Mitre, un historiador frente al destino nacional. 1943

No podría ser sino ardua y provisoria la labor de quien emprenda reducir a un sistema claro y coherente la multiplicidad de rasgos con que se proyecta sobre la vida histórica un espíritu poderoso y creador. Parecería como si de cada una de las potencias que residen en él se originara una forma peculiar de expresión, susceptible de manifestarse con plena autonomía; y como en el juego de sus interacciones con la Realidad la originaria nitidez de su trazo suele desvanecerse y confundirse, quien quiera percibir su sentido deberá perseguir su huella sin perder de vista aquel núcleo común del que se irradia la inspiración genuina; porque nada hay tan antihistórico como persistir en la parcelación analítica de lo que no es sino unidad radical y constitutiva.

Cuando el significado peculiar de cada una de aquellas proyecciones de un espíritu creador comienza a ser entrevisto apenas, acaso sea ya tiempo de remontar su curso hacia la fuente inspiradora, aunque sea para tornar —una y muchas veces— a perseguir su irradiación; porque el examen de la totalidad aclarará cada vez más el sentido de cada rasgo y podrá volverse al análisis seguro de descubrir en los signos del paso de una vida el latido de la existencia misma. Por ese reiterado discurrir por los senderos trazados por un espíritu creador, pero mucho más aún por esos retornos sucesivos al núcleo común de donde nace, viva y cálida, su inspiración creadora, le es dado al historiador fijar una imagen de un hombre, quizá de manera nunca definitiva, pero sí cada vez más precisa, más próxima a su esencia profunda, más fiel a su fisonomía humana, una imagen, en fin, que nos devuelva al hombre, descarnado en perfil inhumano por la sombra del mito.

He aquí el punto de partida de estas reflexiones sobre Bartolomé Mitre, en coincidencia con su propia concepción del análisis del valor de una figura singular. En el intento de esclarecer la significación de su obra como historiador de nuestro Pasado nacional y de encuadrar su pensamiento dentro del marco de las ideas argentinas en la segunda mitad del siglo XIX, el observador que persigue las huellas de su meditación y sabe remontar su curso hacia la fuente en la que se nutre su labor advierte que en ese núcleo de su conciencia coexisten, en indisoluble comunidad, los gérmenes de la actitud del historiador y de la actitud del político, solo diversificadas en sus proyecciones y en su desarrollo. Una misma preocupación, un mismo enfoque de la Realidad, una misma solución postulada para los interrogantes que conmueven su ánimo emanan de esa fuente viva. Su pensamiento conducirá su acción, y, como en su héroe predilecto, una sola idea condensará su vida.

Si la victoria de Caseros pareció resolver el problema fundamental del momento, muy pronto advirtió Mitre, ante las disidencias de Buenos Aires con el general vencedor, que la Crisis de la organización nacional no era una mera cuestión de hecho. La Crisis se reveló en toda su magnitud con la secesión de Buenos Aires y la organización del resto del país bajo una constitución que, en sus líneas generales, coincidía con sus aspiraciones. Desde entonces la situación lo llama a un perpetuo examen de la Realidad, y de él surgirá en su ánimo un sistema de ideas compacto y coherente, preciso y práctico, férreamente arraigado, fervorosamente sostenido, y que en el futuro habrá de guiar su pensamiento y su conducta.

Desde entonces coexistirán en él indisolublemente amalgamadas, como las dos caras de una moneda, las actitudes del historiador y del político. Cada etapa de su acción pública corresponderá a una etapa de su meditación histórica y lo que postule para el futuro estará encadenado en la línea de ese desarrollo coherente que descubre en el Pasado de su país. El ajuste es exacto porque está cuidadosamente establecido, y en la labor del reflexivo y en la del hombre de acción brillan la misma seriedad ante la vida, la misma responsable ecuanimidad, la misma vigorosa mesura para defender lo que hay de vivo en el Pasado y para sacudir y aventar las cenizas de lo que en él es muerto. Hay una grandeza singular en su prudencia y un heroico ascetismo en su temeridad.

El hombre se conocerá por sus obras. Su pensamiento de historiador genuino está implícito —y a veces expreso— en su labor como tal, en sus historias de Belgrano y de San Martín, pero también en las páginas dispersas de sus artículos periodísticos, en sus discursos de circunstancias, en sus esquemas de trabajos históricos que no llegó a realizar, pero que contienen en potencia —como el magnífico discurso sobre Rivadavia— cuadros de época de la magnitud de aquellos que han hecho su prestigio. En todos ellos, como obedeciendo a su motivación interior, el Pasado desemboca en el presente y le señala posibilidades y caminos: él había encontrado por esa vía el suyo. Por eso, más allá de cuántas rectificaciones puedan hacerse a su investigación de detalle, más allá de cuánto sea necesario corregir en su esquema de nuestro Pasado, Mitre constituye, definitivamente, un clásico; porque si hay clásicos en la ciencia histórica, su perfección consistirá, precisamente, en este ajuste entre el Pasado y el presente que Mitre alcanza con penetración singular: la historia se hizo con él conciencia histórica, firme y segura.

Historiografía y Crisis

En la interacción de los distintos elementos y de los distintos planos en que la vida histórico-social se manifiesta reside una secreta relación de fuerzas que determina un juego de equilibrio y de desequilibrio en el que se descubre el nudo de la historia. Las grandes y las pequeñas Crisis constituyen los momentos de disgregación de los elementos, cuando cada uno se manifiesta con la totalidad de sus fuerzas exigiendo un nuevo ajuste en el que se le conceda un nuevo papel; son impulsos que despiertan, tendencias que se afirman, ideas que se expresan, intereses que se evidencian, hombres o grupos que adquieren conciencia de su significado y de sus posibilidades; todo ello encuentra frente a sí términos homólogos o estructuras constituidas que se resisten, y la lucha —sorda o violenta— resulta inevitable. Hasta entonces un cierto esquema reconocido jerarquizaba la posición de cada uno, de los hombres y de los grupos, de las ideas, de los intereses, de los impulsos y tendencias: pero aun mientras tenía vigencia ese principio de equilibrio, cada uno de esos elementos históricos desarrollaba un Proceso interno que lo fortalecía o lo debilitaba; y en un momento dado, o por un juego regular de las fuerzas o por un mero azar, uno de ellos se insubordina y declara caduco el esquema jerárquico. He aquí una Crisis; lo que antes parecía un orden constituido y estable se enmaraña diabólicamente y el principio de ordenación que debe restablecer el equilibrio de las fuerzas se oculta de modo pertinaz; la forma más elemental y más peligrosa de ceguera histórica es la del que persiste en realizar el ajuste de los elementos desencadenados, según el viejo esquema; la clarividencia es, por el contrario, la indagación —o a veces la intuición genial— de los principios directores de un equilibrio que comprenda los elementos que una nueva Realidad impone. Toda Crisis se manifiesta, pues, como un complejo haz de interrogantes sobre la validez de lo que existe y sobre el derecho y la fuerza de lo que ha surgido, sobre la validez de la vieja Estructura y sobre las líneas directoras de la nueva.

Frente a una Crisis, la tendencia del espíritu reflexivo ha de ser, pues, hallar respuesta a los interrogantes decisivos; y de ese afán por descubrir el secreto de la trayectoria de cada uno de los elementos en pugna ha de nacer, para el espíritu reflexivo, una preocupación de tipo histórico manifestada como un anhelo de reconstruir la línea de coherencia que subyace en el decurso del grupo en el que la Crisis se opera. En esta línea de coherencia, en efecto, y acaso solo en ella, puesto que la vida social no tiene más Realidad que su Pasado, se oculta la pauta que pueda servir para definir una posición frente a una Crisis: para destruir o para crear, para mantener o para aniquilar lo existente, en todo caso, para comprender la naturaleza del Proceso desencadenado y para postular y realizar una solución que se apoye en un examen y no en una mera negación o desconocimiento de los elementos en juego.

A esta tendencia espontánea de la naturaleza espiritual del hombre es a la que se debe la significativa correspondencia que puede observarse entre las grandes Crisis y las grandes creaciones historiográficas, cuyo planteo corresponde al ámbito en el que la Crisis se manifiesta o a aquel en el que la conciencia histórica lo percibe. Así se explica la significación, circunscripta y universal a un tiempo, de la concepción de la vida histórica que palpita en Heródoto o en Tucídides, en Polibio o en San Agustín, en Maquiavelo o en Commines, en Michelet o en Marx; a cada una de ellas corresponde una cierta intelección del Pasado, dentro de cuyos supuestos esenciales se mantenía su ámbito histórico hasta que la Realidad trajo a primer plano un nuevo elemento social o ideológico, cuyo potencial de fuerza histórica era necesario estructurar en un nuevo planteo, acaso perfectible, pero satisfactorio para la urgencia inmediata de comprender el significado del presente; y aquella conceptuación del Pasado proporcionó el cañamazo en cuya trama encontraba la situación presente una raíz comprensible, cristalizando así el mero saber en una conciencia histórica susceptible de proyectarse sobre la conducta.

Acaso sea este punto de vista el que nos permita ubicar con justeza y atendiendo a sus motivaciones profundas la labor de Mitre como historiador. No es un hecho ignorado ese resurgimiento de los estudios históricos que se produjo en Buenos Aires en los días que siguieron a la caída de Rosas. En las publicaciones periódicas, en libros y folletos, los hombres de la minoría culta de la ciudad liberada dejaron el testimonio de su preocupación por el Pasado; pero si en los inventarios de la labor intelectual de esa época ha sido señalado el hecho, parece haber escapado a la penetración de quienes lo documentan su significado peculiar.

Es sugestiva la circunstancia de que la preocupación de los hombres de pensamiento que reflexionaron en el destierro sobre las cosas argentinas haya sido preferentemente de matiz sociológico: bastarían los nombres de Echeverría, de Alberdi o de Sarmiento para atestiguarlo; no es arbitraria, sin embargo; para la generación de los proscriptos resultaba inoperante toda reflexión sobre el futuro, porque el presente constituía una forma compacta que no tenía más solución que la fuerza, y no eran ellos quienes se sentían con la capacidad para la iniciativa; entretanto, el presente de la patria incitaba a meditar sobre su naturaleza, a analizar el secreto de su estabilidad, oculto en la peculiaridad de los elementos sociales y todo lo más a postular, para un futuro colocado fuera del tiempo, un sistema ideal de convivencia.

Fue la acción de Urquiza lo que modificó sustancialmente el panorama; quienes se encontraron, al día siguiente de Caseros, elevados a la situación de conductores del destino nacional; quienes tuvieron entonces conciencia de que el país esperaba de su acción el delineamiento de su destino y percibieron de inmediato el juego de fuerzas con que era necesario contar debieron renunciar a la ilusión de establecer sistemas ideales preconcebidos y aun al ejercicio del mero análisis de la naturaleza de los elementos considerados estáticamente. Para ellos el imperativo fue la acción y la acción planteaba interrogantes decisivos, cuya elucidación conducía al examen del sentido de la marcha del cuerpo social, de las tendencias manifestadas en el decurso histórico, de las raíces de aquellos elementos que ahora adquirían significación preponderante. Así, para quienes adquirieron la responsabilidad de la construcción del país, la preocupación fundamental fue reconstituir la línea de coherencia de nuestro Pasado, proporcionar una conciencia clara del presente y fundamentar en una clara conceptuación de las ideas que informaban el desarrollo histórico una política postulada para el futuro. He aquí, a mi juicio, la posición de Mitre historiador.

La Crisis de 1852

Aun sin ningún trabajo sistemático sobre este período, Mitre es, a mi juicio, el historiador del ’52. Lo que llamo “la Crisis de 1852″ no se advirtió al día siguiente de Caseros; bajo la autoridad del dictador, el país parecía una unidad compacta y así lo consideraron los hombres que lo reconquistaron por las armas; pero el general vencedor traía consigo el ideario que le proporcionaba su tradición federalista y provinciana, y muy pronto se vio que el problema de la organización del país unificado, suscitado por la conducta de Buenos Aíres y por el odio que el interior manifestó contra ella, estaba entonces en pie y era necesario resolverlo sin caer de nuevo en el error de la antinomia irreductible de los unitarios y los federales; el problema era, pues, sustantivo, y no era el resultado ni de una política torpe de la capital ni de una ambición arbitraria de los caudillos; obedecía a causas profundas y constitutivas, y eran ellas las que se manifestaban en la conducta de una y otros. Pero las formas cubrieron las realidades y el cintillo rojo de Urquiza pareció más importante, por ejemplo, que el problema de los derechos aduaneros, y en Buenos Aires, mientras se resucitaba el viejo clamor contra la barbarie, que inducía al separatismo del litoral, se atestiguaba con los hechos la sustantividad del problema, provocando la secesión de la Capital.

Pero tras la secesión vino la sorpresa. Excluida Buenos Aires por su propia voluntad, el resto del país demostró su cordura organizándose constitucionalmente en Santa Fe; y frente a los hechos consumados la magnitud de la catástrofe a que conducía la persistencia de esquemas ya caducos se hizo evidente a los espíritus más sagaces. En la minoría porteña, en efecto, se produjo un despertar de la conciencia histórica manifestado en el afán por esclarecer el verdadero curso de los acontecimientos que conducía a esta Realidad; muchos estudiaron en viejos papeles y en infolios amarillentos; Mitre planteó en términos estrictos la cuestión que era necesario dilucidar mediante el examen del Pasado: ¿existía la nación? Y si existía, ¿cómo organizar sus elementos sociales dentro de un esquema de derecho? ¿Qué principios políticos eran los que constituían su tradición y coincidían con su modalidad? Es notorio que son estos interrogantes los que conducirán más adelante su reflexión histórica.

La Crisis era honda y su solución difícil. Su significado se manifestó con claridad a los ojos de los hombres del ’52, y acaso a Mitre como a ninguno; la rígida antinomia de unitarios y federales cerraba toda vía de explicación —aun conteniéndolas todas en sí— por el cúmulo de pasiones que perduraban adheridas a cada nombre; pero los idearios que entrañaban una y otra carecían ya de su antigua significación y era necesario liberarse de ese falso punto de partida; correspondían a otra Realidad y conservaban una partícula de su significación, pero sus contenidos podían disolverse y podía ser planteado el problema de la nación sin abandonar la consideración de las tendencias que ellas implicaban, pero sistematizándolas en otras líneas de desarrollo; para eso era necesario remontar el curso del Pasado y filiar su origen, sopesar su significado, conceder lo que legítimamente correspondía y ajustar las tradiciones a la situación real: era una tarea gigantesca que entrañaba nada menos que toda una conceptuación del origen del sentimiento nacional y de los idearios predominantes.

Estos dos problemas hundían sus raíces en el Pasado colonial, en el Proceso de la revolución, en el desencadenamiento de la hostilidad entre Buenos Aires y el interior, en el azar de los sucesos que condujeron a la dictadura, en el sentido de la dictadura misma; su interpretación debía apoyarse en la diversidad de los elementos reales que componían la Estructura profunda de esa superestructura jurídica que era la nación: el territorio de desiguales posibilidades, la población diferenciada, los ideales contrapuestos; sobre esa diversidad, el virreinato, mero esquema administrativo, había creado una unidad de hecho que no podía valer sino en la medida en que carecieran de conciencia política los elementos que lo integraban; y la revolución porteña había querido conservar esa Estructura, que beneficiaba los intereses y coincidía con los ideales de Buenos Aires; pero la revolución triunfó porque el resto de los elementos sociales respondió al llamado de Buenos Aires y despertó a la conciencia pública; y en un plano de libertad política, esos nuevos núcleos requirieron un nuevo ajuste para constituir la nación sobre nuevas bases.

La minoría porteña ofrecía al anhelo común de unificación un cuerpo compacto de soluciones, de fuertes raíces teóricas, pero elaborado sobre la base de un esquema en el que la nación, como tal, se manifestaba inexistente; pero el inesperado despertar de la conciencia política en el resto del área virreinal —la gran conquista de la revolución— debía ser fatal para aquel ideario, y como Buenos Aires no quiso —o no pudo— replantear sus soluciones sobre nuevos puntos de partida, todo acuerdo pareció entonces imposible.

La Crisis que resultaba de este choque de situaciones recibió una primera solución de derecho en los intentos relativamente logrados del decenio que transcurre entre 1810 y 1820; pero los obstáculos fueron surgiendo poco a poco, en el Paraguay primero, en la Banda Oriental y en el litoral argentino luego. Entonces comenzó a dibujarse una solución de hecho que pronto encontraría ejecución: fue la que surgió del Tratado del Pilar, por el que Buenos Aires admitía la existencia de una Realidad que hasta entonces se había negado a reconocer.

Pero Buenos Aires no cejaba en su intento de imponer un cuerpo sistemático de ideas y una forma orgánica de estructuración política, y con Rivadavia ofreció una segunda solución de derecho; pero, fracasada por segunda vez, correspondió a la nueva impasse una nueva solución de hecho, no por brutal menos explicable; Rosas, en efecto, apoyado por una Buenos Aires rural, que se ocultaba tras la Buenos Aires de las minorías cultas, consiguió imponer con su supremacía un principio de unión nacional.

En el destierro, las minorías ilustradas prosiguieron elaborando las soluciones de derecho que podía recibir la situación del país y, entretanto, Urquiza llevó a término la liberación de la dictadura, creando una nueva solución de hecho, que ofrecía, al mismo tiempo, la posibilidad de una organización jurídica. Entonces fue cuando se evidenció que la Crisis era profunda y sustantiva. Frente al general vencedor, en el que era posible ver el rostro de una tradición federal y provincialista, algunos de los grupos que se habían constituido alrededor del ideario unitario opusieron una confusa resistencia; la caduca antinomia pareció revivir y las mentes parecieron obnubilarse, y la fusión realizada por Rosas entre las nociones de federalismo y dictadura gravitó con una persistencia trágica aun sobre los espíritus más esclarecidos.

El 11 de septiembre Buenos Aires consumó su escisión de Urquiza y con él del resto del país; en los espíritus más apasionados, pero, sobre todo, más típicamente ahistóricos, volvió a surgir la convicción de que solo cabía una solución en la que la supremacía de Buenos Aires se afirmara de modo total, como si nada hubiera ocurrido en el curso de los cuarenta años transcurridos desde la revolución; afortunadamente, alguien descubrió que esa solución implicaba un monstruoso simplismo, un simplismo suicida por antihistórico y antipolítico; alguien, en efecto, descubrió que la Realidad ofrecía una novedad fundamental, que consistía en el acceso a un primer plano de fuerzas sociales y económicas que antes no se dibujaban con nitidez en la escena histórica; alguien descubrió, en fin, que no era casual el hecho de que, tras la secesión porteña, el resto del país se hubiera organizado constitucionalmente y que la Crisis que ahora provocaba Buenos Aires exigía un nuevo planteo de los puntos de partida para la comprensión de la Realidad.

Mitre: el historiador y el político

Acaso quien acababa de ver con claridad en aquella densa maraña de las cosas hubiera podido limitarse a la mera reflexión sobre los hechos y a imponer sus puntos de vista solo tras el largo andar de los años; por el contrario, supo discriminar el eslabonamiento del Pasado histórico y medir en toda su trascendencia el paso que daba Buenos Aires, así como la magnitud de las consecuencias que podían sobrevenir si se empecinaba en la actitud adoptada; era, a un tiempo mismo y fundido en una rigurosa unidad de espíritu, un historiador y un político, y su reflexión histórica era como una pausa en el camino de su acción, así como, de inverso modo, era su acción como una proyección de sus concepciones históricas. Este historiador-político creía en la nación y creía ver en la nebulosa del Pasado argentino el hilo conductor de ese Proceso por el cual la nación se delineaba, sus signos inequívocos, su arquitectura, secretamente determinante de las formas circunstanciales que adoptaba el cuerpo social. Era un reflexivo y un hombre de acción, modalidades ambas que no es imprescindible suponer antinómicas; tenía la mente clara y una voluntad poderosa que sabía poner al servicio de sus convicciones: tal era la fuerte figura de Mitre.

Esta mezcla sutil de acción y pensamiento, esta agitada interacción entre ambas proyecciones del espíritu, se había manifestado en Mitre desde su juventud. Ya en Montevideo, mientras luchaba contra Echagüe o mientras defendía la ciudad en el sitio largo, expresaba su vocación literaria en el verso de cálida entonación romántica, en el drama o en el artículo periodístico, y las páginas del Iniciador o las de El Nacional veían desde 1839 colaboraciones de su pluma. [1] Lector infatigable y observador apasionado de la Realidad, comenzaba a manifestarse ya entonces en él una viva vocación hacia los temas de la historia, cuyo primer signo hubo de ser la biografía de Artigas, acaso inspirada, como el resto de su labor de historiador, por el deseo de explicarse por esa vía retrospectiva la situación presente. [2] Y entreveradas en su espíritu subsistieron las preocupaciones del lector, del reflexivo, del observador, en íntima correspondencia con las del hombre de vigilante militancia, durante la azarosa época de su deambular de proscripto por Chile, por Perú o por Bolivia, y en todas partes el fervor de comprender lo que vivía y el curso de las cosas de América era para él estímulo para aguzar la comprensión y descubrir en el Pasado las raíces de la Realidad inmediata.

Fue la Realidad, en efecto, lo que lo devolvió al escenario de su patria después del pronunciamiento de Urquiza. Desde entonces comienza para Mitre una nueva etapa de su existencia; tras combatir con las armas por la libertad, se encuentra exaltado por las circunstancias a posiciones directivas, en momentos en que nuevas dificultades surgen para la consolidación de la paz interior. Para entonces, sin embargo, sus convicciones están fijadas: es, como será siempre, el campeón de la integridad de la nación; defenderá los derechos de Buenos Aires, pero oponiéndose a ahondar el abismo que separa a la provincia del resto del país, por el cual ha luchado y que siente como su verdadera patria. Y en la Asamblea General Constituyente del Estado de Buenos Aires, en 1854, sienta la tesis de la “preexistencia de la nación”, [3] de la unidad constitutiva e indiscutible del país, de la existencia de una patria común de los argentinos, que las pasiones incitan a olvidar, pero que él siente como una convicción profunda; y esta convicción constituye la llave maestra para defender su conducta pública, su labor de político y de estadista y, sobre todo, su concepción de historiador.

Es indudable que su planteo del problema llamó a la reflexión a muchos espíritus de Buenos Aires; y es indudable que el afán de establecer la filiación histórica de este sentimiento nacional, de este principio de existencia de la comunidad argentina, previo a todo regionalismo separatista, inspiró ya entre 1858 y 1859 sus dos primeras ediciones de la biografía de Belgrano, en la que comenzaba declarando que el curso de la existencia de su personaje se confundía con el Proceso de formación de la idea de independencia del pueblo argentino desde sus orígenes, en las postrimerías del siglo XVIII. [4] Así lo reconoció también Sarmiento en el Corolario que hizo a aquella edición, señalando su trascendencia contemporánea y destacando en qué medida había de llenar el vacío que para la estructuración de una conciencia nacional significaba la ausencia de una historia de la República. [5]

Cuando su tesis hubo triunfado y el Estado de Buenos Aires se incorporó a la nación, Mitre ejerció la presidencia de la República y debió asumir el mando de los ejércitos de la Triple Alianza contra el dictador López. Entretanto, en medio de las múltiples dificultades del gobierno interior, y cuando el mecanismo diplomático trabajaba afiebradamente en la organización de la alianza con el Brasil y el Uruguay, ante la inminencia de la agresión paraguaya, Mitre debió bajar a la liza de la polémica científica, promovida en aquella ocasión por Dalmacio Vélez Sarsfield, como si el azar quisiera demostrar hasta la evidencia la radical unidad con que coexistían en su espíritu las preocupaciones del hombre de acción y las del hombre de reflexión seria y metódica. [6] Y cuando abandonó la Presidencia y se entregó a las labores periodísticas en La Nación, que fundara en 1870, pareció como si su acción debiera tomar, definitivamente, las formas de la lucha intelectual manifestada en la defensa de sus convicciones democráticas y liberales y en su fundamentación histórica.

No debía ser así, sin embargo. Un nuevo período parece abrirse entonces en su vida. Ha logrado ver constituida la Nación, y quiere ahora verla perfeccionar su vida cívica; y cuando la palabra del periodista no basta, no vacilará en recurrir a las armas, llamado por sus conciudadanos en 1874. Entonces sostendrá sus convicciones de demócrata y de liberal en el campo de batalla; sostiene que existe un derecho a la revolución, más aún, un deber de rebelarse violentamente ante la conculcación de los principios, y confía en que su nombre dé al movimiento una trascendencia nacional en pro de la lignificación de un pueblo libre. [7] Y cuando vuelve del destierro a que lo condenó la derrota, y mientras se agita el problema de la pacificación de la nación consumida por las luchas interiores, encuentra Mitre el reposo necesario para preparar una nueva edición de su Historia de Belgrano, perfeccionada y completada, así como para polemizar, luego de aparecida en 1876-1877, acerca de la doctrina y de las afirmaciones contenidas en ella, con Vicente Fidel López, y para dar finalmente término a su Historia de San Martín, pacientemente documentada y cuidadosamente construida. Y cuando se halla en esa tarea, otra vez oye la voz de la conciencia cívica y otra vez acude a su clamor, y otra vez sale a la calle para llamar a la ciudadanía a sus deberes, con el ardor del joven —él, que estaba próximo a cumplir los 70 años—, con la humildad del ciudadano más oscuro —él, que había puesto con sus manos las piedras angulares del edificio de la Nación—, con la inalterable convicción del demócrata —él, que veía frustrados sus anhelos cada día—. “La juventud argentina —dice a los jóvenes de la Unión Cívica— [8] se encuentra en el límite que separa la vida caduca de la vida nueva, y está en el deber de marcar en este punto su paso.” Parecería como si él, que había observado el tránsito de la primera a la segunda Argentina, hubiera percibido aquel día que una nueva etapa comenzaba.

Poco después su existencia pública debía cambiar de fisonomía; Mitre era el hombre de Buenos Aires y el patriarca de la nación, y su palabra adquiría con los años una extraña resonancia, en la que algo parecía indicar que hablaba por su boca una lejana y misteriosa sabiduría, por eso fue escuchado; inspiró a muchos núcleos dirigentes e influyó vigorosamente sobre la opinión pública, que vio en él ejemplo de virtud ciudadana y de saber maduro; por eso murió un día —un día memorable por la profundidad del duelo público— como muere un padre amado, cuya voz no se querría dejar de oír y cuya leyenda comienza a enturbiar su historia humana. Tiempo es ya de que volvamos a ver en él —para lección de nuestro tiempo— al luchador de las buenas causas y al arquitecto de una nación que queda todavía sin construir a pesar de la sabiduría con que estaban trazados los planos por su mano.

Escapa a mi propósito el esbozar su fisonomía de político sino en aquellos rasgos en los que se evidencia la estrecha dependencia en que su acción se hallaba con respecto a su concepción del Pasado argentino. Debo, en cambio, puntualizar cuál era su pensamiento sobre la naturaleza de la vida histórico-social y cuál su concepción del conocimiento histórico.

