Sarmiento, un homenaje y una carta. 1977

Me apresuro a contestar tu carta, que llegó hace dos días, sobre todo en lo que se refiere a tu encargo para Sur.

El caso es que si se trata de urgencias, no puedo materialmente. Y lo grave del caso es que lo lamento. Todo este año he estado pensando dónde y cómo dar una conferencia sobre Sarmiento historiador, estableciendo su calidad de cabeza de una línea historiográfica distinta de la de Mitre, pero paralela; estableciendo su filiación hacia atrás, quizá pensando —esto en secreto— en su posteridad, a la que me honro en pertenecer. Todo esto proviene de que ese libro mío que están leyendo [Latinoamérica, las ciudades y las ideas]es hijo del Facundo; y no sólo de la temática campociudad sino también de la concepción de la historia como ‘historia profunda’, en todos los sentidos y hasta con una reminiscencia de lo que se llama psicología profunda. Esta larga exposición es para decirte que no me falta tema y que me sobran ganas de hacer este planteo. (Carbia prácticamente ignora a Sarmiento como historiador en su Historia de la historiografía argentina.) Lo que no tengo es tiempo material para ordenar el tema y escribir siquiera diez páginas. A breve plazo, pues, te tengo que decir que no, y puedes creerme que lo lamento, porque también me gustaría participar en ese número de Sur. Ya me he negado una vez a otro requerimiento —porque se trataba de un tema que me era ajeno—, y lamento hacerlo ahora cuando el tema me apasiona.

Presentación a “Historia de Belgrano y de la independencia argentina” de Bartolomé Mitre. 1967

Como Sarmiento y como Rosas, Mitre es un personaje controvertido de la historia argentina. Con razón, sin duda, porque, como ellos, imprimió firmemente la huella de su pensamiento y de su acción en la vida del país, en una época en que la sustancia era muy plástica, y aún se advierte su impronta, no siempre tenuemente. Poseía una vigorosa inteligencia y una desusada capacidad para organizar sus ideas, erigiendo con ellas un sistema capaz de trasmutarse de pura teoría en práctica eficaz. Por eso se impuso muchas veces como vocero de un grupo que necesitaba quién expresara sus vagas tendencias, o como ejecutor de un plan que muchos no veían articularse en todos sus pasos para llegar seguramente al fin propuesto. Refiriéndose a San Martín, dijo que no era “ni un mesías ni un profeta”, sino “simplemente un hombre de acción deliberada que obró como una fuerza activa en el orden de los hechos fatales con la visión clara de un objetivo real”. Esta definición conviene al propio Mitre. Equivocado o no, su acción política no fue nunca improvisada o superficial: analizó sin prisa los procesos sociales que tenía ante sus ojos, procuró cobrar distancia y juzgar objetivamente, eligió un objetivo claro entre los posibles, descartando los puramente utópicos, y se lanzó a la acción decididamente para alcanzarlo, con cierta imperturbabilidad en los modos de obrar que le confiere una fisonomía singular.

Creyó que el deber de su generación era dar una forma a la nación, y procuró bosquejarla primero e imponerla después. Pero no fue una creación arbitraria. Su obra de político y de estadista brotó de un pensamiento claro, nutrido en el examen de la historia del país, cuyo desarrollo creyó que era necesario orientar y conducir de cierta manera. Su acción cotidiana se insertó dentro de un plan a largo plazo, que hundía sus raíces en el examen de la realidad contemporánea y en un análisis de los procesos que la habían conformado. Por eso fue al mismo tiempo, e indisolublemente, un político y un historiador. Estas dos vertientes de su personalidad son inseparables.

Así como el rosismo estimuló el análisis sociológico de la realidad argentina, tal como lo entendieron y realizaron Alberdi, Sarmiento y Echeverría, las circunstancias posteriores a la batalla de Caseros estimularon las reflexiones acerca de la peculiaridad de su desarrollo político e institucional. La caída de Rosas, y mucho más el enfrentamiento de Buenos Aires con el resto del país, fiel a Urquiza, agudizó el sentimiento de responsabilidad de quienes sentían en sus manos el poder de decisión. Era necesario saber si las disidencias eran fundamentales o si, por el contrario, constituían solamente accidentes propios de la conducción de un proceso tan drámatico, en el que coincidían hacia un mismo fin hombres cargados de tradiciones muy diversas. Mitre creyó que la secesión de Buenos Aires, a pesar de su gravedad, no constituía un hecho irreversible, que no estaba perdida la esperanza de constituir la nación como él la pensaba, jurídica e institucionalmente ordenada dentro de un sistema que resolviera los viejos antagonismos que habían ensagrentado al país. Por eso sostuvo en 1854 la tesis de la “preexistencia de la nación“, y luchó por integrarla políticamente primero, y por enmarcarla luego dentro del cuadro de la Constitución de 1853.

La nación cuya preexistencia proclamaba Mitre tenía, medio siglo después de la Revolución de Mayo, una fisonomía confusa. En 1858, en el prefacio de la segunda edición de la Historia de Belgrano, Mitre señala la imprecisión que denotaba la imagen del proceso político en virtud del cual podía afirmarse la existencia de la Argentina como nación independiente. “La revolución del 25 de mayo de 1810, el hecho más prominente de la historia argentina —decía—, no ha sido narrada hasta el presente, a excepción de la media página que le ha consagrado la pluma superficial del deán Funes, y de una Crónica en forma dramática, escrita por el doctor Juan B. Alberdi, la cual tiene en el fondo más verdad histórica de la que su forma caprichosa haría suponer.” Mitre considera criminal este vacío, y recuerda la angustia de Florencio Varela por no encontrar “en los documentos públicos” prueba categórica de que los hombres de Mayo aspiraran a “emancipar al país”. Y agregaba: “Después que se lea lo que decimos sobre el desarrollo de la idea revolucionaria, del estado de madurez a que había llegado antes de estallar la revolución, y de los propósitos deliberados que presidieron a ella, así como de los planes de independencia que precedieron a la Revolución de Mayo, creemos que nadie pondrá en duda ya si nuestros padres pensaron o no en constituir una patria libre e independiente en 1810.”

Quizá resulte difícil descubrir hoy el grado de dramatismo que encerraba este planteo. Los que luchaban por constituir la nación y afirmaban su existencia anterior a cada una de las entidades regionales que se habían enfrentado durante más de cuarenta años, se sentían urgidos por la necesidad de probar la validez de su punto de partida. Mitre obró, ciertamente, con ajustado método histórico y ordenó su imagen de la realidad nacional según ciertas ideas predominantes, que había adquirido a través de sus extensas lecturas. Pero el móvil fundamental fue esta dramática conjetura acerca de si era legítimo el objetivo por el que luchaba, acerca de cuál era el sentido del proceso histórico que conducía hasta la situación en que se hallaba, acerca de cuáles eran las posibilidades de desarrollo y de cambio que esa situación encerraba. La Historia de Belgrano fue, pues, una obra entrañable y cumplió un papel decisivo en la vida argentina, en cuanto alimentó una actitud política que, finalmente, habría de triunfar.

