Metrópolis y rancheríos, 1930-1970. 1972

Dos guerras mundiales y, entre ellas, un tumultuoso período de crisis total, fueron factores suficientes para explicar las transformaciones de toda índole que se operaron en Latinoamérica, especialmente después de 1930. Las relaciones de cada uno de los países que la componen con los grandes centros de poder económico y político cambiaron sucesivamente: ajustándose unas veces, relajándose otras, sustituyéndose los términos de la dependencia en algunos casos. La consecuencia fue una alteración profunda de las economías latinoamericanas.

Fueron claros los síntomas de esa alteración. Productos que antes se vendían mucho en el mercado internacional dejaron de venderse tan bien, en tanto que otros encontraron nuevos clientes, quizá en otros mercados. El sistema tradicional dejó de funcionar y fue reemplazado por otro que, poco a poco, resultó satisfactorio, aunque muchas piezas fueran nuevas. Todo el mecanismo intermediario de la exportación y la importación fue sometido a un importante ajuste, tanto en el sistema comercial como en el económico y financiero. La regulación por parte del estado complicó el mecanismo. Entretanto, una producción industrial aparecía, tímidamente primero en algunos países, luego más decidida e intensa, hasta adquirir un inequívoco vigor. Fue inevitable que crecieran las ciudades.

Tal fue, quizá, el rasgo más característico de la sociedad latinoamericana después de 1930: su creciente e irreprimible urbanización. Los hechos se produjeron ante los ojos de los observadores. Familias y familias, día tras día, se acercaban a las estaciones de los ferrocarriles para dejar sus pueblos campesinos en busca de las ciudades, porque se decía que en ellas no faltaba el trabajo, que los jornales eran altos, que se vivía bien. Lo que se llamó después el “éxodo rural”. En algunos países, como en Chile, se había producido inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial; pero en otros comenzó a producirse después de 1950 y en otros a partir de 1940, acentuándose al terminar la Segunda Guerra Mundial. Unas veces la gente se lanzaba desde las aldeas rurales hacia las grandes capitales; otras, en etapas intermedias, marchando hacia los pueblos o las ciudades vecinas, las capitales provinciales. Se marchaba trás de una esperanza, de otro modo de vida.

Las nuevas sociedades urbanas adquirieron caracteres muy distintos de las tradicionales: fueron heterogéneas y, sobre todo, multitudinarias. En las ciudades donde el cambio se operaba, nadie, al cabo de poco tiempo, conocía a nadie. Y en las formas de comportamiento colectivo, la irresponsabilidad individual predominaba con la consiguiente irrupción de actividades elementales de los menos adaptados a los usos urbanos.

Pero lo más importante era el número. Las ciudades estallaban de gente. Sobre todo en los barrios populares, donde ya no cabían los recién llegados. Entonces aparecieron los barrios nuevos con viviendas misérrimas de cartón o de lata, que crecieron como hongos en los lindes de las ciudades, en tanto que en el centro y en los suburbios residenciales crecían las torres de lujosos departamentos. El contraste se hizo patente.

Pero nadie quiere renunciar a la ciudad. Vivir en ella es un derecho: el derecho a vivir bien y a gozar de los beneficios de la civilización. Las ciudades crecen; los servicios públicos se hacen cada vez más deficientes; las distancias, más largas; el aire, más impuro; los ruidos, más ensordecedores. Pero nadie quiere renunciar a la ciudad. La inmensa masa urbana adquiere cada vez más gravitación en cada país, y puede decidir su destino saliendo, simplemente, a romper vidrios y a incendiar vehículos en la capital. La ciudad es el país, y las masas –populares y de pequeña clase media– dominan las ciudades. La urbanización entraña una revolución latente. O acaso es la forma en que se manifiesta cierta tendencia espontánea a la revolución, ajena a cualquier ideología.

El despliegue de las metrópolis

El éxodo rural y el desarrollo industrial no fueron fenómenos ciegos. Aun cuando dieran sus primeros pasos a tientas, conocían sus objetivos; y entre ellos estaba encontrar el sitio mejor para desarrollar lo que potencialmente eran. El sitio fue, naturalmente, la ciudad. Pero no cualquier ciudad, sino aquella que, en determinado momento, poseía ya ciertas condiciones básicas que constituyeran un atractivo y funcionaran como punto de partida. Quienes salían de las áreas rurales para intentar otro modo de vida no soñaban con el pueblo vecino o la modesta ciudad regional. Buscaban la imagen de la metrópoli, que se manifestaba sobre todo en dos cosas: el trabajo urbano –trabajo en compañía, con compañeros, con gente alrededor– y el ambiente urbano –luces nocturnas, abigarradas diversiones populares de los domingos-; pero también un lugar para vivir que permitiera el derecho de reclamar los beneficios de la vida urbana que no podían pretender en el ámbito rural, y los beneficios de los bienes de consumo del mundo contemporáneo, difíciles pero no inaccesibles. Y todo esto no lo daba una ciudad cualquiera, sino una que tuviera ya un alto nivel de población y de vida, preferentemente una capital, un puerto, una ciudad lanzada al salto industrial.

Igualmente, el desarrollo industrial buscaba una infraestructura favorable: agua, energía, comunicaciones y transporte, y también la posibilidad de mano de obra capacitada y la organización del aparato de la intermediación; y ocasionalmente, la participación de los privilegios acordados a ciertas zonas para localizaciones industriales o la proximidad de los grandes centros financieros y políticos.

Donde se daban estas condiciones, la concentración de población y de actividades se vio multiplicada por diversos factores, y esa multiplicación hizo de una ciudad una metrópoli. Quedaron rezagadas las ciudades dormidas, aquellas que sólo avanzaban lentamente al compás de su crecimiento vegetativo, y aun aquellas que crecían aceleradamente desde su condición originaria de pueblos o aldeas: ciudades fronterizas, como Tijuana, Mexicali, Encarnación, Rivera, Cúcuta; o centros petroleros o minerales, como Talara, Chiclayo, Piura, Huachigato, Comodoro Rivadavia; o industriales, como San Nicolás o Villa Constitución. Las metrópolis, en cambio, crecieron a un ritmo inusitado, superando todas las posibilidades de afrontar los problemas que suscitaban, tanto el acrecentamiento de población como el de actividades secundarias y terciarias. Las calles céntricas se vieron inundadas de personas que, por su atuendo y por sus maneras de hablar y comportarse, denotaban que no pertenecían a la tradicional población de la ciudad; y cuando se averiguaba dónde vivían, se advertía tanto la invasión de zonas céntricas decaídas como la ocupación de zonas del deslinde de la ciudad en las que los forasteros del éxodo habían levantado sus barrios de emergencia. A veces eran unos pocos. Pero en algunas ciudades crecieron tanto que la ciudad tradicional quedó desfigurada por la presencia de este anillo de miseria que no podía esconderse, aunque algunas veces fue intentado; allí estaba, sobre los cerros que rodeaban la ciudad, o al borde de las carreteras de acceso. Aquello –que avergonzaba a los pulcros ciudadanos de raigambre local– denotaba la formación de la metrópoli. Era un anillo de miseria, pero en su centro crecía la urbe rica, la de los rascacielos y la de los suburbios residenciales, la de los country clubs y de los hoteles y restaurantes de lujo en puntos estratégicos desde los que se divisaba la ciudad y, a veces, se escondían los rancheríos. Y más allá las fábricas, suntuosas y modernas unas, modestas otras, todas humeantes y productoras de los gases que comenzaban a intoxicar el ambiente o a hacer irrespirable el aire por los persistentes olores. Pero el ciudadano se acostumbraba, y se resignaba a pensar que el olor de las fábricas de harina de pescado era, en el fondo, el olor del progreso. Buenas autopistas, coches capaces de correr a ciento veinte kilómetros por hora en ellas, mucho neón, muchos ruidos. La metrópoli estaba en marcha.

Las multitudes solitarias

Para un provinciano sumergido en la paz pueblerina, la imagen de la metrópoli está dada, sobre todo, por la multitud que marcha apresurada por las grandes avenidas, entre el ruido de los automóviles y bajo las luces de los letreros luminosos. Pero sobre todo es la multitud misma. Se supone que donde hay multitudes hay animación, alegría comunicativa, estímulos. Sin embargo, las multitudes metropolitanas no ofrecen esa posibilidad, porque pasado cierto número desaparece la capacidad de comunicación, crece el sentimiento de hostilidad mutua –porque cada uno es el obstáculo para que el otro llegue antes a la boca del subte o a la caja del supermercado– y crece, sobre todo, el sentimiento del anonimato. Nadie es nadie en el seno de la multitud metropolitana, y sobre todo, nadie es nadie para su prójimo. Por eso se la ha definido como una “multitud solitaria”.

Tal es el carácter de la sociedad urbana de las metrópolis, más extremado aun en las grandes concentraciones que suelen llamarse “megalópolis”, como México o Buenos Aires. El anonimato y la incomunicación provienen fundamentalmente del número; pero también en parte del origen de los diversos grupos que integran esa extraña sociedad metropolitana. Porque el crecido número se alcanza agregando a los grupos tradicionales de la ciudad, ya integrados, una cantidad variable de individuos que emigran desde otros lugares hacia la ciudad y que durante cierto tiempo –quizá toda una generación– permanecen al margen de la sociedad tradicional, sin fundirse con ella, esto es, como grupos marginales. Integrados y marginales constituyen los dos grandes sectores de la sociedad urbana de las metrópolis.

Ciertamente, en las clases altas no podría hablarse de marginalidad. Quien llega a cumplir una alta función, cualquiera sea su origen, es recibido por sus pares o corresponsales e incorporado al grupo, al que por lo demás tiene fácil acceso a través de los clubes, restaurantes, etc., muy exclusivos sobre todo por sus altos precios. Quizá donde no tenga acceso sea al seno de las “rancias aristocracias”, reducido grupo de familias que forma parte de las clases altas pero mantiene cierta distancia con respecto a la alta burguesía. Al menos esa es su tendencia general, manifestada en acentuadas preocupaciones por los apellidos y parentescos y en un sostenido intento de restringir lo más posible el círculo dentro del que se mueven. Pero tanto el ambiente de la metrópoli como las condiciones económicas pueden modificar aquella tendencia. La “rancia aristocracia” subsiste como grupo sólo para sí misma, en tanto que sus miembros se vinculan a las nuevas actividades económicas según sus deseos y posibilidades.

Son las nuevas actividades económicas las que definen los caracteres de las altas burguesías. Muchos de sus miembros pertenecen a las formas tradicionales de actividad: la banca, las finanzas, el comercio de exportación e importación; pero otros buscan las nuevas posibilidades que ofrece la actividad industrial, y acaso esos mundos sutiles nacidos de la multiplicación del mercado que se vinculan con las relaciones públicas y, en general, con la publicidad. En todos ellos, los grupos de poder introducen sus tentáculos a través de personas vinculadas –políticos, militares, diplomáticos, ex funcionarios, eclesiásticos-, para incorporarse a los directorios de compañías, para establecer ocasionalmente contactos con los centros de decisión. Otros mundos nuevos tientan la imaginación de los inversores: el de las comunicaciones masivas, el del espectáculo, con sus ídolos prefabricados y sus empresarios aparentemente todopoderosos, o el del turismo, ligado a una red internacional que provee a la metrópoli de cierto perfume esnob de distinción o, al menos, de actualidad. Todo eso aglutina un sector cada vez más influyente; pero tanto por el hecho de que su número es exiguo como por la circunstancia de que el grupo quiere ser “exclusivo” y circula poco por ella, ese sector no da el tono visible de la ciudad.

Por el contrario, la metrópoli latinoamericana adquiere cada vez más el tono de sus clases medias y populares. Son ellas las que constituyen las “multitudes solitarias” de las ciudades, identificadas por la creciente proporción del color cobrizo en los grupos que se ven por las calles céntricas, por las estaciones y aeropuertos, por los restaurantes y clubes, por los cines y las tiendas, y más identificadas todavía, naturalmente, en los barrios o en los lugares de concentración multitudinaria. Y pese a la “animación” que se advierte en muchos lugares, se descubre que la heterogeneidad de la sociedad urbana se acentúa, y que los contactos humanos se hacen más difíciles hasta el punto de que la soledad de cada uno se transforma en el rasgo del conjunto.

Estimuladas por el desarrollo industrial pero, sobre todo, por el desarrollo de las actividades terciarias, las clases medias crecieron considerablemente en las metrópolis latinoamericanas. Su composición se alteró en alguna medida, gracias a la intensa movilidad social que permitió el crecimiento. Los cuadros medios crecieron en casi todas las actividades –mercantiles, industriales, educacionales, profesionales– y se multiplicaron los estratos al tiempo que se acentuaba la fluidez del tránsito de uno a otro. En rigor, era el creciente predominio de los hábitos de la sociedad de consumo lo que introducía un principio de homogeneidad en esos diversos estratos sociales: una escala de aspiraciones ofrecía un cuadro de posiciones a quienes sucesivamente las iban alcanzando.

Así se organizaban –bien trabados, por cierto– los cuadros medios de la sociedad tradicional, constituidos predominantemente por gentes que pertenecían ya a ella, pero a los que se incorporaban algunas que lograban romper el cerco y que provenían de sectores marginales. Los azares de la política, y especialmente de la política populista apoyada por sectores participacionistas de las clases populares, abrieron muchos caminos para el ascenso social en el ámbito de la administración pública, la educación y muchos otros sectores influidos por el estado; y la expansión de ciertas actividades económicas –comercio, publicidad, administración– facilitó la competencia en esos campos.

De cualquier manera, lo que identificó cada vez más a las clases medias fueron los signos externos de su posición, perseguidos anhelosamente: la vestimenta, el reloj, el departamento, los artefactos, el automóvil, todo en una sucesión urgente y casi desesperada. Los medios de comunicación de masas coadyuvaron a difundir lo que era in y lo que era out, y las clases medias masificadas se apresuraron a seguir los preceptos elaborados por los sutiles mandarines de las relaciones públicas y la publicidad comercial. Cierta uniformidad exterior empezó a encubrir la pluralidad de estratos que componían las clases medias.

Tampoco en las clases medias era ostensible la distinción entre grupos integrados y grupos marginales, puesto que, independientemente del origen, el solo ascenso a las posiciones de clase media implicaba de hecho un proceso de incorporación. Fue en las clases populares donde aquella distinción adquirió mayor relevancia.

Hubo, empero, algunos sectores populares en los que los cambios ocupacionales también disimularon el origen. En efecto, en el sector industrial, el rápido desarrollo y la creciente demanda de mano de obra calificada hicieron que quien alcanzaba este nivel pasara a formar parte de este sector que adquirió rápidamente un estatus especial. Ciertamente, el proletariado industrial, compuesto preferentemente de grupos tradicionalmente integrados, se vio robustecido por gentes provenientes del alud de las migraciones interiores; pero todos participaron del ascenso –y casi privilegio– que adquirió ese sector, vigorosamente sindicalizado dentro de una concepción de la política obrera cada vez más parecida a la del sindicalismo norteamericano, esto es, comprometida con el sistema empresario y dispuesta a negociar permanentemente en busca de nuevas ventajas. Correspondía a esta actitud una aproximación creciente a las formas de mentalidad y, sobre todo, al sistema de expectativas de clase media, aproximación que era fácil advertir en todos los sectores obreros calificados.

Calificados o no, los restantes sectores obreros denotaban su tradicional integración, sobre todo en la ubicación de su vivienda y en la conciencia de una larga radicación. Poseer varias generaciones de antepasados urbanos en la misma ciudad y, en especial, vivir en los barrios integrados, cualquiera fuera el grado de comodidad de que se dispusiera, acreditaban la fluida compenetración con el resto de la sociedad dentro de los cuadros de su estratificación. Pocas variantes introdujo la metropolización en estos sectores integrados, excepto aquellas dictadas por la tendencia incontenible a asimilarse a las pautas de clase media, tan distante como ese ideal pudiera parecer a primera vista.

La condición fue muy diferente para los grupos que habían emigrado hacia las ciudades desde las zonas rurales o las pequeñas poblaciones. Todo denotaba en ellos su tradición campesina o provinciana, su inadaptación a las pautas urbanas, su dificultad para orientarse en la confusión casi diabólica de la vida de la ciudad, a la que, sin embargo, debían adaptarse cuanto antes si querían sobrevivir. Estas dificultades los movieron a agruparse estrechamente por lugares de origen, en un movimiento de protección mutua, pero que con frecuencia retardó el esfuerzo de adaptación puesto que fortaleció las actitudes tradicionales y estrechó los vínculos originarios. Las comunidades inmigrantes trataron de perpetuarse en el seno de la sociedad urbana, y cuando lo lograron, constituyeron guetos cada vez más aislados de la sociedad global.

Ahora bien, pertenecer a uno de esos guetos, radicados en un rancherío o barrio de emergencia, era el signo inequívoco de la marginalidad. Todo contribuía a ahondar el foso que separaba a esos grupos del resto de la sociedad, incluso los esfuerzos humanitarios –o políticamente interesados– que ésta hacía para remediar las necesidades de quienes vivían a veces en condiciones infrahumanas. Tenían escuela propia, capilla propia, centro de salud propio, todos identificados peyorativamente cuando se mencionaba su ubicación.

Para el resto de la población urbana, ese sector funcionaba como un conjunto: “la gente de las barriadas, de los rancheríos”. Se le adjudican rasgos comunes pero, sobre todo, actitudes comunes, aquellas, precisamente, que derivan de la marginalidad, el resentimiento en particular, y cierta predisposición a abalanzarse sobre las clases integradas –y acomodadas– para dar libre juego a un odio contenido. Pero observado desde adentro es un conjunto heterogéneo, cuyos miembros acaso sólo coincidan en la necesidad de sobreponerse a la miseria, a la promiscuidad, al desempleo, a la incomodidad, al desamparo, necesidad inmediata y cotidiana que sólo origina actitudes elementales y se sustrae a toda posibilidad de una acción colectiva, organizada.

Sin duda se alojan en los rancheríos trabajadores que cobran buenos salarios, incluso obreros industriales que han ido a parar a las barriadas por la imposibilidad de resolver el problema de la vivienda; y acaso sean ellos los que introducen en los sectores marginales los mismos incentivos que en los demás produce la sociedad de consumo: un rancho de paja en una zona inundable que ostenta airosa su antena de televisión es uno de los monumentos de la ciudad contemporánea. Muchos no llegan a eso, puesto que no logran lo indispensable. Otros han perdido –o no han adquirido nunca– el hábito del trabajo, y aparecen resignados a la miseria. Y otros se deslizan por los caminos del delito o la prostitución, transformando su rancho y su barriada en un lugar sospechoso que la policía recorre de vez en cuando, deshaciendo cada vez más el precario sistema de normas mediante el cual se mantiene abierto el camino hacia la integración.

Un día, la población de las barriadas “baja” al centro; acaso todos los días, para ir al trabajo, o alguna vez para una fiesta o un acto político al que ha sido empujada, o acaso para irrumpir en son de protesta. A veces, también, en busca de un estadio deportivo. Entonces se ve cómo se integran estas “multitudes solitarias” que ambulan cada día, o las multitudes urbanas que se galvanizan en ciertas ocasiones transformándose en motores poderosos de la acción social colectiva.

El nuevo paisaje social urbano

La nueva sociedad urbana se aloja en una ciudad que cambia al compás de ella y se torna metrópoli de la sociedad de masas. Muchos factores contribuyen a que se produzca ese cambio; y cuando el cambio de la ciudad multiplica sus posibilidades, el alud de gente multiplica el cambio de la ciudad.

Sin duda es el número lo que más cambia el carácter de la ciudad: la habitación se torna insuficiente, comienzan a crecer los barrios de emergencia y empieza a sentirse la insuficiencia de todos los servicios; pero, indudablemente, lo que más la cambia es el comportamiento de la gente. Antes se podía ceder el paso; ahora, en cambio, es necesario empujar y defender el puesto, con el consiguiente abandono de las formas que antes caracterizaban la “urbanidad”, esto es, la forma convencional de trato propia de la gente educada que habitaba tradicionalmente la ciudad.

En efecto, la tradicional sociedad urbana integrada ha sido superada y suplantada por una sociedad escindida, puesto que a la tradicional se han agregado los grupos inmigrantes que han constituido importantes sectores marginales. La presión de estos grupos ha intensificado la tendencia a la movilidad social, ahora definida por ciertos abismos entre sectores que son más difíciles de sobrepasar, sin duda, pero que tientan más a la aventura. La creciente anomia de una ciudad dividida en guetos –de todas las clases– favorece esa aventura puesto que desvanece la presión del sistema tradicional de normas convencionales.

El número es lo que cambia también el sistema de movilización en la metrópoli. Las calles estrechas del casco viejo resultan insuficientes para la creciente concentración de personas, como son insuficientes los tradicionales medios de transporte. El subterráneo se transforma en una necesidad urgente y México lo pone rápidamente en funcionamiento. Hasta entonces, sólo Buenos Aires lo poseía desde 1914; pero en las últimas décadas casi todas las capitales han comenzado a estudiar su trazado. Entretanto, redes de vías de tránsito rápido –como el Periférico de México o las autopistas caraqueñas– procuran resolver el problema del tránsito, sin poder evitar una interferencia decisiva en el sistema tradicional de comunicaciones que correspondía a las viejas formas de convivencia. Ensanches, repavimentaciones, controles de tránsito procuran resolver los problemas creados por el crecimiento del parque automotor y los embotellamientos que se han transformado en parte del paisaje urbano en las metrópolis latinoamericanas.

El número altera también violentamente la densidad de población por hectárea. La fisonomía tradicional de la ciudad es reemplazada por la que confiere un predominio creciente de la casa de departamentos: en el centro, primero, y en los barrios, poco a poco. Nueva forma de vecindad, la casa de departamentos atrae a quienes quieren prescindir de las viejas casonas, con sus patios y sus exigencias de servicio doméstico; y por cada dos o tres casas demolidas surge un edificio de ocho o diez pisos con treinta o cuarenta departamentos. Pero la casa de departamentos no es sólo un tipo de vecindad: es también un tipo de arquitectura. Su altura disminuye el sol de las calles, y desplaza los árboles de las aceras; y las calzadas parecen más estrechas, y lo son de hecho al aumentar el número de vecinos que aspiran a estacionar sus automóviles. La ciudad toma un aire monumental, lo que se dice un aire “moderno”, con los altos prismas de la arquitectura del cemento.

El número es el que modifica el valor de la tierra urbana. Ante la posibilidad de que crezca la demanda, los terrenos grandes se subdividen, y en las afueras comienzan los loteos de viejas quintas. Los valores suben acentuadamente, sobre todo si aparece la amenaza de la inflación y cunde la tendencia a invertir en tierras. Entonces el valor se torna especulativo. Se supone que la tendencia es a poblar tal o cual barrio, o tal o cual calle, o tal o cual cuadra de una calle; entonces la tierra sube, en parte porque hay demanda y en parte porque sobre ese sector se lanza la especulación. Sobre el valor de la tierra suburbana –loteada y ofrecida como la tierra prometida– se carga el costo del loteo, la promoción de las ventas, la publicidad, y aun la tendencia especulativa de los primeros compradores que quieren repetir su negocio. Y los sectores de bajos ingresos que todavía aspiran a una vivienda normal deben alejarse cada vez hacia los anillos periféricos, donde todavía los precios no hayan entrado en la espiral especulativa.

Finalmente, el número es el que replantea el problema de los servicios públicos. Previstos e instalados –generalmente en una época en que los costos eran menores– para abastecer cierto radio con cierta densidad de población, la expansión de la zona edificada y, sobre todo, el aumento de densidad por hectárea someten a una prueba cotidiana a los servicios públicos. Complicados por la aparición de focos industriales de intenso consumo, los servicios de agua, de energía y de desagües empiezan a ser insuficientes y es necesario cambiar la red y ampliarla prácticamente sin pausa y sin límites, porque cada metrópoli tiene preanunciada a su alrededor un área metropolitana. Lo mismo pasa con el servicio de recolección de basuras, pesadilla metropolitana cuyo descuido permite acumular en dos días feriados montañas de desperdicios mal empaquetados en los lugares más céntricos y cuidados de la ciudad. Los teléfonos se saturan de llamadas, los bomberos se tornan impotentes y la policía es sobrepasada no sólo por el aumento de los delitos comunes, sino también por los nuevos que aparecen con la formación de las bandas de adolescentes agresivos o con la red de drogadictos. Ni las escuelas ni los hospitales ni los cementerios dan abasto.

Tantos y tan profundos cambios –resultado de tan diversos factores– no inciden de la misma manera sobre todos los ámbitos de la vasta metrópoli, generalmente una ciudad ya importante antes de que se desencadenen.

La expansión y la renovación de la metrópoli influyen mucho en el casco antiguo, pero no siempre de la misma manera. Unas veces el centro financiero, comercial y administrativo se desplaza rápidamente, y el casco viejo empieza a deteriorarse y a descender de categoría, quizá con la sola esperanza de que un día sea restaurado con criterio arqueológico; pero entretanto, los negocios descienden de categoría, las viejas casas quedan semiabandonadas o se transforman en vecindades, callejones o conventillos, y las calles otrora aristocráticas y sosegadas se transforman en bullicioso campamento de los grupos juveniles que practican fútbol o desarrollan sus peligrosas andanzas en las proximidades. Suelen quedar los edificios de los bancos, algunos negocios mayoristas, acaso algunas dependencias gubernamentales y quizá la propia Casa de Gobierno, cerca de la catedral y el antiguo cabildo, si subsiste. Y al acabar las horas de actividad el barrio queda desierto y adquiere el nivel de un barrio suburbano. Pero otras veces –como en parte en Buenos Aires, Santiago de Chile o Río de Janeiro– el casco viejo no perdió nunca su función y mejoró al compás del progreso de los barrios más avanzados: alojó buenos hoteles –si no los mejores– y conservó los centros de atracción para turistas y viajeros así como las buenas casas de departamentos y oficinas de aspecto señorial. Una continuidad se mantuvo entonces entre el viejo centro y las nuevas áreas de la ciudad.

En rigor, el progreso de la metrópoli trajo consigo el progreso de las zonas vecinas al viejo centro, integradas de antiguo y generalmente por barrios de pequeña clase media en los que alternaban las casas de familias de escasos recursos con las de vecindad y con los comercios modestos. Fueron, por lo menos, zonas de paso que se beneficiaron con la marcha radial del progreso y cuyo desarrollo aseguró la continuidad de una ciudad que tendía a extenderse periféricamente.

En efecto, diversos factores contribuyeron a la dispersión de la población de las metrópolis. Pero lo cierto es que, al cabo de poco tiempo, luego de iniciarse la expansión metropolitana, habían surgido nuevos centros, unas veces típicamente residenciales y otras mezcladamente residenciales y comerciales. Tal es el caso de Copacabana en Río de Janeiro, de Providencia y Tobalaba en Santiago de Chile, de Sabana Grande en Caracas, de Chapinero y Chicó en Bogotá, de Pocitos en Montevideo. En ellos coexistía el suburbio aristocrático con el centro comercial de moda. Al mismo tiempo crecían los barrios de clase media y popular en las zonas periféricas al calor de la política de construcción de viviendas económicas de los organismos oficiales; crecían las zonas industriales con los barrios aledaños, espontáneos o promovidos, y crecían, finalmente, las barriadas subproletarias en tierras inadecuadas, ocupadas casi con violencia por quienes preferían la vida urbana a los riesgos que su incorporación implicaba.

La contraparte de las barriadas subproletarias son los suburbios aristocráticos. Los sectores de mayores recursos deciden emigrar de la zona del casco viejo y aun de las primeras expansiones de la ciudad. Escapan de la Colonia Roma en México, del Prado en Montevideo, del Paseo de Colón en Lima, de las primeras manzanas del barrio Norte en Buenos Aires, como antes habían escapado de las manzanas aledañas a la plaza Mayor. Y, en busca de tranquilidad y reposo, de “exclusividad”, alientan el delineamiento de nuevos barrios lejanos, sólo accesibles por automóvil, en los que el precio de la tierra garantiza el alejamiento de la gente de clases consideradas inferiores. Así aparecen los suburbios aristocráticos: Olivos o San Isidro en Buenos Aires, Miraflores en Lima, San Ángel y el Pedregal en México, Carrasco en Montevideo, Chicó en Bogotá, Country Club en Caracas. Un suburbio aristocrático es, en principio, una zona de residencias de lujo; pero al cabo de poco tiempo nacen en ella los negocios apropiados para esa especial clientela: boutiques de lujo, restaurantes sofisticados, clubes nocturnos exclusivos, todo cuanto es necesario para que, finalmente, el suburbio se transforme en un centro residencial completo, en el fondo, un gueto siempre temeroso de la aparición de los recién venidos, esto es, enriquecidos una generación después de los que se avecindaron primero.

Pero no sólo hay suburbios residenciales de clase alta. En ubicaciones más modestas, empresas imaginativas han programado barrios suburbanos de clase media –alta y mediana– con el mínimo de comodidades y de aislamiento que se necesita para que esas clases tengan la comodidad que desean al precio que pueden pagar, siempre contando con la posibilidad del traslado hacia el centro por los medios públicos de transporte o por automóvil. Y cuando esos esfuerzos se emprenden en gran escala, y generalmente con intervención del estado, nacen las ciudades satélites –completas, cerradas en su ámbito– como la que se llama así –“ciudad satélite”– en México o como ciudad Kennedy en Bogotá. Siempre en expansión, la metrópoli escapa de su centro en todos los sentidos, y en cada uno revela su condición de complejo clasista.

También escapan los suburbios industriales. Necesitadas de la ciudad, las nuevas y complejas plantas se adosan a ella, rehuyendo el centro, sin duda, pero sin despegarse. En algunas ciudades –Buenos Aires, por ejemplo– los suburbios industriales constituyen un “cordón” que las rodea, y este esquema se repite en muchas otras; San Pablo, además, encadena las plantas preferentemente en el camino a Santos. Pero no hay modelos fijos: el valor de la tierra, los servicios instalados y muchos otros factores inducen a las empresas a localizar sus instalaciones donde más les conviene, aun cuando no faltan localizaciones preestablecidas, como las zonas reservadas a “parque industrial” en ciudades que quieren promover su industrialización y preparan la infraestructura necesaria para favorecer la elección.

La formación de una zona industrial, como la de Avellaneda, Alsina o San Justo en Buenos Aires, como la que se ordena alrededor de la avenida Vicuña Mackena en Santiago, como la que concentra la producción de harina de pescado en Lima o como la que se ha constituido en Medellín o Monterrey, supone no sólo la instalación de las plantas sino, inmediatamente, el surgimiento de barrios habitacionales y la red de negocios adecuados al medio. En poco tiempo, y luego cada vez más, el suburbio industrial adquiere caracteres definidos, que de ninguna manera implican su “zonificación”, esto es, su constricción y limitación a una sola función, sino, por el contrario, su versión restringida de un proceso social total, con sus fenómenos de diferenciación social, de ascensos y descensos, de elaboración de estilos de vida y de formas de mentalidad. Porque, a diferencia de los suburbios residenciales –en rigor, ciudades-dormitorio-, el suburbio industrial es una especie de subciudad en la que tienden a constituirse todos los rasgos de la ciudad misma dentro de ciertos caracteres.

En el fondo, los rancheríos son también ciudades-dormitorio, pero diversas circunstancias hacen que cada unidad –la “villa” o el “barrio”– se constituya como tal en un sentido casi exclusivamente social. El origen de sus habitantes y la persistencia de su carácter marginal prestan al rancherío rasgos singulares que hacen de él lo más característico del proceso de metropolización.

Sin perjuicio de algunos casos anteriores, el proceso de formación de los grandes rancheríos que hoy caracterizan a casi todas las metrópolis se inicia alrededor de 1940 y se acentúa durante la década del cincuenta. Reciben diversos nombres: villas miseria en Argentina, callampas en Chile, barriadas en Lima, favelas en Brasil, cantegriles en Uruguay, ciudades perdidas en México, y genéricamente “invasiones”, “construcciones paracaidistas” o “rancheríos”. El nombre tiene siempre implicaciones: suele entrañar una actitud irónica o una afirmación polémica de lo que, hasta entonces, sólo parecía merecer actitudes vergonzantes. Este último carácter tenía la población de los barrios pobres incluidos en la ciudad, constituidos por “callejones” o “conventillos”. Pero la formación de estos nuevos barrios modifica la actitud –o trae aparejado un cambio– de los “invasores”.

Los rancheríos no son patrimonio de las grandes metrópolis. Los hay en México o Buenos Aires, pero no faltan en Rosario o Monterrey, en Maracaibo o Arequipa, en Guayaquil o en Acapulco. Surgen del designio de ciertos grupos de radicarse en centros urbanos que ofrezcan trabajo y estímulos, y donde sea posible usar tierras fiscales o de propiedad dudosa para comenzar el establecimiento de grupos de viviendas. Construidas con materiales perecederos –muchas veces restos industriales, como cajones de autos, latas, chapas, etc.-, su elementalísima estructura apenas permite resolver los problemas primarios de la vida. La inexistencia total de servicios en un principio –agua, drenaje, energía– suele corregirse con el tiempo de manera precaria mediante la instalación de algunas bocas públicas de agua o soluciones semejantes. Idénticas soluciones se traen para los problemas de la salud o la escolaridad.

En algunos casos las villas se concentran y alojan inmensas cantidades de personas –como, en México, la ciudad perdida de Netzahualcoyotl en la que viven más de un millón– pero en general se dispersan por diversos lugares y llegan, finalmente, a constituir un cinturón compacto alrededor de la ciudad –como en el caso de Caracas– o un estrecho y creciente conglomerado en uno de sus extremos. En todo caso, el contraste entre la ciudad integrada y constituida y esta especie de ciudad flotante que la bordea constituye un espectáculo revelador de las tendencias que conducen a la concentración metropolitana. El paisaje urbano denuncia la presencia de fuertes tensiones sociales y, lo que es más grave, la aparente imposibilidad de dar soluciones materiales a los problemas planteados por la creciente aspiración a la vida urbana que alientan las poblaciones rurales y aun las de los pequeños poblados.

Las culturas urbanas

Las sociedades urbanas, estrechamente consustanciadas con su hábitat, siempre crearon formas singulares de cultura que se tradujeron en cierto estilo de vida y en una forma de mentalidad. Esa fuerza creadora provino, tradicionalmente, de que la sociedad urbana era una sociedad compacta, en la que la fuerza centrípeta predominaba siempre sobre la fuerza centrífuga o, dicho de otro modo, una sociedad en la que los fenómenos de diferenciación nunca sobrepasaban los límites que mantenían la cohesión del conjunto. Ahora bien, el proceso de metropolización de las grandes ciudades crea un nuevo tipo de sociedad urbana que escapa a aquella regla; en lugar de un grupo con tendencia a la cohesión, se constituyen esas “multitudes solitarias” que no llegan a integrarse; es claro, pues, que no crean una única cultura urbana, sino, en todo caso, varias yuxtapuestas dentro de los límites del mismo hábitat.

Tal es, ciertamente, el caso de las metrópolis. Bien analizadas, las multitudes solitarias no son tales. Aparecen así cuando en los focos de aglomeración se confunden gentes que provienen de distintos rincones de la ciudad y de distintos estratos. Entonces se descubre que son individuos que están uno al lado del otro con muy pocas cosas en común. Pero cuando esas multitudes se disgregan, y cada uno de sus miembros vuelve al seno del grupo al que pertenece y al rincón que habita, se descubre que las multitudes solitarias no se descomponen en individuos aislados sino en grupos aislados. Esto es lo característico de la metrópoli: la coexistencia de grupos que no se funden ni reconocen lo que, acaso, tienen en común.

Todo el mundo sabe lo que eran los guetos judíos en las ciudades medievales y aun modernas, o lo que es el gueto negro en Nueva York. Pero pocos latinoamericanos se acostumbran a la idea de que los rancheríos constituyen verdaderos guetos, zonas urbanas prácticamente incomunicadas en las que se alojan grupos sociales con escaso contacto –o, mejor, con contactos muy superficiales– con el resto de la sociedad. Cierto sistema de normas y valores tiene vigencia dentro del gueto, distinto del que prevalece fuera de él.

Pero el caso es que no es un solo gueto. Son varios en algunas metrópolis; muchos, porque sólo para el espectador que mira desde afuera el conjunto de las clases marginales puede parecer homogéneo. Quien mira de cerca las barriadas limeñas distingue las que se forman con gentes venidas de las sierras próximas y aquellas compuestas de inmigrantes de Ayacucho o Cajamarca; en México distinguiría las que reúnen gentes de Tepoztlán de las que se constituyen con gentes de Veracruz; en Buenos Aires, las que se componen de bolivianos o paraguayos de las que están integradas con correntinos o santiagueños. Y no es sólo el origen geográfico lo que las diferencia; es también la condición social originaria, la aptitud para incorporarse a la actividad urbana, o el grado de alfabetización, o la tendencia a dejarse arrastrar hacia formas delictivas de vida. Hay muchos guetos en el inmenso gueto de los marginales.

Pero hay más guetos en las metrópolis. En el otro extremo de la pirámide social, las clases altas que se refugian en los suburbios tienden a constituir guetos, con sus clubes exclusivos, sus restaurantes exclusivos, sus negocios exclusivos y, naturalmente, sus normas discriminatorias para impedir que se incorpore a ellos nadie que no sea considerado de su nivel social o su “círculo”. Y lo mismo podría decirse de los que se alojan en los barrios de monobloques de un sindicato de obreros calificados en relación con otro de pequeña clase media, o de los que forman parte de un barrio surgido de un loteo económico en el que cada uno levanta progresivamente su casa con el trabajo dominical. Y todavía quedan las colectividades extranjeras, y los viejos barrios que se aferran a su tradición, y los “conventillos” o “vecindades” que constituyen mundos cerrados.

Si cada gueto posee su sistema de normas, el conjunto carece de un sistema común: tal es el drama de la metrópoli latinoamericana, en que la situación predominante es la anomia, esto es, la carencia de norma. Tal es la explicación de las pandillas irresponsables que atacan, roban y hasta matan, de los grupos exaltados que producen motines callejeros con el pretexto de una agitación política o social, de las conductas llamadas “antisociales”.

La metrópoli no crea una cultura urbana, pero suele crear varias. Quizá la más visible sea la cultura cosmopolita que predomina en ciertos sectores y que muchos se esfuerzan por imitar; pero esa no es exactamente la creación de una metrópoli, sino la creación de una capa común a muchas de las metrópolis que constituyen el mundo urbano. En todas las ciudades hay grupos que se envanecen de ser cosmopolitas, de hablar varias lenguas o intercalar palabras de las más prestigiosas en el habla cotidiana, de vestir como en las grandes capitales, de deslizarse durante toda la jornada a través de un sistema de actividades que suponen su inserción en el mundo y no en su país o su ciudad. Esta cultura cosmopolita es, sin duda, propia de las metrópolis, pero no es específica de cada metrópoli: es la que han creado entre todas y es la que viven los empresarios y las modelos, los científicos enloquecidos con las relaciones públicas, los gestores de las grandes empresas multinacionales, los turistas mientras son turistas, los artistas de éxito y los gerentes de publicidad. Y además el enjambre de quienes se mueren por imitarlos. Esta cultura cosmopolita es la que encandila a quien no tiene acceso a ella y cree que puede hallar la felicidad en el estatus y en la exhibición de sus signos.

Pero entretanto, los otros guetos de la metrópoli elaboran su propia cultura. En el conjunto no es difícil discernir dos grandes formas de creación cultural: la de los grupos integrados y la de los grupos marginales. Cada uno tiene su típica forma de cultura –y sus subculturas-, y todas ellas constituyen el mosaico metropolitano.

Hay en los grupos integrados, esto es, tradicionales, un cierto estilo que subsiste a pesar de la influencia de la cultura cosmopolita. Pero es un estilo con matices. Las clases altas tienen el suyo, hecho de auténtica o pretendida señorialidad, de conservación de ciertas tradiciones, manifestado en el ejercicio de ciertas formas de comportamiento que quieren conservar el legado de las viejas generaciones. Cierto esteticismo las caracteriza, porque en el fondo es una cultura del ocio que quiere conservar la apariencia, al menos, de una actitud antiutilitaria. Y para las clases medias, especialmente para sus niveles más altos, este modelo compite con el de la cultura cosmopolita, porque quien quiere exteriorizar su ascenso social tiene que elegir entre comportarse como un “ejecutivo” o como “un gran señor”. Dura elección que reside en el fondo en optar entre una concepción utilitaria y otra antiutilitaria de la vida.

Pero dentro de las culturas de los grupos integrados, la más sólida es la de las clases medias. Sólida, en efecto, como es la tradición burguesa. Su solidez depende del reconocimiento de que en la sociedad contemporánea no son incompatibles el ocio y el trabajo, ni está dentro de las posibilidades de las clases medias desdeñar el trabajo, pese a que toda su filosofía se dirija a alcanzar en alguna medida una cultura del ocio. De la cultura de la clase media nace todo el sistema de normas frente al cual ceden, finalmente, las clases altas, y sobre todo, nacen de ella todas las formas creadoras del mundo actual: tanto las espontáneas –los gustos refinados, los principios morales, incluso los prejuicios– como las sistemáticas en el campo de las artes y del pensamiento. Creadora de cultura, la clase media es la gran consumidora de cultura, y los topes de ese consumo son, precisamente, los de la clase media misma. Sin duda, la clase media de las metrópolis se ha masificado –como se han masificado en alguna medida las clases altas-, pero aun así sigue siendo la que crea la cultura singular de una metrópoli, la que hace que México sea diferente de Río de Janeiro o de Buenos Aires, o Montevideo de Bogotá.

Hay sin duda una cultura de las clases populares integradas, pero de escaso relieve. Y no porque en determinado momento no haya sido fuertemente creadora –como efectivamente lo ha sido en ciertas circunstancias y en ciertos aspectos-, sino porque su creación no llega a tener vigencia hasta que no se incorpora al caudal predominante de la cultura de las clases medias, en las que finalmente se canaliza: tal ha sido el caso de la música popular, del habla, de la vestimenta, de la cocina o de la mitología urbana. Y no es un azar la incorporación, sino la expresión de un sentimiento –casi una conciencia– de las clases populares integradas, que consiste en compartir anticipadamente las formas de mentalidad y el estilo de vida de las clases medias, a la espera de que el ascenso de clase se opere realmente en el orden de los ingresos y las condiciones de vida.

Pero lo que constituye una creación singular en el ámbito de las grandes metrópolis es la cultura de los grupos marginales, la que Oscar Lewis ha llamado “la cultura de la pobreza”. Sin duda no es posible describirla a través de formas acabadas y sistemáticas de creación. Pero para alcanzar la entraña de la vida y la cultura de las metrópolis, acaso nada haya tan sugestivo como este examen de cómo los grupos que no tienen nada, ni casi capacidad de obtenerlo, pueden sobrevivir en el seno de las grandes aglomeraciones multitudinarias organizadas según el poder adquisitivo de cada uno. Dentro de ese cuadro se asiste al espectáculo de todo lo que puede crearse con los desperdicios sin valor de la civilización industrial, de todo lo que puede lograrse con una mínima capacidad adquisitiva, de todo lo que se le puede sacar a la sociedad de consumo sobre la base del complejo de culpa que la embarga. Vivir es siempre una creación, pero vivir sin nada en una sociedad montada sobre la escala del valor del dinero es una creación estupenda. Por eso el desarrollo material de la cultura de la pobreza constituye una experiencia extraordinaria en el mundo de la civilización industrial.

No sería extraño que, más allá del plano de la civilización material, la cultura de la pobreza esté elaborando un mundo de símbolos del que no tengamos noticia. Difícil es averiguarlo por ahora. Pero todo hace pensar que, al menos, ha elaborado un pequeño sistema de normas en el que se ha restaurado un principio que, en otros guetos, no parece muy visible: el principio de la solidaridad. Es, sin duda, una piedra sobre la que puede reconstruirse ese sistema de la sociedad urbana tradicional, sociedad coherente que siempre reconoció tal principio como su núcleo fundamental.

Ciudades en transformación, 1880-1930. 1972

Algunas ciudades latinoamericanas habían comenzado cierto proceso de desarrollo y transformación edilicia antes de 1880: Río de Janeiro, capital imperial, o Caracas en la época del presidente Guzmán Blanco. Pero a partir de 1880 el cambio se hizo general, y llegó a constituir un rasgo característico de muchas de ellas. Las ciudades veían crecer su población, diversificarse sus actividades, mudarse su fisonomía, alterarse los modos de pensar y las costumbres de sus ciudadanos. El viajero europeo se sorprendía de estas transformaciones que hacían irreconocible una ciudad en veinte años; y fue eso, precisamente, lo que dio a la imagen de Latinoamérica el carácter de un mundo vertiginoso, de un mundo en desenfrenado cambio.

Un examen más atento hubiera permitido ver que el juicio no era exacto. Mucho era lo que en Latinoamérica no cambiaba, sobre todo en las zonas rurales, pero también en las aldeas y en las ciudades provincianas. Fueron las ciudades las que cambiaron, y en particular, las grandes ciudades. Porque el cambio estaba relacionado profundamente con cierta transformación sustancial que se operó por entonces en la estructura económica de casi todos los países latinoamericanos, y repercutió particularmente sobre las capitales, sobre los puertos, sobre las ciudades que concentraron y orientaron la producción de algunos productos muy solicitados por el mercado mundial; fue, ciertamente, la preferencia del mercado mundial por los países productores de materias primas y consumidores de productos manufacturados la que concentró en ciertas ciudades mucha población, la que creó nuevas fuentes de trabajo y nuevas formas de vida, la que inyectó en ellas mucha vida y ciertas formas de modernidad.

Para entonces, los países industrializados –los de Europa y Estados Unidos– comenzaban a alcanzar su plenitud. Habían acumulado fuertes capitales, poseían industrias en pleno crecimiento, y necesitaban tanto materias primas abundantes como mercados para sus productos. También en ellos crecían desmesuradamente las ciudades, cuyas poblaciones requerían una cuota de productos alimenticios que sus países no producían. Y tanto las exigencias de los grandes capitales y de las pujantes industrias como los requerimientos de las nuevas concentraciones urbanas promovían una acción indirecta sobre los países que no habían comenzado a desarrollarse industrialmente.

Esa acción se advirtió –dramáticamente– en la incentivación forzada de cierto tipo de producción: en las zonas rurales de Latinoamérica se estimuló el trabajo con un criterio empresarial, para que un país produjera más café; otro, más caña de azúcar; otro, más metales; otro, más cereales, lanas o carne para consumo; otro, más caucho; otro, más salitre. Las empresas eran, casi siempre, de capital extranjero, y extranjeros fueron sus gerentes, sus ingenieros, sus mayordomos y a veces hasta sus capataces; la mano de obra, en cambio, era nacional; y nacional fue también todo el mundillo de intermediarios que la producción y su comercialización engendraron. Ese mundillo fue el que creció en las ciudades, que se llenaron de oficinas y de bancos, de negocios mayoristas y de pequeñas tiendas, de gentes que medraban con lo que sobraba de tanta riqueza concentrada en lo que era el viejo casco urbano colonial y que empezaba a transformarse, imitando a las grandes capitales, como Londres o París. Una suntuosa avenida, un parque, o acaso la costumbre de reunirse en un club, o la de adoptar ciertas modas, parecían garantizar a la antigua aldea su paso hacia la condición de metrópoli.

Transformación o estancamiento

Dos palabras parecieron obsesivas para el hombre de las ciudades: exportación e importación. Eran dos palabras que sintetizaban las corrientes de una actividad comercial en la que desembocaba la nueva economía; y en aquellas ciudades donde esa actividad se localizaba, el dinero corría, las especulaciones calentaban la cabeza de grandes y pequeños ahorristas, y las esperanzas del enriquecimiento o, al menos, del ascenso de clase terminaban por convertirse en una obsesión de todos. Esas ciudades prosperaron.

Entre todas, aquellas donde más claramente se advirtió la prosperidad y la transformación, tanto de la sociedad y sus costumbres como de la fisonomía edilicia, fueron las capitales que eran, al mismo tiempo, puertos: Río de Janeiro, Montevideo, Buenos Aires, Panamá, La Habana, San Juan de Puerto Rico, todos puertos marítimos que desarrollaban su actividad al lado de las que eran propias de una capital, centro de decisiones políticas y también económicas; y aun Asunción, puerto fluvial; y aun Caracas o Lima que, aunque eran ciudades interiores, formaban pareja con sus puertos vecinos, La Guaira o El Callao. Una economía pujante, despertada por la incitación del mercado exterior, acompañaba ahora a la tradicional actividad que derivaba del ejercicio del poder político, del juego de la burocracia, del ejercicio de las influencias para obtener tales o cuales beneficios. Aunque sin puerto, México brillaba por su vitalidad y su riqueza bajo la égida de Porfirio Díaz, alojado en el castillo de Chapultepec.

Las capitales aprovecharon la riqueza del país, y generalmente modificaron su fisonomía; y no sólo porque se supuso que debían dar la imagen de un país próspero, sino porque en ellas se alojaron los grandes intermediarios, los banqueros, los exportadores, los financistas, los magnates de la bolsa. Pero en realidad la riqueza entraba y salía por los puertos, que ya habían crecido mucho en las últimas décadas. Algunos, como Buenaventura, no consiguieron sobrepasar su medianía. Pero otros concentraron una burguesía mercantil de sólidos recursos, aunque no siempre tuviera la ostentosa preocupación de las capitales que remedaban las viejas cortes. Valparaíso o Guayaquil fueron prósperas, como Santa Marta y Cartagena y la floreciente Barranquilla; Rosario, Santos, Belém reflejaron las nuevas formas de la riqueza –el trigo, el café, el caucho-; y Cartagena, Bahía, Veracruz y Puerto Cabello conservaron o mejoraron su condición de centros comerciales, como empezaron a serlo Antofagasta, Iquique, Maracaibo o Matamoros. En poco tiempo comenzaron muchos de ellos a exhibir sus nuevas instalaciones –los muelles, los depósitos, las vías férreas, las grúas– y todo un mundo de gente conformaría su nueva sociedad: desde el poderoso importador o el representante de una empresa inglesa hasta el lustroso mestizo que aportaba al progreso la fuerza de su espalda desnuda.

También prosperaron las ciudades que se constituyeron en foco de una zona productora en proceso de expansión, como Manaos, San Pablo o Manizales. Surgida en el corazón de la Amazonia, Manaos se transformó en la capital del caucho, y hacia ella concurrieron todas las corrientes que suscitó la nueva riqueza: repentinamente se congregó allí una sociedad abigarrada que quiso poseer las comodidades y el lujo de las grandes ciudades, y su suerte quedó atada a las alternativas del mercado internacional del caucho. San Pablo y Manizales, en cambio, crecieron con la demanda del café, que se producía en las zonas circundantes; y también acrecentaron rápidamente su población, desarrollaron sus servicios y modernizaron su fisonomía hasta adquirir el ritmo de las ciudades modernas.

Algo parecido ocurrió, en otra escala, con las ciudades que quedaron adscriptas a zonas de expansiva riqueza agropecuaria, como las que fueron fundadas o crecieron en las áreas argentinas del cereal y del ganado, entre las que cobraron particular significación La Plata y Bahía Blanca; o con las que adquirieron pujanza en las regiones mineras, como Oruro, Antofagasta, Belo Horizonte –fundada en 1897-, Monterrey; o con las que adelantaron la frontera de las áreas productivas, como Temuco o Punta Arenas en Chile, Tres Arroyos, Villa María o Resistencia en Argentina, Chihuahua en México; o con las que aprovecharon el intercambio fronterizo, como Rivera, Encarnación o Ciudad Juárez. Un vigoroso tráfico mercantil y una creciente infraestructura de servicios proporcionó creciente desarrollo a su vida económica y las puso en camino de convertirse en importantes centros urbanos.

Pero donde esas condiciones no se dieron, las viejas ciudades mantuvieron su actividad y su aspecto tradicionales que, en contraste con el desarrollo de las otras, pareció significar un estancamiento y, en ocasiones, un retroceso. Así ocurrió con las ciudades que quedaron al margen del sistema ferroviario, o con las que estaban emplazadas en áreas cuya economía no se dinamizó. Hasta algunas capitales, como Quito y La Paz, enclavadas en la zona andina, sufrieron un retardo en su desarrollo que las hacía parecer estancadas. Cuzco y Potosí, Cuenca y Trujillo, Popayán y Sucre, Mérida y Cochabamba conservaban las apacibles formas de vida sin que las sacudiera lo que orgullosamente se llamaba el progreso. Y algunas se resistían hasta a abandonar su fisonomía colonial y parecían ciudades dormidas, como Cajamarca o Cholula, Villa de Leyva o Maldonado, Ouro Preto o La Rioja, Coro o Guatemala la Antigua. Muchas de ellas mantendrían ese aspecto, en tanto que se aceleraba la transformación de las otras, incluidas de lleno en la renovación económica de la época.

Las sociedades urbanas

Lo típico de las ciudades estancadas y dormidas no fue tanto la permanencia de su trazado urbano y su arquitectura como la perduración de su sociedad. De hecho, se conservaban en ellas los viejos linajes y los grupos populares tal como se habían diseñado en el mundo colonial o en la época patricia. Poco o nada había cambiado, y ciertamente nada estimulaba la transformación de la estructura de las clases dominantes, ni la formación de nuevas clases medias ni la diversificación de las clases humildes.

Todo lo contrario ocurrió en las ciudades que quedaron incluidas en el sistema de la nueva economía. Las viejas sociedades se vieron desbordadas por nuevos contingentes que se incorporaban a la vida urbana, resultado unas veces del éxodo rural y otras veces de la aparición de grupos inmigrantes. El mayor número –acentuado por un decidido crecimiento vegetativo– alteró también cualitativamente la vieja estructura demográfica, favoreciendo las posibilidades de movilidad social que ofrecían las nuevas perspectivas ocupacionales y provocando muy pronto una ruptura del sistema de las relaciones sociales. Donde antes había un sitio preestablecido para cada uno, comenzó a aparecer una ola de recién llegados con vocación por la aventura que destruyó la armónica y convencional sociedad tradicional. El “nuevo rico”, el pequeño comerciante afortunado, el empleado eficaz, el obrero habilidoso se abrieron paso entre los recovecos del armazón social y consiguieron dislocarlo. De pronto, el viejo patriciado descubrió que la “gran aldea” se transformaba en un conglomerado en el que se perdían las posibilidades del control de la sociedad sobre el individuo a medida que desaparecía la antigua relación directa de unos con otros. En rigor, comenzaba a constituirse en Latinoamérica la ciudad multitudinaria.

Acusaron el golpe las clases tradicionales, ese viejo patriciado que parecía consustanciado con la tradición republicana y que había envejecido en el ejercicio tanto del poder político como del poder económico. De pronto apareció a su lado una nueva burguesía, acaso compuesta en parte por sus propios miembros, pero de la que formaban parte también otras gentes: el financista improvisado, el representante de una compañía extranjera, el técnico contratado para las minas o para las obras del ferrocarril, del puerto o de salubridad, o simplemente el comerciante enriquecido que había abandonado la venta al menudeo para dedicarse a las importaciones, y que acaso dejaría muy pronto esa actividad para especular en la bolsa, establecer una sociedad financiera o fundar un banco. Con todos ellos se encontraba ahora el viejo patriciado en los clubes –nuevos, muchos de ellos, a imitación de los ingleses– y hasta en las reuniones exclusivas de su clase, que se abría poco a poco ante el prestigio de la nueva riqueza.

Ese prestigio adornó, sobre todo, a los grandes aventureros de la finanza y de la industria: Emilio Reus en Uruguay, José María Menéndez en el sur patagónico, Waldemar Scholz en Manaos, Ernesto Pugibet en México. Efímera o duradera, su fortuna casi inconmensurable parecía el símbolo de las esperanzas que se abrían para todos. Y en los salones de las nuevas residencias que construía para ellos un arquitecto llegado de París, se iniciaba el ejercicio de una forma de vida que imitaba la de la alta burguesía victoriana o napoleónica. Su ejemplo fue imitado, porque el viejo patriciado perdió su prestigio ante el avance de esta nueva burguesía moderna y europeísta; y no sólo porque fuera más rica y más audaz, sino también porque expresaba más fielmente las necesidades de los nuevos tiempos y asumía con más clara visión las funciones de minoría directora.

Por lo demás, el viejo patriciado no contaba ya con la forzosa dependencia de las clases populares. Nuevas fuentes de trabajo aparecían, y el que quería labrarse una posición tenía abierta toda la escala de posibilidades. A las antiguas tareas, la vida urbana agregaba otras nuevas: en los puertos, en los comercios, en las instituciones, y también en el campo de las manufacturas, de la construcción, de las obras públicas, sin contar los nuevos servicios subsidiarios que crean las ciudades populosas, desde mensajero hasta guardián del orden público o cochero. Esta apertura en las posibilidades del trabajo modesto no sólo sirvió para canalizar las expectativas de las nuevas clases populares, acrecentadas en las ciudades por causa del éxodo rural o de las migraciones extranjeras, sino también para sacudir la modorra de las clases populares tradicionales, cuyos miembros, antes contentos con su suerte, veían ahora prosperar al imaginativo vecino que abandonaba el servicio doméstico para vender baratijas por la calle y terminaba como tendero establecido y con buen pasar.

Además, las nuevas manufacturas e industrias dieron nacimiento a una suerte de proletariado industrial, ajustado a un salario y sometido a la disciplina impersonal de la empresa. No había para sus miembros el despreocupado solaz del vendedor callejero o del mayoral del tranvía que siempre encontraban una pausa para la conversación. Pero adquirían poco a poco la modalidad de una clase combativa, disconforme y capaz de expresar su rebeldía. Poco a poco, las clases populares escapaban del viejo sistema, un poco patriarcal, y se ajustaban al nuevo que se elaboraba sordamente en las plantaciones y en las minas pero de una manera visible en los centros intermediarios que constituían las ciudades. Y a medida que la ciudad crecía, crecía también el mundo de los marginales, con sus mendigos resignados y acaso filosóficos, con sus prostitutas y sus borrachos, con los ladrones de bajo o de alto vuelo, que ensayaban en las calles de Santiago o Buenos Aires, de México o Caracas, las artes de un oficio que prosperaba al calor del ambiente cada vez más multitudinario.

Pero lo más sorprendente de las ciudades que se transformaban al calor de los cambios económicos fue la aparición de nuevas y nutridas clases medias. Ciertamente, no faltaban antes. Las constituían quienes poseían un comercio, quienes ejercían una profesión liberal, los burócratas, los militares, los clérigos, los funcionarios. Pero en todos esos niveles hubo una expansión que creó nuevas expectativas. La ciudad era, fundamentalmente, un centro intermediario, y las necesidades de esa función multiplicaban las de la producción misma. Más burocracia, más servicios, más funcionarios, más militares, más policía. Quienes eran originarios de la ciudad tenían más posibilidades de alcanzar esas posiciones; pero quienes llegaban a ella y hacían su carrera desde los primeros peldaños podían subirlos en breve tiempo a fuerza de capacidad o de vinculaciones. Y luego podían hacer fortuna, o incorporarse a una clientela política o a la suerte de un grupo de poder. Así, el tránsito desde las clases populares a la clase media fue frecuente y a veces rápido, al tiempo que en las capas superiores aparecían posibilidades de trepar a los altos estratos de la burguesía por la vía de la fortuna, o del padrinazgo de un poderoso, o de las alianzas afortunadas. Fue esta nueva clase media la que caracterizó la transformación de las ciudades, y no sólo porque reflejó la intensa movilidad de la sociedad, sino porque sus miembros permitieron la renovación de las formas de vida: eran los que compraban los periódicos, los que discutían sus opiniones en los cafés, los que se proveían en los nuevos almacenes que ofrecían la moda de París, los que llenaban las aceras de la bolsa y los bancos, los que empezaron a pensar que también ellos tenían derecho a participar del poder.

En pocos años, veinte o treinta ciudades latinoamericanas vieron transformarse sus sociedades y arrinconar las formas de vida y de mentalidad de las clases tradicionales. En su lugar, las nuevas sociedades elaboraron otras formas de cultura urbana.

Los marcos de la vida urbana

En esas ciudades, las nuevas culturas urbanas aparecieron enmarcadas por las condiciones que el nuevo sistema económico imponía. Ciertamente, en las ciudades estancadas pudo perpetuarse el estilo de vida tradicional; pero en estas otras las cosas cambiaron. Lo primero que se modificó fue el ritmo de la existencia, porque era difícil mantener el hábito de la siesta cuando a esa hora funcionaban los bancos y la bolsa.

Algunos bancos existían; desde la década del sesenta funcionaba en Brasil el Banco de Londres y Brasil, y en la Argentina, el Banco de Londres y Río de la Plata; y en el otro confín de Latinoamérica funcionaba el Banco de Londres y México. Pero en la década del ochenta empieza a crecer el número de los bancos extranjeros: ingleses, alemanes, franceses y, en México sobre todo, norteamericanos. Mucho más débiles, no faltaban los bancos nacionales. Fundados aquéllos para atraer a los inversores extranjeros, fueron árbitros de cuanta empresa o aventura económica surgió en la mente de empresarios o aventureros. Y en la vida de la ciudad, giraba alrededor de sus despachos y de sus ventanillas una maraña de operaciones que implicaba no sólo a los sectores poseedores, sino también a los medianos y al gobierno mismo. El crédito era la condición de toda iniciativa, y la esperanza de un lucro rápido obtenido sin capital caracterizó la mentalidad de todos los grupos en situación de ascenso económico.

La bolsa atraía la atención de los especuladores tanto o más que los bancos, y por eso fue el símbolo de la nueva mentalidad económica. El argentino Julián Martel describió, en su novela La Bolsa, el ambiente febril de la de Buenos Aires; pero el fenómeno se repetía en muchas partes, porque ella también ofrecía la perspectiva de un lucro rápido obtenido sin capital. Unicamente se necesitaba imaginación, audacia y, preferentemente, socios y amigos encumbrados no sólo en los círculos financieros sino también políticos. Pero la bolsa no sonreía siempre ni a todos. Frente a las pizarras de las cotizaciones se definían los destinos individuales de quienes apostaban lo que tenían y lo que no tenían a una aventura, unas veces real y otras imaginaria. Se especulaba con los títulos del estado, con el oro, con las tierras, con las acciones de compañías que se fundaban a cada instante con capitales fantasmas, y también con las de compañías sólidas a las que se jaqueaba con la especulación desmedida. Y al calor de esas especulaciones se hacían y se deshacían fortunas, con las cuales ascendía o descendía la posición de las familias alterando el cuadro social de la ciudad.

Unos pocos centros comerciales donde se concentraba el tráfico de exportación e importación completaban el sistema básico de la economía regional, que la ciudad administraba. Por los puertos salían el café, el trigo, el salitre, la carne, el oro, la caña de azúcar; y entraban gruesas cantidades de productos manufacturados. Pero el dinero en que todo eso se convertía, y el dinero obtenido de los inversores extranjeros para desarrollar esos negocios o financiar la infraestructura moderna, corría por aquellos canales que, finalmente, no concluían en la ciudad sino que seguían su curso hasta desembocar en las grandes metrópolis financieras e industriales de Europa o Estados Unidos. La ciudad que se transformaba, que veía cambiar la estructura de su sociedad y su fisonomía edilicia, que veía circular el dinero y obtenía ciertos réditos no era, en rigor, sino una avanzada de un sistema cuyos controles estaban fuera de ella. Por eso la ciudad patricia adquirió un marcado aire de factoría que la convirtió en típica ciudad burguesa.

Al crecer, la ciudad misma ofreció un nuevo género para la desenfrenada tendencia a la especulación: la tierra urbana. Perspicaz y decidido, el especulador en tierras compra –con o sin dinero– la quinta suburbana, el predio abandonado, calculando que allí se dirigirá la gente que no puede comprar en el viejo centro de la ciudad. El especulador se erige en urbanista y traza calles y plazas, reserva lugares para edificios públicos y hasta se arriesga a construir alguna casa o al menos unas paredes que sirvan de anzuelo. Entonces convoca a un remate, que suele ser una especie de fiesta popular animada por una banda de música, para un domingo por la mañana. Y el rematador –especulador y urbanista– asciende al podio y comienza con un largo y animado discurso sobre las ventajas del lugar y, sobre todo, sobre su brillante futuro. Porque el rematador sabe que muy pocos de los que vienen a comprar se proponen edificar para vivir: los más son también especuladores, aunque en otra escala, que esperan que la tierra se valorice y haga que se reproduzca el dinero invertido. Pero al fin el nuevo barrio queda hecho, y quizá muchos han ganado dinero. Allí florecerá un nuevo género de pequeño comercio, ejercido por los adelantados del menudeo, cuyas tiendas serán los focos tanto de la compraventa como de la sociabilidad del nuevo distrito. Así extendida, la ciudad necesitará servicios públicos, que nuevas empresas proveerán: el alumbrado, el tranvía, el gas y la electricidad más tarde, el agua y las obras sanitarias. Sobre la expansión física de la ciudad, una vasta inversión financia la infraestructura.

Pero las clases tradicionales preferían el viejo centro o, en todo caso, los nuevos barrios próximos a él que surgieron también como resultado de una especulación en alta escala. Son los barrios residenciales, que conviene que no estén muy lejos de donde está situado el palacio de gobierno. Por mucho que los bancos, la bolsa, las sociedades financieras y las grandes casas exportadoras e importadoras se constituyeran en centros decisivos de la vida urbana, el palacio de gobierno conservaba y aun acrecentaba su importancia. Allí residía el poder político, que no era desdeñable ni siquiera para el poder económico.

En las capitales ejercieron funciones políticas, directas o indirectas, no sólo los antiguos sino también los nuevos factores de poder. Y en diversa escala, en todas las ciudades que se transformaron por quedar inscriptas en el nuevo sistema aparecieron los nuevos factores de poder para competir con los antiguos. Eran éstos los viejos linajes patricios, las clases altas tradicionales, los jefes militares y los prelados, algunos ricos comerciantes y algunos círculos ilustrados que merecían consideración especial. Pero poco a poco el número comenzó a crecer. Otros grupos sociales, especialmente las clases medias en ascenso, canalizaron un cuerpo de opiniones políticas que se transformó en respetable. Y con el tiempo, empezarían a aparecer grupos obreros organizados en sindicatos con los que había que contar. Pero los nuevos grupos de poder importantes fueron los que expresaron el poder económico. Lanzado a la tarea de la modernización del país y a una explotación más intensiva y organizada de las riquezas naturales, el poder político descubrió que necesitaba capitales: y quienes lo ofrecieron o, finalmente, lo invirtieron se sintieron solidarios en la conducción del país, de modo que su consejo fue escuchado y sus aspiraciones generalmente satisfechas. El inversor quiso privilegios y garantías, y las solicitó al poder político que procuraba atraerlo. En el juego de toma y daca muchos se enriquecieron ilícitamente, y todos los que representaban de alguna manera al capital extranjero adquirieron una inusitada personería que gozaba de valimiento en los estrados oficiales. Privilegios y garantías quedaban establecidos en leyes que sugerían gestores, estudiaban ministros y funcionarios, votaban diputados y senadores, ponían en funcionamiento burócratas. El vínculo quedó establecido, y poco a poco el poder político se encontró apresado en esa red.

Con todo, los principales factores de poder fueron, en apariencia al menos, los partidos políticos. Algunos eran tradicionales, y su pensamiento solía corresponder a una problemática ya envejecida. Pero en su seno mismo se formaron grupos que se adecuaron a las nuevas circunstancias, y la teoría del progreso sirvió a veces de escudo para esconder sus aspiraciones. Salvo algunos sectores que perpetuaron una imagen tradicional de la economía, tanto liberales como conservadores procuraron canalizar en su provecho las nuevas circunstancias.

Algo nuevo pasó, sin embargo, después de desencadenarse el proceso de transformación económica. Las nuevas clases medias y ciertos sectores de las clases populares comenzaron a organizarse políticamente y reclamaron sus derechos a participar en la vida política del país. O en el seno de los viejos partidos o a través de partidos nuevos, estas nuevas masas urbanas se hicieron presentes exigiendo que se hiciera efectiva la democracia. Las ciudades vieron de pronto formarse esos nuevos nucleamientos políticos –liberales avanzados, radicales, socialistas-, y contemplaron la aparición de nuevas formas políticas. Los mitines de varios millares de personas reunidas en la plaza pública, el orador exaltado, las consignas reformistas o revolucionarias conmovieron a las ciudades y sacaron a la política de las tertulias y los cenáculos donde tradicionalmente se hacía. Hubo revoluciones populares, llamadas así, pero que en realidad estaban movidas por las clases medias aunque contaran a veces con el apoyo de sectores más humildes. Y los periódicos, que acrecentaban su tiraje, canalizaban sus opiniones.

La vida política se hizo más vivaz en las ciudades que se transformaban, y el poder político más difícil de ejercer. Hasta entonces había sido cosa de unas pocas familias; pero para que siguiera siendo así comenzará a parecer imprescindible que el poder político fuera más fuerte, a veces dictatorial. Y no sólo para que siguiera en manos de unas cuantas familias, sino para que no se escapara de los nuevos grupos de poder que se estaban constituyendo. Oligarquías y dictaduras fueron las formas típicas de gobierno que se ejercitaron desde las capitales.

En ellas reinó “el señor Presidente”, según la feliz fórmula acuñada por Miguel Ángel Asturias, que pensaba en los días del gobierno guatemalteco de Estrada Cabrera. Rafael Núñez y Rafael Reyes en Bogotá, Porfirio Díaz en México, Eloy Alfaro en Quito, Cipriano Castro o Juan Vicente Gómez en Caracas ejercieron el poder dentro de una concepción autocrática, que no difería mucho, por lo demás, de la que caracterizó a los presidentes que representaban a las poderosas oligarquías asentadas en Río de Janeiro o Buenos Aires. El “señor Presidente” poseía extensos poderes, y la capital era su corte, a la que era necesario encaminarse para resolver cualquier problema, sin perjuicio de que sus delegados tuvieran también sus cortes en las ciudades provincianas. Pero, en rigor, la corte era el “palacio”, tan suntuoso como era posible, en el que funcionaba un protocolo a veces grotesco y en el que no faltaban los pechos cubiertos de generosas condecoraciones ni los servidores con librea. Ese espíritu reflejaba el de las nuevas oligarquías, alucinadas por el lujo de los salones y de los parques, por el prestigio del champaña y de las aristocracias europeas de la belle époque, burguesas, por lo demás, como ellas mismas.

Pero el “señor Presidente” no siempre era prisionero y representante de la oligarquía; tenía su propio estilo, y hasta podía ser austero como Porfirio Díaz, recluido en el castillo de Chapultepec. Lo importante era que no perdiera ni un instante el control del poder, y en eso confiaban sus mandantes. El “señor Presidente” tenía su pequeña nobleza de incondicionales que lo rodeaba, todo el mundillo palaciego que se interponía entre él y los demás; tenía sus ministros, que estaban en contacto con lo que la calle decía, sus funcionarios, sus amigos predilectos, a quienes invitaba “a palacio”. Y tenía a sus generales, y a su jefe de policía, y a sus esbirros y a sus soplones, todos encadenados a los favores del “señor Presidente”, cada vez más rico, cada vez más poderoso y cada vez más prisionero en su corte, en su capital, que se transformaba con amplias avenidas y paseos, con vistosos edificios públicos, con lámparas de gas o de electricidad, con tranvías a caballo primero y eléctricos después. Prisionero de los grupos de poder, a los que daba imperiosamente aquellas órdenes que ellos esperaban y querían cumplir.

El “señor Presidente” solía llegar al poder mediante elecciones, generalmente amañadas, luego de largas deliberaciones entre los notables, entre los que no faltaba el banquero que decía las medias palabras decisivas. Siempre había un club en el que se tomaban las decisiones –el del Progreso, el Nacional, el de la Unión-, o algún hotel cuyos salones frecuentaban los iniciados, o alguna redacción de periódico en cuyos despachos se anudaban las voluntades. Después, el acto eleccionario consagraba al candidato, y para más adelante bastaba con el aparato del estado. Pero las clases medias crecieron en número, en poder, en claridad de ideas, y vastos sectores de las clases populares coincidieron con ellas, aunque algunos grupos propusieran sus propios objetivos. La política empezó a complicarse y no bastó con meter preso al opositor sino que fue necesario que la policía –o el ejército– reprimiera a los manifestantes que inundaban las calles. Junto a las oligarquías, nacidas del cambio económico y el “señor Presidente”, hacía su aparición, a veces triunfante, una clase social antes desdeñada. Era, precisamente, la que estaba haciendo las nuevas ciudades, la que leía periódicos, la que usaba el tranvía, la que conversaba en los cafés o en los clubes políticos, la que empezaba a ir al cine. Entretanto, había habido una revolución triunfante en México y otra en Rusia.

Esa clase también empezó a leer libros, pero no para distraerse, como hacían frecuentemente las clases altas, sino para aprender, para adquirir “conocimientos útiles” y para compenetrarse de las “ideas modernas”, relacionadas con la ciencia y con la política. El fenómeno era general en Europa y, en consecuencia, no faltaron libros, como los españoles de la Biblioteca Sempere y los que luego empezaron a editarse en algunas ciudades. Además estaban las revistas y los periódicos doctrinarios de los grupos anarquistas y socialistas. Así alcanzó rápidamente la clase media un nutrido bagaje de conocimientos que le permitió opinar y discutir hasta organizar una cierta actitud ante los problemas del mundo: una opinión, ciertamente muy intelectual, muy ideológica, que por eso mismo la separó cada vez más tanto de las clases altas como de las clases populares, ambas unidas en una apreciación espontánea e inmediata del mundo.

Del seno de las clases medias salieron los nuevos profesionales –médicos, ingenieros, abogados– que gracias a su profesión ascendieron de clase, y un nuevo tipo de hombre de letras que no era el caballero distinguido y refinado que distraía su ocio con la literatura: era menos esteticista, más comprometido y, generalmente, más utópico. Se lo veía, junto con los pintores y escultores, en los cafés bohemios, en las tertulias literarias y artísticas, en los estrenos de los dramas o sainetes de sus compañeros, o en los talleres o en las exposiciones donde trabajaban sus amigos. Así se constituyó una especie de nueva cultura intelectual, sin que desapareciera, por cierto, la tradicional. Tenía ésta sus hogares: la Academia, las sociedades sabias, las universidades; y también las tertulias literarias de alto rango, muy exquisitas y un poco puristas, que se desarrollaban en los salones. El contraste fue percibido, y como las nuevas luchas políticas y sociales, agitó la vida urbana de las ciudades que se transformaban por la vía de polémicas o de enfrentamiento de grupos, que llegaban al público a través de periódicos o revistas. La renovación estética posterior a la primera guerra acentuó el contraste. Tanto los que promovieron la “Semana de arte moderno” en San Pablo como los que animaron el grupo Martín Fierro en Buenos Aires tenían un cierto sentimiento minoritario; pero en ambos casos surgió al lado un movimiento militante de vocación izquierdista que aspiraba a un arte de masas. El cine, los periódicos y revistas de creciente tiraje estimulaban esta tendencia, en busca de nuevos lectores que escondían preocupaciones distintas a las de los reducidos sectores que antes tenían el privilegio de la lectura.

Cosa semejante ocurrió con los deportes. Mientras subsistía la aristocrática devoción por la esgrima y por el tenis, deportes populares como el fútbol empezaban a congregar muchedumbres en los estadios deportivos, acaso los primeros testimonios de ese fenómeno urbano que muy pronto se llamaría “la rebelión de las masas”. Como algunos movimientos políticos, eran expresiones de un sentimiento multitudinario que se constituía poco a poco en las ciudades: y un campeón de box podía transformarse en un héroe popular.

El cine y el deporte fueron, efectivamente, los signos más típicos de la transformación de las ciudades, por cuanto revelaban la presencia de unas clases populares con fisonomía distinta de la tradicional. Ahora, no sólo la procesión del Señor de los Milagros o la peregrinación al santuario de Guadalupe congregaban multitudes: también el partido final entre dos equipos que disputaban un campeonato reunía millares de personas que, evidentemente, querían escapar de la rutina del trabajo y gozar de la vida, expresar sus sentimientos y sus opiniones y acaso dar rienda suelta, un domingo, a cierta oculta cuota de rebeldía. Era como los toros, cada vez con más gente en las plazas, y más apasionada. Y luego en los cafés suburbanos y en las esquinas de los barrios cada uno defendía su opinión multitudinaria como si fuera su opinión personal. Una creciente tendencia de las clases populares hacia su integración y un marcado propósito de cada uno de sus miembros de afirmar su personalidad estaban latentes en este cambio social y cultural que desencadenó la transformación de las ciudades.

Por lo demás, la vida cotidiana cambió poco para esos sectores. Gozaron ciertamente de algunas comodidades –el agua corriente, el alumbrado a gas o la electricidad, las obras sanitarias-, pero no siempre, puesto que el crecimiento de la ciudad y el alto costo de la tierra urbana desplazaban en general a los sectores de bajos ingresos hacia áreas que no siempre se beneficiaban con ellas. Y fue más fácil la educación de los niños, porque la educación pública fue una creciente preocupación, o la atención de los enfermos, porque aumentó el número de hospitales y mejoró la atención que se prestaba en ellos. El más grave problema fue la vivienda. El conventillo –que Aluysio de Acevedo describió en Río de Janeiro y Nicomedes Guzmán en Santiago de Chile– fue un signo de degradación del que quisieron huir muchos, adquiriendo el lote prometido por el elocuente rematador de los suburbios para levantar allí su casa: un cuarto y la cocina primero, y luego, poco a poco, al compás del ahorro, el resto. Un cromo de la virgen o una fotografía de un torero o boxeador podían ser los únicos adornos de la morada, provista de elementales muebles. Y acaso flores, en las que se depositaban todas las aspiraciones sentimentales de las clases populares.

Otra cosa fue el cambio que experimentaron las formas de la vida cotidiana de las clases medias. Si algo las caracterizó fue su vehemente deseo de ascender socialmente y, sobre todo, de conservar su decoro y mejorar su apariencia. Esto llevó a sus miembros a aceptar todas las incitaciones de la naciente publicidad, a consumirse en la fiebre de poseer objetos y a envanecerse por su conocimiento de “las últimas novedades de París”. Al compás de los objetos aceptaron las costumbres y las convenciones, cada uno en la medida de sus posibilidades o, mejor, un grado más de lo que ellas le habrían permitido. En rigor, la vida del hogar no fue la que cambió más. Fue la vida de los hombres fuera de su casa la que reveló transformaciones más profundas, porque más aún que en las clases populares, creció el afán de participación en las clases medias. Para satisfacer ese designio era necesario estar en todo, y la calle se hizo más importante que la casa. Todos notaban que la vida se hacía poco a poco vertiginosa, y deseaban estar en el vértigo porque sospechaban que, de lo contrario, retrocederían en lugar de avanzar. La calle eran los cafés y los restaurantes, los teatros y los cines, pero también eran las oficinas y los bufetes, los clubes, los centros políticos y los sindicatos. Si la familia quería progresar, empezó a ser imprescindible que su jefe cultivara sus relaciones y procurara extenderlas. Y “progresar” era la ley de las ciudades que empezaban a transformarse al quedar incluidas en el nuevo sistema económico.

No ocurrió así con las pequeñas clases medias, generalmente agobiadas por el peso de sus obligaciones. Ni el empleado de tienda ni el burócrata tenían muchas esperanzas, porque el mundo era de los que tenían iniciativa para buscar aventuras. Pero ocurrió mucho más todavía en las clases altas, cuyos miembros sentían casi como una invitación personal las nuevas posibilidades que se ofrecían. Pocos fueron los que se retrajeron y perseveraron en su tradición más o menos hidalga. Los más cedieron al envite y arriesgaron su cuidada apostura en el juego de la política o de los negocios, y más frecuentemente, en los dos al mismo tiempo.

Era mucho lo que un señor de la política y los negocios debía hacer fuera de su casa; pero no era poco lo que tenía que hacer en ella. El palacio –o por lo menos, el palacete– constituía un ideal urgente; y los criados, y el mobiliario y el juego de mesa. Porque la tertulia frecuente y la gran fiesta ocasional debían servir a los ambiciosos planes del propietario que aspiraba a lograr una concesión o a cerrar un negocio o, acaso, a casar a una hija con alguien que lo ayudara a escalar posiciones. El argentino Julián Martel en La Bolsa y el venezolano José Rafael Pocaterra en La casa de los Ábila han descripto, entre otros, estas fiestas suntuosas de las familias ricas que aspiraban a constituir una aristocracia de imitación, que fue cruelmente calificada por sus modelos como “rastacuera”. Y de imitación fueron los modales y las costumbres, y hasta las opiniones y las ideas. Pero cuando se encontraban unos y otros en el club, en la Ópera o en el paseo de carruajes, no parecían sospechar la profunda inautenticidad de sus vidas.

La transformación edilicia

Las últimas décadas del siglo XIX vieron renovarse la fisonomía de muchas ciudades latinoamericanas. Las nuevas burguesías se avergonzaban de la modestia del casco antiguo de la ciudad, en muchos casos aún colonial. Pero, además, el crecimiento demográfico requería cambios espaciales, las nuevas actividades exigían una nueva infraestructura y, por su parte, tanto la técnica como los capitales extranjeros estaban en condiciones de resolver todos los problemas físicos de las ciudades.

Hubo un ejemplo. Más que la moderada transformación victoriana de Londres, obsesionó a las burguesías latinoamericanas la remodelación de París imaginada por Napoleón III y realizada por Haussmann. El principio fue la ruptura del casco antiguo y la comunicación con las nuevas áreas edificadas; pero dentro de ese esquema se introducía una vocación barroca –un barroco burgués– por los edificios públicos monumentales y la edificación privada de aire señorial. Extensos parques, grandes avenidas, servicios públicos modernos debían “asombrar al viajero”, según una reiterada frase finisecular.

Fue en Buenos Aires y en Río de Janeiro donde más audazmente se quebró el casco antiguo, comenzando con la avenida de Mayo en la primera y con la avenida Río Branco en la segunda, y seguidas por otras. Pero allí donde aquél se conservó, se trazaron o perfeccionaron otras que arrancaban de él o lo bordeaban: la avenida Juárez y el Paseo de la Reforma en México, la avenida Nicolás de Piérola y el Paseo de Colón en Lima, 18 de Julio en Montevideo, las avenidas Paulista e Higienópolis en San Pablo, la avenida Colón en Bogotá, la avenida Bolívar en Caracas. Eran vías destinadas a comunicar nuevos barrios, de los cuales algunos adquirieron muy pronto un aire aristocrático y en los que se afincaron las clases altas: en el Prado montevideano, en la Altagracia caraqueña, en la Alameda santiaguina, en Catete o Laranjeiras en Río de Janeiro, en las colonias Roma o Juárez en México, en el barrio Norte de Buenos Aires. Pero también comunicaban con los nuevos barrios de clase media y popular que nacían de los loteos de viejas quintas. Y en tanto que en los primeros predominaba un estilo francés en las residencias lujosas, se desarrolló en las modestas una arquitectura casi sin estilo o, en algunos casos, con un estilo elemental que llevaba la impronta de los maestros de obra italianos.

Plazas y paseos fueron el orgullo de las nuevas burguesías. El paseo de carruajes se hacía en la Lima finisecular por el Paseo de Colón, por Chapultepec en México y en Buenos Aires por la avenida de las Palmeras en el bosque de Palermo, inspirado en el Bois de Boulogne parisiense. Pero las gentes que paseaban a pie tuvieron plazas numerosas en todas las ciudades, y en muchas de ellas, sus jardines, que a veces reunían colecciones botánicas o zoológicas, sin que faltaran los entretenimientos para niños. Con esa perspectiva solían edificarse los grandes edificios públicos, teñidos de monumentalidad neoclásica, los “capitolios”, como el de La Habana o el de Caracas, los palacios de Gobierno, los palacios de Justicia, desentonando a veces con las iglesias coloniales y con la achaparrada edificación circundante. Y en el medio de las plazas, los monumentos a los héroes, de mármol o de bronce, hechura casi siempre de escultores italianos o franceses. Sólo muy lentamente empezaban a levantarse casas de departamentos de varios pisos en las zonas céntricas, donde comenzaban a fijar su residencia quienes se hastiaban de las viejas casonas de dos o tres patios. Y los comercios que se modernizaban solían renovar su fachada para abrir vistosas vidrieras, estableciendo con frecuencia un curioso contraste entre la planta baja y los pisos altos de los viejos edificios.

En medio del eclecticismo arquitectónico, las ciudades latinoamericanas mostraron cierta predilección por el art nouveau, cuyos modelos, especialmente catalanes, parecieron expresar no sólo la novedad del momento sino también cierta tendencia al lujo rebuscado que agradaba a las clases opulentas. Pináculos abigarrados y estatuas imponentes jugaban en las fachadas con las atrevidas cornisas, en un alarde de irrealidad y como un desafío a las reglas clásicas de la arquitectura. De buena factura, algunas cabecitas o algunos florones provocaban el éxtasis de los entendidos; pero para los más, lo importante era aquella ostentación de la decoración superflua, lo que concitaba el interés y la admiración. Y en contraste, las estaciones ferroviarias que seguían el modelo de la Victoria londinense exhibían sus estructuras de hierro como si fueran monumentos al Progreso y a la Industria.

Signos de progreso fueron las obras sanitarias, que proveyeron de aguas corrientes y de cloacas a las ciudades que crecían. Ríos y arroyos fueron entubados, y sobre algunos de ellos correrían importantes avenidas, como la Jiménez de Quesada en Bogotá o la Juan B. Justo en Buenos Aires. La iluminación pública a gas deslumbró a quienes estaban acostumbrados al aceite, y la eléctrica sobrepasó el asombro el día que se encendieron los primeros focos. Un día aparecieron los tranvías a caballo, y más tarde los reemplazaron los tranvías eléctricos que contemplarían la aparición de los autobuses. En alguna ciudad apareció un aeródromo. Y cuando ya todos se habían acostumbrado al uso del telégrafo y del teléfono, se levantó en algunas ciudades una antena transmisora de radiotelefonía. Año más, año menos, como en Europa, porque el trasvasamiento de las innovaciones técnicas fue en Latinoamérica casi instantáneo.

En medio del creciente trajín urbano, la Ópera se constituyó en el símbolo del arte. Teatros más o menos lujosos aparecieron en casi todas las capitales: el Municipal de Río de Janeiro, el Colón de Buenos Aires, el Palacio de Bellas Artes de México. Pero no sólo en las capitales: muchas ciudades poseyeron su teatro, como el de Juárez en Guanajuato de México, el Argentino de La Plata y, sobre todo, el Amazonas de Manaos, Brasil, el más estupendo ejemplo de una sociedad que elegía sus formas de vida impostando en el corazón de la selva ese “templo del arte” que inauguraría Caruso.

El teatro –el dramático tanto como el operístico– atrajo a las burguesías urbanas de las ciudades que se transformaban, porque significaba, al mismo tiempo, una reunión social y un solaz del espíritu. Pero también fue vehículo de ideas: “Es así como haremos teatro, ¡el verdadero teatro de ideas!… Basta de sainetes vacíos y huecos, ¡tesis, tesis!”, hacía decir, no sin ironía, a su personaje el argentino Gregorio de Laferrère en Locos de verano, estrenada en Buenos Aires en 1905. Era el teatro que preferían los jóvenes intelectuales, pero también todos aquellos que se preocupaban por los problemas sociales y políticos y los que creían en el Progreso.

El progreso y la religión de la ciencia conformaron una ideología que dividió a las clases altas. Mientras algunos de sus miembros permanecían adheridos al tradicionalismo de sabor hispánico, otros, cada vez más, se volcaron a las nuevas ideas que acompañaban el desarrollo industrial y capitalista. Y no sólo el teatro de tesis difundió esas ideas: los periódicos y revistas, los libros de Spencer y otros de variados divulgadores contribuían a formar una nueva mentalidad de clase dirigente, que se inspiraba en el liberalismo y tonificaba sus convicciones en la masonería.

Las polémicas entre partidarios del laicismo y aquellos que defendían la tradicional influencia de la iglesia sacudieron la paz de muchas ciudades, en cuyos foros discutían los prohombres. A medida que pasaba el tiempo, las clases medias en ascenso se inclinaban más decididamente por las ideas liberales, ensanchando el plano de su sustentación. Una creciente indiferencia religiosa parecía advertirse en algunas ciudades, cuyos templos vieron disminuir considerablemente el número de practicantes del sexo masculino. Y el tradicionalismo, que sólo para las clases medias tradicionales constituía una herencia, fue mirado por las nuevas clases medias en ascenso con una mezcla de desprecio y burla.

Algo semejante ocurrió con las clases populares. Los sectores vernáculos se mantuvieron adheridos a sus viejas ideas, como se mantenían adheridos a sus viejas costumbres. Pero los grupos migratorios, y sobre todo los externos, no sólo se sentían ajenos a los contenidos del tradicionalismo sino que se sentían atraídos por las ideas que alimentaban la corriente económica que los había llevado a la ciudad, sobre todo en la medida en que servían de fundamento a una justificación de la intensa movilidad que caracterizaba la vida urbana. Una cierta anomia comenzó a caracterizar la yuxtaposición de grupos sociales de distinta mentalidad.

La anomia fue considerada por muchos temperamentos nostálgicos como un signo de decadencia. La ciudad que comenzaba a ser multitudinaria contemplaba la quiebra del viejo sistema de normas morales sin que ningún otro lo reemplazara, y en cambio comenzaban a proliferar insólitas doctrinas sobre la educación, sobre la familia, sobre las actividades económicas –relacionadas con el lucro y la competencia-, sobre las relaciones sociales y políticas y hasta sobre los criminales, a quienes algunos consideraban víctimas de la sociedad. Para muchos, las viejas costumbres parecían ridículas y no vacilaban en calificarlas de prejuicios. Y como el anonimato crecía a medida que crecía el volumen de la población, fueron cada vez más los hijos de buenas familias que se dedicaban a la vida alegre y no faltó quien quisiera redimir a una prostituta mediante el vínculo matrimonial. La prostituta –la que el mexicano Fernando Gamboa retrató en su novela Santa– pasó también a ser un símbolo de la perversidad de la ciudad que se transformaba, como ya lo había sido, por otra parte, en Europa.

Por lo demás, la prostituta era una mujer, y su suerte estaba vinculada de alguna manera a la condición que la sociedad le reservaba a todas. La protagonista de la novela de Gamboa había sido expulsada de su casa por obra de una maniobra sórdida; pero muchas mujeres empezaron a pensar que había pasado el tiempo de la “tapada” limeña y que había llegado la hora de que la mujer alcanzara su liberación. De hecho, poco a poco, se la vio salir a la calle sin acompañantes, y después de la Primera Guerra Mundial comenzó a frecuentar lugares públicos y a ejercer ciertos empleos. Hubo mujeres escritoras, como las limeñas Mercedes Cabello de Carbonera y Clorinda Matto de Turner o la argentina Emma de la Barra, que constituyeron arquetipos de una forma de liberación; y otra argentina, Julieta Lanteri, sacudió el ambiente porteño proclamando vehementemente los principios del feminismo.

Con todo, las ideas que más agitaron a las ciudades que se transformaban fueron las que se relacionaban con los grandes problemas sociales y políticos. El conservadorismo se escindió entre los partidarios de una concepción tradicional con resabios feudales y los partidarios de un conservadorismo moderado, liberal y moderno. Pero el liberalismo democrático y progresista arraigó sobre todo en las clases medias populares, al menos hasta que aparecieron fórmulas más avanzadas. En Lima, Manuel González Prada pronunció en 1888, en el teatro Politeama, un discurso en el que sostuvo una audaz fórmula revolucionaria: “Los viejos a la tumba, los jóvenes a la obra”. Sus esfuerzos cristalizaron en la formación del Partido Unión Nacional, que se asemejaba a la Unión Cívica Radical que organizó en Buenos Aires Leandro N. Alem. Eran partidos populares que intentaban ofrecer una salida a las nuevas mayorías preferentemente urbanas y, como en el caso de González Prada, movilizarlas en favor de los grandes problemas sociales del país. También en otras ciudades la politización de esas mayorías fue importante, como en Montevideo y en Santiago de Chile. Pero algunos de sus sectores prefirieron soluciones más avanzadas.

Buenos Aires vio constituirse un Partido Socialista bajo la inspiración de Juan B. Justo; y de sus filas salió Alfredo L. Palacios, que logró en el popular barrio porteño de La Boca la primera banca que un socialista latinoamericano ocupara en el Congreso. A su lado luchaban los anarquistas y los sindicalistas, en tanto que los católicos constituían los primeros Círculos de Obreros siguiendo las enseñanzas de la encíclica Rerum Novarum. Hubo luchas por las ideas; pero como el movimiento obrero pareció subversivo, hubo huelgas violentas y represiones despiadadas. Algunos empezaron a pensar en la dictadura. En Lima, al celebrarse el centenario de la batalla de Ayacucho, en 1924, el poeta argentino Leopoldo Lugones proclamó la llegada de “la hora de la espada”. Y se vio a algunos pequeños sectores incorporarse a las corrientes del fascismo italiano.

Para los espíritus temerosos, la agitada vida de las ciudades que se transformaban pareció indicar el comienzo de una grave crisis. Y lo era. Las ciudades empezaban a dejar de ser lo que habían sido. Junto a la cultura tradicional de las clases privilegiadas se constituía en ellas una cultura popular, de raíces heterogéneas, todavía sin estilo, más visible sin duda en las ciudades que, como San Pablo, Buenos Aires y Montevideo, acusaban la presencia de una fuerte corriente inmigratoria. Era el fruto del cambio. El modelo de esas ciudades empezaría a operar poco después sobre las demás, y después de 1930 la transformación urbana se precipitó en un proceso de tremendas proyecciones.

El desarrollo de las ideas en la sociedad argentina del siglo XX. 1965

ADVERTENCIA

El libro que debía escribir sobre las ideas argentinas en el siglo xx suponía un conjunto de problemas. Con ser muy graves, los de información no me parecieron los mayores. Más difícil creí que fuera llegar a establecer un método interpretativo y, luego, a edificar una estructura de cierto rigor. Decidido a resolver estas últimas cuestiones, me atreví a intentar la realización de un experimento.

Éste es el resultado, que, tanto por razones de sinceridad como de prudencia, quiero juzgar modesto.

El título mismo supone una cierta interpretación de la historia de las ideas, disciplina de escasa tradición y muy imprecisos contornos. Deliberadamente he eludido la exposición del pensamiento sistemático, porque creo que la historia de las ideas no puede ser una mera yuxtaposición de historias parciales de innumerables campos de la reflexión. Mi objetivo ha sido esbozar un cuadro de conjunto en el que se muevan las corrientes de ideas y de opiniones a través de los grupos sociales que las han expresado, defendido o rechazado, para descubrir cómo han obrado sobre las formas de vida colectiva, cómo operaron a través de grupos —mayoritarios o minoritarios— según el diverso grado de vigencia que alcanzaron, cómo inspiraron ciertas formas de comportamiento social o, en fin, cómo expresaron los contenidos de ciertas actitudes espontáneas.

Este planteo supone una opinión acerca de cuál es el enfoque con el que la historia de las ideas puede ayudar a la comprensión de la historia. Si ese enfoque abre una perspectiva nueva, es porque no se han explorado metódicamente las relaciones entre la realidad social y las corrientes de ideas y opiniones, fenómenos tan vigorosos que les es dado aglutinar individuos y grupos sociales de una manera singular, en ocasiones alterando las relaciones derivadas de la estratificación social.

Para desarrollar este planteo he debido utilizar muchos y muy diversos materiales, de los cuales algunos no me eran familiares. Con ser muchos, el ambicioso esquema que me propuse hubiera requerido muchos más. Debo considerar, pues, este estudio como un ensayo, como una especie de bosquejo sobre el que habría que trabajar largamente. Si, pese a las notorias deficiencias, me atrevo a publicarlo, es porque creo que constituye un intento antes no realizado de poner a la luz cierto tipo de relaciones que, a mi juicio, no han sido suficientemente destacadas.

El lector tiene, pues, ante los ojos, un experimento historiográfico. Su destino es ser superado. Pero creería haber alcanzado lo que me proponía si el lector atento advierte la riqueza de posibilidades que encierra el método propuesto para la comprensión de la realidad socio-cultural.

Capítulo primero

EL LEGADO DEL SIGLO XX: LA OBRA DE LA GENERACIÓN DEL 80

1

Tras el período de las primeras tres grandes presidencias constitucionales (1862-1880), la Argentina comenzó a acusar los resultados de la política programada desde la proscripción por los profetas de la nueva República —Echeverría, Alberdi, Sarmiento, entre otros— y puesta en ejecución durante los veinte años que siguieron a la batalla de Caseros, que puso fin a la dictadura de Juan Manuel de Rosas (1852). La era del saladero había concluido, y las actividades agropecuarias se orientaron hacia la cría de la oveja para la exportación de la lana; entre tanto comenzaba a desarrollarse la agricultura en campos a los que protegía poco a poco el alambrado, y progresaba, aunque con dificultades, una incipiente industria. En las zonas rurales, pero más aún en las ciudades y especialmente en Buenos Aires, crecía rápidamente la población a consecuencia de los ingentes grupos de extranjeros que llegaban cada día a los puertos, algunos para incorporarse a las faenas agropecuarias, otros para ejercer su artesanía, y todos para gozar de las promesas de bienestar que la zona litoral del país ofrecía. Por allí comenzaron a tenderse las vías férreas y a desarrollarse otros elementos del progreso técnico que alimentaban en los europeos recién llegados la ilusión de estar no sólo en un país tan adelantado como el suyo, sino acaso en uno de más brillante porvenir, en parte por la debilidad de las estructuras económicas tradicionales y en parte por la atracción que parecía tener América para quienes deseaban invertir capitales. Más allá del litoral, y excepción hecha de ciertos focos de civilización —algunos de tradición secular— subsistía el desierto al que nadie se sentía tentado de poblar. Y Buenos Aires, a punto de trasmutarse de aldea en metrópoli, fijaba en sus límites al mayor número de gentes, en sus actividades la mayor parte de la riqueza, y en sus puestos de mando casi todos los mecanismos que regían la vida económica y política del país.

Así comenzó a advertirse —en las vísperas de 1880— un cambio sustancial en la vida argentina. El país buscaba su camino a través de unas transformaciones profundas que se operaban en la organización económica, en la composición de la sociedad, en la vigencia de las costumbres y en la adhesión a ciertas ideas. No era empresa fácil pues, si abría sus ventanas a los vientos del mundo, eran muchas las alternativas que se ofrecían ante sus ojos, todas con perspectiva de futuro. La Argentina era una promesa o, mejor, todo un conjunto de promesas que escondían sus posibilidades en una tierra de extraordinaria feracidad, de clima atrayente y escasamente poblada. En un momento en que Europa se industrializaba aceleradamente y concentraba grandes masas en sus ciudades, un país de predominante población blanca y resuelto a seguir las huellas de la civilización europea, que se ofrecía para ser el granero y la dehesa de Europa, podía aspirar a recibir un bien ganado premio. Una generación señalada por sus gravísimas responsabilidades debió elegir un camino entre las múltiples alternativas que se le ofrecían al país: tal fue la misión histórica de la generación del 80, de cuya obra depende el destino argentino casi hasta nuestros días.

Hasta poco antes, solía frecuentemente el indio aproximarse a prósperas poblaciones del litoral en vertiginosos malones, para robar ganado y toda suerte de utensilios, y apoderarse de rehenes que luego llevaba en cautividad.

Todas las opiniones estaban contestes en que hasta que no desapareciera ese peligro no ofrecería el país las garantías suficientes como para que hombres y capitales de otras tierras acudieran al país en la proporción en que parecían necesarios para satisfacer los sueños de grandeza que se escondían en todos los espíritus. Ésa fue una de las causas que decidió al gobierno del presidente Avellaneda a preparar la definitiva expedición al desierto que emprendería el general Julio Argentino Roca. En los campos de la provincia de Buenos Aires crecían los ganados lanares con intenso ritmo, y nuevas tierras tentaban a quienes los explotaban. En 1879 el designio civilizador quedó cumplido. El general Roca llegó hasta las márgenes del Río Negro, y poco después quedaban incorporadas al horizonte de la ganadería unas quince mil leguas cuadradas de tierra que, graciosamente distribuidas entre los allegados al gobierno, convirtieron en poderosos a aquellos que las recibieron.

Las actividades rurales, estimuladas por la mayor seguridad obtenida gracias a la vasta operación militar de Roca, ampliadas gracias a las nuevas tierras ganadas con ella para su desarrollo, favorecidas por la mano de obra aportada por la inmigración europea, y alentadas por la gran demanda del mercado internacional, comenzaron a progresar con la firmeza propia de una empresa fundamental para la vida del país. El comercio, derivado especialmente de tales actividades productivas y animado por las exigencias de los centros urbanos, creció en volumen, vivificando a su vez las grandes ciudades litorales; y la industria, que apenas podía competir en importancia con las otras actividades económicas, se desarrolló lo suficiente como para que quienes la impulsaban se reunieran en 1875 en una activa institución de fomento y defensa llamada Club Industrial, con influencia bastante como para mover a algunas figuras prominentes de la política a intentar ya en 1876 —sin éxito, por cierto— la sanción de leyes proteccionistas, contra la tendencia general de los intereses agropecuarios.

La estrecha relación de la economía argentina con las demandas del mercado europeo otorgó a Buenos Aires un papel singularmente importante en la vida nacional.

Un viejo pleito entre porteños y provincianos se agudizó entonces, y el país quiso que la ciudad capital, que era además el primer puerto del país, fuese patrimonio de la nación entera y no tan sólo de la provincia de Buenos Aires, única beneficiaria hasta entonces de su múltiple actividad y de su rica aduana. El interior del país no era ya desierto, sino que agregaba a su antigua influencia política la influencia económica que ahora poseían algunas regiones, especialmente las del litoral, a causa de su creciente riqueza. La lucha se hizo inevitable y cristalizó alrededor de dos candidaturas presidenciales para las elecciones de 1880, en las que debía elegirse sucesor de Nicolás Avellaneda. Las provincias del interior sostuvieron la candidatura de un tucumano, el jefe de la expedición al desierto, el general Roca, al tiempo que manifestaban su decisión irrevocable de declarar la federalización de la ciudad de Buenos Aires. La provincia de Buenos Aires, por su parte, levantó la candidatura presidencial de su propio gobernador, Carlos Tejedor, y se dispuso no sólo a defenderla contra el fraude que la amenazaba, sino también a defender a su capital como su propio patrimonio. El conflicto degeneró en guerra civil, y Tejedor se vio derrotado no sólo en sus aspiraciones al gobierno, sino también en el problema de la capital, pues Buenos Aires fue federalizada el 20 de septiembre de 1880. Pocos días después asumía la presidencia de la República el general Roca y se inauguraba una era de profundas transformaciones en la vida argentina.

2

Roca tenía entonces treinta y siete años. A su alrededor se empezó a mover una generación que comenzaba a entrar en la madurez y algunos de cuyos miembros habían dado ya pruebas de su definida orientación. No en balde fue su ministro del Interior Antonio del Viso, gobernador de Córdoba hasta poco antes, y cuya acción —en la que lo había acompañado Miguel Juárez Celman como ministro de Gobierno— había sido claro testimonio de progresismo liberal y emprendedor. No faltó algún católico en su ministerio —como Manuel D. Pizarro— pero predominaron en él los espíritus abiertos y liberales, entre los cuales se destacaron Eduardo Wilde y Carlos Pellegrini.

En la política, en la dirección de la vida económica, en las letras y en otras muchas actividades, una nueva generación se ponía en evidencia. Durante más de veinte años imprimió sus ideas y sus sentimientos a las distintas actividades de la vida nacional con ese aplomo que da la certidumbre de poseer, si no la verdad misma, al menos, esa verdad relativa que resulta del consenso general. Y su fuerza de convicción plasmó en un sentimiento colectivo que fue el espíritu de la época.

Muchos de sus miembros ejercieron carreras liberales, porque fue hábito en las buenas familias mandar a sus hijos a la Universidad de Córdoba o a la de Buenos Aires. En la época de estudiantes se crearon los vínculos temperamentales e ideológicos que funcionarían durante toda la vida y, ya hombres, intervendrían muchos de ellos en las múltiples y diversas actividades de la vida del país con la específica mentalidad del universitario y del profesional. Pero tales condiciones no agotaban la personalidad de los hombres de la generación del 80. Sus profesiones —la abogacía o la medicina— los pusieron en contacto con las funciones públicas, y las circunstancias favorecieron su encumbramiento. Ministros o altos funcionarios, trasmutaron en decisiones de Estado las opiniones que todos ellos sustentaban de antiguo en los claustros universitarios, en las columnas de la prensa o en las tertulias de los clubes, a los que como caballeros acudían. Algunos, como Lucio V. López, ejerció la defensa y asesoría de la Bolsa de Comercio, y otros las de las grandes empresas inglesas y francesas que comenzaban a organizarse, en las cuales alcanzaron, generalmente, a ser miembros de los directorios locales. Pero, como Lucio V. López, todos o casi todos mostraron inclinación por el periodismo y la literatura. Escribir para el público fue una de las preocupaciones fundamentales de esta nueva generación que asumió la dirección del país al alcanzar la presidencia de la República el general Roca.

Entre los hombres que por entonces se dedicaron a la política y ocuparon altas funciones casi todos poseyeron buena formación intelectual y participaron de las inquietudes filosóficas y estéticas de la época. Casi todos leyeron las mismas revistas —francesas en su mayoría— y frecuentaron los mismos autores. Pero algunos poseyeron además el impulso de desarrollar sus propias ideas, unas veces al calor de los acontecimientos cotidianos y con el ropaje ligero del periodismo, y otras de modo más pulcro y severo bajo la forma del ensayo o del relato.

Hubo numerosos periódicos, casi todos polémicos y con posición tomada frente a los candentes problemas políticos y espirituales del país, y no faltaron las revistas, populares unas y de altas ambiciones intelectuales otras. En unos y otras hicieron esgrima de ideas y ejercicios de pensamiento José Miró, que escribió en La Nación y publicó allí su novela La Bolsa con el seudónimo de Julián Martel; Carlos Pellegrini, Roque Sáenz Peña, Lucio V. López y Paul Groussac, que formaban parte de la redacción de Sud América, periódico de intensa acometividad en favor de las ideas renovadoras y liberales, y cada uno de los cuales se destacó en la política o en la literatura; Miguel Cañé y Aristóbulo del Valle, que dirigieron El Nacional, sucediendo a Sarmiento, ágil escritor el primero y orador consumado el segundo; Joaquín Castellanos, Adolfo Saldías, Francisco Barroetaveña, que publicaron El Argentino para defender las ideas radicales; Olegario V. Andrade, que escribía en La Tribuna, dirigida por Mariano Varela; Pedro Goyena, José Manuel Estrada, Miguel Navarro Viola, Tristán Achával Rodríguez, Santiago Estrada y Emilio Lamarca, que se agruparon en La Unión para defender las posiciones del catolicismo.

Vicente Quesada y su hijo Ernesto dirigieron y animaron La Nueva Revista de Buenos Aires, en la que escribieron sobre filosofía, historia y literatura, además de sus directores, Navarro Viola, Gutiérrez, López, y cuantos manifestaron preocupaciones eruditas. Estrada y Goyena publicaron la Revista Argentina, de preocupaciones más ceñidamente literarias; Calixto Oyuela dirigió la Revista Científica y Literaria; Adolfo P. Carranza y Carlos Vega Belgrano la Revista Nacional, y Paul Groussac comenzó a editar en 1896 La Biblioteca, efímera pero fiel expresión de la vida intelectual argentina de las dos últimas décadas del siglo xix, en la que publicaron colaboraciones Francisco y José María Ramos Mejía, Lucio V. Mansilla, Juan Agustín García, Rafael Obligado, entre otros muchos.

En los negocios, en la política, en las letras o en la vida mundana, se constituyó así una generación que asumió la dirección de la vida argentina, aplicando criterios homogéneos y de sólidos fundamentos. Tras la crisis de 1880 y el comienzo de la presidencia de Roca su hegemonía se hizo indiscutida y duró acaso algo más de tres décadas, aunque en su transcurso se fueron fortaleciendo las raíces de un movimiento de adverso sentido. Su acción se realizó sobre un país cuya estructura económica cambiaba rápidamente, a causa sobre todo de importantes transformaciones en la estructura social, modificada por un acto deliberado de incorporación al país de una crecida masa inmigratoria. Ante tales cambios demográficos, sociales y económicos la nueva generación de dirigentes sólo opuso la persistencia de una única filosofía.

3

Quizá, sobre todo por poseer una sólida y arraigada filosofía espontánea de la vida, fue la generación del 80 una fuerza tan compacta y tan eficaz en la dirección de la vida argentina. Quizá podría —como hace notar Alejandro Korn— escribirse la historia del pensamiento filosófico sin mencionar los nombres de sus miembros, porque sufrían “el tedio de toda disquisición abstracta”; pero en la historia de las ideas ocupan un puesto singular, porque pocas veces fue tan firme un sistema de convicciones en el seno de una élite, y pocas logró influir tan profundamente sobre la realidad.

En los profundos estratos de esa filosofía espontánea de la vida hay, sin duda, inequívocos resabios de una filosofía sistemática, quizá no muy bien conocida en sus fuentes, pero aprendida a través de autoridades que le prestaban su personal prestigio. Era el positivismo, cuyos principios habían entrevisto como fruto de su propia reflexión algunos de los emigrados y que había arraigado luego en la generación siguiente a través de lecturas de Comte, de Spencer o de sus epígonos. Pero si la doctrina había mantenido el fervor militante en los hombres de la organización posterior a Caseros, en sus hijos apenas sirvió para justificar el éxito, y tras el éxito el conformismo.

Quizá la palabra conformismo moviere a error si indujera a pensar en cierta impotente resignación frente a circunstancias adversas; pero el de los hombres de la generación del 80 fue un conformismo de otra especie. La obra emprendida y llevada a cabo por sus padres había comenzado a dar sus frutos, y la promesa se había tornado sólida y brillante prosperidad. Sólo que era una prosperidad de tal suerte que debía incitar a la reflexión, a la crítica, al examen, a la vigilancia perpetua; pero, en lugar de eso, suscitó un fácil sentimiento de conformismo que cegó las posibilidades de descubrir las inevitables y bruscas mutaciones que necesariamente se preparaban en el seno de esa realidad, en cuyo desarrollo se advertía un vértigo que no podía asegurar ninguna estabilidad, ni acaso una curva regular en el desenvolvimiento de la vida social.

La nueva oligarquía se dejó mecer indolentemente por la vida porque dio por sentado que el proceso que sus padres habían desencadenado y guiado con tanto esfuerzo y tan madura reflexión correspondía a la naturaleza de las cosas y no necesitaba la constante corrección del rumbo. El proceso, empero, se desenvolvía como un torrente violento constreñido por terribles obstáculos, a los que al principio sorteó gracias a la habilidad de los timoneles y contra los que luego comenzó a chocar con creciente violencia; pero en las orillas del torrente quedaba abundante resaca, y la resaca pareció ganancia suficiente y estímulo bastante para quienes debían dirigir el proceso y se limitaban a seguirlo.

Hubo entre los hombres de la generación del 80 espíritus religiosos y no religiosos, pero sin duda predominaron y ejercieron mayor influencia estos últimos. A ellos se debe la acción de gobierno y sobre todo el aire singular que adquirió la época, en Buenos Aires y en Córdoba especialmente. Quizá fueran ateos, pero es más seguro que fueran tan sólo indiferentes, porque la despreocupación por cuanto implicara severos compromisos internos caracterizó su manera de ser. Si se dejaron llevar por el sensualismo, no fue sólo sin embargo porque fueran indiferentes en materia religiosa, sino más bien porque dieron rienda suelta a ciertos sentimientos de casta. Herederos de padres ilustres, creyeron merecer no sólo el prestigio que rápidamente conquistaron, sino también la dirección política del país —administrada por los jefes de los grupos provinciales— y sobre todo cierto diezmo que parecía corresponderles por derecho natural sobre las ganancias que el país obtenía de su ingente esfuerzo, obra ya de propios y extraños. El amor a la riqueza y el orgullo de casta engendró el sensualismo y éste tentó a los aristócratas de la modesta Buenos Aires con las infinitas vanidades que movían a las burguesías ricas de Londres o París. El refinamiento en las costumbres comenzó a regirse por normas diferentes de las que habían presidido la vida del patriciado porteño, alterada ahora por cierto amaneramiento que nacía de traducir a la atmósfera aldeana de Buenos Aires las modas, los usos y las convenciones de las grandes capitales europeas, entonces en la euforia del esplendor capitalista.

La construcción del edificio del teatro Colón, proyectado por el gobierno de Juárez Celman, simbolizó no sólo las preocupaciones por el goce estético sino más aún, el afán de construir los cuadros para el desarrollo de una existencia convencional en el más alto nivel de lujo. Julián Martel procuraba, en La Bolsa, reflejar la feria de las vanidades porteñas, y Lucio V. Mansilla daba el ejemplo de cómo adecuar la elegancia europea al marco de la ambiciosa ciudad que Lucio López, con ajustada precisión y acaso no sin melancolía, llamó La gran aldea.

