El pensamiento político de la derecha latinoamericana. 1970

El pensamiento político de la derecha

El examen del pensamiento político de la derecha latinoamericana suscita un conjunto de problemas que se relacionan tanto con las situaciones socioeconómicas como con las corrientes políticas y los movimientos de opinión. Sería una abstracción peligrosa realizar ese examen en términos exclusivamente teóricos, evitando la puntualización de las correlaciones entre las doctrinas y los grupos sociales, o sorteando el análisis de las relaciones entre el pensamiento de la derecha y el de las demás corrientes políticas. Ningún movimiento ideológico o político puede entenderse sino dentro del juego de situaciones reales y de controversias en que surge y se desarrolla. Pero en el caso particular del pensamiento de la derecha el riesgo se acentúa, porque con ese nombre no se define una doctrina concreta —como podría ser el liberalismo, el fascismo o el comunismo— sino un haz impreciso de ideas que se combinan con ciertas actitudes bá-sicas, y el conjunto configura una corriente política cuyo sentido fundamental está en relación inmediata con los problemas en juego en cada momento y con las doctrinas y actitudes del centro y de la izquierda, a su vez conjuntos también complejos y con frecuencia definibles ideológicamente sólo por sus contrarios. De todos modos, este ensayo debe ceñirse a su tema específico, y las incursiones en otros terrenos serán tan breves como la claridad lo permita, limitándose su desarrollo a lo estrictamente necesario para ofrecer el cuadro de las circunstancias, los hechos y las ideas indispensables. Tiene, sin duda, el pensamiento político de la derecha un interés singular en Latinoamérica. Pero empecemos por decir que tiene un interés fundamental en todas partes y en todas las épocas, en relación con ciertas peculiaridades del conocimiento histórico social que vale la pena destacar.

Tal como se conciben los procesos históricos sociales desde la segunda mitad del siglo XVIII, y sobre todo, tal como se concibe su examen y su exposición, parece normal que el acento se coloque sobre los fenómenos de cambio, esto es, sobre las fases dinámicas de los procesos. Es esto una consecuencia del predominio de la concepción historiográfica fundada en la idea de progreso, tal como la elaboraron Voltaire o Condorcet. De esa concepción ha quedado como una secuela —aun después de haber perdido vigencia— la tendencia a suponer que el análisis histórico se relaciona casi exclusivamente con los procesos de cambio. Sin duda, las escuelas institucionalistas y sociologistas y últimamente el estructuralismo, han manifestado una inequívoca proclividad a la descripción de situaciones y estructuras, respondiendo a aquella tendencia con otra —acaso igualmente peligrosa— que supone cierta inmovilidad en las situaciones y estructuras. Pero ambas entrañan el mismo riesgo de falsear la imagen de la vida histórico social.

Es explicable que el examen de los procesos de larga duración parezca tolerar su descripción como si se tratara de situaciones inmutables. Pero es bien sabido que no son tales y que el proceso de cambio es permanente. Hay, sí, estructuras y situaciones que sólo cambian con ritmo muy lento; en tanto que otros planos de la vida histórica cambian con ritmos más acelerados. Esta diferenciación es lo que solía estar ausente en la concepción historiográfica fundada en la idea de progreso. La descripción de los fenómenos de cambio —entre los que parecían necesariamente más importantes los más acelerados— predominaba sobre el análisis de las situaciones en las que el cambio se realiza y, en consecuencia, dejaba en la penumbra los fenómenos que la resisten, generalmente pasivos y poco visibles, pero cuya persistencia explica las violentas irrupciones de fuerzas que, en cierto momento, interrumpen el sentido del cambio, operan pretendidas restauraciones y modifican la dinámica de la vida histórico social.

Sin duda han sido los historiadores pertenecientes a la derecha ideológica los que han subrayado más insistentemente la capacidad de perduración de ciertos planos de la vida histórica en relación con los procesos de cambio, con las revoluciones. No es difícil observarlo a través de la historiografía relacionada con las revoluciones inglesas del siglo XVII, con la Revolución Francesa de 1789, con las revoluciones latinoamericanas de principios del siglo XIX, con la Revolución mexicana de 1910, con la Revolución rusa de 1917. Cierto es que con frecuencia sólo hallamos una inversión en el sentido de la apologética; pero aun así es importante, puesto que ayuda a incluir en el análisis objetivo y científico de la dinámica de la vida histórico social los elementos situacionales e ideológicos que revelan la resistencia activa al cambio y, además y en particular, los que revelan la perduración de situaciones que no fueron alcanzadas por el proceso de cambio acelerado, estableciendo el alcance deliberado o espontáneo del cambio mismo: para este objetivo es, pues, singularmente importante el examen de las actitudes y del pensamiento de la derecha, como expresión y testimonio del significado social y cultural que cierto sector asigna a aquello que, en el proceso de cambio, logra permanecer casi inalterable.

Advirtamos desde ahora que este examen no es fácil. La derecha, por su propia naturaleza, no suele elaborar proyectos y es reacia a fundamentar doctrinariamente su conducta. Un historiador y sociólogo brasileño que la representa bien, Oliveira Vianna[1] define muy explícitamente esa tendencia, refiriéndose a los estadistas conservadores del Brasil, pero en términos que tienen validez general:

Al concebir y realizar su monumental sistema de gobierno y administración del país, los grandes políticos imperiales obran como espíritus positivos, jugando con los datos de la realidad objetiva, teniendo a la vista los hechos concretos de nuestra vida nacional. Pueden invocar, para justificar sus actos o sus creaciones, el apoyo de teorías extranjeras, de sistemas e instituciones de otros pueblos, pero eso es apenas por condescendencia hacia el espíritu de la época, para dar un color doc-trinario y filosófico a las ideas sugeridas por el mundo objetivo que los rodea. Los constructores de nuestra unidad política son ante todo hombres prácticos, políticos experimentales, que nunca pierden de vista las condiciones reales del pueblo ni las particularidades de su mentalidad.

La observación puede, ciertamente, generalizarse, no sólo porque, de hecho, es más difícil encontrar textos reveladores del pensamiento político de derecha que de cualquier otra corriente de opinión, sino también porque es evidente que ciertas actitudes y opi-niones encuentran en las situaciones reales un fundamento mucho más sólido que el que puede ofrecerle el pensamiento doctrinario. Por lo demás, el uso de ideas tradicionales para la defensa y justificación de las ideas vigentes no origina, en general, sino una literatura de propaganda de escasa originalidad. No obstante, la derecha ha producido testimonios de extraordinario valor, especialmente por su coherencia interior; pero no siempre es fácil distinguir cuándo son simples reiteraciones de un pensamiento de elaboración secular y cuándo son juicios nacidos del examen de las situaciones reales. Acaso el interés general que, por las razones señaladas, tiene el análisis del pensamiento político de la derecha, se acentúe actualmente en Latinoamérica por el hecho de que, en muchos países, los grupos que lo sustentan han tomado la iniciativa en los últimos tiempos. Conviene establecer claramente el sentido de esta afirmación, porque entraña una posición metodológica que habrá de advertirse a lo largo de todo este ensayo. No me refiero aquí solamente a los netos partidos políticos de la derecha, cuyo poder de iniciativa puede ser equivalente al de otros sectores. Me refiero, específicamente, a las fuerzas económicas y sociales de la derecha, enérgicamente resueltas a defender sus posiciones contra la ofensiva de vastas mayorías no poseedoras y que operan especialmente como grupos de presión a través de diversos regímenes políticos, aun cuando no sean estos específicamente de derecha. Esas fuerzas buscan sus propias soluciones, pero a través de un sistema de ideas —que suelen llamar su “filosofía” — que entraña un diagnóstico del sentido general que deben seguir las sociedades latinoamericanas en el curso de su desarrollo. Hay en ese sistema de ideas un ajuste de viejos esquemas a las circunstancias nuevas; pero este ajuste es muy variable y siempre significativo, porque aunque la derecha responde a la situación menos cambiante, pone, empero, de manifiesto el nivel de cambio producido en las estructuras a través de los procesos de larga duración: y aunque expresa la resistencia al cambio, pone de manifiesto también el nivel de tolerancia que ha alcanzado, en virtud del cual erige en cada caso una nueva línea de defensa, transaccionalmente establecida.

La perduración de estructuras socioeconómicas muy antiguas en Latinoamérica otorga particular gravitación a los grupos de derecha y a su pensamiento político. Pero no es esa la única causa de la influencia de esos grupos. Las estructuras arcaicas se combinan con otras más modernas, pero que han engendrado ya en su seno sectores resueltamente adversos a nuevos cambios. De aquí la proteica figura que ofrece la derecha latinoamericana, cuya composición, como grupo social, será necesario señalar antes de exponer su pensamiento.

Como se habrá observado, y sin perjuicio del análisis que constituye el tema del primer capítulo de este ensayo, la idea de derecha aparece necesariamente unida a la idea de resistencia al cambio, con lo cual parecería clara la identificación entre derechas y grupos conservadores. Empero, no es absolutamente así. A veces ha sido imprescindible usar otros criterios más matizados, de modo que la caracterización de un movimiento o de una persona como perteneciente a la derecha puede obedecer a uno de ellos, lo cual puede engendrar ciertas confusiones, y las conclusiones extrañar al lector.

Conviene, pues, no perder de vista los criterios utilizados en cada caso, y las relaciones, a veces aparentemente contradictorias, entre ellos.

Para resolver algunos de los problemas que acabo de mencionar, he utilizado una nomenclatura no siempre ortodoxa. Pero confío en que las caracterizaciones de cada grupo social y de cada corriente de pensamiento servirán para proveerlas de un contenido inequívoco. Grupos sociales y corrientes de pensamiento serán presentados históricamente, incluso cuando en cada momento se señalará que ni unos ni otras se extinguen, conviene insistir aquí en que la idea que preside este análisis es que los grupos de la derecha tienen una composición acumulativa, en virtud de la cual coexisten situaciones y tradiciones de diferente data. Sólo teniendo presente este carácter podrá entenderse bien el comportamiento y las ideas de la derecha latinoamericana.

1. Cuestiones previas

Dos problemas conceptuales parecen previos al análisis del pensamiento político de la derecha latinoamericana.

El primero es el problema del área, puesto que la idea misma de Latinoamérica, concebida como una unidad, requiere algunas precisiones.

El segundo, y más importante, es el de la caracterización de la derecha como grupo socioeconómico, político y cultural, puesto que, a poco que se ajusten los criterios, se advierte que se trata de un complejo heterogéneo al que no se puede asignar una sola línea de pensamiento.

La cuestión de la unidad y diversidad del área latinoamericana

La posibilidad de analizar, caracterizar y describir el pensamiento político de la derecha latinoamericana supone cierta homogeneidad en esa área que no es absolutamente obvia. No sería fácil, por ejemplo, incluir en una sola formulación los caracteres de las clases medias en Chile y Colombia, en Paraguay y México, en Argentina y Ecuador; del mismo modo es difícil incluir en una sola formulación los caracteres de las clases altas tradicionales en esos mismos países, teniendo en cuenta, además, que el examen debe incluir al Brasil; y de tales dificultades puede inferirse que deberá matizarse mucho la caracterización del pensamiento político de la derecha, del que puede decirse que es el más apegado a las situaciones y, en consecuencia, el menos ideológico —en sentido estricto— de los pensamientos políticos. Empero, precisamente, por ser el pensamiento más apegado a las situaciones vigentes, permite un cierto grado de generalización, puesto que lo que más unidad confiere al área latinoamericana son, sin duda, las situaciones originarias, en tanto que los desarrollos posteriores tienden a una acentuada diversificación. Vale la pena detenerse un instante en esta observación.

La unidad del área latinoamericana fue postulada por la Europa conquistadora y colonizadora. No existía antes ni existió intrínsecamente después. Pero los impactos europeos sí fueron homogéneos en toda su extensión y crearon cierta unidad en el armazón del área de mestizaje y aculturación que se constituía. Con ligerísimas variantes, el régimen de la tierra y los lazos de dependencia que sujetaban a las poblaciones indígenas se establecieron según normas semejantes en toda el área hispánica y en el área lusitana, y condujeron a la creación casi súbita de una singular estructura socioeconómica que constituyó el fundamento casi inconmovible de la vida social latinoamericana. El vigor con que esa estructura resistió, ya en 1542, a los esfuerzos de la corona española por modificarla, explica cómo ha podido sobreponerse a otros embates posteriores, modificarse ligeramente para adecuarse a nuevas circunstancias externas e internas, y subsistir, incluso hasta hoy, en algunas regiones.

Pero no fue este impacto originario el único de los impactos europeos que contribuyó a prestarle unidad al área latinoamericana. Un fenómeno semejante ocurrió por la misma época en el campo de la organización política y en el campo de la cultura. Un sistema de formas institucionales, un haz de principios morales y políticos y de tradiciones culturales —con los pequeños matices que separaban en el siglo XVI a España y Portugal— crearon un conjunto de ínsulas análogas a través del vasto continente, fuera de las cuales, sin embargo, empezó a elaborarse trabajosamente un mundo marginal, en el que se fueron insinuando nítidas diferencias regionales que crista-lizarían poco a poco y alcanzarían claros perfiles en el siglo XVIII.

Pero ya mientras se producía esa diversificación, nuevos impactos europeos crearon otros principios de unidad. El mundo de la economía mercantil reclamó del mismo modo a las distintas regiones, ofreció los mismos incentivos, ejerció las mismas coacciones, y contribuyó a operar en el seno de las diversas sociedades las mismas transformaciones de las que surgieron nuevas burguesías urbanas que, al par que introducían nuevas líneas de desarrollo en el seno de la comunidad, arrastraban hacia sí a las viejas clases poseedoras de la tierra para inducirlas a modificar sus actitudes y su mentalidad. Pero aquel desarrollo homogéneo en cuanto a las presiones que lo habían desencadenado, adoptó muy pronto formas regionales diferenciadas, que se definieron fuertemente al producirse la emancipación. A partir de entonces la diferenciación se acentuó; pero no sólo, ni principalmente, dentro de los nuevos marcos nacionales creados por el principio del uti possidetis, sino dentro de las áreas regionales que se habían esbozado espontáneamente, según determinaciones geográficas más o menos estorbadas o favorecidas, por las peculiaridades del desarrollo económico o la arbitrariedad del sistema administrativo. Los fenómenos de anarquía y de guerra civil y los vagos clamores en favor de una organización federativa reflejaron ese conflicto entre nación y región, entre orden institucional y sentimiento comunitario, que se había gestado en el seno de otro conflicto más profundo entre el orden uniforme impuesto desde fuera y el desarrollo espontáneo y diferenciado que la vida social había suscitado, al margen de las coacciones externas.

Empero, nuevos impactos externos contribuyeron a robustecer ciertos rasgos comunes a toda Latinoamérica. Con la Revolución industrial, Europa modificó rápidamente tanto los sistemas de producción como las formas de vida, y tales cambios repercutieron sobre toda su periferia. Latinoamérica sintió otra vez los estímulos y las coacciones que provenían del foco alrededor del cual giraba su vida económica, social y cultural, y respondió operando ciertos cambios para adecuarse a la nueva situación. Pero no fueron en todas partes los mismos. Nuevas diversificaciones se operaron con las va-riadas respuestas ofrecidas a los mismos estímulos, y una vez más las contradicciones se acentuaron entre el desarrollo local espontáneo y las determinaciones exógenas que colocaban toda el área latinoamericana en situación análoga con respecto a los núcleos de los que dependía.

Fenómenos semejantes se produjeron en el orden de la cultura. El sistema de ideas medievales que ordenó la vida de los primeros grupos colonizadores fraguó con los esquemas de la estructura socioeconómica señorial en el siglo XVI. Casi no hubo fisuras en él; pero los impactos del pensamiento moderno, de la Ilustración, del liberalismo, del romanticismo, del positivismo, del socialismo, del fascismo, no sólo produjeron sucesivamente enfrentamientos vigorosos con aquel sistema y sus secuelas, sino que provocaron curiosos y variados casos de reelaboración doctrinaria, al compás del uso que se hacía de cada sistema ideológico para interpretar y modificar la realidad.

Es lícito, pues, considerar en el conjunto latinoamericano una corriente de pensamiento tan arraigada en las situaciones reales como lo es el pensamiento político de la derecha, porque tales situaciones fueron homogéneas y subsistieron en buena parte a pesar de todos los cambios operados desde el siglo XVIII. Pero es necesario atender a esos cambios, porque ellos no fueron homogéneos. Por eso sólo se advierte en sus fibras profundas cierta unidad en el pensamiento de la derecha latinoamericana, en tanto que en otras se advierten peculiaridades evidentes que obligan a una constante matización.

Empero, no es éste el más confuso de los problemas que se presentan. Es necesario, antes de atribuir a la derecha un cierto tipo de pensamiento, indagar qué grupos sociales la componen y, sobre todo, qué tradiciones arrastran. La derecha es hoy un conjunto proteico, y cada una de las fisonomías que ofrece esconde un enigma histórico.

La cuestión de la caracterización de la derecha

No abundan los estudios dedicados específicamente al análisis de la peculiar composición de las formaciones o movimientos considerados como de derecha en Latinoamérica. No se trata, en efecto, de un partido, sino de una conjunción de grupos que coinciden en una actitud política. Hay en su seno, quizá, partidos; y éstos han sido estudiados en muchos casos dentro de los procesos políticos generales.

Pero esas conjunciones sobrepasan el alcance de los partidos. Para entender su composición es menester, pues, no limitarse a ver en ellas grupos políticos de opinión; sin descuidar éstos, es necesario, sobre todo, establecer cuáles son los grupos sociales que se movilizan políticamente para constituirlas.

A primera vista se advierte que la expresión “derecha” corresponde a una actitud política muy general en la que pueden coincidir grupos sociales y políticos diversos y que se definen fundamentalmente por sus opuestos. Sin duda esos grupos adquieren mayor homogeneidad cuando las situaciones se hacen críticas y los enfrentamientos precipitan la polarización. La imagen de que la derecha es un sector compacto de la sociedad se acentúa entonces; pero quizá lo que más contribuya a acentuarla sea la visualización de sus adversarios —los grupos “democráticos“, “progresistas”, “izquierdistas”, “liberales“, o como en cada ocasión se califiquen—, los cuales le prestan una cohesión que no siempre tiene. De aquí una cierta tendencia a definir la derecha, en el plano teórico, como un conjunto homogéneo.

Una fórmula usual es asimilar la derecha a la burguesía, entendida ésta como parte del sistema burguesía-proletariado. Esta fórmula es metodológicamente inapropiada en el caso particular de Latinoamérica, porque supone que el concepto “burguesía” es inequívoco y que conocemos claramente su contenido. Es bien sabido, en cambio, que no hemos precisado bien los contenidos del concepto “burguesía”, y si aceptamos la asimilación, no hacemos, en rigor, sino trasladar el problema, del concepto “derecha” al concepto “burguesía”. El problema se complica aún más, pues su antítesis en Latinoamérica no es lo que entraña en otras áreas el concepto “proletariado” ; y no constituye una tarea menos compleja establecer qué es exactamente lo que se opone a la derecha.

Menos inapropiada, aunque en pequeño grado, es la asimilación de la derecha a lo que vagamente se suelen llamar las clases dominantes. En Latinoamérica las clases dominantes se han constituido a través de un proceso singular que le ha prestado una fisonomía equívoca, cuya expresión es un comportamiento político confuso.

Derechas e izquierdas se han diferenciado, por lo demás, en el seno de las clases dominantes, a través de la oposición de los distintos sectores que procuraban alcanzar el poder político para perfeccionar y consolidar su poder económico social. Parecería, en consecuencia, ser lícito un uso absoluto y otro relativo de la calificación. Conviene, pues, renunciar por ahora a una definición simplista y atenerse a los resultados matizados, aunque quizá menos precisos, que ofrezcan un examen empírico de los grupos sociales y políticos que han sido considerados como de derecha. Pero aun este método presenta serias dificultades, porque la asignación de tal calificación no ha obedecido siempre a un mismo criterio; por lo contrario, parece evidente que han funcionado indistintamente dos: un criterio político y un criterio socioeconómico.

Si analizamos el criterio político, se observa que han sido considerados como de derecha los grupos que han hecho un uso autoritario del poder, estableciendo dictaduras o perpetuando oligarquías, que han negado —sea a la mayoría del pueblo, sea tan sólo a la mayoría de los sectores con participación en la vida política— los derechos y las libertades que consagraban el derecho natural y, en especial, los que consagraban las doctrinas racionalistas elaboradas desde el siglo XVII.

Ha sido la mentalidad liberal, tal como funcionó desde mediados del siglo XVIII, la que prefirió este criterio. A partir de muchas experiencias concretas, quedó tácitamente admitido que la dictadura o la oligarquía definen una actitud de derecha, y que la existencia de un vigoroso aparato represivo, la inexistencia de la libertad de conciencia o, en general, la violación o la negación de los derechos del hombre y del ciudadano, constituyen signos inequívocos de esa actitud política.

Empero, el criterio político no ha sido coherentemente utilizado. En ocasiones se ha admitido como legítima una “dictadura liberal“, esto es, el ejercicio autoritario del poder por parte de un grupo dispuesto a imponer un sistema liberal. Las circunstancias han sido proporcionadas por la vigorosa oposición de ciertos grupos antiliberales de raíz señorial, unas veces, o por la amenazadora actitud de grupos democráticos de pequeña burguesía o grupos populares con vagos anhelos de justicia social, otras. La necesidad de defender lo que se entendía por libertad pareció justificar la restricción de la libertad. Este principio reconoce como antecedente y fundamento la concepción del despotismo ilustrado, que sin duda inspiró a muchos grupos liberales latinoamericanos, especialmente frente a la vigorosa influencia de la Iglesia Católica, apoyada por los grupos sociales superiores.

Si analizamos el criterio socioeconómico, se observa que han sido considerados de derecha los grupos que han defendido el mantenimiento incólume de las tradicionales estructuras socioeconómicas y socioculturales, cuyo fundamento arraiga en el ordenamiento colonial. Esta defensa supone una acción política, emprendida al insi-nuarse un ataque que amenace o vulnere esa estructura, esto es, un intento de cambio socioeconómico, de modo que esa política puede ser definida como un movimiento de resistencia o de oposición al cambio.

Así caracterizada, la derecha no manifiesta fundamentalmente una actitud política sino una actitud socioeconómica y sociocultural. Usando este criterio, el ejercicio autoritario del poder no es necesariamente de derecha: lo es cuando tiene por objeto impedir el cambio, y no lo es, por lo contrario, cuando está puesto al servicio del cambio.

La utilización del criterio socioeconómico modifica, entonces, sustancialmente el enfoque del problema, y suscita nuevas cuestiones que es necesario tener presente. Si en diferentes circunstancias la adjudicación de la calificación de “derecha” ha sido equívoca se debe, sin duda, a la diversidad de los tipos de cambio que se han insinuado o producido en Latinoamérica. Descartemos los simples reemplazos de grupos o personas que disputan el poder dentro del mismo sistema, porque en ese caso parece lícito aplicar el primer criterio. Cuando se trata de cambios socioeconómicos pueden distinguirse dos instancias claramente diferenciables, aun cuando admiten, a su vez, varios matices importantes. La primera instancia es el conato de cambio de las estructuras señoriales de raíz colonial por una estructura liberal-burguesa, con supresión de los mayorazgos, del esclavismo, del sistema servil del trabajo indígena, de los monopolios y, al mismo tiempo, con una modernización del sistema empresarial, con la participación de capitales extranjeros, con incorporación al mercado mundial y con una vasta renovación del aparato técnico: es la instancia liberal-burguesa, promovida por las burguesías urbanas y, a veces, por los sectores progresistas de las clases terratenientes. La segunda es el conato de cambio de la estructura señorial o de la estructura liberal – burguesa, indistintamente, por otra en la que predominen, sobre los principios de la libre competencia, los principios de la justicia social, con intervención estatal, unas veces, o con control de las clases no poseedoras, otras. Estas dos instancias entrañan, como se ha advertido, algunos matices intermedios sobre los que será menester detenerse en el análisis particular, pero constituyen la trama gruesa del proceso de cambio.

Según el tipo de cambio propuesto, sus promotores definirán como derecha a grupos diversos: los grupos liberalburgueses, solamente a las clases señoriales; pero los grupos partidarios de sistemas fundados en el principio de la justicia social —sean nacionalistas, nazifascistas o izquierdistas de tipo marxista en cualquiera de sus grados, demócratas cristianos o liberales evolucionados— definirán como derecha no sólo a las clases señoriales sino también a los grupos liberalburgueses sostenedores de las teorías del neoliberalismo o, simplemente, del libreempresismo. Este distingo explica claramente el uso equívoco de la calificación de derecha —que es fluido y a veces aparentemente contradictorio—, así como la notoria heterogeneidad que suelen tener, de hecho, los grupos caracterizados unívocamente con esa calificación por sus adversarios.

El análisis de los dos criterios utilizados de manera habitual —con frecuencia poco rigurosa— demuestra no sólo que ninguno de ellos es suficiente, sino también que los dos son imprescindibles y deben combinarse para intentar un examen objetivo de la cuestión.

La cuestión propuesta supone, en primer lugar, una caracterización de los grupos sociales que integran las fuerzas políticas que reciben en cada caso la calificación de “derecha” y, en segundo lugar, una caracterización del pensamiento político que, en cada caso, esas fuerzas políticas adoptan, expresan o, simplemente, ponen de manifiesto a través de su comportamiento. Pues bien, para el primer aspecto de la cuestión, el criterio político permite identificar ciertos grupos sociales que no corresponden exactamente ni a las burguesías ni, en forma más general, a las clases dominantes, y que se suman a las fuerzas políticas de derecha.

En primer lugar, se advierte la presencia de grupos estrictamente ideológicos, cuyos miembros participan de ciertas ideas que no están necesariamente vinculadas con su origen o su posición social. Son unas veces temperamentos religiosos o metafísicos cuya forma mentís está caracterizada por la creencia vehemente en la existencia de orden perenne y para quienes, psicológicamente, el cambio supone siempre un mal: la decadencia, la perversión, el caos. Ese orden posee a sus ojos fundamentos absolutos, y ha sido amenazado sucesivamente, según ellos, por los disidentes religiosos, por los librepensadores volterianos, por los masones, por los liberales, por los demócratas, por los comunistas. Contra todos ellos, en cada caso, han sentido la necesidad de organizar una cruzada para lograr su exterminio, y con él, la preservación o restauración del orden eterno. En segundo lugar, se nota la presencia de grupos, cuyos miembros son psicológicamente autoritarios y partidarios de la acción violenta. Sin duda, comparten en el fondo la certeza de la existencia de un orden, pero no siempre alientan vehementes convicciones religiosas o metafísicas, sino simplemente una vocación autoritaria y jerárquica orientada hacia un activismo irracionalista.

Estos rasgos explican la adhesión a las fuerzas de derecha de quienes, por vocación o por costumbre —y cualquiera que sea su origen o posición social—, han aceptado la conformación impuesta por instituciones fuertemente autoritarias, jerarquizadas y activistas como son, especialmente, la Iglesia y el ejército, así como otras en menor escala, como la administración pública y las grandes empresas.

En tercer lugar, se observa la incorporación de grupos conformistas de clase media, para los cuales el orden constituido significa una garantía de estabilidad —en la ocupación, en el ahorro, en las costumbres, en el modo de vida— en tanto que el cambio entraña una perspectiva oscura cuyo riesgo se resisten a afrontar. Tales hábitos caracterizan a la pequeña burguesía en sociedades estabilizadas, y de sus filas se nutren con frecuencia los movimientos que reivindican la defensa del orden.

En cuarto lugar, se comprueba la adhesión de grupos populares de mentalidad paternalista: unas veces masas urbanas más o menos marginales y escépticas; otras, grupos acostumbrados a formar parte de clientelas políticas; otras, grupos conformistas de actitudes primariamente religiosas, mágicas o supersticiosas; y otras, en fin, grupos de militancia política ingenua que buscan protección a través de regímenes paternalistas que les prometen satisfacciones inmediatas a cambio de su apoyo político. Estos grupos pueden ser numerosos, y en ocasiones nutrir movimientos activos y pujantes, a los que pueden proporcionar no sólo su apoyo numérico sino también su presencia tumultuaria para justificar en sus líderes un cierto tipo de representatividad ajena a los métodos de la democracia liberal.

El criterio político es, entonces, útil para revelar la presencia de grupos como los señalados en la constitución de las fuerzas de derecha. Empero, es evidente que tales grupos no constituyen su armazón ni las proveen de legitimidad y fuerza. Es necesario recurrir al criterio socioeconómico para descubrir cuáles son los grupos fundamentales que las constituyen; y valiéndose de él se observa la presencia de los distintos sectores que dominan y controlan la compleja estructura socioeconómica latinoamericana, a veces en conflicto entre ellos para asegurar el predominio de un sector sobre otro, pero generalmente predispuestos —salvo situaciones críticas— a ofrecer un frente capaz de resistir las presiones de los grupos sociales no participantes en el control de la vida socioeconómica.

Esos grupos fundamentales de las fuerzas políticas de la derecha son, pues, grupos socioeconómicos que, en situaciones caracterizadas por la existencia de un consenso general con respecto al orden establecido, ejercen el poder silenciosamente a través de diversos partidos políticos operando como grupos de presión, pero que en situaciones críticas se movilizan como fuerzas políticas recabando para sí el monopolio del poder —antes compartido, delegado o consentido— y asumiendo de manera activa la defensa del orden vigente, dentro del cual tienen una posición privilegiada.

En Latinoamérica, como en otras áreas, las fuerzas políticas de la derecha se han constituido históricamente incorporando nuevos grupos, cada uno con sus correspondientes tradiciones y sus correspondientes proyectos de acción, de modo que a través del tiempo su fisonomía se ha tornado cada vez más compleja y proteica. Analizadas en la situación propia de las postrimerías del siglo XVIII y en la época de los movimientos emancipadores, se advierte que su composición era más homogénea. Si la izquierda, llamémosle así, estaba constituida por las burguesías urbanas progresistas y liberales, la derecha estaba compuesta fundamentalmente por la clase señorial, apoyada en las instituciones coloniales que representaban la concepción hispanolusitana tradicional, y además en las clases populares especialmente rurales que desconfiaban de las burguesías urbanas y preferían el mantenimiento de la vigencia del orden paternalista tradicional. Esa derecha se oponía al cambio liberalburgués; pero, en cada etapa de ese cambio, consentía estratégicamente en el que ya se había operado y trataba de impedir que se consumara definitivamente, manifestándose entonces como una fuerza conservadora dentro del nuevo sistema, especialmente después de la emancipación.

La fisonomía de las fuerzas políticas de la derecha cambió cuando, operados los cambios propuestos por las burguesías urbanas progresistas y liberales, se desprendieron de éstas los grupos dominantes que trataron de monopolizar tanto el poder económico como el poder político. Constituidos en oligarquías, esos grupos se entrecruzaron con las clases señoriales, dominándolas en parte, puesto que se constituyeron en las intermediarias de su actividad productiva tradicional, sirviéndolas en cierto modo y, además, utilizándolas para legitimar socialmente, con el entrecruzamiento, su nuevo status de grupo separado del resto del conjunto social. Como la clase señorial, también las nuevas oligarquías liberalburguesas se opusieron a la prosecución indefinida del cambio, preocupadas sobre todo por mantener el monopolio del poder; de modo que, aunque subsistieran las tensiones que existían entre ellas y la clase señorial, coincidieron en una misma actitud, aunque el nivel de los cambios tolerados fuera diferente en uno y otro grupo.

A partir de ese proceso—que, en general, se da en Latinoamérica en las últimas décadas del siglo XIX— las fuerzas políticas de la derecha muestran, independientemente de los matices locales y de los que les proveen los distintos sectores incorporados por razones simplemente políticas, una dualidad interna que resulta de esta conjunción propia de las situaciones creadas especialmente por la Revolución industrial. El entrecruzamiento de los grupos significó, naturalmente, un entrecruzamiento de actitudes y de doctrinas. Las clases señoriales se aburguesaron y las oligarquías liberalburguesas se señorializaron, pese a lo cual subsistieron definidos matices diferenciadores, algunos de los cuales permitieron que las oligarquías liberalburguesas siguieran llamando en alguna ocasión “derecha” a las formaciones políticas propias y exclusivas de las clases señoriales. Pero las clases medias y las clases populares con vocación de cambio —generalmente tan sólo político, pero algunas veces también so-cioeconómico— confundieron en un haz al conjunto y lo identificaron como una sola derecha, socioeconómica y política.

Esta fisonomía dual de las fuerzas políticas de la derecha subsistió hasta que se hicieron notar en Latinoamérica las influencias de la crisis europea de entreguerra, tanto en el orden económico como en el orden ideológico. En el seno de las clases señoriales preferentemente —aunque no únicamente— aparecieron grupos, generalmente juveniles, que denunciaron la crisis del liberalismo y optaron por algunas de las muchas filosofías antiliberales que aparecieron entonces: unas veces con fuerte matiz aristocratizante e inspirados en Maurras, y otras con varias tendencias sociales según modelos hispanolusitanos, italianos o alemanes. Pero muchos de ellos se desprendieron del simple ropaje ideológico y se introdujeron —o fueron introducidos— en el mecanismo socioeconómico de su país y de su situación, y apelaron a las masas escépticas y marginales que habían contribuido a formar las oligarquías liberalburguesas con su exclusivismo político y su libreempresismo. La apelación tuvo éxito en muchas partes, y esta corriente se vio apoyada por vigorosas masas que asombraron a los políticos de la democracia liberal, que no las esperaban en el escenario político. Por sus objetivos, los cuadros dirigentes parecían pertenecer inequívocamente a la derecha, puesto que aspiraban a la restauración de un orden jerárquico, al fortalecimiento del nacionalismo —que muchos habían dado por muerto a principios de siglo— y a un sistema de normas y principios en el que se mezclaban herrumbrados prejuicios señoriales con los más vulgares y adocenados prejuicios burgueses. Pero el conjunto pareció poseer un carisma especial, y halló repercusión en vastos sectores, porque, junto a eso, aparecieron signos de cierto antiimperialismo nacionalista, de una admisión de los principios de justicia social, de una reivindicación hispánica y de una inequívoca tendencia a denunciar la falacia de una democracia liberal, que más de una vez había sido utilizada como máscara por las oligarquías para su propio beneficio. El haz de la derecha quedó, pues, integrado con una fibra más, que introducía en el conjunto una nueva inflexión: la aceptación del cambio para orientarlo de acuerdo con un sistema tradicional de fines, entre los cuales aparecían los que un catolicismo renovado, o en trance de renovarse, revestía de modernidad.

Así se constituyó históricamente la derecha tal como hoy la descubrimos, multiforme y contradictoria; con cierta vocación de cambio lo suficientemente acentuada como para que los sectores populares —que parecían puntal seguro y necesario de la izquierda marxista— la consideren como una opción válida; con soluciones viables, puesto que, siendo relativamente avanzadas, encuentran un apoyo inesperado de grupos tradicionales, especialmente de ciertos sectores del clero católico y de ciertos sectores de las fuerzas armadas. Y con una capacidad de acción, aparentemente dentro del sistema, que le asegura grandes posibilidades de éxito para intentar su transformación sin provocar excesiva alarma en los sectores poseedores.

De esta fuerza política proteica es de la que nos proponemos exponer el pensamiento político, señalando en cada etapa la situación en que la fuerza se constituye o se renueva y las influencias ideológicas que recibe.

2. Las raíces del pensamiento político de los grupos señoriales

Cualesquiera que hayan sido los cambios operados en la composición de las fuerzas políticas que, una y otra vez, han sido consideradas como de derecha, sus raíces penetran siempre en Latinoamérica hasta las profundidades de la estructura colonial. Aun en aquellos países donde esa estructura ha sufrido mayores modificaciones, la derecha —tanto en sentido socioeconómico como en sentido político— conserva claros vestigios de sus orígenes. En rigor, la estructura socioeconómica colonial no ha desaparecido del todo en ningún país latinoamericano, tan importantes como hayan sido las transformaciones que haya sufrido. El signo inequívoco de su permanencia es el régimen de la tierra y, muy especialmente, el sistema de las relaciones sociales en las áreas rurales y mineras.

La colonización hispanolusitana adoptó, en rigor, dos políticas divergentes. Por una parte, promovió la fundación de ciudades —especialmente la española— e hizo de ellas centros defensivos, no sólo del grupo colonizador, sino en especial de sus costumbres, sus normas, su religión y su lengua. En ellas, debía constituirse lentamente una burguesía urbana que no alcanzaría, empero, cierta fuerza hasta el siglo XVIII. Pero, al mismo tiempo, constituyó desde el primer momento una sociedad señorial, mediante el otorgamiento de inmensos privilegios a los conquistadores y colonizadores, quienes recibieron no sólo enormes extensiones de tierras o importantes regalías mineras, sino también la mano de obra gratuita que se necesitaba para hacer retributiva su explotación mediante la asignación de crecidos contingentes de indios confiados en encomienda.

Así quedó organizada una sociedad dual en la que los señores pertenecían a la raza conquistadora y la clase sometida a la raza indígena. Se agregó luego a ésta el contingente de esclavos negros que empezó a incorporarse por razones económicas y políticas, cuando resultó evidente la ineficiencia de la población indígena, o cuando el clamor contra su explotación pareció comprometer el prestigio de los conquistadores y debilitar los principios en que se fundaba la legitimidad de la conquista, sin que los argumentos en favor de los indios parecieran valer para los negros. Y, en favor de tal sistema, la clase poseedora de la tierra y de las poblaciones sometidas adquirió los caracteres de una aristocracia poderosa “renaciendo en las Indias —observa Ots Capdequí—[2] usos y privilegios señoriales, enteramente superados o en vías de superación en la España peninsular”.

Una intrincada combinación de intereses, necesidades y prejuicios moldeó las formas de comportamiento de esa clase. El designio de un rápido enriquecimiento —como el que hubiera producido un saqueo feliz en Flandes o en Italia— incitó a sus miembros a ejercitar una despiadada explotación de la población indígena. Mientras en la metrópoli se discutía sobre la condición espiritual y jurídica de los indios, el encomendero se valía de ellos para resolver su urgente problema de enriquecerse y volver cuanto antes a la civilización, a Lisboa o a Sevilla, para gozar del fruto de su esfuerzo. Refiriéndose al Brasil escribía a principios del siglo XVII Fray Vicente del Salvador:[3]

De este modo hay pobladores que, por más arraigados que estén en la tierra, todo lo pretenden llevar a Portugal; porque todo lo quieren para allá, y esto, no vale solamente para los que de allá vinieron, sino también para los que de aquí nacieron, pues unos y otros aprovechan la tierra, no como señores, sino como usufructuarios, y sólo para disfrutarla la dejan destruida.

El mismo estado de ánimo prevalecía entre los españoles. Aquel apremio y el complejo haz de opiniones sobre los infieles que poblaba la mentalidad del conquistador, acentuó su convicción de que pertenecía a una especie diferente de la de los conquistados, a quienes juzgó lícito someter y explotar. Esa convicción era ya vigorosa cuando, en 1510, pronunció Fray Antonio de Montesinos en la Española el famoso sermón que conserva Las Casas,[4] en el que denunció los excesos cometidos por los conquistadores:

Para darlos a conocer me he subido aquí, yo que soy la voz de Cristo en el desierto de esta isla, y, por tanto, conviene que con atención no cualquiera, sino con todo vuestro corazón y con todos vuestros sentidos la oigáis, la cual voz os será la más suave que nunca oísteis, la más áspera y dura.

Esta voz es que estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes. Decid ¿Con qué derecho, con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre a aquellos indios, y con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas dellas, con muertes y estragos nunca oídos, habéis consumido? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin dalles de comer ni curallos de sus enfermedades, que de los excesivos trabajos que les dáis incurren y se os mueren, y por mejor decir los matáis, por sacar y adquirir oro cada día … ? ¿Éstos no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No son obligados a curallos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis? ¿Esto no sentís? ¿Cómo estáis en tan profundidad de sueño tan letárgico dormidos? Tened por cierto que en el estado que estáis no os podéis más salvar que los moros o turcos, que carecen u no quieren la fe de Jesucristo.

Los conquistadores y colonizadores llegaron persuadidos de que adquirían en el nuevo mundo —cualquiera que fuese su originaria condición social— una posición de riqueza y privilegio semejante a la de los hidalgos o caballeros de la península: era, sin duda, uno de los móviles que invitaban a la expatriación y a la aventura. El cronista anónimo[5] que compuso la Descripción del Virreinato del Perú a principios del siglo XVII decía refiriéndose a los españoles de ese territorio: “Son soberbios, jactanciosos, se precian de que descienden de grande nobleza y que son hidalgos de solar conocido. Es tanta su locura, que el que en España fue pobre oficial, en pasando del polo ártico al antártico luego le crecen los pensamientos y le parece que merece por su linaje juntarse con los mejores de la tierra”.

Y en el siglo siguiente escribía el viajero holandés Van Vliervelt[6] sobre los portugueses del Brasil: “Lo cierto es que en todos los tiempos se vieron en el Brasil portugueses que habían nacido en Europa en la oscuridad y la pobreza, y que vivían con un lujo y una grandeza que los principales nobles de Lisboa no hubieran osado ostentar en la Corte”.

La costumbre consolidó aquella convicción y el sistema de instituciones de la Colonia le prestó respaldo vigoroso. Ninguna de las medidas adoptadas por el gobierno de la metrópoli para proteger a los indígenas logró —ni, en rigor, se lo propuso— contener el proceso de señorialización, fundado en el sistema de privilegios que rigió desde el otorgamiento de las primeras capitulaciones y mercedes.

Los conquistadores y colonizadores alcanzaban poder económico, social y político al recibir tierras, indios en encomienda y jurisdicción, y en tales poderes sentaron una posición tan alta y tan sólida que el paso del tiempo no hizo sino vigorizarla. Las rebeliones indígenas fueron escasas, ocasionales, y revelaron la total impotencia de los sometidos. Por su parte, los grupos mestizos se constituyeron como tales, aunque muy lentamente, durante el período colonial, y sus miembros se limitaron a buscar la posibilidad de lograr alguna vía de ascenso dentro del sistema. Lo mismo hicieron los blancos —peninsulares y criollos— que carecían de tierras, o los que poseían pequeñas parcelas de escaso número de indios encomendados, o los que habían perdido lo que tuvieron. De este modo, el sistema se consolidó en el juego de las situaciones reales, y dentro de él los grupos señoriales cristalizaron como un conjunto definido y netamente separado del resto.

Al finalizar el siglo XVIII la situación social del mundo colonial hispanolusitano ofrecía el cuadro de una rígida sociedad dual. Refiriéndose a la sociedad mexicana, decía por entonces, en un notable documento, el obispo de Michoacán, Manuel Abad y Queipo[7] —el mismo que lanzaría más tarde el edicto de excomunión contra Miguel Hidalgo—:

… la Nueva España se componía, con corta diferencia, de cuatro millones de habitantes que se pueden dividir en tres clases: españoles, indios y castas. Los españoles comprendían un décimo total de la población, y ellos solos tienen casi toda la propiedad y riqueza del reino. Las otras dos clases que componen los nueve décimos, se pueden dividir en dos tercios, los dos de castas, y uno de indios puros. Los indios y castas se ocupan en los servicios domésticos, en los trabajos de agricultura y en los ministerios ordinarios del comercio y de las artes y oficios. Es decir, que son criados, sirvientes o jornaleros de la primera clase. Por consiguiente, resulta entre ellos y la primera clase aquella oposición de intereses y de afectos que es regular entre los que nada tienen y los que lo tienen todo, entre los dependientes y los señores. La envidia, el robo, el mal servicio de parte de unos, el desprecio, la usura, la dureza de parte de los otros. Estas resultas son comunes, hasta cierto punto, en todo el mundo. Pero en América suben a muy alto grado, porque no hay graduaciones: son todos ricos o miserables, nobles o infames… En efecto, las dos clases de indios y castas se hallan en el mayor abatimiento y degradación. El color, la ignorancia y la miseria de los indios los coloca a una distancia infinita de un español. El favor de las leyes en esta parte es poco y en todas las demás los daña mucho.

No tienen propiedad individual… separados por la ley de la cohabitación y enlace con las otras castas… En este estado de cosas, ¿qué intereses pueden unir a estas dos clases con la primera y a todas tres con las leyes y el gobierno?

La primera clase tiene el mayor interés en la observancia de las leyes que le aseguran y protegen su vida, su honor y su hacienda o sus riquezas contra los insul-tos de la envidia y los asaltos de la miseria. Pero las otras dos clases, que no tienen bienes ni honor ni motivo alguno de envidia para que otro ataque su vida y su persona ¿qué aprecio harán ellas de las leyes que sólo sirven para medir las penas de sus delitos? ¿Qué afección, qué benevolencia pueden tener a los ministros de la ley, que sólo ejercen su autoridad para destinarlos a la cárcel, a la picota, al presidio o a la horca? ¿Qué vínculos pueden estrechar a estas clases con el gobierno, cuya protección benéfica no son capaces de comprender?

Poco después Alejandro de Humboldt visitaba la isla de Cuba, sobre cuya sociedad, fundada en el trabajo esclavo, escribiría años más tarde unas páginas penetrantes en las que señalaba los rasgos de los grupos señoriales:[8] “…pero en todas las islas, los blancos se creen los más fuertes; porque les parece imposible toda simultaneidad (en la acción) por parte de los negros, y consideran como una cobardía toda mudanza y toda concesión hecha a la población sujeta a la servidumbre”.

Así consolidados a lo largo de tres siglos, firmemente delineados los límites que los separaban del conjunto social y rigurosamente codificados sus privilegios, los grupos señoriales adquirieron los rasgos de una aristocracia incapaz de imaginar la posibilidad de que se produjera cambio alguno en la estructura socioeconómica en la que ocupaba el más alto nivel. Pero durante esos tres siglos, y mientras se consolidaba la estructura socioeconómica, también se diferenciaban y desarrollaban grupos diversos por debajo de la clase señorial. Apenas hubo, antes de la crisis de la Independencia, ocasión para que los grupos señoriales tuvieran que justificar o defender sus privilegios, puesto que todo el sistema absolutista de fundamento religioso vigente en el mundo colonial comportaba una justificación suficiente. Todo desafío al privilegio suponía un desafío a la totalidad del sistema. Pero de hecho, los otros grupos sociales crecían y aprovechaban las posibilidades de movilidad social que ofrecía una sociedad que, aunque fundada en la hegemonía de una clase señorial, participaba del sistema mercantil que ajustaba y perfeccionaba sus mecanismos en el área de expansión europea y pugnaba por quebrar la rigidez del sistema monopolístico colonial.

Frente a esos grupos, y especialmente frente a las nacientes burguesías urbanas —burguesías letradas que a fines del siglo XVIII recibían la influencia del pensamiento político de los filósofos franceses—, los grupos señoriales estrecharon sus filas alrededor de los principios fundamentales del sistema. Horrorizados ante el regicidio y ante la posibilidad de una limitación del poder monárquico que introdujera la representación popular, los grupos señoriales adhirieron ferviente y activamente a las ideas que expresó mejor que nadie, a fines del siglo XVIII, el arzobispo de Chuquisaca, San Alberto:[9]

El rey no está sujeto, ni su autoridad depende del pueblo mismo sobre quien reina y manda, y decir lo contrario sería decir que la cabeza está sujeta a los pies, el sol a las estrellas y la suprema inteligencia motriz a los cielos inferiores… La cárcel, el destierro, el presidio, los azotes o la confiscación, el fuego, el cadalso, el cuchillo y la muerte son penas justamente establecidas contra el vasallo inobediente, díscolo, tumultuario, sedicioso, infiel y traidor a su Soberano, quien no en vano, como dice el Apóstol, llevaba espada.

El apoyo prestado por los grupos señoriales al principio de la monarquía absoluta de derecho divino no sólo expresaba su adhesión al sistema institucional vigente en la metrópoli y el mundo colonial, sino que significaba también su identificación con el principio de la inmutabilidad del orden universal, cuya proyección en el mundo social era la ilegitimidad de todo cambio. Esa concepción, de tradición cristianofeudal, fraguaría como una de las notas fundamentales de su actitud política, y luego de su pensamiento, y perduraría, expresada de diversas maneras enmascarada a veces, a través de las cambiantes situaciones históricas. Como actitud, fue intensamente vivida y se ma-nifestó en su comportamiento político, y cuando las circunstancias desafiaron ese principio, fue racionalizada, formulada en términos doctrinarios y defendida, polémicamente.

Pero mucho antes de que pareciera necesario defender la totalidad del sistema —en cuanto garantía última de la posición de los grupos señoriales en el seno del conjunto social— debieron éstos defender esa posición y justificarla. En términos doctrinarios la justificó, en los primeros tiempos de la conquista, el teólogo español Juan Ginés de Sepúlveda,[10] sosteniendo el principio de la desigualdad social. Decía en el Democrates alter:

Nada hay más contrario a la justicia distributiva que dar iguales derechos a cosas desiguales, y a los que son superiores en dignidad, en virtud y en méritos, igualarlos con los inferiores, ya en ventajas personales, ya en honor, ya en comuni-dad de derecho… lo cual se ha de evitar no sólo en los hombres tomados particularmente, sino también en la totalidad de las naciones, porque la varia condición de los hombres produce varias formas de gobierno y diversas especies de imperio justo. A los hombres probos, humanos e inteligentes, les conviene el imperio civil, que es acomodado a los hombres libres, o el poder regio que imita al paterno: a los bárbaros y a los que tienen poca discreción y humanidad les conviene el dominio heril y por eso no solamente los filósofos, sino también los teólogos más excelentes, no dudan en afirmar que hay algunas naciones a las cuales conviene el dominio heril más bien que el regio o el civil; y esto lo fundan en dos razones: o en que son siervos por naturaleza, como los que nacen en ciertas regiones y climas del mundo, o en que por la depravación de las costumbres o por otra causa, no pueden ser contenidos de otro modo dentro de los términos del deber. Una y otra causa concurren en estos bárbaros, todavía no bien pacificados.

Y agregaba en otro lugar:[11]

Bien puedes comprender ¡oh Leopoldo! Si es que conoces las costumbres y naturaleza de una y otra parte, que con perfecto derecho los españoles imperan sobre estos bárbaros del Nuevo Mundo e islas adyacentes, los cuales en prudencia, ingenio, virtud y humanidad son tan inferiores a los españoles como los niños a los adultos y las mujeres a los varones, habiendo entre ellos tanta diferencia como la que va de gentes fieras y crueles a gentes elementalísimas, de los prodigiosamente intemperantes a los continentes y templados, y estoy por decir que de monos a hombres.

Este principio general de la superioridad de los europeos civilizados y cristianos sobre los indios y los negros bárbaros e infieles, fue traducido a términos específicos cuando peligraron los privilegios concretos que la conquista había deparado a aquéllos. Los conquistadores y colonizadores fundaban su condición social en la posesión de tierras y de indios encomendados, y muy pronto consideraron que tales privilegios, formalmente concedidos, eran inalienables y constituían la condición inexcusable de su status. Así lo manifestaron ya en 1542 cuando la corona española pretendió despojar a los encomenderos de los indios que trabajaban en su beneficio, con argumentos que el cronista Agustín de Zárate[12] recogió de los españoles del Perú:

…estas ordenanzas se hizieron y publicaron en la villa de Madrid, en el año de quinientos y cuarenta y dos, y luego se embiaron los treslados dellas a diversas partes de la Indias, de que se recibió muy gran escándalo entre los conquistadores dellas, especialmente, en la provincia del Perú, donde más general era el daño, pues ningún vecino quedaba, sin quitársele toda su hazienda, y tener necesidad de buscar de nueuo que comer; y decían, que su Magestad no auía sido bien informado en aquella prouision, pues si ellos auianseguido dos parcialidades, auia sido parecien- doles que las cabeças dellas eran Gouernadores, y se lo mandaban en nombre de su Magestad, y que no podían dejar de cumplir por fuerca o por grado sus mandamientos, y así no era aquella culpa, porque debiessen ser despojados de sus hazien- das, y que demas desto al tiempo que a su costa descubrieron la provincia del Perú, se auia capitulado con ellos, que se les auian de dar los Indios por sus vidas, y des- pues de muertos, auian de quedar a su hijo mayor, o a sus mugeres no teniendo hijos, y que en confirmación desto, pocos días antes su Magestad auia embiado a mandar a todos los conquistadores que dentro de cierto tiempo se casassen, so pena de perdimiento de los Indios, y que en cumplimiento dello, los más se auian casado, y que no era justo, que despues que estauan viejos y cansados, y con mugeres pensando tener alguna quietud y reposo, se les quitase sus haziendas, pues no tenian edad ni salud para ir a buscar nueuas tierras y descubrimientos.

Esta certidumbre de la legitimidad del privilegio, concedido originariamente por gracia real pero conquistado luego y legitimado en la acción mediante el esfuerzo y el sacrificio, fraguó definitivamente en la concepción social y política de los grupos señoriales, y los transformó en una casta de poseedores radicalmente separada de los no poseedores. Cada uno de los poseedores lo era de su hacienda y de sus indios y esclavos; pero la casta en conjunto era la poseedora de la comarca, la depositarla de sus únicas tradiciones legítimas, la representante de las virtudes supremas. Era inevitable que la casta se considerara también como el cuerpo político, con exclusión de los demás grupos sociales. Así se conformaron una actitud, primero, y luego, cuando fue necesario un pensamiento político, que obraron a través de los grupos señoriales transformándolos en una fuerza política de derecha, cuando aparecieron enfrente de ellos los grupos so-ciales insurgentes que negaban la inmutabilidad del orden y la legitimidad de una estructura socioeconómica fundada en la desigualdad.

3. El pensamiento político de los grupos señoriales y burgueses desde la Independencia

Tras algunos frustrados intentos, los grupos sociales desposeídos o disconformistas irrumpieron en la vida política —en alguna medida— al producirse los movimientos emancipadores. Algunos de esos grupos los promovieron, reclamando paladinamente una participación política a la que juzgaban tener derecho y que antes les había sido negada; otros, se sumaron a ellos o procuraron aprovecharlos de alguna manera para mejorar su condición. Pero el conjunto de tales acciones pareció amenazar no sólo el orden político tradicional, fundado en la dependencia colonial, sino también el orden social y económico, puesto que era lícito prever que los nuevos grupos incorporados al gobierno —generalmente liberales— infundirían a su acción un sentido más favorable a los intereses de los sectores medios y populares. Hubo, en consecuencia, una vigorosa reacción de los grupos señoriales contra los movimientos emancipadores. Empero, una vez consolidados éstos, los grupos señoriales aceptaron el hecho consumado y siguieron operando dentro del nuevo régimen para conservar o recuperar su ascendiente político y, sobre todo, para defender la estructura socioeconómica tradicional que ellos controlaban. Con respecto a ambos objetivos hubo grados diversos de intensidad en la acción y varia-das actitudes políticas; pero todas ellas configuraron una política de derecha antiliberal con respecto a los grupos que aspiraban a consumar o a extremar los cambios operados.

Al mismo tiempo se constituyó una nueva derecha, liberal, monárquica, o republicana según los casos. Nació el patriciado revolucionario, y su desplazamiento hacia la derecha fue fruto del inevitable descontento que produjeron, en quienes habían desencadenado el cambio, las imprevisibles consecuencias que la dinámica del cambio suscitó. Por eso se caracterizó por su intento de contener el proceso que había lanzado, tratando además de consolidar el nuevo régimen político y económico en beneficio de esa alta burguesía que comenzaba, por cierto, a estrechar sus vínculos con los grupos señoriales, aun cuando algunas diferencias los separaran.

Esos vínculos crearon una superficial identidad entre las dos alas de la derecha, la antiliberal y la liberal. Pero su comportamiento fue distinto, y las perspectivas que cada una de ellas abrió para el futuro, distintas también.

La continuidad de la situación social

Frente a la insurgencia, los grupos señoriales descubrieron diversos peligros. Ante todo, la amenaza de la ruptura de los vínculos de dependencia colonial pareció un cataclismo cuyos resultados serían nefastos, puesto que sustraían al orden vigente sus fundamentos tradicionales y hasta entonces indiscutidos. La reacción se manifestó como un alarde de lealtad respecto a la metrópoli, a la corona, a las instituciones y a los principios del absolutismo, que se creyeron obligados a hacer, antes que nadie, quienes ejercían la autoridad eclesiástica, militar y civil.

En el Río de la Plata, el ex virrey Santiago de Liniers,[13] francés de origen, progresista dentro del sistema colonial y héroe de la resistencia contra los invasores ingleses pocos años antes, encabezó la oposición al movimiento revolucionario de Buenos Aires, declarando que:

…aquel que adhiriese al partido de la Junta revolucionaria de Buenos Aires, y aprobase la deposición del Virrey y demás que se había hecho, debía ser tenido por un traidor a los intereses de la Nación; que la conducta de los de Buenos Aires con la Madre Patria en la crítica situación en que se hallaba por la atroz usurpación de Napoleón, era igual a la de un hijo que viendo a su padre enfermo, pero de un mal que probablemente salvaría, lo asesina en la cama por heredarlo.

Análoga apelación a la fidelidad debida a España hizo el obispo de Michoacán al fundamentar la excomunión que lanzó contra el cura de Dolores, Miguel Hidalgo, alzado en armas:[14]

La Nueva España, que había admirado a la Europa por los más brillantes testimonios de lealtad y patriotismo a favor de la Madre Patria, apoyándola y sosteniéndola con sus tesoros, con su opinión y sus escritos, manteniendo la paz y la concordia a pesar de las insidias y tramas del tirano del mundo, se ve hoy amenazada con la discordia y la anarquía, y con todas las desgracias que la siguen y ha sufrido la citada isla de Santo Domingo. Un ministro del Dios de la paz, un sacerdote de Jesucristo, un pastor de almas (no quisiera decirlo), el cura de dolores D. Miguel Hidalgo (que había merecido hasta aquí mi confianza y mi amistad), asociado de los capitanes del regimiento de la Reina D. Ignacio Allende, D. Juan Aldama y D. José Mariano Abasolo, levantó el estandarte de la rebelión y encendió la tea de la discordia y anarquía y seduciendo una porción de labradores inocentes, les hizo tomar las armas… E insultando a la religión y a nuestro soberano D. Fernando Vil, pintó en su estandarte la imagen de nuestra augusta patrona, Nuestra Señora de Guadalupe, y le puso la inscripción siguiente: ‘Viva la Religión, Viva Nuestra Madre Santísima de Guadalupe. Viva Femando VII. Viva la América y muera el mal gobierno’.

Y luego declara:

Que el referido D. Miguel Hidalgo, cura de Dolores y sus secuaces los tres citados capitanes, son perturbadores del orden público, seductores del pueblo, sacrílegos, perjuros y que han incurrido en la excomunión mayor del canon: siquis, suadente Diabolo… Item declaro que el dicho cura Hidalgo y sus secuaces son unos seductores del pueblo y calumniadores de los europeos… Los europeos no tienen ni pueden tener otros intereses que los mismos que tenéis vosotros los naturales del país, es a saber, auxiliar a la Madre Patria en cuanto se pueda, defender estos dominios de toda invasión extranjera para el soberano que hemos jurado o cualquiera otro de su dinastía bajo el gobierno que le representa según y en la forma que resuelva la nación representada en las cortes que, como se sabe, se están celebrando en Cádiz o Isla de León con los representantes interinos de las Américas, mientras llegan sus propietarios.

Pero estas apelaciones a la lealtad sólo correspondían a uno de los riesgos que se avistaban. Además del peligro de la ruptura del vínculo de dependencia, se advertía que los grupos insurgentes enarbolaban una filosofía política nueva, aprendida en la obra de pensadores a quienes la Revolución Francesa había otorgado siniestra fama a los ojos de los tradicionalistas, y que gozaban de extraordinario prestigio, en cambio, para las nacientes burguesías urbanas y, en general, para los criollos que soñaban con el gobierno propio como instrumento para una política que los libertara de la sumisión. Eran los que creían que los europeos tenían “otros intereses”, según la frase recogida por el obispo de Michoacán. Esos europeos —o los que por solidarizarse con el orden vigente se consideraban europeos— vieron en los movimientos emancipadores no sólo esa intención, sino sobre todo la de instaurar nuevos regímenes de gobierno, fundados en principios que amenazaban no sólo la vida política sino también el orden económico y social. Por eso se opuso al movimiento emancipador el autor de los Recuerdos sobre la rebelión en Caracas, José Domingo Díaz,[15] nacido en esa ciudad, que la execraba por los grupos de insurgentes que habían aparecido en ella. Díaz, escribiendo en 1829, reseñaba la prosperidad de la Venezuela colonial y agregaba luego:

Por desgracia estos mismos bienes trajeron consigo males de unas conse-cuencias incalculables. Se olvidó por los gobernantes el severo cumplimiento de una de las leyes fundamentales de aquellos dominios, prohibitiva de la introducción de extranjeros, y se encontró en la concurrencia mercantil el medio de relajar el de la de los libros prohibidos. La ignorancia, la imprecaución, la malicia o la novelería hacían ver entonces como llenas de sabiduría las producciones de aquella gavilla de sediciosos llamados filósofos, que, abrigados en París como en su principal residencia, había medio siglo que trabajaban sin cesaren llevar al cabo su funesta conjuración: la anarquía del género humano. El mundo entero estaba anegado con estos pestilentes escritos, y ellos también penetraron en Caracas, y en la casa de una de sus principales familias. Allí fue en donde se oyeron por la primera vez los funestos derechos del hombre, y de donde cundieron sordamente por todos los jóvenes de las numerosas ramas de aquella familia. Encantados con el hermoso lenguaje de los conjurados creyeron que la sabiduría era una propiedad exclusiva para ellos. Allí fue y en aquella época cuando se comenzó a preparar, sin prever los resultados, el campo en que algún día había de desarrollar tan funestamente la semilla que sembraban; y entonces fue también cuando las costumbres y la moral de aquella joven generación comenzó a diferir tan esencialmente de las costumbres y la moral de sus padres. Yo era entonces muy niño, condiscípulo y amigo de muchos de ellos: los vi, los oí, y fui testigo de estas verdades.

La Revolución Francesa, sucedida por entonces, fue el triunfo de la conjura-ción, y el resultado de cien años de maquinaciones. Las escandalosas escenas de aquella época llevaron el asombro y el espanto a todos los pueblos del mundo: ate-rraron a los hombres de bien con la imagen de un porvenir inconcebible, y exaltaron las cabezas del necio, del presumido ignorante y del hombre perdido, que creía llegado el momento, o de representar en la sociedad un papel que no le pertenecía por sus vicios o su incapacidad, o de adquirir una fortuna a costa de los demás.

El sentimiento antiliberal, mucho más que el de lealtad a la metrópoli, fue el que movió a ciertos grupos tradicionalistas a oponerse al movimiento emancipador; hasta tal punto que, cuando la metrópoli cedió a la presión de los grupos liberales, los tradicionalistas promovieron la independencia allí donde habían conseguido mantener la sujeción. Tal fue el caso de Nueva España y la capitanía de Guatemala, en donde la independencia fue promovida por la alta jerarquía militar y eclesiástica y los grupos señoriales después de la Revolución de Riego en 1820, que restauró la constitución aprobada por las cortes de Cádiz en 1812; a ella achacaba todos los males de México Lucas Alamán:[16]

La primera desgracia de nuestra Independencia, la causa principal de que no haya producido mejores frutos, no es otra cosa que haber nacido después de publicada y comenzada a ejecutar la constitución española (de 1812). España quedó harto vengada del agravio que recibió con nuestra separación, dejándonos por herencia ese funesto presente.

Caso análogo, en cierta medida, fue el del Brasil, donde la agitación independentista se precipitó con motivo de la Revolución que estalló en Portugal en 1820 —la Revolución de Oporto— y a la que siguieron las Cortes de Lisboa y la nueva legislación liberal. En ambos casos resultaron de las revoluciones americanas dos regímenes monárquicos: el de Iturbide en México y el de Pedro I en el Brasil.

El tumultuoso proceso revolucionario y las crisis civiles que hubo luego en muchos países no fueron, empero, suficientemente profundos como para provocar un cambio en la estructura social y económica: los grupos radicales fueron neutralizados o se abstuvieron por sí mismos de llegar hasta allí. Un ligero examen de la situación durante la segunda mitad del siglo XIX muestra que las condiciones de vida de los esclavos —donde aún existían—, de los libertos, de los indios y de los grupos derivados, así como de vastos sectores de población blanca desposeída y vinculada a la actividad rural, conservaban los mismos rasgos de la época colonial, así como se conservaba el régimen de la tierra. Importantes testimonios son ciertos novelistas de ese período: el mexicano Ignacio Manuel Altamirano, el guatemalteco José Milla, el ecuatoriano José León Mera, el brasileño José de Alençar, el uruguayo Alejandro Magariños Cervantes, pero acaso más que ninguno el colombiano Jorge Isaacs, que ofrece en María un cuadro explícito de la persistencia de la so-ciedad tradicional.

Algo había cambiado, sin embargo. Los grupos señoriales de raíz colonial aceptaron la emancipación como un hecho consumado, y también los regímenes políticos que surgieron de ella; pero trabajaron desde dentro del sistema para influir en él, tratando de recuperar la situación perdida a través de un duelo constante con sus adversarios: esta tensión más que el pleno dominio de antes, caracterizó ahora la situación. Pero, además los grupos señoriales habían comenzado a cambiar de fisonomía. Las revoluciones y las guerras civiles proporcionaron la ocasión para que ascendieran gentes antes desposeídas, mediante la apropiación de tierras, el ejercicio deshonesto del poder o los matrimonios ventajosos. La carrera militar abrió las puertas a muchos mestizos y mulatos que se incorporaron así a las clases ricas, y las actividades comerciales —y en particular el aprovisionamiento de los ejércitos— sirvieron a otros para acumular fortunas que pronto fueron reinvertidas en tierras. Así se modificaron sensiblemente los grupos señoriales. Por su nueva composición se mantuvieron dentro del sistema moviéndose con soltura y eficacia, y por su antigua tradición se constituyeron en la derecha del sistema. Entretanto, aquellas mismas causas habían emancipado en alguna medida a ciertos sectores populares del mundo rural, arrastrados por las levas militares o enganchados en las rebeliones de las aristocracias rurales.

El conjunto social de ese mundo rural quedó alterado por la presencia de estos grupos. Los caracterizó, en el Río de la Plata, Domingo F. Sarmiento en el Facundo[17] con motivo de la secesión de José Artigas; y en Venezuela, Fermín Toro en sus Reflexiones sobre la ley del 10 de abril de 1884.[18] En ese ámbito, las actitudes políticas se tornaron fluidas, indefinibles, porque el ámbito social fue hostil a toda regulación. Pero en todo caso, los grupos señoriales, con su cambiante fisonomía, no sólo mantuvieron su posición hegemónica dentro de una estructura económica conservada en lo fundamental, sino que recuperaron su poder político una y otra vez, en juego alterno con otras fuerzas, aprovechando cada oportunidad para robustecer su posición.

La continuidad del pensamiento político

A la continuidad de la situación socioeconómica correspondió una marcada continuidad del pensamiento político de los grupos señoriales. La tradición hispánica y lusitana ofrecía una imagen armoniosa de la vida política ordenada y estable, cuyos sólidos e indiscutibles fundamentos aseguraban el tranquilo goce de sus bienes a quienes los poseían. Los grupos señoriales mantuvieron como espejo de toda política este cuadro, siempre idealizado, y procuraron corregir el agitado juego de la lucha por el poder imponiendo, cada vez que las circunstancias lo permitían, una pausa asegurada por la vía del autoritarismo. Los viejos y tradicionales grupos señoriales trajeron a este programa a los grupos nuevos surgidos al calor de las luchas revolucionarias y las guerras civiles.

Pero recibieron, además, el apoyo y la solidaridad, no sólo de los grupos populares que se mantuvieron políticamente inertes, sino también de algunos grupos urbanos medios que aspiraban a consolidar las primeras etapas del cambio, a conservar su nuevo status sin más riesgos y a impedir que sucesivas olas de radicalización perjudicasen su posición o alterasen la paz y el orden.

Así, integrados dentro del nuevo régimen y apoyados por grupos de intereses coincidentes en distinta escala, los grupos señoriales constituyeron los partidos conservadores en un sistema que, en principio, se manifestó como bipartidista. Sarmiento explicaba esta mecánica de los partidos en 1845:[19]

Cuando un pueblo entra en Revolución, dos intereses opuestos luchan al principio; el revolucionario y el conservador: entre nosotros se han denominado los partidos que los sostenían, patriotas y realistas. Natural es que después del triunfo el partido vencedor se subdivida en fracciones de moderados y exaltados; los unos que querrían llevar la Revolución en todas sus consecuencias, los otros que querrían mantenerla en ciertos límites. También es del carácter de las revoluciones, que el partido vencido primitivamente vuelva a reorganizarse y triunfar a merced de la división de los vencedores.

Las divisiones expresaron la oposición entre los que disputaban el poder; pero la oposición entre liberales y conservadores siguió expresando, netamente, una diferenciación ideológica, o, más aún, dos concepciones de la vida y de la historia, como lo expresaría a través de un largo examen pocos años después Juan Montalvo en un agudo ensayo.[20]

Un periódico quiteño[21] definía, en 1868, el pensamiento de los partidos conservadores en estos términos:

El Partido conservador, en las Repúblicas americanas, lo mismo que en las Monarquías europeas, es el partido que sostiene el orden, que predica la paz, que defiende los sacrosantos principios de la justicia y el derecho; en una palabra, que conserva la sociedad en vez de desquiciarla y anarquizarla como sucede cuando se proclama la insuficiencia de las instituciones y se aboga por la dictadura que es la muerte de la República.

La conservación de la sociedad significaba, en general, el mantenimiento de la sociedad vigente. En las elecciones colombianas de 1848, el candidato conservador, “…el doctor Cuervo era reputado como la personificación más completa del sistema que aspiraba a conservar sin cambio el actual orden de cosas”.[22]

Y esta expresión —”orden de cosas” — aludía particularmente a algunas cuestiones fundamentales que los adversarios del conservadurismo cuestionaban.