Se manifestaron uno y otra en un sistema estructurado de ideas que se entretejían sobre un cañamazo de sólida Estructura, y al que daba fuerza incontrastable cierto predominio del buen sentido y cierta aptitud innata para la percepción, clara y compleja a un tiempo, de la Realidad inmediata, [9] que parecía tener algo del viejo espíritu romano, tan caro al suyo propio. El recio autodidacto se había formado con las más variadas lecturas, entre las que predominaban, ciertamente, aquellas de los autores fundamentales para un recto conocimiento de la política y de la historia universal, [10] y había aprendido, acaso con la pulcritud del soldado, a ceñirse en el campo del conocimiento al más duro rigor. [11] Con esa capacidad para el aprendizaje, con esa aptitud para la elaboración de las ideas y para su constante confrontación con la Realidad, con esa confianza y ese respeto por la ciencia, [12] con esa seriedad sin concesiones y ese método sin abandonos, se encaminó Bartolomé Mitre por la vía de las investigaciones históricas, a las que lo conducía, sobre todo, un secreto afán por fundamentar sus ideales: el de la nación afirmada y constituida, el de los principios democráticos y liberales. Tenía en la historia una fe segura y robusta, fe en sus enseñanzas, [13] fe en los ideales que enseñaba a amar su recto estudio, [14] y si condenaba la influencia nefasta del traslado de las pasiones políticas contemporáneas al escenario del Pasado, [15] no temía, en cambio, la afirmación de la verdad, aun cuando contrariara sus convicciones, porque sabía que en el alma humana pueden coexistir el error y el acierto, y que es función de la historia la dilucidación de la verdad para que la posteridad ejercite sobre ella el juicio moral y para que surja esclarecida la buena vía para el futuro. [16]

Mitre se encaminó hacia los estudios históricos en un momento en que resurgían en Buenos Aires bajo el signo de la mera búsqueda documental o del ensayo circunscripto, tal como lo entendían Trelles o Quesada. Acaso por esa influencia se manifestó en él cierto notorio interés por la labor de acopio documental y quizás obtuviera en ese período sus conocimientos en materia de técnica erudita; pero bien pronto traspuso esa etapa y se enfrentó con la historia en una actitud de hombre que quiere comprender el destino de la comunidad a la que pertenece. Mitre, en efecto, no ha sido, en rigor, un erudito, sino que ha utilizado la erudición para ponerla al servicio de una gran construcción histórica; aquel antiguo —y seguramente constitutivo en él— sentido del rigor, de la precisión y de la verdad lo incitaba, sin duda, a apoyar documentalmente sus afirmaciones, y bastarían las densas páginas de las Comprobaciones históricas para probarlo. [17] Pero no debe engañarnos el sentido de este libro. Mitre había sido llamado a cuentas, y su propósito era, precisamente, demostrar que sus afirmaciones podían apoyarse firmemente en testimonios suficientes; nada más erróneo que deducir de allí, sin embargo, que en la investigación del hecho quedaba terminada y satisfecha su concepción de la historia. Lo que Mitre buscaba era otra cosa; él mismo se queja de que López lo considerara como un esclavo de los documentos y declara que ha intentado comprender la totalidad del asunto y el significado de cada uno de los elementos que lo componen. [18] Los documentos constituían para él tan solo un instrumento de trabajo, sin el cual toda filosofía de la historia no podía ser sino débil Estructura, pero era necesario que constituyeran un conjunto orgánico, con sentido, o, como él mismo dice, “que presenten los lineamientos generales del gran cuadro que el dibujo y el colorido complementarán sirviendo de comprobación a la idea que sugiera o de él se desprenda, o sea la filosofía que de todo ello se deduzca”. [19] No podía ser de otra manera si se recuerdan las observaciones de Mitre acerca de la carencia de trabajos sobre los que apoyarse en la época en que comenzó él su labor; [20] y no solo debió comprobar la verdad de las afirmaciones que encontraba generalmente aceptadas, sino que tuvo que buscar datos y hechos nuevos y, sobre todo, tratar de establecer las correlaciones y los nexos íntimos, así como el Proceso del desarrollo total de la sociedad argentina. [21]

Pero su preocupación directora no era el hallazgo del documento o su mera publicación o su glosa más o menos erudita, tarea preliminar de la historia, que no podía confundir con la historia misma un hombre de su cultura y de su sentido directo de la Realidad. La historia era para él elaboración y conceptuación, y no podía ser otra cosa para quien era capaz de observar que “la historia de Grecia o la de Roma estaba aún escribiéndose con novedad sin salir de los documentos conocidos”. [22] Era necesario penetrar en la esencia del Proceso histórico para no limitarse a hacer “un perfil recortado con tijera —son sus palabras— [23] en el papel de los documentos”, y para descubrir “el hilo conductor” [24] del Proceso histórico, que permita llegar a lo que él llamaba “la parte abstracta, que es el complemento y la coronación de toda labor histórica”, [25] fórmula con la cual caracteriza lo que poco después llamara la filosofía de la historia.

Mitre no reniega —como se ha dicho alguna vez— de la filosofía de la historia, y aun puede afirmarse que aspiraba a realizarla y quizá que lo logró en cierta medida; da cuenta de esa aspiración cuando declara que su disidencia con López no es de escuela, porque él no podría haberle reprochado las tendencias filosóficas por ser filosóficas, “lo que equivaldría —dice— [26] tanto como reprocharle el ejercicio noble de la razón y el uso de los instrumentos de raciocinio”. Se adhiere a ella, por el contrario, en cuanto constituye una ciencia positiva, rechazando lo que él llama el discurso dogmático de Bossuet o el sueño espiritualista de Herder, y dándole un sentido fuertemente positivista. [27] Mitre rechaza, eso sí, la elaboración discursiva sin fundamentos concretos y sin pruebas documentales —como la rechazaría el mismo Bossuet seguramente, a quien la verdad revelada, en la que creía, lo eximía de toda preocupación crítica—, pero aspira a que su elaboración del Proceso de la sociedad argentina cristalice en una filosofía de la historia porque no hay historiador —nos dice él mismo— [28] que no la tenga. Solo por ella, solo por esa estructuración de que provee al Proceso histórico, solo por esa conceptuación que aclara su significado y su sentido, una historia llega a ser tal, concebida como “un cuadro y una crónica a la vez”, “de la cual se deduzca una ley y se desprenda un ideal” —son sus palabras—, [29] porque el objeto de la historia era para Mitre esencialmente la construcción de un Proceso en el que fuera evidente su sentido, coherente en su desarrollo y capaz de actuar sobre la vida social. [30]

Esta concepción del trabajo historiográfico llevó a Mitre a una compleja labor; sobre la trama de la vida de dos personajes —Belgrano y San Martín— y en cierto modo sobre la de Rivadavia, esbozada en un discurso que yo me atrevería a incluir en el grupo de sus grandes creaciones historiográficas, Mitre se propone reconstruir el Proceso de desenvolvimiento de la sociedad argentina desde los orígenes que él columbra en el período colonial hasta la época inmediatamente anterior a la dictadura. A lo largo de ese período Mitre se esfuerza por discriminar, por una parte, una teoría del desarrollo histórico y del mecanismo sociológico y, por otra, los elementos que le permitan llegar a una conceptuación del Pasado nacional para hacerlo inteligible, primero, para transformarlo en contenido de una conciencia colectiva, después, problema este último de grave urgencia en el instante en que él se vuelve hacia la historia en demanda de una luz para la dirección de la conducta.

Para su primer objetivo, Mitre, que en principio no tiene preocupaciones sociológicas sistemáticas, no parte, en consecuencia, de un esquema preconcebido; sus observaciones son, pues, accidentales, pero su construcción histórica parte de ellas y puede advertirse entonces que si en su exposición no constituyen un sistema, sí lo constituyen en su espíritu; su punto de partida es, en general, de corte positivista, aunque Mitre corrige el esquematismo del sistema con su fina penetración de historiador genuino, incapaz de someter la Realidad viva del Proceso histórico a esquemas demasiado estrechos y predeterminados por una doctrina. Para su conceptuación del Proceso histórico, aunque trabaja bajo la advocación de los grandes historiadores que constituían sus lecturas predilectas, y aun acaso pudiera señalarse como predominante la del propio Guizot, en general, Mitre parte más bien de la situación presente, considerada como desembocadura del Proceso histórico y como conjunto de problemas cuyas raíces hay que escrutar en el Pasado; digamos desde ahora que dos merecieron su particular atención: la conceptuación del Proceso creador de la idea de nación y la conceptuación de las ideologías. Detengámonos un instante en aquel primer objetivo antes de analizar con cuidado estos dos últimos.

En un momento en que las teorías sociológicas y naturalistas procuraban reducir el problema histórico a sus elementos simples y aun transformarlo en la resultante de un principio —raza, territorio, economía—, Mitre se afirma en la convicción de la radical complejidad del fenómeno histórico y de la interacción de los elementos reales e ideales que subyacen en él. La sociedad vive apegada a la tierra y no se desentiende de los intereses que la afectan de manera inmediata, y Mitre señalará cuidadosamente los elementos raciales y económicos que han contribuido, dentro del campo de su estudio, a darle su fisonomía, a provocar su evolución, a desencadenar, finalmente, la Crisis; pero junto a ello señalará también la evolución ideológica, la elaboración de ese tipo que determinados grupos construirán sobre aquella Realidad, sobre su Pasado y sobre su destino futuro, para deducir el juego de fuerzas que gravitan sobre un hecho tan solo de la interacción de estas dos corrientes de motivaciones. La revolución —nos dice— [31] “estaba consumada en la esencia de las cosas, en la conciencia de los hombres y en las tendencias irresistibles de la opinión”. A veces su acuidad analítica vislumbra la preeminencia de algunos de esos elementos y lo señala sin reparo, como cuando afirma, tras analizar los efectos desastrosos del monopolio económico y su tardía corrección, que “la separación fue desde entonces un hecho, y la independencia de las colonias americanas una simple cuestión de tiempo”; [32] o como cuando atribuye a la fuerza de los idearios de los grupos ilustrados la decisión de una conducta política en un momento dado; [33] o como cuando señala la fuerza de la actitud principista y moral de Rivadavia frente a las ambiciones de Bolívar. [34]

Mitre descubre en el mecanismo de la acción histórico-social el juego y la interacción de las ideologías y la acción espontánea. Entrevé las primeras fundamentalmente en las minorías ilustradas y afirma su validez y su eficacia histórica, [35] aunque señala reiteradamente su error cuando las ve rezagadas en relación con el impulso de las intuiciones populares o incapaces para interpretarlas y canalizar su acción; [36] en este último caso su condenación es categórica, porque para él —historiador y político— la Realidad tiene una significación eminente y una fuerza incoercible, frente a la cual es virtud primera del hombre de acción el distinguir con claridad lo que llama los “objetivos reales”, [37] así como debía ser virtud primera del historiador el no confundir la Realidad histórica con las ideologías construidas sobre ella.

Con esa noción acerca del significado de la acción espontánea, Mitre afronta la valoración de la acción de las Masas, y aunque critica sus excesos, se advierte que más crítica con ello a los grupos directores que no alcanzaron a dirigirla y canalizarla, puesto que justifica siempre el sentido de lo que había de esencial en sus intuiciones y en sus impulsos.

Mitre descubre y presenta luego en toda su trascendente significación esa acción popular, directa, intuitiva, manifestándose en la resolución ejecutiva de las situaciones más difíciles y aparentemente insolubles con ese impulso que él llama “genial”, esto es, instintivo, irrazonado, pero firme y seguro; [38] y cuando la ve acentuada por la exaltación de sus pasiones descubre que son los malos pastores quienes utilizan y estimulan tales impulsos para satisfacer ambiciones desmedidas o egoísmos injustificables, [39] y aun entonces reconoce que hay en ellos una reserva inagotable de virtudes para el ejercicio de la ciudadanía o para la afirmación y la defensa de los ideales fundamentales. [40]

Masas populares y minorías ilustradas son para él, en rigor, los elementos fundamentales de la acción histórico-social. Junto a ellos se advierte alguna vez el individuo de excepción; pero no el héroe providencial, concepto histórico este último radicalmente opuesto a la sensibilidad política y a la concepción historiográfica de Mitre, como se advierte si se observa la reflexión que hila cuando afirma que San Martín, su predilecto, no era “ni un Mesías ni un profeta”, sino “simplemente un hombre de acción deliberada que obró como una fuerza activa en el orden de los hechos fatales con la visión clara de un objetivo real”. [41] Mitre quiere hacer justicia a los creadores de la nacionalidad, pero no atribuyéndoles misiones providenciales, sino destacando sencillamente su valor moral, su capacidad de sacrificio y de esfuerzo, su clara percepción de los secretos de una situación, acaso cuando escapaba a los más, o su intuición genial o su acción decidida y recta. [42] Teme los mitos populares, acaso porque el nombre del Restaurador de las leyes resuena aún en sus oídos de proscripto, y ciertamente porque conoce los resortes de los impulsos multitudinarios y lucha por desvanecerlos y por presentar las figuras que pudieran originarlos en su genuina humanidad. “Sus panegiristas —nos dice hablando de Belgrano, a quien amaba profundamente— [43] lo habían desfigurado, y el instinto popular, poseído de cierta supersticiosa admiración, veía en él un héroe sobrenatural, un ideal adornado con falsos oropeles. Nosotros lo pusimos en intimidad con su pueblo; hicimos conocer al hombre con sus virtudes, sus debilidades, sus errores, sus grandes cualidades, sus inmortales servicios y sus desfallecimientos morales, asimilándolos a la masa de la especie a que pertenece, perdiendo tal vez en admiración, pero ganando en estimación y simpatía, al hacerle hablar y obrar, como cuando el soplo de la vida mortal lo animaba”. Y, en efecto, no escatima la crítica de los errores de aquellos que eran, en verdad, los predilectos de su corazón de patriota y de demócrata, porque cree en la verdad de su fuerza ennoblecedora sobre los corazones humanos. Y en este juego de los distintos elementos sociales, en esta composición de fuerzas, el hombre de excepción encuentra su justo lugar, como lo encuentra el mediocre o el perverso, en el fondo de cuya conducta sabe descubrir el papel que cumplieron —si lo cumplieron— en el complejo de la acción histórica.

He aquí, apenas esbozada, una doctrina del desarrollo histórico y del mecanismo sociológico. Mitre no la expone sistemáticamente, aunque gusta explayarse sobre ella en algún ex cursus explicativo, pero está sobrentendida en su obra ingente de historiador y de político, en la explicación metódica y ordenada de un fenómeno del Pasado, en la fundamentación de una actitud personal o en la argumentación polémica acerca de un programa de acción cívica. Porque aspiraba a robustecer en las Masas populares las convicciones ciudadanas, aspiraba a educarlas y a capacitarlas para la vida civil dentro de un régimen constituido, y esas aspiraciones del político y del estadista correspondían a las que veía como normativas de su misión de historiador, cuando aspiraba con su labor a vivificar el sentido de la Realidad en los grupos directores y aun en aquellos en quienes la conciencia de un valor de excepción tentaba para que se excediesen del marco de las constricciones de la civilidad.

Desde este punto de partida, desde este núcleo compacto de convicciones y de ideas despaciosamente maduradas y rigurosamente vividas, se lanzó Mitre al examen del Pasado argentino. Ya se han señalado algunos de los aspectos fundamentales de su concepción historiográfica, de sus criterios formales y externos, de sus a priori con respecto a los principios de desarrollo del Proceso histórico-social. Nada de todo eso es, sin embargo, lo que considero fundamental para entender la significación de Bartolomé Mitre como historiador. Lo que hace de él un hito demarcador en el curso de nuestra ciencia histórica es, a mi juicio, su ingente labor de constructor de la historia de la nación en cuanto tal, así como su filiación histórica de las ideologías, problemas ambos de significación decisiva para su tiempo, y en los que parte de esa problemática contemporánea sentida con dramática vibración: la nación ante el problema de su existencia y de su constitución como tal y la sociedad ante el problema de la adopción de un sistema de ideas que la condujera hacia su equilibrio y su prosperidad. Por haber afrontado la responsabilidad de aclarar la conciencia colectiva frente a estos interrogantes decisivos; por haber realizado el imprescindible ajuste entre el Pasado y el presente para discriminar la línea del desarrollo futuro, adquiere la obra de Mitre la trascendencia de un alegato irrebatible para la afirmación de nuestra existencia colectiva y de un proyecto madurado para la construcción de un país en cuya obra fue arquitecto primero, obrero luego, acaso ahora profeta que clama en el desierto.

La conceptuación del Proceso creador de la idea de nación

Ya ha sido señalado hasta qué punto una preocupación sostenida y razonada, manifestada tanto en los dominios de la política como en los de la historia, había incitado a Mitre a profundizar sus investigaciones para llegar a establecer el Proceso de formación del sentimiento nacional por encima de todos los regionalismos separatistas y disolventes. Esta idea era su preconcepto: estaba arraigada en la zona de sus convicciones más profundas y quiso cerciorarse de su validez en el estudio de la historia; pero fue a ella con el rigor que exigía su espíritu preciso y recto, no por el goce del puro saber, sino por la militancia de la verdad y por la trascendencia que descubría en aquella afirmación; sus investigaciones prolijas y sus reflexiones decantadas le cercioraron de que estaba en lo cierto, y acaso introdujeron algunas matizaciones sutiles en sus convicciones políticas, ya que parece advertirse en él una comprensión cada vez más marcada del movimiento federalista; y una vez fundamentada rigurosamente, aquella idea constituyó su rasgo primordial; él había observado que “como cada pueblo… en los hombres que condensan las pasiones activas de su época, todos sus rasgos y cualidades se derivan y deducen de un sentimiento fundamental, motor de todas sus acciones”; [44] y esta idea, en efecto, condujo su reflexión y su conducta.

Como historiador, podría decirse que su hipótesis de trabajo fue su propia convicción y quiso verificar su validez sistematizando el Proceso histórico que evidenciaba la preexistencia de la nación y señalando la línea de desenvolvimiento que encadenaba las distintas fases del desarrollo de este principio desde el período colonial en adelante para plasmar, finalmente, en el ser de la Nación. Así lo resumía en sus Comprobaciones históricas, [45] así lo había afirmado en aquella frase magnífica en que condensara su pensamiento en la Asamblea de 1854 y así lo manifestará muchas veces a lo largo de sus trabajos históricos; por eso señalará con un acento negativo las etapas del Proceso inverso de disgregación que se cumple desde 1810 hasta 1820, destacando, sin embargo, que, aunque operada la desintegración política, subsistía “una nación independiente de hecho, una constitución geográfica y social anterior y superior a las escritas”. [46]

Este y no otro fue el camino real de su marcha por los territorios de la ciencia histórica. El Proceso de elaboración de su temática fue, como hijo de una situación vivida, lento y circunstancial: se manifestó en una obra de aspecto biográfico, pero en la que la biografía cedió muy pronto su lugar preeminente a las vastas concepciones del Proceso social, y es fácil, para quien lea con atención, percibir hasta qué punto se torna, poco a poco, accesoria la figura del personaje que sirve de esqueleto a su construcción. Quien realice en su espíritu la síntesis del contenido de la totalidad de su obra, advertirá muy pronto que late en ella una concepción integral de la historia argentina hasta mucho más allá de donde alcanzan sus exposiciones sistemáticas, sobreentendida a veces en páginas dispersas o en esbozos, en los que trasunta una elaboración muy meditada; un hilo conductor —como él gustaba decir— vincula los distintos momentos, y fue una preocupación constante en él —que vale la pena que quede señalada— el caracterizar con precisión la fisonomía de cada una de esas etapas; en efecto, la periodización del Proceso histórico argentino constituye una de sus características y uno de sus aportes, para lo cual, sin acentuar artificiosamente los lindes, precisa, simbolizados en la actitud de un personaje o en el desenlace de un Proceso secundario, los momentos en los que una mutación importante provoca una diferenciación de los tiempos. [47]

Cuando Mitre comienza a perseguir los orígenes del sentimiento nacional como conciencia de la comunidad, considera necesario partir de un análisis de los elementos que son dados en ella, esto es, del territorio y de la población. Mitre señala en ambos casos la diversidad notoria que se advierte entre el virreinato del Perú y el del Río de la Plata y caracteriza según ella una circunscripción que comprende, en principio, para la nueva nación, la totalidad del antiguo virreinato; en el del Río de la Plata señalará ciertas peculiaridades de la población, no solo en la de origen indígena, sino también en la de origen europeo, provocadas estas últimas por las modalidades de los colonizadores y de su acción; y en cuanto al territorio, un análisis de sus características lo lleva a afirmar que configuraba una unidad no solo por el mero hecho de su topografía, sino también porque predominaba en él un tipo unitario de vida, en el que veía las condiciones necesarias para el desarrollo de una abundante inmigración, raíz, por otra parte, de su decidida política colonizadora. [48]

En el seno de aquella comunidad originaria, Mitre ve cómo se constituye una diferenciación progresiva en las regiones que luego operaron, en efecto, su segregación de la nación que se configuraba dentro del antiguo virreinato; considera que el Alto Perú —zona de fricción entre ambos virreinatos— constituía una región naturalmente diferenciada del Río de la Plata; [49] explica más circunstanciadamente la tendencia separatista del Paraguay, manifestada en su actitud reacia frente a la civilización, visible tanto en la política de las misiones jesuíticas como luego en la del doctor Francia, y no encuentra —a pesar de rondar el tema reiteradamente— explicación profunda y satisfactoria para la escisión de la Banda Oriental, de la que no podía consolarse. [50] Pero aun dentro de lo que quedaba del virreinato advierte Mitre la existencia de regiones naturales que constituían tres grupos —que ya integraban, observa, [51] un sólido núcleo— formados por Buenos Aires, puerto por excelencia, el litoral y el interior mediterráneo, zonas cuya diferenciación parcial descubre ya en los tiempos de la conquista y la colonización; y ya entonces advierte “la desigual distribución del progreso”, [52] señalando con ello no solo las causas originarias de aquella, sino también las peculiaridades de su comportamiento y aun su destino político, económico y social. Por eso aceptará como un hecho incontrovertible la situación privilegiada y predominante de Buenos Aires, que ve, además, justificada con su conducta política dentro del núcleo de una nación de existencia evidente, constituida por “una asociación libre de estancieros y mercaderes”, que constituían “una democracia de hecho, que se organizaba en la vida civil y se desarrollaba espontánea y selvática en las campanas con un temple de independencia genial”. [53]

Es en ese núcleo y, sobre todo, en cuanto puerto abierto a la influencia de las ideologías y a las exigencias de la vida económica, donde Mitre ve constituirse el sentimiento de independencia. Lo que antes era una modalidad espontánea, se torna diferenciación consciente y espíritu autonómico. Las invasiones inglesas parecen proporcionar las circunstancias desencadenantes y Mitre señala cómo se advierte ya ese sentimiento, génesis, para él, del sentimiento nacional, [54] aguzado luego cuando la reacción se advierte en los grupos que llamara peninsulares. [55]

Pero ambos fenómenos eran estrictamente porteños, y Mitre lo señala, consciente de su significación y de su trascendencia. En efecto, esta circunstancia determina, para después de la revolución, una política precisa para los grupos de Buenos Aires. La revolución es también porteña, y la primera carta o constitución ha sido “votada por un solo municipio”, [56] y es, en el fondo, también porteña, puesto que supone la transferencia de la autoridad virreinal a la Junta de Buenos Aires. Mitre señala entonces cómo los demócratas perciben el peligro de esa asimilación de autoridades [57] y cómo Moreno sentará desde un principio la doctrina federativa para prevenir el peligro de una reacción antiporteña del interior; [58] pero defiende en la política de Buenos Aires el instinto de conservación de la unidad y destaca la clarividente doctrina de Paso en el Cabildo Abierto del 22 de mayo —la del derecho revolucionario de Buenos Aires para asumir de hecho la representación de todos los pueblos del virreinato—, calificándola como “la fórmula política de la revolución, municipal en su forma y nacional o, más bien dicho, indígena en sus tendencias y previsiones”. [59]
Esos eran, en efecto, los supuestos de la política porteña desde 1810 hasta 1820; Buenos Aires había adquirido el derecho de mantener el control de la letalidad de los territorios del antiguo virreinato, porque se consideraba la única capaz de mantener la unidad, y Mitre destacará sus esfuerzos para lograrlo, cómo propugnó tal política por medio de la Asamblea de 1813 y del Congreso de Tucumán de 1816, cómo bregó por “nacionalizar” el poder central, [60] cómo era ese el sentimiento de los hombres mejor inspirados de Buenos Aires, y cómo, finalmente, surgía, a su juicio, de los hechos la convicción de que solo conservando Buenos Aires la dirección de la totalidad de la nueva nación podía conservar esta su unidad y su Estructura política. [61]

Mitre se esfuerza, evidentemente, por señalar los fundamentos de derecho y de tradición que apoyaban entonces —como creía que apoyaban en su tiempo— las líneas generales de la política porteña; y, en mérito a esa concepción del problema de la unidad de la nación, omite la consideración detenida y objetiva de la trascendencia que, sin duda, tenía el hecho —señalado por él reiteradamente, aunque no profundamente valorizado— de la exaltación espontánea y fundada del sentimiento localista [62] y del sentimiento de comunidad americana en el que se inscribía y que debía perdurar hasta mediados del siglo XIX; [63] persiguiendo una línea de desarrollo, Mitre dejaba de lado los elementos que contradijeran o que no coadyuvaran a su establecimiento.

Pero si el sentimiento de americanidad, que constituye una de las dimensiones del movimiento por la independencia, aparece desvanecido en su concepción del movimiento revolucionario —seguramente porque su experiencia le demostraba que era ya caduco— el sentimiento localista, raíz de la tendencia federativa, merece de él un juicio más atento. Desde su punto de vista y en términos generales, el localismo tenía como nota fundamental el carácter negativo de ser una tendencia disgregatoria; pero Mitre observa y destaca en él otras fases, en las que encuentra sus caracteres positivos; las tendencias federalistas corresponden, a su juicio, a un impulso natural que se observa cuando se produce un fenómeno de emancipación, [64] y lo ve manifestado, en este caso, bajo la forma de un odio acentuado del interior hacia Buenos Aires. [65] Mitre no procura explicarse profundamente el fenómeno, aun cuando proporciona muchos elementos con que hacerlo, tales como la diferenciación entre el litoral y el interior mediterráneo, el desarrollo económico o la significación de Buenos Aires como puerto; pero tampoco allí advierte las causas primeras, sino que se contenta con explicarse el hecho como un sentimiento espontáneo y por el predominio de los caudillos que explotan en provecho propio ese sentimiento, que, en sí mismo, podía ser valioso. [66] En efecto, una observación directa de la Realidad de su tiempo y su cotejo con la situación social anterior a la Revolución demostraba a Mitre que, al calor del sentimiento localista, habían surgido a la vida política densos grupos sociales que no habían revelado antes de 1810 ninguna sensibilidad ciudadana y que la habían logrado precisamente en el ejercicio de la defensa de unos derechos inmediatos; la lucha fue, pues, escuela de ciudadanía en el más amplio dominio de la nación cuando esa Realidad fue percibida. Al cabo de cuarenta años, en efecto, podían observarse ya los resultados, y cada vez que fustiga el sentimiento localista atendiendo a sus consecuencias nefastas para la unidad de la nación en el período de 1810 a 1820, deja constancia Mitre de que residía en él un germen de elementos moderadores y constructivos, contenidos por la prevalencia de las fuerzas espontáneas que los caudillos estimulaban, pero que se desarrollarían un día para proporcionar a la nueva nación un principio de reordenación y un cuerpo renovado con nueva savia. [67] Mitre condena la explosión de esos impulsos anárquicos, pero es a los malos pastores a quienes carga la responsabilidad de haber estimulado su fuerza primitiva y no sus principios de moderación; pero el sentimiento mismo se le presenta como un signo de vitalidad y descubre en él el motor por cuyo impulso ganó la nación grupos activos para su reconstrucción tras la etapa anárquica, y acaso por eso insistía Mitre en que era necesario estudiar la anarquía con máxima atención si se quiere entender con claridad nuestro Pasado. [68]

Ya en su interpretación de la Crisis de 1820 como un Proceso de liquidación de la Colonia, prueba Mitre la existencia de una dimensión valiosa y significativa en el movimiento federalista, que se nutre del localismo primitivo; [69] la Colonia, en cuanto Estructura social, no suponía, en efecto, participación alguna de los grupos sociales del interior, porque Buenos Aires era quien había configurado el virreinato por irradiación y llegaba hasta donde su irradiación se encontraba con la de Lima; Buenos Aires heredó del virreinato la convicción de su derecho al ejercicio de la autoridad, y aun cuando comenzó su obra revolucionaria convocando al interior a la labor de reconstrucción del país sobre nuevas bases, se manifestó impotente y ciega para comprender y para canalizar las explosiones de los núcleos sociales a los que ella misma había llamado a la existencia política y que no querían soportar, en un régimen de nación independiente, la tutela que antes sufrían como Colonia; junto a este juego de tendencias señalará Mitre otro plano de fricciones en la incapacidad del interior para aceptar el tipo de democracia orgánica y liberal que Buenos Aires proponía, de la que debía surgir una reacción violenta que el caudillismo estimulaba para obtener, en la disgregación del poder central, una ocasión favorable para la posesión del poder. Desde ese momento, aguzadas las pasiones, la nueva nación no podía ser un mero calco del viejo virreinato, y mientras apareciera la fórmula de conciliación —oculta, sobre todo, por la inexperiencia en el ejercicio de la vida política, a los ojos de unos y otros— no había otra posibilidad que renunciar a la constitución de la nación, y Buenos Aires, hasta 1820 vestal de la unidad, cedió en la demanda bajo la presión de los ejércitos de Cepeda.