Esta actitud vital entrañaba, ciertamente, cierto desprecio por las tradiciones vernáculas. La época de Juan Manuel de Rosas, que para las generaciones posteriores a Caseros parecía espejo de barbarie, había exaltado el amor a los hábitos criollos, a la vida rural y al modo de ser del hombre de la llanura, para quien la vida ciudadana era apenas un intermedio fugaz en su existencia tosca y bravia. Todo eso había sido condenado por el vigoroso estigma impuesto por los proscriptos al campo, considerado fuente de barbarie, y la derrota del tirano había significado a los ojos de los vencedores el triunfo de la civilización. Acaso por ese contraste fue tan notorio el desprecio de la tradición criolla, que los hombres de la primera generación posterior a Caseros sentían como un sentimiento espontáneo, y que para los de la generación del 80 fue un sentimiento heredado. Lo criollo era lo primitivo, lo elemental, y a poco, comenzó a ser lo pintoresco para estos hombres que empezaron a tratar de hacer de las ciudades activos centros de europeización del país.

careciendo de toda estimación por las formas criollas de vida, se propusieron suprimirlas y sustituirlas por las que, a sus ojos, representaban la civilización.

En realidad, los hombres de la generación del 80 no hicieron sino llevar hasta sus últimas consecuencias los principios de la política civilizadora cuyo más brillante paladín había sido Sarmiento. Para ellos, no era ésta ya una política discutible o una política entre varias, sino la política por excelencia, rara seguir impulsándola al ritmo de los tiempos —y para extremarla, en vista del éxito alcanzado— era inevitable entrar en el torbellino que poco a poco se formaba en el mundo occidental al compás del desarrollo industrial y capitalista. Europa y los Estados Unidos se habían lanzado a la carrera del desenvolvimiento técnico, y civilizar quería decir ahora imponer en mayor o menor grado la civilización técnica. La vieja fórmula sarmientina fue traducida ahora con amplia libertad y según los términos contemporáneos, abriendo las puertas de la nación al capital extranjero, introduciendo el país en el mercado internacional, poblando los campos y las ciudades con hombres venidos de todas partes del mundo. Y el país comenzó a tornarse cosmopolita, en las formas al menos, por obra del liberalismo ilustrado de su nueva oligarquía, y con olvido o desprecio de la masa popular, antes de pura cepa criolla y ahora hibridada poco a poco por el arribo de las masas inmigratorias.

Tan profundos trastornos económicos y sociales no podían dejar de influir sobre la vida espiritual. En ese orden, la tradición criolla no era sino la tradición hispánica colonial, que las influencias iluministas y liberales de la primera mitad del siglo no habían logrado desterrar ni aun debilitar demasiado. Cuando comenzó la ofensiva contra la tradición criolla, comenzó también, directa o indirectamente, el ataque contra la mentalidad colonial, que inspiraba no sólo la vida intelectual sino que respaldaba también todo el sistema de creencias y opiniones vigentes en la sociedad. El efecto no se hizo esperar. Sostenida por una vigorosa coherencia interna, la primera generación posterior a Caseros, y luego sus herederos de la generación del 80, arremetieron contra los esquemas mentales tradicionales. Prefirieron los autores franceses a los españoles y, algunos, los anglosajones a los franceses; tales lecturas alejaron muy pronto a las minorías cultas de la influencia de la Iglesia. Se ha dicho que el resultado de ese esfuerzo fue una “secularización” de la cultura; la expresión refleja claramente la intención de las clases dominantes y aun los resultados obtenidos, pues la notoria heterodoxia de los autores preferidos y casi canónicos reflejaba una decidida preferencia por un sistema de ideas arto distinto del que prevalecía hasta entonces.

Pero tal esfuerzo no se realizó sin oposición, y si puede hablarse de una efectiva quiebra de la tradición colonial entendiéndola como una “secularización” de la cultura, fue porque la nueva oligarquía triunfó en la batalla que le ofreció el frente católico. No vaciló éste en organizarse cuando el sentimiento moderno y liberal comenzó a traducirse en obras, a través de las medidas legislativas. Contaba con inteligencias claras, y contaba además con la experiencia de la lucha, pues la que se dio en el escenario rioplatense imitaba y seguía muy de cerca a la que se había desarrollado en Europa muy poco antes. Contaba, además, con la fuerza de la tradición, que le prestaba apoyo fuera de las clases dirigentes, en el seno de la naciente clase media, tradicionalista y acaso un poco asustada del vértigo innovador de la audaz minoría que dirigía el país; poco después se vería que también podía contar con el apoyo popular, pasivo pero eficaz, que se sumó a las fuerzas católicas en un frente complejo, sostenido por la indefinición de sus problemas generales, y que contribuyó a provocar el movimiento disconformista de 1890.

Quizá pudiera agregarse que aun la propia clase dirigente fue cobrando una especie de vago temor ante el curso de los acontecimientos. Algo tenía su actitud de la del aprendiz de brujo. Si los presupuestos de la política civilizadora y progresista estaban totalmente en pie, algunos fenómenos secundarios que resultaban de su aplicación adquirían proporciones inesperadas. Sarmiento señaló algunos en Conflicto y armonías de las razas en América, y todos los advertían en la vida diaria, en los fenómenos de la sociabilidad que podían observarse especialmente en el litoral. La población se hibridaba con caracteres no previstos, provocando situaciones y fenómenos no imaginados. Él país perdía, ciertamente, el primitivo estilo criollo, pero no adquiría otro y ofrecía cada vez más una fisonomía imprecisa e inasible. El estigma de la sórdida lucha por la riqueza se tornaba indeleble en la superficie misma de la vida y de los caracteres.

Pero la lucha por la riqueza no siempre adoptaba iguales caracteres. En la vieja clase de trabajadores criollos, en la nueva clase de los inmigrantes que acababan de incorporarse al país, y hasta en las clases medias que sufrían los embates de las transformaciones económicas y vivían dentro de un régimen de inestabilidad, la lucha por la riqueza tenía cierta visible sordidez que los espíritus refinados de la nueva oligarquía acusaban inmediatamente.

Quizá fuera por eso que sus miembros se acostumbraron muy pronto a suponer que pertenecían a otra clase, a otro mundo que éste de los que buscaban la riqueza en una lucha sin cuartel por medio del trabajo. Ellos no necesitaban descender a esos menesteres. Se convencieron de que constituían lo que quedaba de puro, de prístino, en el país, y que se merecían todo, a causa de ese mérito, que no era suyo, sino determinado por lo que había cambiado a su alrededor. La sordidez de su propia lucha por la riqueza parecía ocultárseles. Poco a poco, se sintieron los elegidos, los puros, en una sociedad que ellos mismos habían hibridado; fueron los aristócratas, en una sociedad donde se desvanecía rápidamente el sentido patriarcal de la vida y comenzaban a diferenciarse las clases económicas con creciente nitidez. Y ese sentimiento tuvo tal fuerza que muy pronto se tornaron casta y configuraron una típica oligarquía abismalmente separada de las clases que gobernaba. La tarea de civilizar el país debía encontrar poco después un obstáculo fundamental en la resistencia que los que debían ser civilizados comenzaron a oponer a los que querían civilizarlos. Cada vez más, la oligarquía adquiría la fisonomía de un grupo ilegítimo.

4

Por detrás de su filosofía espontánea de la vida, la nueva oligarquía fundaba sus convicciones —y sus dudas, por cierto— en un sistema de ideas de arraigada tradición intelectual. Era el que residía en las obras que leían los más inquietos de sus miembros, el que enseñaban —de primera o de segunda mano— los profesores mejor informados, el que sustentaba las opiniones que daban sobre sus materias específicas médicos, naturalistas, juristas, pedagogos y políticos.

La primera generación posterior a Caseros había contado en su seno con hombres de vasta y profunda cultura intelectual. Sus herederos mantuvieron arraigado el hábito de la lectura, aunque sin duda alguna predominaron aquellos a quienes atraía más la literatura que la filosofía. El esteticismo fue, en cierto sentido, la actitud espiritual propia de los hombres del 80, pero entendida solamente como predilección por la creación ajustada a las exigencias de su propia sensibilidad, pues es bien sabido que las obras con las que nutrieron su espíritu no eran propiamente de corte esteticista. Por el contrario, la novelística que leyeron —especialmente francesa— los saturó de ideas, en particular sobre problemas sociales, que contribuyeron a formar más de una opinión en algunos espíritus que se resistían al esfuerzo de la lectura de obras sistemáticas. Pero no faltaron, empero, quienes frecuentaran estas últimas.

Las fuentes predilectas de Sarmiento y Alberdi, las obras que, aun antes, habían nutrido a las inquietas minorías intelectuales y políticas, todas ellas mantuvieron algún prestigio porque su pensamiento mantenía cierta coherencia. Cousin, Leroux y Fourier siguieron despertando curiosidad y satisfaciendo preocupaciones filosóficas, sociales y políticas, en tanto que comenzaban a influir poderosamente sobre las inteligencias Taine, Drappel y Renán, con su interpretación de la sociedad, de la historia, de la literatura y el arte, con su alarde de sutil inteligencia, con su elegante escepticismo, aparente al menos, con su brillante despreocupación por todo lo que parecía vulgar o cotidiano. Pero las influencias más novedosas y profundas comenzaron a ser la del positivismo, por una parte, y la del evolucionismo darwiniano por otra. Tales doctrinas no tuvieron en un principio hogar apropiado en las universidades, pues ni la de Córdoba ni la de Buenos Aires dedicaban su atención a las disciplinas teóricas, y sólo en 1896 comenzó a funcionar en la segunda la Facultad de Filosofía y Letras.

Fue en la Escuela Normal de Paraná, fundada en 1870 y desarrollada bajo la inspiración de José María Torres y de Jorge Stearns, donde comenzaron a difundirse los principios de Spencer, ante todo en relación con la pedagogía, pero luego también en cuanto filosofía de lo social. Por el mismo camino, aunque un poco más tarde, comenzó a difundirse la doctrina de Comte; pero la enorme influencia de Spencer y de Comte no se manifestó a través del contenido teórico de sus doctrinas, sino en la que ejerció en las sucesivas generaciones de maestros que egresaban de las escuelas normales de Paraná o de Mercedes, y que difundieron, a su vez, su pensamiento en sus áreas de influencia, precisamente a partir de 1880.

Entretanto, las proyecciones del pensamiento teórico europeo se advirtieron también en el campo de las ciencias, y especialmente en el de las ciencias naturales, donde el evolucionismo darwiniano comenzaba a adquirir el valor de una explicación universal. En 1880 volvía al país, tras varios años de estudio en Europa, Florentino Ameghino, quien venía compenetrado de las doctrinas transformistas del evolucionismo. Por ese entonces predominaba aún en los círculos científicos la doctrina creacionista, que defendía sobre todo el sabio director del Museo de Buenos Aires, Carlos Burmeister. Dos obras publicó por entonces Ameghino que revelaron su precoz madurez: La formación pampeana y La antigüedad del hombre en el Plata. Más adelante, y junto a sus innumerables comunicaciones científicas y trabajos referidos estrictamente a sus investigaciones en el terreno, Ameghino ordenó en 1882 sus opiniones sobre el transformismo en la conferencia que pronunció con el título de A la memoria de Darwin, y dos años después sobre el problema general del evolucionismo en su Filogenia (1884), cuyo contenido definió como los “principios de clasificación transformista basados sobre leyes naturales y proporciones matemáticas”.

Más tarde Ameghino resumiría su posición científica y filosófica en escritos de mayor vuelo aún. Entretanto, proseguía sus investigaciones en relación con la Sociedad Científica Argentina, que se había fundado en 1872, y con la Academia de Ciencias de Córdoba, fundada en 1873. Estas instituciones agrupaban a los hombres de ciencia del país, aunaban sus esfuerzos y estimulaban las vocaciones. Función semejante cumplían el ya citado Museo de Buenos Aires —cuya dirección ejerció Ameghino desde 1902—, el Museo de La Plata, fundado en 1884 y organizado por Francisco Moreno y el Observatorio Astronómico de la misma ciudad, fundado en 1882. En Paraná funcionó desde 1884 un museo provincial de ciencias naturales; pocos años más tarde ejercería su dirección el sabio naturalista Pedro Scalabrini, a quien se deben las primeras divulgaciones de la doctrina de Augusto Comte.

Las influencias del cientificismo se advirtieron también en la obra histórica y sociológica de José María Ramos Mejía, que publicó en 1880 Las neurosis de los hombres célebres en la historia. Preocupado por los problemas de la psiquiatría, dio a luz diez años después unos Estudios clínicos sobre enfermedades nerviosas y mentales; pero sus indagaciones y las conclusiones de sus estudios lo llevaron preferentemente a aplicarlas al examen de la historia. Así publicó La locura en la historia (1895), Las multitudes argentinas (1899), Los simuladores del talento (1904) y Rosas y su tiempo (1907). Por debajo de su personal perspicacia —y casi genio, en ocasiones— Ramos Mejía reflejaba el vigoroso impacto de Taine primero y del positivismo luego, a través de cuya doctrina había aprendido a buscar el sustrato naturalista de la historia. Su obra histórica quería ser científica, llegar a ser un análisis descamado, metódico, implacable, de la realidad histórico-social, y hecho sin prejuicios que pudieran torcer la observación. Pero tenía, en rigor, un prejuicio fundamental: el prejuicio del naturalismo, propio de la actitud cientificista, adscripta al positivismo vigente ya en las minorías intelectuales, cuyas ramificaciones llegabañ hasta las ciencias sociales e históricas.

5

Como siempre, las nuevas corrientes de pensamiento se difundieron de preferencia en un principio entre las clases más cultas, que eran también las clases más ricas y poderosas. Por su parte, las clases medias —y las clases populares aún más— se mantenían ajenas y un poco insensibles a tales cambios de tendencias que implicaban una revisión de muchas creencias tradicionales y suponían, además, una actitud vigilante frente a procesos intelectuales que se desarrollaban en otros ambientes.

La actitud propia de las clases medias y populares consistió en cierta prevención frente a los cambios de actitudes demasiado repentinos y radicales en relación con costumbres, ideas y creencias arraigadas muy profundamente en su tradición. No formaba parte de sus hábitos mentales ni la adopción de actitudes críticas ni la aceptación rápida, entusiasta e impulsiva de opiniones intelectualmente elaboradas, como era propio de las minorías snobs. Y acaso por reacción, las clases medias y populares resistieron pasivamente la nueva postura espiritual de la oligarquía, abroquelándose pasivamente en sus sentimientos recónditos.

Sin duda vibraba aún en la clase media criolla, como en las masas populares de las ciudades, de los suburbios y de los campos, cierta sensibilidad romántica estimulada por la nostalgia de lo que solía creerse que representaba el criollismo. Acaso en algunos sectores el criollismo se simbolizaba en Rosas, cuya imagen había entrado ya en el reino de la leyenda. Pero la sensibilidad romántica se manifestaba sobre todo en una actitud de enérgica adhesión a lo propio y vernáculo e, inversamente, en cierto desdeñoso desapego a lo extraño que se ofrecía como moderno. La sensibilidad romántica se manifestó como reacción antipositivista y como retorno al pasado, y exaltó todo lo que el pasado guardaba en su seno.

La enérgica campaña que la oligarquía realizó en favor de los principios laicos, y que encontró sin duda decidido apoyo en importantes grupos sociales, suscitó el reagrupamiento de los sectores católicos de esa misma oligarquía; junto a ellos se aglutinó en seguida un importante sector de la clase media y de las clases populares, que no estaban, ciertamente, con el Syllabus, y menos por las razones que señalaba Pedro Goyena, pero que se resistían a moverse contra sus convicciones tradicionales y ocultaban, seguramente, cierto mágico temor frente a la libertad de espíritu que manifestaban quienes desafiaban a las creencias tradicionales. Por deliberada y consciente reacción unos, como resultado de las luchas doctrinarias que sacudían en ese momento al mundo; por pasiva y temerosa adhesión a las creencias tradicionales los más, el catolicismo apareció como una fuerza, en la medida en que había sido hostilizado, y actuó en los movimientos de opinión que provocaron la crisis de 1890 como una respuesta a la ofensiva lanzada contra él. José Manuel Estrada, que había sido separado de su cátedra por su vehemente defensa de la Iglesia contra la política estatal del presidente Roca, apareció como ferviente defensor de la democracia al lado de quienes levantaban las mismas banderas con otros objetivos más típicamente políticos.

Entre estos últimos estaban los que sabían que la oligarquía suscitaba también en las clases medias y populares cierto resquemor por su aire de superioridad y por su efectivo ejercicio de una superioridad social, económica y política. Aristóbulo del Valle recogía en el Senado ese impulso, mezcla de indignación y de resentimiento, que suscitaba la suficiencia de las clases ilustradas y renovadoras en la conciencia popular. Pero más fielmente representaba en la calle ese sentimiento Leandro N. Alem, tribuno de elocuencia intensa, en cuya prosa y en cuyo verso —porque también era poeta— vibraba el acento romántico que la oligarquía liberal solía desdeñar con apenas encubierta sonrisa. En Alem, como en las multitudes que lo siguieron desde 1890 hasta su trágica muerte, la vida revelaba más un contenido emocional que no un sistema estricto y riguroso de ideas. Esas multitudes eran las que, por la apelación que había sabido hacer al sentimiento, habían seguido a Adolfo Alsina, y acaso las que antes se habían sentido sobrecogidas por el paternalismo de Juan Manuel de Rosas. Para quienes componían esas multitudes, la decisión de “civilizarlos” que había adoptado la oligarquía no era tanto ofensiva como inhumana. Preferían una cierta simpatía por sus defectos, por su modo de vida, por sus preferencias y entusiasmos, hasta por sus errores, y adivinaban precisamente que esto era lo que faltaba en aquellos espíritus sagaces y orgullosos que descubrían inflexiblemente sus lacras, aunque vieran que se disponían a curarlas y a enmendar sus vicios.

La erizada reacción frente al desdén por la sensibilidad popular que mostraba la oligarquía, se trastrocó en una casi agresiva defensa del pasado criollo, en una agresiva resurrección de la rebeldía gaucha. Desde que la vida argentina se colocó bajo el signo del europeísmo —luego de Caseros y tras el acceso al poder de los emigrados— el gaucho y su estilo de vida habían comenzado a simbolizar para ciertos sectores un bien perdido: acaso solamente el de su libre espontaneidad, o acaso el de un sistema de valores que por instinto juzgaba el único válido. José Hernández había dado un sentido reivindicatorío a su poema Martín Fierro, lleno de intención contra la política dominante por entonces. Y ese movimiento recrudeció después de 1880, y se hizo visible en la voracidad con que los lectores de los periódicos leían los folletines de Eduardo Gutiérrez, en los que daba vida a los oscuros mitos del pasado gauchesco: Juan Moreira, Hormiga Negra, y tantos otros que cobraban vida en su fecunda y ligera pluma. Poco después sus personajes escalarían un grado más en su prestigio y en su popularidad, como si fuera inagotable la curiosidad del público e inagotables las reservas de emoción que las aventuras del gaucho rebelde ocultaban a los que ya descubrían que su país había dejado de ser la Pampa indómita. Bajo la lona de los circos, los Podestá comenzaron a animar, en memorables pantomimas, las aventuras de aquellos varones arrogantes que desdeñaban el naciente orden jurídico de la República y alzaban sobre él un enérgico y salvaje individualismo, apoyado en su coraje y en su cuchillo; y las gentes crédulas y humildes que rodeaban las pistas, expresaban, con su asombro y su admiración, su hermandad con quienes resistían a la enérgica y sistematizada presión de la nueva oligarquía.

A veces se entremezclaban en las filas de los admiradores de Juan Moreira o de Pastor Luna algunos de los inmigrantes que poco a poco se asimilaban a los viejos hábitos de la tierra. Ciertamente, no gozaban en general de la simpatía de los criollos, cualquiera fuera su clase; ya Hernández y los payadores populares habían estigmatizado al “gringo” que explotaba o traicionaba al paisano; y en el teatro el tipo de Cocoliche reflejaba al desprecio del nativo por el que todavía no se había asimilado a las condiciones del país; pero muchos lograban adecuarse a las costumbres locales y a los valores predominantes en su ámbito. Otros, sin embargo, resistían a la presión del ambiente, porque se mantenían fieles, no sólo a sus principios morales tradicionales, sino también a los objetivos que se habían fijado al decidirse a cambiar de habitat. “Hacer la América” era un designio imperioso e indeclinable. Su vigencia en la masa inmigrante suponía cierta primacía de los valores económicos, y, sobre todo, cierta sistemática indiferencia con respecto a los problemas de la vida nacional. Pero muy pronto sintió también esa masa inmigrante la presión de la oligarquía, cuya hegemonía pesaba no obstante cierto paternalismo todavía posible. Empero, a pesar de la situación análoga de dependencia en que se encontraban tanto la masa criolla como la masa inmigrada, no era demasiado fácil hallar una vía de coincidencia y de acción común: sólo la revolución del 90 ofrecería la ocasión de incorporarse a los movimientos ciudadanos al nuevo conglomerado social, en el que ya se notaba un sistema de ideas y de valores que comenzaba a hibridarse.

6

Puede decirse que, hacia 1890, se produjo una primera polarización por clases sociales de los elementos étnicos y culturalmente diversos que integraban por entonces la sociedad argentina. En el sentimiento antioligárquico se fundieron criollos, inmigrantes e hijos de inmigrantes, concordes todos en repudiar la despreocupada superioridad que se adjudicaba en el dominio del país la vieja oligarquía. De esa polarización de distintos sectores sociales y culturales nació un programa posible para la República, que rápidamente se encamó en un partido político: la Unión Cívica, que inspiraron Bartolomé Mitre, José Manuel Estrada, Francisco Barroetaveña, y, en especial, Leandro N. Alem.

Ese programa era, sobre todo, un programa distinto del que tenía por delante la oligarquía tradicional: distinto por los intereses que lo impulsaban, distinto por los sentimientos que lo envolvían. Entraban en él, entrecruzados, elementos sobrevivientes de la vieja tradición y elementos vivos impuestos por los nuevos contingentes sociales de origen inmigratorio; pero acaso lo más importante fuera su naturaleza de programa de clase, de clase popular, de clase no privilegiada, obligada a afrontar su situación económica en términos de dependencia frente a la oligarquía en trance de cristalizarse.

Ese programa entrañaba una cierta imagen del país. La Argentina debía ser en el futuro una tierra de trabajo y de producción, en la que la población aluvial se impregnara poco a poco de las virtudes nativas, pero en la que, de hecho, predominara el tipo de economía que había traído la clase inmigrante, con los ideales de vida que comportaba. Pero era evidente que tal perspectiva entrañaba un cambio en el sentido de la historia del país, aun cuando fuera difícil que se lo percibiera con claridad. Confusamente, al menos, el cuadro tradicional de la historia patria resultó alterado por las experiencias posteriores a la organización nacional y no pasó mucho tiempo sin que vastos grupos acusaran esa conmoción.

La oligarquía había heredado de la aristocracia republicana la certidumbre de que continuaba —a través de la obra y el pensamiento de los proscriptos— la tradición de los fundadores de la nacionalidad. Con sus trabajos sobre la historia patria, Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López habían erigido los imperecederos monumentos que recordarían la memoria de los proceres fundadores de la nacionalidad, estableciendo las líneas de su formación y formulando sus ideales vernáculos e inmutables. En nada comprometió la solidez de la obra la polémica que después de 1880 desencadenaron los dos grandes historiadores. La versión oficial de la historia nacional —pues tal papel asumió en la vida argentina la obra de Mitre y López— establecía que la nación había nacido como obra de las clases ilustradas y liberales, que habían impuesto legítimamente a una población de escaso desarrollo un sistema de formas institucionales propias de las naciones civilizadas de la época. El momento culminante de la historia argentina era, pues, el de la fundación de la nacionalidad por obra de los grupos liberales, y la consolidación de la independencia por el esfuerzo del general San Martín.

La versión oficial de la historia argentina establecía, además, que el proceso de afloramiento y progresiva caracterización de distintos grupos sociales no constituía sino una desviación morbosa del recto camino que, teóricamente, correspondía a la historia argentina. El desarrollo del regionalismo y del federalismo, la disgregación final del Estado nacional, la irrupción y supremacía de las masas populares que obedecían ciegamente a sus caudillos y servían a sus intereses con prescindencia de los suyos propios, todo el profundo y vasto fenómeno social, en fin, que llenaba la historia argentina desde antes de 1820 hasta la caída de Rosas en Caseros, parecía como ajeno al destino argentino, cuyos celadores eran, entre tanto, los proscriptos que en tierra extranjera conservaban el fuego sagrado de la tradición liberal y el designio de encuadrar las fuerzas sociales rebeldes dentro de ceñidos y vigorosos marcos institucionales.

Parecía de estricta lógica considerar que el régimen constitucional empalmaba con la tradición de los proscriptos y la de Mayo, y la oligarquía posterior al 80 perpetuó esta creencia; pero a poco que se paseara la vista sobre el cuadro del país se descubría que ni la oligarquía continuaba tan exactamente la tradición ni el país mantenía la misma fisonomía que antes. El haber extremado la generación hegemónica del 80 la concepción liberal de la vida argentina suscitó contra ella aquel programa que suponía, en alguna medida, una primera revisión de las líneas de formación de la nacionalidad que habían trazado Mitre y López.

Algunos de los más ilustrados de esa generación percibieron que el problema tenía importancia, y José María Ramos Mejía analizó separadamente el problema de las multitudes argentinas y el extraño caso de Juan Manuel de Rosas. El asunto era susceptible de una explicación, y con la finalidad de encontrarla lo habían estudiado ya antes Alberdi, Echeverría y Sarmiento. Pero no había parecido hasta entonces susceptible de justificación, como comenzó a parecer para quienes emprendieron de nuevo su estudio a la luz de nuevas experiencias sociales, bajo el signo de inequívocas afinidades y fuera del sistema de ideas predominantes en el seno de la oligarquía.

Nada puede extrañar que el movimiento programático de 1890 descubriera que las minorías liberales habían sido antipopulares, en parte porque lo habían sido efectivamente, y en parte porque muchos de los que lo descubrían provenían de aquel movimiento del extinguido federalismo. Oradores de multitudes, como Adolfo Alsina y Leandro N. Alem, descubrían rápidamente en la sensibilidad de sus auditorios una receptividad simpática para cuanto expresara el resentimiento de las clases populares, antaño halagadas por el rosismo. Y el movimiento que surgía contra la nueva oligarquía quiso ser popular, aunque tuviera que declinar parcialmente su liberalismo doctrinario.

Nacido del autonomismo porteño en alguna medida consecuente con la política de Rosas —y mecido en las auras de las clases populares—, el nuevo movimiento comenzó a desdeñar la tesis oficial sobre la historia argentina. El regionalismo, animado por los caudillos y vivificado por el apego a la tradición, no pareció cosa tan desdeñable, y la peculiaridad local de la provincia de Buenos Aires mereció acaso más respeto que la edificación del común destino nacional. Y hasta la figura misma de Rosas comenzó a contemplarse de otro modo, desprendida del vituperio con que la había ensombrecido la tradición unitaria.

La obra más representativa en este sentido fue la de Adolfo Saldías, miembro del movimiento de la Unión Cívica y redactor después de 1890 de El Argentino, periódico que expresaba el pensamiento radical. En el primer capítulo de su Historia de la Confederación Argentina escribía Saldías: “No se sirve a la libertad manteniendo los odios del pasado. Lo esencial es estudiar el cuerpo social que, a impulsos de su sangre y de los defectos de su educación, incubó y exaltó a los que tales odios inspiraron. Sólo así se pueden señalar las verdaderas causas de esa postración estupenda del sentido moral que llevó a un país fundador de cuatro repúblicas, a depositar sus derechos, esto es, su ser político, y a ofrecer su vida, sus haberes y su fama, esto es, su ser social, a los pies de un gobernante que los renunció infinidad de veces.

“La generación argentina que pugnó por autorizar con el prestigio del tiempo sus viejos y estériles rencores, cedía naturalmente al sentimiento egoísta de toda sociedad que graves culpas tiene ante el porvenir y ante la historia: se escudó tras el culpable que presentaba a la execración de la posteridad. Ella acusó, acusó siempre porque no podía acusarse a sí misma. Una sociedad, dice un eminente escritor francés, necesita arrojar siempre sobre alguno la responsabilidad de sus faltas. Cuanto mayor es el remordimiento que experimenta, mejor dispuesta se encuentra a buscar el culpable que por ella haga penitencia; y cuando lo ha castigado bastante, se acuerda el perdón a sí misma y se congratula de su inocencia.”

A estas reflexiones contestaba Mitre, en carta al autor: “Se ha propuesto Vd. la rehabilitación histórica, política y filosófica de una tiranía y de un tirano, en absoluto y en concreto, tratando de explicarla racionalmente por una ley anormal, dándole una gran significación nacional y orgánica y un carácter en cierto modo humano como potencia eficiente en la labor colectiva que constituye el patrimonio de un pueblo; y esto es, en presencia del siglo xix en que el mundo está gobernado por la libertad, por las instituciones, por la moral pública, que dan su razón de ser y su significación a los hombres que pasan a la historia marcando los más altos niveles en el gobierno de los pueblos libres.

“Cree Vd. ser imparcial. No lo es, ni equitativo siquiera. Su punto de partida, que es la emancipación del odio a la caída de la tiranía de Rosas, lo retrotrae al pasado, por una reacción impulsiva, y lo hace desandar el camino que lo conduciría al punto de vista en que se colocará la posteridad, colocándose en un punto de vista falso y atrasado. De este modo, el espacio en que se dilatan sus ideas está encerrado dentro del círculo estrecho de acción a que subordina su teoría como derivada del hecho, que es su fórmula concreta, y es pura y netamente el campo de la acción federal de los sectarios de Rosas sin más horizontes que la perpetuidad de la tiranía. De aquí, por un fenómeno psicológico que se explica por la ilusión óptica y por la limitación de vistas amplias, aprisionado dentro de este círculo de hierro, su corazón y su cabeza —no obstante sus instintos generosos— están del lado de los verdugos triunfantes y no de las víctimas rendidas.”

Y más adelante agregaba: “Caseros es una batalla final, lógica, necesaria y fecunda. Es el punto de partida de la época actual, de la evolución de la organización nacional, complementada por otra batalla, también necesaria y fecunda, en que triunfó la reorganización nacional, asentando a la República en equilibrio sobre sus anchas e inconmovibles bases constitucionales. Protestar contra el triunfo de Caseros, o poner en duda su necesidad y su razón de ser, es protestar contra sus resultados legítimos, y es protestar contra la corriente del tiempo que nos envuelve, y lleva a la Nación Argentina hacia los grandes destinos que se diseñan claros en el horizonte cercano.”

Los dos criterios estaban claramente expuestos. Para Mitre, no solamente no se debía evitar la imprecación contra el tirano, sino que no se debía intentar comprender ese trágico momento de la vida argentina —que, por cierto, ya había sido enfrentado con penetrante visión por Alberdi, Echeverría y Sarmiento—, para no caer en el peligro de justificarlo. Pero Saldías respondía a otra sensibilidad. Odiaba al tirano —no en balde había sido secretario y era admirador ferviente de Sarmiento—, pero tenía un sentimiento de viva simpatía hacia las masas populares, y buscaba descubrir el fenómeno por el cual habían caído en esa perversión. Así como apoyaba un movimiento programático que procuraba sacar al país de las manos de la oligarquía, intentaba al mismo tiempo revisar el pasado para determinar el camino que las masas populares habían seguido hasta entonces en el país. Pasado y futuro comenzaban a verse iluminados con una nueva luz.

7

La preocupación por el futuro colectivo cristalizó en concepciones políticas más o menos definidas que los grupos de acción postularon como soluciones eficaces para los problemas del país. Acaso todos los grupos coincidieron en la necesidad de poner al país en el camino de su desarrollo económico y en abrirlo a las influencias renovadoras de Europa; pero fuera de orientaciones tan generales, las direcciones de la acción asumieron aspectos muy diversos, e identificables sólo en relación con ciertos grupos sociales.

Para el grupo oligárquico —esto es, el grupo que representaba en política la casi totalidad de la clase propietaria y adinerada, de antigua raigambre y heredera a su modo de la generación de la organización nacional— la preocupación fundamental consistía en persistir en la creación de la nueva Argentina económica, tarea a la que coadyuvaban principalmente los capitales extranjeros y las masas inmigradas. Estaba persuadido de que, hasta entonces, las luchas políticas, las apasionadas contiendas por el poder que tanto habían ensangrentado la historia argentina habían absorbido excesivamente las energías nacionales, y que ahora debían postergarse para dejar lugar a un esfuerzo colectivo y eficaz en favor del proceso de expansión económica en que el país estaba empeñado: su éxito debía realizar a la larga aquel ideal expresado por Alberdi y Sarmiento de modificar la fisonomía de la realidad nacional para impedir que otra vez cayera el poder en manos de los representantes de la “montonera”.

Julio A. Roca, presidente desde 1880 hasta 1886, resumió esta posición al erigir como lema de su gobierno el de “Paz y administración”.

Estas dos palabras estaban llenas de sentido en el momento en que fueron pronunciadas. “Paz” significa imponer definitivamente el régimen de respeto a la Constitución y a las leyes por sobre las pasiones mal controladas de los que aún no descartaban la posibilidad de apelar a la fuerza en las contiendas por el poder. “Administración” significaba, sobre todo, la promoción del desarrollo económico y la organización del Estado para servir a la convivencia de la comunidad, y especialmente a los grupos dominantes, para los cuales el acrecentamiento del país era no sólo motivo de orgullo sino también causa de beneficio.

Este doble propósito de asegurar la juridicidad y el progreso correspondía bastante exactamente al sistema de principios liberales y positivistas que predominaba en el ambiente intelectual de la época. Se perfeccionaba con el designio inequívoco de extender el orden liberal hacia otros campos, como por ejemplo, el de la conciencia individual, imponiendo el laicismo en la educación, e imponiendo la jurisdicción del Estado en ciertos dominios donde antes imperaba la Iglesia.

Pero tales designios políticos, que provenían de una imagen preconcebida de lo que debía llegar a ser la República, suscitaban seguramente no sólo la resistencia de unos sino también la indiferencia de otros. Contra tales reacciones, la oligarquía retomó una vieja actitud que ya había aparecido antes en las minorías cultas —la del “despotismo ilustrado”— y decidió imponer sus designios con prescindencia del consentimiento popular. El hábito de operar discrecionalmente sobre la realidad social se vio favorecido, sin duda, por el indiferentismo que difundió la incorporación a la sociedad argentina de millares de inmigrantes. De la voluntad de todos disponía —ahora más todavía que antes— un pequeño grupo que se constituía en árbitro del destino nacional; y tal tendencia se extremó por épocas a través de regímenes presidencialistas que transformaban en ficción todo el régimen institucional.

Quizá lo más característico del sistema fuera, como se ha señalado ya antes, que la certidumbre de la validez de sus fundamentos originara cierto desdén por quienes no podían comprenderlos. La oligarquía pretendió civilizar al país, pero se mantuvo ajena a las preocupaciones y modalidades de las masas populares, por las que manifestó un vago desprecio. Los problemas sociales, que en otras partes del mundo eran ya no sólo graves sino también visibles, apenas preocupaban a una oligarquía económica y política que, contando con una ilimitada mano de obra, creía imposible que se produjeran en el país fenómenos que ya se habían manifestado en muchos lugares de Europa como consecuencia del desarrollo industrial.

Sin duda no se produjeron en la Argentina movimientos sociales de las características de los que se habían observado en Europa, pero la perspicacia de Sarmiento —que advirtió la peculiaridad nacional de los conflictos sociales— no volvió a darse en ningún estadista; de modo que comenzaron a incubarse las previsibles derivaciones del ingente fenómeno inmigratorio, sin que nadie reparara en él. Muy pronto, sin embargo, se advertirían los primeros síntomas de un cambio profundo.

Como reacción popular frente al absolutismo presidencialista, frente a la política de círculos cerrados, frente al fraude electoral, frente a la inmoralidad administrativa, se organizó poco a poco el movimiento que cristalizó poco antes de 1890 y que buscó ese año una salida por la vía de la revolución. Si el pensamiento político de la oligarquía revela fácilmente sus fuentes y manifiesta su coherencia, las ideas de este otro movimiento que se le enfrentó resultan más difíciles de precisar. Hecho en parte de resentimientos o de reacciones frente a una situación dada, hay en su contenido mucho de crítica y de sanción, y muy poco, en cambio, de clara orientación creadora.

La condenación del “fraude y la violencia” que lanzó Mitre contra el régimen situó las reivindicaciones del nuevo movimiento en el plano político: exigió una democracia pura, en la que el sufragio libre consagrara la voluntad soberana de la mayoría, y un ejercicio del poder que fuera responsable ante la voluntad nacional. Exigir el cumplimiento efectivo del principio del sufragio universal era afirmar el derecho inalienable de las clases populares a imponer su voluntad por encima de las oligarquías que se creían legítimas destinatarias del poder no sólo a causa de su capacidad e ilustración sino también a causa de su antiguo predominio. Se trataba, pues, de una afirmación revolucionaria, puesto que exaltaba el derecho del paisano, del pobre y, además, del hijo del inmigrante y aun del inmigrante naturalizado. De ese modo se hacía cargo de un naciente problema social, que se relacionaba con la progresiva y veloz transformación de la sociedad argentina.

Se ha dicho que el movimiento que dio origen a la Unión Cívica y que se escindió luego para dejar paso, como la más importante de sus fracciones, a la Unión Cívica Radical, expresó más un sentimiento que una ideología precisa. Así era en la palabra exaltada de Leandro N. Alem y lo fue luego en la frase esotérica de Hipólito Yrigoyen. La afirmación es, pues, exacta, pero no debe olvidarse que tal sentimiento era, en cierto modo, resultado de una toma de posición frente a la realidad social, de acuerdo con la cual se invertían los valores y se otorgaba el goce de todas sus facultades a nutridos grupos de ciudadanos no considerados hasta entonces como de pleno derecho. Era un sentimiento, sí, pero un sentimiento que provenía de una convicción profunda acerca de las condiciones que prevalecían en la sociedad. Y aunque era sólo un sentimiento, entrañaba la decisión de ofrecer soluciones a los problemas sociales, limitada, es cierto, a la solución formal de considerar a todos los ciudadanos, cualquiera fuera su condición económica o su origen, en el mismo nivel político, sin descender a problemas más profundos que arrancaban de la sustancial y progresiva diferenciación de los distintos grupos sociales.

Esos problemas, principalmente económicos y acentuados con el desarrollo del país, se insinuaban ya en las últimas décadas del siglo, pero seguramente sólo eran perceptibles para los que estuvieran avisados del curso del movimiento obrero. Entre 1885 y 1889 visitó los países del Río de la Plata Enrique Malatesta y poco más tarde, en 1898, le siguió Pedro Gori, ambas figuras destacadas y brillantes del movimiento anarquista europeo. Sin duda ejerció fuerte influencia la presencia de los dos luchadores, y poco a poco, bajo la influencia del último, el anarquismo individualista se inclinó hacia la acción organizada a través de los sindicatos: L’Avenire y La Protesta Humana fueron sus periódicos de lucha. Por la misma época comenzaba el movimiento socialista con el que el anarquismo entró en inmediato conflicto. El Club Vorwärts agrupó en 1882 a los socialistas alemanes, y en su seno el ingeniero Germán Avé Lallement procuró indagar, con criterio marxista, las peculiaridades del desarrollo económico-social argentino; una reflexión ya madura vio la luz en las páginas del periódico El Obrero, explicando el significado de la revolución del 90. Poco después, en 1894, aparecía La Vanguardia como expresión del grupo socialista, que se constituyó como partido político dos años después, bajo la inspiración de Juan B. Justo. Como en el caso del anarquismo —con el que continuó luchando, a imitación de lo que ocurría en otros países— el socialismo se organizó también dentro de la ortodoxia doctrinaria. Describiendo la situación social argentina escribía Justo el 7 de abril de 1894 en el primer editorial de La Vanguardia: “Junto con esas grandes creaciones del capital, que se ha enseñoreado del país, se han producido en la sociedad argentina los caracteres de toda sociedad capitalista.

’’Suprimida toda solidaridad de sentimientos e intereses entre los patronos y los trabajadores, éstos, que antes disfrutaban con cierta libertad de los medios de vida que ofrece el país, tienen ahora que someterse a la dura ley del salario si no quieren morirse de hambre. El trabajador, despojado de toda otra cosa, no puede ofrecer, en cambio de los medios de subsistencia que necesita, más mercancía que su fuerza de trabajo; y esa fuerza de trabajo es comprada, como cualquiera otra cosa, por el capitalista al más bajo precio posible y en la cantidad que le conviene. La existencia de la población trabajadora viene así a depender de leyes idénticas a las que rigen la producción y el cambio de una mercadería cualquiera, la lana o las vacas por ejemplo. Como en el mercado de los cambios el valor natural de una mercancía cualquiera es señalado por su precio de costo, el valor natural de la fuerza de trabajo consiste en los medios de vida necesarios para producir esa fuerza. Es decir, el jornalero no recibe como recompensa el producto de su trabajo, ni un valor equivalente, sino la parte que le es estrictamente necesaria para mantenerse, para seguir sirviendo como animal de carga. Todo lo demás se lo apropia el capitalista, cuya ocupación principal es la de gastar ese exceso de bienes de una manera más o menos antisocial.” Y concluía diciendo: “¿Qué se propone, pues, el grupo de trabajadores que ha fundado este periódico? ¿A qué venimos?

“Venimos a representar en la prensa al proletariado inteligente y sensato.

“Venimos a promover todas las reformas tendientes a mejorar la situación de la clase trabajadora; la jomada legal de ocho horas, la supresión de los impuestos indirectos, el amparo de las mujeres y de los niños contra la explotación capitalista, y demás partes del programa mínimo internacional obrero.

“Venimos a fomentar la acción política del elemento trabajador argentino y extranjero, como único medio de obtener esas reformas.

“Venimos a combatir todos los privilegios, todas las leyes que, hechas por los ricos en provecho de ellos mismos, no son más que medios de explotar a los trabajadores, que no las han hecho.

“Venimos a difundir las doctrinas económicas creadas por Adam Smith, Ricardo, Marx, a presentar las cosas como son, y a preparar entre nosotros la gran transformación social que se acerca.”

8

En la oposición contra la oligarquía liberal y positivista comenzó a intervenir desde 1880 otro factor que había de cobrar notable desarrollo: el sentimiento religioso vigorizado por la organizada acción de la jerarquía eclesiástica. Era aquél, sin duda, un sentimiento tradicional que todos respetaban, inclusive los grupos liberales que, desde la Revolución de Mayo, defendieron posiciones regalistas y pretendieron limitar la influencia del clero. Pero en las situaciones críticas ese sentimiento tradicional se había exacerbado, y había servido como lema de guerra: “Religión o muerte” había sido el de Quiroga y fue frecuente que los federales acusaran a los unitarios de impíos. Ahora, al renovar la oligarquía liberal y positivista la política civilizadora, inspirada en los movimientos laicos franceses, el sentimiento religioso se exaltó —y fue exaltado— otra vez y se tornó bandera de combate.

Fue la legislación laica la que desencadenó el problema. Los grupos católicos se sintieron vulnerados y se levantaron contra la intromisión del Estado en problemas que antes se reconocían como del fuero de la Iglesia. La jurisdicción de las dos potestades fue otra vez motivo de disputa, repitiéndose por una y otra parte argumentos que ya se habían esgrimido en la polémica en otros lugares. Y en el ardor de la lucha, las posiciones se extremaron y llegaron a formularse de la manera más rotunda.

Se habló de un plan de descristianización del país. En rigor, el Estado, de acuerdo con el plan civilizador, se limitó a avanzar en ciertos aspectos al compás de las orientaciones de los países que la oligarquía tenía por monitores de su acción, pero al hacerlo, comenzó a afirmar el principio de neutralidad religiosa. La ley consagró el principio del laicismo en la enseñanza y estableció el Registro Civil para documentar el estado y la situación de las personas, instaurando más tarde el matrimonio civil. Los sectores católicos resistieron a esas innovaciones. Obispos, sacerdotes y el propio nuncio apostólico manifestaron su oposición a tales medidas, y la opinión católica se dejó oír en el Parlamento, en la prensa y en las tribunas del Congreso Católico de 1884, de la Asociación Católica de Buenos Aires y de la Unión Católica.

Las figuras predominantes de ese movimiento fueron José Manuel Estrada y Pedro Goyena, a quienes acompañaron Miguel Navarro Viola, Tristán Achával Rodríguez, Emilio Lamarca, Manuel D. Pizarra y otros. Si algunos años antes había parecido posible a Estrada adherirse a los principios del catolicismo liberal, ahora, frente a las tendencias que adoptaba el Estado, creyó imprescindible sujetarse a la más severa ortodoxia y regir su pensamiento y su conducta de acuerdo con las directrices de Roma. Como Goyena y sus demás conmilitones, Estrada comenzó a anatematizar los “errores modernos” de acuerdo con la doctrina enunciada en el Syllabus y en las encíclicas papales que combatían el liberalismo; y sin vacilar se dejó arrastrar hasta las últimas consecuencias de su doctrina. “Si los medios se subordinaran a sus fines —decía Estrada en el discurso de clausura del Congreso Católico de 1884—, el reino exterior de Cristo es la soberanía universal de la Iglesia. Y no hay salida entre los términos de esta alternativa: o la deificación del Estado por el liberalismo, que en doctrina es blasfemia, en política es tiranía, y en moral es perdición; o la soberanía de la Iglesia, íntegramente confesada, sin capitular con las preocupaciones, cuyo contagio todos, señores, hemos tenido la desgracia de aspirar en la atmósfera infecta de este siglo, y contra las cuales, congregados aquí en torno de nuestro prelado, protestamos hoy en día delante del Cielo y de los hombres, para ceñir, con la mente iluminada y el corazón gozoso las armas de los adalides cristianos, por la gloria de Dios y la regeneración de la República.”

La posición ultramontana ganaba así a las mentes esclarecidas, aun hasta la de los que hasta poco antes habían tenido cierta elasticidad para comprender las demás posiciones intelectuales y políticas. Y desde aquélla, las instituciones y los principios consagrados por las nuevas leyes resultaban condenados por razones trascendentales.

9

Pese a la resistencia de los grupos católicos, la legislación liberal se abrió paso decididamente. En materia educacional, sus fundamentos fueron expuestos ya con claridad en el Congreso Pedagógico convocado por el gobierno en 1882, en el que el proyecto de resolución presentado por Nicolás Larrain establecía el laicismo como norma para las escuelas del Estado. Los católicos procuraron, sin éxito, que el Congreso declarara que la educación del Estado tenía que ser de carácter católico, y tal contraposición de opiniones agitó los debates y preparó los ánimos para la lucha parlamentaria, que se lanzó al año siguiente.

No era, en rigor, sino una repetición de las discusiones suscitadas por las leyes Ferry en Francia. Los católicos apelaron a los argumentos de la encíclica Quanta Cura y del Syllabus; los liberales a las ideas que aquellos textos combatían y que eran ya patrimonio de todas las minorías cultas en todas partes. Finalmente, en 1884, quedó aprobada la ley 1420 de educación común, que sentaba el principio del laicismo, y con ella quedó afirmada la concepción liberal del Estado, que ya había sido defendida al discutirse en 1881 los “recursos de fuerza”. Al mismo tiempo se creaba el Registro Civil, que sustraía a la Iglesia la vigilancia de la situación de las personas, y algunos años más tarde, en 1888, se establecía el matrimonio civil.

Como en el caso de la ley de enseñanza laica, esta última ley suscitó nuevas y apasionadas discusiones. Volvió a sostenerse, como en 1884, que el país era católico, que católica era la Constitución, y que ninguna ley podía, en consecuencia, contradecir esa tendencia general de la sociedad y de su carta fundamental. Pedro Goyena defendió la tesis católica fundándose no sólo en la doctrina que justificaba la concepción del matrimonio como un sacramento, sino también en la opinión de que era injustificable que “una ceremonia meramente civil, laica, desdeñosa de Dios” tuviera el mismo valor y la misma categoría que la ceremonia religiosa. Como Estrada, insistió en la permanente sujeción del país a las tradiciones católicas; pero la hábil dialéctica y el fervor de los defensores de las tesis tradicionales fracasaron frente a la opinión mayoritaria del Congreso que compartía los criterios liberales del gobierno, sostenidos de manera eminente por Eduardo Wilde.

No era, sin duda, la opinión mayoritaria del país. Los liberales que inspiraban la nueva legislación formaban una élite, y Goyena la definió exactamente al decir que tales innovaciones provenían “de los consejos de gabinete, de un círculo de hombres cuyo mérito intelectual no juzgo ahora, cuya sinceridad no escudriño, pero que yo veía aislados del concurso de la comunidad…; y se llegó, bajo las apariencias modestas de la reforma de un artículo legal, a malear esta cosa santa, esta cosa fecunda para el bien, que se llama la escuela, donde se forma el alma del hombre futuro, el alma del niño, que junto a sus coetáneos es la patria del porvenir. Y yo no veía otra razón para operar ese cambio que el prurito reformista de algunos hombres públicos imbuidos en la lectura de escritores irreligiosos, y amigos de imitar recientes leyes extranjeras”. Acaso no se equivocaba el militante católico; pero la política liberal estaba destinada a establecer los cuadros para el país del futuro que se estaba formando, con desdén —a veces exagerado, por cierto— por el país tradicional.

10

La sanción de una ley de enseñanza popular correspondía a una preocupación profunda por el problema de la educación. Era la misma preocupación que Sarmiento había tenido durante toda su existencia y que había inspirado las páginas de Educación popular; ahora, en sus herederos, se mantenían algunos de los principios prácticos de quien había erigido en preocupación primera de su vida la de “educar al soberano”. Como criterio director de la actividad educacional, ninguno obraba tan enérgicamente sobre la acción como el de la exigencia social y política de elevar el nivel de civilización del país. Más que otra doctrina, la de la necesidad social de contar con hombres capacitados para la acción social y política mereció la atención de las minorías dirigentes porque así parecía exigirlo el programa civilizador.

Por eso se concentró la mayor atención alrededor de la enseñanza primaria. El mayor número posible de niños —y la totalidad, de ser posible— debían recibir no sólo las primeras letras sino también los conocimientos prácticos elementales para poder actuar con eficiencia en las actividades corrientes, servir al progreso colectivo, y capacitarse para entender los principios elementales de la vida democrática. Era, pues, una pedagogía guiada por preocupaciones prácticas la que inspiraba la educación primaria.

También lo fue la que inspiró la enseñanza secundaria, renovada en el país por Bartolomé Mitre, aunque ésta tuvo una orientación definidamente minoritaria. Los llamados “colegios nacionales” estuvieron destinados a la formación de pequeños grupos, “de modo que el saber condensado en determinado número de individuos obre en la masa de la ignorancia —había dicho Mitre en el Senado—, difunda en ella una ley más viva y sostenga con armas mejor templadas las posiciones desde las cuales se gobierna a los pueblos enseñándoles a leer y escribir, moralizándolos, dignificándolos hasta igualar la condición de todos, que es nuestro objetivo y nuestro ideal”. Sin duda era lo más a que se podía aspirar. El claro designio de elevar el nivel intelectual y social del país requería la formación de minorías, porque si no, “no tendríamos ciudadanos aptos para gobernar, legislar, juzgar ni enseñar, y hasta la aspiración hacia lo mejor se perdería porque desaparecerían de las cabezas de las columnas populares esos directores inteligentes, que con mayor caudal de luces, las guían en su camino y procuran mejorar su suerte animados por la pasión consciente del bien”.

Tal como fue concebida en su origen, la educación secundaria debía formar minorías cultas con una orientación decididamente humanística. Pero poco a poco se acentuó la tendencia al practicismo y la educación secundaria se orientó hacia la capacitación utilitaria del individuo. Aun cuando seguía sirviendo para la formación de una minoría, la enseñanza secundaria buscó satisfacer las necesidades inmediatas del individuo con un enciclopedismo superficial; muy pronto la influencia positivista se hizo sentir activamente, irradiándose desde la Escuela Normal de Paraná un sistema de principios de vigorosa ortodoxia que alcanzaría a todos los grados de la enseñanza. De inmediato se concentraron los fuegos sobre la concepción humanista de la enseñanza, y las primeras víctimas fueron las lenguas clásicas, que desaparecieron de los programas. Contra esa medida protestaron primero Paul Groussac y más tarde Juan Agustín García. Fundaba el primero sus opiniones en favor de la cultura clásica en razones de orden social: “En proporciones relativamente mayores y más rápida que los Estados Unidos —escribía Groussac—, la República Argentina ha venido a ser la encrucijada de las nacionalidades. Tan violenta ha sido la venida inmigratoria, que podían llegar a absorber nuestros elementos étnicos. Están sufriendo una alteración profunda todos los elementos nacionales: lengua, instituciones políticas, gustos e ideas tradicionales. A impulsos de un progreso spenceriano, que es realmente el triunfo de la heterogeneidad, debemos temer que las preocupaciones materiales desalojen gradualmente del alma argentina las puras aspiraciones, sin cuyo imperio toda prosperidad nacional se edifica sobre arena. Ante el eclipse posible de todo ideal, sería poco alarmarnos por el olvido de nuestras tradiciones: correría peligro la misma nacionalidad. Es tiempo de reaccionar contra la tendencia funesta y si ésta no fuera la hora propicia, sería porque habría pasado ya. Y es, sin embargo, esta hora suprema la que algunos eligen para ensalzar la educación utilitaria que nos ha traído donde estamos, y atajar la cultura clásica, que por sí sola constituye una escuela de patriotismo y nobleza moral.”

El practicismo se tradujo en la enseñanza universitaria en una orientación decididamente profesional. Tanto en la Universidad de Córdoba, nacionalizada durante la presidencia de Urquiza, en 1856, como en la de Buenos Aires, nacionalizada durante la de Roca, en 1881, las escuelas profesionales fueron el cuerpo fundamental de la institución. Pese a eso, en 1896 pudo fundarse en la de Buenos Aires la Facultad de Filosofía y Letras, como sede de estudios desinteresados, donde se enseñaron las teorías positivistas en boga, a las que se sumó poco después el neokantismo.

11

El practicismo, con todas sus limitaciones, era, empero, la actitud propia de una sociedad embriagada por una prodigiosa aventura económica. Como ante una invocación mágica, el país, antes de menguada riqueza y como estancado en su desarrollo, había comenzado a producir bienes que multiplicaban las fortunas de propios y extraños. Enriquecerse fue una obligación social, porque quien se enriquecía y creaba riqueza servía los planes de engrandecimiento del país, contribuía a su crecimiento y facilitaba su rápido ascenso hacia el acariciado ideal de país civilizado de tipo europeo. Por lo demás, la presión de los extranjeros, radicados todos en el país en persecución de la riqueza, contaminaba a los nativos y los incitaba a encaramarse en el proceso. Las circunstancias exigían no ignorar la tendencia general de la sociedad.

El fenómeno —justo es decirlo— no era solamente local: análoga tendencia revelaba la sociedad en el resto del mundo, en el momento en que se lanzaba la política económica del gran imperialismo. En todas partes la actividad económica alcanzó no sólo una enorme importancia sino también una altísima jerarquía que la situaba como una de las actividades fundamentales del hombre. Quizá contribuyera a ello la magnitud que alcanzaba la aventura económica en el mundo y las transformaciones que esa aventura originaba en la vida, debido a que ese desarrollo económico correspondía al período de expansión de la civilización técnica en vastas y unificadas áreas.

Como en otros lugares, en la Argentina pareció incontestable que la misión de la hora tenía que ser incluir el desarrollo económico local en la vasta órbita del desarrollo económico de las grandes potencias que se habían lanzado resueltamente por la vía del desarrollo industrial. Si hasta la caída de Rosas —y aún más tarde— el país había limitado sus exportaciones a los cueros y al tasajo, la renovación de la política económica propiciada por los teóricos de la mutación acelerada, como Alberdi y Sarmiento, permitía ahora producir lanas, carne vacuna y cereales en condiciones de calidad y cantidad tales como para transformarlo en un mercado de primera magnitud. Imposibilitado de adquirir de inmediato la capacidad industrial necesaria como para alcanzar por sí el grado de progreso material que cada generación pretendía, el país tenía que apresurarse —según los espíritus renovadores— a entrar en relación con las potencias que podían proveernos de los elementos necesarios para promover nuestro desarrollo y abastecernos de productos manufacturados. Esa relación no podía ser sino el resultado de una integración económica, en cuyo juego la Argentina debía ingresar como proveedora de materias primas de algunas de las grandes potencias industriales.

Si se lograba dar ese paso, la Argentina habría ingresado en la órbita del mercado mundial; y eran tales las ventajas que tal paso ofrecía, que fue dado resueltamente; y, por la acción deliberada de las minorías dirigentes, la Argentina entró de lleno en el área económica de Inglaterra.

En 1887, al abandonar la presidencia de la República, el general Roca decía en un banquete que le ofreció en Londres la casa bancaria Baring Brothers: “He abrigado siempre una gran simpatía hacia Inglaterra. La República Argentina, que será algún día una gran nación, no olvidará jamás que el estado de progreso y prosperidad en que se encuentra en estos momentos se debe, en gran parte, al capital inglés, que no tiene miedo a las distancias y ha afluido allí en cantidades considerables, en forma de ferrocarriles, tranvías, colonias, explotación minera y otras varias empresas.” Era la sensación y el juicio de las minorías que, al tiempo que se enorgullecían del acelerado progreso que alcanzaba el país, se enriquecían con la valorización de sus tierras y con la exportación de sus productos.

Frente a las posibilidades infinitas que ofrecía un suelo feraz y de inmejorable clima, el Estado no vaciló en girar sobre el futuro. Pensó que podía otorgar concesiones y solicitar empréstitos sin límite, aun corriendo el albur de provocar a corto plazo situaciones difíciles. Lo importante era traer capitales para despertar las riquezas dormidas. Para el intercambio, adoptó una política resueltamente librecambista, a pesar de la opinión y las demandas de los pequeños grupos industriales, reunidos y organizados desde 1887 en la Unión Industrial Argentina, patrocinada por Carlos Pellegrini. El Estado y las minorías que le prestaban su inspiración compartían los principios fundamentales del liberalismo económico y los aplicaban deliberadamente. El presidente Juárez Celman expuso su pensamiento doctrinario en el mensaje del año 1887: “Desde luego —decía en ese documento—, la explotación de los ferrocarriles no constituye una función del Estado; ella no tiene el carácter de los atributos que le son inherentes y que no pueden desprenderse de la soberanía, tales como la administración de justicia, la acuñación de moneda, la sanción de las leyes, la defensa nacional y demás, que constituyen la esencia del poder público. La confusión depende, como lo exponen pensadores y sociólogos, de una errada concepción de los deberes y derechos del Estado. La acción del Gobierno es indispensable como inicial allí donde ningún interés particular puede llevar a cabo obras de cierta magnitud, pero esta necesidad se hace discutible desde que aparecen los datos opuestos.” Y agregaba más adelante: “Lo que conviene a la Nación, según mi juicio, es entregar la industria privada, la construcción y explotación de las obras públicas que por su índole no sean inherentes a la soberanía, reservándose el gobierno la construcción de aquellas que no puedan ser verificadas por el capital particular, no con el ánimo de mantenerlas bajo su administración, sino con el de enajenarlas o contratar su explotación en circunstancias oportunas a fin de recuperar los capitales invertidos para aplicarlos al fomento de su Banco, a la unificación de su deuda o a la consrtucción de nuevas obras reproductivas o necesarias para la administración.”

Este pensamiento presidió, en general, la política económica del Estado, con aprobación de los grupos económicos vinculados al comercio de explotación e importación, y con la pequeña resistencia de los nacientes grupos industriales. Empero, ante la crisis económica producida por la especulación y, sobre todo, por el desequilibrio financiero creado por la ingente y rápida introducción de capitales a cuyos intereses y amortizaciones había que hacer frente, el Estado intentó al año siguiente del citado mensaje de Juárez Celman quebrar su línea de conducta e intervenir en la actividad económica privada. El ministro de Hacienda, Rufino Varela, pretendió en 1888 contener la subida del oro y la depreciación del papel moneda mediante una disposición según la cual se prohibía a la Bolsa de Comercio practicar operaciones de compra y venta de oro. La medida causó sensación. La Bolsa resistió la disposición ministerial, las opiniones relacionadas con el mundo de los negocios apoyaron la conducta de la Bolsa y, finalmente, el ministro se vio obligado a renunciar.

El fracaso confirmó la tesis liberal, cuyos principios siguieron presidiendo la función del Estado en relación con la actividad económica privada.

En rigor, el Estado provocaba a conciencia un régimen de déficit, porque juzgaba preferible acelerar el proceso técnico del país a no contenerlo por temor a los desequilibrios inmediatos de la balanza comercial. El progreso técnico implicaba una política demográfica y una política inversora. La política demográfica consistió en omitir escrúpulos e introducir cuanto antes el mayor número posible de inmigrantes. En rigor, no consistía mucho más que en eso, pues los innumerables problemas que hubiera suscitado un plan de radicación de inmigrantes que supusiera además una selección de las actividades económicas preferibles y una distribución geográfica adecuada, tanto de esas actividades económicas como de la población inmigrante, fueron omitidos ante la presión de la avalancha y, en cierto modo, por el apremio de ciertos grupos económicos por poseer mano de obra barata. Por su parte, la política inversora estuvo presidida por la certidumbre de que el país produciría alguna vez riquezas suficientes como para reembolsar cualquier inversión productiva, sin calcular su monto. Esa confianza ilimitada en el porvenir económico del país —y en la perduración de la demanda de sus materias primas— movió a acelerar las inversiones para provocar el progreso técnico del país con un ritmo que no podía ser el de las rentas que las inversiones produjeran. Casi podría decirse que el país marchó adrede hacia el desequilibrio de la balanza de comercio, en el afán de no moderar el ritmo de su engrandecimiento y modernización.

12

La Bolsa, la novela en la que Julián Martel glosaba las duras experiencias derivadas de las convulsiones financieras de los últimos años, procuró reflejar no sólo las condiciones de la sociedad sino también el estado de ánimo propio de los hombres de su generación, dentro de un cuadro que quería ser fiel expresión de la realidad.

Porque el realismo era la estética en boga.

Sin duda, la década que transcurre entre 1880 y 1890 ofrece algunos rasgos que la asemejan a la época del Segundo Imperio en Francia. La rápida transformación de la sociedad a causa de las posibilidades de enriquecimiento que se le presentaron a ciertos grupos, el lujo y el desorden que predominaban en los círculos más poderosos y la inestabilidad que amenazaba a los que tenían menos recursos, daban a la “gran aldea” un aire singular de sociedad anormal, alterada en su desarrollo por causas adventicias. El proceso parecía tentador para el observador curioso; pero lo era más para el artista que había comenzado a pensar que su misión consistía en reflejar fielmente el ambiente social. Bajo la influencia de Flaubert, de los Goncourt o de Daudet, bajo la de Millet o la de Courbet los pintores, la consigna de la hora —un poco retrasada, por cierto, con respecto a Europa— fue transcribir los fenómenos de la realidad en toda su crudeza, estudiando lo que se llamaba el documento humano mediante una observación rigurosa de la que se deseaba descartar en cuanto fuera posible la imaginación creadora. Balzac en cierto modo, y Taine, habían sido propulsores de esta estética a la que seducían los aspectos concretos, sensuales, instintivos de la vida. La filosofía positivista estimulaba esta actitud antisentimental como una escapatoria de los problemas íntimos y una inmersión en los problemas colectivos, un poco groseros pero decisivos tanto para el destino individual como para el destino común.

Al comenzar el gobierno de Roca, la nueva creación literaria y plástica puso inequívocamente de manifiesto su abandono de la tradición romántica —que aún sonaba en los versos de Olegario V. Andrade— y su preferencia por la estética realista. Eugenio Cambaceres publicó en el curso de la década Pot-Pourri, Música sentimental, Sin rumbo y En la sangre, novelas todas en las que reflejaba la incesante marea de las pasiones que azotaban la vida nacional, antes recoleta y moderada. Por entonces exponían sus obras los escultores Francisco Cafferata y

Lucio Correa Morales y los pintores Angel Delia Valle, Augusto Ballerini, Cándido López y José Bouchet. También ellos seguían la vía del realismo, con influencias francesas e italianas; pero en tanto que la novela, con Martel, Cambaceres, López, Ocantos o Sicardi, tendía a apoyarse en lo anecdótico y en una suerte de color local, la plástica utilizaba o temas europeos o temas históricos.

Hubo una literatura de viajes que también gustó de demorarse en los temas europeos. Mansilla, Santiago Estrada, Cané, García Merou relataron con inocultable nostalgia sus impresiones de los países que visitaron, maravillados por su esplendor, su pujanza o la finura de su espíritu. El realismo tenía una posibilidad de nostalgia. Si la plástica la satisfacía remedando el ambiente o los temas tradicionales de la pintura europea, la literatura buscaba la descripción directa. A veces, todavía llegaba a transferir los ambientes europeos a relatos porteños, cuyo marco resultaba a causa de ello convencional y artificioso. Y la nostalgia empujó también en sentido inverso hacia el tema del indio y del gaucho, en el que buscaron su camino Estanislao Zeballos, Eduardo Gutiérrez y Martiniano Leguizamón.

El realismo —el naturalismo, que poco a poco comenzaba a difundirse— entrañó en más de un autor cierto escepticismo y cierta amargura. El suicidio fue un tema frecuente y la angustia encubierta en el destino personal una nota permanente en la creación. Acaso porque el creador sentía su inadaptación en un país alucinado por la aventura económica, el realismo constituía la estética adecuada para aferrarse y huir de la realidad al mismo tiempo.

Escribía Sicardi en el prólogo de Libro extraño: “Porque es necesario que los hechos tengan sitio, fecha y criaturas, escribo estos capítulos del libro, que lleva por esto mismo en la entraña la simiente de la muerte, porque en el arte, no tienen vida duradera, sino las cosas sobrehumanas, que en todo tiempo y lugar sean reflejo de verdad. Requiescat in pace. Se irá en el montón, en buena compañía, a descansar en la huesa, que el olvido abre todos los años para los que escriben. Yo tengo conmiseraciones, llenas de respeto, por todas las ideas que se arrojan a la pelea diaria, y muy en mucho los campeones esforzados, que defienden iracundos la brecha, erguidos sobre el escombro… Me acerco a ellos siempre, leo sus libros, veo cómo se enflaquece el vigor intelectual, que echa a la hoguera sus aristas de diamante pulido y cómo sepulta el hombre todas las exuberancias pasionales de nuestro espíritu. Escribo a pesar de todo, con caricias en la frase y plasmo, en los soliloquios de creación, las figuras, que cruzan sonriendo la zona sombría del pensamiento. No hay frío en la pluma, ni desesperaciones: y, cuando resbala y cruje sobre el papel, saltan chispas de alegría, porque otros se emborrachan de alcohol y nosotros de visiones: es lo mismo. Lo importante es que el tiempo, que no puede llenarse siempre de trabajo material, pase en alguna forma, aunque sea poblado de deleznables fantasmagorías —el tiempo, que es tan largo, cuando la inercia y el tedio penetran los huesos… No importa lo que suceda después; escribamos. Sé que el sepulcro está siempre con la tapa de mármol levantada y pendiente en actitud de caer… pero yo digo que esos libros muertos, que han enriquecido nuestra inteligencia con el esplendor de sus pasiones, son los amigos desinteresados de las horas solitarias; y a medida que se van borrando de la memoria humana, se concentran y retiran en tropel y entran por las puertas iluminadas de nuestras casas, como hijos pródigos que vuelven moribundos de la lucha a buscar otra vez el seno tibio de nuestros cariños. Yo los he visto después, en las urnas, donde están guardadas las cenizas de los dioses tutelares, al lado de los retratos, sobre el escritorio de los hijos. ¡Sobrado galardón es éste! ¡Qué bien están los libros muertos allí!… Porque el arte no vive, si es estéril vanidad y exhibición burda y fugaz; pero es eterno, cuando es fragua calentada en todos los amores del corazón, cuando, hecha de dolor y de recuerdos, diseca una por una las tristezas del espíritu humano. ¡No haya miedo, hermanos míos; dejad esa síntesis a vuestros hijos, aunque no viva fuera nunca!

“Allí bien guardados, dentro de las cuatro paredes, donde han sido escritos, tienen la vida inmortal, a pesar de todos; y, cuando suenan las alegrías de íntimos festivales, siempre hay quien estira la mano a recogerlos. Yo he visto estas familias… En la noche del santo de los padres, se reúnen todos alrededor de la mesa con esos libros, que son a veces la única herencia… Los genios amables del hogar, con alas blancas y grandes, se ciernen en la atmósfera tibia y la vieja sobreviviente está sentada en la cabecera. Tiene en los ojos pensativos toda su historia de alma resignada y tranquila, mientras los mayores, con tez morena y ojos negros, leen en voz alta las páginas adorables… Pasa el alma del padre en los rasgos extraños y los arabescos y las curvas y los círculos y las líneas de las letras… formando rayas pequeñas y grandes, separadas por blancos espacios, que van cantando apresuradas, las unas después de las otras, las divinas estrofas, mientras su sombra melancólica vaga por los comedores, donde se sienten ruidos de besos cariñosos.” Esta sensibilidad encendida era la de su generación, volcada a la defensa de una vocación irreprimible en un ambiente estremecido por la fiebre del oro y las bruscas transformaciones de la sociedad.

Capítulo segundo

EL ESPÍRITU DEL CENTENARIO

1

A medida que finalizaba el siglo xix se acentuaban los signos de la transformación que se operaba en el ambiente social e intelectual del país. El vasto movimiento de disconformismo político que se había manifestado a través de la conmoción de 1890 en Buenos Aires crecía y se diversificaba, alcanzando a todos los aspectos de la vida nacional y definiendo cada vez más sus caracteres. Quienes constituyeron entonces la promoción de los disconformistas y de los rebeldes —tanto en la política como en el pensamiento— comenzaron a gravitar un decenio más tarde en la vida del país, proporcionándole a su existencia colectiva algunos matices diferentes.

Este nuevo giro que tomó el curso de las ideas mantuvo su dirección durante los primeros quince años del siglo, aproximadamente, y encontró su expresión simbólica en el espíritu que presidió las fiestas de celebración del Centenario de la Independencia, en 1910. El “espíritu del Centenario”, nacido de múltiples factores se incubó a partir de la crisis que la oligarquía predominante sufrió en 1890, tanto en su estabilidad política y social como en sus convicciones y perspectivas. Y a lo largo de los gobiernos de Julio Argentino Roca —en su segunda presidencia—, de Manuel Quintana, de José Figueroa Alcorta y de Roque Sáenz Peña, se lo vio madurar, expresa Jo un vigoroso aunque contradictorio sentimiento colectivo, y diluirse luego en la marea de nuevas fuerzas y nuevas influencias que comenzaron a advertirse al coincidir el triunfante ascenso político del radicalismo con el desarrollo de la Primera Guerra Mundial.

No se crea, empero, que el espíritu del Centenario constituyó una corriente esencialmente contradictoria con respecto a las que predominaban hasta entonces. Por el contrario, las continuó en lo fundamental, pero vigilándolas severamente en sus deformaciones posibles y en sus vertientes peligrosas, bajo la impresión de los clamores que comenzaron a escucharse en 1889 y que volvieron a oírse una y otra vez en los años siguientes. Se fortaleció por entonces lo que Alejandro Korn llamó el “positivismo nacional”; pero las minorías —especialmente los grupos intelectuales, ahora un poco escépticos y alejados de la política— creyeron que la tradición positivista y liberal no tenía por qué conducir necesariamente a un estado de inmoralidad colectiva y a un estancamiento intelectual, y se convencieron, por el contrario, de que tales corrientes podían conducir hacia un progreso general que, en la Argentina, debía necesariamente tomar formas acentuadas y definidas: no sólo las de un progreso material sino también espiritual. Juan Agustín García, que será una de las figuras eminentes de este período, dijo en el solemne discurso pronunciado en la colación de grados de la Facultad de Derecho de Buenos Aires del año 1899: “Si al pensar en el porvenir de la República la imaginara como una colosal estancia cruzada de ferrocarriles y canales, llena de talleres, con populosas ciudades, abundante en riquezas de todo género, pero sin un sabio, un artista, un filósofo, preferiría pertenecer al más miserable rincón de la tierra, donde todavía vibra el sentimiento de lo bello, de lo verdadero y de lo bueno.”

En el fondo, tanto las minorías intelectuales como las nuevas promociones de políticos percibían no sólo la presencia de algunas nuevas ideas sino también de ciertos imprecisos anhelos en el seno de una colectividad que mudaba su fisonomía de manera inequívoca. El país se transformaba visiblemente; y así como subsistía el ideal del progreso material, nacían a su vera nuevas aspiraciones suscitadas por las alternativas del cambio de la realidad social y espiritual del país.

Las minorías intelectuales acusarían desde 1900 la influencia del Ariel de José Enrique Rodó, cuyo contenido exaltaba la función de la inteligencia y afirmaba el principio de la aristocracia del espíritu. Entretanto, ciertas minorías sociales, que formaban parte de la oligarquía política pero que comenzaban a sentir ciertas preocupaciones por su propia situación en el complejo social, empezaron a examinar con nuevos ojos el problema de la convivencia social en el país. Carlos Pellegrini, Joaquín V. González, Roque Sáenz Peña representaban eminentemente este sector. Ciertamente, la situación de la vieja oligarquía era cada vez más difícil. El aluvión inmigratorio seguía creciendo y desbordaba los cauces de la vieja sociedad criolla, en la que introducía nuevos elementos y provocaba nuevas combinaciones sociales de imprevisibles consecuencias. Una nueva clase media se constituía poco a poco con elementos diversos y con una distinta concepción de la vida, y al aparecer y al acentuar su gravitación en la vida nacional, ponía al descubierto la creciente ilegitimidad de la autoridad que ejercía la vieja oligarquía.

Este fenómeno se puso de manifiesto cada vez más desde la revolución de 1890. Hasta ese momento, los conflictos armados —como el de 1874 o el de 1880— enfrentaban fracciones de la misma clase social que disputaban entre ellas el poder dentro de un sistema político en el que valían ciertas reglas convencionales de juego; pero el movimiento disconformista que condujo a la rebelión armada de julio de 1890 reveló la existencia de distintas proyecciones sociales detrás de las fracciones oligárquicas en lucha. La clase media, que se renovaba y reorganizaba poco a poco, buscaba una salida apoyando a aquella fracción de la oligarquía que mejor parecía defender sus ideales y, desde entonces, la misión de la oligarquía y sus métodos quedaron sometidos a revisión. Ya se verá cómo esta actitud engendró tendencias encontradas en el seno de una clase que, habiéndose tenido por liberal y progresista hasta entonces, se halló convertida desde ese momento en la fracción conservadora de la sociedad.

Quedaron, así, enfrentados quienes consideraban legítima y quienes consideraban ilegítima la situación de predominio de la vieja oligarquía. Por su parte, la clase media no formaba tampoco un grupo compacto. Poco a poco, sobre el tronco de la vieja clase media criolla, de escasa influencia y significación, se había comenzado a sentir la gravitación de los grupos inmigrados que, habiéndose localizado en las ciudades y habiéndose entremezclado con los grupos nativos, habían alcanzado un alto nivel económico y, con él, habían logrado activar la función general de la clase media. Pero, aunque en su conjunto, tenía frente a la oligarquía una situación general de hostilidad, la clase media no mostraba una gran coherencia interna en sus ideas y actitudes, precisamente porque su composición social era confusa e inestable. Radicaba en ella el germen fundamental del disconformismo, pero las soluciones que parecían deseables variaban según los distintos sectores, y debían seguir variando según las alternativas de la integración de los grupos inmigrados en el complejo social autóctono.

Si esta última circunstancia robaba eficacia a la renovada clase media, más aún influía sobre las clases populares. Formaban éstas un conglomerado de caracteres cada vez más confusos, en el que los designios tradicionales se habían visto sacudidos por la agresiva preocupación económica de los grupos inmigrados que se habían proletarizado. Sólo algunos pequeños sectores demostraron tener ideas claras en cuanto a su posición social en el cambiante complejo nacional; pero el mayor número aspiró resueltamente al ascenso de clase por el camino del éxito económico, tras el cual corrieron millares de hombres, anhelantes de hallar lo que habían venido a buscar a América, e indiferentes en su gran mayoría a la suerte de la colectividad a la que se habían incorporado.

En esa lucha fracasaron muchos y las clases populares acentuaron su aire proletario; comenzó así a tomar una fisonomía moderna, como no la tenía hasta poco antes. De la mezcla de los recién llegados y de los nativos sacó el suburbio de Buenos Aires su aspecto peculiar, y allí nació el tango, acaso la expresión más fiel de una sensibilidad que fue conquistando cada vez más adeptos. Almafuerte cantó las miserias y las grandezas de ese grupo social al que la vieja oligarquía llamaba despectivamente la “chusma”; la palabra tomó en labios del poeta un significado diferente, en el que rezumaban el resentimiento y la legítima indignación que casi nadie alcanzaba a ver cuando Almafuerte los descubrió. Él mismo se sentía surgido de esa clase despreciada:

Aquí salgo del seno proficuo

De la cósmica chusma sagrada,

Como surgen los rudos poceros

Ungidos en greda del pozo que cavan Con el acre sabor de la simple,

Desolante sentencia judaica:

La ansiedad de la luz en los hombres Recién aparece después que se sacia.

En términos dramáticos definía Almafuerte la peculiaridad de ese grupo:

Jadeante, grotesca, inasible,

Por tenaz, por insólita y vaga,

Soportando por siglos de siglos,

Minuto a minuto la cúpula humana:

Así está la misérrima plebe,

La inmortal, invencible alimaña

Que los tercos lebreles vigilan

acosan y aturden y aprietan y aplastan.

Esta plebe —la “chusma sagrada”— comenzaría poco a poco a precisar la fisonomía y, ante el asombro de los desprevenidos, exigiría su lugar en la vida pública. Muy poco después, en un primer rapto de entusiasmo nacionalista, Leopoldo Lugones —en el estudio que tituló El payador— proclamaría epopeya nacional al casi olvidado Martín Fierro de José Hernández.

2

El aspecto heteróclito y los rasgos confusos y contradictorios de la realidad social argentina, atrajeron la atención de los espíritus inquietos y reflexivos hacia los problemas sociológicos. Acaso pueda llegar a decirse que el sociologismo orientó las preocupaciones intelectuales de este período —como, por lo demás, ocurría en Europa—, fijando alrededor de su problemática las más profundas y vivientes preocupaciones. A diferencia de los hombres de la generación del 80, ahora los grupos a los que atraía el trabajo científico acusaban cierta displicencia con respecto a la política. Pero en la medida en que abandonaban la acción —por la que no ocultaban cierto desdén— los grupos intelectuales satisfacían su necesidad de militancia en una crítica insobornable de la actividad política concreta y en un esfuerzo por indagar las fuerzas secretas que la movían y le prestaban sus rasgos peculiares. El sociologismo fue, así, un sustitutivo de la acción, algo así como una política crítica y ejercitada desde cierta distancia, pero cuya intención distaba mucho de proyectarse hacia la utopía y movía más bien los ánimos hacia una comprensión de las realidades profundas, en cuya entraña debía obrarse si se aspiraba a actuar sobre las relaciones de convivencia.

Fue usual que se distinguiera como primer síntoma de la conmoción social lo que solía llamarse la “crisis moral”. Lucio V. Mansilla, que se había expatriado tras la revolución de 1890, volvió al país en los primeros años del siglo y señaló, entre confundido y alarmado, la pérdida de los tradicionales “estambres morales” de la Argentina criolla. El hecho se imponía, y hasta quienes evolucionaban dentro del ambiente local lo advertían. Acaso fue Agustín Álvarez el más severo censor de una sociedad que juzgaba enferma y cuyos males denunciaba con tanta entereza como perspicacia. Ricardo Rojas decía en La restauración nacionalista que “la desnacionalización y el envilecimiento de la conciencia pública han llegado a ser ya tan evidentes que han provocado una reacción radical en muchos espíritus esclarecidos de nuestro país”. Pero fue sin duda Juan Agustín García quien enfocó el problema con más rigor científico, acomodando a sus inquietudes ciudadanas sus preocupaciones intelectuales. Escribía en la Introducción a las ciencias sociales argentinas: “La sociología debe ser una ciencia nacional. El primer problema es determinar las fuerzas sociales que en las diversas épocas han presidido la evolución argentina”. Este designio orientó su actividad de historiador y de sociólogo y culminó en La ciudad indiana. Fue hombre de extremado rigor en la investigación y de suma prudencia en las generalizaciones; pero tenía una contenida pasión por el tema de su país y de su época. Era explicable, pues el espectáculo, en Buenos Aires sobre todo, convidaba a la reflexión por la novedad de los hechos y la magnitud de sus repercusiones posibles. Por entonces señalaba Carlos Octavio Bunge en Nuestra América que la población argentina se dividía en tres grandes sectores: la antigua clase directora residente en las grandes ciudades, la gente rural del interior, y el elemento inmigratorio radicado preferentemente en el litoral, sobre todo en la provincia de Buenos Aires. Las relaciones entre los tres sectores se modificaban a simple vista y en términos extremadamente variables, de modo que no sólo era dado observar las mutaciones en la fisonomía del conglomerado social sino también percibir los cambios en las reacciones emocionales de los distintos grupos frente a las incitaciones del ambiente colectivo. Las actitudes de los observadores del fenómeno variaban considerablemente. El propio Bunge podía decir esta frase significativa: “El alcoholismo, la viruela y la tuberculosis —¡benditos sean!— han diezmado a la población indígena y africana de la provincia capital, depurando sus elementos étnicos, europeizándolos, españolizándolos.” Para otros —como Agustín Álvarez— la peor calamidad residía, precisamente, en esa tradición española que Bunge, por su parte, consideraba estimable; y muy pronto otros creyeron que el cosmopolitismo surgido de la inmigración arrastraba a gravísimos peligros a la sociedad argentina: Ricardo Rojas, en La restauración nacionalista, señalaba los riesgos por los que atravesaban entonces la familia, la lengua, el país todo.

Estas preocupaciones fueron, pues, las que impulsaron las inquietudes intelectuales hacia los grandes planteos de la sociología, y en los grandes sociólogos europeos se trató de hallar el método de análisis e interpretación de una realidad tan original. Comte y Spencer fueron, naturalmente, los autores más solicitados, y a cada uno de ellos dedicó Ernesto Quesada una monografía destinada a difundir su pensamiento. Circulaba por entonces, dirigida por Estanislao S. Zeballos, la Revista de Derecho, Historia y Letras, en las que tales materias hallaban excelente acogida. Y tanto Quesada, como Antonio Dellepiane, Juan Agustín García, Carlos Octavio Bunge y Alfredo Colmo, publicaron en los primeros años del siglo tratados y monografías sobre el estado de la sociología y de la psicología social en el cuadro del saber europeo. La influencia de L’anné sociologique era notoria. A los nombres de Comte y Spencer se agregaban los de Le Play, Vignes y Le Bon, y luego, poco a poco, los de Durkheim, Lévy-Bruhl y Simmel. La teoría de Taine sobre la influencia del medio ambiente y las ideas histórico-filosóficas de Renán y Fustel de Coulanges nutrían también el pensamiento de quienes buscaban las herramientas adecuadas para penetrar en el misterioso y seductor problema de la vida social argentina en un momento de audaces experimentos. Las tres proposiciones sentadas por Bunge en la Introducción de Nuestra América pueden considerarse como típicas del pensamiento de su generación y de su grupo: a) Cada pueblo posee una psicología social propia; b) La psicología colectiva de cualquier sociedad, aunque susceptible de transformaciones evolutivas, es relativamente neta y estable, y c) Las cualidades típicas que constituyen la psicología social de un pueblo no son privativas de él sino en cuanto a su intensidad y forma. Desde estos presupuestos emprendieron el análisis de su país y de su tiempo.

El hecho que los sociólogos consideraron más significativo fue la singular mecánica política en uso por entonces en el país. Por la originalidad de sus rasgos se la llamó “política criolla”, y precisamente cuando el fundador del socialismo, Juan B. Justo, la fustigaba y procuraba contrarrestarla en la acción, Carlos Octavio Bunge creía definirla con estas palabras: “Llamo política criolla a los tejemanejes de los caciques hispanoamericanos, entre sí y para con sus camarillas. Su objeto es siempre conservar el poder, no para conquistar los laureles de la historia sino por el placer de mandar.” El fenómeno era de larga data, pero había adquirido nueva fisonomía en el país tras el ingreso de los crecidos grupos de inmigrantes, porque había cambiado el tipo de las clientelas políticas y también el tipo de las relaciones de dependencia. Un nuevo caciquismo se organizaba, y con él una nueva “política criolla”. El sociólogo se afanaba por descubrir sus rasgos con objetividad, y aunque con frecuencia se traslucía cierta actitud aristocratizante que alguna vez permitió juzgar como “reaccionariamente democrática” una política que trataba de apoyarse en las clases populares, el criterio predominante fue el de justificar el fenómeno a través de las peculiaridades del medio ambiente.

La teoría del medio debía tentar a sociólogos que se enfrentaban con un proceso de transformación provocado por el acceso de numerosos grupos de inmigrantes al seno de una comunidad de definida tradición. Para el sociólogo, para el político y para el observador vulgar, el dilema que se ofrecía a la vida argentina era simple pero decisivo: o la sociedad criolla absorbía plenamente al conglomerado inmigratorio o éste disolvía la sociedad tradicional. Pero los grupos intelectuales de comienzos del siglo, como herederos directos de la generación del 80 y nietos de la generación que había organizado el país desde 1852, pensaban que la sociedad tradicional tenía defectos gravísimos, heredados todos —según opinaban muchos— de la tradición colonial española. Hubo por entonces, ciertamente, un fuerte movimiento antihispánico, pues se atribuía a la Iglesia católica, a las supersticiones y aun a las costumbres españolas, el escaso desarrollo económico del país y la perduración del ambiente colonial: tal era, sobre todo, el punto de vista de Agustín Álvarez y de Juan Agustín García. “Los extranjeros —escribía el primero en 1904— nos han mejorado infinitamente menos por la sangre que han mezclado con la nuestra, que por las ideas y los sentimientos superiores que han aclimatado en nuestro espíritu, y por la influencia que esto ha ejercido en nuestro entendimiento de la vida.” La gran preocupación de Agustín Álvarez era, precisamente, que el medio ambiente de tradición española concluyera por absorber la inmigración extranjera. Carlos Octavio Bunge, en cambio, creía que esta absorción, que estaba seguro que había de producirse, sería beneficiosa para el país, “pues ese elemento inmigratorio —escribía— una vez nacionalizado y acriollado, acomodándose a los sentimientos e ideas del litoral, los mejora y tiende a formar una psicología argentina, la más bella y poderosa, la que amalgamará y refundirá en su crisol todos los factores y regiones para que fluyan en purísimo oro”; por su parte, Ricardo Rojas decía en La restauración nacionalista: “La anarquía que nos aflige ha de ser pasajera. Débese a la inmigración asaz numerosa y a los vicios de la inmigración. Pero el inmigrante europeo es hoy como el de la época colonial: vuelve a su tierra o muere en la nuestra. Lo que perdura de él es su hijo y la descendencia de sus hijos, y éstos, criollos hoy como en tiempos de la Independencia, tienen ese matiz común que impóneles el ambiente americano.” Eran distintos resultados de un mismo método y de una misma doctrina. La lectura de Taine, de Renán y de Fustel de Coulanges confluía con la de los sociólogos positivistas en una imagen del contorno espiritual y material de las sociedades que solía expresarse bajo la denominación de “mundo moral”. Alojado dentro de esos marcos desenvolvía su vida una colectividad que, poco a poco, creaba en el devenir de la historia su “psicología social” y acuñaba las ideas y tendencias que regirían su vida colectiva. La determinación del “carácter nacional” y de las “ideas predominantes” debía ser, pues, uno de los temas principales del sociólogo.

Juan Agustín García se preocupó por filiar el origen de las instituciones y de las costumbres morales y, entre los resultados de su estudio, anotó los cuatro factores que él consideró fundamentales de la vida argentina. Eran la fe profunda en la grandeza futura del país, la preocupación económica con exclusión de todo otro interés, el culto del coraje y el desprecio de la ley. Era la época en que José María Ramos Mejía escribía su libro sobre Las multitudes argentinas y Lucas Ayarragaray su estudio sobre La anarquía y el caudillismo. El criollismo parecía robustecerse en la imaginación de los sociólogos, acaso porque se advertía en la realidad la intensa arremetida que contra sus contenidos espirituales lanzaba la ola inmigratoria, pero también porque se observaba la aparición de formas híbridas en las que las tradiciones vernáculas se trasmutaban en el nuevo ambiente creado por la inmigración: así el coraje del gaucho se prolongaba en las actitudes viriles y jactanciosas del hombre del suburbio, del “compadrito” que destacaba su inconfundible figura en el sainete y en el tango; y las peculiaridades del criollismo parecían seguir vigentes a los ojos de los sociólogos, todos ellos, por lo demás, pertenecientes a una minoría intelectual que se reclutaba, en general, en las filas del patriciado. Así, aunque el argentino era ya para entonces un tipo indescriptible a causa de las diversas influencias que comenzaban a cruzarse en él, Joaquín V. González afirmaba que lo que lo distinguía era el ser “impetuoso, caballeresco y sentimental”, en tanto que, con análogo criterio, sostenía Carlos Octavio Bunge que lo caracterizaban “la pereza, la tristeza y la arrogancia”. Más categórico, Agustín Álvarez, en su Manual de patología política, se atrevía a llamar a las peculiaridades de sus compatriotas, simplemente, las “imbecilidades argentinas”.

3

Quizás haya sido en la afirmación —polémica y generalmente retórica— de lo nacional como se haya manifestado más resueltamente el espíritu del Centenario. A medida que se acercaba la celebración de los cien años de la Independencia nacional maduraban y adquirían inequívoca evidencia los frutos del movimiento inmigratorio. Un aspecto, sobre todo, influyó considerablemente en ciertas repercusiones del problema: la organización de los grupos anarquistas y socialistas que desencadenaron importantes movimientos entre las masas trabajadoras.

Se comenzó entonces a hablar de doctrinas exóticas y maléficas; y el coro de elogios convencionales que solía oírse alrededor del tema de los inmigrantes que venían a labrar la fértil tierra argentina, comenzó a apagarse por los recelos que suscitaba la “mala inmigración”, la de los “extranjeros desagradecidos” que organizaban huelgas y difundían doctrinas socialistas o anarquistas. Contra ellos se dictó en 1902 la llamada “ley de residencia”, que autorizaba al gobierno a expulsar a los extranjeros “cuya conducta comprometa la seguridad nacional o perturbe el orden público”, y en 1910, la “ley de defensa social que legislaba sobre admisión de extranjeros, asociación de personas para la difusión de ciertas ideas y actos de propaganda y terrorismo. Aunque tales medidas llevaron alguna tranquilidad a los timoratos, no faltó quien denunciara el alcance de tales hechos. Es revelador el manifiesto que lanzó el Partido Socialista en mayo de 1909, con motivo de algunos hechos de violencia y de las explicaciones que dio el gobierno sobre ellos. “El gobierno responsable de la masacre obrera del 1° de mayo —decía el manifiesto— proclama con fruición que casi todas las víctimas eran extranjeras.

“Hijo del predominio político de las provincias de tierra adentro, la obra sanguinaria de sus genízaros le parece excelente procedimiento de argentinización. Quiere nivelar el proletariado de Buenos Aires con el de las zonas del país donde es más abyecto y servil; quiere que el nivel mental de los trabajadores de la Capital no exceda al de los inconscientes parias que trae del interior y arma para su nefasta obra de exterminio.

“Es cierto que, con dineros sustraídos al pueblo trabajador, fomenta la inmigración que ha de abaratar la mano de obra. Pero, como trabajadores, no le parecen buenos sino los extranjeros sumisos siempre agradecidos a la pitanza que les permite vivir, sin más preocupación que la de llenar las necesidades más elementales.

’’Denunciamos ese concepto mezquino y retrógrado como uno de los más grandes estorbos a nuestro desarrollo nacional, como el torpe disfraz que malamente disimula la desenfrenada codicia y las bajas ambiciones de los hombres de la oligarquía.

”Su patriotismo les permite pedir a los patronos extranjeros que manden sus peones argentinos a votar por las facciones de la política criolla; les permite vender el país entero a empresas extranjeras, cuyos abogados son altos personajes políticos, y de cuyos directorios salen ministros y presidentes; les permite también valerse de extranjeros para la obra nefanda de la corrupción y anulación del voto argentino. Pero les hace mirar con odio tanta altiva reclamación obrera, toda tendencia política genuinamente popular, y en su incapacidad para comprender el movimiento obrero, y adaptar a él sus actividades de clase gobernante, no encuentra argumento mejor que acusarlo de extranjero.

“Denunciamos esa acusación como una baja maniobra tendiente a perpetuar la oligarquía. Los que así hablan son vulgares politicastros para quienes la patria es fuente inagotable de enriquecimiento personal y de vanos honores, que, al agigantarlos, empequeñecen al país; intrigantes hechos a todas las malas artes, desde las elecciones falsas hasta la revueltas simuladas con soldados de línea; pobres espíritus absorbidos por sus menguadas luchas de camarillas.

“El movimiento obrero argentino es obra de hombres nacidos aquí y en otros países, como tiene que ser toda sana actividad colectiva en un país cosmopolita. El movimiento obrero da a todos los hombres del país un alto ejemplo de conciencia histórica y política, solidarizando a los hombres de igual condición social, cualquiera sea su patria de origen. El movimiento obrero hace obra de argentinización librando a nativos y extranjeros de prejuicios de raza, y haciéndolos trabajar de consuno en la elaboración de un más fuerte y más alto pueblo argentino. Circulan ahora en el mundo los sentimientos y las ideas con la misma libertad que los hombres y las mercancías. ¿Cómo podrían entonces alcanzar los nuevos ideales y los nuevos métodos? ¿Si copiamos de Europa las artes y las ciencias, si de allá traemos las semillas y las crías que refinan nuestros cultivos, no son también para este país una bendición las nociones y prácticas importadas que han de sacarnos del pantano de la política criolla?

“Somos los continuadores de la obra de la Independencia, y cuando llegue la hora del Centenario, la tierra argentina, fuera de sus trigos y sus lanas nada podrá presentar que la acerque tanto a los pueblos cultos como su agitación proletaria.

“Pese a la clase gobernante, ha de formarse en este país un pueblo trabajador de los más inteligentes y libres del mundo.”

Ciertamente, la reacción contra el cosmopolitismo y las agitaciones sociales originó un movimiento farisaico encubierto de nacionalismo. Pero es innegable que un movimiento nacionalista auténtico, sincero y profundo se desarrollaba en el seno de los viejos grupos criollos, cada vez más alarmados por la influencia de la ola inmigratoria y por el progresivo desvanecimiento de los rasgos de la personalidad nacional.

Fue el uruguayo José Enrique Rodó quien pronunció —en Ariel— las primeras palabras de alarma contra la “afluencia inmigratoria, que se incorpora a un núcleo aún débil”; el fenómeno suscitó en el ánimo del ilustre ensayista un sentimiento de aristocracia, porque creyó que entrañaba la “degeneración democrática, que ahoga bajo la fuerza ciega del número toda noción de calidad”. Y tras las huellas de Rodó algunos grupos autóctonos comenzaron en la Argentina, como en otros países del Continente, a afirmar su “arielismo”, su sentimiento minoritario, aristocrático y espiritualista, modelado en áspero contraste con el poco elegante apremio de quienes llegaban a “hacer la América”.

Ricardo Rojas expresó ese sentimiento con profundidad, sólidos fundamentos y justa medida en La restauración nacionalista. Recogiendo la apesadumbrada pregunta de Sarmiento relacionada con el mismo problema: ¿Argentinos? Desde cuándo y hasta dónde, bueno es darse cuenta de ello”, Rojas decía: “Antes de que la respuesta pueda ruborizamos, apresurémonos a templar de nuevo la fibra argentina y vigorizar sus núcleos tradicionales. No sigamos tentando a la muerte con nuestro cosmopolitismo sin historia y nuestra escuela sin patria.” Esta actitud entrañaba un nacionalismo, pero no el nacionalismo farisaico de quienes se ocultaban los problemas del país, ni el nacionalismo agresivo de quienes se jactaban de una superioridad no probada. Había en Rojas una reacción sentimental —la de “los que a fuerza de ser argentinos empiezan a sentirse extranjeros en su propia patria”—; pero había sobre todo una apreciación objetiva y clara del problema, que concluía en un pronóstico y en un programa para su solución.

Sin embargo, no fue la ola creciente del cosmopolitismo lo único que desencadenó el sentimiento nacionalista. Rodó lo tradujo también en otros términos cuando, lo concibió como una oposición frente a Estados Unidos y al practicismo norteamericano. Diez años antes, por su parte, los representantes argentinos ante la primera Conferencia Panamericana reunida en Washington en 1889 manifestaban ya la orgullosa decisión de no aceptar la tutoría de Estados Unidos. Manuel Quintana y Roque Sáenz Peña levantaron su voz contra las pretensiones hegemónicas enunciadas por el secretario de Estado, Blaine, y definieron un innegable sentimiento de resistencia frente a su país, que era ciertamente compartido por muchos. Acaso esconda cierta clave de ese sentimiento un párrafo de la crónica que, sobre la conferencia, envió José Martí a La Nación de Buenos Aires de la que por entonces era corresponsal: “Son acá levadura viva los celos de Inglaterra” —escribía—, y el Sun maligno, aliado demócrata de Blaine, denunciaba a los que se le opusieron en la sesión como “empleados e instrumentos de Inglaterra”; pues, en efecto, buena parte de aquella resistencia contra Estados Unidos nacía en ciertas élites argentinas de su solidaridad con Inglaterra y de su consustanciación con los modos de vida ingleses. Pero de todos modos, nació de esta extraña coyuntura una manifestación de nacionalismo latino, que se lanzaba contra los admiradores del utilitarismo norteamericano y detractores, al mismo tiempo, de la tradición española. Tuvo ese sentimiento ocasión de precisarse con motivo de la guerra de Cuba en 1898, y por esa época desarrolló Rodó en Ariel su antinomia entre utilitarismo e idealismo que arrastraba la contraposición entre la América anglosajona y la América hispánica.

La celebración del Centenario forzó las posiciones frente a la realidad nacional. Se afianzaron en sus convicciones quienes, a la luz de severo análisis, renegaban de las tradiciones hispanocriollas, y siguieron esperándolo todo del ejemplo anglosajón; se robustecieron en sus ideas los que temían la influencia del cosmopolitismo y propiciaron una política de decidida absorción de la población de origen extraño; y no faltaron quienes cerraron los ojos a todo examen y se dejaron ganar por un optimismo fácil y un conformismo superficial, que derivaron en formas groseras de patriotismo muy a tono con las formas externas del regocijo oficial propio de la fecha. En El juicio del siglo, Joaquín V. González reseñaba con rara objetividad y aguda penetración las alternativas de nuestra evolución histórica, y señalaba al final que “aunque a veces hubiera pretendido con tenaz empeño apoderarse de la opinión la tendencia chauvinista, tan llena de peligros y falsas sugestiones, ella no ha pasado de esferas secundarias”. Pero ciertamente predominaron esas esferas secundarias por encima de las opiniones ponderadas y críticas precisamente en ocasión del Centenario. La retórica oficial acuñó definitivamente el tópico de “la grandeza nacional”, de nuestro envidiable destino y de nuestras innatas virtudes; y grupos irresponsables desataron una ola de xenofobia como complemento aparentemente indispensable del orgullo oficial. La idea de la patria adquirió un valor convencional en las frases hechas; pero arrastraba un sentimiento auténtico e innegable que se difundía y operaba en el complejo social como un vivo estímulo para la reducción de lo heterogéneo en lo homogéneo, para la absorción de los grupos humanos de diverso origen en la colectividad. Era el sentimiento de confianza profunda que había comenzado a obrar en un poeta de tradición anarquista, Leopoldo Lugones, y que lo movía a escribir en 1910, en la primera de sus Odas Seculares:

Patria, digo, y los versos de la oda

Como aclamantes brazos paralelos,

Te levantan Ilustre, Única y Toda

En unanimidad de almas y cielos.

El robustecimiento del patriotismo pareció a muchos el arma necesaria para contrarrestar los peligros del aluvión cosmopolita. Como presidente del Consejo Nacional de Educación, José María Ramos Mejía echó las bases de una reforma destinada a transformar la escuela elemental en un eficaz instrumento de acción para lograr la incorporación profunda y sincera de los hijos de inmigrantes a la colectividad nacional. El nacionalismo fue una respuesta, una convicción elaborada en la experiencia, y adquirió un aire combativo y dinámico. Ricardo Rojas, enviado por el Gobierno a Europa para interiorizarse del desarrollo de los estudios históricos —”problema relacionado con los más vitales intereses de nuestra nacionalidad”, decía— defendió en su informe la urgente necesidad de rever los principios fundamentales de la educación argentina. Y con amplia doctrina y profundo convencimiento, afirmó que una educación basada en la historia era el único camino capaz de crear el sentimiento colectivo que el país requería para fundir sus heteróclitos elementos. Ese pensamiento es el que desarrolló en La restauración nacionalista.

4

Pero las ideas sobre la historia no eran unánimes, ni en cuanto a sus principios fundamentales ni en cuanto a los contenidos específicos de la historia argentina.

Ricardo Rojas, pese a su vasta cultura y a su curiosidad por las ideas y las cosas de Europa, adoptó un punto de vista concordante con el que había sostenido Joaquín V. González en La tradición nacional. Hallaba éste en el desarrollo de la cultura hispanoamericana inequívocas reminiscencias que lo llevaban a pensar en la perpetuación de un destino autóctono; y Ricardo Rojas continuó esa línea no sólo en las páginas ya citadas sino también en las de Blasón de Plata y de Argentinidad, dos libros en los que negaba la presunta influencia, tantas veces señalada, de las ideas extranjeras en el desarrollo de la democracia argentina, afirmando en cambio la existencia de una continuidad interna en el proceso de su formación.

Fiel a esta convicción íntima, Ricardo Rojas procuró estudiar a fondo en Europa las críticas a las ideas historiográficas del Romanticismo; el pensamiento de Taine, de Renán, de Lavisse, de Monod; el proceso de “integración’’ de la historia —como él dice, “desde el poema homérico a la Kulturgeschichte alemana”— pero mantuvo viva en su espíritu su concepción originaria de la historia, en la que latía la esperanza de que sirviera a la formación del alma colectiva. La conciencia de la nacionalidad —decía— se forma por la cenestesia colectiva y la memoria colectiva. “He ahí el fin de la historia —agregaba—: contribuir a formar esa conciencia por los elementos de tradición que a ambas las constituyen. En tal sentido, el fin de la historia en la enseñanza es el patriotismo, el cual, así definido, es muy diverso de la patriotería o el fetichismo de los héroes militares.” Y agregaba luego: “Para ello la Historia no necesita deformarse: bastaríale presentar los sucesos en la desnudez de la verdad. Los desastres merecidos de la patria, los bandidos triunfantes, las épocas aciagas, las falsas glorificaciones, todo habría que contárselo a la juventud. En este afán por descubrir y decir lo verdadero, iría por otra parte implícita una admirable lección de moral.”

Este clamor en favor de una historia veraz, ajena a los intereses de bandería y cuyo contenido fuera el fruto de una indagación seria y objetiva, se generalizó y amplió sus alcances. La preocupación por la historia posterior a la Independencia y el interés que suscitaba el fenómeno rosista se acrecentaba a medida que se hacía más compleja la realidad social del país y más enigmático su futuro. Joaquín V. González definía los cien años de la historia argentina independiente con estas terribles palabras: “El historiador deberá cruzar este infierno, guiado por las altas virtudes que sólo el estudio, el raciocinio y el amor de la patria y la humanidad engendran y mantienen, tanto más en el siglo vivido por la Nación Argentina, en el cual, como ha de verse en este breve estudio, acaso más que en ninguno de sus contemporáneos, la pasión de partido, las querellas domésticas, los odios de facción, la ambición de gobierno o de predominio personal, constituyen una de las fuerzas más permanentes y decisivas en el dinamismo general de todo el país.” Para emprender esta labor, advertía González que era necesario “empezar el análisis científico que procure arrancar la historia del dominio de las causas accidentales, transitorias o personales”, pero no sólo por el placer de la objetividad o por la gravitación del pensamiento crítico que dominaba ya el saber histórico en Europa, sino por otras causas que explicaban esa singular actitud en ese instante de la cultura argentina.

La primera era, sin duda, de orden intelectual. Si con el período histórico de la Independencia habían podido construir Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López una obra de sólidos fundamentos, parecía ya llegada la hora de incluir en el dominio de los estudios históricos de base científica el período rosista, en el que se escondían tantos y tan graves problemas que repercutían sobre la realidad de su tiempo. La segunda era que, para la época del Centenario, la problemática incluida en la polémica del rosismo perdía interés y vigencia a pasos agigantados. Poco a poco habían desaparecido los últimos protagonistas de la ardua lucha, y las condiciones sociales, económicas y políticas del país planteaban nuevos y muy diversos interrogantes. Y la tercera era que se vislumbraba la esperanza de que un análisis desapasionado y objetivo del pasado argentino ofreciera —por encima de toda preferencia— una clave para entender los nuevos procesos; por eso González pedía un ejercicio científico de la historia, “para ensayar la deducción de leyes constantes o periódicas, radicadas, ya sea en los caracteres étnicos y territoriales invariables, ya en las propias enseñanzas del pasado más remoto, ya, por fin, en la sistematización de las ideas, principios o teorías expuestas por los escritores de la época, en todas las direcciones en que la masa nacional se ha agitado, ha evolucionado o ha marchado con rumbos más o menos conscientes”.

Los movimientos de masas y las relaciones entre las clases inquietaban, sin duda, al autor del Juicio del siglo, cuyos esfuerzos de político y de jurista se habían concentrado poco antes en la preparación de un proyecto de código del trabajo que afrontara los problemas sociales que inquietaban la vida argentina de aquellos días. Con intereses semejantes buceaba en la historia Adolfo Saldías, a quien también se le encargó por entonces un estudio retrospectivo de la vida argentina, que publicó con el título de Un siglo de instituciones; el autor de la Historia de la Confederación reiteró entonces sus puntos de vista y ofreció sistemáticamente, en un significativo pasaje del capítulo XI, una interpretación de las crisis sociales argentinas. Sostenía Saldías que el movimiento revolucionario de 1810 estaba caracterizado por el predominio de las clases aristocráticas, que se habían independizado apoyadas en el derecho municipal español; la crisis de 1820, en cambio, había sido una “reacción tumultuaria de las clases medias, de las inferiores clases sociales, contra la oligarquía de los hombres y partidarios de los Triunviratos y Directorios”, y la de 1830, en cambio, había sido una reacción más radical que contó con la plena solidaridad de las clases populares. “Por los auspicios de estas tres grandes proporciones —terminaba Saldías— se ha desenvuelto la sociabilidad argentina desde 1810 hasta 1830, en virtud de lo que se podría llamar la ley de las renovaciones políticas, las cuales se han ajustado a principios cuya originalidad y cuya lógica son dignas de estudio para meditar con fruto sobre la filosofía histórica.”

Un intento semejante había realizado en los últimos años del siglo anterior, y siguiendo el camino abierto por la obra fundamental de Saldías, el historiador Ernesto Quesada en su libro La época de Rosas. También él colocaba su estudio sobre principios de absoluta objetividad, y aducía en favor de su tesis que sólo en el estudio sereno del pasado podía hallarse “la enseñanza del porvenir, y causas análogas pueden producir fenómenos semejantes en cualquier época”. Atraído por las consecuencias —próximas y remotas— del fenómeno, se interesó por las circunstancias que lo explicaban, guiado por la influencia de los sociólogos y de los historiadores de tendencia sociológica, hasta llegar a la conclusión de que Rosas había sido tan sólo un hijo de su época y ésta a su vez el fruto de inevitables encadenamientos que suponían largos procesos.

Con una doctrina más precisa y más elaborada intentó Juan Bautista Justo, fundador del Partido Socialista, ex

plicar en 1898 el desarrollo de la vida social del país en un conciso y madurado estudio que tituló La teoría científica de la historia y la política argentina. Una brevísima caracterización de la doctrina económica —designación que él prefería a la de materialismo— hecha con palabras de Marx y de Engels, abría el estudio, al que sirve de regla esta acotación: “Al afirmar el papel fundamental del modo de producción y de cambio en la historia, Marx y Engels han estado muy lejos de formarse del desarrollo histórico un concepto unilateral”. “La situación es la base”, dice Engels, “pero… las formas del derecho… las teorías políticas… las opiniones religiosas… etc., ejercen también su acción sobre el curso de las luchas históricas, y en muchos casos determinan su forma en primer término.” Y sorteando el peligro de un criterio unilateral estrechado por la reducción a ciertos principios elementales, Justo se introducía en el análisis de la vida argentina desde el punto de vista de los fenómenos de la producción y de las luchas de clases que la caracterizan. Analizaba la revolución de 1810 en relación con lo que López había llamado la “burguesía decente”; examinaba las guerras civiles en relación con los gauchos, que identificaba como “la población de los campos acorralada y desalojada por la producción capitalista, a la que era incapaz de adaptarse, que se alzaba contra los propietarios del suelo, cada vez más ávidos de tierra y de ganancias”; estudiaba a Rosas en relación con la población campesina, que “fue dominada por los mismos que ella había exaltado como jefes”; consideraba la situación de su tiempo como el resultado del “progreso económico [que] nos había incorporado de lleno al mercado universal, del que somos una simple provincia”. Y a lo largo de este examen replanteaba los grandes problemas de la política de la hora con meridiana claridad e inflexible lógica.

Los fundamentos de su interpretación de la historia los expuso Juan B. Justo más tarde en su obra fundamental, Teoría y práctica de la historia, que vio la luz precisamente en 1909, el mismo año en que publicó Ricardo Rojas La restauración nacionalista. En aquélla, desarrolla Justo los puntos fundamentales del marxismo, pero

enriqueciendo y variando sus fundamentos con una teoría biológica de las sociedades humanas que justifica la interpretación económica que él propone y desarrolla. El punto de partida, empero, de la indagación histórica es una inquietud acerca del destino futuro de la humanidad. “No sabríamos siquiera qué preguntar al pasado sin nuestros anhelos para el porvenir.” De aquí que la historia se instrumentalice frente a las exigencias de la acción, en la que Justo ve, como Goethe, el comienzo de toda cosa.

El conocimiento del pasado debe ajustarse a su propia naturaleza. “El mundo de la historia —dice— es una masa de hombres y cosas movidos y moldeados por fuerzas tan regulares como las que mueven el sistema solar y han moldeado la corteza terrestre. Los fenómenos históricos son también lógicos y necesarios, consecuencias fatales de combinaciones de circunstancias dadas. Una neoformación social, una revolución, la expansión o decadencia de una raza, deben producirse en condiciones tan regulares y determinables como la cristalización de un mineral, una descarga eléctrica, la evolución de una especie.

“Más que una simple deducción, impuesta al raciocinio por la regularidad que descubrimos en los fenómenos de otro orden, ésta es una inducción directa de los hechos, cuya basa se extiende a medida que conocemos mejor el pasado de la Humanidad y dedicamos más atención a su desarrollo presente.” Esta regularidad se apoya en la regularidad del comportamiento biológico, en el que ve el fundamento de las sociedades humanas. Pero sobre esa base se producen variaciones fundamentales. “Encontramos, pues, condicionada la acción de los principios biológicos en la especie humana por las actividades intencionales del hombre, que obedeciendo a las leyes generales de la vida, al mismo tiempo que las altera, y, en bien o en mal, les imprime un sello peculiar.

“El predominio de las funciones vegetativas toma en la Humanidad una forma superior, en relación con la altura mental del hombre, y se manifiesta en fenómenos sociales de un orden propio, que no reflejan sino mediata e indirectamente las leyes de la biología.

“La acción intencional crea el mundo técnico-económico, que se superpone al ambiente físico-biológico.” Justo estudia aquellos fenómenos, y sus derivaciones a través de la guerra, la política, la lucha de clases y las relaciones entre capitalistas y asalariados, para concluir con una fervorosa profesión de fe en la vida. “La última conclusión de la ciencia es la del sentido común: prácticamente el hombre es el centro del mundo, y nada tanto como el hombre mismo debe preocupar al hombre. Mas no descubre la ciencia en el mundo un fin bueno e inteligente, una moral. Seres infinitos nacen, sin responsabilidad, para una vida frustrada. Lo que para nosotros es enfermedad y muerte, es para los microbios un festín. Los caprichos de la atmósfera hacen de la agricultura un juego de azar. Dentro mismo de la sociedad humana, chocan ciegos y furiosos los elementos.

