El desarrollo de las ideas en la sociedad argentina del siglo XX. 1965

ADVERTENCIA

El libro que debía escribir sobre las ideas argentinas en el siglo xx suponía un conjunto de problemas. Con ser muy graves, los de información no me parecieron los mayores. Más difícil creí que fuera llegar a establecer un método interpretativo y, luego, a edificar una estructura de cierto rigor. Decidido a resolver estas últimas cuestiones, me atreví a intentar la realización de un experimento.

Éste es el resultado, que, tanto por razones de sinceridad como de prudencia, quiero juzgar modesto.

El título mismo supone una cierta interpretación de la historia de las ideas, disciplina de escasa tradición y muy imprecisos contornos. Deliberadamente he eludido la exposición del pensamiento sistemático, porque creo que la historia de las ideas no puede ser una mera yuxtaposición de historias parciales de innumerables campos de la reflexión. Mi objetivo ha sido esbozar un cuadro de conjunto en el que se muevan las corrientes de ideas y de opiniones a través de los grupos sociales que las han expresado, defendido o rechazado, para descubrir cómo han obrado sobre las formas de vida colectiva, cómo operaron a través de grupos —mayoritarios o minoritarios— según el diverso grado de vigencia que alcanzaron, cómo inspiraron ciertas formas de comportamiento social o, en fin, cómo expresaron los contenidos de ciertas actitudes espontáneas.

Este planteo supone una opinión acerca de cuál es el enfoque con el que la historia de las ideas puede ayudar a la comprensión de la historia. Si ese enfoque abre una perspectiva nueva, es porque no se han explorado metódicamente las relaciones entre la realidad social y las corrientes de ideas y opiniones, fenómenos tan vigorosos que les es dado aglutinar individuos y grupos sociales de una manera singular, en ocasiones alterando las relaciones derivadas de la estratificación social.

Para desarrollar este planteo he debido utilizar muchos y muy diversos materiales, de los cuales algunos no me eran familiares. Con ser muchos, el ambicioso esquema que me propuse hubiera requerido muchos más. Debo considerar, pues, este estudio como un ensayo, como una especie de bosquejo sobre el que habría que trabajar largamente. Si, pese a las notorias deficiencias, me atrevo a publicarlo, es porque creo que constituye un intento antes no realizado de poner a la luz cierto tipo de relaciones que, a mi juicio, no han sido suficientemente destacadas.

El lector tiene, pues, ante los ojos, un experimento historiográfico. Su destino es ser superado. Pero creería haber alcanzado lo que me proponía si el lector atento advierte la riqueza de posibilidades que encierra el método propuesto para la comprensión de la realidad socio-cultural.

Capítulo primero

EL LEGADO DEL SIGLO XX: LA OBRA DE LA GENERACIÓN DEL 80

1

Tras el período de las primeras tres grandes presidencias constitucionales (1862-1880), la Argentina comenzó a acusar los resultados de la política programada desde la proscripción por los profetas de la nueva República —Echeverría, Alberdi, Sarmiento, entre otros— y puesta en ejecución durante los veinte años que siguieron a la batalla de Caseros, que puso fin a la dictadura de Juan Manuel de Rosas (1852). La era del saladero había concluido, y las actividades agropecuarias se orientaron hacia la cría de la oveja para la exportación de la lana; entre tanto comenzaba a desarrollarse la agricultura en campos a los que protegía poco a poco el alambrado, y progresaba, aunque con dificultades, una incipiente industria. En las zonas rurales, pero más aún en las ciudades y especialmente en Buenos Aires, crecía rápidamente la población a consecuencia de los ingentes grupos de extranjeros que llegaban cada día a los puertos, algunos para incorporarse a las faenas agropecuarias, otros para ejercer su artesanía, y todos para gozar de las promesas de bienestar que la zona litoral del país ofrecía. Por allí comenzaron a tenderse las vías férreas y a desarrollarse otros elementos del progreso técnico que alimentaban en los europeos recién llegados la ilusión de estar no sólo en un país tan adelantado como el suyo, sino acaso en uno de más brillante porvenir, en parte por la debilidad de las estructuras económicas tradicionales y en parte por la atracción que parecía tener América para quienes deseaban invertir capitales. Más allá del litoral, y excepción hecha de ciertos focos de civilización —algunos de tradición secular— subsistía el desierto al que nadie se sentía tentado de poblar. Y Buenos Aires, a punto de trasmutarse de aldea en metrópoli, fijaba en sus límites al mayor número de gentes, en sus actividades la mayor parte de la riqueza, y en sus puestos de mando casi todos los mecanismos que regían la vida económica y política del país.

Así comenzó a advertirse —en las vísperas de 1880— un cambio sustancial en la vida argentina. El país buscaba su camino a través de unas transformaciones profundas que se operaban en la organización económica, en la composición de la sociedad, en la vigencia de las costumbres y en la adhesión a ciertas ideas. No era empresa fácil pues, si abría sus ventanas a los vientos del mundo, eran muchas las alternativas que se ofrecían ante sus ojos, todas con perspectiva de futuro. La Argentina era una promesa o, mejor, todo un conjunto de promesas que escondían sus posibilidades en una tierra de extraordinaria feracidad, de clima atrayente y escasamente poblada. En un momento en que Europa se industrializaba aceleradamente y concentraba grandes masas en sus ciudades, un país de predominante población blanca y resuelto a seguir las huellas de la civilización europea, que se ofrecía para ser el granero y la dehesa de Europa, podía aspirar a recibir un bien ganado premio. Una generación señalada por sus gravísimas responsabilidades debió elegir un camino entre las múltiples alternativas que se le ofrecían al país: tal fue la misión histórica de la generación del 80, de cuya obra depende el destino argentino casi hasta nuestros días.

Hasta poco antes, solía frecuentemente el indio aproximarse a prósperas poblaciones del litoral en vertiginosos malones, para robar ganado y toda suerte de utensilios, y apoderarse de rehenes que luego llevaba en cautividad.

Todas las opiniones estaban contestes en que hasta que no desapareciera ese peligro no ofrecería el país las garantías suficientes como para que hombres y capitales de otras tierras acudieran al país en la proporción en que parecían necesarios para satisfacer los sueños de grandeza que se escondían en todos los espíritus. Ésa fue una de las causas que decidió al gobierno del presidente Avellaneda a preparar la definitiva expedición al desierto que emprendería el general Julio Argentino Roca. En los campos de la provincia de Buenos Aires crecían los ganados lanares con intenso ritmo, y nuevas tierras tentaban a quienes los explotaban. En 1879 el designio civilizador quedó cumplido. El general Roca llegó hasta las márgenes del Río Negro, y poco después quedaban incorporadas al horizonte de la ganadería unas quince mil leguas cuadradas de tierra que, graciosamente distribuidas entre los allegados al gobierno, convirtieron en poderosos a aquellos que las recibieron.

Las actividades rurales, estimuladas por la mayor seguridad obtenida gracias a la vasta operación militar de Roca, ampliadas gracias a las nuevas tierras ganadas con ella para su desarrollo, favorecidas por la mano de obra aportada por la inmigración europea, y alentadas por la gran demanda del mercado internacional, comenzaron a progresar con la firmeza propia de una empresa fundamental para la vida del país. El comercio, derivado especialmente de tales actividades productivas y animado por las exigencias de los centros urbanos, creció en volumen, vivificando a su vez las grandes ciudades litorales; y la industria, que apenas podía competir en importancia con las otras actividades económicas, se desarrolló lo suficiente como para que quienes la impulsaban se reunieran en 1875 en una activa institución de fomento y defensa llamada Club Industrial, con influencia bastante como para mover a algunas figuras prominentes de la política a intentar ya en 1876 —sin éxito, por cierto— la sanción de leyes proteccionistas, contra la tendencia general de los intereses agropecuarios.

La estrecha relación de la economía argentina con las demandas del mercado europeo otorgó a Buenos Aires un papel singularmente importante en la vida nacional.

Un viejo pleito entre porteños y provincianos se agudizó entonces, y el país quiso que la ciudad capital, que era además el primer puerto del país, fuese patrimonio de la nación entera y no tan sólo de la provincia de Buenos Aires, única beneficiaria hasta entonces de su múltiple actividad y de su rica aduana. El interior del país no era ya desierto, sino que agregaba a su antigua influencia política la influencia económica que ahora poseían algunas regiones, especialmente las del litoral, a causa de su creciente riqueza. La lucha se hizo inevitable y cristalizó alrededor de dos candidaturas presidenciales para las elecciones de 1880, en las que debía elegirse sucesor de Nicolás Avellaneda. Las provincias del interior sostuvieron la candidatura de un tucumano, el jefe de la expedición al desierto, el general Roca, al tiempo que manifestaban su decisión irrevocable de declarar la federalización de la ciudad de Buenos Aires. La provincia de Buenos Aires, por su parte, levantó la candidatura presidencial de su propio gobernador, Carlos Tejedor, y se dispuso no sólo a defenderla contra el fraude que la amenazaba, sino también a defender a su capital como su propio patrimonio. El conflicto degeneró en guerra civil, y Tejedor se vio derrotado no sólo en sus aspiraciones al gobierno, sino también en el problema de la capital, pues Buenos Aires fue federalizada el 20 de septiembre de 1880. Pocos días después asumía la presidencia de la República el general Roca y se inauguraba una era de profundas transformaciones en la vida argentina.

2

Roca tenía entonces treinta y siete años. A su alrededor se empezó a mover una generación que comenzaba a entrar en la madurez y algunos de cuyos miembros habían dado ya pruebas de su definida orientación. No en balde fue su ministro del Interior Antonio del Viso, gobernador de Córdoba hasta poco antes, y cuya acción —en la que lo había acompañado Miguel Juárez Celman como ministro de Gobierno— había sido claro testimonio de progresismo liberal y emprendedor. No faltó algún católico en su ministerio —como Manuel D. Pizarro— pero predominaron en él los espíritus abiertos y liberales, entre los cuales se destacaron Eduardo Wilde y Carlos Pellegrini.

En la política, en la dirección de la vida económica, en las letras y en otras muchas actividades, una nueva generación se ponía en evidencia. Durante más de veinte años imprimió sus ideas y sus sentimientos a las distintas actividades de la vida nacional con ese aplomo que da la certidumbre de poseer, si no la verdad misma, al menos, esa verdad relativa que resulta del consenso general. Y su fuerza de convicción plasmó en un sentimiento colectivo que fue el espíritu de la época.

Muchos de sus miembros ejercieron carreras liberales, porque fue hábito en las buenas familias mandar a sus hijos a la Universidad de Córdoba o a la de Buenos Aires. En la época de estudiantes se crearon los vínculos temperamentales e ideológicos que funcionarían durante toda la vida y, ya hombres, intervendrían muchos de ellos en las múltiples y diversas actividades de la vida del país con la específica mentalidad del universitario y del profesional. Pero tales condiciones no agotaban la personalidad de los hombres de la generación del 80. Sus profesiones —la abogacía o la medicina— los pusieron en contacto con las funciones públicas, y las circunstancias favorecieron su encumbramiento. Ministros o altos funcionarios, trasmutaron en decisiones de Estado las opiniones que todos ellos sustentaban de antiguo en los claustros universitarios, en las columnas de la prensa o en las tertulias de los clubes, a los que como caballeros acudían. Algunos, como Lucio V. López, ejerció la defensa y asesoría de la Bolsa de Comercio, y otros las de las grandes empresas inglesas y francesas que comenzaban a organizarse, en las cuales alcanzaron, generalmente, a ser miembros de los directorios locales. Pero, como Lucio V. López, todos o casi todos mostraron inclinación por el periodismo y la literatura. Escribir para el público fue una de las preocupaciones fundamentales de esta nueva generación que asumió la dirección del país al alcanzar la presidencia de la República el general Roca.

Entre los hombres que por entonces se dedicaron a la política y ocuparon altas funciones casi todos poseyeron buena formación intelectual y participaron de las inquietudes filosóficas y estéticas de la época. Casi todos leyeron las mismas revistas —francesas en su mayoría— y frecuentaron los mismos autores. Pero algunos poseyeron además el impulso de desarrollar sus propias ideas, unas veces al calor de los acontecimientos cotidianos y con el ropaje ligero del periodismo, y otras de modo más pulcro y severo bajo la forma del ensayo o del relato.

Hubo numerosos periódicos, casi todos polémicos y con posición tomada frente a los candentes problemas políticos y espirituales del país, y no faltaron las revistas, populares unas y de altas ambiciones intelectuales otras. En unos y otras hicieron esgrima de ideas y ejercicios de pensamiento José Miró, que escribió en La Nación y publicó allí su novela La Bolsa con el seudónimo de Julián Martel; Carlos Pellegrini, Roque Sáenz Peña, Lucio V. López y Paul Groussac, que formaban parte de la redacción de Sud América, periódico de intensa acometividad en favor de las ideas renovadoras y liberales, y cada uno de los cuales se destacó en la política o en la literatura; Miguel Cañé y Aristóbulo del Valle, que dirigieron El Nacional, sucediendo a Sarmiento, ágil escritor el primero y orador consumado el segundo; Joaquín Castellanos, Adolfo Saldías, Francisco Barroetaveña, que publicaron El Argentino para defender las ideas radicales; Olegario V. Andrade, que escribía en La Tribuna, dirigida por Mariano Varela; Pedro Goyena, José Manuel Estrada, Miguel Navarro Viola, Tristán Achával Rodríguez, Santiago Estrada y Emilio Lamarca, que se agruparon en La Unión para defender las posiciones del catolicismo.

Vicente Quesada y su hijo Ernesto dirigieron y animaron La Nueva Revista de Buenos Aires, en la que escribieron sobre filosofía, historia y literatura, además de sus directores, Navarro Viola, Gutiérrez, López, y cuantos manifestaron preocupaciones eruditas. Estrada y Goyena publicaron la Revista Argentina, de preocupaciones más ceñidamente literarias; Calixto Oyuela dirigió la Revista Científica y Literaria; Adolfo P. Carranza y Carlos Vega Belgrano la Revista Nacional, y Paul Groussac comenzó a editar en 1896 La Biblioteca, efímera pero fiel expresión de la vida intelectual argentina de las dos últimas décadas del siglo xix, en la que publicaron colaboraciones Francisco y José María Ramos Mejía, Lucio V. Mansilla, Juan Agustín García, Rafael Obligado, entre otros muchos.

En los negocios, en la política, en las letras o en la vida mundana, se constituyó así una generación que asumió la dirección de la vida argentina, aplicando criterios homogéneos y de sólidos fundamentos. Tras la crisis de 1880 y el comienzo de la presidencia de Roca su hegemonía se hizo indiscutida y duró acaso algo más de tres décadas, aunque en su transcurso se fueron fortaleciendo las raíces de un movimiento de adverso sentido. Su acción se realizó sobre un país cuya estructura económica cambiaba rápidamente, a causa sobre todo de importantes transformaciones en la estructura social, modificada por un acto deliberado de incorporación al país de una crecida masa inmigratoria. Ante tales cambios demográficos, sociales y económicos la nueva generación de dirigentes sólo opuso la persistencia de una única filosofía.

3

Quizá, sobre todo por poseer una sólida y arraigada filosofía espontánea de la vida, fue la generación del 80 una fuerza tan compacta y tan eficaz en la dirección de la vida argentina. Quizá podría —como hace notar Alejandro Korn— escribirse la historia del pensamiento filosófico sin mencionar los nombres de sus miembros, porque sufrían “el tedio de toda disquisición abstracta”; pero en la historia de las ideas ocupan un puesto singular, porque pocas veces fue tan firme un sistema de convicciones en el seno de una élite, y pocas logró influir tan profundamente sobre la realidad.

En los profundos estratos de esa filosofía espontánea de la vida hay, sin duda, inequívocos resabios de una filosofía sistemática, quizá no muy bien conocida en sus fuentes, pero aprendida a través de autoridades que le prestaban su personal prestigio. Era el positivismo, cuyos principios habían entrevisto como fruto de su propia reflexión algunos de los emigrados y que había arraigado luego en la generación siguiente a través de lecturas de Comte, de Spencer o de sus epígonos. Pero si la doctrina había mantenido el fervor militante en los hombres de la organización posterior a Caseros, en sus hijos apenas sirvió para justificar el éxito, y tras el éxito el conformismo.

Quizá la palabra conformismo moviere a error si indujera a pensar en cierta impotente resignación frente a circunstancias adversas; pero el de los hombres de la generación del 80 fue un conformismo de otra especie. La obra emprendida y llevada a cabo por sus padres había comenzado a dar sus frutos, y la promesa se había tornado sólida y brillante prosperidad. Sólo que era una prosperidad de tal suerte que debía incitar a la reflexión, a la crítica, al examen, a la vigilancia perpetua; pero, en lugar de eso, suscitó un fácil sentimiento de conformismo que cegó las posibilidades de descubrir las inevitables y bruscas mutaciones que necesariamente se preparaban en el seno de esa realidad, en cuyo desarrollo se advertía un vértigo que no podía asegurar ninguna estabilidad, ni acaso una curva regular en el desenvolvimiento de la vida social.

La nueva oligarquía se dejó mecer indolentemente por la vida porque dio por sentado que el proceso que sus padres habían desencadenado y guiado con tanto esfuerzo y tan madura reflexión correspondía a la naturaleza de las cosas y no necesitaba la constante corrección del rumbo. El proceso, empero, se desenvolvía como un torrente violento constreñido por terribles obstáculos, a los que al principio sorteó gracias a la habilidad de los timoneles y contra los que luego comenzó a chocar con creciente violencia; pero en las orillas del torrente quedaba abundante resaca, y la resaca pareció ganancia suficiente y estímulo bastante para quienes debían dirigir el proceso y se limitaban a seguirlo.

Hubo entre los hombres de la generación del 80 espíritus religiosos y no religiosos, pero sin duda predominaron y ejercieron mayor influencia estos últimos. A ellos se debe la acción de gobierno y sobre todo el aire singular que adquirió la época, en Buenos Aires y en Córdoba especialmente. Quizá fueran ateos, pero es más seguro que fueran tan sólo indiferentes, porque la despreocupación por cuanto implicara severos compromisos internos caracterizó su manera de ser. Si se dejaron llevar por el sensualismo, no fue sólo sin embargo porque fueran indiferentes en materia religiosa, sino más bien porque dieron rienda suelta a ciertos sentimientos de casta. Herederos de padres ilustres, creyeron merecer no sólo el prestigio que rápidamente conquistaron, sino también la dirección política del país —administrada por los jefes de los grupos provinciales— y sobre todo cierto diezmo que parecía corresponderles por derecho natural sobre las ganancias que el país obtenía de su ingente esfuerzo, obra ya de propios y extraños. El amor a la riqueza y el orgullo de casta engendró el sensualismo y éste tentó a los aristócratas de la modesta Buenos Aires con las infinitas vanidades que movían a las burguesías ricas de Londres o París. El refinamiento en las costumbres comenzó a regirse por normas diferentes de las que habían presidido la vida del patriciado porteño, alterada ahora por cierto amaneramiento que nacía de traducir a la atmósfera aldeana de Buenos Aires las modas, los usos y las convenciones de las grandes capitales europeas, entonces en la euforia del esplendor capitalista.

La construcción del edificio del teatro Colón, proyectado por el gobierno de Juárez Celman, simbolizó no sólo las preocupaciones por el goce estético sino más aún, el afán de construir los cuadros para el desarrollo de una existencia convencional en el más alto nivel de lujo. Julián Martel procuraba, en La Bolsa, reflejar la feria de las vanidades porteñas, y Lucio V. Mansilla daba el ejemplo de cómo adecuar la elegancia europea al marco de la ambiciosa ciudad que Lucio López, con ajustada precisión y acaso no sin melancolía, llamó La gran aldea.

Esta actitud vital entrañaba, ciertamente, cierto desprecio por las tradiciones vernáculas. La época de Juan Manuel de Rosas, que para las generaciones posteriores a Caseros parecía espejo de barbarie, había exaltado el amor a los hábitos criollos, a la vida rural y al modo de ser del hombre de la llanura, para quien la vida ciudadana era apenas un intermedio fugaz en su existencia tosca y bravia. Todo eso había sido condenado por el vigoroso estigma impuesto por los proscriptos al campo, considerado fuente de barbarie, y la derrota del tirano había significado a los ojos de los vencedores el triunfo de la civilización. Acaso por ese contraste fue tan notorio el desprecio de la tradición criolla, que los hombres de la primera generación posterior a Caseros sentían como un sentimiento espontáneo, y que para los de la generación del 80 fue un sentimiento heredado. Lo criollo era lo primitivo, lo elemental, y a poco, comenzó a ser lo pintoresco para estos hombres que empezaron a tratar de hacer de las ciudades activos centros de europeización del país.

careciendo de toda estimación por las formas criollas de vida, se propusieron suprimirlas y sustituirlas por las que, a sus ojos, representaban la civilización.

En realidad, los hombres de la generación del 80 no hicieron sino llevar hasta sus últimas consecuencias los principios de la política civilizadora cuyo más brillante paladín había sido Sarmiento. Para ellos, no era ésta ya una política discutible o una política entre varias, sino la política por excelencia, rara seguir impulsándola al ritmo de los tiempos —y para extremarla, en vista del éxito alcanzado— era inevitable entrar en el torbellino que poco a poco se formaba en el mundo occidental al compás del desarrollo industrial y capitalista. Europa y los Estados Unidos se habían lanzado a la carrera del desenvolvimiento técnico, y civilizar quería decir ahora imponer en mayor o menor grado la civilización técnica. La vieja fórmula sarmientina fue traducida ahora con amplia libertad y según los términos contemporáneos, abriendo las puertas de la nación al capital extranjero, introduciendo el país en el mercado internacional, poblando los campos y las ciudades con hombres venidos de todas partes del mundo. Y el país comenzó a tornarse cosmopolita, en las formas al menos, por obra del liberalismo ilustrado de su nueva oligarquía, y con olvido o desprecio de la masa popular, antes de pura cepa criolla y ahora hibridada poco a poco por el arribo de las masas inmigratorias.

Tan profundos trastornos económicos y sociales no podían dejar de influir sobre la vida espiritual. En ese orden, la tradición criolla no era sino la tradición hispánica colonial, que las influencias iluministas y liberales de la primera mitad del siglo no habían logrado desterrar ni aun debilitar demasiado. Cuando comenzó la ofensiva contra la tradición criolla, comenzó también, directa o indirectamente, el ataque contra la mentalidad colonial, que inspiraba no sólo la vida intelectual sino que respaldaba también todo el sistema de creencias y opiniones vigentes en la sociedad. El efecto no se hizo esperar. Sostenida por una vigorosa coherencia interna, la primera generación posterior a Caseros, y luego sus herederos de la generación del 80, arremetieron contra los esquemas mentales tradicionales. Prefirieron los autores franceses a los españoles y, algunos, los anglosajones a los franceses; tales lecturas alejaron muy pronto a las minorías cultas de la influencia de la Iglesia. Se ha dicho que el resultado de ese esfuerzo fue una “secularización” de la cultura; la expresión refleja claramente la intención de las clases dominantes y aun los resultados obtenidos, pues la notoria heterodoxia de los autores preferidos y casi canónicos reflejaba una decidida preferencia por un sistema de ideas arto distinto del que prevalecía hasta entonces.

Pero tal esfuerzo no se realizó sin oposición, y si puede hablarse de una efectiva quiebra de la tradición colonial entendiéndola como una “secularización” de la cultura, fue porque la nueva oligarquía triunfó en la batalla que le ofreció el frente católico. No vaciló éste en organizarse cuando el sentimiento moderno y liberal comenzó a traducirse en obras, a través de las medidas legislativas. Contaba con inteligencias claras, y contaba además con la experiencia de la lucha, pues la que se dio en el escenario rioplatense imitaba y seguía muy de cerca a la que se había desarrollado en Europa muy poco antes. Contaba, además, con la fuerza de la tradición, que le prestaba apoyo fuera de las clases dirigentes, en el seno de la naciente clase media, tradicionalista y acaso un poco asustada del vértigo innovador de la audaz minoría que dirigía el país; poco después se vería que también podía contar con el apoyo popular, pasivo pero eficaz, que se sumó a las fuerzas católicas en un frente complejo, sostenido por la indefinición de sus problemas generales, y que contribuyó a provocar el movimiento disconformista de 1890.

Quizá pudiera agregarse que aun la propia clase dirigente fue cobrando una especie de vago temor ante el curso de los acontecimientos. Algo tenía su actitud de la del aprendiz de brujo. Si los presupuestos de la política civilizadora y progresista estaban totalmente en pie, algunos fenómenos secundarios que resultaban de su aplicación adquirían proporciones inesperadas. Sarmiento señaló algunos en Conflicto y armonías de las razas en América, y todos los advertían en la vida diaria, en los fenómenos de la sociabilidad que podían observarse especialmente en el litoral. La población se hibridaba con caracteres no previstos, provocando situaciones y fenómenos no imaginados. Él país perdía, ciertamente, el primitivo estilo criollo, pero no adquiría otro y ofrecía cada vez más una fisonomía imprecisa e inasible. El estigma de la sórdida lucha por la riqueza se tornaba indeleble en la superficie misma de la vida y de los caracteres.

Pero la lucha por la riqueza no siempre adoptaba iguales caracteres. En la vieja clase de trabajadores criollos, en la nueva clase de los inmigrantes que acababan de incorporarse al país, y hasta en las clases medias que sufrían los embates de las transformaciones económicas y vivían dentro de un régimen de inestabilidad, la lucha por la riqueza tenía cierta visible sordidez que los espíritus refinados de la nueva oligarquía acusaban inmediatamente.

Quizá fuera por eso que sus miembros se acostumbraron muy pronto a suponer que pertenecían a otra clase, a otro mundo que éste de los que buscaban la riqueza en una lucha sin cuartel por medio del trabajo. Ellos no necesitaban descender a esos menesteres. Se convencieron de que constituían lo que quedaba de puro, de prístino, en el país, y que se merecían todo, a causa de ese mérito, que no era suyo, sino determinado por lo que había cambiado a su alrededor. La sordidez de su propia lucha por la riqueza parecía ocultárseles. Poco a poco, se sintieron los elegidos, los puros, en una sociedad que ellos mismos habían hibridado; fueron los aristócratas, en una sociedad donde se desvanecía rápidamente el sentido patriarcal de la vida y comenzaban a diferenciarse las clases económicas con creciente nitidez. Y ese sentimiento tuvo tal fuerza que muy pronto se tornaron casta y configuraron una típica oligarquía abismalmente separada de las clases que gobernaba. La tarea de civilizar el país debía encontrar poco después un obstáculo fundamental en la resistencia que los que debían ser civilizados comenzaron a oponer a los que querían civilizarlos. Cada vez más, la oligarquía adquiría la fisonomía de un grupo ilegítimo.

4

Por detrás de su filosofía espontánea de la vida, la nueva oligarquía fundaba sus convicciones —y sus dudas, por cierto— en un sistema de ideas de arraigada tradición intelectual. Era el que residía en las obras que leían los más inquietos de sus miembros, el que enseñaban —de primera o de segunda mano— los profesores mejor informados, el que sustentaba las opiniones que daban sobre sus materias específicas médicos, naturalistas, juristas, pedagogos y políticos.

La primera generación posterior a Caseros había contado en su seno con hombres de vasta y profunda cultura intelectual. Sus herederos mantuvieron arraigado el hábito de la lectura, aunque sin duda alguna predominaron aquellos a quienes atraía más la literatura que la filosofía. El esteticismo fue, en cierto sentido, la actitud espiritual propia de los hombres del 80, pero entendida solamente como predilección por la creación ajustada a las exigencias de su propia sensibilidad, pues es bien sabido que las obras con las que nutrieron su espíritu no eran propiamente de corte esteticista. Por el contrario, la novelística que leyeron —especialmente francesa— los saturó de ideas, en particular sobre problemas sociales, que contribuyeron a formar más de una opinión en algunos espíritus que se resistían al esfuerzo de la lectura de obras sistemáticas. Pero no faltaron, empero, quienes frecuentaran estas últimas.

Las fuentes predilectas de Sarmiento y Alberdi, las obras que, aun antes, habían nutrido a las inquietas minorías intelectuales y políticas, todas ellas mantuvieron algún prestigio porque su pensamiento mantenía cierta coherencia. Cousin, Leroux y Fourier siguieron despertando curiosidad y satisfaciendo preocupaciones filosóficas, sociales y políticas, en tanto que comenzaban a influir poderosamente sobre las inteligencias Taine, Drappel y Renán, con su interpretación de la sociedad, de la historia, de la literatura y el arte, con su alarde de sutil inteligencia, con su elegante escepticismo, aparente al menos, con su brillante despreocupación por todo lo que parecía vulgar o cotidiano. Pero las influencias más novedosas y profundas comenzaron a ser la del positivismo, por una parte, y la del evolucionismo darwiniano por otra. Tales doctrinas no tuvieron en un principio hogar apropiado en las universidades, pues ni la de Córdoba ni la de Buenos Aires dedicaban su atención a las disciplinas teóricas, y sólo en 1896 comenzó a funcionar en la segunda la Facultad de Filosofía y Letras.

Fue en la Escuela Normal de Paraná, fundada en 1870 y desarrollada bajo la inspiración de José María Torres y de Jorge Stearns, donde comenzaron a difundirse los principios de Spencer, ante todo en relación con la pedagogía, pero luego también en cuanto filosofía de lo social. Por el mismo camino, aunque un poco más tarde, comenzó a difundirse la doctrina de Comte; pero la enorme influencia de Spencer y de Comte no se manifestó a través del contenido teórico de sus doctrinas, sino en la que ejerció en las sucesivas generaciones de maestros que egresaban de las escuelas normales de Paraná o de Mercedes, y que difundieron, a su vez, su pensamiento en sus áreas de influencia, precisamente a partir de 1880.

Entretanto, las proyecciones del pensamiento teórico europeo se advirtieron también en el campo de las ciencias, y especialmente en el de las ciencias naturales, donde el evolucionismo darwiniano comenzaba a adquirir el valor de una explicación universal. En 1880 volvía al país, tras varios años de estudio en Europa, Florentino Ameghino, quien venía compenetrado de las doctrinas transformistas del evolucionismo. Por ese entonces predominaba aún en los círculos científicos la doctrina creacionista, que defendía sobre todo el sabio director del Museo de Buenos Aires, Carlos Burmeister. Dos obras publicó por entonces Ameghino que revelaron su precoz madurez: La formación pampeana y La antigüedad del hombre en el Plata. Más adelante, y junto a sus innumerables comunicaciones científicas y trabajos referidos estrictamente a sus investigaciones en el terreno, Ameghino ordenó en 1882 sus opiniones sobre el transformismo en la conferencia que pronunció con el título de A la memoria de Darwin, y dos años después sobre el problema general del evolucionismo en su Filogenia (1884), cuyo contenido definió como los “principios de clasificación transformista basados sobre leyes naturales y proporciones matemáticas”.

Más tarde Ameghino resumiría su posición científica y filosófica en escritos de mayor vuelo aún. Entretanto, proseguía sus investigaciones en relación con la Sociedad Científica Argentina, que se había fundado en 1872, y con la Academia de Ciencias de Córdoba, fundada en 1873. Estas instituciones agrupaban a los hombres de ciencia del país, aunaban sus esfuerzos y estimulaban las vocaciones. Función semejante cumplían el ya citado Museo de Buenos Aires —cuya dirección ejerció Ameghino desde 1902—, el Museo de La Plata, fundado en 1884 y organizado por Francisco Moreno y el Observatorio Astronómico de la misma ciudad, fundado en 1882. En Paraná funcionó desde 1884 un museo provincial de ciencias naturales; pocos años más tarde ejercería su dirección el sabio naturalista Pedro Scalabrini, a quien se deben las primeras divulgaciones de la doctrina de Augusto Comte.

Las influencias del cientificismo se advirtieron también en la obra histórica y sociológica de José María Ramos Mejía, que publicó en 1880 Las neurosis de los hombres célebres en la historia. Preocupado por los problemas de la psiquiatría, dio a luz diez años después unos Estudios clínicos sobre enfermedades nerviosas y mentales; pero sus indagaciones y las conclusiones de sus estudios lo llevaron preferentemente a aplicarlas al examen de la historia. Así publicó La locura en la historia (1895), Las multitudes argentinas (1899), Los simuladores del talento (1904) y Rosas y su tiempo (1907). Por debajo de su personal perspicacia —y casi genio, en ocasiones— Ramos Mejía reflejaba el vigoroso impacto de Taine primero y del positivismo luego, a través de cuya doctrina había aprendido a buscar el sustrato naturalista de la historia. Su obra histórica quería ser científica, llegar a ser un análisis descamado, metódico, implacable, de la realidad histórico-social, y hecho sin prejuicios que pudieran torcer la observación. Pero tenía, en rigor, un prejuicio fundamental: el prejuicio del naturalismo, propio de la actitud cientificista, adscripta al positivismo vigente ya en las minorías intelectuales, cuyas ramificaciones llegabañ hasta las ciencias sociales e históricas.

5

Como siempre, las nuevas corrientes de pensamiento se difundieron de preferencia en un principio entre las clases más cultas, que eran también las clases más ricas y poderosas. Por su parte, las clases medias —y las clases populares aún más— se mantenían ajenas y un poco insensibles a tales cambios de tendencias que implicaban una revisión de muchas creencias tradicionales y suponían, además, una actitud vigilante frente a procesos intelectuales que se desarrollaban en otros ambientes.

La actitud propia de las clases medias y populares consistió en cierta prevención frente a los cambios de actitudes demasiado repentinos y radicales en relación con costumbres, ideas y creencias arraigadas muy profundamente en su tradición. No formaba parte de sus hábitos mentales ni la adopción de actitudes críticas ni la aceptación rápida, entusiasta e impulsiva de opiniones intelectualmente elaboradas, como era propio de las minorías snobs. Y acaso por reacción, las clases medias y populares resistieron pasivamente la nueva postura espiritual de la oligarquía, abroquelándose pasivamente en sus sentimientos recónditos.

Sin duda vibraba aún en la clase media criolla, como en las masas populares de las ciudades, de los suburbios y de los campos, cierta sensibilidad romántica estimulada por la nostalgia de lo que solía creerse que representaba el criollismo. Acaso en algunos sectores el criollismo se simbolizaba en Rosas, cuya imagen había entrado ya en el reino de la leyenda. Pero la sensibilidad romántica se manifestaba sobre todo en una actitud de enérgica adhesión a lo propio y vernáculo e, inversamente, en cierto desdeñoso desapego a lo extraño que se ofrecía como moderno. La sensibilidad romántica se manifestó como reacción antipositivista y como retorno al pasado, y exaltó todo lo que el pasado guardaba en su seno.

La enérgica campaña que la oligarquía realizó en favor de los principios laicos, y que encontró sin duda decidido apoyo en importantes grupos sociales, suscitó el reagrupamiento de los sectores católicos de esa misma oligarquía; junto a ellos se aglutinó en seguida un importante sector de la clase media y de las clases populares, que no estaban, ciertamente, con el Syllabus, y menos por las razones que señalaba Pedro Goyena, pero que se resistían a moverse contra sus convicciones tradicionales y ocultaban, seguramente, cierto mágico temor frente a la libertad de espíritu que manifestaban quienes desafiaban a las creencias tradicionales. Por deliberada y consciente reacción unos, como resultado de las luchas doctrinarias que sacudían en ese momento al mundo; por pasiva y temerosa adhesión a las creencias tradicionales los más, el catolicismo apareció como una fuerza, en la medida en que había sido hostilizado, y actuó en los movimientos de opinión que provocaron la crisis de 1890 como una respuesta a la ofensiva lanzada contra él. José Manuel Estrada, que había sido separado de su cátedra por su vehemente defensa de la Iglesia contra la política estatal del presidente Roca, apareció como ferviente defensor de la democracia al lado de quienes levantaban las mismas banderas con otros objetivos más típicamente políticos.

Entre estos últimos estaban los que sabían que la oligarquía suscitaba también en las clases medias y populares cierto resquemor por su aire de superioridad y por su efectivo ejercicio de una superioridad social, económica y política. Aristóbulo del Valle recogía en el Senado ese impulso, mezcla de indignación y de resentimiento, que suscitaba la suficiencia de las clases ilustradas y renovadoras en la conciencia popular. Pero más fielmente representaba en la calle ese sentimiento Leandro N. Alem, tribuno de elocuencia intensa, en cuya prosa y en cuyo verso —porque también era poeta— vibraba el acento romántico que la oligarquía liberal solía desdeñar con apenas encubierta sonrisa. En Alem, como en las multitudes que lo siguieron desde 1890 hasta su trágica muerte, la vida revelaba más un contenido emocional que no un sistema estricto y riguroso de ideas. Esas multitudes eran las que, por la apelación que había sabido hacer al sentimiento, habían seguido a Adolfo Alsina, y acaso las que antes se habían sentido sobrecogidas por el paternalismo de Juan Manuel de Rosas. Para quienes componían esas multitudes, la decisión de “civilizarlos” que había adoptado la oligarquía no era tanto ofensiva como inhumana. Preferían una cierta simpatía por sus defectos, por su modo de vida, por sus preferencias y entusiasmos, hasta por sus errores, y adivinaban precisamente que esto era lo que faltaba en aquellos espíritus sagaces y orgullosos que descubrían inflexiblemente sus lacras, aunque vieran que se disponían a curarlas y a enmendar sus vicios.

La erizada reacción frente al desdén por la sensibilidad popular que mostraba la oligarquía, se trastrocó en una casi agresiva defensa del pasado criollo, en una agresiva resurrección de la rebeldía gaucha. Desde que la vida argentina se colocó bajo el signo del europeísmo —luego de Caseros y tras el acceso al poder de los emigrados— el gaucho y su estilo de vida habían comenzado a simbolizar para ciertos sectores un bien perdido: acaso solamente el de su libre espontaneidad, o acaso el de un sistema de valores que por instinto juzgaba el único válido. José Hernández había dado un sentido reivindicatorío a su poema Martín Fierro, lleno de intención contra la política dominante por entonces. Y ese movimiento recrudeció después de 1880, y se hizo visible en la voracidad con que los lectores de los periódicos leían los folletines de Eduardo Gutiérrez, en los que daba vida a los oscuros mitos del pasado gauchesco: Juan Moreira, Hormiga Negra, y tantos otros que cobraban vida en su fecunda y ligera pluma. Poco después sus personajes escalarían un grado más en su prestigio y en su popularidad, como si fuera inagotable la curiosidad del público e inagotables las reservas de emoción que las aventuras del gaucho rebelde ocultaban a los que ya descubrían que su país había dejado de ser la Pampa indómita. Bajo la lona de los circos, los Podestá comenzaron a animar, en memorables pantomimas, las aventuras de aquellos varones arrogantes que desdeñaban el naciente orden jurídico de la República y alzaban sobre él un enérgico y salvaje individualismo, apoyado en su coraje y en su cuchillo; y las gentes crédulas y humildes que rodeaban las pistas, expresaban, con su asombro y su admiración, su hermandad con quienes resistían a la enérgica y sistematizada presión de la nueva oligarquía.

A veces se entremezclaban en las filas de los admiradores de Juan Moreira o de Pastor Luna algunos de los inmigrantes que poco a poco se asimilaban a los viejos hábitos de la tierra. Ciertamente, no gozaban en general de la simpatía de los criollos, cualquiera fuera su clase; ya Hernández y los payadores populares habían estigmatizado al “gringo” que explotaba o traicionaba al paisano; y en el teatro el tipo de Cocoliche reflejaba al desprecio del nativo por el que todavía no se había asimilado a las condiciones del país; pero muchos lograban adecuarse a las costumbres locales y a los valores predominantes en su ámbito. Otros, sin embargo, resistían a la presión del ambiente, porque se mantenían fieles, no sólo a sus principios morales tradicionales, sino también a los objetivos que se habían fijado al decidirse a cambiar de habitat. “Hacer la América” era un designio imperioso e indeclinable. Su vigencia en la masa inmigrante suponía cierta primacía de los valores económicos, y, sobre todo, cierta sistemática indiferencia con respecto a los problemas de la vida nacional. Pero muy pronto sintió también esa masa inmigrante la presión de la oligarquía, cuya hegemonía pesaba no obstante cierto paternalismo todavía posible. Empero, a pesar de la situación análoga de dependencia en que se encontraban tanto la masa criolla como la masa inmigrada, no era demasiado fácil hallar una vía de coincidencia y de acción común: sólo la revolución del 90 ofrecería la ocasión de incorporarse a los movimientos ciudadanos al nuevo conglomerado social, en el que ya se notaba un sistema de ideas y de valores que comenzaba a hibridarse.

6

Puede decirse que, hacia 1890, se produjo una primera polarización por clases sociales de los elementos étnicos y culturalmente diversos que integraban por entonces la sociedad argentina. En el sentimiento antioligárquico se fundieron criollos, inmigrantes e hijos de inmigrantes, concordes todos en repudiar la despreocupada superioridad que se adjudicaba en el dominio del país la vieja oligarquía. De esa polarización de distintos sectores sociales y culturales nació un programa posible para la República, que rápidamente se encamó en un partido político: la Unión Cívica, que inspiraron Bartolomé Mitre, José Manuel Estrada, Francisco Barroetaveña, y, en especial, Leandro N. Alem.

Ese programa era, sobre todo, un programa distinto del que tenía por delante la oligarquía tradicional: distinto por los intereses que lo impulsaban, distinto por los sentimientos que lo envolvían. Entraban en él, entrecruzados, elementos sobrevivientes de la vieja tradición y elementos vivos impuestos por los nuevos contingentes sociales de origen inmigratorio; pero acaso lo más importante fuera su naturaleza de programa de clase, de clase popular, de clase no privilegiada, obligada a afrontar su situación económica en términos de dependencia frente a la oligarquía en trance de cristalizarse.

Ese programa entrañaba una cierta imagen del país. La Argentina debía ser en el futuro una tierra de trabajo y de producción, en la que la población aluvial se impregnara poco a poco de las virtudes nativas, pero en la que, de hecho, predominara el tipo de economía que había traído la clase inmigrante, con los ideales de vida que comportaba. Pero era evidente que tal perspectiva entrañaba un cambio en el sentido de la historia del país, aun cuando fuera difícil que se lo percibiera con claridad. Confusamente, al menos, el cuadro tradicional de la historia patria resultó alterado por las experiencias posteriores a la organización nacional y no pasó mucho tiempo sin que vastos grupos acusaran esa conmoción.

La oligarquía había heredado de la aristocracia republicana la certidumbre de que continuaba —a través de la obra y el pensamiento de los proscriptos— la tradición de los fundadores de la nacionalidad. Con sus trabajos sobre la historia patria, Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López habían erigido los imperecederos monumentos que recordarían la memoria de los proceres fundadores de la nacionalidad, estableciendo las líneas de su formación y formulando sus ideales vernáculos e inmutables. En nada comprometió la solidez de la obra la polémica que después de 1880 desencadenaron los dos grandes historiadores. La versión oficial de la historia nacional —pues tal papel asumió en la vida argentina la obra de Mitre y López— establecía que la nación había nacido como obra de las clases ilustradas y liberales, que habían impuesto legítimamente a una población de escaso desarrollo un sistema de formas institucionales propias de las naciones civilizadas de la época. El momento culminante de la historia argentina era, pues, el de la fundación de la nacionalidad por obra de los grupos liberales, y la consolidación de la independencia por el esfuerzo del general San Martín.

La versión oficial de la historia argentina establecía, además, que el proceso de afloramiento y progresiva caracterización de distintos grupos sociales no constituía sino una desviación morbosa del recto camino que, teóricamente, correspondía a la historia argentina. El desarrollo del regionalismo y del federalismo, la disgregación final del Estado nacional, la irrupción y supremacía de las masas populares que obedecían ciegamente a sus caudillos y servían a sus intereses con prescindencia de los suyos propios, todo el profundo y vasto fenómeno social, en fin, que llenaba la historia argentina desde antes de 1820 hasta la caída de Rosas en Caseros, parecía como ajeno al destino argentino, cuyos celadores eran, entre tanto, los proscriptos que en tierra extranjera conservaban el fuego sagrado de la tradición liberal y el designio de encuadrar las fuerzas sociales rebeldes dentro de ceñidos y vigorosos marcos institucionales.

Parecía de estricta lógica considerar que el régimen constitucional empalmaba con la tradición de los proscriptos y la de Mayo, y la oligarquía posterior al 80 perpetuó esta creencia; pero a poco que se paseara la vista sobre el cuadro del país se descubría que ni la oligarquía continuaba tan exactamente la tradición ni el país mantenía la misma fisonomía que antes. El haber extremado la generación hegemónica del 80 la concepción liberal de la vida argentina suscitó contra ella aquel programa que suponía, en alguna medida, una primera revisión de las líneas de formación de la nacionalidad que habían trazado Mitre y López.

Algunos de los más ilustrados de esa generación percibieron que el problema tenía importancia, y José María Ramos Mejía analizó separadamente el problema de las multitudes argentinas y el extraño caso de Juan Manuel de Rosas. El asunto era susceptible de una explicación, y con la finalidad de encontrarla lo habían estudiado ya antes Alberdi, Echeverría y Sarmiento. Pero no había parecido hasta entonces susceptible de justificación, como comenzó a parecer para quienes emprendieron de nuevo su estudio a la luz de nuevas experiencias sociales, bajo el signo de inequívocas afinidades y fuera del sistema de ideas predominantes en el seno de la oligarquía.

Nada puede extrañar que el movimiento programático de 1890 descubriera que las minorías liberales habían sido antipopulares, en parte porque lo habían sido efectivamente, y en parte porque muchos de los que lo descubrían provenían de aquel movimiento del extinguido federalismo. Oradores de multitudes, como Adolfo Alsina y Leandro N. Alem, descubrían rápidamente en la sensibilidad de sus auditorios una receptividad simpática para cuanto expresara el resentimiento de las clases populares, antaño halagadas por el rosismo. Y el movimiento que surgía contra la nueva oligarquía quiso ser popular, aunque tuviera que declinar parcialmente su liberalismo doctrinario.

Nacido del autonomismo porteño en alguna medida consecuente con la política de Rosas —y mecido en las auras de las clases populares—, el nuevo movimiento comenzó a desdeñar la tesis oficial sobre la historia argentina. El regionalismo, animado por los caudillos y vivificado por el apego a la tradición, no pareció cosa tan desdeñable, y la peculiaridad local de la provincia de Buenos Aires mereció acaso más respeto que la edificación del común destino nacional. Y hasta la figura misma de Rosas comenzó a contemplarse de otro modo, desprendida del vituperio con que la había ensombrecido la tradición unitaria.

La obra más representativa en este sentido fue la de Adolfo Saldías, miembro del movimiento de la Unión Cívica y redactor después de 1890 de El Argentino, periódico que expresaba el pensamiento radical. En el primer capítulo de su Historia de la Confederación Argentina escribía Saldías: “No se sirve a la libertad manteniendo los odios del pasado. Lo esencial es estudiar el cuerpo social que, a impulsos de su sangre y de los defectos de su educación, incubó y exaltó a los que tales odios inspiraron. Sólo así se pueden señalar las verdaderas causas de esa postración estupenda del sentido moral que llevó a un país fundador de cuatro repúblicas, a depositar sus derechos, esto es, su ser político, y a ofrecer su vida, sus haberes y su fama, esto es, su ser social, a los pies de un gobernante que los renunció infinidad de veces.

“La generación argentina que pugnó por autorizar con el prestigio del tiempo sus viejos y estériles rencores, cedía naturalmente al sentimiento egoísta de toda sociedad que graves culpas tiene ante el porvenir y ante la historia: se escudó tras el culpable que presentaba a la execración de la posteridad. Ella acusó, acusó siempre porque no podía acusarse a sí misma. Una sociedad, dice un eminente escritor francés, necesita arrojar siempre sobre alguno la responsabilidad de sus faltas. Cuanto mayor es el remordimiento que experimenta, mejor dispuesta se encuentra a buscar el culpable que por ella haga penitencia; y cuando lo ha castigado bastante, se acuerda el perdón a sí misma y se congratula de su inocencia.”

A estas reflexiones contestaba Mitre, en carta al autor: “Se ha propuesto Vd. la rehabilitación histórica, política y filosófica de una tiranía y de un tirano, en absoluto y en concreto, tratando de explicarla racionalmente por una ley anormal, dándole una gran significación nacional y orgánica y un carácter en cierto modo humano como potencia eficiente en la labor colectiva que constituye el patrimonio de un pueblo; y esto es, en presencia del siglo xix en que el mundo está gobernado por la libertad, por las instituciones, por la moral pública, que dan su razón de ser y su significación a los hombres que pasan a la historia marcando los más altos niveles en el gobierno de los pueblos libres.

“Cree Vd. ser imparcial. No lo es, ni equitativo siquiera. Su punto de partida, que es la emancipación del odio a la caída de la tiranía de Rosas, lo retrotrae al pasado, por una reacción impulsiva, y lo hace desandar el camino que lo conduciría al punto de vista en que se colocará la posteridad, colocándose en un punto de vista falso y atrasado. De este modo, el espacio en que se dilatan sus ideas está encerrado dentro del círculo estrecho de acción a que subordina su teoría como derivada del hecho, que es su fórmula concreta, y es pura y netamente el campo de la acción federal de los sectarios de Rosas sin más horizontes que la perpetuidad de la tiranía. De aquí, por un fenómeno psicológico que se explica por la ilusión óptica y por la limitación de vistas amplias, aprisionado dentro de este círculo de hierro, su corazón y su cabeza —no obstante sus instintos generosos— están del lado de los verdugos triunfantes y no de las víctimas rendidas.”

Y más adelante agregaba: “Caseros es una batalla final, lógica, necesaria y fecunda. Es el punto de partida de la época actual, de la evolución de la organización nacional, complementada por otra batalla, también necesaria y fecunda, en que triunfó la reorganización nacional, asentando a la República en equilibrio sobre sus anchas e inconmovibles bases constitucionales. Protestar contra el triunfo de Caseros, o poner en duda su necesidad y su razón de ser, es protestar contra sus resultados legítimos, y es protestar contra la corriente del tiempo que nos envuelve, y lleva a la Nación Argentina hacia los grandes destinos que se diseñan claros en el horizonte cercano.”

Los dos criterios estaban claramente expuestos. Para Mitre, no solamente no se debía evitar la imprecación contra el tirano, sino que no se debía intentar comprender ese trágico momento de la vida argentina —que, por cierto, ya había sido enfrentado con penetrante visión por Alberdi, Echeverría y Sarmiento—, para no caer en el peligro de justificarlo. Pero Saldías respondía a otra sensibilidad. Odiaba al tirano —no en balde había sido secretario y era admirador ferviente de Sarmiento—, pero tenía un sentimiento de viva simpatía hacia las masas populares, y buscaba descubrir el fenómeno por el cual habían caído en esa perversión. Así como apoyaba un movimiento programático que procuraba sacar al país de las manos de la oligarquía, intentaba al mismo tiempo revisar el pasado para determinar el camino que las masas populares habían seguido hasta entonces en el país. Pasado y futuro comenzaban a verse iluminados con una nueva luz.

7

La preocupación por el futuro colectivo cristalizó en concepciones políticas más o menos definidas que los grupos de acción postularon como soluciones eficaces para los problemas del país. Acaso todos los grupos coincidieron en la necesidad de poner al país en el camino de su desarrollo económico y en abrirlo a las influencias renovadoras de Europa; pero fuera de orientaciones tan generales, las direcciones de la acción asumieron aspectos muy diversos, e identificables sólo en relación con ciertos grupos sociales.

Para el grupo oligárquico —esto es, el grupo que representaba en política la casi totalidad de la clase propietaria y adinerada, de antigua raigambre y heredera a su modo de la generación de la organización nacional— la preocupación fundamental consistía en persistir en la creación de la nueva Argentina económica, tarea a la que coadyuvaban principalmente los capitales extranjeros y las masas inmigradas. Estaba persuadido de que, hasta entonces, las luchas políticas, las apasionadas contiendas por el poder que tanto habían ensangrentado la historia argentina habían absorbido excesivamente las energías nacionales, y que ahora debían postergarse para dejar lugar a un esfuerzo colectivo y eficaz en favor del proceso de expansión económica en que el país estaba empeñado: su éxito debía realizar a la larga aquel ideal expresado por Alberdi y Sarmiento de modificar la fisonomía de la realidad nacional para impedir que otra vez cayera el poder en manos de los representantes de la “montonera”.

Julio A. Roca, presidente desde 1880 hasta 1886, resumió esta posición al erigir como lema de su gobierno el de “Paz y administración”.

Estas dos palabras estaban llenas de sentido en el momento en que fueron pronunciadas. “Paz” significa imponer definitivamente el régimen de respeto a la Constitución y a las leyes por sobre las pasiones mal controladas de los que aún no descartaban la posibilidad de apelar a la fuerza en las contiendas por el poder. “Administración” significaba, sobre todo, la promoción del desarrollo económico y la organización del Estado para servir a la convivencia de la comunidad, y especialmente a los grupos dominantes, para los cuales el acrecentamiento del país era no sólo motivo de orgullo sino también causa de beneficio.

Este doble propósito de asegurar la juridicidad y el progreso correspondía bastante exactamente al sistema de principios liberales y positivistas que predominaba en el ambiente intelectual de la época. Se perfeccionaba con el designio inequívoco de extender el orden liberal hacia otros campos, como por ejemplo, el de la conciencia individual, imponiendo el laicismo en la educación, e imponiendo la jurisdicción del Estado en ciertos dominios donde antes imperaba la Iglesia.

Pero tales designios políticos, que provenían de una imagen preconcebida de lo que debía llegar a ser la República, suscitaban seguramente no sólo la resistencia de unos sino también la indiferencia de otros. Contra tales reacciones, la oligarquía retomó una vieja actitud que ya había aparecido antes en las minorías cultas —la del “despotismo ilustrado”— y decidió imponer sus designios con prescindencia del consentimiento popular. El hábito de operar discrecionalmente sobre la realidad social se vio favorecido, sin duda, por el indiferentismo que difundió la incorporación a la sociedad argentina de millares de inmigrantes. De la voluntad de todos disponía —ahora más todavía que antes— un pequeño grupo que se constituía en árbitro del destino nacional; y tal tendencia se extremó por épocas a través de regímenes presidencialistas que transformaban en ficción todo el régimen institucional.

Quizá lo más característico del sistema fuera, como se ha señalado ya antes, que la certidumbre de la validez de sus fundamentos originara cierto desdén por quienes no podían comprenderlos. La oligarquía pretendió civilizar al país, pero se mantuvo ajena a las preocupaciones y modalidades de las masas populares, por las que manifestó un vago desprecio. Los problemas sociales, que en otras partes del mundo eran ya no sólo graves sino también visibles, apenas preocupaban a una oligarquía económica y política que, contando con una ilimitada mano de obra, creía imposible que se produjeran en el país fenómenos que ya se habían manifestado en muchos lugares de Europa como consecuencia del desarrollo industrial.

Sin duda no se produjeron en la Argentina movimientos sociales de las características de los que se habían observado en Europa, pero la perspicacia de Sarmiento —que advirtió la peculiaridad nacional de los conflictos sociales— no volvió a darse en ningún estadista; de modo que comenzaron a incubarse las previsibles derivaciones del ingente fenómeno inmigratorio, sin que nadie reparara en él. Muy pronto, sin embargo, se advertirían los primeros síntomas de un cambio profundo.

Como reacción popular frente al absolutismo presidencialista, frente a la política de círculos cerrados, frente al fraude electoral, frente a la inmoralidad administrativa, se organizó poco a poco el movimiento que cristalizó poco antes de 1890 y que buscó ese año una salida por la vía de la revolución. Si el pensamiento político de la oligarquía revela fácilmente sus fuentes y manifiesta su coherencia, las ideas de este otro movimiento que se le enfrentó resultan más difíciles de precisar. Hecho en parte de resentimientos o de reacciones frente a una situación dada, hay en su contenido mucho de crítica y de sanción, y muy poco, en cambio, de clara orientación creadora.

La condenación del “fraude y la violencia” que lanzó Mitre contra el régimen situó las reivindicaciones del nuevo movimiento en el plano político: exigió una democracia pura, en la que el sufragio libre consagrara la voluntad soberana de la mayoría, y un ejercicio del poder que fuera responsable ante la voluntad nacional. Exigir el cumplimiento efectivo del principio del sufragio universal era afirmar el derecho inalienable de las clases populares a imponer su voluntad por encima de las oligarquías que se creían legítimas destinatarias del poder no sólo a causa de su capacidad e ilustración sino también a causa de su antiguo predominio. Se trataba, pues, de una afirmación revolucionaria, puesto que exaltaba el derecho del paisano, del pobre y, además, del hijo del inmigrante y aun del inmigrante naturalizado. De ese modo se hacía cargo de un naciente problema social, que se relacionaba con la progresiva y veloz transformación de la sociedad argentina.

Se ha dicho que el movimiento que dio origen a la Unión Cívica y que se escindió luego para dejar paso, como la más importante de sus fracciones, a la Unión Cívica Radical, expresó más un sentimiento que una ideología precisa. Así era en la palabra exaltada de Leandro N. Alem y lo fue luego en la frase esotérica de Hipólito Yrigoyen. La afirmación es, pues, exacta, pero no debe olvidarse que tal sentimiento era, en cierto modo, resultado de una toma de posición frente a la realidad social, de acuerdo con la cual se invertían los valores y se otorgaba el goce de todas sus facultades a nutridos grupos de ciudadanos no considerados hasta entonces como de pleno derecho. Era un sentimiento, sí, pero un sentimiento que provenía de una convicción profunda acerca de las condiciones que prevalecían en la sociedad. Y aunque era sólo un sentimiento, entrañaba la decisión de ofrecer soluciones a los problemas sociales, limitada, es cierto, a la solución formal de considerar a todos los ciudadanos, cualquiera fuera su condición económica o su origen, en el mismo nivel político, sin descender a problemas más profundos que arrancaban de la sustancial y progresiva diferenciación de los distintos grupos sociales.

Esos problemas, principalmente económicos y acentuados con el desarrollo del país, se insinuaban ya en las últimas décadas del siglo, pero seguramente sólo eran perceptibles para los que estuvieran avisados del curso del movimiento obrero. Entre 1885 y 1889 visitó los países del Río de la Plata Enrique Malatesta y poco más tarde, en 1898, le siguió Pedro Gori, ambas figuras destacadas y brillantes del movimiento anarquista europeo. Sin duda ejerció fuerte influencia la presencia de los dos luchadores, y poco a poco, bajo la influencia del último, el anarquismo individualista se inclinó hacia la acción organizada a través de los sindicatos: L’Avenire y La Protesta Humana fueron sus periódicos de lucha. Por la misma época comenzaba el movimiento socialista con el que el anarquismo entró en inmediato conflicto. El Club Vorwärts agrupó en 1882 a los socialistas alemanes, y en su seno el ingeniero Germán Avé Lallement procuró indagar, con criterio marxista, las peculiaridades del desarrollo económico-social argentino; una reflexión ya madura vio la luz en las páginas del periódico El Obrero, explicando el significado de la revolución del 90. Poco después, en 1894, aparecía La Vanguardia como expresión del grupo socialista, que se constituyó como partido político dos años después, bajo la inspiración de Juan B. Justo. Como en el caso del anarquismo —con el que continuó luchando, a imitación de lo que ocurría en otros países— el socialismo se organizó también dentro de la ortodoxia doctrinaria. Describiendo la situación social argentina escribía Justo el 7 de abril de 1894 en el primer editorial de La Vanguardia: “Junto con esas grandes creaciones del capital, que se ha enseñoreado del país, se han producido en la sociedad argentina los caracteres de toda sociedad capitalista.

’’Suprimida toda solidaridad de sentimientos e intereses entre los patronos y los trabajadores, éstos, que antes disfrutaban con cierta libertad de los medios de vida que ofrece el país, tienen ahora que someterse a la dura ley del salario si no quieren morirse de hambre. El trabajador, despojado de toda otra cosa, no puede ofrecer, en cambio de los medios de subsistencia que necesita, más mercancía que su fuerza de trabajo; y esa fuerza de trabajo es comprada, como cualquiera otra cosa, por el capitalista al más bajo precio posible y en la cantidad que le conviene. La existencia de la población trabajadora viene así a depender de leyes idénticas a las que rigen la producción y el cambio de una mercadería cualquiera, la lana o las vacas por ejemplo. Como en el mercado de los cambios el valor natural de una mercancía cualquiera es señalado por su precio de costo, el valor natural de la fuerza de trabajo consiste en los medios de vida necesarios para producir esa fuerza. Es decir, el jornalero no recibe como recompensa el producto de su trabajo, ni un valor equivalente, sino la parte que le es estrictamente necesaria para mantenerse, para seguir sirviendo como animal de carga. Todo lo demás se lo apropia el capitalista, cuya ocupación principal es la de gastar ese exceso de bienes de una manera más o menos antisocial.” Y concluía diciendo: “¿Qué se propone, pues, el grupo de trabajadores que ha fundado este periódico? ¿A qué venimos?

“Venimos a representar en la prensa al proletariado inteligente y sensato.

“Venimos a promover todas las reformas tendientes a mejorar la situación de la clase trabajadora; la jomada legal de ocho horas, la supresión de los impuestos indirectos, el amparo de las mujeres y de los niños contra la explotación capitalista, y demás partes del programa mínimo internacional obrero.

“Venimos a fomentar la acción política del elemento trabajador argentino y extranjero, como único medio de obtener esas reformas.

“Venimos a combatir todos los privilegios, todas las leyes que, hechas por los ricos en provecho de ellos mismos, no son más que medios de explotar a los trabajadores, que no las han hecho.

“Venimos a difundir las doctrinas económicas creadas por Adam Smith, Ricardo, Marx, a presentar las cosas como son, y a preparar entre nosotros la gran transformación social que se acerca.”

8

En la oposición contra la oligarquía liberal y positivista comenzó a intervenir desde 1880 otro factor que había de cobrar notable desarrollo: el sentimiento religioso vigorizado por la organizada acción de la jerarquía eclesiástica. Era aquél, sin duda, un sentimiento tradicional que todos respetaban, inclusive los grupos liberales que, desde la Revolución de Mayo, defendieron posiciones regalistas y pretendieron limitar la influencia del clero. Pero en las situaciones críticas ese sentimiento tradicional se había exacerbado, y había servido como lema de guerra: “Religión o muerte” había sido el de Quiroga y fue frecuente que los federales acusaran a los unitarios de impíos. Ahora, al renovar la oligarquía liberal y positivista la política civilizadora, inspirada en los movimientos laicos franceses, el sentimiento religioso se exaltó —y fue exaltado— otra vez y se tornó bandera de combate.

Fue la legislación laica la que desencadenó el problema. Los grupos católicos se sintieron vulnerados y se levantaron contra la intromisión del Estado en problemas que antes se reconocían como del fuero de la Iglesia. La jurisdicción de las dos potestades fue otra vez motivo de disputa, repitiéndose por una y otra parte argumentos que ya se habían esgrimido en la polémica en otros lugares. Y en el ardor de la lucha, las posiciones se extremaron y llegaron a formularse de la manera más rotunda.

Se habló de un plan de descristianización del país. En rigor, el Estado, de acuerdo con el plan civilizador, se limitó a avanzar en ciertos aspectos al compás de las orientaciones de los países que la oligarquía tenía por monitores de su acción, pero al hacerlo, comenzó a afirmar el principio de neutralidad religiosa. La ley consagró el principio del laicismo en la enseñanza y estableció el Registro Civil para documentar el estado y la situación de las personas, instaurando más tarde el matrimonio civil. Los sectores católicos resistieron a esas innovaciones. Obispos, sacerdotes y el propio nuncio apostólico manifestaron su oposición a tales medidas, y la opinión católica se dejó oír en el Parlamento, en la prensa y en las tribunas del Congreso Católico de 1884, de la Asociación Católica de Buenos Aires y de la Unión Católica.

Las figuras predominantes de ese movimiento fueron José Manuel Estrada y Pedro Goyena, a quienes acompañaron Miguel Navarro Viola, Tristán Achával Rodríguez, Emilio Lamarca, Manuel D. Pizarra y otros. Si algunos años antes había parecido posible a Estrada adherirse a los principios del catolicismo liberal, ahora, frente a las tendencias que adoptaba el Estado, creyó imprescindible sujetarse a la más severa ortodoxia y regir su pensamiento y su conducta de acuerdo con las directrices de Roma. Como Goyena y sus demás conmilitones, Estrada comenzó a anatematizar los “errores modernos” de acuerdo con la doctrina enunciada en el Syllabus y en las encíclicas papales que combatían el liberalismo; y sin vacilar se dejó arrastrar hasta las últimas consecuencias de su doctrina. “Si los medios se subordinaran a sus fines —decía Estrada en el discurso de clausura del Congreso Católico de 1884—, el reino exterior de Cristo es la soberanía universal de la Iglesia. Y no hay salida entre los términos de esta alternativa: o la deificación del Estado por el liberalismo, que en doctrina es blasfemia, en política es tiranía, y en moral es perdición; o la soberanía de la Iglesia, íntegramente confesada, sin capitular con las preocupaciones, cuyo contagio todos, señores, hemos tenido la desgracia de aspirar en la atmósfera infecta de este siglo, y contra las cuales, congregados aquí en torno de nuestro prelado, protestamos hoy en día delante del Cielo y de los hombres, para ceñir, con la mente iluminada y el corazón gozoso las armas de los adalides cristianos, por la gloria de Dios y la regeneración de la República.”

La posición ultramontana ganaba así a las mentes esclarecidas, aun hasta la de los que hasta poco antes habían tenido cierta elasticidad para comprender las demás posiciones intelectuales y políticas. Y desde aquélla, las instituciones y los principios consagrados por las nuevas leyes resultaban condenados por razones trascendentales.

9

Pese a la resistencia de los grupos católicos, la legislación liberal se abrió paso decididamente. En materia educacional, sus fundamentos fueron expuestos ya con claridad en el Congreso Pedagógico convocado por el gobierno en 1882, en el que el proyecto de resolución presentado por Nicolás Larrain establecía el laicismo como norma para las escuelas del Estado. Los católicos procuraron, sin éxito, que el Congreso declarara que la educación del Estado tenía que ser de carácter católico, y tal contraposición de opiniones agitó los debates y preparó los ánimos para la lucha parlamentaria, que se lanzó al año siguiente.

No era, en rigor, sino una repetición de las discusiones suscitadas por las leyes Ferry en Francia. Los católicos apelaron a los argumentos de la encíclica Quanta Cura y del Syllabus; los liberales a las ideas que aquellos textos combatían y que eran ya patrimonio de todas las minorías cultas en todas partes. Finalmente, en 1884, quedó aprobada la ley 1420 de educación común, que sentaba el principio del laicismo, y con ella quedó afirmada la concepción liberal del Estado, que ya había sido defendida al discutirse en 1881 los “recursos de fuerza”. Al mismo tiempo se creaba el Registro Civil, que sustraía a la Iglesia la vigilancia de la situación de las personas, y algunos años más tarde, en 1888, se establecía el matrimonio civil.

Como en el caso de la ley de enseñanza laica, esta última ley suscitó nuevas y apasionadas discusiones. Volvió a sostenerse, como en 1884, que el país era católico, que católica era la Constitución, y que ninguna ley podía, en consecuencia, contradecir esa tendencia general de la sociedad y de su carta fundamental. Pedro Goyena defendió la tesis católica fundándose no sólo en la doctrina que justificaba la concepción del matrimonio como un sacramento, sino también en la opinión de que era injustificable que “una ceremonia meramente civil, laica, desdeñosa de Dios” tuviera el mismo valor y la misma categoría que la ceremonia religiosa. Como Estrada, insistió en la permanente sujeción del país a las tradiciones católicas; pero la hábil dialéctica y el fervor de los defensores de las tesis tradicionales fracasaron frente a la opinión mayoritaria del Congreso que compartía los criterios liberales del gobierno, sostenidos de manera eminente por Eduardo Wilde.

No era, sin duda, la opinión mayoritaria del país. Los liberales que inspiraban la nueva legislación formaban una élite, y Goyena la definió exactamente al decir que tales innovaciones provenían “de los consejos de gabinete, de un círculo de hombres cuyo mérito intelectual no juzgo ahora, cuya sinceridad no escudriño, pero que yo veía aislados del concurso de la comunidad…; y se llegó, bajo las apariencias modestas de la reforma de un artículo legal, a malear esta cosa santa, esta cosa fecunda para el bien, que se llama la escuela, donde se forma el alma del hombre futuro, el alma del niño, que junto a sus coetáneos es la patria del porvenir. Y yo no veía otra razón para operar ese cambio que el prurito reformista de algunos hombres públicos imbuidos en la lectura de escritores irreligiosos, y amigos de imitar recientes leyes extranjeras”. Acaso no se equivocaba el militante católico; pero la política liberal estaba destinada a establecer los cuadros para el país del futuro que se estaba formando, con desdén —a veces exagerado, por cierto— por el país tradicional.

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La sanción de una ley de enseñanza popular correspondía a una preocupación profunda por el problema de la educación. Era la misma preocupación que Sarmiento había tenido durante toda su existencia y que había inspirado las páginas de Educación popular; ahora, en sus herederos, se mantenían algunos de los principios prácticos de quien había erigido en preocupación primera de su vida la de “educar al soberano”. Como criterio director de la actividad educacional, ninguno obraba tan enérgicamente sobre la acción como el de la exigencia social y política de elevar el nivel de civilización del país. Más que otra doctrina, la de la necesidad social de contar con hombres capacitados para la acción social y política mereció la atención de las minorías dirigentes porque así parecía exigirlo el programa civilizador.

Por eso se concentró la mayor atención alrededor de la enseñanza primaria. El mayor número posible de niños —y la totalidad, de ser posible— debían recibir no sólo las primeras letras sino también los conocimientos prácticos elementales para poder actuar con eficiencia en las actividades corrientes, servir al progreso colectivo, y capacitarse para entender los principios elementales de la vida democrática. Era, pues, una pedagogía guiada por preocupaciones prácticas la que inspiraba la educación primaria.

También lo fue la que inspiró la enseñanza secundaria, renovada en el país por Bartolomé Mitre, aunque ésta tuvo una orientación definidamente minoritaria. Los llamados “colegios nacionales” estuvieron destinados a la formación de pequeños grupos, “de modo que el saber condensado en determinado número de individuos obre en la masa de la ignorancia —había dicho Mitre en el Senado—, difunda en ella una ley más viva y sostenga con armas mejor templadas las posiciones desde las cuales se gobierna a los pueblos enseñándoles a leer y escribir, moralizándolos, dignificándolos hasta igualar la condición de todos, que es nuestro objetivo y nuestro ideal”. Sin duda era lo más a que se podía aspirar. El claro designio de elevar el nivel intelectual y social del país requería la formación de minorías, porque si no, “no tendríamos ciudadanos aptos para gobernar, legislar, juzgar ni enseñar, y hasta la aspiración hacia lo mejor se perdería porque desaparecerían de las cabezas de las columnas populares esos directores inteligentes, que con mayor caudal de luces, las guían en su camino y procuran mejorar su suerte animados por la pasión consciente del bien”.

Tal como fue concebida en su origen, la educación secundaria debía formar minorías cultas con una orientación decididamente humanística. Pero poco a poco se acentuó la tendencia al practicismo y la educación secundaria se orientó hacia la capacitación utilitaria del individuo. Aun cuando seguía sirviendo para la formación de una minoría, la enseñanza secundaria buscó satisfacer las necesidades inmediatas del individuo con un enciclopedismo superficial; muy pronto la influencia positivista se hizo sentir activamente, irradiándose desde la Escuela Normal de Paraná un sistema de principios de vigorosa ortodoxia que alcanzaría a todos los grados de la enseñanza. De inmediato se concentraron los fuegos sobre la concepción humanista de la enseñanza, y las primeras víctimas fueron las lenguas clásicas, que desaparecieron de los programas. Contra esa medida protestaron primero Paul Groussac y más tarde Juan Agustín García. Fundaba el primero sus opiniones en favor de la cultura clásica en razones de orden social: “En proporciones relativamente mayores y más rápida que los Estados Unidos —escribía Groussac—, la República Argentina ha venido a ser la encrucijada de las nacionalidades. Tan violenta ha sido la venida inmigratoria, que podían llegar a absorber nuestros elementos étnicos. Están sufriendo una alteración profunda todos los elementos nacionales: lengua, instituciones políticas, gustos e ideas tradicionales. A impulsos de un progreso spenceriano, que es realmente el triunfo de la heterogeneidad, debemos temer que las preocupaciones materiales desalojen gradualmente del alma argentina las puras aspiraciones, sin cuyo imperio toda prosperidad nacional se edifica sobre arena. Ante el eclipse posible de todo ideal, sería poco alarmarnos por el olvido de nuestras tradiciones: correría peligro la misma nacionalidad. Es tiempo de reaccionar contra la tendencia funesta y si ésta no fuera la hora propicia, sería porque habría pasado ya. Y es, sin embargo, esta hora suprema la que algunos eligen para ensalzar la educación utilitaria que nos ha traído donde estamos, y atajar la cultura clásica, que por sí sola constituye una escuela de patriotismo y nobleza moral.”

El practicismo se tradujo en la enseñanza universitaria en una orientación decididamente profesional. Tanto en la Universidad de Córdoba, nacionalizada durante la presidencia de Urquiza, en 1856, como en la de Buenos Aires, nacionalizada durante la de Roca, en 1881, las escuelas profesionales fueron el cuerpo fundamental de la institución. Pese a eso, en 1896 pudo fundarse en la de Buenos Aires la Facultad de Filosofía y Letras, como sede de estudios desinteresados, donde se enseñaron las teorías positivistas en boga, a las que se sumó poco después el neokantismo.

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El practicismo, con todas sus limitaciones, era, empero, la actitud propia de una sociedad embriagada por una prodigiosa aventura económica. Como ante una invocación mágica, el país, antes de menguada riqueza y como estancado en su desarrollo, había comenzado a producir bienes que multiplicaban las fortunas de propios y extraños. Enriquecerse fue una obligación social, porque quien se enriquecía y creaba riqueza servía los planes de engrandecimiento del país, contribuía a su crecimiento y facilitaba su rápido ascenso hacia el acariciado ideal de país civilizado de tipo europeo. Por lo demás, la presión de los extranjeros, radicados todos en el país en persecución de la riqueza, contaminaba a los nativos y los incitaba a encaramarse en el proceso. Las circunstancias exigían no ignorar la tendencia general de la sociedad.

El fenómeno —justo es decirlo— no era solamente local: análoga tendencia revelaba la sociedad en el resto del mundo, en el momento en que se lanzaba la política económica del gran imperialismo. En todas partes la actividad económica alcanzó no sólo una enorme importancia sino también una altísima jerarquía que la situaba como una de las actividades fundamentales del hombre. Quizá contribuyera a ello la magnitud que alcanzaba la aventura económica en el mundo y las transformaciones que esa aventura originaba en la vida, debido a que ese desarrollo económico correspondía al período de expansión de la civilización técnica en vastas y unificadas áreas.

Como en otros lugares, en la Argentina pareció incontestable que la misión de la hora tenía que ser incluir el desarrollo económico local en la vasta órbita del desarrollo económico de las grandes potencias que se habían lanzado resueltamente por la vía del desarrollo industrial. Si hasta la caída de Rosas —y aún más tarde— el país había limitado sus exportaciones a los cueros y al tasajo, la renovación de la política económica propiciada por los teóricos de la mutación acelerada, como Alberdi y Sarmiento, permitía ahora producir lanas, carne vacuna y cereales en condiciones de calidad y cantidad tales como para transformarlo en un mercado de primera magnitud. Imposibilitado de adquirir de inmediato la capacidad industrial necesaria como para alcanzar por sí el grado de progreso material que cada generación pretendía, el país tenía que apresurarse —según los espíritus renovadores— a entrar en relación con las potencias que podían proveernos de los elementos necesarios para promover nuestro desarrollo y abastecernos de productos manufacturados. Esa relación no podía ser sino el resultado de una integración económica, en cuyo juego la Argentina debía ingresar como proveedora de materias primas de algunas de las grandes potencias industriales.

Si se lograba dar ese paso, la Argentina habría ingresado en la órbita del mercado mundial; y eran tales las ventajas que tal paso ofrecía, que fue dado resueltamente; y, por la acción deliberada de las minorías dirigentes, la Argentina entró de lleno en el área económica de Inglaterra.

En 1887, al abandonar la presidencia de la República, el general Roca decía en un banquete que le ofreció en Londres la casa bancaria Baring Brothers: “He abrigado siempre una gran simpatía hacia Inglaterra. La República Argentina, que será algún día una gran nación, no olvidará jamás que el estado de progreso y prosperidad en que se encuentra en estos momentos se debe, en gran parte, al capital inglés, que no tiene miedo a las distancias y ha afluido allí en cantidades considerables, en forma de ferrocarriles, tranvías, colonias, explotación minera y otras varias empresas.” Era la sensación y el juicio de las minorías que, al tiempo que se enorgullecían del acelerado progreso que alcanzaba el país, se enriquecían con la valorización de sus tierras y con la exportación de sus productos.

Frente a las posibilidades infinitas que ofrecía un suelo feraz y de inmejorable clima, el Estado no vaciló en girar sobre el futuro. Pensó que podía otorgar concesiones y solicitar empréstitos sin límite, aun corriendo el albur de provocar a corto plazo situaciones difíciles. Lo importante era traer capitales para despertar las riquezas dormidas. Para el intercambio, adoptó una política resueltamente librecambista, a pesar de la opinión y las demandas de los pequeños grupos industriales, reunidos y organizados desde 1887 en la Unión Industrial Argentina, patrocinada por Carlos Pellegrini. El Estado y las minorías que le prestaban su inspiración compartían los principios fundamentales del liberalismo económico y los aplicaban deliberadamente. El presidente Juárez Celman expuso su pensamiento doctrinario en el mensaje del año 1887: “Desde luego —decía en ese documento—, la explotación de los ferrocarriles no constituye una función del Estado; ella no tiene el carácter de los atributos que le son inherentes y que no pueden desprenderse de la soberanía, tales como la administración de justicia, la acuñación de moneda, la sanción de las leyes, la defensa nacional y demás, que constituyen la esencia del poder público. La confusión depende, como lo exponen pensadores y sociólogos, de una errada concepción de los deberes y derechos del Estado. La acción del Gobierno es indispensable como inicial allí donde ningún interés particular puede llevar a cabo obras de cierta magnitud, pero esta necesidad se hace discutible desde que aparecen los datos opuestos.” Y agregaba más adelante: “Lo que conviene a la Nación, según mi juicio, es entregar la industria privada, la construcción y explotación de las obras públicas que por su índole no sean inherentes a la soberanía, reservándose el gobierno la construcción de aquellas que no puedan ser verificadas por el capital particular, no con el ánimo de mantenerlas bajo su administración, sino con el de enajenarlas o contratar su explotación en circunstancias oportunas a fin de recuperar los capitales invertidos para aplicarlos al fomento de su Banco, a la unificación de su deuda o a la consrtucción de nuevas obras reproductivas o necesarias para la administración.”

Este pensamiento presidió, en general, la política económica del Estado, con aprobación de los grupos económicos vinculados al comercio de explotación e importación, y con la pequeña resistencia de los nacientes grupos industriales. Empero, ante la crisis económica producida por la especulación y, sobre todo, por el desequilibrio financiero creado por la ingente y rápida introducción de capitales a cuyos intereses y amortizaciones había que hacer frente, el Estado intentó al año siguiente del citado mensaje de Juárez Celman quebrar su línea de conducta e intervenir en la actividad económica privada. El ministro de Hacienda, Rufino Varela, pretendió en 1888 contener la subida del oro y la depreciación del papel moneda mediante una disposición según la cual se prohibía a la Bolsa de Comercio practicar operaciones de compra y venta de oro. La medida causó sensación. La Bolsa resistió la disposición ministerial, las opiniones relacionadas con el mundo de los negocios apoyaron la conducta de la Bolsa y, finalmente, el ministro se vio obligado a renunciar.

El fracaso confirmó la tesis liberal, cuyos principios siguieron presidiendo la función del Estado en relación con la actividad económica privada.

En rigor, el Estado provocaba a conciencia un régimen de déficit, porque juzgaba preferible acelerar el proceso técnico del país a no contenerlo por temor a los desequilibrios inmediatos de la balanza comercial. El progreso técnico implicaba una política demográfica y una política inversora. La política demográfica consistió en omitir escrúpulos e introducir cuanto antes el mayor número posible de inmigrantes. En rigor, no consistía mucho más que en eso, pues los innumerables problemas que hubiera suscitado un plan de radicación de inmigrantes que supusiera además una selección de las actividades económicas preferibles y una distribución geográfica adecuada, tanto de esas actividades económicas como de la población inmigrante, fueron omitidos ante la presión de la avalancha y, en cierto modo, por el apremio de ciertos grupos económicos por poseer mano de obra barata. Por su parte, la política inversora estuvo presidida por la certidumbre de que el país produciría alguna vez riquezas suficientes como para reembolsar cualquier inversión productiva, sin calcular su monto. Esa confianza ilimitada en el porvenir económico del país —y en la perduración de la demanda de sus materias primas— movió a acelerar las inversiones para provocar el progreso técnico del país con un ritmo que no podía ser el de las rentas que las inversiones produjeran. Casi podría decirse que el país marchó adrede hacia el desequilibrio de la balanza de comercio, en el afán de no moderar el ritmo de su engrandecimiento y modernización.

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La Bolsa, la novela en la que Julián Martel glosaba las duras experiencias derivadas de las convulsiones financieras de los últimos años, procuró reflejar no sólo las condiciones de la sociedad sino también el estado de ánimo propio de los hombres de su generación, dentro de un cuadro que quería ser fiel expresión de la realidad.

Porque el realismo era la estética en boga.

Sin duda, la década que transcurre entre 1880 y 1890 ofrece algunos rasgos que la asemejan a la época del Segundo Imperio en Francia. La rápida transformación de la sociedad a causa de las posibilidades de enriquecimiento que se le presentaron a ciertos grupos, el lujo y el desorden que predominaban en los círculos más poderosos y la inestabilidad que amenazaba a los que tenían menos recursos, daban a la “gran aldea” un aire singular de sociedad anormal, alterada en su desarrollo por causas adventicias. El proceso parecía tentador para el observador curioso; pero lo era más para el artista que había comenzado a pensar que su misión consistía en reflejar fielmente el ambiente social. Bajo la influencia de Flaubert, de los Goncourt o de Daudet, bajo la de Millet o la de Courbet los pintores, la consigna de la hora —un poco retrasada, por cierto, con respecto a Europa— fue transcribir los fenómenos de la realidad en toda su crudeza, estudiando lo que se llamaba el documento humano mediante una observación rigurosa de la que se deseaba descartar en cuanto fuera posible la imaginación creadora. Balzac en cierto modo, y Taine, habían sido propulsores de esta estética a la que seducían los aspectos concretos, sensuales, instintivos de la vida. La filosofía positivista estimulaba esta actitud antisentimental como una escapatoria de los problemas íntimos y una inmersión en los problemas colectivos, un poco groseros pero decisivos tanto para el destino individual como para el destino común.

Al comenzar el gobierno de Roca, la nueva creación literaria y plástica puso inequívocamente de manifiesto su abandono de la tradición romántica —que aún sonaba en los versos de Olegario V. Andrade— y su preferencia por la estética realista. Eugenio Cambaceres publicó en el curso de la década Pot-Pourri, Música sentimental, Sin rumbo y En la sangre, novelas todas en las que reflejaba la incesante marea de las pasiones que azotaban la vida nacional, antes recoleta y moderada. Por entonces exponían sus obras los escultores Francisco Cafferata y

Lucio Correa Morales y los pintores Angel Delia Valle, Augusto Ballerini, Cándido López y José Bouchet. También ellos seguían la vía del realismo, con influencias francesas e italianas; pero en tanto que la novela, con Martel, Cambaceres, López, Ocantos o Sicardi, tendía a apoyarse en lo anecdótico y en una suerte de color local, la plástica utilizaba o temas europeos o temas históricos.

Hubo una literatura de viajes que también gustó de demorarse en los temas europeos. Mansilla, Santiago Estrada, Cané, García Merou relataron con inocultable nostalgia sus impresiones de los países que visitaron, maravillados por su esplendor, su pujanza o la finura de su espíritu. El realismo tenía una posibilidad de nostalgia. Si la plástica la satisfacía remedando el ambiente o los temas tradicionales de la pintura europea, la literatura buscaba la descripción directa. A veces, todavía llegaba a transferir los ambientes europeos a relatos porteños, cuyo marco resultaba a causa de ello convencional y artificioso. Y la nostalgia empujó también en sentido inverso hacia el tema del indio y del gaucho, en el que buscaron su camino Estanislao Zeballos, Eduardo Gutiérrez y Martiniano Leguizamón.

El realismo —el naturalismo, que poco a poco comenzaba a difundirse— entrañó en más de un autor cierto escepticismo y cierta amargura. El suicidio fue un tema frecuente y la angustia encubierta en el destino personal una nota permanente en la creación. Acaso porque el creador sentía su inadaptación en un país alucinado por la aventura económica, el realismo constituía la estética adecuada para aferrarse y huir de la realidad al mismo tiempo.

Escribía Sicardi en el prólogo de Libro extraño: “Porque es necesario que los hechos tengan sitio, fecha y criaturas, escribo estos capítulos del libro, que lleva por esto mismo en la entraña la simiente de la muerte, porque en el arte, no tienen vida duradera, sino las cosas sobrehumanas, que en todo tiempo y lugar sean reflejo de verdad. Requiescat in pace. Se irá en el montón, en buena compañía, a descansar en la huesa, que el olvido abre todos los años para los que escriben. Yo tengo conmiseraciones, llenas de respeto, por todas las ideas que se arrojan a la pelea diaria, y muy en mucho los campeones esforzados, que defienden iracundos la brecha, erguidos sobre el escombro… Me acerco a ellos siempre, leo sus libros, veo cómo se enflaquece el vigor intelectual, que echa a la hoguera sus aristas de diamante pulido y cómo sepulta el hombre todas las exuberancias pasionales de nuestro espíritu. Escribo a pesar de todo, con caricias en la frase y plasmo, en los soliloquios de creación, las figuras, que cruzan sonriendo la zona sombría del pensamiento. No hay frío en la pluma, ni desesperaciones: y, cuando resbala y cruje sobre el papel, saltan chispas de alegría, porque otros se emborrachan de alcohol y nosotros de visiones: es lo mismo. Lo importante es que el tiempo, que no puede llenarse siempre de trabajo material, pase en alguna forma, aunque sea poblado de deleznables fantasmagorías —el tiempo, que es tan largo, cuando la inercia y el tedio penetran los huesos… No importa lo que suceda después; escribamos. Sé que el sepulcro está siempre con la tapa de mármol levantada y pendiente en actitud de caer… pero yo digo que esos libros muertos, que han enriquecido nuestra inteligencia con el esplendor de sus pasiones, son los amigos desinteresados de las horas solitarias; y a medida que se van borrando de la memoria humana, se concentran y retiran en tropel y entran por las puertas iluminadas de nuestras casas, como hijos pródigos que vuelven moribundos de la lucha a buscar otra vez el seno tibio de nuestros cariños. Yo los he visto después, en las urnas, donde están guardadas las cenizas de los dioses tutelares, al lado de los retratos, sobre el escritorio de los hijos. ¡Sobrado galardón es éste! ¡Qué bien están los libros muertos allí!… Porque el arte no vive, si es estéril vanidad y exhibición burda y fugaz; pero es eterno, cuando es fragua calentada en todos los amores del corazón, cuando, hecha de dolor y de recuerdos, diseca una por una las tristezas del espíritu humano. ¡No haya miedo, hermanos míos; dejad esa síntesis a vuestros hijos, aunque no viva fuera nunca!

“Allí bien guardados, dentro de las cuatro paredes, donde han sido escritos, tienen la vida inmortal, a pesar de todos; y, cuando suenan las alegrías de íntimos festivales, siempre hay quien estira la mano a recogerlos. Yo he visto estas familias… En la noche del santo de los padres, se reúnen todos alrededor de la mesa con esos libros, que son a veces la única herencia… Los genios amables del hogar, con alas blancas y grandes, se ciernen en la atmósfera tibia y la vieja sobreviviente está sentada en la cabecera. Tiene en los ojos pensativos toda su historia de alma resignada y tranquila, mientras los mayores, con tez morena y ojos negros, leen en voz alta las páginas adorables… Pasa el alma del padre en los rasgos extraños y los arabescos y las curvas y los círculos y las líneas de las letras… formando rayas pequeñas y grandes, separadas por blancos espacios, que van cantando apresuradas, las unas después de las otras, las divinas estrofas, mientras su sombra melancólica vaga por los comedores, donde se sienten ruidos de besos cariñosos.” Esta sensibilidad encendida era la de su generación, volcada a la defensa de una vocación irreprimible en un ambiente estremecido por la fiebre del oro y las bruscas transformaciones de la sociedad.

Capítulo segundo

EL ESPÍRITU DEL CENTENARIO

1

A medida que finalizaba el siglo xix se acentuaban los signos de la transformación que se operaba en el ambiente social e intelectual del país. El vasto movimiento de disconformismo político que se había manifestado a través de la conmoción de 1890 en Buenos Aires crecía y se diversificaba, alcanzando a todos los aspectos de la vida nacional y definiendo cada vez más sus caracteres. Quienes constituyeron entonces la promoción de los disconformistas y de los rebeldes —tanto en la política como en el pensamiento— comenzaron a gravitar un decenio más tarde en la vida del país, proporcionándole a su existencia colectiva algunos matices diferentes.

Este nuevo giro que tomó el curso de las ideas mantuvo su dirección durante los primeros quince años del siglo, aproximadamente, y encontró su expresión simbólica en el espíritu que presidió las fiestas de celebración del Centenario de la Independencia, en 1910. El “espíritu del Centenario”, nacido de múltiples factores se incubó a partir de la crisis que la oligarquía predominante sufrió en 1890, tanto en su estabilidad política y social como en sus convicciones y perspectivas. Y a lo largo de los gobiernos de Julio Argentino Roca —en su segunda presidencia—, de Manuel Quintana, de José Figueroa Alcorta y de Roque Sáenz Peña, se lo vio madurar, expresa Jo un vigoroso aunque contradictorio sentimiento colectivo, y diluirse luego en la marea de nuevas fuerzas y nuevas influencias que comenzaron a advertirse al coincidir el triunfante ascenso político del radicalismo con el desarrollo de la Primera Guerra Mundial.

No se crea, empero, que el espíritu del Centenario constituyó una corriente esencialmente contradictoria con respecto a las que predominaban hasta entonces. Por el contrario, las continuó en lo fundamental, pero vigilándolas severamente en sus deformaciones posibles y en sus vertientes peligrosas, bajo la impresión de los clamores que comenzaron a escucharse en 1889 y que volvieron a oírse una y otra vez en los años siguientes. Se fortaleció por entonces lo que Alejandro Korn llamó el “positivismo nacional”; pero las minorías —especialmente los grupos intelectuales, ahora un poco escépticos y alejados de la política— creyeron que la tradición positivista y liberal no tenía por qué conducir necesariamente a un estado de inmoralidad colectiva y a un estancamiento intelectual, y se convencieron, por el contrario, de que tales corrientes podían conducir hacia un progreso general que, en la Argentina, debía necesariamente tomar formas acentuadas y definidas: no sólo las de un progreso material sino también espiritual. Juan Agustín García, que será una de las figuras eminentes de este período, dijo en el solemne discurso pronunciado en la colación de grados de la Facultad de Derecho de Buenos Aires del año 1899: “Si al pensar en el porvenir de la República la imaginara como una colosal estancia cruzada de ferrocarriles y canales, llena de talleres, con populosas ciudades, abundante en riquezas de todo género, pero sin un sabio, un artista, un filósofo, preferiría pertenecer al más miserable rincón de la tierra, donde todavía vibra el sentimiento de lo bello, de lo verdadero y de lo bueno.”

En el fondo, tanto las minorías intelectuales como las nuevas promociones de políticos percibían no sólo la presencia de algunas nuevas ideas sino también de ciertos imprecisos anhelos en el seno de una colectividad que mudaba su fisonomía de manera inequívoca. El país se transformaba visiblemente; y así como subsistía el ideal del progreso material, nacían a su vera nuevas aspiraciones suscitadas por las alternativas del cambio de la realidad social y espiritual del país.

Las minorías intelectuales acusarían desde 1900 la influencia del Ariel de José Enrique Rodó, cuyo contenido exaltaba la función de la inteligencia y afirmaba el principio de la aristocracia del espíritu. Entretanto, ciertas minorías sociales, que formaban parte de la oligarquía política pero que comenzaban a sentir ciertas preocupaciones por su propia situación en el complejo social, empezaron a examinar con nuevos ojos el problema de la convivencia social en el país. Carlos Pellegrini, Joaquín V. González, Roque Sáenz Peña representaban eminentemente este sector. Ciertamente, la situación de la vieja oligarquía era cada vez más difícil. El aluvión inmigratorio seguía creciendo y desbordaba los cauces de la vieja sociedad criolla, en la que introducía nuevos elementos y provocaba nuevas combinaciones sociales de imprevisibles consecuencias. Una nueva clase media se constituía poco a poco con elementos diversos y con una distinta concepción de la vida, y al aparecer y al acentuar su gravitación en la vida nacional, ponía al descubierto la creciente ilegitimidad de la autoridad que ejercía la vieja oligarquía.

Este fenómeno se puso de manifiesto cada vez más desde la revolución de 1890. Hasta ese momento, los conflictos armados —como el de 1874 o el de 1880— enfrentaban fracciones de la misma clase social que disputaban entre ellas el poder dentro de un sistema político en el que valían ciertas reglas convencionales de juego; pero el movimiento disconformista que condujo a la rebelión armada de julio de 1890 reveló la existencia de distintas proyecciones sociales detrás de las fracciones oligárquicas en lucha. La clase media, que se renovaba y reorganizaba poco a poco, buscaba una salida apoyando a aquella fracción de la oligarquía que mejor parecía defender sus ideales y, desde entonces, la misión de la oligarquía y sus métodos quedaron sometidos a revisión. Ya se verá cómo esta actitud engendró tendencias encontradas en el seno de una clase que, habiéndose tenido por liberal y progresista hasta entonces, se halló convertida desde ese momento en la fracción conservadora de la sociedad.

Quedaron, así, enfrentados quienes consideraban legítima y quienes consideraban ilegítima la situación de predominio de la vieja oligarquía. Por su parte, la clase media no formaba tampoco un grupo compacto. Poco a poco, sobre el tronco de la vieja clase media criolla, de escasa influencia y significación, se había comenzado a sentir la gravitación de los grupos inmigrados que, habiéndose localizado en las ciudades y habiéndose entremezclado con los grupos nativos, habían alcanzado un alto nivel económico y, con él, habían logrado activar la función general de la clase media. Pero, aunque en su conjunto, tenía frente a la oligarquía una situación general de hostilidad, la clase media no mostraba una gran coherencia interna en sus ideas y actitudes, precisamente porque su composición social era confusa e inestable. Radicaba en ella el germen fundamental del disconformismo, pero las soluciones que parecían deseables variaban según los distintos sectores, y debían seguir variando según las alternativas de la integración de los grupos inmigrados en el complejo social autóctono.

Si esta última circunstancia robaba eficacia a la renovada clase media, más aún influía sobre las clases populares. Formaban éstas un conglomerado de caracteres cada vez más confusos, en el que los designios tradicionales se habían visto sacudidos por la agresiva preocupación económica de los grupos inmigrados que se habían proletarizado. Sólo algunos pequeños sectores demostraron tener ideas claras en cuanto a su posición social en el cambiante complejo nacional; pero el mayor número aspiró resueltamente al ascenso de clase por el camino del éxito económico, tras el cual corrieron millares de hombres, anhelantes de hallar lo que habían venido a buscar a América, e indiferentes en su gran mayoría a la suerte de la colectividad a la que se habían incorporado.

En esa lucha fracasaron muchos y las clases populares acentuaron su aire proletario; comenzó así a tomar una fisonomía moderna, como no la tenía hasta poco antes. De la mezcla de los recién llegados y de los nativos sacó el suburbio de Buenos Aires su aspecto peculiar, y allí nació el tango, acaso la expresión más fiel de una sensibilidad que fue conquistando cada vez más adeptos. Almafuerte cantó las miserias y las grandezas de ese grupo social al que la vieja oligarquía llamaba despectivamente la “chusma”; la palabra tomó en labios del poeta un significado diferente, en el que rezumaban el resentimiento y la legítima indignación que casi nadie alcanzaba a ver cuando Almafuerte los descubrió. Él mismo se sentía surgido de esa clase despreciada:

Aquí salgo del seno proficuo

De la cósmica chusma sagrada,

Como surgen los rudos poceros

Ungidos en greda del pozo que cavan Con el acre sabor de la simple,

Desolante sentencia judaica:

La ansiedad de la luz en los hombres Recién aparece después que se sacia.

En términos dramáticos definía Almafuerte la peculiaridad de ese grupo:

Jadeante, grotesca, inasible,

Por tenaz, por insólita y vaga,

Soportando por siglos de siglos,

Minuto a minuto la cúpula humana:

Así está la misérrima plebe,

La inmortal, invencible alimaña

Que los tercos lebreles vigilan

acosan y aturden y aprietan y aplastan.

Esta plebe —la “chusma sagrada”— comenzaría poco a poco a precisar la fisonomía y, ante el asombro de los desprevenidos, exigiría su lugar en la vida pública. Muy poco después, en un primer rapto de entusiasmo nacionalista, Leopoldo Lugones —en el estudio que tituló El payador— proclamaría epopeya nacional al casi olvidado Martín Fierro de José Hernández.

2

El aspecto heteróclito y los rasgos confusos y contradictorios de la realidad social argentina, atrajeron la atención de los espíritus inquietos y reflexivos hacia los problemas sociológicos. Acaso pueda llegar a decirse que el sociologismo orientó las preocupaciones intelectuales de este período —como, por lo demás, ocurría en Europa—, fijando alrededor de su problemática las más profundas y vivientes preocupaciones. A diferencia de los hombres de la generación del 80, ahora los grupos a los que atraía el trabajo científico acusaban cierta displicencia con respecto a la política. Pero en la medida en que abandonaban la acción —por la que no ocultaban cierto desdén— los grupos intelectuales satisfacían su necesidad de militancia en una crítica insobornable de la actividad política concreta y en un esfuerzo por indagar las fuerzas secretas que la movían y le prestaban sus rasgos peculiares. El sociologismo fue, así, un sustitutivo de la acción, algo así como una política crítica y ejercitada desde cierta distancia, pero cuya intención distaba mucho de proyectarse hacia la utopía y movía más bien los ánimos hacia una comprensión de las realidades profundas, en cuya entraña debía obrarse si se aspiraba a actuar sobre las relaciones de convivencia.

Fue usual que se distinguiera como primer síntoma de la conmoción social lo que solía llamarse la “crisis moral”. Lucio V. Mansilla, que se había expatriado tras la revolución de 1890, volvió al país en los primeros años del siglo y señaló, entre confundido y alarmado, la pérdida de los tradicionales “estambres morales” de la Argentina criolla. El hecho se imponía, y hasta quienes evolucionaban dentro del ambiente local lo advertían. Acaso fue Agustín Álvarez el más severo censor de una sociedad que juzgaba enferma y cuyos males denunciaba con tanta entereza como perspicacia. Ricardo Rojas decía en La restauración nacionalista que “la desnacionalización y el envilecimiento de la conciencia pública han llegado a ser ya tan evidentes que han provocado una reacción radical en muchos espíritus esclarecidos de nuestro país”. Pero fue sin duda Juan Agustín García quien enfocó el problema con más rigor científico, acomodando a sus inquietudes ciudadanas sus preocupaciones intelectuales. Escribía en la Introducción a las ciencias sociales argentinas: “La sociología debe ser una ciencia nacional. El primer problema es determinar las fuerzas sociales que en las diversas épocas han presidido la evolución argentina”. Este designio orientó su actividad de historiador y de sociólogo y culminó en La ciudad indiana. Fue hombre de extremado rigor en la investigación y de suma prudencia en las generalizaciones; pero tenía una contenida pasión por el tema de su país y de su época. Era explicable, pues el espectáculo, en Buenos Aires sobre todo, convidaba a la reflexión por la novedad de los hechos y la magnitud de sus repercusiones posibles. Por entonces señalaba Carlos Octavio Bunge en Nuestra América que la población argentina se dividía en tres grandes sectores: la antigua clase directora residente en las grandes ciudades, la gente rural del interior, y el elemento inmigratorio radicado preferentemente en el litoral, sobre todo en la provincia de Buenos Aires. Las relaciones entre los tres sectores se modificaban a simple vista y en términos extremadamente variables, de modo que no sólo era dado observar las mutaciones en la fisonomía del conglomerado social sino también percibir los cambios en las reacciones emocionales de los distintos grupos frente a las incitaciones del ambiente colectivo. Las actitudes de los observadores del fenómeno variaban considerablemente. El propio Bunge podía decir esta frase significativa: “El alcoholismo, la viruela y la tuberculosis —¡benditos sean!— han diezmado a la población indígena y africana de la provincia capital, depurando sus elementos étnicos, europeizándolos, españolizándolos.” Para otros —como Agustín Álvarez— la peor calamidad residía, precisamente, en esa tradición española que Bunge, por su parte, consideraba estimable; y muy pronto otros creyeron que el cosmopolitismo surgido de la inmigración arrastraba a gravísimos peligros a la sociedad argentina: Ricardo Rojas, en La restauración nacionalista, señalaba los riesgos por los que atravesaban entonces la familia, la lengua, el país todo.

Estas preocupaciones fueron, pues, las que impulsaron las inquietudes intelectuales hacia los grandes planteos de la sociología, y en los grandes sociólogos europeos se trató de hallar el método de análisis e interpretación de una realidad tan original. Comte y Spencer fueron, naturalmente, los autores más solicitados, y a cada uno de ellos dedicó Ernesto Quesada una monografía destinada a difundir su pensamiento. Circulaba por entonces, dirigida por Estanislao S. Zeballos, la Revista de Derecho, Historia y Letras, en las que tales materias hallaban excelente acogida. Y tanto Quesada, como Antonio Dellepiane, Juan Agustín García, Carlos Octavio Bunge y Alfredo Colmo, publicaron en los primeros años del siglo tratados y monografías sobre el estado de la sociología y de la psicología social en el cuadro del saber europeo. La influencia de L’anné sociologique era notoria. A los nombres de Comte y Spencer se agregaban los de Le Play, Vignes y Le Bon, y luego, poco a poco, los de Durkheim, Lévy-Bruhl y Simmel. La teoría de Taine sobre la influencia del medio ambiente y las ideas histórico-filosóficas de Renán y Fustel de Coulanges nutrían también el pensamiento de quienes buscaban las herramientas adecuadas para penetrar en el misterioso y seductor problema de la vida social argentina en un momento de audaces experimentos. Las tres proposiciones sentadas por Bunge en la Introducción de Nuestra América pueden considerarse como típicas del pensamiento de su generación y de su grupo: a) Cada pueblo posee una psicología social propia; b) La psicología colectiva de cualquier sociedad, aunque susceptible de transformaciones evolutivas, es relativamente neta y estable, y c) Las cualidades típicas que constituyen la psicología social de un pueblo no son privativas de él sino en cuanto a su intensidad y forma. Desde estos presupuestos emprendieron el análisis de su país y de su tiempo.

El hecho que los sociólogos consideraron más significativo fue la singular mecánica política en uso por entonces en el país. Por la originalidad de sus rasgos se la llamó “política criolla”, y precisamente cuando el fundador del socialismo, Juan B. Justo, la fustigaba y procuraba contrarrestarla en la acción, Carlos Octavio Bunge creía definirla con estas palabras: “Llamo política criolla a los tejemanejes de los caciques hispanoamericanos, entre sí y para con sus camarillas. Su objeto es siempre conservar el poder, no para conquistar los laureles de la historia sino por el placer de mandar.” El fenómeno era de larga data, pero había adquirido nueva fisonomía en el país tras el ingreso de los crecidos grupos de inmigrantes, porque había cambiado el tipo de las clientelas políticas y también el tipo de las relaciones de dependencia. Un nuevo caciquismo se organizaba, y con él una nueva “política criolla”. El sociólogo se afanaba por descubrir sus rasgos con objetividad, y aunque con frecuencia se traslucía cierta actitud aristocratizante que alguna vez permitió juzgar como “reaccionariamente democrática” una política que trataba de apoyarse en las clases populares, el criterio predominante fue el de justificar el fenómeno a través de las peculiaridades del medio ambiente.

La teoría del medio debía tentar a sociólogos que se enfrentaban con un proceso de transformación provocado por el acceso de numerosos grupos de inmigrantes al seno de una comunidad de definida tradición. Para el sociólogo, para el político y para el observador vulgar, el dilema que se ofrecía a la vida argentina era simple pero decisivo: o la sociedad criolla absorbía plenamente al conglomerado inmigratorio o éste disolvía la sociedad tradicional. Pero los grupos intelectuales de comienzos del siglo, como herederos directos de la generación del 80 y nietos de la generación que había organizado el país desde 1852, pensaban que la sociedad tradicional tenía defectos gravísimos, heredados todos —según opinaban muchos— de la tradición colonial española. Hubo por entonces, ciertamente, un fuerte movimiento antihispánico, pues se atribuía a la Iglesia católica, a las supersticiones y aun a las costumbres españolas, el escaso desarrollo económico del país y la perduración del ambiente colonial: tal era, sobre todo, el punto de vista de Agustín Álvarez y de Juan Agustín García. “Los extranjeros —escribía el primero en 1904— nos han mejorado infinitamente menos por la sangre que han mezclado con la nuestra, que por las ideas y los sentimientos superiores que han aclimatado en nuestro espíritu, y por la influencia que esto ha ejercido en nuestro entendimiento de la vida.” La gran preocupación de Agustín Álvarez era, precisamente, que el medio ambiente de tradición española concluyera por absorber la inmigración extranjera. Carlos Octavio Bunge, en cambio, creía que esta absorción, que estaba seguro que había de producirse, sería beneficiosa para el país, “pues ese elemento inmigratorio —escribía— una vez nacionalizado y acriollado, acomodándose a los sentimientos e ideas del litoral, los mejora y tiende a formar una psicología argentina, la más bella y poderosa, la que amalgamará y refundirá en su crisol todos los factores y regiones para que fluyan en purísimo oro”; por su parte, Ricardo Rojas decía en La restauración nacionalista: “La anarquía que nos aflige ha de ser pasajera. Débese a la inmigración asaz numerosa y a los vicios de la inmigración. Pero el inmigrante europeo es hoy como el de la época colonial: vuelve a su tierra o muere en la nuestra. Lo que perdura de él es su hijo y la descendencia de sus hijos, y éstos, criollos hoy como en tiempos de la Independencia, tienen ese matiz común que impóneles el ambiente americano.” Eran distintos resultados de un mismo método y de una misma doctrina. La lectura de Taine, de Renán y de Fustel de Coulanges confluía con la de los sociólogos positivistas en una imagen del contorno espiritual y material de las sociedades que solía expresarse bajo la denominación de “mundo moral”. Alojado dentro de esos marcos desenvolvía su vida una colectividad que, poco a poco, creaba en el devenir de la historia su “psicología social” y acuñaba las ideas y tendencias que regirían su vida colectiva. La determinación del “carácter nacional” y de las “ideas predominantes” debía ser, pues, uno de los temas principales del sociólogo.

Juan Agustín García se preocupó por filiar el origen de las instituciones y de las costumbres morales y, entre los resultados de su estudio, anotó los cuatro factores que él consideró fundamentales de la vida argentina. Eran la fe profunda en la grandeza futura del país, la preocupación económica con exclusión de todo otro interés, el culto del coraje y el desprecio de la ley. Era la época en que José María Ramos Mejía escribía su libro sobre Las multitudes argentinas y Lucas Ayarragaray su estudio sobre La anarquía y el caudillismo. El criollismo parecía robustecerse en la imaginación de los sociólogos, acaso porque se advertía en la realidad la intensa arremetida que contra sus contenidos espirituales lanzaba la ola inmigratoria, pero también porque se observaba la aparición de formas híbridas en las que las tradiciones vernáculas se trasmutaban en el nuevo ambiente creado por la inmigración: así el coraje del gaucho se prolongaba en las actitudes viriles y jactanciosas del hombre del suburbio, del “compadrito” que destacaba su inconfundible figura en el sainete y en el tango; y las peculiaridades del criollismo parecían seguir vigentes a los ojos de los sociólogos, todos ellos, por lo demás, pertenecientes a una minoría intelectual que se reclutaba, en general, en las filas del patriciado. Así, aunque el argentino era ya para entonces un tipo indescriptible a causa de las diversas influencias que comenzaban a cruzarse en él, Joaquín V. González afirmaba que lo que lo distinguía era el ser “impetuoso, caballeresco y sentimental”, en tanto que, con análogo criterio, sostenía Carlos Octavio Bunge que lo caracterizaban “la pereza, la tristeza y la arrogancia”. Más categórico, Agustín Álvarez, en su Manual de patología política, se atrevía a llamar a las peculiaridades de sus compatriotas, simplemente, las “imbecilidades argentinas”.

3

Quizás haya sido en la afirmación —polémica y generalmente retórica— de lo nacional como se haya manifestado más resueltamente el espíritu del Centenario. A medida que se acercaba la celebración de los cien años de la Independencia nacional maduraban y adquirían inequívoca evidencia los frutos del movimiento inmigratorio. Un aspecto, sobre todo, influyó considerablemente en ciertas repercusiones del problema: la organización de los grupos anarquistas y socialistas que desencadenaron importantes movimientos entre las masas trabajadoras.

Se comenzó entonces a hablar de doctrinas exóticas y maléficas; y el coro de elogios convencionales que solía oírse alrededor del tema de los inmigrantes que venían a labrar la fértil tierra argentina, comenzó a apagarse por los recelos que suscitaba la “mala inmigración”, la de los “extranjeros desagradecidos” que organizaban huelgas y difundían doctrinas socialistas o anarquistas. Contra ellos se dictó en 1902 la llamada “ley de residencia”, que autorizaba al gobierno a expulsar a los extranjeros “cuya conducta comprometa la seguridad nacional o perturbe el orden público”, y en 1910, la “ley de defensa social que legislaba sobre admisión de extranjeros, asociación de personas para la difusión de ciertas ideas y actos de propaganda y terrorismo. Aunque tales medidas llevaron alguna tranquilidad a los timoratos, no faltó quien denunciara el alcance de tales hechos. Es revelador el manifiesto que lanzó el Partido Socialista en mayo de 1909, con motivo de algunos hechos de violencia y de las explicaciones que dio el gobierno sobre ellos. “El gobierno responsable de la masacre obrera del 1° de mayo —decía el manifiesto— proclama con fruición que casi todas las víctimas eran extranjeras.

“Hijo del predominio político de las provincias de tierra adentro, la obra sanguinaria de sus genízaros le parece excelente procedimiento de argentinización. Quiere nivelar el proletariado de Buenos Aires con el de las zonas del país donde es más abyecto y servil; quiere que el nivel mental de los trabajadores de la Capital no exceda al de los inconscientes parias que trae del interior y arma para su nefasta obra de exterminio.

“Es cierto que, con dineros sustraídos al pueblo trabajador, fomenta la inmigración que ha de abaratar la mano de obra. Pero, como trabajadores, no le parecen buenos sino los extranjeros sumisos siempre agradecidos a la pitanza que les permite vivir, sin más preocupación que la de llenar las necesidades más elementales.

’’Denunciamos ese concepto mezquino y retrógrado como uno de los más grandes estorbos a nuestro desarrollo nacional, como el torpe disfraz que malamente disimula la desenfrenada codicia y las bajas ambiciones de los hombres de la oligarquía.

”Su patriotismo les permite pedir a los patronos extranjeros que manden sus peones argentinos a votar por las facciones de la política criolla; les permite vender el país entero a empresas extranjeras, cuyos abogados son altos personajes políticos, y de cuyos directorios salen ministros y presidentes; les permite también valerse de extranjeros para la obra nefanda de la corrupción y anulación del voto argentino. Pero les hace mirar con odio tanta altiva reclamación obrera, toda tendencia política genuinamente popular, y en su incapacidad para comprender el movimiento obrero, y adaptar a él sus actividades de clase gobernante, no encuentra argumento mejor que acusarlo de extranjero.

“Denunciamos esa acusación como una baja maniobra tendiente a perpetuar la oligarquía. Los que así hablan son vulgares politicastros para quienes la patria es fuente inagotable de enriquecimiento personal y de vanos honores, que, al agigantarlos, empequeñecen al país; intrigantes hechos a todas las malas artes, desde las elecciones falsas hasta la revueltas simuladas con soldados de línea; pobres espíritus absorbidos por sus menguadas luchas de camarillas.

“El movimiento obrero argentino es obra de hombres nacidos aquí y en otros países, como tiene que ser toda sana actividad colectiva en un país cosmopolita. El movimiento obrero da a todos los hombres del país un alto ejemplo de conciencia histórica y política, solidarizando a los hombres de igual condición social, cualquiera sea su patria de origen. El movimiento obrero hace obra de argentinización librando a nativos y extranjeros de prejuicios de raza, y haciéndolos trabajar de consuno en la elaboración de un más fuerte y más alto pueblo argentino. Circulan ahora en el mundo los sentimientos y las ideas con la misma libertad que los hombres y las mercancías. ¿Cómo podrían entonces alcanzar los nuevos ideales y los nuevos métodos? ¿Si copiamos de Europa las artes y las ciencias, si de allá traemos las semillas y las crías que refinan nuestros cultivos, no son también para este país una bendición las nociones y prácticas importadas que han de sacarnos del pantano de la política criolla?

“Somos los continuadores de la obra de la Independencia, y cuando llegue la hora del Centenario, la tierra argentina, fuera de sus trigos y sus lanas nada podrá presentar que la acerque tanto a los pueblos cultos como su agitación proletaria.

“Pese a la clase gobernante, ha de formarse en este país un pueblo trabajador de los más inteligentes y libres del mundo.”

Ciertamente, la reacción contra el cosmopolitismo y las agitaciones sociales originó un movimiento farisaico encubierto de nacionalismo. Pero es innegable que un movimiento nacionalista auténtico, sincero y profundo se desarrollaba en el seno de los viejos grupos criollos, cada vez más alarmados por la influencia de la ola inmigratoria y por el progresivo desvanecimiento de los rasgos de la personalidad nacional.

Fue el uruguayo José Enrique Rodó quien pronunció —en Ariel— las primeras palabras de alarma contra la “afluencia inmigratoria, que se incorpora a un núcleo aún débil”; el fenómeno suscitó en el ánimo del ilustre ensayista un sentimiento de aristocracia, porque creyó que entrañaba la “degeneración democrática, que ahoga bajo la fuerza ciega del número toda noción de calidad”. Y tras las huellas de Rodó algunos grupos autóctonos comenzaron en la Argentina, como en otros países del Continente, a afirmar su “arielismo”, su sentimiento minoritario, aristocrático y espiritualista, modelado en áspero contraste con el poco elegante apremio de quienes llegaban a “hacer la América”.