El núcleo originario de la obra es una biografía de Belgrano, cuya primera edición apareció en 1857 y al año siguiente la segunda. Pero las exigencias de claridad con respecto a las actitudes políticas y al verdadero valor que, en su opinión, debía asignársele a cada una de las fuerzas que habían obrado en la vida argentina antes de Caseros, convirtieron aquella biografía en un estudio más ambicioso. El título de la cuarta edición —de 1887, considerada definitiva — reveló ese contenido: Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina. Mitre mismo explica — en las Comprobaciones históricas— cómo había abordado su tema: “Sus panegiristas —dice refiriéndose a Belgrano — lo habían desfigurado, y el instinto popular, poseído de cierta supersticiosa admiración, veía en él un héroe sobrenatural, un ideal adornado con falsos oropeles. Nosotros lo pusimos en intimidad con su pueblo; hicimos conocer al hombre con sus virtudes, sus debilidades, sus errores, sus grandes cualidades, sus inmortales servicios y sus desfallecimientos morales, asimilándolo a la masa de la especie a que pertenece, perdiendo tal vez en admiración, pero ganando en estimación y simpatía, al hacerlo hablar y obrar, como cuando el soplo de la vida mortal lo animaba.” Pero, en realidad, Mitre hizo más. Al abandonar la concepción heroica, se propuso penetrar en la totalidad del cuadro en el que Belgrano había tenido papel de protagonista, y analizarlo cuidadosamente desde diversos puntos de vista. Son significativas las palabras del proemio: “Este libro es al mismo tiempo la vida de un hombre y la historia de una época. Su argumento es el desarrollo gradual de la idea de la independencia del pueblo argentino, desde sus orígenes a fines del siglo XVIII y durante su revolución, hasta la descomposición del régimen colonial en 1820, en que se inaugura una democracia genial, embrionaria y anárquica, que tiende a normalizarse dentro de sus propios elementos orgánicos.” De este modo Mitre expresaba una idea nueva —cuya novedad es difícil apreciar hoy a causa de la profundidad con que ha arraigado — acerca de los orígenes sociales e ideológicos de un proceso que condujo a la independencia, pero que al mismo tiempo desencadenó un agitado proceso interno de ajuste de las fuerzas que desde ese momento comenzaron a obrar según sus propias tendencias.

La enunciación de problemas que se proponían tratar revela el designio de abarcar la totalidad de los factores que descubría en el proceso: “Los antecedentes coloniales de la sociabilidad argentina, la transición de dos épocas, las causas eficientes de la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata, las acciones y reacciones de los elementos ingénitos de la nueva sociedad política, el movimiento colectivo, el encadenamiento lógico y cronológico de los sucesos, los hombres, las tendencias, los instintos, las ideas, la fisonomía varia de esa revolución, que lucha, busca su equilibrio y se transforma obedeciendo a su genialidad…” Mitre cumplió más allá de lo esperable este ambicioso plan. Si se repasa lo que constituye el material que pudo usar y el sistema de ideas con el que se había examinado la historia del país y la situación en el momento en que escribió, se advierte que su esfuerzo fue inmenso, y que se debe a él la primera sistematización inteligible del proceso histórico argentino.

Quizá nada tan ilustrativo como analizar el primer capítulo, titulado “La sociabilidad argentina”, para medir la severa preocupación de Mitre por descubrir las causas profundas de los fenómenos políticos que se ofrecen en la superficie de la historia argentina. Pero no es solamente allí donde esa preocupación se advierte. Todo a lo largo de la obra, el historiador procura escapar de las explicaciones accidentales. Y sería igualmente ilustrativo hacer un estudio objetivo y desapasionado de la visión que Mitre ofrece de las masas populares campesinas y de los caudillos, donde a despecho de algunos objetivos y de la gravitación que ejercen en su ánimo algunas experiencias, se advierte el designio de comprender su significación y reconocer sus valores. Pero, sin duda, su obra era polémica, y sus opiniones frente a la situación contemporánea correspondían al juicio que le merecían los antepasados de sus adversarios.

Desde este punto de vista, y pese al rigor documental de Mitre, es innegable que su obra es, desde el punto de vista de las interpretaciones, una obra militante. Así quedó demostrado en su comentario a la obra de Adolfo Saldías, Historia de la Confederación Argentina, cuyo criterio enjuició enérgicamente. Pero es coherente y resiste a las objeciones, al menos como expresión de un punto de vista que debe ser juzgado a la luz de las situaciones propias de su tiempo.

Para el lector de nuestros días, la obra de Mitre constituye un testimonio de un valor trascendental. Corresponde a una corriente de pensamiento y de acción que ha sido decisiva en la configuración del país actual. Signo de su valor y de su vigencia es que merezca la controversia apasionada.

Vicente Fidel López y la idea del desarrollo universal de la historia. 1943

No ha sido frecuente entre nuestros historiadores la preocupación asidua por los problemas de la historia universal, ni parece, aún hoy, muy asentada la convicción de que ella constituye un clima que es necesario conservar para que los estudios históricos circunscriptos mantengan su significación justa y su proyección precisa. Una persistente dedicación a las labores documentales y acaso la exigencia —más noble y perentoria— de lograr una estructuración del curso de la historia nacional, han impedido que nuestros especialistas —y con ellos vastos sectores del público culto— elevaran su mirada desde el campo de lo inmediato hacia zonas más alejadas y de caracteres más complejos. No ha habido entre nosotros un foco o una etapa de rigurosa formación clásica que creara —como creó en Colombia, en Venezuela o en México, por ejemplo— una sólida tradición sobre cuya base se asentaran los estudios de los problemas de la historia general; por ello, y por las razones antes señaladas, podrían sufrir las disciplinas históricas un empequeñecimiento que, a la larga, habría de influir sobre la hondura y la amplitud hasta del propio y circunscripto panorama de la historia local. No es éste un problema intrascendente y valdría la pena que fuera meditado.

Acaso una de las excepciones sea Vicente Fidel López, historiador de dilatadas preocupaciones y lecturas, cuya comprensión de la universalidad del fenómeno histórico quedó probada en el trabajo que hoy reeditamos, por primera vez, creemos, desde su publicación en los Anales de la Universidad de Chile: bien merece esa cir-cunstancia —que tanto contribuye a fijar su fisonomía de historiador— el que se difunda su texto y llegue con facilidad a más amplios sectores del público lector, porque no cabe duda de que constituye un precioso elemento de juicio para captar los secretos del desarrollo de nuestra ciencia histórica.

Nacido en 1815 en el seno de una familia porteña de significación en los primeros tiempos de la Independencia, Vicente Fidel López fue educado desde un principio bajo la dirección de su padre y en un ambiente de gentes cultas; siguió luego estudios de latinidad con el presbítero don Mariano Guerra, a quien debió, en parte, el gusto por los autores clásicos, y más tarde, en 1830, asistió a las lecciones de filosofía del doctor don Diego Alcorta, cuya enseñanza, moderna y sugestiva, había de ejercer sobre él notoria y sostenida influencia.