”¿A qué tiende la Historia? ¿A dónde va la vida? A su propio incremento, a su propia expansión. Como los organismos elementales, propende el hombre a multiplicarse con toda su potencia. A cada rotación lunar, florece la mujer en su inmanente anhelo de maternidad; vigorizado por los gérmenes de la generación que lleva en sí, mantiene el varón siempre tensa la cuerda de su esfuerzo hacia el crecimiento infinito de la especie. Forma superior de la vida, llévala el hombre y la acrecienta por doquier. Para ello crea su técnica, para ello establece y cambia sus relaciones sociales. En su eterno impulso vegetativo, invade el mundo entero, sujeta las fuerzas físicas, reduce o extiende, según sus propias necesidades, las otras formas de la vida. Lucha también consigo mismo. ¡Ay de las aristocracias que estorban al aumento de la población! ¡Ay de los pueblos que no saben sacar del suelo que habitan todo lo que en el cultivo de la vida puede dar! Ellos serán barridos o dominados por otras clases y otros pueblos más enérgicos. ¿Para qué son las revoluciones y las conquistas? Vano es todo derecho a la vida que no se afirme en su propio ejercicio. La conciencia está al servicio del aumento inconsciente e instintivo de la materia organizada. Adquirimos y desarrollamos funciones de relación, para vegetar mejor. Una fuerza primordial domina a la Historia: la tendencia al crecimiento indefinido del protoplasma.”

La interpretación económica de la historia sirvió algunos años más tarde a Juan Álvarez para renovar el estudio de la época de las guerras civiles y la tiranía. Sin plantear problemas teóricos, Álvarez organizó el análisis de todo el período alrededor del problema de la navegación de los ríos interiores, y de las consecuencias económicas que tuvo el régimen de esas vías para las provincias del litoral; de allí dedujo la explicación de las situaciones políticas creadas entre las provincias litorales y Buenos Aires, más allá de toda la rica y variada historia anecdótica que solía ilustrar el período.

Preocupado por otros problemas, José León Suárez publicó en 1916 una monografía titulada Carácter de la Revolución Americana: Nuevo punto de vista sobre la independencia hispanoamericana. Siguiendo las reflexiones de los hispanizantes, Suárez dio forma a la doctrina de las relaciones entre el movimiento liberal en las colonias y en España. Tuvo su obra mucho eco —en relación, por cierto, con los planteos políticos antiimperialistas— y dejó abierta una vía de estudio y de interpretación del fenómeno de la independencia hispanoamericana, incomprensible, a su juicio, fuera del cuadro de las ideas y las luchas que se producían en España misma.

5

La oposición entre nacionalismo y universalismo, entre nacionalismo y clasismo, entre idealismo y materialismo, fue, en todos los aspectos de la vida y de la cultura argentina, y con diversos matices, un fenómeno característico del momento del Centenario. Si la ocasión era propicia para examinar el destino histórico del país desde el punto de vista de su pasado, no lo fue menos, sin embargo, para despertar la conciencia pública frente a los nuevos fenómenos sociales que se manifestaban y que se interpretaban de diversa manera. Huelgas y movimientos de agitación alteraban la calmosa vida pública, promovidos por los grupos proletarios que cada día cobraban más firmeza, mejor organización y más clara conciencia de su posición político-social. Los grupos tradicionalistas, reaccionarios salvo pocas y honrosas excepciones y ya preocupados por la amenaza de la Unión Cívica Radical, sólo atinaron a proponer la represión como maniobra política de defensa frente a los nuevos fenómenos de masas. No faltaron en el campo político ni en el doctrinario quienes se preocuparan por el problema obrero. Joaquín V. González proyectó la Ley Nacional del Trabajo en cuya redacción colaboraron hombres de diversas tendencias: Del Valle Iberlucea, Manuel Ugarte, Augusto Bunge, Leopoldo Lugones y Juan Bialet Massé; este último, profesor de la Universidad de Córdoba, había publicado un Tratado de la responsabilidad civil en el Derecho argentino bajo el punto de vista de los accidentes de trabajo, y un Informe sobre el estado de las clases obreras en el interior de la República, ambos en 1904. Pero las soluciones sutiles que de esos estudios podían inferirse no fueron halladas a tiempo. Y frente a los grupos reaccionarios, los sectores anarquistas y socialistas, de sólida doctrina y rica experiencia internacional en relación con los procesos sociales derivados de la transformación técnico-industrial, asumieron la representación de las nuevas fuerzas que surgían en el país.

El anarquismo, bajo la ya señalada inspiración de Gori, emprendió una acción organizada y llegó en 1905 a predominar en el Consejo de la Federación Obrera Argentina. La base doctrinaria del socialismo era en la Argentina la misma que en otros países, pero las circunstancias históricas eran tan diversas que no fue poco esfuerzo adecuar los principios teóricos a la realidad. El naciente desarrollo comercial e industrial aceleraba la definición social de un proletariado que tenía, como característica esencial, estar constituido en buena parte por extranjeros, a causa de la afluencia de inmigrantes al país. La oligarquía planteó entonces el problema de los conflictos del trabajo y las reivindicaciones obreras no como un conflicto de clases sino como un encuentro entre nativos y extranjeros, movidos estos últimos por el designio de disolver la sociedad a cuyo seno se habían acogido. Pero el socialismo salió al encuentro de tal tesis aplicando una doctrina universal que correspondía a la universalidad del hecho económico-social, y trasladando con ello el problema al terreno en que debía enfrentarse.

El planteamiento concreto del asunto giró alrededor de una ley de extrañamiento de extranjeros —conocida como “ley de residencia”— que la oligarquía sancionó en noviembre de 1902 a raíz de fuertes movimientos obreros. El gobierno quedaba facultado por ella para expulsar del país a todo extranjero que considerara peligroso para la seguridad nacional y el orden público, de modo que desaparecían todas las garantías que la Constitución ofrecía al que había decidido radicarse en el país. La ley fue objetada por razones institucionales, pero fue sancionada. Su enjuiciamiento ocurrió más tarde, cuando en 1904 llegó al Parlamento el primer diputado socialista, Alfredo L. Palacios. Al fundar un proyecto de derogación de la ley, formuló el problema de las huelgas en sus verdaderos términos; expuso entonces ante los representantes de la oligarquía los fundamentos de la doctrina económica de la historia y derivó de ella una interpretación de los hechos sociales que ocurrían en ese momento en el país.

Eran, sin duda, hechos de escasa magnitud si se usaban como vara de medir los procesos europeos análogos; pero tenían creciente gravedad, sobre todo por la estrechez de criterio de ciertos sectores oligárquicos que confiaban en la posibilidad de mantener una situación de privilegio ya sobrepasada en muchas partes del mundo. Fue una trabajosa conquista del diputado socialista obtener la sanción de una ley que estableciera el descanso hebdomadario y otra que protegiera el trabajo de las mujeres y los niños. Y si la interesada oligarquía local podía equivocarse justamente al interpretar los nacientes fenómenos nacidos de la transformación económica del país, extraña que se equivocara también el sociólogo italiano Enrique Ferri, que visitó el país en 1908 y diagnosticó apresuradamente que el “socialismo argentino es una flor fuera de estación”, agregando que “es un producto de la civilización industrial y ustedes [los argentinos] pasan todavía por la era pastoril”. Estas palabras de Ferri provocaron no sólo una intencionada y aguda respuesta de Juan B. Justo, sino también una reafirmación de la interpretación socialista de la realidad nacional. En un desafío verbal, Justo refutó la tesis de Ferri y sostuvo, analizando el último capítulo de El Capital, titulado “La teoría de la colonización”, que en países agrarios se forma un proletariado rural que lucha contra la clase poseedora de los medios de producción y que debe ser esclarecido para orientar su lucha clasista. Concluyendo su discurso, agregó Justo: “Ferri presenta como obstáculo al socialismo la actual economía agrícola argentina; dediquemos, pues, mayor esfuerzo a la política agraria, que ha de acelerar la evolución tecnicoeconómica del país, y también su evolución política, enrolando en nuestro partido a los trabajadores del campo.”

Si la visita de Ferri dejó como saldo positivo para el socialismo el autoexamen de su validez, la que realizó en 1911 Jean Jaurés sirvió para que desde un escenario tan prestigioso como el del Teatro Odeón se hablara a la opinión media argentina de ideas que no quería oír de labios de sus compatriotas. El socialismo se robusteció, y en las elecciones de 1912, tras un cambio de régimen electoral, llevó al Parlamento dos diputados: Alfredo L. Palacios y Juan B. Justo.

Ciertamente, la opinión de Ferri sobre el socialismo argentino era compartida por muchos que advertían el abismo entre las reformas que exigía y el estado social e institucional del país. Para los espíritus esclarecidos, progresistas y guiados por el ejemplo europeo, el cuadro de la situación política del país parecía entristecedor. “Esos males —decía Indalecio Gómez en el Congreso— son, para decirlo en una palabra, la muerte del espíritu cívico, el anonadamiento completo de la democracia argentina. ¿Es que existe la democracia argentina? ¡Absolutamente no!” Algunos optaron por desentenderse de la actividad política, refugiándose en un elegante escepticismo al que no era ajeno, por cierto, la influencia de Anatole France; y otros mantuvieron su militancia convencidos de que los fenómenos que se ofrecían a sus ojos estaban dentro de la rigurosa lógica del proceso demográfico, económico y espiritual del país. Estos últimos recibieron el estímulo de los historiadores que intentaban una nueva interpretación histórica de nuestro pasado y de los conocedores de nuestras instituciones que se mostraban capaces de interpretarlas a través de la historia. Entre éstos, José Nicolás Matienzo ocupó un lugar de excepción con su obra sobre El gobierno representativo federal en la República Argentina, aparecida en 1917, en la que analizaba las instituciones políticas a la luz de la evolución de la sociedad, a la que consideraba sometida a leyes naturales.

Pero cualquiera que fuese la explicación que pudiera darse sobre la situación institucional, las opiniones comenzaban a agruparse con distintos matices que entrañaban definiciones netas y actitudes categóricas. La revolución de 1890 había conmovido la fácil seguridad de la oligarquía y en su seno los más inteligentes comenzaron a descubrir que el cuadro político había sufrido un cambio de inocultable profundidad: pareció, pues, necesario un cambio de actitud. Pero ajena e insensible al proceso social que empujaba hacia la primera línea a los nuevos grupos proletarios, y alarmada tan sólo por los problemas institucionales que le suscitaba la clase media en ascenso, representada por la Unión Cívica Radical, la oligarquía se escindió entre los que pretendían conservar ilegítimamente y a cualquier precio los privilegios manteniendo la perversión de las instituciones y los que aspiraban a mejorarlas, acaso con la esperanza de purificar sus privilegios y conservarlos en buena ley.

En el seno del Partido Nacional, que no era sino una vasta organización electoral, seguía ejerciendo fuerte autoridad el general Roca. Pero ya al acercarse las elecciones de 1892 se vio aparecer un grupo —llamado “modernista” y encabezado por Roque Sáenz Peña— que representaba el afán purificador de las instituciones frente a la organización electoral que Roca representaba. Era Roque Sáenz Peña un espíritu ecuánime y vigoroso, de clara visión y sentimientos honrados; conservador a la inglesa, creía en la democracia y acaso confiaba en que la democracia conduciría a un robustecimiento de su política moderada. Pero la organización electoral volvió a funcionar eficazmente y frustró el intento de mejorar el sistema institucional. El primer paso había sido dado, sin embargo. Todavía triunfó el general Roca en las elecciones de 1898, pero poco después se separó de él su más fuerte aliado, Carlos Pellegrini, que adoptó puntos de vista análogos a los de Roque Sáenz Peña, y los manifestó explícitamente en más de una ocasión. Sus palabras revelan un momento fundamental en el pensamiento político argentino, porque ponen de manifiesto el juego en que se vinculaban las principales tendencias de la opinión. En primer lugar los grupos obreros que hacían un nuevo planteo de la situación social, ahora modificada y preñada de promesas para el futuro; en segundo lugar, la clase media, esencialmente representada por la Unión Cívica Radical, que aspiraba a intervenir en el poder y que, sabiéndose mayoría, pedía pureza electoral y perfeccionamiento de las instituciones; y en tercer lugar una oligarquía que se dividía entre los que querían mantener la dirección tradicional como si nada hubiese ocurrido desde 1890, y los que, como Roque Sáenz Peña y Carlos Pellegrini, habían obtenido una lección de los hechos y aspiraban a modificar el rumbo quizá con la esperanza de que la mayoría prefiriera su posición moderada en un régimen parlamentario bipartidista. No son desdeñables estas palabras que pronunció el ministro Indalecio Gómez al defender en el Parlamento el proyecto de ley electoral: “No es el haber traído hombres eminentes al Congreso el único elogio que pudiera hacérsele, aun con las reservas expresas que he hecho, al sistema actual.

“Él ha contribuido a la formación de las clases conservadoras del país. En este Congreso, en las legislaturas de provincias, se han formado las clases conservadoras del país. Aquí, en el Congreso, ha estado la voluntad, la energía para resistir a todos los embates de la anarquía, de la revolución, del desorden. ¿Por virtualidad propia del sistema? No. Esa virtualidad corresponde a todos los sistemas —fíjese en esto la Cámara—, corresponde a todos los sistemas en los cuales el candidato a diputado pasa por métodos de selección que permiten designar a los más dignos.

“La misma razón explica también cómo es que la calidad de los elegidos fue siempre superior.

“Así, pues, si queremos que las clases conservadoras se encuentren siempre representadas aquí, y si queremos que este Congreso sea una base inconmovible de la formación de esa clase representativa, es menester que no nos separemos de los sistemas que permiten esa selección.”

En un gesto simbólico, Pellegrini se había negado a votar en 1902 la ley de Residencia de Extranjeros. Cuando poco después se trató en el Senado una reforma electoral que prometía una expresión más fiel y segura de la opinión popular en el Parlamento, Pellegrini no vaciló en enfrentarse con la realidad político-social del país, uniendo en un haz la inquietud social de las clases trabajadoras, manifestada a través de huelgas violentísimas, y la inquietud de las clases medias que aspiraban a llegar al poder y no vacilaban en buscar una salida a sus inquietudes en la conspiración. “La situación presente —decía Pellegrini— es la obra de todos los partidos y de todos los hombres públicos que hemos tenido actuación política en el país desde Caseros hasta la fecha; todos tenemos responsabilidad de lo que hoy pasa, y la única manera de evitar que esa responsabilidad se haga histórica es propender honradamente a la reforma, producir la reacción para suprimir y corregir estos males y devolver a nuestro país la verdad de sus instituciones, el ejercicio de su soberanía popular.”

Pellegrini volvería sobre este tema otras veces. En la misma línea política se alineó Roque Sáenz Peña, y cuando llegó a la presidencia en 1910, concretó sus esfuerzos en una ley electoral que, aprobada en 1912, instauró el voto secreto y obligatorio y el sistema de la lista incompleta, con el que tenían acceso a la representación parlamentaria las minorías. Pero no fue sin lucha. Pellegrini no había podido llegar a ser candidato a presidente en 1904 por la fuerza de la organización electoral que no quería abandonar sus métodos para conservar el poder; y durante el gobierno de Manuel Quintana, el gobernador de Buenos Aires, Marcelino Ugarte, extremó los recursos para controlar los resultados de los comicios y mantener a cualquier precio el uso del gobierno, seguro de que le pertenecía de derecho a la vieja oligarquía y de que carecía de derecho para reemplazarla esa clase media que se constituía con el aporte humano de la inmigración extranjera.

Estas dos corrientes en pugna reflejaban la preocupación que en el seno de la oligarquía producía la actitud de la Unión Cívica Radical. Desaparecidos en 1896 Leandro N. Alem y Aristóbulo del Valle, el partido que fundara el primero quedó librado a las inspiraciones de Hipólito Yrigoyen, que reforzó la posición intransigente negándose en 1897 al acuerdo político con Roca. El nuevo jefe del partido quería la lucha y no la transacción, porque consideraba que eran incompatibles la tradicional concepción de la sociedad argentina, basada en el privilegio y el falseamiento de las instituciones, y la concepción radical y revolucionaria que él encarnaba, basada en la igualdad política y la autenticidad del régimen representativo. Por eso no vaciló en desencadenar la revolución en 1905. Pero al mismo tiempo su acción y su labor persuasiva contribuyeron a precipitar la maduración de la idea de que era necesaria una reforma electoral. La oligarquía disidente e ilustrada no pudo dejar de prestar oídos a esa doctrina que coincidía con sus aspiraciones; Pellegrini y Sáenz Peña escucharon al revolucionario que quería que se le ofreciera el camino de la legalidad. Y la ley electoral, promovida por Sáenz Peña, condujo poco después al poder a Hipólito Yrigoyen y al radicalismo.

6

Roque Sáenz Peña, en quien los observadores del proceso político argentino veían el espíritu superior capaz de romper una tradición arraigada para ofrecer nuevas formas de convivencia a la colectividad, mereció no sólo el reproche de algún sector de la vieja oligarquía que veía en él un traidor a su causa, sino también el sarcasmo ocasional de un filósofo. Con el título de El hombre mediocre escribió una encubierta diatriba contra el entonces presidente de la República por razones accidentales, el psiquiatra y filósofo José Ingenieros, espíritu burlón y apasionado por la vida cotidiana, pero profundo y sagaz en el estudio de los problemas filosóficos. Fue Ingenieros, sin duda alguna, la figura más significativa del pensamiento argentino en los años del Centenario, y la publicación de su Psicología genética en 1911 constituyó un hecho singular en la vida intelectual del país. Ya en 1903 había dado a luz su estudio sobre La simulación en la lucha por la vida, con el que se incorporaba a la corriente cientificista del positivismo. Su Psicología, que reeditó en 1913 con el título de Principios de psicología biológica, acentuó esta orientación, tras de la cual formaron densos grupos de estudiosos, pues la influencia personal de Ingenieros fue extraordinaria. “La psicología es una ciencia natural concordante con las hipótesis más generales de la filosofía científica”, escribía. Partiendo de la biología, Ingenieros aspiraba a formular leyes generales en el campo de la psicología, a través de las cuales pudiera establecer los fundamentos de la lógica, la ética o la sociología. Esta relación condicionaba todo el saber dentro de una concepción decididamente naturalista. Empero no entrañaba una actitud tan decididamente positivista, porque no cerraba totalmente la posibilidad para una metafísica, como se advertiría en sus trabajos posteriores.

Dentro de una corriente cientificista análoga a la de Ingenieros estaba el sabio paleontólogo Florentino Ameghino, desde 1902 director del Museo Nacional de Buenos Aires. En 1906 leyó en la Sociedad Científica Argentina el trabajo en el que fijaba sus opiniones filosóficas y científicas y que se conoce con el nombre de Mi credo. Afirmaba en él que el cosmos se compone de cuatro infinitos, dos tangibles y dos intangibles. “Materia y espacio —decía— tienen la relación de contenido y continente. El espacio existe, es una realidad, puesto que en el Universo es lo único inmóvil, perenne, inmutable, sirviendo de receptáculo a la materia. Concebir algo que sea menos que el espacio o que se encuentre fuera de él, es un imposible. La materia es la sustancia palpable que llena el Universo, y no podemos figurárnosla sino ocupando espacio; es evidente que la porción del espacio ocupada por un átomo de materia no puede a la vez ser ocupada por otro. La materia no tuvo principio, ni tendrá fin. Que es indestructible, es evidente, puesto que no es concebible la posibilidad de sacarla fuera del espacio. Como inseparable del espacio tenemos el intangible infinito tiempo, que podemos definir como la sucesión infinita de la nada corriendo paralelamente a las sucesivas fases de la eterna transformación de la materia. Como inseparable de la materia tenemos el infinito movimiento, que aunque inmaterial, a diferencia del infinito tiempo, es sensible y tangible.”

Los fenómenos naturales —afirmaba Ameghino— obedecen todos a las distintas combinaciones de dos movimientos que predominan en la materia: uno radiante y otro concentrante. Si es posible enunciar leyes de la naturaleza, es contando con que su validez sólo durará mientras dure cierto régimen de equilibrio entre aquellos dos movimientos, régimen que no es inmutable. La vida misma no es sino un aspecto del movimiento, y la diferencia entre el mundo de lo orgánico y lo inorgánico es accidental.

Con esta doctrina se alineaba Ameghino en las filas del cientificismo, con cuyos principios aspiraba el sabio naturalista a crear un cuerpo de doctrina que reemplazara a las creencias religiosas. Había en él, como en Ingenieros, una preocupación por los interrogantes últimos, cuya legitimidad no negaba; de aquí que sólo parcialmente se vincularan uno y otro al positivismo clásico.

Positivista ortodoxo y consecuente fue, en cambio, J. Alfredo Ferreira, acaso en esta época el más documentado y representativo de los que seguían las doctrinas comtianas. Otros muchos expusieron las ideas del positivismo, pero se atuvieron fundamentalmente a sus derivaciones educacionales; Ferreira, tuvo, en cambio, decidida vocación filosófica y aunque escribió poco y publicó menos aún, vivificó sus enseñanzas con un contacto asiduo con los textos y un análisis de las proyecciones posibles del pensamiento comtiano.

La plenitud del predominio de las concepciones positivistas apenas parecía discutible al concluir la primera década del siglo. Si algo les hacía sombra, era la intrépida tenacidad de algunos profesores —especialmente en la Universidad de Córdoba— que seguían enseñando filosofía según los textos de Balmes y Donoso Cortés. Empero, en la Universidad de Buenos Aires se iniciaba una rebelión de otro carácter. Rodolfo Rivarola, profesor de ética y metafísica en la joven Facultad de Filosofía y Letras, había comenzado a abandonar los textos usuales y empezaba a exponer en su cátedra el pensamiento de Kant, que transportaba a otro plano el planteo de los problemas filosóficos. Por su parte, Alejandro Korn se incorporó a la Facultad como profesor suplente en 1906 y como titular tres años después en la cátedra de Historia de la Filosofía, desde la que comenzó a ampliar el horizonte filosófico, sobrepasando el reducido y casi dogmático planteo que solían hacer los profesores de la época. Su sólido conocimiento de la filosofía del racionalismo, del empirismo y del criticismo, le permitió mediante un retorno a lo antiguo, salir del círculo vicioso de una filosofía que había logrado confundirse en la mente de muchos con “la” filosofía.

La influencia de ambos maestros fue pequeña al principio; pero la llegada de Ortega y Gasset en 1916, con la revelación filosófica que trajo consigo, la multiplicó y la hizo decisiva a través de las nuevas generaciones. Entretanto, atacaba también la vigencia del positivismo y el cientificismo la corriente católica, que se oponía no sólo a las doctrinas que respaldaban la escuela laica sino también a las que habían osado desafiar las enseñanzas de la teología. Ameghino, el sabio, era hostilizado por su calidad de sostenedor del evolucionismo, de modo que no sólo se combatía su pensamiento filosófico sino también su pensamiento y su obra científica.

Esta última, sobre todo, adquiría sin embargo cada vez más relieve. Los numerosos estudios paleontológicos y antropológicos de Ameghino, muchos de ellos publicados en los Anales del Museo Nacional, merecieron la atención de los círculos científicos extranjeros. Y en vísperas del Centenario comenzó a ocuparse del problema de la antigüedad del hombre en el Río de la Plata, publicando en 1907 su Tetraprothomo argentinus. En 1910 se reunió en Buenos Aires el decimoséptimo Congreso Internacional de Americanistas, y allí defendió con ahínco sus ideas, que expondría finalmente en La antigüedad del hombre en la República Argentina.

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Diez años antes, en 1900, se había reunido también en Buenos Aires el Congreso Pedagógico Popular, en el que se expusieron los principios de la pedagogía triunfante, también de definido sentido positivista. Correspondió exponer allí los puntos de vista de la escuela filosófica y pedagógica predominante a J. Alfredo Ferreira, cuya juventud no obstaba para la madurez de sus ideas. Resumiendo la labor ya realizada decía: “Partiendo de las investigaciones de los sabios que estudian el alma en los laboratorios; sabiendo que sólo una tercera parte de la zona cerebral es conocida en sus funciones, estando más explorados los cielos; conociendo, sin embargo, que el cerebro colectivo ha producido monumentos de ideas y de acción que se elevan un palmo cada año, como la columna de Pozzuoli en Italia, según lo comprueba el conjunto de la ciencia abstracta y concreta, de la poesía, derecho, religión, trabajo; contando con la diferenciación constante de los cerebros individuales, que es progresiva, se ha ensayado en las escuelas argentinas que, dentro de una dirección comprensiva del maestro, los discípulos trabajen e investiguen libremente, en la medida de su complexión cerebral y aun corporal, sin respeto por la uniformidad y la igualdad que no son leyes de la naturaleza ni de la vida.

’’Como consecuencia de este mismo concepto orgánico, está herido de muerte el método exclusivo y absoluto preconizado por la escuela clásica, en nombre de la lógica abstracta. Respetándolo como valor en lo que vale como factor de juicio definitivo y guía de procedimiento, se lo ha transformado en relativo, pues los hechos corrigen los razonamientos, y los medios de educación deben armonizarse con el temperamento del que enseña y del enseñado, de la región y de los ideales de cada tiempo. Todos los medios son buenos, cuando son adaptados, y malos, cuando inadaptados o inadaptables.”

La preocupación por la educación y por las reformas en el sistema educacional para servir a las nuevas e imperiosas exigencias de la colectividad, fue intensa a principios de siglo. Pablo Pizzurno escribió por entonces La reforma de la enseñanza secundaria y normal, Leopoldo Lugones, La reforma educacional y Carlos Octavio Bunge, La educación. Con algunos matices se procuraba responder con un pensamiento coherente a la necesidad de una acción intensiva sobre las masas populares para que se compenetraran del espíritu nacional y se transformaran sus miembros en hombres útiles a la sociedad que progresivamente se constituía. Sólo una orientación utilitaria —afirmaba Bunge— podía asegurar un progreso social. Y el mismo autor, con el que coincidiría Ricardo Rojas unos años después, afirmaba que la educación nacionalista era una de las necesidades fundamentales del país.

Por esos mismos años —exactamente en 1905— fundó Joaquín V. González la Universidad de La Plata, cuya orientación general estaría dada por las doctrinas positivistas y las experiencias educacionales norteamericanas, en cuya difusión trabajaron intensamente Ernesto Nelson y Amaranto Abeledo. La nueva casa de estudios no debía ser una universidad más, análoga a las de Córdoba y Buenos Aires, sino una creación original en el país, en la que se desterrara la enseñanza verbalista y se la reemplazara por el aprendizaje directo. Rafael Altamira, el eminente historiador español, contribuyó a definir la fisonomía de la nueva Universidad. La teoría que presidió la organización fue estudiada, profundizada y expuesta en una sección pedagógica agregada a la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales, en la que trabajaron las figuras más representativas del positivismo pedagógico: Rodolfo Senet, Víctor Mercante, Leopoldo Herrera, Alejandro Carbó, Carlos Rodríguez Etchart.

En su Educación y evolución, como en La educación primaria y en los Apuntes de pedagogía, Rodolfo Senet difundió los elementos de la doctrina positivista; Mercante abordó los mismos temas y ahondó los problemas metodológicos; por esa vía influyeron ambos —y a través de ellos la universidad platense— en la orientación escolar del país, que cedió cada vez más a esa influencia. Desde 1908 hasta 1912 ejerció la presidencia del Consejo Nacional de Educación José María Ramos Mejía; fue preocupación fundamental suya introducir una orientación nacionalista en la escuela elemental para contrarrestar la acción del cosmopolitismo ambiente; pero no lo fue menos ordenar los planes y programas escolares de acuerdo con la pedagogía en boga, practicista y racional. Contó para ello con las nutridas promociones de maestros que formaban las escuelas normales, en las que desde las últimas décadas del siglo xix predominaba el positivismo difundido desde los centros de Paraná, Mercedes y La Plata. La formación de maestros fue un problema que se consideró resuelto, y la orientación doctrinaria fue positivista con exclusión de toda otra.

En otros aspectos de la enseñanza media la orientación no fue por entonces tan definida. Casi todos los ministros de Instrucción Pública que se sucedieron desde la segunda presidencia de Roca —Osvaldo Magnasco, Juan Ramón Fernández, Joaquín V. González, Juan M. Garro— se preocuparon por revisar los planes y programas del bachillerato; pero aunque afirmaron reiteradamente que la enseñanza debía ser práctica, no lograron introducir tal principio en un sistema que tuviera vida larga y vigorosa como el que presidió la vida de las escuelas normales. Subsistía la idea de que el bachillerato, puesto que era el camino de acceso a la universidad, tenía como misión la formación de las minorías dirigentes, y esa opinión robustecía la tradición humanista y formativa tradicional. De aquí la indecisión entre las dos concepciones educativas en el campo de la enseñanza media.

El cuadro de los grandes problemas educacionales y de su evolución práctica y doctrinaria fue trazado con precisión por Juan P. Ramos en su libro Historia de la instrucción pública en la República Argentina, aparecido en 1911.

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Los últimos años del siglo xix trajeron una renovación profunda en las corrientes estéticas. Buenos Aires fue, naturalmente, su primer escenario, acaso porque la ciudad abandonaba aceleradamente su ritmo provinciano para adoptar otro más ágil y nervioso. Y dentro de él una bohemia, un poco imitada de la de París, introducía un nuevo rasgo en la fisonomía de la vida espiritual de la urbe y del país. En los cafés y en las redacciones comenzaron a circular con más audacia y desenvoltura ideas novedosas y revolucionarias, que abarcaban todos los temas, desde el arte hasta la filosofía pasando por la política. La “revolución” —una revolución indefinida en su alcance y en su sentido— atraía a muchos espíritus, acaso porque ocultaba en su seno cierto matiz estético, como se le adivinaba a la filosofía o a la sociología misma. Y el sentido militante que tales ideas despertaban desembocó en la publicación de revistas de avanzada, entre las cuales merecen recordarse —al lado de La Biblioteca, que dirigía Groussac— la Revista de América de Rubén Darío, El Mercurio de América de Eugenio Díaz Romero, El Sol de Alberto Ghiraldo, Ideas de Ricardo Olivera y Manuel Gálvez, Hebe de Ernesto Morales y Novillo Quiroga y finalmente la más duradera, Nosotros de Alfredo Bianchi y Roberto F. Giusti, que comenzó a aparecer en 1907.

Predominaba en todas ellas un aire de renovación; quizá sin brusca ruptura con el pasado, puesto que la generación de principios de siglo vivía del rico y sustancioso legado de las generaciones precedentes; pero estaba animada también por la certidumbre de poseer un mensaje original y un modo de expresión aún desconocido. Comenzaban a disiparse las influencias del realismo, hasta poco antes decisivas, encarnadas en Flaubert, en Daudet o en los Goncourt, y también se desvanecían las de Zola, pese a la persistencia de su influencia como crítico de la sociedad. Otras las reemplazaban ya, aureoladas con el signo inequívoco del buen gusto, en cuya coincidencia se hermanaban los espíritus formando verdaderas sectas, no por efímeras menos vigorosas.

La sabia ironía de Anatole France —que visitó Buenos Aires en 1909— pareció la actitud propia del hombre que estaba al cabo de los secretos del mundo. Se sumó a su influencia la de Oscar Wilde y la de Eça de Queiroz entre otros, coincidentes con aquél en el escepticismo y en el entrevisto descubrimiento de cierto misterio del espíritu que comenzaba a tentar el vuelo más allá de las experiencias cognoscitivas de las ciencias. Traían nuevos mensajes de ese mundo, en distinta cifra, los oscuros poetas del simbolismo. D’Annunzio y Maeterlinck renovaban el encanto de Poe y Hoffman, en tanto que Verlaine y Samain deslumbraban con su riqueza y su comunicativa profundidad. Todavía hubo más: los novelistas rusos que abismaban con sus audaces descensos a las profundidades del alma y ennoblecían el espíritu con su militancia moral. Dostoiewski, Tolstoi, Gorki atraían tanto, y acaso más, como los dramaturgos nórdicos: Strindberg, Bjoernson, y sobre todo Ibsen. Y junto a las lecturas de Stirner y de Nietzsche, se deslizaban las de Unamuno, Azorín y Valle Inclán, testimonios de la renovación del espíritu español.

La confluencia de tantas corrientes extrañas y la efervescencia interna de los espíritus juveniles facilitaron la rápida difusión del “modernismo”, la nueva estética literaria de estirpe latinoamericana que representaban eminentemente Silva, Gutiérrez Nájera, Del Casal y, sobre todo, Rubén Darío. El poeta nicaragüense residía en Buenos Aires —que amaba y llamó “regio” en Prosas profanas—, y allí publicó ese libro en 1896, desencadenando una vigorosa renovación poética que atrajo a Ricardo Jaimes Freyre, a Leopoldo Díaz y a otros muchos jóvenes poetas. Su influencia personal fue grande, y la de su poesía no menor, en parte por el amor que traslucía su palabra y su obra y en parte por el ardor polémico que la animaba. Cantó Darío a la Argentina en el Centenario de la Independencia y a Bartolomé Mitre en ocasión de su muerte en 1906; pero muchos poemas de Prosas profanas revelan la dedicación amistosa a los hombres de la bohemia literaria que compartían con él la nueva inquietud por la expresión moderna de la belleza. El Epitalamio bárbaro está dedicado a Leopoldo Lugones, el revolucionario anarquista de La Montaña que en 1897 publicó Las montañas de oro; con ese libro inició una escuela que él mismo enriqueció luego con Los crepúsculos del jardín, el Lunario sentimental y las Odas seculares, y que acogió a innumerables imitadores.

El modernismo, hijo de América, revelaba un viraje en la sensibilidad. Se buscaban nuevas formas de expresión con nuevas alusiones, pero se descubría que debajo de ellas se erguía por sobre todo, una nueva sensibilidad. Tras de Lugones, con mayor o menor fidelidad a la estética del modernismo, siguieron Ricardo Rojas —con La victoria del hombre—, Enrique Banchs, Rafael Alberto Arrieta. Era el triunfo de una sensibilidad, pero también de un mensaje, de un cuerpo de ideas y de ideales.

Sonaron también por entonces otras voces de distinto timbre. Una fue la de Evaristo Carriego, que representó el demorado amor por las pequeñas cosas y los pequeños dramas, así como el amor por la singular existencia del barrio porteño, tan representativo de los fenómenos sociales propios de principios de siglo. Y otra fue la de Pedro B. Palacios, conocido con el seudónimo de Almafuerte, que representó la afirmación de una eticidad radical por encima de todo el sistema de convenciones sociales. Así como en el modernismo parecía primar el lenguaje sobre el mensaje, en estos dos poetas se imponía un dramático mensaje de humanidad, que daba a su poesía un tono diferente al de la refinada poesía de sus contemporáneos.

La nueva estética influyó también en la prosa e inspiró La gloria de don Ramiro, que Enrique Larreta publicó en 1908. Pero el relato conservó más fielmente que la poesía las influencias tradicionales. Roberto J. Payró y Manuel Gálvez las mantuvieron en sus cuentos y novelas, en los que se presentaba la realidad social de su tiempo con decidida intención crítica, el primero especialmente en Divertidas aventuras del hijo de Juan Moreira y el segundo en La maestra normal. Esta línea siguió también preferentemente el teatro, que adquirió gran repercusión popular a partir del estreno de La piedra de escándalo de Martín Coronado, ocurrido en 1903. Gregorio de Laferrére, Vicente Martínez Cuitiño, Enrique García Velloso estrenaron por esos años con éxito obras de crítica social, género en el que alcanzó alto vuelo el uruguayo Florencio Sánchez, que ofreció en Buenos Aires algunos dramas de intenso vigor, como La Gringa y Barranca abajo.

Las artes plásticas adquirieron fuerte impulso por entonces. En 1910 se instaló en el Pabellón del Retiro el Museo Nacional de Bellas Artes, que dirigió Cupertino

del Campo. De poco antes es la introducción del impresionismo, que llegó al país a través de la paleta de Martín Malharro y del modelado de Rogelio Irurtia. La influencia fue profunda en quienes acertaron a descubrir el nuevo mensaje; Eduardo Sívori y Ernesto de la Cárcova —este último con el ejemplo inequívoco de su óleo titulado Sin pan y sin trabajo— mantenían la tradición del realismo, pero cedieron luego a las influencias impresionistas. Se vieron por entonces en Buenos Aires las obras de los pintores españoles: Sorolla, Zuloaga, Anglada Camarasa. Su influencia fue grande, y comenzaron a seguir sus huellas muchos artistas como Cesáreo Bernaldo de Quirós y Alfredo Guido, algunos seducidos tan sólo por el pintoresquismo y otros atraídos especialmente por la sombría paleta de Anglada y la dramática potencialidad de su dibujo.

Por entonces comenzaron a difundirse nuevas influencias en la estética musical. Junto a las de la operística, empezó a advertirse la de la tradición sinfónica, cuya última expresión era la de César Franck. Alberto Williams y Ricardo Rodríguez representaron esas nuevas tendencias que incidirían tangencialmente en Julián Aguirre, en quien se mantenía el gusto por lo folklórico.

Capítulo tercero

LA REVOLUCIÓN DE POSGUERRA

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Por sí misma, y por lo que entrañaba, la ley de sufragio universal, secreto y obligatorio, promulgada por el presidente Roque Sáenz Peña en febrero de 1912, estaba destinada a modificar la fisonomía del país. La ley realizaba un viejo anhelo político, cuya fuerza había llegado a ser con el tiempo suficientemente grande como para que ciertos grupos conservadores consintieran en satisfacerlo; y su cumplimiento abría el camino a algunas fuerzas sociales que habían tenido escaso relieve, hacia posibilidades de acción que hasta entonces les habían estado vedadas. Comenzaron, pues, a producirse nuevos cambios en la fisonomía de la sociedad argentina, determinados por el desplazamiento de ciertos grupos hacia situaciones de mayor influencia. Una sorpresa profunda y creciente empezó a cundir entre quienes debían ceder posiciones que creían pertenecerles indiscutiblemente.

Poco después de aprobarse la ley Sáenz Peña se renovó el gobierno de la provincia de Santa Fe, y por primera vez llegó al poder la Unión Cívica Radical. No mucho después debía renovarse la Cámara de Diputados de la Nación. Los resultados de las elecciones permitieron que el Parlamento de 1912 tuviera una fisonomía muy diferente de los anteriores. No mucho antes, tras asistir a una sesión del Senado, Jean Jaurés había dicho a Juán B. Justo que el cuerpo era “una reunión de personas bien educadas, que no quieren contradecirse recíprocamente”; tai era, ciertamente, el aire del parlamento argentino tradicional, del que sólo participaba la oligarquía, dividida, todo lo más, en grupos rivales. Pero las cosas habrían de cambiar: la Cámara de Diputados de 1912 vio incorporarse a su seno a varios diputados radicales —José Luis Cantilo, Vicente C. Gallo y Marcelo T. de Alvear entre ellos—, a los socialistas Juan B. Justo y Alfredo L. Palacios, y al jefe del partido santafecino de la Liga del Sur, Lisandro de la Torre. Desde ese momento, las contradicciones fueron frecuentes y las polémicas sostenidas y en ocasiones violentas.

Los cambios que se advertían en la vida política correspondían a transformaciones profundas que se producían en la estructura económica y social del país; derivaban éstas fundamentalmente de la continua afluencia inmigratoria y de los extraños y variados procesos de su absorción por la población tradicional, y fueron puestos de manifiesto por el censo nacional de 1914. En menos de veinte años la población del país, que era de 3.954.900 en 1895, alcanzó a los 7.884.900 habitantes. Más de los dos tercios de ese aumento de población había correspondido a la zona Este del país, zona litoral caracterizada por sus excelentes puertos y por la buena calidad de la tierra para la producción agrícola: allí estaban localizados casi seis millones de habitantes. Había por entonces en el país alrededor de dos millones y medio de extranjeros, y el 81% de ellos estaba radicado, precisamente, en la zona litoral. La presencia de este numeroso grupo de extranjeros —casi el 30% de la población total del país en una determinada región— le daba a ésta una singular fisonomía que se precisaba aceleradamente, sobre todo teniendo en cuenta la rapidez de la incorporación, pues en el quinquenio comprendido entre 1906 y 1910 habían entrado al país 1.200.000 inmigrantes.

También desde el punto de vista de su distribución había sufrido cambios importantes la población argentina en los veinte años que transcurrieron entre el censo de 1895 y el de 1914. Alcanzaba la población rural en la primera fecha a 2.300.000 habitantes, y llegó en 1914 a 3.300.000 con lo cual, de ser el 58 % de la población total pasó a ser solamente el 42%. La población urbana creció con ritmo inverso: alcanzaba al 42% en 1895, con una cifra absoluta de 1.661.000 habitantes, y llegó al 58% en 1914 con la cifra de 4.573.000. Cosa explicable, Buenos Aires crecía velozmente, y encerraba ya el 25,2% de la población total del país.

Estos fenómenos de distribución estaban acompañados por una creciente diferenciación en las distintas capas sociales. La industrialización se acentuaba y se instalaron —precisamente en los veinte años que preceden al censo de 1914— grandes empresas a cuya sombra se creó, junto al viejo artesanado, una clase asalariada muy numerosa. Se ha calculado en 1.780.000 la cifra de trabajadores asalariados a la fecha del censo, esto es, el 55% de la población ocupada. Por su parte, también las clases medias crecieron en número y se diversificaron cualitativamente, en tanto que perdía significación la vieja clase oligárquica que, por lo demás, no monopolizaba ya enteramente los medios de producción.

Las consecuencias de esta persistente transformación demográfica y social se advirtieron en los resultados de la primera elección presidencial realizada bajo el imperio de la nueva ley electoral. El candidato de la Unión Cívica Radical, Hipólito Yrigoyen, triunfó sobre sus adversarios de la derecha y de la izquierda, aunque su partido no obtuviera un triunfo tan categórico que le permitiera disponer de la mayoría en las Cámaras: los representantes de la oligarquía tradicional siguieron predominando, aunque hostilizados por los partidarios del gobierno y por los socialistas, que aumentaban su representación y habían logrado llevar al Senado a Enrique del Valle Iberlucea. Quizá por esas circunstancias el régimen radical no cuajó en una definida y compacta obra legislativa que modificara a fondo la fisonomía social del país. Pero hubo, sin duda, otros factores que contribuyeron a ese fracaso.

El régimen radical duró desde 1916 hasta 1930. Al asumir el poder, Yrigoyen debió optar entre ejercerlo dentro de las condiciones políticas creadas por la ley o ejercerlo de manera revolucionaria, basándose en la incontrovertible tesis de que era su elección presidencial la primera que reflejaba verdaderamente la voluntad popular y que tanto la representación existente en el Parlamento como los gobiernos provinciales estaban viciados de nulidad. Yrigoyen optó por la primera tesis, y aunque intervino algunas provincias, limitó la acción económica y social que algunos sectores esperaban de él. Sin duda el propio Yrigoyen y cierta parte de su partido pertenecían a la vieja oligarquía; pero sobre todo participaban, en principio, de las ideas generales del liberalismo y carecían de una política económica y social renovadora como la que confusamente parecían esperar ciertos sectores del radicalismo.

No hubo, pues, una obra legislativa y administrativa que respondiera acabadamente a las imprecisas aspiraciones populares; pero hubo, inequívocamente, un cambio en la actitud del Estado con respecto a las clases medias y a las gentes humildes, que determinó una transformación del ambiente social del país. No se advertían en 1916 —al llegar el radicalismo al poder— exigencias muy urgentes por parte de los sectores del trabajo ni acaso podían preverse las graves consecuencias que traería aparejado el conflicto mundial, todavía incierto, sobre las condiciones locales de vida. Y no hubo una política decidida; pero hubo decididamente una nueva manera de enfrentarse con el pueblo, que el pueblo advirtió y que advirtió, sobre todo, la vieja oligarquía.

Espíritu humanitario y caritativo, el presidente de la República alcanzó un prestigio casi legendario y fue considerado el “padre de los pobres”. No faltó el gesto demagógico; pero sin duda alcanzaron las magistraturas de la República y los empleos administrativos muchas personas de humilde condición en las que el pueblo vio a los suyos. El Estado dejó de ser sentido como algo fatalmente hostil y se abrió como una esperanza, que, por cierto, no fue defraudada del todo.

Ciertamente, eran tiempos de renovación general, en el mundo y en el país. El radicalismo coincidió con ella y contribuyó a desencadenarla, beneficiándose y perjudicándose con la crisis. El positivismo comenzaba a declinar y nuevas doctrinas filosóficas comenzaban a difundirse, así como nuevos gustos y preferencias en las artes. Grupos más o menos extensos empezaban a despertar a nuevas maneras de pensar y de sentir, que entraban en conflicto con aquellas que cobijaban los grupos cultos tradicionales. Se preparaba sordamente cierta transformación profunda, y la ocasión para que estallara apareció cuando comenzaron a sentirse las primeras influencias de la revolución rusa de 1917 y las primeras consecuencias de la paz.

A los dos años del gobierno radical, estos sucesos tuvieron repercusión profunda en las conciencias y motivaron múltiples y encontradas reacciones, a las que el nuevo régimen, hostigado por la vieja oligarquía desplazada del poder, tuvo que hacer frente sin haber alcanzado una idea clara —como casi todos los grupos políticos en el resto del mundo, por lo demás— de lo que estaba pasando y de las consecuencias que los nuevos fenómenos podrían llegar a tener.

Ciertos hechos económicos, tales como el reducido desarrollo industrial, la falta de ciertos productos de primera necesidad, el encarecimiento producido por la escasez y la especulación, la desocupación creciente, los bajos salarios y, finalmente, la crisis de algunas industrias artificialmente desarrolladas durante la guerra, crearon delicadas situaciones que se manifestaron muy pronto en el seno de la clase obrera. Comenzaron los problemas del trabajo, y en tanto que la oligarquía se preparaba para afrontarlos con la energía con que había solido hacerlo hasta entonces, el gobierno se dispuso a hacerlo con más comprensión y cordura. Hubo huelgas, y su desarrollo culminó en los sangrientos episodios de enero de 1919, en los que participaron la policía, el ejército y, sobre todo, numerosos grupos organizados por las empresas y por la oligarquía, que sintió al mismo tiempo el peligro de lo que solía llamarse “la revolución social” y la impotencia o la inoperancia del gobierno. Hubo un terror auténtico y un terror fingido en las clases poseedoras, y cierta indecisión en el gobierno, que quería, a la vez, resguardar el orden establecido y satisfacer los anhelos populares. Pero lo que se percibía por todas partes era un anhelo de renovación y cierta inequívoca certidumbre de que muchas ideas y muchos grupos habían perdido su vigencia en virtud de inexorables dictados de los tiempos.

Otro signo claro fue la rebelión que se desencadenó en las universidades. Cuando más vigorosa era la inquietud obrera, al promediar el año 1918, los estudiantes se echaron a la calle en Córdoba para protestar contra las Academias, los académicos y las doctrinas que enseñaban. Los estudiantes buscaron la confraternidad con los obreros, y se declararon solidarios con sus inquietudes y anhelos. Y a medida que avanzaba el movimiento, era más difícil descubrir dónde terminaba el conflicto universitario y dónde empezaba el movimiento social. Poco después la inquietud había ganado a todo el país, y en los años siguientes fue canalizándose como un aspecto más del anhelo colectivo de transformación que vibraba sobre todo en las clases trabajadoras y en las nuevas generaciones.

El régimen radical no canalizó todo ese vigoroso fermento ni supo aprovecharlo para tonificar su propia obra, que se había anunciado también como de transformación profunda. Si acaso, se limitó a no extinguirlo, y, en ocasiones, a aprovecharlo para una política que poco a poco se hacía más electoralista y más semejante, en lo profundo, a la política de la oligarquía. Sólo la actitud la salvaba, y la actitud, por esa misma contradicción íntima, debía tornarse demagógica.

Cuando Marcelo T. de Alvear sucedió a Hipólito Yrigoyen en 1922, el régimen radical comenzó a girar lentamente hacia la derecha. Las obras no fueron ni más ni menos revolucionarias que en el gobierno de su antecesor, pero el aire popular del gobierno fue perdiéndose. El divorcio entre las dos orientaciones políticas originó un cisma en la Unión Cívica Radical, que se dilucidó a través de múltiples vicisitudes a cuyo calor se perdió de vista el objetivo fundamental del movimiento. Un ala del radicalismo se aproximó a los conservadores, en tanto que la otra se aglutinó fuertemente alrededor de la personalidad de Yrigoyen, ya muy anciano, pero cada vez más capaz de desatar la idolatría de las multitudes a través de su obstinado silencio. Al producirse la renovación presidencial de 1928, un verdadero plebiscito lo llevó otra vez al poder, ya casi octogenario.

Los dos años en los que ejerció la autoridad presidencial fueron estériles. El estado se inmovilizó, y sólo quedó del impulso originario del movimiento radical, un insaciable apetito de poder y una lastimosa venalidad. El sentimiento popular se sintió defraudado, y las voces de sirena de la vieja oligarquía comenzaron a encontrar benévolos oídos. La confluencia de varias corrientes determinó la irrupción y el triunfo de una revolución militar el 6 de septiembre de 1930, tras de la cual surgió un gobierno conservador que, al cabo de muy poco tiempo, mostró su escondida propensión hacia el fascismo.

2

Desde 1911 hasta 1914, los conflictos sociales disminuyeron tanto en número como en intensidad; pero las condiciones económicas suscitadas por la guerra volvieron a desencadenarlos, en un ambiente, por cierto, menos amenazador para la clase obrera, pues el gobierno radical no extremó sino ocasionalmente las medidas represivas. Desde 1916, especialmente, las huelgas se hicieron numerosas y frecuentes: en 1917 llegaron a 138, en 1918 a 196 y en 1919 a 367. Una huelga ferroviaria llegó a inmovilizar el tráfico en 1918 durante veinticuatro días, y en 1919 llegaron a abandonar el trabajo más de 300.000 obreros. Estos hechos, así como los acontecimientos de la misma índole que agitaban por entonces al mundo y repercutían en la Argentina, suscitaron diversas corrientes de ideas, de distinto valor y diferentes fundamentos, sobre los fenómenos sociales, su interpretación general y las posibilidades y formas de intervenir en su desenvolvimiento.

Los movimientos obreros —con su corolario de huelgas y de actos de violencia— eran ya una respuesta a la realidad que implicaba cierta teoría acerca de las relaciones de clase. Los trabajadores se mostraron inclinados a suponer que sólo una acción enérgica podría ser eficaz frente a la clase patronal, y aunque en ocasiones confiaran en la benevolencia del Estado, diversas circunstancias los apartaron de esa opinión. Había en las huelgas de la época un movimiento espontáneo, aunque había también un enérgico impulso promovido y organizado por una vigorosa institución sindical, la Federación Obrera Regional Argentina, de tendencia anarquista, que aplicaba sus concepciones rígidas a la interpretación de los fenómenos económicos, sociales y políticos de la hora. Una vez más, la experiencia inmediata desencadenaba la preocupación por los problemas sociales; y en esta ocasión confluían las explicaciones espontáneas con las interpretaciones doctrinales más rigurosas y penetrantes.

En cierto modo, esas corrientes de ideas correspondieron a sectores bien definidos y caracterizados de la opinión pública, y se pusieron de manifiesto en el debate parlamentario que originaron los sucesos de la llamada “semana trágica”, en enero de 1919. El radicalismo explicó el fenómeno objetivamente, como derivado del rápido desarrollo industrial, tan acelerado que sorprendió al país sin la legislación social necesaria. Pero —por boca de Horacio Oyhanarte— dejó entrever que las proyecciones del fenómeno eran desproporcionadamente superiores a las causas que las habían determinado y quedó señalada una influencia que se consideraba maléfica y que se atribuía a los “agitadores”, quizás ácratas o maximalistas. Para los radicales, la solución no era ni la legislación social ni la acción organizada del proletariado, sino la alianza de los trabajadores con el jefe del Estado, en cuya protección debían confiar. “¿Por qué los obreros —decían— no escucharon ahora como otras veces la palabra paternal del Presidente de la República, que les dijo con la lealtad de un estadista y de un hombre bueno: cada vez que sientan ustedes la necesidad de mejoras o de reclamaciones justas vengan a mí, que en mí encontrarán un juez, y un juez cariñoso?” Este paternalismo tenía, naturalmente, sus límites, porque entrañaba la legitimidad de la represión del movimiento obrero organizado que pretendía obtener por su propio esfuerzo las conquistas sociales a que aspiraba.

La derecha, naturalmente, apoyaba este punto de vista, y atribuía todos los fenómenos sociales del momento a dos causas: la inexistencia de una legislación social apropiada y la acción de agitadores extranjeros movidos por lo que se llamaban “ideas extremistas” o “avanzadas”, o sea las que preconizaban los anarquistas o los maximalistas. Como los radicales, estimaban las fuerzas conservadoras que tales ideas eran “exóticas”, y que no sólo habían sido importadas por extranjeros sino que eran absolutamente inadecuadas a la realidad nacional. De ahí la conclusión de que se requería una enérgica acción contra quienes obraban como instigadores y, secundariamente, contra quienes se dejaban seducir o engañar por ellos. El Estado, presidido por Hipólito Yrigoyen y conducido según aquellos principios paternalistas, parecía no ser una garantía suficiente, como no lo había sido en otras ocasiones en que se habían producido conflictos semejantes; era, pues, necesaria la organización privada de la defensa, y para eso se constituyeron organizaciones como la Asociación del Trabajo y, sobre todo, la Liga Patriótica Argentina que presidió Manuel Carlés. En el referido debate decía el diputado conservador Matías Sánchez Sorondo: “Yo hago aquí acto de homenaje a la virilidad, a la decisión y al patriotismo de los jóvenes que se constituyeron en el Centro Naval, pero encuentro en esa misma actitud la crítica más seria a los procederes del Ejecutivo. ¿Por qué la juventud de Buenos Aires se congregaba para defenderla?” Y a un tiempo mismo criticaba al gobierno radical y justificaba la acción de los grupos conservadores que, por la fuerza, trataban de romper las huelgas y ejercían violencias sobre las personas, especialmente sobre los obreros extranjeros, a los que responsabilizaban de la inquietud social, desatando con ello una verdadera ola de xenofobia.

Ya algunos meses antes había protestado en el Congreso contra los excesos de la Liga Patriótica el diputado socialista Nicolás Repetto. “Dije —cuenta en Mi paso por la política— que la Liga Patriótica fomentaba la desunión de los habitantes de nuestra tierra, al emplear la expresión despectiva de extranjería; que introducía el desasosiego al lanzar proclamas en las que hablaba de malos extranjeros y de malos argentinos; que tendía a favorecer a los capitales extranjeros, negando a los peones criollos del interior los beneficios del salario mínimo; que negaba a los extranjeros el derecho de intervenir en política, permitiendo esta intervención a aquellos que vendían el voto a los caudillos de la política criolla. ¿Y qué decir de la organización militar que se había dado la Liga, de sus fichas de adhesión, de sus brigadas nacionales, de los grupos armados y de sus servicios a la policía, a la cual pretendía sustituirse? Pero lo que asumía gravedad extrema era la colaboración que ciertos elementos del ejército prestaban directa o indirectamente a la propaganda de la Liga Patriótica. Esta colaboración se había manifestado por la adhesión pública, a la Liga, de jefes y oficiales del ejército y del Centro Naval; por la propaganda realizada por algunos agregados militares y por ciertas conferencias tendenciosas dedicadas a oficiales para instruirlos acerca de determinados problemas políticos, obreros y sociales. Recordé que esta propaganda había originado una protesta de los estudiantes universitarios contra la adhesión y la colaboración pública de los jefes y oficiales a los trabajos de la Liga. Terminé mi discurso llamando la atención del gobierno sobre el artículo sexto de la Ley Orgánica Militar, según el cual ‘los oficiales, clases y asimilados de todos los grados y de todas las armas del ejército permanente no pueden tomar directa ni indirectamente participación alguna en política’.” Así apreciaban los socialistas los inequívocos fenómenos de polarización y lucha de clases que se presentaban ante los ojos.

Más resueltamente aún aplicaron sus criterios doctrinarios frente a los hechos de enero de 1919. Mario Bravo, Nicolás Repetto y Enrique Dickmann sostuvieron que los conflictos del trabajo eran fenómenos normales en la sociedad moderna como consecuencia del desarrollo industrial, y que no debía darse a esos episodios más importancia de la que tenían. Sostuvieron, además, que era impropio usar ahora la violencia para reprimir el malestar obrero cuando la sociedad toda era responsable de no haber salido al encuentro de las necesidades urgentes de la clase trabajadora con medidas eficaces, señalando la insensibilidad de amplios sectores frente al problema de la jornada de trabajo, del seguro social y de los salarios. Dentro de su concepción doctrinaria, sostuvieron la necesidad de una urgente y eficaz obra legislativa para producir la reforma de la sociedad.

En realidad, y a pesar de los rótulos, todos los sectores de la opinión coincidían en percibir la relación estrecha que existía entre la situación económica del país al concluir la guerra, los fenómenos económico-sociales que se sucedían en el mundo y las reacciones de las clases trabajadoras. “Todos los señores diputados —decía Enrique Dickmann el 9 de enero de 1919— sienten en su intimidad que hay un estado de inquietud, de intranquilidad, producido por los acontecimientos del mundo y por la situación local. Nuestra clase obrera, que hace cuatro años sufre de falta de trabajo, reducción de salario y un encarecimiento de la vida imposible, se ha creado un estado tal que es imprescindible proceder con la mayor prudencia, cordura y sensatez.” La situación económica era, efectivamente, difícil, pero era, sobre todo, nueva, y los criterios tradicionales tenían que ser revisados totalmente.

Ya había señalado la peculiaridad del momento Manuel Augusto Montes de Oca al finalizar el año 1918: “El progreso de nuestras industrias —decía—, combinado con las consecuencias de la guerra en los mercados manufactureros proveedores de la República, ha tenido como resultado feliz que durante los años de la terrible contienda quedara en el país un saldo comercial favorable de diez mil millones de pesos oro, que han dado nervio, robustez y empuje a la economía nacional. Pero desaparecidas las circunstancias anormales que nos han producido ese activo, será de temer que el fiel de la balanza se incline del lado opuesto, si no ponemos el mayor empeño en dar a nuestras industrias cimientos robustos y organización científica.” Tal era, en buena parte, el origen de la crisis. En el cuadro de una economía presidida, en general, por los principios del liberalismo, comenzaron a aparecer ciertos principios proteccionistas en defensa de las industrias locales. En relación con esas nuevas orientaciones económicas, apareció después otra forma de intervencionismo estatal en el mercado de subsistencias, política que llegó al extremo de resolver la expropiación de determinados productos alimenticios. Pero tales medidas fueron consideradas transitorias, y la doctrina liberal recobró su predicamento, hasta que se produjo la crisis mundial de 1928. Para entonces se habían normalizado las relaciones económicas entre la Argentina y sus mercados, y a la bonanza económica había seguido cierta tranquilidad en el orden social. Sólo pequeños grupos habían mantenido la intensa inquietud propia de los años de posguerra, y se habían adherido a las actitudes revolucionarias adoptadas por los bolcheviques en Rusia.

Frente a éstos, la derecha procuró también definir sus posiciones y organizar sus fuerzas sobre sólidos fundamentos. A fines de 1919, y con el objeto de encauzar la acción, organizó —bajo la inspiración de la Iglesia Católica— lo que se llamó la “Gran Colecta Nacional”, cuyo manifiesto ponía de relieve la interpretación de los fenómenos que la movía. Afirmaba que los obreros honestos eran esclavos de ciertos perturbadores que los utilizaban para la lucha de clases y la revolución social. “El bien de los obreros y la seguridad del capital exigen, pues, como el orden público —agregaba luego—, que la iniciativa privada proporcione a los obreros honestos una defensa activa. Ella debe ser permanente, organizada, poderosa. Es preciso ayudar al obrero que no quiere pertenecer a una sociedad de resistencia socialista, ácrata o sindical revolucionaria, dándole medios para arrancarse a su despotismo.” Para lograr esa finalidad, proponía la organización de una oficina general de servicios sociales que “centralice la información del bien que se hace” con el objeto de darle “eficacia social”, y además, la construcción de casas para obreros, la creación de instituciones de cultura para los obreros, las mujeres y los jóvenes. Para sostener ese vasto esfuerzo, se exhortaba a los ricos a contribuir a la formación de un importante fondo y apelaba no sólo a la generosidad sino al instinto de conservación de aquellos a quienes se solicitaba la ayuda. “¿Quién —decía—, en medio de un naufragio, se pone a regatear con las olas y calcular con espíritu de avaro, meticulosamente, si ha de dar, o cuánto ha de perder, para salvarse? ¡En medio de un naufragio social, de una de las tempestades más horribles, estamos todos, todos, todos! Las pasiones más bravas, las iras del populacho, el rencor de las masas obreras, la sed de venganza anarquista, el huracán de la revolución antisocial, la loca ambición de ejercer la dictadura en nombre de las heces de la sociedad, todo un conjunto de fieros males —contra todos y cada uno de nosotros— nos amenaza.”

El manifiesto identificaba el orden social vigente y los intereses de la Iglesia, amenazados no sólo por los efectos disolventes de la revolución social sino también por la miopía de las clases conservadoras que no sabían salir al paso del peligro. “¡Tú das a Dios! Pero ¿no ves que hasta ahora has dado según lo que te ha dictado tu generosidad, tu celo, tu bien parecer, tu capricho? En esto has hecho tu voluntad. Pero hoy es Dios quien te pide que hagas la suya, que des lo que Él te pide y exige, no para un altar o una capilla o el adorno de un templo, sino para salvar la sociedad y con ella su Iglesia Santa. Por eso te pide por boca de aquellos a quienes el mismo Dios ha puesto para regir la Iglesia y anunciar a los fieles el querer y beneplácito divinos. Tú das para el culto, pero ahora los obispos no te piden en nombre de Dios para eso. Saben muy bien los prelados que de nada servirán las iglesias ni lo demás que has querido dedicar al Señor si la sociedad y el orden público padecen naufragio. Si en realidad has dado mucho para gloria del Señor, no niegues ahora lo que la misma Iglesia te pide para que no se malogren tus dádivas. ¿Ves toda esa multitud de hermosas iglesias, de preciosos asilos, de grandes colegios, de tantos y tantos edificios dedicados a hacer el bien?… Pues todo eso en un solo día de revolución social puede quedar arruinado para siempre.” Y terminaba la invocación con estas frases apocalípticas: “Pero, en fin, si nada te mueve de lo dicho, si aún te muestras insensible a tanto y tan nobles requerimientos, volvamos al egoísmo humano; el tuyo, invoquemos: Dime: ¿qué menos podrías hacer, si te vieras acosado, o acosada, por una manada de fieras hambrientas, que echarles pedazos de carne para aplacar su furor y taparles la boca? ¡Los bárbaros ya están a las puertas de Roma!”

La tesis, pese a todo, entrañaba un elemento positivo: la necesidad de prevenir los males sociales, que se consideraban inherentes al desarrollo de la sociedad moderna, en oposición a las tesis simplistas que preconizaban la represión brutal y ejemplarizadora. En otro orden de ideas habían triunfado ya los mismos principios. Bajo la influencia del pensamiento jurídico-sociológico del positivismo, un nuevo Código Penal, sancionado en 1922, suprimía la pena de muerte y reconocía la influencia del ambiente en la conducta del delincuente.

3

En condiciones tan excepcionales, en medio de tanta inquietud social y frente a problemas tan novedosos, era inevitable que las ideas políticas cobraran claro perfil y se acentuaran los matices y las contradicciones.

El acceso del radicalismo al poder permitió confrontar la concepción del conservadorismo tradicional con la del partido que hacía sus primeras armas en el gobierno, después de largos años de espera. Hipólito Yrigoyen, indiscutido jefe del radicalismo, llamaba “el régimen” a la época y al sistema político de los conservadores. En esta vaga fórmula llegó a encerrarse para muchos una preciosa caracterización de la vida pública. El “régimen” era, en síntesis, un sistema de gobierno basado en el privilegio, desarrollado en favor de la clase patricia de origen local, que se sentía superior tanto a las clases medias de desdibujada fisonomía que se constituían con el aporte de la inmigración, como a las clases populares de origen tanto criollo como inmigratorio; solía admitirse que el sistema era “liberal y progresista”, esto es, capaz de promover el progreso económico y de mantener la vigencia de las instituciones republicanas; pero había pleno acuerdo —inclusive entre vastos sectores del conservadorismo— en que el “régimen” constituía una superestructura inadecuada a la realidad social del país y que el sistema representativo estaba absolutamente falseado.

El radicalismo —que su jefe denominaba “la causa”— sostenía, precisamente, que su misión histórica era cumplir lo que Yrigoyen llamaba “la reparación”, esto es, el proceso mediante el cual un régimen de sufragio libre diera a las instituciones representativas su genuino valor. La larga lucha sostenida contra el fraude electoral terminó por hacer de este problema la médula del problema político, y del respeto formal de las instituciones el único plan de gobierno del radicalismo. Poco o nada se había pensado —mientras el partido aspiraba al poder— sobre los grandes problemas del país, y acaso pueda decirse que ni Yrigoyen ni los hombres de los cuadros superiores del partido habían advertido la intensidad de los cambios económicos y sociales que se producían en el país; de modo que al llegar al gobierno afrontaron los problemas institucionales y políticos según aquellas preocupaciones, y entretanto se limitaron a marchar a la zaga de los problemas nuevos, propuestos por la situación creada por la Guerra Mundial.

El radicalismo no tenía, efectivamente, programa, ni sentía la necesidad de tenerlo. Movía a esa fuerza política la certidumbre de que sus ideales —vagos, por cierto, y no expresados formalmente— eran los ideales de la inmensa mayoría de los argentinos, y parecía esperar que frente a las exigencias de la realidad, su reacción sería ajustada a la sensibilidad media. Pero en el fondo, esta ausencia de programa —que Lisandro de la Torre reprochó al radicalismo— entrañaba una vaga posición ideológica y política que acaso —con limitaciones— podría ser llamada antiliberal.

Los rasgos fundamentales de esa postura son diversos, y no se descubren siempre a primera vista, pues acaso sean más el fruto de reacciones negativas que de posiciones positivas. Pero, sin duda, la noción de la soberanía política y económica del Estado que regía los actos de Yrigoyen no era la que tradicionalmente presidía la acción del “régimen”. “Mientras dure su período —manifestaba el presidente Yrigoyen en 1920— el Poder Ejecutivo no enajenará un adarme de las riquezas públicas ni cederá un ápice del dominio absoluto del Estado sobre ellas.” Esa línea de conducta correspondía a cierta afirmación resuelta de los inalienables derechos de la Nación en otros planos. Era época de avance del imperialismo, y el radicalismo pretendía defender los principios de la soberanía nacional, tanto en relación con sus propios intereses como en relación con los de países latinoamericanos, amenazados más de cerca que la Argentina especialmente por los avances de los Estados Unidos. A veces sus actos no correspondían a la doctrina, pero ésta seguía presente en la retórica oficial.

Era evidente que la nueva concepción política entrañaba una actitud favorable a la intervención estatal en materia económica. También introducía el principio del arbitraje en las relaciones entre el capital y el trabajo; pero en este aspecto alcanzaba su más definida expresión la concepción paternalista del poder, que alcanzó con Yrigoyen un grado incompatible ya con el desarrollo y las condiciones de la vida del país. El paternalismo arrastraba consigo una tendencia acentuadamente personalista del poder que no provenía de doctrina alguna, sino de la indiscutida autoridad del jefe del partido gobernante, pero que de todos modos condicionaba la concepción política y obligaba a una justificación forzada del sistema. Había en tal actitud cierto retardo, cierta adhesión a formas tradicionales que, aun teniendo cierto arraigo, no constituían ya expresión viva de los sentimientos reales, pero que el jefe del partido del gobierno consideraba reflejo fiel del sentimiento nacional; y de esa actitud derivaba cierta fisonomía del viejo caudillo, un poco anacrónico, que sin embargo atraía por sus virtudes personales, por la bonhomía y acaso también por su indiscutible autoridad. En virtud de aquella predisposición, se opuso categóricamente al proyecto de establecimiento del divorcio y vetó la Constitución de la provincia de Santa Fe de 1921, sobre todo porque contenía algunas prescripciones que afectaban a la situación preeminente de la Iglesia Católica,

Después de seis años de gobierno, Marcelo T. de Alvear sucedió en el poder a Yrigoyen, llevado por el mismo partido. Pero su actitud política fue diferente. Las formas externas volvieron a ser sensiblemente parecidas a las del “régimen”, y el paternalismo personalista cedió el lugar a un desarrollo más libre de las instituciones, cuyo recto funcionamiento fue celosamente vigilado para que no se apartara de la ortodoxia constitucional y legal.

La doctrina radical mostró entonces su ambivalencia en cuanto doctrina y en cuanto política práctica. Las incitaciones de la realidad permitieron que pusieran de manifiesto las distintas tendencias que ocultaba potencialmente el movimiento popular, y la consecuencia fue que, poco a poco, se preparó un nuevo reagrupamiento de las opiniones políticas.

Frente al gobierno de Yrigoyen, el viejo conservadorismo había enarbolado algunas banderas que le permitieron renovar su fisonomía. De los defectos de sus enemigos —especialmente la lentitud administrativa, cierta despreocupación por las formas, el paternalismo personalista— supo hacer virtudes de su propio régimen, y la ironía fue su mejor arma, especialmente a partir de la fundación del diario La Fronda en 1919, fecha en la que el conservadorismo comenzó a reordenar sus filas.

La prédica de La Fronda no agregó en un principio nada nuevo a la tradicional doctrina conservadora: en lo económico, librecambismo, sujeción a los intereses del mercado internacional que absorbía nuestra producción agropecuaria y defensa del crédito; en lo político, una crítica despiadada a la peculiar deformación que el paternalismo personalista de Yrigoyen introducía en el régimen representativo, republicano y federal, con alguna vaga y tímida defensa del monolítico sistema de la oligarquía. Pero tras esa actitud de La Fronda hubo un desarrollo creciente de ciertas ideas definidas. El conservadorismo creyó advertir que el radicalismo contenía —acaso potencialmente— los gérmenes de una política estatista y reaccionó enérgicamente contra ella, aproximándose entonces a los grupos conservadores ciertos sectores del radicalismo que no compartían aquella tendencia; poco después estos últimos se separaron del viejo tronco radical y fundaron una disidencia que tuvo estrechos puntos de contacto con el conservadorismo.

Con estos sectores se reconstruyó lo que bien pudiera llamarse la derecha clásica. Pero a medida que transcurría el tiempo y se advertían las consecuencias de la Guerra Mundial y de la Revolución rusa de 1917, ciertos sectores de la derecha comenzaron a afinar su posición, descubriendo que no sólo los separaba del radicalismo la vaga tendencia al intervencionismo estatal de éste sino también cierta innegable vibración popular que había en él y que podía facilitar la recepción de las doctrinas revolucionarias. Comenzaron entonces a abandonar las tesis liberales y a preferir las soluciones enérgicas, desembozadas unas y enmascaradas otras. A la inspiración de esos sectores correspondió la creación de la Liga Patriótica, que encabezó Manuel Carlés, movimiento originariamente destinado a combatir la influencia de los sectores obreros organizados, a los que fustigaba por estar compuestos principalmente de extranjeros: grupos de choque organizados para la acción directa fueron lanzados a la calle para quebrar la resistencia obrera. Poco después, la experiencia europea proporcionó nuevos elementos de juicio, y el fascismo italiano encontró muy pronto imitadores. En 1923, Leopoldo Lugones pronunció en el Teatro Coliseo tres conferencias sobre Mussolini y el fascismo, de las que se desprendía como corolario no sólo la adhesión del conferenciante y su público por las doctrinas del dictador italiano sino también la necesidad de aplicarlas a la realidad argentina. Este punto de vista del poeta quedó definitivamente expresado al año siguiente, en la conferencia que pronunció en Lima con motivo del centenario de la batalla de Ayacucho y en la que proclamó que había llegado “la hora de la espada”. Así comenzó a constituirse en la Argentina la nueva derecha, la derecha fascista.

Pero fuera del pleito que sostenían conservadores y radicales por la posesión del poder y del que resultó un progresivo esclarecimiento de sus respectivas posiciones políticas, otros grupos se agitaron también tratando de expresar las tendencias de determinados sectores de la opinión. Fue muy característica la posición de Lisandro de la Torre, jefe del Partido Demócrata Progresista, de definida tendencia liberal y que representaba a la burguesía más evolucionada de la provincia de Santa Fe. Enemigo tenaz de Yrigoyen, se había separado del radicalismo en 1897 y desde entonces su pensamiento político había tratado de precisarse con creciente claridad.

Refractario a las oscuridades y a los programas confusos, se empeñó en establecer los problemas concretos de la vida argentina y en formular las soluciones posibles, siempre con un criterio liberal y progresista, análogo al del radicalismo francés. Ante la magnitud de los problemas sociales que se sucedían en el mundo y en la Argentina, De la Torre señaló su categórica disidencia frente a los conservadores: “No caben ya equívocos sobre las cuestiones sociales y del trabajo, por más que los conservadores argentinos no lo comprendan todavía”, escribía. Pero lo que más claramente reveló su singular filiación y su equidistancia de conservadores y radicales fue su posición claramente laicista frente al problema religioso.

En cierta ocasión, absolvió posiciones frente a la derecha en frase categórica: “Ustedes son conservadores, clericales, armamentistas, antiobreristas, latifundistas, etcétera… y nosotros somos demócratas y progresistas, de un colorido casi radical-socialista.” Bajo su predominante inspiración se sancionó en Santa Fe una nueva constitución provincial en 1921, que suponía un notable avance en materia institucional. Establecía que el poder legislativo se convocaba por sí mismo, afianzaba el régimen municipal, echaba las bases del derecho obrero, propiciaba la reforma agraria y declaraba la neutralidad religiosa del Estado. Pero bajo la presión de Hipólito Yrigoyen, el gobernador de Santa Fe, Enrique Mosca, vetó la Constitución y quedó planteado un conflicto que llegó al Parlamento. Allí tocó a Lisandro de la Torre defender la Constitución, haciendo hincapié en el punto que había desencadenado el conflicto: la cuestión religiosa. Sus palabras fueron reveladoras: “Yo que ignoro las pasiones antirreligiosas; yo que pasé otra vez cuatro años en esta Cámara sin promover jamás un debate sectario y sin intervenir en los que se promovían, entonces con más frecuencia que hoy, entre católicos y socialistas; yo que nunca creí en el peligro clerical ni en la necesidad de precaverlo; yo que aspiraba ingenuamente a que cada cual creyera en lo que su conciencia le dictase; hoy alarmado, angustiado, ante una conjuración de intereses clericales que pretende con mentiras y tergiversaciones destruir la Constitución de mi provincia, reconozco que he estado en un error; que el clericalismo es un peligro para nuestras libertades… Esto lo pongo ante los ojos de la Cámara: ¡una Constitución argentina está en peligro de ser anulada por una conjuración clerical!”

Si la agitación de la época incidió en las actitudes de los partidos de la derecha y del centro, más debía incidir sobre las opiniones de los de la izquierda, cuyos planteos quedaron sometidos a dura prueba a raíz de los hechos que se sucedían en el mundo. El primer episodio se desarrolló alrededor del problema de la posición argentina en relación con la Guerra Mundial, que el gobierno había resuelto sobre el principio de la más estricta neutralidad. La opinión pública se dividía entre aliadófilos, germanófilos y neutralistas, pero sin duda los primeros reunían la mayoría; y contra la pertinaz neutralidad del presidente Yrigoyen, se polarizaron los sectores aliadófilos y expresaron reiterada y públicamente su opinión.

Posición semejante adoptó en 1917 el grupo parlamentario socialista, encabezado por el senador Enrique del Valle Iberlucea y el diputado Juan B. Justo. Afirmando el derecho y la necesidad de proteger el comercio exterior argentino, sostuvo que el gobierno debía asegurar enérgicamente esa protección con todos sus recursos, en términos tales que podían considerarse violatorios de la neutralidad. El Comité Ejecutivo del Partido Socialista respaldó esa declaración, pero en el seno del Partido una poderosa corriente de opinión comenzó a manifestarse en sentido contrario, de modo que el asunto pasó a un Congreso Extraordinario donde predominó la tendencia neutralista, opinión fundada en una interpretación económica de la guerra y en la idea de que estaba movida por los intereses capitalistas de ambos lados.

Juan B. Justo redactó la renuncia que, con ese motivo, presentaron los legisladores, y estampó en ella ciertos principios teóricos: “No creemos que la Guerra Mundial —como dice el considerando primero de la resolución presentada por la minoría del Comité Ejecutivo y aprobada por el Congreso Extraordinario— sea consecuencia, simple y fatal, de la propiedad privada y la producción mercantil. En el inmenso Imperio británico, en un país tan vasto y poblado como los Estados Unidos, la propiedad privada y la producción para el mercado, existen y se desarrollan libremente, en proporciones jamás vistas en el mundo, sin que en esos países o imperios, haya guerras. Concebimos y deseamos entre las naciones la solidaridad que existe ya entre los estados o regiones de esas grandes unidades políticas, y que así la guerra sea imposible ya, aun bajo el régimen capitalista.”

Esta polémica, desarrollada en abril de 1917, anunciaba ya la repercusión en la Argentina de los debates que se desarrollaban en el seno del socialismo internacional para examinar las causas del drama contemporáneo y las perspectivas para el futuro. Las posiciones se extremaron como consecuencia del triunfo de la revolución maximalista en Rusia, y gracias sobre todo a la influencia que el grupo Clarté —organizado en Francia por Anatole France y Henri Barbusse— tuvo en algunos sectores intelectuales del país y especialmente en el que encabezaba José Ingenieros. La definición se produjo en el acto público que se realizó en el Teatro Nuevo el 22 de noviembre de 1918, en el que Ingenieros disertó sobre el experimento ruso en términos de inequívoca simpatía. Describió los orígenes del conflicto militar y las oscilaciones de la opinión pública, inadvertida frente a los móviles secretos que empujaban a los contendientes; luego explicó la revolución rusa como típica reacción de las clases populares, ajenas a los intereses que se debatían en la guerra, y la formación en su seno de dos corrientes de opinión: la de los que aspiraban a mantener el mismo régimen social y económico y la de los que aspiraban a transformarlo profundamente. Ingenieros no vaciló en defender la solución maximalista y llamó calurosamente a la juventud y a los trabajadores para que tomaran la defensa de las nuevas ideas. “Esa conciencia sólo puede formarse en una parte de la sociedad, en los jóvenes, en los innovadores, en los oprimidos, que son ellos la minoría pensante y actuante de toda sociedad, los únicos capaces de comprender y amar el porvenir.”

El proceso de polarización de las tendencias fue acentuándose en el seno del Partido Socialista. Algunos afiliados que se denominaban “internacionales” se habían separado ya del partido a raíz de la polémica de 1917, pero la disidencia se ahondó después de la creación de la Tercera Internacional y del establecimiento de las “veintiuna condiciones” para el ingreso de los partidos socialistas, y finalmente se resolvió en el Congreso celebrado en enero de 1921 en Bahía Blanca: la mayoría resolvió rechazar el proyecto de adhesión a la Tercera Internacional y, como consecuencia, abandonó el socialismo un sector que constituyó poco después el Partido Comunista.

A la polarización de las simpatías alrededor de la causa de Rusia soviética acompañó una enérgica reacción contra la política imperialista de los Estados Unidos, que por entonces se había manifestado bajo la forma de una activa intervención en los asuntos latinoamericanos. El gobierno radical de Yrigoyen había definido sus ideas sobre la soberanía nacional en términos muy categóricos y las había traducido en actitudes muy enérgicas. Afirmó que “los pueblos deben ser sagrados para los pueblos”, y sostuvo que en una organización internacional como la Sociedad de Naciones, todas debían ser puestas en un pie de igualdad, sin distinguir entre beligerantes y neutrales o entre pequeñas y grandes potencias. Aplicadas estas ideas a la situación latinoamericana, la Argentina se colocaba en una situación cada vez más definida frente a los Estados Unidos; la política del gobierno se veía respaldada por importantes sectores, especialmente de las minorías intelectuales, y el Ateneo Hispanoamericano, fundado en 1912, fue la tribuna que se ofreció a sus opiniones. Allí se escuchó la voz de José León Suárez, al tiempo que Manuel Ugarte defendía su pensamiento en libros de resuelta militancia como El porvenir de América española (1920), La campaña hispanoamericana (1922), El destino de un continente (1923) y La Patria grande (1924).

Al margen de la organización panamericana, el gobierno radical propuso en 1917 la formación de un bloque de naciones latinoamericanas no beligerantes; el intento fracasó, pero llegó a visitar Buenos Aires una delegación de México —que con Cuba eran los únicos países que finalmente habían aceptado la invitación— y la simiente quedó echada. Años más tarde, en 1922, llegó a la Argentina José Vasconcelos, secretario de Educación en el gobierno del general Obregón y uno de los teóricos de la revolución mexicana. El 11 de octubre, en un banquete que le ofrecieron los intelectuales argentinos, José Ingenieros pronunció un discurso en el que analizó la situación creada en el Continente por los intentos de expansión y de intervención de los Estados Unidos, y propuso algunas formas concretas de acción para los países latinoamericanos. Habló de fortalecer la unidad y la cooperación, para lo cual sugirió la creación de un Alto Tribunal que dirimiera las cuestiones entre países, y un Supremo Consejo Económico que estimulara y dirigiera la cooperación económica; de ese modo América latina estaría en condiciones de enfrentar el poderío de los Estados Unidos. Para difundir estas aspiraciones propuso la fundación de la Unión Latinoamericana, organismo que quedó organizado y en cuyas filas trabajaron más tarde, entre otros, Alfredo L. Palacios, Carlos Sánchez Viamonte, Aníbal Ponce y Gabriel del Mazo.

Fueron expresión de estas ideas los conceptos que Hipólito Yrigoyen desarrolló frente a Herbert Hoover, cuando lo recibió en Buenos Aires como presidente electo de los Estados Unidos en 1929: “La Argentina —¿por qué no decir la América y el mundo?— espera que vuestra Nación, ya en el cénit de su engrandecimiento, en la cumbre misma de su pujanza y de su expansión, irradie altos valores espirituales y pacifistas, como el que llevara a vuestro insigne presidente desaparecido, a convocar en Ginebra, después de la trágica hecatombe de la civilización contemporánea, a todos los pueblos, para que —como bajo el santuario de una solemne basílica— reafirmaran para las naciones el precepto eterno y luminoso que el Divino Maestro promulgó: Amaos los unos a los otros. Tales son los anhelos de los pueblos sudamericanos, los cuales aspiran a avanzar siempre por el sendero de los perfeccionamientos hacia la misión que en la Historia le han deparado los designios de la Providencia; realizándose como entidades regidas por normas éticas tan elevadas, que su poderío no pueda ser un riesgo para la justicia ni siquiera una sombra proyectada sobre la soberanía de los demás estados.”

Pocos meses después, al inaugurarse la línea telefónica entre los Estados Unidos y la Argentina, Yrigoyen volvió a los mismos temas, y concluyó su mensaje con estas palabras: “…reafirmando mis evangélicos credos de que los hombres deben ser sagrados para los hombres y los pueblos para los pueblos, y en común concierto reconstruir la labor de los siglos sobre la base de una cultura y una civilización más ideal, de más sólida confraternidad y más en armonía con los mandatos de la Divina Providencia…”

4

La afirmación y la defensa de los rasgos peculiares del espíritu latinoamericano correspondía a un sentimiento cada vez más intenso de la peculiaridad del espíritu nacional. Expresa o tácitamente, la reacción contra el cosmopolitismo invasor, propio de la formación aluvial del país, se tradujo en una sostenida tendencia de ciertos sectores a indagar y establecer las etapas fundamentales en la formación espiritual del país y los rasgos que ese proceso había terminado por imponer a los argentinos.

Durante algún tiempo pareció que el camino para aproximarse a esos fines era el análisis psicosocial; pero pronto se advirtió que había otras vías no menos promisorias. Tres vigorosas personalidades emprendieron casi al mismo tiempo, aunque con criterios distintos, otras tantas investigaciones sobre las ideas argentinas, agregando a las tradicionales historias políticas nuevos panoramas del desarrollo del país: Alejandro Korn había comenzado a publicar en 1912 sus Influencias filosóficas en la evolución nacional, que terminó de escribir en 1919; Ricardo Rojas trabajaba desde la misma época en su Historia de la literatura argentina, que vio la luz entre 1917 y 1922; y finalmente José Ingenieros publicó entre 1918 y 1920 La evolución de las ideas argentinas. Estas tres obras entrañaban un enriquecimiento considerable de la perspectiva histórica y renovaban la imagen del pasado argentino.

Hombre de formación científica y filosófica, Alejandro Korn se interesó por el proceso de formación de la cultura argentina partiendo de las influencias que las distintas escuelas y tendencias europeas habían tenido en el ambiente local. Desdeñando todas las explicaciones simplistas, Korn no creía —como Comte— que las ideas ejercieran un papel rector en la evolución histórica; pero estaba persuadido de que tenían una acentuada influencia y de que valía la pena señalar el proceso de su aparición y desarrollo en relación con otros aspectos de la vida del país. Pero a diferencia de los psicosociólogos que anhelaban descubrir la irreductible singularidad del carácter nacional, Korn afirmaba que la personalidad colectiva sólo se delineaba progresivamente como un matiz del espíritu occidental. “Hemos sido colonia y no hemos dejado de serlo, a pesar de la emancipación política. En distintas esferas de nuestra actividad aún dependemos de energías extrañas y la vía intelectual, sobre todo, obedece con docilidad, ahora como antaño, al influjo de la mentalidad europea. El genio nacional rara vez ha encontrado una expresión genuina e independiente; sólo en la selección de los elementos que asimila se manifiestan sus inclinaciones nativas. El pensamiento de nuestro pueblo ha debido seguir, desde luego, una evolución paralela a las ideas directoras de la cultura occidental, y a investigar cómo se reflejan en nuestro ambiente se encamina este ensayo.” Partiendo de estos principios, analizó las influencias de la escolástica, la filosofía moderna, el romanticismo y el positivismo, y no sólo en el terreno puramente intelectual sino también en los de la política y la educación. Gracias a este esfuerzo, las corrientes que impulsaron la vida nacional comenzaron a ser descubiertas en sus secretos mecanismos, y se difundió una nueva claridad sobre muchos fenómenos de la historia política, misma.

Entretanto, Ricardo Rojas emprendía una indagación semejante a través de nuestra expresión literaria. Su plan era ambicioso, pues junto a la inexcusable búsqueda erudita, aspiraba a elaborar un sistema de ideas que demostrara el sentido general de la literatura argentina. Pretendía “estudiar la literatura argentina como una función de la sociedad argentina” y estaba persuadido de que lograría expresar los rasgos profundos del espíritu nacional. “Una literatura nacional —afirmaba en el prefacio de su obra— es fruto de inteligencias individuales, pero éstas son actividades de la conciencia colectiva de un pueblo, cuyos órganos históricos son el territorio, la raza, el idioma, la tradición. La tónica resultante de esos cuatro elementos se traduce en un modo de comprender, de sentir y de practicar la vida, o sea en el alma de la nación, cuyo documento es su literatura.” En el fondo aspiraba a elaborar una historia de la cultura argentina a través de la creación literaria, pero acudiendo a otras fuentes cada vez que le parecía necesario. Él mismo lo señalaba en el citado prefacio: “Hay, pues, en esta obra —decía— un principio retrospectivo, cuyo espíritu es la historia, y un principio prospectivo, cuyo espíritu es la filosofía. Lo primero, reconstituyendo el pretérito de nuestra cultura, ha dado vida de verdad en la ciencia a las formas literarias del pasado argentino. Lo segundo, ensamblando esas formas según el sistema orgánico de su propia vida pasada, ha procurado descubrir la ley de nuestra ulterior evolución estética. Para ello no me he reducido a la poesía solamente (épica, dramática y lírica), sino que he incluido en mi tema los géneros didácticos que le sirven de base en la organización social, y las bellas artes que le sirven de coronamiento en la naturaleza humana. Así hallaréis que aquí, cuando llega el caso, hablo también de la filosofía, de pedagogía, de artes plásticas y de música.”

Rojas distinguía cuatro líneas de inspiración literaria que eran como cuatro expresiones del temperamento nacional: la de los gauchescos, que correspondía a la tradición vernácula; la de los coloniales, que se entroncaba con la tradición hispanoamericana; la de los proscriptos, que representaba la tradición democrática de Mayo, y la de los modernos, que correspondía a las nuevas inquietudes del país, abierto sin límite a las influencias europeas. En esas cuatro líneas exploraba Rojas no sólo las peculiaridades personales de los autores, sino las corrientes de pensamiento que los envolvían y las circunstancias sociales que moldeaban su expresión. De ese modo su historia de la literatura sobrepasaba los límites que parecía circunscribir su título y se tornaba una exploración de la vida argentina en el campo de la cultura.

Con referencias más directas a la vida política, pero tratando de señalar sobre todo el juego de las ideas y las tendencias, organizó José Ingenieros la obra que tituló La evolución de las ideas argentinas. Era el suyo un libro militante, destinado no sólo a descubrir las grandes líneas ideológicas que movían —así lo creía él— la historia nacional sino también a inclinar a sus lectores en favor de una de ellas: de la que representa la libertad, la justicia y la verdad, frente a la que representa el absolutismo, el privilegio y el error. Veía Ingenieros en la historia argentina dos concepciones de la vida que luchaban reiteradamente. “Son dos filosofías —escribía—, dos sistemas de ideas generales. Toda política que lo ignore, pasada esta hora sombría en la historia mundial, será un ciego andar a tientas, sin rumbo y sin esperanzas.” La mentalidad colonial y la mentalidad revolucionaria, el antiguo y el nuevo régimen, la feudalidad y la democracia, son expresiones que Ingenieros usa para caracterizar esa dialéctica cuyo descubrimiento le parecía deslumbrante. “Después de mucho leer y meditar sobre las corrientes ideológicas que han inspirado a las minorías cultas durante la formación de la sociedad argentina, el autor ha creído llegar a una arquitectónica de su asunto, sólo modificable por retoques de albañilería.” Por este camino creía alcanzar una visión sintética de la historia argentina, en la que los hechos cuidadosamente indagados por los historiadores cobraban sentido. “Lo que ocurre sobre el tablado no es igual para quien admira los títeres y para el que observa los hilos.” A la luz de las peripecias dramáticas de su tiempo, Ingenieros descubría en el juego de los hilos no sólo una clave sino también una consigna.

Acaso con propósito semejante comenzaron por entonces José Ingenieros y Ricardo Rojas a publicar sendas colecciones de autores argentinos: en La Cultura Argentina el primero y en la Biblioteca Argentina el segundo. El momento parecía ser de examen y recapitulación, de revaloración de la vida espiritual argentina, y justificaba el esfuerzo de ofrecer al país las ediciones de los autores que habían forjado trabajosamente la tradición intelectual del país. Así comenzaron a difundirse nombres olvidados y a organizarse las líneas del pensamiento argentino.

Entretanto, los estudios de historia política comenzaban a sufrir un cambio trascendental. Frente a las influencias de la sociología y de vagas filosofías de la historia, había comenzado a desarrollarse la escuela erudita, a la que habían dado un buen impulso Bartolomé Mitre y Paul Groussac. En la Facultad de Filosofía y Letras surgió luego la Sección de Historia, y allí, bajo la dirección del padre Antonio Larrouy, comenzó a formarse un conjunto de investigadores de rigurosa concepción erudita. La preocupación fundamental de la Sección —que fue luego Instituto de Investigaciones Históricas— fue la publicación de documentos dentro de las más severas normas críticas, y la elaboración de monografías de base documental, en la que el texto se ciñera fielmente a datos comprobables. Este criterio fue acentuándose con el tiempo. Tras la Reforma Universitaria asumió la dirección del Instituto Emilio Ravignani, que desarrolló una ímproba labor de investigación y precisó el método dentro del cual debían trabajar los equipos de investigadores que paciente y oscuramente acarreaban los materiales para la historia. Se destacaron a su alrededor Rómulo D. Carbia y Diego Luis Molinari, que en 1917 publicaron con Luis María Torres y Emilio Ravignani un Manual de historia de la civilización argentina en el que quedó de manifiesto el punto de vista de lo que comenzó a llamarse la “nueva escuela histórica”. Se trataba de hallar una actitud equidistante entre la simple erudición y las fáciles generalizaciones de los “sociólogos”. Con análogo criterio afrontaron cada uno de los miembros de la escuela sus temas particulares: Carbia su Historia eclesiástica del Río de la Plata (1914), Molinari su estudio sobre El gobierno de los pueblos (1916) que servía de introducción a la reedición de las actas del Congreso de 1816, Carlos Correa Luna su ensayo sobre Don Baltasar de Arandia (1914) y su Historia de la Sociedad de Beneficencia (1923); y al mismo tiempo aparecían densos, pulcros y numerosos volúmenes de documentos y apretadas monografías sobre temas muy circunscriptos.

Tangencialmente vinculado a la “nueva escuela histórica”, Ricardo Levene publicó en 1920-21 su Ensayo sobre la Revolución de Mayo y Mariano Moreno; con una sólida estructura documental, Levene adoptó en algunos aspectos una actitud polémica, objetando la importancia que Juan Agustín García, Carlos O. Bunge, Juan B. Justo y José Ingenieros concedían a los factores económicos en el desarrollo de la Revolución. Tratando de refutar esas tesis, Levene afirmaba que el movimiento de Mayo no era una revolución burguesa sino una revolución popular, a la que se opuso lo que él llamó “la alta burguesía”.

Planeaba sobre los nuevos y los viejos historiadores la figura ilustre de Paul Groussac, maestro de la crítica pero poseedor además de un profundo sentido de la reconstrucción histórica y de una vasta cultura general. Por esos años publicó dos volúmenes de ensayos: Estudios de historia argentina (1918), en el que reunía sus estudios sobre el padre José Guevara, Diego de Alvear, el doctor Diego Alcorta, que había enseñado filosofía en la Universidad de Buenos Aires, y sobre las Bases de Alberdi; y Los que pasaban (1919), en el que reunía los estudios sobre las grandes figuras de la generación del 80: Goyena, Avellaneda, Pellegrini y Sáenz Peña. Ambos volúmenes consagraban la figura del maestro francés, conocedor profundo de la vida y la historia argentinas, y mentor de varias generaciones a las que impulsó hacia el más exigente rigor intelectual.

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Durante la época de la crisis mundial y nacional que acompañó a la guerra se advirtió la aparición de una profunda insatisfacción en las generaciones jóvenes, en cuanto a la actitud frente a la vida y especialmente en cuanto a la orientación de las curiosidades intelectuales. En 1914 se constituyó en Buenos Aires, en el seno del Ateneo Hispanoamericano, una sección de estudiantes universitarios que adoptó una nueva actitud frente a la política y la cultura; la presidía José María Monner Sans y la integraban entre otros Francisco de Aparicio, Carmelo Bonet, Tomás D. Casares, Gabriel del Mazo y Lidia Peradotto. En 1915 comenzó a publicar la revista Ideas y poco después se independizó adoptando primero el nombre de Ateneo de Estudiantes Universitarios y luego el de Ateneo Universitario. Por la misma época comenzaba José Ingenieros, llegado poco antes de Europa, a publicar su Revista de Filosofía, con la que se proponía —según decíaraba— imprimir unidad al naciente pensamiento argentino. Eran signos de nuevas preocupaciones, en un ambiente poco sensible todavía a las inquietudes intelectuales.

Las nuevas generaciones habían comenzado a percibir con claridad y con pesadumbre esa atmósfera que solían llamar cartaginesa. De pronto saltaba a la vista que el país estaba obsesionado por el afán de lucro y presidido por una adocenada clase de ricos dominados por la sensualidad. El hecho era exacto, aunque no nuevo; pero era nuevo, en cambio, el descubrimiento y la irritación que ahora suscitaba, reveladora del advenimiento de una nueva sensibilidad. José Ortega y Gasset señalaría el hecho en la conferencia que pronunció en el Instituto Popular de Conferencias el 6 de diciembre de 1916, para despedirse del público argentino: “Quien viniendo, como yo, de fuera, aspire a aclararse los problemas de la vida argentina, así en lo colectivo como en lo individual, creo que deberá partir, como de un hecho central, de la desproporción enorme que existe entre la preocupación económica de vuestra sociedad y el resto de sus actividades.” Pero advertía el sutil filósofo español otro hecho no menos revelador: “Yo no creo que exista en parte alguna —decía— un público de sensibilidad más pronta y limpia de prejuicios, de mayor perspicacia, que el que encontrará en la Argentina todo el que venga con un poco de pureza en el corazón y otro poco de arte en su expresión. No es esta alabanza mía convencional y reflexiva, porque al punto añado que es un problema para mí explicarme el desequilibrio que existe entre esa sensibilidad difusa y anónima pero exquisita y la producción ideológica y artística de este pueblo, que es más reducida y menos densa que lo que tiene obligación de ser.” El diagnóstico era exacto. Frente a una sociedad poco sensible a las cosas de la cultura y a unas minorías conformistas y académicas, comenzaba a advertirse el ímpetu difuso de una nueva sensibilidad; incapaz aún de dar frutos, mostrábase en su disconformismo, en su rebeldía, en su afán de novedad y renovación, en su insaciable curiosidad y, naturalmente, en su superficialidad. Pero no era menos cierto que con esa actitud se preparaba una vigorosa revolución intelectual.

A la sombra del movimiento de hostilidad hacia los Estados Unidos que se produjo como consecuencia de su política latinoamericana a partir de fines del siglo xix, comenzó a desarrollarse un vivo sentimiento de simpatía hacia España, vencida en el Caribe y en Filipinas en 1898 y renaciente por el esfuerzo de la nueva generación. Tras la fecha del Centenario, el prestigio hispánico comenzó a acentuarse gracias al conocimiento de los nuevos valores del pensamiento, la literatura, las ciencias y la educación. La fuerte influencia ejercida por Sanz del Río y Francisco Giner, proyectada a través de la Institución Libre de Enseñanza, de la Junta para Ampliación de Estudios y del Centro de Estudios Históricos, comenzó a llegar hasta América con la aureola de una esforzada y profunda renovación. Y en plena guerra europea, mientras se interrumpía la corriente que nos unía tradicionalmente a Francia, las nuevas minorías intelectuales comenzaron a descubrir la transformación espiritual de Europa a través de la renovación espiritual de España. Precisamente España se llamaba el semanario que en 1915 comenzaron a publicar Ortega y Gasset, Eugenio D’Ors, Baroja, Azorín y Pérez de Ayala, y que tanta influencia ejercería en España y América.

Al comenzar el año 1916, José Ingenieros dictó en la Universidad de Buenos Aires un curso sobre La cultura filosófica en España. Habló en las dos primeras clases del pasado, y dedicó la última a señalar los esfuerzos realizados por el pensamiento libre contra la tradición dogmática desde el siglo xviii; se detuvo Ingenieros en el estudio de las figuras de Sanz del Río y Ramón y Cajal, luego en las de Joaquín Costa y Francisco Giner, describiendo finalmente los esfuerzos y los primeros frutos de la generación del 98.

Se había fundado por entonces en Buenos Aires la Institución Cultural Española, destinada a difundir los nuevos valores hispánicos, y había inaugurado en 1914 la cátedra de Cultura Española de la Universidad de Buenos Aires, Ramón Menéndez Pidal, historiador y filólogo, y director del Centro de Estudios Históricos de Madrid. Su influencia fue considerable en amplios círculos; pero mucho mayor fue sin duda la del joven filósofo que ocupó la misma cátedra en 1916: José Ortega y Gasset.

Antes de su llegada sólo Rodolfo Rivarola y, sobre todo, Alejandro Korn, se habían atrevido a abandonar la ortodoxia positivista en las cátedras argentinas de filosofía. Volvieron ambos a Kant, según el ejemplo de la escuela de Marburgo; y esta misma actitud, enriquecida con otros retornos y nuevas conquistas, trajo en su mensaje Ortega y Gasset. Formado en el movimiento neokantiano, su devoción por Kant igualaba a la que profesaba por Platón, pero sus enseñanzas estaban marcadas por los nuevos enfoques, especialmente por los de Husserl y Meinong. Creía firmemente Ortega que había un pensamiento propio del siglo xx, y se propuso difundirlo en la Argentina a través de las ideas que juzgaba fundamentales. Habló del sentido de la filosofía, del sentido de la historia y de la cultura. Opuso al evolucionismo nuevas teorías: “La vida —dijo— es una actividad creadora que consiste en el aumento de su propio ser.” La vida es además la que selecciona lo que nos interesa en cada instante, y esta selección en el percibir se traduce en una cierta manera de intervención en la realidad, porque el ser humano es acción. Ortega combatió el evolucionismo, el positivismo y el escepticismo propio de la época moderna. Afirmó que no sólo cada individuo sino también cada pueblo y cada época tienen su propia perspectiva de atención. “Una época —señaló— es un genuino sistema de preferencias y de pretericiones. Hay épocas cuya atención gravita hacia la práctica; épocas que omiten la acción. Hay siglos que prefieren vivir bien y otros que prefieren pensar bien.” Analizó el siglo xix, la herencia del idealismo y los planteos positivistas; señaló luego la trascendencia de “la vuelta a Kant, a Fichte, a Hegel”, y el alcance de la filosofía de Edmundo Husserl, cuyo escepticismo fue transformado en instrumento creador. “A la verdad por el escepticismo” podría ser —dijo— el emblema de la filosofía. El problema de la verdad lo condujo al problema del “sentido”, y en él se detuvo, estudiándolo a la luz de los planteos que constituían una de las grandes conquistas filosóficas de la época, y relacionándolo con el problema de los objetos, tema también novedoso y apasionante por entonces. Buscó luego el tema de la psicología, y descalificó la psicología fisiológica a la que opuso los nuevos planteos, a partir de Brentano. Así pasó revista a los principales problemas de la filosofía y enunció las nuevas corrientes de pensamiento que empezaban a atraer apasionadamente por entonces a las mejores mentes filosóficas de Europa. Eran esas nuevas corrientes, precisamente, las que Ortega consideraba específicamente expresivas del espíritu del siglo xx.

La repercusión que tuvieron las conferencias de Ortega en el ámbito universitario y en los círculos intelectuales del país fue inmensa. En diversas ocasiones habló sobre temas generales y manifestó opiniones antes no escuchadas sobre el valor de los clásicos, sobre el sentido de la vida de la época, sobre la política, sobre España, sobre la misión de la universidad; y en ese público que lo escuchó y en el que él descubrió una insaciable curiosidad y una vaga intuición de las nuevas preocupaciones que cruzaban el mundo, fermentaron inquietudes que cuajaron finalmente en el seno de pequeños grupos que descubrieron o creyeron descubrir una vocación intelectual, que no era como la de sus padres y sus maestros, sino más viva, más en contacto con las renovadas preocupaciones que recorrían el mundo. Así nació lo que se llamó el Colegio Novecentista, bajo la advocación del pensamiento nuevo, representado eminentemente a los ojos de sus miembros por José Ortega y Gasset y por Eugenio D’Ors.

Formaron parte del Colegio Julio Noé, Carlos Malagarriga, Adolfo Korn Villafañe, Baldomero Fernández Moreno, Juan Rómulo Fernández, Benjamín Taborga, Jorge Max Rohde, Carmelo Bonet, Tomás Casares, Roberto Gaché, B. Ventura Pessolano, Vicente D. Sierra y José Gabriel. Los unía una nueva sensibilidad que se encerraba en la expresión “novecentismo”, cuyo significado se esforzaron por precisar. “Novecentismo” —decían— quiere ser una suerte de nombre o seña de la actitud mental de unos cuantos hombres de hoy —nuevos y del Novecientos— a quienes no conforma ya el catón espiritual vigente.” Y tras eficaces respuestas a sus dudas, se lanzaron a toda clase de lecturas, variadas en cuanto a calidad y tema, y a la elucidación de toda suerte de problemas a través de ensayos y artículos.

De aquellos jóvenes, algunos se dedicaron a la literatura, otros a la historia, a la filosofía o al derecho. En el campo de las ideas filosóficas, algunos de ellos realizaron esfuerzos estimables. Casares se orientó hacia la filosofía tomista y Pessolano hacia la estética y la filosofía del derecho, alcanzando ambos la cátedra universitaria; Gabriel reunió algunos ensayos en el volumen que tituló La educación filosófica (1921) y Taborga, que ya antes había dado pruebas de su madurez filosófica en sus Glosas sobre la posibilidad de un novísimo órgano, publicó en los Cuadernos del Colegio Novecentista un ensayo de gran valor sobre El espacio, la geometría y la lógica.

Inspiró en gran parte al grupo Alejandro Korn, que no había vacilado en asistir, junto con Rodolfo Rivarola, al seminario que sobre la filosofía de Kant dictara Ortega y Gasset en la Facultad de Filosofía y Letras, al margen de sus conferencias públicas. Korn conocía a fondo los clásicos de la filosofía y comenzó a enseñar sus doctrinas dejando de lado la tradición positivista. Hacia 1918, su pensamiento había madurado, tanto en el orden de las ideas filosóficas como en el de las ideas generales relacionadas con la vida y la cultura argentinas; y en marzo de ese año, en el primer número de la revista Athenea que publicaban los ex alumnos del Colegio Nacional de La Plata y dirigía Rafael Alberto Arrieta, escribió un breve artículo, con algo de proclama, titulado Incipit Vita Nova, en el que expuso sus puntos de vista fundamentales sobre filosofía e, implícitamente, sobre otros problemas: “He ahí —decía— los varios motivos del resurgimiento de una nueva filosofía, ya no de carácter científico sino de orientación ética. La gran labor realizada no por eso se pierde. Ella ha cumplido su misión histórica, nos ha dado la conciencia de nuestro poder, nos ha dado los instrumentos de la acción y ahora se incorpora a las nuevas corrientes como un elemento imprescindible. El cambio de rumbo, sin embargo, se impone; un nuevo ritmo pasa por el alma humana y la estremece.

“Es que una ética supone un cambio fundamental de las concepciones filosóficas. No se concibe una ética sin obligación, sin responsabilidad, sin sanción y, sobre todo, sin libertad. La nueva filosofía ha de libertarnos de la pesadilla del automatismo mecánico y ha de devolvemos la dignidad de nuestra personalidad consciente, libre y dueña de su destino. No somos la gota de agua obediente a la ley del declive, sino la energía, la voluntad soberana que rige al torrente. Si queremos un mundo mejor, lo crearemos.

“La sistematización, no fácil, de este pensamiento, es la tarea del naciente siglo. Ruskin y Tolstoi han sido los precursores; Croce, Cohen y Bergson son los obreros de la hora presente. No han de damos una regresión sino una progresión. Y a la par de ellos los poetas. De nuevo ha renacido la poesía lírica, pero con una intuición más honda del alma humana, con mayor sugestión emotiva, en formas más exquisitas. ¡Qué trayecto no media de Zola a Maeterlinck! Y en las ciencias sociales ha terminado el dominio exclusivo del factor económico y vuelve a apreciarse el valor de los factores morales. El mismo socialismo ya, más que el socorrido teorema de Marx, invoca la solidaridad, es decir, un sentimiento ético.

“Cuando la serenidad de la paz retorne a los espíritus, quizá florezca la mente genial cuya palabra ha de apaciguar también las angustias de la humanidad atribulada.

“Entretanto, nuestra misión no es adaptamos al medio físico y social como lo quiere la fórmula spenceriana, sino, a la inversa, adaptar el ambiente a nuestros anhelos de justicia y de belleza. No esclavos, señores somos de la naturaleza.”

La posición adoptada hizo de Korn un maestro de la juventud, que lo rodeó con amor y respeto; en la cátedra siguió esa misma línea de pensamiento, de conducta y de vida, y en sus escritos fue desarrollando poco a poco sus ideas con progresiva profundidad. Mientras ponía fin a sus Influencias filosóficas en la evolución nacional, elaboraba La libertad creadora, que salió por primera vez en 1920 y luego, muy ampliada, en 1922. El filósofo se sublevaba contra el realismo ingenuo, y afirmando que tanto el orden sensible como el inteligible pertenecen al plano de la conciencia, infería que también la coerción y la libertad son estados de ánimo. Estos dos términos constituyen la clave de su pensamiento. “La libre expansión de la voluntad —dice— la cohíbe la coerción de la necesidad, y ésta no consiente arbitrariedad alguna. El sujeto es autónomo, pero no soberano; su poder no equivale a su querer y por eso tiende, sin cesar, a acrecentarlo. La aspiración a actualizar toda su libertad no abandona al eterno rebelde. La naturaleza ha de someterse al amo y el instrumento de esta liberación es la ciencia y la técnica.”

En los años siguientes, Korn escribió sobre Kant, sobre el concepto de ciencia y sobre la gnoseología; más adelante, en 1930, publicó su Axiología, acaso su obra más original y profunda. El problema de los valores lo apasionaba, y Valoraciones se llamó la revista que, inspirada por él, editó desde 1923 el grupo de estudiantes “Renovación” de La Plata.

Contemporáneamente enseñaron filosofía Coriolano Alberini y Alfredo Franceschi. Alberini comenzó a dictar la cátedra de Introducción a la filosofía de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires en 1922, y desde allí lanzó sus sañudos ataques contra el positivismo. Renouvier, Bergson, Croce y Gentile fueron sus autores predilectos, y tras ellos se alineó en las filas del pensamiento nuevo, a cuyo desarrollo contribuyó originalmente con su Introducción a la axiogenia. Franceschi, por su parte, ocupó la cátedra de Lógica por la misma época y en la misma Facultad, empeñándose también en la querella contra el positivismo.

Por la fuerza de la tradición, el positivismo parecía representado de manera eminente en el país por José Ingenieros, y en buena parte se dirigían contra él y contra su pensamiento las críticas del antipositivismo. Alberini no dejó de dirigirle algún sarcasmo hiriente; pero en cambio Alejandro Korn, que no ocultaba sus convicciones, saludó sin embargo con respeto la aparición de las Proposiciones relativas al porvenir de la filosofía, que Ingenieros publicó en 1918. “Un nuevo libro de Ingenieros —escribía al reseñarlo en la revista Athenea— no es, en nuestro reducido mundo intelectual, un asunto baladí del cual pudiéramos desentendemos con una frase amable o irónica; es siempre el fruto de una labor tan intensa como sería; es con frecuencia el alumbramiento de ideas iniciales, nunca el flojo hilván de conceptos adocenados.” Ciertamente, el estudio que ahora veía la luz era de un interés excepcional. Preciso en la expresión, su contenido revelaba una profunda crisis en el pensamiento del autor.

Ingenieros acusaba el impacto que produjo en su espíritu la reaparición del espiritualismo, en abierto contraste con el positivismo vigente. Para explicarse el fenómeno recurría al renunciamiento a toda metafísica —“a toda explicación de lo inexperiencial”— en que había caído el positivismo. El espíritu, señalaba, se resiste a “excluir la perennidad de lo inexperiencial” y aunque admitía que los problemas de la metafísica estaban entonces “inexactamente formulados”, se atrevía a afirmar la necesidad de la metafísica. “Donde no lleguen las hipótesis experienciales de las ciencias, decía, empezarán las hipótesis que la metafísica prolonga en lo inexperiencial.” Así quedaba señalado el lugar de la metafísica, de la que insistía en decir que no es ciencia, que tiene un objeto distinto al de las ciencias, y de cuyas distintas formulaciones aseguraba que “sólo aspiran a ser lógicamente legítimas, sin que se considere posible su demostración experiencial”. Cuatro rasgos señalaba Ingenieros en la “metafísica del porvenir”: la universalidad, la perfectibilidad, el antidogmatismo y la impersonalidad; y afirmaba que para plantearla correctamente sería necesario renovar el lenguaje filosófico.

Alejandro Korn hizo algunos reparos al pensamiento de Ingenieros, especialmente en relación con la tesis de que la metafísica es la continuación de la ciencia. “La raíz de la divergencia que desarrollamos —escribía— estriba probablemente en el hecho de considerar Ingenieros la metafísica, en primer lugar, como una cosmología y nosotros, ante todo, como una axiología. De ahí distinta apreciación de las ciencias físicas y psíquicas, distinta gnoseología, distinto método y distinto concepto de la metafísica.” Pero quedaba señalado el tránsito del pensamiento de Ingenieros hacia posiciones más amplias y profundas que las de su primera época.

Siguieron los discípulos de Ingenieros su evolución, y hallaron su tribuna en la Revista de Filosofía. Los positivistas ortodoxos, encabezados por J. Alfredo Ferreira, se mantuvieron fieles a la doctrina y organizaron en 1924 el Comité Positivista Argentino, del que formaron parte, además, Maximio Victoria, Avelino Herrera, Rodolfo Senet, Víctor Mercante, Ángel Acuña, Horacio Damianovich, Ángel M. Giménez y Américo Ghioldi. La revista El Positivismo, a través de la que divulgaban su pensamiento, siguió apareciendo hasta 1938.

