando hubo adquirido volumen y organización suficientes, con las estructuras vigentes en cuanto constituían sistemas coercitivos. Como vago supuesto, funcionaba también la evidencia de una sociedad con una economía en expansión pero estratificada tradicionalmente, que cerraba el horizonte del proletariado industrial más allá de ciertos límites. De esta circunstancia derivaba cierta tendencia hacia la salvación, que el anarquismo buscaba en la escapatoria del individuo aislado y el socialismo en una acción compacta de las clases asalariadas, cuyos miembros debían adquirir, a la luz de la doctrina, una “conciencia de clase” y cierta convicción definitiva de que no había salvación para el individuo aislado.

De las condiciones económicas y sociales que habían suscitado las formulaciones modernas de esas doctrinas, ninguna se daba en Latinoamérica hacia fines del siglo XIX. En algunos países se empezaban a constituir muy lentamente situaciones análogas —no idénticas–, caracterizadas no por las consecuencias de una transformación interna sino por el impacto indirecto que sobre la vida económico-social de Latinoamérica hacía el desarrollo de otros países que exportaban a ella sus productos y buscaban en ella materias primas. No había, pues, proletariado industrial que pudiera sentirse protagonista de la acción necesaria a que se veía forzado el proletariado industrial europeo. Pero, además, la relativa expansión económica que se produjo en Latinoamérica, como reflejo de la que se operaba en Europa, acentuó la vastedad de los horizontes económico-sociales que eran característicos de la vida latinoamericana. Si los sectores rurales asalariados se mantenían en un estado casi de servidumbre, los sectores urbanos y ahora muy especialmente los pequeños sectores industriales descubrieron un horizonte inmenso, y la primera reacción de esos grupos fue aprovecharlo buscando –con muchas probabilidades de éxito— el ascenso individual. La convicción predominante en los grupos asalariados urbanos no fue la de pertenecer a una clase definida y definitiva, sino la de hallarse en una situación transitoria de la que se podía salir para mejorar sin demasiados obstáculos. De modo que la idea de la necesidad de una acción clasista chocaba contra la propia experiencia tanto como contra las más recónditas esperanzas de cada individuo, en la medida en que suponía persistir voluntariamente en una posición marginal de la que, en realidad, se aspiraba vehementemente a salir.

En esta situación, se dio en algunos países latinoamericanos la penetración de las ideas socialistas. Arraigaron en pequeños grupos de obreros, generalmente extranjeros y con experiencia en la lucha sindical, que procuraron reproducir en sus países de adopción el sistema de asociación y las formas de acción política que eran propias de los países donde la revolución industrial había configurado ya situaciones diferentes. El principio fue la ortodoxia según las fuentes; y aunque no faltó quien estableciera con rigor los síntomas que revelaban la progresiva incorporación de Latinoamérica a la esfera de la nueva economía, el abismo entre las situaciones reales y una doctrina que consistía en la explicación de otras situaciones reales diferentes no se colmó nunca suficientemente.

La reacción de los sectores asalariados frente al principio de que era urgente un cambio en las estructuras económico-sociales fue negativa: su aspiración —como había sido la de las clases medias y lo seguía siendo— era insertarse en la estructura económico-social vigente y ocupar en ella un lugar de privilegio mediante un ascenso individual de clase, azaroso pero siempre posible. Este rechazo significó escasa difusión de las doctrinas socialistas y, en cambio, su mantenimiento más o menos ortodoxo en el seno de reducidos grupos. Un largo forcejeo empezó entonces entre dos concepciones de la actitud a asumir por las clases asalariadas: una científicamente madura pero escasamente adecuada a la situación real, y otra, mejor adecuada por ahora, pero ingenua en relación con el proceso de desarrollo técnico-económico.

Proposiciones generales

En mi opinión, y tal como he pretendido señalarlo en estas notas sobre tres ejemplos, los rasgos del impacto ideológico europeo en Latinoamérica pueden exponerse con los siguientes puntos:

a) El problema de cómo arraigan y se modifican las corrientes de ideas europeas en Latinoamérica no puede estudiarse sino en relación con las situaciones reales, sobre todo si se trata de ideas que pretenden operar sobre la realidad.

b) Las corrientes de ideas europeas arraigan en Latinoamérica a través de grupos urbanos ilustrados y disconformistas.

c) Las corrientes de ideas europeas, trabajosamente elaboradas en Europa sobre la base de una especulación teórica y de intensas experiencias históricas, aun cuando sigan evolucionando y modificándose en Europa, tienden a fijarse en Latinoamérica, en alguna medida, constituyéndose en una suerte de ortodoxia por razones de prestigio.

d) Contribuye a esa fijación también la inadecuación de las ideas en relación con las situaciones reales, con motivo de la cual las ideas se transforman en monopolio de pequeños grupos marginales en alguna medida.

e) Las ideas europeas se elaboran luego de una manera viva, tras los enfrentamientos, en el juego con las situaciones reales, pero con escasísimo carácter especulativo.

f) Las ideas europeas entran en contacto y conflicto con un sistema de ideas autóctonas, en el que entran ideas de origen europeo muy trabajadas y combinadas con otras que han nacido de las situaciones reales.

Notas

1 Cf. supra, pp. 126-128.

2 Cf. supra, pp. 45-47.

3 Cf. supra, pp. 68-69 y 105-107.

4 Cf. supra, pp. 108- 111.

5 Cf. supra, pp. 125-126.

6 Cf. supra, pp. 73-80 y 126-127.

La ciudad hispanoamericana: la estructura socioeconómica originaria. 1968

La ciudad latinoamericana surgió en el siglo XVI —en la gran mayoría de los casos— como resultado de un acto político. Los hechos se repiten muchas veces de manera muy semejante. Un pequeño ejército de españoles, mandado por alguien que posee una autoridad formalmente establecida y acompañado, generalmente, de un cierto número de indígenas, llega a determinado lugar y se instala en él con la intención de que un grupo permanezca definitivamente allí. Es un acto político. Significa el designio —apoyado en la fuerza militar— de ocupar la tierra y afirmar el derecho español. Puede significar también afirmar el derecho de uno de los conquistadores, de acuerdo con lo que cree que establecen las capitulaciones que le han sido otorgadas. De todos modos, la toma de posesión del territorio y la sujeción de la población indígena constituyen siempre los hechos primordiales y fundamentales.

Esta acción política se formaliza mediante un acta de fundación, documento formal, cuidadosamente redactado con toda clase de previsiones en cuanto a los derechos del conquistador, y ajustado a las más estrictas normas notariales.

Este origen singular de la ciudad hispanoamericana condiciona su estructura. Si se piensa en el lento proceso de adecuación que dio origen a las estructuras socioeconómicas de las ciudades europeas medievales que surgieron espontáneamente, se advertirá que, en el caso de la ciudad hispanoamericana, fundada mediante un acto político, no hubo —ni podía haber— un ajuste natural de los grupos sociales a las condiciones económicas del área circundante. Tampoco hubo —ni podía haber— ajuste sencillo entre los subgrupos y entre los individuos. De modo que la ciudad, en lugar de representar una solución a un problema preexistente, significó el planteamiento de un conflicto nuevo en el seno de una situación poco conocida e imprevisible.

En efecto, la ciudad hispanoamericana significó un problema socioeconómico y sociocultural a la vez. Con el tiempo entrañaría también un dilema político, pero en un principio pareció este resuelto. En cambio, el problema socioeconómico y el sociocultural surgieron en el instante mismo de la fundación y sus diversas fases se fueron presentando poco a poco. Con el hecho político y jurídico de la fundación quedó esbozada una estructura socioeconómica de la ciudad, que se proyectaba sobre la región. Pero al día siguiente debía comenzar un proceso de ajuste en relación con la peculiar situación regional. Las formas institucionalizadas deliberadamente —y constituidas intencionalmente con una rigidez que no era solamente política, sino jurídica y militar— comenzaron a jugar frente a las exigencias de la situación.

Para finalizar este proceso —en el período comprendido entre la fundación y la mitad del siglo XVIII— conviene examinar, primero, la formación de los grupos urbanos originarios y, enseguida, las diversas funciones que el conjunto urbano comenzó a cumplir, para tratar de establecer cómo se comportaron los grupos urbanos originarios frente a cada una de ellas, y cómo se modificaron luego.

Dos curiosos textos pueden ilustrar sobre el debatido problema de la condición social del grupo español que realizó la conquista y pobló las ciudades recién fundadas. Esa condición social proporcionó ciertos caracteres especiales a su actitud socioeconómica y sociocultural en Hispanoamérica.

A fines del siglo XVI, el cosmógrafo y cronista de Indias Juan López de Velasco escribía en su Geografía y descripción de las Indias (1574) estas palabras sobre los españoles que pasan a las Indias:

“Los españoles en aquellas provincias serían muchos más de los que son, si se diese licencia para pasar a todos los que lo quisiesen; pero porque comúnmente se han inclinado a pasar de estos reinos a aquéllos los hombres enemigos del trabajo, y de ánimo y espíritus levantados, y con más codicia de enriquecerse brevemente que de perpetuarse en la tierra, no contentos con tener en ella segura la comida y el vestido, que a ninguno en aquellas partes les puede faltar con una mediana diligencia en llegando a ellas, siquiera sean oficiales o labradores, siquiera no lo sean, olvidados de sí se alzan a mayores, y andan ociosos y vagamundos por la tierra, pretendiendo oficios y repartimientos; y así se tiene esta gente por de mucho inconveniente para la quietud y sosiego de la tierra, y por eso no se da licencia para pasar a ella, sino a los menos que se puedan, especialmente para el Pirú donde ha sido esta gente de mayor inconveniente, como lo han mostrado las rebeliones y desasosiegos que en aquellas provincias ha habido, y así solamente se permiten pasar los que van con oficio a aquellas partes, con los criados y personas de servicio que han menester limitadamente, y los que van a la guerra y nuevos descubrimientos, y los mercaderes y tratantes y sus factores, a quien dan licencia por tiempo limitado, que no pasa de dos o tres años, los oficiales de Sevilla, y esto cargando de hacienda suya propia hasta cierta cantidad. Y no se consienten pasar a las Indias extranjeros de estos reinos, ni portugueses a residir en ellas ni contratar, ni de estos reinos los que fueren de casta de judíos o moros, o penitenciados por la Santa Inquisición, ni los que siendo casados fuesen sin sus mujeres, salvo los mercaderes y los que van por tiempo limitado, ni los que han sido frailes, ni esclavos berberiscos, ni levantiscos, sino sólo los de Monicongo y Guinea, aunque, sin embargo de la prohibición y diligencia que se pone para que no pase nadie sin licencia, pasan a todas partes bajo el nombre de mercaderes y de hombres de la mar.”

Esta caracterización del grupo conquistador y poblador se repite en algunos aspectos en las palabras que, en 1735, escribieron Antonio de Ulloa y Jorge Juan en sus Noticias secretas:

“Los europeos y chapetones que llegan a aquellos payses son por lo general de un nacimiento baxo en España, o de linaje poco conocido, sin educación ni otro mérito alguno que los haga muy recomendables! […] Como las familias legítimamente blancas son raras allá, porque en lo general sólo las distinguidas gozan de este privilegio, la blancura accidental se hace allí el lugar que debería corresponder a la mayor jerarquía en la calidad, y por esto en siendo europeo, sin otra más circunstancia, se juzgan merecedores del mismo obsequio y respeto que se hace a los otros más distinguidos que van allá con sus empleos, cuyo honor les debería distinguir del común de los demás.”

Estos textos corroboran la imagen que las crónicas dan de los conquistadores. Predominaba entre ellos la gente de condición humilde pero aventurera, codiciosa y dispuesta a prosperar. América fue, en efecto, una oportunidad para los que buscaban el ascenso económico y social. Gente sin tierras y sin nobleza, buscaba ambas cosas en América. Tal actitud era contraria a la radicación y al trabajo metódico y permanente. El éxito en tierra americana debió ser, para el conquistador, la garantía de una posición social análoga a la de los hidalgos españoles, posición a la que debía servir de fundamento la riqueza fácilmente adquirida y la numerosa población indígena sometida. A medida que la colonización avanzaba, el Estado español procuró disuadir a tales aventureros de que pasaran a las Indias, y estimuló en cambio el paso de artesanos y mercaderes; pero esta política no tuvo éxito, y aun esas ocupaciones las ejercieron personas que tenían motivos sociales o individuales para desarraigarse de su país de origen. Sólo algunos escasos hidalgos pasaron a América. Tales fueron, sumariamente caracterizadas, las peculiaridades del grupo conquistador, esto es, del primer grupo que pobló las ciudades recién fundadas.

Este grupo se constituyó en cada caso con un número limitado de miembros que, en la marcha general del proceso de ocupación de la tierra, se fijó en un lugar, se instaló y comenzó a procurarse el prometido beneficio que se esperaba de la conquista. El fundador los había elegido para establecerlos en la ciudad, y en ella se quedaron. En el acta de fundación se les asignaron solares dentro de la ciudad apenas demarcada y allí deberían levantar sus casas, desde donde administrarían sus tierras de producción o sus minas, con los indios que les habían sido encomendados. Y si no habían recibido tierras ni encomiendas debían ejercer el comercio o algún oficio —mediante el trabajo físico de los indios—, o acaso desempeñar una función pública.

Tales eran en general las posibilidades de los nuevos pobladores. Lo importante es que gozaban de un privilegio que había sido consagrado. Este grupo constituyó el conjunto de los vecinos. Eran los pobladores por excelencia, los que tenían derechos. Tanto los derechos como los privilegios se referían a ciertas perspectivas y a las posibilidades efectivas de obtener algún provecho económico.

El grupo urbano primitivo estuvo, pues, integrado por españoles que se dedicaban a diversas actividades. La sumaria clasificación que ofrece en su Geografía de 1574 Juan López de Velasco puede dar una idea de ellas. En Potosí: “Habrá como cuatrocientas casas de españoles, ninguno encomendero, sino casi todos mercaderes, tratantes y mineros, y los más, yentes y vinientes”.

Cosa semejante ocurría en Guanajuato, donde había “como seiscientos españoles en dos Reales que tienen, los más de ellos, tratantes”.

Ciudades espontáneas, en cierto modo, Potosí y Guanajuato representaban el caso típico de ciudades sobre la boca de la mina, en las que se habían reunido quienes intentaban descubrir un yacimiento o aquellos a quienes se había adjudicado ya una explotación. A su alrededor estaban los que se dedicaban a actividades subsidiarias. Refiriéndose a Potosí dice López de Velasco: “En toda ella no hay árboles ni se coge fruta, ni mantenimiento ninguno, que todo se lleva de acarreo”. Y hablando de Guanajuato dice: “La tierra donde están [las minas] es más fría que caliente, estéril de maíz, trigo y frutas, que todo se provee de acarreo”. Había, pues, un sector comercial importante y, naturalmente, un sector de servicios.

Para 1625, aproximadamente, la Descripción del virreinato del Perú señala en Potosí cuatro mil casas de españoles y una población española de cuatro a cinco mil hombres. Casi por la misma fecha Vázquez de Espinosa consigna el mismo número de vecinos, y agrega:

“que son los dueños de minas e ingenios, mercaderes, y otros tratantes, que viven en la villa de asiento, sin otros muchos mercaderes entrantes, y salientes, y otros españoles sueltos que en aquel Reino llaman soldados honrados, y la verdad es que muchos de ellos son gente perdida, que importara más que trabajaran o buscaran su vida de otra suerte, porque estos son las mayores causas de las inquietudes que suele haber en aquel Reino.”