Ante todo, parecía imprescindible asegurar el mantenimiento de la gran propiedad con todos sus privilegios, entre los cuales figuraba, fuera de los propiamente económicos, una vaga jurisdicción política y administrativa del señor dentro de su propiedad y aun en su zona de influencia, resabio del sistema colonial. Cualquier transformación política, electoral, administrativo o judicial que conspirara contra esa imprecisa jurisdicción señorial repercutía sobre el uso que el señor podía hacer de su propiedad, y suscitaba una enconada resistencia por parte de quienes se sentían amenazados.

Entre tales amenazas, ninguna tan grave como la abolición de la esclavitud. Desde los primeros tiempos de la Independencia, el abolicionismo dividió las opiniones, porque los poseedores de la tierra creyeron que sin esclavos los beneficios de sus explotaciones disminuirían notablemente. Los argumentos en favor del mantenimiento de la esclavitud fueron esgrimidos por los grupos señoriales con habilidad y cierto cinismo. En 1823 mientras se discutía el problema en el Senado chileno, escribía Santiago Muñoz Bezanilla en el periódico santiaguino El Tizón Republicano:[23]

El senado ha sancionado la libertad de los esclavos: deseamos saber las razones en que se funda para disponer de las propiedades particulares, o el derecho que para él se hayan conferido los pueblos que han depositado en él la protección de su seguridad.

Entre atacar el sagrado derecho de propiedad y consultar el alivio de nues-tros semejantes, sólo había el arbitrio que el Congreso adoptó en 1811: éste fue el de la libertad de los vientres; pues el hombre es el príncipe de la naturaleza; y aunque siempre miraremos aquella disposición como dictada por la filantropía y por la primera de las ideas liberales, no dejaremos de decir que padeció de un vicio insondable, como llaman en el foro al hecho vicioso que consta de autos, que es decir indudable, y fue el de no haber antes reglado exactamente el importante ramo de policía.

Muñoz Bezanilla reforzaba sus argumentos a favor de la propiedad privada de los señores esclavistas enumerando los perjuicios que traería a los libertos la falta de protección. Esos y otros argumentos semejantes se esgrimieron también en Colombia en 1849:[24]

Los esclavos, se decía, son una propiedad de los amos, y el legislador no tiene derecho para suprimirla, porque el derecho de propiedad es anterior y superior a la ley: la propiedad es un dogma de las sociedades civilizadas. Si la raza negra no está sometida al trabajo forzado, se entregará a la ociosidad y a los crímenes. No se podrán cultivar las haciendas por falta de trabajadores, La suerte de esa raza será mucho más desgraciada en la libertad, porque no tendrá quien los vista y los mantenga: será una crueldad emanciparlos.

Y tales razonamientos parecían valer aún en las postrimerías del siglo, cuando en el Brasil, Ruy Barbosa los examinó minuciosamente y los condenó en su memorable discurso de 1896, en la muerte de José Bonifacio.[25]

No menos decidida fue la defensa contra la amenaza de cualquier legislación que procurara la liberación del siervo rural. La guerra civil suscitada en México por la Reforma, que halló forma legal en la constitución de 1857, probó la decisión de la clase señorial. Durante las discusiones del Congreso Constituyente de 1856, Ignacio L. Va-llarta,[26] que se opondría a que figuraran las reformas sociales en el texto constitucional, señalaría las formas de la opresión. Decía:

El propietario abusa cuando disminuye la tasa del salario; cuando lo paga con signos convencionales, y no creados por la ley que representan los valores, cuando obliga al trabajador a un trabajo forzado, para indemnizar deudas anterio-res; cuando veja al jornalero con trabajos humillantes; cuando… es muy largo el ca-tálogo de los abusos de la riqueza en la sociedad.

Y los propietarios, con el fuerte apoyo de la Iglesia propietaria, resistieron enérgicamente las medidas reformistas, desencadenando la guerra civil.

Vallarta se opuso sólo por razones técnico-jurídicas a la inclusión de los derechos sociales en la constitución, pero la opinión conservadora se oponía por otras razones; en primer lugar, porque sentía en peligro sus intereses, pero más aún porque no comprendía que pudiera proponerse una legislación que iniciaba o proseguía el camino hacia la disolución de la sociedad fundada en la desigualdad, en cuya legitimidad creía. Esta creencia era muy profunda; arraigaba en la concepción colonial, y se mantenía vigorosa pese a la difusión de las ideas liberales y a la gravitación de principios jurídicos institucionalizados que establecían taxativamente una sociedad igualitaria. Los grupos señoriales permanecían impermeables a ellos, precisamente porque se trataba de una convicción arraigada en una situación social y económica inconmovible.

Quizá ningún teórico político haya expresado esta actitud de manera tan contundente como lo hizo el poeta peruano Felipe Pardo y Aliaga a mediados del siglo XIX, en una poesía que tituló A mi hijo en sus días:[27]

Dichoso, hijo mío,

tú, que veintiún años cumpliste:

dichoso que ya te hiciste

ciudadano del Perú.

Este día suspirado

celebra de buena gana,

y vuelve orondo mañana

a la hacienda y esponjado,

viendo que ya eres igual,

según lo mandan las leyes,

al negro que unce tus bueyes

y al que te riega el maizal.

Y vale la pena citar otra obra del mismo autor, porque perfecciona la imagen que el grupo social que él representaba se hacía de la legitimidad y las ventajas de un sistema político igualitario en una sociedad que juzgaba necesariamente desigual. Decía Pardo y Aliaga en el soneto titulado El Rey Nuestro Señor:[28]

Invención de estrambótico artificio,

existe un rey que por las calles vaga:

Rey de aguardiente, de tabaco y daga,

a la licencia y al motín propicio;

voluntarioso autócrata, que oficio

hace en la tierra, de ominosa plaga:

Príncipe de memoria tan aciaga,

que a nuestro redentor llevó al suplicio.

Sultán que el freno de la ley no sufre

y de cuya injusticia no hay reintegro;

rey por Luzbel ungido con azufre;

Cruza de tres tintas,

indio, blanco y negro,

que rige el continente americano,

y que se llama Pueblo Soberano.

No puede dudarse de que yacía tras esa burla un vigoroso pensamiento político, heredado de los encomenderos.

El pensamiento político de la derecha antiliberal

Incorporados al nuevo régimen suscitado por la Independencia, los grupos señoriales se convirtieron en el núcleo conservador que se dispuso a participar en la vida política para defender y consolidar sus posiciones. La expresión más genuina de su pensamiento estuvo representada por la derecha antiliberal, extremista y fanática, en cuyas ideas pesaba no solamente su tradicionalismo y su predisposición a la conservación del orden, sino también el horror que le causaba la experiencia de los regímenes surgidos del liberalismo o establecidos sobre sus principios. El liberalismo era para ellos ateísmo, caos, desenfreno; era también el signo del regicidio y del terror; de la insolencia de las clases populares en ascenso así como de la anarquía y la crisis económica. Su reacción fue idéntica a la del romanticismo europeo, y como él creyó en la necesidad y en la posibilidad de una restauración del mundo, que había sido destruido. Este intento restaurador exigió cierto precio, y los grupos señoriales aterrorizados no vacilaron en pagarlo, aun cuando a veces comprobaron después que había sido excesivo.

Entre tantos temores, cada grupo puso el acento sobre el problema que más amenazante le parecía. Hubo numerosos matices en la reacción antiliberal. Pero, llevada hasta sus últimas consecuencias, esa reacción conducía siempre a la instauración de un poder fuerte, del que se esperaba que operara la soñada restauración del pasado. Ahora bien, el poder fuerte —como los gobiernos europeos de la Restauración— no logró restaurar mucho. Como poder político pactó con las situaciones reales y en cada caso elaboró soluciones transaccionales de diverso alcance. Sólo la tendencia a detener el proceso de cambio fue común a todos, aun cuando en cada caso asumiera caracteres diversos.

Los grupos representativos de la derecha antiliberal actuaron en todos los países latinoamericanos después de la Independencia. Pero su actitud alcanzó singular significación en tres casos que conviene analizar separadamente: el del Paraguay en la época del doctor Francia y de Francisco Solano López, el de la Argentina en la época de Rosas y el del Ecuador en la época de García Moreno.

El Paraguay en la época del doctor Francia y de Francisco Solano López

El Congreso de 1814 consagró Dictador Supremo de la República del Paraguay al doctor Francia por cinco años; pero en 1816 otro congreso lo proclamó dictador perpetuo. La población de las áreas rurales apoyó una y otra designación, confiada en su capacidad de asegurar el orden. No pareció obstáculo que el doctor Fran-cia fuera notorio volteriano, porque el anhelo de orden fue superior a cualquier otro. Sólo las minorías ilustradas aspiraban a un régimen republicano. Pero “el astuto doctor adulaba la vanidad y estimulaba la codicia de todos ellos —escribe Robertson— El alcalde indio, el pequeño chacarero, el ganadero, el pulpero, el comerciante y el hacendado, todos fueron presas suyas”.[29] Es decir, toda la sociedad tradicional y su vasta clientela. Así fundó su dictadura, que duraría hasta 1840.

El doctor Francia, lector de Voltaire, Rousseau y Volney, y hostil a la tradición jesuítica del Paraguay, se enfrentó con la Iglesia, redujo sus privilegios y sometió a los religiosos a la tutela del Estado. El gobierno —decía con motivo de haber suspendido al obispo— “…no está, ni puede, ni debe estar ligado y ceñido a ninguna de las llamadas prácticas y disposiciones canónicas: siendo y debiendo ser solamente su regla el interés de Estado”.[30]

Pero fue ése el único vestigio de su formación liberal. A la inversa de lo que ocurrió con el movimiento de la Ilustración en España, la religión fue el único campo en el que el doctor Francia adoptó las ideas francesas del siglo XVIII; en los demás se mantuvo adherido al pensamiento tradicional español, y particularmente en el campo po-lítico.

Quizá creyó ser el doctor Francia un déspota ilustrado. Pero los grupos sociales esperaban de él, solamente, que fuera un déspota, con la consigna de impedir que la anarquía predominante en otras regiones de la América española ganara también el Paraguay. autoritarismo y centralización fueron los rasgos fundamentales de su largo gobierno, tan extremados bajo la forma de un poder tiránico que, al fin, también sufrieron sus consecuencias los grandes grupos señoriales. Algunos años después de su muerte decía el presidente Carlos Antonio López refiriéndose al doctor Francia:[31]

Por la concentración desmedida que estableció en la Administración, no había establecimiento ni institución alguna de las que en todas partes del mundo culto sirven de resortes a la Administración y ayudan la acción del Gobierno. Así es que no habían sino meros escribientes, ni se habían podido formar capacidades administrativas, judiciales, policiales, que pudiesen secundar las miras y trabajos del gobierno. No había establecimiento ninguno de educación, instrucción elemental, moral y religiosa; había algunas escuelas primarias de particulares mal montadas y el tiempo había reducido al clero a un número muy diminuto de sacerdotes.

Pero nadie dio una imagen tan exacta de su autoritarismo y de sus designios centralizadores como él mismo, en un oficio que dirigió en 1828 al comandante de Itapúa:[32]

Aquí, cuando recibí este desdichado Gobierno no encontré de cuenta de Tesorería, ni dinero, ni una vara de género, ni armas, ni municiones, ni ninguna clase de auxilios, y no obstante he estado y estoy sosteniendo los crecidos gastos, la provisión y apresto de artículos de guerra que demanda el resguardo y seguridad general a más de costosas obras y faenas a fuerza de arbitrios, de maña, de diligencia aún con otros países, y de un incesante trabajo y desvelo supliendo por oficios y ministerios que otros debían desempeñar en lo civil, en lo militar y hasta en lo mecánico, recargado por todo esto aún de ocupaciones que no me corresponden, ni me eran decentes, todo esto por hallarme en un país de pura gente idiota, donde el gobierno no tiene a quien volver los ojos, siendo preciso que yo lo haga, lo industrie y lo amaestre todo por sacar al Paraguay de la infelicidad, y abatimiento en que ha estado sumido por tres siglos.

Tenía esta actitud política una finalidad: sustraer el país a la anarquía y asegurar el orden: pero, en rigor, no era una finalidad en sí misma, sino que estaba destinada a servir a otros objetivos fundamentales. El rasgo más característico de la política del doctor Francia fue su etnocentrismo feroz —antecedente de los nacionalismos latinoamericanos—, su vigorosa convicción de que la región —más que el país— poseía una personalidad definida e intransferible que había que conservar en toda su pureza, sobre todo librándola del contacto con las regiones vecinas. Ese etnocentrismo era el de los viejos conquistadores arraigados en la tierra durante tres siglos, con un fuerte sentimiento igualitario, por cierto, pero de todos modos adheridos a una concepción paternalista y a un profundo regionalismo. El doctor Francia aspiró a que el Paraguay se bastara a sí mismo. Su autoritarismo sirvió no sólo para que reinara la paz en las campañas y no se resquebrajara la estructura económica sino también para asegurar los monopolios del Estado para la explotación y comercialización de las riquezas naturales: las “estancias de la Patria” para la producción agraria y las maestranzas del Estado para la producción de artículos manufacturados. Y esta concepción de la vida económica aseguraba la independencia de la región y el mantenimiento de la fisonomía nacional, que tanto irritaba al dictador que no fuera reconocida desde el exterior.

Esta concepción etnocentrista era el fruto de un antiuniversalismo romántico, paradójico en un lector de Voltaire y de Rousseau, y por eso interesó tanto a Carlyle. Pero no era, en rigor, suyo, sino de un grupo social de raíz colonial, y era tan vivo que fue extremado hasta concluir en un enclaustramiento total del país con el que el viejo regalista terminó imitando a los jesuitas.

Decía a uno de los Robertson: “Usted sabe cuál ha sido mi política con respecto al Paraguay; que lo he mantenido en un sistema de incomunicación con las otras provincias de Sudamérica, e incontaminado por aquel malvado e inquieto espíritu de anarquía y Revolución que más o menos ha asolado a todas”.[33]

Pero evitar el espíritu de anarquía y Revolución suprimió hasta la raíz todos los derechos individuales que pregonaba el liberalismo, las formas de vida política y económica, la educación, el juego de las ideas. ¿Cuál era, el orden que quería asegurar? Un orden anterior a la Revolución, y que no podía quebrarse sino al precio de caer even-tualmente en la anarquía, o sea el orden social y económico de la Colonia. Por eso se le opusieron en un principio los grupos ilustrados, especialmente de Asunción. Pero su impotencia fue total, y el doctor Francia extremó el sistema sin oposición, sobrepasando, sin duda, los límites deseados por los mismos grupos que lo impulsaron y sos-tuvieron.

A la muerte del doctor Francia la dictadura subsistió, aunque Carlos Antonio López se manifestara un poco más progresista y menos violento. Estaba, sin embargo, persuadido de la necesidad de perpetuar el gobierno fuerte sin extender las libertades. Hacia 1861 el periódico oficial de Asunción, El Semanario, inició una campaña en favor de la monarquía, expresando en uno de los artículos en que se refería a los países sudamericanos: “Pueblos educados por la monarquía y para la monarquía, no han podido acostumbrarse a las formas republicanas, porque cada una de las páginas de su historia envuelve una elocuente protesta contra este género de gobierno”.[34]

Su hijo y sucesor, Francisco Solano López, recogió y maduró la idea. Sus modelos fueron la corte de Río de Janeiro, donde pensaba encontrar esposa en la familia imperial, y la corte de Napoleón III, cuyo lujo lo fascinaba.

Pero de ninguna manera se disponía a establecer una monarquía parlamentaria, sino absoluta y apoyada en una vigorosa fuerza militar. Pese a algunos signos de progresismo, su gobierno mantuvo en la política interna la misma orientación de los anteriores tanto en lo referente a las libertades como al ordenamiento económico y social.

b. La Argentina en la época de Rosas

A diferencia del doctor Francia, Rosas no apareció en el escenario político argentino sino veinte años después de la Revolución, cuando ya se había consumado la disgregación de lo que fuera el antiguo virreinato del Río de la Plata y cada región había alcanzado de hecho una casi total autonomía.

La provincia de Buenos Aires era, sin duda, la más rica y la mejor situada, puesto que poseía un puerto y una aduana que recogía los beneficios de toda la riqueza del país. Allí surgió Rosas como gobernador en 1829, ejerció el poder durante tres años, y después de un intervalo fue reelegido en 1835 con “la suma del poder público”, que ejerció hasta su derrota en la batalla de Caseros en 1852.

Rosas era un típico estanciero. Lo que esto significaba lo explicó en 1845 Sarmiento en Facundo,[35] en un texto que ofrece todos los elementos necesarios para un análisis social:

Rosas desciende de una familia perseguida por goda durante la Revolución de la Independencia. Su educación doméstica se resiente de la dureza y terquedad de las antiguas costumbres señoriales. Ya he dicho que su madre, de un carácter duro, tétrico, se ha hecho servir de rodillas hasta estos últimos años; el silencio lo ha rodeado durante su infancia y el espectáculo de la autoridad y de la servidum-bre han debido dejarle impresiones duraderas. Algo de extravagante ha habido en el carácter de la madre y eso se ha reproducido en D. Juan Manuel y dos de sus hermanas.

Apenas llegado a la pubertad, se hace insoportable a su familia, y su padre lo destierra a una estancia. Rosas con cortos intervalos ha residido en la campaña de Buenos Aires cerca de treinta años; y ya en el año 24 era una autoridad que las sociedades industriales ganaderas consultaban, en materia de arreglos de estancias.

Es el primer jinete de la República Argentina, y cuando digo de la República Argentina, sospecho que de toda la tierra: porque ni un equitador, ni un árabe tienen que habérselas con el potro salvaje de la Pampa. Es un prodigio de actividad; sufre accesos nerviosos en que la vida predomina tanto que necesita saltar sobre un caballo, echarse a correr por la Pampa, lanzar gritos descompasados, rodar, hasta que al fin extenuado el caballo, sudado a mares vuelve él a las habitaciones, fresco ya y dispuesto para el trabajo… Rosas se distingue desde temprano en la campaña por las vastas empresas de siembra de leguas de trigo que acomete y lleva a cabo con suceso, y sobre todo por la administración severa, por la disciplina de hierro que introduce en sus estancias. Esta es su obra maestra, su tipo de gobierno, que ensayará más tarde para la ciudad misma… La autoridad ante todo: el respeto a lo mandado, aunque sea ridículo o absurdo; diez años estará en Buenos Aires y en toda la República haciendo azotar y degollar hasta que la cinta colorada sea una parte de la existencia del individuo, como el corazón mismo. Repetirá en presencia del mundo entero, sin contemporizar jamás, en cada comunicación oficial: ¡Mueran los asquerosos, salvajes, inmundos unitarios!, hasta que el mundo entero se eduque y se habitúe a oír este grito sanguinario, sin escándalo, sin réplica, y ya hemos visto a un magistrado de Chile tributar su homenaje y aquiescencia a este hecho, que al fin a nadie interesa.

¿Dónde pues ha estudiado este hombre el plan de innovaciones que introduce en su Gobierno, en desprecio del sentido común, de la tradición, de la conciencia, y de la práctica inmemorial de los pueblos civilizados? Dios me perdone si me equivoco: pero esta idea me domina hace tiempo: en la Estancia de Ganados, en que ha pasado toda su vida, y en la Inquisición en cuya tradición ha sido educado. Las fiestas de las parroquias son una imitación de la hierra del ganado, a que acuden todos los vecinos: la cinta colorada que clava a cada hombre, mujer o niño, es la marca con que el propietario reconoce su ganado; el degüello, a cuchillo, erigido en medio de ejecución pública, viene de la costumbre de degollar las reses que tiene todo hombre en la campaña; la prisión sucesiva de centenares de ciudadanos sin motivo conocido y por años enteros, es el rodeo con que se dociliza el ganado, encerrándolo diariamente en el corral; los azotes por las calles, la mazorca, las matanzas ordenadas son otros tantos medios de domar la ciudad, dejarla al fin como el ganado más manso y ordenado que se conoce. Esta prolijidad y arreglo ha distinguido en su vida privada a D. Juan Manuel de Rosas, cuyas estancias eran citadas como el modelo de la disciplina de los peones, y la mansedumbre del ganado. Si esta explicación parece monstruosa y absurda, denme otra; muéstrenme la razón por qué coinciden de un modo tan espantoso, su manejo de una estancia, sus prácticas y administración, con el Gobierno, prácticas y administración de Rosas: hasta su respeto de. entonces por la propiedad, es efecto de que el gaucho gobernador es propietario. Facundo respe-taba menos la propiedad que la vida. Rosas ha perseguido a los ladrones de ganado con igual obstinación que a los unitarios. Implacable se ha mostrado su gobierno contra los cuereadores de la campaña y centenares han sido degollados. Esto es laudable sin duda; yo sólo explico el origen de la antipatía.

Aun restando de esta descripción el apasionamiento que pueda haber puesto el polemista, quedan inequívocamente puntualizados en ella algunos de los caracteres fundamentales del régimen de Rosas. Todo su sistema de ideas derivó no sólo de su tradición señorial sino también de su inconmovible adhesión a los valores que esa tra-dición entrañaba y de su innata aversión a los principios del liberalismo. Creyó, como el doctor Francia, que la comunidad no debía albergar sino a los que compartían los sentimientos y las ideas tradicionales; y uno y otro creyeron que la proscripción de los adversarios era justa y lógica. Hubiera podido decir como el doctor Francia;[36] “Yo no llamo ni reputo paisanos a unos infames que se expatrian ellos mismos, renunciando y abandonando su patria..”., aun olvidando que la condición para permanecer era la sujeción y el conformismo.

Pero el respeto a los principios del derecho natural —al que solía apelar— o la consideración a los derechos individuales que el pensamiento liberal consagraba, parecíanle menos importantes que la defensa del patrimonio y del orden tradicional. Fue visible su desprecio por los hombres ilustrados de las ciudades y por sus ideas de origen europeo, como fue visible su adhesión a las formas de la vida criolla, a las normas y a los valores que ella entrañaba. Esta adhesión significaba —como lo destaca Sarmiento— una concepción autoritaria de la vida pública, y tal fue el rasgo predominante de su pensamiento y de su comportamiento político.

Rosas resumió sus opiniones sobre la acción de los regímenes liberales en unas pocas líneas de una famosa carta escrita a Juan Facundo Quiroga, en la que decía:[37]

Obsérvese que al haber predominado en el país una fracción que se hacía sorda al grito de esta necesidad, ha destruido y aniquilado los medios y recursos que teníamos para proveer a ella, porque ha incitado los ánimos, descarriado las opiniones, puesto en choque; los intereses particulares, propagando la inmoralidad y la intriga, y fraccionando en bandos de tal modo la sociedad, que no ha dejado casi reliquias de ningún vínculo, extendiéndose su furor a romper hasta el más sagrado de todos y el único que podría servir para restablecer los demás, cual es el de la religión; y que en este lastimoso estado es preciso crearlo todo de nuevo, trabajando primero en pequeño y por fracciones, para entablar después un sistema general que lo abarque todo.

Rosas advertía sagazmente que el individualismo liberal rompía los vínculos de la vieja sociedad dual y paternalista; que la libertad de opinión creaba sectores politizados que progresivamente afirmaban sus derechos frente a las viejas estructuras de poder; que la libertad de conciencia debilitaba, no tanto el sentimiento religioso, sino la influencia paternalista de la Iglesia. Una de las armas políticas más afiladas que usaron sus partidarios contra los grupos liberales fue la acusación de ateísmo. Así los definía el cura párroco de la Iglesia porteña de San Nicolás, en unas décimas recitadas en una fiesta popular:[38]

Ellos son incendiarios,

De corazón asesinos,

De religión libertinos,

Herejes que han blasfemado

De lo más santo y sagrado

De nuestro culto divino.

Pero acaso lo que definió más claramente el pensamiento político de Rosas fue su resistencia a aplicar las concepciones iluministas a la organización del país. Hostil al racionalismo y a toda la filosofía política del siglo XVIII, sostuvo que la organización constitucional no era una solución eficaz —y menos la solución necesaria— para fijar el orden nacional. Sostuvo que la fijación del orden nacional era prematura ya que no se había alcanzado un orden de las distintas regiones y provincias. Decía Rosas, en unas instrucciones que comunicaba a Quiroga:[39]

…el señor Quiroga debe aprovechar las oportunidades de hacer entender por todos los pueblos de su tránsito que el progreso es de desear que cuanto más antes pueda celebrarse; pero que al presente es en vano clamar por congreso y por constitución bajo el sistema federal, mientras cada estado no se arregle interiormente y no dé, bajo un orden estable y permanente, pruebas prácticas y positivas de su aptitud para formar federación con los demás. Porque en este sistema el gobierno federal no se une sino que se sostiene por la unión, representando en este estado los pueblos que componen la república para con las demás naciones; tampoco decide las diferencias de unos pueblos con otros sino que se reducen sus funciones a hacer cumplir los pactos generales de la federación, a cuidar de la defensa de toda la república, y dirigir sus negocios e intereses ge-nerales en relación con los de otros estados, pues para los casos de discordia entre dos provincias la constitución suele tener acordado un modo particular de decidirlas, cuando los contendientes no lo arbitran con su mutuo consentimiento.

Era, en el fondo, una concepción nacida de las ideas del romanticismo social; pero era, por eso mismo, una concepción propia de los grupos señoriales, aferrados a la realidad y reacios a su transformación. Representante y miembro eminente del grupo de estancieros que obtenía pingües ganancias con la preparación y exportación de carne salada, Rosas impidió la modernización de las explotaciones agropecuarias y se opuso a la formación de una burguesía urbana. Más consecuente que el doctor Francia, su polí-tica económica coincidió con su formación intelectual y con sus tradiciones sociales.

c. El Ecuador en la época de García Moreno

Dueño del poder desde 1861 hasta su violenta muerte en 1875, García Moreno gobernó el Ecuador dictatorialmente. Como Rosas y Francia, vivió obsesionado por el fantasma de la anarquía, y culpó de ella a las libertades que ofrecía y proporcionaba el régimen liberal. Pero, a diferencia del segundo, fue consecuente con sus principios ideológicos, recibidos de De Maistre, de Donoso Cortés y, sobre todo, de los sacerdotes jesuitas que fueron sus confidentes, sus instrumentos y sus consejeros: y a diferencia de los dos se preocupó por estimular ciertas formas de desarrollo económico moderno.

García Moreno poseía una vigorosa formación científica. Había estudiado química y geología y le apasionaba la investigación de la naturaleza. De esos principios de su formación intelectual derivó su preocupación por la difusión de la enseñanza, y especialmente la enseñanza científica. Creó la Escuela Politécnica, fundó laboratorios, colecciones de ciencias naturales, un observatorio; y sacudiendo la modorra tradicional, levantó edificios públicos y, sobre todo, construyó carreteras y caminos. Pero, al mismo tiempo, su formación católica y política lo llevó a la posición más extrema en la lucha contra el liberalismo, en una década —la del sesenta— en que se habían visto muchos excesos y en la que aparecería el Syllabus. En el discurso que pronunció después de jurar como presidente en 1869 se preguntaba:[40] “¿Cómo gobernar donde gobernar es combatir? ¿Cómo asegurar la civilización y el progreso a pesar de los que desean el desorden para medrar, porque saben que cuando el agua se revuelve el cieno es el que sube?”

Civilización y progreso son palabras que no pertenecieron ni al léxico de Francia ni al de Rosas. Pero García Moreno las usó, creía en sus contenidos y procuró que inspiraran su acción de gobierno. Dentro de estrechos límites, sin embargo. No creía que el progreso supusiera la modificación de la estructura agraria tradicional, y quienes lo empujaran hacia el poder, confiaban en el para que evitara las transformaciones que en la vecina Colombia, por ejemplo, había traído la legislación liberal. Tampoco creía que el progreso y la civilización requiriera o entrañara un régimen de libertades públicas. Por lo contrario, creía que no hay progreso sino dentro de un orden estricto, y en eso coincidía con el vigoroso sector señorial que exigía seguridad y estabilidad, con o sin progreso, y también con amplias capas de población conservadora, educadas bajo la influencia de la poderosa Iglesia Católica. Juan León Mera, el novelista autor de Cumandá y colaborador de García Moreno, a quien dedicó un en-cendido panegírico,[41] explicaba su posición política y su adhesión a las doctrinas conservadoras:[42]

Yo soy católico, no porque mis padres tuvieron la dicha de serlo, sino por el profundo convencimiento que tengo de la bondad y verdad del catolicismo. En cuanto a mis principios políticos; he aceptado los conservadores después del más duro examen, de haber visto que son los que más armonizan con los católicos… Y no porque soy católico y conservador… dejo de ser fervoroso republicano, amante y defensor de toda libertad pública bien entendida.

García Moreno expresó este sentimiento muy generalizado en una sociedad de la que se decía que, tras la Independencia, se había constituido en un convento, en tanto que la sociedad colombiana se había constituido en un colegio y la venezolana en un cuartel. Fue esa sociedad la que consagró constitucionalmente, una y otra vez, un tipo de poder ejecutivo en extremo vigoroso, que Juan Montalvo caracterizaba así:[43]

El presidente del Ecuador no es hombre como cualquiera; las leyes le dan cien ojos: es un Argos; las leyes le dan cien brazos: es un Briareo. Gigante en todo caso, a quien invisten de su fuerza todos los poderes, despojándose ellos mismos; a quienes amayoran los ciudadanos, menoscabando su propia elevación, para vol-verle hijo de la Tierra. Como tiene cien ojos, todo lo ve, todo lo sabe el presidente. Las paredes han de conservar sus mechinales por donde él meta un ojo averiguador y siniestro: conciencia, honra, amor son contrabandistas: allí les tema infraganti, y da con ellos en la casa del dolor, ésa que él ha levantado amasando los sesos de sus hermanos con lágrimas y sangre: argamasa a prueba de pico, secreto horrible descubierto por un operario del demonio.

En nombre del rey, en nombre de la ley, el presidente puede echar puertas abajo, y las echa. Si hay quien resista, ¡eh de mi guardia! llegan alabarderos y ma-ceras, y allí fue una familia. Tiene derecho de allanamiento. Para él lo sagrado del hogar doméstico es profano: entra a cualquier hora, sorprende a la doncella a medio vestir, pasa por sobre los niños, remueve, levanta las cenizas del fogón dormido. Los dioses lares son jocós y babuinos: ¡fuego sobre ellos! Y el templo, el templo de la pudicia femenina que en Roma era el más santo e inviolable, no alcanza más respeto que una casa de mancebía. El candado es el sello de la conspiración: puerta cerrada, puerta criminal: ¿no quiere romperse? ¡por las ventanas! ¡Arriba, valientes! El gobierno es un héroe; corona los balcones: extiende el brazo, vuelan las vidrieras. ¿Dónde están los traidores? ¿dónde los bandidos? Ni el lecho, ese mueble respetable donde se refugia la vergüenza, goza de fuero alguno contra la investigación impía que descubre secretos y desgracias, estos genios del traspatio que suelen dejarse estar en un rincón enfermos y abatidos. El presidente tiene derecho de allanamiento: debe saberlo, debe constarle todo, para castigar, para escarmentar, para exterminar. El presidente tiene derecho de exterminio. Los hombres, como no sean de los suyos, todos son proscritos: ¿les hallaron? a la plaza, donde les den azotes, o les vuelen la tapa de los sesos.

García Moreno ejerció ese poder sin vacilaciones. Pero aun así creyó que era necesario reforzar las disposiciones sobre el estado de sitio, argumentando vehementemente:[44]

Existe en las repúblicas hispanoamericanas un fermento o una tendencia a los trastornos políticos; tenemos, por desgracia, ciertos hombres a quienes debe lla-marse especuladores revolucionarios, por el propósito de hacer fortuna en las revo-luciones, y es indispensable contenerlos por el temor del castigo. Para evitar que se derrame sangre, es preciso armar al poder; la compasión por los criminales es la mayor crueldad contra los ciudadanos honrados y pacíficos, se ha visto la insufi-ciencia de las leyes comunes para contener los trastornos y se quiere todavía tener inerme al poder, en favor de los que atacan y hacen derramar sangre.

Ninguna de las libertades individuales subsistió, y todo fue sacrificado a la vigencia del orden, que era no sólo orden político sino también estabilidad social. Para consolidarlo, era necesario proveerlo de un fundamento inamovible, y apelando a la tradición hispanocolonial, se le dio un fundamento religioso en términos nunca alcanzados en otro país latinoamericano. La constitución de 1869 estableció en su artículo primero que “para ser ciudadano se requiere ser católico”; y en otro, que “la religión de la República es Católica, Apostólica Romana, con exclusión de cualquiera otra, y se conservará siempre con los derechos y prerrogativas que debe gozar según la ley de Dios y las disposiciones canónicas”.

Pero aún así no pareció suficiente. García Moreno, provisto de todas las armas legales para ejercer un poder omnímodo, inflexible en la ejecución de sus designios, implacable en la represión de todas las libertades políticas y civiles proclamadas por el liberalismo, creyó necesario fortalecer todavía más la estructura que inmovilizaba al país, a pesar del aparato técnico que se creaba. García Moreno asumió la defensa del Syllabus y el compromiso de dar cumplimiento a sus prescripciones; asumió la defensa de la Santa Sede, protestando ante el gobierno de Italia por la ocupación del Estado Pontificio; y en 1873 la legislatura consagró el Corazón de Jesús como patrón y protector de la nación.

Así se fue consolidando un Estado teocrático, montado para reprimir todo vestigio del espíritu liberal que había animado los primeros movimientos revolucionarios de Quito y Guayaquil, y prosperado con Rocafuerte y Urbina. Es sabido que Juan Montal- vo dijo, al tener noticia del asesinato de García Moreno: “Mi pluma lo mató”. Y aunque no fuera totalmente cierto, el anhelo de la restauración de las libertades civiles y políticas, que Montalvo defendía incansablemente, fue sin duda lo que movió el brazo de los homicidas.

El pensamiento político de la derecha liberal

La perspectiva abierta por la coyuntura favorable incorporó a la Revolución grupos diversos, de variadas predisposiciones y tendencias. Podría decirse que todos compartían en alguna medida los principios fundamentales del pensamiento iluminista de la filosofía política francesa del siglo XVIII. Pero en el curso del proceso revolu-cionario algunos grupos precisaron y defendieron convicciones muy moderadas, y constituyeron el núcleo de la derecha liberal. Se aglutinaron a su alrededor otros sectores que, habiendo sostenido posiciones más avanzadas, comenzaron a desplazarse hacia posturas menos aventuradas: unos porque consideraban haber logrado los fi – nes que se habían propuesto y querían consolidarlos, y acaso consolidar sus nuevas posiciones individuales; otros porque la experiencia del proceso revolucionario los había fatigado y buscaban poner fin a la fluidez de la situación introduciendo un principio de orden.

Esta derecha liberal vaciló entre la forma monárquica de gobierno y la forma republicana. Pero los matices eran muy tenues. En ambos casos se buscó fortalecer el poder político, y las diferencias se plantearon alrededor del problema del origen de la soberanía. No hay duda, sin embargo, de que quienes prefirieron la forma republicana, aun bajo su variante más autoritaria, demostraron mayor predisposición a un tránsito futuro hacia regímenes más liberales.

El pensamiento monárquico liberal

Bajo la influencia del modelo francés, pero sin duda porque los grupos rebeldes deseaban fervientemente encontrar una manera de consolidar el movimiento desencadenado. Haití creó un imperio mediante la constitución de 1805 y luego una monarquía en 1811, ambos efímeros. Sus sostenedores enfrentaron otros grupos republi-canos de un liberalismo más avanzado y consecuente, y propusieron la vigencia de la estructura militar para la administración del país.[45]

En México, tras el fracaso de Hidalgo y de Morelos. sólo se volvió a la idea de la independencia tras la Revolución de Riego en España. Esta vez fueron los grupos más conservadores quienes la promovieron. El Plan de Iguala, formulado en febrero de 1821 por Iturbide. contenía “tres garantías” fundamentales: la conservación de la religión Católica Apostólica Romana, sin tolerancia de otra alguna, la Independencia bajo un régimen monárquico moderado, y la unión entre americanos y europeos. En defensa de su punto de vista monárquico. Iturbide declaró:[46] “Las desgracias y el tiempo liarán conocer a mis paisanos lo que les falta para poder establecer una república como la de los Estados Unidos”.

Y sobre la base de estas ideas liberales se instauró su efímera monarquía.

Un representante típico de la derecha antiliberal, Lucas Alamán, que escribía algunos años después, observaba que Iturbide creyó prudente atender a las costumbres formadas en trescientos años, las opiniones establecidas, los intereses creados y el respeto que infundía el nombre y la autoridad del monarca, conservando “la forma de gobierno a que la nación estaba acostumbrada”: y agregaba:[47]

Por haberse apartado de esta norma, por haber querido establecer con la Independencia las teorías liberales más exageradas, se ha dado lugar a todas las desgracias que han caído de golpe sobre los países hispanoamericanos, las cuales han frustrado las ventajas que la Independencia debía haberles procurado, siendo muy de notar que los dos hombres superiores que la América española ha producido en la serie de tantas revoluciones, Iturbide y Bolívar, hayan coincidido en la misma idea, levantando el primero en su Plan de Iguala un trono en México para la familia reinante en España, e intentando el segundo llamar a la de Orleáns a ocupar el que quería erigir en Colombia.

Fundada en la fuerza militar y en el apoyo de los sectores más conservadores, la monarquía moderada de Iturbide no pudo resistir a los embates de grupos ligeramente más avanzados, cuya posición aseguraba un equilibrio más estable entre los diversos sectores en pugna. Quizá, la explicación más exacta del fracaso monárquico esté en las palabras que Bolívar escribió a Santander en setiembre de 1822:[48]

…creo que Iturbide con su coronación ha decidido el negocio de la independencia absoluta de Méjico; pero a costa de la tranquilidad y aun de la dicha del país. Es muy probable que el clero esté muy descontento, porque le piden dinero, y más descontento aún el pueblo con el nuevo emperador, que más pensará en sostenerse contra los patriotas que en destruir a los realistas. En Méjico se va a repetir la conducta de Lima, donde más se ha pensado en poner las tablas del trono, que libertar los campos de la monarquía.

Parece lícito interpretar que los “realistas” eran grupos de tradición señorial y monopolista y vehementemente antiliberales.

Razones semejantes a las que en México movieran a tales grupos, impulsaron a los moderados del Brasil a proclamar la Independencia y a organizar luego un régimen monárquico constitucional. Consumada la proclamación y convocada la Asamblea General Constituyente en mayo de 1823, se advirtió que la fórmula política hallada, satisfactoria para los grupos tradicionales, provocaba la irritación de sectores liberales que señalaron los peligros que la fórmula entrañaba y las aspiraciones que la fórmula no contemplaba: “antilusitanismo, restricción del poder personal del Soberano, libertades civiles amenazadas, conciliación del principio monárquico con el democrático y por eso hostilidad al grupo conservador y portugués que rodeaba a D. Pedro I”, según señala Pedro Calmón.[49]

El cuadro se completó con la Revolución de Pernambuco de 1824. Pero el nuevo Imperio sorteó las dificultades y se situó en un punto de equilibrio que resultó justo. El régimen se consolidó y su teoría fue explicada por el propio emperador en un proyecto elaborado por él o por sus colaboradores inmediatos en 1823 en el que se declaraba:[50]

Todos los publicistas de más crédito en Europa reconocen como una verdad indestructible en política que el sistema monárquico constitucional es el único que se debe adoptar en un gran Estado como el Brasil cuya gran extensión quedaría expuesta a formidables convulsiones si no estuviese en la institución monárquica un centro de garantía que afianzase su seguridad.

El Imperio debía funcionar, en cuanto a las formas, como una democracia parlamentaria; en la práctica, sin embargo, expresaba la voluntad y los intereses de un sector relativamente reducido de la población, que, en efecto, gozaba de la posibilidad de canalizar políticamente sus designios. Por sobre el sistema de los poderes flotaba el poder del emperador, institucionalizado de una manera singular, según lo estableció el artículo 98 de la constitución de 1824, que —como dice Oliveira Torres— “parece una fórmula doctrinaria, pero es un mandamiento expreso del legislador constitucional al monarca en el ejercicio de su noble oficio de reinar”.[51]

El artículo expresa: “El Poder Moderador es la clave de toda la organización política, y es delegado privativamente al Emperador, como Jefe Supremo de la Nación y su primer representante, para que incesantemente vele sobre el mantenimiento de la independencia, equilibrio y armonía de los demás poderes políticos”.

Colocada fuera del ancho campo de las actividades políticas, la monarquía parecía asegurar un fundamento inconmovible a las nuevas naciones, montadas sobre viejas estructuras sociales y económicas que, de esa manera, salvaban su existencia y se sustraían a las luchas.

En el Río de la Plata, la profunda crisis que siguió a la Independencia desalentó a los tímidos partidarios de la organización republicana y liberal y robusteció las convicciones de quienes tenían, por tradición y formación, opiniones favorables a la monarquía moderada. Desencadenadas las luchas entre las regiones del antiguo virrei-nato, Manuel Belgrano, Bernardino Rivadavia y Juan Martín de Pueyrredón, entre otros, liberales insospechables y originariamente republicanos, se manifestaron favorables a la instauración de una monarquía que pusiera fin a la disgregación, contuviera el senti-miento federalista y asegurara el orden interno. Esta idea fue sostenida con mucha vehemencia por José de San Martín y Carlos de Alvear, militares ambos de formación liberal incuestionable, pero monárquicos seguramente por tradición y autoritarios por su concepción profesional.

En 1815 escribía Carlos de Alvear:[52] “Cinco años de repetidas experiencias han hecho ver de un modo indudable a todos los hombres de juicio y opinión, que este país no está en edad ni en estado de gobernarse por sí mismo, y que necesita una mano exterior que lo dirija y contenga en la esfera del orden antes que se precipite en los horrores de la anarquía”.

Y San Martín se preguntaba al año siguiente:[53] “¿Podremos constituirnos república sin una oposición formal del Brasil…; sin artes, ciencias, agricultura, población, y con una extensión de territorios que con más propiedad pueden llamarse desiertos?”

La solución que ambos buscaban no fue alcanzada en el Río de la Plata. Pese a ello, San Martín perseveró en su convicción y se propuso formalmente instaurar una monarquía en el Perú, coincidiendo con Bernardo Monteagudo, antes inflamado republicano. Una misión diplomática debía buscar un monarca en Europa; ajustándose a instrucciones precisas cuyo primer punto establecía:[54]

Para conservar el orden interior del Perú y a fin de que este estado adquiera la respetabilidad exterior de que es susceptible, conviene el establecimiento de un gobierno vigoroso, el reconocimiento de la independencia, y la alianza o protección de una de las potencias de primer orden de Europa. La Gran Bretaña por su poder marítimo, sus créditos y vastos recursos, como por la bondad de sus instituciones, y la Rusia por su importancia política y poderío, se presentan bajo un carácter más atractivo que las demás: están por consiguiente autorizados los comisionados para explorar como corresponde y aceptar que el príncipe de Sussex-Cobourg, o en su defecto, uno de los de la dinastía reinante de la Gran Bretaña pase a coronarse emperador del Perú.

Por análogas razones surgieron sospechas de que Bolívar, pese a sus categóricas opiniones anteriores, comenzaba a deslizarse hacia la aceptación de la solución monárquica. De todos modos, el límite que separa un régimen monárquico del sistema republicano instaurado en la constitución boliviana de 1826 es casi imperceptible, como era tenue, efectivamente, la diferencia que percibían entre la monarquía y la república todos los que, habiendo tenido una formación liberal, se sentían empujados por la experiencia a una corrección de sus puntos de vista.

Razones semejantes, también, aunque más relacionadas con las ambiciones personales, pudieron nutrir ciertas tendencias monárquicas, más o menos ocultas, en los generales de Bolívar: Paéz, Flores y Mosquera. Hacia 1846 creció la sospecha de que acariciaban la intención de volcarse hacia la monarquía. Se recordaba que Páez había insistido ante Bolívar para que aceptase la corona, y que Mosquera se había manifestado partidario entusiasta, en 1826, de que Bolívar asumiera la dictadura absoluta y vitalicia. Pero lo indudable es que Flores gestionó en España, en 1846, la creación de una mo-narquía en el Ecuador, y obtuvo la promesa de que aceptaría el trono un príncipe español.

Hasta entonces las tendencias monárquicas respondían a los modelos de monarquía constitucional o parlamentaria que sedujeron a los liberales de principio de siglo. Pero en la segunda mitad del siglo XIX esas tendencias se renovaron bajo la influencia del modelo de la monarquía burguesa que erigieron en Francia Luis Felipe y Napoleón III.

Frente al avance de las reformas sociales y políticas que triunfaron hacia 1857 en México, fuertes sectores tradicionales volvieron a acariciar la idea de instaurar un poder fuerte, apoyado no sólo en las fuerzas militares que respondieran a esos sectores, sino también en las fuerzas de ocupación que pudiera enviar alguna potencia extranjera, en defensa de la hegemonía de la Iglesia y de la tradicional estructura social. El proyecto tuvo éxito y así se instauró el imperio con Maximiliano. Las ideas políticas de los militares y de los grupos señoriales que lo apoyaron se relacionaban básicamente con una denodada defensa de la situación tradicional, amenazada, sobre todo, por una política de liberación de los indígenas y de restricciones a la hegemonía de la Iglesia. Pero el imperio fracasó, no sólo frente a la obstinación de Juárez y sus partidarios, sino a causa de la limitación del apoyo militar de las potencias europeas, cada vez menos predispuestas a las intervenciones políticas cuando aparecía la posibilidad de operar sobre su periferia mediante los mecanismos económicos.

Tres años antes de la coronación de Maximiliano: en México, en 1861, el presidente del Ecuador, García Moreno, solicitó por su parte a Napoleón III el establecimiento de una monarquía en Sud- américa, que no sólo incluiría el Ecuador sino también el Perú y acaso otros países, “bajo un príncipe designado por Su Majestad el Emperador”,[55] con cuya garantía pensaba organizar el orden interno del país.

El vasto esfuerzo para erigir regímenes monárquicos fracasó en todas partes, como concluyó finalmente, después de casi sesenta años, el régimen instaurado en el Brasil. La definida fisonomía institucional de la monarquía parecía ofrecer, por sí sola, una garantía de estabilidad; pero la sociedad latinoamericana no respondió a ese es-tímulo. Fue, pues, el monarquismo liberal un espejismo, alimentado por quienes consideraban que era posible; en América latina, detener el vigoroso cambio que habían suscitado sucesivamente el mercantilismo y la Revolución industrial por la sola fuerza de un mecanismo institucional.

El pensamiento republicano autoritario

El republicanismo autoritario fue la inversa del monarquismo liberal. Sus sostenedores comprendieron que el problema del origen de la soberanía —cualesquiera que fueran los términos en que se lo formularan los distintos grupos sociales— no podía plantearse en América, en los albores de la Independencia, como una enajenación gratuita en beneficio de una dinastía europea o de cualquier general afortunado. Los grupos populares y burgueses que promovieron y sostuvieron los movimientos revolucionarios pudieron disentir en cuanto al significado y contenido de la palabra democracia, o en cuanto al alcance y al valor de las ideas liberales; pero es innegable que los grupos regionales tuvieron la intuición profunda de que recuperaban o conquistaban la soberanía para decidir lo que quisiesen con respecto a su destino. La enajenación de la soberanía en beneficio de una organización monárquica repugnaba en el fondo a todos los grupos liberales, excepto a los más conservadores, y no fue suficiente para hacerla aceptable ningún adjetivo que la transformara en templada, constitucional, parlamentaria o moderada. El doctor Francia, en el Paraguay, y José G. Artigas en el Uruguay, fueron los exponentes más representativos de este sentimiento de repugnancia frente a cualquier intento de renunciar a la soberanía popular.

Sensibles a esta reacción, otros grupos conservadores buscaron la instauración de regímenes autoritarios —tan vigorosos como podía serlo la monarquía misma o quizá más— pero asumiendo la forma republicana, que suponía el mantenimiento de la soberanía popular, quizá temporalmente bajo tutela, pero dentro de un sistema que no implicaba una delegación y la hacía siempre reivindicable.

Estas ideas habían sido sostenidas vehementemente por Bolívar. Sin duda pensaba él que una monarquía parlamentaria como la de Inglaterra constituía el más perfecto de los sistemas políticos posibles en la época; pero un análisis de la situación imperante en el mundo hispanoamericano le aconsejaba, según sus puntos de vista, desecharlo. Otras razones fortalecían, además, su opinión de que la monarquía era inconveniente en América; y resumiéndolas, escribía en 1815, en la Carta de Jamaica:[56] “Por estas razones pienso que los americanos ansiosos de paz, ciencias, artes, comercio y agricultura, preferirían las repúblicas a los reinos, y me parece que estos deseos se conforman con las miras de la Europa“.

Pero de modo más vehemente aún rechazaba Bolívar una organización republicana en la que prevaleciera una “libertad ilimitada” y una “forma federal”.[57] Su concepción política quedó señalada ya en la citada Carta de Jamaica, donde decía, refiriéndose al régimen que entreveía para el futuro:[58]

Su gobierno podrá imitar al inglés: con la diferencia de que en lugar de un rey habrá un poder ejecutivo, electivo, cuando más vitalicio, y jamás hereditario si se quiere república, una cámara o senado legislativo hereditario, que en las tempes-tades políticas se interponga entre las olas populares y los rayos del gobierno, y un cuerpo legislativo de libre elección, sin otras restricciones que las de la cámara baja de Inglaterra. Esta constitución participaría de todas las formas y yo deseo que no participe de todos los vicios.

Quedó expresada en ese pasaje su preferencia por dos instituciones fundamentales que revelaban las tendencias de su pensamiento político, y que hicieron suponer que acariciaba ocultamente ideas monárquicas: el senado hereditario y el poder ejecutivo vitalicio. Sus adversarios juzgaron, sin duda con algún fundamento, que dentro del cuadro de las ideas liberales, Bolívar había adoptado una posición de derecha y por eso lo consideraron inspirador del que luego sería el partido conservador.

En el discurso de Angostura[59] caracterizó Bolívar las ventajas del senado hereditario:

Si el Senado en lugar de ser electivo fuese hereditario, sería en mi concepto la base, el lazo, el alma de nuestra república. Este cuerpo en las tempestades polí-ticas pararía los rayos del Gobierno, y rechazaría las olas populares. Adicto al Go-bierno por el justo interés de su propia conservación, se opondría siempre a las invasiones que el pueblo intenta contra la jurisdicción y la autoridad de sus magis-trados. Debemos confesarlo: los más de los hombres desconocen sus verdaderos intereses, y constantemente procuran asaltarlos en las manos de sus depositarios: el individuo pugna contra la masa, y la masa contra la autoridad. Por tanto, es preciso que en todos los gobiernos exista un cuerpo neutro que se ponga siempre de parte del ofendido, y desarme al ofensor. Este cuerpo neutro para que pueda ser tal, no ha de deber su origen a la elección del Gobierno, ni a la del pueblo; de modo que goce de una plenitud de independencia que ni tema, ni espere nada de estas dos fuentes de autoridad.

Los peligros que significaba la constante renovación de las aspiraciones populares se conjugaban, en su opinión, con las pretensiones del poder legislativo, necesariamente sensible a la presión de sus mandantes para limitar las facultades del poder ejecutivo. Era, pues, necesario a sus ojos que dispusiera éste de todos los instrumentos necesarios para evitar los peligros de la anarquía, y que tuviera la estabilidad necesaria para enfrentar al pueblo. Decía en el discurso de Angostura:[60]

Estas mismas ventajas son, por consiguiente, las que deben confirmar la ne-cesidad de atribuir a un Magistrado Republicano, una suma mayor de autoridad que la que posee un príncipe constitucional.

Un Magistrado Republicano es un individuo aislado en medio de una sociedad, encargado de contener el ímpetu del Pueblo hacia la licencia, la propensión de los Jueces y administradores hacia el abuso de las Leyes. Está sujeto inmediatamente al Cuerpo Legislativo, al Senado, al Pueblo; es un hombre solo resistiendo el ataque combinado de las opiniones, de los intereses, y de las pasiones del Estado social, que como dice Carnot, no hace más que luchar continuamente entre el deseo de dominar, y el deseo de sustraerse a la dominación. Es al fin un atleta lanzado contra multitud de atletas.

Sólo puede servir de correctivo a esta debilidad, el vigor bien cimentado y más bien proporcionado a la resistencia que necesariamente le oponen el Poder ejecutivo, el Legislativo, el Judiciario, y el Pueblo de una República. Si no se oponen al alcance del Ejecutivo todos los medios que una justa atribución le señala, cae inevitablemente en la nulidad o en su propio abuso; quiero decir, en la muerte del Gobierno, cuyos herederos son la anarquía, la usurpación y la tiranía.

>Así quedó constituido el modelo del Estado republicano autoritario, que consagró en lo fundamental la constitución boliviana de 1826, elaborada por el propio Bolívar. El fundamento de la soberanía popular quedaba salvado, los principios de la división de poderes respetados, las libertades individuales consagradas, pero el poder político podía regular las presiones de los distintos grupos políticos y prevenir los riesgos de la tan temida anarquía, que no solía ser sino el fruto de las tensiones sociales, en busca de un nuevo equilibrio.

Como en el caso boliviano, los jefes militares que en otros países llegaron al poder y mantuvieron las preferencias republicanas y los principios institucionales de Bolívar, pugnaron siempre por fundar su autoritarismo espontáneo en prescripciones constitucionales. Los grupos liberales se opusieron sistemáticamente, y acaso podría de-cirse que así se definieron las diferencias entre los partidos conservadores y los partidos liberales de allí en adelante. Pero, aun violando las instituciones, las dictaduras militares ejercieron de hecho un tipo de poder, que correspondía al mismo esquema. Pocos testimonios tan ilustrativos como el de la señora de Francés Erskine Inglis de Calderón de la Barca,[61] esposa del primer ministro plenipotenciario que España envió a México, y que ha dejado un vivo y minucioso relato del golpe militar encabezado en 1849 por el general Santa Anna. Una sabia retórica republicana y liberal encubría el establecimiento de un poder fuerte sin otras limitaciones que las que impusieran los grupos de poder, cuyos portavoces eran los mismos que se hubieran sentado en los parlamentos que se hubieran reunido.

Pero Bolívar no quiso la dictadura sino el poder constitucional fuerte. Ese esquema no fue desdeñado por los liberales, muchos de los cuales, llegados al gobierno, adoptaron un estilo autoritario aun cuando su política estuviera destinada a instaurar los principios del liberalismo. Tal fue el caso de Rocafuerte en el Ecuador, de Castilla en el Perú, de Mosquera en Colombia y, más tarde, de Barrios en Guatemala. Para sobreponerse a la fuerza de los grupos conservadores y, especialmente, a la de la Iglesia, apelaron todos ellos a procedimientos considerados a veces dictatoriales, y sus gobiernos, en efecto, fueron juzgados como dictaduras más de una vez, y acaso con bastante fundamento. No se sabría decir categóricamente, y sin establecer muchos matices, si fueron éstos, gobiernos de derecha, aun cuando les corresponda esta caracterización por el tipo de comportamiento político, puesto que, por lo contrario, se mostraron favorables a la promoción de cambios económicos y sociales.

No menos dudas suscita el diagnóstico del más notable y conflictivo caso de republicanismo autoritario: el de Chile durante la época de Diego Portales, que fue considerado por sus contemporáneos como ejemplo de gobierno conservador y adoptado como modelo por muchos regímenes conservadores latinoamericanos.

Escribiendo veintiséis años después de su asesinato, su biógrafo Vicuña Mackenna[62] —un liberal— se preguntaba cuáles habían sido realmente las tendencias políticas de Portales, refiriéndolas a los dos partidos clásicos, conservadores y liberales, que él designaba con sus nombres populares de pelucones y pipiolos:

Y aquí salta a la vista una cuestión de lógica histórica, más bien que de tradición, porque el escritor crítico se pregunta, delante de los singulares y marcados contrastes de aquella rara existencia, cuál fue su verdadero carácter político, aparte de círculos y afecciones puramente personales. Y en verdad, aunque la tradición vulgar esté en esta parte completamente sancionada. la historia todavía duda. ¿Fue Portal es pelucón? ¿Fue pipiolo? He aquí el dilema que chocará a los unos como blasfemia y a otros como una cruel ironía.

Don Diego Portales, es verdad, tuvo por aliado el bando histórico llamado de los pelucones, pero nunca fue su caudillo. Fuéronlo de aquél, a la vez, Egaña y Rodríguez Aldea, y como intermediario entre ambos, el acomodaticio ministro Tocornal, su verdadero organizador político en la administración, pues los primeros eran sólo las dos antiguas columnas de su vetusto pórtico. La historia que hemos trazado en estas páginas está revelando, por cada una de sus faces, aquella verdad inmutable, que coloca a su protagonista en una posición única y excepcional delante de todas las facciones hostiles y de la propia que lo aclamaba como jefe. Casi no se menciona, en verdad, el nombre de uno solo de esos graves personajes del peluconismo, a quien no impusiera don Diego Portales alguna humillación, o de quien no tuviera a escondidas o en sus labios una sincera queja.

Por más que se busque, no existía ciertamente punto alguno de contacto ni de afinidad de hábitos, carácter o ideas, con los hombres que eran las lumbreras o los pilares de aquel poder que sólo apareció compacto más tarde sobre la arena, armado para combatir, como en 1840, o armado para la resistencia, como en 1851.

La historia del peluconismo propio comienza únicamente en la tumba del Barón. Don Diego Portales, en verdad, no tuvo más señal del tipo genuino pelucón, que el tupé postizo con que cubría su calvicie (calvicie de pipiolo…), y si a este solo título se le reconoce aquel nombre, es indudable que la historia no tiene ya para qué hacer valer su severa lógica en la duda.

Y tras de señalar algunos rasgos característicos de la contradictoria personalidad del ministro, concluía:

¿Y era éste, ni podría ser tal hombre, el caudillo de los pelucones, de aquel partido pretencioso de la aristocracia de los blasones y de las talegas, cuando él ha-cía mofa de pergaminos y no tenía a veces dinero suelto para comprar cigarros? ¿Del partido fastuoso y regalón de las tertulias de malilla y rocambor en salones de oro, cuando vivía en cuartos de alquiler y sus favoritos cortesanos eran Adalid Za-mora, don Isidro Ayestas y Diego Bórquez? ¿Del partido, en fin, timorato y com-pungido de las sacristías y de las sotanas cuando era reconocido por un ‘hereje’ (lenguaje de Santiago), y el clérigo Meneses temblaba al escuchar sus blasfemias, que es fama no excusó aun en presencia de su primo, el pulcro y modesto Obispo Vicuña?

o innegable es que Portales fue hombre de acción, refractario a la seducción de las ideologías y partidario de un sistema ordenado en el que las luchas políticas no esterilizaran el desarrollo económico. Sus opiniones políticas quedaron claramente expresadas en una carta que escribió desde Lima en marzo de 1822, en la que decía:[63]

La democracia que tanto pregonan los ilusos, es un absurdo en los países como los americanos, llenos de vicios y donde los ciudadanos carecen de toda vir-tud, como es necesario para establecer una verdadera república. La monarquía no es tampoco el ideal americano: salimos de una terrible para volver a otra y, ¿qué ganamos? La república es el sistema que hay que adoptar; pero, ¿sabe como yo la entiendo para estos países? Un gobierno fuerte, centralizador, cuyos hombres sean verdaderos modelos de virtud y patriotismo, y así enderezar a los ciudadanos por el camino del orden y de las virtudes. Cuando se hayan moralizado, venga el gobierno completamente liberal, libre y lleno de ideales, donde tengan parte todos los ciudadanos. Esto es lo que yo pienso y todo hombre de mediano criterio pensa-rá igual.

Estas opiniones se asemejaban notablemente a las de Bolívar, y por ellas fue considerado conservador por los liberales. Respetaba, por cierto, los principios de orden heredados de la Colonia, pero no es igualmente exacto que procurara consolidar el sistema económico y social de la Colonia, porque, comerciante él mismo, y admirador de los Estados Unidos, promovió el desarrollo de nuevas formas económicas que abrían el camino de las burguesías. El liberal Vicuña Mackenna[64] resumía así su acción de gobierno:

Portales aparece entonces, desde cualquier horizonte que se le mire, como el coloso de la historia. Está solo, y por lo mismo, se ve más grande. Va a hacer la mudanza de la sociedad, después de haber hecho su trastorno; pero no consiente, ni auxiliares, ni consejos, ni inspiración alguna superior, porque se encuentra capaz de hacerlo todo, con tal de hacerlo todo por sí solo. Así, su labor pública es inmensa; sin límites su consagración al bien de la patria: su abnegación a todos los egoísmos que aquejan al hombre, verdaderamente sublime y ejemplo. Sin hacer cuenta ni de los ‘pipiolos’, a quienes su espíritu, lisiado casi siempre de incomprensibles extravagancias, llama peleajanos; ni de los ‘pelucones’, a quienes denomina huemules; ni de los presidentes, a quienes da el nombre de Ayestas; ni de él mismo, pues a sí se llama dictador plebeyo, o según su propia frase, ministro Salteador, él va a un fin dado, con todas las fibras del corazón palpitantes de energía, con la sonrisa de su genial humor sobre los labios, y no le importa que, al pasar, en su ardiente carrera sus propios amigos le llamen loco i ni que los adversarios que le combaten con una obstinación suprema, le apostrofen de tirano!

Portales en alas de su genio, entre tanto, viene atravesando el caos, y a medida que pasa, va dejando los cimientos de una prodigiosa creación, de la que los bandos que luchan o se acechan no se aperciben de pronto, pero que la historia desentraña cuando penetra con su linterna de luz en los arcanos del pasado. Anula el ejército y crea la Academia Militar; somete a la plebe y crea la guardia nacional; destruye el favoritismo financiero, herencia de la Colonia, y crea la renta pública; persigue la venalidad, plaga de la magistratura española, y regulariza la adminis-tración de justicia; desbarata el favoritismo de los empleos y crea la administración. Portales inicia así la más grande de las revoluciones a que aspira la República hoy mismo, la Revolución contra la rutina. No quiere el polvo de lo antiguo ni en los códigos, ni en las costumbres, ni en la educación pública, ni siquiera en las oficinas del Estado.

Casi sin riesgo de ser vulgar podría el escritor político describir a Portales en aquella época, armado del ‘plumero’ (mueble que él aclimató en las regiones oficiales, donde parecía exótico), y pasando por todas partes, sacudió la espesa capa de hollín que dejó la Colonia; sólo que a veces empleaba el mango, cuando la mancha no estaba en los muebles sino en los hombres…

Si Portales no fue por esto un gran revolucionario, fue más todavía, porque fue un gran innovador. Se ocupó poco de las leyes y de los principios, que su funesta ignorancia no le permitió comprender en todo su alcance; pero todo lo demás lo cambió de lugar, lo hundió en la nada o lo sustituyó por una de sus creaciones propias. Eran éstas, por lo común, toscas e imperfectas construcciones, parto de su genio inculto, pero en su conjunto bastarían a formar el andamio de hierro en que dejó sentadas las bases de la República que antes habían sido arena. Don Diego Portales fue el gran revolucionario de los hechos, fue el ejecutor práctico y tenaz de todo aquello que en el gobierno de sus antecesores había sido una bella teoría o un turbulento ensayo; en una palabra, hizo la Revolución administrativa, en el tercer período de crecimiento del país, después que los liberales habían hecho en su pubertad la Revolución política, v los primeros patriotas, en su cuna, ese cambio de nodrizas que se ha llamado la Revolución de 1810 y que nos dio una madre en lugar de una madrastra.

Y lo que maravilla en todo esto es que Portales realizase cosas tan nuevas y tan extraordinarias en el país, sin previo aprendizaje, sin ideas preconcebidas, sin maestros, sin estudio, sólo por la fuerza de un instinto poderoso y creador, al que no puede menos de reconocérsele la índole del genio. Portales, se ha dicho como un reproche, fue un hombre improvisado; pero fue más que eso, un extraordinario improvisador. Todo lo hizo a carrera y más o menos bien, pero lo hizo él solo con un esfuerzo de laboriosidad y dedicación, al que no ha alcanzado en Chile ningún hombre público, y atiéndase que todo lo que llevó a cabo fue sin sueldo, habiendo perdido su fortuna en la Revolución, y rehusando, a la vez, todos los honores y todos los empleos que se le conferían sin reparo.

La vasta polémica alrededor de Portales pone claramente de manifiesto el difícil problema de la caracterización de la derecha en Latinoamérica. Ciertamente, la aparición de una alta burguesía mercantil modifica los criterios y los complica, pues sus intereses no sólo la acercan poco a poco a ciertos grupos señoriales sino que la separan de los grupos liberales eminentemente ideológicos.

Portales se situó a la derecha de esos grupos liberales eminentemente ideológicos porque creyó necesario postergar la consumación del establecimiento de un sistema de plena libertad y de democracia política. Pero no trabajó menos que Rocafuerte o que Castilla a favor de una burguesía que prometía sacudir el viejo sistema señorial. Por esto último no podría decirse de él que fuera una expresión típica de la derecha. Una última salvedad podría hacerse: su comportamiento podría considerarse de derecha si se lo considerara un precursor de una política calculada para permitir la formación y consolidación de una alta burguesía sin que se abrieran las compuertas para el ascenso de nuevos sectores medios y populares. Tal fue precisamente la tendencia de las altas burguesías de muchos países latinoamericanos hacia fines de siglo, que concluyen constituyendo cerradas oligarquías.

4. El pensamiento político de las oligarquías liberalburguesas desde fines del siglo XIX

Hasta la segunda mitad del siglo XIX la estructura socioeconómica de Latinoamérica mantuvo ciertos caracteres constantes. En términos muy generales la caracterizaba una sociedad dual en las áreas rurales y una burguesía urbana en la que el sector mercantil no alcanzaba a tener poder económico suficiente como para interferir en el sistema inspirado y dirigido por las clases poseedoras de la tierra; era, por lo contrario un sector dependiente de éstas, con una función intermediaria en la economía, y generalmente también en la política.

Sólo a partir de mediados del siglo XIX la burguesía urbana empezó en algunos países a tener mayor independencia, al producirse ciertos cambios de importancia en la vida económica. Si hasta entonces su papel había sido pasivo y cumplía funciones dentro de un sistema que no controlaba, de allí en adelante empezó a tener iniciativa propia y a diseñar otro sistema en el que las clases poseedoras de la tierra, aún siendo piezas fundamentales del juego, debían reconocer una zona, a veces extensa, de control. Era, naturalmente, la alta burguesía vinculada al comercio de exportación e importación, a la banca, a la especulación y a la administración pública. Apresurémonos a decir que muchos miembros de los grupos señoriales no vacilaron en incorporarse a esas actividades y operaron simultáneamente en los dos sectores de la economía, el primario y el terciario: pero el terciario incorporó a mucha gente que venía de otro origen: eran a veces extranjeros, radicados o no; gentes de clase media a quienes el dinero, las profesiones liberales o la política habían permitido alcanzar posiciones que el sistema hacía importantes o acaso decisivas; y el sistema mismo, más dependiente del mercado comprador que de los sectores de la producción, al escapar al control de los grupos po-seedores de la tierra, ofrecía importantes posibilidades de decisión, de lucro y de influencia a quienes llegaban a los puestos desde los cuales se ejercía su control.

Al cabo de poco tiempo —hacia la última década del siglo— se había diferenciado en el seno de los sectores medios una alta burguesía que tenía ya una inequívoca figura como clase económica y social, y claros designios que, en algunos aspectos, no coincidían con los de los grupos señoriales. Mantuvieron éstos sus convicciones básicas y sus ideas políticas, y cuando aceptaron su nuevo papel dentro de la economía en cambio, pretendieron conservarlas aun cuando colaboraban en la modificación de la estructura económica. Esta contradicción se advirtió en sus relaciones con la nueva burguesía liberalburguesa que, cada día más, alcanzaba mayor preponderan-cia. Hubo alianzas y oposiciones, pero los dos grupos, aún procurando coincidir ante la perspectiva de adversarios comunes —las clases medias y populares en ascenso— delinearon posiciones distintas. Cada vez más se perfiló la existencia de dos derechas.

La renovación de la situación social

Los cambios que se produjeron en la situación social de la mayoría de los países latinoamericanos fueron la consecuencia de la Revolución industrial operada en Europa, y que modificó rápida y profundamente tanto su estructura económica como la de los Estados Unidos. No sólo se produjo un acelerado incremento en la demanda de las materias primas que se relacionaban con las nuevas industrias, sino que creció mucho la de productos alimenticios. Los propietarios europeos de tierras elegían cuidadosamente el destino que le darían, y diversas circunstancias los alejaron en alguna medida de su antiguo tipo de producción. Por lo demás, los campesinos se sintieron atraídos por las ciudades, y produjeron un intenso éxodo rural de doble consecuencia: disminución de la producción de alimentos y creciente demanda de éstos en las zonas urbanas, cada vez más intensamente pobladas.

La consecuencia fue un cambio importante en la posición de Latinoamérica con respecto a Europa y los Estados Unidos. Esos mercados consumidores exigieron determinados productos dentro de un gigantesco plan de producción concebido en escala mundial, y esa exigencia, mucho más remunerativa que antes, fijó ciertas condiciones a la producción. El mercado consumidor estableció el o los productos exportables; prefiriendo en cada país un sistema de monoproducción estableció altos precios, pero fijó también altos niveles de calidad que requerían nuevas técnicas no sólo en la etapa de la producción sino también en la de la distribución; estableció relaciones de dependencia financiera que importaban dependencias inevitables y regímenes de importación de productos manufacturados; exigió privilegios y garantías que le fueron acordados a través de gobiernos a los que transformó en sus personeros; pero, sin duda, promovió una activa modernización de los países latinoamericanos, aunque al precio de una dependencia económica que muy pronto implicó, directa o indirectamente, una cierta dependencia política.