Ricardo Rojas expresó ese sentimiento con profundidad, sólidos fundamentos y justa medida en La restauración nacionalista. Recogiendo la apesadumbrada pregunta de Sarmiento relacionada con el mismo problema: ¿Argentinos? Desde cuándo y hasta dónde, bueno es darse cuenta de ello”, Rojas decía: “Antes de que la respuesta pueda ruborizamos, apresurémonos a templar de nuevo la fibra argentina y vigorizar sus núcleos tradicionales. No sigamos tentando a la muerte con nuestro cosmopolitismo sin historia y nuestra escuela sin patria.” Esta actitud entrañaba un nacionalismo, pero no el nacionalismo farisaico de quienes se ocultaban los problemas del país, ni el nacionalismo agresivo de quienes se jactaban de una superioridad no probada. Había en Rojas una reacción sentimental —la de “los que a fuerza de ser argentinos empiezan a sentirse extranjeros en su propia patria”—; pero había sobre todo una apreciación objetiva y clara del problema, que concluía en un pronóstico y en un programa para su solución.

Sin embargo, no fue la ola creciente del cosmopolitismo lo único que desencadenó el sentimiento nacionalista. Rodó lo tradujo también en otros términos cuando, lo concibió como una oposición frente a Estados Unidos y al practicismo norteamericano. Diez años antes, por su parte, los representantes argentinos ante la primera Conferencia Panamericana reunida en Washington en 1889 manifestaban ya la orgullosa decisión de no aceptar la tutoría de Estados Unidos. Manuel Quintana y Roque Sáenz Peña levantaron su voz contra las pretensiones hegemónicas enunciadas por el secretario de Estado, Blaine, y definieron un innegable sentimiento de resistencia frente a su país, que era ciertamente compartido por muchos. Acaso esconda cierta clave de ese sentimiento un párrafo de la crónica que, sobre la conferencia, envió José Martí a La Nación de Buenos Aires de la que por entonces era corresponsal: “Son acá levadura viva los celos de Inglaterra” —escribía—, y el Sun maligno, aliado demócrata de Blaine, denunciaba a los que se le opusieron en la sesión como “empleados e instrumentos de Inglaterra”; pues, en efecto, buena parte de aquella resistencia contra Estados Unidos nacía en ciertas élites argentinas de su solidaridad con Inglaterra y de su consustanciación con los modos de vida ingleses. Pero de todos modos, nació de esta extraña coyuntura una manifestación de nacionalismo latino, que se lanzaba contra los admiradores del utilitarismo norteamericano y detractores, al mismo tiempo, de la tradición española. Tuvo ese sentimiento ocasión de precisarse con motivo de la guerra de Cuba en 1898, y por esa época desarrolló Rodó en Ariel su antinomia entre utilitarismo e idealismo que arrastraba la contraposición entre la América anglosajona y la América hispánica.

La celebración del Centenario forzó las posiciones frente a la realidad nacional. Se afianzaron en sus convicciones quienes, a la luz de severo análisis, renegaban de las tradiciones hispanocriollas, y siguieron esperándolo todo del ejemplo anglosajón; se robustecieron en sus ideas los que temían la influencia del cosmopolitismo y propiciaron una política de decidida absorción de la población de origen extraño; y no faltaron quienes cerraron los ojos a todo examen y se dejaron ganar por un optimismo fácil y un conformismo superficial, que derivaron en formas groseras de patriotismo muy a tono con las formas externas del regocijo oficial propio de la fecha. En El juicio del siglo, Joaquín V. González reseñaba con rara objetividad y aguda penetración las alternativas de nuestra evolución histórica, y señalaba al final que “aunque a veces hubiera pretendido con tenaz empeño apoderarse de la opinión la tendencia chauvinista, tan llena de peligros y falsas sugestiones, ella no ha pasado de esferas secundarias”. Pero ciertamente predominaron esas esferas secundarias por encima de las opiniones ponderadas y críticas precisamente en ocasión del Centenario. La retórica oficial acuñó definitivamente el tópico de “la grandeza nacional”, de nuestro envidiable destino y de nuestras innatas virtudes; y grupos irresponsables desataron una ola de xenofobia como complemento aparentemente indispensable del orgullo oficial. La idea de la patria adquirió un valor convencional en las frases hechas; pero arrastraba un sentimiento auténtico e innegable que se difundía y operaba en el complejo social como un vivo estímulo para la reducción de lo heterogéneo en lo homogéneo, para la absorción de los grupos humanos de diverso origen en la colectividad. Era el sentimiento de confianza profunda que había comenzado a obrar en un poeta de tradición anarquista, Leopoldo Lugones, y que lo movía a escribir en 1910, en la primera de sus Odas Seculares:

Patria, digo, y los versos de la oda

Como aclamantes brazos paralelos,

Te levantan Ilustre, Única y Toda

En unanimidad de almas y cielos.

El robustecimiento del patriotismo pareció a muchos el arma necesaria para contrarrestar los peligros del aluvión cosmopolita. Como presidente del Consejo Nacional de Educación, José María Ramos Mejía echó las bases de una reforma destinada a transformar la escuela elemental en un eficaz instrumento de acción para lograr la incorporación profunda y sincera de los hijos de inmigrantes a la colectividad nacional. El nacionalismo fue una respuesta, una convicción elaborada en la experiencia, y adquirió un aire combativo y dinámico. Ricardo Rojas, enviado por el Gobierno a Europa para interiorizarse del desarrollo de los estudios históricos —”problema relacionado con los más vitales intereses de nuestra nacionalidad”, decía— defendió en su informe la urgente necesidad de rever los principios fundamentales de la educación argentina. Y con amplia doctrina y profundo convencimiento, afirmó que una educación basada en la historia era el único camino capaz de crear el sentimiento colectivo que el país requería para fundir sus heteróclitos elementos. Ese pensamiento es el que desarrolló en La restauración nacionalista.

4

Pero las ideas sobre la historia no eran unánimes, ni en cuanto a sus principios fundamentales ni en cuanto a los contenidos específicos de la historia argentina.

Ricardo Rojas, pese a su vasta cultura y a su curiosidad por las ideas y las cosas de Europa, adoptó un punto de vista concordante con el que había sostenido Joaquín V. González en La tradición nacional. Hallaba éste en el desarrollo de la cultura hispanoamericana inequívocas reminiscencias que lo llevaban a pensar en la perpetuación de un destino autóctono; y Ricardo Rojas continuó esa línea no sólo en las páginas ya citadas sino también en las de Blasón de Plata y de Argentinidad, dos libros en los que negaba la presunta influencia, tantas veces señalada, de las ideas extranjeras en el desarrollo de la democracia argentina, afirmando en cambio la existencia de una continuidad interna en el proceso de su formación.

Fiel a esta convicción íntima, Ricardo Rojas procuró estudiar a fondo en Europa las críticas a las ideas historiográficas del Romanticismo; el pensamiento de Taine, de Renán, de Lavisse, de Monod; el proceso de “integración’’ de la historia —como él dice, “desde el poema homérico a la Kulturgeschichte alemana”— pero mantuvo viva en su espíritu su concepción originaria de la historia, en la que latía la esperanza de que sirviera a la formación del alma colectiva. La conciencia de la nacionalidad —decía— se forma por la cenestesia colectiva y la memoria colectiva. “He ahí el fin de la historia —agregaba—: contribuir a formar esa conciencia por los elementos de tradición que a ambas las constituyen. En tal sentido, el fin de la historia en la enseñanza es el patriotismo, el cual, así definido, es muy diverso de la patriotería o el fetichismo de los héroes militares.” Y agregaba luego: “Para ello la Historia no necesita deformarse: bastaríale presentar los sucesos en la desnudez de la verdad. Los desastres merecidos de la patria, los bandidos triunfantes, las épocas aciagas, las falsas glorificaciones, todo habría que contárselo a la juventud. En este afán por descubrir y decir lo verdadero, iría por otra parte implícita una admirable lección de moral.”

Este clamor en favor de una historia veraz, ajena a los intereses de bandería y cuyo contenido fuera el fruto de una indagación seria y objetiva, se generalizó y amplió sus alcances. La preocupación por la historia posterior a la Independencia y el interés que suscitaba el fenómeno rosista se acrecentaba a medida que se hacía más compleja la realidad social del país y más enigmático su futuro. Joaquín V. González definía los cien años de la historia argentina independiente con estas terribles palabras: “El historiador deberá cruzar este infierno, guiado por las altas virtudes que sólo el estudio, el raciocinio y el amor de la patria y la humanidad engendran y mantienen, tanto más en el siglo vivido por la Nación Argentina, en el cual, como ha de verse en este breve estudio, acaso más que en ninguno de sus contemporáneos, la pasión de partido, las querellas domésticas, los odios de facción, la ambición de gobierno o de predominio personal, constituyen una de las fuerzas más permanentes y decisivas en el dinamismo general de todo el país.” Para emprender esta labor, advertía González que era necesario “empezar el análisis científico que procure arrancar la historia del dominio de las causas accidentales, transitorias o personales”, pero no sólo por el placer de la objetividad o por la gravitación del pensamiento crítico que dominaba ya el saber histórico en Europa, sino por otras causas que explicaban esa singular actitud en ese instante de la cultura argentina.

La primera era, sin duda, de orden intelectual. Si con el período histórico de la Independencia habían podido construir Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López una obra de sólidos fundamentos, parecía ya llegada la hora de incluir en el dominio de los estudios históricos de base científica el período rosista, en el que se escondían tantos y tan graves problemas que repercutían sobre la realidad de su tiempo. La segunda era que, para la época del Centenario, la problemática incluida en la polémica del rosismo perdía interés y vigencia a pasos agigantados. Poco a poco habían desaparecido los últimos protagonistas de la ardua lucha, y las condiciones sociales, económicas y políticas del país planteaban nuevos y muy diversos interrogantes. Y la tercera era que se vislumbraba la esperanza de que un análisis desapasionado y objetivo del pasado argentino ofreciera —por encima de toda preferencia— una clave para entender los nuevos procesos; por eso González pedía un ejercicio científico de la historia, “para ensayar la deducción de leyes constantes o periódicas, radicadas, ya sea en los caracteres étnicos y territoriales invariables, ya en las propias enseñanzas del pasado más remoto, ya, por fin, en la sistematización de las ideas, principios o teorías expuestas por los escritores de la época, en todas las direcciones en que la masa nacional se ha agitado, ha evolucionado o ha marchado con rumbos más o menos conscientes”.

Los movimientos de masas y las relaciones entre las clases inquietaban, sin duda, al autor del Juicio del siglo, cuyos esfuerzos de político y de jurista se habían concentrado poco antes en la preparación de un proyecto de código del trabajo que afrontara los problemas sociales que inquietaban la vida argentina de aquellos días. Con intereses semejantes buceaba en la historia Adolfo Saldías, a quien también se le encargó por entonces un estudio retrospectivo de la vida argentina, que publicó con el título de Un siglo de instituciones; el autor de la Historia de la Confederación reiteró entonces sus puntos de vista y ofreció sistemáticamente, en un significativo pasaje del capítulo XI, una interpretación de las crisis sociales argentinas. Sostenía Saldías que el movimiento revolucionario de 1810 estaba caracterizado por el predominio de las clases aristocráticas, que se habían independizado apoyadas en el derecho municipal español; la crisis de 1820, en cambio, había sido una “reacción tumultuaria de las clases medias, de las inferiores clases sociales, contra la oligarquía de los hombres y partidarios de los Triunviratos y Directorios”, y la de 1830, en cambio, había sido una reacción más radical que contó con la plena solidaridad de las clases populares. “Por los auspicios de estas tres grandes proporciones —terminaba Saldías— se ha desenvuelto la sociabilidad argentina desde 1810 hasta 1830, en virtud de lo que se podría llamar la ley de las renovaciones políticas, las cuales se han ajustado a principios cuya originalidad y cuya lógica son dignas de estudio para meditar con fruto sobre la filosofía histórica.”

Un intento semejante había realizado en los últimos años del siglo anterior, y siguiendo el camino abierto por la obra fundamental de Saldías, el historiador Ernesto Quesada en su libro La época de Rosas. También él colocaba su estudio sobre principios de absoluta objetividad, y aducía en favor de su tesis que sólo en el estudio sereno del pasado podía hallarse “la enseñanza del porvenir, y causas análogas pueden producir fenómenos semejantes en cualquier época”. Atraído por las consecuencias —próximas y remotas— del fenómeno, se interesó por las circunstancias que lo explicaban, guiado por la influencia de los sociólogos y de los historiadores de tendencia sociológica, hasta llegar a la conclusión de que Rosas había sido tan sólo un hijo de su época y ésta a su vez el fruto de inevitables encadenamientos que suponían largos procesos.

Con una doctrina más precisa y más elaborada intentó Juan Bautista Justo, fundador del Partido Socialista, ex

plicar en 1898 el desarrollo de la vida social del país en un conciso y madurado estudio que tituló La teoría científica de la historia y la política argentina. Una brevísima caracterización de la doctrina económica —designación que él prefería a la de materialismo— hecha con palabras de Marx y de Engels, abría el estudio, al que sirve de regla esta acotación: “Al afirmar el papel fundamental del modo de producción y de cambio en la historia, Marx y Engels han estado muy lejos de formarse del desarrollo histórico un concepto unilateral”. “La situación es la base”, dice Engels, “pero… las formas del derecho… las teorías políticas… las opiniones religiosas… etc., ejercen también su acción sobre el curso de las luchas históricas, y en muchos casos determinan su forma en primer término.” Y sorteando el peligro de un criterio unilateral estrechado por la reducción a ciertos principios elementales, Justo se introducía en el análisis de la vida argentina desde el punto de vista de los fenómenos de la producción y de las luchas de clases que la caracterizan. Analizaba la revolución de 1810 en relación con lo que López había llamado la “burguesía decente”; examinaba las guerras civiles en relación con los gauchos, que identificaba como “la población de los campos acorralada y desalojada por la producción capitalista, a la que era incapaz de adaptarse, que se alzaba contra los propietarios del suelo, cada vez más ávidos de tierra y de ganancias”; estudiaba a Rosas en relación con la población campesina, que “fue dominada por los mismos que ella había exaltado como jefes”; consideraba la situación de su tiempo como el resultado del “progreso económico [que] nos había incorporado de lleno al mercado universal, del que somos una simple provincia”. Y a lo largo de este examen replanteaba los grandes problemas de la política de la hora con meridiana claridad e inflexible lógica.

Los fundamentos de su interpretación de la historia los expuso Juan B. Justo más tarde en su obra fundamental, Teoría y práctica de la historia, que vio la luz precisamente en 1909, el mismo año en que publicó Ricardo Rojas La restauración nacionalista. En aquélla, desarrolla Justo los puntos fundamentales del marxismo, pero

enriqueciendo y variando sus fundamentos con una teoría biológica de las sociedades humanas que justifica la interpretación económica que él propone y desarrolla. El punto de partida, empero, de la indagación histórica es una inquietud acerca del destino futuro de la humanidad. “No sabríamos siquiera qué preguntar al pasado sin nuestros anhelos para el porvenir.” De aquí que la historia se instrumentalice frente a las exigencias de la acción, en la que Justo ve, como Goethe, el comienzo de toda cosa.

El conocimiento del pasado debe ajustarse a su propia naturaleza. “El mundo de la historia —dice— es una masa de hombres y cosas movidos y moldeados por fuerzas tan regulares como las que mueven el sistema solar y han moldeado la corteza terrestre. Los fenómenos históricos son también lógicos y necesarios, consecuencias fatales de combinaciones de circunstancias dadas. Una neoformación social, una revolución, la expansión o decadencia de una raza, deben producirse en condiciones tan regulares y determinables como la cristalización de un mineral, una descarga eléctrica, la evolución de una especie.

“Más que una simple deducción, impuesta al raciocinio por la regularidad que descubrimos en los fenómenos de otro orden, ésta es una inducción directa de los hechos, cuya basa se extiende a medida que conocemos mejor el pasado de la Humanidad y dedicamos más atención a su desarrollo presente.” Esta regularidad se apoya en la regularidad del comportamiento biológico, en el que ve el fundamento de las sociedades humanas. Pero sobre esa base se producen variaciones fundamentales. “Encontramos, pues, condicionada la acción de los principios biológicos en la especie humana por las actividades intencionales del hombre, que obedeciendo a las leyes generales de la vida, al mismo tiempo que las altera, y, en bien o en mal, les imprime un sello peculiar.

“El predominio de las funciones vegetativas toma en la Humanidad una forma superior, en relación con la altura mental del hombre, y se manifiesta en fenómenos sociales de un orden propio, que no reflejan sino mediata e indirectamente las leyes de la biología.

“La acción intencional crea el mundo técnico-económico, que se superpone al ambiente físico-biológico.” Justo estudia aquellos fenómenos, y sus derivaciones a través de la guerra, la política, la lucha de clases y las relaciones entre capitalistas y asalariados, para concluir con una fervorosa profesión de fe en la vida. “La última conclusión de la ciencia es la del sentido común: prácticamente el hombre es el centro del mundo, y nada tanto como el hombre mismo debe preocupar al hombre. Mas no descubre la ciencia en el mundo un fin bueno e inteligente, una moral. Seres infinitos nacen, sin responsabilidad, para una vida frustrada. Lo que para nosotros es enfermedad y muerte, es para los microbios un festín. Los caprichos de la atmósfera hacen de la agricultura un juego de azar. Dentro mismo de la sociedad humana, chocan ciegos y furiosos los elementos.

”¿A qué tiende la Historia? ¿A dónde va la vida? A su propio incremento, a su propia expansión. Como los organismos elementales, propende el hombre a multiplicarse con toda su potencia. A cada rotación lunar, florece la mujer en su inmanente anhelo de maternidad; vigorizado por los gérmenes de la generación que lleva en sí, mantiene el varón siempre tensa la cuerda de su esfuerzo hacia el crecimiento infinito de la especie. Forma superior de la vida, llévala el hombre y la acrecienta por doquier. Para ello crea su técnica, para ello establece y cambia sus relaciones sociales. En su eterno impulso vegetativo, invade el mundo entero, sujeta las fuerzas físicas, reduce o extiende, según sus propias necesidades, las otras formas de la vida. Lucha también consigo mismo. ¡Ay de las aristocracias que estorban al aumento de la población! ¡Ay de los pueblos que no saben sacar del suelo que habitan todo lo que en el cultivo de la vida puede dar! Ellos serán barridos o dominados por otras clases y otros pueblos más enérgicos. ¿Para qué son las revoluciones y las conquistas? Vano es todo derecho a la vida que no se afirme en su propio ejercicio. La conciencia está al servicio del aumento inconsciente e instintivo de la materia organizada. Adquirimos y desarrollamos funciones de relación, para vegetar mejor. Una fuerza primordial domina a la Historia: la tendencia al crecimiento indefinido del protoplasma.”

La interpretación económica de la historia sirvió algunos años más tarde a Juan Álvarez para renovar el estudio de la época de las guerras civiles y la tiranía. Sin plantear problemas teóricos, Álvarez organizó el análisis de todo el período alrededor del problema de la navegación de los ríos interiores, y de las consecuencias económicas que tuvo el régimen de esas vías para las provincias del litoral; de allí dedujo la explicación de las situaciones políticas creadas entre las provincias litorales y Buenos Aires, más allá de toda la rica y variada historia anecdótica que solía ilustrar el período.

Preocupado por otros problemas, José León Suárez publicó en 1916 una monografía titulada Carácter de la Revolución Americana: Nuevo punto de vista sobre la independencia hispanoamericana. Siguiendo las reflexiones de los hispanizantes, Suárez dio forma a la doctrina de las relaciones entre el movimiento liberal en las colonias y en España. Tuvo su obra mucho eco —en relación, por cierto, con los planteos políticos antiimperialistas— y dejó abierta una vía de estudio y de interpretación del fenómeno de la independencia hispanoamericana, incomprensible, a su juicio, fuera del cuadro de las ideas y las luchas que se producían en España misma.

5

La oposición entre nacionalismo y universalismo, entre nacionalismo y clasismo, entre idealismo y materialismo, fue, en todos los aspectos de la vida y de la cultura argentina, y con diversos matices, un fenómeno característico del momento del Centenario. Si la ocasión era propicia para examinar el destino histórico del país desde el punto de vista de su pasado, no lo fue menos, sin embargo, para despertar la conciencia pública frente a los nuevos fenómenos sociales que se manifestaban y que se interpretaban de diversa manera. Huelgas y movimientos de agitación alteraban la calmosa vida pública, promovidos por los grupos proletarios que cada día cobraban más firmeza, mejor organización y más clara conciencia de su posición político-social. Los grupos tradicionalistas, reaccionarios salvo pocas y honrosas excepciones y ya preocupados por la amenaza de la Unión Cívica Radical, sólo atinaron a proponer la represión como maniobra política de defensa frente a los nuevos fenómenos de masas. No faltaron en el campo político ni en el doctrinario quienes se preocuparan por el problema obrero. Joaquín V. González proyectó la Ley Nacional del Trabajo en cuya redacción colaboraron hombres de diversas tendencias: Del Valle Iberlucea, Manuel Ugarte, Augusto Bunge, Leopoldo Lugones y Juan Bialet Massé; este último, profesor de la Universidad de Córdoba, había publicado un Tratado de la responsabilidad civil en el Derecho argentino bajo el punto de vista de los accidentes de trabajo, y un Informe sobre el estado de las clases obreras en el interior de la República, ambos en 1904. Pero las soluciones sutiles que de esos estudios podían inferirse no fueron halladas a tiempo. Y frente a los grupos reaccionarios, los sectores anarquistas y socialistas, de sólida doctrina y rica experiencia internacional en relación con los procesos sociales derivados de la transformación técnico-industrial, asumieron la representación de las nuevas fuerzas que surgían en el país.

El anarquismo, bajo la ya señalada inspiración de Gori, emprendió una acción organizada y llegó en 1905 a predominar en el Consejo de la Federación Obrera Argentina. La base doctrinaria del socialismo era en la Argentina la misma que en otros países, pero las circunstancias históricas eran tan diversas que no fue poco esfuerzo adecuar los principios teóricos a la realidad. El naciente desarrollo comercial e industrial aceleraba la definición social de un proletariado que tenía, como característica esencial, estar constituido en buena parte por extranjeros, a causa de la afluencia de inmigrantes al país. La oligarquía planteó entonces el problema de los conflictos del trabajo y las reivindicaciones obreras no como un conflicto de clases sino como un encuentro entre nativos y extranjeros, movidos estos últimos por el designio de disolver la sociedad a cuyo seno se habían acogido. Pero el socialismo salió al encuentro de tal tesis aplicando una doctrina universal que correspondía a la universalidad del hecho económico-social, y trasladando con ello el problema al terreno en que debía enfrentarse.

El planteamiento concreto del asunto giró alrededor de una ley de extrañamiento de extranjeros —conocida como “ley de residencia”— que la oligarquía sancionó en noviembre de 1902 a raíz de fuertes movimientos obreros. El gobierno quedaba facultado por ella para expulsar del país a todo extranjero que considerara peligroso para la seguridad nacional y el orden público, de modo que desaparecían todas las garantías que la Constitución ofrecía al que había decidido radicarse en el país. La ley fue objetada por razones institucionales, pero fue sancionada. Su enjuiciamiento ocurrió más tarde, cuando en 1904 llegó al Parlamento el primer diputado socialista, Alfredo L. Palacios. Al fundar un proyecto de derogación de la ley, formuló el problema de las huelgas en sus verdaderos términos; expuso entonces ante los representantes de la oligarquía los fundamentos de la doctrina económica de la historia y derivó de ella una interpretación de los hechos sociales que ocurrían en ese momento en el país.

Eran, sin duda, hechos de escasa magnitud si se usaban como vara de medir los procesos europeos análogos; pero tenían creciente gravedad, sobre todo por la estrechez de criterio de ciertos sectores oligárquicos que confiaban en la posibilidad de mantener una situación de privilegio ya sobrepasada en muchas partes del mundo. Fue una trabajosa conquista del diputado socialista obtener la sanción de una ley que estableciera el descanso hebdomadario y otra que protegiera el trabajo de las mujeres y los niños. Y si la interesada oligarquía local podía equivocarse justamente al interpretar los nacientes fenómenos nacidos de la transformación económica del país, extraña que se equivocara también el sociólogo italiano Enrique Ferri, que visitó el país en 1908 y diagnosticó apresuradamente que el “socialismo argentino es una flor fuera de estación”, agregando que “es un producto de la civilización industrial y ustedes [los argentinos] pasan todavía por la era pastoril”. Estas palabras de Ferri provocaron no sólo una intencionada y aguda respuesta de Juan B. Justo, sino también una reafirmación de la interpretación socialista de la realidad nacional. En un desafío verbal, Justo refutó la tesis de Ferri y sostuvo, analizando el último capítulo de El Capital, titulado “La teoría de la colonización”, que en países agrarios se forma un proletariado rural que lucha contra la clase poseedora de los medios de producción y que debe ser esclarecido para orientar su lucha clasista. Concluyendo su discurso, agregó Justo: “Ferri presenta como obstáculo al socialismo la actual economía agrícola argentina; dediquemos, pues, mayor esfuerzo a la política agraria, que ha de acelerar la evolución tecnicoeconómica del país, y también su evolución política, enrolando en nuestro partido a los trabajadores del campo.”

Si la visita de Ferri dejó como saldo positivo para el socialismo el autoexamen de su validez, la que realizó en 1911 Jean Jaurés sirvió para que desde un escenario tan prestigioso como el del Teatro Odeón se hablara a la opinión media argentina de ideas que no quería oír de labios de sus compatriotas. El socialismo se robusteció, y en las elecciones de 1912, tras un cambio de régimen electoral, llevó al Parlamento dos diputados: Alfredo L. Palacios y Juan B. Justo.

Ciertamente, la opinión de Ferri sobre el socialismo argentino era compartida por muchos que advertían el abismo entre las reformas que exigía y el estado social e institucional del país. Para los espíritus esclarecidos, progresistas y guiados por el ejemplo europeo, el cuadro de la situación política del país parecía entristecedor. “Esos males —decía Indalecio Gómez en el Congreso— son, para decirlo en una palabra, la muerte del espíritu cívico, el anonadamiento completo de la democracia argentina. ¿Es que existe la democracia argentina? ¡Absolutamente no!” Algunos optaron por desentenderse de la actividad política, refugiándose en un elegante escepticismo al que no era ajeno, por cierto, la influencia de Anatole France; y otros mantuvieron su militancia convencidos de que los fenómenos que se ofrecían a sus ojos estaban dentro de la rigurosa lógica del proceso demográfico, económico y espiritual del país. Estos últimos recibieron el estímulo de los historiadores que intentaban una nueva interpretación histórica de nuestro pasado y de los conocedores de nuestras instituciones que se mostraban capaces de interpretarlas a través de la historia. Entre éstos, José Nicolás Matienzo ocupó un lugar de excepción con su obra sobre El gobierno representativo federal en la República Argentina, aparecida en 1917, en la que analizaba las instituciones políticas a la luz de la evolución de la sociedad, a la que consideraba sometida a leyes naturales.

Pero cualquiera que fuese la explicación que pudiera darse sobre la situación institucional, las opiniones comenzaban a agruparse con distintos matices que entrañaban definiciones netas y actitudes categóricas. La revolución de 1890 había conmovido la fácil seguridad de la oligarquía y en su seno los más inteligentes comenzaron a descubrir que el cuadro político había sufrido un cambio de inocultable profundidad: pareció, pues, necesario un cambio de actitud. Pero ajena e insensible al proceso social que empujaba hacia la primera línea a los nuevos grupos proletarios, y alarmada tan sólo por los problemas institucionales que le suscitaba la clase media en ascenso, representada por la Unión Cívica Radical, la oligarquía se escindió entre los que pretendían conservar ilegítimamente y a cualquier precio los privilegios manteniendo la perversión de las instituciones y los que aspiraban a mejorarlas, acaso con la esperanza de purificar sus privilegios y conservarlos en buena ley.

En el seno del Partido Nacional, que no era sino una vasta organización electoral, seguía ejerciendo fuerte autoridad el general Roca. Pero ya al acercarse las elecciones de 1892 se vio aparecer un grupo —llamado “modernista” y encabezado por Roque Sáenz Peña— que representaba el afán purificador de las instituciones frente a la organización electoral que Roca representaba. Era Roque Sáenz Peña un espíritu ecuánime y vigoroso, de clara visión y sentimientos honrados; conservador a la inglesa, creía en la democracia y acaso confiaba en que la democracia conduciría a un robustecimiento de su política moderada. Pero la organización electoral volvió a funcionar eficazmente y frustró el intento de mejorar el sistema institucional. El primer paso había sido dado, sin embargo. Todavía triunfó el general Roca en las elecciones de 1898, pero poco después se separó de él su más fuerte aliado, Carlos Pellegrini, que adoptó puntos de vista análogos a los de Roque Sáenz Peña, y los manifestó explícitamente en más de una ocasión. Sus palabras revelan un momento fundamental en el pensamiento político argentino, porque ponen de manifiesto el juego en que se vinculaban las principales tendencias de la opinión. En primer lugar los grupos obreros que hacían un nuevo planteo de la situación social, ahora modificada y preñada de promesas para el futuro; en segundo lugar, la clase media, esencialmente representada por la Unión Cívica Radical, que aspiraba a intervenir en el poder y que, sabiéndose mayoría, pedía pureza electoral y perfeccionamiento de las instituciones; y en tercer lugar una oligarquía que se dividía entre los que querían mantener la dirección tradicional como si nada hubiese ocurrido desde 1890, y los que, como Roque Sáenz Peña y Carlos Pellegrini, habían obtenido una lección de los hechos y aspiraban a modificar el rumbo quizá con la esperanza de que la mayoría prefiriera su posición moderada en un régimen parlamentario bipartidista. No son desdeñables estas palabras que pronunció el ministro Indalecio Gómez al defender en el Parlamento el proyecto de ley electoral: “No es el haber traído hombres eminentes al Congreso el único elogio que pudiera hacérsele, aun con las reservas expresas que he hecho, al sistema actual.

“Él ha contribuido a la formación de las clases conservadoras del país. En este Congreso, en las legislaturas de provincias, se han formado las clases conservadoras del país. Aquí, en el Congreso, ha estado la voluntad, la energía para resistir a todos los embates de la anarquía, de la revolución, del desorden. ¿Por virtualidad propia del sistema? No. Esa virtualidad corresponde a todos los sistemas —fíjese en esto la Cámara—, corresponde a todos los sistemas en los cuales el candidato a diputado pasa por métodos de selección que permiten designar a los más dignos.

“La misma razón explica también cómo es que la calidad de los elegidos fue siempre superior.

“Así, pues, si queremos que las clases conservadoras se encuentren siempre representadas aquí, y si queremos que este Congreso sea una base inconmovible de la formación de esa clase representativa, es menester que no nos separemos de los sistemas que permiten esa selección.”

En un gesto simbólico, Pellegrini se había negado a votar en 1902 la ley de Residencia de Extranjeros. Cuando poco después se trató en el Senado una reforma electoral que prometía una expresión más fiel y segura de la opinión popular en el Parlamento, Pellegrini no vaciló en enfrentarse con la realidad político-social del país, uniendo en un haz la inquietud social de las clases trabajadoras, manifestada a través de huelgas violentísimas, y la inquietud de las clases medias que aspiraban a llegar al poder y no vacilaban en buscar una salida a sus inquietudes en la conspiración. “La situación presente —decía Pellegrini— es la obra de todos los partidos y de todos los hombres públicos que hemos tenido actuación política en el país desde Caseros hasta la fecha; todos tenemos responsabilidad de lo que hoy pasa, y la única manera de evitar que esa responsabilidad se haga histórica es propender honradamente a la reforma, producir la reacción para suprimir y corregir estos males y devolver a nuestro país la verdad de sus instituciones, el ejercicio de su soberanía popular.”

Pellegrini volvería sobre este tema otras veces. En la misma línea política se alineó Roque Sáenz Peña, y cuando llegó a la presidencia en 1910, concretó sus esfuerzos en una ley electoral que, aprobada en 1912, instauró el voto secreto y obligatorio y el sistema de la lista incompleta, con el que tenían acceso a la representación parlamentaria las minorías. Pero no fue sin lucha. Pellegrini no había podido llegar a ser candidato a presidente en 1904 por la fuerza de la organización electoral que no quería abandonar sus métodos para conservar el poder; y durante el gobierno de Manuel Quintana, el gobernador de Buenos Aires, Marcelino Ugarte, extremó los recursos para controlar los resultados de los comicios y mantener a cualquier precio el uso del gobierno, seguro de que le pertenecía de derecho a la vieja oligarquía y de que carecía de derecho para reemplazarla esa clase media que se constituía con el aporte humano de la inmigración extranjera.

Estas dos corrientes en pugna reflejaban la preocupación que en el seno de la oligarquía producía la actitud de la Unión Cívica Radical. Desaparecidos en 1896 Leandro N. Alem y Aristóbulo del Valle, el partido que fundara el primero quedó librado a las inspiraciones de Hipólito Yrigoyen, que reforzó la posición intransigente negándose en 1897 al acuerdo político con Roca. El nuevo jefe del partido quería la lucha y no la transacción, porque consideraba que eran incompatibles la tradicional concepción de la sociedad argentina, basada en el privilegio y el falseamiento de las instituciones, y la concepción radical y revolucionaria que él encarnaba, basada en la igualdad política y la autenticidad del régimen representativo. Por eso no vaciló en desencadenar la revolución en 1905. Pero al mismo tiempo su acción y su labor persuasiva contribuyeron a precipitar la maduración de la idea de que era necesaria una reforma electoral. La oligarquía disidente e ilustrada no pudo dejar de prestar oídos a esa doctrina que coincidía con sus aspiraciones; Pellegrini y Sáenz Peña escucharon al revolucionario que quería que se le ofreciera el camino de la legalidad. Y la ley electoral, promovida por Sáenz Peña, condujo poco después al poder a Hipólito Yrigoyen y al radicalismo.

6

Roque Sáenz Peña, en quien los observadores del proceso político argentino veían el espíritu superior capaz de romper una tradición arraigada para ofrecer nuevas formas de convivencia a la colectividad, mereció no sólo el reproche de algún sector de la vieja oligarquía que veía en él un traidor a su causa, sino también el sarcasmo ocasional de un filósofo. Con el título de El hombre mediocre escribió una encubierta diatriba contra el entonces presidente de la República por razones accidentales, el psiquiatra y filósofo José Ingenieros, espíritu burlón y apasionado por la vida cotidiana, pero profundo y sagaz en el estudio de los problemas filosóficos. Fue Ingenieros, sin duda alguna, la figura más significativa del pensamiento argentino en los años del Centenario, y la publicación de su Psicología genética en 1911 constituyó un hecho singular en la vida intelectual del país. Ya en 1903 había dado a luz su estudio sobre La simulación en la lucha por la vida, con el que se incorporaba a la corriente cientificista del positivismo. Su Psicología, que reeditó en 1913 con el título de Principios de psicología biológica, acentuó esta orientación, tras de la cual formaron densos grupos de estudiosos, pues la influencia personal de Ingenieros fue extraordinaria. “La psicología es una ciencia natural concordante con las hipótesis más generales de la filosofía científica”, escribía. Partiendo de la biología, Ingenieros aspiraba a formular leyes generales en el campo de la psicología, a través de las cuales pudiera establecer los fundamentos de la lógica, la ética o la sociología. Esta relación condicionaba todo el saber dentro de una concepción decididamente naturalista. Empero no entrañaba una actitud tan decididamente positivista, porque no cerraba totalmente la posibilidad para una metafísica, como se advertiría en sus trabajos posteriores.

Dentro de una corriente cientificista análoga a la de Ingenieros estaba el sabio paleontólogo Florentino Ameghino, desde 1902 director del Museo Nacional de Buenos Aires. En 1906 leyó en la Sociedad Científica Argentina el trabajo en el que fijaba sus opiniones filosóficas y científicas y que se conoce con el nombre de Mi credo. Afirmaba en él que el cosmos se compone de cuatro infinitos, dos tangibles y dos intangibles. “Materia y espacio —decía— tienen la relación de contenido y continente. El espacio existe, es una realidad, puesto que en el Universo es lo único inmóvil, perenne, inmutable, sirviendo de receptáculo a la materia. Concebir algo que sea menos que el espacio o que se encuentre fuera de él, es un imposible. La materia es la sustancia palpable que llena el Universo, y no podemos figurárnosla sino ocupando espacio; es evidente que la porción del espacio ocupada por un átomo de materia no puede a la vez ser ocupada por otro. La materia no tuvo principio, ni tendrá fin. Que es indestructible, es evidente, puesto que no es concebible la posibilidad de sacarla fuera del espacio. Como inseparable del espacio tenemos el intangible infinito tiempo, que podemos definir como la sucesión infinita de la nada corriendo paralelamente a las sucesivas fases de la eterna transformación de la materia. Como inseparable de la materia tenemos el infinito movimiento, que aunque inmaterial, a diferencia del infinito tiempo, es sensible y tangible.”

Los fenómenos naturales —afirmaba Ameghino— obedecen todos a las distintas combinaciones de dos movimientos que predominan en la materia: uno radiante y otro concentrante. Si es posible enunciar leyes de la naturaleza, es contando con que su validez sólo durará mientras dure cierto régimen de equilibrio entre aquellos dos movimientos, régimen que no es inmutable. La vida misma no es sino un aspecto del movimiento, y la diferencia entre el mundo de lo orgánico y lo inorgánico es accidental.

Con esta doctrina se alineaba Ameghino en las filas del cientificismo, con cuyos principios aspiraba el sabio naturalista a crear un cuerpo de doctrina que reemplazara a las creencias religiosas. Había en él, como en Ingenieros, una preocupación por los interrogantes últimos, cuya legitimidad no negaba; de aquí que sólo parcialmente se vincularan uno y otro al positivismo clásico.

Positivista ortodoxo y consecuente fue, en cambio, J. Alfredo Ferreira, acaso en esta época el más documentado y representativo de los que seguían las doctrinas comtianas. Otros muchos expusieron las ideas del positivismo, pero se atuvieron fundamentalmente a sus derivaciones educacionales; Ferreira, tuvo, en cambio, decidida vocación filosófica y aunque escribió poco y publicó menos aún, vivificó sus enseñanzas con un contacto asiduo con los textos y un análisis de las proyecciones posibles del pensamiento comtiano.

La plenitud del predominio de las concepciones positivistas apenas parecía discutible al concluir la primera década del siglo. Si algo les hacía sombra, era la intrépida tenacidad de algunos profesores —especialmente en la Universidad de Córdoba— que seguían enseñando filosofía según los textos de Balmes y Donoso Cortés. Empero, en la Universidad de Buenos Aires se iniciaba una rebelión de otro carácter. Rodolfo Rivarola, profesor de ética y metafísica en la joven Facultad de Filosofía y Letras, había comenzado a abandonar los textos usuales y empezaba a exponer en su cátedra el pensamiento de Kant, que transportaba a otro plano el planteo de los problemas filosóficos. Por su parte, Alejandro Korn se incorporó a la Facultad como profesor suplente en 1906 y como titular tres años después en la cátedra de Historia de la Filosofía, desde la que comenzó a ampliar el horizonte filosófico, sobrepasando el reducido y casi dogmático planteo que solían hacer los profesores de la época. Su sólido conocimiento de la filosofía del racionalismo, del empirismo y del criticismo, le permitió mediante un retorno a lo antiguo, salir del círculo vicioso de una filosofía que había logrado confundirse en la mente de muchos con “la” filosofía.

La influencia de ambos maestros fue pequeña al principio; pero la llegada de Ortega y Gasset en 1916, con la revelación filosófica que trajo consigo, la multiplicó y la hizo decisiva a través de las nuevas generaciones. Entretanto, atacaba también la vigencia del positivismo y el cientificismo la corriente católica, que se oponía no sólo a las doctrinas que respaldaban la escuela laica sino también a las que habían osado desafiar las enseñanzas de la teología. Ameghino, el sabio, era hostilizado por su calidad de sostenedor del evolucionismo, de modo que no sólo se combatía su pensamiento filosófico sino también su pensamiento y su obra científica.

Esta última, sobre todo, adquiría sin embargo cada vez más relieve. Los numerosos estudios paleontológicos y antropológicos de Ameghino, muchos de ellos publicados en los Anales del Museo Nacional, merecieron la atención de los círculos científicos extranjeros. Y en vísperas del Centenario comenzó a ocuparse del problema de la antigüedad del hombre en el Río de la Plata, publicando en 1907 su Tetraprothomo argentinus. En 1910 se reunió en Buenos Aires el decimoséptimo Congreso Internacional de Americanistas, y allí defendió con ahínco sus ideas, que expondría finalmente en La antigüedad del hombre en la República Argentina.

7

Diez años antes, en 1900, se había reunido también en Buenos Aires el Congreso Pedagógico Popular, en el que se expusieron los principios de la pedagogía triunfante, también de definido sentido positivista. Correspondió exponer allí los puntos de vista de la escuela filosófica y pedagógica predominante a J. Alfredo Ferreira, cuya juventud no obstaba para la madurez de sus ideas. Resumiendo la labor ya realizada decía: “Partiendo de las investigaciones de los sabios que estudian el alma en los laboratorios; sabiendo que sólo una tercera parte de la zona cerebral es conocida en sus funciones, estando más explorados los cielos; conociendo, sin embargo, que el cerebro colectivo ha producido monumentos de ideas y de acción que se elevan un palmo cada año, como la columna de Pozzuoli en Italia, según lo comprueba el conjunto de la ciencia abstracta y concreta, de la poesía, derecho, religión, trabajo; contando con la diferenciación constante de los cerebros individuales, que es progresiva, se ha ensayado en las escuelas argentinas que, dentro de una dirección comprensiva del maestro, los discípulos trabajen e investiguen libremente, en la medida de su complexión cerebral y aun corporal, sin respeto por la uniformidad y la igualdad que no son leyes de la naturaleza ni de la vida.

’’Como consecuencia de este mismo concepto orgánico, está herido de muerte el método exclusivo y absoluto preconizado por la escuela clásica, en nombre de la lógica abstracta. Respetándolo como valor en lo que vale como factor de juicio definitivo y guía de procedimiento, se lo ha transformado en relativo, pues los hechos corrigen los razonamientos, y los medios de educación deben armonizarse con el temperamento del que enseña y del enseñado, de la región y de los ideales de cada tiempo. Todos los medios son buenos, cuando son adaptados, y malos, cuando inadaptados o inadaptables.”

La preocupación por la educación y por las reformas en el sistema educacional para servir a las nuevas e imperiosas exigencias de la colectividad, fue intensa a principios de siglo. Pablo Pizzurno escribió por entonces La reforma de la enseñanza secundaria y normal, Leopoldo Lugones, La reforma educacional y Carlos Octavio Bunge, La educación. Con algunos matices se procuraba responder con un pensamiento coherente a la necesidad de una acción intensiva sobre las masas populares para que se compenetraran del espíritu nacional y se transformaran sus miembros en hombres útiles a la sociedad que progresivamente se constituía. Sólo una orientación utilitaria —afirmaba Bunge— podía asegurar un progreso social. Y el mismo autor, con el que coincidiría Ricardo Rojas unos años después, afirmaba que la educación nacionalista era una de las necesidades fundamentales del país.

Por esos mismos años —exactamente en 1905— fundó Joaquín V. González la Universidad de La Plata, cuya orientación general estaría dada por las doctrinas positivistas y las experiencias educacionales norteamericanas, en cuya difusión trabajaron intensamente Ernesto Nelson y Amaranto Abeledo. La nueva casa de estudios no debía ser una universidad más, análoga a las de Córdoba y Buenos Aires, sino una creación original en el país, en la que se desterrara la enseñanza verbalista y se la reemplazara por el aprendizaje directo. Rafael Altamira, el eminente historiador español, contribuyó a definir la fisonomía de la nueva Universidad. La teoría que presidió la organización fue estudiada, profundizada y expuesta en una sección pedagógica agregada a la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales, en la que trabajaron las figuras más representativas del positivismo pedagógico: Rodolfo Senet, Víctor Mercante, Leopoldo Herrera, Alejandro Carbó, Carlos Rodríguez Etchart.

En su Educación y evolución, como en La educación primaria y en los Apuntes de pedagogía, Rodolfo Senet difundió los elementos de la doctrina positivista; Mercante abordó los mismos temas y ahondó los problemas metodológicos; por esa vía influyeron ambos —y a través de ellos la universidad platense— en la orientación escolar del país, que cedió cada vez más a esa influencia. Desde 1908 hasta 1912 ejerció la presidencia del Consejo Nacional de Educación José María Ramos Mejía; fue preocupación fundamental suya introducir una orientación nacionalista en la escuela elemental para contrarrestar la acción del cosmopolitismo ambiente; pero no lo fue menos ordenar los planes y programas escolares de acuerdo con la pedagogía en boga, practicista y racional. Contó para ello con las nutridas promociones de maestros que formaban las escuelas normales, en las que desde las últimas décadas del siglo xix predominaba el positivismo difundido desde los centros de Paraná, Mercedes y La Plata. La formación de maestros fue un problema que se consideró resuelto, y la orientación doctrinaria fue positivista con exclusión de toda otra.

En otros aspectos de la enseñanza media la orientación no fue por entonces tan definida. Casi todos los ministros de Instrucción Pública que se sucedieron desde la segunda presidencia de Roca —Osvaldo Magnasco, Juan Ramón Fernández, Joaquín V. González, Juan M. Garro— se preocuparon por revisar los planes y programas del bachillerato; pero aunque afirmaron reiteradamente que la enseñanza debía ser práctica, no lograron introducir tal principio en un sistema que tuviera vida larga y vigorosa como el que presidió la vida de las escuelas normales. Subsistía la idea de que el bachillerato, puesto que era el camino de acceso a la universidad, tenía como misión la formación de las minorías dirigentes, y esa opinión robustecía la tradición humanista y formativa tradicional. De aquí la indecisión entre las dos concepciones educativas en el campo de la enseñanza media.

El cuadro de los grandes problemas educacionales y de su evolución práctica y doctrinaria fue trazado con precisión por Juan P. Ramos en su libro Historia de la instrucción pública en la República Argentina, aparecido en 1911.

8

Los últimos años del siglo xix trajeron una renovación profunda en las corrientes estéticas. Buenos Aires fue, naturalmente, su primer escenario, acaso porque la ciudad abandonaba aceleradamente su ritmo provinciano para adoptar otro más ágil y nervioso. Y dentro de él una bohemia, un poco imitada de la de París, introducía un nuevo rasgo en la fisonomía de la vida espiritual de la urbe y del país. En los cafés y en las redacciones comenzaron a circular con más audacia y desenvoltura ideas novedosas y revolucionarias, que abarcaban todos los temas, desde el arte hasta la filosofía pasando por la política. La “revolución” —una revolución indefinida en su alcance y en su sentido— atraía a muchos espíritus, acaso porque ocultaba en su seno cierto matiz estético, como se le adivinaba a la filosofía o a la sociología misma. Y el sentido militante que tales ideas despertaban desembocó en la publicación de revistas de avanzada, entre las cuales merecen recordarse —al lado de La Biblioteca, que dirigía Groussac— la Revista de América de Rubén Darío, El Mercurio de América de Eugenio Díaz Romero, El Sol de Alberto Ghiraldo, Ideas de Ricardo Olivera y Manuel Gálvez, Hebe de Ernesto Morales y Novillo Quiroga y finalmente la más duradera, Nosotros de Alfredo Bianchi y Roberto F. Giusti, que comenzó a aparecer en 1907.

Predominaba en todas ellas un aire de renovación; quizá sin brusca ruptura con el pasado, puesto que la generación de principios de siglo vivía del rico y sustancioso legado de las generaciones precedentes; pero estaba animada también por la certidumbre de poseer un mensaje original y un modo de expresión aún desconocido. Comenzaban a disiparse las influencias del realismo, hasta poco antes decisivas, encarnadas en Flaubert, en Daudet o en los Goncourt, y también se desvanecían las de Zola, pese a la persistencia de su influencia como crítico de la sociedad. Otras las reemplazaban ya, aureoladas con el signo inequívoco del buen gusto, en cuya coincidencia se hermanaban los espíritus formando verdaderas sectas, no por efímeras menos vigorosas.

La sabia ironía de Anatole France —que visitó Buenos Aires en 1909— pareció la actitud propia del hombre que estaba al cabo de los secretos del mundo. Se sumó a su influencia la de Oscar Wilde y la de Eça de Queiroz entre otros, coincidentes con aquél en el escepticismo y en el entrevisto descubrimiento de cierto misterio del espíritu que comenzaba a tentar el vuelo más allá de las experiencias cognoscitivas de las ciencias. Traían nuevos mensajes de ese mundo, en distinta cifra, los oscuros poetas del simbolismo. D’Annunzio y Maeterlinck renovaban el encanto de Poe y Hoffman, en tanto que Verlaine y Samain deslumbraban con su riqueza y su comunicativa profundidad. Todavía hubo más: los novelistas rusos que abismaban con sus audaces descensos a las profundidades del alma y ennoblecían el espíritu con su militancia moral. Dostoiewski, Tolstoi, Gorki atraían tanto, y acaso más, como los dramaturgos nórdicos: Strindberg, Bjoernson, y sobre todo Ibsen. Y junto a las lecturas de Stirner y de Nietzsche, se deslizaban las de Unamuno, Azorín y Valle Inclán, testimonios de la renovación del espíritu español.

La confluencia de tantas corrientes extrañas y la efervescencia interna de los espíritus juveniles facilitaron la rápida difusión del “modernismo”, la nueva estética literaria de estirpe latinoamericana que representaban eminentemente Silva, Gutiérrez Nájera, Del Casal y, sobre todo, Rubén Darío. El poeta nicaragüense residía en Buenos Aires —que amaba y llamó “regio” en Prosas profanas—, y allí publicó ese libro en 1896, desencadenando una vigorosa renovación poética que atrajo a Ricardo Jaimes Freyre, a Leopoldo Díaz y a otros muchos jóvenes poetas. Su influencia personal fue grande, y la de su poesía no menor, en parte por el amor que traslucía su palabra y su obra y en parte por el ardor polémico que la animaba. Cantó Darío a la Argentina en el Centenario de la Independencia y a Bartolomé Mitre en ocasión de su muerte en 1906; pero muchos poemas de Prosas profanas revelan la dedicación amistosa a los hombres de la bohemia literaria que compartían con él la nueva inquietud por la expresión moderna de la belleza. El Epitalamio bárbaro está dedicado a Leopoldo Lugones, el revolucionario anarquista de La Montaña que en 1897 publicó Las montañas de oro; con ese libro inició una escuela que él mismo enriqueció luego con Los crepúsculos del jardín, el Lunario sentimental y las Odas seculares, y que acogió a innumerables imitadores.

El modernismo, hijo de América, revelaba un viraje en la sensibilidad. Se buscaban nuevas formas de expresión con nuevas alusiones, pero se descubría que debajo de ellas se erguía por sobre todo, una nueva sensibilidad. Tras de Lugones, con mayor o menor fidelidad a la estética del modernismo, siguieron Ricardo Rojas —con La victoria del hombre—, Enrique Banchs, Rafael Alberto Arrieta. Era el triunfo de una sensibilidad, pero también de un mensaje, de un cuerpo de ideas y de ideales.

Sonaron también por entonces otras voces de distinto timbre. Una fue la de Evaristo Carriego, que representó el demorado amor por las pequeñas cosas y los pequeños dramas, así como el amor por la singular existencia del barrio porteño, tan representativo de los fenómenos sociales propios de principios de siglo. Y otra fue la de Pedro B. Palacios, conocido con el seudónimo de Almafuerte, que representó la afirmación de una eticidad radical por encima de todo el sistema de convenciones sociales. Así como en el modernismo parecía primar el lenguaje sobre el mensaje, en estos dos poetas se imponía un dramático mensaje de humanidad, que daba a su poesía un tono diferente al de la refinada poesía de sus contemporáneos.

La nueva estética influyó también en la prosa e inspiró La gloria de don Ramiro, que Enrique Larreta publicó en 1908. Pero el relato conservó más fielmente que la poesía las influencias tradicionales. Roberto J. Payró y Manuel Gálvez las mantuvieron en sus cuentos y novelas, en los que se presentaba la realidad social de su tiempo con decidida intención crítica, el primero especialmente en Divertidas aventuras del hijo de Juan Moreira y el segundo en La maestra normal. Esta línea siguió también preferentemente el teatro, que adquirió gran repercusión popular a partir del estreno de La piedra de escándalo de Martín Coronado, ocurrido en 1903. Gregorio de Laferrére, Vicente Martínez Cuitiño, Enrique García Velloso estrenaron por esos años con éxito obras de crítica social, género en el que alcanzó alto vuelo el uruguayo Florencio Sánchez, que ofreció en Buenos Aires algunos dramas de intenso vigor, como La Gringa y Barranca abajo.

Las artes plásticas adquirieron fuerte impulso por entonces. En 1910 se instaló en el Pabellón del Retiro el Museo Nacional de Bellas Artes, que dirigió Cupertino

del Campo. De poco antes es la introducción del impresionismo, que llegó al país a través de la paleta de Martín Malharro y del modelado de Rogelio Irurtia. La influencia fue profunda en quienes acertaron a descubrir el nuevo mensaje; Eduardo Sívori y Ernesto de la Cárcova —este último con el ejemplo inequívoco de su óleo titulado Sin pan y sin trabajo— mantenían la tradición del realismo, pero cedieron luego a las influencias impresionistas. Se vieron por entonces en Buenos Aires las obras de los pintores españoles: Sorolla, Zuloaga, Anglada Camarasa. Su influencia fue grande, y comenzaron a seguir sus huellas muchos artistas como Cesáreo Bernaldo de Quirós y Alfredo Guido, algunos seducidos tan sólo por el pintoresquismo y otros atraídos especialmente por la sombría paleta de Anglada y la dramática potencialidad de su dibujo.

Por entonces comenzaron a difundirse nuevas influencias en la estética musical. Junto a las de la operística, empezó a advertirse la de la tradición sinfónica, cuya última expresión era la de César Franck. Alberto Williams y Ricardo Rodríguez representaron esas nuevas tendencias que incidirían tangencialmente en Julián Aguirre, en quien se mantenía el gusto por lo folklórico.

Capítulo tercero

LA REVOLUCIÓN DE POSGUERRA

1

Por sí misma, y por lo que entrañaba, la ley de sufragio universal, secreto y obligatorio, promulgada por el presidente Roque Sáenz Peña en febrero de 1912, estaba destinada a modificar la fisonomía del país. La ley realizaba un viejo anhelo político, cuya fuerza había llegado a ser con el tiempo suficientemente grande como para que ciertos grupos conservadores consintieran en satisfacerlo; y su cumplimiento abría el camino a algunas fuerzas sociales que habían tenido escaso relieve, hacia posibilidades de acción que hasta entonces les habían estado vedadas. Comenzaron, pues, a producirse nuevos cambios en la fisonomía de la sociedad argentina, determinados por el desplazamiento de ciertos grupos hacia situaciones de mayor influencia. Una sorpresa profunda y creciente empezó a cundir entre quienes debían ceder posiciones que creían pertenecerles indiscutiblemente.

Poco después de aprobarse la ley Sáenz Peña se renovó el gobierno de la provincia de Santa Fe, y por primera vez llegó al poder la Unión Cívica Radical. No mucho después debía renovarse la Cámara de Diputados de la Nación. Los resultados de las elecciones permitieron que el Parlamento de 1912 tuviera una fisonomía muy diferente de los anteriores. No mucho antes, tras asistir a una sesión del Senado, Jean Jaurés había dicho a Juán B. Justo que el cuerpo era “una reunión de personas bien educadas, que no quieren contradecirse recíprocamente”; tai era, ciertamente, el aire del parlamento argentino tradicional, del que sólo participaba la oligarquía, dividida, todo lo más, en grupos rivales. Pero las cosas habrían de cambiar: la Cámara de Diputados de 1912 vio incorporarse a su seno a varios diputados radicales —José Luis Cantilo, Vicente C. Gallo y Marcelo T. de Alvear entre ellos—, a los socialistas Juan B. Justo y Alfredo L. Palacios, y al jefe del partido santafecino de la Liga del Sur, Lisandro de la Torre. Desde ese momento, las contradicciones fueron frecuentes y las polémicas sostenidas y en ocasiones violentas.

Los cambios que se advertían en la vida política correspondían a transformaciones profundas que se producían en la estructura económica y social del país; derivaban éstas fundamentalmente de la continua afluencia inmigratoria y de los extraños y variados procesos de su absorción por la población tradicional, y fueron puestos de manifiesto por el censo nacional de 1914. En menos de veinte años la población del país, que era de 3.954.900 en 1895, alcanzó a los 7.884.900 habitantes. Más de los dos tercios de ese aumento de población había correspondido a la zona Este del país, zona litoral caracterizada por sus excelentes puertos y por la buena calidad de la tierra para la producción agrícola: allí estaban localizados casi seis millones de habitantes. Había por entonces en el país alrededor de dos millones y medio de extranjeros, y el 81% de ellos estaba radicado, precisamente, en la zona litoral. La presencia de este numeroso grupo de extranjeros —casi el 30% de la población total del país en una determinada región— le daba a ésta una singular fisonomía que se precisaba aceleradamente, sobre todo teniendo en cuenta la rapidez de la incorporación, pues en el quinquenio comprendido entre 1906 y 1910 habían entrado al país 1.200.000 inmigrantes.

También desde el punto de vista de su distribución había sufrido cambios importantes la población argentina en los veinte años que transcurrieron entre el censo de 1895 y el de 1914. Alcanzaba la población rural en la primera fecha a 2.300.000 habitantes, y llegó en 1914 a 3.300.000 con lo cual, de ser el 58 % de la población total pasó a ser solamente el 42%. La población urbana creció con ritmo inverso: alcanzaba al 42% en 1895, con una cifra absoluta de 1.661.000 habitantes, y llegó al 58% en 1914 con la cifra de 4.573.000. Cosa explicable, Buenos Aires crecía velozmente, y encerraba ya el 25,2% de la población total del país.

Estos fenómenos de distribución estaban acompañados por una creciente diferenciación en las distintas capas sociales. La industrialización se acentuaba y se instalaron —precisamente en los veinte años que preceden al censo de 1914— grandes empresas a cuya sombra se creó, junto al viejo artesanado, una clase asalariada muy numerosa. Se ha calculado en 1.780.000 la cifra de trabajadores asalariados a la fecha del censo, esto es, el 55% de la población ocupada. Por su parte, también las clases medias crecieron en número y se diversificaron cualitativamente, en tanto que perdía significación la vieja clase oligárquica que, por lo demás, no monopolizaba ya enteramente los medios de producción.

Las consecuencias de esta persistente transformación demográfica y social se advirtieron en los resultados de la primera elección presidencial realizada bajo el imperio de la nueva ley electoral. El candidato de la Unión Cívica Radical, Hipólito Yrigoyen, triunfó sobre sus adversarios de la derecha y de la izquierda, aunque su partido no obtuviera un triunfo tan categórico que le permitiera disponer de la mayoría en las Cámaras: los representantes de la oligarquía tradicional siguieron predominando, aunque hostilizados por los partidarios del gobierno y por los socialistas, que aumentaban su representación y habían logrado llevar al Senado a Enrique del Valle Iberlucea. Quizá por esas circunstancias el régimen radical no cuajó en una definida y compacta obra legislativa que modificara a fondo la fisonomía social del país. Pero hubo, sin duda, otros factores que contribuyeron a ese fracaso.

El régimen radical duró desde 1916 hasta 1930. Al asumir el poder, Yrigoyen debió optar entre ejercerlo dentro de las condiciones políticas creadas por la ley o ejercerlo de manera revolucionaria, basándose en la incontrovertible tesis de que era su elección presidencial la primera que reflejaba verdaderamente la voluntad popular y que tanto la representación existente en el Parlamento como los gobiernos provinciales estaban viciados de nulidad. Yrigoyen optó por la primera tesis, y aunque intervino algunas provincias, limitó la acción económica y social que algunos sectores esperaban de él. Sin duda el propio Yrigoyen y cierta parte de su partido pertenecían a la vieja oligarquía; pero sobre todo participaban, en principio, de las ideas generales del liberalismo y carecían de una política económica y social renovadora como la que confusamente parecían esperar ciertos sectores del radicalismo.

No hubo, pues, una obra legislativa y administrativa que respondiera acabadamente a las imprecisas aspiraciones populares; pero hubo, inequívocamente, un cambio en la actitud del Estado con respecto a las clases medias y a las gentes humildes, que determinó una transformación del ambiente social del país. No se advertían en 1916 —al llegar el radicalismo al poder— exigencias muy urgentes por parte de los sectores del trabajo ni acaso podían preverse las graves consecuencias que traería aparejado el conflicto mundial, todavía incierto, sobre las condiciones locales de vida. Y no hubo una política decidida; pero hubo decididamente una nueva manera de enfrentarse con el pueblo, que el pueblo advirtió y que advirtió, sobre todo, la vieja oligarquía.

Espíritu humanitario y caritativo, el presidente de la República alcanzó un prestigio casi legendario y fue considerado el “padre de los pobres”. No faltó el gesto demagógico; pero sin duda alcanzaron las magistraturas de la República y los empleos administrativos muchas personas de humilde condición en las que el pueblo vio a los suyos. El Estado dejó de ser sentido como algo fatalmente hostil y se abrió como una esperanza, que, por cierto, no fue defraudada del todo.

Ciertamente, eran tiempos de renovación general, en el mundo y en el país. El radicalismo coincidió con ella y contribuyó a desencadenarla, beneficiándose y perjudicándose con la crisis. El positivismo comenzaba a declinar y nuevas doctrinas filosóficas comenzaban a difundirse, así como nuevos gustos y preferencias en las artes. Grupos más o menos extensos empezaban a despertar a nuevas maneras de pensar y de sentir, que entraban en conflicto con aquellas que cobijaban los grupos cultos tradicionales. Se preparaba sordamente cierta transformación profunda, y la ocasión para que estallara apareció cuando comenzaron a sentirse las primeras influencias de la revolución rusa de 1917 y las primeras consecuencias de la paz.

A los dos años del gobierno radical, estos sucesos tuvieron repercusión profunda en las conciencias y motivaron múltiples y encontradas reacciones, a las que el nuevo régimen, hostigado por la vieja oligarquía desplazada del poder, tuvo que hacer frente sin haber alcanzado una idea clara —como casi todos los grupos políticos en el resto del mundo, por lo demás— de lo que estaba pasando y de las consecuencias que los nuevos fenómenos podrían llegar a tener.

Ciertos hechos económicos, tales como el reducido desarrollo industrial, la falta de ciertos productos de primera necesidad, el encarecimiento producido por la escasez y la especulación, la desocupación creciente, los bajos salarios y, finalmente, la crisis de algunas industrias artificialmente desarrolladas durante la guerra, crearon delicadas situaciones que se manifestaron muy pronto en el seno de la clase obrera. Comenzaron los problemas del trabajo, y en tanto que la oligarquía se preparaba para afrontarlos con la energía con que había solido hacerlo hasta entonces, el gobierno se dispuso a hacerlo con más comprensión y cordura. Hubo huelgas, y su desarrollo culminó en los sangrientos episodios de enero de 1919, en los que participaron la policía, el ejército y, sobre todo, numerosos grupos organizados por las empresas y por la oligarquía, que sintió al mismo tiempo el peligro de lo que solía llamarse “la revolución social” y la impotencia o la inoperancia del gobierno. Hubo un terror auténtico y un terror fingido en las clases poseedoras, y cierta indecisión en el gobierno, que quería, a la vez, resguardar el orden establecido y satisfacer los anhelos populares. Pero lo que se percibía por todas partes era un anhelo de renovación y cierta inequívoca certidumbre de que muchas ideas y muchos grupos habían perdido su vigencia en virtud de inexorables dictados de los tiempos.

Otro signo claro fue la rebelión que se desencadenó en las universidades. Cuando más vigorosa era la inquietud obrera, al promediar el año 1918, los estudiantes se echaron a la calle en Córdoba para protestar contra las Academias, los académicos y las doctrinas que enseñaban. Los estudiantes buscaron la confraternidad con los obreros, y se declararon solidarios con sus inquietudes y anhelos. Y a medida que avanzaba el movimiento, era más difícil descubrir dónde terminaba el conflicto universitario y dónde empezaba el movimiento social. Poco después la inquietud había ganado a todo el país, y en los años siguientes fue canalizándose como un aspecto más del anhelo colectivo de transformación que vibraba sobre todo en las clases trabajadoras y en las nuevas generaciones.

El régimen radical no canalizó todo ese vigoroso fermento ni supo aprovecharlo para tonificar su propia obra, que se había anunciado también como de transformación profunda. Si acaso, se limitó a no extinguirlo, y, en ocasiones, a aprovecharlo para una política que poco a poco se hacía más electoralista y más semejante, en lo profundo, a la política de la oligarquía. Sólo la actitud la salvaba, y la actitud, por esa misma contradicción íntima, debía tornarse demagógica.

Cuando Marcelo T. de Alvear sucedió a Hipólito Yrigoyen en 1922, el régimen radical comenzó a girar lentamente hacia la derecha. Las obras no fueron ni más ni menos revolucionarias que en el gobierno de su antecesor, pero el aire popular del gobierno fue perdiéndose. El divorcio entre las dos orientaciones políticas originó un cisma en la Unión Cívica Radical, que se dilucidó a través de múltiples vicisitudes a cuyo calor se perdió de vista el objetivo fundamental del movimiento. Un ala del radicalismo se aproximó a los conservadores, en tanto que la otra se aglutinó fuertemente alrededor de la personalidad de Yrigoyen, ya muy anciano, pero cada vez más capaz de desatar la idolatría de las multitudes a través de su obstinado silencio. Al producirse la renovación presidencial de 1928, un verdadero plebiscito lo llevó otra vez al poder, ya casi octogenario.

Los dos años en los que ejerció la autoridad presidencial fueron estériles. El estado se inmovilizó, y sólo quedó del impulso originario del movimiento radical, un insaciable apetito de poder y una lastimosa venalidad. El sentimiento popular se sintió defraudado, y las voces de sirena de la vieja oligarquía comenzaron a encontrar benévolos oídos. La confluencia de varias corrientes determinó la irrupción y el triunfo de una revolución militar el 6 de septiembre de 1930, tras de la cual surgió un gobierno conservador que, al cabo de muy poco tiempo, mostró su escondida propensión hacia el fascismo.

2

Desde 1911 hasta 1914, los conflictos sociales disminuyeron tanto en número como en intensidad; pero las condiciones económicas suscitadas por la guerra volvieron a desencadenarlos, en un ambiente, por cierto, menos amenazador para la clase obrera, pues el gobierno radical no extremó sino ocasionalmente las medidas represivas. Desde 1916, especialmente, las huelgas se hicieron numerosas y frecuentes: en 1917 llegaron a 138, en 1918 a 196 y en 1919 a 367. Una huelga ferroviaria llegó a inmovilizar el tráfico en 1918 durante veinticuatro días, y en 1919 llegaron a abandonar el trabajo más de 300.000 obreros. Estos hechos, así como los acontecimientos de la misma índole que agitaban por entonces al mundo y repercutían en la Argentina, suscitaron diversas corrientes de ideas, de distinto valor y diferentes fundamentos, sobre los fenómenos sociales, su interpretación general y las posibilidades y formas de intervenir en su desenvolvimiento.

Los movimientos obreros —con su corolario de huelgas y de actos de violencia— eran ya una respuesta a la realidad que implicaba cierta teoría acerca de las relaciones de clase. Los trabajadores se mostraron inclinados a suponer que sólo una acción enérgica podría ser eficaz frente a la clase patronal, y aunque en ocasiones confiaran en la benevolencia del Estado, diversas circunstancias los apartaron de esa opinión. Había en las huelgas de la época un movimiento espontáneo, aunque había también un enérgico impulso promovido y organizado por una vigorosa institución sindical, la Federación Obrera Regional Argentina, de tendencia anarquista, que aplicaba sus concepciones rígidas a la interpretación de los fenómenos económicos, sociales y políticos de la hora. Una vez más, la experiencia inmediata desencadenaba la preocupación por los problemas sociales; y en esta ocasión confluían las explicaciones espontáneas con las interpretaciones doctrinales más rigurosas y penetrantes.

En cierto modo, esas corrientes de ideas correspondieron a sectores bien definidos y caracterizados de la opinión pública, y se pusieron de manifiesto en el debate parlamentario que originaron los sucesos de la llamada “semana trágica”, en enero de 1919. El radicalismo explicó el fenómeno objetivamente, como derivado del rápido desarrollo industrial, tan acelerado que sorprendió al país sin la legislación social necesaria. Pero —por boca de Horacio Oyhanarte— dejó entrever que las proyecciones del fenómeno eran desproporcionadamente superiores a las causas que las habían determinado y quedó señalada una influencia que se consideraba maléfica y que se atribuía a los “agitadores”, quizás ácratas o maximalistas. Para los radicales, la solución no era ni la legislación social ni la acción organizada del proletariado, sino la alianza de los trabajadores con el jefe del Estado, en cuya protección debían confiar. “¿Por qué los obreros —decían— no escucharon ahora como otras veces la palabra paternal del Presidente de la República, que les dijo con la lealtad de un estadista y de un hombre bueno: cada vez que sientan ustedes la necesidad de mejoras o de reclamaciones justas vengan a mí, que en mí encontrarán un juez, y un juez cariñoso?” Este paternalismo tenía, naturalmente, sus límites, porque entrañaba la legitimidad de la represión del movimiento obrero organizado que pretendía obtener por su propio esfuerzo las conquistas sociales a que aspiraba.

La derecha, naturalmente, apoyaba este punto de vista, y atribuía todos los fenómenos sociales del momento a dos causas: la inexistencia de una legislación social apropiada y la acción de agitadores extranjeros movidos por lo que se llamaban “ideas extremistas” o “avanzadas”, o sea las que preconizaban los anarquistas o los maximalistas. Como los radicales, estimaban las fuerzas conservadoras que tales ideas eran “exóticas”, y que no sólo habían sido importadas por extranjeros sino que eran absolutamente inadecuadas a la realidad nacional. De ahí la conclusión de que se requería una enérgica acción contra quienes obraban como instigadores y, secundariamente, contra quienes se dejaban seducir o engañar por ellos. El Estado, presidido por Hipólito Yrigoyen y conducido según aquellos principios paternalistas, parecía no ser una garantía suficiente, como no lo había sido en otras ocasiones en que se habían producido conflictos semejantes; era, pues, necesaria la organización privada de la defensa, y para eso se constituyeron organizaciones como la Asociación del Trabajo y, sobre todo, la Liga Patriótica Argentina que presidió Manuel Carlés. En el referido debate decía el diputado conservador Matías Sánchez Sorondo: “Yo hago aquí acto de homenaje a la virilidad, a la decisión y al patriotismo de los jóvenes que se constituyeron en el Centro Naval, pero encuentro en esa misma actitud la crítica más seria a los procederes del Ejecutivo. ¿Por qué la juventud de Buenos Aires se congregaba para defenderla?” Y a un tiempo mismo criticaba al gobierno radical y justificaba la acción de los grupos conservadores que, por la fuerza, trataban de romper las huelgas y ejercían violencias sobre las personas, especialmente sobre los obreros extranjeros, a los que responsabilizaban de la inquietud social, desatando con ello una verdadera ola de xenofobia.

Ya algunos meses antes había protestado en el Congreso contra los excesos de la Liga Patriótica el diputado socialista Nicolás Repetto. “Dije —cuenta en Mi paso por la política— que la Liga Patriótica fomentaba la desunión de los habitantes de nuestra tierra, al emplear la expresión despectiva de extranjería; que introducía el desasosiego al lanzar proclamas en las que hablaba de malos extranjeros y de malos argentinos; que tendía a favorecer a los capitales extranjeros, negando a los peones criollos del interior los beneficios del salario mínimo; que negaba a los extranjeros el derecho de intervenir en política, permitiendo esta intervención a aquellos que vendían el voto a los caudillos de la política criolla. ¿Y qué decir de la organización militar que se había dado la Liga, de sus fichas de adhesión, de sus brigadas nacionales, de los grupos armados y de sus servicios a la policía, a la cual pretendía sustituirse? Pero lo que asumía gravedad extrema era la colaboración que ciertos elementos del ejército prestaban directa o indirectamente a la propaganda de la Liga Patriótica. Esta colaboración se había manifestado por la adhesión pública, a la Liga, de jefes y oficiales del ejército y del Centro Naval; por la propaganda realizada por algunos agregados militares y por ciertas conferencias tendenciosas dedicadas a oficiales para instruirlos acerca de determinados problemas políticos, obreros y sociales. Recordé que esta propaganda había originado una protesta de los estudiantes universitarios contra la adhesión y la colaboración pública de los jefes y oficiales a los trabajos de la Liga. Terminé mi discurso llamando la atención del gobierno sobre el artículo sexto de la Ley Orgánica Militar, según el cual ‘los oficiales, clases y asimilados de todos los grados y de todas las armas del ejército permanente no pueden tomar directa ni indirectamente participación alguna en política’.” Así apreciaban los socialistas los inequívocos fenómenos de polarización y lucha de clases que se presentaban ante los ojos.

Más resueltamente aún aplicaron sus criterios doctrinarios frente a los hechos de enero de 1919. Mario Bravo, Nicolás Repetto y Enrique Dickmann sostuvieron que los conflictos del trabajo eran fenómenos normales en la sociedad moderna como consecuencia del desarrollo industrial, y que no debía darse a esos episodios más importancia de la que tenían. Sostuvieron, además, que era impropio usar ahora la violencia para reprimir el malestar obrero cuando la sociedad toda era responsable de no haber salido al encuentro de las necesidades urgentes de la clase trabajadora con medidas eficaces, señalando la insensibilidad de amplios sectores frente al problema de la jornada de trabajo, del seguro social y de los salarios. Dentro de su concepción doctrinaria, sostuvieron la necesidad de una urgente y eficaz obra legislativa para producir la reforma de la sociedad.

En realidad, y a pesar de los rótulos, todos los sectores de la opinión coincidían en percibir la relación estrecha que existía entre la situación económica del país al concluir la guerra, los fenómenos económico-sociales que se sucedían en el mundo y las reacciones de las clases trabajadoras. “Todos los señores diputados —decía Enrique Dickmann el 9 de enero de 1919— sienten en su intimidad que hay un estado de inquietud, de intranquilidad, producido por los acontecimientos del mundo y por la situación local. Nuestra clase obrera, que hace cuatro años sufre de falta de trabajo, reducción de salario y un encarecimiento de la vida imposible, se ha creado un estado tal que es imprescindible proceder con la mayor prudencia, cordura y sensatez.” La situación económica era, efectivamente, difícil, pero era, sobre todo, nueva, y los criterios tradicionales tenían que ser revisados totalmente.

Ya había señalado la peculiaridad del momento Manuel Augusto Montes de Oca al finalizar el año 1918: “El progreso de nuestras industrias —decía—, combinado con las consecuencias de la guerra en los mercados manufactureros proveedores de la República, ha tenido como resultado feliz que durante los años de la terrible contienda quedara en el país un saldo comercial favorable de diez mil millones de pesos oro, que han dado nervio, robustez y empuje a la economía nacional. Pero desaparecidas las circunstancias anormales que nos han producido ese activo, será de temer que el fiel de la balanza se incline del lado opuesto, si no ponemos el mayor empeño en dar a nuestras industrias cimientos robustos y organización científica.” Tal era, en buena parte, el origen de la crisis. En el cuadro de una economía presidida, en general, por los principios del liberalismo, comenzaron a aparecer ciertos principios proteccionistas en defensa de las industrias locales. En relación con esas nuevas orientaciones económicas, apareció después otra forma de intervencionismo estatal en el mercado de subsistencias, política que llegó al extremo de resolver la expropiación de determinados productos alimenticios. Pero tales medidas fueron consideradas transitorias, y la doctrina liberal recobró su predicamento, hasta que se produjo la crisis mundial de 1928. Para entonces se habían normalizado las relaciones económicas entre la Argentina y sus mercados, y a la bonanza económica había seguido cierta tranquilidad en el orden social. Sólo pequeños grupos habían mantenido la intensa inquietud propia de los años de posguerra, y se habían adherido a las actitudes revolucionarias adoptadas por los bolcheviques en Rusia.

Frente a éstos, la derecha procuró también definir sus posiciones y organizar sus fuerzas sobre sólidos fundamentos. A fines de 1919, y con el objeto de encauzar la acción, organizó —bajo la inspiración de la Iglesia Católica— lo que se llamó la “Gran Colecta Nacional”, cuyo manifiesto ponía de relieve la interpretación de los fenómenos que la movía. Afirmaba que los obreros honestos eran esclavos de ciertos perturbadores que los utilizaban para la lucha de clases y la revolución social. “El bien de los obreros y la seguridad del capital exigen, pues, como el orden público —agregaba luego—, que la iniciativa privada proporcione a los obreros honestos una defensa activa. Ella debe ser permanente, organizada, poderosa. Es preciso ayudar al obrero que no quiere pertenecer a una sociedad de resistencia socialista, ácrata o sindical revolucionaria, dándole medios para arrancarse a su despotismo.” Para lograr esa finalidad, proponía la organización de una oficina general de servicios sociales que “centralice la información del bien que se hace” con el objeto de darle “eficacia social”, y además, la construcción de casas para obreros, la creación de instituciones de cultura para los obreros, las mujeres y los jóvenes. Para sostener ese vasto esfuerzo, se exhortaba a los ricos a contribuir a la formación de un importante fondo y apelaba no sólo a la generosidad sino al instinto de conservación de aquellos a quienes se solicitaba la ayuda. “¿Quién —decía—, en medio de un naufragio, se pone a regatear con las olas y calcular con espíritu de avaro, meticulosamente, si ha de dar, o cuánto ha de perder, para salvarse? ¡En medio de un naufragio social, de una de las tempestades más horribles, estamos todos, todos, todos! Las pasiones más bravas, las iras del populacho, el rencor de las masas obreras, la sed de venganza anarquista, el huracán de la revolución antisocial, la loca ambición de ejercer la dictadura en nombre de las heces de la sociedad, todo un conjunto de fieros males —contra todos y cada uno de nosotros— nos amenaza.”

El manifiesto identificaba el orden social vigente y los intereses de la Iglesia, amenazados no sólo por los efectos disolventes de la revolución social sino también por la miopía de las clases conservadoras que no sabían salir al paso del peligro. “¡Tú das a Dios! Pero ¿no ves que hasta ahora has dado según lo que te ha dictado tu generosidad, tu celo, tu bien parecer, tu capricho? En esto has hecho tu voluntad. Pero hoy es Dios quien te pide que hagas la suya, que des lo que Él te pide y exige, no para un altar o una capilla o el adorno de un templo, sino para salvar la sociedad y con ella su Iglesia Santa. Por eso te pide por boca de aquellos a quienes el mismo Dios ha puesto para regir la Iglesia y anunciar a los fieles el querer y beneplácito divinos. Tú das para el culto, pero ahora los obispos no te piden en nombre de Dios para eso. Saben muy bien los prelados que de nada servirán las iglesias ni lo demás que has querido dedicar al Señor si la sociedad y el orden público padecen naufragio. Si en realidad has dado mucho para gloria del Señor, no niegues ahora lo que la misma Iglesia te pide para que no se malogren tus dádivas. ¿Ves toda esa multitud de hermosas iglesias, de preciosos asilos, de grandes colegios, de tantos y tantos edificios dedicados a hacer el bien?… Pues todo eso en un solo día de revolución social puede quedar arruinado para siempre.” Y terminaba la invocación con estas frases apocalípticas: “Pero, en fin, si nada te mueve de lo dicho, si aún te muestras insensible a tanto y tan nobles requerimientos, volvamos al egoísmo humano; el tuyo, invoquemos: Dime: ¿qué menos podrías hacer, si te vieras acosado, o acosada, por una manada de fieras hambrientas, que echarles pedazos de carne para aplacar su furor y taparles la boca? ¡Los bárbaros ya están a las puertas de Roma!”

La tesis, pese a todo, entrañaba un elemento positivo: la necesidad de prevenir los males sociales, que se consideraban inherentes al desarrollo de la sociedad moderna, en oposición a las tesis simplistas que preconizaban la represión brutal y ejemplarizadora. En otro orden de ideas habían triunfado ya los mismos principios. Bajo la influencia del pensamiento jurídico-sociológico del positivismo, un nuevo Código Penal, sancionado en 1922, suprimía la pena de muerte y reconocía la influencia del ambiente en la conducta del delincuente.

3

En condiciones tan excepcionales, en medio de tanta inquietud social y frente a problemas tan novedosos, era inevitable que las ideas políticas cobraran claro perfil y se acentuaran los matices y las contradicciones.

El acceso del radicalismo al poder permitió confrontar la concepción del conservadorismo tradicional con la del partido que hacía sus primeras armas en el gobierno, después de largos años de espera. Hipólito Yrigoyen, indiscutido jefe del radicalismo, llamaba “el régimen” a la época y al sistema político de los conservadores. En esta vaga fórmula llegó a encerrarse para muchos una preciosa caracterización de la vida pública. El “régimen” era, en síntesis, un sistema de gobierno basado en el privilegio, desarrollado en favor de la clase patricia de origen local, que se sentía superior tanto a las clases medias de desdibujada fisonomía que se constituían con el aporte de la inmigración, como a las clases populares de origen tanto criollo como inmigratorio; solía admitirse que el sistema era “liberal y progresista”, esto es, capaz de promover el progreso económico y de mantener la vigencia de las instituciones republicanas; pero había pleno acuerdo —inclusive entre vastos sectores del conservadorismo— en que el “régimen” constituía una superestructura inadecuada a la realidad social del país y que el sistema representativo estaba absolutamente falseado.

El radicalismo —que su jefe denominaba “la causa”— sostenía, precisamente, que su misión histórica era cumplir lo que Yrigoyen llamaba “la reparación”, esto es, el proceso mediante el cual un régimen de sufragio libre diera a las instituciones representativas su genuino valor. La larga lucha sostenida contra el fraude electoral terminó por hacer de este problema la médula del problema político, y del respeto formal de las instituciones el único plan de gobierno del radicalismo. Poco o nada se había pensado —mientras el partido aspiraba al poder— sobre los grandes problemas del país, y acaso pueda decirse que ni Yrigoyen ni los hombres de los cuadros superiores del partido habían advertido la intensidad de los cambios económicos y sociales que se producían en el país; de modo que al llegar al gobierno afrontaron los problemas institucionales y políticos según aquellas preocupaciones, y entretanto se limitaron a marchar a la zaga de los problemas nuevos, propuestos por la situación creada por la Guerra Mundial.

El radicalismo no tenía, efectivamente, programa, ni sentía la necesidad de tenerlo. Movía a esa fuerza política la certidumbre de que sus ideales —vagos, por cierto, y no expresados formalmente— eran los ideales de la inmensa mayoría de los argentinos, y parecía esperar que frente a las exigencias de la realidad, su reacción sería ajustada a la sensibilidad media. Pero en el fondo, esta ausencia de programa —que Lisandro de la Torre reprochó al radicalismo— entrañaba una vaga posición ideológica y política que acaso —con limitaciones— podría ser llamada antiliberal.

Los rasgos fundamentales de esa postura son diversos, y no se descubren siempre a primera vista, pues acaso sean más el fruto de reacciones negativas que de posiciones positivas. Pero, sin duda, la noción de la soberanía política y económica del Estado que regía los actos de Yrigoyen no era la que tradicionalmente presidía la acción del “régimen”. “Mientras dure su período —manifestaba el presidente Yrigoyen en 1920— el Poder Ejecutivo no enajenará un adarme de las riquezas públicas ni cederá un ápice del dominio absoluto del Estado sobre ellas.” Esa línea de conducta correspondía a cierta afirmación resuelta de los inalienables derechos de la Nación en otros planos. Era época de avance del imperialismo, y el radicalismo pretendía defender los principios de la soberanía nacional, tanto en relación con sus propios intereses como en relación con los de países latinoamericanos, amenazados más de cerca que la Argentina especialmente por los avances de los Estados Unidos. A veces sus actos no correspondían a la doctrina, pero ésta seguía presente en la retórica oficial.

Era evidente que la nueva concepción política entrañaba una actitud favorable a la intervención estatal en materia económica. También introducía el principio del arbitraje en las relaciones entre el capital y el trabajo; pero en este aspecto alcanzaba su más definida expresión la concepción paternalista del poder, que alcanzó con Yrigoyen un grado incompatible ya con el desarrollo y las condiciones de la vida del país. El paternalismo arrastraba consigo una tendencia acentuadamente personalista del poder que no provenía de doctrina alguna, sino de la indiscutida autoridad del jefe del partido gobernante, pero que de todos modos condicionaba la concepción política y obligaba a una justificación forzada del sistema. Había en tal actitud cierto retardo, cierta adhesión a formas tradicionales que, aun teniendo cierto arraigo, no constituían ya expresión viva de los sentimientos reales, pero que el jefe del partido del gobierno consideraba reflejo fiel del sentimiento nacional; y de esa actitud derivaba cierta fisonomía del viejo caudillo, un poco anacrónico, que sin embargo atraía por sus virtudes personales, por la bonhomía y acaso también por su indiscutible autoridad. En virtud de aquella predisposición, se opuso categóricamente al proyecto de establecimiento del divorcio y vetó la Constitución de la provincia de Santa Fe de 1921, sobre todo porque contenía algunas prescripciones que afectaban a la situación preeminente de la Iglesia Católica,

Después de seis años de gobierno, Marcelo T. de Alvear sucedió en el poder a Yrigoyen, llevado por el mismo partido. Pero su actitud política fue diferente. Las formas externas volvieron a ser sensiblemente parecidas a las del “régimen”, y el paternalismo personalista cedió el lugar a un desarrollo más libre de las instituciones, cuyo recto funcionamiento fue celosamente vigilado para que no se apartara de la ortodoxia constitucional y legal.

La doctrina radical mostró entonces su ambivalencia en cuanto doctrina y en cuanto política práctica. Las incitaciones de la realidad permitieron que pusieran de manifiesto las distintas tendencias que ocultaba potencialmente el movimiento popular, y la consecuencia fue que, poco a poco, se preparó un nuevo reagrupamiento de las opiniones políticas.

Frente al gobierno de Yrigoyen, el viejo conservadorismo había enarbolado algunas banderas que le permitieron renovar su fisonomía. De los defectos de sus enemigos —especialmente la lentitud administrativa, cierta despreocupación por las formas, el paternalismo personalista— supo hacer virtudes de su propio régimen, y la ironía fue su mejor arma, especialmente a partir de la fundación del diario La Fronda en 1919, fecha en la que el conservadorismo comenzó a reordenar sus filas.

La prédica de La Fronda no agregó en un principio nada nuevo a la tradicional doctrina conservadora: en lo económico, librecambismo, sujeción a los intereses del mercado internacional que absorbía nuestra producción agropecuaria y defensa del crédito; en lo político, una crítica despiadada a la peculiar deformación que el paternalismo personalista de Yrigoyen introducía en el régimen representativo, republicano y federal, con alguna vaga y tímida defensa del monolítico sistema de la oligarquía. Pero tras esa actitud de La Fronda hubo un desarrollo creciente de ciertas ideas definidas. El conservadorismo creyó advertir que el radicalismo contenía —acaso potencialmente— los gérmenes de una política estatista y reaccionó enérgicamente contra ella, aproximándose entonces a los grupos conservadores ciertos sectores del radicalismo que no compartían aquella tendencia; poco después estos últimos se separaron del viejo tronco radical y fundaron una disidencia que tuvo estrechos puntos de contacto con el conservadorismo.

Con estos sectores se reconstruyó lo que bien pudiera llamarse la derecha clásica. Pero a medida que transcurría el tiempo y se advertían las consecuencias de la Guerra Mundial y de la Revolución rusa de 1917, ciertos sectores de la derecha comenzaron a afinar su posición, descubriendo que no sólo los separaba del radicalismo la vaga tendencia al intervencionismo estatal de éste sino también cierta innegable vibración popular que había en él y que podía facilitar la recepción de las doctrinas revolucionarias. Comenzaron entonces a abandonar las tesis liberales y a preferir las soluciones enérgicas, desembozadas unas y enmascaradas otras. A la inspiración de esos sectores correspondió la creación de la Liga Patriótica, que encabezó Manuel Carlés, movimiento originariamente destinado a combatir la influencia de los sectores obreros organizados, a los que fustigaba por estar compuestos principalmente de extranjeros: grupos de choque organizados para la acción directa fueron lanzados a la calle para quebrar la resistencia obrera. Poco después, la experiencia europea proporcionó nuevos elementos de juicio, y el fascismo italiano encontró muy pronto imitadores. En 1923, Leopoldo Lugones pronunció en el Teatro Coliseo tres conferencias sobre Mussolini y el fascismo, de las que se desprendía como corolario no sólo la adhesión del conferenciante y su público por las doctrinas del dictador italiano sino también la necesidad de aplicarlas a la realidad argentina. Este punto de vista del poeta quedó definitivamente expresado al año siguiente, en la conferencia que pronunció en Lima con motivo del centenario de la batalla de Ayacucho y en la que proclamó que había llegado “la hora de la espada”. Así comenzó a constituirse en la Argentina la nueva derecha, la derecha fascista.

Pero fuera del pleito que sostenían conservadores y radicales por la posesión del poder y del que resultó un progresivo esclarecimiento de sus respectivas posiciones políticas, otros grupos se agitaron también tratando de expresar las tendencias de determinados sectores de la opinión. Fue muy característica la posición de Lisandro de la Torre, jefe del Partido Demócrata Progresista, de definida tendencia liberal y que representaba a la burguesía más evolucionada de la provincia de Santa Fe. Enemigo tenaz de Yrigoyen, se había separado del radicalismo en 1897 y desde entonces su pensamiento político había tratado de precisarse con creciente claridad.

Refractario a las oscuridades y a los programas confusos, se empeñó en establecer los problemas concretos de la vida argentina y en formular las soluciones posibles, siempre con un criterio liberal y progresista, análogo al del radicalismo francés. Ante la magnitud de los problemas sociales que se sucedían en el mundo y en la Argentina, De la Torre señaló su categórica disidencia frente a los conservadores: “No caben ya equívocos sobre las cuestiones sociales y del trabajo, por más que los conservadores argentinos no lo comprendan todavía”, escribía. Pero lo que más claramente reveló su singular filiación y su equidistancia de conservadores y radicales fue su posición claramente laicista frente al problema religioso.

En cierta ocasión, absolvió posiciones frente a la derecha en frase categórica: “Ustedes son conservadores, clericales, armamentistas, antiobreristas, latifundistas, etcétera… y nosotros somos demócratas y progresistas, de un colorido casi radical-socialista.” Bajo su predominante inspiración se sancionó en Santa Fe una nueva constitución provincial en 1921, que suponía un notable avance en materia institucional. Establecía que el poder legislativo se convocaba por sí mismo, afianzaba el régimen municipal, echaba las bases del derecho obrero, propiciaba la reforma agraria y declaraba la neutralidad religiosa del Estado. Pero bajo la presión de Hipólito Yrigoyen, el gobernador de Santa Fe, Enrique Mosca, vetó la Constitución y quedó planteado un conflicto que llegó al Parlamento. Allí tocó a Lisandro de la Torre defender la Constitución, haciendo hincapié en el punto que había desencadenado el conflicto: la cuestión religiosa. Sus palabras fueron reveladoras: “Yo que ignoro las pasiones antirreligiosas; yo que pasé otra vez cuatro años en esta Cámara sin promover jamás un debate sectario y sin intervenir en los que se promovían, entonces con más frecuencia que hoy, entre católicos y socialistas; yo que nunca creí en el peligro clerical ni en la necesidad de precaverlo; yo que aspiraba ingenuamente a que cada cual creyera en lo que su conciencia le dictase; hoy alarmado, angustiado, ante una conjuración de intereses clericales que pretende con mentiras y tergiversaciones destruir la Constitución de mi provincia, reconozco que he estado en un error; que el clericalismo es un peligro para nuestras libertades… Esto lo pongo ante los ojos de la Cámara: ¡una Constitución argentina está en peligro de ser anulada por una conjuración clerical!”

Si la agitación de la época incidió en las actitudes de los partidos de la derecha y del centro, más debía incidir sobre las opiniones de los de la izquierda, cuyos planteos quedaron sometidos a dura prueba a raíz de los hechos que se sucedían en el mundo. El primer episodio se desarrolló alrededor del problema de la posición argentina en relación con la Guerra Mundial, que el gobierno había resuelto sobre el principio de la más estricta neutralidad. La opinión pública se dividía entre aliadófilos, germanófilos y neutralistas, pero sin duda los primeros reunían la mayoría; y contra la pertinaz neutralidad del presidente Yrigoyen, se polarizaron los sectores aliadófilos y expresaron reiterada y públicamente su opinión.

Posición semejante adoptó en 1917 el grupo parlamentario socialista, encabezado por el senador Enrique del Valle Iberlucea y el diputado Juan B. Justo. Afirmando el derecho y la necesidad de proteger el comercio exterior argentino, sostuvo que el gobierno debía asegurar enérgicamente esa protección con todos sus recursos, en términos tales que podían considerarse violatorios de la neutralidad. El Comité Ejecutivo del Partido Socialista respaldó esa declaración, pero en el seno del Partido una poderosa corriente de opinión comenzó a manifestarse en sentido contrario, de modo que el asunto pasó a un Congreso Extraordinario donde predominó la tendencia neutralista, opinión fundada en una interpretación económica de la guerra y en la idea de que estaba movida por los intereses capitalistas de ambos lados.

Juan B. Justo redactó la renuncia que, con ese motivo, presentaron los legisladores, y estampó en ella ciertos principios teóricos: “No creemos que la Guerra Mundial —como dice el considerando primero de la resolución presentada por la minoría del Comité Ejecutivo y aprobada por el Congreso Extraordinario— sea consecuencia, simple y fatal, de la propiedad privada y la producción mercantil. En el inmenso Imperio británico, en un país tan vasto y poblado como los Estados Unidos, la propiedad privada y la producción para el mercado, existen y se desarrollan libremente, en proporciones jamás vistas en el mundo, sin que en esos países o imperios, haya guerras. Concebimos y deseamos entre las naciones la solidaridad que existe ya entre los estados o regiones de esas grandes unidades políticas, y que así la guerra sea imposible ya, aun bajo el régimen capitalista.”

Esta polémica, desarrollada en abril de 1917, anunciaba ya la repercusión en la Argentina de los debates que se desarrollaban en el seno del socialismo internacional para examinar las causas del drama contemporáneo y las perspectivas para el futuro. Las posiciones se extremaron como consecuencia del triunfo de la revolución maximalista en Rusia, y gracias sobre todo a la influencia que el grupo Clarté —organizado en Francia por Anatole France y Henri Barbusse— tuvo en algunos sectores intelectuales del país y especialmente en el que encabezaba José Ingenieros. La definición se produjo en el acto público que se realizó en el Teatro Nuevo el 22 de noviembre de 1918, en el que Ingenieros disertó sobre el experimento ruso en términos de inequívoca simpatía. Describió los orígenes del conflicto militar y las oscilaciones de la opinión pública, inadvertida frente a los móviles secretos que empujaban a los contendientes; luego explicó la revolución rusa como típica reacción de las clases populares, ajenas a los intereses que se debatían en la guerra, y la formación en su seno de dos corrientes de opinión: la de los que aspiraban a mantener el mismo régimen social y económico y la de los que aspiraban a transformarlo profundamente. Ingenieros no vaciló en defender la solución maximalista y llamó calurosamente a la juventud y a los trabajadores para que tomaran la defensa de las nuevas ideas. “Esa conciencia sólo puede formarse en una parte de la sociedad, en los jóvenes, en los innovadores, en los oprimidos, que son ellos la minoría pensante y actuante de toda sociedad, los únicos capaces de comprender y amar el porvenir.”

El proceso de polarización de las tendencias fue acentuándose en el seno del Partido Socialista. Algunos afiliados que se denominaban “internacionales” se habían separado ya del partido a raíz de la polémica de 1917, pero la disidencia se ahondó después de la creación de la Tercera Internacional y del establecimiento de las “veintiuna condiciones” para el ingreso de los partidos socialistas, y finalmente se resolvió en el Congreso celebrado en enero de 1921 en Bahía Blanca: la mayoría resolvió rechazar el proyecto de adhesión a la Tercera Internacional y, como consecuencia, abandonó el socialismo un sector que constituyó poco después el Partido Comunista.

A la polarización de las simpatías alrededor de la causa de Rusia soviética acompañó una enérgica reacción contra la política imperialista de los Estados Unidos, que por entonces se había manifestado bajo la forma de una activa intervención en los asuntos latinoamericanos. El gobierno radical de Yrigoyen había definido sus ideas sobre la soberanía nacional en términos muy categóricos y las había traducido en actitudes muy enérgicas. Afirmó que “los pueblos deben ser sagrados para los pueblos”, y sostuvo que en una organización internacional como la Sociedad de Naciones, todas debían ser puestas en un pie de igualdad, sin distinguir entre beligerantes y neutrales o entre pequeñas y grandes potencias. Aplicadas estas ideas a la situación latinoamericana, la Argentina se colocaba en una situación cada vez más definida frente a los Estados Unidos; la política del gobierno se veía respaldada por importantes sectores, especialmente de las minorías intelectuales, y el Ateneo Hispanoamericano, fundado en 1912, fue la tribuna que se ofreció a sus opiniones. Allí se escuchó la voz de José León Suárez, al tiempo que Manuel Ugarte defendía su pensamiento en libros de resuelta militancia como El porvenir de América española (1920), La campaña hispanoamericana (1922), El destino de un continente (1923) y La Patria grande (1924).

Al margen de la organización panamericana, el gobierno radical propuso en 1917 la formación de un bloque de naciones latinoamericanas no beligerantes; el intento fracasó, pero llegó a visitar Buenos Aires una delegación de México —que con Cuba eran los únicos países que finalmente habían aceptado la invitación— y la simiente quedó echada. Años más tarde, en 1922, llegó a la Argentina José Vasconcelos, secretario de Educación en el gobierno del general Obregón y uno de los teóricos de la revolución mexicana. El 11 de octubre, en un banquete que le ofrecieron los intelectuales argentinos, José Ingenieros pronunció un discurso en el que analizó la situación creada en el Continente por los intentos de expansión y de intervención de los Estados Unidos, y propuso algunas formas concretas de acción para los países latinoamericanos. Habló de fortalecer la unidad y la cooperación, para lo cual sugirió la creación de un Alto Tribunal que dirimiera las cuestiones entre países, y un Supremo Consejo Económico que estimulara y dirigiera la cooperación económica; de ese modo América latina estaría en condiciones de enfrentar el poderío de los Estados Unidos. Para difundir estas aspiraciones propuso la fundación de la Unión Latinoamericana, organismo que quedó organizado y en cuyas filas trabajaron más tarde, entre otros, Alfredo L. Palacios, Carlos Sánchez Viamonte, Aníbal Ponce y Gabriel del Mazo.

Fueron expresión de estas ideas los conceptos que Hipólito Yrigoyen desarrolló frente a Herbert Hoover, cuando lo recibió en Buenos Aires como presidente electo de los Estados Unidos en 1929: “La Argentina —¿por qué no decir la América y el mundo?— espera que vuestra Nación, ya en el cénit de su engrandecimiento, en la cumbre misma de su pujanza y de su expansión, irradie altos valores espirituales y pacifistas, como el que llevara a vuestro insigne presidente desaparecido, a convocar en Ginebra, después de la trágica hecatombe de la civilización contemporánea, a todos los pueblos, para que —como bajo el santuario de una solemne basílica— reafirmaran para las naciones el precepto eterno y luminoso que el Divino Maestro promulgó: Amaos los unos a los otros. Tales son los anhelos de los pueblos sudamericanos, los cuales aspiran a avanzar siempre por el sendero de los perfeccionamientos hacia la misión que en la Historia le han deparado los designios de la Providencia; realizándose como entidades regidas por normas éticas tan elevadas, que su poderío no pueda ser un riesgo para la justicia ni siquiera una sombra proyectada sobre la soberanía de los demás estados.”

Pocos meses después, al inaugurarse la línea telefónica entre los Estados Unidos y la Argentina, Yrigoyen volvió a los mismos temas, y concluyó su mensaje con estas palabras: “…reafirmando mis evangélicos credos de que los hombres deben ser sagrados para los hombres y los pueblos para los pueblos, y en común concierto reconstruir la labor de los siglos sobre la base de una cultura y una civilización más ideal, de más sólida confraternidad y más en armonía con los mandatos de la Divina Providencia…”

4

La afirmación y la defensa de los rasgos peculiares del espíritu latinoamericano correspondía a un sentimiento cada vez más intenso de la peculiaridad del espíritu nacional. Expresa o tácitamente, la reacción contra el cosmopolitismo invasor, propio de la formación aluvial del país, se tradujo en una sostenida tendencia de ciertos sectores a indagar y establecer las etapas fundamentales en la formación espiritual del país y los rasgos que ese proceso había terminado por imponer a los argentinos.

Durante algún tiempo pareció que el camino para aproximarse a esos fines era el análisis psicosocial; pero pronto se advirtió que había otras vías no menos promisorias. Tres vigorosas personalidades emprendieron casi al mismo tiempo, aunque con criterios distintos, otras tantas investigaciones sobre las ideas argentinas, agregando a las tradicionales historias políticas nuevos panoramas del desarrollo del país: Alejandro Korn había comenzado a publicar en 1912 sus Influencias filosóficas en la evolución nacional, que terminó de escribir en 1919; Ricardo Rojas trabajaba desde la misma época en su Historia de la literatura argentina, que vio la luz entre 1917 y 1922; y finalmente José Ingenieros publicó entre 1918 y 1920 La evolución de las ideas argentinas. Estas tres obras entrañaban un enriquecimiento considerable de la perspectiva histórica y renovaban la imagen del pasado argentino.

Hombre de formación científica y filosófica, Alejandro Korn se interesó por el proceso de formación de la cultura argentina partiendo de las influencias que las distintas escuelas y tendencias europeas habían tenido en el ambiente local. Desdeñando todas las explicaciones simplistas, Korn no creía —como Comte— que las ideas ejercieran un papel rector en la evolución histórica; pero estaba persuadido de que tenían una acentuada influencia y de que valía la pena señalar el proceso de su aparición y desarrollo en relación con otros aspectos de la vida del país. Pero a diferencia de los psicosociólogos que anhelaban descubrir la irreductible singularidad del carácter nacional, Korn afirmaba que la personalidad colectiva sólo se delineaba progresivamente como un matiz del espíritu occidental. “Hemos sido colonia y no hemos dejado de serlo, a pesar de la emancipación política. En distintas esferas de nuestra actividad aún dependemos de energías extrañas y la vía intelectual, sobre todo, obedece con docilidad, ahora como antaño, al influjo de la mentalidad europea. El genio nacional rara vez ha encontrado una expresión genuina e independiente; sólo en la selección de los elementos que asimila se manifiestan sus inclinaciones nativas. El pensamiento de nuestro pueblo ha debido seguir, desde luego, una evolución paralela a las ideas directoras de la cultura occidental, y a investigar cómo se reflejan en nuestro ambiente se encamina este ensayo.” Partiendo de estos principios, analizó las influencias de la escolástica, la filosofía moderna, el romanticismo y el positivismo, y no sólo en el terreno puramente intelectual sino también en los de la política y la educación. Gracias a este esfuerzo, las corrientes que impulsaron la vida nacional comenzaron a ser descubiertas en sus secretos mecanismos, y se difundió una nueva claridad sobre muchos fenómenos de la historia política, misma.

Entretanto, Ricardo Rojas emprendía una indagación semejante a través de nuestra expresión literaria. Su plan era ambicioso, pues junto a la inexcusable búsqueda erudita, aspiraba a elaborar un sistema de ideas que demostrara el sentido general de la literatura argentina. Pretendía “estudiar la literatura argentina como una función de la sociedad argentina” y estaba persuadido de que lograría expresar los rasgos profundos del espíritu nacional. “Una literatura nacional —afirmaba en el prefacio de su obra— es fruto de inteligencias individuales, pero éstas son actividades de la conciencia colectiva de un pueblo, cuyos órganos históricos son el territorio, la raza, el idioma, la tradición. La tónica resultante de esos cuatro elementos se traduce en un modo de comprender, de sentir y de practicar la vida, o sea en el alma de la nación, cuyo documento es su literatura.” En el fondo aspiraba a elaborar una historia de la cultura argentina a través de la creación literaria, pero acudiendo a otras fuentes cada vez que le parecía necesario. Él mismo lo señalaba en el citado prefacio: “Hay, pues, en esta obra —decía— un principio retrospectivo, cuyo espíritu es la historia, y un principio prospectivo, cuyo espíritu es la filosofía. Lo primero, reconstituyendo el pretérito de nuestra cultura, ha dado vida de verdad en la ciencia a las formas literarias del pasado argentino. Lo segundo, ensamblando esas formas según el sistema orgánico de su propia vida pasada, ha procurado descubrir la ley de nuestra ulterior evolución estética. Para ello no me he reducido a la poesía solamente (épica, dramática y lírica), sino que he incluido en mi tema los géneros didácticos que le sirven de base en la organización social, y las bellas artes que le sirven de coronamiento en la naturaleza humana. Así hallaréis que aquí, cuando llega el caso, hablo también de la filosofía, de pedagogía, de artes plásticas y de música.”

Rojas distinguía cuatro líneas de inspiración literaria que eran como cuatro expresiones del temperamento nacional: la de los gauchescos, que correspondía a la tradición vernácula; la de los coloniales, que se entroncaba con la tradición hispanoamericana; la de los proscriptos, que representaba la tradición democrática de Mayo, y la de los modernos, que correspondía a las nuevas inquietudes del país, abierto sin límite a las influencias europeas. En esas cuatro líneas exploraba Rojas no sólo las peculiaridades personales de los autores, sino las corrientes de pensamiento que los envolvían y las circunstancias sociales que moldeaban su expresión. De ese modo su historia de la literatura sobrepasaba los límites que parecía circunscribir su título y se tornaba una exploración de la vida argentina en el campo de la cultura.

Con referencias más directas a la vida política, pero tratando de señalar sobre todo el juego de las ideas y las tendencias, organizó José Ingenieros la obra que tituló La evolución de las ideas argentinas. Era el suyo un libro militante, destinado no sólo a descubrir las grandes líneas ideológicas que movían —así lo creía él— la historia nacional sino también a inclinar a sus lectores en favor de una de ellas: de la que representa la libertad, la justicia y la verdad, frente a la que representa el absolutismo, el privilegio y el error. Veía Ingenieros en la historia argentina dos concepciones de la vida que luchaban reiteradamente. “Son dos filosofías —escribía—, dos sistemas de ideas generales. Toda política que lo ignore, pasada esta hora sombría en la historia mundial, será un ciego andar a tientas, sin rumbo y sin esperanzas.” La mentalidad colonial y la mentalidad revolucionaria, el antiguo y el nuevo régimen, la feudalidad y la democracia, son expresiones que Ingenieros usa para caracterizar esa dialéctica cuyo descubrimiento le parecía deslumbrante. “Después de mucho leer y meditar sobre las corrientes ideológicas que han inspirado a las minorías cultas durante la formación de la sociedad argentina, el autor ha creído llegar a una arquitectónica de su asunto, sólo modificable por retoques de albañilería.” Por este camino creía alcanzar una visión sintética de la historia argentina, en la que los hechos cuidadosamente indagados por los historiadores cobraban sentido. “Lo que ocurre sobre el tablado no es igual para quien admira los títeres y para el que observa los hilos.” A la luz de las peripecias dramáticas de su tiempo, Ingenieros descubría en el juego de los hilos no sólo una clave sino también una consigna.

Acaso con propósito semejante comenzaron por entonces José Ingenieros y Ricardo Rojas a publicar sendas colecciones de autores argentinos: en La Cultura Argentina el primero y en la Biblioteca Argentina el segundo. El momento parecía ser de examen y recapitulación, de revaloración de la vida espiritual argentina, y justificaba el esfuerzo de ofrecer al país las ediciones de los autores que habían forjado trabajosamente la tradición intelectual del país. Así comenzaron a difundirse nombres olvidados y a organizarse las líneas del pensamiento argentino.

Entretanto, los estudios de historia política comenzaban a sufrir un cambio trascendental. Frente a las influencias de la sociología y de vagas filosofías de la historia, había comenzado a desarrollarse la escuela erudita, a la que habían dado un buen impulso Bartolomé Mitre y Paul Groussac. En la Facultad de Filosofía y Letras surgió luego la Sección de Historia, y allí, bajo la dirección del padre Antonio Larrouy, comenzó a formarse un conjunto de investigadores de rigurosa concepción erudita. La preocupación fundamental de la Sección —que fue luego Instituto de Investigaciones Históricas— fue la publicación de documentos dentro de las más severas normas críticas, y la elaboración de monografías de base documental, en la que el texto se ciñera fielmente a datos comprobables. Este criterio fue acentuándose con el tiempo. Tras la Reforma Universitaria asumió la dirección del Instituto Emilio Ravignani, que desarrolló una ímproba labor de investigación y precisó el método dentro del cual debían trabajar los equipos de investigadores que paciente y oscuramente acarreaban los materiales para la historia. Se destacaron a su alrededor Rómulo D. Carbia y Diego Luis Molinari, que en 1917 publicaron con Luis María Torres y Emilio Ravignani un Manual de historia de la civilización argentina en el que quedó de manifiesto el punto de vista de lo que comenzó a llamarse la “nueva escuela histórica”. Se trataba de hallar una actitud equidistante entre la simple erudición y las fáciles generalizaciones de los “sociólogos”. Con análogo criterio afrontaron cada uno de los miembros de la escuela sus temas particulares: Carbia su Historia eclesiástica del Río de la Plata (1914), Molinari su estudio sobre El gobierno de los pueblos (1916) que servía de introducción a la reedición de las actas del Congreso de 1816, Carlos Correa Luna su ensayo sobre Don Baltasar de Arandia (1914) y su Historia de la Sociedad de Beneficencia (1923); y al mismo tiempo aparecían densos, pulcros y numerosos volúmenes de documentos y apretadas monografías sobre temas muy circunscriptos.

Tangencialmente vinculado a la “nueva escuela histórica”, Ricardo Levene publicó en 1920-21 su Ensayo sobre la Revolución de Mayo y Mariano Moreno; con una sólida estructura documental, Levene adoptó en algunos aspectos una actitud polémica, objetando la importancia que Juan Agustín García, Carlos O. Bunge, Juan B. Justo y José Ingenieros concedían a los factores económicos en el desarrollo de la Revolución. Tratando de refutar esas tesis, Levene afirmaba que el movimiento de Mayo no era una revolución burguesa sino una revolución popular, a la que se opuso lo que él llamó “la alta burguesía”.

Planeaba sobre los nuevos y los viejos historiadores la figura ilustre de Paul Groussac, maestro de la crítica pero poseedor además de un profundo sentido de la reconstrucción histórica y de una vasta cultura general. Por esos años publicó dos volúmenes de ensayos: Estudios de historia argentina (1918), en el que reunía sus estudios sobre el padre José Guevara, Diego de Alvear, el doctor Diego Alcorta, que había enseñado filosofía en la Universidad de Buenos Aires, y sobre las Bases de Alberdi; y Los que pasaban (1919), en el que reunía los estudios sobre las grandes figuras de la generación del 80: Goyena, Avellaneda, Pellegrini y Sáenz Peña. Ambos volúmenes consagraban la figura del maestro francés, conocedor profundo de la vida y la historia argentinas, y mentor de varias generaciones a las que impulsó hacia el más exigente rigor intelectual.

5

Durante la época de la crisis mundial y nacional que acompañó a la guerra se advirtió la aparición de una profunda insatisfacción en las generaciones jóvenes, en cuanto a la actitud frente a la vida y especialmente en cuanto a la orientación de las curiosidades intelectuales. En 1914 se constituyó en Buenos Aires, en el seno del Ateneo Hispanoamericano, una sección de estudiantes universitarios que adoptó una nueva actitud frente a la política y la cultura; la presidía José María Monner Sans y la integraban entre otros Francisco de Aparicio, Carmelo Bonet, Tomás D. Casares, Gabriel del Mazo y Lidia Peradotto. En 1915 comenzó a publicar la revista Ideas y poco después se independizó adoptando primero el nombre de Ateneo de Estudiantes Universitarios y luego el de Ateneo Universitario. Por la misma época comenzaba José Ingenieros, llegado poco antes de Europa, a publicar su Revista de Filosofía, con la que se proponía —según decíaraba— imprimir unidad al naciente pensamiento argentino. Eran signos de nuevas preocupaciones, en un ambiente poco sensible todavía a las inquietudes intelectuales.

Las nuevas generaciones habían comenzado a percibir con claridad y con pesadumbre esa atmósfera que solían llamar cartaginesa. De pronto saltaba a la vista que el país estaba obsesionado por el afán de lucro y presidido por una adocenada clase de ricos dominados por la sensualidad. El hecho era exacto, aunque no nuevo; pero era nuevo, en cambio, el descubrimiento y la irritación que ahora suscitaba, reveladora del advenimiento de una nueva sensibilidad. José Ortega y Gasset señalaría el hecho en la conferencia que pronunció en el Instituto Popular de Conferencias el 6 de diciembre de 1916, para despedirse del público argentino: “Quien viniendo, como yo, de fuera, aspire a aclararse los problemas de la vida argentina, así en lo colectivo como en lo individual, creo que deberá partir, como de un hecho central, de la desproporción enorme que existe entre la preocupación económica de vuestra sociedad y el resto de sus actividades.” Pero advertía el sutil filósofo español otro hecho no menos revelador: “Yo no creo que exista en parte alguna —decía— un público de sensibilidad más pronta y limpia de prejuicios, de mayor perspicacia, que el que encontrará en la Argentina todo el que venga con un poco de pureza en el corazón y otro poco de arte en su expresión. No es esta alabanza mía convencional y reflexiva, porque al punto añado que es un problema para mí explicarme el desequilibrio que existe entre esa sensibilidad difusa y anónima pero exquisita y la producción ideológica y artística de este pueblo, que es más reducida y menos densa que lo que tiene obligación de ser.” El diagnóstico era exacto. Frente a una sociedad poco sensible a las cosas de la cultura y a unas minorías conformistas y académicas, comenzaba a advertirse el ímpetu difuso de una nueva sensibilidad; incapaz aún de dar frutos, mostrábase en su disconformismo, en su rebeldía, en su afán de novedad y renovación, en su insaciable curiosidad y, naturalmente, en su superficialidad. Pero no era menos cierto que con esa actitud se preparaba una vigorosa revolución intelectual.