Pero tanto la Descripción como Cieza de León destacaban el inmenso desarrollo del mercado. Es el mercado, en efecto, el que provocaba la concentración de población. López de Velasco lo afirma al explicar la despoblación progresiva de Santo Domingo y de Santiago de Cuba. Las ciudades —dice— han llegado a tener 1000 vecinos, pero hacia 1574 Santo Domingo tenía 500 y Santiago de Cuba 30; y la explicación es la misma: “por no venir mercaderes a contratar a esta isla”, o “por no acudir a ella navíos a contratar”. En particular de Santo Domingo, señala Vázquez de Espinosa que:

“fuera muy rica y poderosa, y toda la Isla, así por la grosedad de la tierra y los frutos que cría y produce, como por el buen puerto que tiene, a donde llegan muchos navíos de España con diversas mercaderías y a cargar los frutos de la tierra; pero como está tan sola y desamparada sin defensa de una armada que guarde aquellas costas, todas las naos que vienen cargadas con los frutos, tienen grandes riesgos de enemigos piratas, que están en aquellas ensenadas o ladroneras, esperando para robarlas cuando llegan a montar la Saona, como han hecho a muchas que han robado, dejando pobres y aniquilados a los vecinos de Santo Domingo, mercaderes y señores de naos, por estar todo desamparado y venir las naos sin defensa.”

La mayor ciudad hispanoamericana a fines del siglo XVI —según López de Velasco— era México, que contaba con 3000 vecinos españoles y 30.000 o más casas de indios, a principios del siglo XVII. Vázquez de Espinosa dice que:

“la ciudad tendrá más de 15.000 vecinos españoles, y más de 80.-000 indios vecinos que viven dentro de la ciudad, y en el barrio, o ciudad de Santiago de Tlatellúlco, y en los demás arrabales, o chinampas, sin los cuales hay más de 50.000 negros, y mulatos esclavos de los españoles, y libres, con que la habitación de la ciudad es muy grande, y extendida, es de mucha contratación, así por la grosedad de la tierra, y ser Corte de aquellos reynos, como por la grande correspondencia que tiene con España, Perú, Filipinas, y con las provincias de Guatemala, y su tierra, Yucatán y Tabasco y todo el reino de la Nueva Galicia, y Vizcaya hay de ordinario en ella cuatro ferias, con grande cantidad de mercaderías, de seda, paños, y todo cuanto se puede hallar en las más abastecidas del mundo: que son en San Joao Domingo, Lunes, y Martes; en Santiago la hay todos los días; en Santa María la Redonda, en la plaza mayor; en la de la Modorra, y en San Hipólito, Miércoles y Jueves, y en Tomatlan, que es hacia la albarrada hay feria de comida todos los días.”

En el mayor de los mercados —en la actual plaza del Zócalo— “caben cien mil personas y está todo cercado de portales con lugares señalados para cada oficio y suerte de mercadería, de que ay grande diversidad, y mucha menudencia”, según afirma López de Velasco. Este mercado y el del Cuzco eran tradicionales. El del Cuzco funcionaba en las inmensas plazas del centro de la ciudad, en las que, según la Descripción de 1625, “hay dos tianges donde siempre asisten indios o indias vendiendo muchas y diversas cosas […]”. Pero si se quiere percibir exactamente el significado de este tráfico, se debe vincular esta noticia con la que da Cieza de León hablando del mercado de Potosí, cuando dice: “Y así, muchos españoles enriquecieron en este asiento de Potosí, con solamente tener dos o tres indias que le contrataban en estos tianges […]”.

El mercado tradicional fue, seguramente, tomado por españoles, que acrecentaron el tráfico. Lo cierto es que Cuzco, ciudad a la que en 1574 se le asignaban 800 vecinos españoles, tenía en 1625, según la Descripción, tres mil. Pero en tanto que López de Velasco habla en 1574 de una población indígena de 67.000 indios organizados en 68 repartimientos, la Descripción habla de “diez mil vecinos indios, repartidos en cuatro parroquias, con sus curas, que los adoctrinan y los enseñan, y tienen un hospital muy rico, y todos tienen muchas riquezas”.

Es característico el caso de las ciudades-puerto, que se constituyeron como emporios comerciales o mercados. A principios del siglo XVII, Vázquez de Espinosa decía de Santo Domingo: “la ciudad tiene seiscientos vecinos españoles, entre ellos muchos caballeros, y gente de lustre, con cantidad de mercaderes y tratantes, por ser la ciudad y puerto frecuentado de navíos de España, y de otras partes de las Indias, que van con mercaderías a sacar los frutos de la tierra”.

Hacia 1574, Veracruz podía ser considerada una ciudad “en crecimiento”; según López de Velasco tenía “doscientos vecinos españoles […], todos mercaderes y tratantes en mercaderías o en bodegas, y casas para ellas, y carruajes y mercaderías; porque labores del campo no hay ninguna”. Este grupo mercantil no era muy estable. Así como el de Potosí, sólo residía en la ciudad en la medida en que convenía a sus intereses. Refiriéndose a Nombre de Dios, dice el cronista: “Es pueblo de cincuenta o doscientas casas, cuando hay flota, que cuando no, las más de ellas están vacías, todas de mercaderes y tratantes”.

Y hablando de Panamá, señala López de Velasco que: “habrá en ella como cuatrocientos vecinos, aunque unos dicen más y otros menos, todos o los más mercaderes y tratantes, porque no hay en la tierra indios ni otras granjerías para poder vivir sino la mercadería”.

Hasta tal punto era inestable este grupo mercantil de Panamá, que Cieza de León explica el mantenimiento de la ciudad en el sitio malsano en que se halla diciendo que: “los vecinos que agora hay son contratantes y no piensan estar en ella más tiempo de cuanto puedan hacerse ricos; y así, idos unos, vienen otros, y pocos o ningunos miran por el bien público”.

Dos tipos de grupos urbanos quedan, pues, indicados: el de los mineros y el de los mercaderes, ambos localizados en ciudades de fisonomía bien definida, precisamente a causa de la especificidad de las funciones que esos grupos asignaban a la ciudad. La ciudad minera fue erigida y poblada cuando apareció la riqueza minera; la ciudad-puerto y mercado se constituyó cuando el tráfico entre España y América empezó a fijar sus cabeceras; y las dos se desarrollaron y prosperaron en la medida en que esa actividad se mantuvo y creció. Tan definida y exclusiva fue la función de la ciudad que no ofrecía suficiente variedad de alicientes a los pobladores para fijarlos, y hubo una constante renovación de personas, en tanto que el grupo como tal mantuvo sus rasgos predominantes. Podría agregarse a estos dos tipos de ciudades de función muy exclusiva un tercero igualmente característico: el de la ciudad-fuerte, generalmente en la frontera con tierra de indios rebeldes, y a veces baluarte marítimo contra corsarios y piratas. Como los mineros o los mercaderes, los soldados constituyeron un núcleo sostenido, cuyos miembros se renovaban; pero no siempre la defensa estaba a cargo de soldados profesionales. Los pobladores podían tener esa misión en zonas de fronteras, y entonces la constante adecuación a las circunstancias modelaba la fisonomía del grupo. Tal fue la situación de los fuertes de la Florida y de las ciudades chilenas de Concepción, Imperial o Valdivia.

Hubo, junto a estas, ciudades cuyas actividades estuvieron preferentemente relacionadas con el trabajo de las tierras circundantes. Fueron, pues, ciudades de encomenderos, esto es, ciudades fundamentalmente residenciales de gentes que constituían un grupo cuyos intereses estaban en el campo y no en la ciudad. El grupo de los encomenderos solía no ser el más numeroso, pero era sin duda el más importante. “Encomendero” era sinónimo de riqueza, de poder. Hablando de la ciudad venezolana de Coro, López de Velasco dice que la poblaban en 1574: “30 vecinos españoles, todos pobres y ninguno encomendero”. Había, en cambio, ciudades en las que podía decirse de todos sus pobladores españoles que eran encomenderos. Así lo señala López de Velasco hablando de algunas ciudades pequeñas, como Santa Fe de Antioquia o Santa Marta, o de alguna de más envergadura, como Asunción, donde sobre 300 vecinos, dice: “casi todos eran encomenderos”. Y al lado de los encomenderos, residían en la ciudad los “granjeros del campo” o, en general, los “pobladores”, que cuando no aparecían discriminados solían ser personas de menores recursos pero siempre beneficiarios de extensiones pequeñas o del trabajo de un número reducido de indios.

Mineros, ganaderos, plantadores, dueños de ingenios, negreros y grandes comerciantes relacionados con la exportación de productos locales constituyeron la aristocracia urbana originaria. Junto a ellos se situaban, naturalmente, los miembros de la más alta jerarquía eclesiástica y administrativa, esta última integrada en ocasiones por algunos nobles españoles de mayor o menor prosapia, que introducían en la ciudad hábitos de corte. A su alrededor se construyó desde el primer momento un grupo variado de pobladores que ejercieron otras funciones. Grandes ciudades, como México y Lima, requirieron un número crecido de “oficiales”, o como dice López de Velasco hablando de la primera, de “oficiales mecánicos”, de los que agregaba “que hay muchos”. Entraban en este grupo individuos que se ocupaban de cosas muy diversas, a las que unificaba el signo social del trabajo manual. Los que se dedicaban a la construcción, los imagineros y plateros, entre otros, tenían un rango preferente; y seguían las innumerables actividades propias de una comunidad con variadas necesidades, hasta llegar a los servicios personales que, en su más alto nivel, podían estar desempeñados también por algún español desafortunado, en relación con algún noble protector. Tratantes o pequeños comerciantes abundaban también, y completaban el sector los funcionarios de mediana e inferior jerarquía. En una situación intermedia se ubicaban los funcionarios de alta jerarquía, los escribanos y abogados, que tanta gravitación alcanzaron, los médicos y boticarios, profesionales todos ellos que han dejado numerosas huellas en las crónicas. En el mismo plano podría situarse el clero, tanto secular como regular, pues miembros de ambos grupos se incorporaron de modo muy activo a la vida ciudadana.

De todo este conjunto, podría señalarse que el grupo de los “oficiales” acaso declinó poco a poco y dejó de integrarlo. Sus funciones fueron cumplidas en las ciudades cada vez más por los indios sometidos y los esclavos negros que formaban parte de la “familia” urbana, entendida en sentido lato. Dentro de la ciudad, los dos grupos raciales sometidos —indios y negros— constituyeron un proletariado dependiente que trabajaba para su señor y monopolizó todo un sector de actividad.

En general, esos grupos no crecieron numéricamente; por el contrario, decrecieron, de modo que la actividad se concentró. En Santo Domingo describe así la situación López de Velasco en 1574:

“Cuando la isla se descubrió, escriben que había en ella un millón de indios; casi todos se han acabado con la guerra, y por los muchos que murieron de viruelas, y porque de aburridos se ahorcaron muchos y mataron con el zumo de yuca que es ponzoñoso […] y también con el trabajo de las minas, que al principio fue demasiado. No hay pueblo ninguno de ellos sino dos de hasta cincuenta indios.”

Con respecto a Santiago de Chile y a su región, escribía Pedro Mariño de Lovera en su Crónica del reino de Chile:

“Verdad es que con hacer cincuenta y cinco años que se conquistó esta tierra, no ha crecido mucho el número de gente española, pues los de esta ciudad de Santiago, con ser la cabeza del reino, no pasan de quinientos hombres, habiéndose disminuido tanto los indios que apenas llegan los de este valle a siete mil en el año en que estamos, que es el de 1595, con haber hallado en él los españoles en el año de 1541 pasados de cincuenta mil. Y aun los de este sitio son los mejores librados, porque los de otras partes han ido y van con mayor disminución con las incesables guerras, ultra de los que murieron en el año de 1590 y el 1591 de una peste de viruela y tabardillo, la cual fue general […] corriendo la costa que sigue desde Santa Marta y Cartagena hasta lo último que en Chile hay de descubierto.”

Muchos otros testimonios corroboran esta creciente y rápida disminución de la población indígena. La población negra, en cambio, creció a partir de aquellos primeros contingentes de esclavos traídos de África a que se refiere Las Casas en su Historia de las Indias, y que calculaba en más de 100.000 en los primeros decenios del siglo XVI, hacia 1530. Durante el siglo XVI y hasta 1595, el régimen de licencias permitió que mercaderes de esclavos —no españoles, sino portugueses, genoveses, flamencos y alemanes— trajeran ingente número a las colonias españolas. En 1595 el portugués Gómez Reynel obtuvo una licencia por la que podía introducir 4250 negros esclavos al año. De ellos, un número considerable fue localizado en las ciudades, no sólo para las actividades de servicio personal —para las que, sin duda, eran preferidos a los indios— sino también para el ejercicio de ciertas labores productivas tanto en el comercio como en la artesanía.

Pero la composición básica de la sociedad originaria comenzó a modificarse luego a causa de los cambios dinámicos que empezaron a producirse en ella. Los distintos grupos étnicos —con su correspondiente estatus social— comenzaron a establecer contactos recíprocos y a engendrar, generación tras generación, individuos de un nuevo tipo étnico que, naturalmente, tuvieron que definir poco a poco su estatus social. El cronista Diego Rosales señala en su Historia general del reino de Chile, hacia 1665, un fenómeno social de trascendencia: los “mestizos al revés”, como él los llamó, o sea los mestizos de indios varones y mujeres blancas, estas últimas cautivas en el gran levantamiento araucano de 1598, en el que fueron destruidas las ciudades de Villa Rica, Concepción, La Imperial, Valdivia y otras más al sur de Bío Bío. Hablando de esos mestizos, que veía incorporados al grupo indígena, decía:

“[…] han tenido [los indios y las españolas] tantos hijos mestizos que pueden hacer ya generación por sí; y lo que más lastima al corazón es ver estos medio españoles totalmente indios en sus costumbres gentílicas, sin tener muchos de ellos de cristianos más que el bautismo, que alguno de los españoles cautivos o sus madres les daban en naciendo […]”

Sin duda, semejante idea sugería a los indios sometidos el espectáculo del otro mestizaje, entre varones españoles y mujeres indias. Pero así como hubo regiones en las que, verosímilmente, este rencor se acentuó, en otras, y sin duda en Paraguay, el fenómeno adquirió caracteres diferentes. En 1545, a los ocho años de haberse instalado los españoles en Asunción, escribía, no sin ironía, uno de ellos, Alonso Riquel de Guzmán, refiriéndose a los indios:

“[…] estos son guaraníes y sírvenos como esclavos, y nos dan sus hijas para que nos sirvan en casa y en el campo, de las cuales y de nosotros hay más de cuatrocientos mestizos entre varones y hembras, porque vea vuestra merced si somos buenos pobladores, lo que no conquistadores […]”

Diversos testimonios parecen probar que esta situación no creó resentimientos entre españoles e indígenas, sino por el contrario amistad y solidaridad. Resumiendo estos testimonios —y acaso exagerándolos algo— el arcediano Martín del Barco Centenera escribía en 1601, en su poema Argentina y conquista del Río de la Plata, estos versos:

“El guaraní se huelga en gran manera

de verse emparentar con los cristianos;

a cada cual le dan su compañera

los padres y parientes más cercanos.