Esa dependencia convirtió al Brasil en un exportador de café. La Argentina, abandonando la elaboración de tasajo, se dedicó a la producción de cereales y de carnes, según las exigencias del mercado inglés; Cuba y Puerto Rico a la de la caña de azúcar; los países centroamericanos, a la de café y maderas; México, Perú, Bolivia, a la de minerales. La producción tenía comprador seguro, pero como a veces era el comprador único, fijaba los precios, estipulaba las calidades e imponía condiciones accesorias. La más importante fue la de equilibrar la balanza comercial mediante la importación de productos manufacturados, contrariando las posibilidades de desarrollo manufacturero local.

Las últimas décadas del siglo constituyeron una época de desarrollo en casi todos los países latinoamericanos y de formidable enriquecimiento de sus clases altas: las clases poseedoras de la tierra que suministraban el producto y las clases burguesas que intervenían en el complejo mecanismo de la distribución y el crédito. En algunos países aparecieron poco a poco algunas actividades manufactureras relacionadas con esa producción; pero, en casi todos, los sectores que más se enriquecieron fueron, además de los productores, los exportadores e importadores, y los que tuvieron éxito en la desorbitada especulación que acompañó el proceso de desarrollo.

Efectivamente, las nuevas posibilidades que se abrían exigían una renovación del dispositivo técnico. Era menester hacer caminos y puentes, puertos, edificios y, sobre todo, ferrocarriles. Las ciudades exigían además obras públicas importantes: aguas co-rrientes, desagües, pavimentos. Para todo eso, los países compradores ofrecieron a cada uno de los países con los que mantenían relación, fuertes y renovados empréstitos que originaron, junto con otros factores, graves problemas financieros. El crédito y la espe-culación contribuyeron también a renovar la fisonomía de la nueva sociedad.

En la euforia del desarrollo, el crédito adquirió también caracteres de especulación. Aparecían y desaparecían empresas y sociedades destinadas a la ejecución de ambiciosos proyectos, que creaban fortunas y las hacían desaparecer; y en el otorgamiento de los créditos, de las concesiones y privilegios, quienes estaban vinculados al poder tenían la posibilidad de obtener ventajas que significaban quizás el enriquecimiento repentino. Cosa semejante ocurrió con la especulación en tierras, hecha en previsión de la expansión de las ciudades, de la fundación de colonias y, sobre todo, de la construcción de caminos, puertos y ferrocarriles.

Reflejo indirecto de la expansión europea y norteamericana, la nueva riqueza operó cambios sociales de gran trascendencia en Latinoamérica. Quizás el más notable y visible fue el que resultó de una importante inmigración europea: Uruguay, Argentina, Brasil, Chile. México; países de clima templado y semejante al de algunos países europeos, fueron los preferidos. En pocas décadas se incorporaron a las sociedades tradicionales contingentes numerosísimos de italianos, españoles, alemanes, judíos y, en menor escala, de otras nacionalidades. El desarrollo económico implicaba el problema de la mano de obra; y al tiempo que se desechaba definitivamente el trabajo de los esclavos, se buscaba otra mano de obra más eficiente, abriendo algunos cauces nuevos para la economía, como la producción del café en Brasil o de los cereales en la Argentina.

Pero, al mismo tiempo, la inmigración buscó las ciudades, acrecentó el complejo de las poblaciones urbanas y formó vastos sectores de pequeña clase media, artesanal o comercial, que codificaron la fisonomía de las ciudades. Esas clases medias, sustentadas por la vasta empresa de intermediación que suponía la producción en gran escala de productos exportables y la importación de artículos manu – facturados, suscitaron toda clase de problemas derivados; compuestas, naturalmente, no sólo de inmigrantes, sino también de población criolla —mestizos muy especialmente en algunos países—, revelaron la fuerte tendencia de sus miembros a mejorar su posición social y económica. Fueron sectores de gran movilidad en muchos países, y no sólo hubo deslizamientos desde situaciones de baja clase media hacia sectores profesionales y comerciales en una o dos generaciones, sino que hubo una marcada tendencia de sus miembros a lograr cierta participación política.

En el seno de las clases populares se advirtieron también algunos cambios. Los sectores rurales criollos o indígenas fueron quizá los más estáticos. Pasaron a veces del sistema paternalista de las viejas haciendas a un sistema industrial despersonalizado que agravó aún más su situación. En las ciudades, en cambio, mejoraron algo los sectores asalariados. Donde hubo éxodo rural, los criollos, indios y mestizos se incorporaron a actividades nuevas: fueron generalmente peones en las grandes obras públicas, o en la construcción, o ejercieron pequeñas manufacturas y aun cierto comercio. Donde hubo in-migración europea, los inmigrantes que no lograron ascender de clase, ni siquiera al sector artesanal, fueron también peones en obras, trabajaron en las artesanías —como panaderos, herreros, etcétera—o se ocuparon de servicios públicos. También ellos manifestaron cierta tendencia a la participación política acompañando a quienes iniciaron movimientos de resistencia antipatronal —que fueron preferentemente artesanos— o integrándose en la clientela de los caciques o caudillejos políticos.

Por sobre esta masa activada por el impacto del desarrollo económico se situaba, según la escala de prestigio social, una clase media tradicional; profesionales, comerciantes, pequeños propietarios, burócratas, que se mantuvieron al margen de la ola de ese desarrollo. Atada a sus costumbres y a sus prejuicios, declinó por el solo hecho de mantenerse estable, y no quiso o no fue capaz de encontrar un camino para salir de su posición. Pero por encima de ella se situó otro sector de la clase media que sí supo encontrarlo. De sus filas salieron quienes integraron la primera o la segunda fila de esa alta burguesía, un poco aventurera, que se puso a la cabeza de la sociedad en cambio.

Esa alta burguesía, sin embargo, tenía también en su núcleo un sector de las clases altas tradicionales, vinculado ya a la riqueza mercantil o al poder, dos puertas que abrieron el paso a la formación del nuevo grupo. De mentalidad moderna, llamémosle así, desencadenó el cambio o contribuyó a su logro, sin escrúpulos y con audacia, alcanzando pronto un nivel de influencia y riqueza que lo separó del conjunto de su clase. Ese sector fijó una posición, y a su alrededor se aglutinaron grupos más altos y más bajos: algunos provenientes de las clases señoriales que quisieron participar de la aventura de la nueva riqueza en todos los niveles —y no sólo en el de la producción— y otros provenientes de las clases medias. Este conjunto fue el sector dinámico de la sociedad y creó las nuevas fórmulas políticas que adoptaron casi todos los países latinoamericanos al finalizar el siglo XIX, tan variadas como puedan ser sus apariencias.

La continuidad del pensamiento político de los grupos señoriales

A pesar de la profundidad de los cambios que se operaron en la estructura socioeconómica de los diversos países latinoamericanos en la segunda mitad del siglo XIX, los grupos señoriales se resistieron a modificar sus convicciones políticas. Este hecho, tan simple como pueda parecer en apariencia, explica muchos aspectos de la vida social y política latinoamericana.

Como poseedores de los medios de producción, la tierra en primer lugar, los grupos señoriales —o la casi totalidad de sus miembros— aceptaron un cambio que los beneficiaba y se prestaron a sumarse a él en el plano estrictamente económico. Fueron capaces de modificar la organización de las haciendas, de adoptar nuevas técnicas de producción, de abandonar ciertas tradiciones a las que parecían atados. Pero pretendieron mantener su concepción del mundo, su sistema de valores, su concepción de la política, aun cuando por vía intelectual advirtieran la contradicción que ello implicaba.

Sin duda esa contradicción estaba latente desde los tiempos de la conquista. Esos grupos señoriales, dotados de vastas extensiones de tierra en un mundo colonial que se insertaba en el área del desarrollo mercantilista, adoptaron una actitud feudal hacia adentro —en sus haciendas y con respecto a la sociedad colonial—, pero aceptaron y siguieron una actitud mercantilista hacia afuera. Acaso esta dualidad explica la polémica acerca de si la conquista hispanoportuguesa fue feudal o capitalista, sobre la que no es oportuno entrar aquí. Parece evidente que sí fueron las dos cosas: una hacia adentro y otra hacia afuera. Y, cuando tres siglos después, el mundo mercantil —esto es, el mercado mundial integrado— adoptó una nueva fisonomía, los grupos señoriales pretendieron mantener la contradicción, aceptando los nuevos requerimientos de la economía mundial sin modificar su concepción política y social en relación con la sociedad en que vivían. Esta pretensión ya era un poco anacrónica en el siglo XVI; lo fue aún más a comienzos del siglo XIX al producirse los movimientos emancipadores; pero resultó absolutamente insostenible después de promediar el siglo XIX, cuando se sintieron los efectos no ya de la Revolución mercantil, sino los de la Revolución industrial.

Con todo, los grupos señoriales latinoamericanos abandonaron su pretensión, y así como habían sabido —y podido— resistir las influencias de la ideología liberal, intentaron resistir las situaciones de hecho que creó el impacto de los nuevos requerimientos económicos.

Esta vez el proceso de secularización fue más vigoroso aún, porque su peculiar dinámica creó en los diversos países latinoamericanos una burguesía urbana muy móvil, y con una especialización funcional en el proceso de intermediación que aseguró las posibilidades de una nueva opción para los sectores sociales dependientes de los grupos señoriales. El proceso de movilidad social fue intenso, el éxodo rural se aceleró, y los grupos señoriales perdieron buena parte de los recursos que poseían para asegurar la perduración de su hegemonía y el primado de sus concepciones políticas.

Empero, no cedieron. Ciertamente, perdieron fuerza sus convicciones, y perdieron también eficacia sus principios, que comenzaron a adquirir un aire anacrónico. Pero igualmente no cedieron y buscaron refugio donde pudieron hallarlo, aun cuando la defensa de los ideales tradicionales cobró a veces un tono romántico y nostálgico, y otras veces un aire de confesada impotencia, y en ocasiones una agresividad eficaz.

La debilidad del pensamiento político de los grupos señoriales residía en que pretendía defender la legitimidad del orden social y político tradicional y las formas de vida y los ideales tradicionales, pactando sin embargo con una nueva estructura económica mercantilista, organizada como dependencia de una estructura industrial foránea. La contradicción era tan obvia que los grupos señoriales no asumieron frecuentemente la defensa doctrinaria de sus posiciones, sino que se limitaron a sostener estas últimas en los hechos, disfrazando generalmente sus fundamentos con una nueva retórica más o menos eficaz. Quizás el más brillante episodio de la defensa de la concepción tradicional de la vida, intentada tardíamente en el seno de una sociedad que había girado resueltamente hacia su inclusión en la periferia de la sociedad industrial europea, sea la Revolución que desató en el Uruguay, en 1897, Aparicio Saravia, “…hijo de una opulenta familia del departamento de Cerro Largo, fuerte hacendado y de reputación personal altamente favorable”.[65]

El cronista de la Revolución fue Luis Alberto de Herrera, más tarde jefe del Partido Nacional —o Partido Blanco— y heredero político del caudillo rebelde, que caracterizó así el movimiento:[66]

Sin embargo, el Partido Nacional no se encontraba preparado para entrar en liza.

Treinta y tantos años de derrota, llevan cierto desorden a las filas, empalidecen el brillo acerado de los ideales y dejan muchos claros y vacíos difíciles de llenar.

Pero de cualquier manera, hubiera o no hubiera elementos, el sacudimiento vendría. La doctrina evangélica no puede rezar con los pueblos altivos ni con los hombres de honor. ¿Quién no castiga un bofetón en la mejilla?

En efecto, el 25 de noviembre se supo en Montevideo con indecible sorpresa, que acababa de alzarse en armas casi en el centro de la República ya militarizada, don Aparicio Saravia en compañía de su hermano Antonio Floricio, alias Chiquito, y seguido por algunos centenares de paisanos, en su casi totalidad desprovistos de recursos de guerra.

Nadie dudó que se trataba de una sublime locura, cuya audacia infinita sabría castigar el afilado sable de los escuadrones bordistas. Idéntica apreciación flotaba en todas las esferas. Ya estaba cerrado el periódico de los levantamientos a lanza; ya había caducado la supremacía de los caudillos; ya los gobiernos eran invencibles.

Por lo demás ¿de dónde salía aquel rebelde de sombrero blando y poncho campero, general improvisado de un movimiento estrafalario?

Quizá no lo sabían las clases burguesas de la capital, aquellas personas que se agitan en esta inmensa colmena sin conocer otro camino que el de sus tareas, ni horizonte más alto que el tapete de su escritorio; pero para quienes reciben alguna vez los ecos de la rica campaña y siguieron las fases trágicas de la Revolución riograndense, poseía talla propia el infatigable guerrillero que ya atraía sobre sí, envidias y nacientes admiraciones.

La referencia final de Herrera puntualizaba la recepción del contraste entre dos formas de vida, rural y urbana, la primera de las cuales entrañaba una concepción lúdica y heroica: la segunda, en cambio, era propia de las “clases burguesas” de Montevideo y aparecía rutinaria y mezquina. Este dualismo, que había descrito, entre otros, Sarmiento, solía darse en los teóricos europeizantes como una oposición entre civilización y barbarie, de la que el término valioso era la civilización, esto es, la vida urbana, la vida de las burguesías. Herrera recogió el dualismo pero invirtió el signo de valor. Y tanta importancia le atribuyó, que explicaba con él —como los sociólogos burgueses— el curso de la historia de su país:[67]

Cada vez que leo la historia de mi país, pienso cuando llego a los promisorios acontecimientos de 1851, que ese año de cualquier modo memorable, debió ser para nuestra nacionalidad altísimo mojón denunciador de amplio y glorioso porvenir.

Sin indagar los motivos originarios, tienen explicación a nuestro juicio, los recios choques de bando que sucedieron y hasta precedieron a la declaratoria de la Independencia.

El país era muy reducido, muy temerarias las aspiraciones dominantes y en las edades viejas no eran pocos los soldados que ganaban cada ascenso al precio de una cicatriz.

Los prestigios militares cobraban vigor con facilidad, en tierra donde el valor había dejado de ser virtud por lo vulgar, donde se mecía a los niños cantándoles odio hacia el opresor, donde morir al enristrar la nativa lanza en defensa de los dioses lares, colmaba los anhelos de todos.

La espada pesaría de manera decisiva, cuando cristalizara un organismo político dentro de nuestros disputados límites; y el espíritu selvático de nuestros abuelos, las proverbiales rebeldías de antaño, perpetuadas y obedientes a la voz de los caudillos, importaban una seria amenaza de dislocamiento social.

Esas robusteces guerreras, el cariño al terruño que durante las épicas campañas por la emancipación amasó tantos heroísmos y tan beneficiosas resistencias, habían relajado los vínculos de la común disciplina.

Llegado el momento de la organización sólida y definitiva, ¿habría brazo bastante fornido, capaz de encauzar apetitos ilimitados y voluntades sin muelles, que sólo entendían de bolear potros, correr cuchillas y vivir en desafío a muerte con propios y extraños?

La vez que eso se quiso, quedó hoscamente señalada la prevención campesina a los hijos de las ciudades.

La ignorancia de las muchedumbres andariegas, exigía que para ser buen ciudadano se fuera antes buen gaucho. ¿Acaso quien no sabía dominar un caballo estaba en aptitud de dirigir los negocios comunes?

El dualismo se había planteado, y en esa antagónica disparidad de factores encontraremos la causa verdadera de las acciones y reacciones, de los desórdenes y conflictos que conmovieron la vida nacional durante medio siglo.

Pero el desprecio de los grupos señoriales por las clases burguesas no ocultaba poco de resentimiento, porque se habían visto obligados, para subsistir o para enriquecerse, a aceptar cierta tutela de los sectores mercantiles que dominaban la vasta red del comercio internacional, sin la cual nada valía su riqueza. Ese resentimiento condujo a una exaltación no sólo de los valores criollos tradicionales —rurales, lúdicos, heroicos— sino también a una exaltación de las familias y los hombres de aquellos grupos, a quienes se les confirió una superioridad natural sustentada con variados argumentos. Gilberto Freyre habla del “arianismo casi místico de Oliveira Vianna”,[68] porque el sociólogo brasileño fundó en razones de raza la superioridad de las viejas clases señoriales del Brasil. Decía en 1930 en su obra Evolución del pueblo brasileño,[69] refiriéndose a la época colonial :

En su estructura social, esos latifundios poseen tres clases perfectamente distintas: la señorial, la de los hombres libres, arrendatarios de la propiedad, y la de los esclavos, que son los obreros rurales.

En la primera clase figuran los señores del ingenio, su familia, sus parientes —muy numerosos, por demás, en esos tiempos de gran solidaridad familiar— y los individuos blancos agregados al señor del ingenio. Son todos casi enteramente de raza aria.

Oliveira Vianna[70] descubría en las familias de los señores de ingenio rasgos raciales inequívocos, pero también rasgos eugenésicos que perpetuaban virtudes excepcionales a lo largo de generaciones:

Esos grandes señores territoriales son, como sabemos, extremadamente celosos de sus linajes aristocráticos; procuran mantener lo más posible la pureza de la raza blanca de la cual descienden. Ahora, como blancos puros, el temperamento aventurero y nómade que los impele hacia los ‘sertoes’ a la caza de oro de indios, no les puede venir sino de una ancestralidad germánica: sólo la presencia en sus venas de glóbulos de sangre germánica puede explicar su combatividad, su nomadismo, esa movilidad incoercible que los hace irradiar por todo el Brasil, al norte y al sur, en menos de un siglo. Los braquicéfalos peninsulares de raza céltica, o los dolicocéfalos de raza ibérica, de hábitos sedentarios de índole pacífica, no parecen haber podido darles ni esa movilidad, ni esa belicosidad, ni ese espíritu de aventura y de conquista.

Otro hecho que parece reforzar también la presunción de la presencia de dolicocéfalos rubios, con celtas e íberos, en la masa de nuestra primitiva población, es el soberbio eugenismo de muchas familias de nuestra aristocracia rural. Los Cavalcanti en el norte, los Prados, los Lemes, los Buenos en el sur, son ejemplos de casas excepcionales que han dado al Brasil, desde hace trescientos años, un linaje copioso de auténticos grandes hombres, notables por el vigor de la inteligencia, por la superioridad del carácter, por la audacia y la energía de la voluntad.

Así se constituyó una clase social que Oliveira Vianna[71] veía predominar, legítimamente, durante el Imperio, perpetuando sus calidades tradicionales:

La afición por la vida rural, por otra parte, se acentúa y se refina, deshaciéndose de los aspectos groseros de la conquista: la posesión de una propiedad agrícola se convierte en aspiración común de todos los espíritus amantes de tranquilidad y de paz. Los elementos de la flor y nata de la sociedad, los políticos en evidencia, los estadistas, como todos los que quieren poseer un poco de autoridad social, procuran el punto de apoyo de una finca rural, de modo que en la vida pública y privada, obran con el decoro, la independencia y la hombría que sólo pueden tener aquellos para quienes el problema de la subsistencia está resuelto de un modo estable y cabal. ‘El brasileño que puede —dice un publicista del 2° Imperio— es agricultor; ejerce la única profesión verdaderamente noble de la tierra. Los empleos serviles los pospone. Recordad los aires señoriales y ciertos modales aristocráticos del gran propietario: es el tipo del brasileño rico’.

Esa aristocracia rural es la que provee todos los elementos dirigentes de la política en el período imperial. Los cargos de la administración local, en los municipios y las provincias, son llenados por ella. De ella salen la nobleza del Imperio y los jefes políticos que reúnen y organizan en los municipios y las provincias los elementos electorales y partidarios locales. De ella proceden también las juventudes que afluyen a las academias superiores del norte y del sur, a Recife, a Bahía, a San Pablo, a Río y siguen su carrera hacia las profesiones liberales y las altas esferas de la vida parlamentaria y política del país.

Y resumiendo el papel que esa aristocracia había desempeñado, concluía:[72] “En un país en que los elementos dirigentes tienen tal relieve y estatura, o se gobierna con ellos o, sin ellos, no se gobierna”.

Una reminiscencia, más o menos sublimada, de las creencias tradicionales en la superioridad de las viejas aristocracias en proceso de decadencia económica y social, apareció en las literaturas vernáculas cultas; escritores de familias tradicionales recogieron sosegadamente, sin espíritu polémico sino con un fuerte sentimiento nostálgico, los recuerdos de un pasado rural algo desvanecido y evocaron las formas de vida y las virtudes que entonces caracterizaron a los hombres de ese ambiente. Ricardo Güiraldes, Benito Lynch y Enrique Larreta en la Argentina y Carlos Reyles y Javier de Viana en el Uruguay intentaron la resurrección poética de los valores predominantes en una sociedad precapitalista.

Pero aun ellos, en su mayoría asiduos visitantes de París —un París burgués—, ponían de manifiesto la íntima e irresoluble contradicción de los grupos señoriales. Menos sublimada y más explícita fue la actitud de los que emprendieron lo que se ha llamado el “revisionismo histórico”, intento de aniquilar la obra de las burguesías ilustradas en el que, evitando el problema de las relaciones entre la burguesía de hoy y las nuevas clases populares, se las fustigaba por su actitud contra los grupos señoriales en virtud del apoyo que en el pasado recibieron éstos de las masas rurales.

La defensa de las viejas aristocracias y de sus descendientes y herederos llevó a algunos a defender también las ventajas de la estructura latifundista. En México, Francisco Bulnes atacó a la Revolución desde un punto de vista conservador, y no sólo fustigó a la “burguesía burocrática”, a la que atribuía la línea revolucionaria triunfante, sino también a quienes, como Zapata, pretendieron hacer una “Revolución racial” en beneficio de la clase indígena. En cambio, afirmó que México necesitaba una “dictadura organizada”, un gobierno de las clases acomodadas, y defendió el latifundio afirmando que cuando es trabajado por hombres libres —y no por siervos— crea riqueza y ofrece prosperidad a las clases populares. Citando estos pasajes, agrega Víctor Alba[73] que las ideas sociales de Bulnes “sintetizan las de una parte considerable de la sociedad mexicana, que jamás las formuló explícitamente”. Una vez más se advierte este curioso rasgo de la actitud señorial.

También sostenía Bulnes que tanto el partido conservador como el liberal eran “facciones corruptas”. Afirmaciones semejantes formularon en diversos países los sectores señoriales, a partir del momento en que los fenómenos de ascenso de clases medias y populares tornaron imposible su ascenso al poder por el camino del sufragio. El ejercicio de la democracia y los mecanismos por medio de los cuales se ejercitaba parecían ofrecer un espectáculo degradante a los ojos de quienes se sentían poseedores no sólo de los medios de producción sino también de un grado casi sublime de dignidad. En rigor, los grupos señoriales no poseían en su tradición más que la política del poder. Cuando tuvieron que descender a las formas competitivas de la política, no sólo perdieron el aplomo que les era peculiar, sino que tuvieron que aceptar —como en el campo económico— la intermediación de los grupos burgueses para evitar su desplazamiento en situaciones normales. Apelaron con frecuencia al recurso de provocar situaciones anormales, y para justificar ese proyecto, denunciaron el aspecto degradante de las luchas en las que hacían su aprendizaje político las clases medias y populares en ascenso. Empero, cuando aceptaron la intermediación de los sectores burgueses para participar en el poder, transigieron con las prácticas propias de las democracias incipientes, y coadyuvaron al triunfo ofreciendo sus clientelas sociales en calidad de clientelas políticas.

Algunos espíritus refinados y sin vocación por el poder —hijos sensibles de padres poderosos— renunciaron abiertamente a la política y transfirieron sus sentimientos aristocráticos a las actividades del espíritu. Al comenzar el siglo XX, exactamente en 1900, el escritor uruguayo José Enrique Rodó publicó un profundo ensayo que tituló Ariel,[74] en el que denunciaba los peligros de las democracias igualitarias:

Toda igualdad de condiciones es en el orden de las sociedades, como toda homogeneidad en el de la Naturaleza, un equilibrio inestable. Desde el momento en que haya realizado la democracia su obra de negación con el allanamiento de las superioridades injustas, la igualdad conquistada no puede significar para ella sino un punto de partida. Resta la afirmación. Y lo afirmativo de la democracia y su gloria consistirán en suscitar, por eficaces estímulos, en su seno, la revelación y el dominio de las verdaderas superioridades humanas.

Con relación a las condiciones de la vida de América, adquiere esta necesidad de precisar el verdadero concepto de nuestro régimen social un doble imperio. El presuroso crecimiento de nuestras democracias por la incesante agregación de una enorme multitud cosmopolita: por la influencia inmigratoria, que se incorpora a un núcleo aún débil para verificar un activo trabajo de asimilación y encauzar el torrente humano con los medios que ofrecen la solidez secular de la estructura social, el orden político seguro y los elementos de una cultura que haya arraigado íntimamente, nos expone en el porvenir a los peligros de la degeneración democrática, que ahoga bajo la fuerza ciega del núcleo toda noción de calidad; que desvanece en la conciencia de las sociedades todo justo sentimiento del orden; y que, librando su ordenación jerárquica a la torpeza del acaso, conduce forzosamente a hacer triunfar las más injustificadas e innobles de las supremacías.

De todos los riesgos que la democracia implicaba, ninguno le parecía más grave que el predominio del espíritu utilitario:[75]

La ferocidad igualitaria no ha manifestado sus violencias en el desenvolví – miento democrático de nuestro siglo, ni se ha opuesto en formas brutales a la sere-nidad y la independencia de la cultura intelectual. Pero, a la manera de una bestia feroz, en cuya posterioridad domesticada hubiérase cambiado la acometividad en mansedumbre artera, e innoble, el igualitarismo, en la forma mansa de la tendencia a lo igualitario y lo vulgar, puede ser un objeto real de acusación contra la de-mocracia del siglo XIX. No se ha detenido ante ella ningún espíritu delicado y sagaz a quien no hayan hecho pensar angustiosamente algunos de sus resultados en el aspecto social y en el político. Expulsando con indignada energía del espíritu humano aquella falsa concepción de la igualdad que sugirió los delirios de la Re-volución, el alto pensamiento contemporáneo ha mantenido al mismo tiempo, so-bre la realidad y sobre la teoría de la democracia, una inspección severa que os permite a vosotros, los que colaboraréis en la obra del futuro, fijar vuestro punto de partida, no ciertamente para destruir, sino para educar el espíritu del régimen que encontráis en pie.

El consejo se dirigía a los jóvenes. Lo recogieron todos los que buscaban una justificación para sus vocaciones intelectuales y estéticas en una sociedad efectivamente orientada hacia el lucro. Pero el sentimiento que generó fue en cierto modo una especie de transferencia de la actitud señorial y la cálida receptividad que hallaron las ideas de Ariel revelaron que esa actitud perduraba. En el campo de las ideas y de la creación justificó un vivo sentimiento de elite, que constituyó sólido fundamento, precisamente, para las aristocracias del espíritu a la que se acogían, por cierto, no sólo quienes pertenecían a los tradicionales grupos señoriales sino también los que aspiraron al ascenso social acercándose a ellos como epígonos más o menos farisaicos. Y trasladado al campo de la política promovió un escepticismo frente a las incipientes democracias, que avivó no mucho después los designios de los que, como el poeta argentino Leopoldo Lugones, juzgaron que había llegado “la hora de la espada”.

La acometida más beligerante de los grupos señoriales —o mejor, de quienes intentaban salvar lo que de esa tradición parecía rescatable— adoptó los caracteres de un ataque frontal contra la política liberal, en nombre de los principios del catolicismo, al que los liberales respetaban pero trataban de confinar, secularizando la vida pública.

La apelación a los problemas últimos de la fe implicaba una absolución de posiciones que los políticos liberales rehuían, puesto que, siendo católicos o conociendo la fuerza social del catolicismo, fundaban su laicismo en una prescindencia religiosa y de ningún modo enfrentaban los problemas de la fe. Pero los grupos católicos, alarmados por los progresos del regalismo y preocupados por lo que parecía, en las últimas décadas del siglo XIX, la liquidación final de los fundamentos tradicionales del orden social, apelaron a la más severa ortodoxia siguiendo las orientaciones de la política del Vaticano, trazada a través de las encíclicas Mirare vos (1832), Quanta cura (1864) y del Syllabus (1864).

Triunfó en el Ecuador García Moreno e impuso la ortodoxia con tal vigor que se ha dicho del Ecuador que fue el único país donde el Syllabus tuvo fuerza de ley. En Colombia, el movimiento que se llamó la “Regeneración”, encabezado por el presidente Rafael Núñez, logró oponer en la constitución de 1886 una concepción católica del Estado. En Uruguay y en la Argentina, en cambio, aunque la polémica fue encarnizada, los liberales se sobrepusieron a los católicos.

Juan Zorrilla de San Martín, el poeta de Tabaré, defendió el punto de vista católico en el Uruguay; Joaquín Larrain Gandarillas y Abdón Cifuentes en Chile. En la Argentina la polémica se planteó alrededor del problema de la educación pública y del Registro Civil, que sustraía a la Iglesia Católica el control de las personas: pero en su transcurso los diputados católicos enjuiciaron la totalidad del orden liberal y la civilización moderna.

Pedro Goyena[76] defendió en un debate parlamentario la doctrina pontificia del Syllabus:

¿Cuál es el progreso, cuál es el liberalismo, cuál la civilización que el Syllabus condena, al decir que el Pontífice romano no puede ni debe transigir con ellos?

Señor: el liberalismo que se condena es lo que en nuestros días se entiende por tal. habiéndose tomado como etiqueta una palabra engañosa por su analogía con la libertad, v que encubre precisamente lo contrario de ella; el liberalismo que se condena es la idolatría del Estado.

El liberalismo envuelve un concepto del Estado, según el cual puede éste legislar con entera prescindencia de la idea de Dios y de toda noción religiosa. El liberalismo es un modo de concebir la vida social, la administración, el gobierno, completamente desvinculados de la religión.

Pero no sólo el Estado liberal era lo condenable. Era la civilización moderna en su conjunto, con sus ideales y sus formas de vida, lo que merecía la condenación y exigía la vigilancia de la Iglesia:[77]

¡He ahí la civilización: el desarrollo de la sociedad bajo el aspecto material, bajo el aspecto moral!

Pero ¿es ésta la civilización moderna? ¡Ah, señores, no, mil veces no! ¡Todos lo sabemos; liberales y no liberales, creyentes y no creyentes, todos podemos dar testimonio del espectáculo de la vida a que asistimos y en que nos mezclamos como actores!

Contemplad la civilización moderna. ¿Qué es ella sino el predominio absor-bente de los intereses materiales? ¿Es cierto, acaso, que en medio de la pompa de las artes, que en medio de la riqueza y la abundancia, se haya desenvuelto satisfactoriamente el hombre como ser intelectual y moral? La respuesta no puede ser afirmativa. Si es cierto que el hombre ha progresado materialmente, no es cierto que brille por el esplendor de sus virtudes.

La ciencia, a la que jamás la iglesia fue hostil, ha tomado una dirección ex-traviada, por la influencia de un orgullo insensato. Los hombres que penetran en los arcanos del mundo: que se lanzan al espacio aéreo y navegan allí, esforzándose por burlar las corrientes adversas; que recorren los mares y la tierra con la velocidad del vapor; que mandan con mayor velocidad todavía, no ya el signo mudo del pensamiento, sino la palabra vibrante en los hilos del teléfono; que pintan con pinceles de pura luz. desconocidos a los antiguos, como decía un orador argentino; que analizan los aspectos lejanos; que descubren la vida en organismos ignorados por su pequeñez; los hombres que realizan tales maravillas, no son por eso más leales, no son más abnegados que en otros tiempos de la historia; su egoísmo, por el contrario, se refina y se hace más poderoso; y las sociedades contemporáneas ofrecen un desnivel chocante entre su grandeza material y la exigüidad, la pobreza, la debilidad de sus elementos morales! ¡Fenómeno sorprendente, donde aparece la dualidad humana! Nunca es más grande el hombre, se diría, que en el siglo XIX, gobernando la materia. dominando la naturaleza que parece ya obedecerle servilmente. Pero no es así. El hombre es a su vez rebajado, por su orgullo, hasta esa misma materia cuya docilidad se creería una horrible perfidia; y el alma suspira aprisionada en vínculos estrechos, el cielo no tiene promesas para la esperanza; el astro brillante no simboliza la fe: la mirada no descubre sino lo que es útil y aprovechable para una existencia efímera y fugaz. El horizonte se reduce; el hombre se empequeñece y se degrada!

Las doctrinas; el progreso; la civilización que a tan lamentables resultados conducen, eso es lo que el Syllabus, eso es lo que la Iglesia ha condenado; y bien clara se ve ahora la justicia de tal condenación.

Este cuadro exigía una actitud resuelta de quienes no creían en la llamada civilización moderna, sino en los ideales tradicionales, incompatibles con ella. Los católicos pusieron a los liberales en la disyuntiva de optar, pero no entre una u otra forma de vida, sino entre la salvación y la condenación, entre el paraíso y el infierno, dispusie-ron a la acción para alcanzar lo que, en la Argentina como en Colombia, llamaban la “Regeneración”. Tal fue también la requisitoria de José Manuel Estrada[78] durante la discusión parlamentaria de las leves liberales:

¡señores! Si los medios se subordinan a sus fines, el reino exterior de Cristo es la soberanía universal de la Iglesia. Y no hay salida entre los términos de esta alternativa: o la deificación del Estado por el liberalismo, que en doctrina es blasfemia, en política es tiranía, y en moral es perdición: o la soberanía de la Iglesia. íntegramente confesada, sin capitular con las preocupaciones, cuyo contagio todos, señores, hemos tenido la desgracia de aspirar en la atmósfera infecta de este siglo, y contra las cuales, congregados aquí en torno de nuestro prelado, protestamos hoy día delante del cielo v de los hombres, para ceñir, con la mente iluminada y el corazón gozoso, las armas de los adalides cristianos, por la gloria de Dios y la regeneración de la república!

Los ideales heroicos, la posesión de la tierra, la desigualdad social, la aristocracia del espíritu y la sumisión de las conciencias a la Iglesia Católica: tal era el haz de las ideas fundamentales que el espíritu señorial se empeñaba en defender frente a los cambios que se habían operado en la sociedad de los países latinoamericanos en la segunda mitad del siglo XIX. La lucha no fue a muerte, y los grupos señoriales se acomodaron poco a poco, sin confesarlo, a las nuevas situaciones, esperando filosóficamente que la crisis del orden nuevo devolviera periódicamente a sus manos el control de la economía, del poder y de las conciencias. Con frecuencia, un golpe militar solía contribuir a la restauración renovando la retórica del heroísmo.

El predominio del pensamiento político de la oligarquía liberalburguesa

Si los grupos señoriales pretendieron conservar sus tradicionales tendencias políticas a pesar del profundo cambio socioeconómico y social que se había operado, los grupos burgueses, en cambio, elaboraron las suyas en el proceso mismo; y aquéllos que las llevaron hasta sus últimas consecuencias lograron poder económico y poder político. Con ello, impusieron su pensamiento sobre el conjunto social, arrastrando tras de sí densos grupos sociales de variado origen.

Quizás el más importante problema, entre los que suscita el análisis del pensamiento político de la oligarquía liberalburguesa, sea el de cómo se constituyó ese sector. En términos generales, es evidente que hubo núcleos burgueses, extranjeros unos y nacionales otros.

que se fundieron con grupos señoriales renovadores para intentar la gran empresa. En cada país esa fórmula significó algo diferente. Los distintos grupos sociales operaron de distinta manera en México y en Argentina, en Chile y en Brasil, en Uruguay y en Colombia. Según la rigidez de la estructura social anterior fue más o menos fácil la formación de esas clases medias fluidas que generaba el proceso económico, y más o menos fácil la conquista del nuevo status social que ofrecía a los grupos en ascenso sus nuevas posibilidades económicas. Y del seno de esas clases medias surgió el conglomerado que rodeó el núcleo originario, se fundió con él, y constituyó finalmente la alta burguesía, cuyo poder la impulsó a forzar su distanciamiento del resto de las clases medias y constituirse en oligarquía política y eco-nómica. Esta tendencia al distanciamiento es lo que la transformó en una fuerza de derecha. Muchos de sus miembros provenían, sin duda, de sectores liberales que admitían la necesaria continuidad de ese proceso de ascenso social que podía asegurar la vigencia de un sistema democrático.

Pero la conquista del poder económico y político por un pequeño grupo puso una valla entre éste y el resto del conjunto social.

Justo Sierra hizo una descripción acabada de la burguesía mexicana de fines del siglo, polarizada políticamente, en su opinión, pero sin distinguir suficientemente los grupos de alta burguesía que asumieron activamente el poder y los grupos medios y populares que, aunque solidarios con aquéllos, sólo tenían una actitud pasiva. Decía en su Evolución política del pueblo mexicano.[79]

En este país, ya lo dijimos, propiamente no hay clases cerradas, porque las que así se llaman sólo están separadas entre sí por los móviles aledaños al dinero y la buena educación; aquí no hay más clase en marcha que la burguesía; ella absorbe todos los elementos activos de los grupos inferiores. En éstos comprendemos lo que podría llamarse una plebe intelectual. Esta plebe, desde el triunfo definitivo de la Reforma, quedó formada: con un buen número de descendientes de las antiguas familias criollas, que no se han desamortizado mentalmente, sino que viven en lo pasado y vienen con pasmosa lentitud hacia el mundo actual; y segundo con los analfabetos.

Ambos grupos están sometidos al imperio de las supersticiones, y, además, el segundo, al del alcohol; pero en ambos la burguesía hace todos los días prosélitos, asimilándose a unos por medio del presupuesto, y a otros por medio de la escuela. La división de razas que parece compilar esta clasificación, en realidad va neutralizando su influencia sobre el retardo de la evolución social, porque se ha formado entre la raza conquistada y la indígena una zona cada día más amplia de proporciones mezcladas que, como hemos solido afirmar, son la verdadera familia nacional; en ella tiene su centro y sus raíces la burguesía dominante. No es inútil consignar, sin embargo, que todas estas consideraciones sobre la distribución de la masa social serían totalmente ficticias y constituirían verdaderas mentiras sociológicas, si se tomaran en un sentido absoluto; no, hay una filtración constante entre las separaciones sociales, una osmosis, diría un físico; así, por ejemplo, la burguesía no ha logrado emanciparse ni del alcohol ni de la superstición. Son éstos, microbios sociopatogénicos que pululan por colonias en donde el medio de cultivo les es propicio.

Esta burguesía que ha absorbido a las antiguas oligarquías, la reformista y la reaccionaria, cuyo génesis hemos estudiado en otra parte, esta burguesía tomó con – ciencia de su ser, comprendió a dónde debía ir y por qué camino, para llegar a ser dueña de sí misma, el día en que se sintió gobernada por un carácter que lo nivelaría todo para llegar a un resultado: la paz. Ejército, clero, reliquias reaccionarias, liberales, reformistas, sociólogos, jacobinos, y, bajo el aspecto social, capitalistas y obreros, tanto en el orden intelectual como en el económico, formaron el núcleo de un partido que, como era natural, como sucederá siempre, tomó por común denominador un nombre, una personalidad: Porfirio Díaz. La burguesía mexicana, bajo su aspecto actual, es obra de este repúblico, porque él determinó la condición esencial de su organización: un gobierno resuelto a no dejarse discutir, y es, a su vez, la creadora del general Díaz; la inmensa autoridad de este gobernante, esa autoridad de árbitro, no sólo político, sino social, que le ha permitido desarrollar y le permitirá asegurar su obra no contra la crisis, pero sí acaso contra los siniestros, es obra de la burguesía mexicana.

En la Argentina, Juan B. Justo[80] identificaba por la misma época, con precisión, y en términos económicos, los componentes de la alta burguesía:

Necesitamos, ante todo, que cada grupo social adquiera conciencia de sus intereses políticos.

Contra lo que se afirma comúnmente, en nuestro país las agrupaciones so-ciales son tan definidas y tan netas, que cualquiera las distingue a simple vista con más facilidad que a un autonomista de un cívico o un radical, aunque los conozca íntimamente y los siga en sus enredadas contradanzas políticas.

Hay quienes producen para la exportación y quienes para el consumo: en general, los unos tienen el más claro interés en fomentar el comercio exterior del país, los otros en restringirlo.

Hay propietarios que quieren mantener todos los privilegios inherentes a la propiedad legal del suelo, y arrendatarios interesados en que la ley favorezca su ocupación y cultivo efectivos.

Esta puntualización ilustra los conflictos internos que caracterizaron a la alta burguesía, integrada por grupos productores, generalmente de tradición y mentalidad señoriales, y grupos mercantiles intermediarios típicamente burgueses. Pero a pesar de esa contradicción la alta burguesía fue adquiriendo coherencia a través de una suerte de complicidad con el monopolio del poder, en su uso para sus propios fines, y en la coincidencia en un estilo de vida que suponía la progresiva elaboración de un sistema de normas y valores comunes. Definida su actitud y consolidada su posición, la alta burguesía adquirió los caracteres de una oligarquía liberalburguesa. Su presencia se hizo notoria en muchos países latinoamericanos en las últimas décadas del siglo, siempre en relación con las transformaciones económicas y, sobre todo, con la penetración del capital extranjero: en Brasil, en relación con el establecimiento de la república y el auge del café: en Argentina y Uruguay, con los cereales y las carnes; en Chile, con el salitre y con la Revolución contra Balmaceda; en Colombia, con la crisis de 1870 y la “Regeneración” de Rafael Núñez; en México, con los metales y el “porfiriato”; en Guatemala, con el banano y Estrada Cabrera; en Venezuela, con Guzmán Blanco. Vagos principios del liberalismo quedaron en pie, más o menos disminuidos según el grado de consentimiento que las oligarquías lograron y el grado de represión que debieron ejercitar; y vagos principios de progreso fueron enarbolados, aunque delimitados siempre por los márgenes que el capital extranjero quiso señalarles. Una gran eficacia los caracterizó casi siempre, y muchos países latinoamericanos hicieron por entonces su primera experiencia de esplendor económico, aun cuando la distribución de la riqueza fuera notoriamente injusta.

Uno de los más brillantes representantes de la oligarquía chilena, Enrique Mac-Iver, definió en un debate parlamentario su carácter y defendió su papel con profunda convicción:[81]

La oligarquía, ésa de que tan seriamente se nos habla, vive en un país repre-sentativo parlamentario, que tiene sufragio universal o casi universal, donde todos los ciudadanos tienen igual derecho para ser admitidos al desempeño de todos los empleos públicos y en que la instrucción, aun la superior y profesional, es gratuita. Agréguese que no existen privilegios económicos ni desigualdades civiles en el derecho de propiedad y convendrán, mis honorables colegas, conmigo, en que un país con tales instituciones y con oligarquía, es muy extraordinario; tan extraordinario que es verdaderamente inconcebible. Me temo mucho que los honorables diputados que nos dieron a conocer esa oligarquía, hayan sufrido un ofuscamiento, que les ha impedido mirar bien, confundiendo así lo que es distinción e influencias sociales y políticas de muchos, nacidas de los servicios públicos, de la virtud, del saber, del talento del trabajo, de la riqueza y aun de los antecedentes de familia, con una oligarquía. Oligarquías como ésas son comunes y existen en los países más libres y popularmente gobernados. Los honorables representantes encontrarán oligarquía de esta clase en Inglaterra y aún en los Estados Unidos de América. A esas oligarquías que son cimientos inconmovibles del edificio social y político, sólo las condenan los anarquistas y los improvisados.

También definió y defendió a la oligarquía chilena, desde Buenos Aires, el sociólogo argentino Carlos Octavio Bunge[82] en Nuestra Amé-rica, asignándole a la coalición que derrocó al presidente Balmaceda un neto carácter de aristocracia tradicional e ignorando —o disimulando— los otros elementos que la integraban. Pero, en todo caso señalando que la oligarquía se enfrentaba decididamente con las clases medias y populares:

La Revolución que derrocó a Balmaceda puede considerarse un triunfo de un partido históricamente aristócrata, en el carácter, si no en el nombre, contra la nueva tendencia reaccionariamente democrática de un gobierno que, resistido por la clase rica y blanca, buscó el apoyo de la clase pobre y mestiza: del pueblo, de los “rotos”…

Fue un rasgo peculiar de esas oligarquías repudiar, si no los principios, las consecuencias, al menos, de la democracia igualitaria. Cierta vez le preguntaron a Eduardo Wilde, finísimo escritor y político argentino, qué era “la universidad del sufragio”; su respuesta fue: “el triunfo de la ignorancia universal”. Fue en 1885.

Doce años más tarde, el vizconde de Saboia escribió en sus Tragos da política republicana que, en el Brasil, la república estaba compuesta de “rateros, bandidos y asesinos”. Hubo, como se advierte en la frase de Carlos Octavio Bunge, una invencible aversión a las clases populares, que adquirió caracteres de odio y desprecio cuando se trataba de población indígena. El mismo Bunge[83] decía refiriéndose a ella: “Además, el alcoholismo, la viruela y la tuberculosis —¡benditos sean! — habían diezmado a la población indígena y africana…”.

Y no menos categórico era el escritor boliviano Alcides Arguedas, que, en Pueblo enfermo,[84] decía del indio: “Hoy día, ignorante, de-gradado, miserable, es objeto de la explotación general y de la general antipatía… y oyendo a su alma repleta de odios, desahoga sus pasiones y roba, mata, asesina con saña atroz”.

También manifestó la oligarquía un marcado desdén por las clases medias en ascenso, en las que veía, sin duda, un adversario potencial puesto que demostraba una decidida tendencia a participar en la vida política.

El conservador chileno Rafael Egaña decía, refiriéndose a Balmaceda:[85]

Personificaban la resistencia a la dictadura (de Balmaceda) las personalidades más altas de la comunidad chilena en el nacimiento, en el talento, en la fortuna, en la milicia, en el clero, en todas las esferas de influencia y de prestigio… y se rodeaba (Balmaceda) de advenedizos y desconocidos, gente de posición indefinida, sin títulos para entrar en la alta sociedad, pero con pretensiones de sobreponerse al bajo pueblo…

Con tales convicciones, la oligarquía liberalburguesa pudo ejercer el poder con la seguridad de que constituía una clase elegida. En verdad, era la clase eficaz para afrontar la empresa económica a la que los distintos países latinoamericanos eran llamados por la organización capitalista mundial; y con este título, desdeñó no sólo a los grupos señoriales que procuraban mantener la estructura tradicional —a los que llamaba reaccionarios y oscurantistas— sino también a los grupos de clase media y popular que mantenían su adhesión a los principios del liberalismo y contemplaban atónitos a qué extremos los habían conducido las oligarquías.

No faltó, desde uno y otro sector, quienes denunciaron la entrega de las economías nacionales al capital extranjero. José Batlle y Ordóñez enjuiciaba en su periódico El Día, de Montevideo, al presidente Herrera y Obes:[86]

Si se examinan los rasgos culminantes de toda la conducta de los Poderes Públicos y de toda la propaganda orista, se verá claramente que los verdaderos intereses nacionales nunca se han tenido en cuenta; se verá que han sido sacrificados a los intereses de lo que aquí llaman ‘alto comercio’, o sea, los intereses de un grupo de dependientes y factores de fábricas extranjeras cuyos productos introducen.

Y el chileno Luis Aldunate decía, refiriéndose a la enajenación de las salitreras:[87]

El remate de las propiedades salitreras fiscales tiene que producir dolorosas consecuencias, no sólo porque no hay capitales en el país que puedan competir en concurrencia libre con la masa de recursos de los cuales disponen los extranjeros, sino porque necesitábamos precisamente de las oficinas, de las máquinas del Esta-do para entregarlas a nuestros connacionales en condiciones de ventaja, que les estimularan a iniciarse en las luchas y los azares de esa industria, que requiere de grandes medios de desenvolvimiento y que está sujeta a sacudidas violentas.

Para promover el desarrollo de la economía, impulsar la prosperidad y crear un ambiente de seguridad para los inversores extranjeros, las nuevas oligarquías, acaso recogiendo los signos de cierta generalizada fatiga de tantas querellas internas, proclamaron un lema que la república del Brasil inscribió en su bandera: “Orden y progreso”.

Era lo mismo que afirmó el presidente argentino Julio A. Roca al hacerse cargo de la presidencia: “Paz y administración”. Y el presidente de Colombia Rafael Núñez, declaraba que era propósito de la “Regeneración” establecer “la paz verdadera y científica’. Era un anhelo de quienes entreveían un porvenir de riqueza, y de reducir y canalizar la actividad política.

La política debía, en lo futuro, encuadrarse dentro de marcos estrictos y el Estado de la oligarquía liberalburguesa se dispuso a apelar a la fuerza de un ejército moderno y organizado para reprimir todo intento de apelación a la Revolución. Roca[88] lo prometió de manera muy enérgica en oportunidad de hacerse cargo del gobierno en 1880: “Emplearé todos los resortes y facultades que la Constitución ha puesto en manos del Ejecutivo Nacional, para evitar, sofocar y reprimir cualquiera tentativa contra la paz pública”.

Y agregaba: “Espero, sin embargo, que no llegará este caso, porque ya nadie, ni hombres ni partidos, tienen el brazo bastante fuerte para detener el carro del progreso de la república por el crimen de la guerra civil”.

Era, más o menos, que en Colombia decía Núñez en 1884:[89] “El propósito del gobierno del que somos exponentes, será siempre el mismo: reprimirá estrictamente, conforme a la ley, todas las perturbaciones del orden político, que por lo general son grave amenaza del orden social”.

El pensamiento de Porfirio Díaz fue expresado en México con el lema de “poca política y mucha administración”. Al enjuiciarlo el filósofo Antonio Caso hacía notar:[90]

El error de Porfirio Díaz consistió en preferir sistemáticamente el desarrollo de los sistemas económicos, en creer que la riqueza es el solo aliento de los gobiernos fuertes, y, sobre todo, en pensar que el bienestar nacional exigía la supresión de las prácticas democráticas, por eso su gobierno, que aconsejaba el lema de ‘poca política y mucha administración’, cayó vencido.

La decisión de limitar la actividad política fue una decisión de restringir los márgenes sociales de la participación política. Las oligarquías cerraron el camino por el cual tendían a incorporarse a la vida pública las clases medias en ascenso y, en algunos países, las clases populares. Se utilizaron mecanismos electorales para evitar la expresión de las disidencias, estableciendo limitaciones legales —por ejemplo, para los analfabetos— o haciendo fraude en los comicios. Negaron obstinadamente la posibilidad de llevar a los cargos públicos a quienes no pertenecieran al círculo oligárquico, y crearon clientelas electorales y administrativas que respaldaban el sistema cerrado y facilitaban su funcionamiento. Naturalmente, quien ejerciera la presidencia de la república no podía salir sino de esos círculos.

El argentino Eduardo Wilde exigía este designio oligárquico en principio: “Será presidente el candidato que designe el general Roca —decía en un editorial periodístico al tratarse la sucesión de éste—. El general se ha hecho acreedor a esa conducta y debe aceptar el honor con serena conciencia”. Era el régimen que, poco después, se llamaría “el unicato”. En México, Justo Sierra[91] —ministro de Porfirio Díaz como Eduardo Wilde lo fue de Julio A. Roca— escribía:

Las dictaduras de hombres progresistas, que sean al mismo tiempo administradores inteligentes y honrados de los fondos públicos, suelen ser eminentemente benéficas en los países que se forman, porque aseguran la paz y garantizan el trabajo, permitiendo almacenar fuerzas a los pueblos. Pueden ser detestables en teoría, pero las teorías pertenecen a la historia del pensamiento político, no a la historia política, que sólo puede generalizar científicamente sobre hechos.

Y refiriéndose a Porfirio Díaz, explicaba la singular naturaleza de su poder y autoridad:[92]

Sin violar, pues, una sola fórmula legal, el presidente Díaz ha sido investi-do, por la voluntad de sus conciudadanos y por el aplauso de los extraños, de una magistratura vitalicia de hecho; hasta hoy por un conjunto de circunstancias que no nos es lícito analizar aquí, no ha sido posible a él mismo poner en planta su pro-grama de transición entre un estado de cosas y otro que sea su continuación en cierto orden de hechos. Esta investidura, la sumisión del pueblo en todos sus órga-nos oficiales, de la sociedad en todos sus elementos vivos, a la voluntad del Presi-dente, puede bautizársele con el nombre de dictadura social, de cesarismo espontáneo, de lo que se quiera; la verdad es que tiene caracteres singulares que no permiten clasificarlo lógicamente en las formas clásicas del despotismo. Es un gobierno personal que amplía, defiende y robustece al gobierno legal; no se trata de un poder que se ve alto por la creciente depresión del país, como parecen afir-mar los fantaseadores de sociología hispanoamericana, sino de un poder que se ha elevado en un país, que se ha elevado proporcionalmente también, y elevado, no sólo en el orden material, sino en el moral, porque ese fenómeno es hijo de la vo-luntad nacional de salir definitivamente de la anarquía. Por eso si el gobierno nuestro es eminentemente autoritario, no puede, a riesgo de perecer, dejar de ser constitucional; y se ha atribuido a un hombre, no sólo para realizar la paz y dirigir la trasformación económica, sino para ponerlo en condiciones de neutralizar los despotismos de los otros poderes, extinguir los cacicazgos y desarmar las tiranías locales. Para justificar la omnímoda autoridad del jefe actual de la República, ha-brá que aplicarle, como metro, la diferencia entre lo que se ha exigido de ella y lo que se ha obtenido.

Las oligarquías declinaron, en cierto modo, su propia participación y apoyaron entusiastamente este tipo de dictadura, porque preferían la ejecutividad autoritaria de quien estaban seguras de que las interpretaba, a no abrir la peligrosa compuerta de la lucha política, tras de la cual esperaba una masa cada vez más numerosa de gentes, que creía tener derecho a participar en la vida pública. La oligarquía, en rigor, gobernaba desde los cargos públicos, pero gobernaba más aún utilizando los resortes del Estado en beneficio de sus intereses privados: un reavivamiento de la actividad política no podía, pues, menos que perjudicarla sin darle nada en cambio.

Venezuela conoció, en la figura de Antonio Guzmán Blanco, el tipo de dictador autoritario que se ajustaba a sus designios. Empero, Venezuela, como algún otro país, probó que el sistema podía extremarse. La dictadura de Juan Vicente Gómez fue ese extremo. Laureano Vallenilla Lanz[93] escribió en su tiempo un denso estudio—que tituló Cesarismo democrático— para probar que los países lati-noamericanos han tenido siempre necesidad de un jefe omnímodo que asumiera la totalidad del poder:

Si en todos los países y en todos los tiempos… se ha comprobado que por encima de cuantos mecanismos institucionales se hallan hoy establecidos, existe siempre, como una necesidad fatal el gendarme electivo o hereditario de ojo avizor, de mano dura, que por las vías de hecho inspira el temor y que por el temor mantiene la paz es evidente que en casi todas estas naciones de Hispanoamérica, condenadas por causas complejas a una vida turbulenta el caudillo ha constituido la única fuerza de conservación social, realizándose aun el fenómeno que los hombres de ciencia señalan en las primeras etapas de integración de las sociedades: los jefes no se eligen sino se imponen.

Estas virtudes las hallaba íntegras precisamente en el presidente Juan Vicente Gómez, a quien atribuía no sólo las calidades necesarias sino también la obligación de ejercer la autoridad absoluta:[94]

Convencido de su misión política, no sólo por las satisfacciones de su propia conciencia, sino por las constantes y elocuentes manifestaciones con que la inmensa mayoría de los venezolanos demuestran su gratitud y su fe por los nobles y honrados procederes del egregio caudillo, el general Gómez está en el deber de reprimir con mano fuerte todo hecho que tienda a interrumpir el desarrollo moral y pacífico de esta evolución que nos conduce a un bienestar fundado en hechos po-sitivos.

Sin duda, Juan Vicente Gómez, como antes Cipriano Castro y antes aún Antonio Guzmán Blanco, representaba a los grupos más poderosos y los benefició al beneficiarse él mismo. Pero su dictadura, que sería difícil calificar dados los extremos que alcanzó, sobrepasó las expectativas de la oligarquía venezolana: el presidente cedió sin condiciones a la presión del capital petrolero norteamericano, y sus posibilidades de desarrollo quedaron limitadas dentro de los estrechísimos márgenes que fueron establecidos desde el extranjero. Quizás el de Juan Vicente Gómez sea un caso extremo. Pero esta posibilidad estaba implícita en la actitud de todas las oligarquías liberalburguesas de Latinoamérica. Por eso se transformaron en una típica derecha frente a los viejos partidos y grupos que conservaban y cultivaban la tradición ideológica del liberalismo y, más aún, frente a los nuevos y crecientes grupos sociales de clase media y popular que aspiraban no sólo al ascenso económico y social sino también a la participación política.

5. El pensamiento político del populismo desde la entreguerra

Si fueron importantes los cambios estructurales que se operaron en los diversos países latinoamericanos en la segunda mitad del siglo XIX, más importantes fueron aún sus consecuencias en las primeras décadas del XX. Y no tanto, quizá, porque se consumaran los cambios en la organización económica —que por lo contrario resistió vigorosamente— sino porque se precipitaron los procesos sociales derivados, a un ritmo y a una escala que sobrepasaban los de los cambios económicos. Este desfazamiento suscitó graves problemas políticos e ideológicos.

Persistió, modernizado y agresivo, el pensamiento político de las burguesías liberalburguesas, cada vez más afianzado como ideología de la clase dirigente, cada vez más ajustado a la situación real; y persistió, envejecido y nostálgico, el pensamiento político de los grupos señoriales, cada vez más entregados a las burguesías liberalburguesas e integrados en ellas, aunque celosos de sus principios y normas, generalmente convertidos en prejuicios.

La novedad consistió en la aparición de una nueva derecha, influida por el fascismo, el falangismo y el nazismo, constituida generalmente por miembros de la derecha tradicional —a veces de las generaciones más jóvenes— que la enfrentaron y denunciaron por su entrega a las oligarquías liberalburguesas y por su abandono de los principios señoriales. Y si esto constituyó una novedad, explicable como un fenómeno de mimetismo, más lo fue la conversión que empezó a operar luego esa nueva derecha en busca de apoyo popular o en busca de soluciones nacionales que suponían la aceptación de los problemas de las clases populares. Éstos son los grupos que suelen llamarse populistas, aun cuando la designación no sea totalmente ortodoxa. Es preferible, empero, para no usar la de los movimientos europeos que constituyeron sus modelos, luego aban-donados, y para destacar ciertas tendencias muy vigorosas que se advierten en ellos.

Como en el caso de las dictaduras liberales, también aquí se plantea el problema de la clasificación de estos grupos. Si nos atenemos al criterio político, puede decirse que revelan una inequívoca tendencia al ejercicio de un poder fuerte, dictatorial a veces, al uso de la fuerza para la conquista del poder, y a la imposición de cierto tipo de dictadura ideológica para la defensa de un sistema de fines arraigado en la tradición señorial y católica. Desde este punto de vista podría decirse que el populismo es un movimiento de derecha. Pero si nos atenemos a un criterio socioeconómico advertimos que el populismo ha aceptado el cambio y ha comenzado, en Latinoamérica, la busca de un esquema de cambio original. No es, en efecto, y pese a la frecuente retórica nacionalista, un simple retorno a la tradición, al ordenamiento social y económico propio del mundo señorial. Es, sin duda, un cambio para escapar del orden liberalburgués, pero cada vez más, según parece observarse, con un signo moderno que corresponde a lo que hoy se llama una sociedad de masas en el seno del mundo industrial, y es, precisamente, un cambio que pretende la reordenación de las masas según un sistema de fines que pueden o no compartirse, pero que corresponde a una problemática moderna y procura hallar fórmulas sociales y políticas dentro del repertorio de posibilidades que promete el incontenible proceso de desarrollo. Así, si nos atenemos a un criterio socioeconómico, no podría decirse que el populismo sea un movimiento de derecha sino una derecha paradójicamente volcada hacia la izquierda.

Este diagnóstico —es importante subrayarlo— corresponde a la situación actual. Pero como la situación social latinoamericana es muy fluida e inestable, no se podría asegurar que sea éste un diagnóstico definitivo. O mejor dicho, un diagnóstico que corresponda a núcleos esenciales. Más bien podría adivinarse que lo que está ocurriendo es una nueva alineación de partidarios de la perduración de orden liberalburgués y de partidarios de su cambio. En las nuevas alineaciones se entrecruzan los grupos, y el observador diagnostica sobre los procesos que tiene a la vista sin poder evitar la consideración de los diversos grupos que toman posición en cada frente: se extraña de que haya comunistas y socialistas embarcados en posiciones ranciamente liberales, y que haya sacerdotes y antiguos simpatizantes de Mussolini o Hitler que asuman actitudes revolucionarias modernas. En rigor, esta circunstancia perderá importancia con el tiempo, y los frentes a favor o en contra del cambio precisarán su fisonomía y cobrarán homogeneidad sin que importe la antigua filiación de sus componentes.

De todos modos, en el período posterior a la Segunda Guerra Mundial, éste parece ser el fenómeno más curioso: la escisión de la derecha en dos sectores: uno, adherido a la tradición liberalburguesa; otro, adherido a una nueva filosofía de cambio. En virtud de un proceso que, según cierto criterio formal —y en ocasiones un criterio realista—, o parte de la derecha, o la transforma, si se quiere, en una derecha paradójica, puesto que se lanza a la promoción del cambio desde dentro del sistema, con garantías que le permiten un tipo de acción que le está vedado a quienes pretenden impulsar el cambio desde fuera del sistema.

El cambio social y económico

La Primera Guerra Mundial constituyó, para Europa y para el mundo, el fin de la belle époque. Antes de ella, y a lo largo de cinco décadas, habíase arraigado la convicción de que el mundo se movía dentro de una armonía perfecta: la del mundo liberalburgués, maduro en sus ideas, maduro en las formas de su sensibilidad y maduro en la conducción de sus intereses. Pero esa armonía era inestable, y la inevitabilidad de la guerra probó que yacían en su seno contradicciones profundas que sólo transitoriamente podían haber hallado un equilibrio. Una vez roto, los cambios más violentos se produjeron en el ordenamiento económico, social, político y cultural. Los principios liberalburgueses que parecían más sólidos fueron aventados por los regímenes que se establecieron en Rusia, en Italia, en Alemania, en España, en Portugal. Por su parte, Inglaterra y Francia salieron gravemente disminuidas de la contienda, y Estados Unidos surgió como un gigante cada vez más poderoso por su riqueza y su poder militar.

Estos cambios se irradiaron rápidamente hacia la periferia de Europa, a los países de economía dependiente que se habían organizado a la sombra de la armonía del mundo liberalburgués, para servir a las necesidades y a las exigencias del núcleo hegemónico y recoger, en cambio, los márgenes de ganancia tolerables. Al sacudirse la organización, cada una de las partes recibió un mismo impacto, pero reaccionó de distinto modo según su propia estructura.

Latinoamérica sufrió muchas y muy diversas crisis, todas relacionadas con las alternativas del mercado exterior. Los tradicionales compradores de materias primas, en parte responsables del establecimiento de regímenes de monoproducción, reajustaron sus relaciones económicas con sus clientes en los términos más adecuados a sus necesidades, y todos los países latinoamericanos se encontraron con imprevistas situaciones para las que no estaban preparados. Hubo desequilibrios estructurales, desesperados intentos de reorganizar la vida económica por parte de las minorías perjudicadas, ingenuos tanteos y virajes audaces que, siempre, de alguna manera, atenuaban los efectos de la crisis que sufrían las oligarquías y solían pagar las clases medias y populares.

Por lo demás, la crisis de entreguerra estalló en una situación ya ligeramente alterada en el curso de la Primera Guerra Mundial. Las interrupciones en el suministro normal de productos manufacturados había permitido el desarrollo de ciertas industrias, cuyo crecimiento esbozaba una situación de desarrollo en muchos países latinoamericanos. Pero el fin de la guerra y el reajuste de la economía mundial trajo consigo un intento de paralizar ese desarrollo, en beneficio del viejo sistema de preguerra que se trataba de reconstituir. La crisis fue, pues, más intensa aún.

Latinoamérica fue, después de la Primera Guerra Mundial, escenario de una lucha de mercados entre Inglaterra y Estados Unidos. Este último país avanzó considerablemente, y tanto sus capitales como su influencia política penetraron en muchos países latinoamericanos modificando las condiciones del desarrollo económico, el poder de los diversos grupos de la oligarquía liberalburguesa y las perspectivas de las clases medias y populares. Fue la época de las intervenciones armadas en Nicaragua y Santo Domingo, de las presiones políticas, de la obtención de concesiones y privilegios económicos en muchos países. El petróleo se transformó en el motor de la política internacional. La industria automotriz creció vertiginosamente y buscó sus mercados extranjeros con pertinaz empeño. Y mientras crecía la complejidad de la vida económica, se desataban las contradicciones del sistema, visibles en las crisis financieras y monetarias de los países europeos y agudizadas en la crisis de 1929. Los controles se agudizaron: controles de la producción, controles de los precios, controles de cambios. La vida económica se transformó cada vez más en un mecanismo de precisión, y el número de quienes la controlaban y manejaban se fue reduciendo.

Toda esta transformación económica incidió en los países latinoamericanos sobre los procesos sociales y económicos locales. En efecto, el hecho de que predominara una economía dependiente no significó que la vida de cada país o de cada región se redujera a los esquemas que esa economía imponía. El desarrollo económico mismo tuvo peculiaridades locales en muchos aspectos que escapaban al esquema, y aun en algunos que entraban dentro de él, puesto que las reacciones fueron el resultado de muchos factores locales. Más aún ocurrió en el plano de la vida social. La dependencia económica sujetó a ciertos sectores, pero no impidió que, aun éstos, conservaran su peculiaridad y, menos aún, que reaccionaran según su propia idiosincracia, en tanto que otros sectores que recibían los impactos de la dependencia económica, en distinta medida operaban complejos desarrollos de marcado matiz local.

Es sumamente importante señalar este fenómeno. Los impactos externos fueron iguales y tendieron a homogeneizar a Latinoamérica; pero las reacciones fueron diferentes y mantuvieron —o acentuaron quizá— la diferenciación en cuanto a la naturaleza de los problemas.

La expansión de las clases medias fue un fenómeno general en Latinoamérica, que se acentuó mucho después de la Primera Guerra Mundial y que tuvo distintos aspectos según los países y las regiones. Fuera de la influencia que en todas partes del mundo tuvo la Revolución industrial en la formación de las clases medias —una clase de consumidores—, en Latinoamérica influyó mucho la importancia que adquirieron los sectores terciarios, en un sistema económico en el que la intermediación cumplía un papel fundamental. El signo más visible de ese crecimiento fue el desarrollo de las ciudades, hacia las que emigraban todos los que podían hacerlo, abandonando los campos donde la sujeción era mayor, los salarios más bajos y, sobre todo, donde los desposeídos vivían la miseria rural, que en el mundo industrial parece peor que la miseria urbana, más dura esta última en ocasiones, pero más gratificante y retributiva psicológicamente. De los que emigraban, una parte no pequeña logró ascender hacia los estratos inferiores de las clases medias. Tuvo ésta, educación, atención médica, entretenimientos, fácil comunicación y posibilidades de consumo. Y por el ejercicio de tales posibilidades no sólo crecieron las clases medias sino que adquirieron ciertos rasgos de clase media vastos sectores de las clases populares.

También adquirió la clase media la posibilidad de acentuar su participación política, dentro del margen, más o menos extenso, que permitía el predominio de las oligarquías liberalburguesas. Pero aun cuando no pudo participar efectivamente en el poder, la clase media pudo hacer sentir su presión, e ingresar ocasionalmente a través de las fisuras del sistema.

Las clases populares sufrieron un proceso de desarrollo aún más notable. Casi totalmente pasivas hasta poco antes, aparecieron de pronto en muchos países como una fuerza eruptiva, quizás incapaz de orientarse por sí misma, propensa a volcar su formidable poder a favor de quien la sedujera. Era —obsérvese bien— lo mismo que habían hecho antes las clases medias, cuyos primeros pasos hacia su incorporación a la vida política habían sido a la zaga de algún sector señorial u oligárquico que las había buscado para usarlas como ariete contra sus adversarios dentro del sistema. Las clases populares irrumpieron. Habían aparecido en México detrás de Zapata o de Villa; y aparecieron luego en Brasil, en Perú, en Bolivia, en la Argentina, en Chile, en Colombia, en Cuba. Sería largo describir la fisonomía del proceso, y más largo aún, y acaso más incierto, explicarlo rigurosamente porque todavía estamos inmersos en esa inusitada experiencia. Pero de todos modos es innegable que desde la década del veinte el fenómeno reapareció una y otra vez, y que fueron inútiles todos los esfuerzos para encubrirlo.

Podría intentarse, pero sería ajeno a nuestro tema, caracterizar cómo se constituían las masas que siguieron a Haya de la Torre, a Vargas, a Paz Estensoro, a Perón, a Gaitán, a Castro. Pero no puede dejarse de señalar el hecho, porque sin él es inexplicable no sólo la creciente inquietud revolucionaria —que escapa a nuestro tema— sino también la aparición de lo que llamamos el populismo. Tampoco puede dejar de señalarse la significación de fenómenos de irrupción popular tan significativos como el “17 de octubre” en Buenos Aires, en 1945, o el “bogotazo” del 9 de abril de 1948. Los mineros de Chile o de Bolivia no se parecen a los siervos de la mita, por cierto. Y los campesinos cubanos mostraron una capacidad para quemar etapas en el camino del desarrollo político, que evidenció la potencialidad que se esconde en las clases populares.

Esta situación, obsérvese bien, era prácticamente imprevisible fuera de México, antes de la Primera Guerra Mundial. La aparición de las clases populares como factor político es un fenómeno que en muchos países tiene veinte años y en otros treinta o cuarenta. Nada más explicable que estos fenómenos y los del crecimiento de las clases medias hayan obrado profundamente sobre la actitud de ciertos estratos de las derechas tradicionales, y provocado el curioso fenómeno de la aparición de la derecha paradójica, del populismo.