A la sombra del movimiento de hostilidad hacia los Estados Unidos que se produjo como consecuencia de su política latinoamericana a partir de fines del siglo xix, comenzó a desarrollarse un vivo sentimiento de simpatía hacia España, vencida en el Caribe y en Filipinas en 1898 y renaciente por el esfuerzo de la nueva generación. Tras la fecha del Centenario, el prestigio hispánico comenzó a acentuarse gracias al conocimiento de los nuevos valores del pensamiento, la literatura, las ciencias y la educación. La fuerte influencia ejercida por Sanz del Río y Francisco Giner, proyectada a través de la Institución Libre de Enseñanza, de la Junta para Ampliación de Estudios y del Centro de Estudios Históricos, comenzó a llegar hasta América con la aureola de una esforzada y profunda renovación. Y en plena guerra europea, mientras se interrumpía la corriente que nos unía tradicionalmente a Francia, las nuevas minorías intelectuales comenzaron a descubrir la transformación espiritual de Europa a través de la renovación espiritual de España. Precisamente España se llamaba el semanario que en 1915 comenzaron a publicar Ortega y Gasset, Eugenio D’Ors, Baroja, Azorín y Pérez de Ayala, y que tanta influencia ejercería en España y América.

Al comenzar el año 1916, José Ingenieros dictó en la Universidad de Buenos Aires un curso sobre La cultura filosófica en España. Habló en las dos primeras clases del pasado, y dedicó la última a señalar los esfuerzos realizados por el pensamiento libre contra la tradición dogmática desde el siglo xviii; se detuvo Ingenieros en el estudio de las figuras de Sanz del Río y Ramón y Cajal, luego en las de Joaquín Costa y Francisco Giner, describiendo finalmente los esfuerzos y los primeros frutos de la generación del 98.

Se había fundado por entonces en Buenos Aires la Institución Cultural Española, destinada a difundir los nuevos valores hispánicos, y había inaugurado en 1914 la cátedra de Cultura Española de la Universidad de Buenos Aires, Ramón Menéndez Pidal, historiador y filólogo, y director del Centro de Estudios Históricos de Madrid. Su influencia fue considerable en amplios círculos; pero mucho mayor fue sin duda la del joven filósofo que ocupó la misma cátedra en 1916: José Ortega y Gasset.

Antes de su llegada sólo Rodolfo Rivarola y, sobre todo, Alejandro Korn, se habían atrevido a abandonar la ortodoxia positivista en las cátedras argentinas de filosofía. Volvieron ambos a Kant, según el ejemplo de la escuela de Marburgo; y esta misma actitud, enriquecida con otros retornos y nuevas conquistas, trajo en su mensaje Ortega y Gasset. Formado en el movimiento neokantiano, su devoción por Kant igualaba a la que profesaba por Platón, pero sus enseñanzas estaban marcadas por los nuevos enfoques, especialmente por los de Husserl y Meinong. Creía firmemente Ortega que había un pensamiento propio del siglo xx, y se propuso difundirlo en la Argentina a través de las ideas que juzgaba fundamentales. Habló del sentido de la filosofía, del sentido de la historia y de la cultura. Opuso al evolucionismo nuevas teorías: “La vida —dijo— es una actividad creadora que consiste en el aumento de su propio ser.” La vida es además la que selecciona lo que nos interesa en cada instante, y esta selección en el percibir se traduce en una cierta manera de intervención en la realidad, porque el ser humano es acción. Ortega combatió el evolucionismo, el positivismo y el escepticismo propio de la época moderna. Afirmó que no sólo cada individuo sino también cada pueblo y cada época tienen su propia perspectiva de atención. “Una época —señaló— es un genuino sistema de preferencias y de pretericiones. Hay épocas cuya atención gravita hacia la práctica; épocas que omiten la acción. Hay siglos que prefieren vivir bien y otros que prefieren pensar bien.” Analizó el siglo xix, la herencia del idealismo y los planteos positivistas; señaló luego la trascendencia de “la vuelta a Kant, a Fichte, a Hegel”, y el alcance de la filosofía de Edmundo Husserl, cuyo escepticismo fue transformado en instrumento creador. “A la verdad por el escepticismo” podría ser —dijo— el emblema de la filosofía. El problema de la verdad lo condujo al problema del “sentido”, y en él se detuvo, estudiándolo a la luz de los planteos que constituían una de las grandes conquistas filosóficas de la época, y relacionándolo con el problema de los objetos, tema también novedoso y apasionante por entonces. Buscó luego el tema de la psicología, y descalificó la psicología fisiológica a la que opuso los nuevos planteos, a partir de Brentano. Así pasó revista a los principales problemas de la filosofía y enunció las nuevas corrientes de pensamiento que empezaban a atraer apasionadamente por entonces a las mejores mentes filosóficas de Europa. Eran esas nuevas corrientes, precisamente, las que Ortega consideraba específicamente expresivas del espíritu del siglo xx.

La repercusión que tuvieron las conferencias de Ortega en el ámbito universitario y en los círculos intelectuales del país fue inmensa. En diversas ocasiones habló sobre temas generales y manifestó opiniones antes no escuchadas sobre el valor de los clásicos, sobre el sentido de la vida de la época, sobre la política, sobre España, sobre la misión de la universidad; y en ese público que lo escuchó y en el que él descubrió una insaciable curiosidad y una vaga intuición de las nuevas preocupaciones que cruzaban el mundo, fermentaron inquietudes que cuajaron finalmente en el seno de pequeños grupos que descubrieron o creyeron descubrir una vocación intelectual, que no era como la de sus padres y sus maestros, sino más viva, más en contacto con las renovadas preocupaciones que recorrían el mundo. Así nació lo que se llamó el Colegio Novecentista, bajo la advocación del pensamiento nuevo, representado eminentemente a los ojos de sus miembros por José Ortega y Gasset y por Eugenio D’Ors.

Formaron parte del Colegio Julio Noé, Carlos Malagarriga, Adolfo Korn Villafañe, Baldomero Fernández Moreno, Juan Rómulo Fernández, Benjamín Taborga, Jorge Max Rohde, Carmelo Bonet, Tomás Casares, Roberto Gaché, B. Ventura Pessolano, Vicente D. Sierra y José Gabriel. Los unía una nueva sensibilidad que se encerraba en la expresión “novecentismo”, cuyo significado se esforzaron por precisar. “Novecentismo” —decían— quiere ser una suerte de nombre o seña de la actitud mental de unos cuantos hombres de hoy —nuevos y del Novecientos— a quienes no conforma ya el catón espiritual vigente.” Y tras eficaces respuestas a sus dudas, se lanzaron a toda clase de lecturas, variadas en cuanto a calidad y tema, y a la elucidación de toda suerte de problemas a través de ensayos y artículos.

De aquellos jóvenes, algunos se dedicaron a la literatura, otros a la historia, a la filosofía o al derecho. En el campo de las ideas filosóficas, algunos de ellos realizaron esfuerzos estimables. Casares se orientó hacia la filosofía tomista y Pessolano hacia la estética y la filosofía del derecho, alcanzando ambos la cátedra universitaria; Gabriel reunió algunos ensayos en el volumen que tituló La educación filosófica (1921) y Taborga, que ya antes había dado pruebas de su madurez filosófica en sus Glosas sobre la posibilidad de un novísimo órgano, publicó en los Cuadernos del Colegio Novecentista un ensayo de gran valor sobre El espacio, la geometría y la lógica.

Inspiró en gran parte al grupo Alejandro Korn, que no había vacilado en asistir, junto con Rodolfo Rivarola, al seminario que sobre la filosofía de Kant dictara Ortega y Gasset en la Facultad de Filosofía y Letras, al margen de sus conferencias públicas. Korn conocía a fondo los clásicos de la filosofía y comenzó a enseñar sus doctrinas dejando de lado la tradición positivista. Hacia 1918, su pensamiento había madurado, tanto en el orden de las ideas filosóficas como en el de las ideas generales relacionadas con la vida y la cultura argentinas; y en marzo de ese año, en el primer número de la revista Athenea que publicaban los ex alumnos del Colegio Nacional de La Plata y dirigía Rafael Alberto Arrieta, escribió un breve artículo, con algo de proclama, titulado Incipit Vita Nova, en el que expuso sus puntos de vista fundamentales sobre filosofía e, implícitamente, sobre otros problemas: “He ahí —decía— los varios motivos del resurgimiento de una nueva filosofía, ya no de carácter científico sino de orientación ética. La gran labor realizada no por eso se pierde. Ella ha cumplido su misión histórica, nos ha dado la conciencia de nuestro poder, nos ha dado los instrumentos de la acción y ahora se incorpora a las nuevas corrientes como un elemento imprescindible. El cambio de rumbo, sin embargo, se impone; un nuevo ritmo pasa por el alma humana y la estremece.

“Es que una ética supone un cambio fundamental de las concepciones filosóficas. No se concibe una ética sin obligación, sin responsabilidad, sin sanción y, sobre todo, sin libertad. La nueva filosofía ha de libertarnos de la pesadilla del automatismo mecánico y ha de devolvemos la dignidad de nuestra personalidad consciente, libre y dueña de su destino. No somos la gota de agua obediente a la ley del declive, sino la energía, la voluntad soberana que rige al torrente. Si queremos un mundo mejor, lo crearemos.

“La sistematización, no fácil, de este pensamiento, es la tarea del naciente siglo. Ruskin y Tolstoi han sido los precursores; Croce, Cohen y Bergson son los obreros de la hora presente. No han de damos una regresión sino una progresión. Y a la par de ellos los poetas. De nuevo ha renacido la poesía lírica, pero con una intuición más honda del alma humana, con mayor sugestión emotiva, en formas más exquisitas. ¡Qué trayecto no media de Zola a Maeterlinck! Y en las ciencias sociales ha terminado el dominio exclusivo del factor económico y vuelve a apreciarse el valor de los factores morales. El mismo socialismo ya, más que el socorrido teorema de Marx, invoca la solidaridad, es decir, un sentimiento ético.

“Cuando la serenidad de la paz retorne a los espíritus, quizá florezca la mente genial cuya palabra ha de apaciguar también las angustias de la humanidad atribulada.

“Entretanto, nuestra misión no es adaptamos al medio físico y social como lo quiere la fórmula spenceriana, sino, a la inversa, adaptar el ambiente a nuestros anhelos de justicia y de belleza. No esclavos, señores somos de la naturaleza.”

La posición adoptada hizo de Korn un maestro de la juventud, que lo rodeó con amor y respeto; en la cátedra siguió esa misma línea de pensamiento, de conducta y de vida, y en sus escritos fue desarrollando poco a poco sus ideas con progresiva profundidad. Mientras ponía fin a sus Influencias filosóficas en la evolución nacional, elaboraba La libertad creadora, que salió por primera vez en 1920 y luego, muy ampliada, en 1922. El filósofo se sublevaba contra el realismo ingenuo, y afirmando que tanto el orden sensible como el inteligible pertenecen al plano de la conciencia, infería que también la coerción y la libertad son estados de ánimo. Estos dos términos constituyen la clave de su pensamiento. “La libre expansión de la voluntad —dice— la cohíbe la coerción de la necesidad, y ésta no consiente arbitrariedad alguna. El sujeto es autónomo, pero no soberano; su poder no equivale a su querer y por eso tiende, sin cesar, a acrecentarlo. La aspiración a actualizar toda su libertad no abandona al eterno rebelde. La naturaleza ha de someterse al amo y el instrumento de esta liberación es la ciencia y la técnica.”

En los años siguientes, Korn escribió sobre Kant, sobre el concepto de ciencia y sobre la gnoseología; más adelante, en 1930, publicó su Axiología, acaso su obra más original y profunda. El problema de los valores lo apasionaba, y Valoraciones se llamó la revista que, inspirada por él, editó desde 1923 el grupo de estudiantes “Renovación” de La Plata.

Contemporáneamente enseñaron filosofía Coriolano Alberini y Alfredo Franceschi. Alberini comenzó a dictar la cátedra de Introducción a la filosofía de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires en 1922, y desde allí lanzó sus sañudos ataques contra el positivismo. Renouvier, Bergson, Croce y Gentile fueron sus autores predilectos, y tras ellos se alineó en las filas del pensamiento nuevo, a cuyo desarrollo contribuyó originalmente con su Introducción a la axiogenia. Franceschi, por su parte, ocupó la cátedra de Lógica por la misma época y en la misma Facultad, empeñándose también en la querella contra el positivismo.

Por la fuerza de la tradición, el positivismo parecía representado de manera eminente en el país por José Ingenieros, y en buena parte se dirigían contra él y contra su pensamiento las críticas del antipositivismo. Alberini no dejó de dirigirle algún sarcasmo hiriente; pero en cambio Alejandro Korn, que no ocultaba sus convicciones, saludó sin embargo con respeto la aparición de las Proposiciones relativas al porvenir de la filosofía, que Ingenieros publicó en 1918. “Un nuevo libro de Ingenieros —escribía al reseñarlo en la revista Athenea— no es, en nuestro reducido mundo intelectual, un asunto baladí del cual pudiéramos desentendemos con una frase amable o irónica; es siempre el fruto de una labor tan intensa como sería; es con frecuencia el alumbramiento de ideas iniciales, nunca el flojo hilván de conceptos adocenados.” Ciertamente, el estudio que ahora veía la luz era de un interés excepcional. Preciso en la expresión, su contenido revelaba una profunda crisis en el pensamiento del autor.

Ingenieros acusaba el impacto que produjo en su espíritu la reaparición del espiritualismo, en abierto contraste con el positivismo vigente. Para explicarse el fenómeno recurría al renunciamiento a toda metafísica —“a toda explicación de lo inexperiencial”— en que había caído el positivismo. El espíritu, señalaba, se resiste a “excluir la perennidad de lo inexperiencial” y aunque admitía que los problemas de la metafísica estaban entonces “inexactamente formulados”, se atrevía a afirmar la necesidad de la metafísica. “Donde no lleguen las hipótesis experienciales de las ciencias, decía, empezarán las hipótesis que la metafísica prolonga en lo inexperiencial.” Así quedaba señalado el lugar de la metafísica, de la que insistía en decir que no es ciencia, que tiene un objeto distinto al de las ciencias, y de cuyas distintas formulaciones aseguraba que “sólo aspiran a ser lógicamente legítimas, sin que se considere posible su demostración experiencial”. Cuatro rasgos señalaba Ingenieros en la “metafísica del porvenir”: la universalidad, la perfectibilidad, el antidogmatismo y la impersonalidad; y afirmaba que para plantearla correctamente sería necesario renovar el lenguaje filosófico.

Alejandro Korn hizo algunos reparos al pensamiento de Ingenieros, especialmente en relación con la tesis de que la metafísica es la continuación de la ciencia. “La raíz de la divergencia que desarrollamos —escribía— estriba probablemente en el hecho de considerar Ingenieros la metafísica, en primer lugar, como una cosmología y nosotros, ante todo, como una axiología. De ahí distinta apreciación de las ciencias físicas y psíquicas, distinta gnoseología, distinto método y distinto concepto de la metafísica.” Pero quedaba señalado el tránsito del pensamiento de Ingenieros hacia posiciones más amplias y profundas que las de su primera época.

Siguieron los discípulos de Ingenieros su evolución, y hallaron su tribuna en la Revista de Filosofía. Los positivistas ortodoxos, encabezados por J. Alfredo Ferreira, se mantuvieron fieles a la doctrina y organizaron en 1924 el Comité Positivista Argentino, del que formaron parte, además, Maximio Victoria, Avelino Herrera, Rodolfo Senet, Víctor Mercante, Ángel Acuña, Horacio Damianovich, Ángel M. Giménez y Américo Ghioldi. La revista El Positivismo, a través de la que divulgaban su pensamiento, siguió apareciendo hasta 1938.

Pero la revolución filosófica que había desencadenado en buena parte Ortega y Gasset y que acusaban las Proposiciones de Ingenieros, cobraba vuelo y aglutinaba especialmente a los grupos juveniles. El que había desencadenado en Córdoba el movimiento de la reforma universitaria invitó en 1921 a Eugenio D’Ors para que dictara un ciclo de conferencias en la vieja Universidad. También esta visita resultó memorable. El filósofo catalán tomó partido frente al positivismo y al mecanicismo. Habló de la necesidad de retornar al clasicismo, de la dialéctica, de la metafísica, de la libertad; explicó los secretos de la fenomenología y se explayó sobre la belleza. Luego, en Buenos Aires, habló sobre el probabilismo y las ciencias, seguido por su público con la misma reverente atención de quien descubre un mundo de ideas antes ignoto.

El fermento obró intensamente en el ambiente intelectual del país. Uno tras otro, los grupos de jóvenes inquietos se lanzaron a la apasionada lectura, y no faltaron los que se decidieron a buscar en las casi legendarias universidades alemanas los zumos apenas gustados a través de los profetas del pensamiento nuevo.

La aparición de la Revista de Occidente fue una fecha en la historia de la cultura argentina, y sus lectores —casi sus fanáticos, podría decirse— se distinguieron pronto por el elenco de ideas que utilizaban, y hasta por el lenguaje en que las vertían. La segunda visita de José Ortega y Gasset, en 1928, acentuó su influencia y el prestigio del pensamiento renovador. El autor de El tema de nuestro tiempo coincidió entonces con otros ilustres visitantes, que daban al ambiente intelectual de Buenos Aires un aire cosmopolita y moderno: la Universidad de Buenos Aires agasajó el 1° de septiembre a José Ortega y Gasset, a Celestin Bouglé, a Paul Langevin, a Hans Driesch y a Federico Enriques en un banquete al que asistieron personalidades destacadas de diversas especialidades. Y cuando Ortega y Gasset comenzó sus conferencias en el salón de Amigos del Arte, en la calle Florida, se tuvo la sensación de asistir a un acontecimiento que haría fecha en la vida cultural argentina. El filósofo español abordó el tema de “qué es nuestra vida” y lo relacionó con la trascendencia y la significación del “ahora” para cada conciencia. Así quedó señalada también la significación de “nuestro tiempo” —esto es de “nuestras circunstancias”— del que comenzó a ocuparse luego con detenimiento. Analizó “la edad de nuestro tiempo” y trató de circunscribirlo y precisar su “sexo y edad” glosando la teoría de las generaciones. Nuestro tiempo fue calificado como un tiempo de jóvenes, y relacionó con esta peculiaridad el culto del cuerpo y “ese aspecto deportivo de la vida que se denomina elegancia”. Señaló luego que era un tiempo de juventud masculina y que estaba caracterizado por el ascenso de las masas que provocaba una nivelación que juzgó peligrosa. “El problema capital de nuestra época es, pues, el de crear nuevas minorías capaces de contener ese proceso”, dijo refiriéndose al de la estatificación que compromete la espontaneidad de la historia. Poco después, en la Facultad de Filosofía y Letras, habló sobre ciencia y filosofía planteando no sólo nuevos conceptos epistemológicos, sino también jugosas observaciones sobre el sentido de la metafísica y de la filosofía en general. Su palabra siguió despertando inquietudes y sembrando sugestiones en quienes tenían alguna inclinación por la meditación sobre los problemas de la vida y la cultura.

Ortega y Gasset significó el comienzo de la influencia filosófica alemana. Por esos años comenzaban ya a mostrar su amplio saber y su vocación profunda por la filosofía Luis Juan Guerrero, Francisco Romero y Carlos Astrada, que serían luego los maestros de las nuevas generaciones y los celadores de aquella corriente de pensamiento, bajo la advocación de Alejandro Korn. La fundación de la Sociedad Kantiana de Buenos Aires en 1929 fue la señal de aglutinamiento, tras la cual el tiempo separó las escuelas por razones ajenas por cierto a la sola doctrina.

Por la misma época hubo una intensa renovación de la vida científica. En 1917 llegó a la Argentina, donde se radicaría, el gran matemático español Julio Rey Pastor que, en la práctica, inauguró los estudios superiores de matemática, en los que se destacaron después Juan Blaquier y J. C. Vignaux.

Poco después, en 1925, visitó el país Alberto Einstein, cuya presencia fue estímulo para los estudios físicos, que cultivaron Ramón G. Loyarte —que dirigió el Instituto de Física de la Universidad de La Plata—, Teófilo Isnardi y Enrique Gavióla. En el campo de los estudios biológicos constituye una fecha la fundación del Instituto de Biología por Bernardo Houssay en 1919, y en los estudios botánicos desarrolló una vasta labor de investigación Miguel Lillo, con cuyas colecciones se constituiría en 1930 un importante instituto en la Universidad de Tucumán.

6

La actitud rebelde que la juventud comenzó a tomar frente a un ambiente que consideraba cartaginés y la posición polémica que adoptó frente a las ideas tradicionales y a las instituciones educacionales del país, desencadenaron una revolución profunda en la vida cultural del país que se conoce con el nombre de “Reforma Universitaria”.

El movimiento fue obra de un grupo juvenil que se sintió a sí mismo como expresión de una “nueva generación” y poseedor de una “nueva sensibilidad”; un grupo que declaraba enfáticamente: “Estamos pisando una revolución, estamos viviendo una hora americana.” Todas las alusiones a una visión nueva del mundo y de la vida —y especialmente la que Ortega y Gasset había dejado deslizar en sus conferencias de 1916— hallaban en él simpática repercusión. Su primera irrupción se produjo en Córdoba, cuya Universidad mantenía porfiadamente algunos rasgos de la universidad colonial, y en la que era más fuerte que en la de Buenos Aires o La Plata la gravitación de las familias de la oligarquía tradicional y de las fuerzas clericales. Precisamente en relación con los vagos fermentos que empezaban a advertirse en la vida intelectual argentina, habíase constituido en Córdoba un movimiento católico para defender la tradición, conocido con el nombre de “Corda Frates”, bajo cuya inspiración se organizó un congreso de estudiantes católicos en julio de 1917. De allí salió la Federación de Estudiantes Católicos, cuya finalidad era apoyar el movimiento “en favor del restablecimiento de la enseñanza moral y religiosa en las escuelas”, “combatir eficazmente el normalismo a cuyo amparo prosperan tantos ateos, anarquistas. y extranjeros”, y procurar que “los cargos directivos en las facultades y en los consejos superiores de las universidades sean ocupados por profesores adictos a la tendencia [católica] para llegar a la libertad de enseñanza universitaria”. Este movimiento suscitó una enconada polémica, que se agudizó en el clima político, social e intelectual que se había comenzado a formar desde 1916 y que culminó al comenzar el curso académico de 1918.

Al promediar ese año, los estudiantes de Córdoba no vacilaron en llegar a la violencia para desalojar de las posiciones directivas y de las cátedras a quienes tradicionalmente las detentaban. Precisamente cuando se producían otros fenómenos de no menor trascendencia en el orden social y político, y confluían nuevas corrientes de ideas en el campo de la teoría y en el de la acción política, el movimiento cordobés se extendió a otras universidades del país y llegó a crear un ambiente de desusada gravedad en la vida nacional. Una incontenible corriente de renovación profunda ganaba el país.

El movimiento de reforma universitaria fue desde un comienzo un fenómeno complejo en el que se entremezclaron distintas y difusas aspiraciones y tendencias. Los grupos juveniles que se insubordinaban contra sus maestros, se levantaban, en rigor, contra la generación de sus padres, contra el estilo de vida que se les ofrecía como impuesto por la tradición, contra el ambiente que predominaba en el país y que parecía coartar sus posibilidades futuras. Por eso los vagos anhelos sobrepasaban las fórmulas que sus representantes acertaban a expresar, y por eso el movimiento revestía los caracteres de una verdadera revolución.

En lo que coincidían todos, y constituyó el punto de partida de la insurrección estudiantil, fue en la incapacidad de los profesores, su insolvencia intelectual, su tendencia dogmática, su indiferencia frente a los problemas nuevos de la vida y de la cultura. En ocasiones la palabra juvenil adoptó un aire formal y enjuició el desquicio administrativo de las universidades. Pero sobre todo enjuició el régimen del profesorado, que constituía a sus ojos una casta que detentaba las cátedras universitarias y los cargos directivos como si los poseyeran “por derecho divino”. Los jóvenes querían buenos maestros, honestos y capaces. Pero en cuanto el movimiento fue cobrando volumen descubrieron que todo eso no bastaba. Eran “las estructuras, los métodos y la orientación” de la universidad lo que ya parecía insuficiente e insatisfactorio, era la universidad tradicional en su conjunto lo que parecía haber caducado. Sobre todo resultaba intolerable la concepción autoritaria que la presidía: los rectores y los decanos inasequibles, los profesores seguros de la distancia que separaba la cátedra de los escaños, los textos dogmáticos, las reglamentaciones rígidas. Tras el autoritarismo, la autoridad confesional resultaba no menos dura en algunos lugares, como Córdoba, donde la Universidad parecía una dependencia de las congregaciones religiosas. El manifiesto reformista del 21 de junio de 1918 hablaba de “la opresión clerical”, de “la tiranía de una secta religiosa”, de la “advocación de la Compañía de Jesús”, bajo la cual se realizaban ciertos actos. La respuesta no se hizo esperar. El propio obispo de Córdoba, fray Zenón Bustos, se encargó de darla en una pastoral en la que expresaba su estado de ánimo: “Dominando en tales circunstancias el ruido de la marea liberal empeñada en profanar la cultura y humillar las creencias reverendas y tradicionales, vejando a la religión y a su clero, sólo cabía apretarnos el corazón y callar”; y formulaba una admonición: “He visto negados los blasones que Córdoba tenía ganados de alta cultura, de católica y de Roma argentina. Se ha sentido amenazada de perderlos y los perderá si no despierta y emprende un movimiento reaccionando contra sus descuidos en la educación cultural, religiosa y moral de sus hijos.”

Aunque acaso no fuera sustancial, el conflicto cordobés entre la juventud liberal y el movimiento católico revelaba la médula del problema. Era un conflicto generacional, un movimiento de insurrección contra el pasado. Pasado era la tradición dogmática, autoritaria y esclerosada de los profesores de Córdoba que, como decía en la Cámara de Diputados Juan B. Justo, seguían en sus cursos ideas tendenciosas como las que contenían los Principios de economía política del padre Liberatore, S. J., y la Filosofía del derecho del obispo Fernández Concha. Pero pasado era también la tradición cartaginesa y la filosofía positivista. “Las penúltimas generaciones —decía Deodoro Roca al clausurar el Primer Congreso de Estudiantes Universitarios de Córdoba, en julio de 1918— estaban espesas de retórica, de falacia verbal, que trascendía a las otras falacias, pues lo que en el campo literario era grandilocuencia inútil, en el campo político era gesticulación pura, en el campo religioso rito puro, en el campo docente simulación cínica o pedantería hueca, en la vida comercial fraude o escamoteo, en el campo de la sociabilidad ostentación brutal, vanidad cierta, ausencia de real simpatía, en la vida familiar duplicidad de enseñanza, y en el primado moral enajenación de rancias virtudes en favor de vicios ornamentales.” Y poco antes, hablando del ambiente de los años del Centenario, había dicho: “La generación anterior se adoctrinó en el ansia poco escrupulosa de la riqueza, en la codicia miope, en la superficialidad cargada de hombros, en la vulgaridad plebeya, en el desdén por la obra desinteresada, en las direcciones del agropecuarismo cerrado o de la burocracia apacible y mediocrizante.”

Para superar el pasado, la juventud se creía no sólo imprescindible como fuerza social renovadora sino también suficientemente eficaz como para torcer el curso de las cosas. Por eso quiso intervenir en el gobierno de la Universidad: porque estaba segura de que era más madura que los hombres maduros para adoptar decisiones fundamentales; y por eso no vaciló en aceptar las responsabilidades de la dirección de la vida universitaria, al tiempo que las reclamaba también en otros órdenes de la vida nacional.

Bien mirado, el movimiento se mostró en sus primeros momentos contradictorio en algunos aspectos. Originado en cierta repugnancia contra la superficialidad suficiente de la aristocracia ganadera y contra la mediocridad desafiante de las clases medias en ascenso, el movimiento juvenil de la reforma universitaria no pudo sustraerse a cierto sentimiento de superioridad que lo mostró como nacido de una nueva élite del espíritu. Se pensaba en el “santo amor por la belleza pura”, en la dignidad de los estudios desinteresados. Pero era una élite que se sentía cargada de responsabilidades y que descubría hora a hora los problemas que traía consigo la renovación de ideas que perseguía. “Por vuestros pensamientos pasa —decía Deodoro Roca en el discurso citado—, silencioso casi, el porvenir de la civilización del país. En primer término, el soplo democrático bien entendido. Por todas las cláusulas circula su fuerza. En segundo lugar, la necesidad de ponerse en contacto con el dolor y la ignorancia del pueblo, ya sea abriéndole las puertas, de la universidad o desbordándola sobre él.”

Así nació una nueva inquietud, quizá más definida en unos que en otros, pero innegable en todos, en relación con los fenómenos de cambio social que se producían en el país y en el mundo entero. No mucho después se advertía el alcance nacional y americano de las ideas que movían las aspiraciones estudiantiles, y no mucho más tarde sus implicaciones de todo orden. La Universidad se sintió desde entonces vanguardia de todos los movimientos progresistas, aun de aquellos que eran eminentemente políticos si entrañaban una defensa de la libertad, y al cabo de poco tiempo hubiera sido difícil señalar los límites justos entre las preocupaciones universitarias y las que excedían esos límites.

Si la reforma universitaria excedía en mucho los límites de una reforma educacional, la preocupación específica por esta última se advirtió especialmente en el campo de la enseñanza primaria y secundaria. Ernesto Nelson y Amaranto Abeledo recogieron algunos experiencias ñorteamericanas y procuraron adaptarlas a la realidad nacional por vía de ensayo, sobre todo en la Universidad de La Plata. Pero fueron sobre todo los pedagogos europeos Decroly, Ferriére, Gentile, Montessori, los que inspiraron una preocupación más intensa en el país. Para difundir su pensamiento comenzó a publicarse, como suplemento de la revista educacional La Obra, una entrega mensual titulada Nueva Era cuyo director fue José Rezzano, profesor de Didáctica General en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de La Plata, donde contribuía a formar un nuevo espíritu. En Nueva Era conocieron los maestros argentinos por primera vez —hacia 1925— los nombres de los grandes reformadores contemporáneos de la educación y donde se difundieron las nuevas técnicas, con el método Decroly, el de proyectos, la escuela activa, etc. Fue a Clotilde Guillén de Rezzano a quien le correspondió hacer los primeros ensayos sistemáticos de esos métodos, cuyo valor y cuyos principios difundieron por entonces Juan Mantovani, Hugo Calzetti y otros. Ejercía sobre todos ellos marcada influencia la Revista de Pedagogía de Madrid, que dirigía Lorenzo Luzuriaga. La visita que realizó en 1928 el pedagogo español reavivó el entusiasmo por el movimiento de reforma y contribuyó a robustecerlo, pero, pese a todo, habrían de pasar algunos años antes de que lograra influir en la organización de la educación pública.

7

Si la intensa transformación que se operaba en Europa después de la Primera Guerra Mundial repercutió en el plano de las relaciones sociales y en el de las ideas sistemáticas, era inevitable que influyera también en el orden de la sensibilidad. Modernismo e impresionismo eran las corrientes que predominaban en el campo de la creación, pero ya un poco modificadas ambas tendencias. A Lugones le seguían Enrique Banchs, Baldomero Fernández Moreno y Arturo Capdevila, posmodernistas de singulares caracteres, y a Malharro los artistas que, seducidos por Sorolla, Zuloaga o Anglada, buscaban su fuente de inspiración en España, como Bemareggi, Quirós, López Naguil, Larco o Centurión. Pero hacia 1921 comenzó a producirse una rápida transformación en los gustos. La música de jazz comenzó a difundir el acelerado ritmo del shimmy, del fox-trot, del charleston; el cinematógrafo comenzó a atraer a vastos sectores del público, que por esa vía tomaban contacto con la afiebrada sensibilidad de posguerra, y a través. de argumentos y actores, se percibían nuevas maneras de reaccionar frente a la vida y de entender la acción y las pasiones humanas.

El fenómeno, como es natural, debía manifestarse más rápida y nítidamente en las minorías, y especialmente, en los grupos juveniles de espíritu minoritario.

Fue en ellos en quienes prendió, como una fiebre tropical, la que ya se llamaba “nueva sensibilidad”. En contacto con los escritores franceses y españoles, algunos argentinos habían ya comenzado a escribir a la nueva manera. Ricardo Güiraldes había publicado su Cencerro de cristal en 1915, y Raucho en 1917; Oliverio Girando había escrito los versos —que luego publicaría con el título de Veinte poemas para ser leídos en el tranvía—, entre 1920 y 1922, y en marcha por diversos países; Jorge Luis Borges y Francisco Luis Bernárdez asistían en España al nacimiento de nuevas escuelas guiadas por una estética heterodoxa, en la que influía mucho Rafael Cansinos Assens; y jóvenes pintores y escultores recomenzaban sus estudios en Europa bajo el signo de la escuela de París.

Un día los viajeros comenzaron a regresar: Gómez Cornet, el pintor; Borges y Bernárdez, los poetas; Sibellino, el escultor. Un ambiente preparado para recibir sus sugestiones los esperaba. Alberto Prebisch había comenzado a estudiar la arquitectura de Le Corbusier; Oliverio Girando conocía los secretos de la nueva poesía francesa. Gauguin, Modigliani y Bourdelle eran ya figuras entrevistas por los curiosos, y Picasso empezaba a intrigar a algunos inquietos, a quienes acaso seducían también Paul Morand, Valle Inclán o Gómez de la Sema. El “ultraísmo” o “vanguardismo”, como otros dijeron, halló de pronto un cálido hogar en Buenos Aires, custodiado por una generación de veinte años, la misma de los que se sublevaban en Córdoba contra el academicismo universitario o en Buenos Aires contra los salarios de hambre de la fábrica de Vasena.

Sus primeras manifestaciones fueron las revistas: Prisma, que editaron Borges y González Lanuza; Proa, que inspiraron el mismo Borges, Brandán Caraffa, Pablo Rojas Paz, y a los que luego se unió Ricardo Güiraldes; Inicial, Valoraciones, dirigida la primera por Roberto Ortelli y la segunda por Carlos Américo Amaya bajo la inspiración de Alejandro Korn y Pedro Henríquez Ureña. Cada uno definía su posición estética como si asumiera una terrible responsabilidad. Llegaban a ellas, seducidos y resueltos, grupos de jóvenes que amaban las letras bajo sus nuevas formas; y poco después la nueva generación había adquirido conciencia de sí misma y tomaba posiciones definitivas.

Los hechos sustanciales ocurrieron en 1924. Ese año Emilio Pettoruti expuso por primera vez sus telas de inspiración cubista; el grupo de “Florida” fundó la revista Martín Fierro y el de “Boedo” Claridad y La Campana de Palo. “Florida” y “Boedo” son dos calles de Buenos Aires, aristocrática la primera, popular la segunda. Sus nombres fueron signos —apresurémonos a decirlo— de sendas tendencias literarias: arte puro y arte de contenido, fueron fórmulas expresivas de una y otra. Y más lejos, en el popularísimo barrio de la Boca, sobre el Riachuelo donde se fundó una vez Buenos Aires, se agrupaba otro núcleo que cultivaba el romanticismo del suburbio entre callejuelas y barcos. La obra empezó a cuajar.

Acaso el acontecimiento literario más significativo de la época fue la publicación de Don Segundo Sombra, de Ricardo Güiraldes, en 1926. Ese año publicó también Enrique Larreta su Zogoibi, de análogo ambiente. Fue la confrontación de dos estéticas, y la de Güiraldes descubrió que había triunfado. Y no solamente en el seno de los jóvenes de Martín Fierro sino en más amplios escenarios, como si la “nueva sensibilidad” fuese un estado de ánimo generalizado. El mismo Güiraldes —y seguramente sus amigos— se sorprendió ante el fenómeno. “No sé cómo puede llamarse esto —escribía a Valery Larbaud— porque nunca le puse nombre por lo inesperado. Me palmean todos los días. No veo sino sonrisas que están tan conmigo que son casi yo mismo. Don Segundo lo hemos escrito todos. Estaba en nosotros y nos alegramos de que exista en letra impresa. No hay más que felicitaciones por este estado de cosas y estoy ¿cómo he de estar? contento y un poco como dormido en esta simpatía ambiente tres veces rara en la breve historia de mis libros. De los palos esperados, ninguno ha caído. ¿Qué es todo esto? Cualquier cosa hubiera esperado en mi vida menos un asentimiento general por una obra mía.” Porque, ciertamente, la intención era esotérica; pero la transcripción de la Pampa según la “nueva sensibilidad” había triunfado sobre la transcripción posmodernista de Larreta, que casi cayó en el vacío.

Era un signo de los tiempos. El grupo de Florida triunfaba no sólo con Güiraldes. El Borges poeta de Fervor de Buenos Aires y de Cuaderno San Martín ganaba adeptos entusiastas de la nueva estética, tanto como el prosista de Inquisiciones y de El tamaño de mi esperanza. En el mismo año de 1926 en que aparecía este último libro, publicaba Pablo Rojas Paz La metáfora y el mundo, Nicolás Olivari La musa de la mala pata, Leopoldo Marechal Días como flechas, Enrique González Tuñón El violín del diablo. Ese mismo año, todavía, el dramático Roberto Arlt publicaba en Boedo El juguete rabioso.

Para satisfacer otras inquietudes, la Asociación de Amigos del Arte, que representaba la “nueva sensibilidad” y cuyo salón de Florida era un centro de difusión de nuevas influencias, ofreció ese mismo año una exposición de pintura francesa moderna; Jean Aubry disertó en la sociedad musical Diapasón sobre la música francesa moderna, algunas de cuyas obras cantó Jean Bathori; y el director suizo Ernest Ansermet hizo conocer otros autores, entre ellos el más revolucionario, Arthur Honegger. Fue un año de revelaciones de la nueva sensibilidad, del espíritu nuevo.

La “nueva sensibilidad” no era sólo un libre y desenfrenado impulso: poseía su teoría, y por cierto obraba claramente en el espíritu de sus defensores. Ciertamente, el primero de sus elementos era negativo: el desdén por el pasado sin discriminación de matices y la defensa entusiasta por todo lo nuevo. Casi todo el pasado pareció culpable del más terrible de los pecados: el “pasatismo”, como se usó decir con expresión heredada del futurismo de Marinetti; y la revista Nosotros, por ejemplo, mereció una solicitud de disolución firmada por Marechal, Bernárdez y Vallejo, quienes, además, insinuaban “que con los bienes del finado se dé nacimiento a una revista de vanguardia”. Por lo mismo merecieron signos ostensibles de desdén Capdevila, Banchs y Fernández Moreno, Larreta, Rojas y otros muchos que recibieron duro castigo en el “Parnaso Satírico” de Martín Fierro. “Mortíferas” se titulaba un epigrama que enumeraba calamidades:

El ómnibus. El cianuro.

Zogoibi. Víctor Antía.

Ricardo Rojas. Y el duro

desdén de la amada mía.

Caso singular fue el de Lugones, pues Martín Fierro comenzó reverenciándolo y concluyó combatiéndolo y rechazándolo para afirmar la independencia estética del grupo, al mismo tiempo que agredía a sus discípulos, a los que consideraba demasiado reverentes.

Pero no todo era negativo en la estética del grupo de Florida que editaba Martín Fierro. Había también una actitud de combate en defensa de ciertas posiciones. Si todo lo nuevo era, en principio, valioso, era porque lo nuevo nacía con un signo inconfundible después de la Primera Guerra Mundial, un signo que aludía a las actitudes vitales además de las estéticas. Nueva era la línea de un Hispano-Suiza, nuevo era el ritmo del jazz-band, nueva la línea de Norma Talmadge o de Pola Negri. En los Estados Unidos o en Europa, lo nuevo se imponía, como si un mundo hubiera desaparecido y fuera necesario aceptar el que se creaba todos los días. Y la “nueva sensibilidad” aceptaba en Florida esa fatalidad con regocijo, como si el campo virgen facilitara la dura creación.

Si algo distinguía al grupo de Florida era la tendencia hacia la literatura pura, hacia el arte no comprometido, hacia la afirmación de lo arbitrario. El arte parecía pasatiempo. Y si el artista se ponía serio, parecía ridículo. “Ningún prejuicio más ridículo que el prejuicio de lo sublime”, escribía Girondo a manera de epígrafe en sus Veinte poemas. En la “Carta abierta a ‘La Púa’ ” que servía de prólogo al libro señalaba ese trance: “Lo que sucede entonces es siniestro. El pasatiempo se convierte en oficio”; y agregaba más adelante: “¿Publicar? ¿Publicar cuando hasta los mejores publican 107 % veces más de lo que debieran publicar? Yo no tengo, ni deseo tener, sangre de estatua. Yo no pretendo sufrir la humillación de los gorriones. Yo no aspiro a que me babeen la tumba de lugares comunes, ya que lo único realmente interesante, es el mecanismo de sentir y de pensar. ¡Prueba de existencia!”

Sin duda había en esta actitud mucho de espíritu de élite, de élite intelectual, ciertamente, pero de élite social también. El arte era un lujo del espíritu, que sólo podían darse —¿o acaso sólo tenían derecho a darse?— quienes estuvieran libres de subalternas preocupaciones. La “nueva sensibilidad”, como lo prueba la sorpresa de Güiraldes, creía ser una sensibilidad esotérica, capaz de descubrir la poesía, ciertamente, en las cosas vulgares, pero en virtud de una aptitud que sólo tenían unos pocos y podían descubrir unos pocos. Por eso requería y buscaba un lenguaje críptico, un lenguaje de imágenes y metáforas; todo cuanto exigiera lógica racional parecía desdeñable para la poesía, que no podía expresarse sino a través de imágenes capaces de traducir estados intermedios de la conciencia o sensaciones imprecisas. Alfonso Reyes y Pedro Henríquez Ureña —entonces en Buenos Aires— alentaban con su ingenio y sabiduría la nueva experiencia literaria.

Algo semejante perseguía el músico que desdeñaba la melodía o el pintor que abandonaba el tema anecdótico. La nueva sensibilidad amaba a Honegger y a Picasso, a los “Six” y a la “Escuela de París”. Tenía, sin duda, preocupaciones metafísicas, que expresaban poetas y prosistas de manera vaga, y entre todos Macedonio Fernández con rara profundidad. Metafísica y arte puro se unían de manera imprecisa en una estética que expresaba Güiraldes en la célebre carta que publicó en el número 25 de Martín Fierro, en enero de 1925: “En arte hay dos actitudes: la de mirar al público y hacer las pruebas del histrión necesarias para que los espectadores le arrojen moneditas de su simpatía (gloria mundana) y la de encararse con el misterio inexpugnable del arte mismo, siempre capaz de ennoblecer con su perenne juventud a los que se dan de cuerpo y alma. En el primer caso la actitud es de pedido; en el segundo nada puede pedirse que no venga de uno mismo y la ruta se prolonga aumentando paso a paso sus exigencias, endureciéndose a medida que el artista se hace capaz de cargar con mayor peso. Toda palabra contiene en sí un misterio total. La conjunción de las palabras es el campo infinito que jamás venceremos sino con pasajeras vislumbres. Esto para los escritores.

“¿Quién puede resolver por uno el problema que uno se impone? Todo problema resuelto por otro se ha hecho ajeno a nuestros propósitos y no puede servirnos sino para aumentar por el ejemplo nuestra ansia de llegar. Y además llegar no significa sino haberse creado nuevos motivos de partir. ¿Quién sería tan presuntuoso para creer que ha resuelto totalmente un problema de arte? Unicamente un engreimiento delimitado puede suponer límites definitivos. La eternidad no se concibe sino como un constante andar. El que quiera enfrentarla debe decirse a diario, en alegre confianza: ‘levántate y anda’.

“Y para concluir: los que atacan todo gesto de independencia son los sometidos a ideas de otros en quienes creen haber encontrado una verdad definitiva. Sea de quien sea esa idea y sea como sea, están en un error.

“El que cree saber ha creado en sí una muerte. Saber es en el hombre un estado de relación con una ignorancia anterior. Todo saber, adquirido como conocimiento transitorio, se modifica por una duda y llega a ser una ignorancia de la cual se parte hacia un conocimiento futuro.

“El que acopia los saberes transitorios como inamovibles, va osificando poco a poco su inteligencia, hasta llegar a una completa incapacidad de comprender y se convierte en un más o menos ameno predicador de verdades lastre.

”La memoria no es un oráculo infalible. Sus conocimientos no son, sino que han sido y no pueden servirnos para negar la adquisición constante de nuevos datos que nos atrae el hecho mudadizo de vivir.

’’Del saber interno y del saber que a cada momento vamos adquiriendo surge el proceso de nuestra inquietud intelectual. Los que creen en las verdades definitivamente adquiridas, matan la vida del pensamiento. Los que en cambio no admiten sino verdades del momento crean a la inteligencia una razón de vivir.

”No hay en el hombre un solo saber absoluto; hay una actual comprensión de un aspecto de verdad, dentro de ciertos factores inseparables de esa verdad relativa, sin los cuales no se hubiera presentado. Si admitimos este conocimiento como inmutable, desatendiendo las circunstancias especiales que nos lo trajeron, sólo habremos muerto nuestra capacidad de ver otro aspecto de la verdad en beneficio de una mentira.”

Cosa curiosa, el artepurismo del grupo Martín Fierro, en ocasiones aristocratizante, tenía una cara popular. La “nueva sensibilidad” amó la realidad inmediata, la de la ciudad de Buenos Aires, con sus suburbios y sus resabios de ciudad de campo.

A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires.

La juzgo tan eterna como el agua y el aire,

decía Jorge Luis Borges, Y en el manifiesto de Martín Fierro se decía: “Martín Fierro tiene fe en nuestra fonética, en nuestra visión, en nuestros modales, en nuestro oído, en nuestra capacidad digestiva y de asimilación.” En todo lo nuestro. Olivari y los González Tuñón descubrieron el valor expresivo del “lunfardo” —la lengua de los barrios bajos—, el valor dramático de la expresión popular, el valor metafísico de la actitud del hombre del suburbio. El mismo Borges descubrió su apego a la realidad urbana. Y el periódico creado para defender una estética depurada, debió disolverse el día en que estalló en su seno una disputa política, porque algunos redactores deseaban defender la candidatura popular de Hipólito Yrigoyen: “El corralón seguro ya opinaba Yrigoyen”, como decía Borges en “La fundación mitológica de Buenos Aires”.

Esta aceptación del compromiso con la realidad se había manifestado resueltamente, desde un comienzo, en el grupo llamado de Boedo. La revista Claridad lo aglutinaba, bajo el signo del grupo Clarté que presidían Henri Barbusse y Anatole France. Eran los intelectuales inquietos por el problema social, comprometidos en la lucha o ansiosos de comprometerse. El relato de Roberto Arlt o de Leónidas Barletta, el poema de José Portogalo o de Alvaro Yunque, el ensayo de Elias Castelnuovo, revelaban la influencia de los autores finiseculares o de principios del siglo a quienes preocupaba más el análisis y la descripción de la sociedad que el logro de sutiles imágenes. Los autores rusos, y Dostoiewski especialmente, seducían la imaginación de quienes, reunidos en una barriada popular, veían hervir las inquietudes sociales del mundo a través de su propia experiencia inmediata; pero también la atraían los ultraístas revolucionarios que sostenían, como había dicho Tristan Tzara, que “el valor poético más alto es aquel que coincide con la revolución proletaria”.

Más elemental y primario, el grupo de La Boca afirmaba directamente el valor de la creación popular. Benito Quinquela Martín pintaba sus paisajes del Riachuelo, que querían ser una versión, épica unas veces y lírica otras, del trabajo portuario, aunque sólo lograba, generalmente, un colorido primario y un aire sentimental; como sentimental era también la música popular de Juan de Dios Filiberto, autor de canciones populares de fácil emoción. Este grupo trasladó su base hacia el centro de la ciudad e instaló lo que llamó “La Peña”, en el café Tortoni de la Avenida de Mayo. Fue obra de un miembro del grupo de Florida la travesura de poner un día sobre un cuadro de Quinquela Martín un letrero en el que se leía la siguiente inscripción: “Cuidado con la pintura”.

Esta lucha de grupos estéticos tuvo diversas alternativas. En La Campana de Palo, Alfredo Chiabra Acosta, sutil crítico de arte que firmaba con el seudónimo de Atalaya”, defendía lo que se llamaba el “arte de contenido”, en el que trabajaba con más calidad que otros el escultor Luis Falcini, aún en Europa. En Claridad, entretanto, se difundían no sólo los fundamentos del marxismo, sino muy especialmente las teorías sobre el arte social, sobre cuya base se polemizaba con los partidarios del arte que solía llamarse puro o de vanguardia. Alberto Prebisch en Martín Fierro y Julio E. Payró en la correspondencia a La Nación difundieron los principios de las nuevas escuelas plásticas y los nombres de las grandes figuras.

Después de la desaparición de Martín Fierro y especialmente después del triunfo del radicalismo en 1928, el panorama intelectual comenzó a cambiar. Ese mismo año, la línea aristocratizante fue recogida por dos publicaciones católicas: Criterio, dirigida por Atilio dell’Oro Maini primero y por monseñor Gustavo Franceschi luego, y Número, en el que escribían Ignacio B. Anzoátegui y Julio Fingerit entre otros. Aristocratismo no era para ellos artepurismo; por el contrario, manifestaron una intensa preocupación por la política, y en esas páginas comenzaron a difundirse las ideas de la extrema derecha mezcladas con las nuevas direcciones religiosas y estéticas de los grupos católicos.

Más decididamente en favor del arte puro se mostró el grupo de poetas y escritores que rodeó a Alfonso Reyes, que tuvo vigorosa influencia literaria mientras ejerció en Buenos Aires la embajada de México. En la revista Libra halló camino la poesía pura, y allí pudo advertirse la inestimable calidad poética de Ricardo Molinari.

Leopoldo Lugones, entretanto, pese a sus posturas políticas, servía de centro de atracción a un grupo de escritores que comenzaron a expresarse desde 1929 en La Gaceta Literaria que fundó y dirigió, bajo la inspiración del maestro del modernismo, Enrique Espinoza. Allí publicaron Conrado Nalé Roxlo y Ezequiel Martínez Estrada, a quienes Lugones en su momento había señalado como figuras promisorias de la literatura. El periódico dialogó en ocasiones con las revistas católicas y aludió a las peripecias políticas de la segunda presidencia de Yrigoyen; pero su preocupación fue literaria, a la manera de Lugones, esto es, con vigorosos arranques de preocupación social y política a través de las inquietudes telúricas que él mismo acusaba, que se descubrían en Horacio Quiroga —figura reverenciada en el periódico— y que pondría de manifiesto poco después Martínez Estrada.

Capítulo cuarto

LA IRRUPCIÓN DEL CAMBIO

1

El movimiento militar que estalló el 6 de septiembre de 1930 y llevó al gobierno provisional al general José F. Uriburu, inauguró una nueva época en el país, caracterizada por la restauración del conservadorismo. La vieja oligarquía terrateniente, que mantenía el poder económico aun a pesar de la derrota política que había sufrido en 1916, volvió al gobierno para recuperar la totalidad de sus privilegios; pero la experiencia del período radical no había pasado en vano, y el retorno de los grupos conservadores trajo consigo nuevas actitudes frente a muchos problemas de la vida nacional.

El cuadro de la sociedad argentina en los años inmediatamente anteriores había despertado en algunos sectores cierta invencible repugnancia por las masas populares, a las que el régimen democrático impulsaba hacia los primeros planos de la vida colectiva. La influencia de las doctrinas aristocratizantes y nacionalistas de Barres y Maurras había sido penetrante en ciertos ambientes literarios que se deslizaban poco a poco hacia la política, y desencadenó la formación de grupos que comenzaron a ordenar sus ideas frente a los problemas del país, puestos cada vez más al desnudo por el desorden propio del gobierno de Hipólito Yrigoyen. Un diario,

La Fronda, encarnó el propósito de reagrupar a las fuerzas conservadoras, y sirvió de vehículo, junto con otras publicaciones más selectas, a esta nueva corriente de opinión que encontraba, además, excelente acogida en grupos militares naturalmente inclinados hacia el autoritarismo. Muy pronto se tornó cabeza de esos grupos el general Uriburu, al tiempo que esa corriente comenzaba a acusar la fuerte influencia del corporativismo fascista italiano.

Poco a poco las fuerzas conservadoras, así teñidas de nacionalismo y fascismo, se acostumbraron a la idea de que era posible adueñarse del poder. El desorden reinante y Ja ineficacia de la administración radical ofrecíanles una atmósfera favorable, y algunos fenómenos de la vida económico-social parecían aconsejar la urgencia en las decisiones. Los arrestos antiimperialistas de algunos sectores del radicalismo —representados por el senador Diego Luis Molinari—, que se relacionaban estrechamente con una política nacionalista respecto del petróleo, entrañaban una actitud hostil hacia los Estados Unidos que no satisfacía a otros sectores de la economía vinculados con los capitales norteamericanos; y como aquel movimiento coincidió con la aparición en el mercado de ciertos productos de origen soviético a precios de difícil competencia, la situación pareció amenazadora para determinados intereses. El espectro del comunismo comenzó a preocupar sinceramente a algunos, y resultó una cómoda bandera para otros, que creían o fingían creer que el desorden reinante podía ser favorable caldo de cultivo para el virus soviético. No faltó quien llegara a creer que la democracia conducía inevitablemente al comunismo, y que, en consecuencia, era necesario acabar con ella.

En esta situación, la aglutinación de las fuerzas hostiles al gobierno radical no fue difícil. Junto a los grupos de visible catadura fascista se agruparon las fuerzas conservadoras de corte tradicional, y no faltaron los aventureros de diversa laya que se agregaron al cortejo. La libertad de prensa permitió una campaña muy activa contra el presidente de la República y contra indefendibles actos de su gobierno. En la Capital, sobre todo, se creó una atmósfera popular favorable a las soluciones violentas, porque nadie —o casi nadie— sospechaba las consecuencias que podían traer consigo. Y el 6 de septiembre de 1930 salieron a la calle unas pocas fuerzas militares que, casi sin lucha, llegaron a la Casa de Gobierno y se adueñaron del poder.

El gobierno que encabezó el general Uriburu consideró que lo más urgente era la aplicación de ejemplificadoras medidas contra los culpables de corrupción administrativa. Se dispusieron investigaciones y se aplicaron sanciones. Entretanto se aplicó a normalizar los servicios de la administración, que debían afrontar las dificultades suscitadas por el largo período de desorganización y otras nuevas que comenzaban a hacerse patentes y que no eran ajenas por cierto a la génesis de la crisis. La otra preocupación urgente fue la vigilancia de las fuerzas que procuraban conspirar contra el régimen; el general Agustín P. Justo, considerado como la figura militar de más alto prestigio profesional, fue encargado del Comando en Jefe del Ejército para hacer frente a un posible movimiento inspirado por la Unión Cívica Radical.

Pero a medida que el gobierno se decidió a afrontar los problemas fundamentales se advirtió que pugnaban en su seno dos grupos de distintas tendencias; uno que aspiraba a promover una transformación institucional profunda y otro que deseaba solamente el reemplazo del gobierno radical por otro que representara los intereses conservadores. A esta lucha ideológica y política acompañó una acción unitaria contra la penetración económica de la Unión Soviética y en favor de los capitales ingleses y norteamericanos. La crisis mundial de 1929 había empezado a hacer sentir sus consecuencias en la Argentina y el mercado de los productos agropecuarios se había resentido considerablemente, con el agravante de que resultaban gravísimas para el país las derivaciones de la política monetaria de Gran Bretaña. El gobierno modificó fundamentalmente el sistema impositivo, estableciendo el impuesto a la renta para fortalecer las finanzas públicas, habitualmente sostenidas por las rentas de aduana y por entonces en grave crisis. Y frente a la urgencia, recurrió a un empréstito popular, signo de las dificultades por las que atravesaba el país.

No eran menores las dificultades políticas. Las dos tendencias que dividían al gobierno acentuaron sus divergencias, y finalmente comenzaron a predominar los partidarios de mantener intacto el sistema institucional. Fueron ellos los que poseídos de un infundado optimismo, decidieron al gobierno a llamar a elecciones para el 5 de abril de 1931 en la provincia de Buenos Aires. Inesperadamente, la Unión Cívica Radical obtuvo un franco triunfo, y a partir de entonces se robusteció en el gobierno la convicción de que era inevitable recurrir al fraude si se deseaba mantener la apariencia de la democracia.

Así se preparó la situación institucional que caracterizaría al país durante un largo período. Fracasadas las posibilidades de una transformación corporativista —a la que aspiraban algunos—, el gobierno se dedicó a organizar metódicamente el fraude electoral para las elecciones en las que debía elegirse presidente de la República. El candidato radical —Marcelo T. de Alvear— fue vetado, y su partido decidió abstenerse, de modo que compitieron solamente el candidato de las fuerzas conservadoras y del ejército, general Agustín P. Justo, y el de la Alianza Demócrata-Socialista, Lisandro de la Torre. La organización gubernamental se adjudicó el triunfo, y comenzó con el general Justo una era de ficción democrática durante la cual se emprendió la organización de la economía del país con la intención de ponerla al servicio de los intereses de la vieja oligarquía agropecuaria.

Apoyaban políticamente al gobierno no sólo las clases conservadoras sino también algunos sectores de la clase media, que vieron en el nuevo gobierno una garantía de orden, de estabilidad y hasta de progreso económico; pero sus principales sostenes fueron el ejército, que cobró entonces un papel decisivo en la política, y la Iglesia Católica, que fue haciéndose cada vez más influyente, sobre todo a partir de la celebración del Congreso Eucarístico de Buenos Aires en 1934.

En el orden económico, el nuevo gobierno tuvo que afrontar las consecuencias de la nueva política adoptada por Gran Bretaña después de la Conferencia Imperial de Ottawa en 1932. Ante la amenaza de una retracción general, se consintió en establecer con aquélla acuerdos comerciales que subordinaban la economía del país a los intereses del mercado inglés. Se consideró necesario vigilar de cerca la producción y la estructura financiera del país, y se puso en funcionamiento un audaz plan de intervencionismo estatal por intermedio de los controles cambiarios, el Banco Central de la República y las llamadas Juntas Reguladoras de la producción. Los sectores más avisados de la oposición contemplaban alarmados no tanto el desarrollo de una política económica dirigida, como su orientación tan desembozada en favor de los intereses de las clases conservadoras. Lisandro de la Torre promovió en el Senado un memorable debate sobre el problema de las carnes, que probó que el gobierno obraba como si estuviera sujeto a los intereses de los grandes ganaderos y del mercado británico. Pero la oposición probó también que carecía de fuerza para quebrar una estructura política que, en la práctica, estaba garantizada decididamente por la mayoría del ejército.

Constituían la oposición al gobierno algunos sectores muy definidos. Había en el Congreso demócratas progresistas, que seguían a Lisandro de la Torre, y socialistas. La oposición más numerosa en el país era, sin embargo, el radicalismo, que no tenía representación parlamentaria pero que combatía desde las tribunas públicas y que, en ocasiones, conspiraba con la lejana ilusión de triunfar mediante un golpe de Estado. No eran los únicos que acariciaban esta esperanza. Los sectores fascistizantes del ejército, derrotados en sus pretensiones en la época de Uriburu, trabajaban permanentemente tratando de aunar voluntades para un movimiento “nacionalista” y debilitando los fundamentos verdaderos de la autoridad del gobierno. Poco a poco tendía a establecerse un acuerdo entre ciertos sectores radicales y nacionalistas, que aunque quedó frustrado más de una vez, ganó cuerpo en el grupo político radical que se denominó “Forja” y que adquirió cierta claridad en los planteos políticos, sociales y económicos relacionados con la vida nacional.

El ejemplo más ilustrativo de la situación política durante este período lo ofrecía el gobierno de la provincia de Buenos Aires, presidido por Manuel A. Fresco. De vieja tradición conservadora, el gobernador se hizo cargo de la responsabilidad de sostener el armazón de la democracia fraudulenta, y no faltó entre sus colaboradores el que defendiera la legitimidad del método. Pero en el ejercicio del poder comenzaron a introducirse algunas modificaciones con las que se extremaban las direcciones fundamentales que subyacían en la política nacional, haciéndose más notables sus vicios. Los primeros signos de un Estado prepotente y de una organización fascista aparecieron en la provincia de Buenos Aires durante esa época, provocando la alarma de la mayoría democrática del país, que estaba reducida a silencio por una situación de fuerza.

Para la renovación presidencial, el viejo sistema del fraude volvió a funcionar, y resultó elegido presidente para el período 1938-1944 el candidato gubernamental, Roberto Ortiz. Al hacerse cargo del poder, cundió, sin embargo, una vaga esperanza; poco más tarde pudo comprobarse que el Presidente aspiraba a normalizar la vida política del país y que estaba decidido a afrontar las consecuencias de su decisión, que implicaba romper con la estructura política que lo había llevado al poder. La esperanza se hizo realidad cuando el gobierno nacional resolvió intervenir la provincia de Buenos Aires en 1940. Era. la primera etapa del plan; pero una enfermedad incurable obligó a Ortiz a abandonar el poder en el mismo año, cediendo el lugar a su vicepresidente, Ramón S. Castillo, de neta extracción conservadora y de imprecisa simpatía por el nacionalismo.

El gobierno de Castillo coincidió con los comienzo de la Segunda Guerra Mundial, y frente a ella adoptó una actitud de neutralidad que, sin embargo, no llegaba a ocultar la simpatía que sectores allegados al régimen sentían por la Alemania nazi. Por intermedio de innumerables agentes influía ésta en la vida del país; pero los intereses de los países que tradicionalmente mantenían vinculación económica con la Argentina trataban por todos los medios de defender sus posiciones, y la lucha por el predominio vino a incidir en la lucha entre los sectores democráticos y los sectores reaccionarios que detentaban el poder mediante el falseamiento de la voluntad popular. Entre estos últimos, inclusive, surgió el conflicto, pues en su propio seno se opusieron, sobre todo a partir del momento en que la suerte de Alemania comenzó a declinar, los partidarios de la neutralidad y los partidarios de una aproximación a los Estados Unidos.

Esta lucha se proyectó fuera de los ambientes estrictamente políticos. El viejo movimiento nacionalista que se gestaba en el seno del ejército desde algunos años antes comenzó a inclinarse bajo la influencia alemana, lo que motivó un nuevo reagrupamiento de sus miembros y la salida de algunos de ellos. Y cuando pareció que el gobierno de Castillo no era suficientemente sensible a sus exigencias, lo derrocó mediante un golpe de Estado producido el 4 de junio de 1943.

El gobierno que surgió entonces —encabezado por el general Pedro Pablo Ramírez— intentó extremar la política favorable a Alemania, aunque dentro de una neutralidad formal. Sin embargo, a medida que el curso de la guerra se fue mostrando cada vez más favorable a los Aliados, se vio obligado a modificar su línea internacional. Siguió, en la política interior, su inspiración conservadora, introdujo en las escuelas la enseñanza religiosa, intervino las universidades para alterar su régimen, persiguió a la opinión independiente; pero, en cambio, no tuvo más remedio que romper relaciones con los países del Eje en enero de 1944, y llegar finalmente hasta la declaración de guerra.

Nada podía impedir, con todo, la creciente impopularidad del gobierno. Para remediarla, cierto sector, encabezado por el coronel Juan D. Perón, decidió buscar nuevas bases de sustentación para el gobierno mediante una política de halago a las masas populares. Era algo inusitado en la política argentina. El desarrollo industrial había sido considerable en los últimos años y había comenzado a formarse en los alrededores de Buenos Aires un cinturón fabril de alguna importancia. El éxodo rural había agrupado allí fuertes contingentes de población originaria de las provincias, que padecía las consecuencias de la política sórdida y mezquina de las clases patronales, a lo que se agregaba el escepticismo político suscitado por el largo período de fraude electoral. La inesperada reacción del gobierno en favor de mejores salarios y mejores condiciones de trabajo, sedujo a sectores cada vez más numerosos de la población obrera, que vio en el nuevo secretario de Trabajo y Previsión —que era el propio ministro de Guerra, coronel Perón— una esperanza insospechada. La revolución impopular se transformó con rapidez vertiginosa en un movimiento de fuerte apoyo popular, y el 17 de octubre de 1945 se manifestó sorpresivamente como una nueva fuerza política que desconcertó a los partidos tradicionales. El gobierno cedió entonces a las demandas de normalidad, y convocó a elecciones para el 24 de febrero de 1946, en las cuales triunfó Perón frente a la llamada Unión Democrática, que aglutinaba a todos los partidos tradicionales, desde el conservador hasta el comunista.

Entonces comenzó una dictadura de masas que cambió radicalmente la fisonomía del país. Vastos sectores populares que apoyaban al nuevo presidente militar asomaban en la ciudad, en ciertas ocasiones, para reafirmar su solidaridad con el “conductor” y proclamaban su agradecimiento por los aumentos de salarios y las otras ventajas de carácter social que el nuevo régimen otorgaba. Las ciudades tomaron un aire tumultuoso, y los sectores populares y obreros, antes deprimidos en su gran mayoría frente a la clase patronal y a los sectores conservadores, adquirieron un inusitado aplomo que éstos consideraban rayano en la insolencia. Ese inequívoco apoyo de las masas populares permitió a los grupos que gobernaban en su nombre instaurar un severo control sobre los grupos disidentes: la libertad de opinión fue progresivamente suprimida, la prensa controlada, los actos públicos impedidos, las universidades desnaturalizadas y la acción política, social y gremial permitida sólo con innumerables trabas.

Esta acción, acompañada por una fuerte intervención del Estado en todas las actividades, caracterizó el período de los diez años que transcurrieron desde que el general Perón subió al poder hasta que fue depuesto por la revolución de septiembre de 1955.

2

A lo largo de tantas vicisitudes en el terreno práctico de la lucha por el poder, se iban perfilando vigorosas y definidas corrientes políticas animadas por un pensamiento diferenciado y claro: todo el período fue de tensión intensa entre posiciones antagónicas, en lucha sorda con una estructura de poder que se hacía cada vez más vigorosa.

Frente al sector que había canalizado hacia sus intereses la revolución de septiembre de 1930, se situó el sector revolucionario que había perdido la partida: era el nacionalismo, que enfrentaba a la organización política pretendidamente democrática, entre civil y militar, que detentaba el poder.

El nacionalismo reconocía varias raíces ideológicas: el viejo autoritarismo alemán, infiltrado en el ejército a través de la formación prusiana que primaba entre los oficiales, la tradición nacionalista de Maurice Barres, Charles Maurras, León Daudet y Charles Benoist, el fascismo corporativista de Benito Mussolini, la tradición aristocratizante española. Todo esto conformaba un haz de ideas que, si al principio pudo parecer heterogéneo, adquirió unidad a lo largo del tiempo.

Acaso el rasgo más saliente del movimiento —o por lo menos el primero— fue la alarma ante la extremada movilidad social que comenzó a advertirse tras el primer gobierno radical. Pareció a algunos que se producía no sólo una alteración en las relaciones entre los grupos sino también una subversión de valores. A eso aludía Carlos Ibarguren, el más alto teórico del movimiento, cuando decía que se necesitaban gobiernos de fuerza “que mantuvieran el orden social, las jerarquías y la disciplina para evitar la amenaza del comunismo soviético”. El sacudimiento del orden social tradicional, la quiebra de la vieja disciplina, la indiferencia frente a las jerarquías antes consideradas vigentes, eran hechos innegables; pero en lugar de imaginar salidas dinámicas capaces de canalizar las inquietudes en un sentido positivo, la tradición autoritaria y conservadora que constituía el fondo del nacionalismo sólo pudo inspirar una política destinada a inmovilizar el proceso de cambio que se acentuaba en el país.

Por lo demás, las soluciones que se entrevieron no correspondían a la naturaleza misma del cambio, y consistían exclusivamente en reformas institucionales, como el establecimiento del régimen corporativo en los cuerpos representativos cuya única finalidad era acallar las voces de los sectores sociales que se agitaban más intensamente. De esta reforma se hizo adalid el jefe revolucionario: “Cuando los representantes del pueblo dejen de ser meramente los representantes de los comités políticos —decía Uriburu en un manifiesto— y ocupen las bancas del Congreso obreros, ganaderos, agricultores, industriales, etc., la democracia habrá llegado a ser entre nosotros algo más que una bella palabra.” La teoría del corporativismo argentino la desarrolló Carlos Ibarguren en un discurso pronunciado en Córdoba el 15 de octubre de 1930, en el que sostuvo la tesis de la compatibilidad entre el sistema de la representación de la opinión pública y la de los gremios. “En el Parlamento —decía— puede estar representada la opinión pública y acordarse también representación a los gremios y corporaciones que están sólidamente estructurados. La sociedad ha evolucionado profundamente del individualismo democrático en que se inspira el sufragio universal, a la estructuración colectiva que responde a intereses generales más complejos y organizados en forma coherente dentro de los cuadros sociales.” Era una doctrina conciliatoria que no sólo trataba de evitar las suspicacias que suscitaba en la opinión pública la tesis corporativista estricta sino también resolver, dentro de los criterios conservadores, el problema de la justa representación. Un ilustre poeta, Leopoldo Lugones, abordaba el mismo problema en su libro El Estado equitativo que publicó en 1932.

Sin duda predominaban en el nacionalismo argentino algunas ideas fundamentales y arraigadas en ciertos sectores; de todas acaso la más importante fuera la de que el Estado constituía el único mecanismo capaz de obrar rápidamente frente a la acentuación de los fenómenos de hibridación espiritual derivados de la afluencia de inmigrantes de distintos orígenes. Pareció necesario conservar la tradición hispanocriolla, amenazada por tantas influencias extrañas, y dejando a un lado los alardes más o menos retóricos, se creyó que la única vía era impedir el acceso al poder de las nuevas fuerzas populares cuya primera presencia se había advertido durante la época radical. Así nació el nacionalismo como corriente de opinión política. Otros temas le preocuparon, sin duda. Entre las influencias extrañas —o “foráneas”, como comenzó a decirse— la del comunismo parecía naturalmente la más peligrosa. Se organizó un fuerte movimiento contra los comunistas, pero sus derivaciones alcanzaron primero a todas las formas de pensamiento libre y luego a buena parte de los opositores. La exageración llevó el descrédito al movimiento, que se concretó en un proyecto de represión presentado en el Senado. Hablando del peligro que representaba el comunismo y del uso que se hacía de él, decía en el Parlamento Lisandro de la Torre: “El peligro comunista es el ropaje con que se visten los que saben que no pueden contar con las fuerzas populares para conservar el gobierno y se agarran del anticomunismo como de una tabla de salvación. Bajo esa bandera se pueden cometer toda clase de excesos y quedarse con el gobierno sin votos”. Pero el propósito de limitar la libertad de pensamiento no cejó, en la medida en que los grupos nacionalistas lograron influir en los gobiernos conservadores.

Otro tema grato al nacionalismo fue el de la influencia del capitalismo británico. Enfrentándose con la actitud que ciertos círculos próximos al gobierno mostraban en relación con los intereses ingleses, Rodolfo y Julio Irazusta plantearon el problema de la subordinación económica del país en su libro La Argentina y el imperialismo británico. La singular situación de dependencia que creaban a nuestra producción agropecuaria las relaciones con el mercado inglés se presentaba como una disminución de la soberanía, en la que se veía el resultado de un designio sistemático de Inglaterra para hacer servir la economía argentina a la suya. Era lo que en términos explícitos y categóricos sostendría algunos años más tarde Raúl Scalabrini Ortiz en su Historia de los ferrocarriles argentinos: “Los ferrocarriles argentinos —escribía— obedecen a la estrategia comercial inglesa y no a los reclamos de la economía política argentina. Inglaterra quiere que seamos pastores y labriegos, exclusivamente, y durante setenta años hemos producido lanas, cueros, carne, trigo, maíz y lino, y hemos sido incapaces de elaborar hasta los más indispensables artículos de consumo local cuya manufactura sólo requiere desarrollo de artesanía y empleo de la abundante y hábil mano de obra nacional”.

Un resumen orgánico de todos los principios del nacionalismo apareció en el “Estatuto del Estado nacionalista”, que redactó luego Carlos Ibarguren, y cuyos principales puntos eran:

”1) Los intereses de la Nación constituyen el supremo orden público argentino que el Estado debe garantizar, difundir y desenvolver. Nadie puede invocar derechos contra el orden público argentino.

”2) Deberá darse al Estado una estructura según la cual en vez de ser expresión de los partidos políticos y de sus comités, como lo es actualmente, sea la representación de la sociedad en todos sus elementos integrantes organizados; todo lo cual deberá estar consagrado por la voluntad de la Nación expresada en comicios, previo empadronamiento o registro de los grupos sociales conforme a la función que desempeñan en la vida argentina y en el orden económico, espiritual, profesional y del trabajo.

”3) El Estado reconoce y garantiza todas las libertades y derechos del hombre como persona humana y del ciudadano como elemento político de la Nación, de acuerdo al orden establecido en este estatuto.

”4) La economía nacional, constituida por la totalidad de la producción y del comercio, ha de tener por fin primordial el bienestar de la colectividad y la potencialidad de la Nación.

”5) El Estado así integrado por todas las fuerzas sociales organizadas, será auténtica expresión de ellas y deberá coordinar y racionalizar la producción del país, su distribución y su economía.

”6) El Estado debe amparar y asegurar el trabajo, su retribución equitativa, y constituir sólidamente la previsión y la asistencia social, de modo que todos los trabajadores puedan tener una existencia digna conforme a su nivel de vida que será verificado periódicamente en las diversas regiones del país. Por intermedio de los respectivos grupos sociales organizados —gremios, sindicatos, corporaciones, profesiones— el Estado coordinará y reglamentará los intereses patronales y del trabajo, en paridad de condiciones, homologará los contratos colectivos que se acuerden, dirimirá las cuestiones que se susciten, a cuyo efecto instituirá la magistratura del trabajo, evitando así los conflictos y la llamada ‘lucha de clases’.”

Esta concepción del Estado entrañaba una aguda crítica del Estado liberal, concorde con la que las fuerzas de la derecha hacían en Europa por entonces y con la que jusificaban los ensayos autoritarios en diversos países.

Alfredo L. Palacios salió al encuentro de los sostenedores del corporativismo en un discurso que pronunció en Córdoba el 6 de diciembre de 1930, en el que analizó sus fundamentos teóricos y lo rechazó finalmente, aun cuando aceptaba una modificación de la Constitución —una vez restablecida la normalidad— con el objeto de ampliar la democracia. “Nosotros —decía— apenas empezábamos a vivir la democracia. Se nos entregó un instrumento que organiza los comicios y les da garantías y es eso lo indispensable para el comienzo. Si se nos quita pasarán siglos sin que tengamos una democracia. Pero ese instrumento no basta. Es necesario que el sentimiento de libertad, en cada ciudadano, se convierta en una actitud reflexiva, pues de otra manera ignoraría siempre lo que espiritualmente significa el sufragio. Y para que el ciudadano aprenda a votar es menester una intensa labor de cultura que realizará, no el gobierno provisorio, sino los partidos que no tengan por objeto exclusivo el logro de los puestos públicos: que se sientan impulsados por una fe, que realicen una acción idealista. Así los partidos serían la energía motriz que determine la acción de los órganos de gobierno.

“Después, dentro de la normalidad, vendrán las reformas a la Constitución, que no es, por cierto, intangible. Pero, entiéndase bien, dentro de la normalidad, para que no aparezcan las imitaciones fascistas. La representación profesional, no para suprimir el Parlamento político sino para completarlo ha sido estudiada por publicistas de autoridad.

“De ahí el sindicalismo de Duguit que es un movimiento social tendiente a dar estructura jurídica a los diferentes núcleos profesionales, es decir, a los diversos grupos sociales compuestos por individuos unidos ya, unos a otros, por la comunidad de tarea en la división del trabajo social. Así el movimiento sindical sería la integración y diferenciación de los intereses profesionales, formando grupos homogéneos en razón de la homogeneidad de los fines. Es la ampliación del pensamiento de Marx, a quien Duguit llama soberbio idealista que puso el porvenir proletario en la organización colectiva de los asalariados, pues vio claro en la trama de la historia y convirtió en programa la sustancia misma de la realidad social que imponía al mundo la acción reconstructiva de los grupos sociales sobre bases económicas.

“Recientemente Georg Bernhard ha abogado por los Consejos Económicos, y, antes, la Constitución alemana afirmó el carácter democrático del Estado mediante un amplio sufragio y ensayó la incorporación al régimen jurídico, de los elementos sociales organizados: sindicatos, asociaciones, etcétera.

’’Pero todo esto es para ampliar la democracia, no para suprimirla.

”En cambio, el gobierno provisorio, con sus reformas, auspiciadas por los teóricos de la revolución, se inspira en el fascismo y en parte en la Constitución de 1819, donde se disponía que el Senado estaría formado por los senadores de provincias, cuyo número sería igual al de éstas; tres senadores militares, un obispo y tres eclesiásticos, un senador por cada Universidad y el director del Estado, concluido el tiempo de su gobierno. No olvidemos que el presidente del Congreso explicaba tal desgraciada reforma con estas palabras: ‘Llamando al Senado a los ciudadanos distinguidos ya por pertenecer a la clase militar y a la eclesiástica, ya por sus riquezas y talentos, aprovecha lo útil de la aristocracia’.

“Soy partidario de la democracia y acepto la representación funcional que ya está consagrada en algunas constituciones, pero bien entendido que ella no se refiere a la representación legislativa que tiene su firme sostén en el sufragio universal. La democracia debe completarse y así lo he sostenido en mi Nuevo Derecho, auspiciando la creación de Consejos de Técnicos que preparen los proyectos de carácter económico, para que, después, los representantes del pueblo coordinen las funciones y con un concepto amplio y una visión clara de conjunto, gobiernen como estadistas.”

La defensa del Estado liberal y de sus principios tradicionales fue lo que aglutinó a los grupos políticos que resultaron beneficiarios de la revolución, a pesar de que, en el ejercicio del poder, desmintieron sus principios, ensayando una política económica intervencionista. En principio, trataron, simplemente, de impedir que se impusiera por la fuerza un régimen político corporativo que se sabía que había de ser impopular. Pero era necesario fundamentar esa posición, puesto que la crítica del Estado liberal contaba a su favor con una sólida argumentación muy en boga, ocasionalmente corroborada en el país por la crisis del régimen radical. Y los representantes de los partidos tradicionales de centro-derecha ofrecieron esa fundamentación reiterando la defensa de la democracia formal y apoyándola en un argumento circunstancial que señalaba Federico Pinedo: “Aunque el sistema vigente no tuviera otros méritos para ser mantenido, sería decisivo en su favor el hecho de que no hay cómo reemplazarlo, porque el país nunca aceptaría que un grupo de personas resuelva declararse superior a sus semejantes y pretenda imponer su predominio amenguando el poder político de los demás por calificaciones o cercenamiento del derecho de sufragio.”

Con ese planteo se llegaba a la médula del problema. Se reconocía que la opinión predominante en el país apoyaba el orden democrático y liberal vigente; se admitía que sólo el principio de la soberanía podía sustentar suficientemente el orden político; pero se reconocía también la presencia de grupos de presión que imposibilitaban el rápido retorno a ese orden, y la existencia de circunstancias que daban a esos grupos cierta fuerza. Ahora bien, esas circunstancias eran, precisamente, las que abrían el camino hacia el poder a los grupos que, próximos al gobierno revolucionario, sostenían la tesis del orden democrático y liberal.

Tal contradicción terminó en una doctrina de compromiso, que era, al fin, menos original de lo que parecía, porque entroncaba con la vieja tesis de lo que he llamado el “despotismo ilustrado” propio de la oligarquía de las últimas décadas del siglo xix. Consistía en sostener teóricamente el principio de la soberanía popular y la vigencia formal del sistema democrático, admitiendo, sin embargo, como un sobrentendido, la incapacidad de las masas para ejercitar de inmediato la plenitud de sus derechos y la necesidad de que las “minorías selectas” mantuvieran la dirección del Estado. De hecho había, pues —como decía Pinedo— un grupo de personas que decidía declararse superior a sus semejantes, pero que no se atrevía a manifestarlo abiertamente. Empero, no faltó quien asumió, imprudentemente, la responsabilidad de hacerlo, y se atrevió a hablar de “fraude patriótico”; refiriéndose a los métodos apropiados para llevar a la práctica la doctrina de compromiso; pero la doctrina, puesto que era contradictoria y vergonzante, exigía la continuación de la ficción, y como tal fue mantenida por sus defensores.

La doctrina de compromiso, esto es, la doctrina de la democracia fraudulenta, fue combatida enérgicamente por vastos sectores que defendían la pureza de los principios; pero no hubo nuevos planteos doctrinarios en el seno de los partidos que denunciaron a diario las violaciones del orden democrático. Sólo se registró en el seno de la Unión Cívica Radical en 1935, la formación del grupo llamado “Forja” que pretendía continuar la línea política de Hipólito Yrigoyen, pero acusaba, dentro de un esquema político inequívocamente democrático, las influencias del nacionalismo económico. Era un movimiento que aspiraba a renovar la vida interna del partido, a tonificar su posición intransigente, a proveerlo de un programa y de un sistema de soluciones para los grandes problemas.

Todo ello trascendía de la Declaración que aglutinó a sus miembros: “Somos una Argentina colonial; queremos ser una Argentina libre”, rezaba al comenzar la Declaración. Y decía su texto:

“La Asamblea Constituyente de la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina, considerando:

”1° Que el proceso histórico argentino en particular y el sudamericano en general, revelan la existencia de una lucha permanente del pueblo en procura de la soberanía popular, para la realización de los fines emancipadores de la República Argentina, contra las oligarquías como agentes virreinales de los imperialismos políticos, económicos y culturales, que se oponen al total cumplimiento del destino de América.

”2° Que la Unión Cívica Radical ha sido, desde su origen, el instrumento continuador de esa lucha por el imperio de la soberanía popular y la realización de sus fines emancipadores.

”3° Que el actual recrudecimiento de los obstáculos puestos al ejercicio de la voluntad popular, corresponde a una mayor agravación de la realidad colonial, económica y cultural del país,

’’Declara:

”1° Que la tarea de la nueva emancipación sólo puede realizarse por la acción de los pueblos.

”2° Que corresponde a la Unión Cívica Radical ser el instrumento de la tarea, consumando hasta su totalidad la obra truncada por la desaparición de Hipólito Yrigoyen.

”3° Que para ello es necesario en el orden interno del Partido dotarlo de un estatuto que, estableciendo el voto directo del afiliado cotizante, asegure la soberanía del pueblo radical, y en el orden externo, precisar las causas y los causantes del enfeudamiento argentino al privilegio del monopolio extranjero, proponer las soluciones reivindicadoras y adoptar una táctica y método de lucha adecuados a la naturaleza de los obstáculos que se oponen a la realización de los destinos nacionales.

”4° Que es imprescindible luchar dentro del Partido, para que éste recobre la linea de intransigencia y principismo que lo caracterizó desde sus orígenes, única forma de cumplir incorruptiblemente los ideales que le dieron vida y determinan su perduración histórica al servicio de la Nación Argentina.”

De ese modo se comenzaba a producir la primera aproximación entre ideas que circulaban por distintos cauces, definiéndose una vigorosa corriente que aspiraba a la emancipación económica, pero que se escindía entre quienes creían que era posible alcanzarla dentro del orden democrático y los que creían que requería el comando de las minorías selectas. Muy pronto aparecerían los que admitirían que su única posibilidad era el gobierno de un “conductor” providencial. Pero entre las brumas de una atmósfera que no parecía ofrecer ninguna salida, se sumó a las influencias tradicionales la del comunismo trotskista, animado por una tesis de la revolución nacional, que hizo viva impresión en algunos sectores juveniles. En el radicalismo/ sobre todo, apareció, junto a “Forja”, otra dirección más resueltamente revolucionaria que coincidiría, finalmente, con los que fundaron el grupo llamado “Intransigente”, adherido aunque más tibiamente a esas ideas.

El movimiento radical, con todas sus variantes, destinado a adecuarse a un inocultable movimiento de masas que se producía en el país, se vio, sin embargo, arrollado por otro movimiento más amorfo pero más simple en sus postulados, y cuyo atractivo político fincaba, precisamente, en la eficaz presencia de un “conductor”.

Precisamente, la actitud fundamental del coronel Perón, que llegó al poder como presidente en 1946, consistía en respaldar su papel de magistrado constitucional con el poder de caudillo innato que le conferían sus intransferibles aptitudes personales y la irracional confianza que depositaba en él la masa. “El conductor nace, no se hace”, gustaba decir; lo consideraba como un artista, cuya misión es “crear, crear siempre, estar siempre dispuesto a crear”; y creía que su influencia era tan grande que la masa no podía sino reflejar su personalidad: “Como él sea, será la masa”, decía.

En el mensaje con que acompañaba el proyecto para el “Segundo Plan Quinquenal” desarrollaba la teoría de la conducción. “La conducción como tal —decía— importa toda una filosofía de la acción. Yo entiendo que el gobierno es una parte del arte de la conducción, como la pintura sería una parte de las artes plásticas. En ese sentido, el arte de la conducción no hace distingos. Hay personas que unilateralizan este arte y se dedican a conducir una cosa u otra. Es el mismo caso de un pintor que se dedicara solamente a pintar perros o a pintar caballos y no supiera pintar otra cosa. Para ser pintor hay que pintar todo, y el que es pintor pinta lo mismo una casa que un perro o un edificio. En el arte de la conducción se sabe o no se sabe conducir, como en el arte de la pintura se sabe o no se sabe pintar.

”En el caso del gran Alejandro, de Federico el Grande o de Napoleón, algunos se extrañan de que habiendo sido guerreros fueran también grandes gobernantes. Eso es lo común; ellos sabían pintar y pintaban cualquier cosa.

”Así es el arte: universal e indivisible. En el arte se sabe o no se sabe, pero no se saben determinadas cosas y se ignoran otras. La conducción y, por lo tanto, el gobierno, que es una de sus partes, es un arte difícil y todo de ejecución. Es cuestión de perfeccionarse en él, conocer su doctrina, su teoría y su técnica. Lo demás es acción, puramente acción.

”Toda acción humana puede ser objeto de la conducción: la acción económica, la social, la política, la empresa científica, se conducen todas. Ahora, señores, el secreto está en conducirlas bien, orgánica y racionalmente, y por sobre todas las cosas, saberlas conducir.

”La conducción de un país no difiere fundamentalmente, en sus principios generales, de las demás actividades del hombre que pueden y deben ser conducidas. Toda tarea de conducción exige, para ser realizada, que, mediante la unidad de concepción, se logre un germen: la unidad de acción. Cuando se conducen acciones de cualquier naturaleza sin unidad de concepción, no hay unidad de acción; cuando se conduce un país, también la unidad de acción ha de lograrse mediante la unidad de concepción, que ha de traducirse en unidad de acción, pero no de una manera coercitiva sino persuasiva, de auspicio o de fomento de la acción del propio Pueblo.”

La masa, por cierto, era para él solamente un conjunto informe y sin designios propios. De ahí la significación del conductor. “Cuando la masa no tiene sentido de la conducción y uno la deja de la mano, no es capaz de seguir sola y produce los grandes cataclismos políticos.” El camino para que la masa se transforme en “pueblo” debía ser el de la “organización”, que él concebía dentro de esquemas de acentuado carácter militar. La “masa” debía situarse en la órbita del “conductor”, y funcionar dentro de sus planes mediante los “cuadros”, o sea los intermediarios a través de los cuales debían trasmitirse las inspiraciones del “conductor”. Así cobraba forma la “masa” y se transformaba en “pueblo”.

Esta doctrina —huelga repetirlo— denunciaba las influencias de las concepciones de Estado Mayor sobre las ideas políticas. Perón intentó llevarlas a la práctica promoviendo —no sin coacciones, por cierto— la formación de diversas “organizaciones del pueblo”, esto es, agrupaciones de entidades y personas que representaban los intereses del trabajo, las profesiones, las empresas, etcétera, en un vago intento de preparar el camino para una remota transformación del régimen democrático sustituyéndolo por un régimen corporativo como el que soñaban los hombres de la revolución de 1930. En el orden nacional, las resistencias fueron, aunque indirectas, vigorosas. Pero una vez, al redactarse la Constitución de la provincia del Chaco, influjo a sus partidarios a ensayar, junto a la representación ciudadana, la representación gremial o corporativa.

Así se constituía, poco a poco, lo que se venía llamando desde hacía algunos años, “el nuevo orden”. Era en el fondo una política reaccionaria y autoritaria enmascarada gracias al apoyo de ciertos sectores populares; pero apenas podía disimularse su esencia profunda. Perón había declarado en 1944: “La República Argentina es producto de la colonización y conquista hispánica, que trajo hermanadas a nuestra tierra, en una sola voluntad, la cruz y la espada. Y en los momentos actuales parece que vuelve a formarse esa extraordinaria conjunción de fuerzas espirituales y de poder que representan los dos más grandes atributos de la humanidad: el Evangelio y la Espada. Tal era, en el fondo, su pensamiento político, y sólo para disimular su contenido profundo fueron inventadas nuevas fórmulas verbales.

Sin embargo, no quiere esto decir que las masas que seguían fervorosamente al “conductor” participaran de su pensamiento profundo. Participaban de las ideas que creían descubrir en su retórica intencionadamente confusa, elaborada sabiamente para estimular las legítimas aspiraciones y para despertar la militante adhesión de unas masas que se habían sentido postergadas y sometidas durante largos años, y que carecían de experiencia política como para apreciar la sutil maniobra mediante la cual se procuraba instrumentalizarlas para servir ocultos designios.

La Constitución de 1949 —llamada “Constitución Justicialista”— mantenía la forma republicana, representativa y federal de gobierno; pero establecía en su artículo 78 que el presidente podía ser reelegido indefinidamente. Mediante una ley del Congreso, se estableció que los principios que presidían la política del gobierno constituían la “doctrina nacional”, es decir, un cuerpo de ideas con el que, finalmente, no se podía disentir sin contrariar el mandato legislativo. Era la consagración formal del principio muchas veces declarado y esencialmente negativo de la democracia, de que quien no apoyaba al “conductor” traicionaba a la patria. Así, el resultado fue un régimen personalista, autoritario y encubiertamente fascista que negó las más elementales libertades, desconoció a las minorías, y que, por hallarse sustentado en una vigorosa corriente de opinión popular, se presentó como una dictadura de masas. Pero los objetivos fundamentales de quienes las conducían provenían de actitudes políticas y económicas muy distintas y ajenas a los auténticos intereses de las clases populares.

3

Las tendencias políticas encontradas que entraron en abierto conflicto durante el segundo cuarto de siglo, escondían ciertos supuestos profundos relacionados con la fisonomía social del país. Como en otras partes del mundo, la tendencia al nacionalismo se acentuaba, acompañada de ciertos extremismos que forzaban una interpretación de la vida, del hombre y de las situaciones argentinas como absolutamente peculiares e irreductibles. La contracción económica que comenzó a producirse a partir de 1928 obligó a muchos países a volverse hacia sí mismos, y algunos grupos argentinos creyeron que ésa era la política que convenía a la nación. Fruto de ella fue la decisión de interrumpir el flujo inmigratorio, con lo cual se pretendió, por una parte, prevenir la desocupación, y, por otra, inmovilizar el proceso social de cambio que, en los últimos decenios, se advertía cada vez más claramente, con su secuela de ideas e ideologías, en inocultable relación con las conmociones que se habían producido en el mundo no mucho antes. Ya señalaremos más adelante cómo correspondió a esta política la exaltación de cierta imagen del carácter argentino, o más exactamente, del carácter criollo, en el que se vio el carácter nacional por excelencia, como si la ingente masa inmigratoria que se había incorporado al país no perteneciese ya definitivamente a la Argentina. Los grupos nacionalistas, en un principio, le negaron valor, pero muy pronto otras corrientes sociales quisieron salir a su encuentro y capitalizar en su provecho los crecientes anhelos de esa masa que los nacionalistas pretendían ignorar, que se había concentrado preferentemente en la zona litoral del país y que buscaba su salida económica por entre los vericuetos de una economía en pleno proceso de contracción. Ignorada o postergada, esa masa se insinuaba como una fuerza decisiva en la vida de la colectividad nacional.

Los grupos que originariamente desarrollaron las tesis nacionalistas se caracterizaron por su decidida posición aristocratizante y, al mismo tiempo, por el deliberado ocultamiento de la creciente diferenciación de clases que se producía en el ambiente social argentino. Las exigencias del país como totalidad parecían tan graves e importaban tanto a la clase poseedora que sus miembros fingían creer que era absolutamente lícito exigir el sacrificio de todos para resolver la llamada crisis nacional sin ofrecer al mismo tiempo nada que constituyera una esperanza para los distintos niveles de la clase trabajadora. La creciente influencia que el nacionalismo alcanzó en el seno del gobierno conservador —al menos como grupo de presión— contribuyó a que triunfara esa orientación económica y social; pero a pesar de ello las fuerzas políticas populares pudieron mantener vivo el fuego de las reivindicaciones de la clase obrera luchando en el Parlamento por la sanción de leyes protectoras del trabajo. El Congreso votó en 1932 la ley que prolongaba el descanso hebdomadario incluyendo la tarde del sábado; al año siguiente otra por la que se obligaba a los patronos a permitir que sus empleados y obreros tuvieran una silla para sentarse cada vez que las exigencias del trabajo lo permitieran; y poco después la que obligaba a indemnizar al obrero despedido. Eran pequeñas grandes conquistas, promovidas en buena parte por la acción tesonera de Alfredo L. Palacios y de Mario. Bravo, que representaban al Partido Socialista en el Senado. Fruto de la misma inquietud fueron la ley de protección a la madre y al niño sancionada en 1935, y el vasto movimiento que impulsó Palacios en favor de las provincias del noroeste, las menos favorecidas del país, para las que pidió un esfuerzo sistemático de la nación toda a fin de remediar sus necesidades inmediatas y estimular en lo futuro sus riquezas y sus fuentes de trabajo. Un libro, El dolor argentino aparecido en 1938, fue, además de la acción parlamentaria, el instrumento que usó Palacios para difundir lo que había visto en sus viajes y las soluciones que propiciaba para los problemas regionales. “Un criterio equivocado e inhumano —escribía—, y una política extraviada de los verdaderos intereses nacionales han conducido al país a una inflación ostentosa, en las grandes urbes, a costa del olvido de las condiciones de existencia de las provincias del interior, a la vez que a un refinamiento y selección de los ganados, junto a un empobrecimiento progresivo de la raza que ha poblado nuestro suelo y que con su abnegación y sacrificio ha cimentado y nutrido la grandeza de la Nación.

”Esto no es una simple apreciación, ni una hipótesis aventurada: es un hecho consumado, difícil de corregir.

”Frente a él, se levanta una perspectiva pavorosa: la del porvenir de innumerables pequeñuelos argentinos, tarados por las enfermedades que engendra la miseria y condenados a una existencia tan estéril como deleznable y dolorosa.

”Hoy estamos a tiempo, todavía, si enfrentamos el problema con la urgencia angustiosa que requiere, de rectificar la orientación suicida en que se encuentran comprometidos la vida y el porvenir de nuestro pueblo.

”Es preciso, para ello, que arranquemos a la servidumbre del hambre y de la ignorancia a las futuras generaciones de esos humildes argentinos que mañana pueden ser los defensores del sagrado patrimonio de nuestras libertades.

”Es innegable ya, para todos, que la fuerza y la riqueza de un país se basa, más que en las fuentes naturales y en la extensión de sus tierras, en la cantidad y la calidad de su elemento humano.

”Nada vale la naturaleza si no existe quien la explote y la transforme, y nada vale la máquina siquiera, sin el hombre que ha de dirigirla.

”No podremos ser jamás un pueblo grande, responsable y progresista si carecemos de ciudadanos íntegros, física y moralmente, que sean capaces de explotar nuestras ingentes riquezas y de administrar y defender el patrimonio de nuestra cultura hereditaria.

”El lema proclamado por Alberdi y que ha inspirado hasta hoy nuestra política inmigratoria: ‘Gobernar es poblar’, hemos de corregirlo así: ‘Gobernar es fortalecer, instruir y educar al ciudadano’.

”Estamos en una época en que la brusca invasión de la mecánica en las producciones industriales y en las relaciones económicas va colocando a los pueblos en presencia de esta disyuntiva: educar a los hombres para que sean capaces de dirigir y manejar a la máquina, o conducirlos a la desocupación y el hambre para eliminarlos indirectamente.

”Para esta última solución, que es absurda, aparte de que entraña la amenaza de hondas perturbaciones sociales, nosotros no tenemos ni siquiera la excusa del excedente de población.

”Como ya he dicho otras veces, en esta noble tierra nuestra, el gran desocupado es el suelo.

”Entre nosotros la máquina, si la sabemos utilizar en beneficio común, cumplirá eficazmente su misión de elevar al obrero, dándole la dignidad de administrador inteligente de las fuerzas naturales, y con ellos podremos realizar la maravilla de fertilizar nuestros desiertos.

”Lograremos, de este modo, redimir a la tierra de su esterilidad, y de su dolor y su miseria, al hombre.

”Para conseguirlo, sólo es necesario que procedamos con un concepto de economistas, sabiendo que el elemento humano es el fundamento de nuestra riqueza.

”Disponemos de todos los recursos que se requieren para formar un pueblo eminente, poderoso, libre y próspero, que sea un ejemplo en el mundo.

”Bastará para alcanzar el propósito superior de formar ese pueblo, que a su servicio pongamos el aliento generoso y el impulso constructivo y fraternal que reclama toda gran empresa.”

La acción de los sectores populares en el Congreso ni podía ser de largo alcance —dada la minoría a que los reducían las maniobras del fraude electoral— ni se desenvolvía fácilmente, obstruida de diversas maneras por los grupos conservadores que predominaban.

La intensa acción de Alfredo L. Palacios en la tribuna y en el Parlamento no distrajo su atención de los problemas doctrinarios. Incorporado al Partido Socialista desde los primeros años del siglo, elaboró poco a poco una teoría del desarrollo del socialismo en la Argentina que adquirió bastante nitidez después de 1930. Como Korn señalaba en Alberdi un precursor del positivismo, Palacios descubría en la tradición política argentina una tendencia hacia el socialismo, que le permitía empalmar su propia acción y la de su partido con la de Esteban Echeverría, sobre quien escribiría más tarde un estudio exhaustivo. El socialismo no era para él ajeno a la línea de evolución democrática del país. “Los jóvenes que combaten la orientación de nuestro partido —decía Palacios en 1934— se desentienden de todos los problemás argentinos, y esperan con ingenuidad sorprendente la hora revolucionaria de la catástrofe ineluctable, predicha por Marx, en que frente a un pequeño grupo de capitalistas se encuentre la multitud paupérrima. Yo niego el economismo exclusivo y no acepto esa representación del movimiento emancipador proletario en la forma de una trasposición hegeliana del cristianismo, por la cual sería necesario sufrir en la miseria para, después, engrandecerse, enalteciendo a la humanidad. La redención del proletariado ha de producirse, no por el renunciamiento sino por la elevación y ennoblecimiento de las condiciones de vida, por la intensificación del espíritu revolucionario que no nace de la miseria y la abyección, donde despierta el instinto, sino de la satisfacción de necesidades materiales y espirituales que determinan la reflexión serena y la fuerza.

“El socialismo aspira al noble y armónico desarrollo del individuo y su fin es la libertad, lo que significa proclamar el principio ético de Kant de que cada hombre debe ser considerado como un ‘fin en sí mismo’, carácter absoluto que no corresponde a las cosas materiales. El hombre tiene su personalidad individual, pero es claro que tiene también una colectiva.

“El socialismo aspira a realizar la síntesis entre la libertad del individuo y la actividad social.

“Pero los jóvenes han hablado aquí de la lucha de clases con una rigidez que desconcierta y un desconocimiento imperdonable de la realidad argentina. Y han invocado otra vez a Marx.” Y agregaba después: “En nuestra Argentina, hemos de trabajar en el sentido de la transformación social, orientados por la justicia, convencidos de que el sentimiento y la idea de patria espiritualizan la vida e impulsan a la abnegación y el sacrificio.

“Por la patria, que es una realidad cuyas bases morales aparecen con nitidez en nuestra tierra generosa, marchamos hacia la humanidad para engrandecerla.

“En 1912, cuando en el Parlamento sólo había dos bancas de nuestro Partido, la del doctor Justo y la mía, dije en un discurso que yo era argentino antes que socialista, y cuando terminé mi exposición, el maestro, que era un censor severo, estrechó mi mano con afecto. Él había dicho ya en 1909, que ‘el antipatriotismo es una monstruosidad’, y en su testamento, cerca de dos décadas después, disponía que su cadáver fuera envuelto en la Bandera argentina.

”En ningún país sería tan absurdo el antipatriotismo como en éste, donde debemos tener el orgullo de nuestra nacionalidad, porque nuestra patria posee una tradición tan idealista y depurada que representa la más alta tendencia y la más avanzada, hoy, en el mundo. Su naturaleza intrínseca consiste en no separar la idea de patria de la idea de justicia, y en no concebir siquiera que puedan contraponerse ambos conceptos ni menos aún que la patria deba sobreponerse a la justicia. En esto estriba la fuerza moral de la Argentina, y ese principio debemos sostenerlo por América contra todos los azares y peligros.

”La juventud argentina, lejos de estancarse en un doctrinarismo anacrónico, debe afrontar la ruda pero eminente labor de construir una gran democracia social, repudiando la actitud recelosa, defensiva y de crítica excluyentes, para adoptar la acción afirmativa y constante.

”La argentinidad es un sentimiento expansivo, de índole creadora, que ha marcado una línea recta de idealismo.

”Agustín Álvarez, cuyos talentos y virtudes admiro, dijo cierta vez, con evidente error, que el resorte de las instituciones norteamericanas era el ‘interés’, divisible, transable y compatible con el buen sentido práctico, mientras que lo que mueve a las nuestras, es la hidalguía, la altivez, el honor, móviles, todos, de una pieza, indivisibles, inconciliables, incompatibles con el buen sentido y totalmente ocasionados a quijotismo.

”El propósito del escritor era combatir la ficción y la artificialidad, pero incurría en el error lamentable de criticar lo que está en nuestra sangre y constituye el orgullo de nuestra argentinidad.

”Advierto que Jaurés, alto exponente de la raza, hablando sobre Alberdi, entre nosotros, defendió nuestro espíritu que pone, por sobre todos los combates,. una idealidad de gloria tan alta como para que los hombres se elevaran hasta ella por la audacia noble y el heroísmo.

”Hemos combatido el mal llamado derecho de conquista; hemos proclamado y aplicado, de acuerdo a un ideal de armonía y de justicia, el arbitraje, resolviendo por él todos nuestros pleitos de límites; hemos sostenido que ‘la victoria no da derechos’, repudiando las compensaciones materiales por el esfuerzo realizado, pues nos bastó saber que habíamos libertado a otros pueblos; hemos combatido el brutal cobro compulsivo de las deudas internacionales con la doctrina Drago. Hemos trabajado para el espíritu, incorporando al ejercicio de la vida pública de los pueblos, y arraigándolo profundamente, el concepto de ‘dignidad’, realizando con ello una conquista humana. Nos hemos hecho, así, fuertes, no por el poder de los cañones que otros cañones pueden contrarrestar, sino por el prestigio que infunde nuestra conducta y que nadie puede arrebatarnos.

”¿Cómo no ha de ser una monstruosidad el antipatriotismo en nuestro país?

”Si todos los hombres deben amar a su patria, con más razón nosotros, porque los pabellones de la Argentina son limpios y sus blasones espirituales no han sido igualados.”

Por entonces las condiciones de vida empeoraban para la clase trabajadora, sobre todo a partir de 1939, cuando la Guerra Mundial trajo consigo la inevitable escasez y los aumentos de precios. El éxodo rural era ya un fenómeno intenso que repercutía sobre las ciudades, en las que comenzaba a formarse un cinturón suburbano de creciente densidad. Así se constituía un sector inconfundible de la sociedad argentina, vinculado por cierto a la naciente industria y sometido a las duras condiciones que le imponía la política reaccionaria de la vieja oligarquía: ése sería el que habría de constituir el blanco de la propaganda demagógica cuando la revolución impopular de 1943 trató de convertirse en revolución popular por obra del coronel Perón.

Muchos síntomas manifestaban, hacia 1944, que la masa trabajadora y los estratos más modestos de las clases medias estaban en el límite de sus posibilidades económicas. Pero los partidos políticos populares, fieles a sus tradiciones y costumbres, creían conservar su ascendiente sobre esos sectores apelando a sus meras aspiraciones políticas, a sus convicciones profundas y a sus ideales de democracia y libertad. Los tiempos, empero, habían cambiado. Una nueva sensibilidad se había desarrollado en esas masas de reciente formación, y las reivindicaciones económicas y sociales contaban más para ellas que las nociones de democracia y libertad. Por entonces —en 1945— Carlos Sánchez Viamonte se enfrentaría con el problema teórico que esas nociones suscitaban, en un libro de vasta repercusión que tituló El problema contemporáneo de la libertad. Sostenía allí que “el problema de nuestro tiempo debe plantearse así: máximum de derechos relativos a la personalidad humana; mínimum de derechos relativos al patrimonio, sometidos al control del Estado regulador, para impedir todo abuso de fuerza económica y para asegurar a cada miembro de la sociedad los medios indispensables a fin de obtener el desarrollo completo de su capacidad y el mayor rendimiento posible en beneficio común.

”A nuestro juicio, la solución del doble problema de la libertad y de la justicia social requiere un nuevo planteamiento de la cuestión jurídica y una nueva técnica, cuyo punto de partida consiste, como hemos dicho, en deslindar con nitidez la libertad y el patrimonio. De esta manera se podrá dar a la sociedad una organización jurídica en que la libertad dejará de ser un privilegio económico, y la prosperidad no será ya un instrumento de injusticia y opresión.”

En el desarrollo de las tendencias que caracterizaron a las nuevas formaciones de masa tuvieron mucha influencia las condiciones cívicas en que se habían educado las nuevas generaciones, dentro de la opresión del fraude conservador, y acaso también la impotencia de las fuerzas políticas populares para llegar con un nuevo lenguaje a su espíritu. Pero de cualquier manera, el hecho innegable era que la nueva sensibilidad predominaba, y respondió al llamado de la demagogia que se hizo pasar por auténtico espíritu revolucionario sin serlo, aunque para poder fingirlo tuvo que satisfacer en parte las necesidades más imperiosas de la masa que aspiraba a conquistar.

Es indudable que, más que otra cosa, el éxito político del coronel Perón, a lo largo de 1944, residió en el impacto psicológico que logró hacer. Las masas desilusionadas oían proclamar desde la Casa de Gobierno y por las radioemisoras oficiales principios revolucionarios que, poco antes, se consideraban delictuosos a fuerza de parecer “comunistas” —como decían invariablemente los sectores conservadores—, y, lo que es más importante, obtenían decisiones efectivas que redundaban en beneficio de los trabajadores y en perjuicio de la clase patronal, hasta entonces siempre privilegiada. El convencimiento fue instantáneo.

Casi todas las medidas adoptadas entonces fueron el resultado de viejas aspiraciones populares a las que los grupos conservadores que detentaban el gobierno se habían resistido empecinadamente.

Tal es el caso de los Tribunales del Trabajo, creados en 1944 y por cuyo establecimiento se venía clamando hacía mucho tiempo: había solicitado su implantación en 1931 el Primer Congreso Nacional del Trabajo; en 1935 la Federación Argentina de Colegios de Abogados, y en 1941 se habían fijado las bases para su establecimiento en un meduloso conjunto de estudios preparado por el Instituto de Derecho del Trabajo de la Universidad del Litoral, bajo la dirección de Mariano Tissembaum.

En otro aspecto, las medidas que más contribuyeron a asentar el prestigio del coronel Perón fueron el “Estatuto del peón de campo”, por el que se establecía un sueldo mínimo bastante crecido en comparación con el que habitualmente se pagaba, y el decreto que estableció la obligatoriedad del pago del aguinaldo anual a obreros y empleados. Una política semejante condujo a ajustar el régimen de jubilaciones, el sistema de vacaciones y otros aspectos que contribuían efectivamente a la elevación del nivel de vida de los trabajadores. Poco después, en 1947, fueron proclamados los “Derechos del Trabajador” en cuyos fundamentos se decía: “Hasta nuestros días no se había estabilizado en principios claros, incontrovertibles e irrenunciables el derecho que los trabajadores tienen a una mejor vida y a una mejor organización del trabajo y del descanso. Entregamos hoy a los legisladores y a los juristas argentinos las bases sobre las cuales han de construir la futura legislación argentina, para fijar de una vez por todas, como un jalón imborrable de la justicia, el derecho reconocido por el Estado a los individuos. ‘Los derechos del Trabajador’ que acabamos de enunciar se fundamentan, teóricamente, en la doctrina filosófica y jurídica, pero sólo se cumplen con medios económicos. Crear esos medios económicos será, pues, la base para el cumplimiento de esos diez postulados fundamentales del derecho obrero. Y para ello, para lograr ese cumplimiento, una sola debe ser la finalidad del pueblo trabajador: trabajar y producir.” Los diez postulados a que se hacía referencia eran los siguientes: derecho a trabajar, derecho a una retribución justa, a la capacitación, a condiciones dignas de trabajo, a la preservación de la salud, al bienestar, a la seguridad social, a la protección de su familia, al mejoramiento económico y a la defensa de los intereses profesionales.

La enunciación de estos derechos se incorporó a la Constitución en el texto reformado de 1949, en el que también figuraban los Derechos de la Familia, los Derechos de la Ancianidad y los Derechos de la Educación y la Cultura. Incluía también el nuevo texto constitucional, en su artículo 38, una declaración categórica acerca de la “función social” de la propiedad privada. “La propiedad privada —decía— tiene una función social y, en consecuencia, estará sometida a las obligaciones que establezca la ley con fines de bien común. Incumbe al Estado fiscalizar la distribución y la utilización del campo e intervenir con el objeto de desarrollar e incrementar su rendimiento en interés de la comunidad, y procurar a cada labriego o familia labriega la posibilidad de convertirse en propietario de la tierra que cultiva.” Estas disposiciones se complementaban con las que establecía el artículo siguiente con respecto al capital cuando decía: “El capital debe estar al servicio de la economía nacional y tener como principal objeto el bienestar social. Sus diversas formas de explotación no pueden contrariar los fines de beneficio común del pueblo argentino.”

Estas ideas no cristalizaron en actos que alteraran sustancialmente la vida nacional, pero sin duda expresaban un sentimiento profundo que, de manera imprecisa, latía en la conciencia de las clases populares. En toda la acción que éstas desarrollaron en favor del régimen del general Perón se escondía un impulso vehemente de rebeldía contra las clases privilegiadas, que encontraba su formulación en la fraseología oficial. Pero si esta última concluía en vagos principios —con todo, de innegable eficacia política— aquel impulso se fue robusteciendo y adquiriendo, poco a poco, los caracteres de una actitud social militante.

Los fenómenos demográficos, que en parte provocaron la crisis de 1945 y en parte fueron provocados por ella, fueron objeto de atención por parte de algunos sociólogos. Un enfoque singular, en el que lo cuantitativo quería destilarse en apreciaciones cualitativas, fue el de Bernardo Canal Feijóo en su libro De la estructura mediterránea argentina, relacionado con los trabajos del “Congreso Regional de Planificación Integral del Norte Argentino”, dedicado a estudiar los fenómenos en la región donde mayor gravedad había adquirido. Más tarde, y con gran rigor científico, Gino Germani abordó el problema general de la situación del país en su estudio sobre Estructura social de la Argentina.

4

Los problemas sociales —como los políticos— se agudizaron con motivo de la crisis económica mundial que se desencadenó en 1928. En la Argentina comenzaron a percibirse sus efectos hacia comienzos de 1930: bajaron fuertemente los precios de los granos en el mercado internacional y la moneda se depreció considerablemente, fenómenos a los que acompañó una fuerte contracción del crédito y una grave crisis bancaria. Contribuyeron a agravar la situación otras circunstancias, especialmente las medidas que en salvaguardia de su propia economía, también amenazada por la crisis, tomó Gran Bretaña. En 1931 resolvió el gobierno inglés abandonar el patrón oro —como lo harían luego casi todos los demás países— y establecer la inconvertibilidad de la libra esterlina.

Tratándose del principal comprador de los productos agropecuarios de la Argentina, esta medida sacudió profundamente su estructura económica y financiera, pues consistían precisamente en libras los créditos que el país poseía en el exterior para comprar en diversos mercados. Un año más tarde, cuando la crisis de deflación se hacía más aguda, Gran Bretaña y sus dominios se reunieron en la Conferencia Imperial de Ottawa, en 1932, y resolvieron que la metrópoli acordaría preferencia en la adquisición de materias primas a sus dominios, para lo cual se establecerían las correspondientes diferencias tarifarias.

Estos hechos, que afectaban al país entero, pero muy directamente a la oligarquía terrateniente, contribuyeron a provocar la revolución de septiembre de 1930, mediante la cual recuperó aquélla la conducción del Estado. Como era de esperar, tanto el gobierno revolucionario del general Uriburu como los gobiernos constitucionales que lo heredaron, presididos por el general Justo primero y por Roberto M. Ortiz y Ramón S. Castillo después, se dedicaron a remediar los males que sufría la economía argentina, pero con una notoria preocupación en favor de ciertos sectores de la producción. Se produjo entonces un cambio fundamental: los viejos preceptos de la economía liberal, sostenidos por Alberdi y por la Constitución de 1853, comenzaron a ser sustituidos por otros nuevos, que inspiraron un tipo de economía dirigida.

En tanto que se resistía a la tentación de caer en la moratoria o la emisión, se arbitraron algunos medios para hacer frente a las exigencias fiscales. Uno de ellos significó una modificación sustancial en la concepción de la vida económica argentina: la creación del impuesto a los réditos, que poco después pasaría a ser la principal fuente de ingresos fiscales, más cuantiosos que los impuestos de aduana. Con estos recursos, y con un empréstito interno, se salvaron las primeras necesidades fiscales derivadas de la crisis.

Pero más graves aún que las dificultades fiscales eran las económicas. Los productores, especialmente los del sector agrícola, exigían la fijación de precios, en tanto que los del sector comercial solicitaban la regulación del cambio. La consecuencia fue una política destinada a agotar las posibilidades de mantener la antigua vinculación con la economía inglesa. Fruto de esa política fue la negociación de un nuevo tratado con Gran Bretaña, por el que se reajustaba el comercio de carnes relacionándolo con otras actividades en las que Gran Bretaña obtenía crecidos beneficios a costa de los intereses nacionales. La reacción fue enérgica. Los grupos nacionalistas organizaron un decidido frente antibritánico, cuyos principios defendieron Julio y Rodolfo Irazusta en La Argentina y el imperialismo británico y Raúl Scalabrini Ortiz en Política británica en el Río de la Plata y en Historia de los ferrocarriles argentinos. Principios análogos defendían la agrupación radical “Forja” y, desde 1936, la “Escuela de Estudios Argentinos”, presidida por Adolfo D. Holmberg, que editó la revista Servir en la que vieron la luz numerosos y excelentes estudios sobre problemas económico. La preocupación por la defensa de los intereses nacionales era en sus redactores la predominante. “El hombre argentino —escribía Holmberg en el primer número de Servir— está lejos de haber conquistado la naturaleza argentina. Es hora de síntesis y de inventarios. Hay que levantar inventario de todas nuestras riquezas y de todas nuestras posibilidades y poner en orden de síntesis todos nuestros conocimientos sobre el país; hay que saber en lo que estamos en punto a relaciones ecológicas con nuestro medio ambiente; sopesar nuestra capacidad científica y nuestra idoneidad técnica; también hay que someter a un riguroso examen nuestros valores espirituales. Podremos, así, fijar puntos de vista seguros, establecer bases firmes para los futuros desenvolvimientos económicos y culturales.” Y había afirmado antes: “Nunca fue más indispensable que ahora la unión de pensamiento y acción. El país había crecido desmesuradamente al margen de las leyes de equilibrio y armonía que regulan el desarrollo de los organismos y de las sociedades; rechazado ahora de su condición efectiva de factoría o de colonia seudoindependiente, por la acción de las fuerzas anárquicas que disocian al mundo, se ve obligado a retraerse y a concentrarse en sí mismo, para reorganizarse y reconstituirse una vida y un espíritu nuevos. Tendrá que hacerlo en plena catástrofe.”

