La cultura argentina. 1976

Yo he procurado preguntarme qué es lo que ustedes esperaban de este título general del ciclo y del título especial de esta sesión.

Supongo que todos tenemos una imagen clara de qué es lo que queremos decir cuando hablamos del pensamiento argentino, quizá por analogía a lo que pensamos cuando hablamos del pensamiento alemán o el pensamiento francés. Seguramente imaginamos cuando hablamos del pensamiento argentino, que existe una corriente continua de reflexión más o menos sistemática, que se acumula, se elabora sobre la base de esa continuidad, asimilando cada generación lo que pensó la generación anterior. Todo eso, encadenado y fijado por ciertos nombres de personas que han sobresalido en este menester y que han dejado escritos.

La suma de todo ese pensamiento escrito, la acumulación de todo el pensamiento no escrito, sobre diversos temas, con una tendencia más o menos especulativa o más o menos práctica, constituiría eso que se nos ha pedido que analicemos.

El bagaje, el caudal del pensamiento argentino puede ser tratado como si fuera algo paralelo a la poesía argentina, a la narrativa argentina; esto es, como formas de expresarse de la comunidad nacional que, a lo largo de cierto tiempo, han conseguido capitalizar este esfuerzo colectivo y crear un conjunto en el que se perciba una cierta peculiaridad que permite llamar a ese pensamiento, pensamiento argentino. Tenemos historias de la literatura argentina a partir de la que hizo Ricardo Rojas, en un esfuerzo memorable, para construiría de la nada en ese momento.

Pero en lo referente a la historia del pensamiento argentino, hay sólo dos libros que son verdaderos hitos. Uno de ellos es “La evolución de las ideas argentinas”, de José Ingenieros; el otro es “Las influencias filosóficas en la evolución nacional”, de Alejandro Korn. Fuera de eso hay ensayos parciales, balances más o menos ocasionales, notas incluidas en las historias de la literatura argentina, donde siempre hay un capítulo dedicado al ensayo, o cosa parecida. En definitiva, parecería que el balance final del pensamiento argentino no hubiera sido hecho.

Quizás esta circunstancia se deba a que es más estimulante hacer el balance de la literatura argentina o de la plástica nacional que ocuparse del pensamiento como tal; esto último suele aparecer a los ojos de ciertas personas como una empresa relativamente menor.

Esto es falso de toda falsedad. La cultura argentina ha acumulado un capital de pensamiento de un altísimo nivel, cualquiera sea el criterio que usemos para calificarla; pero hay quizá dos o tres pequeñas cuestiones que están en la cabeza de todos y que dificultan esta percepción de la magnitud y de la intensidad, de la continuidad y de la coherencia del pensamiento argentino. Algunas de ellas ya las ha señalado Bernardo Canal Feijóo.

La primera de estas cuestiones es sobre si realmente hay un pensamiento argentino; de una manera expresa o tácita esta duda ha aparecido frecuentemente.

Parecerían sostener que no existe un pensamiento argentino todos aquellos que afirman que en la Argentina, en el campo de las ideas, no ha habido nada más que reflejos de las ideas europeas. Pero el caso es que hay una respuesta posible. Al fin de cuentas, ¿de quién son las ideas europeas? Si se dijera por eso que no hay pensamiento argentino, tendría que discutirse largamente en cuál de las comunidades nacionales hay un pensamiento que pueda ser calificado como nacional. Un siglo tan brillante como lo es el XVIII para el pensamiento francés, recoge casi la totalidad de sus ideas de la in-fluencia inglesa; sobre todo en lo referido al pensamiento político. ¿Quién no sabe que fue decisiva la influencia que el pensamiento alemán tuvo en el pensamiento romántico francés? ¿Quién podría precisar con claridad si hay un pensamiento belga u holandés? ¿Quién podría precisar en la América latina qué es lo que nos distingue de una manera categórica y definida?

Si nos atuviéramos a esta ortodoxia, la tesis de la inexistencia de un pensamiento argentino sería equivalente a la tesis de la inexistencia de todo pensamiento nacional. Lo ha dicho Canal Feijóo: hay una corriente de pensamiento mundial y cada uno ha abrevado en ella lo que ha podido, lo que ha estado más cerca de su sensibilidad, de sus tendencias, de sus inquietudes. Al pensamiento argentino le ha pasado lo mismo: ha recogido mucho, de muchas partes.

Lo que hay que preguntarse no es si todo es original, sino si ese pensamiento adquirido ha sido repensado y vivido como pensamiento. Si esto es lo que hizo la Argentina, entonces tenemos un pensamiento propio; y como opino que ha ocurrido así, afirmo que hay un pensamiento argentino.

La segunda cuestión consiste en una cierta opinión, acaso sólo un cierto prejuicio, acerca de si todo lo que se ha pensado en la Argentina es realmente pensamiento argentino.

Se da por admitido por algunos, de una manera categórica, que hay en el terreno del pensamiento argentino una línea genuina, autentica y pura que es la que hay que reivindicar y continuar: la línea hispánica. Todo lo que se ha agregado posteriormente no sería para ellos más que eso: agregados, y no parecería corresponder a la idiosincrasia nacional.

Esto abre una nueva perspectiva al problema: no se trata de discutir si hay o no un pensamiento argentino, sino que se procura establecer si el pensamiento argentino es legítimo o ilegítimo. Es otro problema acerca del cual pueden darse todas las opiniones, y que debería someterse a un examen riguroso y crítico.

Frente al primer dilema opino que la Argentina tiene un pensamiento propio, cualquiera sea el origen de las doctrinas y las ideas que lo componen, simplemente porque ha sido repensado y vivido en la Argentina, y a veces de manera militante.

Respecto del segundo dilema mi posición es categórica en el sentido de que ese pensamiento es argentino en la medida que ha sido pensado en la Argentina. El problema de la coherencia no está dado en la presunta pureza primigenia de una de las líneas que compondrían el caudal de pensamiento, sino en su totalidad.

Pensamiento argentino es —dicho de la manera más simple y llana— todo lo que ha sido pensado en la Argentina.

Ese vasto caudal de pensamiento se ha manifestado en la Argentina, como en otros países de Hispanoamérica, en dos campos bastante diferentes. Así como en otras partes y en cierto momento el pensamiento ha sido predominantemente especulativo, en la Argentina, el pensamiento, sin dejar de ser en algunas ocasiones pensamiento puro, ha sido predominantemente práctico o, si se prefiere, pensamiento aplicado. Por eso es que puede hablarse de cierta militancia del pensamiento argentino.

Ha habido pensamiento filosófico, científico, sociológico, y antes que nada, político. El matiz entre lo especulativo y lo práctico ha sido variable, pero es innegable que la historia del pensamiento argentino no puede escribirse como la de las doctrinas filosóficas abstractas: hay que partir del principio de que es pensamiento militante, proyectado e incluido en la realidad. Es pensamiento que se vuelca en la experiencia, que se prueba en la realidad, y sobre el que se reflexiona para ser nuevamente elaborado; este proceso se da a lo largo de la historia de nuestro país.

Desde que la Argentina tiene comienzos de vida propia empieza a pensar polémicamente. En una pulcra enumeración de las distintas etapas del pensamiento argentino, es innegable que tendríamos que empezar por el pensamiento jesuítico de la Universidad de Córdoba, en la época de la Colonia, y que correspondió al espíritu predominante en esa sociedad. Muy pocos rasgos permitían todavía identificar o distinguir esta colonia de otras de origen español. Nuestro país adquirió un principio de identidad justamente en el momento en que se polarizó una verdadera lucha ideológica entre la tradi-ción hispánica y el pensamiento de la Ilustración, tanto francesa como española. Es el momento en que empieza a oponerse la tradición de la Universidad de Córdoba al pensamiento de los grupos ilustrados —en el sentido técnico de la palabra— que se forma tanto en Chuquisaca como en Buenos Aires.

Se trata de aquellos que comparten las ideas fundamentales de los economistas, sociólogos y políticos españoles de la época de Carlos III: Jovellanos y Floridablanca entre otros. Es el momento en que empieza a leerse a Voltaire, a Montesquieu, a Rousseau. Esto ocurrió en el último cuarto del siglo XVIII.

Si hacemos coincidir estos datos con la apertura del puerto de Buenos Aires y la creación del virreinato, descubrimos que este es el momento visiblemente creador de una comunidad que de pronto percibe que es algo distinta de las demás, algo nuevo, diferente de sus vecinos y de España: así comienza también la contraposición de dos tradiciones culturales, dos corrientes de ideas que desde ese momento van a influir y van a jugar de modo diverso durante mucho tiempo.

Coincide, pues, la formación de la comunidad nacional con la toma de posición frente a las ideas, con una encendida militancia en relación con las ideas sobre la conducción de la vida social y política.

Insisto en la trascendencia que tiene el hecho de que, precisamente cuando se afirma la personalidad de la sociedad argentina, se afirman simultáneamente dos líneas de pensamiento que entran en conflicto.

Durante todo el siglo XIX, y a causa de la actitud singular que se adoptó en Hispanoamérica con respecto a España, el pensamiento y la cultura de ese origen fueron prácticamente ignorados. Apenas se puede señalar como excepción la apelación que los pensadores católicos, como Estrada o Goyena, hicieron a las grandes figuras del pensamiento católico español más o menos contemporáneos, Balmes o Donoso Cortes.

La línea liberal, por el contrario, admitió exclusivamente las filosofías de los pensadores franceses, ingleses y norteamericanos. Hay que esperar hasta fines del siglo XIX, cuando los Estados Unidos ocupan las islas del Caribe, para advertir en América latina una especie de despertar o recuperación de la tradición hispánica. Esto es lo que representa el Ariel de Rodó, que si bien no pertenece al pensamiento argentino, está tan próximo a nosotros que puede servir como hito. Hasta ese momento el pensamiento español ha sido ignorado.

En el curso del siglo XIX se nota primero la influencia del sociologismo romántico francés que tanto pesó sobre Sarmiento. Luego se nota la influencia del positivismo y del cientificismo, a partir de la década de los setenta y más notablemente en la generación del 80 y de principios de siglo. Esa influencia genera figuras tan brillantes como José Ingenieros. Todo esto se ve mezclado con influencias que, en menor escala, se manifestaron a través de preocupaciones de carácter práctico, como la educación o la política misma.

Poco después se produce la reacción antipositivista. En los primeros años de este siglo se percibe una gran preocupación por las doctrinas alemanas en Rodolfo Rivarola y Alejandro Korn, así como por el pensamiento de Bergson y de Croce. Después de eso hay que consignar la tremenda influencia que ejerció en la Argentina Ortega y, sobre todo, la Revista de Occidente, que él había fundado en Madrid. Todo esto cambió el cuadro de las influencias culturales, introduciendo la de la filosofía alemana representada por Max Scheler, Husserl y Heidegger. Francisco Romero y Carlos Astrada fueron sus principales representantes en la Argentina.

Es en esta perspectiva donde vale la pena destacar la singularidad que tiene el eclecticismo argentino, que no ha llegado a ser sincrético. Esto, en mi opinión, es cierto si nos atenemos al pensamiento especulativo.

Se da entonces una confluencia de doctrinas un tanto heterogéneas que muy rara vez alcanzan un punto de coherencia, cuando alguna de las corrientes de ideas predomina sobre las otras, como ha ocurrido con el positivismo en las ultimas décadas del siglo XIX y en las primeras de este siglo.

El caso es que la afirmación de que el pensamiento argentino está cerca de ser caótico —si se quiere— no sincrético, sólo vale para el pensamiento puramente especulativo.

Si pensamos, por el contrario, en el ámbito del pensamiento aplicado, descubrimos que la Argentina ha tenido un punto de concentración en la interpretación de la realidad nacional.

Moreno fue, al fin de cuentas, eso sobre todo; Alberti y Sarmiento fueron eso, sobre todo. Y al lado de estos gigantes, muchos, muchísimos, todo el que ha querido pensar; casi todo lo que leyó cada argentino, casi todo lo que meditó cada argentino, ha venido a terminar finalmente en un interrogante acerca de qué cosa es la realidad nacional.

Se han planteado distintas posiciones. Se han hecho diversos diagnósticos y de cada uno de ellos se han derivado diversos proyectos para el futuro. Todos los que tenemos la obsesión de nuestro país hemos coincidido en aprovechar este bagaje que hemos recogido de todas partes para aplicarlo a este interrogante fundamental.

Por eso es que el pensamiento argentino tiene un innegable valor y realidad; inclusive en algunos aspectos de orden puramente teórico y especulativo. Pero, sobre todo, tiene grandeza y profundidad en cuanto se transforma en un pensamiento militante para interpretar una realidad que es, en el caso argentino, constitucionalmente imprecisa y cambiante. Por eso la pregunta aparece una y otra vez y en cada oportunidad se acude a distinto esquema: cada uno a su modo y seguro de tener la clave, pero en todo caso poniendo en funcionamiento esta dinámica que parte del conflicto entre la tradición de la Universidad de Córdoba y las corrientes sociales que tuvieron su sede en Chuquisaca y Buenos Aires. Así se ha constituido a lo largo del tiempo un caudal de pensamiento propio, cualquiera sea el origen de las doctrinas, que permanentemente hemos tratado de aplicar a un problema teórico y práctico a la vez, que es esta realidad en que tenemos que vivir.

(…)

Pasajes del diálogo con el público

(…)

Ocurre que yo soy historiador y pienso que la vida argentina y todos sus proyectos, inclusive su creación artística y literaria, la formación de una determinada manera de vivir, todo eso es el resultado de un proceso que se ha ido haciendo en el tiempo y en la vida de la sociedad argentina.

De tal manera que cuando escucho hablar del ser nacional me siento como Heráclito frente a los eleatas y no consigo identificar la manera de alcanzar esta esencia porque no puedo sacar de mi memoria, por ejemplo, lo que ha significado para la Argentina criolla —como lo he dicho en una oportunidad como título de un capítulo para un libro mío— el advenimiento de la Argentina aluvial.

No se trata de que niego la trascendencia de un ser nacional; no es que niegue que exista la posibilidad de su formación: pienso que un siglo es mucho tiempo como para que no se hayan desvanecido ciertas cosas por la influencia de los fenómenos sociales y del desarrollo de las ideas.

Doctor Romero: usted citó una lista de quienes a su juicio representan o verticalizan el pensamiento argentino. Si mis apuntes no me fallan, la lista se detuvo en Korn e Ingenieros, ¿qué pasó después?

Yo los cité como los dos únicos que han hecho el balance del pensamiento argentino.

¿Después de ellos, nadie más?

Puede ocurrir que sí. ¿Qué pasó después? Después sucedió lo mismo que en los restantes aspectos de la vida argentina a partir de 1930. La vida, la sociedad y el pensamiento argentinos se han atomizado; los intereses se han sectorializado; el espíritu de facción se ha hecho cada vez más exacerbado.

La idea de que es posible hacer un balance de todo lo argentino parecería haberse diluido porque cada uno se empeña en suponer que lo argentino es nada más que la línea de pensamiento que él cree que es argentina, que es finalmente la que corresponde a su vocación, que puede ser teórica o práctica.

De hecho yo descubro que no ha habido balances posteriores. Y lamento decirlo porque es bien sabida la admiración que tengo por Martínez Estrada; pero analizando todo lo que ha escrito, todo el esfuerzo interpretativo de este pensador al que yo admiro profundamente, descubro un desnivel tremendo con Sarmiento en cuanto se refiere a esa capacidad gigantesca para descubrir la totalidad de la realidad nacional, con diagnóstico y pronóstico válidos.

Martínez Estrada nos ha dado el formidable balance de la crisis y ha puesto todos los datos sobre la mesa para entender por qué nos estamos disociando.

¿Qué es pensamiento argentino legítimo, doctor Romero?

No sé si la pregunta se refiere a algo que yo he dicho. Existe una corriente según la cual el único pensamiento legítimo es el de tradición hispánica y que sostiene que todas las demás líneas son incorporaciones indebidas o simplemente doctrinas que han operado de una manera delicuescente como para destruir el tronco verdadero.

No comparto esta doctrina de manera alguna. Si a mí me preguntaran qué es pensamiento argentino legítimo, no podría responder de ese modo.

Mi respuesta —lo reitero— es totalmente simple: para mí es pensamiento argentino legítimo todo lo que se ha pensado aquí por nosotros; hay que computar todo. Cada uno de nosotros tiene que hacerse cargo de todo lo que ha pensado y de lo que piensan sus adversarios. Es necesario no perder de vista a los adversarios, hablar con ellos y jugar una especie de tremenda aventura en la que deberíamos tratar de entrar todos y entendemos mutuamente.

Para eso se necesita primeramente entender al adversario y reconocer la legitimidad de su pensamiento.

Doctor Romero, usted denuncia dos líneas en el pensamiento argentino: la liberal y la hispanocatólica. a) ¿Esa dualidad es causa de nuestra inestabilidad y falta de equilibrio? b) ¿Es posible lograr una sola línea de pensamiento que nos proyecte en la historia con más estabilidad y unidad?

Yo he puntualizado esas dos líneas en el último cuarto del siglo XVIII; me han llamado siempre la atención y me parece que son un dato importante para la historia de nuestra formación nacional.

Este país, antes de ser tal políticamente, con conciencia de comunidad solidaria en relación con algunos hechos institucionales y administrativos, ya protagonizaba ese conflicto ideológico. Efectivamente, se produce una contraposición.

En el resto de la historia argentina ha habido otro momento de intensa polémica: la famosa discusión de la década de los ochenta sobre la enseñanza laica y la estructura del Registro Civil y los cementerios laicos. Se trata de un tremendo debate que, por otra parte, repetía una polémica casi contemporánea en Europa.

Fuera de esos momentos, en que se polarizan las posiciones, en el resto yo no creo que se pueda decir que la cultura argentina haya sido fundamentalmente bipolar, un enfrentamiento entre el catolicismo y el liberalismo.

Creo que ha habido largos períodos de amplia tolerancia, que han sido quizá los períodos más fértiles de la vida argentina. Si me preguntaran cuál es la única línea, no diría que es la de una determinada doctrina, sino la de una metodología de la convivencia, de la tolerancia y del diálogo. Si no, no habrá país.