La continuidad del pensamiento político de la oligarquía liberalburguesa

Ante los síntomas de la crisis de posguerra, las oligarquías liberalburguesas —a las que estaban cada vez más estrechamente incorporados los grupos económicamente importantes de tradición señorial— se apresuraron a ajustar los mecanismos del poder para controlar lo mejor posible las alternativas del proceso.

En algunos casos hubo un simple estrechamiento de filas para presentar un solo frente político mientras se cumplía el plan económico. En otros casos hubo en el seno de la oligarquía liberalburguesa un enfrentamiento de grupos que disputaban el comando de la operación de ajuste, o por desconfianza en cuanto a las ideas y los compromisos de cada grupo, o por interés de asegurarse la totalidad o la mayor parte de las ventajas si había opción entre las soluciones. Y en ciertos casos, como en otras oportunidades en que se sintió en peligro, delegó el poder en un hombre fuerte —o simplemente lo apo-yó—, en el que reconocía capacidad y apoyo exterior suficiente como para llegar a la solución deseada.

La situación se hizo crítica hacia 1930, fecha que constituye un hito en la historia política de muchos países latinoamericanos. Por entonces llegaron al poder Trujillo en Santo Domingo, Somoza en Nicaragua y Ubico en Guatemala; en Colombia llegaron al poder los liberales, con Olaya Herrera, en tanto que en la Argentina triunfó la Revolución conservadora presidida por Uriburu; Bolivia vio el fin del régimen de Siles —al que reemplazó Salamanca—; el Perú, el de Leguía —sustituido por Sánchez Cerro—; y poco después Cuba el de Machado, reemplazado por una junta que entregó el poder a Grau San Martín; en Brasil surgió el régimen de Vargas; en el Uruguay dio Terra un golpe dictatorial; se desató la crisis política en Chile, de la que saldría una efímera república socialista primero y la vuelta al poder de Alessandri; estalló la guerra civil en Ecuador; y finalmente se encendió entre Paraguay y Bolivia la guerra del Chaco. Entre los países grandes, sólo México escapó a esta crisis. Todos fueron cambios profundos, generalmente turbulentos y dramáticos, tras los cuales el régimen anterior no volvió a ser restaurado jamás en las mismas condiciones, porque las fisuras de la situación habían quedado al descubierto y el sistema de las fuerzas sociales y políticas se constituyó en términos nuevos e irreversibles. La oligarquía liberalburguesa, bajo distintas formas y en variadas alianzas con los grupos de poder nacionales y extranjeros, asumió la responsabilidad de conservar el control de la situación sin que sus equipos de gobierno y sus personeros vacilaran en renunciar a algunas de sus más caras y tradicionales convicciones. Puede decirse que, a partir de ese momento, la oligarquía liberalburguesa fue más burguesa que liberal. Casi todo lo poco que conservaba de sus antiguas ideas liberales fue arrojado por la borda. En rigor, el sistema liberal había funcionado como una especie de fair play entre los distintos grupos de la burguesía, y dejó de funcionar cuando aparecieron en la escena política nuevos sectores sociales no pertenecientes a ella, movidos por distintas aspiraciones.

En el campo de la política interna, el programa de la democracia liberal fue considerado, de hecho, imposible de cumplir.

Sin duda que la retórica política siguió usándolo, quizá con más énfasis que antes. Pero de hecho quedó caduco. Las dictaduras políticas fueron rigorosas. Las elecciones, cuando las hubo, fueron en casi todas partes proscriptivas o fraudulentas, y en algunos países fueron un verdadero escarnio. Los partidos opositores fueron perse-guidos, las minorías despreciadas, los derechos civiles conculcados y los simples derechos humanos ignorados por verdaderos Estados policíacos. Las huelgas y los movimientos obreros fueron considerados atentados contra la seguridad pública, en tanto que se apoyaba la despiadada explotación de los trabajadores por las grandes em-presas nacionales y extranjeras.

Entretanto, en el campo de la política económica se produjo un viraje fundamental. El Estado abandonó los principios de prescindencia que la oligarquía había enunciado y defendido tenazmente hasta entonces, e intervino directa y brutalmente a veces, en la conducción de la economía. La producción y los precios fueron controlados por medio de organismos reguladores. Aparecieron los bancos centrales que dirigieron celosamente la circulación monetaria, la distribución del crédito y el uso de las divisas extranjeras. Los viejos principios del liberalismo económico quedaron olvidados.

Lo que si quedó en pie fueron los principios que habían hecho de los antiguos grupos burgueses y liberales una oligarquía cerrada. Conservó ésta la certidumbre de que sus intereses coincidían con los del país, la firme convicción de que era peligroso mantener abierto el camino hacia la participación política de los sectores medios y populares, y la decidida resolución de contener de cualquier modo los movimientos obreros que luchaban por modificar las relaciones entre el capital y el trabajo. Esta resolución fue cada vez más firme, a medida que se agudizaron los conflictos, que creció —hasta límites dramáticos— la desocupación, que se acentuaron las migraciones internas y el éxodo rural, que explotaron las rebeliones de las clases tradicionalmente sometidas. Estos principios fueron, en realidad, los que nutrieron a las burguesías liberalburguesas, que seguían declarando, sin embargo, su devoción por el Estado liberal de derecho, por la constitución vigente, por el régimen jurídico, por el sistema parlamentario.

Esos principios no habían sido observados nunca de manera absoluta; pero la oligarquía liberalburguesa había parecido admitir que, con el tiempo y con el desarrollo de la educación, sería posible un día que se cumplieran plenamente. La oligarquía liberalburguesa asumía una especie de tutela de las clases en ascenso, y, ciertamente, la experiencia de algunos países autorizaba a pensar que ésa era su política para el futuro, como lo había sido en más de un caso antes de la crisis. El armazón legal del Estado se mantuvo, pero la violación del orden legal quedó prácticamente justificada por la costumbre.

El desarrollo normal del proceso económico y social acentuó los problemas a medida que la inflexibilidad del sistema gubernamental se extremó. Lo que ocurrió en Colombia desde 1948 y en Argentina desde 1945 se incubó sordamente durante este período. Las oligarquías fueron absolutamente insensibles a los problemas del pasado. La crisis se hizo visible con motivo de la Segunda Guerra Mundial. Nuevas posibilidades de negocios aparecieron para las oligarquías, pero aparecieron para los sectores medios y populares otras posibilidades de rebelión, que se canalizarían a través de otros movimientos, algunos de los cuales tuvieron éxito más o menos duradero mientras otros se fueron disolviendo hasta perder agresividad.

Lo importante es que la oligarquía liberalburguesa estrechó sus filas nuevamente y volvió a cambiar de opinión frente a muchos problemas. Se destacaron de su seno sectores industrialistas que trataron de lograr una política de protección para su campo económico; pero los equipos dirigentes entraron de lleno en la esfera de acción del nuevo capital predominante —esta vez el norteamericano— y se afiliaron otra vez a una decidida política liberal que sostuvo la necesidad de mantener el régimen de la libre empresa. El neoliberalismo que pretendía imitar el sistema económico de los Estados Unidos y de los países como Alemania e Italia donde se había operado el llamado ‘‘milagro” de la economía liberal, fue defendido en los países latinoamericanos donde la coyuntura de la guerra había permitido desencadenar un proceso relativamente vigoroso de industrialización. Y en otros aspectos —menos en el político— el liberalismo volvió a ser considerado como el sistema propio de una democracia. Una retórica anacrónica envolvió esta prédica que, naturalmente, empezó a alejar de los partidos políticos que la defendían a los sectores medios y populares.

Las oligarquías liberalburguesas se encontraron, así, enfrentadas por vastas masas que acumulaban cada vez más experiencia. Para enfrentarlas acentuaron la defensa del liberalismo y lo transformaron en sinónimo de sistema de libertades individuales. Esos principios fueron identificados con los que rigen el mundo occidental y cristiano, y opuestos a los que rigen el mundo comunista. Todo principio de estatización, todo llamado a la justicia social, toda tendencia a la socialización o colectivización fue considerado expresión del “comunismo”, un ente que adquirió, por la fuerza de la propaganda, una variada gama de connotaciones. El papa Juan XXIII y el presidente Kennedy fueron considerados “idiotas útiles”, y el presidente Frei, el “Kerensky chileno”. Sólo pareció respetable, a sus ojos, la perduración verbal de un conjunto de nobles principios que habían movido la Independencia, pero que las oligarquías liberalburguesas habían abandonado de hecho en el momento mismo en que se convirtieron en oligarquías.

Las reminiscencias del pensamiento político de los grupos señoriales

Desde el punto de vista del poder, los grupos de tipo tradicional y de mentalidad señorial dejaron de ser importantes en Latinoamérica por sí mismos en las últimas décadas. Obsérvese bien, que se trata de la posibilidad de que predominaran por sí mismos, porque, en efecto, el mecanismo de la economía mundial los puso en la opción de fusionarse con la oligarquía liberalburguesa, o transformarse ellos mismos en eso, o perder toda eficacia económica y política.

Por sí mismos, sin embargo, los grupos señoriales mantuvieron cierta importancia. Ante todo, como componentes de la oligarquía liberalburguesa, puesto que de acuerdo con su gravitación le infundieron distinto aire. Allí donde la tradición señorial conservó prestigio, arrastró a muchos miembros de la nueva oligarquía a una imitación más o menos grotesca de su estilo de vida, a una adopción más o menos arraigada de sus ideales y prejuicios. Y si la influencia fue grande pudieron los grupos señoriales cubrir con su bandera ese complejo social que constituyó la oligarquía liberalburguesa.

Pero, además, los grupos señoriales siguieron constituyendo el signo —o el vestigio— de una sociedad tradicional que, aunque periclitada, seguía siendo un cuadro de referencias para los más celosos defensores del sistema constituido —las fuerzas armadas y la Iglesia, que medían la tolerabilidad de los cambios según el margen de alejamiento de aquel esquema. En la retórica tradicional latinoamericana, el heroísmo y la santidad parecían ser los rasgos predominantes de una sociedad precapitalista que, de acuerdo con ella, habría prevalecido en Latinoamérica —heredera de Portugal y España— durante los buenos tiempos pasados. Sería largo estudiar el mecanismo por el cual se ha constituido esta retórica en Latinoamérica, y más complejo aún desentrañar el extraño fenómeno psicosocial en virtud del cual sectores relativamente extensos de la sociedad creen que tal retórica expresa una realidad profunda. Lo importante es que los sectores señoriales representan, a sus propios ojos y ante los ojos de vastos grupos del clero y de las fuerzas armadas, una tradición valiosa, referida a la tradición hidalga, consustanciada con el espíritu de una aristocracia secular y apoyada en los vigorosos ideales del mundo feudal. Puede decirse, en resumen, falsamente por cierto, que los grupos señoriales representan una mentalidad precapitalista que conserva considerable predicamento en algunos sectores de la sociedad latinoamericana.

Es considerable el número de grupos y personas que, en determinada ocasión, se muestran identificados con esa concepción de la vida, sin perjuicio de que opere como generadora de normas y actitudes en la vida cotidiana. Subsisten las clientelas rurales de las viejas clases poseedoras, solidarias con ellas por la subsistencia de una sociedad paternalista; pero subsisten vastos sectores medios para los cuales la imitación de las formas de vida y la imitación de las formas externas de comportamiento de las viejas clases poseedoras supone alcanzar un signo de prestigio. El hecho es significativo, porque revela hasta qué punto las formas de vida y de pensamiento de los grupos señoriales constituyen marcos de referencia para sociedades que. sin embargo, han operado importantes cambios de estructura incompatibles con aquéllas.

Hubo países —la Argentina, por ejemplo—. donde llegaron a constituirse en la década del 30 grupos monárquicos, aparentemente con seriedad. Cierto es que sus integrantes se sentían camelots du roi, pero el proyecto, que tuvo una revista como instrumento de difusión. se refería concretamente a la realidad Argentina y no carecía de simpatizantes entre quienes parecían tener alguna influencia en-tre los grupos de poder.

El pensamiento político de los grupos señoriales no tiene, pues, más valor que el de una reminiscencia —nostálgica a veces, llena de dignidad literaria en algunos autores, grotesca en ocasiones—esgrimida como un fantasma por quienes sólo excepcionalmente creen en él. Sin embargo, es importante hacer dos observaciones a su respecto. que acaso se confundan en una sola.

El pensamiento político de los grupos señoriales, allí donde subsiste. mantiene su oposición, no sólo a las concepciones políticas de la democracia sino también a las formas de vida y a los principios propios del orden capitalista y liberal. Forma parte de su elenco de ideas, llamémosle así. el prejuicio contra el capital judío, contra los masones, contra los políticos, pero también contra Estados Unidos y. a veces, contra Inglaterra. El prejuicio capitalista funciona como un ariete anticapitalista, quizá por inadvertencia, y el prejuicio hispánico como un ariete antinorteamericano.

Deben agregarse a este sistema de prejuicios los que provienen de una vigorosa actitud contra los parvenus, los nuevos ricos, los cuales suponen todo un enjuiciamiento a la totalidad de la sociedad contemporánea y a su mecanismo de desarrollo y diferenciación.

Por otra parte, el pensamiento político de los grupos señoriales conserva muy vivas las reminiscencias de la organización paternalista: de la hacienda y del Estado. Ese sentimiento paternalista fue hostigado duramente por la oligarquía liberalburguesa porque, efectivamente, representaba un principio político intolerable en una sociedad moderna, y contradictorio en relación con el afianzamiento de la democracia.

Pero, después de varias décadas de ejercicio de la democracia liberal, vastos sectores populares en distintas regiones de diversos países latinoamericanos, al tener acceso a la vida política, han actualizado la concepción paternalista, actuando de acuerdo con ella y recibiendo por excusados caminos el apoyo de los grupos señoriales supérstites.

Esta actitud política es, en sí misma y en teoría, escasamente eficaz en el mundo de la sociedad industrial; pero permite una transferencia hacia concepciones políticas no liberales, no individualistas, en las que el paternalismo adopta una fisonomía diferente, como el comunitarismo. el corporativismo y, en general, los proyectos de organización social promovidos por las encíclicas de la Iglesia Católica.

El pensamiento político de los grupos señoriales es, pues, una reminiscencia anacrónica: pero quedan señaladas las líneas a través de las cuales las nuevas generaciones de los grupos señoriales pudieron llegar a formular los principios de la derecha paradójica, de la derecha volcada hacia el cambio, del populismo.

El pensamiento político del populismo

Se conoce con el nombre de populismo a los movimientos de tendencia popular —o destinados a polarizar a las masas hacia soluciones que les satisfagan— que rechazan tanto la tradición liberal como la tradición marxista.

No siempre es fácil filiar clara y objetivamente su origen, pero es innegable que, en general, el populismo proviene —por la extracción de sus dirigentes y por la peculiaridad de su pensamiento— de los grupos de derecha: pero no de las oligarquías liberalburguesas sino de los grupos señoriales, marginalizados como tales por aquellas. En nombre de una concepción señorial, católica, precapitalista y antiliberal, grupos provenientes de los sectores más tradicionales comenzaron a orientar sus simpatías hacia los regímenes de fuerza y hacia las doctrinas antiliberales. Maurras, Daudet, Sorel, Pareto ejercieron una profunda influencia ideológica. El triunfo de Mussolini y su denuncia de los regímenes liberales, así como su decidida acción contra los movimientos obreros —socialistas y comunistas—, polarizó la admiración de los grupos aristo-cratizantes que desdeñaban la demagogia de la nueva democracia latinoamericana, fundada en una retórica liberal, apoyada por las clases medias en vías de ascenso y explotada sabiamente por las oligarquías liberalburguesas. Al cabo de poco tiempo casi todos los grupos adoptaron uniformes y organizaciones semimilitares, imitando las camisas negras y pardas, las milicias fascistas o las fuerzas S.S.

Con tales caracteres, esos movimientos no pasaron de ser insignificantes esfuerzos de grupos minoritarios, de tendencia aristocratizante, sin otra fuerza que la que podía prestarle el apoyo que recibieron en muchos casos de grupos militares dispuestos a la acción. Pero a partir de cierto momento, a partir del estallido de la Segunda Guerra Mundial y de las impresionantes victorias militares del Eje, los grupos que se denominaban nacionalistas comenzaron a obtener apoyo popular. La germanofilia los señaló como adversarios del mundo anglosajón y, por allí, del capitalismo y el imperialismo inglés y norteamericano: de modo que no les fue difícil aparecer como los campeones de una lucha por la liberación nacional, en la que aceptaron embarcarse grupos intelectuales y grupos obreros —con y sin experiencia sindical— agobiados por la presión de los monopolios internacionales. Estos movimientos crecieron. La enérgica campaña antibritánica y el reclamo de los derechos de las clases sometidas a las presiones económicas v sociales de las grandes empresas dio a los grupos nacionalistas un aire fuertemente popular; y a medida que creció el apoyo ese aire se acentuó y la dinámica del movimiento se fue acelerando hasta transformar totalmente los movimientos aristocratizantes y antidemocráticos en movimientos populares antiliberales.

El antiliberalismo fue uno de los rasgos sobresalientes del pensamiento político del populismo. Recogía, sin duda, la tradición señorial, pero fue presentado con una nueva fisonomía en la que, junto a la crítica, podían advertirse ideas constructivas que sonaban bien en los oídos de las clases populares.

Jorge González von Marées, líder del Movimiento Nacional Socialista Chileno, admitía la clara filiación fascista de éste, en cuanto tenía de apertura hacia soluciones no liberales:[95]

Consideramos que el fascismo, en sus ideas fundamentales, no es sólo un movimiento italiano sino que es mundial. El encarna la reacción espontánea y natu-ral de los pueblos contra la descomposición política producida por el Estado democrático liberal. Significa el triunfo de la gran política, o sea. de la política dirigida por los pocos hombres superiores de cada generación, sobre la mediocridad, que constituye la característica del liberalismo; significa también el predominio de la sangre y de la raza sobre el materialismo económico v el internacionalismo. En este sentido somos fascistas, sin que ello signifique, por ningún motivo, que pretendemos copiar el fascismo italiano o el hitlerismo alemán. Nuestro movimiento se caracteriza por su tendencia esencialmente nacionalista.

Pocos años después, el periódico La Nueva República[96] vocero de los nacionalistas argentinos, definía su posición como un intento de restaurar los principios políticos tradicionales, conculcados por la democracia liberal:

La Nueva República se ha definido como un grupo nacionalista. Este voca-blo que despierta la antipatía instintiva de quienes lo consideran aplicable a una exaltación irrazonada del sentimiento patriótico que degenera en xenofobia, ha sido adoptado por nosotros como insustituible para expresar un cierto orden de relaciones jurídicas. El nacionalismo —hemos dicho— persigue el bien de la nación, de la colectividad humana organizada; considera que existe una subordinación necesaria de los intereses individuales al interés de dicha colectividad y de los derechos individuales al derecho del Estado. Esto basta para diferenciarlo de las doctrinas del panteísmo político, las cuales se caracterizan por el olvido de ese fin esencial de todo gobierno —el bien común— para sustituirlo por principios abstractos: soberanía del pueblo, libertad, igualdad, redención del proletariado.

Los movimientos nacionalistas actuales se manifiestan en todos los países como una restauración de los principios políticos tradicionales, de la idea clásica del gobierno, en oposición a los errores del doctrinarismo democrático, cuyas consecuencias desastrosas denuncia. Frente a los mitos disolventes de los demagogos erige las verdades fundamentales que son la vida y la grandeza de las naciones: orden, autoridad y jerarquía.

Una definición coherente de los objetivos contra los cuales el nacionalismo quería luchar y de aquéllos que quería conseguir, apareció en el documento titulado “Principios y acción del Movimiento nacionalista revolucionario“, que sirvió de base para la fundación del partido boliviano de ese nombre en 1941. En el segundo punto, el antiliberalismo se manifestaba, al mismo tiempo, como una ofensiva contra el sistema capitalista y liberal y como un ataque contra el socialismo, vinculado —se decía— con el internacionalismo judío y la masonería:[97]

Denunciamos como antinacional toda posible relación entre los partidos políticos internacionales y las maniobras del judaísmo, entre el sistema democrático liberal y las organizaciones secretas y la invocación del ‘socialismo’ como argumento tendiente a facilitar la intromisión de extranjeros en nuestra política interna o internacional, o en cualquier actividad en la que perjudiquen a los bolivianos. Exigimos la prohibición absoluta de la intervención de acciones o capital extranjero en los periódicos, revistas y demás publicaciones. Exigimos una ley que obligue a las empresas periodísticas o de cualquier género de publicidad a declarar ante las autoridades civiles o militares cuando contraten servicios de redactores o colaboradores extranjeros especificando los salarios que les paguen y los servicios que aquéllos presten. Exigimos la prohibición absoluta del ingreso de extranjeros al Ejército para el comando de tropas, salvo como profesores de la oficialidad, previa aprobación mediante ley. Exigimos la formación de un registro de todos los empleados dependientes de las empresas extranjeras con especificación prolija de antecedentes, sueldos o salarios, bajo la vigilancia del Estado Mayor del Ejército. Exigimos la prohibición absoluta de la inmigración judía y de cualquier otra que no tenga eficacia productora.

Y cuando Paz Estensoro[98] nacionalizó las minas de estaño en 1952, extremó la crítica del sistema capitalista:

El contraste entre las minas de extraordinaria riqueza y el atraso y la pobre-za generales del país hizo posible el crecimiento del desproporcionado poder de los grandes mineros. Ello fue agravado luego por una legislación excesivamente liberal en la que no se contemplaba obligación social alguna y apenas sí insignificantes cargas tributarias. Ese poder económico que se hizo dueño a breve plazo del poder político, deformó cruelmente toda la vida boliviana. Quiso hacer de una nación y de tres millones y medio de hombres libres una factoría acomodada a los intereses explotadores de tres individuos.

Fue impuesta la monoproducción como característica de la economía na-cional. A la oligarquía no le importaba que, por esa imposición, aumentara hasta hacerse torturante, nuestra dependencia de los mercados extranjeros. Las fluc-tuaciones en la cotización del estaño, totalmente fuera de nuestro alcance, reper-cutían sin embargo, vertical y decisivamente, sobre toda la vida del país por la ausencia de factores compensatorios: la depresión, cuando descendía el precio del estaño en el mercado mundial, se hacia más aguda para Bolivia porque nuestras necesidades de consumo debían satisfacerse, en su mayor parte, con artículos im-portados.

Esta actitud antiliberal, manifestada en el seno de una sociedad vigorosamente estructurada dentro de tal sistema, importaba una clara aceptación de la necesidad del cambio y un designio resuelto de promoverlo a cualquier precio. Esta decisión significaba una actitud revolucionaria, un abandono de la típica actitud de la derecha señorial y de la derecha liberal burguesa. No sería fácil establecer en qué medida y por qué vías el pensamiento de la izquierda revolucionaria había influido en el pensamiento político de los grupos populistas, pero es evidente que, una vez salvados los distintos fines ideológicos, la aceptación del cambio y la programación del sentido que debería tener, aproximaba a los grupos populistas más a la izquierda —a la que querían combatir y a cuyo desafío pretendían responder— que a los distintos grupos de la derecha tradicional.

Su divergencia residía en el sentido del cambio. Descartada la idea de la legitimidad de la lucha de clases, del designio de constituir- una sociedad sin clases: rechazada la concepción materialista y dialéctica de la historia y la innegable continuidad que ella implicaba con respecto a algunos aspectos de la tradición liberal, los grupos populistas organizaron poco a poco un ideario bastante homogéneo, que expresó el sentido del cambio a que aspiraba.

A la aspiración de las izquierdas a constituir un mundo socialista, el populismo opuso, en Latinoamérica, su aspiración a reconstruir un mundo en el que predominaran los principios del catolicismo antiutilitario, de la hispanidad y del nacionalismo. En 1945 escribía el filósofo boliviano Roberto Prudencio:[99]

Mientras nosotros vivimos en un mundo de crisis, en medio de la duda y la incertidumbre, pues ni siquiera tenemos ya la seguridad del positivismo en el futuro de la ciencia, el hombre de la Edad Media concebía el universo como un todo armónico que servía a los fines de Dios.

La vida humana tenía un principio y un fin, regulados desde la eternidad. El hombre era la obra de Dios y la vida un camino hacia El. La concepción del mundo que tenían aquellas almas religiosas se podría representar en la imagen de una catedral gótica. Nos ha tocado vivir en un mundo sin valor, en un mundo vacío de contenido. en un mundo sin belleza, sin amor y sin Dios.

Era la opinión que expresaba el filósofo mexicano José Vasconcelos en su Breve Historia de México, señalando por una parte la nefasta contribución del protestantismo anglosajón que tanto había influido, en su opinión, sobre los liberales, y por otra la pugna “de latinidad contra sajonismo” sobre la que se extendía en La raza cósmica. El tema del catolicismo conducía al tema de la hispanidad. Vasconcelos afirmaba categóricamente que:[100] “…el paso inmedi ato la emancipación económica tendría que ser emancipación intelectual y el retorno a lo hispánico”.

El hispanismo, en efecto, fue un polo del pensamiento del populismo, y se manifestó en las ideas de los peruanos Riva Agüero y Porras Barrenechea, del venezolano Briceño Iragorri, del argentino Ibarguren, del uruguayo Herrera. Era una doctrina política, pero suponía una actitud intelectual que entrañaba un “revisionismo” de la historia y la política de todos los países latinoamericanos. El liberalismo había sido una ideología extranjera y había perturbado el desarrollo nacional. La verdadera raíz de Latinoamérica, de cada uno de los países que la componían, era el mundo colonial hispánico, donde se escondían los fundamentos de la nacionalidad. Walter Montenegro,[101] uno de los fundadores del Movimiento nacionalista revolucionario, escribía en la revista Kollasuyo de La Paz, fundada precisamente para profundizar los estudios bolivianos:

Todo lo cual, nos permite, pues, jerarquizar la Colonia como una noble y alta fuente de inspiración cultural cuya sola existencia constituye el más categórico desmentido a la idea de quienes piensan que, no teniendo nosotros, los bolivianos, nada valioso, nada de que enorgullecemos justamente en nuestro pasado, estamos fatalmente condenados a desear, y a buscar nuestra incondicional incorporación de vencidos a las formas de vida, vale decir a la cultura occidental, europea.

Y aquí nos encontramos con el tercer período de nuestra historia, que constituye precisamente, por sus fuentes de inspiración, y por los rumbos de su pensamiento, la más infortunada y falsa negación de los valores americanistas, vale decir bolivianistas, que se propugna en estas líneas.

En efecto, tomada la Colonia en aquel aspecto puramente negativo de que nos habla el escritor últimamente citado, y al influjo preponderante y unilateral de las ideas políticas, la República hace un repudio absoluto y sistemático de ella; quema sus restos y aventa las cenizas.

Importa, en cambio, junto con la ‘Libertad, Fraternidad e Igualdad’ de la Revolución Francesa, y el sentido demoliberal de aquélla, el gusto, la preferencia por todo cuanto trascendiese a gálicos orígenes.

Y menospreciando aquello que por la sangre es suyo, adopta así en lo material como en lo espiritual, político, jurídico y cultural, en fin, lo que la Francia del siglo XIX le envía.

Otros factores veía también el nacionalismo en la formación de la nación, y todos fueron señalados y analizados porque la situación era el núcleo de la concepción histórica, social y política.

Si el nacionalismo concebía idealmente un mundo incontaminado en el que prevalecían los principios del catolicismo y la hispanidad, dentro de él no reconocía como unidades históricas reales nada más que las naciones, cada una de las cuales poseía según la concepción romántica, una individualidad intransferible, un alma. Esa alma se había formado a lo largo del tiempo, y cada nación debía reivindicar sus remotos orígenes. Por eso el nacionalismo creyó que había que “revisar” el valor de la época colonial, para buscar en ella la primera fisonomía del alma nacional. Pero no se detuvo allí. También reivindicó la tradición indígena. Lo había hecho ya la Revolución mexicana y lo harían otros movimientos más tarde.

El indigenismo fue una teoría, especialmente en Perú y Bolivia. Entre otros, la sostuvieron en Bolivia de manera eminente Franz Ta- mayo, que veía en el indio boliviano el depositario del alma nacional, Jaime Mendoza y el grupo que Roberto Prudencio aglutinó alrededor de la revista Kollasuyo. en parte el mismo que actuó en el Movimiento Nacional revolucionario; y la promovieron y adoptaron en Perú, bajo la remota inspiración de Clorinda Matto de Turner, el antropólogo Luis E. Valcárcel y los novelistas Ciro Alegría y José María Arguedas. El nacionalismo recogió esa teoría y la incluyó dentro de su sistema.

Pero el pasado histórico no era toda la raíz de la nacionalidad. El boliviano Jaime Mendoza escribía: “Cuando se habla del indio, implícitamente se alude a la tierra”. Este sentimiento aparece también en Tamayo y se encuentra expresado de manera tajante en Prudencio: “La cultura no es sino la expresión de lo telúrico”. Este trasfon- do de pasado histórico y sentimiento telúrico apareció entre los nacionalistas brasileños, en el antropólogo Euclides da Cunha, en el novelista Graça Aranha, en el filósofo Alberto Torres. Y en México, un vasto movimiento destinado a definir “lo mexicano” se expresó a través de una rica literatura y adquirió forma en el pensamiento de Vasconcelos, Ramos y Zea.

Bajo la forma de movimiento político populista, el nacionalismo recogió esa doctrina de las esencias nacionales —peruanidad, bolivianidad, mexicanidad, argentinidad— y la movilizó en busca de soluciones para los grandes problemas de la nación, al margen de las tradicionales fórmulas liberales y de las que ofrecían los partidos de la izquierda marxista.

Se intentó programar una economía nacional, cuya primera consigna debía ser escapar de los tentáculos del capitalismo internacional. Decía el argentino Carlos Ibarguren[102] en carta a un candidato presidencial conservador:

Anhelo vivamente… que limpie Ud. el escenario público, cuyos actores ac-tuales nada representan y constituyen una oligarquía de profesionales de la política que corren en pos del mantenimiento de sus posiciones y de sus intereses particula-res; que conquiste Ud. la completa independencia económica de nuestra patria, li-berándola de monopolios y de la presión del capitalismo internacional que la tienen ahogada en muchos de sus órganos vitales…

Radomiro Tomic,[103] uno de los jefes de la democracia cristiana chilena, decía en 1948: “Los que creemos en el Social-Cristianismo creemos en la posibilidad de hallar una síntesis entre las profundas modificaciones de estructura que necesita la economía para ponerse al servicio del Trabajo en vez de seguir al servicio del Capital, y la plena salvaguardia de los valores espirituales…”.

De este modo, concretaba su programa en una serie de transformaciones fundamentales para la economía chilena, evitando el principio de la socialización de los bienes de producción. Tal era también el principio del Movimiento nacionalista revolucionario de Bolivia, en cuyo programa se decía:[104]

Afirmamos nuestra fe en el poder de la raza indomestiza; en la solidaridad de los bolivianos para defender el interés colectivo y el bien común antes que el individual, en el renacimiento de las tradiciones autóctonas para moldear la cultura boliviana y en el aprovechamiento de la técnica para construir la Nación sobre un régimen de verdadera justicia social boliviana, sobre bases económica y política-mente condicionadas con sujeción al poder del Estado.

Exigimos la voluntad tenaz de los bolivianos para mantener ante lodo la propiedad de la tierra y de la producción, su esfuerzo político para que el Estado fortalecido asegure en beneficio del país la riqueza proveniente de la industria ex-tractiva, y su acción individual para formar la pequeña industria. Exigimos el con-curso de todos para extirpar los grandes monopolios privados y que las actividades comerciales minoristas sean desempeñadas exclusivamente por bolivianos. Exigi-mos el estudio sobre bases científicas del problema agrario indígena con vista a in-corporar a la vida nacional a los millones de campesinos marginados de ella, y a lograr una organización adecuada de la economía agrícola para obtener el máximo rendimiento. Exigimos la nacionalización de los servicios públicos.

Esta actitud frente al ordenamiento económico fue también predominante en la política de Vargas[105] y en la de Perón. Decía Vargas a los dos años de la Revolución:

El individualismo excesivo que caracterizó el siglo pasado, necesitaba en-contrar límite y correctivo en la preocupación predominante del interés social. No hay en esa actitud, ningún indicio de hostilidad al capital, que, al contrario, necesita ser atraído, amparado y garantizado por el poder público. Pero la mejor manera de garantizarlo está, justamente, en transformar el proletariado en una fuerza orgánica de cooperación con el Estado y no dejarlo que, por el abandono de la ley, se entregue a la acción disolvente de elementos perturbadores, privados de sentimientos de patria y de familia.

Una posición semejante sostuvo Perón[106] en 1946, antes de llegar a la presidencia, cuando se suponía que necesitaba apelar a todos los recursos para atraer el voto popular:

No soy tampoco de los que creen que los integrantes de la llamada Unión democrática han dejado de llenar su programa político —vale decir, su democracia— con un contenido económico. Lo que pasa es que ellos están defendiendo un sistema capitalista con perjuicio o con desprecio de los intereses de los trabajadores, aun cuando les hagan las pequeñas concesiones a que luego habré de referirme; mientras que nosotros defendemos la posición del trabajador y creemos que sólo aumentando enormemente su bienestar e incrementando su participación en el Estado y la intervención de éste en las relaciones del trabajo, será posible que subsista lo que el sistema capitalista de libre iniciativa tiene de bueno y de aprovechable frente a los sistemas colectivistas. Por el bien de mi patria quisiera que mis enemigos se convencieran de que mi actitud no sólo es humana sino que es conservadora en la noble acepción del vocablo. Y bueno sería también que desechasen de una vez el calificativo de demagógico que se atribuye a todos mis actos, no porque carezcan de valor constructivo ni porque vayan encaminados a implantar una tiranía de la plebe (que es el significado de la palabra demagogia) sino simplemente porque no van de acuerdo con los egoístas intereses capitalistas, ni se preocupan con exceso de la actual ‘estructura social’ ni de lo que ellos barriendo para adentro llaman ‘los supremos intereses del país’ confundiéndolos con los suyos propios.

Pero los grupos más avanzados del peronismo consiguieron imponer al reformarse la Constitución Argentina de 1949 un artículo que expresaba su concepción de la economía nacional:[107]

La organización de la riqueza y su explotación tienen por fin el bienestar del pueblo, dentro de un orden económico conforme a los principios de la justicia social. El Estado, mediante una ley, podrá intervenir en la economía y monopolizar determinada actividad, en salvaguaradia de los intereses generales y dentro de los límites fijados por los derechos fundamentales asegurados en esta Constitución. Salvo la importación y exportación que estarán a cargo del Estado de acuerdo con las limitaciones y el régimen que se determine por ley, toda actividad económica se organizará conforme a la libre iniciativa privada, siempre que no tenga por fin ostensible o encubierto, dominar los mercados nacionales, eliminar la competencia o aumentar usuariamente los beneficios.

Los minerales, las caídas de agua, los yacimientos de petróleo, de carbón y de gas, y las demás fuentes naturales de energía, con excepción de los vegetales, son propiedades imprescriptibles e inalienables de la Nación, con la correspondiente participación en su producto, que se convendrá con las provincias.

Los servicios públicos pertenecen originariamente al Estado, y bajo ningún concepto podrán ser enajenados o concedidos para su explotación. Los que se hallaren en poder de particulares serán transferidos al Estado, mediante compra o expropiación con indemnización previa, cuando una ley nacional lo determine. El precio por la expropiación de empresas concesionarias de servicios públicos será el del costo de origen de los bienes afectados a la explotación, menos las sumas que se hubieren amortiguado durante el lapso cumplido desde el otorgamiento de la concesión, y los excedentes sobre una ganancia razonable, que serán considerados también como reintegración del capital invertido.

La organización de la economía debía traer consigo una reorganización social y política. El nacionalismo declaró caduco el sistema individualista y el régimen parlamentario, y buscó sustitutos. En principio los halló en la teoría del corporativismo. El intento más acabado de la nueva concepción social fue el Estado Novo montado por Vargas en el Brasil después del golpe de Estado de 1937. En la Argentina se intentó cautelosamente a través de una constitución provincial. Pero en ambos casos los esfuerzos fueron efímeros, sobre todo por el desprestigio que acarreó al sistema la derrota del Eje. En la imposibilidad de estatuir un sistema orgánico, se proclamaron vagos principios políticos. Rojas Pinilla arriesgó en Colombia una definición de la democracia y de los principios políticos de su gobierno:[108]

democracia es la mejor interpretación de la voluntad soberana del pueblo; democracia es oportunidad para que todos trabajen honrada y pacíficamente; de-mocracia es el otorgamiento de garantías sin discriminación alguna; democracia es gobierno de las fuerzas armadas.

¿Quién puede dar oídos a las voces que hablan de gobierno despótico y de poderes omnímodos?

Vosotros diréis ahora si preferís la democracia de parlamentos vociferantes, prensa irresponsable, huelgas ilegales, elecciones prematuras y sangrientas y burocracia partidista, o preferís la democracia que los resentidos llaman dictadura, de tranquilidad y sosiego ciudadano, obras de aliento nacional, garantías para el trabajo, técnica y pulcritud administrativa y ancho campo para la verdadera libertad y las iniciativas del músculo y de la inteligencia.

Perón, por su parte, dejando subsistente el sistema parlamentario tradicional, intentó una “organización del pueblo” cuyo programa establecía:[109] “La comunidad nacional se organizará socialmente mediante el desarrollo de las asociaciones profesionales en todas las actividades de ese carácter y con funciones prevalecientemente sociales”.

Y procuró llevarlo a cabo estimulando las diversas asociaciones y promoviendo su ostensible participación en el gobierno.

En principio, el populismo asumió la defensa de los intereses populares, pero entendiendo que requerían la tutela de una aristocracia, de una elite sobre cuyo origen y constitución sólo hubo vagos indicios. Perón y Vargas hablaban de la formación de nuevos cuadros, y en efecto promovieron su formación sin reparar en el origen social; pero en importantes sectores del nacionalismo populista subsistían los resabios de una concepción aristocratizante que suponía la conservación del poder y de la tutela en manos de las clases ilustradas o tradicionales.

Para coronar el edificio del nuevo orden nacional, el populismo afirmó la existencia de una cultura nacional, nutrida de savia vernácula y orientada según su espontánea concepción de la vida. También en este campo resonaron las apelaciones a los sentimientos telúricos, a la tradición indígena, al pasado colonial, y las imprecaciones contra la tradición europea, francesa especialmente en cuanto tenía de liberal y racionalista. Una revalorización del arto autóctono y de las tradiciones vernáculas acompañó esta afirmación de la vigencia de la cultura nacional.

Notas

1 Oliveira Vianna. Evolución del pueblo brasileño. Buenos Aires. 1937, p. 286.

2 Ots Capdequí, José M., Instituciones sociales de la América española en el período colonial. La Plata, 1934, p. 33.

3 Fray Vicente del Salvador, Historia do Brasil, cf. Oliveira Vianna, Op. cit., p. 65.

4 Las Casas, Bartolomé de, Historia de las Indias, Libro III, cap. IV.

5 Descripción del Virreinato del Perú. Crónica inédita de comienzos del siglo XVII, edición, prólogo y notas de Boleslao Lewin, Rosario, 1958, p. 68.

6 Van Vliervelt, “Reflexiones sobre el Brasil”, Revista del Instituto Histórico de San Pablo, vol. V, p.135: cf. Oliveira Vianna, Op. cit., p. 64.

7 Abad y Queipo, Manuel. Representación al Rey sobre la inmunidad personal del clero de Michoacán, del 11 de enero de 1799, cf. J. Romero Flores, Don Miguel Hidalgo y Costilla, padre de la Independencia mexicana, México, 1945.

8 Humboldt, Alejandro de, Ensayo político sobre la Isla de Cuba, La Habana, 1960, p. 162.

9 Arzobispo San Alberto, Catecismo Regio.

10 Sepúlveda, Juan Ginés de, Democrates alter, pp. 81, 85 y 171: cf. Silvio

11 Op. cit., pp. 100-101

12 Zárate, Agustín de, Historia del descubrimiento y conquista del Perú, Buenos Aires, 1965, p. 15.

13 Relación de los hechos y fin heroico del General Liniers, en Anales de la Biblioteca, tomo III, Buenos Aires, 1904, p. 336.

14 Giménez Rueda, Julio, Letras de México, México, 1944, p. 80.

15 Díaz, José Domingo, Recuerdos sobre la rebelión de Caracas, Caracas, 1961, p. 45 y sigs.

16 Alamán, Lucas, Semblanzas e Ideario, México, 1963, p. 171.

17 Sarmiento, Domingo Faustino, Facundo, La Plata, 1938, p. 74.

18 Toro, Fermín, Reflexiones sobre la ley del 10 de abril de 1854.

19 Sarmiento, Domingo Faustino, Facundo, Op. cit., p. 75.

20 Montalvo, Juan. “liberales y conservadores’’, en El Regenerador, número 3. 1867, t. 1, p. 104.

21 El Constitucional, 20 de noviembre de 1868; cf. Leopoldo Benites, Ecuador, drama y paradoja, México, 1950, p. 224.

22 Camacho Roldán, Salvador, Memorias, Bogotá, 1948, t. 1, p. 44.

23 El Tizón Republicano, 23 de junio de 1823: cf. G. Feliu Cruz. La abolición de la esclavitud en Chile, Santiago, 1942, p. 102.

24 4 Camacho Roldán, Salvador, Op. cit., t. I, p. 83.

25 Ruy Barbosa, Conferencias y discursos, Buenos Aires, 1939, p. 250.

26 Vallarta, Ignacio L., Discurso del 8 de agosto de 1856, en el Congreso Extraordinario Constituyente, cf. Jesús Reyes Heroles, El liberalismo mexicano, t. III, p. 588.

27 Pardo y Aliaga, Felipe, Poesías y escritos en prosa, París, 1869.

28 Op. cit.

29 Robertson, J. P. y C., Cartas del Paraguay.

30 Auto del 25 de octubre de 1816. en Cuaderno de Autos Supremos: cf. Efraim Cardozo, Paraguay independiente, 1949. p. 58.

31 Sánchez Quell, H., política internacional del Paraguay, Buenos Aires, 1945. p. 73.

32 cf. Pérez Acosta. J., Francia y Bonpland, Buenos Aires, 1942, p. 23

33 Robertson, J. P. Y G., Op. cit.

34 Cardozo, Efraim. Breve historia del Paraguay, Buenos Aires, 1965, p. 85.

35 Sarmiento, Domingo Faustino, Facundo, Op. cit., 1938, p. 261 y sigs.

36 6 cf. Cardozo, Efraim. Paraguay independiente, p. 64: Chávez, El supremo dictador.

37 Saldías, Adolfo, Papeles de Rosas, La Plata, 1904.

38 Cancionero del tiempo de Rosas, selección de José Luis Lanuza, Buenos Aires, 1941. p. 38.

39 40 Saldías, Adolfo, Op. cit.

40 Gálvez. Manuel, Vida de D. Gabriel García Moreno, Buenos Aires, 1942. p. 329.

41 Mera, Juan León, El héroe mártir, Canto a la memoria de García Moreno, Quito. 1876.

42 cf. Alfonso M. Escudero, Introducción a Cumandá, Austral, p. 28.

43 “Las leyes de García Moreno’’, en El Regenerador, número 5, t. 1, p. 162.

44 Gálvez, Manuel, Op. cit., p. 327.

45 El pensamiento constitucional hispanoamericano hasta 1830, Caracas, 1961. t. III.

46 47 Alamán, Lucas, Semblanzas e ideario, México, 1963, p. 103.

47 Loc cit.

48 Lecuna, Vicente, Cartas del Libertador, XI, p. 234.

49 Calmón, Pedro, Historia de la civilización brasileña, Buenos Aires, 1937, p. 251.

50 Oliveira Torres, Joao Camillo de, A democracia coronada (Teoría política do Impero do Brasil), Río de Janeiro, 1957, p. 498.

51 Carta constitucional del 16 de marzo de 1824, en El pensamiento constitucional hispanoamericano hasta 1830, Caracas, 1961, t. 1, p. 261.

52 Cf. Bartolomé Mitre, Historia de Belgrano, Apéndice 36, Obras Completas, Buenos Aires, 1941, t. IX, p. 247.

53 Cf. Bartolomé Mitre, Historia de San Martín, Apéndice 15, Obras Completas. Buenos Aires, 1940, t. V, .p. 262.

54 Cf. Francisco A. Encina, Portales, Santiago de Chile. 1934.1. II. p. 226.

55 Cf. Leopoldo Benites, Ecuador, drama y paradoja, México, 1950, p. 220.

56 Lecuna, Vicente, Cartas del Libertador, t. XI, p. 52.

57 Bolívar, Simón, Discurso de Angostura, en El pensamiento constitucional hispanoamericano, Caracas, 1961, t. V, pp. 171-172.

58 Lecuna, Vicente, Cartas del Libertador, t. XI, p. 53.

59 Bolívar, Simón, Discurso de Angostura, Op. cit., pp. 165.

60 Op. cit., pp. 169.

61 Madame Calderón de la Barca, La vida en México, México, 1959. capítulos XLV-XLVII.

62 Vicuña Mackenna, Benjamín, Don Diego Portales, Santiago de Chile, 1937, p. 587; Edwards Vives, Alberto, La fronda aristocrática, capítulo VII.

63 Encina, Francisco A., Portales, t. 1. p. 242.

64 Vicuña Mackena, Benjamín, Op. cit., p. 557 y siguientes.

65 Herrera, Luis Alberto de, Por la Patria, Montevideo, 1953, t. I, p. 65.

66 Op. cit., t. I, p. 64.

67 Op. cit., t. 1, p. 6.

68 Freyre, Gilberto, Casa-Grande y Senzala, Buenos Aires, 1942, t. II, p. 61.

69 Oliveira Vianna, Evolución del pueblo brasileño, p. 81.

70 Op. cit., p. 138 y sigs.

71 Op. cit., p. 111 y sigs.

72 Op. cit., p. 260.

73 Alba, Víctor, Las ideas sociales contemporáneas en México, 1960. p. 212 y sigs.

74 Rodó, José Enrique, Ariel, Valencia, 1920, p. 75 y sigs.

75 Op. cit., p. 84 y sigs

76 Goyena, Pedro, “Discursos parlamentarios del 6 y 11 de julio de 1883”, en Obra Selecta, Buenos Aires, 1943, p. 260 y sigs.

77 8 Op. cit., p. 263.

78 Estrada, José Manuel, Discurso en el Congreso Católico de Buenos Aires de 1884, en Páginas del Maestro, Buenos Aires. 1942, p. 20.

79 Sierra, Justo, Evolución política del pueblo mexicano, México, 1940, p. 444 y sigs.

80 Justo, Juan B., La teoría científica de la historia v la política Argentina, en La realización del socialismo, Buenos Aires, 1947, p. 171.

81 Cf. Jobet, Julio César, Ensayo crítico del desarrollo económico de Chile, Santiago, 1955, p. 99.

82 Bunge. Carlos Octavio, Nuestra América, t. III, i, p. 168.

83 Op. cit., t. I, XI, p. 160.

84 Arguedas, Alcides, Pueblo enfermo, p. 28.

85 Cf. Jobet, Julio César, Op. cit., p. 96.

86 Cf. F. R. Pintos, Batlle y el proceso histórico Uruguay.

87 Cf. Jobet, Julio César, Op. cit., p. 116.

88 Roca, Julio A., Discurso del Presidente de la República, en Asambleas Constituyentes Argentinas, t. VI, primera parte, p. 293.

89 Nieto Arteta, Luis A., Economía y cultura en la historia de Colombia, Bogotá, 1942, p. 406.

90 /hi> Caso, Antonio, México, apuntamientos de cultura patria, México. 1943. p. 14.

91 Sierra, Justo, Op. cit., p. 251.

92 Op. cit., p. 454 y sigs.

93 Vallenilla Lanz, L., Cesarismo democrático, Caracas, 1929, p. 123.

94 Vallenilla Lanz, L., La rehabilitación de Venezuela, Caracas, 1926, I, p. 18 y sigs.

95 Jobet, Julio César, Op. cit., p. 196.

96 La Nueva República, número 43, Buenos Aires, 1º de Diciembre de 1928.

97 Cf. Alberto S. Cornejo, Programas políticos de Bolivia, Cochabamba, 1949, p. 148.

98 Paz Estensoro, Víctor, Discursos y Mensajes, Buenos Aires, 1953, p. 30.

99 Prudencio, Roberto, Los valores religiosos, 1945.

100 Alba, Víctor, Las ideas sociales contemporáneas en México, México, 1960, p. 278 y sigs.

101 Montenegro, Walter, “La bolivianidad en la economía y la historia”, Kollasuyo, número 13, La Paz, enero de 1940.

102 Ibarguren, Carlos, La historia que he vivido, Buenos Aires, 1955, p. 499.

103 Tomic Romero, Radomiro, “Capitalismo, comunismo, democracia cristiana”, discurso parlamentario del 11 de mayo de 1948.

104 Cf. Alberto S. Cornejo. Op. cit., p. 149.

105 Vargas, Getulio, “As classes trabalhadoras o govêrno da Revoluçao”, discurso del 29 de octubre de 1932, en A nova política do Brasil, Río de Janeiro, II, p. 97.

106 Perón, Juan D., “Discurso pronunciado en su proclamación como candidato a la presidencia constitucional de la Nación”, 12 de febrero de 1946.

107 Constitución Argentina de 1949, artículo 40.

108 Cf. La Prensa, Buenos Aires, 27 de agosto de 1956.

109 Doctrina Nacional, presidencia de la Nación, Buenos Aires, 1954, p. 33. punto 2.

Crisis y orden en el mundo feudoburgués. 1980

A Laura Muriel, Mariana,
Soledad Inés, Nathalie,
Juan Luis, Ana Leonor
y José Luis Fernando


ÍNDICE


PRIMERA PARTE. LA SOCIEDAD FEUDOBURGUESA Y LA ECONOMÍA DE MERCADO

Capítulo I. La nueva sociedad y la preeminencia del patriciado urbano.

– I. La sociedad feudoburguesa; II. Vieja y nueva nobleza; III. El patriciado y las clases urbanas dependientes

Capítulo II. La nueva sociedad y la consolidación de la economía de mercado.

– I. El desarrollo de la economía urbana; II. El impacto de la economía de mercado sobre la economía rural; III. La gran expansión de la economía de mercado

Capítulo III. Los conflictos internos de la vida socioeconómica.

– I. Las tensiones de la vida social; II. Las contradicciones de la vida económica.


SEGUNDA PARTE. LA POLÍTICA DEL REALISMO

Capítulo I. La crisis del orden ecuménico y la nueva política.

– I. El desvanecimiento del Imperio y el papado; II. Las nuevas realidades políticas; III. El estilo de la nueva política.

Capítulo II. La política de las ciudades de desarrollo autónomo.

– I. El fortalecimiento de las oligarquías; II. La radicalización de las democracias; III. El desarrollo del autoritarismo urbano

Capítulo III. La política en los estados territoriales.

– I. La renovación política de las monarquías; II. La política de las clases nobles; III. La política de las burguesías integradas


TERCERA PARTE. LAS FORMAS DE VIDA CONFLICTIVAS

Introducción

Capítulo I. La vida rural.

– I. Los señores en sus señoríos; II. El campesinado; III. Mendigos, rebeldes y bandidos.

Capítulo II. La vida cortesana.

– I. El espíritu de las cortes; II. Las cortes señoriales; III. Las cortes feudoburguesas.


NOTAS


PRIMERA PARTE. LA SOCIEDAD FEUDOBURGUESA Y LA ECONOMÍA DE MERCADO

Fruto de la revolución burguesa que se había producido en el seno del mundo feudal, una sociedad feudoburguesa empezó a constituirse imperceptiblemente desde el siglo XII y creció de la manera caótica que es propia de los grandes dislocamientos sociales. Mientras duró el proceso expansivo, desde aquella fecha hasta las primeras décadas del siglo XIV, una incontenible e incontrolable movilidad social había sido su principal característica, en virtud de la cual varió confusa y permanentemente la composición de la nueva sociedad y la relación recíproca entre sus grupos. Con todo, a principios del siglo XIV se advertía ya en muchas regiones un principio de estratificación, muy marcado, sobre todo, en algunas ciudades. Pero a partir del comienzo de la contracción económica que por entonces comenzaba a manifestarse, se fueron dislocando las relaciones precariamente establecidas y aparecieron, sobre todo en las sociedades urbanas, nuevas posiciones virtuales que constituían otras tantas posibilidades para quienes querían tentar la aventura del ascenso social. Una fuerte tendencia a la movilidad se advirtió también en las áreas rurales. Se conmovió la posición de la vieja nobleza y se vio aparecer una nueva, en tanto que ascendían y descendían los campesinos según su suerte en el juego de la nueva economía.

Ciertamente, el cambio en el que se constituyó el mundo feudo-burgués del siglo XI se operó tanto en el sistema de las relaciones sociales como en el de las relaciones económicas. Adquirieron estas últimas ciertas modalidades insólitas, rudimentarias al principio, que, sin modificar sustancialmente sus formas tradicionales, comenzaron a alterarlas introduciendo ciertos factores desusados. Lo que empezó a constituirse, en reducidísima escala al principio, fue lo que poco a poco aparecería más tarde con mayor claridad: una economía de mercado, en la que el papel de la intermediación cobraría un relieve creciente. Y fue dentro del cuadro de la nueva economía de mercado donde aparecieron las condiciones propicias para que se organizaran en una nueva sociedad quienes promovían aquella economía, a través de acciones limitadas y aparentemente intrascendentes que muy pronto se multiplicarían por el vuelco de nuevos grupos sociales hacia los cauces que el cambio económico abría.

Sin duda persistió el tradicional sistema productivo. La tierra siguió siendo el principal medio de producción y los señores sus principales poseedores, en tanto que los rustici —libres o no— continuaron siendo quienes la trabajaban; pero en algunas partes comenzaron a modificarse los términos de la relación de dependencia y hasta se vio caer en desuso la prohibición de abandonar la gleba. En general, subsistieron tanto los derechos y privilegios señoriales como las obligaciones serviles; y fueron muchos los señores que procuraron conservar en sus señoríos las viejas costumbres que parecían inmutables.

Pero no lo eran. Correspondían a una cierta estructura, y eran precisamente en esa estructura donde habían comenzado a producirse algunas alteraciones que modificarían su sentido. El ciclo de la producción encontró un complemento cada vez más importante en el ciclo de la distribución, y este último comenzó a desarrollarse desmesuradamente no sólo al calor de las nuevas perspectivas económicas que abría sino también por el impulso de motivaciones sociales. Creció la economía de mercado, y su crecimiento alteró el tradicional sistema productivo dislocando su antigua simplicidad y coherencia. Aumentó el consumo, abriendo la esperanza —falaz— de un crecimiento indefinido y para satisfacerlo se organizó un vasto mercado internacional y regional durante la época de expansión que se extendió desde el siglo XI hasta las primeras décadas del XIV. Ese mercado abstracto funcionó de manera real y concreta en los mercados urbanos, cuyas operaciones parecían concentrarse en las plazuelas donde se compraban y vendían los productos pero que se prolongaban hacia las tiendas de las calles vecinas y hasta las oficinas de los que manejaban el dinero, instrumento insustituible y de importancia creciente en esa actividad. Dos siglos, con sus ocasionales paréntesis, duró esta euforia de la naciente economía de mercado que parecía ofrecer una fácil fortuna a quienes se introducían en ella, hasta que se manifestaron al comenzar el siglo XIV los signos de una contracción económica, incomprensibles e inexplicables para la mayoría, o acaso explicables para algunos sólo a través de circunstancias inmediatas propias de cada momento y cada lugar.

Fue en ese período cuando quedaron a la vista las profundas contradicciones y los conflictos internos tanto de la nueva sociedad como de la nueva economía. Guerras y rebeliones, sordas turbulencias y explosivos enfrentamientos llenaron los días de la época de contracción. Cuando el proceso se apaciguó fue posible aprovechar la experiencia, y la nueva sociedad —reajustada una vez más— reajustó también la nueva economía de mercado cuyos mecanismos empezaron a ser mejor conocidos. Hacia mediados del siglo XV comenzó lentamente una nueva etapa de expansión, y en esa atmósfera reverdecieron las burguesías, más experimentadas, más prudentes y más audaces a un tiempo, con suficiente ánimo como para sobrepasar los estrechos límites del mercado urbano, instalarse en la esfera de los nuevos y poderosos estados territoriales, colaborar en el fortalecimiento de las monarquías y promover o aprovechar la inusitada aventura de la expansión oceánica.

Capítulo I. La nueva sociedad y la preeminencia del patriciado urbano.

El fenómeno más significativo de la época de contracción económica y crisis social que empezó a principios del siglo XIV y duró hasta la primera mitad del XV fue la intensa agitación que sacudió a las ciudades, en las que se enfrentaron con violencia y casi con ensañamiento los distintos estratos de una sociedad cada vez más abigarrada. Turbadas por vastos procesos que las arrastraban, también lo fueron por circunstancias locales que agregaron a veces una cuota complementaria de crueldad. La lucha fue, en ocasiones, por la supervivencia. Pero fue también una oscura pugna cotidiana por el ascenso social y económico de los más emprendedores o los más audaces y, al mismo tiempo, una puja por el poder entre grupos e individuos que procuraban modificar las relaciones recíprocas en su favor y beneficio.

Tenazmente, el patriciado que se había constituido durante el primer florecimiento de la sociedad feudoburguesa respondió al desafío. En ocasiones fue derrotado por movimientos populares que lo desalojaron del poder; pero volvió, en breve o largo plazo. Y más afianzado, acrecentó su poder económico, consolidó sus posiciones sociales y políticas y procuró contener la desaforada tendencia a la movilidad que acusaban los grupos subordinados, menos encauzada ahora por la coyuntura y que, por ello, desbordaba los canales de la aventura individual e irrumpía de manera casi desesperada en dramáticos estremecimientos sociales. A favor de la contracción económica, el patriciado puso límites a la movilidad social y finalmente se constituyó en legítima élite. de las sociedades urbanas, a las que impuso progresivamente su concepción social y económica, un sistema de normas y valores y una concepción de la vida. Aquello en que descollaba el patriciado era, precisamente, lo mismo que amaban y perseguían las clases urbanas subordinadas. Por eso, por la fuerza que le daba la coherencia del proceso, logró el patriciado, aun ocasionalmente vencido, introducir y consolidar un principio de estratificación en la sociedad urbana, al calor de las duras contingencias de la contracción económica y apelando a la coacción las veces que pudo y lo creyó necesario.

Cuando en la segunda mitad del siglo XV comenzó una nueva etapa de expansión económica, el patriciado ya había consolidado su posición y había impuesto límites precisos a la tendencia a la movilidad social. Progresivamente estratificada, la nueva sociedad estuvo en condiciones de aceptar la estructura vertical que le impuso el tipo de estado que triunfaba tras largas vicisitudes. Y en el momento de la gran expansión colonial, cuando el ámbito de la economía de mercado modificó sustancialmente su escala, la sociedad feudoburguesa entró en un nuevo avatar en el que el antiguo patriciado urbano propuso las modalidades del cambio, paralelo y correspondiente al que se había operado en su propia estructura. Fue la experiencia urbana la que nutrió el ordenamiento del estado nacional, capitalista y burgués.

I. La sociedad feudoburguesa

Testigos de mentalidad conservadora, como el poeta Charles d’Orléans o el moralista Fernán Pérez de Guzmán,[1] advirtieron en la primera mitad del siglo xv los cambios que se habían producido en las actitudes de los grupos sociales predominantes, y tradujeron su nostalgia en lugares comunes sobre pérdida de la antigua virtud. Para entonces había avanzado mucho el proceso de transformación social, iniciado en el siglo XI y cuyo ritmo se aceleró en el XIII, gracias al cual ciertos sectores de la nueva burguesía se habían aproximado a la antigua nobleza creando un primer puente para la intercomunicación entre grupos muy distintos. Esa intercomunicación se multiplicó con el tiempo y, especialmente en las áreas urbanas, la sociedad adquirió un aire abigarrado y mostró esa “confusión de las personas”[2] que Dante Alighieri veía en la Florencia de principios del siglo XIV. Para el observador de mentalidad conservadora era una nueva sociedad. Era la sociedad feudoburguesa.

Si la revolución desencadenada sordamente por las nuevas burguesías urbanas había logrado constituir y consolidar ciertos estratos fue, precisamente, porque los incorporó a la vieja sociedad señorial articulándolos en ella a través de una política típicamente transaccional no desmentida por los ocasionales enfrentamientos antiseñoriales. Pero esa inclusión era también revolucionaria. Ninguno de los viejos sectores de la sociedad tradicional dejó de acusar el golpe de los recién llegados y todos tuvieron que adecuarse a la nueva situación. El proceso de interpenetración de los grupos sociales empezó muy pronto; y no sólo entre los viejos y los nuevos sino también entre los que se fueron creando, con caracteres singulares, a causa de la interpenetración misma y al calor de los nuevos factores que aceleraron la progresiva disgregación del tradicional orden social para dejar paso a esta nueva sociedad feudoburguesa.

La economía de mercado y el desarrollo de la vida urbana fueron los más importantes de aquellos nuevos factores. Pero no tuvieron menos importancia el sostenido crecimiento demográfico y el efecto multiplicador de la nueva riqueza fundada en el dinero. Los grupos se constituían, se integraban o se desintegraban según la incidencia de esos factores, y las sociedades locales se modificaban a un ritmo desusado, sugiriendo, seguramente, el sentimiento de una expansión indefinida. Empero, ya en las primeras décadas del siglo XIV ese sentimiento debió ceder ante la evidencia. Se detuvo el crecimiento demográfico, se atemperó la expansión comercial y financiera y, al cabo de poco tiempo, los desastres causados por la epidemia que la tradición llamó “peste negra” junto con los que trajeron las guerras contuvieron la expansión y produjeron, inversamente, una contracción que en poco tiempo adquirió caracteres dramáticos. La población europea, que había crecido de casi 40 millones de habitantes en el siglo XI a 75 millones hacia 1340, descendió desde esa fecha hasta 1450 a 50 millones, y sólo desde entonces volvió a emprender lento ascenso.[3]

Hubo a partir de las primeras décadas del siglo XIV una contracción económica con los fenómenos inevitables de escasez, carestía y hambre; pero hubo también una contracción social cuyas consecuencias fueron más confusas pero no menos significativas. Las sociedades no crecieron en número, sino que, por el contrario, disminuyeron; pero, en cambio, creció su movilidad y los procesos de ascenso y descenso social se hicieron más intensos y agudos. También se aceleraron los cambios en los sistemas de normas y valores, de modo que quienes miraban con el cristal de las viejas generaciones la situación social de las nuevas y el conjunto de sus principios y tendencias, tenían la sensación de que asistían a una mutación diabólica y, sin duda, fundamental. Y no se equivocaban. En una sociedad en la que a una expansión repentina había seguido una contracción violenta, los cambios no sólo fueron muy intensos sino que lo parecieron aún más, puesto que la revolución burguesa había desencadenado un proceso inédito cuyas reglas y leyes permanecían aún incógnitas. De aquella expansión no quedaba sino un vago recuerdo, pero persistían ciertas tendencias, que se erigieron en principios de normalidad y en parámetros para el cambio, y ciertas situaciones que las nuevas circunstancias comenzaron a modificar creando la sensación de que el orden había sido sustituido por el caos. Hubo quienes descendieron de la nobleza y la fortuna a la miseria o la mediocridad y hubo quienes ascendieron desde la mediocridad o la pobreza a la fortuna y al poder, acaso para volver a caer, según el ineluctable giro de la rueda de la Fortuna. Fue evidente para los contemporáneos que esa abigarrada sociedad feudoburguesa en la que se confundían las personas era no sólo móvil y diversificada sino también inestable y propensa a acentuar las desigualdades. Ya en el siglo XIV, más de un agudo observador pudo advertir qué poco tenía que ver la imagen tradicional de la sociedad con lo que cada uno contemplaba a su alrededor. Nadie estaba en su lugar; pero esto no era sólo la consecuencia de que muchos hubieran cambiado de lugar: también los lugares habían cambiado.

El destino que preveía para su hijo aquel personaje de Franco Sacchetti que quería verlo juez y doctor para que luego toda la familia se viera “elevada para siempre”,[4] fue aproximadamente el de su contemporáneo Cola di Rienzo, “de bajo linaje”[5] según subraya su biógrafo; y en una etapa posterior quedaba todavía la posibilidad de ennoblecimiento, a la que en su tiempo aspiraban todos los mercaderes, según decía Boccaccio.[6] Ciertamente en Italia sobrarían ejemplos de esta movilidad y diversificación de la sociedad; pero no faltaban en Castilla, donde un siglo más tarde, Hernando del Pulgar pone en boca del alcaide de Toledo, Gómez Manrique, unas curiosas reflexiones sobre la sociedad toledana que se agitaba en 1478: “Pienso yo, que vosotros no podéis buenamente sufrir que algunos que juzgáis no ser de linaje tengan honras y oficios de gobernación en esta ciudad; porque entendéis que el defecto de la sangre les quita la habilidad de gobernar. Asimismo os pesa ver riquezas en hombres que, según vuestro pensamiento, no las merecen, en especial aquellos que nuevamente las ganaron”;[7] y sigue luego justificando esa nueva situación, unas veces con argumentos y otras con nuevos hechos: “Vemos por experiencia algunos hombres de estos que juzgamos nacidos de baja sangre, forzarlos su natural inclinación a dejar los oficios bajos de los padres, y aprender ciencia y ser grandes letrados. Vemos otros que tienen inclinación natural a las armas, otros a la agricultura, otros a bien y compuestamente hablar, otros a administrar y regir y a otras artes diversas, y tener en ellas habilidad singular que les da su inclinación natural”; y observa también: “Muchos de los que descienden de noble sangre, vemos pobres, a quienes ni la nobleza de sus primeros pudo quitar pobreza ni dar autoridad.” Una reflexión final recuerda que, como las del cielo, “así las cosas de la tierra no pueden estar en un estado: todas las muda el que nunca se muda”. Era el sentimiento que nutría la preocupación mundana de François Villon por el ubi sunt, a cuya pregunta, referida a los “graciosos galanes”, contestaba: “Y algunos han llegado a ser/ gracias a Dios, grandes señores y maestros;/ los otros mendigan enteramente desnudos/ y no ven el pan sino en las ventanas.”[8] A la mano de Dios o a la ciega Fortuna se atribuían estas mudanzas en la condición de las personas que se traducían en constantes alteraciones de las sociedades.

Sin duda persistía en muchas mentes y, en general —como un esquema permanentemente válido— la idea de que las sociedades se ordenaban según principios inmutables. Una y otra vez se repetía el cuadro tripartito de la sociedad: oradores, defensores y labradores, como se decía en Castilla. Y si generalmente eran espíritus conservadores y nostálgicos quienes estaban adheridos a ese esquema considerado permanente, como en Castilla el Infante don Juan Manuel, Diego de Valera o Gutierre Díez de Games,[9] lo repitieron otros más inquietos y más alertas para percibir las variantes entre las antiguas esquematizaciones y las nuevas realidades. En una obra tan crítica como Vox Clamantis, John Gower, inmerso en la dura experiencia de la época en que se gestaba la insurrección campesina de 1381 en Inglaterra, repetía la fórmula acuñada:[10]

Sunt Clerus, Miles, Cultor, tres trina gerentes;

Hic docet, hic pugnat, alter et arua colit.

Y el propio Arcipreste de Hita, incisivo testigo del cambio, había vuelto sobre el locus ya tradicional:[11]

Otros entran en orden por salvar las sus almas

Otros toman esfuerzo en querer usar armas,

Otros sirven señores con las manos ambas.

Pero el Arcipreste advertía, más allá del esquema convencional, que su contorno social rebosaba los cuadros preestablecidos y se manifestaba como un conjunto variado y heterogéneo. Pocas, entre las nuevas situaciones sociales, escaparon a su mirada, como escaparon pocos tipos y arquetipos y pocos grupos incipientes y aun imprecisos a su observación. Por eso el Libro de Buen Amor presentó el nuevo elenco social con tanta frescura y riqueza, como si ningún preconcepto limitara su capacidad de percibir lo nuevo y distinto. Toda la nueva sociedad quedó inserta, no ya en el cuadro tradicional, sino en un cuadro impreciso, vago y movedizo, como correspondía a su peculiar composición. Agudamente dibujados los caracteres individuales, los cuadros sociales quedaron, por el contrario, apenas esbozados. Y esa imprecisión revelaba la recepción directa y fresca de la imagen de la sociedad nueva, confusa y original, tumultuosa y variada.

Y no fue el único caso. En su mismo país y en su mismo siglo el canciller Pero López de Ayala recogió, en el Rimado de Palacio, innumerables signos de una sociedad diversa de la que se inscribía en los paradigmas tradicionales. El resultado fue también un elenco social rico y novedoso. Pero como el autor era noble, puso el acento en los problemas de las clases más vinculadas a él —vieja y nueva nobleza, cortesanos y clérigos— sin perjuicio de que destacara la nueva fisonomía de mercaderes y letrados. Quedó fuera todo ese conjunto abigarrado de las clases populares y de los sectores vinculados a la mala vida, que constituyen un inestimable testimonio para comprender el singular desarrollo de las clases urbanas, y que en España, ofrece el Arcipreste de Hita para el siglo XIV y La Celestina para el XV, como lo ofrece François Villon en el París del siglo XV.