Pero la voz que más trascendió entre las que se resistieron a la entrega de la economía nacional a Gran Bretaña fue la del senador Lisandro de la Torre, cuando denunció los términos del tratado de Londres en relación con las carnes argentinas. “Si estábamos a merced de la Gran Bretaña después de los acuerdos de Ottawa —decía— seguimos a merced de la Gran Bretaña después del convenio de Londres, y el empeño puesto imprudentemente en realizar el tratado ha conducido a empeorar la situación, obligándonos a renunciar al control de los embarques de carnes, sin dejar por eso de sufrir una disminución de la cuota básica de Ottawa.” Y agregaba: “En esas condiciones no podría decirse que la Argentina se haya convertido en un dominio británico, porque Inglaterra no se toma la libertad de imponer a los dominios británicos semejantes humillaciones. Los dominios tienen cada uno su cuota y la administran ellos… La Argentina es la que no podrá administrar su cuota; lo podrá hacer Australia, lo podrá hacer el Canadá, lo podrá hacer hasta el África del Sur. Inglaterra tiene respeto de esas comunidades de personalidad internacional restringida, que forman parte de su imperio, más respeto que por el gobierno argentino. No sé si después de esto podremos seguir diciendo: ¡Al gran pueblo argentino, salud!”

Al mismo tiempo que el Estado neoconservador se empeñaba en la defensa de los intereses de la oligarquía mediante una política de sujeción al más importante de sus compradores, se desarrollaba también la tendencia a desenvolver en el orden económico y financiero una política de intervencionismo estatal. Los grupos que dirigían la política económica hallaron en las teorías de la escuela de Cambridge, representada sobre todo por Keynes, el sistema de soluciones que, como en otros países, parecía apropiado para la crisis. Y dentro de esa línea se proyectaron diversas medidas para dirigir las finanzas y regular la producción.

En cuanto a la dirección de las finanzas, las medidas fundamentales giraron alrededor de la creación de un Banco Central. Ya en 1931 se había creado una “Comísión de cambios” cuyas funciones fueron creciendo poco a poco; pero la etapa decisiva se cumplió en 1935, con la creación del Banco Central y el Instituto Movilizador de Inversiones Bancarias. La primera de esas instituciones era dirigida por un directorio cuya mayoría representaba a bancos no oficiales, pese a lo cual se le encomendaba regular el crédito, vigilar el funcionamiento de los bancos y, sobre todo, actuar como agente financiero del Estado en las operaciones de crédito y en la emisión de moneda. El Instituto Movilizador, cuyas autoridades designaba el Banco Central, estaba autorizado para adquirir los inmuebles y créditos inmovilizados o congelados en los bancos para devolverlos a la productividad.

En cuanto a la regulación de la producción, las deciciones fueron no menos drásticas. Por intermedio de numerosas “juntas reguladoras”, el Estado dispuso unas veces —como en el caso de la vid— destruir una cierta parte de la materia prima producida; otras veces —como en el caso de la yerba mate— limitar estrictamente la producción; y otras —como en el caso de los cereales y la carne— decidió fijar precios máximos y mínimos. Esta política culminó en septiembre de 1939 con la sanción de la ley 12.591 por la que se facultaba al Poder Ejecutivo para fijar precios máximos, comprobar la existencia de productos y expropiar cualquier clase de artículo.

Si el ministro de Agricultura, Antonio de Tomaso, fue quien orientó la regulación de la producción, correspondió la reorganización financiera al ministro de Hacienda, Federico Pinedo. Este último se mostraba satisfecho de su labor cuando, en 1946, escribía en su libro En tiempos de la república: “Pero si de toda la labor realizada por la empeñosa y progresista administración de que tuve el honor de formar parte, la más espectacular fue la que tuvo por mira poner límite a los males de la depresión económica producida por la crisis mundial, creo poder afirmar sin inmodestia, aunque se halle vinculada a mi propia acción, que la que tuvo efectos más permanentes fue la obra de saneamiento y reorganización bancaria, cuyas piezas principales de carácter estable fueron el Banco Central de la República y la ley de bancos, completados por el Instituto Movilizador de Inversiones Bancadas como instrumento transitorio.

“No tengo intención de reabrir en este lugar la áspera polémica a que dieron lugar esas iniciativas, ni de pasar revista a las objeciones que se les formularon, ni demostrar lo infundado de terroríficos pronósticos que con motivo de esas creaciones legales se echaron a rodar, porque aparte de que mucho de ello está contenido en los escritos y discursos recopilados, ese trabajo sería más propio de un estudio especializado en materias económicas que de apuntes como éstos. Pero hay además esta otra consideración que me exime de ocuparme de esa cuestión: los que fueron los más enconados adversarios de la creación del Banco Central son los que hoy lo proclaman piedra angular del edificio económico de la República e identifican su conservación y su buen manejo con el cuidado de los más fundamentales intereses nacionales.”

Se refería el autor al equipo económico del gobierno de Juan D. Perón, que, en el momento en que escribía Pinedo, iniciaba una enérgica política intervencionista en materia económica. Pero las fuentes de donde procedía esa tendencia no eran las mismas que habían nutrido la política de Hueyo y Pinedo durante el gobierno de Agustín P. Justo. Acaso podían identificarse vagamente con los principios de “economía de guerra” que sustentaba la ley 12.591, pero más seguro es que consistiera fundamentalmente en las concepciones de Estado Mayor que conformaban la mentalidad política de Perón. Había dentro de esa concepción muy precisas nociones económicas, que informaron sin duda la exposición que hizo Perón, como ministro de Guerra, al inaugurarse la cátedra de Defensa Nacional en la Universidad de La Plata. Fue en esa ocasión cuando se esbozó por primera vez lo que luego sería programa de gobierno entre 1946 y 1955. “Referido el problema industrial —decía— al caso particular de nuestro país, podemos expresar que él constituye el punto crítico de nuestra defensa nacional. La causa de esta crisis hay que buscarla de lejos, para poder solucionarla.

”Durante mucho tiempo, nuestra producción y riqueza han sido de carácter casi exclusivamente agropecuario. A ello se debe en gran parte que nuestro crecimiento inmigratorio no haya sido todo lo considerable que era de esperar, dado el elevado rendimiento de esta clase de producción con relación a la mano de obra necesaria. Saturados los mercados mundiales, se limitó automáticamente la producción y, por ende, la entrada al país de la mano de obra que ella necesitaba.

”El capital argentino, invertido así en forma segura pero poco brillante, se mostraba reacio a buscar colocación en las actividades industriales, consideradas durante mucho tiempo como una aventura descabellada y, aunque parezca risible, no propia de buen señorío.

”El capital extranjero se dedicó especialmente a las actividades comerciales, donde todo lucro, por rápido y descomedido que fuese, era siempre permitido y lícito; o buscó también seguridad en el establecimiento de servicios públicos o industrias madres, muchas veces con una ganancia mínima respaldada por el Estado.

”La economía del país reposaba casi exclusivamente en los productos de la tierra, pero en su estado más innoble de elaboración, que luego, transformados en el extranjero con evidentes beneficios para sus economías, adquiríamos de nuevo ya manufacturados.

”El capital extranjero demostró poco interés en establecerse en el país para elaborar nuestras riquezas naturales, lo que significaría beneficiar nuestra economía y desarrollo, en perjuicio de los suyos y entrar en competencia con los productos que se seguirían allí elaborando.

”Esta acción recuperadora debió ser emprendida evidentemente por los capitales argentinos, o por lo menos que el Estado los incitase, precediéndolos y mostrándoles el camino a seguir.

”Felizmente la Guerra Mundial de 1914-18, con la carencia de productos manufacturados extranjeros, impulsó a los capitales más osados a lanzarse a la aventura y se estableció una gran diversidad de industrias, demostrando nuestras reales posibilidades.

”Terminada la contienda, muchas de estas industrias desaparecieron por artificiales unas, y por falta de ayuda oficial otras que debieron mantenerse; pero muchas sufrieron airosamente la prueba de fuego de la competencia extranjera dentro y fuera del país.

”Pero esta transformación industrial se realizó por sí sola, por la iniciativa privada de algunos ‘pioneros’ que debieron vencer innumerables dificultades. El Estado no supo poseer esa evidencia que debió guiarlos y tutelarlos, orientando la utilización racional de la energía; facilitando la formación de la mano de obra y del personal directivo; armonizando la búsqueda y extracción de la materia prima con las necesidades y posibilidades de su elaboración; orientando y protegiendo su colocación en los mercados nacionales y extranjeros, con lo cual la economía nacional se hubiera beneficiado considerablemente.

”Para corroborarlo no me referiré más que a un aspecto. Hemos gastado en el extranjero grandes sumas de dinero en la adquisición de material de guerra. Lo hemos pagado a siete veces su valor, porque siete es el coeficiente de seguridad de la industria bélica y todo ese dinero ha salido del país sin beneficio para su economía, sus industrias o la masa obrera que pudo alimentar.

”Una política inteligente nos hubiera permitido montar las fábricas para hacerlos en el país, las que tendríamos en el presente, lo mismo que una considerable experiencia industrial y las sumas invertidas habrían pasado de unas manos a otras, argentinas todas.

”Lo que digo del material de guerra, se puede hacer extensivo a las maquinarias agrícolas, al material de transporte terrestre, fluvial y marítimo y a cualquier otro orden de actividad.

”Los técnicos argentinos se han demostrado tan capaces como los extranjeros, y si alguien cree que no lo son, traigamos a éstos, que pronto asimilaremos todo lo que puedan enseñarnos.

”El obrero argentino, cuando se le ha dado oportunidad para aprender, se ha revelado tanto o más que el extranjero.

”Maquinarias, si no las poseemos en cantidad ni calidad suficientes, pueden fabricarse o adquirirse tantas como sean necesarias.

”A las materias primas nos las ofrecen las entrañas de nuestra tierra, que sólo esperan que las extraigamos.

”Si no lo tenemos todo, lo adquiriremos allí donde se encuentre, haciendo lo mismo que los países europeos, que tampoco lo tienen todo.

”La actual contienda, al hacer desaparecer casi en absoluto de nuestros mercados los productos manufacturados extranjeros, ha vuelto a florecer nuestras industrias, en forma que causa admiración hasta en los países industriales por excelencia.

”La teoría que mucho tiempo sostuvimos de que si algún día un peligro amenazaba a nuestra Patria, encontraríamos en los mercados extranjeros el material de guerra que necesitásemos para completar la dotación inicial de nuestro Ejército y asegurar su reposición, ha quedado demostrada como una utopía.

”La Defensa Nacional exige una poderosa industria propia y no cualquiera, sino una industria pesada.

”Para ello, es indudablemente necesaria una acción oficial del Estado, que solucione los problemas que ya he citado y que proteja a nuestras industrias si es necesario. No a las artificiales que, con propósitos exclusivamente utilitarios, ya habrán recuperado varias veces el capital invertido, sino a las que dedican sus actividades a esa obra estable, que contribuirá a beneficiar la economía y asegurará la Defensa Nacional.”

En términos correlativos se expresaba, en sendos capítulos, sobre la acción comercial, la acción económica y la acción financiera. El supuesto de tales ideas era la necesidad de que toda la economía de la nación estuviera dirigida preventivamente hacia la posibilidad de una guerra; pero alejada esa sombra por las circunstancias internacionales, esa concepción siguió funcionando como una expresión más aguda aún del ya viejo nacionalismo económico, manifestado en la decidida tendencia a la estatización.

En cumplimiento de tales designios, el gobierno de Perón nacionalizó en 1946 el Banco Central, sustrayéndolo a la influencia de los bancos particulares, e invirtió crecidas sumas en la nacionalización de algunos servicios públicos. Acaso la medida más significativa fuera la creación del Instituto Argentino de Promoción del Intercambio (IAPI), cuya misión era la de adquirir las cosechas a un precio remunerativo y gestionar su venta en el exterior; pero poco a poco se convirtió en el agente comercial del Estado para la mayor parte de las importaciones y exportaciones.

Dentro de la misma corriente de ideas, se estableció en el nuevo texto constitucional de 1949 una disposición sobre la función social de la propiedad y otra estableciendo que el capital debía estar al servicio de la economía nacional. Pero la más categórica de las disposiciones constitucionales fue la que se consignó en el artículo 40, que resumía ciertas ideas defendidas desde hacía mucho tiempo por diversos sectores antiimperialistas y luego erigidas en consignas propias y exclusivas por los nacionalistas de tendencia filonazi, algunos de los cuales formaban parte del movimiento adicto a Perón: “La organización de la riqueza —decía el citado artículo constitucional— y su explotación tienen por fin el bienestar del pueblo, dentro de un orden económico conforme a los principios de la justicia social. El Estado, mediante una ley, podrá intervenir en la economía y monopolizar determinada actividad, en salvaguardia de los intereses generales y dentro de los límites fijados por los derechos fundamentales asegurados en esta Constitución. Salvo la importación y exportación, que estarán a cargo del Estado de acuerdo con las limitaciones y el régimen que se determine por ley, toda actividad económica se organizará conforme a la libre iniciativa privada, siempre que no tenga por fin ostensible o encubierto, dominar los mercados nacionales, eliminar la competencia o aumentar usurariamente los beneficios.

”Los minerales, las caídas de agua, los yacimientos de petróleo, de carbón y de gas, y las demás fuentes de energía, con excepción de los vegetales, son propiedades imprescriptibles e inalienables de la Nación, con la correspondiente participación en su producto, que se convendrá con las provincias.

”Los servicios públicos pertenecen originariamente al Estado, y bajo ningún concepto podrán ser enajenados o concedidos para su explotación. Los que se hallaren en poder de particulares serán transferidos al Estado, mediante compra o expropiación con indemnización previa, cuando una ley nacional lo determine.

”El precio por la expropiación de empresas concesionarias de servicios públicos será el del costo de origen de los bienes afectados a la explotación, menos las sumas que se hubieran amortizado durante el lapso cumplido desde el otorgamiento de la concesión, y los excedentes sobre una ganancia razonable, que serán considerados también como reintegración del capital invertido.

Estas disposiciones eran categóricas: mucho menos resuelta fue la acción del gobierno para cumplirlas. Pero los principios —que correspondían a vagas tendencias innegablemente arraigadas en la opinión popular— hacían su camino y conquistaban nuevos adeptos. Dentro de la misma línea el gobierno esbozó un plan de acción en el llamado “Segundo Plan Quinquenal” y procuró completarlo en 1953 con dos acuerdos internacionales, uno con Chile y otro con Paraguay, que tendían a realizar la complementación de las respectivas economías.

Una política semejante en relación con las fuentes de energía propuso en 1954 Arturo Frondizi, jefe de la Unión Cívica Radical Intransigente, en su libro Petróleo y política, en el que sostenía la necesidad de realizar una revolución profunda “para transformar el viejo orden social en una nuevo”. Puntos fundamentales de ese cambio debían ser la reforma agraria, la industrialización y la democratización económica. La reforma agraria debía encarar una revisión de las formas de la propiedad, del régimen de explotación y del sistema de comercialización de la producción, para sustraer la economía agraria a las fuerzas negativas de los terratenientes y de los consorcios ajenos a los intereses nacionales y populares. La industrialización debía partir del logro de la “autonomía energética” y dirigirse hacia la creación de una “industria nacional independiente”, fundada especialmente “en el ahorro, en el trabajo, en la voluntad y en la inteligencia del pueblo argentino”, la industria pesada sería el objetivo final de ese proceso. La democratización económica debía orientarse hacia la destrucción de los monopolios privados por medio de la “nacionalización de las concentraciones capitalistas” en virtud de la cual se obtendría una intensa capitalización social. Los sectores nacionalizados deberían ser administrados por entes autárquicos con participación de usuarios, técnicos y obreros; los sectores privados se verían estimulados por la desaparición de los grandes monopolios. En todo caso la participación de técnicos, obreros y empleados en la dirección del proceso económico se consideraba fundamental para que la economía quedara subordinada a las necesidades del desarrollo nacional y del bienestar social, y no solamente ‘‘al limitado beneficio de los poseedores”.

Esta doctrina, fuertemente impregnada de antiimperialismo, fue la que orientó un importante movimiento dentro de la Unión Cívica Radical. Su inspirador, Arturo Frondizi, sostenía que debía desarrollarse en toda América latina en términos análogos, puesto que eran análogas las condiciones económicas, y depositaba grandes esperanzas en sus resultados. “Se darán así —decía en Petróleo y política— las condiciones materiales y políticas para corregir las deformaciones económicas creadas por un desarrollo subordinado a los intereses imperialistas, pará terminar con las injusticias sociales propias del régimen capitalista agudizadas por la acción de los grupos oligárquicos; para terminar con la ausencia de la cultura, base ideológica de la injusticia social y del atraso económico; y para acabar de una vez con la carencia de derechos y libertades, imposibilitando las formas dictatoriales de cualquier grado y contenido.”

5

Los cambios profundos y fundamentales que se operaron en todos los planos de la vida argentina suscitaron nuevas y distintas preocupaciones sobre su fondo y su sentido; muy pronto repercutieron en el análisis del pasado argentino suscitando en el campo de los estudios históricos inquietudes hasta entonces poco visibles, puntos de vista casi inéditos y criterios renovadores; pero suscitaron además otro género de reflexiones, menos sistemáticas pero más profundas, a través de las cuales se pretendía hallar, una vez más, las peculiaridades del carácter nacional y las pautas para la conducta social.

En el campo de la historiografía se acentuó la producción erudita. La labor de los institutos universitarios, de los archivos, de la Academia Nacional de la Historia —fundada sobre la base de la antigua Junta de Historia y Numismática Americana— así como de algunas instituciones privadas, permitió la publicación de un ingente caudal de documentos inéditos. Ejemplo significativo fue la edición de las Asambleas constituyentes argentinas que realizó el Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad de Buenos Aires bajo la dirección de Emilio Ravignani. Con criterio semejante trabajaron muchos historiadores que hicieron importantes aportes al conocimiento del pasado nacional, entre los cuales debe señalarse a Rómulo D. Carbia, Emilio Ravignani, Ricardo Levene, Roberto Levillier, Diego Luis Molinari, José Torre Revello, Ricardo Piccirilli, Julio V. González y muchos otros.

Otros temas y otras orientaciones aparecieron por entonces en el campo del conocimiento histórico. El estudio biográfico tentó a algunos que, como Ricardo Rojas o Alfredo L. Palacios, se ocuparon de figuras clásicas de la historia argentina: San Martín, Sarmiento o Echeverría. Pero también atrajeron a otros ensayistas ciertas figuras del pasado más reciente, cuyas biografías —de diverso valor erudito— cumplieron sin embargo la misión de atraer la curiosidad hacia una época poco estudiada pero de candente interés. Bernardo Canal Feijóo y Pablo Rojas Paz escribieron sobre Juan Bautista Alberdi, Manuel Gálvez y Félix Luna sobre Hipólito Yrigoyen, Raúl Larra sobre Lisandro de la Torre, Dardo Cúneo sobre Juan B. Justo, Alvaro Yunque sobre Leandro N. Alem, Agustín Rivero Astengo sobre Carlos Pellegrini y Miguel Júárez Celman. A veces la intención política predominó sobre la actitud erudita, pero en todos los casos medió una inequívoca intención de actualizar la historia argentina, en relación con los intereses vivos de la colectividad.

Esta dimensión de la historia estaba presente también en las preocupaciones por la historia económica. Tras los trabajos de Luis Roque Gondra y de Juan Álvarez, aparecieron nuevas investigaciones Sobre temas particulares. Raúl Scalabrini Ortiz escribió sobre la Historia de los ferrocarriles argentinos y la Política inglesa en el Río de la Plata; Rodolfo y Julio Irazusta se ocuparon de La Argentina y el imperialismo británico; Adolfo Dorfman estudió la Historia de la evolución industrial argentina, y Ricardo Ortiz intentó con éxito una visión ordenada y objetiva del conjunto en su Historia económica de la Argentina.

Esta preocupación por aclarar los caracteres del desenvolvimiento económico del país daba a la historiografía un nuevo matiz, al que desde otro punto de vista contribuían también obras como las de Mariano de Vedia y Mitre, Juan Balestra y Luis V. Sommi sobre la revolución de 1890 en cuanto ponían de manifiesto no sólo la incidencia de los fenómenos económicos sobre los sociales sino también la dependencia de la política contemporánea con respecto a complejos procesos que sólo la historia podía aclarar.

La militancia política inspiró, resueltamente, ciertas revisiones de la historia. La palabra “revisionismo” quedó adscripta específicamente a un movimiento que tendía a combatir las tesis generalmente admitidas sobre la época colonial y la época de Rosas, períodos que se trató no sólo de justificar sino, más aun, de presentar como los únicos momentos positivos de la historia argentina. El “hispanismo” tuvo su principal adalid en el padre Guillermo Furlong y el “rosismo” los tuvo en Carlos Ibarguren, Manuel Gálvez, Rodolfo y Julio Irazusta, José María Rosa y Ernesto Palacio. Ambas tesis estimaban fundamentales la perpetuación de los contenidos espirituales de la tradición española y combatían las influencias de otras corrientes europeas: la del liberalismo francés o la del imperialismo británico.

A estas tesis polémicas salieron al paso otros historiadores. Ricardo Piccirilli, Alberto Palcos, Abel Chaneton, Alfredo L. Palacios, Ricardo Rojas, Aníbal Ponce, Bernardo Canal Feijóo y otros defendieron las figuras de Rivadavia, Echeverría, Alberdi, y afirmaron que continuaban los ideales de la Revolución de Mayo, cuyos principios pondría en movimiento la generación de la Organización Nacional, a la que combatía encarnizadamente el revisionismo.

Fue Ernesto H. Celesia el que arremetió directamente contra la figura de Rosas, mostrándolo ajeno a los intereses de la Independencia. Por su parte, otros estudiosos que se apoyaban en los principios del marxismo emprendían un nuevo análisis de la historia argentino, siguiendo en parte la huella de Juan B. Justo. Analizaron la sociedad virreinal Eduardo Astesano en Contenido social de la Revolución de Mayo y Rodolfo Puiggrós en De la colonia a la Revolución. Este último enfrentó el tema de Rosas en dos libros de análisis, Rosas el Pequeño y La herencia que dejó Rosas al país, en tanto que con análogo punto de partida trataba el mismo tema Luis L. Franco en El otro Rosas y El general Paz y los dos caudillajes. Dentro de la misma línea se ocuparon de épocas más próximas Alvaro Yunque y Luis V. Sommi, este último en su Yrigoyen y La Revolución del noventa. Una visión de conjunto sobre la interpretación marxista de la historia argentina esbozó Puiggrós en su Historia económica del Río de la Plata, en la que mostró cómo se encadenaban las actitudes políticas con los intereses económicos, y cómo las grandes mutaciones que se observan en aquéllas se relacionan con los cambios que se producen en los sistemas de producción.

Entretanto, la revisión de los contenidos espirituales de la sociedad argentina era abordada desde otro sector, que quería trascender el minucioso análisis histórico y prefería las intuiciones profundas para llegar al descubrimiento de las constantes de la personalidad colectiva. Fueron ensayistas, escritores de vocación eminentemente literaria, quienes emprendieron este análisis. Justo es decir que algunos de ellos no desdeñaron anteponer a sus generalizaciones una investigación cuidadosa. Luis L. Franco, escritor eximio, aceptó totalmente las cargas de la investigación; Ezequiel Martínez Estrada acumuló cuantiosa información sobre nuestro pasado para documentar ciertas intuiciones fundamentales sobre la vida argentina, y Raúl Scalabrini Ortiz se lanzó más tarde a una verdadera cruzada histórico-política con bien elaborados materiales. Pero el género de la interpretación intuitiva del ser argéntino prosperó en los ensayistas a despecho de la erudición, y a veces con una militante posición contra ella. Parecía que la urgencia de llegar al fondo de una ontología nacional podía ser obstaculizada por el afán de extremar el análisis de la realidad económica, social, política y espiritual del país. Y la respuesta fue un intento de síntesis global apoyada en ciertos elementos que pareció que podían considerarse típicos.

Se unieron a los estímulos producidos por cierta inequívoca sensación de cambio, las reflexiones que sobre el país hicieron dos visitantes extranjeros, cuya palabra ejerció alrededor de 1930 una inmensa influencia: fueron el filósofo español José Ortega y Gasset y el ensayista alemán Hermann Keyserling.

En el volumen VII de El espectador, y poco después de su regreso de la Argentina, publicó Ortega y Gasset dos ensayos, uno sobre el paisaje, que tituló La pampa… promesas, y otro sobre el hombre y la sociedad, que llamó El hombre a la defensiva. Terminaba el primero luego de sabrosas digresiones sobre la llanura, afirmando que “una de las cosas menos frecuentes en la Argentina es hallar alguien que tenga puesta su vida primariamente a vivirla y sólo secundariamente a esta o la otra meta parcial dentro de su vida”. Y desarrollaba esta idea en el segundo ensayo con nuevas y acaso más jugosas observaciones, que expresaba, además, en incisivas fórmulas. El argentino —decía— vive a la defensiva porque no se siente seguro en su situación y se siente, en cambio, dispuesto a mantener la que ha decidido tener o adoptar. Por eso no vive con autenticidad, ni se entrega definitivamente a un destino. Esta característica de la situación del individuo proviene de la inestabilidad de la sociedad, propia de su pujanza y vertiginoso desarrollo, tanto como de las óptimas calidades intelectuales que lo caracterizan. El argentino vive atento a “una figura ideal que de sí mismo posee”, y hasta tal punto, que “el argentino típico no tiene más vocación que la de ser ya el que imagina ser”. Esta observación se unía a la que constituía el fondo del primer ensayo: el paisaje de la pampa explica que el argentino viva volcado hacia el futuro, despegado de su realidad concreta y embargado por la promesa que él mismo se hace.

Poco después publicó Keyserling sus Meditaciones sudamericanas, que también impresionaron profundamente. El pensador alemán definió a Sudamérica como “el Continente del tercer día de la Creación” sobre el que se desenvuelve una “vida primordial”. No se vive allí desde el espíritu —decía—, sino desde la tierra. “El sudamericano es absolutamente hombre telúrico.” Desde ese punto de partida analizaba las formas de vida sudamericanas y la significación que en ellas tenían las fuerzas que, simbólicamente, llamaba el “Mal original”, el “Hambre original” y el “Miedo original”. Una atmósfera singular rodea a unos hombres “que no podían aun cuando quisieran”, esto es, hombres prisioneros de la “gana” del impulso orgánico apenas asociado a las decisiones del espíritu. Y el conjunto de las formas de la conducta individual y social revelaba a sus ojos que el hombre telúrico vivía no dentro de un orden racional sino dentro de un orden emocional.

Alrededor de estas ideas —algunas ya apuntadas por algunos ensayistas argentinos— había de girar toda la insistente preocupación acerca del ser nacional que surgió y se desarrolló por esos años. En el ensayo que titulaba Para una caracterología argentina, Homero Guglielmini salía al paso de las observaciones de Juan Agustín García, de Agustín Álvarez y otros escritores de principios de siglo, señalando que los rasgos que tradicionalmente se habían atribuido a los argentinos, tales como el culto al coraje o el desprecio por la ley o la llamada “política criolla”, no debían considerarse despectivamente sino interpretarse como signos del predominio del sentimiento sobre la racionalidad. La política —señalaba— no se orienta en la Argentina según ideas o principios, sino según sentimientos; y como el argentino —agregaba— tiene mayor aptitud para lo concreto que para lo abstracto, concluye por encarnar los sentimientos en un hombre, de donde proviene el predominio de la política personalista sobre la principista. Guglielmini seguía las consecuencias de su afirmación fundamental, y señalaba que ciertas tendencias características —el entusiasmo, el olvido, el hastío— derivaban precisamente de la preeminencia del orden emocional en la vida argentina.

Este rasgo, en el que habían coincidido los observadores extranjeros, fue observado por otros ensayistas argentinos que pusieron, además, su empeño en señalar que no constituía un elemento negativo, como podía hacerlo suponer un cotejo superficial con las formas de vida europeas, sino, por el contrario, una actitud positiva. Raúl Scalabrini Ortiz proclamaba a Macedonio Fernández, el autor de No toda es vigilia la de los ojos abiertos, como “el primer metafísico de Buenos Aires”, precisamente porque su pensamiento “es un alegato pro pasión, un ataque al intelectualismo extenuante”. Y él mismo, en El hombre que está solo y espera, desarrollaba a su vez la teoría del carácter argentino siguiendo el hilo de esa reflexión.

“El hombre que está solo y espera”, el símbolo porteño ideado por Scalabrini Ortiz, llamado también “el hombre de Corrientes y Esmeralda”, no es un hombre que se deje guiar por ideas abstractas ni, en general, por reflexiones o cálculos. Es hombre de impulsos, de presentimientos, de intuiciones. “El porteño no piensa, siente”, decía categóricamente Scalabrini Ortiz. Tampoco ama la cultura intelectual de tipo europeo, sino que prefiere la improvisación. Y aun las severas normas éticas le parecen postergables ante los imperativos de la amistad o del agradecimiento. De aquí una especie de clemencia frente al que viola las convenciones y las normas, porque más valor parece tener un rasgo generoso, un rapto de audacia, una entrega radical a un sentimiento, que la más severa sujeción a rígidos principios racionales. Todo esto es algo propio del “hombre de Corrientes y Esmeralda”, pero parece provenir de la actitud vital del gaucho o acaso del “espíritu de la tierra”.

Scalabrini Ortiz pensaba que el espíritu de la tierra es suficientemente poderoso como para amalgamar las múltiples influencias que penetran un país de inmigración. “El hombre porteño tiene una muchedumbre en el alma”, decía. Y consideraba que las cuatro razas de las que desciende “se anulan mutuamente y sedimentan en él sin prevalecimientos”. Y en una definición llena de sentido, agregaba que la sociedad está formada sólo por individuos yuxtapuestos congregados solamente por la esperanza de llegar a ser en lo futuro una raza de definida e inconfundible fisonomía.

Scalabrini Ortiz insistía —a través de muchas glosas— en destacar la importancia de dos aspectos fundamentales del carácter nacional, en lo que, por lo demás, coincidía con otros ensayistas: el predominio del sentimiento sobre la razón y la entrega a la imagen futura de sí mismo más que a la propia realidad. Eran, a su juicio, como todas las otras que describía, notas positivas, pues Scalabrini Ortiz reaccionaba ante el carácter nacional con una íntima satisfacción.

Inversamente, Eduardo Mallea reaccionaba con un intenso amor, pero también con desaliento e indignación. Tales fueron las actitudes que inspiraron su Historia de una pasión argentina escrita al calor de una angustia profunda suscitada por la crisis moral del país. Mallea señalaba los males de su tierra y su propia reacción: “me levanto contra ella, la reprocho, la llamo violentamente a su ser cierto, a su ser profundo cuando está a punto de aceptar el convite de tantos extravíos”. El libro era una apelación a los espíritus responsables, a los “argentinos insomnes”, a quienes quería llevar “hacia un estado de inteligencia; no hacia un estado de grito”, desde el que enfrentaran “la comprensión total de nuestra obligación como hombres, la inserción de esta comprensión viva en el caminar de nuestra nación, la inserción de una moral, de una espiritualidad definida, en una actividad natural”.

El examen de Mallea revelaba la existencia de muchos y muy graves y profundos males; tantos que costaba trabajo mantener alguna esperanza. El más grave de todos era la crisis del “sentido de argentinidad”. Mallea recordaba que la conciencia argentina había conocido un momento de madurez, precisamente cuando el país nacía como pueblo. Entonces, las minorías cumplían la misión de encauzar a las masas con su alto ejemplo; pero luego, por una involución, el país aceptó las actitudes vitales de quienes se incorporaban a nuestra sociedad sin más propósito que alcanzar la riqueza. La “vida cómoda”, el tranquilo goce de los bienes materiales, el abandono de toda preocupación superior, la indiferencia frente a todo lo que fuera inquietud moral, caracterizó la existencia colectiva, sin que hubiera minorías que se sobrepusieran a esas debilidades; por el contrario, admitieron el primado de las mismas normas. Así alcanzó preeminencia ese conjunto humano que Mallea llamaba “la Argentina visible”, constituida por los que han sustituido “un vivir por un representar”. Influyentes en la vida colectiva porque actúan, dirigen y opinan, alcanzan precisamente su mayor penetración a causa de su espontánea coincidencia con los más elementales prejuicios y las más vulgares tendencias. Sólo atraídos por la figuración, falsean cuanto tocan y pervierten a los que los imitan. Mallea señalaba que, entre todos los peligros, el mayor era el ejemplo que esta “Argentina visible” ofrecía a quienes se incorporaban a la sociedad. “La sucesión racial, ética y política de nuestro pueblo estaba, por decirlo así, librada a sus manos.”

Si Mallea no se entregaba definitivamente a la desesperanza, era porque confiaba en lo que, antitéticamente, llamaba la “Argentina invisible”, compuesta de hombres que han mantenido una enérgica vigilancia moral, y se conservan imperturbables frente a las tentaciones primarias; la formaba —decía— un tipo de hombre sensible, “grave sin solemnidad, silencioso sin resentimiento, alegre sin énfasis, activo sin angurria, hospitalario sin cálculo de trueque, naturalmente pródigo…, humanamente solidario hasta el más inesperado y repentino sacrificio; lleno de exactas preciencias y zumos de sabiduría, simple sin alardes de letras”. Su firme y esperanzada confianza provenía de que veía en ellos la verdadera y permanente expresión del alma argentina, cuya actitud fundamental era la “exaltación severa de la vida”.

Recordaba Mallea muy de cerca las opiniones de Waldo Frank y de Hermann Keyserling; ricas a veces en intuiciones justas y en apreciaciones sutiles, y que sin duda habían contribuido a suscitar en él las reflexiones que hilaba sobre el tema del destino colectivo. Al terminar su libro, expresaba así su esperanza: “Tu silencio es una pausa honda, no muerte, no desaparición; una pausa honda. La pausa fundamental, la pausa de la reflexión dramática del que vela antes del alba, la pausa del que ominosamente trabaja en el destierro creador. Pueblo profundo de la Argentina, lo que vale en ti es tu exaltación severa de la vida. Está honda, muy honda; inexpugnable, muy inexpugnable; íntima, muy íntima en el silencio y la soledad de tu vida recóndita. Lo que eres, en verdad, es eso: exaltación severa de la vida. Lo contrario de tu floración, vegetación beocia, de tu moho, de tu áureo cardenillo.”

Ezequiel Martínez Estrada adoptaba una actitud más definitivamente pesimista en su Radiografía de la pampa, concebida en cierto modo bajo la sugestión de Oswald Spengler. Sobre la inocultable base de un estudio minucioso de los hechos, Martínez Estrada intentaba sobrepasar los límites de un mero conocimiento empírico de las circunstancias de la vida argentina mediante un examen fisiognómico que le permitiera captar sus íntimos y perdurables secretos. Por esa vía llegó a cierta visión fatalista del destino de la colectividad argentina, en la que influía mucho cierta misteriosa gravitación telúrica y acaso aun más la perpetuación de algunos estigmas psicológicos. Ese fatalismo suscitaba algo que podría llamarse un “sentimiento de culpa”, cuya presencia se adivinaría en las formas del comportamiento de la colectividad.

Martínez Estrada rastreaba la actitud psicológica del argentino —en la que veía, por lo demás, la raíz de su actitud social y cultural— a través de su singular relación con la tierra. La tierra tiene una realidad brutal. “Es lo más seguro bajo el pie y bajo la espalda, cuando ha concluido la marcha. Es lo que afirma que vive, al bruto, al posar sobre ella las patas y al alimentarse. La tierra es la verdad definitiva, la primera y la última: es la muerte.” Por eso posee un secreto que es necesario desentrañar si se pretend^ acordar la existencia humana con los sones de la armonía cósmica. Ahora bien, las circunstancias históricas no han querido que el argentino desentrañe el espíritu de la tierra, y esta inconexión explica fundamentalmente el sentido de su vida.

Fue la actitud del conquistador, primero, la que creó esa relación, porque vino a buscar oro y no encontró sino una llanura inconmensurable, de la que buscó “el dominio como represalia”. Y ese dominio fue brutal, ajeno a todo amor. Luego fue el colonizador, que vino también a buscar la riqueza, pero sabiendo ahora que dependía de sus brazos, y que luchó con la tierra para arrancarle cuanto tuviera, sin el designio de asentarse en ella, también en tránsito, como el conquistador. Los que sí quedaron fueron los criollos y los mestizos, “que tomaban partido por la horda contra la factoría, por la factoría contra la metrópoli, por América contra España. Se le había engendrado en la infamia, con la repugnancia del que satisface apetitos en carne vil”. Y este estigma sería definitivo.

Para el criollo, para el mestizo, el pasado no significaba sino vergüenza y odio. De aquí una actitud de perpetuo resentimiento frente a lo que parecía conservar el recuerdo de su origen paterno: la civilización, las formas establecidas para reprimir la vida indómita. Es el resentimiento del “hijo humillado” lo que explica ese comportamiento, el de los caudillos, el de las “multitudes anárquicas argentinas”, el del gaucho.

Pero las minorías europeizantes cubrieron la tierra incomprendida y las sociedades penetradas de miedo y de odio con una máscara de lo que se llamaba civilización. Eran instituciones, normas, principios, que nadie acataba espontáneamente sino bajo las fuerzas constrictivas. “Todavía el indio era una realidad más fuerte que la Constitución sobre la tierra ruda, inculta, salvaje, que sólo podían poblar los que habían permanecido renitentes a la civilización, en regiones bárbaras del mundo civilizado.” Pero el rico —aquel que había “trasmutado su vida en oro”— quería orden y deseaba las satisfacciones que dan el poder y el dinero, en tanto que el azar amenazaba destruir las conquistas logradas con la misma rapidez con que habían sido conseguidas. Para afirmarlas era necesario fijarlas institucionalmente, y así apareció una vasta red mediante la cual se aisló al hombre de la dura realidad de la tierra, permitiéndole su evasión del oscuro drama de resentimiento y de temor que lo asolaba. “La única estructura solidificada —escribía Martínez Estrada—, el único segmento de la esfera en que las tierras aparecen diferenciadas de las aguas, es la administración pública, las restringas del Estado. Sus perfiles y relieves demárcanse con nitidez; ahí pueden hacer pie los que temen la vida; pero es la masa un camalote sin consistencia interior.” Éstas son en realidad seudoestructuras que no alcanzan a fijar las relaciones entre el hombre real y las circunstancias reales. De aquí la angustia y la inquietud, el narcisismo, la actitud defensiva, la irrupción de la sensualidad. Un escepticismo radical acerca de las posibilidades del encuentro del argentino consigo mismo parece caracterizar la actitud profunda de Martínez Estrada.

Tal fue la opinión de Bernardo Canal Feijóo cuando escribió sobre Radiografía de la pampa, cuya concepción fundamental consideró desesperada y negativa. Por entonces enjuiciaba severamente Saúl A. Taborda todo el régimen institucional del país en un ensayo que titulaba La crisis espiritual y el ideario argentino, y en el que señalaba el anacronismo entre la estructura formal y la vida social del país. “Vivimos bajo el imperio de una ideología que ya ha hecho su ciclo”, decía. “El sistema parlamentario servido por los partidos políticos es un sistema que corresponde al período pastoril de nuestra historia institucional. Estuvo bien entonces y floreció en aquel momento de los grandes debates cuyo recuerdo acentúa la añoranza de las glorias pasadas; pero no corresponde ni se adecua a la realidad de estos días.” E insinuaba que era menester hallar otras vías para ajustar el sistema representativo a una más exacta funcionalidad. Taborda trataba de ahondar en los secretos de nuestra crisis. En sus Investigaciones pedagógicas analizaba los valores de lo que llamaba el “hombre precapitalista” argentino, para él de inequívoca raíz hispánica, y deducía del ensombrecimiento de esas virtudes las vicisitudes espirituales de nuestra existencia colectiva.

Así, en el plano profundo de la cultura, en el de las realidades sociales o en el de las instituciones, advertíanse signos de una crisis profunda. Las reacciones de los observadores eran unas veces optimistas y otras pesimistas, en tanto que simultáneamente se apreciaban como valiosos o desprovistos de valor los elementos espontáneos de la vida y de la cultura nacional. Así fue múltiple y diversa la reacción frente al cambio, manifestado inequívocamente en el plano de la vida político-social y revelado más oscuramente en otros horizontes de la vida argentina.

6

En el plano de la especulación filosófica, una renovada exigencia de severo rigor y una decidida aspiración a incorporar al ambiente intelectual del país las últimas conquistas del pensamiento especulativo, indujeron a los espíritus más inquietos a tomar contacto con las corrientes filosóficas que prevalecían en Alemania, en cuyas universidades una generación excepcional realizaba un intenso esfuerzo para desarrollar hasta sus últimas consecuencias los puntos de vista esbozados poco antes por los grandes maestros de principios del siglo. Rickert, Windelband, Dilthey, Simmel, Husserl habían abierto nuevos caminos a la reflexión, y sus discípulos y continuadores trabajaban empeñosamente en elaborar las vastas perspectivas que se entreveían.

Alejandro Korn, de ascendencia alemana, había tomado contacto con esas nuevas corrientes, aunque sin dejarse seducir excesivamente por ellas. Pero otros estudiosos más jóvenes le prestaban total adhesión. Francisco Romero desde el país, y Carlos Astrada, Saúl A. Taborda y Luis Juan Guerrero en las aulas de las universidades alemanas, se familiarizaron con el nuevo pensamiento filosófico alemán y comenzaron a difundirlo en las páginas de las revistas y más tarde desde la cátedra, favorecidos por el padrinazgo de José Ortega y Gasset, quien, desde la Revista de Occidente, desde la Biblioteca que la misma revista editaba, y desde la tribuna —en las conferencias que dictó en Buenos Aires en 1928— consagraba las nuevas orientaciones filosóficas como las únicas que podían responder a las inquietudes auténticas y profundas del hombre contemporáneo. Dos instituciones, la Sociedad Kantiana de Buenos Aires y el Colegio Libre de Estudios Superiores —este último fundado en 1930 e inspirado por Luis Reissig— sirvieron como tribuna para las nuevas corrientes, junto a las aulas universitarias. Y en todos esos ambientes fue figura monitora Alejandro Korn, que alcanzaba por aquellos años la culminación de su prestigio intelectual y personal.

Ciertamente, cuando desaparecieron de las cátedras universitarias las doctrinas positivistas, fue la orientación de Alejandro Korn la que prevaleció. Hubo en los círculos intelectuales un momento de exaltación, cuando, en 1930, dio a luz el anciano maestro su primer libro, en el que, con el título de Ensayos filosóficos, reunía sus estudios más logrados, y entre ellos su Axiología, hasta entonces inédita. Su peculiar posición espiritual quedó condensada en el brevísimo prólogo con que quiso abrir el volumen, en el que decía: “Aunque se circunscriba a una minoría, lentamente crece en nuestro país la difusión y la intensidad de los estudios filosóficos. Todavía prevalece la asimilación de doctrinas exóticas. Pero un pueblo con personalidad propia, no ha de vivir en perpetua tutela; sus intereses, su índole, sus ideales, en hora propicia, han de hallar también una expresión propia. Por eso dedico la edición restringida y reservada de este libro, no como un ejemplo, sino como un estímulo a los hombres jóvenes en cuyas manos se hallan los destinos de la cultura patria.

“Algunos me distinguen con su amistoso afecto, otros seguirán distinta huella. Pero la vocación filosófica ha de surgir. Ésa es mi fe y mi esperanza. Si dentro de la nueva generación pudiera distinguir al predestinado, sonriente me inclinaría a ajustarle el cordón de la sandalia para que emprenda la marcha victoriosa.”

En cuanto a su posición filosófica —por lo demás indisolublemente unida a su actitud vital— acaso quedó fijada mejor que en parte alguna en la carta que en 1927 escribió a otro ilustre filósofo, Alberto Rouges: “Todo mi afán —decía— en la modesta esfera de mi actuación, se ha encaminado a destruir la concepción determinista y mecanicista que la chatura seudocientificista del positivismo y su realismo ingenuo, como una calamidad nacional, han infiltrado en el ambiente.” Para su lucha había usado a Kant como arma: “No se le ocultará que me acojo a la sombra de Kant, y aun a la de un Kant un poco pedestre que, asimismo, prefiero a cuantos han tratado de superarlo, muy especialmente a la sofisticación audaz de los neokantianos.” Y rechazaba olímpicamente las nuevas direcciones que conducían a distintas posiciones metafísicas: “He terminado en estos días una lectura metódica de la Filosofía de Rickert. En doscientos páginas de una exposición prolija, honesta y aburridora, protesta contra toda intención metafísica, trata de convencernos de que el valor, independiente de la valoración, es un objeto irreal, y luego en una página, a la vez trágica y ridicula, confiesa que no sabe cómo lo irreal actúa sobre lo real. Nos encomienda a la religión. Husserl, a quien Ortega y Gasset ha proclamado el más grande de los filósofos vivientes, también asegura no hacer metafísica y ayunta la lógica pura con una vaga intuición, en busca de la quididad esencial de las cosas. En tanto Max Scheler, su discípulo más destacado, acaba de refugiarse en el regazo de la fe católica. Para llegar a semejante puerto hay caminos más breves. Todo esto me interesa sobremanera; de la angustia metafísica, bien se ve, no se ha de librar la humanidad ni el más ínfimo de sus integrantes. No lo ignoro; pero, con Pascal me limito a decir: II y a des raisons que la raison ne connait pas.”

Su problema fundamental era el de la libertad, que él llamó creadora, y que oponía como finalidad del hombre a la necesidad natural. “Cuando entrego el mundo objetivo —o sea espacial— a la interpretación causal y aritmética de la ciencia, por fuerza determinista y mecanicista, no entiendo haber resuelto un problema ontológico ni me refiero a la esencia desconocida del proceso cósmico. Si luego atribuyo a la personalidad humana como finalidad la conquista de la libertad, tampoco entiendo referirme, como el idealismo romántico de los alemanes, a una libertad noumenal, opuesta a la finalidad fenomenal. Tomo ambos conceptos, el de necesidad y el de libertad —sin hipostasiarlos—, en un sentido relativo, no como integrantes de la ‘realidad en sí’, sino como integrantes de nuestra concepción de la realidad sin comillas. Pues, kantiano relapso, no identifico el Ser con el Yo aprisionado en los moldes del entendimiento humano. La realidad, reflejada en el tiempo y en el espacio, la concibo como un conflicto, no como una armonía.”

Estas ideas terminaban en una toma de posición: “La filosofía argentina se afirma tres veces en el segundo verso de nuestro Himno Nacional, acompañada del ruido de rotas cadenas. Humanizarse es aproximarse a la realización íntegra de nuestra libertad. Entiendo que eso es ser argentino. ¿Cuál es la vía? En las soluciones universales y perpetuas no creo. Los problemas se plantean dentro de su medio y de su época. La Voluntad —más o menos instintiva, más o menos consciente— impone la solución. De la vida surgirá y no de la cátedra.”

Korn había desarrollado estas ideas en los trabajos —no muchos— que fue publicando a lo largo de su vida. En 1935 las ordenó en su segundo libro, Apuntes filosóficos, en el que precisaba, de manera casi geométrica y en estilo vehemente, sus puntos de vista fundamentales acerca de una filosofía que desembocaba en la acción fundándose sobre la ética. Era su filosofía viva y de ahí su ascendiente personal, más allá de toda disidencia teórica.

Alberto Rouges, a quien Korn dirigía la citada carta, era acaso menos propenso aún a las sugestiones de las nuevas corrientes filosóficas, que, por lo demás, conocía profundamente. Su punto de partida fue la consideración de ciertos problemas agustinianos, especialmente el del tiempo, sobre el que meditó en su único libro titulado Las jerarquías del ser y la eternidad, publicado en 1942 y acaso nacido de la frecuentación del pensamiento bergsoniano. En cambio, Saúl A. Taborda estaba totalmente comprometido con la nueva filosofía alemana, y en esa línea —aunque con asombrosa originalidad en ocasiones— escribió sus Investigaciones pedagógicas, cuyo primer volumen apareció en 1930, y La crisis espiritual y el ideario argentino, que vio la luz en 1933. Taborda perseguía tras el análisis de la crisis de la cultura occidental y el examen de la coyuntura nacional, la definición de una nueva idea del hombre. Se sublevaba contra la determinación económica del hombre moderno y descubría en lo que llamó “el hombre precapitalista” las reservas que pueden deparar la reconquista de un nuevo sentido total de lo humano, la reconquista del “hombre entero”. Llena de sugestiones sobre la vida argentina, a la que consideraba frustrada por el abandono de sus fundamentos hispánieos, su obra se orientó hacia la determinación de los nuevos ideales pedagógicos. Taborda los buscaba sobre todo para erigirlos en principios de la educación argentina; pero los buscaba con tan ambiciosa fundamentación que Alejandro Korn pudo reprocharle que desenvolviera “una teoría abstracta destinada a la salvación pedagógica de la humanidad”. Sin duda, se alineaba Taborda en las corrientes culturales y pedagógicas que inspiraba Eduard Spranger, a quien admiraba particularmente, y acaso esta filiación de su pensamiento, unida a cierta casi escondida vocación religiosa, suscitaba la crítica de Korn, quien, sin embargo, saludó las Investigaciones pedagógicas como valioso esfuerzo intelectual. Y lo era, sin duda, y el tiempo ha ido descubriendo la solidez de la doctrina y la agudeza de la observación inmediata.

Próximos a estos maestros, pero decididamente orientados hacia la filosofía alemana contemporánea, desarrollaron sus investigaciones y su enseñanza Francisco Romero, Luis Juan Guerrero y Carlos Astrada. Cupo a Francisco Romero la misión de difundir —y no sólo en la Argentina— las nuevas corrientes de pensamiento que adquirieron relieve después de la Primera Guerra Mundial. En innumerables artículos llamó la atención sobre filósofos y problemas, en los que descubría enfoques originales, valiosos, y, además, adecuados a las inquietudes del hombre contemporáneo. Pero al lado de esa labor fue perfilando su propio pensamiento, que orientó en general hacia ciertos temas de la metafísica, de la teoría de la cultura, y, sobre todo, de la antropología filosófica. Buen conocedor del pensamiento de Dilthey y de Hartmann, avanzó en el análisis del problema de la trascendencia. Por esa vía penetró en los problemas del hombre y de la cultura, que analizó detenidamente en su obra fundamental, Teoría del hombre, publicada en 1952. Francisco Romero analizaba en ella las nociones de intencionalidad y de espíritu, y se detenía en el examen del espíritu, que concluía en una metafísica de la trascendencia; finalmente se introducía en el tema mismo del hombre, que estudiaba a través de algunas notas que estimaba fundamentales: dualidad, enmascaramiento, justificación, sociabilidad, historicidad, sentido.

Sensible originariamente a influencias semejantes, Carlos Astrada se orientó progresivamente hacia el existencialismo de Heidegger. Desarrollando ese punto de vista con audacia y originalidad, centró sus preocupaciones en lo que llamó “el juego existencial”, expresión con la que tituló un libro publicado en 1933. Largos años de labor en el mismo sentido dieron origen a otras obras: Idealismo fenomenológico y metafísica existencial, La ética formal y los valores, y Ser, humanismo, “existencialismo”. Luis Juan Guerrero —como Astrada— estudió largamente en Alemania y dedicó poco a poco sus esfuerzos a la estética, cuyos resultados cristalizaron en su densa Estética operatoria, de la que en vida sólo alcanzó a publicar el primer volumen.

Más jóvenes, constituyeron la siguiente promoción filosófica, entre otros, Vicente Fatone, Ángel Vassallo, Miguel Ángel Virasoro, Risieri Frondizi, en todos los cuales las influencias se entrecruzaron con preocupaciones originales que, finalmente, prevalecieron en su obra. Inclinado a los problemas religiosos, Fatone estudió los místicos y se detuvo largo tiempo en la profundización de la filosofía hindú, sin descuidar por eso las corrientes más modernas del pensamiento occidental, especialmente el existencialismo. Vassallo, que publicó en 1939 su Elogio de la vigilia, halló en Maurice Blondel y en su “método de la inmanencia” una fuente de inspiración consustanciada con sus propias preocupaciones. Virasoro, dentro de la dirección existencialista, escribió La libertad, la existencia y el ser.

Frondizi, preocupado por el problema del empirismo primero, analizó la cuestión a fondo en El punto de partida del filosofar, deteniéndose luego preferentemente en el problema de los valores.

Otras direcciones cobraban, entretanto, algún desarrollo. La filosofía tomista y las diversas variantes de las corrientes católicas inspiradas en Berdiaef, en Blondel o en Maritain, encontraron adeptos en la Argentina. Tomás D. Casares publicó en 1928 Jerarquías espirituales, donde analizó el problema de la inteligencia y la fe, luego el de la acción, el conocimiento y la contemplación, y finalmente el de la política y la moral. En sus estudios posteriores profundizó los temas propuestos por el tomismo, línea en la que también trabajaron Octavio N. Derisi —cuya obra Filosofía moderna y filosofía tomista, publicada en 1941, planteó el problema de sus relaciones recíprocas y la defensa de las tesis católicas— y Juan Sepich, entre otros.

Tomó también cierto vigor la filosofía marxista, a través de las obras de Emilio Troise y, especialmente, de la de Aníbal Ponce. Discípulo y continuador de Ingenieros, continuó Ponce trabajando en temas psicológicos; pero muy pronto se adhirió a las tesis marxistas, que defendió con sólidos fundamentos y clara inteligencia en algunos trabajos de rara profundidad: Educación y lucha de clasas y Humanismo burgués y humanismo proletario. En la misma línea insinuó luego algunas reflexiones Carlos Astrada, mientras otros estudiosos se afirmaban en ella gracias a las sugestiones del ilustre filósofo italiano Rodolfo Mondolfo, radicado en la Argentina.

Después de la Segunda Guerra Mundial se difundió considerablemente el existencialismo sartreano, pero sin que originara un movimiento vigoroso de pensamiento; como en otras partes, fueron más bien las derivaciones literarias las que apasionaron y atrajeron las adhesiones; pero es innegable que el existencialismo en general —según Heidegger o según Sartre— conformó la actitud intelectual de buena parte de la generación posterior a 1945. Junto a esta influencia europea, debe señalarse la que ha ejercido la filosofía científica, generalmente por la vía de los Estados Unidos. La epistemología, la filosofía científica, la lógica matemática y simbólica han sido frecuentadas asiduamente por estudiosos formados, generalmente, en las universidades norteamericanas.

Los estudios psicológicos, que se habían desarrollado considerablemente bajo la influencia de José Ingenieros, Norberto Piñero y Aníbal Ponce, cambiaron de orientación en alguna medida en relación con el conocimiento de nuevas corrientes modernas. Una influencia importante fue la de la psicología de la estructura; pero más notable fue la del psicoanálisis, que encontró amplia adhesión en los ambientes médicos y psiquiátricos, y pasó de allí a capas más amplias de curiosos y aficionados. Interesada en problemas psicológicos y médicos, Telma Reca logró hacer escuela en el campo de los problemas de conducta de niños y jóvenes.

El conocimiento de las nuevas ideas filosóficas y pedagógicas engendró un movimiento de cierta importancia en el campo de la educación. José Rezzano lo estimuló desde Nueva Era, publicación vinculada a la “Liga Internacional de Nueva Educación”, en tanto que buscaban aclarar su contenido, tanto en el orden de los problemas generales como en el de sus aplicaciones particulares, Juan P. Ramos, Saúl A. Taborda y Juan Mantovani.

En Los límites de la educación, publicado en 1941, Juan P. Ramos profundiza la noción de cultura en el ámbito del pensamiento contemporáneo y, considerándola como una especie de saber olvidado, la distingue y separa de la educación. La educación no es para él un problema de instrucción intelectual sino un sistema de valores morales, lo cual, inesperadamente, conduce a Ramos a una posición aristocratizante que, por cierto, correspondía a sus preferencias políticas de tipo nacionalista. Saúl A. Taborda, que se ocupó del problema de la educación en sus Investigaciones pedagógicas, partía también de la necesidad de afirmar los principios éticos, pero trataba de definirlos por la vía del delineamiento de los ideales. Atento a los esquemas de Spranger, sobre todo, meditó sobre un sistema de ideales argentinos, en el que creía poder hallar el camino para una educación que se propusiera desarrollar lo que llamó “el hombre entero”. Una preocupación semejante condujo a Juan Mantovani hacia afirmaciones análogas en su libro Educación y plenitud humana, de 1933, que se reiteran en La educación y sus tres problemas, publicado en 1943. No sólo debe huir la educación de los fines exclusivamente prácticos —decía Mantovani—, sino también de fines desinteresados que alteren la suprema armonía de lo humano; por eso la educación debe satisfacer el plano de lo vital, pero trascendiendo hacia la libertad, la creación y la moralidad.

Estas doctrinas tenían su correlato metodológico. Muchos educadores intentaron transformarlas en orientadoras de la acción educacional del Estado, y procuraron que se aplicaran los nuevos métodos. Diversas circunstancias hicieron que este proyecto no se cumpliera nunca de una manera decidida. Pero dejó por lo menos la inquietud de que es necesario rever totalmente la orientación de la educación popular.

Diversas revistas de ensayos aglutinaron por entonces a los hombres de pensamiento, renovando la labor que habían realizado Nosotros y Síntesis; entre ellas Criterio, de orientación católica; Dialéctica, de orientación marxista; Realidad, dirigida por Francisco Romero y que se definía como “revista de ideas”; Cursos y Conferencias, editada por el Colegio Libre de Estudios Superiores; [mago Mundi, cuyo subtítulo la identificaba como una “revista de historia de la cultura”, y muchas otras, entre las cuales alcanzaron gran significación algunas publicadas por las universidades o por sus distintas facultades. Editaron éstas también libros y colecciones importantes. Pero en este campo, la novedad trascendental se produjo hacia 1937, cuando Buenos Aires comenzó a transformarse, rápidamente, en uno de los centros editoriales más importantes de habla hispánica.

No faltaban en Buenos Aires algunas sólidas casas editoras como Peuser, Estrada, Coni o Kraft, capaces de lanzar ediciones pulcras; no habían faltado tampoco editores audaces que, como Manuel Gleizer o Samuel Glusberg, habían emprendido la noble tarea de dar a conocer los autores argentinos, junto a las grandes figuras de la literatura universal. Pero fue después de 1937 cuando se organizó la producción de libros argentinos en gran escala, y fue en gran parte debido al esfuerzo de algunos emigrados españoles, como Gonzalo Losada o Antonio López Llausás. La tesonera e inteligente labor de ellos y de otros muchos contribuyó a crear una nueva aventura: la de editar libros. Hubo un momento —hacia 1946— que pasaban de cuatrocientas las editoriales argentinas. Un público lector que crecía rápidamente acompañó este esfuerzo, que se decantó luego y dejó como saldo una vigorosa industria editorial.

También se desarrolló al calor de esta industria una vasta posibilidad de trabajo intelectual y artístico: redactores, traductores, diagramadores e ilustradores se asociaron a la aventura editorial. Y no fue poca la influencia que tal movimiento ejerció en el estímulo de las vocaciones literarias.

7

En 1931, Victoria Ocampo fundó la revista Sur. Figuraban en su Consejo de Redacción, entre otros, Jorge Luis Borges, Eduardo Mallea y Guillermo de Torre, quienes compartían la orientación de la revista con un Consejo Extranjero del que formaban parte Ernest Ansermet, Drieu La Rochelle, Leo Ferrero, Waldo Frank, Pedro Henríquez Ureña, Alfonso Reyes, Jules Supervielle y José Ortega y Gasset. Estos últimos, vinculados de alguna manera a la actividad intelectual argentina, representaban las preferencias estéticas de Victoria Ocampo y del grupo redactor. Atento a la renovación que en todos los órdenes de la creación se advertía tanto en los países europeos como en los Estados Unidos, el grupo de Sur constituyó una minoría refinada que en ocasiones adquirió el aspecto de una élite un poco esotérica. Sin duda quienes se reunieron en él tenían, en general, una evidente predilección por la creación pura, con lo que perpetuaban el más saliente de los rasgos de la generación llamada “martinfierrista”, sobre la cual, por cierto, había de discutirse mucho, sin que faltaran quienes negaran su existencia como grupo homogéneo; y fue precisamente Sur el baluarte donde se hicieron fuertes quienes habían afirmado la necesidad de una renovación estética, y en sus páginas donde se manifestó la lenta maduración de los jóvenes escritores que habían comenzado su carrera como heterodoxos. En ellas, sus colaboraciones se alternaban con las de autores extranjeros de gran dignidad, cuyos nombres revelaban sus propias preferencias; y las ediciones que Sur comenzó a lanzar permitieron al público culto familiarizarse con la mejor literatura contemporánea.

Es innegable que, a medida que maduraban, acusaban más netamente los escritores del grupo Sur una mayor influencia de la literatura de pensamiento. Ésa fue la que prefirió Jorge Luis Borges, consumado conocedor de la literatura inglesa y escritor consumado él mismo. Poeta casi metafísico, reveló su dramática concepción de la experiencia intelectual a través de un verso impecable, en el que cada palabra escondía el secreto de una elaborada y profunda intuición de sus posibilidades expresivas. Y en el cuento, denso de contenido hasta cuando desarrollaba paradójicamente un tema trivial, alcanzó su prosa la perfección que buscaba. El tema del tiempo, el del retorno y tantos otros de vieja alcurnia filosófica, aparecían incluidos en un cuadro de impecable estructura en el que Borges no desdeñaba introducir él más sutil humorismo y la más refinada versión de las peculiaridades caracterológicas y verbales de su contorno bonaerense. En él culminó la aspiración estética de su generación.

La poesía metafísica había atraído también a Macedonio Fernández, oscuro y profundo adivinador de arcanos. Ricardo Molinari persiguió una expresión hermética, laberíntica a veces, para volcar su subjetividad conmovida por el paisaje y por la propia introspección. Francisco Luis Bernárdez, Oliverio Girondo, Leopoldo Marechal y Eduardo González Lanuza completan el cuadro de la mejor poesía de su generación, hostigada por un vigoroso llamado lírico y por una vehemente obsesión de perfección formal.

De esa generación, Eduardo Mallea fue el más asiduo y denso novelista. También a él lo atraía la novela de pensamiento, y si algunas veces se dejó llevar por los problemas de su contorno, como en la ya citada Historia de una pasión argentina, fueron los problemas psicológicos, los de los caracteres y las situaciones, los que suscitaron sus temas y sus vastas construcciones novelísticas, en ocasiones demasiado saturadas de reflexiones, pero animadas siempre por su vigorosa veta de narrador. Más ágiles en el relato, y poseedores de un fino estilo, Norah Lange y Adolfo Bioy Casares dieron a la novela una atmósfera fresca, en la que la primera supo alojar una delicada corriente de sensibilidad, casi de ternura. Y la viva experiencia de todo ese movimiento literario, recogida con profundidad en ocasiones y con acritud otras veces, fue volcada por Leopoldo Marechal en Adán Buenosayres, una novela de excelente arquitectura y de gran aliento narrativo.

El innegable esteticismo, cierto sentimiento de élite y una predominante tendencia a prescindir del contorno inmediato, fueron los caracteres que otros sectores descubrieron en el grupo de escritores de Sur. Aun vinculado a ellos, Ezequiel Martínez Estrada siguió otro camino y se volvió hacia el análisis de sus circunstancias. Poeta y estilista, poseía el secreto de las fórmulas profundas y expresivas para destacar la significación de los rasgos típicos de la vida argentina, descubiertos en parte por la vía del análisis sociológico y en parte por el camino de una intuición desusadamente sagaz. Poco a poco fue elaborando un sistema de pensamiento para comprender los fenómenos sociales y culturales, en el que se advirtió una fuerte tendencia a las interpretaciones telúricas. Apasionado, vibrante y lleno de coraje intelectual, su literatura se fue tornando denuncia y su voz alcanzó cierta modulación profética. A medida que pasaba el tiempo, cuando el esteticismo comenzó a parecer condenable y nuevas preocupaciones sociales empezaron a difundirse en las nuevas generaciones, Martínez Estrada atrajo la atención de los jóvenes y sus ensayos llegaron a ser punto de partida para el encauzamiento de las nuevas vocaciones intelectuales.

Entretanto, la tradición de la literatura social, que el llamado “grupo de Boedo” había opuesto al esteticismo “martinfierrista”, fue recogida con distinta intensidad por nuevos novelistas en quienes se conjugaban también otras influencias, como las del realismo norteamericano. Leónidas Barletta seguía produciendo y Roberto Arlt recogía la devoción de nuevos lectores; y en una línea semejante iniciaban su obra Bernardo Verbitsky, Carlos Ruiz Daudet, Juan Goyanarte y Juan Carlos Onetti. Con ellos entraba otra vez en la literatura el mundo subsumido, el de los dramas oscuros y sórdidos, el de la pequeñez y la miseria, o el de la inadaptación frente a los ininteligibles mecanismos de la realidad, temas que se revelaban a través de una expresión directa y en ocasiones deliberadamente brutal.

Era la de estos últimos una generación más joven, en la que surgió un fino poeta, Vicente Barbieri, lírico delicado y profundo. Pero todavía se daban por entonces —hacia 1940— las mismas direcciones estéticas que se enfrentaban quince años antes. Los que entonces comenzaron a escribir poesía siguieron todavía las huellas de los que ya solían llamar sus maestros: Borges, Bernárdez, especialmente, y se agruparon con cierta insistente tenacidad a la sombra de un rótulo, el de “la generación del 40”, que no llegaba a precisar en ellos una orientación poética distinta de la de sus modelos. Juan Rodolfo Wilcock, Olga Orozco, Enrique Molina, César Fernández Moreno, Jorge Vocos Lescano, Daniel Devoto, Alberto Girri, María Elena Walsh, Fernando Guibert, se volcaron hacia una lírica que fue llamada posromántica, elegiaca a veces, esteticista siempre, en la que se advertía la influencia de Juan Ramón Jiménez y de la primera época de Neruda. Canto, Huella, Fábula, Verde Memoria, fueron las revistas que fundaron, y en ellas, como en las obras individuales, se advirtió una actitud irreductiblemente subjetiva.

Pero esta actitud había de cambiar profundamente cuando, al fin de la Segunda Guerra Mundial, coincidieron nuevas influencias literarias con nuevas situaciones sociales. A la generación del 40 sucedió la del 45, tan opuesta a ella por sus predilecciones literarias como por el tipo de reacciones que la caracterizaron con respecto al destino colectivo y al papel del escritor. Luchas políticas y estudiantiles, militancia resuelta y sentimiento de crisis conformaron, con nuevas experiencias, las nuevas actitudes literarias, en las que la “situación” desempeñaba un importante papel.

Influido por Huidobro y el surrealismo, un grupo de poetas proclamó la necesidad de una poesía mágica y creadora de realidades. En la revista Poesía Buenos Aires se concretó esta actitud mezclada con preocupaciones sociales, a la que poco después se sumó otra de ortodoxo acento surrealista, y que giró alrededor de otras revistas: A partir de cero y Letra y línea. Pero el movimiento más vigoroso fue el que recogió la nueva sensibilidad de los jóvenes militantes, y buscó expresarse a través de un nuevo estilo, más directo, más comprometido. Centro, Contorno, Ventana Buenos Aires, fueron las revistas de los nuevos. La actitud telúrica halló su inspiración remota en Keyserling y Spengler, y su suscitador en Martínez Estrada. H. A. Murena y Rodolfo Kush representaron eminentemente esta dirección, que el primero llevó al ensayo y a la ficción más tarde. El realismo, en el que resonaban los ecos de la novela norteamericana e italiana y hasta un vago soplo existencialista, atrajo a nuevos grupos de novelistas que se esforzaron por volcar a la literatura los problemas vivos con una acentuada intención social. Primero Ernesto L. Castro, Alfredo Varela, luego David Viñas, Beatriz Guido, Alberto Rodríguez, irrumpieron con un lenguaje nuevo y una temática distinta, que proporcionó a la novelística un sabor de inmediata realidad de que antes había carecido. Y esa tendencia predominó en el teatro —con Carlos Gorostiza, Agustín Cuzzani, Carlos Carlino— que ofreció la ocasión de expresar la profunda renovación de inquietudes que caracterizaba a las nuevas generaciones.

Un fenómeno análogo al de las letras se observó en el campo de la plástica. Después de 1930 maduraron las figuras que habían dado la batalla por las nuevas corrientes estéticas y, en la sociedad de “Amigos del Arte”, sobre todo, ganaron el favor del público conocedor los artistas que traían la inspiración de la “escuela de París”: Alfredo Guttero, Horacio Butler, Héctor Basaldúa; o un constructivista, como Lino Eneas Spilimbergo, o un cubista como Emilio Pettoruti.

Hacia 1939 comenzó a difundirse el surrealismo, en el que sobresalieron Leopoldo Presas y Juan Batlle Planas. Por entonces también comenzó a advertirse el vigor de otra escuela, la del realismo, que en algunos fue “socialista”, y que defendieron con su obra Carlos Giambaggi, Antonio Berni y Juan Carlos Castagnino. Pero sólo después de 1945 comenzaron a aparecer las primeras muestras de pintura no figurativa, y más tarde la decididamente concreta, en la que se destacaron Sarah Grilo, Miguel Ocampo, Fernández-Muro, Tomás Maldonado y Alfredo Hlito. En el análisis de las nuevas corrientes plásticas trabajaron los críticos de arte Julio E. Payró —de vasta obra también como historiador del arte— y Jorge Romero Brest.

Un vigoroso desarrollo musical permitió que los compositores argentinos de la renovación, como José María y Juan José Castro, Carlos Gianneo, Alberto Ginastera y otros, lograran la aceptación del público. Entretanto, sus discípulos perpetuaron su misma dirección estética y, en abierta oposición a ella, Juan Carlos Paz difundió como músico y como crítico la nueva música dodecafónica.

Cuba, una experiencia. 1960

Ciertamente, para los cubanos su revolución no constituye una experiencia, una simple experiencia. Se han jugado la vida de una generación en lo que empezó siendo una aventura desesperada contra un dictador y fue cambiando poco a poco hasta transformarse en un intento de modificar radicalmente las condiciones básicas de la vida cubana. Para ellos la revolución es un hecho decisivo, una fecha fija en su historia, y se comportan de acuerdo con esa convicción. La revolución es irreversible, cualquiera sea el sentido que la revolución adopte en las diversas etapas por las que tendrá que pasar; aunque sobrevenga la contrarevolución, que será impotente para retrotraer la situación a diciembre de 1958. Y como la revolución es irreversible, la generación que se ha entregado a ella está consustanciada con su destino y ha adquirido un vago sentido misional de la vida que constituye una sorpresa para el observador latinoamericano.

Cuba ha descubierto que tiene una misión. Misión cubana, pero algo más que eso. Misión continental quizá; pero acaso algo más todavía. Misión ejemplar en relación con cierta situación que comparten hoy otros muchos países en diversos continentes, a los que se ha convenido en conocer como “países subdesarrolla-dos”: la misión de inaugurar una política, errada o no, para salir del callejón a que parecen condenar a los países subdesarrollados los intereses de las potencias imperialistas. Cuba ha aceptado —o se ha impuesto— esa misión. La generación que se ha entregado a cumplirla parece haber adquirido la certidumbre de que vencerá o se perderá con ella. La constituyen gente joven, a veces muy joven, pero que ha madurado en el peligro y en la responsabilidad. Para ellos la revolución no es una experiencia, sino la causa definitiva a la que han unido sus vidas. Y oponen al peligro —que no ignoran— una confianza inquebrantable en el triunfo. El comandante Guevara me explica cuidadosamente los riesgos de una invasión; hay en su rostro cierto fatalismo que lo pone sombrío. Le pregunto si es radicalmente pesimista. Entonces se sonríe inesperadamente y contesta: “No, porque les ganamos”. El comandante Guevara tiene confianza. Se le adivina en la mirada, como se le adivina a todos los que son interrogados, a todos los que tienen alguna responsabilidad concreta y a los que sólo tienen la responsabilidad difusa de la solidaridad. El teniente Danza, que me acompaña a diversas visitas, tiene dieciocho años; y tiene confianza; pero no más que Raúl Roa o que Núñez Jiménez, los más maduros del equipo de gobierno. El hecho es de tal magnitud que llama la atención del observador. La confianza es ahora un estado normal del ánimo cubano. En una cooperativa un guajiro me muestra su nueva vivienda, en la que se alojará con su mujer y dos criaturas cuando pueda abandonar el bohío en el que ha padecido durante toda su vida. Es cooperativista en una planta tabacalera; está aprendiendo a leer y escribir, pero es lo que se llama un espíritu moderno: ve claro, percibe rápidamente los fines de la acción y advierte lo que es importante y lo que es accesorio en lo que está pasando a su alrededor. Pero su nueva casa tiene una importancia radical, casi metafísica. Cuando habla de ella se descubre cuál es el significado que le atribuye: su vida empieza de nuevo, y ahora hasta el fin. El cambio es definitivo. Puede ocurrir que haya que pelear o que morir. Pero el cambio es definitivo. Él también tiene confianza. No se encuentra sino confianza. Si la revolución cubana gozara de la propaganda convencional de la prensa grande se hablaría de esta revolución sicológica llamándola “el milagro cubano”.

Sin duda Cuba no era así antes de la revolución. Más bien lo contrario. Cuando la visité en 1951, lo que más llamaba la atención era, precisamente, el escepticismo y la venalidad. Venalidad en las altas clases medias y en la minoría poseedora de la riqueza y del poder; y un abatimiento interior de todos los que se sentían al margen de los destinos colectivos, que disimulaban con el cinismo, con la alegría convencional. Una tradición muy vigorosa ofrecía la evasión de la danza, y una industria muy bien organizada la evasión del ron. Cuba era de los ricos, y los ricos estaban en Miami, al menos sentimentalmente. Un cubano podía imitar a los turistas en Habana, si le alcanzaba para cenar en el Hilton y para emborracharse en Tropicana. Los demás, a medida que descendían, se parecían menos a los turistas, y se acercaban menos a Vedado, a Miramar, los barrios elegantes de Habana. Los últimos no salían de la plantación, o de la aldea. Hay un mundo de bohíos, que no podía engendrar admiración por la técnica norteamericana. ¿Cómo se sorprenden ahora de la irritación del guajiro? La civilización le era ajena, pero estaban a la vista los que disfrutaban de ella. Un día las circunstancias pusieron un arma en sus manos para derribar a un dictador, y poco a poco descubrieron que el dictador no caía solo, sino con muchos que se autodenunciaban por el miedo. Toda la cadena de la explotación quedó a la vista y la revolución cortó la cadena. ¿Quién puede sorprenderse ahora de buena fe? Pero el cubano que ha hecho la revolución no tiene odios: quizá tenga un sentido inmisericorde de la justicia, para quienes fueron inmisericordes en nombre de la injusticia. Pero no tiene odios. Tiene confianza en el futuro, en Cuba, en la luz y en la alegría. Y se ríe y sueña, y asombra al escéptico latinoamericano harto de miserias con su confianza ilimitada. Es el milagro cubano: la devolución de la confianza a un vasto sector, antes marginal y ahora en el foco mismo de las decisiones.

La confianza otorga a la revolución cubana una calma y una seguridad de que quizá no tenga idea el lector de la prensa grande, que no informa sino de los episodios críticos de la lucha. En el trabajo de todos los días, a pesar de la actividad vertiginosa y de la fiebre constructiva que se advierte en todos los niveles, la obra se cumple metódicamente, con una cuidadosa regularidad, con un escrúpulo infinito. También la precisión en las realizaciones es obra de la confianza, pero más aun de la responsabilidad y acaso más todavía de la compenetración total de un inmenso sector en una obra en la que se ha jugado la vida y con cuyo fracaso se hundiría. Por eso la revolución no es para los cubanos una experiencia sino una construcción definitiva.

Para el resto de Latinoamérica, no comprometida sino indirectamente en el destino de la revolución cubana, el vasto esfuerzo de Cuba tiene, sin embargo, además del valor político y sentimental que las masas populares descubren en él, el extraordinario valor de una experiencia fundamental. Se trata de la “invención” y la ejercitación de cierto conjunto de medidas administrativas, económicas, sociales, jurídicas y políticas, en virtud de las cuales un país subdesarrollado procura sobrepasar esa situación sin incorporarse a una determinada área económica de las que controlan la economía mundial. Dentro de la mentalidad capitalista y a partir del sistema de las soluciones clásicas, esta experiencia no sólo es arriesgada, sino que está irremisiblemente condenada al fracaso. Pero la mentalidad capitalista no puede pensar sino dentro de ciertos esquemas, más falsos mientras más avalados parecen estar por la experiencia. Cuando se co-mienza por plantear situaciones nuevas, esos esquemas no son necesariamente válidos, y la condenación anticipada de la experiencia carece totalmente de valor. Frente a esas situaciones nuevas, las soluciones deben ser nuevas también y se requiere imaginación para buscarlas y audacia para imponerlas. Ambas condi-ciones parecen darse hoy en Cuba, y el conjunto de disposiciones con que se procura romper el cerco del subdesarrollo revela ya que es posible salir de las situaciones coloniales o semicoloniales por caminos que no son los previstos por los grandes intereses monopolísticos en relación con la conservación de su área económica.

Este conjunto de medidas debe merecer un estudio cuidadoso por parte de quienes tienen la responsabilidad de realizar los proyectos de planeamiento para países que, como el nuestro, necesitan que los partidos políticos no comprometidos con los monopolios internacionales les ofrezcan posibilidades concretas de acción y programas prácticos y viables. La reforma agraria y la utilización del apoyo popular —bajo la forma de la cesión del 4% de los salarios— son, entre otros, puntos fundamentales del sistema de soluciones. Pero no podrían entenderse sin las medidas políticas para enfrentar a Estados Unidos, en cuanto respaldo de la economía de monocultivo que favorecía a la minoría cubana y a los intereses norteamericanos vinculados con la industria azucarera. Ese desafío tiene riesgos innumerables. Acaso el más importante sea el de haber desatado la propaganda anticomunista que logra sus impactos entre cierta temerosa clase media del continente y disminuye el prestigio y la simpatía de la revolución cubana. Pero hay otros de diverso estilo, y no puede excluirse el de una intervención militar en la isla, en parte para defender los intereses del capital norteamericano y en parte para prever un peligro estratégico en el que parecen creer vastos sectores de la opinión de los Estados Unidos.

El signo más visible de la capacidad para poner en funcionamiento fórmulas nuevas y audaces para enfrentar nuevas situaciones es el intento de reordenar el sistema del mercado exterior cubano. Ha sido también, sin duda, el desafío más flagrante a la presión de los Estados Unidos, en parte, sobre todo, por la proximidad territorial. Pero el hecho es digno de ser observado atentamente. Un país prácticamente de monocultivo y de un solo comprador se atreve a quebrar el régimen de la tierra, a modificar sobre la marcha los sistemas económicos, laborales y técnicos de la producción, y a reordenar la comercialización mediante una diversificación que tiene importantes connotaciones políticas, además de implicaciones sustanciales con respecto a otros campos de la economía nacional. El conjunto de disposiciones que acompaña a este planteo, en diversos órdenes más o menos importantes, no es menos revolucionario; en parte por lo expedi-tivo de los procedimientos y, sobre todo, por la nueva actitud humana que parece presidirlas cuanto se trata de soluciones para la vida de la clase trabajadora y los problemas educacionales y sanitarios. Se trata, pues, de una experiencia verdaderamente promisoria.

En el camino de la revolución, la experiencia se va tornando cada vez más concreta y definida. No podía ser de otra manera. Si la progresiva presión económica ejercida por Estados Unidos llega a sus últimas consecuencias a través de la reducción o supresión de la cuota de compra de azúcar, las contramedidas tienen que ir alcanzando poco a poco cierta radicalización. Para evitar la asfixia que produciría la pérdida del mercado norteamericano, Cuba busca otros mercados en los que tiene que comprar para que le compren. Pero el petróleo así adquirido plantea un nuevo obstáculo porque las refinerías inglesas y norteamericanas se niegan a refinarlo. Cuba vuelve a dar una solución radical y se incauta de las refinerías. ¿Qué podía hacer? Cualquier debilidad en la política revolucionaria pondría ahora al gobierno en situación peligrosa. Pero no da la impresión de que sea el peligro lo que empuje la política revolucionaria, sino simplemente la ocasión y el pretexto para dar los pasos que implicaba la realización de un plan preconcebido. Así adquiere la política de la revolución una firme coherencia interna, y, sobre todo, una definida tendencia a suprimir no sólo los obstáculos ocasionales para el desarrollo de la economía cubana sino también los obstáculos fundamentales.

No puede extrañar que esta radicalización de la política cubana acentúe las diferencias que separaban del gobierno revolucionario a muchos sectores conservadores originariamente unidos a sus hombres en la lucha contra la dictadura y luego mantenidos circunstancialmente a su lado. La revolución ha entrado en un camino que no admite equívocos y ninguna consideración de carácter estratégico puede justificar a los ojos de los sectores conservadores su permanencia al lado de la revolución. Pero es natural que la salida se convierta en maniobra política destinada a valorizar la figura de los disidentes; y es natural que la prensa grande explote concienzudamente esos hechos para cargar las tintas contra la revolución. Pero la prensa grande cumple con su obligación, y no vale la pena ocuparse de ella. ¿Cómo podría tomarse en serio un comentario en el que se habla de la “buena amistad” que ha caracterizado a las relaciones entre los Estados Unidos y Cuba durante toda su vida independiente? ¿O cuando se habla de la magnanimidad de un comprador que paga mayores precios que los del mercado por el azúcar cubana? Como es seguro que no es ignorancia, hay que suponer que es colonialismo puro.

Pero la revolución cubana no será aplastada por la propaganda de las agencias internacionales. Tiene dentro del país una fuerza que seguramente conocen los corresponsales que viven en la isla, aunque procuren no difundirla. Y esa fuerza conduce a la isla hacia la socialización de los medios de producción, único camino para acabar con la situación colonial que caracteriza a la economía cubana.

Historia Moderna y Contemporánea. 1945

ÍNDICE

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Capítulo I. LA AURORA DE LA EDAD MODERNA (SIGLO XV)

De la Edad Media a los tiempos modernos. — Los caracteres de la Edad Moderna. — Las grandes invenciones. — La pólvora y la artillería. — La brújula y la navegación de altura. El papel, la imprenta y el libro económico. Gutenberg. — Copérnico y el nuevo sistema del universo.

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CAPÍTULO II. Los DESCUBRIMIENTOS GEOGRÁFICOS

Los descubrimientos geográficos. — Las primeras exploraciones de los portugueses. — Vasco de Gama y la ruta marítima de las Indias. — Albuquerque y el imperio portugués. — Los cosmógrafos. Martín Behaim. — La España de los Reyes Católicos y la génesis del descubrimiento de América. — Cristóbal Colón: su personalidad y sus viajes,. — Las consecuencias del descubrimiento en el orden científico, político y económico. — Las bulas del papa Alejandro VI y el tratado de Tordesillas. — Los viajes portugueses. — Viajes de Álvarez Cabral, Coelho y los hermanos Corte Real. — Américo Vespucio y sus cartas. — Martín Waltzmüller y el nombre de América. — Los viajes ingleses. Juan Gaboto.

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CAPÍTULO III. LA CULTURA DEL RENACIMIENTO

La cultura renacentista en Italia. — Los precursores. Dante, Giotto, Petrarca, Boccacio. — El Cuatrocientos. — El Quinientos. — Leonardo, Miguel Ángel y Rafael. — Maquiavelo y Guicciardini. — Ariosto y Tasso. La difusión de la cultura renacentista en Europa. — España. — Nebrija y Vives. — La literatura y las artes. — Francia. — La literatura y las artes. — Alemania y los Países Bajos. — Erasmo. — Inglaterra. — La literatura y las artes.

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CAPÍTULO IV. La REFORMA RELIGIOSA (Siglo XVI)

Las causas del movimiento reformista. — Martín Lutero. — La querella de las indulgencias y la doctrina luterana. — La dieta de Worms: condenación de Lutero. — La secularización de los bienes de la Iglesia. — La dieta de Augsburgo: la Confesión. — La liga de Esmalcalda. La difusión de las ideas reformistas. — Calvino y su doctrina. — Ginebra bajo la dictadura de Calvino. — Difusión del calvinismo. — La Reforma en Inglaterra. La Reforma católica o Contrarreforma. — Ignacio de Loyola y la Contrarreforma española. — La Compañía de Jesús. — La Inquisición: Pablo IV.— El Concilio de Trento.

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CAPÍTULO V. LA CONQUISTA DE AMÉRICA

La Española, primera base de operaciones. — La ocupación del Darién y el descubrimiento del Mar del Sur. — La conquista de México. — La conquista de América Central y la creación del Virreinato de Nueva España. — Conquista de Nueva Granada y Venezuela. — La exploración del Amazonas. — La conquista del Perú. — Las concesiones de conquista y la división del continente. — Conquista de Quito y fundación de Lima. — Las guerras civiles del Perú y la creación del Virreinato. — Conquista de Chile. — Los viajes clandestinos al río de la Plata. — Viaje de Solís. — Viaje de Magallanes y El Cano, . — Viaje de Loaysa. — Viaje de Alejo García. — Viajes de Sebastián Gaboto y de Diego García.

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CAPÍTULO VI. La ÉPOCA DE CARLOS V

La política europea de Carlos V. — Lucha entre las casas de Austria y Francia: Carlos V y Francisco I. — La hegemonía española. — La política colonial de Carlos V.

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CAPÍTULO VII. LA PREPONDERANCIA ESPAÑOLA EN EUROPA

La abdicación de Carlos V y la cesión de América. — La monarquía española y la política interior de Felipe II. — La unidad católica: el Santo Oficio. — La sublevación de los Países Bajos. — La política exterior. — La lucha contra el Imperio turco: Lepanto. — La conquista de Portugal. — La lucha contra Inglaterra. — Los orígenes de la decadencia española.

Francia en la época de las guerras de religión. — La Santa Liga y Felipe II. — Enrique IV y el resurgimiento de Francia.

Inglaterra en la época de Isabel. — La política interior. — La política exterior.

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CAPÍTULO VIII. HACIA EL EQUILIBRIO EUROPEO. EL SIGLO XVII EN ALEMANIA Y FRANCIA

Las guerras de religión en Alemania. — El absolutismo en Francia. — Luis XIII y Richelieu: su orientación política. — La regencia de Ana de Austria. Mazarino y la Fronda. Condé.

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CAPÍTULO IX. HACIA EL EQUILIBRIO EUROPEO. EL SIGLO XVII EN ESPAÑA E INGLATERRA

España bajo los últimos Habsburgo. — Los reinados de Felipe III y Felipe IV. — El reinado de Carlos II. — La guerra por la sucesión de España y el tratado de Utrecht. — El absolutismo en Inglaterra: los Estuardo. — Reinado de Jacobo I. — Carlos I y el origen de la revolución. — El parlamento largo. Cromwell y la república. El acta de navegación. — La restauración de los Estuardo. Carlos II. Torys y Whigs. — Jacobo II y la revolución de 1688. — La declaración de derechos y el bill de tolerancia.

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CAPÍTULO X. HACIA EL EQUILIBRIO EUROPEO. HOLANDA, RUSIA Y PRUSIA

Las Provincias Unidas en el siglo XVII. — La prosperidad comercial. — Prusia. — Rusia.

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CAPÍTULO XI. LA PREPONDERANCIA FRANCESA. LUIS XIV

El reinado personal de Luis XIV. — La política interior: Colbert. — La cultura del gran siglo francés. — El teatro: Corneille, Racine, Molière. — La filosofía: Descartes, Pascal. — La historia: Bossuet. — La poesía: La Fontaine. — Las artes plásticas. — La política, exterior de Luis XIV. — Las negociaciones por la sucesión española. — La guerra de devolución. Alianza de La Haya y Paz de Aquisgrán. — La guerra de Holanda. — La guerra europea y la paz de Nimega. — La liga de Augsburgo. — La guerra de Inglaterra y la paz de Ryswiek.

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CAPÍTULO XII. LAS IDEAS POLÍTICAS, ECONÓMICAS Y SOCIALES EN EL SIGLO XVIII

Las nuevas ideas. — Los economistas y sus doctrinas. — Los filósofos. Montesquieu, Voltaire y Rousseau. — La propaganda filosófica. La Enciclopedia.

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CAPÍTULO XIII. El DESPOTISMO ILUSTRADO EN EUROPA

Los Borbones en España. — El reinado de Felipe V. — Fernando VI. — Carlos III y sus ministros. — Las reformas liberales en España. — Carlos IV. Prusia bajo Federico II. — Rusia en la época de Catalina la Grande. — Austria bajo María Teresa.

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CAPÍTULO XIV. LA INDEPENDENCIA DE LOS ESTADOS UNIDOS (siglos XVI a XVIII)

La Independencia de los Estados Unidos. — Las colonias inglesas en el siglo XVIII y los primeros conflictos con la metrópoli. — Los impuestos. — El congreso de Filadelfia. Washington. — Las operaciones militares y la declaración de la independencia. — La intervención de Francia y de España. — El triunfo americano y la paz de Versalles. — La constitución de los Estados Unidos.

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LA REVOLUCIÓN FRANCESA

La oposición al antiguo régimen. — El proceso revolucionario. — Trascendencia de la Revolución francesa en Europa y en América.

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CAPÍTULO XV. La ÉPOCA DE NAPOLEÓN

Francia en 1795. — El ascenso de Napoleón Bonaparte. Las campañas de Italia y Egipto. — La segunda coalición europea. — El consulado y su obra: el concordato, el código napoleónico y la organización de la enseñanza. — El Imperio: su organización y su obra interior. — Las guerras del Imperio. — La tercera y la cuarta coalición. — La guerra de España y sus consecuencias en Europa y América. — La quinta coalición y la campaña de Rusia. — La sexta coalición v la abdicación del emperador. — La Restauración y los Cien Días.

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CAPÍTULO XVI. LA RESTAURACIÓN ABSOLUTISTA. LA MONARQUÍA CONSTITUCIONAL EN INGLATERRA

La restauración absolutista y el congreso de Viena. — Europa en 1815. — La Santa Alianza. Metternich, . — La reacción liberal y las sociedades secretas. — La monarquía constitucional en Inglaterra. — La preponderancia en Europa. — La reina Ana y el Acta de Unión. — Transformación de Inglaterra bajo los Hannover. — Inglaterra después del reinado de Jorge III. — La situación económico-social y el régimen electoral. — La agitación reformista y las reformas de 1832.

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Capítulo XVII. EUROPA EN LA PRIMERA MITAD DIL SIGLO XIX

La Restauración y los conflictos de 1830. — La agitación revolucionaria de 1848. — El desarrollo de la cultura desde principios del siglo XIX.. — El Romanticismo en las letras y en las artes. — El desarrollo de las ciencias. — Las ciencias físicas y naturales. — Las ciencias morales y la filosofía. — La historia.

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CAPÍTULO XVIII. LA INGLATERRA VICTORIANA Y EL SEGUNDO IMPERIO FRANCÉS

La reina Victoria y su época. — El desarrollo económico y político. — Las reformas electorales de 1867 y 1884. — La formación del Imperio inglés. — Francia después de la revolución de 1848. — La situación social y política. — La segunda república. — El golpe de estado de Napoleón III y el segundo imperio. — La intervención francesa en México. La guerra. — Proclamación y caída del emperador Maximiliano.

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CAPÍTULO XIX. ITALIA Y ALEMANIA EN LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XIX

La unidad italiana. — Los estados italianos después del congreso de Viena. — El reino de Cerdeña y la casa de Saboya. — La obra del ministro Cavour. — La expansión del reino Sardo. — La unificación definitiva de Italia y la cuestión romana. — La unidad alemana. — Los estados alemanes después del congreso de Viena. — Guillermo I y Bismarck. — El conflicto con Dinamarca: los ducados de Schleswig y Holstein. — La guerra con Austria y sus consecuencias. — La guerra franco-prusiana. — La constitución de 1871 y el Imperio alemán. — El cuadro de los demás países de Europa en 1870.

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CAPÍTULO XX. LA PAZ ARMADA

El imperio inglés. — La expansión de Alemania. — Francia y la Tercera República. — El ascenso de los Estados Unidos. — La expansión territorial. — El problema de la esclavitud y la guerra de secesión. — El desarrollo económico.

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CAPÍTULO XXI. LA CIVILIZACIÓN CONTEMPORÁNEA Y LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL

La civilización contemporánea. — La técnica y la producción. — El desarrollo económico-social. — Las ideas democráticas. — Capitalismo y socialismo. La clase obrera. — “El Capital” de Marx y su influencia doctrinaria. — La doctrina social católica: la encíclica De Rerum Novarum. — La primera guerra mundial y el tratado de Versalles.

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CAPÍTULO XXII. LAS CIENCIAS Y LAS ARTES DESDE MEDIADOS DEL SIGLO XIX

Las ciencias. — La filosofía y la historia. — La literatura. — La pintura. — La música.

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CAPÍTULO XXIII. LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

Europa después de la primera guerra mundial. — Entre 1919 y 1939. — Los primeros conflictos. — El desarrollo de la segunda guerra. — Transformaciones derivadas de la segunda guerra mundial.

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CAPÍTULO I. LA AURORA DE LA EDAD MODERNA

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De la Edad Media a los tiempos modernos. — Los caracteres de la Edad Moderna. Las grandes invenciones. — La pólvora y la artillería. — La brújula y la navegación de altura. — El papel, la imprenta y el libro económico. Gutenberg. — Copérnico y el nuevo sistema del universo.

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La época que comenzamos a estudiar se conoce corrientemente con el nombre de Edad Moderna. Sólo para facilitar su ubicación en el tiempo se han establecido sus límites con precisión: se dice que principia con la caída del Imperio Bizantino (1453) o con el descubrimiento de América (1492) y que llega a su fin al producirse la Revolución Francesa (1789). Pero los cambios en las formas de vivir y de pensar —que es lo que caracteriza el paso de una época histórica a otra— no se producen en un instante y, en consecuencia, no pueden fecharse con tanta exactitud. Estos hechos no tienen, pues, más valor que el de simples símbolos que representan circunstancias trascendentales destinadas a modificar las condiciones existentes, y sus fechas sólo indican una división convencional en el ininterrumpido correr de la historia.

El paso de una época histórica a otra se produce mediante lentas transformaciones espirituales y materiales, que ocurren, pues, no en breves lapsos, sino en períodos de transición que a veces se extienden a lo largo de muchos años. Puede afirmarse que la transformación de las formas de vivir y de pensar propias de la Edad Media se produce en el curso del siglo XV, y acaso podría agregarse que, en ciertos lugares de Europa, había comenzado ya antes.

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DE LA EDAD MEDIA A LOS TIEMPOS MODERNOS

El siglo XV es, pues, una época en la que, en tanto que se comienzan a menospreciar los ideales y las costumbres de la Edad Media, se realiza un gigantesco esfuerzo por poner en vigor nuevas formas de vivir y de pensar: es, por eso, una época de crisis.

Esta crisis no es un hecho inesperado ni inexplicable, sino que resulta de un proceso visible en los últimos tiempos medievales. Las cruzadas, con sus múltiples y variadas consecuencias, habían traído al espíritu de los hombres de la Europa occidental un bagaje de ideas y un espectáculo de costumbres sumamente sugestivos. Al mismo tiempo, las condiciones de la vida económica, social y política se transformaban profundamente, en tanto que muchos elementos de la tradición antigua despertaban de su largo sopor para presentarse de nuevo a los europeos como ejemplos dignos de ser imitados. Todo ello suscitó una viva desconformidad con respecto a las tradicionales formas de vida y despertó un afán de renovación que muy pronto dominó todos los espíritus: en poco tiempo, la tradición medieval se tornó incomprensible y —no sin injusticia— se la juzgó ridícula y despreciable.

Las nuevas tendencias se manifestaron en una rápida desintegración de esa tradición. Frente al orden feudal se alzó la moderna concepción de la monarquía absoluta. Frente a los ideales del santo y del héroe comenzó a cristalizar el del hombre que aspira a la riqueza, al conocimiento y a la perfección técnica. Y, finalmente, junto al saber teológico, el hombre comenzó a atender a otras tendencias del espíritu: la sensibilidad plástica y literaria, el análisis de los problemas de la filosofía, y el conocimiento y dominio de la naturaleza.

Una insaciable curiosidad fue la característica más notable de los europeos del siglo XV. En los libros, que por entonces comenzaban a correr impresos, podían satisfacerla en cierta medida; pero ella incitaba también a otras aventuras, y así se lanzaron a la exploración de tierras desconocidas. Por eso la navegación y las invenciones que se relacionan con este apetito de saber y conocer constituyen los signos más claros de esta nueva manera de pensar con que se inicia la Edad Moderna.

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LOS CARACTERES DE LA EDAD MODERNA

Desde el siglo XV hasta las postrimerías del XVIII, transcurre una etapa de la historia del mundo occidental que tiene una fisonomía precisa.

Mientras la nobleza feudal declinaba abandonando sus posiciones privilegiadas, la burguesía crecía en poder, influencia y riqueza. En las ciudades constituía la capa dominante social y económicamente, y, por el apoyo que le prestaba la monarquía —por su propio interés— lograba incorporarse a la vida política. De esta clase social comenzaron a salir los funcionarios reales, y sus miembros llegarían, con el tiempo, a escalar las más altas posiciones en la administración de los reyes más celosos de su autoridad absoluta. Su poder derivaba, en último término, de la creciente importancia que adquiría la economía capitalista, primero en sus formas embrionarias y luego en sus etapas más desarrolladas. La burguesía creó las manufacturas y se lanzó luego a la organización del comercio internacional, en cuyo desarrollo interesó a los poderes políticos, que encontraron en él un instrumento de dominio y una fuente de riquezas; pero no se detuvo allí: el conocimiento de la naturaleza y el desarrollo del método experimental permitieron un creciente desenvolvimiento de la técnica y pronto se comenzó a ver la posibilidad de aprovechar ciertas fuerzas modificándolas mediante la aplicación de determinados principios; así surgieron nuevos sistemas de producción acelerada, sumamente útiles por la abundancia de materias primas que los territorios coloniales de Asia, África y América volcaban sobre Europa. Una verdadera revolución se produjo entonces en la vida económica —la revolución industrial del siglo XVIII— y de ella sacó la burguesía nuevas posibilidades económicas que acrecentaron su poder, apoyado cada vez más en un sistema internacional de créditos y cambios.

En estas condiciones, la burguesía comenzó a aspirar al poder. Había sido ella la que facilitara la constitución de las grandes monarquías absolutas, transformándose en su aliada contra la antigua nobleza feudal; pero una vez familiarizada con los resortes del estado, le pareció legítima su aspiración a dominar políticamente; así se formó el clima propicio para la Revolución Francesa, que sostuvo sus ideales y le entregó, finalmente, las riendas del poder.

Entretanto, también habían variado las preocupaciones espirituales. Desde el Renacimiento —hacia el siglo XV— se notaba cierto menosprecio por los ideales y las concepciones de la Edad Media. Esta tendencia se afirmó poco a poco; el hombre comenzó a pensar en que no sólo Dios era objeto digno de estudio y análisis, sino que el hombre mismo, con sus caracteres espirituales y sus intereses mundanos, constituía un tema digno de la consideración intelectual. En el individuo se advertía por otra parte, la presencia de una razón cuyo poder y posibilidades se consideraron ilimitados. La razón fue, desde entonces, y de acuerdo con las enseñanzas de los grandes filósofos antiguos, el instrumento que pareció más seguro para conocer el mundo exterior. A su crítica y análisis se sometió la verdad revelada, y así surgió —ya en el siglo XVI— la Reforma protestante; muy pronto se ejercitó análogo examen con respecto a los fundamentos del poder político y la consecuencia fue la insurrección contra el absolutismo monárquico y la proclamación de los derechos del individuo: así ocurrió en Inglaterra en el siglo XVII y en Francia a fines del XVIII.

Pero la razón se orientó también hacia el conocimiento del mundo circundante; hasta entonces, la naturaleza no había atraído la atención del hombre, porque no parecía tener secretos si se la consideraba obra de Dios. Pero la Edad Moderna no se satisfizo con esa explicación y quiso desentrañar sus principios con el auxilio de la observación y el raciocinio; así aparecieron las ciencias físico-matemáticas y las ciencias naturales, asentadas sobre nuevas bases y estudiadas con métodos nuevos.

Una altísima estimación por el valor del individuo parece ser el signo más característico de la Edad Moderna. Durante tres siglos este principio constituyó la idea fundamental de la existencia; pero en los tiempos que siguieron a la Revolución Francesa habían de conmoverse —por reacción— muchas de las creencias que surgían de ella, y, aunque no fueron destruidas, comenzaron a elaborarse nuevas concepciones que, poco a poco, maduraron y llegaron a cambiar la fisonomía de la vida espiritual en el Occidente. Por eso, la Revolución Francesa significa el punto inaugural de una era de transición —el siglo XIX— a cuyo fin asistimos quizá, en nuestro tiempo.

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LAS GRANDES INVENCIONES

La aurora de la Edad Moderna está señalada por algunos hechos singulares, que revelan el cambio en las preocupaciones del hombre europeo. En primer lugar, debe señalarse la preocupación por el estudio de los autores antiguos y la vocación para la creación literaria y plástica; se observa luego una tendencia acentuada a perfeccionar el panorama del mundo mediante la exploración de las tierras ignoradas o sospechadas apenas; finalmente, se manifiesta una capacidad nueva para aprovechar ciertos principios conocidos en instrumentos de utilización práctica.

Por esta última capacidad surgieron, en el siglo XV, algunas invenciones destinadas a transformar las condiciones de la vida.

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LA PÓLVORA Y LA ARTILLERÍA

Durante la Edad Media, los combates se resolvían principalmente mediante las cargas de los caballeros; pero siempre que se quería evitar la lucha, resultaba fácil encerrarse dentro de las murallas de los castillos y aguardar con confianza, porque, mientras las construcciones habían ganado en seguridad y fortaleza, los procedimientos de asedio se mantuvieron estacionarios.

Sin embargo, en la España árabe se comenzó a usar en el siglo XIII un nuevo medio de ataque; consistía en utilizar algunos productos que pudieran llevar el fuego contra las posiciones enemigas, tal como lo hacían por entonces los bizantinos, por lo cual se llamó a esa arma de ataque con el nombre de fuego griego. Los árabes la usaron contra el rey Fernando III de Castilla durante el cerco de Sevilla:

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Y pensaron hacer una balsa de tal tamaño que atravesase el río de parte a parte, que se llenase toda ella de ollas y tinajas llenas de fuego griego —que llaman en arábigo fuego de alquitrán—, y resina, pez, estopa y todas las otras cosas que entendieron que satisfacían para aquello que cuidaban hacer; y se movieron así muy denodados contra las naves de los cristianos para quemárselas.

(Primera crónica general de Castilla.)

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Siguiendo esta misma idea, hallaron que podía ser utilizada una mezcla de azufre, carbón y salitre, cuyas propiedades descubrieron seguramente los chinos, y que los árabes conocieron en sus viajes; pero muy pronto advirtieron que no sólo se encendía sino que, estando comprimida, explotaba, por lo cual podía usarse para despedir proyectiles. Así nació la artillería, que comenzó a difundirse por los países cristianos poco después; ya a principios del siglo XIV se conocía en Italia, Francia e Inglaterra, y en la guerra de los Cien Años, ingleses y franceses tenían unas armas de explosión que, aunque muy simples, prestaban alguna utilidad.

Estas armas fueron las bombardas, que consistían en un tubo de bronce o de hierro en el que se depositaba una carga de pólvora y un proyectil de metal o de piedra. Poco a poco se perfeccionaron y en el sitio de la ciudad de Orleáns (1429), durante aquella guerra, se pusieron en uso. Algunas eran pesadas y debían emplazarse en el suelo, pero las había también de mano; por la extensión del cilindro se las denominó culebrinas y más tarde fueron montadas sobre ruedas para desplazarlas según las necesidades del combate. Finalmente se instalaron en las naves y su uso comenzó a generalizarse, pese a la opinión de muchos acerca de su poca eficacia.

Durante esta época la artillería no tuvo sino escasa importancia, pero a lo largo de la Edad Moderna se perfeccionó y comenzó a formar parte de la dotación de todos los ejércitos importantes. Con su auxilio la infantería adquirió mayor seguridad en sus operaciones y fue necesario estudiar y resolver todos los problemas que planteaba el uso combinado de estas dos armas —artillería e infantería— con la caballería: fue el rey de Suecia Gustavo Adolfo quien, en el siglo XVII, estableció las reglas de la nueva estrategia.

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LA BRÚJULA Y LA NAVEGACIÓN DE ALTURA

También vio el siglo XV una transformación curiosa —aunque no inesperada— en el desarrollo de la navegación. Durante gran parte de la Edad Media, sólo habían surcado el Mediterráneo las pesadas naves que, propulsadas a vela y remo, mantenían el diseño de los barcos romanos; pero, desde el siglo XIII, comenzaron a cambiar sus líneas a imitación de las naves normandas, que poseían mayores virtudes marineras; así apareció la galera y el galeón. Estas naves frecuentaban las rutas tradicionales siguiendo las costas o cruzando el Mediterráneo en las zonas más estrechas y trataban de mantener una dirección fija dada por una estrella. Desde el siglo XIII se conocía en Europa la propiedad que poseía la aguja imantada de señalar el norte magnético; pero en tanto que los árabes se veían obligados a usarla en la navegación de los mares orientales, en el Mediterráneo no se divulgó su utilización porque apenas lo exigían las rutas tradicionales.

El problema de la navegación cambió de aspecto cuando, en el siglo XV, o poco antes, comenzó a practicarse en el océano Atlántico. La vela se transformó en el medio único de propulsión y así surgió la carabela, de líneas cada vez más marineras a pesar de su tamaño; y, en seguida, la dificultad que surgió en el mar abierto para determinar el rumbo y la distancia recorrida condujo, por una parte, a la generalización del uso de la aguja imantada fijada ahora sobre un pivote y conocida con el nombre de brújula, y, por otra, a la invención de la corredera de barquilla para medir la velocidad e, indirectamente, el recorrido. Al mismo tiempo, el desarrollo de la cosmografía permitió el aprovechamiento de nuevos instrumentos; se divulgó el uso del astrolabio —ya en el siglo XIV, entre los portugueses— con el que se determinaba la latitud, y se perfeccionaron las cartas náuticas con observaciones cada vez más precisas.

De este modo, la navegación de alta mar se desarrolló en el siglo XV sobre bases científicas cada vez más firmes: así pudo parecer que ninguna aventura estaba vedada al hombre que quisiera arrostrar los peligros del mar, y las rutas marítimas se multiplicaron proporcionando nuevas y promisorias posibilidades al desarrollo político y económico de los estados europeos.

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EL PAPEL, LA IMPRENTA Y EL LIBRO ECONÓMICO. GUTENBERG

Con sus universidades, sus profundas preocupaciones por el saber teológico y sus nacientes dudas sobre los problemas del universo y de la vida, los últimos tiempos de la Edad Media estimularon un vivísimo desarrollo de la actividad espiritual. Poco a poco creció una curiosidad insaciable por las más variadas cuestiones, curiosidad que no se satisfacía con la simple enseñanza de la verdad revelada y que conducía a buscar en otras fuentes respuestas para las mil preguntas que apuntaban en los espíritus más avizores. El siglo XV representa el instante de culminación de esta inquietud y, en consecuencia, la demanda de libros fue, por entonces, extraordinaria.

Pero los viejos manuscritos y las copias nuevas eran sumamente caros y comenzó a pensarse en la necesidad de abaratar el costo de su producción: era necesario que, de una vez, se obtuvieran varios ejemplares de una misma obra. El principio existía desde muy antiguo: los sellos que se usaban ya en la época de los súmeros y que continuaban utilizándose para legalizar documentos dieron quizá la idea de grabar unas planchas de madera que, entintadas, permitían reproducir el texto varias veces; ese procedimiento pareció práctico por entonces, porque comenzó simultáneamente a divulgarse el uso del papel fabricado con una pasta vegetal, que resultaba mucho más económico que el pergamino. Con ese estímulo, se procuró perfeccionar el sistema; el trabajo que se invertía en grabar en planchas un extenso libro no se aprovechaba sino para esa obra y entonces se pensó en grabar caracteres sueltos, que, combinados, formaban un texto y podían utilizarse, una vez hecha la impresión de aquél, para componer otro. Además, la madera se inutilizaba muy pronto con el entintado» y a poco la impresión resultaba defectuosa.

Fue Juan Gutenberg quien resolvió el problema dando una solución definitiva. Hacia 1440 construyó en Maguncia sus primeros juegos de moldes metálicos, con los que podía obtener indefinida cantidad de tipos de cada letra, los cuales, combinados, permitían la composición de un texto y su nítida impresión; y, hecha ésta, era fácil deshacerla y componer nuevos textos.

En 1456 Gutenberg imprimió su primer libro, que fue una edición de la Biblia; en poco tiempo aparecieron en Europa gran número de imprentas; ya en 1470 salió a luz el primer libro impreso en España y, del mismo modo, se generalizó en otros lugares la producción de libros a precios económicos. Éste es, precisamente, el hecho trascendental del siglo XV: el saber, restringido hasta entonces a ciertas clases sociales y a ciertos centros de cultura, se generalizó entre la burguesía naciente y fue motivo de profundas transformaciones espirituales: el Renacimiento literario, el Humanismo filosófico y teológico, la Reforma religiosa, así como muchos fenómenos secundarios de vasta trascendencia posterior, son herencia directa de esta difusión del libro económico.

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COPÉRNICO Y EL NUEVO SISTEMA DEL UNIVERSO

Si el desarrollo de la navegación de altura y la difusión del libro económico contribuyeron notablemente a transformar el panorama de la vida espiritual a partir del siglo XV, más decisiva influencia tuvieron aún en esta mutación las nuevas doctrinas sobre el sistema universal que surgieron en el siglo siguiente.

Hasta entonces seguía en vigor la concepción llamada geocéntrica, según la cual la tierra constituía el centro fijo del universo, alrededor de la cual giraban todos los astros. Esta concepción estaba apoyada en la Biblia y en las afirmaciones de Aristóteles, y había sido expuesta por Claudio Ptolomeo, el sabio cosmógrafo alejandrino del siglo II d. C. Pero a principios del siglo XVI, Nicolás Copérnico enunció, en su obra Las revoluciones del universo celeste, la doctrina heliocéntrica, poniendo en discusión un tema apasionante que conmovió a todos los espíritus: no debe olvidarse que su aparición corresponde a la época de la Reforma religiosa y por ello la controversia suponía la dilucidación de problemas dogmáticos fundamentales.

La doctrina de Copérnico no era absolutamente nueva. Aristarco de Samos y otros sabios de la escuela de Alejandría la habían sostenido, pero no encontró aceptación, debido, principalmente, a la autoridad de las afirmaciones de Aristóteles. Copérnico expresó de manera ordenada y sistemática la idea de que era el sol —y no la tierra— el centro de todo el universo y que los astros giraban en torno de él; afirmaba también la existencia de un movimiento de rotación realizado por todos los astros, movimiento que producía el día y la noche.

La doctrina de Copérnico fue el punto de partida de importantes investigaciones astronómicas. Tico Brahe (1546- 1601), Juan Kepler (1571-1631) y Galileo Galilei (1564- 1642) perfeccionaron la doctrina copernicana y le dieron una inconmovible precisión científica. Así, a partir del siglo XVI, no sólo se extendía el panorama geográfico del hombre y se acrecentaban sus conocimientos, sino que también se transformaba su tradicional concepción del universo: las investigaciones astronómicas y geográficas poseían ahora un firme punto de partida y un renovado interés.

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CAPÍTULO II. LOS DESCUBRIMIENTOS GEOGRÁFICOS

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Los descubrimientos geográficos. — Las primeras exploraciones de los portugueses. — Vasco de Gama y la ruta marítima de las Indias. — Albuquerque y el Imperio portugués. — Los cosmógrafos. Martín Behaim. — La España de los Beyes Católicos y la génesis del descubrimiento de América. — Cristóbal Colón: su personalidad y sus viajes. — Las consecuencias del descubrimiento en el orden científico, político y económico. — Las bulas del papa Alejandro VI y el tratado de Tordesillas. — Los viajes portugueses. — Viajes de Alvarez Cabral, Coelho y los hermanos Corte Real. — Américo Vespucio y sus cartas. — Martín Wáltzmüller y el nombre de América. — Los viajesingleses. — Juan Gaboto.

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Durante la Baja Edad Media, las grandes potencias marítimas eran las ciudades mediterráneas que, como Venecia y Génova, explotaban las rutas comerciales del Oriente. Pero ya en el siglo XV la actividad de estas ciudades comenzó a declinar; los turcos otomanos avanzaban y, al apoderarse de la zona oriental del mar Mediterráneo, dificultaban el tráfico de sus naves; por eso comenzaron a pensar en establecer nuevas rutas, siguiendo la estela de Teodosio Doria y los hermanos Vivaldi que, en 1291, trataron de explorar la costa africana del Atlántico.

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LOS DESCUBRIMIENTOS GEOGRÁFICOS

Pero para estas empresas estaban en mejores condiciones los portugueses y los españoles. Estos últimos permanecían, sin embargo, preocupados por la lucha contra los musulmanes de Granada y no podían prestar atención a otras empresas; los portugueses, en cambio, cuyo territorio estaba ya libre de infieles, no sólo podían pensar en ellas sino que se sentían atraídos a su ejecución por la pequeñez de su territorio y las ventajas económicas y políticas que esperaban obtener de su expansión.

En efecto, la costa africana ofrecía la posibilidad de capturar grandes cantidades de negros que podían vender luego como esclavos y, además, ocultaba riquezas que era muy fácil distribuir con provecho en el mundo civilizado. Por otra parte, pensaban los portugueses tomar por la retaguardia a los musulmanes y contribuir de este modo a la extinción de los infieles, cuyo peligro crecía por entonces con la aparición de los otomanos. Por todo ello, Portugal inició una política ultramarina destinada a lograr extraordinarios resultados.