Presentación a “Historia de Belgrano y de la independencia argentina” de Bartolomé Mitre. 1967

Como Sarmiento y como Rosas, Mitre es un personaje controvertido de la historia argentina. Con razón, sin duda, porque, como ellos, imprimió firmemente la huella de su pensamiento y de su acción en la vida del país, en una época en que la sustancia era muy plástica, y aún se advierte su impronta, no siempre tenuemente. Poseía una vigorosa inteligencia y una desusada capacidad para organizar sus ideas, erigiendo con ellas un sistema capaz de trasmutarse de pura teoría en práctica eficaz. Por eso se impuso muchas veces como vocero de un grupo que necesitaba quién expresara sus vagas tendencias, o como ejecutor de un plan que muchos no veían articularse en todos sus pasos para llegar seguramente al fin propuesto. Refiriéndose a San Martín, dijo que no era “ni un mesías ni un profeta”, sino “simplemente un hombre de acción deliberada que obró como una fuerza activa en el orden de los hechos fatales con la visión clara de un objetivo real”. Esta definición conviene al propio Mitre. Equivocado o no, su acción política no fue nunca improvisada o superficial: analizó sin prisa los procesos sociales que tenía ante sus ojos, procuró cobrar distancia y juzgar objetivamente, eligió un objetivo claro entre los posibles, descartando los puramente utópicos, y se lanzó a la acción decididamente para alcanzarlo, con cierta imperturbabilidad en los modos de obrar que le confiere una fisonomía singular.

Creyó que el deber de su generación era dar una forma a la nación, y procuró bosquejarla primero e imponerla después. Pero no fue una creación arbitraria. Su obra de político y de estadista brotó de un pensamiento claro, nutrido en el examen de la historia del país, cuyo desarrollo creyó que era necesario orientar y conducir de cierta manera. Su acción cotidiana se insertó dentro de un plan a largo plazo, que hundía sus raíces en el examen de la realidad contemporánea y en un análisis de los procesos que la habían conformado. Por eso fue al mismo tiempo, e indisolublemente, un político y un historiador. Estas dos vertientes de su personalidad son inseparables.

Así como el rosismo estimuló el análisis sociológico de la realidad argentina, tal como lo entendieron y realizaron Alberdi, Sarmiento y Echeverría, las circunstancias posteriores a la batalla de Caseros estimularon las reflexiones acerca de la peculiaridad de su desarrollo político e institucional. La caída de Rosas, y mucho más el enfrentamiento de Buenos Aires con el resto del país, fiel a Urquiza, agudizó el sentimiento de responsabilidad de quienes sentían en sus manos el poder de decisión. Era necesario saber si las disidencias eran fundamentales o si, por el contrario, constituían solamente accidentes propios de la conducción de un proceso tan drámatico, en el que coincidían hacia un mismo fin hombres cargados de tradiciones muy diversas. Mitre creyó que la secesión de Buenos Aires, a pesar de su gravedad, no constituía un hecho irreversible, que no estaba perdida la esperanza de constituir la nación como él la pensaba, jurídica e institucionalmente ordenada dentro de un sistema que resolviera los viejos antagonismos que habían ensagrentado al país. Por eso sostuvo en 1854 la tesis de la “preexistencia de la nación“, y luchó por integrarla políticamente primero, y por enmarcarla luego dentro del cuadro de la Constitución de 1853.

La nación cuya preexistencia proclamaba Mitre tenía, medio siglo después de la Revolución de Mayo, una fisonomía confusa. En 1858, en el prefacio de la segunda edición de la Historia de Belgrano, Mitre señala la imprecisión que denotaba la imagen del proceso político en virtud del cual podía afirmarse la existencia de la Argentina como nación independiente. “La revolución del 25 de mayo de 1810, el hecho más prominente de la historia argentina —decía—, no ha sido narrada hasta el presente, a excepción de la media página que le ha consagrado la pluma superficial del deán Funes, y de una Crónica en forma dramática, escrita por el doctor Juan B. Alberdi, la cual tiene en el fondo más verdad histórica de la que su forma caprichosa haría suponer.” Mitre considera criminal este vacío, y recuerda la angustia de Florencio Varela por no encontrar “en los documentos públicos” prueba categórica de que los hombres de Mayo aspiraran a “emancipar al país”. Y agregaba: “Después que se lea lo que decimos sobre el desarrollo de la idea revolucionaria, del estado de madurez a que había llegado antes de estallar la revolución, y de los propósitos deliberados que presidieron a ella, así como de los planes de independencia que precedieron a la Revolución de Mayo, creemos que nadie pondrá en duda ya si nuestros padres pensaron o no en constituir una patria libre e independiente en 1810.”

Quizá resulte difícil descubrir hoy el grado de dramatismo que encerraba este planteo. Los que luchaban por constituir la nación y afirmaban su existencia anterior a cada una de las entidades regionales que se habían enfrentado durante más de cuarenta años, se sentían urgidos por la necesidad de probar la validez de su punto de partida. Mitre obró, ciertamente, con ajustado método histórico y ordenó su imagen de la realidad nacional según ciertas ideas predominantes, que había adquirido a través de sus extensas lecturas. Pero el móvil fundamental fue esta dramática conjetura acerca de si era legítimo el objetivo por el que luchaba, acerca de cuál era el sentido del proceso histórico que conducía hasta la situación en que se hallaba, acerca de cuáles eran las posibilidades de desarrollo y de cambio que esa situación encerraba. La Historia de Belgrano fue, pues, una obra entrañable y cumplió un papel decisivo en la vida argentina, en cuanto alimentó una actitud política que, finalmente, habría de triunfar.

El núcleo originario de la obra es una biografía de Belgrano, cuya primera edición apareció en 1857 y al año siguiente la segunda. Pero las exigencias de claridad con respecto a las actitudes políticas y al verdadero valor que, en su opinión, debía asignársele a cada una de las fuerzas que habían obrado en la vida argentina antes de Caseros, convirtieron aquella biografía en un estudio más ambicioso. El título de la cuarta edición —de 1887, considerada definitiva — reveló ese contenido: Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina. Mitre mismo explica — en las Comprobaciones históricas— cómo había abordado su tema: “Sus panegiristas —dice refiriéndose a Belgrano — lo habían desfigurado, y el instinto popular, poseído de cierta supersticiosa admiración, veía en él un héroe sobrenatural, un ideal adornado con falsos oropeles. Nosotros lo pusimos en intimidad con su pueblo; hicimos conocer al hombre con sus virtudes, sus debilidades, sus errores, sus grandes cualidades, sus inmortales servicios y sus desfallecimientos morales, asimilándolo a la masa de la especie a que pertenece, perdiendo tal vez en admiración, pero ganando en estimación y simpatía, al hacerlo hablar y obrar, como cuando el soplo de la vida mortal lo animaba.” Pero, en realidad, Mitre hizo más. Al abandonar la concepción heroica, se propuso penetrar en la totalidad del cuadro en el que Belgrano había tenido papel de protagonista, y analizarlo cuidadosamente desde diversos puntos de vista. Son significativas las palabras del proemio: “Este libro es al mismo tiempo la vida de un hombre y la historia de una época. Su argumento es el desarrollo gradual de la idea de la independencia del pueblo argentino, desde sus orígenes a fines del siglo XVIII y durante su revolución, hasta la descomposición del régimen colonial en 1820, en que se inaugura una democracia genial, embrionaria y anárquica, que tiende a normalizarse dentro de sus propios elementos orgánicos.” De este modo Mitre expresaba una idea nueva —cuya novedad es difícil apreciar hoy a causa de la profundidad con que ha arraigado — acerca de los orígenes sociales e ideológicos de un proceso que condujo a la independencia, pero que al mismo tiempo desencadenó un agitado proceso interno de ajuste de las fuerzas que desde ese momento comenzaron a obrar según sus propias tendencias.

La enunciación de problemas que se proponían tratar revela el designio de abarcar la totalidad de los factores que descubría en el proceso: “Los antecedentes coloniales de la sociabilidad argentina, la transición de dos épocas, las causas eficientes de la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata, las acciones y reacciones de los elementos ingénitos de la nueva sociedad política, el movimiento colectivo, el encadenamiento lógico y cronológico de los sucesos, los hombres, las tendencias, los instintos, las ideas, la fisonomía varia de esa revolución, que lucha, busca su equilibrio y se transforma obedeciendo a su genialidad…” Mitre cumplió más allá de lo esperable este ambicioso plan. Si se repasa lo que constituye el material que pudo usar y el sistema de ideas con el que se había examinado la historia del país y la situación en el momento en que escribió, se advierte que su esfuerzo fue inmenso, y que se debe a él la primera sistematización inteligible del proceso histórico argentino.

Quizá nada tan ilustrativo como analizar el primer capítulo, titulado “La sociabilidad argentina”, para medir la severa preocupación de Mitre por descubrir las causas profundas de los fenómenos políticos que se ofrecen en la superficie de la historia argentina. Pero no es solamente allí donde esa preocupación se advierte. Todo a lo largo de la obra, el historiador procura escapar de las explicaciones accidentales. Y sería igualmente ilustrativo hacer un estudio objetivo y desapasionado de la visión que Mitre ofrece de las masas populares campesinas y de los caudillos, donde a despecho de algunos objetivos y de la gravitación que ejercen en su ánimo algunas experiencias, se advierte el designio de comprender su significación y reconocer sus valores. Pero, sin duda, su obra era polémica, y sus opiniones frente a la situación contemporánea correspondían al juicio que le merecían los antepasados de sus adversarios.

Desde este punto de vista, y pese al rigor documental de Mitre, es innegable que su obra es, desde el punto de vista de las interpretaciones, una obra militante. Así quedó demostrado en su comentario a la obra de Adolfo Saldías, Historia de la Confederación Argentina, cuyo criterio enjuició enérgicamente. Pero es coherente y resiste a las objeciones, al menos como expresión de un punto de vista que debe ser juzgado a la luz de las situaciones propias de su tiempo.

Para el lector de nuestros días, la obra de Mitre constituye un testimonio de un valor trascendental. Corresponde a una corriente de pensamiento y de acción que ha sido decisiva en la configuración del país actual. Signo de su valor y de su vigencia es que merezca la controversia apasionada.

Guía histórica para el Río de la Plata. 1951

Un breve examen del desarrollo histórico de los países del Plata es tarea que puede parecer tentadora en estos tiempos. Mientras más compleja y enigmática es la realidad, más parece fructífero el análisis genético para entenderla. Y aun a riesgo de tener que sacrificar muchos matices, vale la pena esforzarse por adquirir una perspectiva de ese confuso y diverso desarrollo que ha conducido a estas inusitadas situaciones históricas que sería imperdonable error considerar como puramente episódicas. No un prolijo relato sino más bien un sucinto elenco de ideas fundamentales constituye la mejor guía para una comprensión histórica de la situación contemporánea del Río de la Plata. Y si consiguiera ofrecerlo en este ensayo, creería haber cumplido una labor útil.

I

No bien concluida la anexión del reino moro de Granada al finalizar el siglo XV, la corona de Castilla —unida ya su suerte a la de Aragón— se encontró, un poco por obra del azar, en posesión de vastos territorios ultramarinos que parecían ofrecer incalculables posibilidades. Algunas sospechas más o menos fundadas y múltiples leyendas de vario origen aplicadas al caso en virtud de cierta explicable alucinación hicieron esperar de las comarcas localizadas por el almirante Cristóbal Colón un alud de riquezas acerca de cuya especie sólo podía decirse que acaso fuera la más preciada el oro. En toda Europa ascendía rápidamente por entonces la burguesía; y toda Europa miró con envidia a España, en la que inesperadamente se descubría la feliz poseedora de un misterioso tesoro virtual. Ateniéndose a los principios de la concepción mercantilista, toda la burguesía europea tuvo por seguro que España llegaría a ser en poco tiempo una de las potencias más temibles y vigorosas, pese a no haber desarrollado hasta esa época una actividad manufacturera y comercial como la que caracterizaba ya en ese momento a otras regiones. La aparición de la “leyenda negra” no haría sino revelar la intensidad de ese sentimiento en el transcurso del siglo XVI.

España abrigó también aquella esperanza. El espíritu de aventura caracterizaba a los hidalgos que, generación tras generación, luchaban contra el moro en tierra firme o en las aguas mediterráneas, pero caracterizaba también a otros sectores sociales de más baja extracción cuyos miembros no desdeñarían seguir las huellas de aquellos que habían luchado por los casi irreales dominios que se ofrecían en el mar Egeo. El llamado espíritu renacentista —un medievalismo hibridado— difundíase por la Europa occidental y alcanzaba a aragoneses y castellanos, inspirándoles irreflexiva e ilimitada confianza en la capacidad del esfuerzo individual. No por héroe, sino simplemente por hombre, podría uno cualquiera alcanzar el vellocino de oro. Y fueron numerosos los que teniéndose por tales se aprestaron a conquistarlo.

A bordo de las naves nadie perdió tiempo en consultar cartas geográficas, oscuras memorias o viejos manuscritos que pudieran revelar los secretos del mundo recién descubierto, porque nada de todo eso poseía suficiente valor. Lo mejor que el conquistador llevaba consigo era su decisión inquebrantable de llegar a alguna parte desconocida donde quizás encontrara algo que escapaba a su imaginación. Eso era todo. Y unos encontraron las viejas ciudades de Anahuac, otros las antiguas poblaciones mayas, otros el Imperio quichua, y todos ellos oro y plata, como si su irrazonado designio hu-biera tenido fundamento cierto. Nada menos maravilloso que aquella maravilla; tanto que la maravilla pareció formar parte del orden natural de las cosas, en el que casi todos opinaron que estaba ínsita la legitimidad de la conquista, el avasallamiento de los indígenas y la despreocupada apropiación de las riquezas: gruesos lingotes o enseres domésticos acerca de cuya propiedad pareció superflua y digresiva cualquier argumentación basada en los principios del derecho. Aquello era la realización de un sino, la victoria de la voluntad del hombre.

Pero esta euforia no duró mucho tiempo. La voluntad del hombre fue empleada en otras muchas empresas similares a la conquista de Tenochtitlán o del Cuzco, y sólo dio por resultado el hallazgo de miserables aldeas donde el oro estaba ausente y en las que, en cambio, solían aparecer pobladores enérgicos y valientes que resistían a aquella voluntad con voluntad no menos resuelta. Muchos cayeron. Pero el orgullo y la esperanza empujaron a otros tras de ellos, y la conquista de la tierra se consumó inexorablemente en virtud de la superioridad técnica de los conquistadores. La aventura, peligrosa y todo, seguía pareciendo tentadora. El oro y la plata podían aparecer en cualquier parte. Pero entretanto, las tierras de las que se había tomado posesión —y virtualmente aun las demás— eran ya dominios del rey. Había aspirantes a la concesión de nuevos señoríos —aunque fuera a seis mil millas de Sevilla—, indios para catequizar y un patrimonio que defender frente a la codicia, harto justificada por cierto, de los demás países de Europa. Carlos V agregó las Indias a su corona y a su imperio y estableció dentro de ellas distintas zonas jurisdiccionales como si efectivamente alguien las conociera a fondo. La conquista estaba en marcha y fue la gran aventura —económica y espiritual— del viejo mundo.

En busca del metal precioso llegaron también los conquistadores a las costas meridionales de América del Sur, y llamaron Río de la Plata al ancho estuario que descubrió Juan Díaz de Solís. El nombre era expresivo; y aunque sus orillas no atrajeron de momento la atención de quienes surcaban por primera vez sus aguas, el vasto caudal anunciaba el misterio oculto en las entrañas del territorio, cuencas lejanas donde se reunían tantas aguas y en las que acaso se escondiera tanto oro como encontraron Cortés o Pizarro. El sino de quienes remontaron el Paraná y el Paraguay sería no alcanzar nunca la riqueza. Pero Asunción y Buenos Aires quedaron levantadas en las orillas de los grandes ríos, y en ellas, y en las otras poblaciones que fueron surgiendo, se desarrolló poco a poco un proceso de radicación de colonizadores españoles, en cuyas mentes la aventura comenzó a adquirir una fisonomía distinta de la que tenía para los que llegaron a otras partes de América.

El primer problema fue el sustento, y a través de él comenzaron a establecerse relaciones precisas entre los aborígenes y los recién llegados. Hubo unas veces entendimiento y otras diferencias y conflictos; y no tardaron en aparecer los primeros mestizos, hijos de la tierra para quienes muy pronto la vida americana tendría un tono peculiar. Para sus padres la india fue la mujer ocasional en la que tardarían mucho tiempo en acostumbrarse a ver una compañera; para los hijos la india fue la madre y el símbolo de su dependencia social, condición esta última que caracterizaría al nuevo mundo, su naciente patria. Dos concepciones entrarían muy pronto en conflicto, agudizado por la renovación de sus términos con cada ola de nuevos españoles que llegaba de la metrópoli; frente a este conjunto se oponía, pese a su humilde condición, el conjunto de los criollos.

En misiones y reducciones organizaron los colonizadores a fuertes núcleos de indígenas en zonas en las que el trabajo organizado pudo parecer —y fue, en efecto— provechoso para la corona o para las órdenes religiosas que habían adquirido algún predominio. Pero esas áreas sociales y económicas quedaron enquistadas, en tanto que, aunque lentamente, el intercambio removía el ambiente en otras regiones. El mestizaje es el fenómeno fundamental de la conquista, y su resultado fue la lenta pero progresiva transformación de la población, en la que se diferenciaban indios, criollos y españoles. Esta diferenciación escondía el germen de las peculiaridades del proceso histórico rioplatense en su primera faz.

En su transcurso, el autoritarismo fue la tónica general de la convivencia. Se derivaba del tipo de autoridad que ejercía —a millares de leguas de la metrópoli— el funcionario colonial; de la misión que se había asignado al clero y, finalmente, de las condiciones que prevalecían en la vida económico-social. Surgió la gran propiedad territorial, y en ella el amo fue todopoderoso porque nadie había capaz de vigilarlo cuando se apartaba de los centros poblados. El cuidado de la hacienda, de la que se sacaban los cueros que constituían la principal riqueza, se confió a un tipo de pastor que era casi un nómada y vivía sujeto a la ley del desierto. El amo no tenía sobre él más autoridad que la que le proporcionaban su fuerza y su prestigio, y si los mantenía era porque podía demostrar en los hechos que su autoridad era eficaz. Hubo autoritarismo porque en el desierto estaba la fuente de riqueza, y el autoritarismo del desierto, acentuado por las reminiscencias de los principios políticos y sociales que obraban en el ambiente, constituyó la primera ley de la colonia.