No menos significativo es el elenco social que presenta Geoffrey Chaucer en los Canterbury Tales, en los que la atención está dirigida a los sectores medios de la sociedad, precisamente aquellos que más intensamente acusaban el cambio en el siglo XIV. Veintinueve peregrinos vio llegar a la posada del Tabardo en Southwark, del otro lado del Támesis, y concibió la idea de explicar “la condición de cada uno”, recalcándola luego en el cuento que a cada cual le hizo contar. Y sorprendiendo a cada paso, no sólo la singularidad del personaje sino también su “condición”, completa Chaucer un vasto fresco de esa sociedad inglesa del siglo XIV tan agitada por los conflictos sociales y políticos. Quizá no fuera azaroso este deseo de exhibir la variada condición de las personas a las que el azar del peregrinaje reunía; sin duda respondía a la sorpresa que esa variedad y novedad producía, como sin duda le ocurrió al Arcipreste, menos despreocupado testigo del mundo de lo que pudiera suponerse. Y esa agudeza de ambos se insertaba en la sorpresa general ante la nueva confusión que reinaba en sociedades antes tan ordenadas.

Se esforzaba por descubrir la novedosa condición de cada insólito sector social aquel a quien sorprendía o regocijaba la vida multiforme de la nueva sociedad, especialmente en las ciudades. Un poco menos profundizaba en su novedad quien componía una Danza de la muerte —como la anónima española o la francesa de Jehan Gerson, ambas de principios del siglo XV— o quien la pintaba, como Andrea Orcagna, o la esculpía, como Bernt Notke, pese a lo cual componía también, a su manera, un singular elenco social. Pero otros trataban de determinar con toda precisión las distintas categorías, como aparecen presentadas en Das Ständebuch de Hans Sachs. Y sin mayores exigencias de exactitud, pero con una aguda intuición de las peculiaridades y las diferencias, ofrecieron ricos y variados elencos sociales muchos escritores que, aunque deseosos solamente de entretener, buscaban en la sátira un ingrediente más para su obra.

Verdaderos elencos sociales son las Trecentonovelle de Franco Sacchetti y el Decamerone de Giovanni Boccaccio, dos colecciones de relatos del siglo XIV; lo son también, en el siglo XV, las Novelle de Gentile Sermini y las Facézie de Poggio Bracciolini; El Corbacho del Arcipreste de Talavera, Les Cent Nouvelles Nouvelles, Le Grand Testament de François Villon, Das Narrenschiff de Sebastian Brants y, el anónimo relato de las aventuras de Till Eulenspiegel; y son, desde cierto punto, elencos sociales, a principios del siglo XVI, tanto el Elogio de la Locura como los Coloquios de Erasmo. En el despliegue de personajes, de arquetipos y de grupos, se advierte el regocijo secreto del observador que se sorprende ante las situaciones sociales inéditas y ante los caracteres singulares que ostentan quienes son sus protagonistas, acaso envueltos en las turbulencias del cambio por los azares del cambio mismo. Fue, quizá, lo que le ocurrió a ciertos pintores encandilados por la variedad inasible de la nueva realidad social: acaso a Ambrogio Lorenzetti cuando se decidió a pintar Il Buon Governo e Il Mal Governo; acaso a Jheronimus Bosch cuando registró tanta extraña gente en tantas extrañas situaciones; y acaso, con menos universalidad, a tantos otros a quienes asombró un nuevo tipo humano o nuevos grupos sociales que se constituían, especialmente, en el tenso discurrir de la vida urbana.

Pero todo este despliegue de grupos y de tipos se deslizaba libremente en el espíritu de quienes gozaban observándolos —pintores y escritores—, sin que pareciera necesario referir el conjunto a un orden cerrado y esquemático. Repetían algunos el viejo esquema —oradores, defensores y labradores—, pero otros muchos mostraban un conjunto social cada vez más complejo y variado, olvidándose del esquema tradicional y despreocupados de toda clase de esquemas. Porque, ciertamente, la sociedad en proceso de cambio había sobrepasado aquel esquema y no había logrado —a lo largo de los siglos XIV y XV— formular ningún otro. La opción sería una sociedad abierta, con límites difusos entre los sectores bien definidos. Y mientras se ajustaban las sociedades estamentarias, algunos recordaron que no faltaban tratadistas que hubieran percibido la pluralidad del orden social, Aristóteles entre ellos. Escapando al principio tripartito, Marsilio de Padua contraponía una clasificación de más vieja estirpe: “Partes seu officia civitatis sunt sex generum: agricultura, artificium, militaris, pecuniativa, sacerdotium e iudicalis seu consiliativa.[12] Y en el Leal conselheiro, el rey don Duarte de Portugal, tras afirmar el papel eminente de los defensores y los oradores, desmenuzaba el conjunto de los “labradores” distinguiendo entre labradores y pescadores —con clara percepción de los problemas concretos de su reino— y apuntando después la presencia de esos nuevos sectores que iban constituyendo poco a poco las nuevas clases medias: oficiales, jueces, regidores, consejeros, veedores, escribanos, físicos, cirujanos, navegantes, músicos, armeros, plateros y tantos más.[13] Era un conjunto social que se imponía a la observación de esa sociedad nueva. Lo declaraba el catalán Pere March en el serventesio que tituló Cest qui so fay d’on li deu seguir dan:[14]

Por loco pensar encierran al labriego, tanto

como al burgués, al necio como al que sabe,

al pillo como al caballero honrado;

y el enano se cree ser gigante.

Clérigos, caballeros, labradores, mercaderes

y menestrales constituyen el mundo ordenado.

Los clérigos rezan por la comunidad

y los caballeros la guardan guerreando.

Los labriegos hacen el pan, el vino y lo comparten;

y los menestrales se esfuerzan por proveer a los demás.

Los mercaderes traen y obtienen

lo que es necesario, por dinero y buenas prendas.

Ciertamente, los nuevos estratos sociales se diferenciaban y se multiplicaban; pero no suprimían los antiguos, sino que los constreñían y los modificaban. No sucumbió la vieja nobleza, pero se alteró por las presiones que sobre ella ejerció otra que se fue constituyendo merced al ascenso de diversos sectores a los que las circunstancias críticas liberaban de sus antiguos lazos. Se formó, pues, una nueva nobleza, a cuyos rangos ascendieron, entre otros, los ricos patricios. Fueron ellos, precisamente, los que más impulsarían la formación de nuevas sociedades urbanas que, al cabo de poco tiempo, transformarían la fisonomía del mundo feudoburgués.

II. Vieja y nueva nobleza

Las alteraciones que sufrió la vieja nobleza no tuvieron la misma intensidad en todas partes. A lo largo de los siglos XIV y xv hubo regiones donde no sólo conservó su poder y su prestigio sino que los acrecentó. Fue especialmente en Rusia y en Polonia, en las tierras germánicas al este del Elba, y en Bohemia, Moravia y Silesia, regiones donde el sistema señorial se había implantado tardíamente. En ellas el impacto de la economía de mercado fue escaso o nulo y los señores consolidaron las formas de la servidumbre. Gracias a esa circunstancia conservó y acrecentó allí la vieja nobleza su posición social y económica, y también su posición política.

También en otras partes, como en Castilla, creció su fuerza. Un poder real débil, largas guerras feudales y un escaso desarrollo de las burguesías urbanas y de la economía de mercado le permitieron estrechar sus filas y concentrar la posesión de vastísimas extensiones territoriales en manos de un número relativamente reducido de linajes. Pero en muchas zonas de la Europa central y occidental sufrió la vieja nobleza cierto menoscabo, especialmente en las regiones más mercantilizadas. En ellas tanto el sistema de producción y de comercialización de los productos agrícolas como el régimen de tenencia de la tierra y el cambio de las relaciones con los rustici debilitaron la posición de los viejos señores, algunos de los cuales se precipitaron en la miseria y fueron llamados “caballeros mendigos”. A medida que se desarrollaba la economía monetaria, el uso del dinero introdujo mecanismos económicos que la vieja nobleza fue incapaz de usar. Pero no fueron solamente factores económicos los que desencadenaron su declinación. Donde la monarquía acentuó su tendencia al ejercicio de una autoridad fuerte y centralizada, la vieja nobleza se vio constreñida por un poder que recurría cada vez más a un realismo político capaz de volcar a su favor las nuevas fuerzas económicas y sociales. La vieja nobleza acusó los golpes que infligieron a sus derechos tradicionales tanto la nueva política fiscal como la nueva organización de la justicia que introdujeron las monarquías en ascenso. Y cuando las circunstancias la envolvieron en largas guerras feudales que consumieron a sus miembros y desbarataron el armazón económico y político en que se sustentaba, la vieja nobleza se vio constreñida por el creciente poder de la Corona, apoyada, generalmente, en las pujantes burguesías y en nuevos sectores sociales que ocupaban su sitio y aceptaban las nuevas situaciones para aprovecharlas en su beneficio. Sólo en Inglaterra se vio que la vieja nobleza se adecuara rápida y eficazmente a la nueva situación, transformándose en productora de lanas para abastecer a la floreciente industria textil. Pero aun allí las vicisitudes de la guerra de los Cien Años y de la guerra de las Dos Rosas operaron un trasvasamiento social en el seno de la vieja nobleza que modificó su fisonomía.

Esa transformación de la vieja clase de los señores fue, sin embargo, muy lenta y sólo muy despacio se alteró su posición en el conjunto de la sociedad. Se tardó en percibir que nueva gente usaba los mismos títulos nobiliarios y usufructuaba los mismos viejos dominios, aunque era visible que la actitud de quienes sucesivamente componían la nobleza cambiaba. Pero no fue menos visible que la actitud de ciertos grupos que pertenecían a la vieja nobleza y por una u otra causa conservaban su poder y su prestigio se conservó inalterada por mucho tiempo, y que el conjunto se encerró en sí mismo en un intento de defenderse de las tendencias exteriores y de resistir al cambio.

Se mantuvieron firmes los viejos linajes de Rusia, de Polonia, de Hungría o los de la Orden Teutónica. En la Europa occidental conservaron poder y prestigio, sobre todo, las grandes casas vinculadas a la realeza por parentesco o por su sostenida presencia en el escenario político. A ellas pertenecían los que recordaban una y otra vez los cronistas de la Corona, oficiales u oficiosos. Christine de Pizan enumera los que rodeaban a Carlos V de Francia,[15] como el cronista de Alfonso XI los que acompañaban al rey castellano o los que habían de recibir de él “honra y caballería”.[16] Y el marqués de Santillana se solazaba, en la Comedieta de Ponça, en evocar las “progenies honradas” que estrechaban sus filas frente al enemigo.[17] Eran a veces linajes regionales, hechos al poder y la riqueza y acostumbrados a una supremacía que no se fundaba sólo en eso sino también en un tradicional prestigio social al que nadie podía sustraerse. Y el continuo ejercicio de la autoridad heredada confería a sus miembros una despótica soberbia que los tornaba incapaces para entender los cambios sociales y económicos que se producían a su alrededor. Estaban seguros de que un abismo los separaba de todos los demás, especialmente de los rustici que trabajaban sus tierras y que acaso insinuaban esa leve protesta que haría explosión más tarde en la jacquerie francesa de 1358, en la insurrección de los campesinos ingleses de 1381, en el movimiento taborita de Bohemia en 1420 o en la rebelión de los campesinos alemanes de 1525; pero también de esa nueva burguesía que se formaba en los núcleos urbanos y que trabajaba secretamente contra ella tan sólo por el tipo de actividad que desplegaba. Era un abismo que las circunstancias comenzaban a colmar, pero que la vieja nobleza se empeñaba en mantener fingiendo que no veía cómo se colmaba.

La resistencia al cambio terminó siendo una irremediable inadecuación al cambio que, pese a ella, seguía inexorablemente su curso. Hubo, ciertamente, una forma oblicua de adecuación cuando eligió, para resistir, el camino de retraerse y cerrar sus filas. Creció el abismo que separaba a la vieja nobleza del resto de la nueva sociedad que, por su parte, siguió desarrollando el tumultuoso proceso de su transformación. Los círculos de la vieja nobleza reafirmaron polémicamente frente a esa nueva sociedad sus convicciones sociales; pero ante el avance de una economía monetaria que estimulaba en nuevos sectores enriquecidos ostentosas formas de vida, profundizó también la vieja nobleza su tendencia a la ostentación y al lujo dentro de los infranqueables límites de la vida cortesana. Entonces codificó escrupulosamente sus convicciones y creencias fundamentales y codificó igualmente el sistema de normas al que debían atenerse sus miembros para diferenciarse de otros sectores de la nueva sociedad en los que un desenfadado pragmatismo autorizaba las más inusitadas formas de comportamiento. Todo cuanto se refería al honor quedó sometido a reglas severísimas, y a no menos severas prescripciones las formas de convivencia y de trato. Si en la nueva sociedad predominaban los que creían que todo era lícito para trepar en la escala de la fortuna, de la posición social o del acceso al poder, la vieja nobleza se impuso un modelo nostálgico de conducta que perfeccionaba y embellecía la tradición nobiliaria. Sin duda muchos de sus miembros quebraron ese modelo dando ejemplo de desmesurada codicia y ambición; pero el modelo se refería sobre todo a las formas y fue aplicado principalmente a ellas. Por eso adquirió la vieja nobleza un aire cada vez más anacrónico, más solemne y más retórico, ese aire que todavía reflejó Matteo Maria Boiardo en el Orlando innamorato pero que suscitaría muy pronto la burla de Luigi Pulci, de Girolamo Folengo, de Ludovico Ariosto, de Erasmo,[18] como más tarde de Rabelais y Cervantes. Las imágenes funerarias de las tumbas nobles, hieráticas y suntuosas, constituyeron el desesperado testimonio de ese afán de imponer a la nueva sociedad el sentimiento de la superioridad de la vieja nobleza y de la eternidad de su gloria.

En el fondo, la retracción de la vieja nobleza ocultaba un intento de defender sus privilegios, socavados por el desarrollo de la nueva economía de mercado y por la nueva política de reyes y burgueses. Sin embargo, estos privilegios subsistían vigorosamente para beneficio del conjunto nobiliario como clase, sin perjuicio de que algunos de sus miembros los perdieran en las vicisitudes del cambio que se operaba. En última instancia, los privilegios de la vieja nobleza estaban sostenidos no sólo por su verdadero poder sino también por su viejo prestigio, ante el cual cedían generalmente quienes dependían de él, aun los más rebeldes. Pero, galvanizados por la desesperación y lanzados a la rebeldía, los grupos dependientes no sólo habían denunciado los privilegios sino que habían desconocido el prestigio de la vieja nobleza. Como antaño en Legnano y Courtrai, ejércitos de nueva fisonomía social habían derrotado a los caballeros en Crécy, en Poitiers y en Tannenberg, en Suiza y en Bohemia. Se derrumbaba la gloria de los guerreros en los campos de batalla, y con la gloria cedía la autoridad de una clase contra la cual bramaban los campesinos a quienes expoliaban.

Contra su desprestigio y su impotencia, precisamente, cerró filas la vieja nobleza. Buscó una guerra digna de ella, más que la que desencadenaban los rustici sublevados, y la encontró en tierras lejanas, como las que contemplaron las hazañas de Pero Niño[19] o las que recorrió el caballero de Chaucer;[20] las que ocuparon al este del Elba los caballeros de la Orden Teutónica o las que recorrieron los cruzados que, con Juan sin Miedo, lucharon contra los turcos de Bayaceto y sucumbieron en 1396 en la batalla de Nicópolis.[21] Fueron sobre todo las guerras contra los infieles las que despertaron el viejo espíritu de cruzada, espíritu caballeresco por excelencia. Lucharon contra los moros junto a Alfonso XI de Castilla caballeros franceses y alemanes;[22] y cuando los turcos volvieron a amenazar al mundo cristiano, los caballeros que acompañaban al duque de Borgoña Felipe el Bueno en el suntuoso banquete que ofreció en la ciudad de Lille en 1454 se comprometieron, según el “voto del faisán”, a emprender una cruzada para rechazar al infiel.[23]

Fue precisamente el duque de Borgoña Felipe el Bueno quien creó en 1431 la orden del Toison d’Or. Como las otras nuevas órdenes —la inglesa de la Jarretera, la francesa de la Estrella, la prusiana del Cisne, la sueca de la Espada— quiso ser un espejo de la caballería, en el que la nobleza toda pudiera y debiera mirarse. Sostenedoras de los viejos ideales de la época de las Cruzadas, las órdenes de caballería expresaban en forma consumada la vocación guerrera y religiosa a un tiempo de los antiguos caballeros, pero que ahora aparecía enmarcada dentro de un ostentoso modo de vida noble que subrayaba la condición suprema de sus miembros. El valor y la virtud eran ya inseparables de la cortesía, de las convencionales formas aristocráticas de trato, del gusto por el lujo, de la afición a las más refinadas formas del ocio manifestada en el amor delicado y sensual a un tiempo, acaso en la lectura o en la contemplación del arte, en las fiestas y festines suntuosos, en la moderada aventura de los torneos y las cacerías. Eran los caballeros “gens à porter esperviers” como decía Villon.[24] El conde Gaston de Foix, el Infante Don Juan Manuel o el falconero Pero Menino les enseñaban a cazar;[25] Enrique de Villena a componer trovas y a brillar en los “consistorios de la gaya ciencia”,[26] sin descuidar por eso el “arte de cortar con el cuchillo”; Diego de San Pedro a amar discreta y noblemente.[27] Otros muchos tratados se compusieron para renovar en el caballero la fe en los antiguos ideales, cada vez más alejados de la realidad: relatos de aventuras, libros de consejos, tratados minuciosos sobre las formas que no debían abandonarse, las normas que no se debían olvidar, las reglas que debían regir en cada instante el comportamiento caballeresco.[28] Acaso esa obsesiva preocupación de que no se perdiera el estilo de vida noble acusaba más que otra cosa el sentimiento nostálgico de la vieja nobleza, sensible a su derrota ante el embate de la nueva sociedad.

Entre otros grupos sociales la nueva sociedad había dado origen, precisamente, a una nueva nobleza. En los ambientes más cerrados se conoció a sus miembros como “hombres nuevos”, según una fórmula de tradición romana, y se los resistió con variada intensidad: unas veces con saña y otras levemente, acaso porque se vio en ellos adelantados que abrían nuevas sendas para salir del estancamiento o la declinación que amenazaba a los viejos linajes en la turbulencia del cambio social y económico en el que fraguaba la nueva sociedad. Ejemplo singular de rigidez, la vieja nobleza castellana se mostró inflexible con los triunfadores que procuraban incorporarse a sus filas: eran, generalmente, hombres “de bajo linaje” que por su capacidad, por su astucia o por la privanza real alcanzaban “grandes dignidades”. Así lo manifestaba Fernán Pérez de Guzmán hablando de varios personajes del reino, sin escatimar la frase despectiva o el juicio comprensivo pero condenatorio. Y en ningún caso tan severo y tan comprensivo a un tiempo como el que expresaba sobre Álvaro de Luna, en quien el rey Juan II de Castilla había depositado su confianza, haciéndolo su privado. Don Álvaro se mostró imprudentemente inflexible con la soberbia nobleza tradicional, que se oponía a la organización de una monarquía fundada en una nueva concepción del Estado.[29]

En rigor, Álvaro de Luna era un bastardo; “preciábase mucho de su linaje, no acordándose de la humilde y baja parte de su madre”, escribía Pérez de Guzmán. Pero bastardos como él inundaron las cortes, y así como muchos de ellos salieron a buscar fortuna fuera de los cuadros sociales en los que se reconocía su estigma, otros desafiaron los prejuicios y pujaron con sus pares inobjetables para conservar o acrecer su patrimonio y su poder. Fueron sus esfuerzos semejantes a los de aquellos que, perteneciendo a la pequeña nobleza, pugnaban por incorporarse a la nobleza tradicional por medios diversos, según el lugar y las circunstancias. Segundones de casa noble y primogénitos de casa pobre buscaron en los nuevos ejércitos un lugar para demostrar sus calidades y, finalmente, un apoyo para sus ambiciones. Las guerras, como la de los Cien Años o las guerras civiles que abundaron durante los siglos XIV y XV, proporcionaron la ocasión en toda Europa para estas aventuras personales de ascenso social que extenderían y modificarían el horizonte de la vieja nobleza incorporando de diversa manera a sus filas los contingentes de una nobleza nueva.

Bertrand du Guesclin, finalmente condestable de Francia, constituyó un caso, quizá paralelo al de Miguel Lucas de Iranzo, que llegó a ser condestable de Castilla. Hombres de guerra, sus servicios eran recompensados con mercedes; pero, entre tanto, sus funciones y responsabilidades los acercaron a la vieja nobleza, que no les perdonó fácilmente su ascenso ni su riqueza. Du Guesclin era ya un jefe de bandas que no vaciló en ponerse al frente de un ejército de vagabundos para llevarlos a España. Como él, los condottieri italianos fundaron su prestigio y su poder en esas tropas sin bandera; pero el triunfo los afincó y les otorgó un papel tan señalado en la sociedad que, inevitablemente, los miembros de la vieja nobleza resultaron sus pares, aunque frecuentemente menos poderosos y poco a poco más distanciados del poder. Hubo, sin embargo, algunos que fueron capaces de adaptarse a las nuevas situaciones: abandonaron sus principios —que ya parecían prejuicios— y se plegaron a las nuevas formas de actividad y de vida, con lo que se identificaron con la nueva nobleza y operaron socialmente como ella. Muchos se decidieron a ingresar, abierta o disimuladamente, al mundo de los negocios, aproximándose a los emprendedores negociantes que sabían multiplicar el dinero. Pero lo que estaba más cerca de sus posibilidades era la conquista del poder. Como Álvaro de Luna en Castilla, alcanzaron excluyente influencia en Inglaterra Pierre de Gabaston y los Despencer en época de Eduardo II y Michael de la Pole, Robert de Vere y Nicolás Brembre en tiempos de Ricardo II,[30] todos favoritos reales dispuestos a abatir la supremacía baronial y a aprovechar entre tanto, el calor del trono para acumular honores y riquezas. Acaso más políticos, constituyeron casas poderosas los príncipes alemanes: los Würtemberg, los Wittelsbach, los Wettin, cada vez más independientes y más consustanciados con las nuevas posibilidades que ofrecía la crisis del Imperio, por una parte, y las nuevas aperturas económicas. Y hombres de guerra, sobre todo, alcanzaron el poder Juan Hunyady en Hungría y Jorge Podiebrad en Bohemia, dos países en los que se agitaban intensos problemas sociales y religiosos dentro del marco de la amenaza otomana: la vieja nobleza, el papa y el emperador acusaron el golpe de esta revolución que encabezaban dos “hombres nuevos” llegados al trono.[31] El alud de los recién llegados, de los “hombres nuevos”, creció constantemente a lo largo de los siglos XIV y XV. También constituyeron casas poderosas en Italia los Visconti y los Sforza, los Gonzaga, los Este o los Medici, frente al viejo y decadente reino de Nápoles. Condottiero acaso el fundador de la grandeza familiar, una generación después brillaba su casa, ya dinástica, con tal esplendor que se hacía ociosa la pregunta acerca del origen. Adulador, Vespasiano da Bisticci no podía, sin embargo, ocultar que el duque Federico de Urbino había entrado en el camino de la grandeza bajo la tutela de un condottiero: “Comenzó muy joven a militar, imitando a Escipión Africano, bajo la disciplina de Niccolò Piccinino, dignísimo capitán en su época.”[32] Era demasiado reciente el encumbramiento para que pudiera encubrirse el origen, aunque la vaga alusión a un romano ilustre procurara identificar la gloria del soldado republicano con la del jefe de una compagnia di ventura. Era inocultable que eran los “hombres nuevos” hijos de sus obras; no dejaron de consignarlo así los cronistas cortesanos que recibieron el encargo de escribir sus historias: Crivelli, Simonetta, Platina, Cyrnaeus,[33] y Maquiavelo enunció sobre ello una especie de regla general.[34] Pero no todo era adulación venal en los humanistas, en su mayoría tan sabios como escépticos a fuerza de contemplar el triunfo del nuevo realismo político que más tarde sistematizaría Maquiavelo. Ciertamente, al antiguo prestigio de la vieja nobleza había sucedido el prestigio de los “hombres nuevos” hijos de sus obras y fundadores de nuevos linajes. En las mentes de la nueva nobleza —como en la de los burgueses y en la de los campesinos rebelados— surgía la duda acerca de quiénes habían sido los que fundaron los linajes viejos.

Geoffrey Chaucer, que fue él mismo un ejemplo de aspirante a ingresar en la nueva nobleza, describió en pocas palabras el singular temperamento del frankeleyn que integraba el cortejo de los peregrinos en Southwerk. Su vocación era el goce. Otros, en cambio, tallaron su futuro con un esfuerzo denodado. Pero todos correspondían a la misma nueva sociedad. Expresaron su espíritu Donatello en la estatua ecuestre de Gattamelata y Verrocchio en la del Colleoni. Paolo Uccello, pintor de batallas, hizo al fresco el retrato ecuestre del condottiero inglés John Hawkwood, un personaje representativo del internacionalismo de la nueva sociedad, como pudo parecerlo Du Guesclin en Castilla o Rodrigo de Villandrando en Francia. Y el mismo espíritu reflejó Antonello de Messina pintando un condottiero que Piero della Francesca o Andrea Mantegna retratando condottieri que eran ya signori.[35] Acaso más aun Andrea del Castagno, que alternó la representación de condottieri y de poetas. Y quizá más que todos ese Benozzo Gozzoli que osó conferir dignidad bíblica a los nuevos señores, precisamente a los que no habían surgido de las armas sino a los que se habían empinado sobre el dinero recibido de tres generaciones.[36]

Como la de las armas, también la carrera eclesiástica solía abrir el camino hacia posiciones de alto rango a personas de bajo origen. De hecho, obispos, arzobispos y cardenales —“oradores” según la tradicional división de la sociedad— formaban parte de las clases privilegiadas; y los que provenían de familias que no pertenecían a ellas, se encontraban en una posición análoga a la de la nueva nobleza. Cardenal de España fue Pedro de Frías, “hombre de bajo linaje”; y fueron obispos don Alfonso en Ávila y don Tello en Córdoba, ambos “de linaje de labradores”. Más curioso caso fue en Castilla el de los Santa María —don Pablo y don Alfonso—, ambos obispos de Burgos, de “linaje de los judíos” y conversos, como lo fue también el cardenal de San Sixto, don Juan de Torquemada, que de Castilla pasó a Roma y fundó allí el monasterio de la Minerva, y don Francisco, obispo de Coria.[37] Menos celoso de la calidad de los orígenes, Vespasiano da Bisticci ignoró la condición de judío del cardenal Torquemada y decía, simplemente, de él que era un gentil uomo, como otros varios cardenales y obispos de que trata; y si señalaba que el cardenal Branda era antichissimo cortigiano o que el arzobispo Bonarli era de una famiglia antica di Firenze, también decía del cardenal Cesarini que fue figliuolo d’uno povero uomo con intención de elogio para sus méritos, como lo repite del cardenal Capranica, del obispo de Corone o del obispo Sipontino.[38]

Por lo demás, casi todo el repertorio de los hombres ilustres del siglo XV que dejó Vespasiano da Bisticci constituía una muestra de estos repetidos fenómenos de ascenso social en el campo de la política, en el de la Iglesia y en el de las letras. En este último, gracias al favor dispensado por los señores a los humanistas —poetas, historiadores, filósofos, narradores— la condición de cortesano trajo consigo el ascenso social y la riqueza para muchos de muy humilde origen. Y quienes habían estudiado leyes vieron abiertas las puertas de las cancillerías, obteniendo de su proximidad con el poder consideración pública, honores y fortuna.

De cualquier manera, el grupo más numeroso entre los que ascendieron de clase y se aproximaron a los rangos de la nobleza, aunque fuera al último, fue el de los patricios de las ciudades. Ricos burgueses que habían amasado gruesos capitales, buscaron consagrar su posición económica y su efectivo poder mediante un ostensible ascenso social. El matrimonio con mujer de casa noble fue el más accesible de los caminos, puesto que la nobleza empobrecida buscaba, a su vez, alianzas que la salvaran del derrumbe. Pero la Corona no fue reacia a otorgar señoríos y títulos de nobleza a los ricos burgueses, de los que, por lo demás, quería rodearse. Y ennoblecidos, pero además adscriptos a las más delicadas funciones financieras, alternaron los nuevos nobles de origen burgués con la vieja nobleza, desdeñosa, sin duda, pero obligada a aceptar la creciente fuerza de estos sectores sociales ya consustanciados con las formas vigentes de la actividad mercantil y financiera.

Cualquiera fuera el origen de los que se incorporaban a la nueva nobleza, o los medios de que se valían para conseguirlo, todos trataron de convertirse en alguna medida en propietarios rurales. La tierra era, ciertamente, el signo de la condición nobiliaria y, aun adquirida recientemente, otorgaba muy pronto una prestancia social que nada podía remplazar. Por lo demás, las circunstancias se iban haciendo propicias para una fácil adquisición. Agobiados por la inflación, los antiguos señores que habían optado por sustituir el pago en especies de las obligaciones de los rustici por el pago en dinero se encontraban cada vez más predispuestos a enajenar sus tierras, en tanto que los que estaban en condiciones de intentar la explotación según las nuevas reglas de la producción para el mercado se mostraban decididos a adquirirlas, no sólo como una inversión beneficiosa sino, además, a causa del prestigio que podía agregarle su posesión al que habían conseguido por otras vías.

Por el mismo medio obtuvieron tierras los antiguos colonos que supieron aprovechar la favorable coyuntura. De arrendatarios, ascendieron algunos a la condición de propietarios, y a partir de ese momento pudieron iniciar la carrera que tan bien ilustra la suerte de la familia Paston en Inglaterra: Clement labraba trabajosa y empeñosamente sus tierras a principios del siglo XV, y su nieto John —Esquire— no sólo había estudiado leyes sino que poseía diversos señoríos, se carteaba con el duque de York y el conde de Warwick y había logrado la confianza de sir John Fastolf, que lo designó su albacea testamentario.[39]

Ciertamente, hubo muchos rustici que consiguieron mejorar su condición. Algunos emigrando a las ciudades; otros entregando sus hijos a la Iglesia o dejándolos ingresar en la carrera de las armas; otros, en fin, como los Paston, convirtiéndose en propietarios rurales, y si no llegaron en seguida a tanto, ascendiendo como ministeriales a la categoría de administradores —como el reve de Chaucer—, tras de lo cual pudieron, acaso “con los propios bienes de su señor”, llegar más tarde a la categoría de propietarios.

Pero, sin duda, hubo muchos más que no lograron nada de eso y vieron empeorar su suerte. Fueron los que se sublevaron en la jacquerie francesa o en la rebelión inglesa, o los que nutrieron las filas de los taboritas bohemios, o los campesinos alemanes decepcionados con las palabras de Lutero. Fueron, como Piers Plowman en la vision de William Langland, los desheredados que no esperaban nada de este mundo, o acaso como el plowman de Chaucer, resignado y benévolo, hasta el momento de la desesperación. “Pagaba puntual y honradamente sus diezmos, tanto en dinero como en trabajo”,[40] pero no pudo impedir un día que sus sentimientos sobrepasaran su resignación, y que su voluntad se plegara a la protesta que otros, más sutiles que él, encabezaban, intentando liberarse de un yugo todavía riguroso para los que, individualmente, no habían sido capaces de sacudirlo. La expansión económica había profundizado el abismo entre los ricos y los pobres tanto en el mundo rural como en el mundo urbano.

III. El patriciado y las clases urbanas dependientes

Semejantes en esta polarización de los grupos sociales según su riqueza, el mundo rural y el mundo urbano se separaban progresivamente y constituían dos ámbitos cada vez más distintos, sobre todo por la forma de vida que predominaba en ellos. Tras la larga y densa experiencia de varios siglos de desarrollo urbano, filósofos y moralistas discurrirían sobre las ventajas y desventajas de una y otra forma de vida. No dudaba el italiano Castiglione de que la corte era el escenario más digno de un hombre refinado, pero preferían el encanto de la vida rural el holandés Erasmo y el castellano Guevara: hacia 1522 hablaba Erasmo de “las humosas y ahogadas ciudades” y en 1539 elogiaba Guevara la vida de aldea diciendo que en ella, a diferencia de lo que ocurría en las ciudades, “no hay ventanas que sojuzguen tu casa, no hay gente que te dé codazos, no hay caballos que te atropellen, no hay pajes que te griten, no hay hachas que te enceren, no hay justicias que te atemoricen, no hay señores que te precedan, no hay ruidos que te espanten, no hay alguaciles que te desarmen, y lo que es mejor que todo, no hay truhanes que te cohechen ni aun damas que te pelen”.[41] Cada vez más compleja, la vida urbana no sólo creaba un ambiente físico cerrado —suntuoso o sórdido, según los casos— sino también un tipo peculiar de sociedad abigarrada en la que se advertían a primera vista las diferencias sociales.

Desde que empezara la época de expansión económica, hacia el siglo XI, la diferenciación entre pobres y ricos se acentuaba. Pero, a diferencia de las áreas rurales, en las ciudades la gama de la sociedad era mucho más variada y contenía entre los extremos un haz intermedio muy diversificado. Con la contracción que se inició en la primera mitad del siglo XIV, sin embargo, la diferencia entre pobres y ricos se acentuó progresivamente; pero en las ciudades separó cada vez más, no sólo a ricos y pobres, sino también a los ricos de todos los de mediana condición, los que quedaron unidos a los pobres en un solo haz frente a los poderosos.

Los poderosos constituían el patriciado y, frente a ellos, el resto constituía el “común”, un conjunto social algo estratificado pero relativamente continuo frente al cual se encontraba luego un abismo que lo separaba del patriciado. En ocasiones el abismo pudo ser franqueado: un matrimonio ventajoso o una floreciente fortuna permitía el acceso de alguno que ocupaba el más alto rango dentro del “común” a las filas patricias. Pero en muchas ciudades, y progresivamente, esas filas se cerraron y se ahondó el abismo. Celosos de su posición social y económica, los patricios no eran menos celosos de su tradición familiar, elaborada a través de generaciones. Pero el carácter fundamental del patriciado lo estableció la combinación de diversos elementos: la riqueza, la preponderante influencia en aquellas actividades económicas que eran fundamentales en cada ciudad, la acumulada tradición del linaje y la participación hegemónica en el gobierno de la ciudad.

Hubo, sin duda, muchas variantes en el origen y la peculiaridad de los diversos grupos que constituían el patriciado, aunados a veces bajo designaciones genéricas: grandes, magnati, viri hereditarii, poorters, ervachtighe lieden. Pero no todos los miembros del grupo que genéricamente se conocía así —y hoy llamamos convencionalmente patriciado— tenían el mismo origen ni las mismas tendencias. En algunas ciudades se distinguía claramente entre patriciado noble y patriciado burgués.[42] Y aunque en otras no estuviera tan claro el distingo, es evidente que en casi todas se reconocía entre los miembros del patriciado los que provenían de troncos señoriales de los que tenían origen en familias de mercaderes o aún más humildes. Antiguos señores o, más generalmente, valvasores de escasos recursos se habían integrado en la vida urbana y participaban de actividades mercantiles. No faltó alguno que pudiera rescatar un remoto antecesor cruzado —un Cacciaguida idealizado— y fueron bastantes los que apelaron a la tradición guerrera de sus familias para constituir compañías mercenarias u ofrecerse como oficiales o jefes de las milicias urbanas. De esas funciones podía pasarse luego a una posición espectable en la sociedad civil, acaso la más alta si la sociedad optaba por el gobierno de un príncipe. Al lado de quienes podían reivindicar un alto origen estaban los que no podían ostentarlo. Unos se habían abierto paso a través de las actividades económicas, labrándose una fortuna, en ocasiones cuantiosa, con la que habían adquirido prestigio o influencia; ricos comerciantes o banqueros no sólo disfrutaban del bienestar que les permitía su dinero sino que podían aprovechar la consideración de que gozaban para escalar posiciones públicas e imponer sus opiniones y sus deseos sobre vastos sectores que dependían de ellos. Pero otros habían hecho carrera en la guerra y en la política sin más título que sus capacidades. Por eso se volvía una y otra vez al problema de los orígenes, porque la nueva sociedad feudoburguesa vacilaba acerca de los riesgos o las ventajas de aceptar el principio de que era la Fortuna —y no el origen— quien decidía sobre el papel del individuo en la sociedad. En 1514 Castiglione introducía el tema a través de il signor Gaspar Pallavicino en II Cortegiano[43] y Maquiavelo lo desarrollaba a propósito de la extraordinaria aventura de Castruccio Castracani:[44] “Parece cosa maravillosa, a aquellos que la consideran, que todos —o la mayor parte— de los que han realizado en este mundo grandes cosas y han sobresalido entre los demás de su época, hayan tenido su principio y nacimiento bajo y oscuro, o sea que han sido conducidos de alguna manera por la Fortuna: porque todos, o han sido expuestos a las fieras o han tenido un padre tan vil que, avergonzados, se han hecho hijos de Jove o de cualquier otro dios. Cuáles han sido éstos —cosa conocida por todos— sería cosa desagradable de replicar y poco aceptable para quien leyese; por eso, la omitiremos como superflua. Creo con seguridad que esto proviene de que, queriendo la Fortuna demostrar al mundo que es ella —y no la prudencia— la que hace grandes a los hombres, comienza a demostrar su fuerza en un momento en el que la prudencia no puede tener participación, para que, sin duda, se le tenga que reconocer todo a ella.”

También a la Fortuna podía atribuirse el ascenso del rico comerciante cuyo dinero hacía de él un personaje prestigioso e influyente en su ciudad, aun cuando se reconociera cuánto ayudaba cada uno a la Fortuna con su prudencia y su capacidad. Y más todavía podía atribuirse a la Fortuna que, entre muchos muy capaces, salvara un maestro artesano el abismo social y llegara a incorporarse a la alta clase que dirigía la vida de la ciudad. Pero, sobrepasado el trance inicial, lo importante era consolidar el ascenso y acentuarlo a través de hijos y nietos. La familia arraigada, cuyos miembros habían gozado durante varias generaciones de sólida fortuna y de posiciones destacadas, llegaba a constituir en su ciudad un linaje de tanta influencia y tanto prestigio como solían tener las casas nobles. De hecho los equiparaba un hombre tan celoso de los privilegios de la vieja nobleza como el marqués de Santillana, cuando enumeraba los linajes hispánicos e itálicos que se enfrentaban en una batalla.[45] Y no se equivocaba, porque los linajes patricios, acaso de pocas generaciones, eran ya la nueva e indiscutida élite. de la sociedad que se renovaba. Constituidos en las ciudades, a las que infundieron esplendor y transformaron en potencias económicas y políticas, formaron esa clase que dejaría más tarde de ser urbana para convertirse en el sostén, económico y político también, de los nuevos estados territoriales.

Tanta fuerza y prestigio adquirieron esos linajes que en algunas regiones se inclinaron a una alianza con la pequeña nobleza; y aun si no lo hicieron, procuraron que se les atribuyera una dignidad equiparable y se los confundiera con ella adoptando un boato en sus formas de vida que más parecía noble que burgués. Pero un observador sagaz como Maquiavelo, cuyo pensamiento político condensaba la experiencia de cuatro siglos de desarrollo burgués, no se engañaba ni con las apariencias ni con las palabras. Hablando de lo que parecía una paradójica república de gentiluomini en Venecia, señalaba que no había contradicción en ello porque, en su opinión, “los gentiluomini en aquella república lo son más de nombre que de hechos; porque no tienen grandes rentas provenientes de posesiones sino que sus grandes fortunas están fundadas en las mercancías y los bienes muebles; además, ninguno de ellos tiene castillo ni tiene jurisdicción sobre hombres; de modo que el nombre de gentiluomo es en ellos nombre de dignidad o de reputación, sin que esté fundado sobre ninguna de aquellas cosas que en otras ciudades hacen que se les llame gentiluomini”.[46] Era, ciertamente, la posesión de mercancías y de bienes muebles lo que caracterizaba en las ciudades al grupo más representativo del patriciado, al grupo burgués por excelencia.

Lanzados a las actividades mercantiles, los comerciantes descubrieron muy pronto las ventajas de trabajar con el dinero mismo. El uso de la moneda reveló muy pronto algunas de sus peculiaridades, aunque no todas. Se creyó que quien la acuñaba y la garantizaba podía utilizarla dolosamente sin mayor riesgo, y tal consejo dieron al rey de Francia Felipe el Hermoso dos florentinos, Biccio y Musciatto Franzesi, sus consejeros financieros.[47] Eran hombres de experiencia comercial que comenzaban a entrever los secretos del nuevo mundo del dinero; pero que aun siendo los que sabían más, apenas adivinaban los más elementales de sus mecanismos, cuyos engranajes más complicados tardarían todavía varios siglos en quedar al descubierto. Pero sin duda venían de uno de los centros más experimentados en esta nueva materia, y por eso merecieron la confianza de quienes ejercían, en países menos desarrollados, un poder político que quería ser poder económico. De las ciudades italianas saldrían también Scaglia Tiffi, banquero arraigado en Borgoña, o Berto Frescobaldi, consejero financiero de Eduardo I de Inglaterra.

En sus propias ciudades, los ricos mercaderes que deslizaban sus preferencias hacia las finanzas parecían los más ricos de todos. Fundaban bancos que ejercían una fuerte influencia local, y creaban luego una red de sucursales que proyectaba esa influencia sobre otras ciudades y otros reinos, ofreciendo a veces a sus reyes, en estos últimos, crecidos empréstitos sin los cuales no hubieran podido muchos de ellos llevar a cabo las guerras que emprendieron. Quizá no dejaron del todo los negocios mercantiles. Pero el manejo de grandes capitales les permitió alejarse del contacto con la mercancía, borrando un poco más las huellas de su condición originaria y acentuando la ficción de que no trabajaban con sus manos sino que pertenecían a la envidiada clase ociosa de los gentiluomini.

Ciertamente, sólo se aproximaban a esa meta los que conseguían dar gran extensión a sus negocios. Los otros, los que trabajaban en pequeña escala, arrastraban el viejo estigma de la usura. Pero todos imponían su poder en una sociedad fundada cada vez más en el dinero, y sólo los moralistas tradicionales vituperaban en el siglo xv al financier como lo hacía Eustache Deschamps en su balada satírica.[48] En los hechos, el financista ejercía una influencia decisiva, aun cuando la suerte personal de cada uno acusara los riesgos de un juego mal conocido; y si conseguía conservar y acrecentar su fortuna y legarla a sus herederos, el papel que la familia desempeñaba en la ciudad alcanzaba los rasgos de una verdadera aristocracia.

En realidad, el financista puro no es un tipo frecuente en el seno del patriciado. Acaso sea una vocación predominante en algunos: acaso en Joseph Hompys, fundador en 1380 de la Grosse Gesellschaft en Ravensburg; en Godeman van Buren, que estableció la primera banca local en Lübeck; en Jakob Fugger, que acrecentaba su poder en Augsburgo; en Cosimo Medici, que llevó al más alto nivel su casa bancaria de Florencia; o en Jacques Coeur, en quien la especulación adquiría los caracteres de un juego apasionante. Pero, en rigor, el financista era una de las caras del mercader, y los ricos linajes burgueses fundaron su fortuna en el tráfico mercantil, al que se habían aplicado durante generaciones. En virtud de esa actividad y gracias a los frutos que habían obtenido de ella, formaban parte sus miembros del patriciado, que la Crónica de Lübeck definía como un grupo compuesto por “los ricos comerciantes y los ricos en bienes” o “los comerciantes más ricos de la ciudad”.[49]

Grupos mercantiles que desarrollaban una intensa actividad económica, que gozaban de suficiente bienestar como para llevar una vida agradable y en ocasiones lujosa y que ejercían considerable influencia en sus ciudades, se constituyeron en numerosos centros urbanos allí donde se había producido esa activación comercial que desencadenó la revolución burguesa. Froissart los sorprendía en Flandes: eran “las buenas gentes de Gante, los hombres ricos y notables que tenían en la ciudad sus mujeres, sus hijos, sus mercancías, sus propiedades dentro y fuera de ella, y que habían aprendido a vivir honorablemente y sin peligro”.[50] Eran, acaso, los que habitaban las ricas casas del Quai aux herbes, quizá los herederos de Gilbert uten Hove o de Walter van der Meire; y sin duda también otros de menores fortunas aunque influyentes en el seno del patriciado y unidos a su variada suerte. En numerosas ciudades flamencas, brabanzonas o del país de Lieja se observaba la presencia de esta napa social, algunos de cuyos miembros retrataron Van Eyck, Memling o David. Se la encontraba en las ciudades hanseáticas —Lübeck, Hamburgo, Danzig—, en las ciudades renanas —Colonia, Maguncia—, en las ciudades del sur de Alemania —Augsburgo, Munich, Nuremberg—, en las ciudades suizas —Basilea, Ginebra—, en la del noroeste y del sur de Francia, en las de Inglaterra, Cataluña, Portugal; en las del Báltico, Polonia y Rusia. Y sobre todo en las ciudades italianas, donde el proceso económico y social había comenzado antes que en otras partes y había alcanzado gran intensidad.

Hasta principios del siglo XIV había prevalecido la imagen del mercader itinerante y aventurero, ese que iba y venía con su mercadería y que logró establecer personalmente y a su propio riesgo el contacto entre las diversas áreas donde crecía el tráfico. Fueron ellos los que le dieron estructura al mundo urbano internacional y los que crearon un sentimiento de homogeneidad y reciprocidad entre las nuevas burguesías. Rompieron con el elemental etnocentrismo y se dispusieron a entender todo lo distinto, dentro de una relación que ofrecía un plano de coincidencias. Chaucer los vio así, jocundos y optimistas, pero sobre todo abiertos a la percepción de un mundo variado. “¡Ah, opulentos comerciantes; ah, gente noble y principal! -escribía.[51] Muy dichosos en este punto sois. No encierran vuestras alforjas dobles ases, sino buenas jugadas de cincos y seises, para vuestra ventura. Y en Pascuas podéis bailar alegremente. Vosotros, mercaderes, revolvéis tierra y mar buscando provechos; vosotros, gente informada, conocéis el estado de los reinos; y sois padres de noticias y cuentos de paz y de guerra.” Boccaccio ofreció varias veces esta imagen del mercader conocedor del mundo, y acaso hubiera podido, como Chaucer, decir del mercader “que, por ser hombre rico, pasaba por sabio”.[52] Pero, sin duda, lo era el mercader itinerante, aunque no fuera escolar. Su sabiduría consistía en el conocimiento de la nueva realidad social, homogénea en algunos de sus aspectos y profundamente diversa en otros. Era el suyo un saber vivo y espontáneo, hijo de la experiencia, que acrecentaba su autoridad cuando volvía a su ciudad natal y relataba las diferentes maneras de vivir de gentes con las que había coincidido en el ejercicio de sus operaciones mercantiles. Pero, precisamente porque los mercaderes itinerantes habían anudado los lazos del nuevo mundo urbano internacional, pudieron sus descendientes prescindir del viaje personal y periódico para hacer sus negocios. El mapa europeo adquirió precisión y se representó como un universo de ciudades, cada una de las cuales tenía los caracteres específicos que le proporcionaba su actividad económica: Lübeck, “una casa de comercio”; Colonia, “una tienda de vinos”; Danzig, “un granero de trigo” y así sucesivamente según un viejo dicho alemán de la época.[53] Antes del siglo XIV, un catálogo de ciudades había sido redactado por Francesco Balducci Pegolotti —miembro de la casa bancaria de los Bardi en Florencia— en el que puntualizaba las características comerciales de cada una.[54] Cuando la organización internacional quedó fijada, en la primera mitad del siglo XIV, los mercaderes se establecieron en las ciudades, y los más prósperos constituyeron en ellas la más alta clase urbana. Las oficinas, los talleres y los depósitos constituían su centro de operaciones, que se proyectaba hacia los puertos, si los había. La compra y la venta eran las operaciones básicas, pero la recepción y el envío de noticias, el análisis de los precios y de las contingencias propias de la producción, de los transportes y de los mercados constituía la preocupación fundamental del jefe de la casa, al que le tocaba orientar su actividad. Para consolidar su posición, los mercaderes procuraron y consiguieron ejercer el poder en su ciudad, porque también desde el gobierno se orientaba la actividad económica de las grandes casas comerciales y financieras. Y para disfrutar de la riqueza y del poder, mudaron o transformaron sus viviendas dotándolas de las comodidades y el lujo que a cada uno le permitía su fortuna.

Cuando esas fortunas alcanzaron un nivel superior a las exigencias del negocio mismo y estuvieron cubiertas las necesidades de reinversiones que aseguraran su ritmo creciente y progresivo, sus propietarios pudieron pensar en adquirir propiedades rurales. Era un modo de diversificar las inversiones y, en algunos casos, de integrar un circuito económico, pero más generalmente formó parte de una estrategia para consolidar el ascenso social. La propiedad raíz ayudaba a configurar una posición espectable, propia no sólo de los patricios sino, más aún, de los señores. Y en muchos lugares fue preocupación obsesiva de los patricios alcanzar un rango nobiliario, que sólo ocasionalmente fue otorgado graciosamente y que, en general, fue comprado.

En las ciudades empezaron a aparecer escudos de armas sobre las puertas de algunas casas burguesas, denotando el nuevo salto que habían dado sus propietarios. El ennoblecimiento fue un nuevo elemento de diferenciación introducido en una sociedad que seguía siendo muy móvil. También los rangos del patriciado burgués conservaban su movilidad. Junto a los linajes que perduraban a lo largo de muchas generaciones, cada ciudad vio declinar a algunas familias poderosas y ascender a otras, unas veces por el vaivén de sus negocios privados, otras por el azar de graves circunstancias que alteraban la vida económica y política de la ciudad y sacudían su estructura social. Nuevos nombres empezaban a aparecer en las listas de los más ricos y, naturalmente, de los que ejercían las magistraturas urbanas, remplazando a los que caían. Justamente, para aconsejar un prudente comportamiento a las familias de alto rango burgués, escribió Leon Battista Alberti I libri della famiglia, preguntándose si tanto podía la Fortuna sobre los hombres como para que pudiese “a familias bien provistas de hombres virtuosísimos, abundantes en cosas caras y preciosas y deseadas por los mortales, adornadas de mucha dignidad, fama, elogios, autoridad y público respeto, privarlas de toda felicidad, sumirlas en la pobreza, soledad y miseria, reducirlas de gran número de padres a poquísimos descendientes y de una desmesurada riqueza a suma necesidad, y de muy ilustre esplendor de gloria sumergirlas en tanta calamidad, tenerlas abatidas y arrojarlas en tinieblas y en una tempestuosa adversidad. ¡Ay, cuántas familias se ven hoy caídas y arruinadas!”[55] Escritas estas palabras en Florencia poco antes de promediar el siglo xv, revelaban que el patriciado burgués comenzaba sólo entonces a tomar conciencia del tipo de sociedad que encabezaba y el tipo de estructura económica en que se movía. Pero tanto una como otra conservaban aún ocultos los mecanismos de sus procesos internos y la inestabilidad derivaba de la necesidad de transitar unos caminos que él mismo estaba trazando. Era la construcción de una nueva sociedad y una nueva economía lo que había aceptado emprender el patriciado, y no simplemente su uso. Tocaba al patriciado construir la sociedad burguesa y la economía capitalista, y en esa tarea los éxitos y los fracasos individuales eran el precio que tenía que pagar el que se comprometía en ella. Varios siglos habría que aguardar para que se hicieran totalmente evidentes los mecanismos de la sociedad burguesa y de la economía capitalista, para las cuales no había entonces un modelo al que pudiera referirse la acción.

En cada etapa, el patriciado urbano contribuyó a diseñar la nueva realidad socioeconómica, y, entre tanto, procuró gozar de la riqueza y el poder que las circunstancias le ofrecían. Comprometido con el destino de su ciudad, el patriciado buscaba la riqueza y el poder convencido de que su suerte —la de cada uno de sus miembros y la de todos como clase— estaba unida al destino de la ciudad: era el sentimiento que expresaba lleno de orgullo Giovanni Villani cuando atribuía el esplendor que Florencia había alcanzado a los florentinos —esto es, a los hijos de la ciudad y a ellos solos—, por obra de los cuales “comenzó a multiplicarse y extenderse la fama de Florencia por el universo mundo, más de lo que nunca había sido”.[56] El embellecimiento de las ciudades, el estímulo de las actividades intelectuales y estéticas, la promoción de las fiestas públicas, fueron formas secundarias, pero elocuentes, de este comportamiento social del patriciado.

A su lado, grupos extranjeros solían compartir su forma de vida, ocupados principalmente de las actividades lucrativas. Allegados a los hombres más importantes y presentes en los círculos más representativos de cada ciudad, parecían inmersos en ella y consustanciados con su vida. Pero, en verdad, la ciudad les era ajena. Eran desarraigados que no se hacían cargo del destino colectivo porque tenían los ojos puestos en sus intereses o acaso en su propia ciudad. De tronco patricio florentino, Tommaso Portinari vivía en Brujas como agente de la casa de los Medici. Memling hizo su retrato y el de su esposa, como correspondía a un rico e influyente ciudadano. Pero él pensaba, además de sus intereses, en su Florencia natal. Y así como su antecesor Angelo di Jacopo Tani había encargado a aquel artista un retablo para su capilla mortuoria en Florencia —que por obra de los piratas fue a parar a Danzig—, Tommaso Portinari encomendó a Hugo van der Goes otro retablo, éste para el hospital de Santa María Nuova de Florencia, que había fundado en 1285 su antepasado Folco Portinari, padre de Beatrice. Patricios en Florencia y en Brujas, sólo en una ciudad podía vivirse la obsesionante contingencia cotidiana que componía el curso del destino local, labrado de ventana a ventana, en la plazuela o en el atrio. Advena al fin, el patricio de otros lares miraba al patriciado de la ciudad en que habitaba como a un grupo social cuyo destino no era el suyo.

En algunas regiones en las que el proceso de mercantilización había sido forzado —como en Bohemia y Hungría, o en algunas de influencia hanseática— las ciudades recibieron grupos extranjeros privilegiados y protegidos que, de hecho, constituyeron el más alto nivel de la sociedad urbana: tal la situación de los alemanes en Praga. Sin duda constituyeron una suerte de patriciado, pero atento tan sólo a sus intereses y desentendido del destino de la ciudad, o acaso impotente para conducirlo. La política le estuvo vedada, y sólo tuvieron de patriciado los rasgos que les prestaba la actividad mercantil y financiera, un modo de vida burgués y, sin duda, la influencia que ejercían a causa de su alta posición.

Entre los mercaderes y financistas solían introducirse en las filas del patriciado hombres de otros grupos que tenían gravitación en la ciudad. A medida que crecía y se formalizaba la organización de la vida urbana —que era en muchas ciudades la de un estado independiente—, cobraban mayor importancia local las personas que representaban cierto poder. Los obispos y el alto clero fueron inseparables del patriciado, como lo fueron los jefes de las milicias urbanas, verdaderos ejércitos algunas veces, y los más altos funcionarios de la burocracia comunal. Todos ellos participaban del género de vida del patriciado y lo superaban a veces; pero participaban también en la adopción de decisiones importantes —políticas, sociales y económicas—, sobre todo en circunstancias críticas que escapaban a la rutina cotidiana.

Entre los burócratas, los legistas de formación romanística que precisaban paso a paso las peculiaridades del derecho burgués y definían las líneas jurídicas y administrativas que enmarcaban la vida pública de las ciudades, alcanzaban una fuerte gravitación. A ellos les tocaba ir creando los moldes de la nueva sociedad, que se desprendía, poco a poco y trabajosamente, de los esquemas de la sociedad feudal. Jueces, abogados y notarios adquirían, por las mismas razones, una creciente importancia social, puesto que trabajaban cotidianamente en la elaboración de un nuevo derecho de extremada importancia para la consolidación del pujante sistema de relaciones en que cada vez más se asentaba la sociedad urbana, burguesa y mercantil. A su lado, otros que ejercían también profesiones liberales solían incorporarse a las filas del patriciado; médicos o boticarios, si su éxito, su fortuna o sus vinculaciones familiares les permitían el acceso. Las mismas razones, o el valimiento que pudieran alcanzar al lado de figuras ilustres de la ciudad, empujaron ocasionalmente hacia los más altos estratos sociales a los intelectuales y escritores que trabajaban en la elaboración, el afinamiento conceptual y el ajuste de las nuevas formas de mentalidad que acompañaban al cambio social. Y no quedaron al margen de este ascenso algunos arquitectos y artistas que procuraban expresar las variaciones de la sensibilidad que se insinuaban en el seno de la nueva sociedad. El patriciado, élite. de una sociedad que se estaba creando a sí misma, prestaba su calor a todos los que contribuían a definir y precisar su fisonomía.

Fue su eficacia para promover el cambio social y económico lo que primero le confirió la condición de élite.. Luego en sucesivas generaciones, fue su capacidad para aceptarlo y adecuarse a él como clase constituida, tratando cada uno de sus miembros de obtener el mayor provecho posible, en actividades que, además, abrían posibilidades para otros sectores más modestos que crecían en las ciudades. Fue, finalmente, el aprovechamiento de esta última circunstancia lo que consolidó su posición, porque el patriciado pudo instrumentar en su beneficio el conjunto de la sociedad urbana, sin perjuicio de que tuviera que enfrentar ocasionalmente a los sectores medios que le disputaron el poder. A la larga, el patriciado, que nunca perdió el poder económico, recuperó el poder político allí donde lo había perdido y volvió a consolidar sus posiciones modificando, cuando fue necesario, la estructura institucional.

Esa tendencia a canalizar el proceso de cambio en un sentido favorable a sus intereses fue manifiesta en el patriciado. Quedó corroborada con los esfuerzos que hizo una y otra vez para detener el proceso de movilidad social y, sobre todo, para independizar el área de poder de ese proceso. Y si en determinados lugares y ocasiones ese esfuerzo no tuvo éxito, a la larga los resultados fueron felices para el patriciado. Consistía su fuerza en el arraigo que tenía en la estructura económica que él mismo estaba elaborando —precapitalista o acaso capitalista en algunas partes—, pero, además, en el sistema de alianzas económicas, sociales y políticas que supo construir en la sociedad que, precisamente por esas coincidencias de grupos, adquirió los caracteres de una sociedad en transición, la sociedad feudoburguesa. El patriciado se acercó a la nobleza cuanto pudo y en condiciones ventajosas. Se acercó a la pequeña nobleza; o a la nueva nobleza; o a la vieja nobleza que, por el solo hecho de aceptar esa alianza, se renovaba y pasaba a ser nobleza nueva.

Para consolidar su situación y asegurarla, el patriciado se aplicó a sí mismo el principio de contención de la movilidad social. No quiso crecer, sino, por el contrario, contraerse y cerrarse como grupo. Las tendencias capitalistas lo movían a concentrar la riqueza y las tendencias sociales lo movían a cerrarse como clase, reduciendo los privilegios a un número restringido de familias. Aceptando la tradición de la sociedad feudal, el patriciado institucionalizó sus privilegios en la medida y en las ocasiones en que le fue posible, demostrando que tendía a formar bloque con la nobleza e, inversamente, a separarse de las otras clases urbanas que se habían constituido junto con él y habían quedado en niveles económicos y sociales más bajos. Así empezó a desvanecerse el vago principio igualitario que pareció mover la primitiva sociedad burguesa, condenado, por lo demás, desde el primer momento puesto que aquélla estaba fundada en una economía monetaria. Signos exteriores inequívocos de la posición social de cada uno aparecieron muy pronto en las ciudades.

Más allá del poder, la riqueza o el boato, el patriciado buscó el signo de su diferenciación en aquello que pusiera de manifiesto su dignidad. Creyó, por cierto, en la dignidad del poder y la riqueza; pero también en la de un modo de vida que apuntara hacia valores que quería considerar —acaso contra sus convicciones espontáneas— más altos que los vigentes en la vida práctica. Adoptó la dignidad del porte y del trato, la del lenguaje, la del sentimiento y la de la sensibilidad; la dignidad, finalmente, de los altos pensamientos. Una casa que quería ser palacio, y que finalmente lo llegó a ser, constituyó el apropiado escenario para esta concepción de la vida que empezó siendo burguesa y se deslizó poco a poco hacia el esquema de la vida cortesana.

Lo importante, primero, era no trabajar con las manos y, además, desprenderse del trato directo con las mercancías. Una jerarquía de intermediarios aseguraba a los ricos comerciantes o industriales una cierta distancia de los objetos que constituían su riqueza y, con ello, la posibilidad de alcanzar o mantener esa dignidad patricia que los acercaba a la nobleza. Por debajo de ellos estaban los que trabajaban con sus manos y los que compraban y vendían la mercancía: eran las clases urbanas subordinadas, cuyos miembros llenaban las tiendas y talleres, los mercados, las calles y plazuelas, en cuyas filas formaban, además, las gentes sin oficio que buscaban el pan de cada día en humildes y honestas tareas circunstanciales y aquellos otros que lo buscaban en actividades deshonestas o abiertamente delictivas. Era un amplio espectro social el que se iba constituyendo en las ciudades que presidían con estudiada dignidad los linajes patricios.

De todo ese conjunto, sólo los oficios organizados llegaron a adquirir una consistencia social comparable a la del patriciado y, especialmente, los que correspondían a las actividades fundamentales de la ciudad. Actuando solidariamente podían desafiar la autoridad del patriciado y, en muchos casos —como en Gante, Colonia o en Florencia— dar por tierra con ella y llegar a controlar el poder político de la ciudad. Tejedores, orfebres, carniceros, constructores navales, tintoreros y tantos otros —de los que quedó un ilustrativo catálogo en los grabados de Jost Amman y las rimas de Hans Sachs—[57] pudieron acariciar la ilusión de imponer su fuerza numérica y su organización. Gremios, corporaciones, gilds, arti, Aemter, Gewerke, eran organizaciones de oficios que no poseían el profundo sentido de clase que caracterizaba al patriciado. Eran organizaciones profesionales, acaso solidarias en la oposición al patriciado, pero que carecían de cohesión interior. Maestros, compañeros y aprendices pertenecían de hecho a estratos sociales diferentes —aunque originariamente hubieran pertenecido al mismo— y sus intereses eran diversos. Los maestros, sobre todo, lograron constituir una oligarquía en muchas ciudades. Eran pocos, y consiguieron que las reglamentaciones de muchas ciudades mantuvieran restringido el número y acrecentaran las exigencias para alcanzar la maestría. Fue necesario que pagaran una gruesa suma para adquirir el derecho de burguesía y que cumplieran el requisito de presentar una “obra de arte”. Los que lograban satisfacer tales requisitos llegaron a constituir la napa superior de esta clase media artesanal, en cuyos miembros pensaba Chaucer cuando describía sus caracteres:[58] “Un mercero y un carpintero, un tejedor, un tintorero y un tapicero cabalgaban también en la compañía. Llevaban todos las libreas de sus solemnes e importantes gremios. Vestían ropas nuevas y bien adornadas; sus puñales no iban guarnecidos de bronce sino de plata labrada y bruñida, y de igual manera estaban decorados sus cinturones y bolsas. En verdad que por la traza y discreción que mostraban parecían asaz dignos de ser regidores y sentarse en los estrados del salón de su concejo. A más, poseían para ello suficientes bienes y ganancias, y de cierto que sus mujeres los habrían visto de buen grado como regidores. Porque es muy agradable oírse llamar ‘señora’ e ir a vísperas delante de todos y poseer un manto regiamente llevado.”

A ese mismo nivel social pertenecían los medianos y pequeños comerciantes, dueños de un discreto capital que les permitía mover sus negocios. Acaso no tuvieran la fuerza social de los maestros artesanos que, eventualmente, podían apoyarse en sus gremios. Pero poseían esa ligera superioridad que daba la profesión mercantil, en la que siempre era posible escapar de la medianía y alcanzar una fortuna estimable. Las profesiones liberales otorgaban el goce de cierta consideración a aquellos que no lograban sobresalir. Médicos y boticarios, notarios y abogados —personajes preferidos de Boccaccio y de Sacchetti, del autor de Maistre Pierre Pathelin y del de las Cent Nouvelles Nouvelles, de Chaucer, de Poggio y de Erasmo— pertenecían a él en principio, y aunque algunos se deslizaran hacia formas de vida menos rJuan Hunyady espetables cediendo a las tentaciones de la picardía urbana, otros mantuvieron o acrecentaron su dignidad hasta hacer de sus profesiones un título honorable. También solía ser honorable la condición de los párrocos y de los monjes mendicantes, mezclados todos en los enredos de la vida cotidiana y oscilando entre la malicia y la virtud. Y era honorable, a veces, la calidad de los funcionarios públicos, en quienes debía depositarse la confianza, y cuyo número crecía a medida que se complicaba la administración hasta constituir una nutrida burocracia.

Solían moverse a ese mismo nivel los escolares que animaban las ciudades donde había importantes centros de estudio. Si no pertenecían plenamente a él era porque muchos participaban simultáneamente de una doble condición. Eran, por una parte, hijos de familias capaces de sostener su ocio en alguna medida, aunque muchos de ellos recurrieran a la limosna, tanto para vivir cada día como para satisfacer el deseo de “acumular a su cabecera una veintena de libros, encuadernados en rojo o en negro, conteniendo la filosofía de Aristóteles; y así como no guardaba, aunque filósofo, sino muy escaso oro en su arca, cuanto podía lograr de sus amigos lo gastaba en volúmenes y en instruirse, y rogaba con mucho empeño por las almas de quienes le daban con qué aprender”.[59] Éste era el estudiante de Chaucer. Pero aun en Oxford, como en Bolonia o Praga, como en Coimbra o en París, abundaban los “escolares que andan nocherniegos”, como decía el Arcipreste de Hita.[60] Cualquiera que fuera su origen social, la vida de estudiante los empujaba hacia los lindes de la mala vida, enredándolos con mujerzuelas y jugadores en el ambiente desenfrenado de las tabernas y las posadas. A veces no pasaban los límites del escándalo, dignificado por la música o la poesía, pero encuadrado en una resuelta vocación de goce que se realizaba en el amor y el vino. Pero muchos traspasaban el límite y se introducían en esa mala vida que describía Villon —escolar él también a su modo— cuyo fin podía ser la horca. Así solía desplazarse el escolar hacia una situación de marginalidad derivada de su libertinaje que podía no corresponder a su origen social.

En un nivel más bajo estaban los que trabajaban como dependientes. En los oficios eran muchos los compañeros y los aprendices, en posición social y económica mucho más baja que los maestros y sometidos además a su férula. Con trabajo unas veces y otras desocupados, no tenían más amparo que la organización gremial, que regulaba sus salarios y ofrecía algunas ayudas. Dependientes de casas de comercio y pequeños burócratas compartían esa situación, en la que se hallaban también cuantos medraban con los pequeños y variados servicios que creaba la vida ciudadana. De estos últimos, algunos lindaban con la vida aventurera de la periferia social de las ciudades; y de ella entraban y salían los que sólo tenían la fuerza de sus brazos para los trabajos más humildes, convertidos en pobres cuando aún ese trabajo faltaba.

Abundaban los pobres en las ciudades. La vida urbana era amable para los ricos pero dura para los miserables. De entre ellos salían las primeras y más numerosas víctimas de las hambrunas y las epidemias, los que merodeaban por los conventos y terminaban en los hospitales y los que constituían la masa que acudía a las fiestas públicas o se embarcaba en los tumultos populares —que otros dirigían— sin saber qué esperaban o qué querían. A veces se integraban en esta masa indefinida los soldados sin bandera, aventureros acostumbrados al uso del puñal, con el que terminaban a veces en asesinos o ladrones. Entonces entraban de lleno en el último estrato de la sociedad urbana.

Decididamente marginales, ladrones y asesinos compartían el mundo de la mala vida con un variado conjunto de personajes, muchos de ellos menos peligrosos e instalados sobre un puente en el que las diversas clases se comunicaban. Cofradías de mendigos —como la que describe Sacchetti—[61] se desplegaban por todas las ciudades, alternando sus miembros los lugares selectos donde mendigaban con los suburbios donde vivían. Pero la limosna abundaba cuando la situación era próspera y faltaba cuando asomaba la escasez. Entonces un mendigo podía tornarse ladrón o bandolero. Pero el mundo de la mala vida era mucho más extenso. Así lo vio François Villon en el París de su tiempo:[62]

Porque, que seas bulero

fullero o jugador de dados,

monedero falso, y que te quemes

como los que se escaldan,

traidores, perjuros y vacíos de fe;

que seas ladrón, que robes o saquees,

¿a dónde va lo obtenido, que tanto cuidas?

Todo a las tabernas y a las mozas del trato.

Recita, búrlate, toca el címbalo y el laúd

como loco, disfrazado y desvergonzado;

bromea, engaña, dispara;

representa, en las ciudades y los pueblos,

farsas, juegos y moralidades;

gana a las cartas, a los juegos de azar, a los bolos.

Pues escuchadme bien:

toda va a las tabernas y a las mozas del trato.

¿Te repugnan esas inmundicias?

Ara, siega campos y prados,

cuida y rasquetea caballos y mulas.

Tendrás lo necesario si te resignas.

Pero si machacas o espadillas el cáñamo,

¿no llevas todo el trabajo que has hecho

a las tabernas y a las mozas del trato?

Calzas, jubones con agujetas,

togas y todas vuestras ropas;

antes de hacer algo peor, llevad

todo a las tabernas y a las mozas del trato.

