El pensamiento político de la derecha latinoamericana. 1970

El pensamiento político de la derecha

El examen del pensamiento político de la derecha latinoamericana suscita un conjunto de problemas que se relacionan tanto con las situaciones socioeconómicas como con las corrientes políticas y los movimientos de opinión. Sería una abstracción peligrosa realizar ese examen en términos exclusivamente teóricos, evitando la puntualización de las correlaciones entre las doctrinas y los grupos sociales, o sorteando el análisis de las relaciones entre el pensamiento de la derecha y el de las demás corrientes políticas. Ningún movimiento ideológico o político puede entenderse sino dentro del juego de situaciones reales y de controversias en que surge y se desarrolla. Pero en el caso particular del pensamiento de la derecha el riesgo se acentúa, porque con ese nombre no se define una doctrina concreta —como podría ser el liberalismo, el fascismo o el comunismo— sino un haz impreciso de ideas que se combinan con ciertas actitudes bá-sicas, y el conjunto configura una corriente política cuyo sentido fundamental está en relación inmediata con los problemas en juego en cada momento y con las doctrinas y actitudes del centro y de la izquierda, a su vez conjuntos también complejos y con frecuencia definibles ideológicamente sólo por sus contrarios. De todos modos, este ensayo debe ceñirse a su tema específico, y las incursiones en otros terrenos serán tan breves como la claridad lo permita, limitándose su desarrollo a lo estrictamente necesario para ofrecer el cuadro de las circunstancias, los hechos y las ideas indispensables. Tiene, sin duda, el pensamiento político de la derecha un interés singular en Latinoamérica. Pero empecemos por decir que tiene un interés fundamental en todas partes y en todas las épocas, en relación con ciertas peculiaridades del conocimiento histórico social que vale la pena destacar.

Tal como se conciben los procesos históricos sociales desde la segunda mitad del siglo XVIII, y sobre todo, tal como se concibe su examen y su exposición, parece normal que el acento se coloque sobre los fenómenos de cambio, esto es, sobre las fases dinámicas de los procesos. Es esto una consecuencia del predominio de la concepción historiográfica fundada en la idea de progreso, tal como la elaboraron Voltaire o Condorcet. De esa concepción ha quedado como una secuela —aun después de haber perdido vigencia— la tendencia a suponer que el análisis histórico se relaciona casi exclusivamente con los procesos de cambio. Sin duda, las escuelas institucionalistas y sociologistas y últimamente el estructuralismo, han manifestado una inequívoca proclividad a la descripción de situaciones y estructuras, respondiendo a aquella tendencia con otra —acaso igualmente peligrosa— que supone cierta inmovilidad en las situaciones y estructuras. Pero ambas entrañan el mismo riesgo de falsear la imagen de la vida histórico social.

Es explicable que el examen de los procesos de larga duración parezca tolerar su descripción como si se tratara de situaciones inmutables. Pero es bien sabido que no son tales y que el proceso de cambio es permanente. Hay, sí, estructuras y situaciones que sólo cambian con ritmo muy lento; en tanto que otros planos de la vida histórica cambian con ritmos más acelerados. Esta diferenciación es lo que solía estar ausente en la concepción historiográfica fundada en la idea de progreso. La descripción de los fenómenos de cambio —entre los que parecían necesariamente más importantes los más acelerados— predominaba sobre el análisis de las situaciones en las que el cambio se realiza y, en consecuencia, dejaba en la penumbra los fenómenos que la resisten, generalmente pasivos y poco visibles, pero cuya persistencia explica las violentas irrupciones de fuerzas que, en cierto momento, interrumpen el sentido del cambio, operan pretendidas restauraciones y modifican la dinámica de la vida histórico social.

Sin duda han sido los historiadores pertenecientes a la derecha ideológica los que han subrayado más insistentemente la capacidad de perduración de ciertos planos de la vida histórica en relación con los procesos de cambio, con las revoluciones. No es difícil observarlo a través de la historiografía relacionada con las revoluciones inglesas del siglo XVII, con la Revolución Francesa de 1789, con las revoluciones latinoamericanas de principios del siglo XIX, con la Revolución mexicana de 1910, con la Revolución rusa de 1917. Cierto es que con frecuencia sólo hallamos una inversión en el sentido de la apologética; pero aun así es importante, puesto que ayuda a incluir en el análisis objetivo y científico de la dinámica de la vida histórico social los elementos situacionales e ideológicos que revelan la resistencia activa al cambio y, además y en particular, los que revelan la perduración de situaciones que no fueron alcanzadas por el proceso de cambio acelerado, estableciendo el alcance deliberado o espontáneo del cambio mismo: para este objetivo es, pues, singularmente importante el examen de las actitudes y del pensamiento de la derecha, como expresión y testimonio del significado social y cultural que cierto sector asigna a aquello que, en el proceso de cambio, logra permanecer casi inalterable.

Advirtamos desde ahora que este examen no es fácil. La derecha, por su propia naturaleza, no suele elaborar proyectos y es reacia a fundamentar doctrinariamente su conducta. Un historiador y sociólogo brasileño que la representa bien, Oliveira Vianna[1] define muy explícitamente esa tendencia, refiriéndose a los estadistas conservadores del Brasil, pero en términos que tienen validez general:

Al concebir y realizar su monumental sistema de gobierno y administración del país, los grandes políticos imperiales obran como espíritus positivos, jugando con los datos de la realidad objetiva, teniendo a la vista los hechos concretos de nuestra vida nacional. Pueden invocar, para justificar sus actos o sus creaciones, el apoyo de teorías extranjeras, de sistemas e instituciones de otros pueblos, pero eso es apenas por condescendencia hacia el espíritu de la época, para dar un color doc-trinario y filosófico a las ideas sugeridas por el mundo objetivo que los rodea. Los constructores de nuestra unidad política son ante todo hombres prácticos, políticos experimentales, que nunca pierden de vista las condiciones reales del pueblo ni las particularidades de su mentalidad.

La observación puede, ciertamente, generalizarse, no sólo porque, de hecho, es más difícil encontrar textos reveladores del pensamiento político de derecha que de cualquier otra corriente de opinión, sino también porque es evidente que ciertas actitudes y opi-niones encuentran en las situaciones reales un fundamento mucho más sólido que el que puede ofrecerle el pensamiento doctrinario. Por lo demás, el uso de ideas tradicionales para la defensa y justificación de las ideas vigentes no origina, en general, sino una literatura de propaganda de escasa originalidad. No obstante, la derecha ha producido testimonios de extraordinario valor, especialmente por su coherencia interior; pero no siempre es fácil distinguir cuándo son simples reiteraciones de un pensamiento de elaboración secular y cuándo son juicios nacidos del examen de las situaciones reales. Acaso el interés general que, por las razones señaladas, tiene el análisis del pensamiento político de la derecha, se acentúe actualmente en Latinoamérica por el hecho de que, en muchos países, los grupos que lo sustentan han tomado la iniciativa en los últimos tiempos. Conviene establecer claramente el sentido de esta afirmación, porque entraña una posición metodológica que habrá de advertirse a lo largo de todo este ensayo. No me refiero aquí solamente a los netos partidos políticos de la derecha, cuyo poder de iniciativa puede ser equivalente al de otros sectores. Me refiero, específicamente, a las fuerzas económicas y sociales de la derecha, enérgicamente resueltas a defender sus posiciones contra la ofensiva de vastas mayorías no poseedoras y que operan especialmente como grupos de presión a través de diversos regímenes políticos, aun cuando no sean estos específicamente de derecha. Esas fuerzas buscan sus propias soluciones, pero a través de un sistema de ideas —que suelen llamar su “filosofía” — que entraña un diagnóstico del sentido general que deben seguir las sociedades latinoamericanas en el curso de su desarrollo. Hay en ese sistema de ideas un ajuste de viejos esquemas a las circunstancias nuevas; pero este ajuste es muy variable y siempre significativo, porque aunque la derecha responde a la situación menos cambiante, pone, empero, de manifiesto el nivel de cambio producido en las estructuras a través de los procesos de larga duración: y aunque expresa la resistencia al cambio, pone de manifiesto también el nivel de tolerancia que ha alcanzado, en virtud del cual erige en cada caso una nueva línea de defensa, transaccionalmente establecida.

La perduración de estructuras socioeconómicas muy antiguas en Latinoamérica otorga particular gravitación a los grupos de derecha y a su pensamiento político. Pero no es esa la única causa de la influencia de esos grupos. Las estructuras arcaicas se combinan con otras más modernas, pero que han engendrado ya en su seno sectores resueltamente adversos a nuevos cambios. De aquí la proteica figura que ofrece la derecha latinoamericana, cuya composición, como grupo social, será necesario señalar antes de exponer su pensamiento.

Como se habrá observado, y sin perjuicio del análisis que constituye el tema del primer capítulo de este ensayo, la idea de derecha aparece necesariamente unida a la idea de resistencia al cambio, con lo cual parecería clara la identificación entre derechas y grupos conservadores. Empero, no es absolutamente así. A veces ha sido imprescindible usar otros criterios más matizados, de modo que la caracterización de un movimiento o de una persona como perteneciente a la derecha puede obedecer a uno de ellos, lo cual puede engendrar ciertas confusiones, y las conclusiones extrañar al lector.

Conviene, pues, no perder de vista los criterios utilizados en cada caso, y las relaciones, a veces aparentemente contradictorias, entre ellos.

Para resolver algunos de los problemas que acabo de mencionar, he utilizado una nomenclatura no siempre ortodoxa. Pero confío en que las caracterizaciones de cada grupo social y de cada corriente de pensamiento servirán para proveerlas de un contenido inequívoco. Grupos sociales y corrientes de pensamiento serán presentados históricamente, incluso cuando en cada momento se señalará que ni unos ni otras se extinguen, conviene insistir aquí en que la idea que preside este análisis es que los grupos de la derecha tienen una composición acumulativa, en virtud de la cual coexisten situaciones y tradiciones de diferente data. Sólo teniendo presente este carácter podrá entenderse bien el comportamiento y las ideas de la derecha latinoamericana.

1. Cuestiones previas

Dos problemas conceptuales parecen previos al análisis del pensamiento político de la derecha latinoamericana.

El primero es el problema del área, puesto que la idea misma de Latinoamérica, concebida como una unidad, requiere algunas precisiones.

El segundo, y más importante, es el de la caracterización de la derecha como grupo socioeconómico, político y cultural, puesto que, a poco que se ajusten los criterios, se advierte que se trata de un complejo heterogéneo al que no se puede asignar una sola línea de pensamiento.

La cuestión de la unidad y diversidad del área latinoamericana

La posibilidad de analizar, caracterizar y describir el pensamiento político de la derecha latinoamericana supone cierta homogeneidad en esa área que no es absolutamente obvia. No sería fácil, por ejemplo, incluir en una sola formulación los caracteres de las clases medias en Chile y Colombia, en Paraguay y México, en Argentina y Ecuador; del mismo modo es difícil incluir en una sola formulación los caracteres de las clases altas tradicionales en esos mismos países, teniendo en cuenta, además, que el examen debe incluir al Brasil; y de tales dificultades puede inferirse que deberá matizarse mucho la caracterización del pensamiento político de la derecha, del que puede decirse que es el más apegado a las situaciones y, en consecuencia, el menos ideológico —en sentido estricto— de los pensamientos políticos. Empero, precisamente, por ser el pensamiento más apegado a las situaciones vigentes, permite un cierto grado de generalización, puesto que lo que más unidad confiere al área latinoamericana son, sin duda, las situaciones originarias, en tanto que los desarrollos posteriores tienden a una acentuada diversificación. Vale la pena detenerse un instante en esta observación.

La unidad del área latinoamericana fue postulada por la Europa conquistadora y colonizadora. No existía antes ni existió intrínsecamente después. Pero los impactos europeos sí fueron homogéneos en toda su extensión y crearon cierta unidad en el armazón del área de mestizaje y aculturación que se constituía. Con ligerísimas variantes, el régimen de la tierra y los lazos de dependencia que sujetaban a las poblaciones indígenas se establecieron según normas semejantes en toda el área hispánica y en el área lusitana, y condujeron a la creación casi súbita de una singular estructura socioeconómica que constituyó el fundamento casi inconmovible de la vida social latinoamericana. El vigor con que esa estructura resistió, ya en 1542, a los esfuerzos de la corona española por modificarla, explica cómo ha podido sobreponerse a otros embates posteriores, modificarse ligeramente para adecuarse a nuevas circunstancias externas e internas, y subsistir, incluso hasta hoy, en algunas regiones.

Pero no fue este impacto originario el único de los impactos europeos que contribuyó a prestarle unidad al área latinoamericana. Un fenómeno semejante ocurrió por la misma época en el campo de la organización política y en el campo de la cultura. Un sistema de formas institucionales, un haz de principios morales y políticos y de tradiciones culturales —con los pequeños matices que separaban en el siglo XVI a España y Portugal— crearon un conjunto de ínsulas análogas a través del vasto continente, fuera de las cuales, sin embargo, empezó a elaborarse trabajosamente un mundo marginal, en el que se fueron insinuando nítidas diferencias regionales que crista-lizarían poco a poco y alcanzarían claros perfiles en el siglo XVIII.

Pero ya mientras se producía esa diversificación, nuevos impactos europeos crearon otros principios de unidad. El mundo de la economía mercantil reclamó del mismo modo a las distintas regiones, ofreció los mismos incentivos, ejerció las mismas coacciones, y contribuyó a operar en el seno de las diversas sociedades las mismas transformaciones de las que surgieron nuevas burguesías urbanas que, al par que introducían nuevas líneas de desarrollo en el seno de la comunidad, arrastraban hacia sí a las viejas clases poseedoras de la tierra para inducirlas a modificar sus actitudes y su mentalidad. Pero aquel desarrollo homogéneo en cuanto a las presiones que lo habían desencadenado, adoptó muy pronto formas regionales diferenciadas, que se definieron fuertemente al producirse la emancipación. A partir de entonces la diferenciación se acentuó; pero no sólo, ni principalmente, dentro de los nuevos marcos nacionales creados por el principio del uti possidetis, sino dentro de las áreas regionales que se habían esbozado espontáneamente, según determinaciones geográficas más o menos estorbadas o favorecidas, por las peculiaridades del desarrollo económico o la arbitrariedad del sistema administrativo. Los fenómenos de anarquía y de guerra civil y los vagos clamores en favor de una organización federativa reflejaron ese conflicto entre nación y región, entre orden institucional y sentimiento comunitario, que se había gestado en el seno de otro conflicto más profundo entre el orden uniforme impuesto desde fuera y el desarrollo espontáneo y diferenciado que la vida social había suscitado, al margen de las coacciones externas.

Empero, nuevos impactos externos contribuyeron a robustecer ciertos rasgos comunes a toda Latinoamérica. Con la Revolución industrial, Europa modificó rápidamente tanto los sistemas de producción como las formas de vida, y tales cambios repercutieron sobre toda su periferia. Latinoamérica sintió otra vez los estímulos y las coacciones que provenían del foco alrededor del cual giraba su vida económica, social y cultural, y respondió operando ciertos cambios para adecuarse a la nueva situación. Pero no fueron en todas partes los mismos. Nuevas diversificaciones se operaron con las va-riadas respuestas ofrecidas a los mismos estímulos, y una vez más las contradicciones se acentuaron entre el desarrollo local espontáneo y las determinaciones exógenas que colocaban toda el área latinoamericana en situación análoga con respecto a los núcleos de los que dependía.

Fenómenos semejantes se produjeron en el orden de la cultura. El sistema de ideas medievales que ordenó la vida de los primeros grupos colonizadores fraguó con los esquemas de la estructura socioeconómica señorial en el siglo XVI. Casi no hubo fisuras en él; pero los impactos del pensamiento moderno, de la Ilustración, del liberalismo, del romanticismo, del positivismo, del socialismo, del fascismo, no sólo produjeron sucesivamente enfrentamientos vigorosos con aquel sistema y sus secuelas, sino que provocaron curiosos y variados casos de reelaboración doctrinaria, al compás del uso que se hacía de cada sistema ideológico para interpretar y modificar la realidad.

Es lícito, pues, considerar en el conjunto latinoamericano una corriente de pensamiento tan arraigada en las situaciones reales como lo es el pensamiento político de la derecha, porque tales situaciones fueron homogéneas y subsistieron en buena parte a pesar de todos los cambios operados desde el siglo XVIII. Pero es necesario atender a esos cambios, porque ellos no fueron homogéneos. Por eso sólo se advierte en sus fibras profundas cierta unidad en el pensamiento de la derecha latinoamericana, en tanto que en otras se advierten peculiaridades evidentes que obligan a una constante matización.

Empero, no es éste el más confuso de los problemas que se presentan. Es necesario, antes de atribuir a la derecha un cierto tipo de pensamiento, indagar qué grupos sociales la componen y, sobre todo, qué tradiciones arrastran. La derecha es hoy un conjunto proteico, y cada una de las fisonomías que ofrece esconde un enigma histórico.

La cuestión de la caracterización de la derecha

No abundan los estudios dedicados específicamente al análisis de la peculiar composición de las formaciones o movimientos considerados como de derecha en Latinoamérica. No se trata, en efecto, de un partido, sino de una conjunción de grupos que coinciden en una actitud política. Hay en su seno, quizá, partidos; y éstos han sido estudiados en muchos casos dentro de los procesos políticos generales.

Pero esas conjunciones sobrepasan el alcance de los partidos. Para entender su composición es menester, pues, no limitarse a ver en ellas grupos políticos de opinión; sin descuidar éstos, es necesario, sobre todo, establecer cuáles son los grupos sociales que se movilizan políticamente para constituirlas.

A primera vista se advierte que la expresión “derecha” corresponde a una actitud política muy general en la que pueden coincidir grupos sociales y políticos diversos y que se definen fundamentalmente por sus opuestos. Sin duda esos grupos adquieren mayor homogeneidad cuando las situaciones se hacen críticas y los enfrentamientos precipitan la polarización. La imagen de que la derecha es un sector compacto de la sociedad se acentúa entonces; pero quizá lo que más contribuya a acentuarla sea la visualización de sus adversarios —los grupos “democráticos“, “progresistas”, “izquierdistas”, “liberales“, o como en cada ocasión se califiquen—, los cuales le prestan una cohesión que no siempre tiene. De aquí una cierta tendencia a definir la derecha, en el plano teórico, como un conjunto homogéneo.

Una fórmula usual es asimilar la derecha a la burguesía, entendida ésta como parte del sistema burguesía-proletariado. Esta fórmula es metodológicamente inapropiada en el caso particular de Latinoamérica, porque supone que el concepto “burguesía” es inequívoco y que conocemos claramente su contenido. Es bien sabido, en cambio, que no hemos precisado bien los contenidos del concepto “burguesía”, y si aceptamos la asimilación, no hacemos, en rigor, sino trasladar el problema, del concepto “derecha” al concepto “burguesía”. El problema se complica aún más, pues su antítesis en Latinoamérica no es lo que entraña en otras áreas el concepto “proletariado” ; y no constituye una tarea menos compleja establecer qué es exactamente lo que se opone a la derecha.

Menos inapropiada, aunque en pequeño grado, es la asimilación de la derecha a lo que vagamente se suelen llamar las clases dominantes. En Latinoamérica las clases dominantes se han constituido a través de un proceso singular que le ha prestado una fisonomía equívoca, cuya expresión es un comportamiento político confuso.

Derechas e izquierdas se han diferenciado, por lo demás, en el seno de las clases dominantes, a través de la oposición de los distintos sectores que procuraban alcanzar el poder político para perfeccionar y consolidar su poder económico social. Parecería, en consecuencia, ser lícito un uso absoluto y otro relativo de la calificación. Conviene, pues, renunciar por ahora a una definición simplista y atenerse a los resultados matizados, aunque quizá menos precisos, que ofrezcan un examen empírico de los grupos sociales y políticos que han sido considerados como de derecha. Pero aun este método presenta serias dificultades, porque la asignación de tal calificación no ha obedecido siempre a un mismo criterio; por lo contrario, parece evidente que han funcionado indistintamente dos: un criterio político y un criterio socioeconómico.

Si analizamos el criterio político, se observa que han sido considerados como de derecha los grupos que han hecho un uso autoritario del poder, estableciendo dictaduras o perpetuando oligarquías, que han negado —sea a la mayoría del pueblo, sea tan sólo a la mayoría de los sectores con participación en la vida política— los derechos y las libertades que consagraban el derecho natural y, en especial, los que consagraban las doctrinas racionalistas elaboradas desde el siglo XVII.

Ha sido la mentalidad liberal, tal como funcionó desde mediados del siglo XVIII, la que prefirió este criterio. A partir de muchas experiencias concretas, quedó tácitamente admitido que la dictadura o la oligarquía definen una actitud de derecha, y que la existencia de un vigoroso aparato represivo, la inexistencia de la libertad de conciencia o, en general, la violación o la negación de los derechos del hombre y del ciudadano, constituyen signos inequívocos de esa actitud política.

Empero, el criterio político no ha sido coherentemente utilizado. En ocasiones se ha admitido como legítima una “dictadura liberal“, esto es, el ejercicio autoritario del poder por parte de un grupo dispuesto a imponer un sistema liberal. Las circunstancias han sido proporcionadas por la vigorosa oposición de ciertos grupos antiliberales de raíz señorial, unas veces, o por la amenazadora actitud de grupos democráticos de pequeña burguesía o grupos populares con vagos anhelos de justicia social, otras. La necesidad de defender lo que se entendía por libertad pareció justificar la restricción de la libertad. Este principio reconoce como antecedente y fundamento la concepción del despotismo ilustrado, que sin duda inspiró a muchos grupos liberales latinoamericanos, especialmente frente a la vigorosa influencia de la Iglesia Católica, apoyada por los grupos sociales superiores.

Si analizamos el criterio socioeconómico, se observa que han sido considerados de derecha los grupos que han defendido el mantenimiento incólume de las tradicionales estructuras socioeconómicas y socioculturales, cuyo fundamento arraiga en el ordenamiento colonial. Esta defensa supone una acción política, emprendida al insi-nuarse un ataque que amenace o vulnere esa estructura, esto es, un intento de cambio socioeconómico, de modo que esa política puede ser definida como un movimiento de resistencia o de oposición al cambio.

Así caracterizada, la derecha no manifiesta fundamentalmente una actitud política sino una actitud socioeconómica y sociocultural. Usando este criterio, el ejercicio autoritario del poder no es necesariamente de derecha: lo es cuando tiene por objeto impedir el cambio, y no lo es, por lo contrario, cuando está puesto al servicio del cambio.

La utilización del criterio socioeconómico modifica, entonces, sustancialmente el enfoque del problema, y suscita nuevas cuestiones que es necesario tener presente. Si en diferentes circunstancias la adjudicación de la calificación de “derecha” ha sido equívoca se debe, sin duda, a la diversidad de los tipos de cambio que se han insinuado o producido en Latinoamérica. Descartemos los simples reemplazos de grupos o personas que disputan el poder dentro del mismo sistema, porque en ese caso parece lícito aplicar el primer criterio. Cuando se trata de cambios socioeconómicos pueden distinguirse dos instancias claramente diferenciables, aun cuando admiten, a su vez, varios matices importantes. La primera instancia es el conato de cambio de las estructuras señoriales de raíz colonial por una estructura liberal-burguesa, con supresión de los mayorazgos, del esclavismo, del sistema servil del trabajo indígena, de los monopolios y, al mismo tiempo, con una modernización del sistema empresarial, con la participación de capitales extranjeros, con incorporación al mercado mundial y con una vasta renovación del aparato técnico: es la instancia liberal-burguesa, promovida por las burguesías urbanas y, a veces, por los sectores progresistas de las clases terratenientes. La segunda es el conato de cambio de la estructura señorial o de la estructura liberal – burguesa, indistintamente, por otra en la que predominen, sobre los principios de la libre competencia, los principios de la justicia social, con intervención estatal, unas veces, o con control de las clases no poseedoras, otras. Estas dos instancias entrañan, como se ha advertido, algunos matices intermedios sobre los que será menester detenerse en el análisis particular, pero constituyen la trama gruesa del proceso de cambio.

Según el tipo de cambio propuesto, sus promotores definirán como derecha a grupos diversos: los grupos liberalburgueses, solamente a las clases señoriales; pero los grupos partidarios de sistemas fundados en el principio de la justicia social —sean nacionalistas, nazifascistas o izquierdistas de tipo marxista en cualquiera de sus grados, demócratas cristianos o liberales evolucionados— definirán como derecha no sólo a las clases señoriales sino también a los grupos liberalburgueses sostenedores de las teorías del neoliberalismo o, simplemente, del libreempresismo. Este distingo explica claramente el uso equívoco de la calificación de derecha —que es fluido y a veces aparentemente contradictorio—, así como la notoria heterogeneidad que suelen tener, de hecho, los grupos caracterizados unívocamente con esa calificación por sus adversarios.

El análisis de los dos criterios utilizados de manera habitual —con frecuencia poco rigurosa— demuestra no sólo que ninguno de ellos es suficiente, sino también que los dos son imprescindibles y deben combinarse para intentar un examen objetivo de la cuestión.

La cuestión propuesta supone, en primer lugar, una caracterización de los grupos sociales que integran las fuerzas políticas que reciben en cada caso la calificación de “derecha” y, en segundo lugar, una caracterización del pensamiento político que, en cada caso, esas fuerzas políticas adoptan, expresan o, simplemente, ponen de manifiesto a través de su comportamiento. Pues bien, para el primer aspecto de la cuestión, el criterio político permite identificar ciertos grupos sociales que no corresponden exactamente ni a las burguesías ni, en forma más general, a las clases dominantes, y que se suman a las fuerzas políticas de derecha.

En primer lugar, se advierte la presencia de grupos estrictamente ideológicos, cuyos miembros participan de ciertas ideas que no están necesariamente vinculadas con su origen o su posición social. Son unas veces temperamentos religiosos o metafísicos cuya forma mentís está caracterizada por la creencia vehemente en la existencia de orden perenne y para quienes, psicológicamente, el cambio supone siempre un mal: la decadencia, la perversión, el caos. Ese orden posee a sus ojos fundamentos absolutos, y ha sido amenazado sucesivamente, según ellos, por los disidentes religiosos, por los librepensadores volterianos, por los masones, por los liberales, por los demócratas, por los comunistas. Contra todos ellos, en cada caso, han sentido la necesidad de organizar una cruzada para lograr su exterminio, y con él, la preservación o restauración del orden eterno. En segundo lugar, se nota la presencia de grupos, cuyos miembros son psicológicamente autoritarios y partidarios de la acción violenta. Sin duda, comparten en el fondo la certeza de la existencia de un orden, pero no siempre alientan vehementes convicciones religiosas o metafísicas, sino simplemente una vocación autoritaria y jerárquica orientada hacia un activismo irracionalista.

Estos rasgos explican la adhesión a las fuerzas de derecha de quienes, por vocación o por costumbre —y cualquiera que sea su origen o posición social—, han aceptado la conformación impuesta por instituciones fuertemente autoritarias, jerarquizadas y activistas como son, especialmente, la Iglesia y el ejército, así como otras en menor escala, como la administración pública y las grandes empresas.

En tercer lugar, se observa la incorporación de grupos conformistas de clase media, para los cuales el orden constituido significa una garantía de estabilidad —en la ocupación, en el ahorro, en las costumbres, en el modo de vida— en tanto que el cambio entraña una perspectiva oscura cuyo riesgo se resisten a afrontar. Tales hábitos caracterizan a la pequeña burguesía en sociedades estabilizadas, y de sus filas se nutren con frecuencia los movimientos que reivindican la defensa del orden.

En cuarto lugar, se comprueba la adhesión de grupos populares de mentalidad paternalista: unas veces masas urbanas más o menos marginales y escépticas; otras, grupos acostumbrados a formar parte de clientelas políticas; otras, grupos conformistas de actitudes primariamente religiosas, mágicas o supersticiosas; y otras, en fin, grupos de militancia política ingenua que buscan protección a través de regímenes paternalistas que les prometen satisfacciones inmediatas a cambio de su apoyo político. Estos grupos pueden ser numerosos, y en ocasiones nutrir movimientos activos y pujantes, a los que pueden proporcionar no sólo su apoyo numérico sino también su presencia tumultuaria para justificar en sus líderes un cierto tipo de representatividad ajena a los métodos de la democracia liberal.

El criterio político es, entonces, útil para revelar la presencia de grupos como los señalados en la constitución de las fuerzas de derecha. Empero, es evidente que tales grupos no constituyen su armazón ni las proveen de legitimidad y fuerza. Es necesario recurrir al criterio socioeconómico para descubrir cuáles son los grupos fundamentales que las constituyen; y valiéndose de él se observa la presencia de los distintos sectores que dominan y controlan la compleja estructura socioeconómica latinoamericana, a veces en conflicto entre ellos para asegurar el predominio de un sector sobre otro, pero generalmente predispuestos —salvo situaciones críticas— a ofrecer un frente capaz de resistir las presiones de los grupos sociales no participantes en el control de la vida socioeconómica.

Esos grupos fundamentales de las fuerzas políticas de la derecha son, pues, grupos socioeconómicos que, en situaciones caracterizadas por la existencia de un consenso general con respecto al orden establecido, ejercen el poder silenciosamente a través de diversos partidos políticos operando como grupos de presión, pero que en situaciones críticas se movilizan como fuerzas políticas recabando para sí el monopolio del poder —antes compartido, delegado o consentido— y asumiendo de manera activa la defensa del orden vigente, dentro del cual tienen una posición privilegiada.

En Latinoamérica, como en otras áreas, las fuerzas políticas de la derecha se han constituido históricamente incorporando nuevos grupos, cada uno con sus correspondientes tradiciones y sus correspondientes proyectos de acción, de modo que a través del tiempo su fisonomía se ha tornado cada vez más compleja y proteica. Analizadas en la situación propia de las postrimerías del siglo XVIII y en la época de los movimientos emancipadores, se advierte que su composición era más homogénea. Si la izquierda, llamémosle así, estaba constituida por las burguesías urbanas progresistas y liberales, la derecha estaba compuesta fundamentalmente por la clase señorial, apoyada en las instituciones coloniales que representaban la concepción hispanolusitana tradicional, y además en las clases populares especialmente rurales que desconfiaban de las burguesías urbanas y preferían el mantenimiento de la vigencia del orden paternalista tradicional. Esa derecha se oponía al cambio liberalburgués; pero, en cada etapa de ese cambio, consentía estratégicamente en el que ya se había operado y trataba de impedir que se consumara definitivamente, manifestándose entonces como una fuerza conservadora dentro del nuevo sistema, especialmente después de la emancipación.

La fisonomía de las fuerzas políticas de la derecha cambió cuando, operados los cambios propuestos por las burguesías urbanas progresistas y liberales, se desprendieron de éstas los grupos dominantes que trataron de monopolizar tanto el poder económico como el poder político. Constituidos en oligarquías, esos grupos se entrecruzaron con las clases señoriales, dominándolas en parte, puesto que se constituyeron en las intermediarias de su actividad productiva tradicional, sirviéndolas en cierto modo y, además, utilizándolas para legitimar socialmente, con el entrecruzamiento, su nuevo status de grupo separado del resto del conjunto social. Como la clase señorial, también las nuevas oligarquías liberalburguesas se opusieron a la prosecución indefinida del cambio, preocupadas sobre todo por mantener el monopolio del poder; de modo que, aunque subsistieran las tensiones que existían entre ellas y la clase señorial, coincidieron en una misma actitud, aunque el nivel de los cambios tolerados fuera diferente en uno y otro grupo.

A partir de ese proceso—que, en general, se da en Latinoamérica en las últimas décadas del siglo XIX— las fuerzas políticas de la derecha muestran, independientemente de los matices locales y de los que les proveen los distintos sectores incorporados por razones simplemente políticas, una dualidad interna que resulta de esta conjunción propia de las situaciones creadas especialmente por la Revolución industrial. El entrecruzamiento de los grupos significó, naturalmente, un entrecruzamiento de actitudes y de doctrinas. Las clases señoriales se aburguesaron y las oligarquías liberalburguesas se señorializaron, pese a lo cual subsistieron definidos matices diferenciadores, algunos de los cuales permitieron que las oligarquías liberalburguesas siguieran llamando en alguna ocasión “derecha” a las formaciones políticas propias y exclusivas de las clases señoriales. Pero las clases medias y las clases populares con vocación de cambio —generalmente tan sólo político, pero algunas veces también so-cioeconómico— confundieron en un haz al conjunto y lo identificaron como una sola derecha, socioeconómica y política.

Esta fisonomía dual de las fuerzas políticas de la derecha subsistió hasta que se hicieron notar en Latinoamérica las influencias de la crisis europea de entreguerra, tanto en el orden económico como en el orden ideológico. En el seno de las clases señoriales preferentemente —aunque no únicamente— aparecieron grupos, generalmente juveniles, que denunciaron la crisis del liberalismo y optaron por algunas de las muchas filosofías antiliberales que aparecieron entonces: unas veces con fuerte matiz aristocratizante e inspirados en Maurras, y otras con varias tendencias sociales según modelos hispanolusitanos, italianos o alemanes. Pero muchos de ellos se desprendieron del simple ropaje ideológico y se introdujeron —o fueron introducidos— en el mecanismo socioeconómico de su país y de su situación, y apelaron a las masas escépticas y marginales que habían contribuido a formar las oligarquías liberalburguesas con su exclusivismo político y su libreempresismo. La apelación tuvo éxito en muchas partes, y esta corriente se vio apoyada por vigorosas masas que asombraron a los políticos de la democracia liberal, que no las esperaban en el escenario político. Por sus objetivos, los cuadros dirigentes parecían pertenecer inequívocamente a la derecha, puesto que aspiraban a la restauración de un orden jerárquico, al fortalecimiento del nacionalismo —que muchos habían dado por muerto a principios de siglo— y a un sistema de normas y principios en el que se mezclaban herrumbrados prejuicios señoriales con los más vulgares y adocenados prejuicios burgueses. Pero el conjunto pareció poseer un carisma especial, y halló repercusión en vastos sectores, porque, junto a eso, aparecieron signos de cierto antiimperialismo nacionalista, de una admisión de los principios de justicia social, de una reivindicación hispánica y de una inequívoca tendencia a denunciar la falacia de una democracia liberal, que más de una vez había sido utilizada como máscara por las oligarquías para su propio beneficio. El haz de la derecha quedó, pues, integrado con una fibra más, que introducía en el conjunto una nueva inflexión: la aceptación del cambio para orientarlo de acuerdo con un sistema tradicional de fines, entre los cuales aparecían los que un catolicismo renovado, o en trance de renovarse, revestía de modernidad.

Así se constituyó históricamente la derecha tal como hoy la descubrimos, multiforme y contradictoria; con cierta vocación de cambio lo suficientemente acentuada como para que los sectores populares —que parecían puntal seguro y necesario de la izquierda marxista— la consideren como una opción válida; con soluciones viables, puesto que, siendo relativamente avanzadas, encuentran un apoyo inesperado de grupos tradicionales, especialmente de ciertos sectores del clero católico y de ciertos sectores de las fuerzas armadas. Y con una capacidad de acción, aparentemente dentro del sistema, que le asegura grandes posibilidades de éxito para intentar su transformación sin provocar excesiva alarma en los sectores poseedores.

De esta fuerza política proteica es de la que nos proponemos exponer el pensamiento político, señalando en cada etapa la situación en que la fuerza se constituye o se renueva y las influencias ideológicas que recibe.

2. Las raíces del pensamiento político de los grupos señoriales

Cualesquiera que hayan sido los cambios operados en la composición de las fuerzas políticas que, una y otra vez, han sido consideradas como de derecha, sus raíces penetran siempre en Latinoamérica hasta las profundidades de la estructura colonial. Aun en aquellos países donde esa estructura ha sufrido mayores modificaciones, la derecha —tanto en sentido socioeconómico como en sentido político— conserva claros vestigios de sus orígenes. En rigor, la estructura socioeconómica colonial no ha desaparecido del todo en ningún país latinoamericano, tan importantes como hayan sido las transformaciones que haya sufrido. El signo inequívoco de su permanencia es el régimen de la tierra y, muy especialmente, el sistema de las relaciones sociales en las áreas rurales y mineras.

La colonización hispanolusitana adoptó, en rigor, dos políticas divergentes. Por una parte, promovió la fundación de ciudades —especialmente la española— e hizo de ellas centros defensivos, no sólo del grupo colonizador, sino en especial de sus costumbres, sus normas, su religión y su lengua. En ellas, debía constituirse lentamente una burguesía urbana que no alcanzaría, empero, cierta fuerza hasta el siglo XVIII. Pero, al mismo tiempo, constituyó desde el primer momento una sociedad señorial, mediante el otorgamiento de inmensos privilegios a los conquistadores y colonizadores, quienes recibieron no sólo enormes extensiones de tierras o importantes regalías mineras, sino también la mano de obra gratuita que se necesitaba para hacer retributiva su explotación mediante la asignación de crecidos contingentes de indios confiados en encomienda.

Así quedó organizada una sociedad dual en la que los señores pertenecían a la raza conquistadora y la clase sometida a la raza indígena. Se agregó luego a ésta el contingente de esclavos negros que empezó a incorporarse por razones económicas y políticas, cuando resultó evidente la ineficiencia de la población indígena, o cuando el clamor contra su explotación pareció comprometer el prestigio de los conquistadores y debilitar los principios en que se fundaba la legitimidad de la conquista, sin que los argumentos en favor de los indios parecieran valer para los negros. Y, en favor de tal sistema, la clase poseedora de la tierra y de las poblaciones sometidas adquirió los caracteres de una aristocracia poderosa “renaciendo en las Indias —observa Ots Capdequí—[2] usos y privilegios señoriales, enteramente superados o en vías de superación en la España peninsular”.

Una intrincada combinación de intereses, necesidades y prejuicios moldeó las formas de comportamiento de esa clase. El designio de un rápido enriquecimiento —como el que hubiera producido un saqueo feliz en Flandes o en Italia— incitó a sus miembros a ejercitar una despiadada explotación de la población indígena. Mientras en la metrópoli se discutía sobre la condición espiritual y jurídica de los indios, el encomendero se valía de ellos para resolver su urgente problema de enriquecerse y volver cuanto antes a la civilización, a Lisboa o a Sevilla, para gozar del fruto de su esfuerzo. Refiriéndose al Brasil escribía a principios del siglo XVII Fray Vicente del Salvador:[3]

De este modo hay pobladores que, por más arraigados que estén en la tierra, todo lo pretenden llevar a Portugal; porque todo lo quieren para allá, y esto, no vale solamente para los que de allá vinieron, sino también para los que de aquí nacieron, pues unos y otros aprovechan la tierra, no como señores, sino como usufructuarios, y sólo para disfrutarla la dejan destruida.

El mismo estado de ánimo prevalecía entre los españoles. Aquel apremio y el complejo haz de opiniones sobre los infieles que poblaba la mentalidad del conquistador, acentuó su convicción de que pertenecía a una especie diferente de la de los conquistados, a quienes juzgó lícito someter y explotar. Esa convicción era ya vigorosa cuando, en 1510, pronunció Fray Antonio de Montesinos en la Española el famoso sermón que conserva Las Casas,[4] en el que denunció los excesos cometidos por los conquistadores:

Para darlos a conocer me he subido aquí, yo que soy la voz de Cristo en el desierto de esta isla, y, por tanto, conviene que con atención no cualquiera, sino con todo vuestro corazón y con todos vuestros sentidos la oigáis, la cual voz os será la más suave que nunca oísteis, la más áspera y dura.

Esta voz es que estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes. Decid ¿Con qué derecho, con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre a aquellos indios, y con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas dellas, con muertes y estragos nunca oídos, habéis consumido? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin dalles de comer ni curallos de sus enfermedades, que de los excesivos trabajos que les dáis incurren y se os mueren, y por mejor decir los matáis, por sacar y adquirir oro cada día … ? ¿Éstos no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No son obligados a curallos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis? ¿Esto no sentís? ¿Cómo estáis en tan profundidad de sueño tan letárgico dormidos? Tened por cierto que en el estado que estáis no os podéis más salvar que los moros o turcos, que carecen u no quieren la fe de Jesucristo.

Los conquistadores y colonizadores llegaron persuadidos de que adquirían en el nuevo mundo —cualquiera que fuese su originaria condición social— una posición de riqueza y privilegio semejante a la de los hidalgos o caballeros de la península: era, sin duda, uno de los móviles que invitaban a la expatriación y a la aventura. El cronista anónimo[5] que compuso la Descripción del Virreinato del Perú a principios del siglo XVII decía refiriéndose a los españoles de ese territorio: “Son soberbios, jactanciosos, se precian de que descienden de grande nobleza y que son hidalgos de solar conocido. Es tanta su locura, que el que en España fue pobre oficial, en pasando del polo ártico al antártico luego le crecen los pensamientos y le parece que merece por su linaje juntarse con los mejores de la tierra”.

Y en el siglo siguiente escribía el viajero holandés Van Vliervelt[6] sobre los portugueses del Brasil: “Lo cierto es que en todos los tiempos se vieron en el Brasil portugueses que habían nacido en Europa en la oscuridad y la pobreza, y que vivían con un lujo y una grandeza que los principales nobles de Lisboa no hubieran osado ostentar en la Corte”.

La costumbre consolidó aquella convicción y el sistema de instituciones de la Colonia le prestó respaldo vigoroso. Ninguna de las medidas adoptadas por el gobierno de la metrópoli para proteger a los indígenas logró —ni, en rigor, se lo propuso— contener el proceso de señorialización, fundado en el sistema de privilegios que rigió desde el otorgamiento de las primeras capitulaciones y mercedes.

Los conquistadores y colonizadores alcanzaban poder económico, social y político al recibir tierras, indios en encomienda y jurisdicción, y en tales poderes sentaron una posición tan alta y tan sólida que el paso del tiempo no hizo sino vigorizarla. Las rebeliones indígenas fueron escasas, ocasionales, y revelaron la total impotencia de los sometidos. Por su parte, los grupos mestizos se constituyeron como tales, aunque muy lentamente, durante el período colonial, y sus miembros se limitaron a buscar la posibilidad de lograr alguna vía de ascenso dentro del sistema. Lo mismo hicieron los blancos —peninsulares y criollos— que carecían de tierras, o los que poseían pequeñas parcelas de escaso número de indios encomendados, o los que habían perdido lo que tuvieron. De este modo, el sistema se consolidó en el juego de las situaciones reales, y dentro de él los grupos señoriales cristalizaron como un conjunto definido y netamente separado del resto.

Al finalizar el siglo XVIII la situación social del mundo colonial hispanolusitano ofrecía el cuadro de una rígida sociedad dual. Refiriéndose a la sociedad mexicana, decía por entonces, en un notable documento, el obispo de Michoacán, Manuel Abad y Queipo[7] —el mismo que lanzaría más tarde el edicto de excomunión contra Miguel Hidalgo—:

… la Nueva España se componía, con corta diferencia, de cuatro millones de habitantes que se pueden dividir en tres clases: españoles, indios y castas. Los españoles comprendían un décimo total de la población, y ellos solos tienen casi toda la propiedad y riqueza del reino. Las otras dos clases que componen los nueve décimos, se pueden dividir en dos tercios, los dos de castas, y uno de indios puros. Los indios y castas se ocupan en los servicios domésticos, en los trabajos de agricultura y en los ministerios ordinarios del comercio y de las artes y oficios. Es decir, que son criados, sirvientes o jornaleros de la primera clase. Por consiguiente, resulta entre ellos y la primera clase aquella oposición de intereses y de afectos que es regular entre los que nada tienen y los que lo tienen todo, entre los dependientes y los señores. La envidia, el robo, el mal servicio de parte de unos, el desprecio, la usura, la dureza de parte de los otros. Estas resultas son comunes, hasta cierto punto, en todo el mundo. Pero en América suben a muy alto grado, porque no hay graduaciones: son todos ricos o miserables, nobles o infames… En efecto, las dos clases de indios y castas se hallan en el mayor abatimiento y degradación. El color, la ignorancia y la miseria de los indios los coloca a una distancia infinita de un español. El favor de las leyes en esta parte es poco y en todas las demás los daña mucho.

No tienen propiedad individual… separados por la ley de la cohabitación y enlace con las otras castas… En este estado de cosas, ¿qué intereses pueden unir a estas dos clases con la primera y a todas tres con las leyes y el gobierno?

La primera clase tiene el mayor interés en la observancia de las leyes que le aseguran y protegen su vida, su honor y su hacienda o sus riquezas contra los insul-tos de la envidia y los asaltos de la miseria. Pero las otras dos clases, que no tienen bienes ni honor ni motivo alguno de envidia para que otro ataque su vida y su persona ¿qué aprecio harán ellas de las leyes que sólo sirven para medir las penas de sus delitos? ¿Qué afección, qué benevolencia pueden tener a los ministros de la ley, que sólo ejercen su autoridad para destinarlos a la cárcel, a la picota, al presidio o a la horca? ¿Qué vínculos pueden estrechar a estas clases con el gobierno, cuya protección benéfica no son capaces de comprender?

Poco después Alejandro de Humboldt visitaba la isla de Cuba, sobre cuya sociedad, fundada en el trabajo esclavo, escribiría años más tarde unas páginas penetrantes en las que señalaba los rasgos de los grupos señoriales:[8] “…pero en todas las islas, los blancos se creen los más fuertes; porque les parece imposible toda simultaneidad (en la acción) por parte de los negros, y consideran como una cobardía toda mudanza y toda concesión hecha a la población sujeta a la servidumbre”.

Así consolidados a lo largo de tres siglos, firmemente delineados los límites que los separaban del conjunto social y rigurosamente codificados sus privilegios, los grupos señoriales adquirieron los rasgos de una aristocracia incapaz de imaginar la posibilidad de que se produjera cambio alguno en la estructura socioeconómica en la que ocupaba el más alto nivel. Pero durante esos tres siglos, y mientras se consolidaba la estructura socioeconómica, también se diferenciaban y desarrollaban grupos diversos por debajo de la clase señorial. Apenas hubo, antes de la crisis de la Independencia, ocasión para que los grupos señoriales tuvieran que justificar o defender sus privilegios, puesto que todo el sistema absolutista de fundamento religioso vigente en el mundo colonial comportaba una justificación suficiente. Todo desafío al privilegio suponía un desafío a la totalidad del sistema. Pero de hecho, los otros grupos sociales crecían y aprovechaban las posibilidades de movilidad social que ofrecía una sociedad que, aunque fundada en la hegemonía de una clase señorial, participaba del sistema mercantil que ajustaba y perfeccionaba sus mecanismos en el área de expansión europea y pugnaba por quebrar la rigidez del sistema monopolístico colonial.

Frente a esos grupos, y especialmente frente a las nacientes burguesías urbanas —burguesías letradas que a fines del siglo XVIII recibían la influencia del pensamiento político de los filósofos franceses—, los grupos señoriales estrecharon sus filas alrededor de los principios fundamentales del sistema. Horrorizados ante el regicidio y ante la posibilidad de una limitación del poder monárquico que introdujera la representación popular, los grupos señoriales adhirieron ferviente y activamente a las ideas que expresó mejor que nadie, a fines del siglo XVIII, el arzobispo de Chuquisaca, San Alberto:[9]

El rey no está sujeto, ni su autoridad depende del pueblo mismo sobre quien reina y manda, y decir lo contrario sería decir que la cabeza está sujeta a los pies, el sol a las estrellas y la suprema inteligencia motriz a los cielos inferiores… La cárcel, el destierro, el presidio, los azotes o la confiscación, el fuego, el cadalso, el cuchillo y la muerte son penas justamente establecidas contra el vasallo inobediente, díscolo, tumultuario, sedicioso, infiel y traidor a su Soberano, quien no en vano, como dice el Apóstol, llevaba espada.

El apoyo prestado por los grupos señoriales al principio de la monarquía absoluta de derecho divino no sólo expresaba su adhesión al sistema institucional vigente en la metrópoli y el mundo colonial, sino que significaba también su identificación con el principio de la inmutabilidad del orden universal, cuya proyección en el mundo social era la ilegitimidad de todo cambio. Esa concepción, de tradición cristianofeudal, fraguaría como una de las notas fundamentales de su actitud política, y luego de su pensamiento, y perduraría, expresada de diversas maneras enmascarada a veces, a través de las cambiantes situaciones históricas. Como actitud, fue intensamente vivida y se ma-nifestó en su comportamiento político, y cuando las circunstancias desafiaron ese principio, fue racionalizada, formulada en términos doctrinarios y defendida, polémicamente.

Pero mucho antes de que pareciera necesario defender la totalidad del sistema —en cuanto garantía última de la posición de los grupos señoriales en el seno del conjunto social— debieron éstos defender esa posición y justificarla. En términos doctrinarios la justificó, en los primeros tiempos de la conquista, el teólogo español Juan Ginés de Sepúlveda,[10] sosteniendo el principio de la desigualdad social. Decía en el Democrates alter:

Nada hay más contrario a la justicia distributiva que dar iguales derechos a cosas desiguales, y a los que son superiores en dignidad, en virtud y en méritos, igualarlos con los inferiores, ya en ventajas personales, ya en honor, ya en comuni-dad de derecho… lo cual se ha de evitar no sólo en los hombres tomados particularmente, sino también en la totalidad de las naciones, porque la varia condición de los hombres produce varias formas de gobierno y diversas especies de imperio justo. A los hombres probos, humanos e inteligentes, les conviene el imperio civil, que es acomodado a los hombres libres, o el poder regio que imita al paterno: a los bárbaros y a los que tienen poca discreción y humanidad les conviene el dominio heril y por eso no solamente los filósofos, sino también los teólogos más excelentes, no dudan en afirmar que hay algunas naciones a las cuales conviene el dominio heril más bien que el regio o el civil; y esto lo fundan en dos razones: o en que son siervos por naturaleza, como los que nacen en ciertas regiones y climas del mundo, o en que por la depravación de las costumbres o por otra causa, no pueden ser contenidos de otro modo dentro de los términos del deber. Una y otra causa concurren en estos bárbaros, todavía no bien pacificados.

Y agregaba en otro lugar:[11]

Bien puedes comprender ¡oh Leopoldo! Si es que conoces las costumbres y naturaleza de una y otra parte, que con perfecto derecho los españoles imperan sobre estos bárbaros del Nuevo Mundo e islas adyacentes, los cuales en prudencia, ingenio, virtud y humanidad son tan inferiores a los españoles como los niños a los adultos y las mujeres a los varones, habiendo entre ellos tanta diferencia como la que va de gentes fieras y crueles a gentes elementalísimas, de los prodigiosamente intemperantes a los continentes y templados, y estoy por decir que de monos a hombres.

Este principio general de la superioridad de los europeos civilizados y cristianos sobre los indios y los negros bárbaros e infieles, fue traducido a términos específicos cuando peligraron los privilegios concretos que la conquista había deparado a aquéllos. Los conquistadores y colonizadores fundaban su condición social en la posesión de tierras y de indios encomendados, y muy pronto consideraron que tales privilegios, formalmente concedidos, eran inalienables y constituían la condición inexcusable de su status. Así lo manifestaron ya en 1542 cuando la corona española pretendió despojar a los encomenderos de los indios que trabajaban en su beneficio, con argumentos que el cronista Agustín de Zárate[12] recogió de los españoles del Perú:

…estas ordenanzas se hizieron y publicaron en la villa de Madrid, en el año de quinientos y cuarenta y dos, y luego se embiaron los treslados dellas a diversas partes de la Indias, de que se recibió muy gran escándalo entre los conquistadores dellas, especialmente, en la provincia del Perú, donde más general era el daño, pues ningún vecino quedaba, sin quitársele toda su hazienda, y tener necesidad de buscar de nueuo que comer; y decían, que su Magestad no auía sido bien informado en aquella prouision, pues si ellos auianseguido dos parcialidades, auia sido parecien- doles que las cabeças dellas eran Gouernadores, y se lo mandaban en nombre de su Magestad, y que no podían dejar de cumplir por fuerca o por grado sus mandamientos, y así no era aquella culpa, porque debiessen ser despojados de sus hazien- das, y que demas desto al tiempo que a su costa descubrieron la provincia del Perú, se auia capitulado con ellos, que se les auian de dar los Indios por sus vidas, y des- pues de muertos, auian de quedar a su hijo mayor, o a sus mugeres no teniendo hijos, y que en confirmación desto, pocos días antes su Magestad auia embiado a mandar a todos los conquistadores que dentro de cierto tiempo se casassen, so pena de perdimiento de los Indios, y que en cumplimiento dello, los más se auian casado, y que no era justo, que despues que estauan viejos y cansados, y con mugeres pensando tener alguna quietud y reposo, se les quitase sus haziendas, pues no tenian edad ni salud para ir a buscar nueuas tierras y descubrimientos.

Esta certidumbre de la legitimidad del privilegio, concedido originariamente por gracia real pero conquistado luego y legitimado en la acción mediante el esfuerzo y el sacrificio, fraguó definitivamente en la concepción social y política de los grupos señoriales, y los transformó en una casta de poseedores radicalmente separada de los no poseedores. Cada uno de los poseedores lo era de su hacienda y de sus indios y esclavos; pero la casta en conjunto era la poseedora de la comarca, la depositarla de sus únicas tradiciones legítimas, la representante de las virtudes supremas. Era inevitable que la casta se considerara también como el cuerpo político, con exclusión de los demás grupos sociales. Así se conformaron una actitud, primero, y luego, cuando fue necesario un pensamiento político, que obraron a través de los grupos señoriales transformándolos en una fuerza política de derecha, cuando aparecieron enfrente de ellos los grupos so-ciales insurgentes que negaban la inmutabilidad del orden y la legitimidad de una estructura socioeconómica fundada en la desigualdad.

3. El pensamiento político de los grupos señoriales y burgueses desde la Independencia

Tras algunos frustrados intentos, los grupos sociales desposeídos o disconformistas irrumpieron en la vida política —en alguna medida— al producirse los movimientos emancipadores. Algunos de esos grupos los promovieron, reclamando paladinamente una participación política a la que juzgaban tener derecho y que antes les había sido negada; otros, se sumaron a ellos o procuraron aprovecharlos de alguna manera para mejorar su condición. Pero el conjunto de tales acciones pareció amenazar no sólo el orden político tradicional, fundado en la dependencia colonial, sino también el orden social y económico, puesto que era lícito prever que los nuevos grupos incorporados al gobierno —generalmente liberales— infundirían a su acción un sentido más favorable a los intereses de los sectores medios y populares. Hubo, en consecuencia, una vigorosa reacción de los grupos señoriales contra los movimientos emancipadores. Empero, una vez consolidados éstos, los grupos señoriales aceptaron el hecho consumado y siguieron operando dentro del nuevo régimen para conservar o recuperar su ascendiente político y, sobre todo, para defender la estructura socioeconómica tradicional que ellos controlaban. Con respecto a ambos objetivos hubo grados diversos de intensidad en la acción y varia-das actitudes políticas; pero todas ellas configuraron una política de derecha antiliberal con respecto a los grupos que aspiraban a consumar o a extremar los cambios operados.

Al mismo tiempo se constituyó una nueva derecha, liberal, monárquica, o republicana según los casos. Nació el patriciado revolucionario, y su desplazamiento hacia la derecha fue fruto del inevitable descontento que produjeron, en quienes habían desencadenado el cambio, las imprevisibles consecuencias que la dinámica del cambio suscitó. Por eso se caracterizó por su intento de contener el proceso que había lanzado, tratando además de consolidar el nuevo régimen político y económico en beneficio de esa alta burguesía que comenzaba, por cierto, a estrechar sus vínculos con los grupos señoriales, aun cuando algunas diferencias los separaran.

Esos vínculos crearon una superficial identidad entre las dos alas de la derecha, la antiliberal y la liberal. Pero su comportamiento fue distinto, y las perspectivas que cada una de ellas abrió para el futuro, distintas también.

La continuidad de la situación social

Frente a la insurgencia, los grupos señoriales descubrieron diversos peligros. Ante todo, la amenaza de la ruptura de los vínculos de dependencia colonial pareció un cataclismo cuyos resultados serían nefastos, puesto que sustraían al orden vigente sus fundamentos tradicionales y hasta entonces indiscutidos. La reacción se manifestó como un alarde de lealtad respecto a la metrópoli, a la corona, a las instituciones y a los principios del absolutismo, que se creyeron obligados a hacer, antes que nadie, quienes ejercían la autoridad eclesiástica, militar y civil.

En el Río de la Plata, el ex virrey Santiago de Liniers,[13] francés de origen, progresista dentro del sistema colonial y héroe de la resistencia contra los invasores ingleses pocos años antes, encabezó la oposición al movimiento revolucionario de Buenos Aires, declarando que:

…aquel que adhiriese al partido de la Junta revolucionaria de Buenos Aires, y aprobase la deposición del Virrey y demás que se había hecho, debía ser tenido por un traidor a los intereses de la Nación; que la conducta de los de Buenos Aires con la Madre Patria en la crítica situación en que se hallaba por la atroz usurpación de Napoleón, era igual a la de un hijo que viendo a su padre enfermo, pero de un mal que probablemente salvaría, lo asesina en la cama por heredarlo.

Análoga apelación a la fidelidad debida a España hizo el obispo de Michoacán al fundamentar la excomunión que lanzó contra el cura de Dolores, Miguel Hidalgo, alzado en armas:[14]

La Nueva España, que había admirado a la Europa por los más brillantes testimonios de lealtad y patriotismo a favor de la Madre Patria, apoyándola y sosteniéndola con sus tesoros, con su opinión y sus escritos, manteniendo la paz y la concordia a pesar de las insidias y tramas del tirano del mundo, se ve hoy amenazada con la discordia y la anarquía, y con todas las desgracias que la siguen y ha sufrido la citada isla de Santo Domingo. Un ministro del Dios de la paz, un sacerdote de Jesucristo, un pastor de almas (no quisiera decirlo), el cura de dolores D. Miguel Hidalgo (que había merecido hasta aquí mi confianza y mi amistad), asociado de los capitanes del regimiento de la Reina D. Ignacio Allende, D. Juan Aldama y D. José Mariano Abasolo, levantó el estandarte de la rebelión y encendió la tea de la discordia y anarquía y seduciendo una porción de labradores inocentes, les hizo tomar las armas… E insultando a la religión y a nuestro soberano D. Fernando Vil, pintó en su estandarte la imagen de nuestra augusta patrona, Nuestra Señora de Guadalupe, y le puso la inscripción siguiente: ‘Viva la Religión, Viva Nuestra Madre Santísima de Guadalupe. Viva Femando VII. Viva la América y muera el mal gobierno’.

Y luego declara:

Que el referido D. Miguel Hidalgo, cura de Dolores y sus secuaces los tres citados capitanes, son perturbadores del orden público, seductores del pueblo, sacrílegos, perjuros y que han incurrido en la excomunión mayor del canon: siquis, suadente Diabolo… Item declaro que el dicho cura Hidalgo y sus secuaces son unos seductores del pueblo y calumniadores de los europeos… Los europeos no tienen ni pueden tener otros intereses que los mismos que tenéis vosotros los naturales del país, es a saber, auxiliar a la Madre Patria en cuanto se pueda, defender estos dominios de toda invasión extranjera para el soberano que hemos jurado o cualquiera otro de su dinastía bajo el gobierno que le representa según y en la forma que resuelva la nación representada en las cortes que, como se sabe, se están celebrando en Cádiz o Isla de León con los representantes interinos de las Américas, mientras llegan sus propietarios.

Pero estas apelaciones a la lealtad sólo correspondían a uno de los riesgos que se avistaban. Además del peligro de la ruptura del vínculo de dependencia, se advertía que los grupos insurgentes enarbolaban una filosofía política nueva, aprendida en la obra de pensadores a quienes la Revolución Francesa había otorgado siniestra fama a los ojos de los tradicionalistas, y que gozaban de extraordinario prestigio, en cambio, para las nacientes burguesías urbanas y, en general, para los criollos que soñaban con el gobierno propio como instrumento para una política que los libertara de la sumisión. Eran los que creían que los europeos tenían “otros intereses”, según la frase recogida por el obispo de Michoacán. Esos europeos —o los que por solidarizarse con el orden vigente se consideraban europeos— vieron en los movimientos emancipadores no sólo esa intención, sino sobre todo la de instaurar nuevos regímenes de gobierno, fundados en principios que amenazaban no sólo la vida política sino también el orden económico y social. Por eso se opuso al movimiento emancipador el autor de los Recuerdos sobre la rebelión en Caracas, José Domingo Díaz,[15] nacido en esa ciudad, que la execraba por los grupos de insurgentes que habían aparecido en ella. Díaz, escribiendo en 1829, reseñaba la prosperidad de la Venezuela colonial y agregaba luego:

Por desgracia estos mismos bienes trajeron consigo males de unas conse-cuencias incalculables. Se olvidó por los gobernantes el severo cumplimiento de una de las leyes fundamentales de aquellos dominios, prohibitiva de la introducción de extranjeros, y se encontró en la concurrencia mercantil el medio de relajar el de la de los libros prohibidos. La ignorancia, la imprecaución, la malicia o la novelería hacían ver entonces como llenas de sabiduría las producciones de aquella gavilla de sediciosos llamados filósofos, que, abrigados en París como en su principal residencia, había medio siglo que trabajaban sin cesaren llevar al cabo su funesta conjuración: la anarquía del género humano. El mundo entero estaba anegado con estos pestilentes escritos, y ellos también penetraron en Caracas, y en la casa de una de sus principales familias. Allí fue en donde se oyeron por la primera vez los funestos derechos del hombre, y de donde cundieron sordamente por todos los jóvenes de las numerosas ramas de aquella familia. Encantados con el hermoso lenguaje de los conjurados creyeron que la sabiduría era una propiedad exclusiva para ellos. Allí fue y en aquella época cuando se comenzó a preparar, sin prever los resultados, el campo en que algún día había de desarrollar tan funestamente la semilla que sembraban; y entonces fue también cuando las costumbres y la moral de aquella joven generación comenzó a diferir tan esencialmente de las costumbres y la moral de sus padres. Yo era entonces muy niño, condiscípulo y amigo de muchos de ellos: los vi, los oí, y fui testigo de estas verdades.

La Revolución Francesa, sucedida por entonces, fue el triunfo de la conjura-ción, y el resultado de cien años de maquinaciones. Las escandalosas escenas de aquella época llevaron el asombro y el espanto a todos los pueblos del mundo: ate-rraron a los hombres de bien con la imagen de un porvenir inconcebible, y exaltaron las cabezas del necio, del presumido ignorante y del hombre perdido, que creía llegado el momento, o de representar en la sociedad un papel que no le pertenecía por sus vicios o su incapacidad, o de adquirir una fortuna a costa de los demás.

El sentimiento antiliberal, mucho más que el de lealtad a la metrópoli, fue el que movió a ciertos grupos tradicionalistas a oponerse al movimiento emancipador; hasta tal punto que, cuando la metrópoli cedió a la presión de los grupos liberales, los tradicionalistas promovieron la independencia allí donde habían conseguido mantener la sujeción. Tal fue el caso de Nueva España y la capitanía de Guatemala, en donde la independencia fue promovida por la alta jerarquía militar y eclesiástica y los grupos señoriales después de la Revolución de Riego en 1820, que restauró la constitución aprobada por las cortes de Cádiz en 1812; a ella achacaba todos los males de México Lucas Alamán:[16]

La primera desgracia de nuestra Independencia, la causa principal de que no haya producido mejores frutos, no es otra cosa que haber nacido después de publicada y comenzada a ejecutar la constitución española (de 1812). España quedó harto vengada del agravio que recibió con nuestra separación, dejándonos por herencia ese funesto presente.

Caso análogo, en cierta medida, fue el del Brasil, donde la agitación independentista se precipitó con motivo de la Revolución que estalló en Portugal en 1820 —la Revolución de Oporto— y a la que siguieron las Cortes de Lisboa y la nueva legislación liberal. En ambos casos resultaron de las revoluciones americanas dos regímenes monárquicos: el de Iturbide en México y el de Pedro I en el Brasil.

El tumultuoso proceso revolucionario y las crisis civiles que hubo luego en muchos países no fueron, empero, suficientemente profundos como para provocar un cambio en la estructura social y económica: los grupos radicales fueron neutralizados o se abstuvieron por sí mismos de llegar hasta allí. Un ligero examen de la situación durante la segunda mitad del siglo XIX muestra que las condiciones de vida de los esclavos —donde aún existían—, de los libertos, de los indios y de los grupos derivados, así como de vastos sectores de población blanca desposeída y vinculada a la actividad rural, conservaban los mismos rasgos de la época colonial, así como se conservaba el régimen de la tierra. Importantes testimonios son ciertos novelistas de ese período: el mexicano Ignacio Manuel Altamirano, el guatemalteco José Milla, el ecuatoriano José León Mera, el brasileño José de Alençar, el uruguayo Alejandro Magariños Cervantes, pero acaso más que ninguno el colombiano Jorge Isaacs, que ofrece en María un cuadro explícito de la persistencia de la so-ciedad tradicional.

Algo había cambiado, sin embargo. Los grupos señoriales de raíz colonial aceptaron la emancipación como un hecho consumado, y también los regímenes políticos que surgieron de ella; pero trabajaron desde dentro del sistema para influir en él, tratando de recuperar la situación perdida a través de un duelo constante con sus adversarios: esta tensión más que el pleno dominio de antes, caracterizó ahora la situación. Pero, además los grupos señoriales habían comenzado a cambiar de fisonomía. Las revoluciones y las guerras civiles proporcionaron la ocasión para que ascendieran gentes antes desposeídas, mediante la apropiación de tierras, el ejercicio deshonesto del poder o los matrimonios ventajosos. La carrera militar abrió las puertas a muchos mestizos y mulatos que se incorporaron así a las clases ricas, y las actividades comerciales —y en particular el aprovisionamiento de los ejércitos— sirvieron a otros para acumular fortunas que pronto fueron reinvertidas en tierras. Así se modificaron sensiblemente los grupos señoriales. Por su nueva composición se mantuvieron dentro del sistema moviéndose con soltura y eficacia, y por su antigua tradición se constituyeron en la derecha del sistema. Entretanto, aquellas mismas causas habían emancipado en alguna medida a ciertos sectores populares del mundo rural, arrastrados por las levas militares o enganchados en las rebeliones de las aristocracias rurales.

El conjunto social de ese mundo rural quedó alterado por la presencia de estos grupos. Los caracterizó, en el Río de la Plata, Domingo F. Sarmiento en el Facundo[17] con motivo de la secesión de José Artigas; y en Venezuela, Fermín Toro en sus Reflexiones sobre la ley del 10 de abril de 1884.[18] En ese ámbito, las actitudes políticas se tornaron fluidas, indefinibles, porque el ámbito social fue hostil a toda regulación. Pero en todo caso, los grupos señoriales, con su cambiante fisonomía, no sólo mantuvieron su posición hegemónica dentro de una estructura económica conservada en lo fundamental, sino que recuperaron su poder político una y otra vez, en juego alterno con otras fuerzas, aprovechando cada oportunidad para robustecer su posición.

La continuidad del pensamiento político

A la continuidad de la situación socioeconómica correspondió una marcada continuidad del pensamiento político de los grupos señoriales. La tradición hispánica y lusitana ofrecía una imagen armoniosa de la vida política ordenada y estable, cuyos sólidos e indiscutibles fundamentos aseguraban el tranquilo goce de sus bienes a quienes los poseían. Los grupos señoriales mantuvieron como espejo de toda política este cuadro, siempre idealizado, y procuraron corregir el agitado juego de la lucha por el poder imponiendo, cada vez que las circunstancias lo permitían, una pausa asegurada por la vía del autoritarismo. Los viejos y tradicionales grupos señoriales trajeron a este programa a los grupos nuevos surgidos al calor de las luchas revolucionarias y las guerras civiles.

Pero recibieron, además, el apoyo y la solidaridad, no sólo de los grupos populares que se mantuvieron políticamente inertes, sino también de algunos grupos urbanos medios que aspiraban a consolidar las primeras etapas del cambio, a conservar su nuevo status sin más riesgos y a impedir que sucesivas olas de radicalización perjudicasen su posición o alterasen la paz y el orden.

Así, integrados dentro del nuevo régimen y apoyados por grupos de intereses coincidentes en distinta escala, los grupos señoriales constituyeron los partidos conservadores en un sistema que, en principio, se manifestó como bipartidista. Sarmiento explicaba esta mecánica de los partidos en 1845:[19]

Cuando un pueblo entra en Revolución, dos intereses opuestos luchan al principio; el revolucionario y el conservador: entre nosotros se han denominado los partidos que los sostenían, patriotas y realistas. Natural es que después del triunfo el partido vencedor se subdivida en fracciones de moderados y exaltados; los unos que querrían llevar la Revolución en todas sus consecuencias, los otros que querrían mantenerla en ciertos límites. También es del carácter de las revoluciones, que el partido vencido primitivamente vuelva a reorganizarse y triunfar a merced de la división de los vencedores.

Las divisiones expresaron la oposición entre los que disputaban el poder; pero la oposición entre liberales y conservadores siguió expresando, netamente, una diferenciación ideológica, o, más aún, dos concepciones de la vida y de la historia, como lo expresaría a través de un largo examen pocos años después Juan Montalvo en un agudo ensayo.[20]

Un periódico quiteño[21] definía, en 1868, el pensamiento de los partidos conservadores en estos términos:

El Partido conservador, en las Repúblicas americanas, lo mismo que en las Monarquías europeas, es el partido que sostiene el orden, que predica la paz, que defiende los sacrosantos principios de la justicia y el derecho; en una palabra, que conserva la sociedad en vez de desquiciarla y anarquizarla como sucede cuando se proclama la insuficiencia de las instituciones y se aboga por la dictadura que es la muerte de la República.

La conservación de la sociedad significaba, en general, el mantenimiento de la sociedad vigente. En las elecciones colombianas de 1848, el candidato conservador, “…el doctor Cuervo era reputado como la personificación más completa del sistema que aspiraba a conservar sin cambio el actual orden de cosas”.[22]

Y esta expresión —”orden de cosas” — aludía particularmente a algunas cuestiones fundamentales que los adversarios del conservadurismo cuestionaban.

Ante todo, parecía imprescindible asegurar el mantenimiento de la gran propiedad con todos sus privilegios, entre los cuales figuraba, fuera de los propiamente económicos, una vaga jurisdicción política y administrativa del señor dentro de su propiedad y aun en su zona de influencia, resabio del sistema colonial. Cualquier transformación política, electoral, administrativo o judicial que conspirara contra esa imprecisa jurisdicción señorial repercutía sobre el uso que el señor podía hacer de su propiedad, y suscitaba una enconada resistencia por parte de quienes se sentían amenazados.

Entre tales amenazas, ninguna tan grave como la abolición de la esclavitud. Desde los primeros tiempos de la Independencia, el abolicionismo dividió las opiniones, porque los poseedores de la tierra creyeron que sin esclavos los beneficios de sus explotaciones disminuirían notablemente. Los argumentos en favor del mantenimiento de la esclavitud fueron esgrimidos por los grupos señoriales con habilidad y cierto cinismo. En 1823 mientras se discutía el problema en el Senado chileno, escribía Santiago Muñoz Bezanilla en el periódico santiaguino El Tizón Republicano:[23]

El senado ha sancionado la libertad de los esclavos: deseamos saber las razones en que se funda para disponer de las propiedades particulares, o el derecho que para él se hayan conferido los pueblos que han depositado en él la protección de su seguridad.

Entre atacar el sagrado derecho de propiedad y consultar el alivio de nues-tros semejantes, sólo había el arbitrio que el Congreso adoptó en 1811: éste fue el de la libertad de los vientres; pues el hombre es el príncipe de la naturaleza; y aunque siempre miraremos aquella disposición como dictada por la filantropía y por la primera de las ideas liberales, no dejaremos de decir que padeció de un vicio insondable, como llaman en el foro al hecho vicioso que consta de autos, que es decir indudable, y fue el de no haber antes reglado exactamente el importante ramo de policía.

Muñoz Bezanilla reforzaba sus argumentos a favor de la propiedad privada de los señores esclavistas enumerando los perjuicios que traería a los libertos la falta de protección. Esos y otros argumentos semejantes se esgrimieron también en Colombia en 1849:[24]

Los esclavos, se decía, son una propiedad de los amos, y el legislador no tiene derecho para suprimirla, porque el derecho de propiedad es anterior y superior a la ley: la propiedad es un dogma de las sociedades civilizadas. Si la raza negra no está sometida al trabajo forzado, se entregará a la ociosidad y a los crímenes. No se podrán cultivar las haciendas por falta de trabajadores, La suerte de esa raza será mucho más desgraciada en la libertad, porque no tendrá quien los vista y los mantenga: será una crueldad emanciparlos.

Y tales razonamientos parecían valer aún en las postrimerías del siglo, cuando en el Brasil, Ruy Barbosa los examinó minuciosamente y los condenó en su memorable discurso de 1896, en la muerte de José Bonifacio.[25]

No menos decidida fue la defensa contra la amenaza de cualquier legislación que procurara la liberación del siervo rural. La guerra civil suscitada en México por la Reforma, que halló forma legal en la constitución de 1857, probó la decisión de la clase señorial. Durante las discusiones del Congreso Constituyente de 1856, Ignacio L. Va-llarta,[26] que se opondría a que figuraran las reformas sociales en el texto constitucional, señalaría las formas de la opresión. Decía:

El propietario abusa cuando disminuye la tasa del salario; cuando lo paga con signos convencionales, y no creados por la ley que representan los valores, cuando obliga al trabajador a un trabajo forzado, para indemnizar deudas anterio-res; cuando veja al jornalero con trabajos humillantes; cuando… es muy largo el ca-tálogo de los abusos de la riqueza en la sociedad.

Y los propietarios, con el fuerte apoyo de la Iglesia propietaria, resistieron enérgicamente las medidas reformistas, desencadenando la guerra civil.

Vallarta se opuso sólo por razones técnico-jurídicas a la inclusión de los derechos sociales en la constitución, pero la opinión conservadora se oponía por otras razones; en primer lugar, porque sentía en peligro sus intereses, pero más aún porque no comprendía que pudiera proponerse una legislación que iniciaba o proseguía el camino hacia la disolución de la sociedad fundada en la desigualdad, en cuya legitimidad creía. Esta creencia era muy profunda; arraigaba en la concepción colonial, y se mantenía vigorosa pese a la difusión de las ideas liberales y a la gravitación de principios jurídicos institucionalizados que establecían taxativamente una sociedad igualitaria. Los grupos señoriales permanecían impermeables a ellos, precisamente porque se trataba de una convicción arraigada en una situación social y económica inconmovible.

Quizá ningún teórico político haya expresado esta actitud de manera tan contundente como lo hizo el poeta peruano Felipe Pardo y Aliaga a mediados del siglo XIX, en una poesía que tituló A mi hijo en sus días:[27]

Dichoso, hijo mío,

tú, que veintiún años cumpliste:

dichoso que ya te hiciste

ciudadano del Perú.

Este día suspirado

celebra de buena gana,

y vuelve orondo mañana

a la hacienda y esponjado,

viendo que ya eres igual,

según lo mandan las leyes,

al negro que unce tus bueyes

y al que te riega el maizal.

Y vale la pena citar otra obra del mismo autor, porque perfecciona la imagen que el grupo social que él representaba se hacía de la legitimidad y las ventajas de un sistema político igualitario en una sociedad que juzgaba necesariamente desigual. Decía Pardo y Aliaga en el soneto titulado El Rey Nuestro Señor:[28]

Invención de estrambótico artificio,

existe un rey que por las calles vaga:

Rey de aguardiente, de tabaco y daga,

a la licencia y al motín propicio;

voluntarioso autócrata, que oficio

hace en la tierra, de ominosa plaga:

Príncipe de memoria tan aciaga,

que a nuestro redentor llevó al suplicio.

Sultán que el freno de la ley no sufre

y de cuya injusticia no hay reintegro;

rey por Luzbel ungido con azufre;

Cruza de tres tintas,

indio, blanco y negro,

que rige el continente americano,

y que se llama Pueblo Soberano.

No puede dudarse de que yacía tras esa burla un vigoroso pensamiento político, heredado de los encomenderos.

El pensamiento político de la derecha antiliberal

Incorporados al nuevo régimen suscitado por la Independencia, los grupos señoriales se convirtieron en el núcleo conservador que se dispuso a participar en la vida política para defender y consolidar sus posiciones. La expresión más genuina de su pensamiento estuvo representada por la derecha antiliberal, extremista y fanática, en cuyas ideas pesaba no solamente su tradicionalismo y su predisposición a la conservación del orden, sino también el horror que le causaba la experiencia de los regímenes surgidos del liberalismo o establecidos sobre sus principios. El liberalismo era para ellos ateísmo, caos, desenfreno; era también el signo del regicidio y del terror; de la insolencia de las clases populares en ascenso así como de la anarquía y la crisis económica. Su reacción fue idéntica a la del romanticismo europeo, y como él creyó en la necesidad y en la posibilidad de una restauración del mundo, que había sido destruido. Este intento restaurador exigió cierto precio, y los grupos señoriales aterrorizados no vacilaron en pagarlo, aun cuando a veces comprobaron después que había sido excesivo.

Entre tantos temores, cada grupo puso el acento sobre el problema que más amenazante le parecía. Hubo numerosos matices en la reacción antiliberal. Pero, llevada hasta sus últimas consecuencias, esa reacción conducía siempre a la instauración de un poder fuerte, del que se esperaba que operara la soñada restauración del pasado. Ahora bien, el poder fuerte —como los gobiernos europeos de la Restauración— no logró restaurar mucho. Como poder político pactó con las situaciones reales y en cada caso elaboró soluciones transaccionales de diverso alcance. Sólo la tendencia a detener el proceso de cambio fue común a todos, aun cuando en cada caso asumiera caracteres diversos.

Los grupos representativos de la derecha antiliberal actuaron en todos los países latinoamericanos después de la Independencia. Pero su actitud alcanzó singular significación en tres casos que conviene analizar separadamente: el del Paraguay en la época del doctor Francia y de Francisco Solano López, el de la Argentina en la época de Rosas y el del Ecuador en la época de García Moreno.

El Paraguay en la época del doctor Francia y de Francisco Solano López

El Congreso de 1814 consagró Dictador Supremo de la República del Paraguay al doctor Francia por cinco años; pero en 1816 otro congreso lo proclamó dictador perpetuo. La población de las áreas rurales apoyó una y otra designación, confiada en su capacidad de asegurar el orden. No pareció obstáculo que el doctor Fran-cia fuera notorio volteriano, porque el anhelo de orden fue superior a cualquier otro. Sólo las minorías ilustradas aspiraban a un régimen republicano. Pero “el astuto doctor adulaba la vanidad y estimulaba la codicia de todos ellos —escribe Robertson— El alcalde indio, el pequeño chacarero, el ganadero, el pulpero, el comerciante y el hacendado, todos fueron presas suyas”.[29] Es decir, toda la sociedad tradicional y su vasta clientela. Así fundó su dictadura, que duraría hasta 1840.

El doctor Francia, lector de Voltaire, Rousseau y Volney, y hostil a la tradición jesuítica del Paraguay, se enfrentó con la Iglesia, redujo sus privilegios y sometió a los religiosos a la tutela del Estado. El gobierno —decía con motivo de haber suspendido al obispo— “…no está, ni puede, ni debe estar ligado y ceñido a ninguna de las llamadas prácticas y disposiciones canónicas: siendo y debiendo ser solamente su regla el interés de Estado”.[30]

Pero fue ése el único vestigio de su formación liberal. A la inversa de lo que ocurrió con el movimiento de la Ilustración en España, la religión fue el único campo en el que el doctor Francia adoptó las ideas francesas del siglo XVIII; en los demás se mantuvo adherido al pensamiento tradicional español, y particularmente en el campo po-lítico.

Quizá creyó ser el doctor Francia un déspota ilustrado. Pero los grupos sociales esperaban de él, solamente, que fuera un déspota, con la consigna de impedir que la anarquía predominante en otras regiones de la América española ganara también el Paraguay. autoritarismo y centralización fueron los rasgos fundamentales de su largo gobierno, tan extremados bajo la forma de un poder tiránico que, al fin, también sufrieron sus consecuencias los grandes grupos señoriales. Algunos años después de su muerte decía el presidente Carlos Antonio López refiriéndose al doctor Francia:[31]

Por la concentración desmedida que estableció en la Administración, no había establecimiento ni institución alguna de las que en todas partes del mundo culto sirven de resortes a la Administración y ayudan la acción del Gobierno. Así es que no habían sino meros escribientes, ni se habían podido formar capacidades administrativas, judiciales, policiales, que pudiesen secundar las miras y trabajos del gobierno. No había establecimiento ninguno de educación, instrucción elemental, moral y religiosa; había algunas escuelas primarias de particulares mal montadas y el tiempo había reducido al clero a un número muy diminuto de sacerdotes.

Pero nadie dio una imagen tan exacta de su autoritarismo y de sus designios centralizadores como él mismo, en un oficio que dirigió en 1828 al comandante de Itapúa:[32]

Aquí, cuando recibí este desdichado Gobierno no encontré de cuenta de Tesorería, ni dinero, ni una vara de género, ni armas, ni municiones, ni ninguna clase de auxilios, y no obstante he estado y estoy sosteniendo los crecidos gastos, la provisión y apresto de artículos de guerra que demanda el resguardo y seguridad general a más de costosas obras y faenas a fuerza de arbitrios, de maña, de diligencia aún con otros países, y de un incesante trabajo y desvelo supliendo por oficios y ministerios que otros debían desempeñar en lo civil, en lo militar y hasta en lo mecánico, recargado por todo esto aún de ocupaciones que no me corresponden, ni me eran decentes, todo esto por hallarme en un país de pura gente idiota, donde el gobierno no tiene a quien volver los ojos, siendo preciso que yo lo haga, lo industrie y lo amaestre todo por sacar al Paraguay de la infelicidad, y abatimiento en que ha estado sumido por tres siglos.

Tenía esta actitud política una finalidad: sustraer el país a la anarquía y asegurar el orden: pero, en rigor, no era una finalidad en sí misma, sino que estaba destinada a servir a otros objetivos fundamentales. El rasgo más característico de la política del doctor Francia fue su etnocentrismo feroz —antecedente de los nacionalismos latinoamericanos—, su vigorosa convicción de que la región —más que el país— poseía una personalidad definida e intransferible que había que conservar en toda su pureza, sobre todo librándola del contacto con las regiones vecinas. Ese etnocentrismo era el de los viejos conquistadores arraigados en la tierra durante tres siglos, con un fuerte sentimiento igualitario, por cierto, pero de todos modos adheridos a una concepción paternalista y a un profundo regionalismo. El doctor Francia aspiró a que el Paraguay se bastara a sí mismo. Su autoritarismo sirvió no sólo para que reinara la paz en las campañas y no se resquebrajara la estructura económica sino también para asegurar los monopolios del Estado para la explotación y comercialización de las riquezas naturales: las “estancias de la Patria” para la producción agraria y las maestranzas del Estado para la producción de artículos manufacturados. Y esta concepción de la vida económica aseguraba la independencia de la región y el mantenimiento de la fisonomía nacional, que tanto irritaba al dictador que no fuera reconocida desde el exterior.

Esta concepción etnocentrista era el fruto de un antiuniversalismo romántico, paradójico en un lector de Voltaire y de Rousseau, y por eso interesó tanto a Carlyle. Pero no era, en rigor, suyo, sino de un grupo social de raíz colonial, y era tan vivo que fue extremado hasta concluir en un enclaustramiento total del país con el que el viejo regalista terminó imitando a los jesuitas.

Decía a uno de los Robertson: “Usted sabe cuál ha sido mi política con respecto al Paraguay; que lo he mantenido en un sistema de incomunicación con las otras provincias de Sudamérica, e incontaminado por aquel malvado e inquieto espíritu de anarquía y Revolución que más o menos ha asolado a todas”.[33]

Pero evitar el espíritu de anarquía y Revolución suprimió hasta la raíz todos los derechos individuales que pregonaba el liberalismo, las formas de vida política y económica, la educación, el juego de las ideas. ¿Cuál era, el orden que quería asegurar? Un orden anterior a la Revolución, y que no podía quebrarse sino al precio de caer even-tualmente en la anarquía, o sea el orden social y económico de la Colonia. Por eso se le opusieron en un principio los grupos ilustrados, especialmente de Asunción. Pero su impotencia fue total, y el doctor Francia extremó el sistema sin oposición, sobrepasando, sin duda, los límites deseados por los mismos grupos que lo impulsaron y sos-tuvieron.

A la muerte del doctor Francia la dictadura subsistió, aunque Carlos Antonio López se manifestara un poco más progresista y menos violento. Estaba, sin embargo, persuadido de la necesidad de perpetuar el gobierno fuerte sin extender las libertades. Hacia 1861 el periódico oficial de Asunción, El Semanario, inició una campaña en favor de la monarquía, expresando en uno de los artículos en que se refería a los países sudamericanos: “Pueblos educados por la monarquía y para la monarquía, no han podido acostumbrarse a las formas republicanas, porque cada una de las páginas de su historia envuelve una elocuente protesta contra este género de gobierno”.[34]

Su hijo y sucesor, Francisco Solano López, recogió y maduró la idea. Sus modelos fueron la corte de Río de Janeiro, donde pensaba encontrar esposa en la familia imperial, y la corte de Napoleón III, cuyo lujo lo fascinaba.

Pero de ninguna manera se disponía a establecer una monarquía parlamentaria, sino absoluta y apoyada en una vigorosa fuerza militar. Pese a algunos signos de progresismo, su gobierno mantuvo en la política interna la misma orientación de los anteriores tanto en lo referente a las libertades como al ordenamiento económico y social.

b. La Argentina en la época de Rosas

A diferencia del doctor Francia, Rosas no apareció en el escenario político argentino sino veinte años después de la Revolución, cuando ya se había consumado la disgregación de lo que fuera el antiguo virreinato del Río de la Plata y cada región había alcanzado de hecho una casi total autonomía.