Mitre no podía sino condenar un sentimiento que había conducido a tal situación, y así lo hace con frecuencia; y no solo lo condena a él y a sus portadores, sino también a los propulsores de la política tibia y transigente de Buenos Aires cuando la separación del Paraguay, [70] o cuando, en holocausto de la paz, se manifestó en los grupos porteños la tendencia a ceder los derechos de la capital a la hegemonía política en 1816. [71] La condenación del localismo era, pues, el resultado de un punto de partida permanentemente mantenido por Mitre, que veía en Buenos Aires y en el mantenimiento de su autoridad la condición indispensable de la unidad, [72] y correspondía a la valoración de sus consecuencias, manifiestas en la disolución de la sociedad política tras los esfuerzos desesperados de los grupos ilustrados de Buenos Aires por mantenerla y consolidarla; [73] parecía como si Mitre se sintiera entonces continuador solidario de aquel punto de vista.

Pero la condenación no podía ser absoluta siendo Mitre quien era, con su claro sentido de la Realidad y con su penetrante comprensión del juego de la vida política. El localismo como impulso instintivo había cristalizado, poco a poco, como doctrina, en el ideario federal, y tal concepción de la organización constitucional del país no tenía para él, que no se curaba de fantasmas, el signo de barbarie excluyente que tuvo para otros, como para el mismo Vicente Fidel López, por ejemplo; era, por el contrario, una forma jurídica que nada tenía que ver con los horrores que se habían cometido en su nombre, y en la que veía ahora, precisamente, la posibilidad de una estructuración del país. Mitre no ocultaba su visión con la venda de esa antinomia ya caduca de unitarios y federales y procuraba ver la Realidad tras los esquemas de las ideologías; y como la Realidad le ofrece el espectáculo de una comunidad que da por presupuesta la nación, pero que defiende las autonomías locales, Mitre se rinde a la evidencia y acepta la Realidad como es, para canalizar sus impulsos, pero sin estrellarse contra la roca de sus principios radicales y constitutivos. Por esa flexible comprensión de lo inmediato era Mitre un político de excepción, y por eso, en cuanto historiador, sabe ver en el sentimiento localista, tan fustigado por él cuando se manifiesta bajo sus formas bárbaras, los elementos valiosos que han decantado en una concepción eficaz de la convivencia. Y en el Proceso de formación del concepto de nación que desemboca en la Crisis, en la que debe actuar como político, sabe reconocer, para aleccionar a los espíritus obnubilados, lo que aquel sentimiento ha aportado: una idea estructuradora intensamente vivida, bajo la cual ha sido posible la integración en la comunidad nacional de grupos sociales robustos y conscientes, en quienes la lucha por un ideal de convivencia testimoniaba la voluntad gregaria. Había sido la Realidad histórica que le fuera dado observar en el decenio que transcurre entre la secesión de Buenos Aires y la batalla de Pavón la que lo había incitado a buscar en el Pasado cuál era la auténtica significación de la nefasta antinomia de unitarios y federales, que él deshace como historiador en la conciencia colectiva y como político en el campo de la Realidad contemporánea.

La conceptuación de las ideologías

Como cuando se plantea el problema de las raíces del sentimiento nacional, Mitre parte, al tratar de señalar las líneas de desenvolvimiento y constitución de las ideologías, de la temática suscitada por la situación inmediata. El punto en el cual habrán de desembocar está señalado inequívocamente por el triunfo de la organización republicana y federal, animada por un espíritu fuertemente liberal y democrático, y Mitre procurará ahondar en la persecución de sus antecedentes en el Pasado colonial y señalar luego su Proceso de maduración, las fuerzas que lo combatieron, aquellas que con su oposición contribuyeron a acentuar su perfil, y finalmente su estructuración definitiva en un sistema de formas políticas y de convicciones ideológicas aceptadas por el consenso unánime y consolidadas en la conciencia de la comunidad organizada bajo formas jurídicas.

Este sistema compacto de formas y de ideas coincidía con la sensibilidad pública de Mitre; surge enérgicamente en todas las ocasiones en que se enfrenta con el tema, como un sentimiento de repulsión hacia las autocracias, manifestado en su acción política y definido expresamente en su labor de historiador a propósito de la conducta de los caudillos o de los intentos militaristas de Alvear o de Bolívar; y está presente en su constante exaltación de las virtudes republicanas, que él mismo ejercitara en grado sumo y que destaca como notas predominantes en el comportamiento de Belgrano o de San Martín, de Rivadavia o de Lavalle; aún es posible advertirlas en el cálido elogio que le merece la democracia norteamericana, cuyos modelos paradigmáticos halla en Franklin y en Washington, a quienes atribuye la significación de ejemplos vivos para el demócrata y el republicano. [74]

Para filiar el Proceso de constitución y afirmación de esa ideología, así como su choque con aquellas que se le opusieron, parte Mitre del análisis de la Estructura típica de la sociedad virreinal en el Río de la Plata, en la que descubre los testimonios de una democracia radical y constitutiva, que es su principal característica y de la que señala la trascendencia como principio diferenciador; [75] esta democracia poseía, en el régimen de los cabildos, el germen del principio representativo, y Mitre considerará desarrollo de él las etapas primeras del movimiento revolucionario y emancipador. [76]

Contrastaba con ese sentimiento la ruda coacción que ejercía el régimen impuesto por la metrópoli en materia económica, y el monopolio habrá de traer a primer plano, a juicio de Mitre, la conciencia de las diferencias sociales y económicas suscitadas por ese régimen, entre los que se beneficiaban y los que se perjudicaban con él; Mitre señala la importancia de este factor en la constitución de las ideologías y ve en él —así como en otros privilegios diferenciales y en la creciente solidaridad de los grupos peninsulares con el régimen establecido— el principio de diversificación, en el seno de la sociedad porteña de la época virreinal, de dos grupos que se oponen ya en el último cuarto del siglo XVIII. Estos dos grupos, señala Mitre, existían en los hechos desde hacía mucho tiempo, pero adquirían conciencia de su desigual situación cuando se opera, en Buenos Aires especialmente, la recepción del pensamiento liberal por parte de las minorías ilustradas, manifestado, en principio, en el campo de las cuestiones económicas y muy pronto en el de las cuestiones políticas. Es a Belgrano a quien señala Mitre como propulsor de estas ideas en el Río de la Plata, luego de su viaje a Europa, y señalará en el grupo que se constituye a su alrededor —o, mejor dicho, alrededor de esas ideas— el Proceso de formación de una conciencia de minoría que hará de él, poco después, el núcleo director de la opinión popular. [77]

Es esta minoría la que otorga personalidad política al sentimiento espontáneo de los grupos criollos cuando, alrededor de los acontecimientos vinculados a las invasiones inglesas, esto es, la reconquista y la defensa, la deposición de Cisneros y la sublevación de Montevideo, comienza a advertir su diferenciación de los grupos peninsulares. Los criollos seguirían el ideario liberal en materia económica y política; los peninsulares, por el contrario, se afirmarían en una posición reaccionaria frente a él, opuesta al levantamiento del monopolio y a todo comportamiento que significara una oportunidad para la manifestación del espíritu autonómico de los criollos. [78] De este modo ve Mitre delinearse en los orígenes coloniales lo que él llamará “el gran partido de la revolución”, liberal, progresista, democrático, pero típicamente porteño, y frente a cuyas aspiraciones estaba totalmente inerte el resto de los pueblos del virreinato.

A este partido, con estos caracteres, es a quien hace Mitre protagonista de la Revolución de 1810, que cuajó con ellos en la conciencia popular, aunque luego se desvirtuaran ocasionalmente algunos. La minoría ilustrada intentó imponer desde el primer día ese cuerpo de doctrina, ese conjunto de ideales sistemáticamente combinados en la noción de democracia orgánica, que Mitre opone a las formas semibárbaras; [79] sus dirigentes eran “hombres de principios”, esto es, poseedores de un sistema claro de ideas acerca de los problemas políticos, económicos y sociales, que aspiraban a imponer como una ideología cerrada.
[80] Eran sus notas originarias el ideal republicano y democrático y la tendencia liberal, pero apenas transformada en acción gubernativa se manifestó como caracterizada también por una tendencia centralizadora, proveniente, a un mismo tiempo, de la mera tradición virreinal y de la convicción de que el germen revolucionario solo tenía fuerza suficiente para prosperar en la capital; poco después, en tanto que se realizaba en los hechos, señala Mitre cómo se advertía finalmente una notoria incapacidad técnica, producto de la inexperiencia, de la escasa difusión de los mecanismos puestos en uso por la democracia norteamericana y acaso por cierta carencia de elasticidad para ajustar las ideologías a los cambios inesperados y repentinos que se producían en la Realidad social y política,
[81] acentuada por el vago temor que la minoría ilustrada sentía con respecto a la intromisión de las Masas populares en la dirección del movimiento revolucionario, al que podían darle un tono demagógico y violento que repugnaba a su temperamento moderado.
[82]

La transformación de la Realidad social y política se operó cuando los grupos sociales del interior se sumaron a la Revolución, respondiendo al llamado de Buenos Aires, pero manifestando también, desde el primer momento, su decisión de no ser, como habían sido en el virreinato, elementos puramente pasivos. Pidieron derechos que la ideología centralista de los de Buenos Aires no había previsto, y Mitre señala en ellos una tenaz resistencia a toda modificación de su concepción cuando observa que el gobierno porteño consideraba la federación como un régimen peligroso
[83] y que la no aceptación de los principios sentados por Moreno, en su previsor y clarividente editorial de La Gaceta, había ocasionado la primera dislocación del poder central. De esta actitud de la minoría ilustrada de Buenos Aires había de nacer el profundo resentimiento de los pueblos del interior hacia la capital, que Mitre señala reiteradamente,
[84] y en el que ve, por sobre los justos motivos de la disidencia provinciana, una intolerancia para la acción progresista y liberal que constituía una fuerza retardataria para la revolución, aun cuando afirma la presencia de un genuino sentimiento de democracia y de emancipación en el sentimiento que la mueve.
[85]

Mientras señala el ascenso de este nuevo elemento en el cuadro de las ideologías, Mitre comprueba la escisión del partido revolucionario en dos grupos, el de los demócratas y el de los Conservadores, localizando en el primero las tendencias del partido que, en adelante, llamará “liberal”, a quienes considera, además, herederos y sustentadores del espíritu originario de la primitiva minoría ilustrada; los Conservadores, en cambio, se torcerán hacia una posición reaccionaria, teñida ahora con una tendencia demagógica, que se manifestará en el orden local en el motín de abril de 1811 y en el orden nacional en la sinuosa aceptación de las tendencias localistas y federativas,
[86] más por la mezquina ventaja circunstancial que proporcionaba a sus intereses facciosos que por una convicción profunda. Como una consecuencia de los acontecimientos que provocó la preeminencia del grupo conservador, los demócratas afirmaron sus convicciones y el grupo cuajó en el partido liberal, fortalecido con nuevos elementos, fijado resueltamente en su ideología, gracias al programa categórico de la Asociación Lautaro, y resuelto, más que nunca, a fijar en la capital el centro de la autoridad y en el gobierno central la totalidad del poder. Así ve Mitre el Proceso político e ideológico de los primeros tiempos de la revolución.
[87]

El fortalecimiento del partido liberal y el decidido impulso que dio al establecimiento de su ideología política desde el gobierno contribuyeron, por contraste, a definir los sentimientos y las aspiraciones de los grupos del interior, federativos en cuanto a régimen de gobierno y recalcitrantes en cuanto a las tendencias liberales y europeizantes de aquel. Mitre ve en los últimos unos grupos rurales, enemigos de la ciudad en cuanto a forma de vida y en especial de la capital en cuanto a centro de difusión de los ideales que ellos resistían; ve en ellos una “tercera entidad, enemiga igualmente de realistas y patriotas”,
[88] en la que advierte el predominio de ciertos instintos primitivos y bárbaros, bajo los cuales se esconde el germen de una democracia instintiva, pero irreflexivo y falto de control, producto de un impulso desatado, estimulado en sus tendencias irreflexivas por los caudillos ambiciosos; Mitre no escatima la censura contra estos últimos, pero reconoce aquellas virtudes en potencia en las Masas que les seguían, de las que, si no podía esperarse nada entonces, era lícito aguardar en lo futuro —un futuro que Mitre veía como presente— un fortalecimiento de la democracia, una vez que se decantaran sus tendencias y se apagaran los influjos maléficos que obraban sobre ellas.
[89] Vale la pena observar, sin embargo, que, aunque estima sus sentimientos democráticos, pospone ese valor positivo a lo que significaba su actitud antiprogresista para la construcción del país.

Junto a su condenación del movimiento federalista por las circunstancias anotadas, que implicaban, a su juicio —como para el partido liberal en el período de 1810 a 1820—, la anarquía, el desorden y la quiebra de la libertad, [90] Mitre deja constancia de su condenación por las vacilaciones del partido liberal cuando se abocó a la solución de los problemas planteados por su antagonismo con el interior. Igualmente fustigará Mitre el absurdo intento militarista de Alvear, sus negociaciones con la monarquía inglesa y las que todo el grupo liberal llevó a cabo en las cortes europeas; en efecto, llamará indefectiblemente “error” a las tendencias monárquicas, [91] porque considera que no se ajustaban al “modo de ser de la América”, [92] aun cuando justifica la buena fe de algunos de sus sostenedores; [93] considera que la idea republicana es el resultado de una tendencia innata, tal como se manifestó en el hecho de que el Congreso de Tucumán, contra lo que podía suponerse, dadas las características políticas de sus miembros e inspiradores, [94] fuera capaz de acertar —es el término usado— [95] con la auténtica solución republicana. Y cuando se enfrenta con este período, ante la impotencia del partido liberal porteño, ante la ceguera de los grupos federalistas y ante la promesa de éxito que se adivinaba en la campaña libertadora de San Martín, ajeno al juego de los intereses políticos, afirma Mitre que la revolución se ha bifurcado, y que así como la que se proponía la emancipación avanza por la vía del triunfo, la que se proponía organizar el país plantea un dramático interrogante; esta segunda es para Mitre la verdadera, la profunda revolución, [96] y se esforzará por describir, partiendo de su concepción de los complejos históricos, cuáles son los elementos en pugna: “Mientras tanto, la revolución interna, más ingobernable cada día, seguía su curso fatal. Efecto de nuevas vivas fuerzas que se chocaban, se neutralizaban o se combinaban sin concierto; producto de instintos selváticos de independencia individual y de reglas teóricas de disciplina legal; antagonismo de oligarquía y de democracia, complicación de rivalidades locales, de ambiciones personales, de pasiones egoístas y tumultuosas, de movimientos convulsivos de las Masas ignorantes y de errores de los hombres ilustrados, de falta de cohesión social y de coherencia política, desequilibrio de fuerzas morales y materiales, la revolución interna revestía constitutivamente la forma innata de una república democrática que aspira con ardor a la independencia nacional”. [97] Así ve Mitre la Crisis en varios pasajes de notable agudeza.

La Crisis dejaba, pues, a salvo el principio de la república democrática e independiente; pero Mitre observará con singular acuidad que en ese Proceso el ideario liberal y progresista permanecerá ajeno a los núcleos federalistas; entretanto se conservaba en Buenos Aires vigente aún por algún tiempo con el Directorio, cada vez más impotente y más inhábil; pero después se ocultará cuando por la fuerza de las armas cede Buenos Aires sus derechos a la hegemonía, pero solo para volver a surgir a la luz bajo la inspiración rivadaviana, dentro de los límites de la provincia; y todavía intentarán las minorías ilustradas de la capital con Rivadavia, esta vez presidente, ejercer su función directora sobre la totalidad del país, y entonces, como antes desde su ministerio provincial, impondrá su programa liberal y progresista, en el que Mitre ve la perpetuación de aquella línea de pensamiento que, iniciada con la minoría ilustrada del último período colonial, se manifiesta luego en Mariano Moreno y en el grupo de los demócratas primero, y en el partido liberal después, y en la que, junto a aquella ideología se manifestara nítidamente una invariable tendencia al centralismo porteño. [98]

Pero la tormenta de las pasiones y de los instintos incontenidos había de poner fin a la política rivadaviana; Mitre lo ve descender del poder sintiendo en su ánimo de historiador del Pasado la misma amargura con que el político había visto reaparecer, después de Caseros, el cintillo rojo de Urquiza. Mitre, sin embargo, sigue pensando que Buenos Aires cumplía secretamente su función monitora sobre la nación anarquizada, porque sabía que esta alcanzaría un día el grado de evolución necesario como para aceptar el plan ejemplar implícito en la política ejercitada por Rivadavia como ministro de Buenos Aires y como presidente de la República: no escribió sobre lo que ocurrió después, pero reconocía de hecho que el país había sufrido una catarsis purificadora durante los años de la dictadura y que por ella se había tornado apto para recibir la herencia del más grande hombre civil de los argentinos.

Mitre verá, bajo el prisma de su propia experiencia de hombre de acción que, en efecto, la totalidad de la comunidad social podía en su tiempo aprovechar y calcar acaso lo que Buenos Aires había emprendido con éxito, mientras su área de influencia había sido el restringido campo de la provincia; y cuando, elogiando a Rivadavia, recuerda su labor constructiva como ministro y como presidente —como presidente que tampoco sentía el país mucho más allá del Arroyo del Medio—, se atreve a afirmar —era en 1880— que la Constitución del ’53 había seguido las huellas de la constitución rivadaviana, con las solas modificaciones que importaba la acentuación de la tendencia federalista, ya esbozada y sabiamente compensada por su autor. [99] Acaso por eso la defendió con calor en el período porteño de su actuación política, porque era liberal y progresista, porque era federal sin excesos que pudieran conducir a la disgregación, porque era nacional sin desconocer la significación de su ciudad amada. Pero, sobre todo, fue por reconocer en ella la línea de la ideología democrática y liberal, cuyo curso procuraba establecer tan cuidadosamente, por lo que Mitre saludó en ella el triunfo de una orientación política que creía con firmeza que coincidía estrechamente con el ser de la nación.

La concepción del Pasado histórico y los ideales de la segunda Argentina

He ahí los dos cauces en el río del tiempo por los cuales quiso remontar Bartolomé Mitre el curso de la vida argentina para conocer el sentido de su fluir y el principio de su Estructura. De la nación como supervivencia del viejo virreinato había visto surgir, tras dura lucha, una nueva nación, amalgama y fusión profunda de su auténtica Realidad social. Su lucha por la organización definitiva del país, dentro de un orden constitucional, había constituido toda una etapa de su vida, y Mitre pudiera descansar como un guerrero victorioso que hubiera conseguido su aspiración primordial. En 1860, cuando consideraba que su misión estaba cumplida, Mitre resumió en una página magnífica la marcha histórica en la cual recorría las últimas etapas: “Hoy recién —decía al jurar la Constitución Nacional en la Plaza de Mayo—, [100]
después de medio siglo de afanes y de luchas, de lágrimas y de sangre, vamos a cumplir el testamento de nuestros padres, ejecutando su última voluntad en el hecho de constituir la nacionalidad argentina bajo el imperio de los principios.

“Hoy recién, después de tantos días de prueba y de conflictos, podemos decir con júbilo en el alma y con el corazón rebosando de esperanza: ésta es la Constitución de las Provincias Unidas del Río de la Plata, cuya independencia fue proclamada en Tucumán hace cuarenta y cuatro años, el 9 de julio de 1816. Ésta es la Constitución de la República Argentina, cuyo voto fue formulado hace treinta y cuatro años por el congreso unitario de 1825. Ésta es también la Constitución del Congreso Federal de Santa Fe, complementada y perfeccionada por la revolución de septiembre, en que Buenos Aires reivindicó sus derechos, y como tal, ésta es la Constitución definitiva, verdadero símbolo de la unión perpetua de los hijos de la gran familia argentina, dispersados por la tempestad, y que al fin vuelven a encontrarse en este lugar en días más serenos para abrazarse como hermanos bajo el amparo de la ley común”.

Sin embargo, algo decía en el fondo de su conciencia de luchador infatigable que nuevos trabajos le aguardaban, porque creía que era deber de la hora, tras la organización del país, desarrollar hasta sus posibilidades últimas esa dimensión, consustanciada con el ser de la patria, constituida por las tendencias liberales y progresistas, que él veía potenciadas en el pensamiento y en la acción de aquellos a quienes saludaba como padres genuinos y venerables de la nueva nación.

Había aprendido que era estéril y caduca la vieja antinomia de unitarios y federales, y que ahora se entreveraban en ella nuevas tendencias e ideales que era necesario entresacar y replantear con clara conciencia de las realidades nuevas. Se sentía acaso menos unitario, pero más ardientemente antidictatorial, más demócrata y más liberal, más enamorado de la tarea de civilizar el país y conducirlo hacia una prosperidad material que permitiera el brillo de su grandeza íntima. Lo que ahora estaba en pugna no eran ya dos principios para la estructuración del país: eran dos políticas para el presente y el futuro del país estructurado. Y el historiador y el político que se proyectaban sobre las vías, paralelas en su existencia, del pensamiento y de la acción, afirmaron con una vigorosa fidelidad a las lecciones de la historia que la construcción del país naciente solo podía realizarse con los andamios de aquellos ideales que levantaron los que entrevieron por primera vez dibujada su fisonomía como nación liberal y democrática.

En última instancia, y como más próximo a su propia visión del destino del país, Mitre vio el paradigma de su acción política en la de Rivadavia, que le mostraba la obra de un “poderoso cerebro que presintió la vida futura de la patria”; y cuando en 1880 quiso esbozar su obra, iba reconociendo paso a paso que constituía el esquema de su propio programa como estadista. “Adelantándose a su tiempo —decía en aquel discurso memorable—, [101]
él enseñó que el hombre, libre por su naturaleza, no es el siervo perpetuo de la gleba ni el feudatario de otros hombres constituidos en autoridad; que el extranjero no es un huésped consentido, sino un miembro de la familia social; que el comercio es la fraternidad práctica de los pueblos y de los individuos; que los derechos civiles son el patrimonio común de la humanidad; que el consorcio armónico de las razas hace la grandeza de las naciones; que la equidad, la justicia y la igualdad ante un derecho universal es la ley primordial de la civilización. Con arreglo a este código escrito en la conciencia humana, dio una patria a los extranjeros que viniesen a vivir al amparo de nuestras leyes hospitalarias, igualando sus derechos civiles con los de los nativos, declarándolos eternamente inviolables, y dio así a los propios un escudo contra la arbitrariedad doméstica y un medio de rescatarlos en todo tiempo. Hizo cesar la bárbara prohibición de que los españoles contrajeran uniones lícitas y fecundas en el país. Él predicó esta verdad, vulgarizada hoy, que le valió en su tiempo el epíteto de utopista: que el orden, la libertad, la seguridad, la dignidad del hombre constituido en sociedad son los medios más eficaces para aumentar la población, ocupar los desiertos, acrecentar la masa del capital social y dar base inconmovible a la felicidad pública y privada.” Palabras llenas de emoción y de intención contemporáneas con las que Mitre definía a un tiempo la filiación de la política liberal y los caracteres con que la postulaba para el futuro.

De esta filiación histórica resultaba, en efecto, su fundamentación teórica y su ejecución activa en una labor de medio siglo, porque en Mitre se confundían el historiador y el político en una sólida y compacta Estructura íntima. Por un claro sentido de la Realidad inmediata, por la fuerza de un ideario firme, que compartía con otros de su generación, pero que él resumía en su posición y definía como ninguno, acaso, de sus contemporáneos, habían de estar a su lado los espíritus más preclaros, y aun aquellos que disentían de él en cuestiones circunstanciales. Y con él, como con Elizalde y Rawson, con Costa y Vélez Sarsfield, con Sarmiento, Avellaneda y Roca después, el país debía cumplir los designios precisos de aquella política, que implicaba una verdadera construcción de su Estructura material y espiritual, porque suponía el desarrollar su inmenso potencial económico, el acrecentar su población con una sana política inmigratoria, el educar a los niños y a los jóvenes, el capacitar a los ciudadanos para el ejercicio de la vida cívica, el perfeccionar las instituciones republicanas.

Miguel Cané nos ha dejado en su deliciosa Juvenilia un testimonio inapreciable para descubrir el Proceso de crecimiento y maduración de esa sensibilidad democrática, progresista y liberal que caracteriza ese período que transcurre bajo la advocación de Mitre y que, por la peculiaridad de su fisonomía, bien merece ser llamado el período de la segunda Argentina. Se reconocen en sus páginas, frescas y ricas en experiencias inmediatas, las premisas de una conducta republicana elevadas a una categoría de principios inmutables en la conciencia de los grupos ilustrados, los signos de un concepto honrado y responsable de la vida pública, los principios de una política de esfuerzo y sacrificio, llena de heroica civilidad y destinada a transformar un país colonial en una potencia soberana y poderosa material y espiritualmente.

El pensamiento político de Mitre, en quien se resumen en buena parte las aspiraciones y los ideales de su tiempo, sus convicciones espontáneas, así como aquellas que las complementaban y que habían surgido ante sus ojos de la lección de la historia —de una historia que él mismo construía para proveer al país, como lo presentía Sarmiento, de una conciencia colectiva—, constituía la expresión más clara y precisa, más profunda y madura de los ideales de una Argentina nueva, de la que surgía tras la larga catarsis experimentada en cincuenta años de ensayos y de errores, de esfuerzos y de luchas: era una segunda Argentina, prefigurada en la primera, pero depurada y perfilada como comunidad social y como entidad política, y en la que nuevos rumbos se afirmaban ya sobre las sólidas calzadas de las instituciones constituidas y de las convicciones arraigadas.

Y no eran ideales vanos y remotos, sino, por el contrario, circunscriptos y afirmados ya por un principio de realización. Exigían, eso sí, inquebrantable decisión y sentido de la Realidad. La magnitud de la faena no podía, sin embargo, postrar las voluntades de aquellos espíritus hechos a la lucha, y se vio, en cambio, cómo crecían ante los obstáculos, cómo aguzaban sus sentidos para la percepción de los medios y de los fines, cómo templaban el ánimo viril para perseverar en la acción predeterminada. No eran Aquiles o Ayaces: eran, acaso, Cincinatos que todo lo esperaban de sí mismos y que ejercitaron la primera virtud humana del esfuerzo vigoroso y esperanzado en el destino de la colectividad, por cuyo bien luchaban.

Los años que transcurrieron entre la constitución de la Nación y la Crisis del ’90 configuran, desde el punto de vista de nuestra historia social, un período de fisonomía precisa y clara, dibujada por la nitidez de los ideales perseguidos y por el esfuerzo ciclópeo cumplido para tornarlos realidades. Fue la era de la sana política inmigratoria, de la legislación liberal, del desarrollo de la educación pública, de la toma de posesión de la tierra, del estímulo de las actividades creadoras de la riqueza, del afianzamiento de las instituciones republicanas, de la exaltación del sentimiento cívico. Fue la era de la construcción del país.