¡Oh, lástima de ver muy lastimera

que de aquestas mancebas los hermanos,

a todos los que están amancebados,

les llaman hoy en día sus cuñados!”

Pero de todos modos, los españoles descubrieron que los mestizos creaban un problema social, un típico problema de movilidad social acentuado por circunstancias diversas y encontradas. Los mestizos no eran ninguno de los tres grupos constitutivos, sino un grupo nuevo. Pero era inclasificable, porque el proceso socioeconómico favorecía su desarrollo, y lo estimulaba en parte el vínculo afectivo que los unía a los españoles, suficientemente fuerte en muchos casos como para neutralizar el designio de institucionalizar su inferioridad. Cada nueva ola de españoles recién llegados acentuaba la reacción contra ellos, en tanto que los españoles ya establecidos tendían a aproximarlos al grupo español. Quizá por eso se difundieron en España —y se reiteraron en América por medio de las sucesivas olas de españoles recién llegados— dos opiniones singularmente importantes por la influencia que tuvieron en el proceso de afianzamiento o alteración de las estructuras sociales: una sobre el carácter de los mestizos y otra sobre el carácter que adoptaban los españoles por el hecho de nacer en América.

Con respecto a los mestizos, López de Velasco escribía en 1574:

“Hay además de los españoles que de estas partes han ido a las Indias, y de los criollos que de padres y madres españolas han nacido en ellas, muchos mestizos que son hijos de españoles y de indias, o por el contrario, y cada día se van acrecentando más en todas partes; los cuales, todos salen por la mayor parte bien dispuestos, ágiles y de buena fuerza, e industria y maña para cualquier cosa, pero mal inclinados a la virtud y por la mayor parte muy dados a vicios; y así no gozan del derecho y libertades que los españoles, ni pueden tener indios sino los nacidos de legítimo matrimonio.”

Es interesante cotejar este testimonio con las palabras de Azara en su Descripción e historia del Paraguay y del Río de la Plata, escritas a fines del siglo XVIII:

“Los conquistadores llevaron pocas o ninguna mujer al Paraguay, y uniéndose con indias, resultaron una multitud de mestizos a quien la corte declaró entonces por españoles. Hasta estos últimos años puede con verdad decirse que no han ido mujeres de afuera ni aun casi hombres europeos al Paraguay, y los citados mestizos se fueron necesariamente unos con otros, de modo que casi todos los españoles allí son descendientes directos de aquellos mestizos. Observándolos en lo general se ve que son muy astutos, sagaces, activos, de luces muy claras, de mayor estatura, de formas más elegantes y aún más blancos, no sólo que los criollos, o hijos de español y española en América, sino también que los españoles de Europa, sin que se les note indicio alguno de que descienden de india tanto como de español. De aquí puede deducirse, no sólo que las especies se mejoran con las mezclas sino también que la europea es más inalterable que la india, pues a la larga desaparece esta y prevalece con ventajas aquélla. Verdad es que como dichos vienen de españoles con indias, queda alguna duda de que lo que prevalece puede ser el sexo viril tan bien como la especie. Como al gobierno de Buenos Aires han arribado siempre embarcaciones y mujeres de Europa que se combinaron con los mestizos hijos de los conquistadores, la raza de estos se ha ido haciendo más europea, no se ha conservado tan pura ni conservado las ventajas dichas de los paraguayos; los cuales, en mi juicio, por esto aventajan a los de Buenos Aires en sagacidad, actividad, estatura y proporciones.”

La resistencia contra el mestizo declinó con el tiempo; pero, sobre todo, declinó allí donde las condiciones económicas favorecían la integración. Una ciudad como Lima o México mantenía bien separados a los españoles de los “cholos” o mestizos, en tanto que en Buenos Aires la marginalidad era menos, hasta llegar al caso inverso de Asunción, que describe Azara. Pero de todos modos, en todas partes se advierte que el elemento mestizo es el agente por excelencia de la movilidad social.

No menos importante, como factor de movilidad social, fue la distinción entre españoles nacidos en España y españoles nacidos en América. Los españoles nacidos en España eran de dos tipos que se renovaron y enfrentaron inequívocamente: los ya arraigados en la ciudad y los recién venidos, de los cuales, los primeros mostraban ya cierta transigencia con el conjunto de situaciones creadas, en tanto que los segundos fortalecían, con su llegada, el esquema tradicional de la conquista, según el cual la clase conquistadora constituía un sector cerrado y de hegemonía no compartida. Pero el enfrentamiento más grave —y más importante en relación con la movilidad social urbana— fue entre los españoles nacidos en España y los nacidos en América.

Hablando de la peste que asoló las regiones del Pacífico en 1590 decía, pocos años después, el cronista Pedro Mariño de Lovera en su Crónica del reino de Chile, que había muerto inmensa cantidad de personas, y aclaraba:

“Si no eran las personas de las cualidades a quien ella (la peste) no daba, cuales eran los que pasaban de treinta y cinco años, y también los nacidos en España; porque en estos era tan cierta la seguridad de no tocarles este mal contagioso, cuanto en los nacidos en estas tierras como fuesen de corta edad era cierto no escaparse hombre; y así, a mi parecer, murió la tercera parte de la gente nacida en esta tierra, así de los españoles como de los indios […]”

Esta idea de que la naturaleza americana obraba sobre la salud de los españoles y, sobre todo, configuraba la naturaleza física y moral de los descendientes de matrimonio español, o sea los criollos, respondió al juego social entre españoles recién llegados y españoles arraigados o nacidos en América. En cada momento, los recién llegados se situaban en el escalón más privilegiado, en tanto que los otros habían ido ocupando el que les deparaba el juego de las situaciones socioeconómicas. La teoría de la superioridad de los españoles de España la expresó en 1574 López de Velasco en estos términos, hablando de los españoles nacidos en las Indias:

“Los españoles que pasan a aquellas partes y están en ellas mucho tiempo, con la mutación del cielo y del temperamento de las regiones, aun no dejan de recibir alguna diferencia en la color y calidad de su persona; pero los que nacen de ellos, que llaman criollos, y en todo son tenidos y habidos por españoles, conocidamente salen ya diferenciados en la color y tamaño, porque todos son grandes y la color algo baja declinando a la disposición de la tierra; de donde se toma argumento, que en muchos años, aunque los españoles no se hubiesen mezclado con los naturales, volverían a ser como ellos; y no solamente en las calidades corporales se mudan, pero en las del ánimo suelen seguir las del cuerpo, y mudando él, se alteran también, o porque por haber pasado a aquellas provincias tantos espíritus inquietos y perdidos, el trato y conversación ordinaria se ha depravado, y toca más presto a los que menos fuerza de virtud tienen; y así en aquellas partes ha habido siempre y hay muchas calumnias y desasosiegos entre unos hombres con otros.”

Azara localizó más tarde las consecuencias del enfrentamiento social entre los distintos grupos especialmente en las ciudades.

“Como son las ciudades las que engendran la corrupción de costumbres —decía, apoyado en su típica concepción dieciochesca— allí es donde reina, entre otras pasiones, aquel aborrecimiento que los criollos o españoles nacidos en América profesan a todo europeo y a su metrópoli principalmente, de modo que es frecuente odiar la mujer al marido y el hijo al padre. Se distinguen en este odio los quebrados de fortuna, los más inútiles, viciosos, holgazanes, y los que habiendo estado en Europa, regresan sin empleo y aburridos de las sujeciones y molestias de los pretendientes. Con poca reflexión conocerían sus muchas ventajas sobre los europeos; pues su país les franquea libertad, igualdad, facilidad de ganar dinero de muchos modos, y aun de comer casi sin trabajo ni costo; pues los comestibles son buenos, muy baratos y abundantes. No les dan sujeción las leyes sin vigor dictadas de tan lejos, ni las contribuciones, que son muy poca cosa, ni la precisión de servirse de esclavos y pardos a que están acostumbrados; lo único que alguna vez puede incomodarles es la pasión o impertinencia de algún jefe.”

Para explicar en términos sociales este tipo de comportamiento, Azara agrega algunas causas:

“Apenas nacen, los entregan sus padres por precisión a negras o pardas, que los cuiden seis o más años, después a mulatillos, a quienes no oirán cosa digna de imitarse, sino aquella falsa idea de que el dinero es para gastarlo, y que el ser noble y generoso consiste en derrochar, destrozar y en no hacer nada; inclinándolos a esto último la natural inercia, mayor en América que en otras partes. Con tales principios, no es extraño que desdeñen toda sujeción y trabajo, aun los hijos de un marinero u otro artesano, y que no quieran seguir la ocupación de sus padres. Como ven la dificultad de poder subsistir por sí mismos, toman muchos el partido de seguir aquella carrera u oficio que se les presenta más fácil y expedita. Mas no por eso dejan de tener vanidad, ni de desear de obtener empleos por más que aparenten desdeñarlos y agradecerlos poco.”

En este sentido las reflexiones de Azara referidas a Asunción, Buenos Aires, Montevideo, Maldonado, Santa Fe y Corrientes tienen un valor localizado, pero muy singular, pues se trata de casos extremos. En efecto, las ciudades fundadas y pobladas desde Asunción tuvieron desde el primer momento un carácter especial por haber sido establecidas con “hijos de la Terra”. Ruy Díaz de Guzmán señala que Juan de Garay fundó Santa Fe en 1573 con “ochenta soldados, todos los más hijos de la tierra”; y el propio Juan de Garay escribía, en una carta fechada en abril de 1582, que había fundado Buenos Aires con “sesenta compañeros, los diez españoles y los demás nacidos en esta tierra”. Este hecho era una consecuencia de la considerable cantidad de mestizos que había en Asunción. Si, como se ha visto, se calculaban en 400 en 1545, el padre Martín González contaba en 1575 más de diez mil, según carta escrita en ese año. Esta superpoblación fue precisamente la que movió al tesorero Montalvo a aconsejar al rey, en carta de noviembre de 1579, que con los hijos de la tierra: “Que son muy curiosos en las armas, grandes arcabuceros y diestros a pie y a caballo, son para el trabajo y amigos de la guerra” se fundaran “muchos pueblos en las partes y lugares que más convinieren al servicio de Nuestro Señor y del de Vuestra Real Majestad”.

Estas circunstancias confirieron a las ciudades del Río de la Plata una condición social muy particular, precisamente la que observó no sin sorpresa Azara. En el resto de la América hispánica fue muy general, por el contrario, la subsistencia de aquellas prevenciones que señalaba López de Velasco a fines del siglo XVI, y que afectaban tanto a los mestizos como a los criollos. Es bien sabido que el padre Feijóo salió en defensa de estos en el breve ensayo que tituló Españoles americanos.

El problema de las opiniones sobre el valor y el mérito de los distintos grupos sociales constituye un caso típico de adecuación de ciertas formas de mentalidad a las situaciones reales. En competencia por el ascenso social, los grupos fundamentan sus derechos en valores absolutos, y utilizan combinados los elementos socioeconómicos y los elementos morales, a los que se agregan los elementos étnicos, que prestaban fácil apoyo a reflexiones sustentadas no tanto en “errores comunes”, como diría en el siglo XVIII el padre Feijóo, como en intereses inmediatos y en situaciones constituidas.

El desarrollo de la ciudad latinoamericana. 1972

Herederas inequívocas de la cultura europea, las ciudades latinoamericanas fueron, y siguen siendo, los núcleos más activos de la vida del continente. En las extensas superficies que cubrió la colonización española y portuguesa, las zonas rurales fueron concebidas como áreas productoras de riqueza; las ciudades, en cambio, fueron pensadas como ámbitos civilizados y como centros difusores de civilización a la manera europea. Esta actitud de las metrópolis signó muy marcadamente, por mucho tiempo y acaso de manera definitiva, la relación entre campo y ciudad en Latinoamérica. La explicación de esa actitud, y de la política que implicaba, debe buscarse en el significado que suponía la experiencia urbana en la Europa colonizadora. Para la época de la conquista esa experiencia tenía cuatro o cinco siglos de elaboración, puesto que arrancaba de la gran explosión urbana del siglo XI que renovaría, poco a poco, la estructura socioeconómica, política y cultural de Europa. Apoyada en ella los países colonizadores repitieron en Latinoamérica el proceso de urbanización, pero ahora según un designio que respondía a los resultados de esa experiencia, elaborados y resumidos en un conjunto de nociones consideradas indiscutibles. La ciudad era, para los colonizadores, el instrumento eficaz no sólo para asegurar la posesión del territorio y la explotación de las riquezas, sino también para construir las sociedades colonizadoras y mantenerlas dentro del sistema cultural propio de la metrópoli.

Fueron, pues, fundadas en función de un designio. Pero, inevitablemente, las ciudades latinoamericanas evolucionaron según el juego de las circunstancias y las exigencias de la estructura socioeconómica. Así, sólo en ocasiones conservaron las líneas de desarrollo que su fundación les había impuesto, en tanto que la mayoría de las veces —excepto en casos de estancamiento flagrante— las modificaron para adecuarse a las condiciones que les fijaba el medio regional y, sobre todo, a las características propias del mundo en el que estaban insertas.

Por eso puede hablarse de un desarrollo original de la ciudad latinoamericana, desde el siglo XVI hasta hoy, que no repite el de la ciudad europea del mismo período. Es un desarrollo complejo, en el que por una parte se advierte la línea que expresa su condición dependiente de Europa y por otra la que revela sus tendencias autónomas. En su conjunto ese desarrollo se manifiesta a través de sucesivas etapas que, dejando de lado innumerables peculiaridades irreductibles, pueden tipificarse con cierta precisión. Un examen, tan somero como lo permite la extensión de este ensayo, puede ayudar a comprender la significación del mundo urbano latinoamericano.

La ciudad hidalga

Las fundaciones —a partir de La Isabela, en 1493— resultaron del propósito de los conquistadores de establecer bases tanto para su defensa como para la progresiva ocupación de la tierra y la explotación de las riquezas. Pero privaron distintos criterios, puesto que aparecieron diversas necesidades. Hubo ciudades que tuvieron funciones definidas y fundamentales desde un principio; casi todas comenzaron siendo fuertes, pero, además, unas fueron eminentemente puertos destinados a mantener las comunicaciones con España, otras mercados que enlazaban varias regiones, otras focos de grandes explotaciones rurales o mineras, otras sedes administrativas y políticas, otras, simplemente, puestos de etapa. Con el tiempo, y a medida que creció su magra población, muchas de ellas diversificaron sus funciones adecuándose a las exigencias y posibilidades que les imponía la región.

Lo que les dio a todas cierta semejanza fue, por una parte, su trazado, generalmente preestablecido, y por otra, su sociedad. Fuera de las ciudades a las que la topografía imponía sus reglas —como Guanajuato o Taxco— el trazado en forma de damero otorgó una fisonomía uniforme a casi todas. Y una fisonomía social uniforme también les otorgó la condición de hidalgo que obtuvieron los pobladores españoles, no sólo formalmente por gracia real, sino de hecho por la circunstancia de que constituyeron una sociedad fundada en el dominio de una población que le estaba sometida y le proveía de mano de obra gratuita. Este rasgo es, sin duda, el más importante. Para ese entonces, innumerables ciudades europeas habían adquirido una inequívoca fisonomía burguesa, y hasta se habían aburguesado vastos sectores de las aristocracias en un proceso que se combinaba con las tendencias aristocratizantes de las altas capas burguesas. Pero el efecto socioeconómico que produjo en España la abundancia de riqueza, capaz de estimular las tendencias hidalgas con los caracteres que muestra la novela picaresca, se produjo también en las ciudades latinoamericanas. Y a medida que se consolidaba el mundo mercantilista, a lo largo de los siglos XVI y XVII, se consolidaba también la imagen de la ciudad hidalga latinoamericana, de la que dan noticias muchas crónicas, pero sobre todo algunos testimonios literarios como los que se hallan en los diálogos latinos de Cervantes de Salazar, en El Carnero de Rodríguez Freyre o en El Periquillo Sarmiento de Fernández de Lizardi.