Fue el príncipe don Enrique quien organizó metódicamente ese nuevo género de actividades. El mismo año en que los portugueses se apoderaron de Ceuta —1415—, don Enrique fundó en el puerto de Sagres, en el extremo meridional de su patria, una escuela de náutica que se transformó muy pronto en un importante centro de investigación y centralización de informes y noticias. Cartas geográficas, instrumental para la determinación del rumbo en alta mar, todo fue objeto de estudio y perfeccionamiento, y poco después debían partir de allí expediciones de gran aliento para lograr el dominio de la costa africana.

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LAS PRIMERAS EXPLORACIONES DE LOS PORTUGUESES

Dos marinos portugueses llegaron en 1418 a Puerto Santo, en el archipiélago de las Madera; a partir de entonces las expediciones se sucedieron; al año siguiente, los dos viajeros, en unión de Bartolomé Perestrello, llegaron de nuevo al archipiélago y encontraron la mayor de las islas, que constituyó la primera avanzada portuguesa en el océano, pues las Canarias estaban desde poco antes en poder de la corona castellana.

En 1432 los portugueses tomaron posesión de las Azores y poco después, en 1434, lograron doblar el cabo Bojador por obra de Gil de Eannes, etapa importante en el conocimiento del océano Atlántico porque, según una vieja tradición, más allá de esa punta el mar parecía sembrado de dificultades insuperables.

Las exploraciones continuaron. En 1441 llegó Nuño Tristán al cabo Blanco y cuatro años más tarde exploraron los portugueses el cabo Verde, desde donde pudieron llegar, en 1456, al archipiélago del mismo nombre. La muerte del príncipe don Enrique (1460) interrumpió las exploraciones, pero se reiniciaron con éxito algún tiempo después, llegando Juan de Santarem y Pedro de Escalona a la región ecuatorial en 1472. Un progreso decisivo alcanzó la navegación portuguesa, cuando, en 1488, Bartolomé Díaz alcanzó el extremo meridional del África, que su descubridor llamó cabo Tormentoso y el rey don Juan, cabo de Buena Esperanza. A partir de entonces, quedaba abierta la ruta del Oriente por fuera de la zona musulmana, y su dominio debía ser la gran hazaña de Vasco de Gama.

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VASCO DE GAMA Y LA RUTA MARÍTIMA DE LAS INDIAS

En 1497, cuando ya parecía que se había alcanzado el camino de las Indias por el occidente, gracias a los viajes de Cristóbal Colón, el rey don Manuel de Portugal resolvió tentar la búsqueda de las mismas tierras por el oriente, dando la vuelta al cabo de Buena Esparanza. Vasco de Grama, un audaz y experimentado navegant , se hizo cargo de la expedición y en julio de aquel año zarpó hacia la costa africana. Después de varios meses de navegación llegó al extremo meridional del continente y consiguió doblarlo, arribando a Mozambique. De allí siguió hacia el norte y tocó en Melinda, desde donde se lanzó hacia el este, esperando llegar a la India mediante el auxilio de un piloto experto de aquel último puerto.

La navegación fue larga y peligrosa, pero al fin avistaron tierra:

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Libre ya de borrasca y mares fieros,

y el temor de su pecho desterrando,

dijo el piloto con contento extraño:

“allí está Calicut, si no me engaño.

El país que buscáis, ése es” —les dijo—:

“la India es esa tierra que aparece;

vuestro viaje tan largo y tan prolijo

en esas costas que ahí miráis fenece.”

No pudo contener su regocijo

Gama, al ver como Dios lo favorece;

póstrase en tierra, y con piadoso celo

comienza a bendecir el alto Cielo.

(LUIS DE CAMOENS, LOS Lusíadas, Canto VI)

(…)

En Calicut trabaron relación con los señores de la región, pero muy pronto debieron regresar a Lisboa. Los resultados del viaje de Vasco de Gama fueron decisivos. La imaginación aventurera de los portugueses despertó ante el encanto de las descripciones de aquellas tierras misteriosas, y un poeta extraordinario, Luis de Camoens, debía inmortalizar en su poema Los Lusíadas el viaje que inauguraba una era de grandeza para el pequeño reino lusitano.

Poco después, se continuaban las exploraciones. Pedro Alvarez Cabral volvió en 1500 a Calicut —tras una arribada a la costa brasileña— y fundó los primeros establecimientos portugueses en aquella región, de la que obtuvo considerables riquezas; pero las relaciones entre portugueses e indios fueron entorpecidas por las intrigas de los musulmanes, a quienes la nueva ruta abierta perjudicaba notablemente, y entonces Vasco de Gama recibió el encargo de lograr por la fuerza lo que antes pareció posible por la conveniencia recíproca.

En 1502 bombardeó Calicut y destruyó una numerosa flota mercante musulmana, operaciones que fueron continuadas más tarde por Francisco de Almeida, designado como primer virrey de las Indias.

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ALBUQUERQUE Y EL IMPERIO PORTUGUÉS

En 1509, el gobierno portugués envió a sus nuevos dominios a Alfonso de Albuquerque con la misión de extender las posesiones y apoderarse de los centros del comercio de las especias. La acción del nuevo gobernador fue muy eficaz, porque mientras ocupaba Malaca, las islas de Java, Moscada y Molucas, y conseguía que sus naves llegaran a Cantón, lograba, por otra parte, neutralizar la competencia musulmana tomando posesión de las bocas del mar Rojo y del golfo Pérsico.

De ese modo se constituyó, en los veinte años que siguieron al primer viaje de Vasco de Gama, un gran imperio colonial, que comprendía las posesiones orientales y el Brasil. Pero Portugal experimentaba serias dificultades para defenderlo y explotarlo por sus escasos recursos en hombres y en dinero. Así, su posesión fue efímera y poco después debía pasar a otras manos.

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LOS COSMÓGRAFOS. MARTIN BEHAIM

LOS viajes de los portugueses —como los de los españoles luego— influyeron notablemente en el perfeccionamiento de la cartografía. Hasta entonces los mapas en uso correspondían a la incompleta visión que se tenía de la tierra; se mantenía, en general, la imagen que había trazado Ptolomeo, aunque se procuró perfeccionarla incluyendo los resultados de nuevos conocimientos y de arriesgadas conjeturas; así surgieron la carta catalana de 1375, la de Toscanelli, hacia 1474, y el mapamundi de Behaim en 1492.

Lo singular de estos mapas era que la distancia que se calculaba entre la costa europea y la asiática era considerablemente menor que la real, figurando entre ellas algunas islas —la de San Brandán, la de Las Siete Ciudades y otras— cuya existencia se sospechaba. Martín Behaim, que había participado en alguna expedición oceánica mientras estuvo en Portugal, construyó en 1492, al regresar a su ciudad de Nuremberg, un globo terrestre en el que se colocaban las citadas islas, entre las cuales figuraba la Antilla, a los 50 grados de longitud occidental, y la de San Brandán a los 60.

El mapamundi de Behaim significó un progreso considerable en el campo de la cartografía porque adaptó los contornos a la forma esférica de la tierra. El mismo año en que apareció, Cristóbal Colón iniciaba su viaje hacia el occidente, en busca de las Indias y, eventualmente, de las islas intermediarias.

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LA ESPADA DE LOS REYES CATÓLICOS Y la GÉNESIS DEL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA

El plan de explorar la ruta que, por el occidente, podría conducir a las Indias, debía tentar a los Reyes Católicos porque su política de engrandecimiento del reino necesitaba esta oportunidad suprema.

Tras el nefasto reinado de Enrique IV, la corona de Castilla había llegado a manos de Isabel, mujer de férrea voluntad que, por su casamiento con Fernando de Aragón, se encontró en condiciones de imponer un régimen de autoridad y justicia en su patria. En efecto, la época de los Reyes Católicos presenta un fuerte contraste con la que le precedió; al predominio de los mezquinos intereses cortesanos sucede una sostenida preocupación por los más altos problemas políticos y morales, un firme propósito de conducir a los reinos de Aragón y Castilla hacia una posición de autoridad en Europa y una resuelta decisión de acrecentar el poder real.

Para lograr su propósito, los Reyes Católicos debían procurar distraer a los señores feudales de sus preocupaciones particulares y aunarlos en grandes empresas de interés colectivo. Así nació la idea de emprender una lucha definitiva contra los infieles que aún permanecían en el reino de Granada, empresa en la que olvidaron sus rivalidades y consumieron sus energías todos los señores de los dos reinos.

Entretanto, los dos monarcas convenían una serie de disposiciones dirigidas a lograr el acrecentamiento de su autoridad, mediante la creación de una policía autorizada para actuar en los señoríos —la Santa Hermandad— y de tribunales eclesiásticos para asegurar la unidad religiosa —la Inquisición—. Los resultados no se hicieron esperar; estas medidas, agregadas a la vigilancia de las órdenes caballerescas y al estímulo de los nobles dignos de elogio, concentraron en las manos de los reyes una autoridad muy superior a la que gozaron sus antecesores y pusieron al reino en una situación de florecimiento interior no comparable a la de los tiempos pasados.

Pero si estos problemas interiores eran comunes a los dos monarcas, había otros que eran particulares de cada uno de los reinos. En efecto, Aragón era, por sobre todo, un estado marítimo al que inquietaba profundamente la crisis que, en el comercio mediterráneo, provocaba la aparición de los turcos otomanos. Su interés era defender sus posiciones en las costas e islas de ese mar, en tanto que Castilla, estado interior, no participaba de esas preocupaciones; sin embargo, la proximidad de Portugal y el espectáculo de las posibilidades que su pequeño vecino comenzaba a explotar, estimularon en los castellanos el interés por las nuevas rutas del Atlántico. Por eso pareció favorable la ocasión a un marino genovés, Cristóbal Colón, para proponer a los reyes un proyecto destinado a proporcionarles el dominio de esas posibles rutas de expansión colonial.

En efecto, en 1485 se presentó a la corte castellana Colón para solicitar el apoyo de la corona para sus proyectos. Poco antes habían sido rechazados en Lisboa porque nada perecía respaldarlos suficientemente, pero el navegante genovés supo interesar a algunas personalidades de la corte, a las que la reina ordenó que enviaran a Colón a Córdoba para oírlo.

Sus planes fueron escuchados y sometidos luego a una junta de cosmógrafos presidida por fray Hernando de Talavera; según parece, consistían aquellos planes en la búsqueda de algunas islas de cuya existencia tenía él noticia particular pero que no parecía suficientemente probada. Así, su proyecto fue rechazado, tras largas deliberaciones, en 1490. Entretanto, su hermano Bartolomé había hecho análogas proposiciones en Inglaterra con idéntico resultado, y Cristóbal Colón resolvió salir de España, dirigiéndose entonces al convento de La Rábida cerca del puerto de Palos, donde estaba recogido su hijo Diego.

En el puerto de Palos su proyecto obtuvo la aprobación de un experto navegante, Martín Alonso Pinzón, y el apoyo de fray Juan Pérez, antiguo confesor de Isabel. Este último, arguyendo la favorable opinión de marinos y hombres de ciencia, escribió a la reina solicitando que de nuevo fuera escuchado, y logró su propósito, porque poco después Colón fue llamado a la corte.

El navegante visitó a los reyes en la ciudad de Santa Fe, frente a Granada, ya a punto de caer en manos cristianas. Sus proyectos se sometieron nuevamente a la opinión de los entendidos y el principal obstáculo fueron esta vez las exigencias de Colón, que deseaba título de almirante y virrey de las tierras que descubriera, amplias facultades y crecida participación en los beneficios. En consecuencia, de nuevo fueron rechazados sus proyectos; pero, al producirse la caída de Granada, se resolvió aceptar el plan y así se le comunicó a Colón cuando ya abandonaba Santa Fe.

Inmediatamente se comenzaron a discutir las condiciones y pronto se llegó a un acuerdo firmándose el documento —conocido con el nombre de Capitulaciones de Santa Fe— el 17 de abril de 1492. Por él se establecía que Cristóbal Colón sería almirante, gobernador y virrey de las tierras que se descubrieran, que le correspondería la décima parte de lo que se obtuviera en oro, plata y otras riquezas, y que sería juez de los pleitos a que diera lugar la nueva posesión de la corona. Un conjunto de reales cédulas completaban las disposiciones para el viaje, ordenando que se le proveyese de elementos y tripulación.

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CRISTÓBAL COLÓN: SU PERSONALIDAD Y SUS VIAJES

Colón había nacido en Genova en 1451 y, por su origen, no recibió sino muy escasa instrucción; pero sus aficiones náuticas le hicieron alternar el oficio paterno de tejedor con algunos viajes en los cuales realizó un aprendizaje del arte de la navegación que luego completó con abundantes lecturas; así, son conocidas las obras de cosmografía y de viajes que leyó y anotó, con las que obtuvo una preparación náutica bastante sólida. Es claro que Colón no fue un hombre de ciencia; pero compartió las teorías más avanzadas y puso a su servicio calidades excepcionales de voluntad y de tesón que le permitieron triunfar en la empresa, pese a las dificultades que se presentaban a su paso.

Cuando sus planes fueron aceptados por la corona castellana, se preparó para emprender un viaje en seguida; pero los inconvenientes eran muchos. Por las reales cédulas complementarias se arbitraron los recursos necesarios para la expedición, obteniéndose tres carabelas —la Santa María, la Niña y la Pinta—, las tripulaciones necesarias, de la que formaban parte algunos condenados a penas leves, y los equipos, que proporcionó el puerto de Palos. Además, algunos comerciantes genoveses y Martín Alonso Pinzón contribuyeron, con dinero y el último con sus consejos técnicos. Finalizados los preparativos, la expedición —con un total de 120 hombres— se dio a la vela desde Palos, el 3 de agosto de 1492.

El viaje tuvo algunos entorpecimientos y se prolongó más de lo pensado; pero luego de algún tiempo comenzaron a notarse signos de que estaban próximos a tierra, y el almirante desvió el rumbo para seguir el de las bandadas de pájaros que volaban hacia el sudoeste. El 11 de octubre, Colón escribió en su diario de viaje, según lo dice el padre Las Casas:

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Vieron los de la carabela Pinta una caña y un palo, y tomaron otro palillo labrado a lo que parecía un hierro, y un pedazo de caña y otra yerba que nace en tierra, y una tablilla. Los de la carabela Niña también vieron otras señales de tierra y un palillo cargado de descaramojos. Con estas señales respiraron y alegráronse todos. Anduvieron en este día, hasta puesto el sol, veintisiete leguas.

Después de puesto el sol, navegó a su primer camino, al oeste: andaría doce millas cada hora, y hasta después de media noche andaría noventa millas. Y porque la carabela Pinta era más velera e iba delante del almirante, halló tierra e hizo las señas que el almirante había mandado. Esta tierra vio primero un marinero que se decía Rodrigo de Triana; puesto que el almirante, a las diez de la noche, estando en el castillo de popa, vio lumbre, aunque fue una cosa tan cerrada que no quiso afirmar que fuese tierra; pero llamó a Pedro Gutiérrez y díjole que parecía lumbre y que mirase él; y así lo hizo y viola. Díjole también a Rodrigo Sánchez de Segovia, que no vio nada porque no estaba en lugar donde la pudiese ver; pero el almirante tuvo por cierto estar junto a la tierra. A las dos horas después de media noche apareció la tierra, de la cual estarían a dos leguas.

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La isla —que no ha podido ser determinada— era conocida por los indios con el nombre de Guanahani y Colón la llamó San Salvador, perteneciendo al archipiélago de las Lucayas o al de las Bahamas. Colón tomó posesión de ella con las ceremonias de rigor y la hizo explorar, sorprendiéndole la flora exótica, así como la ausencia de las riquezas esperadas. Luego encontró nuevas islas deteniéndose algún tiempo en la actual Cuba, que llamó Juana.

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Entretanto, yo había ya comprendido por medio de algunos indios que aquel país era una isla; y así proseguí hacia oriente, marchando siempre junto a la costa, hasta la distancia 322 millas, donde se hallaba el extremo de la isla. Desde este punto vi otra isla hacia oriente, distante 54 millas de la Juana, y desde luego la llamé Española (Haití). Todas las islas son hermosísimas y de distintas formas, cruzadas por numerosos caminos y llenas de gran variedad de árboles que se elevan hasta el cielo y de los cuales creo que no están nunca sin hojas.

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Colón decidió emprender entonces el regreso. Con los materiales de la Santa María, que había encallado, fundó en la Española un fuerte que llamó Navidad; y, dejando en él a Diego de Arana con cuarenta hombres, inició el retorno con las otras dos naves. El 15 de marzo de 1493 entró en el puerto de Palos a bordo de la Niña, llegando más tarde la Pinta, a la que una tempestad había alejado poco antes.

El navegante fue recibido por los reyes en Barcelona y sus descripciones causaron general regocijo; se ordenó preparar una nueva expedición, pero la partida se fue postergando por las reclamaciones interpuestas por Portugal, y sólo pudo realizarse el 25 de septiembre de 1493, llevando el almirante 17 naves y 1200 hombres, provistos de elementos para iniciar la colonización.

Durante el segundo viaje, Colón exploró las Antillas menores hasta Puerto Rico; luego se dirigió a la Española y, encontrando destruido el fuerte de Navidad, fundó cerca de allí una nueva población que llamó Isabela; finalmente reconoció la costa meridional de Cuba y Jamaica; entonces volvió a la Isabela y, como se había creado una situación de violencia con los indios, designó a su hermano Bartolomé jefe del fuerte. Poco después llegaba allí un enviado del rey llamado Juan de Aguado, que debía investigar ciertas denuncias hechas en España por algunos miembros de la expedición que, descontentos, retornaron a su patria; Colón decidió volver para justificarse ante la corona y emprendió el regreso: las primeras dificultades comenzaban a aparecer y las dotes de gobierno del almirante empezaban a ponerse en duda.

Aquellos informes y la evidente ausencia de oro en las islas descubiertas dificultaron la organización de una nueva expedición. Pero Colón no cejaba en sus proyectos y defendía sus prerrogativas con altanera decisión. Al fin, el 30 de mayo de 1498 pudo salir de Sanlúcar con 6 naves y puso proa más al sur que en los viajes anteriores; gracias a ello alcanzó la costa venezolana y exploró la desembocadura del río Orinoco, tocando en la isla Trinidad. Poco después regresaba a la Española; durante su ausencia se habían producido revueltas y Bartolomé Colón había trasladado el emplazamiento de la Isabela a la costa meridional de la isla, fundando allí la ciudad de Santo Domingo, en 1496; pero mientras el almirante procuraba reorganizar la colonia, arribó Francisco de Bobadilla para aclarar nuevas denuncias llegadas a España y, tras una breve y parcial investigación, dispuso la prisión de Cristóbal Colón, de su hermano Bartolomé y su hijo Diego, y el envío de todos a España para que fueran juzgados.

En noviembre del año 1500 llegaba a España el almirante; allí pudo justificarse y los reyes dispusieron su inmediata libertad y la destitución de Bobadilla, a quien sustituyeron por Nicolás de Ovando, que, en 1502, se hacía cargo del gobierno de la colonia. Entretanto, Colón, presa de una verdadera obsesión, procuró fundar sus derechos mediante una obra que tituló Libro de las profecías, cuyo contenido insinuaba que las regiones descubiertas por él —y en especial la zona del Orinoco— formaban parte del Paraíso Terrenal y que sólo al elegido de Dios le había sido dado hallarlas; siguiendo la misma orientación religiosa que allí revelaba, proponía realizar un nuevo viaje cuyo producto se dedicaría a lograr la conquista del Santo Sepulcro. Entonces accedieron los reyes, prohibiéndole, sin embargo, poner pie en la Española y asumir el gobierno de las tierras descubiertas.

Colón partió con cuatro naves en mayo de 1502, llevando consigo a su hijo Fernando. Trató en vano de recalar en la Española y siguió hacia las islas de Jamaica y Cuba, poniendo al fin rumbo al oeste hacia tierra firme, y arribó al istmo de Panamá o de Veragua. Entretanto llegaban a sus oídos las noticias más seductoras que se habían escuchado en el transcurso de todos los viajes.

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Luego que surgimos en este canal, fueron las barcas a una isla donde había en tierra veinte canoas y los indios en la ribera desnudos como nacieron; sólo tenían un espejo de oro al cuello y algunos tenían un águila de guanin, los cuales sin mostrar miedo, pidiéndolo los dos indios de Cariay, trocaron al instante un espejo que pesó diez ducados por tres cascabeles y dijeron haber gran abundancia de aquel oro y que se obtenía en la tierra firme muy cerca de ellos y así a siete de octubre fueron a tierra firme las barcas, donde habían hallado diez canoas llenas de indios, y porque no quisieron rescatar los espejos con los nuestros fueron presos dos de los más principales para que el almirante se informase de ellos, por medio de sendos intérpretes.

FERNANDO COLÓN, Vida del Almirante don Cristóbal Colón.)

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Estas noticias —que sin duda se referían a México— lo incitaron a recorrer con calma el istmo de Veragua, desde Honduras hasta el golfo del Darién; pero debió volver por el mal estado de sus barcos y, no pudiendo llegar a la Española, recaló en Jamaica y desde allí despachó una canoa en busca de auxilio; al fin fue rescatado por dos carabelas que lo condujeron a Santo Domingo y luego a España, donde llegó en noviembre de 1504. Poco después moría en Valladolid, el 21 de marzo de 1506, mientras procuraba el reconocimiento de los derechos que, a su juicio, le concedían las capitulaciones de Santa Fe.

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LAS CONSECUENCIAS DEL DESCUBRIMIENTO EN EL ORDEN CIENTÍFICO, POLÍTICO Y ECONÓMICO

El descubrimiento de las tierras desconocidas proporcionó a la imaginación europea un incentivo extraordinario; nuevas aventuras y posibilidades se ofrecieron entonces a los espíritus inquietos y se advirtió muy pronto una tendencia a escapar de los estrechos horizontes del Viejo Mundo para tentar fortuna en el Nuevo. Pero fuera de estas proyecciones psicológicas, el descubrimiento de América influyó notablemente en los campos de la ciencia, la economía y la política.

Desde el punto de vista científico, se completaron los estudios cosmográficos y se obtuvieron numerosos datos que sirvieron para futuras investigaciones y doctrinas acerca del universo. Junto a ello, en el terreno de las ciencias naturales se produjo un extraordinario enriquecimiento de las noticias sobre la fauna y la flora que, transmitidas por los viajeros y cronistas —como Oviedo o el padre Acosta—, estimularon el desarrollo de estas disciplinas en Europa. Finalmente, los estudios jurídicos y sociológicos se enriquecieron notablemente gracias a las discusiones que plantearon las cuestiones americanas.

Desde el punto de vista político, la situación de Europa sufrió una modificación importante. A la hegemonía de Francia e Inglaterra sucede, en el siglo XVI, la hegemonía española, derivada, en parte al menos, del descubrimiento. El poderío español se constituyó en un polo opuesto al del Imperio Otomano y contribuyó a impedir su expansión. Pero acaso lo más importante es que se creó por entonces el tipo de imperio colonial, organización política de vasta trascendencia en toda la Edad Moderna que, a imitación de Portugal y España, fue alcanzada luego por otros estados.

Finalmente, desde el punto de vista económico, el descubrimiento influyó notablemente, aunque no en seguida; pero en el curso del siglo XVI se advirtió una progresiva desviación de las rutas marítimas, pues mientras se frecuentaban los puertos mediterráneos para el tráfico de los productos manufacturados, la búsqueda de materias primas prefirió la ruta atlántica; en consecuencia comenzaron a enriquecerse los puertos de esa zona y decaer los otros. El acrecentamiento de las materias primas originó la necesidad de elaborarlas y, por ello, comenzaron a cambiar las condiciones de la producción manufacturera, que se perfeccionó hasta desembocar en las formas industriales de producción. No se debe dejar de señalar el aumento en la cantidad de plata y oro circulante, lo que disminuyó su valor y encareció los demás artículos de consumo.

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LAS BULAS DEL PAPA ALEJANDRO VI Y EL TRATADO DE TORDESILLAS

El verdadero propósito de la expedición colombina constituye un enigma. Si bien es cierto que la capitulación de Santa Fe establecía que se trataba de hallar nuevas tierras, parece probable que tales designios se expresaron sólo con el objeto de evitar conflictos entre Portugal y España o, acaso, de impedir la intromisión de la primera en la empresa colombina. Por ello es que, al regreso, Colón afirmó que había llegado al Asia, propósito que, sin duda, perseguían por entonces los portugueses. Esta coincidencia de objetivos originó un inmediato conflicto diplomático al que quiso dar solución el papa Alejandro VI. Con tal fin expidió una bula —el 3 de mayo de 1493— determinando las respectivas jurisdicciones; pero como no resultaba clara se la amplió con otra, que, aunque fechada al día siguiente, ha sido redactada seguramente en junio de ese mismo año. Establecía esta última que pertenecían a la corona castellana las tierras que se descubrieran al oeste de un meridiano que se tomaba como referencia y que se calculaba midiendo cien leguas desde las islas Azores, entendiéndose que las que quedaban al este pertenecían a Portugal. Este arbitraje, no solicitado por las partes en conflicto sino espontáneamente resuelto por el papa en virtud de atribuciones que entendía poseer, fue ratificado por una nueva bula del mes de setiembre de 1493.

Pero como Portugal se sintiera perjudicado, comenzaron gestiones directas entre las dos potencias; al fin, el 7 de junio de 1494, se llegó a un acuerdo, firmándose el tratado de Tordesillas. Se fijaba también en él un meridiano divisorio, pero, con mejor conocimiento ahora de las distancias océanicas, se establecía que pasaba no a cien sino a trescientas setenta leguas de las islas de Cabo Verde.

Estas negociaciones no solucionaron los problemas de límites por la imprecisión de los términos en que se concretaron y por el desconocimiento que suponían de las tierras descubiertas y a descubrirse en los años subsiguientes. Por eso se originaron conflictos en América y en Asia entre España y Portugal, algunos de los cuales se prolongaron durante varios siglos.

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LOS VIAJES PORTUGUESES

Desde 1494 Portugal podía, pues, realizar legítimamente viajes de exploración hacia el oeste. Sin embargo, parece que fueron más frecuentes los viajes clandestinos que los oficiales; en efecto, Portugal estaba entonces preocupado por la exploración de la ruta de Africa y empleaba en ella gran parte de sus energías; esta dedicación fue aun mayor después de 1498, pues temía, con razón, que si sus descubrimientos en Occidente no eran asegurados por una toma formal de posesión, servirían más bien a su rival —España— que a ella misma. En consecuencia procuró mantener ocultos sus datos; pero, con todo, algunos viajes tuvieron carácter oficial y con ellos se dejó establecida la prioridad portuguesa en las tierras del Brasil.

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VIAJES DE ALVAREZ CABRAL, COELHO Y LOS HERMANOS CORTE REAL

Según parece, un viaje secreto había proporcionado a los portugueses, en 1498, el conocimiento de la costa brasileña. Pero las noticias de las frecuentes expediciones españolas realizadas en 1499 determinaron a la corona portuguesa a tomar posesión efectiva de aquella costa. Para ello se dieron instrucciones a Pedro Alvarez Cabral —que partía en marzo de 1500 hacia las Indias orientales— para que se dirigiera primero al oeste. Cabral llegó al Brasil y el primero de mayo tomó posesión, según el ceremonial de práctica, de la región próxima a la actual ciudad de Bahía, pocos meses después de la llegada de Vicente Yáñez Pinzón. Una nave fue despachada a Lisboa para que diera cuenta del descubrimiento —atribuido convencionalmente a un azar— y el rey de Portugal inició inmediatamente la gestión ante el de Castilla para que se reconociera que el Brasil estaba dentro de la zona portuguesa establecida por el tratado de Tordesillas, afirmación que España rechazó de plano.

En mayo de 1500, Portugal despachó una nueva expedición al mando, según parece, de Gonzalo Coelho, y de la cual formaba parte Américo Vespucio, que por entonces estaba al servicio de este reino.

Coelho tocó el cabo San Roque, luego la bahía de Todos los Santos y la de Río de Janeiro, llegando quizá hasta el cabo Santa María. Puso después proa al sudeste y tocó en una isla que se supone era la de Ascención, aun cuando algunos afirman que Coelho reconoció la costa patagónica hasta Tierra del Fuego, hipótesis nada inverosímil.

Para ampliar sus conocimientos de la zona que quedaba al oeste de la línea de Tordesillas, Portugal envió a Gaspar de Corte Real en 1501 para que recorriera las regiones del hemisferio norte. Se cree que ya en 1495 había realizado un viaje semejante y que el de 1501 no era sino una repetición de aquél; pero en éste la suerte no acompañó al navegante, que se perdió en la costa de Terranova. En 1502 su hermano Miguel procuró hallarlo y corrió la misma suerte, malográndose ambas empresas.

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AMÉRICO VESPUCIO Y SUS CARTAS

En el período que sigue al año 1502, mientras el número de las expediciones disminuía notablemente, se difundieron por toda Europa las noticias acerca de las nuevas tierras conocidas. Contribuyó a ello especialmente Américo Vespucio, quien, después de haber participado en los viajes de Ojeda y Coelho, escribió a Piero Soderini y a Lorenzo Francisco de Médicis —de quien era agente comercial en España— sendas cartas describiendo las tierras que había recorrido y enunciando la hipótesis de que constituían un nuevo continente.

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Días pasados di aviso a Vuestra Excelencia de mi retorno; y si recuerdo bien, le hablé de todas estas partes del mundo nuevo a las que había yo ido con las carabelas del Serenísimo Rey de Portugal, y si son diligentemente consideradas, parecerá verdaderamente que constituyen otro mundo. Así que no sin razón le habíamos llamado Nuevo Mundo: porque ninguno de los antiguos tuvo conocimiento alguno de él y las cosas que han sido encontradas nuevamente por nosotros sobrepasan sus opiniones.

(AMÉRICO VESPUCIO, Carta a Lorenzo Pierfrancesco de Médicis.)

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La carta a Lorenzo Francisco de Médicis fue publicada en 1504 y la que escribió a Soderini, en 1507. En ellas Vespucio trataba de destacar la importancia de sus propios viajes y aumentaba el número de los que había realizado. Pero la circunstancia verdaderamente importante fue que la narración del tercer viaje colombino sólo se divulgó en 1508, razón por la cual la hipótesis de Vespucio sobre la existencia de un continente nuevo fue, en efecto, la primera noticia que se tuvo sobre él.

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MARTIN WALTZMÜLLER Y EL NOMBRE DE AMÉRICA

Las cartas de Vespucio atrajeron la atención de los eruditos europeos; el sabio geógrafo Martín Waltzmüller, profesor del colegio de Saint Dié, en Lorena, incorporó la que había sido escrita a Soderini como apéndice a su Introducción a la cosmografía, aparecida en 1507. Pero además, cuando tuvo que nombrar las tierras que parecían constituir un nuevo continente, Waltzmüller no vaciló en llamarlas “tierras de Américo” o América, queriendo significar solamente que se refería a aquellas de las que Vespucio hablaba en sus cartas. Pero el nombre tuvo fortuna y en las numerosas obras que aparecieron por entonces se repitió por costumbre; fue inútil que el mismo Waltzmüller lo suprimiera y designara esas tierras con el nombre de “tierra incógnita” en su mapa de 1513; la designación se generalizó y quedó registrada en la nomenclatura geográfica, aunque España usara oficialmente sólo el de “Indias occidentales”.

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LOS VIAJES INGLESES. JUAN GABOTO

Mientras España y Portugal se consideraban las únicas potencias con derecho a la posesión de las tierras del occidente, Inglaterra decidió —pese a las reclamaciones diplomáticas— autorizar viajes de exploración y descubrimiento hacia ese rumbo. Enrique VII otorgó a Juan Gaboto, marino veneciano que se encontraba en Bristol, patente para navegar con pabellón inglés en la región de los descubrimientos españoles; Gaboto, con una sola nave, recorrió en 1497 la península de Labrador y la isla de Terranova. Al año siguiente volvió a zarpar —esta vez acompañado por sus hijos— para reconocer más a fondo las costas que había recorrido en su primer viaje; se supone que logró su objeto, pero la expedición se extravió y desapareció Juan Gaboto, regresando las otras naves al mando de su hijo Sebastián.

El poco éxito de estas tentativas apagó el entusiasmo de Inglaterra por las exploraciones oceánicas, que no se reanudaron sino muchos años después.

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CAPÍTULO III. LA CULTURA DEL RENACIMIENTO

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La cultura renacentista en Italia. — Los precursores. Dante, Giotto, Petrarca, Boccacio. — El Cuatrocientos. — El Quinientos. — Leonardo, Miguel Ángel y Rafael. — Maquiavelo y Guicciardini. — Ariosto y Tasso. La difusión de la cultura renacentista en Europa. — España. — Nebrija y Vives. — La literatura y las artes. — Francia. — La literatura y las artes. — Alemania y los Países Bajos. — Erasmo. — Inglaterra. — La literatura y las artes.

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La inquietud espiritual que se advierte en los hombres del siglo XV a través de sus múltiples aventuras y de su afán por transformar las condiciones de la vida mediante ingeniosas invenciones se manifestó con no menor fuerza en el campo de las letras y las artes, originando una verdadera revolución cultural. A las preocupaciones medievales sucederán otras nuevas, cuya característica predominante será un apasionado interés por el hombre y la vida terrenal; movido por ellas, surgirá, en Italia, primero, y en toda Europa occidental después, un profundo movimiento espiritual que recibe el nombre de Humanismo. El humanismo se desarrollará bajo la forma de apasionados estudios de las obras de los autores antiguos, tanto paganos como cristianos; de él nacerán, primero, un renovado impulso creador en las letras y las artes cuyo fruto se conoce con el nombre de Renacimiento, y luego, un vigoroso examen de las creencias religiosas del que debían salir las religiones reformadas. Este movimiento se insinúa en Italia desde el siglo XIV y adquiere allí su forma definitiva en el siglo XV; luego, en el XVI, esas tendencias se generalizan y se divulgan por toda Europa occidental.

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LA CULTURA RENACENTISTA EN ITALIA

Italia fue el lugar donde se produjo, antes que en parte alguna, la renovación de las preocupaciones intelectuales y de los gustos artísticos. Allí estaban en pie los monumentos antiguos y se hallaban a cada paso ruinas venerables que evocaban la pasada grandeza de Grecia y de Roma; la Edad Media, pese al vigor de sus concepciones, no había podido borrar del todo aquellas tradiciones y así como en los edificios románicos y ojivales de Italia subsistían los elementos clásicos, en el espíritu italiano quedaban en pie ideas y tendencias alimentadas por el pensamiento antiguo.

Ya en el siglo XIII fue famosa la corte del rey de las Dos Sicilias, Federico II, por las señales que se advirtieron de sus tendencias reformadoras. Acaso fue él quien dio los primeros pasos para organizar un estado moderno, anti feudal y absolutista, guiado por los ejemplos orientales y por la tradición romana; al mismo tiempo, no vaciló en estimular el estudio de los autores antiguos y aun la discusión de los dogmas cristianos, llevando, sin embargo, la centralización estatal hasta el control de los estudios universitarios, hasta entonces sólo vigilados por la Iglesia.

Ese mismo siglo, mientras Santo Tomás de Aquino llevaba a su más alto grado el pensamiento medieval, ve aparecer en Italia los primeros representantes de la gran transformación espiritual que se avecinaba: se los llama precursores del Renacimiento, palabra con que se quiere señalar el despertar de la cultura antigua, provocado por ellos.

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LOS PRECURSORES. DANTE, GIOTTO, PETRARCA, BOCCACCIO

Dante Alighieri, el poeta florentino (1265-1321), era, por su pensamiento, un hombre de la Edad Media y aun puede decirse que, con Santo Tomás de Aquino, es uno de los que mejor la representan. Sin embargo, ciertos aspectos de su obra fueron un punto de partida para posteriores transformaciones y sólo por ellos suele ser considerado como precursor del Renacimiento.

Junto a otros modelos —entre ellos alguno musulmán— Dante eligió al poeta latino Virgilio. En la composición de la Divina Comedia siguió sus huellas y aun lo incorporó como uno de sus personajes tributándole los más altos elogios y haciéndolo su guía en el viaje por el Infierno y el Purgatorio. Con ello estimuló el retorno a los autores paganos y los señaló como dignos modelos; pero además, Dante fue un renovador literario. Consagró un estilo poético que llamó el dulce estilo nuevo y utilizó para las más importantes de sus obras la lengua florentina, en una época en que sólo el latín merecía la dignidad de lengua literaria. Desde entonces fue lícito usarla para traducir en ella los más elevados pensamientos, y la literatura pudo alcanzar una difusión que antes le estaba vedada.

Algo semejante ocurrió en las artes plásticas. La pintura medieval había alcanzado altísima grandeza, pero sus temas —casi unicamente religiosos— exigían ciertas formas exclusivas en las que reflejara su intenso patetismo. Ya en el siglo XIII Cimabue y Duccio de Buoninsegna procuraron animar sus figuras con un espíritu nuevo, menos hierático y más humano; pero fue Giotto, un pintor florentino, amigo de Dante y discípulo de Cimabue, quien introdujo e impuso, en el siglo XIV, una nueva manera pictórica, caracterizada por la fidelidad al modelo humano, la ligereza y el dinamismo, todo ello sin abandonar por completo el profundo misticismo medieval.

Tanto Dante en las letras como Giotto en la pintura sirvieron de modelos a los que les siguieron desde principios del siglo XIV. Tadeo Gaddi, Francisco Neri y Andrés Orcagna continuaron las huellas de Giotto; Francisco Petrarca y Juan Boccacio, las de Dante. Petrarca (1304-1374) era un poeta de exquisita sensibilidad; también él siguió los modelos latinos y compuso, en esa lengua, un largo poema que tituló África, en el que evocaba las guerras romanas; pero, fiel al ejemplo de Dante y partícipe de sus mismas tendencias literarias, cantó las emociones de su intenso amor por Laura de Noves en una colección de admirables sonetos que escribió —como Dante— en lengua florentina; se advierten allí nuevas preocupaciones; el paisaje atrae su atención y las pasiones humanas seducen su temperamento imaginativo: todo ello constituía un campo ajeno hasta entonces a las letras y quedó incorporado, después de él, a la serie de los temas literarios.

Boccaccio (1313-1375), cuya admiración por Dante y Petrarca quedó documentada en las pequeñas biografías de los dos poetas que compuso, siguió su ejemplo en cuanto al uso de la lengua florentina, aunque, como ellos, alternó con el latín en algunas obras. Pero Boccaccio era un temperamento más realista y se sintió atraído por otros temas; quería sorprender la vida cotidiana, las costumbres y los episodios significativos del modo de ser de la gente de su tiempo, y reflejó todo ello en una serie de cuentos, alegres y despreocupados, aunque a veces excesivamente libres, que tituló El Decamerón; pero en su composición se reveló como un extraordinario narrador; su prosa era ágil y cautivante, llena de ingenio y de colorido, y por ello fue considerado como el maestro de la prosa florentina, lengua que, después de estos maestros, se tuvo por idioma literario en Italia.

Así, desde fines del siglo XIII y en la primera mitad del XIV, se advierte un espíritu renovado en la literatura y las artes; pero no fue la única señal de una transformación espiritual; tanto Petrarca como Boccaccio se preocuparon también por encontrar los textos de los autores antiguos que guardados o perdidos en las bibliotecas de monasterios y castillos, se hallaban diseminados en Italia aunque inaccesibles para su lectura. Así aparecieron obras hasta entonces no conocidas, algunas de las cuales tradujeron y estudiaron a fondo. En esta tarea fueron también precursores del Humanismo, pues esta labor debía ser la primera que afrontaran, quienes quisieran lograr una imagen nítida de la cultura antigua, olvidada —aunque sólo en parte— por la Edad Media.

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EL CUATROCIENTOS

A partir de entonces, las nuevas tendencias comenzaron a admitirse por toda Italia; en el siglo XV —período conocido también con el nombre de Cuatrocientos— la cultura se vuelca con ojos admirados hacia la Antigüedad y se pretende restaurarla, se habla de un renacimiento de la cultura antigua, pero, si bien es cierto que ese será su lema, la cultura del siglo XV posee un impulso creador que le es propio; así, el Cuatrocientos constituye una etapa definida de la historia de la cultura occidental y podría decirse que es el momento de elaboración de la cultura renacentista, de la que se obtendrían frutos maduros al terminar ese período y comenzar el siguiente.

El centro de la actividad espiritual es, por entonces, la Toscana, y, más especialmente, Florencia. Allí abunda el dinero con que pagar la construcción de obras arquitectónicas y la decoración de las iglesias y palacios; la familia de los Médicis —banqueros poderosos— invierte sumas considerables en estas obras y se muestra generosa para retribuir a los arquitectos, a los pintores y escultores que trabajan en ellas, así como también para acordar pensiones a los escritores que quieren poseer el ocio necesario para dedicar sus horas a la creación literaria; se llamará mecenas a los Médicis, comparándolos con el amigo de Augusto que protegiera a Virgilio y a Horacio, y su ejemplo sería seguido por otros señores laicos y eclesiásticos; así pues, quienes poseían condiciones creadoras, encontraban la ocasión para usarlas y dar realidad a sus ideas.

Junto a la de Florencia, otras cortes se esforzaron por igualar el brillo de aquella, llamando a su seno a poetas y artistas. Los señores se enorgullecían de sus protegidos y en el ambiente alegre de los suntuosos palacios se percibía la viva emoción de la actividad del espíritu, cuando se conversaba sobre los temas más puros y se contemplaban las más altas creaciones del pincel o el buril. Como los Médicis en Florencia, los Visconti y los Sforza en Milán, los Malatesta en Rímini, los Este en Ferrara, los Gonzaga en Mantua, estimulaban entre los miembros de las clases altas un tipo de vida culto y el cortesano fue por entonces no sólo el caballero valiente sino también el hombre espiritual y delicado. He aquí cómo describe Baltasar de Castiglione la corte de Urbino a fines del siglo XV:

Estaban repartidas entonces todas las horas del día en honestos y agradables ejercicios, tanto del cuerpo como del espíritu; pero como el señor Duque, por su constante enfermedad, se retiraba con frecuencia a dormir después de la cena, todos se reunían a aquella hora, generalmente, donde estaba la duquesa Isabel Gonzaga; también se encontraba allí siempre la señora Emilia Pía, la cual, por estar dotada —como sabéis— de tan vivo ingenio y juicio, parecía la maestra de todos. Allí se oían entonces los sutiles razonamientos y las bromas honestas, y en la cara de todos se pintaba tal festiva risa que se podía llamar a aquella casa el albergue de la alegría.

Entre las agradables fiestas y músicas que continuamente había, se proponían a veces cuestiones sutiles, y, a veces, se hacían juegos ingeniosos; otras se suscitaban disputas sobre diversas materias, de lo que se obtenía gran placer por estar llena la casa de nobilísimos ingenios, entre los cuales eran celebérrimos Juliano de Médicis, Pedro Bembo, César Gonzaga e infinidad de otros caballeros, de modo que concurrían allí siempre poetas, músicos y toda suerte de hombres agradables, y los mejores que en cada habilidad se encontraban en Italia.

(Baltasar de Castiglione, El cortesano)

(…)

De las cortes surgieron las academias o corporaciones de sabios para la discusión y el estudio de los más altos temas; en Florencia se constituyó la Academia platónica —cuyas figuras prominentes fueron Marsilio Ficino y Pico de la Mirándola—; en Nápoles la Academia pontaniana y en Roma la platina; y cerca de ellas, comenzaron a aparecer las ricas bibliotecas donde se agrupaban los códices o manuscritos de autores antiguos, entre los cuales fueron famosas la de Venecia, en la que se reunieron los seiscientos manuscritos griegos coleccionados por el cardenal Besarión, y la del Vaticano, que se enriqueció considerablemente en el siglo siguiente.

La preocupación por la belleza plástica dio también sus frutos renovados en el cuatrocientos; en Florencia, en Urbino o en Rímini llamaron a los artistas más ilustres para construir templos o palacios que se ajustaran a los nuevos gustos e ideales. Brunelleschi comenzó a prescindir de los modelos ojivales y construyó la iglesia de San Lorenzo de Florencia atendiendo a los ejemplos romanos: dentro de esta misma concepción está la modificación que introdujo en la catedral florentina, de factura medieval, en la que construyó una hermosa cúpula. Desde entonces, la arquitectura renacentista adquirió una fisonomía peculiar, a la que contribuyeron otros artistas, como Juan Bautista Alberti, autor de una iglesia de Rímini conocida con el nombre de Templo malatestino, y Benito de Majano, que construyó en Florencia el magnífico palacio de los Strozzi.

Para decorar los templos y palacios, pintores y escultores acudieron con su inquietud y con su genio para seguir las huellas de Cimabue y Giotto en una vía de renovación de las formas y los colores. Entre los escultores fueron famosos Jacobo della Quercia, Ghiberti, que modeló los relieves de dos puertas en el bautisterio de la catedral de Florencia, Della Robbia, quien imprimió espiritualidad y gracia a sus terracotas azules y blancas; pero las dos grandes figuras en la escultura del cuatrocientos fueron Donatello, el autor del San Jorge y de la estatua ecuestre del condotiero Gattamelata, y Verrocchio, a quien se debe una estatua, ecuestre también, de un capitán veneciano llamado Colleoni.

No menos ilustres fueron los pintores. En Florencia admiraron con sus frescos y sus telas Masaccio —en la iglesia del Carmine—, fray Angélico, el pintor de los ángeles ingenuos y místicos, Filipo Lippi, Ghirlandaio, Piero della Francesca, Melozzo da Forli, y Sandro Botticelli; Perugino se destacó entre los de la Umbría, y Mantegna en Padua, mientras en Venecia, iniciaron una escuela de viva fantasía y animado color los Bellini, Carpaccio y Giorgione.

De ese modo, la intensa actividad espiritual de Italia en el siglo XV dio sus frutos en todos los campos; en todos ellos las formas medievales fueron reemplazadas por otras, inspiradas en ejemplos griegos o romanos, pero nutridas por una inspiración original. Así maduraba la cultura renacentista que, a fin de este siglo, debía alcanzar su forma más acabada.

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EL QUINIENTOS

Los últimos años del siglo XV fueron de grave crisis para la Toscana, y para toda Italia. Los ejércitos franceses invadieron el territorio por el norte, alteraron el régimen político y crearon un ambiente de zozobra, en tanto que los ejércitos españoles hacían lo propio por el sur. Toda Italia fue conmovida por esas circunstancias; pero Roma, bajo la autoridad del papa, y Venecia, un poco al margen de las rutas de la invasión, pudieron mantenerse como islas propicias a la actividad espiritual. En efecto, el siglo XVI —período llamado también el Quinientos— ve pasar la hegemonía cultural desde Florencia hacia Roma y Venecia. Las cortes del papa y de los dogos serán ahora los centros donde se congreguen en mayor número pintores y escultores, escritores y poetas, sin perjuicio de que otras cortes menores mantengan por algún tiempo su pasado esplendor.

Roma fue, sobre todo, la espléndida capital del arte. Allí los papas poderosos y cultos emprendían ahora innumerables obras para las cuales llamaban a las más grandes figuras. Julio II, papa desde 1503 hasta 1513, y León X, que lo fue entre 1513 y 1521, pusieron al servicio de sus iniciativas a los artistas mejor dotados y en Roma se vivió por algún tiempo un ambiente de estimación y de ayuda a los espíritus creadores; en estrecho contacto, vivían activamente los problemas del arte y de la vida y puede decirse que constituían una clase privilegiada. Benvenuto Cellini da una idea muy viva de este ambiente:

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La mañana de la fiesta de nuestro patrono San Juan, asistía yo a una comida, en unión de algunos de mis compatriotas, entre los cuales nos encontrábamos pintores, escultores y orfebres. Hallábanse entre dichos artistas Rosso y Gianfrancesco, discípulo de Rafael de Urbino. Como entre ninguno de los que formábamos la reunión existía antagonismo alguno, las horas transcurrían fácilmente entre risas y alborozo general.

Yo tenía la costumbre de ir, los días de fiesta, a visitar los monumentos antiguos, ya para dibujarlos, ya para modelarlos en cera. Como una multitud de palomas había hecho sus nidos en esos edificios, pues todos se hallaban en ruinas, me vino a las mientes la idea de cazar algunas con mi escopeta. Con motivo de tales excursiones hice conocimiento con ciertos buscadores de antigüedades, que solían espiar a los campesinos lombardos que en determinada época del año venían a Roma para trabajar en las viñas. No dejaban los campesinos de encontrar medallas, ágatas, bustos, cornalinas, camafeos y, a veces, piedras preciosas. Cedían esos objetos por una cantidad insignificante a aquellos buscadores, a quienes a menudo daba yo mis escudos de oro. Con tal motivo organicé un comercio que me rindió un beneficio de más de mil por ciento, con la ventaja de que me facilitaba la amistad con los cardenales romanos.

(BENVENUTO CELLINI, Memorias)

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LEONARDO, MIGUEL ÁNGEL Y RAFAEL

En las postrimerías del siglo XV hacen su aparición las tres más grandes figuras de las artes plásticas italianas del Renacimiento: Leonardo da Vinci, Miguel Ángel Buonarotti y Rafael Sanzio. Junto a su grandeza y a las variadas posibilidades de su ingenio, quedaron obscurecidos otros magníficos escultores y pintores, y sus obras alcanzaron gloria universal e imperecedera.

Leonardo (1452-1519) fue discípulo de Verrocchio y bajo su influencia pintó en su juventud dos hermosas telas: el San Jerónimo y la Adoración de los Magos. Después abandonó Florencia —donde se había formado— y se estableció en Milán; allí, bajo la protección de Ludovico Sforza, mostró sus múltiples aptitudes pintando un extraordinario fresco en el convento de Santa María de las Gracias titulado La cena, proyectando edificios y monumentos, construyendo, con sabia pericia, una red de canales para riego e ideando multitud de inventos útiles. Pintó luego la Virgen de las rocas y el retrato de mujer conocido por la Gioconda y se radicó por algún tiempo en Roma y en París, donde aguzó su ingenio de inventor en innumerables proyectos.

Espíritu típicamente renacentista, Leonardo fue un hombre de curiosidad universal; empero, su gloria radica, sobre todo, en su pintura, en la que logró alcanzar no sólo una rara armonía en la composición sino también una extraordinaria vivacidad en el colorido y en la luz, atribuyéndosele la invención del claroscuro. Se ha señalado en él la profundidad para expresar los rasgos psicológicos y así como sigue admirándose la singular sonrisa de la Gioconda, pasma aún hoy al observador la variedad y la hondura de los caracteres que se advierten en cada una de las fisonomías de los apóstoles en La cena, pese al mal estado en que se halla el cuadro.

Miguel Ángel (1475-1564) también se formó en Florencia, en el taller de Ghirlandaio, y recorrió diversas cortes; pero donde dejó una huella más señalada de su genio extraordinario fue en Roma, donde, protegido por más de un papa, pudo realizar algunas de sus obras más importantes. Allí hizo una Piedad, grupo escultórico de la virgen con Jesús muerto, en el que se advierte claramente un sentimiento de las formas que, con el mismo tema, no había parecido antes posible. En Florencia hizo luego un David y acaso sus primeras obras pictóricas. Pero, llamado a Roma por el papa Julio II en 1505, trabajó en el mausoleo de su protector, para el cual hizo la estatua de Moisés y algunas otras figuras, recibiendo, al mismo tiempo, el encargo de decorar la Capilla Sixtina del Vaticano, en la cual hizo varios frescos en la techumbre, representando las Sibilas, los Profetas, y otros temas. Más tarde volvió a trabajar como escultor haciendo en Florencia la tumba de los Médicis , magnífico ejemplo de bella arquitectura, al que daban mayor esplendor seis hermosas estatuas, de las cuales es particularmente bella la de Lorenzo el Magnífico, reproducido en actitud reflexiva.

Finalmente, cuando ya tenía más de sesenta años, el papa le encargó decorar los muros de la Capilla Sixtina; de los dos frescos proyectados hizo sólo uno representando el Juicio Final, en el cual trabajó largos años por la complejidad de la composición y el enorme número de figuras que había en él. Debió interrumpirlo varias veces, la última, en el año 1541.

(…)

Vuelto a la labor y trabajando de continuo en ella, le puso fin en pocos meses dando tanta fuerza a la pintura de tal obra que dio realidad a lo que había dicho Dante Alighieri: “Muertos los muertos y los vivos parecen vivos”; porque allí se reconocía la miseria de los condenados y la alegría de los salvados.

Tardó en concluir esta obra ocho años y la descubrió el día de Navidad de 1541, con estupor y maravilla de toda Roma, como así de todo el mundo.

(JORGE VASARI, Vida de Miguel Ángel, en las Vidas de Pintores)

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Como escultor había diseñado los planos de la cúpula de la basílica de San Pedro, en Roma, y al ser construida se reveló la grandeza de su concepción y la armonía de su conjunto. Estas mismas calidades había revelado en toda su obra, en la que las grandes dimensiones —que él prefería— no excluían la delicadeza y la finura de las formas y los tonos. Como escultor lo caracterizaron el vigor de las masas plásticas y el movimiento de sus figuras; como pintor se advierte el mismo vigor en las formas, realzado allí por un colorido firme y contrastado. Por ciertos caracteres del Juicio Final, se dice que esta obra inicia una nueva época en la pintura, cuyo estilo se conoce con el nombre de barroco.

Rafael Sanzio (1483-1520), natural de Urbino, fue exclusivamente pintor. Discípulo de Perugino, hizo bajo su influencia sus primeras obras, la más hermosa de las cuales es el Desposorio de la Virgen; pero luego siguió la inspiración de Leonardo y de Miguel Ángel, y comenzó su serie de vírgenes. Poco después fue llamado por el papa para decorar las cámaras del Vaticano; en ellas pintó varios frescos, entre los que están la Glorificación del derecho, la Disputa del Santísimo Sacramento, la Escuela de Atenas y el Parnaso, en todos los cuales se destaca una composición grandiosa y elocuente, una cuidadosa representación de la belleza humana y una sabia utilización de los colores para dar vivacidad y animación al conjunto. Fue también Rafael un extraordinario retratista, fiel al modelo y al mismo tiempo creador; su hermoso retrato de León X, y el de Castiglione constituyen telas de extraordinario interés por su expresión y colorido.

Junto a los grandes maestros, aparecieron por entonces otros de singulares calidades; no deben olvidarse Corregio, el Veronés, y, sobre todo, los dos grandes maestros venecianos, Ticiano y Tintoretto. Ticiano (1477-1576) brilló no sólo por sus dotes de animador de vastas composiciones sino también por su renovación en el uso de los colores, a los que dio una extraordinaria magnificencia. Su obra es abundante; se destacan entre sus cuadros la Asunción, Flora, la Presentación de la Virgen en el Templo y numerosos retratos, en los que alcanzó singular perfección. Tintoretto (1512-1594) se dedicó preferentemente a la pintura histórica, en cuyo género alcanzó amplio vuelo; se ha dicho de él que supo combinar el dibujo robusto de Miguel Ángel con el colorido vivaz de Ticiano; decoró diversas salas del palacio ducal de Venecia, donde pintó su Paraíso, y se le deben numerosas telas, como el Milagro de San Marcos o la Crucifixión. Finalmente debe citarse un maestro de la orfebrería, Benvenuto Cellini, cuyas piezas labradas alcanzaron extraordinaria belleza, y que, por otra parte, nos ha dejado en sus Memorias un documento incomparable de la Roma de su época.

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MAQUIAVELO Y GUICCIARDINI

El siglo XVI vio aparecer en Italia también las más grandes figuras de la prosa. Pero ni a Maquiavelo ni a Guicciardini —sus más altos representantes— les atrajo la literatura imaginativa; las circunstancias de la época los incitaron, en cambio, a ocuparse de la historia y de la filosofía política y en esas disciplinas emplearon su genio.

Nicolás Maquiavelo (1469-1527) intervino en la vida pública florentina cuando, tras la expulsión de los Médicis, se instauró la república; su acción le permitió conocer de cerca el giro que tomaba por entonces la política europea y descubrir la situación no sólo de su patria —Florencia— sino también la de toda Italia. Con esta experiencia, que él robusteció en el estudio, llegó a diseñar una doctrina histórica y política que reflejó en su obra cuando, alejado de la vida pública, en 1512, comenzó a escribir.

Compuso una Historia Florentina y los Discursos sobre la primera década de Tito Livio; pero la obra por la cual alcanzó mayor gloria —y por la cual se lo ha calumniado frecuentemente— es El príncipe, tratado político acerca de las necesidades de la Italia de su tiempo. En él aconseja a los poderosos la unificación de Italia, tal como habían hecho los reyes en Francia, en Inglaterra y en España, para que no perdiera su categoría de gran potencia.

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Considerando todo lo que acabamos de examinar y meditando si las circunstancias presentes serían favorables para la elevación de un príncipe nuevo en Italia, y si un hombre prudente y valeroso tendría ocasión de introducir otra forma de gobierno que hiciera honor a su persona y redundase en beneficio de toda la nación, creo que ningún tiempo fue ni será nunca más propicio a tan gloriosa empresa.

(Maquiavelo, El príncipe)

(…)

A fin de facilitar la tarea, Maquiavelo razona sobre los medios de que deberá valerse quien emprenda esa labor y propone los mismos métodos violentos que, en la realidad, habían usado Fernando V de Aragón o Luis XI de Francia para conseguir idéntico fin.

(…)

Así, el príncipe debe parecer clemente, fiel, humano, religioso e íntegro, mas ha de ser muy dueño de sí para que pueda y sepa ser todo lo contrario, si llega el caso.

En una palabra, tan útil le es perseverar en el bien cuando no vea en ello inconveniente, como practicar el mal cuando las circunstancias lo exijan.

(MAQUIAVELO, El príncipe)

(…)

Maquiavelo expresó en forma de reglas lo que, por otra parte, hacían por entonces todos los jefes de estado y constituía las prácticas políticas usuales; pero estaba guiado por un patriotismo vigoroso que lo incitaba a recurrir a tales medios para salvar el destino de Italia, que veía amenazado por la organización de los grandes reinos vecinos, mientras ella permanecía dividida y débil.

Francisco Guicciardini (1482-1540) no era un pensador de la talla de Maquiavelo y se limitó a seguir las ideas políticas de éste. Como embajador conoció los entretelones de la política internacional de su tiempo y la explicó en su Historia de Italia, cuyo desarrollo corre entre 1492 y 1530, sentando, como conclusión, principios semejantes a los expuestos por Maquiavelo.

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ARIOSTO Y TASSO

También en la poesía aparecieron por entonces representantes ilustres. La tradición de Dante se había perpetuado en el uso de la lengua florentina y fueron numerosos, en el siglo XV, los poetas que, como Pontano y Sannazaro, compusieron hermosas y dulces estrofas. Pero fue en el siglo XVI cuando alcanzó la poesía italiana renovado brillo con Ariosto y Tasso.

Ludovico Ariosto (1473-1553) pertenece, como Maquiavelo, a la época de transición entre el Cuatrocientos y el Quinientos. Su inspiración se manifestó en muchos hermosos sonetos, pero alcanzó su madurez en un largo poema titulado Orlando furioso en el que retoma el asunto de la Canción de Rolando desarrollándolo de acuerdo con los puntos de vista del Renacimiento, y con cierta ironía con respecto a los ideales medievales.

Una tendencia semejante se nota en Torcuato Tasso (1544-1595) cuando cantó a los héroes de la primera cruzada —y en especial a Tancredo— en su inmortal poema titulado La Jerusalén libertada. El poeta, que compuso también poemas y obras teatrales, muestra allí una extraordinaria grandeza en la concepción y exquisitas calidades poéticas.

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LA DIFUSIÓN DE LA CULTURA RENACENTISTA EN EUROPA

Por desarrollo de sus artes, por la grandeza de sus pintores y poetas, Italia alcanzó, desde el siglo XV, un extraordinario prestigio espiritual. Toda la Europa occidental la consideró como ejemplo digno de ser seguido y las circunstancias hicieron que sus modelos pudieran ser observados desde cerca. En efecto, su riqueza y su debilidad militar y política —causada por su división y por la rivalidad entre los diversos estados— la tornó en una presa deseada por los poderosos vecinos y, desde 1494, los ejércitos franceses, alemanes y españoles la recorrieron en toda su extensión; los nobles y los cortesanos, los soldados y los embajadores, todos retornaban a su patria con la imagen de su florecimiento espiritual y bajo el encanto de la renovación artística y literaria.

Sus figuras preclaras fueron llamadas por los reyes extranjeros para que trajeran a sus cortes un soplo de las nuevas tendencias y los espíritus curiosos de todo el Occidente corrieron a Italia para recoger en la fuente misma las nuevas inspiraciones. De ese modo, poco tiempo después circulaban por España, Francia, Inglaterra y Alemania las ideas y tendencias del Renacimiento italiano y fructificaban en cada lugar con caracteres peculiares.

(…)

ESPAÑA

España fue, quizá, donde más pronto llegó la influencia italiana. Desde 1442, Aragón poseía el reino de Nápoles y, por esa causa, las relaciones entre España y el sur de Italia eran intensas y frecuentes. Figuras destacadas de la política y de las letras italianas llegaron ya en la segunda mitad del siglo XV a las ciudades españolas y ejercieron allí una influencia notable, al mismo tiempo que los españoles las recogían directamente en la corte de Alfonso V de Nápoles y de sus sucesores. De ese modo, si bien es cierto que en España la mentalidad medieval era poderosa y se resistía a ser desalojada, se advirtieron muy pronto los signos de las nuevas tendencias, tanto en el campo de las letras como en el de las artes. Contribuyeron no poco a ello la introducción de la imprenta —hacia 1470— y la acción que, en favor del desarrollo de los estudios, realizó en España el cardenal Jiménez de Cisneros, que fundó la Universidad de Alcalá de Henares en 1508, y llamó a ella a grandes maestros, españoles y extranjeros.

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NEBRIJA Y VIVES

Entre las figuras más señaladas de este primer momento del desarrollo renacentista en España está Antonio de Nebrija (1444-1522), erudito humanista sevillano que enseñó en Alcalá. Sus estudios sobre el idioma patrio fueron resumidos en un libro que tituló Arte de la lengua castellana y sus conocimientos lingüísticos le permitieron componer un diccionario español-latino y echar las bases de la Biblia poliglota, edición en la que figuran los textos hebreo, caldeo, griego y latino.

En la primera mitad del siglo XVI, los humanistas españoles no sólo se preocuparon por los estudios filológicos sino que también se dedicaron a la filosofía y a los problemas candentes que suscitaba el movimiento reformista. Fernán Pérez de Oliva (1494-1533) estudió en París y Roma y enseñó luego en Salamanca; fue conocido por sus traducciones al español de las obras dramáticas de Sófocles y Eurípides, pero lo que hizo su fama fue el diálogo De la dignidad del hombre, en el que desarrolló uno de los temas que más apasionaron a los escritores del Renacimiento. Juan de Valdés (1492-1541), que fue secretario de Carlos V y amigo del gran humanista holandés Erasmo, fue considerado protestante por sus estudios y preocupaciones; un Diálogo de la lengua que nos ha dejado, muestra su extraordinaria versación en los problemas filológicos. Con todo, la figura más ilustre del humanismo español es Juan Luis Vives (1492- 1540), cuyos estudios en Lovaina le permitieron conocer a Erasmo y relacionarse con él. Vives estuvo en Londres como preceptor de la hija de Enrique VIII y Catalina de Aragón y allí conoció a Tomás Moro; vuelto a Flandes, comenzó a producir una vasta obra que abarca múltiples aspectos; en el Tratado de la enseñanza planteó puntos de vista originales en el campo de la filosofía y la educación, temas que volvió a abordar en el Tratado del alma y la vida y en la Instrucción de la mujer cristiana. Sólido pensador, su influencia fue inmensa dentro y fuera de España.

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LA LITERATURA Y LAS ARTES

(…)

En la literatura y las artes, la influencia italiana se advirtió en España desde fines del siglo XV. Algunos maestros de las letras, como Lucio Marineo Sículo, Pedro Mártir de Anglería y Bernardo Navagiero lograron imponer en los espíritus españoles los gustos italianos, y cosa semejante hicieron algunos artistas, como Domenico Fancelli, en España misma, o Miguel Ángel y Ticiano desde Italia. Bajo estas influencias, pero con un vigoroso espíritu nacional, aparece en España un fuerte movimiento renacentista en el siglo XVI.

Bartolomé Torres Naharro y Gil Vicente escribieron comedias llenas de sabor, en cuyo género brilló más tarde Lope de Rueda, a mediados del siglo XVI. Juan Boscán introdujo en la lengua española las formas poéticas italianas con sus sonetos, y su discípulo Garcilaso de la Vega (1503-1536) alcanzó, siguiendo el mismo estilo, una incomparable belleza literaria en su Églogas, la primera de las cuales constituye una de las obras maestras de la poesía española:

(…)

El dulce lamentar de dos pastores,

Salido juntamente y Nemoroso,

he de cantar, sus quejas imitando;

cuyas ovejas al cantar sabroso

estaban muy atentas, los amores,

de pacer olvidadas, escuchando.

(…)

También brillaron otros poetas; Fernando de Herrera (1534-1597) y fray Luis de León (1529-1591) compusieron odas y sonetos de hondo lirismo, destacándose entre las obras del segundo la Vida retirada:

(…)

¡Qué descansada vida

la del que huye el mundanal ruido

y sigue la escondida

senda por donde han ido

los pocos sabios que en el mundo han sido!

(…)

Fray Luis de León se caracterizó por el tono místico que dio a su poesía; esta tendencia era muy fuerte en el espíritu español y otros contemporáneos dieron muestra de ella; así, Santa Teresa de Jesús (1515-1582) compuso las Moradas y el Camino de perfección, de profundo sentido religioso, y San Juan de la Cruz (1542-1591) dejó un inmortal poema titulado Cántico espiritual, del mismo carácter.

En la prosa de imaginación, abundaron las novelas de caballerías, henchidas de aventuras y de fantasía, de las cuales fue la más famosa el Amadís de Gaula; pero pronto las nuevas corrientes se levantaron contra ellas y difundieron una novela pastoril y sentimental en cuyo género se destacó Jorge de Montemayor con su Diana; junto a ésta, apareció otra forma de novela, conocida con el nombre de picaresca porque su tema eran las aventuras de los picaros, o gentes de vida irregular que medraban con la abundancia que, en el primer momento, produjo la conquista de América; fueron ejemplos valiosos El lazarillo de Tormes, considerada anónima, y el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán.

Pero no sólo fue la prosa imaginativa la que dio frutos maduros en el siglo XVI; los escritores políticos como Antonio de Guevara y Antonio Pérez, el padre Victoria y el padre Las Casas trataron por entonces los más altos problemas del gobierno, del derecho internacional y de la filosofía política; junto a ellos hubo historiadores distinguidos, como Florián de Ocampo, Jerónimo de Zurita, Bernal Díaz del Castillo y Antonio de Herrera, que contaron con vivo color el gran siglo de España y sus aventuras en el viejo y el nuevo mundo.

A fines del siglo XVI y comienzos del XVII llega a su culminación la literatura española. En la poesía pura aparecerán los hermanos Argensola y Luis de Góngora (1561- 1627), autor éste de las Soledades y la Fábula de Polifemo que le dieron fama —acaso injusta— de autor oscuro. Pero la poesía que alcanzó mayor vuelo fue la dramática, que se manifestó en autores teatrales ilustres. Lope de Vega (1562-1635) compuso un crecido número de comedias y dramas de intensa teatralidad y gran valor poético, entre los que se destacan Fuenteovejuna, Peribañez y el comendador de Ocaña y El mejor alcalde, el rey. En Fuenteovejuna —como en otras obras suyas— se destaca el vivo sentimiento de los derechos populares contra los crueles funcionarios reales, junto a una profunda lealtad hacia la corona. Un pueblo sublevado exclama:

(…)

Juntad el pueblo a una voz;

que todos están conformes

en que los tiranos mueran.

Tomad espadas, lanzones,

ballestas, chuzos y palos.

¡Los reyes nuestros señores vivan!

¡Vivan muchos años!

¡Mueran tiranos traidores!

¡Tiranos traidores mueran!

(…)

Tirso de Molina (1571-1648) compuso, entre otras, las comedias que tituló El condenado por desconfiado y La prudencia en la mujer, llenas de gracia y con ingenioso desarrollo teatral; pero su genio brilló, sobre todo, en su drama religioso El burlador de Sevilla. También el pensamiento filosófico y el sentimiento religioso inspiraron a Pedro Calderón de la Barca. (1600-1681), cuyos autos sacramentales están llenos de sabiduría y de unción; pero su gloria reposa en sus dramas que, como El alcalde de Zalamea, o La vida es sueño, unen al pujante desarrollo dramático un alto valor poético; a La vida es sueño pertenece el magnífico monólogo de Segismundo, de profundo significado filosófico:

(…)

Apurar, cielos, pretendo,

ya que me tratáis así,

qué delito cometí

contra vosotros naciendo:

aunque si nací, ya entiendo

qué delito he cometido:

bastante causa ha tenido

vuestra justicia y rigor

pues el delito mayor

del hombre es haber nacido.

(…)

Contemporáneo de Lope de Vega fue el más grande prosista español, Miguel de Cervantes (1574-1616), a quien se debe Don Quijote de la Mancha; por su prosa perfecta, por el vigor de los caracteres humanos diseñados en ella, por el encanto de las múltiples situaciones que encierra, Don Quijote constituye la obra maestra de la literatura española. La prosa alcanzó también alta jerarquía en otros escritores que, como el padre Mariana, escribieron obras históricas, y en los que frecuentaron la novela, el cuadro de costumbres, el tratado moral y filosófico; entre todos ellos hay que citar a Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645) de cuya pluma nació el Buscón, obra maestra de la novela picaresca, la Vida de Marco Bruto y la Política de Dios, en las que se ahonda la reflexión moral hasta un grado sublime.

Junto a este extraordinario desarrollo de las letras, las artes plásticas alcanzaron no menor altura. A principios del siglo XVI la arquitectura logró realizar obras magníficas; unas veces se manifestó bajo formas originales, como en el estilo plateresco, del que es excelente ejemplo la Universidad de Alcalá de Henares; otras, siguió la moda de imitar los modelos clásicos, como en el palacio granadino de Carlos V o en el Alcázar de Toledo, y otras, intentó crear, sobre esos mismos ejemplos, una forma propia, como lo hizo el arquitecto Herrera con el palacio de El Escorial.

Mientras tanto, un escultor como Alonso Berruguete, discípulo de Miguel Angel, lograba dar a su inspiración un dramatismo típicamente español en su Sacrificio de Isaac. Pintores como Pacheco, Morales, Sánchez Coello o Pantoja de la Cruz seguían las inspiraciones italianas en el retrato y en los temas religiosos, mientras un pintor originario de Creta y discípulo de Ticiano, llamado el Greco, creaba una obra excepcional por el ascetismo y la profundidad que revelaba; su Entierro del conde de Orgaz refleja esos caracteres y muestra al mismo tiempo su excepcional calidad tanto en la composición del cuadro como en la realización de las figuras.

También en las artes plásticas, como en las letras, fue en el siglo XVII cuando cuajaron definitivamente las formas de la inspiración española: entonces aparecieron Diego Velázquez (1599-1660), el genial autor de los retratos de la época de Felipe IV y, sobre todo, de Las Meninas , Las hilanderas y Los borrachos, cuya atmósfera y colorido exaltan la imaginación y la sensibilidad; brillaron por entonces también Bartolomé Murillo, cuyas vírgenes inspiraban una ternura incomparable, y los grandes trágicos de las artes, el escultor Montañés y los pintores Ribera y Zurbarán, cuyo patetismo religioso sobrecoge el ánimo con su grandeza.

Los siglos XVI y XVII revelaron en España un gigantesco impulso creador; el típico espíritu renacentista, sin embargo, sólo se manifestó en la primera mitad del siglo XVI; después, a causa del concilio de Trento y la Contrarreforma, se advierte en España un predominio del estilo barroco, que ya se observa en los autores que corresponden a la segunda mitad del siglo XVI y a todo el siglo XVII. Así, Calderón o Velázquez no son en España representantes de la cultura renacentista propiamente dicha, aun cuando prolonguen algunas inspiraciones surgidas de esas tendencias.

(…)

FRANCIA

Durante el reinado de Francisco I (1515-1547) se introdujeron en Francia las nuevas tendencias y, con el apoyo del rey, pudieron los hombres nutridos por ellas imponerlas en todos los campos. Frente a la vieja Universidad de París —llamada la Sorbona— se levantó el Colegio de Francia, protegido por la corona, y en él se desarrolló la enseñanza del griego y las matemáticas, signo del cambio de los tiempos. Y así como fueron los poetas de las formas renovadas los que merecieron la simpatía de los poderosos, fueron también los artistas de gustos nuevos a los que llamaron para construir edificios y decorarlos. Entre los humanistas, los literatos y los artistas crean en Francia, ya en la primera mitad del siglo XVI, un ambiente renacentista de extraordinario vigor.

(…)

LA LITERATURA Y LAS ARTES

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Como en Italia, una de las primeras preocupaciones renacentistas fue en Francia el estudio de los textos de los autores antiguos. Brillaron en ese campo Guillermo Budé y Enrique Estienne, cuyos trabajos sobre las obras griegas y latinas conservan, aún hoy, gran valor. Humanista también, con menos rigor pero con profundo genio creador, fue Miguel de Montaigne (1533-1592), a quien le apasionaban los autores antiguos, que leía con fruición, deseoso de encontrar en ellos sabiduría y consejo. Sus innúmeras notas sobre lo que leía constituyeron una extensa obra titulada Ensayos, libro extraordinario, pese a su desorden, por la cantidad de observaciones profundas en las que se mezclan la reflexión sobre la literatura y el pensamiento antiguos, y la observación sobre su propia época.

En la prosa, Francia dio por entonces una de las figuras más ilustres de su literatura; fue Francisco Rabelais (1500-1553), el autor de Gargantua y Pantagruel, en la que como en el Orlando Furioso, de Ariosto, o en el Quijote, de Cervantes, se advierte un acentuado menosprecio por la tradición medieval; pero Rabelais no se satisfacía con eso: los nuevos ideales, y en especial el nuevo desarrollo científico merecieron su elogio y su estímulo y por eso constituye —con Montaigne— un verdadero patriarca de la moderna cultura francesa.

En la poesía, las formas renovadas por los italianos fueron acogidas por Pedro Ronsard (1524-1585), cuyas Poesías fueron el punto de partida de una escuela literaria que se llamó la Pléyade, en la que brilló el mismo sentimiento de la naturaleza y las mismas formas latinizantes de sus inspiradores.

En el campo de las artes plásticas, Francisco I favoreció la labor de los artistas de gusto renacentista. En el castillo de Chambord apareció ya esa tendencia que más tarde alcanzaría la plenitud de su forma en el palacio del Louvre —debido al arquitecto Pedro Lescot— y en el de las Tullerías, que proyectó Felipe de l’Orme. Sin embargo, suele considerarse el castillo de Fontainebleau como la obra maestra de este estilo.

Sin duda se advierte en la arquitectura la influencia de los maestros italianos que llamó Francisco I a su corte; pero la presencia de Leonardo no podía dejar de tener una influencia mayor aún en la pintura; no hubo, sin embargo, grandes figuras en este campo y sólo merece ser señalado Juan Clouet, cuyos retratos mantienen su gracia y su expresión.

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ALEMANIA Y LOS PAÍSES BAJOS

El territorio del Santo Imperio romano-germánico estaba en estrecha relación con Italia por razones políticas y muy pronto llegaron hasta allí las influencias del Renacimiento italiano; pero, en cambio, la tradición medieval era en esos países particularmente fuerte y el sentimiento cristiano —y más exactamente evangélico— estaba sumamente arraigado, en tanto que la hostilidad contra el papado se mantenía desde la Edad Media. Todas esas circunstancias contribuyeron a que las nuevas ideas adquirieran allí un carácter peculiar.

En efecto, el humanismo italiano significó, principalmente, un retorno a los autores clásicos; en Alemania y los Países Bajos, en cambio, se manifestó, sobre todo, en la aplicación de métodos análogos al estudio de los textos cristianos. En las artes plásticas se advirtió mayor fidelidad a los modelos transalpinos y sus grandes figuras mantuvieron la inspiración de las artes italianas.

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ERASMO

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El humanismo cristiano dio, en los Países Bajos, una figura de singular relieve: Desiderio Erasmo. Nacido en Rotterdam en 1466, dedicó su vida al estudio y a la enseñanza y viajó por todos los centros cultos de Europa; llegó así a poseer no sólo un saber extraordinario sino también una influencia incomparable, mantenida con gran actividad por medio de una constante correspondencia con los eruditos más importantes de su tiempo.

Pero además de su influencia personal, fue inmensa la que ejerció con su obra; estudió a los autores griegos y latinos, cuyo texto editó con sabios comentarios y en versiones excelentes; pero no dedicó menor atención a los textos cristianos, cuyo análisis lo condujo a una posición no muy acorde con la de la Iglesia romana. Su espíritu crítico lo impulsó a escribir un libro extraordinario de sátira profunda sobre sn tiempo que tituló Elogio de la locura; pero acaso su obra más significativa sea el Enchiridión o El caballero cristiano, en la que define los ideales de su propia posición espiritual, y que fue, en cierto modo, el símbolo del humanismo cristiano. Su Método de los estudios, y sus numerosas obras teológicas y filosóficas fueron leídas con avidez por todos los espíritus cultos de su tiempo y contribuyeron a crear, frente a la reforma luterana, una posición intermedia beneficiosa, a la larga, para la Iglesia romana.

En efecto, por entonces hacía su aparición Martín Lutero y desencadenaba en Alemania el movimiento disidente frente a Roma. Lutero era también, en el fondo, un humanista que aplicó al estudio de la Biblia los nuevos métodos; el ejercicio de la crítica lo condujo a señalar el apartamiento del papado de la doctrina evangélica, y su profunda fe le indicó el camino hacia una vida religiosa independiente de la Iglesia romana. En esta vía estaban también Melanchton y los teólogos que siguieron a Lutero; pero Erasmo se mantuvo alejado y quiso hallar una doctrina equidistante; fue en este sentido como ejerció su mayor influencia y puede decirse que Tomás Moro y Juan Luis Vives compartieron su posición.

La preocupación religiosa no permitió en Alemania un rico desarrollo de la literatura, aun cuando merece ser citado Hans Sachs, cuyo Libro de los oficios revela la misma concepción burguesa que exaltó el Renacimiento italiano. En cambio en las artes plásticas hubo un notable desarrollo, sumamente original. Allí se mezclaron los nuevos preceptos con la vigorosa tradición medieval y así nacieron nuevas formas, como las que se encuentran en el hermoso Pellerhaus de Nuremberg. Palacios, castillos, ayuntamientos, fuentes y retablos siguieron la misma dirección intermedia entre la vieja tradición ojival y los nuevos gustos renacentistas, y esta línea se advierte también en los grandes maestros de su pintura.

Fue Lucas Cranach (1472-1553) quien simbolizó esta fuerte tendencia a mantener la tradición medieval combinada con elementos renacentistas; su Crucifixión, así como sus retratos muestran un sentimiento patético que ya abandonaba el Renacimiento; en cambio Alberto Durero (1471-1528), fue más fiel a las enseñanzas itálicas, y sus numerosas obras —entre las que hay que señalar los grabados de la Pasión, su Adoración de los Reyes Magos y el retrato de Erasmo—, muestran la misma amplitud de formas y el mismo colorido que sus maestros. Poco más tarde, Hans Holbein (1497-1543) suavizó los rasgos medievales de la pintura alemana y creó una modalidad en el retrato que le permitió triunfar en toda Europa y en especial en Inglaterra, donde vivió mucho tiempo ( figuras 49 y 50).

En los Países Bajos, una vigorosa escuela pictórica se manifestó desde fines del siglo XV. Los hermanos Van Eyck y Rogelio van der Weiden pintaron temas burgueses y religiosos con arreglo a la nueva inspiración, aunque sin abandonar algunas convenciones antiguas. Pero Hans Memling, en pleno siglo XV, es ya un pintor renacentista, y su Hombre de la moneda se vincula estrechamente a los maestros italianos del Cuatrocientos. Sólo en el siglo XVII aparecerán allí las figuras más conocidas de la pintura flamenca y y holandesa —Rubens, Van Dyck, Rembrandt— pero, como ya se dijo al hablar de los pintores españoles de ese mismo siglo, su estilo no corresponde exactamente al del Renacimiento sino que pertenece al barroco, iniciado por Miguel Ángel y muy desarrollado luego.

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INGLATERRA

Por su lejanía, fue Inglaterra uno de los países en los que tardó más tiempo en aparecer la influencia de las inspiraciones renacentistas, y si puede señalarse su presencia en la época de Enrique VIII, es sólo en la de Isabel cuando se logran sus frutos maduros. En la del primero, las preocupaciones fueron de carácter teológico y filosófico, debido a los conflictos religiosos; en la de la segunda se produce un notable movimiento literario y artístico que dio a Inglaterra grandes figuras.

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LA LITERATURA Y LAS ARTES

En estrecha relación con Erasmo y en su misma actitud espiritual estuvo Tomás Moro, un humanista de sólida formación clásica pero muy atento a los problemas espirituales de su tiempo. Su obra más importante es la descripción de un país imaginario en el que reinaba una justicia ideal y perfecta, libro que tituló Utopía. En el campo de las letras, fue el teatro la actividad que atrajo a los mejores ingenios. Brillaron Cristóbal Marlowe (1564-1593) y Guillermo Shakespeare (1564-1616) en el drama y la tragedia; el primero fue un poeta vigoroso, pero quedó obscurecido por su continuador, considerado el más grande poeta de la lengua inglesa. Shakespeare escribió infinidad de obras; usó argumentos históricos, unas veces ingleses como en Ricardo III o Enrique IV, otras veces italianos, como en Romeo y Julieta, El mercader de Venecia u Otelo, y otras, en fin, de la tradición nórdica o clásica, como en Hamlet o Julio César; además, compuso otras comedias y dramas de imaginación o basados en un núcleo tradicional, como La Tempestad o Las alegres comadres de Windsor; pero lo importante en su teatro es la vigorosa creación de sus personajes, en los que esculpía caracteres profundamente humanos; alguien dijo de él que era, después de Dios, quien había creado más personajes. Por la belleza de sus versos y por la profundidad de su pensamiento, Shakespeare constituye una figura de significación universal en el teatro y en la literatura.

En la arquitectura, las corrientes renacentistas llegaron a Inglaterra a mediados del siglo XVI; pero, como en Alemania, se mezclaron con la tradición ojival y produjeron un estilo —llamado isabelino por la reina Isabel, en cuya época aparece—, en el que predominando los modelos góticos se insinúan algunos elementos nuevos. El estilo renacentista puro sólo hace su aparición en Inglaterra en el siglo XVII.

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CAPÍTULO IV. LA REFORMA RELIGIOSA (siglo XVI)

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Las causas del movimiento reformista. — Martín Lutero. — La Querella de las indulgencias y la doctrina luterana. — La dieta de Worms: condenación de Lutero. — La secularización de los bienes de la Iglesia. — La dieta de Augsburgo: la Confesión. — La liga de Esmalcalda. – La difusión de las ideas reformistas. — Calvino y su doctrina. — Ginebra bajo la dictadura de Calvino. — Difusión del calvinismo. — La Reforma en Inglaterra. +La Reforma católica o Contrarreforma. — Ignacio de Loyola y la Contrarreforma española. — La Compañía de Jesús. — La Inquisición: Pablo IV. — El concilio de Trento.

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Producto de la intensa inquietud espiritual del siglo XV, el Humanismo se desarrolló como una incontenible tendencia a someter todas las ideas tradicionalmente admitidas a un examen libre de prejuicios. Si en Italia los humanistas se inclinaron apasionadamente hacia las obras de los autores griegos y romanos, en Alemania y en los Países Bajos prefirieron dedicar su atención a los textos cristianos; una intensa fe los movía, pero estaban también guiados por una tradicional hostilidad contra la Roma de los papas, que se acentuaba ahora ante el espectáculo —incomprensible para su espíritu— del entusiasmo estético que se advertía en los príncipes de la Iglesia, y ante la violencia de sus ambiciones mundanas.

Con esas nuevas preocupaciones y frente al desacuerdo que descubrían entre la doctrina de los Evangelios y los nuevos ideales de la Iglesia de Roma, los humanistas alemanes iniciaron un retorno a las formas más simples de la religiosidad medieval. Sostuvieron el valor excelso de la fe y de las virtudes evangélicas, pero pusieron en la afirmación de sus convicciones todo el antiguo rencor que guardaba Alemania contra el papado y contra el Imperio absolutista. Así se desencadenó un movimiento complejo, religioso y político a un mismo tiempo, que muy pronto se difundió por toda Europa y, especialmente, por los pueblos anglo-sajones. La Iglesia respondió con una intensa energía y desde entonces se constituyeron los dos campos en que se dividieron los espíritus: el de la religión católica, apostólica y romana y el de las religiones reformadas.

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LAS CAUSAS DEL MOVIMIENTO REFORMISTA

El movimiento reformista que estalló en el seno de la Iglesia cristiana a principios del siglo XVI y que tuvo su origen en Alemania, respondía a la acción de antiguos fermentos, pero se desencadenó por algunas circunstancias inmediatas.

Un agudo observador de la época, el historiador italiano Francisco Guicciardini, explicaba así el origen del movimiento:

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En el año 1520 comenzaron a difundirse mucho algunas doctrinas que reaparecieron por entonces, primero contra la autoridad de la Iglesia romana, después contra la autoridad de la misma religión cristiana. Ese pestífero veneno tuvo origen en Alemania, en la provincia de Sajonia, por la predicación de Martín Lutero, fraile agustino que, en la mayor parte de sus principios, suscitó nuevamente los antiguos errores de los bohemios. Reprobados éstos por el concilio de Constanza y habiendo sido quemados por su orden, Juan de Hus y Guillermo de Praga, aquellos errores estuvieron limitados dentro de la Bohemia. Para suscitarlos nuevamente en Alemania había dado ocasión la sede apostólica, usada demasiado licenciosamente por León X.

(GUICCIARDINI, (Historia de Italia)

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La tradición de algunos herejes de la Edad Media como Juan de Hus y Wiclef, así como también el desprestigio del papado, sobre todo a los ojos de los alemanes, fueron en efecto, causas directas del movimiento. Pero no lo fueron menos otras circunstancias. La Biblia se había difundido extraordinariamente gracias a la imprenta, y comenzaron a señalarse contradicciones entre los principios predicados por Cristo y los que guiaban la conducta del papado; los intereses económicos y políticos, tanto como las preocupaciones mundanas, condujeron a algunos de los pontífices renacentistas por caminos que los apartaban de la senda evangélica y, en nombre de la fe, se comenzó a levantar un intenso clamor contra la Iglesia. Finalmente, colmó la medida una disposición del papado sobre venta de indulgencias que conmovió a Martín Lutero y lo lanzó en abierta lucha contra la autoridad de Roma.

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MARTÍN LUTERO

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Lutero era un fraile agustino profundamente versado en teología y profesor de esa disciplina en la Universidad de Wittenberg (Sajonia). Hombre de temperamento místico pero al mismo tiempo impetuoso y apasionado, pasó largas horas acongojado por el temor de caer bajo la fuerza de la tentación y el pecado. Esta preocupación lo había llevado al claustro y lo incitaba a la más severa penitencia, pero no lograba, ni aun por esa vía, calmar su temor. Decía hablando de sí mismo: He conocido un hombre que, aunque por breves espacios de tiempo, ha sufrido tantas y tan infernales penas que no hay lengua que las exprese ni pluma que las describa ni nadie sin propia experiencia que pueda creerlas, de manera que si se hubiesen cebado en él durante media hora o aun menos lo hubiesen aniquilado, convirtiendo su cuerpo en ceniza.

(Lutero, Prefacio de sus obras)

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Al fin, conoció la calma a través de nuevas meditaciones sobre la palabra revelada en las Sagradas Escrituras:

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Entonces comencé a comprender que la justicia de Dios es aquella por cuya virtud el justo vive por la gracia de Dios, es decir, de la fe. Lo cual significa que la justicia de Dios revelada en el Evangelio es la que nosotros recibimos y por la que el Dios misericordioso nos hace justos mediante la fe. Entonces me pareció que había nacido de nuevo y que había entrado en el Paraíso por las puertas abiertas. Desde aquel momento la Sagrada Escritura tuvo para mí otra fisonomía. La recorrí en mi memoria y encontré en otras palabras igual inversión del sentido; las obras de Dios significan lo que Dios obra en nosotros y la fuerza de Dios es aquello por medio de lo cual Dios nos hace fuertes; y la sabiduría de Dios es aquello por medio de lo cual Dios nos hace sabios.

(Lutero, Prefacio de sus obras)

Desde entonces Lutero tuvo la convicción de que poseía la clave para la interpretación de la palabra de Cristo y adoptó una actitud de combate contra las doctrinas oficiales en su cátedra de Wittenberg. Poco después se suscitaba el problema de las indulgencias y entonces salió a la calle dispuesto a luchar por sus convicciones.

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LA QUERELLA DE LAS INDULGENCIAS Y LA DOCTRINA LUTERANA

El papado inició en 1515 una vasta campaña para obtener recursos con que terminar la hermosa basílica de San Pedro de Roma; el medio principal fue vender las indulgencias —esto es, la remisión de los pecados— considerando como limosna lo que se entregaba por ellas. En Alemania, los dominicos se encargaron de esa venta, pero como los recursos se obtenían muy lentamente, el papado pidió el dinero a unos banqueros, los Fugger, quienes debían cobrar luego las sumas prometidas por los fieles. Esta negociación adquirió un aspecto indecoroso y muchos fieles se indignaron. Fue entonces cuando Martín Lutero comenzó a hacer pública su protesta. Dirigiéndose al arzobispo de Maguncia escribía:

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Por todo el país se esparce, en nombre de Vuestra Señoría, la indulgencia papal para la construcción de la catedral de San Pedro de Roma. Más me choca el falso sentido adoptado por el pueblo simple, ignorante y grosero que propaga por todas partes abiertamente las imaginaciones que ha concebido, que el rumor y el escándalo de los predicadores de la indulgencia, a los que no he oído. ¡Están persuadidos de que las almas salen del Purgatorio tan pronto como vierten su dinero en las arcas, Dios Poderoso!

(Lutero, Carta al arzobispo de Maguncia.)

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A continuación de esta súplica para que se impidiera tan torpe comercio, Lutero enunciaba un conjunto de proposiciones referentes a la validez de las indulgencias; pero, llevado por sus convicciones teológicas, fue todavía más allá y analizó algunos de los dogmas, con los que se mostró en desacuerdo propugnando su modificación. Sólo aceptaba tres sacramentos: el bautismo, la comunión y la penitencia; además afirmaba que toda la teología podía resumirse en el principio de la verdadera fe y la confianza en Jesucristo, y, convencido de que el creyente podía leer directamente e interpretar los Evangelios, llegó a postular la supresión del sacerdocio.

La actitud de Lutero comenzó a preocupar en Roma; en 1518 fue convocada una dieta en la ciudad de Augsburgo, en la que defendió su posición frente al cardenal Cayetano, legado del Papa, y poco a poco surgió la evidencia de que se estaba ante un movimiento cada vez más fuerte tanto en el plano religioso como en el político. Así, al promediar el año 1520, el papa condenó como heréticas cuarenta y una de las proposiciones de Lutero y exigió la retractación bajo amenaza de excomulgarlo. Pero Lutero quemó la bula en la plaza de Wittenberg y poco después el papado daba cumplimiento a su amenaza, comunicándole la excomunión.

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LA DIETA DE WORMS: CONDENACIÓN DE LUTERO

El movimiento religioso encabezado por Lutero tenía en Alemania intensa repercusión social y política. Los príncipes hablaban de un resurgimiento de la nacionalidad alemana y apoyaban esta nueva tendencia que los liberaba del yugo espiritual de Roma. Por su parte, el nuevo emperador elegido en 1519, Carlos V, procuraba por todos los medios apagar el incendio que amenazaba sus estados y convocó, para mayo de 1521, una dieta que debía reunirse en la ciudad de Worms. Lutero concurrió a ella y defendió su doctrina con extraordinaria vehemencia; pero la mayoría de la asamblea confirmó el carácter herético de sus ideas y le exigió la retractación, condenándolo a la hoguera una vez que se negó a ello con arrogante energía. Sin embargo, el elector de Sajonia, que era partidario de su doctrina, pudo sacarlo subrepticiamente de la ciudad y lo escondió en su castillo de Wartburgo, donde permaneció algún tiempo en seguridad.

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LA SECULARIZACIÓN DE LOS BIENES DE LA IGLESIA

Mientras duró su reclusión, Lutero emprendió una labor importantísima: la traducción de la Biblia al alemán corriente, con lo que el texto sagrado pudo ser conocido directamente por todo el mundo. Entretanto, la doctrina sostenida por Lutero de que la Iglesia debía retornar a su pobreza primitiva tuvo consecuencias graves; en efecto, en uno de sus escritos de propaganda había dicho que era necesario que los príncipes se apoderaran de los bienes eclesiásticos; movidos por la codicia y apoyados en esas palabras, los nobles alemanes se incautaron de las tierras y los castillos que la Iglesia poseía en Alemania, pero, con ello, desencadenaron un conflicto social porque los campesinos y los pequeños señores quisieron hacer lo propio sin que les fuera permitido por los más poderosos, a favor de los cuales tomó partido el mismo Lutero. Así, el conflicto religioso conmovió hasta sus raíces la vida alemana y creó un estado de profunda inquietud que movió al emperador a intervenir nuevamente.

En la dieta de Espira (1529) se resolvió que se toleraría la nueva religión donde ya estuviera arraigada, pero se prohibió su difusión; y como protestaran algunos príncipes y ciertas ciudades, se comenzó a llamar protestantes a los partidarios de Lutero. Para zanjar esa nueva dificultad, el emperador convocó una nueva dieta para el año siguiente.

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LA DIETA DE AUGSBURGO: LA CONFESIÓN

La dieta se reunió en la ciudad de Augsburgo (1530) y se planteó nuevamente la cuestión entre Lutero y sus partidarios por una parte, y el emperador y los católicos por otra. El intento de conciliación fracasó; pero las discusiones dieron ocasión a los protestantes para que formularan claramente su pensamiento. Un discípulo de Lutero, Melanchton, redactó un credo compuesto de veintiocho artículos en el que precisaba los puntos fundamentales de la nueva doctrina, credo que recibió el nombre de Confesión de Augsburgo.

Se expresaba en ella el valor de la fe como única fuente de salvación, el derecho a discutir las decisiones pontificias y conciliares, el principio del libre examen de las Escrituras por todos los fieles, la necesidad de suprimir las imágenes y la condición eclesiástica y muchos otros aspectos del dogma y del ritual. La dieta oyó la Confesión luterana y declaró nuevamente que sus afirmaciones eran heréticas y que debían ser perseguidos los que las sostuvieran.

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LA LIGA DE ESMALCALDA

Las conclusiones de la dieta de Augsburgo y la decisión de Carlos V de defender a la Iglesia de Roma llevaron a los príncipes protestantes a la convicción de que debían prepararse para la lucha. En 1531, reunidos en la ciudad de Esmalcalda, firmaron un acuerdo mediante el cual constituían una liga para la defensa recíproca. Así se preparó el terreno para una lucha que no tardaría en sobrevenir y que agitó a Alemania hasta 1555, en que, tras la derrota del emperador en Metz, se firmó la paz de Augsburgo.

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LA DIFUSIÓN DE LAS IDEAS REFORMISTAS

Si bien es cierto que en el éxito de la Reforma luterana influyeron ciertas circunstancias particulares de Alemania, sus principios coincidían con algunas aspiraciones de extensos grupos de cristianos que, en consecuencia, se apresuraron a adoptarlos. Así Ulrico Zwinglio difundió en Suiza la nueva doctrina, pero extremando tanto sus términos que no fue aprobada por el mismo Lutero y finalmente fracasó. Igualmente se difundió en los países del Báltico, donde la cuestión religiosa se mezcló con el problema de la independencia nacional de Suecia y Noruega. Pero las derivaciones más trascendentales del movimiento reformista fuera de Alemania se advirtieron en Francia y en Suiza, donde se difundió la doctrina de Calvino, y en Inglaterra, donde se constituyó una iglesia nacional.

La característica de todos estos movimientos fue su absoluta independencia entre sí. Mientras el catolicismo era, constitutivamente, una unidad dogmática e institucional, las iglesias reformadas no reconocían otra autoridad que los Evangelios y podían, según su peculiar interpretación, diversificarse de acuerdo con el punto de la doctrina que prefirieran para centrar su atención. Así, junto a las disidencias que se señalaron muy pronto entre la doctrina luterana y las de Zwinglio, Calvino y los reformistas ingleses, surgirán otras que provocarán la formación de innumerables sectas dentro del principio general del libre examen de los Evangelios, postulado fundamental del movimiento reformista.

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CALVINO Y SU DOCTRINA

La doctrina de Lutero comenzó a difundirse en Francia y allí la conoció un joven estudiante que se preparaba, por entonces, para seguir la carrera eclesiástica; se llamaba Juan Calvino y poseía un temperamento profundamente místico. Al conocer aquella nueva orientación religiosa que llegaba desde Alemania, Calvino se sintió sacudido por ella y renunció a la ordenación sacerdotal, huyendo de Francia a Basilea en 1533, cuando vio que se iniciaba la persecución contra los luteranos.

En Basilea comenzó a poner en orden sus pensamientos. Partiendo de la doctrina del monje agustino, empezó Calvino a diseñar su propia interpretación del dogma y de la vida religiosa y expuso su pensamiento en un libro titulado La institución cristiana, que vio la luz en 1536.

Continuador de Lutero en cuanto condenaba todo el boato católico, extremó más aún esta tendencia exigiendo la más absoluta simplicidad en el ritual, que debía limitarse, según él, a la mera congregación de los fieles para la lectura comentada del Evangelio. Veía en éste —como Lutero— la única fuente de inspiración, y en la fe la única posibilidad de que el cristiano pudiera salvarse, rechazando la confesión y la penitencia.

Pero el punto más original de su doctrina era la convicción de que el destino del hombre estaba prefijado por la Providencia y que nada valía contra ese sino para el que estaba predestinado.

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Cuando atribuimos a Dios una presciencia, significamos que todas las cosas han estado y permanecen eternamente en su mirada, de modo que no hay nada futuro ni pasado con respecto a su conocimiento, sino que todas las cosas son presente para él.

Decimos que esta presciencia se extiende por todo el circuito del mundo y sobre todas sus criaturas. Llamamos predestinación al designio eterno de Dios por el cual ha determinado lo que quería hacer de cada hombre. Pues no los ha creado Él de semejante condición, sino que ordena a los unos la vida eterna y a los otros la eterna condenación. Así, según el fin para el que ha sido creado, decimos que está predestinado a la muerte o a la vida.

(Calvino, La institución cristiana)

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La doctrina de Calvino atrajo muchos partidarios. Su profunda versación y su notoria austeridad hicieron que fuera llamado a Ginebra en 1536 para enseñar teología, pero como no se contentó con ejercer su magisterio sino que pretendió regir la vida ciudadana e imponer un sistema rígido en las costumbres, provocó allí un conflicto, a consecuencia del cual debió abandonar la ciudad en 1538. Sin embargo, poco más tarde, en 1541, volvieron a llamarlo, y desde entonces ejerció en la ciudad una autoridad omnímoda que duró hasta su muerte, en 1564

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GINEBRA BAJO LA DICTADURA DE CALVINO

Ginebra fue organizada bajo la forma de una comunidad democrática, en la que un pequeño consejo ejercía la autoridad política y religiosa. Calvino inspiraba sus actos y los fundamentaba con una doctrina rigurosa en lo político, lo religioso y lo moral; hasta las cuestiones económicas quedaban sometidas a él. La vigilancia sobre la vida privada era el rasgo más característico de este régimen que se preocupaba de todos los aspectos de la existencia cotidiana. No sólo obligaba a los ciudadanos a cumplir estrictamente los deberes religiosos, sino que imponía, además, un severo recato con el que no eran compatibles ni las diversiones populares ni las formas espontáneas de expansión individual.

Para reprimir todo lo que Calvino consideraba contrario a la fe y a su sistema moral, se imponían severas penas que iban desde la condenación a morir quemado —como ocurrió con Miguel Servet —hasta los castigos penitenciales como besar públicamente la tierra o ser encerrado y condenado a pan y agua. Finalmente, Calvino organizó un sistema de difusión de su doctrina mediante predicadores, a los que se preparaba convenientemente en la Academia ginebrina, cuya labor fue sumamente fructífera en Escocia, en Holanda y en Francia.

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DIFUSIÓN DEL CALVINISMO

En Escocia predicó la doctrina Juan Knox. Favorecieron su difusión diversas circunstancias políticas, porque la reina regente María de Lorena era muy odiada y defendía la ortodoxia católica. En 1559 se desencadenó una revolución apoyada por los nobles tanto como por los humildes y la religión católica quedó prohibida y fue reemplazada por el calvinismo, al que se conoció generalmente con el nombre de presbiterianismo porque cada comunidad estaba dirigida por un consejo de ancianos y un pastor, sin que se constituyera ninguna autoridad común entre aquéllos.

En Francia, considerable número de grandes señores se convirtieron al calvinismo y mezclaron sus rencillas políticas con la lucha por sus convicciones religiosas. Esta situación haría crisis hacia 1562, en que los hugonotes —nombre con que se conoció allí a los calvinistas— comenzaron a ser perseguidos.

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LA REFORMA EN INGLATERRA.

En Inglaterra, la inquietud religiosa se había manifestado desde la Edad Media, cuando Juan Wiclef tradujo la Biblia al inglés y discutió algunos dogmas fundamentales. Después de eso, la difusión del Humanismo puso nueva luz en muchas antiguas convicciones y así se preparó el ambiente para futuras inquietudes religiosas.

Sin embargo, el luteranismo no tuvo allí demasiado éxito y Enrique VIII se mostró decidido defensor del papado.

Una cuestión privada del rey fue la que lo desvió de esa posición e inició la era de los conflictos religiosos.

En 1527, Enrique VIII solicitó al papa Clemente VII la disolución de su matrimonio con Catalina de Aragón, porque aspiraba a casarse con Ana Bolena, dama de honor de la reina. El rey argüía sus dudas sobre el valor de la autorización que le fuera concedida por el papa Julio II para contraer aquel matrimonio, dado el parentesco entre Catalina y él, pero el papa, por su parte, evitaba satisfacer su solicitud pensando en que la reina era tía del emperador Carlos V y podía ello significar un grave conflicto. Finalmente, Clemente VII negó la autorización para el divorcio y Enrique, soberbio y obstinado, resolvió plegarse a las corrientes reformistas en cuanto afirmaban la independencia de las iglesias nacionales.

En efecto, en 1531 Enrique VIII separó a la iglesia de Inglaterra de la obediencia del papado y comenzó a proyectar su estructura definitiva. Poco después, en 1533, reunió una asamblea de obispos que acordaron el divorcio y establecieron que el rey era el jefe supremo de la iglesia de Inglaterra, decisión que fue confirmada en 1534 por el parlamento mediante el Acta de supremacía.

Entretanto, el problema dogmático no había sido tocado sino en ese solo punto. La ley de los seis artículos confirmó el carácter católico de la nueva iglesia en cuanto a su doctrina, mantuvo el ceremonial y restableció la pena de muerte para los que se levantaran contra el nuevo orden de cosas. Pero a la muerte de Enrique VIII la situación religiosa sufrió importantes oscilaciones, porque su primer descendiente, Eduardo VI, implantó el calvinismo y la segunda, María Tudor, restauró la religión católica.

Pero, finalmente, durante el largo reinado de Isabel se restableció la religión nacional —o anglicana—, que recibió entonces una organización definitiva; calvinista por el dogma y católica por el ritual, la religión anglicana recibió la protección del estado y procuró, aunque sin éxito, eliminar a las otras sectas protestantes.

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LA REFORMA CATÓLICA O CONTRARREFORMA

La grave convulsión que había sufrido la fe y comenzaba a dividir a la cristiandad en dos bandos inconciliables pasó inadvertida para el papado durante algunos años. El espíritu renacentista —estético y político— que predominaba en el clero italiano y, en consecuencia, en la dirección de la Iglesia, contribuía a oscurecer la visión acerca de la verdadera naturaleza del movimiento reformista, que, si partía de ciertas premisas semejantes, se alimentaba, en cambio, con distintas preocupaciones.

En efecto, hasta 1540 Roma abrigó la esperanza de llegar a un entendimiento con los protestantes, propósito que estaba firmemente apoyado por el emperador Carlos V, para quien la división religiosa significaba un peligro gravísimo dentro de sus estados. Pero entretanto, ciertos grupos intransigentes preparaban en el seno de la Iglesia una reacción; sostenían que la conciliación no era ya posible y que sólo cabía una conducta enérgica para contener el desarrollo de las nuevas sectas, y, mientras buscaban el afianzamiento de la doctrina afirmando sus dogmas fundamentales sin conceder nada a los protestantes, comprendían la importancia de mantener una enérgica vigilancia en los países poco influidos por el protestantismo para impedir en ellos su difusión.

En Italia fue el cardenal Caraffa quien encarnó este movimiento; pero debía ser en España donde adquiriera un impulso más poderoso, debido a que la Iglesia había conservado allí —quizá por la lucha contra los musulmanes— un carácter más medieval. De España debía surgir, en efecto, la fuerza más poderosa de lo que se llamó la Contrarreforma y que, considerada en la totalidad de sus aspectos, debe ser llamada la Reforma católica.

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IGNACIO DE LOYOLA Y LA CONTRARREFORMA ESPAÑOLA

El inspirador de ese movimiento fue Iñigo López de Recalde, a quien la Iglesia conoce con el nombre de San Ignacio de Loyola. Tras una existencia turbada por profundas preocupaciones profanas y religiosas, Ignacio de Loyola comienza a entrever el camino por el cual la Iglesia podría salvarse; piensa en la necesidad de robustecer la autoridad pontificia, de mantener el contacto activo con el mundo y sus nuevas inquietudes, de luchar contra la infiltración de las nuevas ideas mediante la afirmación de la tradición católica intransigente. Con este plan, se lanza a la acción.

En su patria, Ignacio de Loyola constituye una orden religiosa destinada a defender esos principios; en Roma, logra convencer de la eficacia de sus planes al papa Pablo III y poco después, en 1540, la orden es aprobada por el pontífice y se consti….tuye la Compañía de Jesús, destinada a apoyar y defender la autoridad universal de la Iglesia apostólica romana y a difundir los principios de la fe tradicional.

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LA COMPAÑÍA DE JESÚS

La organización de la nueva orden reveló su carácter militante. Su principio fundamental era el de la más estricta obediencia al papado, y ello constituía el último y el más solemne de los votos que debía hacer el que aspirara a entrar en ella. Sus distintos miembros componían una jerarquía rigurosa que culminaba en el general de la orden, con poderes omnímodos, el cual designaba las autoridades regionales.

El designio fundamental era actuar en el mundo, participar en sus actividades normales sin recluirse en el apartamiento de la meditación, y tratar de influir en él. Su campo de acción fueron las letras y la enseñanza, en la que llegaron a tener una gravitación decisiva en muchos países; pero no desdeñaron intervenir en empresas de más vasto aliento, como la conversión de los infieles en territorios lejanos o la organización de colonias o misiones de indígenas que alcanzaron notable poder. Así llegaron a ser muy influyentes en América, donde durante mucho tiempo gozaron de la total confianza del estado y pudieron ejercer una acción benéfica, hasta que se tornó peligrosa para el estado mismo.

Como instrumento de la Contrarreforma, la Compañía de Jesús logró un éxito innegable. Fortaleció la disciplina eclesiástica, contuvo la difusión de los principios protestantes o conciliadores y conquistó y aseguró para la Iglesia las posiciones predominantes en muchos países. Pero acaso su labor no hubiera obtenido tales resultados sin la acción conjunta de la Inquisición y sin la reorganización que introdujo en la Iglesia el concilio de Trento.

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LA INQUISICIÓN: PABLO IV

Dentro del criterio sustentado por los grupos intransigentes, no era suficiente que la Iglesia afirmara doctrinariamente sus dogmas: era necesario también impedir que los que se mostraban tibios pudieran perseverar en lo que la Iglesia consideraba como error. Para este último fin se apeló a la institución que, en España, había logrado contener la influencia de la religión musulmana y que antes había reprimido los antiguos intentos de herejía: la Inquisición. El cardenal Caraffa echó las bases de su reorganización y el papa Pablo III la confirmó en 1542; la Inquisición constituyó un tribunal formado por seis cardenales con autoridad para perseguir, juzgar y castigar a todos los sospechosos de herejía, valiéndole para aquella última finalidad de las autoridades civiles. En 1555 el cardenal Caraffa llegó al pontificado con el nombre de Pablo IV y entonces la eficacia de la Inquisición alcanzó su más alto grado. En España y en Italia los juicios fueron incontables y alcanzaron no sólo a los herejes sino también a los tibios y aun a los meros sospechosos de ambas cosas, sin que se agotaran, en muchos casos, los procedimientos probatorios. En otros países, su acción fue menos intensa, pero, por momentos, alcanzó bastante importancia, según el apoyo que en cada caso le prestaba el estado.

La inquisición contuvo el desarrollo del protestantismo, pero, al mismo tiempo, amenazó toda forma de pensamiento que pareciera separarse de los dogmas establecidos; así, al fomentar la intolerancia, fuente de tantos futuros conflictos, negaba el principio de la libertad de conciencia y frenaba el desarrollo del pensamiento científico y filosófico: el ejemplo más notable de este peligro al que conducía la intolerancia fue la condenación de Galileo por sostener el sistema heliocéntrico.

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EL CONCILIO DE TRENTO

Tanto la Inquisición como la Compañía de Jesús representaban el esfuerzo de la Iglesia de Roma por contener la difusión de las doctrinas protestantes. Pero, entre tanto, las duras objeciones que la polémica religiosa había suscitado contra diversos puntos de la doctrina habían quedado sin respuesta, y la Iglesia consideró necesario afrontar el problema de la afirmación de su propia fe. Para ello, el papa Pablo III convocó en 1545 un concilio ecuménico en la ciudad de Trento que debía deliberar sobre los puntos sometidos a discusión, tanto en lo concerniente a la doctrina misma, como en lo que se refería a la organización y disciplina eclesiástica.

A lo largo de varios años, y tras diversas interrupciones en su trabajo, el concilio se expidió sobre aquellas cuestiones, inspirado por el principio de afirmar la fe tradicional y robustecer su organización institucional. Sostuvo la validez de la Vulgata —o sea la traducción latina de la Biblia, por San Jerónimo— como texto oficial del Evangelio y afirmó el valor de los escritos de los padres y de la tradición eclesiástica como complemento del texto evangélico. Los dogmas mismos quedaron intactos y se mantuvieron los siete sacramentos así como la presencia real —no simbólica— de Cristo en la forma eucarística, el culto de los santos y de la Virgen y su legítima adoración en las imágenes. En cuanto a la disciplina eclesiástica, sostuvo la obediencia al papa, la organización de la carrera sacerdotal, el cumplimiento estricto de los deberes en cada grado de la jerarquía y el celibato del clero.

De ese modo, la doctrina ortodoxa quedaba rigurosamente fijada, continuando en vigor las antiguas tradiciones de la Iglesia de Roma. Dos espíritus opuestos animaban, pues, a los dos grupos en que se había dividido la cristiandad occidental y cada uno había adquirido clara conciencia de lo que los diferenciaba.

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CAPÍTULO V. LA CONQUISTA DE AMÉRICA

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La Española, primera base de operaciones. — La ocupación del Darién y el descubrimiento del Mar del Sur. — La conquista de Méjico. — La conquista de América Central y la creación del Virreinato de Nueva España. — Conquista de Nueva Granada y Venezuela. — La exploración del Amazonas. — La conquista del Perú. — Las concesiones de conquista y la división del continente. — Conquista de Quito y fundación de Lima. — Las guerras civiles del Perú y la creación del virreinato. — Conquista de Chile. — Los viajes clandestinos al río de la Plata. — Viaje de Solís. — Viaje de Magallanes y Elcano. — Viaje de Loayza. — Viaje de Alejo García. — Viaje de Sebastián Gaboto y de Diego García.

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Una vez reconocidos los nuevos territorios y afirmada la jurisdicción de sus respectivos reinos sobre ellos, tanto los españoles como los portugueses se dieron a la tarea de asegurar su dominio mediante enérgicas operaciones militares destinadas a someter a las poblaciones indígenas. Y cuando la conquista pareció segura, unos y otros comenzaron a colonizar esas tierras, poblándolas y organizando en ellas la vida a la manera europea.

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LA ESPAÑOLA, PRIMERA BASE DE OPERACIONES

Española, más tarde conocida con el nombre de Santo Domingo, fue el primer centro de la colonización. Fundada la ciudad en 1496, comenzó a crecer con caracteres de ciudad europea y recibió a gente de alta condición en la metrópoli. En 1502 fue designado gobernador Nicolás de Ovando, que sometió toda la isla y fundó nuevas ciudades; en 1509 lo sucedió Diego Colón, hijo del descubridor, con título de almirante y virrey, y desde entonces la ciudad empezó a prosperar. Desde 1503 era sede episcopal —la primera de América— y en 1511 tuvo Real Audiencia; por entonces comenzaron a aparecer maestros y estudiosos en los conventos que se fundaron y la arquitectura de la ciudad, con el palacio de Colón y la catedral, dio muestras de cierta grandeza.

Pero quedaba por delante todo un mundo desconocido y, desde Santo Domingo, debía iniciarse la conquista. Ya en España se había encomendado a Juan Ponce de León la conquista de Puerto Rico y en 1511 partiría Diego de Velázquez para ocupar y poblar Cuba. Pero las expediciones que tuvieron mayores consecuencias fueron las que partieron hacia Tierra Firme.

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LA OCUPACIÓN DEL DARIÉN Y EL DESCUBRIMIENTO DEL MAR DEL SUR

Sobre la base de los informes suministrados por los viajeros que exploraron el istmo de Panamá y la región del Darién, la corona concedió autorización para colonizarla a Alonso de Ojeda y a Diego de Nicuesa, señalando como límite entre ambas jurisdicciones un meridiano que cortaba el golfo del Darién; la zona occidental, concedida a Nicuesa, se llamó Castilla del Oro y la oriental, otorgada a Ojeda, Nueva Andalucía.

Ojeda salió en 1509 de Santo Domingo para tomar posesión de sus tierras, pero a poco fue atacado por los indígenas hacia el interior de Cartagena y se salvó gracias a la llegada de Nicuesa, que recorría la costa para dirigirse a la zona que le había sido concedida. Al año siguiente Ojeda fundó San Sebastián, en el Darién, y Nicuesa, Nombre de Dios, sobre el istmo.