Sólo comenzó a parecer objetable el autoritarismo cuando empezaron a cambiar las condiciones de la vida rioplatense en el curso del siglo XVIII. La riqueza agropecuaria habíase acrecentado poco a poco y los núcleos urbanos, sobre los que repercutía la riqueza, habían aumentado en número y en magnitud. En la costa oriental se fundaron la Colonia del Sacramento y Montevideo, plazas establecidas como consecuencia de la contienda que sostenían España y Portugal por los territorios al este del Río de la Plata. En él tenía España uno de sus límites, y a través de él llegan los sacudones que conmovían el régimen fiscal español, pues en beneficio de la metrópoli —y según las ideas predominantes por entonces en todas partes— se había establecido un riguroso monopolio para el comercio de la colonia. Pero las necesidades obligaban, y el contrabando se convirtió en la principal actividad económica de la época y la industria más productiva. Lo hacían imprescindible las exigencias de los crecientes centros poblados y lo facilitaban las condiciones de la vida rioplatense, en la que las distancias constituían el principal enemigo del fisco. Por esa vía comenzaron a hacerse nuevas fortunas, a modificarse las estructuras sociales y económicas, y, prontamente, a debilitarse las convicciones que estaban adheridas al orden tradicional, transformado en un orden violable. Portugal —y tras él toda la Europa antiespañola— trató de ensanchar las brechas que se abrían en la organización económica de la colonia. Y ante el jaqueo portugués —que coincidía con el progreso de la región rioplatense y el desarrollo de las ideas fisiocráticas— España creó el virreinato, señalado desde el principio como un intento de adecuar el orden legal a la realidad económica de la comarca.

Mientras se llevaba la guerra a Portugal, comenzaba a esbozarse una política más liberal, aunque limitadísima por diversas situaciones concretas: intereses de comerciantes españoles, intereses fiscales, e intereses de Buenos Aires contrapuestos a los de las ciudades de la ruta altoperuana o los de Montevideo. De aquella acción quedó, sin embargo, algún saldo favorable, pues sirvió de estímulo para que germinasen en algunas cabezas las simientes que comenzaban a llegar en las postrimerías del siglo XVIII desde Europa, desprendidas de la Enciclopedia o de las obras de filósofos y economistas. Algunas de esas ideas cundieron hasta entre los representantes del orden tradicional, hombres de iglesia que no desdeñaban a Rousseau, a Diderot o a Montesquieu. Pero una predisposición aun más favorable hallaron entre los jóvenes de familias acomodadas de las ciudades, criollos que deseaban ascender por la vía de las profesiones liberales o la actividad comercial. El pensamiento liberal fue acogido —abiertamente o a escondidas— en Chuquisaca y Buenos Aires y se difundió por otras ciudades a través de pequeños grupos. Las tendencias que entrañaba se fundían, aunque de manera imprecisa, con el vago impulso de libertad que se advertía en las zonas rurales, entre la plebe criolla. Si más tarde esas dos concepciones se tornarían hostiles, por el momento se manifestaron solidarias en un mismo afán de quebrar las rígidas restricciones que el orden fiscal y político de la colonia imponía a la actividad económica y al ascenso social de la población nativa.

II

El antagonismo entre la libertad civil sometida a fórmulas políticas ya experimentadas en otros países y la libertad de tendencia anárquica propia de quienes soñaban con ella para sacudir el autoritarismo de la vida rural habría de ponerse de manifiesto cuando las poblaciones de las colonias se enfrentaran con el problema de darse un régimen propio. Esta condición se cumplió al triunfar el movimiento emancipador de 1810.

Por esta fecha llegó a su más alto grado la crisis del imperio español. Insinuada desde fines del siglo XVI, manifestada en el curso del XVII y contenida en parte en el XVIII, la crisis adoptó formas catastróficas para España al producirse la conmoción que sacudió a Francia al finalizar esa centuria. La solidaridad monárquica y borbónica alineó a España entre los enemigos de la revolución, pero nada grave ocurrió por entonces; las dificultades surgieron cuando su vecina se transformó en brevísimo tiempo en la mayor potencia militar del continente y adoptó, con Napoleón Bonaparte, un programa inter-nacional frente al que no cabía la neutralidad.

A partir de 1808 —cuando Napoleón se corona emperador— el problema se tornó para España gravísimo. En rigor, disputaban la hegemonía europea dos imperios, territorial el uno y marítimo el otro. En esa disputa entraba en juego el vasto imperio ultramarino de España, que ésta no podía ya asegurar ni defender, y al que Francia, sin duda, aspiraba. Pero las aspiraciones de Inglaterra no eran menos vehementes desde hacía mucho tiempo, aun cuando pudiera entreverse que el tipo de peligro era distinto en uno y otro caso. España debió elegir, y su debilidad la obligó a unirse al más efímero de los dos imperios porque era el más próximo y el más amenazador de sus vecinos. Inglaterra derrotó en Trafalgar a las flotas unidas de Francia y España (1805) y desde entonces el destino del imperio hispánico quedó sellado. No mucho después comenzó a resquebrajarse la inestable creación política de Bonaparte y se diseñó poco a poco una nueva situación dentro del área atlántica, en la que el predominio inglés resultó indiscutible.

En esta coyuntura, el imperio ultramarino de España no podía mantenerse unido. La disgregación era inevitable y el potencial de cada una de sus diversas partes no era suficiente para asegurar su soberanía; pero las colonias españolas tenían manifiesta vocación emancipadora y Gran Bretaña, por su parte, no se inclinaba hacia la conquista territorial. Lo inesperado pudo realizarse en aquella sorprendente mutación del sistema político-económico del mundo occidental y el Virreinato del Río de la Plata —como las otras regiones del imperio español— alcanzó su independencia en 1810.

La decisión emancipadora fue tomada por Buenos Aires y se proyectó luego hacia el interior, obteniendo repercusión diversa. Hubo apoyo incondicional unas veces, reticencias otras, y en algunas regiones prevalecieron los sentimientos de lealtad monárquica; pero fue un esfuerzo inorgánico y sin trascendencia, aunque reveló la virtualidad de una resistencia enérgica a medida que la revolución se insinuaba dentro de la zona de influencia de Lima. Fuera de eso, otras resistencias obedecieron a otras razones. El nuevo estado dio por resuelto que sus fronteras eran las del antiguo virreinato y Buenos Ai-res no admitió que se discutiera su autoridad de capital. Por eso reaccionó violentamente contra los movimientos secesionistas que se manifestaron en el Paraguay primero y en diversas regiones del litoral después, pero carecía de fuerza para superar esas reacciones precisamente cuando debía atender más celosamente el afianzamiento de la emancipación y la organización de un nuevo estado. Buenos Aires vio reducirse poco a poco su zona de influencia, y del antiguo perfil del virreinato no quedó sino una sombra que, en 1820, llegó a desvanecerse del todo.

En rigor, el Virreinato del Río de la Plata —como casi todos los territorios españoles de América— carecía de las condiciones mínimas requeridas para poder asegurar su existencia independiente. La emancipación fue el resultado de un esfuerzo titánico de sus hijos y de algunas circunstancias externas que resultaron favorables. Carecía el virreinato de suficiente riqueza y, sobre todo, de suficiente población como para constituir un país autónomo. Sus centros poblados eran escasos y reducido su número de habitantes, con amplias perspectivas, sin duda, pero que no podrían tornarse realidad si no se salvaban los difíciles obstáculos que se oponían a su desarrollo. Las inmensas distancias, las malas comunicaciones, los desiertos inmensos, la producción insignificante y una desconexión de todo otro mercado que no fuera el español, eran las condiciones dentro de las cuales se había desarrollado la existencia colonial y debía desarrollarse la existencia independiente. En las primeras horas, esa situación, apenas remediada por los resultados del activo contrabando y por las vinculaciones comerciales rápidamente establecidas a través de algunas naves inglesas, entrañaba insuperables dificultades frente a la responsabilidad que imponía la soberanía. Sólo la tenacidad de los grupos criollos y el ambiente favorable que proporcionaba la dislocación del orden internacional pudieron permitir el desvanecimiento de esas dificultades que, empero, dejarían sus huellas en el desarrollo ulterior.

Gran Bretaña vigiló y garantizó la independencia del Río de la Plata en virtud de sus propios intereses económicos y estratégicos, que la vinculaban a los dos puertos que se levantaban sobre sus orillas, Buenos Aires y Montevideo, y más aún con el primero. Buenos Aires se creyó en posesión de la clave de la independencia rioplatense, y consideró que sólo bajo su autoridad era viable la emancipación; en consecuencia exigió el reconocimiento de su hegemonía y se dispuso a organizar la nueva nación dentro de una estructura política que se apoyara en los principios liberales que sus minorías cultas preferían. Algunas regiones del interior y la Banda Oriental opusieron a esos principios otras reivindicaciones: autonomía regional, federalismo, y, en la práctica, el respeto a su propia actitud vital, que no era sino la de las masas rurales frente a las minorías urbanas. Estas últimas calificaron a esa tendencia de “democracia inorgánica” y de “caudillismo”. Artigas representó de manera eminente esta actitud política y social, con su fidelidad a los impulsos e intereses de las masas rurales, su anhelo de independencia sin claudicaciones ni compromisos y su firme voluntad republicana, todo lo cual se unía a una concepción del poder que suponía, en efecto, la autoridad de hecho e incontrovertible que caracterizaba al auténtico caudillo popular. Esa combinación de factores explica el conflicto que se suscitó entre Buenos Aires y el interior y que culminó en 1820, con la disolución del vínculo nacional preexistente entre las diversas regiones del antiguo virreinato.

Entretanto, el nuevo Estado hacía ingentes sacrificios para asegurar la emancipación. Una y otra vez había armado ejércitos y flotillas para defender las fronteras, y había organizado, finalmente, la vasta campaña de San Martín para aniquilar en su propio reducto la reacción española. Otros enemigos tuvo que afrontar al mismo tiempo, pues Portugal había aprovechado la coyuntura para satisfacer su vieja aspiración de alcanzar las orillas del Plata y anexar su costa oriental. Y el Brasil, independiente desde 1822, mantuvo anexada la que se llamó Provincia Cisplatina hasta que estalló en ella una insurrección movida por el afán de retomar al seno de las Provincias Unidas.

Inminente la guerra con el Brasil y crecido el prestigio de Buenos Aires, una constitución unitaria restauró el antiguo estado nacional, a cuyo frente se puso Bernardino Rivadavia. Su obra ciclópea sobrepasó las posibilidades del país de asimilar sus iniciativas renovadoras, y la amenaza de desintegración volvió a aparecer precisamente cuando más se necesitaba el esfuerzo mancomunado para afrontar la guerra con el Brasil. La paz arrebató a las Provincias Unidas ventajas que habían conquistado legítimamente en el campo de batalla, y la Banda Oriental estuvo amenazada por un momento de volver a formar parte del Imperio del Brasil. Se opuso a esa solución Gran Bretaña, que exigió su independencia. Así surgió la nueva República Oriental del Uruguay, como prenda del equilibrio internacional en la cuenca del Plata.

Hasta ese entonces Uruguay y Argentina habían tenido una misma historia y podían confundirse en uno solo sus respectivos procesos de desarrollo social y político. Montevideo había representado, frente a la campaña oriental, un centro de reacción europeizante, como Buenos Aires frente a las comarcas del litoral; y ambas ciudades defendieron principios políticos que en verdad sólo podían realizarse a través de una técnica y un sistema institucional ajenos a las condiciones de vida de sus respectivas áreas de influencia.

Pese a la independencia, consagrada en 1830, Uruguay siguió teniendo por mucho tiempo un destino común con Argentina. No en balde había sido un oriental quien levantó la bandera del federalismo en el Plata, dejando planteado el problema que dividió a los pueblos durante varias décadas. Federalismo y unitarismo no eran por entonces meras nociones académicas. Eran soluciones fecundas que se ofrecían para los problemas capitales, aunque se desconocieran el alcance y, sobre todo, las posibilidades prácticas de su realización. Pero fueron además, muy pronto, dos rótulos que agruparon a otros tantos sectores que, poco a poco, dejaron de corresponder a definidas clases para configurar banderías políticas y facciones lugareñas que arrastraban legados de odio y de desquite de generación en generación.

La antigua rivalidad entre los porteños —los “doctores”— y las gentes de las campañas —y no faltaban unitarios en las ciudades del interior— alcanzó su mayor dramaticidad en 1828, cuando el general Lavalle, al regresar del Brasil, se sublevó contra el gobierno de Buenos Aires y ordenó el fusilamiento del gobernador Dorrego. Ya por entonces asomaban en las campañas Facundo Quiroga y Juan Manuel de Rosas. Poco tiempo después los esfuerzos de Lavalle y Paz fueron frustrados por sus rivales, y el último cayó prisionero a fines de 1831. Rosas, gobernador de Buenos Aires, llegó a ser el más poderoso de los caudillos y constituyó con los demás una suerte de alianza que, asegurando su hegemonía, le permitía cumplir los planes que acariciaba respecto al puerto de Buenos Aires, cuyos beneficios quería acreditar solamente a su provincia.

También se introdujo Rosas en el entredicho suscitado en Uruguay entre Oribe y Rivera, prometiendo ayuda al primero, de quien esperaba que consintiera en la anexión de la Banda Oriental a la Confederación. Y como Rivera se unió a su vez a los proscriptos argentinos e hizo causa común con los unitarios, los dos caudillos orientales se vieron muy pronto frente a frente como jefes de sendos cuerpos que defendían simultáneamente en una y otra banda del Plata idénticos intereses e ideales. Asilo de los emigrados argentinos, Montevideo se constituyó en el bastión de los enemigos de Rosas y de Oribe, y el largo sitio entablado en 1843 constituyó la acción más importante que se libró entre una y otra fuerza. La acción del Ejército Grande, mandado por Urquiza, puso fin a la dictadura de Rosas y abrió a cada uno de los dos países del Plata nuevas y diferentes perspectivas.

III

Al caer Rosas en la batalla de Caseros, habían transcurrido poco más de cuarenta años desde la independencia. La experiencia política acumulada era abundante, porque se había trabajado sin descanso en busca de fórmulas diversas que pudieran conciliar los distintos y opuestos intereses de las diversas clases y zonas del país. Esa experiencia constituía, en el momento de la crisis, su mejor riqueza.

Entre 1810 y 1820, Buenos Aires había sostenido con vehemencia el principio de que subsistía una unidad política correspondiente al viejo virreinato, en la que le correspondía la autoridad hegemónica. Sus hombres eran, en general, de formación europea, lectores de los filósofos políticos del siglo XVIII, de los utilitaristas y radicales ingleses y admiradores de los Estados Unidos, cuyas grandes figuras veneraban. Diez años de gobierno bajo la autoridad de Buenos Aires no significaron otra cosa que la estéril persecución de soluciones políticas para evitar una guerra civil que, sin embargo, no tardó en llegar.

Cuando sobrevino la crisis del 1820 el país se disgregó y dejó de existir como unidad política. Cada provincia siguió su propio rumbo y Buenos Aires —conviene recordarlo— aprovechó la ocasión para realizar, libre de ataduras, un verdadero experimento de gobierno progresista bajo la inspiración de Martín Rodríguez, de Rivadavia y de Las Heras. El Estado adquirió una sólida organización, sus órganos administrativos alcanzaron inusitada eficacia y se intensificaron la vida económica y las obras públicas; la vida intelectual entró en una etapa de decidido avance gracias a la llegada de algunos hombres de ciencia extranjeros y a la creación de algunas instituciones de enseñanza, entre ellas la Universidad de Buenos Aires; las doctrinas lancasterianas y las de Bentham y Destutt de Tracy orientaron el pensamiento y la acción de quienes, a su vez, orientaron al estado de Buenos Aires durante aquellos años ejemplares.

Tan altos fueron los resultados obtenidos en breve tiempo que Buenos Aires recuperó la simpatía y el respeto que había perdido poco antes. Y frente a la inminencia de una guerra con el Brasil, los partidarios de la centralización se sintieron suficientemente fuertes como para imponer en 1826 la creación de un gobierno nacional, que se confió a Rivadavia. Pero la sanción de una carta constitucional que restauraba los principios unitarios, modificándolos sólo en los detalles, suscitó de nuevo la discordia, y el gobierno de Rivadavia, brillante pero efímero, halló su fin poco después en medio de las complicaciones que trajo la guerra con el Brasil. Una vez más quedaba desintegrado el país y las provincias recuperaban su autonomía.

El ámbito rioplatense tuvo, desde 1830 aproximadamente hasta 1852, una historia singular. Cada antigua provincia quedó bajo la autoridad más o menos firme de un jefe popular —un “caudillo” que si mostraba alguna debilidad solía ser reemplazado prontamente por quien supiera estar a la altura de las circunstancias. Tal situación política —de casi total autonomía— significó, naturalmente, un notable retroceso económico, pues diversas cir-cunstancias contribuyeron a estancar las corrientes de intercambio que habían comenzado a establecerse desde los primeros tiempos de la independencia. A ese letargo económico acompañó un marcado ascenso de las clases menos ilustradas en tanto que, en las más cultas, comenzaron a abundar los claros debidos a las persecuciones políticas. Todo ello contribuyó a provocar una acentuada declinación del nivel social y cultural del Río de la Plata, que acusó aun más su retardo con respecto al grado de desarrollo técnico y civilizatorio que por entonces se alcanzaba en Europa y en los Estados Unidos. Un estado de permanente guerra civil caracterizó también a esos veinte años, en los que predominaron los ideales criollos, aunque bastardeados a veces y utilizados para servir a empresas de mero servicio personal de los caudillos.