Eran aquellos días de gran inquietud en Europa y en Buenos Aires; inquietud política aquí, donde los acontecimientos que siguieron al fusilamiento de Dorrego se sucedían anunciando oscuras perspectivas, e inquietud política allá, cuando las influencias liberales comenzaron a fructificar en Francia tras la caída de Carlos X; pero la agitación no se advertía solamente en la vida política sino que alcanzaba, por entonces, de manera muy viva el plano del espíritu; el liberalismo entrañaba un nuevo planteo de las concepciones sociales y arrastraba a los hombres de pensamiento hacia las preocupaciones por los problemas de la convivencia, en tanto que el movimiento romántico, que confluía con aquél en muchos aspectos, conmovía, además, todas las convicciones intelectuales. Ambas influencias —liberales y románticas— obraron en Buenos Aires una intensa renovación de las ideas; se divulgaron, especialmente en lo literario, por medio de la Revue de Paris, a través de la cual tomaban los jóvenes porteños contacto con el movimiento intelectual francés, y por su incitación se comenzaron a leer las obras de Hugo y Lamartine, de Sainte-Beuve y George Sand, de Delavigne y Dumas, así como los trabajos, densos en sugestiones y ejemplares por su modernidad, de Villemain, de Quinet y de Michelet.

Fue por esos años, y al calor de esas sugestiones, cuando López esbozó sus convicciones y sus tendencias; era apenas un niño pero su labor de aprendizaje era activísima; leía a los poetas y a los novelistas, a los críticos y a los estetas, pero al mismo tiempo se apasionaba por la filosofía y se orientaba hacia los estudios históricos; muy pronto la lectura de Niebuhr, de Michelet y Thierry, de Guizot en fin, habría de afirmar esa vocación. Pero el giro de las circunstancias políticas interrumpió la viva militancia de las letras que cum-pliera en la liza del Salón Literario, en La Moda, en la Joven Argentina, todo en compañía de los de su generación, inquieta y promisoria; poco después, en 1840, deberá emigrar, primero hacia Córdoba, luego hacia Chile, que debía ser el centro de su primera etapa de elaboración intelectual autónoma y provechosa.

En Santiago, en efecto, formó parte del grupo de los proscriptos argentinos que tan activamente participaron de la vida culta; estuvo al lado de Sarmiento en El Heraldo y en El Progreso y comenzó a publicar —especialmente en el segundo— sus primeros trabajos históricos: los ensayos sobre historia argentina que aparecieron bajo el título de Revoluciones americanas en su relación con los elementos sociales, en 1843, y quizá los artículos bibliográficos sobre obras históricas que figuraron ese año en sus columnas. Ya en 1845 su producción cobra mayor vuelo; aparece la Historia de Chile, el Curso de Bellas Letras y la Memoria sobre los resultados generales con que los pueblos antiguos han contribuido a la civilización de la humanidad. Poco tiempo después López abandonaría el suelo chileno para volver al Plata, y de Montevideo pasaría a Buenos Aires con Urquiza.

La estada de López en Chile constituye una época de su vida intelectual tras la cual sigue una etapa de actividad pública. Ministro de Instrucción Pública en el gobierno provincial de su padre, en 1852, supo alternar las exigencias políticas del momento con las preocupaciones fundamentales de su cargo, y mientras atendía a las gestiones que lo llevaron a actuar en las jornadas parlamentarias de junio, concebía la creación de escuelas y reorganizaba los estudios universitarios. Su gestión pública, sin embargo, fue breve, y poco después se abre una nueva etapa de su actividad intelectual, de la que saldrá sólo en 1890, llamado por Pellegrini para la cartera de Hacienda del gobierno que surgió tras la revolución del ’90.

En el curso de ese período, López produce su obra más importante y densa. Atraído por la moda de la novela histórica que circulaba en Europa bajo la advocación de Walter Scott, López publica La novia del hereje; más adelante se orienta decididamente hacia los estudios históricos y publica en 1868 Las razas arias del Perú; a partir de 1872 comenzarán a aparecer en la Revista del Río de la Plata —que dirigía con Juan María Gutiérrez— los ensayos sobre historia argentina que luego, en 1881, reuniría en los cuatro volúmenes de La Revolución Argentina, y ese mismo año dará a luz la Introducción a la Historia de la Revolución Argentina. En 1882 López se empeña en la memorable polémica con Bartolomé Mitre sobre cuestiones históricas y al año siguiente comenzará a publicar su ingente Historia de la República Argentina, cuyos diez volúmenes verán la luz sucesivamente, en el plazo que corre hasta 1893. Todavía hubo más: artículos en diarios y revistas aparecieron durante ese tiempo y López fue en la segunda mitad del siglo, junto a Mitre y a pesar de su alejamiento de él, una de las cabezas directoras en las disciplinas históricas.

Bien podrían figurar al frente de sus obras históricas —para definir su posición— las palabras que López puso como sección preliminar en su Curso de Bellas Letras: “El epíteto filosófico suele mirarse algunas veces con prevención en razón de que supone algo de altamente conceptuoso, algo de oscuro y profundo que exige de la inteligencia una meditación seria y concentrada. Si es cierto que no pocas veces se piensa así con razón, también es cierto que, con respecto a las páginas de este libro, este epíteto no debe excitar temor alguno ni hacer suponer que él importa algún sistema de consideraciones abstractas sobre los misterios del alma o sobre algunos de esos secretos sutiles, fantasmagóricos, que los filósofos acostumbraban perseguir con la más tenaz circunspección.

“Sin embargo de esto, creemos esencial que para la exposición clara y exacta de toda investigación que ha de recaer sobre especulaciones intelectuales se ponga por base algún hecho primitivo y constante: primitivo, para que se le pueda reconocer por causa de aquello que se quiere investigar; y constante, para que, al sentarlo el que escribe, todo lector lo pueda verificar por su propia observación, examinarlo a su arbitrio, mirarlo por todas sus faces y seguirlo en todos sus movimientos.

“Ahora bien; si es cierto que todo trabajo intelectual adquiere una verdadera importancia cuando se halla encabezado por un hecho como éste, también es cierto que este hecho, para revestir las cualidades que le hemos pedido, no puede menos que ser un hecho filosófico; es decir, un hecho que nazca del alma, en primer lugar y que, por lo tanto, sea psicológico; y que, en segundo lugar, deba nacer, dadas las mismas condiciones, en todas las almas; así es como un hecho será primitivo y constante o general, y podrá merecer el título de fundamento filosófico de la materia, que es lo que nos hemos propuesto encontrar en estas investigaciones preliminares.”

En efecto, como historiador, López fue un espíritu preocupado por los problemas radicales y buscó los fundamentos filosóficos de la historia como los buscaba en la estética literaria. Todo contribuía a llevarlo por esa vía, por entonces: partiendo de las bases propuestas por el pensamiento iluminista, el Romanticismo había comenzado a reelaborar el problema de la filosofía de la historia y López conoció, directa o indirectamente, las tendencias y las ideas más significativas.