Tabernas y muchachas constituían polos de atracción no sólo de los marginales sino de muchos miembros de grupos integrados, que de ese modo entraban en contacto con los otros. De prostitutas, Villon recogió el recuerdo tierno y soez a un tiempo que dejaron en su memoria la Belle heaulmière y la Grosse Margot.[63] De tabernas, de borrachos, picaros, jugadores y parásitos, su experiencia fue memorable, tanto acaso como la del Arcipreste de Hita o la de Poggio Bracciolini, expertos en devolver esa experiencia en recuerdos literarios pero llenos de desparpajo y ajenos a toda retórica. Más circunspecto, Chaucer tradujo no tanto una experiencia como una observación, en un pasaje evocador del cinturón marginal del Londres de su tiempo, cuando habló de Perkin Revelour, un aprendiz seducido por la mala vida: “Siempre que había en Chepe alguna fiesta o cabalgata, el aprendiz se escapaba de la tienda y no retornaba en tanto que no había visto todos los festejos y danzado en ellos muy a su sabor. Pertenecía a una banda de muchachos de su condición, que siempre andaban juntos, bailando o cantando, y también se reunían en ciertos lugares para jugar a los dados. No había aprendiz de Londres que supiera tirar los dados mejor que Pedrito. A más, era éste muy amigo de dilapidar dinero en casas secretas; y todo ello redundaba en detrimento de su patrón, que asaz a menudo encontraba su caja vacía. Porque habéis de saber que si un aprendiz es inclinado al juego, la orgía o las mujeres, al amo le toca pagarlo, cargando con los gastos de la música sin tocar en ella; pues, en un aprendiz, diversión y robo son palabras sinónimas. Siempre se ha visto que en la gente de condición humilde el refocilamiento y la honradez son cosas que no pueden existir a la par.”[64]

Sobre el vasto espectro de la sociedad urbana planeaba la autoridad de los linajes patricios. En muchas ciudades gravitaban viejas casas nobles o activos sectores de la nueva nobleza. Pero el patriciado poseía la clave para influir más directamente sobre la nueva sociedad, feudoburguesa en su conjunto, pero marcadamente burguesa y capitalista en muchas ciudades. Por eso el período que transcurre desde la segunda mitad del siglo XIV hasta las primeras décadas del XVI constituye el de mayor esplendor de las burguesías urbanas. Pudieron alguna vez perder el poder político bajo la presión de los oficios; pudieron perderlo progresiva y totalmente como consecuencia del creciente centralismo que inspiró a las monarquías nacionales. Pero el patriciado sobrevivió como élite. social, económica y cultural, y siguió imponiendo poco a poco sus tendencias fundamentales. A imagen del ensayo que realizó en las ciudades, impuso sus concepciones de la sociedad, del estado y de la economía, además de sus propias e incuestionables formas de vida y de mentalidad. Sin duda el patriciado dio pasos decisivos para integrarse en una unidad con la nobleza; pero consiguió que ésta se aburguesara más de lo que el patriciado cedió a la tradición nobiliaria, apenas recibida como una cobertura de sus propias tendencias. La sociedad feudoburguesa duraría varios siglos, pero la creciente presión de los integrantes burgueses modificaría esa ecuación en el sentido impuesto por sus tendencias. Sólo reductos cada vez menos influyentes preservarían la tradición nobiliaria.


Capítulo II. La nueva sociedad y la consolidación de la economía de mercado.

Si la nueva sociedad se había constituido espontánea y desorganizadamente en la euforia del primer esplendor de la economía de mercado, en el período de contracción económica que siguió —desde comienzos del siglo XIV hasta la segunda mitad del XV— se vio sometida a tremendas tensiones a través de las cuales empezó a definir su fisonomía luego de que sus diversos componentes se vieron obligados a ajustarse a las posibilidades reales que se le ofrecían. La nueva sociedad, fundada en un principio de movilidad social, trató de regular ese principio sin negarlo y sin que le fuera posible suprimirlo. En medio de furiosas convulsiones, la nueva sociedad logró, empero, diseñar el cuadro de su estratificación e impuso límites a la movilidad. Clases altas, medias y populares quedaron claramente situadas en ese cuadro, en el que había límites cada vez más definidos, sin que por eso faltaran ciertos márgenes para el ascenso y el descenso de clase.

Cuando comenzó nuevamente la expansión de la economía de mercado, en la segunda mitad del siglo XV, la nueva sociedad estaba bastante estratificada y había sufrido, además, una decisiva trasmutación. Las más altas capas de las burguesías urbanas, convertidas en un patriciado local, comenzaban a sobrepasar los estrechos límites de sus ciudades, y a medida que el mercado crecía, el patriciado extendía su influencia y sus ambiciones económicas y políticas. De la trasmutación del patriciado urbano nacieron las burguesías de las florecientes monarquías territoriales, precisamente cuando, gracias a éstas, comenzaban a constituirse mercados fluidos en el vasto ámbito de su jurisdicción. Pero ni siquiera los mercados territoriales fueron suficientes para la capacidad expansiva de las nuevas burguesías, que era la capacidad expansiva de la economía de mercado. Entonces comenzó, dentro de la expansión, la gran expansión oceánica de la que surgirían los imperios coloniales. Una nueva mutación se operaría a partir de entonces, precisamente cuando los imperios coloniales se constituyeron, cuando estalló la crisis religiosa, cuando morían Leonardo, Maquiavelo, Durero, Erasmo.

I. El desarrollo de la economía urbana

En el cuadro de la economía de mercado, la economía urbana desempeñó un papel primordial. Las ciudades fueron los núcleos de la red que iba abrazando una superficie cada vez mayor y en ellas se centralizaban las diversas y complejas operaciones del tráfico de mercancías y de dinero. Todo lo que ocurría en los diversos tramos de los distintos circuitos económicos repercutía sobre las economías urbanas, pero de la misma manera, y acaso de modo más agudo, todo lo que ocurría en las economías urbanas incidía sobre todos los tramos de los circuitos económicos que se relacionaban con ellas. Las ciudades fueron los escenarios visibles en los que desplegó sus posibilidades la economía de mercado, cuyo nombre mismo arrancaba de la experiencia primigenia de un mercado concreto, situado en la plazuela de una ciudad, en la que se confrontaban compradores y vendedores a través de un trato del que resultaba el establecimiento de un precio.

A partir de las primeras décadas del siglo XIV las economías urbanas acusaron los primeros signos de un proceso de contracción. Como siempre, los factores que contribuyeron a desencadenarlo no eran exclusivamente situaciones o hechos económicos. Sin duda lo más importante fue que el proceso previo de expansión —entre el siglo XI y el XIII— había llegado a cierto límite infranqueable, establecido por una indefinida relación entre la producción, la distribución y el consumo, fases cuyas relaciones recíprocas y cuya mecánica eran prácticamente ignoradas y, en consecuencia, incontrolables. Grupos sociales que buscaron su emancipación y su ascenso en las actividades mercantiles o artesanales desencadenaron la oferta llevados por el móvil del lucro, y encontraron un mercado consumidor de una dimensión imposible de estimar ni siquiera aproximadamente. A partir de ese momento, la producción, la distribución y el consumo jugaron locamente sin que nadie advirtiera que sus relaciones se autorregulaban de alguna manera, sin perjuicio de que se intentara regularlos coactivamente. Fue la experiencia la que puso de manifiesto que esas relaciones existían y que sus términos empezaban a entrar en conflicto. Hubo crisis de producción, de distribución y de consumo porque los grupos adscriptos a cada sector procedieron libremente de una cierta manera hasta que sus conveniencias o sus posibilidades les aconsejaron un comportamiento diferente. El dislocamiento del sistema era inevitable, y fue el final necesario de la primera experiencia espontánea y libre de un nuevo tipo de relaciones económicas.

La contracción que se advirtió a partir de principios del siglo XIV fue, pues, un nuevo avatar —el segundo— del proceso de organización de la economía de mercado. Pero no fue solamente la propia mecánica del proceso económico lo que contribuyó a desencadenarla. Por distintas razones adoptaron los grupos adscriptos a cada sector del proceso económico las nuevas y diversas formas de comportamiento. Y todas esas motivaciones contribuyeron a provocar esa contracción, que alteró la fisonomía de la nueva sociedad.

Una razón fundamental fue el debilitamiento de la onda de crecimiento demográfico que había tonificado el proceso de cambio social y económico desde el siglo XI. El aumento de población, ininterrumpido hasta fines del siglo XIII, cesó por entonces, y las ciudades, que habían tenido que ensanchar el perímetro de sus murallas, en ciertos casos varias veces, quedaron fijadas en sus límites físicos en tanto que su población se estancó o comenzó a decrecer. Poco después el proceso se acentuó, acelerado por la ola de epidemias que empezó a asolar toda Europa. La disentería castigó a vastas regiones desde 1315, y al año siguiente murieron de ella 3000 personas en Brujas y 2000 en Ypres. Otras enfermedades contagiosas —la tuberculosis y la viruela, especialmente— recrudecieron a causa de las pésimas condiciones higiénicas que sufrían las poblaciones urbanas, cuyo crecimiento saturaba las ciudades y sobrepasaba largamente los escasos recursos sanitarios de que estaban provistas. Pero fue la llamada “peste negra” la que tuvo mayor incidencia sobre el desarrollo demográfico. Entre 1348 y 1351 la epidemia, proveniente de Asia, se extendió por toda Europa y cobró un número tan crecido de vidas que adquirió los caracteres de una verdadera catástrofe. En cada lugar se la vivió como un desastre local y provocó agudas crisis psicosociales, de las que son testimonios las histéricas peregrinaciones de los flagelantes o las variadas versiones de la Danza macabra.[65] Pero el fenómeno no era local ni concluyó al atemperarse la intensidad de la epidemia. Diezmadas las familias, disminuyó el índice de natalidad. El hambre y las enfermedades crecieron en el seno de una sociedad sacudida violentamente por los estragos iniciales de la peste y por sus variadas secuelas de todo orden. Se dislocó especialmente la vida urbana —puesto que fue en las ciudades donde el flagelo se manifestó con más violencia—, y la desorganización de los mecanismos económicos se propagó a todo lo largo de los circuitos de distribución que las ciudades controlaban: hubo escasez de toda clase de productos, pero sobre todo de productos alimenticios que, a lo largo del proceso de urbanización, dependieron cada vez más del sistema de distribución organizado por el comercio urbano. Combinados todos los factores, la crisis demográfica adquirió tal magnitud que se hizo visible la despoblación de los campos y el empequeñecimiento de las ciudades. Entre 1340 y 1450, se estima que la población de Italia pasó de diez millones a siete millones y medio; la de la Península Ibérica, de nueve a siete; la de Francia y los Países Bajos, de diecinueve a doce; la de las Islas Británicas, de cinco a tres; la de Alemania y Escandinavia, de once y medio a siete y medio; la de Rusia y Europa central, de trece a nueve y medio; la de Grecia y los Balcanes, de seis a cuatro y medio..[66] La crisis de mano de obra acompañó a la crisis del consumo, y ambas a la desarticulación general del sistema mercantil que distribuía la producción: era inevitable la contracción económica.

No contribuyeron menos a que se agudizara la contracción ciertos factores sociales y políticos. La crisis engendró enconados enfrentamientos sociales, tanto urbanos como rurales, que multiplicaron los efectos de la contracción. Un clima general de inseguridad predominó por todas partes, destruyendo las condiciones indispensables para que prosperara o al menos para que se mantuviera el sistema de relaciones económicas que se habían establecido en los últimos años. Guerras internacionales en cuya entraña estaba la misma crisis, contribuyeron a profundizarla exacerbando sus perfiles y suscitando situaciones inéditas e irreversibles que modificarían el cuadro general de las relaciones económicas, sociales y políticas. Hubo, al promediar el siglo XIV, una crisis total del naciente orden feudoburgués, de la que nacería un reajuste de la nueva economía y de la nueva sociedad. Un vago sentimiento apocalíptico predominó en muchos espíritus, como si la transformación estructural que se había producido en Europa hubiera entrado en un colapso definitivo.

Pero esa transformación estructural, que al comenzar la contracción arrastraba ya un proceso de tres siglos, resistió a todas las dificultades. En el cuadro de empobrecimiento general, no todos los sectores sociales lo sufrieron de la misma manera. Por el contrario, la contracción que castigó tan duramente a los sectores medios y populares y detuvo en ellos el fluido juego de la movilidad social, favoreció la concentración de la riqueza en manos de los sectores altos. Quienes poseían un capital y supieron utilizarlo hábilmente en las irregulares condiciones que se suscitaron, aprovecharon las oportunidades que le ofrecían las convulsiones sociales y políticas, las guerras y, sobre todo, el hambre y la escasez. Si los jefes de bandas armadas se enriquecían con el saqueo, los proveedores de los ejércitos y los allegados al poder, ocasional o estable, se beneficiaron con innumerables negocios ilícitos. Medraron los especuladores que se interpusieron en lo que antes era un juego más o menos ordenado y libre de los bienes de consumo, y los prestamistas más o menos usurarios que acudieron al llamado de los que se precipitaban en la ruina. En general, los que cumplían funciones de intermediación comercial y financiera acusaron el golpe de la crisis. Pero los que lograron salvarse por el azar o por la hábil utilización de recursos ilícitos vieron acrecentar su lucro y aprovecharon las desgracias ajenas. Hubo, pues, por esos mecanismos anormales, una concentración de capitales que contribuyó a acelerar el proceso de estratificación social: así se ensanchó el foso que separaba a los pobres y a los que se empobrecían de los ricos y los que se enriquecían.

Frente a la reducción y al dislocamiento general del consumo, las economías urbanas aprovecharon el incremento de consumo de las clases altas, renovadas por la inclusión de quienes se enriquecían a favor de la crisis. La concentración de la riqueza dio a ese patriciado que crecía y se cerraba al mismo tiempo un sólido poder de compra que no sólo alcanzó a los productos corrientes, sino que estimuló el mercado de artículos suntuarios de diversos grados: lo prueba la larga lista de artículos que se puede ver en el tratado de Pegolotti y en especial la que se complace en hacer de las especias que podían adquirirse;[67] la carne se transformó en un producto intensamente solicitado, así como las especias, los vinos y todo lo que podía transformar una mesa en un alarde de poder y riqueza. Indirectamente, la producción rural acusó en alguna medida la influencia de esta singular demanda, que se sumaba a la de los productos tradicionales. Y la producción artesanal debió responder a las exigencias de ese nuevo boato requerido por quienes querían afirmar su ascendente o su consolidada condición social. Pero no fue sólo el patriciado y su contorno de nuevos ricos aventureros el que sostuvo las economías urbanas. En las clases medias no faltaron vastos sectores que, en diversa medida, conservaron o acrecentaron su poder de compra. Buenos burgueses protegidos por sus ahorros y por su tendencia a evitar los gastos superfluos —como lo aconsejaba Alberti—[68] mantenían un ritmo regular de consumo que satisfacía su deseo de bienestar y sus preocupaciones por el decoro. Una mesa honesta y una vajilla pulcra exigía una respuesta del mercado que resonaba en el mismo ámbito en el que ellos ejercían una provechosa intermediación. Sólo las pequeñas clases medias y los sectores populares fueron, al fin, los que cargaron con el peso de la contracción y los que alguna vez descargaron su angustia en exasperadas e inútiles irrupciones de cólera sin definidos objetivos políticos.

La contracción no afectó, pues, al patriciado, aunque alguno de sus miembros sufriera personalmente la crisis. Rico, poderoso, dueño del mercado y firme consumidor, el patriciado y, en general, los mercaderes, prestaron a las ciudades ese aire de esplendor que se complacían en describir los viajeros. Philippe de Commynes escribía a fines del siglo xv que Brujas era un “gran depósito de mercancías y gran punto de reunión de naciones extranjeras; y de hecho se despachan de allí más mercancías que en ninguna otra ciudad de Europa, y sería un perjuicio irreparable que fuera destruida”.[69] Por eso se había dirigido hacia ella —varios decenios antes, en el momento de su máximo esplendor— don Pero Niño cuando llegó al mando de la armada castellana al puerto de L’Écluse: “De allí fue el capitán a la ciudad de Brujas, que está de allí seis leguas. Allí estaban muchos mercaderes de Castilla, que le hacían muchas honras y servicios. Compró allí el capitán paños y armas, joyas, y volvióse a la Esclusa.”5 La misma o parecida impresión causaban Venecia, Génova o Florencia; Barcelona, Burdeos o Tolosa; Lisboa, Londres o Lübeck; Colonia, Munich o Nuremberg. No faltaban en ellas vastos sectores desposeídos ni clases medias de reducidos recursos. Pero daban el tono a la ciudad los grupos florecientes que habían consolidado su riqueza y la ostentaban no sólo en la vida privada sino también en la vida pública, eligiendo ricos edificios para las corporaciones, suntuosas residencias particulares e imponentes iglesias. Y aunque alguna vez tuvo que soportar el patriciado la rebelión de los oficios y a veces de la plebe, se sobrepuso a las dificultades y recuperó al cabo del tiempo su papel hegemónico. Del esplendor de Florencia al finalizar la primera mitad del siglo XIV dio un cuadro brillante y documentado Giovanni Villani.[70]

No gozaron los mercaderes de mucho prestigio a los ojos de ciertos testigos de sus operaciones, sobre todo cuando los testigos arrastraban algunos prejuicios tradicionales. Un gran señor castellano, Pero López de Ayala, los criticó duramente; pero, al hacerlo, dejó una vivaz descripción de la economía de mercado tal como la veía funcionar en la segunda mitad del siglo XIV.[71]

¿Pues qué de los mercaderes aquí podrán decir?

Si tienen tal oficio para poder engañar,

Jurar o perjurar, en todo siempre mentir,

Olvidan Dios y alma, nunca cuidan de morir.

En sus mercaderías tienen mucha confusión,

A mentira y a engaño y a mala confesión,

Dios les quiera valer o tengan su perdón,

Que cuanto ellos no dejan dan cuenta por bordón.

Una vez pedirán cincuenta doblas por un paño,

Si vieren que estáis duro o entendéis vuestro daño,

Dice: por treinta os lo doy; mas nunca él cumpla el año

Si no le costó cuarenta ayer de un hombre extraño.

Dice: yo tengo escarlatas de Brujas y de Malinas,

Veinte años ha que nunca fueron en esta tierra tan finas;

Dice: tomadlas vos, señor, antes que unas mis sobrinas

Las lleven de mi casa, que son por ellas caninas;

Si vos tenéis dineros, si no tomar he plata,

Que en mi tienda hallaréis todo buen cambio.

El cuitado que lo cree y una vez con él se ata

A través yace caído si adelante no mira.

No se tienen por contentos por una vez doblar

Su dinero, más tres tantos lo quieren aumentar.

Dice: somos en peligros por la tierra o por mar,

Que nos hace ahora el rey otros diezmos pagar.

Nunca verdad confiesan, así los han acostumbrado,

Siempre parece pequeño el pecado que es usado;

Mas de otra guisa lo juzga aquel juez granado

Que en las intenciones no le es cosa ocultada.

Juran a Dios falsamente, esto cada día,

Mal lo pasan allí los Santos y Santa María,

con todos los diablos tienen hecha cofradía

Tanto que en el mundo triplican la cuantía.

Las varas y las medidas, Dios sabe cuáles serán,

Una mostrarán luenga y con otra medirán.

Todo es mercadería, no entienden que en esto han

Ellos pecado ninguno, pues que siempre así lo dan.

Si son cosas que a peso ellos hayan de vender,

Que pesen más sus cosas sus artes van a hacer.

En otros pesos sus almas lo habrán de padecer

Si Dios por la su gracia no los quiere defender.

En la vieja ley prohibe esto Nuestro Señor,

Nunca tendrás dos pesos, uno pequeño y otro mayor.

Si de otra guisa lo haces, yo seré corregidor

con saña muy grande tomaré por tal error.

Si quisieres haber plazo el precio les doblarás:

Lo que da un por cincuenta, ciento les pagarás.

De esto luego buen recaudo con ellos obligarás,

si el día pasare intereses les otorgarás.

Aun hacen otro engaño al cuitado comprador

Muéstranle de una cosa y danle otra peor;

dicen en la primera: de esto os mostré, señor,

Si no él nunca vaya a velar a Rocamador.

Hacen oscuras sus tiendas y poca lumbre les dan,

Por Brujas muestran y por Malinas, Ruan;

los paños violetas, bermejos parecerán;

al contar los dineros las ventanas abrirán.

Según que en el Evangelio de Nuestro Señor parece

El que quiere hacer mal siempre la luz aborrece;

pues que en tinieblas anda, verlas siempre merece

con el caudillo de ellas el tal pecador perece.

Por males de nuestros pecados la codicia es ya tanta

Que de hacer tales obras ninguno no se espanta,

Ni saben do mora Dios, ni aun santo ni santa.

Más bien paga el escote quien en tales bodas canta.

Asaz veo de peligros en todos nuestros estados,

De cualquier guisa que sean aun son ocasionados,

Prestos a mal hacer o del bien muy arredrados

En que pecan los muy simples y perecen los letrados.

De otro origen, un prejuicio semejante movía a Erasmo, más de un siglo después, a vilipendiar a los mercaderes con palabras mordaces: “La más loca y despreciable de todas las clases humanas, escribía,[72] es la de los mercaderes. Ocupados sin cesar en el vil amor del lucro, emplean para satisfacerlo los medios más infames. La mentira, el perjurio, el robo, el fraude, la impostura llenan su vida entera; a pesar de eso creen que su oro debe hacerlos pasar por los primeros de todos los hombres; y hay bastantes monjecillos aduladores que no se sonrojan de darles en público los títulos más honorables para atrapar siquiera una pequeña parte de un bien tan mal adquirido.”

Pero no era esa la opinión de la generalidad de la sociedad urbana. Vicios y virtudes, tanto los grandes como los medianos y pequeños mercaderes los compartían con el resto de la nueva sociedad urbana. Todos tenían un nuevo código de comportamiento cuyas prescripciones se fundaban en la reconocida validez y en la legitimidad del lucro, para cuya consecución los preceptos de la vieja moral habían perdido vigencia. La tortuosa habilidad de los mercaderes se correspondía con la fina astucia del intermediario y con las malas mañas del truhán. Pero en esa desaprensiva carrera tras el lucro que permitió y estimuló la originaria expansión del mercado, la posterior contracción económica forzó la tendencia a regularlo por medio del poder político o de las mismas fuerzas económicas organizadas corporativamente.

Sin duda el mercado urbano había descubierto los mecanismos elementales de la oferta y la demanda, esto es, la regulación automática de los precios por el acuerdo negociado de compradores y vendedores. Y es cierto también que, desde el principio, el poder político había tratado de interferir el libre juego de aquéllos tratando de sacar alguna ventaja del tráfico comercial que se realizaba dentro de su jurisdicción. Pero la contracción económica intensificó esta última tendencia, fuera por la dislocación que se manifestaba en el mercado a causa de su juego incontrolado luego de varios siglos de funcionamiento espontáneo, fuera por la vigorosa presión de una crisis que se manifestaba a través de la escasez, la desocupación y el hambre. La respuesta de las corporaciones y del poder político fue un intento de someter el mercado a regulaciones coercitivas. Y en innumerables ciudades, un vasto conjunto de medidas —de emergencia unas, pretendidamente estables otras— comenzaron a establecerse para resolver no sólo los problemas económicos sino también los problemas sociales que la contracción y el dislocamiento del mercado traían consigo.

En un ambicioso plan, se pretendió regular las modalidades de la producción; no tanto en relación con la producción rural como en cuanto a la producción artesanal. Sólo ciertas materias primas —cierta lana, por ejemplo— podía ser elaborada por los tejedores. Sólo los productos artesanales que cumplían ciertos requisitos podían ser lanzados a la venta, bajo la responsabilidad de los organismos corporativos unas veces y del poder público otras. Vinos de Burdeos, pasteles tolosanos, vajillas de Dinant, sedas de Nápoles y de Lyon luego, tejidos de lana de Flandes y más tarde de Inglaterra, fueron, entre otros, productos que merecieron la cuidadosa atención tanto de las corporaciones como del poder público para asegurar el control de calidad, en defensa tanto del mercado interno como del externo. Y si el mercader engañaba a su cliente ofreciendo una cosa por otra, era ésa una modalidad de la compraventa que sólo podía hacerse, precisamente, porque cuando se hablaba de armas de Milán o de tejidos de Ypres se atraía maliciosamente la atención del comprador, predisponiéndolo a aceptar lo que se ofrecía con esa garantía.

Muchas ciudades procuraron regular también la compraventa. En algunos casos otorgaron el monopolio a algunas corporaciones y otras lo combatieron, según las circunstancias y los intereses en juego. Mantuvieron su jurisdicción sobre la habilitación de ferias y mercados y se preocuparon de la exactitud de pesas y medidas. En rigor, ningún paso de la actividad mercantil quedó sin control a través de disposiciones diversas y reiteradas que atribuían, unas veces a las corporaciones y otras veces al poder público, una función de policía sobre todo lo que fuera industria y comercio, pero muy especialmente sobre los productos alimenticios, entre los que el pan y la carne merecieron especial atención. La función de policía significaba la inspección de depósitos para comprobar si se acaparaban los productos, la vigilancia de la calidad y, sobre todo, el control de precios. La generalizada contracción económica pero, sobre todo, los fenómenos locales y circunscriptos de escasez en determinado momento originaron tremendos aumentos de precios que obedecían no sólo a causas justificadas sino, mucho más, a la desenfrenada especulación. No es extraño que, al promediar el siglo XIV, Matteo Villani, burgués florentino, se ocupara de la carestía de los productos alimenticios, o que lo hiciera el clérigo que escribió el Journal d’un bourgeois de París, refiriéndose a los primeros años del siglo xv; pero es significativo que una crónica señorial como la del rey castellano Alfonso XI se detuviera en el mismo tema.[73] La respuesta a las olas de carestía fue el establecimiento de reiteradas disposiciones regulando los precios, unas veces a través de las organizaciones corporativas y otras a través del poder público, sin perjuicio de obligar a vender al valor establecido a aquellos que ocultaban los productos especulando con el hambre y la necesidad.

Correlativamente, los salarios también se vieron sometidos a regulación. Fijados, mientras fue posible, de acuerdo con la oferta y la demanda de mano de obra, siempre habían sido manejados, sin embargo, dentro de los límites impuestos por la vigorosa decisión de los patrones. En el sector de las manufacturas e industrias, sobre todo, su influencia era decisiva no sólo en las corporaciones sino también en el mercado de contratación. Fue precisamente en ese sector donde más se hizo sentir la falta de mano de obra como resultado tanto de la crisis demográfica como de la contracción económica. La tendencia de los asalariados fue a exigir pagas más altas; pero cuando alcanzaban un nivel que comprometía las posibilidades del consumo y, sobre todo, los márgenes de ganancia de los patrones, las corporaciones o el poder público intervenían para obligar a los que vendían su trabajo a mantener sus antiguos salarios pese al tremendo aumento que había sufrido el costo de la vida. Innumerables disposiciones generales, como el Ordenamiento de menestrales que hacen las Cortes castellanas de 1351, fueron dictadas para comprimir los salarios. En varias correcciones que se introdujeron entre 1377 y 1380 al Statute of labourers dictado en Inglaterra en 1351, las restricciones impuestas al salario rural se hicieron extensivas a los artesanos. Y en 1351 también, Juan II de Francia dictó la Ordonnance que legislaba sobre salarios. Muchas disposiciones locales impusieron en diversas ciudades la misma política.[74]

Víctimas de la presión ejercida por los empresarios y por el poder público, los trabajadores reaccionaron a veces con violencia. Hubo huelgas y motines en muchas ciudades; algunas veces esos movimientos formaron parte de un plan político, y los oficios llegaron a apoderarse del poder en algunas de ellas: Gante, Colonia, Estrasburgo y muchas más. Otras veces, aun formando parte de un plan político, los esfuerzos de los oficios sólo sirvieron para secundar los proyectos de algún ambicioso señor, como en el caso de la revolución de Gualtieri di Brienne en Florencia en 1342 o en el de la révolution cabochienne promovida en París en 1413 al calor de las ambiciones del duque de Borgoña Juan sin Miedo.[75] Pero el patriciado recuperó sus fuerzas y retomó el poder en todas partes. Más aún, la explosión popular acentuó la diversificación social y la distancia entre los grupos sociales.

Se advirtió esa tendencia a través de una metódica y sostenida política de regulación del trabajo. Nacidas bajo un signo igualitario, las corporaciones se fueron estratificando y, poco a poco, la posición del maestro se fue separando de la del resto de los componentes, compañeros y aprendices. Cada vez se hicieron más inaccesibles los requisitos necesarios para alcanzar la maestría, y la producción de la “obra maestra” se rodeó de crecientes dificultades. Como en otros muchos casos, el gremio de los pañeros de Lieja resolvió el 1 de abril de 1350 que sólo los maestros tuvieran derecho de voto en el gremio, quedando los artesanos dependientes reducidos a su voluntad. Fue un fenómeno general, y una respuesta más a los impactos de la contracción. Reducida la demanda, decantado el consumo, la selección de los sobrevivientes de la crisis se hizo concentrando el poder en manos de unos pocos.

También se fueron concentrando en pocas manos las organizaciones constituidas para desarrollar ciertas actividades económicas a una escala mayor que la permitida por las posibilidades personales de un comerciante o un industrial. Fueron verdaderas empresas montadas con capitales considerables y destinadas a integrar un ciclo de producción o explotar un sector comercial en condiciones de alta rentabilidad. El propietario o la sociedad contralizaban la dirección y correspondía el desempeño de las diversas tareas a un personal más o menos extenso. La conducción económica seguía la evolución de los negocios a través de una cuidadosa contabilidad, ajustada desde principios del siglo XIV al método de la partida doble que describió escrupulosamente Luca Pacioli en 1494.[76] Y gracias a esa concentración de capitales y de esfuerzos, las sociedades o empresas adquirieron una fuerza creciente en el mercado.

Donde mejor se advirtió la importancia de esa manera de operar fue en el ámbito del comercio internacional, del que dejaron un vasto panorama en sus tratados sobre el comercio Pegolotti, Uzzano y Chiarini.[77] Con el tiempo se habían ido estableciendo circuitos regulares que integraban zonas de economía complementaria. La Hansa germánica, cuyo centro estaba en Lübeck, constituía una asociación libre de ciudades que abarcaba los principales puertos del Báltico, el mar del Norte y el Atlántico. Entre ellos circulaban regularmente productos del norte y del sur, por cuenta de grandes comerciantes que tenían su sede en alguna de las ciudades asociadas y se valían de la organización para sus exportaciones e importaciones. La Hansa establecía estrictas regulaciones, pero ofrecía en cambio importantes seguridades y garantías a sus miembros. Los depósitos instalados en los diversos puertos gozaban de una protección que la organización había gestionado en cada lugar con todo el peso de la autoridad que le daba el volumen de sus operaciones, capaces de activar y canalizar la vida económica de la región. El tráfico consistía en materias primas —granos, lanas, maderas, metales, pieles, sal, pescado— y en productos manufacturados —aceites, vinos, telas, útiles. Crecidas sumas de dinero se movilizaban en este comercio, organizado a través de una vasta red de agentes y representantes, en comunicación permanente a través de una correspondencia regular que mantenía al día la información de todos sobre producción, precios y condiciones del mercado.

No menos intensa era la actividad en otros sectores. El Rin servía de comunicación a las ciudades que estaban sobre sus orillas, desde Colonia a Basilea. El sur de Alemania —Nuremberg, Munich, Augsburgo, Ravensburg— volcó buena parte de su economía en el tráfico con Italia a través del paso del Brenner que conducía a Venecia. Inglaterra se vinculaba con el continente por medio de su staple, instalado por mucho tiempo en Calais y a veces en Brujas o en Amberes, y en el que operaban los comerciantes de la lana. Las casas centrales formaban el núcleo de una extensa red de agentes o factores, a través de la cual circulaban las órdenes para operar, las noticias y el dinero, este último sustituido muchas veces por las letras de cambio y otros mecanismos bancarios que disminuían los riesgos.

Pero el tráfico más intenso y acaso el mejor organizado fue el del Mediterráneo. Poderosas casas comerciales instaladas en numerosas ciudades —interiores o puertos— extendían sus operaciones por todo su ámbito, moviendo un crecido volumen de mercancías y gruesas cantidades de dinero. Génova y Venecia fueron las metrópolis más poderosas de esa espesa red, pero eran muchas las ciudades cuyo tráfico, aunque menor que el de aquéllas, alcanzó un alto grado de desarrollo. Como el de la Hansa, ese comercio cubría zonas de diversa producción y con distintas demandas. Por Ragusa y Salónica se introducía en los Balcanes; por Trípoli o Alejandría en el norte de África; por Famagusta en Chipre; por Varna, Moncastro o Cafa en el mar Negro; por Chios en el Asia Menor; por Beirut en Siria; y desde esas zonas se entroncaba con otros circuitos comerciales que allegaban allí productos de regiones remotas del oriente. Pero no era menos intenso y frecuente el tráfico entre los puertos de la costa europea, entre los que circulaban los productos de Italia, Francia y España. Una estrecha comunicación aseguraba el despliegue de las actividades comerciales, al que prestaba apoyo una eficiente organización de los seguros contra riesgos. Y la vigilante atención de las actitudes que manifestaba el poder público en cada mercado permitía afrontar los problemas suscitados por la diversidad de jurisdicciones políticas.

Tratados y acuerdos entre estados podían facilitar la tarea de los mercaderes que se movían en el ámbito internacional. Para algunos de aquéllos, sin embargo, la tentación de resolver por la fuerza las situaciones adversas a sus intereses fue muy fuerte. La apertura de un mercado que se resistía a entrar en la esfera de influencia de un vigoroso y vecino foco de poder económico solía originar una guerra netamente comercial, aunque se la disimulara a veces con otros pretextos. Sólo se requería que un centro de poder económico fuera, al mismo tiempo, un foco de poder político y militar. Si no era así, podía buscarse o negociarse una alianza. Fruto de esta estrategia fueron innumerables guerras, en las que la economía urbana quedó cada vez más atrapada en la red de los poderes territoriales, señoriales o monárquicos. Preocupadas por su porvenir económico tanto como por el del predominio de unos grupos sociales sobre otros, las ciudades flamencas, y de otras regiones de los Países Bajos también, entraron como elementos secundarios en la guerra de los Cien Años entre Inglaterra y Francia, y quedaron finalmente sometidas al duque de Borgoña y luego al emperador de Alemania. Largas luchas comerciales sostuvieron las ciudades italianas, que condujeron a que España y Francia se disputaran la hegemonía sobre toda Italia. Fue el comercio hanseático el que logró mantenerse más alejado de las presiones políticas y militares, sin duda porque sus centros neurálgicos estaban desprovistos de poder.

Pero lo cierto es que el comercio hanseático declinó, precisamente porque no pudo incluirse definidamente en un área de poder político, y tuvo que hacer frente a los problemas de todas, en tanto que el de muchas otras ciudades prosperó integrándose en las nuevas áreas de poder territorial centralizado que se configuraban por entonces. Del mercado urbano se procuró pasar poco a poco a un mercado nacional, y de éste al ámbito de expansión que el estado nacional estuvo en condiciones de ofrecer, según su influencia y su poder.

Cuando la concentración de capitales y el crecimiento de su volumen sugirió la posibilidad de aventuras aún más audaces, apareció el designio de explorar nuevas rutas en busca de mercados o de fuentes de materias primas. Los hermanos Polo, venecianos, recorrieron el Asia, en busca de las fuentes donde se aprovisionaban los mercaderes árabes a quienes ellos servían de intermediarios, mientras castellanos y portugueses buscaron su expansión por el occidente. Así llegaron a las islas Canarias y a las Azores. Los portugueses costearon toda la costa africana para alcanzar las tierras del océano Índico, en tanto que los castellanos persistieron en la ruta occidental hasta que hallaron el continente americano, del que tomaron posesión, excepto en las tierras brasileñas que ocupó Portugal. Al constituirse los grandes imperios coloniales quedaron diseñadas inmensas áreas políticas que eran también áreas económicas. Según la tradición monopolista y proteccionista de la economía urbana, primero, y de la naciente economía nacional después, esas áreas económicas fueron como una prolongación del mercado nacional del país imperial. Pero directa o indirectamente creció desmesuradamente el ámbito del mercado tradicional europeo imponiendo una nueva escala a un tipo de actividad económica que, sin embargo, conservó los mismos caracteres. Proyectados a mayor escala, esos caracteres se hicieron cada vez más definidos y poco después pudieron ser identificados y reconocidos los mecanismos de lo que se llamaría el capitalismo mercantilista.

Tan complejos y variables como pudieran ser los mecanismos estrictamente comerciales, vinculados estrechamente a las alteraciones de la sociedad que se movía alrededor tanto de los mercados locales como del mercado general, mucho más oscuros e inasibles fueron durante mucho tiempo los mecanismos financieros que el desarrollo comercial fue creando. En algo contribuyó, sin duda, el escaso conocimiento de esos mecanismos, a que se produjera la contracción de principios del siglo XIV, y no es un azar que en esos años quebraran las grandes casas italianas que habían echado las bases del sistema bancario internacional: los Scali en 1327, los Bonnaccorci, los Usani, los Corsini en 1341, los Peruzzi, los Acciaiuoli, los Bardi en 1343. Giovanni Villani, agudo observador del desarrollo económico de Florencia, lanzó el más desgarrado lamento ante la catástrofe financiera de su ciudad y puntualizó la responsabilidad de los banqueros que habían confiado su dinero y el de sus clientes al rey y a los señores para financiar sus alocadas aventuras, extendiéndose en consideraciones morales y políticas y atribuyendo tanto a la codicia de unos como al mal gobierno de otros la quiebra de las grandes casas bancarias de la ciudad.[78] Pero su interpretación era inexacta.

Algunas de esas casas databan del último tercio del siglo XIII y habían hecho pingües negocios. Operaban sobre diversos mercados acompañando el curso del comercio internacional y se apoyaban en cada caso en el poder político para facilitar y acrecentar sus negocios: no es casual que los príncipes ingleses que fueron a luchar con Alfonso XI de Castilla cuando puso cerco a Algeciras, “desque llegaron a Sevilla, fueron a la casa que la compañía de los Bardi tenía en Sevilla”.[79] Los Frescobaldi operaban en Inglaterra desde 1277 y muchos otros buscaron mejores horizontes bajo la protección de otros príncipes. Una red de agentes gestionaba y diligenciaba las operaciones de crédito, moviendo crecidas sumas de dinero. Pero no sólo financiaron los banqueros las aventuras políticas y militares de reyes y señores. Tanto o más que eso, la base de su actividad fue menos peligrosa, y acaso menos rendidora, puesto que consistió en operaciones de crédito relacionadas con la actividad comercial e industrial, tanto en el área local como en el ámbito internacional.

Organizado al calor de la expansión económica, el sistema del crédito se desarrolló de acuerdo con su dinámica: al principio nunca parecía excesivo el riesgo y siempre parecía tentadora la ganancia. En el proceso de progresiva apertura de nuevos mercados, de explotación de nuevas riquezas, de incorporación de nuevas actividades, la imagen de los límites de la expansión no se presentó en quienes estaban lanzados a esas aventuras hasta que los hechos se impusieron. Fueron los hechos —y no las previsiones— las que mostraron los márgenes de confiabilidad que ofrecían reyes y señores, siempre seguros de poder sobreponerse a la penuria económica echando el peso del poder sobre las actividades del mercado. Reyes y banqueros ignoraban igualmente los mecanismos que regulaban las relaciones entre mercado y poder. Y fueron los hechos los que mostraron que la expansión tenía ciertos límites, precisamente cuando se los había alcanzado.

La contracción económica puso fin a la primera aventura del crédito. Pero en el sistema ajustado a la nueva situación que se fue conformando en medio de la crisis, el crédito volvió a encontrar su papel y comenzó a organizarse de acuerdo con la experiencia recogida. En 1380 fundó Joseph Hompys la Grosse Ravensburger Gesellschaft; en Florencia, Giovanni di Bicci de Medici organizó definitivamente en 1397 lo que sería la casa Medici; en Génova se constituyó en 1407 la Casa di San Giorgio; en 1410 fundaron Ludovic de Ballionibus y Gérard de Boeris, ambos italianos, una casa bancaria en Lübeck a la que siguió, después de su liquidación en 1449, la que fundó el lubequés Godeman van Buren. Con ellos se desenvolvió una nueva etapa del negocio del dinero y del crédito, más ajustada a la experiencia comercial y financiera obtenida en las difíciles circunstancias de la contracción. Pero no por eso dejaron de operar con las fuertes monarquías que se consolidaban. Lo hicieron aquellas casas bancarias, y las que se fueron fundando cuando comenzó, en la segunda mitad del siglo XV, una nueva era de expansión. Surgieron entonces en Florencia los Pazzi, los Ruccelai, los Strozzi, y más tarde los Frescobaldi y los Gualterotti; los Chigi en Siena; los Grimaldi en Génova. Todos acompañaron el curso de los negocios en su propia ciudad y también el flujo de las importaciones y exportaciones en los mercados mundiales; pero ninguno desdeñó el trato con las grandes potencias, pese al riesgo, no sólo a causa de los beneficios directos que podían obtener sino también por los privilegios que permitía alcanzar la función, explícita o no, de banquero del rey. Pero los mecanismos del crédito eran ya mejor conocidos, los riesgos menores y las garantías más seguras. Las operaciones estaban muy diversificadas al través de diversos mercados, en los que los agentes de las casas bancarias más importantes cumplían las órdenes que emanaban del centro de operaciones donde se evaluaba constantemente la economía internacional. Cada agente desarrollaba, pues, su tarea dentro de un plan general en el que se contemplaban todas las oportunidades y todos los riesgos. Brujas, Londres, Amberes, Lyon, Milán, Aviñón, Ginebra eran, entre otras, plazas importantes en las que, sin embargo, no había surgido una banca local; pero operaban los agentes de los bancos internacionales, incorporando esas ciudades y sus áreas de influencia a un sistema financiero cada vez más intercomunicado.[80]

Instrumento de esa intercomunicación era, naturalmente, la moneda. Tras su afiebrada utilización para maniobras fraudulentas que alimentaban una ingenua ilusión de rápido enriquecimiento por parte de quien la acuñaba, las ciudades de economía más sólida y de más responsabilidad en el tráfico internacional habían comenzado a acuñar monedas de oro al promediar el siglo XIII. Antes, en 1231, habían comenzado a circular las “augustales” impuestas en el sur de Italia por Federico II. Pero fueron el “genovino” —Génova, 1252—, el “fiorino” —Florencia, 1252—, el “ducato” —Venecia, 1284— y el “ambrosino” —Milán, principios del siglo XIV—, las que impusieron el patrón oro para el comercio internacional. Empero, la moneda de plata no desapareció y comenzaron todas las complicaciones del bimetalismo, a las que se sumó la persistente tendencia a la devaluación cada vez que las circunstancias se tomaban críticas. Pero la moneda de oro, destinada sobre todo al tráfico internacional, se impuso a causa, sobre todo, de la posición ventajosa de los países cristianos con respecto al área musulmana y bizantina en cuanto al volumen comercial. Bohemia adoptó la moneda de oro en 1325 e Inglaterra en 1344; y por los mismos años lo hicieron las diversas áreas de los Países Bajos y Castilla. Entre tanto, otras formas de pago se desarrollaron en el comercio internacional. La generalización del uso de la letra de cambio facilitó los mecanismos cambiarios restringiendo el transporte de dinero. Pero a medida que se acentuaba la reactivación económica se advirtió que el volumen de oro existente era exiguo en relación con las exigencias del comercio internacional. El acrecentamiento de la producción de plata a fines del siglo XV no pudo Kalmar lo que se llamó “hambre de oro”. Fue el descubrimiento de las inesperadas riquezas metalíferas de América lo que cambió sustancialmente la estructura financiera de Europa en las primeras décadas del siglo XVI.

A través de este progresivo ajuste y perfeccionamiento de los mecanismos del mercado urbano y del sistema financiero se fue definiendo desde la segunda mitad del siglo XIV una actitud económica cada vez más original y diferenciada de la que era tradicional en la economía señorial. En tanto que en ésta era el sistema productivo el que impregnaba la estructura social, la nueva economía se organizaba sobre el sistema de la intermediación montado sobre una creciente concentración de capitales en manos de quienes manejaban el comercio y el crédito. Coincidían en esos sectores los intereses de las altas clases urbanas y del poder político, cuya alianza, basada en la comunidad de intereses económicos, contrapesaba la tradicional alianza del poder político con las clases señoriales, principales poseedoras de la tierra, que se fundaba principalmente en la secular comunidad de intereses de reyes y señores y en su atávica coparticipación en el poder. Muy lentamente los papeles comenzaban a invertirse y empezó un largo y oscuro duelo entre las burguesías y la nobleza por el ascendiente cerca del poder real. Sin duda la posesión de la tierra siguió siendo durante largo tiempo un factor decisivo en la economía; pero si antes era el único factor, ahora se encontraba enfrentado con otro que operaba de una manera distinta y revolucionaria con respecto a la estructura tradicional: el dinero, que poco a poco se constituía como capital y, en consecuencia, como medio de producción. No importa que las clases capitalistas se constituyeran a veces entremezclando miembros de la nobleza y de la burguesía: fue esta última la que impuso poco a poco su nueva concepción económica al conjunto. Y cuando los burgueses se transformaban en propietarios terratenientes —obteniendo a veces con ello el acceso formal a la nobleza— trasladaron a la economía agraria su manera de entender la actividad económica, orientada hacia el mercado y atenta a sus exigencias.

Rasgo fundamental de la nueva economía fue una precoz tendencia a la concentración de capitales, que puso en un número cada vez más reducido de manos el manejo de los medios de producción y, sobre todo, el control comercial y financiero. Quienes lograron de ese modo el mayor poder económico procuraron conservarlo y acrecentarlo. Intentaron determinar claramente cuáles eran sus objetivos y cuáles los mejores medios para alcanzarlos, valiéndose del creciente conocimiento de los mecanismos del mercado que les daba una larga experiencia acumulada. Quizá los que por entonces se atrevieron a discurrir de manera teórica sobre las actividades económicas no alcanzaron a discriminar analíticamente los contenidos de esa experiencia para extrapolarlos en un cuadro doctrinario. Los esfuerzos de Nicolás de Oresme,[81] con ser notables, no sobrepasaron algunos aspectos superficiales del problema, ni alcanzaron suficiente proyección las reflexiones de Leon Battista Alberti, y menos aún las de Pace de Certaldo.[82] En cambio, comerciantes y banqueros sabían más, aunque no fueran capaces de formular doctrinariamente su pensamiento ni tuvieran, acaso, interés en hacerlo. Un constante esfuerzo por establecer las causas concretas de los fenómenos y su mecanismo los llevó a racionalizar su actividad, no sólo traduciendo a términos aritméticos y contables sus operaciones sino, sobre todo, programando su acción, calculando los efectos de los diversos pasos que podían darse, proyectando su actividad inmediata en el mediano y en el largo plazo. Ese esfuerzo de racionalización terminó configurando una actitud que se oponía a la espontánea irreflexibilidad que había predominado en la época de la primera expansión. Como consecuencia evidente de la experiencia, se fue constituyendo un esquema racional de la vida económica que se transformó poco a poco en un axioma de la conducta del hombre de negocios: su expresión fue la empresa.

Tan importante como fuera la capacidad individual del mercader, su iniciativa, a veces clarividente y audaz, estaba limitada por sus posibilidades personales. Fue un esfuerzo —y una conquista— de la racionalización de la actividad económica trasladar el sistema operativo de un hombre a una organización suprapersonal. Así nació la empresa, organización funcional en la que un plan de vasto alcance podía ser realizado más allá de las fuerzas y los recursos de su creador. La empresa comercial y financiera nació espontáneamente, pero pudo prosperar en la medida en que se aplicó al conjunto de personas que colaboraban en ella un principio organizativo racional. Los objetivos fueron fijados por una persona o un grupo director, y muchas personas fueron asignadas a la realización de cada uno de los pasos o a cada una de las funciones que el cumplimiento de esos objetivos requería. La contabilidad fue el instrumento de esa organización. Pero lo importante fue la determinación de ciertos fines a que aspiraba la empresa y que abrían un horizonte nuevo en la medida en que la organización suplía las limitaciones prácticas del que la proyectaba. Sólo así se pudo sobrellevar la contracción económica, sobrepasarla y preparar las vías para una nueva etapa de expansión. Un examen de la organización de las casas de los Medici o de los Fugger ilustra y pone de manifiesto la trascendencia de este sistema operativo, capaz de acompañar el proceso económico introduciendo en él, a través de actos deliberados, las variantes que le inyectarían una creciente potencia y le abrirían nuevas perspectivas.[83]

Resueltos a aceptar las condiciones de la realidad, quienes procuraron encauzar las actividades económicas a través de las turbulencias de la época de la contracción admitieron como un hecho irreversible que no podían desenvolverse fuera de la órbita de la política. En rigor, mercaderes y banqueros habían experimentado este condicionamiento desde los comienzos de su actividad, en plena expansión. El poder —real, señorial o municipal— descubrió no sólo que podía obtener un beneficio inmediato imponiendo tributos a la actividad mercantil o industrial, sino también que podía alcanzar otros más importantes a más largo plazo si lograba orientar la actividad económica en un sentido coincidente con sus intereses políticos. Acaso la burguesía mercantil vaciló algunas veces acerca de si le convenía o no aceptar esta tutela, pero, en general, admitió que eran más las ventajas que los inconvenientes. Cuando pudo se transformó ella misma en poder político, como lo hizo en las ciudades más o menos autónomas, para apoyar con él las actividades económicas. Pero cuando el mercado urbano trascendió sus fronteras locales, advirtió que debía aceptar la tutela y las directivas del poder político allí donde quería operar, y comenzó a negociar su participación, sabiendo que si el apoyo de éste podía beneficiarla permitiéndole la ampliación de sus operaciones, también las actividades de las burguesías mercantiles favorecían al poder político acrecentando en términos imprevisibles su capacidad financiera.

Los intereses se trabaron. Las burguesías mercantiles y el poder político territorial se buscaron y se rechazaron, establecieron pactos, los cumplieron o los violaron, y volvieron a hacerlos acaso cambiándose las partes contratantes. El poder político solía imponer sus decisiones sobre la economía, pero siempre podía descubrirse detrás de él un grupo económico que lo inspiraba o le dictaba esas decisiones. Así se fue configurando la política económica del mercantilismo, proteccionista, monopolista y programada de tal manera que concurrieran en ella los intereses inseparables de quienes ejercitaban la actividad económica y de quienes detentaban el poder, aun cuando estos últimos conservaran en otros aspectos tendencias señoriales y reconocieran la gravitación de la nobleza terrateniente. En la corte de Carlos VII de Francia, Jacques Coeur, “argentier du roy”, desempeñaba sin duda el primer papel como agente financiero del rey, paralelamente a los que desempeñaban Dunois y Brezé, aunque no fuera el suyo el primer lugar en el orden de la precedencia cortesana.[84]

Quienes más cerca estaban del poder político más provecho sacaban de esta interacción entre el gobierno y los negocios. Socio de un rey o de un gran señor, el mercader tenía asegurada su fortuna. Pero los que no gozaban de ese privilegio y sólo disfrutaban de la protección que el poder otorgaba a quienes operaban dentro de los cauces fijados por él, también obtenían considerable provecho, según la magnitud de sus negocios, su habilidad y su suerte. Sobre los negocios de todos, el poder protector ganaba de alguna manera: la parte mayor, si en el trato intervenía directamente quien lo detentaba; y una parte importante en su conjunto a través de la recaudación fiscal.

El desarrollo de la fiscalidad marchó al compás de la formación de un poder político fuerte fundado en sus relaciones objetivas con la sociedad —que preanunciaba el estado moderno—, tal como se insinuó en las comunas independientes y en algunos estados territoriales: en Inglaterra y en el reino de Federico II especialmente. Pero también marchó al compás de la nueva economía. El impuesto directo o talla se fue transformando no sólo en una fuente inexcusable de ingresos para el Estado sino también en un principio fiscal indiscutible. Lo impusieron tanto las ciudades como los señores territoriales y la iglesia. Pero por ser directo fue aquel donde más repercutieron las situaciones sociales. Prevaleció en algunas partes el principio de que requería el consentimiento de los contribuyentes, y creció el número de los que lograron ser eximidos de él. Los impuestos indirectos, en cambio, crecieron en importancia y lograron más extenso consentimiento, quizá porque reflejaban más exactamente las peculiaridades de la nueva sociedad y la nueva economía. Si el impuesto directo recordaba los vínculos de dependencia personal, el impuesto indirecto funcionaba al compás de la economía de mercado y sus niveles se establecían según los niveles de la ganancia o del consumo. Sin duda la gabela simbolizó la presencia del poder político en las actividades económicas, puesto que sustraía un determinado producto —la sal, el primero— al juego de la oferta y la demanda, sujetándolo a un monopolio. Pero los otros reflejaban el juego normal del mercado. El comercio exterior tributaba a través de las aduanas, generalmente en la instancia de las importaciones, pero también en la de las exportaciones si por esa vía se instrumentaba una cierta política económica. Lo hacía asimismo el comercio interior, tanto del lado del vendedor, sobre el que pesaban los derechos de mercado y los impuestos a las ventas —la alcabala española— como del lado del comprador, que debía pagar impuestos sobre el consumo. Todo el conjunto de la tributación daba al poder político no sólo la fuerza para operar en su esfera tradicional, sino también para intervenir cada vez más en la vida económica, en la que empezó a ser uno de los factores dominantes.

De todos modos, tan importante como fuera la participación del poder político en la vida económica, quienes la promovían e impulsaban, quienes descubrían nuevos horizontes y los exploraban hasta incorporarlos a su esfera de acción fueron los que componían esa clase mercantil cuya élite. era el activo patriciado urbano que había hecho su experiencia social, económica y política en el ámbito de las ciudades. Entre ellos aparecieron quienes decidieron sobrepasar los límites a que estaban sujetos y que empezaban a parecerles estrechos, y se adscribieron a la política de los grandes estados territoriales para ayudar al traspaso de su estructura feudal a una estructura mercantil, que la monarquía empezaba a entrever como el nuevo camino eficaz. Fue una nueva carrera abierta para algunos de los miembros del patriciado urbano y poco a poco para nuevas generaciones de burgueses que, siguiendo la huella del patriciado urbano, empezaron a hacer su carrera ya en el ámbito de las nuevas monarquías, desdeñando prejuicios y aceptando la nueva condición de cortesanos. Fueron quizá miembros de familias burguesas ennoblecidas o aventureros afortunados. A lo largo del tiempo habían perdido el orgullo de ser burgueses y buscaban esa posición intermedia que empezaba a dibujarse, entre la burguesía y la nobleza, puesto que el ascenso de las burguesías mercantiles apenas había mellado el secular prestigio de las clases señoriales. Casi incólumes a sus privilegios, seguían predominando en las áreas rurales aunque tuvieran que soportar a algún vecino recién llegado: colono enriquecido o burgués ávido de prestigio que había volcado parte de su riqueza en la adquisición de una propiedad rural de donde pudiera obtener no sólo rentas sino también una posición social imposible de lograr en su actividad tradicional. Lentamente, el mundo rural había comenzado a acusar también el impacto de la transformación de la sociedad y la economía.

II. El impacto de la economía de mercado sobre la economía rural

Sin duda el cuadro general del proceso productivo en las áreas rurales mantuvo en algunas regiones —en Europa central, en Prusia, Silesia, Moravia, en los países bálticos— sus caracteres tradicionales; en otras se fueron alterando esos caracteres poco a poco y, de cualquier manera, el impacto de los cambios sociales se hizo notar sobre las relaciones de producción. No podía ser de otra manera. La contracción del proceso expansivo de la nueva economía de mercado, la peste negra con sus efectos múltiples, especialmente la crisis demográfica que reconocía, entre otras causas, las guerras internacionales y civiles, los conflictos sociales, la presión fiscal, todos eran factores que incidían sobre la vida rural y sobre la economía de ese ámbito.

El sistema estaba en pie, pero se deterioró aceleradamente y sólo se reconstituyó transformándose. La crisis demográfica produjo una disminución considerable de la mano de obra rural, agravada por la emigración de los campesinos hacia las ciudades a favor de las situaciones anárquicas que se produjeron. Fue inevitable una puja por la retención y la recuperación de trabajadores rurales, a consecuencia de la cual aparecieron exigencias de aumentos de salarios que los terratenientes aceptaron conceder, aunque procurando que el poder político los constriñera a volver a sus antiguos niveles. Pero la escasez de mano de obra y la posibilidad de abandonar los campos que tenían los trabajadores rurales obligó a contemplar la nueva situación con una elasticidad que alteró el antiguo régimen de sujeción. Los vínculos serviles se relajaron y nuevas relaciones se establecieron entre terratenientes y colonos, muchos de los cuales obtuvieron su liberación y comenzaron una nueva vida como asalariados y, en muchos casos, como arrendatarios o poseedores de parcelas. La crisis repercutió particularmente sobre la hacienda señorial, cuyas explotaciones se vieron comprometidas tanto por las alternativas de las crisis políticas y sociales como por las guerras, pero sobre todo por el dislocamiento del sistema de trabajo.

Tan intensa fue la crisis que comenzó a producirse una transformación en el sistema de tenencia de la tierra. Hubo señores que la perdieron y aparecieron nuevos poseedores de otra condición social. Hubo pequeños poseedores que acrecentaron sus dominios y hubo burgueses que los adquirieron, introduciendo modificaciones importantes en el sistema de explotación. Pero, sobre todo, aparecieron campesinos que se convirtieron en propietarios de parcelas produciendo una novedosa variedad en el cuadro de los tenedores de la tierra. El cambio en la condición social de estos campesinos fue el signo más visible de la transformación que se operaba en vastos sectores de esa clase.

Diversos factores influyeron en esa transformación. Sin duda fue importante el desarrollo de nuevas áreas de colonización, hacia las que se dirigieron colonos que buscaban nuevos horizontes en un régimen de libertad. Pero lo más importante fueron las consecuencias que tuvo la generalización del nuevo régimen de relaciones serviles, a partir de la sustitución de las prestaciones en trabajo por el pago en dinero al señor. Desde entonces la condición de los campesinos tuvo tendencia a mejorar en perjuicio de los señores. Las sumas quedaron fijadas por la costumbre; pero la inflación trabajó a favor de los campesinos, pues mientras se mantenían las cifras absolutas de sus obligaciones —por la fuerza de la costumbre y, más aún, por el temor de provocar la emigración de la mano de obra— los precios de los productos que los campesinos llevaban al mercado acompañaban la ola inflacionaria. Así pudieron algunos campesinos acumular una cierta masa de dinero que les permitiría adquirir la tierra. Pero entre tanto había mejorado su condición social y jurídica. En la crisis de los tradicionales tenedores de la tierra, numerosos dominios habían cambiado de manos y otros se habían subdividido. La consecuencia fue un debilitamiento de las relaciones de servidumbre, puesto que cierto número de campesinos quedaron espontáneamente libres de tutela en tanto que otros pasaron a depender de varios señores según la suerte que en las ventas y subdivisiones hubieran corrido las parcelas a las que estaban adscriptos. En la confusión, los campesinos procuraron acogerse a la jurisdicción real cuya tendencia expansiva favoreció sus designios. Pero no todos tuvieron igual suerte: los que sufrieron los embates del dislocamiento del sistema y no pudieron arraigarse como propietarios o hacer valer sus demandas de mejores salarios, debieron emigrar a las ciudades, donde muchos de ellos ya se habían establecido y donde otros acudían en invierno en busca de trabajo. Y los que no optaron por esa salida, permanecieron en los campos entregados a la mendicidad o al bandidaje, a veces organizados en bandas que trabajaban por su cuenta. Otros se agregaban a algunos de los ejércitos privados que participaban en los enfrentamientos políticos y sociales entre las distintas facciones que disputaban el poder en las ciudades, o bien entre los reyes y los señores cuyo poder tradicional estaba sacudido por una crisis que comprometía sus fundamentos políticos, sociales y económicos.

Esa sacudida la había percibido la nobleza en el nivel primigenio de su riqueza y su poder. Se proyectó luego hacia otros planos, pero fue en relación con su tierra, con el trabajo que se realizaba en ella, con la posición de los siervos, con los productos que se obtenían del trabajo y con la posibilidad de tener o no dinero para competir con la nueva riqueza monetaria de los ricos burgueses de las ciudades, como aparecieron las inquietudes fundamentales de esa clase habituada a ignorar los problemas económicos a causa del formidable poder de que disponía para asegurar su posición privilegiada y gozar de los beneficios que sus posesiones le ofrecían como si correspondieran a un orden inmutable del sistema de relaciones sociales. Pero el sistema mostró primero sus fisuras y sufrió luego los sucesivos avatares de un proceso en el que esas fisuras se fueron ahondando cada vez más. La nobleza se sorprendió ante los mecanismos económicos que empezaban a funcionar y que comprometían su tradicional estabilidad, y se dio cuenta de que los fundamentos económicos de su poder estaban comprometidos. Descubrió que la autosuficiencia del feudo no podía resistir ante las embestidas, aun tímidas, de la economía de mercado. Y quienes no fueron capaces de adaptarse rápidamente a la nueva situación, o vendieron sus feudos o parte de ellos, o abandonaron su administración para entregarlos en arriendo a quienes fueran capaces de explotarlos en las condiciones que el mercado requería. Hubo, sin duda, en algunas partes, quienes consolidaron su poder político y aseguraron con ello el tradicional sistema de explotación. Pero en otras muchas partes hubo quienes se sintieron impotentes y desertaron, dejando el lugar a otros señores más dúctiles para adecuarse a la nueva situación: fueron éstos los que descubrieron el funcionamiento de nuevos mecanismos en la vida económica. Así se dispusieron a ingresar, con todo el poder que les daba la posesión de los bienes de producción, en un proceso nuevo en el que la distribución de los bienes adquiría una creciente gravitación porque se habían modificado los términos del consumo. Era la economía de mercado, a la que los poseedores de la tierra llegaban con un compás de atraso, cuando ya había comenzado a surgir una clase social que controlaba sutilmente en las ciudades los mecanismos de la intermediación.

La economía de mercado, fundada en el uso de la moneda aunque subsistieran tradicionales formas de trueque, fue una respuesta al crecimiento del consumo. Creció en el sector de la nobleza y especialmente en las cortes. Artículos de lujo, productos importados de mesa, vinos finos, ricos paños, piezas de orfebrería, piedras preciosas y alhajas de delicada factura, aceites perfumados, cera para cirios, tapices, esmaltes, maderas talladas, libros miniados, esclavos, arneses lujosos, todo lo compraban los nobles para propia satisfacción y para revestirse de un boato que sostuviera su prestigio social. Pero no era menor la demanda de las buenas hortalizas y el buen grano, el vino de la tierra o la cerveza, y sobre todo el pescado y las carnes, estas últimas no sólo de caza sino cada vez más a menudo de cría: las aves, el cordero, el cerdo y la vaca. Un festín de corte era cada vez un despliegue de lo que el campo producía para ella, seguro el campesino del buen precio cuando era capaz de ofrecer una calidad indiscutible. Un consumo semejante, pero en cambio mucho más extenso apareció y se desarrolló en las ciudades, requerido primero por las clases patricias, no mucho menos exigentes en ocasiones que la nobleza, y luego por las diversas capas sociales, cada una en la medida de sus posibilidades. Quizá la ciudad solicitara menos productos importados y artículos de lujo, puesto que los grupos exigentes eran reducidos; pero necesitaba, en cambio, cada vez más artículos alimenticios, animales o vegetales, cada vez más artículos manufacturados como el vino, la cerveza, el queso, el pan, el aceite o la manteca. Eran, a la debida escala, ingentes cantidades de productos las que requerían las mesas, ricas o pobres, de cada día, las despensas que deseaban estar bien provistas, las tiendas que necesitaban estar bien abastecidas, las posadas y las tabernas que no podían defraudar a su clientela. Para todo ello empezó a producir cada vez más el campo pensando en el mercado, adonde llegaba el campesino con su mula cargada, con el cordero o las aves al cuello, con el carromato rebosante, con la vaca o el cerdo, o la tinaja de aceite o el cántaro de leche.

A medida que el consumo crecía —sobre todo entre la nobleza y en los diversos sectores urbanos— la economía rural se orientaba más decididamente a la producción para el mercado. El valor de la tierra subió, subieron los jornales y, naturalmente, subieron los precios de los productos de la tierra. Pero esto último no sólo como consecuencia de los dos primeros factores sino porque, además, se multiplicó la intermediación entre el productor y el consumidor. Transporte, almacenamiento, impuestos y, sobre todo, el margen de lucro que se reservaban los intermediarios, incidieron sobre el precio que el consumidor debía pagar. Y cuando las condiciones locales se tornaban difíciles por las convulsiones políticas, militares o sociales, o simplemente por la escasez, la especulación multiplicaba los precios, generalmente en beneficio de los intermediarios pero también en alguna medida en provecho del campesino productor, cada vez más ducho en la defensa de sus intereses.

La presión del mercado alteró profundamente, en algunos casos, las maneras tradicionales de utilizar la tierra. En la vecindad de las ciudades prosperó la producción de los productos de la alimentación cotidiana. En muchas regiones se desarrolló intensamente la producción de ganado, especialmente ovino, porque en las ciudades creció la demanda de carne para la alimentación normal, hasta el punto de convertirse los carniceros en uno de los gremios más poderosos e influyentes. Pero la producción de ganado alcanzó un alto desarrollo no sólo por el rendimiento en carne. El ganado ovino se constituyó en el proveedor de la materia prima fundamental —la lana— para la industria textil, sin duda la más poderosa e importante, puesto que a su alrededor se organizaba el más lucrativo tráfico comercial y giraba buena parte del sistema financiero. Un vigoroso estímulo movió especialmente a los grandes terratenientes a dedicar sus campos a la producción del ganado ovino, actividad que no requería mucha mano de obra y evitaba al señor buena parte de las complicaciones que habían surgido en la explotación rural.

Pero el desarrollo de la ganadería tuvo importantes consecuencias económicas y sociales. Repercutió sobre la agricultura en general y especialmente sobre la situación de los campesinos. Hacia la segunda mitad del siglo XIV se intensificó en Castilla el interés por la producción de lanas para el mercado internacional, y como consecuencia se otorgaron, desde la época de Alfonso XI, importantes privilegios a la Mesta, corporación de productores ganaderos compuesta principalmente por grandes señores. Consistían, sobre todo, en el derecho de tránsito de los ganados trashumantes, que podían alimentarse en los campos no cercados que atravesaban. Los perjuicios de los campesinos fueron cuantiosos y el clamor de los perjudicados fue acallado por la influencia de los grandes señores.

En Inglaterra, los terratenientes comenzaron progresivamente a cercar los campos para dedicarlos al pastoreo y, más tarde diría Tomás Moro,[85] “no dejan nada para el cultivo y todo lo acotan para pastos; derriban las casas, destruyen los pueblos, y, si dejan los templos, es para estabulizar sus ovejas”. Por eso agregaba irónicamente que, “de tan mansas como eran, han comenzado a mostrarse ahora, según se cuenta, de tal modo voraces e indómitas que se comen a los propios hombres y devastan y arrasan las casas, los campos y las aldeas”. Envuelta en la corriente de la economía de mercado, la vida rural no sólo modificó su fisonomía sino también, poco a poco, su estructura.

III. La gran expansión de la economía de mercado

A partir de la segunda mitad del siglo xv la retracción comenzó a ceder y se inició una nueva etapa de expansión, muy lentamente al principio pero con una aceleración creciente. Muchos factores contribuyeron a ello. Sin duda se manifestó un aumento de población. Pero lo que más influyó fue el lento restablecimiento de cierta estabilidad política que correspondió a un apaciguamiento de las tensiones sociales, muchas veces por vía coactiva. Las grandes áreas políticas se consolidaron y, tras el afianzamiento de la autoridad monárquica, empezó a configurarse una nueva concepción del estado, más vigorosa y agresiva que antes. La “razón de Estado” se insinuó como un principio incontrovertible. Y a partir del estado se ordenaron las jerarquías sociales, invalidando las esporádicas erupciones de rebeldía e indisciplina que hasta poco antes no tenían freno.

Francia, Inglaterra, Portugal y España dieron la imagen de una progresiva marcha hacia la organización de la monarquía nacional. Subsistían los caracteres feudales de los reinos del centro y del este de Europa, y mantenían su antigua estructura política —entre burguesa y feudal— los reinos del norte, reunidos desde fines del siglo XIV en la “Unión de Kalmar”, disuelta en el reinado de Cristián II. Y mantenían su antigua estructura las pequeñas potencias que componían el cuadro político, de Alemania e Italia, ya esfumado el poder imperial.

Pero aun donde no comenzó a constituirse un poder monárquico absoluto, el estado —expresión de las clases feudales en algunos países y de las burguesías patricias en muchas ciudades— manifestó una clara tendencia a consolidarse, confiando unas veces en la autoridad de príncipes o señores que la ejercieron de manera cada vez más autocrática o constituyendo fuertes oligarquías igualmente autoritarias. En ambos casos pudieron reordenarse las relaciones de los distintos grupos sociales, aprovechando además, como en los estados monárquicos que marchaban hacia el absolutismo, la nueva ola de expansión económica.

En general, en todas partes se salió de la crisis con un ordenamiento más estricto del sistema productivo. Todos los sectores habían aprovechado la lección de la crisis y eran, al mismo tiempo, más firmes en la defensa de sus posiciones y más comprensivos acerca de la función que cumplían los demás. En rigor, lo que se había afianzado era una nueva estructura económica, en la que desempeñaba un papel cada vez más importante la economía de mercado, ya a punto de alcanzar un amplio dominio al finalizar el siglo XV. El mercado urbano asumía un papel regulador en esa economía, cuyo alcance internacional se apoyaba en los grandes centros comerciales, del mismo modo que aceptaba su función reguladora el área de la producción rural. Por lo demás, la progresiva emancipación de los siervos constituía, en la Europa occidental, un hecho considerado irreversible por una opinión cada vez más generalizada. Y esa situación, tanto como el creciente desarrollo de las ciudades, promovió una imagen de la sociedad no sólo distinta de la que predominaba antes de la contracción de principios del siglo XIV sino distinta también de la que anidó en las mentes de las clases en violento conflicto durante la época de la contracción. A esa nueva e imprecisa imagen de la sociedad correspondió un desarrollo de las nuevas concepciones de la vida económica, más claramente definidas cada vez por los mecanismos de la empresa racionalizada y los principios del capitalismo. Antes de que se hablara de la igualdad ante la ley empezó a pensarse en la igualdad ante el consumo; porque sin que éste se generalizara las perspectivas de la empresa y la expansión del capitalismo se encontraban limitadas en lo que sus protagonistas consideraban su ilimitada expansión.