Desde muchos puntos de vista, la incomunicación efectiva con Europa constituye el hecho fundamental de este período. En guerra con las potencias europeas, el Río de la Plata conoció el asedio de las flotas enemigas, entendidas por cierto con los emigrados políticos que buscaban toda suerte de apoyo para librarse de la opresiva autoridad de Rosas. Y esa incomunicación, en países que no habían comenzado a desarrollar su transformación técnica, y en un período de tan notables mutaciones en ese terreno, significó para el Río de la Plata un retardo que influiría notablemente en su desenvolvimiento.

La disgregación política es, sin duda, el hecho que sigue en im-portancia a aquél entre los que caracterizan ese período de la vida rioplatense. Rivadavia había realizado el último intento de unificación con un criterio que revelaba ya cierta plasticidad y la posibilidad de hallar un camino para conciliar los intereses encontrados de las provincias y Buenos Aires. Pero para entonces las provincias no eran ya solamente unidades políticas celosas de su autonomía y de sus tradiciones, sino más bien los feudos de ciertos caudillos que tenían en ellas el centro de su poder y que se resistían a cualquier li-mitación de su autoridad. Esta situación, sumada a la creciente acumulación de los odios facciosos, hizo inevitable la prueba que soportó el país durante veinte años.

Rosas declaró categóricamente que nunca tuvo la intención de realizar la unificación del país. En famoso documento, conocido bajo el nombre de “carta de la hacienda de Figueroa”, había explicado sagazmente su opinión sobre los problemas políticos argentinos, y explicado también el fracaso de los intentos de organización constitucional por medio de muy convincentes argumentos de realidad. Hacia la misma época Alberdi y Sarmiento aportarían ricas y fructíferas observaciones acerca de la situación social del país, que en última instancia coincidían con los puntos de vista del sagaz caudillo bonaerense, pues tanto éste como aquéllos trataron de explicar los fenómenos políticos partiendo de las peculiaridades de la realidad económica y social. Pero a pesar de no proponerse ningún plan formal ni tener, seguramente, ideas claras acerca de cómo realizarlo, Rosas trabajó indirectamente por la unidad en la medida en que trabajó por la supremacía de su autoridad, y preparó el camino para la eliminación de ese localismo feroz que caracterizó a algunos caudillos. Así, al producirse la batalla de Caseros y la caída de Rosas, se había dado un paso importante hacia la futura ordenación de los dos países que sufrieron su dictadura. Aún subsistirían por algún tiempo retoños del viejo caudillaje que en ocasiones pretendería, oculta o desembozadamente, imponer su autoridad. Pero las largas luchas civiles desarrollaron los gérmenes de una conciencia nacional, despertando el sentido de la responsabilidad en las minorías ilustradas que habían comenzado a imponer sus puntos de vista en los consejos áulicos. A ellas les tocaría ahora echar las bases del orden institucional apropiado para encauzar la vida de un pueblo que había sufrido una larga y profunda experiencia en el campo de la vida política.

IV

Si los problemas pudieron plantearse fácilmente, las soluciones fueron más difíciles de alcanzar. ¿Quién había ganado la guerra contra Rosas, en ambas márgenes del Plata? El Ejército Grande era, sin duda, una fuerza internacional cuyos contingentes correspondían, en última instancia, a los países y regiones interesados en la libre navegación de los ríos de la cuenca del Plata. Su jefe era un antiguo oficial de Rosas, convertido en su enemigo por la doble acción de los intereses de la región mesopotámica y de los principios políticos, sociales y económicos que difundieron los unitarios y que él recibió con beneficio de inventario para sazonarlos con su sentido directo y realista de las cosas. Y los grupos que alcanzaron el poder tras las jornadas libertadoras fueron los que poseían la fuerza, en el seno de todos los cuales quedaban elementos que de una u otra manera habían estado en relación con el orden derrotado. En fin, ganó la guerra no el adversario tradicional e irreductible de Rosas y el rosismo, sino un movimiento en el que se mezclaban con esa oposición convertidos y disidentes; estos aportaban a la interpretación de la realidad ciertos criterios realistas, que sirvieron en su momento para hacer viable la operación militar y política que suplantó un régimen por otro.

Ese movimiento logró el apoyo de las poblaciones de la campaña y de algunos caudillejos locales y, una vez triunfantes, se suscitó otra vez en su seno la divergencia entre transigentes e intemperantes; eran estos últimos preferentemente los miembros de las minorías ilustradas, “doctores”, “principistas”, “unitarios”, nombres todos estos con que los transigentes designaron a aquellos que temieron que Urquiza asumiera a su vez la dictadura y que querían ignorar los veinte años transcurridos y restaurar el poder de Buenos Aires y lo que Buenos Aires significaba, como en época de Rivadavia.

La consecuencia de aquella divergencia fue que, durante diez años, Buenos Aires estuvo separada de las demás provincias de la Confederación por obra de un movimiento secesionista en el que se repitió una situación análoga a la de 1820. El Estado de Buenos Aires pudo realizar una obra constructiva y progresista. Pero, contra las previsiones de los porteños, Urquiza y luego Derqui se esforzaron honestamente por hacer también de la Confederación un Estado moderno y progresista, al que proporcionaron la carta constitucional de 1853, y en el que procuraron sortear las dificultades provenientes de la orfandad económica en que lo dejó la pérdida del puerto de Buenos Aires. Uruguay, por su parte, oscilaba entre los partidos rivales, pero más aún entre las facciones urbanas y rurales, pues la oposición entre éstas llegó a ser tan profunda que se unieron los grupos urbanos blancos y colorados para tratar de impedir el acceso al poder de los caudillos de la campaña. Aquéllos se sentían estimulados por la eficacia de la resistencia durante el asedio y el prestigio alcanzado por Montevideo; pero estos últimos poseían por el momento la fuerza.

Cuando en 1862 se constituyó por fin la República Argentina mediante la anexión de Buenos Aires a la Confederación, Mitre y Sarmiento procuraron neutralizar los resabios del caudillaje que aún subsistían en el interior del país. En cambio, un típico caudillo, el general Flores, lograba apoderarse del poder en Uruguay mediante una “cruzada” que había organizado en la vecina orilla y cuyo resultado fue instalar al partido colorado en el gobierno. Era un esfuerzo radical que suscitó enconada resistencia y terminó con el asesinato de Flores, de modo que pareció oportuno intentar una conciliación entre los intereses de una y otra parte del país. Tal fue el programa de Lorenzo Batlle.

Pero aquí ya empezaron a diferenciarse los destinos de Uruguay y la Argentina. Mientras en el primero se iniciaba un período de profundas convulsiones, en la segunda las minorías ilustradas gobernaron desde 1862 en un clima político que tiende a la pacificación. No faltará el levantamiento provocado por un bando contra el oficialismo acusado de parcialidad, pero el orden institucional tiende a consolidarse y cualquiera sea el grupo que alcance el poder, el programa de acción frente a los grandes problemas nacionales es aproximadamente el mismo.

Reposa ese programa sobre dos o tres principios elementales acerca de los cuales el consenso es unánime. Parece fuera de discusión que lo más urgente es modificar la fisonomía social y económica del país, del que se tiene, en general, una opinión que no difiere en lo fundamental de la que Sarmiento había expuesto en Facundo. Y esa modificación constituye la meta de toda la acción estatal.

Para las minorías ilustradas resultaba evidente que el país requería una población mucho más numerosa que la que contaba por entonces, en la que se deseaba que entrara en mayor proporción el elemento blanco y, de ser posible, una cierta proporción de elementos anglosajones. Esta renovación demográfica no era utópica y podía alcanzarse mediante la inmigración, fenómeno que por entonces era muy fácil estimular pues diversas circunstancias favorecían el éxodo de los países europeos; y la renovación demográfica operaría —así se esperaba— una rápida transformación en los caracteres generales del conglomerado social argentino, en sus hábitos de vida y, consecuentemente, en sus tendencias políticas. Para llegar a esta última etapa parecía necesario emprender además una vasta obra educativa. Sus postulados eran simples: se trataba de arraigar al hijo del inmigrante familiarizándolo con el idioma y con la tradición vernácula al tiempo que se lo proveía de la instrucción fundamental para la vida práctica.

Tal era, en lo fundamental, el programa de las minorías ilustradas. Su éxito residía, sobre todo, en que el nuevo conglomerado social lograra, efectivamente, transformar en breve plazo la vida económica del país e indirectamente la fisonomía social de las poblaciones rurales y sus tendencias políticas. Era necesario yuxtaponer a la predominante actividad ganadera una equivalente actividad agrícola, porque se esperaba neutralizar las tendencias del pastor nómade con las del labrador sedentario. Y era necesario también acrecentar la riqueza nacional mediante una adecuación de los productos exportables a las exigencias del mercado europeo, pues formaba parte de este programa un vasto esfuerzo civilizador que dotara al país de todos los progresos técnicos que se habían alcanzado en Europa en los últimos tiempos. Un nuevo factor iba a incorporarse así a la vida rioplatense, destinado por cierto a influir en ella de modo decisivo: el capital extranjero.

Comenzaron a poner en práctica este plan hombres como Mitre, Sarmiento y Avellaneda en la Argentina, y como Latorre en Uruguay, figura ésta muy contradictoria, llegada al poder mediante una revolución que desalojó a las minorías montevideanas en nombre de los caudillos de campaña, pero que encauzó la acción de gobierno guiado por los principios progresistas que por entonces representaban, generalmente, aquellas minorías. Al mismo tiempo se esforzaban todos en ambas márgenes del Plata por acelerar el proceso de unificación de la nación y en especial de la organización del Estado, sobre el principio federal en Argentina, sobre principios unitarios en Uruguay.

V

Las dos últimas décadas del siglo XIX constituyen el período en que se intensifica en ambas márgenes del Plata la política social y económica basada en la inmigración. Simultáneamente con ella, y respondiendo a los mismos supuestos, comenzó a desarrollarse otra de vastas consecuencias también, consistente en la atracción del capital internacional para intensificar la explotación de los recursos naturales y para dotar al país de los nuevos elementos técnicos con que se trabajaba ya en Europa y Estados Unidos. Sumados, la inmigración y el capital extranjero debían provocar una mutación profunda en los países rioplatenses. En 1889 —durante la presidencia de Juá-rez Celman— entraron en la República Argentina 261.000 inmigrantes, y el censo de ese mismo año reveló en el Uruguay —durante la presidencia de Tajes— que la ciudad capital tenía 100.000 extranjeros sobre un total de 214.000 habitantes. Este aflujo de población extraña modificó, efectivamente, las fisonomías nacionales y dio lugar en ambos países a lo que, refiriéndome a Argentina, he llamado en otra ocasión la “era aluvial“.

En su transcurso las condiciones tradicionales de vida y las pers-pectivas económicas, sociales y políticas se alteraron aceleradamente, y esas alteraciones provinieron fundamentalmente de las consecuencias entrecruzadas de la renovación demográfica y de la incorporación del capital extranjero a la economía rioplatense. Ya se ha señalado cómo el largo período de las guerras civiles trajo consigo una efectiva incomunicación con Europa, precisamente en la época en que se cumplían allí las etapas decisivas de la revolución industrial. La diferencia del nivel técnico entre Europa y el Río de la Plata se acentuó por entonces marcadamente y, al comenzar la era de la organización, resultó imprescindible atraer los medios económicos para emprender rápidamente la modernización que en el campo de la técnica exigían los nuevos programas que se formulaban para la vida nacional y las nuevas condiciones en que la producción debía desarrollarse para cumplir con ellos. Las obras portuarias, los ferrocarriles, los puentes y caminos, las construcciones, las obras de salubridad y el aprovisionamiento de maquinarias para la producción agropecuaria, exigieron en poco tiempo crecidas inversiones para las que no estaban preparadas las minorías terratenientes que constituían las clases acaudaladas. Se requirieron, pues, empréstitos o se otorgaron concesiones a grupos financieros extranjeros en condiciones variables, gracias a los cuales pudo realizarse una gigantesca labor constructiva y una modificación fundamental en las condiciones de la producción y del transporte, y la consecuencia fue una rápida elevación de los niveles de la producción y la riqueza.

Como era inevitable, estas transformaciones económicas, combinadas con la renovación demográfica, tuvieron una rápida y profunda trascendencia en la vida social. Las minorías dirigentes eran, en general, las poseedoras de los grandes latifundios, forma que adoptaba preferentemente la propiedad raíz; de aquí que su política de atracción tanto de inmigrantes como de capitales extranjeros se orientara hacia la satisfacción de las necesidades que suponía la gran propiedad. Se postergó la posibilidad de estimular una sistemática radicación de la masa inmigratoria sobre cuya base se hubiera podido crear rápidamente una nueva clase de pequeños propietarios rurales, con lo cual se hubiera satisfecho uno de los principios básicos del programa político-social de quienes habían inspirado la política de renovación demográfica; y por el contrario, se trató por todos los medios de que la masa inmigrante sirviera a los intereses de los terratenientes, para quienes el incremento de la actividad pecuaria, desarrollada en alto grado, significaba la ampliación de las expor-taciones de los productos derivados de la ganadería a los países importadores, aquellos precisamente que introducían los capitales y explotaban los métodos industriales de conservación de la carne. La consecuencia de esa política fue la constitución de un proletariado rural socialmente híbrido, cuyas perspectivas radicaban fundamentalmente en el abandono de los campos y en las tentativas que pudiera hacer en los grandes centros urbanos. Sólo en menor medida se desarrolló la agricultura, con preferencia explotada por los grandes propietarios mediante el sistema de arrendamientos en las zonas de tierras fértiles, y en escala incluso mucho menos desarrollada bajo la forma de colonias o pequeñas explotaciones individuales. De este modo, aunque se consiguió acrecentar la producción y el volumen de las exportaciones, con el consiguiente equilibrio progresivo de la balanza comercial, se echaron las bases de un disconformismo social que crearía un principio de inestabilidad entre los propietarios, los arrendatarios y los asalariados rurales, cuya consecuencia sería el continuo éxodo hacia los centros poblados.

Buenos Aires, Montevideo y Rosario fueron las que atrajeron mayor número de personas deseosas de probar fortuna al calor de la vigorosa actividad portuaria y comercial, pero otros muchos centros urbanos recogieron en menor medida numerosos núcleos de población, como Bahía Blanca, Córdoba y Mendoza; y constituye un curioso fenómeno económico-social la fundación en la Argentina de la ciudad de La Plata, en 1882, en la que se operó una artificial concentración de población y riqueza, efímera por la imposibilidad de competir con el puerto de Buenos Aires. En todas ellas se constituyó rápidamente un proletariado urbano adscripto a actividades económicas no productivas y caracterizado por un alto nivel de consumo; y como aprovechaba el necesario tránsito de la riqueza hacia los puertos, insertándose en la actividad comercial derivada, obtuvo múltiples ocasiones que pudieron utilizar individualmente muchos de sus miembros para operar su ascenso hacia las clases medias. La inestabilidad social fue, pues, en las ciudades, un fenómeno tan típico como el de los campos.

Esos grupos sociales —urbanos y rurales— caracterizados por su dependencia y su inestabilidad, constituyeron durante algún tiempo la clientela política de las minorías dominantes, pero buscaron poco a poco su propio nivel a través de otras organizaciones políticas que supieron ofrecerles satisfacción para sus anhelos: el partido Colorado en Uruguay y la Unión Cívica Radical en Argentina.

Partido de larga tradición, el Colorado había representado en el Uruguay la fuerza renovadora y liberal frente al nacionalismo blanco. La mayoría de la inmigración, especialmente la de origen italiano, se incorporó a sus filas y engrosó su número al mismo tiempo que tonificaba su actitud popular, actitud que robusteció José Batlle y Ordóñez desde el momento en que comenzó a dirigir el partido y el país. Las circunstancias fueron dramáticas. Batlle Ordóñez alcanzó la primera magistratura dentro de un régimen de compromiso con el partido Blanco, y se evadió de él tras una guerra civil en la que consiguió derrotarlo y eliminar a su caudillo, Aparicio Saravia, en 1904. A partir de entonces, inicia Batlle una política que, de liberal, pasa a ser socialista. Si en lo político alcanza su más alto punto con la reforma constitucional de 1917 que consagra —aunque muy limitada— la tesis del Poder Ejecutivo colegiado, en lo social logra imponer una legislación avanzada en lo referente a la previsión y las relaciones entre el capital y el trabajo, que acaso exceda a las demandas y a las necesidades de su época pero que, sin duda, ha prevenido los conflictos que, inevitablemente, debían suscitarse con el correr del tiempo.

La política de Batlle llevó al poder a una clase media de orientación democrática y popular que, al mismo tiempo, manifestó cierta tendencia al estatismo, preconizado por el jefe colorado. Era un signo más de la evolución de su pensamiento hacia la izquierda, y de la flexibilidad y previsión de su política, que aspiraba a ajustarse a la realidad adivinando el sentido de su transformación. Algo muy distinto debía ocurrir en Argentina con el movimiento que encabezó Hipólito Yrigoyen.

Los primeros signos de la inadecuación entre el régimen de las minorías dirigentes y la nueva sociedad plasmada, en gran parte, como resultado de su política, comenzaron a advertirse a lo largo de la presidencia de Juárez Celman e hicieron crisis en la revolución de 1890. Encabezaron el movimiento hombres de tendencia democrática de diversas capas sociales y distintas orientaciones políticas, concordes todos ellos en repudiar el fraude electoral, el “unicato” o prepotencia presidencial y la administración dispendiosa y sin escrúpulos. Pero si el movimiento tuvo eco y pudo finalmente canalizarse en un partido político fue porque aglutinó la masa descontenta de los que se sentían manejados políticamente como mera clientela electoral e ignorados en sus derechos fundamentales. El movimiento —que encarnó pronto la Unión Cívica Radical— fue eminentemente político y exigió sobre todo el libre ejercicio del derecho del sufragio. La cuestión social apenas había aparecido y nadie sospechó que pudiera llegar a ser grave en un país en el que las condiciones de la vida económica eran excepcionalmente favorables para las clases trabajadoras dada la abundancia de los géneros alimentarios. Esta circunstancia hizo que el naciente movimiento soslayara desde el primer momento los problemas económicos y sociales y se transformara pronto en partido mayoritario en virtud de no haber deslindado las posiciones acerca de los puntos fundamentales de la acción de gobierno, con lo cual tuvieron acceso a él todos los que coincidían vagamente en ciertos anhelos primarios de honestidad política.