La provincia de Buenos Aires era, sin duda, la más rica y la mejor situada, puesto que poseía un puerto y una aduana que recogía los beneficios de toda la riqueza del país. Allí surgió Rosas como gobernador en 1829, ejerció el poder durante tres años, y después de un intervalo fue reelegido en 1835 con “la suma del poder público”, que ejerció hasta su derrota en la batalla de Caseros en 1852.

Rosas era un típico estanciero. Lo que esto significaba lo explicó en 1845 Sarmiento en Facundo,[35] en un texto que ofrece todos los elementos necesarios para un análisis social:

Rosas desciende de una familia perseguida por goda durante la Revolución de la Independencia. Su educación doméstica se resiente de la dureza y terquedad de las antiguas costumbres señoriales. Ya he dicho que su madre, de un carácter duro, tétrico, se ha hecho servir de rodillas hasta estos últimos años; el silencio lo ha rodeado durante su infancia y el espectáculo de la autoridad y de la servidum-bre han debido dejarle impresiones duraderas. Algo de extravagante ha habido en el carácter de la madre y eso se ha reproducido en D. Juan Manuel y dos de sus hermanas.

Apenas llegado a la pubertad, se hace insoportable a su familia, y su padre lo destierra a una estancia. Rosas con cortos intervalos ha residido en la campaña de Buenos Aires cerca de treinta años; y ya en el año 24 era una autoridad que las sociedades industriales ganaderas consultaban, en materia de arreglos de estancias.

Es el primer jinete de la República Argentina, y cuando digo de la República Argentina, sospecho que de toda la tierra: porque ni un equitador, ni un árabe tienen que habérselas con el potro salvaje de la Pampa. Es un prodigio de actividad; sufre accesos nerviosos en que la vida predomina tanto que necesita saltar sobre un caballo, echarse a correr por la Pampa, lanzar gritos descompasados, rodar, hasta que al fin extenuado el caballo, sudado a mares vuelve él a las habitaciones, fresco ya y dispuesto para el trabajo… Rosas se distingue desde temprano en la campaña por las vastas empresas de siembra de leguas de trigo que acomete y lleva a cabo con suceso, y sobre todo por la administración severa, por la disciplina de hierro que introduce en sus estancias. Esta es su obra maestra, su tipo de gobierno, que ensayará más tarde para la ciudad misma… La autoridad ante todo: el respeto a lo mandado, aunque sea ridículo o absurdo; diez años estará en Buenos Aires y en toda la República haciendo azotar y degollar hasta que la cinta colorada sea una parte de la existencia del individuo, como el corazón mismo. Repetirá en presencia del mundo entero, sin contemporizar jamás, en cada comunicación oficial: ¡Mueran los asquerosos, salvajes, inmundos unitarios!, hasta que el mundo entero se eduque y se habitúe a oír este grito sanguinario, sin escándalo, sin réplica, y ya hemos visto a un magistrado de Chile tributar su homenaje y aquiescencia a este hecho, que al fin a nadie interesa.

¿Dónde pues ha estudiado este hombre el plan de innovaciones que introduce en su Gobierno, en desprecio del sentido común, de la tradición, de la conciencia, y de la práctica inmemorial de los pueblos civilizados? Dios me perdone si me equivoco: pero esta idea me domina hace tiempo: en la Estancia de Ganados, en que ha pasado toda su vida, y en la Inquisición en cuya tradición ha sido educado. Las fiestas de las parroquias son una imitación de la hierra del ganado, a que acuden todos los vecinos: la cinta colorada que clava a cada hombre, mujer o niño, es la marca con que el propietario reconoce su ganado; el degüello, a cuchillo, erigido en medio de ejecución pública, viene de la costumbre de degollar las reses que tiene todo hombre en la campaña; la prisión sucesiva de centenares de ciudadanos sin motivo conocido y por años enteros, es el rodeo con que se dociliza el ganado, encerrándolo diariamente en el corral; los azotes por las calles, la mazorca, las matanzas ordenadas son otros tantos medios de domar la ciudad, dejarla al fin como el ganado más manso y ordenado que se conoce. Esta prolijidad y arreglo ha distinguido en su vida privada a D. Juan Manuel de Rosas, cuyas estancias eran citadas como el modelo de la disciplina de los peones, y la mansedumbre del ganado. Si esta explicación parece monstruosa y absurda, denme otra; muéstrenme la razón por qué coinciden de un modo tan espantoso, su manejo de una estancia, sus prácticas y administración, con el Gobierno, prácticas y administración de Rosas: hasta su respeto de. entonces por la propiedad, es efecto de que el gaucho gobernador es propietario. Facundo respe-taba menos la propiedad que la vida. Rosas ha perseguido a los ladrones de ganado con igual obstinación que a los unitarios. Implacable se ha mostrado su gobierno contra los cuereadores de la campaña y centenares han sido degollados. Esto es laudable sin duda; yo sólo explico el origen de la antipatía.

Aun restando de esta descripción el apasionamiento que pueda haber puesto el polemista, quedan inequívocamente puntualizados en ella algunos de los caracteres fundamentales del régimen de Rosas. Todo su sistema de ideas derivó no sólo de su tradición señorial sino también de su inconmovible adhesión a los valores que esa tra-dición entrañaba y de su innata aversión a los principios del liberalismo. Creyó, como el doctor Francia, que la comunidad no debía albergar sino a los que compartían los sentimientos y las ideas tradicionales; y uno y otro creyeron que la proscripción de los adversarios era justa y lógica. Hubiera podido decir como el doctor Francia;[36] “Yo no llamo ni reputo paisanos a unos infames que se expatrian ellos mismos, renunciando y abandonando su patria..”., aun olvidando que la condición para permanecer era la sujeción y el conformismo.

Pero el respeto a los principios del derecho natural —al que solía apelar— o la consideración a los derechos individuales que el pensamiento liberal consagraba, parecíanle menos importantes que la defensa del patrimonio y del orden tradicional. Fue visible su desprecio por los hombres ilustrados de las ciudades y por sus ideas de origen europeo, como fue visible su adhesión a las formas de la vida criolla, a las normas y a los valores que ella entrañaba. Esta adhesión significaba —como lo destaca Sarmiento— una concepción autoritaria de la vida pública, y tal fue el rasgo predominante de su pensamiento y de su comportamiento político.

Rosas resumió sus opiniones sobre la acción de los regímenes liberales en unas pocas líneas de una famosa carta escrita a Juan Facundo Quiroga, en la que decía:[37]

Obsérvese que al haber predominado en el país una fracción que se hacía sorda al grito de esta necesidad, ha destruido y aniquilado los medios y recursos que teníamos para proveer a ella, porque ha incitado los ánimos, descarriado las opiniones, puesto en choque; los intereses particulares, propagando la inmoralidad y la intriga, y fraccionando en bandos de tal modo la sociedad, que no ha dejado casi reliquias de ningún vínculo, extendiéndose su furor a romper hasta el más sagrado de todos y el único que podría servir para restablecer los demás, cual es el de la religión; y que en este lastimoso estado es preciso crearlo todo de nuevo, trabajando primero en pequeño y por fracciones, para entablar después un sistema general que lo abarque todo.

Rosas advertía sagazmente que el individualismo liberal rompía los vínculos de la vieja sociedad dual y paternalista; que la libertad de opinión creaba sectores politizados que progresivamente afirmaban sus derechos frente a las viejas estructuras de poder; que la libertad de conciencia debilitaba, no tanto el sentimiento religioso, sino la influencia paternalista de la Iglesia. Una de las armas políticas más afiladas que usaron sus partidarios contra los grupos liberales fue la acusación de ateísmo. Así los definía el cura párroco de la Iglesia porteña de San Nicolás, en unas décimas recitadas en una fiesta popular:[38]

Ellos son incendiarios,

De corazón asesinos,

De religión libertinos,

Herejes que han blasfemado

De lo más santo y sagrado

De nuestro culto divino.

Pero acaso lo que definió más claramente el pensamiento político de Rosas fue su resistencia a aplicar las concepciones iluministas a la organización del país. Hostil al racionalismo y a toda la filosofía política del siglo XVIII, sostuvo que la organización constitucional no era una solución eficaz —y menos la solución necesaria— para fijar el orden nacional. Sostuvo que la fijación del orden nacional era prematura ya que no se había alcanzado un orden de las distintas regiones y provincias. Decía Rosas, en unas instrucciones que comunicaba a Quiroga:[39]

…el señor Quiroga debe aprovechar las oportunidades de hacer entender por todos los pueblos de su tránsito que el progreso es de desear que cuanto más antes pueda celebrarse; pero que al presente es en vano clamar por congreso y por constitución bajo el sistema federal, mientras cada estado no se arregle interiormente y no dé, bajo un orden estable y permanente, pruebas prácticas y positivas de su aptitud para formar federación con los demás. Porque en este sistema el gobierno federal no se une sino que se sostiene por la unión, representando en este estado los pueblos que componen la república para con las demás naciones; tampoco decide las diferencias de unos pueblos con otros sino que se reducen sus funciones a hacer cumplir los pactos generales de la federación, a cuidar de la defensa de toda la república, y dirigir sus negocios e intereses ge-nerales en relación con los de otros estados, pues para los casos de discordia entre dos provincias la constitución suele tener acordado un modo particular de decidirlas, cuando los contendientes no lo arbitran con su mutuo consentimiento.

Era, en el fondo, una concepción nacida de las ideas del romanticismo social; pero era, por eso mismo, una concepción propia de los grupos señoriales, aferrados a la realidad y reacios a su transformación. Representante y miembro eminente del grupo de estancieros que obtenía pingües ganancias con la preparación y exportación de carne salada, Rosas impidió la modernización de las explotaciones agropecuarias y se opuso a la formación de una burguesía urbana. Más consecuente que el doctor Francia, su polí-tica económica coincidió con su formación intelectual y con sus tradiciones sociales.

c. El Ecuador en la época de García Moreno

Dueño del poder desde 1861 hasta su violenta muerte en 1875, García Moreno gobernó el Ecuador dictatorialmente. Como Rosas y Francia, vivió obsesionado por el fantasma de la anarquía, y culpó de ella a las libertades que ofrecía y proporcionaba el régimen liberal. Pero, a diferencia del segundo, fue consecuente con sus principios ideológicos, recibidos de De Maistre, de Donoso Cortés y, sobre todo, de los sacerdotes jesuitas que fueron sus confidentes, sus instrumentos y sus consejeros: y a diferencia de los dos se preocupó por estimular ciertas formas de desarrollo económico moderno.

García Moreno poseía una vigorosa formación científica. Había estudiado química y geología y le apasionaba la investigación de la naturaleza. De esos principios de su formación intelectual derivó su preocupación por la difusión de la enseñanza, y especialmente la enseñanza científica. Creó la Escuela Politécnica, fundó laboratorios, colecciones de ciencias naturales, un observatorio; y sacudiendo la modorra tradicional, levantó edificios públicos y, sobre todo, construyó carreteras y caminos. Pero, al mismo tiempo, su formación católica y política lo llevó a la posición más extrema en la lucha contra el liberalismo, en una década —la del sesenta— en que se habían visto muchos excesos y en la que aparecería el Syllabus. En el discurso que pronunció después de jurar como presidente en 1869 se preguntaba:[40] “¿Cómo gobernar donde gobernar es combatir? ¿Cómo asegurar la civilización y el progreso a pesar de los que desean el desorden para medrar, porque saben que cuando el agua se revuelve el cieno es el que sube?”

Civilización y progreso son palabras que no pertenecieron ni al léxico de Francia ni al de Rosas. Pero García Moreno las usó, creía en sus contenidos y procuró que inspiraran su acción de gobierno. Dentro de estrechos límites, sin embargo. No creía que el progreso supusiera la modificación de la estructura agraria tradicional, y quienes lo empujaran hacia el poder, confiaban en el para que evitara las transformaciones que en la vecina Colombia, por ejemplo, había traído la legislación liberal. Tampoco creía que el progreso y la civilización requiriera o entrañara un régimen de libertades públicas. Por lo contrario, creía que no hay progreso sino dentro de un orden estricto, y en eso coincidía con el vigoroso sector señorial que exigía seguridad y estabilidad, con o sin progreso, y también con amplias capas de población conservadora, educadas bajo la influencia de la poderosa Iglesia Católica. Juan León Mera, el novelista autor de Cumandá y colaborador de García Moreno, a quien dedicó un en-cendido panegírico,[41] explicaba su posición política y su adhesión a las doctrinas conservadoras:[42]

Yo soy católico, no porque mis padres tuvieron la dicha de serlo, sino por el profundo convencimiento que tengo de la bondad y verdad del catolicismo. En cuanto a mis principios políticos; he aceptado los conservadores después del más duro examen, de haber visto que son los que más armonizan con los católicos… Y no porque soy católico y conservador… dejo de ser fervoroso republicano, amante y defensor de toda libertad pública bien entendida.

García Moreno expresó este sentimiento muy generalizado en una sociedad de la que se decía que, tras la Independencia, se había constituido en un convento, en tanto que la sociedad colombiana se había constituido en un colegio y la venezolana en un cuartel. Fue esa sociedad la que consagró constitucionalmente, una y otra vez, un tipo de poder ejecutivo en extremo vigoroso, que Juan Montalvo caracterizaba así:[43]

El presidente del Ecuador no es hombre como cualquiera; las leyes le dan cien ojos: es un Argos; las leyes le dan cien brazos: es un Briareo. Gigante en todo caso, a quien invisten de su fuerza todos los poderes, despojándose ellos mismos; a quienes amayoran los ciudadanos, menoscabando su propia elevación, para vol-verle hijo de la Tierra. Como tiene cien ojos, todo lo ve, todo lo sabe el presidente. Las paredes han de conservar sus mechinales por donde él meta un ojo averiguador y siniestro: conciencia, honra, amor son contrabandistas: allí les tema infraganti, y da con ellos en la casa del dolor, ésa que él ha levantado amasando los sesos de sus hermanos con lágrimas y sangre: argamasa a prueba de pico, secreto horrible descubierto por un operario del demonio.

En nombre del rey, en nombre de la ley, el presidente puede echar puertas abajo, y las echa. Si hay quien resista, ¡eh de mi guardia! llegan alabarderos y ma-ceras, y allí fue una familia. Tiene derecho de allanamiento. Para él lo sagrado del hogar doméstico es profano: entra a cualquier hora, sorprende a la doncella a medio vestir, pasa por sobre los niños, remueve, levanta las cenizas del fogón dormido. Los dioses lares son jocós y babuinos: ¡fuego sobre ellos! Y el templo, el templo de la pudicia femenina que en Roma era el más santo e inviolable, no alcanza más respeto que una casa de mancebía. El candado es el sello de la conspiración: puerta cerrada, puerta criminal: ¿no quiere romperse? ¡por las ventanas! ¡Arriba, valientes! El gobierno es un héroe; corona los balcones: extiende el brazo, vuelan las vidrieras. ¿Dónde están los traidores? ¿dónde los bandidos? Ni el lecho, ese mueble respetable donde se refugia la vergüenza, goza de fuero alguno contra la investigación impía que descubre secretos y desgracias, estos genios del traspatio que suelen dejarse estar en un rincón enfermos y abatidos. El presidente tiene derecho de allanamiento: debe saberlo, debe constarle todo, para castigar, para escarmentar, para exterminar. El presidente tiene derecho de exterminio. Los hombres, como no sean de los suyos, todos son proscritos: ¿les hallaron? a la plaza, donde les den azotes, o les vuelen la tapa de los sesos.

García Moreno ejerció ese poder sin vacilaciones. Pero aun así creyó que era necesario reforzar las disposiciones sobre el estado de sitio, argumentando vehementemente:[44]

Existe en las repúblicas hispanoamericanas un fermento o una tendencia a los trastornos políticos; tenemos, por desgracia, ciertos hombres a quienes debe lla-marse especuladores revolucionarios, por el propósito de hacer fortuna en las revo-luciones, y es indispensable contenerlos por el temor del castigo. Para evitar que se derrame sangre, es preciso armar al poder; la compasión por los criminales es la mayor crueldad contra los ciudadanos honrados y pacíficos, se ha visto la insufi-ciencia de las leyes comunes para contener los trastornos y se quiere todavía tener inerme al poder, en favor de los que atacan y hacen derramar sangre.

Ninguna de las libertades individuales subsistió, y todo fue sacrificado a la vigencia del orden, que era no sólo orden político sino también estabilidad social. Para consolidarlo, era necesario proveerlo de un fundamento inamovible, y apelando a la tradición hispanocolonial, se le dio un fundamento religioso en términos nunca alcanzados en otro país latinoamericano. La constitución de 1869 estableció en su artículo primero que “para ser ciudadano se requiere ser católico”; y en otro, que “la religión de la República es Católica, Apostólica Romana, con exclusión de cualquiera otra, y se conservará siempre con los derechos y prerrogativas que debe gozar según la ley de Dios y las disposiciones canónicas”.

Pero aún así no pareció suficiente. García Moreno, provisto de todas las armas legales para ejercer un poder omnímodo, inflexible en la ejecución de sus designios, implacable en la represión de todas las libertades políticas y civiles proclamadas por el liberalismo, creyó necesario fortalecer todavía más la estructura que inmovilizaba al país, a pesar del aparato técnico que se creaba. García Moreno asumió la defensa del Syllabus y el compromiso de dar cumplimiento a sus prescripciones; asumió la defensa de la Santa Sede, protestando ante el gobierno de Italia por la ocupación del Estado Pontificio; y en 1873 la legislatura consagró el Corazón de Jesús como patrón y protector de la nación.

Así se fue consolidando un Estado teocrático, montado para reprimir todo vestigio del espíritu liberal que había animado los primeros movimientos revolucionarios de Quito y Guayaquil, y prosperado con Rocafuerte y Urbina. Es sabido que Juan Montal- vo dijo, al tener noticia del asesinato de García Moreno: “Mi pluma lo mató”. Y aunque no fuera totalmente cierto, el anhelo de la restauración de las libertades civiles y políticas, que Montalvo defendía incansablemente, fue sin duda lo que movió el brazo de los homicidas.

El pensamiento político de la derecha liberal

La perspectiva abierta por la coyuntura favorable incorporó a la Revolución grupos diversos, de variadas predisposiciones y tendencias. Podría decirse que todos compartían en alguna medida los principios fundamentales del pensamiento iluminista de la filosofía política francesa del siglo XVIII. Pero en el curso del proceso revolu-cionario algunos grupos precisaron y defendieron convicciones muy moderadas, y constituyeron el núcleo de la derecha liberal. Se aglutinaron a su alrededor otros sectores que, habiendo sostenido posiciones más avanzadas, comenzaron a desplazarse hacia posturas menos aventuradas: unos porque consideraban haber logrado los fi – nes que se habían propuesto y querían consolidarlos, y acaso consolidar sus nuevas posiciones individuales; otros porque la experiencia del proceso revolucionario los había fatigado y buscaban poner fin a la fluidez de la situación introduciendo un principio de orden.

Esta derecha liberal vaciló entre la forma monárquica de gobierno y la forma republicana. Pero los matices eran muy tenues. En ambos casos se buscó fortalecer el poder político, y las diferencias se plantearon alrededor del problema del origen de la soberanía. No hay duda, sin embargo, de que quienes prefirieron la forma republicana, aun bajo su variante más autoritaria, demostraron mayor predisposición a un tránsito futuro hacia regímenes más liberales.

El pensamiento monárquico liberal

Bajo la influencia del modelo francés, pero sin duda porque los grupos rebeldes deseaban fervientemente encontrar una manera de consolidar el movimiento desencadenado. Haití creó un imperio mediante la constitución de 1805 y luego una monarquía en 1811, ambos efímeros. Sus sostenedores enfrentaron otros grupos republi-canos de un liberalismo más avanzado y consecuente, y propusieron la vigencia de la estructura militar para la administración del país.[45]

En México, tras el fracaso de Hidalgo y de Morelos. sólo se volvió a la idea de la independencia tras la Revolución de Riego en España. Esta vez fueron los grupos más conservadores quienes la promovieron. El Plan de Iguala, formulado en febrero de 1821 por Iturbide. contenía “tres garantías” fundamentales: la conservación de la religión Católica Apostólica Romana, sin tolerancia de otra alguna, la Independencia bajo un régimen monárquico moderado, y la unión entre americanos y europeos. En defensa de su punto de vista monárquico. Iturbide declaró:[46] “Las desgracias y el tiempo liarán conocer a mis paisanos lo que les falta para poder establecer una república como la de los Estados Unidos”.

Y sobre la base de estas ideas liberales se instauró su efímera monarquía.

Un representante típico de la derecha antiliberal, Lucas Alamán, que escribía algunos años después, observaba que Iturbide creyó prudente atender a las costumbres formadas en trescientos años, las opiniones establecidas, los intereses creados y el respeto que infundía el nombre y la autoridad del monarca, conservando “la forma de gobierno a que la nación estaba acostumbrada”: y agregaba:[47]

Por haberse apartado de esta norma, por haber querido establecer con la Independencia las teorías liberales más exageradas, se ha dado lugar a todas las desgracias que han caído de golpe sobre los países hispanoamericanos, las cuales han frustrado las ventajas que la Independencia debía haberles procurado, siendo muy de notar que los dos hombres superiores que la América española ha producido en la serie de tantas revoluciones, Iturbide y Bolívar, hayan coincidido en la misma idea, levantando el primero en su Plan de Iguala un trono en México para la familia reinante en España, e intentando el segundo llamar a la de Orleáns a ocupar el que quería erigir en Colombia.

Fundada en la fuerza militar y en el apoyo de los sectores más conservadores, la monarquía moderada de Iturbide no pudo resistir a los embates de grupos ligeramente más avanzados, cuya posición aseguraba un equilibrio más estable entre los diversos sectores en pugna. Quizá, la explicación más exacta del fracaso monárquico esté en las palabras que Bolívar escribió a Santander en setiembre de 1822:[48]

…creo que Iturbide con su coronación ha decidido el negocio de la independencia absoluta de Méjico; pero a costa de la tranquilidad y aun de la dicha del país. Es muy probable que el clero esté muy descontento, porque le piden dinero, y más descontento aún el pueblo con el nuevo emperador, que más pensará en sostenerse contra los patriotas que en destruir a los realistas. En Méjico se va a repetir la conducta de Lima, donde más se ha pensado en poner las tablas del trono, que libertar los campos de la monarquía.

Parece lícito interpretar que los “realistas” eran grupos de tradición señorial y monopolista y vehementemente antiliberales.

Razones semejantes a las que en México movieran a tales grupos, impulsaron a los moderados del Brasil a proclamar la Independencia y a organizar luego un régimen monárquico constitucional. Consumada la proclamación y convocada la Asamblea General Constituyente en mayo de 1823, se advirtió que la fórmula política hallada, satisfactoria para los grupos tradicionales, provocaba la irritación de sectores liberales que señalaron los peligros que la fórmula entrañaba y las aspiraciones que la fórmula no contemplaba: “antilusitanismo, restricción del poder personal del Soberano, libertades civiles amenazadas, conciliación del principio monárquico con el democrático y por eso hostilidad al grupo conservador y portugués que rodeaba a D. Pedro I”, según señala Pedro Calmón.[49]

El cuadro se completó con la Revolución de Pernambuco de 1824. Pero el nuevo Imperio sorteó las dificultades y se situó en un punto de equilibrio que resultó justo. El régimen se consolidó y su teoría fue explicada por el propio emperador en un proyecto elaborado por él o por sus colaboradores inmediatos en 1823 en el que se declaraba:[50]

Todos los publicistas de más crédito en Europa reconocen como una verdad indestructible en política que el sistema monárquico constitucional es el único que se debe adoptar en un gran Estado como el Brasil cuya gran extensión quedaría expuesta a formidables convulsiones si no estuviese en la institución monárquica un centro de garantía que afianzase su seguridad.

El Imperio debía funcionar, en cuanto a las formas, como una democracia parlamentaria; en la práctica, sin embargo, expresaba la voluntad y los intereses de un sector relativamente reducido de la población, que, en efecto, gozaba de la posibilidad de canalizar políticamente sus designios. Por sobre el sistema de los poderes flotaba el poder del emperador, institucionalizado de una manera singular, según lo estableció el artículo 98 de la constitución de 1824, que —como dice Oliveira Torres— “parece una fórmula doctrinaria, pero es un mandamiento expreso del legislador constitucional al monarca en el ejercicio de su noble oficio de reinar”.[51]

El artículo expresa: “El Poder Moderador es la clave de toda la organización política, y es delegado privativamente al Emperador, como Jefe Supremo de la Nación y su primer representante, para que incesantemente vele sobre el mantenimiento de la independencia, equilibrio y armonía de los demás poderes políticos”.

Colocada fuera del ancho campo de las actividades políticas, la monarquía parecía asegurar un fundamento inconmovible a las nuevas naciones, montadas sobre viejas estructuras sociales y económicas que, de esa manera, salvaban su existencia y se sustraían a las luchas.

En el Río de la Plata, la profunda crisis que siguió a la Independencia desalentó a los tímidos partidarios de la organización republicana y liberal y robusteció las convicciones de quienes tenían, por tradición y formación, opiniones favorables a la monarquía moderada. Desencadenadas las luchas entre las regiones del antiguo virrei-nato, Manuel Belgrano, Bernardino Rivadavia y Juan Martín de Pueyrredón, entre otros, liberales insospechables y originariamente republicanos, se manifestaron favorables a la instauración de una monarquía que pusiera fin a la disgregación, contuviera el senti-miento federalista y asegurara el orden interno. Esta idea fue sostenida con mucha vehemencia por José de San Martín y Carlos de Alvear, militares ambos de formación liberal incuestionable, pero monárquicos seguramente por tradición y autoritarios por su concepción profesional.

En 1815 escribía Carlos de Alvear:[52] “Cinco años de repetidas experiencias han hecho ver de un modo indudable a todos los hombres de juicio y opinión, que este país no está en edad ni en estado de gobernarse por sí mismo, y que necesita una mano exterior que lo dirija y contenga en la esfera del orden antes que se precipite en los horrores de la anarquía”.

Y San Martín se preguntaba al año siguiente:[53] “¿Podremos constituirnos república sin una oposición formal del Brasil…; sin artes, ciencias, agricultura, población, y con una extensión de territorios que con más propiedad pueden llamarse desiertos?”

La solución que ambos buscaban no fue alcanzada en el Río de la Plata. Pese a ello, San Martín perseveró en su convicción y se propuso formalmente instaurar una monarquía en el Perú, coincidiendo con Bernardo Monteagudo, antes inflamado republicano. Una misión diplomática debía buscar un monarca en Europa; ajustándose a instrucciones precisas cuyo primer punto establecía:[54]

Para conservar el orden interior del Perú y a fin de que este estado adquiera la respetabilidad exterior de que es susceptible, conviene el establecimiento de un gobierno vigoroso, el reconocimiento de la independencia, y la alianza o protección de una de las potencias de primer orden de Europa. La Gran Bretaña por su poder marítimo, sus créditos y vastos recursos, como por la bondad de sus instituciones, y la Rusia por su importancia política y poderío, se presentan bajo un carácter más atractivo que las demás: están por consiguiente autorizados los comisionados para explorar como corresponde y aceptar que el príncipe de Sussex-Cobourg, o en su defecto, uno de los de la dinastía reinante de la Gran Bretaña pase a coronarse emperador del Perú.

Por análogas razones surgieron sospechas de que Bolívar, pese a sus categóricas opiniones anteriores, comenzaba a deslizarse hacia la aceptación de la solución monárquica. De todos modos, el límite que separa un régimen monárquico del sistema republicano instaurado en la constitución boliviana de 1826 es casi imperceptible, como era tenue, efectivamente, la diferencia que percibían entre la monarquía y la república todos los que, habiendo tenido una formación liberal, se sentían empujados por la experiencia a una corrección de sus puntos de vista.

Razones semejantes, también, aunque más relacionadas con las ambiciones personales, pudieron nutrir ciertas tendencias monárquicas, más o menos ocultas, en los generales de Bolívar: Paéz, Flores y Mosquera. Hacia 1846 creció la sospecha de que acariciaban la intención de volcarse hacia la monarquía. Se recordaba que Páez había insistido ante Bolívar para que aceptase la corona, y que Mosquera se había manifestado partidario entusiasta, en 1826, de que Bolívar asumiera la dictadura absoluta y vitalicia. Pero lo indudable es que Flores gestionó en España, en 1846, la creación de una mo-narquía en el Ecuador, y obtuvo la promesa de que aceptaría el trono un príncipe español.

Hasta entonces las tendencias monárquicas respondían a los modelos de monarquía constitucional o parlamentaria que sedujeron a los liberales de principio de siglo. Pero en la segunda mitad del siglo XIX esas tendencias se renovaron bajo la influencia del modelo de la monarquía burguesa que erigieron en Francia Luis Felipe y Napoleón III.

Frente al avance de las reformas sociales y políticas que triunfaron hacia 1857 en México, fuertes sectores tradicionales volvieron a acariciar la idea de instaurar un poder fuerte, apoyado no sólo en las fuerzas militares que respondieran a esos sectores, sino también en las fuerzas de ocupación que pudiera enviar alguna potencia extranjera, en defensa de la hegemonía de la Iglesia y de la tradicional estructura social. El proyecto tuvo éxito y así se instauró el imperio con Maximiliano. Las ideas políticas de los militares y de los grupos señoriales que lo apoyaron se relacionaban básicamente con una denodada defensa de la situación tradicional, amenazada, sobre todo, por una política de liberación de los indígenas y de restricciones a la hegemonía de la Iglesia. Pero el imperio fracasó, no sólo frente a la obstinación de Juárez y sus partidarios, sino a causa de la limitación del apoyo militar de las potencias europeas, cada vez menos predispuestas a las intervenciones políticas cuando aparecía la posibilidad de operar sobre su periferia mediante los mecanismos económicos.

Tres años antes de la coronación de Maximiliano: en México, en 1861, el presidente del Ecuador, García Moreno, solicitó por su parte a Napoleón III el establecimiento de una monarquía en Sud- américa, que no sólo incluiría el Ecuador sino también el Perú y acaso otros países, “bajo un príncipe designado por Su Majestad el Emperador”,[55] con cuya garantía pensaba organizar el orden interno del país.

El vasto esfuerzo para erigir regímenes monárquicos fracasó en todas partes, como concluyó finalmente, después de casi sesenta años, el régimen instaurado en el Brasil. La definida fisonomía institucional de la monarquía parecía ofrecer, por sí sola, una garantía de estabilidad; pero la sociedad latinoamericana no respondió a ese es-tímulo. Fue, pues, el monarquismo liberal un espejismo, alimentado por quienes consideraban que era posible; en América latina, detener el vigoroso cambio que habían suscitado sucesivamente el mercantilismo y la Revolución industrial por la sola fuerza de un mecanismo institucional.

El pensamiento republicano autoritario

El republicanismo autoritario fue la inversa del monarquismo liberal. Sus sostenedores comprendieron que el problema del origen de la soberanía —cualesquiera que fueran los términos en que se lo formularan los distintos grupos sociales— no podía plantearse en América, en los albores de la Independencia, como una enajenación gratuita en beneficio de una dinastía europea o de cualquier general afortunado. Los grupos populares y burgueses que promovieron y sostuvieron los movimientos revolucionarios pudieron disentir en cuanto al significado y contenido de la palabra democracia, o en cuanto al alcance y al valor de las ideas liberales; pero es innegable que los grupos regionales tuvieron la intuición profunda de que recuperaban o conquistaban la soberanía para decidir lo que quisiesen con respecto a su destino. La enajenación de la soberanía en beneficio de una organización monárquica repugnaba en el fondo a todos los grupos liberales, excepto a los más conservadores, y no fue suficiente para hacerla aceptable ningún adjetivo que la transformara en templada, constitucional, parlamentaria o moderada. El doctor Francia, en el Paraguay, y José G. Artigas en el Uruguay, fueron los exponentes más representativos de este sentimiento de repugnancia frente a cualquier intento de renunciar a la soberanía popular.

Sensibles a esta reacción, otros grupos conservadores buscaron la instauración de regímenes autoritarios —tan vigorosos como podía serlo la monarquía misma o quizá más— pero asumiendo la forma republicana, que suponía el mantenimiento de la soberanía popular, quizá temporalmente bajo tutela, pero dentro de un sistema que no implicaba una delegación y la hacía siempre reivindicable.

Estas ideas habían sido sostenidas vehementemente por Bolívar. Sin duda pensaba él que una monarquía parlamentaria como la de Inglaterra constituía el más perfecto de los sistemas políticos posibles en la época; pero un análisis de la situación imperante en el mundo hispanoamericano le aconsejaba, según sus puntos de vista, desecharlo. Otras razones fortalecían, además, su opinión de que la monarquía era inconveniente en América; y resumiéndolas, escribía en 1815, en la Carta de Jamaica:[56] “Por estas razones pienso que los americanos ansiosos de paz, ciencias, artes, comercio y agricultura, preferirían las repúblicas a los reinos, y me parece que estos deseos se conforman con las miras de la Europa“.

Pero de modo más vehemente aún rechazaba Bolívar una organización republicana en la que prevaleciera una “libertad ilimitada” y una “forma federal”.[57] Su concepción política quedó señalada ya en la citada Carta de Jamaica, donde decía, refiriéndose al régimen que entreveía para el futuro:[58]

Su gobierno podrá imitar al inglés: con la diferencia de que en lugar de un rey habrá un poder ejecutivo, electivo, cuando más vitalicio, y jamás hereditario si se quiere república, una cámara o senado legislativo hereditario, que en las tempes-tades políticas se interponga entre las olas populares y los rayos del gobierno, y un cuerpo legislativo de libre elección, sin otras restricciones que las de la cámara baja de Inglaterra. Esta constitución participaría de todas las formas y yo deseo que no participe de todos los vicios.

Quedó expresada en ese pasaje su preferencia por dos instituciones fundamentales que revelaban las tendencias de su pensamiento político, y que hicieron suponer que acariciaba ocultamente ideas monárquicas: el senado hereditario y el poder ejecutivo vitalicio. Sus adversarios juzgaron, sin duda con algún fundamento, que dentro del cuadro de las ideas liberales, Bolívar había adoptado una posición de derecha y por eso lo consideraron inspirador del que luego sería el partido conservador.

En el discurso de Angostura[59] caracterizó Bolívar las ventajas del senado hereditario:

Si el Senado en lugar de ser electivo fuese hereditario, sería en mi concepto la base, el lazo, el alma de nuestra república. Este cuerpo en las tempestades polí-ticas pararía los rayos del Gobierno, y rechazaría las olas populares. Adicto al Go-bierno por el justo interés de su propia conservación, se opondría siempre a las invasiones que el pueblo intenta contra la jurisdicción y la autoridad de sus magis-trados. Debemos confesarlo: los más de los hombres desconocen sus verdaderos intereses, y constantemente procuran asaltarlos en las manos de sus depositarios: el individuo pugna contra la masa, y la masa contra la autoridad. Por tanto, es preciso que en todos los gobiernos exista un cuerpo neutro que se ponga siempre de parte del ofendido, y desarme al ofensor. Este cuerpo neutro para que pueda ser tal, no ha de deber su origen a la elección del Gobierno, ni a la del pueblo; de modo que goce de una plenitud de independencia que ni tema, ni espere nada de estas dos fuentes de autoridad.

Los peligros que significaba la constante renovación de las aspiraciones populares se conjugaban, en su opinión, con las pretensiones del poder legislativo, necesariamente sensible a la presión de sus mandantes para limitar las facultades del poder ejecutivo. Era, pues, necesario a sus ojos que dispusiera éste de todos los instrumentos necesarios para evitar los peligros de la anarquía, y que tuviera la estabilidad necesaria para enfrentar al pueblo. Decía en el discurso de Angostura:[60]

Estas mismas ventajas son, por consiguiente, las que deben confirmar la ne-cesidad de atribuir a un Magistrado Republicano, una suma mayor de autoridad que la que posee un príncipe constitucional.

Un Magistrado Republicano es un individuo aislado en medio de una sociedad, encargado de contener el ímpetu del Pueblo hacia la licencia, la propensión de los Jueces y administradores hacia el abuso de las Leyes. Está sujeto inmediatamente al Cuerpo Legislativo, al Senado, al Pueblo; es un hombre solo resistiendo el ataque combinado de las opiniones, de los intereses, y de las pasiones del Estado social, que como dice Carnot, no hace más que luchar continuamente entre el deseo de dominar, y el deseo de sustraerse a la dominación. Es al fin un atleta lanzado contra multitud de atletas.

Sólo puede servir de correctivo a esta debilidad, el vigor bien cimentado y más bien proporcionado a la resistencia que necesariamente le oponen el Poder ejecutivo, el Legislativo, el Judiciario, y el Pueblo de una República. Si no se oponen al alcance del Ejecutivo todos los medios que una justa atribución le señala, cae inevitablemente en la nulidad o en su propio abuso; quiero decir, en la muerte del Gobierno, cuyos herederos son la anarquía, la usurpación y la tiranía.

>Así quedó constituido el modelo del Estado republicano autoritario, que consagró en lo fundamental la constitución boliviana de 1826, elaborada por el propio Bolívar. El fundamento de la soberanía popular quedaba salvado, los principios de la división de poderes respetados, las libertades individuales consagradas, pero el poder político podía regular las presiones de los distintos grupos políticos y prevenir los riesgos de la tan temida anarquía, que no solía ser sino el fruto de las tensiones sociales, en busca de un nuevo equilibrio.

Como en el caso boliviano, los jefes militares que en otros países llegaron al poder y mantuvieron las preferencias republicanas y los principios institucionales de Bolívar, pugnaron siempre por fundar su autoritarismo espontáneo en prescripciones constitucionales. Los grupos liberales se opusieron sistemáticamente, y acaso podría de-cirse que así se definieron las diferencias entre los partidos conservadores y los partidos liberales de allí en adelante. Pero, aun violando las instituciones, las dictaduras militares ejercieron de hecho un tipo de poder, que correspondía al mismo esquema. Pocos testimonios tan ilustrativos como el de la señora de Francés Erskine Inglis de Calderón de la Barca,[61] esposa del primer ministro plenipotenciario que España envió a México, y que ha dejado un vivo y minucioso relato del golpe militar encabezado en 1849 por el general Santa Anna. Una sabia retórica republicana y liberal encubría el establecimiento de un poder fuerte sin otras limitaciones que las que impusieran los grupos de poder, cuyos portavoces eran los mismos que se hubieran sentado en los parlamentos que se hubieran reunido.

Pero Bolívar no quiso la dictadura sino el poder constitucional fuerte. Ese esquema no fue desdeñado por los liberales, muchos de los cuales, llegados al gobierno, adoptaron un estilo autoritario aun cuando su política estuviera destinada a instaurar los principios del liberalismo. Tal fue el caso de Rocafuerte en el Ecuador, de Castilla en el Perú, de Mosquera en Colombia y, más tarde, de Barrios en Guatemala. Para sobreponerse a la fuerza de los grupos conservadores y, especialmente, a la de la Iglesia, apelaron todos ellos a procedimientos considerados a veces dictatoriales, y sus gobiernos, en efecto, fueron juzgados como dictaduras más de una vez, y acaso con bastante fundamento. No se sabría decir categóricamente, y sin establecer muchos matices, si fueron éstos, gobiernos de derecha, aun cuando les corresponda esta caracterización por el tipo de comportamiento político, puesto que, por lo contrario, se mostraron favorables a la promoción de cambios económicos y sociales.

No menos dudas suscita el diagnóstico del más notable y conflictivo caso de republicanismo autoritario: el de Chile durante la época de Diego Portales, que fue considerado por sus contemporáneos como ejemplo de gobierno conservador y adoptado como modelo por muchos regímenes conservadores latinoamericanos.

Escribiendo veintiséis años después de su asesinato, su biógrafo Vicuña Mackenna[62] —un liberal— se preguntaba cuáles habían sido realmente las tendencias políticas de Portales, refiriéndolas a los dos partidos clásicos, conservadores y liberales, que él designaba con sus nombres populares de pelucones y pipiolos:

Y aquí salta a la vista una cuestión de lógica histórica, más bien que de tradición, porque el escritor crítico se pregunta, delante de los singulares y marcados contrastes de aquella rara existencia, cuál fue su verdadero carácter político, aparte de círculos y afecciones puramente personales. Y en verdad, aunque la tradición vulgar esté en esta parte completamente sancionada. la historia todavía duda. ¿Fue Portal es pelucón? ¿Fue pipiolo? He aquí el dilema que chocará a los unos como blasfemia y a otros como una cruel ironía.

Don Diego Portales, es verdad, tuvo por aliado el bando histórico llamado de los pelucones, pero nunca fue su caudillo. Fuéronlo de aquél, a la vez, Egaña y Rodríguez Aldea, y como intermediario entre ambos, el acomodaticio ministro Tocornal, su verdadero organizador político en la administración, pues los primeros eran sólo las dos antiguas columnas de su vetusto pórtico. La historia que hemos trazado en estas páginas está revelando, por cada una de sus faces, aquella verdad inmutable, que coloca a su protagonista en una posición única y excepcional delante de todas las facciones hostiles y de la propia que lo aclamaba como jefe. Casi no se menciona, en verdad, el nombre de uno solo de esos graves personajes del peluconismo, a quien no impusiera don Diego Portales alguna humillación, o de quien no tuviera a escondidas o en sus labios una sincera queja.

Por más que se busque, no existía ciertamente punto alguno de contacto ni de afinidad de hábitos, carácter o ideas, con los hombres que eran las lumbreras o los pilares de aquel poder que sólo apareció compacto más tarde sobre la arena, armado para combatir, como en 1840, o armado para la resistencia, como en 1851.

La historia del peluconismo propio comienza únicamente en la tumba del Barón. Don Diego Portales, en verdad, no tuvo más señal del tipo genuino pelucón, que el tupé postizo con que cubría su calvicie (calvicie de pipiolo…), y si a este solo título se le reconoce aquel nombre, es indudable que la historia no tiene ya para qué hacer valer su severa lógica en la duda.

Y tras de señalar algunos rasgos característicos de la contradictoria personalidad del ministro, concluía:

¿Y era éste, ni podría ser tal hombre, el caudillo de los pelucones, de aquel partido pretencioso de la aristocracia de los blasones y de las talegas, cuando él ha-cía mofa de pergaminos y no tenía a veces dinero suelto para comprar cigarros? ¿Del partido fastuoso y regalón de las tertulias de malilla y rocambor en salones de oro, cuando vivía en cuartos de alquiler y sus favoritos cortesanos eran Adalid Za-mora, don Isidro Ayestas y Diego Bórquez? ¿Del partido, en fin, timorato y com-pungido de las sacristías y de las sotanas cuando era reconocido por un ‘hereje’ (lenguaje de Santiago), y el clérigo Meneses temblaba al escuchar sus blasfemias, que es fama no excusó aun en presencia de su primo, el pulcro y modesto Obispo Vicuña?

o innegable es que Portales fue hombre de acción, refractario a la seducción de las ideologías y partidario de un sistema ordenado en el que las luchas políticas no esterilizaran el desarrollo económico. Sus opiniones políticas quedaron claramente expresadas en una carta que escribió desde Lima en marzo de 1822, en la que decía:[63]

La democracia que tanto pregonan los ilusos, es un absurdo en los países como los americanos, llenos de vicios y donde los ciudadanos carecen de toda vir-tud, como es necesario para establecer una verdadera república. La monarquía no es tampoco el ideal americano: salimos de una terrible para volver a otra y, ¿qué ganamos? La república es el sistema que hay que adoptar; pero, ¿sabe como yo la entiendo para estos países? Un gobierno fuerte, centralizador, cuyos hombres sean verdaderos modelos de virtud y patriotismo, y así enderezar a los ciudadanos por el camino del orden y de las virtudes. Cuando se hayan moralizado, venga el gobierno completamente liberal, libre y lleno de ideales, donde tengan parte todos los ciudadanos. Esto es lo que yo pienso y todo hombre de mediano criterio pensa-rá igual.

Estas opiniones se asemejaban notablemente a las de Bolívar, y por ellas fue considerado conservador por los liberales. Respetaba, por cierto, los principios de orden heredados de la Colonia, pero no es igualmente exacto que procurara consolidar el sistema económico y social de la Colonia, porque, comerciante él mismo, y admirador de los Estados Unidos, promovió el desarrollo de nuevas formas económicas que abrían el camino de las burguesías. El liberal Vicuña Mackenna[64] resumía así su acción de gobierno:

Portales aparece entonces, desde cualquier horizonte que se le mire, como el coloso de la historia. Está solo, y por lo mismo, se ve más grande. Va a hacer la mudanza de la sociedad, después de haber hecho su trastorno; pero no consiente, ni auxiliares, ni consejos, ni inspiración alguna superior, porque se encuentra capaz de hacerlo todo, con tal de hacerlo todo por sí solo. Así, su labor pública es inmensa; sin límites su consagración al bien de la patria: su abnegación a todos los egoísmos que aquejan al hombre, verdaderamente sublime y ejemplo. Sin hacer cuenta ni de los ‘pipiolos’, a quienes su espíritu, lisiado casi siempre de incomprensibles extravagancias, llama peleajanos; ni de los ‘pelucones’, a quienes denomina huemules; ni de los presidentes, a quienes da el nombre de Ayestas; ni de él mismo, pues a sí se llama dictador plebeyo, o según su propia frase, ministro Salteador, él va a un fin dado, con todas las fibras del corazón palpitantes de energía, con la sonrisa de su genial humor sobre los labios, y no le importa que, al pasar, en su ardiente carrera sus propios amigos le llamen loco i ni que los adversarios que le combaten con una obstinación suprema, le apostrofen de tirano!

Portales en alas de su genio, entre tanto, viene atravesando el caos, y a medida que pasa, va dejando los cimientos de una prodigiosa creación, de la que los bandos que luchan o se acechan no se aperciben de pronto, pero que la historia desentraña cuando penetra con su linterna de luz en los arcanos del pasado. Anula el ejército y crea la Academia Militar; somete a la plebe y crea la guardia nacional; destruye el favoritismo financiero, herencia de la Colonia, y crea la renta pública; persigue la venalidad, plaga de la magistratura española, y regulariza la adminis-tración de justicia; desbarata el favoritismo de los empleos y crea la administración. Portales inicia así la más grande de las revoluciones a que aspira la República hoy mismo, la Revolución contra la rutina. No quiere el polvo de lo antiguo ni en los códigos, ni en las costumbres, ni en la educación pública, ni siquiera en las oficinas del Estado.

Casi sin riesgo de ser vulgar podría el escritor político describir a Portales en aquella época, armado del ‘plumero’ (mueble que él aclimató en las regiones oficiales, donde parecía exótico), y pasando por todas partes, sacudió la espesa capa de hollín que dejó la Colonia; sólo que a veces empleaba el mango, cuando la mancha no estaba en los muebles sino en los hombres…

Si Portales no fue por esto un gran revolucionario, fue más todavía, porque fue un gran innovador. Se ocupó poco de las leyes y de los principios, que su funesta ignorancia no le permitió comprender en todo su alcance; pero todo lo demás lo cambió de lugar, lo hundió en la nada o lo sustituyó por una de sus creaciones propias. Eran éstas, por lo común, toscas e imperfectas construcciones, parto de su genio inculto, pero en su conjunto bastarían a formar el andamio de hierro en que dejó sentadas las bases de la República que antes habían sido arena. Don Diego Portales fue el gran revolucionario de los hechos, fue el ejecutor práctico y tenaz de todo aquello que en el gobierno de sus antecesores había sido una bella teoría o un turbulento ensayo; en una palabra, hizo la Revolución administrativa, en el tercer período de crecimiento del país, después que los liberales habían hecho en su pubertad la Revolución política, v los primeros patriotas, en su cuna, ese cambio de nodrizas que se ha llamado la Revolución de 1810 y que nos dio una madre en lugar de una madrastra.

Y lo que maravilla en todo esto es que Portales realizase cosas tan nuevas y tan extraordinarias en el país, sin previo aprendizaje, sin ideas preconcebidas, sin maestros, sin estudio, sólo por la fuerza de un instinto poderoso y creador, al que no puede menos de reconocérsele la índole del genio. Portales, se ha dicho como un reproche, fue un hombre improvisado; pero fue más que eso, un extraordinario improvisador. Todo lo hizo a carrera y más o menos bien, pero lo hizo él solo con un esfuerzo de laboriosidad y dedicación, al que no ha alcanzado en Chile ningún hombre público, y atiéndase que todo lo que llevó a cabo fue sin sueldo, habiendo perdido su fortuna en la Revolución, y rehusando, a la vez, todos los honores y todos los empleos que se le conferían sin reparo.

La vasta polémica alrededor de Portales pone claramente de manifiesto el difícil problema de la caracterización de la derecha en Latinoamérica. Ciertamente, la aparición de una alta burguesía mercantil modifica los criterios y los complica, pues sus intereses no sólo la acercan poco a poco a ciertos grupos señoriales sino que la separan de los grupos liberales eminentemente ideológicos.

Portales se situó a la derecha de esos grupos liberales eminentemente ideológicos porque creyó necesario postergar la consumación del establecimiento de un sistema de plena libertad y de democracia política. Pero no trabajó menos que Rocafuerte o que Castilla a favor de una burguesía que prometía sacudir el viejo sistema señorial. Por esto último no podría decirse de él que fuera una expresión típica de la derecha. Una última salvedad podría hacerse: su comportamiento podría considerarse de derecha si se lo considerara un precursor de una política calculada para permitir la formación y consolidación de una alta burguesía sin que se abrieran las compuertas para el ascenso de nuevos sectores medios y populares. Tal fue precisamente la tendencia de las altas burguesías de muchos países latinoamericanos hacia fines de siglo, que concluyen constituyendo cerradas oligarquías.

4. El pensamiento político de las oligarquías liberalburguesas desde fines del siglo XIX

Hasta la segunda mitad del siglo XIX la estructura socioeconómica de Latinoamérica mantuvo ciertos caracteres constantes. En términos muy generales la caracterizaba una sociedad dual en las áreas rurales y una burguesía urbana en la que el sector mercantil no alcanzaba a tener poder económico suficiente como para interferir en el sistema inspirado y dirigido por las clases poseedoras de la tierra; era, por lo contrario un sector dependiente de éstas, con una función intermediaria en la economía, y generalmente también en la política.

Sólo a partir de mediados del siglo XIX la burguesía urbana empezó en algunos países a tener mayor independencia, al producirse ciertos cambios de importancia en la vida económica. Si hasta entonces su papel había sido pasivo y cumplía funciones dentro de un sistema que no controlaba, de allí en adelante empezó a tener iniciativa propia y a diseñar otro sistema en el que las clases poseedoras de la tierra, aún siendo piezas fundamentales del juego, debían reconocer una zona, a veces extensa, de control. Era, naturalmente, la alta burguesía vinculada al comercio de exportación e importación, a la banca, a la especulación y a la administración pública. Apresurémonos a decir que muchos miembros de los grupos señoriales no vacilaron en incorporarse a esas actividades y operaron simultáneamente en los dos sectores de la economía, el primario y el terciario: pero el terciario incorporó a mucha gente que venía de otro origen: eran a veces extranjeros, radicados o no; gentes de clase media a quienes el dinero, las profesiones liberales o la política habían permitido alcanzar posiciones que el sistema hacía importantes o acaso decisivas; y el sistema mismo, más dependiente del mercado comprador que de los sectores de la producción, al escapar al control de los grupos po-seedores de la tierra, ofrecía importantes posibilidades de decisión, de lucro y de influencia a quienes llegaban a los puestos desde los cuales se ejercía su control.

Al cabo de poco tiempo —hacia la última década del siglo— se había diferenciado en el seno de los sectores medios una alta burguesía que tenía ya una inequívoca figura como clase económica y social, y claros designios que, en algunos aspectos, no coincidían con los de los grupos señoriales. Mantuvieron éstos sus convicciones básicas y sus ideas políticas, y cuando aceptaron su nuevo papel dentro de la economía en cambio, pretendieron conservarlas aun cuando colaboraban en la modificación de la estructura económica. Esta contradicción se advirtió en sus relaciones con la nueva burguesía liberalburguesa que, cada día más, alcanzaba mayor preponderan-cia. Hubo alianzas y oposiciones, pero los dos grupos, aún procurando coincidir ante la perspectiva de adversarios comunes —las clases medias y populares en ascenso— delinearon posiciones distintas. Cada vez más se perfiló la existencia de dos derechas.

La renovación de la situación social

Los cambios que se produjeron en la situación social de la mayoría de los países latinoamericanos fueron la consecuencia de la Revolución industrial operada en Europa, y que modificó rápida y profundamente tanto su estructura económica como la de los Estados Unidos. No sólo se produjo un acelerado incremento en la demanda de las materias primas que se relacionaban con las nuevas industrias, sino que creció mucho la de productos alimenticios. Los propietarios europeos de tierras elegían cuidadosamente el destino que le darían, y diversas circunstancias los alejaron en alguna medida de su antiguo tipo de producción. Por lo demás, los campesinos se sintieron atraídos por las ciudades, y produjeron un intenso éxodo rural de doble consecuencia: disminución de la producción de alimentos y creciente demanda de éstos en las zonas urbanas, cada vez más intensamente pobladas.

La consecuencia fue un cambio importante en la posición de Latinoamérica con respecto a Europa y los Estados Unidos. Esos mercados consumidores exigieron determinados productos dentro de un gigantesco plan de producción concebido en escala mundial, y esa exigencia, mucho más remunerativa que antes, fijó ciertas condiciones a la producción. El mercado consumidor estableció el o los productos exportables; prefiriendo en cada país un sistema de monoproducción estableció altos precios, pero fijó también altos niveles de calidad que requerían nuevas técnicas no sólo en la etapa de la producción sino también en la de la distribución; estableció relaciones de dependencia financiera que importaban dependencias inevitables y regímenes de importación de productos manufacturados; exigió privilegios y garantías que le fueron acordados a través de gobiernos a los que transformó en sus personeros; pero, sin duda, promovió una activa modernización de los países latinoamericanos, aunque al precio de una dependencia económica que muy pronto implicó, directa o indirectamente, una cierta dependencia política.

Esa dependencia convirtió al Brasil en un exportador de café. La Argentina, abandonando la elaboración de tasajo, se dedicó a la producción de cereales y de carnes, según las exigencias del mercado inglés; Cuba y Puerto Rico a la de la caña de azúcar; los países centroamericanos, a la de café y maderas; México, Perú, Bolivia, a la de minerales. La producción tenía comprador seguro, pero como a veces era el comprador único, fijaba los precios, estipulaba las calidades e imponía condiciones accesorias. La más importante fue la de equilibrar la balanza comercial mediante la importación de productos manufacturados, contrariando las posibilidades de desarrollo manufacturero local.

Las últimas décadas del siglo constituyeron una época de desarrollo en casi todos los países latinoamericanos y de formidable enriquecimiento de sus clases altas: las clases poseedoras de la tierra que suministraban el producto y las clases burguesas que intervenían en el complejo mecanismo de la distribución y el crédito. En algunos países aparecieron poco a poco algunas actividades manufactureras relacionadas con esa producción; pero, en casi todos, los sectores que más se enriquecieron fueron, además de los productores, los exportadores e importadores, y los que tuvieron éxito en la desorbitada especulación que acompañó el proceso de desarrollo.

Efectivamente, las nuevas posibilidades que se abrían exigían una renovación del dispositivo técnico. Era menester hacer caminos y puentes, puertos, edificios y, sobre todo, ferrocarriles. Las ciudades exigían además obras públicas importantes: aguas co-rrientes, desagües, pavimentos. Para todo eso, los países compradores ofrecieron a cada uno de los países con los que mantenían relación, fuertes y renovados empréstitos que originaron, junto con otros factores, graves problemas financieros. El crédito y la espe-culación contribuyeron también a renovar la fisonomía de la nueva sociedad.

En la euforia del desarrollo, el crédito adquirió también caracteres de especulación. Aparecían y desaparecían empresas y sociedades destinadas a la ejecución de ambiciosos proyectos, que creaban fortunas y las hacían desaparecer; y en el otorgamiento de los créditos, de las concesiones y privilegios, quienes estaban vinculados al poder tenían la posibilidad de obtener ventajas que significaban quizás el enriquecimiento repentino. Cosa semejante ocurrió con la especulación en tierras, hecha en previsión de la expansión de las ciudades, de la fundación de colonias y, sobre todo, de la construcción de caminos, puertos y ferrocarriles.

Reflejo indirecto de la expansión europea y norteamericana, la nueva riqueza operó cambios sociales de gran trascendencia en Latinoamérica. Quizás el más notable y visible fue el que resultó de una importante inmigración europea: Uruguay, Argentina, Brasil, Chile. México; países de clima templado y semejante al de algunos países europeos, fueron los preferidos. En pocas décadas se incorporaron a las sociedades tradicionales contingentes numerosísimos de italianos, españoles, alemanes, judíos y, en menor escala, de otras nacionalidades. El desarrollo económico implicaba el problema de la mano de obra; y al tiempo que se desechaba definitivamente el trabajo de los esclavos, se buscaba otra mano de obra más eficiente, abriendo algunos cauces nuevos para la economía, como la producción del café en Brasil o de los cereales en la Argentina.

Pero, al mismo tiempo, la inmigración buscó las ciudades, acrecentó el complejo de las poblaciones urbanas y formó vastos sectores de pequeña clase media, artesanal o comercial, que codificaron la fisonomía de las ciudades. Esas clases medias, sustentadas por la vasta empresa de intermediación que suponía la producción en gran escala de productos exportables y la importación de artículos manu – facturados, suscitaron toda clase de problemas derivados; compuestas, naturalmente, no sólo de inmigrantes, sino también de población criolla —mestizos muy especialmente en algunos países—, revelaron la fuerte tendencia de sus miembros a mejorar su posición social y económica. Fueron sectores de gran movilidad en muchos países, y no sólo hubo deslizamientos desde situaciones de baja clase media hacia sectores profesionales y comerciales en una o dos generaciones, sino que hubo una marcada tendencia de sus miembros a lograr cierta participación política.

En el seno de las clases populares se advirtieron también algunos cambios. Los sectores rurales criollos o indígenas fueron quizá los más estáticos. Pasaron a veces del sistema paternalista de las viejas haciendas a un sistema industrial despersonalizado que agravó aún más su situación. En las ciudades, en cambio, mejoraron algo los sectores asalariados. Donde hubo éxodo rural, los criollos, indios y mestizos se incorporaron a actividades nuevas: fueron generalmente peones en las grandes obras públicas, o en la construcción, o ejercieron pequeñas manufacturas y aun cierto comercio. Donde hubo in-migración europea, los inmigrantes que no lograron ascender de clase, ni siquiera al sector artesanal, fueron también peones en obras, trabajaron en las artesanías —como panaderos, herreros, etcétera—o se ocuparon de servicios públicos. También ellos manifestaron cierta tendencia a la participación política acompañando a quienes iniciaron movimientos de resistencia antipatronal —que fueron preferentemente artesanos— o integrándose en la clientela de los caciques o caudillejos políticos.

Por sobre esta masa activada por el impacto del desarrollo económico se situaba, según la escala de prestigio social, una clase media tradicional; profesionales, comerciantes, pequeños propietarios, burócratas, que se mantuvieron al margen de la ola de ese desarrollo. Atada a sus costumbres y a sus prejuicios, declinó por el solo hecho de mantenerse estable, y no quiso o no fue capaz de encontrar un camino para salir de su posición. Pero por encima de ella se situó otro sector de la clase media que sí supo encontrarlo. De sus filas salieron quienes integraron la primera o la segunda fila de esa alta burguesía, un poco aventurera, que se puso a la cabeza de la sociedad en cambio.

Esa alta burguesía, sin embargo, tenía también en su núcleo un sector de las clases altas tradicionales, vinculado ya a la riqueza mercantil o al poder, dos puertas que abrieron el paso a la formación del nuevo grupo. De mentalidad moderna, llamémosle así, desencadenó el cambio o contribuyó a su logro, sin escrúpulos y con audacia, alcanzando pronto un nivel de influencia y riqueza que lo separó del conjunto de su clase. Ese sector fijó una posición, y a su alrededor se aglutinaron grupos más altos y más bajos: algunos provenientes de las clases señoriales que quisieron participar de la aventura de la nueva riqueza en todos los niveles —y no sólo en el de la producción— y otros provenientes de las clases medias. Este conjunto fue el sector dinámico de la sociedad y creó las nuevas fórmulas políticas que adoptaron casi todos los países latinoamericanos al finalizar el siglo XIX, tan variadas como puedan ser sus apariencias.

La continuidad del pensamiento político de los grupos señoriales

A pesar de la profundidad de los cambios que se operaron en la estructura socioeconómica de los diversos países latinoamericanos en la segunda mitad del siglo XIX, los grupos señoriales se resistieron a modificar sus convicciones políticas. Este hecho, tan simple como pueda parecer en apariencia, explica muchos aspectos de la vida social y política latinoamericana.

Como poseedores de los medios de producción, la tierra en primer lugar, los grupos señoriales —o la casi totalidad de sus miembros— aceptaron un cambio que los beneficiaba y se prestaron a sumarse a él en el plano estrictamente económico. Fueron capaces de modificar la organización de las haciendas, de adoptar nuevas técnicas de producción, de abandonar ciertas tradiciones a las que parecían atados. Pero pretendieron mantener su concepción del mundo, su sistema de valores, su concepción de la política, aun cuando por vía intelectual advirtieran la contradicción que ello implicaba.

Sin duda esa contradicción estaba latente desde los tiempos de la conquista. Esos grupos señoriales, dotados de vastas extensiones de tierra en un mundo colonial que se insertaba en el área del desarrollo mercantilista, adoptaron una actitud feudal hacia adentro —en sus haciendas y con respecto a la sociedad colonial—, pero aceptaron y siguieron una actitud mercantilista hacia afuera. Acaso esta dualidad explica la polémica acerca de si la conquista hispanoportuguesa fue feudal o capitalista, sobre la que no es oportuno entrar aquí. Parece evidente que sí fueron las dos cosas: una hacia adentro y otra hacia afuera. Y, cuando tres siglos después, el mundo mercantil —esto es, el mercado mundial integrado— adoptó una nueva fisonomía, los grupos señoriales pretendieron mantener la contradicción, aceptando los nuevos requerimientos de la economía mundial sin modificar su concepción política y social en relación con la sociedad en que vivían. Esta pretensión ya era un poco anacrónica en el siglo XVI; lo fue aún más a comienzos del siglo XIX al producirse los movimientos emancipadores; pero resultó absolutamente insostenible después de promediar el siglo XIX, cuando se sintieron los efectos no ya de la Revolución mercantil, sino los de la Revolución industrial.

Con todo, los grupos señoriales latinoamericanos abandonaron su pretensión, y así como habían sabido —y podido— resistir las influencias de la ideología liberal, intentaron resistir las situaciones de hecho que creó el impacto de los nuevos requerimientos económicos.

Esta vez el proceso de secularización fue más vigoroso aún, porque su peculiar dinámica creó en los diversos países latinoamericanos una burguesía urbana muy móvil, y con una especialización funcional en el proceso de intermediación que aseguró las posibilidades de una nueva opción para los sectores sociales dependientes de los grupos señoriales. El proceso de movilidad social fue intenso, el éxodo rural se aceleró, y los grupos señoriales perdieron buena parte de los recursos que poseían para asegurar la perduración de su hegemonía y el primado de sus concepciones políticas.

Empero, no cedieron. Ciertamente, perdieron fuerza sus convicciones, y perdieron también eficacia sus principios, que comenzaron a adquirir un aire anacrónico. Pero igualmente no cedieron y buscaron refugio donde pudieron hallarlo, aun cuando la defensa de los ideales tradicionales cobró a veces un tono romántico y nostálgico, y otras veces un aire de confesada impotencia, y en ocasiones una agresividad eficaz.

La debilidad del pensamiento político de los grupos señoriales residía en que pretendía defender la legitimidad del orden social y político tradicional y las formas de vida y los ideales tradicionales, pactando sin embargo con una nueva estructura económica mercantilista, organizada como dependencia de una estructura industrial foránea. La contradicción era tan obvia que los grupos señoriales no asumieron frecuentemente la defensa doctrinaria de sus posiciones, sino que se limitaron a sostener estas últimas en los hechos, disfrazando generalmente sus fundamentos con una nueva retórica más o menos eficaz. Quizás el más brillante episodio de la defensa de la concepción tradicional de la vida, intentada tardíamente en el seno de una sociedad que había girado resueltamente hacia su inclusión en la periferia de la sociedad industrial europea, sea la Revolución que desató en el Uruguay, en 1897, Aparicio Saravia, “…hijo de una opulenta familia del departamento de Cerro Largo, fuerte hacendado y de reputación personal altamente favorable”.[65]

El cronista de la Revolución fue Luis Alberto de Herrera, más tarde jefe del Partido Nacional —o Partido Blanco— y heredero político del caudillo rebelde, que caracterizó así el movimiento:[66]

Sin embargo, el Partido Nacional no se encontraba preparado para entrar en liza.

Treinta y tantos años de derrota, llevan cierto desorden a las filas, empalidecen el brillo acerado de los ideales y dejan muchos claros y vacíos difíciles de llenar.

Pero de cualquier manera, hubiera o no hubiera elementos, el sacudimiento vendría. La doctrina evangélica no puede rezar con los pueblos altivos ni con los hombres de honor. ¿Quién no castiga un bofetón en la mejilla?

En efecto, el 25 de noviembre se supo en Montevideo con indecible sorpresa, que acababa de alzarse en armas casi en el centro de la República ya militarizada, don Aparicio Saravia en compañía de su hermano Antonio Floricio, alias Chiquito, y seguido por algunos centenares de paisanos, en su casi totalidad desprovistos de recursos de guerra.

Nadie dudó que se trataba de una sublime locura, cuya audacia infinita sabría castigar el afilado sable de los escuadrones bordistas. Idéntica apreciación flotaba en todas las esferas. Ya estaba cerrado el periódico de los levantamientos a lanza; ya había caducado la supremacía de los caudillos; ya los gobiernos eran invencibles.

Por lo demás ¿de dónde salía aquel rebelde de sombrero blando y poncho campero, general improvisado de un movimiento estrafalario?

Quizá no lo sabían las clases burguesas de la capital, aquellas personas que se agitan en esta inmensa colmena sin conocer otro camino que el de sus tareas, ni horizonte más alto que el tapete de su escritorio; pero para quienes reciben alguna vez los ecos de la rica campaña y siguieron las fases trágicas de la Revolución riograndense, poseía talla propia el infatigable guerrillero que ya atraía sobre sí, envidias y nacientes admiraciones.

La referencia final de Herrera puntualizaba la recepción del contraste entre dos formas de vida, rural y urbana, la primera de las cuales entrañaba una concepción lúdica y heroica: la segunda, en cambio, era propia de las “clases burguesas” de Montevideo y aparecía rutinaria y mezquina. Este dualismo, que había descrito, entre otros, Sarmiento, solía darse en los teóricos europeizantes como una oposición entre civilización y barbarie, de la que el término valioso era la civilización, esto es, la vida urbana, la vida de las burguesías. Herrera recogió el dualismo pero invirtió el signo de valor. Y tanta importancia le atribuyó, que explicaba con él —como los sociólogos burgueses— el curso de la historia de su país:[67]

Cada vez que leo la historia de mi país, pienso cuando llego a los promisorios acontecimientos de 1851, que ese año de cualquier modo memorable, debió ser para nuestra nacionalidad altísimo mojón denunciador de amplio y glorioso porvenir.

Sin indagar los motivos originarios, tienen explicación a nuestro juicio, los recios choques de bando que sucedieron y hasta precedieron a la declaratoria de la Independencia.

El país era muy reducido, muy temerarias las aspiraciones dominantes y en las edades viejas no eran pocos los soldados que ganaban cada ascenso al precio de una cicatriz.

Los prestigios militares cobraban vigor con facilidad, en tierra donde el valor había dejado de ser virtud por lo vulgar, donde se mecía a los niños cantándoles odio hacia el opresor, donde morir al enristrar la nativa lanza en defensa de los dioses lares, colmaba los anhelos de todos.

La espada pesaría de manera decisiva, cuando cristalizara un organismo político dentro de nuestros disputados límites; y el espíritu selvático de nuestros abuelos, las proverbiales rebeldías de antaño, perpetuadas y obedientes a la voz de los caudillos, importaban una seria amenaza de dislocamiento social.

Esas robusteces guerreras, el cariño al terruño que durante las épicas campañas por la emancipación amasó tantos heroísmos y tan beneficiosas resistencias, habían relajado los vínculos de la común disciplina.

Llegado el momento de la organización sólida y definitiva, ¿habría brazo bastante fornido, capaz de encauzar apetitos ilimitados y voluntades sin muelles, que sólo entendían de bolear potros, correr cuchillas y vivir en desafío a muerte con propios y extraños?

La vez que eso se quiso, quedó hoscamente señalada la prevención campesina a los hijos de las ciudades.

La ignorancia de las muchedumbres andariegas, exigía que para ser buen ciudadano se fuera antes buen gaucho. ¿Acaso quien no sabía dominar un caballo estaba en aptitud de dirigir los negocios comunes?

El dualismo se había planteado, y en esa antagónica disparidad de factores encontraremos la causa verdadera de las acciones y reacciones, de los desórdenes y conflictos que conmovieron la vida nacional durante medio siglo.

Pero el desprecio de los grupos señoriales por las clases burguesas no ocultaba poco de resentimiento, porque se habían visto obligados, para subsistir o para enriquecerse, a aceptar cierta tutela de los sectores mercantiles que dominaban la vasta red del comercio internacional, sin la cual nada valía su riqueza. Ese resentimiento condujo a una exaltación no sólo de los valores criollos tradicionales —rurales, lúdicos, heroicos— sino también a una exaltación de las familias y los hombres de aquellos grupos, a quienes se les confirió una superioridad natural sustentada con variados argumentos. Gilberto Freyre habla del “arianismo casi místico de Oliveira Vianna”,[68] porque el sociólogo brasileño fundó en razones de raza la superioridad de las viejas clases señoriales del Brasil. Decía en 1930 en su obra Evolución del pueblo brasileño,[69] refiriéndose a la época colonial :

En su estructura social, esos latifundios poseen tres clases perfectamente distintas: la señorial, la de los hombres libres, arrendatarios de la propiedad, y la de los esclavos, que son los obreros rurales.

En la primera clase figuran los señores del ingenio, su familia, sus parientes —muy numerosos, por demás, en esos tiempos de gran solidaridad familiar— y los individuos blancos agregados al señor del ingenio. Son todos casi enteramente de raza aria.

Oliveira Vianna[70] descubría en las familias de los señores de ingenio rasgos raciales inequívocos, pero también rasgos eugenésicos que perpetuaban virtudes excepcionales a lo largo de generaciones:

Esos grandes señores territoriales son, como sabemos, extremadamente celosos de sus linajes aristocráticos; procuran mantener lo más posible la pureza de la raza blanca de la cual descienden. Ahora, como blancos puros, el temperamento aventurero y nómade que los impele hacia los ‘sertoes’ a la caza de oro de indios, no les puede venir sino de una ancestralidad germánica: sólo la presencia en sus venas de glóbulos de sangre germánica puede explicar su combatividad, su nomadismo, esa movilidad incoercible que los hace irradiar por todo el Brasil, al norte y al sur, en menos de un siglo. Los braquicéfalos peninsulares de raza céltica, o los dolicocéfalos de raza ibérica, de hábitos sedentarios de índole pacífica, no parecen haber podido darles ni esa movilidad, ni esa belicosidad, ni ese espíritu de aventura y de conquista.

Otro hecho que parece reforzar también la presunción de la presencia de dolicocéfalos rubios, con celtas e íberos, en la masa de nuestra primitiva población, es el soberbio eugenismo de muchas familias de nuestra aristocracia rural. Los Cavalcanti en el norte, los Prados, los Lemes, los Buenos en el sur, son ejemplos de casas excepcionales que han dado al Brasil, desde hace trescientos años, un linaje copioso de auténticos grandes hombres, notables por el vigor de la inteligencia, por la superioridad del carácter, por la audacia y la energía de la voluntad.

Así se constituyó una clase social que Oliveira Vianna[71] veía predominar, legítimamente, durante el Imperio, perpetuando sus calidades tradicionales:

La afición por la vida rural, por otra parte, se acentúa y se refina, deshaciéndose de los aspectos groseros de la conquista: la posesión de una propiedad agrícola se convierte en aspiración común de todos los espíritus amantes de tranquilidad y de paz. Los elementos de la flor y nata de la sociedad, los políticos en evidencia, los estadistas, como todos los que quieren poseer un poco de autoridad social, procuran el punto de apoyo de una finca rural, de modo que en la vida pública y privada, obran con el decoro, la independencia y la hombría que sólo pueden tener aquellos para quienes el problema de la subsistencia está resuelto de un modo estable y cabal. ‘El brasileño que puede —dice un publicista del 2° Imperio— es agricultor; ejerce la única profesión verdaderamente noble de la tierra. Los empleos serviles los pospone. Recordad los aires señoriales y ciertos modales aristocráticos del gran propietario: es el tipo del brasileño rico’.

Esa aristocracia rural es la que provee todos los elementos dirigentes de la política en el período imperial. Los cargos de la administración local, en los municipios y las provincias, son llenados por ella. De ella salen la nobleza del Imperio y los jefes políticos que reúnen y organizan en los municipios y las provincias los elementos electorales y partidarios locales. De ella proceden también las juventudes que afluyen a las academias superiores del norte y del sur, a Recife, a Bahía, a San Pablo, a Río y siguen su carrera hacia las profesiones liberales y las altas esferas de la vida parlamentaria y política del país.

Y resumiendo el papel que esa aristocracia había desempeñado, concluía:[72] “En un país en que los elementos dirigentes tienen tal relieve y estatura, o se gobierna con ellos o, sin ellos, no se gobierna”.

Una reminiscencia, más o menos sublimada, de las creencias tradicionales en la superioridad de las viejas aristocracias en proceso de decadencia económica y social, apareció en las literaturas vernáculas cultas; escritores de familias tradicionales recogieron sosegadamente, sin espíritu polémico sino con un fuerte sentimiento nostálgico, los recuerdos de un pasado rural algo desvanecido y evocaron las formas de vida y las virtudes que entonces caracterizaron a los hombres de ese ambiente. Ricardo Güiraldes, Benito Lynch y Enrique Larreta en la Argentina y Carlos Reyles y Javier de Viana en el Uruguay intentaron la resurrección poética de los valores predominantes en una sociedad precapitalista.

Pero aun ellos, en su mayoría asiduos visitantes de París —un París burgués—, ponían de manifiesto la íntima e irresoluble contradicción de los grupos señoriales. Menos sublimada y más explícita fue la actitud de los que emprendieron lo que se ha llamado el “revisionismo histórico”, intento de aniquilar la obra de las burguesías ilustradas en el que, evitando el problema de las relaciones entre la burguesía de hoy y las nuevas clases populares, se las fustigaba por su actitud contra los grupos señoriales en virtud del apoyo que en el pasado recibieron éstos de las masas rurales.

La defensa de las viejas aristocracias y de sus descendientes y herederos llevó a algunos a defender también las ventajas de la estructura latifundista. En México, Francisco Bulnes atacó a la Revolución desde un punto de vista conservador, y no sólo fustigó a la “burguesía burocrática”, a la que atribuía la línea revolucionaria triunfante, sino también a quienes, como Zapata, pretendieron hacer una “Revolución racial” en beneficio de la clase indígena. En cambio, afirmó que México necesitaba una “dictadura organizada”, un gobierno de las clases acomodadas, y defendió el latifundio afirmando que cuando es trabajado por hombres libres —y no por siervos— crea riqueza y ofrece prosperidad a las clases populares. Citando estos pasajes, agrega Víctor Alba[73] que las ideas sociales de Bulnes “sintetizan las de una parte considerable de la sociedad mexicana, que jamás las formuló explícitamente”. Una vez más se advierte este curioso rasgo de la actitud señorial.

También sostenía Bulnes que tanto el partido conservador como el liberal eran “facciones corruptas”. Afirmaciones semejantes formularon en diversos países los sectores señoriales, a partir del momento en que los fenómenos de ascenso de clases medias y populares tornaron imposible su ascenso al poder por el camino del sufragio. El ejercicio de la democracia y los mecanismos por medio de los cuales se ejercitaba parecían ofrecer un espectáculo degradante a los ojos de quienes se sentían poseedores no sólo de los medios de producción sino también de un grado casi sublime de dignidad. En rigor, los grupos señoriales no poseían en su tradición más que la política del poder. Cuando tuvieron que descender a las formas competitivas de la política, no sólo perdieron el aplomo que les era peculiar, sino que tuvieron que aceptar —como en el campo económico— la intermediación de los grupos burgueses para evitar su desplazamiento en situaciones normales. Apelaron con frecuencia al recurso de provocar situaciones anormales, y para justificar ese proyecto, denunciaron el aspecto degradante de las luchas en las que hacían su aprendizaje político las clases medias y populares en ascenso. Empero, cuando aceptaron la intermediación de los sectores burgueses para participar en el poder, transigieron con las prácticas propias de las democracias incipientes, y coadyuvaron al triunfo ofreciendo sus clientelas sociales en calidad de clientelas políticas.

Algunos espíritus refinados y sin vocación por el poder —hijos sensibles de padres poderosos— renunciaron abiertamente a la política y transfirieron sus sentimientos aristocráticos a las actividades del espíritu. Al comenzar el siglo XX, exactamente en 1900, el escritor uruguayo José Enrique Rodó publicó un profundo ensayo que tituló Ariel,[74] en el que denunciaba los peligros de las democracias igualitarias:

Toda igualdad de condiciones es en el orden de las sociedades, como toda homogeneidad en el de la Naturaleza, un equilibrio inestable. Desde el momento en que haya realizado la democracia su obra de negación con el allanamiento de las superioridades injustas, la igualdad conquistada no puede significar para ella sino un punto de partida. Resta la afirmación. Y lo afirmativo de la democracia y su gloria consistirán en suscitar, por eficaces estímulos, en su seno, la revelación y el dominio de las verdaderas superioridades humanas.

Con relación a las condiciones de la vida de América, adquiere esta necesidad de precisar el verdadero concepto de nuestro régimen social un doble imperio. El presuroso crecimiento de nuestras democracias por la incesante agregación de una enorme multitud cosmopolita: por la influencia inmigratoria, que se incorpora a un núcleo aún débil para verificar un activo trabajo de asimilación y encauzar el torrente humano con los medios que ofrecen la solidez secular de la estructura social, el orden político seguro y los elementos de una cultura que haya arraigado íntimamente, nos expone en el porvenir a los peligros de la degeneración democrática, que ahoga bajo la fuerza ciega del núcleo toda noción de calidad; que desvanece en la conciencia de las sociedades todo justo sentimiento del orden; y que, librando su ordenación jerárquica a la torpeza del acaso, conduce forzosamente a hacer triunfar las más injustificadas e innobles de las supremacías.

De todos los riesgos que la democracia implicaba, ninguno le parecía más grave que el predominio del espíritu utilitario:[75]

La ferocidad igualitaria no ha manifestado sus violencias en el desenvolví – miento democrático de nuestro siglo, ni se ha opuesto en formas brutales a la sere-nidad y la independencia de la cultura intelectual. Pero, a la manera de una bestia feroz, en cuya posterioridad domesticada hubiérase cambiado la acometividad en mansedumbre artera, e innoble, el igualitarismo, en la forma mansa de la tendencia a lo igualitario y lo vulgar, puede ser un objeto real de acusación contra la de-mocracia del siglo XIX. No se ha detenido ante ella ningún espíritu delicado y sagaz a quien no hayan hecho pensar angustiosamente algunos de sus resultados en el aspecto social y en el político. Expulsando con indignada energía del espíritu humano aquella falsa concepción de la igualdad que sugirió los delirios de la Re-volución, el alto pensamiento contemporáneo ha mantenido al mismo tiempo, so-bre la realidad y sobre la teoría de la democracia, una inspección severa que os permite a vosotros, los que colaboraréis en la obra del futuro, fijar vuestro punto de partida, no ciertamente para destruir, sino para educar el espíritu del régimen que encontráis en pie.

El consejo se dirigía a los jóvenes. Lo recogieron todos los que buscaban una justificación para sus vocaciones intelectuales y estéticas en una sociedad efectivamente orientada hacia el lucro. Pero el sentimiento que generó fue en cierto modo una especie de transferencia de la actitud señorial y la cálida receptividad que hallaron las ideas de Ariel revelaron que esa actitud perduraba. En el campo de las ideas y de la creación justificó un vivo sentimiento de elite, que constituyó sólido fundamento, precisamente, para las aristocracias del espíritu a la que se acogían, por cierto, no sólo quienes pertenecían a los tradicionales grupos señoriales sino también los que aspiraron al ascenso social acercándose a ellos como epígonos más o menos farisaicos. Y trasladado al campo de la política promovió un escepticismo frente a las incipientes democracias, que avivó no mucho después los designios de los que, como el poeta argentino Leopoldo Lugones, juzgaron que había llegado “la hora de la espada”.

La acometida más beligerante de los grupos señoriales —o mejor, de quienes intentaban salvar lo que de esa tradición parecía rescatable— adoptó los caracteres de un ataque frontal contra la política liberal, en nombre de los principios del catolicismo, al que los liberales respetaban pero trataban de confinar, secularizando la vida pública.

La apelación a los problemas últimos de la fe implicaba una absolución de posiciones que los políticos liberales rehuían, puesto que, siendo católicos o conociendo la fuerza social del catolicismo, fundaban su laicismo en una prescindencia religiosa y de ningún modo enfrentaban los problemas de la fe. Pero los grupos católicos, alarmados por los progresos del regalismo y preocupados por lo que parecía, en las últimas décadas del siglo XIX, la liquidación final de los fundamentos tradicionales del orden social, apelaron a la más severa ortodoxia siguiendo las orientaciones de la política del Vaticano, trazada a través de las encíclicas Mirare vos (1832), Quanta cura (1864) y del Syllabus (1864).

Triunfó en el Ecuador García Moreno e impuso la ortodoxia con tal vigor que se ha dicho del Ecuador que fue el único país donde el Syllabus tuvo fuerza de ley. En Colombia, el movimiento que se llamó la “Regeneración”, encabezado por el presidente Rafael Núñez, logró oponer en la constitución de 1886 una concepción católica del Estado. En Uruguay y en la Argentina, en cambio, aunque la polémica fue encarnizada, los liberales se sobrepusieron a los católicos.

Juan Zorrilla de San Martín, el poeta de Tabaré, defendió el punto de vista católico en el Uruguay; Joaquín Larrain Gandarillas y Abdón Cifuentes en Chile. En la Argentina la polémica se planteó alrededor del problema de la educación pública y del Registro Civil, que sustraía a la Iglesia Católica el control de las personas: pero en su transcurso los diputados católicos enjuiciaron la totalidad del orden liberal y la civilización moderna.

Pedro Goyena[76] defendió en un debate parlamentario la doctrina pontificia del Syllabus:

¿Cuál es el progreso, cuál es el liberalismo, cuál la civilización que el Syllabus condena, al decir que el Pontífice romano no puede ni debe transigir con ellos?

Señor: el liberalismo que se condena es lo que en nuestros días se entiende por tal. habiéndose tomado como etiqueta una palabra engañosa por su analogía con la libertad, v que encubre precisamente lo contrario de ella; el liberalismo que se condena es la idolatría del Estado.

El liberalismo envuelve un concepto del Estado, según el cual puede éste legislar con entera prescindencia de la idea de Dios y de toda noción religiosa. El liberalismo es un modo de concebir la vida social, la administración, el gobierno, completamente desvinculados de la religión.

Pero no sólo el Estado liberal era lo condenable. Era la civilización moderna en su conjunto, con sus ideales y sus formas de vida, lo que merecía la condenación y exigía la vigilancia de la Iglesia:[77]

¡He ahí la civilización: el desarrollo de la sociedad bajo el aspecto material, bajo el aspecto moral!

Pero ¿es ésta la civilización moderna? ¡Ah, señores, no, mil veces no! ¡Todos lo sabemos; liberales y no liberales, creyentes y no creyentes, todos podemos dar testimonio del espectáculo de la vida a que asistimos y en que nos mezclamos como actores!

Contemplad la civilización moderna. ¿Qué es ella sino el predominio absor-bente de los intereses materiales? ¿Es cierto, acaso, que en medio de la pompa de las artes, que en medio de la riqueza y la abundancia, se haya desenvuelto satisfactoriamente el hombre como ser intelectual y moral? La respuesta no puede ser afirmativa. Si es cierto que el hombre ha progresado materialmente, no es cierto que brille por el esplendor de sus virtudes.