En auxilio de Ojeda llegó al Darién Martín Fernández de Enciso, a quien acompañaban, entre otros, Vasco Núñez de Balboa, y Francisco Pizarro; después que resolvieron abandonar la fundación de San Sebastián, establecieron una nueva ciudad en la costa opuesta del golfo que llamaron Santa María la Antigua; pero, quizá por inadvertencia, ocuparon un territorio que estaba dentro de las tierras de Nicuesa, quien se dirigió a la ciudad para exigir su entrega; la gobernaba entonces Balboa —que había reemplazado a Enciso— y los colonos se opusieron a cambiar de gobernador; Nicuesa optó por retirarse a Santo Domingo, muriendo en el viaje. Cuatro años más tarde (1515) moría también Ojeda, quedando como saldo de las expediciones la fundación de una pequeña ciudad que serviría, a su vez, de base para nuevas exploraciones.

En efecto, recorriendo los alrededores de Santa María la Antigua, Vasco Núñez de Balboa supo, por intermedio del hijo de un cacique, que en las orillas de un ancho mar situado hacia el sur podrían hallar un país en el que abundaban el oro y la plata. En setiembre de 1513 Balboa —deseoso de acrecentar su autoridad y su prestigio— se dirigió por mar hacia un lugar del istmo de Panamá donde, según sus noticias, la distancia hasta los dos mares era escasa; durante diecinueve días la pequeña columna atravesó las tierras del estrecho salvando infinidad de obstáculos y sufriendo incontables penurias; al fin, el 25 de setiembre de 1513 avistaron el océano Pacífico, que Balboa llamó mar del Sur, tomando posesión de él en nombre de la corona castellana.

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LA CONQUISTA DE MÉXICO

Desde Santo Domingo los españoles procuraron apoderarse de las regiones insulares y continentales más próximas, acerca de cuyas riquezas solían recibir vagas pero promisorias noticias. En 1511, Diego de Velázquez había comenzado la ocupación de Cuba; desde allí se iniciarían muy pronto nuevas expediciones hacia tierra firme, comenzando los intentos Francisco Hernández de Córdoba en 1517, cuya expedición descubrió el Yucatán y, en ella, la misteriosa civilización de los mayas, ya por entonces en rápida declinación. Al año siguiente Juan de Grijalva volvió a recorrer el lugar y se confirmaron los indicios de que hacia el interior del continente debía encontrarse una región riquísima, convicción que movió al gobernador Velázquez a preparar una nueva incursión para que se adentrara en la zona que se extendía al norte de Yucatán.

La expedición fue confiada a un colono de la ciudad de Santiago, Hernán Cortés, en el que Velázquez encontraba las condiciones necesarias para una empresa de tal magnitud. Cortés inició sus aprestos; pero como Velázquez comenzara a desconfiar de su fidelidad pretendió sustituirlo, maniobra que Cortés impidió apresurando los preparativos del viaje y alejándose de Santiago hacia La Habana, en noviembre de 1518. Allí terminó el conquistador de reunir los hombres y los elementos necesarios y en febrero del año siguiente emprendió la marcha hacia Yucatán con once naves y poco más de quinientos soldados, armados con unas pocas armas de fuego y provistos de algunos caballos y perros amaestrados.

El piloto Antón de Alaminos, que ya había recorrido la zona varias veces y dirigía ahora la ruta de la flotilla de Cortés, puso proa hacia la isla de Cozumel, al este de Yucatán; allí recogieron a Jerónimo de Aguilar, un clérigo que, cuando el naufragio de Nicuesa, se había salvado en la isla y logró aprender la lengua aborigen; luego bordearon la península de Yucatán y llegaron hasta Tabasco; la ciudad fue tomada y los pobladores ofrecieron a Cortés algunas mujeres, entre las cuales una, bautizada con el nombre de Marina, se unió a Cortés y constituyó su principal ayuda en las negociaciones con los indígenas. Desde allí continuó viaje hasta la isla de San Juan de Ulúa y, finalmente, desembarcó en el continente estableciendo un pequeño campamento.

La llegada de Cortés a un territorio perteneciente a la confederación azteca causó la mayor extrañeza entre las autoridades indígenas; se acercaron a los extranjeros para conocerlos e interrogarlos y despacharon mensajeros a Tenochtitlán para dar cuenta de la novedad y del deseo, expresado por Cortés, de visitar la capital en nombre del rey de Castilla y Aragón, documentando su extraña apariencia en unas pinturas en las que representaban a los españoles con sus armas y animales.

El tlacatecutli Moctezuma, temeroso de que el extranjero fuera el dios Quetzalcoatl, cuya llegada estaba anunciada por la leyenda, pretendió satisfacerlo con espléndidos regalos y se opuso terminantemente a que continuara su marcha hacia el interior. Pero las piezas de plata y oro, las piedras preciosas, las plumas raras y los ricos tejidos sólo sirvieron para despertar la codicia de los españoles, y Cortés decidió emprender la marcha, desafiando todos los peligros.

Entretanto, la aventura parecía tan extraordinaria que Cortés no quiso mantener su condición de mero enviado del gobernador Velázquez; como al mismo tiempo parecía conveniente dejar a la espalda una ciudad que sirviese de apoyo, Cortés transformó su campamento en ciudad llamándole Villa Rica de la Veracruz y constituyó su cabildo, hecho lo cual renunció a la autoridad que le había conferido Velázquez y aceptó el cargo de Capitán General y Justicia Mayor de la nueva ciudad, para el que lo designó el cabildo. A partir de entonces, Cortés se preparó para marchar hacia el interior.

En la primera etapa llegaron los españoles hasta Cempoalla, donde lograron la adhesión de esa población, que aspiraba a emanciparse de Tenochtitlán. Con su ayuda fue fortificada Veracruz, donde se dejó una guarnición, y poco después emprendían los españoles la marcha hacia México, pese a la oposición de Moctezuma, que les había negado la autorización para acudir a su capital.

Al llegar a la meseta del Anahuac los españoles encontraron a los tlaxcaltecas, tribu belicosa que, por la fuerza de las armas, se había mantenido independiente de los aztecas. También se opusieron a Cortés, pero fueron vencidos y a poco se plegaron a los españoles para emprender unidos la marcha hacia Tenochtitlán. En el camino llegaron a la ciudad de Cholula, invitados por el mismo Moctezuma; pero como se descubriera el propósito de aniquilarlos dentro de ella, españoles y tlaxcaltecas hicieron allí una feroz matanza que les permitió salir de la ciudad y continuar la marcha hacia la capital.

En el mes de noviembre de 1519 llegaban los españoles a las orillas del lago Texcoco y comenzaron a avanzar por la calzada que llevaba hasta la ciudad de Tenochtitlán; salieron a recibirlos el propio Moctezuma y los principales señores, quienes les hicieron grandes demostraciones de amistad, mientras los recién llegados se sorprendían de la riqueza que se advertía en sus vestiduras.

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El gran Moctezuma venía muy ricamente ataviado, según su usanza, y traía calzados unos como colaras —que así se llama lo que se calzan—, y las suelas de oro y muy preciada pedrería encima de ellas. Y los cuatro señores que le traían del brazo venían con rica clase de vestidos a su usanza, que parece ser se los tenían aparejados en el camino para entrar con su señor, porque no tenían los vestidos con que nos fueron a recibir. Y venían otros grandes caciques que traían el palio sobre sus cabezas, y otros muchos señores que venían delante del gran Moctezuma barriendo el suelo por donde había de pisar, y le ponían mantas para que no pisase la tierra. Luego Cortés, por medio de doña Marina, le dijo que holgaba ahora su corazón por haber visto un tan grande príncipe y que tenía en gran merced la venida de su persona a recibirle. Entonces Moctezuma le dijo otras palabras de buen comedimiento y mandó a dos de sus sobrinos de los que traían del brazo que se fuesen con nosotros hasta aposentarnos.

(Bernal Díaz del Castillo, Historia de la conquista de Nueva España)

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Los españoles, asombrados por el ceremonial y por el lujo, quedaron más sorprendidos todavía por la magnitud de la ciudad.

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Es tan grande la ciudad como Sevilla y Córdoba. Tiene esta ciudad muchas plazas, donde hay continuos mercados y tratos de comprar y vender. Tiene otra plaza tan grande como dos veces la de Salamanca, toda cercada de portales alrededor, donde hay cotidianamente arriba de sesenta mil almas comprando y vendiendo; donde hay todos los géneros de mercaderías que en todas las tierras se hallan, así de mantenimientos como de vituallas, joyas de oro y de plata, de plomo, de cobre, de caracoles y de plumas. Hay calle de caza donde venden todos los linajes de aves que hay en la tierra; hay todas las clases de verduras que se hallan; hay casas como de boticarios donde se venden las medicinas hechas; hay casas como de barberos donde lavan y rapan las cabezas; hay casas donde dan de comer y beber por precio. Hay a vender muchas maneras de hilado de algodón; venden cueros de venado, blancos y de diversos colores; venden muchas vasijas grandes y pequeñas. Hay en esta gran plaza una muy buena casa como de audiencia donde están siempre sentados diez o doce personas que son jueces y libran todas las cosas y casos que en el dicho mercado acaecen.

(Hernán Cortés, Cartas)

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Moctezuma alojó a los españoles en una construcción frente al gran teocali o templo; entre la multitud de la ciudad, Cortés temió ser atacado y concibió el plan de apresar a Moctezuma, lográndolo muy pronto con el pretexto de que debía dársele satisfacción por el ataque realizado por entonces contra Veracruz. Moctezuma se reconoció vasallo del emperador y rey de Aragón y Castilla, entregó gran cantidad de oro y toleró que se colocara una cruz en un templo mexicano. Pero el pueblo se irritó contra él y se preparó un ataque general.

Por entonces, llegaba de Cuba Pánfilo de Narváez, para someter a Cortés por orden de Velázquez; Cortés salió a su encuentro y consiguió derrotarlo; pero entretanto, Pedro de Alvarado, que quedara al frente de la guarnición de Tenochtitlán, había dado muerte a una gran cantidad de mexicanos en un combate y la situación se había tornado peligrosísima; Moctezuma fue destituido y Cuitlahuac nombrado nuevo tlacatecutli. Al llegar Cortés, aunque pudo sostener la situación momentáneamente, comprendió que era necesario escapar y preparó la salida. El 30 de junio de 1520 emprendieron los españoles la retirada; los aztecas se lanzaron sobre ellos y la matanza de esa noche —la noche triste— fue brutal. Seis días después, cuando llegaban a Tlaxcala, reordenaron las fuerzas, mientras los aztecas avanzaban amenazadores; con ayuda de los tlaxcaltecas los derrotaron en Otumba y entraron en aquella ciudad para preparar las nuevas operaciones.

Al cabo de cinco meses Cortés había conseguido reunir un nuevo ejército de seiscientos hombres y, en diciembre de 1520, avanzó de nuevo hacia Tenochtitlán, a la que puso sitio. Los repetidos ataques fueron impetuosos y la defensa heroica; pero destruida la ciudad y diezmados los mexicanos, se rindieron tras ocho meses de sostenida lucha, en agosto de 1521.

Desde Tenochtitlán —que comenzó a reconstruirse muy pronto y al estilo europeo— Cortés envió diversas columnas para someter el resto del territorio, empresa que cumplieron sus capitanes con rapidez. La confederación azteca desapareció y surgió la primera de las grandes posesiones españolas en América, que se conoció con el nombre de Nueva España.

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LA CONQUISTA DE AMÉRICA CENTRAL Y LA CREACIÓN DEL VIRREINATO DE NUEVA ESPAÑA

Desde México, Pedro de Alvarado avanzó hacia el sur y exploró los actuales territorios de Guatemala y El Salvador en 1524. Ese mismo año Cristóbal de Olid llegó hasta Honduras y más tarde el propio Cortés exploró otras zonas de América Central. Pero al mismo tiempo, nuevas columnas españolas que partían de Panamá se acercaban a esas mismas regiones; en 1523 Francisco Hernández de Córdoba recorría la región de Honduras y realizaba algunas fundaciones de importancia. Finalmente, Francisco de Montejo exploró la región de Yucatán y fundó allí algunas ciudades entre 1540 y 1542.

Entretanto, la importancia de las tierras conquistadas decidió a la corona a establecer en ellas un virreinato; en 1534 fue creado con el nombre de Virreinato de Nueva España, cuyo gobierno se concedió a Antonio de Mendoza, por haber caído Cortés en desgracia por esta época a los ojos del rey. Fue ésta la primera medida importante de organización territorial, que debía servir de modelo a las sucesivas creaciones administrativas en territorio americano.

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CONQUISTA DE NUEVA GRANADA Y VENEZUELA

La región de la actual Colombia, llamada entonces Nueva Granada, fue explorada desde fines del siglo XV. En 1525 Bastidas fundó allí la ciudad de Santa Marta y, más tarde, Pedro de Heredia estableció la de Cartegena en 1533; de estas ciudades partirían después los expedicionarios que habrían de lograr el reconocimiento y la dominación de la zona interior de Nueva Granada.

En 1536, el gobernador de Santa Marta encomendó a Gonzalo Jiménez de Quesada aquella misión. Quesada, con 700 hombres, remontó el valle del río Magdalena y, abandonándolo luego, cruzó las montañas hasta llegar a la meseta de Cundinamarca, donde habitaban los chibchas. Poco esfuerzo costó a los españoles dominar a esas tribus poco belicosas y muy pronto pudieron apoderarse de la ciudad de Tunja, en la que recogieron cuantiosos tesoros; luego fundaron la ciudad de Santa Fe de Bogotá (1538) y tras de negociar con Federman, un explorador alemán que venía desde Venezuela, y con Benalcázar, que llegaba de Quito, completó Quesada la sumisión del territorio y regresó a España. En Venezuela, también a fines del siglo XV, la corona cedió sus derechos a unos banqueros alemanes, los Welser, quienes organizaron la conquista. Desde 1528 hasta 1545 diversos capitanes exploraron el territorio: Ambrosio Alfinger recorrió la zona costera, en tanto que Jorge Spira y Nicolás Federman procuraron llegar al interior hasta que el segundo se encontró con Jiménez de Quesada y abandonó su exploración. Pero en 1546 Carlos V revocó su decisión y se sucedieron diversas expediciones de españoles, una de las cuales, la que mandaba Diego Losada, fundó Caracas en 1567. A ellos, como a los alemanes, movíalos el afán de encontrar una misteriosa región conocida con el nombre de El Dorado, en la que se presumía que existían infinitas riquezas.

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LA EXPLORACIÓN DEL AMAZONAS

El mismo propósito incitó a otros a emprender la exploración del alto valle del río Amazonas. Gonzalo Pizarro llegó hasta el río Coca, y desde allí continuó el reconocimiento del valle Francisco de Orellana, que siguió hasta el Amazonas y alcanzó su desembocadura, para dirigirse luego a España.

Orellana obtuvo allí una capitulación mediante la cual se le concedía el gobierno del territorio visitado, pero murió al llegar a él, en 1544. Más tarde recorrieron el río Pedro de Ursúa, Fernando de Guzmán y Lope de Aguirre.

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LA CONQUISTA DEL PERÚ

Realizada la conquista de México entre 1519 y 1520, el afán por descubrir nuevos centros ricos y civilizados en el Nuevo Mundo incitó a los españoles a tentar otras empresas. Las expediciones fueron abundantes, pero ninguna alcanzó resultados comparables a los que se lograron en el Perú.

Ya en 1522 se habían explorado algunas tierras al sur de Panamá, por el Pacífico, y se habían confirmado los rumores de que existían grandes riquezas metalíferas. Creció entonces el deseo de continuar las incursiones y muy pronto apareció gente decidida a tentar fortuna.

Francisco Pizarro, Diego de Almagro y el clérigo Hernando de Luque, vecinos de Panamá, se pusieron de acuerdo para emprender una expedición hacia el sur. En cumplimiento de ese trato, Pizarro salió en noviembre de 1524 de Panamá y costeó el Pacífico hasta Colombia, pero debió regresar por las múltiples desventuras que le ocurrieron; sin embargo, pudo comprobar la existencia de oro y no decayó su entusiasmo.

En 1526 renovaron el contrato; Pizarro y Almagro serían los jefes militares de la expedición y Luque proporcionaría el dinero para la empresa. Con dos naves, los aventureros comenzaron su expedición ese mismo año y alcanzaron nuevamente la región del río San Juan, en la costa colombiana, donde pudieron apoderarse de cierta cantidad de oro que, llevado a Panamá por Almagro, sirvió de incentivo para reforzar el número de los expedicionarios.

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Trajo (Almagro) ochenta hombres, y con ellos y con los que habían quedado vivos, pudieron llegar hasta la tierra que se llamaba Catamez (o Tacamez, en la región de Quito), que era ya fuera de aquellos manglares; tierra de mucha comida, y medianamente poblada, donde todos los indios que salían de guerra traían sembradas las caras con clavos de oro en agujeros que para ello tenían hechos; y por ser la tierra tan poblada no pasaron adelante hasta que don Diego de Almagro no tornó a Panamá por más gente; y entretanto se volvió don Francisco Pizarro a esperarle a una pequeña isla que estaba junto a tierra, que llamaron isla del Gallo, donde quedó padeciendo harta necesidad de todo lo necesario.

(AGUSTÍN DE ZARATE, Historia del Perú)

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Un mensaje que, sin sospecharlo, llevó el mismo Almagro al gobernador de Panamá, puso a éste en conocimiento de que la situación era terrible entre los expedicionarios; movido por estas noticias no concedió a Almagro la ayuda que pedía y, por el contrario, ordenó por mensajeros a Pizarro que abandonara la empresa; pero Pizarro arengó a sus hombres y los invitó a que eligieran entre el retorno o la riqueza. Trece compañeros se decidieron a acompañarlo hasta el fin y los demás se volvieron a Panamá. Las circunstancias hicieron que se malograra el ímpetu de los resueltos aventureros y poco después debieron regresar también para tratar de encontrar nuevos recursos; sin embargo, en el viaje recorrieron la costa ecuatoriana y pudieron contemplar la ciudad de Túmbez, en el golfo de Guayaquil, que los puso en contacto, por primera vez, con el Imperio quichua. Allí se cercioraron de las riquezas que guardaban esas regiones, de la notable organización del misterioso estado y de su enorme extensión. Con estas noticias llegaron a Panamá y se dispusieron a organizar una nueva exploración.

De común acuerdo, los tres socios resolvieron que Pizarro fuera a España para conseguir recursos abundantes y para obtener la necesaria autorización de la Corona, a fin de que el provecho de la conquista no pasara a otras manos. El emperador oyó el relato de Pizarro y más tarde, en julio de 1529, la emperatriz Isabel firmó con él —en ausencia de Carlos V— unas capitulaciones sobre las tierras peruanas; se establecía en ellas que Pizarro sería gobernador y capitán general de Nueva Castilla —así se llamó a la tierra todavía desconocida—, Almagro, gobernador de Túmbez, y Luque, obispo de la misma ciudad; además se les proporcionaban algunos medios y él, por su parte, se obligaba a equipar 250 hombres para la empresa. Investido de esa autoridad, Pizarro comenzó a reclutar su gente; en Trujillo, su ciudad natal, buscó a sus hermanos y consiguió la adhesión de algunos paisanos suyos; pudo entonces también hablar con Cortés, a quien encontró allí, y recibir útiles consejos; con todo ello retornó a Panamá en 1530.

El encuentro con sus camaradas originó una seria reyerta; le reprochaban haber obtenido para sí mayores ventajas, pero el afán que los movía los incitó a buscar un acuerdo. Almagro quedó en Panamá para reunir nuevas fuerzas, y Pizarro partió en enero de 1531 con tres naves y 180 hombres hacia la costa ecuatoriana.

Pizarro desembarcó en San Mateo y continuó la marcha por tierra hacia el sur, alcanzando, tras algunos combates, la zona de Guayaquil; allí se le unieron alrededor de 200 hombres que enviaba Almagro y con ellos llegó cerca de Túmbez; más adelante fundó la ciudad de San Miguel y por entonces tuvo noticias de que el imperio acababa de ser conmovido por una guerra civil entre el inca Atahualpa y su hermano Huáscar, averiguando además que el primero, luego de la victoria, se hallaba establecido en la ciudad de Cajamarca.

En setiembre de 1532 partió Pizarro hacia el sur, dispuesto a visitar al inca en Cajamarca. Costeó el Pacífico y cruzó los Andes hasta avistar el valle donde estaba asentada la ciudad, lleno de sobresaltos, pero sin sufrir ningún ataque. El 15 de noviembre entraba Pizarro en Cajamarca y se disponía a cumplir su plan. Consistía éste —seguramente de acuerdo con el consejo de Cortés— en atrapar al inca, y para ello se prepararon los audaces aventureros sin reparar en la insignificancia de su número: eran 177 hombres.

Hernando de Soto y Hernando Pizarro acompañados por treinta y cinco soldados se dirigieron a la fortaleza donde vivía el inca y, tras de ofrecerles sus servicios, lo invitaron a visitar el campamento de los españoles. Lleno de curiosidad, Atahualpa obsequió a los extranjeros y prometió acudir a la ciudad, haciéndolo al día siguiente.

Con un brillante acompañamiento, Atahualpa se puso en marcha hacia el real de Pizarro; lo esperaban allí, ocultos, los soldados extranjeros, que sólo aguardaban una señal de su jefe para lanzarse sobre él y capturarlo. A la caída de la tarde llegó a la ciudad y fue recibido por el padre Vicente Valverde, que tenía instrucciones de exigirle su conversión a la fe cristiana y su sumisión al emperador. La alocución de Valverde fue traducida a Atahualpa por Felipillo, un indio que Pizarro había llevado de Túmbez en su segundo viaje y que solía servir de intérprete; pero los conceptos del capellán fueron expresados de mala manera y Atahualpa sólo alcanzó a comprender que se le imponía una inesperada rendición. Su reacción fue violenta y el breviario que Valverde le ofrecía fue arrojado en tierra.

(…)

El religioso volvió con la respuesta al gobernador (Pizarro). Atahualpa se puso de pie encima de las andas, hablando a los suyos para que estuvieran apercibidos. El religioso dijo al gobernador lo que había pasado con Atahualpa y que había, echado en tierra la Sagrada Escritura. Luego el gobernador se armó un sayo de armas de algodón, y tomó su espada y su adarga, y con los españoles que con él estaban entró por medio de los indios; y con mucho ánimo, con sólo cuatro hombres que le pudieron seguir, llegó hasta la litera donde Atahualpa estaba, y, sin temor, le echó mano del brazo izquierdo diciendo “Santiago”. Luego soltaron los tiros y tocaron las trompetas, y salió la gente de a pie y de a caballo.

Los españoles hicieron tal matanza en los que tenían las andas que cayeron al suelo; y si el gobernador no defendiera a Atahualpa, allí pagara el soberbio todas las crueldades que había hecho.

(Francisco de Jerez, Verdadera relación de la conquista del Perú y provincia del Cuzco)

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Atahualpa temió por su suerte, no sólo por la situación de inferioridad en que se hallaba sino también por las resonancias que el hecho pudiera tener en su imperio, que había asistido hacía poco tiempo a una guerra civil de la que había resultado la prisión de su hermano Huáscar, cuyos títulos para ejercer el poder supremo eran quizá superiores a los suyos. Para conseguir su propia libertad quiso explotar la codicia de los españoles, descubierta en el saqueo de su palacio, y ofreció pagar, como rescate, tanto oro como cupiera en la habitación en que se hallaba hasta la altura que alcanzaba su mano y dos veces tanta plata como cupiera en el aposento vecino hasta la misma altura. Los españoles aceptaron y el inca pidió dos meses de plazo para cumplir su promesa, dando las órdenes necesarias. Entretanto, Huáscar quiso entenderse con Pizarro y ofreció, a cambio del trono, mayores cantidades que su hermano; pero en aquellos días fue asesinado y se echaron las culpas al propio Atahualpa, que, en efecto, conservaba, desde la prisión, el ejercicio del poder. Poco después comenzaban a llegar crecidas cantidades de metal precioso que fue fundido para poder hacer las particiones, de las cuales resultaron sordas rencillas que enconaron los ánimos; había llegado por entonces el propio Almagro con nuevas fuerzas y hubo discusiones sobre si correspondía o no asignarle parte en el botín, pero se resolvieron, al fin, otorgándole cierta cantidad.

Cumplida la promesa del inca, Atahualpa exigió su libertad; pero el problema era para los españoles de vida o muerte y resolvieron eliminarlo, por temor a la situación que crearía su retorno al poder; entonces inventaron una acusación por haber intentado sublevar a su pueblo y, además, por haber dispuesto la muerte de su hermano. Un tribunal a la usanza española se constituyó inmediatamente presidido por Pizarro y Almagro y, tras un juicio sumario, se ordenó la ejecución de Atahualpa, que logró cambiar la pena de la hoguera por la de la horca a cambio de su formal conversión al cristianismo. El 29 de agosto de 1533 se cumplió la sentencia.

Pizarro resolvió entonces completar la conquista del territorio; nombró inca a Tupac y, al morir éste poco después, a Manco Inca, todos de familia real. Esta designación permitió a los españoles entrar sin guerra en el Cuzco, ciudad de cuyos tesoros se apoderaron con incalificable codicia y en la que Pizarro organizó un cabildo que, a su vez, lo eligió gobernador en cumplimiento de las órdenes del monarca, establecidas en las capitulaciones que había obtenido el conquistador en 1529.

LAS CONCESIONES DE CONQUISTA Y LA DIVISIÓN DEL CONTINENTE

Los resultados de la expedición de Pizarro encendieron la imaginación de los españoles; cuando Hernando Pizarro llegó a España con el quinto que según la tradición y las capitulaciones correspondía al rey de todo cuanto se obtuviera en la conquista, numerosos hidalgos se presentaron al emperador solicitando autorización para emprender nuevas exploraciones. De acuerdo con esos pedidos y con el objeto de aprovechar esos ofrecimientos en beneficio del total conocimiento del territorio americano, Carlos V distribuyó en 1534 las diversas zonas de Sud América mediante cuatro reales cédulas.

Establecía una de ellas que correspondía a Francisco Pizarro el territorio comprendido entre los paralelos 1 y 14, con el nombre de Nueva Castilla. Otra adjudicaba a Diego de Almagro las tierras comprendidas entre los paralelos 14 y 25, las cuales recibían el nombre de Nueva Toledo. Al sur de ésta, otra real cédula otorgada a don Pedro de Mendoza, que debía llegar por el Plata, la gobernación comprendida entre los paralelos 25 y 36, la cual recibía el nombre de Nueva Andalucía. Y, finalmente, el sur del continente, desde el grado 36 hasta el estrecho de Magallanes, se entregaba con el nombre de Nueva León, a Simón de Alcazaba, a quien se le quitó al año siguiente para transferirlo a Francisco de Camargo, y, más tarde, a Francisco de Rivera.

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CONQUISTA DE QUITO Y FUNDACIÓN DE LIMA

La sumisión del Cuzco puso a los españoles en posesión de las zonas más importantes del Tahuantinsuyo; quedaban por dominar algunas zonas periféricas y era urgente llevar a cabo la reorganización del territorio conquistado, pero nada ponía en peligro ya la definitiva posesión del vasto imperio de los incas.

En el norte, Pizarro había establecido una pequeña guarnición al mando de Sebastián Benalcázar en la ciudad de San Miguel; aprovechando una circunstancia favorable. Benalcázar se dirigió hacia la ciudad indígena de Quito, sometió a sus pobladores y fundó, sobre las ruinas de la derruida, otra a la que denominó San Francisco y que volvió a llamarse, con el uso, Quito (1533).

Poco más tarde, Francisco Pizarro se dirigió desde el Cuzco hacia la costa y fundó a orillas del río Rimac una ciudad que llamó Lima (1535), destinada a ser capital del virreinato.

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LAS GUERRAS CIVILES DEL PERÚ Y LA CREACIÓN DEL VIRREINATO

La situación entre Pizarro y Almagro, tirante desde que el primero llegara de España con la capitulación de conquista que le otorgaba un lugar preponderante, se hizo más difícil cuando se anunció la división del territorio y se planteó la cuestión de a quién correspondía la ciudad de Cuzco, próxima al límite entre sus jurisdicciones.

Almagro intentó afirmarse en las nuevas tierras con una expedición hacia el sur en la que llegó hasta Bolivia, Chile y el norte argentino; pero su hallazgo no le pareció compensar las ricas tierras que dejaba en el Perú y volvió allí para defender sus derechos. Entonces, aprovechando una situación difícil entre Hernando Pizarro y los indígenas, se apoderó de la ciudad de Cuzco en abril de 1537 y tomó prisioneros a Hernando y Gonzalo Pizarro. Comenzaron luego las negociaciones entre los dos grupos rivales; una vez en libertad los dos Pizarro, se apresuraron, sin embargo, a procurar una solución definitiva en su favor y atacaron a Almagro en las Salinas (1538), derrotándolo y tomándolo prisionero. Almagro fue enjuiciado, condenado a muerte y decapitado, con lo que terminó la primera guerra civil.

Tres años después, los almagristas se sublevaron y organizaron en Lima una revuelta en la que asaltaron el palacio de Pizarro y consiguieron darle muerte, quedando como jefe del gobierno Diego de Almagro el Joven, hijo del primer conquistador (1541). Pero entretanto llegó de España Cristóbal Vaca de Castro para investigar el conflicto anterior y con autorización para hacerse cargo del gobierno si las circunstancias lo exigían. Almagro, temeroso de las consecuencias de su actitud, se retiró hacia el sur y organizó la resistencia en el Cuzco, mientras Castro preparaba un ejército en Lima. En la batalla de Chupas (1542) el enviado real venció a Almagro, lo tomó prisionero y ordenó su ejecución, que fue cumplida en el Cuzco. Así tuvo fin la segunda guerra civil.

Sin embargo, la paz fue interrumpida poco después por otro conflicto. Promulgadas en España las leyes de 1542, debían aplicarse las sanciones que se establecían en ellas contra los principales culpables de los conflictos peruanos, sanciones que se referían especialmente al otorgamiento de encomiendas. La corona creó entonces el virreinato del Perú y confió su mando a Blasco Núñez de Vela a quien tocó la ejecución de esas disposiciones.

En el estado de ánimo de los conquistadores, la aplicación de las enérgicas medidas resueltas no podía sino suscitar la rebelión; la encabezó Gonzalo Pizarro en 1544, quien marchó sobre Lima con sus fuerzas; en enero de 1546 el ejército rebelde se enfrentó con el que encabezaba el virrey Núñez de Vela en Añaquito y se trabó un encarnizado combate en el que las tropas de Pizarro derrotaron a las del Virrey. Al terminar la lucha, un terrible deseo de venganza se apoderó de los vencedores.

Andaba el licenciado Carvajal discurriendo por el campo de batalla en busca del virrey, y como andaba disfrazado, no lo hallaba; por acaso se vino a topar con Pedro de Puelles, que andaba en su busca, y le dijo cómo el virrey estaba tendido en el campo confesándose con el padre Herrera, que se lo había mostrado un soldado de los suyos. El licenciado se holgó mucho con esta noticia y sin aguardar un punto, se fueron juntos hasta donde el virrey estaba. Queriendo el licenciado apearse para cortarle la cabeza, le dijo Pedro de Puelles que no lo hiciera, que era gran bajeza y oficio de verdugos querer ejecutar con sus propias manos la muerte de aquel hombre que estaba medio muerto. Y por esto el licenciado no se apeó, sino que mandó a un gran morisco que siempre traía consigo que le cortase la cabeza, y el morisco lo hizo prestamente con la misma daga del virrey.

(GUTIÉRREZ DE SANTA CLARA, Historia de las guerras civiles del Perú)

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Pero la victoria de Pizarro fue efímera; poco después llegaba —con título de pacificador del Perú— el licenciado Pedro La Gasca, nuevo presidente de la Audiencia de Lima, quien comenzó su misión ofreciendo la amnistía a los que abandonaran la causa revolucionaria. Inmediatamente, apoyado por la gran mayoría de los colonos, La Gasca inició el ataque contra Gonzalo Pizarro, que se rindió y fue ejecutado en 1548. Poco después se hacía cargo del virreinato Antonio de Mendoza y la colonia entraba en una era de paz.

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CONQUISTA DE CHILE

Después del viaje de Almagro, emprendieron la exploración y conquista de Chile Pedro de Valdivia, enviado por Pizarro en 1539, y Pedro Sánchez de Hoz, que mostraba una concesión real que le adjudicaba la zona de Tierra del Fuego. El encuentro de los dos capitanes no fue muy cordial, pero como Valdivia poseía más recursos, consiguió someter a su competidor y emprendieron juntos la expedición sobre la base de un convenio que, sin embargo, fue rescindido más tarde.

Valdivia cruzó la zona de Atacama con sólo 150 hombres y alcanzó la región central de Chile.

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Llegué a este valle del Mapocho por el fin del año 1540. Luego procuré venir a hablar con los caciques de la tierra y, creyendo que éramos cantidad de cristianos, vinieron los más a la paz y nos sirvieron cinco o seis meses bien, y esto hicieron por no perder sus comidas, que las tenían en el campo; en este tiempo nos hicieron nuestras casas de madera y paja con las trazas que les di en un sitio donde fundé esta ciudad de Santiago del Nuevo Extremo, en nombre de Vuestra Majestad, en este dicho valle, a los 24 de febrero de 1541.

(PEDRO DE VALDIVIA, Carta al emperador Carlos V)

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Pronto la situación se hizo muy dura; Valdivia fue nombrado gobernador, pero no pudo contener la indisciplina de los suyos, que se amotinaron contra él, mientras los indios comenzaban a mostrarse hostiles. Entonces se solicitaron refuerzos al Perú, los que no pudieron llegar hasta 1543 por los conflictos que allí se desarrollaban en aquel tiempo; sin embargo, cuando llegaron se pudo dar mayor impulso a la ocupación y se fundó la ciudad de La Serena, emprendiéndose al mismo tiempo la sumisión de la tierra hasta más allá del río Maule.

Cuando Valdivia tuvo noticia de la llegada de La Gasca al Perú, se dirigió allí para colaborar con él en la represión de los insurrectos. Logró como premio de su ayuda que se le concediera el gobierno de una extensión de 100 leguas entre los paralelos 27 y 41, en la que se comprendía no sólo el territorio explorado por él sino también las regiones al otro lado de los Andes; fortalecido así en su posición, regresó a Chile en 1549 y decidió formalizar la ocupación de las tierras al sur del Maule.

Después de fundar Concepción, Valdivia cruzó el río Bío Bío y se adentró en las regiones que poblaban los indios araucanos; debió luchar con ellos y los sometió no sin crueldad, pero en 1535 se sublevaron encabezados por Caupolicán y Lautaro, dos caciques valientes y aguerridos; Valdivia fue aprisionado, sometido a suplicio y muerto, pero Francisco de Villagra tomó el mando y continuó, aunque sin mayor éxito, la resistencia. Más tarde, sin embargo, pudo vencer a Lautaro, pero como la lucha no tenía visos de definirse a favor de los españoles, el virrey del Perú nombró gobernador de Chile a García Hurtado de Mendoza, quien se enfrentó con las fuerzas que seguían resistiendo, a las órdenes de Caupolicán.

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Era éste noble mozo de alto hecho

varón de autoridad, grave y severo,

amigo de guardar todo derecho,

áspero, riguroso y justiciero;

de cuerpo grande y relevado pecho,

hábil, diestro, fortísimo y ligero,

sabio, astuto, sagaz, determinado

y en cosas de repente reportado.

(ALONSO DE ERCILLA, La Araucana)

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Al fin logró vencer Hurtado de Mendoza a los últimos rebeldes y Caupolicán fue apresado y muerto. Con el jefe español había venido el poeta Alonso de Ercilla que cantó en un poema la gesta conquistadora, pero que no pudo menos de expresar su admiración por la violenta resistencia y el valor de los araucanos. En efecto, aun caídos sus jefes mantuvieron la lucha y, refugiados en los valles, hostilizaron a los españoles durante largos años.

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LOS VIAJES CLANDESTINOS AL RÍO DE LA PLATA

Desde el año 1512, los gobiernos de España y Portugal recelaban recíprocamente de sus intenciones y procuraban adelantarse el uno al otro en la toma de posesión de las tierras que pudieran corresponderles, no tanto para alterar los términos convenidos como para evitar situaciones de hecho desfavorables a sus intereses. A los frustrados propósitos españoles de explorar las regiones meridionales en 1512, respondió Portugal al año siguiente con el envío efectivo de una expedición encabezada por Cristóbal de Haro y Ñuño Manuel; no se conoce demasiado bien —por su misma clandestinidad— el detalle de este viaje, pero parece seguro que exploraron el río de la Plata y que consideraron que su curso conducía hasta el océano Pacífico, ignorándose si llegaron hasta el estrecho de Magallanes; pese a las órdenes expresas del rey don Manuel en el sentido de que se mantuviera el secreto de tales descubrimientos, la noticia trascendió y en el globo terrestre que construyó el cartógrafo alemán Juan Schöner en 1515 dibujó, entre los 40 y los 50 grados de latitud, un estrecho que unía los dos océanos.

España, gracias a su servicio de espionaje en la corte lusitana, tuvo conocimiento de este viaje, y se apresuró a ordenar el envío de una expedición que recorriera esas tierras y tomara posesión de las que legítimamente correspondían a su corona.

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VIAJE DE SOLÍS

La expedición fue confiada al piloto mayor del reino Juan Díaz de Solís, a quien se le encomendó que tratase de llegar al Oriente por la nueva ruta hallada por los portugueses. Para ello partió Solís de Sanlúcar de Barrameda el 8 de octubre de 1515 con tres naves y se dirigió a la costa sudamericana, que alcanzó en el cabo San Roque. Desde allí la costeó hacia el sur, y en febrero de 1516 entró en el río de la Plata, desembarcando en la isla que llamó de Martín García por el nombre de un tripulante que encontró sepultura allí; costeando de nuevo la ribera oriental, Solís desembarcó en las proximidades del arroyo de Las Vacas y allí fue atraído a una emboscada por los indios charrúas y muerto con los compañeros que iban con él.

Un grumete, Francisco del Puerto, sobrevivió al combate y se quedó entre los naturales, mientras los otros expedicionarios volvían la proa hacia España. Frente a la isla de Santa Catalina naufragó una de las naves y algunos tripulantes lograron salvarse, quedándose en esa región; las otras dos carabelas llegaron a España y dieron cuenta del hallazgo de un inmenso mar dulce al que comenzaron a llamar con ese nombre y designaron luego con el de río de Solís.

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VIAJE DE MAGALLANES Y EL CANO

El viaje de Solís dejaba en pie la duda sobre la existencia de un estrecho de comunicación entre los dos océanos. Desde setiembre de 1516 —fecha de la llegada de los restos de aquella expedición —se comenzó a proyectar en España una nueva exploración de la costa meridional de América del Sur que obtuviera los resultados deseados. En 1518, un marino portugués llamado Hernando de Magallanes, de vasta experiencia marítima y de sólidos conocimientos náuticos, ofreció sus servicios al rey de España —tras adoptar la nacionalidad de éste— para llevar a buen término aquellos proyectos. Aseguraba conocer la vía buscada y acreditaban sus afirmaciones los largos servicios que había cumplido en la flota portuguesa, de modo que Carlos V, aunque con algunas vacilaciones, acordó la autorización necesaria para realizar el viaje.

Las capitulaciones firmadas por Magallanes establecían que debía llegar a las islas de las Especias, razón por la cual Portugal reclamó diplomáticamente exigiendo que no se realizara el viaje, pues afirmaba que tales islas le pertenecían; pero España sostuvo que estaban dentro de su jurisdicción y llevó adelante sus planes; así, el 20 de setiembre de 1519, Magallanes zarpaba de Sanlúcar con cinco barcos, y ponía proa hacia las Canarias y hacia el río de Solís luego. Venía con él un veneciano, Antonio Pigafetta, a quien se le ocurrió narrar las aventuras del viaje en un libro que constituye hoy un documento de valor inapreciable.

A principios de 1520, Magallanes entró en el río de la Plata y señaló con un nombre destinado a perpetuarse un cerro de su costa oriental: Montevideo. Una minuciosa exploración lo convenció de que no era ése el paso buscado y puso entonces proa al sur, navegando por la costa patagónica hasta que se anunció el invierno.

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Alejándonos de estas islas, llegamos (19 de mayo de 1520) a los 49° 30° de latitud meridional, donde encontramos un buen puerto, y como el invierno se aproximaba, juzgamos a propósito pasar allí la mala estación. Transcurrieron dos meses sin que viéramos ningún habitante del país. Un día, cuando menos lo esperábamos, un hombre de figura gigantesca se presentó ante nosotros. Estaba sobre la arena casi desnudo, y cantaba y danzaba al mismo tiempo, echándose polvo sobre la cabeza. El capitán envió a tierra a uno de nuestros marineros, con orden de hacer los mismos gestos, en señal de paz y amistad, lo que fue comprendido por el gigante que se dejó conducir a una isleta donde el capitán había bajado. Su vestido o mejor dicho, su manto, estaba hecho de pieles muy bien cosidas de un animal que abunda en este país. Tenía en la mano izquierda un arco corto y macizo; en la otra mano empuñaba unas cuantas flechas pequeñas de caña. Nuestro capitán llamó a este pueblo Patagones. Pasamos en este puerto, al que llamamos San Julián, cinco meses, durante los cuales no nos sucedió ningún accidente, salvo los que acabo de mencionar.

(ANTONIO PIGAFETTA, Primer viaje en torno al Globo)

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Magallanes debió reprimir en San Julián una sublevación encabezada por Gaspar de Quesada, Luis de Mendoza, Juan de Cartagena y Pedro Sánchez Reina; los dos primeros fueron muertos y los últimos abandonados en la costa, después de lo cual se reinició la navegación hacia el sur. El 21 de octubre llegó la flota al cabo Vírgenes y Magallanes ordenó realizar una exploración que le convenció de que estaba en presencia del estrecho que buscaba, al cual denominó de Todos los Santos; lentamente las naves surcaron el estrecho —de peligrosa navegación— y el 28 de noviembre llegaron a su boca y entraron en el océano Pacífico.

Magallanes recorrió la costa chilena y puso luego proa al noroeste, navegando tres meses y medio sin ver tierra, entre atroces sufrimientos ocasionados por el hambre y la sed. En marzo de 1521 llegaron a las islas Marianas y luego a las Filipinas, que él llamó de San Lázaro; allí pudieron mejorar de situación, pero en un combate con los naturales de la isla Mactán murieron Magallanes y muchos de sus compañeros (27 de abril de 1521). Los demás navegaron hacia las Molucas donde llegaron en noviembre.

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Allí cargamos las dos naves de especería. Ha de saber Vuestra Majestad cómo navegando hacia las dichas islas de Malucos descubrimos el alcanfor, canela y perlas. Deseando partir de las dichas islas de Maluco de vuelta a España, se descubrió una grandísima vía de agua en una de las naves(…) y resolvimos o morir o con toda honra servir a V. M. para hacerlo sabedor del dicho descubrimiento; en cuyo camino descubrimos muchas islas riquísimas, entre las cuales descubrimos Bandam, donde se dan el gengibre y la nuez moscada, Zabba, donde se cría la pimienta, y Timor, donde crece el sándalo.

(SEBASTIÁN EL CANO, Carta al emperador Carlos V, 1522)

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Después de recorrer las Molucas y las zonas vecinas, una de las naves, la Trinidad, retornó hacia las costas americanas; pero fracasó en su intento y al volver hacia las Molucas fue capturada por los portugueses; otra, la Victoria, mandada por Sebastián El Cano, dio la vuelta al cabo de Buena Esperanza y entró en el Atlántico para dirigirse hacia España. Fue perseguida por los portugueses pero escapó al fin y entró en Sanlúcar el 7 de setiembre de 1522, después de haber dado la vuelta al mundo, probando prácticamente una idea sostenida muchas veces pero que no había sido demostrada por la experiencia.

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VIAJE DE LOAYSA

Pese a las reclamaciones portuguesas, España perseveró en sus propósitos de aprovechar las posibilidades que ofrecía el viaje de Magallanes y El Cano, y ordenó que se preparara una nueva expedición para volver hacia las Molucas o islas de la Especiería. Se encargó de su mando a García Jofré de Loaysa con El Cano como piloto, y la formaron siete barcos que se dieron a la mar en julio de 1525 con rumbo al estrecho de Magallanes.

El viaje fue muy desgraciado; el jefe y su segundo murieron en la navegación y la flota se dispersó, naufragando tres de las naves; otras dos, en cambio, llegaron hasta las Molucas, pero sus hombres fueron hechos prisioneros, quedando los portugueses en posesión de las islas y con el dominio de las rutas que conducían a ellas.

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VIAJE DE ALEJO GARCÍA

Hacia la misma época en que Loaysa realizaba su navegación, un grupo de los tripulantes de Solís que había quedado en Santa Catalina decidió probar fortuna y tratar de encontrar las fabulosas tierras del Rey Blanco. Los guaraníes les habían informado, en efecto, sobre la existencia del Imperio quichua y uno de los españoles, Alejo García, encabezó el grupo de los audaces que emprendieron la marcha a través del actual territorio brasileño, cruzaron Misiones y el Chaco paraguayo y entraron, según parece, en la región de Chuquisaca. El viaje fue fructífero, pero al regresar con las riquezas obtenidas, los españoles fueron asaltados y muertos por los indios. Pudieron, sin embargo, comunicar a los que habían quedado en Santa Catalina su importante descubrimiento, y esa noticia fue transmitida a Gaboto, que, poco después, pasó por el lugar.

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VIAJES DE SEBASTIÁN GABOTO Y DE DIEGO GARCÍA

Después de la de Loaysa, debían dirigirse hacia las Molucas —según los planes españoles— otras expediciones que aseguraran los resultados obtenidos. Una de ellas fue organizada por la corona y se confió al piloto mayor Sebastián Gaboto, en tanto que algunos ricos comerciantes de La Coruña prepararon otra cuyo mando fue entregado a Diego García. Uno y otro debían llegar a las islas de la Especiería por el estrecho de Magallanes; García, con dos naves, partió de La Coruña en enero de 1526 y Gaboto, con cuatro, zarpó en marzo de ese mismo año de Sanlúcar.

Mientras recorría la costa brasileña, Gaboto recibió reiteradas noticias acerca de la existencia del Imperio del Rey Blanco; de él le hablaron los colonos portugueses de Pernambuco y, luego, en Santa Catalina, los antiguos náufragos de Solís que trasmitieron los datos, más o menos concretos, de la expedición de Alejo García. Estos informes decidieron a Gaboto a abandonar el plan primitivo para internarse en el río de la Plata y tratar de hallar la ruta que condujera a aquellas tierras fabulosas.

En febrero de 1527 Gaboto llegó a las bocas del río de la Plata y comenzó a costear su ribera oriental, deteniéndose en cierto lugar en el que halló a Francisco del Puerto, el grumete de Solís que había quedado entre los naturales de la región. Allí recibió Gaboto nuevas informaciones; supo que el río se internaba hacia el norte y que en esa zona se hallaban grandes riquezas; y decidido a probar fortuna, dejó allí dos naves grandes al mando de Antón Grajeda y con la más pequeña se internó por el Paraná, que recorrió entonces hasta la desembocadura del Carcarañá; luego entró por este río, y en su confluencia con el arroyo Coronda fundó en junio de 1527 un fuerte, al que llamó Sancti Spiritu.

Quedó en el fuerte una pequeña guarnición y Gaboto con el resto de los expedicionarios emprendió viaje —con el bergantín que los había traído y otro que se construyó en el lugar— hacia las regiones del norte, remontando el río Paraná hasta más allá de la desembocadura del Paraguay; una de las naves exploró el curso de ese río y el del Bermejo, y en vista de que las condiciones del viaje empeoraban por la pérdida de hombres y la falta de víveres, decidió Gaboto emprender el regreso, deseoso, además, de averiguar quiénes eran los navegantes que, según algunos avisos, habían aparecido en el Paraná.

Aguas abajo se encontraron con Diego García; había partido éste antes que él, y pese a que sus instrucciones le ordenaban también seguir hacia las Molucas, había cambiado su itinerario por las mismas razones que lo hiciera Gaboto. En la entrevista, y tras violentas discusiones, se entendieron los dos capitanes y resolvieron explorar juntos el río Paraguay, recorriéndolo hasta el Pilcomayo sin lograr señales ciertas de las regiones metalíferas que buscaban. La desilusión se apoderó del ánimo de los exploradores y se acentuó más todavía al conocer el trágico fin de la guarnición que había quedado en el fuerte de Sancti Spiritu —asaltado por los indios— de la que no había ningún sobreviviente; acordaron, pues, volver a España, aunque separados, y llegaron a Sanlúcar en 1530. Gaboto, sometido a juicio por haber desobedecido las órdenes reales, hubo de ser condenado a destierro, perdiendo temporariamente el cargo de piloto mayor.

Así fracasaban los intentos españoles de apoderarse de las Molucas; Carlos V cedió sus derechos a Portugal a cambio de una indemnización, el mismo año del regreso de los expedicionarios, aunque conservó los que tenía sobre las islas Marianas y Filipinas.

Una leyenda inventada más tarde y recogida por el cronista Ruy Díaz de Guzmán en su libro La Argentina, que compuso en 1612, contaba que después de la partida de Gaboto habían quedado en la región algunos españoles y entre ellos una mujer, Lucía Miranda, casada con Sebastián Hurtado; según el cronista, se enamoró de ella el cacique Siripo, quien consiguió capturarla tras la destrucción del fuerte y la matanza de muchos de sus compañeros; la trajo así a su lado, pero poco después regresó el marido de Lucía, al que Siripo hizo prisionero, ofreciéndole otra mujer a cambio de la que él amaba. Hurtado, esperando ocasión de escapar con su esposa, fingió acceder; pero una de las mujeres de Siripo, despreciada por él, convenció al cacique de que lo engañaban y entonces éste ordenó que fuera ella quemada y él asaeteado. Hoy se juzga inverosímil la leyenda porque —según lo que sabemos— no vinieron mujeres en la expedición de Gaboto.

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CAPÍTULO VI. LA ÉPOCA DE CARLOS V

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La política europea de Carlos V. Lucha entre las casas de Austria y Francia: Carlos V y Francisco I. La hegemonía española. La política colonial de Carlos V.

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A principios del siglo XVI llegó al trono de España Carlos I, nieto de los Reyes Católicos por la rama materna y del emperador de Alemania, Maximiliano, por la rama paterna. Con él se consolidó la unificación española que Fernando e Isabel habían iniciado y al poco tiempo, por su elección imperial, se realizó la unión en una sola corona de vastos territorios heredados de sus diversos antepasados. Su poderío fue inmenso y su época —la primera mitad del siglo XVI— marca la máxima ascensión de España en el cuadro político de Europa. Pero si Inglaterra podía permanecer indiferente ante el crecimiento de su poder, Francia, en cambio, se sintió amenazada por él y esta situación condujo a una guerra entre las dos naciones que se prolongó durante el reinado del emperador. Fue un período borrascoso, de gloria y de tragedia; cada día se vislumbraban mejor las promesas de las nuevas posesiones americanas, pero, entre el brillo de la cultura renacentista irrumpía la terrible crisis religiosa y política de la Reforma. Agobiado por tanta grandeza y tantos dolores, Carlos V abdicó y, en contraste con su antiguo esplendor, buscó refugio en el monasterio de Yuste donde lo halló la muerte,

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LA POLÍTICA EUROPEA DE CARLOS V

A la muerte de Fernando el Católico, rey de Aragón y regente de Castilla, asumió el trono de ambos reinos, en 1516, su nieto Carlos I, hijo de Juana la Loca y de Felipe el Hermoso de Austria.

Diversas circunstancias contribuían a orientar su política hacia una ruptura con Francia. La más inmediata era la cuestión de Italia, planteada desde largos años, y que estaba entonces en un momento crucial. En efecto, desde fines del siglo XV Francia y España aspiraban a establecer su dominio sobre diversas regiones italianas. Carlos VIII de Francia trató en vano de apoderarse del reino de Nápoles en 1494; su sucesor, Luis XII, logró conquistar el Milanesado en 1499 y más tarde, resolvió renovar las operaciones sobre el reino napolitano, para lo cual juzgó prudente entenderse con Fernando el Católico, que podía alegar derechos a esa corona; juntos iniciaron la lucha y lograron su objeto; pero se enemistaron luego y tras breve lucha, el rey aragonés mantuvo solo lo conquistado (1504). Aliados los españoles con otras potencias en lo que se llamó la Santa Liga, arrebataron el Milanesado a Francia en 1515; pero ese mismo año moría Luis XII y su sucesor, Francisco I, no se mostró dispuesto a ceder en las pretensiones francesas; así, ese mismo año, invadió nuevamente el Milanesado y derrotó al duque milanés en la batalla de Mariñán, con lo que volvió a sus manos ese territorio. Poco tiempo después llegaba al trono de España Carlos I, que reconoció por el momento esa conquista aunque con el secreto propósito de rever más tarde su decisión.

Cuando en 1519 murió el emperador Maximiliano, Carlos I y Francisco I resolvieron optar a la corona vacante. Asistían al primero razones de familia, de tradición y de nacionalidad, en tanto que al segundo le preocupaba seriamente no quedar envuelto por los estados de Carlos. Así, cuando la dieta imperial eligió a este último —que desde entonces se llamó Carlos V— la tirantez se acentuó y muy pronto se convirtió en guerra abierta.

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LUCHA ENTRE LAS CASAS DE AUSTRIA Y FRANCIA: CARLOS V Y FRANCISCO I

Francisco I poseía un estado compacto y centralizado, en el que habían logrado buenos frutos los reyes autoritarios que lucharon por contener la disgregación feudal. Carlos V, en cambio, si bien poseía territorios infinitamente más extensos, no podía, contar con ellos en absoluto. América no era todavía sino una incierta promesa; los estados austríacos y las regiones flamencas que había heredado de sus abuelos paternos mantenían su antigua estructura feudal y muy pronto se verían convulsionados por la Reforma religiosa; y la misma España no recibió con entera satisfacción a este rey extranjero que venía rodeado por una corte flamenca y que parecía despreciar a los españoles. Así, las fuerzas de ambos rivales se equilibraron por la situación real de sus estados.

En la guerra que iba a comenzar muy pronto se agitaban varias cuestiones; el problema fundamental era la situación de Francisco I frente al extenso imperio de Carlos; pero no dejaba de tener importancia la posición de ambos rivales en Italia —donde Francia poseía el Milanesado y España el reino de Nápoles— y sobre todo, las aspiraciones de Carlos V a conquistar la Borgoña para poseer por el sur y el este de Francia un camino por tierra que uniera las distintas partes de su imperio. Este propósito amenazaba la unidad territorial de Francia pero parecía apoyado por los derechos de Carlos V a la herencia de su abuela María de Borgoña, hija de Carlos el Temerario y esposa de Maximiliano de Austria.

La primera guerra comenzó entre los dos rivales en 1520, poco después de la elección imperial. Desde Flandes entró Carlos al norte de Francia y poco después logró apoderarse del Milanesado e invadir el sur del reino. Sin embargo, Francisco I no se dejó abatir y comenzó a atacar a su vez hasta lograr la reconquista del Milanesado.

En 1525, las tropas imperiales se enfrentaron con las que mandaba el propio Francisco I en la batalla de Pavía. Muy pronto consiguieron dominar la situación los soldados del emperador y el propio rey se vio acosado por los avances del enemigo.

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Iba casi solo, cuando un arcabucero le mató el caballo, y yendo a caer con él, llega un hombre de armas de la compañía de D. Diego de Mendoza, llamado Juan de Urbieta, natural de Guipúzcoa, y como le vio tan señalado, va sobre él al tiempo que el caballo caía, y poniéndole el estoque en un costado, por las escotaduras del arnés, le dijo que se rindiese. El rey, viéndose en peligro de muerte, dijo: “La vida, que soy el rey”. El guipuzcoano lo entendió aunque lo había dicho en francés y diciéndole que se rindiese, él dijo: “Me rindo al emperador”.

(OZNAYA, Descripción de lo sucedido en la batalla de Pavía)

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El rey prisionero fue conducido a Madrid; allí firmó un tratado (1526) por el que renunciaba a sus pretensiones en Italia, a la posesión de Flandes y Artois, y entregaba a Carlos la Borgoña; luego fue puesto en libertad y, al volver a Francia, declaró que el tratado carecía de valor por haberlo suscripto bajo la fuerza de las amenazas.

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LA HEGEMONÍA ESPAÑOLA

La magnitud de sus posesiones y el triunfo sobre su único rival aseguraron a Carlos V la hegemonía en Europa. Esta situación se mantuvo durante todo su reinado, aunque a lo largo de él, diversas circunstancias la pusieran en creciente peligro.

Una nueva guerra (1527-1529) demostró pronto que el equilibrio era inestable; Solimán el Magnífico, sultán de los turcos, se unió a Francisco I y marchó contra la capital imperial, Viena, viéndose obligado Carlos V a firmar una paz; por el tratado de Cambrai (1529) Francisco I obtuvo que el emperador renunciara a la Borgoña, pero, a pesar de eso, nuevos conflictos se produjeron desde 1536 hasta 1538 y desde 1544 hasta 1546; al fin de este último, Francia perdió Flandes y Artois; poco después moría Francisco I.

Su sucesor, Enrique II, logró establecer una alianza con los príncipes protestantes alemanes que, desde que habían constituido la Liga de Esmalcalda (1531), mantenían una situación de hostilidad contra el emperador. Enrique ocupó Metz, Toul y Verdún y cuando Carlos V quiso reconquistar la primera de esas ciudades fue derrotado en 1553. Poco después, agotado y deprimido, abdicaría al trono.

Durante el largo reinado de Carlos V, España alcanzó una extraordinaria preeminencia en Europa; por ser la parte más compacta de los estados del emperador y por poseer las colonias americanas, cuyas riquezas comenzaron en ese entonces a ponerse de manifiesto, España fue considerada como el núcleo de los vastos dominios de Carlos V; hacia ella afluían las riquezas y de ella se esperaba la actitud decisiva en los grandes problemas internacionales, fuera para combatirla o para contemporizar con ella.

Ya en la época de Carlos V podía descubrirse cuáles serían en el futuro los puntos débiles de la gran potencia; pero durante todo el siglo XVI creció el prestigio y la fuerza de España sin que fueran obstáculo para ello la crisis económica y algunos desaciertos graves que prepararon su ocaso para más tarde. Prestigio político, fuerza militar, brillo en las actividades del espíritu, tales fueron los caracteres de la hegemonía española en el siglo XVI.

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LA POLÍTICA COLONIAL DE CARLOS V

Le tocó a Carlos V orientar la política colonial de España. Hasta que llegó al poder sólo se habían realizado operaciones de exploración y apenas se había insinuado el propósito colonizador en el gobierno español; ese propósito fue el que se acentuó con Carlos V, una vez que la expedición de Cortés demostró que la promesa del descubrimiento se convertía en realidad. Sin embargo, Carlos V no parece haber advertido las posibilidades de una acción organizada y metódica. Sus resoluciones fueron siempre posteriores al desencadenamiento de los hechos, originados muchas veces en circunstancias fortuitas u obra de la iniciativa privada. Pero poco a poco se fue afirmando la convicción de que América merecía una enérgica y continuada acción del estado y aparecieron los organismos de control y estímulo que permitieron la prosecución y el desarrollo de la colonización americana. Este proceso entrará en su fase decisiva durante el reinado de su hijo y sucesor Felipe II.

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CAPÍTULO VII. LA PREPONDERANCIA ESPAÑOLA EN EUROPA

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La abdicación de Carlos V y la cesión de América. — La monarquía española y la política interior de Felipe II. — La unidad católica: el Santo Oficio. — La sublevación de los Países Bajos. — La política exterior. — La lucha contra el Imperio turco: Lepanto. — La conquista de Portugal. — La lucha contra Inglaterra. — Los orígenes de la decadencia española.

Francia en la época de las guerras de religión. — La Santa Liga y Felipe II. — Enrique IV y el resurgimiento de Francia. Inglaterra en la época de Isabel. La política interior. — La política exterior.

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Durante la primera mitad del siglo XVI, la historia del emperador Carlos V resume los acontecimientos más importantes del mundo europeo; España, Alemania, los Países Bajos y gran parte de Italia dependían de él, y Francia, por su parte, debía orientar su política principalmente según las exigencias de las relaciones con su poderoso vecino. Así, no quedaba fuera de la órbita del emperador, en la Europa occidental, nada más que Inglaterra, donde Enrique VIII se mantenía casi aislado del drama político que se desarrollaba en el continente. Mientras tanto, en la Europa oriental, el Imperio turco procuraba sin mayor éxito continuar su expansión hacia el oeste, luego de haber adquirido el dominio pleno de la región balcánica, y Rusia, por su parte, marchaba lentamente hacia su unificación gracias a la firme política de los reyes moscovitas contra los boyardos o señores feudales.

Pero al llegar a la segunda mitad del siglo, el panorama cambia. El imperio de los Habsburgo se divide, Inglaterra avanza hacia el primer plano de la política internacional y Francia se lanza a una terrible guerra civil de origen religioso, de la que, sin embargo, saldrá tonificada al fin gracias a la vigorosa conducción de Enrique IV. En el Oriente, el Imperio turco no logra realizar su plan expansivo porque España consigue contenerlo en el mar, mientras Rusia llega a cumplir el suyo con Iván el Terrible, constituyendo una monarquía absolutista. Nadie podrá, pues, por entonces, amenazar gravemente la hegemonía española, apuntalada por la conquista americana; pero durante ese período se prepara su caída por su crisis interior y, en el siglo siguiente, una Francia fortalecida recogerá la herencia del predominio europeo. Así, Felipe II es la figura más notable de la época, aunque durante su reinado se geste la decadencia española.

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LA ABDICACIÓN DE CARLOS V Y LA CESIÓN DE AMÉRICA

Carlos V había sido durante casi cuarenta años el árbitro de Europa; sin embargo, su autoridad fue resistida en sus propios estados y vigorosamente combatida por Francia, de modo que su largo reinado había sido una continua lucha, a la que agregó singular amargura el desencadenamiento del cisma religioso. En 1553 el emperador fue derrotado frente a Metz, precisamente cuando se agravaba la enfermedad que sufría, y entonces decidió abdicar y recogerse al monasterio de Yuste, que pertenecía a la orden de San Jerónimo. El emperador maduró esa resolución y tomó las providencias necesarias para el cumplimiento de su trascendental propósito, comenzando por ceder en octubre de 1555 a su hijo Felipe— recién casado con la reina de Inglaterra María Tudor— el gobierno de los Países Bajos.

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Pocos días después, sintiéndose Su Majestad más fatigado con sus enfermedades, en diez de enero del siguiente año de 1556, hizo solemne y pública renunciación en el rey don Felipe, su hijo, de todos los reinos y señoríos que le habían quedado, sin reservar para sií un palmo de tierra. Y mandó que se leyese la renunciación firmada por su nombre en público, en lengua latina, estando el príncipe don Felipe de rodillas delante de su padre, con la cabeza descubierta. Fenecido el acto, el príncipe besó la mano de su padre bañándosela con lágrimas, y él le besó en la frente y echó su bendición diciéndole amorosas y graves sentencias. Luego de allí a poco, renunció en su hermano don Fernando el Imperio romano, que ya no le quedaba otra cosa (1556).

(PADRE SIGÜENZA, Historia de la Orden de San Jerónimo>

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De ese modo, Felipe II inició su reinado como señor de España y América, de los Países Bajos, de Italia y del Franco Condado, mientras Fernando I pasaba a ser emperador y señor de los estados que tradicionalmente poseían los Habsburgo en Alemania. La dinastía quedaba desde entonces dividida en dos ramas, la española y la austríaca, que, aunque se mantuvieron vinculadas, orientaron su política según sus propios intereses, desapareciendo de ese modo su aplastante influencia en Europa.

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LA MONARQUÍA ESPAÑOLA Y LA POLÍTICA INTERIOR DE FELIPE II

Con Felipe II, la rama española de los Habsburgo adquirió un carácter más nacional que el que tuvo la dinastía durante el reinado de su padre. El rey residía en España permanentemente y tenía costumbre de centralizar en sus manos todos los problemas de sus vastos estados, los que solía resolver con criterio español, esto es, según los fundamentales intereses de ese reino.

Su personalidad era compleja; poseía un estricto sentido del deber y especialmente de los que eran propios de su condición real, así como también un poderoso orgullo que no toleraba intromisiones que pudieran modificar su opinión personal. A veces parecía cruel, pero tenía la preocupación firme de ser justo aun a costa de sus más caros intereses. Quizá su rasgo predominante fuera su profunda religiosidad, apegada estrictamente a la doctrina católica, a cuyo servicio estuvo dispuesto a poner todo su poder; y algunas veces, su temperamento lo llevaba a una actitud reconcentrada, llena de desprecio por las vanidades del mundo y del poder.

Su concepción de la autoridad real no le permitió tener ministros en quienes confiar ni admitir restricciones a su poder; estas dos particularidades se sumaron en uno de los episodios más característicos de su reinado: la sublevación de Aragón. En efecto, un personaje de la corte, Antonio Pérez, había llegado a poseer cierto ascendiente sobre el rey y a lograr la categoría de privado, como se llamó en España a los secretarios de confianza de los reyes. Cuando su poder pareció molesto al monarca, aprovechó una circunstancia oscura para ponerlo en prisión (1579), pero el ministro, tras once años de cautiverio, huyó y se refugió en Aragón, apelando a la ayuda del Justicia Mayor, antiguo magistrado aragonés que tenía derecho de protección de los acusados hasta que interviniera la justicia. Felipe II exigió la entrega del prófugo; pero los aragoneses —como los castellanos en tiempos de su padre— quisieron resistir para defender sus fueros. La represión fue brutal. Antonio Pérez pudo huir al extranjero, pero el Justicia Mayor Juan de Lanuza fue ejecutado y los privilegios aragoneses suprimidos poco después por las Cortes, tras haberse ahogado en sangre el conato revolucionario.

No fue ésta la única incidencia seria de su gobierno en España. También los moriscos que habían quedado en la provincia de Granada intentaron sublevarse porque no se respetaban las libertades que les habían sido prometidas antaño. Desde 1567 hasta 1571 se combatió en las sierras y sólo después de algunos fracasos se consiguió dominar la insurrección.

Mientras tanto, Felipe II procuraba dar a su gobierno un aire ascético y cristiano. Eligió para su residencia un lugar de Castilla próximo a Madrid en el que hizo erigir un vasto palacio, cuya construcción demoró más de veinte años. La obra era inmensa y fue dirigida por el arquitecto Juan de Herrera.

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Aquel bullicio y aquel ruido, aquella variedad de gentes y voces tan varias, la diferencia de artes, oficios y ejercicios envueltos todos en una prisa y diligencia extraña, y aquella, al parecer confusa muchedumbre, aunque a la verdad admirablemente avenida y concertada, causaba como pasmo y admiración a cuantos de nuevo la veían y aun a los que despacio la estaban considerando.

(PADRE SIGÜENZA, Historia de la orden de San Jerónimo)

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Sin embargo, aquella grandeza traía consigo una marcada ostentación de austeridad y espíritu cristiano. Las paredes lisas, la forma de parrilla que se adoptó para su estructura en recuerdo del martirio de San Lorenzo, y, sobre todo, los recintos funerarios llamados el pudridero, uno de ellos, y el panteón de los reyes, el otro, probaban que el monarca vivía pensando no en la gloria mundana sino en la vida eterna. Esta preocupación guió su conducta pública y provocó en él una acentuada intolerancia religiosa que explica muchos aspectos de su política.

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LA UNIDAD CATÓLICA: EL SANTO OFICIO

Uno de los rasgos más notables del gobierno de Felipe II fue, en efecto, el afán por asegurar la unidad católica en sus reinos.

Ya antes que él otros monarcas habían tomado diversas medidas para impedir la subsistencia de las religiones hebrea y musulmana, así como para impedir la difusión del protestantismo. Felipe II extremó esta política y aseguró al Santo Oficio o Inquisición todo su apoyo para que no quedase sin castigo ningún sospechoso de herejía o simplemente de tibieza.

El ejemplo más acabado de estos propósitos reales fue la acusación contra el arzobispo de Toledo y Primado de España, de la que resultó su apresamiento, sin que bastara la intervención del papa para lograr su libertad. Como él, sufrieron persecución innumerables personas, muchas de las cuales fueron condenadas a sufrir la pena de la hoguera, tanto en España como en sus otros estados. Pero donde la persecución tuvo mayor violencia, debido al desarrollo que había tomado el protestantismo, fue en los Países Bajos.

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LA SUBLEVACIÓN DE LOS PAÍSES BAJOS

Los Países Bajos comprendían dos regiones: Flandes, al sur, cuyas ciudades eran centros económicamente poderosos y en las que predominaban los católicos, y la actual Holanda, al norte, donde abundaban los protestantes. Felipe II había designado gobernadora del país a su hermana Margarita de Parma, quien mantenía las tradicionales libertades de que gozaba el territorio; pero, de acuerdo con las instrucciones reales, comenzó a actuar allí el Santo Oficio con marcada energía y, poco después, la violencia de los procedimientos originó una abierta rebelión de los habitantes.

Para someterlos, envió Felipe II al duque de Alba con un ejército poderoso; el nuevo gobernador instituyó un tribunal que él llamó “de los disturbios”; pero que fue apodado por el pueblo “tribunal de la sangre”, y cuya severidad, manifestada en múltiples ejecuciones, provocó nueva irritación. La sublevación se hizo entonces general y a la cabeza del movimiento se puso el príncipe de Orange, Guillermo de Nassau, llamado Guillermo el Taciturno; con la ayuda de Inglaterra pudieron resistir al poderoso ejército español y hostilizarlo de muchas maneras, sin que vacilaran en inundar el territorio abriendo las compuertas de los diques para inmovilizar a las fuerzas invasoras. Finalmente, en 1579, Flandes se sometió a España por predominar allí los católicos, en tanto que la región del norte, que adoptó el nombre de Provincias Unidas, declaró su independencia en 1581, manteniendo la lucha por mucho tiempo.

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LA POLÍTICA EXTERIOR

Mientras sorteaba las múltiples dificultades internas, Felipe II se preocupó por mantener y afirmar la posición predominante de España en Europa. Su propósito no presentaba grandes dificultades; ninguna de las potencias occidentales estaba todavía en condiciones de abatir a España, cuyos recursos eran abundantes y cuyo ejército parecía temible, más, en realidad, de lo que era.

Con ese fin no vaciló en intervenir en la política interna de Inglaterra, de Francia y de Portugal; en los dos primeros países, los disturbios religiosos le proporcionaron ocasión favorable y Felipe II se mostró dispuesto siempre a apoyar al partido católico contra el protestante; además, procuraba defender también sus propios intereses dinásticos, pues no excluía la posibilidad de imponer un miembro de su casa en el trono de algún país vecino; estas razones movieron no sólo su intervención en Portugal sino también la que tuvo en Francia. Las razones religiosas predominaron, en cambio, en la lucha con Isabel de Inglaterra y, sobre todo, en la enérgica acción que llevó a cabo contra el Imperio turco.

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LA LUCHA CONTRA EL IMPERIO TURCO: LEPANTO

Junto a la Inglaterra protestante, el Imperio turco constituía una de las obsesiones de la España católica. Poderoso y organizado, dominaba en el Mediterráneo oriental restringiendo la navegación veneciana y amenazaba la cuenca occidental con sus incursiones, en las que coincidía con los piratas que se albergaban en los puertos del norte de África. En 1571 Felipe II se unió a Venecia y preparó una flota poderosa para abatir el poder marítimo de los turcos. En el mar Jónico se encontraron las dos escuadras frente a Lepanto, cerca del golfo de Corinto.

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Una milla estaría una armada de la otra cuando la generala del Turco tiró una pieza de artillería desafiando a la nuestra para la batalla. Nuestra Real respondió con otra aceptando la batalla, y ésta con otra respondió el Turco. Cuando tan juntas se hallaron las armadas que con la artillería se podían fácilmente batir, se hallaron seis galeazas nuestras delante de nuestras galeras, dos enfrente de cada escuadra. Las dos de la mano izquierda comenzaron a jugar la artillería porque por aquella parte se comenzó la batalla, e hicieron grandísimo daño a los enemigos.

Su Alteza don Juan de Austria acometió con su Real a la generala turca la cual, aunque tenía mucha y muy buena gente y era socorrida por la popa, fue en breve rendida y muerta, muerto Alí Bajá, su general, y derribado el estandarte. Fue esta batalla muy grande, muy reñida y muy sangrienta.

(FRAY MIGUEL SERVIA, Relación del suceso de la Armada de la Liga)

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La victoria de Lepanto —en la que intervino Miguel de Cervantes y fue herido en un brazo— no destruyó el poderío naval de los turcos, pero contuvo su expansión hacia occidente .

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LA CONQUISTA DE PORTUGAL

Dentro de la península ibérica, Portugal había mantenido su independencia, pero no estaba definitivamente descartada la idea de unirlo al reino que se había constituido con Castilla, Aragón y Navarra. Cuando en 1578 murió el rey de Portugal don Sebastián en la batalla de Alcazarquivir, Felipe II creyó que había llegado el momento de realizar aquel proyecto y adujo los derechos que poseía por parte de su madre, Isabel de Portugal. La situación se hizo crítica dos años después, cuando en 1580 murió el cardenal don Enrique y se manifestaron las intenciones de llevar al trono al infante don Antonio, sobrino del rey difunto. Entonces Felipe II decidió invadir el país y el duque de Alba entró con un ejército en Portugal, sometiéndolo rápidamente.

La conquista de Portugal pareció el último paso en el proceso de unificación de España. Significó para la corona la posesión del vasto imperio colonial lusitano, pero trajo consigo un problema duradero, pues los portugueses no se resignaron a perder la independencia y más tarde volvieron a luchar por ella.

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LA LUCHA CONTRA INGLATERRA

En 1554 Felipe II había contraído matrimonio con la reina de Inglaterra María Tudor; era ésta hija del matrimonio de Enrique VIII con Catalina de Aragón y había sido celosamente educada por su madre en la religión católica, así que, después del reinado de Eduardo VI, su primera preocupación al subir al trono fue restaurar aquella fe. Pero su reinado fue breve; al morir, en 1558, sus planes no habían madurado, y su sucesora, Isabel, hija de Ana Bolena, retornó al anglicanismo.

Desde entonces, las relaciones entre España e Inglaterra fueron tirantes. Felipe II apoyó a los católicos que levantaban la candidatura de la reina de Escocia, María Estuardo, para reemplazar a Isabel y ésta, a su vez, procuraba hostilizar al rey de España auxiliando a los protestantes de los Países Bajos.

La guerra fue, así, sorda y encubierta. Pero muy pronto, junto a las intrigas, surgió una nueva forma de hostilidad porque Isabel autorizó a los corsarios ingleses para que atacaran a las flotas que traían a España las riquezas americanas. Entonces Felipe II decidió un escarmiento ejemplar y armó, en 1587, una poderosa escuadra destinada a invadir las islas.

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La armada de España contenía sesenta y cinco galeones y naves gruesas, veinticinco urcas de trecientas a setecientas toneladas, diecinueve pataches de a ciento trece calzas, cuatro galeazas, cuatro galeras, veinte carabelas para servicio y diez falúas. Iban encabalgamientos para doce piezas de batir y para veintiuna de campaña, con balas para ellas; siete mil arcabuces de respeto, mil mosquetes, diez mil picas y seis mil medias, mil partesanas y alabardas, sin contar las armas ordinarias que lleva la gente de guerra y de mar. Mandó el duque de Medina Sidonia embarcar los señores encomenderos, encomendando a los más señalados y soldados los navíos, para que su asistencia aprovechase en la concordia y mover las armas, y para que fuesen con autoridad conveniente a su calidad y méritos y procurase cada uno que su navío se señalase en todas las acciones.

Partió la armada de la costa de España a treinta de mayo de 1588 con varios accidentes, y desbaratóse al salir de la barra con un recio temporal que la esparció y forzó a la Real capitana con buena parte de la vanguardia a entrar en el puerto de la Coruña, donde se entretuvo muchos días esperando que se juntara el resto de las escuadras.

(CABRERA DE CÓRDOBA, Historia de Felipe II

Muy pronto la flota empezó a ser hostilizada por los barcos ingleses, ligeros y audaces, y el almirante intentó refugiarse en el puerto de Calais, pero no le dieron tiempo los incesantes ataques enemigos, que comenzaron a lanzar contra ellos los brulotes, embarcaciones pequeñas cargadas con materias inflamables que incendiaron muchas naves españolas y obligaron a dispersar la escuadra.

Como nuevamente la tempestad impidió reorganizarla en alta mar, el almirante resolvió volver a España sin tocar en los Países Bajos —donde debía subir a bordo un grueso ejército de desembarco mandado por Alejandro Farnesio— dando la vuelta por el norte de Escocia. En ese viaje sufrió la escuadra nuevos contratiempos y, tras perder muchos barcos y gran número de hombres, entró de nuevo en España habiéndose malogrado el vasto plan de invasión.

El fracaso de la Armada Invencible puso a Inglaterra en condiciones de reorganizar y acrecentar su poderío marítimo: mientras España se veía precisada a abandonar sus propósitos agresivos contra ella, los corsarios ingleses se mostraron más audaces y llegaron hasta los puertos españoles para incendiarlos y saquearlos.

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LOS ORÍGENES DE LA DECADENCIA ESPAÑOLA

La gravedad de los problemas interiores y exteriores que debió afrontar Felipe II pusieron a prueba su serenidad y sus dotes de estadista. Su política, sin embargo, careció de elasticidad y fue conducida con demasiado rigor por ciertos principios, ya señalados por su padre, que comprometieron los recursos y el prestigio del reino.

En efecto, su intolerancia religiosa trajo a España serias consecuencias para lo futuro; malogró el desarrollo del pensamiento moderno impidiendo que los españoles fueran a estudiar fuera de España y persiguiendo a los que, por demostrar ciertas preocupaciones intelectuales, podían ser calificados como herejes; pero no fueron sólo esas consecuencias espirituales las que desató con su política: también las hubo de carácter económico, porque la persecución de los moriscos trajo consigo el empobrecimiento de la región meridional de España, y las guerras contra los Países Bajos e Inglaterra malograron en parte las grandes posibilidades comerciales de España.

A todo esto, la conquista de América, tan promisoria durante el reinado de su padre, no solamente no proporcionó los inmensos beneficios que se esperaban, sino que significó enormes gastos y consumió inmensas energías humanas. Por otra parte, un acentuado espíritu de aventura se apoderó del hombre español, que no logró reducir sus ambiciones para trabajar en la elaboración de una sólida grandeza económica. Todo esto, así como las incesantes guerras y los celos que desde principios del siglo XVI provocaban la riqueza y el poderío de España, originó en el reinado de Felipe II un comienzo de declinación que el monarca, con su inflexible criterio, no atinó a contener. Esta declinación será visible en los reinados siguientes y se pondrá de manifiesto en el curso del siglo XVII con la pérdida de la hegemonía europea.

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FRANCIA EN LA ÉPOCA DE LAS GUERRAS DE RELIGIÓN

Enrique II de Francia debió continuar la lucha que su padre había iniciado con España. Colaboró activamente en la derrota de Carlos V, pero, al subir Felipe II al poder en 1556, debió afrontar la oposición de éste, que agregaba a sus fuerzas las que le proporcionaba su matrimonio con la reina de Inglaterra María Tudor.

En 1557, Enrique II fue derrotado en la batalla de San Quintín por el rey de España y por un instante pareció que estaba en inminente peligro; pero Felipe no aprovechó su victoria y los franceses pudieron reconquistar el puerto de Calais; Felipe se avino entonces a firmar el tratado de Cateau-Cambresis (1559) que confirmaba la posesión de Metz, Toul, Verdun y Calais a los franceses y por algún tiempo desapareció la amenaza española sobre el reino de Francia.

Pero durante el reinado de Enrique II comenzó a prepararse una grave crisis interna. Los calvinistas hicieron notables progresos y se convirtieron a su doctrina muchos miembros de la nobleza francesa que, al poco tiempo, se enfrentaron firmemente con el grupo católico. La crisis se mantuvo latente hasta que murió Enrique II. A partir de ese momento, en cambio, se acentuó su gravedad, porque el poder pasó sucesivamente a sus tres hijos, todos ellos bastante incapaces y dominados por su madre, Catalina de Médicis, que se caracterizó por su espíritu tortuoso y amigo de la intriga.

Mientras reinó el primero de sus sucesores, Francisco II, la crisis no llegó a estallar. Pero los católicos, encabezados por el duque de Guisa, comenzaron a recelar de los hugonotes, o calvinistas que, dirigidos por el almirante Coligny y por Antonio de Borbón, rey de Navarra, empezaban a infiltrarse en la corte. Poco después de subir al trono, en 1569, Carlos IX, la lucha entre ambos bandos adquirió particular violencia. En 1562 un numeroso grupo de hugonotes fue asesinado en Vassy y entonces se organizaron las dos fracciones para la guerra; durante ocho años combatieron sin piedad entre ellos, y las persecuciones y muertes provocadas por los dos bandos fueron innumerables. Felipe II sostenía a los católicos e Isabel de Inglaterra a los hugonotes, de modo que la guerra interior se mantenía con recursos y esperanzas que llegaban de fuera, prolongando cada uno su esfuerzo con sostenida tenacidad,

En 1570 se llegó a una tregua; pero uno de los requisitos era que los hugonotes tuvieran participación en la vida pública del mismo modo que los católicos, y éstos se mostraron temerosos del ascendiente que lograban sobre el rey algunos personajes de esa tendencia, y muy especialmente el almirante Coligny. Con la ayuda de la reina Catalina se urdió una intriga y el débil rey, convencido por los católicos de que los hugonotes conspiraban contra su vida, autorizó su persecución y muerte en 1572. Se produjo entonces —la noche de San Bartolomé de ese año— una gran matanza de protestantes; el almirante Coligny fue asesinado por orden del propio duque de Guisa y otros jefes fueron muertos por los soldados; pero muy pronto la matanza degeneró en un cruel desenfreno y la gente del pueblo comenzó a asesinar y a robar sin medida. Al finalizar la jornada el número de víctimas era enorme y creció aun más en los dos días que siguieron, sin que el rey, horrorizado, pudiera contener la saña criminal de los exaltados; entretanto, en algunas provincias se produjeron actos semejantes; pero los hugonotes comenzaron a resistir ordenadamente y constituyeron una liga llamada Unión protestante, que, con una fuerza militarmente organizada, resistió en La Rochela hasta que el rey se avino en 1573 a pactar con ellos.

En 1574 subió al trono Enrique III, que procuró entenderse con los protestantes. Los católicos, encabezados por Enrique de Guisa, constituyeron la Santa Liga y comenzaron a agitar el ambiente para apoderarse del poder, restaurar los antiguos privilegios señoriales y acaso deponer a Enrique III para llevar al trono al duque de Guisa. Así las cosas, una circunstancia singular provocó una nueva crisis en las relaciones de los dos grupos enemigos: muerto el duque de Alençon, hermano del rey, en 1584, quedaba como heredero de la corona Enrique de Navarra, jefe del partido protestante; un profundo temor conmovió a los católicos y se decidieron a obrar.

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LA SANTA LIGA Y FELIPE II

La Santa Liga solicitó ayuda a Felipe II y muy pronto obtuvo auxilio económico y militar de él, no sólo porque el rey español procuraba defender siempre los partidos católicos en toda Europa sino también porque pretendía que, en la crisis dinástica que se insinuaba, se eligiese a su hija Isabel para el trono francés en virtud de su derecho como nieta de Enrique II.

La guerra interior comenzó con violencia; Enrique III quiso apelar a los recursos más audaces para salvarse y no vaciló en entregar París a Enrique de Guisa, a quien nombró teniente general del reino, pero sólo para hacerlo asesinar poco después; los católicos, a su vez, vengaron la muerte de su jefe matando al rey y de ese modo Enrique de Navarra llegó al trono, mientras los católicos se esforzaban por retener París, donde Felipe II había instalado una guarnición española.

La situación se prolongaba; Enrique de Navarra —ya Enrique IV de Francia, reconocido como rey en buena parte del territorio— sometía progresivamente el país a su obediencia; pero en 1593 Felipe II hizo público su deseo de que se coronara a su hija y entonces se produjo una vigorosa reacción nacional, gracias a la cual la posición del rey protestante se hizo más fuerte. Con un audaz golpe de habilidad, Enrique IV se convirtió en ese momento al catolicismo y consiguió que los católicos más comprensivos se pusieran de su lado, al mismo tiempo que lograba entrar en París. La guarnición española salió de la capital y Enrique IV selló la unidad de los franceses declarando poco después la guerra a España (1595).

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ENRIQUE IV Y EL RESURGIMIENTO DE FRANCIA

Enrique IV inició la guerra contra las tropas españolas derrotándolas en la batalla de Fontaine Française (1595). Durante tres años se combatió sin que se lograran ventajas decisivas; al fin, desesperando de poder alcanzar una victoria concluyente, los dos reyes convinieron en firmar la paz de Vervins (1598), en la que se repitieron los términos del tratado de Cateau-Cambresis.

Libre de esas preocupaciones, Enrique IV dedicó su energía a pacificar su reino y a restaurar la vida económica, que en el transcurso de tan graves y largas luchas había sufrido mucho. Para lograr el primero de sus fines, dictó en 1598 el edicto de Nantes, por el cual establecía en Francia el principio de la tolerancia religiosa.

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Prohibimos a nuestros súbditos, de cualquier clase y calidad que sean, renovar la memoria, injuriar y provocar a otro con reproches de lo que ha pasado, sino que deben contenerse y vivir pacíficamente como hermanos, amigos y conciudadanos, bajo pena de castigar a los contraventores como infractores de la paz y perturbadores del reposo publico.

Ordenamos que la religión católica apostólica romana sea restablecida en todos los lugares de nuestro reino donde su ejercicio haya sido prohibido, para que sea pacífica y libremente ejercitada allí sin agitación ni impedimento. Ppara no dejar ocasión alguna de agitaciones y diferencias entre nuestros súbditos hemos permitido y permitimos a los de la religión reformada vivir y permanecer en todas las ciudades y lugares de nuestro reino sin ser vejados, molestados ni constreñidos a hacer cosa contra su conciencia por causa de la religión.

(Edicto del rey sobre la pacificación de los desórdenes del reino, dado en Nantes en abril de 1598)

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Además de la libertad de conciencia y de culto, el edicto establecía que todos, sin distinción de religión, tenían los mismos derechos a participar en la vida pública y a optar a los cargos del estado; asimismo, concedía a los protestantes durante veinte años cierto número de plazas fuertes como garantía de la situación que les aseguraba el edicto.

Para lograr el resurgimiento del reino, Enrique IV se propuso un plan de acción que desarrolló con la colaboración del duque de Sully, su ministro y consejero. No sólo trató de estimular la agricultura y el comercio, sino que procuró desarrollar una firme política financiera, gracias a la cual Francia pudo levantarse del estado de postración en que había quedado tras la larga época de conflictos internos y externos. De ese modo, Enrique IV preparó el camino para la transformación que sufrió Francia en el siglo siguiente y al morir, en 1610, asesinado por Ravaillac, sus sucesores no tuvieron sino que seguir su política: así lo hicieron Richelieu y Luis XIV.

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INGLATERRA EN LA ÉPOCA DE ISABEL

Durante la segunda mitad del siglo XVI, mientras Felipe II reinaba en España y se agotaba Francia en las guerras de religión, ejerció el poder en Inglaterra Isabel, mujer de extraordinarias condiciones de gobernante y con firmes opiniones acerca de la orientación que debía seguir la política de su país. Su reinado se extiende desde 1558 hasta 1603 y en su largo transcurso alcanzó el país considerable gravitación en Europa y un vigoroso desarrollo interior. Como su padre, Enrique VIII, fue absolutista y soberbia, pero no perdió nunca de vista los intereses de su país y supo sacar el mayor provecho de las circunstancias de su época.

Al morir Enrique VIII había subido al trono Eduardo VI, y, después de éste, María Tudor, hija del primer matrimonio de aquél con Catalina de Aragón; por la educación que lo había dado su madre y por la influencia de su marido, Felipe II, María Tudor luchó durante su breve reinado (1553- 1558) por restaurar el catolicismo; persiguió a los protestantes y, con ellos, a su hermana Isabel, pero no logró su propósito y sólo consiguió irritar más a los anglicanos, de modo que cuando a su muerte llegó Isabel al trono, el propósito fundamental de ésta fue asegurar el predominio de la religión que había establecido su padre.

LA POLÍTICA INTERIOR

Isabel era hija de la segunda esposa de Enrique, Ana Bolena, de modo que su doble condición de hija legítima y de reina dependía de que se reconocieran como válidos el divorcio de su padre y su segundo matrimonio; todo ello no era posible si subsistía el catolicismo, así que Isabel se preocupó por ordenar definitivamente la religión anglicana. En 1563 un sínodo reunido en Cantórbery fijó en los llamados Treinta y nueve artículos los puntos principales del dogma anglicano y de la organización de la iglesia. Se admitía en gran parte la doctrina calvinista pero se mantenían los principales ritos católicos; además, si bien la reina conservaba la dirección de la Iglesia anglicana, no se reconocía como jefe de ella, sino que delegaba tal autoridad en el primado de la Iglesia inglesa y arzobispo de Cantórbery.

Los católicos no abandonaron la defensa de su fe. Consideraban imprescindible para su triunfo la deposición de Isabel y organizaron varias conjuraciones para lograrla, contando con el apoyo secreto de Felipe II; para reemplazarla pensaron en la reina de Escocia, María Estuardo, e Isabel contestó a sus planes con una enérgica persecución de los católicos que era, al mismo tiempo, persecución de los conspiradores.

Así, aprovechando una huida de María Estuardo hacia sus estados, la hizo prisionera y, tras larga cautividad, la condenó a muerte (1587).

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LA POLÍTICA EXTERIOR

Isabel veía en Felipe II no sólo un enemigo temible como rey de España, sino también el instigador de las conjuraciones que contra su trono se organizaban en Inglaterra. Para combatirlo no vaciló en apoyar la sublevación de los protestantes en los Países Bajos españoles; pero además procuró minar su poder ordenando que sus marinos hostilizaran el tráfico marítimo de España con sus colonias. Francisco Drake y otros muchos navegantes recibieron de la reina patentes de corso para que atacaran los barcos españoles y aun los puertos en España y en el Nuevo Mundo. Esta acción de los corsarios ocasionó a España grandes perjuicios y, finalmente, Felipe II decidió poner fin a las agresiones inglesas ordenando la invasión de la isla; para ello se armó la gran flota que partió de España en 1588, pero el azar y la acción de los corsarios ingleses puso fin a la gran aventura naval de Felipe II.

Inglaterra no tenía recursos para sacar ventajas inmediatas de la aniquilación de la Armada Invencible; sin embargo pudo obrar con más seguridad y consideró propicia la ocasión para estimular el desarrollo de su flota mercante; se fundaron entonces las compañías de comercio y se intensificó el tráfico con los puertos del Atlántico y el Mediterráneo, al tiempo que se fundaban los primeros establecimientos en América del Norte; así se inauguraba la era del predominio marítimo inglés, justamente cuando España comenzaba a abandonar sus aspiraciones a una mayor expansión y a intervenir en la vida política de los demás estados.

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CAPÍTULO VIII. HACIA EL EQUILIBRIO EUROPEO. EL SIGLO XVII EN ALEMANIA Y FRANCIA

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Las guerras de religión en Alemania. — El absolutismo en Francia. — Luis XIII y Richelieu: su orientación política. —La regencia de Ana de Austria. Mazarino y la Fronda. Condé.

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Al comenzar el siglo XVII se produjo en la Europa occidental una casi simultánea renovación de los jefes de las principales potencias; a la muerte de Felipe II en 1598 siguió la de Isabel de Inglaterra en 1603 y, más tarde, la de Enrique IV en 1610; así se inició por entonces una nueva era caracterizada por la orientación que imprimieron a su política los sucesores de esos reyes, porque mientras los de Francia e Inglaterra afirmaron el principio absolutista y supieron llevarlo a la práctica con decisión y en beneficio de sus países, los de España, sin abandonarlo, dejaron que su autoridad se relajara y que la nación fuera relegada a una posición secundaria.

El absolutismo monárquico es el carácter predominante del siglo. Siguiendo la tendencia general, Alemania hará un supremo esfuerzo por establecerlo, pero —tras la guerra de los Treinta Años— fracasará en su intento debido a la presión de Francia, que temía la constitución de una nueva gran potencia en Europa. Inglaterra lo llevó hasta su punto más alto y lo vio caer luego por obra de una firme resistencia interior; y, entretanto, Prusia y Rusia lograrán consolidarlo hasta alcanzar categoría de grandes potencias absolutistas en las postrimerías del siglo. Sin embargo, seguirán siendo Francia, Inglaterra y España las naciones directoras de la política internacional, aun cuando la primera llegue a alcanzar una posición ventajosa con respecto a las otras dos.

A esta época corresponde una etapa de extraordinario brillo en la vida del espíritu; culmina en ella la cultura intelectual moderna y produce entonces sus más granados frutos en la filosofía, en las ciencias físico-matemáticas y, en cierta medida, en la literatura. No es posible olvidar, ademas, que con la experiencia política inglesa, surgirían, a fines de este siglo, los primeros elementos de la concepción del poder legal restringido, concepción que Locke elevará a la categoría de doctrina política.

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LAS GUERRAS DE RELIGIÓN EN ALEMANIA

Desde la Edad Media, Alemania mantenía una organización disgregada; los sucesivos emperadores, desde Otón el Grande, habían luchado inútilmente por afianzar el poder imperial y por constituir una firme unidad política, pero los príncipes habían logrado hacer fracasar esos propósitos; la lucha de los protestantes contra Carlos V constituía, en rigor, no sólo un conflicto religioso, sino también un episodio más de ese proceso de resistencia de los príncipes contra la autoridad imperial; así, al llegar el siglo XVII, cuando el principio absolutista señoreaba en casi toda Europa, un emperador, Fernando II, pretendió, en 1619, renovar los esfuerzos para lograr aquel viejo ideal que ahora parecía más urgente porque sólo de esa manera podría Alemania llegar a significar algo frente a las grandes potencias unidas y centralizadas de la Europa occidental.

Fernando II era absolutista y católico; la unificación de Alemania sólo le parecía concebible por la imposición de estos dos principios y, al poner en ejecución su plan, comenzó por perseguir a los calvinistas de Bohemia, de la que era rey desde 1618. Los checos o bohemios se sublevaron ante el cierre de sus templos y ese mismo año atacaron a los funcionarios del rey, al que declararon depuesto al año siguiente. La corona de Bohemia fue entregada al elector del Palatinado Federico V —que ejercía la presidencia de la Unión Evangélica, con la que se habían aliado los calvinistas alemanes—, y el rey depuesto, ahora también emperador de Alemania recién elegido, acudió a los príncipes católicos y luteranos para luchar contra el usurpador.

Muy pronto, el conflicto bohemio degeneró en una guerra civil alemana. Con el auxilio del duque de Baviera, Maximiliano, el emperador derrotó en 1620 a Federico y a los bohemios y reconquistó su reino, ejerciendo sobre los sublevados una terrible represión. Pero al terminar esta fase del conflicto, Fernando II, fiel a sus planes, entregó el Palatinado a Maximiliano, dando así predominio político a los católicos, lo cual indujo a los luteranos a unirse con los calvinistas para luchar contra el emperador, cuyos verdaderos propósitos comenzaban a entrever.

Los príncipes protestantes iniciaron una política de alianzas; podían contar con algunas potencias protestantes que, además, se sentían amenazadas por el proyecto de constituir una Alemania unida, y así, pidieron auxilio primeramente a la vecina Dinamarca, cuyo rey Cristián IV entró en la contienda en 1625. Cristián IV fracasó en la empresa; los ejércitos imperiales que mandaba Alberto de Wallenstein asolaron las zonas enemigas y poco después el rey de Dinamarca fue vencido en la batalla de Lutter (1626), con lo cual la alianza protestante quedó abatida y, aunque mantuvo la guerra algunos años, debió firmar la paz de Lübeck en 1629, por la que Cristián se comprometía a abandonar a los aliados alemanes.

Fernando II dio entonces el Edicto de Restitución por el que obligaba a todos los príncipes a entregar al emperador los bienes eclesiásticos que habían adquirido anteriormente; esta resolución, así como el propósito —ahora explícito— de reorganizar el régimen imperial en favor de la centralización política, suscitó una nueva resistencia; esta vez los príncipes alemanes contaron con la ayuda del rey de Suecia, Gustavo Adolfo, y con el apoyo secreto de Francia.

Gustavo Adolfo era el más grande estratego de su tiempo y su ejército desembarcó en Alemania en 1630; poco después se enfrentaba con los imperiales y los derrotaba en Leipzig (1631), continuando luego su marcha por territorio alemán hasta ocupar Munich. La campaña estaba esta vez en términos muy favorables a los protestantes; pero en la batalla de Lutzen (1632) murió Gustavo Adolfo y las ventajas militares que había conseguido hasta entonces se perdieron rápidamente, hasta ser vencidos los suecos en Nordlingen en 1634, después de lo cual se vieron en serio peligro.

Pero para entonces se había formalizado ya la entrada de Francia en la guerra, en favor de los protestantes. Richelieu dio al problema alemán trascendencia europea y logró la alianza de Holanda; así, unida a Suecia y otros pequeños estados, inició la lucha contra Alemania al tiempo que declaraba la guerra a España, que, por razones dinásticas, estaba dispuesta a favorecer a la rama austríaca de los Habsburgo.

El último período de la guerra se inició en 1635. Tras algunos contrastes, Francia logró establecerse en las regiones españolas del Pirineo y de Artois, y vencer a los ejércitos de esa nacionalidad en dos acciones decisivas, en Rocroi (1643) y en Lens (1648), gracias a la pericia del duque de Enghien, más tarde príncipe de Condé. Finalmente, con ánimo de hallar una solución definitiva, los aliados organizaron una operación conjunta contra Viena y, ante el peligro inminente de perder su capital, el emperador pidió la paz.

A fines de 1648 se firmaron, en Munster y en Osnabruck, los tratados de Westfalia entre Alemania y los aliados.

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Según ese fundamento de una amistad recíproca y de una amnistía general, todos los electores del Imperio, los príncipes, estados, sus vasallos, súbditos, ciudadanos y habitantes que, con ocasión de los conflictos de Bohemia y Alemania y de las alianzas contratadas de ambas partes, se hayan hecho de una y otra parte perjuicios y daños, sean restablecidos de una y otra parte plenamente en el estado espiritual y temporal que tenían antes de la destitución.

(Fragmento del tratado de paz entre el emperador, el rey de Francia, y los electores, príncipes y estados del Santo Imperio, concluido el 24 de octubre de 1648)

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Los tratados volvían, pues, a Alemania a la situación anterior a los intentos centralizadores y absolutistas de Fernando II y condenaban a Alemania a una posición secundaria en Europa, bajo la vigilancia de Suecia y de Francia. La situación así creada se conoció con el nombre de equilibrio europeo, porque constituía un freno para las pretensiones de los Habsburgo a reconquistar su predominio. Pero entretanto, España continuó la guerra durante doce años, esperanzada en aprovechar ciertos conflictos internos de Francia para reconquistar sus perdidas posiciones. Sin embargo, pese al entendimiento de los españoles con la nobleza francesa, los ejércitos fieles al rey, ayudados por Inglaterra, los vencieron en la batalla de las Dunas (1659) y España se avino a firmar ese mismo año el tratado de los Pirineos, mediante el cual aceptaba la pérdida de Artois y el Rosellón.

Así fracasaba el intento centralizador de Alemania y el último esfuerzo de los Habsburgo por retornar a la hegemonía europea; Francia, en cambio, lograba afianzar su posición en Europa y pasaba a ejercer un notorio predominio.

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EL ABSOLUTISMO EN FRANCIA

La intervención de Francia en las guerras de religión de Alemania —más conocidas con el nombre de guerra de los Treinta Años— formaba parte de un plan político que esa potencia se había trazado desde los tiempos de Enrique IV. Consistía, en lo interior, en dominar definitivamente el poder que ejercía la nobleza, y que había resurgido allí gracias a las guerras de religión de la segunda mitad del siglo XVI; pero su punto principal era acabar con la preponderancia de los Habsburgo, peligro formidable que exigía una atención constante y una acción enérgica. Enrique IV consideró que esa política exterior era inseparable del afianzamiento de la autoridad real y dio los primeros pasos para lograrla.

Sus planes fueron continuados por sus sucesores. Su hijo, Luis XIII, cumplió, por intermedio de su gran ministro Richelieu, la etapa más difícil de la labor abatiendo todas las fuerzas que en Francia parecían oponerse al ejercicio absoluto de la autoridad real. Por su parte, el sucesor de Richelieu, Mazarino, supo sortear las dificultades que trajo aparejadas la minoría de Luis XIV y, no sin inconvenientes, pudo paralizar la reacción de la nobleza; de modo que, cuando el nuevo rey comenzó su reinado personal, le bastó persistir en aquellas directivas para alcanzar resultados definitivos.

El siglo XVII fue así, en Francia, la época de culminación del absolutismo. Gracias al ejercicio de ese tipo de autoridad y a los recursos que esa política deparó a Francia, Luis XIV pudo alcanzar la segunda finalidad prefijada por la tradición iniciada por Enrique IV, que consistía en asegurar el predominio francés en Europa.

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LUIS XIII Y RICHELIEU: SU ORIENTACIÓN POLÍTICA

A la muerte de Enrique IV, su hijo Luis tenía apenas nueve años y, en consecuencia, el gobierno recayó en manos de su madre, María de Médicis. Desde 1610 hasta 1617 la reina madre y regente del reino vivió bajo la tutela de algunas personas de su séquito, causando con ello la irritación de la nobleza y poniéndose en peligro la paz interior tan trabajosamente conseguida por Enrique. Ese año pareció que cambiaban las cosas porque el joven Luis pretendió intervenir en el gobierno; pero sólo logró el cambio de un favorito por otro, pues Luynes —a quien el rey concedió el poder— no poseía capacidad suficiente ni estaba animado por una preocupación seria por los problemas del estado.

Luynes murió en 1621; desde entonces comenzó a avanzar hacia el primer plano un hombre de condiciones notables y que pertenecía ya al consejo de estado: el cardenal de Richelieu. Poco después, en 1624, lograba imponerse totalmente, llegando a ser jefe del consejo con poderes cada vez más extensos, y ejerciendo hasta 1642, desde ese puesto, el gobierno de Francia en nombre del rey, a quien imponía su voluntad pero cuya autoridad absoluta proclamaba y defendía.

Luis XIII no era, como su padre, un gobernante capaz de aplicarse con constancia y tenacidad a la dirección de los negocios públicos; débil de carácter y de gustos superficiales, supo, sin embargo, comprender las exigencias de su tiempo y se resignó a entregar la dirección política de su reino a Richelieu, en quien reconocía excepcionales virtudes de gobernante.

Richelieu, por su parte, se distinguía por la firmeza de su voluntad y por la fidelidad a ciertos principios que orientaron su política. En sus últimos años resumió de este modo sus ideas fundamentales acerca de las necesidades del país:

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Cuando Vuestra Majestad se resolvió a darme entrada en sus Consejos y, al mismo tiempo, gran parte de su confianza para la dirección de sus asuntos, puedo decir sin exagerar que los hugonotes compartían el estado con V. M., que los grandes se conducían como si no fueran sus súbditos, y los más poderosos gobernadores de las provincias como si fueran soberanos en sus cargos.

Puedo decir que las alianzas extranjeras eran despreciadas, los intereses particulares preferidos a los públicos; en una palabra, la dignidad de Vuestra Majestad Real estaba disminuida de tal modo y era tan diferente de lo que debía ser que era casi imposible reconocerla.

Yo prometí a V. M. emplear toda mi industria y toda la autoridad que quisiera concederme para arruinar el partido hugonote, para rebajar el orgullo de los grandes, para reducir a todos los súbditos a su deber y elevar su nombre entre las naciones extranjeras hasta el punto en que debía estar.

(RICHELIEU, Máximas de estado o Testamento político)

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Con esa concepción del poder real —absoluto e indiscutible— Richelieu comenzó su labor dirigida a lograr aquellos propósitos en lo interior y lo exterior. Durante el largo período de su gobierno alcanzó sus fines. En lo interior combatió a los hugonotes, a quienes arrancó —después del largo asedio del baluarte de La Rochela— los privilegios políticos que les concedía el Edicto de Nantes; sin embargo les mantuvo la libertad religiosa y la igualdad civil. En cuanto a los nobles, limitó sus prerrogativas y los sometió a la más estricta obediencia, merced a severas medidas que llegaban hasta la pena capital cuando la insolencia amenazaba transformarse en abierta sublevación. De ese modo, la autoridad real quedó firmemente arraigada, pese al odio que su política despertó en la nobleza y aun en el pueblo, al que cargó de impuestos para robustecer el tesoro real.

A su muerte, en 1642, el reino estaba transformado, Luis había desempeñado durante su reinado un papel pasivo, pero había permitido, pese a la presión de los nobles, que se llevara hasta su fin el plan de Richelieu. Y al morir, poco tiempo después que su ministro, legaba a su hijo Luis XIV —entonces de cinco años de edad— no sólo un estado en orden sino también una línea política destinada a lograr la grandeza de Francia.

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LA REGENCIA DE ANA DE AUSTRIA. MAZARINO Y LA FRONDA, CONDÉ

Durante la minoría de Luis XIV el gobierno debía quedar en manos de la reina madre, Ana de Austria. Pese a los esfuerzos de la nobleza, la regente encomendó la dirección de los negocios públicos al cardenal Mazarino, un hombre formado en la escuela de Richelieu y que, aunque con menos tino, debía continuar la obra de su antecesor.

Durante los primeros años (1643-1648), Mazarino logró salvar las dificultades que le planteaba la hostilidad de la nobleza; pero su descrédito creció con el tiempo, especialmente por su mala fama como administrador de la hacienda pública, y esta circunstancia provocó una reacción del parlamento de París, institución que, olvidando sus meras funciones judiciales, quiso arrogarse atribuciones políticas y exigir su intervención en el gobierno. El tumulto popular, conocido con el nombre de La fronda por la honda que usaban los muchachos parisienses en sus juegos, fue aprovechado por la nobleza para luchar contra Mazarino, y el príncipe de Condé se puso a la cabeza de los insurgentes.

La Fronda fue contenida, pero Condé comenzó a manifestar exigencias inmoderadas; el gobierno de Borgoña y Guyena, que le fue concedido, no le satisfizo y Mazarino ordenó su prisión, pero como la agitación creciera, se vio obligado a ponerlo en libertad y abandonar Francia. Sin embargo, Condé, que sólo aspiraba a hacerse cargo del poder, no vaciló en entenderse con España, que por entonces mantenía la guerra con su patria. Dueño de París, hubiera podido dominar pronto la situación, pero se atrajo el odio del parlamento por su soberbia y al cabo de algún tiempo debió escapar de la capital, en la que entró Luis XIV, en 1652, seguido, poco después, por Mazarino. Así fracasó La Fronda, y, con ella, la nobleza que había realizado su último intento de contener la marcha del poder real hacia el absolutismo.

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CAPÍTULO IX. HACIA EL EQUILIBRIO EUROPEO. EL SIGLO XVII EN ESPAÑA E INGLATERRA

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España bajo los últimos Habsburgo. — Los reinados de Felipe III y Felipe IV. — El reinado de Carlos II. — La guerra por la sucesión de España y el tratado de Utrecht.

El absolutismo en Inglaterra: los Estuardo. — Reinado de Jacobo I. — Carlos I y el origen de la revolución. — El parlamento largo. Cromwell y la república. El acta de navegación. — La restauración de los Estuardo. Carlos II. Torys y Whigs. — Jacobo II y la revolución de 1688. — La declaración de derechos y el bill de tolerancia.

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La era del absolutismo dio sus frutos más granados en Francia. Durante el siglo XVII, Luis XIV llevó hasta sus últimos extremos esa doctrina política y pareció asentarla definitivamente. Entretanto, en España se suceden tres reinados que —aunque basados en el mismo principio— malogran su realización por la incapacidad de los reyes y la confluencia de algunas circunstancias desgraciadas. España, brillante por su cultura, entra en el ocaso de su poder durante ese siglo y pierde, poco a poco, la categoría internacional que le habían dado los primeros Austria.

Por su parte, también Inglaterra pretendió llevar hasta sus últimas posibilidades la política absolutista que ya habían desarrollado los Tudor. La dinastía de los Estuardo procedió con la certeza de que no había fuerza alguna en el país que se opusiera a esos propósitos; pero la burguesía era allí muy poderosa y se levantó por dos veces, contra Carlos I en 1642, y contra Jacobo II en 1688.

En esas revoluciones resultó vencida la tendencia absolutista y nació un régimen que supo mantenerse vigorosamente y que constituyó un ejemplo para toda Europa. El pensamiento y la acción política del siglo siguiente se inspirará, en efecto, en el principio de la monarquía constitucional inglesa tal como surge de la revolución de 1688.

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ESPAÑA BAJO LOS ÚLTIMOS HABSBURGO

Cuando Felipe II murió en 1598, heredó el trono su hijo Felipe III, de carácter despreocupado y amable, que se apresuró a delegar su autoridad en sus favoritos. Esta tendencia se mantuvo con sus sucesores y durante todo el curso del siglo XVII España se vio gobernada por los privados de los reyes, personajes que reunieron en sus manos la suma del poder e inspiraron su acción en sus propios intereses y en las pequeñas pasiones originadas en el ambiente palaciego.

Poco a poco, la posición internacional de España fue debilitándose; sus ejércitos fueron vencidos en la guerra de los Treinta Años y en la guerra con Francia que le siguió, formalizándose su fracaso en el tratado de los Pirineos. Y frente a las pretensiones de Luis XIV, el estado español cedía por el temor o por la fuerza y aceptaba su declinación con hechos lamentables como el reconocimiento de la precedencia del embajador francés con respecto al suyo en los actos oficiales.

En la última época de los Austria, el palacio real fue el centro de una vasta maquinación diplomática en la que se jugaba el destino de España sin que ella misma interviniera en la decisión sino en calidad de segunda figura. Y sin embargo, el espíritu español era lo suficientemente robusto como para producir todavía un Calderón o un Velázquez, un Quevedo o un Murillo. Con el fin del siglo, la corona española pasaría a una rama de los Borbones franceses y su política sería desde entonces subsidiaria de la que seguía la rama principal de la dinastía.

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LOS REINADOS DE FELIPE III Y FELIPE IV

Al hacerse cargo del poder, Felipe III (1598-1621) no vaciló en confiar la custodia de los secretos de estado a su favorito el marqués de Denia —luego Duque de Lerma—, que, a su vez, puso el manejo de los negocios públicos en las manos de su amigo don Rodrigo Calderón. La política del rey fue estrecha y circunscripta a algunos asuntos que le interesaban; muy católico, defendió la fe y persiguió a los moros que aun quedaban, al tiempo que conseguía del Papado la canonización de Santa Teresa y de San Ignacio. En lo demás, su interés por los problemas de gobierno fue escaso y el estado no tomó la iniciativa para ponerse a tono con el desarrollo marítimo e industrial de la época. Las posesiones españolas en América dejaban poco a poco de producir las riquezas en que se confiaba durante el siglo XVI y no se ponía remedio a ello con otras medidas que compensaran el empobrecimiento de las arcas fiscales y, sobre todo, de la nación misma.

Pero lo más grave fue la corrupción de la corte. El mismo rey vendía su presencia, recibiendo crecidas sumas de las ciudades que deseaban hospedar a la corte, mientras sus privados vendían los cargos públicos y las mercedes en América enriqueciéndose personalmente y estancando el desarrollo económico del país.

Durante el reinado de Felipe IV (1621-1665) las cosas no mejoraron. Esta vez fue el conde duque de Olivares quien gozó de la confianza del soberano; su poder fue inmenso y con él pretendió afrontar algunos problemas graves del momento sin descuidar los pequeños conflictos palaciegos que le preocupaban.

Olivares procuró investigar el origen de ciertas fortunas que habían aparecido de improviso durante el reinado de Felipe III; la averiguación fue tristemente reveladora y el duque de Lerma, ahora cardenal de la Iglesia, tuvo que devolver un millón y medio de escudos, en tanto que Rodrigo Calderón aparecía como acusado de múltiples irregularidades y fue, finalmente, condenado a muerte. Sin embargo, no mejoraron mucho las cosas y los miembros de los grupos que ahora recibían el favor del rey aprovecharon como pudieron su privilegiada situación. Fue por entonces cuando el gran poeta español Francisco de Quevedo escribió su vibrante condenación de la ruindad moral que descubría en el reino:

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Señor excelentísimo: mi llanto

ya no consiente márgenes ni orillas:

inundación será la de mi canto.

Ya sumergirse miro mis mejillas,

la vista por dos urnas derramada

sobre las aras de las dos Castillas.

Yace aquella virtud desaliñada

que fue, si rica menos, más temida,

en vanidad y en sueño sepultada.

aquella libertad esclarecida

que en donde supo hallar honrada muerte

nunca quiso tener más larga vida.

(FRANCISCO DE QUEVEDO Y VILLEGAS, Epístola satírica y censoria contra las costumbres presentes de los castellanos, escrita al Conde Duque de Olivares)

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En lo político, la situación del reino no era mejor. Aspiró el duque de Osuna a independizar Nápoles —de donde era virrey— y fue menester destituirlo y mantenerlo prisionero; Cataluña, a la que Olivares pretendió hacer pagar impuestos como a las otras regiones, se separó de España uniéndose transitoriamente a Francia; y Portugal, que desde la época de Felipe II estaba unida a España, se sublevó y logró su independencia en 1640.

No fue más feliz la política exterior; el conflicto con Francia se alargó por la esperanza que alentó Olivares de derrotarla con la ayuda de la nobleza descontenta con Mazarino, pero terminó al fin con menoscabo para España, que cedió, en el tratado de los Pirineos (1659), el Rosellón y Artois. Poco a poco se acentuaba la declinación española y, aunque su antiguo prestigio hacía que todavía se respetara su nombre, en el campo de las realidades políticas y económicas era visible que iba perdiendo su categoría de primera potencia.

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EL REINADO DE CARLOS II

La situación española empeoró a partir de 1665. Al morir ese año Felipe IV, subió al trono su hijo Carlos II, de sólo cuatro años de edad, que quedó bajo la regencia de la reina María Ana de Austria. El nuevo rey era tan enfermizo y raquítico que todas las cortes extranjeras tuvieron la certidumbre de que muy pronto quedaría vacante el trono español. Debido a ello, comenzó en seguida una vasta maquinación diplomática para resolver el problema de la herencia; el confesor de la reina, el padre jesuita Nithard, se transformó en el hombre todopoderoso de la corte y a su alrededor comenzaron a moverse, por una parte, las influencias de los que aspiraban a reemplazarlo, como don Juan de Austria, y por la otra, la de los embajadores extranjeros que querían pesar con su influencia en el palacio.

Sin embargo, Carlos II —a quien llamaron el Hechizado— reinó treinta y cinco años, aguardando siempre las cortes extranjeras su muerte inminente.