Encarnó esos ideales Hipólito Yrigoyen, que pretendió forzar a la oligarquía unas veces mediante los movimientos militares y otras con la abstención electoral, que entendía como una sanción moral. Esta última obró en el ánimo del presidente Sáenz Peña, que satisfizo las exigencias de la oposición mediante una ley electoral que establecía el sufragio universal, secreto y obligatorio, bajo cuyo imperio se realizaron las elecciones en que triunfó Yrigoyen en 1916.

Su gobierno renovó los equipos administrativos y políticos, pero no renovó la situación económico-social del país, de modo que nada cambió fundamentalmente. El paternalismo del presidente pudo ser simpático a muchos, pero no constituía una actitud capaz de resolver los nacientes problemas del país en los que no era difícil adivinar —como lo señalaban ya por entonces el socialismo y los movimientos obreros— los conflictos que se preparaban para el futuro. Pero el radicalismo no podía afrontar aquellos problemas porque integraban sus filas hombres de muy distintas orientaciones, oscilando desde la extrema derecha hasta una izquierda ligeramente demagó-gica; y prefirió la inmovilidad, acompañada, por cierto, en el segundo gobierno de Yrigoyen, de inmoralidad administrativa y política.

VI

Dos golpes de Estado interrumpieron la normalidad constitucional en Argentina y en Uruguay; en 1930 un movimiento militar depuso al presidente Yrigoyen en Argentina, y en 1933 dio el presidente Terra un golpe de Estado que suprimió el Consejo de Administración y le entregó la suma del poder. En ambos casos puede advertirse la repercusión de los movimientos autoritarios que por entonces habían aparecido en Europa; pero el desarrollo posterior de la vida política en uno y otro Estado revela la fuerza de las condiciones con que los regímenes anteriores habían moldeado la realidad. En Argentina, en efecto, prosiguió la misma tendencia a ignorar los problemas sociales, agravada ahora con un régimen político en el que la minoría reaccionaria pugnaba por sostenerse en el poder mediante el más descarado fraude electoral. Así se explica el creciente escepticismo político de las masas, que un día irrumpieron violentamente cegadas por las promesas de la demagogia. En Uruguay, en cambio, el episodio dictatorial se diluyó poco a poco, y la presión de la opinión pública forzó a los herederos del “terrismo” a volver al cauce constitucional, para proseguir dentro de un régimen democrático y al mismo tiempo socialmente avanzado.

Ambas crisis —las de salida de los regímenes del golpe de Estado en Argentina y Uruguay— se operaron al promediar o finalizar la Segunda Guerra Mundial. Un clima de revisión predominaba en el mundo con respecto a los saldos políticos de la primera posguerra. Y la diversidad de las situaciones creadas por el radicalismo y el coloradismo en uno y otro país, impusieron finalmente su signo sobre el destino político de cada uno.

El liberalismo latinoamericano. 1977

El liberalismo latinoamericano. 1976

Para América Latina, ningún problema constituye un nudo tan importante en su vida y en su cultura como el del liberalismo. Más que una doctrina política o filosófica fue, en vísperas de los movimientos emancipadores de 1810 y después de ellos, una filosofía de vida, un sistema de ideales que configuraba la imagen que cada país se hizo de sí mismo. No sería exagerado decir que, en todos ellos, todo el juego de las tendencias sociales y de las ideas se organiza alrededor de la controversia del liberalismo.

La penetración del liberalismo

Ciertamente, la crisis del mundo colonial hispanoportugués que conduciría a la emancipación y daría origen a la formación de las nuevas nacionalidades está consustanciada con las ideas de la Ilustración. Se difunden con algunas limitaciones en lo político y en lo religioso desde las mismas metrópolis; pero fueron conocidas en toda su extensión a través de la lectura subrepticia de las obras fundamentales de la segunda mitad del siglo XVIII, prohibidas por las autoridades pero que llegaron a las manos de los grupos renovadores que empezaron a constituirse por entonces en muchas ciudades, dentro y fuera de las universidades. El espíritu inquisitorial predominaba con distinto vigor en las diversas regiones latinoamericanas, y se manifestaba no sólo en el celo de las autoridades sino también en el designio de las clases dirigentes de mantener y perpetuar el espíritu autoritario y dogmático que las metrópolis habían impuesto en sus colonias desde el momento primero de la conquista. Contra ese espíritu tradicional utilizaron los nuevos disidentes como arma de lucha el pensamiento racionalista primero, y el de la Ilustración después. Algunas universidades, como la de Charcas, en el Alto Perú, llegaron a ser centros de intensa actividad intelectual de inocultable heterodoxia.

Fueron estos grupos disidentes los que prepararon el camino de la emancipación de las repúblicas latinoamericanas. Las nuevas generaciones, formadas al calor de la renovación económica que se produjo en las últimas décadas del siglo XVIII, recibieron al mismo tiempo la oleada de las nuevas experiencias políticas que suscitó la Revolución francesa. Así quedaron definidas las posiciones entre los tradicionalistas y los que muy pronto empezaron a llamarse liberales.

Los movimientos emancipadores que se produjeron en 1810 en Buenos Aires, Santiago de Chile, Bogotá, Caracas, así como otros que no triunfaron inmediatamente, estaban impregnados de las ideas del liberalismo, aunque pudieron advertirse importantes matices entre ellos, unos más y otros menos radicales. Sus inspiradores remotos fueron, obviamente, Rousseau, Montesquieu, Voltaire y otros autores menores que divulgaban sus ideas. Se sumaban a ellos los pensadores ingleses, Locke y Paine en particular, y en alguna medida los tratadistas norteamericanos, que ofrecían fundamento teórico al movimiento emancipador de los Estados Unidos y a las instituciones de la nueva república federal. Liberal fue el mensaje revolucionario que llevaron a diversos países los ejércitos libertadores de San Martín y de Bolívar. Y liberales fueron las instituciones con que se constituyeron las nuevas repúblicas latinoamericanas, inspiradas —en teoría al menos— en los principios de la soberanía popular, los derechos individuales, la igualdad, la fraternidad y, sobre todo, la libertad, palabra clave reiteradamente repetida y sobre cuyos alcances se abriría una tensa polémica muy poco después.

Pero el espíritu tradicionalista no se extinguió con la emancipación. Los movimientos rebeldes abortaron en México y América Central, y las clases conservadoras retuvieron el poder. Y aun allí donde esos movimientos triunfaron, se vio muy pronto reagruparse a los tradicionalistas al acecho de una circunstancia favorable para dar la batalla contra los grupos revolucionarios, lo que era, en el fondo, una batalla contra el liberalismo.

Así pues, el liberalismo triunfó con la emancipación, incluso en aquellos países que más tardaron en alcanzarla. Pero las alternativas del proceso postrevolucionario, con sus fracasos y sus desviaciones, planteó muy pronto en toda Latinoamérica el problema de la legitimidad de las ideas que habían movido aquel proceso. El liberalismo fue cuestionado —como praxis política y como doctrina filosófica— a la luz de las consecuencias que su adopción había originado; y en las tres o cuatro décadas que siguieron a los movimientos revolucionarios de 1810 se produjeron en todos los países intensos movimientos de polarización antiliberal.

Liberales y conservadores

El liberalismo extremado, el que sostenía el principio igualitario en una sociedad que conservaba su tradicional estratificación, y que proclamaba la libertad en medio de un orden que mantenía su estructura autoritaria, fue criticado duramente desde un punto de vista ultramontano, nutrido del espíritu de la Restauración. También fue combatido desde un punto de vista conservador —al estilo inglés—, que condenaba la concepción revolucionaria y sólo admitía un proceso de cambio que fuera lento y evolutivo. Pero inclusive fue combatido desde un punto de vista liberal moderado, que sin declinar la defensa de grandes principios consideraba peligroso aplicarlos sin ajustarlos cuidadosamente a las circunstancias reales de cada sociedad. Muy pronto, el liberalismo moderado adoptaría los caracteres de un conservadorismo liberal. Ejercieron fuerte influencia en el desarrollo de esas actitudes críticas muchos factores. Quizás el primero fuera la experiencia europea de la Restauración; pero no menor fue la que tuvieron otras experiencias, la de España en primer lugar, donde el absolutismo de Fernando VII desembocaba en la guerra carlista; la de las revoluciones de 1830, de acento liberal; la de las revoluciones de 1848, con la doble fisonomía que presentó en Francia. En cada caso, los fenómenos políticos europeos producirían encontrados efectos: se tonificaban tanto los liberales como los conservadores en la defensa de sus posiciones y en el ataque de las adversarias, y no contaron menos las influencias ideológicas del Romanticismo bifronte, conservador o liberal. Poco a poco, tanto la política como las ideas se fueron polarizando en todos los nuevos países latinoamericanos alrededor de los principios liberales o de los principios conservadores.

Esa polarización se puso claramente de manifiesto hacia mediados del siglo, cuando las nuevas y tumultuosas sociedades que se habían ido formando en las jóvenes naciones comenzaron a estabilizarse y empezaron a buscar su consolidación a través de un orden institucional. Se manifestó, sobre todo, en la lucha por la orientación que debían tener las constituciones con las que cada Estado quería formalizar su existencia jurídica. Liberales y conservadores disentían en muchas cosas, aunque de diferente cuantía. La relación entre los problemas concretos de cada país y las grandes líneas ideológicas recibidas de Europa o los Estados Unidos no siempre fue clara, pero las actitudes pragmáticas sí lo eran. Problemas económicos y sociales, como el de los monopolios o el mayorazgo, los impuestos o la política con respecto a las clases trabajadoras de origen indio o negro, polarizaban drásticamente las opiniones. Problemas políticos como el del federalismo, por oposición al centralismo; o problemas difusos que abarcan un vasto espectro de preocupaciones, como el papel de la Iglesia o el control de la educación pública dividían a los dos bandos —conservadores y liberales— en el momento de discutir las instituciones que cada república se daría. Y más allá de las cuestiones concretas, los dividía una tendencia general, unos a la conservación de las tradiciones, las costumbres y las ideas vernáculas de raíz colonial, y otros a la apertura del horizonte intelectual para dar libre paso a las nuevas ideas relacionadas con la sociedad, la política y, sobre todo, con la concepción del progreso.

Si la disputa por las constituciones fue intensa y larga, otra disputa más sutil se puso de manifiesto por la misma época, enfrentando las mismas posiciones. Fue la disputa por la interpretación del pasado nacional, de la que surgió la misma puntualización de la trascendencia del enfrentamiento. Y si, en general, triunfó el liberalismo en la primera, también triunfó en la segunda.

Afirmada la soberanía política de cada país, en vías de solución el problema de su organización institucional, apareció en todos la preocupación por la identidad histórica. ¿Qué era ser argentino, venezolano, mexicano? La respuesta dio origen a una nutrida producción historiográfica que significó un balance más o menos cuidadoso de la tradición colonial, del proceso revolucionario y de los comienzos de la organización institucional, en la que cada autor representó un punto de vista que no sólo era retrospectivo sino, además, prospectivo.

El punto de vista predominante fue el liberal. En la Argentina, Domingo Faustino Sarmiento escribió un vigoroso y profundo estudio, Facundo, cuyo subtítulo —Civilización o barbarie— declaraba explícitamente ese punto de vista. Para analizar y comprender la situación de su país en el momento en que escribía —en 1845, proscrito en Chile— rastreaba el pasado colonial, sopesaba la influencia española en lo que, según él, tenía de negativo, analizaba los caracteres del movimiento revolucionario de 1810 y desembocaba en el examen de la sociedad argentina de su tiempo, en la que veía un juego entre las tendencias de la campaña criolla y bárbara y las ciudades civilizadas y europeizantes. Más tarde Bartolomé Mitre escribió sendos estudios sobre dos grandes figuras de la independencia, San Martín y Belgrano, que constituyeron, en conjunto, la primera historia de la nación, y en la que reivindicaba la tradición liberal de la Revolución de Mayo. En el mismo sentido concibió su Historia de la República Argentina Vicente Fidel López, que confirmaba la posición intelectual declarada ya antes en su Memoria sobre los resultados con que los pueblos han contribuido a la civilización de la Humanidad, un título que evocaba la obra de Condorcet.

La historiografía liberal produjo obras importantes en Chile. Francisco Bilbao escribió un ensayo titulado Sociabilidad chilena, que mostraba su liberalismo radical. Pero los historiadores más radicalizados fueron Diego Barros Arana, autor de una Historia general de Chile, José Victorino Lastarria, que compuso una Historia constitucional de medio siglo, y Benjamín Vicuña Mackenna, entre cuyas obras se destacan una Vida de O’Higgins y una Vida de Portales.

Análogas tendencias, aunque con matices, mostraban en Perú la obra de Daniel F. O’Leary, sobre la emancipación de este país y la de Mariano Felipe Paz Soldán titulada Historia del Perú independiente. En Colombia José Manuel Restrepo compuso una Historia de la Revolución de Colombia y en Venezuela Rafael María Baralt su Resumen de la historia antigua y moderna de Venezuela. En México, Lorenzo de Zavala manifestó en su obra una tendencia decididamente jacobina; José María Luis de Mora se mostró también liberal en México y sus revoluciones; y más tarde hizo gala de sus convicciones progresistas Justo Sierra en su Evolución política del pueblo mexicano, lo mismo que en Brasil Francisco Adolfo de Varnhagen en su Historia do Brasil.

Con ser extenso, el conjunto de obras mencionadas no agota la crecida producción historiográfica latinoamericana al promediar el siglo XIX. Y vale la pena detenerse en ella no sólo porque constituye la más neta expresión de la actitud liberal sino también porque fue el cauce fundamental que adoptó la cultura intelectual, inseparable entonces de cierta militancia social, política e ideológica. No abundaron los ensayos sistemáticos y teóricos, pero en la concepción de la historia nacional se volcaron todas las inquietudes, que participaban de la doctrina y de la praxis.

Sin embargo, la historiografía liberal fue escasamente polémica, precisamente por el vasto consenso que tenía en las clases ilustradas el liberalismo. Su concepción del pasado nacional y su implícita prospectiva parecían indiscutibles, puesto que situaban el desarrollo de cada región, convertida luego en país independiente, en la línea del progreso de la humanidad. Las luchas políticas —tema casi exclusivo de esas obras— se inscribían en las luchas por la civilización contra la barbarie; pero se inscribían sobre todo en la lucha contra el autoritarismo, la ignorancia, el dogmatismo. Podría decirse que las historias nacionales fueron concebidas como “historias de la libertad”, pensada esta con los caracteres que podía tener en Guizot o en Michelet. Aun la lucha por la juridicidad era una lucha por la libertad, en un ámbito social en el que el viejo autoritarismo colonial había sido heredado por caudillos y dictadores surgidos de las guerras civiles que siguieron en casi todos los países a la independencia.

Con todo, quizá la clave de la historiografía liberal fue la preocupación por establecer las identidades nacionales. Podría decirse que la inspiraba el espíritu de las revoluciones europeas de 1830, en las que el nacionalismo de los pueblos sojuzgados se manifestaba como un anhelo de recuperar su personalidad colectiva, de expresarla libremente gracias a las libertades que garantizarían sus instituciones, que se soñaban fundadas en los principios del liberalismo. La historiografía latinoamericana de mediados del siglo XIX expresó semejantes puntos de vista. Supuso que los pueblos, individualizados y definidos, no habían nacido con su independencia política sino que eran preexistentes y habían estado sojuzgados por las metrópolis coloniales. Se trataba entonces de rescatar su personalidad y demostrar que los movimientos emancipadores habían otorgado la libertad política a quienes ya tenían una clara y diferenciada fisonomía social y cultural. Por eso el concepto básico de la historiografía liberal fue la “nación”, con claras connotaciones románticas. Y esa nación preexistente en el momento de la independencia era la protagonista del drama social, político y cultural que siguió a ella, cuando se trató de despojarla del sistema colonial en que estaba inscripta —cada una junto con todas las demás— y proveerla de su propio e irreductible sistema nacional.

Por ese presupuesto, la historiografía liberal fue cuestionada desde un punto de vista conservador, que asumió la defensa del orden colonial, con todo lo que él entrañaba. El ecuatoriano Gabriel García Moreno, ultramontano por cuya inspiración se inscribió en la Constitución de su país que para ser ciudadano del Ecuador se requería ser católico, se había lanzado a la defensa de los jesuitas, analizando la obra ingente que la Compañía había cumplido en América. Era tomar partido contra la ideología de la independencia, inequívocamente liberal. Y el punto clave fue, precisamente, la reivindicación del orden colonial y de la Iglesia católica. También asumió la defensa de los jesuitas y de la Iglesia en general el colombiano José Manuel Groot, autor de una Historia eclesiástica y civil de Nueva Granada. Con el mismo espíritu compuso su Historia eclesiástica y civil de la República del Ecuador el obispo Federico González Suárez, autor también de una Historia eclesiástica del Ecuador. Pero acaso la obra más significativa entre las que cuestionaron el pensamiento y la política del liberalismo sea la del mexicano Lucas Alamán, cuyas Disertaciones sobre la Historia de México y la Historia de México no sólo reivindicaban los movimientos revolucionarios encabezados por Hidalgo y Morelos, sino todo el proceso revolucionario posterior a la caída del emperador Agustín Iturbide, signado por la acción de los liberales.

Como era inevitable, la crítica del liberalismo se montó en esta época sobre el análisis de los frutos de la acción política que había inspirado. Pero muchos puntos doctrinarios surgieron al paso. Lo fundamental en la polémica fue el juicio sobre la conquista española y el sistema colonial. Los tradicionalistas defendían la obra de España, la sabiduría de sus instituciones, su obra civilizadora gracias a la cual se habían convertido los indios al cristianismo y se habían adaptado a la civilización europea, el papel de los misioneros y la función de los conventos así como la influencia de la Iglesia sobre todo el sistema. Era, justamente, lo que, en general, cuestionaban los liberales; sobre todo, la injerencia de la Iglesia en la vida civil y especialmente en la educación. Pero de esos temas se desprendía uno capital: la condición de las etnias sometidas y, por derivación, el tema siempre candente de si los principios liberales —especialmente los de la libertad y la igualdad— debían aplicárseles, aun a riesgo de conmover los fundamentos económicos y sociales del orden vigente. Ciertamente, sólo los liberales radicalizados siguieron manteniendo una actitud afirmativa en las tres o cuatro décadas que siguieron a la emancipación, en tanto que los liberales moderados se aproximaron en este aspecto a los conservadores, aun cuando siguieron afirmando el valor de la cultura, combatiendo la injerencia eclesiástica en la vida civil y en la educación y criticando la obra de las metrópolis coloniales.