Nadie podrá negar que es a los hombres de la segunda Argentina a quienes debemos esa obra ingente y nadie podrá negar que su programa ha quedado inconcluso. Vivimos una tercera Argentina, hija de aquella, que ha creído que le era lícito descansar de tantas fatigas. El error es profundo y acusa como su rasgo predominante una inaudita inconciencia histórica. Por eso la hora es ya llegada de que realicemos un nuevo ajuste entre el Pasado y el futuro, como Mitre lo hizo, para descubrir cuáles son los deberes que nos impone la continuidad del destino común.

Notas

1 Se encontrarán noticias sobre esta etapa del pensamiento de Mitre en José Juan Biedma, El teniente general Bartolomé Mitre, publicado como apéndice a la edición de las “Arengas”, La Nación, t. III, Buenos Aires, 1902; y en Adolfo Mitre, Mitre, periodista, Buenos Aires, 1943. Puede consultarse también Rojas, Historia de la literatura argentina.

2 La biografía de Artigas estaba casi concluida en 1842, en Montevideo.

3 Mitre, discurso pronunciado en la sesión del 4 de marzo de 1854 en la Asamblea General Constituyente, en “Arengas”, La Nación, t. I, Buenos Aires, 1902, pág. 51.

4 Mitre, Historia de Belgrano, edición de 1858, t. I, pág. 5; véase el comentario del propio autor en Comprobaciones históricas, Buenos Aires, La Facultad, 1921, edición de Ricardo Rojas, segunda parte, págs. 56-57.

5 Sarmiento, Historia del General Belgrano por el General Mitre, corolario de la primera edición, publicado en la edición de 1858-1859.

6 Véase Mitre, Estudios históricos sobre la Revolución de Mayo: Belgrano y Güemes, Buenos Aires, 1864.

7 Mitre, Manifiesto revolucionario, octubre de 1874, en “Arengas”, t. II, págs. 203-204.

8 Mitre, A la juventud de Buenos Aires en su meeting de la Unión Cívica, en “Arengas”, t. III, pág. 98.

9 Véase cómo admira en San Martín esta cualidad específica en Historia de San Martín, edición oficial, Buenos Aires, 1938 y ss., t. I, pág. 141 (cf. “Arengas”, t. II, pág. 208), t. II, págs. 98 y ss., t. III, pág. 482.

10 En las Comprobaciones históricas, en las historias de Belgrano y de San Martín, en algunos discursos, especialmente en los llamados “Acuñación de moneda”, “Cuestión de San Juan”, “Cuestión puerto de Buenos Aires” y otros, se advierte la huella o la enunciación explícita de esas lecturas, en las que predominan los historiadores como Thiers, Michelet, Guizot, Macaulay, Gervinus, etc., los sociólogos y políticos como Rousseau, Payne, Spencer, Bentham, Taney, Blackstone, Hamilton, etc., los economistas como Say o Peel.

11 Véase, como ejemplo, la carta de Mitre a Barros Arana, publicada luego en la Revista Chilena con el título de “Carta sobre literatura americana”, que Rojas transcribe en parte en la “Noticia preliminar” a las Comprobaciones históricas, págs. XX y ss. En rigor, toda la obra citada puede testimoniar esa preocupación.

12 Véase el siguiente pasaje de Rivadavia, en “Arengas”, t. III, pág. 24: “Este programa enciclopédico y racional (que fue llenado), señala la más luminosa explosión de los conocimientos humanos entre nosotros, y es el punto de partida del sólido sistema de educación que definitivamente hemos adoptado, dándole por base la ciencia positiva, sin la cual todo saber es estéril”.

13 Obsérvese cómo justifica Mitre la acción pública de las minorías ilustradas de 1814 a 1815 por su inexperiencia política en Historia de Belgrano, edición oficial, t. VII, págs. 226-227.

14 Véase Historia de Belgrano, t. VI, pág. 428.

15 Véase Comprobaciones históricas, parte segunda, págs. 47 y ss.: “Sus juicios —dice refiriéndose a Vicente Fidel López— reflejan la intolerancia política de la época de lucha de los partidos históricos, que pretenden imponerse sin contradicción, lo que obscurece su fina y natural penetración, y participa del carácter retrospectivo que le hemos señalado; a veces son irritantes para la serena imparcialidad de los presentes, y a menudo pecan por falta de medida o equilibrio moral”.

16 Véase el pasaje ejemplar de las Comprobaciones históricas, parte segunda, pág. 197: “Si del patriotismo en la historia se trata, lo entendemos como todos los que, escribiéndola de buena fe y con espíritu libre, buscan en ella la verdad sin halagar preocupaciones propias ni extrañas, ni fomentar odios internacionales y la dicen con franqueza y sin temor, sea que favorezca o no al país de su nacimiento, porque el sentimiento conservador de la nacionalidad, que se inspira en el Pasado, busca en la verdad lecciones y reglas de conducta para el presente y el futuro, y no la estéril satisfacción de la vanagloria”.

17 Podrían señalarse numerosos pasajes de las Comprobaciones históricas, de las dos historias, y de los Estudios sobre la Revolución, para probar esta preocupación; ha sido, justamente, su evidencia, lo que ha inducido al error de creer que esa era la preocupación decisiva de Mitre como historiador.

18 Véase Comprobaciones históricas, parte segunda, págs. 54 y ss.

19 Comprobaciones históricas, parte primera, págs. 198-199.

20 Comprobaciones históricas, parte primera, págs. 9, 199 y ss.; parte segunda, pág. 28.

21 Véase su cuidado para establecer la recta ordenación de los hechos en los siguientes pasajes, por vía de ejemplo: Historia de Belgrano, t. VI, pág. 1 (las primeras líneas de la “Introducción”); pág. 236; págs. 242-243; pág. 429.

22 Comprobaciones históricas, parte primera, pág. 197.

23 Comprobaciones históricas, parte primera, pág. 342.

24 Comprobaciones históricas, parte segunda, pág. 57; Historia de Belgrano, t. VI, pág. 2.

25 Comprobaciones históricas, parte segunda, pág. 55.

26 Comprobaciones históricas, parte segunda, pág. 26.

27 Véase el sugestivo pasaje de las Comprobaciones históricas, parte segunda, pág. 27: “Hoy la filosofía de la historia no es un discurso dogmático como el de Bossuet, ni un sueño espiritualista como el de Herder. Es una ciencia positiva, a que concurren todas las ciencias, que explica en el orden natural de sus causas las evoluciones sucesivas en la coordinación lógica de los hechos, aun de aquellos que antes se consideraban fortuitos, y que deduce por la observación y la comparación las leyes regulares que presiden al crecimiento y la decadencia de las naciones, o sea lo que se ha llamado la ‘dinámica social’, en contraposición de la ‘teología social’. Resulta evidente la influencia comtiana”.

28 Comprobaciones históricas, parte segunda, pág. 28.

29 Comprobaciones históricas, parte segunda, pág. 52.

30 Véase cómo define Mitre el objeto de la historia en Comprobaciones históricas, parte primera, pág. 203: “Dar ordenación clasificándolos, a esa masa de hechos informes o no bien definidos; desprender de ellos su correlación necesaria, su trascendencia y eficiencia; asignarles su significado, desentrañando la acción consciente de los actores en ellos o el resultado fatal que debían producir o han producido; formar de las partes un conjunto, y del conjunto la ley a que ha obedecido en sus múltiples transformaciones y evoluciones, hasta asumir una forma articulada y una constitución orgánica, tal es el objeto de la historia, de cualquier modo que ella se escriba, y tal es la inteligencia que de la nuestra nos han dado los historiadores que se han venido sucediendo, ya sea acompañando servilmente los sucesos, ya salvándolos del olvido, ya proyectando sobre ellos una luz más o menos viva, más o menos falsa, porque todo eso sirve a formar los elementos del juicio racional o de la conciencia colectiva. No se acierta sino errando; ni se juzga sino por comparación”.

31 Historia de Belgrano, t. VI, pág. 298.

32 Historia de Belgrano, t. VI, pág. 47.

33 Historia de Belgrano, t. VI, pág. 200: “El día que unos cuantos hombres comprendieron esto, estalló la revolución. Por eso la revolución, incubada por una minoría ilustrada, fue recibida por las Masas como una ley que se cumplía, sin sacudimientos y sin violencias”.

34 Rivadavia, en “Arengas”, t. III, pág. 30: “Fue entonces cuando Rivadavia, poniéndose al frente del gobierno supremo de las Provincias Unidas, aceptó el reto y dijo con resolución: ‘Ha llegado el momento de oponer los principios a la espada’. Esta actitud salvó en aquella ocasión el porvenir de las instituciones verdaderamente republicanas en la América meridional”.

35 Historia de Belgrano, loc. cit. y t. VI, pág. 289.

36 Historia de Belgrano, t. VI, págs. 325-326; t. VII, pág. 227: “Pero cuando empiezan las revoluciones, lo más difícil es tener la inteligencia de la conciencia pública, entidad misteriosa que escapa a la penetración de los mismos que participan de las tendencias de la mayoría; y esa inteligencia se forma primero en las Masas que en los directores de un gran movimiento, porque, creyendo éstos dirigirlo con ideas abstractas o preconcebidas, no advierten que ellas pugnan con los hechos”.

37 Véase nota 9.

38 Historia de Belgrano, t. VI, págs. 161 y ss.; 325-326, 331, 339, y las que se indican en la nota.

39 Pueden señalarse muchos pasajes que evidencian su condenación de los caudillos; véase, como ejemplo: Historia de Belgrano, t. VI, págs. 410-411, 453; t. VII, págs. 195, 222, 260, 336-337; t. VIII, págs. 142 y ss., 253, 280; Historia de San Martín, t. III, pág. 143; “Arengas”, t. I, pág. 68. Vale la pena destacar que, analizando la proclama de López y Ramírez al pueblo de Buenos Aires en 1820, señala cómo ha aparecido ya en los caudillos un sentimiento nacional (Historia de Belgrano, t. VIII, pág. 340).

40 Véanse los textos anteriormente citados y en especial el último.

41 Historia de San Martín, t. I, pág. 141; y “Arengas”, t. II, pág. 208.

42 Historia de Belgrano, t. VI, pág. 293: “Precédenlos (a los pueblos) en esa vía naturalezas privilegiadas, que presienten los acontecimientos futuros sin tener su clara inteligencia, y que más atrevidos o más generosos marchan a vanguardia de las revoluciones explorando el terreno en procura del bien desconocido”.

43 Comprobaciones históricas, parte primera, págs. 340-341.

44 Historia de San Martín, t. V, pág. 128.

45 Comprobaciones históricas, primera parte, págs. 202-203, cf. Historia de Belgrano, t. VIII, pág. 270.

46 Historia de Belgrano, t. VIII, págs. 365-366.

47 Obsérvese la clara percepción de las mutaciones históricas que hay en el cuadro que ofrece en Rivadavia, “Arengas”, t. III, págs. 19 y ss.; intentos de una precisa periodización se advierten en Historia de Belgrano, t. VI, págs. 105, 220-221, 297-298; t. VII, págs. 312-313; véase Comprobaciones históricas, “Advertencia”, págs. XLIII-XLIV, e Historia de San Martín, t. III, págs. 123-124.

48 Historia de Belgrano, t. VI, págs. 11 y ss.

49 Historia de Belgrano, t. VI, págs. 57 y ss.; t. VII, págs. 386-387.

50 Historia de Belgrano, t. VI, págs. 43-44, 242.

51 Historia de Belgrano, t. VI, pág. 57.

52 Historia de Belgrano, t. VI, pág. 17. Es digno de ser señalado el hecho de que esta observación no haya conducido a Mitre a una explicación económica del separatismo del litoral.

53 Historia de Belgrano, t. VI, pág. 56.

54 Véase cómo destaca ese hecho, fundamental para el problema que constituye su punto de partida, en los siguientes pasajes: Historia de Belgrano, t. VI, págs. 142, 152, 156, 194, 199; Comprobaciones históricas, parte primera, págs. 100-101, 201-202.

55 Historia de Belgrano, t. VI, págs. 273-274; Comprobaciones históricas, parte primera, págs. 204-205.

56 Historia de Belgrano, t. VI, pág. 342.

57 Historia de Belgrano, t. VI, págs. 415-416.

58 Historia de Belgrano, t. VI, págs. 432-433; t. VIII, pág. 275.

59 Historia de Belgrano, t. VI, pág. 319.

60 Historia de Belgrano, t. VII, pág. 204.

61 Historia de Belgrano, t. VII, págs. 283, 297, 304.

62 Véanse las notas 39 y 66.

63 La presencia del sentimiento de comunidad americana está señalada en múltiples pasajes, pero no se destaca su significación; véase, por ejemplo, Historia de Belgrano, t. VI, págs. 269, 278, 280, 408; t. VII, págs. 18, 93, 117, 352. Pero basta para percibir cómo ha sido observado y —en otro sentido— no valorizado este sentimiento, la lectura del capítulo primero de la Historia de San Martín.

64 Historia de Belgrano, t. VI, pág. 416.

65 Historia de Belgrano, t. VI, pág. 453; t. VII, pág. 297.

66 Historia de Belgrano, t. VI, págs. 410-411, 453; t. VII, págs. 195, 222, 260, 336-337, 388; t. VIII, págs. 142 y ss., 253, 280; Historia de San Martín, t. III, pág. 143.

67 Historia de Belgrano, t. VI, págs. 1-2, 446; t. VII, págs. 311 y ss.; “Arengas”, t. III, pág. 31.

68 Véase la visión de conjunto que, en tal sentido, proporciona el capítulo XXX, passim, de la Historia de Belgrano.

69 Véase nota 66 y Comprobaciones históricas, “Advertencia”, págs. XLIII-XLIV.

70 Historia de Belgrano, t. VI, pág. 438.

71 Historia de Belgrano, t. VII, págs. 289, 298-299.

72 Véase nota 61 e Historia de Belgrano, t. VI, págs. 242-243.

73 Historia de Belgrano, t. VII, págs. 309 y ss.

74 Historia de Belgrano, t. VI, pág. 74; t. VII, págs. 85-86; Historia de San Martín, t. I, págs. 59, 125, 129; t. IV, págs. 217, 440; t. V, pág. 113.

75 Historia de Belgrano, t. VI, págs. 32, 57 y ss.; t. VII, pág. 352.

76 Historia de Belgrano, t. VI, págs. 60-61.

77 Historia de Belgrano, t. VI, págs. 65 y ss., 282 y ss.

78 Historia de Belgrano, t. VI, págs. 75 y ss., 204 y ss., 225, 257 y ss., 274, 278.

79 Véase la oposición en Historia de Belgrano, t. VII, págs. 221 y ss.

80 Véase, sobre los “hombres de principios”, Historia de Belgrano, págs. 259 y 263; “Arengas”, t. I, pág. 189.

81 Historia de Belgrano, t. VII, págs. 226-227, 301.

82 Historia de Belgrano, t. VI, págs. 325-326.

83 Historia de Belgrano, t. VI, págs. 437-438.

84 Mitre lo señala en numerosos pasajes; véanse, entre otros, los siguientes: Historia de Belgrano, t. VI, pág. 453; t. VII, págs. 223, 297.

85 Véanse los pasajes citados en las notas 39 y 66.

86 Historia de Belgrano, t. VI, págs. 452, 413-416.

87 Historia de Belgrano, t. VII, págs. 68-69, 89 y ss., 203.

88 Historia de Belgrano, t. VIII, págs. 221 y ss.

89 Historia de Belgrano, t. VIII, pág. 340.

90 Historia de Belgrano, t. VII, págs. 273-274.

91 Véase por ejemplo, Historia de Belgrano, t. VII, pág. 256; t. VI, págs. 101, 271.

92 Historia de Belgrano, t. VII, pág. 245.

93 Historia de Belgrano, t. VI, pág. 232; t. VII, pág. 256.

94 Historia de Belgrano, t. VII, págs. 354-355.

95 Historia de Belgrano, t. VII, pág. 311.

96 Historia de Belgrano, t. VII, págs. 312-313.

97 Historia de Belgrano, t. VII, pág. 336.

98 Historia de Belgrano, t. VI, pág. 452.

99 Rivadavia, en “Arengas”, t. III, pág. 13.

100 Discurso en la jura de la Constitución Nacional, en “Arengas”, t. I, pág. 186.

101 Rivadavia, en “Arengas”, t. III, págs. 15-16.

Renan y su “San Pablo”. 1945

Frente a una obra de Ernesto Renán, quizá más que en ningún otro caso, se torna imprescindible puntualizar qué valores se han tenido en cuenta para incorporarla a una serie que aspira a ofrecer un cuadro del pensamiento historiográfico. Porque, siendo innegable su significación dentro de la ciencia histórica del siglo XIX, pocos han sufrido como Renán los vaivenes del juicio y la inseguridad de la crítica, no siempre certera en la elección del punto de partida.

Esta circunstancia no es inexplicable sino que responde a la proteica naturaleza de su obra. Lo que hay en ella de evocación —una evocación en la que late la influencia de Michelet— ha atraído al lector apasionadamente, porque ha encontrado allí una resurrección vivaz de un pasado oscuro hasta entonces a sus ojos; pero lo que en ella hay de exégesis, de elaboración crítica, de construcción filosófica, ha parecido débil alguna vez a los que examinaban parcialmente los rincones de su creación, demasiado viva y ambiciosa para circunscribirse dentro de un reducido compartimiento de la ciencia. Así, al inmenso éxito inicial de Renán, renovado luego en más de una ocasión, pareció oponerse el severo juicio de los especialistas a quienes alarmaban los puntos débiles de su obra.

La consecuencia de este doble juicio ha sido la creación de una imagen convencional del viejo maestro, en la que predomina, como nota característica y peyorativa, un irreprimible diletantismo. Pero, sin duda, algo de profundamente injusto parece adivinarse en esta opinión, porque el lector reflexivo no se atreve, ante sus páginas, a aceptarla sin resistencia; una profunda sabiduría, ínsita en su prosa tan cuidadosamente burilada, llega gota a gota al espíritu del lector y lo mueve a dar por redimidas muchas culpas. Ya lo advirtió Unamuno, señalando que esa sabiduría “era aún mayor que la ciencia, con ser ésta tan sólida”. Y esa sabiduría esconde más de una intuición genial, más de un irrefutable planteo de problemas antes apenas entrevistos, más de una solución inequívoca para algún interrogante fundamental de nuestra cultura.

Hay, pues, que examinar con precaución aquel juicio. Como sustancia para realizar el examen ofrecemos al lector su hermoso San Pablo, una obra que, aun apartada de la extensa serie de que forma parte, tiene valor por sí misma, y permite poner de manifiesto el complejo haz de preocupaciones que vibraban en el espíritu de Renán y, lo que es más importante, la clave de su interpretación del problema que más profundamente lo inquietaba: el de las relaciones entre el complejo hebreo-cristiano y el complejo heleno-romano. Éste fue, en rigor, el tema secreto de su meditación, pese a no aparecer formulado, paladinamente sino en contadas ocasiones.

Este tema se insinúa acaso con mayor insistencia que en el San Pablo, en otros de los volúmenes de los Orígenes del cristianismo; pensemos, por ejemplo, en el Marco Aurelio y el fin del mundo antiguo. Pero en la obra que hemos elegido para incorporar a nuestra serie de Los historiadores ilustres, la preocupación por este tema coincide con la explicitación de otras tendencias características del tipo intelectual de Renán. En el San Pablo se patentiza con singular riqueza su multiforme personalidad, tan reacia a toda clase de determinaciones y encasillamientos. El hombre de sensibilidad estética —que tanto ha impresionado a Eduardo Fueter— se manifiesta en más de un pasaje con singular vigor, y se entrecruza en muchas ocasiones con el de agudo sentido filosófico y místico, pero sin que ninguna de esas dimensiones de su espíritu se afirme con decisiva superioridad. En cambio, se destaca con bien perfilada nitidez lo que parece en él más decisivo: la capacidad para evocar realidades extinguidas, para percibir el sentido de las mutaciones y de las interacciones, para captar las individualidades históricas y su significación, todo, en fin, lo que configura la vocación y la aptitud del historiador. Él mismo decía en un sugestivo pasaje de los Souvenirs d’enfance et de jeunesse: “La intuición del devenir, en la historia como en la naturaleza, fue desde entonces la esencia de mi filosofía”. Porque, en efecto, la dimensión predominante en Renán era el historicismo.

Quizá enfocando su personalidad y su obra desde este ángulo cobre Renán su más justa fisonomía. El erudito —tan discutido y rectificado como se quiera— posee, con todo, suficiente categoría como para merecer el respeto de los lectores contemporáneos y de los venideros. Pero su erudición está al servicio de una concepción de vastísima amplitud, cuyo panorama abarca, con titánico poderío intelectual, muchos siglos y muchas leguas: es, pese a las apariencias, la totalidad de la historia. Para comprender esta realidad y explicar su desenvolvimiento, Renán apela a su vasto saber, pero no recurre menos a su profunda y certera intuición. Uno y otra le permiten acumular las referencias concretas que dan solidez a sus afirmaciones y las adivinaciones profundas que permiten revivir los enigmas de las personalidades individuales y colectivas que obran en la historia. Allí aparece el historiador de clara prosapia romántica, pero aporta también su caudal de datos y de reflexiones el hombre de sensibilidad filosófica y religiosa. Y cuando la composición de su vasto panorama o la concreta evocación de un episodio o de un personaje lo requiere, Renán sabe apelar al artista que yace contenido en el fondo de su espíritu, al artista capaz de crear las más claras imágenes sobre el fondo denso de su pensamiento.

Todo esto hace del San Pablo un libro particularmente característico y ejemplar, en el que se ponen de manifiesto, en reducida escala, como para un examen de laboratorio, las calidades —y los defectos— más peculiares de Renán. He aquí lo que explica su publicación en esta serie, que aspira a proporcionar un panorama completo del pensamiento historiográfico.

Orientada hacia un solo objetivo —la sabiduría—, la vida de Ernesto Renán ofrece un interés humano incomparable, que, por fortuna, puede satisfacerse en los documentos autobiográficos que él mismo nos ha dejado, con cierta ingenua coquetería espiritual que se acentuó en él en sus últimos años. Su correspondencia, y particularmente las cartas dirigidas a su hermana Enriqueta y a Berthelot, las páginas de sus diarios íntimos, y, sobre todo, ese finísimo manual de introspección que se llama Souvenirs d’enfance et de jeunesse, nos dan una imagen de su existencia, trabajada por el apetito cognoscitivo, y del proceso de su formación intelectual, que permite ahondar con seguridad en los abismos de su obra y de su pensamiento y ensayar un esbozo de interpretación profunda.

Todo en él y en su vida —en su vida sin más peripecias que las del espíritu— resulta curioso y significativo. Quizá el rasgo primero que haya que señalar sea el haber nacido en la Bretaña. Se ha insistido mucho sobre la trascendencia que tienen en Renán las particularidades raciales, y se han explicado por esa vía muchos rasgos de su carácter y de su actitud. Pierre Lasserre lo veía harto semejante a otras figuras ilustres del mismo origen —Abelardo, Chateaubriand, La Mennais— todas ellas “genios críticos, místicos, líricos, proféticos, más inclinados a la visión que a la acción, más deseosos de ampliar la imaginación que de servirse de ella para crear y constituir cosa alguna, llevando a sus exploraciones del mundo espiritual la espera ancestral de las tempestades y de los naufragios, que se admirarían de no encontrar en él y que ellos provocarían en caso de necesidad”. Todo eso explica ciertamente en alguna medida su tipo espiritual, pero no lo explica menos —señala Brunetière— la influencia monitora de su hermana Enriqueta, espíritu delicado y profundo al que estaba unido Renán por estrechos lazos de amor fraterno y de respeto discipular. A ella se debió, en efecto, el giro singular que tomó la vida de Renán al llegar a los quince años. En ese momento ingresa en el seminario de Saint-Nicolas du Chardonnet, que dirigía por entonces Dupanloup, y comienza sus estudios religiosos, que continuará luego en el más ilustre seminario de Saint-Sulpice. Allí se forma la más profunda capa de su personalidad, la que constituirá el núcleo alrededor del cual se insertarán nuevas influencias y tendencias, pero que seguirá siendo el elemento fundamental, del cual proviene cierto rasgo típico proveniente de aquella formación teológica.

Una crisis espiritual arranca a Renán de Saint-Sulpice. Él mismo la ha explicado con diversos matices. Pero fueron sin duda las fuerzas intelectuales las que obraron con más energía en su ánimo para independizarlo del dogma. Un entusiasmo incontenible por el espíritu científico —que quedó patentizado en ese magnífico evangelio del siglo XIX que se llama L’avenir de la science— modeló sus preocupaciones a partir de 1848. Se hizo filólogo, estudió las lenguas semíticas, la filosofía árabe, la arqueología fenicia, y adquirió con todo ello un profundo conocimiento de cuanto se refiere a la cultura del Oriente, con un método riguroso que provenía de su asiduo contacto con la ciencia alemana.

A todo esto, mil encontradas influencias obraban en su ánimo. Los escritores románticos —Michelet, Lamartine, Georges Sand—, los hombres de ciencia, los filósofos y los sociólogos iban depositando en su espíritu, ávido de nuevos puntos de vista que enriquecieran el suyo propio, todo lo que podían allegarle desde sus campos de experiencia. Y Renán estudiaba y reflexionaba sin descanso, porque toda su vida no fue otra cosa que ejercicio de la inteligencia, y maduraba en obras en las que renovaba y enriquecía su concepción de los más graves y densos problemas de la cultura.

A medida que ahondaba en lo que era el núcleo de sus investigaciones, una incontenible admiración por la cultura, clásica —por la griega especialmente— anidaba y crecía en su espíritu, constituyendo así un polo de comparación y una piedra de toque para su concepción de las culturas orientales; este cotejo habría de condicionar su concepción, cuando, poco después de 1860, emprendiera la ingente labor de poner en orden y dar forma definitiva a sus estudios sobre los orígenes del cristianismo.

Para ese entonces, su obra era ya ingente y profunda. Había ya escrito —aunque lo conservaba inédito— L’avenir de la science, y había publicado Averroès et l’Averroïsme, la Histoire générale et comparée des langues sémitiques, el Essai sur l’origine du langage y sus primeros estudios sobre historia religiosa, así como las traducciones del Libro de Job y del Cantar de los Cantares. Además, en 1860, había iniciado las excavaciones en Fenicia, en cuyo curso había adquirido un conocimiento directo y minucioso del ambiente de la cuenca oriental del Mediterráneo.

Con todo este inmenso trabajo a la espalda, Renán emprende la vasta empresa de escribir una historia de los orígenes del cristianismo. En 1863 salió a luz la Vie de Jésus, cuyo éxito de público superó cuanto podía esperarse; se agotó la primera edición y se siguió reeditando durante bastante tiempo, porque los lectores veían allí una creación ornada con todos los encantos de la fantasía literaria que satisfacía su apetito novelístico. Su Jesús era un nuevo e inesperado Jesús, derivado en sus peripecias del cuarto Evangelio, pero humanizado y racionalizado en su personalidad hasta hacer de él un personaje próximo a la sensibilidad general de la época. No carecía de fundamento erudito, pero predominaban en él los rasgos de una concepción sutilmente arbitraria y preestablecida por la actitud espiritual del evocador, filólogo y artista a un tiempo.