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El rey, que desde hacía seis meses había cumplido veinte años, estaba tan atrasado en conocimientos intelectuales como un niño pequeño. Los ejercicios físicos le eran indiferentes y si alguna vez iba de caza, era casi siempre en carroza. Su vida transcurría en palacio ociosa, sin ninguna distracción, sin conversar con nadie, interrumpida sólo por algunas devociones rutinarias, más semejantes a la superstición que a la piedad, y marcadas también de ociosidad. De ordinario no tenía a su lado más que el gentilhombre de guardia, algún ayuda de cámara y dos enanos con los que jugaba todo el tiempo.

(MARQUÉS DE VILLARS, Memorias de la corte de España)

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Un rey de tal estilo y una corte minada por las intrigas palaciegas y las maquinaciones de los embajadores extranjeros no podían defender a España de un vecino tan poderoso como Luis XIV. El problema de la sucesión del rey comenzó a tratarse en las cortes extranjeras y en 1668 Luis XIV y el emperador Leopoldo de Alemania firmaron un tratado de reparto de las posesiones españolas; nuevas negociaciones condujeron a la firma de otro tratado en 1700, por el cual se convenía en que el archiduque Carlos de Austria sería el nuevo rey de España, obteniendo Francia las ventajas territoriales que deseaba. Pero, secretamente, las cortes de Viena y de París trataban de obtener del rey de España un testamento que le entregara la totalidad de la herencia. Francia obtuvo el triunfo diplomático y, en octubre de 1700, Carlos II testaba a favor de Felipe, duque de Anjou, nieto de Luis XIV. Así las cosas, el lo de noviembre de ese mismo año moría el desgraciado rey de España, extinguiéndose la dinastía de los Habsburgo españoles.

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LA GUERRA POR LA SUCESIÓN DE ESPAÑA Y EL TRATADO DE UTRECH

Hecho público el testamento, Felipe de Anjou —ahora Felipe y de España— fue reconocido como rey de España por toda Europa, excepto por el emperador de Austria. Pero Luis no mantuvo la moderación necesaria para hacerse perdonar su triunfo diplomático y, al mismo tiempo que aseguraba al nuevo rey de España sus posibles derechos al trono francés, ocupó algunas ciudades de los Países Bajos con sus tropas. La alarma europea cristalizó en una alianza, gestionada por Guillermo III de Inglaterra, que se firmó en 1702 entre Holanda, Austria, los príncipes alemanes e Inglaterra, y poco después comenzaba la guerra.

Tanto Felipe V como el archiduque Carlos pudieron poner pie en España y la guerra se desarrolló allí por largos años; entretanto los ejércitos enemigos se alinearon sobre el Rin y la diplomacia anglo-austríaca lograba que el rey de Portugal y el príncipe Eugenio de Saboya abandonaran a Luis XIV y se pasaran a su bando. Francia debió adoptar una actitud defensiva y tuvo que recurrir a toda su energía para salvar su territorio. Sin embargo, mientras las fuerzas anglo-austríacas invadían a Francia, el duque de Vendôme consiguió derrotar al enemigo en España en la batalla de Villaviciosa (1710) solucionando la guerra en ese frente; del mismo modo, dos años más tarde, cuando el príncipe de Saboya estaba a punto de alcanzar París, el mariscal Villars pudo derrotarlo en Denain y su victoria equilibró la situación como para llegar a una negociación decorosa entre los contendientes.

El tratado de Utrecht, firmado en 1713, regló la paz entre Inglaterra y Francia; poco después, otro, firmado en Rastadt en 1714, solucionó el conflicto entre Francia y el Imperio. Por ellos se reconocía a Felipe V como rey de España y sus colonias, a cambio de su formal renuncia a la corona francesa; el Imperio recibía Nápoles, Cerdeña y el Milanesado, así como los Países Bajos, en tanto que Sicilia era entregada al príncipe de Saboya; Inglaterra, por su parte, obtenía Gibraltar, algunas colonias en América y algunas concesiones importantes para el tráfico comercial con las colonias españolas. Las únicas dificultades provenían de que España se negaba a reconocer la pérdida de sus posesiones italianas y el Imperio no reconocía a Felipe V; pero tras nuevas guerras y negociaciones, el tratado de Viena de 1725 consiguió satisfacer a las partes, con algunos cambios insignificantes.

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EL ABSOLUTISMO EN INGLATERRA: LOS ESTUARDO

El siglo XVII es el período más turbulento de la historia moderna en Inglaterra. Desde fines de la Edad Media, el país poseía una organización política firme, asentada en la colaboración de la monarquía y el parlamento —representante de la nación— para la solución de todos los problemas de gobierno; pero a partir de los Tudor se había notado una tendencia creciente en la monarquía a prescindir del parlamento, tendencia que quisieron llevar los Estuardo hasta sus últimas consecuencias en el siglo XVII.

La burguesía inglesa, rica y poderosa, no se mostró dispuesta a tolerar los intentos de los Estuardo; pero su decisión se afirmó por razones religiosas. Junto a los anglicanos, partidarios de la iglesia oficial del estado, había por entonces en Inglaterra muchos presbiterianos y puritanos —esto es, calvinistas— así como también muchos miembros de la secta radical de los independientes y aun bastantes católicos. A todos ellos quiso obligar el gobierno inglés a que aceptaran la religión del estado, pero, lejos de conseguirlo, las persecuciones acentuaron su celo religioso, de modo que cuando los Estuardo, siguiendo su plan, pretendieron decidir la cuestión religiosa, chocaron con la resistencia más enérgica de su pueblo. Así, el absolutismo, que, como en Francia, se manifestaba en lo político y en lo religioso, condujo en Inglaterra a la revolución.

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REINADO DE JACOBO I

Al morir Isabel, la corona de Inglaterra pasó a manos del heredero más cercano que era el rey Jacobo de Escocia, conocido en la historia de Inglaterra con el nombre de Jacobo I. Desde 1603 hasta 1625 gobernó sus dos países con notoria torpeza. En Escocia como en Inglaterra persiguió a los calvinistas y a los católicos con saña y sostuvo la teoría de que su autoridad, que consideraba de origen divino, no reconocía otro límite que su voluntad. Su política le trajo serias dificultades; el parlamento se resistió a ceder en sus prerrogativas y los fieles de las religiones no oficiales se irritaron contra su tenaz persecución, de modo que a la muerte del rey, la situación del reino amenazaba con provocar una grave crisis.

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CARLOS I Y EL ORIGEN DE LA REVOLUCIÓN

Carlos I llegó al poder en 1625; su pueblo acariciaba la esperanza de que no seguiría la conducta de su padre, y todo hacía suponer que el rey estaba animado de las mejores intenciones y que poseía el tino necesario para conducir las cosas hacia la tranquilidad. Sin embargo, en el breve período que transcurrió desde 1625 hasta 1628 la situación fue empeorando y se advirtió que el nuevo rey participaba de las creencias de su antecesor y que era, además, particularmente tenaz y sostenido en su actitud.

Así, necesitado de dinero para sostener la guerra con España, no vaciló en contratar empréstitos ni en disolver el parlamento cuando encontró en él resistencia para sus planes. En 1627 declaró la guerra a Francia para ayudar a los protestantes sitiados por Richelieu en La Rochela, pero como necesitaba nuevamente dinero, volvió a convocar al parlamento para que se lo concediera, ocasión que aprovechó éste para formular la “petición de derechos”, documento en el cual recordaba al rey sus antiguas atribuciones para fijar las leyes y los impuestos. El rey pareció acoger con benevolencia la sugestión pero poco después disolvió el cuerpo (1629).

Desde entonces Carlos I gobernó a su arbitrio. Fijó y cobró los impuestos que estimó convenientes, creando algunos nuevos y restableciendo otros que habían caducado. Sus consejeros fueron el conde de Strafford y el arzobispo de Canterbury, Guillermo Laud, quienes dirigieron la acción del estado, en lo político y en lo religioso, hacia las finalidades deseadas por Carlos I: absolutismo real y religión única, Pero la inquietud popular crecía y en 1638 Escocia se sublevó y su ejército invadió Inglaterra; Carlos I fué derrotado rápidamente y se vio obligado a convocar al parlamento inglés para afrontar la guerra que comenzaba.

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EL PARLAMENTO LARGO. CROMWELL Y LA REPÚBLICA. EL ACTA DE NAVEGACIÓN

Reunido el parlamento en 1640, muy pronto se advirtió que el rey no encontraría en él apoyo incondicional, y que el espíritu que había movido a los escoceses latía también en sus súbditos de Inglaterra. Se conoce esta asamblea con el nombre de parlamento largo, porque se mantuvo ininterrumpidamente hasta 1653.

La actitud del parlamento fué enérgica. Los ministros responsables de la política estatal y religiosa de Carlos I fueron encarcelados y condenados, en tanto que se establecía que la asamblea sólo podría disolverse por su propia decisión; y al producirse la sublevación de los católicos de Irlanda contra los protestantes, se dirigió al rey formulando una “solemne amonestación” en la que se enjuiciaba a la corona, reprochándole todos los abusos cometidos en los últimos tiempos.

Carlos I respondió con un acto de fuerza y ordenó la prisión de los parlamentarios más hostiles (1642); sin embargo, no logró cumplir su propósito porque pudieron escapar a tiempo, en tanto que el pueblo de la capital se levantaba en franca insurrección. El rey se vio obligado a salir de Londres y se refugió en Irlanda, preparándose ingleses y escoceses para luchar unidos contra él.

En la guerra civil que comenzó en seguida, los ejércitos del rey obtuvieron ventajas en los primeros tiempos; pero en 1644 apareció en el primer plano de la escena política un hombre que debía torcer el curso de los acontecimientos: Oliverio Cromwell. Perteneciente a la secta de los independientes, Cromwell organizó un ejército con ios fieles de su misma fe, a quienes movía el celo religioso, y con él pudo lograr señalados éxitos. Poco después, en 1645, el rey se consideró derrotado y buscó refugio en Escocia; pero allí le exigieron, para defenderlo, que se adhiriera al pacto que los unía a los ingleses y que aseguraba la libertad religiosa, y, como se negara, fue entregado al pueblo en calidad de prisionero.

Dueños de la situación, los insurgentes no pudieron ponerse de acuerdo acerca de la solución del problema político debido a sus discrepancias religiosas; el ejército de Cromwell estaba compuesto por miembros de la secta de los independientes y en el parlamento, en cambio, predominaban los puritanos, razón por la cual surgieron entre ambos grupos algunas diferencias que Carlos I quiso explotar en su provecho pactando con unos y con otros. Cromwell exigió entonces el castigo del rey y el parlamento respondió aliándose con Carlos I; entonces el ejército consumó su plan expulsando de dicho cuerpo a los diputados que no le respondían y dejando sólo a sus adictos (1648).

La revolución quedó asentada entonces sobre bases firmes. El rey fue depuesto y fue suprimida la monarquía, proclamándose la república al tiempo que se ordenaba el enjuiciamiento de aquél. El parlamento —llamado “parlamento rabadilla” porque lo constituían los restos del antiguo cuerpo— mantuvo la cámara de los Comunes como órgano legislativo, suprimió la de los lores y encomendó el poder ejecutivo a un consejo del que formó parte Cromwell.

La república siguió una política enérgica. Irlanda fue castigada por la matanza de 1641 y sus habitantes desposeídos de sus propiedades; Escocia fue sometida y obligada a unirse a Inglaterra; y en lo exterior, no vaciló en desencadenar un conflicto con Holanda promulgando el acta de navegación, según la cual quedaba vedado a todos los barcos de bandera extranjera llegar a Inglaterra con productos que no fueran de su país de origen. Por esta última medida, Cromwell quiso estimular la formación de una flota mercante inglesa, logrando su propósito en poco tiempo y echando las bases de la preponderancia marítima de Inglaterra (1651).

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Sometidas Inglaterra, Escocia e Irlanda a los pies del parlamento largo, surgió la cuestión práctica. ¿Qué haréis, de qué manera gobernaréis ahora a estas naciones que de tan maravilloso modo puso a vuestra disposición la Providencia? Aquellos cien supervivientes del parlamento largo, congregados en representación de la suprema autoridad, no podían permanecer sentados allí toda la vida. Era ésta una cuestión a la que tal vez hallaran fácil respuesta los propugnadores teóricos de una constitución, pero para Cromwell, que veía tal como era el aspecto práctico de las cosas, no había problema más intrincado. Y seguía preguntando al parlamento: ¿Qué decidiréis sobre esto? No obstante, también los soldados creían que les correspondía decir algo sobre este asunto. “Nosotros —dijeron— no podemos darnos por satisfechos con un trozo de papel. Entendemos que la ley del Evangelio, a la que la Providencia otorgó la victoria por nuestro brazo, tendrá que establecerse o trabajará para que se establezca en esta tierra”.

(CARLYLE, LOS héroes)

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En efecto, el ejército dio la solución disolviendo el parlamento y otorgando a Cromwell la dictadura con el título de lord protector (1653). Su poder fue absoluto hasta su muerte y pudo haber tomado el título de rey; pero lo rechazó, aun cuando designó sucesor a su hijo Ricardo. Entre tanto, concluyó la guerra con Holanda, se alió a Francia contra España y organizó el régimen interior sobre bases centralistas.

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LA RESTAURACIÓN DE LOS ESTUARDO. CARLOS II. TORYS Y WHIGS

Al morir Oliverio Cromwell en 1658, lo sucedió en el cargo su hijo Ricardo; pero diversas circunstancias —entre ellas su falta de interés por el ejercicio del poder— lo llevaron a abdicar, y la situación se tornó difícil por los sucesivos choques entre el ejército y el parlamento. Finalmente, en 1660 le fue ofrecido el trono a Carlos II, hijo del rey destronado, quien regresó a Inglaterra y se hizo cargo del poder entre las aprobaciones del pueblo.

Pese a que compartía las ideas absolutistas de sus antepasados, Carlos II supo contemporizar con el parlamento en las principales cuestiones políticas y administrativas; pero en lo religioso suscitó una diferencia porque el rey se había aproximado a los católicos y pretendió suspender las leyes que antes se habían dictado contra ellos. El parlamento reaccionó con violencia e, interpretando el sentimiento de la mayoría del pueblo, acentuó la persecución de los “papistas” y obligó a los funcionarios a que prestaran un juramento por el que declaraban no creer en los dogmas católicos.

Una circunstancia particular dió mayor acritud al conflicto: el duque de York, hermano del rey y su presunto heredero, era católico y se vio obligado a renunciar a su cargo de almirante por no querer prestar aquel juramento; pero, no contento el parlamento con ello, estableció que por razones religiosas quedaba excluido de la sucesión real. Desde este momento, el cuerpo se dividió en dos partidos muy definidos: los torys, que sostenían los derechos de la dinastía y se oponían a la exclusión del duque de York, y los whigs que eran partidarios de ella; estos dos bandos mantuvieron la separación de sus puntos de vista y mientras el primero se inclinó hacia una creciente autoridad real, el segundo se mantuvo fiel a la tradición parlamentaria.

Carlos II se atrevió, finalmente, a disolver el parlamento y gobernó durante sus dos últimos años como rey absoluto. Cuando murió, en 1685, el duque de York subió al trono con el nombre de Jacobo II.

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JACOBO II Y LA REVOLUCIÓN DE 1688

Católico y aliado de Luis XIV, Jacobo II no podía satisfacer a la opinión pública de su país; sin embargo, el rey se desentendió de esas cuestiones y no vaciló en ordenar que se celebrara una misa en su palacio al día siguiente de su llegada al trono; pero la indignación pública se tradujo en una revuelta, que el rey reprimió con terrible violencia, dando inmediatamente una declaración de indulgencia por la que establecía la libertad de cultos.

Así las cosas, una circunstancia fortuita complicó el panorama religioso; el rey tenía dos hijas, de religión anglicana, cuyo acceso al poder se esperaba para poner fin al intento de restauración del catolicismo. Pero en 1688 los reyes tuvieron un hijo varón que fue bautizado en la religión católica y ya no hubo duda alguna de que nada podía esperarse por una vía pacífica. Con acuerdo unánime, los personajes más importantes de la nación se dirigieron al estatúder de Holanda, Guillermo de Orange, invitándolo a que defendiera a los protestantes ingleses; poco después entraba aquél en Londres con un poderoso ejército, mientras Jacobo II huía de la capital y se refugiaba en Francia. El parlamento resolvió declarar vacante el trono y ofrecérselo a Guillermo III y a su esposa María, hija del rey prófugo.

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LA DECLARACIÓN DE DERECHOS Y EL BILL DE TOLERANCIA

Con el fin de asegurar los objetivos de la revolución que se había producido, el parlamento consideró necesario establecer las condiciones bajo las cuales se ofrecía el trono. En un documento, conocido bajo el nombre de Declaración de los derechos, se especificaron cuáles debían ser las obligaciones del monarca con respecto al parlamento; quedaba establecido que la sanción de las leyes, la fijación de impuestos y el reclutamiento de ejércitos sólo podría hacerse con la aprobación del parlamento, cuyas deliberaciones debían ser libres y sin coacción ni restricciones.

Los candidatos al trono aceptaron el documento y prometieron formalmente cumplir sus prescripciones, después de lo cual se los proclamó reyes de Inglaterra, Con el objeto de lograr la pacificación religiosa del reino, se dictó un bill de tolerancia que acordaba libertad de cultos a todas las sectas protestantes pero se mantenía la prohibición contra el catolicismo.

La doctrina de la monarquía limitada, tal como quedaba consagrada después de la revolución de 1688, fue formulada por un gran filósofo y pensador político Juan Locke, que escribía poco después de los acontecimientos:

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Por todo lo que acabamos de decir, parece evidente que la monarquía absoluta —que algunos consideran como el único gobierno que debe existir en el mundo— es incompatible con la sociedad civil y no puede, de ninguna manera, ser considerado como una forma de gobierno civil. En efecto, si el fin de la sociedad civil es remediar los inconvenientes que existen en el estado de naturaleza y que nacen de la libertad de que cada uno sea juez de su propia causa, con el mismo fin debe procurarse establecer una autoridad pública a la que cada uno de los miembros de la sociedad civil pueda apelar por ultrajes recibidos o por causas y discusiones que puedan promoverse. Donde quiera que las gentes no puedan apelar a una autoridad de ese tipo para resolver sus diferencias, permanecerán siempre en el estado de naturaleza, así como lo está todo príncipe absoluto con respecto a los que se hallan bajo su dominio.

En efecto, este príncipe absoluto, atribuyéndose a sí mismo tanto el poder legislativo como el ejecutivo, no puede estar entre aquellos sobre quienes gravita; y si ejerce su poder, no puede ser un juez ante quien apelar.

(JUAN LOCKE, Tratado del gobierno civil)

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La trascendencia de la revolución inglesa de 1688 fue inmensa. Para Inglaterra significó un paso adelante en la marcha hacia la hegemonía europea y en el siglo siguiente pudo recoger los frutos de su obra pacificadora, al transformarse en la primera potencia marítima. Para el resto de Europa, la experiencia inglesa constituyó un ejemplo que se opuso al sistema absolutista predominante en casi todos los países; muchos de ellos, advertidos por el desarrollo de la revolución inglesa, quisieron evitar sus consecuencias adoptando algunos de sus principios y así surgieron los regímenes que se conocen con el nombre de despotismo ilustrado; en otros, cuyos gobiernos se mostraron insensibles a esa advertencia, el ejemplo inglés provocó la aparición de un estado de inquietud que cristalizó, como en Francia, primero en una larga discusión doctrinaria de los problemas políticos, y luego en una acción violenta. La revolución francesa de 1789 deriva directamente de la que Inglaterra había sufrido un siglo antes.

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CAPITULO X. HACIA EL EQUILIBRIO EUROPEO. HOLANDA, RUSIA Y PRUSIA

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Las Provincias Unidas en el siglo XVII. — La prosperidad comercial. — Prusia. — Rusia.

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Al finalizar el siglo XVII, Francia era, indiscutiblemente, la mayor potencia continental de Europa; sin embargo, en su propósito de adquirir la hegemonía marítima había fracasado, pese a los esfuerzos de Colbert.

Holanda, en efecto, había logrado dominar gran parte de las rutas más fructíferas y, durante el siglo XVII, fue la verdadera reina de los mares. Entretanto, Prusia comenzaba a adquirir gran relieve y Rusia afirmaba sus aspiraciones al este de Europa.

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LAS PROVINCIAS UNIDAS EN EL SIGLO XVII

Después de mantener un largo conflicto con España, las Provincias Unidas lograron asentar su independencia, que fue finalmente reconocida por los tratados de Westfalia, en 1648. Desde entonces constituyeron una república federal; su jefe recibía el nombre de estatúder, cargo que durante largos períodos recayó en diversos miembros de la familia de Orange; por debajo de él estaba el pensionario, o primer ministro, y, como cuerpo legislativo, funcionaban en La Haya los Estados generales, constituidos por representantes de las distintas ciudades.

Si bien hubo algunos conflictos internos, motivados por la rivalidad que se suscitó entre el partido monárquico —que apoyaba a los Orange— y el partido republicano, las Provincias Unidas consiguieron aunar sus esfuerzos para una empresa común: la dominación de los mares. Para ello los holandeses debieron vencer, en el siglo XVII, las dificultades que les planteó la ambición de Francia; pero pudieron lograrlo gracias a la unión cada vez más estrecha con Inglaterra, unión que quedó formalizada a fines del siglo XVII, cuando Guillermo de Orange unió en sus manos la autoridad de estatúder de Holanda y la de rey de Inglaterra.

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LA PROSPERIDAD COMERCIAL

Holanda era de antiguo un país industrioso que sacaba la mayores ventajas posibles de su pequeño territorio y que agregaba a sus recursos naturales los que obtenía de sus actividades pesqueras. Pero poco a poco, y sobre todo a partir de su independencia, sus esfuerzos se orientaron hacia el comercio marítimo, llegando a ser Amsterdam uno de los principales puertos del mar del Norte.

Las naves holandesas recorrieron, en un principio, los puertos de ese mar y del Báltico, llegando luego hasta la costa atlántica, y especialmente hasta Lisboa, donde recogían los productos que Portugal traía de Asia para distribuirlos por los puertos de aquellos mares. La situación cambió cuando Portugal cayó en manos de España, porque Felipe II prohibió la entrada de las naves holandesas a Lisboa; pero esta dificultad sirvió de incentivo a los holandeses para que se lanzaran a buscar las especias en las regiones asiáticas donde se producían. Los resultados de los primeros viajes fueron alentadores y muy pronto se constituyó una compañía para la explotación en gran escala de ese negocio, cuyas ganancias fueron extraordinarias y sirvieron como estímulo para fundar otra que se dedicara al tráfico con América.

La compañía de las Indias occidentales, sin embargo, no tuvo tanta suerte como la anterior y sus establecimientos en el Brasil y en el territorio de los actuales Estados Unidos fueron atacados por los portugueses e ingleses, después de lo cual debieron ser abandonados. Por otra parte, la promulgación del Acta de navegación, en Inglaterra, en 1651, significó para Holanda un rudo golpe en su desarrollo comercial porque la privó de un tráfico que constituía una de sus mejores fuentes de riquezas. La consecuencia fue una declinación progresiva del poderío marítimo de Holanda, que, poco a poco, vio pasar el dominio de los mares a Inglaterra. Esta potencia fue, en efecto, la que desarrolló, desde el siglo XVIII, el más activo comercio marítimo.

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PRUSIA

En el corazón de las tierras de origen germánico, la dinastía de los Hohenzollern aglutinaba los estados del ducado de Prusia, formado originariamente con dominios eclesiásticos secularizados en el siglo XVI. La preocupación fundamental de los duques fue ordenar la administración en sus dominios y preparar su ejército a fin de hacerlo apto para la defensa y, ocasionalmente, para la conquista.

Bajo los cuidados de Federico Guillermo I (1688-1740) esos objetivos se cumplieron acabadamente, y Prusia apareció como un estado poderoso entre los muchos dominios anarquizados y disminuidos que componían el Santo Imperio después de los tratados de Westfalia. El ducado se transformó en reino en 1700, y al subir al trono Federico II en 1740, Prusia pudo reclamar un papel principal en el concierto europeo.

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RUSIA

Unificada territorialmente a lo largo de varios siglos, Rusia sufrió hasta el siglo XVI la anarquía derivada del escaso poder de los zares y de la soberbia y omnipotencia de los boyardos o grandes propietarios nobles. Fue obra del zar Iván IV, llamado el Terrible, el sometimiento implacable de la nobleza y el establecimiento de una firme autoridad real. Pese a las querellas dinásticas, esa situación se afirmó, y en el curso del siglo XVII —al llegar al trono Pedro el Grande— Rusia podía aspirar a desarrollar una acción sobresaliente en Europa.

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CAPÍTULO XI. LA PREPONDERANCIA FRANCESA. LUIS XIV

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El reinado personal de Luis XIV. — La política interior: Colbert. La cultura del gran siglo francés. — El teatro: Corneille, Racine, Molière. — La filosofía: Descartes, Pascal. — La historia: Bossuet. — La poesía: La Fontaine. — Las artes plásticas. — La política exterior de Luis XIV. — Las negociaciones por la sucesión española. — La guerra de devolución. Alianza de La Haya y paz de Aquisgrán. — La guerra de Holanda. — La guerra europea y la paz de Nimega. — La liga de Augsburgo. — La guerra de Inglaterra y la paz de Ryswick.

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Mazarino mantuvo el poder hasta su muerte, en 1661. Así como había logrado pleno éxito en 1648, en las gestiones diplomáticas que condujeron a los tratados de Westfalia, pudo después, en 1659, concertar la paz con España en términos altamente favorables para Francia, mediante el tratado de los Pirineos. En política interior no varió su orientación y llegó al término de su vida sin que el país sufriera nuevas conmociones, de modo que, cuando Luis XIV inició su reinado personal —al morir el cardenal— todo era favorable para que el joven rey alcanzara una indiscutida autoridad.

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EL REINADO PERSONAL DE LUIS XIV

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Estaba yo resuelto sobre todo —escribía Luis XIV— a no tomar primer ministro y a no dejar hacer por otro las funciones de rey en tanto que yo tuviera el título. Pero, por el contrario, quería repartir la ejecución de mis órdenes entre varias personas a fin de reunir toda la autoridad en la mía únicamente.

Ordené a los cuatro secretarios de estado no firmar nada absolutamente sin hablarme y lo mismo al superintendente. El canciller tenía órdenes semejantes, es decir, no sellar nada sino por mi orden, fuera de las cartas de justicia.

(LUIS XIV, Memorias para la instrucción del Delfín)

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Así entendió el rey su misión desde la muerte de Mazarino. El poder y la administración reposaron desde entonces en sus manos y sirvió los intereses de Francia con extraordinaria dedicación y conciencia. Creía en el origen divino del poder real, doctrina que el obispo Bossuet fundamentaba en las Escrituras:

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El poder absoluto viene de Dios. “El príncipe, agrega San Pablo, es ministro de Dios para el bien. Si hacéis mal, temblad; porque no en vano tiene él la espada; y es ministro de Dios, vengador de las malas acciones”. Los príncipes obran, pues, como ministros de Dios y lugartenientes de él en la tierra. Por medio de ellos ejerce él su imperio.

(BOSSUET, Política sacada de las palabras de la Santa Escritura)

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Para eliminar a los que pudieran oponerse a su concepción del poder real, Luis XIV usó distintas armas que Richelieu. Antes que combatirlos, atrajo a los nobles hacia sí, los reunió en el palacio que hizo edificar en Versalles y organizó una corte brillante; de ella formaban parte los príncipes y grandes señores, que llevaban una vida regalada y gozaban de abundantes pensiones; el rey lograba, en cambio, apartarlos de sus dominios para ejercer él, mediante sus funcionarios, una segura autoridad sobre todo el país. La corte de Versalles, tan costosa que puso al reino al borde de la quiebra, tenía, en efecto, una finalidad política: asegurar definitivamente el absolutismo y acabar con las funciones políticas de la nobleza.

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LA POLÍTICA INTERIOR: COLBERT

Fuera de la sumisión de los nobles, los grandes problemas internos del reinado de Luis XIV eran los que se relacionaban con la administración, la vida económica y la actividad religiosa, y a todos ellos prestó cuidadosa atención.

La regla de su gobierno fué desplazar sistemáticamente de él a los nobles para impedir que acrecentaran sus ambiciones; los destinaba a las armas o a la actividad cortesana, y prefería a los miembros de la clase burguesa o a los nobles de pequeña categoría para encomendarles las funciones públicas. Igualmente procuró cercenar las atribuciones de los distintos órganos que ejercían el gobierno en las provincias hasta someterlos completamente a su dependencia.

Para orientar la vida económica del país contó con la ayuda de su secretario Juan Bautista Colbert, un hombre de clara inteligencia para esos problemas, que concibió el plan de llevar a Francia por el camino de la riqueza. Su preocupación fue acrecentar el poderío industrial y comercial de su país, estimulando la creación de manufacturas y de una importante flota mercante, porque esperaba que, con ello, sería posible hacer de Francia un país predominantemente exportador y lograr así el ingreso de la mayor cantidad posible de oro.

Colbert fue proteccionista; estaba seguro de que era el oro lo quo producía la riqueza y, además de adquirirlo por los medios ya señalados, quiso conservarlo ordenando los gastos de la administración; en este aspecto fracasó, porque su colega, el ministro de guerra, Louvois, consiguió triunfar en el ánimo del rey e inducirlo hacia una política militar cuyos gastos —unidos a los de la corte— vaciaron las arcas que Colbert llenaba con tantos trabajos. Sin embargo, la labor de estímulo a la producción logró al fin su objeto y Francia comenzó a contar entre las potencias comerciales de Europa aunque quedara en segundo plano como potencia marítima.

En lo religioso, Luis XIV se dejó conducir por el consejo de su corte y, en especial, por el de la señora de Maintenon, su esposa, quien, como ferviente católica, trabajó el ánimo del rey hasta conseguir que fuera revocado el edicto de Nantes en 1685. Esta medida obligó a los protestantes a emigrar sustrayendo a Francia el esfuerzo de mucha gente honrada y capaz.

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LA CULTURA DEL GRAN SIGLO FRANCÉS

El siglo XVII es la época más brillante de la cultura francesa. Por la preocupación que surgió entonces por los problemas del espíritu, por el número de las grandes figuras que aparecieron en los distintos campos de la cultura y por el apoyo que la monarquía prestó a su labor, el siglo XVII representa una etapa extraordinaria en la historia de su desarrollo espiritual. Las influencias renacentistas habían madurado y cristalizado en ciertas formas definidas, algo alejadas ya de las primitivas fuentes de inspiración, pero más claras y más ajustadas al peculiar genio nacional. En la actividad filosófica y literaria así como en las artes plásticas, alcanzó por entonces su culminación la capacidad creadora del espíritu francés.

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EL TEATEO: CORNEILLE, RACINE, MOLIÈRE

Como toda la literatura francesa de ese siglo, el teatro sufrió por entonces la influencia del espíritu cortesano. A principios del siglo se pusieron de moda los salones literarios, en los que las damas y los caballeros competían en demostrar la mayor finura y delicadeza en la expresión así como la más elevada calidad en los sentimientos. Los salones —de los cuales el más famoso fue el de la marquesa de Rambouillet— impusieron un gusto refinado y cortesano que, aunque bastante convencional, creó un estilo literario. En mayor o menor medida, toda la literatura del siglo estuvo caracterizada por ese espíritu.

Había en Francia una tradición teatral excelente; aprovechándola en alguna medida, pero sin duda, superándola, Pedro Corneille (1606-1685) llegó a crear una larga serie de notables tragedias. Corneille llevó a la escena el tipo heroico, pero lo acercó a su público prestándole algo del espíritu cortesano de la época. En El Cid, acaso su obra más famosa, tomó el personaje español y lo adaptó a los ideales de su tiempo y de su ambiente. Escribió además tragedias de tema griego y romano —Medea, Cinna, Pompeyo— y otras de ambiente medieval, cuyos personajes revelan la misma concepción; pero su grandeza como trágico no proviene sólo de sus personajes, sino de la conducción del argumento y, sobre todo, de sus versos, admirables por su belleza y su contenido.

Más tarde, Juan Racine (1639-1699) apareció como el continuador de Corneille; más humano que su predecesor, concedió a las pasiones de los hombres un lugar preponderante entre los rasgos que definían a sus personajes y por eso pareció menos frío que aquél. Racine fue también un habilísimo autor dramático, en cuyas obras la acción adquiere vivacidad y mantiene la atención del espectador; entre sus obras más notables se cuentan las de tema clásico, como Fedra, Ifigenia, Alejandro, Británico y dos de tema bíblico: Esther y Atalía.

Junto a estos poetas dramáticos, el teatro francés de esta época posee una figura extraordinaria en el campo de la comedia: Molière. Actor él mismo y jefe de compañía, representó sus propias obras y escribió con abundancia; tuvo la fortuna de agradar en la corte y, después de sus muchos viajes, pudo representar en ella ante Luis XIV. Sus comedias, cuyo número es crecido, reflejan un espíritu observador, inquieto y burlón. Todos los tipos humanos que la sociedad francesa de su tiempo le ofrecía, desfilan por ellas acentuados con el rasgo profundo que los destaca; pero su profundidad lo llevó a descubrir tipos humanos universales y eternos en los que supo captar los secretos del alma humana; y esto, unido a la gracia de la trama y a los abundantes aciertos literarios, hizo de Molière una de las grandes figuras del teatro de todos los tiempos. Sus obras más notables son: El avaro, El misántropo, Tartufo, El burgués gentilhombre, El enfermo imaginario, Las preciosas ridículas y tantas otras tan ingeniosas como profundas.

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LA FILOSOFÍA: DESCARTES. PASCAL

En el campo de la filosofía, Renato Descartes (1596-1650) constituye una figura universal. Espíritu inquieto y profundo, viajó mucho y se interesó por distintas disciplinas hasta que comenzó a aplicarse al estudio de la matemática; ya entonces mostraba hondas preocupaciones filosóficas y en 1637 publicó un libro fundamental, el Discurso del método, con el que revolucionó las doctrinas tradicionales asentadas en Aristóteles, iniciando el movimiento que se conoce con el nombre de racionalismo. Más tarde reunió muchas de sus reflexiones en otra obra notable que llamó Meditaciones metafísicas, en la que afirmó su sistema, destinado a gozar de la predilección de los filósofos durante toda la Edad Moderna.

De otro estilo es el pensamiento de Pascal; mientras a Descartes le preocupaba fundamentalmente el problema filosófico del conocimiento, Blas Pascal (1623- 1662) volvió a los problemas religiosos y metafísicos; quiso escribir sobre ese tema un libro de vasta envergadura, pero sólo nos ha dejado sus notas, reunidas bajo el nombre de Pensamientos; poseemos, de él, además, las Provinciales, cartas en las que defendía a la secta de los jansenistas frente a los jesuitas.

Por esta época apareció en Francia una marcada preocupación por los problemas morales; filósofos como La Rochefoucauld y La Bruyère escribieron conjuntos de máximas y pensamientos sobre esos temas, inspirados en las exigencias de la vida espiritual y social de su tiempo.

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LA HISTORIA: BOSSUET

La filosofía cristiana aplicada a la interpretación de la historia de la humanidad había sido la doctrina predominante durante toda la Edad Media, pero fue abandonada a partir del Renacimiento. El obispo Bossuet (1627-1704), preceptor del delfín, volvió a defender sus principios. Era un famoso orador sagrado, del que se conservan las hermosas Oraciones fúnebres, y se preocupó por establecer los fundamentos del origen divino del poder real en una obra que tituló Política sacada de las Santas Escrituras; pero su obra más notable fue su Discurso sobre la historia universal, en la que desarrolló sus ideas más importantes.

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Si el sistema que él adopta para conciliar la cronología de los judíos con la de las otras naciones ha encontrado contradictores entre los sabios, su estilo no ha encontrado más que admiradores. Causó asombro esa forma majestuosa con la que describe las costumbres, el gobierno, el crecimiento y la caída de los grandes imperios y esos trazos rápidos, de una veracidad enérgica, con los que pinta y con los que juzga las naciones.

(VOLTAIRE, El Siglo de Luis XIV)

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En efecto, más que un historiador, Bossuet fue, en realidad, un filósofo de la historia y de la política, que aplicó a la exposición de sus ideas la fuerza de su extraordinaria oratoria.

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LA POESÍA: LA FONTAINE

Grandes poetas fueron Corneille y Racine; pero al lado de ellos aparecieron otros que prefirieron distinto género; Juan de La Fontaine (1621-1695) se destacó entre todos por sus fábulas. Imitador de Esopo y de Fedro, volvió a tomar los mismos temas, pero los revistió con nuevas formas poéticas hasta darles una apariencia renovada. Como amaba la naturaleza y era un profundo observador, dio a sus fábulas una vivacidad característica gracias a sus descripciones de los animales y del ambiente, pero siguió a sus modelos en los juicios morales.

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LAS ARTES PLÁSTICAS

Como la literatura, las artes plásticas se caracterizaron durante el siglo XVII por su marcado aire cortesano. La monarquía subvencionó a muchos artistas —como lo había hecho con los literatos— y los puso a su servicio, de modo que su obra se ajustó a los gustos predominantes en la corte.

La empresa más característica del período es el extraordinario palacio de Versalles que mandó construir Luis XIV y al que trasladó la corte. Luis XIII había edificado allí un castillo y su heredero quiso luego transformarlo en una residencia en la que se advirtiera todo su poderío y su grandeza. El arquitecto Le Vau, el pintor Le Brun y el jardinero Le Nôtre pasaron al servicio del rey y comenzaron, en 1661, la inmensa construcción; pero en 1670 la obra quedó bajo la dirección del arquitecto Julio Mansart, que supo darle todo el esplendor que el rey deseaba. El palacio era una enorme masa arquitectónica en la que abundaban los salones lujosos y las monumentales galerías; su decoración interior constituía un alarde de suntuosidad y buen gusto y reflejaba las principales características del estilo barroco, en el que, sin embargo, se introdujeron algunas modificaciones para evitar la exageración a que se había llegado en otras partes, ajustándose a las normas de la inspiración romana. Maravillosos jardines formaban un marco apropiado a tan gran construcción.

Carlos Le Brun fue el pintor oficial de la corte de Luis XIV; a él se deben la mayoría de las pinturas que decoran el palacio de Versalles. Pero no fue el único que brilló en esa época; por entonces se destacaron Claudio Lorrain y Nicolás Poussin, este último quizás el más grande por la admirable composición de sus cuadros de tema clásico y, sobre todo, por sus paisajes romanos.

Un lugar de privilegio ocupan en este período las artes menores; en los grandes talleres del estado se hacían muebles, tapices y objetos de arte destinados al palacio, cuya factura revela un exquisito gusto y una notable finura de fabricación.

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LA POLÍTICA EXTERIOR DE LUIS XIV

Si la política interna de Luis XIV se caracterizó por el propósito de afianzar definitivamente el absolutismo monárquico, su política exterior estuvo dirigida por el afán de asegurar la hegemonía de Francia en Europa. Su orientación estaba señalada ya por la obra diplomática de Richelieu y de Mazarino; consistía en llevar los límites de Francia hasta lo que se consideraban sus fronteras naturales, pero, además, quiso Luis XIV acelerar y completar el aniquilamiento del poder español y lograr que se reconociera su supremacía en Europa. Este conjunto de objetivos provocó una serie de guerras, a las que Europa respondió como lo había hecho frente a las pretensiones de los Habsburgo en el siglo anterior, esto es, uniéndose los distintos países frente al enemigo común. Tras muchos años de guerra —que empobrecieron la nación y debilitaron su régimen interno— Francia no pudo lograr sino escasas ventajas y dio pie, en cambio, para que Inglaterra ascendiera al primer plano de la política europea.

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LAS NEGOCIACIONES POR LA SUCESIÓN ESPAÑOLA

Luis XIV era hijo de Ana de Austria y estaba casado con María Teresa, las dos, princesas españolas de la casa de Habsburgo; esta situación daba al rey posibilidad de intervenir en los asuntos españoles, sobre todo a partir de 1665, porque el nuevo rey de España, Carlos II, parecía destinado a tener vida brevísima. Francia planteó sus exigencias frente a la rama alemana de los Habsburgo —también heredera presunta de las posesiones españolas— con gran claridad y mesura; pretendía solamente que, cuando se planteara la sucesión, le fueran entregados Flandes, Brabante y el Franco Condado, territorios que consideraba franceses, y algunos territorios italianos que canjearía luego por Lorena y Saboya, basándose en el mismo principio de las fronteras naturales. El acuerdo se hizo sin dificultades y se firmó —entre Austria y Francia— el tratado de Partición en 1668.

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LA GUERRA DE DEVOLUCIÓN. ALIANZA DE LA HAYA Y PAZ DE AQUISGRÁN

Pero Luis XIV había iniciado ya las operaciones para tomar posesión de Flandes, haciendo alarde de un extraordinario poder militar.

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Contando aún más con sus fuerzas que con su razón, el rey marchó a Flandes a una conquista asegurada (1667). Estaba a la cabeza de treinta y cinco mil hombres; otro cuerpo de ocho mil fue enviado a Dunquerque y uno de cuatro mil a Luxemburgo. Turena era el general de este ejército. Colbert había multiplicado los recursos del estado para proveer a los gastos; Louvois, nuevo ministro de guerra, había hecho inmensos preparativos para la campaña. Depósitos de toda especie estaban distribuidos sobre la frontera.

(VOLTAIRE, El Siglo de Luis XIV)

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La campaña fue breve y las ciudades flamencas cayeron una después de otra en poder de Luis XIV, mientras Condé ocupaba el Franco Condado. Toda Europa se alarmó ante esta muestra de eficacia militar y las Provincias Unidas se unieron a Inglaterra y Suecia mediante la alianza de La Haya para contener el peligro francés. Porque aunque Luis XIV llamó a esta campaña “guerra de devolución” para señalar que sólo trataba de recobrar lo que era suyo, no escapó a las demás naciones que de ese modo se iniciaba un vasto plan de expansión militar. Sin embargo, la guerra quedó contenida porque Francia se entendió con España y, gracias a la paz de Aquisgrán (1668), sólo retuvo Flandes medíante la devolución del Franco Condado. El peligro de un conflicto que arrastrara a toda Europa pareció conjurado.

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LA GUERRA DE HOLANDA

En realidad, sólo había sufrido una postergación. Luis XIV hizo intervenir eficazmente a su diplomacia y logró deshacer la alianza de La Haya dejando sola otra vez a Holanda. Hecho esto, en 1672 ordenó a sus ejércitos la invasión de ese país, pero, pese a su falta de preparación militar, los holandeses contuvieron el golpe inundando gran parte de su territorio mediante la apertura de las compuertas que lo defendían del mar. Así protegido, Guillermo de Orange inició una desesperada resistencia y los ejércitos de Luis XIV no pudieron avanzar sino muy lentamente.

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LA GUERRA EUROPEA Y LA PAZ DE NIMEGA

Los propósitos de Luis XIV resultaron entonces evidentes para todos los estados europeos; en 1673 se reconstruyó la antigua alianza, y el Imperio y España ayudaron a Holanda, iniciándose así una verdadera guerra europea. Francia quitó a España el Franco Condado y contuvo a los ejércitos imperiales; pero la lucha se prolongaba con perjuicio terrible para los holandeses y éstos pidieron la paz, que se firmó en Nimega en 1678. España fue la víctima de esta guerra, porque perdió el Franco Condado y doce plazas fuertes en Flandes.

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LA LIGA DE AUGSBURGO

Desde 1678, la supremacía europea de Luis XIV pareció asegurada. Pero en los años que siguieron su conducta fue prepotente e inconsulta y ello trajo consigo nuevas dificultades. Francia se anexó Estrasburgo en 1681, amenazando así la frontera renana, y se atrajo el odio de las potencias protestantes mediante la revocación del edicto de Nantes en 1685. La consecuencia fue que Guillermo de Orange organizó una nueva coalición contra Francia, de la que formaron parte España, el Imperio, Suecia, el duque de Saboya y muchos príncipes alemanes, a la que se llamó liga de Augsburgo (1686). La nueva alianza se preparó para luchar contra Francia y logró la ayuda del papa. Inglaterra, en cambio, parecía alejada del conflicto por la hábil diplomacia de Luis; pero las circunstancias cambiaron muy pronto.

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LA GUERRA DE INGLATERRA Y LA PAZ DE RYSWICK

En 1688 Luis XIV se lanzó contra el Palatinado, desencadenando una nueva contienda europea; pero ese mismo año sé produjo una revolución en Inglaterra que depuso a Jacobo II Estuardo y llevó al trono precisamente al estatúder de Holanda, Guillermo de Orange. Inglaterra entró entonces en el conflicto y volcó el peso de su poder contra Luis XIV, que debió sostener una porfiada lucha durante nueve años contra casi toda Europa.

Sin embargo, Francia pudo mantener sus posiciones, pese a que la guerra se desarrollaba en todas sus fronteras. Venció a los españoles, al duque de Saboya, y en el Rin peleó duramente contra los ejércitos unidos de Inglaterra, Holanda y el Imperio. Pero lo que no pudo hacer fue dar un golpe decisivo y la contienda se arrastró durante un largo período con terribles pérdidas para ambas partes.

En 1697 se negoció la paz en el castillo de Ryswick, cerca de La Haya. Luis XIV abandonó la defensa de Jacobo II de Inglaterra y reconoció a su sucesor Guillermo III y, aunque obtuvo la posesión de Estrasburgo, debió devolver la mayoría de sus conquistas posteriores a 1678.

En ese momento, la buena voluntad de Francia sorprendió a Europa. Pero las secretas razones que movían a Luis XIV estribaban en la proximidad de un conflicto más grave que debía estallar, en efecto, pocos años después, y en el que se jugaba la posesión de España.

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CAPÍTULO XII. LAS IDEAS POLÍTICAS, ECONÓMICAS Y SOCIALES EN EL SIGLO XVIII

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Las nuevas ideas. — Los economistas y sus doctrinas. — Los filósofos: Montesquieu, Voltaire y Rousseau. — La propaganda filosófica. La Enciclopedia.

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Las ideas liberales que los reyes de la casa de Borbón llevaron a España no eran sino el reflejo de las que se elaboraban por entonces en otros países de Europa. En Inglaterra y en Francia, especialmente, la actividad intelectual fue, en el siglo XVIII, extraordinariamente intensa, y se caracterizó porque estuvo dedicada a estudiar y resolver los problemas económicos y políticos que por entonces se planteaban.

El pensamiento de esta época fue revolucionario; esto significa que los hombres de estudio sostuvieron y propugnaron, para resolver los problemas de la época, ciertas soluciones económicas y políticas que rompían violentamente con las tradiciones en vigor; en caso de que se pusieran en práctica, muchos de los que tenían importantes privilegios —los reyes, los grandes propietarios, la nobleza, el clero— resultarían perjudicados; los que, por el contrario, carecían de derechos, obtendrían ahora algunos. Y como esto no podía ocurrir sin que los privilegiados trataran de defender sus intereses, aquellas ideas estaban destinadas a provocar violentos conflictos. En resumen, así como las transformaciones políticas y económicas provocaron la aparición de nuevas formas de pensamiento, éstas, a su vez, produjeron nuevos cambios en la realidad social, e inauguraron una era revolucionaria.

En la segunda mitad del siglo XVIII, las inquietudes de los hombres de estudio se orientaron hacia dos campos bien definidos; por una parte hacia el estudio de los problemas económicos, porque la formación de los grandes imperios coloniales había traído consigo una gran abundancia de materias primas y fue necesario resolver nuevos problemas referentes a la producción, a la distribución y al consumo de los distintos artículos; por otra, hacia el estudio de los problemas políticos, porque la clase burguesa, que se enriquecía con el comercio y la industria, aspiraba ahora a liberarse de las trabas que le imponía el poder absoluto y a intervenir en el gobierno de alguna manera. Los economistas eligieron aquellos temas; los filósofos políticos, estos últimos.

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LAS NUEVAS IDEAS

El hecho realmente trascendental del siglo XVIII es que apareció entonces un conjunto de hombres de pensamiento que creyó que las graves cuestiones de la época no podían resolverse siguiendo los caminos señalados por la tradición. Sostuvieron estos pensadores que esos problemas tenían causas profundas que era necesario estudiar, y afirmaron que, atendiendo a esas causas, podían aconsejarse luego soluciones que sería posible aplicar en la práctica con éxito.

Con esto no se hacía sino llevar al estudio de los problemas de la realidad económica y social el método científico que se usaba ya para las ciencias de la naturaleza desde los comienzos de la Edad Moderna. Así como se observaba el movimiento del péndulo o el de los astros para luego obtener leyes que se apoyaban en las sucesivas observaciones, pareció que se podían observar los fenómenos económicos y políticos y sacar de ellos principios fijos que pudieran aplicarse luego.

La novedad de estas ideas consiste, pues, en que se apartan de las que eran tradicionalmente admitidas hasta entonces; pero reside también en que están orientadas hacia el logro de una transformación inmediata de la realidad social.

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LOS ECONOMISTAS Y SUS DOCTRINAS

Para comprender la trascendencia que tiene la aparición de los economistas teóricos en el siglo XVIII, es necesario tener en cuenta cuál era el panorama de la vida económica en ese momento. Al comenzar la Edad Moderna se producen dos hechos importantes: el descubrimiento de nuevas tierras productoras de materias primas —que trajo como consecuencia un activo tráfico marítimo— y la constitución de los estados nacionales. Estos dos hechos se relacionan estrechamente en el campo de la actividad económica; los reyes absolutos quieren enriquecerse y creen —como todo el mundo, entonces— que la acumulación y la venta de esos artículos les proporcionará grandes cantidades de dinero en forma de metal precioso. Así aparece el sistema mercantilista, que Colbert llevó en Francia a sus últimas consecuencias; su lema es vender mucho y comprar lo menos posible; pero muy pronto comienza a descubrirse que hay algo en el sistema que provoca resultados contraproducentes.

En efecto, el mercantilismo olvidó que el dinero corre hacia las fuentes de producción y pretendió impedir su salida mediante severas disposiciones cuya consecuencia fue debilitar la iniciativa privada. Frente a esa situación, algunos espíritus observadores se dedicaron a estudiar cómo se producían los fenómenos económicos: cuáles eran los obstáculos que se oponían al progreso de la producción, al acrecentamiento del comercio, a la estabilidad de los precios; y basados en sus observaciones sostuvieron distintas teorías y aconsejaron nuevos procedimientos para acrecentar la riqueza pública.

En Francia, Francisco Quesnay (1694-1774) y Vicente de Gournay (1712-1759) sostuvieron que la excesiva intervención del estado malograba el desarrollo de la actividad económica. Quesnay afirmó que la principal fuente de riqueza era la agricultura; Gournay, en cambio, opinaba que era la industria; pero los dos coincidían en afirmar que la vida económica se ajusta a las leyes naturales y que lo más prudente es dejar que se desarrolle libremente. Esta escuela se llamó fisiocrática y su doctrina fue resumida por Quesnay en una máxima que se hizo famosa: “Dejar hacer, dejar pasar”, esto es, dejar que la producción y el consumo queden librados a sus propias fuerzas, pues es seguro que se equilibran naturalmente.

Estos estudios culminaron en Inglaterra con Adam Smith (1723-1790). Como inglés, Smith veía el problema desde el ángulo del desarrollo comercial; también él sostuvo que las restricciones del estado al libre comercio resultaban perjudiciales y que la más sabia política era dejar que cada uno produjera cuanto quisiera y vendiera según sus posibilidades, seguro de que las necesidades del consumo eran las fuerzas más poderosas para indicar a cada cual lo que debía producir y vender. Generalizando las opiniones de sus antecesores, afirmó que no había más fuente de riqueza que el trabajo en cualquiera de sus aspectos y que así como su restricción trae aparejada la miseria, su libertad significa la riqueza. Estas ideas fueron expuestas en un libro titulado La riqueza de las naciones, que apareció en 1776 y constituye la base de la economía política moderna.

Hacia la misma época en que Smith publicaba su obra, un economista francés de la escuela de los fisiócratas, Roberto Turgot, intentó poner en práctica esas doctrinas como ministro de Luis XVI; pero como su aplicación significaba la extirpación de muchos privilegios, muy pronto debió abandonar el ministerio; sin embargo, su breve actuación sirvió para probar que en esa doctrina residía la solución de los graves problemas económicos y financieros que por entonces sufría Francia, y, en general, Europa.

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LOS FILÓSOFOS: MONTESQUIEU, VOLTAIRE Y ROUSSEAU

También es menester, para llegar a comprender la trascendencia que tuvo la aparición de los grandes filósofos políticos en el siglo XVIII, tener a la vista cuál era la situación espiritual en el momento en que surgieron.

Desde comienzos de la Edad Moderna se habían afirmado en Europa los regímenes absolutistas. Los Tudor en Inglaterra, los Austria en España, los Borbones en Francia, los Hohenzollern en Prusia, todos habían logrado la grandeza de sus estados sometiendo a las poderosas familias feudales y estableciendo un poder autocrático. Para lograrlo, se apoyaron, en general, en la naciente clase burguesa; pero cuando esta clase se desarrolló, comenzó a desear una intervención activa en el gobierno político que no podía obtener sino limitando el poder de la monarquía.

La burguesía comenzó a adquirir clara conciencia de sus derechos y de su fuerza ya en el siglo XVII. En Inglaterra, a mediados de ese siglo, acometió la empresa de obtener por la violencia lo que se le negaba de buen talante, y concluyó derrocando la monarquía, para restablecerla luego y someterla, en 1688, a una fuerte limitación parlamentaria. Desde ese momento el ejemplo de Inglaterra estuvo presente en todos los espíritus; algunas monarquías —las de Prusia, Austria, España, Rusia— quisieron prevenir los resultados de esa nueva inquietud adelantándose a otorgar, aunque sin renunciar a su poder absoluto, algunas de las concesiones que la burguesía exigía: tolerancia y libertad en materia religiosa, modernización de los principios jurídicos, educación popular; otras, especialmente la francesa, permanecieron sordas al nuevo clamor y pretendieron mantener su poder autocrático sin concesiones; y allí, la burguesía comenzó a rebelarse, apoyando sus derechos en una larga y bien fundada prédica.

Fueron los filósofos políticos quienes encarnaron ese sentimiento colectivo. Los movía el ejemplo de Locke, el filósofo inglés que había desarrollado la teoría de la revolución inglesa de 1688, y fueron a buscar su inspiración en Inglaterra, que consideraban el estado más avanzado políticamente. Así surgió una doctrina de la limitación del poder real, de la libertad y de la tolerancia, que expresaron, en Francia, Montesquieu, Voltaire y Rousseau.

Montesquieu, noble de origen pero comprensivo y prudente, estudió la vida política de su país y divulgó algunas consideraciones sobre ella en las Cartas persas (1721); en ese libro disfrazó el origen de sus reflexiones poniéndolas en boca de un viajero persa que reflejaba sus impresiones de París. De intención fuertemente satírica, las Cartas persas fueron acogidas con aplauso; su autor comenzó luego a estudiar las instituciones antiguas y, con más dedicación aún, las modernas que Inglaterra había elaborado y puesto en vigor. Fruto de ese estudio fué la más importante de sus obras, titulada El espíritu de las leyes, en la que estudia el origen de las instituciones y su dependencia de las formas de la vida política y social, así como también los caracteres generales de la vida política.

En este último sentido, la obra de Montesquieu es importantísima; desarrolló, entre otros, el principio de la división de poderes, considerándolo fundamental para la justa ordenación del estado.

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Hay en cada estado tres clases de poderes: el poder legislativo, el poder ejecutivo de las cosas que dependen del derecho de gentes, y el poder ejecutivo de aquellas que dependen del derecho civil.

Cuando en la misma persona o en el mismo cuerpo de magistrados el poder legislativo está unido al poder ejecutivo, no hay libertad porque se puede temer que el mismo monarca o el mismo senado haga leyes tiránicas para ejecutarlas tiránicamente.

Tampoco hay libertad si el poder de juzgar no está separado del poder ejecutivo y el legislativo. Si está unido al poder legislativo, el poder sobre la vida y la libertad de los ciudadanos sería arbitrario, pues el juez sería legislador.

Todo estaría perdido si el mismo hombre, o el mismo cuerpo de los principales o nobles, o del pueblo, ejercieran esos tres poderes: el de hacer las leyes, el de ejecutar las resoluciones públicas y el de juzgar los crímenes o las diferencias entre los particulares.

(MONTESQUIEU, El espíritu de las leyes)

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La influencia de este libro —cuya lectura apasionó en su tiempo— fue inmensa y sus enseñanzas estuvieron presentes en el espíritu de los revolucionarios franceses de fines del siglo XVIII.

Contemporáneo de Montesquieu, Voltaire fue un espíritu menos especulativo y más directamente orientado hacia la lucha cotidiana en favor de los principios que sostenía. Su obra es inmensa. Escribió algunas de historia, como El siglo de Luis XIV y Carlos XII de Suecia, que renovaron esa disciplina; muchas literarias y científicas y algunas filosóficas de notable valor. Pero como filósofo político, sus reflexiones fueron consignadas preferentemente en multitud de opúsculos y folletos, dirigidos a combatir un hecho concreto, una idea que juzgaba perjudicial, una institución vituperable.

Sufrió diversas persecuciones; en una ocasión tuvo que huir a Inglaterra, y, como Montesquieu, volvió entusiasmado con el régimen liberal que allí imperaba. Escribió entonces sus Cartas sobre los ingleses, obra que le valió una nueva persecución; pero con el correr de los años comenzó a ser respetado y, desde su residencia de Ferney, cerca de la frontera con Suiza, desarrolló una intensa campaña contra las costumbres y las instituciones francesas de su tiempo. Se opuso a los procedimientos judiciales en uso, a las privaciones injustificadas de la libertad, a la censura del pensamiento; pero, como filósofo racionalista que era, usó de su influencia y de su prestigio, sobre todo, para combatir la intolerancia, en la que veía la raíz de tantos males.

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Me atreveré a tomarme la libertad de invitar a aquellos que están a la cabeza del gobierno y a aquellos que están destinados a las más altas posiciones, a que quieran examinar maduramente si, en efecto, se debe temer que la dulzura produzca las mismas revueltas que la crueldad ha originado; si lo que ha ocurrido en ciertas circunstancias debe ocurrir en otras, si los tiempos, la opinión, las costumbres, son siempre las mismas.

Sin duda, los hugonotes han estado ebrios de fanatismo y bañados de sangre como nosotros; pero la generación presente ¿es tan bárbara como la de sus padres? El tiempo, la razón, que ha hecho tantos progresos, los buenos libros, la dulzura de la sociedad ¿no han penetrado en el espíritu de los que conducen esos pueblos? ¿Y no descubrimos que casi toda la Europa ha cambiado de fisonomía desde hace cincuenta años más o menos?

La tolerancia no ha excitado jamás una guerra civil; la intolerancia ha cubierto de mortandad la tierra. Que se juzgue ahora entre esos dos rivales, entre la madre que quiere que se degüelle a su hijo y la que lo cede para que viva.

(VOLTAIRE, Diccionario filosófico)

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Voltaire —que había nacido en 1694— murió en 1778, pocos años antes de que estallara en Francia la gran revolución. A él se debieron muchas ideas que los revolucionarios intentaron realizar, pero se debió, sobre todo, a su prédica, la formación de una conciencia unánime contra el absolutismo que permitió que se desencadenara el profundo movimiento francés de 1789.

Frente a esos dos pensadores, Rousseau fue aun más categórico. Su preocupación no fue proponer tal o cual modificación al sistema político vigente como habían hecho ellos, cuyo ideal, al fin, era solamente el de una monarquía limitada. Por el contrario, Rousseau discutía el fundamento mismo del poder real y sostenía que no había otra fuente de autoridad más que el pueblo mismo. Profundamente convencido de sus ideas, escribía en una de las obras que dedicó a propugnar la educación popular:

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El pueblo es quien compone el género humano; lo que no es pueblo es tan poca cosa que no vale la pena tomarla en cuenta. El hombre es el mismo en todos los estados, y si esto es así, los estados más numerosos merecen más respeto. Ante aquel que piensa, todas las distinciones civiles desaparecen: ve él las mismas pasiones, los mismos sentimientos en el zafio y en el hombre ilustrado; no discierne más que su lenguaje, y si alguna diferencia los distingue, es en perjuicio de los más disimulados.

(Rousseau, Emilio)

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Esta convicción lo llevó a sostener que no había gobierno legítimo sino cuando basaba su autoridad en el consenso público, con lo que orientaba la reflexión de sus lectores hacia la forma republicana. Estas ideas las desarrolló en El contrato social, cuyos principios ejercieron después de su muerte —que ocurrió el mismo año que la de Voltaire— enorme influencia en el pensamiento de la revolución.

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LA PROPAGANDA FILOSÓFICA. LA ENCICLOPEDIA

Una de las particularidades del pensamiento del siglo XVIII es que estaba orientado hacia la acción. Para cumplir su finalidad era imprescindible que los principios que sustentaba llegaran a capas cada vez más extensas del pueblo, y por eso todos los escritores de la época procuraron que sus ideas se difundieran por diversos medios: así, Montesquieu y Voltaire compusieron obras de apariencia amable para que llegaran al gran público, con las que se proponían generalizar sus opiniones. Por eso se llama a este siglo la época de la ilustración y, otras veces, el iluminismo, porque, en efecto, el propósito fundamental de los más notables espíritus fue el de salir del pequeño grupo aristocrático o sabio y llevar la luz a la conciencia popular.

Por esta razón constituye un símbolo representativo del espíritu predominante la aparición de la Enciclopedia, especie de diccionario ideado y organizado por Diderot (1713-1784) en el que esperaba sintetizar todo el saber de la época, presentándolo con los caracteres propios de la Ilustración.

Colaboraron en la Enciclopedia todos los hombres de estudio que poseían por entonces prestigio en sus respectivas disciplinas; Voltaire y Montesquieu, Condillac, el barón D’Holbach y Helvetius, Necker y Turgot, Buffon y D’Alembert, todos escribieron algunos artículos sobre temas de su especialidad, presentando los problemas a la luz de las nuevas ideas.

La Enciclopedia fue, al principio, muy combatida, y sólo pudo continuarse debido a la protección que la señora de Pompadour, amiga de Luis XV, quiso ofrecer a Diderot. La importancia de la Enciclopedia fue enorme porque se convirtió en el vehículo de difusión de muchos principios e ideas de contenido revolucionario, que de ese modo llegaban, en fórmulas precisas y claras, a una crecida masa de lectores. El artículo sobre Autoridad política, por ejemplo, decía así:

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Ningún hombre ha recibido de la naturaleza el derecho de mandar a los otros. La libertad es un presente del cielo, y cada individuo de la misma especie, así como goza de razón, tiene el derecho de gozar de ella. Si la naturaleza ha establecido alguna autoridad es la paternal, y ésa también tiene sus límites. Toda otra autoridad viene de otro origen que no es la naturaleza. Que se examine bien y se le verá remontar siempre a una de estas dos fuentes: o la fuerza y la violencia del que se ha apoderado de ella, o el consentimiento de los que han sometido por un contrato de hecho o supuesto, entre ellos y aquel a quien han traspasado la autoridad.

La verdadera y legítima autoridad tiene, pues, necesariamente, sus límites. El príncipe obtiene su autoridad de sus propios súbditos; y esta autoridad está limitada por las leyes de la naturaleza y del estado.

(ENCICLOPEDIA, puesta en orden, y publicada por Diderot)

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Otros artículos se referían a diversos problemas institucionales y jurídicos; otros a cuestiones científicas y filosóficas; pero todos ellos coincidían en el espíritu ilustrado y moderno que los inspiraba. Por eso su influencia fue inmensa y muy pronto trascendió más allá de su país de origen y aun del continente para llegar a América.

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CAPÍTULO XIII. EL DESPOTISMO ILUSTRADO EN EUROPA

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Los Borbones en España. — El reinado de Felipe V. — Fernando VI. — Carlos III y sus ministros. — Las reformas liberales en España. — Carlos IV. — Prusia bajo Federico II. — Rusia en época de Catalina la Grande. — Austria bajo María Teresa.

Mientras Francia declinaba en Europa durante los reinados de Luis XV y Luis XVI, y Holanda perdía su predominio marítimo a partir del siglo XVII, Inglaterra comenzaba a afirmar su poderío colonial y llegaba a ser en el siglo XVIII, bajo los Hannover, la potencia hegemónica.

Sin embargo, no completaban ya estas naciones el panorama político de Europa. Si el Santo Imperio había fracasado en su intento de unificarse y alcanzar una categoría de primera potencia, en cambio, salió de su seno una nación que, en el curso del siglo, creció hasta constituirse en una de las potencias directoras de la actividad política europea; Prusia, en efecto, se transformó por entonces en un fuerte estado y se extendió territorialmente al tiempo que acrecía su poderío militar y su gravitación internacional. Pero, al mismo tiempo, se levantaba en el oriente europeo Rusia, hasta entonces apartada de la vida continental. Por obra de Pedro I y de Catalina la Grande se transformó en la gran potencia del Báltico y comenzó a pesar en el desarrollo de la vida europea; de ese modo, todo el continente constituyó un conjunto político en estrecha vinculación, cuyas diversas partes debieron ajustar nuevamente sus relaciones mediante repetidos conflictos y acuerdos.

Dentro de este cuadro, España había perdido su antigua grandeza y su posición directora. Cuando, a principios del siglo XVIII, los Borbones llegaron al trono, se plantearon como programa de gobierno la misión de restaurar el antiguo esplendor de España e incorporarla con la categoría que antes tuviera a la vida política de Europa.

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LOS BORBONES EN ESPAÑA

Durante todo el siglo XVIII, los reyes de la casa de Borbón gobernaron la metrópoli y las colonias americanas con distinta fortuna, según la capacidad de los sucesivos monarcas y de acuerdo con las circunstancias de la época, singularmente complicadas por la extensión del panorama político europeo.

Dos rasgos, sin embargo, son comunes a todos los reinados de esta dinastía. Uno es la constante preocupación de los reyes y de las clases ilustradas del reino por sacudir la modorra en que España había caído durante los tiempos de los últimos Austria, para elevar al país hasta el nivel económico y político que otras naciones habían alcanzado por entonces. Otro es la presencia de ministros capaces que, en todos los reinados, condujeron la política hacia aquel designio, a diferencia de los privados en quienes habían depositado su autoridad los últimos Austria, inquietados tan sólo por sus intereses personales o por los de su grupo cortesano. Entre esos ministros hubo algunos estadistas de extraordinaria visión y con notables dotes de gobernantes. Y cabe destacar que no sólo se preocuparon por los problemas de la metrópoli sino que quisieron mejorar la condición de las colonias, en beneficio de ellas mismas y de la propia España.

De ese modo, el siglo XVIII constituye un período brillante en la historia de España, aunque sus frutos fueran luego frustrados en alguna medida por la invasión napoleónica y las reacciones que ese episodio provocó en el espíritu español.

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EL REINADO DE FELIPE V

Felipe V comenzó su reinado combatiendo en España contra su rival austríaco, lucha que tuvo que mantener hasta 1710 en que lo venció en la batalla de Villaviciosa. Poco después, en 1713, la guerra terminaba con el tratado de Utrecht y Felipe V comenzaba verdaderamente su reinado.

Una circunstancia fortuita prestó entonces una singular fisonomía a su gobierno. En 1714 murió su esposa Luisa de Saboya y el rey contrajo segundo matrimonio con una princesa italiana, Isabel de Farnesio, hija del duque de Parma. Esta circunstancia trajo aparejados dos hechos importantes; por una parte, interesó a Felipe V en los asuntos de Italia, y por la otra, elevó al cargo de ministro al abate italiano Julio Alberoni, desde entonces figura prominente en la corte.

Las influencias de Isabel de Farnesio y de su compatriota Alberoni se confundieron en el ánimo del rey; el ministro gozaba de toda la confianza de la reina y ésta dominaba al rey de manera absoluta; así, desde 1714 hasta 1719, el gobierno fue dirigido por el todopoderoso ministro.

Alberoni no poseía ni grandes dotes intelectuales ni la extremada habilidad de un político de alta escuela; pero tenía algunas ideas claras acerca de las necesidades de que adolecía España y se propuso remediarlas poniendo al servicio de esa empresa una extraordinaria actividad y un innegable buen deseo.

En cuanto al gobierno interior, Alberoni procuró sanear la administración y desarrollar la industria y el comercio; creó para ello las manufacturas reales de paños y cristales; fomentó la producción privada y el desarrollo de la agricultura, actividad esta que interesaba hondamente a los espíritus más previsores de la época por el injustificado abandono en que había caído; y, finalmente, trató de acrecentar el volumen de las exportaciones y el tráfico con las colonias. Pero consideró, además, que era necesario poner a España en situación de actuar en Europa con autoridad y se dedicó también a acrecentar su poderío militar; con este fin construyó arsenales y astilleros y logró reforzar el poder de los ejércitos. Era un vasto plan inspirado en las ideas que por entonces predominaban en Francia e Inglaterra, cuyo éxito parecía asegurado por la experiencia de aquellas naciones.

El cumplimiento de estos proyectos hubiera demandado una dedicación constante y Alberoni tuvo que compartir su atención entre ellos y los asuntos exteriores. En este último terreno incitó a Felipe V a que luchara por obtener las antiguas posesiones españolas de Italia —que España perdiera por el tratado de Utrecht— y este plan condujo a una guerra que resultó desastrosa para la nación. Alberoni cayó víctima de sus propios proyectos, y, cuando se firmó la paz con Austria, debió abandonar el poder y salir de España (1719).

Poco después, en 1724, Felipe V cayó en un estado de profunda melancolía y abdicó a la corona. Su hijo subió al trono con el nombre de Luis I, pero murió poco después y Felipe V volvió al poder, aunque con mayor indolencia que antes.

En 1726 el rey llevó al ministerio a José Patiño, cuya inteligencia y dedicación reportaron al reino notables progresos. Como Alberoni, quiso llevar a España a una situación destacada en Europa, no sólo por su gravitación internacional sino también por su desarrollo económico. Prestó una preferente dedicación a la agricultura y comenzó algunas obras importantes para favorecerla. Esta labor —que continuaron sus inmediatos sucesores— llenó de optimismo a los espíritus progresistas, y el padre Benito Jerónimo Feijóo, uno de los escritores más representativos de la época, escribía en una de sus obras:

(…)

Teniendo concluido este discurso, me vino aviso de Madrid de estarse trabajando con calor, por orden de Su Majestad (Dios le guarde), en una acequia, que desangrará el río Jarama para el riego de once leguas del país, lo que hará mucho más copiosas en todo aquel distrito las cosechas de trigo y cebada. Déjame esta noticia sumamente complacido de que el celo del monarca y los ministros que han tenido parte, o en la idea o en la ejecución de obra tan importante, se haya anticipado a la publicación del aviso, que sobre esta materia doy en el párrafo XIV del presente discurso. Quiera el Cielo que a tan bellos principios correspondan felices progresos en todo lo que pueda mejorar la agricultura. Más envidiable es la dicha que se granjean con esta aplicación el príncipe y el ministerio, que la que procuran a la nación; porque desvelándose los que gobiernan en asegurar a los súbditos los bienes temporales, adquieren para sí los eternos.

(PADRE BENITO JERÓNIMO FEIJÓO, Teatro critico)

(…)

En materia de política exterior, Patino no vaciló en arrastrar a España a una guerra que le prometía beneficiosos resultados. España, en efecto, aceptó acompañar a Francia en la guerra que Luis XV desató contra Austria con motivo del pleito por la sucesión de Polonia (1733). Esta vez tuvo España mejor fortuna que antes, porque, al ser derrotada Austria, consiguió que le fuera otorgada la corona del reino de las Dos Sicilias al príncipe don Carlos, hijo de Felipe V, en virtud del tratado de Viena (1738).

Patiño murió en 1736, sin poder asistir al triunfo que había contribuido a preparar. Diez años más tarde moría Felipe V, cuyos últimos años de reinado habían visto crecer su apatía y su indolencia, dejando el trono a su hijo Fernando VI (1746).

(…)

FERNANDO VI

Fernando VI gobernó desde 1746 hasta 1759 en que murió. De carácter irresoluto y apocado, Fernando VI sufrió la influencia de su esposa doña Bárbara de Braganza, mujer de espíritu enérgico y magnánimo por cuyo intermedio comenzaron a prevalecer en España las inspiraciones políticas de la corte de Lisboa y, a través de ella, las de Inglaterra. Muy pronto abandonó España su política guerrera, y el rey modificó la orientación impuesta por su padre cambiando de ministros y consejeros.

Carvajal y Láncaster fue su principal ministro, junto con el marqués de la Ensenada. El primero, descendiente de una casa inglesa, contribuyó a fijar la nueva política española, pero sus tendencias se equilibraban con las de su colega, vinculado a Francia. Las dos potencias extranjeras lucharon por apoyar a sus partidarios, y al fin triunfó el bando anglofilo; España se unió a Inglaterra y ratificó las concesiones que le había hecho antes, pero en 1754 murió Carvajal, y Francia quiso aprovechar la oportunidad para acrecentar su influencia; sin embargo, sus enemigos supieron poner a la luz ciertas intrigas urdidas por el marqués de la Ensenada y el rey ordenó su prisión.

El marqués de la Ensenada, sin embargo, fué un activo agente del progreso español por sus sabias medidas en favor de la agricultura, del comercio y del desarrollo marítimo. A él se deben la importancia que tomó el puerto del Ferrol y el estímulo de la navegación.

Fernando VI no alteró su política pacifista. Su reinado entró en una etapa trágica después de la muerte de su esposa (1758), y murió al año siguiente tras haber abandonado el cuidado de sus obligaciones.

(…)

CARLOS III Y SUS MINISTROS

Fernando VI no dejó descendencia; el trono correspondía a su hermanastro Carlos, a la sazón rey de las Dos Sicilias, quien tras abdicar a aquella corona, llegó a Madrid a fines de 1759 para asumir el gobierno de España con el nombre de Carlos III. Era un hombre experimentado y prudente, que participaba totalmente de las tendencias liberales que predominaban por entonces en Europa; al llegar a sus nuevos dominios, lo acompañaban algunos de sus consejeros de Nápoles, entre los cuales se destacaba el marqués de Esquilache, a quien confió el ministerio de Hacienda.

Una de sus primeras medidas fué renovar el pacto de Familia, restableciendo de ese modo la alianza con Francia; inmediatamente intervino en la guerra de los Siete Años al lado de ella, de modo que al firmarse el tratado de París (1763) debió arrostrar las consecuencias de la derrota; así perdió la Florida y la Colonia del Sacramento, recibiendo en compensación la Luisiana francesa.

En 1766, un motín popular obligó al marqués de Esquilache a abandonar su cargo y entonces llegó al gobierno el conde de Aranda, espíritu liberal y progresista que trabajó por la transformación del país. Al año siguiente de subir al poder ordenó la expulsión de los jesuítas de los dominios españoles, acusándolos de haber instigado la guerra guaranítica y de constituir un estado dentro del estado.

Poco más tarde, en 1777, el ministerio de Estado fue confiado al conde de Floridablanca, un político de tendencias semejantes a las de Aranda. A él se debió la conclusión del pleito con Portugal por la Colonia del Sacramento, mediante la firma del tratado de San Ildefonso, y el fortalecimiento de la alianza con Francia, unida a la cual España entró en guerra contra Inglaterra en 1779. Este nuevo conflicto duró hasta 1783 y España obtuvo algunas ventajas coloniales aunque fracasó en su intento de recuperar Gibraltar.

Por esa época colaboraba con el conde de Floridablanca un grupo de hombres de vasta iniciativa del que formaban parte Cabarrus y Gálvez, y, sobre todo, un especialista en cuestiones económicas de extraordinaria capacidad, el marqués de Campomanes. A él se debió la realización de muchas iniciativas felices y de vasta repercusión, que, unidas a las de los otros ministros, permiten considerar el reinado de Carlos III como una de las épocas más brillantes de la historia española.

(…)

LAS REFORMAS LIBERALES EN ESPAÑA

Las reformas introducidas por Carlos III beneficiaron a la metrópoli pero se extendieron también a las colonias americanas. Con respecto a España una de las preocupaciones fundamentales fue corregir las muchas deficiencias que presentaba el régimen administrativo y financiero. En efecto, una política confiscatoria había conducido a la creación de gran cantidad de impuestos que absorbían las ganancias y, en consecuencia, paralizaban la iniciativa privada. Para remediar esa situación, se suprimieron muchos gravámenes y se redujeron otros, estableciéndose, además, un sistema riguroso para la percepción de las rentas del estado. Por otra parte, para resolver el problema fiscal, se creó el Banco Nacional de San Carlos, institución de crédito que permitió regularizar la hacienda pública.

Lo más importante, sin embargo, fue el estímulo que se prestó a la iniciativa privada. El gobierno comenzó a desarrollar las industrias y decidió contratar artesanos extranjeros para que introdujeran nuevas técnicas y las enseñaran a los españoles; la cristalería y la porcelana, los paños y los terciopelos comenzaron a fabricarse en las manufacturas que surgían. Entre tanto, la agricultura merecía no menor atención y, al tiempo que se creaban escuelas agrícolas, se procuraba favorecer el desarrollo de la producción creando algunas colonias y realizando las obras de riego necesarias para tornar fértiles algunas zonas pobres.

Este programa de fomento de la riqueza y de la instrucción nacional se concretó en la fundación de juntas populares en las diversas regiones, llamadas Sociedades de amigos del país, cuya misión era favorecer el desarrollo de la instrucción popular, la agricultura, el comercio y la industria.

Félix de Samaniego, un poeta de la época, conocido sobre todo por sus fábulas de intención moral, caracterizaba así, en una poesía dirigida al conde de Peñaflorida, director de la Sociedad vascongada de amigos del país, los fines que se proponían esas instituciones:

(…)

Mientras que con la espada en mar y tierra

los ilustres varones

engrandecen su fama por la guerra

sojuzgando naciones,

tú, Conde, con la pluma y el arado,

ya enriqueces la patria, ya la instruyes;

y haciendo venturosos, has ganado

el bien que buscas y el laurel que huyes.

Con darte todo al bien de los humanos

no contento, tu celo

supo unir a los nobles ciudadanos

para felicidad del patrio suelo.

Así unes a los hombres laboriosos

para hacer los trabajos más fructuosos.

Aquél viaja observando

por las naciones cultas,

cuál cultiva los campos, cuál las ciencias.

de diversos modos,

juntando estudios, viajes y experiencias,

resulta el bien en que trabajan todos.

(FÉLIX DE SAMANIEGO, Al conde de Peñaflorida)

(…)

La acción de esos grupos progresistas se hizo notar en las diversas regiones españolas. Pero sus múltiples proyectos, como los de la corona, quedaron olvidados cuando, en 1788, murió Carlos III y le sucedió en el trono su hijo Carlos IV.

(…)

CARLOS IV

Dotado de escasas condiciones de hombre de estado, Carlos IV debió actuar en una época particularmente difícil. A poco de llegar al poder estallaba en Francia la gran revolución de 1789, cuyas consecuencias no se hicieron esperar en Europa. La insurrección del pueblo contra el poder real y, luego, la ejecución de Luis XVI, crearon un ambiente de tensión política del cual resultaron graves problemas internos y externos en todas las monarquías, y Carlos IV no era, sin duda, el hombre que podía afrontar en España tan delicada situación. Entregado a su ministro don Manuel Godoy y preocupado por difíciles problemas familiares, el rey consumía su tiempo en la atención de las pequeñas contiendas cortesanas y procuraba evitar los riesgos con que le amenazaba cada día la situación europea, sirviéndose de una incierta política desprovista de orientación y de claros propósitos. En tales circunstancias, se produjo el ascenso de Napoleón Bonaparte, que muy pronto se transformó en árbitro de Europa.

Poco después, España entraba en la órbita del emperador de Francia. En efecto, para resolver sus conflictos internos, Carlos IV no halló mejor procedimiento que apelar a Bonaparte, circunstancia que éste aprovechó para envolverlo en una vasta maniobra política cuyas consecuencias no tardaron en advertirse. Así, en 1808, Carlos IV, después de un violento choque con su hijo Fernando, cedía la corona a Napoleón, quien la traspasó a su hermano José.

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PRUSIA BAJO FEDERICO II

Bajo la influencia de las nuevas ideas difundidas por la Enciclopedia, Federico II de Prusia gobernó su país desde 1740 con un propósito tenaz de transformar sus dominios. Introdujo numerosas modificaciones para modernizar la administración y se preocupó sobre todo de darle fuerza y agilidad a su política y a su ejército.

Logró Federico II importantes ventajas a costa del Santo Imperio, y ocupó un lugar destacado en la guerra de los Siete Años, en la que luchó al lado de Inglaterra contra Austria, apoyada por Francia, Desde entonces Prusia debió ser considerada como una de las primeras potencias militares del continente.

En su corte de Postdam, Federico II reunió un núcleo importante de artistas y sabios —entre ellos Voltaire—, transformando su palacio de Sans Souci en uno de los centros de cultura más importante de Europa. Gracias a su protección, la Academia de Ciencias de Prusia llegó a ser un importantísimo centro científico.

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RUSIA EN ÉPOCA DE CATALINA LA GRANDE

Heredera de los ambiciosos proyectos de Pedro el Grande, Catalina de Rusia —que subió al trono en 1762— se esforzó por llevarlos a cabo. Su propósito era, sobre todo, occidentalizar a Rusia, difundir en ella los hábitos europeos, las ideas y preocupaciones científicas y literarias; pero además, consolidar la situación de Rusia como primera potencia del mar Báltico para que pudiera hacer lucido papel en la política general de Europa.

Fuertemente sometida a la influencia de ciertos grupos alemanes, su firmeza y su decisión orientaron su política hacia el engrandecimiento de su país. Estuvo en estrecho contacto con filósofos y hombres de ciencia, y a invitación suya acudió a su corte el gran filósofo francés Descartes.

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AUSTRIA BAJO MARÍA TERESA

Austria, que había caído bajo la influencia del pensamiento moderno ya en tiempos de Carlos VI, continuó su proceso de transformación durante el reinado de su hija María Teresa, llegada al trono en 1740. Por la Pragmática Sanción habíale asegurado su padre la sucesión, pero en una situación política tan difícil que, en los primeros años de su reinado, perdió parte de sus territorios a manos de Federico II de Prusia.

Nuevamente volvió a combatir con Prusia en la guerra de los Siete Años, y de nuevo la fortuna le fué adversa. Pero el Santo Imperio conservó su fuerza política, gracias sobre todo al brillo que reflejaba su corte. Desde ella se proseguía la obra de José II, modernizando la administración, el régimen financiero, el sistema penal; y sobre todo, se mantenía en el suntuoso palacio de Schoenbrun el brillo de las artes y las letras.

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CAPÍTULO XIV. LA INDEPENDENCIA DE LOS ESTADOS UNIDOS (siglos XVI a XVIII)

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La independencia de los Estados Unidos. — Las colonias inglesas en el siglo XVIII y los primeros conflictos con la metrópoli. — Los impuestos. — El congreso de Filadelfia. Washington. — Las operaciones militares y la declaración de la independencia. — La intervención de Francia y de España. — El triunfo americano y la paz de Versalles. — La constitución de los Estados Unidos.

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A partir de los comienzos del siglo XVI, varias naciones europeas se propusieron conquistar y colonizar los territorios de la América del Norte. España, Francia, Inglaterra, Suecia y Holanda intentaron hacerlo con distinta fortuna en sucesivas empresas, logrando establecerse en diferentes regiones de modo más o menos duradero. Finalmente fueron Inglaterra, España y Francia las que consiguieron asentar sus colonias y perdurar en sus establecimientos. Pero las colonias inglesas, que fueron las que adquirieron mayor importancia, lograron independizarse en la segunda mitad del siglo XVIII, y constituyeron una nación autónoma destinada a adquirir muy pronto gran importancia económica y política. Las otras colonias, en cambio, corrieron otra suerte y no pudieron escapar a la influencia de la nueva potencia americana que, en el siglo siguiente, extendió sobre ellas su autoridad.

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LA INDEPENDENCIA DE LOS ESTADOS UNIDOS

Inglaterra había fundado en la región costera trece colonias que, en el curso del siglo XVII, y, sobre todo, a lo largo del XVIII, adquirieron un extraordinario desarrollo. Su propio crecimiento y ciertas circunstancias de la política metropolitana originaron en ellas un estado de ánimo que las predispuso a separarse de la metrópoli. Así, en la segunda mitad del siglo XVIII, las trece colonias se unieron para constituir un estado independiente.

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LAS COLONIAS INGLESAS EN EL SIGLO XVIII Y LOS PRIMEROS CONFLICTOS CON LA METRÓPOLI

Las prósperas colonias inglesas tenían un régimen político singular. Aun cuando formaban parte del estado inglés, poseían un sistema de gobierno que atribuía a sus integrantes una considerable participación en el gobierno; esta intervención era diferente en las distintas colonias, porque no había para ellas un sistema unitario sino que cada una poseía distinta organización. Pero, en general, su característica era que, por debajo del gobernador residente, apoyado en algunas fuerzas militares, había un parlamento local que poseía las atribuciones del parlamento inglés en cuanto a la facultad de obligar con sus decisiones a los colonos, quienes, en cambio, no dependían de las autoridades metropolitanas en ciertos asuntos.

El panorama social no era, sin embargo, parejo en todas las colonias. En el sur predominaban las familias inglesas, celosas de su ascendencia y de sus prerrogativas, que se habían organizado con un sentido fuertemente aristocrático y sobre la base de la explotación de las plantaciones por negros esclavos. El centro y el norte, en cambio, eran más democráticos, pero mientras en el centro se advertía una gran tolerancia religiosa, en el norte los puritanos impusieron una férrea disciplina en la fe y en la conducta cotidiana. John Cotton, el primer sacerdote de la iglesia de Boston,, definía así su pensamiento sobre la necesidad de un predominio eclesiástico sobre la vida civil:

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Mejor es disponer las cosas de la comunidad como en la casa de Dios, que es su Iglesia, que ajustar el organismo de la Iglesia al estado civil. No veo que Dios haya prescripto la democracia como gobierno adecuado ni de la Iglesia ni del cuerpo social. Si el pueblo es quien gobierna, ¿quiénes son los gobernados? En cuanto a la monarquía y a la aristocracia. ambas están claramente aprobadas y mandadas en la Escritura, aunque con la soberanía dependiente de Dios mismo, y la Escritura establece en ambas la teocracia como la mejor forma de gobierno en el cuerpo social, así como en la Iglesia.

(JOHN COTTON, carta a Lord Say y Sele, hacia 1637)

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En lo económico, las colonias se caracterizaron por el florecimiento de su agricultura; el algodón, el tabaco, el azúcar y el arroz fueron los cultivos fundamentales del sur y del centro, en tanto que el norte se dedicó al cultivo de los cereales; pero en ninguna región pudo desarrollarse la industria y el comercio debido a la oposición de la metrópoli, que no quería perder esos mercados para sus productos manufacturados.

El progresivo desarrollo económico y la personalidad que, con el tiempo, adquirieron las distintas colonias, suscitaron entre ellas y la metrópoli algunas diferencias que, a lo largo del siglo XVIII, crearon un ambiente de sorda hostilidad entre ambas. Contribuyeron a fomentarla las trabas económicas que Inglaterra intentó imponerles con el sistema monopolista, pero más aún la pretensión de acrecentar la intervención del gobierno metropolitano en los asuntos internos de las colonias. En efecto, la situación de ciudadanos que conservaban, así como el largo ejercicio de los derechos políticos en el seno de los organismos locales, habían proporcionado a los colonos una vigorosa conciencia de su responsabilidad y de su autonomía; de ese modo, cuando el parlamento, por una parte, y el rey Jorge III, por otra, quisieron acrecentar su autoridad en las colonias, los ánimos se levantaron y el ambiente se tornó propicio para una rebelión abierta. Sólo faltaba un motivo que desencadenara el conflicto y surgió con el problema de los impuestos.

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LOS IMPUESTOS

Hasta entonces Inglaterra se había abstenido de cobrar impuestos en sus colonias; pero después de la guerra de los Siete Años, y a causa de la difícil situación financiera por que pasaba, el gobierno inglés resolvió establecerlos. Los colonos se opusieron a esta medida y comenzaron a discutir los fundamentos jurídicos apelando a la tradición política inglesa. En 1771, Samuel Adams escribía:

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A menudo se ha citado a Locke en esta disputa y muy en favor nuestro. Su razonamiento es tan poderoso que nadie ha tratado nunca de refutarlo. Sostiene él que “la preservación de la propiedad es el objeto del gobierno, y aquello para lo cual los hombres forman sociedad”. Es, pues, necesario dar por sentado que las personas tienen propiedad, sin lo cual debe suponerse que pierden al formar sociedad aquello para cuya preservación la formaron: absurdo demasiado grande para que nadie lo acepte. Por tanto, puesto que los hombres que viven en sociedad poseen propiedad, tienen tal derecho a los bienes que por la ley de la colectividad son suyos, que nadie tiene el derecho de tomar ninguna porción de esos bienes sin el consentimiento de los dueños, pues, de otro modo, éstos no tienen propiedad alguna. Porque yo no soy en realidad el dueño de aquello que otros tienen el derecho de quitarme, cuando les plazca y sin mi consentimiento.

(SAMUEL ADAMS, Artículo firmado con el seudónimo de Candidus en Obras Completas)

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Basados en esta doctrina, los liberales —o whigs— de las colonias impugnaron los fundamentos de aquella medida y fueron apoyados por los whigs de la metrópoli, quienes admitieron y fundamentaron el principio de que si los colonos no tenían representación en el parlamento, no podía el parlamento, por su sola autoridad, fijarles impuestos.

La metrópoli había establecido en 1765 el impuesto al timbre o papel sellado; dos años después fué anulado, pero se establecieron otros sobre el té, el papel y algunos otros productos, con lo cual la agitación creció y, mientras algunos, como Samuel Adams, planteaban el asunto según sus fundamentos doctrinarios, otros organizaron la resistencia práctica y comenzaron a no comprar esos artículos; finalmente, en 1773, algunos exaltados arrojaron al mar un cargamento de té que había llegado al puerto de Boston. Entonces el gobierno inglés decidió proceder con energía y ordenó cerrar el puerto, al tiempo que disolvía la legislatura de la colonia de Massachusetts.

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EL CONGRESO DE FILADELFIA. WASHINGTON

La gravedad de la situación provocó entre los colonos el deseo de encontrar una fórmula de conciliación. Para unificar las opiniones e intentar un arreglo, se resolvió convocar un congreso en la ciudad de Filadelfia, que se reunió en 1774; allí redactaron los delegados un petitorio a la corona solicitando la supresión de los impuestos y de las enérgicas medidas que había tomado contra Massachusetts. Pero el gobierno inglés respondió violentamente declarándolos rebeldes, y los ánimos se exaltaron ante las medidas militares que adoptó. Poco después, las milicias nacionales, que habían adquirido cierta importancia en la guerra contra Francia, se enfrentaron con el ejército metropolitano en Lexington (abril de 1775) y consiguieron una victoria que, dando comienzo a la rebelión franca, permitió a los colonos afrontar operaciones de mayor magnitud; en efecto, poco después las milicias nacionales sitiaban la ciudad de Boston donde estaba el gobernador inglés.

En mayo, un nuevo congreso se reunió en Filadelfia. Con una serie de medidas radicales manifestó su decisión no sólo de continuar la lucha sino también de llevar hasta sus últimas consecuencias el movimiento emancipador; además se regularizó la situación del ejército nacional y se encomendó su dirección a Jorge Wáshington, un rico colono de Virginia que se había distinguido por su valor y su prudencia. Desde entonces, Wáshington fue el alma del movimiento.

Había participado en la guerra que Inglaterra sostuviera contra Francia en territorio americano y allí había adquirido gran experiencia militar y un tino político que le confirió mucha autoridad entre los colonos. Wáshington puso esas virtudes al servicio del movimiento nacional y encabezó el partido de los que decidieron llevar la lucha hasta sus últimas consecuencias.

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LAS OPERACIONES MILITARES Y LA DECLARACIÓN DE LA INDEPENDENCIA

Las tropas nacionales consiguieron algunos éxitos y la ciudad de Boston fue abandonada por los ingleses; pero Inglaterra comenzó a volcar sobre sus colonias sublevadas todo el peso de su poder y un grueso ejército apareció en América.

Los colonos no se arredraron y, por el contrario, se afirmaron en su idea de luchar hasta conseguir la independencia absoluta. Así, el 4 de julio de 1776, el congreso de Filadelfia resolvió declararla y fijó su resolución en un documento que, tras expresar los fundamentos de tan importante decisión y los principios en que se inspiraba, terminaba diciendo:

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Nosotros, los representantes de los Estados Unidos de América, reunidos en congreso General, protestando ante el Juez Supremo del mundo de la rectitud de nuestras intenciones, en el nombre y por la autoridad del buen pueblo de esas colonias, publicamos y declaramos solemnemente: que esas colonias unidas son, y deben ser de derecho, estados libres e independientes; que están liberadas de toda sumisión hacia la corona británica; que todo lazo politico entre ellas y la Gran Bretaña es y debe ser totalmente disuelto, y que, como estados libres e independientes, tienen pleno poder para declarar la guerra, concluir la paz, contraer alianzas, reglar su comercio y cumplir todos los otros actos que los estados independientes tienen el derecho de cumplir.

En apoyo de esta declaración, y con una firme confianza en la protección de la Divina Providencia, comprometemos mutuamente, los unos con respecto a los otros, nuestra vida, nuestra fortuna y nuestro más sagrado bien: el honor.

(Acta de la declaración de la independencia de los Estados Unidos.)

(…)

Afortunadamente para los colonos, sus armas obtuvieron un brillante triunfo en Saratoga (octubre de 1777), con el cual no sólo se robusteció la confianza en las propias fuerzas sino que se consiguió el apoyo de Francia y más tarde, de España y Holanda.

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LA INTERVENCIÓN DE FRANCIA Y DE ESP AÑA

En efecto, desde hacía algún tiempo estaba en Francia como agente de los colonos insurrectos Benjamín Franklin, quien había recibido la misión de lograr el apoyo de las potencias europeas contra Inglaterra. Después de la batalla de Saratoga, Luis XVI firmó con los Estados Unidos un tratado de alianza (1778), en virtud del cual un ejército francés se trasladó a América a las órdenes del general Bochambeau. Poco después, España se incorporó a la alianza (1779) y un año más tarde lo hizo Holanda. En esas condiciones, los Estados Unidos pudieron luchar con éxito contra la metrópoli y obtener importantes y decisivos triunfos.

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EL TRIUNFO AMERICANO Y LA PAZ DE VERSALLES

En 1781, Washington consiguió unir sus tropas con las de Rochambeau y obligó a rendirse a un poderoso ejército realista en Yorktown. Después de esa derrota, Inglaterra comprendió la imposibilidad de mantener la lucha contra las grandes potencias europeas que ayudaban a sus colonias sublevadas y comenzaron las negociaciones de paz. Franklin, por su parte, al advertir que los intereses de sus aliados se alejaban de los de su país, decidió entenderse directamente con Inglaterra y pactó una paz por separado en 1783; por ella, Inglaterra reconocía la independencia de los Estados Unidos y el ensanche de su territorio hasta la margen izquierda del río Mississipi. Este acuerdo fue formalizado ese mismo año por el tratado de Versalles, en el cual reconocían los antiguos aliados de los Estados Unidos las cláusulas establecidas en la negociación separada entre esa nación y su antigua metrópoli.

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LA CONSTITUCIÓN DE LOS ESTADOS UNIDOS

El congreso de Filadelfia había votado la independencia de las trece colonias pero no había establecido entre ellas una unidad efectiva; constituían una especie de confederación cuyo único vínculo de unión era el congreso; pero este cuerpo no pudo solucionar los múltiples problemas económicos y políticos que se suscitaron a raíz de la independencia, y la desunión comenzó a manifestarse entre ellos. La situación se tornaba grave después de la victoria, porque entonces el país tenía que actuar en el terreno internacional y no contaba con unidad interior ni con un órgano ejecutivo que lo representara.

Jorge Wáshington fue, en estas circunstancias, el jefe del grupo que trató de resolver esta peligrosa situación. En 1787 consiguió reunir en Filadelfia una convención destinada a establecer la unificación política de las antiguas colonias y en ella planteó la necesidad de promulgar una constitución. Las deliberaciones pusieron de manifiesto la existencia de dos tendencias: la de los partidarios de una firme autoridad central, encabezada por Washington y Franklin, y la de los que defendían la autonomía de los estados. Cuando la oposición entre ambos grupos se hizo irreductible, surgió en la convención la figura de Hamilton, que en un memorable discurso consiguió inclinar la balanza en favor de los partidarios de la unidad. Poco después, el 17 de setiembre de 1787, se aprobaba una constitución que fundamentaba la nueva nación sobre bases sólidas.

El texto constitucional, redactado por Johnson, Hamilton, Morris, Madison y King, establecía un régimen federal cuyos poderes se equilibraban sabiamente entre sí. Al ponerse en vigor, en 1789, Jorge Wáshington fue elegido presidente de la república y luchó, desde su alto cargo, por encauzar el cumplimiento de la constitución, pese a los recelos de los diversos estados, que temían ser absorbidos por el poder central. Fue de inmenso valor para aclarar el sentido del texto constitucional la obra que Hamilton, Madison y Jay escribieron con el título de El federalista, en la que glosaban sus distintas disposiciones y precisaban su alcance.

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CAPÍTULO XIV. LA REVOLUCIÓN FRANCESA

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La oposición al antiguo régimen. — El proceso revolucionario. — Trascendencia de la revolución francesa en Europa y en América.

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Las llamadas nuevas ideas, esto es, las diversas soluciones más o menos radicales propuestas para los problemas candentes, no fueron sino la respuesta ofrecida por los hombres más responsables a los interrogantes planteados por las circunstancias. En efecto, en los últimos años del siglo XVIII la situación económica se agravaba en Europa; en Francia, en particular, se hizo muy difícil y, lo que es más importante, se complicó con graves problemas sociales y políticos.

La situación económica de Francia era, en verdad, de fácil solución. La agricultura y la industria trabajaban regularmente, pero sufrían el peso de las terribles cargas fiscales. Ahora bien, estas cargas no eran sino la consecuencia de la política cortesana de Luis XIV, que, para atraer hacia sí a los nobles, los había concentrado en Versalles, asignándoles fuertes pensiones.

La corte, en general, gastaba una parte considerable de las rentas públicas. El rey Luis XVI, que había llegado al trono en 1774, no poseía la energía suficiente para poner un freno a esa situación, agravada por la conducta de la reina María Antonieta, que persistía en no renunciar a ninguno de sus costosos caprichos, y de los nobles, cuyo egoísmo obstaculizaba cualquier solución.

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LA OPOSICIÓN AL ANTIGUO RÉGIMEN

Naturalmente, estos gastos —así como los de las guerras, más desgraciadas que beneficiosas desde la época de Luis XIV— recaían sobre la burguesía productora. Los impuestos directos, como la talla o contribución territorial, y los indirectos, como 1a gabela o las ayudas, disminuían las ganancias de la única clase que trabajaba, y conducían a la miseria, con ella, a la nación misma. Esa clase recibía allí el nombre de estado llano o Tercer estado, en oposición a los otros dos estados o clases privilegiadas: el clero y la nobleza; y su desgraciada situación económica se complicaba con el odioso sistema de privilegios que acentuaba su inferioridad. Luis XVI quiso remediar la situación, y, en 1774, llamó al ministerio de hacienda al economista Turgot, quien procuró aplicar las doctrinas fisiocráticas; sin embargo, la oposición de las clases privilegiadas puso fin muy pronto a su labor y el rey llamó entonces a un banquero, Necker, cuyas soluciones ficticias no pudieron disimular la inminente bancarrota del estado, que arrastraba una deuda monstruosa, ni obtener más recursos de la nación, que no podía ya soportar el régimen impositivo. En esas circunstancias, Necker convenció al rey para que convocara los Estados generales, esto es, una asamblea constituida por representantes de los tres estados; su objeto era que cada cual propusiera las soluciones que creyera convenientes para remediar la precaria situación del fisco; pero, en cuanto se conoció la convocatoria, la burguesía comenzó a agitarse. En efecto, al redactarse los cuadernos en los que cada diputado consignaría la voluntad de su electorado, se insinuaron demandas revolucionarias, cuyos principios estaban claramente inspirados en las nuevas ideas de economistas y filósofos.

Además, el Tercer estado comenzó a sacudir su indiferencia política y se propuso hacer sentir el peso de su número. A principios del año 1789, el abate Sieyès publicaba un folleto titulado ¿Qué es el Tercer estado?, cuyas ideas señalaron un rumbo al curso de los acontecimientos. Decía Sieyès:

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¿Quién osaría, pues, decir que el Tercer estado no tiene en sí todo lo necesario para formar una nación completa? Es el hombre robusto y fuerte, uno de cuyos brazos está encadenado todavía. Si se suprimiera el orden privilegiado la nación no sería menos en nada, sino que sería algo más. Así, ¿qué es el Tercer estado? Todo, pero un todo trabado y oprimido. ¿Qué sería sin el orden privilegiado? Todo, pero un todo libre y floreciente. Nada puede marchar sin él y todo iría infinitamente mejor sin los otros.

(ABATE EMMANUEL SIEYÈS, ¿Qué es el Tercer estado?)

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La conclusión era que debía concedérsele al Tercer estado algunas ventajas, especialmente en cuanto a la supresión de impuestos y a la participación en el gobierno político. Poco antes de la reunión de los Estados generales —fijada para mayo de 1789— se habían vendido millares de ejemplares de este folleto indudablemente revolucionario.

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EL PROCESO REVOLUCIONARIO

Reunidos en Versalles el 5 de mayo de 1789, los diputados comenzaron sus sesiones. El rey inauguró las deliberaciones y sostuvo que la misión de la asamblea era indicar los medios para reorganizar la administración, pero nada dejó entrever acerca de la posibilidad de establecer una monarquía constitucional, como deseaban todos.

Inmediatamente se planteó el conflicto entre el Tercer estado y los órdenes privilegiados; se discutía si se votaría por estado —con lo cual los privilegiados tendrían dos votos contra uno— o por diputado, sistema que daba ventaja al tercero; como la discusión se prolongara, los diputados del Tercer estado resolvieron constituir por sí mismos la Asamblea nacional (junio de 1789), sosteniendo que representaban a la inmensa mayoría del país; y cuando se los quiso expulsar del recinto, juraron, reunidos en un juego de pelota vecino, no separarse hasta haber dado una constitución a Francia. El rey comprendió la gravedad de la situación y, reconociendo la decisión tomada, ordenó a los miembros de los órdenes privilegiados que se incorporaran a la asamblea. Poco después, en julio, tomaba ésta el nombre de Asamblea constituyente y se ponía a la tarea de redactar una constitución.

Pero el rey y la nobleza no se conformaron con el aspecto que tomaban los acontecimientos, y prepararon la disolución de la asamblea por la fuerza. La población de París se agitó ante la noticia y se amotinó abiertamente, marchando, el 14 de julio, a apoderarse de la Bastilla, prisión de estado en la que veía el símbolo del absolutismo monárquico. Con armas para el ataque y picos para la destrucción, los parisienses entraron en la cárcel, que quedó convertida en ruinas.

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La sangre de la Bastilla gritó en toda la Francia. Fue un instante público como aquel en que Tarquino fue echado de Roma. No se pensó en las más sólidas ventajas, en la huida de las tropas que bloqueaban París; no hubo sino regocijo por la conquista de una prisión de estado. Lo que llevaba el signo de una esclavitud que abrumaba, sacudía más la imaginación que lo que amenazaba a una libertad que no se tenía. Fue el triunfo sobre la servidumbre.

La imaginación y la piedad hicieron milagros; se pensaba en cómo había perseguido el despotismo….. a nuestros padres y se lloraba por las víctimas; pero no se temía ya más a los verdugos.

(SAINT-JUST, El espíritu de la revolución.)

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Francia entera imitó a París y por todas partes surgieron gobiernos populares que asaltaron castillos feudales y quemaron los archivos que registraban los derechos de que gozaban sus señores. Y el 4 de agosto, para calmar la inquietud popular, la Asamblea constituyente decretó la abolición de todos los privilegios feudales que subsistían y agobiaban al estado llano.

Poco después se iniciaba la preparación del texto constitucional. La Asamblea resolvió que se encabezara con una definición de los principios que la inspiraban y muy pronto fue aprobada la Declaración de los derechos del hombre y el ciudadano, cuyos primeros artículos decían así:

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Art. 10 — Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos. Las distinciones sociales no pueden estar fundadas más que sobre la utilidad común.

Art. 20 — El fin de toda asociación política es la conservación de los derechos naturales e imprescriptibles del hombre. Esos derechos son la libertad, la propiedad, la seguridad, la resistencia a la opresión.

Art. 39 — El principio de toda soberanía reside esencialmente en la nación; ningún cuerpo, ningún individuo pueden ejercer autoridad si no emana directamente de ella.

(Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, Preámbulo de la constitución de 1791.)

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La fuente inspiradora de la declaración era el pensamiento de Locke, de Rousseau y de Montesquieu. Estos mismos maestros guiaron la redacción de la constitución, que fue promulgada en 1791. Establecía una monarquía constitucional, en la que el poder ejecutivo estaba constituido por el rey, y el poder legislativo por una asamblea que representaba a la nación; del mismo modo, los tribunales eran elegidos por el pueblo.

Entretanto, el rey y la nobleza buscaban una salida a su difícil situación. Mientras el primero fracasaba en su plan de escapar a Austria (junio de 1791), gran número de nobles lograban hacerlo y constituyeron un ejército en Coblenza. Un gran escritor, el vizconde de Chateaubriand, formaba parte de él y lo describe así:

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El ejército de los príncipes estaba compuesto de gentiles hombres clasificados por provincias, que servían en calidad de simples soldados. Teníamos tiendas de campaña pero carecíamos de todo. Nuestros fusiles, de manufactura alemana, de un terrible peso, nos quebraban las espaldas y frecuentemente no servían para tirar. Toda esta tropa pobre, que no recibía un sueldo de los príncipes, hacía la guerra a su costa, en tanto que los decretos acababan de despojarla y arrojaban a nuestras mujeres y nuestras madres en los calabozos.

(CHATEAUBRIAND, Memorias de ultratumba.)

(…)

Los nobles esperaban reponer al rey con la ayuda del emperador de Austria y del rey de Prusia, pero diversas circunstancias movieron a éstos a no apurar los acontecimientos. Sin embargo, reunida la Asamblea legislativa a fines de 1791, al iniciarse la era constitucional, comenzó a preocuparse por las constantes amenazas que llegaban desde Austria y que parecían vincularse a las conjuraciones internas; cuando consideró que la seguridad nacional peligraba por el apoyo que el emperador prestaba a los emigrados, la asamblea no vaciló —pese a la situación interior— en declarar la guerra a Austria en abril de 1792.

Poco después, el rey, a quien se suponía fundadamente en connivencia con los emigrados, fue suspendido en sus funciones, mientras los ejércitos enemigos comenzaban a acercarse a la frontera y entraban en el territorio. Pero el peligro fue conjurado por el general Dumouriez en la batalla de Valmy (setiembre de 1792) y la situación interior fue afrontada con decisión revolucionaria. En efecto, se disolvió también la Asamblea legislativa y, habiéndose declarado la patria en peligro, se convocó una asamblea general a la que se llamó Convención.

Ese mismo mes de setiembre de 1792, la Convención inició sus deliberaciones en medio de un ambiente de extremada violencia. Los patriotas advertían el peligro que los cercaba y optaron por eliminar todas las semillas de rebelión. Como primera medida se abolió la dignidad real y se proclamó la república; en seguida se pensó en el destino del ex monarca, sosteniendo algunos que debía sometérsele a juicio mientras otros creían que bastaba condenarlo por un acto político de la Convención. Robespierre, que defendía esta opinión, decía:

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No hay que hacer proceso alguno. Luis no es un acusado y vosotros no sois jueces; vosotros sois y no podéis ser más que hombres de estado y representantes de la Nación. No tenéis que dar una sentencia contra un hombre sino que tenéis que tomar una medida de salud pública y ejercer un acto de providencia nacional.

Los pueblos no juzgan como las cortes judiciales; no dan sentencias: lanzan el rayo. No condenan a los reyes, sino que los hunden en la nada y esta justicia equivale a la de los tribunales. Yo pronuncio, con pesar, esta verdad fatal. Pero Luis debe morir a cambio de cien mil ciudadanos virtuosos. Luis debe morir porque es necesario que la patria viva.

(ROBESPIERRE, Discurso de la Convención el 3 de diciembre de 1792.)

(…)

Poco después el rey era ajusticiado y Robespierre y sus partidarios —los jacobinos— conseguían dominar en la Convención. Desde entonces Robespierre impuso una política de violenta energía que ocasionó las múltiples persecuciones que se conocen con el nombre de el Terror, gracias a la cual, pese a muchas injusticias, se eliminó la posibilidad de una reacción interna que se combinara con los ataques de las tropas de los emigrados y sus aliados.

En efecto, mientras la Convención delegaba el poder ejecutivo en un Comité de salvación pública en el que predominaban Robespierre y sus partidarios, y mientras se dedicaba ella misma a resolver diversas cuestiones políticas, administrativas y judiciales, el enemigo seguía golpeando en la frontera. En 1793 se constituía una coalición de casi todas las potencias europeas contra Francia, que parecía destinada a sucumbir; pero la Convención supo acudir a todas las necesidades, y pese a la invasión, los generales Jourdan y Hoche pudieron contener a los enemigos y obligarlos a pedir la paz. En esas circunstancias, se procedió a reorganizar el estado. El terror había llegado a su máxima crueldad hacia mediados de 1794 y bien pronto se produjo una reacción que llevó a Robespierre a la guillotina. Poco después, en 1795, la Convención daba por terminadas sus funciones y sancionaba la constitución del año III de la República.

Establecía un poder ejecutivo —el directorio— constituido por cinco miembros, y un poder legislativo formado por dos cámaras. Ese mismo año, en octubre, comenzaba a funcionar la nueva organización política, cuyo programa debía ser la normalización de la situación interna; pero fracasó en ello y muy pronto el poder cayó en manos de un general que representaba la seguridad de un gobierno fuerte, y, sobre todo, la conducción de la guerra exterior con posibilidades de triunfo: Napoleón Bonaparte.

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TRASCENDENCIA DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA EN EUROPA Y EN AMÉRICA

La Revolución francesa conmovió a todos los estados de Europa. Muy pronto reaccionaron contra sus principios en Inglaterra, y contra el posible avance de sus tropas todos los países del continente. Pero en las masas burguesas sus ideales comenzaron a hacerse carne y, poco a poco, distintos movimientos pretendieron imponer en diversos países europeos regímenes inspirados por la revolución. En rigor, toda la historia del siglo XIX está caracterizada por la lucha en favor o en contra de sus postulados, que, a la larga, alcanzaron a cristalizar en distintas formas en muchos países.

También en América española repercutió la grave convulsión que sufrió Francia. Clandestinamente, las informaciones más o menos exactas de los hechos comenzaron a llegar a las colonias españolas, cuyas autoridades, celosas del orden, quisieron impedir que se difundieran y despertaran inquietudes políticas y sociales. Consiguieron, en efecto, que esas noticias no pasaran de ciertos sectores ilustrados; pero era en ellos, justamente, donde más influencia podían ejercer.

Sin embargo, los caracteres que asumió la Revolución, con sus persecuciones y sus crueldades, así como también la aparición de la dictadura de Bonaparte, fueron enfriando progresivamente el entusiasmo de los americanos. Quedaba en pie la sugestión del pensamiento inspirador de la Revolución, y cierto cúmulo de experiencias políticas e institucionales que no dejarían de aprovechar, en su hora, los patriotas americanos.

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CAPÍTULO XV. LA ÉPOCA DE NAPOLEÓN

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Francia en 1795.El ascenso de Napoleón Bonaparte. Las campañas de Italia y Egipto.La segunda coalición europea.El consulado y su obra: el concordato, el código napoleónico y la organización de la enseñanza.El Imperio: su organización y su obra interior.Las guerras del Imperio.La tercera y la cuarta coalición.La guerra de España y sus consecuencias en Europa y América.La quinta coalición y la campaña de Rusia.La sexta coalición y la abdicación del emperador.La Restauración y los Cien Dias.

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La agitación revolucionaria se había prolongado desde 1789 hasta 1795, fecha en la cual la situación exterior y el estado de ánimo de los franceses permitieron que un general afortunado, Bonaparte, se hiciera cargo del poder político y lo ejerciera en forma autocrática. Desde entonces, Francia es Napoleón; pero como su actividad fundamental fue la conquista, también la historia de Europa se confunde entonces con la del emperador francés. Y aun más lejos, en América, las simpatías o antipatías que despertara el extraordinario éxito del emperador, así como las posibilidades que planteaba su dominio sobre Europa, influyeron asimismo decisivamente en el destino de los pueblos. De ese modo, los veinte años que transcurren entre el fulminante ascenso de Bonaparte y su derrota en Waterloo constituyen un período que puede ser llamado la época de Napoleón.

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FRANCIA EN 1795

Al finalizar el año 1795, Francia entraba en la fase final del período revolucionario; tras muchos años de terrible tensión, los ánimos comenzaron a calmarse y un anhelo de orden empezó a manifestarse en todos los espíritus.

El momento era propicio para que se pusiera en evidencia esta situación espiritual. En lo exterior, Francia había triunfado sobre la primera coalición europea, al firmar la paz con Prusia, España y Holanda y dejar nuevamente solas a Austria e Inglaterra. En lo interno, la Convención había conseguido, sucesivamente, acabar con la dictadura de Robespierre y con el terror, aniquilar luego a los realistas que pretendieron aprovechar la reacción termidoriana para iniciar un movimiento antirrevolucionario, y, por último, redactar una constitución que instituía un régimen estable.

La constitución del año III de la República creaba un directorio compuesto de cinco miembros para ejercer el poder ejecutivo; dos consejos —el de los Quinientos y el de los Ancianos— constituían el poder legislativo. El 26 de octubre de 1795, la nueva constitución entraba en vigor y Francia tuvo la sensación —ilusoria— de que comenzaba una época de paz. El primer signo fue la despreocupación general por las cuestiones públicas que comenzó a advertirse. Sin embargo la situación era grave, interior y exteriormente. Austria no estaba vencida, e Inglaterra seguía trabajando para reconstruir la coalición europea contra la Francia revolucionaria. Y así, mientras los directores trataban, entre los mayores desaciertos, de orientar la vida interna del país, se confió a Bonaparte le campaña contra Austria.

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EL ASCENSO DE NAPOLEÓN BONAPARTE, LAS CAMPAÑAS DE ITALIA Y EGIPTO

Bonaparte se había distinguido en 1793, siendo capitán de artillería, en la defensa de Tolón, sitiada por una escuadra angloespañola. Poco después era ascendido a general, cuando sólo contaba veintiséis años, pero como se negara a aceptar el mando del ejército que debía reprimir la sublevación de los campesinos de La Vandée, fue destituido en 1795. Ese mismo año, sin embargo, fue restablecido nuevamente en su grado y se le confió la defensa de la Convención que, a principios de octubre, se sintió amenazada por una sublevación de los realistas estimulados por la caída de Robespierre.