La ciencia, a la que jamás la iglesia fue hostil, ha tomado una dirección ex-traviada, por la influencia de un orgullo insensato. Los hombres que penetran en los arcanos del mundo: que se lanzan al espacio aéreo y navegan allí, esforzándose por burlar las corrientes adversas; que recorren los mares y la tierra con la velocidad del vapor; que mandan con mayor velocidad todavía, no ya el signo mudo del pensamiento, sino la palabra vibrante en los hilos del teléfono; que pintan con pinceles de pura luz. desconocidos a los antiguos, como decía un orador argentino; que analizan los aspectos lejanos; que descubren la vida en organismos ignorados por su pequeñez; los hombres que realizan tales maravillas, no son por eso más leales, no son más abnegados que en otros tiempos de la historia; su egoísmo, por el contrario, se refina y se hace más poderoso; y las sociedades contemporáneas ofrecen un desnivel chocante entre su grandeza material y la exigüidad, la pobreza, la debilidad de sus elementos morales! ¡Fenómeno sorprendente, donde aparece la dualidad humana! Nunca es más grande el hombre, se diría, que en el siglo XIX, gobernando la materia. dominando la naturaleza que parece ya obedecerle servilmente. Pero no es así. El hombre es a su vez rebajado, por su orgullo, hasta esa misma materia cuya docilidad se creería una horrible perfidia; y el alma suspira aprisionada en vínculos estrechos, el cielo no tiene promesas para la esperanza; el astro brillante no simboliza la fe: la mirada no descubre sino lo que es útil y aprovechable para una existencia efímera y fugaz. El horizonte se reduce; el hombre se empequeñece y se degrada!

Las doctrinas; el progreso; la civilización que a tan lamentables resultados conducen, eso es lo que el Syllabus, eso es lo que la Iglesia ha condenado; y bien clara se ve ahora la justicia de tal condenación.

Este cuadro exigía una actitud resuelta de quienes no creían en la llamada civilización moderna, sino en los ideales tradicionales, incompatibles con ella. Los católicos pusieron a los liberales en la disyuntiva de optar, pero no entre una u otra forma de vida, sino entre la salvación y la condenación, entre el paraíso y el infierno, dispusie-ron a la acción para alcanzar lo que, en la Argentina como en Colombia, llamaban la “Regeneración”. Tal fue también la requisitoria de José Manuel Estrada[78] durante la discusión parlamentaria de las leves liberales:

¡señores! Si los medios se subordinan a sus fines, el reino exterior de Cristo es la soberanía universal de la Iglesia. Y no hay salida entre los términos de esta alternativa: o la deificación del Estado por el liberalismo, que en doctrina es blasfemia, en política es tiranía, y en moral es perdición: o la soberanía de la Iglesia. íntegramente confesada, sin capitular con las preocupaciones, cuyo contagio todos, señores, hemos tenido la desgracia de aspirar en la atmósfera infecta de este siglo, y contra las cuales, congregados aquí en torno de nuestro prelado, protestamos hoy día delante del cielo v de los hombres, para ceñir, con la mente iluminada y el corazón gozoso, las armas de los adalides cristianos, por la gloria de Dios y la regeneración de la república!

Los ideales heroicos, la posesión de la tierra, la desigualdad social, la aristocracia del espíritu y la sumisión de las conciencias a la Iglesia Católica: tal era el haz de las ideas fundamentales que el espíritu señorial se empeñaba en defender frente a los cambios que se habían operado en la sociedad de los países latinoamericanos en la segunda mitad del siglo XIX. La lucha no fue a muerte, y los grupos señoriales se acomodaron poco a poco, sin confesarlo, a las nuevas situaciones, esperando filosóficamente que la crisis del orden nuevo devolviera periódicamente a sus manos el control de la economía, del poder y de las conciencias. Con frecuencia, un golpe militar solía contribuir a la restauración renovando la retórica del heroísmo.

El predominio del pensamiento político de la oligarquía liberalburguesa

Si los grupos señoriales pretendieron conservar sus tradicionales tendencias políticas a pesar del profundo cambio socioeconómico y social que se había operado, los grupos burgueses, en cambio, elaboraron las suyas en el proceso mismo; y aquéllos que las llevaron hasta sus últimas consecuencias lograron poder económico y poder político. Con ello, impusieron su pensamiento sobre el conjunto social, arrastrando tras de sí densos grupos sociales de variado origen.

Quizás el más importante problema, entre los que suscita el análisis del pensamiento político de la oligarquía liberalburguesa, sea el de cómo se constituyó ese sector. En términos generales, es evidente que hubo núcleos burgueses, extranjeros unos y nacionales otros.

que se fundieron con grupos señoriales renovadores para intentar la gran empresa. En cada país esa fórmula significó algo diferente. Los distintos grupos sociales operaron de distinta manera en México y en Argentina, en Chile y en Brasil, en Uruguay y en Colombia. Según la rigidez de la estructura social anterior fue más o menos fácil la formación de esas clases medias fluidas que generaba el proceso económico, y más o menos fácil la conquista del nuevo status social que ofrecía a los grupos en ascenso sus nuevas posibilidades económicas. Y del seno de esas clases medias surgió el conglomerado que rodeó el núcleo originario, se fundió con él, y constituyó finalmente la alta burguesía, cuyo poder la impulsó a forzar su distanciamiento del resto de las clases medias y constituirse en oligarquía política y eco-nómica. Esta tendencia al distanciamiento es lo que la transformó en una fuerza de derecha. Muchos de sus miembros provenían, sin duda, de sectores liberales que admitían la necesaria continuidad de ese proceso de ascenso social que podía asegurar la vigencia de un sistema democrático.

Pero la conquista del poder económico y político por un pequeño grupo puso una valla entre éste y el resto del conjunto social.

Justo Sierra hizo una descripción acabada de la burguesía mexicana de fines del siglo, polarizada políticamente, en su opinión, pero sin distinguir suficientemente los grupos de alta burguesía que asumieron activamente el poder y los grupos medios y populares que, aunque solidarios con aquéllos, sólo tenían una actitud pasiva. Decía en su Evolución política del pueblo mexicano.[79]

En este país, ya lo dijimos, propiamente no hay clases cerradas, porque las que así se llaman sólo están separadas entre sí por los móviles aledaños al dinero y la buena educación; aquí no hay más clase en marcha que la burguesía; ella absorbe todos los elementos activos de los grupos inferiores. En éstos comprendemos lo que podría llamarse una plebe intelectual. Esta plebe, desde el triunfo definitivo de la Reforma, quedó formada: con un buen número de descendientes de las antiguas familias criollas, que no se han desamortizado mentalmente, sino que viven en lo pasado y vienen con pasmosa lentitud hacia el mundo actual; y segundo con los analfabetos.

Ambos grupos están sometidos al imperio de las supersticiones, y, además, el segundo, al del alcohol; pero en ambos la burguesía hace todos los días prosélitos, asimilándose a unos por medio del presupuesto, y a otros por medio de la escuela. La división de razas que parece compilar esta clasificación, en realidad va neutralizando su influencia sobre el retardo de la evolución social, porque se ha formado entre la raza conquistada y la indígena una zona cada día más amplia de proporciones mezcladas que, como hemos solido afirmar, son la verdadera familia nacional; en ella tiene su centro y sus raíces la burguesía dominante. No es inútil consignar, sin embargo, que todas estas consideraciones sobre la distribución de la masa social serían totalmente ficticias y constituirían verdaderas mentiras sociológicas, si se tomaran en un sentido absoluto; no, hay una filtración constante entre las separaciones sociales, una osmosis, diría un físico; así, por ejemplo, la burguesía no ha logrado emanciparse ni del alcohol ni de la superstición. Son éstos, microbios sociopatogénicos que pululan por colonias en donde el medio de cultivo les es propicio.

Esta burguesía que ha absorbido a las antiguas oligarquías, la reformista y la reaccionaria, cuyo génesis hemos estudiado en otra parte, esta burguesía tomó con – ciencia de su ser, comprendió a dónde debía ir y por qué camino, para llegar a ser dueña de sí misma, el día en que se sintió gobernada por un carácter que lo nivelaría todo para llegar a un resultado: la paz. Ejército, clero, reliquias reaccionarias, liberales, reformistas, sociólogos, jacobinos, y, bajo el aspecto social, capitalistas y obreros, tanto en el orden intelectual como en el económico, formaron el núcleo de un partido que, como era natural, como sucederá siempre, tomó por común denominador un nombre, una personalidad: Porfirio Díaz. La burguesía mexicana, bajo su aspecto actual, es obra de este repúblico, porque él determinó la condición esencial de su organización: un gobierno resuelto a no dejarse discutir, y es, a su vez, la creadora del general Díaz; la inmensa autoridad de este gobernante, esa autoridad de árbitro, no sólo político, sino social, que le ha permitido desarrollar y le permitirá asegurar su obra no contra la crisis, pero sí acaso contra los siniestros, es obra de la burguesía mexicana.

En la Argentina, Juan B. Justo[80] identificaba por la misma época, con precisión, y en términos económicos, los componentes de la alta burguesía:

Necesitamos, ante todo, que cada grupo social adquiera conciencia de sus intereses políticos.

Contra lo que se afirma comúnmente, en nuestro país las agrupaciones so-ciales son tan definidas y tan netas, que cualquiera las distingue a simple vista con más facilidad que a un autonomista de un cívico o un radical, aunque los conozca íntimamente y los siga en sus enredadas contradanzas políticas.

Hay quienes producen para la exportación y quienes para el consumo: en general, los unos tienen el más claro interés en fomentar el comercio exterior del país, los otros en restringirlo.

Hay propietarios que quieren mantener todos los privilegios inherentes a la propiedad legal del suelo, y arrendatarios interesados en que la ley favorezca su ocupación y cultivo efectivos.

Esta puntualización ilustra los conflictos internos que caracterizaron a la alta burguesía, integrada por grupos productores, generalmente de tradición y mentalidad señoriales, y grupos mercantiles intermediarios típicamente burgueses. Pero a pesar de esa contradicción la alta burguesía fue adquiriendo coherencia a través de una suerte de complicidad con el monopolio del poder, en su uso para sus propios fines, y en la coincidencia en un estilo de vida que suponía la progresiva elaboración de un sistema de normas y valores comunes. Definida su actitud y consolidada su posición, la alta burguesía adquirió los caracteres de una oligarquía liberalburguesa. Su presencia se hizo notoria en muchos países latinoamericanos en las últimas décadas del siglo, siempre en relación con las transformaciones económicas y, sobre todo, con la penetración del capital extranjero: en Brasil, en relación con el establecimiento de la república y el auge del café: en Argentina y Uruguay, con los cereales y las carnes; en Chile, con el salitre y con la Revolución contra Balmaceda; en Colombia, con la crisis de 1870 y la “Regeneración” de Rafael Núñez; en México, con los metales y el “porfiriato”; en Guatemala, con el banano y Estrada Cabrera; en Venezuela, con Guzmán Blanco. Vagos principios del liberalismo quedaron en pie, más o menos disminuidos según el grado de consentimiento que las oligarquías lograron y el grado de represión que debieron ejercitar; y vagos principios de progreso fueron enarbolados, aunque delimitados siempre por los márgenes que el capital extranjero quiso señalarles. Una gran eficacia los caracterizó casi siempre, y muchos países latinoamericanos hicieron por entonces su primera experiencia de esplendor económico, aun cuando la distribución de la riqueza fuera notoriamente injusta.

Uno de los más brillantes representantes de la oligarquía chilena, Enrique Mac-Iver, definió en un debate parlamentario su carácter y defendió su papel con profunda convicción:[81]

La oligarquía, ésa de que tan seriamente se nos habla, vive en un país repre-sentativo parlamentario, que tiene sufragio universal o casi universal, donde todos los ciudadanos tienen igual derecho para ser admitidos al desempeño de todos los empleos públicos y en que la instrucción, aun la superior y profesional, es gratuita. Agréguese que no existen privilegios económicos ni desigualdades civiles en el derecho de propiedad y convendrán, mis honorables colegas, conmigo, en que un país con tales instituciones y con oligarquía, es muy extraordinario; tan extraordinario que es verdaderamente inconcebible. Me temo mucho que los honorables diputados que nos dieron a conocer esa oligarquía, hayan sufrido un ofuscamiento, que les ha impedido mirar bien, confundiendo así lo que es distinción e influencias sociales y políticas de muchos, nacidas de los servicios públicos, de la virtud, del saber, del talento del trabajo, de la riqueza y aun de los antecedentes de familia, con una oligarquía. Oligarquías como ésas son comunes y existen en los países más libres y popularmente gobernados. Los honorables representantes encontrarán oligarquía de esta clase en Inglaterra y aún en los Estados Unidos de América. A esas oligarquías que son cimientos inconmovibles del edificio social y político, sólo las condenan los anarquistas y los improvisados.

También definió y defendió a la oligarquía chilena, desde Buenos Aires, el sociólogo argentino Carlos Octavio Bunge[82] en Nuestra Amé-rica, asignándole a la coalición que derrocó al presidente Balmaceda un neto carácter de aristocracia tradicional e ignorando —o disimulando— los otros elementos que la integraban. Pero, en todo caso señalando que la oligarquía se enfrentaba decididamente con las clases medias y populares:

La Revolución que derrocó a Balmaceda puede considerarse un triunfo de un partido históricamente aristócrata, en el carácter, si no en el nombre, contra la nueva tendencia reaccionariamente democrática de un gobierno que, resistido por la clase rica y blanca, buscó el apoyo de la clase pobre y mestiza: del pueblo, de los “rotos”…

Fue un rasgo peculiar de esas oligarquías repudiar, si no los principios, las consecuencias, al menos, de la democracia igualitaria. Cierta vez le preguntaron a Eduardo Wilde, finísimo escritor y político argentino, qué era “la universidad del sufragio”; su respuesta fue: “el triunfo de la ignorancia universal”. Fue en 1885.

Doce años más tarde, el vizconde de Saboia escribió en sus Tragos da política republicana que, en el Brasil, la república estaba compuesta de “rateros, bandidos y asesinos”. Hubo, como se advierte en la frase de Carlos Octavio Bunge, una invencible aversión a las clases populares, que adquirió caracteres de odio y desprecio cuando se trataba de población indígena. El mismo Bunge[83] decía refiriéndose a ella: “Además, el alcoholismo, la viruela y la tuberculosis —¡benditos sean! — habían diezmado a la población indígena y africana…”.

Y no menos categórico era el escritor boliviano Alcides Arguedas, que, en Pueblo enfermo,[84] decía del indio: “Hoy día, ignorante, de-gradado, miserable, es objeto de la explotación general y de la general antipatía… y oyendo a su alma repleta de odios, desahoga sus pasiones y roba, mata, asesina con saña atroz”.

También manifestó la oligarquía un marcado desdén por las clases medias en ascenso, en las que veía, sin duda, un adversario potencial puesto que demostraba una decidida tendencia a participar en la vida política.

El conservador chileno Rafael Egaña decía, refiriéndose a Balmaceda:[85]

Personificaban la resistencia a la dictadura (de Balmaceda) las personalidades más altas de la comunidad chilena en el nacimiento, en el talento, en la fortuna, en la milicia, en el clero, en todas las esferas de influencia y de prestigio… y se rodeaba (Balmaceda) de advenedizos y desconocidos, gente de posición indefinida, sin títulos para entrar en la alta sociedad, pero con pretensiones de sobreponerse al bajo pueblo…

Con tales convicciones, la oligarquía liberalburguesa pudo ejercer el poder con la seguridad de que constituía una clase elegida. En verdad, era la clase eficaz para afrontar la empresa económica a la que los distintos países latinoamericanos eran llamados por la organización capitalista mundial; y con este título, desdeñó no sólo a los grupos señoriales que procuraban mantener la estructura tradicional —a los que llamaba reaccionarios y oscurantistas— sino también a los grupos de clase media y popular que mantenían su adhesión a los principios del liberalismo y contemplaban atónitos a qué extremos los habían conducido las oligarquías.

No faltó, desde uno y otro sector, quienes denunciaron la entrega de las economías nacionales al capital extranjero. José Batlle y Ordóñez enjuiciaba en su periódico El Día, de Montevideo, al presidente Herrera y Obes:[86]

Si se examinan los rasgos culminantes de toda la conducta de los Poderes Públicos y de toda la propaganda orista, se verá claramente que los verdaderos intereses nacionales nunca se han tenido en cuenta; se verá que han sido sacrificados a los intereses de lo que aquí llaman ‘alto comercio’, o sea, los intereses de un grupo de dependientes y factores de fábricas extranjeras cuyos productos introducen.

Y el chileno Luis Aldunate decía, refiriéndose a la enajenación de las salitreras:[87]

El remate de las propiedades salitreras fiscales tiene que producir dolorosas consecuencias, no sólo porque no hay capitales en el país que puedan competir en concurrencia libre con la masa de recursos de los cuales disponen los extranjeros, sino porque necesitábamos precisamente de las oficinas, de las máquinas del Esta-do para entregarlas a nuestros connacionales en condiciones de ventaja, que les estimularan a iniciarse en las luchas y los azares de esa industria, que requiere de grandes medios de desenvolvimiento y que está sujeta a sacudidas violentas.

Para promover el desarrollo de la economía, impulsar la prosperidad y crear un ambiente de seguridad para los inversores extranjeros, las nuevas oligarquías, acaso recogiendo los signos de cierta generalizada fatiga de tantas querellas internas, proclamaron un lema que la república del Brasil inscribió en su bandera: “Orden y progreso”.

Era lo mismo que afirmó el presidente argentino Julio A. Roca al hacerse cargo de la presidencia: “Paz y administración”. Y el presidente de Colombia Rafael Núñez, declaraba que era propósito de la “Regeneración” establecer “la paz verdadera y científica’. Era un anhelo de quienes entreveían un porvenir de riqueza, y de reducir y canalizar la actividad política.

La política debía, en lo futuro, encuadrarse dentro de marcos estrictos y el Estado de la oligarquía liberalburguesa se dispuso a apelar a la fuerza de un ejército moderno y organizado para reprimir todo intento de apelación a la Revolución. Roca[88] lo prometió de manera muy enérgica en oportunidad de hacerse cargo del gobierno en 1880: “Emplearé todos los resortes y facultades que la Constitución ha puesto en manos del Ejecutivo Nacional, para evitar, sofocar y reprimir cualquiera tentativa contra la paz pública”.

Y agregaba: “Espero, sin embargo, que no llegará este caso, porque ya nadie, ni hombres ni partidos, tienen el brazo bastante fuerte para detener el carro del progreso de la república por el crimen de la guerra civil”.

Era, más o menos, que en Colombia decía Núñez en 1884:[89] “El propósito del gobierno del que somos exponentes, será siempre el mismo: reprimirá estrictamente, conforme a la ley, todas las perturbaciones del orden político, que por lo general son grave amenaza del orden social”.

El pensamiento de Porfirio Díaz fue expresado en México con el lema de “poca política y mucha administración”. Al enjuiciarlo el filósofo Antonio Caso hacía notar:[90]

El error de Porfirio Díaz consistió en preferir sistemáticamente el desarrollo de los sistemas económicos, en creer que la riqueza es el solo aliento de los gobiernos fuertes, y, sobre todo, en pensar que el bienestar nacional exigía la supresión de las prácticas democráticas, por eso su gobierno, que aconsejaba el lema de ‘poca política y mucha administración’, cayó vencido.

La decisión de limitar la actividad política fue una decisión de restringir los márgenes sociales de la participación política. Las oligarquías cerraron el camino por el cual tendían a incorporarse a la vida pública las clases medias en ascenso y, en algunos países, las clases populares. Se utilizaron mecanismos electorales para evitar la expresión de las disidencias, estableciendo limitaciones legales —por ejemplo, para los analfabetos— o haciendo fraude en los comicios. Negaron obstinadamente la posibilidad de llevar a los cargos públicos a quienes no pertenecieran al círculo oligárquico, y crearon clientelas electorales y administrativas que respaldaban el sistema cerrado y facilitaban su funcionamiento. Naturalmente, quien ejerciera la presidencia de la república no podía salir sino de esos círculos.

El argentino Eduardo Wilde exigía este designio oligárquico en principio: “Será presidente el candidato que designe el general Roca —decía en un editorial periodístico al tratarse la sucesión de éste—. El general se ha hecho acreedor a esa conducta y debe aceptar el honor con serena conciencia”. Era el régimen que, poco después, se llamaría “el unicato”. En México, Justo Sierra[91] —ministro de Porfirio Díaz como Eduardo Wilde lo fue de Julio A. Roca— escribía:

Las dictaduras de hombres progresistas, que sean al mismo tiempo administradores inteligentes y honrados de los fondos públicos, suelen ser eminentemente benéficas en los países que se forman, porque aseguran la paz y garantizan el trabajo, permitiendo almacenar fuerzas a los pueblos. Pueden ser detestables en teoría, pero las teorías pertenecen a la historia del pensamiento político, no a la historia política, que sólo puede generalizar científicamente sobre hechos.

Y refiriéndose a Porfirio Díaz, explicaba la singular naturaleza de su poder y autoridad:[92]

Sin violar, pues, una sola fórmula legal, el presidente Díaz ha sido investi-do, por la voluntad de sus conciudadanos y por el aplauso de los extraños, de una magistratura vitalicia de hecho; hasta hoy por un conjunto de circunstancias que no nos es lícito analizar aquí, no ha sido posible a él mismo poner en planta su pro-grama de transición entre un estado de cosas y otro que sea su continuación en cierto orden de hechos. Esta investidura, la sumisión del pueblo en todos sus órga-nos oficiales, de la sociedad en todos sus elementos vivos, a la voluntad del Presi-dente, puede bautizársele con el nombre de dictadura social, de cesarismo espontáneo, de lo que se quiera; la verdad es que tiene caracteres singulares que no permiten clasificarlo lógicamente en las formas clásicas del despotismo. Es un gobierno personal que amplía, defiende y robustece al gobierno legal; no se trata de un poder que se ve alto por la creciente depresión del país, como parecen afir-mar los fantaseadores de sociología hispanoamericana, sino de un poder que se ha elevado en un país, que se ha elevado proporcionalmente también, y elevado, no sólo en el orden material, sino en el moral, porque ese fenómeno es hijo de la vo-luntad nacional de salir definitivamente de la anarquía. Por eso si el gobierno nuestro es eminentemente autoritario, no puede, a riesgo de perecer, dejar de ser constitucional; y se ha atribuido a un hombre, no sólo para realizar la paz y dirigir la trasformación económica, sino para ponerlo en condiciones de neutralizar los despotismos de los otros poderes, extinguir los cacicazgos y desarmar las tiranías locales. Para justificar la omnímoda autoridad del jefe actual de la República, ha-brá que aplicarle, como metro, la diferencia entre lo que se ha exigido de ella y lo que se ha obtenido.

Las oligarquías declinaron, en cierto modo, su propia participación y apoyaron entusiastamente este tipo de dictadura, porque preferían la ejecutividad autoritaria de quien estaban seguras de que las interpretaba, a no abrir la peligrosa compuerta de la lucha política, tras de la cual esperaba una masa cada vez más numerosa de gentes, que creía tener derecho a participar en la vida pública. La oligarquía, en rigor, gobernaba desde los cargos públicos, pero gobernaba más aún utilizando los resortes del Estado en beneficio de sus intereses privados: un reavivamiento de la actividad política no podía, pues, menos que perjudicarla sin darle nada en cambio.

Venezuela conoció, en la figura de Antonio Guzmán Blanco, el tipo de dictador autoritario que se ajustaba a sus designios. Empero, Venezuela, como algún otro país, probó que el sistema podía extremarse. La dictadura de Juan Vicente Gómez fue ese extremo. Laureano Vallenilla Lanz[93] escribió en su tiempo un denso estudio—que tituló Cesarismo democrático— para probar que los países lati-noamericanos han tenido siempre necesidad de un jefe omnímodo que asumiera la totalidad del poder:

Si en todos los países y en todos los tiempos… se ha comprobado que por encima de cuantos mecanismos institucionales se hallan hoy establecidos, existe siempre, como una necesidad fatal el gendarme electivo o hereditario de ojo avizor, de mano dura, que por las vías de hecho inspira el temor y que por el temor mantiene la paz es evidente que en casi todas estas naciones de Hispanoamérica, condenadas por causas complejas a una vida turbulenta el caudillo ha constituido la única fuerza de conservación social, realizándose aun el fenómeno que los hombres de ciencia señalan en las primeras etapas de integración de las sociedades: los jefes no se eligen sino se imponen.

Estas virtudes las hallaba íntegras precisamente en el presidente Juan Vicente Gómez, a quien atribuía no sólo las calidades necesarias sino también la obligación de ejercer la autoridad absoluta:[94]

Convencido de su misión política, no sólo por las satisfacciones de su propia conciencia, sino por las constantes y elocuentes manifestaciones con que la inmensa mayoría de los venezolanos demuestran su gratitud y su fe por los nobles y honrados procederes del egregio caudillo, el general Gómez está en el deber de reprimir con mano fuerte todo hecho que tienda a interrumpir el desarrollo moral y pacífico de esta evolución que nos conduce a un bienestar fundado en hechos po-sitivos.

Sin duda, Juan Vicente Gómez, como antes Cipriano Castro y antes aún Antonio Guzmán Blanco, representaba a los grupos más poderosos y los benefició al beneficiarse él mismo. Pero su dictadura, que sería difícil calificar dados los extremos que alcanzó, sobrepasó las expectativas de la oligarquía venezolana: el presidente cedió sin condiciones a la presión del capital petrolero norteamericano, y sus posibilidades de desarrollo quedaron limitadas dentro de los estrechísimos márgenes que fueron establecidos desde el extranjero. Quizás el de Juan Vicente Gómez sea un caso extremo. Pero esta posibilidad estaba implícita en la actitud de todas las oligarquías liberalburguesas de Latinoamérica. Por eso se transformaron en una típica derecha frente a los viejos partidos y grupos que conservaban y cultivaban la tradición ideológica del liberalismo y, más aún, frente a los nuevos y crecientes grupos sociales de clase media y popular que aspiraban no sólo al ascenso económico y social sino también a la participación política.

5. El pensamiento político del populismo desde la entreguerra

Si fueron importantes los cambios estructurales que se operaron en los diversos países latinoamericanos en la segunda mitad del siglo XIX, más importantes fueron aún sus consecuencias en las primeras décadas del XX. Y no tanto, quizá, porque se consumaran los cambios en la organización económica —que por lo contrario resistió vigorosamente— sino porque se precipitaron los procesos sociales derivados, a un ritmo y a una escala que sobrepasaban los de los cambios económicos. Este desfazamiento suscitó graves problemas políticos e ideológicos.

Persistió, modernizado y agresivo, el pensamiento político de las burguesías liberalburguesas, cada vez más afianzado como ideología de la clase dirigente, cada vez más ajustado a la situación real; y persistió, envejecido y nostálgico, el pensamiento político de los grupos señoriales, cada vez más entregados a las burguesías liberalburguesas e integrados en ellas, aunque celosos de sus principios y normas, generalmente convertidos en prejuicios.

La novedad consistió en la aparición de una nueva derecha, influida por el fascismo, el falangismo y el nazismo, constituida generalmente por miembros de la derecha tradicional —a veces de las generaciones más jóvenes— que la enfrentaron y denunciaron por su entrega a las oligarquías liberalburguesas y por su abandono de los principios señoriales. Y si esto constituyó una novedad, explicable como un fenómeno de mimetismo, más lo fue la conversión que empezó a operar luego esa nueva derecha en busca de apoyo popular o en busca de soluciones nacionales que suponían la aceptación de los problemas de las clases populares. Éstos son los grupos que suelen llamarse populistas, aun cuando la designación no sea totalmente ortodoxa. Es preferible, empero, para no usar la de los movimientos europeos que constituyeron sus modelos, luego aban-donados, y para destacar ciertas tendencias muy vigorosas que se advierten en ellos.

Como en el caso de las dictaduras liberales, también aquí se plantea el problema de la clasificación de estos grupos. Si nos atenemos al criterio político, puede decirse que revelan una inequívoca tendencia al ejercicio de un poder fuerte, dictatorial a veces, al uso de la fuerza para la conquista del poder, y a la imposición de cierto tipo de dictadura ideológica para la defensa de un sistema de fines arraigado en la tradición señorial y católica. Desde este punto de vista podría decirse que el populismo es un movimiento de derecha. Pero si nos atenemos a un criterio socioeconómico advertimos que el populismo ha aceptado el cambio y ha comenzado, en Latinoamérica, la busca de un esquema de cambio original. No es, en efecto, y pese a la frecuente retórica nacionalista, un simple retorno a la tradición, al ordenamiento social y económico propio del mundo señorial. Es, sin duda, un cambio para escapar del orden liberalburgués, pero cada vez más, según parece observarse, con un signo moderno que corresponde a lo que hoy se llama una sociedad de masas en el seno del mundo industrial, y es, precisamente, un cambio que pretende la reordenación de las masas según un sistema de fines que pueden o no compartirse, pero que corresponde a una problemática moderna y procura hallar fórmulas sociales y políticas dentro del repertorio de posibilidades que promete el incontenible proceso de desarrollo. Así, si nos atenemos a un criterio socioeconómico, no podría decirse que el populismo sea un movimiento de derecha sino una derecha paradójicamente volcada hacia la izquierda.

Este diagnóstico —es importante subrayarlo— corresponde a la situación actual. Pero como la situación social latinoamericana es muy fluida e inestable, no se podría asegurar que sea éste un diagnóstico definitivo. O mejor dicho, un diagnóstico que corresponda a núcleos esenciales. Más bien podría adivinarse que lo que está ocurriendo es una nueva alineación de partidarios de la perduración de orden liberalburgués y de partidarios de su cambio. En las nuevas alineaciones se entrecruzan los grupos, y el observador diagnostica sobre los procesos que tiene a la vista sin poder evitar la consideración de los diversos grupos que toman posición en cada frente: se extraña de que haya comunistas y socialistas embarcados en posiciones ranciamente liberales, y que haya sacerdotes y antiguos simpatizantes de Mussolini o Hitler que asuman actitudes revolucionarias modernas. En rigor, esta circunstancia perderá importancia con el tiempo, y los frentes a favor o en contra del cambio precisarán su fisonomía y cobrarán homogeneidad sin que importe la antigua filiación de sus componentes.

De todos modos, en el período posterior a la Segunda Guerra Mundial, éste parece ser el fenómeno más curioso: la escisión de la derecha en dos sectores: uno, adherido a la tradición liberalburguesa; otro, adherido a una nueva filosofía de cambio. En virtud de un proceso que, según cierto criterio formal —y en ocasiones un criterio realista—, o parte de la derecha, o la transforma, si se quiere, en una derecha paradójica, puesto que se lanza a la promoción del cambio desde dentro del sistema, con garantías que le permiten un tipo de acción que le está vedado a quienes pretenden impulsar el cambio desde fuera del sistema.

El cambio social y económico

La Primera Guerra Mundial constituyó, para Europa y para el mundo, el fin de la belle époque. Antes de ella, y a lo largo de cinco décadas, habíase arraigado la convicción de que el mundo se movía dentro de una armonía perfecta: la del mundo liberalburgués, maduro en sus ideas, maduro en las formas de su sensibilidad y maduro en la conducción de sus intereses. Pero esa armonía era inestable, y la inevitabilidad de la guerra probó que yacían en su seno contradicciones profundas que sólo transitoriamente podían haber hallado un equilibrio. Una vez roto, los cambios más violentos se produjeron en el ordenamiento económico, social, político y cultural. Los principios liberalburgueses que parecían más sólidos fueron aventados por los regímenes que se establecieron en Rusia, en Italia, en Alemania, en España, en Portugal. Por su parte, Inglaterra y Francia salieron gravemente disminuidas de la contienda, y Estados Unidos surgió como un gigante cada vez más poderoso por su riqueza y su poder militar.

Estos cambios se irradiaron rápidamente hacia la periferia de Europa, a los países de economía dependiente que se habían organizado a la sombra de la armonía del mundo liberalburgués, para servir a las necesidades y a las exigencias del núcleo hegemónico y recoger, en cambio, los márgenes de ganancia tolerables. Al sacudirse la organización, cada una de las partes recibió un mismo impacto, pero reaccionó de distinto modo según su propia estructura.

Latinoamérica sufrió muchas y muy diversas crisis, todas relacionadas con las alternativas del mercado exterior. Los tradicionales compradores de materias primas, en parte responsables del establecimiento de regímenes de monoproducción, reajustaron sus relaciones económicas con sus clientes en los términos más adecuados a sus necesidades, y todos los países latinoamericanos se encontraron con imprevistas situaciones para las que no estaban preparados. Hubo desequilibrios estructurales, desesperados intentos de reorganizar la vida económica por parte de las minorías perjudicadas, ingenuos tanteos y virajes audaces que, siempre, de alguna manera, atenuaban los efectos de la crisis que sufrían las oligarquías y solían pagar las clases medias y populares.

Por lo demás, la crisis de entreguerra estalló en una situación ya ligeramente alterada en el curso de la Primera Guerra Mundial. Las interrupciones en el suministro normal de productos manufacturados había permitido el desarrollo de ciertas industrias, cuyo crecimiento esbozaba una situación de desarrollo en muchos países latinoamericanos. Pero el fin de la guerra y el reajuste de la economía mundial trajo consigo un intento de paralizar ese desarrollo, en beneficio del viejo sistema de preguerra que se trataba de reconstituir. La crisis fue, pues, más intensa aún.

Latinoamérica fue, después de la Primera Guerra Mundial, escenario de una lucha de mercados entre Inglaterra y Estados Unidos. Este último país avanzó considerablemente, y tanto sus capitales como su influencia política penetraron en muchos países latinoamericanos modificando las condiciones del desarrollo económico, el poder de los diversos grupos de la oligarquía liberalburguesa y las perspectivas de las clases medias y populares. Fue la época de las intervenciones armadas en Nicaragua y Santo Domingo, de las presiones políticas, de la obtención de concesiones y privilegios económicos en muchos países. El petróleo se transformó en el motor de la política internacional. La industria automotriz creció vertiginosamente y buscó sus mercados extranjeros con pertinaz empeño. Y mientras crecía la complejidad de la vida económica, se desataban las contradicciones del sistema, visibles en las crisis financieras y monetarias de los países europeos y agudizadas en la crisis de 1929. Los controles se agudizaron: controles de la producción, controles de los precios, controles de cambios. La vida económica se transformó cada vez más en un mecanismo de precisión, y el número de quienes la controlaban y manejaban se fue reduciendo.

Toda esta transformación económica incidió en los países latinoamericanos sobre los procesos sociales y económicos locales. En efecto, el hecho de que predominara una economía dependiente no significó que la vida de cada país o de cada región se redujera a los esquemas que esa economía imponía. El desarrollo económico mismo tuvo peculiaridades locales en muchos aspectos que escapaban al esquema, y aun en algunos que entraban dentro de él, puesto que las reacciones fueron el resultado de muchos factores locales. Más aún ocurrió en el plano de la vida social. La dependencia económica sujetó a ciertos sectores, pero no impidió que, aun éstos, conservaran su peculiaridad y, menos aún, que reaccionaran según su propia idiosincracia, en tanto que otros sectores que recibían los impactos de la dependencia económica, en distinta medida operaban complejos desarrollos de marcado matiz local.

Es sumamente importante señalar este fenómeno. Los impactos externos fueron iguales y tendieron a homogeneizar a Latinoamérica; pero las reacciones fueron diferentes y mantuvieron —o acentuaron quizá— la diferenciación en cuanto a la naturaleza de los problemas.

La expansión de las clases medias fue un fenómeno general en Latinoamérica, que se acentuó mucho después de la Primera Guerra Mundial y que tuvo distintos aspectos según los países y las regiones. Fuera de la influencia que en todas partes del mundo tuvo la Revolución industrial en la formación de las clases medias —una clase de consumidores—, en Latinoamérica influyó mucho la importancia que adquirieron los sectores terciarios, en un sistema económico en el que la intermediación cumplía un papel fundamental. El signo más visible de ese crecimiento fue el desarrollo de las ciudades, hacia las que emigraban todos los que podían hacerlo, abandonando los campos donde la sujeción era mayor, los salarios más bajos y, sobre todo, donde los desposeídos vivían la miseria rural, que en el mundo industrial parece peor que la miseria urbana, más dura esta última en ocasiones, pero más gratificante y retributiva psicológicamente. De los que emigraban, una parte no pequeña logró ascender hacia los estratos inferiores de las clases medias. Tuvo ésta, educación, atención médica, entretenimientos, fácil comunicación y posibilidades de consumo. Y por el ejercicio de tales posibilidades no sólo crecieron las clases medias sino que adquirieron ciertos rasgos de clase media vastos sectores de las clases populares.

También adquirió la clase media la posibilidad de acentuar su participación política, dentro del margen, más o menos extenso, que permitía el predominio de las oligarquías liberalburguesas. Pero aun cuando no pudo participar efectivamente en el poder, la clase media pudo hacer sentir su presión, e ingresar ocasionalmente a través de las fisuras del sistema.

Las clases populares sufrieron un proceso de desarrollo aún más notable. Casi totalmente pasivas hasta poco antes, aparecieron de pronto en muchos países como una fuerza eruptiva, quizás incapaz de orientarse por sí misma, propensa a volcar su formidable poder a favor de quien la sedujera. Era —obsérvese bien— lo mismo que habían hecho antes las clases medias, cuyos primeros pasos hacia su incorporación a la vida política habían sido a la zaga de algún sector señorial u oligárquico que las había buscado para usarlas como ariete contra sus adversarios dentro del sistema. Las clases populares irrumpieron. Habían aparecido en México detrás de Zapata o de Villa; y aparecieron luego en Brasil, en Perú, en Bolivia, en la Argentina, en Chile, en Colombia, en Cuba. Sería largo describir la fisonomía del proceso, y más largo aún, y acaso más incierto, explicarlo rigurosamente porque todavía estamos inmersos en esa inusitada experiencia. Pero de todos modos es innegable que desde la década del veinte el fenómeno reapareció una y otra vez, y que fueron inútiles todos los esfuerzos para encubrirlo.

Podría intentarse, pero sería ajeno a nuestro tema, caracterizar cómo se constituían las masas que siguieron a Haya de la Torre, a Vargas, a Paz Estensoro, a Perón, a Gaitán, a Castro. Pero no puede dejarse de señalar el hecho, porque sin él es inexplicable no sólo la creciente inquietud revolucionaria —que escapa a nuestro tema— sino también la aparición de lo que llamamos el populismo. Tampoco puede dejar de señalarse la significación de fenómenos de irrupción popular tan significativos como el “17 de octubre” en Buenos Aires, en 1945, o el “bogotazo” del 9 de abril de 1948. Los mineros de Chile o de Bolivia no se parecen a los siervos de la mita, por cierto. Y los campesinos cubanos mostraron una capacidad para quemar etapas en el camino del desarrollo político, que evidenció la potencialidad que se esconde en las clases populares.

Esta situación, obsérvese bien, era prácticamente imprevisible fuera de México, antes de la Primera Guerra Mundial. La aparición de las clases populares como factor político es un fenómeno que en muchos países tiene veinte años y en otros treinta o cuarenta. Nada más explicable que estos fenómenos y los del crecimiento de las clases medias hayan obrado profundamente sobre la actitud de ciertos estratos de las derechas tradicionales, y provocado el curioso fenómeno de la aparición de la derecha paradójica, del populismo.

La continuidad del pensamiento político de la oligarquía liberalburguesa

Ante los síntomas de la crisis de posguerra, las oligarquías liberalburguesas —a las que estaban cada vez más estrechamente incorporados los grupos económicamente importantes de tradición señorial— se apresuraron a ajustar los mecanismos del poder para controlar lo mejor posible las alternativas del proceso.

En algunos casos hubo un simple estrechamiento de filas para presentar un solo frente político mientras se cumplía el plan económico. En otros casos hubo en el seno de la oligarquía liberalburguesa un enfrentamiento de grupos que disputaban el comando de la operación de ajuste, o por desconfianza en cuanto a las ideas y los compromisos de cada grupo, o por interés de asegurarse la totalidad o la mayor parte de las ventajas si había opción entre las soluciones. Y en ciertos casos, como en otras oportunidades en que se sintió en peligro, delegó el poder en un hombre fuerte —o simplemente lo apo-yó—, en el que reconocía capacidad y apoyo exterior suficiente como para llegar a la solución deseada.

La situación se hizo crítica hacia 1930, fecha que constituye un hito en la historia política de muchos países latinoamericanos. Por entonces llegaron al poder Trujillo en Santo Domingo, Somoza en Nicaragua y Ubico en Guatemala; en Colombia llegaron al poder los liberales, con Olaya Herrera, en tanto que en la Argentina triunfó la Revolución conservadora presidida por Uriburu; Bolivia vio el fin del régimen de Siles —al que reemplazó Salamanca—; el Perú, el de Leguía —sustituido por Sánchez Cerro—; y poco después Cuba el de Machado, reemplazado por una junta que entregó el poder a Grau San Martín; en Brasil surgió el régimen de Vargas; en el Uruguay dio Terra un golpe dictatorial; se desató la crisis política en Chile, de la que saldría una efímera república socialista primero y la vuelta al poder de Alessandri; estalló la guerra civil en Ecuador; y finalmente se encendió entre Paraguay y Bolivia la guerra del Chaco. Entre los países grandes, sólo México escapó a esta crisis. Todos fueron cambios profundos, generalmente turbulentos y dramáticos, tras los cuales el régimen anterior no volvió a ser restaurado jamás en las mismas condiciones, porque las fisuras de la situación habían quedado al descubierto y el sistema de las fuerzas sociales y políticas se constituyó en términos nuevos e irreversibles. La oligarquía liberalburguesa, bajo distintas formas y en variadas alianzas con los grupos de poder nacionales y extranjeros, asumió la responsabilidad de conservar el control de la situación sin que sus equipos de gobierno y sus personeros vacilaran en renunciar a algunas de sus más caras y tradicionales convicciones. Puede decirse que, a partir de ese momento, la oligarquía liberalburguesa fue más burguesa que liberal. Casi todo lo poco que conservaba de sus antiguas ideas liberales fue arrojado por la borda. En rigor, el sistema liberal había funcionado como una especie de fair play entre los distintos grupos de la burguesía, y dejó de funcionar cuando aparecieron en la escena política nuevos sectores sociales no pertenecientes a ella, movidos por distintas aspiraciones.

En el campo de la política interna, el programa de la democracia liberal fue considerado, de hecho, imposible de cumplir.

Sin duda que la retórica política siguió usándolo, quizá con más énfasis que antes. Pero de hecho quedó caduco. Las dictaduras políticas fueron rigorosas. Las elecciones, cuando las hubo, fueron en casi todas partes proscriptivas o fraudulentas, y en algunos países fueron un verdadero escarnio. Los partidos opositores fueron perse-guidos, las minorías despreciadas, los derechos civiles conculcados y los simples derechos humanos ignorados por verdaderos Estados policíacos. Las huelgas y los movimientos obreros fueron considerados atentados contra la seguridad pública, en tanto que se apoyaba la despiadada explotación de los trabajadores por las grandes em-presas nacionales y extranjeras.

Entretanto, en el campo de la política económica se produjo un viraje fundamental. El Estado abandonó los principios de prescindencia que la oligarquía había enunciado y defendido tenazmente hasta entonces, e intervino directa y brutalmente a veces, en la conducción de la economía. La producción y los precios fueron controlados por medio de organismos reguladores. Aparecieron los bancos centrales que dirigieron celosamente la circulación monetaria, la distribución del crédito y el uso de las divisas extranjeras. Los viejos principios del liberalismo económico quedaron olvidados.

Lo que si quedó en pie fueron los principios que habían hecho de los antiguos grupos burgueses y liberales una oligarquía cerrada. Conservó ésta la certidumbre de que sus intereses coincidían con los del país, la firme convicción de que era peligroso mantener abierto el camino hacia la participación política de los sectores medios y populares, y la decidida resolución de contener de cualquier modo los movimientos obreros que luchaban por modificar las relaciones entre el capital y el trabajo. Esta resolución fue cada vez más firme, a medida que se agudizaron los conflictos, que creció —hasta límites dramáticos— la desocupación, que se acentuaron las migraciones internas y el éxodo rural, que explotaron las rebeliones de las clases tradicionalmente sometidas. Estos principios fueron, en realidad, los que nutrieron a las burguesías liberalburguesas, que seguían declarando, sin embargo, su devoción por el Estado liberal de derecho, por la constitución vigente, por el régimen jurídico, por el sistema parlamentario.

Esos principios no habían sido observados nunca de manera absoluta; pero la oligarquía liberalburguesa había parecido admitir que, con el tiempo y con el desarrollo de la educación, sería posible un día que se cumplieran plenamente. La oligarquía liberalburguesa asumía una especie de tutela de las clases en ascenso, y, ciertamente, la experiencia de algunos países autorizaba a pensar que ésa era su política para el futuro, como lo había sido en más de un caso antes de la crisis. El armazón legal del Estado se mantuvo, pero la violación del orden legal quedó prácticamente justificada por la costumbre.

El desarrollo normal del proceso económico y social acentuó los problemas a medida que la inflexibilidad del sistema gubernamental se extremó. Lo que ocurrió en Colombia desde 1948 y en Argentina desde 1945 se incubó sordamente durante este período. Las oligarquías fueron absolutamente insensibles a los problemas del pasado. La crisis se hizo visible con motivo de la Segunda Guerra Mundial. Nuevas posibilidades de negocios aparecieron para las oligarquías, pero aparecieron para los sectores medios y populares otras posibilidades de rebelión, que se canalizarían a través de otros movimientos, algunos de los cuales tuvieron éxito más o menos duradero mientras otros se fueron disolviendo hasta perder agresividad.

Lo importante es que la oligarquía liberalburguesa estrechó sus filas nuevamente y volvió a cambiar de opinión frente a muchos problemas. Se destacaron de su seno sectores industrialistas que trataron de lograr una política de protección para su campo económico; pero los equipos dirigentes entraron de lleno en la esfera de acción del nuevo capital predominante —esta vez el norteamericano— y se afiliaron otra vez a una decidida política liberal que sostuvo la necesidad de mantener el régimen de la libre empresa. El neoliberalismo que pretendía imitar el sistema económico de los Estados Unidos y de los países como Alemania e Italia donde se había operado el llamado ‘‘milagro” de la economía liberal, fue defendido en los países latinoamericanos donde la coyuntura de la guerra había permitido desencadenar un proceso relativamente vigoroso de industrialización. Y en otros aspectos —menos en el político— el liberalismo volvió a ser considerado como el sistema propio de una democracia. Una retórica anacrónica envolvió esta prédica que, naturalmente, empezó a alejar de los partidos políticos que la defendían a los sectores medios y populares.

Las oligarquías liberalburguesas se encontraron, así, enfrentadas por vastas masas que acumulaban cada vez más experiencia. Para enfrentarlas acentuaron la defensa del liberalismo y lo transformaron en sinónimo de sistema de libertades individuales. Esos principios fueron identificados con los que rigen el mundo occidental y cristiano, y opuestos a los que rigen el mundo comunista. Todo principio de estatización, todo llamado a la justicia social, toda tendencia a la socialización o colectivización fue considerado expresión del “comunismo”, un ente que adquirió, por la fuerza de la propaganda, una variada gama de connotaciones. El papa Juan XXIII y el presidente Kennedy fueron considerados “idiotas útiles”, y el presidente Frei, el “Kerensky chileno”. Sólo pareció respetable, a sus ojos, la perduración verbal de un conjunto de nobles principios que habían movido la Independencia, pero que las oligarquías liberalburguesas habían abandonado de hecho en el momento mismo en que se convirtieron en oligarquías.

Las reminiscencias del pensamiento político de los grupos señoriales

Desde el punto de vista del poder, los grupos de tipo tradicional y de mentalidad señorial dejaron de ser importantes en Latinoamérica por sí mismos en las últimas décadas. Obsérvese bien, que se trata de la posibilidad de que predominaran por sí mismos, porque, en efecto, el mecanismo de la economía mundial los puso en la opción de fusionarse con la oligarquía liberalburguesa, o transformarse ellos mismos en eso, o perder toda eficacia económica y política.

Por sí mismos, sin embargo, los grupos señoriales mantuvieron cierta importancia. Ante todo, como componentes de la oligarquía liberalburguesa, puesto que de acuerdo con su gravitación le infundieron distinto aire. Allí donde la tradición señorial conservó prestigio, arrastró a muchos miembros de la nueva oligarquía a una imitación más o menos grotesca de su estilo de vida, a una adopción más o menos arraigada de sus ideales y prejuicios. Y si la influencia fue grande pudieron los grupos señoriales cubrir con su bandera ese complejo social que constituyó la oligarquía liberalburguesa.

Pero, además, los grupos señoriales siguieron constituyendo el signo —o el vestigio— de una sociedad tradicional que, aunque periclitada, seguía siendo un cuadro de referencias para los más celosos defensores del sistema constituido —las fuerzas armadas y la Iglesia, que medían la tolerabilidad de los cambios según el margen de alejamiento de aquel esquema. En la retórica tradicional latinoamericana, el heroísmo y la santidad parecían ser los rasgos predominantes de una sociedad precapitalista que, de acuerdo con ella, habría prevalecido en Latinoamérica —heredera de Portugal y España— durante los buenos tiempos pasados. Sería largo estudiar el mecanismo por el cual se ha constituido esta retórica en Latinoamérica, y más complejo aún desentrañar el extraño fenómeno psicosocial en virtud del cual sectores relativamente extensos de la sociedad creen que tal retórica expresa una realidad profunda. Lo importante es que los sectores señoriales representan, a sus propios ojos y ante los ojos de vastos grupos del clero y de las fuerzas armadas, una tradición valiosa, referida a la tradición hidalga, consustanciada con el espíritu de una aristocracia secular y apoyada en los vigorosos ideales del mundo feudal. Puede decirse, en resumen, falsamente por cierto, que los grupos señoriales representan una mentalidad precapitalista que conserva considerable predicamento en algunos sectores de la sociedad latinoamericana.

Es considerable el número de grupos y personas que, en determinada ocasión, se muestran identificados con esa concepción de la vida, sin perjuicio de que opere como generadora de normas y actitudes en la vida cotidiana. Subsisten las clientelas rurales de las viejas clases poseedoras, solidarias con ellas por la subsistencia de una sociedad paternalista; pero subsisten vastos sectores medios para los cuales la imitación de las formas de vida y la imitación de las formas externas de comportamiento de las viejas clases poseedoras supone alcanzar un signo de prestigio. El hecho es significativo, porque revela hasta qué punto las formas de vida y de pensamiento de los grupos señoriales constituyen marcos de referencia para sociedades que. sin embargo, han operado importantes cambios de estructura incompatibles con aquéllas.

Hubo países —la Argentina, por ejemplo—. donde llegaron a constituirse en la década del 30 grupos monárquicos, aparentemente con seriedad. Cierto es que sus integrantes se sentían camelots du roi, pero el proyecto, que tuvo una revista como instrumento de difusión. se refería concretamente a la realidad Argentina y no carecía de simpatizantes entre quienes parecían tener alguna influencia en-tre los grupos de poder.

El pensamiento político de los grupos señoriales no tiene, pues, más valor que el de una reminiscencia —nostálgica a veces, llena de dignidad literaria en algunos autores, grotesca en ocasiones—esgrimida como un fantasma por quienes sólo excepcionalmente creen en él. Sin embargo, es importante hacer dos observaciones a su respecto. que acaso se confundan en una sola.

El pensamiento político de los grupos señoriales, allí donde subsiste. mantiene su oposición, no sólo a las concepciones políticas de la democracia sino también a las formas de vida y a los principios propios del orden capitalista y liberal. Forma parte de su elenco de ideas, llamémosle así. el prejuicio contra el capital judío, contra los masones, contra los políticos, pero también contra Estados Unidos y. a veces, contra Inglaterra. El prejuicio capitalista funciona como un ariete anticapitalista, quizá por inadvertencia, y el prejuicio hispánico como un ariete antinorteamericano.

Deben agregarse a este sistema de prejuicios los que provienen de una vigorosa actitud contra los parvenus, los nuevos ricos, los cuales suponen todo un enjuiciamiento a la totalidad de la sociedad contemporánea y a su mecanismo de desarrollo y diferenciación.

Por otra parte, el pensamiento político de los grupos señoriales conserva muy vivas las reminiscencias de la organización paternalista: de la hacienda y del Estado. Ese sentimiento paternalista fue hostigado duramente por la oligarquía liberalburguesa porque, efectivamente, representaba un principio político intolerable en una sociedad moderna, y contradictorio en relación con el afianzamiento de la democracia.

Pero, después de varias décadas de ejercicio de la democracia liberal, vastos sectores populares en distintas regiones de diversos países latinoamericanos, al tener acceso a la vida política, han actualizado la concepción paternalista, actuando de acuerdo con ella y recibiendo por excusados caminos el apoyo de los grupos señoriales supérstites.

Esta actitud política es, en sí misma y en teoría, escasamente eficaz en el mundo de la sociedad industrial; pero permite una transferencia hacia concepciones políticas no liberales, no individualistas, en las que el paternalismo adopta una fisonomía diferente, como el comunitarismo. el corporativismo y, en general, los proyectos de organización social promovidos por las encíclicas de la Iglesia Católica.

El pensamiento político de los grupos señoriales es, pues, una reminiscencia anacrónica: pero quedan señaladas las líneas a través de las cuales las nuevas generaciones de los grupos señoriales pudieron llegar a formular los principios de la derecha paradójica, de la derecha volcada hacia el cambio, del populismo.

El pensamiento político del populismo

Se conoce con el nombre de populismo a los movimientos de tendencia popular —o destinados a polarizar a las masas hacia soluciones que les satisfagan— que rechazan tanto la tradición liberal como la tradición marxista.

No siempre es fácil filiar clara y objetivamente su origen, pero es innegable que, en general, el populismo proviene —por la extracción de sus dirigentes y por la peculiaridad de su pensamiento— de los grupos de derecha: pero no de las oligarquías liberalburguesas sino de los grupos señoriales, marginalizados como tales por aquellas. En nombre de una concepción señorial, católica, precapitalista y antiliberal, grupos provenientes de los sectores más tradicionales comenzaron a orientar sus simpatías hacia los regímenes de fuerza y hacia las doctrinas antiliberales. Maurras, Daudet, Sorel, Pareto ejercieron una profunda influencia ideológica. El triunfo de Mussolini y su denuncia de los regímenes liberales, así como su decidida acción contra los movimientos obreros —socialistas y comunistas—, polarizó la admiración de los grupos aristo-cratizantes que desdeñaban la demagogia de la nueva democracia latinoamericana, fundada en una retórica liberal, apoyada por las clases medias en vías de ascenso y explotada sabiamente por las oligarquías liberalburguesas. Al cabo de poco tiempo casi todos los grupos adoptaron uniformes y organizaciones semimilitares, imitando las camisas negras y pardas, las milicias fascistas o las fuerzas S.S.

Con tales caracteres, esos movimientos no pasaron de ser insignificantes esfuerzos de grupos minoritarios, de tendencia aristocratizante, sin otra fuerza que la que podía prestarle el apoyo que recibieron en muchos casos de grupos militares dispuestos a la acción. Pero a partir de cierto momento, a partir del estallido de la Segunda Guerra Mundial y de las impresionantes victorias militares del Eje, los grupos que se denominaban nacionalistas comenzaron a obtener apoyo popular. La germanofilia los señaló como adversarios del mundo anglosajón y, por allí, del capitalismo y el imperialismo inglés y norteamericano: de modo que no les fue difícil aparecer como los campeones de una lucha por la liberación nacional, en la que aceptaron embarcarse grupos intelectuales y grupos obreros —con y sin experiencia sindical— agobiados por la presión de los monopolios internacionales. Estos movimientos crecieron. La enérgica campaña antibritánica y el reclamo de los derechos de las clases sometidas a las presiones económicas v sociales de las grandes empresas dio a los grupos nacionalistas un aire fuertemente popular; y a medida que creció el apoyo ese aire se acentuó y la dinámica del movimiento se fue acelerando hasta transformar totalmente los movimientos aristocratizantes y antidemocráticos en movimientos populares antiliberales.

El antiliberalismo fue uno de los rasgos sobresalientes del pensamiento político del populismo. Recogía, sin duda, la tradición señorial, pero fue presentado con una nueva fisonomía en la que, junto a la crítica, podían advertirse ideas constructivas que sonaban bien en los oídos de las clases populares.

Jorge González von Marées, líder del Movimiento Nacional Socialista Chileno, admitía la clara filiación fascista de éste, en cuanto tenía de apertura hacia soluciones no liberales:[95]

Consideramos que el fascismo, en sus ideas fundamentales, no es sólo un movimiento italiano sino que es mundial. El encarna la reacción espontánea y natu-ral de los pueblos contra la descomposición política producida por el Estado democrático liberal. Significa el triunfo de la gran política, o sea. de la política dirigida por los pocos hombres superiores de cada generación, sobre la mediocridad, que constituye la característica del liberalismo; significa también el predominio de la sangre y de la raza sobre el materialismo económico v el internacionalismo. En este sentido somos fascistas, sin que ello signifique, por ningún motivo, que pretendemos copiar el fascismo italiano o el hitlerismo alemán. Nuestro movimiento se caracteriza por su tendencia esencialmente nacionalista.

Pocos años después, el periódico La Nueva República[96] vocero de los nacionalistas argentinos, definía su posición como un intento de restaurar los principios políticos tradicionales, conculcados por la democracia liberal:

La Nueva República se ha definido como un grupo nacionalista. Este voca-blo que despierta la antipatía instintiva de quienes lo consideran aplicable a una exaltación irrazonada del sentimiento patriótico que degenera en xenofobia, ha sido adoptado por nosotros como insustituible para expresar un cierto orden de relaciones jurídicas. El nacionalismo —hemos dicho— persigue el bien de la nación, de la colectividad humana organizada; considera que existe una subordinación necesaria de los intereses individuales al interés de dicha colectividad y de los derechos individuales al derecho del Estado. Esto basta para diferenciarlo de las doctrinas del panteísmo político, las cuales se caracterizan por el olvido de ese fin esencial de todo gobierno —el bien común— para sustituirlo por principios abstractos: soberanía del pueblo, libertad, igualdad, redención del proletariado.

Los movimientos nacionalistas actuales se manifiestan en todos los países como una restauración de los principios políticos tradicionales, de la idea clásica del gobierno, en oposición a los errores del doctrinarismo democrático, cuyas consecuencias desastrosas denuncia. Frente a los mitos disolventes de los demagogos erige las verdades fundamentales que son la vida y la grandeza de las naciones: orden, autoridad y jerarquía.

Una definición coherente de los objetivos contra los cuales el nacionalismo quería luchar y de aquéllos que quería conseguir, apareció en el documento titulado “Principios y acción del Movimiento nacionalista revolucionario“, que sirvió de base para la fundación del partido boliviano de ese nombre en 1941. En el segundo punto, el antiliberalismo se manifestaba, al mismo tiempo, como una ofensiva contra el sistema capitalista y liberal y como un ataque contra el socialismo, vinculado —se decía— con el internacionalismo judío y la masonería:[97]

Denunciamos como antinacional toda posible relación entre los partidos políticos internacionales y las maniobras del judaísmo, entre el sistema democrático liberal y las organizaciones secretas y la invocación del ‘socialismo’ como argumento tendiente a facilitar la intromisión de extranjeros en nuestra política interna o internacional, o en cualquier actividad en la que perjudiquen a los bolivianos. Exigimos la prohibición absoluta de la intervención de acciones o capital extranjero en los periódicos, revistas y demás publicaciones. Exigimos una ley que obligue a las empresas periodísticas o de cualquier género de publicidad a declarar ante las autoridades civiles o militares cuando contraten servicios de redactores o colaboradores extranjeros especificando los salarios que les paguen y los servicios que aquéllos presten. Exigimos la prohibición absoluta del ingreso de extranjeros al Ejército para el comando de tropas, salvo como profesores de la oficialidad, previa aprobación mediante ley. Exigimos la formación de un registro de todos los empleados dependientes de las empresas extranjeras con especificación prolija de antecedentes, sueldos o salarios, bajo la vigilancia del Estado Mayor del Ejército. Exigimos la prohibición absoluta de la inmigración judía y de cualquier otra que no tenga eficacia productora.

Y cuando Paz Estensoro[98] nacionalizó las minas de estaño en 1952, extremó la crítica del sistema capitalista:

El contraste entre las minas de extraordinaria riqueza y el atraso y la pobre-za generales del país hizo posible el crecimiento del desproporcionado poder de los grandes mineros. Ello fue agravado luego por una legislación excesivamente liberal en la que no se contemplaba obligación social alguna y apenas sí insignificantes cargas tributarias. Ese poder económico que se hizo dueño a breve plazo del poder político, deformó cruelmente toda la vida boliviana. Quiso hacer de una nación y de tres millones y medio de hombres libres una factoría acomodada a los intereses explotadores de tres individuos.

Fue impuesta la monoproducción como característica de la economía na-cional. A la oligarquía no le importaba que, por esa imposición, aumentara hasta hacerse torturante, nuestra dependencia de los mercados extranjeros. Las fluc-tuaciones en la cotización del estaño, totalmente fuera de nuestro alcance, reper-cutían sin embargo, vertical y decisivamente, sobre toda la vida del país por la ausencia de factores compensatorios: la depresión, cuando descendía el precio del estaño en el mercado mundial, se hacia más aguda para Bolivia porque nuestras necesidades de consumo debían satisfacerse, en su mayor parte, con artículos im-portados.

Esta actitud antiliberal, manifestada en el seno de una sociedad vigorosamente estructurada dentro de tal sistema, importaba una clara aceptación de la necesidad del cambio y un designio resuelto de promoverlo a cualquier precio. Esta decisión significaba una actitud revolucionaria, un abandono de la típica actitud de la derecha señorial y de la derecha liberal burguesa. No sería fácil establecer en qué medida y por qué vías el pensamiento de la izquierda revolucionaria había influido en el pensamiento político de los grupos populistas, pero es evidente que, una vez salvados los distintos fines ideológicos, la aceptación del cambio y la programación del sentido que debería tener, aproximaba a los grupos populistas más a la izquierda —a la que querían combatir y a cuyo desafío pretendían responder— que a los distintos grupos de la derecha tradicional.

Su divergencia residía en el sentido del cambio. Descartada la idea de la legitimidad de la lucha de clases, del designio de constituir- una sociedad sin clases: rechazada la concepción materialista y dialéctica de la historia y la innegable continuidad que ella implicaba con respecto a algunos aspectos de la tradición liberal, los grupos populistas organizaron poco a poco un ideario bastante homogéneo, que expresó el sentido del cambio a que aspiraba.

A la aspiración de las izquierdas a constituir un mundo socialista, el populismo opuso, en Latinoamérica, su aspiración a reconstruir un mundo en el que predominaran los principios del catolicismo antiutilitario, de la hispanidad y del nacionalismo. En 1945 escribía el filósofo boliviano Roberto Prudencio:[99]

Mientras nosotros vivimos en un mundo de crisis, en medio de la duda y la incertidumbre, pues ni siquiera tenemos ya la seguridad del positivismo en el futuro de la ciencia, el hombre de la Edad Media concebía el universo como un todo armónico que servía a los fines de Dios.

La vida humana tenía un principio y un fin, regulados desde la eternidad. El hombre era la obra de Dios y la vida un camino hacia El. La concepción del mundo que tenían aquellas almas religiosas se podría representar en la imagen de una catedral gótica. Nos ha tocado vivir en un mundo sin valor, en un mundo vacío de contenido. en un mundo sin belleza, sin amor y sin Dios.

Era la opinión que expresaba el filósofo mexicano José Vasconcelos en su Breve Historia de México, señalando por una parte la nefasta contribución del protestantismo anglosajón que tanto había influido, en su opinión, sobre los liberales, y por otra la pugna “de latinidad contra sajonismo” sobre la que se extendía en La raza cósmica. El tema del catolicismo conducía al tema de la hispanidad. Vasconcelos afirmaba categóricamente que:[100] “…el paso inmedi ato la emancipación económica tendría que ser emancipación intelectual y el retorno a lo hispánico”.

El hispanismo, en efecto, fue un polo del pensamiento del populismo, y se manifestó en las ideas de los peruanos Riva Agüero y Porras Barrenechea, del venezolano Briceño Iragorri, del argentino Ibarguren, del uruguayo Herrera. Era una doctrina política, pero suponía una actitud intelectual que entrañaba un “revisionismo” de la historia y la política de todos los países latinoamericanos. El liberalismo había sido una ideología extranjera y había perturbado el desarrollo nacional. La verdadera raíz de Latinoamérica, de cada uno de los países que la componían, era el mundo colonial hispánico, donde se escondían los fundamentos de la nacionalidad. Walter Montenegro,[101] uno de los fundadores del Movimiento nacionalista revolucionario, escribía en la revista Kollasuyo de La Paz, fundada precisamente para profundizar los estudios bolivianos:

Todo lo cual, nos permite, pues, jerarquizar la Colonia como una noble y alta fuente de inspiración cultural cuya sola existencia constituye el más categórico desmentido a la idea de quienes piensan que, no teniendo nosotros, los bolivianos, nada valioso, nada de que enorgullecemos justamente en nuestro pasado, estamos fatalmente condenados a desear, y a buscar nuestra incondicional incorporación de vencidos a las formas de vida, vale decir a la cultura occidental, europea.

Y aquí nos encontramos con el tercer período de nuestra historia, que constituye precisamente, por sus fuentes de inspiración, y por los rumbos de su pensamiento, la más infortunada y falsa negación de los valores americanistas, vale decir bolivianistas, que se propugna en estas líneas.

En efecto, tomada la Colonia en aquel aspecto puramente negativo de que nos habla el escritor últimamente citado, y al influjo preponderante y unilateral de las ideas políticas, la República hace un repudio absoluto y sistemático de ella; quema sus restos y aventa las cenizas.

Importa, en cambio, junto con la ‘Libertad, Fraternidad e Igualdad’ de la Revolución Francesa, y el sentido demoliberal de aquélla, el gusto, la preferencia por todo cuanto trascendiese a gálicos orígenes.

Y menospreciando aquello que por la sangre es suyo, adopta así en lo material como en lo espiritual, político, jurídico y cultural, en fin, lo que la Francia del siglo XIX le envía.

Otros factores veía también el nacionalismo en la formación de la nación, y todos fueron señalados y analizados porque la situación era el núcleo de la concepción histórica, social y política.

Si el nacionalismo concebía idealmente un mundo incontaminado en el que prevalecían los principios del catolicismo y la hispanidad, dentro de él no reconocía como unidades históricas reales nada más que las naciones, cada una de las cuales poseía según la concepción romántica, una individualidad intransferible, un alma. Esa alma se había formado a lo largo del tiempo, y cada nación debía reivindicar sus remotos orígenes. Por eso el nacionalismo creyó que había que “revisar” el valor de la época colonial, para buscar en ella la primera fisonomía del alma nacional. Pero no se detuvo allí. También reivindicó la tradición indígena. Lo había hecho ya la Revolución mexicana y lo harían otros movimientos más tarde.

El indigenismo fue una teoría, especialmente en Perú y Bolivia. Entre otros, la sostuvieron en Bolivia de manera eminente Franz Ta- mayo, que veía en el indio boliviano el depositario del alma nacional, Jaime Mendoza y el grupo que Roberto Prudencio aglutinó alrededor de la revista Kollasuyo. en parte el mismo que actuó en el Movimiento Nacional revolucionario; y la promovieron y adoptaron en Perú, bajo la remota inspiración de Clorinda Matto de Turner, el antropólogo Luis E. Valcárcel y los novelistas Ciro Alegría y José María Arguedas. El nacionalismo recogió esa teoría y la incluyó dentro de su sistema.

Pero el pasado histórico no era toda la raíz de la nacionalidad. El boliviano Jaime Mendoza escribía: “Cuando se habla del indio, implícitamente se alude a la tierra”. Este sentimiento aparece también en Tamayo y se encuentra expresado de manera tajante en Prudencio: “La cultura no es sino la expresión de lo telúrico”. Este trasfon- do de pasado histórico y sentimiento telúrico apareció entre los nacionalistas brasileños, en el antropólogo Euclides da Cunha, en el novelista Graça Aranha, en el filósofo Alberto Torres. Y en México, un vasto movimiento destinado a definir “lo mexicano” se expresó a través de una rica literatura y adquirió forma en el pensamiento de Vasconcelos, Ramos y Zea.

Bajo la forma de movimiento político populista, el nacionalismo recogió esa doctrina de las esencias nacionales —peruanidad, bolivianidad, mexicanidad, argentinidad— y la movilizó en busca de soluciones para los grandes problemas de la nación, al margen de las tradicionales fórmulas liberales y de las que ofrecían los partidos de la izquierda marxista.

Se intentó programar una economía nacional, cuya primera consigna debía ser escapar de los tentáculos del capitalismo internacional. Decía el argentino Carlos Ibarguren[102] en carta a un candidato presidencial conservador:

Anhelo vivamente… que limpie Ud. el escenario público, cuyos actores ac-tuales nada representan y constituyen una oligarquía de profesionales de la política que corren en pos del mantenimiento de sus posiciones y de sus intereses particula-res; que conquiste Ud. la completa independencia económica de nuestra patria, li-berándola de monopolios y de la presión del capitalismo internacional que la tienen ahogada en muchos de sus órganos vitales…

Radomiro Tomic,[103] uno de los jefes de la democracia cristiana chilena, decía en 1948: “Los que creemos en el Social-Cristianismo creemos en la posibilidad de hallar una síntesis entre las profundas modificaciones de estructura que necesita la economía para ponerse al servicio del Trabajo en vez de seguir al servicio del Capital, y la plena salvaguardia de los valores espirituales…”.

De este modo, concretaba su programa en una serie de transformaciones fundamentales para la economía chilena, evitando el principio de la socialización de los bienes de producción. Tal era también el principio del Movimiento nacionalista revolucionario de Bolivia, en cuyo programa se decía:[104]

Afirmamos nuestra fe en el poder de la raza indomestiza; en la solidaridad de los bolivianos para defender el interés colectivo y el bien común antes que el individual, en el renacimiento de las tradiciones autóctonas para moldear la cultura boliviana y en el aprovechamiento de la técnica para construir la Nación sobre un régimen de verdadera justicia social boliviana, sobre bases económica y política-mente condicionadas con sujeción al poder del Estado.

Exigimos la voluntad tenaz de los bolivianos para mantener ante lodo la propiedad de la tierra y de la producción, su esfuerzo político para que el Estado fortalecido asegure en beneficio del país la riqueza proveniente de la industria ex-tractiva, y su acción individual para formar la pequeña industria. Exigimos el con-curso de todos para extirpar los grandes monopolios privados y que las actividades comerciales minoristas sean desempeñadas exclusivamente por bolivianos. Exigi-mos el estudio sobre bases científicas del problema agrario indígena con vista a in-corporar a la vida nacional a los millones de campesinos marginados de ella, y a lograr una organización adecuada de la economía agrícola para obtener el máximo rendimiento. Exigimos la nacionalización de los servicios públicos.

Esta actitud frente al ordenamiento económico fue también predominante en la política de Vargas[105] y en la de Perón. Decía Vargas a los dos años de la Revolución:

El individualismo excesivo que caracterizó el siglo pasado, necesitaba en-contrar límite y correctivo en la preocupación predominante del interés social. No hay en esa actitud, ningún indicio de hostilidad al capital, que, al contrario, necesita ser atraído, amparado y garantizado por el poder público. Pero la mejor manera de garantizarlo está, justamente, en transformar el proletariado en una fuerza orgánica de cooperación con el Estado y no dejarlo que, por el abandono de la ley, se entregue a la acción disolvente de elementos perturbadores, privados de sentimientos de patria y de familia.

Una posición semejante sostuvo Perón[106] en 1946, antes de llegar a la presidencia, cuando se suponía que necesitaba apelar a todos los recursos para atraer el voto popular:

No soy tampoco de los que creen que los integrantes de la llamada Unión democrática han dejado de llenar su programa político —vale decir, su democracia— con un contenido económico. Lo que pasa es que ellos están defendiendo un sistema capitalista con perjuicio o con desprecio de los intereses de los trabajadores, aun cuando les hagan las pequeñas concesiones a que luego habré de referirme; mientras que nosotros defendemos la posición del trabajador y creemos que sólo aumentando enormemente su bienestar e incrementando su participación en el Estado y la intervención de éste en las relaciones del trabajo, será posible que subsista lo que el sistema capitalista de libre iniciativa tiene de bueno y de aprovechable frente a los sistemas colectivistas. Por el bien de mi patria quisiera que mis enemigos se convencieran de que mi actitud no sólo es humana sino que es conservadora en la noble acepción del vocablo. Y bueno sería también que desechasen de una vez el calificativo de demagógico que se atribuye a todos mis actos, no porque carezcan de valor constructivo ni porque vayan encaminados a implantar una tiranía de la plebe (que es el significado de la palabra demagogia) sino simplemente porque no van de acuerdo con los egoístas intereses capitalistas, ni se preocupan con exceso de la actual ‘estructura social’ ni de lo que ellos barriendo para adentro llaman ‘los supremos intereses del país’ confundiéndolos con los suyos propios.

Pero los grupos más avanzados del peronismo consiguieron imponer al reformarse la Constitución Argentina de 1949 un artículo que expresaba su concepción de la economía nacional:[107]

La organización de la riqueza y su explotación tienen por fin el bienestar del pueblo, dentro de un orden económico conforme a los principios de la justicia social. El Estado, mediante una ley, podrá intervenir en la economía y monopolizar determinada actividad, en salvaguaradia de los intereses generales y dentro de los límites fijados por los derechos fundamentales asegurados en esta Constitución. Salvo la importación y exportación que estarán a cargo del Estado de acuerdo con las limitaciones y el régimen que se determine por ley, toda actividad económica se organizará conforme a la libre iniciativa privada, siempre que no tenga por fin ostensible o encubierto, dominar los mercados nacionales, eliminar la competencia o aumentar usuariamente los beneficios.

Los minerales, las caídas de agua, los yacimientos de petróleo, de carbón y de gas, y las demás fuentes naturales de energía, con excepción de los vegetales, son propiedades imprescriptibles e inalienables de la Nación, con la correspondiente participación en su producto, que se convendrá con las provincias.

Los servicios públicos pertenecen originariamente al Estado, y bajo ningún concepto podrán ser enajenados o concedidos para su explotación. Los que se hallaren en poder de particulares serán transferidos al Estado, mediante compra o expropiación con indemnización previa, cuando una ley nacional lo determine. El precio por la expropiación de empresas concesionarias de servicios públicos será el del costo de origen de los bienes afectados a la explotación, menos las sumas que se hubieren amortiguado durante el lapso cumplido desde el otorgamiento de la concesión, y los excedentes sobre una ganancia razonable, que serán considerados también como reintegración del capital invertido.

La organización de la economía debía traer consigo una reorganización social y política. El nacionalismo declaró caduco el sistema individualista y el régimen parlamentario, y buscó sustitutos. En principio los halló en la teoría del corporativismo. El intento más acabado de la nueva concepción social fue el Estado Novo montado por Vargas en el Brasil después del golpe de Estado de 1937. En la Argentina se intentó cautelosamente a través de una constitución provincial. Pero en ambos casos los esfuerzos fueron efímeros, sobre todo por el desprestigio que acarreó al sistema la derrota del Eje. En la imposibilidad de estatuir un sistema orgánico, se proclamaron vagos principios políticos. Rojas Pinilla arriesgó en Colombia una definición de la democracia y de los principios políticos de su gobierno:[108]

democracia es la mejor interpretación de la voluntad soberana del pueblo; democracia es oportunidad para que todos trabajen honrada y pacíficamente; de-mocracia es el otorgamiento de garantías sin discriminación alguna; democracia es gobierno de las fuerzas armadas.

¿Quién puede dar oídos a las voces que hablan de gobierno despótico y de poderes omnímodos?

Vosotros diréis ahora si preferís la democracia de parlamentos vociferantes, prensa irresponsable, huelgas ilegales, elecciones prematuras y sangrientas y burocracia partidista, o preferís la democracia que los resentidos llaman dictadura, de tranquilidad y sosiego ciudadano, obras de aliento nacional, garantías para el trabajo, técnica y pulcritud administrativa y ancho campo para la verdadera libertad y las iniciativas del músculo y de la inteligencia.

Perón, por su parte, dejando subsistente el sistema parlamentario tradicional, intentó una “organización del pueblo” cuyo programa establecía:[109] “La comunidad nacional se organizará socialmente mediante el desarrollo de las asociaciones profesionales en todas las actividades de ese carácter y con funciones prevalecientemente sociales”.

Y procuró llevarlo a cabo estimulando las diversas asociaciones y promoviendo su ostensible participación en el gobierno.

En principio, el populismo asumió la defensa de los intereses populares, pero entendiendo que requerían la tutela de una aristocracia, de una elite sobre cuyo origen y constitución sólo hubo vagos indicios. Perón y Vargas hablaban de la formación de nuevos cuadros, y en efecto promovieron su formación sin reparar en el origen social; pero en importantes sectores del nacionalismo populista subsistían los resabios de una concepción aristocratizante que suponía la conservación del poder y de la tutela en manos de las clases ilustradas o tradicionales.

Para coronar el edificio del nuevo orden nacional, el populismo afirmó la existencia de una cultura nacional, nutrida de savia vernácula y orientada según su espontánea concepción de la vida. También en este campo resonaron las apelaciones a los sentimientos telúricos, a la tradición indígena, al pasado colonial, y las imprecaciones contra la tradición europea, francesa especialmente en cuanto tenía de liberal y racionalista. Una revalorización del arto autóctono y de las tradiciones vernáculas acompañó esta afirmación de la vigencia de la cultura nacional.

Notas

1 Oliveira Vianna. Evolución del pueblo brasileño. Buenos Aires. 1937, p. 286.

2 Ots Capdequí, José M., Instituciones sociales de la América española en el período colonial. La Plata, 1934, p. 33.

3 Fray Vicente del Salvador, Historia do Brasil, cf. Oliveira Vianna, Op. cit., p. 65.

4 Las Casas, Bartolomé de, Historia de las Indias, Libro III, cap. IV.

5 Descripción del Virreinato del Perú. Crónica inédita de comienzos del siglo XVII, edición, prólogo y notas de Boleslao Lewin, Rosario, 1958, p. 68.

6 Van Vliervelt, “Reflexiones sobre el Brasil”, Revista del Instituto Histórico de San Pablo, vol. V, p.135: cf. Oliveira Vianna, Op. cit., p. 64.

7 Abad y Queipo, Manuel. Representación al Rey sobre la inmunidad personal del clero de Michoacán, del 11 de enero de 1799, cf. J. Romero Flores, Don Miguel Hidalgo y Costilla, padre de la Independencia mexicana, México, 1945.

8 Humboldt, Alejandro de, Ensayo político sobre la Isla de Cuba, La Habana, 1960, p. 162.

9 Arzobispo San Alberto, Catecismo Regio.

10 Sepúlveda, Juan Ginés de, Democrates alter, pp. 81, 85 y 171: cf. Silvio

11 Op. cit., pp. 100-101

12 Zárate, Agustín de, Historia del descubrimiento y conquista del Perú, Buenos Aires, 1965, p. 15.

13 Relación de los hechos y fin heroico del General Liniers, en Anales de la Biblioteca, tomo III, Buenos Aires, 1904, p. 336.

14 Giménez Rueda, Julio, Letras de México, México, 1944, p. 80.

15 Díaz, José Domingo, Recuerdos sobre la rebelión de Caracas, Caracas, 1961, p. 45 y sigs.

16 Alamán, Lucas, Semblanzas e Ideario, México, 1963, p. 171.

17 Sarmiento, Domingo Faustino, Facundo, La Plata, 1938, p. 74.

18 Toro, Fermín, Reflexiones sobre la ley del 10 de abril de 1854.

19 Sarmiento, Domingo Faustino, Facundo, Op. cit., p. 75.

20 Montalvo, Juan. “liberales y conservadores’’, en El Regenerador, número 3. 1867, t. 1, p. 104.

21 El Constitucional, 20 de noviembre de 1868; cf. Leopoldo Benites, Ecuador, drama y paradoja, México, 1950, p. 224.

22 Camacho Roldán, Salvador, Memorias, Bogotá, 1948, t. 1, p. 44.

23 El Tizón Republicano, 23 de junio de 1823: cf. G. Feliu Cruz. La abolición de la esclavitud en Chile, Santiago, 1942, p. 102.

24 4 Camacho Roldán, Salvador, Op. cit., t. I, p. 83.

25 Ruy Barbosa, Conferencias y discursos, Buenos Aires, 1939, p. 250.

26 Vallarta, Ignacio L., Discurso del 8 de agosto de 1856, en el Congreso Extraordinario Constituyente, cf. Jesús Reyes Heroles, El liberalismo mexicano, t. III, p. 588.

27 Pardo y Aliaga, Felipe, Poesías y escritos en prosa, París, 1869.

28 Op. cit.

29 Robertson, J. P. y C., Cartas del Paraguay.

30 Auto del 25 de octubre de 1816. en Cuaderno de Autos Supremos: cf. Efraim Cardozo, Paraguay independiente, 1949. p. 58.

31 Sánchez Quell, H., política internacional del Paraguay, Buenos Aires, 1945. p. 73.

32 cf. Pérez Acosta. J., Francia y Bonpland, Buenos Aires, 1942, p. 23

33 Robertson, J. P. Y G., Op. cit.

34 Cardozo, Efraim. Breve historia del Paraguay, Buenos Aires, 1965, p. 85.

35 Sarmiento, Domingo Faustino, Facundo, Op. cit., 1938, p. 261 y sigs.

36 6 cf. Cardozo, Efraim. Paraguay independiente, p. 64: Chávez, El supremo dictador.

37 Saldías, Adolfo, Papeles de Rosas, La Plata, 1904.

38 Cancionero del tiempo de Rosas, selección de José Luis Lanuza, Buenos Aires, 1941. p. 38.

39 40 Saldías, Adolfo, Op. cit.

40 Gálvez. Manuel, Vida de D. Gabriel García Moreno, Buenos Aires, 1942. p. 329.

41 Mera, Juan León, El héroe mártir, Canto a la memoria de García Moreno, Quito. 1876.

42 cf. Alfonso M. Escudero, Introducción a Cumandá, Austral, p. 28.

43 “Las leyes de García Moreno’’, en El Regenerador, número 5, t. 1, p. 162.

44 Gálvez, Manuel, Op. cit., p. 327.

45 El pensamiento constitucional hispanoamericano hasta 1830, Caracas, 1961. t. III.

46 47 Alamán, Lucas, Semblanzas e ideario, México, 1963, p. 103.

47 Loc cit.

48 Lecuna, Vicente, Cartas del Libertador, XI, p. 234.

49 Calmón, Pedro, Historia de la civilización brasileña, Buenos Aires, 1937, p. 251.

50 Oliveira Torres, Joao Camillo de, A democracia coronada (Teoría política do Impero do Brasil), Río de Janeiro, 1957, p. 498.

51 Carta constitucional del 16 de marzo de 1824, en El pensamiento constitucional hispanoamericano hasta 1830, Caracas, 1961, t. 1, p. 261.

52 Cf. Bartolomé Mitre, Historia de Belgrano, Apéndice 36, Obras Completas, Buenos Aires, 1941, t. IX, p. 247.

53 Cf. Bartolomé Mitre, Historia de San Martín, Apéndice 15, Obras Completas. Buenos Aires, 1940, t. V, .p. 262.

54 Cf. Francisco A. Encina, Portales, Santiago de Chile. 1934.1. II. p. 226.

55 Cf. Leopoldo Benites, Ecuador, drama y paradoja, México, 1950, p. 220.

56 Lecuna, Vicente, Cartas del Libertador, t. XI, p. 52.

57 Bolívar, Simón, Discurso de Angostura, en El pensamiento constitucional hispanoamericano, Caracas, 1961, t. V, pp. 171-172.

58 Lecuna, Vicente, Cartas del Libertador, t. XI, p. 53.

59 Bolívar, Simón, Discurso de Angostura, Op. cit., pp. 165.

60 Op. cit., pp. 169.

61 Madame Calderón de la Barca, La vida en México, México, 1959. capítulos XLV-XLVII.

62 Vicuña Mackenna, Benjamín, Don Diego Portales, Santiago de Chile, 1937, p. 587; Edwards Vives, Alberto, La fronda aristocrática, capítulo VII.

63 Encina, Francisco A., Portales, t. 1. p. 242.

64 Vicuña Mackena, Benjamín, Op. cit., p. 557 y siguientes.

65 Herrera, Luis Alberto de, Por la Patria, Montevideo, 1953, t. I, p. 65.

66 Op. cit., t. I, p. 64.

67 Op. cit., t. 1, p. 6.

68 Freyre, Gilberto, Casa-Grande y Senzala, Buenos Aires, 1942, t. II, p. 61.

69 Oliveira Vianna, Evolución del pueblo brasileño, p. 81.

70 Op. cit., p. 138 y sigs.

71 Op. cit., p. 111 y sigs.

72 Op. cit., p. 260.

73 Alba, Víctor, Las ideas sociales contemporáneas en México, 1960. p. 212 y sigs.

74 Rodó, José Enrique, Ariel, Valencia, 1920, p. 75 y sigs.

75 Op. cit., p. 84 y sigs

76 Goyena, Pedro, “Discursos parlamentarios del 6 y 11 de julio de 1883”, en Obra Selecta, Buenos Aires, 1943, p. 260 y sigs.

77 8 Op. cit., p. 263.

78 Estrada, José Manuel, Discurso en el Congreso Católico de Buenos Aires de 1884, en Páginas del Maestro, Buenos Aires. 1942, p. 20.

79 Sierra, Justo, Evolución política del pueblo mexicano, México, 1940, p. 444 y sigs.

80 Justo, Juan B., La teoría científica de la historia v la política Argentina, en La realización del socialismo, Buenos Aires, 1947, p. 171.

81 Cf. Jobet, Julio César, Ensayo crítico del desarrollo económico de Chile, Santiago, 1955, p. 99.

82 Bunge. Carlos Octavio, Nuestra América, t. III, i, p. 168.

83 Op. cit., t. I, XI, p. 160.

84 Arguedas, Alcides, Pueblo enfermo, p. 28.

85 Cf. Jobet, Julio César, Op. cit., p. 96.

86 Cf. F. R. Pintos, Batlle y el proceso histórico Uruguay.

87 Cf. Jobet, Julio César, Op. cit., p. 116.

88 Roca, Julio A., Discurso del Presidente de la República, en Asambleas Constituyentes Argentinas, t. VI, primera parte, p. 293.