Mientras preparaba el segundo volumen —Les apôtres— Renán visitó nuevamente la región del Mediterráneo oriental. Entonces se detuvo en Atenas, y de esta fecha —1865— es su Prière sur l’Acropole, testimonio de su ferviente entusiasmo por la cultura clásica: “Cuando vi la Acrópolis —dice— tuve la revelación de lo divino como la había tenido la primera vez que sentí vivir el Evangelio, divisando el valle del Jordán desde las alturas de Casyoun. El mundo entero me pareció entonces bárbaro. El Oriente me chocó por su pompa, su ostentación, sus imposturas. Los romanos sólo fueron soldados groseros; la majestad del más bello romano, de un Augusto, de un Trajano, no me pareció sino afectación al lado del aplomo, de la simple nobleza de esos ciudadanos tranquilos y orgullosos. Celtas, germanos, eslavos, se me aparecieron como una especie de escitas concienzudos, pero escasamente civilizados. Encontré nuestra Edad Media sin elegancia ni matices, manchada de pedantismo y de altanera mediocridad. Carlomagno se me apareció como un grosero palafrenero alemán; nuestros caballeros me parecieron palurdos de los que se habrían sonreído Temístocles y Alcibíades. Ha habido un pueblo aristócrata, un público compuesto íntegramente de conocedores, una democracia que ha captado matices del arte tan finos que apenas los perciben nuestros refinados. Ha habido un público para comprender lo que hace la belleza de los Propíleos y la superioridad de las esculturas del Partenón. Esta revelación de la grandeza verdadera y simple llegó hasta el fondo de mi ser. Todo lo que había conocido hasta entonces me pareció el esfuerzo infortunado de un arte jesuítico, un rococó compuesto de vacía pompa, de charlatanismo y de caricatura”. En este estado de espíritu prepara y compone al resto de los tomos de sus Origines du christianisme. En 1856 aparece Les apôtres y en 1869 Saint Paul. Luego, entre 1873 y 1881, ven la luz L’Antéchrist, Les évangiles, L’église chrétienne, y Marc-Aurèle.

Sólo después de terminar esta magna empresa, y cuando ya pasaba los sesenta años, Renán escribe su Histoire du peuple d’Israel, libro ejemplar por su solidez y por su poder de evocación, pese a los defectos que la crítica erudita ha señalado no sin justicia. Y en sus últimos años, cuando su prestigio era ya inmenso, cuando su voz ejercía en la Francia de la tercera república tal influencia que Thibaudet pudo compararla a “toda una posteridad”, Renán acometió resueltamente una obra puramente literaria, lo que era en él, seguramente, un afán reprimido desde su juventud, y de la, que forman part los Souvenirs, Le prêtre de Némi, el Dialogue des morts, L’Abbesse de Jouarre y muchas otras páginas de distinta jerarquía. Así acabó sus días en plena y renovada actividad del espíritu, ornado por una aureola de sabiduría y de esprit que evocaba en sus contemporáneos el recuerdo de Montaigne, como lo evoca aún ahora más de una de sus páginas, rebosantes de ironía y de profundidad.

Sin duda, el núcleo de la obra de Renán está caracterizado por su preocupación por las culturas semíticas, cuyo proceso de formación, cuyas formas definitivas y predominantes influencias ha estudiado con ahínco, aunque, a veces, con restringido sentido crítico y con apasionada limitación. Pero para alcanzar a comprender el sentido que entraña la interpretación que él propone en su obra fundamental como historiador —los Origines du christianisme—, es imprescindible tener presente que Renán, a quien apasionaban los problemas de su tiempo, se siente atraído radicalmente por una cuestión que el Romanticismo había planteado y que Renán recogió, considerándola fundamental para toda conciencia de sensibilidad histórica: la de los orígenes y la constitución de la cultura europea.

Bien mirado, sus Origines du christianisme podrían ser definidos, con una larga perífrasis que caracterizaría a su temática, como una historia de la formación e influencia del cristianismo, de su difusión paulatina, de su entrecruzamiento con los ideales heleno-romanos, y de su constitución definitiva como iglesia dentro del ámbito del Imperio Romano. De la importancia asignada a los diversos elementos que intervienen en este proceso proviene el hecho de que se apartara de la postura propugnada por el Romanticismo, al que en tantos otros aspectos sigue fiel. Pero Renán no exalta la Edad Media, sino que la fustiga hasta renegar de ella. La cultura europea —piensa— es, en efecto, cristiana, pero no arranca expresamente del tipo de religiosidad que conoció la Edad Media, sino que resulta del proceso de fusión del cristianismo con la romanidad. Sentada esta convicción primera, Renán la afirma y robustece acentuando la significación de los valores clásicos. Si en la Vie de Jésus exalta las formas religiosas del hebraísmo en cuanto tienen de camino trazado para el advenimiento de la doctrina cristiana, a partir de Les apôtres y cada vez con mayor insistencia, Renán sobreestima la tradición heleno-romana, la influencia que ejerce sobre el cristianismo, la trascendencia que poseen los moldes que ofrece a la nueva fe y en los que el cristianismo se funde para acercarse al tipo de la cultura occidental, y, finalmente, cómo la domina tras haberse identificado con ella.

Así concebido el proceso de la cultura europea, Renán coloca los acentos de su estimativa según principios que difieren totalmente de la tradición romántica. La Grecia aparece ornada con los caracteres de potencia creadora de las formas más altas de la espiritualidad, y Roma, aunque con, muchas restricciones, como su legítima heredera, en la que señala morosamente los momentos de suprema dignidad.

Allí se plantea el conflicto entre romanidad y cristianismo. Pero Renán utiliza, para explicar este fenómeno, un principio interpretativo harto diferente del que había usado, por ejemplo, Chateaubriand en Les martyrs o en Le génie du christianisme. Para él hay allí un auténtico fenómeno de contacto de culturas, y se esfuerza por señalar con pulcritud y profundidad cómo era imposible la comprensión y la coincidencia, teniendo en cuenta las radicales diferencias de ideales que separaban al cristianismo de la romanidad: eran dos concepciones del mundo y de la vida en flagrante conflicto. De allí en adelante, el proceso que Renán señala con profunda agudeza no es meramente el de la difusión del cristianismo, sino el de la progresiva adaptación del cristianismo a las formas mentales y vitales del Imperio Romano, proceso en el que discrimina sabiamente los caracteres de las dos mitades del mundo romano —oriental y occidental— y en el cual va señalando etapas y matices con observaciones de alto y duradero valor, para concluir, finalmente, en el Marc-Aurèle et la fin du monde antique, con un cuadro de apretada síntesis en el que se iluminan los últimos jalones a la luz de un examen magistral.

Este punto de vista condiciona su caracterización de la Edad Media, tan cristiana y espiritualmente rica como se quiera, pero oscura y negativa en cuanto ignora o contradice la tradición intelectual de la Antigüedad. En cambio, el Renacimiento y la modernidad vuelven a adquirir una significación afirmativa que el Romanticismo implícitamente trataba de disimular; y el conjunto de los ideales modernos, que estaban en debate desde principios del siglo XVIII, con motivo de la polémica sobre germanismo y romanidad, retorna al primer plano de la estimación para robustecer la tradición liberal, que Renán contribuye a rehabilitar siguiendo las inspiraciones de Michelet.

Renán es, como historiador, un brote del romanticismo, pero con todas las restricciones que debían crear las duras contingencias de la vida política y las profundas transformaciones espirituales en un espíritu alerta como el suyo. Todavía tiende a seguir con estrecha sujeción sus crónicas, —que no otro valor tienen en sus manos los Evangelios y las epístolas. También quiere él evocar y revivir las viejas figuras y las escenas del pasado, sacando de esos textos los rasgos ocultos que guardan. Pero dentro de esa línea general, su posición lo conduce a una actitud cientificista y liberal, la misma que condicionaba su imagen de Jesús, la misma que lo había apartado del seminario de Saint-Sulpice, la misma que lo separaba de la Iglesia católica, tan complicada en la oscura reacción del segundo Imperio.

Su idea directora es la libertad. Sus héroes son los héroes de la acción, del pensamiento, de la fe, pero sólo cuando son, antes que nada, rebeldes que se sublevan contra toda coerción. Acaso yace en el fondo de su espíritu —y él lo confiesa— cierto aire de aristocracia. Pero Renán sabe que el mundo está dominado por las masas, y que, en cuanto atañe al plano de lo real, es menester atenerse a otras reglas que no son las que él propiciaría en el plano de lo ideal. Entonces aparece como un demócrata, y justifica cada régimen según el margen de independencia individual que tolera. Porque de ese modo, los héroes, levadura de la humanidad y simiente del futuro, surgirán pese a todas las luchas y dejarán su estela para que lo sigan los que sepan oír y ver.

Todo esto revela que Renán es un espíritu dotado de profunda visión histórica. Su virtud fundamental es tratar de descubrir en la realidad los caracteres de sus mutaciones; esta realidad —realidad de la fe, del pensamiento y de la acción— deviene y se transforma, y es necesario, si se pretende comprenderla, sorprender los procesos mediante los cuales se elaboran sus formas sucesivas.

Este historiador tiene, sumidas en los abismos de su espíritu, otras potencias que pugnan por salir a la luz cada vez que la ocasión se torna favorable. El erudito, el religioso, el metafísico, el hombre de sensibilidad plástica y literaria, todos ellos —todos menos el hombre de acción— trataron de manifestarse alguna vez y de ser, entonces, el auténtico Renán. Pero a lo largo de su laboriosa existencia es el historiador el que predomina con su segura actitud y su constante vigilia. Acaso este punto de vista aclare su personalidad más que otros. Y acaso aquellos defectos que tantas veces se han señalado en su labor —crítica escasa, erudición ligera, subjetivismo acentuado— no sean otra cosa que el resultado de un consciente esfuerzo por arrojar en cierto momento algún lastre para no perder la agilidad imprescindible para una rauda visión. No sería la primera vez —ni la última— que se pusiera de manifiesto esta íntima contradicción que se esconde en la entraña de la ciencia histórica, y Renán la sufre, y se subordina a ella en holocausto a su legítima y auténtica vocación. Léase el San Pablo con esta certidumbre, y quizá se renueve en el lector el antiguo fervor que despertaba este espíritu extraordinario, francés y universal por su agudeza y su profundidad, por su elegancia y su vigor.

Esta edición reproduce una traducción española realizada en Buenos Aires por Ricardo Fors y Tesandro Santa Ana. Vio la luz inmediatamente después de aparecer la primera edición francesa y refleja —en el cuidado de los traductores y en alguna de las notas— el profundo entusiasmo que la obra produjo en los círculos cultos de la época. Al reeditarla, ha sido revisada para mejorarla en cuanto ha parecido necesario, pero se ha mantenido su estilo por tratarse de un trabajo estimable y serio.

Las concepciones historiográficas y las crisis. 1943

Frente a la multiplicidad y disparidad de interpretaciones del pasado que la ciencia histórica elabora, aun partiendo de los mismos datos, ha parecido lícito y necesario establecer los términos rigurosos del problema gnoseológico que ello entraña y buscar sus soluciones precisas; y si solamente en el curso del siglo XIX pueden hallarse tratadistas sistemáticos, es notorio que este tipo de reflexiones reconoce precursores esforzados desde largo tiempo, cuyos puntos de vista, aun imprecisos y perecederos, encierran curiosas sugerencias a las que es útil volver alguna vez. En verdad, no podía pasar inadvertido para los espíritus de auténtica vocación histórica, porque el problema gnoseológico de tal forma de conocimiento es similar al de todas las disciplinas que trabajan con realidades, esto es, la determinación de las relaciones entre su conceptuación y la realidad sobre la que se elabora. Sólo contribuye a esfumar sus contornos precisos la circunstancia de que la realidad de las disciplinas históricas no co-existe con la conciencia que lo observa sino que, siendo previa a ella, sólo adquiere presencia, precisamente, en el acto mismo de su observación: no puede, pues, sino ser escabroso el planteo de la llamada objetividad del conocimiento histórico.

Historia y realidad

Es sabido que, para dignificar la ciencia histórica en un momento en que el cartabón metodológico estaba dado por las ciencias de la naturaleza, pareció imprescindible postular para ella un tipo de objetividad que le permitiera purificarse de aquella mácula que la pluralidad de interpretaciones posibles del pasado ponía sobre su estructura científica. La posibilidad de una objetividad histórica y su forma sui generis fue establecida por Ranke, fundamentalmente, y esa posición pareció salvar aquélla; pero su sola afirmación trajo a la luz la secreta contradicción en que la ciencia histórica se mueve porque evidenció que, en la medida en que se lograba establecer un plano de estricta objetividad, se alejaba de su misión primera y específica de proveer de sentido a la realidad histórica suscitada por vía intelectual, conformándose con un mero establecimiento y comprobación —tan rigurosa como se quiera— de los hechos sólo en cuanto tales.

Toda la elaboración posterior del problema gnoseológico de la ciencia histórica, transferida desde fines del siglo XIX al campo de la filosofía, ha estado guiada por la aspiración de resolver esa bipolaridad constitutiva del conocimiento histórico. La objetividad constituye, en efecto, una aspiración que corresponde a la naturaleza misma de la labor historiográfica en una de sus etapas, pero esta etapa no satisface sino un período de la preocupación histórica; queda, por sobre ella, y como la auténtica instancia historiográfica, una aspiración a la comprensión que aparece como incompatible con la objetividad o, al menos, con aquella forma de objetividad. El comprender, en efecto, implica una intuición, primero, de las realidades históricas suscitadas, y una conceptuación después, y ambas operaciones, que no se realizan sino por el ejercicio de una conciencia y en el seno de ella, participan de cierto subjetivismo que les es constitutivo y que, en todo caso, sólo en una cierta y escasa medida admite constricciones que lo condicionen para reducirlo a esquemas trascendentes. Queda así en pie el grave y decisivo problema de las relaciones entre la realidad histórica y su conceptuación, y hacia su solución va un rico caudal de pensamiento en el campo filosófico, porque cuando queremos afrontarlo y hallar soluciones, siquiera provisionales o parciales, descubrimos que no constituye un problema limitado a la ciencia histórica sino común a ésta y a todas las ciencias del espíritu. En cierto sentido, tal problema se vincula también a todo problema de conocimiento en cuanto plantea el interrogante acerca de cuáles son los lazos de interdependencia entre el conocimiento y la realidad historicosocial misma, esto es, cómo y en qué medida se condiciona el primero por las formas de la segunda que constituyen los supuestos del que observa. Este punto de vista es el que afronta la sociología del saber, disciplina que debe a Max Scheler un planteo riguroso y de ricas posibilidades. En efecto, la sociología del saber o sociología del pensamiento no es sino el intento de demostrar cuál es el cuadro de influencias que, sobre las formas del conocer, se ejercitan desde el campo de la realidad que circunda al individuo o grupo que conoce. Conocimiento de una realidad en la que se nutre quien la observa, la ciencia histórica no puede sino sentir agudizado ese condicionamiento y, en consecuencia, este punto de vista puede ponernos sobre la huella de una solución, tan lejana y compleja como se quiera, pero rica en rumbos seguros.

Los supuestos del conocimiento histórico no residen exclusivamente —como los de ningún otro conocimiento— en el individuo; éste es, a su vez, espejo de una situación social y espiritual, y es en ella, antes que todo, aunque sin desechar la posibilidad de una presencia activa de elementos individuales, donde debe buscarse el límite de toda posible objetividad al llegar el conocimiento histórico a la etapa de la comprensión. Es esta conexión entre pensamiento y situación espiritual la que encierra la clave de las formas del conocer, y, si ella y sus caracteres son generalmente cognoscibles —para la ciencia histórica, acaso, más fácilmente que para ninguna otra forma de co-nocimiento—, nunca se advierte de manera más evidente y clara que cuando el pensamiento surge en un momento de crisis. No es arbitrario el hecho, rigurosamente preciso, por otra parte, de la concomitancia entre las grandes creaciones historiográficas y las situaciones más definidamente críticas. Corresponde a la agudización de la con-ciencia histórica frente a la disolución de las estructuras espirituales constituidas, y ofrece, en consecuencia, un cuadro paradigmático de aquellas relaciones ya enunciadas: vale, pues, la pena, para poner un hito en el campo de las conexiones entre conocimiento y situación espiritual, establecer —someramente en estas páginas— cuáles han sido las relaciones dadas entre el pensamiento historiográfico de las épocas de grandes crisis y las situaciones historicosociales propias de estas últimas.

Equilibrio y crisis en las estructuras historicosociales

Acaso convenga aclarar previamente la relación entre los conceptos de decadencia y crisis. La noción de crisis ha estado implícita en la idea, por largo tiempo utilizada como forma histórica, de decadencia, para definir un típico momento de cultura: el período helenístico, referido a la cultura griega o los últimos siglos del Imperio Romano referidos a los primeros; parecía entenderse por tal toda quiebra de una unidad cultural, manifestada en el abandono de sus caracteres puros y en la incorporación de elementos nuevos, con lo que se originaba un empobrecimiento del tronco originario de la cultura y, con él, su desaparición. Pero esta idea de decadencia y destrucción de las estructuras culturales no puede sostenerse; supone un desarrollo lineal de la cultura y tiene uno de sus fundamentos principales en la analogía organicista, de cuyas concepciones, en cierto modo, proviene. Las estructuras culturales, por el contrario, parecen caracterizarse por su naturaleza de complejos, susceptibles de operar mutaciones profundas —en todo diferentes de las mutaciones de la vida del organismo— originadas en la aceptación de nuevos elementos, en su elaboración e incorporación radical, en la transmutación, finalmente, de los elementos considerados básicos; de tal mutación surge un complejo nuevo, en el que, si sobreviven ciertos esquemas fundamentales, puede verse una etapa nueva de una misma cultura, y de la que nace otra si, por el contrario, se han extinguido aquéllos, pero sin que eso signifique decadencia en sentido biológico sino, por el contrario, enriquecimiento y diversificación o, todo lo más, transformación que debe juzgarse ahora según los nuevos valores que ella misma crea. Así, en la idea de decadencia se encuentran los caracteres propios de una crisis: mutación y transformación, desarrollo de elementos endógenos y captación e incorporación de elementos nuevos, y estructuración del todo en un nuevo orden con nuevo sistema de valoraciones.

Con tales caracteres se definen, en efecto, las crisis que afectan a la totalidad de los planos de una estructura cultural; podrían llamarse grandes crisis y cada una de ellas constituye un instante típico de diversificación histórica, el único apropiado, en consecuencia, para fijar una periodización histórica con sentido profundo. Pero en el desarrollo histórico se observan, otras veces, crisis circunscriptas que afectan sólo algunos planos de la estructura cultural sin alcanzar a disgregarla, y que han sido provocadas por la ruptura en las relaciones de cierto tipo: espirituales, políticas, económico-sociales; son las pequeñas crisis que pueden constituir hitos en el desarrollo de un proceso particular pero que no lo son, necesariamente, para el proceso general de la estructura cultural en la que se operan. Y cuando se trata de establecer las conexiones entre el pensamiento historiográfico y las situaciones de crisis, como más típicas y visibles, es justo atender solamente a las grandes crisis, tal como se manifiestan —bueno es señalado— en el ámbito de la cultura occidental.

Un ámbito de cultura se constituye, esencialmente, por grupos y subgrupos sociales que se integran en un complejo de coherencia tal que subordine, normalmente, los elementos a la totalidad. Cada uno de aquellos grupos es por su parte, y además de los que sostiene la totalidad, portador de ciertos ideales y tendencias, de ciertos intereses y prejuicios que se vinculan con la situación recíproca; pero todos ellos se articulan en un sistema de relaciones establecidas o en proceso de establecimiento, las cuales cristalizan en formas objetivadas. Hay en este sistema de relaciones momentos de equilibrio, en los que tales relaciones se jerarquizan mediante un principio que recibe el acatamiento general, y durante el cual parece posible a cada grupo o aun a cada individuo realizar sus ideales de tales dentro de ese orden; ese equilibrio —aunque inestable por propia naturaleza— configura, en efecto, un momento típico de las estructuras historicosociales —momento de equilibrio—, en el que la totalidad de la comunidad participa de los ideales comunes en tanto que cada grupo realiza los suyos peculiares dentro de la estructura general; son momentos de plenitud en las formas de la convivencia, en que la ortodoxia constituye el valor supremo y los disconformismos carecen de sentido y de vigencia social.

Pero aun cuando el equilibrio se mantiene, puede irse formando en cada grupo, lenta y oscuramente, un principio de desarrollo de sus ideales y tendencias peculiares o, por el contrario, un principio de disolución de ellos o, quizá, uno y otro en distintos grupos. Otros principios de desequilibrio pueden venir por otras vías: nuevos ideales y tendencias, de origen ajeno al ámbito cultural pero susceptibles de acomodarse a él, pueden comenzar a incorporarse y a forzar los esquemas constituidos. Y por una de esas incitaciones —o por las dos— aparecerá en aquel ámbito cultural una aspiración y una exigencia para alcanzar un ajuste de las relaciones establecidas entre los grupos portadores de unos y otros ideales, para postular, finalmente, la vigencia de otros nuevos y para la totalidad de la comunidad.

La acción de tales elementos deletéreos de la estructura vigente depende de la fortaleza de los ideales comunes y el grado de adhesión que hacia ellos mantengan los grupos sociales; según eso, la crisis que resulte puede ser una crisis de afirmación o una crisis de reelaboración de aquella estructura. En el momento en que, frente a un ámbito de cultura, aparecen grupos sociales —ajenos o propios— que pretenden alterarla o aniquilarla, la totalidad o una mayoría eficaz tiende a provocar un estrechamiento de sus filas y, adquiriendo conciencia de lo que le es común y sobreestimando su valor, opera una crisis de afirmación de la propia individualidad cultural. Por el contrario, si aquellos ideales comunes han perdido vigencia y está quebrantada la adhesión de la totalidad o la mayoría de los grupos sociales hacia ellos, el contacto con un agente deletéreo puede provocar una crisis de reelaboración, cuyos caracteres coinciden, sea cuando la crisis se opera por aceptación y elaboración de elementos exógenos, sea cuando se manifiesta como irrupción de los ideales y tendencias de un grupo para cuyo desarrollo y vigencia es inadaptado el equilibrio existente. En efecto, a favor de una circunstancia favorable, los grupos portadores de esos ideales y tendencias abandonan su actitud de acatamiento al esquema jerárquico establecido y comienzan a exigir un ajuste en el que se les confiere una nueva situación; el espíritu de facción —esto es, de sobreestimación de los ideales del grupo por sobre los de la totalidad— reemplaza al de solidaridad comunitaria, y el disconformismo se torna la actitud valiosa y eficaz. Pero como el ajuste exigido por un grupo implica la alteración de las relaciones establecidas, y en tal alteración va implícita una merma en la significación de otros grupos, a aquella demanda sigue necesariamente un conflicto, sordo o franco. La crisis interna se manifiesta, pues, como un estado de revisión de las relaciones recíprocas, y del juego de los ideales y tendencias surge aquella mutación decisiva operada o por un desarrollo de elementos endógenos que se fijan en el cuadro de los ideales comunitarios en una nueva ecuación, o por la aceptación y elaboración de elementos nuevos, o por ambas cosas, todo ello estructurado según un nuevo esquema valorativo.

Una crisis de afirmación típica es la que se opera en el ámbito del Mar Egeo en los siglos VI y V a. de C., cuando, frente a la cultura persa, los griegos, desunidos políticamente, descubren su esencia común y afirman la existencia de lo que muy pronto constituirá la raíz de la cultura occidental. De otro tipo —crisis de reelaboración— es la que se produce en el siglo II a. de C., cuando Roma absorbe el mundo helenístico y recibe sus contenidos culturales consustanciándolos con su ámbito de poder. En los siglos III a V d. de C. la crisis se manifiesta a un tiempo como crisis de reelaboración —operada sobre los elementos heleno-romanos, los germánicos y los cristianos— y de afirmación de cierto módulo occidental que diferencia al Mediterráneo occidental del Oriente, en el que, a su vez, se produce una afirmación de los estambres greco-orientales. Más tarde, en el Occidente, se produce una nueva crisis en los siglos XII y XIII, desencadenada por las Cruzadas, y que participa de los caracteres de la anterior: reelaboración de los elementos tradicionales y los recogidos en el Mediterráneo oriental —cristiano-orientales y musulmanes— y afirmación de su peculiaridad occidental en un cuadro que prefigura la cultura moderna. El siglo XV configura, en la Europa occidental, una típica crisis de reelaboración, y de iguales caracteres participa la crisis occidental del siglo XVIII, de la que habrá de surgir el Occidente contemporáneo. Pronto ha de verse cómo ha correspondido, a cada una, una forma típica de pensamiento histórico.

Las crisis y las actitudes históricas

En efecto, la trascendencia y los caracteres de una crisis se advierten inmediatamente en la exacerbación de una actitud histórica. La disgregación de los elementos de una cultura en un momento crítico —los elementos sociales y el conjunto de ideales y tendencias de que son portadores— plantea muy pronto el problema de su reordenación en un nuevo sistema jerárquico destinado a constituir, muy luego, el cañamazo de una nueva fase de la cultura en la que la crisis se ha desencadenado. Esta reordenación se postula teóricamente según ciertas ideologías, pero, paralelamente, la va operando la realidad misma, según principios que se establecen de hecho unas veces, con cierta sujeción otras, a algunos postulados de algunas de aquellas ideologías.

Pero coincidentes o no con la realidad, aquellas ideologías constituyen una postulación del orden futuro dentro del cual se ve estructurarse la realidad en crisis y son, en cierta medida, una prefiguración del futuro de la comunidad. En efecto, toda crisis trae consigo, de manera viva y dramática, una preocupación fundamental por su desenlace, esto es, por el destino ulterior de la comunidad, porque el desenlace está potenciado en ella y porque los elementos se muestran dinámicamente, tendidos hacia un equilibrio posible que los obliga a un perpetuo juego de sus posibilidades: sólo parece necesario, pues, determinar —o, acaso, intuir— un sistema de ordenación, y esa determinación implica un planteo del curso de la crisis hasta su solución.

Esta postulación del futuro supone, esencialmente, una actitud histórica, y, en el desarrollo de la cultura occidental, al menos, parecen corresponderse estrechamente una y otra: la crisis suscita una interpretación historicista del desarrollo de la comunidad, y el hombre de pensamiento histórico, tanto como el meramente intuitivo, la expresa como una conexión necesaria entre el pasado, la crisis y el futuro, instancia última en la que los elementos disgregados habrán de reordenarse según una línea que el hombre occidental supone que ha de ser forzosamente coherente con los principios radicales y perdurables de la estructura cultural.

Aquella actitud histórica y las peculiaridades del contorno historicosocial en que se manifiesta constituyen los supuestos del pensamiento historiográfico de las épocas de crisis. La interpretación historicista que resulta de ellos aparece movida por los ideales y tendencias del individuo y, sobre todo, por los del grupo en el cual el individuo se integra, pero aparece más directamente condicionada por un futuro postulado, en el que individuo y grupo ven el último eslabón de la crisis en que se sienten sumergidos. Son sus ideales y tendencias lo que individuo y grupo proyectan hacia el futuro, pero tal proyección carece de sentido y de raíz si, simultáneamente, no se retrotraen hacia el pasado, para constituir de ese modo la línea de coherencia en que el futuro postulado adquiera eficacia inmediata, por una parte, y legitimidad histórica, por otra.

No es, pues, sino una toma de posición frente a la crisis lo que condiciona la concepción historiográfica. Se nutre, en general, de los elementos dados, esto es, de la concepción vigente, para él, del mundo y la vida; pero dentro de ella se circunscriben, conscientemente o no, aquellos que se presumen valiosos para explicar la coincidencia con la realidad de cierta línea de desenvolvimiento de la vida histórica en la que encuentra su justa articulación el proceso de elaboración, eclosión y vigencia unánime de los ideales y tendencias propios del grupo. Así es posible la coexistencia de dos o más concepciones historiográficas que participan, en principio, de la misma concepción del mundo y la vida, pero que sobreestiman y desvalorizan distintos elementos: son, pues, homogéneas aun cuando puedan parecer antagónicas, y si son antagónicas es, en rigor, por ser homogéneas.

Sería erróneo suponer que no existen más concepciones historiográficas que las que se dan de modo sistemático en el pensamiento del historiador; hay una pluralidad de formas en ellas que se oponen y se complementan, se confunden o se diversifican. Así, junto a la concepción construida y rigurosa del historiador, coexiste una concepción de tipo popular y anónimo, a veces simplista, pero con frecuencia aguda y profunda, y una concepción esquematizadora guiada por los intereses inmediatos de la práctica, de la que suele ser portador el político o el hombre de acción.