Pero la revolución filosófica que había desencadenado en buena parte Ortega y Gasset y que acusaban las Proposiciones de Ingenieros, cobraba vuelo y aglutinaba especialmente a los grupos juveniles. El que había desencadenado en Córdoba el movimiento de la reforma universitaria invitó en 1921 a Eugenio D’Ors para que dictara un ciclo de conferencias en la vieja Universidad. También esta visita resultó memorable. El filósofo catalán tomó partido frente al positivismo y al mecanicismo. Habló de la necesidad de retornar al clasicismo, de la dialéctica, de la metafísica, de la libertad; explicó los secretos de la fenomenología y se explayó sobre la belleza. Luego, en Buenos Aires, habló sobre el probabilismo y las ciencias, seguido por su público con la misma reverente atención de quien descubre un mundo de ideas antes ignoto.

El fermento obró intensamente en el ambiente intelectual del país. Uno tras otro, los grupos de jóvenes inquietos se lanzaron a la apasionada lectura, y no faltaron los que se decidieron a buscar en las casi legendarias universidades alemanas los zumos apenas gustados a través de los profetas del pensamiento nuevo.

La aparición de la Revista de Occidente fue una fecha en la historia de la cultura argentina, y sus lectores —casi sus fanáticos, podría decirse— se distinguieron pronto por el elenco de ideas que utilizaban, y hasta por el lenguaje en que las vertían. La segunda visita de José Ortega y Gasset, en 1928, acentuó su influencia y el prestigio del pensamiento renovador. El autor de El tema de nuestro tiempo coincidió entonces con otros ilustres visitantes, que daban al ambiente intelectual de Buenos Aires un aire cosmopolita y moderno: la Universidad de Buenos Aires agasajó el 1° de septiembre a José Ortega y Gasset, a Celestin Bouglé, a Paul Langevin, a Hans Driesch y a Federico Enriques en un banquete al que asistieron personalidades destacadas de diversas especialidades. Y cuando Ortega y Gasset comenzó sus conferencias en el salón de Amigos del Arte, en la calle Florida, se tuvo la sensación de asistir a un acontecimiento que haría fecha en la vida cultural argentina. El filósofo español abordó el tema de “qué es nuestra vida” y lo relacionó con la trascendencia y la significación del “ahora” para cada conciencia. Así quedó señalada también la significación de “nuestro tiempo” —esto es de “nuestras circunstancias”— del que comenzó a ocuparse luego con detenimiento. Analizó “la edad de nuestro tiempo” y trató de circunscribirlo y precisar su “sexo y edad” glosando la teoría de las generaciones. Nuestro tiempo fue calificado como un tiempo de jóvenes, y relacionó con esta peculiaridad el culto del cuerpo y “ese aspecto deportivo de la vida que se denomina elegancia”. Señaló luego que era un tiempo de juventud masculina y que estaba caracterizado por el ascenso de las masas que provocaba una nivelación que juzgó peligrosa. “El problema capital de nuestra época es, pues, el de crear nuevas minorías capaces de contener ese proceso”, dijo refiriéndose al de la estatificación que compromete la espontaneidad de la historia. Poco después, en la Facultad de Filosofía y Letras, habló sobre ciencia y filosofía planteando no sólo nuevos conceptos epistemológicos, sino también jugosas observaciones sobre el sentido de la metafísica y de la filosofía en general. Su palabra siguió despertando inquietudes y sembrando sugestiones en quienes tenían alguna inclinación por la meditación sobre los problemas de la vida y la cultura.

Ortega y Gasset significó el comienzo de la influencia filosófica alemana. Por esos años comenzaban ya a mostrar su amplio saber y su vocación profunda por la filosofía Luis Juan Guerrero, Francisco Romero y Carlos Astrada, que serían luego los maestros de las nuevas generaciones y los celadores de aquella corriente de pensamiento, bajo la advocación de Alejandro Korn. La fundación de la Sociedad Kantiana de Buenos Aires en 1929 fue la señal de aglutinamiento, tras la cual el tiempo separó las escuelas por razones ajenas por cierto a la sola doctrina.

Por la misma época hubo una intensa renovación de la vida científica. En 1917 llegó a la Argentina, donde se radicaría, el gran matemático español Julio Rey Pastor que, en la práctica, inauguró los estudios superiores de matemática, en los que se destacaron después Juan Blaquier y J. C. Vignaux.

Poco después, en 1925, visitó el país Alberto Einstein, cuya presencia fue estímulo para los estudios físicos, que cultivaron Ramón G. Loyarte —que dirigió el Instituto de Física de la Universidad de La Plata—, Teófilo Isnardi y Enrique Gavióla. En el campo de los estudios biológicos constituye una fecha la fundación del Instituto de Biología por Bernardo Houssay en 1919, y en los estudios botánicos desarrolló una vasta labor de investigación Miguel Lillo, con cuyas colecciones se constituiría en 1930 un importante instituto en la Universidad de Tucumán.

6

La actitud rebelde que la juventud comenzó a tomar frente a un ambiente que consideraba cartaginés y la posición polémica que adoptó frente a las ideas tradicionales y a las instituciones educacionales del país, desencadenaron una revolución profunda en la vida cultural del país que se conoce con el nombre de “Reforma Universitaria”.

El movimiento fue obra de un grupo juvenil que se sintió a sí mismo como expresión de una “nueva generación” y poseedor de una “nueva sensibilidad”; un grupo que declaraba enfáticamente: “Estamos pisando una revolución, estamos viviendo una hora americana.” Todas las alusiones a una visión nueva del mundo y de la vida —y especialmente la que Ortega y Gasset había dejado deslizar en sus conferencias de 1916— hallaban en él simpática repercusión. Su primera irrupción se produjo en Córdoba, cuya Universidad mantenía porfiadamente algunos rasgos de la universidad colonial, y en la que era más fuerte que en la de Buenos Aires o La Plata la gravitación de las familias de la oligarquía tradicional y de las fuerzas clericales. Precisamente en relación con los vagos fermentos que empezaban a advertirse en la vida intelectual argentina, habíase constituido en Córdoba un movimiento católico para defender la tradición, conocido con el nombre de “Corda Frates”, bajo cuya inspiración se organizó un congreso de estudiantes católicos en julio de 1917. De allí salió la Federación de Estudiantes Católicos, cuya finalidad era apoyar el movimiento “en favor del restablecimiento de la enseñanza moral y religiosa en las escuelas”, “combatir eficazmente el normalismo a cuyo amparo prosperan tantos ateos, anarquistas. y extranjeros”, y procurar que “los cargos directivos en las facultades y en los consejos superiores de las universidades sean ocupados por profesores adictos a la tendencia [católica] para llegar a la libertad de enseñanza universitaria”. Este movimiento suscitó una enconada polémica, que se agudizó en el clima político, social e intelectual que se había comenzado a formar desde 1916 y que culminó al comenzar el curso académico de 1918.

Al promediar ese año, los estudiantes de Córdoba no vacilaron en llegar a la violencia para desalojar de las posiciones directivas y de las cátedras a quienes tradicionalmente las detentaban. Precisamente cuando se producían otros fenómenos de no menor trascendencia en el orden social y político, y confluían nuevas corrientes de ideas en el campo de la teoría y en el de la acción política, el movimiento cordobés se extendió a otras universidades del país y llegó a crear un ambiente de desusada gravedad en la vida nacional. Una incontenible corriente de renovación profunda ganaba el país.

El movimiento de reforma universitaria fue desde un comienzo un fenómeno complejo en el que se entremezclaron distintas y difusas aspiraciones y tendencias. Los grupos juveniles que se insubordinaban contra sus maestros, se levantaban, en rigor, contra la generación de sus padres, contra el estilo de vida que se les ofrecía como impuesto por la tradición, contra el ambiente que predominaba en el país y que parecía coartar sus posibilidades futuras. Por eso los vagos anhelos sobrepasaban las fórmulas que sus representantes acertaban a expresar, y por eso el movimiento revestía los caracteres de una verdadera revolución.

En lo que coincidían todos, y constituyó el punto de partida de la insurrección estudiantil, fue en la incapacidad de los profesores, su insolvencia intelectual, su tendencia dogmática, su indiferencia frente a los problemas nuevos de la vida y de la cultura. En ocasiones la palabra juvenil adoptó un aire formal y enjuició el desquicio administrativo de las universidades. Pero sobre todo enjuició el régimen del profesorado, que constituía a sus ojos una casta que detentaba las cátedras universitarias y los cargos directivos como si los poseyeran “por derecho divino”. Los jóvenes querían buenos maestros, honestos y capaces. Pero en cuanto el movimiento fue cobrando volumen descubrieron que todo eso no bastaba. Eran “las estructuras, los métodos y la orientación” de la universidad lo que ya parecía insuficiente e insatisfactorio, era la universidad tradicional en su conjunto lo que parecía haber caducado. Sobre todo resultaba intolerable la concepción autoritaria que la presidía: los rectores y los decanos inasequibles, los profesores seguros de la distancia que separaba la cátedra de los escaños, los textos dogmáticos, las reglamentaciones rígidas. Tras el autoritarismo, la autoridad confesional resultaba no menos dura en algunos lugares, como Córdoba, donde la Universidad parecía una dependencia de las congregaciones religiosas. El manifiesto reformista del 21 de junio de 1918 hablaba de “la opresión clerical”, de “la tiranía de una secta religiosa”, de la “advocación de la Compañía de Jesús”, bajo la cual se realizaban ciertos actos. La respuesta no se hizo esperar. El propio obispo de Córdoba, fray Zenón Bustos, se encargó de darla en una pastoral en la que expresaba su estado de ánimo: “Dominando en tales circunstancias el ruido de la marea liberal empeñada en profanar la cultura y humillar las creencias reverendas y tradicionales, vejando a la religión y a su clero, sólo cabía apretarnos el corazón y callar”; y formulaba una admonición: “He visto negados los blasones que Córdoba tenía ganados de alta cultura, de católica y de Roma argentina. Se ha sentido amenazada de perderlos y los perderá si no despierta y emprende un movimiento reaccionando contra sus descuidos en la educación cultural, religiosa y moral de sus hijos.”

Aunque acaso no fuera sustancial, el conflicto cordobés entre la juventud liberal y el movimiento católico revelaba la médula del problema. Era un conflicto generacional, un movimiento de insurrección contra el pasado. Pasado era la tradición dogmática, autoritaria y esclerosada de los profesores de Córdoba que, como decía en la Cámara de Diputados Juan B. Justo, seguían en sus cursos ideas tendenciosas como las que contenían los Principios de economía política del padre Liberatore, S. J., y la Filosofía del derecho del obispo Fernández Concha. Pero pasado era también la tradición cartaginesa y la filosofía positivista. “Las penúltimas generaciones —decía Deodoro Roca al clausurar el Primer Congreso de Estudiantes Universitarios de Córdoba, en julio de 1918— estaban espesas de retórica, de falacia verbal, que trascendía a las otras falacias, pues lo que en el campo literario era grandilocuencia inútil, en el campo político era gesticulación pura, en el campo religioso rito puro, en el campo docente simulación cínica o pedantería hueca, en la vida comercial fraude o escamoteo, en el campo de la sociabilidad ostentación brutal, vanidad cierta, ausencia de real simpatía, en la vida familiar duplicidad de enseñanza, y en el primado moral enajenación de rancias virtudes en favor de vicios ornamentales.” Y poco antes, hablando del ambiente de los años del Centenario, había dicho: “La generación anterior se adoctrinó en el ansia poco escrupulosa de la riqueza, en la codicia miope, en la superficialidad cargada de hombros, en la vulgaridad plebeya, en el desdén por la obra desinteresada, en las direcciones del agropecuarismo cerrado o de la burocracia apacible y mediocrizante.”

Para superar el pasado, la juventud se creía no sólo imprescindible como fuerza social renovadora sino también suficientemente eficaz como para torcer el curso de las cosas. Por eso quiso intervenir en el gobierno de la Universidad: porque estaba segura de que era más madura que los hombres maduros para adoptar decisiones fundamentales; y por eso no vaciló en aceptar las responsabilidades de la dirección de la vida universitaria, al tiempo que las reclamaba también en otros órdenes de la vida nacional.

Bien mirado, el movimiento se mostró en sus primeros momentos contradictorio en algunos aspectos. Originado en cierta repugnancia contra la superficialidad suficiente de la aristocracia ganadera y contra la mediocridad desafiante de las clases medias en ascenso, el movimiento juvenil de la reforma universitaria no pudo sustraerse a cierto sentimiento de superioridad que lo mostró como nacido de una nueva élite del espíritu. Se pensaba en el “santo amor por la belleza pura”, en la dignidad de los estudios desinteresados. Pero era una élite que se sentía cargada de responsabilidades y que descubría hora a hora los problemas que traía consigo la renovación de ideas que perseguía. “Por vuestros pensamientos pasa —decía Deodoro Roca en el discurso citado—, silencioso casi, el porvenir de la civilización del país. En primer término, el soplo democrático bien entendido. Por todas las cláusulas circula su fuerza. En segundo lugar, la necesidad de ponerse en contacto con el dolor y la ignorancia del pueblo, ya sea abriéndole las puertas, de la universidad o desbordándola sobre él.”

Así nació una nueva inquietud, quizá más definida en unos que en otros, pero innegable en todos, en relación con los fenómenos de cambio social que se producían en el país y en el mundo entero. No mucho después se advertía el alcance nacional y americano de las ideas que movían las aspiraciones estudiantiles, y no mucho más tarde sus implicaciones de todo orden. La Universidad se sintió desde entonces vanguardia de todos los movimientos progresistas, aun de aquellos que eran eminentemente políticos si entrañaban una defensa de la libertad, y al cabo de poco tiempo hubiera sido difícil señalar los límites justos entre las preocupaciones universitarias y las que excedían esos límites.

Si la reforma universitaria excedía en mucho los límites de una reforma educacional, la preocupación específica por esta última se advirtió especialmente en el campo de la enseñanza primaria y secundaria. Ernesto Nelson y Amaranto Abeledo recogieron algunos experiencias ñorteamericanas y procuraron adaptarlas a la realidad nacional por vía de ensayo, sobre todo en la Universidad de La Plata. Pero fueron sobre todo los pedagogos europeos Decroly, Ferriére, Gentile, Montessori, los que inspiraron una preocupación más intensa en el país. Para difundir su pensamiento comenzó a publicarse, como suplemento de la revista educacional La Obra, una entrega mensual titulada Nueva Era cuyo director fue José Rezzano, profesor de Didáctica General en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de La Plata, donde contribuía a formar un nuevo espíritu. En Nueva Era conocieron los maestros argentinos por primera vez —hacia 1925— los nombres de los grandes reformadores contemporáneos de la educación y donde se difundieron las nuevas técnicas, con el método Decroly, el de proyectos, la escuela activa, etc. Fue a Clotilde Guillén de Rezzano a quien le correspondió hacer los primeros ensayos sistemáticos de esos métodos, cuyo valor y cuyos principios difundieron por entonces Juan Mantovani, Hugo Calzetti y otros. Ejercía sobre todos ellos marcada influencia la Revista de Pedagogía de Madrid, que dirigía Lorenzo Luzuriaga. La visita que realizó en 1928 el pedagogo español reavivó el entusiasmo por el movimiento de reforma y contribuyó a robustecerlo, pero, pese a todo, habrían de pasar algunos años antes de que lograra influir en la organización de la educación pública.

7

Si la intensa transformación que se operaba en Europa después de la Primera Guerra Mundial repercutió en el plano de las relaciones sociales y en el de las ideas sistemáticas, era inevitable que influyera también en el orden de la sensibilidad. Modernismo e impresionismo eran las corrientes que predominaban en el campo de la creación, pero ya un poco modificadas ambas tendencias. A Lugones le seguían Enrique Banchs, Baldomero Fernández Moreno y Arturo Capdevila, posmodernistas de singulares caracteres, y a Malharro los artistas que, seducidos por Sorolla, Zuloaga o Anglada, buscaban su fuente de inspiración en España, como Bemareggi, Quirós, López Naguil, Larco o Centurión. Pero hacia 1921 comenzó a producirse una rápida transformación en los gustos. La música de jazz comenzó a difundir el acelerado ritmo del shimmy, del fox-trot, del charleston; el cinematógrafo comenzó a atraer a vastos sectores del público, que por esa vía tomaban contacto con la afiebrada sensibilidad de posguerra, y a través. de argumentos y actores, se percibían nuevas maneras de reaccionar frente a la vida y de entender la acción y las pasiones humanas.

El fenómeno, como es natural, debía manifestarse más rápida y nítidamente en las minorías, y especialmente, en los grupos juveniles de espíritu minoritario.

Fue en ellos en quienes prendió, como una fiebre tropical, la que ya se llamaba “nueva sensibilidad”. En contacto con los escritores franceses y españoles, algunos argentinos habían ya comenzado a escribir a la nueva manera. Ricardo Güiraldes había publicado su Cencerro de cristal en 1915, y Raucho en 1917; Oliverio Girando había escrito los versos —que luego publicaría con el título de Veinte poemas para ser leídos en el tranvía—, entre 1920 y 1922, y en marcha por diversos países; Jorge Luis Borges y Francisco Luis Bernárdez asistían en España al nacimiento de nuevas escuelas guiadas por una estética heterodoxa, en la que influía mucho Rafael Cansinos Assens; y jóvenes pintores y escultores recomenzaban sus estudios en Europa bajo el signo de la escuela de París.

Un día los viajeros comenzaron a regresar: Gómez Cornet, el pintor; Borges y Bernárdez, los poetas; Sibellino, el escultor. Un ambiente preparado para recibir sus sugestiones los esperaba. Alberto Prebisch había comenzado a estudiar la arquitectura de Le Corbusier; Oliverio Girando conocía los secretos de la nueva poesía francesa. Gauguin, Modigliani y Bourdelle eran ya figuras entrevistas por los curiosos, y Picasso empezaba a intrigar a algunos inquietos, a quienes acaso seducían también Paul Morand, Valle Inclán o Gómez de la Sema. El “ultraísmo” o “vanguardismo”, como otros dijeron, halló de pronto un cálido hogar en Buenos Aires, custodiado por una generación de veinte años, la misma de los que se sublevaban en Córdoba contra el academicismo universitario o en Buenos Aires contra los salarios de hambre de la fábrica de Vasena.

Sus primeras manifestaciones fueron las revistas: Prisma, que editaron Borges y González Lanuza; Proa, que inspiraron el mismo Borges, Brandán Caraffa, Pablo Rojas Paz, y a los que luego se unió Ricardo Güiraldes; Inicial, Valoraciones, dirigida la primera por Roberto Ortelli y la segunda por Carlos Américo Amaya bajo la inspiración de Alejandro Korn y Pedro Henríquez Ureña. Cada uno definía su posición estética como si asumiera una terrible responsabilidad. Llegaban a ellas, seducidos y resueltos, grupos de jóvenes que amaban las letras bajo sus nuevas formas; y poco después la nueva generación había adquirido conciencia de sí misma y tomaba posiciones definitivas.

Los hechos sustanciales ocurrieron en 1924. Ese año Emilio Pettoruti expuso por primera vez sus telas de inspiración cubista; el grupo de “Florida” fundó la revista Martín Fierro y el de “Boedo” Claridad y La Campana de Palo. “Florida” y “Boedo” son dos calles de Buenos Aires, aristocrática la primera, popular la segunda. Sus nombres fueron signos —apresurémonos a decirlo— de sendas tendencias literarias: arte puro y arte de contenido, fueron fórmulas expresivas de una y otra. Y más lejos, en el popularísimo barrio de la Boca, sobre el Riachuelo donde se fundó una vez Buenos Aires, se agrupaba otro núcleo que cultivaba el romanticismo del suburbio entre callejuelas y barcos. La obra empezó a cuajar.

Acaso el acontecimiento literario más significativo de la época fue la publicación de Don Segundo Sombra, de Ricardo Güiraldes, en 1926. Ese año publicó también Enrique Larreta su Zogoibi, de análogo ambiente. Fue la confrontación de dos estéticas, y la de Güiraldes descubrió que había triunfado. Y no solamente en el seno de los jóvenes de Martín Fierro sino en más amplios escenarios, como si la “nueva sensibilidad” fuese un estado de ánimo generalizado. El mismo Güiraldes —y seguramente sus amigos— se sorprendió ante el fenómeno. “No sé cómo puede llamarse esto —escribía a Valery Larbaud— porque nunca le puse nombre por lo inesperado. Me palmean todos los días. No veo sino sonrisas que están tan conmigo que son casi yo mismo. Don Segundo lo hemos escrito todos. Estaba en nosotros y nos alegramos de que exista en letra impresa. No hay más que felicitaciones por este estado de cosas y estoy ¿cómo he de estar? contento y un poco como dormido en esta simpatía ambiente tres veces rara en la breve historia de mis libros. De los palos esperados, ninguno ha caído. ¿Qué es todo esto? Cualquier cosa hubiera esperado en mi vida menos un asentimiento general por una obra mía.” Porque, ciertamente, la intención era esotérica; pero la transcripción de la Pampa según la “nueva sensibilidad” había triunfado sobre la transcripción posmodernista de Larreta, que casi cayó en el vacío.

Era un signo de los tiempos. El grupo de Florida triunfaba no sólo con Güiraldes. El Borges poeta de Fervor de Buenos Aires y de Cuaderno San Martín ganaba adeptos entusiastas de la nueva estética, tanto como el prosista de Inquisiciones y de El tamaño de mi esperanza. En el mismo año de 1926 en que aparecía este último libro, publicaba Pablo Rojas Paz La metáfora y el mundo, Nicolás Olivari La musa de la mala pata, Leopoldo Marechal Días como flechas, Enrique González Tuñón El violín del diablo. Ese mismo año, todavía, el dramático Roberto Arlt publicaba en Boedo El juguete rabioso.

Para satisfacer otras inquietudes, la Asociación de Amigos del Arte, que representaba la “nueva sensibilidad” y cuyo salón de Florida era un centro de difusión de nuevas influencias, ofreció ese mismo año una exposición de pintura francesa moderna; Jean Aubry disertó en la sociedad musical Diapasón sobre la música francesa moderna, algunas de cuyas obras cantó Jean Bathori; y el director suizo Ernest Ansermet hizo conocer otros autores, entre ellos el más revolucionario, Arthur Honegger. Fue un año de revelaciones de la nueva sensibilidad, del espíritu nuevo.

La “nueva sensibilidad” no era sólo un libre y desenfrenado impulso: poseía su teoría, y por cierto obraba claramente en el espíritu de sus defensores. Ciertamente, el primero de sus elementos era negativo: el desdén por el pasado sin discriminación de matices y la defensa entusiasta por todo lo nuevo. Casi todo el pasado pareció culpable del más terrible de los pecados: el “pasatismo”, como se usó decir con expresión heredada del futurismo de Marinetti; y la revista Nosotros, por ejemplo, mereció una solicitud de disolución firmada por Marechal, Bernárdez y Vallejo, quienes, además, insinuaban “que con los bienes del finado se dé nacimiento a una revista de vanguardia”. Por lo mismo merecieron signos ostensibles de desdén Capdevila, Banchs y Fernández Moreno, Larreta, Rojas y otros muchos que recibieron duro castigo en el “Parnaso Satírico” de Martín Fierro. “Mortíferas” se titulaba un epigrama que enumeraba calamidades:

El ómnibus. El cianuro.

Zogoibi. Víctor Antía.

Ricardo Rojas. Y el duro

desdén de la amada mía.

Caso singular fue el de Lugones, pues Martín Fierro comenzó reverenciándolo y concluyó combatiéndolo y rechazándolo para afirmar la independencia estética del grupo, al mismo tiempo que agredía a sus discípulos, a los que consideraba demasiado reverentes.

Pero no todo era negativo en la estética del grupo de Florida que editaba Martín Fierro. Había también una actitud de combate en defensa de ciertas posiciones. Si todo lo nuevo era, en principio, valioso, era porque lo nuevo nacía con un signo inconfundible después de la Primera Guerra Mundial, un signo que aludía a las actitudes vitales además de las estéticas. Nueva era la línea de un Hispano-Suiza, nuevo era el ritmo del jazz-band, nueva la línea de Norma Talmadge o de Pola Negri. En los Estados Unidos o en Europa, lo nuevo se imponía, como si un mundo hubiera desaparecido y fuera necesario aceptar el que se creaba todos los días. Y la “nueva sensibilidad” aceptaba en Florida esa fatalidad con regocijo, como si el campo virgen facilitara la dura creación.

Si algo distinguía al grupo de Florida era la tendencia hacia la literatura pura, hacia el arte no comprometido, hacia la afirmación de lo arbitrario. El arte parecía pasatiempo. Y si el artista se ponía serio, parecía ridículo. “Ningún prejuicio más ridículo que el prejuicio de lo sublime”, escribía Girondo a manera de epígrafe en sus Veinte poemas. En la “Carta abierta a ‘La Púa’ ” que servía de prólogo al libro señalaba ese trance: “Lo que sucede entonces es siniestro. El pasatiempo se convierte en oficio”; y agregaba más adelante: “¿Publicar? ¿Publicar cuando hasta los mejores publican 107 % veces más de lo que debieran publicar? Yo no tengo, ni deseo tener, sangre de estatua. Yo no pretendo sufrir la humillación de los gorriones. Yo no aspiro a que me babeen la tumba de lugares comunes, ya que lo único realmente interesante, es el mecanismo de sentir y de pensar. ¡Prueba de existencia!”

Sin duda había en esta actitud mucho de espíritu de élite, de élite intelectual, ciertamente, pero de élite social también. El arte era un lujo del espíritu, que sólo podían darse —¿o acaso sólo tenían derecho a darse?— quienes estuvieran libres de subalternas preocupaciones. La “nueva sensibilidad”, como lo prueba la sorpresa de Güiraldes, creía ser una sensibilidad esotérica, capaz de descubrir la poesía, ciertamente, en las cosas vulgares, pero en virtud de una aptitud que sólo tenían unos pocos y podían descubrir unos pocos. Por eso requería y buscaba un lenguaje críptico, un lenguaje de imágenes y metáforas; todo cuanto exigiera lógica racional parecía desdeñable para la poesía, que no podía expresarse sino a través de imágenes capaces de traducir estados intermedios de la conciencia o sensaciones imprecisas. Alfonso Reyes y Pedro Henríquez Ureña —entonces en Buenos Aires— alentaban con su ingenio y sabiduría la nueva experiencia literaria.

Algo semejante perseguía el músico que desdeñaba la melodía o el pintor que abandonaba el tema anecdótico. La nueva sensibilidad amaba a Honegger y a Picasso, a los “Six” y a la “Escuela de París”. Tenía, sin duda, preocupaciones metafísicas, que expresaban poetas y prosistas de manera vaga, y entre todos Macedonio Fernández con rara profundidad. Metafísica y arte puro se unían de manera imprecisa en una estética que expresaba Güiraldes en la célebre carta que publicó en el número 25 de Martín Fierro, en enero de 1925: “En arte hay dos actitudes: la de mirar al público y hacer las pruebas del histrión necesarias para que los espectadores le arrojen moneditas de su simpatía (gloria mundana) y la de encararse con el misterio inexpugnable del arte mismo, siempre capaz de ennoblecer con su perenne juventud a los que se dan de cuerpo y alma. En el primer caso la actitud es de pedido; en el segundo nada puede pedirse que no venga de uno mismo y la ruta se prolonga aumentando paso a paso sus exigencias, endureciéndose a medida que el artista se hace capaz de cargar con mayor peso. Toda palabra contiene en sí un misterio total. La conjunción de las palabras es el campo infinito que jamás venceremos sino con pasajeras vislumbres. Esto para los escritores.

“¿Quién puede resolver por uno el problema que uno se impone? Todo problema resuelto por otro se ha hecho ajeno a nuestros propósitos y no puede servirnos sino para aumentar por el ejemplo nuestra ansia de llegar. Y además llegar no significa sino haberse creado nuevos motivos de partir. ¿Quién sería tan presuntuoso para creer que ha resuelto totalmente un problema de arte? Unicamente un engreimiento delimitado puede suponer límites definitivos. La eternidad no se concibe sino como un constante andar. El que quiera enfrentarla debe decirse a diario, en alegre confianza: ‘levántate y anda’.

“Y para concluir: los que atacan todo gesto de independencia son los sometidos a ideas de otros en quienes creen haber encontrado una verdad definitiva. Sea de quien sea esa idea y sea como sea, están en un error.

“El que cree saber ha creado en sí una muerte. Saber es en el hombre un estado de relación con una ignorancia anterior. Todo saber, adquirido como conocimiento transitorio, se modifica por una duda y llega a ser una ignorancia de la cual se parte hacia un conocimiento futuro.

“El que acopia los saberes transitorios como inamovibles, va osificando poco a poco su inteligencia, hasta llegar a una completa incapacidad de comprender y se convierte en un más o menos ameno predicador de verdades lastre.

”La memoria no es un oráculo infalible. Sus conocimientos no son, sino que han sido y no pueden servirnos para negar la adquisición constante de nuevos datos que nos atrae el hecho mudadizo de vivir.

’’Del saber interno y del saber que a cada momento vamos adquiriendo surge el proceso de nuestra inquietud intelectual. Los que creen en las verdades definitivamente adquiridas, matan la vida del pensamiento. Los que en cambio no admiten sino verdades del momento crean a la inteligencia una razón de vivir.

”No hay en el hombre un solo saber absoluto; hay una actual comprensión de un aspecto de verdad, dentro de ciertos factores inseparables de esa verdad relativa, sin los cuales no se hubiera presentado. Si admitimos este conocimiento como inmutable, desatendiendo las circunstancias especiales que nos lo trajeron, sólo habremos muerto nuestra capacidad de ver otro aspecto de la verdad en beneficio de una mentira.”

Cosa curiosa, el artepurismo del grupo Martín Fierro, en ocasiones aristocratizante, tenía una cara popular. La “nueva sensibilidad” amó la realidad inmediata, la de la ciudad de Buenos Aires, con sus suburbios y sus resabios de ciudad de campo.

A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires.

La juzgo tan eterna como el agua y el aire,

decía Jorge Luis Borges, Y en el manifiesto de Martín Fierro se decía: “Martín Fierro tiene fe en nuestra fonética, en nuestra visión, en nuestros modales, en nuestro oído, en nuestra capacidad digestiva y de asimilación.” En todo lo nuestro. Olivari y los González Tuñón descubrieron el valor expresivo del “lunfardo” —la lengua de los barrios bajos—, el valor dramático de la expresión popular, el valor metafísico de la actitud del hombre del suburbio. El mismo Borges descubrió su apego a la realidad urbana. Y el periódico creado para defender una estética depurada, debió disolverse el día en que estalló en su seno una disputa política, porque algunos redactores deseaban defender la candidatura popular de Hipólito Yrigoyen: “El corralón seguro ya opinaba Yrigoyen”, como decía Borges en “La fundación mitológica de Buenos Aires”.

Esta aceptación del compromiso con la realidad se había manifestado resueltamente, desde un comienzo, en el grupo llamado de Boedo. La revista Claridad lo aglutinaba, bajo el signo del grupo Clarté que presidían Henri Barbusse y Anatole France. Eran los intelectuales inquietos por el problema social, comprometidos en la lucha o ansiosos de comprometerse. El relato de Roberto Arlt o de Leónidas Barletta, el poema de José Portogalo o de Alvaro Yunque, el ensayo de Elias Castelnuovo, revelaban la influencia de los autores finiseculares o de principios del siglo a quienes preocupaba más el análisis y la descripción de la sociedad que el logro de sutiles imágenes. Los autores rusos, y Dostoiewski especialmente, seducían la imaginación de quienes, reunidos en una barriada popular, veían hervir las inquietudes sociales del mundo a través de su propia experiencia inmediata; pero también la atraían los ultraístas revolucionarios que sostenían, como había dicho Tristan Tzara, que “el valor poético más alto es aquel que coincide con la revolución proletaria”.

Más elemental y primario, el grupo de La Boca afirmaba directamente el valor de la creación popular. Benito Quinquela Martín pintaba sus paisajes del Riachuelo, que querían ser una versión, épica unas veces y lírica otras, del trabajo portuario, aunque sólo lograba, generalmente, un colorido primario y un aire sentimental; como sentimental era también la música popular de Juan de Dios Filiberto, autor de canciones populares de fácil emoción. Este grupo trasladó su base hacia el centro de la ciudad e instaló lo que llamó “La Peña”, en el café Tortoni de la Avenida de Mayo. Fue obra de un miembro del grupo de Florida la travesura de poner un día sobre un cuadro de Quinquela Martín un letrero en el que se leía la siguiente inscripción: “Cuidado con la pintura”.

Esta lucha de grupos estéticos tuvo diversas alternativas. En La Campana de Palo, Alfredo Chiabra Acosta, sutil crítico de arte que firmaba con el seudónimo de Atalaya”, defendía lo que se llamaba el “arte de contenido”, en el que trabajaba con más calidad que otros el escultor Luis Falcini, aún en Europa. En Claridad, entretanto, se difundían no sólo los fundamentos del marxismo, sino muy especialmente las teorías sobre el arte social, sobre cuya base se polemizaba con los partidarios del arte que solía llamarse puro o de vanguardia. Alberto Prebisch en Martín Fierro y Julio E. Payró en la correspondencia a La Nación difundieron los principios de las nuevas escuelas plásticas y los nombres de las grandes figuras.

Después de la desaparición de Martín Fierro y especialmente después del triunfo del radicalismo en 1928, el panorama intelectual comenzó a cambiar. Ese mismo año, la línea aristocratizante fue recogida por dos publicaciones católicas: Criterio, dirigida por Atilio dell’Oro Maini primero y por monseñor Gustavo Franceschi luego, y Número, en el que escribían Ignacio B. Anzoátegui y Julio Fingerit entre otros. Aristocratismo no era para ellos artepurismo; por el contrario, manifestaron una intensa preocupación por la política, y en esas páginas comenzaron a difundirse las ideas de la extrema derecha mezcladas con las nuevas direcciones religiosas y estéticas de los grupos católicos.

Más decididamente en favor del arte puro se mostró el grupo de poetas y escritores que rodeó a Alfonso Reyes, que tuvo vigorosa influencia literaria mientras ejerció en Buenos Aires la embajada de México. En la revista Libra halló camino la poesía pura, y allí pudo advertirse la inestimable calidad poética de Ricardo Molinari.

Leopoldo Lugones, entretanto, pese a sus posturas políticas, servía de centro de atracción a un grupo de escritores que comenzaron a expresarse desde 1929 en La Gaceta Literaria que fundó y dirigió, bajo la inspiración del maestro del modernismo, Enrique Espinoza. Allí publicaron Conrado Nalé Roxlo y Ezequiel Martínez Estrada, a quienes Lugones en su momento había señalado como figuras promisorias de la literatura. El periódico dialogó en ocasiones con las revistas católicas y aludió a las peripecias políticas de la segunda presidencia de Yrigoyen; pero su preocupación fue literaria, a la manera de Lugones, esto es, con vigorosos arranques de preocupación social y política a través de las inquietudes telúricas que él mismo acusaba, que se descubrían en Horacio Quiroga —figura reverenciada en el periódico— y que pondría de manifiesto poco después Martínez Estrada.

Capítulo cuarto

LA IRRUPCIÓN DEL CAMBIO

1

El movimiento militar que estalló el 6 de septiembre de 1930 y llevó al gobierno provisional al general José F. Uriburu, inauguró una nueva época en el país, caracterizada por la restauración del conservadorismo. La vieja oligarquía terrateniente, que mantenía el poder económico aun a pesar de la derrota política que había sufrido en 1916, volvió al gobierno para recuperar la totalidad de sus privilegios; pero la experiencia del período radical no había pasado en vano, y el retorno de los grupos conservadores trajo consigo nuevas actitudes frente a muchos problemas de la vida nacional.

El cuadro de la sociedad argentina en los años inmediatamente anteriores había despertado en algunos sectores cierta invencible repugnancia por las masas populares, a las que el régimen democrático impulsaba hacia los primeros planos de la vida colectiva. La influencia de las doctrinas aristocratizantes y nacionalistas de Barres y Maurras había sido penetrante en ciertos ambientes literarios que se deslizaban poco a poco hacia la política, y desencadenó la formación de grupos que comenzaron a ordenar sus ideas frente a los problemas del país, puestos cada vez más al desnudo por el desorden propio del gobierno de Hipólito Yrigoyen. Un diario,

La Fronda, encarnó el propósito de reagrupar a las fuerzas conservadoras, y sirvió de vehículo, junto con otras publicaciones más selectas, a esta nueva corriente de opinión que encontraba, además, excelente acogida en grupos militares naturalmente inclinados hacia el autoritarismo. Muy pronto se tornó cabeza de esos grupos el general Uriburu, al tiempo que esa corriente comenzaba a acusar la fuerte influencia del corporativismo fascista italiano.

Poco a poco las fuerzas conservadoras, así teñidas de nacionalismo y fascismo, se acostumbraron a la idea de que era posible adueñarse del poder. El desorden reinante y Ja ineficacia de la administración radical ofrecíanles una atmósfera favorable, y algunos fenómenos de la vida económico-social parecían aconsejar la urgencia en las decisiones. Los arrestos antiimperialistas de algunos sectores del radicalismo —representados por el senador Diego Luis Molinari—, que se relacionaban estrechamente con una política nacionalista respecto del petróleo, entrañaban una actitud hostil hacia los Estados Unidos que no satisfacía a otros sectores de la economía vinculados con los capitales norteamericanos; y como aquel movimiento coincidió con la aparición en el mercado de ciertos productos de origen soviético a precios de difícil competencia, la situación pareció amenazadora para determinados intereses. El espectro del comunismo comenzó a preocupar sinceramente a algunos, y resultó una cómoda bandera para otros, que creían o fingían creer que el desorden reinante podía ser favorable caldo de cultivo para el virus soviético. No faltó quien llegara a creer que la democracia conducía inevitablemente al comunismo, y que, en consecuencia, era necesario acabar con ella.

En esta situación, la aglutinación de las fuerzas hostiles al gobierno radical no fue difícil. Junto a los grupos de visible catadura fascista se agruparon las fuerzas conservadoras de corte tradicional, y no faltaron los aventureros de diversa laya que se agregaron al cortejo. La libertad de prensa permitió una campaña muy activa contra el presidente de la República y contra indefendibles actos de su gobierno. En la Capital, sobre todo, se creó una atmósfera popular favorable a las soluciones violentas, porque nadie —o casi nadie— sospechaba las consecuencias que podían traer consigo. Y el 6 de septiembre de 1930 salieron a la calle unas pocas fuerzas militares que, casi sin lucha, llegaron a la Casa de Gobierno y se adueñaron del poder.

El gobierno que encabezó el general Uriburu consideró que lo más urgente era la aplicación de ejemplificadoras medidas contra los culpables de corrupción administrativa. Se dispusieron investigaciones y se aplicaron sanciones. Entretanto se aplicó a normalizar los servicios de la administración, que debían afrontar las dificultades suscitadas por el largo período de desorganización y otras nuevas que comenzaban a hacerse patentes y que no eran ajenas por cierto a la génesis de la crisis. La otra preocupación urgente fue la vigilancia de las fuerzas que procuraban conspirar contra el régimen; el general Agustín P. Justo, considerado como la figura militar de más alto prestigio profesional, fue encargado del Comando en Jefe del Ejército para hacer frente a un posible movimiento inspirado por la Unión Cívica Radical.

Pero a medida que el gobierno se decidió a afrontar los problemas fundamentales se advirtió que pugnaban en su seno dos grupos de distintas tendencias; uno que aspiraba a promover una transformación institucional profunda y otro que deseaba solamente el reemplazo del gobierno radical por otro que representara los intereses conservadores. A esta lucha ideológica y política acompañó una acción unitaria contra la penetración económica de la Unión Soviética y en favor de los capitales ingleses y norteamericanos. La crisis mundial de 1929 había empezado a hacer sentir sus consecuencias en la Argentina y el mercado de los productos agropecuarios se había resentido considerablemente, con el agravante de que resultaban gravísimas para el país las derivaciones de la política monetaria de Gran Bretaña. El gobierno modificó fundamentalmente el sistema impositivo, estableciendo el impuesto a la renta para fortalecer las finanzas públicas, habitualmente sostenidas por las rentas de aduana y por entonces en grave crisis. Y frente a la urgencia, recurrió a un empréstito popular, signo de las dificultades por las que atravesaba el país.

No eran menores las dificultades políticas. Las dos tendencias que dividían al gobierno acentuaron sus divergencias, y finalmente comenzaron a predominar los partidarios de mantener intacto el sistema institucional. Fueron ellos los que poseídos de un infundado optimismo, decidieron al gobierno a llamar a elecciones para el 5 de abril de 1931 en la provincia de Buenos Aires. Inesperadamente, la Unión Cívica Radical obtuvo un franco triunfo, y a partir de entonces se robusteció en el gobierno la convicción de que era inevitable recurrir al fraude si se deseaba mantener la apariencia de la democracia.

Así se preparó la situación institucional que caracterizaría al país durante un largo período. Fracasadas las posibilidades de una transformación corporativista —a la que aspiraban algunos—, el gobierno se dedicó a organizar metódicamente el fraude electoral para las elecciones en las que debía elegirse presidente de la República. El candidato radical —Marcelo T. de Alvear— fue vetado, y su partido decidió abstenerse, de modo que compitieron solamente el candidato de las fuerzas conservadoras y del ejército, general Agustín P. Justo, y el de la Alianza Demócrata-Socialista, Lisandro de la Torre. La organización gubernamental se adjudicó el triunfo, y comenzó con el general Justo una era de ficción democrática durante la cual se emprendió la organización de la economía del país con la intención de ponerla al servicio de los intereses de la vieja oligarquía agropecuaria.

Apoyaban políticamente al gobierno no sólo las clases conservadoras sino también algunos sectores de la clase media, que vieron en el nuevo gobierno una garantía de orden, de estabilidad y hasta de progreso económico; pero sus principales sostenes fueron el ejército, que cobró entonces un papel decisivo en la política, y la Iglesia Católica, que fue haciéndose cada vez más influyente, sobre todo a partir de la celebración del Congreso Eucarístico de Buenos Aires en 1934.

En el orden económico, el nuevo gobierno tuvo que afrontar las consecuencias de la nueva política adoptada por Gran Bretaña después de la Conferencia Imperial de Ottawa en 1932. Ante la amenaza de una retracción general, se consintió en establecer con aquélla acuerdos comerciales que subordinaban la economía del país a los intereses del mercado inglés. Se consideró necesario vigilar de cerca la producción y la estructura financiera del país, y se puso en funcionamiento un audaz plan de intervencionismo estatal por intermedio de los controles cambiarios, el Banco Central de la República y las llamadas Juntas Reguladoras de la producción. Los sectores más avisados de la oposición contemplaban alarmados no tanto el desarrollo de una política económica dirigida, como su orientación tan desembozada en favor de los intereses de las clases conservadoras. Lisandro de la Torre promovió en el Senado un memorable debate sobre el problema de las carnes, que probó que el gobierno obraba como si estuviera sujeto a los intereses de los grandes ganaderos y del mercado británico. Pero la oposición probó también que carecía de fuerza para quebrar una estructura política que, en la práctica, estaba garantizada decididamente por la mayoría del ejército.

Constituían la oposición al gobierno algunos sectores muy definidos. Había en el Congreso demócratas progresistas, que seguían a Lisandro de la Torre, y socialistas. La oposición más numerosa en el país era, sin embargo, el radicalismo, que no tenía representación parlamentaria pero que combatía desde las tribunas públicas y que, en ocasiones, conspiraba con la lejana ilusión de triunfar mediante un golpe de Estado. No eran los únicos que acariciaban esta esperanza. Los sectores fascistizantes del ejército, derrotados en sus pretensiones en la época de Uriburu, trabajaban permanentemente tratando de aunar voluntades para un movimiento “nacionalista” y debilitando los fundamentos verdaderos de la autoridad del gobierno. Poco a poco tendía a establecerse un acuerdo entre ciertos sectores radicales y nacionalistas, que aunque quedó frustrado más de una vez, ganó cuerpo en el grupo político radical que se denominó “Forja” y que adquirió cierta claridad en los planteos políticos, sociales y económicos relacionados con la vida nacional.

El ejemplo más ilustrativo de la situación política durante este período lo ofrecía el gobierno de la provincia de Buenos Aires, presidido por Manuel A. Fresco. De vieja tradición conservadora, el gobernador se hizo cargo de la responsabilidad de sostener el armazón de la democracia fraudulenta, y no faltó entre sus colaboradores el que defendiera la legitimidad del método. Pero en el ejercicio del poder comenzaron a introducirse algunas modificaciones con las que se extremaban las direcciones fundamentales que subyacían en la política nacional, haciéndose más notables sus vicios. Los primeros signos de un Estado prepotente y de una organización fascista aparecieron en la provincia de Buenos Aires durante esa época, provocando la alarma de la mayoría democrática del país, que estaba reducida a silencio por una situación de fuerza.

Para la renovación presidencial, el viejo sistema del fraude volvió a funcionar, y resultó elegido presidente para el período 1938-1944 el candidato gubernamental, Roberto Ortiz. Al hacerse cargo del poder, cundió, sin embargo, una vaga esperanza; poco más tarde pudo comprobarse que el Presidente aspiraba a normalizar la vida política del país y que estaba decidido a afrontar las consecuencias de su decisión, que implicaba romper con la estructura política que lo había llevado al poder. La esperanza se hizo realidad cuando el gobierno nacional resolvió intervenir la provincia de Buenos Aires en 1940. Era. la primera etapa del plan; pero una enfermedad incurable obligó a Ortiz a abandonar el poder en el mismo año, cediendo el lugar a su vicepresidente, Ramón S. Castillo, de neta extracción conservadora y de imprecisa simpatía por el nacionalismo.

El gobierno de Castillo coincidió con los comienzo de la Segunda Guerra Mundial, y frente a ella adoptó una actitud de neutralidad que, sin embargo, no llegaba a ocultar la simpatía que sectores allegados al régimen sentían por la Alemania nazi. Por intermedio de innumerables agentes influía ésta en la vida del país; pero los intereses de los países que tradicionalmente mantenían vinculación económica con la Argentina trataban por todos los medios de defender sus posiciones, y la lucha por el predominio vino a incidir en la lucha entre los sectores democráticos y los sectores reaccionarios que detentaban el poder mediante el falseamiento de la voluntad popular. Entre estos últimos, inclusive, surgió el conflicto, pues en su propio seno se opusieron, sobre todo a partir del momento en que la suerte de Alemania comenzó a declinar, los partidarios de la neutralidad y los partidarios de una aproximación a los Estados Unidos.

Esta lucha se proyectó fuera de los ambientes estrictamente políticos. El viejo movimiento nacionalista que se gestaba en el seno del ejército desde algunos años antes comenzó a inclinarse bajo la influencia alemana, lo que motivó un nuevo reagrupamiento de sus miembros y la salida de algunos de ellos. Y cuando pareció que el gobierno de Castillo no era suficientemente sensible a sus exigencias, lo derrocó mediante un golpe de Estado producido el 4 de junio de 1943.

El gobierno que surgió entonces —encabezado por el general Pedro Pablo Ramírez— intentó extremar la política favorable a Alemania, aunque dentro de una neutralidad formal. Sin embargo, a medida que el curso de la guerra se fue mostrando cada vez más favorable a los Aliados, se vio obligado a modificar su línea internacional. Siguió, en la política interior, su inspiración conservadora, introdujo en las escuelas la enseñanza religiosa, intervino las universidades para alterar su régimen, persiguió a la opinión independiente; pero, en cambio, no tuvo más remedio que romper relaciones con los países del Eje en enero de 1944, y llegar finalmente hasta la declaración de guerra.

Nada podía impedir, con todo, la creciente impopularidad del gobierno. Para remediarla, cierto sector, encabezado por el coronel Juan D. Perón, decidió buscar nuevas bases de sustentación para el gobierno mediante una política de halago a las masas populares. Era algo inusitado en la política argentina. El desarrollo industrial había sido considerable en los últimos años y había comenzado a formarse en los alrededores de Buenos Aires un cinturón fabril de alguna importancia. El éxodo rural había agrupado allí fuertes contingentes de población originaria de las provincias, que padecía las consecuencias de la política sórdida y mezquina de las clases patronales, a lo que se agregaba el escepticismo político suscitado por el largo período de fraude electoral. La inesperada reacción del gobierno en favor de mejores salarios y mejores condiciones de trabajo, sedujo a sectores cada vez más numerosos de la población obrera, que vio en el nuevo secretario de Trabajo y Previsión —que era el propio ministro de Guerra, coronel Perón— una esperanza insospechada. La revolución impopular se transformó con rapidez vertiginosa en un movimiento de fuerte apoyo popular, y el 17 de octubre de 1945 se manifestó sorpresivamente como una nueva fuerza política que desconcertó a los partidos tradicionales. El gobierno cedió entonces a las demandas de normalidad, y convocó a elecciones para el 24 de febrero de 1946, en las cuales triunfó Perón frente a la llamada Unión Democrática, que aglutinaba a todos los partidos tradicionales, desde el conservador hasta el comunista.

Entonces comenzó una dictadura de masas que cambió radicalmente la fisonomía del país. Vastos sectores populares que apoyaban al nuevo presidente militar asomaban en la ciudad, en ciertas ocasiones, para reafirmar su solidaridad con el “conductor” y proclamaban su agradecimiento por los aumentos de salarios y las otras ventajas de carácter social que el nuevo régimen otorgaba. Las ciudades tomaron un aire tumultuoso, y los sectores populares y obreros, antes deprimidos en su gran mayoría frente a la clase patronal y a los sectores conservadores, adquirieron un inusitado aplomo que éstos consideraban rayano en la insolencia. Ese inequívoco apoyo de las masas populares permitió a los grupos que gobernaban en su nombre instaurar un severo control sobre los grupos disidentes: la libertad de opinión fue progresivamente suprimida, la prensa controlada, los actos públicos impedidos, las universidades desnaturalizadas y la acción política, social y gremial permitida sólo con innumerables trabas.

Esta acción, acompañada por una fuerte intervención del Estado en todas las actividades, caracterizó el período de los diez años que transcurrieron desde que el general Perón subió al poder hasta que fue depuesto por la revolución de septiembre de 1955.

2

A lo largo de tantas vicisitudes en el terreno práctico de la lucha por el poder, se iban perfilando vigorosas y definidas corrientes políticas animadas por un pensamiento diferenciado y claro: todo el período fue de tensión intensa entre posiciones antagónicas, en lucha sorda con una estructura de poder que se hacía cada vez más vigorosa.

Frente al sector que había canalizado hacia sus intereses la revolución de septiembre de 1930, se situó el sector revolucionario que había perdido la partida: era el nacionalismo, que enfrentaba a la organización política pretendidamente democrática, entre civil y militar, que detentaba el poder.

El nacionalismo reconocía varias raíces ideológicas: el viejo autoritarismo alemán, infiltrado en el ejército a través de la formación prusiana que primaba entre los oficiales, la tradición nacionalista de Maurice Barres, Charles Maurras, León Daudet y Charles Benoist, el fascismo corporativista de Benito Mussolini, la tradición aristocratizante española. Todo esto conformaba un haz de ideas que, si al principio pudo parecer heterogéneo, adquirió unidad a lo largo del tiempo.

Acaso el rasgo más saliente del movimiento —o por lo menos el primero— fue la alarma ante la extremada movilidad social que comenzó a advertirse tras el primer gobierno radical. Pareció a algunos que se producía no sólo una alteración en las relaciones entre los grupos sino también una subversión de valores. A eso aludía Carlos Ibarguren, el más alto teórico del movimiento, cuando decía que se necesitaban gobiernos de fuerza “que mantuvieran el orden social, las jerarquías y la disciplina para evitar la amenaza del comunismo soviético”. El sacudimiento del orden social tradicional, la quiebra de la vieja disciplina, la indiferencia frente a las jerarquías antes consideradas vigentes, eran hechos innegables; pero en lugar de imaginar salidas dinámicas capaces de canalizar las inquietudes en un sentido positivo, la tradición autoritaria y conservadora que constituía el fondo del nacionalismo sólo pudo inspirar una política destinada a inmovilizar el proceso de cambio que se acentuaba en el país.

Por lo demás, las soluciones que se entrevieron no correspondían a la naturaleza misma del cambio, y consistían exclusivamente en reformas institucionales, como el establecimiento del régimen corporativo en los cuerpos representativos cuya única finalidad era acallar las voces de los sectores sociales que se agitaban más intensamente. De esta reforma se hizo adalid el jefe revolucionario: “Cuando los representantes del pueblo dejen de ser meramente los representantes de los comités políticos —decía Uriburu en un manifiesto— y ocupen las bancas del Congreso obreros, ganaderos, agricultores, industriales, etc., la democracia habrá llegado a ser entre nosotros algo más que una bella palabra.” La teoría del corporativismo argentino la desarrolló Carlos Ibarguren en un discurso pronunciado en Córdoba el 15 de octubre de 1930, en el que sostuvo la tesis de la compatibilidad entre el sistema de la representación de la opinión pública y la de los gremios. “En el Parlamento —decía— puede estar representada la opinión pública y acordarse también representación a los gremios y corporaciones que están sólidamente estructurados. La sociedad ha evolucionado profundamente del individualismo democrático en que se inspira el sufragio universal, a la estructuración colectiva que responde a intereses generales más complejos y organizados en forma coherente dentro de los cuadros sociales.” Era una doctrina conciliatoria que no sólo trataba de evitar las suspicacias que suscitaba en la opinión pública la tesis corporativista estricta sino también resolver, dentro de los criterios conservadores, el problema de la justa representación. Un ilustre poeta, Leopoldo Lugones, abordaba el mismo problema en su libro El Estado equitativo que publicó en 1932.

Sin duda predominaban en el nacionalismo argentino algunas ideas fundamentales y arraigadas en ciertos sectores; de todas acaso la más importante fuera la de que el Estado constituía el único mecanismo capaz de obrar rápidamente frente a la acentuación de los fenómenos de hibridación espiritual derivados de la afluencia de inmigrantes de distintos orígenes. Pareció necesario conservar la tradición hispanocriolla, amenazada por tantas influencias extrañas, y dejando a un lado los alardes más o menos retóricos, se creyó que la única vía era impedir el acceso al poder de las nuevas fuerzas populares cuya primera presencia se había advertido durante la época radical. Así nació el nacionalismo como corriente de opinión política. Otros temas le preocuparon, sin duda. Entre las influencias extrañas —o “foráneas”, como comenzó a decirse— la del comunismo parecía naturalmente la más peligrosa. Se organizó un fuerte movimiento contra los comunistas, pero sus derivaciones alcanzaron primero a todas las formas de pensamiento libre y luego a buena parte de los opositores. La exageración llevó el descrédito al movimiento, que se concretó en un proyecto de represión presentado en el Senado. Hablando del peligro que representaba el comunismo y del uso que se hacía de él, decía en el Parlamento Lisandro de la Torre: “El peligro comunista es el ropaje con que se visten los que saben que no pueden contar con las fuerzas populares para conservar el gobierno y se agarran del anticomunismo como de una tabla de salvación. Bajo esa bandera se pueden cometer toda clase de excesos y quedarse con el gobierno sin votos”. Pero el propósito de limitar la libertad de pensamiento no cejó, en la medida en que los grupos nacionalistas lograron influir en los gobiernos conservadores.

Otro tema grato al nacionalismo fue el de la influencia del capitalismo británico. Enfrentándose con la actitud que ciertos círculos próximos al gobierno mostraban en relación con los intereses ingleses, Rodolfo y Julio Irazusta plantearon el problema de la subordinación económica del país en su libro La Argentina y el imperialismo británico. La singular situación de dependencia que creaban a nuestra producción agropecuaria las relaciones con el mercado inglés se presentaba como una disminución de la soberanía, en la que se veía el resultado de un designio sistemático de Inglaterra para hacer servir la economía argentina a la suya. Era lo que en términos explícitos y categóricos sostendría algunos años más tarde Raúl Scalabrini Ortiz en su Historia de los ferrocarriles argentinos: “Los ferrocarriles argentinos —escribía— obedecen a la estrategia comercial inglesa y no a los reclamos de la economía política argentina. Inglaterra quiere que seamos pastores y labriegos, exclusivamente, y durante setenta años hemos producido lanas, cueros, carne, trigo, maíz y lino, y hemos sido incapaces de elaborar hasta los más indispensables artículos de consumo local cuya manufactura sólo requiere desarrollo de artesanía y empleo de la abundante y hábil mano de obra nacional”.

Un resumen orgánico de todos los principios del nacionalismo apareció en el “Estatuto del Estado nacionalista”, que redactó luego Carlos Ibarguren, y cuyos principales puntos eran:

”1) Los intereses de la Nación constituyen el supremo orden público argentino que el Estado debe garantizar, difundir y desenvolver. Nadie puede invocar derechos contra el orden público argentino.

”2) Deberá darse al Estado una estructura según la cual en vez de ser expresión de los partidos políticos y de sus comités, como lo es actualmente, sea la representación de la sociedad en todos sus elementos integrantes organizados; todo lo cual deberá estar consagrado por la voluntad de la Nación expresada en comicios, previo empadronamiento o registro de los grupos sociales conforme a la función que desempeñan en la vida argentina y en el orden económico, espiritual, profesional y del trabajo.

”3) El Estado reconoce y garantiza todas las libertades y derechos del hombre como persona humana y del ciudadano como elemento político de la Nación, de acuerdo al orden establecido en este estatuto.

”4) La economía nacional, constituida por la totalidad de la producción y del comercio, ha de tener por fin primordial el bienestar de la colectividad y la potencialidad de la Nación.

”5) El Estado así integrado por todas las fuerzas sociales organizadas, será auténtica expresión de ellas y deberá coordinar y racionalizar la producción del país, su distribución y su economía.

”6) El Estado debe amparar y asegurar el trabajo, su retribución equitativa, y constituir sólidamente la previsión y la asistencia social, de modo que todos los trabajadores puedan tener una existencia digna conforme a su nivel de vida que será verificado periódicamente en las diversas regiones del país. Por intermedio de los respectivos grupos sociales organizados —gremios, sindicatos, corporaciones, profesiones— el Estado coordinará y reglamentará los intereses patronales y del trabajo, en paridad de condiciones, homologará los contratos colectivos que se acuerden, dirimirá las cuestiones que se susciten, a cuyo efecto instituirá la magistratura del trabajo, evitando así los conflictos y la llamada ‘lucha de clases’.”

Esta concepción del Estado entrañaba una aguda crítica del Estado liberal, concorde con la que las fuerzas de la derecha hacían en Europa por entonces y con la que jusificaban los ensayos autoritarios en diversos países.

Alfredo L. Palacios salió al encuentro de los sostenedores del corporativismo en un discurso que pronunció en Córdoba el 6 de diciembre de 1930, en el que analizó sus fundamentos teóricos y lo rechazó finalmente, aun cuando aceptaba una modificación de la Constitución —una vez restablecida la normalidad— con el objeto de ampliar la democracia. “Nosotros —decía— apenas empezábamos a vivir la democracia. Se nos entregó un instrumento que organiza los comicios y les da garantías y es eso lo indispensable para el comienzo. Si se nos quita pasarán siglos sin que tengamos una democracia. Pero ese instrumento no basta. Es necesario que el sentimiento de libertad, en cada ciudadano, se convierta en una actitud reflexiva, pues de otra manera ignoraría siempre lo que espiritualmente significa el sufragio. Y para que el ciudadano aprenda a votar es menester una intensa labor de cultura que realizará, no el gobierno provisorio, sino los partidos que no tengan por objeto exclusivo el logro de los puestos públicos: que se sientan impulsados por una fe, que realicen una acción idealista. Así los partidos serían la energía motriz que determine la acción de los órganos de gobierno.

“Después, dentro de la normalidad, vendrán las reformas a la Constitución, que no es, por cierto, intangible. Pero, entiéndase bien, dentro de la normalidad, para que no aparezcan las imitaciones fascistas. La representación profesional, no para suprimir el Parlamento político sino para completarlo ha sido estudiada por publicistas de autoridad.

“De ahí el sindicalismo de Duguit que es un movimiento social tendiente a dar estructura jurídica a los diferentes núcleos profesionales, es decir, a los diversos grupos sociales compuestos por individuos unidos ya, unos a otros, por la comunidad de tarea en la división del trabajo social. Así el movimiento sindical sería la integración y diferenciación de los intereses profesionales, formando grupos homogéneos en razón de la homogeneidad de los fines. Es la ampliación del pensamiento de Marx, a quien Duguit llama soberbio idealista que puso el porvenir proletario en la organización colectiva de los asalariados, pues vio claro en la trama de la historia y convirtió en programa la sustancia misma de la realidad social que imponía al mundo la acción reconstructiva de los grupos sociales sobre bases económicas.

“Recientemente Georg Bernhard ha abogado por los Consejos Económicos, y, antes, la Constitución alemana afirmó el carácter democrático del Estado mediante un amplio sufragio y ensayó la incorporación al régimen jurídico, de los elementos sociales organizados: sindicatos, asociaciones, etcétera.

’’Pero todo esto es para ampliar la democracia, no para suprimirla.

”En cambio, el gobierno provisorio, con sus reformas, auspiciadas por los teóricos de la revolución, se inspira en el fascismo y en parte en la Constitución de 1819, donde se disponía que el Senado estaría formado por los senadores de provincias, cuyo número sería igual al de éstas; tres senadores militares, un obispo y tres eclesiásticos, un senador por cada Universidad y el director del Estado, concluido el tiempo de su gobierno. No olvidemos que el presidente del Congreso explicaba tal desgraciada reforma con estas palabras: ‘Llamando al Senado a los ciudadanos distinguidos ya por pertenecer a la clase militar y a la eclesiástica, ya por sus riquezas y talentos, aprovecha lo útil de la aristocracia’.

“Soy partidario de la democracia y acepto la representación funcional que ya está consagrada en algunas constituciones, pero bien entendido que ella no se refiere a la representación legislativa que tiene su firme sostén en el sufragio universal. La democracia debe completarse y así lo he sostenido en mi Nuevo Derecho, auspiciando la creación de Consejos de Técnicos que preparen los proyectos de carácter económico, para que, después, los representantes del pueblo coordinen las funciones y con un concepto amplio y una visión clara de conjunto, gobiernen como estadistas.”

La defensa del Estado liberal y de sus principios tradicionales fue lo que aglutinó a los grupos políticos que resultaron beneficiarios de la revolución, a pesar de que, en el ejercicio del poder, desmintieron sus principios, ensayando una política económica intervencionista. En principio, trataron, simplemente, de impedir que se impusiera por la fuerza un régimen político corporativo que se sabía que había de ser impopular. Pero era necesario fundamentar esa posición, puesto que la crítica del Estado liberal contaba a su favor con una sólida argumentación muy en boga, ocasionalmente corroborada en el país por la crisis del régimen radical. Y los representantes de los partidos tradicionales de centro-derecha ofrecieron esa fundamentación reiterando la defensa de la democracia formal y apoyándola en un argumento circunstancial que señalaba Federico Pinedo: “Aunque el sistema vigente no tuviera otros méritos para ser mantenido, sería decisivo en su favor el hecho de que no hay cómo reemplazarlo, porque el país nunca aceptaría que un grupo de personas resuelva declararse superior a sus semejantes y pretenda imponer su predominio amenguando el poder político de los demás por calificaciones o cercenamiento del derecho de sufragio.”

Con ese planteo se llegaba a la médula del problema. Se reconocía que la opinión predominante en el país apoyaba el orden democrático y liberal vigente; se admitía que sólo el principio de la soberanía podía sustentar suficientemente el orden político; pero se reconocía también la presencia de grupos de presión que imposibilitaban el rápido retorno a ese orden, y la existencia de circunstancias que daban a esos grupos cierta fuerza. Ahora bien, esas circunstancias eran, precisamente, las que abrían el camino hacia el poder a los grupos que, próximos al gobierno revolucionario, sostenían la tesis del orden democrático y liberal.

Tal contradicción terminó en una doctrina de compromiso, que era, al fin, menos original de lo que parecía, porque entroncaba con la vieja tesis de lo que he llamado el “despotismo ilustrado” propio de la oligarquía de las últimas décadas del siglo xix. Consistía en sostener teóricamente el principio de la soberanía popular y la vigencia formal del sistema democrático, admitiendo, sin embargo, como un sobrentendido, la incapacidad de las masas para ejercitar de inmediato la plenitud de sus derechos y la necesidad de que las “minorías selectas” mantuvieran la dirección del Estado. De hecho había, pues —como decía Pinedo— un grupo de personas que decidía declararse superior a sus semejantes, pero que no se atrevía a manifestarlo abiertamente. Empero, no faltó quien asumió, imprudentemente, la responsabilidad de hacerlo, y se atrevió a hablar de “fraude patriótico”; refiriéndose a los métodos apropiados para llevar a la práctica la doctrina de compromiso; pero la doctrina, puesto que era contradictoria y vergonzante, exigía la continuación de la ficción, y como tal fue mantenida por sus defensores.

La doctrina de compromiso, esto es, la doctrina de la democracia fraudulenta, fue combatida enérgicamente por vastos sectores que defendían la pureza de los principios; pero no hubo nuevos planteos doctrinarios en el seno de los partidos que denunciaron a diario las violaciones del orden democrático. Sólo se registró en el seno de la Unión Cívica Radical en 1935, la formación del grupo llamado “Forja” que pretendía continuar la línea política de Hipólito Yrigoyen, pero acusaba, dentro de un esquema político inequívocamente democrático, las influencias del nacionalismo económico. Era un movimiento que aspiraba a renovar la vida interna del partido, a tonificar su posición intransigente, a proveerlo de un programa y de un sistema de soluciones para los grandes problemas.

Todo ello trascendía de la Declaración que aglutinó a sus miembros: “Somos una Argentina colonial; queremos ser una Argentina libre”, rezaba al comenzar la Declaración. Y decía su texto:

“La Asamblea Constituyente de la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina, considerando:

”1° Que el proceso histórico argentino en particular y el sudamericano en general, revelan la existencia de una lucha permanente del pueblo en procura de la soberanía popular, para la realización de los fines emancipadores de la República Argentina, contra las oligarquías como agentes virreinales de los imperialismos políticos, económicos y culturales, que se oponen al total cumplimiento del destino de América.

”2° Que la Unión Cívica Radical ha sido, desde su origen, el instrumento continuador de esa lucha por el imperio de la soberanía popular y la realización de sus fines emancipadores.

”3° Que el actual recrudecimiento de los obstáculos puestos al ejercicio de la voluntad popular, corresponde a una mayor agravación de la realidad colonial, económica y cultural del país,

’’Declara:

”1° Que la tarea de la nueva emancipación sólo puede realizarse por la acción de los pueblos.

”2° Que corresponde a la Unión Cívica Radical ser el instrumento de la tarea, consumando hasta su totalidad la obra truncada por la desaparición de Hipólito Yrigoyen.

”3° Que para ello es necesario en el orden interno del Partido dotarlo de un estatuto que, estableciendo el voto directo del afiliado cotizante, asegure la soberanía del pueblo radical, y en el orden externo, precisar las causas y los causantes del enfeudamiento argentino al privilegio del monopolio extranjero, proponer las soluciones reivindicadoras y adoptar una táctica y método de lucha adecuados a la naturaleza de los obstáculos que se oponen a la realización de los destinos nacionales.

”4° Que es imprescindible luchar dentro del Partido, para que éste recobre la linea de intransigencia y principismo que lo caracterizó desde sus orígenes, única forma de cumplir incorruptiblemente los ideales que le dieron vida y determinan su perduración histórica al servicio de la Nación Argentina.”

De ese modo se comenzaba a producir la primera aproximación entre ideas que circulaban por distintos cauces, definiéndose una vigorosa corriente que aspiraba a la emancipación económica, pero que se escindía entre quienes creían que era posible alcanzarla dentro del orden democrático y los que creían que requería el comando de las minorías selectas. Muy pronto aparecerían los que admitirían que su única posibilidad era el gobierno de un “conductor” providencial. Pero entre las brumas de una atmósfera que no parecía ofrecer ninguna salida, se sumó a las influencias tradicionales la del comunismo trotskista, animado por una tesis de la revolución nacional, que hizo viva impresión en algunos sectores juveniles. En el radicalismo/ sobre todo, apareció, junto a “Forja”, otra dirección más resueltamente revolucionaria que coincidiría, finalmente, con los que fundaron el grupo llamado “Intransigente”, adherido aunque más tibiamente a esas ideas.

El movimiento radical, con todas sus variantes, destinado a adecuarse a un inocultable movimiento de masas que se producía en el país, se vio, sin embargo, arrollado por otro movimiento más amorfo pero más simple en sus postulados, y cuyo atractivo político fincaba, precisamente, en la eficaz presencia de un “conductor”.

Precisamente, la actitud fundamental del coronel Perón, que llegó al poder como presidente en 1946, consistía en respaldar su papel de magistrado constitucional con el poder de caudillo innato que le conferían sus intransferibles aptitudes personales y la irracional confianza que depositaba en él la masa. “El conductor nace, no se hace”, gustaba decir; lo consideraba como un artista, cuya misión es “crear, crear siempre, estar siempre dispuesto a crear”; y creía que su influencia era tan grande que la masa no podía sino reflejar su personalidad: “Como él sea, será la masa”, decía.

En el mensaje con que acompañaba el proyecto para el “Segundo Plan Quinquenal” desarrollaba la teoría de la conducción. “La conducción como tal —decía— importa toda una filosofía de la acción. Yo entiendo que el gobierno es una parte del arte de la conducción, como la pintura sería una parte de las artes plásticas. En ese sentido, el arte de la conducción no hace distingos. Hay personas que unilateralizan este arte y se dedican a conducir una cosa u otra. Es el mismo caso de un pintor que se dedicara solamente a pintar perros o a pintar caballos y no supiera pintar otra cosa. Para ser pintor hay que pintar todo, y el que es pintor pinta lo mismo una casa que un perro o un edificio. En el arte de la conducción se sabe o no se sabe conducir, como en el arte de la pintura se sabe o no se sabe pintar.

”En el caso del gran Alejandro, de Federico el Grande o de Napoleón, algunos se extrañan de que habiendo sido guerreros fueran también grandes gobernantes. Eso es lo común; ellos sabían pintar y pintaban cualquier cosa.

”Así es el arte: universal e indivisible. En el arte se sabe o no se sabe, pero no se saben determinadas cosas y se ignoran otras. La conducción y, por lo tanto, el gobierno, que es una de sus partes, es un arte difícil y todo de ejecución. Es cuestión de perfeccionarse en él, conocer su doctrina, su teoría y su técnica. Lo demás es acción, puramente acción.

”Toda acción humana puede ser objeto de la conducción: la acción económica, la social, la política, la empresa científica, se conducen todas. Ahora, señores, el secreto está en conducirlas bien, orgánica y racionalmente, y por sobre todas las cosas, saberlas conducir.

”La conducción de un país no difiere fundamentalmente, en sus principios generales, de las demás actividades del hombre que pueden y deben ser conducidas. Toda tarea de conducción exige, para ser realizada, que, mediante la unidad de concepción, se logre un germen: la unidad de acción. Cuando se conducen acciones de cualquier naturaleza sin unidad de concepción, no hay unidad de acción; cuando se conduce un país, también la unidad de acción ha de lograrse mediante la unidad de concepción, que ha de traducirse en unidad de acción, pero no de una manera coercitiva sino persuasiva, de auspicio o de fomento de la acción del propio Pueblo.”

La masa, por cierto, era para él solamente un conjunto informe y sin designios propios. De ahí la significación del conductor. “Cuando la masa no tiene sentido de la conducción y uno la deja de la mano, no es capaz de seguir sola y produce los grandes cataclismos políticos.” El camino para que la masa se transforme en “pueblo” debía ser el de la “organización”, que él concebía dentro de esquemas de acentuado carácter militar. La “masa” debía situarse en la órbita del “conductor”, y funcionar dentro de sus planes mediante los “cuadros”, o sea los intermediarios a través de los cuales debían trasmitirse las inspiraciones del “conductor”. Así cobraba forma la “masa” y se transformaba en “pueblo”.

Esta doctrina —huelga repetirlo— denunciaba las influencias de las concepciones de Estado Mayor sobre las ideas políticas. Perón intentó llevarlas a la práctica promoviendo —no sin coacciones, por cierto— la formación de diversas “organizaciones del pueblo”, esto es, agrupaciones de entidades y personas que representaban los intereses del trabajo, las profesiones, las empresas, etcétera, en un vago intento de preparar el camino para una remota transformación del régimen democrático sustituyéndolo por un régimen corporativo como el que soñaban los hombres de la revolución de 1930. En el orden nacional, las resistencias fueron, aunque indirectas, vigorosas. Pero una vez, al redactarse la Constitución de la provincia del Chaco, influjo a sus partidarios a ensayar, junto a la representación ciudadana, la representación gremial o corporativa.

Así se constituía, poco a poco, lo que se venía llamando desde hacía algunos años, “el nuevo orden”. Era en el fondo una política reaccionaria y autoritaria enmascarada gracias al apoyo de ciertos sectores populares; pero apenas podía disimularse su esencia profunda. Perón había declarado en 1944: “La República Argentina es producto de la colonización y conquista hispánica, que trajo hermanadas a nuestra tierra, en una sola voluntad, la cruz y la espada. Y en los momentos actuales parece que vuelve a formarse esa extraordinaria conjunción de fuerzas espirituales y de poder que representan los dos más grandes atributos de la humanidad: el Evangelio y la Espada. Tal era, en el fondo, su pensamiento político, y sólo para disimular su contenido profundo fueron inventadas nuevas fórmulas verbales.

Sin embargo, no quiere esto decir que las masas que seguían fervorosamente al “conductor” participaran de su pensamiento profundo. Participaban de las ideas que creían descubrir en su retórica intencionadamente confusa, elaborada sabiamente para estimular las legítimas aspiraciones y para despertar la militante adhesión de unas masas que se habían sentido postergadas y sometidas durante largos años, y que carecían de experiencia política como para apreciar la sutil maniobra mediante la cual se procuraba instrumentalizarlas para servir ocultos designios.

La Constitución de 1949 —llamada “Constitución Justicialista”— mantenía la forma republicana, representativa y federal de gobierno; pero establecía en su artículo 78 que el presidente podía ser reelegido indefinidamente. Mediante una ley del Congreso, se estableció que los principios que presidían la política del gobierno constituían la “doctrina nacional”, es decir, un cuerpo de ideas con el que, finalmente, no se podía disentir sin contrariar el mandato legislativo. Era la consagración formal del principio muchas veces declarado y esencialmente negativo de la democracia, de que quien no apoyaba al “conductor” traicionaba a la patria. Así, el resultado fue un régimen personalista, autoritario y encubiertamente fascista que negó las más elementales libertades, desconoció a las minorías, y que, por hallarse sustentado en una vigorosa corriente de opinión popular, se presentó como una dictadura de masas. Pero los objetivos fundamentales de quienes las conducían provenían de actitudes políticas y económicas muy distintas y ajenas a los auténticos intereses de las clases populares.

3

Las tendencias políticas encontradas que entraron en abierto conflicto durante el segundo cuarto de siglo, escondían ciertos supuestos profundos relacionados con la fisonomía social del país. Como en otras partes del mundo, la tendencia al nacionalismo se acentuaba, acompañada de ciertos extremismos que forzaban una interpretación de la vida, del hombre y de las situaciones argentinas como absolutamente peculiares e irreductibles. La contracción económica que comenzó a producirse a partir de 1928 obligó a muchos países a volverse hacia sí mismos, y algunos grupos argentinos creyeron que ésa era la política que convenía a la nación. Fruto de ella fue la decisión de interrumpir el flujo inmigratorio, con lo cual se pretendió, por una parte, prevenir la desocupación, y, por otra, inmovilizar el proceso social de cambio que, en los últimos decenios, se advertía cada vez más claramente, con su secuela de ideas e ideologías, en inocultable relación con las conmociones que se habían producido en el mundo no mucho antes. Ya señalaremos más adelante cómo correspondió a esta política la exaltación de cierta imagen del carácter argentino, o más exactamente, del carácter criollo, en el que se vio el carácter nacional por excelencia, como si la ingente masa inmigratoria que se había incorporado al país no perteneciese ya definitivamente a la Argentina. Los grupos nacionalistas, en un principio, le negaron valor, pero muy pronto otras corrientes sociales quisieron salir a su encuentro y capitalizar en su provecho los crecientes anhelos de esa masa que los nacionalistas pretendían ignorar, que se había concentrado preferentemente en la zona litoral del país y que buscaba su salida económica por entre los vericuetos de una economía en pleno proceso de contracción. Ignorada o postergada, esa masa se insinuaba como una fuerza decisiva en la vida de la colectividad nacional.

Los grupos que originariamente desarrollaron las tesis nacionalistas se caracterizaron por su decidida posición aristocratizante y, al mismo tiempo, por el deliberado ocultamiento de la creciente diferenciación de clases que se producía en el ambiente social argentino. Las exigencias del país como totalidad parecían tan graves e importaban tanto a la clase poseedora que sus miembros fingían creer que era absolutamente lícito exigir el sacrificio de todos para resolver la llamada crisis nacional sin ofrecer al mismo tiempo nada que constituyera una esperanza para los distintos niveles de la clase trabajadora. La creciente influencia que el nacionalismo alcanzó en el seno del gobierno conservador —al menos como grupo de presión— contribuyó a que triunfara esa orientación económica y social; pero a pesar de ello las fuerzas políticas populares pudieron mantener vivo el fuego de las reivindicaciones de la clase obrera luchando en el Parlamento por la sanción de leyes protectoras del trabajo. El Congreso votó en 1932 la ley que prolongaba el descanso hebdomadario incluyendo la tarde del sábado; al año siguiente otra por la que se obligaba a los patronos a permitir que sus empleados y obreros tuvieran una silla para sentarse cada vez que las exigencias del trabajo lo permitieran; y poco después la que obligaba a indemnizar al obrero despedido. Eran pequeñas grandes conquistas, promovidas en buena parte por la acción tesonera de Alfredo L. Palacios y de Mario. Bravo, que representaban al Partido Socialista en el Senado. Fruto de la misma inquietud fueron la ley de protección a la madre y al niño sancionada en 1935, y el vasto movimiento que impulsó Palacios en favor de las provincias del noroeste, las menos favorecidas del país, para las que pidió un esfuerzo sistemático de la nación toda a fin de remediar sus necesidades inmediatas y estimular en lo futuro sus riquezas y sus fuentes de trabajo. Un libro, El dolor argentino aparecido en 1938, fue, además de la acción parlamentaria, el instrumento que usó Palacios para difundir lo que había visto en sus viajes y las soluciones que propiciaba para los problemas regionales. “Un criterio equivocado e inhumano —escribía—, y una política extraviada de los verdaderos intereses nacionales han conducido al país a una inflación ostentosa, en las grandes urbes, a costa del olvido de las condiciones de existencia de las provincias del interior, a la vez que a un refinamiento y selección de los ganados, junto a un empobrecimiento progresivo de la raza que ha poblado nuestro suelo y que con su abnegación y sacrificio ha cimentado y nutrido la grandeza de la Nación.

”Esto no es una simple apreciación, ni una hipótesis aventurada: es un hecho consumado, difícil de corregir.

”Frente a él, se levanta una perspectiva pavorosa: la del porvenir de innumerables pequeñuelos argentinos, tarados por las enfermedades que engendra la miseria y condenados a una existencia tan estéril como deleznable y dolorosa.

”Hoy estamos a tiempo, todavía, si enfrentamos el problema con la urgencia angustiosa que requiere, de rectificar la orientación suicida en que se encuentran comprometidos la vida y el porvenir de nuestro pueblo.

”Es preciso, para ello, que arranquemos a la servidumbre del hambre y de la ignorancia a las futuras generaciones de esos humildes argentinos que mañana pueden ser los defensores del sagrado patrimonio de nuestras libertades.

”Es innegable ya, para todos, que la fuerza y la riqueza de un país se basa, más que en las fuentes naturales y en la extensión de sus tierras, en la cantidad y la calidad de su elemento humano.

”Nada vale la naturaleza si no existe quien la explote y la transforme, y nada vale la máquina siquiera, sin el hombre que ha de dirigirla.

”No podremos ser jamás un pueblo grande, responsable y progresista si carecemos de ciudadanos íntegros, física y moralmente, que sean capaces de explotar nuestras ingentes riquezas y de administrar y defender el patrimonio de nuestra cultura hereditaria.

”El lema proclamado por Alberdi y que ha inspirado hasta hoy nuestra política inmigratoria: ‘Gobernar es poblar’, hemos de corregirlo así: ‘Gobernar es fortalecer, instruir y educar al ciudadano’.

”Estamos en una época en que la brusca invasión de la mecánica en las producciones industriales y en las relaciones económicas va colocando a los pueblos en presencia de esta disyuntiva: educar a los hombres para que sean capaces de dirigir y manejar a la máquina, o conducirlos a la desocupación y el hambre para eliminarlos indirectamente.

”Para esta última solución, que es absurda, aparte de que entraña la amenaza de hondas perturbaciones sociales, nosotros no tenemos ni siquiera la excusa del excedente de población.

”Como ya he dicho otras veces, en esta noble tierra nuestra, el gran desocupado es el suelo.

”Entre nosotros la máquina, si la sabemos utilizar en beneficio común, cumplirá eficazmente su misión de elevar al obrero, dándole la dignidad de administrador inteligente de las fuerzas naturales, y con ellos podremos realizar la maravilla de fertilizar nuestros desiertos.

”Lograremos, de este modo, redimir a la tierra de su esterilidad, y de su dolor y su miseria, al hombre.

”Para conseguirlo, sólo es necesario que procedamos con un concepto de economistas, sabiendo que el elemento humano es el fundamento de nuestra riqueza.

”Disponemos de todos los recursos que se requieren para formar un pueblo eminente, poderoso, libre y próspero, que sea un ejemplo en el mundo.

”Bastará para alcanzar el propósito superior de formar ese pueblo, que a su servicio pongamos el aliento generoso y el impulso constructivo y fraternal que reclama toda gran empresa.”

La acción de los sectores populares en el Congreso ni podía ser de largo alcance —dada la minoría a que los reducían las maniobras del fraude electoral— ni se desenvolvía fácilmente, obstruida de diversas maneras por los grupos conservadores que predominaban.

La intensa acción de Alfredo L. Palacios en la tribuna y en el Parlamento no distrajo su atención de los problemas doctrinarios. Incorporado al Partido Socialista desde los primeros años del siglo, elaboró poco a poco una teoría del desarrollo del socialismo en la Argentina que adquirió bastante nitidez después de 1930. Como Korn señalaba en Alberdi un precursor del positivismo, Palacios descubría en la tradición política argentina una tendencia hacia el socialismo, que le permitía empalmar su propia acción y la de su partido con la de Esteban Echeverría, sobre quien escribiría más tarde un estudio exhaustivo. El socialismo no era para él ajeno a la línea de evolución democrática del país. “Los jóvenes que combaten la orientación de nuestro partido —decía Palacios en 1934— se desentienden de todos los problemás argentinos, y esperan con ingenuidad sorprendente la hora revolucionaria de la catástrofe ineluctable, predicha por Marx, en que frente a un pequeño grupo de capitalistas se encuentre la multitud paupérrima. Yo niego el economismo exclusivo y no acepto esa representación del movimiento emancipador proletario en la forma de una trasposición hegeliana del cristianismo, por la cual sería necesario sufrir en la miseria para, después, engrandecerse, enalteciendo a la humanidad. La redención del proletariado ha de producirse, no por el renunciamiento sino por la elevación y ennoblecimiento de las condiciones de vida, por la intensificación del espíritu revolucionario que no nace de la miseria y la abyección, donde despierta el instinto, sino de la satisfacción de necesidades materiales y espirituales que determinan la reflexión serena y la fuerza.

“El socialismo aspira al noble y armónico desarrollo del individuo y su fin es la libertad, lo que significa proclamar el principio ético de Kant de que cada hombre debe ser considerado como un ‘fin en sí mismo’, carácter absoluto que no corresponde a las cosas materiales. El hombre tiene su personalidad individual, pero es claro que tiene también una colectiva.

“El socialismo aspira a realizar la síntesis entre la libertad del individuo y la actividad social.

“Pero los jóvenes han hablado aquí de la lucha de clases con una rigidez que desconcierta y un desconocimiento imperdonable de la realidad argentina. Y han invocado otra vez a Marx.” Y agregaba después: “En nuestra Argentina, hemos de trabajar en el sentido de la transformación social, orientados por la justicia, convencidos de que el sentimiento y la idea de patria espiritualizan la vida e impulsan a la abnegación y el sacrificio.

“Por la patria, que es una realidad cuyas bases morales aparecen con nitidez en nuestra tierra generosa, marchamos hacia la humanidad para engrandecerla.

“En 1912, cuando en el Parlamento sólo había dos bancas de nuestro Partido, la del doctor Justo y la mía, dije en un discurso que yo era argentino antes que socialista, y cuando terminé mi exposición, el maestro, que era un censor severo, estrechó mi mano con afecto. Él había dicho ya en 1909, que ‘el antipatriotismo es una monstruosidad’, y en su testamento, cerca de dos décadas después, disponía que su cadáver fuera envuelto en la Bandera argentina.

”En ningún país sería tan absurdo el antipatriotismo como en éste, donde debemos tener el orgullo de nuestra nacionalidad, porque nuestra patria posee una tradición tan idealista y depurada que representa la más alta tendencia y la más avanzada, hoy, en el mundo. Su naturaleza intrínseca consiste en no separar la idea de patria de la idea de justicia, y en no concebir siquiera que puedan contraponerse ambos conceptos ni menos aún que la patria deba sobreponerse a la justicia. En esto estriba la fuerza moral de la Argentina, y ese principio debemos sostenerlo por América contra todos los azares y peligros.

”La juventud argentina, lejos de estancarse en un doctrinarismo anacrónico, debe afrontar la ruda pero eminente labor de construir una gran democracia social, repudiando la actitud recelosa, defensiva y de crítica excluyentes, para adoptar la acción afirmativa y constante.

”La argentinidad es un sentimiento expansivo, de índole creadora, que ha marcado una línea recta de idealismo.

”Agustín Álvarez, cuyos talentos y virtudes admiro, dijo cierta vez, con evidente error, que el resorte de las instituciones norteamericanas era el ‘interés’, divisible, transable y compatible con el buen sentido práctico, mientras que lo que mueve a las nuestras, es la hidalguía, la altivez, el honor, móviles, todos, de una pieza, indivisibles, inconciliables, incompatibles con el buen sentido y totalmente ocasionados a quijotismo.

”El propósito del escritor era combatir la ficción y la artificialidad, pero incurría en el error lamentable de criticar lo que está en nuestra sangre y constituye el orgullo de nuestra argentinidad.

”Advierto que Jaurés, alto exponente de la raza, hablando sobre Alberdi, entre nosotros, defendió nuestro espíritu que pone, por sobre todos los combates,. una idealidad de gloria tan alta como para que los hombres se elevaran hasta ella por la audacia noble y el heroísmo.

”Hemos combatido el mal llamado derecho de conquista; hemos proclamado y aplicado, de acuerdo a un ideal de armonía y de justicia, el arbitraje, resolviendo por él todos nuestros pleitos de límites; hemos sostenido que ‘la victoria no da derechos’, repudiando las compensaciones materiales por el esfuerzo realizado, pues nos bastó saber que habíamos libertado a otros pueblos; hemos combatido el brutal cobro compulsivo de las deudas internacionales con la doctrina Drago. Hemos trabajado para el espíritu, incorporando al ejercicio de la vida pública de los pueblos, y arraigándolo profundamente, el concepto de ‘dignidad’, realizando con ello una conquista humana. Nos hemos hecho, así, fuertes, no por el poder de los cañones que otros cañones pueden contrarrestar, sino por el prestigio que infunde nuestra conducta y que nadie puede arrebatarnos.

”¿Cómo no ha de ser una monstruosidad el antipatriotismo en nuestro país?

”Si todos los hombres deben amar a su patria, con más razón nosotros, porque los pabellones de la Argentina son limpios y sus blasones espirituales no han sido igualados.”

Por entonces las condiciones de vida empeoraban para la clase trabajadora, sobre todo a partir de 1939, cuando la Guerra Mundial trajo consigo la inevitable escasez y los aumentos de precios. El éxodo rural era ya un fenómeno intenso que repercutía sobre las ciudades, en las que comenzaba a formarse un cinturón suburbano de creciente densidad. Así se constituía un sector inconfundible de la sociedad argentina, vinculado por cierto a la naciente industria y sometido a las duras condiciones que le imponía la política reaccionaria de la vieja oligarquía: ése sería el que habría de constituir el blanco de la propaganda demagógica cuando la revolución impopular de 1943 trató de convertirse en revolución popular por obra del coronel Perón.

Muchos síntomas manifestaban, hacia 1944, que la masa trabajadora y los estratos más modestos de las clases medias estaban en el límite de sus posibilidades económicas. Pero los partidos políticos populares, fieles a sus tradiciones y costumbres, creían conservar su ascendiente sobre esos sectores apelando a sus meras aspiraciones políticas, a sus convicciones profundas y a sus ideales de democracia y libertad. Los tiempos, empero, habían cambiado. Una nueva sensibilidad se había desarrollado en esas masas de reciente formación, y las reivindicaciones económicas y sociales contaban más para ellas que las nociones de democracia y libertad. Por entonces —en 1945— Carlos Sánchez Viamonte se enfrentaría con el problema teórico que esas nociones suscitaban, en un libro de vasta repercusión que tituló El problema contemporáneo de la libertad. Sostenía allí que “el problema de nuestro tiempo debe plantearse así: máximum de derechos relativos a la personalidad humana; mínimum de derechos relativos al patrimonio, sometidos al control del Estado regulador, para impedir todo abuso de fuerza económica y para asegurar a cada miembro de la sociedad los medios indispensables a fin de obtener el desarrollo completo de su capacidad y el mayor rendimiento posible en beneficio común.

”A nuestro juicio, la solución del doble problema de la libertad y de la justicia social requiere un nuevo planteamiento de la cuestión jurídica y una nueva técnica, cuyo punto de partida consiste, como hemos dicho, en deslindar con nitidez la libertad y el patrimonio. De esta manera se podrá dar a la sociedad una organización jurídica en que la libertad dejará de ser un privilegio económico, y la prosperidad no será ya un instrumento de injusticia y opresión.”

En el desarrollo de las tendencias que caracterizaron a las nuevas formaciones de masa tuvieron mucha influencia las condiciones cívicas en que se habían educado las nuevas generaciones, dentro de la opresión del fraude conservador, y acaso también la impotencia de las fuerzas políticas populares para llegar con un nuevo lenguaje a su espíritu. Pero de cualquier manera, el hecho innegable era que la nueva sensibilidad predominaba, y respondió al llamado de la demagogia que se hizo pasar por auténtico espíritu revolucionario sin serlo, aunque para poder fingirlo tuvo que satisfacer en parte las necesidades más imperiosas de la masa que aspiraba a conquistar.

Es indudable que, más que otra cosa, el éxito político del coronel Perón, a lo largo de 1944, residió en el impacto psicológico que logró hacer. Las masas desilusionadas oían proclamar desde la Casa de Gobierno y por las radioemisoras oficiales principios revolucionarios que, poco antes, se consideraban delictuosos a fuerza de parecer “comunistas” —como decían invariablemente los sectores conservadores—, y, lo que es más importante, obtenían decisiones efectivas que redundaban en beneficio de los trabajadores y en perjuicio de la clase patronal, hasta entonces siempre privilegiada. El convencimiento fue instantáneo.

Casi todas las medidas adoptadas entonces fueron el resultado de viejas aspiraciones populares a las que los grupos conservadores que detentaban el gobierno se habían resistido empecinadamente.

Tal es el caso de los Tribunales del Trabajo, creados en 1944 y por cuyo establecimiento se venía clamando hacía mucho tiempo: había solicitado su implantación en 1931 el Primer Congreso Nacional del Trabajo; en 1935 la Federación Argentina de Colegios de Abogados, y en 1941 se habían fijado las bases para su establecimiento en un meduloso conjunto de estudios preparado por el Instituto de Derecho del Trabajo de la Universidad del Litoral, bajo la dirección de Mariano Tissembaum.

En otro aspecto, las medidas que más contribuyeron a asentar el prestigio del coronel Perón fueron el “Estatuto del peón de campo”, por el que se establecía un sueldo mínimo bastante crecido en comparación con el que habitualmente se pagaba, y el decreto que estableció la obligatoriedad del pago del aguinaldo anual a obreros y empleados. Una política semejante condujo a ajustar el régimen de jubilaciones, el sistema de vacaciones y otros aspectos que contribuían efectivamente a la elevación del nivel de vida de los trabajadores. Poco después, en 1947, fueron proclamados los “Derechos del Trabajador” en cuyos fundamentos se decía: “Hasta nuestros días no se había estabilizado en principios claros, incontrovertibles e irrenunciables el derecho que los trabajadores tienen a una mejor vida y a una mejor organización del trabajo y del descanso. Entregamos hoy a los legisladores y a los juristas argentinos las bases sobre las cuales han de construir la futura legislación argentina, para fijar de una vez por todas, como un jalón imborrable de la justicia, el derecho reconocido por el Estado a los individuos. ‘Los derechos del Trabajador’ que acabamos de enunciar se fundamentan, teóricamente, en la doctrina filosófica y jurídica, pero sólo se cumplen con medios económicos. Crear esos medios económicos será, pues, la base para el cumplimiento de esos diez postulados fundamentales del derecho obrero. Y para ello, para lograr ese cumplimiento, una sola debe ser la finalidad del pueblo trabajador: trabajar y producir.” Los diez postulados a que se hacía referencia eran los siguientes: derecho a trabajar, derecho a una retribución justa, a la capacitación, a condiciones dignas de trabajo, a la preservación de la salud, al bienestar, a la seguridad social, a la protección de su familia, al mejoramiento económico y a la defensa de los intereses profesionales.

La enunciación de estos derechos se incorporó a la Constitución en el texto reformado de 1949, en el que también figuraban los Derechos de la Familia, los Derechos de la Ancianidad y los Derechos de la Educación y la Cultura. Incluía también el nuevo texto constitucional, en su artículo 38, una declaración categórica acerca de la “función social” de la propiedad privada. “La propiedad privada —decía— tiene una función social y, en consecuencia, estará sometida a las obligaciones que establezca la ley con fines de bien común. Incumbe al Estado fiscalizar la distribución y la utilización del campo e intervenir con el objeto de desarrollar e incrementar su rendimiento en interés de la comunidad, y procurar a cada labriego o familia labriega la posibilidad de convertirse en propietario de la tierra que cultiva.” Estas disposiciones se complementaban con las que establecía el artículo siguiente con respecto al capital cuando decía: “El capital debe estar al servicio de la economía nacional y tener como principal objeto el bienestar social. Sus diversas formas de explotación no pueden contrariar los fines de beneficio común del pueblo argentino.”

Estas ideas no cristalizaron en actos que alteraran sustancialmente la vida nacional, pero sin duda expresaban un sentimiento profundo que, de manera imprecisa, latía en la conciencia de las clases populares. En toda la acción que éstas desarrollaron en favor del régimen del general Perón se escondía un impulso vehemente de rebeldía contra las clases privilegiadas, que encontraba su formulación en la fraseología oficial. Pero si esta última concluía en vagos principios —con todo, de innegable eficacia política— aquel impulso se fue robusteciendo y adquiriendo, poco a poco, los caracteres de una actitud social militante.

Los fenómenos demográficos, que en parte provocaron la crisis de 1945 y en parte fueron provocados por ella, fueron objeto de atención por parte de algunos sociólogos. Un enfoque singular, en el que lo cuantitativo quería destilarse en apreciaciones cualitativas, fue el de Bernardo Canal Feijóo en su libro De la estructura mediterránea argentina, relacionado con los trabajos del “Congreso Regional de Planificación Integral del Norte Argentino”, dedicado a estudiar los fenómenos en la región donde mayor gravedad había adquirido. Más tarde, y con gran rigor científico, Gino Germani abordó el problema general de la situación del país en su estudio sobre Estructura social de la Argentina.

4

Los problemas sociales —como los políticos— se agudizaron con motivo de la crisis económica mundial que se desencadenó en 1928. En la Argentina comenzaron a percibirse sus efectos hacia comienzos de 1930: bajaron fuertemente los precios de los granos en el mercado internacional y la moneda se depreció considerablemente, fenómenos a los que acompañó una fuerte contracción del crédito y una grave crisis bancaria. Contribuyeron a agravar la situación otras circunstancias, especialmente las medidas que en salvaguardia de su propia economía, también amenazada por la crisis, tomó Gran Bretaña. En 1931 resolvió el gobierno inglés abandonar el patrón oro —como lo harían luego casi todos los demás países— y establecer la inconvertibilidad de la libra esterlina.

Tratándose del principal comprador de los productos agropecuarios de la Argentina, esta medida sacudió profundamente su estructura económica y financiera, pues consistían precisamente en libras los créditos que el país poseía en el exterior para comprar en diversos mercados. Un año más tarde, cuando la crisis de deflación se hacía más aguda, Gran Bretaña y sus dominios se reunieron en la Conferencia Imperial de Ottawa, en 1932, y resolvieron que la metrópoli acordaría preferencia en la adquisición de materias primas a sus dominios, para lo cual se establecerían las correspondientes diferencias tarifarias.

Estos hechos, que afectaban al país entero, pero muy directamente a la oligarquía terrateniente, contribuyeron a provocar la revolución de septiembre de 1930, mediante la cual recuperó aquélla la conducción del Estado. Como era de esperar, tanto el gobierno revolucionario del general Uriburu como los gobiernos constitucionales que lo heredaron, presididos por el general Justo primero y por Roberto M. Ortiz y Ramón S. Castillo después, se dedicaron a remediar los males que sufría la economía argentina, pero con una notoria preocupación en favor de ciertos sectores de la producción. Se produjo entonces un cambio fundamental: los viejos preceptos de la economía liberal, sostenidos por Alberdi y por la Constitución de 1853, comenzaron a ser sustituidos por otros nuevos, que inspiraron un tipo de economía dirigida.

En tanto que se resistía a la tentación de caer en la moratoria o la emisión, se arbitraron algunos medios para hacer frente a las exigencias fiscales. Uno de ellos significó una modificación sustancial en la concepción de la vida económica argentina: la creación del impuesto a los réditos, que poco después pasaría a ser la principal fuente de ingresos fiscales, más cuantiosos que los impuestos de aduana. Con estos recursos, y con un empréstito interno, se salvaron las primeras necesidades fiscales derivadas de la crisis.

Pero más graves aún que las dificultades fiscales eran las económicas. Los productores, especialmente los del sector agrícola, exigían la fijación de precios, en tanto que los del sector comercial solicitaban la regulación del cambio. La consecuencia fue una política destinada a agotar las posibilidades de mantener la antigua vinculación con la economía inglesa. Fruto de esa política fue la negociación de un nuevo tratado con Gran Bretaña, por el que se reajustaba el comercio de carnes relacionándolo con otras actividades en las que Gran Bretaña obtenía crecidos beneficios a costa de los intereses nacionales. La reacción fue enérgica. Los grupos nacionalistas organizaron un decidido frente antibritánico, cuyos principios defendieron Julio y Rodolfo Irazusta en La Argentina y el imperialismo británico y Raúl Scalabrini Ortiz en Política británica en el Río de la Plata y en Historia de los ferrocarriles argentinos. Principios análogos defendían la agrupación radical “Forja” y, desde 1936, la “Escuela de Estudios Argentinos”, presidida por Adolfo D. Holmberg, que editó la revista Servir en la que vieron la luz numerosos y excelentes estudios sobre problemas económico. La preocupación por la defensa de los intereses nacionales era en sus redactores la predominante. “El hombre argentino —escribía Holmberg en el primer número de Servir— está lejos de haber conquistado la naturaleza argentina. Es hora de síntesis y de inventarios. Hay que levantar inventario de todas nuestras riquezas y de todas nuestras posibilidades y poner en orden de síntesis todos nuestros conocimientos sobre el país; hay que saber en lo que estamos en punto a relaciones ecológicas con nuestro medio ambiente; sopesar nuestra capacidad científica y nuestra idoneidad técnica; también hay que someter a un riguroso examen nuestros valores espirituales. Podremos, así, fijar puntos de vista seguros, establecer bases firmes para los futuros desenvolvimientos económicos y culturales.” Y había afirmado antes: “Nunca fue más indispensable que ahora la unión de pensamiento y acción. El país había crecido desmesuradamente al margen de las leyes de equilibrio y armonía que regulan el desarrollo de los organismos y de las sociedades; rechazado ahora de su condición efectiva de factoría o de colonia seudoindependiente, por la acción de las fuerzas anárquicas que disocian al mundo, se ve obligado a retraerse y a concentrarse en sí mismo, para reorganizarse y reconstituirse una vida y un espíritu nuevos. Tendrá que hacerlo en plena catástrofe.”

Pero la voz que más trascendió entre las que se resistieron a la entrega de la economía nacional a Gran Bretaña fue la del senador Lisandro de la Torre, cuando denunció los términos del tratado de Londres en relación con las carnes argentinas. “Si estábamos a merced de la Gran Bretaña después de los acuerdos de Ottawa —decía— seguimos a merced de la Gran Bretaña después del convenio de Londres, y el empeño puesto imprudentemente en realizar el tratado ha conducido a empeorar la situación, obligándonos a renunciar al control de los embarques de carnes, sin dejar por eso de sufrir una disminución de la cuota básica de Ottawa.” Y agregaba: “En esas condiciones no podría decirse que la Argentina se haya convertido en un dominio británico, porque Inglaterra no se toma la libertad de imponer a los dominios británicos semejantes humillaciones. Los dominios tienen cada uno su cuota y la administran ellos… La Argentina es la que no podrá administrar su cuota; lo podrá hacer Australia, lo podrá hacer el Canadá, lo podrá hacer hasta el África del Sur. Inglaterra tiene respeto de esas comunidades de personalidad internacional restringida, que forman parte de su imperio, más respeto que por el gobierno argentino. No sé si después de esto podremos seguir diciendo: ¡Al gran pueblo argentino, salud!”

Al mismo tiempo que el Estado neoconservador se empeñaba en la defensa de los intereses de la oligarquía mediante una política de sujeción al más importante de sus compradores, se desarrollaba también la tendencia a desenvolver en el orden económico y financiero una política de intervencionismo estatal. Los grupos que dirigían la política económica hallaron en las teorías de la escuela de Cambridge, representada sobre todo por Keynes, el sistema de soluciones que, como en otros países, parecía apropiado para la crisis. Y dentro de esa línea se proyectaron diversas medidas para dirigir las finanzas y regular la producción.

En cuanto a la dirección de las finanzas, las medidas fundamentales giraron alrededor de la creación de un Banco Central. Ya en 1931 se había creado una “Comísión de cambios” cuyas funciones fueron creciendo poco a poco; pero la etapa decisiva se cumplió en 1935, con la creación del Banco Central y el Instituto Movilizador de Inversiones Bancarias. La primera de esas instituciones era dirigida por un directorio cuya mayoría representaba a bancos no oficiales, pese a lo cual se le encomendaba regular el crédito, vigilar el funcionamiento de los bancos y, sobre todo, actuar como agente financiero del Estado en las operaciones de crédito y en la emisión de moneda. El Instituto Movilizador, cuyas autoridades designaba el Banco Central, estaba autorizado para adquirir los inmuebles y créditos inmovilizados o congelados en los bancos para devolverlos a la productividad.

En cuanto a la regulación de la producción, las deciciones fueron no menos drásticas. Por intermedio de numerosas “juntas reguladoras”, el Estado dispuso unas veces —como en el caso de la vid— destruir una cierta parte de la materia prima producida; otras veces —como en el caso de la yerba mate— limitar estrictamente la producción; y otras —como en el caso de los cereales y la carne— decidió fijar precios máximos y mínimos. Esta política culminó en septiembre de 1939 con la sanción de la ley 12.591 por la que se facultaba al Poder Ejecutivo para fijar precios máximos, comprobar la existencia de productos y expropiar cualquier clase de artículo.

Si el ministro de Agricultura, Antonio de Tomaso, fue quien orientó la regulación de la producción, correspondió la reorganización financiera al ministro de Hacienda, Federico Pinedo. Este último se mostraba satisfecho de su labor cuando, en 1946, escribía en su libro En tiempos de la república: “Pero si de toda la labor realizada por la empeñosa y progresista administración de que tuve el honor de formar parte, la más espectacular fue la que tuvo por mira poner límite a los males de la depresión económica producida por la crisis mundial, creo poder afirmar sin inmodestia, aunque se halle vinculada a mi propia acción, que la que tuvo efectos más permanentes fue la obra de saneamiento y reorganización bancaria, cuyas piezas principales de carácter estable fueron el Banco Central de la República y la ley de bancos, completados por el Instituto Movilizador de Inversiones Bancadas como instrumento transitorio.

“No tengo intención de reabrir en este lugar la áspera polémica a que dieron lugar esas iniciativas, ni de pasar revista a las objeciones que se les formularon, ni demostrar lo infundado de terroríficos pronósticos que con motivo de esas creaciones legales se echaron a rodar, porque aparte de que mucho de ello está contenido en los escritos y discursos recopilados, ese trabajo sería más propio de un estudio especializado en materias económicas que de apuntes como éstos. Pero hay además esta otra consideración que me exime de ocuparme de esa cuestión: los que fueron los más enconados adversarios de la creación del Banco Central son los que hoy lo proclaman piedra angular del edificio económico de la República e identifican su conservación y su buen manejo con el cuidado de los más fundamentales intereses nacionales.”

Se refería el autor al equipo económico del gobierno de Juan D. Perón, que, en el momento en que escribía Pinedo, iniciaba una enérgica política intervencionista en materia económica. Pero las fuentes de donde procedía esa tendencia no eran las mismas que habían nutrido la política de Hueyo y Pinedo durante el gobierno de Agustín P. Justo. Acaso podían identificarse vagamente con los principios de “economía de guerra” que sustentaba la ley 12.591, pero más seguro es que consistiera fundamentalmente en las concepciones de Estado Mayor que conformaban la mentalidad política de Perón. Había dentro de esa concepción muy precisas nociones económicas, que informaron sin duda la exposición que hizo Perón, como ministro de Guerra, al inaugurarse la cátedra de Defensa Nacional en la Universidad de La Plata. Fue en esa ocasión cuando se esbozó por primera vez lo que luego sería programa de gobierno entre 1946 y 1955. “Referido el problema industrial —decía— al caso particular de nuestro país, podemos expresar que él constituye el punto crítico de nuestra defensa nacional. La causa de esta crisis hay que buscarla de lejos, para poder solucionarla.

”Durante mucho tiempo, nuestra producción y riqueza han sido de carácter casi exclusivamente agropecuario. A ello se debe en gran parte que nuestro crecimiento inmigratorio no haya sido todo lo considerable que era de esperar, dado el elevado rendimiento de esta clase de producción con relación a la mano de obra necesaria. Saturados los mercados mundiales, se limitó automáticamente la producción y, por ende, la entrada al país de la mano de obra que ella necesitaba.

”El capital argentino, invertido así en forma segura pero poco brillante, se mostraba reacio a buscar colocación en las actividades industriales, consideradas durante mucho tiempo como una aventura descabellada y, aunque parezca risible, no propia de buen señorío.

”El capital extranjero se dedicó especialmente a las actividades comerciales, donde todo lucro, por rápido y descomedido que fuese, era siempre permitido y lícito; o buscó también seguridad en el establecimiento de servicios públicos o industrias madres, muchas veces con una ganancia mínima respaldada por el Estado.

”La economía del país reposaba casi exclusivamente en los productos de la tierra, pero en su estado más innoble de elaboración, que luego, transformados en el extranjero con evidentes beneficios para sus economías, adquiríamos de nuevo ya manufacturados.

”El capital extranjero demostró poco interés en establecerse en el país para elaborar nuestras riquezas naturales, lo que significaría beneficiar nuestra economía y desarrollo, en perjuicio de los suyos y entrar en competencia con los productos que se seguirían allí elaborando.

”Esta acción recuperadora debió ser emprendida evidentemente por los capitales argentinos, o por lo menos que el Estado los incitase, precediéndolos y mostrándoles el camino a seguir.

”Felizmente la Guerra Mundial de 1914-18, con la carencia de productos manufacturados extranjeros, impulsó a los capitales más osados a lanzarse a la aventura y se estableció una gran diversidad de industrias, demostrando nuestras reales posibilidades.

”Terminada la contienda, muchas de estas industrias desaparecieron por artificiales unas, y por falta de ayuda oficial otras que debieron mantenerse; pero muchas sufrieron airosamente la prueba de fuego de la competencia extranjera dentro y fuera del país.

”Pero esta transformación industrial se realizó por sí sola, por la iniciativa privada de algunos ‘pioneros’ que debieron vencer innumerables dificultades. El Estado no supo poseer esa evidencia que debió guiarlos y tutelarlos, orientando la utilización racional de la energía; facilitando la formación de la mano de obra y del personal directivo; armonizando la búsqueda y extracción de la materia prima con las necesidades y posibilidades de su elaboración; orientando y protegiendo su colocación en los mercados nacionales y extranjeros, con lo cual la economía nacional se hubiera beneficiado considerablemente.

”Para corroborarlo no me referiré más que a un aspecto. Hemos gastado en el extranjero grandes sumas de dinero en la adquisición de material de guerra. Lo hemos pagado a siete veces su valor, porque siete es el coeficiente de seguridad de la industria bélica y todo ese dinero ha salido del país sin beneficio para su economía, sus industrias o la masa obrera que pudo alimentar.

”Una política inteligente nos hubiera permitido montar las fábricas para hacerlos en el país, las que tendríamos en el presente, lo mismo que una considerable experiencia industrial y las sumas invertidas habrían pasado de unas manos a otras, argentinas todas.

”Lo que digo del material de guerra, se puede hacer extensivo a las maquinarias agrícolas, al material de transporte terrestre, fluvial y marítimo y a cualquier otro orden de actividad.

”Los técnicos argentinos se han demostrado tan capaces como los extranjeros, y si alguien cree que no lo son, traigamos a éstos, que pronto asimilaremos todo lo que puedan enseñarnos.

”El obrero argentino, cuando se le ha dado oportunidad para aprender, se ha revelado tanto o más que el extranjero.

”Maquinarias, si no las poseemos en cantidad ni calidad suficientes, pueden fabricarse o adquirirse tantas como sean necesarias.

”A las materias primas nos las ofrecen las entrañas de nuestra tierra, que sólo esperan que las extraigamos.

”Si no lo tenemos todo, lo adquiriremos allí donde se encuentre, haciendo lo mismo que los países europeos, que tampoco lo tienen todo.

”La actual contienda, al hacer desaparecer casi en absoluto de nuestros mercados los productos manufacturados extranjeros, ha vuelto a florecer nuestras industrias, en forma que causa admiración hasta en los países industriales por excelencia.

”La teoría que mucho tiempo sostuvimos de que si algún día un peligro amenazaba a nuestra Patria, encontraríamos en los mercados extranjeros el material de guerra que necesitásemos para completar la dotación inicial de nuestro Ejército y asegurar su reposición, ha quedado demostrada como una utopía.

”La Defensa Nacional exige una poderosa industria propia y no cualquiera, sino una industria pesada.

”Para ello, es indudablemente necesaria una acción oficial del Estado, que solucione los problemas que ya he citado y que proteja a nuestras industrias si es necesario. No a las artificiales que, con propósitos exclusivamente utilitarios, ya habrán recuperado varias veces el capital invertido, sino a las que dedican sus actividades a esa obra estable, que contribuirá a beneficiar la economía y asegurará la Defensa Nacional.”

En términos correlativos se expresaba, en sendos capítulos, sobre la acción comercial, la acción económica y la acción financiera. El supuesto de tales ideas era la necesidad de que toda la economía de la nación estuviera dirigida preventivamente hacia la posibilidad de una guerra; pero alejada esa sombra por las circunstancias internacionales, esa concepción siguió funcionando como una expresión más aguda aún del ya viejo nacionalismo económico, manifestado en la decidida tendencia a la estatización.

En cumplimiento de tales designios, el gobierno de Perón nacionalizó en 1946 el Banco Central, sustrayéndolo a la influencia de los bancos particulares, e invirtió crecidas sumas en la nacionalización de algunos servicios públicos. Acaso la medida más significativa fuera la creación del Instituto Argentino de Promoción del Intercambio (IAPI), cuya misión era la de adquirir las cosechas a un precio remunerativo y gestionar su venta en el exterior; pero poco a poco se convirtió en el agente comercial del Estado para la mayor parte de las importaciones y exportaciones.