89 Nieto Arteta, Luis A., Economía y cultura en la historia de Colombia, Bogotá, 1942, p. 406.

90 /hi> Caso, Antonio, México, apuntamientos de cultura patria, México. 1943. p. 14.

91 Sierra, Justo, Op. cit., p. 251.

92 Op. cit., p. 454 y sigs.

93 Vallenilla Lanz, L., Cesarismo democrático, Caracas, 1929, p. 123.

94 Vallenilla Lanz, L., La rehabilitación de Venezuela, Caracas, 1926, I, p. 18 y sigs.

95 Jobet, Julio César, Op. cit., p. 196.

96 La Nueva República, número 43, Buenos Aires, 1º de Diciembre de 1928.

97 Cf. Alberto S. Cornejo, Programas políticos de Bolivia, Cochabamba, 1949, p. 148.

98 Paz Estensoro, Víctor, Discursos y Mensajes, Buenos Aires, 1953, p. 30.

99 Prudencio, Roberto, Los valores religiosos, 1945.

100 Alba, Víctor, Las ideas sociales contemporáneas en México, México, 1960, p. 278 y sigs.

101 Montenegro, Walter, “La bolivianidad en la economía y la historia”, Kollasuyo, número 13, La Paz, enero de 1940.

102 Ibarguren, Carlos, La historia que he vivido, Buenos Aires, 1955, p. 499.

103 Tomic Romero, Radomiro, “Capitalismo, comunismo, democracia cristiana”, discurso parlamentario del 11 de mayo de 1948.

104 Cf. Alberto S. Cornejo. Op. cit., p. 149.

105 Vargas, Getulio, “As classes trabalhadoras o govêrno da Revoluçao”, discurso del 29 de octubre de 1932, en A nova política do Brasil, Río de Janeiro, II, p. 97.

106 Perón, Juan D., “Discurso pronunciado en su proclamación como candidato a la presidencia constitucional de la Nación”, 12 de febrero de 1946.

107 Constitución Argentina de 1949, artículo 40.

108 Cf. La Prensa, Buenos Aires, 27 de agosto de 1956.

109 Doctrina Nacional, presidencia de la Nación, Buenos Aires, 1954, p. 33. punto 2.

El ciclo de la revolución contemporánea. Bajo el signo del 48. 1948

ÍNDICE

(…)

(…)

Prefacio

(…)

I. Dos enemigos frente a frente

Primacía de la conciencia burguesa

Irrupción de la conciencia revolucionaria

(…)

II. Grandeza y miseria de la conciencia burguesa

Sorpresas y sobresaltos

El liberalismo perplejo

El heroísmo y la empresa

Una conciencia muy aseñorada

Debilidad en las raíces

El duelo necesario

(…)

III. El desarrollo de la conciencia revolucionaria

Nuevas perspectivas

Una conciencia en busca de su propio perfil

Aclaración de posiciones

(…)

IV. La conciencia burguesa en retirada

Quién es quién en 1914

Preparación para la aventura

Una guerra llena de sorpresas

Impacto,

(…)

V. La conciencia de una posguerra

Zurcido sobre el mapa de Europa

La ilusión de la paz

El caos de un cosmos

Nada por qué morir

Retórica de la fuerza

(…)

VI. La encrucijada y las salidas

La encrucijada

Hacia la salida

Ex-cursus sobre una paradoja histórica

La revolución como lugar común

El vigor de las estructuras caducas

El espíritu de facción y el cesarismo

(…)

VII. Equívocos de la tragedia

Identificación de unos y otros

Confusión en las sombras

Las primeras revelaciones

(…)

VIII. Absolución de posiciones

La pequeñez de una grandeza

Afirmaciones y negaciones legítimas

Esperanzas y realidades

(…)

Epílogo. Paisaje desde un mirador

(…)

(…)(…)

(…)

PREFACIO

La huella de mis días terrenos no puede borrarse en el transcurso de las edades.

En el presentimiento de tan alta felicidad gozo ahora del momento supremo.

GOETHE, Fausto

Este libro entraña una inquietud profunda por el sino de nuestro tiempo y está dirigido a quienes la comparten. Esa inquietud caracteriza nuestra existencia, y si le debemos los oscuros presentimientos de la agonía, no le debemos menos la ilusionada espera del triunfo del espíritu; todo eso se potencia en nuestro presente y se esconde en la voluta de su curva. Tan altos como imaginemos otros destinos y tan brillantes como puedan aparecérsenos otras épocas del pasado, para nosotros, efímeras criaturas, el “mo-mento supremo” no es sino el tiempo de nuestras vidas. En él concurre y se anuda todo lo pretérito, y desde ese nudo vuelve a abrirse en abanico la promesa del tiempo infinito. Sólo en este punto adquiere auténtico valor lo del pasado y lo del futuro.

Acaso alguna vez, pasando las páginas de un libro, hayamos soñado con cierta inverosímil transmigración gracias a la cual podríamos gozar de un paisaje histórico distinto del que sirve de fondo a nuestras vidas, un paisaje propicio para el logro de esa entrevista plenitud que se insinúa en nuestra imperfecta realidad. Alguno habrá envidiado la edad en que podíase descubrir a Calipso envuelta en aura mediterránea; otros, quizás, aquella de las cortes de amor o la de los lances mosqueteriles, y no faltará quien haya sentido alguna vez la melancólica nostalgia del tiempo de los filibusteros, cuando era posible correr libremente los mares detrás del oro y la aventura.

Pero estos ensueños adolescentes se interrumpen al despertar, cuando la conciencia vigilante recupera el imperio sobre nosotros y nos obliga a recordar la presencia de nuestro contorno inevitable, el único que nos es dado, el intransferible momento de nuestras vidas, el singular y supremo momento que existe para nuestros ojos y nuestras manos y nos constriñe con su incoercible realidad.

Tan duro y tan amargo como nos parezca o como sea, ese tiempo de nuestras vidas constituye nuestro único patrimonio y es menester que nos sobrepongamos a sus embates si queremos vivir y no llegar a ser antes de tiempo sombras como las del pasado, inertes y desvanecidas. Dureza y amargura no son, ciertamente, el exclusivo privilegio de estos tiempos, sino más bien consustanciadas calidades de la existencia humana, atada a las constricciones de la naturaleza y tendida hacia inalcanzables ideales por la fuerza vigilante y creadora del espíritu. La vida misma, la vida renovada y duradera es natural-mente amarga y dura, y apenas caben en su dureza y su amargura, a través de la vida histórica, matices sutilísimos. Apenas hay negruras que justifiquen la congoja de los espíritus viriles y fecundos: tras el constante pesimismo no suele haber sino debilidad o cobardía, y es menester vencerlas si queremos que quede sobre el hilo del tiempo la huella de nuestra jornada de lucha y de labor. No hay otra especie de grandeza reservada a quienes no quieren malograr su efímera existencia excelsa.

Sin duda alguna sería posible dibujar del presente un cuadro siniestro y cargado de sombras agoreras; pero no sería mucho más difícil trazarlo igualmente sombrío de cualquier época de la historia si eligiéramos deliberadamente cierto punto de vista: de la Atenas de Pericles, de la Roma de Augusto, de la Bizancio de Justiniano, de la Florencia de los Médicis, de la España de Carlos V, de la Francia de Luis XIV o de la Inglaterra victoriana. Si acaso después de este cotejo todavía resultara excepcionalmente duro nuestro tiempo, quedaría para confortar nuestro ánimo la certidumbre de las esperanzas que abriga, de las creaciones que promete, de la revolución que entraña. Porque sólo sustrayéndose a la claridad que ofrece una perspectiva histórica de nuestro tiempo es posible juzgar como mera descomposición y podredumbre lo que se manifiesta como una oscura génesis si lo consideramos encadenado a su pasado y su futuro. Hay, ciertamente, una miseria de nuestro tiempo —como la de todos los tiempos— pero hay en él una grandeza que acaso no comparta sino con pocas épocas pretéritas, aquellas pocas que han prometido una creación fundamental.

Esa creación de nuestro tiempo, la que le presta su grandeza, es la que se esconde en el seno de la profunda y vasta revolución que desarrolla, cada uno de cuyos episodios puede implicar, sin duda desastres, injusticias o amarguras. Cada uno de los accidentes puede ser decisivo para la vida individual, para cierta vida individual; pero sería injustificable torpeza transferir al vasto proceso colectivo los acentos justificables respecto de la existencia personal: es bien sabido que podemos agonizar en el instante en que la dicha parecía más próxima y segura; más aún, cuando la dicha era realmente segura y próxima. Pero nada de todo eso tiene que ver con el sentido total de nuestro tiempo, y se demostraría cierta gravísima incapacidad para contemplar la historia en perspectiva si se calificara su transcurso según las elementales reacciones de la mera y aleatoria experiencia individual. Porque este tiempo, momento supremo de nuestras vidas, se escorza en el paisaje con tal violencia que apenas se divisa en él la fugitiva imagen del individuo.

Acaso quepa por eso un pesimismo personal en quien no busca ni espera otra cosa que la realización de su propia individualidad; pero aun así apenas puedo imaginar que subsista esa actitud tras una comprensión histórica del presente. Considerado en cuanto etapa de creación, esconde la posibilidad de realizar un ideal altísimo de humanidad para cuya consecución se necesita un vasto esfuerzo. Esta ingente tarea significa la existencia de un programa de vida, y apenas cabe el pesimismo cuando tal circunstancia se nos ofrece. Acaso la muerte nos aceche a cada uno de nosotros un poco más próxima que en otras ocasiones; no mucho más, de todos modos, que ayer ni que mañana. Pero en cambio sabemos bien por qué morir y por qué vivir. Estamos ciertamente en los albores de cierta edad de la cultura occidental —una tercera edad— en la que los viejos ideales que acariciaron de lejos nuestros remotísimos abuelos se aproximan más y más —en cuanto es posible— a la realidad. Que este consuelo baste para quien se sienta vivo y no opte por considerar la tierra como un Orco oscuro en el que sólo le sea dado vagar como una sombra para aquel que, como Aquiles, prefiera los caminos de ortigas a la pradera de los asfódelos.

Este libro quiere intentar una explicación histórica de nuestro tiempo, y de este modo, por la vecindad y la complejidad de su asunto, desemboca en la mera opinión. El pensarlo me ha ayudado a mí mismo a ordenar las ideas acerca de la línea de desarrollo de la presente coyuntura histórica, y al escribirlo creo servir a quienes se preocupan por el problema y procuran orientarse en la maraña de los hechos. Esa línea de desarrollo me parece ser la verdadera. Para probarlo hubiera podido, sin demasiado esfuerzo, abroquelar las tesis sustentadas tras una densa fortificación de citas de autoridades y de fuentes; pero he temido rechazar al lector no especializado ni habituado a la lectura de las monografías históricas y he preferido introducir en el texto las alusiones que, bien consideradas, puedan conducir a los elementos en que se fundan las afirmaciones. Por lo demás, las tesis que aquí se sostienen no serían mucho menos discutibles si aparecieran expresamente documentadas. Cuando el historiador se aventura por los senderos del pasado inmediato, debe resignarse —cada vez más a medida que se acerca a su propia época— a no avanzar mucho más allá de la mera opinión, porque ni le es dado agotar sus fuentes ni le es posible evadirse de sus propias reacciones sino en reducida medida. Sin duda es éste un riesgo considerable para un historiador, pero es sin duda la más tentadora de las aventuras intelectuales que se le ofrecen.

Considerado como libro de historia, carecerá éste de la prudente solemnidad a que nos ha acostumbrado el academicismo, tras del cual puede esconderse mucha sabiduría, pero puede disimularse también la más categórica necedad: sobran los ejemplos, y a ello se debe en gran parte que el lector se resista a frecuentar una disciplina que debiera ser cara a todo el mundo. A cambio de esa solemnidad se hallará un sincero afán por descubrir las raíces verdaderas de los problemas que nos angustian, y acaso esa actitud le preste la imprescindible dignidad con que parece necesario honrar a Clío.

Porque sería doblemente absurdo darle un tono académico a un libro que no es totalmente un libro de historia y que contiene abundante cantidad de opiniones personales. Pero que nadie se sorprenda; sería injusto suponer que al historiador le está vedado tenerlas —sobre todo cuando se refiere a su propio tiempo— y que por la fuerza del sine ira et studio que acuñó Tácito se vea privado de poder decir lo que piensa sobre cosas que le atañen directamente. Cierto es que muchos historiadores carecen de opiniones; pero me temo mucho que sean más los que procuran ocultarlas discretamente, para no comprometer unos la objetividad científica, y para no comprometer otros la sabia equidistancia entre todos aquellos a quienes los vaivenes de la fortuna pueden empujar hacia el más alto estado. Porque ningún historiador ignora que a un duque de Lerma puede sucederle en poco tiempo un conde-duque de Olivares. Con todo, nada se opone a que quien las tenga y quiera expresarlas públicamente pueda hacerlo con tanto derecho como el político o el periodista o el hombre de la calle. El mayor riesgo sería, en último extremo, que el libro en que las consignara ofreciera mucho mayor volumen de materia opinable que de purificada materia histórica. Pues bien, no se le llame entonces libro de historia y quede para el futuro averiguar qué cosa sea, porque no son ya tiempos de torturarse por el problema de los géneros. El libro habrá cumplido su misión si es capaz de lograr cierta clarificación de las ideas que se plantea.

Quizás a alguno pueda parecerle demasiado simple y esquemático el cuadro que presento al lector. En efecto, este libro aspira a ser simple y esquemático porque tiene que ser claro y breve; pero sobre todo porque creo en las síntesis y porque no creo que aquellos caracteres conduzcan necesariamente a un simplismo superficial. Si la claridad no se lograra sino a costa de una reducción de la complejidad connatural del proceso histórico, sin duda el esfuerzo sería deleznable. Pero si, por el contrario, la claridad proviene de que se logra explicar nítidamente aquella complejidad, y el esquema así dibujado se corresponde con la realidad, se habrá logrado éxito en una empresa urgente y necesaria, como lo es facilitar el acceso a la historia a todos aquellos a quienes han alejado de ella, precisamente, los historiadores que Carlyle llamó dry-as-dust y los sociólogos torturados por la discriminación de las influencias telúricas, en el fondo artífices de una historia y una sociología fáciles. Ese éxito —debo confesarlo— me envanecería; pero es difícil de lograr porque es difícil ser suficientemente claro cuando se trata de explicar la extraña catadura de un monstruo amenazador que parece arrollarnos y está ya muy cerca de nosotros. Algo parecido a eso es el tema de este libro.

Frente a esta última excusa podría argumentarse que acaso hubiera sido prudente no arriesgarse en una aventura intelectual en la que el peligro de fracasar era considerablemente mayor que la posibilidad de triunfo. Pero no comparto ese género de prudencia. La tierra —creo— es para caminar sobre ella aunque sea inevitable que nos salpique el lodo, y no me parece muy airada la situación de quien resuelve estarse quieto sólo para salvar sus vestidos de las salpicaduras. Ese lodo no mancha sino al que está ya sucio y no es para los demás sino una circunstancia accidental de su atavío, accidental él mismo.

Lo que sí me parece grave es la prudencia exagerada. Hay que reconsiderar tantos juicios y decidir tantas nuevas formas de acción, que mantenerse silencioso y equívoco constituye una deserción culpable. Esa prudencia se parece demasiado al miedo. Es preferible hablar y manifestar hasta el fondo el pensamiento, aun errando por-que sólo de esa manera podrá llegarse a una necesaria aclaración del panorama circundante. Tenemos por delante una nueva experiencia histórica y es una exagerada vanidad evitar la palabra para evitar el error. Una vanidad que también se parece demasiado al miedo.

La acción, la acción inevitable y perentoria, exige un punto de partida que no puede ser dado sino por una clara filiación histórica del presente. Eso es lo que este libro quiere ofrecer al lector: una opinión sobre el proceso de nuestro tiempo, fundada en un análisis de los hechos y respaldada por una convicción profunda. Estoy convencido de que es verdadera y la ofrezco como fruto de una experiencia histórica a quienes la duda acongoja.

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I. DOS ENEMIGOS FRENTE A FRENTE

A pesar del poco edificante espectáculo de sus formas caducas, de las burlas más o menos justificadas que circulan acerca de los inmensos habanos y las gruesas cadenas de oro que se asocian a su recuerdo, un hombre inteligente no debe olvidar que la conciencia burguesa es —y sobre todo ha sido— una cosa seria e importante. Sin duda merecen esas formas caducas la actitud que sus enemigos manifiestan a su respecto y se justifica por ellas el olvido de su formidable significación histórica. Hay, ciertamente, una relación estrecha entre la conciencia burguesa y las llamativas cadenas de oro con que los dibujantes satíricos suelen caracterizar a sus portadores. Pero la conciencia burguesa ha representado mucho más que lo que se esconde tras esa relación: puede decirse que es una de las formas peculiares de la conciencia occidental, y por eso ha caracterizado una de las etapas de nuestra cultura.

Para entender su persistente vitalidad y su resistencia a los embates de la conciencia revolucionaria, es necesario no engañarse por el espectáculo escasamente alentador de sus formas caducas; en otro tiempo la conciencia burguesa ha sido también revolucionaria, llegó a alcanzar el heroísmo y supo ser consecuente consigo misma. Si pudo triunfar y lograr una hora de indiscutido predominio, fue porque supo combatir denodadamente contra la conciencia feudal, su antigua y encarnizada enemiga. Por eso es imprescindible, para entender su orgullo, su prepotencia y su vigor —y sobre todo para discriminar las raíces del tiempo nuevo—, recapacitar un instante sobre la aventura varias veces secular de la conciencia burguesa.

Desde los últimos tiempos de la Edad Media hasta mediados del siglo XIX la conciencia burguesa traza una curva ascendente con cuyo dibujo se confunde lo fundamental de la historia del Occidente y de buena parte del mundo sometido a su influencia. Sobre esa curva incide, hacia 1848, la curva ascendente de la conciencia revolucionaria precisamente cuando alcanza sus últimas etapas, la de la conciencia burguesa. Es, pues, en el instante de máxima culminación cuando descubre su nuevo y peligroso enemigo: la conciencia revolucionaria, conciencia antiburguesa por excelencia, que se prepara a ofrecerle una batalla tan despiadada y dramática como la que ella ofreciera antaño a la conciencia feudal. El momento simbólico en que se manifiesta este conflicto —con el que se abre, a mi juicio, la tercera edad de la cultura occidental— puede fijarse en 1848.

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PRIMACÍA DE LA CONCIENCIA BURGUESA

En el seno del mundo feudal y durante los últimos siglos de la Edad Media ciertos grupos sociales comenzaron a entrever la posibilidad de vivir de una manera diferente de aquella a que se veían forzados por su dependencia con respecto a los poderosos señores terratenientes. Naturalmente, esta idea surgió entre los que, prácticamente, no tenían tierras: reacción muy explicable cuya importancia radica en que no concluyó en un simple disconformismo sino en una profunda revolución económica y social. Dedicándose a la artesanía y al comercio, muchos antiguos colonos y hasta siervos lograron independizarse de sus antiguos señores bajo la eventual protección de los reyes. Algunos llegaron a acumular pequeñas fortunas, y de entre ellos hubo quienes fueron capaces de transformarlas en respetables capitales al cabo de algunas generaciones.

Estos capitales en moneda contante y sonante llegaron incluso a producir la envidia de los antiguos y orgullosos poseedores de tierras, a tal punto que no faltó segundón de casa noble que abandonara sus prejuicios de clase para intentar alguna aventura en la que el legendario vellocino de oro adquiría aspecto de verdadero oro en lingote. Con aquellos nacientes capitales se montaron talleres para producir en más vasta escala que la habitual hasta entonces, y se organizó un tráfico comercial altamente lucrativo; es lo que hicieron a mediados del siglo XIII Nicolás y Marco Polo: “Eran ambos discretos, nobles y agudos comerciantes —cuenta Marco en II Milione— y un día se reunieron en consejo y resolvieron lanzarse a la mar grande con el fin de buscar para sus negocios una mayor prosperidad”. Hasta hubo quienes comenzaron a organizar un tráfico del dinero, destinado, por cierto, a transformar radicalmente las condiciones de la vida económica del mundo moderno. Las casas bancarias de los Bardi, los Peruzzi y los Acciajuoli, llegaron a tener agencias en nu-merosas ciudades de Europa y constituyeron en los siglos XIII y XIV un elemento fundamental de la actividad comercial.

Los grupos sociales que desencadenaron y aprovecharon esta revolución económica y social constituyeron la primitiva burguesía. Sus centros de acción fueron las ciudades, que ella contribuyó a sacar del sueño en que yacieran durante la época feudal, y cuyo tipo de vida había sido eminentemente rural. Y en Flandes, en Italia y en otros países europeos, las ciudades comenzaron a crecer rápidamente, a prosperar y a embellecerse —como Florencia en la época de Arnolfo di Cambio—, reuniendo dentro de sus murallas densos núcleos de población, por cierto muy diferenciados. Porque desde el momento en que el dinero comienza a ser el fundamento de la economía, la cantidad que se posea comienza a medir la importancia social de cada uno. El popolo grasso, la bourgeoisie, los majores, los divites se separan rápida-mente del popolo minuto, del común, de los minores, pauperes y plebei, hasta transformarse en una aristocracia urbana tan hermética como la que se perpetuó en Venecia. Por debajo de ella se alinearon los grupos de los que ya trabajaban en su provecho y que, aunque compartían su naciente conciencia burguesa se preparaban —con algunos ensayos aislados— para la rebelión de algunos siglos más tarde.

Desde entonces, a la aventura caballeresca remplazó la aventura burguesa, que era esencialmente una aventura económica aunque pudiera a veces teñirse con otras apariencias. Si Rolando había alcanzado excelsa gloria contra la innumerable caterva de los infieles del otro lado del Pirineo, su compatriota Jacques Coeur supo exaltar la imaginación de sus contemporáneos con sus audaces aventuras comerciales en varios mares, gracias a las cuales llegó a acumular una fortuna inmensa. Su “heroísmo” suplantaba al antiguo heroísmo de los caballeros, y seguramente él lo sabía porque había dicho alguna vez: “Sé que el Santo Grial no se puede ganar sin mi ayuda”; y era notorio que su jactancia no suponía la decisión de entrar lanza en ristre en el combate. No se forjó alrededor de su figura una leyenda heroica, pero el palacio que aún puede verse en Bourges constituye un testimonio de su singular y moderna grandeza.

Jacques Coeur tuvo alguna vez la debilidad de incurrir en falsificación de moneda, lo cual pareció un feo delito. En realidad, su tendencia habitual era extender el área de las operaciones comerciales de Francia, y esto ya parece más bien una doctrina económica. Lo que Jacques Coeur no compartía en modo alguno era la dulce opinión de los escolásticos sobre el “justo precio”, porque había adivinado ya las ventajas —para él, sobre todo— de la ley de la oferta y la demanda. A él, y al apoyo que le prestó el rey Carlos VIII para desarrollar sus vastas concepciones, se debió en buena parte la transformación económica de Francia. Pero lo que hace de él un ejemplo significativo es su afán de vivir según su riqueza; porque Jacques Coeur, como todos los burgueses de su tiempo y de los que le siguieron, manifestó una decidida resolución de abandonar las concepciones y los ideales de la vida medieval, o mejor dicho, las concepciones y los ideales que las clases terratenientes y caballerescas habían impuesto durante largos siglos. Los testimonios de esta resolución abundan y quien quiera descubrirlos puede, después de contemplar el palacio de Jacques Coeur en Bourges, hojear las páginas del Decamerone de Boccaccio o las de las obras de sus casi contemporáneos Geoffrey Chaucer —inglés— y Juan Ruiz, arcipreste de Hita —cas-tellano—. Todos ellos son, cronológicamente, hombres de la Edad Media, y lo son por ciertos inequívocos rasgos de su actitud frente a la vida. Pero la conciencia burguesa se insinúa ya en ellos. Entre las promesas de una felicidad absoluta y eterna y las posibilidades de una felicidad relativa y pasajera, empezaron a preferir estas últimas. Felicidad relativa y pasajera era la hermosa ragazza, el abundante vino, o desde otro punto de vista, el lienzo de Van Eyck o el fresco de Giotto, el Ars Nova de Guillaume de Machaut o los sonetos de Petrarca; distintas vías para proporcionar satisfacción a los sentidos entre las que era dado elegir las más sublimes o las más groseras. Y esa apetencia por todo lo que fuera placer comenzaba a hacer olvidar las imprecaciones de Santa Catalina de Siena, o las meditaciones de Ruysbroeck o las admoniciones de Passavanti.

Esa era la burguesía, apasionada por la naturaleza en cuyos arcanos comenzaron a hundir su mirada escrutadora Roger Bacon, Petrus Peregrinus o Jean Buridan; deslumbrada por la sabiduría jurídica de los romanos, que difundieron y trataron de trasladar a la política de su tiempo un Bartolo o un Guillaume de Nogaret; seducida, sobre todo, por el inmenso poder del oro, que relucía sobre el banco del mercader o del cambista y se amontonaba en gruesas cantidades como no podían conseguirlo las ilusorias manipulaciones de la alquimia. Y esta burguesía, animada por nuevos ideales y resuelta a desarrollar nuevas formas de vida, enérgica en la acción y eficaz en la lucha contra la naturaleza tibia y apenas formalista con respecto a la antigua fe, comenzó a prepararse para conquistar lo que aún no tenía y deseaba firmemente: el poder político.

Naturalmente, este designio entrañaba muchas dificultades y ocultaba graves peligros. A ningún grupo social le parece lícito que lo despojen del poder cuando se ha acostumbrado a sus encantos y se sirve de él con elegante desenvoltura. Y esto —que dicho de otro modo podría pasar por una ley histórica— fue lo que movió la resistencia de las clases terratenientes. La burguesía, en efecto, había tenido un éxito relativamente fácil mientras se limitó a procurar que las clases feudales le permitieran desarrollar el tipo de vida económica que prefería. Pero el poder político era otra cosa. Conservándolo, las clases feudales hasta podían aprovechar en cierta medida los sudores de sus antiguos subordinados, ahora un poco independientes: podían cobrar en algunos casos tributos o gravámenes y hasta parecía lícito que, de vez en cuando, realizaran uno que otro saqueo a mano armada, sobre todo si se justificaba por la defensa de sus antiguos y, por eso tan sólo, respetables privilegios y de acuerdo con las severas reglas del honor feudal. En cambio, si la burguesía llegaba a conquistar el poder —cosa que, por lo demás, parecía inconcebible— ésas y otras posibilidades de provecho inmediato desaparecían casi por completo, razón por la cual la clase feudal se preparó para resistir denodadamente los asaltos contra sus privilegios.

Gian della Bella en Florencia, los Artevelde en Flandes y Étienne Marcel en Francia podrían ser los ejemplos más representativos de estos primeros y, en ocasiones, torpes esfuerzos de la burguesía por conquistar el poder político. Era, aproximadamente, la época en que se decía en Inglaterra: “Cuando Adán cavaba e hilaba Eva ¿quién era el gentilhombre?” Cuando las circunstancias se tornaban favorables, los burgueses procuraban, en cortes, parlamentos y estados generales, arrancar a los reyes pequeñas ventajas a cambio de las gruesas talegas que les eran premiosamente solicitadas; pero el poder mismo era celosamente custodiado por los feudales poderosos y sólo a la sombra de la corona pudieron los burgueses escalar algunas posiciones en ese terreno.

En efecto, cuando se produjo —ya al fin de la Edad Media pero sobre todo en los primeros siglos modernos— la alianza entre la burguesía y la corona, la conciencia burguesa obtuvo algunos triunfos señalados. A través del trono comenzaron a imponerse sus puntos de vista y las decisiones reales reflejaron, más que ninguna otra cosa, las opiniones del banquero de Su Majestad. Otra cosa era la hojarasca retórica en la que podían aprovecharse sin peligro las guirnaldas recogidas en la rica fronda del Evangelio, de Aristóteles o de San Agustín. Pero la sustancia provenía del agudo consejo de un Jacques Coeur o de un Geri Spini, tan escuchados en su tiempo como lo fueron más tarde los Fúcares y los Welsers. Hasta los papas cedieron a sus convincentes argumentos, y a alguno de ellos —como León X— le valió provocar el desencadenamiento de una tragedia.

En el imperio de Carlos V y en los reinos de Francisco I y Enrique VIII, la conciencia burguesa se manifestó con pleno vigor aunque con formas muy diversas. Los reyes mismos y muchos orgullosos señores comenzaban a participar de ella acaso sin saberlo. Y la burguesía, a quien pertenecía en propiedad y podía desarrollar sus últimas consecuencias con sólo dejar correr su imaginación, comenzó a afianzarse más y más hasta introducir su influencia en zonas que parecían acotadas por sus rivales laicos o religiosos: la política interior, la política internacional, la política religiosa, la moral y el saber, todo comenzó a teñirse con la singular tonalidad de la conciencia burguesa, aun cuando conservara algunos colores de fondo proporcionados por la retórica secular alimentada por ideales en desuso. Francisco Pizarro o Vasco da Gama, Francis Drake o Walter Raleigh, Jacques Cartier o Giovanni Caboto podían justificarse hablando de Dios, de la corona, de la civilización cristiana o de lo que circunstancialmente se les ocurriera según fueran porquerizos, privados de Su Majestad, oficiales de la Real Armada o egresados de Oxford, pero en el fondo de la aventura, una buena parte de sus impulsos eran inequívocamente burgueses porque sin ellos hubiera sido inconcebible el tipo de expansión que perseguían. Sólo que la empresa conservaba algunos rasgos vernáculos. No era, ciertamente, el amor a la aventura lo que unía a la reina Isabel y a Francis Drake cuando juntos pensaban en el triunfal periplo de la Golden Hind, ni era la fe lo que consumía a Pizarro mientras aguardaba en Cajamarca la llegada del incauto Atahualpa… y, sin embargo, algo caballeresco había todavía en los impulsos y en las actitudes, capaz de diluir la conciencia burguesa naciente manteniéndola imprecisa y vaga.

Por lo demás, lo característico de la vida europea hasta el siglo XVIII habría de ser, precisamente, este conflicto entre los ideales caballerescos y los ideales burgueses, sostenidos y alimentados por distintos grupos sociales en conflicto también. En España es notoria la supervivencia de los sentimientos señoriales que exalta, pese a todo, Cervantes en el siglo XVI, que reanima Calderón en el XVII, y que ponen en juego un Cortés, un Jiménez de Quesada o un Hernando de Soto; pero no se puede decir que no acuse España en alguna medida la presencia de una creciente conciencia burguesa, ya en el mismo Quijote. También la acusan Ariosto y Rabelais, en quienes el conflicto de ideales aparece visible, como lo era en un Condé y un Mazarino. Y en Le bourgeois gentilhomme de Molière o La locandiera de Goldoni podrá advertirse hasta qué punto se había tornado vivo este tema de los ideales encontrados, reflejo de una situación digna de una sátira que aspiraba al aplauso popular.

Hacia el siglo XVIII, pues, la conciencia burguesa ha llegado a adquirir tan precisa fisonomía que pueden circunscribirse formas de vida notoriamente informadas por ella, en contraste con otras que le resisten. En los países anglosajones la Reforma le ha proporcionado una doctrina fundamental en la medida en que contribuía a afirmar el individualismo, y cada vez resulta más claro para ella precisar sus aspiraciones tanto en materia política como religiosa. Y mientras en Francia se conforma con empujar a Colbert hacia un despacho de secretario de Estado, en Inglaterra recurre a la violencia y al regicidio para lograr todo aquello de que le han negado una pequeña parte, si Martín Lutero representa tanto como Jacobo Fúcar el tipo del burgués alemán, Oliver Cromwell sirve de paradigma al tipo del burgués inglés tanto como el escocés John Knox o John Hampden, y salvadas las distancias literarias, podría decirse que se equivalen como especímenes Hans Sachs y John Milton. Cromwell desencadena y organiza una revolución burguesa, en la que él y sus “cabezas redondas” se erigen en defensores de principios nuevos y reñidos con la tradición de los Tudor y los Estuardo. Si no la conclu-ye del todo, es porque le tocó ser a la vez algo así como Robespierre y Napoleón fundidos en una sola persona, y ello durante un tiempo demasiado largo. Pero el Bill de Derechos, establecido por la fuerza de la revolución de 1688, proviene del movimiento que él desencadenó y, aunque con menos efectos retóricos, equivale a la Declaración de los derechos del hombre y el ciudadano: uno y otra afirman lo que es más caro a la conciencia burguesa y testimonian su voluntad de luchar por la hegemonía sobre la base de postulados referidos a la realidad inmediata. Porque entre tantas cosas como definen a la conciencia burguesa —y que no es posible enumerar aquí— hay una que es decisiva: sus intereses son rigurosamente terrenales y su interpretación del mundo y la vida está estrechamente sujeta a una concepción naturalística. Newton y Galileo son también, en medida decisiva, tan típicos representantes de la conciencia burguesa como Milton y Colbert. Claro está que no era útil ni necesaria una ruptura categórica. Nadie fue más cuidadoso que la burguesía en materia formal y ritualista pero sólo por razones de Estado, como se advierte en Enrique VIII y la reina Isabel; desde ese punto de vista, Napoleón —primero o tercero, como se quiera— pueden ser considerados en materia de fe como verdaderos jugadores de bolsa.

En resumen, la conciencia burguesa había ganado ya al comenzar el siglo XVIII las primeras batallas y comenzaba a tener una clara imagen de sí misma. Sólo a partir de esta época pueden hallarse perfiles definidos en su concepción y sobre todo clara conciencia de ellos en quienes ejercían una militante defensa de los intereses que implicaba. Sobre la base de una creciente prosperidad material y habiendo logrado una provechosa consideración por parte de los gobiernos ilustrados, la burguesía —que se veía tocando el poder con la punta de los dedos— comenzó a discriminar certeramente lo que era ella misma y cuáles sus entrevistos ideales. El viejo complejo de inferioridad de Mr. Jourdain fue vencido un siglo después. Si Diderot podía lograr —aunque fuera a través de Mme. de Pompadour— que la corte se interesara por su Enciclopedia y Voltaire se sentía capaz de disentir con sus poderosos amigos y protectores, era porque en su conjunto la burguesía —esa burguesía que daba a Francia un ministro como John Law— se hallaba a un paso del triunfo definitivo. Pero ese paso era sin duda, el más difícil y arriesgado. Para intentarlo era menester contar con la resistencia todavía enérgica de quienes estaban, precisamente, dispuestos a cederlo todo menos las llaves del poder, porque era la única garantía que conservaban y contaban con el apoyo de una tradición histórica y doctrinaria que los respaldaba. Era necesario modificar la situación histórica mediante hechos y oponer a la tradición doctrinaria un pensamiento orgánico capaz de suplantarla. Este último apareció en el siglo XVIII con los economistas como Adam Smith, Turgot y Ricardo, y con los pensadores políticos que en alguna medida derivaban de Locke: Bolingbroke, Mon-tesquieu, Voltaire, Rousseau. A ellos correspondió la tarea de luchar contra los últimos reductos de la tradición preburguesa, contra la intolerancia, la restricción de la libertad individual, el absolutismo y, sobre todo, en favor de la libertad económica tal como la entendía la pujante burguesía. En cuanto a los hechos, la revolución de los Estados Unidos constituyó un aliciente saludable y Franklin se encargó de poner al corriente a sus conmilitones trasatlánticos de las ventajas del autocontrol: ya no habría más impuestos en Boston. Todo eso era pólvora arrojada sobre terreno seco: el pobre Luis XVI fue inducido —acaso en la propia cámara nupcial— a hacer cuanto estuviera a su alcance para que se inflamara. Su éxito fue notorio.

El triunfo de la Revolución francesa en 1789 proporcionó a la burguesía de todo el mundo un estado tipo. Ya no había dudas sobre lo que se tenía derecho a esperar, y la burguesía lo esperó por todas partes fervorosamente: el estado nacional burgués. Allí donde las circunstancias se mostraron favorables, como en los países hispanoamericanos, debido a las pericias internacionales y a la ausencia de profunda tradición señorial, el estado nacional burgués triunfó rápidamente. En otros lugares donde la tradición pudo resistir, la burguesía tuvo que conquistar el terreno palmo a palmo y demostró que todavía conservaba aquel impulso heroico y vigoroso que había movido en su más remoto pasado a Gian della Bella, a los Artevelde, a Étienne Marcel. Un Mazzini, un Riego, un Kossuth, no son tipos humanos de quienes sea lícito burlarse como de Biedermaier, Homais o Babbitt. Sabían lo que querían —que no era nada indigno, por cierto— y lo querían empeñando en ello su vida para llevar hacia adelante sus designios. Gracias a sus esfuerzos y a sus sacrificios, la burguesía llegó a alcanzar algunos triunfos, duraderos unos y efímeros otros. Con la revolución de 1830, pudo tener la satisfacción de ver cómo, tras un motín popular no muy cruento y bastante romántico, llegaba al trono francés un rey a quien se complacía en llamar “burgués”, sin que sea demasiado claro si con ello se lo quería humillar —como hubiera pensado el “enfant du siècle” o el vizconde de Chateaubriand— o si por el contrario se pretendía exaltarlo como pensaría Agustín Thierry. A su vez, Inglaterra se desviaba ligeramente de la línea de Wellington aprobando en 1832 la reforma electoral defendida por Grey. Pero en otros países el movimiento liberal burgués se vio frustrado por la devoción de las fuerzas reaccionarias adictas al sistema de Metternich —al lado del cual Wellington parecía un liberal— y obligó a sus jefes a mantener la insurrección encubierta a la espera de una nueva ocasión favorable.

Sin embargo, cierta libertad que por todas partes reinaba para las transacciones comerciales produjo una suficiente, aunque medida, satisfacción a la burguesía alejada de las preocupaciones políticas. La conciencia burguesa comenzó por entonces a virar hacia la derecha porque notaba que algo raro comenzaba a ocurrir a su izquierda, y no escasearon en algunos países los que empezaron a olisquear un peligro nuevo e inesperado. Gracias a esa oportuna conversión, la burguesía pudo parecer a la extrema reacción una fuerza de centro, preferible a otra más peligrosa que comenzaba a insinuarse en la penumbra, y por ello se consideró preferible dejarla ascender para dividir al enemigo. Ello es que a mediados del siglo XIX hizo algunos notorios progresos y se la vio muy cerca de los que dominaban en los estados fuertes.

La conciencia burguesa había triunfado en los espíritus como los angloprusianos en Waterloo: sin que quedara una esperanza. Lo probaban el “rey burgués” y Balzac, Víctor Manuel I y Fóscolo, Ingres y Delacroix, Goethe y Hoffmann, Hugo y Leopardi. Pero su triunfo no hizo sino exaltar ciertos rasgos que comenzaron muy pronto a parecer odiosos, y algunos de los que la compartían en sus líneas generales empezaron a señalarlos con despiadada rudeza. En los cenáculos literarios y en los ateliers bohemios se comenzaba a blasfemar contra el “burgués” como un tipo deleznable de humanidad, exento de sensibilidad para el arte y atado a los más crudos intereses materiales. Los detractores, ciertamente, estaban poseídos por la conciencia burguesa, pero el cristianismo empezaba a diferenciar matices dentro de su propia experiencia, hasta el punto de llevarlos muy pronto al convencimiento de que vivían en un mundo inaceptable, en el que sólo podrían subsistir en calidad de “raros” o “elegidos”. Un curioso panorama de las posibilidades de la existencia social es el que refleja Musset en cierto elocuente pasaje de Confessions d’un enfant du siècle: “De modo que los ricos se decían: sólo es verdad la riqueza; lo demás es un sueño; gocemos y muramos. Los de fortuna mediana se decían: sólo es cierto el olvido; lo demás es un sueño; olvidemos y muramos. Y los pobres se decían: sólo es cierta la desgracia; lo demás es un sueño; blasfememos y muramos”.

El pasaje es encantador por el ingenuo patetismo que hierve en él. Pero Musset no era excesivamente ingenuo y su patetismo no se alimentaba solamente —digamos— con las voces misteriosas que se escuchaban en las noches del alma. También se alimentaba con lo que sus ojos solían ver por las mañanas, cuando recorría el faubourg, o por las noches cuando alternaba en los salones. Fue una experiencia semejante la de Heinrich Heine en París, cuando se estremeció oyendo cantar canciones incendiarias en los talleres iluminados por el rojo vivo de las forjas. Así aprendieron a pensar los “elegidos” y los “raros” que no eran los únicos que bramaban contra los burgueses orgullosos y satisfechos, sino que compartían el odio con los prole-tarios con cuyo trabajo se enriquecían aquéllos. Y así fue descubriéndose la latencia de una conciencia antiburguesa que se manifestó como conciencia revolucionaria, enérgica y militante.

Naturalmente, Biedermaier y Homais no la descubrieron sino mucho más tarde; hasta hay todavía quienes están convencidos de que es una especie de broma pesada a la que podría ponerse fin con una nueva forma —más eficaz— de dictadura, de la que se pudiera esperar, además, que disminuyera el impuesto a la renta. Pero es un hecho que no debe extrañar: la conciencia se parece un poco a la arcilla porque de sumamente plástica pasa a ser al cabo de poco tiempo dura y quebradiza. Ése fue el sino de la conciencia burguesa: a medida que llegaba al punto más alto de su curva ascencional se fue endureciendo rápidamente y adquirió la fisonomía con que hoy se nos aparece en Mr. Babbitt. En ese momento debió enfrentarse con su nueva enemiga, que osó por primera vez, al promediar el siglo XIX, manifestarse a las claras contra ella.

(…)

IRRUPCIÓN DE LA CONCIENCIA REVOLUCIONARIA

Apenas resulta necesario advertir que esta conciencia revolucionaria cuya irrupción advertimos al promediar el siglo XIX no es la única que, en el curso de la historia occidental, merece ese calificativo; otras veces y en distintos planos con diferentes gradaciones se ha visto erguirse una conciencia revolucionaria contra una conciencia con-servadora. Si en adelante seguimos llamando a la que hace irrupción por esta época “conciencia revolucionaria” sin otras especificaciones es solamente por razones de comodidad. O, mejor dicho, de dificultad, porque no sería fácil caracterizar con precisión y con los matices necesarios esta conciencia revolucionaria contemporánea, a la que es difícil ponerle un nombre específico. Acaso pudiera caracterizársela como conciencia socialista, si no existiera el temor de que se la imaginara identificada con los movimientos que de una u otra manera se designan con ese nombre. Si se piensa, por ejemplo, en el destino que corrió la socialdemocracia alemana durante la época de la dominación del nacionalsocialismo, se comprenderá fácilmente que aquella palabra ha adquirido un significado genérico que obliga a usarla con cautela en un examen como éste. Pero esa misma circunstancia nos revela que tiene un contenido difuso, susceptible de precisarse de acuerdo con tendencias encontradas, pero inexcusable cuando se pretende aludir a la conciencia revolucionaria de nuestro tiempo. De buena o mala fe, con intenciones puras o bastardas, se admite y se reconoce que todo movimiento político de tipo moderno debe apelar a una nueva conciencia social, que es en cierto modo revolucionaria en su superficie o en su fondo; y esta conciencia revolucionaria se ha levantado contra el orden sostenido por la conciencia burguesa, sustentando el principio de que ha llegado la hora de suprimir las desigualdades de condición que constriñen a las masas hasta ahora subordinadas a la burguesía. El triunfo de ese principio supone una revolución, sea de las que se hacen con ametralladoras y bombas de mano o sea de las que un hombre puede hacerse a sí mismo sentado en la butaca de su biblioteca, derribando los ídolos envejecidos y encendiendo la llama de nuevos ideales. Y esa revolución es la que mueve la conciencia revolucionaria contemporánea, esa conciencia que sale a plena luz por primera vez al promediar el siglo XIX.

La formación estricta de esta conciencia revolucionaria es el resultado de un proceso económico y social más breve que el que condujo a la ordenación plena de la conciencia burguesa, pero las condiciones que permitieron su aparición se preparan desde mucho antes, desde los albores del mundo moderno. Porque, en rigor, la aparición de una pujante burguesía trajo consigo las circunstancias favorables para la constitución de una conciencia antiburguesa y revolucionaria. Y no porque la burguesía hubiera errado su camino, sino porque su propio desarrollo suponía la formación de una nueva entidad social que debía mantenerse sometida a ella: frente a frente, los dos conjuntos debían precisar sus respectivas fisonomías.

Si la burguesía prosperó resueltamente y llegó a acumular los medios que le permitieron triunfar sobre el orden feudal, fue en gran parte porque tuvo éxito en la empresa de descubrir nuevas zonas susceptibles de incorporarse a su ámbito económico. En el siglo XVI América empezó a proporcionar el oro y la plata necesarios para asegurar la transformación económica de Europa. Los indios los extraían de la tierra trabajando en aquellas duras condiciones que tanto y tan justamente irritaban a algunos misioneros; los hidalgos españoles los gastaban en adornar su propia grandeza o en las desmesuradas aventuras que les proponía la expansión del protestantismo; y los burgueses de Francia, Flandes o Inglaterra los embolsaban —a cambio de productos manufacturados— para dedicarlos a producir más y más. Algo parecido ocurrió en las Indias Orientales y en otras regiones del globo más tarde, y así se pudo ver, al cabo de no mucho tiempo, todo un mundo trabajando para la burguesía europea, un poco rapaz, pero inteligente y emprendedora.

La burguesía quería materias primas y las consiguió en cantidades fabulosas. Pero para que se transformaran nuevamente en riqueza era menester elaborarlas y comercializarlas, para lo cual necesitó brazos; pero brazos nada más: ni cabezas ni, menos todavía, conciencias. Brazos solamente. Porque siguiendo una tradición clásica suponía que los brazos producían más si obedecían a una cabeza ajena.

En América, Asia y África, la burguesía se había procurado brazos a la fuerza, con el pretexto de que correspondían a conciencias descarriadas que era menester salvar; y, en efecto, durante algunas horas de cada domingo los brazos descansaban para escuchar la palabra divina. Pero no era suficiente. La burguesía necesitaba brazos de europeos, que transformaran la materia prima en productos manufacturados, y para ello tenía que poner a su servicio a muchos millares de personas que antes disipaban sus esfuerzos en labores que nada producían para ella, lo cual era considerado como una actitud evidentemente antieconómica. Apropiándose de la tierra —cosa que era ya de por sí un excelente negocio—, la burguesía proletarizó de hecho a grandes masas de antiguos pequeños propietarios que, sumados a los numerosos desposeídos de antaño, formaron la legión de los que desde entonces pasaron a ser simplemente “brazos”, como otros eran simplemente una “lanza” para el muy honorable príncipe de Friedland llamado Wallenstein.

Mas esta transformación escondía un pequeño equívoco. Un hombre puede ser nada más que brazos para su capataz, pero esa circunstancia no impide que él mismo considere que es nada menos que todo un hombre, y esta creencia podrá verse confirmada cuando del trabajo regrese a su casa —o a su tugurio, mejor dicho—, y se encuentre allí con su mujer y con sus numerosos hijos, para los cuales marido y padre es un hombre completo, con brazos para trabajar, pero también con una cabeza a través de la cual suelen comprender el universo. Un hombre que descubre esa dualidad se torna indefectiblemente un revolucionario dentro de un plazo variable. Cuando sus brazos no producen lo suficiente para alimentar, educar o curar a sus hijos, sus convicciones se robustecen. Su conciencia más o menos embotada por el esfuerzo brutal a que se lo obliga, le enseñará que vive en una sociedad en la que sólo valen sus brazos, y al cabo de las generaciones ese tipo de hombre descubrirá un día que acaso sea preferible morir a no vivir sin un destino propio, como un mero instrumento. Acaso primero sólo se sienta poseído por la ira, pero tras la ira sorda e impotente —y con frecuencia castigada como un delito, en cuanto disminuye su capacidad productiva— sobrevendrá la certidumbre de que es necesario hacer algo para salir de una situación desesperada. He aquí una conciencia revolucionaria en potencia, desprovista todavía de doctrina y de objetivos precisos, pero cargada con la formidable fuerza explosiva del rencor: un rencor demasiado explicable para que sea lícito menospreciarlo diciendo que es un sentimiento subalterno, y demasiado enraizado en la carne para que sea posible exorcizarlo con predicaciones evangélicas.

Esas circunstancias que permitieron la aparición de una conciencia revolucionaria acompañando el proceso de desarrollo de la burguesía comenzaron a extremarse en la época de la llamada Revolución industrial. Es frecuente que se olvide la importancia decisiva de este movimiento. Por desgracia no tiene una fecha precisa que permita evocar sus aniversarios, un 14 de julio capaz de adherirse a la memoria con los recuerdos escolares. Y, sin embargo, la Revolución industrial derribó muchas Bastillas, preparó la transformación del mundo occidental y, lo que es más importante, del que sobrepasaba sus límites y comenzó a occidentalizarse rápidamente gracias a ella. Quizá pudiera fijarse —con no mayor arbitrariedad que en otros casos— el año 1760 como fecha inicial de esta profunda mutación de la vida económica y social que un siglo después había tenido ya algunas consecuencias fundamentales.

Como es sabido, la Revolución industrial se manifestó por medio de infinidad de inventos mecánicos que modificaron notablemente las condiciones de la producción; hubo entonces máquinas para hilar, máquinas para tejer, máquinas de vapor, máquinas, en fin, para todo aquello en que se podía suplantar el esfuerzo del hombre por el de un mecanismo. Así se inauguró una era de rápidas transformaciones, sin que el azar interviniera demasiado en ello. La burguesía lo había querido; tenía dinero y estaba acostumbrada a gastarlo en producir indirectamente más dinero, de modo que, cuando se encontró con sobreabundancia de materias primas, buscó la manera de acelerar el proceso de su transformación en productos manufacturados para poder intensificar la comercialización y, por ella, su enriquecimiento. La mecánica comenzaba a atraer la aten-ción de todo el mundo —incluso el rey Luis XVI de Francia, que a causa de ello descuidaba su propio oficio— y no hubo nada extraño en que un relojero, un mecánico o un tejedor encontraran un día una feliz combinación de fuerzas destinada a engendrar una máquina útil para un fin práctico. Tras los primeros ensayos, los inventos comenzaron a suceder a los inventos como si hubiera arraigado en los espíritus una obsesión diabólica. Era la época en que Goethe ponía a Mefistófeles al servicio del insaciable doctor Fausto. Pero en el fondo de esa obsesión no faltaba un rayo de luminosa esperanza angélica, porque desde entonces pudo acariciarse la ilusión de que los esclavos inanimados remplazaran a los brazos de aquellos a quienes se les negaba el ejercicio de su propia razón.

Naturalmente, esta esperanza era algo remota. En principio, una máquina debía hacer rápidamente lo que varios operarios hacían con lentitud; pero eso no significaba que esos operarios trabajaran menos y vivieran mejor, como no era absolutamente absurdo suponerlo; por el contrario, aunque muchos de ellos trabajaron menos o dejaron de trabajar del todo, no pudieron vivir mejor porque pasaron a la triste categoría de desocupados, sin que nadie se interesara en hacerlos participar en alguna medida de los beneficios que la máquina traía consigo. La desocupación trajo la miseria a grandes masas de población, que atribuyeron su desgracia a los nuevos ídolos; así se explica la aparición de esa curiosa cofradía de iconoclastas a quienes llamaron ludditas, cuyo inútil y desesperado desahogo consistió en tratar de destrozar cuantas máquinas hallaran a su alcance: manía expiatoria que la humanidad ha demostrado muchas veces esconder en los rincones secretos del corazón y que se satisface de manera primaria condenando los efectos sin alcanzar a descubrir las causas. Quizá pareciera más sensato que los desocupados se hubieran propuesto acabar con la casta de los propietarios de talleres; pero esta medida no hubiera pasado tampoco de ser una satisfacción personal para algunos. Para evitar aquellos excesos, el parlamento inglés cortó por lo sano y dictó una ley condenando a muerte a los destructores de máquinas, otra forma de la manía expiatoria movida por el espejismo de los efectos y la ignorancia —o intencionado olvido— de las causas.

Sin embargo, y a medida que fue pasando el tiempo, la desocupación comenzó a disminuir. Las materias primas abundaban de tal manera que era posible poner en movimiento un número tal de máquinas como para dar trabajo a los obreros que habían quedado sin ocupación al aparecer las primeras. La burguesía precisaba ahora ganar aún más que antes porque el costo de producción se había elevado debido a la necesidad de amortizar la maquinaria que utilizaba, de modo que trataba de producir en mayor cantidad que antes. Pero el aumento de las ganancias de la burguesía tampoco repercutió en beneficio de las masas trabajadoras, porque el mayor costo de producción debía ser compensado, naturalmente, con los salarios de los trabajadores. Era pues necesario que los obreros ganaran poco, que trabajaran las mujeres y los niños durante largas e inhumanas jornadas, y que los patronos ganaran más para no perder con las innovaciones ninguna de las ventajas que antes habían conseguido con su esfuerzo infatigable: ésta era la estricta lógica del capitalismo.

Así pues, en el plazo de unos pocos años, la miseria de las clases trabajadoras cambió de causa aunque siguió siendo igualmente intensa. Todo conspiraba contra ellas; aun cuando sus jornales hubieran sido más altos, sus condiciones de vida hubieran mejorado escasamente en las viejas ciudades cuya población se había duplicado o cuadruplicado en menos de medio siglo: era difícil conseguir buena alimentación y sólo había disponibles tugurios repugnantes para habitar. Esas clases trabajadoras —que Hogarth gustaba representar intencionadamente en sus grabados— no conocían sino rigores gracias a la ayuda que el Estado prestaba celosamente a la burguesía que las expoliaba: sobre la base de su propia experiencia comenzaron a adquirir rápidamente cierta vaga idea de la situación y de sus causas que bien pronto habría de transformarse en una clara conciencia revolucionaria en los grupos más despiertos y vivaces.

En efecto, todo el vago rencor que anidaba en los pechos de los desposeídos, y que crecía en la medida en que crecían las fortunas de los ricos, comenzó a sistematizarse poco a poco. El mundo occidental se ha caracterizado siempre por la inveterada costumbre de pensar, y llegó el momento de que pensaran también los desposeídos. Esa reflexión —en cuyo despertar colaboraron los disconformes de la burguesía— permitió trazar un cierto perfil de la situación cuyo corolario fue el sentimiento de que era necesario promover por la fuerza un cambio radical de las condiciones sociales y económicas. Corolario, por cierto, que sugirió a la burguesía la conveniencia de que —a pesar de la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano— no contrajeran la costumbre de pensar asiduamente aquellos que carecían de bienes de fortuna.

Sería injusto decir que esa actitud caracterizó a todos los miembros de la burguesía. Ya se ha dicho que hubo disconformes dentro de su propio seno y ellos colaboraron en el proceso de esclarecimiento que comenzó a operarse entre las masas trabajadoras. Miembros de la burguesía que tenían el hábito de pensar —porque entonces, como ahora, muchos carecían de él— comenzaron, en efecto, a preocuparse por las condiciones de vida que las mutaciones económicas habían creado a los humildes. Recuérdense las palabras que Musset puso en boca de los pobres: “Sólo es cierta la desgracia; lo demás es un sueño; blasfememos y muramos”. Era lo que solían ha-cer generalmente: ser desgraciados, prostituirse las mujeres, alcoholizarse los hombres, blasfemar todos y luego morir. Esto, ciertamente como el resto de la humanidad, pero mucho más pronto y en condiciones menos reconfortantes. Musset, como es sabido, era un romántico, un escritor romántico. El romanticismo, que incluía tantas direcciones diversas y a veces contradictorias, debía aportar algunas ideas precisas y, sobre todo, algunas actitudes categóricas frente a los problemas sociales, gracias a lo cual contribuía al delineamiento de la conciencia revolucionaria. En cuanto románticos, muchos miem-bros de la burguesía escaparon a los prejuicios de su clase y se incorporaron en diversa medida y a veces sin darse clara cuenta de ello a la avalancha revolucionaria.

Por lo pronto, se debe a los escritores y artistas románticos haber definido el tipo del burgués como la antítesis del hombre animado por un espíritu inquieto y creador, refractario a las preocupaciones prácticas y movido por nobles y desinteresados ideales. Ese tipo de burgués, que Daumier pintó con tan severa ironía, sirvió de base al que construyó en su imaginación el trabajador que se sentía oprimido y expoliado: el patrono era para él un individuo obeso —testimonio de su satisfactorio régimen alimentario— que procuraba destacar ostensiblemente su abdomen mediante una pesada cadena de oro; un grueso habano completaba esta imagen, que todavía podía perfeccio-narse, sin embargo, mediante un alegre coro de demi-mondaines equívocamente situadas cerca de su importante figura.

Pero no fue solamente creando la primitiva imagen del enemigo como colaboraron los escritores y artistas románticos en el delineamiento de la conciencia revolucionaria. Tenían además una auténtica y militante simpatía por el pueblo y supieron revalorar su influencia y declarar en alta voz sus opiniones: “El pueblo —decía Michelet en el prefacio de su Historia de la Revolución francesa— valía generalmente mucho más que sus conductores”. Este juicio era uno de los principios que quería poner en claro en el transcurso de su obra, y por cierto que el decir esta y otras cosas por el estilo le atrajo el odio y las persecuciones. Aquella simpatía tenía su origen —desde su peculiar punto de vista— en la admiración que les producía ahora a los escritores y artistas románticos la capacidad creadora que se evidenciaba en la poesía y la música tradicionales. Si Walter Scott, Jacobo Grimm o Victor Hugo se entusiasmaban por el folklore de sus respectivos países —o por el folklore en general— era porque descubrían una fuerza creadora, escondida en la masa anónima, que ignoraba el dueño de la fábrica sin poder sospecharla en las sombras languidecientes que entraban a trabajar en ella cuando aún no clareaba el día. Porque esa masa anónima era, para los escritores y artistas románticos, la misma que se consumía en los talleres, arrastraba su vida por las pocilgas de los arrabales y desprendía de su seno, de vez en cuando, el material humano para los coros de demi-mondaines que el burgués arquetípico se pagaba con su dinero para disfrutar del amor y escapar de su propia melancólica prisión.

románticos fueron Goya, el de los aguafuertes saturados de violencia revolucionaria y de admiración por la energía de las masas populares; Daumier, el de los grabados satíricos de Charivari; Heine, el de la atenta expectativa del clamor popular; romántico era, por fin, y más que nadie, Lord Byron; si el poeta compartía el patriotismo, el individualismo y el liberalismo de la burguesía, algo que en él —como en Musset— ya no era burguesía, acaso por ser un poco aristocracia, lo condujo a mirar con irritación la sordidez de los ricos y la miseria de los humildes. Muchos que han leído atentamente el Childe Harold suelen ignorar que Byron pronunció estas palabras aleccionadoras desde su banca de la Cámara de los Lores en 1812, cuando se discutía la ley capital para los destructores de máquinas: “Los obreros despedidos por la introducción de nuevas máquinas creen, en la simpleza de sus corazones, que la existencia y el bienestar de hombres laboriosos tienen más importancia que el enriqueci-miento de unos cuantos individuos… Se dice que estas gentes son una chusma desesperada, peligrosa e ignorante, y parece pensarse que el único remedio para aquietar esa furia de innúmeras cabezas es cortar unas cuantas que sobran. Pero ¿acaso tenemos plena conciencia de nuestros deberes para con esa chusma? Esa chusma es la que trabaja vuestros campos y sirve en vuestras casas, la que tripula vuestra marina y de la que se recluta vuestro ejército; la que os ha puesto en condiciones de desafiar al mundo y la que podrá desafiaros a vosotros si la intransigencia y la desventura la mueven a deses-peración. Podéis dar al pueblo el nombre de chusma, pero no olvidéis que esa chusma es no pocas veces portavoz de las ideas del pueblo. Permitidme también que ponga de manifiesto la prontitud con que estáis siempre dispuestos a acudir en auxilio de vuestros aliados en la guerra, cuando éstos se ven apurados, mientras dentro de vuestro propio país dejáis a los necesitados a la merced del cielo o confiados a la beneficencia pública. Con mucho menos —con la décima parte de lo que regaláis a Portugal— bastaría para hacer superfluos dentro del país los servicios caritativos de las bayonetas y de la horca. La miseria de nuestro pueblo es hoy más angustiosa que nunca”. Y terminaba con esta imprecación: “¿No hay ya bastantes penas de muerte en vuestras leyes? ¿No hay ya bastantes cuajarones de sangre en vuestros códigos, que todavía queréis derramar más, hasta que los cielos griten y clamen en contra vuestra? ¿Son esos los remedios con que queréis curar a un pueblo hambriento y desesperado?”

Si el poeta es grande por el Childe Harold y por su muerte en Missolonghi, más grande aún se revela por la autenticidad de los sentimientos humanitarios que descubren estas palabras suyas. Y no fue el único de los románticos que se manifestó en esta actitud. Hubo, ciertamente, algunos de ellos que defendieron las peores ambiciones de la burguesía, pero hubo otros muchos escritores y poetas que, por haber aprendido a no adorar exclusivamente la fuerza del dinero, supieron salvarse a tiempo de la corrupción en que se hundía la conciencia burguesa y alimentaron en sus pechos la ilusión de que triunfaría la justicia. Más aún, fueron ellos, en cierto modo, los que dieron los primeros pasos para que el vago rencor se canalizara en una labor política claramente ordenada hacia objetivos claros y concretos.

Fue el caso de Godwin, el de Buonarrotti —verdadero inspirador de la llamada conspiración de Babeuf—, de Fourier, de Saint Simon, de Cabet, de Leroux. Fue también, en cierto modo, el caso de

Karl Marx, una de las facetas de cuya personalidad es también la de un romántico exaltado por un sentimiento.

Todos ellos, con mayor o menor acierto, procuraron ordenar, poco a poco y en la medida de sus posibilidades intelectuales, la imagen de las perspectivas que ofrecía el mundo de mejorarse, o de alcanzar —pensaban algunos— una acabada perfección. Consideraban necesario circunscribir los propios ideales y determinar luego los métodos de acción para alcanzarlos. Pero mientras los espíritus teóricos seguían elaborando en sus gabinetes los fundamentos doctrinarios y los métodos estratégicos de la revolución, hubo quienes prefirieron realizar de inmediato su propia experiencia: naturalmente, eran ingleses.

Hacia fines del siglo XVII, Robert Owen, un fabricante de tejidos, se propuso realizar en su establecimiento de New-Lanark (Escocia) un experimento social cuyas repercusiones debían alcanzar a toda la pequeña comunidad que se agrupaba alrededor de la fábrica. Se trataba de mejorar las condiciones generales de vida, pues Owen soste-nía que, una vez lograda esa etapa, se habrían obviado automáticamente gran parte de las dificultades que suscitaba la masa obrera dentro de la naciente organización industrial. Sin duda sus colegas lo mirarían entre indignados y burlones: ¡El ingenuo pretendía redi-mir a la humanidad! Pero Owen no quería, en principio, sino redimir a los obreros de New-Lanark, que era lo único que consideraba dentro del límite de sus posibilidades, y pudo comprobar de paso que sus ganancias aumentaban, con lo cual recuperó el prestigio frente a sus colegas. Sin embargo, poco a poco Owen abandonó la actividad fabril por el apostolado y se dedicó a difundir el socialismo. En un libro titulado Una nueva concepción de la sociedad, publicado en 1816, Owen expuso sus ideas, tras de las cuales se organizaron algunos grupos vigorosos que las defendieron con tesón. Era un eslabón en la cadena del movimiento revolucionario, pero un eslabón que dejaba como saldo una experiencia de realidad.

Naturalmente, las circunstancias se mostraban cada vez más propicias para el fortalecimiento de la conciencia revolucionaria. A principios del siglo XIX la crisis económica adquiría caracteres verdaderamente trágicos y la desocupación llevó la miseria a vastos sectores, especialmente en Inglaterra. Pero las circunstancias políticas —al sobrevenir el oscuro periodo de la Restauración tras la caída de Bonaparte— obligaron al movimiento revolucionario en muchos lugares de Europa a ponerse a la par del movimiento burgués que luchaba por reconquistar las posiciones perdidas: así se vio al proletariado exigir tumultuosamente el derecho del sufragio, en vigorosos movimientos que desembocaron en las revoluciones de 1830 y en la reforma electoral inglesa de 1832. Pero los resultados de esos movimientos sirvieron para abrir los ojos de las masas trabajadoras, demostrándoles que sus objetivos específicos diferían de los que perseguía la burguesía. El régimen liberal basado en el parlamentarismo podía ser un sistema beneficioso para ellas, pero siempre que se modificaran más allá de ciertos límites los fundamentos del orden económico y social. Ahora bien, las masas trabajadoras no tardaron mucho tiempo en descubrir que esa modificación no les sería otorgada gra-ciosamente por aquellos a quienes inevitablemente el cambio perjudicaría en alguna medida, y, en consecuencia, volvieron a la convicción de que era menester que se organizaran por su cuenta. Entonces las masas trabajadoras comenzaron a concentrarse sobre sí mismas, a precisar sus propios objetivos y a luchar por ellos, no sólo contra las fuerzas de la extrema derecha sino también contra las fuerzas moderadas que la crisis social tendía a desviar en esa misma dirección.

Fruto de esta actitud fue el movimiento cartista que estalló en Inglaterra en 1837, cuyo objetivo era lograr el triunfo de los principios enunciados en un documento llamado “Carta del Pueblo”, a imitación de la tradicional “Carta Magna de las libertades inglesas”. Se establecía en él un programa de reivindicaciones políticas destinado a acrecentar la gravitación de las masas populares en el gobierno y concitó tan comunicativo entusiasmo que el “cartismo”, como se llamó ese movimiento, empezó a preocupar seriamente a las fuerzas conservadoras. Entretanto, en Francia se organizaban grupos revolucionarios que obedecían a las inspiraciones de Auguste Blanqui y que se preparaban para luchar contra el régimen de Luis Felipe y Guizot, mientras surgían organizaciones análogas en otras partes de Europa. Era evidente que se preparaba una era de graves convulsiones.

En 1844, los tejedores de Silesia y de Bohemia iniciaron una insurrección que conmovió profundamente los espíritus. Pero no era allí donde el movimiento estaba destinado a tener más vastas repercusiones, sino en Francia y en Inglaterra. En efecto, en febrero de 1848 estalló en París un movimiento revolucionario destinado a deponer al “rey burgués”, cuyo gobierno, encabezado por Francisco Guizot, se había vuelto hacia la derecha un poco más de lo tolerable. La burguesía liberal se jugó la vida en las calles de París, aunque, naturalmente, era mayor el número de los obreros que combatían en las barricadas, y que habían sido convocados para servir a la causa de la burguesía. Pero los tiempos habían cambiado. Los grupos organizados acudieron, en efecto, pero trataron desde un principio de trabajar por “su” revolución, o al menos de imponer algunos de sus puntos de vista en el seno del gobierno triunfante. Este designio pareció una deslealtad, porque la burguesía estaba demasiado convencida de que, fuera de blasfemar, como decía Musset, el único derecho específico del proletariado era el de morir. Así fue como, triunfante la revolución, el proletariado se transformó para los jefes burgueses en un aliado incómodo al que era necesario someter.

Fue un momento dramático en toda Europa, sobre cuyo suelo cundía la ola revolucionaria. En Austria, el canciller Metternich, que venía gobernando al país —y en ciertos aspectos a media Europa— desde 1814, se había visto obligado a escapar de Viena. En Italia y en Alemania grupos insurrectos se habían adueñado del poder o con-trolaban la situación en alguna medida y se cernían como una amenaza inminente contra el absolutismo. Y en Inglaterra, con una violencia poco frecuente, los obreros cartistas se lanzaron a la calle para imponer sus exigencias con la presión de su inmensa masa. Europa amenazaba arder, pero la burguesía no perdió el tino y se dispuso a apagar el incendio.

En efecto, en abril de 1848 el gobierno inglés encomendó al “Duque de Hierro”, a aquel Wellington que había derrotado a Napoleón, la preparación de un nuevo Waterloo en el prado de Kenningston, donde debía realizarse un gigantesco mitin cartista. La sangre no llegó hasta el Támesis porque el mitin fracasó, pero hubiera podido llegar porque Wellington no carecía de la disposición de ánimo necesaria —pues era extremadamente conservador—, ni de los medios imprescindibles, que estaban constituidos en este caso por una fuerza de más de cien mil hombres y una abundante artillería emplazada en los lugares estratégicos de Londres. Esta vez no fue necesario ningún Blücher. Por su parte, el nuevo gobierno republicano establecido en París adoptó un temperamento semejante. Los “talleres nacionales” con que se había querido satisfacer a los obreros que pregonaban su “derecho al trabajo” fueron clausurados y se pretendió que los trabajadores aceptaran perentoriamente las soluciones del orden público prescriptas por el gobierno, en absoluta contradicción con las aspiraciones y los intereses populares. Entonces comenzó el motín de junio, hasta que el gobierno de París encomendó al general Cavaignac la misma empresa que el de Londres había encargado a Wellington. Bajo su alto mando, las fuerzas del “orden” aplastaron a las masas de los hambrientos sublevados, en una operación que empañaba el mérito de su vieja militancia de liberal ardiente. Finalmente, en Italia, Austria y Alemania el ejército rodeó a los autócratas y los movimientos que habían logrado irrumpir fueron dominados y aplastados sin contemplaciones. El incendio parecía extinguido.

Pero no lo estaba. El movimiento era profundo y sólo había sido contenido en la que constituía su primera exteriorización. Las brasas seguían intactas bajo los escombros. Para quienes sabían y querían ver, un hecho nuevo se manifestaba claro y distinto. Frente a la conciencia burguesa habíase levantado una conciencia revolucionaria cuyo perfil acusaba los contrastes, y en adelante la lucha destinada a ocupar el primer plano de la escena histórica no sería ya la que sostenía la burguesía contra las fuerzas que habían quedado a su derecha. Por el contrario, la extrema derecha de raíz señorial y la burguesía —con excepción de algunos grupos lúcidos— tendían a entenderse y a unirse, al menos en los momentos de mutuo peligro. La lucha que ahora adquiría carácter decisivo era la que se insinuaba entre ese conglomerado y las fuerzas que habían aparecido a su izquierda. Sólo faltaba que alguien terminara de precisar los puntos vulnerables del orden burgués y definiera el contenido y los objetivos de la conciencia revolucionaria. Ésa fue la misión de los pensadores alemanes Karl Marx y Friedrich Engels, cuyo Manifiesto vio la luz, precisamente, en 1848, al calor de la profunda experiencia revolucionaria que estaba viviendo toda Europa.

II. GRANDEZA Y MISERIA DE LA CONCIENCIA BURGUE-SA

En el periodo comprendido entre las revoluciones de 1848 y el estallido de la primera Guerra Mundial, la curva de la conciencia burguesa alcanzó el punto más alto de su esplendor. A primera vista se la notaba reluciente, pero no era difícil descubrir que sus formas estaban endurecidas y que su vigor interior había disminuido considerablemente. Todavía podía inspirar grandes hazañas, porque el campo donde le era lícito mostrar sus virtudes tradicionales no estaba aún totalmente explotado. Gracias a esa circunstancia la burguesía mostró cierta grandeza, pero el prestigio de los principios que la animaban decaía visible y aceleradamente.

Esta circunstancia era definitiva. La conciencia burguesa mostró cierta mimética aproximación a los billetes de banco —una de sus creaciones más originales—, en cuanto al hecho de que su solidez se mostrara dependiendo estrechamente de su respaldo en oro. Allí donde la riqueza la sustentaba, la conciencia burguesa se mostraba vigorosa y casi exultante, pero donde esa riqueza no actuaba de manera directa, denotaba una debilidad rayana en la desesperación. Frente a la irrupción de la conciencia revolucionaria no supo hallar otra actitud que tornarse reaccionaria, o, mejor dicho, que desplegar sus elementos más reaccionarios y descalificar a los que no lo eran suficientemente. Ésa fue su miseria, explicable acaso, pero reveladora de su imposibilidad de adaptarse a nuevas situaciones y reveladora, sobre todo, de su inminente disgregación. Este proceso es, precisamente, el que se cumple mientras lucía aparentemente más esplendorosa, entre el momento en que asoma a la luz la conciencia de revolución y aquel otro en que la burguesía se enreda en su propia red, en 1914.

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SORPRESAS Y SOBRESALTOS

Si durante los últimos tiempos del rey Luis Felipe la burguesía liberal francesa se sintió defraudada por el viraje hacia la derecha cada vez más acentuado del gobierno de Guizot, podría decirse que su exaltación fue, en cierto modo, una reacción contra la apatía que se había apoderado del régimen. Y la burguesía se sentía demasiado vigorosa para apoltronarse en una felicidad sin accidentes. Lamartine, el poeta que encarnaría la dirección liberal de la revolución de febrero, denunciaba ese estado de ánimo con una frase muy certera: “Francia se aburre”, decía. Sin embargo, el aburrimiento de la bur-guesía francesa desapareció súbitamente cuando descubrió que el tradicional “Tercer Estado” se desdoblaba y dejaba de obrar en una sola dirección; pero no fue reemplazado por un tranquilo entretenimiento sino por una acentuada inquietud. Tanto, que muchos empezaron a sentir la nostalgia del aburrimiento, forma quintaesenciada de la melancolía. Pero, para que pudieran volver a aburrirse los burgueses, tenían que ser vueltos a sus redomas los fantasmas que estaban sueltos por las calles de París; ésta fue la tarea que se encomendó al general Cavaignac, cumplida la cual, la voz de orden fue preparar prudentemente las barricadas para que nadie se acercara con intenciones agresivas a la Arcadia burguesa. El sobresalto había sido violento y aleccionador.

El temor se tradujo en una decidida conversión hacia la derecha de los grupos más acomodados de la burguesía. Y aun de la pequeña burguesía, que se mostró tan acobardada y reaccionaria como la otra. En Francia había sido proclamada la república, pero se eligió presidente a Luis Napoleón Bonaparte porque pareció —con razón— el más reaccionario de todos los candidatos: el clero, la nobleza, los monárquicos, los banqueros, los grandes industriales y comerciantes, todos contribuyeron con su esfuerzo para asegurar el triunfo del guardián del orden. Y el orden triunfó en Francia —un orden superpuesto a la inquietud—, apañado por las reminiscencias que despertaba el nombre del gran emperador, envueltas para un Victor Hugo, por ejemplo, en una romántica tempestad de entusiasmos heroicos.

Fue, por lo demás, lo mismo que ocurrió en otras partes. Federico Guillermo IV de Prusia y el joven Francisco José I de Austria no tuvieron que acudir a la demagogia porque tenían sus tronos asegurados, y les bastó el apoyo de sus respectivos ejércitos para restaurar el orden, sofocando no sólo la naciente revolución antiburguesa sino hasta la ya casi conservadora insurrección liberal. Y mientras el zar Nicolás I endurecía aún más su oscuro régimen en un extremo de Europa, en el otro el general Narváez jugaba a la dictadura sanguinaria apañado por la piadosa y entusiasta Isabel II de España. Era un sentimiento general de terror que la burguesía disimulaba y trataba de conjurar con una jactanciosa exhibición de su poder físico.

Quienes alimentaban el fuego sagrado del terror eran los reaccionarios ultramontanos. No era ésta, ciertamente, una tendencia nueva, porque no es inverosímil la existencia de monos reaccionarios que hayan considerado peligroso para la raza el tratar de caminar sólo sobre las dos manos inferiores y el abandonar las copas de los árboles. Pero era una tendencia renovada y acorde con las necesidades del día. Apenas se distinguían ya las voces tremolantes de un Bonnald o un de Maistre; pero se insinuaban los murmullos delicados y sutiles de sus herederos, de un Barbey d’Aurevilly, de un Gobineau, de un Donoso Cortés, de un Villiers de l’Isle Adam. Más al fondo, esa sí vibrante y apocalíptica, resonaba desde 1864 la palabra del Syllabus anatematizando la civilización moderna y promoviendo el fortalecimiento de la fe con la ilusión de un retorno a las condiciones de vida que representaba el Pentateuco. Y en el espíritu de cada propietario, esas admoniciones estimulaban el espontáneo y explicable conservadurismo así como también el vago terror a los fantasmas a quienes los Wellington, los Cavaignac, los Narváez y los Bismarck trataban de mantener dentro de su redoma. Ese vago terror se había difundido por toda Europa, y en toda Europa —excepto en Inglaterra— servía para obnubilar las mentes y despistar a los estadistas.

En Alemania, por ejemplo, el prusianismo —con todos sus anexos— llegó por entonces a su más alta temperatura. Guillermo I encontró en el canciller Bismarck al hombre que necesitaba y con sus dotes de organizador y de político pudo derrotar a Dinamarca, Austria y Francia. El Imperio alemán quedó fundado, y con él un poderoso baluarte del conservadurismo, aun más extremado, si cabe, que el antiguo reino de Prusia. Sólo que era un conservadurismo anticatólico —a diferencia del ultramontano— y movió a Bismarck a desencadenar la Kulturkampf con el mismo entusiasmo que la cruzada contra los socialistas. La razón de Estado alcanzaba en el Imperio la más alta veneración, porque el Estado —ya lo había dicho Hegel— era la más alta expresión del espíritu. Sobre todo si se trataba del Estado alemán que, además de expresar la forma suprema del espíritu —pensaba Bismarck—, expresaba la forma suprema de la inmarcescible grandeza germánica. Bismarck se acordaba con el exaltado ímpetu de la orquesta wagneriana, mientras Nietzsche soñaba despierto con el superhombre y Treitschke razonaba sobre la guerra y la política. Parecía cantarse sobre la primacía de Guillermo como el aedo antiguo sobre la de Diomedes. Hasta hubo ingleses que llegaron a contagiarse —claro que después de viajar por Alemania— de aquel autoritarismo extremado, pues se pudo ver a Thomas Carlyle, tan agudo para tantos problemas, exaltar el prusianismo y sus glorias con una apenas disimulada intención despectiva para el régimen liberal. De paso, exaltó en Cromwell la dictadura del hombre elegido —sin que se supiera bien por quién—, y arremetió contra los negros de los Estados Unidos y los espíritus humanitarios que luchaban por su emancipación. Pero en Inglaterra este frenesí no pasaba de ser un caso aislado. Para compensar el “racismo” puesto de manifiesto por Carlyle, la reina Victoria nombró primer ministro a Benjamin Disraeli. A él se debió, precisamente, la curiosa variante que, inspirada en John Stuart Mill y Herbert Spencer, comenzó a predominar en la política inglesa con respecto a las irrupciones de la conciencia revolucionaria. El ministro tory decidió conceder parte de lo que las masas populares exigían, y al fin llegó a resultar difícil distinguir los matices que separaban su política ligeramente demagógica de la de su rival Palmerston. Lo que las hacía semejantes era el uso ponderado de la inteligencia, circunstancia que, a su vez, contribuía a diferenciarlas de las que en ese momento seguían las derechas del continente.

Naturalmente, donde el problema de la conversión hacia la derecha se hizo más visible fue en los países de predominio católico. El Vaticano se mantenía dentro del espíritu del Syllabus y hubo que esperar a fines del siglo para que lo trocara por el espíritu de la Rerum Novarum, matizado por un reflejo semejante al que caracterizó la variante Disraeli. Pero entretanto, y aún después de la mutación de la fuente que lo inspiraba, el ultramontanismo propugnaba una política enérgicamente conservadora encuadrada dentro de una retórica soñolienta y hueca. Si alguna razón tuvo León Daudet al anatematizar al siglo XIX, no fue por causa de los fanáticos del progreso sino por obra de los fanáticos del retroceso, paradójica vanguardia representativa de esa burguesía sórdida que identificaba la idea del orden con la del mantenimiento de las riquezas acumuladas por las familias respetuosas de los prejuicios. A veces, el ultramontanismo hacía el esfuerzo de extremar la elasticidad de su espíritu y consentía en ceder las posiciones en favor de un conservadurismo moderado —como el de un Cánovas en España, por ejemplo— con tal de pasar inadvertido en épocas de graves amenazas. Pero sólo esperaba la ocasión para volver a salir a plena luz, recabando la dirección de la vida política que consideraba corresponderle indiscutiblemente por una suerte de derecho divino. Fue lo que ocurrió en Francia tras las alternativas con que se inauguró la tercera república.

Un día apareció en el horizonte político francés un general rodeado de cierta aura de popularidad, llamado Georges Ernest Boulanger. Había sido un liberal convencido, pero algo rezumaba en él que denotaba un cambio en sus opiniones; poco después, y sin que nadie lo convocara, el ultramontanismo se encontró reunido a su alrededor, mirándose sus miembros con sonrisa de inteligencia. El general comenzó a adjudicarse las sonrisas, y no tardó en escuchar insinuaciones y hasta algunas ideas, eso sí, desprovistas de engorrosas complejidades. Al cabo de algún tiempo el general llegó a la certidumbre de que tenía ideas propias, halagador espejismo determinado por la refracción de las del ultramontanismo que lo cercaba con delicada habilidad. Sin embargo, el general comenzó a obrar en función de ellas, afirmándose en la defensa de Dios, la patria y el hogar contra las fuerzas oscuras de la disolución. El general fracasó en su empeño, y los ultramontanos quedaron a la expectativa de una nueva oportunidad para volver a lanzarse al ataque, oportunidad que les fue proporcionada por el desgraciado capitán Dreyfus al finalizar el siglo. El Estado mayor, el clero reaccionario, los monárquicos, los doctrinarios del conservadurismo con Maurice Barrés a la cabeza, todos juntos se lanzaron contra el oficial judío en cuya efigie querían quemar los rastros del liberalismo consecuente consigo mismo y de la conciencia revolucionaria que despertaba cada vez más y se aferraba a ese islote de la sociedad tradicional. El esfuerzo fue ímprobo y logró predominar en la opinión general. Era absolutamente inconcebible que, habiendo sido acusado por un general tradicionalista, no hubiera cometido el capitán judío algún delito contra la patria de San Luis. Por lo menos era inconcebible para los ultramontanos, y lo fue por algún tiempo para esa media y pequeña burguesía que empezaba a tener plena fe en la letra impresa de los periódicos. La historia, en este caso al menos, se repetía. Caifás, el verdadero traidor, pero ajeno a toda clase de ideas y de principios —en este caso Esterhazy—, parecía a la opinión pública mil veces preferible al inocente, que en cambio era judío y estaba defendido por Zola y Jaurès en nombre de principios morales y de ideas políticas. Era el principio justipreciador —llamémosle así— de los ultramontanos, y, a semejanza suya, de todos los conservadores aterrorizados por el peligro que amenazaba al orden constituido: el delito común es decididamente preferíble y menos peligroso que el pensamiento libre. Porque el delito común no pone en peligro sino el dinero de unos pocos, y el pensamiento libre puede mover el mundo y remover los cimientos de las situaciones establecidas. En el fondo, los ultramontanos no eran sino la más exuberante flor de la conciencia burguesa, llena de sorpresa y sobresaltos ante la primera irrupción de la conciencia revolucionaria, al promediar el siglo XIX.

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EL liberalismo PERPLEJO

En realidad, el ultramontanismo reaccionaba frente a una situación dramática en que se consumía y se desgastaba la conciencia burguesa, y apuntaba con su odio hacia los que consideraba enemigos encubiertos de acuerdo con el viejo principio de que es peor el tibio que el infiel. Si la conciencia burguesa se mantenía fiel a los principios del liberalismo —a los que tanto debía— y permitía continuar su desarrollo hasta sus últimas consecuencias, era indudable que vería salir de su propio seno una conciencia revolucionaria robusta y llena de vida. Si, por el contrario, la conciencia burguesa se dedicaba a defender la forma en que había cuajado en ese momento, y apelaba a todos los recursos para contener a la conciencia revolucionaria, era indudable que tenía que arrojar por la borda la tradición del liberalismo, y con ello, renunciar a buena parte de los principios que la sustentaban, aun su actitud más conservadora. Este dilema era terrible para quienes alcanzaban a distinguirlo, y sumía en la más absoluta perplejidad a los liberales conscientes de su posición.

Porque, conservadores por conservadores, mejor estaban sin duda alguna los ultramontanos. Y, sin embargo, fuera de la extrema derecha, la burguesía se resistía a cederles el timón, segura de cuáles serían las consecuencias. Los más prudentes comenzaron a pensar en una variante de conciliación, y correspondió a Disraeli llegar a su formulación más perfecta: conservadurismo moderado en general, apegado a ciertas tradiciones merecedoras de la salvación pero sin hacer hincapié decidido en casi ninguna de ellas; y liberalismo consecuente y progresivo para todo aquello que no conmoviera los fundamentos mismos del orden constituido, aun cuando apuntara remotamente hacia ellos. Había algo del Après moi, le déluge que inmortalizó a Luis XV, pues suponía la posibilidad de concesiones decididas cuando fuera necesario y cierta esperanza de que con el tiempo habría un acostumbramiento general a las nuevas condiciones.

Esta variante, que le permitió a Disraeli oponerse a Palmerston con éxito, sólo exigía un ejercicio permanente de la inteligencia, porque no proveía de principios rígidos sino que se limitaba a aconsejar un modus operandi. Era una condición difícil de satisfacer, porque no se podía simular inteligencia y obrar torpemente sin desbaratar todo el plan. La simulación de la inteligencia —más que su ausencia— es lo que suele llamarse habitualmente, y con toda justicia, estupidez. Y una y otra son los dos topes de la política, como de todas las demás actividades del hombre. Quienes supieron obrar inteligentemente —digamos un Cavour— resolvieron muchos problemas que les salían al paso equilibrando sabiamente los peligros que los amenaza-ban. Porque lo cierto era que la burguesía tenía aún muchas posibilidades de acción, y la acción arrastraba en cierto modo el proceso histórico retardando —o sorteando— la crisis en la que alguna vez habría de manifestarse la conciencia revolucionaria. Otros se limitaron a simular una acción inteligente y sólo procuraron mantener una vigilancia cautelosa de las masas populares, en tanto que se aseguraban la permanencia en el poder mediante recursos más o menos felices o tramoyas indignas.