De la ciudad hidalga a la ciudad patricia

Excepto algunas ciudades que tuvieron rápido y transitorio crecimiento por circunstancias especiales —como Potosí, con motivo de la explotación de la plata del Cerro Rico—, casi todas se desarrollaron lentamente entre los siglos XVI y el XVII, y muchas involucionaron, fuera por la disminución del número de la mano de obra indígena o por ciertos fenómenos de crisis económica, locales en parte y en parte generalizados. Aun las grandes capitales virreinales, como México y Lima, acusaron ese ritmo, con ser la primera, junto con Salvador de Bahía, una de las más pujantes del mundo latinoamericano. Pero, en general, comenzaron a prosperar muchas de ellas en el siglo XVIII. El tiempo no había pasado en vano, y una ciudad es un complejo que necesita tiempo para definir su fisonomía, estabilizar su sociedad, dibujar su área de influencia y elaborar los rudimentos de su cultura urbana. Todo esto se hizo en las ciudades latinoamericanas durante los primeros siglos, lentamente, y los frutos de ese proceso quedaron a la vista en el siglo XVIII.

Para entonces, el mundo mercantilista había alcanzado su más alto grado de madurez. El imperio español declinaba, evidentemente, pero las rutas del comercio mundial, controladas sobre todo por Holanda e Inglaterra, habían generalizado un tráfico del que se beneficiaban, por cierto, Portugal y el Brasil, y que no tardaría en hacerse sentir sobre todo en el área española directa o indirectamente. El contrabando y el comercio negrero, así como la presión inglesa sobre el comercio español contribuían a dinamizar la vida de las ciudades latinoamericanas. A finales del siglo, esa presión era tan fuerte que el sistema monopólico debió ceder, y los puertos coloniales comenzaron a activarse vitalizando la vida económica general sin perjuicio de que, en ocasiones, trastornaran algunas economías regionales. Pero, en el conjunto, la activación fue el rasgo predominante, y muchas ciudades cambiaron su fisonomía.

La expresión más visible de ese cambio fue cierta transformación edilicia. La adhesión a la idea del progreso, que cuajaba en el siglo XVIII, se manifestó a través de una marcada preocupación por el embellecimiento de la ciudad, por la mejora de sus servicios, por el perfeccionamiento de su trazado. Virreyes progresistas, como Bucareli y Revillagigedo en México, Amat en el Perú o Vértiz en el Río de la Plata, renovaron sus capitales imprimiéndoles moderadamente algunas de las características de las ciudades barrocas europeas, como, ciertamente, había comenzado a hacer el marqués de Montesclaros en Lima en el siglo XVII. Algunas ciudades erigieron por entonces sus murallas, como Lima o Cartagena de Indias, perfeccionando sus viejas defensas militares contra los piratas, y en todas se notó una renovada preocupación por la salubridad, el alumbrado público y cuanto se relacionaba con el bienestar y la seguridad de sus habitantes. Una arquitectura más ambiciosa comenzó a aparecer en las ciudades ricas —puertos y capitales, sobre todo—, tanto privada como pública; catedrales e iglesias nuevas o renovadas, sobre todo donde no había habido ricos alardes barrocos o churriguerescos hasta entonces; palacios para las autoridades o para la Inquisición, conventos y palacios para las familias que alcanzaban la riqueza y con ella, a veces, el rango nobiliario.

Si la consolidación de esas clases caracterizó el cambio, más aún lo subrayó la aparición o crecimiento de otras. A la explotación de las riquezas naturales, en minas o plantaciones, vino a agregarse desde mediados del siglo XVIII una intensa activación del comercio, favorecido por la supresión del tradicional sistema de monopolio que habían impuesto originariamente las potencias coloniales. En poco tiempo crecieron las clases específicamente mercantiles, y el tono que supieron imprimirle a la actividad económica comenzó a desvanecer el matiz hidalgo de las ciudades. La riqueza constituyó el objetivo fundamental de las nuevas clases burguesas —como lo había sido de las antiguas clases hidalgas—, pero las ideas sobre la manera de alcanzarla variaron en poco tiempo. El lucro no pareció necesariamente unido a la idea de ocio aristocrático, y, por el contrario, el trabajo y la organización mercantil parecieron los medios válidos para alcanzarlo. La casa de negocios y su mostrador adquirieron una identidad antes insospechada, y las exigencias prácticas del mundo mercantilista se convirtieron en las reglas de las que no podía apartarse esta nueva burguesía que, en poco tiempo, pasó a ser la clase dominante de las ciudades.

A causa de este cambio, la diferenciación entre las grandes ciudades —puertos y capitales especialmente—, las medianas y las pequeñas se acentuó considerablemente: fueron aquellas las que acusaron toda la magnitud de la transformación que se operaba, en tanto que en muchas de estas subsistió un aire tradicional que algunas conservaron durante largo tiempo, como Cuenca, Trujillo, Popayán, Villa de Leyva o Puebla. En las grandes ciudades aparecieron las sociedades progresistas —como las de los “Amigos del país”—, circularon periódicos, funcionaron teatros, surgieron centros de estudio para estimular el conocimiento de la naturaleza, de la economía, de la arquitectura, de la minería, se abrieron cafés en los que se congregaban tertulias, se difundieron libros que exponían ideas modernas. Todo en pequeña escala, ciertamente, pero con los mismos signos que revelaban las ciudades burguesas de Europa. En el fondo, la nueva clase daba sus primeros pasos para imponer una nueva mentalidad, acorde con su concepción básica de la vida económica y social.

Empero, la declinante situación de las potencias coloniales —España y Portugal— imponía algunos límites a este progreso, y en mayor o menor medida esas burguesías divisaban otras circunstancias vigentes en el mundo, más favorables para desarrollar sus posibilidades. Como las débiles burguesías de sus metrópolis, también las de las ciudades coloniales comenzaron a acariciar la esperanza de escapar a aquellos límites. Fue, precisamente, en el seno de esas burguesías donde empezaron a constituirse los grupos inclinados a la independencia, o a una política que les permitiera insertarse en un mundo mercantil que, sin saberlo, acusaba la influencia tonificante de la Revolución Industrial. Esta opción modificó sustancialmente la actitud de las burguesías mercantiles; algunos grupos persistieron en sus preocupaciones exclusivamente económicas, en tanto que otros se deslizaron por el camino de una ideología que los condujo a una preocupación finalmente política. Fueron estos últimos los que impusieron su signo al nuevo patriciado que se constituyó con la Independencia.

La ciudad patricia

La Independencia puso a las ciudades en manos de ese patriciado. Con altos y bajos, sin duda, según las alternativas de la política, unas más y otras menos, según el grado de militancia; algunas animadas por el fervor jacobino de los grupos juveniles y otras movidas por la prudencia conservadora de los que no querían que el cambio llegara demasiado lejos. Pero en todas partes se constituyó un patriciado, esto es, un grupo surgido del seno de las clases acomodadas que tomó partido por algunas de las opciones que en el mundo convulsionado por la crisis napoleónica y la Revolución Industrial inglesa les ofrecía. No hay duda, sin embargo, de que fue en las capitales y en los puertos donde se hizo más notoria la presencia de esas nuevas minorías criollas.

Poco a poco se diferenciaron en el seno del patriciado grupos diversos que modificaron su fisonomía: gente de condición modesta empujada por el azar de la política, hombres a quienes las contingencias de la lucha llevaban de los campos a la ciudad, mestizos y mulatos que antes no hubieran tenido posibilidad alguna de ascenso. Así, complejo y renovado, el patriciado urbano debió afrontar el problema del nuevo papel que la independencia otorgaba a las ciudades. Fueron estas el botín de los bandos en pugna, porque todos quisieron participar de los refinamientos que prometían. Pero, sobre todo, fueron el objeto de una disputa acerca de su función, tanto frente al mundo rural como frente a la presión de los países exportadores de productos manufacturados que vieron en ellas promisorios mercados. Mundo rural y mundo urbano se transformaron en dos términos de una sociedad que buscaba un nuevo equilibrio. Y entre tanto, al calor de los conflictos, muchas ciudades vieron decrecer su población —como Caracas, que pasó de 50.000 habitantes en 1810 a 23.000 en 1823—, y cayeron en un estancamiento que se advirtió en su aspecto edilicio y en su actividad cultural.

También las clases medias y populares cambiaron de fisonomía. Las guerras civiles y la política provocaron ascensos y descensos que se combinaron con los que produjeron las nuevas oportunidades económicas que brindaban las circunstancias: el comercio de nuevos productos, el aprovechamiento del favor del Estado, el aprovisionamiento de los ejércitos. Y en la periferia de las capitales y los puertos, especialmente, se constituían los nuevos grupos populares de renovada fisonomía, como resultado tanto del cambio económico como del político.

Quizá Río de Janeiro fue la única capital que mejoró su fisonomía durante este período que se extiende desde la Independencia hasta la segunda mitad del siglo XIX. Capital imperial, trató de adquirir el aire de las cortes barrocas y lo logró en parte. Pero las otras tardaron decenios en salir de la crisis en que las sumió el cambio socioeconómico y político. La ciudad colonial perduró durante la etapa independiente, sin que pudieran advertirse sino pequeñas modificaciones hasta que promedió el siglo. A partir de entonces, y muy lentamente, las situaciones sociales comenzaron a estabilizarse en algunos países, se inició la era constitucional y con ella la organización política, y las corrientes económicas —de importaciones y de exportaciones— tonificaron la vida mercantil. El Martín Rivas del chileno Blest Gana representa un buen testimonio de esta mutación.

Poco a poco, el progreso industrial comenzaría a manifestarse en otra cosa que no fueran los productos extranjeros exhibidos en los almacenes. En algunas ciudades comenzó a instalarse el alumbrado público a gas, a correr tranvías a caballo, a pavimentarse zonas céntricas; y un día empezó a funcionar el ferrocarril, cuya primera estación se convirtió en un nuevo foco activo de la ciudad. Puertos, mercados, mataderos, plazas, cárceles, cementerios y hospitales eran los tradicionales. La estación de ferrocarril significó la implantación en el casco urbano de un verdadero monumento al progreso, y a su alrededor surgió una nueva aglomeración. Las ciudades comenzaron a crecer, y Lima derribó sus murallas en 1869, cuando alcanzaba los 90.000 habitantes. Buenos Aires doblaba por entonces ese número. Pero Buenos Aires estaba volcada sobre el Atlántico y comenzaba a transformarse en la gran exportadora de alimentos para la Europa industrial. Al calor de estas y otras actividades empezó a formarse en esas décadas una nueva burguesía, que iba a alterar la fisonomía de las ciudades en las postrimerías del siglo.

La ciudad burguesa

El rápido crecimiento de Buenos Aires después de 1880 se debió a la reactivación de su economía, a la nutrida inmigración europea, que multiplicó su población, a la nueva burguesía mercantil que se desarrolló al calor de las exportaciones de productos primarios. Fue el primer caso, y el más intenso, de transformación urbana, cuando Latinoamérica quedó inscrita en la periferia de los grandes países industriales. Pero no fue el único. Poco a poco, a partir de las últimas décadas del siglo XIX, muchos países iniciaron en diversa escala el mismo proceso —con el café, el guano, el salitre, el caucho y los metales— y la actitud exportadora que los enriqueció tuvo consecuencias visibles sobre todo en las capitales y los puertos. Algo más tarde, el petróleo cumpliría la misma función en las economías nacionales y en las ciudades. Puertos activos, vastos sectores obreros, nuevas clases medias en formación y ricas burguesías, que ejercieron tanto el poder político como el poder económico, cambiaron el aspecto de las viejas ciudades, que todavía conservaban casi intacta, sin embargo, la fisonomía edilicia de la colonia.

Fueron las nuevas burguesías las que marcaron el rumbo del proceso del cambio urbano. Devotas de la religión del progreso, imprimieron a la vida de las ciudades un carácter renovador. Clubes, restaurantes y cafés, bolsas mercantiles hirvientes de preocupaciones especulativas, teatros y salones lujosos fueron los escenarios de la nueva actividad de esta clase que soñaba con Europa y que elaboraba rápidamente una mentalidad cuya antítesis era no sólo la de la colonia sino también la de la época de la Independencia o de las guerras civiles. Su lema fue el “enriqueceos” que había formulado algunas décadas antes Guizot; y para hacerlo era necesario “menos política y más administración”, como repetía Porfirio Díaz en México, expresando el mismo pensamiento de “orden y progreso” que pregonaba la república brasileña o el de “paz y administración” que formulara Roca en Argentina. Y, ciertamente, al calor de gobiernos fuertes que ellas mismas se dieron, esas clases dirigentes promovieron la riqueza y se beneficiaron con ella. Pero, junto a la actividad económica, procuraron gozar de su poder y de sus fortunas. El lujo —insospechable en las modestas ciudades de treinta años antes— empezó a desbordar en las ciudades que veían aparecer la nueva arquitectura de las suntuosas residencias, palacios algunas veces, como las ciudades latinoamericanas no las habían visto desde el siglo XVIII.

Poco a poco empezaron a aparecer los nuevos barrios residenciales, hacia los que se inició el éxodo de las familias opulentas: en Montevideo hacia el Prado, en Buenos Aires hacia el barrio Norte, en Lima hacia el Paseo Colón, en Santiago hacia la Alameda, en Río de Janeiro hacia Catete o Laranjeiras, en México hacia la Colonia Roma. En una reiteración del proceso barroco, dos ciudades tendieron a escindirse en el seno de cada gran ciudad, y las clases medias y populares debieron aceptar su condición de inferioridad ostensible permaneciendo en los barrios que abandonaban las nuevas oligarquías. Los recientes sectores aristocráticos mostraban inclinación hacia una arquitectura generalmente de modelo francés que dio una nueva fisonomía a la ciudad. Las verjas, las mansardas de pizarra, las ventanas numerosas y los breves y cuidados jardines brindaron el testimonio inconfundible de una mentalidad europeizante reflejada en la manera de vivir.

En el fondo de esas transformaciones estaba el recuerdo vivo del faubourg Saint Germain y, en general, el del París del Segundo Imperio o, a veces, el del Londres victoriano. Aunque las nuevas clases opulentas no se conformaron con que su propia morada se pareciera a los modelos que imitaban. Quisieron que quedaran enmarcadas dentro del cuadro de una gran ciudad moderna, y no vacilaron en seguir, en mayor o menor medida, el ejemplo de Haussmann, que había renovado en el siglo XIX la furia demoledora del Barroco. Los afanes urbanísticos de las nuevas clases opulentas no se limitaron a la construcción de nuevos barrios exclusivos, sino que tendieron a la remodelación del casco antiguo de la ciudad que aún conservaba la fisonomía colonial. Grandes avenidas, paseos, plazas, edificios de vasta perspectiva surgieron tras las necesarias demoliciones, debidas a lo que se dio en llamar “la piqueta del progreso”. El modelo neoclásico presidió la nueva arquitectura pública, cuyas moles se erigieron junto a la modestia de las supervivencias coloniales o decimonónicas en flagrante contraste que denunciaba el cambio de la sociedad y de las tendencias. El alumbrado y los tranvías eléctricos, los autobuses después, acentuaron la transformación, a la que había contribuido la progresiva sustitución de los carruajes por los automóviles.