Pero además quedó planteado otro problema que no se relacionaba con la época colonial sino con el período postrevolucionario. Fue el de los resultados que había tenido la aplicación de los principios del liberalismo. Los tradicionalistas y muchos que se seguían diciendo liberales achacaron a esa doctrina la anarquía, el desorden, el empobrecimiento general, la decadencia de las ciudades. El mismo Bolívar sostuvo esta tesis, no tanto para cuestionar los principios básicos del liberalismo como para afirmar su inadecuación a la realidad de los nuevos países. Pero entre estos dos supuestos extremos se establecieron diversas posiciones intermedias. Una muy singular fue la que podría llamarse “teoría de la dictadura liberal”, cuya contradicción íntima parecía justificada por la necesidad de que la aplicación de los principios liberales fuera regulada por un poder fuerte, dictatorial si fuera necesario, para impedir el deslizamiento hacia situaciones caóticas. Tema importante de la polémica fue el de los “límites” de los principios liberales: los límites de la libertad de prensa, de la libertad de expresión, de la soberanía popular, de los derechos políticos. Pero simultáneamente muchos sectores tradicionalistas en estas materias se mostraron inclinados a favorecer el progreso material y el desarrollo de los conocimientos científicos y tecnológicos. Se criticaba la Vida de Jesús, de Renan, pero se admitía El porvenir de la ciencia.

Liberalismo y positivismo

A partir de 1880, aproximadamente, se advirtió un cambio sensible en algunas posiciones ideológicas y políticas, y en diversos países latinoamericanos el cuestionamiento y la defensa del liberalismo adquirieron otros matices. Si las revoluciones europeas de 1848 tuvieron larga repercusión, no la tuvieron menos otros fenómenos políticos: el proceso español bajo Isabel II y el que siguió a su deposición en 1868, el de la Inglaterra victoriana, con su sostenido equilibrio y su creciente poderío, el del Segundo Imperio francés, el de la unidad italiana. Este último reveló toda la importancia de la cuestión religiosa, y los pronunciamientos pontificios sobre el liberalismo —la encíclica Quanta cura y el Syllabus— repercutieron fuertemente sobre la opinión pública. Al mismo tiempo, la penetración de las obras fundamentales del positivismo y del cientificismo, especialmente las de Comte y Spencer, a las que se agregaron las de sus numerosos divulgadores, crearon en las clases cultas una atmósfera ilustrada que también contribuyó a formar la lectura de la literatura del naturalismo. Un nuevo panorama se abría en la consideración del liberalismo.

Ante todo, la posición del liberalismo se había robustecido considerablemente. No sólo era la doctrina predominante en política y la que, con diversos y singulares matices, inspiraba el sistema institucional de la mayoría de los países, sino que, en su nuevo avatar finisecular en el que se combinaba con el positivismo y el cientificismo, era también la filosofía predominante entre las clases cultas y la fuente más o menos reconocida de las opiniones generalizadas sobre el sentido de la vida, la moral y la convivencia. Sus principios se transformaron en verdades comunes y de sentido común. El progreso, concebido como inseparable de una concepción liberal de la vida, fue la bandera de la época, en la que, por lo demás, parecían incuestionables los principios del liberalismo económico. Los adalides de esas actitudes fueron las poderosas burguesías que se constituyeron por entonces en casi todos los países, al calor de la riqueza que trajo a Latinoamérica su inclusión en la periferia de los países industrializados. Pero las clases populares se sumaron a las élites y participaron de las mismas actitudes, movidas por la certidumbre de que favorecían y permitían el ascenso individual de clase, objetivo obsesivo de esas décadas de esplendor material.

En ese cuadro se manifestaron nuevos cuestionamientos del liberalismo, desde diversos puntos de vista. La política antiliberal del papado tuvo enorme importancia. En el Ecuador la adoptó el presidente García Moreno como su propia bandera y como fuente inspiradora de su política, y más tarde aglutinó a sus adeptos en muchos países latinoamericanos, especialmente en relación con problemas concretos que replanteaban los conflictos entre la Iglesia y el Estado.

Fueron los ultramontanos los que arremetieron con más vigor contra el liberalismo. Tanto el presbítero chileno Joaquín Larraín Gandarillas como el presidente ecuatoriano Gabriel García Moreno retomaron y sostuvieron el principio del fundamento sobrenatural de la sociedad y la existencia de un orden divino que la Iglesia no sólo debía sino que estaba obligada a defender, de lo que resultaba la afirmación del derecho de la Iglesia a intervenir en el orden secular. En Argentina defendieron esta tesis —y sus consecuencias concretas— Pedro Goyena y José Manuel Estrada. Este último, aun considerando “admirable la robusta generación que fundó la República”, criticaba su ortodoxia liberal y, refiriéndose a su época, hablaba de que el gobierno participaba de una conspiración para imponer “el programa masónico de la revolución anticristiana”. La ocasión para esa arremetida antiliberal fue la sanción, en 1884, de las leyes que establecían la educación popular laica y obligatoria y el Registro Civil, institución estatal que sustraía a la Iglesia el control de los nacimientos, las defunciones y los matrimonios, estos últimos válidos de allí en adelante por el solo acto civil. “La ignominia del concubinato legal”, llamaba Estrada al matrimonio civil, atribuyendo esta responsabilidad al liberalismo. Con el mismo vigor anatemizó la enseñanza laica —”la escuela sin Dios” — en la que veía un semillero de esos males que él, como todos los ultramontanos, compendiaba en la fórmula de la “civilización moderna”. Por esa época hubo debates semejantes —con semejantes argumentos— en varios países, distinguiéndose en la defensa del punto de vista ultramontano el chileno Carlos Walker Martínez, el boliviano Mariano Baptista y, sobre todo, el colombiano Miguel Antonio Caro.

Pero el liberalismo fue, por entonces, cuestionado también desde un punto de vista social, y con diversos enfoques. Todos ellos coincidieron en reconocer que era la ideología del progreso; pero coincidieron también en que era una ideología de clase, asumida por las clases altas poseedoras, defendida e impuesta por ellas porque expresaba sus aspiraciones. Se achacó al liberalismo la formación de un tipo de sociedad en la que las clases productoras e ilustradas —y no sólo las clases altas sino también las clases medias— sacrificaban a sus intereses a las clases desheredadas, a las que despreciaban por su elementalidad y por su ignorancia, como si fueran responsables de ella, con lo que se consideraban autorizadas para mantenerlas en estado de sujeción. La educación —tanto en el sentido intelectual como en el social— parecía constituir un signo de clase, y el liberalismo fue acusado, explícita o implícitamente, de justificar esa sociedad que desestimaba y condenaba a los estratos sociales de menor nivel.

El primer enfoque, de raíz romántica, puso el énfasis sobre las razas sometidas y desembocó en lo que llamó el “nativismo” o “indigenismo”. En el Brasil ya había aparecido esa actitud a fines del siglo XVIII, pero sin el contexto político que tendría en las últimas décadas del siglo XIX. Ahora ese sentimiento reivindicatorio de las razas sometidas se canalizó a través de la literatura, concretado en varias obras significativas: Cumandá, del ecuatoriano Juan León Mera, Enriquillo, del dominicano Manuel de Jesús Galván, Tabaré, del uruguayo Juan Zorrilla de San Martín, Aves sin nido, de la peruana Clorinda Matto de Turner, Canaán, del brasileño Graça Aranha, todas ellas de las últimas décadas del siglo. Fue en Brasil precisamente donde el movimiento tuvo más dramaticidad, polarizando a los partidarios y a los adversarios de la esclavitud, que sólo fue abolida en 1888. La prédica en favor de las razas sometidas recaía, indirectamente, sobre todo el sistema social y económico. Algo parecido pasó en Argentina con el problema de los “gauchos”, un sector social rural tradicional que, aunque no perteneciera a una raza sometida, estaba constituido preferentemente por mestizos. Hasta esa época había habido una “literatura gauchesca”, cultivada por escritores cultos de las ciudades que, sin embargo, usaban del caudal de creación popular de los “cantores” gauchos, y que no tenía contenido ideológico. Pero cuando los gobiernos liberales intensificaron su política civilizadora y progresista, redujeron y acorralaron a los gauchos, cuyo tipo de vida no se adecuaba al programa civilizatorio. Entonces la poesía gauchesca tomó la bandera de su reivindicación y produjo un formidable alegato contra la civilización en el Martín Fierro de José Hernández, cuya primera parte su publicó en 1872 y la segunda en 1879. El poema —casi una respuesta al Facundo de Sarmiento— sirvió de contraseña para algunos movimientos antiliberales argentinos.

El segundo enfoque, fruto de algunas experiencias sociales y políticas, puso el énfasis sobre la marginalización de las clases populares, como resultado de la actitud de las clases cultas y poderosas que, controlando la vida económica, controlaban también la vida política. Esas clases eran liberales, y como fueron consideradas por sus nuevos críticos sociopolíticos como verdaderas oligarquías plutocráticas, el liberalismo empezó a ser considerado por ellos como una ideología oligárquica y plutocrática también. El fenómeno se puso de manifiesto en las últimas décadas del siglo XIX, cuando el desarrollo económico de ciertos países permitió el ascenso hacia la clase media de muchos que habían logrado prosperar, sin que por eso dejaran de ser políticamente marginales. Hubo, pues, una masa, preferentemente urbana, que aspiró a la participación política y que vio en el liberalismo la postura de los que le cerraban el paso. Se reprochó al liberalismo una concepción elitista y una total insensibilidad para percibir y aceptar los difusos sentimientos populares de los grupos que ahora se sentían ciudadanos de pleno derecho. Pero la crítica fue difusa, y más importante que los cargos concretos fueron los sentimientos ante la actitud rígida de quienes parecían sacrificar a sus ambiciosos planes los estratos de menor nivel de la sociedad. Tales caracteres tuvo el movimiento que organizó en Perú Manuel González Prada, que unió en su defensa a todas las clases populares, empezando por los indios, y requirió el apoyo del Estado para su educación y su subsistencia, levantando la bandera de la justicia social. En Argentina, pocos años después de iniciado en Perú el levantamiento de González Prada, Leandro Alem aglutinaba un movimiento popular que irrumpió en 1890 en una revolución de gran importancia para el futuro. Era un movimiento inorgánico pero con un gran contenido emocional, cuya bandera fue el sufragio universal como arma para lograr la plena participación de toda la ciudadanía. Rasgos semejantes tuvo en México el movimiento antirreeleccionista que se produjo en 1910 contra el presidente Porfirio Díaz, encabezado por Francisco Madero, y que luego derivaría en un sentido revolucionario de fuerte contenido social. Y algunos signos de antiliberalismo contenía el movimiento que encabezó en Uruguay Batlle y Ordóñez, preocupado por canalizar las inquietudes sociales a través de una legislación que les ofreciera satisfacción.

El tercer enfoque fue el que introdujo la concepción marxista, cuyos doctrinarios aplicaron a la situación latinoamericana los principios del materialismo histórico. Quizá el más brillante de ellos fue el argentino Juan B. Justo, que en los últimos años del siglo enjuició la sociedad y la política de su país y especialmente a sus clases poseedoras, fundando en 1896 el Partido Socialista; como su compatriota Alfredo Palacios y el uruguayo Emilio Frugoni, discriminó ciertos valores del liberalismo que no sólo sustrajo a la crítica sino que exaltó, reprochando a las oligarquías liberales que los hubieran abandonado.

El liberalismo en retirada

Las críticas al liberalismo no comprometieron, por esa época, su predominio como ideología dominante. Revivieron viejas objeciones, actualizaron duras quejas o enjuiciaron sus supuestos en términos universales, pero a nadie se ocultaba que constituía el fundamento del sistema predominante, sostenido por un vigoroso consenso. Las críticas empezaron a ser un poco más profundas a medida que iba entrando el nuevo siglo. Un signo sugestivo fue la aparición del “arielismo”, un movimiento moralizante inspirado en Ariel, del uruguayo José Enrique Rodó, publicado en 1900. Era un alegato contra el modo y los ideales de vida de los Estados Unidos, en los que Rodó veía una insurrección de los valores utilitarios. El liberalismo sentía el golpe, porque el pragmatismo norteamericano parecía la expresión más adecuada de las tendencias progresistas que él cobijaba. Lo contrario parecía ser un idealismo no bien definido, una moral de la persona humana y, en el fondo, una concepción desinteresada o lúdica de la vida, propia de minorías exquisitas. Eran los tiempos del nacimiento del modernismo literario, poco después de la publicación de Prosas profanas, de Rubén Darío. Por primera vez se imputaba a las clases altas su estulticia, su obsesiva preocupación por la riqueza, y la palabra “fenicio” definía a los ricos y poderosos que componían las clases dominantes. El liberalismo, bajo la fisonomía que presentaba en mano de esas oligarquías plutocráticas, pareció, a los ojos de las nuevas minorías intelectuales y neorrománticas, comprometido con una concepción fenicia de la vida.

Era una crítica aristocratizante, y el mismo sentido tuvo la que desde un punto de vista social y político desarrollaron otros grupos. En Brasil, la escuela de Recife, de fuerte inspiración alemana, impulsó un racismo blanco que tuvo su principal inspiración en Oliveira Vianna, cuya Evoluçao do povo brasileiro recoge las ideas de Gobineau y de Chamberlain y las empalma con las del racismo ario que cundía en Alemania. Básicamente antiigualitario, este aristocratismo social atacaba al liberalismo por otro flanco, acusándolo de haber fomentado una sociedad sin jerarquías, fundada en el poder del dinero y abierta a todas las remociones que el ascenso económico de los grupos populares producía. Por ese mismo flanco atacaban al liberalismo otros movimientos semejantes, como los que reivindicaban la supremacía de las viejas clases dominantes de pura cepa hispánica en México o Perú. Con frecuencia fue sólo un movimiento intelectual —como el que representaba el peruano Raúl Porras Barrenechea— pero más de una vez, y en diversos países, tuvo proyecciones políticas. José Vasconcelos sostuvo en México la necesidad de resistir a la seducción del modelo norteamericano de vida y de restaurar la concepción latina, hispánica y católica, cuyo trasfondo no coincidía con el liberalismo. Y los primeros movimientos nacionalistas que aparecieron en Argentina, inspirados en gran parte por el pensamiento de derecha francés representado por Maurràs y Daudet, y por la corriente defensora de la “hispanidad“, como la entendía Ramiro de Maeztu, se mostraron antiliberales desde un punto de vista aristocratizante y minoritario, como se manifiesta en Carlos Ibarguren, Ernesto Palacio o Ignacio Anzoátegui.

Muy pronto, al hacerse sentir la influencia del fascismo italiano y del nacionalsocialismo alemán, las críticas al liberalismo adquirieron un tono más vehemente —como en la voz de Mussolini— y lograron, por cierto, una acogida más generalizada. Los movimientos nacionalistas cambiaron de características. Si antes habían sido minoritarios y aristocratizantes, en las vísperas de la Segunda Guerra Mundial y durante su transcurso tendieron a transformarse en movimientos de masas con consignas más o menos revolucionarias pero, en todo caso, francamente antiliberales. Y no solamente en cuanto a doctrina económica, social y política, sino también en cuanto a los valores culturales que entrañaba.

Acaso el rasgo más significativo haya sido la condenación del “imperialismo”, una palabra que definió en Latinoamérica —con fuertes contenidos emocionales— la política económica que las grandes potencias habían desarrollado desde la independencia. Se sostuvo que, inspirada por el liberalismo, la independencia había sido un simple movimiento político que, al sacudir el yugo de las metrópolis coloniales, había entregado los nuevos países a la dominación —a la explotación, se decía— de los grandes países capitalistas en proceso de industrialización, en especial Inglaterra. Los movimientos nacionalistas, que aspiraban a ser movimientos de masas, levantaron las banderas del antiimperialismo. Condenaron al liberalismo económico como una política que convenía a las metrópolis industriales, pero que distorsionaba las economías locales poniéndolas al servicio de los intereses extranjeros; y cuanto habían hecho las antiguas oligarquías de fines del siglo XIX en nombre del progreso fue repudiado en nombre de los genuinos intereses nacionales. Por esa vía, el liberalismo fue convirtiéndose en palabra despectiva, con la que se designaba la doctrina económica de las oligarquías vinculadas al capital extranjero.

Pero no sólo se condenó el liberalismo económico. Los movimientos nacionalistas que aspiraban a ser movimientos de masas condenaron también acremente, como antinacional, la actitud política y social del liberalismo. La democracia liberal fue considerada un ardid engañoso, pues el sistema representativo que debía alimentarla había mantenido alejadas de la participación política a lo que se llamó las “mayorías nacionales”. Se prefirió otro tipo de representación, de inspiración romántica: la del caudillo capaz de interpretar a las masas, a la manera del héroe de Carlyle. Las masas debían aceptar el liderazgo del caudillo para vencer a las oligarquías. Y este nuevo tipo de política propuesto por el nacionalismo significaba no sólo la negación de todo el sistema formal de la democracia liberal sino también de la concepción liberal de la comunidad política, fundada en el valor primordial del individuo y de sus derechos como persona. Lo importante eran las mayorías populares, concebidas de manera gregaria, en las que se veía a las depositarias de los valores nacionales, profundos y colectivos. Por eso se condenó también al liberalismo en el plano de la cultura. Más importante que las ideas elaboradas y sostenidas por las élites pareció la cultura popular, de raíz telúrica, elaborada en la tradición y manifestada emocionalmente en el folclore. Se consideró que la cultura universal era, necesariamente, una cultura extraña, importada e impuesta coactivamente sobre el tejido de la auténtica y espontánea cultura popular.