Dentro de la misma corriente de ideas, se estableció en el nuevo texto constitucional de 1949 una disposición sobre la función social de la propiedad y otra estableciendo que el capital debía estar al servicio de la economía nacional. Pero la más categórica de las disposiciones constitucionales fue la que se consignó en el artículo 40, que resumía ciertas ideas defendidas desde hacía mucho tiempo por diversos sectores antiimperialistas y luego erigidas en consignas propias y exclusivas por los nacionalistas de tendencia filonazi, algunos de los cuales formaban parte del movimiento adicto a Perón: “La organización de la riqueza —decía el citado artículo constitucional— y su explotación tienen por fin el bienestar del pueblo, dentro de un orden económico conforme a los principios de la justicia social. El Estado, mediante una ley, podrá intervenir en la economía y monopolizar determinada actividad, en salvaguardia de los intereses generales y dentro de los límites fijados por los derechos fundamentales asegurados en esta Constitución. Salvo la importación y exportación, que estarán a cargo del Estado de acuerdo con las limitaciones y el régimen que se determine por ley, toda actividad económica se organizará conforme a la libre iniciativa privada, siempre que no tenga por fin ostensible o encubierto, dominar los mercados nacionales, eliminar la competencia o aumentar usurariamente los beneficios.

”Los minerales, las caídas de agua, los yacimientos de petróleo, de carbón y de gas, y las demás fuentes de energía, con excepción de los vegetales, son propiedades imprescriptibles e inalienables de la Nación, con la correspondiente participación en su producto, que se convendrá con las provincias.

”Los servicios públicos pertenecen originariamente al Estado, y bajo ningún concepto podrán ser enajenados o concedidos para su explotación. Los que se hallaren en poder de particulares serán transferidos al Estado, mediante compra o expropiación con indemnización previa, cuando una ley nacional lo determine.

”El precio por la expropiación de empresas concesionarias de servicios públicos será el del costo de origen de los bienes afectados a la explotación, menos las sumas que se hubieran amortizado durante el lapso cumplido desde el otorgamiento de la concesión, y los excedentes sobre una ganancia razonable, que serán considerados también como reintegración del capital invertido.

Estas disposiciones eran categóricas: mucho menos resuelta fue la acción del gobierno para cumplirlas. Pero los principios —que correspondían a vagas tendencias innegablemente arraigadas en la opinión popular— hacían su camino y conquistaban nuevos adeptos. Dentro de la misma línea el gobierno esbozó un plan de acción en el llamado “Segundo Plan Quinquenal” y procuró completarlo en 1953 con dos acuerdos internacionales, uno con Chile y otro con Paraguay, que tendían a realizar la complementación de las respectivas economías.

Una política semejante en relación con las fuentes de energía propuso en 1954 Arturo Frondizi, jefe de la Unión Cívica Radical Intransigente, en su libro Petróleo y política, en el que sostenía la necesidad de realizar una revolución profunda “para transformar el viejo orden social en una nuevo”. Puntos fundamentales de ese cambio debían ser la reforma agraria, la industrialización y la democratización económica. La reforma agraria debía encarar una revisión de las formas de la propiedad, del régimen de explotación y del sistema de comercialización de la producción, para sustraer la economía agraria a las fuerzas negativas de los terratenientes y de los consorcios ajenos a los intereses nacionales y populares. La industrialización debía partir del logro de la “autonomía energética” y dirigirse hacia la creación de una “industria nacional independiente”, fundada especialmente “en el ahorro, en el trabajo, en la voluntad y en la inteligencia del pueblo argentino”, la industria pesada sería el objetivo final de ese proceso. La democratización económica debía orientarse hacia la destrucción de los monopolios privados por medio de la “nacionalización de las concentraciones capitalistas” en virtud de la cual se obtendría una intensa capitalización social. Los sectores nacionalizados deberían ser administrados por entes autárquicos con participación de usuarios, técnicos y obreros; los sectores privados se verían estimulados por la desaparición de los grandes monopolios. En todo caso la participación de técnicos, obreros y empleados en la dirección del proceso económico se consideraba fundamental para que la economía quedara subordinada a las necesidades del desarrollo nacional y del bienestar social, y no solamente ‘‘al limitado beneficio de los poseedores”.

Esta doctrina, fuertemente impregnada de antiimperialismo, fue la que orientó un importante movimiento dentro de la Unión Cívica Radical. Su inspirador, Arturo Frondizi, sostenía que debía desarrollarse en toda América latina en términos análogos, puesto que eran análogas las condiciones económicas, y depositaba grandes esperanzas en sus resultados. “Se darán así —decía en Petróleo y política— las condiciones materiales y políticas para corregir las deformaciones económicas creadas por un desarrollo subordinado a los intereses imperialistas, pará terminar con las injusticias sociales propias del régimen capitalista agudizadas por la acción de los grupos oligárquicos; para terminar con la ausencia de la cultura, base ideológica de la injusticia social y del atraso económico; y para acabar de una vez con la carencia de derechos y libertades, imposibilitando las formas dictatoriales de cualquier grado y contenido.”

5

Los cambios profundos y fundamentales que se operaron en todos los planos de la vida argentina suscitaron nuevas y distintas preocupaciones sobre su fondo y su sentido; muy pronto repercutieron en el análisis del pasado argentino suscitando en el campo de los estudios históricos inquietudes hasta entonces poco visibles, puntos de vista casi inéditos y criterios renovadores; pero suscitaron además otro género de reflexiones, menos sistemáticas pero más profundas, a través de las cuales se pretendía hallar, una vez más, las peculiaridades del carácter nacional y las pautas para la conducta social.

En el campo de la historiografía se acentuó la producción erudita. La labor de los institutos universitarios, de los archivos, de la Academia Nacional de la Historia —fundada sobre la base de la antigua Junta de Historia y Numismática Americana— así como de algunas instituciones privadas, permitió la publicación de un ingente caudal de documentos inéditos. Ejemplo significativo fue la edición de las Asambleas constituyentes argentinas que realizó el Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad de Buenos Aires bajo la dirección de Emilio Ravignani. Con criterio semejante trabajaron muchos historiadores que hicieron importantes aportes al conocimiento del pasado nacional, entre los cuales debe señalarse a Rómulo D. Carbia, Emilio Ravignani, Ricardo Levene, Roberto Levillier, Diego Luis Molinari, José Torre Revello, Ricardo Piccirilli, Julio V. González y muchos otros.

Otros temas y otras orientaciones aparecieron por entonces en el campo del conocimiento histórico. El estudio biográfico tentó a algunos que, como Ricardo Rojas o Alfredo L. Palacios, se ocuparon de figuras clásicas de la historia argentina: San Martín, Sarmiento o Echeverría. Pero también atrajeron a otros ensayistas ciertas figuras del pasado más reciente, cuyas biografías —de diverso valor erudito— cumplieron sin embargo la misión de atraer la curiosidad hacia una época poco estudiada pero de candente interés. Bernardo Canal Feijóo y Pablo Rojas Paz escribieron sobre Juan Bautista Alberdi, Manuel Gálvez y Félix Luna sobre Hipólito Yrigoyen, Raúl Larra sobre Lisandro de la Torre, Dardo Cúneo sobre Juan B. Justo, Alvaro Yunque sobre Leandro N. Alem, Agustín Rivero Astengo sobre Carlos Pellegrini y Miguel Júárez Celman. A veces la intención política predominó sobre la actitud erudita, pero en todos los casos medió una inequívoca intención de actualizar la historia argentina, en relación con los intereses vivos de la colectividad.

Esta dimensión de la historia estaba presente también en las preocupaciones por la historia económica. Tras los trabajos de Luis Roque Gondra y de Juan Álvarez, aparecieron nuevas investigaciones Sobre temas particulares. Raúl Scalabrini Ortiz escribió sobre la Historia de los ferrocarriles argentinos y la Política inglesa en el Río de la Plata; Rodolfo y Julio Irazusta se ocuparon de La Argentina y el imperialismo británico; Adolfo Dorfman estudió la Historia de la evolución industrial argentina, y Ricardo Ortiz intentó con éxito una visión ordenada y objetiva del conjunto en su Historia económica de la Argentina.

Esta preocupación por aclarar los caracteres del desenvolvimiento económico del país daba a la historiografía un nuevo matiz, al que desde otro punto de vista contribuían también obras como las de Mariano de Vedia y Mitre, Juan Balestra y Luis V. Sommi sobre la revolución de 1890 en cuanto ponían de manifiesto no sólo la incidencia de los fenómenos económicos sobre los sociales sino también la dependencia de la política contemporánea con respecto a complejos procesos que sólo la historia podía aclarar.

La militancia política inspiró, resueltamente, ciertas revisiones de la historia. La palabra “revisionismo” quedó adscripta específicamente a un movimiento que tendía a combatir las tesis generalmente admitidas sobre la época colonial y la época de Rosas, períodos que se trató no sólo de justificar sino, más aun, de presentar como los únicos momentos positivos de la historia argentina. El “hispanismo” tuvo su principal adalid en el padre Guillermo Furlong y el “rosismo” los tuvo en Carlos Ibarguren, Manuel Gálvez, Rodolfo y Julio Irazusta, José María Rosa y Ernesto Palacio. Ambas tesis estimaban fundamentales la perpetuación de los contenidos espirituales de la tradición española y combatían las influencias de otras corrientes europeas: la del liberalismo francés o la del imperialismo británico.

A estas tesis polémicas salieron al paso otros historiadores. Ricardo Piccirilli, Alberto Palcos, Abel Chaneton, Alfredo L. Palacios, Ricardo Rojas, Aníbal Ponce, Bernardo Canal Feijóo y otros defendieron las figuras de Rivadavia, Echeverría, Alberdi, y afirmaron que continuaban los ideales de la Revolución de Mayo, cuyos principios pondría en movimiento la generación de la Organización Nacional, a la que combatía encarnizadamente el revisionismo.

Fue Ernesto H. Celesia el que arremetió directamente contra la figura de Rosas, mostrándolo ajeno a los intereses de la Independencia. Por su parte, otros estudiosos que se apoyaban en los principios del marxismo emprendían un nuevo análisis de la historia argentino, siguiendo en parte la huella de Juan B. Justo. Analizaron la sociedad virreinal Eduardo Astesano en Contenido social de la Revolución de Mayo y Rodolfo Puiggrós en De la colonia a la Revolución. Este último enfrentó el tema de Rosas en dos libros de análisis, Rosas el Pequeño y La herencia que dejó Rosas al país, en tanto que con análogo punto de partida trataba el mismo tema Luis L. Franco en El otro Rosas y El general Paz y los dos caudillajes. Dentro de la misma línea se ocuparon de épocas más próximas Alvaro Yunque y Luis V. Sommi, este último en su Yrigoyen y La Revolución del noventa. Una visión de conjunto sobre la interpretación marxista de la historia argentina esbozó Puiggrós en su Historia económica del Río de la Plata, en la que mostró cómo se encadenaban las actitudes políticas con los intereses económicos, y cómo las grandes mutaciones que se observan en aquéllas se relacionan con los cambios que se producen en los sistemas de producción.

Entretanto, la revisión de los contenidos espirituales de la sociedad argentina era abordada desde otro sector, que quería trascender el minucioso análisis histórico y prefería las intuiciones profundas para llegar al descubrimiento de las constantes de la personalidad colectiva. Fueron ensayistas, escritores de vocación eminentemente literaria, quienes emprendieron este análisis. Justo es decir que algunos de ellos no desdeñaron anteponer a sus generalizaciones una investigación cuidadosa. Luis L. Franco, escritor eximio, aceptó totalmente las cargas de la investigación; Ezequiel Martínez Estrada acumuló cuantiosa información sobre nuestro pasado para documentar ciertas intuiciones fundamentales sobre la vida argentina, y Raúl Scalabrini Ortiz se lanzó más tarde a una verdadera cruzada histórico-política con bien elaborados materiales. Pero el género de la interpretación intuitiva del ser argéntino prosperó en los ensayistas a despecho de la erudición, y a veces con una militante posición contra ella. Parecía que la urgencia de llegar al fondo de una ontología nacional podía ser obstaculizada por el afán de extremar el análisis de la realidad económica, social, política y espiritual del país. Y la respuesta fue un intento de síntesis global apoyada en ciertos elementos que pareció que podían considerarse típicos.

Se unieron a los estímulos producidos por cierta inequívoca sensación de cambio, las reflexiones que sobre el país hicieron dos visitantes extranjeros, cuya palabra ejerció alrededor de 1930 una inmensa influencia: fueron el filósofo español José Ortega y Gasset y el ensayista alemán Hermann Keyserling.

En el volumen VII de El espectador, y poco después de su regreso de la Argentina, publicó Ortega y Gasset dos ensayos, uno sobre el paisaje, que tituló La pampa… promesas, y otro sobre el hombre y la sociedad, que llamó El hombre a la defensiva. Terminaba el primero luego de sabrosas digresiones sobre la llanura, afirmando que “una de las cosas menos frecuentes en la Argentina es hallar alguien que tenga puesta su vida primariamente a vivirla y sólo secundariamente a esta o la otra meta parcial dentro de su vida”. Y desarrollaba esta idea en el segundo ensayo con nuevas y acaso más jugosas observaciones, que expresaba, además, en incisivas fórmulas. El argentino —decía— vive a la defensiva porque no se siente seguro en su situación y se siente, en cambio, dispuesto a mantener la que ha decidido tener o adoptar. Por eso no vive con autenticidad, ni se entrega definitivamente a un destino. Esta característica de la situación del individuo proviene de la inestabilidad de la sociedad, propia de su pujanza y vertiginoso desarrollo, tanto como de las óptimas calidades intelectuales que lo caracterizan. El argentino vive atento a “una figura ideal que de sí mismo posee”, y hasta tal punto, que “el argentino típico no tiene más vocación que la de ser ya el que imagina ser”. Esta observación se unía a la que constituía el fondo del primer ensayo: el paisaje de la pampa explica que el argentino viva volcado hacia el futuro, despegado de su realidad concreta y embargado por la promesa que él mismo se hace.

Poco después publicó Keyserling sus Meditaciones sudamericanas, que también impresionaron profundamente. El pensador alemán definió a Sudamérica como “el Continente del tercer día de la Creación” sobre el que se desenvuelve una “vida primordial”. No se vive allí desde el espíritu —decía—, sino desde la tierra. “El sudamericano es absolutamente hombre telúrico.” Desde ese punto de partida analizaba las formas de vida sudamericanas y la significación que en ellas tenían las fuerzas que, simbólicamente, llamaba el “Mal original”, el “Hambre original” y el “Miedo original”. Una atmósfera singular rodea a unos hombres “que no podían aun cuando quisieran”, esto es, hombres prisioneros de la “gana” del impulso orgánico apenas asociado a las decisiones del espíritu. Y el conjunto de las formas de la conducta individual y social revelaba a sus ojos que el hombre telúrico vivía no dentro de un orden racional sino dentro de un orden emocional.

Alrededor de estas ideas —algunas ya apuntadas por algunos ensayistas argentinos— había de girar toda la insistente preocupación acerca del ser nacional que surgió y se desarrolló por esos años. En el ensayo que titulaba Para una caracterología argentina, Homero Guglielmini salía al paso de las observaciones de Juan Agustín García, de Agustín Álvarez y otros escritores de principios de siglo, señalando que los rasgos que tradicionalmente se habían atribuido a los argentinos, tales como el culto al coraje o el desprecio por la ley o la llamada “política criolla”, no debían considerarse despectivamente sino interpretarse como signos del predominio del sentimiento sobre la racionalidad. La política —señalaba— no se orienta en la Argentina según ideas o principios, sino según sentimientos; y como el argentino —agregaba— tiene mayor aptitud para lo concreto que para lo abstracto, concluye por encarnar los sentimientos en un hombre, de donde proviene el predominio de la política personalista sobre la principista. Guglielmini seguía las consecuencias de su afirmación fundamental, y señalaba que ciertas tendencias características —el entusiasmo, el olvido, el hastío— derivaban precisamente de la preeminencia del orden emocional en la vida argentina.

Este rasgo, en el que habían coincidido los observadores extranjeros, fue observado por otros ensayistas argentinos que pusieron, además, su empeño en señalar que no constituía un elemento negativo, como podía hacerlo suponer un cotejo superficial con las formas de vida europeas, sino, por el contrario, una actitud positiva. Raúl Scalabrini Ortiz proclamaba a Macedonio Fernández, el autor de No toda es vigilia la de los ojos abiertos, como “el primer metafísico de Buenos Aires”, precisamente porque su pensamiento “es un alegato pro pasión, un ataque al intelectualismo extenuante”. Y él mismo, en El hombre que está solo y espera, desarrollaba a su vez la teoría del carácter argentino siguiendo el hilo de esa reflexión.

“El hombre que está solo y espera”, el símbolo porteño ideado por Scalabrini Ortiz, llamado también “el hombre de Corrientes y Esmeralda”, no es un hombre que se deje guiar por ideas abstractas ni, en general, por reflexiones o cálculos. Es hombre de impulsos, de presentimientos, de intuiciones. “El porteño no piensa, siente”, decía categóricamente Scalabrini Ortiz. Tampoco ama la cultura intelectual de tipo europeo, sino que prefiere la improvisación. Y aun las severas normas éticas le parecen postergables ante los imperativos de la amistad o del agradecimiento. De aquí una especie de clemencia frente al que viola las convenciones y las normas, porque más valor parece tener un rasgo generoso, un rapto de audacia, una entrega radical a un sentimiento, que la más severa sujeción a rígidos principios racionales. Todo esto es algo propio del “hombre de Corrientes y Esmeralda”, pero parece provenir de la actitud vital del gaucho o acaso del “espíritu de la tierra”.

Scalabrini Ortiz pensaba que el espíritu de la tierra es suficientemente poderoso como para amalgamar las múltiples influencias que penetran un país de inmigración. “El hombre porteño tiene una muchedumbre en el alma”, decía. Y consideraba que las cuatro razas de las que desciende “se anulan mutuamente y sedimentan en él sin prevalecimientos”. Y en una definición llena de sentido, agregaba que la sociedad está formada sólo por individuos yuxtapuestos congregados solamente por la esperanza de llegar a ser en lo futuro una raza de definida e inconfundible fisonomía.

Scalabrini Ortiz insistía —a través de muchas glosas— en destacar la importancia de dos aspectos fundamentales del carácter nacional, en lo que, por lo demás, coincidía con otros ensayistas: el predominio del sentimiento sobre la razón y la entrega a la imagen futura de sí mismo más que a la propia realidad. Eran, a su juicio, como todas las otras que describía, notas positivas, pues Scalabrini Ortiz reaccionaba ante el carácter nacional con una íntima satisfacción.

Inversamente, Eduardo Mallea reaccionaba con un intenso amor, pero también con desaliento e indignación. Tales fueron las actitudes que inspiraron su Historia de una pasión argentina escrita al calor de una angustia profunda suscitada por la crisis moral del país. Mallea señalaba los males de su tierra y su propia reacción: “me levanto contra ella, la reprocho, la llamo violentamente a su ser cierto, a su ser profundo cuando está a punto de aceptar el convite de tantos extravíos”. El libro era una apelación a los espíritus responsables, a los “argentinos insomnes”, a quienes quería llevar “hacia un estado de inteligencia; no hacia un estado de grito”, desde el que enfrentaran “la comprensión total de nuestra obligación como hombres, la inserción de esta comprensión viva en el caminar de nuestra nación, la inserción de una moral, de una espiritualidad definida, en una actividad natural”.

El examen de Mallea revelaba la existencia de muchos y muy graves y profundos males; tantos que costaba trabajo mantener alguna esperanza. El más grave de todos era la crisis del “sentido de argentinidad”. Mallea recordaba que la conciencia argentina había conocido un momento de madurez, precisamente cuando el país nacía como pueblo. Entonces, las minorías cumplían la misión de encauzar a las masas con su alto ejemplo; pero luego, por una involución, el país aceptó las actitudes vitales de quienes se incorporaban a nuestra sociedad sin más propósito que alcanzar la riqueza. La “vida cómoda”, el tranquilo goce de los bienes materiales, el abandono de toda preocupación superior, la indiferencia frente a todo lo que fuera inquietud moral, caracterizó la existencia colectiva, sin que hubiera minorías que se sobrepusieran a esas debilidades; por el contrario, admitieron el primado de las mismas normas. Así alcanzó preeminencia ese conjunto humano que Mallea llamaba “la Argentina visible”, constituida por los que han sustituido “un vivir por un representar”. Influyentes en la vida colectiva porque actúan, dirigen y opinan, alcanzan precisamente su mayor penetración a causa de su espontánea coincidencia con los más elementales prejuicios y las más vulgares tendencias. Sólo atraídos por la figuración, falsean cuanto tocan y pervierten a los que los imitan. Mallea señalaba que, entre todos los peligros, el mayor era el ejemplo que esta “Argentina visible” ofrecía a quienes se incorporaban a la sociedad. “La sucesión racial, ética y política de nuestro pueblo estaba, por decirlo así, librada a sus manos.”

Si Mallea no se entregaba definitivamente a la desesperanza, era porque confiaba en lo que, antitéticamente, llamaba la “Argentina invisible”, compuesta de hombres que han mantenido una enérgica vigilancia moral, y se conservan imperturbables frente a las tentaciones primarias; la formaba —decía— un tipo de hombre sensible, “grave sin solemnidad, silencioso sin resentimiento, alegre sin énfasis, activo sin angurria, hospitalario sin cálculo de trueque, naturalmente pródigo…, humanamente solidario hasta el más inesperado y repentino sacrificio; lleno de exactas preciencias y zumos de sabiduría, simple sin alardes de letras”. Su firme y esperanzada confianza provenía de que veía en ellos la verdadera y permanente expresión del alma argentina, cuya actitud fundamental era la “exaltación severa de la vida”.

Recordaba Mallea muy de cerca las opiniones de Waldo Frank y de Hermann Keyserling; ricas a veces en intuiciones justas y en apreciaciones sutiles, y que sin duda habían contribuido a suscitar en él las reflexiones que hilaba sobre el tema del destino colectivo. Al terminar su libro, expresaba así su esperanza: “Tu silencio es una pausa honda, no muerte, no desaparición; una pausa honda. La pausa fundamental, la pausa de la reflexión dramática del que vela antes del alba, la pausa del que ominosamente trabaja en el destierro creador. Pueblo profundo de la Argentina, lo que vale en ti es tu exaltación severa de la vida. Está honda, muy honda; inexpugnable, muy inexpugnable; íntima, muy íntima en el silencio y la soledad de tu vida recóndita. Lo que eres, en verdad, es eso: exaltación severa de la vida. Lo contrario de tu floración, vegetación beocia, de tu moho, de tu áureo cardenillo.”

Ezequiel Martínez Estrada adoptaba una actitud más definitivamente pesimista en su Radiografía de la pampa, concebida en cierto modo bajo la sugestión de Oswald Spengler. Sobre la inocultable base de un estudio minucioso de los hechos, Martínez Estrada intentaba sobrepasar los límites de un mero conocimiento empírico de las circunstancias de la vida argentina mediante un examen fisiognómico que le permitiera captar sus íntimos y perdurables secretos. Por esa vía llegó a cierta visión fatalista del destino de la colectividad argentina, en la que influía mucho cierta misteriosa gravitación telúrica y acaso aun más la perpetuación de algunos estigmas psicológicos. Ese fatalismo suscitaba algo que podría llamarse un “sentimiento de culpa”, cuya presencia se adivinaría en las formas del comportamiento de la colectividad.

Martínez Estrada rastreaba la actitud psicológica del argentino —en la que veía, por lo demás, la raíz de su actitud social y cultural— a través de su singular relación con la tierra. La tierra tiene una realidad brutal. “Es lo más seguro bajo el pie y bajo la espalda, cuando ha concluido la marcha. Es lo que afirma que vive, al bruto, al posar sobre ella las patas y al alimentarse. La tierra es la verdad definitiva, la primera y la última: es la muerte.” Por eso posee un secreto que es necesario desentrañar si se pretend^ acordar la existencia humana con los sones de la armonía cósmica. Ahora bien, las circunstancias históricas no han querido que el argentino desentrañe el espíritu de la tierra, y esta inconexión explica fundamentalmente el sentido de su vida.

Fue la actitud del conquistador, primero, la que creó esa relación, porque vino a buscar oro y no encontró sino una llanura inconmensurable, de la que buscó “el dominio como represalia”. Y ese dominio fue brutal, ajeno a todo amor. Luego fue el colonizador, que vino también a buscar la riqueza, pero sabiendo ahora que dependía de sus brazos, y que luchó con la tierra para arrancarle cuanto tuviera, sin el designio de asentarse en ella, también en tránsito, como el conquistador. Los que sí quedaron fueron los criollos y los mestizos, “que tomaban partido por la horda contra la factoría, por la factoría contra la metrópoli, por América contra España. Se le había engendrado en la infamia, con la repugnancia del que satisface apetitos en carne vil”. Y este estigma sería definitivo.

Para el criollo, para el mestizo, el pasado no significaba sino vergüenza y odio. De aquí una actitud de perpetuo resentimiento frente a lo que parecía conservar el recuerdo de su origen paterno: la civilización, las formas establecidas para reprimir la vida indómita. Es el resentimiento del “hijo humillado” lo que explica ese comportamiento, el de los caudillos, el de las “multitudes anárquicas argentinas”, el del gaucho.

Pero las minorías europeizantes cubrieron la tierra incomprendida y las sociedades penetradas de miedo y de odio con una máscara de lo que se llamaba civilización. Eran instituciones, normas, principios, que nadie acataba espontáneamente sino bajo las fuerzas constrictivas. “Todavía el indio era una realidad más fuerte que la Constitución sobre la tierra ruda, inculta, salvaje, que sólo podían poblar los que habían permanecido renitentes a la civilización, en regiones bárbaras del mundo civilizado.” Pero el rico —aquel que había “trasmutado su vida en oro”— quería orden y deseaba las satisfacciones que dan el poder y el dinero, en tanto que el azar amenazaba destruir las conquistas logradas con la misma rapidez con que habían sido conseguidas. Para afirmarlas era necesario fijarlas institucionalmente, y así apareció una vasta red mediante la cual se aisló al hombre de la dura realidad de la tierra, permitiéndole su evasión del oscuro drama de resentimiento y de temor que lo asolaba. “La única estructura solidificada —escribía Martínez Estrada—, el único segmento de la esfera en que las tierras aparecen diferenciadas de las aguas, es la administración pública, las restringas del Estado. Sus perfiles y relieves demárcanse con nitidez; ahí pueden hacer pie los que temen la vida; pero es la masa un camalote sin consistencia interior.” Éstas son en realidad seudoestructuras que no alcanzan a fijar las relaciones entre el hombre real y las circunstancias reales. De aquí la angustia y la inquietud, el narcisismo, la actitud defensiva, la irrupción de la sensualidad. Un escepticismo radical acerca de las posibilidades del encuentro del argentino consigo mismo parece caracterizar la actitud profunda de Martínez Estrada.

Tal fue la opinión de Bernardo Canal Feijóo cuando escribió sobre Radiografía de la pampa, cuya concepción fundamental consideró desesperada y negativa. Por entonces enjuiciaba severamente Saúl A. Taborda todo el régimen institucional del país en un ensayo que titulaba La crisis espiritual y el ideario argentino, y en el que señalaba el anacronismo entre la estructura formal y la vida social del país. “Vivimos bajo el imperio de una ideología que ya ha hecho su ciclo”, decía. “El sistema parlamentario servido por los partidos políticos es un sistema que corresponde al período pastoril de nuestra historia institucional. Estuvo bien entonces y floreció en aquel momento de los grandes debates cuyo recuerdo acentúa la añoranza de las glorias pasadas; pero no corresponde ni se adecua a la realidad de estos días.” E insinuaba que era menester hallar otras vías para ajustar el sistema representativo a una más exacta funcionalidad. Taborda trataba de ahondar en los secretos de nuestra crisis. En sus Investigaciones pedagógicas analizaba los valores de lo que llamaba el “hombre precapitalista” argentino, para él de inequívoca raíz hispánica, y deducía del ensombrecimiento de esas virtudes las vicisitudes espirituales de nuestra existencia colectiva.

Así, en el plano profundo de la cultura, en el de las realidades sociales o en el de las instituciones, advertíanse signos de una crisis profunda. Las reacciones de los observadores eran unas veces optimistas y otras pesimistas, en tanto que simultáneamente se apreciaban como valiosos o desprovistos de valor los elementos espontáneos de la vida y de la cultura nacional. Así fue múltiple y diversa la reacción frente al cambio, manifestado inequívocamente en el plano de la vida político-social y revelado más oscuramente en otros horizontes de la vida argentina.

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En el plano de la especulación filosófica, una renovada exigencia de severo rigor y una decidida aspiración a incorporar al ambiente intelectual del país las últimas conquistas del pensamiento especulativo, indujeron a los espíritus más inquietos a tomar contacto con las corrientes filosóficas que prevalecían en Alemania, en cuyas universidades una generación excepcional realizaba un intenso esfuerzo para desarrollar hasta sus últimas consecuencias los puntos de vista esbozados poco antes por los grandes maestros de principios del siglo. Rickert, Windelband, Dilthey, Simmel, Husserl habían abierto nuevos caminos a la reflexión, y sus discípulos y continuadores trabajaban empeñosamente en elaborar las vastas perspectivas que se entreveían.

Alejandro Korn, de ascendencia alemana, había tomado contacto con esas nuevas corrientes, aunque sin dejarse seducir excesivamente por ellas. Pero otros estudiosos más jóvenes le prestaban total adhesión. Francisco Romero desde el país, y Carlos Astrada, Saúl A. Taborda y Luis Juan Guerrero en las aulas de las universidades alemanas, se familiarizaron con el nuevo pensamiento filosófico alemán y comenzaron a difundirlo en las páginas de las revistas y más tarde desde la cátedra, favorecidos por el padrinazgo de José Ortega y Gasset, quien, desde la Revista de Occidente, desde la Biblioteca que la misma revista editaba, y desde la tribuna —en las conferencias que dictó en Buenos Aires en 1928— consagraba las nuevas orientaciones filosóficas como las únicas que podían responder a las inquietudes auténticas y profundas del hombre contemporáneo. Dos instituciones, la Sociedad Kantiana de Buenos Aires y el Colegio Libre de Estudios Superiores —este último fundado en 1930 e inspirado por Luis Reissig— sirvieron como tribuna para las nuevas corrientes, junto a las aulas universitarias. Y en todos esos ambientes fue figura monitora Alejandro Korn, que alcanzaba por aquellos años la culminación de su prestigio intelectual y personal.

Ciertamente, cuando desaparecieron de las cátedras universitarias las doctrinas positivistas, fue la orientación de Alejandro Korn la que prevaleció. Hubo en los círculos intelectuales un momento de exaltación, cuando, en 1930, dio a luz el anciano maestro su primer libro, en el que, con el título de Ensayos filosóficos, reunía sus estudios más logrados, y entre ellos su Axiología, hasta entonces inédita. Su peculiar posición espiritual quedó condensada en el brevísimo prólogo con que quiso abrir el volumen, en el que decía: “Aunque se circunscriba a una minoría, lentamente crece en nuestro país la difusión y la intensidad de los estudios filosóficos. Todavía prevalece la asimilación de doctrinas exóticas. Pero un pueblo con personalidad propia, no ha de vivir en perpetua tutela; sus intereses, su índole, sus ideales, en hora propicia, han de hallar también una expresión propia. Por eso dedico la edición restringida y reservada de este libro, no como un ejemplo, sino como un estímulo a los hombres jóvenes en cuyas manos se hallan los destinos de la cultura patria.

“Algunos me distinguen con su amistoso afecto, otros seguirán distinta huella. Pero la vocación filosófica ha de surgir. Ésa es mi fe y mi esperanza. Si dentro de la nueva generación pudiera distinguir al predestinado, sonriente me inclinaría a ajustarle el cordón de la sandalia para que emprenda la marcha victoriosa.”

En cuanto a su posición filosófica —por lo demás indisolublemente unida a su actitud vital— acaso quedó fijada mejor que en parte alguna en la carta que en 1927 escribió a otro ilustre filósofo, Alberto Rouges: “Todo mi afán —decía— en la modesta esfera de mi actuación, se ha encaminado a destruir la concepción determinista y mecanicista que la chatura seudocientificista del positivismo y su realismo ingenuo, como una calamidad nacional, han infiltrado en el ambiente.” Para su lucha había usado a Kant como arma: “No se le ocultará que me acojo a la sombra de Kant, y aun a la de un Kant un poco pedestre que, asimismo, prefiero a cuantos han tratado de superarlo, muy especialmente a la sofisticación audaz de los neokantianos.” Y rechazaba olímpicamente las nuevas direcciones que conducían a distintas posiciones metafísicas: “He terminado en estos días una lectura metódica de la Filosofía de Rickert. En doscientos páginas de una exposición prolija, honesta y aburridora, protesta contra toda intención metafísica, trata de convencernos de que el valor, independiente de la valoración, es un objeto irreal, y luego en una página, a la vez trágica y ridicula, confiesa que no sabe cómo lo irreal actúa sobre lo real. Nos encomienda a la religión. Husserl, a quien Ortega y Gasset ha proclamado el más grande de los filósofos vivientes, también asegura no hacer metafísica y ayunta la lógica pura con una vaga intuición, en busca de la quididad esencial de las cosas. En tanto Max Scheler, su discípulo más destacado, acaba de refugiarse en el regazo de la fe católica. Para llegar a semejante puerto hay caminos más breves. Todo esto me interesa sobremanera; de la angustia metafísica, bien se ve, no se ha de librar la humanidad ni el más ínfimo de sus integrantes. No lo ignoro; pero, con Pascal me limito a decir: II y a des raisons que la raison ne connait pas.”

Su problema fundamental era el de la libertad, que él llamó creadora, y que oponía como finalidad del hombre a la necesidad natural. “Cuando entrego el mundo objetivo —o sea espacial— a la interpretación causal y aritmética de la ciencia, por fuerza determinista y mecanicista, no entiendo haber resuelto un problema ontológico ni me refiero a la esencia desconocida del proceso cósmico. Si luego atribuyo a la personalidad humana como finalidad la conquista de la libertad, tampoco entiendo referirme, como el idealismo romántico de los alemanes, a una libertad noumenal, opuesta a la finalidad fenomenal. Tomo ambos conceptos, el de necesidad y el de libertad —sin hipostasiarlos—, en un sentido relativo, no como integrantes de la ‘realidad en sí’, sino como integrantes de nuestra concepción de la realidad sin comillas. Pues, kantiano relapso, no identifico el Ser con el Yo aprisionado en los moldes del entendimiento humano. La realidad, reflejada en el tiempo y en el espacio, la concibo como un conflicto, no como una armonía.”

Estas ideas terminaban en una toma de posición: “La filosofía argentina se afirma tres veces en el segundo verso de nuestro Himno Nacional, acompañada del ruido de rotas cadenas. Humanizarse es aproximarse a la realización íntegra de nuestra libertad. Entiendo que eso es ser argentino. ¿Cuál es la vía? En las soluciones universales y perpetuas no creo. Los problemas se plantean dentro de su medio y de su época. La Voluntad —más o menos instintiva, más o menos consciente— impone la solución. De la vida surgirá y no de la cátedra.”

Korn había desarrollado estas ideas en los trabajos —no muchos— que fue publicando a lo largo de su vida. En 1935 las ordenó en su segundo libro, Apuntes filosóficos, en el que precisaba, de manera casi geométrica y en estilo vehemente, sus puntos de vista fundamentales acerca de una filosofía que desembocaba en la acción fundándose sobre la ética. Era su filosofía viva y de ahí su ascendiente personal, más allá de toda disidencia teórica.

Alberto Rouges, a quien Korn dirigía la citada carta, era acaso menos propenso aún a las sugestiones de las nuevas corrientes filosóficas, que, por lo demás, conocía profundamente. Su punto de partida fue la consideración de ciertos problemas agustinianos, especialmente el del tiempo, sobre el que meditó en su único libro titulado Las jerarquías del ser y la eternidad, publicado en 1942 y acaso nacido de la frecuentación del pensamiento bergsoniano. En cambio, Saúl A. Taborda estaba totalmente comprometido con la nueva filosofía alemana, y en esa línea —aunque con asombrosa originalidad en ocasiones— escribió sus Investigaciones pedagógicas, cuyo primer volumen apareció en 1930, y La crisis espiritual y el ideario argentino, que vio la luz en 1933. Taborda perseguía tras el análisis de la crisis de la cultura occidental y el examen de la coyuntura nacional, la definición de una nueva idea del hombre. Se sublevaba contra la determinación económica del hombre moderno y descubría en lo que llamó “el hombre precapitalista” las reservas que pueden deparar la reconquista de un nuevo sentido total de lo humano, la reconquista del “hombre entero”. Llena de sugestiones sobre la vida argentina, a la que consideraba frustrada por el abandono de sus fundamentos hispánieos, su obra se orientó hacia la determinación de los nuevos ideales pedagógicos. Taborda los buscaba sobre todo para erigirlos en principios de la educación argentina; pero los buscaba con tan ambiciosa fundamentación que Alejandro Korn pudo reprocharle que desenvolviera “una teoría abstracta destinada a la salvación pedagógica de la humanidad”. Sin duda, se alineaba Taborda en las corrientes culturales y pedagógicas que inspiraba Eduard Spranger, a quien admiraba particularmente, y acaso esta filiación de su pensamiento, unida a cierta casi escondida vocación religiosa, suscitaba la crítica de Korn, quien, sin embargo, saludó las Investigaciones pedagógicas como valioso esfuerzo intelectual. Y lo era, sin duda, y el tiempo ha ido descubriendo la solidez de la doctrina y la agudeza de la observación inmediata.

Próximos a estos maestros, pero decididamente orientados hacia la filosofía alemana contemporánea, desarrollaron sus investigaciones y su enseñanza Francisco Romero, Luis Juan Guerrero y Carlos Astrada. Cupo a Francisco Romero la misión de difundir —y no sólo en la Argentina— las nuevas corrientes de pensamiento que adquirieron relieve después de la Primera Guerra Mundial. En innumerables artículos llamó la atención sobre filósofos y problemas, en los que descubría enfoques originales, valiosos, y, además, adecuados a las inquietudes del hombre contemporáneo. Pero al lado de esa labor fue perfilando su propio pensamiento, que orientó en general hacia ciertos temas de la metafísica, de la teoría de la cultura, y, sobre todo, de la antropología filosófica. Buen conocedor del pensamiento de Dilthey y de Hartmann, avanzó en el análisis del problema de la trascendencia. Por esa vía penetró en los problemas del hombre y de la cultura, que analizó detenidamente en su obra fundamental, Teoría del hombre, publicada en 1952. Francisco Romero analizaba en ella las nociones de intencionalidad y de espíritu, y se detenía en el examen del espíritu, que concluía en una metafísica de la trascendencia; finalmente se introducía en el tema mismo del hombre, que estudiaba a través de algunas notas que estimaba fundamentales: dualidad, enmascaramiento, justificación, sociabilidad, historicidad, sentido.

Sensible originariamente a influencias semejantes, Carlos Astrada se orientó progresivamente hacia el existencialismo de Heidegger. Desarrollando ese punto de vista con audacia y originalidad, centró sus preocupaciones en lo que llamó “el juego existencial”, expresión con la que tituló un libro publicado en 1933. Largos años de labor en el mismo sentido dieron origen a otras obras: Idealismo fenomenológico y metafísica existencial, La ética formal y los valores, y Ser, humanismo, “existencialismo”. Luis Juan Guerrero —como Astrada— estudió largamente en Alemania y dedicó poco a poco sus esfuerzos a la estética, cuyos resultados cristalizaron en su densa Estética operatoria, de la que en vida sólo alcanzó a publicar el primer volumen.

Más jóvenes, constituyeron la siguiente promoción filosófica, entre otros, Vicente Fatone, Ángel Vassallo, Miguel Ángel Virasoro, Risieri Frondizi, en todos los cuales las influencias se entrecruzaron con preocupaciones originales que, finalmente, prevalecieron en su obra. Inclinado a los problemas religiosos, Fatone estudió los místicos y se detuvo largo tiempo en la profundización de la filosofía hindú, sin descuidar por eso las corrientes más modernas del pensamiento occidental, especialmente el existencialismo. Vassallo, que publicó en 1939 su Elogio de la vigilia, halló en Maurice Blondel y en su “método de la inmanencia” una fuente de inspiración consustanciada con sus propias preocupaciones. Virasoro, dentro de la dirección existencialista, escribió La libertad, la existencia y el ser.

Frondizi, preocupado por el problema del empirismo primero, analizó la cuestión a fondo en El punto de partida del filosofar, deteniéndose luego preferentemente en el problema de los valores.

Otras direcciones cobraban, entretanto, algún desarrollo. La filosofía tomista y las diversas variantes de las corrientes católicas inspiradas en Berdiaef, en Blondel o en Maritain, encontraron adeptos en la Argentina. Tomás D. Casares publicó en 1928 Jerarquías espirituales, donde analizó el problema de la inteligencia y la fe, luego el de la acción, el conocimiento y la contemplación, y finalmente el de la política y la moral. En sus estudios posteriores profundizó los temas propuestos por el tomismo, línea en la que también trabajaron Octavio N. Derisi —cuya obra Filosofía moderna y filosofía tomista, publicada en 1941, planteó el problema de sus relaciones recíprocas y la defensa de las tesis católicas— y Juan Sepich, entre otros.

Tomó también cierto vigor la filosofía marxista, a través de las obras de Emilio Troise y, especialmente, de la de Aníbal Ponce. Discípulo y continuador de Ingenieros, continuó Ponce trabajando en temas psicológicos; pero muy pronto se adhirió a las tesis marxistas, que defendió con sólidos fundamentos y clara inteligencia en algunos trabajos de rara profundidad: Educación y lucha de clasas y Humanismo burgués y humanismo proletario. En la misma línea insinuó luego algunas reflexiones Carlos Astrada, mientras otros estudiosos se afirmaban en ella gracias a las sugestiones del ilustre filósofo italiano Rodolfo Mondolfo, radicado en la Argentina.

Después de la Segunda Guerra Mundial se difundió considerablemente el existencialismo sartreano, pero sin que originara un movimiento vigoroso de pensamiento; como en otras partes, fueron más bien las derivaciones literarias las que apasionaron y atrajeron las adhesiones; pero es innegable que el existencialismo en general —según Heidegger o según Sartre— conformó la actitud intelectual de buena parte de la generación posterior a 1945. Junto a esta influencia europea, debe señalarse la que ha ejercido la filosofía científica, generalmente por la vía de los Estados Unidos. La epistemología, la filosofía científica, la lógica matemática y simbólica han sido frecuentadas asiduamente por estudiosos formados, generalmente, en las universidades norteamericanas.

Los estudios psicológicos, que se habían desarrollado considerablemente bajo la influencia de José Ingenieros, Norberto Piñero y Aníbal Ponce, cambiaron de orientación en alguna medida en relación con el conocimiento de nuevas corrientes modernas. Una influencia importante fue la de la psicología de la estructura; pero más notable fue la del psicoanálisis, que encontró amplia adhesión en los ambientes médicos y psiquiátricos, y pasó de allí a capas más amplias de curiosos y aficionados. Interesada en problemas psicológicos y médicos, Telma Reca logró hacer escuela en el campo de los problemas de conducta de niños y jóvenes.

El conocimiento de las nuevas ideas filosóficas y pedagógicas engendró un movimiento de cierta importancia en el campo de la educación. José Rezzano lo estimuló desde Nueva Era, publicación vinculada a la “Liga Internacional de Nueva Educación”, en tanto que buscaban aclarar su contenido, tanto en el orden de los problemas generales como en el de sus aplicaciones particulares, Juan P. Ramos, Saúl A. Taborda y Juan Mantovani.

En Los límites de la educación, publicado en 1941, Juan P. Ramos profundiza la noción de cultura en el ámbito del pensamiento contemporáneo y, considerándola como una especie de saber olvidado, la distingue y separa de la educación. La educación no es para él un problema de instrucción intelectual sino un sistema de valores morales, lo cual, inesperadamente, conduce a Ramos a una posición aristocratizante que, por cierto, correspondía a sus preferencias políticas de tipo nacionalista. Saúl A. Taborda, que se ocupó del problema de la educación en sus Investigaciones pedagógicas, partía también de la necesidad de afirmar los principios éticos, pero trataba de definirlos por la vía del delineamiento de los ideales. Atento a los esquemas de Spranger, sobre todo, meditó sobre un sistema de ideales argentinos, en el que creía poder hallar el camino para una educación que se propusiera desarrollar lo que llamó “el hombre entero”. Una preocupación semejante condujo a Juan Mantovani hacia afirmaciones análogas en su libro Educación y plenitud humana, de 1933, que se reiteran en La educación y sus tres problemas, publicado en 1943. No sólo debe huir la educación de los fines exclusivamente prácticos —decía Mantovani—, sino también de fines desinteresados que alteren la suprema armonía de lo humano; por eso la educación debe satisfacer el plano de lo vital, pero trascendiendo hacia la libertad, la creación y la moralidad.

Estas doctrinas tenían su correlato metodológico. Muchos educadores intentaron transformarlas en orientadoras de la acción educacional del Estado, y procuraron que se aplicaran los nuevos métodos. Diversas circunstancias hicieron que este proyecto no se cumpliera nunca de una manera decidida. Pero dejó por lo menos la inquietud de que es necesario rever totalmente la orientación de la educación popular.

Diversas revistas de ensayos aglutinaron por entonces a los hombres de pensamiento, renovando la labor que habían realizado Nosotros y Síntesis; entre ellas Criterio, de orientación católica; Dialéctica, de orientación marxista; Realidad, dirigida por Francisco Romero y que se definía como “revista de ideas”; Cursos y Conferencias, editada por el Colegio Libre de Estudios Superiores; [mago Mundi, cuyo subtítulo la identificaba como una “revista de historia de la cultura”, y muchas otras, entre las cuales alcanzaron gran significación algunas publicadas por las universidades o por sus distintas facultades. Editaron éstas también libros y colecciones importantes. Pero en este campo, la novedad trascendental se produjo hacia 1937, cuando Buenos Aires comenzó a transformarse, rápidamente, en uno de los centros editoriales más importantes de habla hispánica.

No faltaban en Buenos Aires algunas sólidas casas editoras como Peuser, Estrada, Coni o Kraft, capaces de lanzar ediciones pulcras; no habían faltado tampoco editores audaces que, como Manuel Gleizer o Samuel Glusberg, habían emprendido la noble tarea de dar a conocer los autores argentinos, junto a las grandes figuras de la literatura universal. Pero fue después de 1937 cuando se organizó la producción de libros argentinos en gran escala, y fue en gran parte debido al esfuerzo de algunos emigrados españoles, como Gonzalo Losada o Antonio López Llausás. La tesonera e inteligente labor de ellos y de otros muchos contribuyó a crear una nueva aventura: la de editar libros. Hubo un momento —hacia 1946— que pasaban de cuatrocientas las editoriales argentinas. Un público lector que crecía rápidamente acompañó este esfuerzo, que se decantó luego y dejó como saldo una vigorosa industria editorial.

También se desarrolló al calor de esta industria una vasta posibilidad de trabajo intelectual y artístico: redactores, traductores, diagramadores e ilustradores se asociaron a la aventura editorial. Y no fue poca la influencia que tal movimiento ejerció en el estímulo de las vocaciones literarias.

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En 1931, Victoria Ocampo fundó la revista Sur. Figuraban en su Consejo de Redacción, entre otros, Jorge Luis Borges, Eduardo Mallea y Guillermo de Torre, quienes compartían la orientación de la revista con un Consejo Extranjero del que formaban parte Ernest Ansermet, Drieu La Rochelle, Leo Ferrero, Waldo Frank, Pedro Henríquez Ureña, Alfonso Reyes, Jules Supervielle y José Ortega y Gasset. Estos últimos, vinculados de alguna manera a la actividad intelectual argentina, representaban las preferencias estéticas de Victoria Ocampo y del grupo redactor. Atento a la renovación que en todos los órdenes de la creación se advertía tanto en los países europeos como en los Estados Unidos, el grupo de Sur constituyó una minoría refinada que en ocasiones adquirió el aspecto de una élite un poco esotérica. Sin duda quienes se reunieron en él tenían, en general, una evidente predilección por la creación pura, con lo que perpetuaban el más saliente de los rasgos de la generación llamada “martinfierrista”, sobre la cual, por cierto, había de discutirse mucho, sin que faltaran quienes negaran su existencia como grupo homogéneo; y fue precisamente Sur el baluarte donde se hicieron fuertes quienes habían afirmado la necesidad de una renovación estética, y en sus páginas donde se manifestó la lenta maduración de los jóvenes escritores que habían comenzado su carrera como heterodoxos. En ellas, sus colaboraciones se alternaban con las de autores extranjeros de gran dignidad, cuyos nombres revelaban sus propias preferencias; y las ediciones que Sur comenzó a lanzar permitieron al público culto familiarizarse con la mejor literatura contemporánea.

Es innegable que, a medida que maduraban, acusaban más netamente los escritores del grupo Sur una mayor influencia de la literatura de pensamiento. Ésa fue la que prefirió Jorge Luis Borges, consumado conocedor de la literatura inglesa y escritor consumado él mismo. Poeta casi metafísico, reveló su dramática concepción de la experiencia intelectual a través de un verso impecable, en el que cada palabra escondía el secreto de una elaborada y profunda intuición de sus posibilidades expresivas. Y en el cuento, denso de contenido hasta cuando desarrollaba paradójicamente un tema trivial, alcanzó su prosa la perfección que buscaba. El tema del tiempo, el del retorno y tantos otros de vieja alcurnia filosófica, aparecían incluidos en un cuadro de impecable estructura en el que Borges no desdeñaba introducir él más sutil humorismo y la más refinada versión de las peculiaridades caracterológicas y verbales de su contorno bonaerense. En él culminó la aspiración estética de su generación.

La poesía metafísica había atraído también a Macedonio Fernández, oscuro y profundo adivinador de arcanos. Ricardo Molinari persiguió una expresión hermética, laberíntica a veces, para volcar su subjetividad conmovida por el paisaje y por la propia introspección. Francisco Luis Bernárdez, Oliverio Girondo, Leopoldo Marechal y Eduardo González Lanuza completan el cuadro de la mejor poesía de su generación, hostigada por un vigoroso llamado lírico y por una vehemente obsesión de perfección formal.

De esa generación, Eduardo Mallea fue el más asiduo y denso novelista. También a él lo atraía la novela de pensamiento, y si algunas veces se dejó llevar por los problemas de su contorno, como en la ya citada Historia de una pasión argentina, fueron los problemas psicológicos, los de los caracteres y las situaciones, los que suscitaron sus temas y sus vastas construcciones novelísticas, en ocasiones demasiado saturadas de reflexiones, pero animadas siempre por su vigorosa veta de narrador. Más ágiles en el relato, y poseedores de un fino estilo, Norah Lange y Adolfo Bioy Casares dieron a la novela una atmósfera fresca, en la que la primera supo alojar una delicada corriente de sensibilidad, casi de ternura. Y la viva experiencia de todo ese movimiento literario, recogida con profundidad en ocasiones y con acritud otras veces, fue volcada por Leopoldo Marechal en Adán Buenosayres, una novela de excelente arquitectura y de gran aliento narrativo.

El innegable esteticismo, cierto sentimiento de élite y una predominante tendencia a prescindir del contorno inmediato, fueron los caracteres que otros sectores descubrieron en el grupo de escritores de Sur. Aun vinculado a ellos, Ezequiel Martínez Estrada siguió otro camino y se volvió hacia el análisis de sus circunstancias. Poeta y estilista, poseía el secreto de las fórmulas profundas y expresivas para destacar la significación de los rasgos típicos de la vida argentina, descubiertos en parte por la vía del análisis sociológico y en parte por el camino de una intuición desusadamente sagaz. Poco a poco fue elaborando un sistema de pensamiento para comprender los fenómenos sociales y culturales, en el que se advirtió una fuerte tendencia a las interpretaciones telúricas. Apasionado, vibrante y lleno de coraje intelectual, su literatura se fue tornando denuncia y su voz alcanzó cierta modulación profética. A medida que pasaba el tiempo, cuando el esteticismo comenzó a parecer condenable y nuevas preocupaciones sociales empezaron a difundirse en las nuevas generaciones, Martínez Estrada atrajo la atención de los jóvenes y sus ensayos llegaron a ser punto de partida para el encauzamiento de las nuevas vocaciones intelectuales.

Entretanto, la tradición de la literatura social, que el llamado “grupo de Boedo” había opuesto al esteticismo “martinfierrista”, fue recogida con distinta intensidad por nuevos novelistas en quienes se conjugaban también otras influencias, como las del realismo norteamericano. Leónidas Barletta seguía produciendo y Roberto Arlt recogía la devoción de nuevos lectores; y en una línea semejante iniciaban su obra Bernardo Verbitsky, Carlos Ruiz Daudet, Juan Goyanarte y Juan Carlos Onetti. Con ellos entraba otra vez en la literatura el mundo subsumido, el de los dramas oscuros y sórdidos, el de la pequeñez y la miseria, o el de la inadaptación frente a los ininteligibles mecanismos de la realidad, temas que se revelaban a través de una expresión directa y en ocasiones deliberadamente brutal.

Era la de estos últimos una generación más joven, en la que surgió un fino poeta, Vicente Barbieri, lírico delicado y profundo. Pero todavía se daban por entonces —hacia 1940— las mismas direcciones estéticas que se enfrentaban quince años antes. Los que entonces comenzaron a escribir poesía siguieron todavía las huellas de los que ya solían llamar sus maestros: Borges, Bernárdez, especialmente, y se agruparon con cierta insistente tenacidad a la sombra de un rótulo, el de “la generación del 40”, que no llegaba a precisar en ellos una orientación poética distinta de la de sus modelos. Juan Rodolfo Wilcock, Olga Orozco, Enrique Molina, César Fernández Moreno, Jorge Vocos Lescano, Daniel Devoto, Alberto Girri, María Elena Walsh, Fernando Guibert, se volcaron hacia una lírica que fue llamada posromántica, elegiaca a veces, esteticista siempre, en la que se advertía la influencia de Juan Ramón Jiménez y de la primera época de Neruda. Canto, Huella, Fábula, Verde Memoria, fueron las revistas que fundaron, y en ellas, como en las obras individuales, se advirtió una actitud irreductiblemente subjetiva.

Pero esta actitud había de cambiar profundamente cuando, al fin de la Segunda Guerra Mundial, coincidieron nuevas influencias literarias con nuevas situaciones sociales. A la generación del 40 sucedió la del 45, tan opuesta a ella por sus predilecciones literarias como por el tipo de reacciones que la caracterizaron con respecto al destino colectivo y al papel del escritor. Luchas políticas y estudiantiles, militancia resuelta y sentimiento de crisis conformaron, con nuevas experiencias, las nuevas actitudes literarias, en las que la “situación” desempeñaba un importante papel.

Influido por Huidobro y el surrealismo, un grupo de poetas proclamó la necesidad de una poesía mágica y creadora de realidades. En la revista Poesía Buenos Aires se concretó esta actitud mezclada con preocupaciones sociales, a la que poco después se sumó otra de ortodoxo acento surrealista, y que giró alrededor de otras revistas: A partir de cero y Letra y línea. Pero el movimiento más vigoroso fue el que recogió la nueva sensibilidad de los jóvenes militantes, y buscó expresarse a través de un nuevo estilo, más directo, más comprometido. Centro, Contorno, Ventana Buenos Aires, fueron las revistas de los nuevos. La actitud telúrica halló su inspiración remota en Keyserling y Spengler, y su suscitador en Martínez Estrada. H. A. Murena y Rodolfo Kush representaron eminentemente esta dirección, que el primero llevó al ensayo y a la ficción más tarde. El realismo, en el que resonaban los ecos de la novela norteamericana e italiana y hasta un vago soplo existencialista, atrajo a nuevos grupos de novelistas que se esforzaron por volcar a la literatura los problemas vivos con una acentuada intención social. Primero Ernesto L. Castro, Alfredo Varela, luego David Viñas, Beatriz Guido, Alberto Rodríguez, irrumpieron con un lenguaje nuevo y una temática distinta, que proporcionó a la novelística un sabor de inmediata realidad de que antes había carecido. Y esa tendencia predominó en el teatro —con Carlos Gorostiza, Agustín Cuzzani, Carlos Carlino— que ofreció la ocasión de expresar la profunda renovación de inquietudes que caracterizaba a las nuevas generaciones.

Un fenómeno análogo al de las letras se observó en el campo de la plástica. Después de 1930 maduraron las figuras que habían dado la batalla por las nuevas corrientes estéticas y, en la sociedad de “Amigos del Arte”, sobre todo, ganaron el favor del público conocedor los artistas que traían la inspiración de la “escuela de París”: Alfredo Guttero, Horacio Butler, Héctor Basaldúa; o un constructivista, como Lino Eneas Spilimbergo, o un cubista como Emilio Pettoruti.

Hacia 1939 comenzó a difundirse el surrealismo, en el que sobresalieron Leopoldo Presas y Juan Batlle Planas. Por entonces también comenzó a advertirse el vigor de otra escuela, la del realismo, que en algunos fue “socialista”, y que defendieron con su obra Carlos Giambaggi, Antonio Berni y Juan Carlos Castagnino. Pero sólo después de 1945 comenzaron a aparecer las primeras muestras de pintura no figurativa, y más tarde la decididamente concreta, en la que se destacaron Sarah Grilo, Miguel Ocampo, Fernández-Muro, Tomás Maldonado y Alfredo Hlito. En el análisis de las nuevas corrientes plásticas trabajaron los críticos de arte Julio E. Payró —de vasta obra también como historiador del arte— y Jorge Romero Brest.

Un vigoroso desarrollo musical permitió que los compositores argentinos de la renovación, como José María y Juan José Castro, Carlos Gianneo, Alberto Ginastera y otros, lograran la aceptación del público. Entretanto, sus discípulos perpetuaron su misma dirección estética y, en abierta oposición a ella, Juan Carlos Paz difundió como músico y como crítico la nueva música dodecafónica.

Crisis y orden en el mundo feudoburgués. 1980

A Laura Muriel, Mariana,
Soledad Inés, Nathalie,
Juan Luis, Ana Leonor
y José Luis Fernando


ÍNDICE


PRIMERA PARTE. LA SOCIEDAD FEUDOBURGUESA Y LA ECONOMÍA DE MERCADO

Capítulo I. La nueva sociedad y la preeminencia del patriciado urbano.

– I. La sociedad feudoburguesa; II. Vieja y nueva nobleza; III. El patriciado y las clases urbanas dependientes

Capítulo II. La nueva sociedad y la consolidación de la economía de mercado.

– I. El desarrollo de la economía urbana; II. El impacto de la economía de mercado sobre la economía rural; III. La gran expansión de la economía de mercado

Capítulo III. Los conflictos internos de la vida socioeconómica.

– I. Las tensiones de la vida social; II. Las contradicciones de la vida económica.


SEGUNDA PARTE. LA POLÍTICA DEL REALISMO

Capítulo I. La crisis del orden ecuménico y la nueva política.

– I. El desvanecimiento del Imperio y el papado; II. Las nuevas realidades políticas; III. El estilo de la nueva política.

Capítulo II. La política de las ciudades de desarrollo autónomo.

– I. El fortalecimiento de las oligarquías; II. La radicalización de las democracias; III. El desarrollo del autoritarismo urbano

Capítulo III. La política en los estados territoriales.

– I. La renovación política de las monarquías; II. La política de las clases nobles; III. La política de las burguesías integradas


TERCERA PARTE. LAS FORMAS DE VIDA CONFLICTIVAS

Introducción

Capítulo I. La vida rural.

– I. Los señores en sus señoríos; II. El campesinado; III. Mendigos, rebeldes y bandidos.

Capítulo II. La vida cortesana.

– I. El espíritu de las cortes; II. Las cortes señoriales; III. Las cortes feudoburguesas.


NOTAS


PRIMERA PARTE. LA SOCIEDAD FEUDOBURGUESA Y LA ECONOMÍA DE MERCADO

Fruto de la revolución burguesa que se había producido en el seno del mundo feudal, una sociedad feudoburguesa empezó a constituirse imperceptiblemente desde el siglo XII y creció de la manera caótica que es propia de los grandes dislocamientos sociales. Mientras duró el proceso expansivo, desde aquella fecha hasta las primeras décadas del siglo XIV, una incontenible e incontrolable movilidad social había sido su principal característica, en virtud de la cual varió confusa y permanentemente la composición de la nueva sociedad y la relación recíproca entre sus grupos. Con todo, a principios del siglo XIV se advertía ya en muchas regiones un principio de estratificación, muy marcado, sobre todo, en algunas ciudades. Pero a partir del comienzo de la contracción económica que por entonces comenzaba a manifestarse, se fueron dislocando las relaciones precariamente establecidas y aparecieron, sobre todo en las sociedades urbanas, nuevas posiciones virtuales que constituían otras tantas posibilidades para quienes querían tentar la aventura del ascenso social. Una fuerte tendencia a la movilidad se advirtió también en las áreas rurales. Se conmovió la posición de la vieja nobleza y se vio aparecer una nueva, en tanto que ascendían y descendían los campesinos según su suerte en el juego de la nueva economía.

Ciertamente, el cambio en el que se constituyó el mundo feudo-burgués del siglo XI se operó tanto en el sistema de las relaciones sociales como en el de las relaciones económicas. Adquirieron estas últimas ciertas modalidades insólitas, rudimentarias al principio, que, sin modificar sustancialmente sus formas tradicionales, comenzaron a alterarlas introduciendo ciertos factores desusados. Lo que empezó a constituirse, en reducidísima escala al principio, fue lo que poco a poco aparecería más tarde con mayor claridad: una economía de mercado, en la que el papel de la intermediación cobraría un relieve creciente. Y fue dentro del cuadro de la nueva economía de mercado donde aparecieron las condiciones propicias para que se organizaran en una nueva sociedad quienes promovían aquella economía, a través de acciones limitadas y aparentemente intrascendentes que muy pronto se multiplicarían por el vuelco de nuevos grupos sociales hacia los cauces que el cambio económico abría.

Sin duda persistió el tradicional sistema productivo. La tierra siguió siendo el principal medio de producción y los señores sus principales poseedores, en tanto que los rustici —libres o no— continuaron siendo quienes la trabajaban; pero en algunas partes comenzaron a modificarse los términos de la relación de dependencia y hasta se vio caer en desuso la prohibición de abandonar la gleba. En general, subsistieron tanto los derechos y privilegios señoriales como las obligaciones serviles; y fueron muchos los señores que procuraron conservar en sus señoríos las viejas costumbres que parecían inmutables.

Pero no lo eran. Correspondían a una cierta estructura, y eran precisamente en esa estructura donde habían comenzado a producirse algunas alteraciones que modificarían su sentido. El ciclo de la producción encontró un complemento cada vez más importante en el ciclo de la distribución, y este último comenzó a desarrollarse desmesuradamente no sólo al calor de las nuevas perspectivas económicas que abría sino también por el impulso de motivaciones sociales. Creció la economía de mercado, y su crecimiento alteró el tradicional sistema productivo dislocando su antigua simplicidad y coherencia. Aumentó el consumo, abriendo la esperanza —falaz— de un crecimiento indefinido y para satisfacerlo se organizó un vasto mercado internacional y regional durante la época de expansión que se extendió desde el siglo XI hasta las primeras décadas del XIV. Ese mercado abstracto funcionó de manera real y concreta en los mercados urbanos, cuyas operaciones parecían concentrarse en las plazuelas donde se compraban y vendían los productos pero que se prolongaban hacia las tiendas de las calles vecinas y hasta las oficinas de los que manejaban el dinero, instrumento insustituible y de importancia creciente en esa actividad. Dos siglos, con sus ocasionales paréntesis, duró esta euforia de la naciente economía de mercado que parecía ofrecer una fácil fortuna a quienes se introducían en ella, hasta que se manifestaron al comenzar el siglo XIV los signos de una contracción económica, incomprensibles e inexplicables para la mayoría, o acaso explicables para algunos sólo a través de circunstancias inmediatas propias de cada momento y cada lugar.

Fue en ese período cuando quedaron a la vista las profundas contradicciones y los conflictos internos tanto de la nueva sociedad como de la nueva economía. Guerras y rebeliones, sordas turbulencias y explosivos enfrentamientos llenaron los días de la época de contracción. Cuando el proceso se apaciguó fue posible aprovechar la experiencia, y la nueva sociedad —reajustada una vez más— reajustó también la nueva economía de mercado cuyos mecanismos empezaron a ser mejor conocidos. Hacia mediados del siglo XV comenzó lentamente una nueva etapa de expansión, y en esa atmósfera reverdecieron las burguesías, más experimentadas, más prudentes y más audaces a un tiempo, con suficiente ánimo como para sobrepasar los estrechos límites del mercado urbano, instalarse en la esfera de los nuevos y poderosos estados territoriales, colaborar en el fortalecimiento de las monarquías y promover o aprovechar la inusitada aventura de la expansión oceánica.

Capítulo I. La nueva sociedad y la preeminencia del patriciado urbano.

El fenómeno más significativo de la época de contracción económica y crisis social que empezó a principios del siglo XIV y duró hasta la primera mitad del XV fue la intensa agitación que sacudió a las ciudades, en las que se enfrentaron con violencia y casi con ensañamiento los distintos estratos de una sociedad cada vez más abigarrada. Turbadas por vastos procesos que las arrastraban, también lo fueron por circunstancias locales que agregaron a veces una cuota complementaria de crueldad. La lucha fue, en ocasiones, por la supervivencia. Pero fue también una oscura pugna cotidiana por el ascenso social y económico de los más emprendedores o los más audaces y, al mismo tiempo, una puja por el poder entre grupos e individuos que procuraban modificar las relaciones recíprocas en su favor y beneficio.

Tenazmente, el patriciado que se había constituido durante el primer florecimiento de la sociedad feudoburguesa respondió al desafío. En ocasiones fue derrotado por movimientos populares que lo desalojaron del poder; pero volvió, en breve o largo plazo. Y más afianzado, acrecentó su poder económico, consolidó sus posiciones sociales y políticas y procuró contener la desaforada tendencia a la movilidad que acusaban los grupos subordinados, menos encauzada ahora por la coyuntura y que, por ello, desbordaba los canales de la aventura individual e irrumpía de manera casi desesperada en dramáticos estremecimientos sociales. A favor de la contracción económica, el patriciado puso límites a la movilidad social y finalmente se constituyó en legítima élite. de las sociedades urbanas, a las que impuso progresivamente su concepción social y económica, un sistema de normas y valores y una concepción de la vida. Aquello en que descollaba el patriciado era, precisamente, lo mismo que amaban y perseguían las clases urbanas subordinadas. Por eso, por la fuerza que le daba la coherencia del proceso, logró el patriciado, aun ocasionalmente vencido, introducir y consolidar un principio de estratificación en la sociedad urbana, al calor de las duras contingencias de la contracción económica y apelando a la coacción las veces que pudo y lo creyó necesario.

Cuando en la segunda mitad del siglo XV comenzó una nueva etapa de expansión económica, el patriciado ya había consolidado su posición y había impuesto límites precisos a la tendencia a la movilidad social. Progresivamente estratificada, la nueva sociedad estuvo en condiciones de aceptar la estructura vertical que le impuso el tipo de estado que triunfaba tras largas vicisitudes. Y en el momento de la gran expansión colonial, cuando el ámbito de la economía de mercado modificó sustancialmente su escala, la sociedad feudoburguesa entró en un nuevo avatar en el que el antiguo patriciado urbano propuso las modalidades del cambio, paralelo y correspondiente al que se había operado en su propia estructura. Fue la experiencia urbana la que nutrió el ordenamiento del estado nacional, capitalista y burgués.

I. La sociedad feudoburguesa

Testigos de mentalidad conservadora, como el poeta Charles d’Orléans o el moralista Fernán Pérez de Guzmán,[1] advirtieron en la primera mitad del siglo xv los cambios que se habían producido en las actitudes de los grupos sociales predominantes, y tradujeron su nostalgia en lugares comunes sobre pérdida de la antigua virtud. Para entonces había avanzado mucho el proceso de transformación social, iniciado en el siglo XI y cuyo ritmo se aceleró en el XIII, gracias al cual ciertos sectores de la nueva burguesía se habían aproximado a la antigua nobleza creando un primer puente para la intercomunicación entre grupos muy distintos. Esa intercomunicación se multiplicó con el tiempo y, especialmente en las áreas urbanas, la sociedad adquirió un aire abigarrado y mostró esa “confusión de las personas”[2] que Dante Alighieri veía en la Florencia de principios del siglo XIV. Para el observador de mentalidad conservadora era una nueva sociedad. Era la sociedad feudoburguesa.

Si la revolución desencadenada sordamente por las nuevas burguesías urbanas había logrado constituir y consolidar ciertos estratos fue, precisamente, porque los incorporó a la vieja sociedad señorial articulándolos en ella a través de una política típicamente transaccional no desmentida por los ocasionales enfrentamientos antiseñoriales. Pero esa inclusión era también revolucionaria. Ninguno de los viejos sectores de la sociedad tradicional dejó de acusar el golpe de los recién llegados y todos tuvieron que adecuarse a la nueva situación. El proceso de interpenetración de los grupos sociales empezó muy pronto; y no sólo entre los viejos y los nuevos sino también entre los que se fueron creando, con caracteres singulares, a causa de la interpenetración misma y al calor de los nuevos factores que aceleraron la progresiva disgregación del tradicional orden social para dejar paso a esta nueva sociedad feudoburguesa.

La economía de mercado y el desarrollo de la vida urbana fueron los más importantes de aquellos nuevos factores. Pero no tuvieron menos importancia el sostenido crecimiento demográfico y el efecto multiplicador de la nueva riqueza fundada en el dinero. Los grupos se constituían, se integraban o se desintegraban según la incidencia de esos factores, y las sociedades locales se modificaban a un ritmo desusado, sugiriendo, seguramente, el sentimiento de una expansión indefinida. Empero, ya en las primeras décadas del siglo XIV ese sentimiento debió ceder ante la evidencia. Se detuvo el crecimiento demográfico, se atemperó la expansión comercial y financiera y, al cabo de poco tiempo, los desastres causados por la epidemia que la tradición llamó “peste negra” junto con los que trajeron las guerras contuvieron la expansión y produjeron, inversamente, una contracción que en poco tiempo adquirió caracteres dramáticos. La población europea, que había crecido de casi 40 millones de habitantes en el siglo XI a 75 millones hacia 1340, descendió desde esa fecha hasta 1450 a 50 millones, y sólo desde entonces volvió a emprender lento ascenso.[3]

Hubo a partir de las primeras décadas del siglo XIV una contracción económica con los fenómenos inevitables de escasez, carestía y hambre; pero hubo también una contracción social cuyas consecuencias fueron más confusas pero no menos significativas. Las sociedades no crecieron en número, sino que, por el contrario, disminuyeron; pero, en cambio, creció su movilidad y los procesos de ascenso y descenso social se hicieron más intensos y agudos. También se aceleraron los cambios en los sistemas de normas y valores, de modo que quienes miraban con el cristal de las viejas generaciones la situación social de las nuevas y el conjunto de sus principios y tendencias, tenían la sensación de que asistían a una mutación diabólica y, sin duda, fundamental. Y no se equivocaban. En una sociedad en la que a una expansión repentina había seguido una contracción violenta, los cambios no sólo fueron muy intensos sino que lo parecieron aún más, puesto que la revolución burguesa había desencadenado un proceso inédito cuyas reglas y leyes permanecían aún incógnitas. De aquella expansión no quedaba sino un vago recuerdo, pero persistían ciertas tendencias, que se erigieron en principios de normalidad y en parámetros para el cambio, y ciertas situaciones que las nuevas circunstancias comenzaron a modificar creando la sensación de que el orden había sido sustituido por el caos. Hubo quienes descendieron de la nobleza y la fortuna a la miseria o la mediocridad y hubo quienes ascendieron desde la mediocridad o la pobreza a la fortuna y al poder, acaso para volver a caer, según el ineluctable giro de la rueda de la Fortuna. Fue evidente para los contemporáneos que esa abigarrada sociedad feudoburguesa en la que se confundían las personas era no sólo móvil y diversificada sino también inestable y propensa a acentuar las desigualdades. Ya en el siglo XIV, más de un agudo observador pudo advertir qué poco tenía que ver la imagen tradicional de la sociedad con lo que cada uno contemplaba a su alrededor. Nadie estaba en su lugar; pero esto no era sólo la consecuencia de que muchos hubieran cambiado de lugar: también los lugares habían cambiado.

El destino que preveía para su hijo aquel personaje de Franco Sacchetti que quería verlo juez y doctor para que luego toda la familia se viera “elevada para siempre”,[4] fue aproximadamente el de su contemporáneo Cola di Rienzo, “de bajo linaje”[5] según subraya su biógrafo; y en una etapa posterior quedaba todavía la posibilidad de ennoblecimiento, a la que en su tiempo aspiraban todos los mercaderes, según decía Boccaccio.[6] Ciertamente en Italia sobrarían ejemplos de esta movilidad y diversificación de la sociedad; pero no faltaban en Castilla, donde un siglo más tarde, Hernando del Pulgar pone en boca del alcaide de Toledo, Gómez Manrique, unas curiosas reflexiones sobre la sociedad toledana que se agitaba en 1478: “Pienso yo, que vosotros no podéis buenamente sufrir que algunos que juzgáis no ser de linaje tengan honras y oficios de gobernación en esta ciudad; porque entendéis que el defecto de la sangre les quita la habilidad de gobernar. Asimismo os pesa ver riquezas en hombres que, según vuestro pensamiento, no las merecen, en especial aquellos que nuevamente las ganaron”;[7] y sigue luego justificando esa nueva situación, unas veces con argumentos y otras con nuevos hechos: “Vemos por experiencia algunos hombres de estos que juzgamos nacidos de baja sangre, forzarlos su natural inclinación a dejar los oficios bajos de los padres, y aprender ciencia y ser grandes letrados. Vemos otros que tienen inclinación natural a las armas, otros a la agricultura, otros a bien y compuestamente hablar, otros a administrar y regir y a otras artes diversas, y tener en ellas habilidad singular que les da su inclinación natural”; y observa también: “Muchos de los que descienden de noble sangre, vemos pobres, a quienes ni la nobleza de sus primeros pudo quitar pobreza ni dar autoridad.” Una reflexión final recuerda que, como las del cielo, “así las cosas de la tierra no pueden estar en un estado: todas las muda el que nunca se muda”. Era el sentimiento que nutría la preocupación mundana de François Villon por el ubi sunt, a cuya pregunta, referida a los “graciosos galanes”, contestaba: “Y algunos han llegado a ser/ gracias a Dios, grandes señores y maestros;/ los otros mendigan enteramente desnudos/ y no ven el pan sino en las ventanas.”[8] A la mano de Dios o a la ciega Fortuna se atribuían estas mudanzas en la condición de las personas que se traducían en constantes alteraciones de las sociedades.

Sin duda persistía en muchas mentes y, en general —como un esquema permanentemente válido— la idea de que las sociedades se ordenaban según principios inmutables. Una y otra vez se repetía el cuadro tripartito de la sociedad: oradores, defensores y labradores, como se decía en Castilla. Y si generalmente eran espíritus conservadores y nostálgicos quienes estaban adheridos a ese esquema considerado permanente, como en Castilla el Infante don Juan Manuel, Diego de Valera o Gutierre Díez de Games,[9] lo repitieron otros más inquietos y más alertas para percibir las variantes entre las antiguas esquematizaciones y las nuevas realidades. En una obra tan crítica como Vox Clamantis, John Gower, inmerso en la dura experiencia de la época en que se gestaba la insurrección campesina de 1381 en Inglaterra, repetía la fórmula acuñada:[10]

Sunt Clerus, Miles, Cultor, tres trina gerentes;

Hic docet, hic pugnat, alter et arua colit.

Y el propio Arcipreste de Hita, incisivo testigo del cambio, había vuelto sobre el locus ya tradicional:[11]

Otros entran en orden por salvar las sus almas

Otros toman esfuerzo en querer usar armas,

Otros sirven señores con las manos ambas.

Pero el Arcipreste advertía, más allá del esquema convencional, que su contorno social rebosaba los cuadros preestablecidos y se manifestaba como un conjunto variado y heterogéneo. Pocas, entre las nuevas situaciones sociales, escaparon a su mirada, como escaparon pocos tipos y arquetipos y pocos grupos incipientes y aun imprecisos a su observación. Por eso el Libro de Buen Amor presentó el nuevo elenco social con tanta frescura y riqueza, como si ningún preconcepto limitara su capacidad de percibir lo nuevo y distinto. Toda la nueva sociedad quedó inserta, no ya en el cuadro tradicional, sino en un cuadro impreciso, vago y movedizo, como correspondía a su peculiar composición. Agudamente dibujados los caracteres individuales, los cuadros sociales quedaron, por el contrario, apenas esbozados. Y esa imprecisión revelaba la recepción directa y fresca de la imagen de la sociedad nueva, confusa y original, tumultuosa y variada.

Y no fue el único caso. En su mismo país y en su mismo siglo el canciller Pero López de Ayala recogió, en el Rimado de Palacio, innumerables signos de una sociedad diversa de la que se inscribía en los paradigmas tradicionales. El resultado fue también un elenco social rico y novedoso. Pero como el autor era noble, puso el acento en los problemas de las clases más vinculadas a él —vieja y nueva nobleza, cortesanos y clérigos— sin perjuicio de que destacara la nueva fisonomía de mercaderes y letrados. Quedó fuera todo ese conjunto abigarrado de las clases populares y de los sectores vinculados a la mala vida, que constituyen un inestimable testimonio para comprender el singular desarrollo de las clases urbanas, y que en España, ofrece el Arcipreste de Hita para el siglo XIV y La Celestina para el XV, como lo ofrece François Villon en el París del siglo XV.

No menos significativo es el elenco social que presenta Geoffrey Chaucer en los Canterbury Tales, en los que la atención está dirigida a los sectores medios de la sociedad, precisamente aquellos que más intensamente acusaban el cambio en el siglo XIV. Veintinueve peregrinos vio llegar a la posada del Tabardo en Southwark, del otro lado del Támesis, y concibió la idea de explicar “la condición de cada uno”, recalcándola luego en el cuento que a cada cual le hizo contar. Y sorprendiendo a cada paso, no sólo la singularidad del personaje sino también su “condición”, completa Chaucer un vasto fresco de esa sociedad inglesa del siglo XIV tan agitada por los conflictos sociales y políticos. Quizá no fuera azaroso este deseo de exhibir la variada condición de las personas a las que el azar del peregrinaje reunía; sin duda respondía a la sorpresa que esa variedad y novedad producía, como sin duda le ocurrió al Arcipreste, menos despreocupado testigo del mundo de lo que pudiera suponerse. Y esa agudeza de ambos se insertaba en la sorpresa general ante la nueva confusión que reinaba en sociedades antes tan ordenadas.

Se esforzaba por descubrir la novedosa condición de cada insólito sector social aquel a quien sorprendía o regocijaba la vida multiforme de la nueva sociedad, especialmente en las ciudades. Un poco menos profundizaba en su novedad quien componía una Danza de la muerte —como la anónima española o la francesa de Jehan Gerson, ambas de principios del siglo XV— o quien la pintaba, como Andrea Orcagna, o la esculpía, como Bernt Notke, pese a lo cual componía también, a su manera, un singular elenco social. Pero otros trataban de determinar con toda precisión las distintas categorías, como aparecen presentadas en Das Ständebuch de Hans Sachs. Y sin mayores exigencias de exactitud, pero con una aguda intuición de las peculiaridades y las diferencias, ofrecieron ricos y variados elencos sociales muchos escritores que, aunque deseosos solamente de entretener, buscaban en la sátira un ingrediente más para su obra.

Verdaderos elencos sociales son las Trecentonovelle de Franco Sacchetti y el Decamerone de Giovanni Boccaccio, dos colecciones de relatos del siglo XIV; lo son también, en el siglo XV, las Novelle de Gentile Sermini y las Facézie de Poggio Bracciolini; El Corbacho del Arcipreste de Talavera, Les Cent Nouvelles Nouvelles, Le Grand Testament de François Villon, Das Narrenschiff de Sebastian Brants y, el anónimo relato de las aventuras de Till Eulenspiegel; y son, desde cierto punto, elencos sociales, a principios del siglo XVI, tanto el Elogio de la Locura como los Coloquios de Erasmo. En el despliegue de personajes, de arquetipos y de grupos, se advierte el regocijo secreto del observador que se sorprende ante las situaciones sociales inéditas y ante los caracteres singulares que ostentan quienes son sus protagonistas, acaso envueltos en las turbulencias del cambio por los azares del cambio mismo. Fue, quizá, lo que le ocurrió a ciertos pintores encandilados por la variedad inasible de la nueva realidad social: acaso a Ambrogio Lorenzetti cuando se decidió a pintar Il Buon Governo e Il Mal Governo; acaso a Jheronimus Bosch cuando registró tanta extraña gente en tantas extrañas situaciones; y acaso, con menos universalidad, a tantos otros a quienes asombró un nuevo tipo humano o nuevos grupos sociales que se constituían, especialmente, en el tenso discurrir de la vida urbana.

Pero todo este despliegue de grupos y de tipos se deslizaba libremente en el espíritu de quienes gozaban observándolos —pintores y escritores—, sin que pareciera necesario referir el conjunto a un orden cerrado y esquemático. Repetían algunos el viejo esquema —oradores, defensores y labradores—, pero otros muchos mostraban un conjunto social cada vez más complejo y variado, olvidándose del esquema tradicional y despreocupados de toda clase de esquemas. Porque, ciertamente, la sociedad en proceso de cambio había sobrepasado aquel esquema y no había logrado —a lo largo de los siglos XIV y XV— formular ningún otro. La opción sería una sociedad abierta, con límites difusos entre los sectores bien definidos. Y mientras se ajustaban las sociedades estamentarias, algunos recordaron que no faltaban tratadistas que hubieran percibido la pluralidad del orden social, Aristóteles entre ellos. Escapando al principio tripartito, Marsilio de Padua contraponía una clasificación de más vieja estirpe: “Partes seu officia civitatis sunt sex generum: agricultura, artificium, militaris, pecuniativa, sacerdotium e iudicalis seu consiliativa.[12] Y en el Leal conselheiro, el rey don Duarte de Portugal, tras afirmar el papel eminente de los defensores y los oradores, desmenuzaba el conjunto de los “labradores” distinguiendo entre labradores y pescadores —con clara percepción de los problemas concretos de su reino— y apuntando después la presencia de esos nuevos sectores que iban constituyendo poco a poco las nuevas clases medias: oficiales, jueces, regidores, consejeros, veedores, escribanos, físicos, cirujanos, navegantes, músicos, armeros, plateros y tantos más.[13] Era un conjunto social que se imponía a la observación de esa sociedad nueva. Lo declaraba el catalán Pere March en el serventesio que tituló Cest qui so fay d’on li deu seguir dan:[14]

Por loco pensar encierran al labriego, tanto

como al burgués, al necio como al que sabe,

al pillo como al caballero honrado;

y el enano se cree ser gigante.

Clérigos, caballeros, labradores, mercaderes

y menestrales constituyen el mundo ordenado.

Los clérigos rezan por la comunidad

y los caballeros la guardan guerreando.

Los labriegos hacen el pan, el vino y lo comparten;

y los menestrales se esfuerzan por proveer a los demás.

Los mercaderes traen y obtienen

lo que es necesario, por dinero y buenas prendas.

Ciertamente, los nuevos estratos sociales se diferenciaban y se multiplicaban; pero no suprimían los antiguos, sino que los constreñían y los modificaban. No sucumbió la vieja nobleza, pero se alteró por las presiones que sobre ella ejerció otra que se fue constituyendo merced al ascenso de diversos sectores a los que las circunstancias críticas liberaban de sus antiguos lazos. Se formó, pues, una nueva nobleza, a cuyos rangos ascendieron, entre otros, los ricos patricios. Fueron ellos, precisamente, los que más impulsarían la formación de nuevas sociedades urbanas que, al cabo de poco tiempo, transformarían la fisonomía del mundo feudoburgués.

II. Vieja y nueva nobleza

Las alteraciones que sufrió la vieja nobleza no tuvieron la misma intensidad en todas partes. A lo largo de los siglos XIV y xv hubo regiones donde no sólo conservó su poder y su prestigio sino que los acrecentó. Fue especialmente en Rusia y en Polonia, en las tierras germánicas al este del Elba, y en Bohemia, Moravia y Silesia, regiones donde el sistema señorial se había implantado tardíamente. En ellas el impacto de la economía de mercado fue escaso o nulo y los señores consolidaron las formas de la servidumbre. Gracias a esa circunstancia conservó y acrecentó allí la vieja nobleza su posición social y económica, y también su posición política.

También en otras partes, como en Castilla, creció su fuerza. Un poder real débil, largas guerras feudales y un escaso desarrollo de las burguesías urbanas y de la economía de mercado le permitieron estrechar sus filas y concentrar la posesión de vastísimas extensiones territoriales en manos de un número relativamente reducido de linajes. Pero en muchas zonas de la Europa central y occidental sufrió la vieja nobleza cierto menoscabo, especialmente en las regiones más mercantilizadas. En ellas tanto el sistema de producción y de comercialización de los productos agrícolas como el régimen de tenencia de la tierra y el cambio de las relaciones con los rustici debilitaron la posición de los viejos señores, algunos de los cuales se precipitaron en la miseria y fueron llamados “caballeros mendigos”. A medida que se desarrollaba la economía monetaria, el uso del dinero introdujo mecanismos económicos que la vieja nobleza fue incapaz de usar. Pero no fueron solamente factores económicos los que desencadenaron su declinación. Donde la monarquía acentuó su tendencia al ejercicio de una autoridad fuerte y centralizada, la vieja nobleza se vio constreñida por un poder que recurría cada vez más a un realismo político capaz de volcar a su favor las nuevas fuerzas económicas y sociales. La vieja nobleza acusó los golpes que infligieron a sus derechos tradicionales tanto la nueva política fiscal como la nueva organización de la justicia que introdujeron las monarquías en ascenso. Y cuando las circunstancias la envolvieron en largas guerras feudales que consumieron a sus miembros y desbarataron el armazón económico y político en que se sustentaba, la vieja nobleza se vio constreñida por el creciente poder de la Corona, apoyada, generalmente, en las pujantes burguesías y en nuevos sectores sociales que ocupaban su sitio y aceptaban las nuevas situaciones para aprovecharlas en su beneficio. Sólo en Inglaterra se vio que la vieja nobleza se adecuara rápida y eficazmente a la nueva situación, transformándose en productora de lanas para abastecer a la floreciente industria textil. Pero aun allí las vicisitudes de la guerra de los Cien Años y de la guerra de las Dos Rosas operaron un trasvasamiento social en el seno de la vieja nobleza que modificó su fisonomía.

Esa transformación de la vieja clase de los señores fue, sin embargo, muy lenta y sólo muy despacio se alteró su posición en el conjunto de la sociedad. Se tardó en percibir que nueva gente usaba los mismos títulos nobiliarios y usufructuaba los mismos viejos dominios, aunque era visible que la actitud de quienes sucesivamente componían la nobleza cambiaba. Pero no fue menos visible que la actitud de ciertos grupos que pertenecían a la vieja nobleza y por una u otra causa conservaban su poder y su prestigio se conservó inalterada por mucho tiempo, y que el conjunto se encerró en sí mismo en un intento de defenderse de las tendencias exteriores y de resistir al cambio.

Se mantuvieron firmes los viejos linajes de Rusia, de Polonia, de Hungría o los de la Orden Teutónica. En la Europa occidental conservaron poder y prestigio, sobre todo, las grandes casas vinculadas a la realeza por parentesco o por su sostenida presencia en el escenario político. A ellas pertenecían los que recordaban una y otra vez los cronistas de la Corona, oficiales u oficiosos. Christine de Pizan enumera los que rodeaban a Carlos V de Francia,[15] como el cronista de Alfonso XI los que acompañaban al rey castellano o los que habían de recibir de él “honra y caballería”.[16] Y el marqués de Santillana se solazaba, en la Comedieta de Ponça, en evocar las “progenies honradas” que estrechaban sus filas frente al enemigo.[17] Eran a veces linajes regionales, hechos al poder y la riqueza y acostumbrados a una supremacía que no se fundaba sólo en eso sino también en un tradicional prestigio social al que nadie podía sustraerse. Y el continuo ejercicio de la autoridad heredada confería a sus miembros una despótica soberbia que los tornaba incapaces para entender los cambios sociales y económicos que se producían a su alrededor. Estaban seguros de que un abismo los separaba de todos los demás, especialmente de los rustici que trabajaban sus tierras y que acaso insinuaban esa leve protesta que haría explosión más tarde en la jacquerie francesa de 1358, en la insurrección de los campesinos ingleses de 1381, en el movimiento taborita de Bohemia en 1420 o en la rebelión de los campesinos alemanes de 1525; pero también de esa nueva burguesía que se formaba en los núcleos urbanos y que trabajaba secretamente contra ella tan sólo por el tipo de actividad que desplegaba. Era un abismo que las circunstancias comenzaban a colmar, pero que la vieja nobleza se empeñaba en mantener fingiendo que no veía cómo se colmaba.

La resistencia al cambio terminó siendo una irremediable inadecuación al cambio que, pese a ella, seguía inexorablemente su curso. Hubo, ciertamente, una forma oblicua de adecuación cuando eligió, para resistir, el camino de retraerse y cerrar sus filas. Creció el abismo que separaba a la vieja nobleza del resto de la nueva sociedad que, por su parte, siguió desarrollando el tumultuoso proceso de su transformación. Los círculos de la vieja nobleza reafirmaron polémicamente frente a esa nueva sociedad sus convicciones sociales; pero ante el avance de una economía monetaria que estimulaba en nuevos sectores enriquecidos ostentosas formas de vida, profundizó también la vieja nobleza su tendencia a la ostentación y al lujo dentro de los infranqueables límites de la vida cortesana. Entonces codificó escrupulosamente sus convicciones y creencias fundamentales y codificó igualmente el sistema de normas al que debían atenerse sus miembros para diferenciarse de otros sectores de la nueva sociedad en los que un desenfadado pragmatismo autorizaba las más inusitadas formas de comportamiento. Todo cuanto se refería al honor quedó sometido a reglas severísimas, y a no menos severas prescripciones las formas de convivencia y de trato. Si en la nueva sociedad predominaban los que creían que todo era lícito para trepar en la escala de la fortuna, de la posición social o del acceso al poder, la vieja nobleza se impuso un modelo nostálgico de conducta que perfeccionaba y embellecía la tradición nobiliaria. Sin duda muchos de sus miembros quebraron ese modelo dando ejemplo de desmesurada codicia y ambición; pero el modelo se refería sobre todo a las formas y fue aplicado principalmente a ellas. Por eso adquirió la vieja nobleza un aire cada vez más anacrónico, más solemne y más retórico, ese aire que todavía reflejó Matteo Maria Boiardo en el Orlando innamorato pero que suscitaría muy pronto la burla de Luigi Pulci, de Girolamo Folengo, de Ludovico Ariosto, de Erasmo,[18] como más tarde de Rabelais y Cervantes. Las imágenes funerarias de las tumbas nobles, hieráticas y suntuosas, constituyeron el desesperado testimonio de ese afán de imponer a la nueva sociedad el sentimiento de la superioridad de la vieja nobleza y de la eternidad de su gloria.

En el fondo, la retracción de la vieja nobleza ocultaba un intento de defender sus privilegios, socavados por el desarrollo de la nueva economía de mercado y por la nueva política de reyes y burgueses. Sin embargo, estos privilegios subsistían vigorosamente para beneficio del conjunto nobiliario como clase, sin perjuicio de que algunos de sus miembros los perdieran en las vicisitudes del cambio que se operaba. En última instancia, los privilegios de la vieja nobleza estaban sostenidos no sólo por su verdadero poder sino también por su viejo prestigio, ante el cual cedían generalmente quienes dependían de él, aun los más rebeldes. Pero, galvanizados por la desesperación y lanzados a la rebeldía, los grupos dependientes no sólo habían denunciado los privilegios sino que habían desconocido el prestigio de la vieja nobleza. Como antaño en Legnano y Courtrai, ejércitos de nueva fisonomía social habían derrotado a los caballeros en Crécy, en Poitiers y en Tannenberg, en Suiza y en Bohemia. Se derrumbaba la gloria de los guerreros en los campos de batalla, y con la gloria cedía la autoridad de una clase contra la cual bramaban los campesinos a quienes expoliaban.

Contra su desprestigio y su impotencia, precisamente, cerró filas la vieja nobleza. Buscó una guerra digna de ella, más que la que desencadenaban los rustici sublevados, y la encontró en tierras lejanas, como las que contemplaron las hazañas de Pero Niño[19] o las que recorrió el caballero de Chaucer;[20] las que ocuparon al este del Elba los caballeros de la Orden Teutónica o las que recorrieron los cruzados que, con Juan sin Miedo, lucharon contra los turcos de Bayaceto y sucumbieron en 1396 en la batalla de Nicópolis.[21] Fueron sobre todo las guerras contra los infieles las que despertaron el viejo espíritu de cruzada, espíritu caballeresco por excelencia. Lucharon contra los moros junto a Alfonso XI de Castilla caballeros franceses y alemanes;[22] y cuando los turcos volvieron a amenazar al mundo cristiano, los caballeros que acompañaban al duque de Borgoña Felipe el Bueno en el suntuoso banquete que ofreció en la ciudad de Lille en 1454 se comprometieron, según el “voto del faisán”, a emprender una cruzada para rechazar al infiel.[23]

Fue precisamente el duque de Borgoña Felipe el Bueno quien creó en 1431 la orden del Toison d’Or. Como las otras nuevas órdenes —la inglesa de la Jarretera, la francesa de la Estrella, la prusiana del Cisne, la sueca de la Espada— quiso ser un espejo de la caballería, en el que la nobleza toda pudiera y debiera mirarse. Sostenedoras de los viejos ideales de la época de las Cruzadas, las órdenes de caballería expresaban en forma consumada la vocación guerrera y religiosa a un tiempo de los antiguos caballeros, pero que ahora aparecía enmarcada dentro de un ostentoso modo de vida noble que subrayaba la condición suprema de sus miembros. El valor y la virtud eran ya inseparables de la cortesía, de las convencionales formas aristocráticas de trato, del gusto por el lujo, de la afición a las más refinadas formas del ocio manifestada en el amor delicado y sensual a un tiempo, acaso en la lectura o en la contemplación del arte, en las fiestas y festines suntuosos, en la moderada aventura de los torneos y las cacerías. Eran los caballeros “gens à porter esperviers” como decía Villon.[24] El conde Gaston de Foix, el Infante Don Juan Manuel o el falconero Pero Menino les enseñaban a cazar;[25] Enrique de Villena a componer trovas y a brillar en los “consistorios de la gaya ciencia”,[26] sin descuidar por eso el “arte de cortar con el cuchillo”; Diego de San Pedro a amar discreta y noblemente.[27] Otros muchos tratados se compusieron para renovar en el caballero la fe en los antiguos ideales, cada vez más alejados de la realidad: relatos de aventuras, libros de consejos, tratados minuciosos sobre las formas que no debían abandonarse, las normas que no se debían olvidar, las reglas que debían regir en cada instante el comportamiento caballeresco.[28] Acaso esa obsesiva preocupación de que no se perdiera el estilo de vida noble acusaba más que otra cosa el sentimiento nostálgico de la vieja nobleza, sensible a su derrota ante el embate de la nueva sociedad.

Entre otros grupos sociales la nueva sociedad había dado origen, precisamente, a una nueva nobleza. En los ambientes más cerrados se conoció a sus miembros como “hombres nuevos”, según una fórmula de tradición romana, y se los resistió con variada intensidad: unas veces con saña y otras levemente, acaso porque se vio en ellos adelantados que abrían nuevas sendas para salir del estancamiento o la declinación que amenazaba a los viejos linajes en la turbulencia del cambio social y económico en el que fraguaba la nueva sociedad. Ejemplo singular de rigidez, la vieja nobleza castellana se mostró inflexible con los triunfadores que procuraban incorporarse a sus filas: eran, generalmente, hombres “de bajo linaje” que por su capacidad, por su astucia o por la privanza real alcanzaban “grandes dignidades”. Así lo manifestaba Fernán Pérez de Guzmán hablando de varios personajes del reino, sin escatimar la frase despectiva o el juicio comprensivo pero condenatorio. Y en ningún caso tan severo y tan comprensivo a un tiempo como el que expresaba sobre Álvaro de Luna, en quien el rey Juan II de Castilla había depositado su confianza, haciéndolo su privado. Don Álvaro se mostró imprudentemente inflexible con la soberbia nobleza tradicional, que se oponía a la organización de una monarquía fundada en una nueva concepción del Estado.[29]

En rigor, Álvaro de Luna era un bastardo; “preciábase mucho de su linaje, no acordándose de la humilde y baja parte de su madre”, escribía Pérez de Guzmán. Pero bastardos como él inundaron las cortes, y así como muchos de ellos salieron a buscar fortuna fuera de los cuadros sociales en los que se reconocía su estigma, otros desafiaron los prejuicios y pujaron con sus pares inobjetables para conservar o acrecer su patrimonio y su poder. Fueron sus esfuerzos semejantes a los de aquellos que, perteneciendo a la pequeña nobleza, pugnaban por incorporarse a la nobleza tradicional por medios diversos, según el lugar y las circunstancias. Segundones de casa noble y primogénitos de casa pobre buscaron en los nuevos ejércitos un lugar para demostrar sus calidades y, finalmente, un apoyo para sus ambiciones. Las guerras, como la de los Cien Años o las guerras civiles que abundaron durante los siglos XIV y XV, proporcionaron la ocasión en toda Europa para estas aventuras personales de ascenso social que extenderían y modificarían el horizonte de la vieja nobleza incorporando de diversa manera a sus filas los contingentes de una nobleza nueva.

Bertrand du Guesclin, finalmente condestable de Francia, constituyó un caso, quizá paralelo al de Miguel Lucas de Iranzo, que llegó a ser condestable de Castilla. Hombres de guerra, sus servicios eran recompensados con mercedes; pero, entre tanto, sus funciones y responsabilidades los acercaron a la vieja nobleza, que no les perdonó fácilmente su ascenso ni su riqueza. Du Guesclin era ya un jefe de bandas que no vaciló en ponerse al frente de un ejército de vagabundos para llevarlos a España. Como él, los condottieri italianos fundaron su prestigio y su poder en esas tropas sin bandera; pero el triunfo los afincó y les otorgó un papel tan señalado en la sociedad que, inevitablemente, los miembros de la vieja nobleza resultaron sus pares, aunque frecuentemente menos poderosos y poco a poco más distanciados del poder. Hubo, sin embargo, algunos que fueron capaces de adaptarse a las nuevas situaciones: abandonaron sus principios —que ya parecían prejuicios— y se plegaron a las nuevas formas de actividad y de vida, con lo que se identificaron con la nueva nobleza y operaron socialmente como ella. Muchos se decidieron a ingresar, abierta o disimuladamente, al mundo de los negocios, aproximándose a los emprendedores negociantes que sabían multiplicar el dinero. Pero lo que estaba más cerca de sus posibilidades era la conquista del poder. Como Álvaro de Luna en Castilla, alcanzaron excluyente influencia en Inglaterra Pierre de Gabaston y los Despencer en época de Eduardo II y Michael de la Pole, Robert de Vere y Nicolás Brembre en tiempos de Ricardo II,[30] todos favoritos reales dispuestos a abatir la supremacía baronial y a aprovechar entre tanto, el calor del trono para acumular honores y riquezas. Acaso más políticos, constituyeron casas poderosas los príncipes alemanes: los Würtemberg, los Wittelsbach, los Wettin, cada vez más independientes y más consustanciados con las nuevas posibilidades que ofrecía la crisis del Imperio, por una parte, y las nuevas aperturas económicas. Y hombres de guerra, sobre todo, alcanzaron el poder Juan Hunyady en Hungría y Jorge Podiebrad en Bohemia, dos países en los que se agitaban intensos problemas sociales y religiosos dentro del marco de la amenaza otomana: la vieja nobleza, el papa y el emperador acusaron el golpe de esta revolución que encabezaban dos “hombres nuevos” llegados al trono.[31] El alud de los recién llegados, de los “hombres nuevos”, creció constantemente a lo largo de los siglos XIV y XV. También constituyeron casas poderosas en Italia los Visconti y los Sforza, los Gonzaga, los Este o los Medici, frente al viejo y decadente reino de Nápoles. Condottiero acaso el fundador de la grandeza familiar, una generación después brillaba su casa, ya dinástica, con tal esplendor que se hacía ociosa la pregunta acerca del origen. Adulador, Vespasiano da Bisticci no podía, sin embargo, ocultar que el duque Federico de Urbino había entrado en el camino de la grandeza bajo la tutela de un condottiero: “Comenzó muy joven a militar, imitando a Escipión Africano, bajo la disciplina de Niccolò Piccinino, dignísimo capitán en su época.”[32] Era demasiado reciente el encumbramiento para que pudiera encubrirse el origen, aunque la vaga alusión a un romano ilustre procurara identificar la gloria del soldado republicano con la del jefe de una compagnia di ventura. Era inocultable que eran los “hombres nuevos” hijos de sus obras; no dejaron de consignarlo así los cronistas cortesanos que recibieron el encargo de escribir sus historias: Crivelli, Simonetta, Platina, Cyrnaeus,[33] y Maquiavelo enunció sobre ello una especie de regla general.[34] Pero no todo era adulación venal en los humanistas, en su mayoría tan sabios como escépticos a fuerza de contemplar el triunfo del nuevo realismo político que más tarde sistematizaría Maquiavelo. Ciertamente, al antiguo prestigio de la vieja nobleza había sucedido el prestigio de los “hombres nuevos” hijos de sus obras y fundadores de nuevos linajes. En las mentes de la nueva nobleza —como en la de los burgueses y en la de los campesinos rebelados— surgía la duda acerca de quiénes habían sido los que fundaron los linajes viejos.

Geoffrey Chaucer, que fue él mismo un ejemplo de aspirante a ingresar en la nueva nobleza, describió en pocas palabras el singular temperamento del frankeleyn que integraba el cortejo de los peregrinos en Southwerk. Su vocación era el goce. Otros, en cambio, tallaron su futuro con un esfuerzo denodado. Pero todos correspondían a la misma nueva sociedad. Expresaron su espíritu Donatello en la estatua ecuestre de Gattamelata y Verrocchio en la del Colleoni. Paolo Uccello, pintor de batallas, hizo al fresco el retrato ecuestre del condottiero inglés John Hawkwood, un personaje representativo del internacionalismo de la nueva sociedad, como pudo parecerlo Du Guesclin en Castilla o Rodrigo de Villandrando en Francia. Y el mismo espíritu reflejó Antonello de Messina pintando un condottiero que Piero della Francesca o Andrea Mantegna retratando condottieri que eran ya signori.[35] Acaso más aun Andrea del Castagno, que alternó la representación de condottieri y de poetas. Y quizá más que todos ese Benozzo Gozzoli que osó conferir dignidad bíblica a los nuevos señores, precisamente a los que no habían surgido de las armas sino a los que se habían empinado sobre el dinero recibido de tres generaciones.[36]

Como la de las armas, también la carrera eclesiástica solía abrir el camino hacia posiciones de alto rango a personas de bajo origen. De hecho, obispos, arzobispos y cardenales —“oradores” según la tradicional división de la sociedad— formaban parte de las clases privilegiadas; y los que provenían de familias que no pertenecían a ellas, se encontraban en una posición análoga a la de la nueva nobleza. Cardenal de España fue Pedro de Frías, “hombre de bajo linaje”; y fueron obispos don Alfonso en Ávila y don Tello en Córdoba, ambos “de linaje de labradores”. Más curioso caso fue en Castilla el de los Santa María —don Pablo y don Alfonso—, ambos obispos de Burgos, de “linaje de los judíos” y conversos, como lo fue también el cardenal de San Sixto, don Juan de Torquemada, que de Castilla pasó a Roma y fundó allí el monasterio de la Minerva, y don Francisco, obispo de Coria.[37] Menos celoso de la calidad de los orígenes, Vespasiano da Bisticci ignoró la condición de judío del cardenal Torquemada y decía, simplemente, de él que era un gentil uomo, como otros varios cardenales y obispos de que trata; y si señalaba que el cardenal Branda era antichissimo cortigiano o que el arzobispo Bonarli era de una famiglia antica di Firenze, también decía del cardenal Cesarini que fue figliuolo d’uno povero uomo con intención de elogio para sus méritos, como lo repite del cardenal Capranica, del obispo de Corone o del obispo Sipontino.[38]

Por lo demás, casi todo el repertorio de los hombres ilustres del siglo XV que dejó Vespasiano da Bisticci constituía una muestra de estos repetidos fenómenos de ascenso social en el campo de la política, en el de la Iglesia y en el de las letras. En este último, gracias al favor dispensado por los señores a los humanistas —poetas, historiadores, filósofos, narradores— la condición de cortesano trajo consigo el ascenso social y la riqueza para muchos de muy humilde origen. Y quienes habían estudiado leyes vieron abiertas las puertas de las cancillerías, obteniendo de su proximidad con el poder consideración pública, honores y fortuna.

De cualquier manera, el grupo más numeroso entre los que ascendieron de clase y se aproximaron a los rangos de la nobleza, aunque fuera al último, fue el de los patricios de las ciudades. Ricos burgueses que habían amasado gruesos capitales, buscaron consagrar su posición económica y su efectivo poder mediante un ostensible ascenso social. El matrimonio con mujer de casa noble fue el más accesible de los caminos, puesto que la nobleza empobrecida buscaba, a su vez, alianzas que la salvaran del derrumbe. Pero la Corona no fue reacia a otorgar señoríos y títulos de nobleza a los ricos burgueses, de los que, por lo demás, quería rodearse. Y ennoblecidos, pero además adscriptos a las más delicadas funciones financieras, alternaron los nuevos nobles de origen burgués con la vieja nobleza, desdeñosa, sin duda, pero obligada a aceptar la creciente fuerza de estos sectores sociales ya consustanciados con las formas vigentes de la actividad mercantil y financiera.

Cualquiera fuera el origen de los que se incorporaban a la nueva nobleza, o los medios de que se valían para conseguirlo, todos trataron de convertirse en alguna medida en propietarios rurales. La tierra era, ciertamente, el signo de la condición nobiliaria y, aun adquirida recientemente, otorgaba muy pronto una prestancia social que nada podía remplazar. Por lo demás, las circunstancias se iban haciendo propicias para una fácil adquisición. Agobiados por la inflación, los antiguos señores que habían optado por sustituir el pago en especies de las obligaciones de los rustici por el pago en dinero se encontraban cada vez más predispuestos a enajenar sus tierras, en tanto que los que estaban en condiciones de intentar la explotación según las nuevas reglas de la producción para el mercado se mostraban decididos a adquirirlas, no sólo como una inversión beneficiosa sino, además, a causa del prestigio que podía agregarle su posesión al que habían conseguido por otras vías.

Por el mismo medio obtuvieron tierras los antiguos colonos que supieron aprovechar la favorable coyuntura. De arrendatarios, ascendieron algunos a la condición de propietarios, y a partir de ese momento pudieron iniciar la carrera que tan bien ilustra la suerte de la familia Paston en Inglaterra: Clement labraba trabajosa y empeñosamente sus tierras a principios del siglo XV, y su nieto John —Esquire— no sólo había estudiado leyes sino que poseía diversos señoríos, se carteaba con el duque de York y el conde de Warwick y había logrado la confianza de sir John Fastolf, que lo designó su albacea testamentario.[39]

Ciertamente, hubo muchos rustici que consiguieron mejorar su condición. Algunos emigrando a las ciudades; otros entregando sus hijos a la Iglesia o dejándolos ingresar en la carrera de las armas; otros, en fin, como los Paston, convirtiéndose en propietarios rurales, y si no llegaron en seguida a tanto, ascendiendo como ministeriales a la categoría de administradores —como el reve de Chaucer—, tras de lo cual pudieron, acaso “con los propios bienes de su señor”, llegar más tarde a la categoría de propietarios.

Pero, sin duda, hubo muchos más que no lograron nada de eso y vieron empeorar su suerte. Fueron los que se sublevaron en la jacquerie francesa o en la rebelión inglesa, o los que nutrieron las filas de los taboritas bohemios, o los campesinos alemanes decepcionados con las palabras de Lutero. Fueron, como Piers Plowman en la vision de William Langland, los desheredados que no esperaban nada de este mundo, o acaso como el plowman de Chaucer, resignado y benévolo, hasta el momento de la desesperación. “Pagaba puntual y honradamente sus diezmos, tanto en dinero como en trabajo”,[40] pero no pudo impedir un día que sus sentimientos sobrepasaran su resignación, y que su voluntad se plegara a la protesta que otros, más sutiles que él, encabezaban, intentando liberarse de un yugo todavía riguroso para los que, individualmente, no habían sido capaces de sacudirlo. La expansión económica había profundizado el abismo entre los ricos y los pobres tanto en el mundo rural como en el mundo urbano.

III. El patriciado y las clases urbanas dependientes

Semejantes en esta polarización de los grupos sociales según su riqueza, el mundo rural y el mundo urbano se separaban progresivamente y constituían dos ámbitos cada vez más distintos, sobre todo por la forma de vida que predominaba en ellos. Tras la larga y densa experiencia de varios siglos de desarrollo urbano, filósofos y moralistas discurrirían sobre las ventajas y desventajas de una y otra forma de vida. No dudaba el italiano Castiglione de que la corte era el escenario más digno de un hombre refinado, pero preferían el encanto de la vida rural el holandés Erasmo y el castellano Guevara: hacia 1522 hablaba Erasmo de “las humosas y ahogadas ciudades” y en 1539 elogiaba Guevara la vida de aldea diciendo que en ella, a diferencia de lo que ocurría en las ciudades, “no hay ventanas que sojuzguen tu casa, no hay gente que te dé codazos, no hay caballos que te atropellen, no hay pajes que te griten, no hay hachas que te enceren, no hay justicias que te atemoricen, no hay señores que te precedan, no hay ruidos que te espanten, no hay alguaciles que te desarmen, y lo que es mejor que todo, no hay truhanes que te cohechen ni aun damas que te pelen”.[41] Cada vez más compleja, la vida urbana no sólo creaba un ambiente físico cerrado —suntuoso o sórdido, según los casos— sino también un tipo peculiar de sociedad abigarrada en la que se advertían a primera vista las diferencias sociales.

Desde que empezara la época de expansión económica, hacia el siglo XI, la diferenciación entre pobres y ricos se acentuaba. Pero, a diferencia de las áreas rurales, en las ciudades la gama de la sociedad era mucho más variada y contenía entre los extremos un haz intermedio muy diversificado. Con la contracción que se inició en la primera mitad del siglo XIV, sin embargo, la diferencia entre pobres y ricos se acentuó progresivamente; pero en las ciudades separó cada vez más, no sólo a ricos y pobres, sino también a los ricos de todos los de mediana condición, los que quedaron unidos a los pobres en un solo haz frente a los poderosos.

Los poderosos constituían el patriciado y, frente a ellos, el resto constituía el “común”, un conjunto social algo estratificado pero relativamente continuo frente al cual se encontraba luego un abismo que lo separaba del patriciado. En ocasiones el abismo pudo ser franqueado: un matrimonio ventajoso o una floreciente fortuna permitía el acceso de alguno que ocupaba el más alto rango dentro del “común” a las filas patricias. Pero en muchas ciudades, y progresivamente, esas filas se cerraron y se ahondó el abismo. Celosos de su posición social y económica, los patricios no eran menos celosos de su tradición familiar, elaborada a través de generaciones. Pero el carácter fundamental del patriciado lo estableció la combinación de diversos elementos: la riqueza, la preponderante influencia en aquellas actividades económicas que eran fundamentales en cada ciudad, la acumulada tradición del linaje y la participación hegemónica en el gobierno de la ciudad.