Pero quizá lo que más denotaba la profundidad del cambio fue el aumento de la población urbana. Casi todas las grandes ciudades crecieron considerablemente en población, gracias a la fuerte atracción que ejercía la riqueza y la posibilidad de ascenso económico y social que ella prometía. Las clases sociales aumentaron en número y diversidad, en unos casos por la inmigración extranjera, en otros por el éxodo rural, y en ocasiones por ambas causas. Y crecieron también las clases medias, porque la ciudad promovía una intensa movilidad social en virtud de las oportunidades económicas que brindaba. Fue precisamente esta movilidad social, y las tendencias de los grupos antes marginados del poder a participar en él, lo que invitó a las clases altas a sostener a los gobiernos fuertes y, en ocasiones, dictatoriales, para prevenir sus consecuencias políticas.

Figuras representativas de esos regímenes fueron Porfirio Díaz en México, Estrada Cabrera en Guatemala, Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez en Venezuela. Sólo las oligarquías seguras y eficaces —como las de Argentina y Brasil— conservaron las formas del sistema democrático. Pero los dictadores, efímeros o duraderos, impusieron un tono singular a la vida política. Sus capitales fueron cortes montadas no sólo sobre un vigoroso aparato represivo sino también sobre una clase cortesana. Por su influencia se hacían y deshacían fortunas y bajo su protección se alcanzaban los más altos honores: Miguel Ángel Asturias, en El Señor Presidente, ha recogido la imagen de esa singular estructura de poder propia de una sociedad en brusco cambio.

Fuera de las capitales y los puertos, la gran mayoría de las ciudades fueron alcanzadas sólo muy lentamente por los efectos del cambio. Algunas se mantuvieron largo tiempo, o aún se mantienen, casi insensibles a él, y otras comenzaron a evolucionar muy lentamente como resultado de los efectos indirectos que les llegaban desde los grandes centros de difusión. Pero algunas se transformaron rápidamente por estar vinculadas con alguna de las nuevas formas de explotación; así, San Pablo y Manaos en el Brasil, vinculadas al café y al caucho respectivamente, de las cuales la segunda dio el extraordinario espectáculo de su modernización en contraste con el ambiente de la selva amazónica en que está enclavada.

Tanto la vida cultural como la vida política de las ciudades comenzaron a activarse lentamente como consecuencia de los cambios sociales y económicos. Universidades y colegios, teatros y más tarde cinematógrafos, periódicos y revistas, sociedades literarias y científicas, bibliotecas y museos empezaron a organizarse o a aumentar en número impulsados por la creciente población y, sobre todo, por el mayor desarrollo de las clases medias. En los cenáculos literarios, saturados de la nostalgia de los cafés de París, nació el modernismo que ilustraron Rubén Darío, José Asunción Silva, Julián de Casal, Julio Herrera y Reissig o Leopoldo Lugones; y allí nació también la novela naturalista. De esta, una buena parte se caracterizó especialmente por su descubrimiento de la ciudad. El mexicano Gamboa no vaciló en aplicarle el símbolo dantesco de la prostituta en su novela Santa; el argentino Julián Martel describió en La Bolsa la afiebrada actividad mercantil de Buenos Aires; el brasileño Aluisio Azevedo presentó en El conventillo la vida de las clases bajas de Río de Janeiro.

Fueron las clases medias también las que promovieron la activación de la vida política, cuando revelaron que aspiraban a consumar su ascenso participando en ella. En Lima, Montevideo, Santiago y Buenos Aires, el fenómeno fue notorio ya al finalizar el siglo XIX. Frente a las oligarquías comenzaron a organizarse movimientos renovadores que levantaban la bandera de la democracia para oponerse a los gobiernos minoritarios que les cerraban el paso, y en algunos casos lograron desalojarlos del poder. Las clases medias, en rigor, fueron las vanguardias; pero poco a poco integraron en sus filas a vastos sectores de las clases populares que se sumaron a sus reivindicaciones, aunque algunos pequeños grupos prefirieron la formación de sindicatos y de partidos definitivamente obreros. Pero fueron las clases medias las que empezaron a lograr cierta representatividad. Las clases populares, en cambio, debieron aguardar su turno: después de 1930, estas estaban decididamente dispuestas a irrumpir en la vida política, como las ya grandes ciudades latinoamericanas comenzaban a acusar algunos de los rasgos de la ciudad de masas.

La ciudad de masas

Diversos factores se combinaron para que esos rasgos aparecieran. El ajuste de la economía mundial que siguió a la Primera Guerra repercutió sobre los países latinoamericanos, que constituían la periferia de los grandes países industrializados. Hubo expansiones y retracciones, se organizaron nuevos circuitos económicos y se desarticularon otros, en tanto que variaba el origen y la manera de operar de las inversiones extranjeras. Mucho influyó en el cambio la nueva economía del petróleo y, poco a poco, la incontenible tendencia que apareció en varios países de impulsar el proceso de su industrialización. Todo esto debía incidir rápidamente sobre el mundo urbano.

Sometidas a nuevas incitaciones económicas, las ciudades respondieron aceptando el reto y constituyéndose muchas de ellas en focos de una renovada actividad. Nuevas perspectivas de producción y, con ellas, nuevos horizontes abiertos para los sectores terciarios, hicieron de las ciudades poderosos centros de atracción para las poblaciones rurales, que iniciaron el éxodo hacia ellas. Rápidamente aumentó el número de la población urbana en tanto que la rural disminuía; y el equilibrio entre un sector y otro se alteró sustancialmente en pocas décadas: los campos comenzaron a despoblarse paulatinamente, pero las ciudades crecieron con gran rapidez; la concentración demográfica tornaba visible la mutación que, por lo demás, se manifestaba por sus consecuencias. Ciertamente, el fenómeno no era exclusivo de Latinoamérica, pero en ella adquirió singular significación.

Desde entonces en algunas ciudades se desencadenaron procesos socioeconómicos, políticos y culturales no sólo de gran intensidad sino también extremadamente acelerados. La ciudad en rápido crecimiento se transformó en un problema grave que adquirió cada día mayor importancia, a medida que descubría todas sus facetas: la insuficiencia de su infraestructura para responder a las demandas del creciente número de usuarios, la presencia de grupos sociales nuevos que entraban en conflicto virtual con la vieja sociedad, la formación paulatina de viejas subculturas urbanas con peculiaridades propias y tendencias disidentes. Pero a tan variada gama de problemas sólo pareció posible responder con la atención de las necesidades más primarias y urgentes, con soluciones urbanísticas que atendían sólo a las cuestiones suscitadas por el espacio físico.

En rigor, tales problemas se hicieron patentes, sobre todo, en las grandes megalópolis: San Pablo, Caracas, México, Buenos Aires; también en las ciudades que, sin alcanzar tal magnitud, tuvieron un crecimiento vertiginoso. En distintos niveles, su número ha sido considerable, y la dimensión de los problemas no se mide en términos absolutos sino relativos y teniendo en cuenta la situación a partir de la cual se ha desencadenado el cambio. Así, por ejemplo, en los casos de Bogotá, Medellín, Cali, Guadalajara, Monterrey, Maracaibo, Córdoba, La Habana o San Juan de Puerto Rico. Pero como los motivos de la atracción son muy concretos, allí donde no aparecen el crecimiento es muy reducido y a veces no existe, con lo cual la diferenciación entre las grandes ciudades y las medianas o pequeñas se acentúa, no sólo cuantitativamente sino también cualitativamente, puesto que en las últimas subsisten culturas urbanas muy tradicionales. Esta contradicción se extrema en pequeñas ciudades que parecieran no haber registrado sino levísimas transformaciones a lo largo del siglo XIX y que ofrecen el aspecto de ciudades detenidas.

Los casos llamativos son, naturalmente, los de las ciudades que han sufrido cambios importantes y rápidos. En ellas puede hablarse, sin discusión, de la formación de nuevas sociedades, fenómeno propio del proceso general del mundo industrializado, pero que en Latinoamérica tiene matices peculiares. Sociedades urbanas que mantenían hasta hace poco una estructura casi colonial han sido transformadas por aceleradas manifestaciones de ascenso o diferenciación de grupos. En la organización de nutridos y crecientes sectores de clase media, diversificados en numerosos subsectores de matices a veces imponderables, destaca la entrañable relación de la cultura urbana con los sectores terciarios de la economía y proporciona a la ciudad una masa plástica de consumidores que son, a la vez, creadoras de formas originales de vida. Pero el fenómeno de la formación de las clases medias es, con todo, el menos significativo de esta etapa del cambio de las sociedades urbanas, puesto que reitera un proceso ya desencadenado sin que se puedan anotar variantes demasiado profundas. No pasa así, en cambio, con las clases altas y las clases populares.

Supérstites de viejas situaciones, los sectores tradicionales de la clase alta son los que más han acusado el golpe. Como en todas partes, la masificación de las minorías se hace patente en las ciudades multitudinarias, y afecta sobre todo a esos grupos que no sólo ostentaban su carácter tradicional y minoritario sino que cultivaban también cierto dejo de aristocracia. Esto último es lo que más claramente ha entrado en crisis, puesto que, a su lado, otras élites que se han constituido se conjugan mejor con las nuevas situaciones sociales y económicas. Nuevos grupos de alto nivel de ingresos, de origen vario y estrechamente vinculados a nuevas actividades en plena vigencia, comparten con las nuevas élites tecnológicas la función directora en las grandes ciudades, que han llegado a serlo por el nivel de su actividad económica. El juego entre esos sectores de las clases altas adquiere particular significación en las ciudades latinoamericanas por la sobrevida que aquellos grupos tradicionales han tenido en virtud del lento desarrollo que en muchas partes tuvieron las burguesías urbanas.

Pero la transformación más importante en la estructura de las sociedades urbanas se da, en las grandes ciudades, en el seno de las clases populares. Es ese sector el que aumenta considerablemente como resultado tanto del crecimiento vegetativo como de las migraciones internas. El primer dato se relaciona con el boom demográfico general, y el segundo con el cambio de las estructuras económicas. Pero ambos factores concurren para volcar sobre las grandes ciudades una masa de población extremadamente numerosa que, además, roza los límites de la anomia. Ciertamente, hay en su seno sectores muy integrados; pero los que prestan su carácter más típico a las sociedades multitudinarias son, precisamente, los sectores que se sitúan en los bordes, tanto sociales como físicos, de las ciudades. Son sectores marginales, cuyos miembros no encuentran dentro del sistema manera de individualizarse: tal es el sentido de las irrupciones políticas de octubre de 1945 en Buenos Aires o el de abril de 1948 en Bogotá. Sin duda también operan multitudinariamente las clases medias y aun las clases altas, todas obsesionadas por encontrar reductos exclusivos, formas de comportamiento y de lenguaje que las diferencien, objetos que denoten su posición social. Pero en tanto que muchos de los miembros de esos sectores lo logran —al menos por algún tiempo y en relación con el juicio de los grupos cuyo consentimiento buscan—, los miembros de las clases populares se estrellan contra el sistema y se refugian en una irracionalidad que parece ofrecerles respaldo.

En el juego de estos sectores se constituyen poco a poco las nuevas culturas urbanas de las grandes ciudades latinoamericanas. Su principal rasgo es precisamente ser culturas multitudinarias, y en consecuencia signadas por la despersonalización y la irracionalidad. Los llamados medios masivos de comunicación necesitan, en cuanto empresas lucrativas, ajustarse a las expectativas de las masas a las que sirven, y contribuyen a alimentar aquellas tendencias, puesto que el mayor número se establece según el más bajo nivel. Y la apelación al consumo que en cierto modo trabaja en favor de una mejora de las condiciones de vida de los que son consumidores posibles, deteriora la situación relativa de los que no pueden serlo y agrega a la despersonalización y a la irracionalidad una considerable cuota de resentimiento. Inmenso escaparate de las situaciones sociales, la gran ciudad elabora dentro del sistema una cultura urbana que no expresa sino anhelos frustrados, sentimientos primarios y tendencias elementales. No faltan, sin embargo, los productos sofisticados, en los que ese cauce torrencial se canaliza a través de formas intelectuales que intentan sublimar su contenido y adecuarlo a los márgenes de disidencia tolerables dentro del sistema.

La contradicción que irrumpe en esta sociedad se manifiesta inequívocamente en el desarrollo físico de las ciudades. Los recursos económicos y las posibilidades tecnológicas, así como ciertas exigencias de prestigio, contribuyen a transformar la fisonomía de las ciudades. Las grandes obras públicas —autopistas, aeropuertos—, la arquitectura pública y privada han terminado por romper el casco antiguo de muchas ciudades. Empero, a medida que crece el número de los rascacielos y de la edificación de lujo en los barrios residenciales, la gran ciudad ve crecer el número y el tamaño de las subciudades, que en cada lugar se designan con nombres diferentes: barriadas, cayampas, villas miseria, rancheríos. Hay ciudades como Caracas, materialmente sitiadas, y cuya imagen física es la de un núcleo poderoso rodeado por un cinturón miserable.

La ciudad física siempre ha sido reflejo del sistema. Si algo ilustra sobre la situación latinoamericana es la fisonomía de sus grandes ciudades.

La ciudad latinoamericana y los movimientos políticos. 1969

En la vida política latinoamericana, las ciudades, y especialmente las capitales, han desempeñado un papel de tal importancia que con frecuencia ha permitido confundir su historia con la del país al que pertenecen. Esta imagen debe ser corregida, pero conviene prestar al hecho mismo toda la atención que merece, pues aunque no es exclusivo de América Latina, adquiere en ella una singular significación. La decisiva influencia política de las ciudades corresponde fielmente a las peculiaridades del ordenamiento socioeconómico y sociocultural del área latinoamericana, y por eso es importante establecer qué mecanismos la desencadenan y de qué modo se ejerce.

Núcleo político por excelencia, la ciudad impone ciertos caracteres precisos a las formas de la convivencia social. Cualquiera sea la importancia que asuman las otras funciones urbanas, el uso que del poder se hace en la ciudad incide tan profundamente sobre todas las demás que la función política resulta siempre eminente. Es en la ciudad donde se opera la mayor concentración de poder político, en distintas escalas, sin duda, pero siempre con la mayor eficacia instrumental. Por eso la ciudad conforma, en alguna medida, la vida del contorno regional y nacional, ordenando los cuadros dentro de los que todas las actividades se desenvuelven, imponiendo los principios y normas que las orientan según los designios de los grupos sociales predominantes y montando los mecanismos coercitivos para asegurar su vigencia.