Entrecruzadas y coincidentes en sus significados profundos, en efecto, podemos encontrar, en el curso de aquellas grandes crisis ya señaladas, las expresiones de todas las formas de la concepciones historiográficas, nacidas de ellas. La crisis de afirmación de la conciencia griega en los siglos VI y V a. de C. se expresa en la afirmación democrática de Atenas y del mundo griego que se adhiere a ella, al tiempo que se nos presenta clarividente en la política de Temístocles o de Pericles luego; es en Heródoto, sin embargo, en quien se da la expresión rigurosa de la contraposición de los dos mundos y de la afirmación de los contenidos típicos de lo griego. Cuando en el siglo II a. de C. se produce la crisis de reelaboración mediante la cual la cultura helenística se torna contenido del área de poder romana, el pensamiento Romano filohelénico se muestra solidario —piénsese en Escipión, por ejemplo— con las tendencias imperialistas, y Polibio nos da la formulación rigurosa del significado y la trascendencia de la crisis. En la gran crisis del Imperio Romano, durante los siglos III a V d. de C., es el sentido de la perduración de la estructura imperial lo que vincula las concepciones de Constantino y de Juliano: véase, junto a ellos, cómo es clara la significación de la crisis para San Agustín. Más tarde, en los siglos XII y XIII se observará una decidida toma de posición de los dinastas —Felipe Augusto, por ejemplo— y una no menos decidida de los grupos burgueses, en tanto que comienzan a desarrollarse las crónicas nacionales y dinásticas. Y cuando, en el siglo XV, se advierta que el proceso de creación de las nacionalidades ha llegado a una instancia decisiva, Commines o Maquiavelo o Bacon formularán un cuadro en función de la crisis de la Europa occidental, mientras actúan en función de idénticos principios Luis XI o Fernando el Católico. Finalmente, el ascenso de la significación de lo popular en la crisis del siglo XVIII, manifestado en la revolución industrial o en la revolución de 1789, se proyectará en la larga polémica acerca de los elementos sociales predominantes en la formación de la nacionalidad —piénsese en Michelet o en Carlyle, en Burke o en Sieyès— y en la significación de sus diversos elementos, en tanto que la literatura romántica y el folklore expresaban una pareja concepción bajo formas espontáneas.

He aquí cómo se manifiesta la correspondencia entre la crisis y el pensamiento historiográfico: acaso un examen más cuidadoso podría evidenciar relaciones igualmente notorias en los momentos de equilibrio y orden; y acaso se justifique la indagación, porque hay en esta vía un principio feliz de fundamentación de la sociología del saber histórico y de la historicidad de sus concepciones.

Thierry y sus “Consideraciones sobre la historia de Francia”. 1944

Las Consideraciones sobre la historia de Francia que incorporamos a nuestra serie de Los historiadores ilustres fueron publicadas por Agustín Thierry en 1840 para servir de introducción a sus Récits des temps mérovingiens, una de las obras más características de la literatura histórica del Romanticismo francés. No debían ser, originariamente, sino algunas reflexiones sumarias sobre el criterio histórico seguido por él en la composición de sus relatos; pero el punto de vista era demasiado polémico para que quedara claramente expuesto en breve desarrollo, y así se fue extendiendo más y más hasta alcanzar sus Consideraciones categoría de obra autónoma. En rigor, el tema que Thierry se proponía en su disertación preliminar apasionaba tanto a su espíritu como la narración misma y eso explica la delectación con que demoró en su labor, analizando los criterios que estuvieron en vigor antes de su tiempo, el estado de las cuestiones fundamentales de la historia de Francia en su propia época, y, finalmente, el cuerpo de doctrina en el que reposaba su propia concepción. Así nació esta obra singular, cuya lectura mantiene para el estudioso de la historia y para el hombre preocupado por la evolución de la cultura su utilidad y su interés.

Es extraño que no se haya reparado en su original significación y que no destaquen su importancia quienes analizaron la multiplicidad del pensamiento romántico. Parece innegable, sin embargo, que representa el despuntar de un nuevo género de preocupaciones históricas y acaso merezca alguna vez un detenido examen que aclare su vinculación con el movimiento crítico del siglo xviii así como su original enfoque de la actitud histórica. Apresurémonos a declarar que su valor no radica, ciertamente, en los resultados que alcanza en el campo de la historia medieval de Francia y de Europa en general; después de 1840 se han realizado tantas investigaciones monográficas y tantos ensayos de interpretación de la Edad Media que sería ingenuo buscar en este libro lo que hoy puede hallarse más a punto en los trabajos de Dahn, Brunner, Dopsch, Lot, Pirenne, Marc Bloch o Sánchez Albornoz. Su interés radica en otro terreno y es necesario que el lector lo tenga presente para encaminar su reflexión y su juicio.

No deja de ser importante que esta obra signifique un hito en el movimiento historiográfico que restauró la validez del mundo medieval y señaló sus múltiples aspectos, tan valiosos como olvidados. Pero lo que nos parece digno de una atención especial es el que constituya uno de los primeros esfuerzos por sistematizar un cuadro de las ideas históricas. El propósito de Thierry, en efecto, era examinar la historiografía francesa anterior a su tiempo en cuanto interesaba a la concepción general del pasado de Francia y en cuanto se vinculaba al planteo del problema político que agitaba a su patria desde 1789. Pero su examen no fue el de un panfletista apresurado sino el de un auténtico historiador; y así, al aplicar su análisis riguroso y su firme propósito de objetividad a esa labor, esboza un sector de preocupaciones y un haz de posibilidades que no estuvieron antes presentes en el espíritu de los estudiosos: porque Agustín Thierry dibuja con cierta precisión lo que, hacia fines del siglo xix, aparecerá como una nueva rama de las ciencias históricas y se conocerá con el nombre de historia de la historiografía o historia de la ciencia histórica.

Puede parecer, ciertamente, que no son las Consideraciones sobre la historia de Francia fruto maduro del más característico pensamiento romántico; la observación sería exacta. Pero Thierry, como buen romántico, no vacilaba en atender a ciertos impulsos que excedieran su posición conceptual. Distinguía él claramente la disertación histórica del puro relato y, en principio, no podía el discípulo de Walter Scott y de Chateaubriand dejar de preferir el segundo; en él era la forma y el dramatismo evocativo, el color local y el sentido del espíritu del pueblo lo que predominaba; pero la disertación no dejó de atraerle cuando encontró un tema que respondiera a sus inquietudes y entonces se esforzó por desarrollar en ese campo sus posibilidades últimas. En este sentido, su labor participa, si no de los estrictos caracteres del pensamiento histórico del Romanticismo, sí de una de sus peculiaridades más hondas: la búsqueda, el esbozo, la curiosidad, la aventura intelectual; si después no fue esta la dirección preferida, sólo es imputable a la multiplicidad de vías que abrió el Romanticismo y que, aún hoy, siguen esperando adecuado desarrollo.

En sus líneas generales tanto como en sus desarrollos más circunscriptos, en el conjunto de sus fundamentos y en las formas externas que adquiere, el pensamiento de Agustín Thierry está encarrilado en el cauce sinuoso y borbollante del Romanticismo. Había nacido bajo el signo de una profunda crisis —madre, como todas las crisis, de una aguda inquietud— y despertó a las preocupaciones del espíritu por la influencia de las novelas de Walter Scott y, sobre todo, de las páginas apasionadas de Chateaubriand. Cuenta él mismo que, siendo alumno del Liceo de Blois, y cuando apenas tenía quince años, llegó a sus manos un ejemplar de Les Martyrs; esa lectura descubrió al joven estudiante un mundo ignorado de inquietudes y de preocupaciones que le conmovió vivamente, y mientras vibraba su sensibilidad al llamado de las imágenes gigantescas, comenzó a girar su interés hacia la historia de los lejanos orígenes medievales, en un proceso que no habría de detenerse ya más. Desde entonces el aura romántica envolvió su pensamiento y se saturó de ella todo su espíritu, singularmente inquieto y combativo.

Pero si en 1810 fue Chateaubriand quien cautivó su inteligencia adolescente y decidió su vocación, más tarde, en el París que se agitaba con la derrota de Napoleón y veía caer sobre sí la restauración borbónica, su inquietud fue polarizada por otro conductor de no menor fuerza como fue Saint Simon. Thierry entró entonces de lleno en el movimiento liberal, y al aferrarse a la doctrina con vehemencia y con generosidad —justamente cuando la doctrina parecía entrar en su ocaso— comenzó a vincularse a los grupos que en ese momento encabezaban su defensa. Entró en la redacción del Censeur européen en 1817 y allí recibió la misión de afrontar el debate histórico que proponían los nobles en sus periódicos; en efecto, al calor de la restauración pretendían recoger la herencia de la antigua nobleza y apoyaban sus demandas no sólo en la reciente obra de Montlosier sino también en toda la tradición aristocrática cuya línea, determinará Thierry con todo rigor. En el Conservateur y en el Observateur de la marine desarrollaban los nobles otra vez su teoría de las dos razas y de los derechos de lo que ellos llamaban los francos y que eran todos los defensores del antiguo régimen. Contra ellos escribió Thierry, entre 1817 y 1820, aquellos artículos que luego, en 1834, reunió bajo el título de Dix ans d’études historiques; más tarde, en el Courrier français, afrontó otra vez el mismo problema desde 1820 y esos estudios fueron recogidos ese año en un volumen y reeditados en 1827 bajo el título de Lettres sur l’histoire de France.

Pero entretanto su vocación se afirmaba, Thierry tomaba posición al lado de Guizot y de los otros prohombres del movimiento liberal bajo Luis XVIII y Carlos X. Y mientras Guizot dictaba en la Sorbonne sus apasionantes lecciones de 1821 y 1822, y rompía lanzas en favor de un sistema histórico que afirmaba la raíz histórica y la legitimidad del sistema liberal, Thierry luchaba en la prensa y en el libro con el mismo denuedo por idénticos ideales. Sin embargo, trabajaba también en la investigación histórica y, desde los mismos puntos de partida, trataba de explicar otros procesos semejantes a aquel que le apasionaba en la historia francesa. Fruto de esa preocupación, destinada en cierto modo a comprobar la validez de sus explicaciones sobre el hecho de la conquista y sus consecuencias sociales, fue su Histoire de la conquête de l’Angleterre par les Normands, publicada en 1825.

Junto a las grandes figuras del movimiento liberal, Agustín Thierry parecía destinado a alcanzar altas posiciones en la Universidad y en la vida política; pero quedó ciego en 1826 y desde esa fecha su labor se concentra y se limita al trabajo intelectual, ayudado por parientes y amigos, que debían leerle los textos que necesitaba consultar y escribir al dictado el fruto de sus investigaciones.

Desde entonces, y sólo con las limitaciones que le imponía su desgracia, Agustín Thierry se dedica de lleno a la actividad histórica; no retrocede un paso en sus convicciones políticas, pero poco a poco se torna más cauto y más firme en sus afirmaciones, más celoso de la comprobación documental. En 1833, cuando Guizot ejercía ya su memorable ministerio y se estimulaban de todos modos los estudios históricos, Thierry comienza a publicar en la Revue de Deux Mondes sus narraciones de la época merovingia que, completadas con otras, reunió en un volumen en 1840. Pero todas sus investigaciones se dirigían a un núcleo central que era el análisis del origen y la significación de la burguesía, y al fin, casi al terminar su vida, pudo reunirlas en un estudio de conjunto que tituló Essai sur la formation et le progrès du Tiers-État, y que vio la luz en 1853. Poco tiempo después, el 22 de mayo de 1856, moría en París a los sesenta y un años de edad.

Tanto en sus artículos polémicos reunidos luego en libros como en las Consideraciones sobre la historia de Francia, Agustín Thierry aparece preocupado fundamentalmente por el problema de las dos razas; así solía enunciarse en la literatura historiográfica anterior y contemporánea a Thierry el problema de la situación recíproca de los grupos en que se perpetuaban a través de los siglos las tradiciones de los francos por una parte, y de los galo-romanos por otra. Desde el Renacimiento había recibido la cuestión diversas soluciones y había sido enfocada desde diversos ángulos, pero en el siglo xviii comenzó a adquirir un calor prestado por la trascendencia inmediata que se descubría en ella, y volvía a plantearse de modo no menos dramático en la época en que Thierry aparece en el escenario de la vida francesa, agitada por la reaparición de las aspiraciones nobiliarias y el peligro que se cernía sobre las conquistas de la revolución de 1789.

Por el acuerdo de ambos bandos, podía darse como definitivamente admitida la hipótesis de que coexistían en Francia dos pueblos, el antiguo y el nuevo, el de los vencidos y el de los conquistadores. Mientras la nobleza defendía los derechos de los francos y se apoyaba en ellos para afirmar sus privilegios sosteniendo que nada subsistía de la Galia romana sino su situación de sometida, el partido liberal, en cuanto defensor de los derechos de la burguesía y de los principios de la revolución del 89, afirmaba la injusticia de los privilegios, la inexistencia de una conquista en sentido estricto y la perduración de muchas instituciones y costumbres anteriores a la invasión franca.

Thierry afirma la existencia de las dos razas y toma partido en la contienda. Pero posee las calidades eximias del historiador, las que incitan a pesquisar en el bloque de las afirmaciones rotundas los matices diferenciadores y a rechazar todos los simplismos; sostiene entonces que la conquista no había extirpado las raíces romanas y se dedica a escudriñar lo que había sido impostado sobre la tradición romana y lo que se había salvado de ella, fuera en estado de funcionamiento, fuera en estado de latencia. Thierry encuentra que en la tradición eclesiástica se perpetúa el contenido de la vida romana, pero afirma que es sobre todo en las de los municipios donde se mantienen sus rasgos capitales; y así ve irrumpir su fuerza adormecida en la revolución municipal del siglo xii, a la que asigna extraordinaria trascendencia.

En rigor, todas estas preocupaciones sobre cuestiones concretas apuntaban a un mismo blanco: la naturaleza de la sociedad francesa, o, lo que es lo mismo, a su estructura política y a su desarrollo histórico. Este tema era uno de los que constituían el edificio del pensamiento romántico y atrajo la atención del historiador y del político que había en Agustín Thierry. Porque en la concepción de la historia francesa no veía él un mero problema erudito; en el fondo era el problema político de su tiempo —estuario de las aguas de la revolución del 89— lo que le apasionaba y, como en Guizot, su ordenación del proceso histórico estaba guiada por el afán de lograr una justificación del derecho de la burguesía revolucionaria a las conquistas del liberalismo.

Thierry reemplaza la afirmación antihistórica de la permanencia de una situación dada por un cuadro evolutivo, porque era propio de su mentalidad romántica el advertir procesos de elaboración y etapas señaladamente diferenciadas por el color local. En los capítulos V y VI de las Consideraciones da un ejemplo acabado de su método discriminativo, de sus procedimientos eruditos y, al mismo tiempo, exhibe sin reparos sus propios defectos poniendo a la vista su vigoroso parti-pris frente al acervo documental. Pero así se integraba su personalidad de historiador y no deja de ser significativo —significativo de la naturaleza del juicio histórico— que se le ocultara su propia petición de principio precisamente cuando en las Consideraciones dedicaba su esfuerzo a descubrir los preconceptos que obraban en los otros sistemas.

Acaso aquellos aspectos —y otros muchos— de su labor historiográfica se adviertan mejor en alguna otra de las obras de Agustín Thierry: ya se dijo que no era ese el campo en el que radica el interés de esta. Aquí interesa el punto de partida en el análisis de los sistemas historiográficos y sociales que emprende para desbrozar el campo de la interpretación. Es allí donde surgirá una promesa llena de sugestiones para el desarrollo futuro de la ciencia histórica.

Atado fuertemente a los principios de la escuela romántica, Agustín Thierry no vacilará en condenar todo sistema en cuanto tal. Considera nefasta la influencia de Vico por haber introducido un principio de interpretación metafísica en la historia y afirma la importancia fundamental y exclusiva del hecho real, inmediato, y como consecuencia, la primacía de la narración sobre el sistema. Con esta posición, era lógico que encontrara vulnerables los intentos de explicación cerrada de la historia de Francia y buscara cómo desbaratarlos.

Sin embargo, su vocación de historiador y su intuición le proporcionaron un principio más seguro para el ataque. Abandonando el plano doctrinario, Thierry trató de descubrir su ineficacia histórica mediante la explicitación de sus preconceptos. La polémica de su tiempo le proporcionaba también un hilo conductor para esa empresa y, proyectando hacia el pasado las posiciones antagónicas cuyo duelo podía contemplar, advirtió de inmediato que eran los intereses de la nobleza y del estado llano los que obraban en el fondo de los sistemas en lucha.

Por este supuesto trata Thierry apresuradamente los sistemas vigentes en los siglos XVI y XVII; allí no aparecen las posiciones que persigue y desdeña ocuparse de la singular concepción humanística de la Edad Media. En cambio su atención se detiene en el cuadro de los sistemas interpretativos que aparecen a partir del momento en que, ya establecida la política absolutista de Luis XIV, comienzan a advertirse en ella algunos puntos vulnerables, precisamente hacia el final de su reinado.

Thierry somete a su agudo examen los sistemas de Freret, del conde de Boulainvilliers y del abate Dubos, desentraña el conjunto de afirmaciones que hace de cada uno de ellos un bastión en la lucha política, y se enfrenta luego con los que los siguieron, procurando siempre encarrilarlos dentro de aquellas posiciones que considera básicas; así desfilan por sus páginas Montesquieu, Mably, Brequigny, la señorita de Lèzardiéère, el abate Sieyès y Thouret.

Su análisis es penetrante y alcanza generalmente a lo hondo del problema; pero lo que interesa allí no es tanto el balance en cuanto a la validez de las conclusiones, como en lo que atañe a la discriminación del contorno social e ideológico que configura cada posición. Los puntos de partida, nacidos de convicciones irrazonadas y de prejuicios de clase, pero admitidos como esquemas incontrovertibles, aparecen en el examen de Thierry sometidos a una escrupulosa disección; y al poner de manifiesto su carácter contingente y relativo, aparecen explicadas las inferencias que no son comprobaciones objetivas sino meras secuelas de aquellos. Este análisis alcanza una notable claridad y señala un punto de vista lleno de posibilidades: por eso merece Agustín Thierry que se lo considere como un precursor de la historia de la historiografía.

Acaso llega ya la hora de rever el significado espiritual del siglo XIX, del que quizá nos nutrimos aún hoy, tras la etapa polémica de fácil crítica que ha querido negarle valor a su inmenso esfuerzo. En esa revisión surgirá sin duda la certeza de que, con ser mucho lo que ha logrado, es más aún lo que ha dejado para que fructifique con el tiempo. Aurora del siglo xix, el Romanticismo recogerá la mayor gloria en este terreno de las posibilidades ofrecidas al futuro; y en el cuadro de sus figuras más representativas, de las que no pueden ser medidas tanto por lo que realizaron como por lo que entrevieron en las sombras, Agustín Thierry adquirirá un noble lugar que no se le concede aún hoy. No es poco decir que orientó en cierto modo el curso posterior del Romanticismo historiográfico, escuela a la que Francia le debe un Michelet e Inglaterra un Carlyle; pero es más aún afirmar que ese Romanticismo que él contribuyó como pocos a diseñar y a afirmar como posición autónoma en el campo del pensamiento historiográfico guarda aún posibilidades latentes cuya realización augura esclarecimientos ciertos para las ciencias del espíritu. Y corresponderá a Agustín Thierry haberlas esbozado y haber dado un paso audaz, en sus errores y en sus aciertos: acaso no cabe mayor gloria en la aventura de un hombre que dedicó su vida a la sola aventura del pensamiento.

Vicente Fidel López y la idea del desarrollo universal de la historia. 1943

No ha sido frecuente entre nuestros historiadores la preocupación asidua por los problemas de la historia universal, ni parece, aún hoy, muy asentada la convicción de que ella constituye un clima que es necesario conservar para que los estudios históricos circunscriptos mantengan su significación justa y su proyección precisa. Una persistente dedicación a las labores documentales y acaso la exigencia —más noble y perentoria— de lograr una estructuración del curso de la historia nacional, han impedido que nuestros especialistas —y con ellos vastos sectores del público culto— elevaran su mirada desde el campo de lo inmediato hacia zonas más alejadas y de caracteres más complejos. No ha habido entre nosotros un foco o una etapa de rigurosa formación clásica que creara —como creó en Colombia, en Venezuela o en México, por ejemplo— una sólida tradición sobre cuya base se asentaran los estudios de los problemas de la historia general; por ello, y por las razones antes señaladas, podrían sufrir las disciplinas históricas un empequeñecimiento que, a la larga, habría de influir sobre la hondura y la amplitud hasta del propio y circunscripto panorama de la historia local. No es éste un problema intrascendente y valdría la pena que fuera meditado.

Acaso una de las excepciones sea Vicente Fidel López, historiador de dilatadas preocupaciones y lecturas, cuya comprensión de la universalidad del fenómeno histórico quedó probada en el trabajo que hoy reeditamos, por primera vez, creemos, desde su publicación en los Anales de la Universidad de Chile: bien merece esa cir-cunstancia —que tanto contribuye a fijar su fisonomía de historiador— el que se difunda su texto y llegue con facilidad a más amplios sectores del público lector, porque no cabe duda de que constituye un precioso elemento de juicio para captar los secretos del desarrollo de nuestra ciencia histórica.

Nacido en 1815 en el seno de una familia porteña de significación en los primeros tiempos de la Independencia, Vicente Fidel López fue educado desde un principio bajo la dirección de su padre y en un ambiente de gentes cultas; siguió luego estudios de latinidad con el presbítero don Mariano Guerra, a quien debió, en parte, el gusto por los autores clásicos, y más tarde, en 1830, asistió a las lecciones de filosofía del doctor don Diego Alcorta, cuya enseñanza, moderna y sugestiva, había de ejercer sobre él notoria y sostenida influencia.

Eran aquellos días de gran inquietud en Europa y en Buenos Aires; inquietud política aquí, donde los acontecimientos que siguieron al fusilamiento de Dorrego se sucedían anunciando oscuras perspectivas, e inquietud política allá, cuando las influencias liberales comenzaron a fructificar en Francia tras la caída de Carlos X; pero la agitación no se advertía solamente en la vida política sino que alcanzaba, por entonces, de manera muy viva el plano del espíritu; el liberalismo entrañaba un nuevo planteo de las concepciones sociales y arrastraba a los hombres de pensamiento hacia las preocupaciones por los problemas de la convivencia, en tanto que el movimiento romántico, que confluía con aquél en muchos aspectos, conmovía, además, todas las convicciones intelectuales. Ambas influencias —liberales y románticas— obraron en Buenos Aires una intensa renovación de las ideas; se divulgaron, especialmente en lo literario, por medio de la Revue de Paris, a través de la cual tomaban los jóvenes porteños contacto con el movimiento intelectual francés, y por su incitación se comenzaron a leer las obras de Hugo y Lamartine, de Sainte-Beuve y George Sand, de Delavigne y Dumas, así como los trabajos, densos en sugestiones y ejemplares por su modernidad, de Villemain, de Quinet y de Michelet.

Fue por esos años, y al calor de esas sugestiones, cuando López esbozó sus convicciones y sus tendencias; era apenas un niño pero su labor de aprendizaje era activísima; leía a los poetas y a los novelistas, a los críticos y a los estetas, pero al mismo tiempo se apasionaba por la filosofía y se orientaba hacia los estudios históricos; muy pronto la lectura de Niebuhr, de Michelet y Thierry, de Guizot en fin, habría de afirmar esa vocación. Pero el giro de las circunstancias políticas interrumpió la viva militancia de las letras que cum-pliera en la liza del Salón Literario, en La Moda, en la Joven Argentina, todo en compañía de los de su generación, inquieta y promisoria; poco después, en 1840, deberá emigrar, primero hacia Córdoba, luego hacia Chile, que debía ser el centro de su primera etapa de elaboración intelectual autónoma y provechosa.

En Santiago, en efecto, formó parte del grupo de los proscriptos argentinos que tan activamente participaron de la vida culta; estuvo al lado de Sarmiento en El Heraldo y en El Progreso y comenzó a publicar —especialmente en el segundo— sus primeros trabajos históricos: los ensayos sobre historia argentina que aparecieron bajo el título de Revoluciones americanas en su relación con los elementos sociales, en 1843, y quizá los artículos bibliográficos sobre obras históricas que figuraron ese año en sus columnas. Ya en 1845 su producción cobra mayor vuelo; aparece la Historia de Chile, el Curso de Bellas Letras y la Memoria sobre los resultados generales con que los pueblos antiguos han contribuido a la civilización de la humanidad. Poco tiempo después López abandonaría el suelo chileno para volver al Plata, y de Montevideo pasaría a Buenos Aires con Urquiza.

La estada de López en Chile constituye una época de su vida intelectual tras la cual sigue una etapa de actividad pública. Ministro de Instrucción Pública en el gobierno provincial de su padre, en 1852, supo alternar las exigencias políticas del momento con las preocupaciones fundamentales de su cargo, y mientras atendía a las gestiones que lo llevaron a actuar en las jornadas parlamentarias de junio, concebía la creación de escuelas y reorganizaba los estudios universitarios. Su gestión pública, sin embargo, fue breve, y poco después se abre una nueva etapa de su actividad intelectual, de la que saldrá sólo en 1890, llamado por Pellegrini para la cartera de Hacienda del gobierno que surgió tras la revolución del ’90.

En el curso de ese período, López produce su obra más importante y densa. Atraído por la moda de la novela histórica que circulaba en Europa bajo la advocación de Walter Scott, López publica La novia del hereje; más adelante se orienta decididamente hacia los estudios históricos y publica en 1868 Las razas arias del Perú; a partir de 1872 comenzarán a aparecer en la Revista del Río de la Plata —que dirigía con Juan María Gutiérrez— los ensayos sobre historia argentina que luego, en 1881, reuniría en los cuatro volúmenes de La Revolución Argentina, y ese mismo año dará a luz la Introducción a la Historia de la Revolución Argentina. En 1882 López se empeña en la memorable polémica con Bartolomé Mitre sobre cuestiones históricas y al año siguiente comenzará a publicar su ingente Historia de la República Argentina, cuyos diez volúmenes verán la luz sucesivamente, en el plazo que corre hasta 1893. Todavía hubo más: artículos en diarios y revistas aparecieron durante ese tiempo y López fue en la segunda mitad del siglo, junto a Mitre y a pesar de su alejamiento de él, una de las cabezas directoras en las disciplinas históricas.

Bien podrían figurar al frente de sus obras históricas —para definir su posición— las palabras que López puso como sección preliminar en su Curso de Bellas Letras: “El epíteto filosófico suele mirarse algunas veces con prevención en razón de que supone algo de altamente conceptuoso, algo de oscuro y profundo que exige de la inteligencia una meditación seria y concentrada. Si es cierto que no pocas veces se piensa así con razón, también es cierto que, con respecto a las páginas de este libro, este epíteto no debe excitar temor alguno ni hacer suponer que él importa algún sistema de consideraciones abstractas sobre los misterios del alma o sobre algunos de esos secretos sutiles, fantasmagóricos, que los filósofos acostumbraban perseguir con la más tenaz circunspección.

“Sin embargo de esto, creemos esencial que para la exposición clara y exacta de toda investigación que ha de recaer sobre especulaciones intelectuales se ponga por base algún hecho primitivo y constante: primitivo, para que se le pueda reconocer por causa de aquello que se quiere investigar; y constante, para que, al sentarlo el que escribe, todo lector lo pueda verificar por su propia observación, examinarlo a su arbitrio, mirarlo por todas sus faces y seguirlo en todos sus movimientos.

“Ahora bien; si es cierto que todo trabajo intelectual adquiere una verdadera importancia cuando se halla encabezado por un hecho como éste, también es cierto que este hecho, para revestir las cualidades que le hemos pedido, no puede menos que ser un hecho filosófico; es decir, un hecho que nazca del alma, en primer lugar y que, por lo tanto, sea psicológico; y que, en segundo lugar, deba nacer, dadas las mismas condiciones, en todas las almas; así es como un hecho será primitivo y constante o general, y podrá merecer el título de fundamento filosófico de la materia, que es lo que nos hemos propuesto encontrar en estas investigaciones preliminares.”