Hubo, sin duda, muchas variantes en el origen y la peculiaridad de los diversos grupos que constituían el patriciado, aunados a veces bajo designaciones genéricas: grandes, magnati, viri hereditarii, poorters, ervachtighe lieden. Pero no todos los miembros del grupo que genéricamente se conocía así —y hoy llamamos convencionalmente patriciado— tenían el mismo origen ni las mismas tendencias. En algunas ciudades se distinguía claramente entre patriciado noble y patriciado burgués.[42] Y aunque en otras no estuviera tan claro el distingo, es evidente que en casi todas se reconocía entre los miembros del patriciado los que provenían de troncos señoriales de los que tenían origen en familias de mercaderes o aún más humildes. Antiguos señores o, más generalmente, valvasores de escasos recursos se habían integrado en la vida urbana y participaban de actividades mercantiles. No faltó alguno que pudiera rescatar un remoto antecesor cruzado —un Cacciaguida idealizado— y fueron bastantes los que apelaron a la tradición guerrera de sus familias para constituir compañías mercenarias u ofrecerse como oficiales o jefes de las milicias urbanas. De esas funciones podía pasarse luego a una posición espectable en la sociedad civil, acaso la más alta si la sociedad optaba por el gobierno de un príncipe. Al lado de quienes podían reivindicar un alto origen estaban los que no podían ostentarlo. Unos se habían abierto paso a través de las actividades económicas, labrándose una fortuna, en ocasiones cuantiosa, con la que habían adquirido prestigio o influencia; ricos comerciantes o banqueros no sólo disfrutaban del bienestar que les permitía su dinero sino que podían aprovechar la consideración de que gozaban para escalar posiciones públicas e imponer sus opiniones y sus deseos sobre vastos sectores que dependían de ellos. Pero otros habían hecho carrera en la guerra y en la política sin más título que sus capacidades. Por eso se volvía una y otra vez al problema de los orígenes, porque la nueva sociedad feudoburguesa vacilaba acerca de los riesgos o las ventajas de aceptar el principio de que era la Fortuna —y no el origen— quien decidía sobre el papel del individuo en la sociedad. En 1514 Castiglione introducía el tema a través de il signor Gaspar Pallavicino en II Cortegiano[43] y Maquiavelo lo desarrollaba a propósito de la extraordinaria aventura de Castruccio Castracani:[44] “Parece cosa maravillosa, a aquellos que la consideran, que todos —o la mayor parte— de los que han realizado en este mundo grandes cosas y han sobresalido entre los demás de su época, hayan tenido su principio y nacimiento bajo y oscuro, o sea que han sido conducidos de alguna manera por la Fortuna: porque todos, o han sido expuestos a las fieras o han tenido un padre tan vil que, avergonzados, se han hecho hijos de Jove o de cualquier otro dios. Cuáles han sido éstos —cosa conocida por todos— sería cosa desagradable de replicar y poco aceptable para quien leyese; por eso, la omitiremos como superflua. Creo con seguridad que esto proviene de que, queriendo la Fortuna demostrar al mundo que es ella —y no la prudencia— la que hace grandes a los hombres, comienza a demostrar su fuerza en un momento en el que la prudencia no puede tener participación, para que, sin duda, se le tenga que reconocer todo a ella.”

También a la Fortuna podía atribuirse el ascenso del rico comerciante cuyo dinero hacía de él un personaje prestigioso e influyente en su ciudad, aun cuando se reconociera cuánto ayudaba cada uno a la Fortuna con su prudencia y su capacidad. Y más todavía podía atribuirse a la Fortuna que, entre muchos muy capaces, salvara un maestro artesano el abismo social y llegara a incorporarse a la alta clase que dirigía la vida de la ciudad. Pero, sobrepasado el trance inicial, lo importante era consolidar el ascenso y acentuarlo a través de hijos y nietos. La familia arraigada, cuyos miembros habían gozado durante varias generaciones de sólida fortuna y de posiciones destacadas, llegaba a constituir en su ciudad un linaje de tanta influencia y tanto prestigio como solían tener las casas nobles. De hecho los equiparaba un hombre tan celoso de los privilegios de la vieja nobleza como el marqués de Santillana, cuando enumeraba los linajes hispánicos e itálicos que se enfrentaban en una batalla.[45] Y no se equivocaba, porque los linajes patricios, acaso de pocas generaciones, eran ya la nueva e indiscutida élite. de la sociedad que se renovaba. Constituidos en las ciudades, a las que infundieron esplendor y transformaron en potencias económicas y políticas, formaron esa clase que dejaría más tarde de ser urbana para convertirse en el sostén, económico y político también, de los nuevos estados territoriales.

Tanta fuerza y prestigio adquirieron esos linajes que en algunas regiones se inclinaron a una alianza con la pequeña nobleza; y aun si no lo hicieron, procuraron que se les atribuyera una dignidad equiparable y se los confundiera con ella adoptando un boato en sus formas de vida que más parecía noble que burgués. Pero un observador sagaz como Maquiavelo, cuyo pensamiento político condensaba la experiencia de cuatro siglos de desarrollo burgués, no se engañaba ni con las apariencias ni con las palabras. Hablando de lo que parecía una paradójica república de gentiluomini en Venecia, señalaba que no había contradicción en ello porque, en su opinión, “los gentiluomini en aquella república lo son más de nombre que de hechos; porque no tienen grandes rentas provenientes de posesiones sino que sus grandes fortunas están fundadas en las mercancías y los bienes muebles; además, ninguno de ellos tiene castillo ni tiene jurisdicción sobre hombres; de modo que el nombre de gentiluomo es en ellos nombre de dignidad o de reputación, sin que esté fundado sobre ninguna de aquellas cosas que en otras ciudades hacen que se les llame gentiluomini”.[46] Era, ciertamente, la posesión de mercancías y de bienes muebles lo que caracterizaba en las ciudades al grupo más representativo del patriciado, al grupo burgués por excelencia.

Lanzados a las actividades mercantiles, los comerciantes descubrieron muy pronto las ventajas de trabajar con el dinero mismo. El uso de la moneda reveló muy pronto algunas de sus peculiaridades, aunque no todas. Se creyó que quien la acuñaba y la garantizaba podía utilizarla dolosamente sin mayor riesgo, y tal consejo dieron al rey de Francia Felipe el Hermoso dos florentinos, Biccio y Musciatto Franzesi, sus consejeros financieros.[47] Eran hombres de experiencia comercial que comenzaban a entrever los secretos del nuevo mundo del dinero; pero que aun siendo los que sabían más, apenas adivinaban los más elementales de sus mecanismos, cuyos engranajes más complicados tardarían todavía varios siglos en quedar al descubierto. Pero sin duda venían de uno de los centros más experimentados en esta nueva materia, y por eso merecieron la confianza de quienes ejercían, en países menos desarrollados, un poder político que quería ser poder económico. De las ciudades italianas saldrían también Scaglia Tiffi, banquero arraigado en Borgoña, o Berto Frescobaldi, consejero financiero de Eduardo I de Inglaterra.

En sus propias ciudades, los ricos mercaderes que deslizaban sus preferencias hacia las finanzas parecían los más ricos de todos. Fundaban bancos que ejercían una fuerte influencia local, y creaban luego una red de sucursales que proyectaba esa influencia sobre otras ciudades y otros reinos, ofreciendo a veces a sus reyes, en estos últimos, crecidos empréstitos sin los cuales no hubieran podido muchos de ellos llevar a cabo las guerras que emprendieron. Quizá no dejaron del todo los negocios mercantiles. Pero el manejo de grandes capitales les permitió alejarse del contacto con la mercancía, borrando un poco más las huellas de su condición originaria y acentuando la ficción de que no trabajaban con sus manos sino que pertenecían a la envidiada clase ociosa de los gentiluomini.

Ciertamente, sólo se aproximaban a esa meta los que conseguían dar gran extensión a sus negocios. Los otros, los que trabajaban en pequeña escala, arrastraban el viejo estigma de la usura. Pero todos imponían su poder en una sociedad fundada cada vez más en el dinero, y sólo los moralistas tradicionales vituperaban en el siglo xv al financier como lo hacía Eustache Deschamps en su balada satírica.[48] En los hechos, el financista ejercía una influencia decisiva, aun cuando la suerte personal de cada uno acusara los riesgos de un juego mal conocido; y si conseguía conservar y acrecentar su fortuna y legarla a sus herederos, el papel que la familia desempeñaba en la ciudad alcanzaba los rasgos de una verdadera aristocracia.

En realidad, el financista puro no es un tipo frecuente en el seno del patriciado. Acaso sea una vocación predominante en algunos: acaso en Joseph Hompys, fundador en 1380 de la Grosse Gesellschaft en Ravensburg; en Godeman van Buren, que estableció la primera banca local en Lübeck; en Jakob Fugger, que acrecentaba su poder en Augsburgo; en Cosimo Medici, que llevó al más alto nivel su casa bancaria de Florencia; o en Jacques Coeur, en quien la especulación adquiría los caracteres de un juego apasionante. Pero, en rigor, el financista era una de las caras del mercader, y los ricos linajes burgueses fundaron su fortuna en el tráfico mercantil, al que se habían aplicado durante generaciones. En virtud de esa actividad y gracias a los frutos que habían obtenido de ella, formaban parte sus miembros del patriciado, que la Crónica de Lübeck definía como un grupo compuesto por “los ricos comerciantes y los ricos en bienes” o “los comerciantes más ricos de la ciudad”.[49]

Grupos mercantiles que desarrollaban una intensa actividad económica, que gozaban de suficiente bienestar como para llevar una vida agradable y en ocasiones lujosa y que ejercían considerable influencia en sus ciudades, se constituyeron en numerosos centros urbanos allí donde se había producido esa activación comercial que desencadenó la revolución burguesa. Froissart los sorprendía en Flandes: eran “las buenas gentes de Gante, los hombres ricos y notables que tenían en la ciudad sus mujeres, sus hijos, sus mercancías, sus propiedades dentro y fuera de ella, y que habían aprendido a vivir honorablemente y sin peligro”.[50] Eran, acaso, los que habitaban las ricas casas del Quai aux herbes, quizá los herederos de Gilbert uten Hove o de Walter van der Meire; y sin duda también otros de menores fortunas aunque influyentes en el seno del patriciado y unidos a su variada suerte. En numerosas ciudades flamencas, brabanzonas o del país de Lieja se observaba la presencia de esta napa social, algunos de cuyos miembros retrataron Van Eyck, Memling o David. Se la encontraba en las ciudades hanseáticas —Lübeck, Hamburgo, Danzig—, en las ciudades renanas —Colonia, Maguncia—, en las ciudades del sur de Alemania —Augsburgo, Munich, Nuremberg—, en las ciudades suizas —Basilea, Ginebra—, en la del noroeste y del sur de Francia, en las de Inglaterra, Cataluña, Portugal; en las del Báltico, Polonia y Rusia. Y sobre todo en las ciudades italianas, donde el proceso económico y social había comenzado antes que en otras partes y había alcanzado gran intensidad.

Hasta principios del siglo XIV había prevalecido la imagen del mercader itinerante y aventurero, ese que iba y venía con su mercadería y que logró establecer personalmente y a su propio riesgo el contacto entre las diversas áreas donde crecía el tráfico. Fueron ellos los que le dieron estructura al mundo urbano internacional y los que crearon un sentimiento de homogeneidad y reciprocidad entre las nuevas burguesías. Rompieron con el elemental etnocentrismo y se dispusieron a entender todo lo distinto, dentro de una relación que ofrecía un plano de coincidencias. Chaucer los vio así, jocundos y optimistas, pero sobre todo abiertos a la percepción de un mundo variado. “¡Ah, opulentos comerciantes; ah, gente noble y principal! -escribía.[51] Muy dichosos en este punto sois. No encierran vuestras alforjas dobles ases, sino buenas jugadas de cincos y seises, para vuestra ventura. Y en Pascuas podéis bailar alegremente. Vosotros, mercaderes, revolvéis tierra y mar buscando provechos; vosotros, gente informada, conocéis el estado de los reinos; y sois padres de noticias y cuentos de paz y de guerra.” Boccaccio ofreció varias veces esta imagen del mercader conocedor del mundo, y acaso hubiera podido, como Chaucer, decir del mercader “que, por ser hombre rico, pasaba por sabio”.[52] Pero, sin duda, lo era el mercader itinerante, aunque no fuera escolar. Su sabiduría consistía en el conocimiento de la nueva realidad social, homogénea en algunos de sus aspectos y profundamente diversa en otros. Era el suyo un saber vivo y espontáneo, hijo de la experiencia, que acrecentaba su autoridad cuando volvía a su ciudad natal y relataba las diferentes maneras de vivir de gentes con las que había coincidido en el ejercicio de sus operaciones mercantiles. Pero, precisamente porque los mercaderes itinerantes habían anudado los lazos del nuevo mundo urbano internacional, pudieron sus descendientes prescindir del viaje personal y periódico para hacer sus negocios. El mapa europeo adquirió precisión y se representó como un universo de ciudades, cada una de las cuales tenía los caracteres específicos que le proporcionaba su actividad económica: Lübeck, “una casa de comercio”; Colonia, “una tienda de vinos”; Danzig, “un granero de trigo” y así sucesivamente según un viejo dicho alemán de la época.[53] Antes del siglo XIV, un catálogo de ciudades había sido redactado por Francesco Balducci Pegolotti —miembro de la casa bancaria de los Bardi en Florencia— en el que puntualizaba las características comerciales de cada una.[54] Cuando la organización internacional quedó fijada, en la primera mitad del siglo XIV, los mercaderes se establecieron en las ciudades, y los más prósperos constituyeron en ellas la más alta clase urbana. Las oficinas, los talleres y los depósitos constituían su centro de operaciones, que se proyectaba hacia los puertos, si los había. La compra y la venta eran las operaciones básicas, pero la recepción y el envío de noticias, el análisis de los precios y de las contingencias propias de la producción, de los transportes y de los mercados constituía la preocupación fundamental del jefe de la casa, al que le tocaba orientar su actividad. Para consolidar su posición, los mercaderes procuraron y consiguieron ejercer el poder en su ciudad, porque también desde el gobierno se orientaba la actividad económica de las grandes casas comerciales y financieras. Y para disfrutar de la riqueza y del poder, mudaron o transformaron sus viviendas dotándolas de las comodidades y el lujo que a cada uno le permitía su fortuna.

Cuando esas fortunas alcanzaron un nivel superior a las exigencias del negocio mismo y estuvieron cubiertas las necesidades de reinversiones que aseguraran su ritmo creciente y progresivo, sus propietarios pudieron pensar en adquirir propiedades rurales. Era un modo de diversificar las inversiones y, en algunos casos, de integrar un circuito económico, pero más generalmente formó parte de una estrategia para consolidar el ascenso social. La propiedad raíz ayudaba a configurar una posición espectable, propia no sólo de los patricios sino, más aún, de los señores. Y en muchos lugares fue preocupación obsesiva de los patricios alcanzar un rango nobiliario, que sólo ocasionalmente fue otorgado graciosamente y que, en general, fue comprado.

En las ciudades empezaron a aparecer escudos de armas sobre las puertas de algunas casas burguesas, denotando el nuevo salto que habían dado sus propietarios. El ennoblecimiento fue un nuevo elemento de diferenciación introducido en una sociedad que seguía siendo muy móvil. También los rangos del patriciado burgués conservaban su movilidad. Junto a los linajes que perduraban a lo largo de muchas generaciones, cada ciudad vio declinar a algunas familias poderosas y ascender a otras, unas veces por el vaivén de sus negocios privados, otras por el azar de graves circunstancias que alteraban la vida económica y política de la ciudad y sacudían su estructura social. Nuevos nombres empezaban a aparecer en las listas de los más ricos y, naturalmente, de los que ejercían las magistraturas urbanas, remplazando a los que caían. Justamente, para aconsejar un prudente comportamiento a las familias de alto rango burgués, escribió Leon Battista Alberti I libri della famiglia, preguntándose si tanto podía la Fortuna sobre los hombres como para que pudiese “a familias bien provistas de hombres virtuosísimos, abundantes en cosas caras y preciosas y deseadas por los mortales, adornadas de mucha dignidad, fama, elogios, autoridad y público respeto, privarlas de toda felicidad, sumirlas en la pobreza, soledad y miseria, reducirlas de gran número de padres a poquísimos descendientes y de una desmesurada riqueza a suma necesidad, y de muy ilustre esplendor de gloria sumergirlas en tanta calamidad, tenerlas abatidas y arrojarlas en tinieblas y en una tempestuosa adversidad. ¡Ay, cuántas familias se ven hoy caídas y arruinadas!”[55] Escritas estas palabras en Florencia poco antes de promediar el siglo xv, revelaban que el patriciado burgués comenzaba sólo entonces a tomar conciencia del tipo de sociedad que encabezaba y el tipo de estructura económica en que se movía. Pero tanto una como otra conservaban aún ocultos los mecanismos de sus procesos internos y la inestabilidad derivaba de la necesidad de transitar unos caminos que él mismo estaba trazando. Era la construcción de una nueva sociedad y una nueva economía lo que había aceptado emprender el patriciado, y no simplemente su uso. Tocaba al patriciado construir la sociedad burguesa y la economía capitalista, y en esa tarea los éxitos y los fracasos individuales eran el precio que tenía que pagar el que se comprometía en ella. Varios siglos habría que aguardar para que se hicieran totalmente evidentes los mecanismos de la sociedad burguesa y de la economía capitalista, para las cuales no había entonces un modelo al que pudiera referirse la acción.

En cada etapa, el patriciado urbano contribuyó a diseñar la nueva realidad socioeconómica, y, entre tanto, procuró gozar de la riqueza y el poder que las circunstancias le ofrecían. Comprometido con el destino de su ciudad, el patriciado buscaba la riqueza y el poder convencido de que su suerte —la de cada uno de sus miembros y la de todos como clase— estaba unida al destino de la ciudad: era el sentimiento que expresaba lleno de orgullo Giovanni Villani cuando atribuía el esplendor que Florencia había alcanzado a los florentinos —esto es, a los hijos de la ciudad y a ellos solos—, por obra de los cuales “comenzó a multiplicarse y extenderse la fama de Florencia por el universo mundo, más de lo que nunca había sido”.[56] El embellecimiento de las ciudades, el estímulo de las actividades intelectuales y estéticas, la promoción de las fiestas públicas, fueron formas secundarias, pero elocuentes, de este comportamiento social del patriciado.

A su lado, grupos extranjeros solían compartir su forma de vida, ocupados principalmente de las actividades lucrativas. Allegados a los hombres más importantes y presentes en los círculos más representativos de cada ciudad, parecían inmersos en ella y consustanciados con su vida. Pero, en verdad, la ciudad les era ajena. Eran desarraigados que no se hacían cargo del destino colectivo porque tenían los ojos puestos en sus intereses o acaso en su propia ciudad. De tronco patricio florentino, Tommaso Portinari vivía en Brujas como agente de la casa de los Medici. Memling hizo su retrato y el de su esposa, como correspondía a un rico e influyente ciudadano. Pero él pensaba, además de sus intereses, en su Florencia natal. Y así como su antecesor Angelo di Jacopo Tani había encargado a aquel artista un retablo para su capilla mortuoria en Florencia —que por obra de los piratas fue a parar a Danzig—, Tommaso Portinari encomendó a Hugo van der Goes otro retablo, éste para el hospital de Santa María Nuova de Florencia, que había fundado en 1285 su antepasado Folco Portinari, padre de Beatrice. Patricios en Florencia y en Brujas, sólo en una ciudad podía vivirse la obsesionante contingencia cotidiana que componía el curso del destino local, labrado de ventana a ventana, en la plazuela o en el atrio. Advena al fin, el patricio de otros lares miraba al patriciado de la ciudad en que habitaba como a un grupo social cuyo destino no era el suyo.

En algunas regiones en las que el proceso de mercantilización había sido forzado —como en Bohemia y Hungría, o en algunas de influencia hanseática— las ciudades recibieron grupos extranjeros privilegiados y protegidos que, de hecho, constituyeron el más alto nivel de la sociedad urbana: tal la situación de los alemanes en Praga. Sin duda constituyeron una suerte de patriciado, pero atento tan sólo a sus intereses y desentendido del destino de la ciudad, o acaso impotente para conducirlo. La política le estuvo vedada, y sólo tuvieron de patriciado los rasgos que les prestaba la actividad mercantil y financiera, un modo de vida burgués y, sin duda, la influencia que ejercían a causa de su alta posición.

Entre los mercaderes y financistas solían introducirse en las filas del patriciado hombres de otros grupos que tenían gravitación en la ciudad. A medida que crecía y se formalizaba la organización de la vida urbana —que era en muchas ciudades la de un estado independiente—, cobraban mayor importancia local las personas que representaban cierto poder. Los obispos y el alto clero fueron inseparables del patriciado, como lo fueron los jefes de las milicias urbanas, verdaderos ejércitos algunas veces, y los más altos funcionarios de la burocracia comunal. Todos ellos participaban del género de vida del patriciado y lo superaban a veces; pero participaban también en la adopción de decisiones importantes —políticas, sociales y económicas—, sobre todo en circunstancias críticas que escapaban a la rutina cotidiana.

Entre los burócratas, los legistas de formación romanística que precisaban paso a paso las peculiaridades del derecho burgués y definían las líneas jurídicas y administrativas que enmarcaban la vida pública de las ciudades, alcanzaban una fuerte gravitación. A ellos les tocaba ir creando los moldes de la nueva sociedad, que se desprendía, poco a poco y trabajosamente, de los esquemas de la sociedad feudal. Jueces, abogados y notarios adquirían, por las mismas razones, una creciente importancia social, puesto que trabajaban cotidianamente en la elaboración de un nuevo derecho de extremada importancia para la consolidación del pujante sistema de relaciones en que cada vez más se asentaba la sociedad urbana, burguesa y mercantil. A su lado, otros que ejercían también profesiones liberales solían incorporarse a las filas del patriciado; médicos o boticarios, si su éxito, su fortuna o sus vinculaciones familiares les permitían el acceso. Las mismas razones, o el valimiento que pudieran alcanzar al lado de figuras ilustres de la ciudad, empujaron ocasionalmente hacia los más altos estratos sociales a los intelectuales y escritores que trabajaban en la elaboración, el afinamiento conceptual y el ajuste de las nuevas formas de mentalidad que acompañaban al cambio social. Y no quedaron al margen de este ascenso algunos arquitectos y artistas que procuraban expresar las variaciones de la sensibilidad que se insinuaban en el seno de la nueva sociedad. El patriciado, élite. de una sociedad que se estaba creando a sí misma, prestaba su calor a todos los que contribuían a definir y precisar su fisonomía.

Fue su eficacia para promover el cambio social y económico lo que primero le confirió la condición de élite.. Luego en sucesivas generaciones, fue su capacidad para aceptarlo y adecuarse a él como clase constituida, tratando cada uno de sus miembros de obtener el mayor provecho posible, en actividades que, además, abrían posibilidades para otros sectores más modestos que crecían en las ciudades. Fue, finalmente, el aprovechamiento de esta última circunstancia lo que consolidó su posición, porque el patriciado pudo instrumentar en su beneficio el conjunto de la sociedad urbana, sin perjuicio de que tuviera que enfrentar ocasionalmente a los sectores medios que le disputaron el poder. A la larga, el patriciado, que nunca perdió el poder económico, recuperó el poder político allí donde lo había perdido y volvió a consolidar sus posiciones modificando, cuando fue necesario, la estructura institucional.

Esa tendencia a canalizar el proceso de cambio en un sentido favorable a sus intereses fue manifiesta en el patriciado. Quedó corroborada con los esfuerzos que hizo una y otra vez para detener el proceso de movilidad social y, sobre todo, para independizar el área de poder de ese proceso. Y si en determinados lugares y ocasiones ese esfuerzo no tuvo éxito, a la larga los resultados fueron felices para el patriciado. Consistía su fuerza en el arraigo que tenía en la estructura económica que él mismo estaba elaborando —precapitalista o acaso capitalista en algunas partes—, pero, además, en el sistema de alianzas económicas, sociales y políticas que supo construir en la sociedad que, precisamente por esas coincidencias de grupos, adquirió los caracteres de una sociedad en transición, la sociedad feudoburguesa. El patriciado se acercó a la nobleza cuanto pudo y en condiciones ventajosas. Se acercó a la pequeña nobleza; o a la nueva nobleza; o a la vieja nobleza que, por el solo hecho de aceptar esa alianza, se renovaba y pasaba a ser nobleza nueva.

Para consolidar su situación y asegurarla, el patriciado se aplicó a sí mismo el principio de contención de la movilidad social. No quiso crecer, sino, por el contrario, contraerse y cerrarse como grupo. Las tendencias capitalistas lo movían a concentrar la riqueza y las tendencias sociales lo movían a cerrarse como clase, reduciendo los privilegios a un número restringido de familias. Aceptando la tradición de la sociedad feudal, el patriciado institucionalizó sus privilegios en la medida y en las ocasiones en que le fue posible, demostrando que tendía a formar bloque con la nobleza e, inversamente, a separarse de las otras clases urbanas que se habían constituido junto con él y habían quedado en niveles económicos y sociales más bajos. Así empezó a desvanecerse el vago principio igualitario que pareció mover la primitiva sociedad burguesa, condenado, por lo demás, desde el primer momento puesto que aquélla estaba fundada en una economía monetaria. Signos exteriores inequívocos de la posición social de cada uno aparecieron muy pronto en las ciudades.

Más allá del poder, la riqueza o el boato, el patriciado buscó el signo de su diferenciación en aquello que pusiera de manifiesto su dignidad. Creyó, por cierto, en la dignidad del poder y la riqueza; pero también en la de un modo de vida que apuntara hacia valores que quería considerar —acaso contra sus convicciones espontáneas— más altos que los vigentes en la vida práctica. Adoptó la dignidad del porte y del trato, la del lenguaje, la del sentimiento y la de la sensibilidad; la dignidad, finalmente, de los altos pensamientos. Una casa que quería ser palacio, y que finalmente lo llegó a ser, constituyó el apropiado escenario para esta concepción de la vida que empezó siendo burguesa y se deslizó poco a poco hacia el esquema de la vida cortesana.

Lo importante, primero, era no trabajar con las manos y, además, desprenderse del trato directo con las mercancías. Una jerarquía de intermediarios aseguraba a los ricos comerciantes o industriales una cierta distancia de los objetos que constituían su riqueza y, con ello, la posibilidad de alcanzar o mantener esa dignidad patricia que los acercaba a la nobleza. Por debajo de ellos estaban los que trabajaban con sus manos y los que compraban y vendían la mercancía: eran las clases urbanas subordinadas, cuyos miembros llenaban las tiendas y talleres, los mercados, las calles y plazuelas, en cuyas filas formaban, además, las gentes sin oficio que buscaban el pan de cada día en humildes y honestas tareas circunstanciales y aquellos otros que lo buscaban en actividades deshonestas o abiertamente delictivas. Era un amplio espectro social el que se iba constituyendo en las ciudades que presidían con estudiada dignidad los linajes patricios.

De todo ese conjunto, sólo los oficios organizados llegaron a adquirir una consistencia social comparable a la del patriciado y, especialmente, los que correspondían a las actividades fundamentales de la ciudad. Actuando solidariamente podían desafiar la autoridad del patriciado y, en muchos casos —como en Gante, Colonia o en Florencia— dar por tierra con ella y llegar a controlar el poder político de la ciudad. Tejedores, orfebres, carniceros, constructores navales, tintoreros y tantos otros —de los que quedó un ilustrativo catálogo en los grabados de Jost Amman y las rimas de Hans Sachs—[57] pudieron acariciar la ilusión de imponer su fuerza numérica y su organización. Gremios, corporaciones, gilds, arti, Aemter, Gewerke, eran organizaciones de oficios que no poseían el profundo sentido de clase que caracterizaba al patriciado. Eran organizaciones profesionales, acaso solidarias en la oposición al patriciado, pero que carecían de cohesión interior. Maestros, compañeros y aprendices pertenecían de hecho a estratos sociales diferentes —aunque originariamente hubieran pertenecido al mismo— y sus intereses eran diversos. Los maestros, sobre todo, lograron constituir una oligarquía en muchas ciudades. Eran pocos, y consiguieron que las reglamentaciones de muchas ciudades mantuvieran restringido el número y acrecentaran las exigencias para alcanzar la maestría. Fue necesario que pagaran una gruesa suma para adquirir el derecho de burguesía y que cumplieran el requisito de presentar una “obra de arte”. Los que lograban satisfacer tales requisitos llegaron a constituir la napa superior de esta clase media artesanal, en cuyos miembros pensaba Chaucer cuando describía sus caracteres:[58] “Un mercero y un carpintero, un tejedor, un tintorero y un tapicero cabalgaban también en la compañía. Llevaban todos las libreas de sus solemnes e importantes gremios. Vestían ropas nuevas y bien adornadas; sus puñales no iban guarnecidos de bronce sino de plata labrada y bruñida, y de igual manera estaban decorados sus cinturones y bolsas. En verdad que por la traza y discreción que mostraban parecían asaz dignos de ser regidores y sentarse en los estrados del salón de su concejo. A más, poseían para ello suficientes bienes y ganancias, y de cierto que sus mujeres los habrían visto de buen grado como regidores. Porque es muy agradable oírse llamar ‘señora’ e ir a vísperas delante de todos y poseer un manto regiamente llevado.”

A ese mismo nivel social pertenecían los medianos y pequeños comerciantes, dueños de un discreto capital que les permitía mover sus negocios. Acaso no tuvieran la fuerza social de los maestros artesanos que, eventualmente, podían apoyarse en sus gremios. Pero poseían esa ligera superioridad que daba la profesión mercantil, en la que siempre era posible escapar de la medianía y alcanzar una fortuna estimable. Las profesiones liberales otorgaban el goce de cierta consideración a aquellos que no lograban sobresalir. Médicos y boticarios, notarios y abogados —personajes preferidos de Boccaccio y de Sacchetti, del autor de Maistre Pierre Pathelin y del de las Cent Nouvelles Nouvelles, de Chaucer, de Poggio y de Erasmo— pertenecían a él en principio, y aunque algunos se deslizaran hacia formas de vida menos rJuan Hunyady espetables cediendo a las tentaciones de la picardía urbana, otros mantuvieron o acrecentaron su dignidad hasta hacer de sus profesiones un título honorable. También solía ser honorable la condición de los párrocos y de los monjes mendicantes, mezclados todos en los enredos de la vida cotidiana y oscilando entre la malicia y la virtud. Y era honorable, a veces, la calidad de los funcionarios públicos, en quienes debía depositarse la confianza, y cuyo número crecía a medida que se complicaba la administración hasta constituir una nutrida burocracia.

Solían moverse a ese mismo nivel los escolares que animaban las ciudades donde había importantes centros de estudio. Si no pertenecían plenamente a él era porque muchos participaban simultáneamente de una doble condición. Eran, por una parte, hijos de familias capaces de sostener su ocio en alguna medida, aunque muchos de ellos recurrieran a la limosna, tanto para vivir cada día como para satisfacer el deseo de “acumular a su cabecera una veintena de libros, encuadernados en rojo o en negro, conteniendo la filosofía de Aristóteles; y así como no guardaba, aunque filósofo, sino muy escaso oro en su arca, cuanto podía lograr de sus amigos lo gastaba en volúmenes y en instruirse, y rogaba con mucho empeño por las almas de quienes le daban con qué aprender”.[59] Éste era el estudiante de Chaucer. Pero aun en Oxford, como en Bolonia o Praga, como en Coimbra o en París, abundaban los “escolares que andan nocherniegos”, como decía el Arcipreste de Hita.[60] Cualquiera que fuera su origen social, la vida de estudiante los empujaba hacia los lindes de la mala vida, enredándolos con mujerzuelas y jugadores en el ambiente desenfrenado de las tabernas y las posadas. A veces no pasaban los límites del escándalo, dignificado por la música o la poesía, pero encuadrado en una resuelta vocación de goce que se realizaba en el amor y el vino. Pero muchos traspasaban el límite y se introducían en esa mala vida que describía Villon —escolar él también a su modo— cuyo fin podía ser la horca. Así solía desplazarse el escolar hacia una situación de marginalidad derivada de su libertinaje que podía no corresponder a su origen social.

En un nivel más bajo estaban los que trabajaban como dependientes. En los oficios eran muchos los compañeros y los aprendices, en posición social y económica mucho más baja que los maestros y sometidos además a su férula. Con trabajo unas veces y otras desocupados, no tenían más amparo que la organización gremial, que regulaba sus salarios y ofrecía algunas ayudas. Dependientes de casas de comercio y pequeños burócratas compartían esa situación, en la que se hallaban también cuantos medraban con los pequeños y variados servicios que creaba la vida ciudadana. De estos últimos, algunos lindaban con la vida aventurera de la periferia social de las ciudades; y de ella entraban y salían los que sólo tenían la fuerza de sus brazos para los trabajos más humildes, convertidos en pobres cuando aún ese trabajo faltaba.

Abundaban los pobres en las ciudades. La vida urbana era amable para los ricos pero dura para los miserables. De entre ellos salían las primeras y más numerosas víctimas de las hambrunas y las epidemias, los que merodeaban por los conventos y terminaban en los hospitales y los que constituían la masa que acudía a las fiestas públicas o se embarcaba en los tumultos populares —que otros dirigían— sin saber qué esperaban o qué querían. A veces se integraban en esta masa indefinida los soldados sin bandera, aventureros acostumbrados al uso del puñal, con el que terminaban a veces en asesinos o ladrones. Entonces entraban de lleno en el último estrato de la sociedad urbana.

Decididamente marginales, ladrones y asesinos compartían el mundo de la mala vida con un variado conjunto de personajes, muchos de ellos menos peligrosos e instalados sobre un puente en el que las diversas clases se comunicaban. Cofradías de mendigos —como la que describe Sacchetti—[61] se desplegaban por todas las ciudades, alternando sus miembros los lugares selectos donde mendigaban con los suburbios donde vivían. Pero la limosna abundaba cuando la situación era próspera y faltaba cuando asomaba la escasez. Entonces un mendigo podía tornarse ladrón o bandolero. Pero el mundo de la mala vida era mucho más extenso. Así lo vio François Villon en el París de su tiempo:[62]

Porque, que seas bulero

fullero o jugador de dados,

monedero falso, y que te quemes

como los que se escaldan,

traidores, perjuros y vacíos de fe;

que seas ladrón, que robes o saquees,

¿a dónde va lo obtenido, que tanto cuidas?

Todo a las tabernas y a las mozas del trato.

Recita, búrlate, toca el címbalo y el laúd

como loco, disfrazado y desvergonzado;

bromea, engaña, dispara;

representa, en las ciudades y los pueblos,

farsas, juegos y moralidades;

gana a las cartas, a los juegos de azar, a los bolos.

Pues escuchadme bien:

toda va a las tabernas y a las mozas del trato.

¿Te repugnan esas inmundicias?

Ara, siega campos y prados,

cuida y rasquetea caballos y mulas.

Tendrás lo necesario si te resignas.

Pero si machacas o espadillas el cáñamo,

¿no llevas todo el trabajo que has hecho

a las tabernas y a las mozas del trato?

Calzas, jubones con agujetas,

togas y todas vuestras ropas;

antes de hacer algo peor, llevad

todo a las tabernas y a las mozas del trato.

Tabernas y muchachas constituían polos de atracción no sólo de los marginales sino de muchos miembros de grupos integrados, que de ese modo entraban en contacto con los otros. De prostitutas, Villon recogió el recuerdo tierno y soez a un tiempo que dejaron en su memoria la Belle heaulmière y la Grosse Margot.[63] De tabernas, de borrachos, picaros, jugadores y parásitos, su experiencia fue memorable, tanto acaso como la del Arcipreste de Hita o la de Poggio Bracciolini, expertos en devolver esa experiencia en recuerdos literarios pero llenos de desparpajo y ajenos a toda retórica. Más circunspecto, Chaucer tradujo no tanto una experiencia como una observación, en un pasaje evocador del cinturón marginal del Londres de su tiempo, cuando habló de Perkin Revelour, un aprendiz seducido por la mala vida: “Siempre que había en Chepe alguna fiesta o cabalgata, el aprendiz se escapaba de la tienda y no retornaba en tanto que no había visto todos los festejos y danzado en ellos muy a su sabor. Pertenecía a una banda de muchachos de su condición, que siempre andaban juntos, bailando o cantando, y también se reunían en ciertos lugares para jugar a los dados. No había aprendiz de Londres que supiera tirar los dados mejor que Pedrito. A más, era éste muy amigo de dilapidar dinero en casas secretas; y todo ello redundaba en detrimento de su patrón, que asaz a menudo encontraba su caja vacía. Porque habéis de saber que si un aprendiz es inclinado al juego, la orgía o las mujeres, al amo le toca pagarlo, cargando con los gastos de la música sin tocar en ella; pues, en un aprendiz, diversión y robo son palabras sinónimas. Siempre se ha visto que en la gente de condición humilde el refocilamiento y la honradez son cosas que no pueden existir a la par.”[64]

Sobre el vasto espectro de la sociedad urbana planeaba la autoridad de los linajes patricios. En muchas ciudades gravitaban viejas casas nobles o activos sectores de la nueva nobleza. Pero el patriciado poseía la clave para influir más directamente sobre la nueva sociedad, feudoburguesa en su conjunto, pero marcadamente burguesa y capitalista en muchas ciudades. Por eso el período que transcurre desde la segunda mitad del siglo XIV hasta las primeras décadas del XVI constituye el de mayor esplendor de las burguesías urbanas. Pudieron alguna vez perder el poder político bajo la presión de los oficios; pudieron perderlo progresiva y totalmente como consecuencia del creciente centralismo que inspiró a las monarquías nacionales. Pero el patriciado sobrevivió como élite. social, económica y cultural, y siguió imponiendo poco a poco sus tendencias fundamentales. A imagen del ensayo que realizó en las ciudades, impuso sus concepciones de la sociedad, del estado y de la economía, además de sus propias e incuestionables formas de vida y de mentalidad. Sin duda el patriciado dio pasos decisivos para integrarse en una unidad con la nobleza; pero consiguió que ésta se aburguesara más de lo que el patriciado cedió a la tradición nobiliaria, apenas recibida como una cobertura de sus propias tendencias. La sociedad feudoburguesa duraría varios siglos, pero la creciente presión de los integrantes burgueses modificaría esa ecuación en el sentido impuesto por sus tendencias. Sólo reductos cada vez menos influyentes preservarían la tradición nobiliaria.


Capítulo II. La nueva sociedad y la consolidación de la economía de mercado.

Si la nueva sociedad se había constituido espontánea y desorganizadamente en la euforia del primer esplendor de la economía de mercado, en el período de contracción económica que siguió —desde comienzos del siglo XIV hasta la segunda mitad del XV— se vio sometida a tremendas tensiones a través de las cuales empezó a definir su fisonomía luego de que sus diversos componentes se vieron obligados a ajustarse a las posibilidades reales que se le ofrecían. La nueva sociedad, fundada en un principio de movilidad social, trató de regular ese principio sin negarlo y sin que le fuera posible suprimirlo. En medio de furiosas convulsiones, la nueva sociedad logró, empero, diseñar el cuadro de su estratificación e impuso límites a la movilidad. Clases altas, medias y populares quedaron claramente situadas en ese cuadro, en el que había límites cada vez más definidos, sin que por eso faltaran ciertos márgenes para el ascenso y el descenso de clase.

Cuando comenzó nuevamente la expansión de la economía de mercado, en la segunda mitad del siglo XV, la nueva sociedad estaba bastante estratificada y había sufrido, además, una decisiva trasmutación. Las más altas capas de las burguesías urbanas, convertidas en un patriciado local, comenzaban a sobrepasar los estrechos límites de sus ciudades, y a medida que el mercado crecía, el patriciado extendía su influencia y sus ambiciones económicas y políticas. De la trasmutación del patriciado urbano nacieron las burguesías de las florecientes monarquías territoriales, precisamente cuando, gracias a éstas, comenzaban a constituirse mercados fluidos en el vasto ámbito de su jurisdicción. Pero ni siquiera los mercados territoriales fueron suficientes para la capacidad expansiva de las nuevas burguesías, que era la capacidad expansiva de la economía de mercado. Entonces comenzó, dentro de la expansión, la gran expansión oceánica de la que surgirían los imperios coloniales. Una nueva mutación se operaría a partir de entonces, precisamente cuando los imperios coloniales se constituyeron, cuando estalló la crisis religiosa, cuando morían Leonardo, Maquiavelo, Durero, Erasmo.

I. El desarrollo de la economía urbana

En el cuadro de la economía de mercado, la economía urbana desempeñó un papel primordial. Las ciudades fueron los núcleos de la red que iba abrazando una superficie cada vez mayor y en ellas se centralizaban las diversas y complejas operaciones del tráfico de mercancías y de dinero. Todo lo que ocurría en los diversos tramos de los distintos circuitos económicos repercutía sobre las economías urbanas, pero de la misma manera, y acaso de modo más agudo, todo lo que ocurría en las economías urbanas incidía sobre todos los tramos de los circuitos económicos que se relacionaban con ellas. Las ciudades fueron los escenarios visibles en los que desplegó sus posibilidades la economía de mercado, cuyo nombre mismo arrancaba de la experiencia primigenia de un mercado concreto, situado en la plazuela de una ciudad, en la que se confrontaban compradores y vendedores a través de un trato del que resultaba el establecimiento de un precio.

A partir de las primeras décadas del siglo XIV las economías urbanas acusaron los primeros signos de un proceso de contracción. Como siempre, los factores que contribuyeron a desencadenarlo no eran exclusivamente situaciones o hechos económicos. Sin duda lo más importante fue que el proceso previo de expansión —entre el siglo XI y el XIII— había llegado a cierto límite infranqueable, establecido por una indefinida relación entre la producción, la distribución y el consumo, fases cuyas relaciones recíprocas y cuya mecánica eran prácticamente ignoradas y, en consecuencia, incontrolables. Grupos sociales que buscaron su emancipación y su ascenso en las actividades mercantiles o artesanales desencadenaron la oferta llevados por el móvil del lucro, y encontraron un mercado consumidor de una dimensión imposible de estimar ni siquiera aproximadamente. A partir de ese momento, la producción, la distribución y el consumo jugaron locamente sin que nadie advirtiera que sus relaciones se autorregulaban de alguna manera, sin perjuicio de que se intentara regularlos coactivamente. Fue la experiencia la que puso de manifiesto que esas relaciones existían y que sus términos empezaban a entrar en conflicto. Hubo crisis de producción, de distribución y de consumo porque los grupos adscriptos a cada sector procedieron libremente de una cierta manera hasta que sus conveniencias o sus posibilidades les aconsejaron un comportamiento diferente. El dislocamiento del sistema era inevitable, y fue el final necesario de la primera experiencia espontánea y libre de un nuevo tipo de relaciones económicas.

La contracción que se advirtió a partir de principios del siglo XIV fue, pues, un nuevo avatar —el segundo— del proceso de organización de la economía de mercado. Pero no fue solamente la propia mecánica del proceso económico lo que contribuyó a desencadenarla. Por distintas razones adoptaron los grupos adscriptos a cada sector del proceso económico las nuevas y diversas formas de comportamiento. Y todas esas motivaciones contribuyeron a provocar esa contracción, que alteró la fisonomía de la nueva sociedad.

Una razón fundamental fue el debilitamiento de la onda de crecimiento demográfico que había tonificado el proceso de cambio social y económico desde el siglo XI. El aumento de población, ininterrumpido hasta fines del siglo XIII, cesó por entonces, y las ciudades, que habían tenido que ensanchar el perímetro de sus murallas, en ciertos casos varias veces, quedaron fijadas en sus límites físicos en tanto que su población se estancó o comenzó a decrecer. Poco después el proceso se acentuó, acelerado por la ola de epidemias que empezó a asolar toda Europa. La disentería castigó a vastas regiones desde 1315, y al año siguiente murieron de ella 3000 personas en Brujas y 2000 en Ypres. Otras enfermedades contagiosas —la tuberculosis y la viruela, especialmente— recrudecieron a causa de las pésimas condiciones higiénicas que sufrían las poblaciones urbanas, cuyo crecimiento saturaba las ciudades y sobrepasaba largamente los escasos recursos sanitarios de que estaban provistas. Pero fue la llamada “peste negra” la que tuvo mayor incidencia sobre el desarrollo demográfico. Entre 1348 y 1351 la epidemia, proveniente de Asia, se extendió por toda Europa y cobró un número tan crecido de vidas que adquirió los caracteres de una verdadera catástrofe. En cada lugar se la vivió como un desastre local y provocó agudas crisis psicosociales, de las que son testimonios las histéricas peregrinaciones de los flagelantes o las variadas versiones de la Danza macabra.[65] Pero el fenómeno no era local ni concluyó al atemperarse la intensidad de la epidemia. Diezmadas las familias, disminuyó el índice de natalidad. El hambre y las enfermedades crecieron en el seno de una sociedad sacudida violentamente por los estragos iniciales de la peste y por sus variadas secuelas de todo orden. Se dislocó especialmente la vida urbana —puesto que fue en las ciudades donde el flagelo se manifestó con más violencia—, y la desorganización de los mecanismos económicos se propagó a todo lo largo de los circuitos de distribución que las ciudades controlaban: hubo escasez de toda clase de productos, pero sobre todo de productos alimenticios que, a lo largo del proceso de urbanización, dependieron cada vez más del sistema de distribución organizado por el comercio urbano. Combinados todos los factores, la crisis demográfica adquirió tal magnitud que se hizo visible la despoblación de los campos y el empequeñecimiento de las ciudades. Entre 1340 y 1450, se estima que la población de Italia pasó de diez millones a siete millones y medio; la de la Península Ibérica, de nueve a siete; la de Francia y los Países Bajos, de diecinueve a doce; la de las Islas Británicas, de cinco a tres; la de Alemania y Escandinavia, de once y medio a siete y medio; la de Rusia y Europa central, de trece a nueve y medio; la de Grecia y los Balcanes, de seis a cuatro y medio..[66] La crisis de mano de obra acompañó a la crisis del consumo, y ambas a la desarticulación general del sistema mercantil que distribuía la producción: era inevitable la contracción económica.

No contribuyeron menos a que se agudizara la contracción ciertos factores sociales y políticos. La crisis engendró enconados enfrentamientos sociales, tanto urbanos como rurales, que multiplicaron los efectos de la contracción. Un clima general de inseguridad predominó por todas partes, destruyendo las condiciones indispensables para que prosperara o al menos para que se mantuviera el sistema de relaciones económicas que se habían establecido en los últimos años. Guerras internacionales en cuya entraña estaba la misma crisis, contribuyeron a profundizarla exacerbando sus perfiles y suscitando situaciones inéditas e irreversibles que modificarían el cuadro general de las relaciones económicas, sociales y políticas. Hubo, al promediar el siglo XIV, una crisis total del naciente orden feudoburgués, de la que nacería un reajuste de la nueva economía y de la nueva sociedad. Un vago sentimiento apocalíptico predominó en muchos espíritus, como si la transformación estructural que se había producido en Europa hubiera entrado en un colapso definitivo.

Pero esa transformación estructural, que al comenzar la contracción arrastraba ya un proceso de tres siglos, resistió a todas las dificultades. En el cuadro de empobrecimiento general, no todos los sectores sociales lo sufrieron de la misma manera. Por el contrario, la contracción que castigó tan duramente a los sectores medios y populares y detuvo en ellos el fluido juego de la movilidad social, favoreció la concentración de la riqueza en manos de los sectores altos. Quienes poseían un capital y supieron utilizarlo hábilmente en las irregulares condiciones que se suscitaron, aprovecharon las oportunidades que le ofrecían las convulsiones sociales y políticas, las guerras y, sobre todo, el hambre y la escasez. Si los jefes de bandas armadas se enriquecían con el saqueo, los proveedores de los ejércitos y los allegados al poder, ocasional o estable, se beneficiaron con innumerables negocios ilícitos. Medraron los especuladores que se interpusieron en lo que antes era un juego más o menos ordenado y libre de los bienes de consumo, y los prestamistas más o menos usurarios que acudieron al llamado de los que se precipitaban en la ruina. En general, los que cumplían funciones de intermediación comercial y financiera acusaron el golpe de la crisis. Pero los que lograron salvarse por el azar o por la hábil utilización de recursos ilícitos vieron acrecentar su lucro y aprovecharon las desgracias ajenas. Hubo, pues, por esos mecanismos anormales, una concentración de capitales que contribuyó a acelerar el proceso de estratificación social: así se ensanchó el foso que separaba a los pobres y a los que se empobrecían de los ricos y los que se enriquecían.

Frente a la reducción y al dislocamiento general del consumo, las economías urbanas aprovecharon el incremento de consumo de las clases altas, renovadas por la inclusión de quienes se enriquecían a favor de la crisis. La concentración de la riqueza dio a ese patriciado que crecía y se cerraba al mismo tiempo un sólido poder de compra que no sólo alcanzó a los productos corrientes, sino que estimuló el mercado de artículos suntuarios de diversos grados: lo prueba la larga lista de artículos que se puede ver en el tratado de Pegolotti y en especial la que se complace en hacer de las especias que podían adquirirse;[67] la carne se transformó en un producto intensamente solicitado, así como las especias, los vinos y todo lo que podía transformar una mesa en un alarde de poder y riqueza. Indirectamente, la producción rural acusó en alguna medida la influencia de esta singular demanda, que se sumaba a la de los productos tradicionales. Y la producción artesanal debió responder a las exigencias de ese nuevo boato requerido por quienes querían afirmar su ascendente o su consolidada condición social. Pero no fue sólo el patriciado y su contorno de nuevos ricos aventureros el que sostuvo las economías urbanas. En las clases medias no faltaron vastos sectores que, en diversa medida, conservaron o acrecentaron su poder de compra. Buenos burgueses protegidos por sus ahorros y por su tendencia a evitar los gastos superfluos —como lo aconsejaba Alberti—[68] mantenían un ritmo regular de consumo que satisfacía su deseo de bienestar y sus preocupaciones por el decoro. Una mesa honesta y una vajilla pulcra exigía una respuesta del mercado que resonaba en el mismo ámbito en el que ellos ejercían una provechosa intermediación. Sólo las pequeñas clases medias y los sectores populares fueron, al fin, los que cargaron con el peso de la contracción y los que alguna vez descargaron su angustia en exasperadas e inútiles irrupciones de cólera sin definidos objetivos políticos.

La contracción no afectó, pues, al patriciado, aunque alguno de sus miembros sufriera personalmente la crisis. Rico, poderoso, dueño del mercado y firme consumidor, el patriciado y, en general, los mercaderes, prestaron a las ciudades ese aire de esplendor que se complacían en describir los viajeros. Philippe de Commynes escribía a fines del siglo xv que Brujas era un “gran depósito de mercancías y gran punto de reunión de naciones extranjeras; y de hecho se despachan de allí más mercancías que en ninguna otra ciudad de Europa, y sería un perjuicio irreparable que fuera destruida”.[69] Por eso se había dirigido hacia ella —varios decenios antes, en el momento de su máximo esplendor— don Pero Niño cuando llegó al mando de la armada castellana al puerto de L’Écluse: “De allí fue el capitán a la ciudad de Brujas, que está de allí seis leguas. Allí estaban muchos mercaderes de Castilla, que le hacían muchas honras y servicios. Compró allí el capitán paños y armas, joyas, y volvióse a la Esclusa.”5 La misma o parecida impresión causaban Venecia, Génova o Florencia; Barcelona, Burdeos o Tolosa; Lisboa, Londres o Lübeck; Colonia, Munich o Nuremberg. No faltaban en ellas vastos sectores desposeídos ni clases medias de reducidos recursos. Pero daban el tono a la ciudad los grupos florecientes que habían consolidado su riqueza y la ostentaban no sólo en la vida privada sino también en la vida pública, eligiendo ricos edificios para las corporaciones, suntuosas residencias particulares e imponentes iglesias. Y aunque alguna vez tuvo que soportar el patriciado la rebelión de los oficios y a veces de la plebe, se sobrepuso a las dificultades y recuperó al cabo del tiempo su papel hegemónico. Del esplendor de Florencia al finalizar la primera mitad del siglo XIV dio un cuadro brillante y documentado Giovanni Villani.[70]

No gozaron los mercaderes de mucho prestigio a los ojos de ciertos testigos de sus operaciones, sobre todo cuando los testigos arrastraban algunos prejuicios tradicionales. Un gran señor castellano, Pero López de Ayala, los criticó duramente; pero, al hacerlo, dejó una vivaz descripción de la economía de mercado tal como la veía funcionar en la segunda mitad del siglo XIV.[71]

¿Pues qué de los mercaderes aquí podrán decir?

Si tienen tal oficio para poder engañar,

Jurar o perjurar, en todo siempre mentir,

Olvidan Dios y alma, nunca cuidan de morir.

En sus mercaderías tienen mucha confusión,

A mentira y a engaño y a mala confesión,

Dios les quiera valer o tengan su perdón,

Que cuanto ellos no dejan dan cuenta por bordón.

Una vez pedirán cincuenta doblas por un paño,

Si vieren que estáis duro o entendéis vuestro daño,

Dice: por treinta os lo doy; mas nunca él cumpla el año

Si no le costó cuarenta ayer de un hombre extraño.

Dice: yo tengo escarlatas de Brujas y de Malinas,

Veinte años ha que nunca fueron en esta tierra tan finas;

Dice: tomadlas vos, señor, antes que unas mis sobrinas

Las lleven de mi casa, que son por ellas caninas;

Si vos tenéis dineros, si no tomar he plata,

Que en mi tienda hallaréis todo buen cambio.

El cuitado que lo cree y una vez con él se ata

A través yace caído si adelante no mira.

No se tienen por contentos por una vez doblar

Su dinero, más tres tantos lo quieren aumentar.

Dice: somos en peligros por la tierra o por mar,

Que nos hace ahora el rey otros diezmos pagar.

Nunca verdad confiesan, así los han acostumbrado,

Siempre parece pequeño el pecado que es usado;

Mas de otra guisa lo juzga aquel juez granado

Que en las intenciones no le es cosa ocultada.

Juran a Dios falsamente, esto cada día,

Mal lo pasan allí los Santos y Santa María,

con todos los diablos tienen hecha cofradía

Tanto que en el mundo triplican la cuantía.

Las varas y las medidas, Dios sabe cuáles serán,

Una mostrarán luenga y con otra medirán.

Todo es mercadería, no entienden que en esto han

Ellos pecado ninguno, pues que siempre así lo dan.

Si son cosas que a peso ellos hayan de vender,

Que pesen más sus cosas sus artes van a hacer.

En otros pesos sus almas lo habrán de padecer

Si Dios por la su gracia no los quiere defender.

En la vieja ley prohibe esto Nuestro Señor,

Nunca tendrás dos pesos, uno pequeño y otro mayor.

Si de otra guisa lo haces, yo seré corregidor

con saña muy grande tomaré por tal error.

Si quisieres haber plazo el precio les doblarás:

Lo que da un por cincuenta, ciento les pagarás.

De esto luego buen recaudo con ellos obligarás,

si el día pasare intereses les otorgarás.

Aun hacen otro engaño al cuitado comprador

Muéstranle de una cosa y danle otra peor;

dicen en la primera: de esto os mostré, señor,

Si no él nunca vaya a velar a Rocamador.

Hacen oscuras sus tiendas y poca lumbre les dan,

Por Brujas muestran y por Malinas, Ruan;

los paños violetas, bermejos parecerán;

al contar los dineros las ventanas abrirán.

Según que en el Evangelio de Nuestro Señor parece

El que quiere hacer mal siempre la luz aborrece;

pues que en tinieblas anda, verlas siempre merece

con el caudillo de ellas el tal pecador perece.

Por males de nuestros pecados la codicia es ya tanta

Que de hacer tales obras ninguno no se espanta,

Ni saben do mora Dios, ni aun santo ni santa.

Más bien paga el escote quien en tales bodas canta.

Asaz veo de peligros en todos nuestros estados,

De cualquier guisa que sean aun son ocasionados,

Prestos a mal hacer o del bien muy arredrados

En que pecan los muy simples y perecen los letrados.

De otro origen, un prejuicio semejante movía a Erasmo, más de un siglo después, a vilipendiar a los mercaderes con palabras mordaces: “La más loca y despreciable de todas las clases humanas, escribía,[72] es la de los mercaderes. Ocupados sin cesar en el vil amor del lucro, emplean para satisfacerlo los medios más infames. La mentira, el perjurio, el robo, el fraude, la impostura llenan su vida entera; a pesar de eso creen que su oro debe hacerlos pasar por los primeros de todos los hombres; y hay bastantes monjecillos aduladores que no se sonrojan de darles en público los títulos más honorables para atrapar siquiera una pequeña parte de un bien tan mal adquirido.”

Pero no era esa la opinión de la generalidad de la sociedad urbana. Vicios y virtudes, tanto los grandes como los medianos y pequeños mercaderes los compartían con el resto de la nueva sociedad urbana. Todos tenían un nuevo código de comportamiento cuyas prescripciones se fundaban en la reconocida validez y en la legitimidad del lucro, para cuya consecución los preceptos de la vieja moral habían perdido vigencia. La tortuosa habilidad de los mercaderes se correspondía con la fina astucia del intermediario y con las malas mañas del truhán. Pero en esa desaprensiva carrera tras el lucro que permitió y estimuló la originaria expansión del mercado, la posterior contracción económica forzó la tendencia a regularlo por medio del poder político o de las mismas fuerzas económicas organizadas corporativamente.

Sin duda el mercado urbano había descubierto los mecanismos elementales de la oferta y la demanda, esto es, la regulación automática de los precios por el acuerdo negociado de compradores y vendedores. Y es cierto también que, desde el principio, el poder político había tratado de interferir el libre juego de aquéllos tratando de sacar alguna ventaja del tráfico comercial que se realizaba dentro de su jurisdicción. Pero la contracción económica intensificó esta última tendencia, fuera por la dislocación que se manifestaba en el mercado a causa de su juego incontrolado luego de varios siglos de funcionamiento espontáneo, fuera por la vigorosa presión de una crisis que se manifestaba a través de la escasez, la desocupación y el hambre. La respuesta de las corporaciones y del poder político fue un intento de someter el mercado a regulaciones coercitivas. Y en innumerables ciudades, un vasto conjunto de medidas —de emergencia unas, pretendidamente estables otras— comenzaron a establecerse para resolver no sólo los problemas económicos sino también los problemas sociales que la contracción y el dislocamiento del mercado traían consigo.

En un ambicioso plan, se pretendió regular las modalidades de la producción; no tanto en relación con la producción rural como en cuanto a la producción artesanal. Sólo ciertas materias primas —cierta lana, por ejemplo— podía ser elaborada por los tejedores. Sólo los productos artesanales que cumplían ciertos requisitos podían ser lanzados a la venta, bajo la responsabilidad de los organismos corporativos unas veces y del poder público otras. Vinos de Burdeos, pasteles tolosanos, vajillas de Dinant, sedas de Nápoles y de Lyon luego, tejidos de lana de Flandes y más tarde de Inglaterra, fueron, entre otros, productos que merecieron la cuidadosa atención tanto de las corporaciones como del poder público para asegurar el control de calidad, en defensa tanto del mercado interno como del externo. Y si el mercader engañaba a su cliente ofreciendo una cosa por otra, era ésa una modalidad de la compraventa que sólo podía hacerse, precisamente, porque cuando se hablaba de armas de Milán o de tejidos de Ypres se atraía maliciosamente la atención del comprador, predisponiéndolo a aceptar lo que se ofrecía con esa garantía.

Muchas ciudades procuraron regular también la compraventa. En algunos casos otorgaron el monopolio a algunas corporaciones y otras lo combatieron, según las circunstancias y los intereses en juego. Mantuvieron su jurisdicción sobre la habilitación de ferias y mercados y se preocuparon de la exactitud de pesas y medidas. En rigor, ningún paso de la actividad mercantil quedó sin control a través de disposiciones diversas y reiteradas que atribuían, unas veces a las corporaciones y otras veces al poder público, una función de policía sobre todo lo que fuera industria y comercio, pero muy especialmente sobre los productos alimenticios, entre los que el pan y la carne merecieron especial atención. La función de policía significaba la inspección de depósitos para comprobar si se acaparaban los productos, la vigilancia de la calidad y, sobre todo, el control de precios. La generalizada contracción económica pero, sobre todo, los fenómenos locales y circunscriptos de escasez en determinado momento originaron tremendos aumentos de precios que obedecían no sólo a causas justificadas sino, mucho más, a la desenfrenada especulación. No es extraño que, al promediar el siglo XIV, Matteo Villani, burgués florentino, se ocupara de la carestía de los productos alimenticios, o que lo hiciera el clérigo que escribió el Journal d’un bourgeois de París, refiriéndose a los primeros años del siglo xv; pero es significativo que una crónica señorial como la del rey castellano Alfonso XI se detuviera en el mismo tema.[73] La respuesta a las olas de carestía fue el establecimiento de reiteradas disposiciones regulando los precios, unas veces a través de las organizaciones corporativas y otras a través del poder público, sin perjuicio de obligar a vender al valor establecido a aquellos que ocultaban los productos especulando con el hambre y la necesidad.

Correlativamente, los salarios también se vieron sometidos a regulación. Fijados, mientras fue posible, de acuerdo con la oferta y la demanda de mano de obra, siempre habían sido manejados, sin embargo, dentro de los límites impuestos por la vigorosa decisión de los patrones. En el sector de las manufacturas e industrias, sobre todo, su influencia era decisiva no sólo en las corporaciones sino también en el mercado de contratación. Fue precisamente en ese sector donde más se hizo sentir la falta de mano de obra como resultado tanto de la crisis demográfica como de la contracción económica. La tendencia de los asalariados fue a exigir pagas más altas; pero cuando alcanzaban un nivel que comprometía las posibilidades del consumo y, sobre todo, los márgenes de ganancia de los patrones, las corporaciones o el poder público intervenían para obligar a los que vendían su trabajo a mantener sus antiguos salarios pese al tremendo aumento que había sufrido el costo de la vida. Innumerables disposiciones generales, como el Ordenamiento de menestrales que hacen las Cortes castellanas de 1351, fueron dictadas para comprimir los salarios. En varias correcciones que se introdujeron entre 1377 y 1380 al Statute of labourers dictado en Inglaterra en 1351, las restricciones impuestas al salario rural se hicieron extensivas a los artesanos. Y en 1351 también, Juan II de Francia dictó la Ordonnance que legislaba sobre salarios. Muchas disposiciones locales impusieron en diversas ciudades la misma política.[74]

Víctimas de la presión ejercida por los empresarios y por el poder público, los trabajadores reaccionaron a veces con violencia. Hubo huelgas y motines en muchas ciudades; algunas veces esos movimientos formaron parte de un plan político, y los oficios llegaron a apoderarse del poder en algunas de ellas: Gante, Colonia, Estrasburgo y muchas más. Otras veces, aun formando parte de un plan político, los esfuerzos de los oficios sólo sirvieron para secundar los proyectos de algún ambicioso señor, como en el caso de la revolución de Gualtieri di Brienne en Florencia en 1342 o en el de la révolution cabochienne promovida en París en 1413 al calor de las ambiciones del duque de Borgoña Juan sin Miedo.[75] Pero el patriciado recuperó sus fuerzas y retomó el poder en todas partes. Más aún, la explosión popular acentuó la diversificación social y la distancia entre los grupos sociales.

Se advirtió esa tendencia a través de una metódica y sostenida política de regulación del trabajo. Nacidas bajo un signo igualitario, las corporaciones se fueron estratificando y, poco a poco, la posición del maestro se fue separando de la del resto de los componentes, compañeros y aprendices. Cada vez se hicieron más inaccesibles los requisitos necesarios para alcanzar la maestría, y la producción de la “obra maestra” se rodeó de crecientes dificultades. Como en otros muchos casos, el gremio de los pañeros de Lieja resolvió el 1 de abril de 1350 que sólo los maestros tuvieran derecho de voto en el gremio, quedando los artesanos dependientes reducidos a su voluntad. Fue un fenómeno general, y una respuesta más a los impactos de la contracción. Reducida la demanda, decantado el consumo, la selección de los sobrevivientes de la crisis se hizo concentrando el poder en manos de unos pocos.

También se fueron concentrando en pocas manos las organizaciones constituidas para desarrollar ciertas actividades económicas a una escala mayor que la permitida por las posibilidades personales de un comerciante o un industrial. Fueron verdaderas empresas montadas con capitales considerables y destinadas a integrar un ciclo de producción o explotar un sector comercial en condiciones de alta rentabilidad. El propietario o la sociedad contralizaban la dirección y correspondía el desempeño de las diversas tareas a un personal más o menos extenso. La conducción económica seguía la evolución de los negocios a través de una cuidadosa contabilidad, ajustada desde principios del siglo XIV al método de la partida doble que describió escrupulosamente Luca Pacioli en 1494.[76] Y gracias a esa concentración de capitales y de esfuerzos, las sociedades o empresas adquirieron una fuerza creciente en el mercado.

Donde mejor se advirtió la importancia de esa manera de operar fue en el ámbito del comercio internacional, del que dejaron un vasto panorama en sus tratados sobre el comercio Pegolotti, Uzzano y Chiarini.[77] Con el tiempo se habían ido estableciendo circuitos regulares que integraban zonas de economía complementaria. La Hansa germánica, cuyo centro estaba en Lübeck, constituía una asociación libre de ciudades que abarcaba los principales puertos del Báltico, el mar del Norte y el Atlántico. Entre ellos circulaban regularmente productos del norte y del sur, por cuenta de grandes comerciantes que tenían su sede en alguna de las ciudades asociadas y se valían de la organización para sus exportaciones e importaciones. La Hansa establecía estrictas regulaciones, pero ofrecía en cambio importantes seguridades y garantías a sus miembros. Los depósitos instalados en los diversos puertos gozaban de una protección que la organización había gestionado en cada lugar con todo el peso de la autoridad que le daba el volumen de sus operaciones, capaces de activar y canalizar la vida económica de la región. El tráfico consistía en materias primas —granos, lanas, maderas, metales, pieles, sal, pescado— y en productos manufacturados —aceites, vinos, telas, útiles. Crecidas sumas de dinero se movilizaban en este comercio, organizado a través de una vasta red de agentes y representantes, en comunicación permanente a través de una correspondencia regular que mantenía al día la información de todos sobre producción, precios y condiciones del mercado.

No menos intensa era la actividad en otros sectores. El Rin servía de comunicación a las ciudades que estaban sobre sus orillas, desde Colonia a Basilea. El sur de Alemania —Nuremberg, Munich, Augsburgo, Ravensburg— volcó buena parte de su economía en el tráfico con Italia a través del paso del Brenner que conducía a Venecia. Inglaterra se vinculaba con el continente por medio de su staple, instalado por mucho tiempo en Calais y a veces en Brujas o en Amberes, y en el que operaban los comerciantes de la lana. Las casas centrales formaban el núcleo de una extensa red de agentes o factores, a través de la cual circulaban las órdenes para operar, las noticias y el dinero, este último sustituido muchas veces por las letras de cambio y otros mecanismos bancarios que disminuían los riesgos.

Pero el tráfico más intenso y acaso el mejor organizado fue el del Mediterráneo. Poderosas casas comerciales instaladas en numerosas ciudades —interiores o puertos— extendían sus operaciones por todo su ámbito, moviendo un crecido volumen de mercancías y gruesas cantidades de dinero. Génova y Venecia fueron las metrópolis más poderosas de esa espesa red, pero eran muchas las ciudades cuyo tráfico, aunque menor que el de aquéllas, alcanzó un alto grado de desarrollo. Como el de la Hansa, ese comercio cubría zonas de diversa producción y con distintas demandas. Por Ragusa y Salónica se introducía en los Balcanes; por Trípoli o Alejandría en el norte de África; por Famagusta en Chipre; por Varna, Moncastro o Cafa en el mar Negro; por Chios en el Asia Menor; por Beirut en Siria; y desde esas zonas se entroncaba con otros circuitos comerciales que allegaban allí productos de regiones remotas del oriente. Pero no era menos intenso y frecuente el tráfico entre los puertos de la costa europea, entre los que circulaban los productos de Italia, Francia y España. Una estrecha comunicación aseguraba el despliegue de las actividades comerciales, al que prestaba apoyo una eficiente organización de los seguros contra riesgos. Y la vigilante atención de las actitudes que manifestaba el poder público en cada mercado permitía afrontar los problemas suscitados por la diversidad de jurisdicciones políticas.

Tratados y acuerdos entre estados podían facilitar la tarea de los mercaderes que se movían en el ámbito internacional. Para algunos de aquéllos, sin embargo, la tentación de resolver por la fuerza las situaciones adversas a sus intereses fue muy fuerte. La apertura de un mercado que se resistía a entrar en la esfera de influencia de un vigoroso y vecino foco de poder económico solía originar una guerra netamente comercial, aunque se la disimulara a veces con otros pretextos. Sólo se requería que un centro de poder económico fuera, al mismo tiempo, un foco de poder político y militar. Si no era así, podía buscarse o negociarse una alianza. Fruto de esta estrategia fueron innumerables guerras, en las que la economía urbana quedó cada vez más atrapada en la red de los poderes territoriales, señoriales o monárquicos. Preocupadas por su porvenir económico tanto como por el del predominio de unos grupos sociales sobre otros, las ciudades flamencas, y de otras regiones de los Países Bajos también, entraron como elementos secundarios en la guerra de los Cien Años entre Inglaterra y Francia, y quedaron finalmente sometidas al duque de Borgoña y luego al emperador de Alemania. Largas luchas comerciales sostuvieron las ciudades italianas, que condujeron a que España y Francia se disputaran la hegemonía sobre toda Italia. Fue el comercio hanseático el que logró mantenerse más alejado de las presiones políticas y militares, sin duda porque sus centros neurálgicos estaban desprovistos de poder.

Pero lo cierto es que el comercio hanseático declinó, precisamente porque no pudo incluirse definidamente en un área de poder político, y tuvo que hacer frente a los problemas de todas, en tanto que el de muchas otras ciudades prosperó integrándose en las nuevas áreas de poder territorial centralizado que se configuraban por entonces. Del mercado urbano se procuró pasar poco a poco a un mercado nacional, y de éste al ámbito de expansión que el estado nacional estuvo en condiciones de ofrecer, según su influencia y su poder.

Cuando la concentración de capitales y el crecimiento de su volumen sugirió la posibilidad de aventuras aún más audaces, apareció el designio de explorar nuevas rutas en busca de mercados o de fuentes de materias primas. Los hermanos Polo, venecianos, recorrieron el Asia, en busca de las fuentes donde se aprovisionaban los mercaderes árabes a quienes ellos servían de intermediarios, mientras castellanos y portugueses buscaron su expansión por el occidente. Así llegaron a las islas Canarias y a las Azores. Los portugueses costearon toda la costa africana para alcanzar las tierras del océano Índico, en tanto que los castellanos persistieron en la ruta occidental hasta que hallaron el continente americano, del que tomaron posesión, excepto en las tierras brasileñas que ocupó Portugal. Al constituirse los grandes imperios coloniales quedaron diseñadas inmensas áreas políticas que eran también áreas económicas. Según la tradición monopolista y proteccionista de la economía urbana, primero, y de la naciente economía nacional después, esas áreas económicas fueron como una prolongación del mercado nacional del país imperial. Pero directa o indirectamente creció desmesuradamente el ámbito del mercado tradicional europeo imponiendo una nueva escala a un tipo de actividad económica que, sin embargo, conservó los mismos caracteres. Proyectados a mayor escala, esos caracteres se hicieron cada vez más definidos y poco después pudieron ser identificados y reconocidos los mecanismos de lo que se llamaría el capitalismo mercantilista.

Tan complejos y variables como pudieran ser los mecanismos estrictamente comerciales, vinculados estrechamente a las alteraciones de la sociedad que se movía alrededor tanto de los mercados locales como del mercado general, mucho más oscuros e inasibles fueron durante mucho tiempo los mecanismos financieros que el desarrollo comercial fue creando. En algo contribuyó, sin duda, el escaso conocimiento de esos mecanismos, a que se produjera la contracción de principios del siglo XIV, y no es un azar que en esos años quebraran las grandes casas italianas que habían echado las bases del sistema bancario internacional: los Scali en 1327, los Bonnaccorci, los Usani, los Corsini en 1341, los Peruzzi, los Acciaiuoli, los Bardi en 1343. Giovanni Villani, agudo observador del desarrollo económico de Florencia, lanzó el más desgarrado lamento ante la catástrofe financiera de su ciudad y puntualizó la responsabilidad de los banqueros que habían confiado su dinero y el de sus clientes al rey y a los señores para financiar sus alocadas aventuras, extendiéndose en consideraciones morales y políticas y atribuyendo tanto a la codicia de unos como al mal gobierno de otros la quiebra de las grandes casas bancarias de la ciudad.[78] Pero su interpretación era inexacta.

Algunas de esas casas databan del último tercio del siglo XIII y habían hecho pingües negocios. Operaban sobre diversos mercados acompañando el curso del comercio internacional y se apoyaban en cada caso en el poder político para facilitar y acrecentar sus negocios: no es casual que los príncipes ingleses que fueron a luchar con Alfonso XI de Castilla cuando puso cerco a Algeciras, “desque llegaron a Sevilla, fueron a la casa que la compañía de los Bardi tenía en Sevilla”.[79] Los Frescobaldi operaban en Inglaterra desde 1277 y muchos otros buscaron mejores horizontes bajo la protección de otros príncipes. Una red de agentes gestionaba y diligenciaba las operaciones de crédito, moviendo crecidas sumas de dinero. Pero no sólo financiaron los banqueros las aventuras políticas y militares de reyes y señores. Tanto o más que eso, la base de su actividad fue menos peligrosa, y acaso menos rendidora, puesto que consistió en operaciones de crédito relacionadas con la actividad comercial e industrial, tanto en el área local como en el ámbito internacional.

Organizado al calor de la expansión económica, el sistema del crédito se desarrolló de acuerdo con su dinámica: al principio nunca parecía excesivo el riesgo y siempre parecía tentadora la ganancia. En el proceso de progresiva apertura de nuevos mercados, de explotación de nuevas riquezas, de incorporación de nuevas actividades, la imagen de los límites de la expansión no se presentó en quienes estaban lanzados a esas aventuras hasta que los hechos se impusieron. Fueron los hechos —y no las previsiones— las que mostraron los márgenes de confiabilidad que ofrecían reyes y señores, siempre seguros de poder sobreponerse a la penuria económica echando el peso del poder sobre las actividades del mercado. Reyes y banqueros ignoraban igualmente los mecanismos que regulaban las relaciones entre mercado y poder. Y fueron los hechos los que mostraron que la expansión tenía ciertos límites, precisamente cuando se los había alcanzado.

La contracción económica puso fin a la primera aventura del crédito. Pero en el sistema ajustado a la nueva situación que se fue conformando en medio de la crisis, el crédito volvió a encontrar su papel y comenzó a organizarse de acuerdo con la experiencia recogida. En 1380 fundó Joseph Hompys la Grosse Ravensburger Gesellschaft; en Florencia, Giovanni di Bicci de Medici organizó definitivamente en 1397 lo que sería la casa Medici; en Génova se constituyó en 1407 la Casa di San Giorgio; en 1410 fundaron Ludovic de Ballionibus y Gérard de Boeris, ambos italianos, una casa bancaria en Lübeck a la que siguió, después de su liquidación en 1449, la que fundó el lubequés Godeman van Buren. Con ellos se desenvolvió una nueva etapa del negocio del dinero y del crédito, más ajustada a la experiencia comercial y financiera obtenida en las difíciles circunstancias de la contracción. Pero no por eso dejaron de operar con las fuertes monarquías que se consolidaban. Lo hicieron aquellas casas bancarias, y las que se fueron fundando cuando comenzó, en la segunda mitad del siglo XV, una nueva era de expansión. Surgieron entonces en Florencia los Pazzi, los Ruccelai, los Strozzi, y más tarde los Frescobaldi y los Gualterotti; los Chigi en Siena; los Grimaldi en Génova. Todos acompañaron el curso de los negocios en su propia ciudad y también el flujo de las importaciones y exportaciones en los mercados mundiales; pero ninguno desdeñó el trato con las grandes potencias, pese al riesgo, no sólo a causa de los beneficios directos que podían obtener sino también por los privilegios que permitía alcanzar la función, explícita o no, de banquero del rey. Pero los mecanismos del crédito eran ya mejor conocidos, los riesgos menores y las garantías más seguras. Las operaciones estaban muy diversificadas al través de diversos mercados, en los que los agentes de las casas bancarias más importantes cumplían las órdenes que emanaban del centro de operaciones donde se evaluaba constantemente la economía internacional. Cada agente desarrollaba, pues, su tarea dentro de un plan general en el que se contemplaban todas las oportunidades y todos los riesgos. Brujas, Londres, Amberes, Lyon, Milán, Aviñón, Ginebra eran, entre otras, plazas importantes en las que, sin embargo, no había surgido una banca local; pero operaban los agentes de los bancos internacionales, incorporando esas ciudades y sus áreas de influencia a un sistema financiero cada vez más intercomunicado.[80]

Instrumento de esa intercomunicación era, naturalmente, la moneda. Tras su afiebrada utilización para maniobras fraudulentas que alimentaban una ingenua ilusión de rápido enriquecimiento por parte de quien la acuñaba, las ciudades de economía más sólida y de más responsabilidad en el tráfico internacional habían comenzado a acuñar monedas de oro al promediar el siglo XIII. Antes, en 1231, habían comenzado a circular las “augustales” impuestas en el sur de Italia por Federico II. Pero fueron el “genovino” —Génova, 1252—, el “fiorino” —Florencia, 1252—, el “ducato” —Venecia, 1284— y el “ambrosino” —Milán, principios del siglo XIV—, las que impusieron el patrón oro para el comercio internacional. Empero, la moneda de plata no desapareció y comenzaron todas las complicaciones del bimetalismo, a las que se sumó la persistente tendencia a la devaluación cada vez que las circunstancias se tomaban críticas. Pero la moneda de oro, destinada sobre todo al tráfico internacional, se impuso a causa, sobre todo, de la posición ventajosa de los países cristianos con respecto al área musulmana y bizantina en cuanto al volumen comercial. Bohemia adoptó la moneda de oro en 1325 e Inglaterra en 1344; y por los mismos años lo hicieron las diversas áreas de los Países Bajos y Castilla. Entre tanto, otras formas de pago se desarrollaron en el comercio internacional. La generalización del uso de la letra de cambio facilitó los mecanismos cambiarios restringiendo el transporte de dinero. Pero a medida que se acentuaba la reactivación económica se advirtió que el volumen de oro existente era exiguo en relación con las exigencias del comercio internacional. El acrecentamiento de la producción de plata a fines del siglo XV no pudo Kalmar lo que se llamó “hambre de oro”. Fue el descubrimiento de las inesperadas riquezas metalíferas de América lo que cambió sustancialmente la estructura financiera de Europa en las primeras décadas del siglo XVI.

A través de este progresivo ajuste y perfeccionamiento de los mecanismos del mercado urbano y del sistema financiero se fue definiendo desde la segunda mitad del siglo XIV una actitud económica cada vez más original y diferenciada de la que era tradicional en la economía señorial. En tanto que en ésta era el sistema productivo el que impregnaba la estructura social, la nueva economía se organizaba sobre el sistema de la intermediación montado sobre una creciente concentración de capitales en manos de quienes manejaban el comercio y el crédito. Coincidían en esos sectores los intereses de las altas clases urbanas y del poder político, cuya alianza, basada en la comunidad de intereses económicos, contrapesaba la tradicional alianza del poder político con las clases señoriales, principales poseedoras de la tierra, que se fundaba principalmente en la secular comunidad de intereses de reyes y señores y en su atávica coparticipación en el poder. Muy lentamente los papeles comenzaban a invertirse y empezó un largo y oscuro duelo entre las burguesías y la nobleza por el ascendiente cerca del poder real. Sin duda la posesión de la tierra siguió siendo durante largo tiempo un factor decisivo en la economía; pero si antes era el único factor, ahora se encontraba enfrentado con otro que operaba de una manera distinta y revolucionaria con respecto a la estructura tradicional: el dinero, que poco a poco se constituía como capital y, en consecuencia, como medio de producción. No importa que las clases capitalistas se constituyeran a veces entremezclando miembros de la nobleza y de la burguesía: fue esta última la que impuso poco a poco su nueva concepción económica al conjunto. Y cuando los burgueses se transformaban en propietarios terratenientes —obteniendo a veces con ello el acceso formal a la nobleza— trasladaron a la economía agraria su manera de entender la actividad económica, orientada hacia el mercado y atenta a sus exigencias.

Rasgo fundamental de la nueva economía fue una precoz tendencia a la concentración de capitales, que puso en un número cada vez más reducido de manos el manejo de los medios de producción y, sobre todo, el control comercial y financiero. Quienes lograron de ese modo el mayor poder económico procuraron conservarlo y acrecentarlo. Intentaron determinar claramente cuáles eran sus objetivos y cuáles los mejores medios para alcanzarlos, valiéndose del creciente conocimiento de los mecanismos del mercado que les daba una larga experiencia acumulada. Quizá los que por entonces se atrevieron a discurrir de manera teórica sobre las actividades económicas no alcanzaron a discriminar analíticamente los contenidos de esa experiencia para extrapolarlos en un cuadro doctrinario. Los esfuerzos de Nicolás de Oresme,[81] con ser notables, no sobrepasaron algunos aspectos superficiales del problema, ni alcanzaron suficiente proyección las reflexiones de Leon Battista Alberti, y menos aún las de Pace de Certaldo.[82] En cambio, comerciantes y banqueros sabían más, aunque no fueran capaces de formular doctrinariamente su pensamiento ni tuvieran, acaso, interés en hacerlo. Un constante esfuerzo por establecer las causas concretas de los fenómenos y su mecanismo los llevó a racionalizar su actividad, no sólo traduciendo a términos aritméticos y contables sus operaciones sino, sobre todo, programando su acción, calculando los efectos de los diversos pasos que podían darse, proyectando su actividad inmediata en el mediano y en el largo plazo. Ese esfuerzo de racionalización terminó configurando una actitud que se oponía a la espontánea irreflexibilidad que había predominado en la época de la primera expansión. Como consecuencia evidente de la experiencia, se fue constituyendo un esquema racional de la vida económica que se transformó poco a poco en un axioma de la conducta del hombre de negocios: su expresión fue la empresa.

Tan importante como fuera la capacidad individual del mercader, su iniciativa, a veces clarividente y audaz, estaba limitada por sus posibilidades personales. Fue un esfuerzo —y una conquista— de la racionalización de la actividad económica trasladar el sistema operativo de un hombre a una organización suprapersonal. Así nació la empresa, organización funcional en la que un plan de vasto alcance podía ser realizado más allá de las fuerzas y los recursos de su creador. La empresa comercial y financiera nació espontáneamente, pero pudo prosperar en la medida en que se aplicó al conjunto de personas que colaboraban en ella un principio organizativo racional. Los objetivos fueron fijados por una persona o un grupo director, y muchas personas fueron asignadas a la realización de cada uno de los pasos o a cada una de las funciones que el cumplimiento de esos objetivos requería. La contabilidad fue el instrumento de esa organización. Pero lo importante fue la determinación de ciertos fines a que aspiraba la empresa y que abrían un horizonte nuevo en la medida en que la organización suplía las limitaciones prácticas del que la proyectaba. Sólo así se pudo sobrellevar la contracción económica, sobrepasarla y preparar las vías para una nueva etapa de expansión. Un examen de la organización de las casas de los Medici o de los Fugger ilustra y pone de manifiesto la trascendencia de este sistema operativo, capaz de acompañar el proceso económico introduciendo en él, a través de actos deliberados, las variantes que le inyectarían una creciente potencia y le abrirían nuevas perspectivas.[83]

Resueltos a aceptar las condiciones de la realidad, quienes procuraron encauzar las actividades económicas a través de las turbulencias de la época de la contracción admitieron como un hecho irreversible que no podían desenvolverse fuera de la órbita de la política. En rigor, mercaderes y banqueros habían experimentado este condicionamiento desde los comienzos de su actividad, en plena expansión. El poder —real, señorial o municipal— descubrió no sólo que podía obtener un beneficio inmediato imponiendo tributos a la actividad mercantil o industrial, sino también que podía alcanzar otros más importantes a más largo plazo si lograba orientar la actividad económica en un sentido coincidente con sus intereses políticos. Acaso la burguesía mercantil vaciló algunas veces acerca de si le convenía o no aceptar esta tutela, pero, en general, admitió que eran más las ventajas que los inconvenientes. Cuando pudo se transformó ella misma en poder político, como lo hizo en las ciudades más o menos autónomas, para apoyar con él las actividades económicas. Pero cuando el mercado urbano trascendió sus fronteras locales, advirtió que debía aceptar la tutela y las directivas del poder político allí donde quería operar, y comenzó a negociar su participación, sabiendo que si el apoyo de éste podía beneficiarla permitiéndole la ampliación de sus operaciones, también las actividades de las burguesías mercantiles favorecían al poder político acrecentando en términos imprevisibles su capacidad financiera.

Los intereses se trabaron. Las burguesías mercantiles y el poder político territorial se buscaron y se rechazaron, establecieron pactos, los cumplieron o los violaron, y volvieron a hacerlos acaso cambiándose las partes contratantes. El poder político solía imponer sus decisiones sobre la economía, pero siempre podía descubrirse detrás de él un grupo económico que lo inspiraba o le dictaba esas decisiones. Así se fue configurando la política económica del mercantilismo, proteccionista, monopolista y programada de tal manera que concurrieran en ella los intereses inseparables de quienes ejercitaban la actividad económica y de quienes detentaban el poder, aun cuando estos últimos conservaran en otros aspectos tendencias señoriales y reconocieran la gravitación de la nobleza terrateniente. En la corte de Carlos VII de Francia, Jacques Coeur, “argentier du roy”, desempeñaba sin duda el primer papel como agente financiero del rey, paralelamente a los que desempeñaban Dunois y Brezé, aunque no fuera el suyo el primer lugar en el orden de la precedencia cortesana.[84]

Quienes más cerca estaban del poder político más provecho sacaban de esta interacción entre el gobierno y los negocios. Socio de un rey o de un gran señor, el mercader tenía asegurada su fortuna. Pero los que no gozaban de ese privilegio y sólo disfrutaban de la protección que el poder otorgaba a quienes operaban dentro de los cauces fijados por él, también obtenían considerable provecho, según la magnitud de sus negocios, su habilidad y su suerte. Sobre los negocios de todos, el poder protector ganaba de alguna manera: la parte mayor, si en el trato intervenía directamente quien lo detentaba; y una parte importante en su conjunto a través de la recaudación fiscal.

El desarrollo de la fiscalidad marchó al compás de la formación de un poder político fuerte fundado en sus relaciones objetivas con la sociedad —que preanunciaba el estado moderno—, tal como se insinuó en las comunas independientes y en algunos estados territoriales: en Inglaterra y en el reino de Federico II especialmente. Pero también marchó al compás de la nueva economía. El impuesto directo o talla se fue transformando no sólo en una fuente inexcusable de ingresos para el Estado sino también en un principio fiscal indiscutible. Lo impusieron tanto las ciudades como los señores territoriales y la iglesia. Pero por ser directo fue aquel donde más repercutieron las situaciones sociales. Prevaleció en algunas partes el principio de que requería el consentimiento de los contribuyentes, y creció el número de los que lograron ser eximidos de él. Los impuestos indirectos, en cambio, crecieron en importancia y lograron más extenso consentimiento, quizá porque reflejaban más exactamente las peculiaridades de la nueva sociedad y la nueva economía. Si el impuesto directo recordaba los vínculos de dependencia personal, el impuesto indirecto funcionaba al compás de la economía de mercado y sus niveles se establecían según los niveles de la ganancia o del consumo. Sin duda la gabela simbolizó la presencia del poder político en las actividades económicas, puesto que sustraía un determinado producto —la sal, el primero— al juego de la oferta y la demanda, sujetándolo a un monopolio. Pero los otros reflejaban el juego normal del mercado. El comercio exterior tributaba a través de las aduanas, generalmente en la instancia de las importaciones, pero también en la de las exportaciones si por esa vía se instrumentaba una cierta política económica. Lo hacía asimismo el comercio interior, tanto del lado del vendedor, sobre el que pesaban los derechos de mercado y los impuestos a las ventas —la alcabala española— como del lado del comprador, que debía pagar impuestos sobre el consumo. Todo el conjunto de la tributación daba al poder político no sólo la fuerza para operar en su esfera tradicional, sino también para intervenir cada vez más en la vida económica, en la que empezó a ser uno de los factores dominantes.

De todos modos, tan importante como fuera la participación del poder político en la vida económica, quienes la promovían e impulsaban, quienes descubrían nuevos horizontes y los exploraban hasta incorporarlos a su esfera de acción fueron los que componían esa clase mercantil cuya élite. era el activo patriciado urbano que había hecho su experiencia social, económica y política en el ámbito de las ciudades. Entre ellos aparecieron quienes decidieron sobrepasar los límites a que estaban sujetos y que empezaban a parecerles estrechos, y se adscribieron a la política de los grandes estados territoriales para ayudar al traspaso de su estructura feudal a una estructura mercantil, que la monarquía empezaba a entrever como el nuevo camino eficaz. Fue una nueva carrera abierta para algunos de los miembros del patriciado urbano y poco a poco para nuevas generaciones de burgueses que, siguiendo la huella del patriciado urbano, empezaron a hacer su carrera ya en el ámbito de las nuevas monarquías, desdeñando prejuicios y aceptando la nueva condición de cortesanos. Fueron quizá miembros de familias burguesas ennoblecidas o aventureros afortunados. A lo largo del tiempo habían perdido el orgullo de ser burgueses y buscaban esa posición intermedia que empezaba a dibujarse, entre la burguesía y la nobleza, puesto que el ascenso de las burguesías mercantiles apenas había mellado el secular prestigio de las clases señoriales. Casi incólumes a sus privilegios, seguían predominando en las áreas rurales aunque tuvieran que soportar a algún vecino recién llegado: colono enriquecido o burgués ávido de prestigio que había volcado parte de su riqueza en la adquisición de una propiedad rural de donde pudiera obtener no sólo rentas sino también una posición social imposible de lograr en su actividad tradicional. Lentamente, el mundo rural había comenzado a acusar también el impacto de la transformación de la sociedad y la economía.

II. El impacto de la economía de mercado sobre la economía rural

Sin duda el cuadro general del proceso productivo en las áreas rurales mantuvo en algunas regiones —en Europa central, en Prusia, Silesia, Moravia, en los países bálticos— sus caracteres tradicionales; en otras se fueron alterando esos caracteres poco a poco y, de cualquier manera, el impacto de los cambios sociales se hizo notar sobre las relaciones de producción. No podía ser de otra manera. La contracción del proceso expansivo de la nueva economía de mercado, la peste negra con sus efectos múltiples, especialmente la crisis demográfica que reconocía, entre otras causas, las guerras internacionales y civiles, los conflictos sociales, la presión fiscal, todos eran factores que incidían sobre la vida rural y sobre la economía de ese ámbito.

El sistema estaba en pie, pero se deterioró aceleradamente y sólo se reconstituyó transformándose. La crisis demográfica produjo una disminución considerable de la mano de obra rural, agravada por la emigración de los campesinos hacia las ciudades a favor de las situaciones anárquicas que se produjeron. Fue inevitable una puja por la retención y la recuperación de trabajadores rurales, a consecuencia de la cual aparecieron exigencias de aumentos de salarios que los terratenientes aceptaron conceder, aunque procurando que el poder político los constriñera a volver a sus antiguos niveles. Pero la escasez de mano de obra y la posibilidad de abandonar los campos que tenían los trabajadores rurales obligó a contemplar la nueva situación con una elasticidad que alteró el antiguo régimen de sujeción. Los vínculos serviles se relajaron y nuevas relaciones se establecieron entre terratenientes y colonos, muchos de los cuales obtuvieron su liberación y comenzaron una nueva vida como asalariados y, en muchos casos, como arrendatarios o poseedores de parcelas. La crisis repercutió particularmente sobre la hacienda señorial, cuyas explotaciones se vieron comprometidas tanto por las alternativas de las crisis políticas y sociales como por las guerras, pero sobre todo por el dislocamiento del sistema de trabajo.

Tan intensa fue la crisis que comenzó a producirse una transformación en el sistema de tenencia de la tierra. Hubo señores que la perdieron y aparecieron nuevos poseedores de otra condición social. Hubo pequeños poseedores que acrecentaron sus dominios y hubo burgueses que los adquirieron, introduciendo modificaciones importantes en el sistema de explotación. Pero, sobre todo, aparecieron campesinos que se convirtieron en propietarios de parcelas produciendo una novedosa variedad en el cuadro de los tenedores de la tierra. El cambio en la condición social de estos campesinos fue el signo más visible de la transformación que se operaba en vastos sectores de esa clase.

Diversos factores influyeron en esa transformación. Sin duda fue importante el desarrollo de nuevas áreas de colonización, hacia las que se dirigieron colonos que buscaban nuevos horizontes en un régimen de libertad. Pero lo más importante fueron las consecuencias que tuvo la generalización del nuevo régimen de relaciones serviles, a partir de la sustitución de las prestaciones en trabajo por el pago en dinero al señor. Desde entonces la condición de los campesinos tuvo tendencia a mejorar en perjuicio de los señores. Las sumas quedaron fijadas por la costumbre; pero la inflación trabajó a favor de los campesinos, pues mientras se mantenían las cifras absolutas de sus obligaciones —por la fuerza de la costumbre y, más aún, por el temor de provocar la emigración de la mano de obra— los precios de los productos que los campesinos llevaban al mercado acompañaban la ola inflacionaria. Así pudieron algunos campesinos acumular una cierta masa de dinero que les permitiría adquirir la tierra. Pero entre tanto había mejorado su condición social y jurídica. En la crisis de los tradicionales tenedores de la tierra, numerosos dominios habían cambiado de manos y otros se habían subdividido. La consecuencia fue un debilitamiento de las relaciones de servidumbre, puesto que cierto número de campesinos quedaron espontáneamente libres de tutela en tanto que otros pasaron a depender de varios señores según la suerte que en las ventas y subdivisiones hubieran corrido las parcelas a las que estaban adscriptos. En la confusión, los campesinos procuraron acogerse a la jurisdicción real cuya tendencia expansiva favoreció sus designios. Pero no todos tuvieron igual suerte: los que sufrieron los embates del dislocamiento del sistema y no pudieron arraigarse como propietarios o hacer valer sus demandas de mejores salarios, debieron emigrar a las ciudades, donde muchos de ellos ya se habían establecido y donde otros acudían en invierno en busca de trabajo. Y los que no optaron por esa salida, permanecieron en los campos entregados a la mendicidad o al bandidaje, a veces organizados en bandas que trabajaban por su cuenta. Otros se agregaban a algunos de los ejércitos privados que participaban en los enfrentamientos políticos y sociales entre las distintas facciones que disputaban el poder en las ciudades, o bien entre los reyes y los señores cuyo poder tradicional estaba sacudido por una crisis que comprometía sus fundamentos políticos, sociales y económicos.

Esa sacudida la había percibido la nobleza en el nivel primigenio de su riqueza y su poder. Se proyectó luego hacia otros planos, pero fue en relación con su tierra, con el trabajo que se realizaba en ella, con la posición de los siervos, con los productos que se obtenían del trabajo y con la posibilidad de tener o no dinero para competir con la nueva riqueza monetaria de los ricos burgueses de las ciudades, como aparecieron las inquietudes fundamentales de esa clase habituada a ignorar los problemas económicos a causa del formidable poder de que disponía para asegurar su posición privilegiada y gozar de los beneficios que sus posesiones le ofrecían como si correspondieran a un orden inmutable del sistema de relaciones sociales. Pero el sistema mostró primero sus fisuras y sufrió luego los sucesivos avatares de un proceso en el que esas fisuras se fueron ahondando cada vez más. La nobleza se sorprendió ante los mecanismos económicos que empezaban a funcionar y que comprometían su tradicional estabilidad, y se dio cuenta de que los fundamentos económicos de su poder estaban comprometidos. Descubrió que la autosuficiencia del feudo no podía resistir ante las embestidas, aun tímidas, de la economía de mercado. Y quienes no fueron capaces de adaptarse rápidamente a la nueva situación, o vendieron sus feudos o parte de ellos, o abandonaron su administración para entregarlos en arriendo a quienes fueran capaces de explotarlos en las condiciones que el mercado requería. Hubo, sin duda, en algunas partes, quienes consolidaron su poder político y aseguraron con ello el tradicional sistema de explotación. Pero en otras muchas partes hubo quienes se sintieron impotentes y desertaron, dejando el lugar a otros señores más dúctiles para adecuarse a la nueva situación: fueron éstos los que descubrieron el funcionamiento de nuevos mecanismos en la vida económica. Así se dispusieron a ingresar, con todo el poder que les daba la posesión de los bienes de producción, en un proceso nuevo en el que la distribución de los bienes adquiría una creciente gravitación porque se habían modificado los términos del consumo. Era la economía de mercado, a la que los poseedores de la tierra llegaban con un compás de atraso, cuando ya había comenzado a surgir una clase social que controlaba sutilmente en las ciudades los mecanismos de la intermediación.

La economía de mercado, fundada en el uso de la moneda aunque subsistieran tradicionales formas de trueque, fue una respuesta al crecimiento del consumo. Creció en el sector de la nobleza y especialmente en las cortes. Artículos de lujo, productos importados de mesa, vinos finos, ricos paños, piezas de orfebrería, piedras preciosas y alhajas de delicada factura, aceites perfumados, cera para cirios, tapices, esmaltes, maderas talladas, libros miniados, esclavos, arneses lujosos, todo lo compraban los nobles para propia satisfacción y para revestirse de un boato que sostuviera su prestigio social. Pero no era menor la demanda de las buenas hortalizas y el buen grano, el vino de la tierra o la cerveza, y sobre todo el pescado y las carnes, estas últimas no sólo de caza sino cada vez más a menudo de cría: las aves, el cordero, el cerdo y la vaca. Un festín de corte era cada vez un despliegue de lo que el campo producía para ella, seguro el campesino del buen precio cuando era capaz de ofrecer una calidad indiscutible. Un consumo semejante, pero en cambio mucho más extenso apareció y se desarrolló en las ciudades, requerido primero por las clases patricias, no mucho menos exigentes en ocasiones que la nobleza, y luego por las diversas capas sociales, cada una en la medida de sus posibilidades. Quizá la ciudad solicitara menos productos importados y artículos de lujo, puesto que los grupos exigentes eran reducidos; pero necesitaba, en cambio, cada vez más artículos alimenticios, animales o vegetales, cada vez más artículos manufacturados como el vino, la cerveza, el queso, el pan, el aceite o la manteca. Eran, a la debida escala, ingentes cantidades de productos las que requerían las mesas, ricas o pobres, de cada día, las despensas que deseaban estar bien provistas, las tiendas que necesitaban estar bien abastecidas, las posadas y las tabernas que no podían defraudar a su clientela. Para todo ello empezó a producir cada vez más el campo pensando en el mercado, adonde llegaba el campesino con su mula cargada, con el cordero o las aves al cuello, con el carromato rebosante, con la vaca o el cerdo, o la tinaja de aceite o el cántaro de leche.

A medida que el consumo crecía —sobre todo entre la nobleza y en los diversos sectores urbanos— la economía rural se orientaba más decididamente a la producción para el mercado. El valor de la tierra subió, subieron los jornales y, naturalmente, subieron los precios de los productos de la tierra. Pero esto último no sólo como consecuencia de los dos primeros factores sino porque, además, se multiplicó la intermediación entre el productor y el consumidor. Transporte, almacenamiento, impuestos y, sobre todo, el margen de lucro que se reservaban los intermediarios, incidieron sobre el precio que el consumidor debía pagar. Y cuando las condiciones locales se tornaban difíciles por las convulsiones políticas, militares o sociales, o simplemente por la escasez, la especulación multiplicaba los precios, generalmente en beneficio de los intermediarios pero también en alguna medida en provecho del campesino productor, cada vez más ducho en la defensa de sus intereses.

La presión del mercado alteró profundamente, en algunos casos, las maneras tradicionales de utilizar la tierra. En la vecindad de las ciudades prosperó la producción de los productos de la alimentación cotidiana. En muchas regiones se desarrolló intensamente la producción de ganado, especialmente ovino, porque en las ciudades creció la demanda de carne para la alimentación normal, hasta el punto de convertirse los carniceros en uno de los gremios más poderosos e influyentes. Pero la producción de ganado alcanzó un alto desarrollo no sólo por el rendimiento en carne. El ganado ovino se constituyó en el proveedor de la materia prima fundamental —la lana— para la industria textil, sin duda la más poderosa e importante, puesto que a su alrededor se organizaba el más lucrativo tráfico comercial y giraba buena parte del sistema financiero. Un vigoroso estímulo movió especialmente a los grandes terratenientes a dedicar sus campos a la producción del ganado ovino, actividad que no requería mucha mano de obra y evitaba al señor buena parte de las complicaciones que habían surgido en la explotación rural.

Pero el desarrollo de la ganadería tuvo importantes consecuencias económicas y sociales. Repercutió sobre la agricultura en general y especialmente sobre la situación de los campesinos. Hacia la segunda mitad del siglo XIV se intensificó en Castilla el interés por la producción de lanas para el mercado internacional, y como consecuencia se otorgaron, desde la época de Alfonso XI, importantes privilegios a la Mesta, corporación de productores ganaderos compuesta principalmente por grandes señores. Consistían, sobre todo, en el derecho de tránsito de los ganados trashumantes, que podían alimentarse en los campos no cercados que atravesaban. Los perjuicios de los campesinos fueron cuantiosos y el clamor de los perjudicados fue acallado por la influencia de los grandes señores.

En Inglaterra, los terratenientes comenzaron progresivamente a cercar los campos para dedicarlos al pastoreo y, más tarde diría Tomás Moro,[85] “no dejan nada para el cultivo y todo lo acotan para pastos; derriban las casas, destruyen los pueblos, y, si dejan los templos, es para estabulizar sus ovejas”. Por eso agregaba irónicamente que, “de tan mansas como eran, han comenzado a mostrarse ahora, según se cuenta, de tal modo voraces e indómitas que se comen a los propios hombres y devastan y arrasan las casas, los campos y las aldeas”. Envuelta en la corriente de la economía de mercado, la vida rural no sólo modificó su fisonomía sino también, poco a poco, su estructura.

III. La gran expansión de la economía de mercado

A partir de la segunda mitad del siglo xv la retracción comenzó a ceder y se inició una nueva etapa de expansión, muy lentamente al principio pero con una aceleración creciente. Muchos factores contribuyeron a ello. Sin duda se manifestó un aumento de población. Pero lo que más influyó fue el lento restablecimiento de cierta estabilidad política que correspondió a un apaciguamiento de las tensiones sociales, muchas veces por vía coactiva. Las grandes áreas políticas se consolidaron y, tras el afianzamiento de la autoridad monárquica, empezó a configurarse una nueva concepción del estado, más vigorosa y agresiva que antes. La “razón de Estado” se insinuó como un principio incontrovertible. Y a partir del estado se ordenaron las jerarquías sociales, invalidando las esporádicas erupciones de rebeldía e indisciplina que hasta poco antes no tenían freno.

Francia, Inglaterra, Portugal y España dieron la imagen de una progresiva marcha hacia la organización de la monarquía nacional. Subsistían los caracteres feudales de los reinos del centro y del este de Europa, y mantenían su antigua estructura política —entre burguesa y feudal— los reinos del norte, reunidos desde fines del siglo XIV en la “Unión de Kalmar”, disuelta en el reinado de Cristián II. Y mantenían su antigua estructura las pequeñas potencias que componían el cuadro político, de Alemania e Italia, ya esfumado el poder imperial.

Pero aun donde no comenzó a constituirse un poder monárquico absoluto, el estado —expresión de las clases feudales en algunos países y de las burguesías patricias en muchas ciudades— manifestó una clara tendencia a consolidarse, confiando unas veces en la autoridad de príncipes o señores que la ejercieron de manera cada vez más autocrática o constituyendo fuertes oligarquías igualmente autoritarias. En ambos casos pudieron reordenarse las relaciones de los distintos grupos sociales, aprovechando además, como en los estados monárquicos que marchaban hacia el absolutismo, la nueva ola de expansión económica.

En general, en todas partes se salió de la crisis con un ordenamiento más estricto del sistema productivo. Todos los sectores habían aprovechado la lección de la crisis y eran, al mismo tiempo, más firmes en la defensa de sus posiciones y más comprensivos acerca de la función que cumplían los demás. En rigor, lo que se había afianzado era una nueva estructura económica, en la que desempeñaba un papel cada vez más importante la economía de mercado, ya a punto de alcanzar un amplio dominio al finalizar el siglo XV. El mercado urbano asumía un papel regulador en esa economía, cuyo alcance internacional se apoyaba en los grandes centros comerciales, del mismo modo que aceptaba su función reguladora el área de la producción rural. Por lo demás, la progresiva emancipación de los siervos constituía, en la Europa occidental, un hecho considerado irreversible por una opinión cada vez más generalizada. Y esa situación, tanto como el creciente desarrollo de las ciudades, promovió una imagen de la sociedad no sólo distinta de la que predominaba antes de la contracción de principios del siglo XIV sino distinta también de la que anidó en las mentes de las clases en violento conflicto durante la época de la contracción. A esa nueva e imprecisa imagen de la sociedad correspondió un desarrollo de las nuevas concepciones de la vida económica, más claramente definidas cada vez por los mecanismos de la empresa racionalizada y los principios del capitalismo. Antes de que se hablara de la igualdad ante la ley empezó a pensarse en la igualdad ante el consumo; porque sin que éste se generalizara las perspectivas de la empresa y la expansión del capitalismo se encontraban limitadas en lo que sus protagonistas consideraban su ilimitada expansión.

Pero la situación social había adquirido durante la crisis de la contracción ciertos caracteres que quedaron fijados durante varios decenios. El más importante fue cierta modulación de la movilidad social establecida por la polarización de la riqueza. Se había acentuado la diferencia entre pobres y ricos y se había ahondado el abismo entre ellos; y lo que en la espontánea concepción de la sociedad surgida en la primera expansión era simplemente un distingo cuantitativo comenzó a parecer una diferenciación cualitativa. Las clases poseedoras —tanto el patriciado urbano como las clases nobles— se habían aproximado en la época de la contracción, y luego, al desencadenarse la nueva era expansiva, constituían ya un frente relativamente compacto.

Las consecuencias fueron decisivas. Los que habían acumulado una ingente riqueza fueron los que pudieron aprovechar las nuevas posibilidades que abría la expansión; y con los beneficios que obtuvieron acentuaron la distancia que los separaba de los que no habían logrado constituir unas reservas suficientes para incorporarse a unos negocios cuyo giro se medía ahora en sumas importantes. Hubo, sin duda, movilidad en las clases medias y populares, y no faltaron quienes pudieron franquear el abismo. Pero era un abismo profundo y el módulo de la movilidad social fue restringido en las clases no poseedoras. En cambio, en las clases que habían acumulado capital durante la crisis de contracción las perspectivas crecieron extraordinariamente, en proporción a la magnitud de las nuevas posibilidades.

De ese modo, la movilidad social se hizo discontinua. Hubo una ola restringida de movilidad y de ascenso para las clases medias y populares; y tras un hiatus, otra ola de movilidad que podían aprovechar las clases poseedoras, de posibilidades imprevisibles. Ciertamente, la estabilización social y política, la repentina ampliación geográfica de los mercados y la configuración de una clase que contaba con los recursos necesarios para explotarlos modificaron la fisonomía social y económica de la segunda etapa de expansión.

Las burguesías urbanas fueron las principales beneficiarlas de esa nueva etapa. Ricas en recursos económicos, no eran menos ricas en experiencia acerca de los vaivenes de la economía de mercado. Formaba parte de esa experiencia la que dejó el ciclo de la expansión y luego la que dejó el ciclo de la contracción. Estaba claro en su mente cuáles eran los alcances y posibilidades de un mercado restringido y local, y cuáles eran las variantes que aparecían cuando el mercado se extendía. Estaba claro el alcance del libre juego de la oferta y la demanda, y lo que podía esperarse de la regulación por el poder político. Se sabía más sobre la función de la moneda, del crédito. En resumen, se sabía mejor cómo funcionaba el capital mercantil en un mundo en el que la actividad comercial y financiera constituía un enclave —revolucionario, sin duda— dentro del vasto tejido de la producción rural, en el que subsistían los resabios de la vieja estructura señorial. Esa experiencia y ese saber multiplicaron los recursos económicos del patriciado urbano y permitieron que se los usara en un mercado que se ampliaba. Al distenderse la crisis de contracción, el patriciado urbano percibió rápidamente que, aunque su ámbito social y político siguiera siendo la ciudad, su ámbito económico podía trascender esos estrechos límites. En cada ciudad buscó cuáles podían ser sus fronteras económicas, y se lanzó hacia ellas, a veces mediante una acción puramente económica y a veces combinándola con la acción militar y política. Ya lo había intentado antes, sin duda, pero desde mediados del siglo XV ésa fue decididamente su meta.

A veces no fue la ciudad como conjunto la que emprendió esa política. Fue solamente el patriciado urbano, y a veces un sector de él, que desencadenó una crisis dentro de la ciudad al proponer una política ambiciosa y renovadora. Y otras veces no fue una política originada en la ciudad, sino impuesta por un poder territorial, como en el caso de Inglaterra y Borgoña, sucesivamente, en relación con las ciudades de los Países Bajos; o en el de las ciudades inscriptas en los reinos nacionales, que vieron reducirse sus posibilidades de libre juego al robustecerse el poder real. En todos los casos, el patriciado urbano tuvo que revisar su política y la de su ciudad. No faltaron los tradicionalistas que no quisieron o no supieron aceptar las nuevas situaciones. A veces triunfaron; pero no siempre por su estolidez, sino, porque, unas veces, la ciudad quedó marginada en el proceso de ampliación de los mercados, y otras carecía de la posibilidad de incorporarse a él. Pero el vigoroso esplendor que otras ciudades alcanzaron entre mediados del siglo XV y las primeras décadas del XVI fue obra de un patriciado renovador que dejó atrás muchas de sus convicciones políticas, sociales y económicas para aceptar las nuevas situaciones creadas simultáneamente por la estabilización política y por la expansión económica. El aprovechamiento de los nuevos mercados —regionales o nacionales— exigía abandonar la vieja concepción urbana, nacida en el seno de la ciudad amurallada, el apego a la especificidad del reducido mundo de la ciudad, y la defensa de una autonomía incompatible con la nueva escala de los poderes políticos que, por lo demás, tenía estrecha relación con la nueva escala potencial de los mercados.

Lanzado a la nueva aventura, el patriciado renovador coincidió en sus proyectos con la nueva nobleza, parte de la cual provenía, por lo demás, de sus propias filas. Mancomunadamente, comenzaron ambos grupos a ingresar en el sistema creado por los nuevos poderes territoriales y aceptaron su escala política, que correspondía a la nueva escala económica de sus expectativas. Juntos, confundidos ya y sin que importara mucho el ocasional distingo que pudiera hacerse sobre blasones y abolengos, concibieron vagamente los proyectos transoceánicos en busca de nuevas fuentes de riqueza, en un prodigioso alarde de imaginación. Hubo, sin duda, un riesgo calculado, al que sobrepasó a veces la tentación de la aventura. Pero en un lapso increíblemente breve esa burguesía originariamente urbana, trasmutada poco a poco en burguesía nacional y aliada a la nueva nobleza, logró crear vastos imperios coloniales que superaron no sólo sus previsiones sino también sus posibilidades financieras para afrontar las inimaginables posibilidades que se abrían.

Pasó algún tiempo antes de que, imprevistamente, se volcara sobre Europa la masa de capital que representaban las riquezas de África y Asia y, sobre todo, la plata y el oro americanos, que alterarían radicalmente la estructura económica europea tal como se manifestó en la llamada “revolución de los precios” desencadenada en el siglo XVI. Hasta entonces, el monto de las inversiones requeridas por las empresas transoceánicas superó largamente las posibilidades del capital acumulado por el patriciado y la nueva nobleza a lo largo del período de expansión. Hubo una etapa de distorsión de la economía, que se modificó cuando el oro y la plata de América empezaron a llegar. Pero entonces la influencia del metal introdujo otras distorsiones que alteraron profundamente la estructura tradicional de Europa.

Para ese entonces, Europa se había dividido y la lucha religiosa no sólo delineó dos áreas ideológicas. Se vio entonces que la división correspondía a dos áreas que sostenían dos actitudes sociales y económicas diferentes. La emigración del oro y la plata desde España hacia los países de vigorosa tradición burguesa y mercantil constituyó una nueva experiencia que enriqueció sustancialmente el conocimiento de los principios básicos de la economía de mercado y el comportamiento del capital.


Capítulo III. Los conflictos internos de la vida socioeconómica.

Durante largos siglos —quizá hasta el XVIII— la nueva sociedad no fue exactamente esa sociedad nueva que se constituyó en el mundo urbano, conjunto de enclaves burgueses establecidos en el vasto tejido de la vieja sociedad feudal: fue más bien el conjunto de las dos, muy diversas por cierto, pero inseparables y desde muy pronto en situación de abierto conflicto. Por eso fue la nueva sociedad esencialmente conflictiva. La que nacía creaba trabajosamente su propia estructura, pero en el seno de la estructura de la que preexistía, haciéndose un espacio en ella a pesar de la resistencia que le oponía. Sólo a lo largo del tiempo se resolverían esas tensiones que a veces desembocaban en conflictos frontales. Pero en el período que comienza con la crisis de contracción de principios del siglo XIV, el proceso de integración apenas comenzó a insinuarse y más bien se agudizaron las tensiones y conflictos. El progresivo crecimiento de la sociedad burguesa fue poniendo de manifiesto poco a poco todo lo que contenía en potencia, y a medida que quedaba a la vista, crecía el sentimiento de que era muy distinta de la sociedad feudal, más aún, de que eran en última instancia incompatibles. Fue precisamente en ese período —entre comienzos del siglo XIV y las primeras décadas del XV— cuando la contradicción se hizo más evidente.