Pero el problema subsistía. Los liberales de firmes convicciones, los que leían y meditaban los libros de Mill o Spencer y se aferraban a su lógica interna, seguían aspirando al triunfo total de un sistema liberal más o menos utópico y no veían en aquellos recursos sino intentos bastardos de falsear el liberalismo. La tentación aparecía entonces de mantener el constante espíritu de rebelión, del que Mazzini fuera un caso típico. Para el liberal auténtico, el problema se planteaba con dramatismo y en términos irreductibles: ¿No conspira en cierto modo la conciencia revolucionaria contra los postulados del liberalismo? Pero, al mismo tiempo, ¿no había nacido del libre desarrollo del espíritu liberal? ¿Podía, en fin, reprimírsela en nombre, precisamente, del liberalismo? La perplejidad en que estas cuestiones sumían al liberalismo contribuyó a restarle fuerza progresivamente, y permitió que se produjera la derivación hacia las posiciones extremas: unos hacia la derecha ultramontana y otros hacia la izquierda revolucionaria. Sólo los buenos liberales —los que no eran ni más ni menos que liberales— se quedaron en la posición de centro que caracteriza al liberalismo. Digámoslo con amargura: una posición demasiado justa, demasiado sutil, demasiado delicada para la basta realidad política de nuestro mundo.

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EL HEROÍSMO Y LA EMPRESA

La capacidad de acción y el empuje de la burguesía no estaban en modo alguno agotados, y no llegó a contenerlos el incipiente miedo. Si el exaltado profeta de la conciencia revolucionaria anunciaba el ocaso de la burguesía con su voz de martillo, el contexto revelaba su certidumbre de que aún le quedaban mucho tiempo de predominio y muchas posibilidades de acción. Más aún, el escenario de su actividad habíase ensanchado en los últimos tiempos debido a los progresos de la técnica y parecían ofrecérsele renovadas perspectivas. Ahora podían esperarse nuevas aventuras, y la burguesía halló todavía en su seno una considerable reserva de heroísmo para afrontarlas.

El heroísmo es una virtud casi inhumana que tanto puede adoptar la máscara de la sonrisa angélica como la de la mueca demoniaca. En esta ocasión hubo de todo. El misionero —llamárase Huc o Livingstone— que se internaba para predicar a través de regiones hostiles y desconocidas y el comandante de una columna expedicionaria dispuesto a suprimir expeditivamente una buena parte de la población indígena en el caso de que se opusiera a dejarse civilizar, configuraron dos maneras diversas y antitéticas del heroísmo personal, aunque los móviles fueran en ambos casos los mismos. Uno buscaba extender el área de influencia de sus industrias manufactureras y el otro el de sus creencias religiosas; pero las dos fuerzas en expansión constituían arietes de la poderosa burguesía capitalista. Era la misma que se mostraba en otros campos con idéntica resolución; porque era menester cierto heroísmo para emprender la colocación del primer cable trasatlántico, o el tendido de los rieles del ferrocarril a Vladivostock o a Samarcanda, o la apertura del canal de Suez. Para todos los que la sirvieron en cada caso guarda la burguesía capitalista un recuerdo reverente, porque gracias a ellos puede enorgullecerse de haber alcanzado una innegable grandeza.

Sin duda alguna, lo que faltaba para explotar del globo terráqueo era una porción tan extensa que llenaba de humillación a la burguesía. A esa causa se debía, seguramente, que el comercio mundial no hubiera alcanzado cifras todavía más ingentes; y como África, Asia y Oceania seguían al margen de lo que se llamaba corrientemente “el mundo civilizado”, la burguesía —que se perjudicaba notablemente por esa circunstancia— consideró un deber englobar en él a esos continentes tan descuidados, mediante una acción en la que habría que apelar, ciertamente, a toda clase de heroísmos. La época de Julio Verne, de Mayne Reid, comenzó entonces. Mientras los jóvenes “iban al Oeste” y se construía el ferrocarril al Pacífico venciendo la sostenida hostilidad de los indígenas, tan obcecados con respecto a la idea de progreso y apenas sensibles a los argumentos suministrados por los rifles, los exploradores ingleses, franceses y alemanes se internaban por las misteriosas regiones interiores del África. Gracias a su esfuerzo, Cecil Rhodes ha pasado a la categoría de héroe nacional inglés con títulos en nada inferiores a los de Ricardo Corazón de León o los del duque de Marlborough. Rhodesia, Transvaal, África del Sur son nombres que llenan de justificada emoción al espíritu británico; pero muchas personas —los bóeres, por ejemplo— no compartieron ese entusiasmo embriagador de la era victoriana. Con todo, las figuras del misionero Livingstone, del repórter Stanley y del general Gordon constituyen legítimos arquetipos del mundo contemporáneo que brillan con innegable grandeza. En la misma medida que la de Liautey, y en proporción inversa a la del infortunado Baratieri, el antiguo garibaldino de Adua que fracasó en su empresa y no ha merecido, en consecuencia, el agradecido recuerdo de sus comitentes.

En ocasiones, la exploración de regiones desconocidas estuvo movida exclusivamente por la curiosidad científica. Difícilmente podría preverse la posibilidad de abrir mercados en las zonas que explotaron Amundsen, Shackleton o Peary. También Richthofen se internó en la China para llevar hasta sus últimas consecuencias las empresas científicas en que estaba empeñado. Este género de heroísmo personal dignifica a la humanidad, como el de Hue o Livingstone. Pero, en general, cabe reconocer que estas aventuras comenzaron muy pronto a emprenderse por cuenta de otra suerte de empresas, cuyos objetivos diferían ciertamente de los del obstinado sabio o el misionero angélico. Eran las grandes empresas, constituidas según el tipo conocido con el nombre de sociedades anónimas.

Efectivamente, hacia 1870 comenzó la era del capitalismo imperialista, y con él, de las grandes empresas destinadas a intensificar la explotación de inmensos negocios a lo largo y a lo ancho del vasto mundo. Empresas heroicas a su modo: porque sería injusto negar el heroísmo de los que se lanzaron sobre el oro en California, Australia y Transvaal, y en consecuencia, parecería igualmente injusto no reconocerlo en cierta medida en quienes se lanzaron sobre los que se habían lanzado sobre el oro. Pero es innegable que ese heroísmo era ya un poco diferente del de Guzmán el Bueno o el misionero Livingstone, del mismo modo que las nuevas empresas para la explotación de las minas de hierro se diferenciaban de las empresas acometidas por Godofredo de Bouillon o Álvar Núñez Cabeza de Vaca.

De todos modos, la imaginación popular se apoderó de los nuevos aventureros, y Julio Verne o Mayne Reid lograron descubrir una veta simpática mediante cuya explotación pudiera estimularse en los niños la iniciativa privada como lo preconizaran Benjamin Franklin, Samuel Smiles y Oliver Sweet Marden. De las empresas propiamente dichas se ocuparon los vigorosos capitanes de industria dispuestos a coronarse reyes de cualquier sustancia inanimada o del más solicitado de los artículos de manufactura, y los tenedores de libros, cuyas obras de consulta revelaban una imaginación casi tan ardiente como la del creador literario de Buffalo Bill. A su vez, poetas laureados, como Rudyard Kipling, tomaron a su cargo la exaltación de la nueva gloria imperial propia del imperialismo, cuya grandeza se apoyaba en las cenizas de los innobles y obstinados cipayos. Y finalmente, el Estado mismo tomó a su cargo la protección de las cuantiosas sumas invertidas en tan magnas empresas civilizadoras, asegurando, con su intervención decisiva, los justos beneficios a que se habían hecho acreedores los campeones de la occidentalización del mundo. Así se desarrolló el nuevo heroísmo dirigido, bajo la doble advocación de Marte y de Mercurio.

Y, sin embargo, una forma más pura de heroísmo nacía al calor del vigoroso espíritu de empresa propio de la época. El Gran Meaulnes se anunciaba ya. Una nueva manera del heroísmo parecía inaugurarse cuando, en 1907, se lanzaba la carrera automovilística París-Pekín, sobre una ruta preparada por los pioneers de la occidentalización del mundo y unida vagamente al recuerdo de Miguel Strogoff. Se insinuaba una variante del heroísmo tradicional cuyo secreto era el triunfo técnico, y un nuevo y vago mundo de mitología comenzó a reemplazar al antiguo, suscitando los mismos entusiasmos en los espíritus juveniles. La carrera automovilística creaba un héroe en el que se fundían en extraña amalgama las imágenes de Ulises, Marco Polo y Maurice Renault. Los hermanos Wright habían lanzado ya su primer monstruo volador en Ohio y poco después pareció saturarse la capacidad de sorpresa cuando se vio a Blériot volando sobre el canal de la Mancha. Era un nuevo heroísmo, libre éste y movido por el anhelo individual de ser cada uno el primero capaz de vencer cierto obstáculo hasta entonces insuperable.

Y, sin embargo, tras él se escondía también el espíritu de empresa, la empresa misma bajo los nombres de Renault, Opel o Ford. Cuando se vio crecer y multiplicarse la hasta entonces casi ignorada industria del motor de explosión y surgieron Citroën, la General

Motors, Dornier y Zeppelin, se advirtió que el nuevo heroísmo no era sino la espuma de los designios de la burguesía triunfadora. Pero no nos extrañemos demasiado. Lo mismo le había pasado a Godofredo de Bouillon y al gran rey San Luis, tras cuyos pasos santificados por el renunciamiento y por la fe marchaban los mercaderes de las especias o la seda. Las carracas habían seguido a las galeras y no siempre pareció lo más urgente saquear las ciudadelas si quedaban a mano los depósitos de mercancías. Punto más o menos, la experiencia volvía a repetirse, y tras el raid heroico surgía la línea comercial, alimentada con el petróleo que monopolizaban Rockefeller o Detterding. La burguesía triunfaba en este campo de acción y hallaba quienes pusieran a su servicio la denodada ilusión de vencer el obstáculo insuperable. Por eso, a pesar de que la tierra temblaba bajo sus pies y se descubrían las resquebrajaduras de su estructura, estaba satisfecha, o al menos se mostraba todavía capaz de adoptar un aire altanero y seguro, como si su señorío estuviese consustanciado con el orden del universo.

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UNA CONCIENCIA MUY ASEÑORADA

Entre el orgullo de sus triunfos y el temor que le producía la amenaza de la conciencia revolucionaria en ascenso, la conciencia burguesa, en efecto, adoptó un aire aseñorado que consideraba respetable, se abroqueló tras una retórica coherente que disimulara sus debilidades, y proclamó resueltamente que la paz reinaba en Varsovia. Sobre la arcilla de M. Homais comenzaba a modelarse —cuando ya estaba a punto de endurecerse— la figura de Mr. Babbitt. Orgullo, satisfacción de sí misma, confianza ciega en el orden establecido y, sobre todo, insensibilidad para percibir todo lo que se transformaba a su alrededor: he aquí los rasgos dominantes de su fisonomía. Es cierto que entreveía la posibilidad de una guerra que la pondría frente a las fuerzas de la conciencia revolucionaria. Pero estaba segura de que bastaba una correcta y sostenida vigilancia policiaca para frustrar la revolución. En todo caso, siempre podía hallarse a mano un salvador del orden armado con suficiente artillería.

La era de la felicidad aseñorada, de la felicidad retórica, de la felicidad pacífica, alcanzó su más acabada y arcádica expresión en la Inglaterra victoriana, la Inglaterra de Tennyson, de Dickens y de Thackeray. Sin duda alguna los campesinos irlandeses —como los campesinos bóeres— compartían la obcecación de algunos trabajadores de Manchester y Birmingham, para quienes aquellos tiempos parecían carecer de las puras alegrías que colmaban los dulces hogares de la burguesía. Pero la burguesía, en cambio —y era lo que importaba— se sentía feliz. El imperio estaba asegurado gracias a la probada eficacia del Intelligence Service y de la Royal Navy, y la metrópoli sorteaba las pequeñas dificultades sin que llegaran a agitarse las aguas profundas. La felicidad ligeramente convencional que hace, por cierto, el encanto de Dickens o de Thackeray, de Pereda o de Bourget, reside en buena parte en esa aparente quietud que resulta de no mentar los peligros, los obstáculos, las amenazas. Gracias a ella, la conciencia burguesa podía mantenerse sin comprometer la dignidad conquistada. Porque la conciencia burguesa es ahora una conciencia muy aseñorada, en cuyo amaneramiento puede advertirse todavía algún rastro de la nostalgia que le producen las viejas y suntuosas pelucas empolvadas del Antiguo Régimen.

Los viejos formalismos, en efecto, han sido reemplazados sencillamente por otros. La conciencia burguesa, por ejemplo, se complace en aparentar cierta severa religiosidad. Un ateo es, a sus ojos, casi un delincuente, o lo que es peor aún, un audaz que se permite desafiar los más arraigados convencionalismos. Por eso un buen burgués procura no faltar a los oficios religiosos y se preocupa de que no falten su mujer y sus hijos. Pero sobre todo, lo que más ama son los supuestos que implica el consentimiento prestado a las prácticas devotas. La conciencia burguesa esclerosada por la acción del tiempo y la acción del miedo parece convencida de que el orden establecido sucumbiría si desapareciera el temor de Dios. A veces se ve luchar unos grupos religiosos contra otros, pero es sólo una puja de méritos de quienes se sienten los verdaderos creyentes frente a los que consideran equivocados.

Sólo circunstancialmente un ala de la conciencia burguesa suele presentar batalla a la hegemonía espiritual de la Iglesia —más que a la religión misma—, como en el caso de los liberales franceses de la Tercera República. En esos casos, el liberalismo procura defender el principio de la libertad de pensamiento y el de la supremacía del Estado, amenazado por los constantes esfuerzos de la Iglesia por dominarlo. Pero también suele no ser sino un episodio. Cuando la conciencia burguesa advierte que la acecha un verdadero peligro pierde su eficacia el ala liberal y recoge el predominio su más decidida ala derecha. Entonces renace el espíritu religioso, o, por mejor decir, el espíritu ritualista. Parece propio de la dignidad burguesa exhibir el reposado equilibrio que caracteriza a los espíritus creyentes. Pero que nadie recuerde a la burguesía las puras virtudes evangélicas, porque es seguro que han de llamarlo hereje.

Si la religiosidad parece inseparable de su dignidad, el patriotismo retórico y chauvinista no lo es menos. El burgués francés cree que es un deber odiar al alemán por el primer tratado de Versalles, con la misma convicción con que el alemán odia al francés por el segundo. La suerte de Alsacia y Lorena constituye la piedra de toque de los patriotas de uno y otro lado del Rin, como la suerte del imperio lo es para el inglés. Y un amor desenfrenado por las glorias vernáculas y los símbolos proporciona el armazón retórico para sostener un patriotismo convencional. Porque es necesario no engañarse y advertir el fondo de convencionalismo que se trasluce en tan fiera devoción. Si la conciencia burguesa ha nacido unida a la idea de nacionalidad, poco a poco ha aprendido a prescindir de ella cada vez que constituye un estorbo.

En efecto, mientras las áreas nacionales fueron áreas económicas cerradas o se suponía que podían serlo, la adhesión a la nacionalidad coincidía exactamente con los intereses propios de la burguesía; pero cuando el campo de sus operaciones se difunde y sobrepasa sus fronteras territoriales, un sentimiento análogo al viejo patriotismo empieza a manifestarse con respecto a ciertas regiones más o menos remotas en las que, casualmente, hay importantes fuentes de materias primas o posibles mercados. Un amor desenfrenado por la Renania se apodera súbitamente del ciudadano francés que tiene intereses en el Comité de Forges, con la misma temperatura que el que inunda el corazón de los capitalistas británicos por la América Latina. “Mi segunda patria” es la perífrasis con que usualmente designa un financista o un industrial al país en el que ha radicado sus negocios. Pero todo eso no importa. El patriotismo retórico y chauvinista es imprescindible a la conciencia burguesa para alcanzar la dignidad en la que quiere mantenerse, y quienes no participan de él no son, a sus ojos, sino enemigos de la nación. Nada más evidente que quienes propugnan una distinta distribución de la riqueza para mayor felicidad de un mayor número son enemigos de la patria de los que por el momento la poseen acumulada. Y el que insista denodadamente en hablar de la necesidad de esa redistribución pasará automáticamente a la categoría de agitador profesional subvencionado por alguna potencia extranjera, aquella que suscite menos simpatías en la opinión pública.

Sólo el orden economicosocial montado sobre el principio de la propiedad privada constituye para la conciencia burguesa el objeto de su espontáneo amor. Ése es el orden constituido, o, por mejor decir, “el orden” por antonomasia, el orden que deben guardar las fuerzas del orden para no caer en el caos y la disolución. Si la conciencia burguesa se engaña ligeramente a sí misma cuando se identifica con el formalismo religioso o con el patriotismo chauvinista, es absolutamente sincera cuando defiende el orden constituido y las instituciones en que se manifiesta. Si la religiosidad y el patriotismo no sirvieran para defender ese orden, acaso la conciencia burguesa no tuviera reparos en mostrarse agnóstica e intemacionalista.

Pero obsérvese bien: mostrarse. Porque en el fondo es mucho más intemacionalista de lo que parece desde la segunda mitad del siglo XIX, merced a una ciencia que desemboca en la técnica que tiene a su servicio y merced a una expansión imperialista que torna equivalente la significación de las más distantes y diversas zonas del globo. Sólo que no considera prudente declararlo porque ha descubierto que su dignidad y su seguridad están unidas a aquellas convenciones. Su dignidad y, sobre todo, su seguridad, porque sirven para disimular y contener una innegable tendencia a la disgregación. Si la conciencia burguesa se ha puesto tan aseñorada, es por razones se-mejantes a las que tenía Arsene Lupin para no abandonar la levita: una buena ropa supone, prima facie, una conducta honorable y una fuerte posición en el mundo. Y esto es lo que la conciencia burguesa estaba empeñada en hacer creer que tenía: honorabilidad y fuerza.

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DEBILIDAD EN LAS RAÍCES

Desgraciadamente, nunca falta un enfant terrible, y la burguesía descubrió varios en sus filas, que gritaron, como el negro que cuidaba el caballo del rey burlado, lo que nadie se atrevía a declarar. La burguesía los castigó con su repudio y su desprecio, y como si fueran los hijos calaveras de una familia honorable y acomodada, procedió a privarlos de los fondos que les proporcionaba. Pero, contra todas las previsiones, muchos resultaron insobornables.

Durante el último tercio del siglo XIX, la burguesía cegaba con su brillante resplandor. El que recorría la exposición de Londres de 1862, la de Filadelfia de 1873 o las de París de 1878 ó 1900, se maravillaba de sus triunfos y reconocía su grandeza. La industria y el comercio prosperaban de manera pasmosa y la burguesía no sólo se mostraba capaz de producir y vender todo lo necesario para una vida civilizada sino que, además, había logrado volver imprescindible lo que en sí mismo no era sino lujo. El mundo entero suspiraba por todo lo que fuera “recién llegado de París”, con lo que cada uno satisfacía en la medida de sus posibilidades las inefables ansias de vanidad que anidaban en los corazones burgueses.

La aseñorada conciencia de la burguesía necesitaba un escenario y una utilería convenientemente vistosos para el gran espectáculo que constituía su vida cotidiana. París brillaba por su lujo, por sus luces tanto en sentido directo como metafórico y poco a poco trataban de alcanzar el mismo brillo Londres, Viena, Bucarest y hasta Buenos Aires o Capetown. Era el triunfo del Boulevard, de la Rue de la Paix, de Piccadilly; el triunfo del lujo, obra maestra y arquetípica de la burguesía.

Sin duda se necesitaban muchos brazos para producir tantos artículos superfluos como consumían las grandes y lujosas ciudades. En Maxim’s o en el Moulin Rouge, donde todavía alguna vez arrancaba gritos de entusiasmo el cancán que lanzara Monsieur Chicard, triunfaban sucesivamente las arrebatadoras cupletistas que se dispu-taban después los caballeros con el incentivo de las joyas y las flores. Lo que pudo hacer la Bella Otero esperaba poder hacerlo cualquiera de las numerosas competidoras que aparecían sobre cada tablado, fuera para decir la última canción del Boulevard o para representar los papeles de demi-mondaines o de princesas en las operetas de Sullivan, de Gilbert o de Lehar. Hasta podía transfigurarse en aventuras de amor o de genio si la protagonista se llamaba Lola Montes, Isadora Duncan, Eleonora Duse o Anita Delgado. En la tranquila serenidad del hogar, burguesas y burgueses suspiraban por la aventura que gustaban llamar romántica, mediante la cual acaso pudieran escapar de la dulce monotonía y del tedio apacible. Entretanto, la medida in-moralidad del cabaret ofrecía a los caballeros cierto solaz nocturno, mientras las damas se entretenían en las tertulias estiradas de las salitas art nouveau. Todo era calma para la burguesía, ligeramente insatisfecha de tanta bonanza, pero resueltamente decidida a no perder la dignidad de su postura; pues algo llegaba hasta ella del temblor que recorría la tierra donde apoyaba sus cimientos, porque esa orgía de satisfacciones personales estaba asentada sobre una orgía de insatisfacciones colectivas.

Porque nadie se engañaba del todo. Ni las salitas art nouveau eran verdaderamente acogedoras, ni los cabarets verdaderamente alegres, ni la dignidad burguesa verdaderamente digna. Como en todo lo demás, predominaba allí un radical convencionalismo porque las raíces que alimentaban esas formas de vida eran raquíticas y no penetraban hasta las capas profundas donde pudieran hallar los zu-mos necesarios para vivificarlas. Si se prefería el art nouveau era, precisamente, por ser el más espectacular y el que mejor testimoniaba la capacidad de lujo de la burguesía; y si se manifestaba tan firme apego a la dignidad era porque servía para disimular una moral tan severa en las formas como condescendiente en los hechos. Pero nadie estaba decididamente convencido del vigor de aquellas formas de vida, en las que se descubría fácilmente cuánta falsedad se escondía o, peor aún, cuánto intencionalmente falseado. Por eso el despertar crítico —el que transformaba a un buen burgués en un enfant terrible de la burguesía— provocaba la desilusión y el escepticismo y conducía a cierta desesperada ilusión de la vida saturada de un vago nihilismo.

Un bohemio como Verlaine, un raro como Rimbaud, un desorbitado como Gauguin, un exquisito como Debussy, son suficientes testimonios de este afán elusivo de los espíritus esclarecidos frente a una realidad que se tornaba asfixiante por la fuerza abrumadora de sus formalismos estériles, sus prejuicios imbatibles y su radical in-sinceridad. ¿Acaso no había alguna evasión también en la filosofía de Bergson o la de Croce? Para otros la escapatoria estaba en la acción revolucionaria, que atrajo a tantos temperamentos militantes. Pero quienes carecían de sensibilidad política o decisión personal, quienes seguían adheridos a las formas extremas del individualismo por temperamento o por necesidad vocacional, esos no podían sino hacer la revolución dentro de la propia conciencia para tomar por asalto la ciudadela de su propia vida. Mientras Bebel y Liebknecht luchaban en Alemania contra Bismarck, Verlaine y Mallarmé escribían sus primeros versos; no mucho después escaparían Rimbaud hacia Abisinia y Gauguin hacia Polinesia; y Debussy componía Pelléas et Mélisande mientras se agitaba la escena política con las alternativas del proceso Dreyfus. Eran formas diversas pero coincidentes, mediante las cuales la evasión y la rebeldía concurrían a testimoniar el acentuado disconformismo, a levantar el acta de acusación contra la conciencia burguesa que intentaba cortar todas las retiradas para acallar el hondo, unánime clamor.

Y, sin embargo, desgraciadamente para ella, hubo labios que las conveniencias no pudieron sellar y cuyas palabras se oyeron por doquiera. Allí donde se abandonaban las fórmulas convencionales, toda voz tomaba el acre tono recriminatorio. Y quienes no querían abstraerse del todo, pero conservaban fresca la mente, escaparon por la vía de un escepticismo elegante como el que caracterizó a Anatole France o Eça de Queiroz. ¿En qué creer? El drama era profundo, y apenas podía disimularse con la sonrisa. Ni la fe burguesa, ni el patriotismo burgués, ni la moral burguesa podían nutrir los espíritus sinceros. ¿En qué podían creer Rimbaud o Mallarmé, Debussy o Cézanne? ¿En qué podían creer Liebknecht o Zola, Bebel o Jaurès? Decididamente, casi en nada de aquello que satisfacía a la conciencia burguesa endurecida por el terror, casi en nada que le permitiera acomodarse a la sensibilidad media que configuraba su contorno. Óscar Wilde es, quizá, el caso extremo de este drama, el caso extremo de ilusión de un mundo imposible, frente al cual sólo sentía arder la ira y despertar la burla.

Era, bajo otras apariencias, la actitud de Anatole France, más cuidadoso de las formas, pero no menos agrio en los contenidos. Si Charlotte Brontë y George Eliot se habían sublevado resueltamente contra los prejuicios que aprisionaban a su sexo, Butler, Dostoievski y Galsworthy pregonaban su indignación ante tan ajustado y sistemático aherrojamiento del espíritu. Era el mismo grito vibrante de Ibsen o de Hauptmann, cargado de buena fe y de sinceridad. Todo temblaba en las raíces de la conciencia burguesa y el temblor se corría de vez en cuando hasta comunicarse a las hojas y los frutos.

Pero no era lo frecuente. Las hojas y los frutos atribuían el vago temblor a las jaquecas elegantes y pasajeras y, sombrilla abierta en el Bois de Boulogne o en Hyde Park, en el Tiergarten o en el Prater, era unánime el paseo feliz acariciado por el ritmo del vals. Se bailaba en Viena, en París o en Bucarest sobre las melodías de Johan Strauss, y en las apacibles playas del Lido, los grandes señores de la política y las finanzas respiraban el aire purísimo del Adriático para olvidar lo que cada día conturbaba su paz. Los sportsmen olvidaban las peripecias del mundo en Epsom o en Auteuil y se apasionaban por la insólita aventura de los automovilistas que se lanzaban hacia Pekín en los bólidos con motor de explosión. Hasta en Varsovia parecía reinar la paz, lo cual constituía, sin duda, la más exagerada ficción de la conciencia burguesa.

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EL DUELO NECESARIO

Pero todo era una cuestión de perspectiva. En realidad, para el burgués de las grandes potencias occidentales no era demasiado grave que hubiera guerra en Crimea, en el África del Sur o en el Mar Amarillo; ya empezaba a sentirse molesto si el ruido de armas se producía en los Balcanes; pero lo verdaderamente fundamental, lo que ob-jetivamente tenía importancia para la historia parecía ser que el foco de la civilización, el sancta sanctorum de Europa —en última instancia la Rue de la Paix y Piccadilly Circle— estuviera a cubierto de las amenazas de los proyectiles enemigos. Allí era donde debía reinar la paz, en beneficio del progreso común.

Pero ni siquiera allí reinaba una verdadera paz. En las cancillerías se tejía desde 1870 la trama de ese sutilísimo sistema que se llamó “la paz armada”, y año tras año se invertían mayores sumas en armamentos y preparativos militares. La alarma era constante. El espionaje se entretenía en hacer los más delicados juegos de prestidigitación, dedicándose no sólo a adivinar los secretos del enemigo, sino, sobre todo, a proporcionar pistas equivocadas al contraespionaje montado por el adversario para contrarrestar su acción. Y aunque se advertía el peligro de jugar con armas tan mortíferas y delicadas, se perseveraba en el juego, aun a riesgo de desatar en cualquier momento la tan temida guerra. Una especie de incapacidad para la paz parecía revelarse en aquella política de la satisfecha burguesía.

Esa paz, en efecto, no era sino la inestable paz compatible con el imperialismo desatado a fines del siglo. Se adivinaban los peligros y se los temía, pero resultaba evidente que la “carrera de los armamentos” no era sino el epifenómeno de la carrera de la conquista. Lo más que la burguesía imperialista supo hacer fue vivir como si ignorara los peligros hasta el último momento, y hasta pudo parecer que llegó efectivamente a olvidarlos todos. El momento de embriaguez —de la feliz embriaguez del vals y la opereta, el art nouveau y las carreras de automóviles, el Moulin Rouge y la exposición universal— fue para la burguesía el momento fatal. Olvidada de que la acechaba agazapada, esperando su hora, una vigilante conciencia revolucionaria, se escindió en grupos hostiles y rivales que se lanzaron a la guerra para dirimir la supremacía sobre ciertos mercados y determinadas fuentes de producción. Fue una especie de guerra civil en el seno de la burguesía.

Son conocidas las largas discusiones que ha motivado el problema de la responsabilidad de la primera Guerra Mundial. Pero sin entrar a juzgar sobre lo que resulta del análisis de los hechos inmediatos al estallido de la contienda, parece evidente, contemplando la larga perspectiva del proceso que condujo hacia ella, que sólo Alemania podía tener interés inmediato en la guerra. En efecto, cuando se constituyó como nación unificada y poderosa, rica en elementos para acrecentar su desarrollo industrial y segura en cuanto a los medios de apoyo y de defensa de ese desarrollo, los demás países occi-dentales le habían tomado la delantera en muchos años. Todo lo más importante en cuanto a fuentes de producción, mercados y vías de comunicaciones estaba adjudicado ya, y Alemania había quedado fuera del reparto. Esta situación golpeaba el espíritu de los orgullosos magnates del Imperio y suscitaba en ellos un razonamiento tan simple en sus términos como evidente en sus conclusiones: si Alemania era fuerte, según la ley del capitalismo tenía derecho a poseer tanto o más que los otros países y, sobre todo, más que los débiles. Toda la cuestión residía, pues, en que Alemania fuera suficientemente poderosa, de modo que ningún precio pareció demasiado alto para procurarse un aparato militar capaz de asegurarle la condición requerida de más fuerte. Hacia 1914, los ensayos militares y diplomáticos parecieron convencer al Kaiser de que el momento había llegado: la muerte del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo ocurrió en el momento oportuno.

La primera Guerra Mundial fue un duelo forzoso, necesario, entre los diversos grupos en que la burguesía se había escindido al llegar al más alto punto de su poder. Hasta ese momento, cada uno de ellos parecía tener posibilidades de acción por separado; pero el trabajo de todos había terminado por acortar el mundo, por empeque-ñecerlo. En el fondo, cada uno de ellos aspiraba al dominio de la totalidad, pero, entretanto, se mostraba celoso del más rico. Quien opinaba que el antiguo reparto era injusto, no tenía otra salida que acudir a un cotejo de poder para ver quién era en realidad el más fuerte, esto es, quién tenía el mejor derecho a la parte mejor. Cuando llegó el momento de movilizar millones y millones de hombres en una contienda de vastos alcances, unos hablaron de libertad, otros de derechos nacionales, otros del carácter sagrado del orden jurídico, otros, en fin, de las amenazas del militarismo prepotente. Todo esto era cierto en alguna medida, pero correspondía a una retórica que disimulaba algo más fundamental, escondido en el fondo de las cosas.

Seguramente, quienes movían los hilos no se engañaban y se entendían por lo bajo. La guerra no era sino el esperado y temido duelo forzoso entre los distintos sectores de la burguesía imperialista. Sólo hubiera podido contenerlos un temor que les hiciera preferir la unión a la hostilidad: el temor a la vigilante conciencia revolucionaria; mas el fantasma parecía haber vuelto a su redoma después de 1870 y sólo con la guerra comenzó de nuevo a hacer oír su voz. Pero era cosa de poca monta. Un tiro certero disparado sobre Jaurès podía enseñar a los disconformes que era menester someterse a los designios de Dios y respetar las tradiciones del santo rey Luis, en tanto que la prisión de Rosa Luxemburgo recordaría a los olvidadizos la grandeza inconmensurable y la antigua gloria de los Hohenzollern. Después, el campo de batalla pudo considerarse libre para el duelo forzoso. Más que el tratado de Versalles, le puso fin, simbólicamente, la insurrección de 1917.

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III. EL DESARROLLO DE LA CONCIENCIA REVOLUCIONA-RIA

Durante el mismo periodo en que se produjo el ascenso de la conciencia burguesa hasta el punto más alto de su curva, la conciencia revolucionaria, oscuramente, sorteando toda suerte de peligros, se interpuso en su órbita y se dispuso a rondar las circunstancias favorables para imprimir a su ascenso un ritmo vigoroso cuando su rival comenzara a descender. Este movimiento inverso se inicia con la primera Guerra Mundial.

En su ascenso, la conciencia revolucionaria tuvo altos y bajos, pues aunque el terreno estaba preparado, la catequesis era difícil, las promesas lejanas y los peligros inmediatos. A medida que la burguesía adivinaba los riesgos que la acechaban, procuraba extremar su posición desplazándose cada vez más hacia la derecha, sin advertir que esos riesgos no eran sino su propia sombra; y a cada movimiento que ella hacía, la sombra le respondía con otro movimiento de sentido inverso.

Lo favorable que había en las circunstancias, la conciencia revolucionaria supo aprovecharlo diestramente. Pero necesitaba todavía tomarse el pulso a sí misma, precisar su propio perfil y adquirir una clara y exacta noción de su fuerza. Una vez hecho eso, podría lanzarse a la acción con probabilidades de éxito en las masas sometidas a la burguesía y aun obrar con contagio infiltrando sus propios ideales en las filas de los disconformes y los rebeldes, de todos aquellos para quienes el papel moneda de la conciencia burguesa carecía del áureo respaldo de las convicciones profundas. En las nutridas y heterogéneas capas de la burguesía los ideales revolucionarios obraron como el papel tornasolado y permitieron conocer las diversas reacciones. Dentro de cada uno de los grupos nacionales en que se dividía la burguesía aparecieron sectores de reacción positiva a aquellos ideales, que se alinearon con mayor o menor disciplina junto a las masas sometidas. Desde entonces la lucha comenzó a insinuarse claramente y se perfilaron dos rivales dentro de cada unidad nacional. Sólo restaba a los portadores de la conciencia revolucionaria definir sus métodos de lucha y decidirse a emprenderla. El estallido y el curso de la guerra les proporcionaría estímulos suficientes y directivas cla-ras para la acción.

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NUEVAS PERSPECTIVAS

A partir de 1848, las perspectivas de la conciencia revolucionaria se transformaron considerablemente. De la conciencia revolucionaria, entiéndase bien, no de los grupos revolucionarios activos. Porque, en efecto, ni la policía de Napoleón III ni la de Bismarck dejaron de perfeccionar sus métodos de lucha. Pero, en cambio, el panorama de las ideas se aclaró notablemente y fue más fácil para muchos tomar posición, circunstancia que debía engrosar las filas de los rebeldes contra la conciencia burguesa. Si en ciertos círculos se procuraba evitar el tema de los problemas sociales, en otros más vastos comenzó a parecer inevitable ese tema a causa de que se le consideraba impuesto por la realidad, y la realidad era por entonces la obsesión de todos los espíritus activos. ¿Qué otra cosa obsesionaba a Gustave Courbet, el pintor? ¿Qué otra cosa atraía a Zola, a Hardy, a Dostoievski, a los Goncourt, a Maupassant, a Clarín? ¿Qué otra cosa constituía el centro de los intereses de Darwin, de Pasteur, de Kelvin, de Maxwell, de Herz, de Bernard, de Mendel, de Edison o de Siemens? ¿Qué otra cosa finalmente, querían analizar a fondo Comte, Spencer o Mill? Cuando Uiepce y Daguerre inventaron y difundieron la fotografía, estaban proporcionando en verdad al espíritu occidental el instrumento que más profundamente deseaba: un instrumento de captación directa de esa realidad que provocaba todos sus desvelos para detenerla, fijarla y someterla a un estudio acabado.

Pues bien, como fenómeno de realidad, el problema social era sin duda el más dramático, el más apasionante y por otra parte, el más tentadoramente nuevo. Casi se transformó en una moda —allí donde los prejuicios no lo vedaban— hablar del problema social; y tanto hablar sólo podía producir una aclaración de las ideas y las posiciones, por lo menos en este caso.

Claro que las ideas podían parecer tales y ser solamente una vaga glosa, el disfraz de una idea, el prolijo empaquetamiento de una inquietud para privarla de su inquietante desnudez. Así ocurrió en muchos casos. Pero aquéllos a quienes el problema tocaba en lo vivo seguían braceando desesperadamente en el mar de las ideas que pa-recían verdaderas, para encontrar la que reflejara sus inquietudes en términos precisos y propusiera los caminos para encauzarlas.

Aquéllos a quienes el problema tocaba en lo vivo eran ya muchos al promediar el siglo XIX, y su número no hizo sino aumentar con el tiempo. La riqueza crecía a pasos agigantados gracias al desarrollo del capitalismo industrial, y nada más natural que recayera en los ricos, a quienes, por lo demás, se debía el impulso que la había produ-cido. Pero al mismo tiempo, por una paradoja bien conocida, crecía la miseria a pasos no menos veloces y, naturalmente, recayó sobre los pobres, sin los cuales, por cierto, aquel impulso hubiera sido estéril. Esta situación obligó a algunos a pensar, empeño frecuente-mente útil para entender el significado de los hechos.

Desgraciadamente, no todos se resolvieron a este agotador ejercicio intelectual, y entre los que se resistieron se contó gran número de productores de alto vuelo. Otros más perspicaces —del tipo de Mr. Henry Ford— descubrieron andando el tiempo el círculo vicioso que entraña la gran industria. Para que deje una ganancia capaz de justificar el que un distinguido businessman le dedique su tiempo, es necesario que la producción se realice en gran escala; pero no puede producirse en gran escala sin que exista una correlativa demanda, y esa demanda no puede provenir solamente de los que pertenecen a la limitada clase de los businessmen: no hay grandeza terrena que exija la posesión de más de dos o tres heladeras eléctricas. Es, pues, menester que la demanda sea sostenida por las clases de menor poder adquisitivo y que sus miembros contribuyan con su número a la empresa —patriótica en cada uno de los países— del progreso industrial de la nación. Sólo que para que se dé esa circunstancia es menester que los salarios permitan alimentar exigencias relativamente superfluas, de donde resulta que la industria está interesada por un lado en mantener los bajos costos para aumentar las ganancias y por otro en aumentar los salarios para acrecentar el poder adquisitivo. Este círculo vicioso no fue entrevisto desde el principio y por ignorar su secreto la burguesía industrial insistió en una política miope. Quedaba todavía en la segunda mitad del siglo XIX, naturalmente, mucha pequeña burguesía por satisfacer, y entretanto parecía que el proletariado no contaba entre las clases consumidoras más allá de lo imprescindible. Se podía, pues, aprovechar tranquilamente su capacidad de producción sin tomar en consideración sus posibilidades como consumidor, fuera de la blusa, el tenedor y la escudilla. Se advertirá, pues, qué inmenso progreso ha cumplido la humanidad en el momento en que el magnate industrial ha comenzado a soñar con la posibilidad de que ningún habitante del globo carezca de una heladera eléctrica, un receptor radiotelefónico y, acaso, un aparato para extraer jugos de frutas.

El proletariado, concebido todavía como mero instrumento de producción, fue el que creció en proporciones fabulosas durante las décadas que siguieron a las revoluciones del 48. Y no sólo porque se proletarizaron muchos campesinos y pequeños propietarios, sino también porque la humanidad reveló por entonces una inequívoca vocación para la vida y se multiplicó con raro entusiasmo. Por un instante pudo pensarse si no había tenido razón el viejo Malthus. Europa casi triplicó su población en un siglo, y cualquier operario podía alegar que su salario era insuficiente para alimentar a sus diez o doce hijos, concebidos, seguramente, con el único avieso propósito de poder esgrimirlos como argumentos frente a sus patronos.

Cundía una especie de optimismo biológico, que podía parecer a los industriales, cuando entrevieron el círculo vicioso de la gran producción, como un juicio de Dios favorable a los planes de fabricación en serie: la era de la posesión universal de la heladera eléctrica se anunciaba.

Pero mientras llegaba ese momento, el proletariado debía tratar de colocar a los diez o doce hijos que adornaban cada hogar en las fábricas vecinas, aun antes de que alcanzaran el pleno uso de la razón. Debían ganar el pan con el sudor de sus frentes y el esfuerzo de sus jóvenes brazos, porque la gloria de la patria exigía que las industrias se desarrollasen hasta cuadruplicar las cifras de la producción como pasó con el hierro y el carbón entre 1850 y 1880, o duplicarlas como pasó con el acero entre las mismas fechas.

El acrecentamiento de la población en general, y de la población obrera en particular, trajo como consecuencia una agravación de las condiciones de vida en las ciudades.

Crecieron las urbes fabriles y comerciales en vastas proporciones, y en ellas aparecieron, en franco contraste con los frutos más refinados de la civilización y del lujo, los suburbios lóbregos y malolientes en que se apiñaban las clases trabajadoras. Toda ciudad se compuso de dos ciudades, separadas entre sí por argumentos mucho más graves y decisivos que el río o la avenida que pudiera dividirlas. Los ricos procuraban no ver sino de lejos los suburbios y los pobres acudían raramente a la ciudadela de los ricos; pero si éstos podían olvidar a los pobres, los pobres no podían olvidar a los ricos. Veían en ellos, corporizada, la causa de sus propios males y los testimonios de una vida mejor que les estaba negada; por eso solían mirarlos con un gesto que intranquilizaba a las damas y pensaban en ellos persistentemente como en un objetivo preciso más allá de sus líneas. Esa meditación entrañaba la búsqueda de aquella idea que reflejara la causa y el sentido de su desgracia y el camino de las soluciones posibles. Un vasto esfuerzo, realizado no sólo por los que sentían el peso de la situación en carne propia sino también por los insatisfechos de las filas burguesas, condujo finalmente a la conciencia revolucionaria hacia el hallazgo de su propio perfil.

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UNA CONCIENCIA EN BUSCA DE SU PROPIO PERFIL

Indudablemente, la masa de los desposeídos había procurado, desde mucho antes de 1848, conquistar algunas ventajas, y también desde antes de esa fecha algunos pensadores habían tratado de imaginar un orden social más justo que el que surgiera de la espontánea acción de la burguesía. Pero lo cierto es que solamente después de 1848 podían las circunstancias señalar el camino directo para llegar adonde la conciencia revolucionaria quería. ¿Madurez, acaso, de esa conciencia, mediante la cual podía la inteligencia descubrir sus íntimos recodos? En todo caso, el esfuerzo y el dolor colectivos proporcionaron la materia, y un hombre de inteligencia poco frecuente —Karl Marx— pudo hallar entonces la forma deseada.

A partir de 1837 el movimiento obrero había recrudecido en Europa. El cartismo se lanzó a la acción en Inglaterra y empezó a prosperar la idea de la huelga general propugnada por William Benbow, así como la de la petición apoyada por la presencia física de las masas en grandes mítines. En Francia, a su vez, Auguste Blanqui organizaba los grupos revolucionarios de la Société des Saisons, al tiempo que se fundaba en Alemania la Liga de los justos presidida por Theodor Schuster. Estos movimientos constituyeron el almácigo del que saldrían las actitudes características y definidas del futuro frente al problema social. Había ciertos sentimientos unánimes, como el repudio de la explotación del hombre por el hombre. Pero junto a ésos había otros, un poco confusos y no siempre compartidos por todos; un vago internacionalismo, una oscura hostilidad contra los hábitos burgueses, un impreciso mesianismo preñado de promesas y esperanzas. Era la materia apropiada para esculpir las formas de la conciencia revolucionaria, que debía ser lograda por espíritus disciplinados y mentalmente aptos; no siempre salieron de las filas del proletariado los hombres que se lanzaron a esa tarea; más aún, casi nunca salieron de ellas, sino de las filas de la burguesía, de las que se desprendían por un sentimiento o una resolución de carácter moral. En el fondo, la misma rebeldía que despertaba en un Musset era la que impulsaba a un Marx, tan diferente como fuera después la perspectiva revolucionaria que se abría a cada uno de ellos.

El nombre de Karl Marx ha constituido una de las obsesiones de la burguesía, que vio en él un verdadero y peligrosísimo enemigo e intentó que no se difundieran sus ideas. Las academias procuraban que sus miembros no pronunciaran el nombre marcado, las sociedades científicas que recibían subsidios del Estado temblaban al oírlo, y hasta muchos hombres de pensamiento que utilizaban parcialmente sus puntos de vista consideraban prudente —y ventajoso— no citarlo. Es innegable que, en cierta medida, ese pavor ha comenzado a ceder, quizá debido a la universalidad del saqueo de sus ideas.

Su pensamiento, por su audacia y rigor, justifica sin duda el temor que ha suscitado, semejante en algo al pavor que provocaba en los gobernadores romanos la inesperada y clandestina aparición del signo del pez. Hay tal exactitud en sus planteos y tal precisión en sus conclusiones que unos y otras pueden ser resumidos en fórmulas categóricas y tajantes, susceptibles de ser aprehendidas por las masas no capacitadas para la comprensión de vastos desarrollos teóricos. Y, cosa curiosa, esas fórmulas correspondían con bastante exactitud a la realidad, por lo menos en la medida exigida por la acción.

Aquellas peripecias de su pensamiento no deben hacer olvidar —a cien años de la publicación del Manifiesto Comunista— la inmensa significación que tuvo el diagnóstico de Marx respecto de los males de la sociedad burguesa. ¿Acaso no lo comparten en buena medida, conscientemente o no, muchos grupos profundamente reaccionarios? ¿Acaso no se han valido de su pensamiento las fuerzas de la burguesía para prevenir, precisamente, los resultados de la política que Marx postulaba para el proletariado? ¿No está presente su pensamiento y su orientación política en el fondo de los programas de quienes quisieron precisamente ahogarlos, como Mussolini y Hitler?

Si nos retrotraemos a la situación de 1848 y pensamos en todo lo que era necesario prever y adivinar para interpretar el desarrollo historicosocial del mundo después de la Revolución industrial con tanta seguridad y clarividencia, tendremos que reconocer que había en Marx un rayo de genialidad histórica.

Acaso su defecto —y el talón de Aquiles que tantos reproches le ha valido— sea la generalización de su concepción a todo el curso de la historia. Sería difícil —yo creo que imposible— explicar suficientemente, partiendo de su punto de vista, ciertas épocas y ciertos fenómenos. Pero en todo caso puede afirmarse que su concepción vale, en lo fundamental, para el periodo histórico que constituyó el foco de su interés y el objeto capital de sus estudios, del que sacó sus experiencias y al que aplicó con método estricto su doctrina. Aunque no siempre sea suficiente para explicar cierta trama sutil de lo que él llamaba la superestructura espiritual, el principio de su determinismo económico vale para explicar la trama gruesa del mundo contemporáneo.

Porque no lo olvidemos: lo que Marx se propuso, por encima de las generalizaciones históricas, fue hallar el sistema de ideas que expresara la conciencia revolucionaria, la conciencia de la revolución que veía asomar a cada instante y frustrarse luego a cada paso por arrancar de falsos planteamientos y por seguir caminos imprecisos. Y es innegable que Marx proporcionó a esa conciencia revolucionaria los elementos esenciales para su formulación. Estúdiese serenamente el punto y se verá que hasta la encíclica De Rerum Novarum resulta incomprensible sin Marx.

El mérito fundamental de Marx —se ha dicho— ha sido unir la idea de socialismo a la idea de proletariado. Dentro de una concepción dialéctica del proceso histórico, Marx descubre el principio de la lucha de clases y define el proletariado como la antítesis de la burguesía. Si esta última expresa y representa el orden economicosocial burgués, el primero deberá luchar por destruirlo o transformarlo y su objetivo no puede ser sino la socialización de los bienes de producción. La idea es clara y simple. Hoy la comparten con los revolucionarios y los reformistas, implícitamente, muchos que antes la negaron y la combatieron: conservadores, liberales, industriales y directores de banco, que aceptan una parte de sus consecuencias, aunque sólo sea para resistirse a lo demás. Y, sin embargo, por defenderla cayeron —y siguen cayendo— centenares de apóstoles, convencidos de su verdad y de la necesidad moral de luchar por su triunfo. Por haberla formulado, merece Marx un lugar singularísimo dentro de la historia contemporánea: porque no en vano propuso Goethe aquella fórmula revolucionaria: “En el principio era la Acción”.

Naturalmente, aun admitiendo la verdad profunda de la formulación de Marx, la conciencia burguesa se resiste a admitir la totalidad de las consecuencias que implica. Una revolución concebida como un motín que estalla cierto día a cierta hora recuerda demasiado los oscuros cuadros del Terror, las venganzas siniestras, las injusti-cias, la dictadura agazapada y toda la ola de violencia que cada uno teme ver proyectarse sobre su propia carne. Este temor mueve a un ala esclarecida de la burguesía a hacer cada día una parte de la revolución para evitar que irrumpa inesperadamente y la acometa sin consultarla: Marx se desplomaría de asombro si le fuera dado escuchar a los políticos conservadores y liberales de hoy, mucho más marxistas de lo que suponen. Pero la pequeña revolución no tiene sentido sin la grande, al menos, sin que estén presentes en las mentes los objetivos de la grande. Sólo el claro y decisivo planteo de las cuestiones últimas y las soluciones radicales pudo decidir a la burguesía a pactar, y ya se le ve cediendo posiciones día a día, convencida de la inutilidad de una lucha frontal contra una fuerza a la larga incontrastable.

Las consecuencias prácticas a que conducía el pensamiento de Marx no fueron unánimemente aceptadas por la conciencia revolucionaria, y esto desde un comienzo. La Liga de los comunistas —para la que Marx y Engels prepararon el Manifiesto a fines de 1847— compartió plenamente sus puntos de vista y fue en cierto modo el modelo de la extrema izquierda revolucionaria; pero aparecieron otros grupos que, partiendo del planteo de Marx, se apartaron de sus puntos de vista en cuanto a las formas de acción: Lasalle, Bebel, Kautsky, Bakunin, Proudhon, Vandervelde, Jaurès, los fabianos ingleses, Turati, Ferri y muchos otros creyeron poder determinar, partiendo de las mismas bases, otros caminos más ajustados a la realidad historicosocial sobre la que debían actuar y, en general, más apropiados a ciertos caracteres típicos del mundo occidental. Pero, con todo, la doctrina quedaba establecida sobre sólidas bases y comenzaba a provocar un asentimiento cada vez más generalizado, tácita o explícitamente: ya se sabía cuál era el perfil y cuáles los objetivos de la conciencia revolucionaria, y se había hallado la piedra de toque para reconocer su presencia o su ausencia en cada hombre de carne y hueso. Conformismo o disconformismo frente al orden economicosocial burgués eran las actitudes que podían adoptarse, y la decisión entrañaba una suerte de militancia.

Naturalmente, había quienes tenían posición claramente tomada: eran los que cumplían una decidida acción y estaban organizados en grupos para ese fin, calcados por cierto de las viejas agrupaciones de los carbonarios o los masones: la Société des Saisons, la Liga de los comunistas o la Unión general de los obreros alemanes. Estos grupos —no demasiado numerosos— trataron muy pronto de organizarse internacionalmente porque el internacionalismo era precisamente uno de los elementos fundamentales que la doctrina de Marx proporcionaba al movimiento revolucionario. Así surgió en Londres, en 1864, la Asociación obrera internacional —o Primera Internacional— que funcionó hasta 1875 y cuya existencia se desarrolló entre las agitaciones a que dio lugar la aparición del anarquismo proudhoniano de Bakunin y los sobresaltos derivados del experimento de la Comuna de París. Los focos de la acción estaban sobre todo en Alemania y Francia, donde el movimiento obrero adquiría cada vez mayor desarrollo, en tanto que en otros países la propaganda corría a cargo de grupos relativamente restringidos y cuya actividad dependía de las circunstancias generales de la política, aunque siempre con tendencia a crecer.

Si hacia 1875 esas circunstancias fueron particularmente desfavorabies, dejaron de serlo en la misma medida hacia 1889, fecha en que se funda la Segunda Internacional. A las ya aguerridas agrupaciones obreras de Alemania, Austria, Francia e Inglaterra se sumaron las de Italia, España y otros países. Pero la aparición de los nuevos problemas planteados por la inminencia de la guerra produjo otra vez una aguda conmoción en el seno de los grupos revolucionarios, que se escindieron en intemacionalistas y colaboracionistas. La Segunda Internacional sufría un rudo golpe con los preparativos psicológicos para el estado de guerra, y el asesinato de Jean Jaurès dio la medida de la difícil situación que debía afrontar el movimiento obrero.

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ACLARACIÓN DE POSICIONES

Entretanto, el cuadro de las actitudes ante la realidad historicosocial se iba aclarando más y más en cuanto a sus posiciones radicales. A medida que la conciencia revolucionaria se consolidaba y se definía, sus portadores se alejaban más y más de la burguesía y se hacía patente la creciente hostilidad que separaba a ambos grupos. Si desde 1848 se venía manifestando progresivamente ese antagonismo, la posesión de una doctrina de la lucha de clases y la nueva experiencia de la Comuna de París contribuyeron a aclarar la posición de las masas populares.

Este proceso debía ahondarse más aún. A partir de 1880 la gran burguesía lanzó sobre el mundo la gran ofensiva con que se manifestó la expansión imperialista, y se consolidó aún más como clase gracias al rápido crecimiento de la riqueza. Así, el abismo que la separaba de las clases populares se acentuó, pero el movimiento tendía a dejar del lado de estas últimas a la pequeña burguesía y sobre todo a los grupos intelectuales, cuya falta de compromisos y cuya vigilancia consciente les permitían advertir el rumbo que seguían las grandes fuerzas económicas y sociales. Este hecho llegó a tener una notable significación. Lo que caracterizó la actitud de Zola, Monod, un Münch, un Butler, un Clarín o un Shaw, fue su radical independencia frente a las convenciones y prejuicios que, por pertenecer a su clase de origen, hubieran debido compartir, pero que llegaron a repugnarles íntimamente hasta preferir la franca declara-ción de ruptura con todas sus consecuencias. Gracias a esa circunstancia la conciencia revolucionaria encontró nuevos y valiosos aliados que no sólo le proporcionaron nuevos medios de difusión, sino que contribuyeron a preparar un ensanche fundamental de su base política.

Esta adhesión de elementos pequeñoburgueses —de tradición liberal— a las filas de la conciencia revolucionaria entrañaba algunos problemas de difícil solución, porque, en buena medida, la conciencia revolucionaria era radicalmente antiliberal. ¿Qué debía pensar un hombre de clase media, formado en la tradición de la Revolución francesa, frente al dilema que le planteaba el desarrollo del imperialismo? El problema se volvía a plantear después de 1880 con caracteres semejantes, aunque más agudos, a los que demostró en 1848. Un Gladstone o un Ferri creían poder seguir fieles a la tradición liberal cuando impulsaban el movimiento capitalista hacia el imperialismo, sin adivinar las contradicciones que dejaban sembradas para lo futuro. Por su parte, quienes se separaban de la gran burguesía para aproximarse a la revolución creían poder mantenerse dentro de su tradición liberal, sin advertir a su vez las contradicciones que ello implicaba. Así se dibujó cierta zona indecisa de problemas que el tiempo habría de iluminar y en la cual verían plantearse los liberales de buena fe arduas cuestiones de conciencia.

Allí apareció, entre todos, el problema de la oposición entre nacionalismo e internacionalismo. Si la política imperialista llevaba a los grupos de la gran burguesía a extremar el nacionalismo en cada uno de sus respectivos países, no era ciertamente por defender los ideales liberales de 1789, sino porque el imperialismo estaba destinado a procurar a cada uno de aquellos grupos nacionales de la gran burguesía la hegemonía sobre los grupos rivales. No se podía, en efecto, consolidar un sistema imperialista francés sin afectar en alguna medida al sistema establecido por Inglaterra, y lo mismo ocurría con Italia y Alemania, y esta lucha forzaba a la gran burguesía a exaltar en cada país el sentimiento nacional para lograr el necesario respaldo de opinión a sus proyectos expansionistas.

Frente a esta actitud, la conciencia revolucionaria acentuó su adhesión a los ideales intemacionalistas porque vislumbraba los peligros que entrañaba para ella el imperialismo creciente. Desde 1880 en adelante ese movimiento adquirió mayor vigor, apoyado en el pensamiento marxista; pero la situación de hecho que creó la inminencia de la guerra le impuso una pausa en su desarrollo. Era algo semejante a lo que había ocurrido con motivo de la guerra franco-prusiana, cuando Lasalle sostuvo la necesidad de apoyar la política imperial, y en cierto modo análogo a lo sucedido en Francia en oca-sión del asunto Dreyfus, cuando Millerand y Briand decidieron acercarse a las fracciones liberales de la burguesía. Ahora, cuando el sistema de la “paz armada” desembocaba en la guerra como en su consecuencia natural, tanto los grupos liberales que se habían acercado a las masas populares como algunos sectores de esas mismas masas se vieron frente a un problema de conducta de difícil solución. Muchos consideraron que era imposible seguir sosteniendo la causa del internacionalismo frente a la inminencia de la guerra y hubo transacciones y declinaciones de principios. Contra la agresión alemana y la reaparición de una política de fuerza el liberalismo sintió reavivar sus adormecidas convicciones y comenzó a apoyar las tan denigradas tradiciones que la burguesía había defendido bajo formas convencionales y falseadas.

Por un momento, el proceso de aclaración de posiciones pareció detenerse y se vieron cosas extrañas y sorprendentes. Hubo liberales y socialistas que predicaron el nacionalismo y la guerra al unísono con las fuerzas más reaccionarias, y hasta se pudo observar un floreciente e inesperado patriotismo en los grupos anarcosindicalistas —como el que en Francia seguía la línea de Proudhon y Bakunin y estaba dirigido por Guillaume— para quienes el odio hacia Alemania resultó superior a toda suerte de convicciones sociales. Decididamente, el proceso de clarificación no había llegado a su meta, y los prejuicios burgueses se encontraban todavía dotados de una fuerza que los hacía aparecer como juicios de validez universal.

Cosa curiosa: la guerra, que había parecido una ocasión favorable para la revolución, se había transformado en la causa de su abandono, al menos transitoriamente. Sin duda, la idea de la revolución parecía haber sufrido una pequeña derrota.

Naturalmente, la idea de la revolución no tenía el mismo vigor en todas partes. Un proceso semejante había ocurrido en el siglo XVIII, a partir de las experiencias revolucionarias del siglo anterior en Inglaterra. Mientras algunos autócratas —los déspotas ilustrados— evolucionaron hacia la concesión de aquellas demandas que no parecían muy peligrosas con tal de mantener los privilegios que consideraban fundamentales, otros quisieron negarse a la evidencia manteniendo un despotismo total y resistiéndose a “ilustrarse”, esto es, a modificar en alguna medida su línea política según los principios del pensamiento renovador de la Ilustración. A este último grupo pertenecen los tres Luises de Francia —XIV, XV y XVI— que creyeron posible seguir sin enterarse de lo que ocurría a su alrededor. Luis XV se hizo famoso por su despreocupada inconsciencia y se limitó a transferir el diluvio que lo amenazaba a su sucesor; y éste, efectivamente, lo vio precipitarse desde lo alto sobre su cerviz, bajo la forma de guillotina. Fue, aproximadamente, lo mismo que ocurrió en otro plano después de 1848.

El vasto movimiento social que se manifestó por entonces, en efecto, encontró en el poder en ciertos países a algunos hábiles estrategas que procuraron sortear los peligros por el sabio y prudente procedimiento de conceder algo a tiempo para no perderlo todo de golpe: Disraeli constituye el más alto ejemplo de este género de es-trategia. Por el contrario, los zares, por ejemplo, opinaron que una buena organización de policía y la amenaza de Siberia bastarían para apagar el ardor revolucionario, y prepararon de ese modo la suerte de Nicolás II. Porque la idea de la revolución tumultuaria se alimenta con la persecución y la represión brutal, en tanto que se debilita con las concesiones que suprimen sus objetivos inmediatos.

Bajo la acción de esta última política, la conciencia revolucionaria debía detener su marcha cada cierto tiempo para ajustar su acción según los nuevos objetivos que debía definir y señalar. Era lo más a que podían aspirar los diestros estrategas de la burguesía; pero era algo positivo para ambas partes, y hay que reconocer que aquellos expertos conductores se mostraron habilísimos para desviar los golpes y evitar el infighting.

Por lo demás, la conciencia revolucionaria no se manifestaba unánimemente decidida en favor de la revolución tumultuaria. La convicción de que ciertas conquistas podían lograrse sin comenzar previamente por la destrucción total no estaba fuera de su campo, sino que representaba solamente otra concepción de la revolución. Y, en efecto, una y otra tesis se habían manifestado desde la primera hora en el seno de la conciencia revolucionaria. En el cartismo inglés, por ejemplo, se habían señalado dos tendencias opuestas designadas como “partido de la fuerza moral” la una y “partido de la fuerza física” la otra. Ni siquiera después de haber establecido Marx los principios de la estrategia revolucionaria se logró que la totalidad de los que compartían sus puntos de vista generales se decidieran por la revolución tumultuaria. Muchos creyeron en la posibilidad de realizar sucesivas y eficaces conquistas por medio de procedimientos compulsivos limitados, y desembocaron en lo que se llamó el reformismo, caracterizado, por ejemplo, por la socialdemocracia alemana tal como la expresaba doctrinariamente Karl Kautsky.

Los partidarios de la conquista violenta del poder —que se consideraron a sí mismos revolucionarios por antonomasia— y los partidarios del reformismo, chocaron violentamente, discutieron con acritud sus puntos de vista y lucharon por imponerse en el seno de las agrupaciones obreras. Naturalmente, con la injusticia propia del apa-sionamiento, los dos grupos se prodigaron injurias recíprocas, entre las cuales la más frecuente fue la de traidores. Pero la imputación fue casi siempre inexacta, excepto en algunos casos aislados. La tendencia a la revolución tumultuaria y la tendencia al reformismo no provienen sólo de actitudes doctrinarias. En el caso particular de quien sustenta una u otra depende también, y no en escasa medida, del temperamento individual, como es fácil comprobarlo observando cuánto suelen parecerse los revolucionarios de extrema izquierda a los de extrema derecha. Y en el caso concreto de las situaciones históricas, es innegable que hay tiempos de revolución y tiempos de re-forma, susceptibles de ser apreciados como tales según una opinión para la cual es harto difícil hallar un criterio objetivo. No faltan los peligros en ninguna de las dos actitudes. Si el reformismo puede desembocar en regímenes transaccionales, la revolución puede desembocar en la dictadura irreversible o en la represión brutal. No hay, pues, en el fondo, sino un problema de método que es necesario juzgar con claridad mental, con el menor apasionamiento posible y con prescindencia del espíritu de facción que inevitablemente se desarrolla en el curso de los movimientos de esta naturaleza.

En la generación posterior a la de Marx, en la que asiste al vasto desarrollo del imperialismo, el apóstol de la revolución violenta fue Georges Sorel, fundador del sindicalismo. Era un hombre de pensamiento vigoroso, profundo y ágil, en el cual las ideas se hermanaban con cierta voluntad de acción que lo conducía a una actitud belige-rante. Sólo creía en la acción enérgica y rechazaba categóricamente todo método que no fuera ése. “No solamente puede la violencia proletaria asegurar la revolución futura —escribía en Réflexions sur la violence—, sino que aun parece ser ella el único medio de que disponen las naciones europeas, adormecidas por el humanitarismo, para volver a encontrar su antigua energía. Esta violencia fuerza al capitalismo a preocuparse únicamente por su papel material y tiende a devolverle las cualidades belicosas que poseía en otro tiempo. Una clase obrera en vías de crecimiento y sólidamente organizada puede forzar a la clase capitalista a permanecer ardiente en la lucha industrial; frente a una burguesía hambrienta de conquistas y rica, si se levanta un proletariado unido y revolucionario, la sociedad capitalista alcanzará su perfección histórica.” Así, la revolución à outrance exigía a sus ojos la exacerbación del capitalismo y aseguraba en consecuencia cierta forma de revolución permanente que le parecía la condición necesaria de la vida. Esa apelación de Sorel halló eco en muchos que, siendo como él revolucionarios por temperamento, carecían de la solidez que tenían sus convicciones. Soñaron, pues, con la revolución, pero no sólo para lograr que el capitalismo “alcanzara su perfección histórica”, sino también para alcanzar el primer plano en que las revoluciones ponen a los hombres de acción, entre los que no suele faltar el aventurero afortunado. La revolución sindicalista no se hizo, pero Mussolini llevó al capitalismo a una etapa que quería ser su “perfección histórica” y, sobre todo, se condujo a sí mismo hasta el Palazzo Venezia para dirigir a gritos una revolución contra la revolución.

He aquí el riesgo de la revolución permanente. En los pliegues de su bandera suele ocultarse un César de buena o de mala fe para quien la subsiguiente y necesaria etapa de orden constructivo sólo es posible sobre la base de su propia e indiscutible autoridad. Y no siempre esa etapa justifica ni el sacrificio ni la opresión que trae consigo.

IV. LA CONCIENCIA BURGUESA EN RETIRADA

Exaltada por sus propios triunfos, embriagada por las Esperanzas que acariciaba, la conciencia burguesa dio en 1914 un traspié decisivo, que señaló el momento inicial del descenso de su curva. Los distintos grupos nacionales en que se había escindido la burguesía se lanzaron a una contienda por la hegemonía, verdadera guerra intestina de una clase ignorante del enemigo que la acechaba. Porque los distintos grupos de la burguesía no pretendían sino dominarse recíprocamente, pero la conciencia revolucionaria aspiraba no sólo a dominarlos sino a aniquilar el orden dentro del cual pre-dominaban. Esta circunstancia obliga a preguntarse quiénes eran exactamente los beligerantes de 1914, los que se disimulaban tras las fórmulas de la antigua retórica, tras los discursos académicos, tras las ideas generales consideradas por convención como ideas vigentes y, en realidad, sólo vetustos esqueletos de ideas que, adornados con la guadaña de la muerte, no servían sino para espantar a los que tiemblan ante las ideas vivas. Que son, por cierto, una buena parte de la humanidad.

Los diversos grupos de la burguesía se prepararon larga y concienzudamente para la batalla y apelaron a todos los recursos que podían fortalecer su causa. Un problema fundamental era unificar su retaguardia, y todo lo que permanecía vivo del sentimiento nacional fue lanzado al ruedo para conseguir la “unión sagrada”. Con lo cual cada grupo de la burguesía pretendió pactar con el enemigo verdadero contra aquello de quienes, en verdad, sólo lo separaba una desavenencia pasajera.

El método dio buen resultado al principio, pero sólo por algún tiempo. La guerra mundial aceleró notablemente el proceso de desarrollo de la conciencia revolucionaria, y la burguesía se halló de pronto como Adán y Eva después de haber probado el fruto del árbol del Bien y del Mal: descubriendo que estaba desnuda, que había pecado, y que el Paraíso le era negado para siempre. De allí en adelante, no tendría más remedio que ganar el pan con el sudor de su frente en lucha constante y sostenida, y muy pronto tuvo la sorpresa de poder personalizar el enemigo en la figura mogólica de Lenin. La revolución rusa fue el primer impacto en el plexo de la conciencia burguesa, tras del cual se vio obligada a bajar su guardia, con el consabido peligro: su mandíbula quedó al descubierto, y tanto su lucidez mental como la elegancia de sus actitudes empezaron a declinar de modo lamentable. Era evidente que la conciencia burguesa desembocaba en una peligrosa encrucijada.

(…)

QUIÉN ES QUIÉN EN 1914

El 14 de abril de 1916, Henri Barbusse escribía a su mujer desde el frente de batalla estas palabras reveladoras: “La crisis actual es la última consecuencia lógica y fatal de las vanidades nacionales, y que cada uno tome la parte de responsabilidades que le corresponde de ella. Agrego que será, dentro de un plazo dado —en diez, en veinte años—, seguida de otra guerra que consumará la ruina en hombres y en dinero del viejo mundo, si de aquí a allá los pueblos a los que se lleva a la hoguera no toman finalmente la simple y lógica resolución de tenderse la mano unos a otros por encima de los prejuicios, de las tradiciones y de las razas, a pesar de los deseos de los gobernantes y por encima de todas las estupideces del orgullo belicoso, de la gloria militar y de los deshonestos cálculos comerciales de las naciones para prosperar impidiendo, por la fuerza y el bandidaje, la expansión del vecino. Ahora bien, vemos y veo yo por todas partes el inmenso esfuerzo que se hace, a despecho de la unión sagrada, para contener y aniquilar los esfuerzos del socialismo, la única doctrina política, sin embargo, en que se halla desde el punto de vista internacional, no digo solamente un resplandor de humanidad sino un resplandor de razón”.

Eran ideas atrevidas, sobre todo para ser escritas desde el frente, pero nada nuevas, sin embargo. Ya en 1902 escribía desde el otro lado del Rin el filósofo alemán Friedrich Paulsen: “Un nacionalismo exacerbado se ha convertido en peligro muy serio para todos los pueblos de Europa que de esta suerte corren el riesgo de perder su senti-miento de los valores humanos. Llevado a la exageración, el nacionalismo, como el confesionalismo, anula el sentido moral y aun el sentido lógico. Lo justo y lo injusto, lo bueno y lo malo, lo verdadero y lo falso, pierden su significado; lo que se califica de infame e inhumano cuando lo hacen otros, en el mismo instante se recomienda al propio pueblo que lo haga a otra nación”. Sería largo enumerar los espíritus lúcidos que en diversos países sostuvieron esta misma tesis y descubrieron los mismos peligros.

No neguemos que también hubo dentro de los cuadros dirigentes de la burguesía quienes los advirtieron y procuraron ponerles diques; pero su éxito fue restringido; lograron establecer, ciertamente, la Unión Postal Universal en 1875, organizar algunas oficinas para estimular investigaciones científicas, y reunir algunas conferencias internacionales; pero nada sólido, duradero y constructivo. El nacionalismo estaba decidido a decorar la fachada del edificio imperialista con sujeción a los cánones de Luis XIV y de Colbert, pasando por alto cuantas contradicciones pudieran esconderse en sus planes y seguro de que serían pocos los que se dieran cuenta del engaño.

Porque ese nacionalismo no era la expresión del espontáneo y unánime sentimiento de los pueblos sino la máscara de la burguesía promotora de la expansión imperialista. Aquí reside una de la claves para entender lo que pasó después de 1914. Las naciones occidentales, pese a la “unión sagrada” que se impuso en cada una de ellas, distaban mucho de ser homogéneas y solidarias y estaban integradas por grupos de intereses encontrados e inconciliables. Nada más útil, precisamente, para comprender el curso de la historia de los últimos cincuenta años, que aclarar quiénes se encubrían tras el nombre de un país afirmando cada uno ser el país mismo.

Sin duda alguna, el papel protagónico en el drama europeo a partir de comienzos del siglo XX corresponde a Alemania. Había, ciertamente, un campeón, pero las miradas estaban puestas en el challenger, de cuya iniciativa se esperaban consecuencias fundamentales. Ahora bien, Alemania —con Austria como estado satélite— tenía como principal objetivo político lograr una revisión a fondo de todo el sistema de reparto gracias al cual las demás potencias occidentales poseían más fuentes de materias primas y mayor número de mercados para sus industrias. Era un requisito indispensable para proseguir su desarrollo industrial, sin duda constreñido por la situación internacional, y que interesaba a la alta burguesía y al Estado. Parecía indispensable que Alemania dominara a los Balcanes, saliera al Mediterráneo, se impusiera en el Cercano Oriente y pusiera en jaque a Inglaterra en el nudo vital de sus comunicaciones imperiales. Al mismo tiempo había que arrostrar la lucha frontal con Gran Bretaña para tratar de aniquilar o reducir su poder naval, de modo que Alemania pudiera heredarlo para estar en condiciones de promover una total revisión del sistema colonial. Pero además de todo esto, Alemania necesitaba defender su posición frente a Rusia y Francia, de las que estaba apartada y que se hallaban vinculadas a Gran Bretaña por alianzas más o menos firmes. De este modo, junto al enemigo verdadero, el enemigo que correspondía a la situación histórica real, Alemania veía alzarse contra ella los viejos enemigos tradicionales, cuya significación efectiva era escasa en 1914. Porque si la primera Guerra Mundial había de ser una puja por las fuentes de materias primas y por los mercados, sus protagonistas no podían ser sino el campeón y el challenger: Gran Bretaña y Alemania. Al lado de cada una de ellas formarían los que estaban atados a una u otra por el sistema de las alianzas o quedaron atados de hecho por el curso de los acontecimientos. Y así se fue a la guerra sobre varios frentes y con objetivos aparentemente plurales, luchando los contendores por una vic-toria que debía deparar al triunfador el monopolio de la explotación del mundo. Eso era, al menos, lo que creían los grupos capitalistas que señalaban rumbos de acuerdo con los estados mayores.

Pero, ¿quiénes eran los que se llamaban a sí mismos Alemania, Gran Bretaña, Francia o Rusia en 1914? Alemania era algo diferente de lo que proclamaba la voz de Guillermo II. Era, sin duda, en una buena parte, el histérico emperador, con el estado mayor prepotente y los grandes industriales que proponían sus propios objetivos a la nación como si fueran los únicos posibles. Y, sin embargo, eran también Alemania los cuatro millones de ciudadanos que habían votado por el socialismo en 1912, es decir, más de una tercera parte de la ciudadanía que estaba lejos de compartir aquellos objetivos. Esa Alemania, como la Alemania de Stephan George, de Rainer Maria Rilke, de Franz Kafka, de Edvard Münch, de Max Liebermann, de Kate Kollwitz o de Max Klinger, no participaba de los ideales imperialistas que predominaban en los círculos áulicos de Guillermo II, y apenas pudo ser arrastrada por el torbellino del nacionalismo agresivo. Así se explica la rápida disgregación del frente interior después de los primeros signos de la derrota. Los militaristas y los imperialistas acusaron al pueblo alemán de haber dado “una puñalada por la espalda” a la nación en armas, pero olvidaban con qué discrecional decisión había sido llevado ese pueblo a una guerra que sólo podía interesar a algunos grupos, reducidos en número, pero de ilimitadas ambiciones.

Un fenómeno semejante, aunque algo más atenuado, ocurría con los demás beligerantes. Quizá buena parte del pueblo británico y buena parte del pueblo francés participaban de los temores de la gran burguesía frente a las inequívocas pretensiones imperialistas de Alemania, porque advertían que en ella se sumaban los peligros del imperialismo a los de una autocracia arraigada y vigorosa. Se consentía, pues —aunque no sin oposición de algunos, como Jaurès o Rolland—, en la “unión sagrada”, pero se exigía el mantenimiento y el acrecentamiento de ciertas conquistas obtenidas por el pueblo, que parecían considerarse definitivas, para asegurar el progresivo advenimiento de un orden social nuevo. Un Shaw o un Wells revelaban en Gran Bretaña la existencia de una conciencia alerta y vigilante para contener los excesos del nacionalismo y sus supuestos economico-sociales, como lo hacía en Francia Romain Rolland, cuyo Clérambault había de constituir, en 1917, un grito de guerra contra la guerra, expresión de todos los que descubrían la falacia de los pretextos en cuya virtud se mataban en las trincheras millares y millares de hombres. El Jean-Cristophe, como Le Feu de Barbusse, habrían de ser los documentos psicológicos más significativos para descubrir el fondo de cada una de esas naciones que se presentaban unidas bajo una sola bandera en los campos de batalla.

¿Acaso no podría decirse lo mismo de Italia o de Rusia? También en Italia hubo un ligero aturdimiento que condujo a ignorar las fallas internas de la estructura nacional, sobre todo tras la guerra de Tripolitania; pero sólo muy transitoriamente podía desviarse hacia la derecha la fuerte corriente que formaban los grupos anarcosindicalistas de Labriola o el centro socialista encabezado por Turati, Ferri y… Mussolini. Había, allí, además una cuestión de principios, porque la gran burguesía italiana chocaba en la realización de sus aspiraciones con la escasez de recursos nacionales y sus simpatías oscilaban entre las potencias en conflicto. Esta sinuosidad de su política debía favorecer el desarrollo del antimperialismo, que revistió diversas formas, hasta el fascismo en su primera fase. Rusia, por su parte, no era sino una inmensa ficción. Desde 1905 había perdido su antiguo prestigio militar —desbarrancado en Port Arthur— y había puesto al descubierto, en cambio, su terrible debilidad interior con motivo de las agitaciones sociales que se produjeron por la misma época. La vasta, la inmensa Rusia, casi no existía. Podía Nicolás II ordenar la movilización general y podía intrigar Rasputin entre los allegados del zar; pero Rusia no existía sino como un conjunto de islas, alguna de las cuales habría de servir para recoger y congregar algunos náufragos que intentarían una reordenación del país sobre un plano distinto del tradicional. Y no existió del todo desde Tannenberg y los Lagos Masurianos, ofreciendo a partir de entonces el aspecto de un despojo a disposición de las fuerzas revolucionarias, si eran —como fueron— capaces de apoderarse del poder. Dostoievski, Turguéniev y Tolstoi habían preparado el terreno a su modo, como a su modo lo habían hecho los nihilistas y los liberales; Lenin debía sistematizar el esfuerzo unánime y recoger los frutos para su partido.

Un nombre propio —Alemania, Gran Bretaña, Francia, Italia, Rusia— constituía, pues, el equívoco fundamental, la causa de la confusión que enturbiaba el panorama. En cada uno de esos países, una gran burguesía que se afirmaba en la defensa de sus propios objetivos y apoyándose en principios envejecidos que se negaba a re-novar, simulaba representar los objetivos nacionales indiscutibles manifestados en el afán de predominar sobre los grupos homólogos de otros países. Olvidaba ciegamente que en cada uno de ellos, como en el propio, había una lucha planteada en la que ella constituía uno de los bandos, y este olvido —acaso inevitable— implicó un traspié tras el cual debía comenzar su lenta declinación. La primera Guerra Mundial parece un harakiri de la gran burguesía. Nuevas fuerzas, rejuvenecidas por el sufrimiento, aparecían muy pronto en escena, frente a las cuales la gran burguesía no sería capaz de imaginar otra política que la de la desesperación.

(…)

PREPARACIÓN PARA LA AVENTURA

Quizás en la hora de las responsabilidades la burguesía podría reprochar a sus conductores no haber divisado los signos de las fracturas internas y no haberla desviado a tiempo de los peligros. Pero la acusación sería injusta porque la ceguera había sido casi unánime y lo cierto es que el panorama se mostraba confuso e indeciso. La fórmula de la “unión sagrada” parecía a todos eficaz y susceptible de obrar resultados mágicos. Pero esa fórmula —y la política que encarnaba— sólo respondía a una situación política pasajera y no tenía relación con la situación social profunda. Podía lograr, por ejemplo, una tregua entre conservadores, liberales y socialistas en cuanto partidos que luchaban por la conquista del poder para ejercitarlo inclinándose un poco más a la derecha o un poco más a la izquierda, o, a veces, por el poder nada más, sin propósito alguno preconcebido. Pero los problemas sociales latentes no respondían al conjuro de la fórmula mágica y mantenían sus términos con la misma crudeza que antes. Algunos podrán lamentar —desde un punto de vista eminentemente filantrópico— que la realidad historicosocial sea como es; pero no es prudente ignorarla imaginando que esa actitud ha de contribuir a desviar sus amenazas. Y eso fue, precisamente, lo que hizo la gran burguesía imperialista de 1914: tratar una enfermedad crónica como si fuera el brote de una epidemia pasajera, agudizando el mal con el equivocado tratamiento.

La “unión sagrada” sólo dio resultados muy mezquinos. Las masas populares no negaron su cuota de sangre, pero había cierto derrotismo interior y profundo que provenía de la certidumbre de estar luchando tras una bandera que cobijaba también a los propios enemigos. Unos países perdieron la guerra y otros la ganaron, todos al grito de la “unión sagrada”. Pero la burguesía la perdió de un lado y de otro de las trincheras, porque la conciencia revolucionaria conquistó posiciones a las que antes no había llegado y pudo comprobar que su enemiga las cedía aterrorizada. Desde entonces cobró tanto brío esa conciencia que la gran burguesía creyó necesario hacer su propia revolución para salvar el conjunto de metáforas y alegorías con que disimulaba su situación de predominio.

La “unión sagrada” había sido el último recurso de la gran burguesía para conjurar el peligro del frente interno. Entre tanto, la gran burguesía había desarrollado sobre el frente exterior la peligrosa política de la “paz armada” y de las alianzas. Como en un tablero de ajedrez, a cada jugada de uno de los grupos en que se había escindido respondía el otro con una jugada destinada a equilibrar las posiciones. Así se contrapusieron a los países de la Triple Alianza —Alemania, Austria e Italia— los que se reunieron para formar la Entente, esto es, Francia, Rusia y Gran Bretaña, organizados en un bloque sólo después de complicadas negociaciones diplomáticas, tras de las cuales había una idea bastante clara de los intereses recíprocos. Los amigos del enemigo resultaban ser enemigos, e inversamente. Pero la toma de posiciones respondía a un problema acerca del cual no había dudas: Alemania y sus aliados aspiraban a acrecentar considerablemente su área de influencia imperialista, a costa de quienes habían poseído hasta entonces la hegemonía en ese terreno. Unos aspiraban a beneficiarse con ese plan y otros trataban de frustrarlo. Eso era todo.

Claro que unidos a este problema básico estaban otros accesorios, como la amenaza politicomilitar que entrañaba la tradición prusiana. Guillermo II y sus consejeros económicos querían apoderarse de las colonias y las zonas de influencia británicas, pero, además, Guillermo II y su Estado mayor esperaban modificar en alguna medida sus fronteras en el este y en el oeste. Para conseguir esos fines, contaban con un imponente aparato militar que sólo podía ser compensado por una fuerza equivalente de sus enemigos. Así se lanzaron los dos grupos rivales a una carrera armamentista sostenida a costa de gruesas sumas, las más gruesas de los respectivos presupuestos. Era, sin duda alguna, todo un desafío a la conciencia revolucionaria invertir tan crecido número de millones en la defensa de una situación que sólo interesaba a las “doscientas familias” que dominaban en cada uno de los países y cuyo número no llegaba, en alguno de ellos, a la mitad de esa cifra. Esa política de la “paz armada” fue uno de los motivos de mayor irritación contra la gran burguesía, pero estaba enraizada en la naturaleza misma del imperialismo y los equipos gobernantes no hacían, al conducirla hasta sus últimas consecuencias, sino ejecutar un mandato.

Finalmente, cuando las circunstancias comenzaron a madurar, cuando el Estado mayor empezó a temer en cada país que el formidable equipo militar acumulado envejeciera más de lo prudente, llegó la hora de precipitar las cosas. Sólo era necesario que la opinión pública estuviera medianamente preparada y que un shock provocara en el momento oportuno la necesaria histeria colectiva. Bien pudo ser la expansión inglesa en el sur de África o la cuestión de Marruecos o la guerra balcánica. Pero fue el asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo lo que encendió el reguero de pólvora cuidadosamente dibujado, como una serpiente adormecida, sobre el policromo y artificioso mapa de Europa.

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UNA GUERRA LLENA DE SORPRESAS

Un Estado mayor que se respete debe estar en condiciones de asegurar a la opinión pública de su país, al desencadenar un conflicto pacientemente preparado, que la capital enemiga caerá en poder de sus tropas dentro de un plazo de días, o mejor, de horas: cuarenta y ocho o setenta y dos parecen ser las cantidades que se consideran de mayor eficacia psicológica. Sobre todo, si los medios de transporte han progresado considerablemente en los últimos tiempos. Y dada la velocidad del expreso París-Berlín, el Estado mayor alemán se consideraba obligado a suponer que la capital francesa estaría en su poder antes de una semana a partir de la iniciación de las hostilidades.

Esta opinión parecía ser la de la mayoría de los estrategas, sobre todo en Alemania y en algunos cafés de diversas capitales europeas. Pero nunca se pueden prever los entorpecimientos accidentales en las vías férreas, y este inconveniente se irguió de improviso para dislocar, inesperadamente, los planes que el juicioso Estado mayor alemán había preparado de acuerdo con las tradiciones de Clausewitz y von Moltke y las enseñanzas de la guerra franco-prusiana de 1870. El entorpecimiento provino de algunas dificultades en las bien organizadas líneas alemanas de aprovisionamiento y de la inexplicable eficacia de las improvisadas líneas de transporte de combatientes que organizó el general Gallieni con automóviles de alquiler y otros ele-mentos igualmente heterodoxos. Lo cierto es que el ejército imperial se vio privado de la satisfacción de repetir su paseo triunfal bajo el arco de la Étoile, y tuvo que contentarse con saludar a París con las salvas de su poderosa artillería, simbolizada luego en el Bertha casi mitológico.