Bonaparte consiguió conjurar el peligro y desde entonces su situación fue sólida, no sólo por la certidumbre unánime de que era un jefe militar eficaz, sino también por su influencia personal.

Poco después se le confió el mando de uno de los ejércitos que debían luchar contra Austria, en los campos de Italia. En efecto, mientras otros dos ejércitos intentaban llegar a Viena por el oeste, Bonaparte debía tratar de aniquilar las tropas austríacas en Italia y marchar luego sobre la capital. Y en tanto que los otros dos cuerpos fracasaban, Bonaparte pudo lograr su objetivo en una campaña rápida y brillante.

En abril de 1796, Bonaparte entró en Italia con un ejército de menos de 40.000 hombres, para pelear con dos cuerpos enemigos —uno sardo, otro austríaco— que totalizaban el doble de sus fuerzas. Una audaz maniobra le permitió dividir a sus rivales y muy pronto los sardos, derrotados, pidieron la paz mientras Napoleón se dirigía contra los austríacos. En mayo consiguió vencerlos en la batalla de Lodi y desde allí se dirigió a Mantua, posición fortificada cuya captura le aseguraría la posesión de los pasos alpinos y la llanura del Po. Los austríacos enviaron sucesivamente contra él cuatro ejércitos, que Bonaparte destruyó uno a uno, obteniendo las importantes victorias de Arcola y Rívoli. Poco después conseguía cruzar los Alpes y marchar aceleradamente sobre Viena; los austríacos, convencidos del peligro, firmaron el armisticio de Leoben, en abril de 1797, y negociaron luego la paz de Campo Formio, que sellaba la pérdida de su hegemonía en Italia. En efecto, Francia estableció la República Cisalpina en el norte de Italia, e hizo que se reconociera el Rin como su frontera oriental; Venecia, en cambio, fue cedida a Austria, que abandonaba la lucha (1797).

Inglaterra, por su parte, se manifestaba decidida a continuarla. Sus escuadras dominaban los mares y habían hecho fracasar los intentos de realizar un desembarco en Irlanda. En consecuencia, Bonaparte ideó otro plan de guerra y resolvió atacar a Inglaterra en sus fuentes de recursos, para lo cual el primer objetivo debía ser la conquista de Egipto.

En 1798, Bonaparte recibió el mando de un ejército de treinta y cinco mil hombres. Lo embarcó en Tolón en una poderosa flota y, después de esquivar la armada inglesa, pudo conquistar la isla de Malta; luego desembarcó en Alejandría y, finalmente, tras derrotar al ejército turco de los mamelucos en la batalla de Las Pirámides, ocupó la ciudad de El Cairo (julio de 1798). Sin embargo, la posesión de Egipto estaba llena de dificultades; pocos días después de tomar la capital, la flota francesa fue derrotada por el almirante inglés Nelson en Abukir, y más tarde un nuevo ejército turco desembarcó cerca de Alejandría, adonde tuvo que correr Napoleón para derrotarlo y no quedar cercado. Así, Bonaparte comenzó a descorazonarse y pronto renunció a la empresa, dirigiéndose a Francia, donde lo llamaban importantes problemas políticos. Egipto se mantuvo algún tiempo en poder de los franceses, pero fué evacuado en 1801.

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LA SEGUNDA COALICIÓN EUROPEA

Juntamente con los turcos, Inglaterra había conseguido, en 1798, movilizar contra Francia a otros países: Nápoles, Austria y Rusia.

Los coligados iniciaron una recia campaña e invadieron los territorios franceses en Italia y Holanda, amenazando además el propio territorio francés; en esas circunstancias se produjo una desinteligencia entre los aliados, que motivó un amplio movimiento de tropas y pudo aprovechar el general francés Massena para derrotar a los ejércitos rusos de Suvorof, mientras el general Brune vencía a las tropas inglesas del duque de York (1799). De ese modo el peligro quedó temporalmente conjurado y los coligados se vieron obligados a elaborar de nuevo sus planes de ataque.

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EL CONSULADO Y SU OBRA: EL CONCORDATO, EL CÓDIGO NAPOLEÓNICO Y LA ORGANIZACIÓN DE LA ENSEÑANZA

La responsabilidad de las dificultades exteriores recayó sobre el Directorio, cuyos miembros gobernaban desde 1795 sin haber podido orientar firmemente su acción para la defensa nacional y la restauración del orden legal y administrativo. Algunos de los directores comprendían que esta situación era insostenible y comenzaron a pensar en solucionarla por la violencia. En efecto, uno de ellos, Sieyès, llegó a un acuerdo secreto con Bonaparte y, con la complicidad de muchos altos funcionarios, preparó un golpe de estado que tenía como finalidad apoderarse del gobierno.

El 9 de noviembre de 1799 (18 brumario), el consejo de los Ancianos, a moción de su presidente, entregó el mando de la guarnición de París a Napoleón Bonaparte. Mientras tanto, su hermano Luciano conseguía anular por un acto de fuerza el consejo de los Quinientos, que advirtió el peligro, y, poco después, Sieyès, Bonaparte y Roger-Ducos eran encargados por una asamblea formada por unos pocos consejeros, del poder ejecutivo con el título de cónsules.

Los nuevos jefes del estado acometieron en seguida la empresa de preparar una nueva constitución; el proyecta que Sieyès había madurado durante largo tiempo fue rechazado por Napoleón, que preparó otro en el que la autoridad reposaba casi exclusivamente en manos del consulado. Poco después, este último proyecto era convertido en constitución del estado —la constitución del año VIII— y entraba en vigor, confirmándose en sus cargos a los tres cónsules, a quienes se asignaba un período de diez años. La constitución del año VIII disponía que uno de los tres mandatarios ejerciera el cargo de primer cónsul, y esta dignidad —que implicaba una autoridad casi absoluta— le fue acordada a Bonaparte. Los cuerpos legislativos y asesores se elegían por un mecanismo tal que sus miembros no podían sino responder al primer cónsul, de modo que, a partir del golpe de estado, Napoleón Bonaparte ejerció el gobierno sin contrapesos.

La acción del consulado fue eficaz y extensa. En todos los órdenes de la vida pública se hizo sentir el afán de Napoleón por poner fin al período revolucionario y encarrilar a la nación dentro de un orden estable; pero no menos se hizo sentir su propósito de impedir que reaparecieran las convulsiones políticas que podían hacer peligrar su poder. Así, mientras trabajaba para reorganizar la nación, procuraba por todos los medios anular a sus enemigos y, especialmente, a los antiguos revolucionarios que disentían con él.

Para devolver al país la paz religiosa y contar con el clero como un elemento favorable a su política autoritaria, Napoleón firmó con el papa Pío VII, en 1801, un concordato. Según sus términos, el papado reconocía las expropiaciones de bienes eclesiásticos que había realizado la Revolución; pero lo más importante era que el estado francés se reservaba el derecho de nombrar a los dignatarios religiosos, pagarles su sueldo y exigirles un juramento de fidelidad. De ese modo, podía contar Bonaparte con ellos, utilizando su influencia para servir sus planes políticos.

Del mismo modo, quiso contribuir a la paz interior con la sanción de un código que unificara la legislación y pusiera en vigor los principios liberales de la revolución. El código —que se conoce con el nombre de Código napoleónico—, fué preparado por un grupo de destacados juristas con la participación del propio Napoleón y quedó concluido en 1804.

El consulado organizó también la administración y las finanzas, pero se destaca en su obra lo que hizo en favor de la enseñanza. Las “escuelas centrales” que había creado la Convención, se transformaron en liceos y en ellos se impartió a las clases medias la enseñanza que capacitaba a sus miembros para el servicio del estado. También se reorganizó la universidad, a la que se confió el cuidado de todo lo referente a la instrucción pública.

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EL IMPERIO: SU ORGANIZACIÓN Y SU OBRA INTERIOR

Mientras ejerció el consulado, Bonaparte preparó una nueva operación militar de vasto alcance contra Austria. Debido a los triunfos de Marengo y de Hohenlinden —este último obtenido por Moreau— el emperador de Austria se avino a firmar la paz de Luneville. Poco después, Inglaterra acordaba también la paz con Francia firmando el tratado de Amiens en 1802, y de ese modo, la situación exterior de Francia se estabilizaba sin malograr las más importantes ventajas obtenidas en las campañas anteriores.

La paz de Amiens contribuyó a fortalecer la autoridad de Napoleón, cuyos partidarios se apresuraron a exigir para él recompensas oficiales de tal magnitud que la opinión pública temió caer en una dictadura legal. En el tribunado —uno de los cuerpos colegiados creados por la constitución del año VIII— Chabot decía:

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¡Ciudadanos tribunos! Entre todos los pueblos se disciernen honores públicos y recompensas nacionales a los hombres que por sus acciones brillantes han honrado a su país o lo han salvado de grandes peligros.

¿Qué hombre tuvo jamás más derechos que el general Bonaparte al reconocimiento nacional? ¿Cuál, fuera a la cabeza del gobierno o al frente del ejército, honró más a su patria y le prestó servicios más señalados? Propongo que el tribunado adopte una decisión del siguiente tenor:

“El tribunado emite el voto de que sea dado al general Bonaparte, primer cónsul de la república, un testimonio señalado del reconocimiento nacional”.

(Discurso del tribuno Chabot citado por Buchez, Historia parlamentaria de la Revolución Francesa.)

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La consecuencia de esta proposición fue un senado-consulto del 2 de agosto de 1802 nombrando a Bonaparte cónsul vitalicio. Muy pronto se hizo notar la oposición de los realistas y en seguida, con no menor violencia, la de los antiguos republicanos. A principios de 1804 se descubrió un complot encabezado por Cadoudal y, tras su represión, Bonaparte decidió instaurar el Imperio. El 18 de mayo de 1804 quedó aprobado el nuevo régimen y se sancionaba la constitución del año XII por la que se establecía la dignidad de “emperador de los franceses” para Napoleón. En la misma se fijaba el carácter hereditario del imperio y se echaban las bases de una organización autocrática y centralizada, cuyo eje era el emperador, asistido por una nobleza de nuevo cuño integrada por los partidarios incondicionales de Bonaparte.

Napoleón ejerció desde entonces una autoridad sin límites ni frenos. Su ministro de policía, Fouché, se encargó de eliminar a todos los elementos opositores y de vigilar estrechamente todas las actividades de la nación para impedir el más leve asomo de protesta o de disidencia. En los distintos ramos de la administración. Napoleón intervino directamente, no tolerando otra clase de funcionarios que los que se doblegaban ciegamente a su voluntad; y para las funciones protocolares, se rodeó de una nobleza imperial que constituyó con miembros de su familia y con algunos antiguos aristócratas que se pusieron a su lado.

Así se desenvolvió el período imperial, sin que el estado adquiriera una sólida estructura, debido, en parte, al régimen estrictamente personal que implantó Napoleón, y, en parte, a sus continuas ausencias motivadas por la guerra casi permanente. Quedó, como testimonio de su obra, la transformación que introdujo en la ciudad de París, a la que adornó con importantes monumentos, destinados, todos ellos, a restaurar la idea romana del imperio.

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LAS GUERRAS DEL IMPERIO

Desde su trono imperial, Napoleón reinició la guerra contra Europa, movido no ya por el afán de neutralizar los ataques de los enemigos y asegurar la defensa de las fronteras francesas, sino por el propósito de llegar a ser el señor de Europa.

El principal obstáculo que encontró para sus planes fue la sostenida hostilidad de Inglaterra. La seguridad que le daba su posición insular y la firmeza que imprimió a su política el ministro Pitt permitieron renovar, una tras otra, las coaliciones europeas contra el emperador; y de ese modo, las conquistas francesas no fueron nunca sino efímeras ocupaciones territoriales que no llegaban a adquirir trascendencia política definitiva.

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LA TERCERA Y LA CUARTA COALICIÓN

Desde 1803 —apenas un año después de la paz de Amiens— Inglaterra estaba nuevamente en guerra con Francia. Napoleón quiso invadir la isla, pero la flota inglesa de Nelson vigilaba celosamente y su propósito se vió frustrado. Entre tanto, Inglaterra logró constituir una nueva coalición —la tercera— en la que entraron Austria y Rusia. Los austríacos pretendieron sorprender a Napoleón y desencadenaron su ofensiva en setiembre de 1805; pero el emperador reaccionó rápidamente y derrotó al enemigo en la batalla de Ulm. En esas circunstancias, su flota, unida a la de su aliada España, fue derrotada en Trafalgar por Nelson. Pero en tierra sus ejércitos se afirmaban y, en noviembre, lograba ocupar Viena. Poco más tarde, los austríacos conseguían unirse a los rusos y afrontaban la lucha contra Napoleón; en Austerlitz, el emperador obtuvo una de sus más brillantes victorias y los ejércitos enemigos fueron deshechos (diciembre 2 de 1805).

Napoleón parecía imbatible y su victoria lo colmó de orgullo. Al día siguiente de la batalla decía a sus soldados:

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¡Soldados! Estoy contento de vosotros, habéis justificado, en la jornada de Austerlitz, todo lo que esperaba de vuestra intrepidez. Habéis decorado vuestras águilas con una inmensa gloria. Un ejército de cien mil hombres mandado por los emperadores de Austria y Rusia ha sido deshecho o dispersado en menos de cuatro horas.

Cuando haya sido cumplido todo lo que es necesario para asegurar la felicidad y la prosperidad de nuestra patria, os volveré a llevar a Francia. Allí seréis objeto de mis más tiernas solicitudes; mi pueblo os volverá a ver con alegría, y bastará decir: “he estado en Austerlitz”, para que se responda “he aquí un bravo”.

(Proclama de Napoleón I al ‘‘Gran ejército”, fechada el 3 de diciembre de 1805.)

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Las consecuencias de Austerlitz fueron importantes para Europa. El emperador de Austria firmó la paz de Presburgo, por la cual desaparecía el viejo Santo Imperio romano-germánico, y con él el dominio austríaco en Venecia y el Tirol, y, sobre todo, en Alemania, donde Napoleón creó la Confederación renana y amplió los estados de algunos príncipes que simpatizaban con él.

Sin embargo, mientras se realizaban estas transformaciones políticas, se constituía una cuarta coalición, en la que el rey de Prusia se unía a Inglaterra y Rusia contra Francia.

La respuesta de Napoleón fué instantánea. En ese mismo año, los prusianos eran derrotados en Jena y en Auerstadt y su territorio caía íntegramente en manos de los vencedores, que entraron solemnemente en Berlín. Y al año siguiente, tras las victorias de Eylau y Friedland, Napoleón se apoderó de Polonia y obligó al zar de Rusia a firmar la paz de Tilsit, por la que se comprometía a luchar al lado de Francia contra Inglaterra. En las zonas conquistadas aparecieron nuevos estados vasallos del emperador: el ducado de Varsovia y el reino de Westfalia.

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LA GUERRA DE ESPAÑA Y SUS CONSECUENCIA EN EUROPA Y AMÉRICA

Para responder a la campaña marítima de Inglaterra, Napoleón acordó, mientras estaba en Berlín, declarar el bloqueo continental, medida con la cual impedía todo comercio de Inglaterra con el continente.

Diversas medidas debían asegurar el cumplimiento total del bloqueo. Pero como Portugal se negara a colaborar, Napoleón ordenó al mariscal Junot que ocupara el país, operación que realizó en noviembre de 1807. La familia real portuguesa resolvió trasladarse al Brasil, a la espera de los acontecimientos.

Fue entonces cuando cruzó por el espíritu de Napoleón la idea de ocupar España, cuyas colonias lo tentaban. Aprovechándose de las desinteligencias entre el rey Carlos IV y su hijo Fernando, preparó su plan de acción y ordenó al mariscal Murat que se estableciera en España con el pretexto de marchar hacia Portugal. En esas circunstancias, Fernando VII se hizo proclamar rey mediante un motín que estalló en Aranjuez (1808) y Napoleón decidió intervenir en el conflicto citando a padre e hijo en Bayona. Allí obtuvo la abdicación de ambos y, habiendo recibido él la corona de manos de Carlos IV, la transfirió a su hermano José, que entró muy pronto en Madrid apoyado por el ejército de Murat.

La consecuencia fue una sublevación popular de caracteres terribles. Las colonias se mantuvieron fieles a Fernando VII, mientras el pueblo de la península se levantaba cada día con renovado brío oponiendo a los invasores una resistencia heroica. En julio de 1808 cantaba así el poeta Manuel José Quintana:

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Álzase España, en fin; con faz airada

hace a Marte señal, y el dios horrendo

despeña en ella su crujiente carro,

al espantoso estruendo,

al revolver de su terrible espada,

lejos de estremecerse arde y se agita,

y vuela en pos al español bizarro.

“¡Fuera tiranos!” grita

la muchedumbre inmensa. ¡Oh voz sublime,

eco de vida, manantial de gloria!

Esos ministros de ambición ajena

no te escucharon, no, cuando triunfaban

tan fácilmente en Austerlitz y en Jena;

aquí te oirán saliendo

de pechos esforzados, varoniles;

y la distancia medirán, gimiendo

que de hombres hay a mercenarios viles.

(QUINTANA, Al armamento de las provincias españolas contra los franceses.)

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En ese mismo mes, un ejército español mandado por el general Castaños, y del que. formaba parte el teniente coronel José de San Martín, derrotó en Andalucía a las tropas invasoras en la batalla de Bailén, mientras otras regiones tenían en jaque a diversos cuerpos franceses con sus guerrillas incansables. En agosto de ese mismo año, fuerzas inglesas desembarcaban en Portugal al mando de Wellington y derrotaban a Junot en Cintra. Así, la situación se tornaba crítica, y el emperador decidió ir en persona a España con un poderoso ejército.

Napoleón pudo derrotar a las fuerzas regulares y llegó a tomar, tras largo y cruento sitio, la ciudad de Zaragoza; pero mientras la pacificación del país se tornaba un problema insoluble por los renovados esfuerzos de los guerrilleros, el emperador se vio obligado a abandonar la península debido a una nueva ofensiva de sus enemigos en el este. España quedaba ocupada y las juntas provinciales que se habían constituido para mantener la resistencia fueron anuladas poco a poco. En 1810 sólo la región de Cádiz parecía resistir y allí se instaló la que antes funcionaba en Sevilla; en estas circunstancias, los grupos patriotas de las colonias americanas comprendieron que la situación española estaba decidida y se apresuraron a aprovecharla para proclamar la independencia.

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LA QUINTA COALICIÓN Y LA CAMPAÑA DE RUSIA

La guerra de España extendió enormemente el frente militar de Napoleón y le planteó las primeras dificultades que tuvo en su carrera victoriosa. Entretanto, los ingleses, ya establecidos en Portugal, constituyeron una quinta coalición logrando que entraran en ella España y Austria. Y mientras Napoleón luchaba en España, los austríacos, mandados por el archiduque Carlos, iniciaron una violenta ofensiva que obligó a Napoleón a dedicarle toda su atención.

Sin embargo, una vez más logró la victoria y derrotó al enemigo en Wagram, ocupando nuevamente Viena, donde se firmó la paz (1809). Austria debió ceder más territorios y el emperador consintió en que su hija María Luisa se casara con Napoleón. En ese momento, el emperador era señor de Europa y parecía haber asentado sólidamente sus conquistas sobre la base de una serie de estados vasallos que acataban su autoridad. Pero muy pronto comenzó a declinar su fortuna. En efecto, el zar de Rusia dio señales inequívocas de que se resistía a mantener la efímera alianza que había hecho con Napoleón y el emperador se decidió a obrar.

A principios de 1812, Napoleón invadió Rusia y poco después llegaba a la vista de Moscú; los rusos habían abandonado sus tierras destruyendo cuanto pudiera servir al invasor; y cuando fueron derrotados en la batalla de Moscowa, a la vista de la capital, no vacilaron en incendiarla para desguarnecer a las tropas francesas. Los resultados fueron los que había previsto el zar. El ejército invasor comenzó a sufrir las consecuencias del crudo invierno ruso y emprendió muy pronto una retirada que le costó al emperador lo mejor de sus tropas.

En esas condiciones Napoleón sufrió dos derrotas, en Smolensko y en el Beresina. Su ejército no era ya sino un puñado de hombres desalentados y enfermos, y con él debía cruzar, en su retorno a Francia, por regiones enemigas que comenzaron a ver que la hora de la venganza se aproximaba.

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LA SEXTA COALICIÓN Y LA ABDICACIÓN DEL EMPERADOR

En efecto, en Alemania se había producido un intenso movimiento patriótico que logró devolver al pueblo su fortaleza y su fe en la victoria, así como su confianza en el destino nacional. Un filósofo, Juan Fichte, había establecido los principios de la nacionalidad germánica en sus clases de la Universidad de Jena, cuando Prusia estaba vencida y parecía definitiva la desmembración de Alemania; sus Discursos, que luego publicó, ejercieron una influencia decisiva en la formación de una conciencia nacional.

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Quien pierde su independencia —decía— pierde también el poder de modificar el curso de las edades y de dirigir los acontecimientos; si continúa la misma situación, su historia será dirigida por la potencia extranjera dueña de sus destinos; su personalidad quedará absorbida por esta potencia, que la reducirá a contar sus años por los acontecimientos de imperios y nacionalidades extraños. Para salir de este estado no hay más que un medio: dar nacimiento a un nuevo mundo, e inaugurar así, en la historia universal, una nueva época que la nación llenará con su propio desenvolvimiento.

La nacionalidad a que me refiero no es una palabra vana, yo os lo aseguro, y el fin de estos discursos es daros su retrato vivo, mostrando su esencial naturaleza y sus cualidades propias, e indicando los medios para realizarla.

(JUAN FICHTE, Discursos a la nación alemana)

El resurgimiento nacional que propugnaba Fichte se realizó muy pronto. Cuando Napoleón llegaba de Rusia, el pueblo prusiano estaba en armas y su rey se había aliado a Rusia, Austria y Suecia. Esas fuerzas unidas derrotaron a Napoleón en la batalla de Leipzig (octubre de 1813) y, poco después, marchaban tras el ejército vencido para cruzar la frontera francesa. A fines de marzo de 1814, París ofreció la capitulación y Napoleón presentó a sus mariscales, en Fontainebleau , la abdicación a la corona imperial (abril 6 de 1814).

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LA RESTAURACIÓN Y LOS CIEN DÍAS

La ocupación de Francia por los aliados trajo como consecuencia la restauración de los Borbones en el trono francés. Mientras Napoleón era confinado en la isla de Elba, Luis XVIII subía al poder llevado por los invasores, dispuestos a recobrar todo lo que habían perdido en los largos años de guerra que siguieron a la revolución de 1789. Y como el rey consintiera en todo sin intentar defender ni siquiera lo que parecía justo, al tiempo que evidenciaba su propósito de retornar a la situación anterior a la revolución en cuanto al régimen interno, se produjo en Francia un movimiento favorable a Napoleón, cuyos partidarios supieron aprovecharlo para preparar su retorno.

Burlando la custodia, Napoleón escapó de la isla de Elba y desembarcó con un puñado de fieles en las costas francesas del Mediterráneo el 1 de marzo de 1815. Pocos días después contaba con fuerzas poderosas, con las que se apoderó de París y se preparó para combatir de nuevo a las potencias aliadas.

Las tropas de los países coligados estaban entonces en Bélgica y hacia allí marchó el emperador. Mandaba el ejército inglés el duque de Wellington y el ejército prusiano el mariscal Blücher, facilitando su colocación el desarrollo de la tradicional estrategia napoleónica de atacar por separado a los distintos cuerpos enemigos. En efecto, el 18 de junio se lanzó sobre Wellington en Waterloo y en el curso de una feroz batalla consiguió inclinar a su favor la victoria; pero Blücher no pudo ser contenido —como él había ordenado— y al fin de la jornada sus tropas abatieron a Napoleón, que nada pudo hacer.

La derrota no dejaba al emperador la más leve esperanza. Había agotado totalmente sus recursos y no contaba ya con medios para intentar ninguna acción; entonces se replegó apresuradamente sobre París y se resolvió a abdicar a su dignidad imperial. Su propósito era huir, pero como no lo lograra, se entregó a los ingleses, quienes, de acuerdo con los aliados, resolvieron confinarlo en la lejana isla de Santa Elena.

Allí pasó Napoleón Bonaparte sus últimos años. Entretenía sus ocios escribiendo unas memorias y reflexionando sobre su obra. Quizá entonces comprendiera lo efímero de su gigantesca labor: la sumisión de media Europa por la violencia de las armas, el aniquilamiento de todas las libertades en su propia patria.

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Tal es la obra de Napoleón; obra del egoísmo servido por el genio: tanto en su edificio europeo como en su edificio francés, el egoísmo soberano ha introducido un vicio de construcción. Desde los primeros días, este vicio fundamental se manifiesta en el edificio europeo, y ha producido, al cabo de quince años, el derrumbamiento brusco; en el edificio francés, es igualmente grave, aunque menos visible; no se apreciará bien hasta pasado medio siglo, acaso un siglo entero; pero sus efectos graduales y lentos serán tan perniciosos y no menos ciertos.

(HIPÓLITO TAINE, LOS orígenes de la Francia contemporánea.)

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Después de Waterloo sólo queda de su obra una Europa exhausta y una Francia empequeñecida, porque, en Napoleón, el guerrero era muy superior al estadista. Por eso, en Santa Elena, el prisionero sólo pudo confortar su ánimo con el brillante recuerdo de sus victorias estériles, sin que pudiera borrar con él la amargura de su desastre.

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CAPÍTULO XVI. LA RESTAURACIÓN ABSOLUTISTA. LA MONARQUÍA CONSTITUCIONAL EN INGLATERRA

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La restauración absolutista y el congreso de Viena. — Europa en 1815. — La Santa Alianza. Metternich. — La reacción liberal y las sociedades secretas. — La monarquía constitucional en Inglaterra. — La preponderancia en Europa. — La reina Ana y el Acta de unión. — Transformación de Inglaterra bajo los Hannover. — Inglaterra después del reinado de Jorge III. — La situación económico social y el régimen electoral. — La agitación reformista y las reformas de 1832.

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Desde mediados del siglo XVIII hasta 1815, Francia ofreció al mundo un programa político de claro y profundo significado revolucionario. Primeramente lo había elaborado en su aspecto doctrinario y había logrado imponerlo en las conciencias; luego pretendió llevarlo a la práctica y desencadenó la revolución de 1789 para imponer sus principios sin detenerse en los obstáculos; finalmente, Napoleón Bonaparte y sus ejércitos difundieron muchos de sus principios por gran parte de Europa, aun cuando el mismo emperador negara con sus actos algunos de ellos o los hiciera odiar a causa de sus ambiciones personales. De ese modo, la revolución liberal realizó, aunque sin agotar las posibilidades, un ciclo completo en la historia de Europa.

Para los espíritus conservadores y, sobre todo, para las fuerzas políticas, que soñaban con retornar al antiguo régimen, la caída de Napoleón después de su derrota significó no sólo el derrumbamiento de todas sus transformaciones políticas en el mapa de Europa, sino también el fracaso del pensamiento liberal y la quiebra de todas sus conquistas sociales y políticas. Así se inició, después de la batalla de Leipzig, una era de violenta reacción antiliberal cuya manifestación más notable fue la restauración de los principios políticos del absolutismo.

Durante algunos años, todo hizo suponer que la obra de la revolución de 1789 estaba definitivamente aniquilada: hasta la independencia de las antiguas colonias españolas de América estuvo en peligro y pareció que sería imprescindible, al menos, abandonar los ideales republicanos. Pero bien pronto se advirtió que la semilla de la revolución francesa mantenía su vigor y que las nuevas nacionalidades americanas tenían reservas morales y materiales para sostener su libertad y sus principios. Así, al cabo de no muchos años, las ilusiones de una restauración absolutista se vieron deshechas por el impulso de las fuerzas renovadoras. Más aún, las conquistas sociales y políticas no solamente se salvaron sino que se afirmaron y se acrecentaron en el curso del siglo XIX.

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LA RESTAURACIÓN ABSOLUTISTA Y EL CONGRESO DE VIENA

Tras la abdicación de Napoleón en Fontainebleau, los aliados impusieron en el trono francés al conde de Provenza, hermano de Luis XVI, que reinó con el nombre de Luis XVIII.

Huésped de Inglaterra durante la proscripción y familiarizado con sus instituciones, Luis XVIII fue partidario de un régimen moderado y constitucional. Pese a la oposición de los monárquicos exaltados, el rey, apoyado en el prudente consejo del zar Alejandro I de Rusia, que la consideraba indispensable para pacificar a Francia, otorgó en mayo de 1814 una Carta constitucional, cuya declaración preliminar decía:

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La Divina Providencia, al llamarnos a nuestros estados después de una larga ausencia, nos ha impuesto grandes obligaciones. La primera necesidad de nuestros súbditos era la paz, y nos hemos ocupado de ella sin descanso; y esta paz, tan necesaria a Francia como el resto de Europa, está firmada. El estado actual del reino requería una carta constitucional: la hemos prometido, y la publicamos. Hemos considerado que, aunque en Francia la autoridad reside en la persona del Rey, nuestros predecesores no dudaron en modificar su ejercicio según la diferencia de los tiempos.

Por esas causas, Nosotros, voluntariamente y por libre ejercicio de nuestra autoridad real, hemos acordado y acordamos hacer concesión y otorgamiento a nuestros súbditos, tanto por nosotros como por nuestros sucesores, de la Carta constitucional que sigue.

(Declaración dada en Saint-Owen, el 2 de mayo de 1814)

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La constitución dejaba establecido el origen divino del poder real, pero aunque reservaba al rey el derecho de proponer las leyes, introducía muchos principios políticos afirmados por la revolución de 1789 y consagraba un régimen monárquico limitado y constitucional. Dos cámaras —una de pares, nombrados por el rey y otra de diputados, elegidos por ciertos sectores populares— constituían el poder legislativo.

La reacción no tardó en producirse. Los monárquicos exaltados —generalmente llamados ultras— no vacilaron en desarrollar una violenta persecución contra los antiguos revolucionarios y, sobre todo, en defender doctrinariamente el principio de la monarquía absoluta y del derecho exclusivo de la nobleza a ejercer las funciones públicas. Luis de Bonald fue uno de los pensadores más enérgicos de ese partido, que aspiraba al retorno total del antiguo régimen.

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La nación estaba constituida (antes de 1789), y tan bien constituida que jamás pidió a ninguna nación vecina la garantía de su constitución. Estaba constituida en tres órdenes, cada uno de los cuales formaba una persona independiente cualquiera que fuera el número de sus miembros, y representando todo lo que hay que representar en una nación: la religión, el estado y la familia.

La realeza estaba constituida en Francia; y tan bien constituida que el rey mismo no moría. La realeza era masculina hereditaria por orden de primogenitura, independiente; y a esta constitución tan fuerte de la realeza, Francia debió su fuerza de resistencia y su fuerza de expansión.

(DE BONALD, Consideraciones sobre la revolución francesa)

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Frente a este partido estaban el de los monárquicos moderados o cartistas y el de los liberales, que consentía en el nuevo orden pero aspiraba a perfeccionarlo.

Después de los Cien Días, la monarquía se afianzó y Luis XVIII pretendió desenvolver su política conciliadora; pero en 1820 fue asesinado uno de los miembros de la familia real, conocido como partidario de los ultras, y comenzó entonces una era de represión terrible que produjo, a su vez, la reacción de los grupos liberales.

Una situación semejante se advertía en toda Europa. Los reyes que Napoleón había destronado volvían ahora a sus antiguos tronos dispuestos a cortar de raíz cualquier amenaza revolucionaria y los liberales eran perseguidos por todas partes; pero las fuerzas renovadoras se tonificaron bien pronto en la adversidad, porque sus ideales se mezclaron con los de los patriotas que vieron a los reyes absolutistas olvidar las supremas aspiraciones nacionales de los distintos estados.

En efecto, en octubre de 1814 se había reunido el congreso de Viena, en el que los reyes victoriosos se disponían a fijar su ley a Europa. Inspiraba sus deliberaciones el canciller de Austria, Clemente de Metternich, uno de los más celosos partidarios del absolutismo, y sus miembros coincidieron en la necesidad de extirpar los gérmenes del pensamiento liberal, de restablecer el absolutismo y de realizar un nuevo reparto de los territorios europeos para dar satisfacción a los reyes de las potencias triunfadoras.

Austria, Rusia, Inglaterra y Prusia fueron, pues, las potencias que se beneficiaron con los acuerdos de Viena. Decididos a luchar contra el movimiento liberal, los monarcas dedicaron, sin embargo, sus mejores esfuerzos a diseñar el mapa político de Europa atendiendo a sus respectivas ambiciones; y al hacerlo, trataron de conciliar todos los intereses y asegurar un nuevo equilibrio político, pero les fué imprescindible para ello desarticular ciertos territorios que habían adquirido fortísima conciencia nacional.

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EUROPA EN 1815

Firmado el acuerdo definitivo en junio de 1815, Europa quedó dividida entre los triunfadores, ya fuera porque se acrecentaron los territorios de cada uno, ya porque se constituyeron pequeños estados que se veían obligados a reconocer una dependencia de hecho con respecto a los más poderosos.

Prusia y Rusia adquirieron nuevos territorios, la primera en Sajonia y la orilla izquierda del Rin, y la segunda en detrimento, principalmente, de Polonia, de la cual Prusia recogía también una parte. Inglaterra, a su vez, obtuvo nuevas posesiones coloniales, y Austria ganaba algunas regiones italianas, aunque a costa de ver disminuida su influencia en Alemania por obra de Prusia.

Los estados alemanes, a su vez, constituían una confederación que agrupaba a treinta y ocho estados autónomos; Holanda y Bélgica se unían en un solo reino, del mismo modo que Suecia y Noruega; y en Italia, fuera de los territorios cedidos a Austria, subsistía una serie de estados menores. Todo este grupo resultaba políticamente disminuido frente a los grandes vecinos, que se aseguraban su predominio sobre extensas zonas de influencia.

Por su parte, España y Portugal mantenían sus límites y Francia volvía a los que tenía antes de las guerras de la Revolución; Polonia, en fin, desaparecía sin que nadie se preocupara de satisfacer el intenso clamor que elevaban los polacos en favor de su autonomía.

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LA SANTA ALIANZA. METTERNICH

Mientras el congreso de Viena ajustaba el mapa político de Europa, germinaba en el ánimo del zar de Rusia, Alejandro I, el proyecto de constituir una alianza de los monarcas absolutistas para defender sus principios políticos, sociales y religiosos contra la ola liberal que —con justeza— comprendían que no estaba aniquilada.

La idea del zar Alejandro estaba orlada por cierto misticismo que no podía convencer a un espíritu tan realista como el de Metternich. El canciller austríaco, sin embargo, se hizo cargo de la idea con el propósito de introducir en ella un giro más práctico, y contó con el franco apoyo de Prusia, en tanto que Inglaterra, por razones religiosas y políticas, acogía el plan con notoria frialdad.

El pacto se concluyó a fines de 1815 y así surgió la Santa Alianza, a la que apoyó calurosamente Francia y adhirió con reservas Inglaterra. Desde el primer momento, Metternich vio en ella un instrumento para intervenir en la política de todos los estados de Europa, y resolvió utilizarlo; periódicamente se convocaba un congreso en el que se debatía la situación de las diversas naciones y se convenía en la necesidad de prestar un apoyo mancomunado a los soberanos que tenían dificultades para afirmar su poder absoluto. Así se resolvió, en 1822, la invasión de España por un ejército francés para que Fernando VII pudiera derogar la constitución de 1812, que le había sido impuesta por los elementos liberales.

Pero la dirección que Metternich impuso a la Santa Alianza desagradó a su creador, el zar Alejandro, y chocó abiertamente con la política de Inglaterra. En efecto, el propósito de ayudar a España a reconquistar sus colonias amenazaba los intereses ingleses, y muy pronto el ministro Jorge Canning apartó a Gran Bretaña de la Santa Alianza, que, en 1826, quedó anulada como asociación de potencias.

Entre tanto, su cerrada concepción política había desatado una intensa resistencia. Por una parte, se polarizaron frente a ella los elementos liberales que aspiraban a restaurar los principios que pusiera en vigor la Revolución Francesa. Por otra, suscitó un intenso movimiento patriótico en algunos estados que se sentían deshechos u oprimidos por la alianza de los poderosos. Ambos grupos comenzaron a actuar en la oscuridad, pero muy pronto se comprobó su fuerza y su eficacia.

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LA REACCIÓN LIBERAL Y LAS SOCIEDADES SECRETAS

En general coincidieron en las mismas personas esos dos sentimientos. En Italia y en Alemania, especialmente, los patriotas se identificaron con los liberales porque para constituir libremente sus países era necesario expulsar las monarquías extranjeras o sacudir el yugo de las potencias autocráticas que los dominaban. Para luchar por sus ideales constituyeron sociedades secretas que adoptaron diversas formas de organización y distintos nombres; las más conocidas fueron las sociedades masónicas —como la Logia Lautaro, a la que perteneció San Martín— y las sociedades de carbonarios, llamadas así en Italia porque sus miembros realizaban sus reuniones en los bosques para escapar a la celosa persecución que llevaba contra ellos el gobierno austríaco. Acusado de carbonario, fue encarcelado, entre otros muchos, el gran escritor italiano Silvio Pellico, que describió sus sufrimientos en un libro admirable titulado Mis prisiones. Allí reflejaba la severidad de la persecución:

(…)

Aun cuando mi padre había sabido mi arresto, había esperado que no se me acusara de nada y fuera puesto pronto en libertad. Pero viendo que duraba la prisión vino a solicitar al gobierno austríaco mi liberación. ¡Pobres ilusiones del amor paterno! No podía creer que hubiese yo sido tan temerario que me expusiera a los rigores de las leyes.

En las circunstancias en que estaba Italia, tenía yo la seguridad de que Austria daría ejemplo de un rigor extraordinario y que sería condenado a muerte o a muchos años de cautiverio.

(SILVIO PELLICO, Mis prisiones)

(…)

Los ideales que perseguían estas sociedades eran variados, pero coincidían en sus líneas generales. En Italia y en Alemania, las sociedades secretas aspiraban a la unificación de la nación bajo una monarquía constitucional o —como querían los más radicales— bajo un gobierno republicano. En Francia y en España buscaban establecer un gobierno que respetara las antiguas conquistas liberales. Pero en todas partes su característica fue una organización secreta basada en la más estricta disciplina y el decidido propósito de llegar a la violencia si era necesario para lograr sus ideales.

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LA MONARQUÍA CONSTITUCIONAL EN INGLATERRA

Después de la revolución de 1688, Inglaterra entró en una era de rápido progreso. El régimen interno se había asentado; el gobierno de Guillermo III inauguró una etapa de tranquilidad interior y al mismo tiempo de afianzamiento de la posición de Inglaterra en Europa (1689-1702). Para lo primero contribuyó muy especialmente la solución de los conflictos políticos y religiosos así como también la ordenación del régimen sucesorio mediante la sanción, en 1701, del Acta de Establecimiento. En ella se decía:

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Puesto que es requerido y necesario proveer más ampliamente a la seguridad de nuestra religión, de nuestras leyes y de nuestras libertades desde y después de la muerte de S. M., queda establecido:

Que cualquiera que llegue de aquí en adelante a la posesión de esta corona, se ajuste a la comunión de la Iglesia anglicana, tal como ella está establecida por las leyes.

(Acta del Establecimiento, 10 de febrero de 1701.)

(…)

En cuanto a lo segundo, las circunstancias de la época proporcionaron a Inglaterra la posibilidad de realizar sus aspiraciones. Así, en el curso del siglo XVIII, Inglaterra alcanzó en Europa una posición de preeminencia.

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LA PREPONDERANCÍA EN EUROPA

A fines del siglo XVII, la elección del estatúder de Holanda, Guillermo de Orange, como rey de Inglaterra, orientó decididamente a este último país hacia una política de franca hostilidad frente a Luis XIV. Poco después, cuando se desencadenó la guerra por la sucesión de España, Inglaterra intervino en el conflicto contra Francia para impedir que, con la posesión de la corona española, rompiera en su favor el equilibrio europeo establecido por los tratados de Westfalia. Pero cuando el archiduque Carlos, aspirante al trono español, alcanzó, en 1711, la corona imperial, Inglaterra temió que el equilibrio se quebrara entonces en favor de la casa de Habsburgo, y decidió apartarse de la guerra. Así, en 1713 negoció el tratado de Utrecht con Francia, reconociendo a Felipe V como rey de España pero con la condición expresa de que se prometiera formalmente que en ningún caso se reunirían las dos coronas en manos de un mismo príncipe francés, requisito al que accedió Luis XIV, fatigado por tan larga guerra. Inglaterra obtuvo, por ese tratado, una serie de ventajas territoriales y, sobre todo, importantes privilegios para el tráfico comercial con las colonias españolas.

Afirmado de ese modo su predominio marítimo y comercial, y asegurado al mismo tiempo el equilibrio entre las potencias continentales, Inglaterra pasó a ser árbitro de la situación europea. Mediante su ayuda a Prusia contra el Imperio, y gracias a la declinación de Francia durante los reinados de Luis XV y Luis XVI, consiguió neutralizar los peligros de una resurrección de las antiguas potencias. De ese modo, Inglaterra intervino decisivamente en todos los conflictos que surgieron en Europa en el siglo XVIII sin comprometer su posición y obteniendo en casi todas las negociaciones pequeñas ventajas que aseguraban su creciente preponderancia.

Por otra parte, si bien en la segunda mitad del siglo perdió sus colonias americanas, lo cierto es que muy pronto restableció con los Estados Unidos un importante tráfico comercial que rápidamente la resarció de los perjuicios que había sufrido.

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LA REINA ANA Y EL ACTA DE UNIÓN

Al morir Guillermo III, y en cumplimiento del Acta de establecimiento, heredó el trono su cuñada, la reina Ana (1702-1714). Su reinado transcurrió durante todo el curso de la guerra por la sucesión de España, y fue entonces cuando se obtuvieron aquellas ventajas ya señaladas que proporcionaron a Inglaterra una situación excepcional en Europa. Mientras tanto, en lo interior, su política se dirigió a lograr un afianzamiento de la unidad política de la isla; Escocia comprendió que sería seguro y ventajoso entrar a participar de lleno en la política inglesa y consintió en fusionarse con Inglaterra; la unión quedó establecida en 1707 mediante el Acta de Unión, según la cual Escocia e Inglaterra serían gobernadas por un mismo monarca y un mismo parlamento, sin perjuicio de que la primera conservara su religión predominante —la presbiteriana— y sus leyes.

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TRANSFORMACIÓN DE INGLATERRA BAJO LOS HANNOVER

Cuando, en 1714, murió la reina Ana, fue consagrado rey el elector de Hannover, Jorge I, en cumplimiento de lo que establecía el Acta de establecimiento. Con él se inicia una dinastía que reinó durante todo el siglo XVIII —y continuó luego—, en una época en que Inglaterra sufrió cambios profundos a los que los reyes contribuyeron activa o pasivamente. Lo cierto es que por entonces adquirió Inglaterra la fisonomía que hoy conserva.

La época de los Hannover merece ser considerada desde distintos puntos de vista; pero es sobre todo en lo económico y en lo político donde se produjeron las transformaciones más notables.

Desde el punto de vista político, el siglo XVIII es el período de constitución definitiva del régimen parlamentario. Dos partidos se dividían las opiniones políticas del pueblo inglés: el de los torys, partidarios de la supremacía real, y el de los whigs, partidarios del sistema parlamentario. Al subir al trono Jorge I, los torys no gozaban de la simpatía popular debido a que habían sido partidarios de los Estuardo y aun habían pretendido, al morir la reina Ana, traer al trono al hijo de Jacobo II. Debido a esa circunstancia, Jorge I llamó al ministerio al partido whig; y como el rey ignoraba la lengua inglesa y apenas se ocupaba de los asuntos de estado, los ministros pudieron cumplir su programa de gobernar con el parlamento. Así se fortaleció el sistema, situación en la que colaboró Guillermo Pitt, primer ministro de Jorge II, dotado de extraordinarias condiciones de estadista, el cual afrontó no sólo la crisis social y moral en que Inglaterra se debatía por entonces, sino también la guerra exterior que se suscitó en 1756 —llamada de los Siete Años— en la que Inglaterra combatió contra Francia en Europa, Asia y América.

Pero al morir Jorge II en 1760, su sucesor, Jorge III (1760-1820) introdujo una nueva orientación en la política inglesa. Educado en Inglaterra y celoso de sus prerrogativas, pretendió gobernar personalmente y recurrió para ello al partido tory. Sin embargo, como no contaba con la opinión pública y el parlamento estaba acostumbrado a mantener su independencia, el rey debió apelar a toda suerte de recursos para lograr con ardides lo que no podía conseguir directamente; así, compró los votos de los electores y no vaciló en ofrecer gruesas sumas a los miembros del parlamento para que secundaran sus proyectos.

Durante algún tiempo logró su propósito; pero la opinión pública le siguió adversa y manifestó su irritación en distintas formas; así, apoyó en repetidas ocasiones a algunos candidatos vetados por el rey, luchó por obtener la libertad de expresión por medio de la prensa y hasta recurrió, en 1780, al motín callejero. Jorge III debió renunciar a su política, cuyos nefastos resultados culminaron con la independencia de los Estados Unidos. Poco después volvieron los whigs al poder y, finalmente, se hizo cargo del ministerio Guillermo Pitt, hijo del que había sido ministro de Jorge II, bajo cuyo gobierno se fortaleció el régimen parlamentario.

Desde el punto de vista económico, la transformación fue más notable aún porque se inició por entonces el proceso de industrialización de Inglaterra. El aflujo de materias primas tuvo dos consecuencias importantes: por una parte, creó una clase de ricos comerciantes que muy pronto se transformaron en grandes propietarios y eliminaron a los pequeños colonos; por otra, estimuló la búsqueda de nuevas formas de producción, hasta que se llegó al desarrollo de una manufactura mecánica que permitía elaborar en más amplia escala que antes las materias primas. Esta naciente industria atrajo a los que debían abandonar los campos y provocó la formación de las grandes ciudades industriales como Birmingham o Manchester.

Entre los principales inventos que favorecieron el desarrollo de la industria se cuenta el de la “lanzadera volante”, en 1738, la máquina de hilar en 1770 y el telar mecánico en 1785; y en otro aspecto, el aprovechamiento del carbón mineral y de la fuerza expansiva del vapor. La primera consecuencia de la aplicación de estos procedimientos fue una notable desocupación obrera, pues cada máquina equivalía a muchos operarios; se produjeron entonces los primeros trastornos sociales que corresponden a esta revolución industrial; pero poco a poco se fue restableciendo el equilibrio, no sin que quedaran en pie algunas graves consecuencias para lo futuro: así surgieron, en efecto, los problemas obreros, que en el siglo siguiente adquirieron extraordinaria gravedad.

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INGLATERRA DESPUÉS DEL REINADO DE JORGE III

A la muerte de Jorge III (1820), su hijo mayor, que había ejercido la regencia desde 1811 debido a la demencia de su padre, subió al trono con el nombre de Jorge IV, y gobernó hasta 1830; a su muerte le sucedió su hermano Guillermo IV, cuyo reinado se prolongó desde 1830 hasta 1837.

Este período se caracteriza por la gravedad de los problemas que se plantearon exigiendo inmediata solución, pero también por la talla de algunos de los principales políticos que ejercieron el poder —como Canning o Peel— y por el espíritu de prudente conciliación que comenzó a mostrar la clase de los privilegiados.

Tras la derrota de Napoleón, Inglaterra había entrado en una era de tranquilidad exterior y de innegable predominio comercial y marítimo. Por otra parte, al finalizar el reinado de Jorge III quedaba firmemente establecido el sistema institucional, en el que predominaba la cámara de los comunes mediante su estrecho control del gabinete ministerial. Sin embargo, los graves problemas que esperaban solución no eran fáciles de resolver. La guerra exterior había dejado como saldo una importante deuda pública que el estado quería pagar acrecentando sus recursos fiscales; pero si los impuestos tenían que recaer sobre la clase media y la clase obrera, el estado no podía dejar de considerar cuál era la situación de esos grupos sociales.

En efecto, el otro grave problema era el de la condición que el desarrollo de las industrias había creado a las clases humildes. Empobrecidas y desamparadas, carecían de toda representación política mediante la cual pudieran expresar sus aspiraciones por vías normales; en consecuencia, comenzó a crecer el descontento y, con él, el espíritu revolucionario. Si el estado quería evitar un conflicto civil, era necesario que atendiera a tiempo esos clamores.

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LA SITUACIÓN ECONÓMICO-SOCIAL Y EL RÉGIMEN ELECTORAL

Los dos grandes partidos ingleses—los torys y los whigs— que se alternaban en el ejercicio del poder, estaban separados por sus ideas en cuanto a las atribuciones de la corona y del parlamento, pero correspondían al mismo grupo social predominante; uno y otro estaban formados por los grandes terratenientes y por los grandes industriales, que eran los que poseían la riqueza, la representación parlamentaria y la posibilidad de llegar al gobierno. Inglaterra era, en consecuencia, una oligarquía sin limitaciones, y quedaba totalmente fuera del gobierno la masa enorme de los que no poseían bienes.

Esta clase, la de los obreros de las ciudades y del proletariado rural, atravesaba por una situación angustiosa al concluir el reinado de Jorge III. Los precios de los productos agrícolas habían sufrido una notable merma y su venta solía no compensar los gastos de producción, razón por la cual era frecuente ver a los campesinos que, en su desesperación, quemaban sus cosechas. También habían disminuido los precios de los productos manufacturados, y, debido a ello, se había operado una considerable rebaja en los salarios. La miseria más espantosa comenzaba a cernirse sobre el proletariado de las grandes ciudades industriales como Manchester o Birmingham; al considerable número de desocupados se agregaba el de los obreros que trabajaban cobrando jornales miserables, y el estado sólo atinaba a distribuir unos escasos subsidios que no impedían que, en cada familia, tuvieran que trabajar las mujeres y los niños desde los siete años.

Estos hechos comenzaron a modificar el estado de ánimo de las clases humildes. Durante mucho tiempo, Inglaterra había sido, unánimemente, enemiga de los postulados revolucionarios que había proclamado Francia en 1789, pero ahora, ante la situación reinante, el espíritu jacobino, esto es, el espíritu revolucionario más radical, comenzaba a apoderarse de todos aquellos que no podían alimentar la esperanza de que un parlamento formado por aristócratas y grandes industriales acudiera en su ayuda.

En efecto, el sistema electoral vigente se caracterizaba porque sólo otorgaba representación parlamentaria a los propietarios, y aún a éstos de manera que resultaba —con las transformaciones que se habían operado en la distribución de la población— irregular e injusta. Los antiguos burgos, cuya población había disminuido enormemente por el éxodo de trabajadores hacia las ciudades, mantenían la mayoría de la representación y era frecuente que un solo propietario dispusiera de dos bancas en la cámara de los comunes; así los llamados burgos podridos, que no eran sino antiguos focos de población entonces disgregados, conservaban sus diputados, los cuales resultaban personeros de los propietarios. Les seguían en importancia los condados, en los cuales sólo votaban los ricos propietarios, quienes conseguían los sufragios valiéndose de su ascendiente social o de procedimientos venales. De este modo, el parlamento no representaba sino a la oligarquía de los propietarios, y carecía, en cambio, de representación la enorme masa de las clases humildes; no era, pues, posible, que un parlamento con tales características acogiese con benevolencia las demandas de los que sufrían las consecuencias de la difícil situación económica y social.

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LA AGITACIÓN REFORMISTA Y LAS REFORMAS DE 1832

La gravedad de estos sucesos encontró eco en algunos estadistas de penetrante visión, que, poco a poco, comprendieron que era imprescindible realizar algunas reformas políticas para impedir que las clases oprimidas, movidas por la desesperación, recurrieran a la violencia.

Los gabinetes conservadores no habían vacilado en reprimir por la fuerza todas las expresiones tumultuarias de los obreros, y en 1819 se había producido en Manchester una terrible matanza que parecía inaugurar una era de sangrientas luchas civiles. Pero en 1822 las cosas cambiaron; los ministros Peel y Canning comenzaron a modificar sus métodos; reconocieron el derecho de petición y de huelga, suprimieron la severa vigilancia ejercida hasta entonces sobre los grupos obreros y organizaron una policía civil, armada solamente de bastones, que reemplazó al ejército en la represión de los tumultos populares. Al mismo tiempo, comenzó a hacerse carne en los dirigentes del partido whig la necesidad de acudir a tiempo a la solución del problema, y lord Gray encabezó un movimiento destinado a reorganizar la representación parlamentaria. Llamado al gobierno por el rey Guillermo IV, Gray presentó un proyecto en tal sentido y consiguió imponerlo pese a la resistencia de los lores y de algunos grupos conservadores.

La reforma fue aprobada en 1832. Su punto fundamental era la supresión de los burgos podridos; pero establecía además la representación para las ciudades que, como Birmingham, carecían de ella hasta entonces a pesar de contar con numerosísima población, obrera en su inmensa mayoría; por otra parte elevó el número de diputados de los condados y, sobre todo, acrecentó el de los electores disminuyendo la renta que se exigía para adquirir calidad de tal. De este modo, la reforma de 1832 aumentó el número de ciudadanos con derecho al voto desde menos de medio millón que eran antes, hasta la cifra de ochocientos mil.

Sin duda, el éxito obtenido por las clases obreras no era completo, pero abría una posibilidad de renovación de la vida política. Había contribuido a ello, muy especialmente, el espectáculo de la revolución francesa de 1830, cuyas consecuencias obligaron a meditar a las clases privilegiadas de Inglaterra; pero no había influido menos el retorno a la dirección de los asuntos públicos del partido whig, más sensible a las necesidades populares que el de los torys. Una tendencia moderada predominaba entonces en Inglaterra, la misma que la había apartado poco antes de la Santa Alianza, induciendo al ministro Canning a no apoyar el proyecto que alentaba España de reconquistar sus antiguas colonias de América.

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CAPÍTULO XVIII. EUROPA EN LA PRIMERA MITAD DEL SIGLO XIX

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La Restauración y los conflictos de 1830. — La agitación revolucionaria de 1848. — El desarrollo de la cultura desde principios del siglo XIX. — El Romanticismo en las letras y las artes. — El desarrollo de las ciencias. — Las ciencias físicas y naturales. — Las ciencias morales y la filosofía. — La historia.

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La obra de la Restauración fue efímera. Pese al rigor brutal desplegado por los gobiernos que surgieron de ella para asegurar su sostenimiento, los partidarios del régimen liberal no fueron aniquilados sino que, por el contrario, crecieron en número. Su acción pública fue, por épocas, restringida, pero la actividad subterránea mantuvo unidos a los grupos más esforzados hasta que las circunstancias les permitieron salir a luz. Y entonces, nuevas jornadas revolucionarias comenzaron en varios países de Europa y de ellas surgieron regímenes modelados de acuerdo con aquellos principios. Más aún, al promediar el siglo, ya el liberalismo comenzó a ser rechazado por algunos sectores políticos más radicales como un sistema demasiado tibio y aparecieron los primeros grupos que comenzaron a llamarse socialistas.

Entretanto, la actividad espiritual no había sido menos fructífera. El gran movimiento literario y artístico que se llamó el Romanticismo —y que tuvo vastas proyecciones en otros campos— culminó hacia 1830 y dio grandes figuras y algunas obras maestras que pueden considerarse eternas. Por su parte, las ciencias lograron un extraordinario desarrollo, conquistando los secretos de la naturaleza y del espíritu para ponerlos, en muchos casos, al servicio de la felicidad humana.

Pero cuando se produjeron los movimientos revolucionarios de 1848, surgieron nuevos ideales políticos y sociales y su influencia se notó muy pronto sobre la actividad espiritual. Por eso la primera mitad del siglo XIX constituye un período de definida personalidad, que difiere notablemente del que le sigue.

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LA RESTAURACIÓN Y LOS CONFLICTOS DE 1830

Desde 1815, la consigna de los gobiernos que surgieron después de la derrota de Napoleón fue volver a la situación anterior a 1789, o, en caso de que las circunstancias obligaran a hacer concesiones, restringirlas tanto como fuera posible. Francia dio el ejemplo de esta política durante los reinados de Luis XVIII y Carlos X.

En seguida después de su restauración en el trono, Luis XVIII había concedido una Carta constitucional en la que se admitían algunos derechos consagrados por la revolución de 1789, aunque muy limitadamente; pero después de los Cien Días predominaron en el seno del gobierno los monárquicos más violentos —los ultras— y durante dos años impusieron un régimen terrible de persecuciones e intolerancias. Esa situación no podía durar; en 1816 los ultras fueron eliminados del gobierno y, de acuerdo con la tendencia que predominaba en la cámara de diputados, el rey llamó a un grupo de ministros liberales. Una serie de medidas, como la ley electoral y la de prensa, dieron la sensación de que comenzaba una etapa de relativa libertad; hacia ello tendía, en efecto, Luis XVIII, que estaba animado, en sus últimos años, por un espíritu conciliador; pero en 1820 se produjo el asesinato del duque de Berry, uno de los jefes de la fracción ultra, y ese hecho fue la señal de una violenta regresión; los ministros liberales cayeron y fueron reemplazados por los absolutistas más intolerantes, cuya misión fué aplastar la obra de sus antecesores y restaurar el régimen de opresión de los primeros años del reinado.

Los grupos liberales se reorganizaron en la sombra y comenzaron a formar los cuadros revolucionarios; pero su acción, por su mismo carácter secreto, no consiguió agitar sino a algunos sectores limitados y sus diversos intentos no tuvieron éxito. Las circunstancias, sin embargo, los ayudaban. En 1824 murió Luis XVIII y lo reemplazó Carlos X, mucho más absolutista que su antecesor; las consecuencias de ese cambio no se hicieron esperar y se inició un período de persecución contra todo lo que conservara el sello del pensamiento liberal; pero comenzó también una oposición cada vez más firme y más desembozada, cuya prédica preparó los ánimos para una acción violenta que no tardó mucho tiempo. Y cuando, en julio de 1830, el rey promulgó, sin intervención del parlamento, un conjunto de ordenanzas restrictivas sobre la prensa y el sistema electoral, el pueblo de París se lanzó a la calle dispuesto a resistir.

Carlos X ordenó la represión enérgica del movimiento popular, pero las fuerzas del gobierno fueron impotentes frente a la unanimidad de la oposición. Cada casa se transformó en un foco de revuelta y en las calles los soldados fueron incansablemente atacados por una multitud que apelaba a todos los recursos para combatir. Así, a los tres días de lucha, los liberales —que dirigían la revuelta— fueron dueños de la situación y los Borbones abandonaron definitivamente el poder; para reemplazar a Carlos X aparecieron dos posibilidades: o acudir a otro monarca de tendencias liberales o establecer la república; pero el grupo monárquico se apresuró a otorgar a Luis Felipe de Orleáns —notoriamente liberal— la corona de Francia, y los republicanos transigieron. El 9 de agosto de 1830, Luis Felipe juró obediencia a la Carta constitucional —que había sido perfeccionada reforzando las garantías de la libertad— y fue proclamado rey.

Los liberales se sintieron satisfechos con el resultado de las jornadas de julio. Algún tiempo después, el historiador Agustín Thierry escribía:

(…)

La revolución de 1830, maravillosa por su rapidez y más aún porque ni en un solo instante se ha excedido en su finalidad, unió para siempre nuestro orden social al gran movimiento de 1789. Hoy todo deriva de allí: el principio de la constitución, la fuente del poder, la soberanía, los colores de la bandera nacional. La fusión de las antiguas clases y los antiguos partidos ha vuelto a tomar su curso. De todos los poderes anteriores a nuestra gran revolución subsiste sólo uno, la realeza, rejuvenecida y confirmada por la adopción popular. Durará sin duda, ligada invariablemente a las garantías de nuestras libertades políticas, pero con condiciones expresas; la revolución de los tres días ha inscripto frente al voto nacional, el famoso si no, no, de las cortes aragonesas.

(AGUSTÍN THIERRY, Consideraciones sobre la historia de Francia)

(…)

La inquietud revolucionaria de 1830 no se limitó a Francia. Bélgica la aprovechó para iniciar la lucha por su independencia, y consiguió, en octubre de ese mismo año, separarse de Holanda y constituir una monarquía autónoma. Los estados italianos y Polonia, en cambio, se lanzaron a la acción, pero fueron impotentes frente a las reacciones de los estados absolutistas a que estaban sometidos: Austria, los primeros, y Rusia, la segunda. En efecto, Francia, que pudo haber ayudado a lograr aquellos propósitos, no creyó conveniente para su seguridad intervenir en otros países y abandonó a los insurrectos que, poco después, fueron sometidos.

Del mismo modo, en España y en Portugal comenzaron a manifestarse señales de actividad en el bando liberal. Sin embargo, no lograron sus aspiraciones en seguida y por el camino de la revolución, pero los dos países pudieron aprovechar algunas circunstancias favorables. En España murió, en 1833, el rey Fernando VII y dejó como heredera directa a su hija Isabel, a la que había instituido como su sucesora mediante una pragmática que anulaba la tradición según la cual no podían heredar el trono las mujeres. Esa circunstancia originó la llamada guerra carlista, pues el infante don Carlos, hermano del rey, consiguió levantar un grupo numeroso de españoles en favor de sus derechos; pero como ese grupo resultó ser el de los absolutistas, la reina regente, Cristina, recurrió al apoyo de los liberales, y así se inició una nueva época durante la cual la monarquía española adquirió carácter constitucional (1834).

De manera semejante se desenvolvieron los acontecimientos en Portugal, donde, a la muerte del rey Juan VI, lucharon por el trono sus dos hijos: Pedro, defendido por los liberales, y Miguel, apoyado en los absolutistas. El triunfo de don Pedro, a quien ayudaron Inglaterra y Francia, trajo consigo el restablecimiento de la monarquía constitucional en Portugal (1834).

(…)

LA AGITACIÓN REVOLUCIONARIA DE 1848

El triunfo de los liberales en 1830 inauguró en Europa una época de optimismo, en la que todos los que tenían inquietudes sociales o políticas creyeron que estaban muy cerca del logro total de sus aspiraciones. La agitación fue, en consecuencia, extraordinaria. Los intelectuales y los políticos dedicaron sus mejores energías a trabajar en favor de la difusión de sus ideas allí donde todavía no habían triunfado, y en favor del perfeccionamiento de las instituciones, donde ya se habían impuesto.

El núcleo más importante de estos teóricos de la revolución republicana, preocupados también por la conquista de mejoras sociales para la clase proletaria, se constituyó en Italia bajo la inspiración de José Mazzini, un político de sólida formación ideológica y de noble carácter. Mazzini constituyó un grupo revolucionario que llamó La joven Italia, destinado a luchar por la unificación de los diversos estados de la península y por su organización bajo un régimen republicano bastante avanzado socialmente. Poco después, con la colaboración de grupos de otros países, animados de los mismos ideales, llegó a formar una asociación de vastas ramificaciones que se conoció con el nombre de La joven Europa. En 1834, apareció el manifiesto da La joven Europa expresando sus puntos de vista y llamando a sus filas a todos los hombres que acariciaban los mismos ideales. Decía esa declaración:

(…)

Los suscriptos, hombres de progreso y de libertad, creyendo: en la igualdad y fraternidad de los hombres; en la igualdad y fraternidad de los pueblos. Creyendo: que la Humanidad está llamada a avanzar, por un continuo progreso y bajo el imperio de la ley moral universal, hacia el libre y armonioso desarrollo de sus facultades y hacia el cumplimiento de su misión en el universo; que ella no puede hacerlo sino mediante la activa cooperación de todos sus miembros libremente asociados; que la asociación no puede constituirse en forma verdadera y libre sino entre iguales, puesto que cualquier desigualdad encierra una violación de independencia y cualquier violación de independencia anula la libertad de consentimiento.

Después de haberse constituido los núcleos primitivos de la Joven Italia, de la Joven Polonia y de la Joven Alemania en Asociaciones Nacionales libres e independientes; unidos de común acuerdo para el bien de todos, el día 15 de abril de 1834, con la mano sobre el corazón y poniéndonos como fiadores del futuro, determinamos lo que sigue:

1° La Joven Alemania, la Joven Polonia y la Joven Italia, asociaciones republicanas que aspiran a un mismo fin humanitario y dirigidas por una misma fe de libertad, de igualdad y de progreso, se coligan fraternalmente, ahora y siempre, para todo lo que se refiere al fin general.

(…)(…)(…)

8° Los pueblos que quieran participar de los derechos y deberes establecidos entre los tres pueblos confederados por medio de esta acta, se adherirán formalmente al acta misma, por medio de su Junta Nacional.

(Hecho en Berna (Suiza) el 15 de abril de 1834). (Manifiesto de la Joven Europa)

(…)

Los núcleos unidos de este modo ejercieron considerable influencia en varios países de Europa y algunos, de América, donde Esteban Echeverría divulgó sus principios y los recogió en el Dogma socialista. Pero fue más fuerte todavía la acción que desarrollaron algunos grupos locales, estrechamente vinculados a las circunstancias económicas y sociales de cada país.

En efecto, a mediados del siglo XIX, surgieron graves dificultades económicas que suscitaron nuevos problemas para las clases obreras. En Francia, especialmente, esos problemas adquirieron considerable importancia, sin que el gobierno de Luis Felipe, apoyado en las clases burguesas más ricas, se ocupase de prevenir sus consecuencias sobre el proletariado.

(…)

Jamás ninguna sociedad estuvo más llena de desórdenes. Lucha de los productores, entre ellos, por la conquista del mercado, de los trabajadores, entre ellos, por la conquista del empleo, del fabricante contra el obrero por la fijación del salario; lucha del pobre contra la máquina destinada a hacerlo morir de hambre reemplazándolo: tal era, bajo el nombre de concurrencia, el hecho característico de la situación, contemplada desde el punto de vista industrial. Los grandes capitales dando la victoria en las guerras industriales; las grandes explotaciones arruinando a las pequeñas; el comercio en grande arruinando al pequeño comercio; todos los intereses armados los unos contra los otros. Todos los descubrimientos de la ciencia estaban transformados en medios de opresión; el padre del pobre iba a morir al hospital a los sesenta años y el hijo del pobre estaba reducido a respirar, a los siete años, el aire apestado de las hilanderías para agregar su salario al de la familia.

(LUIS BLANC, Historia de diez años: 1830-1840)

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Así fue como creció el malestar social y como aparecieron, junto a los republicanos liberales que exigían un gobierno democrático, las primeras organizaciones proletarias que sostuvieron la necesidad de apelar a la violencia para obtener las mejoras sociales y económicas que se les negaban. Unidos los esfuerzos de unos y otros, la revolución era inevitable, y se desencadenó muy pronto sobre muchos países de Europa.

En enero de 1848 se produjo el primer levantamiento en el reino de las Dos Sicilias, propagándose luego la insurrección a otros estados italianos; el clamor general era en favor del establecimiento de constituciones que contuvieran las atribuciones de la monarquía, pero, al mismo tiempo, se insinuaban las primeras exigencias obreras. El ímpetu del movimiento atemorizó a los soberanos y se vieron obligados a conceder la promulgación de cartas constitucionales.

El movimiento alcanzó en seguida mayor violencia en Francia, donde en el mes de febrero del mismo año se produjo un terrible levantamiento popular. La causa más profunda era la situación económica y social por que atravesaba el país y que describía Luis Blanc, uno de los jefes del movimiento revolucionario, con colores tan sombríos; pero no era la única, porque el gobierno de Luis Felipe y de su ministro Guizot se había desprestigiado por su conservadorismo exagerado y su resistencia a introducir las imprescindibles reformas en la organización institucional de Francia. El 23 de febrero, el pueblo se lanzó a la calle y muy pronto se constituyó una organización revolucionaria que consiguió la victoria; Luis Felipe fue obligado a abdicar y se formó un gobierno provisional compuesto por liberales, republicanos y socialistas.

La agitación revolucionaria se propagó a Austria y Alemania. Mientras el pueblo de Viena se levantaba en armas y obligaba a escapar al canciller Metternich, en otras regiones del imperio —Bohemia, Hungría y los estados italianos del norte— se producían insurrecciones que triunfaron en el primer momento. En el reino de Prusia, la población de Berlín exigió al rey una constitución; entretanto, los demás estados alemanes se agitaban y los partidarios del régimen constitucional reunían en Francfort un congreso en el que pretendieron fundar el Imperio alemán y ofrecieron la corona al rey de Prusia.

Pero tanto en Alemania como en Prusia, la monarquía absoluta estaba apoyada en un ejército profesional muy poderoso y disciplinado que respondía ciegamente a ella, y en poco tiempo los sublevados fueron vencidos por la fuerza de las armas. El restablecimiento de la autoridad imperial en Austria se reflejó en seguida sobre la situación italiana, que volvió a su estado anterior por la acción de las tropas austríacas.

De ese modo, el movimiento de 1848, que reflejaba la profunda transformación social que se operaba en la Europa occidental como consecuencia de los trascendentales cambios económicos, triunfó solamente en Francia, donde se instauró la segunda república. Pero de esa fecha data la formación de los partidos obreros que, por entonces, se organizarían como fuerzas revolucionarias de acuerdo con los principios que ese mismo año fijó Carlos Marx en su Manifiesto comunista.

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EL DESARROLLO DE LA CULTURA DESDE PRINCIPIOS DEL SIGLO XIX

La gran agitación social y política que se produjo en Europa a partir de la Revolución Francesa, no podía dejar de influir en el desarrollo de la cultura. Las ideas renovadoras fructificaron con el tiempo; pero, en los primeros años del siglo XIX, tanto el pensamiento tradicionalista como el pensamiento liberal se consumieron en la lucha cotidiana y dieron sus mejores frutos en la polémica política.

En las letras, el movimiento romántico constituyó la manifestación más importante de esta nueva inquietud, cuyos principios fueron recogidos también por las artes plásticas. En las ciencias, el desarrollo de las investigaciones iniciadas en el siglo XVIII llegó a un grado de notable intensidad y muy pronto se obtuvieron notables progresos en los distintos campos. Por eso, el siglo XIX constituye uno de los períodos más ricos en la historia de las ciencias.

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EL ROMANTICISMO EN LAS LETRAS Y EN LAS ARTES

El siglo XVIII había tenido una acentuada predilección por la cultura antigua, en la que habían encontrado modelos sus mejores artistas y literatos. Esta tendencia se mantuvo aún a principios del siglo XIX, porque la Revolución Francesa y Napoleón vieron también en la Antigüedad la fuente de inspiración de sus tendencias políticas: la democracia y el Imperio. Así, las artes plásticas revelan claramente esa inspiración a través de las grandes construcciones de la época imperial —la iglesia de la Magdalena y el Panteón, en París—, así como también a través de la obra de algunas grandes figuras como el pintor David en Francia, y, en otros países, los escultores Cánova y Thorwaldsen.

Pero la gran conmoción espiritual que se produce a fines del siglo XVIII inaugura una nueva era en la historia de la cultura. Surge entonces un punto de vista diferente cuyas proyecciones alcanzarán desde las concepciones políticas hasta las literarias y plásticas y que se conoce con el nombre de Romanticismo. Sus primeras manifestaciones son literarias y políticas y se advierten en Inglaterra; poco después, se propagará por toda Europa y puede decirse que caracterizará la vida espiritual de la primera mitad del siglo XIX.

Fue en Inglaterra donde se comenzó a elaborar esta nueva actitud espiritual. Un oscuro poeta, Macpherson, fingió haber descubierto unas baladas de un viejo bardo celta, Osián, y bajo su nombre dio a conocer unas poesías hijas de su propia inspiración cuya característica era que imitaba los modelos medievales. Su influencia fue enorme; por todas partes se comenzó a descubrir que, como los temas antiguos o más que ellos, también poseían profunda belleza los temas de la Edad Media que constituían la más antigua tradición de las diversas naciones europeas. Muy pronto algunos escritores, como el inglés Walter Scott (1771-1832) y los franceses Chateaubriand (1768-1848) y Madame de Staël (1766-1817), adoptaron el nuevo punto de vista y comenzaron a vivificar esa tradición, cuyo valor residía en su carácter nacional; y, al mismo tiempo, introdujeron importantes transformaciones en el estilo literario, porque reemplazaron las formas mesuradas de los modelos clásicos por un estilo apasionado y desbordante. Goethe (1749-1832), el autor de Werther y de Fausto, y Schiller, el dramaturgo de Wallenstein y La doncella de Orleáns (1759-1805), acaso los dos más grandes poetas alemanes, se dejaron arrastrar también por esas nuevas tendencias, a las que dieron prestigio inmenso y noble profundidad.

Así surgía una nueva escuela literaria. Walter Scott adquirió extraordinaria notoriedad con sus novelas históricas de ambiente medieval, de las cuales las más famosas son Ivanhoe, La desposada de Lamermoor y Bob Roy, e, imitándolo, aparecieron por entonces en diversos países multitud de novelas históricas de distinta calidad, en casi todas las cuales surgían con caracteres novelescos los diversos aspectos de la vida de la Edad Media. También el vizconde de Chateaubriand se dedicó a exaltar esa época —hasta entonces tan despreciada— en sus principales obras: El genio del cristianismo y Los mártires; pero al mismo tiempo, revelaba en sus novelas —Atala, Renato, El último abencerraje— aquel estilo apasionado que fue característico del Romanticismo. Ese estilo adornaba, en efecto, la Corina de Mme. de Staël, el Werther y el Guillermo Meister de Goethe, las tragedias de Schiller: Guillermo Tell o María Estuardo, los poemas que Novalis reunió con el título de Himnos de la noche, y tantas otras de incontenible patetismo.

Poco después, el Romanticismo triunfó definitivamente —hacia 1830— y sus tendencias se manifestaron en todos los países. Originariamente, había surgido como un movimiento tradicionalista frente a la Revolución Francesa, mediante el cual trataba de afirmarse el espíritu nacional de los distintos países europeos a los que la revolución de 1789 —y Napoleón, luego—, quisieron aplicar el molde de sus ideales. Pero por su estilo fue revolucionario y muy pronto uno de sus principales representantes señaló que el Romanticismo reflejaba la misma decisión de romper los viejos moldes que había puesto de manifiesto el movimiento político.

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El Romanticismo, tantas veces mal definido, no es, después de todo —y ésta es la definición real si no se lo considera más que bajo su aspecto militante— otra cosa que él liberalismo en literatura. Esta verdad ha sido ya comprendida por casi todos los buenos espíritus, y el número de ellos es grande; y muy pronto, pues la obra está ya avanzada, el liberalismo literario no será menos popular que él liberalismo político. La libertad en él arte, la libertad en la sociedad, he ahí él doble fin al cual deben tender, con un mismo paso, todos los espíritus consecuentes y lógicos; he ahí la doble enseña que reúne, salvo muy pocas inteligencias, a toda esa juventud, tan fuerte y tan paciente, de hoy; y junto a la juventud, y a su cabeza, lo mejor de la generación que nos ha precedido, todos esos sabios ancianos que, pasado el primer momento de desconfianza y de examen, han reconocido que lo que hacen sus hijos es una consecuencia de lo que ellos mismos han hecho, y que la libertad literaria es hija de la libertad política.

(VÍCTOR HUGO, Prefacio a la primera edición de Hernani)

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Víctor Hugo (1802-1885) fue quizá el más alto representante del Romanticismo francés. Como poeta, su Leyenda de los Siglos reveló una gigantesca fibra épica y una inconmensurable riqueza de lenguaje; y como novelista, su vasta obra lo presenta como un vigoroso constructor lleno de pasión y como un artista profundo; Los miserables, Los trabajadores del mar, El hombre que ríe son algunas de sus grandes novelas, y Cromwell y Hernani son sus obras teatrales más importantes.

Junto a Hugo, brillaron en Francia poetas y novelistas como Stendhal (1783-1842), el autor de Lo rojo y lo negro; Lamartine (1790- 1869), el autor de las Meditaciones; Musset (1810-1857), a quien se deben La confesión de un hijo del siglo y muchas obras de teatro; Balzac (1799-1850), el formidable novelista de La comedia humana y George Sand (1804-1876), una novelista que escondía su verdadero nombre bajo ese seudónimo y que escribió una Historia de mi vida de intenso encanto. No fue menos brillante el Romanticismo en otros países de Europa. Inglaterra produjo poetas de alta inspiración como Shelley (1792-1822) y Byron; España tuvo en Larra (1809-1837) un brillante escritor de costumbres y en Espronceda (1810- 1842) un poeta de ardiente imaginación y fácil verso; en Italia aparecieron poetas tan ilustres como Leopardi (1798-1837) y novelistas de garra como Pellico (1789- 1854), el autor de Mis prisiones, Fóscolo (1778-1827), a quien se debe una hermosa novela: Jacobo Ortiz, y finalmente Manzoni (1785-1873), el inmortal autor de Los novios, una de las obras más hermosas y profundas de la literatura italiana.

La inspiración romántica llegó hasta América. En la Argentina siguieron esta tendencia Esteban Echeverría (1805-1851), el autor del Dogma socialista, y José Mármol (1817-1871); José Eusebio Caro en Colombia, Antonio Gonçalves Dias en Brasil y José A. Maitin en Venezuela brillaron como poetas dentro de las mismas tendencias.

También mostró el Romanticismo su fuerza creadora en las artes plásticas. El movimiento fue iniciado en Francia por Delacroix (1799 -1863), pintor de inspiración renovadora que contribuyó poderosamente a establecer nuevos principios para la pintura ; Rude llevó a la escultura esos mismos ideales, y es famoso el grupo que esculpió en el Arco de Triunfo de París, representando a los guerreros que cantan la Marsellesa. En la música, el Romanticismo dio frutos sazonados, sobre todo, en Alemania. Una generación de grandes compositores aparece allí entonces renovando las formas de expresión y las posibilidades sonoras. La figura más grande es, sin duda, la de Luis Beethoven (1770-1827), espíritu delicado y poderoso al mismo tiempo, que ha dejado una obra vasta y magnífica. Sus nueve sinfonías —y entre ellas la Novena especialmente—, su ópera Fidelio, su Misa solemne, sus sonatas para piano, y otras muchas obras revelan el temperamento genialmente creador, la amplitud de sus concepciones y el dominio de los medios de expresión, entre los cuales la orquesta mereció dedicación especial.

Más típicamente románticos que Beethoven son Schubert (1797- 1828), autor de numerosos Lieder —pequeñas canciones— y sinfonías, entre ellas la llamada Inconclusa; Schumann (1809-1856), a quien debemos muchas lgunas composiciones para piano —como el Carnaval— y algunas para orquesta; y Chopin (1810-1849), músico profundo y apasionado que tuvo marcada predilección por la forma pianística: valses, polonesas y preludios; en su Marcha fúnebre alcanzó Chopin un profundo patetismo.

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EL DESARROLLO DE LAS CIENCIAS

La intensa actividad espiritual de esta época no se limitó a las diversas formas de la creación artística. El estadio y la investigación científica ejercieron poderosa atracción y las circunstancias favorecieron su desarrollo. Debido a ello, puede decirse que no hubo rama de las ciencias, sea de las físico-naturales, sea de las llamadas ciencias del espíritu, que no recibiera en el curso del siglo XIX un vigoroso impulso. En cuanto a la preocupación por las ciencias físico-naturales, hay que destacar que corresponde a una intensa curiosidad por la naturaleza y por el conocimiento de sus leyes, pero también a un interés inmediato por las posibilidades de utilización práctica que se adivinaba en cada uno de los principios científicos que se descubrían en el gabinete.

En efecto, es propio de esta época un inmenso desarrollo de la técnica, a la que se debió el notable progreso en las formas materiales de la civilización; las consecuencias fueron vastísimas, porque, gracias al desarrollo técnico, se transformaron las condiciones de la vida económica y, con ella, de la vida social.

En el campo de las ciencias del espíritu, el desarrollo no fue menos notable. Las ciencias sociales y políticas comenzaron a interesar a nutridos grupos de estudiosos y aparecieron nuevos sistemas e interpretaciones, muchos de los cuales contienen elementos valiosos que aún hoy siguen en pie. Y en la filosofía y en la historia, la atención de los intelectuales fue no menos intensa y sostenida, marcándose entonces, sobre todo en la segunda de esas disciplinas, algunos rumbos que pueden considerarse definitivos.

En 1849, Ernesto Renán, un historiador de penetrante espíritu, expresaba en un libro de juventud, titulado El porvenir de la ciencia, la confianza ilimitada que por entonces tenían todos los hombres cultos en el progreso del conocimiento y en las benéficas consecuencias que podía esperar la humanidad de ese desarrollo del saber.

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Los que se atienen a los hechos de la naturaleza humana, sin permitirse calificar el valor de las cosas, no pueden negar que la ciencia es la primera necesidad de la humanidad. Ante las cosas, el hombre se siente fatalmente movido a buscar sus secretos. La naturaleza es la que comienza a aguzar el apetito de saber: el hombre la interroga con la impaciencia de la presunción ingenua, creyendo que en sus primeros ensayos, en algunas páginas, va a establecer el sistema del universo. Quiere luego estudiarse a sí mismo; más adelante quiere estudiar su especie, la humanidad y su historia. Por último, el problema final, la gran causa, la ley suprema es lo que tienta su curiosidad. El problema varía y se ensancha hasta lo infinito según los horizontes de cada época, pero el hombre experimenta siempre ante lo desconocido un doble sentimiento: respeta el misterio, noble temeridad que le impulsa a desgarrar el velo para conocer lo que oculta (…) La última palabra de la ciencia moderna es organizar científicamente la humanidad. Tal es su pretensión, audaz pero legítima.

(ERNESTO RENÁN, El porvenir de la ciencia)

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LAS CIENCIAS FÍSICAS Y NATURALES

A partir de Lavoisier (1743-1794), la química adquirió un notable desarrollo. El estudio de los distintos cuerpos simples, de sus propiedades, de sus compuestos, de las maneras de obtenerlos, atrajo la atención de muchos estudiosos que lograron importantes resultados tras múltiples experiencias. Bastaría citar los nombres de Gay Lussac (1778-1850) y de Liebig (1803-1873) para señalar los progresos alcanzados durante esta época. No fueron menores los que se lograron en la física con los trabajos de Volta (1775-1827), Ampère (1775-1836) y Faraday (1791-1867), a quienes se debe el estudio de los fenómenos eléctricos; y algunos sabios, como Hemholz (1821-1894) y Fresnel (1788-1827) estudiaron otros aspectos parciales de la física dando, al mismo tiempo, los elementos para renovar el estudio de los problemas fundamentales de esa disciplina. Por su parte, matemáticos y astrónomos lograron importantes resultados con sus observaciones, y es digno de citarse el caso de Leverrier (1811-1855) a cuyos cálculos se debió el descubrimiento del planeta Neptuno antes de que pudiera ser observado directamente.

En las ciencias naturales los descubrimientos fueron numerosos y fundamentales. Lamarck (1744-1829), Cuvier (1769-1832), Geoffroy Saint Hilaire (1772-1844) y Humboldt, que desarrolló sus ideas en un libro que tituló Cosmos, estudiaron diversos problemas biológicos y ordenaron sus observaciones en doctrinas destinadas a dar una explicación científica de la vida. Y, como consecuencia, los estudios médicos adquirieron notable desarrollo y se obtuvieron progresos importantes, tales como el descubrimiento de la vacuna antivariólica, debido a Jenner (1749-1823), y los que lograron Bell (1774-1842), en el campo de las enfermedades nerviosas y Spencer Wells (1818-1897) en el de la cirugía.

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LAS CIENCIAS MORALES Y LA FILOSOFÍA

En el campo del derecho, la política y la sociología, fueron sumamente importantes los esfuerzos de los pensadores de la primera mitad del siglo XIX.

En Alemania, con motivo de la invasión napoleónica, se produjo una polémica entre los partidarios de la codificación orgánica y los que, como Savigny (1779-1861), creían que el derecho no era sino el resultado de una larga tradición en la que se reflejaba el espíritu nacional y que no podía, en consecuencia, encerrarse en fórmulas inmóviles. La tesis de Savigny estaba de acuerdo con lo que, en política, sostuviera Burke (1730-1797) en Inglaterra, cuando, a raíz de la Revolución Francesa, había llamado la atención sobre el propósito de llevar a todos los países de Europa las mismas instituciones liberales, propósito que él condenaba por creer que las formas de la vida política debían adaptarse al genio peculiar de cada nación.

En el campo de la sociología, los esfuerzos por estudiar el régimen social y solucionar los graves problemas que surgían, aparecen después de la Revolución Francesa y, especialmente, después de la revolución de 1830 en Francia. Junto a las observaciones acerca de las mejores soluciones para aquellos problemas, aparecen otras sobre la vida social y sus caracteres. Así, se hallan en las obras de Lamennais (1782- 1854), filósofo católico de enérgica tendencia revolucionaria, en las de Saint-Simon (1760- 1825), Fourier (1772-1837) y Proudhon (1809-1865), multitud de ideas que han sido luego elaboradas por otros sociólogos y filósofos; coinciden casi todas las doctrinas en que propugnan sistemas sociales que ofrezcan mejores posibilidades de vida a las clases obreras, y nacieron a la luz de las situaciones creadas a esos sectores por el desarrollo de la técnica industrial y la producción en gran escala.

En la filosofía, el siglo XIX hereda las doctrinas del gran filósofo Kant (1724-1804), y sus discípulos las desenvuelven en diversos sentidos. Los más importantes fueron Fichte (1762-1814), el propulsor del despertar alemán, y Hegel (1770-1831), que alcanzó muy pronto una extraordinaria significación en el pensamiento europeo. Poco después surgía en Francia otro filósofo de genio, Comte (1798-1857), a quien se debe un sistema filosófico conocido con el nombre de positivismo, mientras en Inglaterra desarrollaba su doctrina Juan Stuart Mill (1806-1873), autor de un sistema de lógica.

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LA HISTORIA

Las disciplinas históricas tuvieron por entonces un notable impulso. La crisis de la Revolución Francesa y la que provocaron las guerras napoleónicas, estimularon intensamente el conocimiento del pasado, porque cada uno de los bandos en lucha —liberales y absolutistas— pretendían encontrar en la historia los fundamentos del régimen que prefería. Además, la apertura de los archivos de las dinastías extinguidas —hasta entonces secretos— permitió estudiar muchos problemas históricos poco conocidos.

A principios del siglo XIX, un historiador alemán, Niebuhr (1776-1831), sentó los principios del método histórico moderno, sobre la base de la crítica de los testimonios, tendencia que continuó y perfeccionó Ranke, aplicándola preferentemente a la historia moderna. Por entonces aparecían en diversos países otras figuras de gran importancia. En Francia, Thierry (1795-1856) estudió con gran acopio de documentos la historia de la Edad Media; Michelet (1798-1874) y Guizot (1787-1874) escribieron sobre la historia de Francia, y el último hizo un magnífico ensayo de interpretación de la civilización europea en una obra que ejerció gran influencia. Con estos autores se vinculan, por la doctrina que sustentaron, los historiadores argentinos Vicente Fidel López y Bartolomé Mitre.

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CAPÍTULO XVIII. LA INGLATERRA VICTORIANA Y EL SEGUNDO IMPERIO FRANCÉS

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La reina Victoria. — El desarrollo económico y político. — Las reformas electorales de 1867 y 1884. — La formación del imperio inglés. — Francia después de la revolución de 1848. — La situación social y política. — La segunda república. — El golpe de estado de Napoleón III y el segundo imperio. — La intervención francesa en México. La guerra. — Proclamación y caída del emperador Maximiliano.

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En 1837 murió sin dejar herederos el rey Guillermo IV y le sucedió en el trono su sobrina Victoria, que inició entonces un reinado que debía durar hasta 1901. Esta larga época de la historia de Inglaterra tiene caracteres singulares; la creciente popularidad de la reina, su conducta honrada y clara y su incansable esfuerzo por resolver los problemas que tenía la nación, le dieron un ascendiente casi unánime que ella utilizó para limar las asperezas de las luchas políticas y conducir al país por un camino de progreso material y espiritual. Su comportamiento fue, al mismo tiempo, enérgico y moderado, porque creía en la necesidad de escuchar el clamor público, expresado por los órganos políticos representativos, y consideraba su deber defender sus propias opiniones.

LA REINA VICTORIA

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Durante toda su larga vida de reina, Victoria convirtió en hábito el seguir las acciones de sus ministros con estricta atención, reconviniéndoles con energía cuando no estaba de acuerdo, obteniendo gracias a ello modificaciones, pero sin intentar nunca anular ni alterar una política en la que sus ministros seguían insistiendo después de haber oído por completo sus opiniones. También ejerció una influencia ocasional sobre la oposición, en particular sobre la cámara de los Lores, y fue singularmente afortunada logrando evitar el conflicto entre las cámaras en varias ocasiones importantes en la última mitad de su reinado, después del resurgimiento de un liberalismo más violento, dirigido por Gladstone.

(GEORGE MACAULAY TREVELYAN, Historia política de Inglaterra)

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La segura orientación política dio sus frutos, y una era de esplendor comenzó por entonces para Inglaterra. Por otra parte, la era victoriana —como suele llamarse este período— no fue brillante tan sólo por el desarrollo económico y el afianzamiento institucional y político que alcanzó la nación; también lo fue por el progreso que alcanzaron las investigaciones científicas y, por el alto nivel que llegaron a tener por entonces las artes y las letras. En las artes plásticas surgió el movimiento llamado de los prerrafaelistas, encabezado por el pintor Rosseti y cuya teoría estética fue establecida por John Ruskin; en la poesía aparecieron Tennyson y Browning; en la novela Carlota Brontë y George Eliot; en la historia, Carlyle y Macaulay.

Pero si es cierto que durante esta época se procuró atender a todos los problemas que surgieron en la vida inglesa, no lo es menos que los mismos se presentaron con carácter perentorio y, en consecuencia, la era victoriana no resultó una época de pasividad sino de agitada acción. No faltaron, en efecto, ni las dificultades internas ni las externas; pero poco a poco, supieron los estadistas de entonces hacer frente a las diversas circunstancias, y la era victoriana culminó con la constitución del imperio colonial inglés.

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EL DESARROLLO ECONÓMICO Y POLÍTICO

Desde el punto de vista económico, el rasgo más destacado de la época victoriana es el establecimiento del régimen de librecambio. En 1849 Inglaterra derogó la ley de navegación que, desde el siglo XVII, impedía el tráfico comercial de naves extranjeras con puertos ingleses e inició con ello una etapa de libertad comercial que se complementó después, poco a poco, con sucesivos tratados internacionales de comercio, destinados a acrecentar el intercambio de productos.

De este modo se procuraba, al mismo tiempo que un mayor desarrollo económico, un mejoramiento en las condiciones de vida, pues a consecuencia de esas medidas bajaron notablemente los precios de los artículos más imprescindibles para el consumo de la población humilde.

En cuanto a la condición de los trabajadores rurales, el problema era grave, sobre todo en Irlanda, donde la cuestión se vinculaba a la gran inquietud política que reinaba allí, pues los irlandeses católicos aspiraban a la independencia de la isla. Diversas medidas se tomaron para remediar la situación de miseria que reinaba entre los campesinos irlandeses, pero no se llegó, sin embargo, a ningún resultado definitivo, porque seguía en pie el desacuerdo político entre Inglaterra e Irlanda; y cuando el ministro Gladstone quiso buscar una solución radical al problema, proponiendo que el estado comprara a los propietarios ingleses sus tierras de Irlanda para entregarla a los agricultores irlandeses, la cámara de los Lores se opuso categóricamente. Así, la cuestión irlandesa llegó sin resolverse hasta el siglo XX.

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LAS REFORMAS ELECTORALES DE 1867 Y 1884

En cambio, el problema político de la representación parlamentaria fue encarado con mayor decisión y con espíritu conciliador. En 1867 el ministro Disraeli consiguió que se aprobara un proyecto mediante el cual disminuiría el monto del alquiler que se exigía para poder ser elector; en efecto, de allí en adelante todo el que pagara más de 10 libras anuales de alquiler por su casa tenía derecho a votar, y de ese modo el número de electores aumentó hasta casi dos millones de ciudadanos.

Una nueva reforma, propiciada por el ministro Gladstone en 1872, instituyó el sistema de voto secreto para asegurar la libertad del electorado; y poco después, en 1884, el mismo Gladstone hizo aprobar otro proyecto mediante el cual se hacía una nueva distribución de los distritos electorales y se aseguraba a cada uno un diputado. Sólo quedaban, pues, excluidos del derecho de voto los que no poseían casa a su nombre, alcanzándose entonces una elevada cifra de electores.

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LA FORMACIÓN DEL IMPERIO INGLÉS

El hecho más importante de la era victoriana es, sin duda, la formación del gran imperio inglés y su organización política y administrativa, basada en un prudente equilibrio entre la autoridad de la metrópoli y las tradiciones coloniales.

Este régimen es sumamente variado, según las situaciones locales. En el curso del siglo XIX consiguió imponerse sobre vastas regiones: en Asia, en África y en Oceania se estructuraron las distintas posesiones sobre diversas bases, tan sólidas que aseguraron a Inglaterra el goce de ingentes ventajas con un máximo de seguridad para su soberanía.

La India fue el territorio más importante del Imperio. Sometida por una empresa particular —la Compañía de las Indias orientales— la India fue ganada palmo a palmo mediante la sumisión de los distintos príncipes que gobernaban los diferentes estados autónomos. Pero en 1857 estalló una terrible insurrección de los cipayos, tropas indígenas que pretextaron la violación de algunas creencias religiosas, pero que, en realidad, sólo obedecían al estado general de espíritu de los hindúes, irritados contra los conquistadores. La rebelión fue vencida con grandes esfuerzos y sin que las tropas inglesas economizaran violencias. El resultado final fue que se quitó a la compañía el gobierno de la India y se lo transfirió al estado, que de allí en adelante la consideró como una colonia: en 1876, la reina Victoria fue coronada emperatriz de la India, como heredera del título que habían poseído los conquistadores mongoles. Su conquista quedó luego asegurada con la de algunos territorios vecinos, el Beluchistán y Birmania, verdaderos baluartes exteriores de la India.

En 1869 se inauguró el canal de Suez, que constituye una vía imprescindible para las relaciones entre la metrópoli y las posesiones orientales de Inglaterra. Esta situación la llevó a buscar cierto control en Egipto, donde, tras algunas dificultades, consiguió Inglaterra asegurarse un protectorado mediante el cual puede mantener estrechamente vigilada la zona del canal.

En África del Sur, los ingleses poseían, desde 1806, la colonia del Cabo. Mediante sucesivas operaciones consiguieron acrecentar sus dominios hacia el interior, no sin que tuvieran que vencer la resistencia de los boers, descendientes de los antiguos colonos holandeses. Así, en el curso de la segunda mitad del siglo XIX, Inglaterra constituyó una poderosa colonia compuesta por los territorios del El Cabo, Natal, Orange y Transvaal.

En cuanto a las colonias de Oceania, Inglaterra ocupó, desde fines del siglo XVIII, las costas de Australia y fundó allí algunos establecimientos. Pero cuando adquirieron importancia fue después que comenzaron a prosperar las industrias agropecuarias y, sobre todo, cuando aparecieron las minas de oro que transformaron la región, provocando un notable acrecentamiento de la importancia de los grandes centros urbanos, como Sydney y Melbourne.

El imperio inglés se constituyó en una época de gran expansión comercial de la metrópoli y, en consecuencia, se anudaron relaciones económicas muy sólidas entre ella y los territorios coloniales que, de ese modo, aseguraron la perduración de los vínculos recíprocos.

(…)

FRANCIA DESPUÉS DE LA REVOLUCIÓN DE 1848

En Francia, la revolución de febrero de 1848 había derrocado la monarquía de Luis Felipe, y, con ella, al partido conservador e intransigente. Los triunfadores fueron los republicanos liberales y los obreros partidarios del socialismo; pero como sus puntos de vista no coincidieron y, por el contrario, chocaron, muy pronto la anarquía reinó en el seno del nuevo gobierno. Así, al proclamarse la nueva constitución y elegirse presidente de la segunda república, los conservadores y los católicos impusieron a Luis Napoleón Bonaparte. El gobierno constitucional de éste fue, sin embargo, efímero, porque bien pronto consiguió, con un golpe de estado, instituir un poder autocrático y hacerse coronar emperador

Desde 1852 hasta 1870, Napoleón III gobernó apoyándose sucesivamente en los conservadores y en los liberales, a quienes quería atraer hacia sí. Pero su desgraciada intervención en México y la guerra franco-prusiana pusieron fin a su imperio.

(…)

LA SITUACIÓN SOCIAL Y POLÍTICA

Al abandonar Luis Felipe el poder, la revolución triunfante confió el gobierno a una junta de once miembros; se combinaban en este cuerpo los representantes del parlamento —de filiación republicana y de temperamento moderado— y los representantes de la masa obrera que era, en verdad, la que había decidido la lucha en las calles de París; estos últimos pertenecían al partido que comenzaba a llamarse socialista y se diferenciaban de los republicanos liberales en que no aspiraban solamente a que la revolución modificara el régimen electoral y político, sino que querían también que el estado afrontase el problema social y económico de la clase trabajadora y lo resolviese con medidas que aliviasen su triste situación.

Este choque de puntos de vista llevó la lucha al seno del gobierno provisional y se manifestó de manera tumultuaria. Los grupos socialistas querían que se atendiera inmediatamente a sus demandas, mientras los republicanos sostenían que era imprescindible afirmar primero el nuevo régimen, al que comprometían las violencias y los apresuramientos. Alfonso de Lamartine, el gran poeta romántico, que formaba parte del gobierno, decía en un discurso al pueblo que acusaba a los republicanos moderados de traición:

(…)

Si se os hubiese dicho, hace tres días, que ibais a derribar el trono, destruir la oligarquía, obtener el sufragio universal en nombre de vuestro título de hombres, conquistar todos los derechos del ciudadano, fundar, en fin la república(…) Si se os hubiese dicho todo esto hace tres días, habríais dicho: “Tres días(…) tres siglos son necesarios(…)” Y bien, lo que hubierais declarado imposible está cumplido.

He aquí nuestra obra en medio de ese tumulto, de esas armas, de esos cadáveres de vuestros mártires. ¿Y murmuráis contra Dios y contra nosotros?

¿Qué os pedimos para acabar nuestra obra? Días solamente. Dos o tres días aún y vuestra victoria estará escrita, aceptada, asegurada, organizada de modo que ninguna tiranía, excepto la tiranía de vuestra propia impaciencia, pueda arrancarla de vuestras manos.

(ALFONSO DE LAMARTINE, Discurso al pueblo que invadía la Municipalidad acusando al gobierno provisional de traición)

(…)

Para calmar a los grupos socialistas, el gobierno acordó crear los llamados talleres nacionales, en los cuales debían encontrar trabajo los obreros desocupados que, de ese modo, recibían un salario del estado. Entretanto, se tomaban las medidas políticas imprescindibles para organizar el nuevo régimen, convocando una asamblea constituyente elegida por sufragio universal.

Sin embargo, la situación se agravaba cada día más. La ayuda obrera fracasaba y la masa de los que acudían pidiendo auxilio del estado aumentaba diariamente hasta obligar a un gasto desmesurado que no representaba ninguna ventaja por la desorganización del nuevo engranaje administrativo. La consecuencia fue que creció el temor de los republicanos ante una revolución social profunda y muy pronto se los vio agruparse alrededor de un nombre que parecía una consigna de orden y de reacción política: Luis Napoleón Bonaparte, sobrino del emperador.

Al finalizar el año 1848, y en medio de esa situación caótica, la asamblea constituyente sancionó la nueva constitución por la que se creaba la república. Convocado el pueblo para elegir su primer presidente, Bonaparte obtuvo una inmensa mayoría de votos, gracias al apoyo de los elementos burgueses y católicos, que esperaban que restableciera el orden y contuviera la creciente exaltación de los obreros socialistas.

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LA SEGUNDA REPÚBLICA

El 20 de diciembre de 1848 Luis Napoleón Bonaparte fue proclamado presidente por un período que debía concluir en mayo de 1852. Desde el primer momento se advirtió que su plan era limitar paulatinamente las principales conquistas políticas y sociales de la revolución de 1848 y apoyarse en la burguesía conservadora y en los grupos católicos. Para lograr su plan adoptó una serie de hábiles medidas que, poco a poco y sin provocar inmediata resistencia, modificaban progresivamente la situación.

En lo político, comenzó a controlar severamente a los periódicos opositores hasta lograr que casi todos ellos desaparecieran, complementando su acción con una estrecha vigilancia policial sobre los grupos que los redactaban. Al mismo tiempo reprimió toda acción política con distintos pretextos, y en fin, consiguió limitar el voto de los obreros exigiendo una residencia de tres años en el distrito donde el ciudadano debía votar, requisito que las condiciones de trabajo impedían cumplir a aquéllos.

En otro aspecto, Bonaparte trató de asegurarse el apoyo de los grupos católicos implantando la libertad de enseñanza —que antes era función de estado— y, más aún, estableciendo cierta vigilancia de los institutos oficiales de educación por parte del clero.

Pero todo esto no era, en el espíritu del presidente de la segunda república, sino los preparativos para un plan de mayor alcance. Cuando estuvo seguro de haber amordazado a la oposición y de haber quebrado sus organizaciones, y cuando pudo contar con el apoyo de los grupos conservadores, Bonaparte no vaciló en violar su juramento y, en mayo de 1851, creó un conflicto con la asamblea legislativa, hasta allí obsecuente ante sus deseos, para plantear la necesidad de un cambio de régimen.

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EL GOLPE DE ESTADO DE NAPOLEÓN III Y EL SEGUNDO IMPERIO

Durante el mes de octubre de 1851, Bonaparte comenzó a tomar sus medidas para que sus proyectos no fracasaran. Casi todos los jefes de la guarnición de París fueron reemplazados por otros que pertenecían a la guarnición de Argelia, y de ese modo pudo contar con el apoyo incondicional de la fuerza armada. En diciembre su plan estaba listo y, el día 2, Bonaparte dio un decreto disolviendo la asamblea nacional y convocando al pueblo para nuevas elecciones. Una proclama al pueblo explicaba los motivos de su conducta y sus proyectos futuros:

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La situación actual no puede durar por más tiempo. Cada día que transcurre se agravan los peligros del país. La Asamblea, que debía ser el más firme apoyo del orden, ha llegado a ser el hogar de los complots.

Hago un llamado leal a la nación entera y os digo: Si queréis continuar este estado de malestar que nos degrada y compromete nuestro porvenir, elegid otro en mi lugar porque no tolero más un poder que es impotente para hacer el bien, me hace responsable de actos que no puedo impedir y me encadena al timón cuando veo que, el barco corre hacia el abismo. Si por el contrario tenéis aún confianza en mí, dadme los medios para cumplir la gran misión que he recibido de vosotros.

(Proclama del presidente Bonaparte)

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Su plan consistía en renovar la constitución de 1799, por la cual se había establecido el poder personal de Napoleón I bajo el sistema del consulado; entonces se sometió al pueblo, bajo la forma de plebiscito, la siguiente fórmula:

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El pueblo francés quiere el mantenimiento de la autoridad de Luis Napoleón Bonaparte, y le delega los poderes necesarios para establecer una constitución sobre las bases propuestas en su proclamación.(Boletín de las leyes)

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Siete millones y medio de votantes —sobre ocho millones— aprobaron el plebiscito y Bonaparte constituyó un régimen que le atribuía el poder por diez años, apenas controlado por algunos órganos cuyos miembros eran elegidos por el propio presidente. Pero esta situación tampoco podía satisfacer las ambiciones de Bonaparte y muy pronto, el 7 de noviembre de 1852, fue restablecida la dignidad imperial y consagrado Bonaparte como emperador con el nombre de Napoleón III.

Desde entonces, su política reaccionaria se acentuó aún más y no tuvo reparos en coartar totalmente la oposición mediante el sistema de las candidaturas oficiales, que los prefectos departamentales aconsejaban a los electores como preferidas por el gobierno del emperador. El régimen comenzó, pues, siendo de total obsecuencia; pero poco a poco creció el malestar y comenzaron a llegar al cuerpo legislativo diputados republicanos cuyas voces ilustraron a la opinión sobre la situación imperante y tonificaron el espíritu público.

Por esta misma época el emperador se malquistó con algunos grupos conservadores y católicos debido a su conducta frente al papado y a algunas de sus medidas internas; al mismo tiempo iniciaba un viraje hacia los liberales para conseguir su apoyo, mediante la adopción de algunas disposiciones de tipo democrático, como la laicidad de la enseñanza, la amnistía política y el reconocimiento de ciertos derechos obreros.

Así comenzó, hacia 1860, una etapa de revisión de la política seguida hasta entonces; gracias a ello, Napoleón III pudo robustecer su posición, a pesar de que los núcleos republicanos no cesaban en sus críticas dentro de los límites que el mecanismo político permitía. Pero la situación se agravó de nuevo cuando el emperador decidió intervenir en México.

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LA INTERVENCIÓN FRANCESA EN MÉXICO, LA GUERRA

México era un estado soberano gobernado entonces por los liberales, quienes habían llevado al poder a Benito Juárez. Su política fue hostil a la iglesia católica y los conservadores pidieron apoyo a las monarquías europeas; esta circunstancia pareció a Napoleón III un estímulo para realizar contra México una invasión que permitiera imponer una monarquía católica, con la cual se neutralizara el creciente desarrollo de los Estados Unidos. Era, pues, un proyecto injustificable, teniendo en cuenta el cúmulo de preocupaciones que agitaban a un país como Francia.

Dos circunstancias favorecieron la empresa. Una fue la guerra de secesión en los Estados Unidos, que aseguraba su neutralidad; otra, fue la quiebra provisional que el estado mexicano se vio obligado a decretar y gracias a la cual tuvieron pretexto Francia, Inglaterra y España para ocupar a Veracruz en 1861.

Al año siguiente, mientras los otras potencias desistían de sus propósitos, Napoleón III comenzaba formalmente la invasión del territorio mexicano. La hostilidad de los guerrilleros fue intensa y el ejército francés avanzaba con dificultades. Sólo en mayo de 1863 pudo tomar Puebla y dirigirse luego a la ciudad de México, que el presidente Juárez evacuó para continuar la resistencia en el interior. Poco después, en junio, las tropas francesas tomaban la capital.

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PROCLAMACIÓN Y CAÍDA DEL EMPERADOR MAXIMILIANO

La situación distaba mucho de ser tranquila. Juárez dominaba las provincias del norte y otro caudillo de recia envergadura, Porfirio Díaz, las del sur, de modo que lo que les restaba hacer a las tropas francesas era largo y difícil. Sin embargo, el general Forey, jefe de las fuerzas francesas, presionó a los miembros de una asamblea convocada a tal fin para que inmediatamente proclamaran emperador al archiduque de Austria, Maximiliano, y a su esposa Carlota de Bélgica. A principios del año siguiente, Maximiliano aceptó el ofrecimiento y se trasladó a México en mayo de 1864.

Su breve actuación no fue afortunada. Mientras él se distanciaba de sus partidarios y hasta de los jefes franceses que lo apoyaban, las fuerzas de los caudillos populares se acrecentaban diariamente, y no bastaban ni los recursos financieros ni los efectivos militares para atender a la constante lucha. En esas circunstancias finalizó la guerra civil en los Estados Unidos; el norte, que había obtenido el triunfo, veía con malos ojos al régimen imperial mexicano, que sus enemigos habían mirado con benevolencia; así, al sentirse de nuevo con la plenitud de los medios, el gobierno norteamericano se apresuró a exigir a Francia que sacara sus tropas de México bajo amenaza de intervenir en el conflicto. Napoleón III, atraído por otros problemas en Europa, no vaciló en ceder y comenzó a apurar al general Bazaine, jefe de las fuerzas francesas de ocupación, y al emperador Maximiliano para que se consumara la abdicación y la retirada.

Un rapto de dignidad impidió a Maximiliano abandonar su puesto para volver a Europa con las tropas de su protector. Carlota había fracasado en una gestión personal que hiciera en París para exigir a Napoleón que no retirara sus tropas, y en los primeros meses de 1867 Bazaine embarcó todos sus efectivos. Pero Maximiliano resolvió defenderse con las tropas mexicanas y mercenarias que le respondían y marchó hacia Querétaro para contener el avance republicano, apoyado ahora con las armas de los Estados Unidos. Pese a sus esfuerzos, las fuerzas fueron sitiadas en la ciudad y muy pronto el mismo Maximiliano cayó prisionero.

Juárez se mostró entonces inflexible, como lo había sido durante su larga resistencia. Un consejo de guerra condenó a muerte a Maximiliano, y, pese a los ruegos, la sentencia fue cumplida el 19 de junio de 1867.

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CAPÍTULO XIX. ITALIA Y ALEMANIA EN LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XIX

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La unidad italiana. — Los estados italianos después del congreso de Viena. — El reino de Cerdeña y la casa de Saboya. — La obra del ministro Cavour. — La expansión del reino sardo. — La unificación definitiva de Italia y la cuestión romana.

La unidad alemana. — Los estados alemanes después del congreso de Viena. — Guillermo I y Bismarck. — El conflicto con Dinamarca: los ducados de Schleswig y Holstein. — La guerra con Austria y sus consecuencias. — La guerra franco-prusiana. — La constitución de 1871 y el Imperio alemán.

El cuadro de los demás países de Europa en 1870.

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A diferencia de los demás países de Europa occidental, los diversos estados que ocupaban la península itálica y la antigua Germania no habían podido resolver el problema de su unificación bajo la forma de grandes naciones. Este hecho constituía la principal preocupación de ambos grupos de estados. Los pequeños países que los formaban comprendían que estaban unidos por vínculos estrechos que permitían su agrupación en dos potencias poderosas, y la experiencia les enseñaba que, mientras no lograran formarlas, no podrían aspirar a una posición destacada en Europa por la inferioridad de sus fuerzas frente a los otros grandes estados nacionales.

Este sentimiento se manifestaba como aspiración política de todos los grupos sociales. Los reyes y las clases aristocráticas participaban del sentimiento patriótico que movía al pueblo de sus países, pero estaban movidos también por un impulso político que los inducía a pretender un acrecentamiento de su poder. Las masas populares, por su parte, estaban agitadas por la conciencia de su futura grandeza y aspiraban a que los estados que se constituyeran alcanzaran una organización liberal en la que el pueblo gozara de amplios derechos políticos.

Tanto Italia como Alemania consiguieron realizar sus aspiraciones fundamentales en la segunda mitad del siglo XIX. Pero mientras Italia se unía por obra del pueblo, que otorgaba el poder a una monarquía que reconocía sus derechos, Alemania lograba sus propósitos gracias a la acción de un monarca autocrático que, apoyado sobre la incontrastable fuerza de sus ejércitos vencedores, asentaba sobre la nueva nación un poder vigoroso.

La unidad germana constituye un hecho fundamental en la historia de Europa. Se realiza mediante una serie de violentos golpes militares y políticos contra sus vecinos: Dinamarca, Austria y Francia, y desde el primer momento Alemania establece el principio de la fuerza militar como razón suficiente para sus aspiraciones políticas. Su carácter de gran potencia, apoyado en sus poderosos recursos naturales y en su creciente desarrollo industrial, entrañaba un conflicto latente con las otras potencias europeas; y como entraba en el concierto de las naciones occidentales cuando las demás tenían ya establecidas sus áreas de influencia, resultaba inevitable que recurriera a la fuerza para conseguir el lugar que creía merecer.

La unidad italiana, en cambio, apenas alteró el cuadro político y económico de Europa. Sus escasos recursos y su situación en el mar Mediterráneo limitaban estrechamente sus posibilidades y la condenaban a una situación de segunda potencia.

Entretanto, los demás países de Europa debían asistir al duelo entre Alemania y las antiguas potencias europeas, conformándose con ingresar en uno de los dos frentes que se constituían, según sus posibilidades e intereses. De ese modo, se preparaba, con el surgimiento de las dos nuevas naciones occidentales, una compleja situación política cuyo desenvolvimiento ocupa la segunda mitad del siglo XIX y llega hasta nuestros días.

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LA UNIDAD ITALIANA

Por su posición geográfica y por los intereses políticos de sus diferentes vecinos, la península itálica había sido, desde la Edad Media, teatro de sucesivos conflictos que tuvieron como resultado la división del territorio y la aparición de distintas soberanías.

A partir del siglo XIX, y muy especialmente a consecuencia de las campañas napoleónicas, el sentimiento de la unidad nacional se había despertado en el pueblo, sin que existiera un poder político —excepto el papado— que contara con fuerza moral suficiente como para emprender la tarea unificadora con probabilidades de éxito; el papado, en cambio, carecía de fuerza material y, quizá, de interés y de decisión para llevarla a cabo. Sin embargo, a mediados del siglo XIX, apareció en Italia una dinastía que reunía las condiciones necesarias para que el pueblo italiano depositara en ella su confianza y para conducir a buen término las aspiraciones generales. A la dinastía de Saboya le estaba reservada esa misión.

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LOS ESTADOS ITALIANOS DESPUÉS DEL CONGRESO DE VIENA

En el curso de las guerras napoleónicas, Italia había sufrido las consecuencias de los trastornos generales del orden político. Mientras Venecia había perdido su independencia para caer en manos de Austria por el tratado de Campoformio, el resto de Italia fue pasando, poco a poco y en distintas circunstancias, a manos del emperador francés. Sucesivamente, una república italiana y un reino de Italia quedaron constituidos en la península, pero después de Waterloo pareció lícito a los países que predominaban en el congreso de Viena realizar un nuevo reparto territorial de Italia para satisfacer a los distintos triunfadores y para solucionar las múltiples cuestiones suscitadas con motivo de la reorganización política de Europa.

El congreso de Viena creó en Italia siete estados distintos, pero por su régimen político formaban bloques de diversa tendencia. El reino de Cerdeña, formado por el Piamonte, Saboya, Genova, Niza v la isla de Cerdeña, quedó en manos de una dinastía italiana —la casa de Saboya— que supo sostenerse fiel a su origen y conservar su independencia pese a las difíciles circunstancias. En el centro los estados pontificios mantenían sus antiguos territorios bajo la autoridad del papa y, al sur, una rama borbónica había obtenido nuevamente el reino de las Dos Sicilias. En cambio, el reino lombardo-veneciano, los ducados de Parma y Módena y el gran ducado de Toscana estaban, directa o indirectamente, dentro de la esfera de influencia de Austria.

La agitación patriótica y liberal era igualmente intensa en todos estos reinos, y durante los períodos convulsivos de 1830 y 1848 se produjeron conflictos que probaron la tenacidad del esfuerzo popular, pero también su impotencia frente a los estados que respaldaban el orden establecido, especialmente Austria.

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EL REINO DE CERDEÑA Y LA CASA DE SABOYA

En 1848, la rebelión liberal fue sofocada, tras dura represión, por los diferentes poderes autocráticos. Pero en esa circunstancia adquirió una fisonomía política totalmente distinta el reino de Cerdeña. En efecto, el rey Víctor Manuel II —hijo de Carlos Alberto, de quien sus súbditos habían recibido espontáneamente un régimen constitucional— prefirió arrostrar la hostilidad de Austria antes que modificar la situación creada por su padre. De ese modo se puso de manifiesto que dicho