No en todas partes los movimientos nacionalistas de masas tuvieron todos estos caracteres combinados de la misma manera. En los países con fuerte población aborigen el nacionalismo de masas se apoyó en el papel que estas debían cumplir, pero con algunos matices. En México, la revolución de 1910 tuvo un fuerte componente indigenista; pero con el tiempo se desvaneció, dando paso a una singular concepción de “lo mexicano” que, inspirada en cierto modo en José Vasconcelos, se desarrolló a través de pensadores, sociólogos, artistas, líderes políticos, que trataron de definir lo peculiar del “ser nacional”, unas veces con el acento puesto en lo indígena y otras admitiendo el valor de los componentes hispánicos. En Perú el “aprismo” —fundado por Víctor Raúl Haya de la Torre— canalizó políticamente la tendencia a la reivindicación de los indígenas. Pero fue en Bolivia donde esos movimientos tuvieron un carácter más definido. El antiimperialismo se personalizó allí en la lucha contra los “barones del estaño”, pequeña oligarquía estrechamente vinculada a los intereses internacionales, y lo canalizó el Movimiento Nacionalista Revolucionario, que tuvo en Víctor Paz Estenssoro a su conductor. Pero alrededor de las consignas económicas y políticas, el movimiento elaboró una doctrina de “lo boliviano” o “la bolivianidad”, nutrida no sólo de fuerte contenido telúrico sino también de una sutil combinación de elementos indígenas e hispánicos.

Todos esos movimientos fueron antiliberales. Si no fueron declaradamente socialistas, enarbolaron unas banderas de “justicia social” que contenían elementos del socialismo, aunque rechazaron los supuestos marxistas. Fincaban sus esperanzas en un “Estado justo”, ajeno a las presiones del capitalismo internacional, que diera satisfacción y recibiera el apoyo de las masas populares, y rechazaban las formas del Estado liberal. En el Brasil, el presidente Getulio Vargas fundó, precisamente, el “Estado Novo”, y en la Argentina el presidente Juan Domingo Perón llamó a su doctrina “justicialismo”. Nunca fue fácil establecer las características del tipo de Estado que ambos políticos quisieron fundar, ni quiénes fijarían su orientación. Pero era evidente —y explícita— la negación del liberalismo en todos sus aspectos, aun cuando fueran inciertas las fórmulas que debían reemplazarlo. Matices similares se encuentran entre los fundadores de la Democracia Cristiana chilena, como Radomiro Tomic, o en el colombiano Rojas Pinilla, que trató de romper el predominio de los dos partidos tradicionales.

En la agitada Latinoamérica de posguerra, el populismo pareció convertirse en la única alternativa viable frente al liberalismo, y la ideología de la justicia social, esgrimida por los teóricos de aquella doctrina, se contrapuso a la del ascenso individual. La primera, en muchos casos, pareció apenas una nueva versión de la tradicional caridad pública, mientras que la segunda, nacida del viejo tronco de la ideología liberal, adquirió un nuevo y sorpresivo significado en tanto sus beneficiarios podían ser sectores sociales mucho más amplios que los que tradicionalmente la predicaron.

Sin embargo, luego del resonante fracaso de las experiencias populistas más importantes, su ideología dejó de ser una real alternativa. Una condena más radical de la tradición liberal provino de los movimientos revolucionarios que se desarrollaron desde la década del sesenta, inspirados en la práctica de la Revolución cubana. De inspiración marxista, abandonaron la vertiente liberal que conservaba aquella ideología revolucionaria —y que era recogida por los partidos socialistas y por los comunistas— y se apropiaron de elementos del populismo y del nacionalismo, mezclados de forma más o menos coherente. Su desarrollo produjo fisuras y realineamientos, tanto dentro de la concepción populista como de la liberal, pero en general predominó una suerte de aglutinación en torno de una ideología que, conservando algunas formas del liberalismo, estaba cada vez más desprovista de sus contenidos originarios y se convertía en una justificación del statu quo. De ese modo, el liberalismo, parece hoy haber culminado un largo periplo histórico para convertirse en el último baluarte de los sectores tradicionales.

Sarmiento, entre el pasado y el futuro. 1963

Situado entre el pasado y el futuro, Sarmiento cobra a mi juicio su verdadera perspectiva. Si de otros puede decirse con certeza que pertenecen solamente al pasado, de Sarmiento no es posible afirmar lo mismo. Algo hay en él que no ha muerto, y acaso pudieran repetirse pensando en él las palabras que escribió sobre Quiroga: “No, no ha muerto. Vive aún. Él vendrá”. No se requiere apelar a la vana esperanza de su regreso para descubrir su proximidad y su permanencia. Sarmiento no tiene necesidad de que se anuncie su retorno porque no ha desaparecido de la vida argentina. Pero no porque obraran en él misteriosas fuerzas, sino por la peculiaridad de su genio, cuyas incitaciones recobran en cada circunstancia actualidad, eficacia y dimensión contemporánea.

Hay, sin duda, un Sarmiento muerto. Hombre de su tiempo, acogió lo que las circunstancias le impusieron. Descubrió los interrogantes y las exigencias de su contorno, y respondió a unos y otras con las respuestas y las actitudes que las circunstancias le aconsejaron. Si buscamos en Sarmiento el conjunto de las ideas que expuso frente a aquellos problemas, las obras en que cuajaron sus preocupaciones, hallaremos un hombre de su tiempo, sin más resonancia para nosotros que la que desencadene la admiración de una existencia combativa que no se sustrajo a los compromisos a que lo obligaba su propia grandeza. Pero hay al lado de ese un Sarmiento vivo. Ese a cuya imagen se ofende cada día y cuya memoria se reivindica cada día, porque ni para atacarlo ni para defenderlo pensaríamos tanto en él si no descubriéramos que es algo vivo que está unido a nuestra propia existencia. Y ese Sarmiento vivo no es el de sus obras ni el de sus ideas, sino el del impulso creador, capaz de suscitar no sólo esas obras y esas ideas que creó, sino otras muchas, para su tiempo y para otros tiempos, en sus circunstancias y en las que se presentan renovadas cada día. Porque Sarmiento está unido a la idea de cambio y al desdén de la maraña de intereses y prejuicios que suelen ser considerados indiscutibles o sagrados. Y por esa virtud sobrepasa su propia obra y se asocia a todas las obras de quienes aprenden en su ejemplo.

Sarmiento tiene la figura del disconformista. Así aparece a través de su estilo literario, de su estilo de pensamiento, de su actitud polémica, de su actitud demoledora. Desde cierto punto de vista es un romántico; pero el disconformista se torna constructivo en cuanto tiene en la mano el cincel y el martillo, y se muestra obsesionado por la fruición de crear formas nuevas con los mismos instrumentos, acaso, con que destruyó otras que le parecían caducas y opresivas. Fiel a su condición, mantuvo hasta el fin su disconformismo, y culminó su hazaña en su vejez rebelándose contra sí mismo, contra sus ideas y sus obras, lleno de dudas y de preocupaciones, acaso ansioso de empezar de nuevo a demoler y a crear.

Su disconformismo se extremaba frente a las verdades convencionales, monstruos sagrados que excitaban su vehemencia y lo tornaban pugnaz e implacable. Tenía la intuición de que las verdades convencionales constituían el obstáculo más vigoroso para el triunfo de la verdad, porque sabía, como Tertuliano, que “todo lo que se ha edificado contra la verdad, se ha edificado sobre la verdad misma”. Pero tenía también la intuición de la verdad radical, o al menos la intuición de que su vida cobraba sentido en la medida en que la consagrara a su conquista. Y se empeñó en esta persecución infatigable, a través de todas las oposiciones y todos los intereses, dejando, ciertamente, en cada embestida pedazos de la piel. Si a veces parecía un iluminado —pese a la sustantiva humanidad de su palabra, pese a la inexorable adhesión de su pensamiento a la realidad sensible—, era porque comprometía la totalidad de su personalidad en cada combate, como si fuera el último y decisivo y porque su apelación a la verdad radical reposaba en cierta confianza trascendente en su capacidad de triunfar contra las engañosas apariencias y las verdades convencionales.

Él sabía muy bien la fuerza de la verdad convencional. Sabía que constituye una casirealidad sostenida, vigilada y alimentada por unos y por otros, fariseos de todas las especies y celadores de todas las ortodoxias. Pero sabía también que poseía una rara capacidad para desnudar la mentira, a manotazos, sin que lo contuvieran falsos pudores. Su palabra desvanecía la verdad convencional como espectro ante la conjuración del exorcista, y quedaba ante los ojos de quienes lo escuchaban desnuda la mentira, horrible y despreciable en su desnudez, y alcanzaba la vergüenza de su fealdad a quienes habían procurado recubrirla con ropaje que no le convenía y embellecerla con el reluciente brillo de la verdad. Y no era extraño que así sucediera. La verdad está más cerca de quien está más cerca de las cosas, y Sarmiento tenía una sensibilidad táctil para el mundo que lo rodeaba, gracias a la cual podía llegar desde el primer contacto a la materia de las cosas. Así alcanzaba la materia íntima de la verdad, la más elemental y primaria acaso, pero la que es inexcusable haber conocido para saber, sin pensar en ello, cuándo lo que se dice de la cosa comienza a desviarse hacia la pérfida traición de las palabras, cómplices sobornables de quienes necesitan edificar sobre la verdad lo que quieren edificar contra la verdad. Era en el fondo un español unamunesco, este Sarmiento que renegaba de España como un verdadero español, en el que se escondía la vigorosa contextura interior del romano, fiel a la enseñanza de la experiencia. Sarmiento había descubierto, como ellos, la grandeza de lo contingente, y atesoraba su experiencia y la ajena en el odre nuevo que era él mismo, en el que cobraba nuevo sabor. Y algo en la yema de los dedos le advertía lo que era realidad y lo que era sólo sombra, palabra sobornable, interesada construcción erigida sobre la verdad.

Sarmiento buscó la verdad radical en la realidad del mundo sensible, con el que sentía que se comunicaba fluidamente, sin vacilaciones metafísicas. No le atraía la especulación sobre la verdad, ni la formulación abstracta de la verdad, ni lo azoraba el espectro del realismo ingenuo. Poseía una fe inalterable —fe de romano— en la experiencia y la buscaba en la realidad sensible, que era para él contorno y paisaje, y en lo contingente, que era para él historia. Si alguien ha llegado a la entraña de la historia —aún más allá de lo que él mismo alcanzó a formular— ese es Sarmiento, historiador nato, ajeno a las escuelas, pero agudamente sensibilizado para la percepción de lo contingente y de su grandeza.

Por eso tuvo una clara idea de la vida histórica. Sarmiento rechazó no sólo la historia convencional que se le ofrecía elaborada y oficializada, sino también la idea de la vida histórica que esos esquemas entrañaban. La rechazó como rechazaba toda verdad convencional, y se aplicó a la busca de una historia radical que fuera auténtica expresión de la experiencia del hombre argentino, una historia cuya expresión verbal no fuera un collar de convenciones, sino una traducción exacta de la sucesión de las situaciones en cuyo fin pudiera hallarse coherentemente la red inconfundible de la situación de su tiempo. Ciertamente, creyó haberla hallado en un dramático juego de antinomias, perceptibles unas como fenómenos y otras como idea, no expresado en una combinación dialéctica sino en simple oposición de contrarios cuyos términos parecen excluirse.

Al fin de cuentas, la clásica antinomia “civilización y barbarie” oculta la antinomia “libertad y necesidad”. Pero para Sarmiento la historia es cosa de los hombres de carne y hueso —por eso prefería la biografía como género— y no puede agotarse en la descripción de antinomias abstractas. Las antinomias se resolvían en su espíritu en personalidades, porque quería percibirlas a través de fenómenos y quería traducirlas como tales fenómenos. En la situación de su tiempo, Sarmiento quiso resolver la antinomia “libertad y necesidad” en elementos de experiencia, y lo logró, acaso sin mucha conciencia de ello, y gracias al recto funcionamiento de una eficaz intelección del funcionamiento del mundo real. “Necesidad” fue para él una combinación de naturaleza y cultura y se manifestó en una combinación de elementos telúricos y de elementos históricos, que podría reducirse a la interacción de paisaje y tradición: tales son los elementos dados al hombre. “Libertad”, en cambio, era la posibilidad de la acción del hombre para sobreponerse a esas determinaciones, siempre que la acción creadora fuera capaz de moverse dentro de los fines posibles. La vida histórica, parecería decir, es el resultado de la acción creadora sobre la necesidad. Eso es, en última instancia, la traducción de “civilización y barbarie”.

Dentro del pensamiento de Sarmiento, este papel decisivo concedido a la acción creadora en constante lucha y permanente esfuerzo acentúa el carácter dinámico de la vida histórica. Acaso sea oportuno recordar aquí que la concepción que presidía la obra de Mitre tenía un signo diverso. Obsesivamente, Mitre aspiraba a conocer y sistematizar el pasado para establecer los esquemas inconmovibles de la vida argentina. Su fin era definir los elementos permanentes en el flujo del cambio; y en el proceso de formación de una entidad política que se desgajaba revolucionariamente del orden virreinal, procuraba atisbar las prefiguraciones de la idea de nación, que esperaba ver cuajar en la historia y que, por cierto, él ayudó a realizar. Era un esquema propio de la historiografía del siglo XIX, pero era, sobre todo, el esquema necesario para dar forma al informe complejo que se había desgajado del orden virreinal y transcurría en medio de desesperadas aventuras hacia la conquista de su propia personalidad. Mitre aspiraba a acelerar ese proceso, definiendo lo que en el cambio perduraba, lo que quedaba decantado a lo largo de las transformaciones. Por eso sus arquetipos fueron San Martín, Belgrano y Rivadavia, autores de la organización y conformación de entidad nacional. Y él mismo se comprometió en la misma obra, y formuló en el campo de la política el principio que presidía su concepción historiográfica: “Hay una nación preexistente”, según dijo en la legislatura de 1854 al discutirse la Constitución del Estado de Buenos Aires. La “nación preexistente” adquiría la forma de lo inamovible, casi de lo sagrado, como se hizo sagrado con él el culto de los héroes. En rigor, era todo el pasado el que, en su pensamiento, se fijaba hasta adquirir una grandeza carismática, que ponía sus creaciones y sus contenidos a cubierto de la crítica y de la revisión.

Así surgía de la concepción de Mitre un pasado estático. De la de Sarmiento, en cambio, se desprendía una noción más imprecisa del pasado argentino, pero más atenta a las fuerzas primarias que operaban en él. Si los héroes preferidos de Mitre fueron Belgrano y San Martín, los de Sarmiento fueron Facundo Quiroga, Aldao y el Chacho, caudillos bárbaros a quienes odiaba y admiraba a un tiempo, seguramente porque reconocía en ellos cierta extraña potencialidad que jugaba decisivamente en la vida argentina. La preocupación de Sarmiento no fue establecer y estimar el saldo permanente que iba quedando de la sucesión de los avatares de nuestra historia. Por el contrario, eran los avatares mismos los que le atraían, y el objeto de sus reflexiones fue establecer el sentido de los cambios constantes, los secretos de su sucesión, las fuerzas que los provocaban una vez tras otra. En última instancia, Sarmiento perseguía la huidiza fisonomía de las diversas respuestas que los cambios significaban a las incitaciones del paisaje y de la tradición. Y en cada una de ellas veía un momento, valioso en sí mismo pese a su contingencia, porque, al fin, toda la historia y la vida misma no eran para él sino contingencia.

El pasado contingente creaba a sus ojos un presente contingente también, y como tal, apto para recibir la impronta de la acción, elástico, versátil y fugitivo. Frente al presente, Sarmiento no erigía un sistema hierático ni una estructura rígida, ni ningún estilo de absolutos que limitara la posibilidad de la acción. Por el contrario, lo imaginaba como un conjunto de situaciones primigenias que requerían respuesta y exigían el pronunciamiento vital y la acción comprometida. Sarmiento opone el hombre al héroe. Advierte las miserias pero reconoce la pujanza de sus personajes. Y cree en la biografía como el mejor de los caminos para la comprensión de la historia, porque identifica y dibuja la acción del individuo, y señala con precisión el impacto que produce sobre el conjunto de las situaciones dadas.

Así dibuja Sarmiento un pasado dinámico, activo, cambiante, con el que se integra el presente en una unidad plenamente coherente: porque el pasado contingente se enlaza con un presente contingente, sin que ni uno ni otro admita o tolere la erección de cuadros rígidos que lo inmovilicen. En esa ecuación, el futuro se integra libremente, y Sarmiento se proyecta sobre él, no a través de la imagen preconcebida, necesariamente estática, sino a través de una línea de movimiento que ofrece innumerables perspectivas. ¿Por qué es sensible Sarmiento a esta vaga esperanza que hacía decir a algunos: “No ha muerto”, pensando en Quiroga? Sarmiento sabía que el pasado no muere, porque está en la raíz misma de cada presente, pero estaba convencido de que la acción podía reorientar la vida histórica, rompiendo la necesidad, venciendo al hado, desvaneciendo los destinos. Si el hombre parte en cada instante de un orden dado, el futuro es suyo. He aquí la libertad: venir de la necesidad y disponer del futuro.

Este problema del futuro nos enfrenta con dos imágenes distintas de Sarmiento. Porque así como Sarmiento fue hombre de su tiempo, se enfrentó con sus circunstancias, rechazó su necesidad, proyectó su acción y construyó a su manera y dentro de sus límites su futuro, del mismo modo dejó propuesto a cada instante de la vida argentina un futuro posible que no está atado a la necesidad. Nada tan negatorio de la actitud sarmientina como identificar “su” futuro con nuestro futuro, porque identificarlos sería hieratizar su creación y someternos a un mandato que él no quiso admitir para sí ni postuló para los demás.