Animado por una cierta predisposición clasicista, acaso producto de su formación básica, López aceptó las sugestiones del pensamiento romántico sin consustanciarse con él, y ha sido correctamente señalado que su pensamiento es una expresión típica del duelo constante entre aquella y esta tendencia,[1] y en la filosofía de la historia, en cuyo campo se daba este duelo, fue donde López descubrió el núcleo de sus preocupaciones y donde ejercitó el repertorio de sus posibilidades intelectuales.

En ella, en efecto, encontró las influencias que habrían de ser directoras de su pensamiento; buen conocedor del pensamiento iluminista, sumó a tal dirección la influencia que por Edgard Quinet recibiera de Herder con las variantes y disidencias que el propio Quinet señalaba; pero, entretanto, por la vía de Cousin, se introdujo en las corrientes del idealismo alemán y especialmente en el pensamiento hegeliano, del cual daba también Michelet en su etapa ger-manizante —y tras haber divulgado a Vico— una visión prometedora y sugestiva. Y en tanto que le servía de eslabón para alcanzar el pensamiento filosófico moderno, López se adhería a Michelet también en cuanto historiador, en cuya dirección veía marchar por entonces a Thierry, emparentado con Walter Scott; esta influencia se encadenó a su vieja predilección por Tucídides y Tácito y desembocó muy luego en una adhesión firme a Macaulay y a Guizot, en quienes vio mentores para el enfoque de los problemas del desarrollo político y de la estructuración general de la cultura.

Sobre estas lecturas y sobre la reflexión que ellas sugerían a su espíritu inquieto —acaso inestable—, Vicente Fidel López fue elaborando su posición de historiador. Puede decirse que, en general, formó en las filas de los filósofos de la historia, escuela que él llama —en el capítulo sobre las escuelas históricas del Curso de Bellas Letras que hoy publicamos en el apéndice— escuela fatalista. Esta designación ofrece un punto de partida para aclarar su postura historiográfica. En efecto, la filosofía de la historia suponía —y aún supone, pues ello constituye su núcleo— la vigencia de un principio de ne-cesidad en la trama del desarrollo histórico, principio que, fundamentado teológicamente por Bossuet, había sufrido con el iluminismo una reversión racionalista. Cuando el Romanticismo retomó el problema, insinuó, y desarrolló a veces, el principio de la libertad, pero ni en las más altas manifestaciones de esa tendencia ni aun en las eclécticas, halló la vieja —y eterna— antinomia una superación categórica y convincente: quedaron, pues, los términos del problema estructurados en tal forma, que precisamente ese planteo constituyó el tema fundamental de la filosofía de la historia. En esa articulación, precisamente, incide la reflexión de López en cuanto tiene de más interesante. Como uno de aquellos fundamentos filosóficos, López afirma la preeminencia del libre albedrío, y no vacila en afirmar su disidencia con la escuela fatalista en cuanto ésta lo niega en alguna medida; pero él mismo se contradice, primero cuando, según ciertas tendencias predominantes, admite una determinación del medio, luego, cuando yuxtapone al libre albedrío, como fundamento del desarrollo histórico, un instinto de perfectibilidad, que, como tal instinto, arranca de una raíz psicológica y crea una constricción de la libertad. De esta contradicción —que no es propia de él, por otra parte— se nutre toda su concepción, en cuanto tiene de firme y en cuanto tiene de insegura. De todos modos, la convicción del progresismo fue consustancial para su pensamiento y Echeverría pudo decir de la Memoria que estaba trazada “a la manera de Turgot y de Condorcet”.

Firmemente adherido a esta convicción, López concibe la historia como “la lucha recíproca que sostienen los que quieren detener el progreso con los que quieren desatar los lazos que le impiden volar sin obstáculo sobre las alas de la libertad”. Pero el progreso —verdadero instinto para él— es obra de los individuos, quienes, “como entes libres, somos los verdaderos autores de esa infinidad de hechos pequeños, insignificantes al parecer, que, con su fuerte y complicado encadenamiento, forman al fin la gran síntesis de los hechos sociales”. El individuo es, pues, en el fondo, y a pesar de su postulación teórica de un complejo individuo-sociedad, el verdadero protagonista de la vida histórica; y lo es en cuanto ser pensante y moral, porque el progreso objetivo no es sino el resultado de una lenta elaboración que se produce en el espíritu del hombre: su historia quiere ser, pues, una historia de las ideas y “de la condición moral de la humanidad”, cuyo germen está oculto en la mente humana; he aquí lo que explica su tibieza por las labores heurísticas y, en general, por la mera historia de hechos.

Fuera de este núcleo de ideas, hay en López algunos aspectos que merecen ser señalados. El interés por la historia proviene, para él, en cierto modo de su validez para el presente; y entonces se presenta como un pragmático que espera de ella lecciones para el patriota, para el ciudadano y para el hombre moral. Pero el presente sólo adquiere significación encadenado en la línea del desarrollo ininterrumpido, y, así como el pasado aclara el presente, también el presente ilumina el pasado y coadyuva a establecer su coherencia; López cree en la historia universal, y no sólo en cuanto proceso lineal, sino también en cuanto pluralidad de expresiones espirituales, porque “todos los progresos son solidarios, todos están atados entre sí”.

Y en esta afirmación de historiador genuino que escapa a veces a los planteos rigurosos pero que atina a percibir la raíz compleja del desarrollo histórico, encontramos, acaso, la clave para en-tender los principios sustentados, no sólo en la Memoria sino también en la Historia de la República Argentina, al intentar explicar los paralelismos y las concomitancias históricas. En rigor, los puntos de partida para su concepción historiográfica, que desarrollara en sus tiempos de madurez, están apuntados ya en el haz de reflexiones, que a los treinta años, entrelazaba al considerar la historia de la Antigüedad.

La Memoria sobre los resultados generales con que los pueblos antiguos han contribuido a la civilización de la humanidad fue elaborada por su autor como una consecuencia de la polémica que sostuvieran los proscriptos con el grupo chileno de El Semanario de Santiago, en el que predominaban los discípulos de Andrés Bello; tenía como finalidad obtener el grado de licenciado en Filosofía y Humanidades y, al mismo tiempo, demostrar en el plano académico su capacidad para ocuparse de los temas “sobre que alguna vez había escrito o hablado”. La lectura se realizó el 21 de mayo de 1845 ante el tribunal de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile y mereció un cálido elogio de quienes lo escucharon, como así también, luego, de Sarmiento y de Echeverría. Poco después se publicaba en los Anales de la Universidad y circuló en folleto que el autor hizo llegar a los grupos intelectuales, no habiéndose publicado después, según lo que sabemos.