En efecto, como historiador, López fue un espíritu preocupado por los problemas radicales y buscó los fundamentos filosóficos de la historia como los buscaba en la estética literaria. Todo contribuía a llevarlo por esa vía, por entonces: partiendo de las bases propuestas por el pensamiento iluminista, el Romanticismo había comenzado a reelaborar el problema de la filosofía de la historia y López conoció, directa o indirectamente, las tendencias y las ideas más significativas.

Animado por una cierta predisposición clasicista, acaso producto de su formación básica, López aceptó las sugestiones del pensamiento romántico sin consustanciarse con él, y ha sido correctamente señalado que su pensamiento es una expresión típica del duelo constante entre aquella y esta tendencia,[1] y en la filosofía de la historia, en cuyo campo se daba este duelo, fue donde López descubrió el núcleo de sus preocupaciones y donde ejercitó el repertorio de sus posibilidades intelectuales.

En ella, en efecto, encontró las influencias que habrían de ser directoras de su pensamiento; buen conocedor del pensamiento iluminista, sumó a tal dirección la influencia que por Edgard Quinet recibiera de Herder con las variantes y disidencias que el propio Quinet señalaba; pero, entretanto, por la vía de Cousin, se introdujo en las corrientes del idealismo alemán y especialmente en el pensamiento hegeliano, del cual daba también Michelet en su etapa ger-manizante —y tras haber divulgado a Vico— una visión prometedora y sugestiva. Y en tanto que le servía de eslabón para alcanzar el pensamiento filosófico moderno, López se adhería a Michelet también en cuanto historiador, en cuya dirección veía marchar por entonces a Thierry, emparentado con Walter Scott; esta influencia se encadenó a su vieja predilección por Tucídides y Tácito y desembocó muy luego en una adhesión firme a Macaulay y a Guizot, en quienes vio mentores para el enfoque de los problemas del desarrollo político y de la estructuración general de la cultura.

Sobre estas lecturas y sobre la reflexión que ellas sugerían a su espíritu inquieto —acaso inestable—, Vicente Fidel López fue elaborando su posición de historiador. Puede decirse que, en general, formó en las filas de los filósofos de la historia, escuela que él llama —en el capítulo sobre las escuelas históricas del Curso de Bellas Letras que hoy publicamos en el apéndice— escuela fatalista. Esta designación ofrece un punto de partida para aclarar su postura historiográfica. En efecto, la filosofía de la historia suponía —y aún supone, pues ello constituye su núcleo— la vigencia de un principio de ne-cesidad en la trama del desarrollo histórico, principio que, fundamentado teológicamente por Bossuet, había sufrido con el iluminismo una reversión racionalista. Cuando el Romanticismo retomó el problema, insinuó, y desarrolló a veces, el principio de la libertad, pero ni en las más altas manifestaciones de esa tendencia ni aun en las eclécticas, halló la vieja —y eterna— antinomia una superación categórica y convincente: quedaron, pues, los términos del problema estructurados en tal forma, que precisamente ese planteo constituyó el tema fundamental de la filosofía de la historia. En esa articulación, precisamente, incide la reflexión de López en cuanto tiene de más interesante. Como uno de aquellos fundamentos filosóficos, López afirma la preeminencia del libre albedrío, y no vacila en afirmar su disidencia con la escuela fatalista en cuanto ésta lo niega en alguna medida; pero él mismo se contradice, primero cuando, según ciertas tendencias predominantes, admite una determinación del medio, luego, cuando yuxtapone al libre albedrío, como fundamento del desarrollo histórico, un instinto de perfectibilidad, que, como tal instinto, arranca de una raíz psicológica y crea una constricción de la libertad. De esta contradicción —que no es propia de él, por otra parte— se nutre toda su concepción, en cuanto tiene de firme y en cuanto tiene de insegura. De todos modos, la convicción del progresismo fue consustancial para su pensamiento y Echeverría pudo decir de la Memoria que estaba trazada “a la manera de Turgot y de Condorcet”.

Firmemente adherido a esta convicción, López concibe la historia como “la lucha recíproca que sostienen los que quieren detener el progreso con los que quieren desatar los lazos que le impiden volar sin obstáculo sobre las alas de la libertad”. Pero el progreso —verdadero instinto para él— es obra de los individuos, quienes, “como entes libres, somos los verdaderos autores de esa infinidad de hechos pequeños, insignificantes al parecer, que, con su fuerte y complicado encadenamiento, forman al fin la gran síntesis de los hechos sociales”. El individuo es, pues, en el fondo, y a pesar de su postulación teórica de un complejo individuo-sociedad, el verdadero protagonista de la vida histórica; y lo es en cuanto ser pensante y moral, porque el progreso objetivo no es sino el resultado de una lenta elaboración que se produce en el espíritu del hombre: su historia quiere ser, pues, una historia de las ideas y “de la condición moral de la humanidad”, cuyo germen está oculto en la mente humana; he aquí lo que explica su tibieza por las labores heurísticas y, en general, por la mera historia de hechos.

Fuera de este núcleo de ideas, hay en López algunos aspectos que merecen ser señalados. El interés por la historia proviene, para él, en cierto modo de su validez para el presente; y entonces se presenta como un pragmático que espera de ella lecciones para el patriota, para el ciudadano y para el hombre moral. Pero el presente sólo adquiere significación encadenado en la línea del desarrollo ininterrumpido, y, así como el pasado aclara el presente, también el presente ilumina el pasado y coadyuva a establecer su coherencia; López cree en la historia universal, y no sólo en cuanto proceso lineal, sino también en cuanto pluralidad de expresiones espirituales, porque “todos los progresos son solidarios, todos están atados entre sí”.

Y en esta afirmación de historiador genuino que escapa a veces a los planteos rigurosos pero que atina a percibir la raíz compleja del desarrollo histórico, encontramos, acaso, la clave para en-tender los principios sustentados, no sólo en la Memoria sino también en la Historia de la República Argentina, al intentar explicar los paralelismos y las concomitancias históricas. En rigor, los puntos de partida para su concepción historiográfica, que desarrollara en sus tiempos de madurez, están apuntados ya en el haz de reflexiones, que a los treinta años, entrelazaba al considerar la historia de la Antigüedad.

La Memoria sobre los resultados generales con que los pueblos antiguos han contribuido a la civilización de la humanidad fue elaborada por su autor como una consecuencia de la polémica que sostuvieran los proscriptos con el grupo chileno de El Semanario de Santiago, en el que predominaban los discípulos de Andrés Bello; tenía como finalidad obtener el grado de licenciado en Filosofía y Humanidades y, al mismo tiempo, demostrar en el plano académico su capacidad para ocuparse de los temas “sobre que alguna vez había escrito o hablado”. La lectura se realizó el 21 de mayo de 1845 ante el tribunal de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile y mereció un cálido elogio de quienes lo escucharon, como así también, luego, de Sarmiento y de Echeverría. Poco después se publicaba en los Anales de la Universidad y circuló en folleto que el autor hizo llegar a los grupos intelectuales, no habiéndose publicado después, según lo que sabemos.

NOTAS

1 Esta observación es de Raúl A. Orgaz y desarrolla éste como otros aspectos de la obra de López en su Vicente F. López y la filosofía de la historia, acaso la única obra sobre el tema, a la que envió al lector que se interese por un desarrollo más extenso y fundado de estas ideas.

Historiadores medievales. 1954

Alguna vez —aunque no es frecuente— se quiere describir la curva de cierta evolución del pensamiento o la cultura apoyando su trazo en los nombres de algunos historiadores ilustres; la enumeración que suele hacerse empieza resueltamente en los antiguos: “Herodoto, Tucídides, Livio, Tácito…”; entonces sobreviene un momento de incertidumbre; quizá se insinúa, sin mucha convicción, el nombre de San Agustín, y luego, ya con nuevo aplomo, se continúa la lista con los modernos: “Maquiavelo, Guicciardini, Bossuet, Voltaire, Michelet, Ranke…” La curva parece completa, coherente.

Pero entre San Agustín y Maquiavelo median más de diez siglos: los que corresponden a la llamada Edad Media, de la que todo parece saberse cuando se ha formulado alguno de los juicios, categóricos en la forma y harto imprecisos en el contenido, que suelen repetir aún hombres de buena formación intelectual. Parecería que es posible poseer una buena formación intelectual sin tener ideas claras acerca de lo que constituye el mundo medieval. En todo caso, quizá se juzgue intolerable ignorar la existencia de San Anselmo o de Santo Tomás, del maestro Mateo o de Cimabue, de Chaucer o del arcipreste de Hita o de Dante: pero parece justificado que se ignoren los nombres de los historiadores contemporáneos de estos filósofos, artistas y poetas. Una enumeración que salte de San Agustín a Maquiavelo se considera suficientemente ilustrativa del desarrollo del pensamiento histórico.

Sin duda hay, fuera de los especialistas, muchos hombres cultos que podrían llenar ese vacío con relativa seguridad y precisión, y muchos, naturalmente, en los países europeos, donde ciertos historiadores medievales son ilustres figuras de las letras nacionales. Pero es seguro que ese conocimiento es casi siempre circunstancial, vinculado con el mérito literario o con la significación política que han tenido en su tiempo; y lo que es más seguro aún es que, interrogado un hombre culto acerca de la explicación de su desconocimiento, contestará que en la llamada Edad Media hubo pocos historiadores de mérito, que su lectura es tediosa o, acaso, que no hubo entonces sino eso que se llama por costumbre “cronicones”, una palabra que parece despertar vetustas y polvorientas imágenes.

Quizá esas respuestas contengan alguna pequeña parte de verdad. Pero considerado el hecho en su conjunto no admite justificación, y solo prueba la equivocada idea que solemos tener del valor de la formación histórica, del sentido de nuestra cultura occidental y del papel que en ella ha desempeñado el conocimiento del pasado. La corrección de ese error obligaría a reparar con más atención en los largos siglos que transcurren desde la declinación del Imperio hasta el siglo XVI y a detenerse con algún cuidado en el análisis de cómo se entendió por entonces el pasado. Esta labor la cumplieron historiadores de vario mérito, unos de nombre ignorado y otros, muchos por cierto, de nombre conocido. Y este examen daría por resultado ciertas nociones que, convenientemente generalizadas más tarde, cristalizarían en la asignación de cierto valor a determinadas figuras del pensamiento histórico medieval que, acaso, se tornarían paradigmáticas. Entonces parecería inexcusable una enumeración de historiadores que saltara desde San Agustín hasta Maquiavelo.

No se ha escrito una historia de la historiografía medieval, siquiera equivalente a las ya relativamente conocidas de Shotwell sobre la historiografía antigua y de Fueter sobre la moderna. Y debe agregarse que tampoco las hay completas y satisfactorias que se refieran a un período importante, a un país o a un género. Son innumerables los autores de indiscutible valor sobre los que no se ha escrito una monografía exhaustiva o siquiera aceptable, y es corriente que en muchos casos el curioso de la cultura medieval se satisfaga con una introducción al texto en la que se consignan algunos datos biográficos y unas pocas apreciaciones sobre el estilo literario del autor. Se trata, pues, de una materia casi virgen, pues son excepcionales los historiadores medievales que han sido estudiados a fondo desde el punto de vista de las peculiaridades de su concepción historiográfica.

Sería erróneo deducir de estos hechos que el tema carezca de interés. En tan alto grado lo tiene, que acaso sea uno de los ángulos desde donde pueda emprenderse con más éxito la revisión de la llamada Edad Media, esa revisión que, sin duda, está en marcha desde otros puntos de partida. Un somero despliegue del material que ofrece la historiografía medieval puede ayudar a quien no se haya preocupado del tema a adivinar su interés y su valor, aun cuando sea tan reducido y superficial como exigen los caracteres y la dimensión de este artículo.

De Eusebio de Cesárea —a quien Croce proponía que se llamara “padre de la historiografía moderna”— y de San Agustín proviene esa sustancial mutación de la imagen de la vida histórica que abre la llamada Edad Media. La tradición latina comienza a fundirse con la hebreocristiana, no sin que se requiriera vasto esfuerzo para ajustar las cronologías, y a las explicaciones clásicas se opuso la explicación providencialista; la “ciudad terrenal” cobró sentido trascendental y su historia fue la del progreso del espíritu. Continuó San Jerónimo la Crónica de Eusebio y aplicó Paulo Orosio las tesis agustinianas al relato de la historia concreta; y siguieron sus huellas numerosos cronistas durante la época en que se constituían los reinos romanogermánicos. Cinco figuras adquirieron entonces singular relieve: Beda, el historiador de los anglosajones; Gregorio de Tours, de los francos; Jornandés y Paulo Diácono, de los lombardos; e Isidoro de Sevilla de los suevos, vándalos y visigodos. Quizá el de espíritu más denso sea entre ellos Beda: agudo para analizar las situaciones reales y acaso más penetrante aún para descubrir el alcance de la grave crisis espiritual a que asistía; pero todos ellos son, a pesar de la pobreza del estilo, testimonios vigorosos de la conmoción profunda en que vivían. Nada vulgar es la imagen que nos deja Gregorio del reinado de Clodoveo y harto dramática y aguda la que nos proporciona del curso de la dinastía merovingia. Y en la que nos ofrece Isidoro de Sevilla de la dinastía visigoda, escueta y llana, descubrimos una segura comprensión del proceso historicopolítico de su reino.

De los historiadores de la era carolingia —Eginardo, Angelberto, Ermoldo Niger, Nitard— el primero de ellos, biógrafo de Carlomagno, es el que ha logrado más nombradía. Imitada de Suetonio, la biografía de Eginardo revela que su autor percibió la desusada grandeza de su personaje. Y en los relatos de los conflictos dinásticos que siguieron a la muerte de Carlomagno, han puesto Ermoldo Niger y Nitard una emoción contemporánea y cierta comprensión del alcance de los conflictos que no llegan a encubrir los alardes retóricos, en particular del primero.

Nació de esos conflictos y de otras causas la situación históricosocial que se designa de costumbre como “sociedad feudal”, con algunos caracteres comunes para todo el occidente europeo, pero encuadrada en ciertos marcos regionales: las monarquías, de las que saldrían los reinos nacionales. En esos ámbitos locales aparecieron los anales y las crónicas, de ordinario limitados a la época de un rey y a sus hazañas, pero en ocasiones más extensas y alguna vez con una intención que sobrepasa el panegírico del rey y procura representar a la comunidad nacional. Abundan en este grupo los “cronicones”; pero no faltan crónicas de sólida estructura, montadas sobre ideas claras acerca del orden de la historia y acerca del sentido de la existencia de la comunidad; y son tantas, que enumerarlas sería enojoso; pero está dentro de las finalidades de este artículo atraer la atención sobre algunas de ellas.

Entre los siglos X y XIII —porque más tarde comienza a modificarse el género— se agrupan muchas obras de innegable valor. El Santo Imperio tuvo por entonces algunos cronistas cuya lectura provoca vivo interés: Liutprando de Cremona, contemporáneo de Otón el Grande; Wippon, cronista de Enrique II y Conrado II; y sobre todo Otón de Freising, historiador de raza al que se debe la crónica de Federico Barbarroja. El desarrollo del Santo Imperio, sus luchas internas contra el poder imperial y los príncipes locales, las querellas con el papado y la lucha con las ciudades italianas desfilan por la crónica con variable comprensión, a través de distintas aptitudes críticas; pero el historiador existe y existe también cierta actitud interpretativa frente a la realidad inmediata y frente a sus raíces próximas y remotas. Lo mismo ocurre en otros ámbitos. Abundan en Italia las crónicas de ciudades — como la que escribió Cantinelli sobre Faenza—, y surgió allí un grupo de vigorosos cronistas en relación con las peripecias de los países del Mediodía antes y durante el reinado del insigne Federico II: Ugo Falcando y Romualdo de Salerno entre otros. Florecieron en Francia: Richer —que presenció y narró la instauración de la dinastía de los Capeto—, Suger y Rigord, antes de que se comenzaran a componer en San Dionisio las Grandes Crónicas de Francia. Y no faltaron cronistas de singular personalidad en Inglaterra, como Guillermo de Malmesbury; ni en Normandía como Ordrico Vital; ni en Castilla, como el monje de Tuy o los autores de la Crónica General, ni en Aragón donde escribieron crónicas sabrosas Desclot y el propio Don Jaime el Conquistador.

Son muchos nombres, y de intento se mencionan para señalar que ni faltaron historiadores ni carecieron de individualidad. Y de intento han sido dejadas fuera de este cuadro cinco figuras ilustres del siglo XIII, que citadas en conjunto nos revelan —en el siglo de Santo Tomás y de las catedrales góticas— un estilo de pensamiento histórico. Mateo de París, Salimbene de Adam, Joinville, Rodrigo Jiménez de Rada y Snorre Sturleson escribieron largas crónicas y abarcaron con su mirada extraños sucesos y complejos problemas. Una visión tradicional de la vida histórica los guiaba, pero a cada paso se advierte en ellos su singular enfoque de las cosas, su curiosa ilación de lo mediato y lo inmediato. Y desde Castilla hasta Islandia se advierte que circulaba una corriente de ideas que vivificó la imagen de la historia como vivificó otros aspectos del pensamiento y la vida misma.

Hubo durante el mismo período cronistas e historiadores que no se ocuparon de las hazañas de su rey o de las alternativas de su pueblo. Algunos tuvieron grandes ambiciones intelectuales y quisieron dibujar el vasto cuadro de la historia universal, como Vicente de Beauvais o Juan de Colonna. Pero otros prefirieron reducir más el campo y limitarse al relato de la historia de un monasterio, como los autores de los anales de San Gall, de Hildesheim o de Faría. Un paso más en la limitación y llegamos a la biografía, profana unas veces como en las canciones de gesta, y religiosa otras como en la hagiografía, heredera de los De viris illustribus cristianos de la Temprana Edad Media y que alcanza su esplendor con Jacobo de Voragine. No faltó quien considerara de interés relatar su propia vida, como lo intenta Abelardo en su primera carta a Heloisa; Guibert de Nogent y el propio Salimbene también lo hicieron, pero no eran todavía tiempos maduros para la autobiografía. Más que el drama íntimo apasionaba el vasto drama colectivo, más sentido si cabían en él la aventura y el prodigio. Por eso fue género predilecto la historia de las cruzadas, que cultivaron, entre otros muchos, Guillermo de Tiro, Clari, Villehardouin y el que compuso la Gran conquista de ultramar.

Pero las cruzadas, en coincidencia con otras causas, originaron transformaciones de distinta índole que dieron a los dos siglos siguientes —el XIV y el XV— una distinta fisonomía. La orientación del pensamiento histórico comenzó a variar poco a poco y, además de cierto debilitamiento de la doctrina agustiniana, se advirtió mayor influencia de la personalidad del historiador. La crónica se hizo más típicamente nacional, porque el reino cobraba personería frente al rey mismo, y en la explicación del devenir histórico empezaron a pesar más las razones terrenas: el poder, la riqueza. El gran Froissart encierra todavía su crónica en una atmósfera caballeresca, y acaso pueda decirse lo mismo de los grandes cronistas borgoñones: Chastelain u Olivier de la Marche. Pero el canciller López de Ayala o Hernando del Pulgar dejarán circular ya otros vientos, y Ramón Muntaner introducirá en su crónica vendavales de pasiones mundanas. Todos ellos son historiadores de noble estirpe, pero acaso la mejor raza fuera por entonces la de los historiadores italianos, la de Dino Compagni, la de Marchioni di Coppo y, sobre todo, la de los Villani, de los cuales Giovanni es sin duda el fruto más granado. Pero después, y sin abandonar del todo su aire medieval, la crónica italiana del siglo XV adoptará —como en Simonetta o en Bruni— el aire singular del Humanismo.

Tales son los nombres más brillantes del vasto repertorio de historiadores medievales. Una doctrina los conduce durante siglos, para abandonarlos poco a poco a medida que se sienten las consecuencias de la profunda crisis de las postrimerías del siglo XIII. Entonces se acusan las personalidades individuales. Pero aun antes las hallamos vigorosas y profundas, dignas de memoria, necesarias para comprender diez siglos de nuestra cultura. Es necesario no olvidarlos: diez siglos capitales de nuestra cultura.

Paul Groussac. 1955

Es justo —a los veinticinco años de su muerte— que recuerden a Paul Groussac los que lo estimaron como amigo y los que lo reconocieron y reconocen como maestro. Es justo. Quizá se desvanezca con el tiempo el recuerdo vivo de su figura señorial, de su palabra acerada, de su mirada penetrante; pero es seguro que con el tiempo cobrarán sazón los frutos de su inteligencia, legado inestimable que ha enriquecido más allá de lo que solemos suponer nuestro haber intelectual. Paul Groussac no gozará quizá —si es que eso es gozar— de popularidad multitudinaria. Pensó y escribió siempre para satisfacer a los espíritus más austeros y rigurosos, no para complacer a los más indulgentes. Pero los espíritus austeros y rigurosos sabrán cumplir la deuda que con él tienen contraída, conservando el recuerdo de su denodado esfuerzo en favor de nuestra incipiente cultura, de su áspera cruzada para infundirnos el principio de austeridad que regía su propia labor, para persuadimos de que no hay saber que se conquiste sin esa desesperada vigilancia que Leonardo llamó “obstinado rigor”. Es justo que cumpla también aquella deuda, aplicándose a perseverar en el ejercicio de las virtudes del maestro.

Paul Groussac puso al servicio de los estudios históricos argentinos no sólo un vasto saber sino también una inteligencia excepcionalmente lúcida, una penetración poco frecuente para percibir la trama profunda de la vida histórica, un espíritu sin prejuicios suficientemente irónico y suficientemente escéptico como para desdeñar los juicios consagrados, y una humanidad capaz de sumergirse con una extraña suerte de pasión en la pasión ajena. Era, sin duda, no sólo un escritor de raza —como dijo de él Mitre—, sino también un historiador de raza. No es extraño que llegue de sus obras la ráfaga de recuerdos clásicos: de Michelet, de Fustel o de Taine porque estaban presentes en su espíritu a toda hora, como lo estaban presentes los dioses mayores de su estirpe, Montaigne y Pascal. Pero Groussac realizó el prodigio de infundir a su genio nativo un vivificador soplo americano. Su “forma mentis” fue francesa hasta su último instante, pero su espíritu logró adquirir la adecuación que requerían sus temas predilectos y su veneración por los maestros de la historia y los dioses mayores de su estirpe no le impidió captar la diferente textura de la tela a cuyo examen dedicó su esfuerzo. No se equivocaba cuando decía —al concluir el prefacio de su Liniers— que su estudio “huele mucho menos a parque parisiense que a llanura pampeana y monte arribeño”. Eso fue lo que quiso ha-cer, lo que sabía que era su deber hacer como historiador… Y el haberlo logrado nos ata a él y desata también nuestro afecto por habernos elegido para sumarse a nosotros. No hay mejor manera de ser uno de los nuestros.

Aun cuando algunos de nuestros mejores críticos han examinado con agudeza diversos aspectos de su obra histórica sobre el pasado argentino, me atrevo a pensar que aún no se ha estudiado a fon-do la significación de la totalidad de su pensamiento. Acaso estemos en deuda con Groussac por no haber realizado esa labor. Labor sutil y compleja a un tiempo, porque quien la emprenda habrá de estimar aquella significación sopesando ideas, a primera vista fragmentarias, expresadas por Groussac en distintas épocas de su vida, con distinta clase de ropaje y aun en ocasiones con distinto alcance según el pretexto a propósito del cual las expresa. Pero no creo que pueda dudarse de que, si el investigador posee una talla proporcionada a tal labor, los resultados serán reveladores y acaso sorprendentes.

Quizás alguna vez pasó por la mente de Groussac escribir un relato continuo de nuestra historia. Es bien sabido que no lo escribió nunca y que su obra se compone de ensayos parciales, casi todos ellos de aire biográfico. Pero a diferencia de otros, Groussac pensó la historia argentina aun cuando sus escrúpulos o acaso el mero azar no le permitieran acometer la empresa de escribirla. Groussac pensó mucho y los frutos de su reflexión están esparcidos a lo largo de sus ensayos fragmentarios. Desde el Mendoza y Garay hasta Los que pasaban se suceden los eslabones de una cadena casi ininterrumpida de imágenes de nuestro pasado, en cuya sucesión el observador sagaz podrá descubrir la persistencia de ciertas ideas conductoras. Y acaso quien nos ofrezca ordenadamente expuesto el cuadro de la historia argentina que pensó Groussac nos sorprenda con un redescubrimiento de la penetración del maestro.

Me atrevería a decir que nos hemos dejado seducir por el encanto de sus estudios fragmentarios y no hemos sabido apreciar la totalidad del mensaje de Paul Groussac. Quizá, por ejemplo, hemos leído sin la debida atención, y sin la decisión de extraer de él cuanto encierra para juzgar la peculiaridad de nuestro pasado, aquel pasaje singular insertado en su estudio sobre Diego Alcorta en que Groussac sintetiza lo que él, no sin cierta ironía, llama su filosofía de la historia:

“La filosofía de la historia, que, para mi uso propio, tengo extraída de mis lecturas y reflexiones es que, a pesar de la tradición y de los hábitos heredados, el orden social representa un estado fic-ticio y precario. Lo natural es el desorden; y sólo merced a todo un sistema complejo de diques y defensas es como la fábrica resiste al empuje exterior y no peligra la civilización. Cualquier sociedad — singularmente las recientes y rudimentarias— representa en lo moral lo que el sur de Holanda en lo físico: un suelo conquistado sobre el mar, que bate los malecones en acecho de la brecha abierta por donde se precipiten el desastre y la ruina. En otros términos, más claros aún: no hay equilibrio estable sin la fuerte trabazón de una jerarquía. La única igualdad, que no signifique una quimera, es la virtual, o sea la que, sustituyendo a las castas cerradas con las clases abiertas, permite el vaivén libre y fecundo de la savia nacional, que renueva incesantemente las aristocracias vitalicias de la moralidad activa, del talento bien empleado, de la fortuna bien habida. Los trastornos políticos terminan en el desquiciamiento social, porque tienden irresistiblemente a repetirse”.

Quienquiera que esté familiarizado con nuestro pasado puede entrever a poco que reflexione las vastas posibilidades interpretativas que tiene esta idea. Lo informe y lo conformado constituyen dos términos antitéticos del devenir histórico. Conformar la realidad informe constituye la misión de las minorías creadoras. Groussac no era un espíritu aristocratizante en cuanto esa actitud tiene de vano y estéril; pero era un espíritu antirromántico, al que no seducían la vaga hipótesis de la potencialidad creadora del Volksgeist —el espíritu del pueblo de los románticos alemanes— sino que creía tan sólo en la capacidad de creación de las minorías. Así lo afirmaba categóricamente en su estudio sobre las Bases de Alberdi: “El principal agente productor y el índice que marca a cada pueblo su altura en la escala de los valores nacionales es el espíritu de invención, la capacidad y el talento del grupo dirigente”.

Una y otra vez se advierte la persistencia de este criterio en Los que pasaban y es bien sabido que no tiñó su pensamiento el designio de halagar a los poderosos, porque nadie castigó con más severidad el fariseísmo ni señaló con más entereza los errores y los defectos de las minorías intelectuales de su país de adopción.

Acaso, hubiera podido sin mucho esfuerzo intentar el relato continuo de nuestra historia, para el que no le faltaban los esquemas rectores. Cierta modalidad de su espíritu lo invitaba más bien a demorarse en el cuadro circunscripto de una historia, de una época o de una figura. Allí aplicaba el crítico implacable su voluntad de rigor, desbrozando el campo de tanta mezcla como había acumulado sobre él un saber anecdótico y acrítico. Y comenzaba luego a levantar piedra sobre piedra —tras haberlas tallado y pulido— para el nuevo edificio intelectual cuyo plano tenía precisamente dibujado en su espíritu.