Pero no sólo quedó a la vista la incompatibilidad entre las dos sociedades; también hicieron crisis ciertas divergencias profundas que crecieron dentro de la sociedad tradicional; y se pusieron de manifiesto, sobre todo, las contradicciones que estallaron en el seno mismo de la naciente sociedad burguesa a medida que crecía y procuraba desenvolver sus posibilidades latentes. Chocaron las tendencias de los diversos grupos, y sobre todo chocaron sus expectativas y sus intereses económicos. Principios que parecían consustanciados con el proceso de su formación, se vieron controvertidos o negados a lo largo del proceso de su desarrollo, especialmente cuando alguno de los grupos creía oportuno echar mano de viejas tradiciones de la sociedad feudal para fortalecer su posición o defender sus privilegios. Una acentuada incoherencia signó la vida socioeconómica de la nueva sociedad a partir del momento en que la crisis de contracción puso al desnudo el juego que cada uno quería hacer para salvarse o para aprovechar la confusión en su beneficio.

Ciertamente, los conflictos internos de la vida socioeconómica se insertaron en un cuadro que incluía otros muchos conflictos: los de la vida política, los de las diversas mentalidades, los de las distintas formas de vida. Todos ellos se vieron acentuados por la dificultad para interpretarlos. Como siempre, las situaciones reales cambiaron más rápidamente que las ideologías, y se tardó mucho tiempo en establecer criterios nuevos para analizar situaciones nuevas. Lo normal fue que se utilizaran viejos esquemas mentales para comprender procesos inéditos, y la consecuencia fue un generalizado sentimiento de crisis, que expresaba no sólo las crisis de la realidad sino, más aún, el desconcierto ante un mundo que parecía ininteligible. Sin duda pensaron muchos protagonistas y testigos que los conflictos en que se veían envueltos conducían irremisiblemente a la frustración de una y otra sociedad, de una y otra cultura. Pero no era exacto. Los conflictos eran, como siempre, las condiciones necesarias de la creación, tumultuosa y fecunda. Todas las cartas quedaron puestas sobre el tablero y el juego se fue armando poco a poco, en una sucesión de creaciones, todas valiosas por sí mismas y todas en busca de una línea de coherencia.

I. Las tensiones de la vida social

1. Los antagonismos sociales

El comienzo del largo proceso a través del cual las dos sociedades yuxtapuestas y coexistentes buscaron oscuramente interpenetrarse para alcanzar sucesivos grados de integración se manifestó, paradójicamente, por medio de irritadas denuncias de unos grupos por otros, puntualizando sus agravios y sus disidencias. Los grupos se buscaban en el conflicto. Al denunciarse recíprocamente trataban de establecer su identidad y la identidad del adversario, a veces enemigo. Pero se apelaba a la identidad originaria, cuando en realidad los grupos sociales empezaron a cambiar de identidad en el momento mismo en que se manifestó la coexistencia de las dos sociedades. Cambiaron los grupos existentes, y en el proceso de aproximación y distanciamiento se fueron constituyendo otros por aglutinación o disgregación de los antiguos, cuya imprecisa fisonomía se fue definiendo con el tiempo. Era inevitable que estos cambios sociales produjeran o agudizaran las tensiones sociales; y fueron tan manifiestas que quienes vivieron el proceso las percibieron y las denunciaron, a veces con clara conciencia de su magnitud aunque casi nunca con la adecuada visión de lo que había detrás de ellas.

Antes ignorado, el nuevo actor cuya presencia sacudió el escenario tradicional fue el pueblo o, más exactamente, las pobres gentes que se agitaban tanto en los campos como en las ciudades. Las rebeliones populares, urbanas y campesinas, que adquirieron tremenda intensidad en el siglo XIV y en el XV, atrajeron la atención de todos los que observaban las nuevas situaciones creadas dirigiéndola hacia este componente insólito de la crisis. A Saturno atribuía el caballero de Chaucer el descontento y la rebelión de la plebe.[86]

En una simplificación muy expresiva del cuadro social, coincidieron muchos testigos en que la sociedad se dividía, al fin, sólo en ricos y pobres. Hubo espíritus prácticos —y crueles— que no vieron en las pobres gentes sino maléficos instrumentos de un designio destructor del orden constituido, como aquellos nobles que reprimieron sin piedad las insurrecciones campesinas de el Flandes marítimo, Francia, Inglaterra, Bohemia o Alemania. Pero cundió cierta conmiseración por las víctimas desamparadas de todas las guerras internacionales y civiles, humildes campesinos que veían arrasadas sus parcelas y destruido lo poco que tenían, tras ser expoliados cotidianamente por los señores y, cada vez más, por un fisco voraz. La expresaron, no sin violencia, Wycliffe y los lolardos antes y después de la rebelión de 1381. Menos beligerante, el prior de Salon, Honoré Bonet, escribía hacia 1390 en el Arbre des batailles;[87] “Plazca a Dios poner en el corazón de los reyes ordenar que en todas las guerras los pobres labradores sean mantenidos en seguridad y en paz; pues hoy todas las guerras son contra las pobres gentes trabajadoras y contra los bienes y muebles que tienen. Porque no la llamo guerra, sino que me parece más bien ser pillaje y saqueo.”

No mucho después, mientras Juan de Zéliv y Juan Zizka alentaban a las masas populares de Bohemia siguiendo la doctrina de Juan Huss, un canónigo de París, Alain Chartier, que era secretario de Carlos VII, escribía un tratado particularmente significativo en el que intervenían alegóricamente cuatro personajes —Francia, el Pueblo, el Caballero y el Clero— y que tituló Le quadrilogue invectif. Examinando los males que soportaba Francia después del asesinato de Juan sin Miedo y del tratado de Troyes, Alain Chartier expresaba las recriminaciones de El Pueblo contra las clases privilegiadas:[88] “Yo soy como el asno que sostiene un fardo imposible de llevar y soy aguijoneado y castigado para que haga y sufra lo que no puedo. Soy el blanco contra el que todos arrojan saetas de tribulación. ¡Ay, mísero doliente! ¿De qué viene esta costumbre que tanto ha alterado el orden de la justicia de que cada uno tenga sobre mí tanto derecho como le conceda su fuerza? El trabajo de mis manos nutre a los cobardes y a los ociosos y ellos me persiguen con heno y con espada. Yo sostengo sus vidas con el sudor y el trabajo de mi cuerpo, y ellos guerrean por nada a causa de sus ultrajes, por lo que yo estoy en estado de mendicidad. Ellos viven de mí y yo muero por ellos. Ellos deberían impedir que me atacaran mis enemigos, ¡ay! y sólo me impiden comer mi pan en seguridad. En esa partida, cómo podría tener un hombre una perfecta paciencia cuando a mi persecución no puede añadírsele sino la muerte. Yo muero y perezco por la falta y la necesidad de los bienes que he ganado: Trabajo ha perdido su esperanza, Mercancía no encuentra camino que pueda encauzarla. Botín de guerra es todo lo que la espada no defiende, y no tengo otra esperanza en mi vida sino, por desesperación, abandonar mi morada para hacer como aquellos a quienes mi despojo enriquece, que más aman el botín que el honor de la guerra.” Y para poner al descubierto los términos de la contradicción agregaba: “Las armas son pregonadas y los estandartes levantados contra los enemigos, pero las hazañas son contra mí por la destrucción de mi substancia y de mi miserable vida. Los enemigos son combatidos de palabra y yo lo soy de hecho.” Medio siglo más tarde compondría Commynes, de tan claras tendencias señoriales, un vasto cuadro no menos revelador del enfrentamiento entre ricos y pobres y de la dura situación de estos últimos en Francia:[89] “Los más grandes males vienen ordinariamente de los más fuertes, decía, pues los débiles no buscaban más que paciencia.” Y refiriéndose a Castilla decía por los mismos años Hernando del Pulgar:[90] “En aquellos tiempos de división, la justicia padecía y no podía ser ejecutada en los malhechores que robaban y tiranizaban en los pueblos, en los caminos, y generalmente en todas las partes del reino. Y ninguno pagaba lo que debía si no quería; ninguno dejaba de cometer cualquier delito, ninguno pensaba tener obediencia ni sujeción a otro mayor. Y así por la guerra presente, como por las turbaciones y guerras pasadas del tiempo del rey Don Enrique, las gentes estaban habituadas a tanto desorden, que aquél se tenía por menguado, que menos fuerzas hacía. Y los ciudadanos y labradores y hombres pacíficos no eran señores de lo suyo ni tenían recurso a ninguna persona, por los robos y fuerzas y otros males que padecían de los alcaides de las fortalezas, y de los otros robadores y ladrones. Y cada uno quisiera de buena voluntad contribuir la mitad de sus bienes por tener su persona y familia en seguridad.”

No era muy distinta la imagen que Tomás Moro daba de Inglaterra en 1516. El tema de los robos y latrocinios generalizados suscitaba la cuestión del condigno castigo; pero Moro prefería encontrar otras soluciones atacando las causas sociales del problema. “Grande es el número de los nobles —escribía—[91] que, ociosos como zánganos, no sólo viven del trabajo de los demás sino que los esquilman como a colonos de sus fincas y los desuellan hasta la carne viva para aumentar sus rentas. Ésta es la única economía que conocen estos hombres que, derrochadores, por otra parte, hasta la ruina, viven rodeados de una inmensa caterva de haraganes que jamás aprendieron medio alguno de ganarse el sustento y que tan pronto como se les muere el amo o se enferman, vense corridos, pues los señores prefieren más alimentar a los vagos que a los enfermos. Otras muchas veces, el heredero del que muere no tiene bastante para sostener a la servidumbre paterna; toda esa gente padecería hambre, sin duda, si no se dedicase de inmediato al robo. Y ¿qué otra cosa podrían hacer? En su errar vagabundo fueron arruinando poco a poco sus ropas y su salud, y luego, escuálidos por la enfermedad y cubiertos de harapos, ni los nobles se dignan recibirlos ni se atreven a hacerlo los campesinos, pues no ignoran que los que han sido educados muellemente en el ocio y los placeres y acostumbrados a ceñir la espada y empuñar la adarga, desprecian a todo el mundo con gesto altanero y carecen en absoluto de aptitud para manejar el azadón y el pico y servir fielmente a un pobre por módico salario y escaso alimento.”

La situación social fue aún más caótica en Alemania, especialmente después de la sanción de la Bula de Oro en 1356 y tras la muerte de Carlos IV. Los conflictos entre los príncipes y las ciudades se sucedieron y alcanzaron su mayor gravedad después de 1449. Pero en la crisis total, las ciudades se defendieron formando ligas regionales, lo que no impidió, sin embargo, que en el seno de aquéllas se manifestaran graves y permanentes conflictos sociales. Suecia, Noruega y Dinamarca conocieron en menor escala esas tensiones. Flandes, sacudido por intensos movimientos sociales, caía desde principios del siglo xv bajo la autoridad de los duques de Borgoña, consolidada poco a poco no sin que tuviera que sofocar una enconada resistencia; y transferido luego a la jurisdicción del Imperio, recomenzaron los movimientos de resistencia contra el nuevo señor, en los que se mezclaban —como antes, en la época de los borgoñones— los enfrentamientos de los diversos grupos sociales. En el reino de Nápoles, análogos conflictos se manifestaron favorecidos por la anarquía general en la época de las Juanas. Los barones asolaban campañas y ciudades y las compañías blancas contratadas por unos y otros saqueaban el país, sin que hallara remedio a la disociación social Alfonso de Aragón. Y en las ciudades italianas, algunas florecientes, las luchas sociales y políticas alcanzaron un grado de verdadera ebullición, que intentaron reducir los príncipes que instauraron un poder absoluto en las antiguas comunas. En todos los rincones donde había llegado la revolución burguesa, la contracción económica puso al descubierto las fisuras de la nueva sociedad y desencadenó un enfrentamiento general de todos contra todos. Nostálgicamente, Ambrogio Lorenzetti había contrapuesto en dos vastos frescos del palacio comunal de Siena los frutos que daban el mal gobierno y el buen gobierno. Y Pero López de Ayala apelaba al sentimiento de todos para alcanzar la paz en un largo pasaje del Rimado de Palacio en el que enumeraba lo que de ella podía esperarse.[92] Y acusaba a los que no la querían o la violaban:

Por ende cristiano no debe ser llamado

El que la paz no quiere, y está desheredado.

En el enfrentamiento general de todos contra todos, la nobleza se encontró a la defensiva. Ella era la que tenía más poder económico y político, la que gozaba de más alto prestigio social. Era inevitable que contra ella se dirigieran los ataques de los nuevos grupos que se habían constituido en la sociedad feudoburguesa y que habían adquirido, en la crisis de contracción, no sólo más clara identidad sino también una actitud más agresiva.

Lo nobleza era la pieza maestra de la sociedad tradicional, y no sólo la respaldaban la fuerza de los hechos y la tradición, sino que contaba también con el apoyo doctrinario de la Iglesia, cuya doctrina social convalidaba la inmutabilidad del orden constituido. Pero el proceso social y económico de formación de las burguesías había vulnerado aquella doctrina, y la Iglesia misma había entrado en el torbellino de la crisis. Otra era ahora la concepción social de las órdenes mendicantes, en algunos de cuyos rasgos se adivinaba el legado de algunas de las sectas consideradas heréticas poco antes de su aparición. Y la Iglesia en su conjunto perdía autoridad desde la época de Bonifacio VIII, y cada vez más tras el traslado del Papado a Aviñón y a lo largo del cisma que empezó en 1378. El poder temporal dividía sus opiniones acerca de la legitimidad del pontífice y el movimiento conciliar proponía una organización parlamentaria de la Iglesia, comprometida, por lo demás, con la nueva sociedad en más de un aspecto. Cuestionada la Iglesia, quedaron cuestionados muchos de los principios que había sustentado, y acaso más que ninguno los que se relacionaban con un orden social que los hechos habían sacudido de modo irreversible. La nobleza quedó, pues, sacudida en sus fundamentos doctrinarios, precisamente cuando advertía la gravedad de la conmoción operada en sus fundamentos sociales, económicos y políticos.

Jean de Venette recogió la profecía de un fraile menor que estaba en 1356 en la prisión papal de Aviñón:[93] “Me preguntáis si durarán las guerras. Yo digo que durarán y crecerán hasta que alcancen los cielos. Lo que ahora vemos es nada, porque todo el estado del mundo debe ser cambiado. Pronto la tiranía reinará por todas partes. Muchos hombres poderosos y nobles caerán y serán asesinados por gentes del común y serán arrojados de sus dignidades.” La nobleza fue, ciertamente, el blanco de los ataques de los grupos disconformistas de la nueva sociedad, especialmente de los grupos rurales que sufrían más su opresión, pero también de los grupos urbanos que buscaban ensanchar la brecha que permitía su ascenso.

Ciertamente, la nobleza era vulnerable. No sólo eran sus miembros, generalmente, injustos y crueles, sino que, con el desuso de ciertos principios, lo parecían cada vez más puesto que parecían cada vez más legítimos los derechos de los oprimidos. Pero lo más grave fue la crisis en que se vio sumida la propia nobleza. Iba perdiendo fuerza económica, prestigio social y legitimidad; pero además iba perdiendo identidad. Sin duda hubo en su seno quienes mantuvieron su autoridad, su soberbio decoro y su fortuna; pero el conjunto se resintió con la desaparición de su homogeneidad como clase. Junto a los que se conservaban como habían sido, hubo muchos que aceptaron las nuevas situaciones y se introdujeron en ellas. Se dedicaron algunos a la actividad comercial, participaron de la vida urbana y sus avatares, se hicieron mercenarios al servicio de determinada facción; y no sólo se dedicaron algunos al robo y al salteamiento sino que hubo quienes cayeron más bajo y se hicieron bufones o juglares públicos “que cantan y bailan por precio”. La vieja clase nobiliaria, antes compacta, se descomponía en grupos según sus reacciones frente a la nueva situación, y se desprendían de ella algunos individuos que ponían de manifiesto la crisis. Y, entre tanto, se presentaban como nobles los que acababan de ser ennoblecidos, revelando que también la nobleza se había transformado en una clase abierta.

Las turbulencias políticas, las crisis de la autoridad monárquica y la ambición de acrecentar sus dominios, su poder y su influencia, promovieron el enfrentamiento de facciones en el seno de la nobleza. En ocasiones la lucha fue despiadada y feroz, y los adversarios se destruyeron al precio de comprometer y casi aniquilar su propia clase. Eran fundamentalmente tensiones políticas. Pero la nobleza sufría al mismo tiempo tensiones sociales con otras clases. Ante todo, con las clases populares rurales, desesperadas por las exacciones de los señores y por sus depredaciones en tiempo de guerra, que las ponían en estado de resistencia cotidiana hasta decidirse a la rebelión frontal. Pero, además, con esa burguesía que imponía progresivamente el poder del dinero, acorralando a la nobleza y obligándola a alterar su comportamiento tradicional, su estilo de vida y sus formas de mentalidad. A veces esta tensión entre la nobleza y el patriciado oscilaba entre el rechazo mutuo o la aproximación circunstancial, y aunque el acercamiento prosperara, la tensión subsistía puesto que eran sectores contradictorios cuyas afinidades sólo podrían alcanzarse a través de múltiples y reiteradas experiencias. Pero a veces la tensión se precipitó en lucha abierta entre los señores y las ciudades, cuyas burguesías sufrieron la amenaza y el ataque.

Conservó la nobleza, aun en la crisis, una soberbia que ofendía a los burgueses. Son reveladoras las palabras con que increpó el duque Luis de Borbón a uno de sus burgueses —en cuya casa se alojaba—, por haberse permitido denunciar en un minucioso libro los perjuicios que al rey le habían ocasionado sus vasallos durante una larga ausencia. “Huésped —respondió el duque—,[94] habéis dedicado largo estudio y gran esfuerzo, durante los siete años que he estado en Inglaterra, a deshacer mi caballería y a la nobleza de mi país, con lo que habéis hecho una obra de mal villano y reflejáis la naturaleza de la que sois nacido. Pues cuando un señor os toma a su servicio, teniendo en cuenta el estado al que pertenecéis, os desconocéis, y no miráis al fin de vuestro origen, que no sois nada, sino elegido por el príncipe en aquel oficio en que os puso. Y en cuanto a lo que me decís, que vuestro libro sea ejecutado, pronto lo será delante de vos.” Tras lo cual el duque arrojó el libro al fuego.

Sin duda era débil la posición de la burguesía en los reinos de tradición feudal. Carecía de una consistencia social comparable a la de la nobleza, aun en crisis, y tanto su poder económico como su prestigio estaban permanentemente cuestionados en virtud de principios tradicionales que, aunque cuestionados también, se beneficiaban con el apoyo de la costumbre y el prejuicio. Más sólida fue, en cambio, la posición del patriciado urbano, sobre todo en aquellas ciudades que gozaban de independencia y en las que la vieja nobleza de la comarca carecía del sostén piramidal que la monarquía ofrecía en los reinos. Allí las tensiones entre nobleza y patriciado se resolvían a favor del patriciado, una formación social nueva y adaptada a las nuevas situaciones reales. Pero no por eso dejaba el patriciado de sufrir otras asechanzas. Si triunfaba frente a quienes disfrutaban de un privilegio anterior al suyo, el patriciado urbano se veía acosado por las otras clases urbanas que no veían en él un grupo de naturaleza diferente, como lo era la nobleza, sino a un estrato afortunado de la misma sociedad a la que ellas pertenecían.

No ayudó a obtener el consentimiento de las otras clases urbanas que el patriciado se cerrara y se transformara en estrecha oligarquía; ni que descubriera una manera de remedar a la nobleza revistiéndose de un decoro de tradición clásica y de un lujo espectacular sustentado por su riqueza. Por el contrario, la retracción económica unida al boato del patriciado acentuaron las tensiones sociales. Hubo, finalmente, un comienzo de aproximación a la nobleza y a los altos poderes señoriales; pero a medida que ese acercamiento se fue acentuando las tensiones cobraron más vuelo, puesto que envolvieron dos contradicciones sociales, una antigua y otra nueva. Sólo la fuerza que adquirieron los nuevos estados, gracias a una riqueza convertida en maquinaria militar, pudo contener los conflictos en que esas tensiones desembocaban, sin acallar por eso las tensiones que los promovían.

Como a la nobleza, la contracción económica sacudió al patriciado urbano y comprometió muchas veces su cohesión. La lucha por el poder lo dividió dentro de cada ciudad, los opuso de ciudad a ciudad, los enemistó en el seno de los estados territoriales mientras trataban de inclinar la voluntad señorial o real en favor de una u otra política comercial que conviniera a sus intereses. Tras esas formaciones patricias se alinearon o no las otras clases urbanas, según los vaivenes del prestigio o la influencia de esas minorías un poco inestables ellas mismas. Pero con frecuencia también esas tensiones derivaron en enfrentamientos, y entonces fue difícil que las clases subordinadas pudieran sustraerse a la exigencia de tomar partido. Conjuntos heterogéneos, las clases medias y populares urbanas no tenían una sola política, o más bien, una sola tendencia; cada sector tenía la suya, más o menos precisa, y los últimos estratos no tenían ninguna que se relacionara con objetivos públicos sino las muy primarias que se relacionaban con la subsistencia.

Las clases medias y populares de las ciudades constituyeron el grupo más equívoco y sorprendente de la nueva sociedad. En unión con las clases campesinas componían lo que generalmente se llamaba “el pueblo”; pero a diferencia de aquéllas estaban permanentemente congregadas y podían galvanizarse en cada ciudad en brevísimo tiempo y manifestarse como una fuerza temible capaz de producir tumultos, provocar incendios o saqueos, agredir personas de calidad; las clases campesinas, en cambio, eran más pacientes y sólo en circunstancias especiales podían congregarse y constituir una ola humana amenazadora. Más oportunistas, las clases medias y populares urbanas podían ser seducidas y utilizadas por nobles o patricios, canalizando su resentimiento a favor de una causa que convenía a los dos últimos. Las clases campesinas, menos atentas y menos sensibles a los cambios, eran difícilmente movilizables y sólo entraban en acción tras un largo proceso de aglutinación alrededor de sus propios e inmediatos problemas.

Pero, en todo caso, el pueblo, tanto urbano como rural, fue cobrando una fisonomía cada vez más precisa a medida que, en el curso de la crisis de contracción económica y de dislocamiento social, se lo vio avanzar intempestivamente como un actor insoslayable en el cuadro de los conflictos generalizados. Tanto para la nobleza como para el patriciado urbano, el pueblo fue el adversario, si no el enemigo, que apareció inesperadamente interfiriendo el juego del viejo y del nuevo poder. Ambos contaban con él, aunque dando por sentada su pasividad; la crisis le ofreció la oportunidad de hacer oír su voz.

Gentes nacidas en su seno hablarían, seguramente, en cada ambiente lugareño. Pero si su voz alcanzó resonancia fue porque sonó en boca de quienes podían hacerse oír, generalmente frailes vinculados a la vida popular cuyo sentimiento moral alcanzó, en la crisis, un grado peligroso de exaltación. Así ocurrió con Wycliffe, con los lolardos, con Huss y con otros de menor resonancia. Las tensiones crecieron cuando las partes tomaron conciencia de ellas; y como el pueblo, urbano y rural, estaba en estado de tensión y conflicto con todos a causa de su dependencia, los que quisieron comprender la crisis social reflexionaron particularmente sobre las relaciones del pueblo con las otras clases. Tal fue, por ejemplo, el tema de Le quadrilogue inventif, un expresivo documento de la percepción de las tensiones sociales.

En el coloquio alegórico de Alain Chartier,[95] El Pueblo se queja amargamente de los abusos de la nobleza. Le reprocha sus vicios, sobre todo su codicia y sus ambiciones de poder, y Francia misma declara que “el pueblo quiere estar en seguridad, guardado y mantenido franco, y se impacienta por sufrir la sujeción de la señoría”. Pero El Caballero expone la situación desde su propio punto de vista y pone de relieve las inevitables tensiones sociales. “Eres inclinado a toda la sedición —le dice a El Pueblo— y no la puedes sostener sin desencaminarte de la verdadera obediencia.”

Pero El Caballero dice más, y llega al nudo de la cuestión, que es el dislocamiento del orden social tradicional. “Yo te pregunto —sigue diciéndole a El Pueblo— ¿qué vicio es más perjudicial, el nuestro de abusar de nuestros estados lo que la medida permite cuando ellos nos pertenecen, o el tuyo de tomarlos cuando no te pertenecen? Y para concluir… apelo a los vivos a testimoniar que tú te has equivocado en tu estado más que nosotros; y tú ves bien los signos, puesto que un escudero de los que llevan la espada o la mujer de un hombre de menor condición usan el vestido de un valiente caballero o de una noble dama, con el que suelen estar en la corte del príncipe muy bien adornados. Esta escandalosa falta ha venido de más arriba que de ti y de mí, cuando aquellos que tenían que repartir las recompensas de los beneficios y los honores los han otorgado a los vestidos y a las apariencias exteriores, con lo que cada uno ha tomado tal aspecto que es difícil conocer la condición de los hombres según sus vestimentas y distinguir un noble de un obrero mecánico.”

El Caballero hace la defensa de su papel en la sociedad y denuncia las protestas populares como contrarias a sus deberes. “Se queja el pueblo de nosotros, y gritan y murmuran las gentes comunes contra el señorío por el dinero que alguna vez es recaudado de ellos para la defensa del país. Quieren ser guardados y defendidos, y se hacen forzar para contribuir a la guarda, como si quisiesen tener los bienes para ellos sin sufrir nada, y dejarnos a nosotros los peligros y los sufrimientos sin tener nada. Nosotros no podemos vivir del aire, ni nuestras rentas bastarán a sostener los gastos de la guerra; y si el príncipe no recoge de su pueblo con lo que pueda pagarnos, y sirviendo a la comunidad vivimos de los bienes que encontramos, entonces me remito a Dios para que excuse nuestras conciencias.”

Las variadas recriminaciones se resumían en una: el pueblo se oponía a las clases dominantes, viejas o nuevas, y se mostraba partidario de un cambio social sin saber, ciertamente, lo qué quería. El de las ciudades, especialmente, parecía siempre dispuesto a las aventuras y no sólo emprendía las que creía suyas sino que se sumaba a las que encabezaban otros, nobles o burgueses, si entreveían la posibilidad de obtener alguna ventaja. Ya lo había dicho Dante refiriéndose al de Florencia; y Chaucer, testigo de tantas inquietudes, lo expresaba con una mezcla de irritación y de desprecio:[96] “¡Oh, pueblo violento, inconstante y siempre falso, sandio siempre y voluble como veleta, complaciéndote en todo momento con los rumores nuevos (pues creces y menguas siempre como la luna), lleno continuamente de frívola garrulidad, que no vale un sueldo; tu opinión es falsa; tu perseverancia mal se prueba. Grandísimo loco es el que de ti se fía!” Palabras semejantes ponía en boca de El Caballero Alain Chartier cuando le reprochaba su tendencia a la sedición. Y todos los que recogían esas opiniones habían sido testigos de cómo las tensiones sociales podían desembocar en furiosos enfrentamientos.

2. Los enfrentamientos

La crisis de contracción económica y social creó las condiciones adecuadas para que se acentuaran las tensiones sociales hasta tal grado que fue inevitable que se resolvieran en enfrentamientos entre las partes en conflicto. Todos los grupos sociales advirtieron que no podían ceder gratuitamente el paso a sus rivales y que era menester jugar alguna vez el todo por el todo midiendo las fuerzas a cara descubierta. Fue esta convicción la que prestó a los enfrentamientos sociales del siglo XIV y del XV su vivo dramatismo.

Quizá los más dramáticos fueron los que se suscitaron en el seno de la nobleza. Antes omnipotente, la nueva sociedad la iba acorralando lenta e inexorablemente al reducir sus márgenes de acción y al forzarla a actuar en condiciones distintas a aquellas en las que había consolidado su poder. Se siguió sintiendo poderosa, pero no omnipotente. Y su antigua soberbia se convirtió en furia desatada, contra las fuerzas que veía enemigas, ciertamente, pero también contra sí misma porque percibía quebrada su unidad. Cada facción se sintió poseedora de la mejor estrategia para enfrentar la crisis que amenazaba a toda la clase, pero mientras la enfrentaba, disputaba a las otras facciones las posiciones para asegurarse, al menos, los privilegios que pudieran salvarse en lo que muchos sintieron como un naufragio.

Casi siempre los enfrentamientos entre facciones nobiliarias tuvieron contornos de lucha política. Acostumbradas al poder, redujeron a términos políticos las presiones que sentían sobre sus flancos. Quizá muchos nobles creyeron que eran, simplemente, luchas políticas las que emprendían cuando tomaban partido por uno u otro candidato al trono imperial en Alemania; o cuando se embanderaban en las numerosas luchas dinásticas que surgieron en los diversos reinos; o cuando desafiaban al rey acusándolo de estar entregado a un favorito, o de enajenar su autoridad cediéndola a una de las facciones nobiliarias o a una nueva nobleza; o cuando se levantaban en armas para impedir que el poder real, quizá apoyado en las nuevas burguesías, llevara a cabo sus proyectos centralizadores y autoritarios. Pero aun cuando se manifestaran como luchas políticas, también estos enfrentamientos eran fruto directo o indirecto de las nuevas tensiones sociales, como cuando luchaban por reducir a su obediencia a las ciudades que se les escapaban de las manos. Eran tensiones sociales y económicas las que movían a los duques de Borgoña a enfrentarse con los Armagnac, o a los Lancaster a aniquilar a los Plantagenet, o a los York a derribar a los Lancaster. Cada vez más, las luchas por el poder político eran, en esa nueva sociedad en la que se constituía una nueva economía, una puja por la posesión de un instrumento insustituible para alcanzar ese nuevo tipo de poder económico que ahora le disputaban a la nobleza tanto la monarquía como las nuevas clases burguesas.

Pero no toda la nobleza tenía ni las posibilidades ni la visión de los borgoñones, los Lancaster o los York. En cada país y en cada región, y asimismo en cada nivel, la nobleza percibía según su propia escala las amenazas que la acechaban. En algo coincidían todos, y era en la defensa de sus antiguos privilegios amenazados por una constelación de factores. Eran la nueva sociedad y la nueva economía las que los comprometían. Pero en cada episodio aparecía algún responsable visible. Las facciones nobiliarias distanciadas del poder real acusaban a las facciones que gozaban de su proximidad de beneficiarse con sus favores mientras la monarquía se encauzaba en una política antifeudal. Y el blanco de los ataques podía ser un favorito de nueva nobleza, o los grupos judíos que organizaban el desarrollo de la fiscalidad, o los comerciantes extranjeros o acaso las burguesías urbanas o las que ya se movían a la escala del reino. Pero el ataque terminaba enfrentando a las facciones nobiliarias, todas celosas de sus antiguos privilegios pero no menos celosas de que, en el reajuste de las situaciones creadas por los avatares de la crisis, fuera una de ellas la que resultara beneficiada en tanto que se perjudicara la otra. Las alteraciones monetarias, las variaciones en los precios, los inusitados impuestos podían perjudicar a todos. Pero quienes estaban cerca del poder podían obtener donaciones de tierras, dádivas y privilegios especiales que les permitieran compensar los perjuicios. Los adversarios, en cambio, no sólo no podían reponerse de lo que perdían sino que podían, además, sufrir confiscaciones, restricciones en sus derechos sobre vasallos y quizá la prisión o la muerte. Aunque el blanco indirecto de los ataques pudiera ser el rey, la lucha se empeñaba entre las facciones nobiliarias que trataban de defender sus privilegios o acrecentarlos.

A principios del siglo XIV lucharon en Castilla los partidarios del bastardo de Trastámara contra los que apoyaban la política fiscal y los intentos centralizadores del rey Pedro I. En Aragón se levantaron en armas los nobles que defendían las prerrogativas que les acordaba el Privilegio de la Unión contra los que apoyaban al rey Pedro IV. En Portugal se enfrentó buena parte de la nobleza tradicional contra los grupos que apoyaban al pretendiente de la casa de Avís, Juan I, a quien apoyaban además la nueva nobleza y las burguesías urbanas. Más tormentoso aun fue el siglo XV. La nobleza conservadora de Castilla, cada vez más ávida de tierras, se levantó contra la facción que encabezaba el favorito de Juan II, Álvaro de Luna, en quien veían no sólo un privado omnipotente sino también el inspirador de una política centralista y antifeudal. Y la situación volvió a repetirse en época de los Reyes Católicos, entre las facciones que acataban la implacable presión de la monarquía y las que, como los nobles gallegos, la resistían. Por análogas razones se enfrentaron en Inglaterra, en la Guerra de las Dos Rosas, las casas nobiliarias que apoyaban a los York con las que sostenían a los Lancaster, y luego con las que respaldaron a Enrique Tudor. Las largas guerras civiles que se entremezclaron con la guerra internacional de los Cien Años despejaban el camino de la monarquía hacia el poder absoluto, y la percepción de ese peligro, estrechamente relacionado con el crecimiento de la burguesía y de la economía de mercado, alertaba a los nobles para defender sus privilegios. Las grandes casas, sobre todo, pero también la nobleza que formaba tras cada una de ellas, intentaron resistir en Francia los intentos de robustecer el poder real, enfrentándose con las que por una u otra causa apoyaban esa política de la Corona. La Praguerie en época de Carlos VII, el Bien Public en la de Luis XI, la Guerre Folle en la de Carlos VIII son avatares sucesivos del mismo enfrentamiento entre los que veían su salvación en el mantenimiento de su antigua independencia y los que confiaban en prosperar a la sombra del creciente poder real. En Portugal, en 1439, una facción nobiliaria resistió a la que empujaba al infante don Pedro hacia la regencia, y casi medio siglo después hubo un movimiento semejante contra Juan II. En Aragón se rebelaron contra el rey Fernando los nobles que seguían al conde de Urgel y luego contra Juan II quienes siguieron la causa del príncipe de Viana. Y en Nápoles se levantaron los barones contra el rey Ferrante en un tremendo esfuerzo por defender sus derechos y su autonomía. La lucha en defensa de sus antiguos privilegios enfrentaba en todas partes a las facciones nobiliarias, poniendo de manifiesto su impotencia para reconstruir una situación que añoraban pero a la que no podían retrotraerse.

Pero no fue sólo eso lo que las enfrentó. Si siempre habían existido querellas y conflictos entre los señores feudales, la situación crítica los acentuó porque cada vez parecieron más cuestionables los derechos que cada uno consideraba indiscutiblemente propios y su defensa requirió una acción cada vez más desesperada. Sin duda la lucha para extender los dominios territoriales comprometía solamente a un señor que localizaba obsesivamente a su adversario. Pero en otros muchos casos la defensa del propio derecho de cada señor aglutinaba a varios otros que se hallaban en situación parecida. Si se luchaba por el poder, los señores se agrupaban según parcialidades aunque en el fondo fuera uno, particularmente poderoso, el que encabezara una querella contra un rival. La facción preexistía o se constituía rápidamente y la lucha sobrevenía comprometiendo a todos los que no podían sustraerse a la influencia de los grandes. Sólo estos últimos podían encabezar la lucha si estaba dirigida contra poderes superiores. Los reyes, y el mismo emperador, intentaron limitar el poder señorial para acrecentar su propia autoridad; pero no todos los señores la resistieron, ni se aglutinaron en un solo bando. Y la proliferación de las facciones señoriales se acentuaba cuando los poderes superiores entraban en crisis, unas veces aprovechando los conflictos dinámicos o las luchas electorales en el Imperio, otras el debilitamiento de la monarquía cuando la minoridad o la incapacidad real enfrentaba a quienes disputaban la regencia o, simplemente, el ascendiente sobre la persona del rey.

Luchas sostenidas enfrentaron a las facciones de la nobleza en Inglaterra durante la minoridad de Eduardo III, en Castilla durante la de Enrique III, en Escocia durante la de Jacobo III; y por el ejercicio del poder detrás del trono combatieron las facciones nobiliarias en Francia durante el reinado de Carlos VI, antes y después de su demencia, como combatieron en Inglaterra durante los reinados de Eduardo II y Ricardo II. En el Imperio se entremezclaron los factores desencadenantes de las luchas señoriales. La elección imperial de Luis IV de Baviera enfrentó a dos candidatos, y tras ellos a los dos bandos que los apoyaban; pero la lucha fue general y constante: de los señores entre sí, como en la época de Wenceslao y como derivación del nuevo orden instituido por la Bula de Oro, y de los señores contra el emperador cada vez que éste intentaba transformar en efectiva su autoridad formal. Fue clara la formación de facciones tras un candidato al trono en el reino de Nápoles después de la muerte de Roberto de Anjou, a lo largo de las querellas suscitadas en el seno de la dinastía misma. Con análoga finalidad se enfrentaron los Douglas y los Stuart en Escocia, los Lancaster y los York en Inglaterra, los partidarios de Juana la Beltraneja y de Isabel en Castilla.

Sometidos los señores por Waldemar IV en Dinamarca, volvieron a levantarse contra la regente Margarita; y luego de constituida la Unión de Kalmar volvieron a rebelarse contra sus sucesores en los tres países escandinavos. Y fue la lucha entre los barones del centro de Italia lo que obligó al Papado a emigrar de Roma.

Fue la crisis de contracción la que, desde principios del siglo XIV, sacudió la superficie de sustentación de la nobleza terrateniente y la obligó a salir en defensa de sus posiciones, rompiendo el frente común y poniendo de manifiesto los intereses encontrados y las tendencias diversas de los distintos grupos. El creciente poder de la monarquía, apoyada en las nuevas clases burguesas, amenazaba a la nobleza terrateniente, pero más la puso en peligro el impacto de la economía de mercado, en parte porque trastornó el sistema de relaciones económicas tradicionales y sobre todo porque conmovió el orden social de las áreas rurales en las que descansaba su riqueza y su poder.

La conmoción profunda y sus consecuencias fueron gravísimas. Se manifestó en todas partes a través de una agudización de las tensiones. Pero en ciertos lugares, algunas circunstancias transformaron las tensiones en conflictos frontales que descubrieron la profundidad de los cambios que se habían operado tanto en las condiciones reales en que se desenvolvía la vida rural como en la conciencia que las clases campesinas habían adquirido de esa situación y de sus derechos inalienables. Acaso más que los movimientos sociales urbanos, fueron los enfrentamientos rurales los que delataron la crisis del sistema tradicional de relaciones sociales y económicas.

La primera gran insurrección campesina estalló en el Flandes marítimo, en un clima preparado por la violencia de los enfrentamientos urbanos y favorecido por la victoria que el ejército popular había obtenido en Courtrai sobre los caballeros franceses en 1302. La nobleza había intentado luego no sólo recuperar sus posiciones sino acrecentar su poder, y procuró reducir a servidumbre a los campesinos de aquella zona flamenca en la que nunca había existido, puesto que éstos eran los descendientes de los que la habían colonizado. La respuesta fue la insurrección campesina que empezó en 1323 y duró hasta 1328, cuando la nobleza francesa la aniquiló en la batalla de Cassel. Pero durante esos cinco años la guerra fue sin cuartel y la matanza despiadada. Abatidos finalmente, los campesinos resistieron largo tiempo gracias al apoyo de las burguesías urbanas; pero sobre todo porque tenían un claro plan político, puesto que, tratándose de colonos tradicionalmente libres, no sólo aspiraban a conservar su libertad sino también a conservar el sistema democrático en el que habían organizado sus comunidades. Politizados por el ejemplo de los grupos urbanos flamencos, los campesinos emprendieron la lucha con plena conciencia de sus objetivos.

No fue así en Francia en 1358, cuando estalló la Jacquerie. Una nobleza voraz oprimía también allí a los campesinos; pero no como antes, cuando se satisfacía con sus prestaciones personales y compensaba de alguna manera con su protección el duro dominio que ejercía sobre ellos. Ahora, cuando muchos campesinos habían obtenido su libertad o, al menos, había logrado remplazar el servicio personal por el salario, la nobleza, que veía disminuir sus rentas y que añoraba los tiempos, para ella felices, en que vivía despreocupada de su riqueza, procuró detener el éxodo rural y, sobre todo, acrecentar sus rentas acentuando las exacciones llegando hasta el robo del dinero que constituía el ahorro del campesino. Una desesperación creciente, a medida que la arbitrariedad crecía en el clima de anarquía que siguió a la derrota de Poitiers y la prisión de Juan II, lanzó a la insurrección armada a millares de campesinos —los Jacques– que dieron satisfacción a su cólera matando sin piedad a los nobles y a sus familias, a sus agentes y a los eclesiásticos que compartían con ellos los privilegios. Fue una irrupción emocional que se tradujo en una actitud vengativa, irracional; pero la Jacquerie, pese a los movimientos burgueses que se producían por entonces, no logró organizarse como movimiento político, precisamente porque los campesinos no tenían claridad acerca de los objetivos que perseguían. Marchaban hacia la liberación de la servidumbre, hacia la libre contratación del trabajo, acaso hacia la pequeña propiedad; pero no constituían un conjunto social homogéneo con reivindicaciones definidas y organización para la lucha. Entre tanto, mataban. “Y cuando se les preguntaba por qué hacían eso —dice Froissart—[97] contestaban que no sabían, pero que veían que otros lo hacían y ellos lo hacían también, y pensaban que de esa manera debían destruir a todos los nobles y gentileshombres del mundo.” Inequívoca guerra de clases, concluyó con la despiadada represión que organizó Carlos el Malo y puso en movimiento no sólo a los nobles de la comarca sino también a los de Navarra, Flandes, Hainaut, Brabante y de otras regiones en las que pidió auxilio a “sus amigos”, según la expresiva frase de Froissart.

La inquietud campesina se renovó en Francia. La situación se había agravado y desde 1379, en el Languedoc, las bandas rurales se entregaron a toda clase de desmanes durante seis años: fue la jacquerie des Tuchins, sofocada implacablemente en 1385. Pero para esta época otro movimiento rural había estallado, esta vez en Inglaterra, en 1381, con caracteres de inusitada violencia. Diversas motivaciones lo desencadenaron: por una parte la política de la Corona que procuraba mantener inmovilizados los salarios mientras aumentaba la presión fiscal; y por otra la tendencia a obtener la anulación de la servidumbre, cada vez más odiosa a medida que se hacía más ostensible la decisión de la nobleza de defender y acrecentar sus privilegios. Una prédica ideológica que proveería de justificación a los insurrectos fue desarrollada por los tribunos —clérigos y seglares— que bebían en los textos de la Escritura en busca de fórmulas igualitarias. “En el origen de los tiempos —decía John Ball en su famoso discurso—[98] todos los hombres eran iguales. La servidumbre fue introducida por las acciones injustas de los malos, contrariamente a la voluntad divina; pues si Dios hubiera tenido la intención de hacer a unos siervos y a otros señores, hubiera establecido esta distinción desde el comienzo. Una ocasión se presenta a los ingleses, si quieren aprovecharla, de sacudir ese yugo tan antiguo y de obtener la siempre deseada libertad.” El movimiento estalló en diversos condados y tuvo caracteres de extremada violencia. Cuando los campesinos entraron en Londres y se hicieron dueños de la ciudad, contaron con el apoyo de las clases populares urbanas y aun de algunos sectores burgueses. Pero los campesinos tenían sus propios objetivos, que expusieron al rey en Mile End y en Smithfield Market. Ricardo II pareció ceder, pero al presentarse una ocasión favorable la nobleza asesinó al jefe insurrecto, Wat Tyler, y poco después el movimiento se disgregó y las concesiones fueron anuladas. La represión fue dura.

A comienzos del siglo XV nuevas insurrecciones se produjeron en el noroeste de Francia entre 1424 y 1433, y estalló otra en Suecia en 1431. Entre tanto, el movimiento taborita se había desencadenado en Bohemia como derivación de la condena de Juan Huss. Grupos diversos se habían aglutinado alrededor de un fuerte núcleo campesino. No sólo las ideas religiosas los movieron. Cada vez más el movimiento adquirió el perfil revolucionario que le imprimían las doctrinas de Wycliffe, radicalizándose algunos de sus grupos en el transcurso de la lucha —como los que acaudillaba Juan de Zéliv— y sobre todo después de la muerte de Juan Zizka, que había enfrentado la gran cruzada internacional lanzada contra los revolucionarios bohemios. Estaban en juego apasionantes cuestiones dogmáticas, pero estaban en juego también los grandes dominios eclesiásticos. Al cabo de la guerra, que se extinguió sólo en 1434, fue la nobleza la que obtuvo esas tierras y las masas rurales apenas mejoraron su condición.[99]

Hubo un movimiento rural en Dinamarca en 1441 y una nueva insurrección campesina en Inglaterra en 1450. Encabezó esta última en Kent, Jack Cade y se agruparon a su alrededor gentes de todos los condados vecinos de Londres. Pero esta vez los objetivos de los amotinados eran muy confusos y, a pesar de la crisis del reino, fueron sometidos rápidamente, no sin que lograran ocupar Londres durante dos días. Ese mismo año empezaba en Cataluña y en Mallorca el movimiento de los payeses, que las agitaría durante largo tiempo. Como en todas partes, la creciente presión de la nobleza terrateniente para reconstituir y acrecentar sus rentas constituyó el motivo desencadenante. Pero, como en todas partes también, contribuyó al estallido revolucionario la tendencia ascendente de los campesinos a escapar de la servidumbre obteniendo una nueva condición jurídica. El movimiento reapareció en 1462 y esta vez duraría diez años; y de nuevo estalló en 1484 sosteniéndose hasta 1486. El mismo carácter tuvieron, en 1433 y en 1467, la rebelión de los lrmandiños de Galicia.[100]

Por esos años se levantaron los campesinos de Lieja uniéndose a la rebelión general contra el arzobispo Luis de Borbón, impuesto por el duque de Borgoña Felipe el Bueno. Su hijo, Carlos el Temerario, tuvo que enfrentar a los campesinos suizos, quienes, por lo demás, se movieron también contra las poblaciones urbanas. Entre tanto, en Alemania —donde ya se habían producido otros movimientos rurales— se desencadenaron nuevas insurrecciones en 1476, y luego en 1491 y 1493. La culminación de esas luchas fue la gran sublevación de los aldeanos que empezó en 1524, en el marco de las agitaciones que había desencadenado el movimiento religioso de Lutero y al que Tomás Münzer incorporaba una doctrina social radicalizada. Los aldeanos fueron vencidos en 1525 por la nobleza alemana, que percibía el creciente sentimiento antiseñorial que los animaba. Cosa semejante ocurrió con el movimiento comunero castellano de 1521.

Los movimientos campesinos sólo parecen comprensibles en relación con la crisis general de la sociedad dual tradicional, manifestada también a través de las tensiones y enfrentamientos que sacudieron a las clases nobles. Un desajuste fundamental alteró las relaciones entre terratenientes y colonos, entre milites et rustici; y a partir de esa situación estallaron los variados conflictos entre colonos y terratenientes, por una parte, y por otra, los enfrentamientos entre los terratenientes, pertenecientes a los sectores dominantes que trataban de sobreponerse a la crisis de la manera más ventajosa. Sin duda la crisis se generó en cierta medida en el seno de la propia sociedad dual. Pero su aceleración y la diversificación de los procesos que la crisis desencadenó provinieron de un factor externo. Fue la constitución de un tercer sector —las burguesías urbanas— y su singular manera de actuar social y económicamente lo que precipitó inexorablemente el dislocamiento del sistema tradicional de la sociedad dual. La acción de ese tercer sector fue, en rigor, indirecta, y se manifestó sobre todo en lo económico a través de los desajustes que provocó en el sistema productivo tradicional del mundo rural la aparición y el funcionamiento del mercado. Pero, también indirectamente, se manifestó en lo social a través del efecto de demostración, puesto que contrapuso de hecho, al tradicional sistema rural de vida, uno nuevo, el urbano, que subyugó las imaginaciones de quienes seguían sometidos al antiguo.

El hecho de que la crisis de la sociedad dual tradicional fuera, si no desencadenada, por lo menos acelerada y profundizada por un factor exógeno, contribuyó decisivamente a que ni los terratenientes ni los colonos elaboraran una política autónoma para reajustar su situación. Unos y otros se sintieron arrastrados por un torbellino del que les costaba trabajo tomar conciencia, ignorando cuál era la dirección de los vientos predominantes que lo provocaban. Por eso obraron al azar, movidos por el desconcierto o la desesperación, procurando unos salvar lo que poseían sin medir la fuerza de quienes se lo disputaban, procurando otros aprovechar la coyuntura para mejorar de condición sin calcular las propias fuerzas y sin tener idea, siquiera aproximada, de cuáles eran los objetivos que podían verosímilmente alcanzar en la situación de quiebra del sistema en que se hallaban. Lucharon los señores por conservar sus privilegios en el sistema social y económico que se derrumbaba, y lucharon los campesinos por obtener algo en medio de lo que entreveían que era una crisis: acaso algunos la destrucción total del sistema, otros la extinción del vínculo servil, unas módicas ventajas en el régimen de arrendamientos, algunos la consolidación de su nuevo estado como pequeños propietarios. Pero todos, terratenientes y campesinos, sin percibir el sentido general del proceso desencadenado y acelerado por ese tercer sector ajeno a la sociedad dual y, sobre todo, sin clara conciencia de los fines que perseguían en el momento en que, aprovechando la crisis y dejándose llevar por un sentimiento ciego, se lanzaban a la acción embistiendo desesperadamente unas veces contra la totalidad del sistema y otras contra uno de sus factores, generalmente el más visible pero casi nunca el decisivo.

Muy distinto fue el caso de los enfrentamientos urbanos. En las ciudades los procesos sociales que empezaron casi con su constitución tuvieron generalmente como protagonistas grupos pequeños y compactos cuyo comportamiento no sólo se generó en circunstancias muy concretas sino que fue decidido en el ininterrumpido intercambio de ideas que permitía el ambiente urbano, a través del cual cada sector cobró conciencia acabada de su situación, de sus aspiraciones mediatas e inmediatas y de la estrategia apropiada para lograr sus objetivos. Sin duda algunas veces ciertos grupos populares urbanos se lanzaron ciegamente a aventuras alocadas, creyendo favorable una situación inesperada. Pero, generalmente, respondieron los enfrentamientos urbanos a actitudes muy definidas de los grupos que querían modificar en su favor la situación existente: eran luchas sociales expresadas en claros objetivos políticos.

Al comenzar la crisis de contracción la mayoría de las ciudades mercantilizadas o industrializadas contaban con un patriciado con vigorosa conciencia de clase que había logrado, en mayor o menor medida, imponer su estilo a la ciudad. En muchas de ellas el patriciado gobernaba, dentro de complejos sistemas políticos, muchas veces efímeros, que lo obligaban a compartir el poder con otros sectores sociales. Contra ese patriciado y en busca de nuevos sistemas de participación en el poder se lanzaron los grupos menos privilegiados, precisamente porque el patriciado procuraba consolidar y monopolizar los privilegios, y manifestaba una clara decisión de aproximarse a la nobleza y a aliarse con ella. Los enfrentamientos se hicieron muy agudos en algunos casos y alcanzaron tremenda violencia.

Pero no en todas las ciudades la burguesía había alcanzado aún una situación de pleno predominio en el siglo XIV. En ciudades muy mercantilizadas —como Londres o París— incluidas en estados territoriales fuertes y bajo la influencia de un poder real o señorial importante, la burguesía tropezaba con ciertos límites que no tenía más remedio que reconocer y acatar. Pero si esos límites tambaleaban, la burguesía poseía una capacidad virtual para organizar sus fuerzas y fijar sus objetivos en el momento en que la coyuntura se hacía favorable. Dos casos singulares ocurrieron en el siglo XIV en París y en Lisboa.

En París, los Estados Generales estaban reunidos en 1356 cuando se produjo la batalla de Poitiers en la que fue derrotado y hecho prisionero el rey Juan II. Ya preocupada por las exigencias de dinero que suscitaba la guerra, la burguesía de París se radicalizó a partir del momento en que se produjo la acefalía. Diversas aspiraciones ocasionales fueron enunciadas. Pero en el plan de Etienne Marcel, preboste de los comerciantes de París y jefe del movimiento, dos puntos parecieron fundamentales. Uno sería la alianza de las comunas. Otro sería la reorganización del reino sobre la base de una autoridad política compartida por la nobleza, el clero y la burguesía, esta última deseosa de un predominio efectivo sobre el poder real. Esta idea fue la que impresionó más al historiador florentino Matteo Villani que, interpretando desde lejos el proceso político parisiense, lo refirió a su propia experiencia política italiana y advirtió la significación revolucionaria del hecho de someter un poder dinástico tradicional a las constricciones de un sistema político que expresaba la nueva realidad social.[101] Pero las circunstancias probaron que el plan era prematuro: las burguesías de las otras ciudades retrocedieron, la monarquía se recuperó en la persona del regente, el futuro Carlos V, la nobleza encontró un jefe en Carlos el Malo, y los diversos sectores de la burguesía y de las clases populares redujeron su apoyo al preboste de los comerciantes y representante de la alta burguesía. Asesinado Etienne Marcel, el ambicioso proyecto de un poder burgués originado en la burguesía misma se derrumbó, y los burgueses aceptaron una posición subordinada para prosperar a la sombra de la Corona.

En Lisboa el movimiento antinobiliario había crecido impulsado por la Corona en época del rey Pedro I. Cuando su sucesor, Fernando, se inclinó a favor de la nobleza, especialmente a partir de su unión con Leonor Téllez, el movimiento antinobiliario volvió a expresarse como una tendencia popular, que quedó al descubierto en el motín de 1371 dirigido por el sastre Fernando Vasques. Fue esa tendencia popular la que, al morir el rey Fernando, se galvanizó alrededor del Maestre Juan de Avís, bastardo de Pedro I, cuando se abría la perspectiva de que Castilla absorbiera a Portugal. En 1383 el Maestre desafió a la nobleza tradicional y dio muerte a su jefe, obteniendo el apoyo de las clases populares de Lisboa —el povo miúdo— para su política anticastellana y antinobiliaria. Pero el Maestre vaciló en recibirlo y sólo ante el desafío nobiliario se decidió a aceptar el título de “regidor del reino” que le ofreció el comun povo, el povo miúdo. Aun entonces el Maestre se resistió a encabezar una revolución popular y buscó el apoyo de los honrados cidadaos. Fue en 1385 cuando los cidadaos da Camara consintieron también en conferir aquel título, y cuando lo tuvo “por todos los de la ciudad”, inició la reorganización del reino, bajo la inspiración y con la creciente influencia de la alta burguesía comercial y marítima de Lisboa, a la que se sumó la de otras ciudades, especialmente de Oporto.[102]

Pequeños enfrentamientos —e infructuosos— se sucedieron en Castilla entre los grupos señoriales y una burguesía que pugnaba por fortalecerse. En diversas ciudades hubo movimientos en época de Alfonso XI, y se constituyeron entre algunas de ellas “hermandades” orientadas contra la alta nobleza, gracias a lo cual las ciudades recibieron el apoyo de los hidalgos de nobleza menor. La lucha entre Pedro I de Castilla y Enrique de Trastámara puso de manifiesto las tensiones existentes, puesto que las burguesías urbanas tomaron partido por Pedro I. Y en las sucesivas crisis del reino, las ciudades eligieron su partido tratando de contener a la nobleza latifundista.

Una ciudad poco tocada por el proceso de mercantilización, en la que, sin embargo, la burguesía trató de sobreponerse a la nobleza, fue Roma. Las fuerzas populares habían irrumpido en ella ya a mediados del siglo XIII con Brancaleone degli Andalò, y volvieron a insurgir en 1312 y en 1328. Pero fue Cola di Rienzo quien imaginó un nuevo régimen político para la ciudad, cuando, en 1347, llamó en su apoyo a los sectores medios. “Después de esto reunió a muchos Romanos, populares discretos y hombres buenos; también entre estos hubo cavallerotti y de buen linaje; muchos discretos y ricos mercaderes.”[103] Sustentado en estas capas sociales Cola dio a Roma, privada del Papado, una organización democrática basada en la supresión de los privilegios nobiliarios. Reminiscencias antiguas nutrían una concepción republicana e igualitaria, teóricamente sin distinción de clases. Pero los barones consiguieron sobreponerse a las humillaciones y a los despojos y volcando la opinión contra Cola lo obligaron a huir. Cuando retornó, movido por el cardenal Albornoz, en 1354, volvió a polarizar por un poco de tiempo los sentimientos antinobiliarios de los sectores medios, pero volvió nuevamente a fracasar. Esos sentimientos fueron suficientes todavía para inspirar un nuevo gobierno igualitario en 1358 que duró hasta el efímero retorno de Urbano V en 1367.

Muy diferente fue el caso de las ciudades en las que el proceso de mercantilización e industrialización llegó a extremarse. Fue en ellas donde el patriciado ejerció el poder o, de alguna manera, impuso su estilo de vida. Pero en la misma medida en que creció el poder del patriciado se fueron robusteciendo las clases subordinadas, y particularmente las que estaban en relación directa de dependencia con él.

Las dos fuerzas sociales —capital y trabajo— entraron en esas ciudades en conflicto, y se sucedieron las insurrecciones de la pequeña burguesía —el popolo minuto— y de los oficios, esto es, las organizaciones, a veces ilegales, de compañeros que constituían la mano de obra especializada, particularmente en la industria textil. El objetivo de los rebeldes fue siempre socavar el poder del patriciado y obligarlo a compartirlo con ellos, en sistemas constitucionales cuya fórmula variaba según la fuerza que en cada ciudad pudieron acreditar los grupos medios y, ocasionalmente, los grupos populares. Típicos movimientos antipatricios, entrañaban también a veces, en ciertos lugares, un sentimiento antinobiliario en la medida en que el patriciado estaba apoyado por la nobleza. Pero la actitud de los insurrectos de los grupos medios revelaba la convicción de que ya se había ganado la batalla contra los privilegios nobiliarios. Y, ciertamente, así había sido en principio. Pero fueron, precisamente, estos movimientos de la pequeña burguesía y de los oficios los que contribuyeron a robustecer la alianza entre el patriciado y la nobleza y, poco después, la alianza entre ambos y los poderes territoriales que subordinaron a las ciudades a su autoridad.

Fue en los Países Bajos donde los conflictos tuvieron mayor intensidad. En Brujas el movimiento antipatricio estalló en 1302 y los oficios, triunfantes sobre los patricios y sobre los caballeros franceses, lograron democratizar el gobierno.[104] La resonancia de los éxitos militares del común de Brujas —el día de los “Maitines” y el día de Courtrai— fue grande en las ciudades de Flandes, Brabante y el país de Lieja, en muchas de las cuales otros movimientos similares se produjeron con distinto éxito. Y aunque la presión francesa logró disminuir el alcance del movimiento, la presencia política de los oficios y la pequeña burguesía fue reconocida y los patricios tomaron nota de la amenaza que significaba. Esa amenaza se cumplió en Lieja en 1312. Allí los artesanos derrotaron al patriciado en feroces combates urbanos e impusieron —en la paz de Angleur— un gobierno popular, cuyos miembros debían pertenecer a los oficios, con exclusión de los que fueran de origen patricio.

Pero el movimiento de mayor envergadura fue el que se desencadenó en Gante en 1338. Comprometida la ciudad en una grave crisis económica, Jacques van Artevelde promovió la alianza con Inglaterra y aglutinó a su alrededor a todos los sectores sociales. Pero las antiguas tensiones, que ya se habían manifestado en 1311 y en 1319, estallaron nuevamente; los oficios se separaron del patriciado y lograron conquistar el poder. De todos, los tejedores eran los más radicalizados y se dispusieron a separar a los demás del gobierno de la ciudad. Jacques van Artevelde fue sacrificado y sus competidores vencidos, con lo que el gobierno quedó exclusivamente en manos de los tejedores.[105] Conflictos semejantes entre los diversos gremios se produjeron en Brujas en esos mismos años. Y en Lieja, en 1343, una sedición popular restableció el gobierno de los oficios.[106]

De caracteres parecidos fueron los movimientos que se produjeron por la misma época en muchas ciudades alemanas. Desde 1332 Estrasburgo entró en un proceso revolucionario que desalojó a la nobleza de las altas magistraturas; en 1334 quedó establecido el principio de que los artesanos poseyeran los mismos derechos que los otros estratos urbanos, hasta el punto de que el Consejo se constituyó con 8 nobles, 14 burgueses y 25 artesanos.[107] Un sistema político semejante fue establecido en otras ciudades: Colmar, Basilea, Zurich. Magdeburgo había visto también una revolución de los artesanos en 1330, y fenómenos parecidos se produjeron en varias ciudades hanseáticas, con la consecuencia grave de que se veían excluidas de la liga cuando el gobierno pasaba a manos de los oficios.[108]

En 1369 se radicalizó el movimiento artesanal en Lieja y el gobierno quedó en manos de los oficios con exclusión de los otros grupos sociales y económicos. Ese sistema, quizá el más extremado, fue imitado por Colonia en 1396, donde el sentimiento antinobiliario primero y la decidida actitud antiburguesa de los artesanos después, crearon un clima de violenta tensión social resuelta, en el cuadro político, a favor de los oficios.

En Italia, un movimiento de semejantes caracteres se había producido ya en Florencia en 1293, cuando se establecieron las Ordenanzas de Justicia bajo la presión de los minuti y la inspiración de Gian della Bella; pero el gobierno popular duró poco y, tras la muerte del tribuno, quedó restablecida la hegemonía del patriciado. Fue en Siena donde se repitió el experimento. Desde 1283 detentaban el poder los patricios, tras haber dominado a la nobleza; pero en 1355 debieron cederlo a las clases medias, las cuales, a su vez, se vieron obligadas a compartirlo con el popolo minuto, que apareció en la escena con inusitado vigor. Durante cierto tiempo se mantuvo un sistema compartido que expresaba una alianza de clases, hasta que la crisis económica y el hambre movilizaron a los tejedores, que se hicieron cargo del gobierno en 1377. Los “Quince Defensores” fueron incapaces de resolver los problemas sieneses que, por lo demás, sobrepasaban las posibilidades de la ciudad. La violencia creció y el popolo minuto se dividió, con lo que pudo ser expulsado del poder por una alianza del patriciado y la burguesía media.[109]

Contemporáneo del movimiento popular sienés —en el que los tejedores alcanzaron un alto grado de radicalización política y lograron movilizar los estratos sociales más bajos— fue el movimiento de los Ciompi en Florencia, que estalló en 1378. También allí se movilizaron los sectores sociales de más bajo nivel económico, irrumpiendo en la ciudad contra el patriciado y creando un clima revolucionario. Las demandas eran siempre las mismas: redistribución de las cargas impositivas, revisión de las condiciones de trabajo y, sobre todo, participación en el poder. Cuando el movimiento triunfó en las calles, Miguel de Lando fue elegido gonfaloniero de Justicia; en tal calidad se puso a la cabeza del movimiento popular y, en los hechos, del gobierno. La creación de tres nuevas Artes —o gremios— debía modificar el cuadro político de la ciudad. Pero, como siempre, los sectores radicalizados sobrepasaron los márgenes de acción de Miguel de Lando, que se vio obligado a contenerlos. Una vez más se repitió el proceso: perdido el apoyo de los grupos radicalizados, Miguel de Lando se encontró a merced de los sectores moderados, que prefirieron entenderse con los popolani grassi. Miguel de Lando y Salvestro de Medici —que había encabezado con él el movimiento— fueron desterrados y el gobierno de Florencia cayó en manos de las Artes Mayores, esto es, de los patricios.[110]

Por esos años —en 1379— estalló en Gante la gran insurrección contra el conde de Flandes, que se extendió a Brujas e Ypres. El conde y el patriciado de Gante que lo apoyaba debieron huir bajo la amenaza de los tejedores, que pronto encontraron un jefe en Felipe van Artevelde. También en Brujas e Ypres dominaron la situación los tejedores; pero en Brujas tuvieron que enfrentar la oposición de los otros oficios que, unidos, los derrotaron en 1380. Poco después, sólo Gante resistía y, en un esfuerzo desesperado, Artevelde llevó la guerra a Brujas para instalar en el poder a los tejedores, sus aliados, que después del triunfo castigaron sin piedad a las gentes de los otros oficios: carniceros, cuchilleros, vidrieros, pescadores. La guerra social se desdibujaba al desmoronarse el frente de los oficios. Pero el peligro desencadenó la intervención francesa, y el ejército popular flamenco fue vencido en Roosebeke en 1382.[111]

En Francia también se produjeron en la misma época conflictos sociales de caracteres semejantes. Ruán vio en 1382 una intensa insurrección popular —la harelle— que empezó como una reacción contra los impuestos, pero que se transformó en un movimiento no sólo contra los funcionarios reales sino también contra los patricios. Poco después estalló en París la insurrección de los Maillotins, también desencadenada originariamente por la presión fiscal pero generalizada luego como una vaga protesta de las clases populares contra los ricos patricios y, como en el caso de Ruán, contra los judíos.[112] Otras ciudades francesas fueron escenario por entonces de explosiones sociales semejantes.

Pero fue más tarde cuando los conflictos sociales adquirieron en Francia mayor violencia. Lyon, donde el patriciado había alcanzado la hegemonía en 1320, vio sucederse los movimientos populares, especialmente a partir de principios del siglo xv. Entre tanto, París se encontró comprometida en la revuelta popular de 1413 que encabezó Simon le Coutelier, llamado Caboche. El movimiento de los carniceros, entremezclado con las peripecias de la guerra civil que sostenían armagnacs y borgoñones, ganó las calles y se manifestó en innumerables actos de violencia de los que fueron protagonistas grupos populares que, sirviendo a los intereses de Juan sin Miedo, sobrepasaban esos objetivos y daban rienda suelta a su rebeldía. Por entre los hilos de la agitación popular se mezclaban los de los reformadores que redactaron la llamada Ordonnance cabochienne, inspirados por una política que no era la de los amotinados. Pero tanto éstos como los borgoñones que los habían lanzado a la acción, y de cuyas manos se habían escapado, fueron dominados por los armagnacs. Y cuando los borgoñones recuperaron París, el movimiento popular fue celosamente controlado por Juan sin Miedo.[113]

En 1419 estalló en Praga la rebelión de los husitas. Hondos motivos religiosos la movían; pero el motín popular, impulsado por la prédica de Juan de Zéliv, adquirió al principio los caracteres de una irrupción popular urbana. La virulencia de las acciones se hizo patente cuando la multitud se lanzó sobre el ayuntamiento de la ciudad nueva y arrojó por las ventanas a un grupo de consejeros y burgueses que cayeron sobre las picas de los contingentes armados.

En las ciudades catalanas —y especialmente en Barcelona— las tensiones que se produjeron entre la alta burguesía por una parte y el conjunto de la pequeña burguesía, los menestrales y en ocasiones, el poble menut, enfrentaron dos grupos que alcanzaron clara fisonomía política en la lucha por el poder: la primera constituyó la biga y los segundos la busca. El enfrentamiento se agudizó entre 1451 y 1455. En Barcelona los buscaires lograron imponerse en 1453 y constituyeron mayoría en el consejo, imponiendo una política hostil a los bigataires; el rasgo predominante de esa política fue una devaluación de la moneda que, en rigor, más que a la pequeña burguesía y a los menestrales favorecía a una nueva clase capitalista surgida en oposición al viejo patriciado. Pero el enfrentamiento de las dos facciones movilizó a los diversos sectores sociales y sacudió la estructura social de las ciudades catalanas.[114]

Fue, pues, general, aunque con diversos grados de intensidad, la conmoción de las sociedades urbanas, especialmente en las áreas mercantilizadas e industrializadas y en sus zonas de influencia. Hubo, además un efecto de contagio. Mientras la nobleza combatía por sus privilegios en dos frentes —contra la monarquía de tendencias autoritarias por una parte y contra los campesinos rebeldes por otra—, el patriciado debía hacer frente a las insurrecciones de las clases medias y del proletariado urbano. La crisis suscitó diversos proyectos de solución, buscando cada grupo robustecer sus posiciones. Y los términos de esos intentos revelaban las contradicciones de la nueva estructura social, en la que el patriciado, sin embargo, logró mantener su supremacía a pesar de sus ocasionales derrotas.

La situación general se definió por una creciente aproximación del patriciado a la nobleza —nueva o vieja— que fundió sus políticas antes encontradas en una sola. Esta política, a pesar de sus matices, expresaba el afán solidario de compartir el sistema de privilegios impidiendo que el proceso de ascenso social de las clases inferiores los pusiera en peligro. Esa alianza insinuó desde el siglo XIV su tendencia a ceder a las presiones de los poderes señoriales y reales con tal de obtener su protección. Fue una progresiva renuncia a las pretensiones de compartir la autoridad política con aquellos poderes a cambio de asegurarse la hegemonía social y los privilegios económicos.

Pero dentro de esa situación general se ensayaron otras soluciones. Una fue la alianza con las clases populares de una figura prominente dentro del sistema tradicional para establecer una dictadura popular dirigida contra la nobleza y el patriciado, unidos y constituidos cada vez más en una oligarquía cerrada.

Un intento de esa clase hicieron en Flandes, en 1302, los hijos del conde Gui de Dampièrre y su nieto, Guillaume de Juliers, después de los “maitines de Brujas”. Despojados por el rey de Francia, asumieron la dirección de la lucha que las clases populares habían desencadenado contra el patriciado local y el rey francés y obtuvieron la victoria de Courtrai. La alianza duró cierto tiempo: las clases populares mantuvieron sus conquistas sociales y políticas, extendiéndolas a ciudades donde antes no las habían logrado, y los herederos de Gui de Dampierre recuperaron el condado. Pero estos últimos, para consolidar su posición, se separaron de las clases populares al firmar con el rey de Francia la paz de Athis en 1305. Y aunque volvieron a unir sus fuerzas, quedó a la vista que sus intereses no eran los mismos.

En alguna medida expresó las mismas tendencias Simón Boccanegra, impuesto en Génova como duque por las clases populares en 1339. El movimiento estaba dirigido contra el patriciado trasmutado en nobleza que dirigía la ciudad: los Fieschi, los Grimaldi, los Doria, los Spinola. La pequeña burguesía y las clases populares esperaban mucho, seguramente, del nuevo señor, el cual, sin embargo, atendió preferentemente a sus propios intereses y a los de su familia con una preocupación casi dinástica. Fugitivo en 1344, Simón Boccanegra volvió al gobierno entre 1356 y 1363, al calor otra vez de un vehemente movimiento popular. Otra vez el resultado fue el mismo, y poco después murió abandonado por los sectores que lo habían llevado al poder.

No es seguro que el proyecto autocrático atribuido al dux de Venecia Marino Faliero en 1355 tuviera los mismos caracteres. En cambio, el de Gualtieri di Brienne, puesto en práctica en Florencia en 1342, los tuvo de manera inequívoca. Jefe de un contingente militar enviado por el rey de Nápoles en apoyo de la Signoria florentina —en manos de los popolani grassi—, el duque de Atenas capitalizó el descontento popular y, con el apoyo de la pequeña burguesía y el popolo minuto, instauró una dictadura popular, de rasgos acentuadamente demagógicos. El experimento duró poco tiempo: al año siguiente concluyó aplastado por los grassi. También tuvo aquellos caracteres, y en grado sumo, el plan del duque de Borgoña Juan sin Miedo, puesto en práctica desde 1411, y cuyo mecanismo fundamental fue su alianza con los carniceros. Durante breve tiempo pudo parecer que el movimiento popular se escapaba de las manos de Juan sin Miedo; pero las tendencias radicalizadas y autónomas que aparecieron fueron dominadas y el duque siguió utilizando los grupos más sumisos para servir a su propia política. Todavía en 1453 se vería en Barcelona a un noble, Galcerán de Requesens de Soler, acaudillar el movimiento popular que introdujo en el gobierno a los artesanos.

Otras soluciones se insinuaron. En la mente de algunos burgueses parece haberse esbozado el proyecto de establecer un sistema político cuyo nexo fundamental fuera una alianza de las comunas independientes. Con Jacques van Artevelde, en 1337, y con Etienne Marcel, después de 1356, este proyecto tuvo un principio de ejecución; y acaso Cola di Rienzo lo había concebido también en 1347. La movilización revolucionaria de las comunas sirvió, sin duda, para que se hiciera patente la fuerza de las ciudades como entidades socioeconómicas y, a partir del momento de su insurrección, triunfante en mayor o menor medida, también su fuerza como entidades políticas. Pudo agregarse a esta percepción el efecto demostrativo que las insurrecciones de unas ciudades tuvieron sobre otras, en las que acaso las circunstancias no fueran tan favorables; y pudo verse en ello una coincidencia política generalizada acerca de un nuevo orden burgués y democrático. Sin duda, no sólo a la nobleza alarmaba el descubrimiento de las tendencias autoritarias que mostraba la monarquía. También el patriciado se sentía alarmado, y en ciertas áreas, cuando las circunstancias se mostraron favorables, pensó en la posibilidad de lograr la independencia, o, en todo caso, en remplazar, por medio de un cambio de jurisdicción, una dependencia por otra de la que esperaba mayor libertad de acción.

Ante los conflictos planteados en las sociedades urbanas por la actitud amenazadora —y a veces triunfante— de las clases subordinadas, el patriciado fue definiendo poco a poco su actitud política. Contribuyó a esa definición su creciente tendencia a sobrepasar los límites de la economía urbana en busca de horizontes más extensos para sus operaciones comerciales, acordes con la magnitud de su capital acumulado, de su capacidad organizativa, de sus expectativas de lucro. Combinando las dos preocupaciones, el patriciado concibió poco a poco la idea de que debía renunciar al poder político para conservar un sólido poder social y económico que adivinaba iría creciendo progresivamente en la medida en que crecía ese nuevo medio de producción que se estaba constituyendo: el capital. Pero tenía que renunciar al poder político, en favor de otro poder político ya constituido, más fuerte y con más experiencia de su ejercicio, que necesitaba la riqueza de la nueva burguesía y que podía ofrecer a cambio de ella, si la obtenía, un sistema de seguridad y de orden en el que la actividad económica podría prosperar. O, en todo caso, de un nuevo poder que aceptara y cumpliera esa misión.

Poco a poco, el patriciado renunció al ejercicio directo del poder, por el que había luchado tenazmente en muchas ciudades durante largo tiempo. Lo delegó en manos de nuevos señores que fueron su hechura o lo aceptó de reyes o príncipes con los que transó en términos expresos o implícitos. Su opción quedó definida: prefirió el poder social y económico al poder político. Y se transformó en el sostén fundamental de las nuevas monarquías autoritarias. Era, por lo demás, lo mismo que había hecho la nobleza, ansiosa, como el patriciado, de contener el proceso de movilidad social. Y esta coincidencia signaba su progresiva interpenetración en lo que sería, cada vez más, una sociedad feudoburguesa.

II. Las contradicciones de la vida económica.

El conflicto entre las dos economías —una feudal, mercantil la otra— no se manifestó, naturalmente, con la misma claridad que tuvieron los conflictos entre las dos sociedades. Apenas perceptibles al principio, se fue haciendo manifiesto a lo largo del tiempo y se agudizó al profundizarse la crisis de contracción a lo largo del siglo XIV. En rigor, las tensiones y los enfrentamientos sociales, más visibles, delataban las contradicciones de la economía. Pero la óptica para percibir y penetrar los problemas políticos y sociales era mucho más refinada que la que empezó —sólo entonces— a instrumentarse para analizar los problemas económicos. Acaso en eso consistió, en primer lugar, la contradicción fundamental de la vida económica: en que no se adivinaron los secretos de la nueva economía ni apareció una metodología para analizarlos.

Pero la nueva economía no era, en rigor, la economía comercial. Era, más bien, la difícil y cambiante combinación de las dos: la feudal y la mercantil. En los hechos, la combinación se produjo de muy diversas maneras; pero los mecanismos mediante los cuales esa combinación se operaba y las consecuencias insólitas que se derivaban de ella permanecieron semiocultos, de manera que las explicaciones ocasionales sobre los variados fenómenos en que se manifestaba la crisis fueron superficiales y más bien referidas a los síntomas que no a las causas profundas que los producían.

El hambre, la escasez, la inflación, con sus fenómenos conexos de carestía y de devaluación monetaria, fueron explicados generalmente por razones inapropiadas, entre las cuales ocupaban un lugar preferente las morales. Pero entre tanto la nueva economía mercantil afinaba su funcionamiento y ponía de manifiesto de diversa manera los mecanismos y las leyes que lo regían. El contraste entre la realidad de la nueva vida económica y su interpretación se acentuó cuando la crisis de contracción dislocó las formas elementales de aquélla, sin que se dispusiera de claves para entender los fenómenos de dislocamiento, ya que tampoco se poseían para entender los de mayor regularidad.

El afloramiento progresivo de las contradicciones de la nueva economía suscitó la identificación y diferenciación de los diversos intereses sectoriales que, en la crisis, se manifestaron como irreductiblemente antagónicos. Se contrapusieron a veces con denodada intransigencia y trataron de imponerse los unos a los otros, como si no fueran partes inseparables del mismo sistema. Y la incomprensión de estas relaciones indisolubles los movió a buscar un principio regulador extraeconómico: el poder político, que empezaba a adquirir algunos de los caracteres de un estado objetivo.

Empero, el poder real —o señorial— se manifestó sin embargo, en esas circunstancias como uno de los sectores económicos que la crisis contribuía a identificar. Antes preocupados solamente por acrecentar sus dominios, los reyes y los señores desarrollaron luego una vigorosa tendencia a participar de las ganancias que deparaba la economía mercantil por la vía del impuesto. La política fiscal se delineó como un aspecto importante de la política real, y a veces adquirió peligrosos caracteres de voracidad que comprometieron la actividad de los sectores castigados. Operando como un sector económico, el poder real o señorial fijó los impuestos en relación con sus necesidades, que en ocasiones eran enormes si se trataba de financiar una guerra exterior; pero normalmente no intervino en su cálculo la capacidad del contribuyente; y no sólo por la desaprensiva voracidad fiscal, ni por la posibilidad de aplicar libremente el principio de autoridad, sino también por desconocimiento de las reglas de la nueva economía y de los niveles de producción y riqueza. Comportándose como un sector de intereses, el poder real o señorial interfería en la vida económica como parte, y en tal calidad se le enfrentaban los otros sectores de intereses apelando a todos los recursos —incluso a la fuerza— para limitar los alcances de la fiscalidad. Hubo cierto juego entre el fisco y los contribuyentes, gracias al cual se fueron estableciendo y reconociendo algunas pautas que revelarían algunos de los mecanismos de la vida económica.

Sin embargo, pese a esa actitud del poder real o señorial como parte de la vida económica, los otros sectores que pugnaban por defender sus intereses reconocieron la autoridad política como el único regulador de sus conflictos al que podían apelar. Por eso aceptaron —o promovieron— la intervención estatal en la economía, hasta configurar lo que se llamaría una política mercantilista. Si todos consintieron, en mayor o menor medida, en esa intervención, fue porque no se descubrieron mecanismos de autorregulación para una competencia que parecía no tener límites. Productores, consumidores e intermediarios ejercieron sus respectivas funciones en el cuadro de la nueva economía de manera espontánea, porque cada uno tenía que cumplirlas y le convenía cumplirlas, sin descubrir oportunamente las relaciones indisolubles que las diversas funciones tenían entre sí. El enfrentamiento de los intereses sectoriales fue violento en la medida en que fue ciego.

Que vastos sectores de las clases terratenientes no comprendieron las peculiaridades del proceso económico en que se vieron insertas, lo probó la desaforada obcecación con que quisieron retener en la tierra a los paisanos que amenazaban emigrar y mantener los vínculos de servidumbre, cuando un nuevo cauce se abría para las fuerzas del trabajo. La rebelión y la represión fueron las respuestas sociales; pero hubo respuestas económicas, a través de las que empezaron a modificarse las condiciones de la producción. Una modificación fue admitir la sustitución del siervo por el campesino asalariado; otra la práctica del arrendamiento; otra los sistemas estimulantes de aparcería. Pero la más importante fue el traslado de ciertas modalidades organizativas, experimentadas en las actividades mercantiles, a la producción rural dedicada, precisamente, al mercado. Establecidas empíricamente, esas modificaciones solían resolver el caso particular del productor que las adoptaba. Pero las relaciones del productor con el mercado tardaron mucho tiempo en encontrar formas regulares. Fruto de la irregularidad fueron los episodios de hambre, escasez, acaparamiento y carestía que aparecieron en innumerables oportunidades y en todas partes, provocados más por problemas de distribución que por problemas de producción, teniendo en cuenta, sobre todo, las alteraciones del mercado —tanto interno como externo— a causa de las convulsiones sociales y políticas. Fue preocupación del productor mantener la libertad de fijar los precios, pero chocó con los consumidores y con el poder político cada vez que las circunstancias fueron críticas. En todo caso, la suerte de los grandes productores fue menos dura que la de los pequeños, cuyos márgenes de resistencia en épocas difíciles eran escasos y que, si se veían sobrepasados, caían en la miseria. Por lo demás, los dichos productores —pequeños poseedores o arrendatarios— estaban a merced de sus vecinos poderosos, que hacían pesar su autoridad o su influencia social y política. El despojo o los cercamientos fueron casos representativos de esa situación.

Caso distinto fue el de los productores de artículos manufacturados o industriales. Nacidos con la economía de mercado y acostumbrados desde un principio a sus incipientes reglas, aprendieron muy pronto a calcular sus costos y a conocer el juego de la demanda, tanto en el mercado interno como en el externo. Pero en la crisis de contracción las condiciones sociales y políticas fueron tan variadas y complejas que el mercado se tornó aleatorio. La concertación o la inversión de una alianza, fundada en razones dinásticas o políticas, interrumpía repentinamente una corriente de importaciones o exportaciones fundamentales para determinadas áreas. Las contingencias del mercado interno no fueron menores. Crisis de pobreza y desocupación alteraban sustancialmente la demanda de tejidos o de objetos de menaje. Pero también producían alteraciones sustanciales la falta de materias primas o el aumento de su costo, o el aumento de los salarios, o el de los impuestos, o la devaluación de la moneda. Como en el caso de los productores agropecuarios, todas las contingencias económicas, combinadas con las contingencias sociales y políticas, se reflejaban en el precio, símbolo de la nueva economía de mercado.

El precio —factor inoperante en la economía de consumo— se transformó de pronto en el punto de encuentro de todos los intereses sectoriales. En principio, los consumidores eran los destinatarios de la producción y, en consecuencia, los adversarios inequívocos de los productores. Pero los consumidores no pujaban con los productores sino con los intermediarios, un sector antes inexistente y que había sido el creador de la economía de mercado. Los consumidores afirmaban su propia personalidad como sector. En las ciudades constituían grupos sociales concretos y visibles, puesto que se congregaban en las ferias y mercados, en las carnicerías y panaderías. Allí discutían los precios o reclamaban los productos que escaseaban o habían desaparecido, llegando a los gritos y a las amenazas y promoviendo, algunas veces, verdaderos motines. Sin embargo, también los consumidores acaparaban las mercancías, en una moderada escala, al primer signo de escasez, de encarecimiento o de amenaza de cualquier clase de trastorno público. Y, en cuanto representaban “la demanda”, constituían para productores e intermediarios un conjunto proteico, inestable y voluble, cuyas apetencias había que estar preparado para satisfacer contando no sólo con sus necesidades permanentes sino también con sus preferencias ocasionales —movidas por subterráneas corrientes de opinión que los inclinaban a ciertos consumos rechazando otros— o por aprensiones u opiniones imprevisibles e infundadas que modificaban las tendencias del mercado. Detectar las apetencias de los consumidores constituía una preocupación siempre inquietante de productores e intermediarios. Pero como los consumidores formaban parte en su mayoría de esa nueva sociedad caracterizada por la intensa movilidad social, era difícil establecer la magnitud de cada uno de los sectores que integraban, su capacidad adquisitiva, sus preferencias. Los consumidores, como grupo social, eran el reflejo de la nueva sociedad en proceso de cambio y ahora en plena crisis, y la previsión de sus apetencias constituía un elemento del juego de la vida económica, inédito y por eso mismo enigmático.

Con todo, el elemento más conflictivo fue el precio. Cuando la economía de mercado comenzó a funcionar, de hecho se admitió que el precio quedaba configurado por la oferta y la demanda. Pero dos nociones tradicionales, de tipo moral y elaboradas en otras circunstancias económicas, cuestionaron este mecanismo: una fue la idea del “justo precio” y otra la de la usura. La alegación y el uso de esas dos nociones pusieron de manifiesto las contradicciones en que se desenvolvía la nueva economía.

El “justo precio” fue una respuesta moral, dada por la Iglesia, a las fluctuaciones de los valores, en las que se atribuía una motivación especulativa. Doctrina de larga tradición, admitía la existencia de un precio objetivo para cada mercancía, que correspondía a su presunto valor intrínseco, y, en consecuencia, condenaba como inmoral la obtención de un lucro inmoderado que sobrepasara las necesidades del vendedor. Adecuada quizá a las condiciones predominantes en las áreas de economía feudal, la noción de “justo precio” entró en colisión con las tendencias inequívocas de la economía de mercado, en la que el lucro constituía el motor de toda la actividad económica. De esa colisión resultaron numerosas y sucesivas correcciones a la teoría del “justo precio”. Santo Tomás, que la defendió en principio, señaló la inevitabilidad de los ajustes exigidos e impuestos por el mercado, y ese punto de vista se fue robusteciendo con el tiempo. Pero los avatares de la doctrina del “justo precio” pusieron de manifiesto tanto las contradicciones de la nueva economía como la lenta percepción de su fuerza incontrastable. Cualesquiera fueran las razones —éticas o sociales— que pudieran obligar circunstancialmente a interferir la configuración del precio por el juego de la oferta y la demanda, se impuso la certidumbre de que, en la nueva economía, era ése el mecanismo fundamental para establecerlo.

Algo semejante ocurrió con la condenación de la usura. Declarada ilícita por la tradición hebreocristiana, Santo Tomás consolidó ese juicio afirmando que era injusta. Pero el tráfico del dinero había crecido paralelamente con el desarrollo comercial y constituía una actividad imprescindible. En rigor, la formación del nuevo sistema económico se basaba en la existencia de un capital, y quien quisiera operar dentro de él debía poseerlo. El capital era la condición primera para poner en marcha un proyecto económico, y el que no contaba con uno suficiente recurría al crédito para acrecentarlo. Así funcionaron las primeras experiencias de la economía de mercado. La obtención de dinero sólo era posible ofreciendo, a cambio, un interés. ¿Cómo determinar sus límites? La aplicación de un criterio moral, derivado de la experiencia del necesitado que pedía para sustentarse y se veía luego sobrepasado por una deuda inmoderadamente acrecida por los intereses, no tenía nada que ver con la situación del que pedía dinero prestado para constituir o acrecentar un capital con el que esperaba obtener cierto lucro. En la práctica, usura era, solamente, una designación tradicional aplicada indebidamente a una de las diversas fases del nuevo tipo de actividad económica; y su condenación en general era como condenar las actividades financieras, inseparables de las actividades mercantiles y manufactureras cuyo desarrollo impulsaba la transformación económica. También la noción de usura fue revisada durante el período de contracción económica, y tanto Duns Scotto como su discípulo Francisco de Mayronis adelantaron la opinión de que no era necesariamente ilícita. Pero perduró más largo tiempo. En primer lugar porque siempre podía ser referida a casos particulares que no tenían que ver con el funcionamiento del capital dinerario aplicado a la obtención de lucro. Y en segundo lugar porque, más aún que el mecanismo de la configuración del precio, quedó oculto el papel del dinero en la nueva economía, confundido con el problema más visible de la moneda. Nicolás de Oresme, que, como antes Buridán, se preocupó por este último, no adelantó en el descubrimiento de los mecanismos financieros, que funcionaron sin merecer un análisis de sus peculiaridades: fue un signo más de las contradicciones de la nueva economía.

En la defensa de sus intereses sectoriales, los consumidores tuvieron que enfrentarse directamente con los intermediarios, un sector fundamental de la nueva economía. Inexistentes o de muy poca gravitación hasta entonces, los intermediarios fueron los creadores de la economía de mercado. Innecesarios, y en consecuencia ausentes, en el ámbito de la economía feudal, sólo se los vio esporádicamente bajo el aspecto del mercader ocasional, fuera en ciertas zonas de frontera como las que separaban al mundo cristiano del mundo musulmán, fuera en otras regiones donde solían llegar naves normandas que traían productos exóticos. Pero al desarrollarse las ciudades los intermediarios dominaron las nuevas actividades económicas, y con ellos se constituyeron las nuevas burguesías y los poderosos patriciados que fueron su más alta napa social y económica. Su función permanente y decisiva era, pues, inédita en el ámbito que se mercantilizó. Y precisamente por ser inédita, y por haber establecido unos mecanismos desconocidos que operaban, a la vez, sobre la producción y el consumo, los intermediarios dislocaron la imagen tradicional de la vida económica introduciendo un factor aparentemente superfluo dentro de ella. Con los criterios derivados de esa imagen tradicional, la función intermediaria resultaba, efectivamente, superflua, pero la experiencia cotidiana mostraba no sólo su necesidad —en un mundo de ciudades que había modificado la fisonomía social del sector consumidor— sin que, sin embargo, se alcanzara a discernir en qué residía esa necesidad y cómo la satisfacían los sectores intermediarios. Éstos se transformaron muy pronto en factores decisivos de la economía y pudieron mostrar cómo muchos de sus miembros creaban para sí un nuevo tipo de riqueza que podía ser, en ciertas circunstancias, un nuevo medio de producción. La aparición de los intermediarios —mercaderes y financistas, sobre todo— instaló una nueva contradicción —la más importante— en la actividad económica.

Quizá el signo más evidente de esa contradicción, nacida del desconcierto creado por los nuevos mecanismos de la economía, fuera la cruenta y tenaz persecución de los judíos —y en general de los financistas extranjeros establecidos en cada ciudad o país— que se desencadenó una vez que estaban bien asentadas las burguesías locales y, particularmente, al advertirse los efectos de la crisis de contracción económica.

Una curiosa fijación representó en los judíos —y en menor escala en los cahorsinos y lombardos— este nuevo factor económico que constituían los intermediarios. Ciertamente, habían sido llamados, en algunos lugares, para promover el comercio y las actividades financieras. En otros aparecieron solos; en muchos estaban establecidos desde antes de que comenzaran a desarrollarse las actividades mercantiles, y adquirieron entonces gran relieve social al identificarse con ellas y descollar por su eficacia. En todo caso, aun actuando al lado de grupos locales de alta capacidad mercantil, los judíos contaban en su favor con la vasta red de sus propias vinculaciones internacionales, que multiplicaron las posibilidades de acción. Mientras las nacientes burguesías urbanas buscaban afanosamente cómo llegar a nuevos mercados y cómo obtener capitales suficientes para acrecentar su acción, los judíos contaban ya con conexiones establecidas que les permitían iniciar rápidamente operaciones inesperadamente extensas y complejos. Fueron los judíos los arquetipos de la nueva clase burguesa que se constituía en todas las áreas que se mercantilizaban.

Todas las contradicciones y conflictos suscitados por las nuevas formas de actividad económica, resultantes de complejos e ignorados mecanismos, fueron encarados de manera ciega y primaria, achacando la responsabilidad a los representantes visibles de esos mecanismos: los intermediarios. A ellos personalmente —y no a las insospechadas leyes de la nueva economía de mercado— se atribuía la culpa, en términos morales, de los fenómenos de escasez, de carestía, de acaparamiento. Y entre todos los intermediarios, los judíos, como los cahorsinos o lombardos, resultaron el blanco predilecto y el objetivo más fácil de los movimientos de cólera popular. Fruto de esa arbitraria localización de la culpa —y acaso de una ciega irritación contra la fuerza impersonal del mercado— fueron, más que de otra cosa, las persecuciones de judíos que adquirieron particular violencia al comenzar la crisis de retracción.

Protegidos generalmente por el poder político, sobre todo por el apoyo pecuniario que le prestaban y, más aún, por el auxilio que proporcionaron para la implantación de una política fiscal cada vez más severa, los judíos fueron abandonados por él cuando ciertas presiones se tornaron insostenibles. De Inglaterra los expulsó Eduardo I en 1290 y de Francia Felipe IV en 1306, aunque éste autorizó su vuelta poco después. Entre tanto comenzaron los movimientos populares, que adquirieron particular violencia en Brabante en 1349 y en Navarra en 1360. Expulsados luego de Brabante en 1370, la persecución se tomó particularmente feroz en España, donde se produjeron en 1391 ataques contra las juderías de varias ciudades, entre ellas Sevilla, Valencia, Palma de Mallorca y Barcelona. Dos años después los judíos eran expulsados de Francia, donde en 1418, al entrar los borgoñones en París, se extendieron las persecuciones a los lombardos, florentinos, luqueses, boloñeses y genoveses que ejercían el comercio y, sobre todo, el negocio del dinero. Al promediar el siglo xv, mientras en Castilla se dictaba una rigurosa pragmática contra los judíos, en Portugal se producía el asalto de las juderías de varias ciudades. Una decisión trascendental fue la expulsión de los judíos de Aragón y Castilla ordenada por los Reyes Católicos en 1492.

Fuera de los argumentos religiosos alegados con mayor o menor sinceridad, los movimientos contra los grupos intermediarios alógenos reconocieron causas variadas. Hubo verdaderas rebeliones de deudores contra los prestamistas, que lograron movilizar a las clases populares y utilizarlas para venganzas personales y para destrucción de documentos comprometedores. Hubo, además, movimientos de las burguesías locales que, llegadas a cierto punto de desarrollo, se propusieron desalojar a los grupos extranjeros —y a los judíos, que con frecuencia eran nativos- para suprimir una peligrosa competencia. Hubo movimientos populares espontáneos, allí donde los judíos representaban el brazo visible de una fiscalidad cada vez más voraz. Pero la causa genérica era la irritación contra los mecanismos de la economía de mercado, impredecibles puesto que no se conocían sus claves, impersonales puesto que operaban a través de múltiples y desconocidos agentes cuya función era asumida por otro cuando alguno de ellos desaparecía, inexorables porque, sin saberlo, todos los intereses sectoriales contribuían a impulsarlos. Era inevitable que esa irritación difusa se descargara sobre los agentes más débiles y más identificables a través de un razonamiento primario, fortalecido por una actitud irracional nacida del desconcierto ante procesos incomprensibles e inexplicables.

Los intermediarios actuaban en el mercado interno como comerciantes que ofrecían su mercancía en el mercado o en la tienda, pidiendo un precio que parecía fijado por él, pero que en realidad se configuraba a lo largo de un complejo proceso. Finalmente, el comerciante daba la cara frente al consumidor, y, sin duda, al establecer su margen de lucro, agregaba un nuevo factor a ese precio que ya estaba conformado en gran medida. Productores, transportistas, mayoristas, fraccionadores, especuladores y el mismo fisco, todos fijaban su margen de lucro a lo largo del proceso de la intermediación; pero el consumidor no los veía, y aunque podía conocer sus nombres y acaso calcular el monto de las fortunas que acumulaban, apenas si le era dada la posibilidad de conocer a algunos de los agentes subsidiarios, que intervenían en esa vasta maniobra de la distribución. Más imperceptible aún era la acción de quienes se dedicaban al comercio de importación y exportación, generalmente personajes de alto rango en la vida de la ciudad, cuya actividad práctica se desenvolvía a través de una organización de carácter empresarial. La conducción de esas “empresas” se basaba en una red de agentes e informantes en el exterior que hacía del gran mercader —a veces banquero también— un personaje cualitativamente distinto de los demás en el seno de la ciudad.

De hecho, todas las contradicciones de la vida económica se manifestaban como contradicciones sociales. La aparición de los diversos intereses sectoriales ponía de manifiesto el antagonismo de grupos funcionales; pero delataba también la diversidad de funciones que los diversos individuos cumplían en el seno de cada grupo social. Sólo muy lentamente se advirtió que todos los sectores sociales y todos los individuos, en la medida en que operaban económicamente, componían el mercado, esto es, la sociedad toda en función económica. Ésa era la más aguda contradicción: la nueva sociedad, a medida que se constituía y variaba, se veía atrapada en un gigantesco y complejo juego en el que todos sus miembros actuaban como agentes directos o indirectos, voluntarios o involuntarios, de un vasto sistema que los envolvía y superaba, y en el que cada uno cumplía diversas funciones. El conjunto era, en términos económicos, el protagonista social del mercado, y dentro de su marco definían su posición las clases, los grupos ocupacionales y los individuos. El símbolo abstracto de las relaciones entre todos fue el juego de la oferta y la demanda.

En las formas más elementales de su funcionamiento, la oferta y la demanda constituían un mecanismo simple: compradores y vendedores discutían el precio, a veces alegremente en esa suerte de fiesta popular que se desarrollaba en las ciudades el día de mercado, y finalmente llegaban a un acuerdo que convenía a las partes. Pero en sus formas más complejas aparecieron innumerables contradicciones que se acentuaron con la crisis de retracción. La persistencia de las formas de mentalidad tradicional que alimentaban la noción de privilegio como reguladora de las relaciones sociales, conspiró contra las nuevas modalidades del tráfico comercial que suponían un principio de libre competencia. El productor y el intermediario procuraron por todos los medios y con diversos pretextos asegurarse algún tipo de monopolio. Las guildas y toda suerte de asociaciones de productores o comerciantes tenían, entre otras, esa finalidad. Se excluían del mercado a los que no pertenecían a determinada asociación, o a los extranjeros, o a los que no cumplían ciertos requisitos. Lo importante era suprimir o restringir la competencia, con lo cual el privilegiado quedaba en superioridad de condiciones frente al consumidor en la disputa por el precio. La misma significación tuvo la política proteccionista, apoyada por productores e intermediarios e impuesta por el poder público. Los consumidores respondían con reclamos sobre precios límites. Los productores requerían topes salariales. En rigor, la mecánica de la oferta y la demanda se vio trabada por esas contradicciones, sin perjuicio de que siguiera siendo una regla inflexible, que se cumplía a pesar de las restricciones por caminos excusados: las compraventas ilegales, el acaparamiento, las alteraciones de la calidad o las mil variantes que sugería la picardía en el ejercicio del tráfico.

Pero, precisamente porque todas las contradicciones económicas se manifestaban como contradicciones sociales, la mecánica de la oferta y la demanda debió someterse cada vez más, en la crisis de contracción, a la presión del poder público. El principio de la libre competencia se fue limitando cada vez más a través de sucesivas regulaciones, ocasionales unas y de largo alcance otras, que constreñían a los contratantes. Hechos sociales al fin, la escasez, el acaparamiento, la carestía, el empobrecimiento de ciertos grupos, la desocupación y tantos otros, obligaron a interferir el libre funcionamiento del mercado. Las normas se sucedían; pero como en esa área de la economía las leyes internas del mercado funcionaban inexorablemente, las normas sólo alcanzaban a distorsionarlas, promoviendo la formación de corrientes económicas subterráneas colaterales. Una situación caótica —verdaderamente contradictoria— caracterizó esta etapa de la vida económica, en la que concurrían la nueva economía de mercado con sus propias leyes y una óptica inapropiada para interpretarla, fundada en la certeza de que podía ser interferida eficazmente mediante actos del poder político: éste operaba sobre los mecanismos visibles, y el mercado respondía a través de mecanismos invisibles.

De cualquier manera, el poder político logró condicionar en muchas partes el funcionamiento de la oferta y la demanda, sobre todo porque quienes lo detentaban —o sus asesores— estaban interesados en él y volcaban su peso en un sentido favorable a sus intereses. En las ciudades especialmente, el patriciado reunió el poder político y el poder económico, y manejó con eficacia a ambos en favor de sus negocios. Y en los estados territoriales, esos mismos sectores, bajo la forma de una burguesía cada vez más adscripta al poder, inspiraron su política económica de acuerdo con sus conveniencias.

Si en algo se mostró inequívocamente contradictoria la acción del poder político sobre la nueva economía fue en ciertos excesos, provocados no solamente por la voracidad fiscal sino también por la ignorancia de los mecanismos económicos. Pesar excesivamente con cargas impositivas sobre el juego de la oferta y la demanda significaba alterarlo mediante decisiones deliberadas que comprometían la libertad del mercado. Pero lo más grave fue que, comprometiendo la libertad del mercado, se amenazaba el impulso que lo movía y cuya aparición había introducido un nuevo mecanismo psicosocial: el afán de lucro. Manifestado como una aspiración a la reproducción del dinero, no era solamente un mecanismo nuevo sino también diverso de los tradicionales y cuyo funcionamiento ofrecía impresivibles posibilidades. Cada uno, cada día, descubría el vericueto en el que la intermediación podía constituir una nueva fuente de ganancia. Y fue este despliegue de imaginación el que multiplicó las posibilidades del mercado. Pero el fisco actuó implacablemente y muchas veces contribuyó a acentuar la retracción cegando esa fuente de renovadoras posibilidades sólo por el hecho de disminuir su rentabilidad. Ávido de ganancias inmediatas, el fisco contenía la creación de nuevas riquezas.

Por lo demás, el poder político abusó de su fuerza y su influencia cuando necesitó dinero. Un uso desmedido y coactivo del crédito por parte de reyes y señores produjo los mismos efectos que la voracidad fiscal. La quiebra de las grandes casas bancarias italianas a mediados del siglo XIV constituyó una clara demostración de las consecuencias de esta política, que sólo se corrigió muy lentamente. Los sucesivos fracasos arrojaron una experiencia valiosa, aunque escasa, con respecto a los mecanismos del mercado. Lo mismo sucedió con respecto a la moneda, en la que el poder político vio, en un primer momento y con una óptica ingenua, una fuente de riqueza a su disposición, puesto que era monopolio suyo establecer su ley y, al mismo tiempo, alterarla e, inclusive, decretar su curso forzoso. Pero el mercado reaccionaba subrepticiamente e introducía en el juego de la oferta y la demanda la fluctuación del valor monetario. De ese modo también conspiró, pues, el poder político contra la nueva economía: ignoró los límites de las posibilidades que en ella le ofrecía el crédito y la moneda, y los sobrepasó según sus intereses momentáneos sin percibir los perjuicios que provocaba a largo plazo.

Un cuadro vivaz de todas las contradicciones que el observador percibía en la experiencia cotidiana de la vida económica, lo ofreció Pero López de Ayala al glosar el “pecado de avaricia” en su Rimado de Palacio.[115] La connotación moral del afán de lucro alienta en su descripción, pero lo que más brota de ella es un sentimiento de desconcierto frente al juego de los intereses sectoriales y a los signos exteriores del comportamiento económico de la nueva sociedad, toda ella implicada en el funcionamiento del mercado.

Avaricia es pecado, raíz y fundamento

de todos los males éste es muy gran cimiento:

Esquivar lo debe hombre de buen entendimiento,

Que de éste nace al alma muy gran destruimiento.

a este pecado se cuenta la usura,

Las fuerzas y hurtos, y toda robería,

Echar los grandes pechos, falsa mercadería

A que son abogados en esta cofradía.

Por aqueste pecado fue vendido el Señor,

Por los treinta dineros, por Judas el traidor;

Por ésta fue de muerte al cabo merecedor

El que tomara su viña al pobre servidor.

Ésta trae las guerras, destruye lo poblado,

A la viuda y al pobre tiene desheredado,

hace de buen pleito muy malo el abogado,

El huérfano chiquillo deja mal aconsejado.

Aquí es simonía que hace mucho mal,

A quien tiene oro y plata cinco obispados val,

Aunque sea letrado, si aquesto le fal,

No le darán beneficio por la su decretal.

Ésta trae los pleitos en los pueblos cuitados,

Monedas, alcábalas, emprestados doblados,

Sueldos a caballeros y hombres escudados;

Galeotes, ballesteros, por ellas son echados.

Al que tiene buena casa échanle fuera de ella,

Quien cuida estar en paz, déjanlo con querella,

A ricos y a pobres tráenlos a la pella,

Levanta muchos males esta chica centella.

Ésta hace perder a muchos mercadores

Su alma y su fama, y los hace mentidores:

Venden lana por lino, y son engañadores,

Quieren con una tinta teñir cuatro colores.

Ésta trae usuras, que llevan con engaño

Por ciento cuatrocientos antes del medio año,

Si les tomares fiado la vara de su paño,

Aunque buena sea, llévasla con gran daño.

En aquesta codicia peco de cada día,

Con mucha avaricia vivo la vida mía,

Parto mal con los pobres de toda mía cuantía,

Después, cuando me duele, llamo a Santa María.

Sin duda el que más pronto advirtió las contradicciones de la nueva vida económica en la crisis de contracción fue el patriciado urbano, nacido al calor de los cambios e implicado en ellos de manera radical. Ello ocurrió sobre todo en las ciudades independientes o que gozaban de gran autonomía. Al patriciado urbano le tocó maniobrar cuando las circunstancias se tornaron difíciles en la crisis de retracción, puesto que tenía la mayor responsabilidad —y los mayores intereses— en la nueva economía. En la contradicción, el patriciado urbano y, como él, las burguesías de los estados territoriales, optaron por una política transaccional fundada en el método de experiencia y error. Combinaron en ella los principios del sistema productivo tradicional y los que se derivaron de una concepción organizativa aprendida de los nuevos sistemas comerciales. Combinaron, no sin tropiezos y dificultades, los principios y los mecanismos de la producción y de la intermediación. Combinaron los distintos intereses sectoriales según la fuerza que en cada momento respaldaba a cada uno, utilizando unas veces la autoridad política para regular la libre actividad del mercado y disputándole otras veces al fisco —que ellos mismos solían encamar— los márgenes de libertad necesarios para estimular la producción de riqueza. Combinaron, en fin, las tendencias al riesgo con las tendencias a la seguridad, y las exigencias de la racionalidad con los llamados de la imaginación. Con estas multiformes transacciones, el patriciado urbano y las burguesías de los estados territoriales trataron de sortear, por el método de experiencia y error, las dificultades que les proponía un sistema económico que se había constituido espontáneamente y que mostraba cada día nuevos signos del mecanismo que lo regía sin descubrir, empero, sus principios fundamentales. Y al sortearlas, consiguieron mantener pragmáticamente su hegemonía social y económica e imponer poco a poco —también transaccionalmente— su nueva concepción de la vida.


SEGUNDA PARTE. LA POLÍTICA DEL REALISMO

Puesto que la nueva sociedad se constituyó en el armazón de una nueva economía, era inevitable que se elaborara en ella una nueva actitud política. Como en el caso de la sociedad y de la economía, la novedad no consistió solamente en la aparición de una conducta política peculiar de la burguesía sino también en el reajuste total de las actitudes políticas de todos los grupos sociales, viejos y nuevos, en virtud de la aparición de este sector social transformado ahora también en otro factor de poder.

Desde su aparición, la naciente burguesía había mostrado una conducta política original, ajena a la tradición propia de los señores, los reyes, el Imperio o la Iglesia. Hasta entonces, la política era una actividad exclusiva de estos últimos. Pero desde el siglo XI la burguesía había insinuado una nueva actitud política en la sociedad feudoburguesa que empezaba a conformarse. Al producirse la contracción económica y la crisis social que comenzó a principios del siglo XIV, esa nueva política se definió inequívocamente y adquirió caracteres precisos y revolucionarios.

Quizá podría decirse —aun cuando el término sea un poco equívoco— que comenzó entonces a practicarse una política realista. La que se insinuó primero y se definió después fue, precisamente, la que encontró al fin de este periodo un teórico consumado en Maquiavelo, cuya grandeza intelectual consiste en haber descubierto y expresado lo que las burguesías pensaban íntimamente, a veces disimulando su pensamiento. Las cosas habían empezado a ser llamadas por su nombre. Los viejos principios empezaron a desvanecerse, y el signo de esa transformación fue un progresivo distingo entre el campo de la política y el campo de la ética. Los móviles que se reconocieron en el comportamiento social fueron identificados como estrictamente humanos, prácticos y ajenos a toda otra consideración que no fuera el interés, las ambiciones y, a veces, los instintos elementales. En rigor fue unánime el sentimiento de que había caducado el cuadro jurídico, político y moral en el que se insertaba hasta entonces la sociedad y de que era necesario reconocer la existencia de nuevas realidades. La imagen del rey benévolo y justiciero que gobernaba según los preceptos de las Sagradas Escrituras se desvaneció para dejar paso a la figura del príncipe eficaz en el manejo de los negocios mundanos.

Fueron las burguesías las que operaron la disolución de la antigua concepción política, acaso porque no se engañaron acerca de lo que solía esconder la imagen idealizada de un poder político justo y ajeno a los intereses terrenales. Creadoras de nuevas realidades sociales y económicas, crearon también nuevas realidades políticas. Y bajo el peso de esas realidades sucumbieron esas dos viejas abstracciones que se suponía que ordenaban el mundo: el Imperio y el Papado. En adelante, otras serían las realidades políticas que habrían de contar: los señoríos que constituían verdaderos estados territoriales, los reinos que se transformaban gracias al ejercicio de un poder cada vez más fuerte de los reyes, las ricas ciudades que actuaban como potencias comerciales y políticas.

En ese mundo cada vez más clarificado por la crisis —puesto que en ella cada uno de los factores de poder probó su verdadero peso— la política de las burguesías adquirió una inexorable nitidez. Como la pintura, la política se hizo táctil, pragmática, inmediata. Se advirtió cuando las burguesías la ejercitaron en el ámbito de las ciudades, pero poco después, y acaso más, cuando comenzaron a destilarla dentro del sistema un poco rígido de los estados territoriales. Fue esta última operación un claro ejemplo de la interacción de dos tendencias que preanunciaban las actitudes barrocas: seguían el rey y los señores declamando su secular discurso moralizante, mientras buscaban y seguían el consejo práctico —y a veces inescrupuloso— del experto mercader o financista que enriquecía sus arcas. Muchos burgueses aprendieron, en las antecámaras reales, a practicar una sutil duplicidad sin duda menos necesaria en la conducción de las opulentas ciudades.

De inexorable nitidez y de sutil duplicidad se hizo la nueva política, vigente a partir de la contracción económica y la crisis social que empezaron a principios del siglo XIV, cuando el Imperio era ya una sombra de sí mismo y la Iglesia se sacudía en una tormenta que la hundiría en el cisma. Pragmática y nacida de la experiencia, la política de las burguesías tuvo teóricos que buscaron los fundamentos de su actitud y encontraron la justificación de su conducta, y cuyo pensamiento culminó en las reflexiones un poco cínicas de Commynes y en las formulaciones rigurosas de Maquiavelo. Para entonces, las burguesías habían abandonado casi del todo los principios igualitarios y democráticos que sostuvieron denodadamente durante algún tiempo, y por diversas razones muchos grupos habían optado por las soluciones autoritarias. “El Principe” fue un anhelo burgués, gemelo del monarca absoluto, ambos capaces de contener el proceso de expansión y diferenciación de las nuevas sociedades abiertas, y aptos para conducir los procesos económicos y políticos de los que esperaban las burguesías un afianzamiento de su posición social y una creciente expansión de su riqueza.

Capítulo I. La crisis del orden ecuménico y la nueva política.

Quizá no fue muy generalizado, después de 1254, el sentimiento de que algo trascendental había ocurrido en el campo de la política, cuando quedó vacante el trono imperial y comenzó el interregno que duraría, de hecho, hasta 1273. Quizá tampoco se advirtió de inmediato la tremenda significación del colapso del poder papal tras la desmesurada aventura teocrática de Bonifacio VIII. Pero, poco a poco, quedaron de manifiesto las nuevas fuerzas y las nuevas tendencias que habían provocado, directa o indirectamente, esas situaciones y prevaleció, en las primeras décadas del siglo XIV, la certidumbre de que otros eran los actores de la vida política y otras las formas de comportamiento lícitas o, al menos, posibles. El pasado empezó a parecer fantasmagórico y el futuro pareció requerir una nueva manera de enfrentar los problemas prácticos de la lucha por el poder.

I. El desvanecimiento del Imperio y el papado

Nacida de la conquista, la sociedad feudal había perfeccionado —o encubierto— todo el complejo sistema de relaciones que la constituía mediante la inclusión de su propio plan, que era el de las clases privilegiadas, en el plan de Dios: un plan ordenado y perfecto, de una rigurosa racionalidad, en el que todas las situaciones reales encontraban explicación y justificación dentro de un orden universal y eterno.

Cualquiera fuera la magnitud y la significación de un grupo social, organizado políticamente, su puesto debía estar “ordenado a uno”, esto es, referido a un principio único que conformaba un orden ecuménico, representado en lo espiritual por la Iglesia y en lo temporal por el Imperio. Ninguna de las dos potestades logró nunca, por cierto, realizar el ideal de la ecumenicidad. Pero el vigoroso predominio que las abstracciones teológicas mantuvieron durante muchos siglos sobre la experiencia proveyeron a esta concepción de una especie de realidad virtual, capaz de ocultar la realidad real. Imperio y Papado fueron realidades efectivas, poderes reales, pero no tuvieron nunca, ni pareció posible que la tuvieran, la fuerza ni el alcance que la teoría les asignaba.