Pero la situación social había adquirido durante la crisis de la contracción ciertos caracteres que quedaron fijados durante varios decenios. El más importante fue cierta modulación de la movilidad social establecida por la polarización de la riqueza. Se había acentuado la diferencia entre pobres y ricos y se había ahondado el abismo entre ellos; y lo que en la espontánea concepción de la sociedad surgida en la primera expansión era simplemente un distingo cuantitativo comenzó a parecer una diferenciación cualitativa. Las clases poseedoras —tanto el patriciado urbano como las clases nobles— se habían aproximado en la época de la contracción, y luego, al desencadenarse la nueva era expansiva, constituían ya un frente relativamente compacto.

Las consecuencias fueron decisivas. Los que habían acumulado una ingente riqueza fueron los que pudieron aprovechar las nuevas posibilidades que abría la expansión; y con los beneficios que obtuvieron acentuaron la distancia que los separaba de los que no habían logrado constituir unas reservas suficientes para incorporarse a unos negocios cuyo giro se medía ahora en sumas importantes. Hubo, sin duda, movilidad en las clases medias y populares, y no faltaron quienes pudieron franquear el abismo. Pero era un abismo profundo y el módulo de la movilidad social fue restringido en las clases no poseedoras. En cambio, en las clases que habían acumulado capital durante la crisis de contracción las perspectivas crecieron extraordinariamente, en proporción a la magnitud de las nuevas posibilidades.

De ese modo, la movilidad social se hizo discontinua. Hubo una ola restringida de movilidad y de ascenso para las clases medias y populares; y tras un hiatus, otra ola de movilidad que podían aprovechar las clases poseedoras, de posibilidades imprevisibles. Ciertamente, la estabilización social y política, la repentina ampliación geográfica de los mercados y la configuración de una clase que contaba con los recursos necesarios para explotarlos modificaron la fisonomía social y económica de la segunda etapa de expansión.

Las burguesías urbanas fueron las principales beneficiarlas de esa nueva etapa. Ricas en recursos económicos, no eran menos ricas en experiencia acerca de los vaivenes de la economía de mercado. Formaba parte de esa experiencia la que dejó el ciclo de la expansión y luego la que dejó el ciclo de la contracción. Estaba claro en su mente cuáles eran los alcances y posibilidades de un mercado restringido y local, y cuáles eran las variantes que aparecían cuando el mercado se extendía. Estaba claro el alcance del libre juego de la oferta y la demanda, y lo que podía esperarse de la regulación por el poder político. Se sabía más sobre la función de la moneda, del crédito. En resumen, se sabía mejor cómo funcionaba el capital mercantil en un mundo en el que la actividad comercial y financiera constituía un enclave —revolucionario, sin duda— dentro del vasto tejido de la producción rural, en el que subsistían los resabios de la vieja estructura señorial. Esa experiencia y ese saber multiplicaron los recursos económicos del patriciado urbano y permitieron que se los usara en un mercado que se ampliaba. Al distenderse la crisis de contracción, el patriciado urbano percibió rápidamente que, aunque su ámbito social y político siguiera siendo la ciudad, su ámbito económico podía trascender esos estrechos límites. En cada ciudad buscó cuáles podían ser sus fronteras económicas, y se lanzó hacia ellas, a veces mediante una acción puramente económica y a veces combinándola con la acción militar y política. Ya lo había intentado antes, sin duda, pero desde mediados del siglo XV ésa fue decididamente su meta.

A veces no fue la ciudad como conjunto la que emprendió esa política. Fue solamente el patriciado urbano, y a veces un sector de él, que desencadenó una crisis dentro de la ciudad al proponer una política ambiciosa y renovadora. Y otras veces no fue una política originada en la ciudad, sino impuesta por un poder territorial, como en el caso de Inglaterra y Borgoña, sucesivamente, en relación con las ciudades de los Países Bajos; o en el de las ciudades inscriptas en los reinos nacionales, que vieron reducirse sus posibilidades de libre juego al robustecerse el poder real. En todos los casos, el patriciado urbano tuvo que revisar su política y la de su ciudad. No faltaron los tradicionalistas que no quisieron o no supieron aceptar las nuevas situaciones. A veces triunfaron; pero no siempre por su estolidez, sino, porque, unas veces, la ciudad quedó marginada en el proceso de ampliación de los mercados, y otras carecía de la posibilidad de incorporarse a él. Pero el vigoroso esplendor que otras ciudades alcanzaron entre mediados del siglo XV y las primeras décadas del XVI fue obra de un patriciado renovador que dejó atrás muchas de sus convicciones políticas, sociales y económicas para aceptar las nuevas situaciones creadas simultáneamente por la estabilización política y por la expansión económica. El aprovechamiento de los nuevos mercados —regionales o nacionales— exigía abandonar la vieja concepción urbana, nacida en el seno de la ciudad amurallada, el apego a la especificidad del reducido mundo de la ciudad, y la defensa de una autonomía incompatible con la nueva escala de los poderes políticos que, por lo demás, tenía estrecha relación con la nueva escala potencial de los mercados.

Lanzado a la nueva aventura, el patriciado renovador coincidió en sus proyectos con la nueva nobleza, parte de la cual provenía, por lo demás, de sus propias filas. Mancomunadamente, comenzaron ambos grupos a ingresar en el sistema creado por los nuevos poderes territoriales y aceptaron su escala política, que correspondía a la nueva escala económica de sus expectativas. Juntos, confundidos ya y sin que importara mucho el ocasional distingo que pudiera hacerse sobre blasones y abolengos, concibieron vagamente los proyectos transoceánicos en busca de nuevas fuentes de riqueza, en un prodigioso alarde de imaginación. Hubo, sin duda, un riesgo calculado, al que sobrepasó a veces la tentación de la aventura. Pero en un lapso increíblemente breve esa burguesía originariamente urbana, trasmutada poco a poco en burguesía nacional y aliada a la nueva nobleza, logró crear vastos imperios coloniales que superaron no sólo sus previsiones sino también sus posibilidades financieras para afrontar las inimaginables posibilidades que se abrían.

Pasó algún tiempo antes de que, imprevistamente, se volcara sobre Europa la masa de capital que representaban las riquezas de África y Asia y, sobre todo, la plata y el oro americanos, que alterarían radicalmente la estructura económica europea tal como se manifestó en la llamada “revolución de los precios” desencadenada en el siglo XVI. Hasta entonces, el monto de las inversiones requeridas por las empresas transoceánicas superó largamente las posibilidades del capital acumulado por el patriciado y la nueva nobleza a lo largo del período de expansión. Hubo una etapa de distorsión de la economía, que se modificó cuando el oro y la plata de América empezaron a llegar. Pero entonces la influencia del metal introdujo otras distorsiones que alteraron profundamente la estructura tradicional de Europa.

Para ese entonces, Europa se había dividido y la lucha religiosa no sólo delineó dos áreas ideológicas. Se vio entonces que la división correspondía a dos áreas que sostenían dos actitudes sociales y económicas diferentes. La emigración del oro y la plata desde España hacia los países de vigorosa tradición burguesa y mercantil constituyó una nueva experiencia que enriqueció sustancialmente el conocimiento de los principios básicos de la economía de mercado y el comportamiento del capital.


Capítulo III. Los conflictos internos de la vida socioeconómica.

Durante largos siglos —quizá hasta el XVIII— la nueva sociedad no fue exactamente esa sociedad nueva que se constituyó en el mundo urbano, conjunto de enclaves burgueses establecidos en el vasto tejido de la vieja sociedad feudal: fue más bien el conjunto de las dos, muy diversas por cierto, pero inseparables y desde muy pronto en situación de abierto conflicto. Por eso fue la nueva sociedad esencialmente conflictiva. La que nacía creaba trabajosamente su propia estructura, pero en el seno de la estructura de la que preexistía, haciéndose un espacio en ella a pesar de la resistencia que le oponía. Sólo a lo largo del tiempo se resolverían esas tensiones que a veces desembocaban en conflictos frontales. Pero en el período que comienza con la crisis de contracción de principios del siglo XIV, el proceso de integración apenas comenzó a insinuarse y más bien se agudizaron las tensiones y conflictos. El progresivo crecimiento de la sociedad burguesa fue poniendo de manifiesto poco a poco todo lo que contenía en potencia, y a medida que quedaba a la vista, crecía el sentimiento de que era muy distinta de la sociedad feudal, más aún, de que eran en última instancia incompatibles. Fue precisamente en ese período —entre comienzos del siglo XIV y las primeras décadas del XV— cuando la contradicción se hizo más evidente.

Pero no sólo quedó a la vista la incompatibilidad entre las dos sociedades; también hicieron crisis ciertas divergencias profundas que crecieron dentro de la sociedad tradicional; y se pusieron de manifiesto, sobre todo, las contradicciones que estallaron en el seno mismo de la naciente sociedad burguesa a medida que crecía y procuraba desenvolver sus posibilidades latentes. Chocaron las tendencias de los diversos grupos, y sobre todo chocaron sus expectativas y sus intereses económicos. Principios que parecían consustanciados con el proceso de su formación, se vieron controvertidos o negados a lo largo del proceso de su desarrollo, especialmente cuando alguno de los grupos creía oportuno echar mano de viejas tradiciones de la sociedad feudal para fortalecer su posición o defender sus privilegios. Una acentuada incoherencia signó la vida socioeconómica de la nueva sociedad a partir del momento en que la crisis de contracción puso al desnudo el juego que cada uno quería hacer para salvarse o para aprovechar la confusión en su beneficio.

Ciertamente, los conflictos internos de la vida socioeconómica se insertaron en un cuadro que incluía otros muchos conflictos: los de la vida política, los de las diversas mentalidades, los de las distintas formas de vida. Todos ellos se vieron acentuados por la dificultad para interpretarlos. Como siempre, las situaciones reales cambiaron más rápidamente que las ideologías, y se tardó mucho tiempo en establecer criterios nuevos para analizar situaciones nuevas. Lo normal fue que se utilizaran viejos esquemas mentales para comprender procesos inéditos, y la consecuencia fue un generalizado sentimiento de crisis, que expresaba no sólo las crisis de la realidad sino, más aún, el desconcierto ante un mundo que parecía ininteligible. Sin duda pensaron muchos protagonistas y testigos que los conflictos en que se veían envueltos conducían irremisiblemente a la frustración de una y otra sociedad, de una y otra cultura. Pero no era exacto. Los conflictos eran, como siempre, las condiciones necesarias de la creación, tumultuosa y fecunda. Todas las cartas quedaron puestas sobre el tablero y el juego se fue armando poco a poco, en una sucesión de creaciones, todas valiosas por sí mismas y todas en busca de una línea de coherencia.

I. Las tensiones de la vida social

1. Los antagonismos sociales

El comienzo del largo proceso a través del cual las dos sociedades yuxtapuestas y coexistentes buscaron oscuramente interpenetrarse para alcanzar sucesivos grados de integración se manifestó, paradójicamente, por medio de irritadas denuncias de unos grupos por otros, puntualizando sus agravios y sus disidencias. Los grupos se buscaban en el conflicto. Al denunciarse recíprocamente trataban de establecer su identidad y la identidad del adversario, a veces enemigo. Pero se apelaba a la identidad originaria, cuando en realidad los grupos sociales empezaron a cambiar de identidad en el momento mismo en que se manifestó la coexistencia de las dos sociedades. Cambiaron los grupos existentes, y en el proceso de aproximación y distanciamiento se fueron constituyendo otros por aglutinación o disgregación de los antiguos, cuya imprecisa fisonomía se fue definiendo con el tiempo. Era inevitable que estos cambios sociales produjeran o agudizaran las tensiones sociales; y fueron tan manifiestas que quienes vivieron el proceso las percibieron y las denunciaron, a veces con clara conciencia de su magnitud aunque casi nunca con la adecuada visión de lo que había detrás de ellas.

Antes ignorado, el nuevo actor cuya presencia sacudió el escenario tradicional fue el pueblo o, más exactamente, las pobres gentes que se agitaban tanto en los campos como en las ciudades. Las rebeliones populares, urbanas y campesinas, que adquirieron tremenda intensidad en el siglo XIV y en el XV, atrajeron la atención de todos los que observaban las nuevas situaciones creadas dirigiéndola hacia este componente insólito de la crisis. A Saturno atribuía el caballero de Chaucer el descontento y la rebelión de la plebe.[86]

En una simplificación muy expresiva del cuadro social, coincidieron muchos testigos en que la sociedad se dividía, al fin, sólo en ricos y pobres. Hubo espíritus prácticos —y crueles— que no vieron en las pobres gentes sino maléficos instrumentos de un designio destructor del orden constituido, como aquellos nobles que reprimieron sin piedad las insurrecciones campesinas de el Flandes marítimo, Francia, Inglaterra, Bohemia o Alemania. Pero cundió cierta conmiseración por las víctimas desamparadas de todas las guerras internacionales y civiles, humildes campesinos que veían arrasadas sus parcelas y destruido lo poco que tenían, tras ser expoliados cotidianamente por los señores y, cada vez más, por un fisco voraz. La expresaron, no sin violencia, Wycliffe y los lolardos antes y después de la rebelión de 1381. Menos beligerante, el prior de Salon, Honoré Bonet, escribía hacia 1390 en el Arbre des batailles;[87] “Plazca a Dios poner en el corazón de los reyes ordenar que en todas las guerras los pobres labradores sean mantenidos en seguridad y en paz; pues hoy todas las guerras son contra las pobres gentes trabajadoras y contra los bienes y muebles que tienen. Porque no la llamo guerra, sino que me parece más bien ser pillaje y saqueo.”

No mucho después, mientras Juan de Zéliv y Juan Zizka alentaban a las masas populares de Bohemia siguiendo la doctrina de Juan Huss, un canónigo de París, Alain Chartier, que era secretario de Carlos VII, escribía un tratado particularmente significativo en el que intervenían alegóricamente cuatro personajes —Francia, el Pueblo, el Caballero y el Clero— y que tituló Le quadrilogue invectif. Examinando los males que soportaba Francia después del asesinato de Juan sin Miedo y del tratado de Troyes, Alain Chartier expresaba las recriminaciones de El Pueblo contra las clases privilegiadas:[88] “Yo soy como el asno que sostiene un fardo imposible de llevar y soy aguijoneado y castigado para que haga y sufra lo que no puedo. Soy el blanco contra el que todos arrojan saetas de tribulación. ¡Ay, mísero doliente! ¿De qué viene esta costumbre que tanto ha alterado el orden de la justicia de que cada uno tenga sobre mí tanto derecho como le conceda su fuerza? El trabajo de mis manos nutre a los cobardes y a los ociosos y ellos me persiguen con heno y con espada. Yo sostengo sus vidas con el sudor y el trabajo de mi cuerpo, y ellos guerrean por nada a causa de sus ultrajes, por lo que yo estoy en estado de mendicidad. Ellos viven de mí y yo muero por ellos. Ellos deberían impedir que me atacaran mis enemigos, ¡ay! y sólo me impiden comer mi pan en seguridad. En esa partida, cómo podría tener un hombre una perfecta paciencia cuando a mi persecución no puede añadírsele sino la muerte. Yo muero y perezco por la falta y la necesidad de los bienes que he ganado: Trabajo ha perdido su esperanza, Mercancía no encuentra camino que pueda encauzarla. Botín de guerra es todo lo que la espada no defiende, y no tengo otra esperanza en mi vida sino, por desesperación, abandonar mi morada para hacer como aquellos a quienes mi despojo enriquece, que más aman el botín que el honor de la guerra.” Y para poner al descubierto los términos de la contradicción agregaba: “Las armas son pregonadas y los estandartes levantados contra los enemigos, pero las hazañas son contra mí por la destrucción de mi substancia y de mi miserable vida. Los enemigos son combatidos de palabra y yo lo soy de hecho.” Medio siglo más tarde compondría Commynes, de tan claras tendencias señoriales, un vasto cuadro no menos revelador del enfrentamiento entre ricos y pobres y de la dura situación de estos últimos en Francia:[89] “Los más grandes males vienen ordinariamente de los más fuertes, decía, pues los débiles no buscaban más que paciencia.” Y refiriéndose a Castilla decía por los mismos años Hernando del Pulgar:[90] “En aquellos tiempos de división, la justicia padecía y no podía ser ejecutada en los malhechores que robaban y tiranizaban en los pueblos, en los caminos, y generalmente en todas las partes del reino. Y ninguno pagaba lo que debía si no quería; ninguno dejaba de cometer cualquier delito, ninguno pensaba tener obediencia ni sujeción a otro mayor. Y así por la guerra presente, como por las turbaciones y guerras pasadas del tiempo del rey Don Enrique, las gentes estaban habituadas a tanto desorden, que aquél se tenía por menguado, que menos fuerzas hacía. Y los ciudadanos y labradores y hombres pacíficos no eran señores de lo suyo ni tenían recurso a ninguna persona, por los robos y fuerzas y otros males que padecían de los alcaides de las fortalezas, y de los otros robadores y ladrones. Y cada uno quisiera de buena voluntad contribuir la mitad de sus bienes por tener su persona y familia en seguridad.”

No era muy distinta la imagen que Tomás Moro daba de Inglaterra en 1516. El tema de los robos y latrocinios generalizados suscitaba la cuestión del condigno castigo; pero Moro prefería encontrar otras soluciones atacando las causas sociales del problema. “Grande es el número de los nobles —escribía—[91] que, ociosos como zánganos, no sólo viven del trabajo de los demás sino que los esquilman como a colonos de sus fincas y los desuellan hasta la carne viva para aumentar sus rentas. Ésta es la única economía que conocen estos hombres que, derrochadores, por otra parte, hasta la ruina, viven rodeados de una inmensa caterva de haraganes que jamás aprendieron medio alguno de ganarse el sustento y que tan pronto como se les muere el amo o se enferman, vense corridos, pues los señores prefieren más alimentar a los vagos que a los enfermos. Otras muchas veces, el heredero del que muere no tiene bastante para sostener a la servidumbre paterna; toda esa gente padecería hambre, sin duda, si no se dedicase de inmediato al robo. Y ¿qué otra cosa podrían hacer? En su errar vagabundo fueron arruinando poco a poco sus ropas y su salud, y luego, escuálidos por la enfermedad y cubiertos de harapos, ni los nobles se dignan recibirlos ni se atreven a hacerlo los campesinos, pues no ignoran que los que han sido educados muellemente en el ocio y los placeres y acostumbrados a ceñir la espada y empuñar la adarga, desprecian a todo el mundo con gesto altanero y carecen en absoluto de aptitud para manejar el azadón y el pico y servir fielmente a un pobre por módico salario y escaso alimento.”

La situación social fue aún más caótica en Alemania, especialmente después de la sanción de la Bula de Oro en 1356 y tras la muerte de Carlos IV. Los conflictos entre los príncipes y las ciudades se sucedieron y alcanzaron su mayor gravedad después de 1449. Pero en la crisis total, las ciudades se defendieron formando ligas regionales, lo que no impidió, sin embargo, que en el seno de aquéllas se manifestaran graves y permanentes conflictos sociales. Suecia, Noruega y Dinamarca conocieron en menor escala esas tensiones. Flandes, sacudido por intensos movimientos sociales, caía desde principios del siglo xv bajo la autoridad de los duques de Borgoña, consolidada poco a poco no sin que tuviera que sofocar una enconada resistencia; y transferido luego a la jurisdicción del Imperio, recomenzaron los movimientos de resistencia contra el nuevo señor, en los que se mezclaban —como antes, en la época de los borgoñones— los enfrentamientos de los diversos grupos sociales. En el reino de Nápoles, análogos conflictos se manifestaron favorecidos por la anarquía general en la época de las Juanas. Los barones asolaban campañas y ciudades y las compañías blancas contratadas por unos y otros saqueaban el país, sin que hallara remedio a la disociación social Alfonso de Aragón. Y en las ciudades italianas, algunas florecientes, las luchas sociales y políticas alcanzaron un grado de verdadera ebullición, que intentaron reducir los príncipes que instauraron un poder absoluto en las antiguas comunas. En todos los rincones donde había llegado la revolución burguesa, la contracción económica puso al descubierto las fisuras de la nueva sociedad y desencadenó un enfrentamiento general de todos contra todos. Nostálgicamente, Ambrogio Lorenzetti había contrapuesto en dos vastos frescos del palacio comunal de Siena los frutos que daban el mal gobierno y el buen gobierno. Y Pero López de Ayala apelaba al sentimiento de todos para alcanzar la paz en un largo pasaje del Rimado de Palacio en el que enumeraba lo que de ella podía esperarse.[92] Y acusaba a los que no la querían o la violaban:

Por ende cristiano no debe ser llamado

El que la paz no quiere, y está desheredado.

En el enfrentamiento general de todos contra todos, la nobleza se encontró a la defensiva. Ella era la que tenía más poder económico y político, la que gozaba de más alto prestigio social. Era inevitable que contra ella se dirigieran los ataques de los nuevos grupos que se habían constituido en la sociedad feudoburguesa y que habían adquirido, en la crisis de contracción, no sólo más clara identidad sino también una actitud más agresiva.

Lo nobleza era la pieza maestra de la sociedad tradicional, y no sólo la respaldaban la fuerza de los hechos y la tradición, sino que contaba también con el apoyo doctrinario de la Iglesia, cuya doctrina social convalidaba la inmutabilidad del orden constituido. Pero el proceso social y económico de formación de las burguesías había vulnerado aquella doctrina, y la Iglesia misma había entrado en el torbellino de la crisis. Otra era ahora la concepción social de las órdenes mendicantes, en algunos de cuyos rasgos se adivinaba el legado de algunas de las sectas consideradas heréticas poco antes de su aparición. Y la Iglesia en su conjunto perdía autoridad desde la época de Bonifacio VIII, y cada vez más tras el traslado del Papado a Aviñón y a lo largo del cisma que empezó en 1378. El poder temporal dividía sus opiniones acerca de la legitimidad del pontífice y el movimiento conciliar proponía una organización parlamentaria de la Iglesia, comprometida, por lo demás, con la nueva sociedad en más de un aspecto. Cuestionada la Iglesia, quedaron cuestionados muchos de los principios que había sustentado, y acaso más que ninguno los que se relacionaban con un orden social que los hechos habían sacudido de modo irreversible. La nobleza quedó, pues, sacudida en sus fundamentos doctrinarios, precisamente cuando advertía la gravedad de la conmoción operada en sus fundamentos sociales, económicos y políticos.

Jean de Venette recogió la profecía de un fraile menor que estaba en 1356 en la prisión papal de Aviñón:[93] “Me preguntáis si durarán las guerras. Yo digo que durarán y crecerán hasta que alcancen los cielos. Lo que ahora vemos es nada, porque todo el estado del mundo debe ser cambiado. Pronto la tiranía reinará por todas partes. Muchos hombres poderosos y nobles caerán y serán asesinados por gentes del común y serán arrojados de sus dignidades.” La nobleza fue, ciertamente, el blanco de los ataques de los grupos disconformistas de la nueva sociedad, especialmente de los grupos rurales que sufrían más su opresión, pero también de los grupos urbanos que buscaban ensanchar la brecha que permitía su ascenso.

Ciertamente, la nobleza era vulnerable. No sólo eran sus miembros, generalmente, injustos y crueles, sino que, con el desuso de ciertos principios, lo parecían cada vez más puesto que parecían cada vez más legítimos los derechos de los oprimidos. Pero lo más grave fue la crisis en que se vio sumida la propia nobleza. Iba perdiendo fuerza económica, prestigio social y legitimidad; pero además iba perdiendo identidad. Sin duda hubo en su seno quienes mantuvieron su autoridad, su soberbio decoro y su fortuna; pero el conjunto se resintió con la desaparición de su homogeneidad como clase. Junto a los que se conservaban como habían sido, hubo muchos que aceptaron las nuevas situaciones y se introdujeron en ellas. Se dedicaron algunos a la actividad comercial, participaron de la vida urbana y sus avatares, se hicieron mercenarios al servicio de determinada facción; y no sólo se dedicaron algunos al robo y al salteamiento sino que hubo quienes cayeron más bajo y se hicieron bufones o juglares públicos “que cantan y bailan por precio”. La vieja clase nobiliaria, antes compacta, se descomponía en grupos según sus reacciones frente a la nueva situación, y se desprendían de ella algunos individuos que ponían de manifiesto la crisis. Y, entre tanto, se presentaban como nobles los que acababan de ser ennoblecidos, revelando que también la nobleza se había transformado en una clase abierta.

Las turbulencias políticas, las crisis de la autoridad monárquica y la ambición de acrecentar sus dominios, su poder y su influencia, promovieron el enfrentamiento de facciones en el seno de la nobleza. En ocasiones la lucha fue despiadada y feroz, y los adversarios se destruyeron al precio de comprometer y casi aniquilar su propia clase. Eran fundamentalmente tensiones políticas. Pero la nobleza sufría al mismo tiempo tensiones sociales con otras clases. Ante todo, con las clases populares rurales, desesperadas por las exacciones de los señores y por sus depredaciones en tiempo de guerra, que las ponían en estado de resistencia cotidiana hasta decidirse a la rebelión frontal. Pero, además, con esa burguesía que imponía progresivamente el poder del dinero, acorralando a la nobleza y obligándola a alterar su comportamiento tradicional, su estilo de vida y sus formas de mentalidad. A veces esta tensión entre la nobleza y el patriciado oscilaba entre el rechazo mutuo o la aproximación circunstancial, y aunque el acercamiento prosperara, la tensión subsistía puesto que eran sectores contradictorios cuyas afinidades sólo podrían alcanzarse a través de múltiples y reiteradas experiencias. Pero a veces la tensión se precipitó en lucha abierta entre los señores y las ciudades, cuyas burguesías sufrieron la amenaza y el ataque.

Conservó la nobleza, aun en la crisis, una soberbia que ofendía a los burgueses. Son reveladoras las palabras con que increpó el duque Luis de Borbón a uno de sus burgueses —en cuya casa se alojaba—, por haberse permitido denunciar en un minucioso libro los perjuicios que al rey le habían ocasionado sus vasallos durante una larga ausencia. “Huésped —respondió el duque—,[94] habéis dedicado largo estudio y gran esfuerzo, durante los siete años que he estado en Inglaterra, a deshacer mi caballería y a la nobleza de mi país, con lo que habéis hecho una obra de mal villano y reflejáis la naturaleza de la que sois nacido. Pues cuando un señor os toma a su servicio, teniendo en cuenta el estado al que pertenecéis, os desconocéis, y no miráis al fin de vuestro origen, que no sois nada, sino elegido por el príncipe en aquel oficio en que os puso. Y en cuanto a lo que me decís, que vuestro libro sea ejecutado, pronto lo será delante de vos.” Tras lo cual el duque arrojó el libro al fuego.

Sin duda era débil la posición de la burguesía en los reinos de tradición feudal. Carecía de una consistencia social comparable a la de la nobleza, aun en crisis, y tanto su poder económico como su prestigio estaban permanentemente cuestionados en virtud de principios tradicionales que, aunque cuestionados también, se beneficiaban con el apoyo de la costumbre y el prejuicio. Más sólida fue, en cambio, la posición del patriciado urbano, sobre todo en aquellas ciudades que gozaban de independencia y en las que la vieja nobleza de la comarca carecía del sostén piramidal que la monarquía ofrecía en los reinos. Allí las tensiones entre nobleza y patriciado se resolvían a favor del patriciado, una formación social nueva y adaptada a las nuevas situaciones reales. Pero no por eso dejaba el patriciado de sufrir otras asechanzas. Si triunfaba frente a quienes disfrutaban de un privilegio anterior al suyo, el patriciado urbano se veía acosado por las otras clases urbanas que no veían en él un grupo de naturaleza diferente, como lo era la nobleza, sino a un estrato afortunado de la misma sociedad a la que ellas pertenecían.

No ayudó a obtener el consentimiento de las otras clases urbanas que el patriciado se cerrara y se transformara en estrecha oligarquía; ni que descubriera una manera de remedar a la nobleza revistiéndose de un decoro de tradición clásica y de un lujo espectacular sustentado por su riqueza. Por el contrario, la retracción económica unida al boato del patriciado acentuaron las tensiones sociales. Hubo, finalmente, un comienzo de aproximación a la nobleza y a los altos poderes señoriales; pero a medida que ese acercamiento se fue acentuando las tensiones cobraron más vuelo, puesto que envolvieron dos contradicciones sociales, una antigua y otra nueva. Sólo la fuerza que adquirieron los nuevos estados, gracias a una riqueza convertida en maquinaria militar, pudo contener los conflictos en que esas tensiones desembocaban, sin acallar por eso las tensiones que los promovían.

Como a la nobleza, la contracción económica sacudió al patriciado urbano y comprometió muchas veces su cohesión. La lucha por el poder lo dividió dentro de cada ciudad, los opuso de ciudad a ciudad, los enemistó en el seno de los estados territoriales mientras trataban de inclinar la voluntad señorial o real en favor de una u otra política comercial que conviniera a sus intereses. Tras esas formaciones patricias se alinearon o no las otras clases urbanas, según los vaivenes del prestigio o la influencia de esas minorías un poco inestables ellas mismas. Pero con frecuencia también esas tensiones derivaron en enfrentamientos, y entonces fue difícil que las clases subordinadas pudieran sustraerse a la exigencia de tomar partido. Conjuntos heterogéneos, las clases medias y populares urbanas no tenían una sola política, o más bien, una sola tendencia; cada sector tenía la suya, más o menos precisa, y los últimos estratos no tenían ninguna que se relacionara con objetivos públicos sino las muy primarias que se relacionaban con la subsistencia.

Las clases medias y populares de las ciudades constituyeron el grupo más equívoco y sorprendente de la nueva sociedad. En unión con las clases campesinas componían lo que generalmente se llamaba “el pueblo”; pero a diferencia de aquéllas estaban permanentemente congregadas y podían galvanizarse en cada ciudad en brevísimo tiempo y manifestarse como una fuerza temible capaz de producir tumultos, provocar incendios o saqueos, agredir personas de calidad; las clases campesinas, en cambio, eran más pacientes y sólo en circunstancias especiales podían congregarse y constituir una ola humana amenazadora. Más oportunistas, las clases medias y populares urbanas podían ser seducidas y utilizadas por nobles o patricios, canalizando su resentimiento a favor de una causa que convenía a los dos últimos. Las clases campesinas, menos atentas y menos sensibles a los cambios, eran difícilmente movilizables y sólo entraban en acción tras un largo proceso de aglutinación alrededor de sus propios e inmediatos problemas.

Pero, en todo caso, el pueblo, tanto urbano como rural, fue cobrando una fisonomía cada vez más precisa a medida que, en el curso de la crisis de contracción económica y de dislocamiento social, se lo vio avanzar intempestivamente como un actor insoslayable en el cuadro de los conflictos generalizados. Tanto para la nobleza como para el patriciado urbano, el pueblo fue el adversario, si no el enemigo, que apareció inesperadamente interfiriendo el juego del viejo y del nuevo poder. Ambos contaban con él, aunque dando por sentada su pasividad; la crisis le ofreció la oportunidad de hacer oír su voz.

Gentes nacidas en su seno hablarían, seguramente, en cada ambiente lugareño. Pero si su voz alcanzó resonancia fue porque sonó en boca de quienes podían hacerse oír, generalmente frailes vinculados a la vida popular cuyo sentimiento moral alcanzó, en la crisis, un grado peligroso de exaltación. Así ocurrió con Wycliffe, con los lolardos, con Huss y con otros de menor resonancia. Las tensiones crecieron cuando las partes tomaron conciencia de ellas; y como el pueblo, urbano y rural, estaba en estado de tensión y conflicto con todos a causa de su dependencia, los que quisieron comprender la crisis social reflexionaron particularmente sobre las relaciones del pueblo con las otras clases. Tal fue, por ejemplo, el tema de Le quadrilogue inventif, un expresivo documento de la percepción de las tensiones sociales.

En el coloquio alegórico de Alain Chartier,[95] El Pueblo se queja amargamente de los abusos de la nobleza. Le reprocha sus vicios, sobre todo su codicia y sus ambiciones de poder, y Francia misma declara que “el pueblo quiere estar en seguridad, guardado y mantenido franco, y se impacienta por sufrir la sujeción de la señoría”. Pero El Caballero expone la situación desde su propio punto de vista y pone de relieve las inevitables tensiones sociales. “Eres inclinado a toda la sedición —le dice a El Pueblo— y no la puedes sostener sin desencaminarte de la verdadera obediencia.”

Pero El Caballero dice más, y llega al nudo de la cuestión, que es el dislocamiento del orden social tradicional. “Yo te pregunto —sigue diciéndole a El Pueblo— ¿qué vicio es más perjudicial, el nuestro de abusar de nuestros estados lo que la medida permite cuando ellos nos pertenecen, o el tuyo de tomarlos cuando no te pertenecen? Y para concluir… apelo a los vivos a testimoniar que tú te has equivocado en tu estado más que nosotros; y tú ves bien los signos, puesto que un escudero de los que llevan la espada o la mujer de un hombre de menor condición usan el vestido de un valiente caballero o de una noble dama, con el que suelen estar en la corte del príncipe muy bien adornados. Esta escandalosa falta ha venido de más arriba que de ti y de mí, cuando aquellos que tenían que repartir las recompensas de los beneficios y los honores los han otorgado a los vestidos y a las apariencias exteriores, con lo que cada uno ha tomado tal aspecto que es difícil conocer la condición de los hombres según sus vestimentas y distinguir un noble de un obrero mecánico.”

El Caballero hace la defensa de su papel en la sociedad y denuncia las protestas populares como contrarias a sus deberes. “Se queja el pueblo de nosotros, y gritan y murmuran las gentes comunes contra el señorío por el dinero que alguna vez es recaudado de ellos para la defensa del país. Quieren ser guardados y defendidos, y se hacen forzar para contribuir a la guarda, como si quisiesen tener los bienes para ellos sin sufrir nada, y dejarnos a nosotros los peligros y los sufrimientos sin tener nada. Nosotros no podemos vivir del aire, ni nuestras rentas bastarán a sostener los gastos de la guerra; y si el príncipe no recoge de su pueblo con lo que pueda pagarnos, y sirviendo a la comunidad vivimos de los bienes que encontramos, entonces me remito a Dios para que excuse nuestras conciencias.”

Las variadas recriminaciones se resumían en una: el pueblo se oponía a las clases dominantes, viejas o nuevas, y se mostraba partidario de un cambio social sin saber, ciertamente, lo qué quería. El de las ciudades, especialmente, parecía siempre dispuesto a las aventuras y no sólo emprendía las que creía suyas sino que se sumaba a las que encabezaban otros, nobles o burgueses, si entreveían la posibilidad de obtener alguna ventaja. Ya lo había dicho Dante refiriéndose al de Florencia; y Chaucer, testigo de tantas inquietudes, lo expresaba con una mezcla de irritación y de desprecio:[96] “¡Oh, pueblo violento, inconstante y siempre falso, sandio siempre y voluble como veleta, complaciéndote en todo momento con los rumores nuevos (pues creces y menguas siempre como la luna), lleno continuamente de frívola garrulidad, que no vale un sueldo; tu opinión es falsa; tu perseverancia mal se prueba. Grandísimo loco es el que de ti se fía!” Palabras semejantes ponía en boca de El Caballero Alain Chartier cuando le reprochaba su tendencia a la sedición. Y todos los que recogían esas opiniones habían sido testigos de cómo las tensiones sociales podían desembocar en furiosos enfrentamientos.

2. Los enfrentamientos

La crisis de contracción económica y social creó las condiciones adecuadas para que se acentuaran las tensiones sociales hasta tal grado que fue inevitable que se resolvieran en enfrentamientos entre las partes en conflicto. Todos los grupos sociales advirtieron que no podían ceder gratuitamente el paso a sus rivales y que era menester jugar alguna vez el todo por el todo midiendo las fuerzas a cara descubierta. Fue esta convicción la que prestó a los enfrentamientos sociales del siglo XIV y del XV su vivo dramatismo.

Quizá los más dramáticos fueron los que se suscitaron en el seno de la nobleza. Antes omnipotente, la nueva sociedad la iba acorralando lenta e inexorablemente al reducir sus márgenes de acción y al forzarla a actuar en condiciones distintas a aquellas en las que había consolidado su poder. Se siguió sintiendo poderosa, pero no omnipotente. Y su antigua soberbia se convirtió en furia desatada, contra las fuerzas que veía enemigas, ciertamente, pero también contra sí misma porque percibía quebrada su unidad. Cada facción se sintió poseedora de la mejor estrategia para enfrentar la crisis que amenazaba a toda la clase, pero mientras la enfrentaba, disputaba a las otras facciones las posiciones para asegurarse, al menos, los privilegios que pudieran salvarse en lo que muchos sintieron como un naufragio.

Casi siempre los enfrentamientos entre facciones nobiliarias tuvieron contornos de lucha política. Acostumbradas al poder, redujeron a términos políticos las presiones que sentían sobre sus flancos. Quizá muchos nobles creyeron que eran, simplemente, luchas políticas las que emprendían cuando tomaban partido por uno u otro candidato al trono imperial en Alemania; o cuando se embanderaban en las numerosas luchas dinásticas que surgieron en los diversos reinos; o cuando desafiaban al rey acusándolo de estar entregado a un favorito, o de enajenar su autoridad cediéndola a una de las facciones nobiliarias o a una nueva nobleza; o cuando se levantaban en armas para impedir que el poder real, quizá apoyado en las nuevas burguesías, llevara a cabo sus proyectos centralizadores y autoritarios. Pero aun cuando se manifestaran como luchas políticas, también estos enfrentamientos eran fruto directo o indirecto de las nuevas tensiones sociales, como cuando luchaban por reducir a su obediencia a las ciudades que se les escapaban de las manos. Eran tensiones sociales y económicas las que movían a los duques de Borgoña a enfrentarse con los Armagnac, o a los Lancaster a aniquilar a los Plantagenet, o a los York a derribar a los Lancaster. Cada vez más, las luchas por el poder político eran, en esa nueva sociedad en la que se constituía una nueva economía, una puja por la posesión de un instrumento insustituible para alcanzar ese nuevo tipo de poder económico que ahora le disputaban a la nobleza tanto la monarquía como las nuevas clases burguesas.

Pero no toda la nobleza tenía ni las posibilidades ni la visión de los borgoñones, los Lancaster o los York. En cada país y en cada región, y asimismo en cada nivel, la nobleza percibía según su propia escala las amenazas que la acechaban. En algo coincidían todos, y era en la defensa de sus antiguos privilegios amenazados por una constelación de factores. Eran la nueva sociedad y la nueva economía las que los comprometían. Pero en cada episodio aparecía algún responsable visible. Las facciones nobiliarias distanciadas del poder real acusaban a las facciones que gozaban de su proximidad de beneficiarse con sus favores mientras la monarquía se encauzaba en una política antifeudal. Y el blanco de los ataques podía ser un favorito de nueva nobleza, o los grupos judíos que organizaban el desarrollo de la fiscalidad, o los comerciantes extranjeros o acaso las burguesías urbanas o las que ya se movían a la escala del reino. Pero el ataque terminaba enfrentando a las facciones nobiliarias, todas celosas de sus antiguos privilegios pero no menos celosas de que, en el reajuste de las situaciones creadas por los avatares de la crisis, fuera una de ellas la que resultara beneficiada en tanto que se perjudicara la otra. Las alteraciones monetarias, las variaciones en los precios, los inusitados impuestos podían perjudicar a todos. Pero quienes estaban cerca del poder podían obtener donaciones de tierras, dádivas y privilegios especiales que les permitieran compensar los perjuicios. Los adversarios, en cambio, no sólo no podían reponerse de lo que perdían sino que podían, además, sufrir confiscaciones, restricciones en sus derechos sobre vasallos y quizá la prisión o la muerte. Aunque el blanco indirecto de los ataques pudiera ser el rey, la lucha se empeñaba entre las facciones nobiliarias que trataban de defender sus privilegios o acrecentarlos.

A principios del siglo XIV lucharon en Castilla los partidarios del bastardo de Trastámara contra los que apoyaban la política fiscal y los intentos centralizadores del rey Pedro I. En Aragón se levantaron en armas los nobles que defendían las prerrogativas que les acordaba el Privilegio de la Unión contra los que apoyaban al rey Pedro IV. En Portugal se enfrentó buena parte de la nobleza tradicional contra los grupos que apoyaban al pretendiente de la casa de Avís, Juan I, a quien apoyaban además la nueva nobleza y las burguesías urbanas. Más tormentoso aun fue el siglo XV. La nobleza conservadora de Castilla, cada vez más ávida de tierras, se levantó contra la facción que encabezaba el favorito de Juan II, Álvaro de Luna, en quien veían no sólo un privado omnipotente sino también el inspirador de una política centralista y antifeudal. Y la situación volvió a repetirse en época de los Reyes Católicos, entre las facciones que acataban la implacable presión de la monarquía y las que, como los nobles gallegos, la resistían. Por análogas razones se enfrentaron en Inglaterra, en la Guerra de las Dos Rosas, las casas nobiliarias que apoyaban a los York con las que sostenían a los Lancaster, y luego con las que respaldaron a Enrique Tudor. Las largas guerras civiles que se entremezclaron con la guerra internacional de los Cien Años despejaban el camino de la monarquía hacia el poder absoluto, y la percepción de ese peligro, estrechamente relacionado con el crecimiento de la burguesía y de la economía de mercado, alertaba a los nobles para defender sus privilegios. Las grandes casas, sobre todo, pero también la nobleza que formaba tras cada una de ellas, intentaron resistir en Francia los intentos de robustecer el poder real, enfrentándose con las que por una u otra causa apoyaban esa política de la Corona. La Praguerie en época de Carlos VII, el Bien Public en la de Luis XI, la Guerre Folle en la de Carlos VIII son avatares sucesivos del mismo enfrentamiento entre los que veían su salvación en el mantenimiento de su antigua independencia y los que confiaban en prosperar a la sombra del creciente poder real. En Portugal, en 1439, una facción nobiliaria resistió a la que empujaba al infante don Pedro hacia la regencia, y casi medio siglo después hubo un movimiento semejante contra Juan II. En Aragón se rebelaron contra el rey Fernando los nobles que seguían al conde de Urgel y luego contra Juan II quienes siguieron la causa del príncipe de Viana. Y en Nápoles se levantaron los barones contra el rey Ferrante en un tremendo esfuerzo por defender sus derechos y su autonomía. La lucha en defensa de sus antiguos privilegios enfrentaba en todas partes a las facciones nobiliarias, poniendo de manifiesto su impotencia para reconstruir una situación que añoraban pero a la que no podían retrotraerse.

Pero no fue sólo eso lo que las enfrentó. Si siempre habían existido querellas y conflictos entre los señores feudales, la situación crítica los acentuó porque cada vez parecieron más cuestionables los derechos que cada uno consideraba indiscutiblemente propios y su defensa requirió una acción cada vez más desesperada. Sin duda la lucha para extender los dominios territoriales comprometía solamente a un señor que localizaba obsesivamente a su adversario. Pero en otros muchos casos la defensa del propio derecho de cada señor aglutinaba a varios otros que se hallaban en situación parecida. Si se luchaba por el poder, los señores se agrupaban según parcialidades aunque en el fondo fuera uno, particularmente poderoso, el que encabezara una querella contra un rival. La facción preexistía o se constituía rápidamente y la lucha sobrevenía comprometiendo a todos los que no podían sustraerse a la influencia de los grandes. Sólo estos últimos podían encabezar la lucha si estaba dirigida contra poderes superiores. Los reyes, y el mismo emperador, intentaron limitar el poder señorial para acrecentar su propia autoridad; pero no todos los señores la resistieron, ni se aglutinaron en un solo bando. Y la proliferación de las facciones señoriales se acentuaba cuando los poderes superiores entraban en crisis, unas veces aprovechando los conflictos dinámicos o las luchas electorales en el Imperio, otras el debilitamiento de la monarquía cuando la minoridad o la incapacidad real enfrentaba a quienes disputaban la regencia o, simplemente, el ascendiente sobre la persona del rey.

Luchas sostenidas enfrentaron a las facciones de la nobleza en Inglaterra durante la minoridad de Eduardo III, en Castilla durante la de Enrique III, en Escocia durante la de Jacobo III; y por el ejercicio del poder detrás del trono combatieron las facciones nobiliarias en Francia durante el reinado de Carlos VI, antes y después de su demencia, como combatieron en Inglaterra durante los reinados de Eduardo II y Ricardo II. En el Imperio se entremezclaron los factores desencadenantes de las luchas señoriales. La elección imperial de Luis IV de Baviera enfrentó a dos candidatos, y tras ellos a los dos bandos que los apoyaban; pero la lucha fue general y constante: de los señores entre sí, como en la época de Wenceslao y como derivación del nuevo orden instituido por la Bula de Oro, y de los señores contra el emperador cada vez que éste intentaba transformar en efectiva su autoridad formal. Fue clara la formación de facciones tras un candidato al trono en el reino de Nápoles después de la muerte de Roberto de Anjou, a lo largo de las querellas suscitadas en el seno de la dinastía misma. Con análoga finalidad se enfrentaron los Douglas y los Stuart en Escocia, los Lancaster y los York en Inglaterra, los partidarios de Juana la Beltraneja y de Isabel en Castilla.

Sometidos los señores por Waldemar IV en Dinamarca, volvieron a levantarse contra la regente Margarita; y luego de constituida la Unión de Kalmar volvieron a rebelarse contra sus sucesores en los tres países escandinavos. Y fue la lucha entre los barones del centro de Italia lo que obligó al Papado a emigrar de Roma.

Fue la crisis de contracción la que, desde principios del siglo XIV, sacudió la superficie de sustentación de la nobleza terrateniente y la obligó a salir en defensa de sus posiciones, rompiendo el frente común y poniendo de manifiesto los intereses encontrados y las tendencias diversas de los distintos grupos. El creciente poder de la monarquía, apoyada en las nuevas clases burguesas, amenazaba a la nobleza terrateniente, pero más la puso en peligro el impacto de la economía de mercado, en parte porque trastornó el sistema de relaciones económicas tradicionales y sobre todo porque conmovió el orden social de las áreas rurales en las que descansaba su riqueza y su poder.

La conmoción profunda y sus consecuencias fueron gravísimas. Se manifestó en todas partes a través de una agudización de las tensiones. Pero en ciertos lugares, algunas circunstancias transformaron las tensiones en conflictos frontales que descubrieron la profundidad de los cambios que se habían operado tanto en las condiciones reales en que se desenvolvía la vida rural como en la conciencia que las clases campesinas habían adquirido de esa situación y de sus derechos inalienables. Acaso más que los movimientos sociales urbanos, fueron los enfrentamientos rurales los que delataron la crisis del sistema tradicional de relaciones sociales y económicas.

La primera gran insurrección campesina estalló en el Flandes marítimo, en un clima preparado por la violencia de los enfrentamientos urbanos y favorecido por la victoria que el ejército popular había obtenido en Courtrai sobre los caballeros franceses en 1302. La nobleza había intentado luego no sólo recuperar sus posiciones sino acrecentar su poder, y procuró reducir a servidumbre a los campesinos de aquella zona flamenca en la que nunca había existido, puesto que éstos eran los descendientes de los que la habían colonizado. La respuesta fue la insurrección campesina que empezó en 1323 y duró hasta 1328, cuando la nobleza francesa la aniquiló en la batalla de Cassel. Pero durante esos cinco años la guerra fue sin cuartel y la matanza despiadada. Abatidos finalmente, los campesinos resistieron largo tiempo gracias al apoyo de las burguesías urbanas; pero sobre todo porque tenían un claro plan político, puesto que, tratándose de colonos tradicionalmente libres, no sólo aspiraban a conservar su libertad sino también a conservar el sistema democrático en el que habían organizado sus comunidades. Politizados por el ejemplo de los grupos urbanos flamencos, los campesinos emprendieron la lucha con plena conciencia de sus objetivos.

No fue así en Francia en 1358, cuando estalló la Jacquerie. Una nobleza voraz oprimía también allí a los campesinos; pero no como antes, cuando se satisfacía con sus prestaciones personales y compensaba de alguna manera con su protección el duro dominio que ejercía sobre ellos. Ahora, cuando muchos campesinos habían obtenido su libertad o, al menos, había logrado remplazar el servicio personal por el salario, la nobleza, que veía disminuir sus rentas y que añoraba los tiempos, para ella felices, en que vivía despreocupada de su riqueza, procuró detener el éxodo rural y, sobre todo, acrecentar sus rentas acentuando las exacciones llegando hasta el robo del dinero que constituía el ahorro del campesino. Una desesperación creciente, a medida que la arbitrariedad crecía en el clima de anarquía que siguió a la derrota de Poitiers y la prisión de Juan II, lanzó a la insurrección armada a millares de campesinos —los Jacques– que dieron satisfacción a su cólera matando sin piedad a los nobles y a sus familias, a sus agentes y a los eclesiásticos que compartían con ellos los privilegios. Fue una irrupción emocional que se tradujo en una actitud vengativa, irracional; pero la Jacquerie, pese a los movimientos burgueses que se producían por entonces, no logró organizarse como movimiento político, precisamente porque los campesinos no tenían claridad acerca de los objetivos que perseguían. Marchaban hacia la liberación de la servidumbre, hacia la libre contratación del trabajo, acaso hacia la pequeña propiedad; pero no constituían un conjunto social homogéneo con reivindicaciones definidas y organización para la lucha. Entre tanto, mataban. “Y cuando se les preguntaba por qué hacían eso —dice Froissart—[97] contestaban que no sabían, pero que veían que otros lo hacían y ellos lo hacían también, y pensaban que de esa manera debían destruir a todos los nobles y gentileshombres del mundo.” Inequívoca guerra de clases, concluyó con la despiadada represión que organizó Carlos el Malo y puso en movimiento no sólo a los nobles de la comarca sino también a los de Navarra, Flandes, Hainaut, Brabante y de otras regiones en las que pidió auxilio a “sus amigos”, según la expresiva frase de Froissart.

La inquietud campesina se renovó en Francia. La situación se había agravado y desde 1379, en el Languedoc, las bandas rurales se entregaron a toda clase de desmanes durante seis años: fue la jacquerie des Tuchins, sofocada implacablemente en 1385. Pero para esta época otro movimiento rural había estallado, esta vez en Inglaterra, en 1381, con caracteres de inusitada violencia. Diversas motivaciones lo desencadenaron: por una parte la política de la Corona que procuraba mantener inmovilizados los salarios mientras aumentaba la presión fiscal; y por otra la tendencia a obtener la anulación de la servidumbre, cada vez más odiosa a medida que se hacía más ostensible la decisión de la nobleza de defender y acrecentar sus privilegios. Una prédica ideológica que proveería de justificación a los insurrectos fue desarrollada por los tribunos —clérigos y seglares— que bebían en los textos de la Escritura en busca de fórmulas igualitarias. “En el origen de los tiempos —decía John Ball en su famoso discurso—[98] todos los hombres eran iguales. La servidumbre fue introducida por las acciones injustas de los malos, contrariamente a la voluntad divina; pues si Dios hubiera tenido la intención de hacer a unos siervos y a otros señores, hubiera establecido esta distinción desde el comienzo. Una ocasión se presenta a los ingleses, si quieren aprovecharla, de sacudir ese yugo tan antiguo y de obtener la siempre deseada libertad.” El movimiento estalló en diversos condados y tuvo caracteres de extremada violencia. Cuando los campesinos entraron en Londres y se hicieron dueños de la ciudad, contaron con el apoyo de las clases populares urbanas y aun de algunos sectores burgueses. Pero los campesinos tenían sus propios objetivos, que expusieron al rey en Mile End y en Smithfield Market. Ricardo II pareció ceder, pero al presentarse una ocasión favorable la nobleza asesinó al jefe insurrecto, Wat Tyler, y poco después el movimiento se disgregó y las concesiones fueron anuladas. La represión fue dura.

A comienzos del siglo XV nuevas insurrecciones se produjeron en el noroeste de Francia entre 1424 y 1433, y estalló otra en Suecia en 1431. Entre tanto, el movimiento taborita se había desencadenado en Bohemia como derivación de la condena de Juan Huss. Grupos diversos se habían aglutinado alrededor de un fuerte núcleo campesino. No sólo las ideas religiosas los movieron. Cada vez más el movimiento adquirió el perfil revolucionario que le imprimían las doctrinas de Wycliffe, radicalizándose algunos de sus grupos en el transcurso de la lucha —como los que acaudillaba Juan de Zéliv— y sobre todo después de la muerte de Juan Zizka, que había enfrentado la gran cruzada internacional lanzada contra los revolucionarios bohemios. Estaban en juego apasionantes cuestiones dogmáticas, pero estaban en juego también los grandes dominios eclesiásticos. Al cabo de la guerra, que se extinguió sólo en 1434, fue la nobleza la que obtuvo esas tierras y las masas rurales apenas mejoraron su condición.[99]

Hubo un movimiento rural en Dinamarca en 1441 y una nueva insurrección campesina en Inglaterra en 1450. Encabezó esta última en Kent, Jack Cade y se agruparon a su alrededor gentes de todos los condados vecinos de Londres. Pero esta vez los objetivos de los amotinados eran muy confusos y, a pesar de la crisis del reino, fueron sometidos rápidamente, no sin que lograran ocupar Londres durante dos días. Ese mismo año empezaba en Cataluña y en Mallorca el movimiento de los payeses, que las agitaría durante largo tiempo. Como en todas partes, la creciente presión de la nobleza terrateniente para reconstituir y acrecentar sus rentas constituyó el motivo desencadenante. Pero, como en todas partes también, contribuyó al estallido revolucionario la tendencia ascendente de los campesinos a escapar de la servidumbre obteniendo una nueva condición jurídica. El movimiento reapareció en 1462 y esta vez duraría diez años; y de nuevo estalló en 1484 sosteniéndose hasta 1486. El mismo carácter tuvieron, en 1433 y en 1467, la rebelión de los lrmandiños de Galicia.[100]

Por esos años se levantaron los campesinos de Lieja uniéndose a la rebelión general contra el arzobispo Luis de Borbón, impuesto por el duque de Borgoña Felipe el Bueno. Su hijo, Carlos el Temerario, tuvo que enfrentar a los campesinos suizos, quienes, por lo demás, se movieron también contra las poblaciones urbanas. Entre tanto, en Alemania —donde ya se habían producido otros movimientos rurales— se desencadenaron nuevas insurrecciones en 1476, y luego en 1491 y 1493. La culminación de esas luchas fue la gran sublevación de los aldeanos que empezó en 1524, en el marco de las agitaciones que había desencadenado el movimiento religioso de Lutero y al que Tomás Münzer incorporaba una doctrina social radicalizada. Los aldeanos fueron vencidos en 1525 por la nobleza alemana, que percibía el creciente sentimiento antiseñorial que los animaba. Cosa semejante ocurrió con el movimiento comunero castellano de 1521.

Los movimientos campesinos sólo parecen comprensibles en relación con la crisis general de la sociedad dual tradicional, manifestada también a través de las tensiones y enfrentamientos que sacudieron a las clases nobles. Un desajuste fundamental alteró las relaciones entre terratenientes y colonos, entre milites et rustici; y a partir de esa situación estallaron los variados conflictos entre colonos y terratenientes, por una parte, y por otra, los enfrentamientos entre los terratenientes, pertenecientes a los sectores dominantes que trataban de sobreponerse a la crisis de la manera más ventajosa. Sin duda la crisis se generó en cierta medida en el seno de la propia sociedad dual. Pero su aceleración y la diversificación de los procesos que la crisis desencadenó provinieron de un factor externo. Fue la constitución de un tercer sector —las burguesías urbanas— y su singular manera de actuar social y económicamente lo que precipitó inexorablemente el dislocamiento del sistema tradicional de la sociedad dual. La acción de ese tercer sector fue, en rigor, indirecta, y se manifestó sobre todo en lo económico a través de los desajustes que provocó en el sistema productivo tradicional del mundo rural la aparición y el funcionamiento del mercado. Pero, también indirectamente, se manifestó en lo social a través del efecto de demostración, puesto que contrapuso de hecho, al tradicional sistema rural de vida, uno nuevo, el urbano, que subyugó las imaginaciones de quienes seguían sometidos al antiguo.

El hecho de que la crisis de la sociedad dual tradicional fuera, si no desencadenada, por lo menos acelerada y profundizada por un factor exógeno, contribuyó decisivamente a que ni los terratenientes ni los colonos elaboraran una política autónoma para reajustar su situación. Unos y otros se sintieron arrastrados por un torbellino del que les costaba trabajo tomar conciencia, ignorando cuál era la dirección de los vientos predominantes que lo provocaban. Por eso obraron al azar, movidos por el desconcierto o la desesperación, procurando unos salvar lo que poseían sin medir la fuerza de quienes se lo disputaban, procurando otros aprovechar la coyuntura para mejorar de condición sin calcular las propias fuerzas y sin tener idea, siquiera aproximada, de cuáles eran los objetivos que podían verosímilmente alcanzar en la situación de quiebra del sistema en que se hallaban. Lucharon los señores por conservar sus privilegios en el sistema social y económico que se derrumbaba, y lucharon los campesinos por obtener algo en medio de lo que entreveían que era una crisis: acaso algunos la destrucción total del sistema, otros la extinción del vínculo servil, unas módicas ventajas en el régimen de arrendamientos, algunos la consolidación de su nuevo estado como pequeños propietarios. Pero todos, terratenientes y campesinos, sin percibir el sentido general del proceso desencadenado y acelerado por ese tercer sector ajeno a la sociedad dual y, sobre todo, sin clara conciencia de los fines que perseguían en el momento en que, aprovechando la crisis y dejándose llevar por un sentimiento ciego, se lanzaban a la acción embistiendo desesperadamente unas veces contra la totalidad del sistema y otras contra uno de sus factores, generalmente el más visible pero casi nunca el decisivo.

Muy distinto fue el caso de los enfrentamientos urbanos. En las ciudades los procesos sociales que empezaron casi con su constitución tuvieron generalmente como protagonistas grupos pequeños y compactos cuyo comportamiento no sólo se generó en circunstancias muy concretas sino que fue decidido en el ininterrumpido intercambio de ideas que permitía el ambiente urbano, a través del cual cada sector cobró conciencia acabada de su situación, de sus aspiraciones mediatas e inmediatas y de la estrategia apropiada para lograr sus objetivos. Sin duda algunas veces ciertos grupos populares urbanos se lanzaron ciegamente a aventuras alocadas, creyendo favorable una situación inesperada. Pero, generalmente, respondieron los enfrentamientos urbanos a actitudes muy definidas de los grupos que querían modificar en su favor la situación existente: eran luchas sociales expresadas en claros objetivos políticos.

Al comenzar la crisis de contracción la mayoría de las ciudades mercantilizadas o industrializadas contaban con un patriciado con vigorosa conciencia de clase que había logrado, en mayor o menor medida, imponer su estilo a la ciudad. En muchas de ellas el patriciado gobernaba, dentro de complejos sistemas políticos, muchas veces efímeros, que lo obligaban a compartir el poder con otros sectores sociales. Contra ese patriciado y en busca de nuevos sistemas de participación en el poder se lanzaron los grupos menos privilegiados, precisamente porque el patriciado procuraba consolidar y monopolizar los privilegios, y manifestaba una clara decisión de aproximarse a la nobleza y a aliarse con ella. Los enfrentamientos se hicieron muy agudos en algunos casos y alcanzaron tremenda violencia.

Pero no en todas las ciudades la burguesía había alcanzado aún una situación de pleno predominio en el siglo XIV. En ciudades muy mercantilizadas —como Londres o París— incluidas en estados territoriales fuertes y bajo la influencia de un poder real o señorial importante, la burguesía tropezaba con ciertos límites que no tenía más remedio que reconocer y acatar. Pero si esos límites tambaleaban, la burguesía poseía una capacidad virtual para organizar sus fuerzas y fijar sus objetivos en el momento en que la coyuntura se hacía favorable. Dos casos singulares ocurrieron en el siglo XIV en París y en Lisboa.

En París, los Estados Generales estaban reunidos en 1356 cuando se produjo la batalla de Poitiers en la que fue derrotado y hecho prisionero el rey Juan II. Ya preocupada por las exigencias de dinero que suscitaba la guerra, la burguesía de París se radicalizó a partir del momento en que se produjo la acefalía. Diversas aspiraciones ocasionales fueron enunciadas. Pero en el plan de Etienne Marcel, preboste de los comerciantes de París y jefe del movimiento, dos puntos parecieron fundamentales. Uno sería la alianza de las comunas. Otro sería la reorganización del reino sobre la base de una autoridad política compartida por la nobleza, el clero y la burguesía, esta última deseosa de un predominio efectivo sobre el poder real. Esta idea fue la que impresionó más al historiador florentino Matteo Villani que, interpretando desde lejos el proceso político parisiense, lo refirió a su propia experiencia política italiana y advirtió la significación revolucionaria del hecho de someter un poder dinástico tradicional a las constricciones de un sistema político que expresaba la nueva realidad social.[101] Pero las circunstancias probaron que el plan era prematuro: las burguesías de las otras ciudades retrocedieron, la monarquía se recuperó en la persona del regente, el futuro Carlos V, la nobleza encontró un jefe en Carlos el Malo, y los diversos sectores de la burguesía y de las clases populares redujeron su apoyo al preboste de los comerciantes y representante de la alta burguesía. Asesinado Etienne Marcel, el ambicioso proyecto de un poder burgués originado en la burguesía misma se derrumbó, y los burgueses aceptaron una posición subordinada para prosperar a la sombra de la Corona.

En Lisboa el movimiento antinobiliario había crecido impulsado por la Corona en época del rey Pedro I. Cuando su sucesor, Fernando, se inclinó a favor de la nobleza, especialmente a partir de su unión con Leonor Téllez, el movimiento antinobiliario volvió a expresarse como una tendencia popular, que quedó al descubierto en el motín de 1371 dirigido por el sastre Fernando Vasques. Fue esa tendencia popular la que, al morir el rey Fernando, se galvanizó alrededor del Maestre Juan de Avís, bastardo de Pedro I, cuando se abría la perspectiva de que Castilla absorbiera a Portugal. En 1383 el Maestre desafió a la nobleza tradicional y dio muerte a su jefe, obteniendo el apoyo de las clases populares de Lisboa —el povo miúdo— para su política anticastellana y antinobiliaria. Pero el Maestre vaciló en recibirlo y sólo ante el desafío nobiliario se decidió a aceptar el título de “regidor del reino” que le ofreció el comun povo, el povo miúdo. Aun entonces el Maestre se resistió a encabezar una revolución popular y buscó el apoyo de los honrados cidadaos. Fue en 1385 cuando los cidadaos da Camara consintieron también en conferir aquel título, y cuando lo tuvo “por todos los de la ciudad”, inició la reorganización del reino, bajo la inspiración y con la creciente influencia de la alta burguesía comercial y marítima de Lisboa, a la que se sumó la de otras ciudades, especialmente de Oporto.[102]

Pequeños enfrentamientos —e infructuosos— se sucedieron en Castilla entre los grupos señoriales y una burguesía que pugnaba por fortalecerse. En diversas ciudades hubo movimientos en época de Alfonso XI, y se constituyeron entre algunas de ellas “hermandades” orientadas contra la alta nobleza, gracias a lo cual las ciudades recibieron el apoyo de los hidalgos de nobleza menor. La lucha entre Pedro I de Castilla y Enrique de Trastámara puso de manifiesto las tensiones existentes, puesto que las burguesías urbanas tomaron partido por Pedro I. Y en las sucesivas crisis del reino, las ciudades eligieron su partido tratando de contener a la nobleza latifundista.

Una ciudad poco tocada por el proceso de mercantilización, en la que, sin embargo, la burguesía trató de sobreponerse a la nobleza, fue Roma. Las fuerzas populares habían irrumpido en ella ya a mediados del siglo XIII con Brancaleone degli Andalò, y volvieron a insurgir en 1312 y en 1328. Pero fue Cola di Rienzo quien imaginó un nuevo régimen político para la ciudad, cuando, en 1347, llamó en su apoyo a los sectores medios. “Después de esto reunió a muchos Romanos, populares discretos y hombres buenos; también entre estos hubo cavallerotti y de buen linaje; muchos discretos y ricos mercaderes.”[103] Sustentado en estas capas sociales Cola dio a Roma, privada del Papado, una organización democrática basada en la supresión de los privilegios nobiliarios. Reminiscencias antiguas nutrían una concepción republicana e igualitaria, teóricamente sin distinción de clases. Pero los barones consiguieron sobreponerse a las humillaciones y a los despojos y volcando la opinión contra Cola lo obligaron a huir. Cuando retornó, movido por el cardenal Albornoz, en 1354, volvió a polarizar por un poco de tiempo los sentimientos antinobiliarios de los sectores medios, pero volvió nuevamente a fracasar. Esos sentimientos fueron suficientes todavía para inspirar un nuevo gobierno igualitario en 1358 que duró hasta el efímero retorno de Urbano V en 1367.

Muy diferente fue el caso de las ciudades en las que el proceso de mercantilización e industrialización llegó a extremarse. Fue en ellas donde el patriciado ejerció el poder o, de alguna manera, impuso su estilo de vida. Pero en la misma medida en que creció el poder del patriciado se fueron robusteciendo las clases subordinadas, y particularmente las que estaban en relación directa de dependencia con él.

Las dos fuerzas sociales —capital y trabajo— entraron en esas ciudades en conflicto, y se sucedieron las insurrecciones de la pequeña burguesía —el popolo minuto— y de los oficios, esto es, las organizaciones, a veces ilegales, de compañeros que constituían la mano de obra especializada, particularmente en la industria textil. El objetivo de los rebeldes fue siempre socavar el poder del patriciado y obligarlo a compartirlo con ellos, en sistemas constitucionales cuya fórmula variaba según la fuerza que en cada ciudad pudieron acreditar los grupos medios y, ocasionalmente, los grupos populares. Típicos movimientos antipatricios, entrañaban también a veces, en ciertos lugares, un sentimiento antinobiliario en la medida en que el patriciado estaba apoyado por la nobleza. Pero la actitud de los insurrectos de los grupos medios revelaba la convicción de que ya se había ganado la batalla contra los privilegios nobiliarios. Y, ciertamente, así había sido en principio. Pero fueron, precisamente, estos movimientos de la pequeña burguesía y de los oficios los que contribuyeron a robustecer la alianza entre el patriciado y la nobleza y, poco después, la alianza entre ambos y los poderes territoriales que subordinaron a las ciudades a su autoridad.

Fue en los Países Bajos donde los conflictos tuvieron mayor intensidad. En Brujas el movimiento antipatricio estalló en 1302 y los oficios, triunfantes sobre los patricios y sobre los caballeros franceses, lograron democratizar el gobierno.[104] La resonancia de los éxitos militares del común de Brujas —el día de los “Maitines” y el día de Courtrai— fue grande en las ciudades de Flandes, Brabante y el país de Lieja, en muchas de las cuales otros movimientos similares se produjeron con distinto éxito. Y aunque la presión francesa logró disminuir el alcance del movimiento, la presencia política de los oficios y la pequeña burguesía fue reconocida y los patricios tomaron nota de la amenaza que significaba. Esa amenaza se cumplió en Lieja en 1312. Allí los artesanos derrotaron al patriciado en feroces combates urbanos e impusieron —en la paz de Angleur— un gobierno popular, cuyos miembros debían pertenecer a los oficios, con exclusión de los que fueran de origen patricio.

Pero el movimiento de mayor envergadura fue el que se desencadenó en Gante en 1338. Comprometida la ciudad en una grave crisis económica, Jacques van Artevelde promovió la alianza con Inglaterra y aglutinó a su alrededor a todos los sectores sociales. Pero las antiguas tensiones, que ya se habían manifestado en 1311 y en 1319, estallaron nuevamente; los oficios se separaron del patriciado y lograron conquistar el poder. De todos, los tejedores eran los más radicalizados y se dispusieron a separar a los demás del gobierno de la ciudad. Jacques van Artevelde fue sacrificado y sus competidores vencidos, con lo que el gobierno quedó exclusivamente en manos de los tejedores.[105] Conflictos semejantes entre los diversos gremios se produjeron en Brujas en esos mismos años. Y en Lieja, en 1343, una sedición popular restableció el gobierno de los oficios.[106]

De caracteres parecidos fueron los movimientos que se produjeron por la misma época en muchas ciudades alemanas. Desde 1332 Estrasburgo entró en un proceso revolucionario que desalojó a la nobleza de las altas magistraturas; en 1334 quedó establecido el principio de que los artesanos poseyeran los mismos derechos que los otros estratos urbanos, hasta el punto de que el Consejo se constituyó con 8 nobles, 14 burgueses y 25 artesanos.[107] Un sistema político semejante fue establecido en otras ciudades: Colmar, Basilea, Zurich. Magdeburgo había visto también una revolución de los artesanos en 1330, y fenómenos parecidos se produjeron en varias ciudades hanseáticas, con la consecuencia grave de que se veían excluidas de la liga cuando el gobierno pasaba a manos de los oficios.[108]

En 1369 se radicalizó el movimiento artesanal en Lieja y el gobierno quedó en manos de los oficios con exclusión de los otros grupos sociales y económicos. Ese sistema, quizá el más extremado, fue imitado por Colonia en 1396, donde el sentimiento antinobiliario primero y la decidida actitud antiburguesa de los artesanos después, crearon un clima de violenta tensión social resuelta, en el cuadro político, a favor de los oficios.