Lo natural es que un ejército poderoso derrote a un ejército débil: cuando sucede lo contrario es porque funciona imperfectamente alguno de los mecanismos, o, simplemente, porque el orden está totalmente subvertido: esta idea era incompatible con la mentalidad del Estado mayor alemán. Y, sin embargo, el orden de la naturaleza debía haber sido modificado por alguna imprevisible y diabólica circunstancia, porque los aliados no se dejaron derrotar como hubiera debido ocurrir de haberse mantenido cierto tradicional fair play. Ésa fue la mayor sorpresa del Estado mayor alemán, pero no fue la única. En efecto, también parece corresponder al orden de la naturaleza que un submarino acabe de una sola vez con un superdreadnought si sus artilleros están suficientemente ejercitados; y como es más fácil producir muchos submarinos que muchos superdreadnoughts, todo hacía suponer que el destino de la Royal Navy estaba sellado. Pero tampoco la Royal Navy se dejó vencer y un marino como von Tirpitz pudo haber pensado que sus colegas del Almirantazgo británico desconocían las reglas del juego. Y todavía hubo más. Porque el Estado mayor alemán suponía que, de acuerdo con las tradiciones y acaso también con el orden de la naturaleza, un asunto tan serio como una guerra en la que se jugaba el destino del mundo sólo podía interesar a determinados beligerantes convenidos de antemano para el duelo. Pero en 1917, Alemania tuvo la desagradable sorpresa de comprobar que también a los Estados Unidos les interesaba el destino del mundo, y que no vacilaban en echar sus fuerzas en la balanza, a favor de los aliados. Eran muchas sorpresas para un elenco gobernante que había dedicado varios años a prever todas las posibilidades, y tanto el emperador como sus consejeros empezaron a perder la serenidad. Muchos consideraron que era mejor detener el curso de los acontecimientos para empezar de nuevo, como en efecto lo hicieron más tarde. Pero algunos imaginativos supusieron que todavía podría hallarse algún ardid para resolver la situación favorablemente.

Estos imaginativos habían advertido que el enemigo interior de la gran burguesía seguía manteniendo su antiguo rencor en todos los países beligerantes y podía ser utilizado en una maniobra maquiavélica. En efecto, se hacía derrotismo en la misma Alemania, cuyo ejército mal alimentado desde 1916 sufría las consecuencias de la acción revolucionaria de los espartaquistas; se hacía derrotismo en Francia, y Clemenceau tenía que apelar a toda su energía para mantener la fuerza de la “unión sagrada”; y se hacía derrotismo en Rusia, donde las condiciones de miseria y desorganización facilitaron el triunfo de la revolución socialdemócrata de marzo de 1917.

Todo eso constituía una sorpresa, aun para los imaginativos. Consumida la gran burguesía por el vasto esfuerzo de cuatro años de guerra, destruidos sus planteles industriales y sus líneas de comunicaciones, no obtenía de sus sacrificios ningún resultado inmediato digno de consideración y sólo parecía esperar un favorable ajuste de la situación económica internacional, con escasas modificaciones en cuanto a los poseedores de la hegemonía. A cambio de este saldo desfavorable, sólo se adivinaba otro más desfavorable todavía: el resquebrajamiento de los ideales burgueses, en los que, con una retórica más o menos apropiada, podía descansar el orden imperialista anterior a 1914. En verdad, sólo la conciencia revolucionaria podía hallar un saldo favorable por sobre los millones de víctimas, porque era visible que, en medio de las ruinas dejadas por una catástrofe que no había provocado, podía aspirar legítimamente a un papel director en la reconstrucción del mundo.

La gran burguesía había facilitado a la conciencia revolucionaria una oportunidad propicia para desencadenar su propia guerra. Y en cierto momento, los imaginativos del sector alemán de la gran burguesía osaron maniobrar con la conciencia revolucionaria creyendo, en medio de su desesperación, poder ponerla a su servicio como un instrumento ciego. A partir de ese instante, uno de los flancos del orden burgués quedó desguarnecido frente a las armas enemigas.

(…)

IMPACTO

El primer impacto —un impacto decisivo que ha modificado el curso de la historia contemporánea— lo recibió la conciencia burguesa en Rusia en 1917. Se podrá tener de la revolución bolchevique la opinión que se quiera, pero nadie negará su inmensa significación y la relación de dependencia que tienen con ella todos los fenómenos historicosociales de los últimos treinta años. Acaso más importante todavía que lo que significa por sí misma —lo cual es ya mucho decir— resulta por lo que significa como punto de partida para la revisión radical a que se halla sometido el orden social en el mundo occidental.

Es innegable que, en cierta medida, “el bolcheviquismo es una crisis interior de Rusia”, como lo señaló en su momento Masaryk. Allí se había desarrollado una forma sui generis de conciencia revolucionaria cuyos apóstoles eran, entre otros, Bakunin y Dostoievski, Gapón y Tolstoi. Esa conciencia revolucionaria se había adherido a las doctrinas en boga durante el siglo XIX —liberalismo, anarquismo, socialismo—, pero manifestaba algunas peculiaridades irreductibles y correspondía a una situación general muy diversa de la que había promovido la aparición de aquéllas. Los campesinos, la burguesía urbana, los obreros y los intelectuales coincidían en términos generales en su odio contra la autocracia y era obvio que el proletariado no podía organizar sus cuadros contra una burguesía que, en cierto sentido, sufría la opresión del régimen de manera semejante a como la sufría él. La revolución, que se insinuó varias veces, estuvo movida por grupos burgueses y grupos proletarios, y alguna vez pudo concebir la esperanza de imponer al zar cierta restricción de su poder mediante la creación de la Duma; era apenas una conquista de tipo liberal, lograda años —o siglos—antes en los países occidentales, y ni siquiera por eso duró mucho. Pero las cosas se precipitaron con la guerra. El desastre de los ejércitos y la miseria general, acompañados de la torpeza de una corte débil y dominada por un habilísimo intrigante —Rasputin—, proporcionó las circunstancias favorables para renovar la insurrección. Y en ese instante los imaginativos del Estado mayor alemán encontraron la manera de echar leña al fuego. Por cierto que pagaron muy caro este alarde inusitado de fantasía.

Un levantamiento general movido por la miseria y la desesperación —y apenas organizado sistemáticamente por partido alguno— dio al zarismo el ligero empellón que necesitaba para desbarrancarse. Una era revolucionaria se inauguró entonces, que habría de sorprender al mundo por sus inesperadas alternativas; mientras Kerensky trataba de organizar una república entre burguesa y socialista, apoyado por la esperanza de los aliados de que se realizara una acción más enérgica en el frente oriental de Alemania, la fracción bolchevique del partido socialdemócrata ruso, dirigida por Lenin y Trotsky, se encontró de pronto con la posibilidad de aspirar al poder. En efecto, los aristocráticos gobiernos de los Imperios centrales, que los habían perseguido siempre con particular saña y habían encarcelado a Lenin al comenzar la guerra, manifestaron de pronto un extraordinario entusiasmo por el bolcheviquismo —y no por el socialismo moderado—, en cuanto se enteraron de que esa fracción sostenía la necesidad de negociar la paz por separado con Alemania. La consecuencia de ese entusiasmo fue que Lenin abandonó la cárcel austríaca en que se alojaba desde hacía tres años y encontró a su disposición un confortable tren blindado que le proporcionó el Estado mayor alemán a fin de que el jefe bolchevique pudiera retornar a su amada patria. Todo ocurrió como había sido previsto. Lenin cruzó las líneas y llegó a Petrogrado para exigir todo el poder para los soviets, fórmula política que logró imponer tras algunas peripecias. Poco después, ya establecida la república soviética, Lenin negoció con los alemanes el tratado de Brest-Litovsk y, así, en marzo de 1918, se vieron éstos libres de un enemigo que les impedía concentrar sus esfuerzos en el frente occidental.

Pero la gran burguesía —representada sólo a medias en sus intereses y en sus objetivos por el Estado mayor— había dado el más grave e insensato traspié de todos los que forman la cadena de insensateces que, desde el punto de vista de la burguesía, constituye la primera Guerra Mundial. Aun dentro de la misma Alemania, nada contribuyó tanto a extender el resentimiento popular como la prepotencia del gobierno imperial, dispuesto a aprovechar la debilidad del nuevo régimen popular ruso para expoliarlo y arrebatarle importantes territorios. En cuanto a lo que significó como traspié fuera de Alemania…

Cualesquiera fuesen los caracteres que en el nuevo Estado soviético pudieran descubrir los ultramontanos, los conservadores, los liberales, los socialistas reformistas o los anarcosindicalistas; cualquiera fuera la reacción que pudiera suscitar la nueva dictadura que reemplazaba a la de los zares —aunque más legítima sin duda—; cualquiera fuera, en fin, la opinión que mereciera la concepción del colectivismo, la estatificación o el paneslavismo que algunos vieron en el nuevo régimen, lo cierto es que el orden político instaurado en Rusia en octubre de 1917 era el fruto de una verdadera y profunda revolución, la primera triunfante plenamente desde que se produjera la irrupción franca de la conciencia revolucionaria antiburguesa alrededor de 1848. Era una revolución capaz de llevar hasta sus últimas consecuencias ciertos principios que muy pocos habían creído capaces de resistir el contacto con la realidad; desplazó del poder al zarismo, a la nobleza feudal y hasta a la burguesía como clase, pese a que muchos de sus dirigentes habían salido de sus filas; sólo los grupos populares provistos de decidida conciencia revolucionaria, de firme sentimiento de clase y de resuelta decisión socialista fueron instalados en el centro de la revolución para llevarla a término y defender sus conquistas. Era una verdadera y profunda revolución.

La conciencia revolucionaria había dado, pues, un paso de extraordinaria trascendencia: había conseguido alcanzar una forma histórica y plasmar en una realidad inequívoca. De allí en adelante, no cabía imaginar la revolución social como una utopía, como un sueño; podía agradar o desagradar; ser ansiada o temida; pero era ya una realidad que podía volver a aparecer en cualquier parte y en cualquier momento. Si para algunos dejó de ser un sueño para tornarse realidad viva, para otros dejó de ser una abstracción para transformarse en imborrable pesadilla. Porque si la revolución había triunfado donde, teóricamente, era menos previsible, todo hacía pensar que nada podría detenerla allí donde las circunstancias objetivas la hacían más verosímil.

En rigor, y según la buena doctrina, la revolución socialista rusa no podía ser sino la primera fase de una revolución mundial, y el mundo empezó a esperar su inminente estallido. En condiciones económicas, sociales y políticas muy distintas de las de Rusia, otros grupos revolucionarios intentarían la aventura, unas veces con éxito transitorio, como en Hungría, y otras veces sin éxito alguno. El capitalismo había empezado a crear rápidamente los anticuerpos necesarios, y Rusia misma se convenció de su transitoria impotencia para apoyar revoluciones en el extranjero. El régimen soviético desplazó de su seno a los que —como Trotsky— sostenían la necesidad de la inmediata realización de la revolución mundial, y entretanto, las grandes potencias capitalistas comenzaron a buscar la manera de abatirla dentro de Rusia o, al menos, contenerla dentro de sus fronteras. Puede decirse que esta preocupación caracterizó en lo fundamental la política de esas potencias desde 1917. Era unánime la sensación de que el impacto había afectado a un órgano vital.

Para conseguir sus fines, la burguesía ensayó diversos métodos. Unas veces, cuando el terror predominaba sobre la lucidez, se produjo un repliegue general hacia la derecha —con predominio de los elementos más conservadores— para ofrecer una batalla frontal a la conciencia revolucionaria. Era el método primario que había puesto en práctica Metternich después de 1814. Otras veces, cuando la lucidez predominó sobre el terror, se ensayó dislocar los objetivos del proletariado mediante oportunas y limitadas concesiones, tratando de encontrar una prolongación de la variante Disraeli. Pero otras, finalmente, cuando algunas circunstancias tornaron compatibles cierto error y cierta lucidez, se intentó hacer la revolución contra la revolución, método que parecía ofrecer la ventaja de canalizar el fermento insurreccional propio de la posguerra y de someter a las masas poniéndolas en movimiento para servir ciertos objetivos burgueses hábilmente disfrazados. Éste fue el invento de Benito Mussolini, cuya maestría pareció digna de imitación a muchos aventureros de segunda clase, y fue perfeccionado luego por Adolfo Hitler, a quien por esa labor no podría negársele la categoría de aventurero de primera.

Por el lado de la conciencia revolucionaria, el éxito de la revolución soviética produjo algunas consecuencias importantes. Había ahora un hecho primario, de cuya consideración debía depender todo el fundamento de la estrategia para el futuro; según se juzgara, el socialismo se inclinaría por la revolución violenta, a imitación de la de octubre en Rusia, o por el reformismo. Los comunistas, de acuerdo con las directivas de la Tercera Internacional —establecida en Moscú en marzo de 1919— transformaron en dogma incontrovertible la experiencia rusa, que consideraron como un corolario forzoso del marxismo, e incluyeron a Lenin —y luego a Stalin— entre los apóstoles infalibles de la causa. Por su parte, los socialistas y laboristas que siguieron fieles a la Segunda Internacional definieron también su política frente a la experiencia rusa y afirmaron su adhesión al reformismo basándose, precisamente, en ella. Así, cualquier actitud que se tomara, era innegable que la revolución de octubre pesaba en todos los ánimos —de la derecha y de la izquierda— como un acontecimiento fundamental.

Pero no por serlo es lícito deformar sus proyecciones. Es, sin duda, de importancia decisiva el hecho de que cuajaran por primera vez en una realidad los ideales de la conciencia revolucionaria que irrumpe hacia 1848. Pero no se debe olvidar que los caracteres de esa realidad siguen desde ese momento una línea de desarrollo que les es peculiar —y que en cierto modo corresponde a la realidad rusa—, sin que deba deducirse forzosamente que la conciencia revolucionaria se consustancia con ella como si fuera la única posible. Más aún. Llegada esa línea de desarrollo a cierto punto, la conciencia revolucionaria parece tender, según un proceso dialéctico, a abandonar sus ideales primitivos para hallar fórmulas transaccionales entre la tesis —el capitalismo burgués— y la nueva realidad que constituye ahora la antítesis, esto es, la dictadura proletaria.

Por lo demás, la revolución mundial con los caracteres de la revolución rusa —sobre cuyos secretos estratégicos informan los manuales elementales y existen glosas elocuentes como la de Curzio Malaparte— apenas resulta ya posible, debido a los anticuerpos que el capitalismo burgués ha sabido hallar frente a los fermentos revo-lucionarios tal como se difunden de acuerdo con las instrucciones de la Tercera Internacional y sus sucedáneos. Hay que considerar hoy, pues, la experiencia rusa como un caso tope, como lo fue la experiencia francesa de 1789 respecto del resto de Europa; la conciencia revolucionaria busca la vía para utilizar lo valioso que hay en su experiencia sin incurrir en sus errores —que fueron inmensos y, por cierto, lealmente reconocidos— y en sus peligros. A los treinta años de su realización, la revolución rusa ha alcanzado una grandeza histórica imponente, pero no por eso ha adquirido la categoría de norma inderogable e indiscutible de la conciencia revolucionaria. Porque, una vez más, al hacerse realidad la conciencia revolucionaria ha perdido su perfección teórica.

V. LA CONCIENCIA DE UNA POSGUERRA

Es sintomático que se conozca una época con una palabra que empieza con el prefijo “post”, como si no contara por sí misma sino en la medida en que trasunta la que le ha precedido. Y, sin embargo, es explicable que así sea cuando se trata de los veinte años trágicos ocurridos entre 1919 y 1939, porque a todos parecía evidente que el rasgo característico del tiempo era su dependencia de la tragedia pasada. Todo era inseguridad, desasosiego y desconcierto, y en tal atmósfera la conciencia revolucionaria no podía sino acentuar su ascenso mientras descendía la conciencia burguesa cargada con sus culpas.

Tanto para los que se sentían como para los que no se sentían culpables, el imperativo moral parecía ser el de enmendar todos los errores cometidos durante los años de la guerra, recomponer todo lo que se había descompuesto: era como si se estuviera al lado de un coche volcado al borde del camino y a la vista de los cadáveres de las víctimas. La labor era ímproba, y el estado de ánimo flaqueaba como si los fantasmas amenazantes nublaran los espíritus. Ante todo, había que volver a dibujar el mapa de Europa, y los estadistas acometieron esa dura labor, con más celo cartográfico, por cierto, que talento político. Porque no se buscaban sino soluciones diplomáticas de viejo cuño y cuya ineficacia no podía ser ignorada por hombres avezados. Y, sin embargo, la aspiración unánime era alcanzar la seguridad y la paz perpetua, una paz arcádica, una paz de amor, la paz de los que Jules Romains llamaría “los hombres de buena voluntad”.

Empero, apenas se trabajaba por una paz académica, casi administrativa, que en verdad sólo podía parecer paz a los Estados mayores que habían cesado en su ímproba labor de dirigir la guerra sobre el terreno. Del resto, había muchos que comprendían que la guerra continuaba, bajo distintas apariencias, pero con no menores peligros. Por debajo del cosmos organizado por los demiurgos de la diplomacia, reinaba un auténtico caos que las élites no podían llegar a percibir en su esencial y grandiosa locura. La guerra, por lo demás, había deshecho el prestigio de las élites, y había liberado de su complejo de inferioridad al coro de la tragedia, ofreciéndole la oportunidad de desempeñar papeles protagónicos. ¿Quién podía creerse con derecho para impedirlo? ¿Había realmente derecho a impedirlo? Toda la estructura social estaba en crisis y nadie sabía a ciencia cierta cuál era su lugar: unos se replegaban sobre sí mismos —hasta el punto de que un filósofo pudo decir que había llegado la “era de la vida privada”— tratando de defender el último bastión que creían seguro, en tanto que otros comenzaron a buscar desesperadamente un corifeo en quien delegar la tarea de dirigir sus propias vidas.

Si hay algo característico de este tiempo es la conciencia de vivir una “posguerra”, y este absoluto desconcierto de los que no sabiendo por qué vivir ni por qué morir desembocaban en una ardiente apelación al mundo interior. Era un final de tragedia griega, y quedaban asomando los hilos que se anudarían más tarde para tejer la trama del verdadero desenlace.

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ZURCIDO SOBRE EL MAPA DE EUROPA

Mientras daba sus primeros pasos el nuevo estado soviético, luchando con las más terribles dificultades, los beligerantes cambiaban sus últimos tiros. No fueron pocos sin embargo, los que se oyeron en el transcurso del año 1918. Poco después de firmado el tratado de Brest- Litovsk —que les supo a hiel a los aliados—, Ludendorff desencadenó una furiosa ofensiva cuyo ímpetu duró hasta el mes de julio; a partir de entonces, en cambio, fue Foch quien mantuvo la iniciativa hasta que se agotaron las posibilidades alemanas. Bajo su mando supremo las fuerzas aliadas consiguieron quebrar las líneas enemigas en el norte de Francia. En octubre, el Káiser sintió que la tierra temblaba bajo sus pies y llegó a consentir, en un gesto desesperado, en que se organizara un gobierno parlamentario; pero era tarde para acudir a la astucia, y poco después comprendió que debía abdicar: fueron los marineros de Kiel quienes le señalaron la oportunidad de hacerlo, mediante un motín que provocó la instauración de la república el 9 de noviembre de 1918. Pocos días después se firmaba el armisticio, y comenzaba el lento despertar de la pesadilla, periodo que se ha dado en llamar la “posguerra”.

En principio, una guerra termina cuando los combatientes dejan de combatir, cosa que suele ocurrir en los campos de batalla cierto día convenido a una hora determinada, si los beligerantes se han puesto previamente de acuerdo. Pero durante cuatro años de guerra han ocurrido tantas cosas y se han modificado tantas situaciones que introducir un poco de orden constituye una tarea mucho más difícil —y peligrosa— que las operaciones militares. Por otra parte, mientras se cumple esa labor la guerra continúa en cierta medida, y a veces con una crueldad mucho más refinada que la que pone de manifiesto el que mata a su semejante con un fusil provisto por el Estado para tal fin. Esta segunda etapa de la guerra es la que empezó el mismo día del armisticio, con una ejemplar fidelidad a ciertas indeclinables tendencias adquiridas en la época de la “paz armada”: antes habían luchado las burguesías capitalistas entre sí, agrupadas a favor o en contra de Alemania; ahora volvían a luchar entre sí sentadas alrededor de la mesa de la paz, lugar tradicionalmente preferido, por lo demás, para echar las simientes de nuevas guerras.

Quienes recorrían alegremente en manifestación las calles de París, de Londres, de Roma o de cualquier otra ciudad del mundo vinculada de alguna manera a la causa de los aliados, cantando unos el Tipperary y otros la Madelon, parecían unánimemente convencidos de que los aliados habían salido vencedores y los boches habían sido derrotados. A primera vista, y atendiendo a los efectos inmediatos, esta idea parecía ser exacta porque, en efecto, no hubo manifestaciones de júbilo en Berlín ni en Viena; pero considerada la situación más atentamente hubiera podido advertirse —y algunos lo advirtieron— que no había propiamente “ni vencedores ni vencidos”, sino que todos habían sido vencidos, en mayor o menor medida, por un enemigo común emboscado en las sombras de la guerra. ¿Acaso el fatum de la conciencia burguesa? Lo cierto era que el orden capitalista y burgués de Francia, Gran Bretaña, Alemania y sus aliados había recibido un golpe terrible en sus centros vitales, asestado, por lo demás, por sus propios puños cubiertos con guantes de distintos colores. Computadas en buena contabilidad y sin ficciones académicas, las pérdidas y ganancias dejaban un saldo casi igualmente des-favorable para todos, excepto para los Estados Unidos, cuyo ascenso a la categoría de primera potencia mundial quedaba consagrado en todos los terrenos.

Esta derrota general de Europa, lograda por sus propias manos y a costa de muchos sacrificios, obligaba a los estadistas a realizar una de las labores más desagradables que pueda imaginarse: la distribución proporcional de las pérdidas, tratando de compensarlas en alguna medida con los escasísimos saldos por cobrar, cuya percepción era, por otra parte, harto problemática. No otra cosa fueron el Tratado de Versalles y los que posteriormente completaron el reajuste del nuevo status europeo.

Quizá pueda afirmarse que nada mejor hubiera podido hacerse en las laboriosas negociaciones que comenzaron en 1919. Si no podía hacerse otra cosa, prueba es de que, efectivamente, la Europa burguesa y capitalista había combatido para precipitar involuntariamente —como en la tragedia clásica— su siniestro destino. Lo que se hizo fue apenas una humilde labor de abuela, acaso cariñosa, pero gruñona e impotente. El mapa de Europa estaba lamentablemente desgarrado y parecía necesario zurcirlo lo mejor que se pudiera sin entrar en excesivas averiguaciones sobre cuál era la realidad que el mapa representaba y cuáles las fuerzas que habían producido los des-garrones. La actitud de los estadistas fue, en principio, la misma de los que negociaron otrora en Chateau-Cambrésis, en Westfalia, en Utrecht y en Viena. Pero las cosas habían cambiado, y el nombre idéntico de cada uno de los diversos países de Europa encubría ahora una realidad harto más compleja; y fuera porque no se habían enterado, o fuera porque preferían no enterarse, los estadistas que empezaron a zurcir el mapa europeo en 1919 ignoraron que, además de sus mandantes directos, había otros interesados en los resultados de la tarea a que estaban abocados. Así, se limitaron a cumplirla con arreglo a las más venerables y anacrónicas tradiciones, aunque disfrazadas con un ropaje a la moda para tratar de estar a tono con la actualidad de las inquietudes. No podría negarse, por ejemplo, que deshacer el secular imperio de los Habsburgo para satisfacer la in-dignación de los vencedores contra aquellos a quienes se atribuía la culpabilidad de la guerra y las reclamaciones de los grupos nacionales oprimidos por la “monarquía dual”, constituía un problema de absoluta actualidad. Lo mismo ocurría con el propósito de debilitar a Alemania para impedir toda posibilidad de una nueva agresión cobrándose al mismo tiempo alguna parte de los gastos efectuados. Y, sin embargo, esos problemas eran ya un poco anacrónicos, como se comprobó poco después, y exigían ser planteados de acuerdo con nuevas circunstancias que, en el plano de lo social, asomaban ya con bastante nitidez. Casi nadie las tomó en cuenta, empero, acaso porque los problemas sociales provocaban una incómoda asociación de ideas y despertaban el recuerdo de lo que comenzaba a llamarse “el peligro ruso”. En efecto, la revolución rusa había creado un tabú del problema social, y es bien sabido que no hay en política peor actitud que negarse a ver lo que está delante de los ojos, como si fuera posible prescindir de ello por el solo hecho de no nombrarlo en el curso de las conversaciones.

Así, como si no pasara nada nuevo, se convino en ajustar las cuentas de la guerra con arreglo a los antiguos esquemas. Alemania debía pagar las deudas de guerra, y la consecuencia fue que la república de Weimar, que constituía una promesa de paz, debió cargar con las culpas del Imperio de los Hohenzollern. El Imperio de los Habsburgo, a su vez, quedó disuelto, pero los problemas nacionales se resolvieron con el mismo criterio que se usó en 1815 para solucionar los problemas dinásticos, ignorando que a un montenegrino, por ejemplo, le daban lo mismo los Habsburgo que los Karageorgevich. A pesar de Wilson, cierta vaga sombra que asumía a ratos el perfil de Metternich y a ratos el de Talleyrand se cernía sobre la mesa de Versalles y las ideas de castigo y de predominio se sobreponían a la idea de justicia.

Dos formas de justicia parecían esperar satisfacción suficiente, una política y otra social. De las dos, la primera mereció alguna atención; pero, en cambio, la segunda no cruzó por la imaginación de los estadistas: sólo en parte fue recogida la herencia y la enseñanza de 1848, y si se reconocieron los principios de las nacionalidades y de la libre determinación de los pueblos, no se atendió a las inquietudes que manifestaban ya a gritos las masas convulsionadas por las primeras consecuencias de la posguerra. Pareció suficiente una paz “democrática” —y ésta aun con restricciones— cuando en rigor se necesitaba una paz que canalizara las inquietudes economicosociales de las masas a fin de que los nuevos —y los viejos— Estados pudieran alcanzar un equilibrio interno, que no podía depender tan sólo de que estuvieran correctamente delineadas sus fronteras y gobernados sus ciudadanos por propia determinación. Pero este tipo de soluciones no estaba en el espíritu de los estadistas de Versalles, acaso porque respondía a un ideal todavía poco madurado y que exigía aún duras experiencias para fijarse en las mentes. La vieja escuela diplomática se contentaba con dibujar el contorno de los nuevos Estados, pero consideraba ajeno a su misión ocuparse de lo que quedaba dentro.

Todo lo más a que pudo llegarse —y por sugestión de quien veía Europa desde afuera— fue a organizar una sociedad de naciones que impusiera por sobre los Estados autónomos y soberanos cierto régimen internacional que asegurara la seguridad colectiva y el cumplimiento estricto de los convenios. No era mucho, pero era algo, por-que podía servir para neutralizar en alguna medida los males a que podía conducir otra vez la ceguera del orden burgués y capitalista, obstinado en resistir al empuje de las fuerzas que él mismo había desatado y cuyo desarrollo le era, por cierto, imprescindible. Podía servir, pero no sirvió. O el llamado de atención fue débil para oídos tan endurecidos, o la ceguera estaba ya muy avanzada. Lo cierto es que la Sociedad de Naciones no sólo fue impotente para contener los desvarios de una política sin conexión con la realidad, sino que llegó a ponerse a su servicio. Sólo fue como el último rescoldo de una esperanza para los que pensaban nada más que en evitar la conflagración en los campos de batalla, para los que se declaraban enamorados —platónicamente— de la paz. Que fueron muchos, porque uno de los síntomas más característicos de los primeros tiempos de la posguerra ha sido un generalizado anhelo de paz a cualquier precio.

(…)

LA ILUSIÓN DE LA PAZ

También los desastres de la campaña napoleónica en Rusia habían producido cierto horror, ante el espectáculo de cuán fácil es que empiecen a morir millares y millares de hombres sin que nadie pueda evitarlo y sin que se advierta un fin legítimo que justifique la hecatombe. Pero durante la primera Guerra Mundial y, sobre todo, durante los años que le siguieron, este horror se manifestó de manera más dramática y más profunda. Se había vivido hasta entonces en la embriaguez del proceso técnico, se admiraba la capacidad inventiva del hombre occidental, se gozaba de las ventajas que deparaban los múltiples adminículos que la industria ponía en manos de todos. Pero, de pronto, ese mismo progreso se transformaba en enemigo, y gracias a él la guerra se convertía en una empresa organizada para alcanzar un índice espantosamente alto de destrucción y de muerte: podía, pues, suponerse que también en este terreno el progreso sería indefinido y que las guerras del futuro resultarían aún más desastrosas y mortíferas. Si la primera Guerra Mundial había costado veinticinco millones de vidas, podía suponerse que la siguiente multiplicaría esa cifra según el coeficiente de progreso técnico alcanzado en el momento de desencadenarse. Parecía, pues, necesario evitarla a toda costa, aun renunciando a todo lo que se había considerado intangible hasta entonces. Las vidas humanas, las simples y humildes vidas humanas merecían ahora un compasivo respeto, y su defensa debía ser el motor de toda política, por encima de cuantos móviles, de cuantos objetivos pudieran tener presentes los estadistas desaprensivos. Así surgió el pacifismo, movimiento filantrópico de varia inspiración y notoria ineficacia práctica que representó, sin embargo, una de las tendencias sobresalientes de la conciencia de posguerra. Ernest Hemingway había dicho adiós a las armas, y sus sentimientos parecían compartidos por todos aquellos que habían sentido, de cerca o de lejos, el horror de sus consecuencias.

Sin embargo, hubo sectores en los que se perpetuó la psicosis de guerra, y llegó a extremarse hasta alcanzar ribetes de peligrosa exaltación. Para quienes formaban en esas filas, el pacifismo era una actitud envilecedora y despreciable, y ni D’Annunzio ni Mussolini, por ejemplo, fueron pacifistas. Por su parte, las minorías políticas dominantes en los Estados victoriosos, en general demócratas, pero inevitablemente atadas a las exigencias del capitalismo, se enfrentaron con el pacifismo considerándolo, también, como una psicosis de guerra, con la que había que contar para evitar contrastes electorales, pero que era necesario no tomar con demasiada seriedad. También estimaron necesario fingir que se consentía en la vigilancia internacional por medio de la Sociedad de Naciones; pero todo ello no era sino una concesión ligera al pavor colectivo suscitado por el recuerdo de tantos males. En el fondo, las minorías políticas dominantes no dirigieron su conducta sino de acuerdo con sus tradicionales aspiraciones a la hegemonía, sin preocuparse por las consecuencias que a la larga pudieran tener.

El verdadero pacifismo, el pacifismo vehemente —y valga la paradoja— casi belicoso, estaba sostenido por sectores independientes de la opinión pública que, en general, defendían la necesidad de racionalizar los impulsos elementales que frecuentemente dirigen la conducta política, y ordenarlos de acuerdo con un sistema de principios universales y no circunstanciales. Pero no constituyó un bloque único, porque la vastedad e indefinición del objetivo permitía imaginar muchos caminos separados y concurrentes. Hubo, por ejemplo, una especie de pacifismo utópico y una especie de pacifismo científico. Pacifismo utópico fue el movimiento que se organizó contando con la fraternidad universal de los hombres de buena voluntad, para difundir metódicamente sus ideas sobre las ventajas de la paz, los correlativos peligros de la guerra y los métodos para contrarrestar la propaganda belicista; Aldous Huxley fue uno de los paladines de esta causa, que agrupó a muchos millones, al menos en cuanto a la intención, y respaldó la política antiarmamentista propugnada durante bastante tiempo por Ramsay Macdonald. Junto a esta especie de pacifismo utópico, las corrientes revolucionarias se manifestaron escépticas y esbozaron un intencionado plan de pacifismo científico. No era en cuanto pacifismo, menos utópico que el otro, pero en cambio ponía en terreno apropiado el problema de la paz. Si la guerra imperialista —decían— es inevitable mientras subsistan los regímenes capitalistas, sólo es legítimo pensar en la paz admitiendo primeramente una etapa revolucionaria que eche por tierra lo que se opone a su consecución. El razonamiento era claro, y su misma claridad servía para demostrar que era estéril combatir un efecto ignorando las causas.

Es sabido cómo se frustraron ambas especies de pacifismo. Los hombres de buena voluntad resultaron ser pocos, o en todo caso disimulaban su pensamiento y se sustraían a la acción. Algunos de ellos, por lo demás, consideraron, en el momento en que hubiera hecho falta su cooperación, que la buena voluntad debía aplicarse a la de-fensa de las nobles ideas de que tenían el honor de participar y que los enemigos —es decir, los que disentían con ellos— querían aniquilar con intención diabólica. En cuanto a los sostenedores de la paz científica, necesitaban tanta guerra preliminar para poder establecerla, que a poco juzgaron contraproducente recomendar una actitud pacifista a los mismos a quienes aconsejaban la conquista violenta del poder. Así, no pudo hallarse la manera de preparar las conciencias para la paz, y las posiciones intermedias y transaccionales fueron arrolladas en el momento decisivo sin haber podido alcanzar ninguna significación práctica.

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EL CAOS DE UN COSMOS

Las contradicciones que asaltaban a los pacifistas no eran sino una exteriorización más de la confusión general. El conjunto de los tratados suscritos desde 1919 parecía haber organizado un cosmos, pero en verdad sólo habían podido construir un orden formal para disimular ligeramente el caos. Cada uno de los países contaba con fronteras esmeradamente establecidas en los mapas y, a veces, en el terreno, con su régimen asentado en prolijas constituciones y con su tradición histórica convenientemente sistematizada en libros de distintos colores publicados por los respectivos ministerios de asuntos extranjeros. Pero tan preciso como fuera el ajuste de todo este andamiaje, la sensación unánime era que por dentro subsistía el caos, un caos ingobernable en el que se entrechocaban hasta las voces de los que querían proporcionar alguna explicación para que se entendieran los unos con los otros. Oswald Spengler tenía la certidumbre de interpretar con fidelidad el sentimiento de su época, pero el lenguaje de La decadencia de Occidente resultaba irreductible con respecto a los términos con que se expresaba por entonces Paul Valéry en La crisis del espíritu. Los términos y el valor de los términos eran disímiles, y disímiles eran las intenciones que impulsaban a uno y otro. Sólo en algunos puntos de partida coincidían, pues lo que Valéry veía derrotado en Europa se parecía en algo a lo que Spengler quería salvar a toda costa. Escéptico y desilusionado el uno, afirmativo y programático el otro, ambos testimonian la sensación de encrucijada que yacía en el hombre constreñido por un mundo sólo formalmente ordenado.

Una cosa, sin embargo, quedaba clara, y era la crisis profunda en que habían entrado las élites. Todo lo que ellas habían representado y representaban parecía haber perdido firmeza y validez, y ellas mismas contribuían a robustecer esta convicción con el espectáculo de su desconcierto, al que no podían responder las masas sino negándoles su adhesión. Si Spengler podía esperar —y defender— la llegada de una nueva edad de los césares, era porque descubría el rechazo de las tradicionales minorías directoras por las masas desconcertadas y la inminencia del establecimiento de nuevas relaciones entre masas y jefes unipersonales y autocráticos. Las élites, contemplando el círculo vicioso, comenzaban a declinar su misión y a retraerse en el aislamiento como si estuvieran seguras de no poder ser entendidas y de que todo esfuerzo para lograrlo sería estéril.

En la tragedia europea de la posguerra se manifestó entonces una verdadera y categórica insurrección del coro. Los protagonistas parecían ignorar sus papeles y las palabras que pronunciaban carecían de sentido conductor: mal podía el coro tejer sus comentarios alrededor de un diálogo que no entendía, y que a veces estaba concebido, precisamente, para que no se entendiera. Era pues, inevitable, que el coro invadiera el proscenio, poseído por cierta desesperación, y nada justificaba las amargas lamentaciones de las élites que habían abandonado su misión. Sin suponer que fueran culpables —porque debían renovar su misión y la empresa no podía realizarse sino len-tamente— lo cierto es que las élites testimoniaron con elocuencia el caos unánime con su propia actitud, un poco soberbia y un poco mezquina al mismo tiempo.

¿A qué extrañarse, pues, de que cada semicoro se lanzara en busca de su corifeo? En la Babel universal se insinuaban los esfuerzos para llegar a un entendimiento, y muchos comenzaron a callar cuando se oyeron voces que sabían decir lo que sus clamores trataban de expresar. La forma más elemental de vínculo político, entre un grupo y un jefe, empezó a establecerse allí donde la confusión predominaba, y la solución clara, definida y libre de sutilezas pareció a muchos la necesaria catarsis para una colectividad abismada por la frustración de un orden más complejo y delicado. Y cada vez que el corifeo supo consolidar su posición, el impulso revolucionario se aferró al nuevo cesarismo, porque era una experiencia que las últimas generaciones no habían hecho todavía, y porque carecían de reposo para discriminar los designios equívocos del aspirante a césar o los propósitos aviesos de quienes lo dirigían desde las sombras.

Hubo, en efecto, una “rebelión de las masas“, como la llamó acertadamente Ortega y Gasset, tras la primera Guerra Mundial, pero que no constituía sino un paso más en el proceso desencadenado por la Revolución industrial y surgido a la luz en 1848. Esa rebelión tenía trazado de antiguo su itinerario, y acaso el más curioso fenó-meno de la posguerra es la pérdida del rumbo y la renuncia de las masas a mantener su dirección autonómicamente. Pero a nadie con suficiente experiencia histórica y libre de prejuicios puede extrañarle que buena parte de esas masas adoptaran actitudes confusas y se dejaran arrastrar hacia objetivos que, en última instancia, no eran los suyos propios. El dislocamiento historicosocial producido por la guerra fue, por un instante, superior a la capacidad de intelección y dominio del espíritu, y si las minorías, por incapacidad, por impotencia o por cobardía, se abstuvieron de asumir el nuevo papel que las circunstancias parecían exigirles, nada puede extrañar que las masas se decidieran por el camino que les pareció más seguro hacia el logro de sus aspiraciones inmediatas.

No se detenga nadie excesivamente en el problema de las responsabilidades. En cuanto ser histórico, el hombre apenas puede pensar en el curso del desarrollo histórico sin detener de algún modo el proceso, y esta circunstancia no siempre le es dada. Sólo cuando ese proceso se manifiesta según un desarrollo lineal es posible para la mente histórica diagnosticar con alguna precisión su marcha, o cuando la crisis presenta suficientemente contrastados los elementos. En cambio, en las etapas de ruptura previas a la reacomodación de esos elementos, el proceso de intelección es casi imposible, y las exigencias vitales obligan a adoptar una dirección cualquiera, aquella que cierta intuición más o menos feliz parece señalar como más apropiada o menos peligrosa. De este tipo fue la crisis de la posguerra. Frente al desconcierto general, frente a la impotencia de los que querían ver claro antes de decidir qué dirección adoptar, hubo quienes asumieron el papel de corifeos de los semicoros dispersos; algunos tenían cierta experiencia en papeles secundarios y se revelaron consumados maestros en el arte de crear una nueva retórica que encubriera ideales fenecidos con formas aparentemente vivas. Los dos más calificados se llamaron, como es sabido, Benito Mussolini y Adolfo Hitler, pero hubo muchos más, y todos parecieron a sus oyentes, por un tiempo más o menos largo, legítimos profetas de una nueva e ignorada verdad. Quien quiera entender el ciclo del 48 —dentro del cual vivimos— no deberá confundir la artera destreza de los corifeos con la vaga, pero auténtica conciencia revolucionaria que latía en la entraña oscura de los semicoros.

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NADA POR QUÉ MORIR

A veces, la conciencia revolucionaria suele tener un aire desesperado. Se gesta lentamente, madura tras vigorosos esfuerzos, se radica en el corazón de mártires y héroes, alimenta esperanzas seculares frustradas una y otra vez, y no es extraño que, de vez en cuando, adopte el aire amenazador de las Furias, como si el cansancio y el dolor hicieran preferir, a quienes luchaban por su triunfo, la muerte a la vida.

Y, sin embargo, dentro del panorama de la posguerra sólo estos últimos gozaban de ese privilegio de saber por qué valía la pena morir. Obsérvese el espectáculo de su contorno y se advertirá el trágico vacío que dejaba en otros la ausencia de esta idea. Quien no estaba decidido y vitalmente resuelto a defender la conciencia revo-lucionaria parecía perdido en un mundo sin sentido, lleno de promesas inasibles, lleno de recuerdos envejecidos, lleno de desilusiones atormentadoras, y vacío, en cambio, de empresas y aventuras capaces de justificar la existencia individual ofreciéndole un camino para trascender. En situaciones críticas, quien no sabe por qué morir difícilmente puede hallar sentido a su propia existencia y un escepticismo extremado lo asalta y lo consume, un escepticismo cuya salida natural es el suicidio, que revela la decisión de morir gratuitamente.

Tal era la situación predominante, sin embargo. Una larga lucha había costado al mundo muchos millones de vidas, sacrificadas en holocausto a unos dioses en los que ya muy pocos creían y en los que dejaban de creer, día a día, los sobrevivientes. ¿Qué clase de dioses eran esos? Dioses envejecidos, sanguinarios, indiferentes —como las divinidades antiguas— a la inquietud interior del hombre de carne y hueso, incapaces de remediar la angustia de aquellos a quienes se exigía la totalidad del sacrificio. La prueba había sido dura y no pudieron resistirla los ídolos. Ni la civilización, ni la fe, ni el patriotismo, ni la libertad, nada, en fin, de lo que constituía el armazón del orden burgués, parecía digno de una defensa que exigía tan duros sacrificios y no porque faltara la capacidad para realizarlos, sino porque la vida humana parecía valer más que aquello por que había de sacrificarse. Eran palabras —nada más que palabras— a cambio de las cuales se exigían vidas —nada menos que vidas—. En quienes no abrigaban una decidida fe revolucionaria, esto es, en quienes no conservaban el optimismo de saber por qué querían morir, el escepticismo fue un mal anemizante: nada que fuera comunitario arraigaba en las capas profundas del espíritu y nada que no fuera propio de la irreductible individualidad agitaba profundamente su superficie.

La conciencia de posguerra, en efecto, se manifestó predominantemente como una acentuada crisis del sentido gregario. Puesto que habían caducado los antiguos ideales de la colectividad, puesto que no se percibían diáfanos y precisos los nuevos, precisamente porque habían comenzado a hacerse realidades, imperfectas realidades, nada quedaba fuera del hombre mismo que pudiera moverlo a buscar una vía para trascender. Así se desarrolló ese dramático repliegue del hombre sobre su propia individualidad, que se tradujo en algunos en un sensualismo casi criminal, y en otros, más fieles a la vocación humana, en una especie de exaltación del microcosmos interior como realidad última.

El hombre muerto en el campo de batalla, de nombre incógnito y perdido para el recuerdo de la posteridad, pareció erigirse en símbolo de ese sentimiento de afirmación del mundo íntimo e intransferible del hombre que proclamaron Barbusse, Reynal, Dorgelès o Rémarque. ¿Qué otro sentido tiene la indignada denuncia de esa monstruosa paradoja escondida en la afirmación de que “no hay novedad en el frente occidental” el día en que muere un hombre, un hombre de carne y hueso, que albergaba en su espíritu un espejo del mundo y había creado un universo condicionado por sus propias irreductibles determinaciones? Trasladado al plano sentimental, era el hombre que guardaba una carta de amor en la mochila o un retrato del hijo en el capote traspasado por las balas. Pero en cualquier plano que se lo considerara era, sobre todo, un hombre verdadero, cuya existencia parecía desconectada de los móviles por los cuales moría. Para este hombre pareció inapropiado el monumento de aire heroico y se juzgó preferible la tenue llama de una lámpara votiva, testimonio del recuerdo que merecía una vida, del valor que se le atribuía en contraste con la vaciedad que ahora se descubría, en tanto ídolo de oro o bronce. Sólo el hombre valía en una instancia definitiva y nada justificaba su sacrificio, nada al menos que pareciera claro a la conciencia de posguerra. Y en cada uno, el hombre se exaltaba separándolo de su semejante y afirmando la intransferible soledad de la mónada.

Fue una época propicia para que se desarrollara y ejerciera profunda influencia la literatura de Amiel, James o Proust, obsesionados por llegar hasta los abismos del alma humana. Por entonces comenzaban a difundirse hasta alcanzar marcado éxito las doctrinas de Freud, que ponían a la luz del día los intrincados y contradictorios estratos subterráneos de la personalidad humana. Era Bergson, eran Picasso o Braque los que comenzaban a imantar la atención de las nuevas élites. Toda una dirección del espíritu occidental —la más importante e influyente— se vertió sobre esa línea de pensamiento que arrancaba del hombre, de su irreductible individualidad, de su microcosmos intransferible, y conducía hacia su propia exaltación. Lenormand, Pirandello, O’Neill, cada uno a su modo, ponían sobre el tablado el misterioso universo escondido que descubrían en cada uno, tan vulgar como fuera su sino. Si Kafka podía hundirse en los laberintos del ensimismamiento y Rilke conducir a cada uno hasta sus propias profundidades suscitadas por el encantamiento de su palabra, otros, menos predispuestos a tan intensa catarsis, buscaban acercar el hombre complejo y hermético al hombre medio y despreocupado mediante la novela biográfica, fácil y sugestiva, flor nueva de la vieja petite histoire. Si Rolland, Maurois, Strachey, Ludwig o Zweig gozaron de tan vasta boga fue por su capacidad para reducir cierta faz de la historia a la medida del individuo, por su deliberada equiparación del valor del destino universal al valor del destino del individuo. ¿Acaso —parecían preguntarse— es menos trágico, menos vasto en su horizonte, menos profundo en sus agitaciones, el mundo individual de Shelley que el mundo mostrenco de ayer o de hoy? ¿Acaso es menos subyugante el mundo de las soledades del héroe que ese otro, frío y despersonalizado, en el que cumple sus hazañas? Un replegamiento interior —que Picasso y el superrealismo condujeron hasta sus últimas consecuencias— caracteriza más que otra cosa la conciencia de posguerra, la conciencia adolorida por la certidumbre de vivir un momento dependiente de otro no por caduco menos trágico, de vivir suspendido entre un mañana y un ayer que sólo dejaban entre ellos la sombra de una vida. Y aun lo único que parecía salvable quedaba amenazado por la violencia incon-tenible: el paisaje de cada soledad, el mundo íntimo, soberbio y melancólico.

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RETÓRICA DE LA FUERZA

Entretanto, el desconcierto suscitaba en otros espíritus una reacción de sentido contrario. Frente a quienes se desesperaban por no saber por qué morir, comenzaron a aparecer y a ulular los que querían escapar de su propia incertidumbre muriendo —y matando— por cualquier cosa. Por ideales vagos, apenas entrevistos, pero que hundían sin duda sus raíces en la niebla de cierto pensamiento entrevisto y la asentaban finalmente en la roca dura de vigorosas convicciones empíricas. Goethe y Nietzsche inspiraban a Spengler —al tiempo de la guerra— una doctrina de la sangre y del incontenible poder de la energía vital, capaz de sobreponerse a toda suerte de desesperanza. Esa doctrina alimentó a los alemanes derrotados a través de La decadencia de Occidente, que muchos consideraron un libro pesimista, y que lo es, ciertamente, considerando una vasta perspectiva histórica, pero que diseña la ruta de un futuro inmediato activo y en cierto modo creador para el hombre desconcertado. Spengler descubría un sentido regenerador en el prusianismo y creía que era necesario inyectarlo en la Europa mediterránea, para que, como en el siglo V, el vigor germánico rejuveneciera la dormida capacidad de creación vital en el viejo tronco romano.

Poco después, la idea se transformó en un objetivo práctico y concreto. Los ex combatientes, los “cascos de acero”, el partido Nacionalsocialista, decidían tomar esa bandera, convenientemente teñida para que sirviera como aglutinante de diversos elementos coloreados con distintos matices y en el fondo heterogéneos entre sí. El mundo de Kafka no podía ser, a los ojos de Himmler, sino un universo enloquecido, inexistente por lo demás, y sólo concebible por la mente de un judío y un tuberculoso. La renovación, según un nazi, no podía venir sino por obra de los sanos y, sobre todo, de los vigorosos y puros arios alemanes, los optimistas, aquellos capaces de llegar a “la fuerza por la alegría”. Para ese tipo humano que decidió morir por cualquier cosa con tal de arrancarse del mundo de incertidumbres en que se había visto sumido, no parecía lícito ni tolerable el torturado mundo de cavilaciones en que se debatía la decadente conciencia burguesa, la democracia corrompida por el dinero, como le gustaba decir a Spengler. Sólo existía la acción, la vida concebida como aventura, llámese el aventurero Gerbault o Lawrence de Arabia. Vivere pericolosamente fue la fórmula que difundió Mussolini para expresar el sentido contemporáneo de la vida, de acuerdo con las sugestiones que Sorel había dejado en su ánimo. Y disgustado —agreguemos— por la negativa de sus conmilitones a reconocer su jefatura en el partido socialista.

Vivere pericolosamente significaba no temer la muerte, o al menos, obrar como si no se la temiera. Era un desafío a los que languidecían no sabiendo por qué morir, expresado a través del principio de que era preferible morir por cualquier cosa, aunque no se supiera por qué, a vivir sin conocer los objetivos dignos de ser perseguidos. Porque el vasto movimiento vitalista que se presenta como la otra cara de la posguerra —y que en la literatura representan, por ejemplo, Marinetti, Drieu La Rochelle o Henri de Montherland— no tenía tampoco una idea clara de por qué valía la pena morir, y se satisfizo con exaltar el vigor físico del deportista restaurando luego los viejos ideales caducos que sólo por un fenómeno de obnubilación podían ser considerados vivos.

Con esos ideales caducos y disfrazados se mezclaron, por razones de alta estrategia y de “realismo”, algunos ideales vivos e inmaturos descubiertos en los pechos anhelantes de las juventudes más o menos convencionales de la posguerra. La vida al aire libre —con una ligera tendencia al nudismo— y la independencia parecían rasgos decisivos de la concepción juvenil de la vida. Pero había quien sabía muy bien lo que se hacía con todos estos elementos dispares, con cuyo conjunto se constituyó un dogma indiscutible. Dentro de sus grandes líneas podía parecer compatible la revolución social con un poco de catolicismo; la emancipación del proletariado, de la mujer y del adolescente con el capitalismo de Estado; el nacionalismo con el aniquilamiento de la burguesía. Pero, como es notorio, muchas de estas cosas son incompatibles entre sí, y hoy no es difícil advertir cómo se disimulaban las antinomias para aglutinar a todos los que estaban poseídos por la desesperación aunque no tanto como para no poder hallar escondida en el fondo del corazón la simiente de una esperanza. Había un vasto plan para aglutinar esas voluntades, para poner en movimiento los impulsos vitales, todo en fin para defender los enmascarados ideales caducos que la conciencia revolucionaria parecía amenazar, y que estaban agonizando por sí solos. Ese vasto plan tonificó y organizó el estado de ánimo que vivificó y explica el fascismo.

Voluntad de ocasión y capacidad de optimismo poseían también los comunistas en Rusia y en el resto del mundo. También ellos poseían un dogma, aunque sin duda más coherente y más sinceramente defendido que el de los enemigos que estaban en el antípoda; y apoyados en ese dogma podían también aspirar a imantar las voluntades de los desesperanzados, alrededor de los que acariciaban las esperanzas mesiánicas con vivido fervor. Muchas cosas separaban a los comunistas de los nazifascistas —digámoslo en honor de los primeros—, pero coincidían con ellos en la actitud antiliberal y, sobre todo, en el tono vital, en la vocación hacia la fuerza y el realismo y en la sistematización de una alegría dirigida.

En el fondo, unos y otros no hacían sino expresar, de distinta manera por cierto, la crisis suscitada en el mundo contemporáneo por el ascenso de clases. Sólo que los comunistas se mantenían fieles al principio de considerar a las masas como el fin de sus aspiraciones políticas y los nazifascistas se limitaban a utilizarlas para defender un sistema de ideales que les era ajeno.

Quienes ignoraban por qué se pudiera morir y quienes estaban decididos a morir por cualquier cosa, revelaban los caracteres más significativos del clima psicológico de la posguerra, en el que los que sabían por qué morir eran los menos. Si algo era manifiesto en todos, era ese vago sentimiento que acaso pudiera definirse como una psi-cosis de encrucijada.

VI. LA ENCRUCIJADA Y LAS SALIDAS

Los veinte años trágicos que siguieron a la Primera Guerra Mundial revelaron, ciertamente, un ascenso de la conciencia revolucionaria. Pero es imprescindible, para entender su encauzamiento, no perder de vista la multiplicidad de formas en que esa conciencia revolucionaria habría de manifestarse en medio de tanta confusión. Se perdió la relativa homogeneidad que la había caracterizado hasta entonces y se desarrollaron los distintos gérmenes que había en ella, algunos de signo abiertamente contradictorio entre sí. En la encrucijada, la revolución parecía la única salida y cada uno tentaba la revolución que le parecía preferible, vistos las circunstancias y el temperamento.

La revolución que se adivinaba latente bajo algunas calmas engañosas, la revolución amenazante, desató algunas reacciones violentísimas. Pero hasta esas reacciones eran, en última instancia, triunfos de la conciencia revolucionaria; porque por un azar, es frecuente en la historia que ciertos fines sólo se alcancen a través de caminos inesperados y aparentemente contradictorios, acaso porque la vida histórica se resiste a todos los simplismos y quiere hacer alarde de su esencial complejidad. Lo cierto es que, debido a los esfuerzos concurrentes de la revolución y de la reacción, la mayoría de los postulados sostenidos por la conciencia revolucionaria alcanzaron categoría de lugares comunes. Es un hecho que conviene no olvidar, porque indica la realidad de un progreso indiscutible.

Empero, las caducas estructuras del orden burgués y capitalista resistían con vigor y creaban apresuradamente las defensas necesarias para la lucha. La burguesía advirtió al fin que había una guerra por encima de las fronteras nacionales, y respondió a la organización internacional de las facciones reaccionarias. El espíritu de facción, y otros espíritus emparentados con él, caracterizaron la vida política de los veinte años trágicos. Un gesto o media palabra identificaban a un individuo a diez mil millas de su patria y lo situaban inmediatamente en el bando a que pertenecía.

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LA ENCRUCIJADA

Si los estados de ánimo que suscitó la catástrofe y puso de manifiesto la posguerra revelaron una terrible indecisión —tanto en los que cayeron en el escepticismo como en los que optaron por la acción—, el triunfo de la Revolución rusa tenía que transformarse necesariamente, por el hecho mismo de su éxito, en un hito para toda toma de posición. Para algunos constituyó el ejemplo digno de inmediata imitación, porque compartían la categórica opinión de Sorel: “Lenin puede estar orgulloso, con todo derecho, de lo que hacen sus camaradas: los trabajadores rusos adquieren una gloria inmortal abordando la realización de lo que no había sido hasta aquí sino una idea abstracta”. Pero esta opinión no fue unánimemente compartida. Para otros la Revolución rusa era el tipo de acción política que había que evitar a toda costa y algunos sostuvieron que era menester obrar de tal modo que no constituyera en el ánimo de las masas la solución inevitable. Pero, con todo, las actitudes concretas que podrían adoptarse teniendo en cuenta ese hito no se delinearon en seguida con claridad. Las circunstancias eran difíciles y estaban acentuadas en cada país por los recuerdos de la catástrofe y por los hechos de realidad que se derivaban de ella; de manera que habría de tardarse bastante tiempo en establecer las correlaciones estrictas entre el hecho dado y las realidades inmediatas. Había hechos sueltos y estados de ánimo evidentes. Pero salvo en pequeños grupos, el sistema que or-denara esos hechos y esos estados de ánimo tardaba en constituirse.

Frente al hecho típico —formalmente perfecto y acabado, diríase— de la Revolución rusa, observábase por todas partes el desborde del coro de la tragedia, la crisis de las élites y la aparición y ascenso de los nuevos corifeos. Imponíase la certidumbre de que era inminente una revolución de masas, inspirada por la tradición revolucionaria, sin duda, pero susceptible de canalizarse según nuevos y múltiples es-quemas inmediatos. Era evidente que la sensibilidad para los problemas sociales crecía y se manifestaba en sectores antes absolutamente indiferentes. En Gran Bretaña se apelaba a los ingentes recursos imperiales para que los desocupados sortearan los inconvenientes de su transitoria situación. Pero otros países más castigados y de menos recursos veían cómo tomaba forma el problema social en los compactos grupos de ex combatientes cuya reincorporación a la vida civil quebraba todos los cuadros de la economía, ya resentida por la guerra. Objetivamente considerado el caso, podía hablarse de olvido y desapego con respecto a los que habían jugado sus vidas en las líneas de batalla, pero ciertamente, había más imprevisión e impotencia que olvido. Mas el argumento era inoperante. La conciencia social debía fructificar en los millares de desocupados que carecían de lo más indispensable, y más verosímil que su encauzamiento en las filas de la revolución total —que exigía disciplina, paciencia y sacrificio— era su agrupamiento tras los corifeos que ofrecieran la inmediata solución de todos los problemas. El régimen del liberalismo parecía condenado a la impotencia, y las revoluciones locales se orientaron hacia la construcción de un régimen eficaz para resolver el problema del hambre.

La revolución inmediata apoyada en los desesperados fue estimulada y dirigida —aprovechada, diríase también— por los que en ese momento temían la revolución y estaban decididos a neutralizarla con otra convenientemente conformada según sus particulares puntos de vista. El comunismo ruso era una carta ya jugada, y la burguesía podía pintarla con caracteres muy oscuros generalizando las observaciones que provenían de algunas de sus primeras experiencias. Una ola de temor se extendió por el mundo —aun entre los que no tenían nada que perder, sino sus bienamados prejuicios— y arrastró a muchos que antes no temían la revolución en abstracto, porque pudieron cargarse en la cuenta del experimento soviético muchas sombras que provenían exclusivamente de la circunstancia de ser el primer ensayo revolucionario y de haberse realizado en un país de características muy peculiares. Para muchos, el comunismo ruso fue —o fingieron creer que era— una burda caricatura de la revolución imaginada. Para otros pareció el reino del Anticristo, y las derechas no tuvieron muchas dificultades para oponerle un vasto movimiento internacional destinado a contenerlo y neutralizarlo. De ese modo, el experimento ruso quedó invalidado prácticamente como perspectiva inmediata y sólo permaneció en pie la posibilidad de realizar revoluciones locales que canalizaran las aspiraciones de las masas en estado de virtual insurrección hacia objetivos fijados cuidadosamente por la burguesía con claro conocimiento de los peligros que la acechaban. A pesar de su gravedad y de sus consecuencias, esas revoluciones no fueron, en verdad, sino el resultado de cierta inercia general: la de los escépticos que no sabían por qué morir y la de los auténticos revolucionarios que no pudieron o no supieron defender toda su verdad.

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HACIA LA SALIDA

Durante algún tiempo, el comunismo creyó que podía intentar la revolución europea con probabilidades de éxito, y se lanzó a la acción allí donde las circunstancias se mostraron propicias. En Alemania, el grupo Spartakus, dirigido por Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht, inició el movimiento apenas establecida la república; pero su esfuerzo fracasó ante la resistencia que opusieron las fúerzas que apoyaban a la socialdemocracia, ya en guardia por la experiencia de Kerensky. Al mismo tiempo, los intentos revolucionarios realizados en Finlandia y Hungría y las enérgicas huelgas desencadenadas en Francia e

Inglaterra revelaban que se estaba probando la fortaleza del orden burgués en distintos lugares con ánimo resuelto; pero su fracaso demostraba también que, luego del sorpresivo experimento ruso, bastaba cierta enérgica resistencia para desbaratar la acción tumultuaria y promover, inmediatamente, cierta aglutinación de la pequeña burguesía y buena parte del proletariado alrededor de los poderes del estado burgués. Tan vehementes como fueran sus demandas economicosociales, esos grupos se manifestaron bastante conservadores y reacios a la acción revolucionaria, como si desconfiaran de los frutos que les prometía, o como si recelaran de los grupos políticos que procuraban conducirlos hacia ella, o, simplemente, como si tuvieran miedo de imaginar las últimas consecuencias de sus propias aspiraciones.

Tal era la proyección de la psicosis de encrucijada. Si algunos ideales mantenían su antiguo vigor, otros mostraban una notoria debilidad y parecía lícito que coexistieran en las conciencias con viejos y enmohecidos principios de raíz burguesa. La coexistencia era inverosímil en una cabeza clara y razonadora, pero no abundaban por entonces, sacudidas por experiencias contradictorias y nubladas por perspectivas entrecruzadas. La urgencia de los problemas inmediatos inducía a quienes la sufrían a formar en las filas del que ofreciera soluciones más rápidas y eficaces, aun renunciando a las aspiraciones políticas que la conciencia revolucionaria había postulado como in-disolublemente unidas a las de tipo economicosocial.

En los países de mayores recursos, la burguesía se orientó firmemente hacia la derecha y apoyó la política de hombres como Coolidge, Doumergue y Baldwin. Pero allí donde el problema se hacía más agudo día por día, la derecha se sintió amenazada y optó por jugar la peligrosa carta de la revolución contra la revolución. Era necesario comprar a las masas su derecho de primogenitura, y Jacob apareció de pronto ofreciendo el plato de lentejas a cambio de la suma del poder político.

La conciencia revolucionaria había minado desde tiempo atrás los principios del liberalismo y propuesto un orden economico-social dirigido por el poder político. Este mismo plan, ligeramente modificado según las necesidades y circunstancias fue adoptado por Jacob para conseguir sus propósitos. Había que apoderarse del Estado, suprimir las formas democráticas y liberales acusándolas de impotentes y agrupar tras el autócrata las masas de desocupados. Sólo que en lugar de instaurar el socialismo, se trataba de crear un capitalismo de Estado que organizara los monopolios y pusiera a su servicio todos los recursos del poder. Si todo esto podía hacerse en nombre de la revolución, y contando con el esfuerzo de las masas, la treta alcanzaba categoría de obra maestra de la política “realista”.

Jacob apareció por primera vez en Italia. El primer intento fúe en efecto, el de Benito Mussolini y, como la revolución rusa, alcanzó notable significación porque constituyó un hecho de realidad susceptible de ser considerado como un hito. Antiguo socialista, revolucionario por temperamento, discípulo fervoroso de Sorel, agudo observador de los estados de ánimo colectivos y diabólicamente ambicioso, Benito Mussolini organizó en 1919 los grupos fascistas sobre la base de un programa de reivindicaciones sociales y económicas que le atrajeron la inmediata adhesión de los desesperados ex combatientes. Como suele ocurrir, pudieron haber salido de este movi-miento muchas cosas diversas, entre ellas una verdadera revolución. Pero Mussolini sospechaba fundamentalmente que una verdadera revolución no podría asegurarle el papel a que aspiraba, y prefirió contentarse con una revolución personal y segura, apoyada por las fúerzas capitalistas. Desde entonces orientó su autocracia de base po-pular hacia la defensa de los ideales tradicionales, e inauguró con ello el proceso contrarrevolucionario de la posguerra. La industria pesada del norte de Italia lo proveyó de los fondos necesarios para organizar una acción metódica y enérgica, y en 1922, tras una espectacular marcha de sus “camisas negras” sobre Roma —que el mariscal Badoglio ofreció contener con una compañía de carabineros— se apoderó del poder. Desde entonces como duce del partido fascista, del pueblo italiano y del Estado, realizó una vigorosa y sistemática campaña contra todas las fúerzas hostiles hasta acallarlas totalmente. Poco a poco quedaba de manifiesto cuál era el sentido de su revolución en pro de una Italia “proletaria y fascista”.

Este sentido habría de coincidir con el que imprimió a su dictadura el general español Miguel Primo de Rivera —en el poder desde 1923— y sobre todo con el que caracterizaría la política del führer del pueblo alemán Adolfo Hitler, cuyo acceso al poder en 1933 constituyó el signo inequívoco del triunfo de la revolución reaccionaria, de la revolución negativa, de la que Hermann Rauschning llamó “la revolución del nihilismo”. Si algo lo caracterizaba, era ser al mismo tiempo —hoy ya puede advertirse claramente— una reacción conservadora y una involuntaria revolución, esto es, una revolución que por querer contener a la revolución entraba en un camino análogo sin reparar en que podía servir indirectamente a los objetivos del movimiento que pretendía contener. Esta circunstancia es la que le proporciona un formidable valor histórico a este proceso que se desarrolla entre 1922 y 1945.

En el fondo, los movimientos nazifascistas constituían una revolución contra dos grandes fuerzas opuestas entre sí: por una parte, contra la auténtica conciencia revolucionaria, y por otra, contra la conciencia burguesa inerte, pasiva y dispuesta a transigir con su rival. Podría, pues, definírselos como movidos por una conciencia bur-guesa militante dispuesta a dar la batalla contra la revolución en su propio campo.

Como ofensiva contra la conciencia burguesa pasiva y conciliatoria, el nazifascismo se manifestó hostil al capitalismo, al que decidió arrebatar la hegemonía para transferirla al poder político que había crecido a su sombra. Ese anticapitalismo, naturalmente, no tenía como finalidad aniquilar al capitalismo, ni siquiera obstaculizarlo sistemáticamente; por el contrario, ciertos sectores dentro de él debían ser notablemente beneficiados por los regímenes de monopolio; pero sí tenía como finalidad sustraerle la dirección política. Fingió, pues, una orientación socialista para poder arrancar al capi-talismo lo que exigía su política demagógica, y adoptó una actitud antiliberal para proteger al capitalismo monopolista.

Por otra parte, como ofensiva contra la revolución auténtica, contra la revolución de las masas que buscaban su propia exaltación al poder para instaurar por sí mismas un orden socialista, el nazifascismo se manifestó como un cesarismo incontrolado que apeló a las viejas estructuras —las creencias vernáculas, el militarismo, etc.—, para respaldar un poder que, simulando apoyarse en las masas, tenía necesidad de otros soportes para no depender de ellas y poder constreñirlas —en el momento necesario— dentro de los límites fijados por sus concepciones radicalmente reaccionarias que las masas no compartían. Eran, en el fondo, las tradicionales concepciones de la burguesía, apenas disfrazadas, con las que las masas atenaceadas por la necesidad podían transigir transitoriamente, pero que seguramente rechazarían cuando llegara el momento de poder reflexionar sin el apremio de aquellas necesidades.

Era necesario para el nazifascismo estar prevenido. Un nacionalismo estrecho y agresivo de tradición romántica; un anticomunismo violento; un antifeminismo primitivo; una moralidad burguesa y convencional; un conservadurismo profundo y exacerbado; un militarismo prepotente e irresponsable; un imperialismo codicioso y un racismo bárbaro; todo eso, que yacía en la entraña del nazifascismo, podía ser tolerado por las masas durante algún tiempo a cambio de las salidas que ofrecía a su desesperación; pero era fácilmente previsible que iría irritándolas más y más a medida que se fúera cumpliendo la etapa de satisfacción de las reivindicaciones inmediatas y se abrieran paso nuevas inquietudes políticas. Sólo un cesarismo policiaco podía prevenir las consecuencias de ese proceso, y en el cesarismo concurrían las necesidades de los nuevos déspotas y los intereses de la burguesía capitalista, que prefería la pérdida parcial de su influencia a correr los peligros que parecían amenazarla.

El balance demostraba, pues, que el nazifascismo quería contener la revolución con una maniobra tan ingeniosa como artera. Había que recoger la semilla revolucionaria para aclimatarla y forzar el crecimiento de la planta siguiendo ciertas guías que le impidieran tomar su curso natural. De ese modo podía hacerse una política de masas que sólo fuera tal en la medida imprescindible para mantenerlas en estado de exaltación y vigilar sus reacciones. Frente a la política auténticamente revolucionaria, basada en una concepción autonómica de las masas, el nazifascismo desarrolló una política falsamente revolucionaria, basada en una concepción heteronómica de las masas. Sólo la irreflexión de un proletariado que no tenía suficiente experiencia política, y sobre todo su apremio, pueden justificar la confusión entre esas dos políticas, estimulada eficazmente por las consignas de una propaganda organizada de acuerdo con una exce-lente técnica psicológica.

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EX-CURSUS SOBRE UNA PARADOJA HISTÓRICA

Una falsa revolución destinada a contener una revolución peligrosamente verdadera debía dar como resultado, en caso de triunfar, la frustración de esta última. Pero este planteo no era sino una reducción del juego historicosocial a un simplismo falso. En la realidad, la falsa revolución triunfó por algún tiempo y, sin embargo, considerada en su perspectiva histórica, no sólo no frustró la revolución verdadera sino que trabajó en favor de su triunfo final sin saberlo, contra sus designios y por excusados caminos. Más aún, la falsa revolución hizo cierta labor que era la más difícil para los apóstoles de la verdadera, y acaso la única que no hubieran podido cumplir sino contando con larguísimos plazos para la catequesis.

Que el nazifascismo es un movimiento de masas, es cosa innegable aunque lo sea de cierta manera y al mismo tiempo que otras muchas cosas. Pero es un movimiento de masas y poco importa que las necesidades de la lucha política obliguen a sus enemigos a negarlo en determinadas ocasiones. Lo cierto es que sin las masas no hubiera sido posible y que, en efecto, algunas de las reivindicaciones inmediatas a que ellas aspiraban les fueron acordadas por sus nuevos jefes. Naturalmente, esas masas pagaron un precio subido por esas conquistas y cada uno de los individuos que las formaban durante los años que duró en cada país el régimen de los césares tuvo que lamentar su irreflexión y su apremio, gérmenes de muchos males. En cambio, en cuanto clase social, las masas consiguieron a ese subido precio, por primera vez, que el Estado y todo su formidable aparato técnico se pusiera inesperadamente al servicio de la propaganda de sus ideales. De este modo, aunque a un precio subido, el nazifascismo cumplió una innegable misión histórica: romper en los países occidentales el tabú que la conciencia burguesa había creado respecto de las aspiraciones de las masas en ascenso desde la Revolución industrial.

El nazifascismo buscó sus propios objetivos —los de la conciencia burguesa militante— y logró algunos de ellos, pero también pagó un subido precio por ese efímero triunfo, pues su política de masas colocó a éstas en una situación de la que no podrán moverlas ya quienes consintieron en el nazifascismo para tratar de contenerlas. Una vez más, el método de tapar el sol con el harnero sólo pudo ilusionar a los ingenuos mientras pasaba una nube aventurera. En el fondo, el nazifascismo no ha hecho sino testimoniar un proceso historicosocial incontenible y ha servido a la conciencia revolucionaria como una de sus vías excusadas. La más fragosa y empinada, sin duda, pero acaso la más directa para llegar a ciertos sectores que la resistían denodadamente.

Observemos con atención los hechos. Los viejos ideales de la conciencia burguesa habían cristalizado en sólidas estructuras aparentemente imbatibles desde afuera: ni el nacionalismo, ni la religiosidad supersticiosa, ni los prejuicios morales de origen burgués podían arrancarse de las masas súbitamente, mediante una catequesis intelectual que no podía hallar suficiente resonancia por la ausencia de adecuada preparación. Mientras la conciencia revolucionaria presentó unidos en un sistema compacto a sus objetivos economico-sociales y sus ideales revolucionarios en el plano de la política y de la vida espiritual, la resistencia de las masas fue innegable y el progreso de la catequesis sumamente lento. Porque solo arraigaba donde hallaba capacidad intelectual suficiente para discriminar que, sin la renovación de aquellos ideales de fondo, era inconsistente toda renovación economicosocial. Aun comprendiendo la naturaleza del obstáculo que se le oponía, la conciencia revolucionaria no podía, sin em-bargo, a menos que se traicionara a sí misma en alguna medida, desligar de su acción catequizadora lo que consideraba indisoluble y engañar deliberadamente a las masas cuya autonomía defendía contra los intentos de someterla.

Pues bien, la labor intermedia, la labor exigida por el embotamiento que la conciencia burguesa había logrado en las masas, fue la que aceptó realizar el nazifascismo al arrollar la resistencia opuesta a las soluciones economicosociales que aquéllas deseaban sin afrontar los problemas de fondo. Con absoluta irresponsabilidad, como un juguete ciego de una fuerza historicosocial cuyo sentido profundo no alcanzaba a entender —y no podían entender los que lo impulsaban— el nazifascismo se lanzó a esa labor con un impulso nacido de la conciencia de posguerra, de la psicosis de encrucijada. Fueron los que no quisieron permanecer en ella, los que despreciaban el escepticismo de los que no sabían por qué morir y preferían morir por cualquier cosa, los que pusieron al servicio de ese menester deleznable pero imprescindible de la catequesis revolucionaria todo su turbio afán de violencia irreflexiva, de acción desenfrenada, de exaltación de las fuerzas subterráneas de la sangre, todo aquello que no es sino impulso vital incontrolable. Eran los que no podían ir hacia la alegría sino por la fuerza, sin asignarle papel alguno a la inteligencia, obnubilada por los impulsos primigenios.

Era natural que Goebbels —inteligente, sin embargo, pero contagiado por el histerismo que se esforzaba en provocar— tuviera deseos de sacar la pistola cada vez que oía hablar de cultura. La cultura, fruto en buena parte de la inteligencia, constituye, en efecto, un freno para los impulsos vitales; sólo que es ingenuo —o imbécil— suponer que ese freno sea siempre negativo. También la inteligencia —como la cultura— puede decidir orientarse hacia la acción, y la lentitud de sus pasos no será sino el resultado de un cuidadoso cálculo en vista de los objetivos predeterminados. Pero este razonamiento no podía valer para quienes se sentían dentro de la encrucijada —verdadera cárcel— de la que querían salir de cualquier manera. Siempre se han diferenciado considerablemente los que quieren salir de una situación dada de cualquier manera y los que no quieren salir sino de una manera preconcebida. Y los primeros son los que un proceso histórico utiliza para crear las bruscas mutaciones y las situaciones de hecho, pero son solamente los segundos quienes pueden canalizarlas luego y, a cambio de muchos esfuerzos y sacrificios, recrear un sistema claro de objetivos rectamente ajustados a la realidad.

Acaso todavía, cuando el recuerdo de los autócratas que ensombrecieron la historia de los últimos veinte años está todavía fresco entre sus víctimas, resulte duro decir que fueron —ellos, sus inspiradores cargados de millones y las masas que los siguieron— los instrumentos inconscientes de una revolución que acaso estuviese mucho más lejana sin ellos. Pero si se quiere entender el proceso de nuestro tiempo es menester adquirir cierta perspectiva y pensar en el pasado próximo como si fuera muy remoto. Por lo demás, no es la primera vez que se manifiesta esa paradoja, expresión fiel de cierta peculiaridad propia de las mutaciones históricas. Quienes formulan ciertos ideales no suelen ser los más capaces para determinar sus posibilidades reales, y hasta es posible que no haya manera de establecer con certeza esas posibilidades teniendo en cuenta el imprevisible alud de las contingencias históricas. Los que formulan ciertos ideales han cumplido su misión por el mero hecho de formularlos, y no hay revolución que no haya sacrificado a sus profetas. La etapa subsiguiente era la de acomodar esos ideales a la realidad. Pero en su transcurso aparecen indefectiblemente, junto a los que conservan pura la intención de alcanzarlos, los que juzgan propicias las circunstancias de la realidad convulsionada por la presencia de esos ideales para realizar su propia aventura. A los primeros sólo suele corresponderles el triunfo lejano, la estatua de bronce, el himno y el elogio cuando, una vez dominada la virulencia del proceso, es posible y necesario retomar la línea de los ideales para orientar la construcción. Pero a los segundos les corresponde la tarea de descomponer el cuerpo de la realidad inerte, de pudrirlo hasta el último de sus huesos, de roer los órganos enfermos. Son como los gusanos de los cadáveres, pero también como el estiércol de los campos. Hasta que no se ha cumplido su misión, hasta que no se han satisfecho sus apetitos, hasta que no se ha colmado la ambición de los que ven en el caos la situación apropiada para el ejercicio de su actividad y de sus aptitudes, es difícil que los sostenedores de una línea política que es a la vez una línea moral puedan ser reconocidos y colocados en los puestos de dirección. La revolución indecisa y vaga es una etapa en que —salvo excepciones— predominan los aventureros cuyo triunfo personal es seguro sobre aquellos que no quieren aceptar el combate con otras armas que las que les señala su convicción moral. Esa etapa de descomposición del mundo capitalista no la podían realizar los defensores de la auténtica conciencia revolucionaria; el cadáver ofrecía todavía una resistencia implacable a su delicado bisturí, y era necesario que el cuerpo se descompusiera mediante la acción de los gusanos voraces e inescrupulosos. Ésa fue —y ésa es en parte todavía— la misión del nazifascismo, instrumento de una revolución que creía combatir y que ha facilitado sin saberlo. Instrumento ciego, ciertamente, pero no exento de culpa por las características que introdujo en su comportamiento histórico, porque aceptó el papel vedándose el uso de la inteligencia recta y regocijándose con él hasta alcanzar la perfección de su diabólica grandeza.

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LA REVOLUCIÓN COMO LUGAR COMÚN

Para esta vasta revolución de masas que se operaba en Europa, la propaganda constituía una necesidad indispensable, sobre todo para quienes no podían dejar librada al albur de la reflexión individual la determinación de su sentido. Si las masas debían ser movilizadas en favor de ideales que no les eran propios, era necesario someterlas a un enérgico tratamiento psicológico. Había que movilizar nutridos núcleos humanos de las ciudades y de la campaña, organizar gigantescas adunatas y grabar definitivamente en las mentes de los hombres-masa las cuatro o cinco consignas que expresaban el sentido de la revolución según sus conductores, en parte para mantener vivo el fervor y en parte para impedir que espontáneamente llegara cada uno a diferentes conclusiones. Providencialmente, Guillermo Marconi proporcionó a los nuevos Césares la radiotelefonía, instrumento de notable eficacia para consolidar la revolución de masas.

Hay una historia de la radiotelefonía. Cuando en la época del nazismo resonaba en los receptores alemanes el ¡Achtung! previo a las trasmisiones oficiales, una especie de electrización colectiva se apoderaba de los ánimos. Había que escuchar, porque nadie sabía qué nueva catástrofe envolvería para cada uno la enérgica alocución del locutor. Y esta acción, deliberadamente dirigida a promover una histeria colectiva, caracterizó toda la acción de las revoluciones de masas durante la era nazifascista.

A diferencia del periódico que puede leerse o no leerse, la propaganda radiotelefónica puede imponerse coactivamente, y sería necesaria una complicada profilaxis privada para evitar que la oleada de palabras desembocara en los oídos, porque no basta con desconectar el propio receptor. La palabra hablada, y sobre todo la palabra intencionalmente pronunciada, con teatral astucia, por los que detentan el poder, ejerce una acción subyugante sobre el hombre medio, siempre propenso a crear mitos y a acrecentar sus legítimos temores. Por lo demás, la propaganda radiotelefónica demostró su eficacia para unificar la conciencia colectiva, para suscitar estados de ánimo gregarios, de los que apenas podía escapar quien vigilara estrechamente sus propias reacciones.

Ahora bien, la propaganda radiotelefónica se caracteriza porque no elige a sus oyentes. Nadie piensa, frente al receptor, que este o aquel discurso no está dirigido a él o a los hombres como él, sino que cada uno escucha todo por curiosidad o porque sabe que, en tales regímenes, nadie hay que escape en alguna medida al intencionado rebajamiento del nivel de la dignidad humana. De este modo, la propaganda dirigida a las masas ha contribuido a crear una situación típica de nuestro tiempo: el acostumbramiento de la conciencia burguesa a las consignas propias de la revolución de masas, que antes eran consideradas tabú y que ahora se escuchan en todos los labios. El más reaccionario —profundamente reaccionario— pequeño o gran propietario procurará hoy explicaciones circunstanciales para explicar su oposición a tales o cuales reivindicaciones concretas del proletariado; objetará el monto, o el sistema, o la oportunidad del régimen solicitado por él o establecido en su favor; pero difícilmente repetirá las objeciones de fondo que solían oírse hace algunos años y que reposaban —en última instancia— sobre la legitimidad de la diferencia de clases o de derechos. Ha habido una verdadera catequesis de la conciencia burguesa por la conciencia revolucionaria que, batiéndose en retirada desde 1914, ha experimentado por medio del nazifascismo una paradójica derrota en lugar de la tonificación que los defensores de éste esperaban producir. ¿Acaso no se advierte frente al problema del nivel de vida, de la educación, de la salud, del trabajo, una modificación sustancial de las opiniones comunes, lograda en los últimos veinte años? Pues es innegable que no ha sido solamente la propaganda comunista y socialista lo que ha provocado esa transformación porque, desde la Revolución rusa especialmente, la conciencia burguesa se había abroquelado decididamente contra ella. Cuando provenía de la auténtica revolución, de la propaganda dirigida a estimular y promover una revolución de las masas autónomas y no sometidas a controles ajenos a sus propios fines, adquiría automáticamente un valor negativo frente a la conciencia burguesa porque descubría la implícita negación de los fundamentos en que ella se apoyaba. Ha sido la propaganda que provenía del nazifascismo la que ha operado la difusión de los ideales economico-sociales de las masas entre la burguesía, la que la ha acostumbrado a su legitimidad, porque por venir de donde venía parecía inmunizada contra el peligro de una subversión total, y podía esperarse que las transformaciones propuestas se realizaran sin conmover el fondo del orden burgués.

Se debe, pues, en términos generales, al nazifascismo el que la revolución se haya convertido en un lugar común, hasta mucho más allá de lo que hubiera deseado. Hoy nos asombran los grandes capitalistas consintiendo en la participación de los obreros en las ganancias, dentro de ciertos límites, y los políticos de la larga tradición conservadora transformándose en paladines de la justicia social, con el sólo requisito de que el socialismo sea cristiano. Mentira, se dirá. Pero, en todo caso, una mentira de extraordinaria significación cuando se contemplan las perspectivas de sus consecuencias. Hoy la revolución es un lugar común, porque sus enemigos han puesto a su servicio —con aviesos propósitos y un paradójico resultado— una poderosa organización de propaganda que la revolución auténtica no hubiera podido montar por su cuenta. Tal es la curiosa paradoja histórica, en la que se repite la experiencia de los déspotas ilustrados; es lo que hicieron sin saberlo Federico el Grande de Prusia, la emperatriz María Teresa o el marqués de Pombal en el siglo XVIII con los ideales de la Ilustración. Suprimido de su conjunto lo que les parecía entrañar un peligro inmediato —como ha hecho el nazifas-cismo con los ideales de la revolución proletaria— aceptaron y difundieron lo demás, en parte porque compartían ligeramente ciertas ideas y en parte porque consideraban prudente ensayar una variante para evitar la lucha frontal con las nuevas fuerzas desatadas. Pero sirvieron a la revolución, porque pareció a muchos espíritus apocados —y gran parte de la humanidad es apocada— que podían admitirse y compartirse los ideales que toleraba un autócrata, aun cuando poco antes los hubieran rechazado con horror porque provenían de un espíritu libre y exento de compromisos. Si algo explica el renovado interés de la historia, es esta profunda originalidad con que se manifiesta lo contingente que hay en ella, revelado por vías insólitas e imprevisibles.

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EL VIGOR DE LAS ESTRUCTURAS CADUCAS

Pero entiéndase bien: la revolución ha alcanzado la categoría de lugar común en tanto que se ha creído posible discriminar en ella lo tolerable y lo intolerable. Esta última calificación corresponde a sus elementos doctrinarios, sobre los cuales se han concentrado los efectos del tabú de manera más enérgica que antes sobre las aspiraciones concretas. Ni el internacionalismo ni el materialismo doctrinarios, por ejemplo, parecen tolerables para la conciencia burguesa. Frente a esos o cualquiera de los otros aspectos fundamentales de la conciencia revolucionaria, la reacción es categórica, casi brutal. Casi tan brutal como cuando las masas organizadas políticamente afirman su decisión de luchar por sus reivindicaciones economicosociales para alcanzar su autonomía como clase. Entonces se advierte que las estructuras teóricamente caducas del orden burgués —y caducas, en efecto, en el fondo— mantienen un notable vigor, proporcionado acaso por su propio esclerosamiento. Hoy parece evidente —tras la experiencia nazifascista— que es más fácil arrancar del orden burgués en declinación concesiones de tipo economicosocial al precio de renunciamientos ideológicos, que defender ciertos principios doctrinarios y luchar desinteresadamente por su difusión.

La explicación es que la conciencia burguesa, debilitada y acosada por todas partes, ha adoptado como lema de su conducta el que dirigió la política de Luis XV: Après moi, le déluge. Lo que hay que salvar es lo que importa a cada uno, cada día y en cada lugar. Si se puede salvar algo mediante la concesión de alguna cosa, el método parece aconsejable. La convicción está arraigada de que si se consintiera en la revisión de los fundamentos mismos del orden burgués, el cataclismo sería instantáneo y universal. Evitándolo, en cambio, el proceso se hace más lento y, seguramente, cada uno oculta en el fondo de su corazón la esperanza de no contemplar el desenlace con sus propios ojos.

A nadie se le oculta que el proceso de transformación ideológica sobreviene inevitablemente, de manera correlativa con la transformación economicosocial; pero ese proceso puede diferirse y alargarse por generaciones y generaciones, mientras sea posible para quienes detentan el poder mantener su situación privilegiada. La conciencia burguesa parece aferrarse a esa táctica, con la certidumbre de que, quebrados los objetivos inmediatos del proletariado, la conciencia revolucionaria necesita bastante tiempo para volver a organizarse y reestructurar el sistema de objetivos de acuerdo con las nuevas realidades para orientar eficazmente la acción. Así, por ejemplo, si la acción revolucionaria se ha basado en determinada oportunidad en una exigencia de mejoramiento de los salarios, la demagogia puede conmover toda la acción revolucionaria —como lo hizo Livio Druso en Roma, por ejemplo, contra Cayo Graco— ofreciéndolo en mayor escala. A partir de ese momento, la conciencia revolucionaria necesita bastante tiempo para corregir el desconcierto de las masas y para montar de nuevo su catequesis sobre la base de una explicitación de lo que quizá antes eludió decir, esto es, que el mejoramiento de los salarios poco significa si su conquista se desvincula de otros muchos problemas cuya exclusión explica el ardid usado por el enemigo. De ese modo, la conciencia burguesa puede ganar, acaso, el tiempo de una generación, y cada uno puede esperar tranquilamente que el diluvio sólo llegue para ser contemplado por sus hijos o por sus nietos, seguramente ya mejor preparados por la costumbre para soportar sus consecuencias.