NOTAS

1 Esta observación es de Raúl A. Orgaz y desarrolla éste como otros aspectos de la obra de López en su Vicente F. López y la filosofía de la historia, acaso la única obra sobre el tema, a la que envió al lector que se interese por un desarrollo más extenso y fundado de estas ideas.

A propósito de la quinta edición de “Las ideas políticas en Argentina”. 1975

Voy a ser todo lo breve que pueda, teniendo en cuenta lo mucho que se me ocurre que debería decir. Porque tengo que empezar diciendo lo que significa para mí este acto en esta librería [Librería Tomás Pardo], que es casi mi casa no sólo por la cordialísima acogida que siempre he recibido en ella, no sólo por la generosa simpatía que han tenido siempre para conmigo, sino porque la historia es muy anterior. En esta librería compró libros mi padre, que murió en 1919. En esta librería hizo buena parte de su biblioteca mi hermano Francisco. Y en esta librería hice yo una buena parte de mi propia biblioteca. Aquí tenía mi hermano Francisco su tertulia predilecta cuando salía de [la Facultad de] Filosofía y Letras. Era no ya la vieja época de la primera librería, esa que yo recuerdo de niño, con don Tomás Pardo y Rafael Ruiz López, sino que era la época de don Tomás, siempre moviéndose por entre el grupo que se reunía alrededor de mí hermano y al que yo pertenecía, y —debería decir, de la manera más vulgar y convencional— el grupo al que yo tenía el honor de pertenecer. Porque era efectivamente un honor ser discípulo de mi hermano, que en esa función era mucho más que mi hermano. Se mezclaba lo paternal y lo intelectual de una manera inolvidable, que acaso algún día yo debería recordar.

En esta casa ahora se celebra —digamos así— la aparición de la quinta edición de este libro, y Carballeira y Fontao han tenido la noble idea de pedirle a Gregorio Weinberg que dijera estas palabras que ha pronunciado recién. Él es notoriamente generoso y siempre hay que descontarle algo de todo lo que dice. Pero no mucho porque, independientemente de los adjetivos, él sabe que pensamos lo mismo, que nos comportamos lo mismo. De tal manera que nuestra solidaridad tiene mucho que ver con la tarea intelectual y mucho que ver, también, con las maneras de la conducta, cosa que a él y a mí nos importa mucho. Yo le agradezco muy vivamente lo que ha dicho.

En cuanto al libro mismo, me abisma pensar que va a cumplir el año que viene treinta años. Su historia casi no es mi historia. Yo era en aquella época un estudioso ferviente de la historia romana y empezaba a dar mis primeros pasos por la medieval. En buena parte, esos primeros pasos estaban relacionados con la llegada al país de Claudio Sánchez Albornoz. Esa era mi pasión. Una pasión casi obsesiva, una pasión casi de coleccionista, que me incitaba a mantenerme en ese limpio y aséptico campo de la erudición, que siempre me gustó y al que no he renunciado nunca, pero que no consiguió, sin embargo, ser lo suficientemente tentador como para que yo aceptara definitivamente la concepción de la vida propia del erudito.

Antes de este libro, de 1946, ya había publicado otros que Weinberg ha tenido la generosidad de recordar. Lo primero que publiqué, en 1938, fue un estudio sobre El Estado y las facciones en la Antigüedad, que traigo a colación exclusivamente para decir que esa vez, cuando nadie conocía mi existencia en este campo (porque yo era hermano de un filósofo y, en consecuencia, presuntivamente filósofo heredero), recibí una carta inolvidable de don Gregorio Halperin. La más hermosa que recibí entonces y una de las más hermosas que he recibido nunca. Esta carta no era un azar y, por algunas razones que yo sé, era imprescindible que yo pronunciara su nombre esta noche.

Metido en este mundo, empezaron a pasar en el país muchas cosas. Yo apenas había escrito sobre historia argentina pero tenía una especie de vasto entusiasmo por la lectura de las obras clásicas, fun-damentales. Para esta época —mediados de la década de los cuarenta— creo que había leído las dos terceras partes de la literatura argentina, especialmente de la relacionada con los ensayos y las ideas.

En 1944 o 1945 llegó a Buenos Aires don Daniel Cosío Villegas, fundador del Fondo de Cultura Económica, que hacía un largo viaje por toda América latina para solicitar los primeros títulos de lo que luego sería la colección Tierra Firme. Habló con mucha gente acerca de este título. No quiero indicar categorías, calidades o sectores para no señalar ninguna pista que naturalmente sería un poco desagradable. Hizo su composición de lugar y un día analizó los resultados de su encuesta —llamémosle así— con don Pedro Henríquez Ureña, quien era en esa época profesor en el Colegio Nacional de La Plata y con quien yo viajaba tres o cuatro veces por semana en el tren de las 12 y 15. Esta precisión es importante, porque esto significa que durante muchos años, quizá desde el ’40 hasta su muerte, independientemente de las veces que tuve la fortuna de visitarlo en su casa y de verlo en diversas reuniones, he tenido esta especie de monopolio de quien se sienta al lado. Él se sentaba del lado de la ventanilla y sacaba sus deberes para corregir con esa pulcritud verdaderamente conmovedora del hombre que sabía que en todas partes estaba su deber, y cada cierto tiempo yo lo interrumpía —a veces de manera discreta y a veces, supongo, de modo indiscreto— como un sujeto que acumulaba las preguntas esperando que llegara el momento de cortar su trabajo y decirle: “Don Pedro, ¿qué opina de esto?, ¿qué le parece esto otro?”. Esto fue durante más de cinco años en el tren de las 12 y 15, a la ida, y en el tren de vuelta de las 5 y 32, de una manera que me permitió afirmar —y así lo digo en la dedicatoria del libro— la existencia de un discipulazgo que no sé si hubiera podido afirmar en otras circunstancias. No fui su discípulo, no me dediqué a seguir los estudios específicos a los que él se dedicó de manera básica. Sí a los que hizo de modo general, pues él se dedicó a todo, y a ellos nos hemos ido dedicando todos. Yo debo decir —ya lo dijo en parte Weinberg— que don Gregorio Halperin y don Pedro Henríquez Ureña —y no menciono a mi hermano para no repetir— han sido las dos grandes figuras del humanismo que yo he conocido en la Argentina. Además, los dos se parecían en una cosa: en la inmensidad de cosas que sabían. Para decirlo de una manera rápida, lo sabían todo. Pero se parecían, además, en la manera de saber, en esa especie de elegancia intelectual que proporciona no sólo el saber mucho sino el haber sabido de cierta manera, como para que todo el saber se funda en una suerte de torrente que, al fin de cuentas, resulta ser la vida misma para un hombre de pensamiento.

Ellos fueron así, y yo tuve en cierto sentido este privilegio de ser su discípulo. Cada uno, de una manera. El pobre don Gregorio Halperin, inclusive, asumió una vez la misión de enseñarme latín, y ahí estábamos peleando con mi escasa pasión por una lengua instrumental que me era imprescindible pero cuyo estudio nunca me gustó. Don Pedro Henríquez Ureña me enseñó tantas cosas que resultaría imposible que yo las pudiera sintetizar.