La concentración del poder que se produce en la ciudad abarca tanto al poder institucionalizado como al poder no institucionalizado. La ciudad aloja a los representantes del poder institucionalizado: político y administrativo, legislativo, judicial, tanto en el orden nacional como en el provincial y municipal, así como en el orden eclesiástico; y aloja también los centros de decisión de los organismos coercitivos con que cuenta el poder institucionalizado. Pero, además, la ciudad aloja una masa de opinión pública que, por hábito, por educación y por necesidad, apoya directa o indirectamente el ejercicio del poder institucionalizado, aun cuando alguno de sus sectores se oponga circunstancialmente a quienes lo detentan. Porque la complejidad de la vida urbana exige una regulación permanente, a veces imperceptible, pero que se hace dramáticamente visible en el momento en que se debilita o desaparece y fuerza la aceptación del poder.

Pero, además, es en la ciudad donde se alojan los grupos que ejercen más vigorosamente el poder no institucionalizado. Vinculados a las actividades básicas de la colectividad, los grupos de poder y los grupos de presión operan preferentemente en la ciudad, cerca del poder institucionalizado y cerca también de los distintos sectores sociales que pueden ser movilizados a favor de ciertas opiniones y exigencias. En la ciudad esos grupos, generalmente sectoriales, multiplican su gravitación extendiendo sus propias opiniones y sus propias exigencias —a veces sutilmente encubiertas— a vastos grupos que consciente o inconscientemente se pliegan a ellas, y pueden aprovechar las características formas psicosociales de actuación de los grupos multitudinarios.

Ciertos sectores poseen, al margen de las estructuras del poder legalmente institucionalizado, una suerte de institucionalización social y jurídica que los capacita para enfrentarse con aquel. La ciudad es el escenario fundamental de tales tensiones, no sólo porque en su ámbito es más fácil y más eficaz la organización de los grupos competitivos, sino porque constituye el centro de más rápida comunicación social. La información es en la ciudad más fiel y más precisa, y el conocimiento de los cambios situacionales más exacto y ajustado a sus mecanismos profundos. Es esa información la que asegura la rápida aglutinación de los grupos urbanos y la acelerada galvanización de las opiniones, referidas a coyunturas concretas. En la ciudad, la acción posee, pues, una orientación más definida, y por eso más eficaz.

Estos caracteres de la vida urbana se dan en las ciudades latinoamericanas, sin ser, claro está, exclusivos de ellas. Pero se dan de cierta manera, en función de ciertos mecanismos peculiares y con modalidades propias. Así ha ocurrido a lo largo de toda su historia, conformando un estilo de comportamiento político que no sólo es revelador de determinadas situaciones intransferibles —comparadas con las situaciones contemporáneas en otras áreas— sino que es también revelador de la continuidad de ciertos procesos y de la persistencia de los factores que los desencadenan. No es esta la ocasión de extenderse sobre ese desarrollo secular; pero aun para destacar sus rasgos en los últimos ochenta años resulta imprescindible puntualizar, al menos esquemáticamente, algunos de los caracteres del funcionamiento político de la ciudad latinoamericana en ciertos momentos críticos. Sólo de ese modo se puede comprender, a mi juicio, el papel que en la vida latinoamericana ha desempeñado la ciudad a partir de los cambios que se hacen patentes alrededor de la penúltima década del siglo XIX.

Instrumento de una política colonizadora destinada a impostar, sobre un territorio considerado culturalmente neutro, las formas de sociabilidad y la cultura de los países ibéricos, la ciudad latinoamericana nació como un reducto no sólo para asegurar la supervivencia física del grupo conquistador y conservar inmunes sus formas de vida, sus normas y creencias —esto es, su cultura—, sino también para operar desde ella la progresiva ocupación del territorio circundante y la reducción de las poblaciones autóctonas a sus propios esquemas culturales. Todo esto requería una inflexible conducción política, esto es, el ejercicio de una autoridad centralizada que ejecutara un vasto designio cuyo horizonte era mucho más extenso que la mera acción militar, sólo en apariencia la más importante, puesto que en realidad no era sino un medio para alcanzar ciertos fines que la sobrepasaban. La ciudad fue una base de operaciones socioculturales, instalada en un medio considerado hostil, y en la que se custodiaba la vida de quienes eran instrumentos de esas operaciones así como los imponderables elementos de la cultura que se proyectaba instaurar y transferir. La garantía del éxito de esas operaciones fue la concentración del poder en la ciudad, concebida como ciudadela militar y cultural a un tiempo. La Plaza Mayor, foro urbano rodeado por el Fuerte, el Cabildo y la Catedral, constituía el foco de ese poder.

Esta situación se perpetuó a lo largo de los siglos XVII y XVIII, a medida que se consolidaba la ocupación de la tierra, se organizaba la explotación de las riquezas naturales y se sistematizaban las relaciones económicas de los grupos poseedores con las metrópolis y sus mercados. La posesión de la tierra y, más aún, la explotación de sus riquezas, originó la formación de grupos sociales poderosos, aristocracias coloniales viejas y nuevas, según las fluctuaciones de la vida económica que, una vez abandonado el espejismo del retorno a la patria europea, crearon en las ciudades americanas las condiciones necesarias para disfrutar de sus riquezas, vigilar la administración de sus propiedades y permanecer cerca de las fuentes del poder político y administrativo a fin de mantenerlo favorable a sus intereses y compartir sus halagos. Fiel expresión de este designio fueron las casonas y palacios que erigieron, a partir del siglo XVII y sobre todo en el XVIII, los ricos poseedores, frecuentemente investidos de títulos nobiliarios: las moradas de los marqueses de la Torre de Cossio, de Prado Alegre o de Calimaya, o la del conde de San Mateo de Valparaíso en México; la de Berrocal en San Juan de Puerto Rico; la de los Mijares o la del conde de San Xavier en Caracas; la de Chamorro o la de la Cueva, o la de los Leones, o la de Landívar en la antigua Guatemala; la del marqués de San Jorge en Bogotá; la del marqués de Maenza en Quito; las de Javara o de Torre Tagle en Lima; o las más modestas de los Uriburu en Salta, de los Allende en Córdoba o de los Colombres en Tucumán, estas tres en Argentina. Esta enumeración ejemplifica la generalidad del fenómeno.

Junto al poder político se consolidaron, pues, en las ciudades, los grupos sociales y económicos más influyentes y de más decididas actitudes conservadoras. Pero, además, se constituyó en muchas de ellas durante la segunda mitad del siglo XVIII una burguesía local vinculada a las actividades mercantiles, a la administración pública y a las profesiones liberales, que se segregó de los grupos monopolistas y se adhirió a las doctrinas liberales. Fue en las ciudades donde se manifestó la tensión entre esos grupos. Si antes no habían aparecido otras querellas que las jurisdiccionales entre autoridades eclesiásticas y civiles, los conflictos entre las órdenes religiosas o los pleitos pueblerinos entre familias, la situación comenzó a cambiar lentamente: la expulsión de los jesuitas, la emancipación de las colonias inglesas de América del Norte y la explosión de la Revolución en Francia proporcionaron un nuevo marco ideológico a las tensiones espontáneas suscitadas por el desarrollo económico, y poco a poco empezaron a constituirse grupos de opinión o incipientes partidos políticos.

Esas nuevas burguesías urbanas de tendencia liberal fueron las que agitaron el ambiente al producirse la crisis española de 1810. Allí donde predominaron, trataron de imponer —no siempre con éxito— una política de modernización de las estructuras políticas de los nuevos países, subestimando o desconociendo, a veces, la significación de las áreas rurales, en las que un proceso socioeconómico más o menos autónomo —pero en todo caso dispar con respecto al de las ciudades— había creado un orden social sui generis, con sus formas de vida propias y con su propio sistema de ideas acerca de la convivencia social y política. Más tarde, en la primera mitad del siglo XIX, las ciudades experimentaron un fuerte retroceso no sólo en la medida en que sufrieron las consecuencias de las convulsiones políticas y militares propias de las guerras de la Independencia y de las guerras civiles sino también en cuanto tuvieron que ajustarse —dado el factum de la Independencia y la necesidad de reordenar la vida dentro de sus límites geográficos y de sus propios recursos— al papel que les correspondía teniendo en cuenta la nueva significación que alcanzaron las áreas rurales, subestimadas en el momento de la fundación y sometidas durante todo el período colonial al imperio urbano.

El retroceso urbano de la primera mitad del siglo XIX se advirtió en muchas ciudades, que acusaron una disminución demográfica o al menos una estagnación, así como acusaron estancamiento en su crecimiento espacial. Pero sobre todo sufrieron un retroceso político. El poder pasó en muchas regiones a manos de caudillos cuyas fuentes de poder estaban en las áreas rurales. Y con todo, la consumación de cada triunfo significaba la instauración en la ciudad de un poder, a veces de apariencia bárbara, que procuraba obtener de la tradición colonial una convalidación formal. A medida que la situación social se estabilizó, sobre todo a partir de mediados del siglo, las ciudades recuperaron su hegemonía y muy pronto se vieron en el cambio físico que sufrieron los signos de una mutación profunda en el ordenamiento de la vida de cada país y del área latinoamericana en conjunto.

Tales cambios se produjeron, sustancialmente, en su ordenamiento social, y sus consecuencias pudieron advertirse sobre todo a partir de las últimas décadas del siglo XIX. Comenzó a crecer el volumen de la población urbana y, simultáneamente, a modificarse el sistema de las relaciones sociales, porque a medida que aumentaba el volumen demográfico, se acentuaba, por una parte, la movilidad social de ciertos sectores y por otra, la estratificación de los grupos tradicionales. Estos cambios sociales se reflejaron muy pronto en el paisaje urbano. La demolición de las murallas de Panamá en 1856, de Lima después de 1870, de San Juan de Puerto Rico en 1897, fueron signos físicos de una expansión que, en otras ciudades, no requirió tales esfuerzos; pero en casi todas las capitales y en varias ciudades menores se produjo un crecimiento territorial que fue acompañado generalmente de cierta modernización urbanística y arquitectónica, y de una redistribución ecológica de la población. Para entonces se produjeron y consolidaron ciertas formas nuevas de poder social y, paralelamente, de ciertas formas nuevas de poder político. La respuesta social fue un vigoroso cambio de actitudes políticas en ciertos sectores, un planteo nuevo de las tensiones y los enfrentamientos políticos, que, en ocasiones, se cargaron de explosivos contenidos sociales. Tales son los problemas que deben examinarse para comprender el papel que las ciudades han desempeñado en la vida política latinoamericana en los últimos ochenta años, que corresponden al período de más pronunciado viraje producido en el área.

La incorporación del mundo productor latinoamericano al ámbito económico europeo y norteamericano en las condiciones requeridas por el desarrollo industrial, produjo generalmente en las últimas décadas del siglo XIX una consolidación de las viejas aristocracias terratenientes y, además, una renovación y un robustecimiento de sus cuadros mediante la incorporación de nuevos sectores que respondieran eficazmente a las exigencias propuestas por las nuevas perspectivas. Las aristocracias se modernizaron en sus actitudes económicas y culturales, pero, al mismo tiempo, se retrajeron socialmente y adquirieron ciertos rasgos de oligarquías conservadoras en su comportamiento social y político. Tal fue la respuesta de los sectores tradicionales vinculados a la riqueza nacional y al sistema económico y financiero internacional, cuando el desarrollo de la actividad productiva, mercantil y a veces manufacturera promovió la formación de nuevas clases medias en las ciudades que constituían los emporios de la administración y comercialización de las materias primas nacionales así como los centros de la importación de productos manufactureros extranjeros. Acrecentadas por el flujo migratorio —interno y externo— las clases medias se orientaron hacia el sector terciario y buscaron un nivel de vida que parecía posible alcanzar a causa de la mayor disponibilidad de los bienes de consumo.

Las relaciones entre estos dos sectores —una clase alta con fuerte tendencia a la estratificación y unas clases medias urbanas de gran movilidad— alteraron el tradicional equilibrio social de muchos países, en la medida en que alteraban el juego de las fuerzas políticas en el ámbito de las ciudades. Las clases altas acentuaban la defensa de sus privilegios estrechando sus filas, precisamente cuando se producía la lenta constitución de un conglomerado de imprecisos contornos que comenzaba a ignorar los fundamentos de tales privilegios y descubría la legitimidad de sus propias aspiraciones a compartir el poder.

Este hecho nuevo —la progresiva pérdida del consenso tradicionalmente otorgado a los fundamentos de los privilegios de la clase alta— fue el resultado de diversos factores que no es oportuno analizar aquí. Pero es necesario señalarlo porque simultáneamente actuó modificando la condición de las clases populares. Por razones ideológicas comenzó a revisarse la actitud tradicional con respecto a los grupos indígenas, tal como lo hizo el movimiento peruano que encabezó González Prada, o el movimiento que impulsó la revolución mexicana. Pero, en rigor, las razones ideológicas correspondieron a cierta transformación en el papel de esos sectores dentro de una economía en cambio. Por eso se manifestó también en relación con el naciente proletariado urbano, al que, por su parte, procuraron canalizar ciertos socialistas de formación europea. Y en la creciente resistencia contra las clases altas tradicionales, se formaban vastos e imprecisos conglomerados disidentes cuyos miembros coincidían sólo en la oposición contra el orden tradicional, sin que sus distintos sectores pudieran coincidir, sin embargo, en las soluciones propuestas. Una aureola de población indiscriminada, económicamente indefensa —generalmente de origen campesino y preferentemente inmigrada, a veces india o mestiza— circundaba en las ciudades a estos conglomerados prestándoles la fuerza de su número y acentuando su estructura multitudinaria.

Los cambios en el ordenamiento social urbano suscitaron una rápida transformación de la fisonomía de las ciudades. De la ciudad que, aun con algunos centenares de miles de habitantes, no había perdido los caracteres de la “gran aldea”, se pasó rápidamente a la “gran ciudad”, con la intensiva ocupación de los barrios céntricos, con la formación de zonas residenciales de alto nivel, con la formación de barrios medios y populares de modesta arquitectura y, sobre todo, con la aparición de suburbios densamente poblados ocupados generalmente por las clases populares recién incorporadas, que comenzaron a extenderse a medida que lo permitió el desarrollo de los transportes. Las zonas residenciales finiseculares atrajeron, generalmente, a las viejas familias que abandonaban las casonas de la antigua Plaza Mayor y de las calles adyacentes. En las nuevas residencias, preferentemente imitadas de las del faubourg Saint-Germain, adoptaron progresivamente un nuevo género de vida: en las proximidades del Prado montevideano, del Paseo Colón limeño, de la Alameda santiaguina, de Altagracia en Caracas, de Catete o Laranjeiras en Río de Janeiro, en las Colonias Roma o Juárez en México o el barrio Norte bonaerense, la aristocracia desplegó ciertas formas de convivencia social, refinada y convencional cuya más fiel expresión quizá haya sido el espíritu que animó la poesía del modernismo: la de Gutiérrez Nájera, José Asunción Silva, Julián del Casal, Julio Herrera y Reissig o Leopoldo Lugones, tan disconformistas como parecieran ser ellos mismos. Más tarde, al compás de su renovación y de la consolidación de su riqueza, las clases altas volvieron a desplazarse hacia zonas más alejadas, muy pronto valorizadas y provistas de inequívocos signos de status: en Montevideo hacia Pocitos primero y hacia Carrasco después, en Lima hacia San Isidro y Miradores, en Santiago hacia Providencia, en Caracas hacia Los Caobos y las nuevas urbanizaciones que circundan el Country Club, en Río de Janeiro hacia Copacabana e Ipanema, en México hacia San Ángel y El Pedregal, en Buenos Aires hacia la Avenida del Libertador. Una arquitectura más espectacular y agresiva denotaba el acceso a la riqueza de nuevos sectores de sensibilidad y actitud diferentes de las de las generaciones anteriores.