De todos modos, lo cierto es que la experiencia revolucionaria demuestra palmariamente que las estructuras caducas conservan una fuerza de inercia con la que es necesario contar. Ese descubrimiento constituyó una inmensa sorpresa para un Jaurès o un Liebknecht con motivo de la primera Guerra Mundial. El nacionalismo, el orden moral y social burgués, todo lo que constituye el sistema del capitalismo suele encontrar a tiempo una manera de encubrirse bajo formas capaces de inhibir a las masas para actuar libremente en los momentos críticos. Es una lección que proporciona la historia a los que confían excesivamente en las posibilidades de la catequesis racional.

En cambio, la conciencia revolucionaria ha aprendido a estimar cierto saldo favorable en la tradición liberal burguesa y ha aprendido —aunque no todavía del todo— a capitalizarlo. La idea de la libertad del hombre, de su significación como sujeto de conciencia, de su inalienable dignidad y de su derecho a no ser absorbido y anulado por la comunidad como bloque —ideas que la propaganda revolucionaria había menospreciado por “burguesas”— han comenzado a ser estimadas nuevamente porque la experiencia nazifascista y la experiencia rusa han probado hasta qué extremos puede conducir el descuidarlas. Tan deleznable como pueda ser el orden burgués por otras razones, parece redimirse en alguna medida allí donde subsisten frenos suficientes como para no descender, movido por el terror, hasta la degradación del individuo. Si la conciencia revolucionaria debe salvar las formas democráticas como las más finas que posea la experiencia política occidental para resolver los problemas de la convivencia, con no menor celo debe defender ese legado de la dignidad del individuo, que no es específicamente “burgués” sino característicamente occidental.

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EL ESPÍRITU DE FACCIÓN Y EL CESARISMO

Empero, la defensa de ese legado no debe ser una afirmación baldía sino una acción enérgicamente encauzada, porque cada día son mayores los riesgos que lo acechan. Acaso por razones circunstanciales, el primer ensayo revolucionario —el de Rusia— parece haber renunciado a él y ha derivado hacia cierto tipo de autocracia incompatible con el espíritu occidental. Su contrafigura —los estados nazifascistas— asumieron la misma actitud con más denodada resolución, y en muchos espíritus ha crecido la certidumbre de que las conquistas del Occidente en el terreno de la libertad individual están condenadas a extinguirse. Es una idea falsa, a mi juicio, pero es necesario que por acostumbramiento no colabore esa certidumbre en la labor de tornar realidad lo que en sí sólo es una opinión desalentada. Dos rasgos de la vida contemporánea configuran esa imagen, y es necesario tenerlos en cuenta para borrarlos y borrar con ellos el germen que ponen de manifiesto: el espíritu de facción y el espíritu cesáreo. Son signos nada más, pero signos de ciertos impulsos contra los cuales es necesario obrar.

A medida que se propaga la conciencia revolucionaria y se suscitan situaciones de hecho en pro o en contra de ella, la libertad individual parece un problema de menor importancia, un mero ideal un poco trasnochado. A medida que las opiniones se polarizan, la libertad de pensamiento parece menos lícita y en ciertos casos no se vaci-la en considerarla una traición. Esta dura contingencia de nuestro tiempo proviene de que se acentúa indebidamente la psicosis de encrucijada y crece el número de los que quieren salir de ella de cualquier manera. Pero sólo debe salirse de la manera debida.

La expresión política de esa psicosis de encrucijada es el espíritu de facción, porque se piensa que sólo dentro de la facción reside la verdad y que sólo a través de ella puede triunfar un pensamiento impuesto con todo el peso de una masa compacta e intolerante. El espíritu de facción se caracteriza por huir de los matices, y parece considerarse como el más poderoso ariete contra el enemigo. Cada uno cree que le es lícito hacer lo que critica acerbamente en el enemigo y renuncia al ejercicio del sentido crítico cuando se trata de quienes comparten sus ideas. Un comunista ruso simula despreciar a un socialista francés si no se aviene a plegarse a sus directivas. Un fascista austríaco es nacionalista por convicción, pero odia a muerte a un compatriota comunista y prefiere la ocupación extranjera organizada por un conmilitón al triunfo de sus enemigos políticos. Un católico que defiende en teoría la fraternidad universal se transforma en un cruel inquisidor frente a un liberal, pero se entiende con un protestante si coincide con su actitud política. Horrible confusión, tras la aparente simplicidad de las posiciones en contraste.

Esta confusión no proviene sino de la psicosis de encrucijada y del apremio por escapar de ella de cualquier manera. Pero es una actitud nefasta. Si las masas pueden sentirse dominadas por el espíritu de facción, es indigno de las élites fomentarlo y dirigirlo aviesamente. A ningún espíritu lúcido puede ocultársele que es ya imposible el triunfo de ninguna de las dos posiciones extremas sin concesiones, porque basta con que se haya dado una vez en la realidad histórica para que su repetición sea casi imposible. A situaciones nuevas, es necesario responder con planteos nuevos, y la tradición occidental enseña que sólo los planteos debidamente matizados han permitido acercarse a la realidad con posibilidades de obrar eficazmente sobre ella. Todo lo que sea perseverar en la torpe puja en favor de las posiciones extremas sólo puede dar como resultado prolon-gar la etapa de indecisión y, en consecuencia, acentuar el derrumbe de lo que se debe conservar para no hallarnos otra vez en una situación de punto de partida, que sólo pueda resolverse mediante situaciones de hecho.

La situación de punto de partida constituye la ocasión favorable para el triunfo de otro impulso manifiesto en nuestra época, cuyo signo es el cesarismo. Difícilmente quieren las élites salir de ella por la acción. Naturalmente, su fuerza no suele bastar para que se sobrepongan a los embates del escepticismo dominante y mantengan su posición directora. Más difícil aún encontrar algunos sostenidos todavía por el consenso de su propia colectividad. Lo frecuente es, por el contrario, la tendencia a buscar una reducción de las relaciones sociales a sus formas más simples, mediante la adhesión del grupo a un jefe unipersonal. El jefe, según el pensamiento romántico, último avatar de más viejas teorías, debe ser no sólo el indiscutido e irresponsable conductor —el héroe carlyliano, el führer, el duce, el caudillo— sino también el legítimo intérprete del alma colectiva. Porque, habiendo impulsado en cierto modo la revolución, la tradición romántica contenía también gérmenes para desarrollar la reacción en su seno, como consecuencia de su naturaleza plural. El cesarismo ha podido surgir renovado tras una larga experiencia política por obra del espíritu de facción, que ha visto en él la fórmula para el triunfo de los ideales que sustenta. Pero el cesarismo no triunfa como régimen sino cuando aparece un césar, esto es, una voluntad inequívocamente autoritaria y autocrática. En ese caso, y desde el punto de vista del césar, el apoyo de la facción manifestada como mero respaldo de opinión es insuficiente, y el césar tiende a hallar una amplia base de sustentación para el ejercicio de su autoridad. La totalidad del control político, y sobre todo del control económico, ofrece al césar, si las circunstancias son ligeramente propicias, la posibilidad de trastrocar los cuadros sociales. Crear una clase de nuevos ricos suele ser empresa fácil para quien maneja los resortes del poder, y una vez creada, esa clase constituye el más formidable apoyo del cesarismo y el instrumento más confiable para asegurar su perduración por los intereses que concita, aun entre las masas, unidas en alguna medida a su destino.

El espíritu de facción y el espíritu cesáreo ponen de manifiesto la psicosis de encrucijada que obra en los que quieren salir de ella por la acción. Naturalmente, su fuerza proviene no sólo de su propio empuje —una especie de impulso vital más o menos auténtico— sino de la debilidad de las posiciones no dogmáticas cuya acción está cargada de dificultades. Entre el sistemático ataque frontal y el apaciguamiento sistemático, hay toda una gama de matices en la que es muy difícil escoger según las circunstancias, aun cuando es evidente que allí reside la conducta justa.

Podría decirse que todas las actitudes se ensayaron durante veinte años trágicos. Hubo voces que clamaron en el desierto, desilusiones que apagaron los mejores espíritus, resoluciones desesperadas tan heroicas como infructuosas, resignaciones angustiadas y confusiones dolorosas. El juicio del tiempo sobre cada conducta puede ser variable en el plano político, porque a la luz de la experiencia es dable ver quién acertó y quién equivocó el camino. Pero el juicio en el plano moral es inequívoco. Hubo quienes defendieron y quienes menospreciaron la dignidad humana. Sólo los primeros merecen estimación, porque entre los segundos se esconde siempre la posibilidad del más abyecto crimen.

VII. EQUÍVOCOS DE LA TRAGEDIA

Por encima de las incertidumbres que suscitó en la conducta individual, la psicosis de encrucijada que caracterizó la posguerra tuvo una consecuencia aún más grave. Los viejos problemas politicosociales adquirieron un carácter más confuso y tornasolado y fue difícil distinguir las líneas de desarrollo que vertebraban el proceso. Los que sospechaban cuáles eran sus legítimos objetivos apenas se atrevían a manifestarlos —como los partidarios del apaciguamiento— o los manifestaban con una crudeza que alejaba la posibilidad de que los acompañaran los irresolutos y temerosos. Así se dejó avanzar el fantasma de la guerra, deseada por unos y temida por otros, hasta que se desencadenó con una violencia inesperada. Es sabido hasta qué extremos fúe brutal. Pero no siempre se advierte hasta qué punto ha sido confusa y equívoca en su planteamiento.

Una labor tenaz debería aplicarse a aclarar esa confusión y esos equívocos, que, por lo demás, el tiempo ayuda a desvanecer. Lo típico de la segunda posguerra es que la psicosis de encrucijada no ha vuelto a manifestarse con tanta intensidad y cada uno descubre su lugar en las filas con bastante más nitidez. No porque las filas que es-peran a cada uno estén integradas siempre con los aliados más deseables, sino porque las situaciones se han aclarado y resulta evidente para cada cual que son esas y no otras las que le ofrecen cabida.

Acaso otra vez la segunda posguerra contemporánea no sea nada más que una nueva preguerra; pero no hay duda de que algo se ha ganado en la lucha por la dilucidación de las posiciones, y que a cada uno queda ahora el consuelo de saber con más certidumbre por qué debe morir.

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IDENTIFICACIÓN DE UNOS Y OTROS

La primera posguerra se caracterizó en sus comienzos por una clara oposición entre comunistas y anticomunistas. Eran los tiempos del “peligro ruso” o, más exactamente, del “peligro rojo”, como solían decir los periódicos conservadores. En general, el significado de la expresión “comunismo” era claro. Comunismo era el sistema econó-mico, social y político imperante en Rusia, que la Tercera Internacional trataba de difundir por el mundo, aunque con bastante parsimonia, por cierto, después de la derrota de la tendencia encabezada por Trotsky y el triunfo del stalinismo, asegurado desde 1927 y consolidado con las enérgicas purgas realizadas en el partido comunista ruso entre 1936 y 1938. Anticomunismo era, en general, la tendencia de todos los partidos políticos desde el socialismo reformista hasta el nazifascismo, que veían en el bolcheviquismo ruso un extremismo igualmente peligroso tanto para la izquierda como para la derecha de los países occidentales. Es claro, pues, que el anticomunismo no era exclusivamente una expresión de la conciencia burguesa, y que incluía, por razones circunstanciales, a aquellos que estando decididos a luchar por los viejos ideales revolucionarios no compartían ni los objetivos concretos ni los métodos de acción que el bolcheviquismo parecía adoptar en Rusia, impuestos, por otra parte, por las peculiares tradiciones y peculiaridades sociales del antiguo imperio de los zares. De este modo, resultó que el dilema comunismo-anticomunismo no fue necesariamente un dilema entre la conciencia burguesa y la conciencia revolucionaria, así como no fue exclusivamente un dilema entre Rusia como país y los demás países, pues las potencias capitalistas no temían por el momento el poder soviético. El dilema fue, pues, en ciertos sectores, la expresión de la lucha entre las derechas y las izquierdas, pero fue también la expresión de cierta inquietud de la conciencia revolucionaria, relacionada en cada uno de los países occidentales con el problema del predominio de los partidos comunistas sobre las masas obreras.

Esta situación originaria se modificó considerablemente en el curso de los veinte años trágicos. La política socializante de algunos estados democráticos y la propaganda del nazifascismo comenzaron a transformar las consignas revolucionarias —ya lo hemos dicho— en lugares comunes hasta el punto de que dejaron de producir sor-presa las reivindicaciones que agitaban a las masas proletarias. El comunismo como régimen político —identificado con los caracteres que asumía en Rusia— preocupaba ciertamente al capitalismo, pero el terror que producían sus enunciados antes de la primera Guerra Mundial en la pequeña burguesía había comenzado a decrecer. Hasta comenzó a considerarse de buen gusto invitar a Thorez o a Cachin a una cena de protocolo.

Gracias a ese proceso de acostumbramiento, a la dura experiencia que se acumuló con motivo del anticomunismo extremista de Alemania e Italia, y a la inteligente política del frente popular orientada por el Komintern, llegó un momento en que hasta dejó de ser peligroso, en muchos países, el hablar en público de la Rusia soviética. La revista Vu, los relatos de Ehrenhurg y Siminov, los poemas de Mayakovski, los filmes de Eisenstein y Pudovkin, contribuyeron a disolver el fantasma. Si lo que se oponía al comunismo debían ser necesariamente regímenes extremos como los que habían inventado los celosos paladines del anticomunismo en Alemania y en Italia, acaso sería preferible —comenzaron a decirse muchos— el comunismo mismo, que en todo caso, no podía ser peor que las aberraciones a que se había llegado para evitarlo. Todo lo que el comunismo tiene de auténtica revolución, todo lo que en él —teóricamente, al menos— supone continuidad de los principios más arraigados de la concepción occidental de la vida, podía destacarse y valorizarse, oponiéndolo precisamente a la barbarie del nazifascismo, cosa que hicieron con extremada sutileza y eficacia los propagandistas más o menos decididos del comunismo allí donde la liberalidad del régimen permitía la libre expresión de las ideas. Y quienes hablaban mal, pero con sinceridad del régimen soviético, como André Gide en el Retour de l’URSS y Retouches, apenas lograban decir cosas semejantes a las que el propio Hitler documentaba sobradamente en sus histéricos discursos sobre el nazismo.

El aire de imperialismo conquistador que adoptó el eje Roma-Berlín a partir de 1936 precipitó las cosas. Mientras Stalin, que no sabía de pintura, se mostraba un maestro consumado en la matización y dilución del rojo, Hitler y Mussolini, más artistas, parecían empeñados en suscitar el miedo forzando la concentración del pardo y el negro. Poco después, al antiguo dilema entre comunismo y anticomunismo se vio suceder como por arte de encantamiento otro dilema que encubría los términos del primero e invertía los valores, entre nazismo y antinazismo. En realidad, por la deliberada y acaso irónica adhesión de Rusia a la democracia, el dilema quedó planteado alrededor de la defensa y del ataque de las formas democráticas propias del mundo occidental.

Este nuevo dilema —y no el antiguo, como hubiera podido esperarse— fue el que condujo en 1939 a la segunda Guerra Mundial, que se desarrolló, en apariencia al menos, entre un grupo de países democráticos y un grupo de países antidemocráticos. Así se llegó al primero y más importante de los equívocos, que trajo consigo una polarización de las opiniones montada sobre una falsa perspectiva de los términos antinómicos. La polarización fue, sin duda, necesaria y ventajosa en su momento, y hasta debemos regocijarnos de que se haya producido, porque de otro modo, acaso el curso de la guerra hubiera sido diferente, y por cierto más doloroso. Pero es necesario aclarar aquel equívoco para entender lo que ha comenzado a acontecer después de la paz.

Analicemos el caso: la segunda Guerra Mundial se desarrolló, a mi juicio, en dos planos: uno típicamente imperialista y otro preferentemente ideológico. En el plano imperialista, la segunda Guerra Mundial no fue sino una reiteración de la primera y, en efecto, se realizó entre dos grupos beligerantes —uno más democrático que el otro, sin duda—, pero en circunstancias tales que la democracia contaba poco. Como los Imperios centrales en 1914, los estados totalitarios habían decidido en 1939 arrebatar a las potencias occidentales —”las democracias podridas”— los frutos de sus antiguas campañas imperialistas: las colonias en Asia, África y Oceania, los mercados, las zonas de influencia, las fuentes de materias primas y el control de las vías de comunicación, especialmente en cuanto estas últimas se relacionaban con las cuencas petrolíferas del Irak, Indonesia y el Cáucaso. Por su parte, las potencias occidentales —”las democra-cias” a secas— se manifestaron decididas a defender su patrimonio con energía, en parte porque no se sentían tan podridas como aseguraban Hitler y Mussolini, y en parte porque la guerra total que podía esperarse de los preparativos del Eje prometía a toda Europa una incómoda sujeción a las violentas concepciones políticas del autoritarismo nazifascista.

Ahora bien, en esta lucha imperialista Rusia tenía un lugar claramente señalado por su tradición y por las circunstancias inmediatas. Fuera de que nada le aseguraba que pudiera escapar a las ansias conquistadoras del Führer, Rusia veía ahora —como en la época de los zares— la posibilidad de una discreta expansión de su área de influencia hacia el centro de Europa y hacia los Balcanes, expansión que a los países occidentales no preocupaba demasiado porque estaba dirigida hacia una zona que escapaba a su propio ámbito y formaba parte del de Alemania. Si el Reich hubiera tolerado parcialmente esa expansión rusa —como pasó en un principio en el caso de Polonia— acaso el pacto ruso-germano no se hubiera deshecho tan pronto; pero no estaba dentro de los planes de Hitler ceder posiciones gratuitamente a un enemigo tan peligroso como Rusia, y ésta, relativamente preparada para la alianza con las democracias, de la que se había apartado en 1939, volvió a su primitiva política al advertir que Alemania no ofrecía seguridades en cuanto al cumplimiento de lo prometido. Desde entonces, para la opinión mundial, Rusia formó parte del grupo beligerante de las “democracias“, lo cual, en el fondo, no correspondía exactamente a la realidad sino en el plano de la guerra imperialista.

Pero, en el ciclo del 48, la guerra imperialista no podía dejar de sufrir las influencias del conflicto que sostenían la conciencia revolucionaria y la conciencia burguesa. Junto a la guerra imperialista, antes de su estallido y durante su transcurso, veníase desarrollando otra guerra social de no menores proporciones, que, por cierto, no era esta vez una simple reiteración del conflicto social que acompañó a la primera Guerra Mundial. Esta vez, las posiciones estaban tomadas desde hacía veinte años y tenían puntos de partida precisamente determinados: la revolución comunista en Rusia, la revolución fascista en Italia y la revolución nazi en Alemania. A partir de esas posiciones, la acción y la reacción de cada grupo se habían manifestado en profusión de matices, y en el momento de plantearse el conflicto imperialista entre los países del Eje y las potencias occidentales pudieron polarizarse las opiniones con discreta claridad: mientras los comunistas predicaban el “antibelicismo” de acuerdo con la política seguida por Moscú, los demócratas —desde el socialismo reformista hasta el conservadurismo liberal— optaron por las potencias democráticas y los nazifascistas se decidieron por el Eje, no sin procurar socavar el orden político de sus respectivos países para tornarlo favorable al Eje si le era hostil.

Pero en junio de 1941 Hitler ordenó la invasión de Rusia y desde ese momento la Unión Soviética se colocó al lado de las potencias occidentales, engrosando el bloque de las Naciones Unidas. La decisión fue favorable para todos los enemigos del Eje, que vieron la posibilidad de acelerar su derrota. Pero desde entonces las posiciones comenzaron a confundirse. Aparentemente no había sino dos grupos beligerantes, pero a nadie se le ocultaba que en el fondo eran tres, dos de los cuales se presentaban unidos sólo por afinidades que, aunque profundas, no llegaban a manifestarse como tales en la superficie. La blitzkrieg, los bombardeos y la amenaza de muerte y la destrucción que se cernía por todas partes empalidecieron por un momento las divergencias que separaban a las potencias occidentales de Rusia; pero los vivos colores que denotaban su contraste reaparecieron a medida que el peligro se fue alejando, y cada vez más, en el curso de la guerra, se advirtió que los beligerantes, en efecto, eran tres.

(…)

CONFUSIÓN EN LAS SOMBRAS

Eran tres: por una parte, los países totalitarios del Eje; por otra, la Rusia bolchevique, revolucionaria pero totalitaria a su modo; por otra, en fin, las democracias capitalistas. Cada uno de ellos ponía en juego no sólo cuanto representaba en ese momento, sino también cuanto escondía potenciado dentro de sus complejas estructuras.

Los países totalitarios del Eje representaban con fidelidad, en el fondo, los ideales de la conciencia burguesa. Más aún, eran los defensores de la conciencia burguesa afirmada con sostenida militancia allí donde podía desarrollar sus últimas consecuencias gracias al fervor revolucionario subsumido en ella y agregado a su propio potencial. Los favorecía el equívoco de la revolución de masas, que en realidad habían operado satisfaciendo algunas de sus reivindicaciones economicosociales, pero atándolas fuertemente a los caducos ideales de la conciencia burguesa. Gracias a ese equívoco poseían cierta confusa fuerza moral y una extraordinaria y auténtica fuerza material.

Lanzados a la lucha, los estados totalitarios del Eje combatieron por el aniquilamiento de la forma extrema de la revolución auténtica, que Alemania veía encarnada en la Unión Soviética en cuanto bastión del comunismo internacional, tan vigoroso en Alemania, precisamente, antes de 1933. Pero combatían también contra las formas transaccionales de la revolución que se filtraban a través del orden democrático de las potencias capitalistas, en las que la conciencia burguesa pasiva se había manifestado tolerante y conciliatoria hasta el punto de dejar entrever las vías de tránsito desde la democracia capitalista hacia la democracia socialista. Así, las armas de los estados totalitarios se volvieron, en general, contra todas las amenazas de la revolución, pero con las características de que buscaban también en la victoria lo que las burguesías rivales estaban dispuestas a defender con más valor: los bienes logrados por estas últimas durante el periodo de su expansión imperialista.

Por su parte, las potencias occidentales veían en los países totalitarios del Eje un variado y multiforme conjunto de amenazas que era necesario conjurar con presteza. Por una parte eran los del Eje países capitalistas montados sobre un principio monopolista y estatal, en los que la inmensa capacidad militar del Estado estaba coligada con los intereses capitalistas para disputar a sus rivales la hegemonía económica. Pero por otra habían ensayado cierta forma de anticapitalismo, en cuanto el Estado vedaba a las fuerzas capitalistas la libertad para elegir sus propios objetivos y, en consecuencia, can-celaba su influencia predominante sobre la vida política. Esos principios parecían nefastos al capitalismo occidental que, si insistía sobre el dictado de “totalitarios” con respecto a los estados del Eje, era sobre todo porque advertía el peligro del intervencionismo estatal en la actividad económica. Por estas dos razones, especialmente, debían luchar las potencias occidentales contra los países del Eje. Y por cierto que sólo en escasísima medida podía compartir Rusia estos objetivos de las potencias occidentales.

Pero Rusia advertía que tenía otros puntos de contacto con ellas. También defendían las potencias occidentales las formas políticas de la democracia —a las que no querían renunciar pese a las amenazas revolucionarias— y muy crecidos grupos sociales defendían dentro de su seno cierta forma de revolución paulatina que la estructura política de la democracia y el desarrollo economicosocial de los países occidentales permitían en cierta medida. Esta defensa acercaba a Rusia a los rivales de Mussolini y Hitler, y había suscitado ya una atmósfera de comprensión en el Occidente para el experimento soviético: al “peligro rojo” había reemplazado en el ánimo colectivo el “peligro nazi”.

Rusia, por su parte, había descubierto desde algunos años antes del estallido de la segunda Guerra Mundial que, en los países occidentales, variaba considerablemente la opinión respecto de ella y las doctrinas políticas que sustentaba. Si la opinión pública se mostraba más favorable, la conducta de los gobiernos demostraba más flexibilidad, sobre todo después del ingreso de Rusia en la Sociedad de las Naciones en 1934. Esto significaba dos cosas: primero, que el clima democrático era más favorable para la catequesis revolucionaria; y segundo, que las potencias democráticas desarrollaban a su modo cierta forma de transformación social que justificaba en alguna medida la misma revolución soviética. Eran conclusiones que obligaban a hacer un cotejo con la situación creada por el nazifascismo.

En efecto, era cada vez más evidente que, si la actitud revolucionaria había encontrado acogida en Italia y Alemania, era sólo en la medida en que las fuerzas reaccionarias consideraron necesario canalizarla y someterla a sus propios fines; en los países democráticos, en cambio, había sido contenida en alguna medida, pero había podido desarrollarse, aunque en menor escala, libremente y sin renunciar a sus objetivos propios. Por razones ideológicas —como por razones imperialistas— Rusia se hallaba, pues, más cerca de los países democráticos, a pesar de su capitalismo predominante aún, que de los Estados del Eje, a pesar de su aparente revolución social, y cuya beligerancia había encontrado un poderoso punto de apoyo en la “defensa de la civilización occidental contra el comunismo”. Hitler decía en 1935, en un discurso en el Reichstag: “Empecé mi lucha en Alemania al mismo tiempo que el bolchevismo celebraba su primer triunfo, es decir, la primera guerra civil en Alemania. Cuando después de quince años el bolchevismo contaba en nuestro país con seis millones de partidarios, yo había logrado trece millones. En la lucha decisiva sucumbió él. El nacionalismo libró a Alemania y a la vez quizá a toda Europa de la catástrofe más horrible de todos los tiempos. Si en la Europa occidental se dispusiese para juzgar estas cosas de las mismas experiencias prácticas de que yo dispongo, creo que también allí se llegaría a conclusiones completamente distintas”. Por un instante, Stalin pudo fingir una interesada neutralidad, pero Hitler se apresuró a llamarlo a la realidad. Todo conducía, en 1941, a afirmar la idea de que Rusia formaba parte por derecho propio del frente antinazi.

Naturalmente, una alianza militar y un frente político constituidos sobre la base de tantos y tan sutiles distingos, no podía sino estimular el establecimiento de algunas reservas fundamentales. Las democracias habían sostenido y apoyado a los países del Eje como bastiones contra el comunismo, y en tal calidad hubieran seguido apoyándolos si no hubieran mostrado más tarde la garra imperialista. Porque, en efecto, temían al comunismo internacional y la capacidad de infiltración que había demostrado el Komintern. Este temor había palidecido un poco desde 1934, se había reavivado con la firma del pacto ruso-alemán —que daba la medida del realismo staliniano—, y subsistía, después de establecida la alianza politico-militar, en muchos grupos conservadores. Si fue vencido transitoriamente, dejó su huella en las reservas que suscitó la posibilidad de una revolución catastrófica, frente a las cuales la conciencia revolucionaria había erigido una política conciliatoria, apoyada por buena parte de las masas y tolerada por la burguesía.

Tolerada, y acaso defendida, porque al tiempo que significaba un paso en un sentido señalado por las circunstancias, parecía una eficaz panacea contra la revolución catastrófica. Una de las causas de la disidencia política entre las potencias occidentales y los países del Eje fue, precisamente, la desmedida violencia aplicada por estos últimos en la represión de las fuerzas revolucionarias, y no precisamente por humanitarismo sentimental sino porque no faltaban en aquéllas los políticos de visión aguda y suficiente experiencia como para saber las funestas consecuencias que entrañaba esa conducta sostenida y sistematizada. Aunque parezca extraño, también se hizo la guerra en cierta medida para defender la revolución progresiva que se estaba —y se sigue— haciendo en muchas partes sin mucha conciencia de ella.

Rusia, por su parte, alimentaba también, en principio, algunas reservas importantes con respecto a las potencias occidentales. Si en la superficie coincidía con la Alemania de Hitler en el entusiasmo vital, y en el sentido de la disciplina —o si se prefiere, de la dictadura—, en el fondo había entre ellas una coincidencia decisiva: el área imperial británica, cuyo reparto más o menos amistoso entre Moscú y Berlín parecía constituir la misión histórica de ambas potencias. El pacto no prosperó, como es sabido, pero la alianza de Rusia con las potencias occidentales implicaba, sin embargo, dos reservas fundamentales; una, sobre la necesidad de que estas últimas la indemnizaran por lo que consideraba que podría haber ganado si hubiera dirigido su política hacia un acuerdo con Hitler; otra sobre el derecho que seguía asistiendo a Rusia de retomar la labor de expansión mundial del comunismo desde los organismos partidarios de Moscú, suprimidos transitoriamente durante la guerra y reorganizados poco después. Ambas reservas suponían que entre los vencedores debía reconocerse un vencedor.

Si se considera cuidadosamente todo lo que separaba a Japón, Italia y Alemania y se lo compara con las reservas señaladas en las relaciones entre sus enemigos, se convendrá en que tanto las líneas militares como las líneas políticas estaban trazadas por sobre una sucesión de equívocos. En compensación, había impulsos imponderables, pero inequívocamente vigorosos que ayudaban a superarlos. Tan discutible y criticable como pueda ser para algunos su modus operandi, el comunismo proviene de una concepción de la vida humana que coincide, en un principio, con los ideales occidentales de la democracia y que surgió, precisamente, para perfeccionarlos. Si las democracias podían afirmar que defendían el concepto de libertad que habían heredado del liberalismo, el comunismo podía afirmar de sí mismo que era un intento de perfeccionamiento de ese concepto, facilitando su triunfo con la anulación de aquello que en el liberalismo lo cohíbe. Contra aquella concepción, contra esos ideales, el nazifascismo había levantado una teoría del Estado todopoderoso que transfería del hombre al grupo el acento de la supremacía, tipo de idolatría contra el que se ha luchado una y otra vez en la historia occidental. Podría decirse —con suficientes elementos de juicio— que Rusia ha hecho lo mismo; pero sin duda se podría argüir que

Rusia ha realizado el experimento de la dictadura del proletariado en tales circunstancias y con talos taras que no es inexplicable que haya desembocado en una dictadura, argumento al que podría agregarse lícitamente que el comunismo no ha abjurado nunca de su concepción primigenia y la ha servido en muchas ocasiones con ejemplar sacrificio. Esa argumentación, sin duda, ha alimentado la certidumbre —aun en espíritus definidamente conservadores— de una remota y definitiva coincidencia entre el comunismo y la democracia, certidumbre que adquirió inusitado vigor el día aciago en que todas las víctimas de la agresión del Eje tuvieron que apelar a sus últimas reservas de energía. Entonces pareció necesario postergar la consideración de las divergencias y superar momentáneamente las reservas mentales en holocausto al esfuerzo común, exigido por las circunstancias de la lucha. Unos y otros creyeron preferible colaborar en la destrucción del enemigo común y dejar para más adelante el desafío entre los dos matices de la revolución.

(…)

LAS PRIMERAS REVELACIONES

Sin embargo, Hitler y sus consejeros políticos pudieron pensar que las reservas que separaban a Rusia de sus aliados permitían intentar, en plena guerra, una inversión de las alianzas. Y como los usos de la diplomacia han cambiado mucho, esa certidumbre dio lugar al incómodo viaje de Rudolf Hess, destinado a suscitar el entusiasmo pacifista de los ingleses. Las proposiciones que el lugarteniente de Hitler transmitió al duque de Hamilton en 1941 fueron categóricamente rechazadas por el gobierno de Churchill, pero es innegable que Hitler y Ribbentrop tenían motivos para suponer que había muchos en la retaguardia enemiga de Occidente a quienes no entusiasmaba la inesperada solidaridad con Stalin… Pero era tarde. Se había recorrido ya mucho camino y cada uno de los grupos unidos contra el nazifascismo tenía buenas razones para permanecer en donde estaba. Rusia no había abandonado, seguramente, la idea de enfrentarse algún día con las democracias capitalistas, pero todo parecía indicar que corría el riesgo inminente de ser aniquilada por Hitler, en tanto que nada podía temer por ahora de aquéllas. Un razonamiento semejante podían hacerse Inglaterra y Estados Unidos, pues la capacidad de agresión inmediata de Rusia y el comunismo era sensiblemente inferior a la que demostraba el colérico Júpiter de Berchtesgaden. Era, pues, inútil que Hess arriesgara su preciosa existencia volando en su hermoso Messerschmidt sobre territorio enemigo y lanzándose luego en paracaídas para buscar al duque de Hamilton.

La guerra que comenzó en septiembre de 1939 siguió pues, con intensidad cada vez mayor. Hubo sangre, sudor y lágrimas para las naciones democráticas durante largos años, y los ataques desatados por las Panzerdivisionen y la Luftwaffe probaron la excelente organización lograda por el Estado mayor alemán. “He aquí que ha llegado —había dicho el coronel Charles de Gaulle en 1934— la época de los soldados de élite y de los equipos seleccionados.” Francia no llegó a tenerlos antes de 1939, pero Alemania los preparó rápidamente a pesar de las prohibiciones del tratado de Versalles, y pudo asegurarse con ellos una prodigiosa ventaja inicial, que pareció a muchos definitiva.

Pero en los planes del führer se escondían ciertas fisuras —como en el mal acero— que debían desbaratarlos. La guerra que esos planes suponían era la guerra relámpago, la blitzkrieg, posible solamente mediante un número indefinido de poderosos equipos mecánicos. Para oponerse a esos planes, sus enemigos no tenían otra posibilidad que utilizar medios semejantes y, en consecuencia, la guerra se transformó muy pronto en un verdadero torneo de capacidad industrial entre la retaguardia del Eje y la retaguardia de las Naciones Unidas. Al principio los países del Eje parecieron superar a sus rivales, pero a medida que fue pasando el tiempo, las posiciones se trastrocaron y las Naciones Unidas advirtieron que el secreto de su victoria residía por el momento en resistir, pese a la sangre, al sudor y a las lágrimas. Porque el tiempo trabajaba en contra del Eje, y no solamente porque se debilitara su propia capacidad de producción.

Se debilitaba, en efecto, la capacidad de producción dentro de Alemania, Italia y Japón, precisamente cuando era necesario redoblar el esfuerzo para mantener lo conquistado en los primeros avances contra las lentas y cada vez más vigorosas reacciones del adversario. Pero se debilitaba también la colaboración que prestaban a Alemania las zonas sometidas y crecía cierto sordo rumor acerca de la injusticia radical que presidía la conducta de los amos, hasta llegar a oírse, acaso, entre los mismos alemanes. “¿Qué va a ser de vosotros? —les decía Thomas Mann por la BBC en 1941—. Si perdéis, todos los espíritus de la venganza se lanzarán contra vosotros por lo que habéis hecho contra los hombres y los pueblos. Si vencéis y se hunde Inglaterra, y ganáis también la guerra de los continentes y abatís al Oriente y al Occidente, ¿por ventura hay, entre vosotros, quien crea que ésa sería una victoria duradera, forjadora de orden, soportable para vosotros mismos y para los demás, una victoria, en fin, con la que se pudiera vivir? ¿Puede vivir un pueblo teniendo que hacer de policía de los otros con ejércitos enteros para vigilar toda la superficie de la Tierra, subyugada y esclavizada a la poderosa raza de señores? ¿Es esto, acaso, una posibilidad espiritual para cualquier pueblo y, especialmente, para vosotros, alemanes? Por muy escéptico y pesimista que sea respecto de la historia y la humanidad, no hay quien pueda creer que el mundo aceptaría el triunfo final del mal y que toleraría verse convertido en un campo de concentración, en una enorme zahúrda de la Gestapo en que vosotros, alemanes, desempeñáseis el papel de una guardia de s. A.” Sin duda habíase escuchado ya en muchas conciencias libres de alemanes la misma admonición.

Porque la guerra se apresuraba a facilitar la revelación de muchos equívocos. El espectáculo de los “Gauleiters”, de los “quislings” y las quintas columnas, del antisemitismo y de las persecuciones políticas, de la insinceridad y, además de la ineficacia de los principios sociales y económicos originariamente puestos en vigor en Alemania, de la organización clara e indiscutible de un imperio territorial, tan siniestro como los imperios ya existentes —o acaso mucho más—, todo ese espectáculo fantasmagórico, en cuyo primer plano aparecían los trágicos campos de concentración de Buchenwald y Dachau sirvió para aclarar poco a poco el equívoco sobre el contenido “revolucionario” de los regímenes de Italia y Alemania. Hubo quienes pudieron seguir siendo filonazis o filofascistas en todo el mundo —hasta en el norte y en el sur de la América—, pero el vano pretexto de que impulsaban una revolución moderna, de masas, para renovar el mundo de las “democracias podridas”, quedó al descubierto en toda su miseria, en toda su deliberada falsedad. Sólo querían pudrir de veras la democracia —sin conocer la causa en cuyo favor trabajaban secretamente— y regocijarse en la podredumbre.

Las siguientes revelaciones comenzaron a ponerse de relieve a partir de la liberación de Stalingrado y la derrota del Afrikakorps. Las Naciones Unidas comprendieron no sólo que podían ganar la guerra, sino que, prácticamente, podía darse ya por ganada. En consecuencia, comenzó de inmediato la batalla sorda entre los dos grupos que integraban la unión para establecer bases convenientes para el momento de la paz: Moscú, El Cairo, Teherán y Yalta fueron los campos de batalla entre los rivales de la victoria.

Los problemas de la paz giraron alrededor de dos o tres cuestiones que ya comienzan a resultar claras. Puesto que era difícil discutir sobre las áreas coloniales de influencia, el tema de la posguerra debía radicarse fundamentalmente en las áreas europeas. Para Rusia, los viejos problemas suscitados por el paneslavismo y los que provenían de su vieja aspiración a hallar salida por el Mediterráneo adquirieron tal importancia que pareció necesario ceder, aunque extremando las reticencias. Una parte de Alemania debía ser, al menos, zona de influencia rusa, porque sólo de ese modo podía beneficiarse Rusia aprovechando los vestigios del ímpetu revolucionario suscitado por el nazismo. Tal parece haber sido el punto de vista, más o menos explícito, de Moscú. Junto a Alemania, lo que había sido zona de influencia alemana antes de la guerra —inclusive Polonia, subdividida cuando la invasión de 1939— debía quedar bajo la autoridad soviética, en parte por razones de vecindad, en parte por razones de eslavismo, y en parte por la imposibilidad en que se hallarían las potencias occidentales de impedir su ocupación en el momento preciso. El punto de fricción quedó radicado en los Balcanes, donde Gran Bretaña y Estados Unidos podían consentir en casi todo, excepto en ceder la posición estratégica de Grecia, de gran importancia para el control del canal de Suez y los estrechos que comunican con el Mar Negro. A Grecia se agregaban como zonas de competencia peligrosa Turquía y el Irak, zonas sobre las cuales la discusión debería ser larga. Pero la Europa central y oriental quedó seguramente adjudicada a Rusia de manera más o menos explícita, como zona de influencia directa, y desde entonces resultó aclarado un nuevo equívoco, pues la Rusia soviética ponía de manifiesto ahora la misma decisión imperialista que caracterizara a la Rusia de los zares, aunque el paneslavismo hubiera sido reemplazado por el ideal comunista.

La aclaración de este equívoco acentuaba la dramaticidad del interrogante que planteaban otros aún oscuros, relacionados con las futuras relaciones entre los vencedores, entre la Rusia comunista y las potencias occidentales capitalistas y democráticas. Consideraban éstas, naturalmente, que su antinazismo llegaba exactamente hasta donde alcanzaban sus propias concepciones y aspiraciones políticas, pero de ningún modo un paso más allá. Si Rusia intentaba difundir el comunismo —por intermedio de los correspondientes partidos nacionales y con el apoyo más o menos directo de los organismos de Moscú— dentro del área de influencia reconocida por Rusia a las potencias occidentales, consideraban éstas que Rusia intentaba sustraerse a las estipulaciones de los pactos suscritos y beneficiarse con una acción que sólo en su aspecto formal no violaba aquellos compromisos. Rusia, naturalmente, deslindaba enérgicamente su conducta política como Estado con respecto a la acción de los partidos comunistas nacionales de los países de influencia angloamericana y a pesar de haber creado al nuevo Komintern, exigía que se respetara el derecho de libre determinación de los pueblos, cualquiera fuese la zona en que se hallaran. Dicho en otros términos, Rusia aceptaba la división de las áreas de influencia, pero no renunciaba a acrecentar la suya mediante la acción de las facciones que respondían a sus dictados en los países ajenos a ella.

Esta situación provenía del más difícil de los equívocos planteados entre las potencias vencedoras del Eje, equívoco de profundas raíces en el que se ocultaba la doble entrecruzada contienda entre entidades nacionales y facciones políticas. Equívoco insoluble doctrinariamente, agreguemos, que sólo puede resolverse, en consecuencia, por la acción.

VIII. ABSOLUCIÓN DE POSICIONES

Bastó que terminara la contienda para que la mayor parte de los equívocos se esfumara como por ensalmo; sus signos se habían manifestado nítidamente en el transcurso de la guerra, de modo que, según se fue haciendo necesario tomar medidas para la organización de la paz, aparecieron con claridad los reductos imbatibles, las zonas de fricción y los objetivos por conquistar. Quedaron, pues, derrotados los enemigos à outrance de la revolución, y divididas las áreas de influencia de una y otra tendencia renovadora. Este hecho no es insignificante. Aunque puedan señalarse, aquí y allá, los últimos defensores de la reacción antirrevolucionaria, el tono general del panorama está dado por la presencia de una voluntad revolucionaria indiscutible que adopta la forma apocalíptica del comunismo o los caracteres del reformismo socializante. Si se tiene en cuenta la natural complejidad que caracteriza a los procesos historico-sociales, sobre todo cuando se desarrollan en tan vastas áreas como las de hoy, habrá que convenir en que la curva de la conciencia revolucionaria ha ascendido de manera notoria.

Si algo caracteriza profundamente la segunda posguerra es que no predominan en ella, como en la primera, los caracteres de una psicosis de encrucijada. Hay una relativa claridad acerca de las posiciones por adoptar, y poco a poco adquiere claro sentido la línea que articula los procesos del ciclo del 48. De aquí puede nacer un optimismo relativo: acaso deban esperarse guerras y revoluciones violentas, muertes y sacrificios; pero nada de todo ello parece ser estéril, porque los objetivos son ya claros y la ruta por seguir está limpia de conturbadores equívocos.

Acaso aquí o allá será menester todavía luchar con algún rezagado defensor de la conciencia burguesa. Pero no será sino un episodio local. El frente verdadero está dado por la oposición de dos concepciones diversas de la revolución, y una vez advertida, la exigencia parece radicar en la absolución de posiciones. Ha llegado el momento —feliz, podría decirse, sin temer la tragedia que acaso espera a éste o a aquél— de que cada uno responda por sí o por no. Habrá aquí o allá minorías que deban afrontar problemas previos, o minorías que debatan problemas accesorios, acaso decisivos para el futuro. Pero frente al presente irreductible, sólo cabe la absolución de posiciones en relación con las dos grandes posibilidades que ofrece la situación occidental: o con la revolución violenta y la autocracia, o con la democracia y la revolución progresiva.

Los de nuestras vidas son, sin duda, tiempos harto imperfectos, pero sólo porque son tiempos de creación. Amargos quizá, pero promisorios. Acaso duela el papel de oscuros precursores que cabrá a algunos, que, en otras circunstancias, hubieran podido ser espléndidos realizadores de empresas memorables. Pero a pesar de ese dolor, quien contemple nuestro tiempo con la necesaria perspectiva advertirá que se dilucida en él el problema fundamental de nuestra cultura y se llevan —por fin— hasta sus últimas consecuencias los postulados que la caracterizan desde sus orígenes y que se refieren esencialmente al valor del hombre.

(…)

LA PEQUEÑEZ DE UNA GRANDEZA

Dos años después de la ignominiosa caída de los dictadores nazi-fascistas en Italia y Alemania y de la humillante visita del emperador Hirohito al cuartel general de Mac Arthur, constituye un deber del pensamiento histórico formularse una pregunta decisiva: ¿Cuál era el verdadero significado del nazifascismo derrotado y cuál el de la alianza victoriosa de las democracias occidentales con la Rusia soviética? La respuesta es, ciertamente, difícil a tan corto plazo de la tragedia pero la sombra de la esfinge se abate sobre esta nueva Tebas con tonos demasiado oscuros para sustraerse a formular una res-puesta.

Por encima del conflicto imperialista, el conflicto ideológico ha adquirido una significación extraordinaria en el transcurso de la segunda Guerra Mundial. El nazifascismo era, sobre todo, la encarnación diabólica de la conciencia antirrevolucionaria, organizada del modo más eficaz que pudiera concebirse: reivindicando para sí la actitud exterior de la revolución y construyendo un aparato de camuflaje para poner a su servicio a las masas en trance de ascenso economicosocial. Y frente al nazifascismo, las potencias occidentales, democráticas y capitalistas se aliaron con Rusia soviética para salvar el destino de la conciencia revolucionaria, pese a la radical diversidad que caracteriza a sus respectivas concepciones de la revolución. No hay paradoja: aun defendiendo el imperio británico, Churchill defendía más celosamente la concepción revolucionaria que un Hitler apoyado en el Arbeiterfront.

Como adalides de la contrarrevolución, los regímenes de Alemania y de Italia pudieron parecer durante algún tiempo celosos defensores de una idea, a cuyo servicio pusieron una elaborada técnica política y un formidable poderío económico y militar. Pero, en el fondo, ni siquiera expresaban una idea contrarrevolucionaria de indiscutible vigencia universal, sino meras concepciones locales de la contrarrevolución, mimetizadas luego con la concepción-tipo ideada por Alemania, aunque fuera lanzada en un principio por Mussolini y llevada luego hasta sus últimas consecuencias por el Japón. Porque es necesario no engañarse: sin Alemania no hubiera habido eje totalitario, ni se hubiera desencadenado la política de revisión del statu quo mundial. Es, pues, imprescindible analizar aquella concepción local de Alemania, tipo sobre el que se organizaron las de los que se transformaron en sus satélites.

Esa concepción proviene del hecho escueto de la situación marginal que Alemania adopta en Europa durante la Edad Moderna, al producirse el delineamiento de las grandes nacionalidades europeas. Mientras éstas se constituyen y logran su perfección formal en el siglo XVIII, Alemania fracasa en su intento de imitarlas bajo el peso de la derrota sufrida en la guerra de los Treinta Años, consagrada por los tratados de Westfalia en 1648. Ese mismo año, precisamente cuando se sellaba el destino de Alemania atándola a su vetusta organización feudal, se producía en Inglaterra la primera revolución burguesa de Europa. Acaso no se haya reparado suficientemente en este punto. Desde ese momento comienza a generarse en Alemania una suerte de resentimiento nacional que se continúa en línea recta desde Fernando III hasta Adolfo Hitler. Si Prusia intenta asumir la hegemonía sobre los Estados alemanes es, sobre todo, para tratar de llevar a cabo la misión en que había fracasado el Santo Imperio de los Habsburgo: pero ante la situación de hecho creada por los tratados de Westfalia sólo quedaba la posibilidad de acudir a la fuerza, procedimiento que se dispusieron a seguir los Hohenzollern con sostenida dedicación.

Surgió así una concepción militar del orden alemán, que segregó a su vez una concepción del poder político reacia a las influencias de las fuerzas capitalistas: el Estado era una organización de fuerza y nada debía sobreponerse a sus objetivos específicos. Pero entretanto, las monarquías nacionales de Occidente favorecían el vasto desarrollo económico relacionado con la revolución industrial, proceso que se desarrolló con limitada importancia en los distintos Estados alemanes antes de 1870, entre los cuales no fue Prusia de los más evolucionados. Pese a todos los estímulos externos que podían obrar en sentido contrario, los Hohenzollern mantuvieron incólume su con-cepción política y siguieron aferrados a la idea de que el problema fundamental era lograr para los Estados alemanes una estructura nacional basada en la fuerza militar y suficientemente vigorosa como para sacudir la situación de inferioridad que arrastraban desde mediados del siglo XVII.

Esta fijación de un objetivo que en la Europa occidental del siglo XIX era ya anacrónico, impidió que se desarrollara normalmente el espíritu liberal en Alemania y Austria. Si ambos países se transformaron en baluartes de la reacción contra la Revolución francesa fue por razones diametralmente opuestas a las que tuvo Inglaterra. Mientras esta última defendía el estatus constituido después de 1688, Alemania y Austria se esforzaban por conservar la concepción autocrática montada sobre el orden feudal que arrastraban, con vistas a la solución de sus problemas dentro del orden europeo. Ni el espíritu de la revolución industrial ni el espíritu del liberalismo convenían a ese proceso que, por lo menos, no fue favorecido, en tanto que la invasión napoleónica contribuyó a agudizar el sentimiento nacional y, con él, una esperanza redentora que se fijó cada vez más en la espada del rey de Prusia. Los Hohenzollern aceptaban esa misión, y los teóricos del nacionalismo, como Fichte, se insinuaban por un camino que sólo podía transitarse siguiendo los pasos del Rey Sargento y de Federico II, cuyas últimas consecuencias eran Bismarck y Adolfo Hitler: había que hacer en el siglo XIX o en el XX lo que hubiera debido hacerse, y no se hizo en el XVII.

Finalmente, en la segunda mitad del siglo XIX quedó realizada la unidad de los Estados alemanes bajo la égida prusiana, con un explícito rechazo de los grupos liberales que aspiraban también a ella, y dentro de la concepción politicomilitar que preconizaban los Hohenzollern. Desde entonces, el nuevo imperio controló ricas regiones metalíferas y carboníferas, como las de Renania y Silesia, y esta circunstancia tornó insatisfactoria la calidad de primera potencia militar del continente que Alemania había logrado después de 1870. Ahora entreveía la posibilidad de transformarse también, rápidamente, en una gran potencia económica; pero como había consolidado su estructura autocraticofeudal, y ahogado la tradición propia de la revolución industrial y el liberalismo, esa posibilidad sólo podía realizarse dentro de la organización estatal, a diferencia de las potencias occidentales, en las que el capitalismo había logrado su esplendor al margen del Estado. Planteada esa situación en el último tercio del siglo XIX, es innegable que el Imperio alemán es ya, en alguna medida, un estado totalitario desde la época de Bismarck y de Guillermo II. Su plan de hegemonía mundial estaba en relación con aquellas aspiraciones económicas, pero adquiría las formas que le proporcionaba la estructura politicomilitar del imperio. Frustrada su realización en 1918, fue retomado por Adolfo Hitler, cuyos objetivos eran en el fondo idénticos a los de Guillermo II, con la única diferencia de que organizó el frente interno según las nuevas exigencias del momento, según el planteamiento establecido por Mussolini a la luz de la experiencia rusa y de la crisis de la posguerra.

De este modo, Alemania —con sus satélites— pudo encarnar la contrarrevolución en términos que resultaban peligrosos e inaceptables tanto para el comunismo ruso como para las democracias capitalistas del Occidente. Rusia había consumado una revolución socialista en la que conjugaba la revolución burguesa y liberal que no había hecho contra la antigua aristocracia y la revolución de masas que pareció posible a los jefes de los partidos revolucionarios. La había consumado en singularísimas circunstancias históricas, ajenas en parte al proceso económico y estimulada por un sentimiento revolucionario de profundas raíces sociales y morales en el pueblo ruso. Pero cualesquiera fueran esas causas, la revolución estaba hecha y acusaba los rasgos de una celosa ortodoxia doctrinaria que permitía distinguir con nitidez cuál era el sentido de la contrarrevolución nazi-fascista. Podía Rusia transigir circunstancialmente con Alemania, movida por las necesidades de su propia defensa y por su acentuado realismo político; pero era evidente que no podía desconocer el peligro que la acechaba tras el triunfo del totalitarismo reaccionario.

En cuanto a las potencias occidentales, la reacción contra el nazi-fascismo obedeció a más complejas motivaciones. El hecho de la Revolución rusa había constituido una fijación del proceso revolucionario y se presentaba, por eso, con ciertos caracteres peculiares: era un modelo, un esquema acabado de forma definida y precisa, como lo había sido la Revolución francesa en los tiempos que siguieron a su triunfo. Ahora bien, este hecho, ocurrido donde menos podía imaginarlo la conciencia revolucionaria occidental, interfirió un lento y continuado proceso que se venía desarrollando en el seno de las potencias democráticas y capitalistas del Occidente y que es necesario discriminar con precisión. En efecto, el mundo occidental había permitido el aniquilamiento del régimen feudal por obra de la burguesía, y luego el desarrollo progresivo de esa burguesía desde sus formas primitivas hasta sus formas más evolucionadas, hasta que llegó la conquista del poder político. En este punto del proceso, producida la revolución industrial, la burguesía advirtió el ascenso del proletariado como clase y adoptó desde ese momento una posición definida. Analicémosla con atención.

Si se consideran los altibajos de la actitud burguesa desde fines del siglo XVIII hasta nuestros días, nos es dado advertir que está caracterizada por las progresivas concesiones otorgadas al proletariado cada vez que las circunstancias se lo han impuesto. Mientras puede, la burguesía procura contener ese ascenso y negarse, aun con violencia, a las exigencias que se le formulan. Pero las etapas de contención y represión son seguidas por etapas de concesión, en todas las cuales se alcanzan metas de las que no se retrocede, sino que se toman, por el contrario, como punto de partida para nuevos análisis de la situación del proletariado. Ni Francia, ni Inglaterra ni los Estados Unidos —para limitarnos a las más importantes potencias industriales— han conocido una política de represión sistemática que se haya perpetuado con el ensañamiento y la firmeza que reveló el nazifascismo. Cuando se insinuó fue corregida al cabo de poco tiempo por cierto instinto político que ha demostrado a los estadistas de las democracias occidentales la imposibilidad de contener lo incontenible.

Esta actitud se da tanto en el campo de la teoría como en el de la práctica. No hay teóricos de la represión violenta y sistemática que hayan obtenido el consenso general para sus ideas, ni políticos que intentaran llevarlas a la práctica con éxito duradero. Los movimientos ultrarreaccionarios son, en los países occidentales, movimientos de élite que no han llegado a alcanzar vigencia general en la opinión, y ni siquiera polarizan la opinión cuando fingen adoptar el aire popular de inspiración mussoliniana. Ni Mosley, ni Maurras, ni el coronel La Rocque, consiguieron sobrepasar los límites de círculos harto estrechos. No hay un auténtico nazifascismo francés, ni inglés, ni norteamericano: hay reacción conservadora, pero no hay una actividad sistemática de la política reaccionaria con vistas al aniquilamiento del movimiento autónomo de las masas. Cuando más, hay un intento de solidarizar a las masas con los intereses nacionales, como ocurrió con el New Deal concebido por el presidente Roosevelt, que implica el propósito de neutralizar la virulencia del movimiento de masas, pero sin introducirse coactivamente en las esferas propias de las masas como clase, sin apelación a la violencia para someterlas a determinada estructuración y, sobre todo, sin abandono de las conquistas políticas de la democracia, categorías de la convivencia que es menester salvar a toda costa.

A mi juicio, ha habido una lenta absorción de la conciencia revolucionaria por las clases burguesas. Este hecho reviste una extraordinaria significación y proviene, en primer lugar, de la concepción del hombre que está consustanciada con la cultura occidental y supone una alta estimación de los valores que radican en la persona humana. Pero en segundo lugar, proviene de la naturaleza elástica de la concepción economicosocial del capitalismo, que implica una eficaz percepción de las posibilidades de acomodación que le ofrece la realidad cambiante. Para el capitalismo, el individuo no sólo es, eventualmente, un instrumento de producción, sino que es también, permanentemente, un consumidor cuyo estándar de vida interesa fundamentalmente al proceso de la producción. Pero hay más. A medida que se desarrolla, el capitalismo se despersonaliza y su único criterio es la eficacia, hasta el punto de tolerar un ascenso de masas que no puede sino repercutir favorablemente en el desarrollo del consumo.

Anticipémonos a los argumentos sentimentales. Subsiste una explotación despiadada que testimonian un Forster, un Rivera o un Gallegos. Pero obsérvese que el afirmar que ha habido y sigue produciéndose una lenta absorción de la conciencia revolucionaria por las clases burguesas no quiere decir en modo alguno que esa absorción sea automática y resultado de la benevolencia o el humanitarismo. El capitalismo no ha cedido sino ante la presión y sólo mediante la presión será posible que se liberen los que aún son oprimidos en condiciones subhumanas. Lo innegable es, sin embargo, que cuan-do esa presión alcanza la suficiente energía, el capitalismo tiende en Occidente a ceder y no a constituir un sistema de fuerza para sustraerse totalmente a las exigencias que le son planteadas. Aquí se conjugan los dos tipos de motivaciones. Por una parte el capitalismo occidental descubre que acaso no sea perjudicial, sino acaso beneficioso a la larga, que el proletariado eleve su estándar de vida como para perfeccionar el ciclo de la producción y el consumo. Este descubrimiento puede ser uno de los altos títulos que le sea lícito ostentar a Mr. Ford en la historia del capitalismo. Por esa causa, el capitalismo se siente detenido en su impulso primero de organizar una sistemática política de represión que aunque durante un tiempo acrecentara el índice de los beneficios, conspiraría luego contra los índices de producción y precios. Pero, por otra parte, el capitalismo occidental, en cuanto producto de una cultura de sólidos fundamentos, carece de vigor necesario para negar, en derecho, la legitimidad del ascenso de determinados grupos sociales, contradiciendo todos los principios que están en su base. Carece del vigor necesario para negar, en oposición con los fundamentos de la cultura occidental el derecho del individuo a liberarse de la coacción económica de sus semejantes, a desprenderse de los vínculos que lo colocan en situación forzosa de desigualdad, a ascender si posee las condiciones para ello. El capitalismo puede defender una situación de hecho, pero quienes defienden sus intereses no pueden, en situaciones críticas, negar cada uno de los postulados que la conciencia revolucionaria ha terminado por incorporar en la opinión unánime, aun en la de los más torpemente reaccionarios. Éste ha sido el triunfo de la conciencia revolucionaria tras una larga catequesis, cuyos frutos son hoy palpables a la vista de sus resultados y a la vista de la usurpación que el nazifascismo se vio obligado a hacer de sus principios.

Para quienes conocen el desarrollo de la política capitalista, ha sido lícito preguntarse alguna vez si mentían Churchill o Roosevelt cuando afirmaban, durante la última guerra, que combatían por la democracia, por la libertad y por la dignidad de la persona humana. En la medida en que representaban los más poderosos intereses del capitalismo, acaso hubiera en sus palabras alguna exaltación retórica; pero hay verdades que se imponen por sí mismas, aun por encima de las deformaciones y de los sofismas con que se quieren revestir deliberadamente. Las democracias occidentales, efectivamente, luchaban por la democracia, por la libertad y por la dignidad de la persona humana, porque luchaban por un sistema de convivencia que hace posible, sin que se disloquen ni se malogren las conquistas ya firmes, el triunfo progresivo de la revolución, de la que el mismo capitalismo se torna agente y defensor sin saberlo, o acaso sabiéndolo y a pesar suyo en la medida en que considera que afronta el menor de los males previsibles. Trabaja, en efecto, por la revolución posible, una revolución lenta mediante la cual se opera la transformación desde una economía capitalista hacia una economía cada vez más socializada, sin mutaciones demasiado violentas que impliquen un peligro mortal para las conquistas democráticas relacionadas con la libertad del individuo. Esa revolución no la hace el capitalismo sin duda, pero se hace dentro del capitalismo, con un esfuerzo cotidiano para vencer sus resistencias locales y recurriendo a veces a la violencia; porque la destrucción súbita del capitalismo significaría la des-trucción de un orden civilizado sin el cual —confesémoslo— la revolución carecería de alicientes. Como no es nada una revolución sin la garantía de la libertad, tampoco es nada una revolución que carezca de bienes que socializar. Por lo demás, opera en la dinámica del proceso un sobreentendido fundamental: el capitalismo no tiene ya en Occidente sino la fuerza necesaria para negar con malas artes y mientras pueda lo que le exijan las masas en ascenso, y termina siempre por otorgarlo a regañadientes; pero carece de la energía imprescindible y de posibilidades para intentar el aniquilamiento de las masas como fuerza autónoma.

Había, pues, un secreto acuerdo, una íntima y legítima connivencia entre el comunismo ruso y las democracias occidentales para oponerse mancomunadamente al nazifascismo: había en ambos una aceptación más o menos resuelta de la revolución necesaria, aunque difieran sustancialmente en cuanto a la manera de realizarla y su triunfo es, en lo fundamental, el triunfo de la revolución. Sólo queda por librarse —si es que no se lo puede impedir— el duelo entre las dos revoluciones posibles, tras el que se oculta, por cierto, la rivalidad entre dos grupos por el predominio económico y político, desgraciadamente como en las anteriores guerras imperialistas.

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AFIRMACIONES Y NEGACIONES LEGÍTIMAS

Una cosa es cierta, y es que el baluarte de la reacción frontal contra la conciencia revolucionaria ha sido aniquilado. Lo que queda frente a frente son las dos concepciones de la revolución, acerca de cada una de las cuales se debe tener opinión y adoptar una actitud clara y razonada.

Rusia significa la revolución súbita, resultante del golpe de Estado producido cierto día a cierta hora y consolidado por la anulación de las superestructuras del capitalismo. En realidad, Rusia no hace sino proyectar sobre el resto del mundo su propio proceso revolucionario y procurar que siga la misma dirección el de los demás países por intermedio de los partidos comunistas que obedecen las directivas de los organismos centrales de Moscú. Obra en su favor, sin duda, el que aquel movimiento se produjera de acuerdo con la ortodoxia doctrinaria, esto es, tal como preveía Karl Marx “la” revolución social. Para lograr ese objetivo y polarizar a su alrededor crecidas masas, el comunismo de inspiración soviética tiene a su alcance un bien provisto almacén de argumentos que, como los de sus contrarios, contiene afirmaciones y negaciones legítimas. Es menester tenerlas en cuenta, pero sin olvidar tener en cuenta también las de sus contrarios, y esto aunque se tenga posición tomada. A menos que no se quiera entender, sino, simplemente, afirmar y sostener una facción con la propia solidaridad.

No es difícil para el comunismo de inspiración soviética volver a afirmar —tras haberlo ocultado durante la guerra— que las democracias occidentales no son sino potencias imperialistas, en trance ahora de robustecer sus posiciones de ese tipo. La afirmación es legítima, porque mientras la producción mantenga ciertos caracteres será imprescindible mantener o extender los mercados y las zonas de influencia económica. Tampoco le es difícil afirmar que las democracias occidentales sólo lo son en un plano político y que, en el plano economicosocial, están guiadas por el afán de contener el as-censo de las masas. Afirmación también legítima, porque no hay grupo social que, mientras pueda, no procure mantener el control político y contener a quienes quieren arrebatárselo. Pero lo cierto es que, a mi juicio, ninguna de las dos afirmaciones supone, necesariamente, que la revolución esté malograda en Occidente y que sea absolutamente forzosa la revolución violenta. Las democracias occidentales han realizado —y lo habían hecho antes de 1917— una buena parte del camino que el régimen comunista tuvo que hacer en Rusia y pueden hacer el resto bajo el control de partidos reformistas, que sean tales en cuanto a los medios siendo, sin embargo, auténticamente revolucionarios en cuanto a los fines. Tómese el problema del imperialismo. A primera vista parece únicamente concebible bajo una sola forma de explotación; pero la experiencia demuestra que resiste a las coacciones violentas y, en cambio, se transforma bajo ciertas presiones condicionadas adoptando un carácter de progresiva colaboración económica perfectible, como lo prueba el caso de Inglaterra frente a sus dominios y de los Estados Unidos frente a algunos países de América latina. No hay duda de que es necesario luchar enérgicamente contra el imperialismo, pero no es menos cierto que es posible transformarlo en algo diferente sin poner en peligro otras cosas que por ser mucho más delicadas sucumbirán indefectiblemente entre el polvo de la revolución violenta. Este peligro se relaciona con la segunda afirmación. Las democracias occidentales son, en efecto, preferentemente políticas, pero no son por eso desdeñables porque el plano político es sustancial para nuestra forma de convivencia y adquiere un carácter eminente en cuanto la urgencia del problema economicosocial se desvanece. Entonces ahoga más la opresión que el hambre. La democracia política es el fruto de una dolorosa y secular experiencia del hombre occidental y, con todos sus defectos, es infinitamente preferible al más promisorio de los cesarismos surgidos de la revolución y la violencia. Sus formas constituyen, en fin, la única esperanza para evitar los peligros de ciertos atajos que parecen momentáneamente salvadores, pero que están rodeados de peligrosos e inevitables abismos.

Con eso se relaciona, precisamente, lo que las democracias occidentales y el reformismo pueden afirmar legítimamente por su parte, de la Rusia soviética. Si la revolución implica una autocracia y la dictadura del proletariado se ha de traducir, en los hechos, en la dictadura de cierto conductor que dice representarlo, valido de los apre-mios economicosociales y la inexperiencia política que lo caracteriza en las primeras etapas de su ascenso, acaso sea preferible no tener tanto apuro por llegar a la súbita socialización de los bienes de producción y convenga esperar a que las masas que más han de beneficiarse con ella adquieran —como lo hacen ya aceleradamente— la convicción de que no vale la pena vender la primogenitura por un plato de lentejas. Si la revolución violenta tiene la innegable ventaja de producir inmediatamente el triunfo de ciertos ideales, su propia mecánica interior parece entrañar el peligro de un cesarismo incontrolable, basado en la amenaza “contrarrevolucionaria” que se descubre en toda oposición, y sobre cuya base no puede edificarse nada duradero. Ni siquiera la socialización de los bienes de producción, resuelta durante la primera semana revolucionaria, puede considerarse segura a la luz de la secular experiencia política de Occidente, sobre la base de una dictadura que puede ser del proletariado durante esa primera semana y del secretario general del partido durante los treinta años subsiguientes. Por lo demás, la socialización de los bienes de producción —pueden argumentar las democracias occidentales y el reformismo— es cosa que tiene muy distinto sentido allí donde esos bienes son escasos y elementales y allí donde han lo-grado un extraordinario desarrollo. No es lo mismo una revolución fulminante en Rusia que en Inglaterra. La revolución fulminante en un país de alto nivel de desarrollo industrial supone una modificación de tal envergadura de los cuadros dirigentes que resulta casi inverosímil realizarla con éxito. Por lo demás es menester preguntarse cuál es el límite económica y socialmente favorable de la socialización de los bienes de producción, pues resultaría contraproducente y peligrosísimo hacer el experimento para retroceder, en determinada área del mundo occidental, cincuenta años en el proceso de la producción. Hay un sector de esos bienes de producción, conducidos ya por la acción individual y el espíritu de empresa hasta sus últimas posibilidades, que por su carácter de servicios prácticamente de orden público es imprescindible socializar cuanto antes; pero hay otro sector de ellos que acaso no interese todavía a la colectividad y que es menester que sean movidos por ciertos intereses particulares. Esta argumentación —y aquella con que podría ampliarse— de las democracias occidentales y el reformismo tiene, por su parte, considerable peso y obra en favor de la revolución progresiva, de la que se ha llamado con una fórmula feliz, “la revolución del consentimiento”.

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ESPERANZAS Y REALIDADES

Nada tan difícil como hacer vaticinios para el futuro; cosa más fácil es, en cambio, hacerlos para el pasado, como suele decirse que es costumbre de los historiadores. Así, Karl Marx no pudo prever, pese a su genio, que el capitalismo adoptaría las medidas que han permitido, en el curso de los cien años transcurridos desde la publicación del Manifiesto, la elevación de las masas hasta el nivel en que hoy las hallamos: no el máximo de lo deseable, pero muy preferible al que tenían en 1848. La presión revolucionaria, sostenida y enérgica, ha robado al capitalismo su fuerza interna de agresión, y no es imposible conseguir a su costa —como no lo ha sido en el último siglo— muchas cosas que antes parecieron inconcebibles, y esto por medios que, sin excluir una oportuna violencia, evitan el aniquilamiento de un orden político logrado al precio de grandes esfuerzos y sacrificios. Repárese en este detalle: hoy es inimaginable en Occidente una reversión del orden economicosocial a la situación imperante hace veinte, cincuenta o cien años. ¿Es posible suponer hoy la restauración en algún país occidental de la jornada de dieciséis horas, de las viejas condiciones de insalubridad del trabajo, o de los salarios de hambre, allí donde se hayan logrado superar? Allí donde esas conquistas no se han logrado todavía, el problema reside en alcanzarlas, como Perogrullo hubiera sostenido sensatamente; y si hay caucheros explotados en Colombia o en el Brasil, será menester arrostrar la lucha para sacudir esos males como la arrostraron quienes los superaron. Pero el nivel de ascenso es irreversible, y esto constituye una prueba de que es posible seguir por la vía de la reforma paulatina de las estructuras económicas y políticas.

Hay un drama, sin duda, para las generaciones frustradas, que alcanzan a divisar con claridad las metas finales y sólo llegan a vivir las etapas preparatorias, en las que no se hace sino luchar con los más duros y resistentes obstáculos. Pero ese drama ni es nuevo ni es específico de esta acción. Es constitutivo de la historia humana y co-rresponde a cierta dialéctica entre los ideales y las formas de realidad que se esconden en lo hondo del desarrollo histórico. Para esas generaciones que no alcanzan a divisar el logro de sus ideales, está reservada la lucha, que no es menos valiosa vital y espiritualmente que la conquista de los últimos frutos: porque también es fruto el primer obstáculo removido, la primera conciencia despertada, la primera formulación precisa de una idea antes difusa.

El apremio por la conquista de los frutos últimos, arrastrando los riesgos de un retroceso en el camino ya realizado, no constituye sino una solución de encrucijada, nacida de la desesperación o de la irresponsabilidad, que no puede aprobarse si se cree en la virtud de un pensar histórico y de una acción reflexivamente dirigida. Para los países occidentales, y pese a la amargura que es posible advertir en parte de nuestra literatura de hoy —la del existencialismo, por ejemplo—, es ésta una era de creación, de lenta y difícil creación, pero de creación robusta y duradera.

No nos engañemos, sin embargo. En algún momento, esa creación estará suficientemente madura y se verá, empero, contenida por estructuras caducas, como la maceta constriñe al limonero hecho para fructificar en la tierra sin límites. Entonces sí habrá llegado el momento de la violencia, mas sólo a condición de que el tronco sea robusto y las raíces estén ya desbordando. Porque sólo hay un momento para la violencia, señalado por cierta madurez que asegura al ejecutor que sólo habrá de destruirse lo que es ya estéril y envejecido.

Antes de ese momento —que por lo demás puede no llegar porque se quiebre a tiempo el barro frágil—, la violencia esconde tantos peligros como la injusticia contra la que aparentemente se dirige. La era de la violencia constituye el clima propicio para el desborde de las miserias que esconde el alma humana, y la conciencia histórica debe ser causa para impedir la destrucción de lo valioso y la salvación de lo decrépito. Que es lo que frecuentemente suele ocurrir cuando la violencia se apresura a romper la maceta antes de que el limonero esté pidiendo para su tronco ya robusto la tierra ilimitada.

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EPÍLOGO. PAISAJE DESDE UN MIRADOR

Un siglo de iniciado el ciclo del 48, su curva alcanza cierto punto en la cuadrícula de las coordenadas, tras el cual se yergue inquietante ante el observador la incógnita del porvenir. “El porvenir —decía Valéry— no tiene imagen. La historia le proporciona los medios para ser pensado.” Es bien sabido que esos medios son harto precarios y que más bien parecería requerirse el don profético para descubrir, entre las infinitas variantes que puede adoptar el curso de la vida histórica, aquella que ha de eslabonarse con el presente. Empero, nos ha tocado una edad dura, a la que no sostienen las escondidas certidumbres de Isaías o de Casandra. No nos queda, pues, para calmar nuestra inquietud sino la reflexión histórica, una reflexión ahincada y tenaz, de cuyos frutos puede esperarse, al menos, esa medida certidumbre que proporciona la inteligencia, apenas eficaz frente a las impensables contingencias del sino histórico.

Una reflexión sobre el pasado inmediato de nuestro tiempo ha sido hilada en estas páginas con la esperanza de vislumbrar al cabo la fisonomía del amargo tiempo de nuestras vidas y del tiempo incógnito de la de nuestros hijos y de los hijos de nuestros hijos. Desde el propicio y lejano mirador del presente ha sido posible divisar el rápido progreso del siglo que dejamos a nuestras espaldas, y al acercarnos al punto de mira nos tienta la casi mágica aventura de arriesgarnos a lo largo del tiempo todavía no transcurrido. Pero desde entonces, entre el paisaje y el mirador se interponen las más confusas sombras y las volutas de los vapores del abismo sagrado parecen esbozar gigantescos interrogantes. Ciertamente, la profecía no nos es dada, y hasta la secreta convicción del que reflexiona sobre el fondo de las cosas aparece ante sus mismos ojos ornada —como la profecía de Casandra— con la sombra grisácea de la duda. Sólo incertidumbres y congojas proporciona la denodada vigilia al pescador de vati-cinios.

¿Incertidumbres y congojas? Y, sin embargo, el pasado inmediato de nuestro tiempo parecía alimentar un límpido optimismo en el observador, ante cuyos ojos se destacaba su imagen con su perfil más claro. Pero esa suerte de optimismo histórico —tendido sobre una larga perspectiva— no excluye por cierto la angustia por el sino inmediato. Acaso este contraste entre el optimismo que depara cierta lejana claridad entrevista sobre el horizonte y la amargura suscitada por la experiencia individual sea uno de los signos más característicos de nuestro tiempo.

Examinemos nuestra propia actitud. Quienes abrigan cierta fe radical e indestructible en el destino de la humanidad y no han sido carcomidos por el nihilismo contemporáneo, no podrán sino regocijarse al contemplar el decidido ascenso de ciertos ideales que entrañan un progresivo perfeccionamiento. Y este ascenso se acentúa vigorosamente —quizá se haya advertido a lo largo de estas páginas— durante esta tercera edad del Occidente que se confunde con el ciclo del 48 y contempla la más extraordinaria exaltación de masas humanas que conozca la historia. Esta contemplación justifica, por sí misma, un optimismo radical, porque acaso los más altos bienes de la cultura, los que nos son más caros, no merecieran ya la total adhesión de los espíritus honrados y justicieros si siguieran vedados a las capas parias que aún subsisten. Pero los espíritus honrados y justicieros son, precisamente, los que ven enturbiarse su optimismo con una creciente congoja. Porque el proceso de aquel ascenso se realiza con todas las dramáticas contingencias que son propias de las profundas conmociones sociales, con esa peculiar remoción de los detritus que se acumulan en la sentina del alma humana, con ese alarde de desmesura y de soberbia con que gustan mostrarse, cuando se desatan las pasiones durante largo tiempo reprimidas. Entonces el optimismo histórico se ensombrece en los espíritus aferrados a sus nobles fantasmas familiares, y la irrupción de los impulsos primigenios suscita en ellos esas incertidumbres y congojas que parecen testimoniar unánimes los más preclaros entre todos.

Pero que no se avergüence, sin embargo, aquel a quien le ha sido dada cierta fe ingenua e inquebrantable en el destino de esa humanidad tan proteica, y en la perfectibilidad de su aventura eternamente renovada: porque entramos, sin duda alguna, en una etapa de nuestra cultura mejor que las que la precedieron, que ha de ver el ocaso de muchas servidumbres y el avivamiento de aquellos ideales que la nutrieron desde su génesis oscura. Y si esto es cierto, acaso se justifiquen las amarguras del tránsito y el derrumbe de ese recinto familiar dentro del cual reposábamos sosegados y peligrosamente ajenos a los cuatro vientos de la vida. Esas amarguras son, ciertamente, las que configuran este tiempo de nuestras vidas, pero hasta su ingrato sabor puede tornarse tolerable si descubrimos que disimula una virtud catártica.

Empero, la experiencia individual es dura y se requiere cierta enérgica resolución para sobreponerse y mantenerse en la vigilante actitud reflexiva, la única que parece digna y necesaria si se admite la posibilidad de intervenir en la determinación de nuestro destino. Porque aquel optimismo histórico no alcanza a disimular los innu-merables peligros que pueden malograr los designios que parecían justificarlo. Reflexionemos un instante sobre ellos.

El triunfo de los ideales de la conciencia revolucionaria está condicionado todavía por el resultado del duelo que libran entre sí las dos concepciones con que esa conciencia se manifiesta a esta altura del ciclo del 48. A los ojos de quienes han sufrido la dura experiencia de la guerra, ese duelo parece estar destinado a desembocar en una nueva conflagración, más terrible, sin duda, que la anterior, por la creciente perfección de los medios técnicos aplicables a sus siniestros fines. Pero ese riesgo, con ser tan grave, no parece ser la nube más oscura que se cierne sobre el claro cielo del optimismo históri-co. Pues aunque nadie sabe si, llegado el momento, deberá sostener su necesidad o afirmar que es criminal e innecesaria —hasta tal punto son oscuras las contingencias de la historia—, lo cierto es que la guerra no es por sí misma inevitable y son muchas las probabilidades de que las dos concepciones en conflicto establezcan un tolerable sistema de convivencia, y aún es posible, finalmente, esperar que tal sistema surja de una nueva guerra, tan cruel como podamos imaginarla.

A pesar de eso, creo lícito afirmar que no es ése el riesgo más grave, la nube más oscura. Porque más grave que las muertes y las catástrofes es, a la larga, la crisis de aquellas estructuras sobre las que se vive y la pérdida de aquellos valores tan entrañables que la vida se hace deleznable sin ellos. Ahora bien, el triunfo pleno de la conciencia revolucionaria con las múltiples e imprevisibles circunstancias que acompañan a los procesos sociales que ese triunfo trae aparejados, significa un peligro para la persistencia de aquellas estructuras y la salvación de esos bienes. Pero como estos últimos tampoco parecen justificables si no son capaces de suscitar el triunfo final de la conciencia revolucionaria, plantéase un conflicto que es menester captar en toda su complejidad y resolver como un todo sin sacrificio para ninguno de los dos elementos en contacto. La única diferencia que obra en favor de las estructuras y los bienes de cultura para que se organice su defensa, es que carecen de la agresividad y de la resistencia que pudieran salvarlos por sí solos. Y es bien sabido que en su debilidad está su fuerza.

Esos bienes de cultura han sido creados por el esfuerzo de minorías que no sólo gozaron de ellos sino que se sacrificaron también y entregaron lo mejor de sus vidas para crearlos, perfeccionarlos o multiplicarlos, con renunciamiento y heroísmo. Deben ser cuidadosamente trasvasados para impedir que pierdan su concentración y su virtud, porque tendrán que nutrir muchos espíritus y sobrevivir en ellos. A veces parecen superfluos, pero es menester tener presente que si no sirven para las necesidades de cada día es porque sirven para las necesidades de la existencia plena, a la par que constituyen la condición necesaria para que perduren los ideales en cuya virtud ha podido triunfar la misma conciencia revolucionaria. El realismo parece conspirar contra la otra realidad —la superrealidad—, pero es necesario no dar alas a su menosprecio porque es bien sabido que esta última, aunque modela a su vez, modela y perfecciona aquella de la que parece evadirse.

De todos esos bienes de cultura interesa defender sobre cierto grupo el precio de la vida, porque la vida carece de valor si ellos perecen: es el de los que aseguran la significación eminente de la vida humana, la necesidad de la libertad del individuo y la obligación de defender su dignidad. Contra esos bienes de cultura, precisamente, conspiran en particular nuevos ídolos celosos, como los dioses antiguos, del hombre prometeico, nuevos ídolos que menosprecian la inteligencia para exaltar las fuerzas primigenias de la tierra, la sangre y los instintos. Están enmascarados, pero la masa de sus torvas figuras está moldeada con los detritus que se acumulan en la sentina del alma humana, y les insuflan una menguada apariencia de vida las pasiones desatadas que hacen alarde de su desmesura y su soberbia.

Estos ídolos, indignos del sacrificio que se cumple sobre sus aras, constituyen el más grave peligro que oscurece la perspectiva de esta tercera edad del Occidente. Aún es tiempo de deshacer el barro fresco de sus moles y salvar de ese modo lo que es, al fin, la clara linfa de la conciencia revolucionaria, amenazada ella también en su pureza. Hay, ciertamente, una angustia propia del tiempo de nuestras vidas que nace de la tragedia que hace peligrar, tras el triunfo, aquello por lo que se ha luchado con sacrificio y heroísmo. Esta angustia señala la línea del deber y por eso se redime a sí misma transfigurándose en el genio de una conducta.

El ensayo reformista. 1971

Hasta hace poco tiempo parecía imprescindible, para explicar los fenómenos de la reforma universitaria en los países de América Latina, introducir al lector en las peculiaridades de la sociedad latinoamericana y acaso familiarizarlo con algunos exóticos rasgos de carácter que parecían propios de sus miembros. Para observadores europeos o estadounidenses, las conmociones estudiantiles, así como las modificaciones introducidas en los regímenes universitarios como consecuencia de ellas, constituían aberraciones incomprensibles.

Afortunadamente para quien intente explicar ahora tales fenómenos, su generalización ha puesto de manifiesto que no corresponden a determinadas singularidades locales o tendencias caracterológicas sino a ciertas situaciones sociales y culturales que pueden darse en cualquier momento y en cualquier lugar. Dejando, pues, a un lado la fácil apelación al pintoresquismo, corresponde tratar de plantear el problema en sus justos términos y con el mayor rigor.

Que corresponde y conviene hacerlo es cosa que ya nadie discute. Las agitaciones universitarias constituyen fenómenos cuya magnitud y trascendencia sobrepasan su propio límite y alcanzan ámbitos extensos y profundos que comprometen a toda la sociedad. Pero no solamente, como lo entienden tantos observadores simplistas, a través de emociones superficiales que agitan la opinión pública o promueven otras acciones de tipo preferentemente político, sino de una manera más profunda; de hecho, cuestionando sistemas de normas y valores cuya vigencia se pretende mantener al margen de toda crítica, sacudiendo el prestigio de las elites más o menos tradicionales y lanzando a la consideración general un nuevo cuadro de problemas y un nuevo sistema de ideas, imprecisos quizá, pero vigorosamente ajustados a la situación real que se ha modificado por debajo del sistema institucionalizado.

Tales son las dos características fundamentales, a mi juicio, de los vagos y difusos fenómenos agrupados bajo la designación de movimientos reformistas universitarios. Como movimientos capaces de producir agitaciones públicas, dentro y fuera de los recintos universitarios, esos fenómenos pueden ser confundidos con otros de distinto origen y, en consecuencia, de distinta dinámica. Pero si bien pueden adoptar la apariencia de los movimientos sociales y políticos, estos otros tienen una naturaleza mucho más compleja. Nacidos y desencadenados en el seno de las elites, son unas veces expresión de un grupo disidente y otras veces signos de la gestación de enfrentamientos generacionales. Pero el carácter de movimientos de elite se mantiene siempre, aun cuando sus promotores apelen al apoyo de sectores más vastos o aun si el movimiento lo suscita por su propia dinámica. Como tales, sus objetivos sólo en apariencia derivan de una reacción espontánea y primaria frente a fenómenos inmediatos; en rigor, responden más profundamente a cierta interpretación intelectual de esos fenómenos, incluidos generalmente en una curva de media o larga duración que torna aún más abstracta esa interpretación. Nada más equivocado, pues, que buscar una estrecha y mecánica relación entre el desencadenamiento y el curso posterior de esos fenómenos, puesto que su origen responde al tipo de perspectiva propia del grupo promotor, en tanto que su desarrollo corresponde a las modalidades de la situación real.

En cuanto no derivan solamente de reacciones espontáneas, los objetivos de estos movimientos no se agotan de ninguna manera en las formulaciones que han sido explícitamente expresadas ocasionalmente. Son mucho más extensos y difusos. En relación con los problemas que expresamente se plantean, son más extensos que los que se ven en las soluciones propuestas, porque flotan alrededor de estos innumerables matices no expresados que responden a la nueva imagen que esos problemas ofrecen desde la perspectiva de la disidencia y del disconformismo. Pero además, los objetivos expresos ocultan objetivos implícitos, difusos por cierto y de ninguna manera claros, aunque percibidos o intuidos con agudeza y con fervor, y cuyo alcance supera los límites de las preocupaciones originarias para abarcar toda la situación en que estas se insertan. De ese modo, la acción, los grupos atraídos hacia ella, la envoltura sólo aparentemente retórica de las formulaciones estrictas y las reacciones frente a otros aspectos de la situación enfrentada en cada uno de los conflictos concretos revelan que los movimientos reformistas universitarios, como expresión de una disidencia o de una crisis generacional dentro de las elites, renuevan las perspectivas de los problemas tradicionales y anticipan la presencia de problemas nuevos.

Tal es, a mi juicio, la singularidad de estos fenómenos sociales y culturales. Hay que estudiarlos, por una parte, a través de los grupos que los promueven y luego a través de los que los acompañan, les prestan eco, intentan utilizarlos o procuran orientarlos. Por otra parte, a través de los problemas específicos que plantean en relación con la vida universitaria y con el carácter que en cada sociedad desempeñan el saber superior y las minorías más cultas; y por otra, finalmente, a través de los nuevos problemas que suscitan, en los cuales se puede adivinar, generalmente, un diagnóstico precoz del proceso social y cultural. Con estos criterios trataré de puntualizar el alcance y la significación del intento reformista de la universidad latinoamericana.