Y este hombre que me conoció bastante joven, que me conoció, además, por una peculiaridad de la vida intelectual de aquellos años, como el más joven de un grupo de gente mayor, cuando don Daniel Cosío Villegas le comunicó el resultado de su encuesta sobre quién podía hacer este libro, dijo: “El que puede hacerlo es fulano”. Ese fulano era yo, de tal manera que la dedicatoria es apenas una debilísima muestra de un reconocimiento que, de cualquier manera, no se satisface en modo alguno en el hecho de que él haya sugerido mi nombre para hacer este libro. En todo caso, sería una sombra del reconocimiento que yo le debo por todo lo que he aprendido de él, no en materia de cosas concretas, sino en materia de entender la vida intelectual. En esto sí me creo discípulo de los dos: en materia de cómo es la vida de un hombre que asume la misión intelectual. Eso es lo que yo creo que se puso de manifiesto el día que don Daniel Cosío Villegas me encargó este libro y yo, contra toda mi tradición de estudioso, decidí hacerlo, aun sabiendo que no era un especialista en esta materia, que mis lecturas eran abundantes en algunos temas y en otros mucho menos. Descubrí, sin embargo, que había aquí una responsabilidad moral importante que me parecía imprescindible aceptar y que yo tuve el gusto de aceptar.

Era un momento muy curioso. Este libro se empezó a escribir a fines de 1944 y principios de 1945. Escribir sobre las ideas políticas en la Argentina en esos años es cosa que quizás algunos puedan calibrar y otros no. Yo decidí escribirlo y decidí ponerle un epílogo que es uno de los orgullos de mi vida. En ese epílogo se declaraba —año 1946— una filiación política que no era, por cierto, la del gobierno. La declaraba no sólo porque me dio la gana de declararla, sino porque además me pareció que era un deber establecer una pauta para que el lector tuviera una referencia acerca de cuáles eran los puntos de vista del autor; puntos de vista que el autor, con el mayor escrúpulo, trataba de no hacer pesar sobre sus interpretaciones de las cosas. Así lo dije y así salió en la primera edición de 1946; y así ha seguido saliendo, porque no he querido que nunca desaparezca.

Ese libro me proporcionó grandes satisfacciones. Hubo en nuestra casa una reunión inolvidable, donde estaban Daniel Cosío, Pedro Henríquez Ureña y su mujer, su hermano Max, y a él, que en ese momento era embajador de la República Dominicana, le encargó don Daniel Cosío Villegas que me entregara una condecoración que fabricaron en el primitivo local del Fondo de Cultura Económica que estaba ubicado en Piedras e Independencia. Allí la fabricaron con una parte que era una bandera argentina y una parte que era una bandera mexicana, y luego un gran corazón de plata en donde está grabada una inscripción que dice algo así como “Caballero de Honor de la Orden del Corazón, Fondo de Cultura Económica, 1946”.

Después un grupo de amigos hizo una reunión, que era en cierto modo una reunión política, donde se dijeron varios discursos y donde hubo una especie de consenso acerca de que todos los que estábamos allí habíamos descubierto que este era un libro de combate, un libro polémico. Hablaron muchas personas, y si fuera poco todo lo que he dicho antes acerca de las innumerables satisfacciones que esta reunión me proporciona, otra es que está aquí, inesperadamente, una de las personas que habló en ese acto, mi viejo y queridísimo amigo el doctor Valmaggia. Hablaron también Leónidas de Vedia, que ha muerto hace muy poco, Carlos Sánchez Viamonte y mi viejo y querido amigo Luis Baudizzone.

La suerte de este libro ha sido como la de todos los libros. Se ha vendido mucho. Supongo que también se ha leído mucho. Tiene ya dos ediciones en inglés y en muchas universidades norteamericanas es texto. Hasta la cuarta edición figuraban en la contratapa conceptos muy elogiosos de diversas revistas norteamericanas. No sé si atreverme a decir que estoy convencido de que ha creado opinión, de que ha constituido un marco de referencia para mucha gente. Es casi lo más a que puede aspirar un autor. Yo estoy muy orgulloso, particularmente, de algo que Weinberg ha señalado agudamente y que no ha sido señalado: yo estoy muy orgulloso de haber sistematizado lo que llamaríamos la tercera parte de la historia argentina. La Historia Argentina la inventó Mitre, digamos la verdad. Yo escribí un largo estudio, que La Nación publicó en folleto, y estoy absoluta-mente convencido de que durante mucho tiempo la Argentina no ha tenido más que esta visión. Y creo que el período hasta el que llegó Mitre está signado por la mirada de Mitre, a la que ya en los últimos tiempos, a partir del ‘70 [1870], digamos, se le fueron agregando algunos puntos de vista nuevos, encarados por Saldías o por Quesada, pero en todo caso como ligeras correcciones, como pequeñas ampliaciones de criterio con respecto al juicio más bien político y ético, que no a la interpretación general.

El caso es que después, a pesar de que en la Argentina ha habido personas distinguidísimas que se dedicaron a los estudios históricos, como Juan Agustín García —uno de los hombres a los que respeto más— o Juan Álvarez, lo cierto es que en relación con lo ocurrido después de las tres presidencias históricas y lo ocurrido después del ’80 en la Argentina, yo me atrevería a decir —puesto que no somos muchos, puedo decirlo en confianza— que este período estaba absolutamente informe. Si ustedes observan los textos y los libros corrientes que circulaban, había hasta 1880 una frase que implicaba una conceptuación: para el período que empieza con Caseros se decía “La Organización Nacional”. Era un concepto con el cual se trataba de interpretar lo que había ocurrido. Después del ’80 comenzaba lo que se denominó “Las presidencias”, y entonces se hablaba del general Roca y se explicaba que había construido caminos y que había levantado ferrocarriles y se seguía inexorablemente con Juárez Celman, con Pellegrini, hasta la presidencia de tumo o quizás dos antes, porque en la Argentina siempre ha existido el prejuicio de que hay un límite entre la historia y la política que no debe ser sobrepasado. Yo me niego rotundamente a este juicio. La historia termina con cada uno de nosotros, porque el pasado termina en el instante en que cada uno está pensando. Admito que se debe hacer un esfuerzo mucho mayor de objetividad, que hay que multiplicar los controles, pero si un historiador no tiene oficio —y su oficio no es sólo la heurística, no es sólo averiguar si el documento es auténtico o no, si tie-ne o no raspadura—; si el historiador, digo, no tiene el oficio —y su oficio es fundamentalmente la capacidad de desdoblar su juicio como para diferenciar lo que es objetivo de lo que es subjetivo— que le permita enfrentar el presente con objetividad, yo diría que no es un historiador.

Yo decidí sistematizar el período que comienza en 1880 y ponerle una designación (“La Argentina aluvial”), que aludía al fenómeno que a mí me parecía decisivo y fundamental de ahí en adelante, tal la metamorfosis que en la sociedad argentina opera la inmigración.