Entretanto, las ciudades crecieron, a veces vertiginosamente, multiplicándose los distritos de clase media y las barriadas populares. Si las clases bajas tradicionalmente integradas pudieron localizarse en barrios antes periféricos y luego relativamente céntricos, ocupando en ocasiones colectivamente antiguas casonas de la alta burguesía, los nuevos sectores que se incorporaban a la ciudad atraídos por los altos salarios o, simplemente, por la posibilidad de formas de vida menos primitivas que las de las zonas rurales, comenzaron a instalarse en viviendas improvisadas que se levantaron en terrenos ocupables. Los materiales tradicionales —ramas, cañas, barro, paja— comenzaron a ser sustituidos por los desechos industriales: maderas de cajones, latas, cartones, chapas, o combinados con ellos. Así surgió el cordón de subciudades que rodea hoy —por lo demás como en muchos otros lugares del mundo— a muchas ciudades latinoamericanas: cantegriles montevideanos, callampas santiaguinas, favelas cariocas, villas miseria bonaerenses, barriadas limeñas, sanjuaninas o caraqueñas, a las que hay que agregar los barrios marginales para la población indígena o negra, como el que está enclavado en Panamá a pocos pasos de la Plaza 5 de Mayo.

Entre ambos extremos —las lujosas zonas residenciales de vieja y de nueva data y las subciudades de emergencia— crecieron constantemente los barrios medios que alojaron extensos grupos sociales, generalmente adscritos al sector terciario. Extenso y sumamente móvil, el sector de las clases medias caracterizaba hasta las primeras décadas de este siglo sólo a algunas ciudades latinoamericanas, especialmente a Montevideo, Buenos Aires y, en cierto modo, a Santiago de Chile y San Pablo. Pero el desarrollo urbano ha significado la concentración de ese sector en muchas otras ciudades que antes revelaban la presencia predominante de dos grupos abismalmente separados: ricos y pobres. Los variados subsectores de las clases medias han impuesto una nueva fisonomía a diversas ciudades, como Lima o México, y esa fisonomía refleja nuevas tendencias sociales que, a su vez, buscan su expresión política.

Las variaciones operadas en el ordenamiento social de las ciudades originaron vigorosos cambios en las actitudes políticas de los distintos grupos. El fenómeno se advirtió sobre todo en las capitales, donde tradicionalmente se concentraba el poder político y administrativo, y donde bastaba alcanzarlo para ejercer una autoridad incontrastable sobre todo el país. Sólo unas pocas ciudades que no tenían rango de capitales, particularmente San Pablo y Guayaquil, operaron como centros políticos importantes a causa de su vigoroso desarrollo económico. Fue tanto la transformación social de las ciudades como la localización del poder de decisión en materia de política económica lo que hizo de las ciudades el escenario necesario de las más vigorosas tensiones políticas. Aun en las capitales donde se constituía una vigorosa clase media —y con más razón donde el fenómeno no era tan pujante— la concentración de los grupos sociales que controlaban la economía nacional les otorgó una fuerza que parecía incontrastable. Quienes detentaban el poder económico exigieron y obtuvieron el poder político. Estaban enfrente de esas oligarquías las clases medias y las clases populares. Pero su acción era indecisa, y el espejismo de bienestar que proporciona la vida urbana promovía cierto predominante conformismo, al que se agregaba la inexperiencia política de los grupos populares apenas salidos de un régimen paternalista. Heterogéneas e inconexas, las clases medias urbanas se asimilaron a los principios del liberalismo y de la democracia formal, y conducidas por ellos aspiraron sobre todo a compartir el poder político con la esperanza de obtener por esa vía una ligera modificación en el sistema de la distribución de la riqueza. Los grupos predominantes, más coherentes y más herméticos, se abroquelaron dentro de una estructura constitucional y legal; pero vigilaron celosamente su funcionamiento impidiendo el cumplimiento total de los principios que la inspiraban.

Pese a su coherencia como clase, sus intereses económicos o los encontrados intereses de grupo suscitaron conflictos en su seno, a los que no fueron ajenas las influencias de los grandes monopolios. Para asegurar el mantenimiento del poder en manos de uno de sus grupos, y al mismo tiempo, para contener las aspiraciones de los sectores más politizados de las clases medias liberales, las oligarquías no vacilaron en recurrir a la dictadura, fenómeno que fue, sin duda, el más típico de la vida política latinoamericana desde las últimas décadas del siglo XIX.

Porfirio Díaz en México, Estrada Cabrera y Ubico en Guatemala, Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez en Caracas, Machado y Batista en La Habana, constituyeron casos extremos, y por eso significativos, del desarrollo de una fuerte tendencia al poder dictatorial de unas sociedades todavía controladas por vigorosas oligarquías vinculadas al capital extranjero y amenazadas por el incontenible surgimiento de clases medias urbanas, ilustradas y liberales, que aspiraban a hacer efectivos los principios que estaban escritos en todas las constituciones sin que se cumplieran casi en ninguna parte. Ramón del Valle Inclán primero —en Tirano Banderas— y Miguel Ángel Asturias después —en El Señor Presidente— dejaron un testimonio vigoroso de este tipo de poder dictatorial ejercido desde ciudades que se transformaron en verdaderas cortes. Como en otras partes y otras épocas, los sectores poseedores que confiaron su defensa a un individuo en cuya eficacia creían, no vacilaron en ceder parte de sus derechos políticos, sabiendo que los recuperaban por la vía del favor en un juego de trueque en el que se amasaban grandes fortunas. La venalidad fue el sino de esas cortes, sin que estuvieran ausentes la adulación y la crueldad. El poder político se hizo absoluto y por su intermedio se controlaba la totalidad de la actividad nacional. Esa circunstancia hacía de la capital la meta de todos los peregrinajes, y también el objetivo de todos los intentos de reacción.

Las clases medias urbanas adquirieron su primera fisonomía como cuerpo político bajo la influencia de algunos sectores ilustrados —provenientes en su mayor parte de las profesiones liberales—, que desencadenaron movimientos cuya bandera era, simplemente, la letra de la constitución existente pero no cumplida. La Unión Nacional, en Lima, inspirada en Manuel González Prada, y la Unión Cívica Radical, en Buenos Aires, encabezada por Leandro N. Alem, son sin duda los movimientos más representativos, a los que podría agregarse el Partido Colorado en el Uruguay, bajo la inspiración peculiar que le dio Batlle y Ordóñez, aunque este no surgiera en una situación tan característica como las anteriores. Eran, sin duda, movimientos nacionales en alguna medida, pero su acción se apoyó sobre las burguesías urbanas ilustradas, y su planteo fue liberal y principista, lo cual situaba en las ciudades sus principales baluartes. Esos movimientos triunfaron precozmente en Uruguay y en Argentina, precisamente por la gravitación que ejercían Montevideo y Buenos Aires, cuya población representaba un alto porcentaje de la población del país.

Si no faltó un movimiento semejante en la ciudad de México contra Porfirio Díaz —como el que al comenzar el siglo representó en principio Francisco Madero—, la singular significación de las clases rurales lo sobrepasaron y radicalizaron, y en esa misma medida fueron neutrales y a veces hostiles las burguesías urbanas a los movimientos encabezados por Emiliano Zapata y Francisco Villa, actitud no muy diferente de la que habían tenido un siglo antes cuando se produjeron las insurrecciones de Hidalgo y Morelos. Pero allí donde faltó una burguesía urbana liberal e ilustrada que encabezara la lucha contra los dictadores y los grupos socioeconómicos que los respaldaban, las clases rurales permanecieron inertes o sólo esporádica y estérilmente activas. Burguesías urbanas apoyaron el movimiento revolucionario de Betancourt y Gallegos en Venezuela, y la acción de los partidos renovadores de diversos países, como el de Liberación Nacional en Costa Rica o el Democrático Revolucionario de Guatemala.

Sólo en algunos países llegó a organizarse un movimiento socialista de tipo europeo. Fue fuerte en Argentina, Uruguay y Chile; pero en todos los casos formaron en sus filas preferentemente obreros urbanos, de los cuales, en los dos primeros países, constituía la mayoría un sector proletario —manufacturero o industrial— radicado en Montevideo o en Buenos Aires y de origen inmigratorio en gran parte. En los mismos estratos buscó sus adeptos el comunismo, con menor fortuna y con menos capacidad todavía que el socialismo para trascender los límites de las grandes ciudades. Y este hecho, singularmente revelador, confirma una vez más cierta heterogeneidad constitutiva de la sociedad latinoamericana, en la que los sectores rurales y los sectores urbanos de las clases populares revelan una diferenciación más acentuada.

Los grupos, relativamente reducidos, de las masas populares urbanas que se habían volcado al socialismo o al comunismo, y que habían organizado el movimiento sindical según los principios de esas líneas políticas, fueron sobrepasados en Argentina a partir de 1945 por los grupos adictos a Perón, constituidos en un impreciso movimiento popular cuyos baluartes principales estuvieron en el cordón suburbano de Buenos Aires, y que reflejó, acaso antes que ningún otro, una modalidad singular de la política urbana en Latinoamérica. Fue el movimiento de los grupos sociales no integrados hasta entonces en la ciudad, con una fuerte conciencia de su marginalidad y una actitud nacionalista de tradición criolla con la que desafiaban a la urbe cosmopolita y a sus clases altas; pero eran, además, grupos situados en condiciones óptimas para operar utilizando todos los mecanismos de acción multitudinaria que ofrece la ciudad. El vasto despliegue popular que se produjo en Buenos Aires el 17 de octubre de 1945 puso de manifiesto la existencia de un nuevo dispositivo de acción, cuyo parámetro puede hallarse acaso en la mecánica política del fascismo europeo, pero que funcionó en este caso según la peculiar situación de un grupo central concentrado en el borde de la capital como consecuencia de las migraciones internas a que se había visto forzada en la década del 30 una buena parte de la población rural de ciertas regiones.

El fenómeno de 1945 en Buenos Aires puede compararse con el “bogotazo” de 1948. En ambos casos la erupción asumió los caracteres de un movimiento popular incontrolado, sorpresivo para quienes creían conocer la realidad social, manifestado en una reacción sin finalidades concretas destinada solamente a expresar una actitud de rebelión y de protesta contra una situación que parecía no ofrecer perspectivas para las clases desposeídas.

Distintos fueron los movimientos organizados, unas veces bajo la forma de huelgas generales y otras veces bajo la forma de movimientos típicamente políticos y partidarios. Pero la constitución social de las clases populares parecía tender cada vez más a canalizar aquellos movimientos eruptivos hacia estas formas más organizadas.

Foco del poder institucionalizado, por una parte, y marco de las fuerzas sociales que buscan un reajuste del poder económico y el poder político por la otra, la ciudad latinoamericana ve acentuarse sus tensiones internas. Contribuye aún más a acrecentarlas el incesante proceso de concentración urbana, que constituye el signo predominante de la vida social contemporánea.

Bogotá en el siglo XIX. 1972

Tranquila y recatada, Bogotá duerme la noche del 8 de agosto de 1819. Por la calle Real llega Martínez de Aparicio, sin detenerse casi en la Plaza Mayor, para despertar al virrey Sámano que duerme. La noticia es tremenda: sus tropas han sido derrotadas en el puente de Boyacá por el insurrecto Simón Bolívar, cuyas tropas ya marchan sobre la capital. Cunde la confusión y el miedo. La voz va corriendo entre los chapetones, y cada uno recoge lo que mejor puede para huir a toda carrera. Cuando el virrey Sámano reacciona, él también huye a todo correr; y cada vez que manda a los suyos que espoleen a sus caballerías los amenaza con que han de alcanzarlos “esos cobardes”. La ciudad despierta. La Plaza Mayor se puebla de gente. Ahora acabó la época del Terror que desencadenara tres años atrás el feroz Morillo.

El 10 de agosto, casi solo, llega Bolívar en traje de campaña. Las lágrimas de los criollos no les dejan ver la fisonomía del triunfador. Se grita, se baila, se llora en la Plaza Mayor. La libertad merece una fiesta. Y el 18 de septiembre los libertadores serán coronados mientras lloran las esposas y los hijos de los mártires. Entonces Bogotá empieza su historia como capital de la Gran Colombia.

De la fundación a la Independencia

Casi tres siglos antes —en 1538— la había fundado un licenciado, Gonzalo Jiménez de Quesada, y quizá por eso fue siempre Bogotá ciudad de letras y de leyes. Ricos encomenderos, funcionarios y clérigos, mercaderes y gentes de baja condición constituyeron la primitiva sociedad, de cuyas aventuras guardó recuerdo, en El carnero, Juan Rodríguez Freile, un clérigo zumbón de principios del siglo XVII. Ya para entonces comenzaban a abundar los mestizos, signo de una sociedad dinámica.

El marco urbano era modesto. Poco más de 150 manzanas de escasa edificación se diluían hacia la sabana, a partir del centro más compacto formado alrededor de la Plaza Mayor y encerrado por dos ríos: el San Francisco y el San Agustín. Más allá de ellos, los conventos que les dieran nombre, y cuyas iglesias son joyas de la arquitectura colonial, ricas en tallas y retablos barrocos, como las de Santa Clara y la Tercera. Y sobre sus muros —como en los del Sagrario— abunda la pintura, en la que se destaca el eximio Gregorio Vásquez Ceballos.

Monótona y devota, la vida de Santafé de Bogotá transcurría mansamente sin otras inquietudes que las de la vida pueblerina. Sólo en el siglo XVIII se animó un poco al instaurarse definitivamente el Virreinato en 1739. La Real Audiencia, el Cabildo, el palacio de los Virreyes y la catedral daban movimiento a la Plaza Mayor, en cuyo centro se erguía el Mono de la Pila, de cuyas aguas se proveían las aguateras que servían a las linajudas familias de las vecindades. Las tiendas —pequeñas y modestas— abundaban en la Calle Real, hoy Carrera Séptima, alternando con las casas particulares, generalmente de tapia pisada salvo algunas de piedra, como la que, en otra calle, levantó el marqués de San Jorge. Fue éste el más empingorotado de los vecinos, y tenía uno de los pocos coches de la ciudad, como el señor Virrey y el señor Arzobispo; pero no era fácil ir en coche por Santafé, entre los charcos y los montones de desperdicios. Como decía el señor Virrey, sólo había cuatro agentes encargados de la limpieza de la ciudad: las gallinas, la lluvia, los burros y los cerdos.

Tanto les daban a los buenos santafereños los disturbios de los comuneros en los pueblos de Tunja como las sospechosas salidas del virrey Solís por la puerta excusada del palacio en busca de aventuras: todo era bueno para el palique de las tertulias aseñoradas, mientras se bebía la tradicional taza de chocolate. Pero un día una noticia conmovió a todos: Morales y Llorente —un criollo y un chapetón— se tomaron a bofetadas en la esquina de la Plaza Mayor y el pueblo comenzó a pedir Cabildo Abierto. Era el 20 de julio de 1810. Ciertamente, el ambiente estaba preparado. Nariño publicaba la Declaración de los derechos del hombre en su pequeña imprenta de la plazuela de San Carlos; el sabio Caldas reunía a los patriotas en el Observatorio Astronómico; la gente leía las gacetillas dando cuenta de la desesperada situación española. Todos sabían que también la colonia sufría graves males, como Camilo Torres lo había probado en su valiente alegato. Y ahora era el momento de corregir lo andado.