En rigor, Imperio y Papado constituían las dos garantías teóricas y absolutas del orden creado por la conquista germánica en el ámbito del Imperio romano: un orden autoritario y jerárquico concebido como una pirámide en cuya base estaban las clases serviles y en cuya cúspide refulgían las dos espadas, temporal la una y espiritual la otra, para asegurar el orden y la paz.

Muchas cosas pasaban por debajo de esta abstracción casi sublime, pero todas parecían absorberse en la perfección final del plan divino. Sólo el conflicto entre las dos espadas, puesto de manifiesto en el siglo XI en la “Querella de las Investiduras” que enfrentó al emperador Enrique IV y el papa Gregorio VII, reveló que ciertas fuerzas reales conspiraban contra aquella abstracción. Poco a poco, el distingo entre lo sagrado y lo profano empezó a clarificarse, y las dos potestades descubrieron que otras fuerzas pugnaban por participar en la lucha por el poder, desconociendo la vigencia del orden ecuménico.

En Canosa reconoció el emperador la superioridad de la potestad eclesiástica: era, todavía, un forcejeo dentro de los marcos tradicionales. Pero a partir de la muerte del emperador Enrique V el problema cambió de contexto. Mientras el Imperio reclutaba la mayor parte de sus partidarios —los gibelinos— en los sectores señoriales, el Papado reclutaba los suyos —los güelfos— en las nuevas burguesías. Hubo, naturalmente, matices; pero, de todos modos, estas preferencias señalaban, en general, la introducción de nuevos factores en la tradicional disputa. Imperio y Papado no serían en el futuro lo que habían sido, sino que se transformaron al calor de las nuevas situaciones reales. Federico Barbarroja lo sintió en carne propia al caer vencido por las milicias urbanas de la Liga Lombarda en la batalla de Legnano, en 1176. Y Federico II expresó su reconocimiento de la nueva realidad social y política en la primera mitad del siglo XIII prefiriendo su reino de la Italia meridional a la vaga realidad de su imperio, inequívocamente alemán y no ecuménico. Pero, aun como emperador, afirmó frente al Papado una concepción del poder civil que no dejaba dudas acerca de cuánto había progresado el distingo entre lo sagrado y lo profano, entre la jurisdicción eclesiástica y la jurisdicción civil, entre la vieja política que admitía la existencia de un orden inmutable y la nueva política que se delineaba en la constante mutación de los grupos de poder.

La crisis imperial posterior a 1250, manifestada poco después en la larga vacancia del trono, pudo parecer a algunos episódica. Dante Alighieri expresó en De Monarchia la esperanza casi apocalíptica de los gibelinos, seguros de que volvería un emperador justo y sabio para imponer el orden y la paz en el convulsionado mundo que suscitaban, directa o indirectamente, las nuevas burguesías. Pero el Imperio no supo aceptar los cambios que se habían producido y cuando, luego de restaurado, trató de darse una estructura política a través de la Bula de Oro en 1356, confirmó su vocación conservadora y señorial.

Más sensible a los cambios sociales y económicos, el Papado no vaciló en apoyarse en las burguesías en su lucha contra el Imperio. Prepararon el terreno para esa alianza algunos sectores de la Iglesia que expresaban una nueva sensibilidad social y política, especialmente las órdenes mendicantes, nacidas al calor de la vida urbana y cuya influencia era muy fuerte en las ciudades. Los franciscanos, especialmente, se mostraron integrados en las nuevas sociedades y probaron que ninguna de sus acciones y reacciones les eran ajenas.

Pero el apoyo preferente que uno u otro sector prestaba a las dos grandes potestades en conflicto no expresaba exactamente el enfrentamiento. Por una u otra vía era un nuevo problema político el que se manifestaba. Era el autoritarismo jerárquico tradicional lo que cuestionaban algunos y era el derecho a la autonomía de la jurisdicción civil lo que perseguían todos. La perseguían el emperador y los señores, enfrentando las pretensiones del Papado; pero también la perseguían las burguesías, como lo habían venido haciendo desde la época de las insurrecciones urbanas contra sus señores, eclesiásticos muchos de ellos. Si apelaban ellas a la protección del Papado era buscando el apoyo del enemigo de su propio enemigo, puesto que el Imperio, aun defendiendo la autonomía de la jurisdicción civil, procuraba perpetuar un sistema político autoritario y jerárquico incompatible con las aspiraciones de las burguesías. Así entrecruzadas las tendencias y los intereses, el tiempo y las nuevas situaciones que se fueron creando contribuyeron a esclarecerlas.

Fue el desarrollo de las burguesías y de la nueva economía de mercado lo que, entre tanto, había promovido la transformación de los antiguos reinos feudales. Mientras el Imperio no lograba constituir en Alemania un reino nacional, otros reinos se fortalecían con ese carácter, creciendo, en consecuencia, el poder real sostenido ahora no sólo por los antiguos estratos sociales sino también por los nuevos. El problema de las relaciones entre la jurisdicción eclesiástica y la jurisdicción civil tuvo entonces nuevos protagonistas, y el Papado no sólo tuvo que enfrentarse con el Imperio sino también con los reinos. Al promediar el siglo XII el enfrentamiento adquirió nuevos caracteres en Inglaterra, en época de Enrique II y el arzobispo Becket, este último sostenido por el Papado y apoyado en la sólida doctrina teológica de Juan de Salisbury. Pero fue en Francia, en los últimos años del siglo XIII y los primeros del XIV, donde las tensiones alcanzaron su más alto grado. Si en Inglaterra los vasallos del rey asesinaron al arzobispo de Cantórbery, en Francia el legado real se sintió capaz de asaltar el palacio del papa y tomarlo prisionero.

La lucha que había estallado entre el Papado y la Corona francesa provocó inusitados episodios políticos. Felipe el Hermoso convocó diversas asambleas en los primeros meses de 1303 y obtuvo en ellas el apoyo generalizado de todos los sectores de la sociedad —clérigos y laicos— para enfrentar lo que consideraba un atropello de la jurisdicción civil por el papa. Y poco después, su legado Guillermo de Nogaret movilizaba en Italia a todos los adversarios de Bonifacio VIII —en rigor, los adversarios de los Caetani— para forzar su voluntad o deponerlo y, acaso, matarlo. Era, precisamente, el momento en que el Papado se había sentido más poderoso y más audaz; y fue entonces cuando irrumpió decididamente la nueva realidad social y política contra los principios tradicionales que habían nutrido un orden teóricamente universal, para declarar explícitamente su caducidad.

Hubo alegaciones diversas en favor de uno y otro contendiente. Entre otros, Egidio Colonna y Jacobo de Viterbo defendieron la tesis expresada por los pontífices; Juan de París la tesis real.[116] Lo significativo y revolucionario fueron los temas que se pusieron en discusión y las soluciones propuestas por esos tratadistas y por otros innumerables más o menos panfletarios. A la negación de las pretensiones papales se agregaba una rotunda afirmación de la autonomía del mundo profano, de la jurisdicción civil, del derecho de los reyes y, como insinuándose poco a poco, del principio de la soberanía. Pero junto a las polémicas doctrinarias no fueron menos significativas y revolucionarias las actitudes políticas que se pusieron de manifiesto. Cierto realismo político que las burguesías habían practicado de manera espontánea, como si ignoraran los grandes principios tradicionales, se convirtió poco a poco en una regla que no desdeñaron quienes, como los señores, no podían ignorar aquéllos. El Imperio y el Papado perdían su intangibilidad, quizá porque las burguesías habían descubierto cómo aceptaban las reglas prácticas del nuevo juego social, económico y político y se transformaban poco a poco en piezas de la nueva sociedad. Y una vez perdida esa intangibilidad formaba parte de una política lícita enfrentar al papa y al emperador sin que pareciera un desafío al orden sobrenatural. Era la misma actitud que movía a las burguesías a desafiar al emperador en Legnano o al rey en Courtrai.

La crisis general del orden sobrenatural había arrastrado al Imperio, y arrastró también al Papado. De la altura que este último había alcanzado con Bonifacio VIII comenzó a caer hacia un abismo en el que pareció desintegrarse. El Papado tuvo que abandonar la sede romana en 1305 por la hostilidad de los señores de la región y se refugió en Aviñón, mientras crecía en el seno mismo de la Iglesia la disputa que desencadenaran los espirituales franciscanos acerca de su verdadero carácter. Desde Aviñón tuvo que enfrentar Juan XXII el conflicto con el emperador Luis de Baviera, en el que se puso de manifiesto aún más la crisis que sufrían las dos grandes potestades tradicionales.

Dos grandes tratadistas, Marsilio de Padua y Guillermo de Occam, extremaron entonces las tesis revolucionarias que invalidaban la significación trascendental de las dos grandes potestades tradicionales.[117] No sólo resultó robustecida la tesis de la autonomía del poder civil sino que quedó indicado el principio de la soberanía popular. Vagas reminiscencias romanistas coincidían con las oscuras tendencias espontáneamente manifestadas por las burguesías. Pero acaso más revolucionaria que las ideas doctrinarias fue la decisión del emperador Luis de Baviera de prescindir de la coronación pontificia y de aceptar en 1328 la corona de manos de dos síndicos representantes del pueblo romano. Potestad ahora inequívocamente secular, quedaba evidenciado que su fuerza y su prestigio dependían de su efectiva fuerza política: era la regla bien conocida por los señores gibelinos que habían acompañado al emperador en su aventura italiana, así como por los señores que conquistaban o defendían sus dominios y por todos los patriciados urbanos que luchaban por defender o reconquistar la hegemonía de sus ciudades.

La polémica doctrinaria y los desusados actos políticos comprometieron casi en la misma medida la posición del pontificado. Ya su abandono de la capital milenaria la comprometía, como la comprometía la prédica sobre el estado de la Iglesia y la apelación a la pobreza. Las preocupaciones sociales de Wycliffe, de los lolardos o de Juan Huss debilitaron la posición de la Iglesia en varios reinos y socavaron su autoridad entre las clases populares. Pero, hasta entonces, ni en la teoría ni en la práctica se insinuó la idea de que el Papado era una institución secular. Hubo una ola de escepticismo frente al clero simoníaco, frente a los monjes codiciosos e impúdicos, contra el mismo pontífice, a veces, por su ambición, su nepotismo o su sensualidad. Pero el fundamento sagrado de la institución y, en consecuencia, la ecumenicidad del orden espiritual, no sólo no fueron discutidos sino que, por el contrario, parecían robustecerse a través de la disputa, especialmente cuando, como en el caso de Guillermo de Occam, se hacía hincapié precisamente en esos caracteres de la potestad espiritual para diferenciar de ella a la potestad temporal. Pero la crisis del Papado a partir del cisma de 1378 significó un nuevo paso en el proceso de cuestionamiento de su ecumenicidad.

Si el Imperio se había visto condicionado por las nuevas situaciones sociales hasta el punto de irse convirtiendo en un estado nacional alemán, el Papado sufría el condicionamiento de diversos intereses locales. Los esfuerzos de Cola di Rienzo y, sobre todo, del cardenal Albornoz reavivaron el localismo italiano que, por una de sus caras, mostraba el Papado, ecuménico en otra de ellas. Y al morir Gregorio XI, recién llegado de Aviñón a Roma, la elección de un nuevo papa, esta vez italiano de acuerdo con el clamor del pueblo de Roma, polarizó las tensiones y suscitó la elección de otro papa, esta vez francés. Dos sedes pontificias quedaron establecidas, Roma y Aviñón, y tras ellas dos actos jurídicos igualmente discutibles en el origen de la autoridad de cada uno de los papas. Sobre esos actos jurídicos se centró la polémica. Y aunque teóricamente permaneció incólume el principio sobrenatural que servía de fundamento a la Iglesia, los poderes seculares y la opinión general se transformaron en jueces de la legitimidad del elegido. De ese modo, aun sin deslizarse hacia la secularización como había ocurrido con el Imperio, el Papado se encontró a merced de la obediencia de los poderes seculares. Parte de Italia, Alemania, Polonia, Hungría, Inglaterra y Flandes acataron la autoridad del papa de Roma; Sicilia, Francia, Portugal, Castilla, Aragón, Navarra, Saboya y Escocia optaron por la del papa de Aviñón. Así contrapuestas, las dos obediencias configuraron dos mundos cristianos que negaban de hecho el principio ecuménico del Papado.

En la crisis general de la sociedad, el cisma eclesiástico acentuó las tensiones que, por lo demás no hacía sino poner de manifiesto. El concilio de Costanza, en el que fue condenado Juan Huss, reveló las diversas corrientes que trabajaban en el seno de la Iglesia, puestas de manifiesto luego en el de Basilea. La dura experiencia de las disputas por el poder papal determinaron la aparición del movimiento conciliar, cuya cabeza fue por entonces Juan Gerson.[118] Partidario de una profunda reforma de la Iglesia, el movimiento conciliar se había gestado en las universidades y, especialmente, en la de París, de la que Gerson era canciller. Bajo su influencia, y la de Pedro de Ailly, el concilio de Costanza declaró el 6 de abril de 1415 la superioridad del concilio sobre el papa, tesis revolucionaria que respondía a la nueva concepción de la Iglesia, según la cual era ésta una sociedad humana que manifestaba su soberanía a través de un cuerpo representativo como era el concilio. El triunfo de esta tesis fue efímero, pero el movimiento conciliar siguió defendiendo un principio de reorganización eclesiástica que, trasladado al gobierno civil, significaba el reconocimiento de la soberanía popular y la propuesta de una monarquía constitucional y limitada. Nicolás de Cusa y Eneas Silvio Piccolomini desarrollaron esas ideas,[119] que parecieron desvanecerse poco a poco a medida que la crisis general de la sociedad se fue atenuando y comenzó, al promediar el siglo XV, una nueva etapa de expansión.

Sin duda, los extremos teóricos suscitados por el análisis de las nuevas situaciones sobrepasaban las posibilidades de la nueva sociedad ajustada tras la crisis. El principio de la soberanía popular parecía asociado a una experiencia dramática, en la que los pequeños grupos burgueses que tenían cierta claridad en sus objetivos se habían mostrado incapaces de controlar a los vastos grupos que se movilizaron, unas veces tras ellos y otras veces al calor del clima insurreccional que predominaba. La preferencia por el establecimiento de un poder fuerte fue la respuesta a aquella experiencia, que parecía no aconsejar regímenes montados sobre una autoridad débil y sujeta a los vaivenes de cuerpos representativos, incontrolables en la medida en que era incontrolable la sociedad abierta. Pero la teoría siguió desarrollándose, en busca de los mecanismos políticos que la hicieron practicable, y acaso también a la espera de que las burguesías llegaran a ser estratos sociales más vastos y más coherentes.

Ese proceso se daría poco a poco en el marco de las realidades políticas —cada vez mejor delineadas— una vez desvanecido el tradicional orden ecuménico que, presuntamente, las encuadraba. De la crisis, las dos instituciones que lo representaban, el Imperio y el Papado, salieron transformadas y perdieron definitivamente el carácter y las posibilidades de acción que parecían tener hasta fines del siglo XIII.

II. Las nuevas realidades políticas

Al promediar el siglo XIV, el Arcipreste de Hita ponía en boca de uno de los clérigos de Talavera —indignados porque el papa les mandaba abandonar a sus mujeres— estas significativas palabras:[120]

Dijo: Amigos, yo querría que toda esta cuadrilla

Apelásemos del papa ante el rey de Castilla.

Que maguer que somos clérigos, somos sus naturales;

Servímosle muy bien; fuímosle siempre leales.

Demás que sabe el rey que todos somos carnales;

Quered se ha adolecer de aquestos nuestros males.

Diversas actitudes resumía el Arcipreste en tan pocas palabras. Consagraba el fin de la potestad suprema del Papado, reconocía la significación eminente de la monarquía nacional, exaltaba el vínculo primario entre la Corona y sus súbditos y puntualizaba el contexto profano que encuadraba a los nuevos poderes políticos.

Ciertamente, a medida que se desvanecían las dos grandes abstracciones políticas vigentes hasta poco antes —Imperio y Papado— cobraban más destacado relieve las nuevas realidades políticas: las ciudades y los estados territoriales. En estos últimos variaba poco a poco el antiguo sentimiento de lealtad dinástica hacia un incipiente y aun vago sentido nacional que se afianzaría con el tiempo, acaso semejante al que latía en las ciudades-Estado, algunas de las cuales, por lo demás, se transformaban en estados territoriales también. En cambio, en las ciudades que se integraban de grado o por fuerza en el ámbito de antiguos estados territoriales —monarquías o señoríos— se desvanecía el sentimiento local y se profundizaba la solidaridad con los poderes centralizadores que trataban de constituir las grandes unidades políticas, a las que el espíritu de las burguesías urbanas impregnaba de un sentido renovador.

Desde la primera mitad del siglo XIV, testimoniaron cómo se percibió el nuevo sistema de unidades políticas, cada vez más individualizadas, muchas descripciones de la situación mundial que pusieron de manifiesto la disolución de la concepción ecuménica y dieron paso a una imagen del mundo político constituida por el conjunto de aquellas unidades, en situación de equilibrio inestable y libres de cualquier tutela o de cualquier poder regulador. Así describieron el mundo los cronistas urbanos, generalmente de mentalidad burguesa, como Giovanni y Matteo Villani, Andrea Dándolo, Lodrisio Crivelli, Sigismond Meisterlin, Detmar o Hermann Korner;[121] desde su puesto de observación, particularmente apto para percibir el ensanchado ámbito de los negocios y la política, advirtieron la autonomía y la peculiar densidad de cada uno de los centros de acción y decisión esparcidos por el mundo cristiano y el que no lo era. No poco contribuyeron a ensanchar el horizonte y a precisar la significación de cada uno de los ámbitos políticos los mercaderes que recogían y difundían sus informaciones, como Marco Polo, Francesco Balducci Pegolotti, Jacques Coeur, los Paston, Francesco di Marco Datini, los Medici, los Fugger o los numerosos comerciantes del Hansa.[122]

También difundieron esta nueva visión del renovado mundo los cronistas de viajes —de negocios a veces, diplomáticos otras y en ocasiones movidos por la curiosidad o por el espíritu de aventura— o los que escribieron sobre expediciones militares que llevaron las naves, los ejércitos o las simples bandas armadas de país en país. Fueron reveladores entre estos últimos, Ramón Muntaner, los cronistas de Bertrand Du Guesclin o del mariscal de Boucicaut, Ruy González de Clavijo, Gutierre Diez de Games; y entre los primeros Jean de Mandeville, Guillebert de Lannoy o Gilles de Bouvier.[123] Se advirtió asimismo esa distinta percepción en las crónicas reales o señoriales: las de los duques de Borgoña, o las de Froissart, Jean le Bel, Pero López de Ayala, Johan von Winterthur, Heinrich Taube von Selbach, Jean de Wavrin, Polydor Vergil, Fernáo Lopes, García de Resende, Lorenzo Valla, Jean Duglosz o Antonio Bonfini.[124]

Pero quizá los más sugestivos testimonios de esa universalidad concreta y real con que se percibía el renovado mundo político la den otros testigos situados ocasionalmente en posiciones privilegiadas para observar el juego de las diversas fuerzas y el nuevo estilo que las caracterizaba. Ulrich von Richental reseñó el desarrollo del concilio de Constanza y, con más perspicacia, Eneas Silvio Piccolomini el de Basilea. Fueron dos foros mundiales, no sólo por el origen de quienes asistieron a ellos sino también por la vastedad y las proyecciones de los problemas que fueron tratados allí. Y en las memorias que escribió el segundo revivía el vasto cuadro de las fuerzas reales que, ya pontífice romano, veía actuar con tendencias cada vez más definidas.[125] Historiadores penetrantes, a veces impregnados de espíritu filosófico, recogieron la misma imagen y la devolvieron dibujada con contornos precisos. Philippe de Commynes, Nicolás Maquiavelo y Francesco Guicciardini entretejieron en sus relatos históricos incisivas observaciones sobre las nuevas peculiaridades del mundo político, sin perjuicio de que a veces desarrollaran algunas de ellas por separado con singular penetración. Quizá podría incorporarse a ese grupo a Tomás Moro, si fue él el autor de la historia de Ricardo III que se le atribuye. Pero pertenece, de todos modos, como autor de la Utopía, al conjunto de los pensadores políticos que observaron el cuadro de las nuevas situaciones sociales y políticas, del que forma parte también de manera eminente Erasmo y en alguna medida su discípulo español Alfonso de Valdés.[126]

Sin duda, las unidades políticas que más contribuyeron a romper el viejo esquema ecuménico y trascendental, imponiendo su vigorosa personalidad y su poder —circunscripto pero consistente—, fueron las ciudades, cuyas burguesías habían hecho una experiencia política original, totalmente distinta de la que era tradicional en los reinos feudales, el Imperio o la Iglesia. Las ciudades fueron otro mundo; y a medida que crecían en poder e influencia, se advertía que encarnaban una actitud política ajena a los antiguos principios y presidida por ciertas tendencias irreductibles a los esquemas tradicionales. Eran como enclaves sordamente revolucionarios en un mundo que a ellas les resultaba anacrónico y que, por lo demás, procuraría ajustarse poco a poco a las nuevas situaciones sociales y económicas aprovechando la experiencia de las burguesías urbanas e imitando sus actitudes.

Esparcidas por toda el área que se había mercantilizado, su significación política no fue la misma en todas partes ni fue igual en todas el estilo de la actividad política. Las ciudades independientes, como las de Italia, desplegaron todas las posibilidades de acción política, tanto en el ejercicio del poder como en las luchas internas para conquistarlo. Lo mismo ocurrió durante mucho tiempo en los Países Bajos y en las ciudades del Imperio, pero en ellas la actividad política adoptó otros caracteres a causa de los enfrentamientos con los poderes territoriales. Y otros adoptó en las ciudades que habían crecido en el seno de los reinos tradicionales.

Por lo demás, también la situación de las ciudades fue cambiando, y cambió con ella su comportamiento político. En tanto que algunas ciudades siguieron siendo un ámbito urbano restringido, otras llegaron a ejercer una poderosa influencia sobre cierta área. Fue a veces una simple influencia económica; pero otras se transformó en un vínculo más estrecho bajo la forma de ligas o hermandades y otras más fuerte aún, cuando una ciudad consiguió someter a otras a su autoridad transformándose, de hecho, en cabeza de un Estado territorial. En cada caso, la estructura política de la ciudad debió ajustarse a esas nuevas situaciones y, consecuentemente, el comportamiento político de cada grupo social cambió en relación con ella.

Si, en conjunto, las ciudades habían inaugurado un nuevo estilo de comportamiento político, en su seno cada uno de los grupos sociales había introducido un peculiar matiz en su manera de luchar por el poder o de ejercerlo. Una fue la política de los patriciados y otra la de las clases urbanas subordinadas, entre las cuales, todavía, ofrecían diferencias sustanciales, por una parte, los grupos incorporados que vislumbraban alguna posibilidad de participar del poder, y por otra los grupos marginales que sólo ocasionalmente se sentían convocados como acompañamiento en alguna aventura que les era ajena, pero que les daba la ocasión de irrumpir de algún modo en el juego de la política. Originariamente compactas, las sociedades urbanas se fueron diferenciando cada vez más; y quienes contaban con ellas, debieron distinguir en cada caso el signo que caracterizaba su política. Un claro ejemplo de ese juego fue la decisión de las ciudades hanseáticas de desvincularse de aquellas en las que los sectores artesanales lograban desalojar del poder al patriciado. Todo el sistema de las alianzas se fundó en la coincidencia de los regímenes internos.

Fueron las nuevas actitudes socioeconómicas, políticas y culturales de las burguesías las que más contribuyeron a modificar el comportamiento político de los antiguos estados territoriales, cuya significación creció hasta alcanzar una posición de primer plano. También ellos, como las ciudades, se emanciparon de toda tutela, abstracta o real, y definieron poco a poco una clara política como entidades autónomas y compactas, constituidas sobre ciertas progresivas limitaciones impuestas al poder de los señores subordinados. Pero esa política no se definió sin conflictos. Sordas tensiones o guerras declaradas enfrentaron en muchos estados territoriales al poder supremo —real o señorial— que pugnaba por someter a sus subordinados y constreñirlos dentro de sus propios designios. La monarquía modificó su carácter y, con él, renovó su estilo político. Y no sólo en los países donde ya había logrado dar ciertos pasos, como Inglaterra o Francia, sino en los países marginales, como Hungría, Bohemia o Polonia. El mismo Imperio germánico procuró, aunque con poco éxito, definir una política nacional, en tanto que ese anhelo despuntaba de diversas maneras en la fragmentada Italia. Quisieron ser estados nacionales el ducado de Borgoña y los dominios de la Orden Teutónica. Y buscaron la unidad ibérica los reyes de Castilla y Aragón. Todos intentaron ejercitar una nueva política para alcanzar estos fines, que consagraban una nueva percepción de las fuerzas reales que operaban en el mundo.

Pero, como en las ciudades, una era la actitud política de los estados territoriales como conjunto y otra la de sus diversos grupos internos. Frente a los designios de la monarquía, la nobleza feudal buscaba su propia estrategia para resistirlos o para aceptarlos, según la actitud de cada uno de sus grupos y sus relaciones recíprocas. Esta política, circunscripta al ámbito de los grupos más altos y coparticipantes en el poder, debía, sin embargo, combinarse con la que la nobleza feudal tenía que practicar con respecto a las clases populares rurales, sustento de su posición económica y sacudidas por los cambios económicos. Y no era eso todo. También debía combinarse con una política frente a las burguesías urbanas, en las que la monarquía buscaba y encontraba apoyo, pero que parecía rescatable para ciertos sectores de la nobleza, que descubrían su creciente e insoslayable papel en la política de los estados territoriales. Una maraña de intereses viejos y nuevos daba al comportamiento de cada grupo una gran fluidez, que contribuía a hacer de los estados territoriales unas entidades políticas conflictivas y convulsionadas. Sólo al compás de la consolidación monárquica y de la aceptación generalizada del poder absoluto de los reyes llegaron a estabilizarse los distintos grupos, con lo que se definió la actitud política de los estados territoriales. Para entonces, la política interna comenzó a transformarse en una política cortesana, en la que se sublimaron muchas tendencias que no provenían de la tradición nobiliaria sino de la tradición burguesa.

Nuevas realidades políticas, las ciudades y los estados territoriales se modificaron tan profundamente desde el comienzo de la contracción económica a principios del siglo XIV que en el proceso que siguió hasta las primeras décadas del XVI desarrollaron y elaboraron un nuevo estilo político. Fue el resultado de las mutaciones que se habían operado en las sociedades, de la diferenciación de sus diversos grupos, de los cambios de mentalidad que sufrieron todos ellos. A nueva sociedad, nueva política. Cuando al fin de este proceso escribió Maquiavelo sus Discorsi e II Principe, no hizo sino recoger y sistematizar una experiencia dos veces secular.

III. El estilo de la nueva política

Ciertamente, el estilo de la nueva política comenzó a perfilarse a principios del siglo XIV y su plena vigencia pudo ser declarada en las primeras décadas del siglo XVI. Cambiaban aceleradamente las sociedades y, acaso a ritmo más lento, las mentalidades también. Y poco a poco se proyectaban esos cambios en el sistema de vínculos socioeconómicos y políticos.

Se modificaron los vínculos económicos al imponerse una sutil relación, antes desconocida, entre los que empezaron a actuar como productores, como intermediarios y como consumidores. En rigor, producción, intermediación y consumo eran funciones y no se consustanciaban unívocamente con determinados individuos: todos podían ser, al mismo tiempo, aquellas tres cosas. Pero el vínculo económico jugó agrupando sectores funcionales y disolviendo las antiguas relaciones de producción propias de la sociedad feudal y de su sistema económico. Poco a poco se constituyeron nuevos grupos de intereses de rasgos inequívocos, algunos de los cuales se convertirían en importantes grupos de poder. Era como una red que vinculaba a cierto nivel a todos los miembros de cada sociedad, cuya presencia solía pasar inadvertida para muchos de ellos y que solía disimularse bajo otros vínculos más ostensibles. Pero en momentos críticos, cuando estaban en juego determinados intereses, los grupos se compactaban y reclamaban lo que les convenía con firmeza y a veces con sorprendente agresividad. Era el momento de dejar de lado otros vínculos y de despojarse de otras máscaras que correspondían a otra suerte de vínculos, sin duda existentes también.

Si en las ciudades había sido visible la formación de estos vínculos desde mucho antes, fue la crisis de contracción de principios del siglo XIV la que los puso de manifiesto en todas partes. El sacudón que sufrió la naciente economía de mercado mostró que toda la sociedad era protagonista de ella, esto es, que toda la sociedad, independientemente de otros vínculos, estaba articulada por los vínculos económicos que el mercado había creado. Antes desconocidos, esos vínculos constituían progresivamente otro tipo de sociedad. Y en la defensa inexorable que cada grupo hizo de sus intereses sectoriales quedó de manifiesto que correspondía a esa nueva sociedad otro tipo de comportamiento político.

Pero al mismo tiempo se disolvían y se constituían otros vínculos específicamente sociales. En muchas regiones había entrado en crisis el vínculo servil y se lo comenzó a sustituir por otro más elástico entre el señor y el campesino asalariado o arrendatario. Había comenzado un proceso de emancipación de los siervos que no dependía, ciertamente, de consideraciones humanitarias, sino que arrancaba de las nuevas situaciones económicas. Y, convertidos en hombres libres, los antiguos siervos vieron modificarse su situación en la sociedad y frente al poder político. Fue, precisamente, el poder real el que estimuló muchas veces el proceso de emancipación servil, tanto para debilitar la autoridad regional de los señores como para ensanchar las bases sociales de la fiscalidad. La consecuencia fue el establecimiento de nuevos vínculos de dependencia y consiguientemente la formación de otros modos de agrupación en los sectores populares rurales.

Entre tanto se modificaban también los lazos que vinculaban a los miembros de las clases privilegiadas. Sin perjuicio de que subsistieran las relaciones específicamente feudales, el poder real obraba de una manera deletérea sobre ellas y las debilitaba ofreciéndose como un polo de atracción para quienes querían sacudir o enervar el vigor de los lazos vasalláticos. La corte fue el instrumento eficaz para llevar a cabo esa política, puesto que atraía a quienes preferían no tener más soberano que el rey; y las funciones públicas otorgadas por la Corona completaban el abanico de posibilidades para reajustar la antigua dependencia.

Poco a poco, en alguna medida, comenzaba a trasladarse a los estados territoriales el tipo de vínculo que, entre el individuo y el poder político, regía en las ciudades. Fue en ellas donde se realizó el primer intento de crear un Estado objetivo e impersonal; aun cuando pareciera que los estados territoriales seguían apegados a una concepción personalizada, en rigor, mientras más personalizado parecía el Estado más se objetivaba a través de las complejas estructuras que creaba para ejercer el poder. Frente a ese Estado objetivo que crecía y se consolidaba, las relaciones intermedias tendían a desvanecerse y, en cambio, se fortalecía la tendencia a establecer una relación directa entre el individuo y el poder. Fue muy lento el proceso que condujo en los estados territoriales a la generalización del concepto de vasallo, referido a la totalidad de los individuos en relación directa con el soberano. Comenzó a producirse tras la crisis del siglo XIV, y estaba concluido en el seno de las monarquías absolutas en las primeras décadas del siglo XVI.

A medida que esa relación directa tendía a prevalecer, despertaba y se definía un sentimiento ignorado poco antes: el sentimiento de patria. No hay duda de que sus manifestaciones tuvieron muchas connotaciones retóricas, recogidas generalmente en la tradición romana. Así aparece en los poemas que escribió Petrarca exaltando a Italia; o en la invocación a Francia de Alain Chartier; o en el elogio de España debido a Fernán Pérez de Guzmán.[127] Pero tampoco hay duda de que crecía la percepción de los caracteres nacionales, como se vislumbra en las reflexiones de Gutierre Díez de Games, de Commynes y de Maquiavelo sobre diversas naciones.[128] Y acaso el más claro indicio de la percepción de ese sentimiento se encuentre en el vehemente anhelo de la unificación de Italia que expresan Petrarca, Maquiavelo y Guicciardini.[129]

El estilo de la nueva política estuvo dado por esta nueva sociedad, amalgamada por este nuevo sistema de vínculos. Hubo una política para la ciudad o para el estado territorial como conjuntos; y hubo una política para cada uno de los grupos socioeconómicos y políticos que los componían. En todos los casos, esa política fue de nuevo cuño y podría definirse como un realismo político.

El realismo político fue el estilo peculiar y espontáneo que las burguesías adoptaron para operar en la sociedad, actuar en su seno y en relación con los otros grupos sociales, manejar sus intereses económicos, luchar por el poder y ejercerlo cuando estuvo en sus manos. En rigor, fue una expresión más de ese realismo que revelaron frente a la naturaleza y que condujo a la práctica del conocimiento experimental; o el que adoptaron en la creación literaria y plástica. Fue el fruto de una actitud empírica y pragmática frente a la realidad que involucró, como uno de sus aspectos, a la realidad social.

Antes de toda teoría, fue realista la política de los patriciados en las ciudades, en Venecia, en Florencia, en las ciudades flamencas o hanseáticas, y también en las capitales de los reinos, como Londres o París. Pero no lo fue menos la política de las clases medias y de los sectores artesanales, como lo reveló van Artevelde en Gante o los conductores del movimiento de los oficios en Lieja, Colonia o Estrasburgo. Y hasta fue realista la política de los sectores marginales, siempre a la espera de una brecha entre los grupos de poder para intentar su ascenso político.

Fue realista —empírica y pragmática— la política de los condottieri. Aquellos que por una u otra causa se elevaban a la condición de signori extremaron su realismo hasta tocar los límites del cinismo: Castruccio Castracani, los Sforza, los Gonzaga. Y adoptaron una política realista los reyes y los pontífices, los nuevos nobles y aun muchos de los de antigua nobleza, que se puso de manifiesto tanto en la conducción de los asuntos internos de sus dominios como en el manejo de las relaciones internacionales.

El estilo de la nueva política —el realismo— fue el resultado de una mutación bastante rápida en la manera de interpretar el comportamiento individual y social. Dos distingos cada vez más transparentes empezaron a hacerse —espontáneamente primero y metódicamente después—, que condujeron a esa nueva actitud política. El primero fue entre lo sagrado y lo profano, y la actividad política quedó situada en este segundo campo. Hubo un reconocimiento generalizado de que los fines que perseguía la acción política estaban relacionados con problemas prácticos e inmediatos y que, por lo tanto, eran específica e inequívocamente profanos. Era, pues, necesario, para alcanzarlos, contar con los datos de la experiencia, con los impulsos primarios del individuo, con las tendencias efectivas de los distintos grupos sociales, con las circunstancias concretas en que debía desarrollarse la acción. Nada de todo eso cabía en el ámbito de lo sagrado, que proponía una imagen idealizada del hombre y el primado de valores absolutos. En eso consistió, precisamente, el segundo distingo, entre el ser y el deber ser, entre los modelos ideales y las experiencias inmediatas. Ese distingo se tradujo en el reconocimiento de un divorcio entre la moral y la política. Si el objetivo de la moral era proponer modelos ideales, la política consistía en operar sobre la realidad tal como se manifestaba, aceptando sus reglas. No era necesariamente una actitud inmoral. Sería, poco a poco, un rechazo de la moral trascendental para sustituirla por otra cuyas reglas emergieran de las situaciones reales: un conjunto de reglas de juego sustentadas por un consenso social. Pero en ese juego cabían muchas actitudes condenadas por la moral trascendental, y hubo progresivamente consenso para aceptarlas. Cada vez fue más claro para un mayor número que, si la política tenía fines profanos, los medios para alcanzarlos podían —o debían— ser profanos también.

Predominó ostensiblemente este nuevo estilo político a partir de la crisis de comienzos del siglo XIV, que promovió la formación de una nueva sociedad. Se puso de manifiesto en las agitadas luchas por el poder y, luego, en su ejercicio cuando fue alcanzado. Había surgido espontáneamente y se fue convirtiendo en práctica admitida fundada en la experiencia. Pero muy pronto empezó el nuevo estilo político a recibir el apoyo doctrinario de quienes tuvieron que elaborar nuevos argumentos y nuevas interpretaciones al calor de las luchas por el poder. Fue la doctrina de la profanidad del poder político la que enunció los primeros principios, de los que derivarían poco a poco sucesivas conclusiones hasta llegar a las más explícitas y radicales.

Mientras Egidio Colonna y sus continuadores defendían tenazmente la tesis de las dos espadas, que no era sino la vieja doctrina teocrática tal como la había expresado San Agustín y formulado definitivamente Hugo de Saint-Victor, los polemistas que defendían las prerrogativas del poder secular comenzaban a principios del siglo XIV a organizar sus argumentos, tal como se ven esbozados en el anónimo Diálogo entre un clérigo y un soldado.[130] A partir de entonces la doctrina de la profanidad específica del poder político elaboró sus fundamentos y extrajo de ellos las conclusiones revolucionarias que expondrían Marsilio de Padua y Guillermo de Occam. De éstas, la más avanzada era la tesis de la soberanía popular y sin duda la más peligrosa, puesto que excedía implícitamente los alcances del realismo político práctico y contrariaba la tendencia predominante a la concentración del poder en manos de los patriciados, los señores y los reyes. Pero lo importante era que, en última instancia, justificaba los fines inmediatos y pragmáticos de la acción política, justificación de que se valieron todos los grupos sociales que aspiraron al poder pero que aprovecharon particularmente quienes lo conquistaban y ejercían.

Las contradicciones entre el estilo de la nueva política y la concepción tradicional, así como también las que surgieron en el ejercicio de la nueva política quedaron reflejadas en todos los tratadistas, pero sobre todo en los que suscitaron el tema de la tiranía, de tradición clásica. Coluccio Salutati y Bartolus entre otros, puntualizaron tanto los límites entre el poder justo y el poder injusto como los que separaban al poder legítimo del poder ilegítimo.[131] El realismo político entrañaba una virtual negación de los límites morales y jurídicos de la acción política, en cuanto rechazaba los principios tradicionales sin remplazados por otros. Acaso por eso pudo decir Francesco Vettori, “hablando de las cosas de este mundo sin respeto y de acuerdo con la verdad”, que “todas aquellas repúblicas y príncipes de las que yo tengo conocimiento por la historia o que yo he visto, me parece que huelen a tiranía”.[132] En las primeras décadas del siglo XVI esta convicción estaba generalizada, y chocaría a veces con el principio de legitimidad de las monarquías dinásticas. Secretario de letras latinas de Carlos V, Alfonso de Valdés hace decir a Mercurio, que contemplaba un alma aproximándose a la barca de Carón: “Debe ser algún tirano, aunque ya todos se llaman reyes.” Y cuando Carón preguntó al alma: “¿Tú pensabas que eras rey para provecho de la república o para el tuyo?”, el alma respondió: “¿Quién es rey sino para su provecho?” [133] En el transcurso del diálogo, Valdés justificaba el saqueo de Roma por las tropas imperiales, reivindicaba al emperador y denostaba al papa y al rey de Francia. Como Maquiavelo, descubría en el poder un pragmatismo intrínseco que lo transformaba en un fin en sí mismo, puesto que todo lo que movía la ambición en el mundo profano, como la riqueza o la gloria, parecía derivar de él. De tal transformación en la concepción del poder provino el realismo político, un nuevo estilo en la manera de conquistarlo y ejercerlo.


Capítulo II. La política de las ciudades de desarrollo autónomo.

El estilo de la nueva política, creación original de las burguesías, se acuñó sobre todo en las ciudades que mantuvieron cierto grado de autonomía durante los siglos XIV y XV. Apareció también en las ciudades incluidas en los estados territoriales y también en éstos, pero de manera esporádica y más tímidamente. Fue en aquellos donde, luego de acuñado, se extremó su desarrollo y se fijaron sus caracteres.

No todas las ciudades de desarrollo autónomo fueron iguales. Algunas conservaron su plena autonomía, como Venecia, Florencia, las ciudades suizas o las del Hansa; otras mantuvieron una dependencia formal de sus señores aunque, en la práctica, obraran como unidades políticas autónomas, como casi todas las ciudades imperiales libres; otras, en fin, soportaban su dependencia pero cuestionándola hasta tal punto que, en ese cuestionamiento, ejercitaron las sociedades urbanas una política autónoma extremada y en ocasiones revolucionaria, como Gante, Brujas o Lieja.

Pero no fueron solamente los enfrentamientos con el poder señorial, como en el caso de Lieja, lo que estimuló el delineamiento de un nuevo estilo político. Fueron, sobre todo, las luchas por el poder entabladas entre diversos sectores sociales, como en Lieja también y en tantas otras ciudades, las que provocaron nuevas actitudes y nuevas estrategias. Conflictos sociales en el fondo, las luchas por el poder revelaron una suerte de empate entre los grupos minoritarios que controlaban el poder económico y los grupos mayoritarios que no tenían más fuerza que la gravitación que su número les daba dentro del estrecho recinto urbano, tan sensible a las presiones multitudinarias. Esa diferencia cualitativa y cuantitativa impidió encontrar fórmulas políticas estables y compatibles con los intereses de todos los grupos.

En rigor, la lucha por el poder y su ejercicio se transformó en un fin en sí mismo. Las burguesías sabían qué hacer con él, pero las clases subordinadas lo ignoraban. Así como se desconocían los mecanismos secretos de la economía de mercado, igualmente se ignoraban los mecanismos que regían la nueva sociedad. Sólo los mecanismos políticos eficaces en cada contingencia fueron ideados y puestos en práctica, tanto por las burguesías como por las clases populares, especialmente las gentes de los oficios. No hubo teoría que enmarcara la acción ni principios que guiaran las decisiones. La política fue entendida como una actividad a corto plazo, pragmática, sin otra regla o requisito que la eficacia. Fue la política del realismo, que se experimentó hasta sus últimas consecuencias y sin cortapisas, sobre todo, precisamente, en las ciudades de desarrollo autónomo.

La aplicación de la política realista condujo a la radicalización tanto de las oligarquías como de las clases populares. Ambos sectores quisieron triunfar de manera decisiva a cualquier precio, aun sabiendo que no podían vivir el uno sin el otro. Fue también el realismo político el que, ante la crisis tanto de los sistemas aristocráticos como de los democráticos, impuso en las ciudades alguna forma de autoritarismo que asegurara, a cualquier costo, la paz social.

I. El fortalecimiento de las oligarquías

Quienes habían conquistado la autonomía —total o parcial— de muchas ciudades habían sido aquellas burguesías que se habían levantado contra los señores y habían obtenido las cartas en las que se establecían sus libertades y su participación más o menos restringida en el gobierno urbano. Grupos compactos, a veces habían constituido una “comuna jurada” que fortalecía el vínculo que los unía. Pero de todos modos, sus actividades, sus intereses y su peculiar concepción de la vida les daban una homogeneidad que se acentuaría por algún tiempo, hasta que se constituyeran en su seno subgrupos a su vez homogéneos pero ligeramente diferenciados entre sí. Los más ricos e influyentes constituyeron el patriciado. En tales manos estaban las ciudades de desarrollo autónomo cuando comenzó a manifestarse la crisis de contracción económica en las primeras décadas del siglo XIV.

A lo largo del proceso que había empezado hacia el siglo XI, no todas las burguesías habían tenido igual suerte. En algunas ciudades la continuidad de las actividades económicas, la acumulación de las fortunas, el mantenimiento del prestigio social y el ejercicio del poder político habían proporcionado al patriciado burgués tal poder e influencia que se había transformado, ya en el siglo XIII y algunas veces antes, en una verdadera oligarquía. Así pasó en Venecia y Colonia, en Barcelona y Estrasburgo, en las ciudades hanseáticas y en las suizas. En otras ciudades, conflictos diversos habían impedido que su estructura como grupo y su papel en la ciudad se consolidaran como en aquellos casos. Unas veces fueron los conflictos internos de la burguesía, que se escindió en grupos que disputaban el poder, separados por sus intereses económicos o por sus puntos de vista en materia de alianzas, o simplemente por las ambiciones de los linajes o los individuos. Así ocurrió en Génova o en Florencia, y sobre todo en Milán donde la burguesía enajenó el poder en manos de signori, los Della Torre y los Visconti ya en el siglo XIII. Otras veces, en fin, fue la ofensiva de las clases subordinadas —la mediana burguesía o los oficios— la que obstaculizó la completa consolidación del patriciado, que aunque tendiera inequívocamente a transformarse en oligarquía, como en Lieja, Florencia o Gante, no pudo vivir sin sobresaltos y concesiones.

Pero, de todos modos, la crisis de contracción económica encontró asentadas en el poder, en las ciudades de desarrollo autónomo, a burguesías más o menos oligárquicas, confiadas en su fuerzas para mantener y robustecer las posiciones conquistadas. En el ejercicio de la actividad mercantil, financiera y productiva se había operado una paulatina concentración de la riqueza y algunos linajes patricios se habían separado notablemente de los demás por el monto de sus fortunas y la magnitud de sus operaciones. Así ocurrió no sólo en las ciudades donde la crisis repercutió en favor de ciertas actividades económicas sino aun en las ciudades donde sus efectos fueron intensos, y en las que la retracción benefició a los más ricos. La consecuencia fue que se acentuó la diferenciación social: en el seno mismo de las burguesías, pero más aun entre ellas y las otras clases urbanas sobre las que la crisis tuvo, en la mayoría de las ciudades, efectos desastrosos.

Asentadas en el poder, las burguesías enfrentaron la nueva situación dispuestas a defenderse. Pero el conflicto estaba a veces en su propio seno. El poder significaba la orientación de la economía, y cada grupo quería conquistarlo para orientarlo en su beneficio, sin perjuicio de satisfacer las ambiciones de los linajes o de alguno de sus miembros. Y entre tanto, todas las otras clases urbanas miraban a las burguesías con hostilidad, acusándolas de causar su estrechez o su miseria y esperando la ocasión favorable para levantarse contra ellas para limitar su poder o, si fuera posible, arrancárselo.

La crisis económica desencadenó un variado conjunto de problemas que se entrecruzaban. Las crisis políticas y los conflictos sociales comprometían las actividades económicas: paralizaban o disminuían la producción, entorpecían las operaciones mercantiles, dificultaban las operaciones de crédito, restringían el consumo interno. Mientras disputaban el poder, exigiendo cierta participación política, o acaso la total exclusión de los ricos burgueses del gobierno, las pequeñas burguesías y especialmente las gentes de los oficios, ocasionalmente apoyadas por la plebe indiscriminada, robaban e incendiaban en las ciudades, mataban a sus adversarios, dominaban las calles, las plazas, los mercados. Las burguesías reaccionaron para conservar o recuperar su posición en sus ciudades. Pero al mismo tiempo tenían que estar atentas a la creciente presión que intentaban ejercer los poderes territoriales que aspiraban a someter a las ciudades —como en Alemania, especialmente— o a obtener de ellas los mayores beneficios mediante sutiles medidas económicas o políticas. Y, finalmente, tenían que estar atentas a la coyuntura internacional, porque el juego de las alianzas o el azar de las guerras podía desbaratar el sistema de mercados con el que cada ciudad operaba. Para enfrentar el nutrido haz de problemas que suscitó la crisis de contracción, las burguesías tuvieron que responder agresivamente. Poseían el poder y la experiencia: tenían que adecuarse a la nueva situación y delinear una nueva política apta para responder a su desafío, produciendo hechos decisivos, creando en respuesta nuevas situaciones, eliminando los obstáculos para su hegemonía y a quienes trabajaban para ponerlos.

Sin embargo, si las burguesías fueron capaces de responder agresivamente al desafío de la nueva situación no fue solamente porque poseyeran el poder y la experiencia. Lo que más les valió fue ser el único grupo urbano que tenía una vigorosa conciencia de clase. Gracias a ella comprendieron el alcance final de sus objetivos y pudieron orientar claramente su acción. Todos los obstáculos les parecieron circunstanciales, y para superarlos dieron pruebas de una obstinada voluntad que no se alimentaba solamente de egoísmo o de ambiciones inmediatas, sino de una profunda convicción acerca de su papel en el desarrollo de la vida de la ciudad, cuyos fines parecían confundirse con los suyos. Fue su conciencia de clase oligárquica lo que las movió a estrechar sus filas y a defender tenazmente sus posiciones, transando a veces pero conservando in pectore la decisión de conservarlas, de recuperarlas si las habían perdido o de mejorarlas al final de la larga lucha. Asentadas en el poder antes de la crisis del siglo XIV, afrontaron todos los embates de las luchas sociales y políticas y, finalmente, bajo distintas apariencias y en circunstancias variables, quedaron instalados en el poder.

Muchos testimonios difusos prueban la existencia de esta conciencia de clase oligárquica, sobre todo los que proporciona su misma acción, persistente y tenaz. Pero también los que ofrecen las crónicas urbanas, saturadas casi siempre de espíritu oligárquico; o la abundante literatura del realismo burgués del siglo XIV y del XV; o la plástica de la misma época, rica en retratos de burgueses de gesto imperioso y seguro.[134] Hay, además, un testimonio preciso y expreso: el que proporciona Leon Battista Alberti en I libri della famiglia, verdadero breviario de las convicciones profundas de una clase que se sentía consustanciada con su ciudad y protagonista, además, de la historia de los nuevos tiempos.

Sin duda eran esas convicciones profundas las que proporcionaban solidez a esas burguesías que se transformaban en cerradas oligarquías. La conciencia de clase oligárquica se fundaba, en principio, en la posesión de ciertos privilegios que hacía de las oligarquías grupos inconfundibles. Pero la noción de privilegio tenía para esas sociedades un significado positivo, confirmado por los demás por la coexistencia de los privilegios señoriales vigentes y realzado, a los ojos de las burguesías, por el esfuerzo que había demandado arrancárselos a los señores. Las burguesías se mostraron decididamente dispuestas a defenderlos, tanto contra los señores siempre tentados de revocarlos como de las amenazas de las clases inferiores que pugnaban por limitarlos y compartirlos. Las alentaba en esta decisión la convicción de que eran privilegios legítimos, puesto que las burguesías se sentían herederas de los grupos fundadores —de la “comuna jurada” en los casos más definidos— y más legítimas herederas mientras más estrechaban sus filas y se convertían en oligarquías precisamente en defensa de esos privilegios y del conjunto de su tradición.

A medida que las ciudades crecían, las burguesías confirmaban esa condición frente a los grupos que se incorporaban a la ciudad, acrecentando el número de la población e introduciendo nuevas tendencias y aspiraciones. Fue en las ciudades que se hacían, a su escala, multitudinarias, donde las burguesías manifestaron una tendencia así acentuada a cerrar sus filas tornándose oligarquías. En el seno de las nuevas sociedades urbanas, cada vez más numerosas y heterogéneas, las burguesías se veían a sí mismas como el único grupo arraigado y responsable. Veían a su alrededor, y frente a ellas, un conjunto social de escaso arraigo y, en consecuencia, de escasa responsabilidad en el manejo de esa entidad —la ciudad— que sus antepasados habían establecido. Los sucesores de aquellos le habían proporcionado una orientación económica y una potencialidad que había que cuidar con el tino y la mesura necesarios para acrecentarlas y no destruirlas. Pero le habían proporcionado también una personalidad acuñada a lo largo del tiempo, una fisonomía social y cultural, un estilo de convivencia. Poco importaba la justicia y la legitimidad de las aspiraciones de los grupos advenedizos, si para alcanzarlas era menester destruir la obra paciente de las sucesivas generaciones burguesas. Las burguesías se hacían más oligárquicas mientras más peligraba el destino de esa entidad creada por sus antepasados, de la que ellas se sentían no sólo usufructuarias a título legítimo sino también orgullosas y, sobre todo responsables como, sin duda, no se sentían los que se habían agregado poco a poco con la esperanza de mejorar su suerte individual.

Por lo demás, no sólo robustecía la conciencia de clase oligárquica la amenaza que las burguesías veían cernirse sobre sus privilegios y sobre el destino de su ciudad. También la robustecía el sentimiento de su fuerza para contrarrestarla y, sobre todo, de su capacidad y su eficacia. Claros en sus mentes los objetivos, una larga experiencia se había acumulado en ellas para afrontar todas las situaciones conjugando las actitudes de fuerza con la capacidad de negociación. Por anacrónicos, o quizá solamente por ineficaces, los principios morales tradicionales fueron perdiendo cada vez más su significado. Otros surgirían en la acción. Pero, entre tanto, lo importante para las oligarquías fue la acción misma, oportuna, práctica, eficaz.

Sostenidas por una clara conciencia de clase, las oligarquías amenazadas adoptaron para alcanzar sus objetivos una política pragmática y realista. Nadie teorizó sobre las situaciones sociales reales de la época y muy pocos, antes de Maquiavelo, sobre las situaciones políticas reales. Quienes se ocuparon de tales asuntos —como Jean de Hocsem[135] y, en más alto nivel, Marsilio de Padua, Guillermo de Occam, Coluccio Salutati o Bartolus de Sassoferrato— apelaron generalmente a reminiscencias clásicas y se mantuvieron en el plano de las ideas generales; pero no hubo una percepción de la peculiaridad del fenómeno social ni tampoco, antes de Maquiavelo, de la peculiaridad del comportamiento político real de los grupos que disputaban o ejercían el poder. Los mismos cronistas, a veces protagonistas o testigos de los hechos, son imprecisos y equívocos cuando describen los procesos y puntualizan las causas. No era un azar. Los fenómenos eran inéditos, como era inédito el tipo de sociedad urbana que se había constituido. Y fue inédita la actitud política de las burguesías, siempre a la expectativa de los sucesos de cada día, siempre especulando sobre la coyuntura, y siempre dispuesta a hallar en cada caso la conducta justa y oportuna para responder a las circunstancias.

Como el proceso social y político era coherente, aunque no se profundizara el análisis de sus mecanismos profundos podía utilizarse eficazmente la experiencia. Ésa fue la gran fuerza de las oligarquías. Hechas al ejercicio del poder generación tras generación acumulaban un saber empírico acerca de la conducta de los grupos sociales, y cada uno de sus miembros, al recibir la autoridad, se hallaba poseído de un repertorio de recursos para responder con actos eficaces. A veces las sorprendían situaciones nuevas y quedaban descolocadas; pero procedían por analogía; recurriendo siempre, en última instancia, a la fuerza para imponer sus designios. Realistas y pragmáticas, nada les parecía que estuviera vedado para alcanzarlos.

Sus designios no eran oscuros ni misteriosos. Las oligarquías querían conservar su hegemonía política y mantener sometidos a los otros grupos urbanos. Ciertamente, odiaban a los grupos populares, a las gentes de oficio, a los pequeños burgueses y hasta a la mediana burguesía cuando se insinuaban rivales, y más aun cuando alcanzaban el poder a costa de ellas. Son reveladoras las palabras de Jacques de Hemricourt, cuando vituperaba, hacia 1398, el régimen democrático de Lieja o las de Gino Caponi cuando narraba después de 1378 el tumulto de los ciompi en Florencia.[136] Pero su designio no estaba señalado por el odio, sino por otras causas. Ante todo, porque querían conservar el poder; pero además porque no querían que la administración de los negocios públicos y la orientación de los privados pasara a otras manos que no fueran las suyas. Y también porque aspiraban a que las consecuencias de la crisis económica recayeran sobre las otras clases, en tanto que éstas aspiraban a una redistribución de las cargas para poder sobrevivir. Formaba parte de sus designios la conservación del orden y la seguridad de bienes y personas, así como también la contención de la movilidad social que tanto comprometía la estabilidad del régimen político. Para llevar a cabo esos designios, las oligarquías habían elaborado una estrategia, en algunas ciudades ya en el siglo XIII, y con la crisis económica y social ajustaron sus términos.

En rigor fueron dos las estrategias: una para fortalecerse a sí mismas y otra para someter a sus enemigos interiores. Ambas revelaron un desnudo realismo y una clara percepción de los fines y los medios para conseguirlos. Precisamente, la definición de los fines fue uno de los puntos más delicados de la estrategia de las oligarquías para fortalecer su posición. Intereses encontrados entre sus diversos sectores pusieron más de una vez en peligro su unidad. Desde la época en que se dividían en güelfos y gibelinos en Italia, muchas fracturas se produjeron en sus filas. Hubo grupos dispuestos a buscar apoyo popular, especialmente en los sectores más humildes, y otros reacios a condescender a tales alianzas internas. Hubo divergencias profundas también acerca de las alianzas extranjeras y hubo sectores de intereses contrapuestos. Las oligarquías se constituyeron a veces estrechando filas alrededor de una política y excluyendo prácticamente de su seno a quienes disentían. Fue un remedio heroico pero que los más intransigentes consideraron eficaz.

Sin embargo, la estrategia dominante consistió, en ciertos momentos, en cerrar sus filas mediante actos políticos tan drásticos como la Serrata del Maggior Consiglio de Venecia en 1297, cualquiera sea el alcance que se le atribuya.[137] Todas las oligarquías dominantes habían aspirado a impedir la incorporación libre de nuevos miembros, y en Gante quedaba el recuerdo de la actitud de los XXXIX, dominantes hasta 1275. Los linajes patricios, frecuentemente emparentados entre sí, se agrupaban en asociaciones excluyentes que imponían a sus miembros para los cargos comunales, perpetuándose luego en ellos. En algunas ciudades ciertos linajes conservaron su poder e influencia durante varias generaciones, pero en ciertos casos, como en Colonia y Lübeck, los hubo que perduraron durante dos siglos.[138] En todo caso, pertenecer a una “vieja familia”, como escribía Christoph Scheurl en 1516 describiendo el régimen político de Nuremberg,[139] constituía un requisito generalizado. En Ginebra el derecho de burguesía se heredaba por línea masculina,[140] y allí, como en otras ciudades, se podía adquirir en ciertas condiciones: por concesión formal, por ejemplo a un extranjero de posición equivalente que ingresara por matrimonio a alguno de los linajes tradicionales; y a veces por compra cuando el nivel de la fortuna recomendaba al candidato. Cerrado el núcleo patricio, controlado por los más viejos linajes, generalmente agrupados en asociaciones, depositario de la mayoría de los cargos comunales, coincidentes sus miembros en sus objetivos fundamentales, su compacidad y vigor le permitía a las oligarquías enfrentar a sus enemigos, frente a los cuales tenían, por lo demás, la inmensa superioridad del poder económico. De todas, la oligarquía veneciana constituyó el ejemplo más acabado y su política la más eficaz: todavía a fines del siglo XV Commynes le auguraba un gran porvenir.[141]

No haber dado paso a los “tribunos del pueblo” pareció a Commynes la máxima sabiduría de la oligarquía veneciana. Podría traducirse esto diciendo que nunca contemporizó con las clases populares ni dejó resquicio en su política que pudieran aprovechar para comenzar su ofensiva. Tal fue la regla de oro de la estrategia de todas las oligarquías. Empero, no en todas partes las condiciones fueron iguales a las de Colonia y Venecia. Donde las industrias —la textil en primer lugar— concentraban gran número de trabajadores, las oligarquías tuvieron que soportar su embate, defenderse y, cuando las circunstancias lo aconsejaron, contraatacar. Para eso elaboraron una estrategia destinada a someter al enemigo interior.

Las oligarquías hablaban de sus ciudades como de entidades compactas. Sin embargo, dieron siempre por descontado que el cuerpo político de cada una de ellas se componía solamente de sus propios miembros, sin que contara el resto de la población urbana. Esta política de exclusión de los sectores medios y populares del cuerpo político de la ciudad quedó fijada en el siglo xm: algunas veces, mientras no existió amenaza o donde no existió, la exclusión fue tácita; pero en el momento en que apareció fue establecida taxativamente, como en Brujas en 1240. Mientras pudieron y donde pudieron, las oligarquías sostuvieron su decisión de mantener al margen del gobierno comunal no solamente a las gentes de oficio, cuya actitud y cuyas aspiraciones eran en alguna medida revolucionarias, sino también a la mediana burguesía y aun a los nuevos sectores de la burguesía mercantil que fue apareciendo en muchas ciudades con una actitud política y social diferente de la que manifestaban las viejas oligarquías. Esa exclusión de los otros grupos sociales significaba una interpretación del proceso de desarrollo de las sociedades urbanas y significaba un acto de voluntad de las oligarquías, un acto político sin otro fundamento que una apreciación de sus intereses particulares.

Mientras pudieron, las oligarquías procuraron controlar a los oficios. Reglamentaron su funcionamiento, limitaron el número de compañeros y aprendices y obstaculizaron el camino para alcanzar la maestría. Las disposiciones debían ser coercitivas, pues la participación en el trabajo era fundamental para la ciudad y para los intereses de las oligarquías, que no querían que se repitiera una secesión de los trabajadores como la que había ocurrido en Gante en 1274. Esa estrategia preventiva se proyectó en otra correctiva cuando las pequeñas clases medias, los oficios o la plebe indiferenciada se lanzaban a motines o tumultos. Entonces las oligarquías apelaban a la fuerza sin vacilaciones. Unas veces actuaban por su cuenta; pero si temían ser rebasadas apelaban a sus aliadas, las oligarquías de otras ciudades o al poder señorial. En Colonia en 1370, en Florencia en 1378, en Lübeck en 1408, los conflictos se mantuvieron dentro de los límites urbanos. Pero en Flandes y en el país de Lieja el ejército del rey de Francia fue llamado dos veces para poner fin a los conflictos internos de las ciudades: en 1328 triunfó en Cassel sobre los flamencos y en Hoesselt sobre los de Lieja, apoyando al conde de Flandes Luis de Nevers y al obispo de Lieja Adolfo de La Mark; y en 1382 acudió en apoyo del conde de Flandes Luis de Mâle y derrotó a los insurgentes en Roosebeke. Fin semejante tuvieron los repetidos conflictos que en la primera mitad del siglo xv atrajeron sobre los Países Bajos a los duques de Borgoña —Juan sin Miedo, Felipe el Bueno y Carlos el Temerario sucesivamente- y que concluyeron con la anexión de todo el territorio al Estado ducal.

Cuando las oligarquías fueron derrotadas por las clases populares, su estrategia consistió en aceptar la situación y negociar. Sólo excepcionalmente abandonaron el campo, como hicieron los patricios de Estrasburgo en 1419, cuando prefirieron expatriarse antes que aceptar las crecientes exigencias de las clases populares. Lo normal fue que negociaran, con lo que obtuvieron casi siempre la instauración de regímenes compartidos en los que sus miembros figuraban en mayor o menor número en los cuerpos comunales. Inversamente, muchas veces las oligarquías consintieron en mantener una parte de las conquistas de las clases populares cuando volvieron al poder después de una transitoria derrota. Fue una estrategia elástica, fundada en el reconocimiento de las fuerzas reales existentes en cada ciudad y que las oligarquías se sentían incapaces de dominar, y sólo cuando el peso de un poder fuerte —un poder territorial— se volcó sobre la balanza reivindicaron todos sus derechos y declararon todos sus designios. Así fue cuando el rey de Francia, el duque de Borgoña o el emperador Maximiliano intervinieron en los Países Bajos. Así, cuando Carlos V respaldó en Génova la plena restauración oligárquica encabezada por Andrea Doria. Así, cuando el rey de Aragón obró sobre Barcelona. Sólo algunas oligarquías mantuvieron su autoridad resistiendo a los poderes territoriales, como ocurrió en las ciudades suizas, en tanto que algunas pudieron subsistir sin aquellas presiones, como las ciudades hanseáticas.

Naturalmente, las oligarquías no fueron siempre los mismos grupos sociales. Las burguesías cambiaron de fisonomía a lo largo del agitado proceso que comenzó en algunas ciudades ya en el siglo XIII pero que alcanzó su mayor intensidad a lo largo del XIV. En su seno, un grupo reclamó siempre la adopción de una estrategia radical y concibió las transacciones sólo como oportunas maniobras para sortear astutamente las coyunturas adversas. Otros, en cambio, se inclinaron a reconocer la existencia de nuevas fuerzas sociales que se iban constituyendo al calor del proceso económico y también de los procesos sociales y políticos, y admitieron la posibilidad de compartir el poder con ellas. Pero, entre tanto, las burguesías mantenían plenamente el control de la vida económica, y si hubo disidencias internas en su seno fue porque diversos grupos, especialmente nuevas promociones burguesas dedicadas a cierto tipo de negocios, aspiraban a remplazar a los antiguos grupos que detentaban el poder. Quienes disputaron el control de la vida económica a las burguesías no fueron las nuevas fuerzas sociales subordinadas que las hostigaron valiéndose de su número y su influencia en el ámbito urbano. Fueron los poderes territoriales de influencia creciente los que asumieron el papel de reguladores de la vida económica, tanto a través de la política fiscal como por las decisiones políticas que se relacionaban con la moneda y con los mercados externos. Pero aun así, descontando que cada nueva contingencia podía implicar el desplazamiento de los grupos predominantes y su remplazo por otros, las burguesías, como conjunto, siguieron siendo las fuerzas económicas decisivas en las ciudades de desarrollo autónomo, y siempre aparecieron en su seno grupos obstinados en mantener cerradas sus filas. Y cuando perdieron poder político por el avance de los poderes territoriales, modificaron una vez más su estrategia y comenzaron a operar como grupos de poder y de presión sobre los nuevos señores. De su seno salieron, sobre todo, los consejeros económicos de los nuevos señores y la alta burocracia capaz de ajustar la organización del Estado a las nuevas circunstancias.

Por lo demás, los poderes territoriales prestaron, a la larga, un servicio decisivo a las burguesías. Se impusieron por la magnitud de su fuerza, muy superior a la de cualquiera de los bandos que se enfrentaban en las luchas civiles. Pero se impusieron, sobre todo, porque fueron capaces de establecer una suerte de paz social, que si bien no fue abiertamente favorable a las clases populares, favoreció a los sectores medios —a veces, su principal apoyo— y aun reconoció la existencia y ciertos derechos de los estratos más humildes. Teóricamente los señores territoriales se presentaban como neutrales en las luchas civiles, y por eso alguno de ellos, como el duque de Borgoña Felipe el Bueno, alcanzó considerable popularidad. En la práctica, sin embargo, reconocieron, como un hecho indiscutido, que las burguesías eran los grupos más importantes de las ciudades y las protegieron, sin perjuicio de que se apoyaran en el sector que mejor podía servir a su política. Así, las burguesías se beneficiaron con la paz social —que significaba el sometimiento de los díscolos grupos populares— y pudieron manejar sus intereses con más libertad y mayores beneficios. Así robustecieron también su prestigio social frente a las clases populares, la burguesía media y aun frente a la nobleza, cada vez más celosa de los sectores plutocráticos, más ricos, de hecho, que los terratenientes.

Sólo en algunas ciudades mantuvieron los grupos más oligárquicos de las burguesías todos los poderes: el social, el económico y también el político. En Venecia, en las ciudades suizas, en las hanseáticas y en algunas otras ciudades alemanas, la república urbana mostró la duradera eficacia de esos tenaces grupos de empresarios que conducían el gobierno de la ciudad con extremada sabiduría.

Cuando la crisis de contracción comenzó a ceder, al promediar el siglo xv, otra vez estaban asentadas las burguesías en el poder, aun cuando fuera ahora un poder de otro estilo. A cambio de la paz social, a cambio de un vasto mercado territorial protegido por un poder fuerte, a cambio de una protección difusa para sus actividades económicas, las burguesías fueron renunciando al poder político, seguras de conservar su poder social y económico. Su tendencia oligárquica se canalizó en la concepción mercantilista y en la defensa del sistema monopólico de comercialización. Su estrategia a largo plazo fue la expresión más refinada de la política del realismo: consistió en poner indirectamente al servicio de sus intereses económicos el poder político de los estados territoriales.

II. La radicalización de las democracias

Frente a las oligarquías asentadas en el poder, las clases populares, y especialmente aquellas que habían alcanzado cierto grado de organización a través de las corporaciones de oficios, insurgieron en defensa de sus derechos y en busca de privilegios, entre los cuales se contaba, fundamentalmente, la participación en el poder.

Ya en el siglo XIII se había manifestado esa insurgencia. Un patricio, Henri de Dinant, desencadenó en Lieja, en 1253, un movimiento popular que sacudió al poder oligárquico. En 1274 los obreros textiles de Gante se rebelaron y decidieron abandonar no sólo su trabajo sino la ciudad misma, tras lo cual la condesa Margarita suprimió al año siguiente el gobierno oligárquico de los XXXIX. Y en Florencia, en los últimos años del siglo, Giano della Bella encabezó la rebelión de las Artes menores y de la plebe, de la que surgieron los Ordinamenti della giustizia. Las oligarquías recuperaron su poder, pero las tendencias políticas de los grupos sociales que sufrían el peso de su autoridad quedaron en evidencia. Fue al insinuarse la crisis de contracción económica cuando esas tendencias se pusieron plenamente de manifiesto y desembocaron en movimientos tan ambiciosos como dramáticos.

Sin duda fue esa crisis la que precipitó la insurgencia de las clases populares contra los gobiernos patricios de las ciudades. Pero estaba en germen en la naturaleza misma de la nueva sociedad, puesto que en todos los campos de la economía de mercado —tanto de la producción manufacturera como del sistema de comercialización— se estimulaba la formación de una fuerza de trabajo que crecía en número y adquiría peculiaridades inusitadas. El creciente desarrollo de las manufacturas y las innumerables actividades terciarias requería un grueso número de gentes que trabajaran para los que las promovían con sus capitales y las dirigían en su propio beneficio. Eran gentes que convivían en el estrecho recinto urbano, trabajaban generalmente reunidos, compartían los mismos problemas y se comunicaban sus opiniones cotidianamente. Así llegaron a adquirir cierto grado de compacidad que dio a su creciente número una fuerza potencial capaz de despertarles el anhelo de luchar para mejorar su situación.

La economía de mercado era, por muchas causas, un sistema fluctuante. Y no sólo porque sus mecanismos eran ignorados, sino porque, en esa etapa de su desarrollo, todo era aleatorio. Eran aleatorios los mercados, tanto el interno como el externo, el grado de libertad con que debían desenvolverse, la moneda que debía usarse en las transacciones, las fuentes de aprovisionamiento de las materias primas, el sistema crediticio y financiero, todo podía parecer estable en cierto momento y desmoronarse poco tiempo después. Así, tanto el mercado de trabajo como el monto de los salarios sufrieron frecuentes y graves altibajos, cuyas víctimas fueron las clases trabajadoras. Hubo problemas generales que incidían sobre una extensa área y hubo problemas locales de cada ciudad o particulares de cada industria o sector comercial. Y cada vez que aparecían, las relaciones entre los trabajadores y los patronos se tornaban difíciles: más aún, porque los patronos ejercían también el poder político.

La respuesta de las clases populares fue diversa. Vastos sectores indiferenciados no pudieron sino alimentar su desesperación y soportar su hambre sin entrever posibilidad alguna de reacción. Pero los que estaban adscriptos a ciertas actividades bien definidas, con una relación de dependencia continua y estable, se agruparon en corporaciones de oficio que llegaron a poseer un número considerable de miembros, indudable fuerza en el seno de la ciudad, y sobre todo, una conciencia cada vez más clara de sus intereses y deseos. Ellos fueron los principales protagonistas de los movimientos que desafiaron el poder de los patricios, dueños de las ciudades al mismo tiempo que de las empresas económicas.

Si hubo causas socioeconómicas que promovieron esos movimientos, también hubo causas sociomentales. Frente a la conciencia de clase oligárquica apareció —más desdibujada, sin duda— una conciencia de clase de las gentes de oficio que constituían el núcleo principal de las pequeñas burguesías urbanas. También las clases populares indiferenciadas adquirieron una cierta idea de su situación, capaz de empujarlas a tumultos ocasionales sin objetivo fijo. En ocasiones ganaron la calle, cometieron desmanes, mataron y robaron. Pero ni sabían claramente qué querían —excepto desquitarse siquiera una vez de los males que los agobiaban— ni el sistema les permitía esperanza alguna de encontrar soluciones. Eran las suyas reacciones desesperadas. Distinta era la situación de las pequeñas burguesías y especialmente de las gentes de los oficios. Contra ellos se dirigía, sobre todo, la fiscalidad urbana, y contra su actividad y sus ganancias las medidas restrictivas que adoptaba el gobierno comunal manejado por los patronos. El primer rasgo de su difusa conciencia de clase consistía en sentirse explotados y, sobre todo, en sentirse pobres frente a los ricos. Pero inmediatamente se vislumbraban otros, sobre todo en cada circunstancia concreta. Entonces las gentes de los oficios se agrupaban alrededor de exigencias muy definidas, en las que coincidían todos los afectados por ciertas decisiones de las oligarquías, y de esa manera —pasiva al principio, activa después— cobraban conciencia progresivamente de cuáles eran sus intereses y de quiénes se les oponían. Pero entre tanto cobraban conciencia de su importancia en la vida económica y de que estaba en sus manos la posibilidad de que se desarrollara normalmente o de que se alterara. Así quedó probado cuando la secesión de los obreros textiles en Gante en 1274. Sólo que la importancia de los diversos grupos de la pequeña burguesía y de las clases populares indiferenciadas era distinta en las diversas actividades, como era distinto el grado de cohesión de sus miembros y la claridad con que percibían sus objetivos finales. Por eso era difusa su conciencia de clase en relación con la que animaba a los grupos oligárquicos.

Con todo, de ella derivaron las nuevas actitudes políticas de las pequeñas burguesías. Mientras las oligarquías traducían las suyas en acciones continuas y positivas, las de aquéllas se manifestaron como reacciones ocasionales frente a los actos de sus adversarios, que parecían detentar, real o virtualmente, la iniciativa. Aun cuando las pequeñas burguesías triunfaran en un episodio —que en muchos casos podía ser duradero—, las oligarquías conservaban una capacidad de contraataque que no se les ocultaba a sus adversarios, tanto por su fortuna y la fuerza de la red económica de que formaban parte como por los aliados que podían movilizar. La lucha por el poder era, pues, desigual, y las pequeñas burguesías la emprendieron una y otra vez con el mismo criterio pragmático y realista que utilizaban las oligarquías, en las que concentraban su hostilidad.

Para esa lucha, la pequeña burguesía apenas podía contar con su propia fuerza. Los miembros de las burguesías medianas no tenían generalmente la vocación de aproximarse a sus inferiores, porque acariciaban la idea de ingresar de algún modo en los más altos rangos de la sociedad si crecía su fortuna o lograban emparentarse por matrimonio con alguno de los grandes linajes; y si, como clase, intentaron algunas veces forzar la mano a las oligarquías, prefirieron actuar solos, o le ofrecieron su apoyo a algún aspirante al principado, o buscaron el de la plebe indiscriminada. En rigor, las burguesías medianas temían a las gentes de oficio tanto como la temían las oligarquías, no sólo porque también se componían de patronos sino porque las corporaciones constituían la única fuerza social comparable —en organización, fuerza y disciplina— a las oligarquías. Por su parte, las clases populares indiscriminadas miraban también con recelo a las gentes de oficio, en las que veían una suerte de aristocracia popular. Acaso porque no sabían qué exigir de esa sociedad en la que ocupaban una posición prácticamente marginal, se movieron cuando los poderosos las halagaron, les ofrecieron algo gratuitamente o, simplemente, les proporcionaron la ocasión para un desborde en el que satisfacían momentáneamente sus resentimientos. Pero no tenían coherencia ni organización ni definidas esperanzas como para sumarse a una lucha en pos de responsabilidades y derechos políticos que instintivamente sabían que no podían alcanzar.

La pequeña burguesía y especialmente las gentes de oficio estaban, pues, prácticamente solas frente a las oligarquías. Sólo ellas tenían capacidad de lucha y, por lo menos, cierta claridad sobre sus objetivos. No excesiva, sin duda, porque el distingo entre sus fines socioeconómicos y sus fines políticos aparecía en su conciencia inevitablemente confuso. En el fondo, aspiraban fundamentalmente a concretas reinvindicaciones sociales y económicas; pero sintiéndose impotentes en ese campo —cuyos mecanismos, por lo demás, ignoraban— enfocaban su acción hacia el campo político, convencidos de que si alcanzaban el poder lo demás les sería dado por añadidura. Era, por otra parte, una concepción generalizada y de la que participaban las oligarquías y los poderes territoriales. El mismo Maquiavelo la compartiría. Parecía evidente que quien tenía el poder alcanzaba la riqueza. Era, ciertamente, una concepción premercantilista, anterior al desarrollo de la economía de mercado. Pero aunque no faltaron observaciones ocasionales sobre la influencia de la economía sobre el poder, la experiencia de la nueva economía no bastó para desvanecer aquella idea. Las gentes de oficio, sin perjuicio de puntualizar en cada caso cuáles eran las situaciones que rechazaba o las medidas a que se oponían, radicaron su programa máximo en la conquista total del poder, admitiendo como etapas de ese plan la participación parcial en él.

Si la conquista total del poder por las gentes de oficio representó, de hecho, la sustitución de una oligarquía por otra, con el mismo carácter exclusivista, la participación en él constituyó una especie de pacto entre dos oligarquías. Si han podido ser considerados como democráticos los regímenes que surgieron de la insurgencia de los oficios, ha sido solamente por extensión, y porque, en cierto modo, eran más democráticos que los tradicionales en la medida en que eran representativos de una parte más amplia de la sociedad. Pero los movimientos de los oficios no tuvieron nunca como meta ampliar la representatividad popular del gobierno comunal más allá de los límites de sus propias filas, restringiéndola, por lo demás, en el otro extremo mediante la limitación de los representantes de la alta burguesía y, de ser posible, su exclusión total.

En esto consistió, en primer término, la progresiva radicalización del proceso político desencadenado por las gentes de los oficios. En Lieja, los oficios habían conseguido en 1303 compartir por mitades los puestos en el consejo de los jurados con el patriciado. Pero ante una reacción de éstos, estalló en 1312 el movimiento llamado los “Maitines de Lieja”; los artesanos se lanzaron a la calle y acometieron a los patricios, algunos de los cuales murieron combatiendo y otros quemados en una iglesia que los insurgentes incendiaron. La paz de Angleur, firmada en 1313, confirmó la creciente importancia de los oficios, pero una nueva reacción oligárquica les arrebató en 1331 sus conquistas, hasta que otra rebelión restauró en 1343 el sistema de la paridad entre patricios y gentes de los oficios, quedando establecidas las normas en la llamada Carta de Saint-Jacques. A partir de ese momento, la radicalización del movimiento artesanal fue en aumento. En 1369 los patricios fueron excluidos del consejo y sólo permanecieron en el escabinado, que funcionaba como un simple tribunal. Una disposición que exigía a los patricios inscribirse en uno de los oficios acentuaba su dependencia. Ellos mismos decidieron en 1384 abandonar toda función pública ante la fuerza de la presión popular.[142] En Estrasburgo se produjo contemporáneamente un proceso semejante. Los oficios habían alcanzado un primer triunfo en 1332 cuando volcaron su apoyo al patriciado burgués contra el patriciado noble: ingresaron por primera vez al consejo y demostraron una tenaz energía para defender y consolidar sus posiciones. Pero como el patriciado burgués intentó avasallar tanto a las gentes de los oficios como al patriciado noble, se produjo entre estos últimos una alianza que terminó en la revolución de 1349. Los oficios dominaron desde entonces la situación y fue designado un carnicero para el cargo de ameister, el más alto de la ciudad y superior a los cuatro burgomaestres. La situación se radicalizó en 1362, cuando se constituyeron nuevas corporaciones de oficios que acrecentaron el poder del conjunto. Se estableció que los artesanos conservaban su condición de tales aunque acrecentaran su fortuna o se emparentaran con el patriciado; y en respuesta a este estrechamiento de las filas de la pequeña burguesía, los grupos patricios —nobles o burgueses— cerraron las suyas pero al precio de debilitar aún más su posición política. La situación se hizo tan difícil para ellos que en 1419 un crecido número de patricios abandonó la ciudad, tras lo cual los oficios impusieron en 1420 una nueva carta por la cual reducían el número de sus puestos en el consejo a un tercio, contra dos tercios reservados a las corporaciones. Esta situación se consolidó con el tiempo.[143] No ocurrió lo mismo en Florencia, donde el programa de quienes encabezaron el movimiento de los ciompi en 1378 tuvo efímeros resultados. Sólo duró cuatro años el audaz experimento político y social que desencadenó el gonfaloniero de justicia Salvestro de Medici y precipitó el conductor de las clases populares Michele di Lando. El primero, con indiscriminado apoyo popular, había logrado introducir a las Artes menores en el gobierno; pero el movimiento se radicalizó bajo la inspiración de Michele di Lando. Tras violentos disturbios, se constituyeron tres nuevas corporaciones, de las cuales una agrupaba a todos los trabajadores que no tenían oficio fijo y que eran, de hecho, el más humilde estrato social. Unidas a las existentes formaron una consortería de las artes menores, que logró imponer a la comuna florentina un nuevo régimen en el que las corporaciones que la integraban alcanzaron un fuerte predominio a través de los magistrados surgidos de su seno. Pero el popolo grasso estrechó sus filas y el experimento radical quedó frustrado en 1382.[144]

En otras ciudades se produjeron procesos sociales y políticos semejantes, sobre todo en Magdeburgo en 1330 y en Colonia en 1396. Y en distinta escala, con diferentes resultados y diverso grado de perduración, se produjeron en Braunschweig en 1386 y sobre todo en 1485, en Génova en 1378, 1383 y 1399, en Bremen en 1418, en Stettin en 1420, en Bremen en 1427, en Rostock en 1439, en Münster en 1454. Arrastradas por la dinámica del proceso de cambio, las pequeñas burguesías y las clases populares indiferenciadas se lanzaban a la aventura revolucionaria sin calcular en cada caso las posibilidades reales de éxito y acaso poniendo en peligro posiciones ya conquistadas.

Ese comportamiento político fue el resultado de la radicalización de esas clases. Pero esa tendencia no se manifestó solamente en el afán de apoderarse del poder y excluir de él a los patricios. También se puso de manifiesto en su despreocupación absoluta por los intereses colectivos de la ciudad, que muchas veces comprometieron irreflexivamente vulnerando el sistema económico en el que estaban insertas, con tal de abatir a las clases que lo usufructuaban. Y se puso en evidencia también en la lucha que en ciertas ciudades se desató entre los oficios, cada uno de los cuales quiso aprovechar el triunfo de todos en beneficio propio, sin vacilar en la aniquilación de los oficios rivales por medio de una guerra ensañada. Así ocurrió en Gante y Brujas donde el conflicto de los tejedores con los otros oficios ensangrentó ambas ciudades durante las décadas que transcurren entre la muerte de Jacques van Artevelde en 1345 y la batalla de Roosebeke en 1382. Llevada hasta sus últimas consecuencias, la radicalización de su política puso muchas veces en peligro la posición de las pequeñas burguesías, que si bien podían alcanzar el poder político por la fuerza no estaban en condiciones de sustraer al patriciado y a las burguesías medianas el poder económico. Sólo una política intermedia, basada en alianzas con otras fuerzas, podía asegurarles el mantenimiento de sus conquistas.

Justo o desacertado, prudente o no, ese comportamiento político de las pequeñas burguesías y las clases populares indiferenciadas fue también, como en el caso de las oligarquías, resultado de una estrategia pragmática y realista. Sólo que aquéllas no poseían la experiencia política de las oligarquías ni podían conocer, siquiera, las reacciones de las heterogéneas fuerzas sociales que liberaban al comenzar su acción. Su pragmatismo consistió sobre todo en atrapar la ocasión cuando parecía presentársele como favorable y su realismo en defender sus intereses inmediatos utilizando todos los recursos a su alcance. Si los programas y los fines solían ser difusos y no suficientemente estudiados en relación con sus posibilidades, la acción fue pragmática y realista en relación con las circunstancias del momento en cada lugar.

Predispuestos a la acción por resentimiento de clase, por ambición de poder o por el anhelo de mejorar su condición social y económica, las pequeñas burguesías y las clases populares indiferenciadas se lanzaron a ella cuando se polarizaron frente a una coyuntura favorable. Fue el enemigo, generalmente, el que marcó el momento de la acción. Algunas veces fue el establecimiento de un impuesto gravoso lo que suscitó la exaltación popular, como en Braunschweig en 1374. Otras fue una explosión de cólera popular por la persistente presión socioeconómica y política de las oligarquías en general o de alguno de sus miembros en particular. Pero lo que pareció más frecuentemente indicar el momento de la acción fue un debilitamiento ocasional de las oligarquías. Sometidas a influencias encontradas, como en las ciudades flamencas que desde principios del siglo XIV oscilaban entre el poder político de la monarquía francesa y la apertura económica ofrecida por Inglaterra, parecía posible introducirse en la brecha hasta quebrar su poder. Enfrentadas con el aliado tradicional, como la oligarquía florentina que rompió en 1376 sus vínculos con el Papado, su capacidad de resistencia parecía disminuida. Pero aún más visible fue su debilitamiento cuando quedó a la vista una fractura producida en sus filas dentro del ámbito de la ciudad y por causas internas.

El proceso que hizo crisis en Lieja en 1303 y llevó a las gentes de oficio a participar en el poder se desencadenó cuando la oligarquía impuso un nuevo impuesto sobre los artículos de consumo. Pero no sólo por eso, sino porque encomendó el cobro a una legión de jóvenes patricios que convirtieron la recaudación en una especie de cruzada antipopular. Empero, la oligarquía pasaba por un mal momento a causa de la rivalidad que había estallado en 1297 entre dos linajes nobles —los Awans y los Waroux—, y en esa guerra se vieron enredados los patricios que tomaron partido por uno u otro. Fue la circunstancia que los oficios juzgaron oportuna para lanzarse al ataque contra el sistema. Cosa semejante ocurrió en Estrasburgo en 1332. Dos familias burguesas particularmente influyentes —los Zorn y los Müllenheim— se enfrentaron y las gentes de oficio intervinieron apoyando a los patricios de origen burgués: fue entonces cuando lograron por primera vez conquistar un número importante de puestos en el consejo.

Esas fracturas correspondían a la estructura tradicional de la oligarquía. Pero en otros casos se produjeron a causa de nuevos fenómenos sociales y económicos. Junto a las viejas familias surgieron, en diversas ciudades y en distintos momentos, nuevos grupos que crecieron en importancia por su ascendente fortuna pero que encontraron cerrado el camino hacia el poder por la actitud oligárquica de aquéllas. Ricos comerciantes desencadenaron la larga crisis de Génova apelando —desde la época de Simon Boccanegra— al difuso apoyo de las clases populares contra las viejas familias gibelinas. Al calor de esas disensiones estallaron los infructuosos movimientos populares de 1378 y 1383; pero en 1399 la lucha entre las facciones se precipitó según la actitud de cada una frente a la dominación francesa, y los populares instituyeron en mayo un gobierno —el Consiglio dei Quindici— formado sólo por ellos. Duró poco, pero en noviembre hicieron un nuevo intento y establecieron un nuevo gobierno designando cuatro Priores de las Artes. Todo acabaría al restablecerse la autoridad francesa representada por el mariscal Boucicaut. Ricos comerciantes promovieron otros tumultos populares. Salvestro de Medici lanzó en Florencia a las Artes menores contra la oligarquía, abriendo en 1378 el caminó del tumulto de los ciompi; Paternostermaker desencadenó en Lübeck la rebelión de los carniceros en 1384; Karsten Sarnow inició en Stralsund el movimiento de 1385. Efímeras unas veces y duraderas otras, las rebeliones de las pequeñas burguesías y las clases populares indiferenciadas sólo pudieron comenzar y alcanzar algún éxito no sólo cuando la oligarquía había perdido su cohesión sino cuando pudieron contar con el apoyo de algún sector económicamente más poderoso que ellos, más influyente y arraigado de alguna manera en la tradicional estructura económica, aunque fuera en condiciones precarias. Por eso la conquista total del poder les fue muy difícil, en tanto que lograron perdurar las fórmulas transaccionales reflejadas en constituciones mixtas. Para alcanzarlas, las pequeñas burguesías —más organizadas que las otras clases populares y con objetivos más claros— fundaron generalmente su estrategia política —pragmática y realista— en alianzas que les prestaban un punto de apoyo en el sistema.

Muy diversos grupos aceptaron la alianza popular. En Lieja, ya en 1285 se vio formar un frente constituido por los oficios y el clero para oponerse al establecimiento de un nuevo impuesto. En la revolución de 1303 esa alianza reapareció, y volvió a verse en la de 1343, esta vez robustecida con la de un sector patricio. En Brujas, la rebelión de 1302 contó con el apoyo de los descendientes del conde de Flandes, hostilizado por el patriciado —los lyliaerts— al que respaldaba el rey de Francia. En Braunschweig, en 1374, apoyaron a los oficios los comerciantes de la mediana burguesía. Y en Stralsund, en 1385, fue una parte del patriciado la que combatió a su lado para acabar con el predominio de los Wulflam, una de las familias de su seno. Tales movimientos, si triunfaban, debían desembocar en regímenes transaccionales, cuya vigencia duraría hasta que, en algunos casos, se radicalizara la política de los oficios.

Sin duda otros factores contribuyeron para que se iniciaran los movimientos populares. La situación internacional que originó la guerra de los Cien Años —cuyo transcurso coincide con este período— produjo innumerables coyunturas críticas en diversos lugares. Hubo unas veces anarquía y relajación del sistema de autoridad y dependencia; otros intensos conflictos entre los grupos dominantes; en muchas ocasiones la escasez, la desocupación, la miseria y el hambre crearon una aguda exaltación de los ánimos colectivos; y fue frecuente que contribuyera a soliviantarlos la prédica del clero urbano —frailes mendicantes sobre todo— que siempre tenía un acento popular y que algunas veces alcanzaba matices revolucionarios.

Hubo, además, fenómenos de contagio. La intensidad de los movimientos artesanales ocurridos en las ciudades flamencas —Brujas, Gante, Ypres— sacudió la imaginación de las gentes de oficio en otras ciudades de diversos países. Repercutieron en algunas ciudades brabanzonas y en Lieja, que, a su vez, influyó sobre ciertas ciudades holandesas —Utrecht, especialmente— y muchas de Alemania que imitaron las nuevas instituciones. Las agitaciones de las ciudades hanseáticas se transmitieron entre ellas y el movimiento florentino tuvo repercusión en Génova. No siempre las condiciones sociales y políticas eran las mismas ni la ocasión igualmente favorable; pero la tendencia de las gentes de oficio sí eran las mismas y se avivaban ante el ejemplo de sus pares de otras ciudades. Alguna vez, como en Flandes en 1324, los artesanos se lanzaron a la insurrección en Brujas, con los tejedores a la cabeza, arrastrados por el clima revolucionario que crearon los campesinos del Flandes marítimo.

No influyó menos la aparición de caudillos políticos con fuerte atractivo personal entre las clases populares. No faltaron, por cierto, los demagogos inexpertos que no sólo no ayudaron a precisar los objetivos de la lucha y las formas de acción inmediata sino que, por el contrario, embarcaron a los grupos rebeldes en aventuras más radicales de lo que las circunstancias toleraban. Pero hubo los que, al frente de movimientos de objetivos difusos, lograron concretarlos e incluirlos dentro del cuadro político coyuntural acrecentando las posibilidades de éxito. De los más decididos y con inequívocas condiciones de conductor fue el caudillo de los minuti florentinos rebelados en 1378: “Un tal Michele di Lando —escribía un cronista contemporáneo—,[145] peinador o más bien el que dirigía a los cardadores y peinadores, factor de tienda de lana, enarbolaba el estandarte del popolo minuto, aquel que se había arrebatado de la casa del verdugo; llevaba zapatos sin calzas. Con ese estandarte en la mano penetró en el palacio con todo el pueblo que lo quiso seguir y subiendo las escaleras llegó hasta la sala de reunión de los prepósitos y allí se detuvo. Se le concedió, por aclamación popular, la señoría y determinaron que fuera confaloniero y señor. Hizo entonces redactar algunos artículos y los dio a conocer al pueblo: constituyó como síndicos de las artes a aquellos que le plugo, para que transformasen la ciudad. Fue así como durante todo ese día hasta el siguiente, mediada la hora nona —por más de veintiocho horas— este Michele di Lando, peinador, fue señor de Florencia.” Pero la figura más significativa del vasto movimiento de los oficios fue Jacques van Artevelde, patricio de Gante que se transformó en 1338 en el jefe de un gobierno de coalición patricia y popular para enfrentar la grave crisis por la que atravesaba la ciudad ante la presión de Eduardo III de Inglaterra. Esa coalición le pareció indispensable, y para constituirla introdujo en el gobierno a los tejedores, el más importante de los oficios ganteses y que había sido desalojado del poder en 1320. Así obtuvo el apoyo de los oficios, pero sin perder el del patriciado, porque la política que condenaba era la del conde de Flandes, a la que él oponía la del entendimiento con Inglaterra. Era lo que juzgaba mejor para Gante y para todo Flandes, y a este objetivo subordinó su política social, inserta en el cuadro de una política general que no excluía a los patricios productores de riqueza. Cuando el dominio de Gante se afianzó sobre Flandes, los excesos del gobierno influido por los oficios minaron su prestigio. Y al enfrentarse luego los diversos oficios en el seno de la ciudad, los tejedores abandonaron a Jacques van Artevelde —ahora acusado por su política proinglesa— y el caudillo cayó asesinado en un tumulto popular que encabezaban los tejedores.[146]

Los movimientos triunfantes de las pequeñas burguesías, preferentemente encabezados por las corporaciones de oficio, desembocaron en cambios institucionales, aun cuando detrás de la letra de los estatutos se vislumbraran distintas actitudes que impregnaban a las instituciones de caracteres diversos. Fue el caso de Lieja, donde los términos relativamente moderados de la Carta de Saint-Jacques de 1343 se vieron sobrepasados con el tiempo hasta el punto de que, después de 1384, sólo ocupaban puestos en el consejo miembros de los oficios. Pero lo que tuvo influencia en muchas ciudades no fue esta variante radicalizada de hecho sino la concepción originaria de la Carta de Saint-Jacques, que establecía un consejo constituido por partes iguales de patricios y gentes de oficio. En un grado intermedio, algunos estatutos —como la carta concedida a Brujas en 1304—, otorgaba mayoría de puestos a los oficios tanto en el escabinado como en el consejo. En general, quedó consagrado en el siglo XIV, en muchas ciudades, el principio que Florencia había establecido a principios del XIII excluyendo a los nobles del gobierno, pero radicalizándolo en algunas hasta el punto de excluir también a los patricios. Sin embargo, por diversos mecanismos el patriciado pudo seguir formando parte del gobierno: fuera porque los oficios admitían espontáneamente —o se veían obligados a admitir— la coparticipación de alguno de sus sectores, fuera porque algunos patricios se avenían a cumplir el requisito de inscribirse en uno de los oficios, como fue taxativamente establecido en Florencia o en Lieja. En general, nada más que en momentos de gran exaltación —o de gran obnubilación— pudo pensar el movimiento de los oficios en asumir solo el gobierno de las ciudades de desarrollo autónomo. Los hechos mismos lo forzaron a buscar alianzas que se tradujeron luego en concesiones a otros grupos sociales, o a aceptar, como límite de sus aspiraciones, formar parte de él si sus fuerzas no le permitían imponer condiciones. Otras medidas complementaron el cuadro del nuevo sistema institucional, relacionadas con el sistema de elección de los miembros de los cuerpos colegiados, el equilibrio entre las diversas corporaciones, el distingo entre las funciones judiciales, políticas y administrativas, las condiciones del servicio militar, o las disposiciones sobre condiciones de trabajo, salario o protección a las clases populares en situaciones críticas.

Sólo esporádicamente apareció una política de fondo en relación con el predominio que las oligarquías ejercían sobre las actividades económicas. Cuando apareció, fue en favor de las burguesías medianas, como ocurrió en Brujas cuando, en 1302, se concedió a todos los burgueses el derecho de comerciar que hasta entonces había sido monopolio de los patricios. Pero, en general, el mecanismo económico que consolidaba la dependencia de los oficios no atrajo aparentemente la atención de éstos, y no hubo, en consecuencia una estrategia dirigida hacia su modificación. Hubo, sí, una total despreocupación por las consecuencias que para la economía general de la ciudad tenían los conflictos sociales y el hostigamiento de las clases poseedoras que la promovían y desarrollaban. Y la consecuencia fue un empobrecimiento general de muchas de ellas, acaso más notables porque, en la crisis, crecieron y se consolidaron muchas fortunas particulares de antiguos y de nuevos ricos.

El empobrecimiento general de las ciudades fue, a la larga, una de las causas del fracaso de los movimientos populares, que se sumó a la impotencia de los sectores rebeldes tanto para manejar el aparato productivo como para ejercer solos el gobierno. Limitada su acción por efecto de la crisis económica, los oficios se deslizaron hacia una política exclusivista en defensa de sus propios intereses, que no fue, finalmente, la defensa del conjunto mancomunado de los oficios sino la de cada uno de ellos contra los demás. Esa guerra interna de la pequeña burguesía —que alcanzó caracteres dramáticos en Brujas y Gante en las décadas que siguieron a la muerte de Artevelde— no sólo debilitó su propia fuerza sino que la aisló del resto de las clases populares, de cuya suerte se desentendió. El conjunto del sector revolucionario mostró su heterogeneidad, su falta de cohesión y su incapacidad para encontrar unas bases mínimas de coincidencia que le permitieran obtener un éxito definitivo frente al sector de la burguesía manufacturera, financiera y comercial.

Éstas, por su parte, habían conservado su predominio económico y social, y lo acrecentaron mediante una política de alianzas con los poderes territoriales. Cuando la economía empezó a salir de la crisis, la gran burguesía estaba en condiciones de aprovechar a fondo las nuevas oportunidades que ofrecía la ampliación de los mercados y la restauración del orden social y político.

El proceso dejó, en el largo plazo, un saldo favorable. Las ciudades de desarrollo autónomo habían puesto en funcionamiento una política realista y pragmática que fijó el peso justo de cada uno de los sectores de la nueva sociedad en un ámbito plenamente mercantilizado. La gran burguesía y la mediana representaban el capital. Los oficios representaban el trabajo. Eran los dos términos inseparables e indisolubles de la nueva economía mercantil y de la nueva sociedad típicamente burguesa. Quedaban fuera de este cuadro las viejas aristocracias señoriales, excepto cuando sus miembros se incorporaban a las filas de la gran burguesía, y la masa de las clases populares indiferenciadas, eventualmente utilizables dentro del sistema mercantilista pero sin relevancia social. El ajuste de las relaciones entre los dos sectores protagonistas del sistema creó, sobre los vestigios de las concepciones tradicionales que la política realista y pragmática había desvanecido, el modelo de las relaciones fundamentales del nuevo mundo urbano y burgués.

Ciertamente, el mundo urbano y burgués era, a su vez, sólo uno de los polos de la sociedad global. Pero su fortalecimiento y su explícita definición permitió que presionara sobre las estructuras feudales y territoriales y las constriñera hasta forzarlas a integrarse con él. Así se vio claramente en los estados territoriales, en los que la política realista y pragmática logró elaborar el nuevo cuadro de relaciones en un mundo transaccional, feudoburgués.

III. El desarrollo del autoritarismo urbano

El nuevo mundo urbano y burgués se había constituido como un conjunto de enclaves en la sociedad feudal, que era, desde el punto de vista político, una sociedad bifronte. Para los grupos privilegiados regía un sistema contractual en el que la obediencia del inferior tenía como contrapartida expresas obligaciones del superior y en el que los vínculos, puesto que eran contractuales, podían disolverse. Para los grupos no privilegiados, por el contrario, regía un sistema autoritario que obligaba a sus miembros a una dependencia sin contrapartida y a una sujeción irreversible, como si correspondiera a un estado de naturaleza. En esa sociedad, el mundo urbano y burgués constituyó, sobre la base de sociedades integradas muchas veces por gentes que provenían de las clases dependientes, un conjunto de enclaves en los que se instauró también un sistema político contractual: se era burgués de una ciudad cuando se integraba una “comuna jurada” o cuando, simplemente, se aceptaban los términos de un compromiso expreso sobre obligaciones y derechos. Por eso parecieron sociedades democráticas, aunque, en rigor, eran, como la sociedad de los privilegiados, sólo contractuales. Las obligaciones y derechos se convenían entre los miembros de una comunidad, y sólo de una manera vaga, alimentada por el igualitarismo evangélico, pudo pensarse alguna vez que podían extenderse a todos en un sistema abierto.

Las nuevas sociedades contractuales de las ciudades burguesas padecieron, desde el principio, ciertas contradicciones difíciles de superar. Políticamente constituían núcleos cerrados que sólo se extendían cautelosamente mediante la concesión del derecho de burguesía. Pero desde un punto de vista social y económico estaban destinadas a ser sociedades abiertas, puesto que estaban montadas sobre la nueva economía de mercado, en plena expansión hasta fines del siglo XIII. Focos de esa economía, las ciudades crecieron y desbordaron a los núcleos políticos originarios, cerrados desde el primer momento pero que se cerraron cada vez más convirtiéndose en estrechas oligarquías. Frente a ellas, las nuevas olas de población se hallaban fuera del contrato originario. No buscaron el establecimiento de ilusorias democracias masivas —que no pudieron ser ni siquiera pensadas—, sino, simplemente, la revisión y ampliación del contrato originario. Ellas tenían razones y las oligarquías tenían las suyas. La busca de nuevas formulaciones contractuales se hizo a veces a través de la negociación y otras veces por medio de la acción violenta. Pero los intereses eran inconciliables y la situación paradójica, puesto que las grandes masas que requería la nueva economía podían gravitar profundamente dentro del ámbito urbano pero no podían llegar a controlar la estructura económica. Sólo les quedaba la ilusión de lograrlo conquistando el poder. Las oligarquías, por su parte, sólo confiaban en el poder para conservarlo. De la inestabilidad social y de la insoluble contradicción de intereses surgió la convicción, de una y otra parte, de que sólo la posesión del poder autoritario —no contractual— podía zanjar las diferencias. Así se vio, en las ciudades de desarrollo autónomo, que procuraban, en principio, resolver sus problemas manteniendo su relativa o total independencia, una tendencia progresiva a establecer regímenes políticos no contractuales sino definidamente autoritarios. Unas veces emergieron de las propias sociedades. Pero el juego del poder se vio arrastrado por sus propias leyes, y junto a los que luchaban por conseguirlo para asegurar su dominio sobre la sociedad y la economía, aparecieron los que luchaban por el poder mismo, y por la riqueza que ofrece gratuitamente el poder. Hubo, en otras ciudades, poderes territoriales que intervinieron y pusieron fin al desarrollo autónomo de algunas que hasta entonces habían podido conservarlo, imponiendo su propia autoridad. Las que lo mantuvieron, como las ciudades alemanas libres, las de la Hansa especialmente, y las ciudades suizas, consolidaron sus regímenes oligárquicos que, en el clima político general, pudieron asegurar una estabilidad social que sólo sacudió la tormenta de la Reforma.

La marcha hacia el autoritarismo en las ciudades de desarrollo autónomo puso de manifiesto todo el alcance de la política del realismo. Las revoluciones burguesas habían instaurado en las ciudades regímenes políticos contractuales que, aun conteniendo resabios del sistema feudal, constituyeron una renovación en la percepción de las relaciones entre la realidad social y el poder. Pero, si en un principio el poder fue percibido nada más que como un instrumento eficaz para alcanzar nuevos fines, en las nuevas sociedades que se constituyeron dentro del cuadro de la nueva economía empezaron a aparecer quienes percibieron el poder como un fin en sí mismo. Y no fueron sólo los que creyeron que el poder traía consigo un fulminante ascenso social, sino también los que veían en él un modo de alcanzar la riqueza, o de proyectar su personalidad hacia un primer plano, o simplemente los que descubrían en él la conjunción de las dos posibilidades: la riqueza y la gloria. La busca del poder por sí mismo, desprendido de otra finalidad, desarrolló hasta sus últimas consecuencias las tendencias implícitas en la política del realismo.

La nueva sociedad produjo un tipo de hombre nuevo, cuyos caracteres se acentuaron a partir de la crisis de contracción del siglo XIV. Todo principio de legitimidad tradicional había entrado en crisis al compás de la crisis del Imperio y del Papado y de la trasmutación del sistema feudal. Cada vez más adquirieron rápido consenso la nueva riqueza y la nueva gloria, tras de las cuales se movían hombres nuevos y, a veces, hombres renovados que buscaban su camino en la política. Porque no faltaron quienes pertenecían a las viejas estructuras y supieron cambiar sus esquemas tradicionales; pero acaso fueron más los que emergieron de la nueva sociedad y buscaron el ascenso social y la afirmación de su personalidad singular a través de la obtención de la riqueza y la gloria por el camino del poder. Nuevos o renovados, ellos fueron los que extremaron el realismo político y delinearon un mundo del poder que empezó a funcionar según su propia ley y desprendido de los fines para los cuales otros querían conquistarlo y hacerlo servir.

Capacidad para abandonar viejos principios —ya convertidos en prejuicios— y para decidirse a embarcarse en empresas desusadas pero sugeridas por las circunstancias reales, pusieron de manifiesto Simon Boccanegra, Salvestro de Medici o Cola di Rienzo. Todos tenían un sostén en la estructura tradicional y todos pretendieron modificarla con el apoyo de fuerzas nuevas que podían atraer y aglutinar a su alrededor para constituir con ellas un poder personal. Pero en quien se vio más claramente identificar las nuevas fuerzas sociales que podían lanzarlo hacia la conquista del poder e iniciar esa conquista sin otro objetivo que su logro fue en Gualtieri di Brienne, elegido en 1342 como “capitán y conservador del pueblo” en Florencia. Giovanni Villani subraya todos los rasgos del personaje.[147] Una vez llegado a la ciudad se alojó en Santa Croce, lugar de los hermanos menores “por conveniencia, por sagacidad o por lo que sucedió después”; y por consejo de algunos grandes decidió adueñarse del poder, pero sobre todo porque “vio la ciudad dividida” y porque “estaba deseoso de dinero”, puesto que “aunque tuviese el título del ducado de Atenas, no lo poseía”. Villani —también él un realista— puntualiza las arduas maquinaciones de los diversos grupos sociales y, sobre todo, la buena disposición de los grandes, por una parte, y de la pequeña burguesía y el popolo minuto por otra. Así se hizo señor de Florencia, en perjuicio de la oligarquía. “El popolo minuto tuvo gran alegría porque había puesto mano en el gobierno; y cuando el duque cabalgaba por la ciudad, iban gritando: ¡Viva el Signore!” Cuando vio su poder amenazado, se alejó de los nobles y consolidó su base política apoyándose sólo en “los carniceros, los viñateros, los cardadores y los artifici minuti”. Entre tanto, impuso fuertes gabelas y “en diez meses y dieciocho días que reinó como señor, vinieron a sus manos… cuatrocientos mil florines de oro sólo de Florencia, sin contar los que trajo de otras tierras vecinas que él señoreaba, de los cuales envió a Francia y a Puglia más de doscientos mil florines de oro”. Levantó fortaleza, formó ejércitos, mató enemigos, hasta que, finalmente, sucumbió ante la coalición de todos los grupos poseedores.

Aparentemente justificado por el apoyo popular, el duque de Atenas no era, sin embargo, un político florentino que encabezaba una lucha de clases. Era, solamente, un aventurero que buscaba apoyo para una aventura personal cuyo fin era el poder mismo, y con él la riqueza. Aventureros de diversa categoría, pero de estilo semejante, aparecieron desde fines del siglo XIII pero proliferaron en el XIV y sobre todo en Italia. Al frente de las compagnie di ventura, los condottieri ofrecieron una fuerza organizada y eficaz a los estados que carecían de ella o que querían desprenderse de la que tenían a causa de su dependencia señorial. Hubo extranjeros que reclutaron sus fuerzas no sólo en Italia sino también entre los soldados de oficio, ocasionalmente ociosos, que participaron en las guerras entre Inglaterra y Francia. El inglés John Hawkwood fue quizá el más famoso; pero no lo fueron menos Anichino di Bongarden, Alberto Sterz, jefe de la Compagnia Bianca, ambos alemanes como Guarnieri d’Urslingen, que declaraba en su lema: “Io sono Guarnieri duca, capitano della Gran Compagnia, nemico di Dio, di pieta e di misericordia.” Pero fueron los italianos los más numerosos, capitanes brillantes algunos, como Nicolò Piccinino, Alberico da Barbiano, Nicolò de Montefeltro, Guidoriccio da Fogliano, y más tarde Carmagnola, Carlo Malatesta, el duque de Urbino, Federico de Montefeltro, Francisco Sforza o Nicolò de Tolentino. Dos de ellos, que sirvieron a Venecia —Colleoni y Gattamelata— merecieron el homenaje de las estatuas ecuestres que se les levantaron en Venecia y Padua, obra de Verrocchio y Donatello. De otros pintaron sus retratos artistas notables: Simone Martini el de Guidoriccio da Fogliano, Paolo Ucello el de John Hawkwood, Piero della Francesca el del duque de Urbino, Andrea del Castagno el de Nicolò de Tolentino y el de Pippo Spano y Antonello de Mesina el de uno desconocido y arquetípico. Humanistas ilustres escribieron sus biografías, tan reveladoras de la inusitada significación del personaje y de su variada imbricación en las situaciones políticas de su tiempo como la que Vespasiano da Bisticci hizo del duque de Urbino o las que escribieron Crivelli o Simonetta.

Ciertamente, tanto la personalidad de los condottieri como sus actos impregnaron la vida política de un realismo casi brutal, y no sólo en las ciudades de desarrollo autónomo sino también en el reino de Nápoles y en el estado Pontificio. Manejaron la más importante fuerza militar que operaba tanto en los conflictos entre los estados como en los procesos políticos internos de cada uno de ellos, pero manteniéndola ajena a los cuadros institucionales y conservando una notable autonomía, que les permitía inclinar la balanza en favor de uno u otro contendiente, conquistar nuevos territorios para un estado o apoyar en cada uno de ellos a algunos de los aspirantes a apoderarse del gobierno. Inestables como entidades políticas, las ciudades carecían de un ejército propio, rasgo sobre el que discurrió reiteradamente Maquiavelo cuando quiso explicarse el extraño destino que habían corrido.[148] Se lo proporcionaban los condottieri, pero a costa de instalar por entre los hilos de la red política institucionalizada una subestructura de poder no comprometida con las estructuras políticas. A veces sostenían los condottieri guerras particulares que se entrecruzaban con las que sostenían quienes les pagaban, pero cuyo objeto era consolidar su poder o desalojar a un rival en ese fructífero negocio en el que estaban empeñados con el único y manifiesto propósito de conseguir un beneficio personal: poder, dinero o gloria.

Tan importante era su papel y tan grande la amenaza que significaban para los estados y para sus poblaciones que por dos veces los execró en sendas bulas el papa Urbano V, en 1364 y en 1366. Pero no eran muy distintas las huestes que había reunido el cardenal Albornoz para someter los estados del Patrimonio. No sería posible, en el ámbito italiano, prescindir por mucho tiempo de esa subestructura de poder militar independiente, fruto de la crisis social y política.

Sin duda era el de los condottieri un poder ilegítimo, pero su significación de hecho era un factor político decisivo, con el que el poder constituido debía contar y al que nadie podía sustraerse. Era un poder por el poder mismo, ejercitado con un pragmatismo feroz, con un realismo inexorable, y estaba montado sobre un uso libre y arbitrario de una fuerza organizada según una reminiscencia lejana del vínculo personal, ahora fundado más en el salario y en el botín que en la lealtad. Era un poder extraterritorial y desarraigado, que sólo se ataba por un convenio transitorio al orden jurídico e institucional que ostentaba cierta legitimidad. Pero pocas ciudades podían ostentar un poder inequívocamente legítimo, y muchos signori no eran, al fin, sino antiguos condottieri que habían logrado concentrar sus fuerzas en un lugar y establecer allí una autoridad política más o menos estable que, en muy poco tiempo, llegó a ser considerada estable dentro del elástico sistema de legitimidad vigente. La tradicional legitimidad jurídica parecía cada vez más un principio anacrónico en un mundo en el que, con cuarenta mil florines de oro, podía comprarle Mateo Visconti al emperador un diploma de vicario imperial, en tanto que se abría paso otra forma de legitimidad que consistía en reconocer el derecho a ejercer el poder a aquel que efectivamente tenía fuerza y capacidad para ejercerlo y conservarlo. Uguccione della Fagiuola, los Montefeltro o los Malatesta —antiguos condottieri— estaban ya asentados en Pisa, en Urbino o en Rímini cuando se desataron las bandas innumerables de compagnie di ventura en el siglo XIV; y en el siguiente se vio a Nicolò Piccinino transformarse en señor de Bolonia o a Francesco Sforza de Milán. De esa manera, la subestructura de poder cristalizaba poco a poco en una situación reconocida como legítima, de la que participaban, por lo demás los que por otras vías habían tenido acceso al poder personal y autoritario, generalmente con la ayuda de bandas