Con el agregado de que para más de un colega la inmigración era no sólo un fenómeno inexplicable sino también —como ha dicho bien Weinberg— un fenómeno marginal, y para muchos otros colegas un fenómeno lamentable. Yo estoy convencido de que la Argentina de hoy es la que se ha hecho con la inmigración. Creo que es, además, uno de los fenómenos más estupendos que han ocurrido en la Argentina y además uno de los más audaces como experimento no sólo demográfico sino también social, con amplitud de imágenes, que promovió la generación del ochenta, aunque luego —triste es decirlo— no supo encauzarlo como correspondía. Pero el caso es que el fenómeno se produjo y el protagonista de la historia argentina cambió de un modo sustancial. Por ello, la única forma de entender en el futuro a la Argentina, desde 1880 en adelante, era darle a esta nueva sociedad creada por la inmigración la significación que tenía.

Quizá sea de eso de lo que estoy más orgulloso y satisfecho. Tengo la impresión de que no se ha reparado suficientemente sobre este dato y le agradezco a Weinberg que lo haya puntualizado.

El libro va a cumplir treinta años. Fue escrito en una época difícil. La quinta edición es tan militante como era la primera. Ésta, confieso que me enorgullece. Luego de este libro volví a la historia medieval, sigo haciendo historia medieval, y cada cierto tiempo tengo la tentación o de escribir un nuevo capítulo para este libro o de escribir artículos en revistas, o de escribir, inclusive, artículos en revistas ya casi de divulgación, y también me he sentido obligado a militar políticamente. Todo esto, al margen de la erudición, porque me parecía que era una obligación de ciudadano. No creo que la erudición sea algo defendible si sirve para evitar que un ciudadano siga siéndolo.

He escrito varias cosas, he militado en política y he dicho siempre todo lo que me ha parecido que tenía que decir: lo justo, lo correcto, lo que era una opinión; sin excesos de espíritu faccioso pero sí con pasión.

Y llegado el momento de festejar la quinta edición de este libro —que no es de mi especialidad— todavía estoy en duda si de lo que estoy más orgulloso es de las más severas, más rigurosas, más eruditas obras que he escrito en el campo de los estudios medievales, o si de este libro que a lo mejor no es tan severo pero es el libro de un ciudadano que se siente hombre de su tiempo, de su país y de su mundo, y que no está dispuesto a ningún precio a renunciar a lo que cree es la condición fundamental de un hombre, de un ser humano.

Los hombres y la historia en Groussac. 1929

Ha muerto Pablo Groussac muy anciano ya, cuando poco podía esperarse de su espíritu, cansado de habernos dado tanto, sin haber emprendido, sin haber intentado quizás una obra integral. Es lastimoso: su esfuerzo hubiera puesto de relieve en un conjunto armónico todas las buenas prácticas que él introdujo en los estudios históricos del país, y habría creado la obra maestra y definitiva en la que el soplo fecundo de su pensamiento sirviera como animador al par que como norma, de quien lo leyere para iniciarse en el camino, complicado y difícil, de la historia.

Digo intencionalmente de la historia, sin restricciones de tiempo ni lugar, porque las enseñanzas del maestro sobrepasan, para aquel que medite sobre su lectura, el marco reducido de la historia local. Hay entre líneas, junto a las más severas admoniciones contra falsos historiadores, apegados a prácticas ridículas y antihistóricas, la más bella lección de finura espiritual y de talento organizador; Groussac nos ha enseñado a construir la obra histórica y nos la ha enseñado sin preceptivas, con la lección palpitante y perenne de sus libros, las más bellas realizaciones de su genio histórico, inigualado en esta parte de América; porque entre todos los aspectos en que seremos discípulos suyos, hay uno en el cual, a menos que un furor erudito se apodere de nosotros, su lección habrá sido definitiva y terminante: es en el desprecio del detalle tratado como fin en sí; nues-tro investigador, sumido en la oscuridad del archivo, no supo nunca, una vez encontrado el dato, precioso por sus consecuencias, desprenderse de esa atracción que ejerce todo aquello que es objeto de una atención continuada y —situado él en un punto distante— ubicarlo en su justo lugar. Y así la búsqueda del dato erudito se transformó en el objetivo final de la historia; se perdió su aspecto humano y por desprenderla de la vaga literatura, se la transformó en colecciones de nomenclaturas sin contenido alguno.

Groussac incitó a la investigación profunda y meditada; tal vez fuera él el primer investigador serio de por acá: pero incitó también, no paladinamente pero sí con el ejemplo brillante e inequívoco de sus obras, a no perder de vista el lugar que en la evocación histórica guarda lo imprevisto, lo ilógico, aquello que escapa o que contradice a los documentos: en una palabra, lo humano. Y esto es lo que da infinita elegancia y serenidad a su obra; es este don de la medida, que tuvo Groussac como pocos y que él cultivó y enseñó a cultivar, lo que le permitió el justo lugar de cada noción y el espacio necesario para cada suceso; es por último, tal vez sea su más grande mérito, lo que le permitió desprender lo humano que hay en todo lo histórico de las circunstancias materiales a que parece estar atado, permitiendo así la valoración en abstracto de los hombres y de las ideas. Este culto sincero y noble de lo humano es tal vez el carácter más llamativo de su manera de hacer historia: Groussac se desprende de sus propios preconceptos y enfoca esta vieja cuestión de la relación del individuo con la historia con un criterio personal, intuitivo. En la realización, Groussac encuentra un justo medio y ubicado allí, el problema recibe una solución, buena o mala, pero orientada en un sentido concordante con el espíritu total de la obra; es la eterna cuestión que cristaliza en sus páginas, resuelta allí por una intuición genial; más que haber encontrado una solución, podríamos decir que una adaptación inconscientemente exacta del historiador, ha evitado el problema: hay en el logro de esta conjunción un trabajo filosófico y artístico: es una concepción poderosa vertida de mano maestra.

Es ciertamente sugestivo el que Groussac no haya intentado nunca escribir una obra integral; hubiera sido su trabajo el insignificante de la redacción, ya que nadie como él tenía el material organizado para tal empresa; él mismo nos dice, al pasar, sus razones y su temor. En un prefacio que escribió para el volumen en que resume sus estudios sobre Mendoza y Garay, dice, a propósito de algunas li-bertades que se toma en sus trabajos monográficos, que de proponerse escribir una historia general del Río de la Plata, habría de cambiar en algo la composición de algunos pasajes.