Hubo Independencia, y Santafé quiso ser la capital de la nueva nación; pero otras regiones neogranadinas cuestionaron esa autoridad, y hubo guerra entre centralistas y federalistas. Nariño y Torres encabezaban en Santafé los grupos adversos. Fueron los seis años de la “Patria Boba”, que terminaron trágicamente el día que llegó Morillo, el “Pacificador” que instauró la “época del Terror”. Entonces empezaron los suplicios y los fusilamientos de los patriotas, hasta el día en que Bolívar venció en Boyacá: por eso lo acogieron los alborozados santafereños como libertador, sin poder contener las lágrimas.

La capital de la Gran Colombia

Seguro de su autoridad, Bolívar organizó con Colombia y Venezuela el nuevo estado de la Gran Colombia, a la que el Congreso de Cúcuta proveyó de una constitución en 1821. Bolívar fue el presidente y Santafé fue la capital. Pero el libertador no tenía reposo, y el gobierno quedó en manos de otros, de Santander especialmente, cuyas ideas políticas se deslizaban cada vez más hacia el liberalismo en tanto que las de Bolívar adquirían una tendencia conservadora. Bogotá fue el teatro de esa disputa, de la que nacieron los dos partidos tradicionales de Colombia. Los periódicos y el Congreso fueron los vehículos de la polémica, en la que se enzarzaron todos los grupos de una sociedad que cambiaba. Ahora había un nuevo patriciado criollo que prosperaba gracias al comercio, y se lo vio reunido en el banquete que los señores Arrublas ofrecieron en 1823: el vicepresidente brindó por “el inmortal Bolívar”, y el capitán Cochrane, por la “prosperidad del comercio de Colombia, y porque marche en armonía con el comercio de Inglaterra”. También comenzaron a prosperar algunas manufacturas, y Santander se mostró partidario del proteccionismo. Pero el comercio importador creció en fuerza y vigorizó a la clase alta bogotana, que comenzaría a ver en los artesanos a sus adversarios políticos. conservadora y tradicionalista, asistió orgullosa a la consagración de la nueva catedral en 1823; pero mantenía sus costumbres modestas, y pudo verse a un ex ministro de Relaciones Exteriores retomar la vara de medir en su tienda para atender a sus parroquianos al día siguiente de su renuncia.

Lo importante para ella era conservar el orden —el orden colonial— y contener la movilidad social que desencadenó la Independencia. Por eso se opuso a los liberales y, un día de tremenda crisis, azuzó a Bolívar para que asumiera la dictadura.

Fue en julio de 1828. En septiembre, instalado Bolívar en el palacio de San Carlos, un grupo de exaltados intentó asesinarlo. Pero lo salvó la “amable loca”, su amante doña Manuela Sáenz, que vivía enfrente y arrostró el peligro mientras el Libertador escapaba por una ventana. La situación se ponía tensa. No mucho después Bolívar se presentó al Congreso para renunciar a su mando y entregó el poder a Sucre. Bogotá vio partir al Libertador el 8 de mayo de 1830 hacia Santa Marta. Y el 17 de diciembre se enteró de su muerte, que marcó el fin de la Gran Colombia y dejó paso al estado naciente, que debía buscar su destino.

De los conservadores a los liberales

Bogotá se cargaba de recuerdos. Una experiencia muy intensa había dejado sembrados muchos rincones con reminiscencias imborrables. Pero más intensa aún sería la experiencia de los veinticinco años que siguieron a la muerte de Bolívar. La política obsesionaba a los bogotanos y los dividía. A Santander siguió en el gobierno Márquez, y se afirmaron los conservadores mientras que los liberales comenzaban a dividirse. Un día de 1840, Santander fue acusado cruelmente en el Congreso, y poco después moría para acusar a sus acusadores. La polémica saltaba electrizada en la Plaza Mayor, en Santo Domingo, en cada casa, azuzada por los periódicos y por la vibrante oratoria de los repúblicos.

Una revolución puso en peligro a la ciudad: “¡Los liberales!”; y la ciudad se puso en pie. Se aprestó a la defensa el general Neira, que contuvo a los invasores al precio de su vida. Y poco después fue ungido presidente el general Herrán, que designó ministros a Rufino Cuervo y a Manuel Ospina, flor y nata del conservadorismo. Enseguida se dispuso el retorno de los jesuitas y en 1843 fue sancionada una nueva Constitución. Los conservadores se afirmaban. Pero entre bastidores comenzaba a moverse el hombre que sacudiría la calma bogotana. Era de Popayán y se llamaba Tomás Cipriano Mosquera.

También él era conservador; pero su personalidad y sus ambiciones lo impulsaban a promover novedades. Su ministro Florentino González desencadenó, entre intensos debates, una importante reforma económica, mientras toda la acción de gobierno se dirigía a promover una modernización del país. Los conservadores se sintieron amenazados; y con razón, porque la nueva apertura política estimuló la rama radicalizada del liberalismo y, sobre todo, la formación de las “sociedades democráticas” que agrupaban a los artesanos y a muchos liberales sacudidos por el aura de las revoluciones europeas de 1848.

Los resultados de la agitación se vieron al renovarse el mando presidencial. Bogotá vivió el 7 de marzo de 1849 uno de sus días más intensos. Se elegía presidente en la iglesia de Santo Domingo, y allí estaba el joven José María Cordovez Moure que, en sus Reminiscencias de Santafé y Bogotá, ha dejado testimonio de las peripecias de ese día. En medio de una gran tensión fue elegido el candidato liberal, el general José Hilario López, y todos tuvieron la sensación de que empezaba una nueva era. Y fue cierto, porque los años que siguieron fueron agitados, con violentos enfrentamientos del “pueblo de ruana” y el “pueblo de levita”, encabezados estos últimos por los “cachacos” que constituían la juventud dorada bogotana. En medio de esa agitación, otra vez fueron expulsados los jesuitas y se produjo la liberación de los esclavos; pero ni el general López ni su sucesor, el general Obando, se atrevieron a extremar su política y Bogotá vio cómo se formaba una desusada coalición de liberales radicalizados —los “draconianos”—, de artesanos agrupados en las “Sociedades democráticas” y de militares populistas encabezados por el general Melo. Un día el general se alzó con el poder en medio del alborozo de sus partidarios y del terror de sus enemigos. La capital quedó en sus manos; pero todos sus adversarios —conservadores y liberales— se unieron contra él y entraron en Bogotá, a la cabeza del ejército constitucional, el 4 de diciembre de 1854. Herrán y Mosquera, Márquez y López se abrazaron esa tarde al pie de la estatua del Libertador en la Plaza Mayor.

La sociedad urbana

Los enfrentamientos sociales y políticos revelaban que la sociedad tradicional había cambiado: crecía una difusa clase popular preferentemente mestiza, crecía una clase artesanal diversificada, crecía una clase media compuesta de comerciantes, profesionales y burócratas, y se diversificaba la clase alta tradicional ante las nuevas incitaciones de la economía y la política. Pero la clase alta seguía dando el tono a la vieja Bogotá, modesta y señorial a un tiempo.

En las vecindades de la Plaza Mayor se levantaban sus moradas, viejas casonas coloniales sin ostentación. Sus miembros acusaban distintos orígenes: descendientes unos de viejos encomenderos o de funcionarios coloniales, terratenientes, militares; comerciantes enriquecidos otros, que no desdeñaban alternar el mostrador con el estrado ministerial o el curul legislativo. Y muy politizados, simpatizaban los primeros con los conservadores y los segundos con los liberales. Pero sus hábitos cotidianos y sus formas de vida se parecían mucho. La clase alta cultivaba la tertulia elegante y espiritual, en la que la conversación banal alternaba con los tópicos literarios y políticos. Entretanto, bebían los invitados en sus ricas tazas: el chocolate en la época de la Patria Boba, el café durante la primera presidencia de Mosquera, el té más tarde, cuando la moda inglesa empezó a modificar la vida ciudadana. Las tres tazas, precisamente, se llama el cuadro de costumbres en el que describió el cambio de las épocas el escritor José María Vergara y Vergara.

Era éste hombre de gran prestigio, y a su alrededor se desarrolló la vida literaria a partir de 1858. La peña se llamaba “El mosaico” y en ella obtuvieron su consagración Jorge Isaacs, el autor de María, y Eugenio Díaz, el autor de Manuela, dos novelas rurales escritas desde la ciudad. Allí se hablaba, sobre todo, de literatura; pero en el “Altozano”, frente a la catedral y mirando a la Plaza Mayor, se reunían los patricios a hablar no sólo de literatura, sino también de política: era el gran mentidero bogotano, protegido por la estatua de Bolívar que se levantaba en la plaza desde 1846, y enmarcado a medias por el edificio a medio construir del capitolio, que el general Mosquera había encargado al arquitecto inglés Reed para comenzar la renovación de la ciudad.

Muy cerca estaban los grandes colegios —el de San Bartolomé, y más allá el del Rosario— donde brillantes profesores enseñaban vieja y nueva ciencia. Pero a pocos metros se divisaban las chicherías, en vivo contraste. Allí se reunía la gente del pueblo, un pueblo sacudido en aquellos días de mediados del siglo por profundas inquietudes políticas y sociales. Eran artesanos y operarios, muchos de los cuales estaban por allí de paso, porque habitaban los barrios suburbanos de Las Nieves y de San Victorino, del otro lado del río San Francisco. La vestimenta los identificaba, porque seguían usando la ruana y el sombrero redondo mientras los patricios ostentaban la levita y el sombrero de copa. Y los diferenciaban también las ideas políticas, porque las clases populares se mostraban muy decididas a sacudir el peso de la tradición colonial.

La radicalización de las clases populares tenía mucho que ver con el desarrollo de la economía. La subsistencia de los mayorazgos y el ejercicio del monopolio de algunos productos fundamentales como el tabaco y el azúcar aseguraban una posición predominante a las clases altas; y entretanto, un activo comercio de importación favorecía desde 1830 a los comerciantes capitalinos. Pero los artesanos se empobrecían y los trabajadores sin oficio sentían, además de su inferioridad social, una tremenda opresión económica. Aparecían las industrias —loza, vidrio, tejidos, papel—, pero la competencia las arruinaba. Y en medio de esas dificultades crecían las tensiones políticas y las disputas por el poder entre los patricios, en las que las clases populares eran carne de cañón.

La capital de un país federal

Las agitadas luchas de la década del cincuenta promovieron un cambio importante, no sólo desde el punto de vista social, sino también en cuanto a la organización del país. La liberación de los esclavos y la remoción de viejas tradiciones coloniales, tanto económicas como administrativas, hicieron de Bogotá una ciudad sacudida por la inquietud. En respuesta, ni los conservadores quisieron ser tan conservadores ni los liberales quisieron quedarse dentro de sus propios límites. Por eso el gobierno conservador de Mariano Ospina fracasó pese a las concesiones que hizo al redactar la Constitución de 1858. Se veía que el ambiente era para los liberales y favorecía la tendencia federativa. Más audaz, el general Mosquera, antiguo conservador, tomó esas banderas y se lanzó a la revolución. Y tras corta batalla, entró en Bogotá el 18 de julio de 1861.

Desde entonces y hasta 1867 gobernó, por sí mismo o por medio del doctor Murillo. El liberalismo federalista de Mosquera se acentuaba, y bajo su inspiración quedó sancionada la Constitución de Río Negro, en 1863, que creaba los Estados Unidos de Colombia. Fue un período de gobierno personalista que creó malestar en Bogotá, muy sensible a la libertad política. No sólo los conservadores sino también los radicales se enfrentaron a él; pero Mosquera contaba con la masonería, cuyo “Grande Oriente Colombiano” instaló solemnemente el 24 de junio de 1866: del palacio San Carlos salió vestido con el traje de Gran Maestre, Grado 34, para presidir la ceremonia, ante la mirada atónita de los devotos bogotanos. Poco después el presidente ordenó demoler el altar mayor de Santo Domingo para que el recinto sirviera de sede a la Cámara de Representantes; y en uniforme de general, abrió las sesiones hablando desde el púlpito. ¡Era el demonio!

Unos y otros conspiraron contra él y el 23 de mayo de 1870 lo apresaron en la cámara del palacio San Carlos, mientras dormía. Bogotá respiró, pero no recuperó la tranquilidad política. Los presidentes se sucedieron hasta 1880, militares y civiles, todos débiles y trabados por las tendencias dispares de los estados provinciales.

El experimento federal fracasaba. La expansión de la economía produjo graves crisis financieras y el consiguiente malestar; pero al calor de esa expansión económica se modernizó el país. Aparecieron los ferrocarriles, el telégrafo; se creó el Banco de Bogotá en 1871 y el de Colombia en 1875; y aunque la ciudad misma no se modernizaba, crecían los negocios y las fortunas de los comerciantes.

Fueron las exportaciones de tabaco las que robustecieron la economía de la nación y las que hicieron circular el dinero. La sociedad acentuaba su modesta transformación, y la ciudad se sentía orgullosa de sus 130.000 habitantes. Pero apenas crecía en extensión y sus casas mantenían el viejo aire colonial. Bogotá sabía que, aislada del mar, estaba preservada de influencias muy profundas, y gustaba de ahondar en su propia personalidad. El costumbrismo literario describía prolijamente las costumbres vernáculas e identificaba el tipo del “cachaco”, hijo de familias distinguidas, el del burgués en ascenso o el del hombre de pueblo fiel a su tradición aunque hubiera absorbido algunas ideas modernas. Rufino José Cuervo identificaba las formas del habla local en sus Apuntaciones críticas al lenguaje bogotano. Y a nadie extrañaba que aún se dieran serenatas bajo los balcones.

El lenguaje era un culto. Un poeta como Julio Arboleda, jugado en la política, merecía la admiración de sus adversarios. Los clásicos antiguos y los españoles estaban en los labios de los patricios bogotanos, que un día se reunieron para constituir la Academia Colombiana de la Lengua, en 1871. Y desde el “Altozano”, desde la tribuna parlamentaria o desde la cátedra, la rica oratoria fluía como un rito.

Crisis del federalismo y modernización

La era federal terminó con el gobierno de Rafael Núñez y la Constitución de 1886. Un orden férreo facilitó el progreso material y Bogotá comenzó a crecer, y aún más después de la guerra civil de principios del siglo XX y el gobierno del general Reyes. Primero abrazó el barrio de Chapinero y luego siguió implacable hacia el norte, estableciendo barrios residenciales y abriendo vastas avenidas. Después de la Segunda Guerra Mundial, Bogotá creció como pocas ciudades de Latinoamérica. Hubo desarrollo industrial, éxodo rural y aglomeración urbana. Aparecieron los rascacielos, las urbanizaciones —como la ciudad Kennedy— y los rancheríos. Todo anuncia el proceso continuado de una ciudad moderna, hasta la delincuencia de los adolescentes y el tráfico de las drogas.

Pero nadie se engaña en Bogotá: persiste la vieja ciudad escondida, quizá no en su arquitectura o en sus calles, pero sí en sus costumbres y en sus ideas. Sólo las nuevas clases —las que se hicieron notar los días del “bogotazo” de 1948— han empezado a dibujar el perfil de una Bogotá nueva, menos provinciana y más sometida a las duras condiciones del mundo contemporáneo.