La situación prerreformista

Los movimientos reformistas desencadenados a partir de 1918 —en la Argentina y pronto en otros países latinoamericanos— enjuiciaron a la universidad tradicional y denunciaron tanto las fallas de su estructura como sus vicios ocasionales. La universidad latinoamericana reconocía un doble origen y, en consecuencia, una doble tradición. Eran, algunas, de tradición colonial, y perpetuaban, al calor de situaciones sociales favorables, el espíritu del neoescolasticismo suarista, y con él, cierta tendencia autoritaria y dogmática que apenas disimulaban algunos vagos intentos de modernización realizados en épocas diversas. Los más importantes, o acaso los únicos importantes, eran los que se habían hecho para incluir en la estructura de la universidad colonial los cuadros de una profesional, de tipo napoleónico. Este fue, precisamente, el modelo de otras universidades, creadas en el siglo XIX y orientadas desde el comienzo hacia un rechazo de la tradición colonial del neoescolasticismo suarista. Empero, no dejó de sentirse en ellas cierta persistencia para recuperar poco a poco la persistente influencia colonial, mantenida por una estructura social inalterada. De ese modo se constituyó un sistema híbrido que adoptó en cada universidad matices peculiares, según los caracteres de cada sociedad nacional, y muy especialmente según los caracteres de la sociedad urbana de las ciudades que las alojaban. Ya hacia fines del siglo, la vigorosa influencia del positivismo se hizo sentir sobre muchas universidades, robusteciendo la línea del profesionalismo tal como lo requería y estimulaba el creciente desarrollo económico de los países latinoamericanos, incorporados como áreas subsidiarias del mundo industrial.

El profesionalismo —acompañado de un marcado desdén por toda preocupación acerca de los problemas generales— fue el signo predominante de las universidades latinoamericanas en vísperas de los movimientos reformistas. El argentino Héctor Ripa Alberti caracterizaba así sus objetivos:[1]

“Venían gobernando nuestro país tanto en política como en enseñanza, hombres del pasado siglo, moldeados por la mano áspera de la filosofía positiva. Viejas ideas y viejas teorías eran el pan desabrido que se brindaba a las nuevas generaciones. Salían los jóvenes de los claustros universitarios, encajados en formas rígidas que tan sólo les servían para cruzar por la vida como las viejas naves de Tiro y de Sidón, que surcaban el Mediterráneo celosas del oro que guardaban en sus entrañas La tiranía de los que no van más allá del catecismo comtiano había echado cadenas al alma argentina; ni una inquietud por superarse, ni un aleteo de esperanza noble o una leve fulguración idealista.”

Y otro argentino, Deodoro Roca, describía los rasgos de las últimas generaciones salidas de la universidad con estas palabras:[2] “La anterior (generación), se adoctrinó en el ansia poco escrupulosa de la riqueza, en la codicia miope, en la superficialidad cargada de hombros, en la vulgaridad plebeya, en el desdén por la obra desinteresada, en las direcciones del agropecuarismo cerrado o de la burocracia apacible y mediocrizante”.

Quienes adoctrinaban a estos estudiantes, los profesores, fueron juzgados duramente por los disconformistas. Sin duda el ambiente intelectual de las universidades latinoamericanas no era muy exigente, ni la competencia muy dura. La formación profesional requería sólo el aprendizaje de técnicas convencionales, que se empobrecían en la medida en que faltaba tanto el estímulo para la investigación y la creación personal como la apertura que suele ofrecer el contacto con las grandes corrientes de pensamiento. Hubo, sin duda, muchos profesores de excelente formación y vivas inquietudes, y aun figuras descollantes en su campo. Pero no fueron ellos los que dieron el tono de la vida universitaria, cuyo control estaba en manos de grupos cerrados, que correspondían a los grupos sociales hegemónicos y consideraban a la universidad como su propio territorio. El peruano Luis Alberto Sánchez caracterizaba así el cuerpo docente de su universidad:[3]

“Los profesores lo eran casi por derecho divino. No había apellidos heterodoxos. La Colonia presidía vigilante las ubicaciones. Los hijos solían heredar las cátedras de los padres, y los hermanos reforzaban el equipo. Entre dos familias (agnados y cognados) disfrutaban de doce cátedras en la Universidad de San Marcos. El título era invulnerable, aunque la competencia sobreviniera o anteviniera. Un profesor lo era por vida. Nadie turbaba sus derechos. Ni siquiera repetir un texto de memoria año tras año.”

A ellos, pues, debía culparse de la situación general de la universidad, cuyo diagnóstico hacía el argentino Alejandro Korn en estos términos:[4]

“Había sobrevenido en las universidades una verdadera crisis de cultura. Por una parte la persistencia de lo pretérito, el imperio de difundidas corruptelas, predominio de las mediocridades, la rutina y la modorra de los hábitos docentes, por otro la orientación pacatamente utilitaria y profesional de la enseñanza, la ausencia de todo interés superior, el olvido de la misión educadora y por último el autoritarismo torpe y la falta de autoridad moral, dieron lugar a esa reacción que nace de las entrañas mismas de la nueva generación.”

La “nueva generación” —que Deodoro Roca llamó en Córdoba “la generación de 1914” — fue la que se lanzó al ataque contra la vieja universidad. Un análisis de los documentos que produjo revela que poseía un conjunto compacto y coherente de ideas acerca de lo que la universidad no debía ser, y algunas nociones menos precisas acerca de cuáles eran sus objetivos constructivos. La universidad no debía ser una institución rutinaria que se limitara a proveer de nociones prácticas a las sucesivas generaciones de aspirantes a profesionales, ni debía contentarse con servir sumisamente a los intereses de grupos sociales conformistas y poderosos, enquistados en sociedades fundadas en el privilegio. Para que no fuera así, pareció en un principio que bastaba simplemente con sustituir a unos profesores por otros; luego se vislumbró que se necesitaba un cambio más profundo en los métodos de enseñanza y en la organización de la universidad; finalmente se advirtió que era necesario cambiar de espíritu, abrirla a todas las inquietudes, científicas y sociales, de un mundo en cambio, y modificar sus objetivos generales, sin perjuicio de que conservara algunos de los tradicionales.

La nueva generación no era lo suficientemente compacta —ni social ni intelectualmente— como para que, en el curso de la acción se atribuyan siempre el mismo alcance a cada uno de aquellos objetivos. Mientras algunos sectores ponían el mayor énfasis en la transformación funcional de la universidad, otros lo colocaban en la misión cultural y otros en lo que empezó a llamarse su “función social”. Distintas influencias operaron sobre cada uno de los diversos grupos. Las influencias de las filosofías antipositivistas fueron vigorosas: se apeló a Platón y se recogieron las sugestiones de Bergson; el cientificismo fue condenado como cómplice de una concepción utilitaria de la vida, y se proclamó un idealismo que fue formulado unas veces en estrictos términos filosóficos y otras según la acepción más vulgar del vocablo. Las influencias del pensamiento social no fueron menos visibles: se condenó a las sociedades fundadas en el privilegio, y mientras en algunos se entreveían simplemente las salidas propias de una democracia burguesa y liberal —forma no alcanzada aún en casi ningún país latinoamericano—, en otros se adivinaba la influencia de la Revolución rusa de 1917 y un vago anhelo de transformaciones profundas en la estructura social.

No era ajena a esta heterogeneidad de designios la mezclada extracción de los miembros de la nueva generación universitaria. Hasta muy poco antes —y en algunos países aún entonces— los estudiantes universitarios correspondían a las más altas clases sociales. Precisamente era esa característica la que explicaba la situación de las universidades, verdaderos reductos de las clases privilegiadas. Pero en vísperas de los movimientos reformistas, en diversos países —y precisamente allí donde más virulencia tuvieron tales movimientos— comenzaron a tener acceso a las aulas universitarias estudiantes provenientes de las clases medias en ascenso. La movilidad social inspiró los designios de una democratización de la universidad, y los proyectó en ocasiones hacia formas aún más extremadas, bajo el estímulo de doctrinas y experiencias que adquirían dramática intensidad por entonces en Europa. Pero, en todo caso, la movilidad social proporcionó la experiencia inmediata de que la universidad comenzaba a mostrar ostensiblemente su desajuste con los procesos sociales que ocurrían en cada país.

En efecto, hacia comienzos del siglo se advertía en varios países de América Latina una cierta crisis de las oligarquías feudales. Quizá no muy profunda, y por cierto no muy decisiva, pero lo suficientemente fuerte como para que se abriera una marcada posibilidad de ascenso a ciertos sectores de las clases medias de típica mentalidad burguesa y liberal. Hubo cambios políticos que respondieron a esa circunstancia: la llegada al poder de Batlle y Ordóñez en Uruguay, de Yrigoyen en la Argentina, de Leguía en el Perú, de Alessandri en Chile, revelaron que el sistema social y político tradicional había sufrido cierto resquebrajamiento. Por entonces, el proceso de secularización de la cultura, visible en América Latina desde 1880, había debilitado la influencia de los grupos clericales y del pensamiento tradicional. La nueva generación pudo advertir sin error que las universidades seguían siendo el reducto de un sector social que había demostrado un principio de debilidad. La ocasión pareció oportuna para promover su transformación.

Los movimientos estudiantiles

El designio de promover una democratización y renovación de la universidad conformó la atmósfera en la que los movimientos se desencadenaron; pero sus causas inmediatas fueron siempre situaciones concretas que demostraban no solamente el carácter arcaico de la organización tradicional de la universidad sino también la obstinación de sus cerrados grupos dirigentes.

En Argentina hubo graves disturbios entre 1903 y 1906 en la Universidad de Buenos Aires, en cuyas facultades de Derecho y de Medicina los estudiantes protestaron por ciertos actos de las autoridades académicas, solicitaron reformas, organizaron huelgas tumultuosas y obtuvieron finalmente satisfacciones concretas, aunque parciales, para sus demandas. Fue un hecho nuevo la organización estudiantil y su técnica operativa: la huelga, la presión callejera y violenta sobre las autoridades reunidas en deliberación, y apareció un inesperado enjuiciamiento del contenido y la orientación de la enseñanza por los estudiantes que revelaba no sólo la crisis de las elites tradicionales sino también su percepción por las nuevas promociones.

Mostraron entonces las autoridades superiores de la universidad mayor flexibilidad —y sin duda más agudeza política— que los grupos profesionales que dominaban las facultades; pero en mayor o menor medida cundió en todos los sectores el sentimiento de que la vieja organización académica de la Universidad de Buenos Aires, establecida en 1886, requería una reforma, del mismo modo que el espectáculo de la metrópoli cosmopolita y renovada como consecuencia del fuerte impacto inmigratorio sugería ya a muchos la necesidad de una reforma política. Esta predisposición al cambio, explicable en Buenos Aires, no se manifestaba con la misma intensidad en otras ciudades del país.

Una de ellas, Córdoba, cuya sociedad acusaba acentuados rasgos de la perpetuación de la mentalidad colonial, alojaba la más antigua universidad de la República. Fundada a principios del siglo XVIII, la Universidad de Córdoba mantenía vigorosamente su espíritu tradicional, sin que hubiera bastado para desvanecerlo la orientación profesional que se dio a sus estudios a fines del siglo XIX. Pero no faltaban tampoco allí los signos de cierto cambio en la estructura social y de algunas variaciones notables en la mentalidad de ciertos grupos, especialmente en un sector de las nuevas generaciones de la alta clase media. Unido a densos grupos de distinta extracción social pero de coincidente vocación de cambio, ese grupo encabezó en 1918 el movimiento contra el orden universitario constituido.

Como quince años antes en Buenos Aires, ofreció la ocasión un incidente revelador de la rigidez de las autoridades, al que siguió una huelga estudiantil. Pero los frentes estaban ya preparados para la batalla. No sólo un vasto sector de profesores, sino también muchos estudiantes y buena parte de la alta sociedad cordobesa coincidían en la decisión de prevenir los efectos conjuntos de la onda revolucionaria que circulaba por el mundo y de la ofensiva democrática desencadenada por el triunfo del Partido Radical en Argentina. Formaba la vanguardia de ese movimiento una organización católica —la Corda Frates— y ejercía su jefatura la propia jerarquía eclesiástica encabezada por el obispo de la ciudad. La huelga estudiantil, con visible apoyo popular e inequívoca simpatía gubernamental, aglutinó a los sectores progresistas, coincidentes en ese momento, en el deseo de suprimir el monopolio de los quince académicos que gobernaban la universidad.

Los actos de desafío a las autoridades constituidas, las declaraciones específicas sobre el problema universitario y las más genéricas sobre cuestiones sociales y culturales iban mucho más allá que los objetivos concretos del movimiento: consistían estos solamente en conseguir la intervención del gobierno nacional en la universidad y la modificación de su régimen de gobierno. El presidente Yrigoyen accedió prontamente a ello; pero la tradicional sociedad provinciana consiguió frustrar el plan estudiantil y la asamblea compuesta por todos los profesores —que según el nuevo régimen debía elegir al rector— fue presionada suficientemente para que designara un hombre de su seno y notoriamente opuesto a toda reforma.

En ese instante se produjo un acto revolucionario que orientaría la acción posterior de los movimientos estudiantiles. La asamblea del 15 de junio de 1918 fue atropellada por los estudiantes, la universidad ocupada, el rector desconocido e, inmediatamente, decretada la huelga general. Seis días después, uno de los dirigentes estudiantiles, Deodoro Roca, redactaba un Manifiesto Liminar. “La juventud universitaria de Córdoba, a los hombres libres de Sudamérica”, que hizo suyo la recién fundada Federación Universitaria de Córdoba, y en el que se explicaba el sentido del movimiento lanzado:[5]

“La Federación Universitaria de Córdoba cree que debe hacer conocer al país y a América las circunstancias de orden moral y jurídico que invalidan el acto electoral verificado el 15 de junio. Al confesar los ideales y principios que mueven a la juventud en esta hora única de su vida, quiere referir los aspectos locales del conflicto y levantar bien alta la llama que está quemando el viejo reducto de la opresión clerical. En la Universidad Nacional de Córdoba y en esta ciudad no se han presenciado desórdenes; se ha contemplado y se contempla el nacimiento de una verdadera Revolución que ha de agrupar bien pronto bajo su bandera a todos los hombres libres del continente. Referiremos los sucesos para que se vea cuánta razón nos asistía y cuánta vergüenza nos sacó a la cara la cobardía y la perfidia de los reaccionarios. Los actos de violencia, de los cuales nos responsabilizamos íntegramente, se cumplían como en el ejercicio de puras ideas. Volteamos lo que representaba un alzamiento anacrónico y lo hicimos para poder levantar siquiera el corazón sobre esas ruinas. Aquellos representan también la medida de nuestra indignación en presencia de la miseria moral, de la simulación y del engaño artero que pretendía filtrarse con las apariencias de la legalidad. El sentido moral estaba oscurecido en las clases dirigentes por un fariseísmo tradicional y por una pavorosa indigencia de ideales.”

Las consecuencias inmediatas del movimiento fueron un efímero ensayo de gobierno propio en la universidad, la eliminación de numerosos académicos y profesores, la designación de otros nuevos, entre ellos algunos muy jóvenes, y finalmente la elección de un nuevo rector que satisfizo a los estudiantes. Pero las consecuencias mediatas fueron muchas y muy variadas. Desde el primer momento se advirtió que coexistían muchas tendencias diferentes en el seno del movimiento estudiantil, y que cada una atribuía distintas proyecciones a la acción desencadenada. El proceso siguiente probó, en efecto, que lo que desde entonces se llamó “la reforma universitaria” constituía el punto de partida y no el punto de llegada de un vasto movimiento de carácter universitario pero también de carácter social y político.

Más flexible, la Universidad de Buenos Aires trató de salir al encuentro de las nuevas inquietudes antes de que estallaran conflictos graves. Manteniendo los principios legales vigentes, sancionó en 1918 un estatuto en el que se recogían indirectamente algunas de las aspiraciones señaladas en Córdoba: en adelante, las facultades estarían gobernadas por un consejo de profesores titulares y suplentes, parte de los cuales serían elegidos por los estudiantes; y al mismo tiempo se admitían los principios de la asistencia libre y la docencia libre, que los estudiantes juzgaban fundamentales para impedir la estagnación de la enseñanza. Entretanto en la Universidad de La Plata, donde poco antes se había hecho un intento de modernización de la enseñanza según el modelo de las universidades norteamericanas, graves conflictos crearon un clima de singular violencia. Finalmente se reformaron sus estatutos en un sentido semejante a los de las universidades de Córdoba y Buenos Aires.

Sin duda, fue la simpatía que el gobierno popular del presidente Yrigoyen demostró por el movimiento estudiantil lo que favoreció su desarrollo y lo condujo al logro de sus objetivos primarios. Condiciones semejantes predominaban en esos mismos años en otros países latinoamericanos, gracias a las cuales se produjeron en ellos movimientos análogos con resultados parecidos.

Uruguay había tenido un desarrollo democrático precoz, y su universidad, fundada en 1849, tenía los caracteres típicos de una universidad napoleónica. Desde 1908 contaba con una organización democrática, y los estudiantes tenían participación en los consejos de las facultades. Su autonomía, reconocida de antiguo, fue consagrada por la Constitución de 1917. Pese a ello, desde 1918 se manifestó una viva inquietud estudiantil dirigida a lograr una modernización de la enseñanza y una participación más importante de los estudiantes en la dirección universitaria. Pero el clima político y social del país —en el que el batllismo había impuesto principios más avanzados que en ningún otro del continente— no reclamaba tan vehementemente la acción estudiantil como en aquellos países donde predominaba la tradición colonial en las universidades y la estructura oligárquica en la sociedad.

Este era, en cambio, el caso de Perú, donde, más aún que en Argentina, las viejas familias dominaban la riqueza y poseían la Universidad de San Marcos como un feudo propio. Una larga lucha estaba entablada allí entre aquellas y los sectores progresistas, y algunos aguerridos luchadores, como Manuel González Prada, Abraham Valdelomar y Clorinda Matto de Turner, habían denunciado los más graves problemas sociales del país. En 1919 el conflicto estalló en la Universidad de San Marcos, y los estudiantes reclamaron el derecho de impugnar a los profesores incapaces, elegidos tradicionalmente entre los miembros de los grupos dominantes. Los actos de violencia fueron muchos, y muy pronto se advirtió que las reclamaciones estrictamente universitarias se entrelazaban con otras relacionadas con los grandes temas de la “realidad peruana”, que José Carlos Mariátegui analizaría, por cierto, con rara profundidad. Como en la Argentina, las exigencias universitarias hallaron acogida poco después en el gobierno de Leguía, que por entonces llegaba al poder rompiendo el cerco oligárquico y prometiendo un régimen liberal, y en 1920 fue dictada una ley orgánica de enseñanza en la que se establecían principios más democráticos y modernos: el derecho de tacha de los profesores, la representación estudiantil, la libertad de cátedra y de asistencia y la renovación pedagógica. Pero la derivación más significativa del movimiento estudiantil fue la creación de las “universidades populares”, que poco después serían bautizadas con el nombre de González Prada. A través de ellas se canalizaría la extensión universitaria, no por obra de la universidad oficial misma sino por la acción de los universitarios, que así se hacían cargo de lo que consideraban un deber social frente a las clases desposeídas.

También en Cuba se produjeron movimientos estudiantiles algo más tarde, en 1923, destinados a separar de la universidad a sus malos profesores y a renovar su sistema de gobierno introduciendo la representación estudiantil en los consejos. Y también allí —como en Perú y en Argentina— el nuevo gobierno de Machado, en busca de aliados contra los grupos tradicionales, miró con simpatía el movimiento y le otorgó su apoyo. Otros movimientos igualmente intensos se produjeron en Venezuela, Guatemala y Brasil por aquellos años. En otros países, en cambio, la inquietud estudiantil —ideológica en parte, o movida por la conciencia política o social— derivó hacia análisis y planteos de los problemas universitarios y sociales, expresados generalmente con vehemencia, y poniendo de manifiesto —acaso por primera vez en muchos países— los caracteres reales de situaciones antes no observadas o no incorporadas al repertorio de los temas políticos. Así pasó en Chile, donde la Primera Convención Estudiantil, celebrada en 1920, analizó el conjunto de los problemas nacionales, o en México, donde el clima político no estimulaba tales planteos y donde se reunió el Primer Congreso Latinoamericano de la reforma, en 1921, para estudiar, en cambio, los problemas del continente.

Si los movimientos de Argentina, Perú y Cuba recibieron apoyo en los primeros momentos de los gobiernos que acababan de establecerse, muy poco después fueron reprimidos enérgicamente, sobre todo cuando se puso de manifiesto que tenían implicaciones políticas y sociales, y fueron revisadas las disposiciones estatutarias que consagraban las reformas. Pero a fines de la década del veinte volvió a agitarse el ambiente estudiantil. Hubo fuertes presiones en Argentina —en las universidades de La Plata, de Buenos Aires y del Litoral—, en Brasil, en Venezuela, en México, y enérgicas reacciones gubernamentales. Los grupos dictatoriales de Uriburu en Argentina, Vargas en Brasil, Terra en Uruguay, Ibáñez en Chile, Gómez en Venezuela y otros más o menos violentos encasillaron los movimientos estudiantiles —por lo demás con razón— entre los que constituían la oposición política, y los reprimieron severamente. Cosa parecida ocurrió con el gobierno de Perón, en Argentina, desde 1946, y por entonces y más tarde en otros países, en una serie que sería ocioso enumerar detalladamente.

Lo cierto es que, desde el estallido cordobés de 1918, los movimientos estudiantiles se repitieron en casi todos los países latinoamericanos, y constituyen uno de los polos de la situación social y política. Sus objetivos, y especialmente sus fundamentaciones doctrinarias y sus exposiciones de motivos, demostraron que combinaban permanentemente las preocupaciones estrictamente universitarias y educacionales con las preocupaciones de carácter social y político tanto en relación con los problemas nacionales como con los problemas continentales y mundiales. Predominantemente eran democráticos y de izquierda, y tomaron partido contra el fascismo y el nazismo a favor de la República española y, luego, contra la política de los Estados Unidos; pero no faltaron movimientos, generalmente minoritarios, de derecha, conservadores en el sentido tradicional o abiertamente fascistas, y movimientos resueltamente antiizquierdistas que se propusieron enfrentar la ola izquierdista y, en los últimos tiempos, antinorteamericana. Una variante curiosa se ha observado en los últimos años, con la aparición de grupos católicos de izquierda, que han demostrado notable beligerancia.

La naturaleza polivalente de los movimientos estudiantiles que responden a la “reforma Universitaria’’, requiere un estudio cuidadoso, si se quiere apreciar con exactitud el alcance de los intentos que realizaron. Aunque sus objetivos aparecieron siempre confundidos en un haz, es posible distinguir los que se relacionan con la organización y el espíritu de la vida universitaria y los que trascienden esos límites para fijarse en problemas de más vasto alcance. Con ese método se analizarán, tratando, sin embargo, de no olvidar la indisoluble unidad que generalmente conservan en la inspiración originaria.

Los objetivos universitarios estrictos

Desencadenados como reacción contra la inmovilidad y el anacronismo de las universidades, los movimientos de reforma tuvieron como objetivo general su renovación y modernización. Atendiendo al contenido pedagógico de los términos, esta preocupación estaba plenamente justificada en casi todos los casos. Pero pronto se advirtió que la renovación y la modernización a que aspiraba la reforma iba más allá de sus simples contenidos pedagógicos. La reforma pretendió no sólo que la universidad actualizara el contenido y los métodos de la enseñanza sino también que modificara constantemente su concepción del papel que debía desempeñar en la sociedad, teniendo en cuenta los cambios que en ésta se habían producido y las tendencias que en ella se manifestaban. Esta ambivalencia del concepto de modernización explica la multiplicidad de planos en que operaron los movimientos reformistas, y a causa de ella pudieron formar en sus filas grupos diversos con distintas ideas acerca del alcance de la reforma. En todo caso, la idea de una universidad estática, concebida como una academia en la que el saber simplemente se conservaba y se transmitía, pareció inadecuada para la dramática época que siguió a la Primera Guerra Mundial. Se consideró necesario salir al encuentro de los problemas nuevos, formularlos en términos precisos, afrontarlos decididamente y, abandonando prejuicios, convenciones e intereses creados, ofrecer soluciones que no rehuían parecer, en alguna medida, revolucionarias. El ideal de la reforma fue, pues, una universidad dinámica, y en consecuencia inestable, que no podía sino chocar tanto contra los intereses de las clases dominantes como con el sistema institucional del que las universidades formaban parte.

Así nació una concepción de la autonomía universitaria que reivindicó sus formas más extremas. Varios países, como Argentina y Uruguay, habían reconocido la autonomía de la universidad, entendiendo por ella lo que jurídicamente corresponde llamar autarquía. Pero autárquica en derecho, la Universidad seguía siendo dependiente no sólo del poder político, que tenía muchas armas a su disposición para intervenir en su vida interna, sino también de los sectores predominantes de la sociedad, hostiles al cambio. La reforma proclamó, pues, el principio de la autonomía, pero cargándolo con otro contenido. Pretendió que la comunidad universitaria —el demos universitario, como gustaban decir los jóvenes del 18— tuviera independencia suficiente como para enfrentar a la sociedad conservadora de que formaba parte, gracias al predominio que podían alcanzar en una nueva organización de la universidad sus elementos más dinámicos, y particularmente los estudiantes. Gracias a esa independencia, la universidad podía modificar su orientación y alcanzar la modernización y el dinamismo a que la reforma aspiraba. La autonomía podía ser ejercida en varios campos: en el administrativo y financiero, en el científico, en el político; pero la reforma aspiraba a más; aspiraba a una autonomía política e ideológica de tal grado que le permitiera a la universidad establecer su propia problemática, la de sus sectores más dinámicos, la de los estudiantes que representaban, sin duda, los grupos sociales más favorables al cambio. Así, el problema de la autonomía, encubierto a veces tras el ropaje bizantino de las discusiones jurídicas, trasuntaba el problema crítico de la reforma.

Quizás podría decirse algo semejante del problema del cogobierno. La reforma no sólo quiso arrancar la universidad de las manos de los cerrados cenáculos académicos, sino que aspiró a que su gobierno no fuera un monopolio de los profesores. Los argumentos eran variados y no faltaron las reminiscencias de las universidades medievales; pero la experiencia del uso interesado que los grupos profesorales habían hecho de su poder valía más que los argumentos esgrimidos: el cuerpo docente se reclutaba por cooptación y no sólo se mantenía ajeno a los intereses y demandas de otros grupos sociales ya suficientemente vigorosos en el seno de la sociedad sino que se mostraba indiferente a la modernización científica. La reforma propuso que el gobierno universitario estuviera en manos de consejos tripartitos, con igual número de representantes de los profesores, los estudiantes y los graduados. Este objetivo nunca fue alcanzado. Su teoría descansaba en el principio de que “la universidad tiene que ser la proyección institucional del estudiante”, para decirlo con palabras de José Ortega y Gasset. Del estudiante, decía el filósofo español que debía partir la organización de la enseñanza superior, y no del saber del profesor. Pero el supuesto de esta doctrina, tal como fue entendida por la reforma en América Latina, era que no son los profesores los que representan la tendencia a la modernización y el cambio, sino los estudiantes, puesto que, ajenos a los intereses de grupo, no sólo evitan la formación de sectores interesados en su propio predominio sino que atacan permanentemente el conformismo, renovando la problemática universitaria con las nuevas cuestiones suscitadas en el mundo del conocimiento y en el ámbito de la sociedad.

En reducida escala, la participación estudiantil en el gobierno universitario fue aceptada muchas veces. Los adversarios de la reforma la criticaron acerbamente, atribuyéndole los mismos vicios que los movimientos estudiantiles achacaban al exclusivismo profesoral y señalando un predominio de la demagogia. Pero, dejando de lado el análisis de esas y otras críticas, debe señalarse que el ejercicio del cogobierno no puede juzgarse confundiéndolo con el curso del movimiento estudiantil, y menos con la llamada “politización” de la universidad, fenómenos que obedecen a una constante polarización de los grupos sociales y a tendencias que son propias de la vida social y política.

La reforma universitaria nació como una profunda y enérgica protesta contra los profesores. Ellos eran la expresión real de la universidad, los testimonios de su espíritu, y contra ellos se dirigieron las primeras baterías acusándolos no sólo de sentirse miembros de una casta intangible sino también de ser ineptos e ignorantes. Los dos argumentos se entrecruzaron: el que se refería a su situación de clases y el que se relacionaba con su formación intelectual. A veces no eran justos los dos en la misma persona. Espíritus aristocratizantes y autoritarios podían ser excelentes juristas o grandes clínicos. Pero la crítica se entrecruzó justificadamente porque de cualquier manera los estudiantes sentían con razón que aun cuando fueran profesores no eran maestros. La distancia interpuesta entre profesores y alumnos correspondía a un rígido concepto de la autoridad, pero servía a veces para defender la ignorancia evitando el diálogo. La reforma aspiró, primero, a la eliminación inmediata de los profesores notoriamente incapaces, ignorantes de su disciplina o aferrados a viejas concepciones. Pero enseguida procuró imponer nuevos sistemas para la designación de profesores, a partir de concursos públicos, que impidieran las combinaciones de los grupos dirigentes, y trató, además, de impedir el estancamiento y la burocratización. Las designaciones debían ser por tiempo limitado, y sometidas a renovaciones en nuevos concursos periódicos que probaran la sostenida preocupación de quienes ejercían la cátedra por la disciplina que enseñaban. Pero aun así la reforma no quiso admitir la servidumbre de los estudiantes y sentó el principio de la cátedra paralela, que diera oportunidad de escuchar distintas voces, y el de la asistencia libre, para que los estudiantes pudieran sustraerse de la obligación escolar de escuchar a quien nada enseñaba. Tales principios echaban por tierra la concepción autoritaria que predominaba en la enseñanza universitaria, pero, además, desafiaban el principio de la enseñanza magisterial.

En efecto, tras la crítica a los malos profesores y tras las precauciones propuestas para su designación se escondía un ataque contra los métodos tradicionales de la enseñanza universitaria. La reforma rechazó la función pasiva que se atribuía al educando dentro de un sistema fundado en el monólogo del profesor, y exigió el diálogo, el cambio de ideas, la discusión. Era una cuestión de método, pero era también una cuestión de actitud humana. La reforma pensaba en el estudiante como un educando, no como un aprendiz, y rechazaba la idea de que su papel consistiera en el aprendizaje de nociones y fórmulas útiles para el ejercicio de una profesión lucrativa. Más allá de esos límites, la enseñanza era concebida como formación científica y formación humana. Se reclamaron institutos de investigación y seminarios de enseñanza práctica, pero sobre todo se reclamó un tipo de contacto entre profesores y alumnos que permitiera a estos últimos una participación personal y activa. Eran, por lo demás, principios que por entonces comenzaba a difundir la pedagogía moderna, sin perjuicio de que muchos de ellos estuvieran implícitos en la tradición cientificista que en parte habían recogido algunos de los viejos maestros.

Lo innegable es que la reforma pretendió desplazar el centro de gravedad de la vida universitaria de los profesores a los estudiantes. Ellos eran la razón de ser de la universidad y para ellos existía. Toda la política de la reforma giró alrededor de este principio. Si se pretendió que los estudiantes participaran activamente en el gobierno de la universidad y que tuvieran el derecho de opinar sobre los profesores, fue en función de ese principio. Y si se consideró lícito que los estudiantes ejercieran el derecho de no escuchar a aquellos a quienes consideraban por debajo de su misión, fue también en función de él. Pero los estudiantes planteaban otros problemas organizativos y de gobierno. A diferencia de lo que ocurría una generación antes, fueron cada vez más numerosos los estudiantes de modesto origen social que tenían que trabajar mientras seguían su carrera, y la reforma sostuvo la necesidad de que la organización académica considerara esta situación, derivación y signo de un cambio social importante. A causa de este último, otras cuestiones se planteaban. La reforma sostuvo el principio de la gratuidad de la enseñanza y suscitó la preocupación por los innegables problemas que creaba a la universidad la creciente afluencia de estudiantes no ya de las tradicionales clases altas que habían provisto hasta entonces los cuadros profesionales, sino de las clases medias en ascenso. La reforma rechazó la política de limitación del ingreso, y propuso, en cambio, una política de expansión de la enseñanza universitaria: era una respuesta social abierta a un problema social nuevo, frente al que mostraban los grupos dirigentes una marcada insensibilidad. Y con todo, el problema no pareció agotarse allí. Aun cuando la universidad se abriera a las clases medias en ascenso, la reforma creyó que seguiría conservando su carácter de institución para privilegiados si no sobrepasaba su específica área de influencia, y proclamó la necesidad de que saliera de sus recintos para llevar su acción al seno de otros sectores sociales. Así, lo que se llamó la “extensión universitaria” llegó a ser la expresión visible y simbólica de la misión social de la universidad, sobre la cual puso la reforma el mayor énfasis.

La puntualización de los objetivos concretos que, en materia estrictamente universitaria, persiguió la reforma, quedaría incompleta si no se señalara con la debida precisión el que se refiere al campo mismo de la enseñanza. Es precisamente allí donde el intento de la reforma alcanzó su mayor profundidad.

De los dos modelos que siguió la universidad latinoamericana —el colonial y el napoleónico— el primero puso el mayor énfasis en la formación del hombre, desde su peculiar punto de vista, y el segundo en la formación del profesional. La reforma rechazó categóricamente el segundo y, en rigor, reivindicó del primero su preocupación por la formación general, aun cuando proclamara la vigencia de contenidos totalmente opuestos. Así quedó esbozada una imagen de la universidad que provocaría las mayores controversias, en las que se opuso al proyecto de una universidad abierta a los problemas vivos, la imagen de una universidad con una “misión específica” consistente en la enseñanza profesional o, todo lo más, en la investigación científica incontaminada de lo que se llamó la “política”.

La universidad profesional correspondió al predominio de una filosofía utilitaria y nació en el seno de una sociedad que creyó haber alcanzado una estabilidad definitiva. Empero, la inestabilidad social se hizo manifiesta en el siglo XIX y adquirió caracteres dramáticos después de la Primera Guerra Mundial, en tanto que la filosofía del utilitarismo entró en profunda crisis por la misma época. La reforma asumió en principio la defensa de una concepción no utilitaria del hombre, tal como Alejandro Korn la había formulado en 1918 en el memorable ensayo titulado Incipit Vita Nova. Y entre las obligaciones fundamentales del hombre no utilitario se entrevió como fundamental la de servir a los principios éticos que la inteligencia, libre de servidumbres, era capaz de formular frente a las exigencias de la realidad.

La “realidad” fue, por excelencia para la reforma, la realidad social. Una formación profesional utilitaria, que prescindiera deliberadamente de un examen de los nuevos problemas del mundo, pareció, simplemente, inmoral. Fue, por el contrario, un anhelo ferviente de la reforma, agregar —y superponer— a la misión profesional de la universidad, la de situar al hombre en el seno de los problemas fundamentales del mundo, para que aceptara su compromiso con ellos y buscara su respuesta sin enajenar su inteligencia.

Pero los problemas del mundo eran y son arduos problemas que se traducen en formulaciones muy concretas. Examinarlos y tomar posición sobre ellos pareció a muchos que era una actividad política; y ciertamente lo es, sin perjuicio de que quepa distinguir la pequeña política de los intereses partidarios de aquella otra que supone asumir la responsabilidad de las decisiones en los problemas que son propios de la sociedad y del hombre. La reforma afirmó que la universidad debía enfrentar al estudiante con los grandes problemas del hombre y de la sociedad, pero no solamente en abstracto, sino en las formas concretas que esos problemas asumen hic et nunc. La universidad fue concebida como una comunidad compenetrada con los problemas del país, con los que son fundamentales y permanentes en principio, pero también con los circunstanciales, que expresan en cada instante la forma de los problemas permanentes. La reforma consideró deber ineludible de la universidad estudiar metódica y científicamente los grandes problemas sociales —los relacionados con la economía, con la salud, con la educación— pero también adoptar posiciones frente a cuestiones más espinosas, como la libertad de conciencia y de pensamiento, los abusos del poder o las cuestiones sociales. Por esta vía, la reforma orientaba a la universidad hacia cierto grado, variable por cierto, de militancia. Sus adversarios sostuvieron que esto implicaba politizar la universidad, dando a entender que se la arrastraba hacia la política de partidos; pero la reforma rechazó la política de partidos; quiso sí, en cambio, que la universidad no fuera prescindente frente a los problemas de la comunidad, y quiso, sin duda, que estuviera al servicio del cambio social. He aquí la gran cuestión y acaso podría decirse que el punto neurálgico en el que la imagen reformista de la Universidad se contraponía a la imagen tradicional. Tal era el tipo de militancia que la reforma consideraba necesaria para la universidad: la militancia al servicio del cambio social, sin adopción de posiciones dogmáticas y con el más absoluto respeto por la libre discusión de las ideas.

Los objetivos extrauniversitarios

Sólo por vía conceptual es posible separar los objetivos universitarios estrictos de la reforma, de los objetivos extrauniversitarios. Pero la separación conceptual cobra más sentido si se considera que la reforma universitaria fue promovida, mantenida y desarrollada por un movimiento juvenil renovado generación tras generación, de cuyo seno salieron grupos sociales y políticos que ejercieron luego considerable influencia en sus diferentes países. Fueron esos movimientos juveniles los que coincidieron en ciertos objetivos estrictamente universitarios; y fue en su seno donde se constituyeron grupos diversos que diseñaron otros objetivos en relación con sus particulares ideologías y tendencias. En la acción universitaria, cada uno de esos grupos procuró influir sobre el conjunto e imponer sus ideas: pero en tanto que en la acción estrictamente universitaria se conservó generalmente la unidad de los objetivos y de la acción, la defensa y promoción de los objetivos extrauniversitarios separó a los grupos y los orientó —a medida que concluía la etapa universitaria en la vida de cada generación— hacia distintos partidos políticos o grupos de opinión.

Los movimientos juveniles reformistas no fueron sino una expresión más de la marcada tendencia a la politización que manifestaron las clases medias en casi todos los países latinoamericanos a partir de comienzos del siglo. Si hasta esa época la oposición entre liberales y conservadores expresaba fielmente los matices que diferenciaban a dos sectores de la oligarquía dominante, a partir de entonces la creciente politización de las clases medias en ascenso se manifestó en la penetración de grupos renovadores dispuestos a radicalizar a los partidos tradicionales unas veces, y en la creación de nuevos partidos otras, tratando de imitar al radicalismo francés o siguiendo las vías del socialismo internacional.

Dada esa tendencia de los grupos sociales donde se reclutaban los nuevos grupos universitarios, que tan profundamente modificaron la fisonomía de las universidades latinoamericanas después de la Primera Guerra Mundial, era previsible que las nuevas generaciones acentuarían su tendencia a la participación política y buscarían las posiciones más radicales para sumar a ellas su acción. La oportunidad no siempre fue propicia, dada la situación política de los países latinoamericanos. Resulta aleccionador el caso de México, donde la Revolución en marcha desde 1910 ofreció un puesto de combate a las nuevas generaciones para las cuales el problema de la universidad fue por largo tiempo secundario. Pero en el resto de los países latinoamericanos, la universidad fue el único sector vulnerable de la vieja estructura, y sobre él se lanzaron las nuevas generaciones cumpliendo un designio colectivo, y al mismo tiempo un deber, puesto que los nuevos grupos sociales no encontraban otra vía para participar en la vida política. No era, sin embargo, un subterfugio. A la tesis de que la universidad era un recinto sagrado destinado al culto de la sabiduría, las nuevas generaciones opusieron la tesis de que la universidad formaba parte del conjunto social, y de que era artificioso y malintencionado el intento de mantenerla ajena a sus contingencias. Así, la acción universitaria se confundió a veces con la acción política, y esta confusión adquirió gravedad cuando los recintos universitarios dejaron de ser, en ocasiones, campos neutrales para la libre discusión de las ideas y se convirtieron en tribunas partidistas. Pero el hecho era inevitable, y no ocurrió generalmente sino en circunstancias muy críticas. Al lado de los grupos interesados estrictamente en la universidad, se desarrollaban los grupos más politizados, con frecuencia muy definidos ideológicamente y muchas veces conectados con poderosas organizaciones partidarias que les imponían su estrategia y su táctica. Los adversarios de la reforma caracterizaron todos estos fenómenos como resultantes de su equivocada concepción universitaria; pero, de hecho, en las circunstancias críticas, y aun normalmente, los grupos tradicionales y los sectores estudiantiles que respondían a sus directivas ejercitaron una acción política igualmente partidista y generalmente mucho más violenta, probando así que los problemas sociales y políticos se filtraban en los claustros universitarios indefectiblemente, y que la Universidad había dejado de ser un recinto inviolable, por ciertas causas generales, de las cuales la reforma misma era, a su vez, un efecto particular.

De los movimientos juveniles reformistas salieron densos grupos de estudiantes que se encaminaron luego hacia los partidos políticos: algunos hacia los partidos burgueses tradicionales y otros hacia los partidos de izquierda: el socialismo, el comunismo ortodoxo o el comunismo trotskista. En el Perú ocurrió un caso singular, pues lo que se llamó el APRA fue un partido nuevo formado sobre la base del reclutamiento estudiantil reformista y en relación con la experiencia social y política recogida en el movimiento universitario. En esa experiencia se formularon los principios más ambiciosos de la reforma, y sobre ellos comprendió Haya de la Torre que podía fundar un movimiento político eficaz, dada la situación de los países latinoamericanos y especialmente del Perú.

En Argentina, Julio V. González creyó también que la movilización política provocada por el movimiento estudiantil y el esclarecimiento de ciertos objetivos mediatos e inmediatos permitía intentar la creación de un partido de la reforma; pero el proyecto no tuvo éxito. Quienes habían recibido su formación política en los movimientos estudiantiles prefirieron buscar su camino a través de los partidos ya constituidos. Pero casi nunca fueron disciplinados militantes que aceptaran las viejas consignas, sino grupos renovadores que propusieron nuevas orientaciones y, a veces, fundaron claras disidencias, como en el caso del grupo FORJA, surgido en el seno del radicalismo, pero cuyos planteos permitían que algunos de sus miembros derivaran luego hacia el movimiento peronista. No faltaron los intentos para infundir en los diversos partidos políticos una problemática nueva, que adquirieron forma en proyectos de acción conjunta de los partidos democráticos. Fenómenos semejantes se observaron, en diversa escala, en otros países: Uruguay, Brasil, Guatemala, Cuba, entre otros.

Los objetivos sociopolíticos más generales de los movimientos estudiantiles reformistas fueron entrevistos desde un comienzo, sobre todo en Perú, gracias, sin duda, a la penetración política de Haya de la Torre. En Argentina, Deodoro Roca señalaba en 1936 que el descubrimiento de las conexiones entre los problemas universitarios y los problemas sociales se fue haciendo lentamente: “Buscando un maestro ilusorio —escribía— se dio con un mundo. Eso es la reforma: enlace vital de lo universitario con lo político, camino y peripecia dramática de la juventud continental, que conducen a un nuevo orden social. Antes que nosotros lo adivinaron, ya en 1918, nuestros adversarios”.[6] El propio Roca, Alberto Palcos y otros habían percibido, sin embargo, desde el primer momento, la indisoluble vinculación existente entre la situación universitaria y la situación social, y tal planteo quedó expresamente aceptado en el Segundo Congreso Nacional de Estudiantes Universitarios, celebrado en Buenos Aires en 1932, al establecer como principio inspirador de la acción futura que “la reforma Universitaria es parte indivisible de la reforma Social”.

La reforma social, eso sí, no fue concebida de manera muy precisa, ni podía serlo sin desatar conflictos insalvables entre los distintos grupos ideológicos. Hubo —y coexistieron— distintas concepciones de los niveles que debía alcanzar, desde el reformismo hasta las formas extremas del comunismo, y hubo —y coexistieron— distintas concepciones de la estrategia del cambio, desde las aspiraciones parlamentarias dentro del sistema democrático liberal hasta los designios revolucionarios más audaces. Pero no sería difícil entresacar cuáles fueron, desde su comienzo, los principios más generalmente aceptados como esquema general del cambio deseado y previsto.

Por el análisis —o la simple observación— de la situación universitaria latinoamericana se cobró conciencia de que la sociedad estaba fundada en el sistema de privilegio. Era una observación obvia, pero fue una conquista de los grupos juveniles de clase media incorporarla a su propia experiencia, y fue un hecho político trascendental establecer una relación entre lo que enseñaba esa experiencia y la situación de las clases populares, puesto que esa relación importaba una imagen total del cuadro social. La reforma adoptó, pues, un punto de vista favorable al cambio social fundado en la supresión del privilegio. Pero esta postura adoptó dos matices. Fue, por una parte, una resistencia a la perduración de las sociedades semifeudales aún vigentes en muchos países latinoamericanos, y por otra, una resistencia a la consolidación de las sociedades burguesas, más modernas pero no menos injustas. Del primer matiz pudieron derivarse, escalonadamente, posiciones democráticas, reformistas y revolucionarias; del segundo sólo posiciones claramente revolucionarias.

El examen de la situación social, económica y política de las sociedades latinoamericanas condujo a la percepción de la decisiva influencia que en todos esos campos ejercían las grandes potencias económicas sobre la vida de los distintos países. La acción de Gran Bretaña y de Estados Unidos en América Latina fue enjuiciada con rigor, y la reforma adoptó el principio de la autodeterminación de los pueblos. El presidente argentino Yrigoyen lo había expresado por aquellos años en frase contundente, afirmando que “los pueblos son sagrados para los pueblos”, protestando contra la intervención de Estados Unidos en Santo Domingo; y otros movimientos en diversos países, inspirados por el mexicano Vasconcelos o por los argentinos Ugarte, Ingenieros y Palacios, habían comenzado una enérgica acción a favor de la autonomía de los países latinoamericanos. La reforma asumió enérgicamente una defensa de esas posiciones, que sería definida como “política antiimperialista”, y que se manifestó a veces con extremada violencia. Fue Haya de la Torre quien definió con más precisión esta línea del pensamiento político de la reforma, en los siguientes términos:[7]

“No vale terminar estas breves apreciaciones sin detenerse aunque sea someramente en otra de las grandes proyecciones de la reforma, ya insinuada ‘ut supra’: la decisión de los reformistas sinceros por participar directa y eficazmente en la lucha latinoamericana contra el imperialismo. Este punto de mayor actualidad y que me atañe más directamente, es largo a tratarse porque incorpora otros muchos. Además, es punto que conduce a enunciación de interpretaciones de más definida categoría política y polémica. Podía considerársele, un poco arbitrariamente quizá, como excediéndose de los límites de la reforma propiamente dicha. Empero la relación existe y existe estrechamente. La reforma prepara a los intelectuales, “a la primera generación universitaria”, a comprender el fenómeno del imperialismo en nuestra América, contra el que se habían alzado ya voces precursoras que buscándoles gaveta en el casillero clasista diremos que fueron voces pequeño-burguesas. Ciertamente, voces de la clase media producidas por los primeros efectos del empuje imperialista invasor contra esa clase. En honor a esos precursores cabe afirmar y repetir que son ellos los que inicialmente descubren a grandes lineamientos, no siempre muy precisos, la magnitud del problema imperialista como el más vital de la presente época americana. Mientras los intérpretes y líderes abocados a la dirección intelectual de la lucha contra la explotación capitalista topeteaban en los vericuetos de la ortodoxia europea, repitiendo tesis de doctrina y de táctica sabias para la realidad en que se producían, prematuras e inadaptables para la nuestra, aparecieron los llamamientos líricos y confusos, pero nutridos de evidencia de los intelectuales de la clase media que señalaban el peligro. La reforma había dejado puertas abiertas para el estudio de nuevos problemas. Por ellas pasan los primeros curiosos del fenómeno.”

También condujo el examen de las sociedades latinoamericanas a una opinión definida acerca de la significación que habían tenido —y conservaban— el militarismo y el clericalismo. El segundo aparecía vinculado a la persistencia de la atmósfera intelectual y tradicionalista de las universidades, pero también a la concepción conservadora de las clases altas, a su resistencia a toda transformación social; el primero, en cambio, aparecía vinculado eminentemente al establecimiento de fuertes dictaduras que rompían la normalidad institucional y frustraban los trabajosos esfuerzos por consolidar los regímenes constitucionales y democráticos. La reforma tomó una posición definida contra el militarismo y el clericalismo, que se manifestó en la acción política de los movimientos estudiantiles a través de una cerrada oposición a los regímenes dictatoriales: el de Uriburu en la Argentina, los de Machado y Batista en Cuba, el de Sánchez Cerro en Perú y tantos otros que fueron instaurándose en los distintos países latinoamericanos. La reacción nacía en cada caso, generalmente, a partir de la hostilidad que las dictaduras militares mostraron frente al movimiento reformista y contra las universidades en general, a las que acusaban una y otra vez de ser focos subversivos. Pero muy pronto adoptaba la forma de una franca oposición política, más peligrosa por la peculiar agilidad que solía caracterizarla. Los tumultos callejeros y las víctimas que resultaban de ellos agregaban a esa oposición un carácter dramático que multiplicaba el efecto de la acción.

Un rasgo, finalmente, completa —y caracteriza profundamente— el cuadro de los objetivos extrauniversitarios de la reforma: el de la formación de nuevas elites para una sociedad en proceso de cambio, frente al cual la universidad tradicional se había resistido a asumir una función orientadora. Haya de la Torre definió ese objetivo en términos estrictamente políticos:[8]

“El proletariado que justamente está surgiendo como consecuencia y negación del imperialismo —para expresarnos con la dialéctica hegeliana—, es clase naciente o incipiente, como naciente o incipiente es el industrialismo que el imperialismo lleva. Parece claro que el proletariado, donde ya existe más o menos definido en nuestra América, necesita aliados y que en los países donde no existe o apenas se inicia debe aliarse o incorporarse al movimiento de liberación nacional. Empero, tornemos a nuestro tema central. Las clases medias urgidas a la lucha la han iniciado y la realizan con mayor o menor acierto. Los intelectuales salidos de esas clases se han incorporado a ambas tendencias. En ambas militan y ambas cuentan en ellos directores y coadyuvantes convencidos. Este aporte intelectual ha sido fortalecido por la reforma. Los más y los mejores de sus soldados han tomado posiciones en la lucha contra el imperialismo y han contribuido eficientemente en ella. Pueden considerar el antiimperialismo desde diversos puntos de vista, especialmente desde los dos principales en que me he detenido. Pero son justamente intelectuales, muchos de ellos antiguos reformistas sinceros, los que más ardorosamente defienden los dos puntos de táctica enunciados. Cabe afirmar, pues, que malogrados sus posibles prejuicios pequeño-burgueses, los intelectuales y la reforma han dado buenos luchadores a la causa antiimperialista, aun en los sectores más ortodoxamente extremistas.

Pero aun para aquellos sectores de la reforma que no llegaban tan lejos en los planteos políticos, la renovación de la universidad debía orientarse hacia el cumplimiento de un papel semejante: formar las nuevas promociones de técnicos y profesionales, de políticos y militantes, que tuvieran una nueva imagen del proceso social.

La universidad traicionaba a la sociedad —decían— si se limitaba a ofrecer a sus estudiantes títulos que sirvieran solamente para el progreso individual de sus beneficiarios. Servía, en cambio, a la sociedad, si preparaba hombres que se pusieran a su servicio, que conocieran sus nuevos problemas, que estuvieran abiertos a las inquietudes y necesidades de las clases populares, que aceptaran el proceso de cambio y se incorporaran a él. Crear una elite con esta nueva mentalidad debía ser la misión fundamental de la universidad, dada la situación social de los países latinoamericanos, y la reforma la postuló directa o indirectamente.

Quizá sea este el punto de unión entre los objetivos estrictamente universitarios y los objetivos extrauniversitarios de la reforma. El movimiento sabía que, pese a las transformaciones que la universidad pudiera sufrir en su estructura, seguiría siendo centro de formación de las elites nacionales. Pero como anhelaba una universidad al servicio del cambio, luchaba porque esas elites se compenetraran de ese proceso y aceptaran su papel de promotoras y encauzadoras de las transformaciones que el país y el continente requerían.

Cualesquiera hayan sido las alternativas de las universidades latinoamericanas y cualquiera sea el grado de influencia que la reforma haya podido tener en la transformación de su estructura y de su orientación pedagógica y científica, los movimientos reformistas han logrado, por sí solos, este objetivo fundamental.

Notas:

1 Héctor Ripa Alberti, Renacimiento del espíritu argentino, 1920, en La reforma Universitaria, compilación y notas de Gabriel del Mazo, T. III, p. 29.

2 Deodoro Roca, La nueva generación americana, 1918, en íd., p. 7.

3 Luis Alberto Sánchez, El estudiante, el ciudadano, el intelectual y la reforma universitaria americana, 1940, en íd., p. 212.

4 Alejandro Korn, La reforma universitaria y la autenticidad Argentina, 1920, en íd., p.19.

5 Transcripto, entre otros lugares, en Ciria y Sanguinetti, Los reformistas, Buenos Aires, 1968, p. 271.

6 Respuesta a una encuesta, 1936. Cf. La reforma Universitaria, t. III, p. 546.

7 V. R. Haya de la Torre, La reforma Universitaria, 1929, en íd., p. 180.

8 Íd., p. 181.

El socialismo es el camino. 1957

Con su reconocida sagacidad, el profesor Américo Ghioldi ha descubierto rápidamente en mis últimas declaraciones un punto que nos separa; y para deslindar posiciones y fundamentar la suya, ha publicado en el último número de La Vanguardia —y antes en los diarios que él llama “burgueses”— un meduloso trabajo que servirá sin duda como punto de partida para la reflexión de los socialistas inquietos por el futuro de nuestro partido y de la clase trabajadora argentina. Como el problema es candente y apasionante, yo quiero volver sobre él para señalar, a mi vez, mis puntos de vista, y espero que otros afiliados lo hagan, pues polémicas como esta —que sólo pueden realizarse en partidos como el nuestro— sirven para contribuir a la orientación de la opinión partidaria.

Lamentablemente, me veo obligado, antes de entrar en materia, a hacer algunas observaciones sobre cuestiones personales. El profesor Ghioldi me acusa seis veces en su meduloso estudio de no haber medido oportuna y suficientemente las consecuencias políticas de mis declaraciones en Nueva York, y afirma que los propagandistas de cierto candidato presidencial “sabrán sacar jugo a esas declaraciones”. Claro que su innata magnanimidad lo incita a declarar dos veces que no duda de mi buena fe; pero se siente obligado a declarar en siete oportunidades que atribuye el hecho de que yo no mida “suficientemente las consecuencias políticas” de mis declaraciones a la deformación profesional del historiador, malogrado, a sus ojos, en cuanto político, por el abuso de sus ficheros, por la manía clasificatoria, y por cierta confusión en que parece que incurro entre la “realidad“, que él llama “concreta”, y las “abstracciones de la realidad“.

Yo lamento disentir con este planteo del profesor Ghioldi. Nunca he creído que el uso del método histórico sea nefasto para conocer la realidad, ni creo que el profesor Ghioldi —que a veces parece querer burlarse de mí— pueda creerlo. ¿Qué quedaría de la doctrina del socialismo si eso fuera cierto? Investigar los hechos de la realidad, tomar nota de ellos en fichas (o en una hoja de papel si las fichas nos disgustan), y hacer sobre esos hechos ciertas generalizaciones, son menesteres propios del proceso de estudio de la realidad, que yo no he descubierto sino que he aprendido de mis maestros, y que estoy seguro que hasta el profesor Ghioldi ha puesto en práctica alguna vez. ¿Por qué achacarme su ejercicio —cuando es, además, propio de una profesión honesta— como si fuera fruto de una influencia nefasta o de una actividad sospechosa? Quizá sea porque, a juicio del profesor Ghioldi, esos menesteres me han conducido a tomar por “realidad” concreta lo que sólo es una “abstracción de la realidad“. Pero el profesor Ghioldi conoce demasiado bien los problemas de la sociología y la filosofía para suponer que hay otra manera de conocer la realidad que no sea a través de ciertos conceptos abstractos. Si los míos son excesivos, otros pueden ser escasos, y en este último caso los riesgos no son menores porque puede desembocarse en un practicismo poco aconsejable en un socialista. El único motivo que se asigna a mi presunta imprudencia no es, pues, válido y, además, nadie que me conozca puede creer en la exactitud de ese retrato con fisonomía de sabio distraído que se me quiere hacer.

Se preguntará alguno cuál es, pues, el motivo. Y yo repito que no hay motivo porque no hay sustancia, y la presunta acusación es absolutamente vacua. El profesor Ghioldi —y algunos otros afiliados con él, según voy descubriendo— creen que las declaraciones que hice en Nueva York en el mes de diciembre y las aclaraciones que formulé luego para La Vanguardia pueden ser utilizadas por el enemigo; pero yo creo que tal temor deriva de un juicio absolutamente subjetivo, y afirmo que pocas veces se ha hablado con tanta claridad para señalar nuestra disidencia frente al movimiento a que algunos pretenden que sirvo (aunque indirectamente y de buena fe, es claro). Y hasta tal punto es subjetivo, que a poco de formulados los temores del profesor Ghioldi, la revista Qué se encargó de demostrar que eran infundados; nadie podrá repetir que los sostenedores de aquel movimiento “sabrán sacar jugo” a mis declaraciones, o tendrán que reconocer que el jugo que han podido sacar les ha resultado de mal gusto. La prueba es convincente.

Si una acusación es injustificada, y sin embargo se hace y se reitera contra toda lógica, ¿no es inevitable que surjan en el ámbito ciertas amargas dudas? Tal es en este instante mi estado de espíritu, y aunque repaso mi actitud política desde el momento en que me incorporé a la Comisión de Prensa y al Comité Ejecutivo no consigo explicarme la causa que ha determinado al profesor Ghioldi a adoptar una actitud semejante, sino como una profunda discrepancia acerca de cuál es la misión del socialismo ante las muy concretas circunstancias que enfrenta la clase trabajadora argentina.

Por eso este problema personal no es sino accesorio, y acaso parezca un pretexto. El profesor Ghioldi ha advertido con toda perspicacia que en mis declaraciones hay un punto en el que disentimos. Se ha referido a él en el título de su ensayo, y se ha detenido largamente en su examen. Parece persuadido de que mis opiniones son malsanas y acaso peligrosas y, con su innegable autoridad, me refuta largamente. Doloroso me es decir que no ha logrado persuadirme.

El profesor Ghioldi me adjudica “cierta mentalidad política argentina”, análoga —parecería— a la del mandatario depuesto y a la del jefe del movimiento que yo habría servido (imprudentemente pero de buena fe), y cuyo rasgo fundamental sería la “intransigencia” en sentido genérico. Hay sin duda sabios, distraídos e intransigentes, pero yo no pertenezco a ninguna de las tres categorías.

Yo no sé bien si alguna vez he dicho algo que pueda inducirlo a error, pues hasta ahora nunca supuse que mis palabras iban a ser pesadas y medidas con tanto celo como parecen hacerlo ahora algunos compañeros; pero por lo que recuerdo, me he mostrado partidario de que luchemos solos esta vez, y en esta circunstancia. Yo no podría olvidarme que en 1931 comencé mi militancia política en la Alianza Civil, que se constituyó en La Plata —donde entonces estudiaba— para apoyar la fórmula De La Torre-Repetto. Pero ahora no soy partidario de alianzas, y creo que hay buenas razones que fundamentan mi actitud.

Dejo de lado los peligros de predicar con excesivo entusiasmo sobre las ventajas de los acuerdos de partido precisamente en vísperas electorales, aunque, de paso, me permito señalar que deben medirse las consecuencias políticas de esas afirmaciones —hechas por Ghioldi—, pues hay partidos que se sienten demasiado inclinados a contarnos entre sus huestes, y me parece que un dirigente socialista no debería estimular esas ilusiones en estos momentos. Pero, yendo al fondo de la cuestión, sostengo —en discrepancia con el profesor Ghioldi— que este es exactamente el momento de plantear nuestra política en tales términos que la clase trabajadora descubra inequívocamente que el socialismo es el único y verdadero partido de izquierda que el país reclama con urgencia en la situación actual. Para eso tenemos fundamentalmente que darnos un programa económico-social apropiado a las exigencias de las circunstancias y que responda a los apremiantes requerimientos de la clase trabajadora, y debemos presentarnos al combate sin confundirnos y con la seguridad de que podemos alcanzar el triunfo solos.

Yo no puedo imaginar que no se vea claramente que esta es la posición que debe adoptar nuestro partido. Pero unas frases del profesor Ghioldi me parecen reveladoras de su estado de ánimo, acaso impresionado por la dura experiencia del fascismo. Al término de su meduloso ensayo y al tratar de señalarme los peligros del encasillamiento exagerado de los hechos sociales, en que parece que incurro, enumera las cosas que él mismo ha observado en la realidad; pero, haciendo cierto ejercicio de abstracción, al enumerarlas las divide en dos grupos, y esta división nos aclara su posición política y nuestra discrepancia y, al mismo tiempo, su estado de ánimo.

En la realidad —nos dice Ghioldi— hay clases y lucha de clases, hay un proletariado empobrecido bajo la tiranía y hay un partido socialista. Esto de un lado. Pero del otro —agrega Ghioldi— hay una revolución que él teme que fracase, amenazas de dictaduras, saboteadores y conspiradores que acumulan armas en las fronteras. El profesor Ghioldi ve estas dos series de hechos como separadas y heterogéneas y, con un gesto cansado y desdeñoso, nos comunica que deja a otros que encasillen esta realidad.

Contemporáneamente al artículo del profesor Ghioldi, la revista Qué, al servicio de los intereses políticos del candidato a quien me he referido en el ya conocido reportaje, me acusa de que al reclamar en nombre del socialismo “un enfrentamiento terminante entre la burguesía y la clase obrera”, postulo “exactamente lo que necesita la oligarquía terrateniente asociada a las fuerzas del capitalismo extranjero”. Seguidamente me imputa estar “haciendo un grave diversionismo, confundiendo los objetivos, exacerbando una lucha de clases que debe ser resuelta en el proceso del desarrollo nacional”. Esta “desubicación teórica” de que me acusa Qué mediante la rara paradoja de presentarme como defensor de los intereses del capitalismo extranjero cuando defiendo a la clase obrera, parece, por lo menos en sus aspectos formales, análoga a la tendencia a hacer abstracciones de la realidad que me atribuye el profesor Ghioldi. En todo caso, tanto una como otra afirmación sirven para demostrar la especificidad de los intereses de la clase trabajadora y la insuperable dificultad que se afronta cada vez que se desconoce esa particularidad y se trata de presentar aquellos intereses en medio de un conglomerado heterogéneo y aliados o subordinados a intereses antagónicos.

He aquí el problema. Hay que encasillar esta realidad, o mejor, hay que analizarla para descubrir su lógica intrínseca. Esos hechos no constituyen datos aislados, ni integran las dos series en que el profesor Ghioldi los agrupa, ni aun admitiendo que los que las integren están separados entre sí. Si hay clases y lucha de clases, y hay un proletariado empobrecido —y no por culpa exclusivamente de la dictadura—, tales hechos no son ajenos al porvenir de la revolución, ni a la posibilidad de una dictadura, ni al éxito de los saboteadores y conspiradores. La separación de las dos series de hechos significa para el profesor Ghioldi que una cosa es defender la revolución y otra distinta la defensa de la clase obrera y el impulso de una política social avanzada como las circunstancias requieren.

Es decir, que el profesor Ghioldi posterga la lucha de clases en interés de la revolución. Cabría hacer a este respecto una observación trascendental para la posición socialista. La lucha de clases existe históricamente como expresión de los intereses antagónicos de los grupos sociales situados en distintos puntos; y la lucha entre estos distintos intereses no puede ser desconocida y mucho menos postergada por más que se aúnen con ese propósito las más heterogéneas voluntades.

La revolución —tal como la concibe el socialismo— y la suerte de la clase trabajadora no pueden ser entendidos como términos antagónicos. La revolución no tiene salida aceptable para nosotros, los socialistas, si esta salida es contraria a la suerte de aquella. Ninguno de los esquemas, tanto el de Ghioldi como el de Qué, puede ser aceptado por el socialismo pues para este no hay ni puede haber términos que puedan anteponerse a su identificación con los intereses de la clase trabajadora. Ni los intereses de “los dirigentes del proceso técnico-económico” (como Qué llama a los empresarios burgueses) ni la estrategia defensiva del gobierno provisional que propone el profesor Ghioldi puede hacer que los socialistas nos embanderemos en luchas que nos aparten de la clase trabajadora y que nos induzcan a entrar en alianzas con sus enemigos.

Esquemas como el que acaba de proponernos el profesor Ghioldi representan un serio peligro pues tienden a abrir un foso profundo que nos separe de la clase trabajadora. En el reciente conflicto de los empleados municipales se ha visto cómo confusiones de este tipo pueden llevar a enfrentamientos funestos, de los que el Partido Socialista no puede sentirse responsable, pero que los socialistas deben observar cautelosamente.

Y este es el resultado de esta actitud, incomprensible en un político socialista, de dejar que otros encasillen los hechos de la realidad.

El profesor Ghioldi es un viejo maestro y sabe que los problemas de conducta de los niños requieren soluciones psicopedagógicas y no coercitivas; es también un político inteligente y experimentado y no puede ignorar que los problemas sociales requieren soluciones políticas. En la situación actual, la mejor defensa de la revolución no es sólo contribuir a la estabilidad de su gobierno provisional. La única defensa es ofrecer una nueva salida a la clase trabajadora argentina, tras el triste experimento sufrido, y esa salida tiene que ser original, ajustada a las exigencias de la hora, dinámica y sincera. La experiencia ha sido dura y novedosa, y hasta un partido de tan firmes posiciones como el nuestro tiene que actualizar necesariamente sus planes.

Por lo demás, ¿qué puede importar la base electoral del futuro gobierno si no hay una solución digna para la clase trabajadora? Sobre todo ¿qué puede importarle al socialismo? ¿Acaso nos vamos a sentir satisfechos contribuyendo a una solución electoral, si tenemos sobre la conciencia el haber permitido que se disputen los despojos de la clase trabajadora aquellos partidos que nosotros sabemos que pretenden utilizarla para fines que no son los suyos?

Yo creo que es fundamental que se piensen juntos todos los problemas de la realidad político-social argentina, y que se reconozca de una buena vez que sólo con la justa canalización política de la clase trabajadora podrá haber una salida segura para la revolución, un fundamento para el próximo gobierno constitucional y un camino para el futuro del país. Ese camino se llama el camino del socialismo y es el nuestro: todos los otros son tortuosos senderos en que nos acechan las tentaciones y los peligros.

La hora del socialismo. 1957

Auténtico maestro, Justo condensó innumerables y fecundas enseñanzas en sus palabras y en sus actos: unas explícitas y otras encerradas en la potencialidad de su mente. Por eso hay que volver a él una y otra vez, a su palabra y a su espíritu. La vasta perspectiva con que divisaba los procesos económicos, sociales y políticos era la de un historiador nato, y es bien sabido que la política se nutre en la experiencia de la historia. Bebiendo en ella procuraba Justo trazar con nitidez el curso presumible de aquellos procesos, y por eso están vivas sus ideas y resuenan sus palabras con dramática actualidad. Aún estamos en el proceso histórico entrevisto en sus mismos comienzos por Justo. Pero la etapa en que nos hallamos corresponde a cierta desviación del eje central, y por eso parece ahora más urgente, más necesario, volver a la lectura del maestro.

Nadie —nadie que tenga el hábito de leer— ignora que la lec-tura tiende a dejar en la mente una imagen sintética de lo leído, cuyos términos dependen eminentemente de los intereses y las inquietudes del propio lector. Si estos intereses e inquietudes se renuevan o se diversifican, el lector se torna apto para descubrir nuevas cosas que antes no había percibido, y una segunda lectura de un mismo autor dejará como fruto una imagen más rica y más sugestiva. Todo esto es obvio, pero conviene recordarlo para prevenir la mala manera de leer propia del fariseo, que gusta de atarse a las palabras y se ciega al espíritu. Hoy es necesario volver a leer a Justo con la mente despejada, abierta a la comprensión de las múltiples peripecias de nuestro presente y de nuestro pasado inmediato, porque quizá podamos descubrir en su pensamiento más de lo que habíamos descubierto, y acaso entre otras cosas algunas pautas para enfrentar las situaciones nuevas.

Es bien sabido que nuestras propias experiencias y nuestros propios intereses constituyen un instrumento eficaz, además, para la comprensión de los procesos históricos. ¿Quién ignora que después de las experiencias revolucionarias de 1848, por ejemplo, se comenzó a interpretar la historia de una manera nueva, y se comenzó a entender de modo diverso a algunos autores no bien comprendidos hasta entonces? Hoy nos hallamos los argentinos más ricos en experiencias políticas que hace quince años, y entendemos mejor nuestra propia historia, y entendemos mejor a ciertos intérpretes de nuestro pasado que descubrieron el hilo sutil de agua subterránea que luego se hizo torrente y catarata. No nos demos por satisfechos con el Justo que hemos leído hace muchos años, ni con las posiciones adoptadas antes de nuestras últimas experiencias o mientras estas experiencias caldeaban nuestros ánimos. Con la cabeza despejada, volvamos a las páginas del maestro y volvamos la vista luego hacia la realidad circundante sin preconceptos ni prevenciones.

Si nos acercamos a Justo con esta renovada inquietud, advertiremos que el viejo socialista, el socialista nato que había en él, no se hacía ilusiones con respecto a las dificultades de su labor. Había conocido los grupos impenetrablemente reacios, los escépticos, los venales, los desilusionados. Pero Justo no era un ideólogo ni creía que los socialistas tenían por misión hablar tan sólo a los que ya compartían sus ideas, sino que sabía lo difícil que es conquistar la conciencia de clase. Eso lo sabía y lo sentía Justo porque era un socialista auténtico, y nunca descendió de sus convicciones como para aborrecer a las masas populares por sus errores o sus debilidades.

Justo conoció la naturaleza híbrida del proletariado argentino. Hay en la génesis de esta fuerza social un fenómeno original que consiste en el conflicto primario entre el proletariado autóctono y el proletariado inmigrado. Así comenzó el drama; como un antagonismo entre el gaucho y el gringo; y se necesitaron años y años para que el proletariado argentino comenzara a adquirir un principio de homogeneidad. ¿Puede extrañar que haya sido lento el proceso de conquista de la conciencia de clase? ¿Puede extrañar que la conducta política de ese proletariado haya sido y sea inestable o equivocada? No le extraña a Justo, ni podría extrañarle a nadie que se haya asimilado un método de análisis de la realidad, aunque es claro que pueda extrañarle a quien crea que su deber de hombre de partido consiste en aferrarse a cierta concepción preestablecida. No le extrañaba a Justo, sino que lo afirmaba más y más en la necesidad de la acción socialista, renovada y por eso fecunda.

Esta tarea de esclarecimiento, destinada a convencer a la clase trabajadora de sus verdaderos objetivos, es la que el Partido Socialista, fiel a las enseñanzas de Justo, ha realizado y deberá intensificar en esta hora oscura, porque si no dejaría de ser la izquierda de la política argentina. ¿Y se ha pensado cuál es el inmenso peligro que se corre si el socialismo abandona o desvirtúa su misión? ¿Se ha pensado quién ocupará su lugar y con qué riesgos?

El Partido Socialista tiene una función política inequívoca en nuestro país, y debe cumplirla ofreciendo su programa al electorado; un programa que constituye la expresión de la izquierda argentina y que no comparten, ciertamente, los demás sectores políticos. No hay riesgo más grave para el socialismo que desplazar su atención desde la defensa de la clase trabajadora hacia la defensa de otros intereses que tienen sobrados abogados. Algunos de esos intereses quizá sean respetables, y el socialismo puede dejar oír su voz en su defensa. Pero su grito, su encendido clamor tiene que ser para defender a aquellos a quienes no puede defender sino el socialismo. Esa es su misión y esa es su grandeza.

El programa del socialismo es siempre a cierto plazo: ni muy corto ni muy largo. No nos engañemos: en su realización hay principios y planteos que no pueden satisfacer a otros sectores sociales que no sean los del trabajo, y si el socialismo se acostumbra a intervenir demasiado en los planteos políticos a corto plazo, es innegable que tendrá que acostumbrarse también a transigir con el olvido más o menos prolongado de todo aquello que le da significación histórica y justifica su acción.

Nadie ignora que el socialismo, como partido político, tiene que intervenir en la lucha electoral, y es bien sabido que siempre la ha afrontado con dignidad. Pero el socialismo debe pensar en qué términos la ofrece. Con ser tan graves, ¿son estas circunstancias suficientemente amenazadoras como para dejar de lado las irreductibles banderas del socialismo? Acaso por ser graves —y por la espe-cie de gravedad que las caracteriza— sean estas circunstancias las más indicadas para que el socialismo asuma decididamente y sin transacciones la representación de la clase trabajadora que en otro tiempo le usurpó el peronismo, aprovechando la inmadurez política del proletariado argentino. La posición es nuestra y no hay que delegarla a ningún precio: llamarle a eso “demagogia” es revelar una duda íntima en la vigencia histórica del socialismo o negar su auténtica misión, que nunca ha sido convencer a los convencidos sino salir en busca de los equivocados de buena fe para persuadirlos y orientarlos en la línea de sus auténticos e irrenunciables intereses.

Noble lección de Justo fue su perseverante acción frente a una masa que sólo muy lentamente comprendía su mensaje, y altísima lección sigue siendo la de haber mantenido su partido como el sistema de cuadros para la organización de la izquierda argentina. En la situación política actual, es innegable que corresponde al socialismo hacerse cargo de la responsabilidad que significa intentar la reorientación de nuestras masas populares. No hacerlo sería dejar el campo libre a fuerzas espurias que ya se organizan a cara descubierta o en las sombras. Sólo el socialismo puede emprender esa labor sin peligro de volver a hundir el país en la demagogia, porque aquella política está en su tradición y en su línea permanente, iniciada por los oportunistas precisamente por su incuestionable validez his-tórica. Pero, ¿creeremos tan poco en nuestras ideas que nos desviaremos de ellas sólo porque algunos reaccionarios quieran tildarnos de demagogos? Hay que ser fieles a las viejas banderas y hay que ostentarlas con orgullo.

Nuestro deber es arrebatarlas de las manos que indebidamente las empuñaron. Nuestro deber es levantarlas por sobre las cabezas de los que se dejaron seducir por las promesas banales del demagogo Esa labor es más útil, más duradera, más socialista, que replegarlas hasta que nadie recuerde el nombre de quien las profanó. La historia no nos da tregua, y cada instante tiene su exigencia.

Hay lecciones implícitas en la conducta y en el pensamiento de Justo que no deben ser olvidadas. El socialismo es, por sobre todo, una actitud política en relación con la clase trabajadora. Si el socialismo no la asume, otros la asumirán, porque la clase trabajadora es ya la palanca más poderosa de los movimientos políticos. Ya la asumió una vez el fascismo. ¿A quién le toca ahora? ¿No es la hora del socialismo? ¿Nos negaremos los socialistas a esta verdad incuestionable? La voz de orden de esta hora tiene que ser la profunda, la suprema lección de Justo.

Argentina después de Perón. 1957

Reportaje de Daniel M. Friedenberg

Tenía muchos deseos de conocer al Dr. Romero y, por intermedio de unos amigos comunes, se concretó una entrevista durante su corta estadía en Nueva York. Mi primera pregunta fue una que ha dejado perplejos a muchos americanos: ¿fue la derecha o la izquierda la que derrocó a Perón?

“El golpe directo fue administrado por el ejército y la marina —contestó el Dr. Romero—; estos, a su vez, fueron galvanizados por los conservadores no fascistas como Gainza Paz, el exiliado editor del diario La Prensa. Durante las últimas semanas, los católicos se volvieron contra Perón, lo que aceleró la victoria. La izquierda, en todos sus matices, estuvo siempre en contra de él. Hombres corno Cipriano Reyes, el jefe del Sindicato de los Trabajadores de la Carne, que habían apoyado a Perón en un principio y lo habían hecho aparecer como si fuera de izquierda, eran o bien incautos o aventureros”.

Comenté el hecho de que Perón, no obstante su cinismo personal, había efectuado, sin duda, cambios duraderos en el clima político de la Argentina. “Si esto es verdad —pregunté—, ¿la historia no habrá de juzgarlo incluyéndolo en una categoría diferente a la de la mayoría de los otros dictadores sudamericanos?”.

“Estoy completamente de acuerdo —dijo el Dr. Romero—. Al tomar el poder, Perón explotó la inquietud y la creciente conciencia social de la masa de trabajadores urbanos. Como resultado, el sentido político de los trabajadores argentinos se ha desarrollado a tal punto que ya no puede ser suprimido. Las masas se interesan ahora por los acontecimientos políticos; se sienten parte del cuerpo social, con derechos definidos. Ya que se identifican todavía con Perón (en efecto, han sufrido la pérdida de una imagen paternal) tienen en la actualidad pocas simpatías con los dirigentes de la revolución democrática y tienden a identificar a los dos partidos políticos populares (los radicales y los socialistas) con la revolución. Sin embargo, con el paso del tiempo, verán la diferencia entre el actual gobierno interino y los partidos populares”.

“En cuanto al general Aramburu, jefe del Gobierno Provisional, más que el representante de una clase en especial, es una opción de compromiso. Elementos de la clase media y de los trabajadores lo favorecen porque es antiperonista y democrático en sus puntos de vista. Elementos de las clases privilegiadas lo favorecen porque apoya a la libre empresa. Hablando en términos generales, los propietarios rurales lo apoyan, mientras que las masas urbanas se oponen a él debido a la inflación actual y a su continuo apego al dictador de-puesto”.

“Entonces, en sentido amplio, ¿cómo caracterizaría al actual régimen?”, pregunté.

“Es el resultado de la coalición que combatió a Perón —contestó el Dr. Romero—. De ahí que le falta un carácter preciso o una posición política claramente definida. Su política cambia de acuerdo con la presión que ejercen los diferentes grupos dentro del mismo; a veces se inclina hacia el centro-izquierda, a veces hacia la derecha. Sea en contra de la reacción peronista o de una insurrección de la derecha clásica, su preocupación primordial es su propia seguridad. En términos generales podría describirlo como ubicado en el centro, levemente inclinado hacia la derecha“.

Sabiendo que el Dr. Romero estaba muy cerca de las maniobras políticas actuales de la Argentina, le pregunté si podría predecir el resultado de las elecciones programadas para fines de ese año.

“En la situación actual, y suponiendo que no se produzca ningún cambio importante —dijo—, Arturo Frondizi, el candidato del partido Radical, debe ganar fácilmente las elecciones. Aunque los radicales, siguiendo su vieja costumbre, se han dividido, a raíz de las declaraciones izquierdistas de Frondizi, en los Intransigentes pro frondicistas y los Unionistas, más derechistas. Esto podría, de todos modos, ayudar a Frondizi. Por cada voto regular del Partido Radical, sustraído por el fragmentado grupo derechista, él podría obtener varios de los peronistas”.

“En un sentido general, Frondizi representa a las ideas de Franklin D. Roosevelt y las de los primeros tiempos del New Deal, con la salvedad de que existe menos animosidad en contra de la intervención estatal en la Argentina que en los Estados Unidos. Frondizi insiste, todavía, en que es posible desarrollar la industria con capital interno y detesta la idea de la inversión extranjera, aun cuando esta sea cuidadosamente reglamentada. Esta es una herencia natural de la anterior experiencia argentina. Si fuera necesario, preferiría capitales europeos antes que americanos, ya que representan una amenaza menor para la independencia del país. Cree firmemente que el petróleo argentino debe ser explorado y explotado por el Estado. Estos sentimientos son muy populares entre las masas“.

Le pregunté al Dr. Romero durante cuánto tiempo él pensaba que enfoques como los de Arturo Frondizi predominarían en el desarrollo político argentino.

“En mi opinión —dijo— durante la próxima década la Argentina experimentará una evolución burguesa o de clase media. Sin embargo, veo una tendencia, a largo plazo, hacia alguna forma de socialismo, tal vez similar al del Partido Laborista en Inglaterra”.

Se interrumpió, sonrió y continuó: “Esto no está dicho como un testimonio de fe porque soy socialista, sino porque todos los factores que operan en la Argentina de hoy tienden a ir en esa dirección. El Partido Radical ha hecho demasiados arreglos y es demasiado centrista en su estructura para ajustarse a este cambio. Si esto ha de ocurrir al amparo del Partido Socialista actual, cosa que espero, es una cuestión abierta, pero inevitable. En cuanto al Partido Comunista, no es una amenaza, ni actual ni futura, principalmente debido a que a los sectores populares les es muy fácil acceder a la clase media. Como en los Estados Unidos, la riqueza básica de la Argentina es grande, las oportunidades son muy manifiestas, de modo que la situación conspira contra el desarrollo de la fuerza comunista”.

Pregunté acerca del rol de los militares y de la vieja “oligarquía” en el nuevo estado de cosas.

El Dr. Romero pensó un minuto: “Después de veinticinco años de experiencia con gobiernos militares, no creo que el pueblo esté ansioso por repetir el experimento, e incluso el ejército mismo está algo castigado. El ejército estuvo muy influido por ideas prusianas y consideró que el pueblo debería ser su servidor antes que su amo. Ya abandonó esta idea. En el futuro los militares siempre tendrán su influencia pero ya no dominarán al Estado. Es evidente que está comenzando lo que podríamos llamar la Época Burguesa”.

“En cuanto a la oligarquía, que fue producto de la economía agraria anterior, ya está agonizando. Es previsible que la industria, cuya creciente importancia debería complementar y no destruir la riqueza agrícola del país, extienda aún más su influencia”.

Le manifesté al Dr. Romero que su cuadro era esencialmente optimista desde el punto de vista de un socialdemócrata, que cree que la libertad personal es un ingrediente tan importante para la sociedad como lo es un alto standard de vida.

“No puedo ser menos optimista —dijo serenamente cuando yo partía—, porque si hay una cosa que hemos mostrado en nuestra lucha exitosa para destruir al peronismo, es la voluntad de la juventud argentina de sacrificarse por los más altos ideales”.

Francia y la pequeña burguesía. 1936

La indignación del pequeño comerciante frente a los carteles del “Monoprix”

Un pueblo tan cargado de historia como Francia, tiene en sus anales una copiosa colección de aniversarios significativos; la historia contemporánea ha agregado ahora el 6 de febrero, recuerdo de aquel día de 1934, en que se luchó va1ientemente en las calles de París. La ciudad ha decidido recordarlo, pese a su falta de trascendencia ulterior. Síntoma de los tiempos, el “affaire” Stavisky ha polarizado a derechas e izquierdas y reiteradamente se recurre a su enseñanza ejemplar para hablar de la quiebra del Estado parlamentario y liberal.

Apasionadamente, el tema de la decadencia de la democracia, vuelve a discutirse con motivo de cada nuevo accidente político. Y las derechas –el coronel La Rocque, Kerylis, León Daudet– tanto como las izquierdas –Frente Popular– procuran deducir de cada crisis comentarios concordantes con sus doctrinas.

“¿Puede reformarse el Estado?”

Hace algunos días M. Louis Madelin –de la Academia Francesa– escribía en “L’Echo de París” un comentario que titulaba de esta prometedora manera: “¿Puede reformarse un Estado?”. Glosaba allí el autor, con la autoridad que le da su reconocido saber, un libro de M. Francois Pietri titulado “La Reforma del Estado en el Siglo XVIII”. Y M. Madelin, simpatizante con las derechas, deduce del cuadro de la política contemporánea y de las enseñanzas de la historia de Francia una alarmante conclusión: el Estado francés ha entrado en crisis hace algunos años; sus prohombres –Tardieu, Doumergue– le han ofrecido sabias soluciones para salir de ella aun a costa de renuncias dolorosas para el clima político de la república. Pero el país no las acepta. Más aun, el rechazo tiene el inequívoco sello de afirmación de principios.

“Hacia otro 89”

Pero es el caso que las vísperas de la revolución del 89 muestran un idéntico proceso: soluciones más o menos radicales se ofrecen a una monarquía indecisa que no acepta a tiempo la necesidad de un cambio fundamental. Y así tenemos que el pesimismo del ilustre historiador se concreta y se fundamenta: ¿acaso va Francia hacia otro 89 por no saber tocar a fondo los resortes fundamentales del Estado?

La verdad es que Francia –pese a las derechas y a las izquierdas– es todavía consubstancial con su estado democrático, parlamentario y liberal, con su estado, sobre todo, al servicio, teóricamente al menos, de la pequeña burguesía. ¿Podrían las derechas o las izquierdas vencer esta resistencia? ¿O, como decía Madelin, no soportará el país ni estos remedios ni aquellos males?

Los “monoprix”

Como una respuesta a estos interrogantes, unos grandes carteles han cubierto algunas calles de París, señalando a la indignación pública la institución de los “Monoprix”, grandes almacenes de precios únicos a los que hace poco se les ha concedido ventajas impositivas. Atrás de los “Monoprix”, los pequeños comerciantes e industriales franceses –un hombre serio, metódico y sin hijos– ven la competencia desleal, los manejos de los partidos políticos, el oro extranjero, y, sobre todo –figura en letras mayúsculas– el inmenso, el inesperado peligro de la estatización, de la economía dirigida, de la injerencia del Estado en la actividad individual. Entonces, el pequeño comerciante o industrial, cuya indignación no conoce límites, se siente atacado en lo más profundo de su conciencia republicana, recóndito escondrijo en donde, por azar, reside también su interés. Y esta vez comprende que está indisolublemente unido a un Estado liberal y quiere morir o salvarse con él. Nada, pues, de soluciones radicales, y nada de tocar a fondo los resortes fundamentales del Estado. Y es el caso que le acompaña en este sentimiento media Francia.