Yo creo que es fácil adivinar el motivo; Groussac profesa sin quererlo el culto de los hombres, algo que podría ser una exageración, una singularización del culto por lo humano. Su pluma, sólo entonces desobediente, abandona las apreciaciones teóricas y se vuelve hacia esas figuras que exaltan el gusto épico del maestro francés. Él ha sabido comprender el valor que en sí mismo tenían los personajes de nuestra historia colonial; él los ha llevado a su verdadero plano, despojándolos de ese velo legendario que tenían, según sus palabras, en los libros de historia para niños; y él ha sentido el valor simbólico de esas personalidades de difícil psicología y ha encontrado en algunos la más fiel representación del tipo de conquistador que España mandara y que ha dado a la conquista española un sello inconfundible. Este interés un poco literario del autor lo desvía de sus normas teóricas; su intuición, su sentido histórico, lo aprovecha para restablecer valores menospreciados en la teoría: Groussac compensa su interés con su comprensión; por eso estos hombres salen de cuerpo entero, sin quitarles ni agregarles nada, pintados con sus bajas ambiciones y sus conciencias turbias al lado de sus ambiciones nobles y su clara visión; el cuadro de las poblaciones se adapta al de los hombres; hay un velo de niebla densa en ellas; tras él se ocultan pasiones violentas que al despertar cambian por su violencia las relaciones mu-tuas. Groussac los pinta así y así simpatiza con ellos; es en estos hombres, sacados de una verdad documental y con un contenido intuitivo, en quienes Groussac encuentra los méritos y los deméritos: él juzga su valor humano después de haber juzgado el valor histórico de su personalidad. Pero Groussac ha mostrado que su afán erudito era de superior calidad; Groussac ha encontrado hombres, ignorados unos y olvidados otros, a quienes eleva hasta el plano de los grandes caudillos sin que sus proezas hayan trascendido de los viejos archivos a los monumentos públicos; son los olvidados de la fortuna, aquellos cuyas obras no persistieron, pero que demostraron condiciones sobresalientes que faltaban a muchos de aquellos a quienes las circunstancias o el azar elevara. Por eso dije en un principio que Groussac había conseguido separar a los hombres de esas circunstancias materiales que sólo lógicamente, con la lógica hermética de los cientificistas históricos, dan la pauta para su valoración.

Y este concepto de los hombres que impulsa sus trabajos, falsamente llamados biográficos, es lo que impide a Groussac emprender la obra integral: en ella los individuos desmerecen, aunque no tanto como sugiere él mismo, y su campo de acción se limita; visto en el amplio panorama de una civilización, cada hombre recobra su papel de elemento en el juego constante de personalidades que es la historia. En el conjunto, cualquiera de los dos papeles que represente una personalidad superior, sea el de encarnar el sentir colectivo, sea el de oponérsele, sufre una disminución cuantitativa de su valor. Groussac, aunque él mismo se contradiga en la teoría, aunque él mismo niegue en parte la posibilidad de medir con igual medida a las masas y a las personalidades aisladas, ha conseguido encontrar la relación y el sentido en que los individuos se mueven en el devenir histórico y ha orientado su historia en un sentido manifiestamente minoritario: una historia general hubiera sido para él una serie de pequeños renunciamientos.

Muchas de estas reflexiones me las sugieren los trabajos de Groussac que se refieren a la historia colonial, que son, teóricamente, los más significativos; esto se explica fácilmente; en las obras que con diversos nombres, generalmente propios, se refieren a nuestra vida independiente, una menor preocupación por el dato, explicable en la época y por la accesibilidad de los documentos, permite al his-toriador trazar la evocación del cuadro histórico con independencia y comodidad; es lo que pasa, por ejemplo, en uno de sus más hermosos trabajos monográficos, el titulado “El doctor don Diego de Alcorta”. En la vida de este modesto ciudadano que no hizo nada extraordinario, Groussac se ha detenido meditabundo y ha escrutado pacientemente el fuego oculto de su espíritu, uno de los pocos rincones no prostituidos del Buenos Aires de la dictadura. No hay allí la pasión de lo histórico, en el sentido clásico, ni podría imputársele el pequeño interés de la anécdota: una afirmación en este sentido sería hacer demasiado caso del epígrafe, sólo pálido reflejo del contenido.

Este trabajo es el más formidable de los cuadros que se hayan trazado de la época angustiosa de la anarquía; es el cuadro más extraordinario de la subversión moral y de la apatía política que preparara el camino de la dictadura. Desfilan por él las pequeñas pasiones encontradas, las ambiciones desmedidas y tras el mutis forzoso de caudillejos sin personalidad, la aparición de un poder que repre-sentaba la llegada de las masas gauchas a los puestos directivos, desde donde impondrían el desenfreno y el absolutismo en un marco de extrema depravación al cual todas las clases sociales habían llegado en el transcurso de quince años de inseguridad democrática.

Frente a este medio, hostil a toda acción cultural, Groussac presenta a este modesto profesor de filosofía que sin desligarse de sus compromisos para con la patria, llevaba un poco de serenidad a algunos jóvenes espíritus. Hay un artístico contraste; hay un gesto de vigorosa personalidad que el historiador descubre y estudia con fruición; hay una nota de profundo sabor humano que hace amable este cuadro de nuestro pasado.

Ahora bien; en Don Pedro de Mendoza, por el contrario, el interés está distribuido entre todos los aspectos que presenta la obra histórica; allí la investigación bien puede decirse que agota las fuentes informativas; allí Groussac es el expositor minucioso que no olvida detalle alguno y para quien todas las circunstancias son ilustrativas, pero sin que su función termine allí: esos detalles están orientados en un sentido dado y su reunión da un producto armónico que no necesita de la literatura para completar la psicología de un personaje o el aspecto de un grupo social; aquí la erudición determina resultantes que la desplazan del lugar preferente; y no es milagro; tal vez no sea ésta tampoco una muestra de su predisposición genial; se trata tan sólo de una comprensión admirable del exacto valor de cada elemento en la obra integral.

He presentado dos obras del maestro, a mi juicio, de las más alejadas entre sí: una, brillante, nos muestra al investigador quintaesenciado en un artista de amplia, de extraordinaria comprensión. La otra, más apagada, nos muestra al maravilloso constructor de cuya mano, mano maestra, ha salido la estructura perfecta de un libro. Pero ¿es esta diferencia otra cosa que una diferencia de medios? ¿No hay acaso un solo objetivo final al cual se dirigen los dos caminos que sigue el historiador? Para mí se resuelve el antagonismo en una diferencia metodológica: son dos caminos, pero dos caminos convergentes que llevan al mismo ideal humano, en el sentido más singular del vocablo; en el fondo de sus grandes evocaciones, el hombre —hecho histórico al fin— se mueve por el impulso vacilante, unas veces de su razón y otras veces de su subconciencia. Cada individuo lleva en su propio yo una posibilidad histórica que requiere el apoyo de una singular personalidad para realizarse, pero que puede no realizarse aun contando con ella. Groussac ha sabido desenredar la maraña de los hechos concretos y de allí han salido esas impedimentas de orden práctico que limitan la expresión de la personalidad. Groussac ha hecho justicia con filosófica tolerancia y ese sello indeleble le permitirá ser para siempre algo así como el patriarca de nuestra historia. Fue, justo es decirlo, cruel con algunos de sus contemporáneos: su ideal de humanidad lo compensó con el respeto a la justa memoria, sagrada para él, de todos los hombres