Por eso fueron sus construcciones sólidas y duraderas. Poseía todos los secretos de la técnica erudita, pero además esa envidiable frescura de la mente que permite al historiador de raza situarse frente a la realidad, a un tiempo mismo, con hipótesis preconcebidas y sin prejuicios irrazonados. Aun así, no hubieran tenido las fábricas que supo levantar tanta solidez y tanta belleza si no hubiera poseído cualidades mejores y más raras aún que las de la mera erudición. El dato trabajosamente obtenido de los vestigios del pasado ingresaba —una vez aislado— en un mundo de ideas que ordenaba una y otra vez su inteligencia fértil, cada vez que el dato recién hallado modificaba el conjunto de los hechos, sin pereza ni desaliento.

“La historia es ciencia, es arte, es filosofía”, anotaba Groussac en el prólogo de su Liniers. La observación, que en otro hubiera sido trivial, estaba en él cargada de sentido, porque sabía medir con rara exactitud el alcance de cada una de esas posibilidades. Acaso pudieran hacerse innumerables reparos a sus principios teóricos, sobre todo si se los considera en particular y aisladamente; pero es innegable que se entrecruzaban en la mente de Paul Groussac con insólita coherencia, proporcionando a su espíritu una excepcional armonía, un raro equilibrio.

Este carácter de su personalidad, este predominio en su ánimo de un estilo, explica, en mi opinión, la agudeza con que percibió las debilidades y los defectos de nuestro ambiente intelectual, y la autoridad que le reconocieron amigos y enemigos para ejercer la crítica. Nadie ha revelado con tanta honradez, con tanta objetividad y tanta voluntad de justicia los vicios que, desgraciadamente, deforman la inteligencia argentina. A veces fue severo con los hombres y acaso en ocasiones injusto. “No le toca a la humanidad, falible y pecadora, anticiparse a los fallos del juicio final”, escribía una vez. Pero consideraba su deber acusar el error donde lo encontrara, denunciar las posiciones falsas donde aparecieran, indicar el camino recto cuando creía estar en posesión de la verdad. Su probidad intelectual tenía algo de ascético y sublime, y el espectáculo de la irresponsabilidad lo arrebataba, acaso porque vivía eminentemente para la inteligencia, y la inteligencia para él era rigor.

Nunca podremos agradecerle suficientemente el papel de inflexible censor que quiso ejercer entre nosotros, porque esclareció mucho su espíritu y dejó señalado, para quienes quieran seguirlo, el único camino que le es dado al ejercicio intelectual.

Dejó, sin duda, sobre nosotros una herida; pero no en nuestro corazón, si nuestro corazón es noble, sino sobre nuestra vanidad y nuestro orgullo. Sobre nuestra suficiencia y nuestra arrogancia. Con la punta de su florete francés entró a fondo precisamente allí donde la sangre del dragón no preservaba nuestra piel. Y la herida manó abundantemente, y pareció mortal a algunos, y fue catártica y salvadora para otros. La mano que empuñaba el florete no era un ciego instrumento del desdén; lo era menos aún de la soberbia. Obedecía a una inteligencia clara regida por un carácter magnífico. Paul Groussac llamó a la herida que nos infería “la herida del que ama”. Y porque nos amó y quiso ser uno de los nuestros, porque amó nuestro pasado y nuestras cosas, porque ejerció entre nosotros un noble magisterio y puso a nuestro servicio su espíritu noble y severo, su nombre se repetirá una y otra vez en esta tierra con admiración y con respeto.

Mas acaso el adusto maestro obtenga el mejor premio cuando arraigue en nosotros esa virtud de la inteligencia que le era cara entre todas, aquella justamente que Leonardo definía como un “obstinado rigor”.

Digresión sobre el historiador arquetípico. 1947

Mi amigo filósofo me ha invitado por primera vez a su casa y me ha recibido en su cuarto de trabajo, entre sus libros y sus papeles. Allí es donde realmente vive y ha configurado su mundo, entre cuatro paredes. Aunque verdadero filósofo, mi amigo es un sentimental y proyecta sobre aquello que le rodea cierta tensión emocionada. Quizá por eso hay sobre su mesa de trabajo, como presidiendo sus meditaciones un hermoso retrato de Pascal, inquisitivo y aguileño.

Lo he contemplado unos instantes y el examen ha trazado en mi fisonomía una interrogación. Nunca le he oído hablar de Port Royal ni puedo creer, conociéndolo, que sea Pascal quien oriente su pensamiento. Pero mi amigo sorprende mi reflexión y se apresura a explicarme:

—No, Pascal no constituye mi punto de partida ni sus meditaciones coinciden con las mías. Mi camino es otro, harto distinto del suyo. Si está ahí, es por otras razones, menos filosóficas y más humanas. Es su actitud lo que me interesa y casi me subyuga, porque Pascal me parece encarnar el tipo consumado del filósofo auténtico. Lo que yo más deseo es adquirir una sensibilidad, entre filosófica y humana, que me fuerce a vivir mi pensamiento como vivía Pascal el suyo. Acaso deba a otros más ideas, pero es Pascal quien constituye para mí el arquetipo del filósofo.

Mi amigo me ha suscitado una inquietud inesperada. ¡El arquetipo del filósofo! Mi imaginación ha corrido hacia mi propio cuarto y he descubierto sus paredes desnudas, donde nunca sentí la tentación de poner el retrato de ningún maestro. Y ante su sonrisa, he explicado a mi amigo la zozobra que me producía mi descubrimiento y le he prometido hurgar en mis recuerdos hasta encontrar la imagen bajo cuya advocación pudiera poner mis reflexiones. Y he vuelto a casa desasosegado, como si hubiera descubierto, en mitad del piélago, que había olvidado llevar conmigo brújula y sextante.

¡Mi arquetipo del historiador! Sentado frente a la biblioteca, he hecho desfilar ante mí, en una especie de privadísimo Juicio Final, multitud de figuras de próceres de la ciencia histórica desde Heródoto hasta nuestros días; han pasado y han vuelto a pasar, sin que pudiera decidirme del todo. Por un instante pareció que me quedaría con Homero, pero cierta nefasta sensatez me advirtió que había en mi ánimo más beligerancia que prudencia. Acaso Michelet. La indecisión equivale, en este caso, a una doctrina sobre la variabilidad de la imagen buscada. Sospecho que, finalmente, optaré por Michelet.

Entretanto, he descubierto que es más difícil de lo que parece discernir quiénes han sido los auténticos historiadores en la legión de los que se han ocupado del tiempo pasado. Más fácil es, sin duda alguna, reconocer a los que no lo son, y establecer las cualidades negativas que frustran al historiador en el erudito. Pero las cualidades positivas, las que lo configuran y distinguen, se perfilan tan sutilmente como la sombra en la penumbra, y muy pocas veces aparecen fundidas inequívocamente en un tipo intelectual definido. Y sin embargo, debe haber un historiador puesto que hay una experiencia histórica, tan cara al espíritu como la misma experiencia mística.

Mi espontánea preferencia por Homero no era, con todo, totalmente arbitraria. Mucho antes de que se manifestara decididamente mi preferencia por la historia, había tenido ya la vaga intuición —certera, ahora lo comprendo— de que Walter Scott era un historiador, un verdadero historiador. Y si se consigue superar aquello que los separa, creo que se podría descubrir que se parece bastante a Homero. En todo caso, es lícito confesar tímidamente que más de una severa monografía me ha hecho pensar de nuevo, no sin nostalgia, en Homero y en Walter Scott.

Con todo, ninguno de los dos constituye mi arquetipo definitivo del historiador. Casi podría decirse que corresponden a uno de los polos de tensión que oculta la personalidad del historiador, aquel que animan un poco la intuición y un poco la pasión, y que se proyecta en el relato inundándolo de frescura y de vivacidad, saturándolo de reminiscencias, impregnándolo de colores, de sonidos y de perfumes. Pero eso no es sino un polo. Frente a esa aptitud para la captación de la vida parece necesario que se manifieste igual capacidad para llegar a las abstracciones conceptuales en que se desvanece lo real, y esa pericia corresponde al otro polo de su personalidad. Quizá Voltaire o Vico representan acabadamente este extremo de la fisonomía del historiador. Allí están, vivos y pletóricos, malabaristas de las ideas, agudos, sin duda, para percibir los contenidos espirituales ocultos tras las formas de la vida real, pero hábiles tan solo para manejar entelequias, de esas que difícilmente se pueden imaginar calzadas, vestidas y tocadas sin despojarlas de su sublime inhumanidad.

Estas reflexiones han comenzado a tranquilizarme. Por hoy al menos dejaré en paz a mis convidados de piedra y quizá resuelva reemplazar el retrato por una galería. Pero he aquí que he divisado sobre mi mesa las Noches áticas de Aulo Gelio y he vuelto a caer en la incertidumbre.

Allí estaba el libro desde hacía varios días, deseoso de prestarme su ayuda proporcionándome no sé qué noticia de las muchas que nos conserva. Gracias le sean dadas a Aulo Gelio por su curiosidad ilimitada y su infinita paciencia. Seguramente no lo leeré jamás para solaz de mis ocios inquietos, pero lo volveré a buscar muchas veces para saber algo de esto o aquello. Pero su retrato…

A nadie se le ocurriría nombrarlo junto a Tucídides o junto a Tácito. Y se me ocurre que podrían tejerse alrededor de Aulo Gelio, aparentemente sin discípulos vengadores, algunas reflexiones que podrían aplicarse luego a otros imitadores más próximos a nosotros. Inconmensurablemente curioso, consumió su vida en hurgar los más recónditos rincones del pasado, y estampó todo lo aprendido sin orden ni concierto, sin idea directriz alguna, ni preconcebida ni por concebir. Su intención, no lo niego, era encomiable, y su método, el más riguroso que podía tener a su alcance, o por lo menos bastante honrado. Pero no pondría su retrato, aunque lo hallara, en mi gabinete de trabajo y ni siquiera lo incluiría —ahora ya estoy seguro otra vez— en la galería de los ilustres. Reconozcamos que, a diferencia de otros colegas posteriores, él no aspiró a que lo incluyeran, porque seguramente poseía bastante buen sentido como para discriminar las peculiaridades que diferenciaban su oficio del de Tucídides o Tácito. Aulo Gelio no quería ser más que un erudito.

A primera vista, podría parecer que, a erudito, lo sobrepasaron los graves maestros del siglo XIX. No hubo método ni expediente al que no acudieran para garantizar la pureza del dato quintaesenciado. Pero quien repase las Noches áticas y logre captar las formas intelectuales propias de Aulo Gelio, se convencerá en seguida de que, si los hubiera conocido a tiempo, no hubiera dejado de usar esos recursos con la misma probidad y entusiasmo. Al fin, la única diferencia entre ellos es que Aulo Gelio no creyó superar a Tucídides ni a Tácito, y que, en cambio, los eruditos de nuestro tiempo dieron por sentado que todo recomenzaba con ellos.

Pecado de soberbia fue el suyo y graves las consecuencias de ese pecado, muy poco original por cierto. Ya hay muchos para quienes la historia parece confundirse con la erudición y llaman con ligera ironía “filosofía de la historia” o “crónica”, según los casos, a lo que se aparta de ese justo medio ideal representado por la monografía erudita. Soberbia que pagará muy cara la historia, porque el lector ha llegado a preferir la paleontología que le resulta más amena. Ahora estoy resuelto. Con los debidos respetos, el retrato de Leopoldo Ranke solo figurará como uno de tantos en mi galería, ni más alto ni más bajo que el de Walter Scott o el de Vico.

Mi amigo descubrió, al día siguiente, que la pared de mi cuarto seguía desnuda.

—¿Entonces, no hay un historiador arquetípico, uno cuya figura evoque acabadamente la actitud espiritual del hombre que siente entrañablemente la vida histórica y vive su experiencia secular?

Hubiera querido disponer de argumentos rotundos, defender con suficiencia y confianza mi predio familiar. Pero mi respuesta fue solo un discurso explicativo.

—La historia —le he respondido— es un paisaje de cambiante fisonomía, y a veces parece como si estuviera bajo la influencia de una deidad traviesa, que se entretuviera trastornando los rasgos de las cosas. Sospecho que nada hay tan difícil como captar la realidad histórica y por eso es difícil saber cuál pueda ser la específica aptitud intelectual del hombre que emprenda tamaña aventura. ¿La paciencia, el genio, o ambas cosas unidas en una síntesis casi inusitada? A veces hallamos un historiador oculto en un hombre que ejerce otro oficio cualquiera. Suele haberlo en la vieja nodriza que exalta la fantasía del niño, o en el pintor, o en el político, o en el predicador, y muchas veces en el poeta. A veces, también, en el severo investigador de archivos, pero no es esto lo más frecuente.

Si tuviera que señalar un rasgo definitorio del historiador, sería antes que ninguno su capacidad de comprensión de lo distinto. Este es historiador, este que no se asombra del amor de Sócrates por Alcibíades, ni de la fe ingenua de los padres del yermo, ni de la sabia y benemérita crueldad de Robespierre. Que en cada cosa descubra el conjunto en el que se acomoda y se ordena. Y que sepa cuanto sea necesario para que en su vivificación del pasado ese conjunto vibre pletórico de dramaticidad, de su propia dramaticidad, que como tal, será siempre viva y cara a nuestro oído.

Olvidemos cómo aprendió lo que sabe y que nos haga él la gracia de no recordárnoslo cuando nos devuelva elaborada su sabiduría. Y olvidémonos de medir lo que cada uno ha ignorado, prefiriendo captar lo que supo extraer de lo que sabía.

No ignoro que este historiador comprensivo pueda equivocarse alguna vez o muchas veces. Allá él con su genio. Pero, en todo caso, amigo mío, no más que tu Pascal y, en el fondo, no mucho más que el propio Galileo. Por otra parte, tampoco errará más que el sabio investigador cuya elaboración se frustra en su espíritu agobiado por la infinita inmensidad de los datos; con la ventaja de que aquel logrará darnos una visión ordenada, coherente y palpitante de sentido interior, en tanto que este último no nos dará sino ladrillos, argamasa y andamios, para una construcción que se parece más de lo tolerable a la interminable tela de Penélope. ‘Mira que tengo que llegar a saber antes que muera’. Y que no se extasíe con la ilusión de la absoluta objetividad, porque es bien sabido que quien acumula materiales y erige los andamios tiene prefigurado en alguna medida el edificio que quiere levantar. Solo que para el acarreador de materiales el edificio está apenas bosquejado y para el historiador comprensivo debe tener un cierto estilo arquitectónico.

Mi amigo me miraba compasivamente, como suelen hacer los filósofos. Quise escapar de mi indecisión, y agregué resignadamente:

—Es lástima. Volveré a mi primer impulso y pondré el retrato de Michelet. Después de todo, sabía bastante bien su oficio y era, además, un hombre.

Retorno a la Historia de Francia. 1944

Que la cavilación empañe el gozo. Acaso, hoy más que nunca, convenga retornar al duro examen, hoy que el entusiasmo por tanto tiempo contenido parece asegurar que la reconquista ha terminado. Francia es Francia otra vez, pero no nos apresuremos a decir cuál es de las muchas Francias posibles en estos días de crisis decisiva. Y cuando la reconquista de su solar está cumplida, llega la hora de retornar a su historia para descubrir ese secreto.

Hay una empresa de reconquista que sólo empieza ahora, cuando tras la victoria comienzan a mirarse las caras los hombres en cuyas manos vuelve a estar el propio destino, y a escrutar en el fondo de los ojos qué pasado y qué porvenir alienta cada cual. Para esa reconquista acaso no sean ya suficientes los símbolos sagrados, ni el oriflama de San Dionisio, ni la venerable cruz de Lorena, ni el alegre gallo de oro, ni quizá el orgulloso gorro frigio de la libertad. Porque la reconquista que habrá de comenzar sacudirá el polvo de los tiempos y pondrá a la clara luz del amanecer ocultas realidades no contenidas en aquellos símbolos gloriosos. La reconquista que aguarda a la nueva Francia es la de sí misma, la de su fondo nacional, integrado en una ecuación no siempre acorde con aquel caudal de tradición; es la de su propio equilibrio interior, logrado por el ajuste de las fuerzas sociales olvidadas; es la del sentido director de su destino como comunidad, es, en fin, la de una fe en su misión que se apoye vigorosamente en la certidumbre de su coherencia íntima y de la validez de sus ideales.

Para la reconquista del solar milenario, acaso fuera lícito repetir la consigna de 1789; libertad, igualdad, fraternidad para los hijos de la patria; acaso sea útil no olvidarla, porque es cierto que muchos han querido negar su significación elemental; pero para la reconquista que aguarda a la nueva Francia habrá que descontar que nadie la discute y elevar la mirada hacia la realidad nueva, seguros de encontrar en ella los ingredientes con los que habrá de trabajar ahora y acaso también los nuevos símbolos con los que se polarice su fervor. Para realizar ese hallazgo, la historia de Francia ofrece su clara perspectiva y deberá retornar a ella quien quiera marchar con pie seguro.

A fines del siglo XVIII, realizó Francia el experimento decisivo para liquidar el proceso social y político, que, desde la Edad Media, se arrastró a lo largo de los tiempos modernos sin hallar solución cabal. La feudalidad evolucionaba y retrocedía desde el siglo XII, se resquebrajaba y cedía ante la doble presión de la monarquía y de la burguesía poderosa, pero su recio esqueleto, su íntima estructura –con la que, por cierto, había cuajado la cultura occidental– parecía resistir a todo embate y se torcía sin sucumbir. El esquema medieval de la sociedad en Europa occidental probaba una fortaleza extraordinaria y, aún después de haber abandonado los principales puestos de combate, conservaba reductos que sólo podrían batirse con sangre derramada. Francia dió la suya para ese golpe supremo en un combate secular, cuyas etapas marcaron en distinto tiempo y lugar Felipe el Hermoso, Luis XI, Felipe II, Cromwell, Luis XIV o Pedro de Rusia, sin que se hubieran secado los retoños tras cada lucha. Entonces, con la gran revolución, inició Francia un proceso de crisis que se cerró allí con las jornadas de 1830, cuando tras el imperio y la restauración, pareció suficiente volver al esquema de 1791, en el que se conciliaban las nuevas realidades y las viejas formas.

La crisis, de la que nadie podía ignorar la trascendencia, despertó en Francia una honda preocupación por el examen de la historia. Durante la restauración se advirtió un vigoroso desarrollo de esos estudios, de los que Thierry, Guizot, Mignet, Thiers y Michelet, serían las figuras predominantes, y no había en ellos mera curiosidad pasiva de anticuario, ni tradicionalismo estrecho, sino militancia renovadora y afirmativa, y sostenida defensa de posiciones arraigadas en el fondo del tiempo y proyectadas hacia el futuro. “La historia proporciona sus lecciones –escribía Thierry en sus Consideraciones sobre la historia de Francia– y, a su vez, las recibe; su maestro es la experiencia, que le enseña a ver mejor y a juzgar mejor”. En 1840, la experiencia del desarrollo de la vida política francesa enseñaba cómo se iba completando el proceso de la gran revolución y cómo la crisis de medio siglo constituía el desenlace de un proceso varias veces secular. Historia y política, unidas en fecunda alianza, señalaban la legitimidad de una posición y fijaban en los puntos culminantes del desarrollo histórico los puntales de un esquema de la vida francesa coherente en su pasado y su futuro.

Pero después de aquella etapa siguieron otras, que hubieran extrañado a Thierry historiador, como sorprendieron a Guizot ministro. Cayó la monarquía liberal, y los embates que la sacudieron, escondían su naturaleza y su origen a quieres se ceñían demasiado al viejo esquema cuyo ciclo se había cumplido en 1830. Bajo los golpes de nuevas fuerzas de aspecto proteico, disimuladas unas veces, notorias otras, cayeron también la segunda república y el imperio; quien quisiera ver, encontró en la Commune ocasión de descubrir cuál era el duende que comenzaba a dislocar la vieja y esquemática interpretación de la realidad; después surgió la tercera república y sus setenta años de vida aseguraron un juego normal de acomodación de las distintas fuerzas sin adormecer las que seguían creciendo y preparándose para el ascenso al primer plano. Llegó el 14 y fracasó Jaurés en su propósito de movilizar su potencial, pero siguió actuando hasta las vísperas de la invasión de 1940 y señalando cada día con más vigor, su existencia y sus aspiraciones.

Fue la inadaptación de esta fuerza cada día más notoria, a los esquemas estrechos de 1a vida política, fue su escepticismo acerca de las soluciones posibles dentro de ellos, lo que debilitó el frente interior y creó el clima de crisis espiritual y social que derrotó a Francia, que la derrotó antes de la aparición del primer tanque enemigo y antes del primer bombardeo premonitor. Sí se quiere de veras comprender el destino de la tercera república y abrir los ojos para el futuro inmediato, es imprescindible retomar el hilo de la historia de Francia y averiguar qué cosa ha sido el pueblo desde 1789 y cómo en el plazo de ciento cincuenta años se ha constituido bajo el símbolo común de ese nombre una compleja realidad que exige su discriminación. No se engañe el patriotismo ingenuo si quiere salvar el destino francés; porque el pueblo de 1789 era muy otra cosa que el de 1848, que el de 1871, que el de 1914, que el de 1940, y es forzozo responder con nuevas actitudes a los clamores nuevos.

He aquí que todo incita a sacudir los aldabones en el templo de Clio. El hilo conductor que guiaba a los historiadores de la restauración se pierde después de 1830 y los de ahora, los testigos del infortunio presente y del sombrío mañana, son los que deben elaborar e1 nuevo esquema que ilumine lo que ha quedado empalidecido en la sucesión de las etapas de la historia social de Francia. Y si la reflexión empaña el gozo, que se ejercite el más sutil de los heroísmos del espíritu, y se aparte la fácil ilusión para desplegar sobre el tapete del destino el haz de las posibilidades del futuro: y que queden allí, promisorias y amenazantes, para que si Francia quiere vivir sepa cuál elija, y si quiere morir no se pueda culpar, una vez más, a la inteligencia.

Jaurès y la Revolución francesa. 1945

Pocos días antes de que llegaran a su funesto desenlace las maquinaciones que desencadenaron la Primera Guerra Mundial –en julio de 1914–, Jean Jaurès, jefe del Partido Socialista francés y exaltado profeta de la justicia, caía asesinado por el delito de defender la paz. Sólo tenía entonces cincuenta y cinco años; adornaba su rostro una barba abundante, y sus ojos inspiraban una inmediata simpatía porque se adivinaba que no había en él sino acendrada devoción por los más nobles ideales y entrega fiel a las causas más dignas. Y sin embargo, este hombre cordial y bondadoso era un infatigable luchador, y un enemigo encarnizado y peligroso para las fuerzas que se movían oscuramente contra sus convicciones. En la organización de la acción política social era prodigiosa su capacidad para dirigir, y en la tribuna su palabra se tornaba arrebatadora y su fuerza de convicción parecía incontenible. No obstante, hubiera sido difícil hallar en él vestigios retóricos, porque Jaurès era todo sinceridad y era todo rigor. Quiso vencer con las ideas y murió por ellas, porque se amalgamaban en su espíritu las virtudes del hombre de pensamiento y las del hombre de acción, pleno de sentido moral. Era un austero héroe del deber, este que cayó como primera víctima de la tragedia de Europa, en julio de 1914.

Había nutrido su espíritu con las más difíciles disciplinas; conocía a fondo los problemas filosóficos, y llevó al estudio de las cuestiones sociales el rigor propio de las aulas. No carecía del pathos humano frente a la dura realidad, pero prefirió ordenar sus sentimientos dentro del cuadro de las ideas para alcanzar la eficacia que deseaba; por eso se lanzó a la indagación de las raíces históricas del movimiento que debía conducir, y fruto de ese esfuerzo fue su Historia socialista de la Revolución Francesa.

El tema había merecido ya la atención de muchos historiadores. Mignet y Thiers primero, Louis Blanc y Michelet más tarde, Taine luego y, finalmente, Aulard habían ahondado en diversos aspectos del proceso y habían tratado de sistematizar su desarrollo. Pero Jaurès estaba convencido de que esas interpretaciones eran insuficientes; él quería hacer una historia “socialista”, esto es, una interpretación realizada –como él decía– “desde el punto de vista de su concepción general de la sociedad y de la vida”. Más de un historiador celoso de la objetividad de la ciencia histórica le reprochó su propósito, pero supo defender su doctrina con sólida argumentación, apoyándose en la necesidad de renovar el punto de vista con el auxilio de las experiencias adquiridas. El tiempo –pensaba Jaurès– había permitido que se manifestara lo que antes permanecía escondido, y se podía ahora rastrear cómo se preparaba en el hondo seno de la historia lo que luego habría de ascender hacia la luz.

Su punto de vista estaba dado por su propia militancia; pero esa militancia, a su vez, era el fruto no sólo de sus impulsos espontáneos sino también de sus estudios y sus meditaciones. Jaurès consideraba que la Revolución Francesa había creado las condiciones de posibilidad para el desarrollo del proletariado como fuerza política y social, porque sólo la democracia podía facilitar el ascenso y la dignificación de las masas. De esa convicción provenía su interés por el movimiento burgués de 1789, que él estudió sin sustraerse a 1o embates de la lucha: “En plena lucha –decía con orgullo– he escrito esta larga historia de la Revolución hasta el 9 Thermidor: lucha contra los enemigos del socialismo, de la república y de la democracia; lucha entre los socialistas mismos sobre el mejor método de acción y de combate. Y cuanto más avanzaba en mi trabajo bajo los fuegos cruzados de esta batalla, más se afirmaba mi convicción de que la democracia es, para el proletariado, una gran conquista. Es juntamente un medio de acción decisivo y una forma tipo según la cual las relaciones económicas deben ordenarse como las relaciones políticas. De ahí la alegría con que he notado la ardiente corriente de socialismo que salía como de un horno de la Revolución y de la democracia“.

Los nuevos moldes de la vida social no eran, a sus ojos, fruto del azar. Se habían constituido por la fuerza de las cosas a lo largo de un vasto proceso cuyas etapas diseña Jaurès en páginas de altísimo valer. Lo que se logra en el período comprendido entre 1789 y 1848 constituye el punto de partida para la etapa que transcurre entre 1848 y 1871. Entonces se abre una nueva era de lucha –aquella en que luchó Jaurès con suprema energía–, y en ella, en sus rasgos predominantes y en sus tendencias fundamentales, aprendía el historiador a rastrear lo que había comenzado antaño y había pasado inadvertido durante mucho tiempo. Bajo esa luz, el movimiento proletario quedaba iluminado hasta en sus raíces y ponía de manifiesto su impulso inicial y el signo de su marcha.

Para renovar la visión del problema de la gran Revolución, Jaurès contaba, además de su experiencia de los problemas económicos y sociales, con el auxilio del método dialéctico. Espíritu riguroso, ningún documento de los que ya se conocían escapó a su examen. Reconocía, ciertamente, que faltaban muchos materiales para su interpretación económico-social, pero afirmaba que no eran del todo insuficientes para replantear el problema sobre nuevas bases, destacando lo que hasta entonces no había sido suficientemente analizado. Poseía un instrumento nuevo: el método dialéctico; Jaurés se propuso emplearlo, pero no quiso encastillarse estrechamente en una doctrina de la mera determinación económica, que consideraba inapropiada deformación del pensamiento de Carlos Marx realizada por los que llamaba “intérpretes mezquinos” del maestro. Jaurès quiere agilizar el método. “Los hombres –decía– tienen una diversidad prodigiosa de pasiones y de ideas, y la complicación casi infinita de la vida humana no se deja reducir brutal y mecánicamente a una fórmula económica”. Nada le fue ajeno: ni el hambre del pobre, ni su virtud, ni su libertad. De esta grandeza de su visión, que no era sino su propia grandeza, proviene el aura de renovación que recorre las páginas de su obra.

Notas:

1 Editorial Poseidón, Buenos Aires, 1946.