Sería obvio desplegar aquí la imagen que Sarmiento elaboró de su pasado, su presente y su futuro. Baste decir que la presidía el principio de cambio. Rechazó explícitamente el pasado colonial como mandato intangible, porque lo veía subsistir y obrar a través de las formas de la sociedad y la cultura pese a la independencia política; y allí veía hundirse las raíces de una estructura económicosocial tradicional que se oponía a todos los estímulos internos y externos que incitaban al cambio. Sarmiento no vaciló en arriesgar el diagnóstico de la situación contemporánea, con todos sus riesgos, en pleno conflicto. El juicio de valor que acompañaba el diagnóstico objetivo fue inflexible y formalizó el combate personal entre quien intentaba el diagnóstico y quienes representaban las fuerzas que el diagnóstico declaraba comprometidas en la perpetuación de la situación tradicional. Quiroga, Rosas, Aldao, el Chacho, sus lugartenientes y sus partidarios fueron sus enemigos personales porque representaban la personificación de una fuerza intelectualmente introducida en su esquema. Pero Sarmiento no desafió solamente a la fuerza abstracta e intelectualizada, sino también a quienes la encarnaban y procuraban llevar hasta sus últimas consecuencias su representación. Frente a ellos, Sarmiento postuló un cambio, cuyo primer signo vio en la Revolución de Mayo, pero que creyó necesario que, en su tiempo, se operara en estratos más profundos que los que había alcanzado hasta entonces. La Revolución de Mayo había sido esencialmente un movimiento político; ahora era necesario hacer otra revolución que arrancara de cuajo las raíces coloniales de la vida argentina y que modificara la estructura económicosocial: no otra cosa significaba la política inmigratoria, la transformación del desierto y la renovación de los sistemas de producción. En este cambio la educación cumpliría un papel decisivo, acompañando el proceso de cambio económicosocial.

Tanto el diagnóstico de la situación contemporánea como su prefiguración del futuro a través del cambio postulado y promovido lograron imponerse en la conciencia de su tiempo. Sarmiento y quienes compartieron sus puntos de vista triunfaron, acaso a favor de las predisposiciones que se suscitaron a raíz de Caseros. Y su triunfo consistió en desencadenar el cambio que postulaba. Poco después el cambio comenzó a institucionalizarse y, naturalmente, sus consecuencias a suscitar nuevas situaciones antes imprevisibles. El momento de la prueba había llegado.

Viejo y enfermo, Sarmiento se sintió capaz de revisar su obra, de modificar sus esquemas, acaso de realizar un nuevo diagnóstico de la situación, acaso de arriesgar una prefiguración del futuro. Su vejez es acaso más singular que su mocedad o su madurez. A esta altura de su existencia probó mantenerse fiel a su pensamiento, porque su pensamiento no lo encadenaba a ninguna realidad hieratizada y constituida, sino a una concepción dinámica que integraba en una sola línea las formas diversas y sucesivas de realidades. Con ello, Sarmiento afirmó la primacía vital del presente, su contingencia y la contingencia del pasado; pero sobre todo afirmaba la primacía de las fuerzas creadoras sobre las fuerzas conservadoras, y el derecho natural al cambio. Su fisonomía de historiador nato se precisaba y definía a medida que sus convicciones se ponían a prueba.

Sarmiento vivió una historia pensada, y en esa medida fue historiador más que por lo que escribió, pese a su encanto, su profundidad y su finura interpretativa. Fue la suya una historia entrañable, porque el pasado obró en su espíritu como un legado intransferible, casi como una responsabilidad personal. Pero si algo le enseñó el pasado fue a no tratar de conservarlo incólume, rígido, inmutable. Sólo la vida y la creación le parecieron definitivas, eternas. Por eso Sarmiento está vivo y nos ilumina el futuro, el nuestro, que no se parece al de él sino en la invitación a la acción creadora. La suprema lección de Sarmiento fue aceptar esa invitación, y transmitírnosla para que nos sintiéramos frente al contorno como se sintió él mismo: hombre libre, creador.

La extensión universitaria. 1958

Para cerrar este acto quizá fuera suficiente someter a ustedes al suplicio de sintetizar, después de haberlas oído en extenso, las conclusiones a que se ha arribado. A todos nos ha resultado evidente que el trabajo realizado por las comisiones ha sido extraordinariamente fecundo. Si algo ha malogrado en otras ocasiones este tipo de iniciativa, ha sido el no saber nunca descender suficientemente al plano de las realidades concretas, a los problemas inmediatos de la realización; pero esta vez nos hemos encontrado, a través de las conclusiones que hemos oído, con que se han estudiado los problemas reales que se le plantean a la Universidad en relación con el medio social, buscando soluciones concretas y exponiendo con claridad, con inteligencia y con modestia, cuál es el esfuerzo que se ha hecho y el que debe hacerse en un futuro inmediato.

En realidad, a mí me queda muy poco por decir. Pero si me conceden unos minutos, pienso que después de haberse desarrollado el análisis de los problemas concretos de la extensión universitaria, puede ser conveniente volver a recordar ciertos fundamentos y ciertas razones de peso, que justifiquen el que la Universidad se encargue de esta labor. Pienso que es oportuno hacerlo porque la Universidad argentina conserva cierto antiguo empaque académico, que les hace suponer a algunos que tal labor carece de rango universitario. Esta actividad es quizás una de las que suelen escandalizar a los espíritus pacatos; pero lo cierto es que el mundo se escandaliza demasiado para que nos asustemos de los que se escandalizan. Tenemos que enfrentarnos con un mundo en el que los cambios sociales se aceleran de un modo demasiado impresionante como para que estas reflexiones nos detengan. Hay que seguir en esta labor, como en tantas otras que afectan a la existencia misma de la comunidad nacional.

La extensión universitaria, es decir, la idea de que la Universidad debe extender su labor más allá del pequeño mundo dentro del cual habitualmente desarrolla su acción, la idea de que la Universidad debe salir de los claustros y tomar contacto con el mundo exterior, fuera de los límites estrictamente académicos, está íntimamente unida a la reforma universitaria de 1918. Me ha preocupado mucho, como uno de los tantos fenómenos típicos de la vida argentina, averiguar qué relación puede haber existido entre la aparición de esta inquietud en la juventud universitaria de esa época y el ambiente intelectual y espiritual del país en ese momento. Y me ha interesado pensar en ella porque he llegado a conocer a esa primera generación de la reforma universitaria, y pienso en Ripa Alberdi y en Deodoro Roca, y me pregunto cómo podía coexistir ese inequívoco sentimiento de aristocracia intelectual que caracterizó a esa primera generación, con este sentimiento de simpatía por lo popular, que fue evidente en la primera versión de la Reforma Universitaria. Hubo, sin duda, no sólo una gran generosidad de espíritu en aquellos jóvenes, sino también circunstancias objetivas que justificaron la aparición de esa inquietud. Si algo llamó la atención de los jóvenes de entonces, fue ese aspecto caduco que tenía la Universidad argentina, ese aspecto esclerosado que le deben las viejas academias, ese aspecto de desconexión con la vida del país que era característico de la Universidad de entonces. Eran universidades que no sólo estaban encerradas dentro de estrechos límites académicos, sino que estaban encerradas también dentro de estrechos límites sociales, por lo que llamaríamos la élite académica, que coincidía con la élite social. De modo que el espectáculo mismo de la Universidad estaba induciendo a preguntarse si aquello podía seguir así, y si los cambios sociales y políticos que por entonces comenzaban a producirse en el país podían soportar el mantenimiento de una Universidad que hacía gala de su capacidad de aislamiento y de ignorancia respecto de lo que ocurría en el mundo. No sólo acababan de producirse en el país hechos funda-mentales, sino que estaban ocurriendo en el mundo entero; se había producido la primera guerra, la Revolución Rusa, los primeros fenómenos que siguieron a la guerra, creando todo ello, en 1918, 1919 y 1920, un clima de turbulencia que sirvió para descubrir en cada una de las sociedades la existencia de problemas sociales. Y estas generaciones que descubrían una Universidad caracterizada, precisamente, por su incapacidad para comunicarse con el mundo social, comprendieron que comenzaba un período de transformaciones que requerían que todos los sectores de la comunidad nacional entraran en estrecho contacto para comenzar un nuevo modo de vida.

Y entonces pareció que era el momento de adoptar una nueva actitud universitaria. Muy poco tiempo después apareció el famoso tema de la identificación de “obreros y estudiantes”, y es sabido que fue típico de algunas universidades la casi obligatoria implantación del “overall” como prenda representativa del estudiante universitario.

Este sentimiento, cualquiera fuera el alcance que pudiera tener, cualquiera fuera la mella que hubiera hecho en las circunstancias de la vida nacional y mundial, determinó un singular estado de ánimo; hubo una especie de viraje de una institución que acostumbraba solamente a contemplarse a sí misma hacia la contemplación de otros problemas, viraje que estaba evidenciando que tenía escondidas en su seno las raíces de un profundo drama, y así comenzó esta preocupación por los problemas sociales, suscitada por circunstancias del momento nacional y circunstancias del momento mundial, desencadenadas por un estado de espíritu de la época, que cuajó en la vida universitaria argentina, como también en el ámbito extrauniversitario, por razones que además contribuían en forma vehemente a que no pudiera dejar de contemplarse la peculiaridad del ambiente social argentino. Esto indujo a muchos universitarios a considerar como una obligación de la Universidad la de dirigirse hacia él.

Si algo caracteriza al medio social argentino es su heterogeneidad, la coexistencia de grupos que tienen un carácter singular, pero que coexisten de tal manera que la comunicación entre ellos es sumamente difícil. Nuestro país se caracteriza por la incomunicación. No conocemos castas, no conocemos principios inquebrantables de cla-se y, sin embargo, la fuerza de los hechos, la peculiaridad del proceso de formación de nuestra sociedad es tal, que se han creado en su seno diversas capas que parecen tener una irreductible independencia. Tal es la peculiaridad de la vida argentina. Nuestra falta de comunicación, nuestra falta de articulación social, nos ha llevado a la imposibilidad de contar con corrientes de opinión que se formen de una manera rápida y coherente a través de los estratos sociales, que tengan la posibilidad de comunicarse. Si la expresión pudiera no parecer exagerada, yo diría que contamos con un país que tiene una sociedad, pero que carece de una comunidad. Tenemos que construirla: constituye uno de los esfuerzos más importantes de los grupos lúcidos y responsables, el de contribuir a la creación de las condiciones de existencia de la comunidad nacional, de una comunidad que se reconozca a sí misma, integrada por todos los grupos que la forman.

Naturalmente, esta tarea no está encomendada a nadie específicamente. Si se nos preguntase quién ha hecho esta tarea en otras partes, yo diría que nadie; y si insistieran en la pregunta, respondería que el tiempo. La comunidad nacional británica, la comunidad nacional francesa, ¿quién las ha hecho sino el tiempo? Pero, como tenemos ahora sobre los problemas sociales una actitud crítica y reflexiva, como los contemplamos tratando de sumergirnos en sus profundidades para descubrir el proceso que los guía, nos es imposible quedamos inactivos. No podemos asistir pasivamente a un lento proceso como el que se realizó en los países europeos durante la Edad Media, en los que a través de los siglos, por decantación y tras reiterados fracasos, se llevó a cabo el proceso de aglutinación social, constituyéndose poco a poco el ser nacional, lo que los románticos llamaron el “espíritu del pueblo”. El mundo marcha demasiado aprisa para que sigamos en inferioridad de condiciones en este sentido; no tenemos tiempo para esperar que este país termine por resolver solo sus problemas: hay que salir a su encuentro. Yo diría que la historia argentina consiste en un vasto y terrible esfuerzo para salir al encuentro de esa lentitud en la formación de la Nación. La generación del 37 se planteó este problema. Echeverría, Sarmiento, Mitre, tenían otro apremio que el de terminar una vez por todas de constituir un país. Nosotros estamos urgidos por el mismo pensamiento: hay que acelerar el proceso de constitución del país; pero para ello no es posible operar sobre la superficie de la vida nacional, sino que es imprescindible actuar sobre su profundidad, que es la vida social; y es necesario modificarla, porque en la medida en que lo hagamos iremos hacia la conquista de un estilo. Yo considero un rasgo de extraordinaria originalidad de la vida social y espiritual de nuestro país la manera como ha respondido a un reto de la realidad resolviendo que sea la Universidad la responsable de trabajar en esta tarea que no le estaba específicamente asignada a nadie y que, sin embargo, la realidad requería de manera urgente. Había y hay que trabajar en la transformación de una sociedad que requiere homogeneidad, que requiere articulación de sus grupos, que requiere comunicación interna, que necesita finalmente adquirir su propio estilo de vida y de cultura. Esta labor estaba a merced del que quisiera hacerse cargo de la misma, y resultó que, intempestivamente, un grupo particularmente capacitado para ello asumió un día la responsabilidad de cumplirla, movido acaso por cierto sentido ético que había y hay subyacente en el fondo de esta preocupación de la Universidad por los problemas sociales. Es bien sabido que nuestros universitarios se reclutan generalmente en las clases medias y sólo muy escasamente en las clases proletarias, y suele llamarse “sentimiento ético” a esta especie de imperativo de volverse hacia los grupos no privilegiados, en un afán de incidir sobre ellos, en una tarea de interés nacional y colectivo, que comprende a toda la comunidad y que se ha de comenzar por cumplir en alguna parte. La Universidad no tiene, naturalmente, la obligación de hacerlo; si se habla en términos estrictos de funciones sociales de la Universidad, yo me atrevería a aceptar que la enseñanza y la investigación son funciones sociales indiscutibles y que, en cierto sentido abstracto, la Universidad cumple con esa función social en la medida en que lleva a cabo estas labores, pero sólo en un sentido abstracto, y la Universidad, desgraciadamente, no puede conformarse con ser una abstracción. Casi todos sus males residen, precisamente, en haberse creído esto; pero la Universidad es hija de su medio y de su tiempo; no existe una Universidad tipo, no existe nada más que en cierta “élite” social e intelectual. Puede hablarse de ideas generales acerca de lo que es la Universidad, pero es sabido que Bolonia se diferencia bastante de Harvard, y hay, por supuesto, una estructura diferente en cada Universidad en relación con su contorno social.

Nuestra Universidad, fundada en Córdoba, fue influida por el pensamiento de la Ilustración e inmediatamente entró en la vía del profesionalismo, tal como ocurrió en toda Europa en el siglo XIX y desde entonces ha sido nada más que eso. Desgraciadamente por circunstancias propias, ha perdido eficacia inclusive en lo puramente profesional; pero, entretanto, el profesional sabe que hay otras cosas en el mundo, y que su actividad profesional no va a estar limitada al mero ejercicio de su profesión. Por una serie de azares —muy felices por cierto— le ha correspondido a la Universidad creerse depositaria del cumplimiento de una difícil misión que en todas partes es importante, pero que en un mundo social como el nuestro es decisiva. Le ha correspondido a la Universidad la misión de contribuir al logro de la homogeneidad de la sociedad, al logro de la aceleración del proceso de articulación entre los grupos de la sociedad argentina. La Universidad ha comenzado a hacer esta tarea, equivocándose muchas veces, seguramente, pero la ha tomado como una actividad propia de la Universidad de estos tiempos, una labor que trasciende lo puramente académico; pero da la casualidad de que es tan rica en posibilidades, que esa tarea tiene un valor educativo, y a poco que se vean los efectos de esta labor, se descubre que constituye una misión que parecería haber sido hecha a propósito para la Universidad. Y así creo yo, que se ha manifestado una especie de sabia armonía entre las exigencias del ambiente, entre las respuestas de la Universidad y entre ciertas ideas y convenciones que parecen prevalecer en la vida argentina, todo lo cual le crea a la Universidad una posibilidad de acción que hace cuarenta o cincuenta años era insospechada, que en otras universidades de otros países no se sospecha, acaso porque allí hay otros grupos u otras instituciones que cumplen la tarea que aquí ha asumido la Universidad. Yo diría que en la medida en que la Universidad trascienda de sus claustros y tome contacto con la sociedad, puede promover su transformación, en mayor o menor escala, en una medida que interesa sustancialmente a la comunidad nacional. De la misma manera puede decirse que los problemas de la cultura nacional no ha de encontrarlos la Universidad interesándose en sí misma, sino que debe encontrarlos fuera de ella. Debemos tener en cuenta que la peculiaridad del proceso social no le da a los problemas de la cultura argentina la típica fisonomía que tienen los problemas de la cultura en Europa. De modo que, como nuestra formación intelectual es europea, solemos descubrir que el tema de nuestros estudios de la realidad nacional carece de los rasgos que lo harían valioso como para que nosotros le hiciéramos el honor de ocuparnos de él. Empero, los problemas de la vida argentina deben ser tomados como son y donde se encuentran, con las características que tengan, con los rasgos que interesan, y hay que ejercitar el análisis para comprenderlos en su peculiar esencia.

Parecería que se requiere un estilo nuevo de vida universitaria. Ese estilo nuevo tiene un sentido más amplio y abierto que el tradicional, y la labor más difícil que pueda exigirse a la Universidad es tomar conciencia de sí misma y de sus peculiaridades; este afán de la Universidad latinoamericana de trascender me parece acaso la actitud más inteligente, fresca y vital. Esta tarea es la que ha emprendido esta modesta organización, que ha surgido en todas las universidades argentinas con el nombre de “extensión universitaria”. Es bueno recordar que en algunas universidades, como la del Litoral, por ejemplo, se trabaja desde hace tiempo y se han hecho muchas experiencias en este sentido. Tal vez estas jornadas sean la ocasión propicia de sopesar los resultados obtenidos en las experiencias realizadas.

Querría que, como saldo de esta exposición, quedara grabado en el espíritu de todos los que trabajan en esta actividad, el convencimiento de que no están haciendo nada superfluo y que están trabajando en una tarea más importante de lo que a primera vista parece. Acaso resida en ustedes la posibilidad más fértil de renovación de la Universidad argentina; acaso resida en esta tarea una de las posibilidades de integrar la comunidad nacional. Si se logra algún resultado en esta labor, se habrá hecho mucho, tanto, al menos, como con la labor académica. Guardémonos de desdeñar la actividad académica, pero no debemos creer tanto en ella como para suponer que debe privarnos de enfrentarnos con las formas inmediatas de la realidad. Son dos maneras de actuar de la Universidad: una es tradicional y goza de respeto; la otra es muy joven y parece una aventura intrascendente o un pasatiempo secundario. Yo quiero contribuir a que cada uno de ustedes vuelva convencido de que trabaja en una actividad que merece el más alto respeto, que está movida por altísimos fines y que tiene en el desarrollo de la vida y de la cultura argentina un papel decisivo.