En Italia, un movimiento de semejantes caracteres se había producido ya en Florencia en 1293, cuando se establecieron las Ordenanzas de Justicia bajo la presión de los minuti y la inspiración de Gian della Bella; pero el gobierno popular duró poco y, tras la muerte del tribuno, quedó restablecida la hegemonía del patriciado. Fue en Siena donde se repitió el experimento. Desde 1283 detentaban el poder los patricios, tras haber dominado a la nobleza; pero en 1355 debieron cederlo a las clases medias, las cuales, a su vez, se vieron obligadas a compartirlo con el popolo minuto, que apareció en la escena con inusitado vigor. Durante cierto tiempo se mantuvo un sistema compartido que expresaba una alianza de clases, hasta que la crisis económica y el hambre movilizaron a los tejedores, que se hicieron cargo del gobierno en 1377. Los “Quince Defensores” fueron incapaces de resolver los problemas sieneses que, por lo demás, sobrepasaban las posibilidades de la ciudad. La violencia creció y el popolo minuto se dividió, con lo que pudo ser expulsado del poder por una alianza del patriciado y la burguesía media.[109]

Contemporáneo del movimiento popular sienés —en el que los tejedores alcanzaron un alto grado de radicalización política y lograron movilizar los estratos sociales más bajos— fue el movimiento de los Ciompi en Florencia, que estalló en 1378. También allí se movilizaron los sectores sociales de más bajo nivel económico, irrumpiendo en la ciudad contra el patriciado y creando un clima revolucionario. Las demandas eran siempre las mismas: redistribución de las cargas impositivas, revisión de las condiciones de trabajo y, sobre todo, participación en el poder. Cuando el movimiento triunfó en las calles, Miguel de Lando fue elegido gonfaloniero de Justicia; en tal calidad se puso a la cabeza del movimiento popular y, en los hechos, del gobierno. La creación de tres nuevas Artes —o gremios— debía modificar el cuadro político de la ciudad. Pero, como siempre, los sectores radicalizados sobrepasaron los márgenes de acción de Miguel de Lando, que se vio obligado a contenerlos. Una vez más se repitió el proceso: perdido el apoyo de los grupos radicalizados, Miguel de Lando se encontró a merced de los sectores moderados, que prefirieron entenderse con los popolani grassi. Miguel de Lando y Salvestro de Medici —que había encabezado con él el movimiento— fueron desterrados y el gobierno de Florencia cayó en manos de las Artes Mayores, esto es, de los patricios.[110]

Por esos años —en 1379— estalló en Gante la gran insurrección contra el conde de Flandes, que se extendió a Brujas e Ypres. El conde y el patriciado de Gante que lo apoyaba debieron huir bajo la amenaza de los tejedores, que pronto encontraron un jefe en Felipe van Artevelde. También en Brujas e Ypres dominaron la situación los tejedores; pero en Brujas tuvieron que enfrentar la oposición de los otros oficios que, unidos, los derrotaron en 1380. Poco después, sólo Gante resistía y, en un esfuerzo desesperado, Artevelde llevó la guerra a Brujas para instalar en el poder a los tejedores, sus aliados, que después del triunfo castigaron sin piedad a las gentes de los otros oficios: carniceros, cuchilleros, vidrieros, pescadores. La guerra social se desdibujaba al desmoronarse el frente de los oficios. Pero el peligro desencadenó la intervención francesa, y el ejército popular flamenco fue vencido en Roosebeke en 1382.[111]

En Francia también se produjeron en la misma época conflictos sociales de caracteres semejantes. Ruán vio en 1382 una intensa insurrección popular —la harelle— que empezó como una reacción contra los impuestos, pero que se transformó en un movimiento no sólo contra los funcionarios reales sino también contra los patricios. Poco después estalló en París la insurrección de los Maillotins, también desencadenada originariamente por la presión fiscal pero generalizada luego como una vaga protesta de las clases populares contra los ricos patricios y, como en el caso de Ruán, contra los judíos.[112] Otras ciudades francesas fueron escenario por entonces de explosiones sociales semejantes.

Pero fue más tarde cuando los conflictos sociales adquirieron en Francia mayor violencia. Lyon, donde el patriciado había alcanzado la hegemonía en 1320, vio sucederse los movimientos populares, especialmente a partir de principios del siglo xv. Entre tanto, París se encontró comprometida en la revuelta popular de 1413 que encabezó Simon le Coutelier, llamado Caboche. El movimiento de los carniceros, entremezclado con las peripecias de la guerra civil que sostenían armagnacs y borgoñones, ganó las calles y se manifestó en innumerables actos de violencia de los que fueron protagonistas grupos populares que, sirviendo a los intereses de Juan sin Miedo, sobrepasaban esos objetivos y daban rienda suelta a su rebeldía. Por entre los hilos de la agitación popular se mezclaban los de los reformadores que redactaron la llamada Ordonnance cabochienne, inspirados por una política que no era la de los amotinados. Pero tanto éstos como los borgoñones que los habían lanzado a la acción, y de cuyas manos se habían escapado, fueron dominados por los armagnacs. Y cuando los borgoñones recuperaron París, el movimiento popular fue celosamente controlado por Juan sin Miedo.[113]

En 1419 estalló en Praga la rebelión de los husitas. Hondos motivos religiosos la movían; pero el motín popular, impulsado por la prédica de Juan de Zéliv, adquirió al principio los caracteres de una irrupción popular urbana. La virulencia de las acciones se hizo patente cuando la multitud se lanzó sobre el ayuntamiento de la ciudad nueva y arrojó por las ventanas a un grupo de consejeros y burgueses que cayeron sobre las picas de los contingentes armados.

En las ciudades catalanas —y especialmente en Barcelona— las tensiones que se produjeron entre la alta burguesía por una parte y el conjunto de la pequeña burguesía, los menestrales y en ocasiones, el poble menut, enfrentaron dos grupos que alcanzaron clara fisonomía política en la lucha por el poder: la primera constituyó la biga y los segundos la busca. El enfrentamiento se agudizó entre 1451 y 1455. En Barcelona los buscaires lograron imponerse en 1453 y constituyeron mayoría en el consejo, imponiendo una política hostil a los bigataires; el rasgo predominante de esa política fue una devaluación de la moneda que, en rigor, más que a la pequeña burguesía y a los menestrales favorecía a una nueva clase capitalista surgida en oposición al viejo patriciado. Pero el enfrentamiento de las dos facciones movilizó a los diversos sectores sociales y sacudió la estructura social de las ciudades catalanas.[114]

Fue, pues, general, aunque con diversos grados de intensidad, la conmoción de las sociedades urbanas, especialmente en las áreas mercantilizadas e industrializadas y en sus zonas de influencia. Hubo, además un efecto de contagio. Mientras la nobleza combatía por sus privilegios en dos frentes —contra la monarquía de tendencias autoritarias por una parte y contra los campesinos rebeldes por otra—, el patriciado debía hacer frente a las insurrecciones de las clases medias y del proletariado urbano. La crisis suscitó diversos proyectos de solución, buscando cada grupo robustecer sus posiciones. Y los términos de esos intentos revelaban las contradicciones de la nueva estructura social, en la que el patriciado, sin embargo, logró mantener su supremacía a pesar de sus ocasionales derrotas.

La situación general se definió por una creciente aproximación del patriciado a la nobleza —nueva o vieja— que fundió sus políticas antes encontradas en una sola. Esta política, a pesar de sus matices, expresaba el afán solidario de compartir el sistema de privilegios impidiendo que el proceso de ascenso social de las clases inferiores los pusiera en peligro. Esa alianza insinuó desde el siglo XIV su tendencia a ceder a las presiones de los poderes señoriales y reales con tal de obtener su protección. Fue una progresiva renuncia a las pretensiones de compartir la autoridad política con aquellos poderes a cambio de asegurarse la hegemonía social y los privilegios económicos.

Pero dentro de esa situación general se ensayaron otras soluciones. Una fue la alianza con las clases populares de una figura prominente dentro del sistema tradicional para establecer una dictadura popular dirigida contra la nobleza y el patriciado, unidos y constituidos cada vez más en una oligarquía cerrada.

Un intento de esa clase hicieron en Flandes, en 1302, los hijos del conde Gui de Dampièrre y su nieto, Guillaume de Juliers, después de los “maitines de Brujas”. Despojados por el rey de Francia, asumieron la dirección de la lucha que las clases populares habían desencadenado contra el patriciado local y el rey francés y obtuvieron la victoria de Courtrai. La alianza duró cierto tiempo: las clases populares mantuvieron sus conquistas sociales y políticas, extendiéndolas a ciudades donde antes no las habían logrado, y los herederos de Gui de Dampierre recuperaron el condado. Pero estos últimos, para consolidar su posición, se separaron de las clases populares al firmar con el rey de Francia la paz de Athis en 1305. Y aunque volvieron a unir sus fuerzas, quedó a la vista que sus intereses no eran los mismos.

En alguna medida expresó las mismas tendencias Simón Boccanegra, impuesto en Génova como duque por las clases populares en 1339. El movimiento estaba dirigido contra el patriciado trasmutado en nobleza que dirigía la ciudad: los Fieschi, los Grimaldi, los Doria, los Spinola. La pequeña burguesía y las clases populares esperaban mucho, seguramente, del nuevo señor, el cual, sin embargo, atendió preferentemente a sus propios intereses y a los de su familia con una preocupación casi dinástica. Fugitivo en 1344, Simón Boccanegra volvió al gobierno entre 1356 y 1363, al calor otra vez de un vehemente movimiento popular. Otra vez el resultado fue el mismo, y poco después murió abandonado por los sectores que lo habían llevado al poder.

No es seguro que el proyecto autocrático atribuido al dux de Venecia Marino Faliero en 1355 tuviera los mismos caracteres. En cambio, el de Gualtieri di Brienne, puesto en práctica en Florencia en 1342, los tuvo de manera inequívoca. Jefe de un contingente militar enviado por el rey de Nápoles en apoyo de la Signoria florentina —en manos de los popolani grassi—, el duque de Atenas capitalizó el descontento popular y, con el apoyo de la pequeña burguesía y el popolo minuto, instauró una dictadura popular, de rasgos acentuadamente demagógicos. El experimento duró poco tiempo: al año siguiente concluyó aplastado por los grassi. También tuvo aquellos caracteres, y en grado sumo, el plan del duque de Borgoña Juan sin Miedo, puesto en práctica desde 1411, y cuyo mecanismo fundamental fue su alianza con los carniceros. Durante breve tiempo pudo parecer que el movimiento popular se escapaba de las manos de Juan sin Miedo; pero las tendencias radicalizadas y autónomas que aparecieron fueron dominadas y el duque siguió utilizando los grupos más sumisos para servir a su propia política. Todavía en 1453 se vería en Barcelona a un noble, Galcerán de Requesens de Soler, acaudillar el movimiento popular que introdujo en el gobierno a los artesanos.

Otras soluciones se insinuaron. En la mente de algunos burgueses parece haberse esbozado el proyecto de establecer un sistema político cuyo nexo fundamental fuera una alianza de las comunas independientes. Con Jacques van Artevelde, en 1337, y con Etienne Marcel, después de 1356, este proyecto tuvo un principio de ejecución; y acaso Cola di Rienzo lo había concebido también en 1347. La movilización revolucionaria de las comunas sirvió, sin duda, para que se hiciera patente la fuerza de las ciudades como entidades socioeconómicas y, a partir del momento de su insurrección, triunfante en mayor o menor medida, también su fuerza como entidades políticas. Pudo agregarse a esta percepción el efecto demostrativo que las insurrecciones de unas ciudades tuvieron sobre otras, en las que acaso las circunstancias no fueran tan favorables; y pudo verse en ello una coincidencia política generalizada acerca de un nuevo orden burgués y democrático. Sin duda, no sólo a la nobleza alarmaba el descubrimiento de las tendencias autoritarias que mostraba la monarquía. También el patriciado se sentía alarmado, y en ciertas áreas, cuando las circunstancias se mostraron favorables, pensó en la posibilidad de lograr la independencia, o, en todo caso, en remplazar, por medio de un cambio de jurisdicción, una dependencia por otra de la que esperaba mayor libertad de acción.

Ante los conflictos planteados en las sociedades urbanas por la actitud amenazadora —y a veces triunfante— de las clases subordinadas, el patriciado fue definiendo poco a poco su actitud política. Contribuyó a esa definición su creciente tendencia a sobrepasar los límites de la economía urbana en busca de horizontes más extensos para sus operaciones comerciales, acordes con la magnitud de su capital acumulado, de su capacidad organizativa, de sus expectativas de lucro. Combinando las dos preocupaciones, el patriciado concibió poco a poco la idea de que debía renunciar al poder político para conservar un sólido poder social y económico que adivinaba iría creciendo progresivamente en la medida en que crecía ese nuevo medio de producción que se estaba constituyendo: el capital. Pero tenía que renunciar al poder político, en favor de otro poder político ya constituido, más fuerte y con más experiencia de su ejercicio, que necesitaba la riqueza de la nueva burguesía y que podía ofrecer a cambio de ella, si la obtenía, un sistema de seguridad y de orden en el que la actividad económica podría prosperar. O, en todo caso, de un nuevo poder que aceptara y cumpliera esa misión.

Poco a poco, el patriciado renunció al ejercicio directo del poder, por el que había luchado tenazmente en muchas ciudades durante largo tiempo. Lo delegó en manos de nuevos señores que fueron su hechura o lo aceptó de reyes o príncipes con los que transó en términos expresos o implícitos. Su opción quedó definida: prefirió el poder social y económico al poder político. Y se transformó en el sostén fundamental de las nuevas monarquías autoritarias. Era, por lo demás, lo mismo que había hecho la nobleza, ansiosa, como el patriciado, de contener el proceso de movilidad social. Y esta coincidencia signaba su progresiva interpenetración en lo que sería, cada vez más, una sociedad feudoburguesa.

II. Las contradicciones de la vida económica.

El conflicto entre las dos economías —una feudal, mercantil la otra— no se manifestó, naturalmente, con la misma claridad que tuvieron los conflictos entre las dos sociedades. Apenas perceptibles al principio, se fue haciendo manifiesto a lo largo del tiempo y se agudizó al profundizarse la crisis de contracción a lo largo del siglo XIV. En rigor, las tensiones y los enfrentamientos sociales, más visibles, delataban las contradicciones de la economía. Pero la óptica para percibir y penetrar los problemas políticos y sociales era mucho más refinada que la que empezó —sólo entonces— a instrumentarse para analizar los problemas económicos. Acaso en eso consistió, en primer lugar, la contradicción fundamental de la vida económica: en que no se adivinaron los secretos de la nueva economía ni apareció una metodología para analizarlos.

Pero la nueva economía no era, en rigor, la economía comercial. Era, más bien, la difícil y cambiante combinación de las dos: la feudal y la mercantil. En los hechos, la combinación se produjo de muy diversas maneras; pero los mecanismos mediante los cuales esa combinación se operaba y las consecuencias insólitas que se derivaban de ella permanecieron semiocultos, de manera que las explicaciones ocasionales sobre los variados fenómenos en que se manifestaba la crisis fueron superficiales y más bien referidas a los síntomas que no a las causas profundas que los producían.

El hambre, la escasez, la inflación, con sus fenómenos conexos de carestía y de devaluación monetaria, fueron explicados generalmente por razones inapropiadas, entre las cuales ocupaban un lugar preferente las morales. Pero entre tanto la nueva economía mercantil afinaba su funcionamiento y ponía de manifiesto de diversa manera los mecanismos y las leyes que lo regían. El contraste entre la realidad de la nueva vida económica y su interpretación se acentuó cuando la crisis de contracción dislocó las formas elementales de aquélla, sin que se dispusiera de claves para entender los fenómenos de dislocamiento, ya que tampoco se poseían para entender los de mayor regularidad.

El afloramiento progresivo de las contradicciones de la nueva economía suscitó la identificación y diferenciación de los diversos intereses sectoriales que, en la crisis, se manifestaron como irreductiblemente antagónicos. Se contrapusieron a veces con denodada intransigencia y trataron de imponerse los unos a los otros, como si no fueran partes inseparables del mismo sistema. Y la incomprensión de estas relaciones indisolubles los movió a buscar un principio regulador extraeconómico: el poder político, que empezaba a adquirir algunos de los caracteres de un estado objetivo.

Empero, el poder real —o señorial— se manifestó sin embargo, en esas circunstancias como uno de los sectores económicos que la crisis contribuía a identificar. Antes preocupados solamente por acrecentar sus dominios, los reyes y los señores desarrollaron luego una vigorosa tendencia a participar de las ganancias que deparaba la economía mercantil por la vía del impuesto. La política fiscal se delineó como un aspecto importante de la política real, y a veces adquirió peligrosos caracteres de voracidad que comprometieron la actividad de los sectores castigados. Operando como un sector económico, el poder real o señorial fijó los impuestos en relación con sus necesidades, que en ocasiones eran enormes si se trataba de financiar una guerra exterior; pero normalmente no intervino en su cálculo la capacidad del contribuyente; y no sólo por la desaprensiva voracidad fiscal, ni por la posibilidad de aplicar libremente el principio de autoridad, sino también por desconocimiento de las reglas de la nueva economía y de los niveles de producción y riqueza. Comportándose como un sector de intereses, el poder real o señorial interfería en la vida económica como parte, y en tal calidad se le enfrentaban los otros sectores de intereses apelando a todos los recursos —incluso a la fuerza— para limitar los alcances de la fiscalidad. Hubo cierto juego entre el fisco y los contribuyentes, gracias al cual se fueron estableciendo y reconociendo algunas pautas que revelarían algunos de los mecanismos de la vida económica.

Sin embargo, pese a esa actitud del poder real o señorial como parte de la vida económica, los otros sectores que pugnaban por defender sus intereses reconocieron la autoridad política como el único regulador de sus conflictos al que podían apelar. Por eso aceptaron —o promovieron— la intervención estatal en la economía, hasta configurar lo que se llamaría una política mercantilista. Si todos consintieron, en mayor o menor medida, en esa intervención, fue porque no se descubrieron mecanismos de autorregulación para una competencia que parecía no tener límites. Productores, consumidores e intermediarios ejercieron sus respectivas funciones en el cuadro de la nueva economía de manera espontánea, porque cada uno tenía que cumplirlas y le convenía cumplirlas, sin descubrir oportunamente las relaciones indisolubles que las diversas funciones tenían entre sí. El enfrentamiento de los intereses sectoriales fue violento en la medida en que fue ciego.

Que vastos sectores de las clases terratenientes no comprendieron las peculiaridades del proceso económico en que se vieron insertas, lo probó la desaforada obcecación con que quisieron retener en la tierra a los paisanos que amenazaban emigrar y mantener los vínculos de servidumbre, cuando un nuevo cauce se abría para las fuerzas del trabajo. La rebelión y la represión fueron las respuestas sociales; pero hubo respuestas económicas, a través de las que empezaron a modificarse las condiciones de la producción. Una modificación fue admitir la sustitución del siervo por el campesino asalariado; otra la práctica del arrendamiento; otra los sistemas estimulantes de aparcería. Pero la más importante fue el traslado de ciertas modalidades organizativas, experimentadas en las actividades mercantiles, a la producción rural dedicada, precisamente, al mercado. Establecidas empíricamente, esas modificaciones solían resolver el caso particular del productor que las adoptaba. Pero las relaciones del productor con el mercado tardaron mucho tiempo en encontrar formas regulares. Fruto de la irregularidad fueron los episodios de hambre, escasez, acaparamiento y carestía que aparecieron en innumerables oportunidades y en todas partes, provocados más por problemas de distribución que por problemas de producción, teniendo en cuenta, sobre todo, las alteraciones del mercado —tanto interno como externo— a causa de las convulsiones sociales y políticas. Fue preocupación del productor mantener la libertad de fijar los precios, pero chocó con los consumidores y con el poder político cada vez que las circunstancias fueron críticas. En todo caso, la suerte de los grandes productores fue menos dura que la de los pequeños, cuyos márgenes de resistencia en épocas difíciles eran escasos y que, si se veían sobrepasados, caían en la miseria. Por lo demás, los dichos productores —pequeños poseedores o arrendatarios— estaban a merced de sus vecinos poderosos, que hacían pesar su autoridad o su influencia social y política. El despojo o los cercamientos fueron casos representativos de esa situación.

Caso distinto fue el de los productores de artículos manufacturados o industriales. Nacidos con la economía de mercado y acostumbrados desde un principio a sus incipientes reglas, aprendieron muy pronto a calcular sus costos y a conocer el juego de la demanda, tanto en el mercado interno como en el externo. Pero en la crisis de contracción las condiciones sociales y políticas fueron tan variadas y complejas que el mercado se tornó aleatorio. La concertación o la inversión de una alianza, fundada en razones dinásticas o políticas, interrumpía repentinamente una corriente de importaciones o exportaciones fundamentales para determinadas áreas. Las contingencias del mercado interno no fueron menores. Crisis de pobreza y desocupación alteraban sustancialmente la demanda de tejidos o de objetos de menaje. Pero también producían alteraciones sustanciales la falta de materias primas o el aumento de su costo, o el aumento de los salarios, o el de los impuestos, o la devaluación de la moneda. Como en el caso de los productores agropecuarios, todas las contingencias económicas, combinadas con las contingencias sociales y políticas, se reflejaban en el precio, símbolo de la nueva economía de mercado.

El precio —factor inoperante en la economía de consumo— se transformó de pronto en el punto de encuentro de todos los intereses sectoriales. En principio, los consumidores eran los destinatarios de la producción y, en consecuencia, los adversarios inequívocos de los productores. Pero los consumidores no pujaban con los productores sino con los intermediarios, un sector antes inexistente y que había sido el creador de la economía de mercado. Los consumidores afirmaban su propia personalidad como sector. En las ciudades constituían grupos sociales concretos y visibles, puesto que se congregaban en las ferias y mercados, en las carnicerías y panaderías. Allí discutían los precios o reclamaban los productos que escaseaban o habían desaparecido, llegando a los gritos y a las amenazas y promoviendo, algunas veces, verdaderos motines. Sin embargo, también los consumidores acaparaban las mercancías, en una moderada escala, al primer signo de escasez, de encarecimiento o de amenaza de cualquier clase de trastorno público. Y, en cuanto representaban “la demanda”, constituían para productores e intermediarios un conjunto proteico, inestable y voluble, cuyas apetencias había que estar preparado para satisfacer contando no sólo con sus necesidades permanentes sino también con sus preferencias ocasionales —movidas por subterráneas corrientes de opinión que los inclinaban a ciertos consumos rechazando otros— o por aprensiones u opiniones imprevisibles e infundadas que modificaban las tendencias del mercado. Detectar las apetencias de los consumidores constituía una preocupación siempre inquietante de productores e intermediarios. Pero como los consumidores formaban parte en su mayoría de esa nueva sociedad caracterizada por la intensa movilidad social, era difícil establecer la magnitud de cada uno de los sectores que integraban, su capacidad adquisitiva, sus preferencias. Los consumidores, como grupo social, eran el reflejo de la nueva sociedad en proceso de cambio y ahora en plena crisis, y la previsión de sus apetencias constituía un elemento del juego de la vida económica, inédito y por eso mismo enigmático.

Con todo, el elemento más conflictivo fue el precio. Cuando la economía de mercado comenzó a funcionar, de hecho se admitió que el precio quedaba configurado por la oferta y la demanda. Pero dos nociones tradicionales, de tipo moral y elaboradas en otras circunstancias económicas, cuestionaron este mecanismo: una fue la idea del “justo precio” y otra la de la usura. La alegación y el uso de esas dos nociones pusieron de manifiesto las contradicciones en que se desenvolvía la nueva economía.

El “justo precio” fue una respuesta moral, dada por la Iglesia, a las fluctuaciones de los valores, en las que se atribuía una motivación especulativa. Doctrina de larga tradición, admitía la existencia de un precio objetivo para cada mercancía, que correspondía a su presunto valor intrínseco, y, en consecuencia, condenaba como inmoral la obtención de un lucro inmoderado que sobrepasara las necesidades del vendedor. Adecuada quizá a las condiciones predominantes en las áreas de economía feudal, la noción de “justo precio” entró en colisión con las tendencias inequívocas de la economía de mercado, en la que el lucro constituía el motor de toda la actividad económica. De esa colisión resultaron numerosas y sucesivas correcciones a la teoría del “justo precio”. Santo Tomás, que la defendió en principio, señaló la inevitabilidad de los ajustes exigidos e impuestos por el mercado, y ese punto de vista se fue robusteciendo con el tiempo. Pero los avatares de la doctrina del “justo precio” pusieron de manifiesto tanto las contradicciones de la nueva economía como la lenta percepción de su fuerza incontrastable. Cualesquiera fueran las razones —éticas o sociales— que pudieran obligar circunstancialmente a interferir la configuración del precio por el juego de la oferta y la demanda, se impuso la certidumbre de que, en la nueva economía, era ése el mecanismo fundamental para establecerlo.

Algo semejante ocurrió con la condenación de la usura. Declarada ilícita por la tradición hebreocristiana, Santo Tomás consolidó ese juicio afirmando que era injusta. Pero el tráfico del dinero había crecido paralelamente con el desarrollo comercial y constituía una actividad imprescindible. En rigor, la formación del nuevo sistema económico se basaba en la existencia de un capital, y quien quisiera operar dentro de él debía poseerlo. El capital era la condición primera para poner en marcha un proyecto económico, y el que no contaba con uno suficiente recurría al crédito para acrecentarlo. Así funcionaron las primeras experiencias de la economía de mercado. La obtención de dinero sólo era posible ofreciendo, a cambio, un interés. ¿Cómo determinar sus límites? La aplicación de un criterio moral, derivado de la experiencia del necesitado que pedía para sustentarse y se veía luego sobrepasado por una deuda inmoderadamente acrecida por los intereses, no tenía nada que ver con la situación del que pedía dinero prestado para constituir o acrecentar un capital con el que esperaba obtener cierto lucro. En la práctica, usura era, solamente, una designación tradicional aplicada indebidamente a una de las diversas fases del nuevo tipo de actividad económica; y su condenación en general era como condenar las actividades financieras, inseparables de las actividades mercantiles y manufactureras cuyo desarrollo impulsaba la transformación económica. También la noción de usura fue revisada durante el período de contracción económica, y tanto Duns Scotto como su discípulo Francisco de Mayronis adelantaron la opinión de que no era necesariamente ilícita. Pero perduró más largo tiempo. En primer lugar porque siempre podía ser referida a casos particulares que no tenían que ver con el funcionamiento del capital dinerario aplicado a la obtención de lucro. Y en segundo lugar porque, más aún que el mecanismo de la configuración del precio, quedó oculto el papel del dinero en la nueva economía, confundido con el problema más visible de la moneda. Nicolás de Oresme, que, como antes Buridán, se preocupó por este último, no adelantó en el descubrimiento de los mecanismos financieros, que funcionaron sin merecer un análisis de sus peculiaridades: fue un signo más de las contradicciones de la nueva economía.

En la defensa de sus intereses sectoriales, los consumidores tuvieron que enfrentarse directamente con los intermediarios, un sector fundamental de la nueva economía. Inexistentes o de muy poca gravitación hasta entonces, los intermediarios fueron los creadores de la economía de mercado. Innecesarios, y en consecuencia ausentes, en el ámbito de la economía feudal, sólo se los vio esporádicamente bajo el aspecto del mercader ocasional, fuera en ciertas zonas de frontera como las que separaban al mundo cristiano del mundo musulmán, fuera en otras regiones donde solían llegar naves normandas que traían productos exóticos. Pero al desarrollarse las ciudades los intermediarios dominaron las nuevas actividades económicas, y con ellos se constituyeron las nuevas burguesías y los poderosos patriciados que fueron su más alta napa social y económica. Su función permanente y decisiva era, pues, inédita en el ámbito que se mercantilizó. Y precisamente por ser inédita, y por haber establecido unos mecanismos desconocidos que operaban, a la vez, sobre la producción y el consumo, los intermediarios dislocaron la imagen tradicional de la vida económica introduciendo un factor aparentemente superfluo dentro de ella. Con los criterios derivados de esa imagen tradicional, la función intermediaria resultaba, efectivamente, superflua, pero la experiencia cotidiana mostraba no sólo su necesidad —en un mundo de ciudades que había modificado la fisonomía social del sector consumidor— sin que, sin embargo, se alcanzara a discernir en qué residía esa necesidad y cómo la satisfacían los sectores intermediarios. Éstos se transformaron muy pronto en factores decisivos de la economía y pudieron mostrar cómo muchos de sus miembros creaban para sí un nuevo tipo de riqueza que podía ser, en ciertas circunstancias, un nuevo medio de producción. La aparición de los intermediarios —mercaderes y financistas, sobre todo— instaló una nueva contradicción —la más importante— en la actividad económica.

Quizá el signo más evidente de esa contradicción, nacida del desconcierto creado por los nuevos mecanismos de la economía, fuera la cruenta y tenaz persecución de los judíos —y en general de los financistas extranjeros establecidos en cada ciudad o país— que se desencadenó una vez que estaban bien asentadas las burguesías locales y, particularmente, al advertirse los efectos de la crisis de contracción económica.

Una curiosa fijación representó en los judíos —y en menor escala en los cahorsinos y lombardos— este nuevo factor económico que constituían los intermediarios. Ciertamente, habían sido llamados, en algunos lugares, para promover el comercio y las actividades financieras. En otros aparecieron solos; en muchos estaban establecidos desde antes de que comenzaran a desarrollarse las actividades mercantiles, y adquirieron entonces gran relieve social al identificarse con ellas y descollar por su eficacia. En todo caso, aun actuando al lado de grupos locales de alta capacidad mercantil, los judíos contaban en su favor con la vasta red de sus propias vinculaciones internacionales, que multiplicaron las posibilidades de acción. Mientras las nacientes burguesías urbanas buscaban afanosamente cómo llegar a nuevos mercados y cómo obtener capitales suficientes para acrecentar su acción, los judíos contaban ya con conexiones establecidas que les permitían iniciar rápidamente operaciones inesperadamente extensas y complejos. Fueron los judíos los arquetipos de la nueva clase burguesa que se constituía en todas las áreas que se mercantilizaban.

Todas las contradicciones y conflictos suscitados por las nuevas formas de actividad económica, resultantes de complejos e ignorados mecanismos, fueron encarados de manera ciega y primaria, achacando la responsabilidad a los representantes visibles de esos mecanismos: los intermediarios. A ellos personalmente —y no a las insospechadas leyes de la nueva economía de mercado— se atribuía la culpa, en términos morales, de los fenómenos de escasez, de carestía, de acaparamiento. Y entre todos los intermediarios, los judíos, como los cahorsinos o lombardos, resultaron el blanco predilecto y el objetivo más fácil de los movimientos de cólera popular. Fruto de esa arbitraria localización de la culpa —y acaso de una ciega irritación contra la fuerza impersonal del mercado— fueron, más que de otra cosa, las persecuciones de judíos que adquirieron particular violencia al comenzar la crisis de retracción.

Protegidos generalmente por el poder político, sobre todo por el apoyo pecuniario que le prestaban y, más aún, por el auxilio que proporcionaron para la implantación de una política fiscal cada vez más severa, los judíos fueron abandonados por él cuando ciertas presiones se tornaron insostenibles. De Inglaterra los expulsó Eduardo I en 1290 y de Francia Felipe IV en 1306, aunque éste autorizó su vuelta poco después. Entre tanto comenzaron los movimientos populares, que adquirieron particular violencia en Brabante en 1349 y en Navarra en 1360. Expulsados luego de Brabante en 1370, la persecución se tomó particularmente feroz en España, donde se produjeron en 1391 ataques contra las juderías de varias ciudades, entre ellas Sevilla, Valencia, Palma de Mallorca y Barcelona. Dos años después los judíos eran expulsados de Francia, donde en 1418, al entrar los borgoñones en París, se extendieron las persecuciones a los lombardos, florentinos, luqueses, boloñeses y genoveses que ejercían el comercio y, sobre todo, el negocio del dinero. Al promediar el siglo xv, mientras en Castilla se dictaba una rigurosa pragmática contra los judíos, en Portugal se producía el asalto de las juderías de varias ciudades. Una decisión trascendental fue la expulsión de los judíos de Aragón y Castilla ordenada por los Reyes Católicos en 1492.

Fuera de los argumentos religiosos alegados con mayor o menor sinceridad, los movimientos contra los grupos intermediarios alógenos reconocieron causas variadas. Hubo verdaderas rebeliones de deudores contra los prestamistas, que lograron movilizar a las clases populares y utilizarlas para venganzas personales y para destrucción de documentos comprometedores. Hubo, además, movimientos de las burguesías locales que, llegadas a cierto punto de desarrollo, se propusieron desalojar a los grupos extranjeros —y a los judíos, que con frecuencia eran nativos- para suprimir una peligrosa competencia. Hubo movimientos populares espontáneos, allí donde los judíos representaban el brazo visible de una fiscalidad cada vez más voraz. Pero la causa genérica era la irritación contra los mecanismos de la economía de mercado, impredecibles puesto que no se conocían sus claves, impersonales puesto que operaban a través de múltiples y desconocidos agentes cuya función era asumida por otro cuando alguno de ellos desaparecía, inexorables porque, sin saberlo, todos los intereses sectoriales contribuían a impulsarlos. Era inevitable que esa irritación difusa se descargara sobre los agentes más débiles y más identificables a través de un razonamiento primario, fortalecido por una actitud irracional nacida del desconcierto ante procesos incomprensibles e inexplicables.

Los intermediarios actuaban en el mercado interno como comerciantes que ofrecían su mercancía en el mercado o en la tienda, pidiendo un precio que parecía fijado por él, pero que en realidad se configuraba a lo largo de un complejo proceso. Finalmente, el comerciante daba la cara frente al consumidor, y, sin duda, al establecer su margen de lucro, agregaba un nuevo factor a ese precio que ya estaba conformado en gran medida. Productores, transportistas, mayoristas, fraccionadores, especuladores y el mismo fisco, todos fijaban su margen de lucro a lo largo del proceso de la intermediación; pero el consumidor no los veía, y aunque podía conocer sus nombres y acaso calcular el monto de las fortunas que acumulaban, apenas si le era dada la posibilidad de conocer a algunos de los agentes subsidiarios, que intervenían en esa vasta maniobra de la distribución. Más imperceptible aún era la acción de quienes se dedicaban al comercio de importación y exportación, generalmente personajes de alto rango en la vida de la ciudad, cuya actividad práctica se desenvolvía a través de una organización de carácter empresarial. La conducción de esas “empresas” se basaba en una red de agentes e informantes en el exterior que hacía del gran mercader —a veces banquero también— un personaje cualitativamente distinto de los demás en el seno de la ciudad.

De hecho, todas las contradicciones de la vida económica se manifestaban como contradicciones sociales. La aparición de los diversos intereses sectoriales ponía de manifiesto el antagonismo de grupos funcionales; pero delataba también la diversidad de funciones que los diversos individuos cumplían en el seno de cada grupo social. Sólo muy lentamente se advirtió que todos los sectores sociales y todos los individuos, en la medida en que operaban económicamente, componían el mercado, esto es, la sociedad toda en función económica. Ésa era la más aguda contradicción: la nueva sociedad, a medida que se constituía y variaba, se veía atrapada en un gigantesco y complejo juego en el que todos sus miembros actuaban como agentes directos o indirectos, voluntarios o involuntarios, de un vasto sistema que los envolvía y superaba, y en el que cada uno cumplía diversas funciones. El conjunto era, en términos económicos, el protagonista social del mercado, y dentro de su marco definían su posición las clases, los grupos ocupacionales y los individuos. El símbolo abstracto de las relaciones entre todos fue el juego de la oferta y la demanda.

En las formas más elementales de su funcionamiento, la oferta y la demanda constituían un mecanismo simple: compradores y vendedores discutían el precio, a veces alegremente en esa suerte de fiesta popular que se desarrollaba en las ciudades el día de mercado, y finalmente llegaban a un acuerdo que convenía a las partes. Pero en sus formas más complejas aparecieron innumerables contradicciones que se acentuaron con la crisis de retracción. La persistencia de las formas de mentalidad tradicional que alimentaban la noción de privilegio como reguladora de las relaciones sociales, conspiró contra las nuevas modalidades del tráfico comercial que suponían un principio de libre competencia. El productor y el intermediario procuraron por todos los medios y con diversos pretextos asegurarse algún tipo de monopolio. Las guildas y toda suerte de asociaciones de productores o comerciantes tenían, entre otras, esa finalidad. Se excluían del mercado a los que no pertenecían a determinada asociación, o a los extranjeros, o a los que no cumplían ciertos requisitos. Lo importante era suprimir o restringir la competencia, con lo cual el privilegiado quedaba en superioridad de condiciones frente al consumidor en la disputa por el precio. La misma significación tuvo la política proteccionista, apoyada por productores e intermediarios e impuesta por el poder público. Los consumidores respondían con reclamos sobre precios límites. Los productores requerían topes salariales. En rigor, la mecánica de la oferta y la demanda se vio trabada por esas contradicciones, sin perjuicio de que siguiera siendo una regla inflexible, que se cumplía a pesar de las restricciones por caminos excusados: las compraventas ilegales, el acaparamiento, las alteraciones de la calidad o las mil variantes que sugería la picardía en el ejercicio del tráfico.

Pero, precisamente porque todas las contradicciones económicas se manifestaban como contradicciones sociales, la mecánica de la oferta y la demanda debió someterse cada vez más, en la crisis de contracción, a la presión del poder público. El principio de la libre competencia se fue limitando cada vez más a través de sucesivas regulaciones, ocasionales unas y de largo alcance otras, que constreñían a los contratantes. Hechos sociales al fin, la escasez, el acaparamiento, la carestía, el empobrecimiento de ciertos grupos, la desocupación y tantos otros, obligaron a interferir el libre funcionamiento del mercado. Las normas se sucedían; pero como en esa área de la economía las leyes internas del mercado funcionaban inexorablemente, las normas sólo alcanzaban a distorsionarlas, promoviendo la formación de corrientes económicas subterráneas colaterales. Una situación caótica —verdaderamente contradictoria— caracterizó esta etapa de la vida económica, en la que concurrían la nueva economía de mercado con sus propias leyes y una óptica inapropiada para interpretarla, fundada en la certeza de que podía ser interferida eficazmente mediante actos del poder político: éste operaba sobre los mecanismos visibles, y el mercado respondía a través de mecanismos invisibles.

De cualquier manera, el poder político logró condicionar en muchas partes el funcionamiento de la oferta y la demanda, sobre todo porque quienes lo detentaban —o sus asesores— estaban interesados en él y volcaban su peso en un sentido favorable a sus intereses. En las ciudades especialmente, el patriciado reunió el poder político y el poder económico, y manejó con eficacia a ambos en favor de sus negocios. Y en los estados territoriales, esos mismos sectores, bajo la forma de una burguesía cada vez más adscripta al poder, inspiraron su política económica de acuerdo con sus conveniencias.

Si en algo se mostró inequívocamente contradictoria la acción del poder político sobre la nueva economía fue en ciertos excesos, provocados no solamente por la voracidad fiscal sino también por la ignorancia de los mecanismos económicos. Pesar excesivamente con cargas impositivas sobre el juego de la oferta y la demanda significaba alterarlo mediante decisiones deliberadas que comprometían la libertad del mercado. Pero lo más grave fue que, comprometiendo la libertad del mercado, se amenazaba el impulso que lo movía y cuya aparición había introducido un nuevo mecanismo psicosocial: el afán de lucro. Manifestado como una aspiración a la reproducción del dinero, no era solamente un mecanismo nuevo sino también diverso de los tradicionales y cuyo funcionamiento ofrecía impresivibles posibilidades. Cada uno, cada día, descubría el vericueto en el que la intermediación podía constituir una nueva fuente de ganancia. Y fue este despliegue de imaginación el que multiplicó las posibilidades del mercado. Pero el fisco actuó implacablemente y muchas veces contribuyó a acentuar la retracción cegando esa fuente de renovadoras posibilidades sólo por el hecho de disminuir su rentabilidad. Ávido de ganancias inmediatas, el fisco contenía la creación de nuevas riquezas.

Por lo demás, el poder político abusó de su fuerza y su influencia cuando necesitó dinero. Un uso desmedido y coactivo del crédito por parte de reyes y señores produjo los mismos efectos que la voracidad fiscal. La quiebra de las grandes casas bancarias italianas a mediados del siglo XIV constituyó una clara demostración de las consecuencias de esta política, que sólo se corrigió muy lentamente. Los sucesivos fracasos arrojaron una experiencia valiosa, aunque escasa, con respecto a los mecanismos del mercado. Lo mismo sucedió con respecto a la moneda, en la que el poder político vio, en un primer momento y con una óptica ingenua, una fuente de riqueza a su disposición, puesto que era monopolio suyo establecer su ley y, al mismo tiempo, alterarla e, inclusive, decretar su curso forzoso. Pero el mercado reaccionaba subrepticiamente e introducía en el juego de la oferta y la demanda la fluctuación del valor monetario. De ese modo también conspiró, pues, el poder político contra la nueva economía: ignoró los límites de las posibilidades que en ella le ofrecía el crédito y la moneda, y los sobrepasó según sus intereses momentáneos sin percibir los perjuicios que provocaba a largo plazo.

Un cuadro vivaz de todas las contradicciones que el observador percibía en la experiencia cotidiana de la vida económica, lo ofreció Pero López de Ayala al glosar el “pecado de avaricia” en su Rimado de Palacio.[115] La connotación moral del afán de lucro alienta en su descripción, pero lo que más brota de ella es un sentimiento de desconcierto frente al juego de los intereses sectoriales y a los signos exteriores del comportamiento económico de la nueva sociedad, toda ella implicada en el funcionamiento del mercado.

Avaricia es pecado, raíz y fundamento

de todos los males éste es muy gran cimiento:

Esquivar lo debe hombre de buen entendimiento,

Que de éste nace al alma muy gran destruimiento.

a este pecado se cuenta la usura,

Las fuerzas y hurtos, y toda robería,

Echar los grandes pechos, falsa mercadería

A que son abogados en esta cofradía.

Por aqueste pecado fue vendido el Señor,

Por los treinta dineros, por Judas el traidor;

Por ésta fue de muerte al cabo merecedor

El que tomara su viña al pobre servidor.

Ésta trae las guerras, destruye lo poblado,

A la viuda y al pobre tiene desheredado,

hace de buen pleito muy malo el abogado,

El huérfano chiquillo deja mal aconsejado.

Aquí es simonía que hace mucho mal,

A quien tiene oro y plata cinco obispados val,

Aunque sea letrado, si aquesto le fal,

No le darán beneficio por la su decretal.

Ésta trae los pleitos en los pueblos cuitados,

Monedas, alcábalas, emprestados doblados,

Sueldos a caballeros y hombres escudados;

Galeotes, ballesteros, por ellas son echados.

Al que tiene buena casa échanle fuera de ella,

Quien cuida estar en paz, déjanlo con querella,

A ricos y a pobres tráenlos a la pella,

Levanta muchos males esta chica centella.

Ésta hace perder a muchos mercadores

Su alma y su fama, y los hace mentidores:

Venden lana por lino, y son engañadores,

Quieren con una tinta teñir cuatro colores.

Ésta trae usuras, que llevan con engaño

Por ciento cuatrocientos antes del medio año,

Si les tomares fiado la vara de su paño,

Aunque buena sea, llévasla con gran daño.

En aquesta codicia peco de cada día,

Con mucha avaricia vivo la vida mía,

Parto mal con los pobres de toda mía cuantía,

Después, cuando me duele, llamo a Santa María.

Sin duda el que más pronto advirtió las contradicciones de la nueva vida económica en la crisis de contracción fue el patriciado urbano, nacido al calor de los cambios e implicado en ellos de manera radical. Ello ocurrió sobre todo en las ciudades independientes o que gozaban de gran autonomía. Al patriciado urbano le tocó maniobrar cuando las circunstancias se tornaron difíciles en la crisis de retracción, puesto que tenía la mayor responsabilidad —y los mayores intereses— en la nueva economía. En la contradicción, el patriciado urbano y, como él, las burguesías de los estados territoriales, optaron por una política transaccional fundada en el método de experiencia y error. Combinaron en ella los principios del sistema productivo tradicional y los que se derivaron de una concepción organizativa aprendida de los nuevos sistemas comerciales. Combinaron, no sin tropiezos y dificultades, los principios y los mecanismos de la producción y de la intermediación. Combinaron los distintos intereses sectoriales según la fuerza que en cada momento respaldaba a cada uno, utilizando unas veces la autoridad política para regular la libre actividad del mercado y disputándole otras veces al fisco —que ellos mismos solían encamar— los márgenes de libertad necesarios para estimular la producción de riqueza. Combinaron, en fin, las tendencias al riesgo con las tendencias a la seguridad, y las exigencias de la racionalidad con los llamados de la imaginación. Con estas multiformes transacciones, el patriciado urbano y las burguesías de los estados territoriales trataron de sortear, por el método de experiencia y error, las dificultades que les proponía un sistema económico que se había constituido espontáneamente y que mostraba cada día nuevos signos del mecanismo que lo regía sin descubrir, empero, sus principios fundamentales. Y al sortearlas, consiguieron mantener pragmáticamente su hegemonía social y económica e imponer poco a poco —también transaccionalmente— su nueva concepción de la vida.


SEGUNDA PARTE. LA POLÍTICA DEL REALISMO

Puesto que la nueva sociedad se constituyó en el armazón de una nueva economía, era inevitable que se elaborara en ella una nueva actitud política. Como en el caso de la sociedad y de la economía, la novedad no consistió solamente en la aparición de una conducta política peculiar de la burguesía sino también en el reajuste total de las actitudes políticas de todos los grupos sociales, viejos y nuevos, en virtud de la aparición de este sector social transformado ahora también en otro factor de poder.

Desde su aparición, la naciente burguesía había mostrado una conducta política original, ajena a la tradición propia de los señores, los reyes, el Imperio o la Iglesia. Hasta entonces, la política era una actividad exclusiva de estos últimos. Pero desde el siglo XI la burguesía había insinuado una nueva actitud política en la sociedad feudoburguesa que empezaba a conformarse. Al producirse la contracción económica y la crisis social que comenzó a principios del siglo XIV, esa nueva política se definió inequívocamente y adquirió caracteres precisos y revolucionarios.

Quizá podría decirse —aun cuando el término sea un poco equívoco— que comenzó entonces a practicarse una política realista. La que se insinuó primero y se definió después fue, precisamente, la que encontró al fin de este periodo un teórico consumado en Maquiavelo, cuya grandeza intelectual consiste en haber descubierto y expresado lo que las burguesías pensaban íntimamente, a veces disimulando su pensamiento. Las cosas habían empezado a ser llamadas por su nombre. Los viejos principios empezaron a desvanecerse, y el signo de esa transformación fue un progresivo distingo entre el campo de la política y el campo de la ética. Los móviles que se reconocieron en el comportamiento social fueron identificados como estrictamente humanos, prácticos y ajenos a toda otra consideración que no fuera el interés, las ambiciones y, a veces, los instintos elementales. En rigor fue unánime el sentimiento de que había caducado el cuadro jurídico, político y moral en el que se insertaba hasta entonces la sociedad y de que era necesario reconocer la existencia de nuevas realidades. La imagen del rey benévolo y justiciero que gobernaba según los preceptos de las Sagradas Escrituras se desvaneció para dejar paso a la figura del príncipe eficaz en el manejo de los negocios mundanos.

Fueron las burguesías las que operaron la disolución de la antigua concepción política, acaso porque no se engañaron acerca de lo que solía esconder la imagen idealizada de un poder político justo y ajeno a los intereses terrenales. Creadoras de nuevas realidades sociales y económicas, crearon también nuevas realidades políticas. Y bajo el peso de esas realidades sucumbieron esas dos viejas abstracciones que se suponía que ordenaban el mundo: el Imperio y el Papado. En adelante, otras serían las realidades políticas que habrían de contar: los señoríos que constituían verdaderos estados territoriales, los reinos que se transformaban gracias al ejercicio de un poder cada vez más fuerte de los reyes, las ricas ciudades que actuaban como potencias comerciales y políticas.

En ese mundo cada vez más clarificado por la crisis —puesto que en ella cada uno de los factores de poder probó su verdadero peso— la política de las burguesías adquirió una inexorable nitidez. Como la pintura, la política se hizo táctil, pragmática, inmediata. Se advirtió cuando las burguesías la ejercitaron en el ámbito de las ciudades, pero poco después, y acaso más, cuando comenzaron a destilarla dentro del sistema un poco rígido de los estados territoriales. Fue esta última operación un claro ejemplo de la interacción de dos tendencias que preanunciaban las actitudes barrocas: seguían el rey y los señores declamando su secular discurso moralizante, mientras buscaban y seguían el consejo práctico —y a veces inescrupuloso— del experto mercader o financista que enriquecía sus arcas. Muchos burgueses aprendieron, en las antecámaras reales, a practicar una sutil duplicidad sin duda menos necesaria en la conducción de las opulentas ciudades.

De inexorable nitidez y de sutil duplicidad se hizo la nueva política, vigente a partir de la contracción económica y la crisis social que empezaron a principios del siglo XIV, cuando el Imperio era ya una sombra de sí mismo y la Iglesia se sacudía en una tormenta que la hundiría en el cisma. Pragmática y nacida de la experiencia, la política de las burguesías tuvo teóricos que buscaron los fundamentos de su actitud y encontraron la justificación de su conducta, y cuyo pensamiento culminó en las reflexiones un poco cínicas de Commynes y en las formulaciones rigurosas de Maquiavelo. Para entonces, las burguesías habían abandonado casi del todo los principios igualitarios y democráticos que sostuvieron denodadamente durante algún tiempo, y por diversas razones muchos grupos habían optado por las soluciones autoritarias. “El Principe” fue un anhelo burgués, gemelo del monarca absoluto, ambos capaces de contener el proceso de expansión y diferenciación de las nuevas sociedades abiertas, y aptos para conducir los procesos económicos y políticos de los que esperaban las burguesías un afianzamiento de su posición social y una creciente expansión de su riqueza.

Capítulo I. La crisis del orden ecuménico y la nueva política.

Quizá no fue muy generalizado, después de 1254, el sentimiento de que algo trascendental había ocurrido en el campo de la política, cuando quedó vacante el trono imperial y comenzó el interregno que duraría, de hecho, hasta 1273. Quizá tampoco se advirtió de inmediato la tremenda significación del colapso del poder papal tras la desmesurada aventura teocrática de Bonifacio VIII. Pero, poco a poco, quedaron de manifiesto las nuevas fuerzas y las nuevas tendencias que habían provocado, directa o indirectamente, esas situaciones y prevaleció, en las primeras décadas del siglo XIV, la certidumbre de que otros eran los actores de la vida política y otras las formas de comportamiento lícitas o, al menos, posibles. El pasado empezó a parecer fantasmagórico y el futuro pareció requerir una nueva manera de enfrentar los problemas prácticos de la lucha por el poder.

I. El desvanecimiento del Imperio y el papado

Nacida de la conquista, la sociedad feudal había perfeccionado —o encubierto— todo el complejo sistema de relaciones que la constituía mediante la inclusión de su propio plan, que era el de las clases privilegiadas, en el plan de Dios: un plan ordenado y perfecto, de una rigurosa racionalidad, en el que todas las situaciones reales encontraban explicación y justificación dentro de un orden universal y eterno.

Cualquiera fuera la magnitud y la significación de un grupo social, organizado políticamente, su puesto debía estar “ordenado a uno”, esto es, referido a un principio único que conformaba un orden ecuménico, representado en lo espiritual por la Iglesia y en lo temporal por el Imperio. Ninguna de las dos potestades logró nunca, por cierto, realizar el ideal de la ecumenicidad. Pero el vigoroso predominio que las abstracciones teológicas mantuvieron durante muchos siglos sobre la experiencia proveyeron a esta concepción de una especie de realidad virtual, capaz de ocultar la realidad real. Imperio y Papado fueron realidades efectivas, poderes reales, pero no tuvieron nunca, ni pareció posible que la tuvieran, la fuerza ni el alcance que la teoría les asignaba.

En rigor, Imperio y Papado constituían las dos garantías teóricas y absolutas del orden creado por la conquista germánica en el ámbito del Imperio romano: un orden autoritario y jerárquico concebido como una pirámide en cuya base estaban las clases serviles y en cuya cúspide refulgían las dos espadas, temporal la una y espiritual la otra, para asegurar el orden y la paz.

Muchas cosas pasaban por debajo de esta abstracción casi sublime, pero todas parecían absorberse en la perfección final del plan divino. Sólo el conflicto entre las dos espadas, puesto de manifiesto en el siglo XI en la “Querella de las Investiduras” que enfrentó al emperador Enrique IV y el papa Gregorio VII, reveló que ciertas fuerzas reales conspiraban contra aquella abstracción. Poco a poco, el distingo entre lo sagrado y lo profano empezó a clarificarse, y las dos potestades descubrieron que otras fuerzas pugnaban por participar en la lucha por el poder, desconociendo la vigencia del orden ecuménico.

En Canosa reconoció el emperador la superioridad de la potestad eclesiástica: era, todavía, un forcejeo dentro de los marcos tradicionales. Pero a partir de la muerte del emperador Enrique V el problema cambió de contexto. Mientras el Imperio reclutaba la mayor parte de sus partidarios —los gibelinos— en los sectores señoriales, el Papado reclutaba los suyos —los güelfos— en las nuevas burguesías. Hubo, naturalmente, matices; pero, de todos modos, estas preferencias señalaban, en general, la introducción de nuevos factores en la tradicional disputa. Imperio y Papado no serían en el futuro lo que habían sido, sino que se transformaron al calor de las nuevas situaciones reales. Federico Barbarroja lo sintió en carne propia al caer vencido por las milicias urbanas de la Liga Lombarda en la batalla de Legnano, en 1176. Y Federico II expresó su reconocimiento de la nueva realidad social y política en la primera mitad del siglo XIII prefiriendo su reino de la Italia meridional a la vaga realidad de su imperio, inequívocamente alemán y no ecuménico. Pero, aun como emperador, afirmó frente al Papado una concepción del poder civil que no dejaba dudas acerca de cuánto había progresado el distingo entre lo sagrado y lo profano, entre la jurisdicción eclesiástica y la jurisdicción civil, entre la vieja política que admitía la existencia de un orden inmutable y la nueva política que se delineaba en la constante mutación de los grupos de poder.

La crisis imperial posterior a 1250, manifestada poco después en la larga vacancia del trono, pudo parecer a algunos episódica. Dante Alighieri expresó en De Monarchia la esperanza casi apocalíptica de los gibelinos, seguros de que volvería un emperador justo y sabio para imponer el orden y la paz en el convulsionado mundo que suscitaban, directa o indirectamente, las nuevas burguesías. Pero el Imperio no supo aceptar los cambios que se habían producido y cuando, luego de restaurado, trató de darse una estructura política a través de la Bula de Oro en 1356, confirmó su vocación conservadora y señorial.

Más sensible a los cambios sociales y económicos, el Papado no vaciló en apoyarse en las burguesías en su lucha contra el Imperio. Prepararon el terreno para esa alianza algunos sectores de la Iglesia que expresaban una nueva sensibilidad social y política, especialmente las órdenes mendicantes, nacidas al calor de la vida urbana y cuya influencia era muy fuerte en las ciudades. Los franciscanos, especialmente, se mostraron integrados en las nuevas sociedades y probaron que ninguna de sus acciones y reacciones les eran ajenas.

Pero el apoyo preferente que uno u otro sector prestaba a las dos grandes potestades en conflicto no expresaba exactamente el enfrentamiento. Por una u otra vía era un nuevo problema político el que se manifestaba. Era el autoritarismo jerárquico tradicional lo que cuestionaban algunos y era el derecho a la autonomía de la jurisdicción civil lo que perseguían todos. La perseguían el emperador y los señores, enfrentando las pretensiones del Papado; pero también la perseguían las burguesías, como lo habían venido haciendo desde la época de las insurrecciones urbanas contra sus señores, eclesiásticos muchos de ellos. Si apelaban ellas a la protección del Papado era buscando el apoyo del enemigo de su propio enemigo, puesto que el Imperio, aun defendiendo la autonomía de la jurisdicción civil, procuraba perpetuar un sistema político autoritario y jerárquico incompatible con las aspiraciones de las burguesías. Así entrecruzadas las tendencias y los intereses, el tiempo y las nuevas situaciones que se fueron creando contribuyeron a esclarecerlas.

Fue el desarrollo de las burguesías y de la nueva economía de mercado lo que, entre tanto, había promovido la transformación de los antiguos reinos feudales. Mientras el Imperio no lograba constituir en Alemania un reino nacional, otros reinos se fortalecían con ese carácter, creciendo, en consecuencia, el poder real sostenido ahora no sólo por los antiguos estratos sociales sino también por los nuevos. El problema de las relaciones entre la jurisdicción eclesiástica y la jurisdicción civil tuvo entonces nuevos protagonistas, y el Papado no sólo tuvo que enfrentarse con el Imperio sino también con los reinos. Al promediar el siglo XII el enfrentamiento adquirió nuevos caracteres en Inglaterra, en época de Enrique II y el arzobispo Becket, este último sostenido por el Papado y apoyado en la sólida doctrina teológica de Juan de Salisbury. Pero fue en Francia, en los últimos años del siglo XIII y los primeros del XIV, donde las tensiones alcanzaron su más alto grado. Si en Inglaterra los vasallos del rey asesinaron al arzobispo de Cantórbery, en Francia el legado real se sintió capaz de asaltar el palacio del papa y tomarlo prisionero.

La lucha que había estallado entre el Papado y la Corona francesa provocó inusitados episodios políticos. Felipe el Hermoso convocó diversas asambleas en los primeros meses de 1303 y obtuvo en ellas el apoyo generalizado de todos los sectores de la sociedad —clérigos y laicos— para enfrentar lo que consideraba un atropello de la jurisdicción civil por el papa. Y poco después, su legado Guillermo de Nogaret movilizaba en Italia a todos los adversarios de Bonifacio VIII —en rigor, los adversarios de los Caetani— para forzar su voluntad o deponerlo y, acaso, matarlo. Era, precisamente, el momento en que el Papado se había sentido más poderoso y más audaz; y fue entonces cuando irrumpió decididamente la nueva realidad social y política contra los principios tradicionales que habían nutrido un orden teóricamente universal, para declarar explícitamente su caducidad.

Hubo alegaciones diversas en favor de uno y otro contendiente. Entre otros, Egidio Colonna y Jacobo de Viterbo defendieron la tesis expresada por los pontífices; Juan de París la tesis real.[116] Lo significativo y revolucionario fueron los temas que se pusieron en discusión y las soluciones propuestas por esos tratadistas y por otros innumerables más o menos panfletarios. A la negación de las pretensiones papales se agregaba una rotunda afirmación de la autonomía del mundo profano, de la jurisdicción civil, del derecho de los reyes y, como insinuándose poco a poco, del principio de la soberanía. Pero junto a las polémicas doctrinarias no fueron menos significativas y revolucionarias las actitudes políticas que se pusieron de manifiesto. Cierto realismo político que las burguesías habían practicado de manera espontánea, como si ignoraran los grandes principios tradicionales, se convirtió poco a poco en una regla que no desdeñaron quienes, como los señores, no podían ignorar aquéllos. El Imperio y el Papado perdían su intangibilidad, quizá porque las burguesías habían descubierto cómo aceptaban las reglas prácticas del nuevo juego social, económico y político y se transformaban poco a poco en piezas de la nueva sociedad. Y una vez perdida esa intangibilidad formaba parte de una política lícita enfrentar al papa y al emperador sin que pareciera un desafío al orden sobrenatural. Era la misma actitud que movía a las burguesías a desafiar al emperador en Legnano o al rey en Courtrai.

La crisis general del orden sobrenatural había arrastrado al Imperio, y arrastró también al Papado. De la altura que este último había alcanzado con Bonifacio VIII comenzó a caer hacia un abismo en el que pareció desintegrarse. El Papado tuvo que abandonar la sede romana en 1305 por la hostilidad de los señores de la región y se refugió en Aviñón, mientras crecía en el seno mismo de la Iglesia la disputa que desencadenaran los espirituales franciscanos acerca de su verdadero carácter. Desde Aviñón tuvo que enfrentar Juan XXII el conflicto con el emperador Luis de Baviera, en el que se puso de manifiesto aún más la crisis que sufrían las dos grandes potestades tradicionales.

Dos grandes tratadistas, Marsilio de Padua y Guillermo de Occam, extremaron entonces las tesis revolucionarias que invalidaban la significación trascendental de las dos grandes potestades tradicionales.[117] No sólo resultó robustecida la tesis de la autonomía del poder civil sino que quedó indicado el principio de la soberanía popular. Vagas reminiscencias romanistas coincidían con las oscuras tendencias espontáneamente manifestadas por las burguesías. Pero acaso más revolucionaria que las ideas doctrinarias fue la decisión del emperador Luis de Baviera de prescindir de la coronación pontificia y de aceptar en 1328 la corona de manos de dos síndicos representantes del pueblo romano. Potestad ahora inequívocamente secular, quedaba evidenciado que su fuerza y su prestigio dependían de su efectiva fuerza política: era la regla bien conocida por los señores gibelinos que habían acompañado al emperador en su aventura italiana, así como por los señores que conquistaban o defendían sus dominios y por todos los patriciados urbanos que luchaban por defender o reconquistar la hegemonía de sus ciudades.

La polémica doctrinaria y los desusados actos políticos comprometieron casi en la misma medida la posición del pontificado. Ya su abandono de la capital milenaria la comprometía, como la comprometía la prédica sobre el estado de la Iglesia y la apelación a la pobreza. Las preocupaciones sociales de Wycliffe, de los lolardos o de Juan Huss debilitaron la posición de la Iglesia en varios reinos y socavaron su autoridad entre las clases populares. Pero, hasta entonces, ni en la teoría ni en la práctica se insinuó la idea de que el Papado era una institución secular. Hubo una ola de escepticismo frente al clero simoníaco, frente a los monjes codiciosos e impúdicos, contra el mismo pontífice, a veces, por su ambición, su nepotismo o su sensualidad. Pero el fundamento sagrado de la institución y, en consecuencia, la ecumenicidad del orden espiritual, no sólo no fueron discutidos sino que, por el contrario, parecían robustecerse a través de la disputa, especialmente cuando, como en el caso de Guillermo de Occam, se hacía hincapié precisamente en esos caracteres de la potestad espiritual para diferenciar de ella a la potestad temporal. Pero la crisis del Papado a partir del cisma de 1378 significó un nuevo paso en el proceso de cuestionamiento de su ecumenicidad.

Si el Imperio se había visto condicionado por las nuevas situaciones sociales hasta el punto de irse convirtiendo en un estado nacional alemán, el Papado sufría el condicionamiento de diversos intereses locales. Los esfuerzos de Cola di Rienzo y, sobre todo, del cardenal Albornoz reavivaron el localismo italiano que, por una de sus caras, mostraba el Papado, ecuménico en otra de ellas. Y al morir Gregorio XI, recién llegado de Aviñón a Roma, la elección de un nuevo papa, esta vez italiano de acuerdo con el clamor del pueblo de Roma, polarizó las tensiones y suscitó la elección de otro papa, esta vez francés. Dos sedes pontificias quedaron establecidas, Roma y Aviñón, y tras ellas dos actos jurídicos igualmente discutibles en el origen de la autoridad de cada uno de los papas. Sobre esos actos jurídicos se centró la polémica. Y aunque teóricamente permaneció incólume el principio sobrenatural que servía de fundamento a la Iglesia, los poderes seculares y la opinión general se transformaron en jueces de la legitimidad del elegido. De ese modo, aun sin deslizarse hacia la secularización como había ocurrido con el Imperio, el Papado se encontró a merced de la obediencia de los poderes seculares. Parte de Italia, Alemania, Polonia, Hungría, Inglaterra y Flandes acataron la autoridad del papa de Roma; Sicilia, Francia, Portugal, Castilla, Aragón, Navarra, Saboya y Escocia optaron por la del papa de Aviñón. Así contrapuestas, las dos obediencias configuraron dos mundos cristianos que negaban de hecho el principio ecuménico del Papado.

En la crisis general de la sociedad, el cisma eclesiástico acentuó las tensiones que, por lo demás no hacía sino poner de manifiesto. El concilio de Costanza, en el que fue condenado Juan Huss, reveló las diversas corrientes que trabajaban en el seno de la Iglesia, puestas de manifiesto luego en el de Basilea. La dura experiencia de las disputas por el poder papal determinaron la aparición del movimiento conciliar, cuya cabeza fue por entonces Juan Gerson.[118] Partidario de una profunda reforma de la Iglesia, el movimiento conciliar se había gestado en las universidades y, especialmente, en la de París, de la que Gerson era canciller. Bajo su influencia, y la de Pedro de Ailly, el concilio de Costanza declaró el 6 de abril de 1415 la superioridad del concilio sobre el papa, tesis revolucionaria que respondía a la nueva concepción de la Iglesia, según la cual era ésta una sociedad humana que manifestaba su soberanía a través de un cuerpo representativo como era el concilio. El triunfo de esta tesis fue efímero, pero el movimiento conciliar siguió defendiendo un principio de reorganización eclesiástica que, trasladado al gobierno civil, significaba el reconocimiento de la soberanía popular y la propuesta de una monarquía constitucional y limitada. Nicolás de Cusa y Eneas Silvio Piccolomini desarrollaron esas ideas,[119] que parecieron desvanecerse poco a poco a medida que la crisis general de la sociedad se fue atenuando y comenzó, al promediar el siglo XV, una nueva etapa de expansión.

Sin duda, los extremos teóricos suscitados por el análisis de las nuevas situaciones sobrepasaban las posibilidades de la nueva sociedad ajustada tras la crisis. El principio de la soberanía popular parecía asociado a una experiencia dramática, en la que los pequeños grupos burgueses que tenían cierta claridad en sus objetivos se habían mostrado incapaces de controlar a los vastos grupos que se movilizaron, unas veces tras ellos y otras veces al calor del clima insurreccional que predominaba. La preferencia por el establecimiento de un poder fuerte fue la respuesta a aquella experiencia, que parecía no aconsejar regímenes montados sobre una autoridad débil y sujeta a los vaivenes de cuerpos representativos, incontrolables en la medida en que era incontrolable la sociedad abierta. Pero la teoría siguió desarrollándose, en busca de los mecanismos políticos que la hicieron practicable, y acaso también a la espera de que las burguesías llegaran a ser estratos sociales más vastos y más coherentes.

Ese proceso se daría poco a poco en el marco de las realidades políticas —cada vez mejor delineadas— una vez desvanecido el tradicional orden ecuménico que, presuntamente, las encuadraba. De la crisis, las dos instituciones que lo representaban, el Imperio y el Papado, salieron transformadas y perdieron definitivamente el carácter y las posibilidades de acción que parecían tener hasta fines del siglo XIII.

II. Las nuevas realidades políticas

Al promediar el siglo XIV, el Arcipreste de Hita ponía en boca de uno de los clérigos de Talavera —indignados porque el papa les mandaba abandonar a sus mujeres— estas significativas palabras:[120]

Dijo: Amigos, yo querría que toda esta cuadrilla

Apelásemos del papa ante el rey de Castilla.

Que maguer que somos clérigos, somos sus naturales;

Servímosle muy bien; fuímosle siempre leales.

Demás que sabe el rey que todos somos carnales;

Quered se ha adolecer de aquestos nuestros males.

Diversas actitudes resumía el Arcipreste en tan pocas palabras. Consagraba el fin de la potestad suprema del Papado, reconocía la significación eminente de la monarquía nacional, exaltaba el vínculo primario entre la Corona y sus súbditos y puntualizaba el contexto profano que encuadraba a los nuevos poderes políticos.

Ciertamente, a medida que se desvanecían las dos grandes abstracciones políticas vigentes hasta poco antes —Imperio y Papado— cobraban más destacado relieve las nuevas realidades políticas: las ciudades y los estados territoriales. En estos últimos variaba poco a poco el antiguo sentimiento de lealtad dinástica hacia un incipiente y aun vago sentido nacional que se afianzaría con el tiempo, acaso semejante al que latía en las ciudades-Estado, algunas de las cuales, por lo demás, se transformaban en estados territoriales también. En cambio, en las ciudades que se integraban de grado o por fuerza en el ámbito de antiguos estados territoriales —monarquías o señoríos— se desvanecía el sentimiento local y se profundizaba la solidaridad con los poderes centralizadores que trataban de constituir las grandes unidades políticas, a las que el espíritu de las burguesías urbanas impregnaba de un sentido renovador.

Desde la primera mitad del siglo XIV, testimoniaron cómo se percibió el nuevo sistema de unidades políticas, cada vez más individualizadas, muchas descripciones de la situación mundial que pusieron de manifiesto la disolución de la concepción ecuménica y dieron paso a una imagen del mundo político constituida por el conjunto de aquellas unidades, en situación de equilibrio inestable y libres de cualquier tutela o de cualquier poder regulador. Así describieron el mundo los cronistas urbanos, generalmente de mentalidad burguesa, como Giovanni y Matteo Villani, Andrea Dándolo, Lodrisio Crivelli, Sigismond Meisterlin, Detmar o Hermann Korner;[121] desde su puesto de observación, particularmente apto para percibir el ensanchado ámbito de los negocios y la política, advirtieron la autonomía y la peculiar densidad de cada uno de los centros de acción y decisión esparcidos por el mundo cristiano y el que no lo era. No poco contribuyeron a ensanchar el horizonte y a precisar la significación de cada uno de los ámbitos políticos los mercaderes que recogían y difundían sus informaciones, como Marco Polo, Francesco Balducci Pegolotti, Jacques Coeur, los Paston, Francesco di Marco Datini, los Medici, los Fugger o los numerosos comerciantes del Hansa.[122]

También difundieron esta nueva visión del renovado mundo los cronistas de viajes —de negocios a veces, diplomáticos otras y en ocasiones movidos por la curiosidad o por el espíritu de aventura— o los que escribieron sobre expediciones militares que llevaron las naves, los ejércitos o las simples bandas armadas de país en país. Fueron reveladores entre estos últimos, Ramón Muntaner, los cronistas de Bertrand Du Guesclin o del mariscal de Boucicaut, Ruy González de Clavijo, Gutierre Diez de Games; y entre los primeros Jean de Mandeville, Guillebert de Lannoy o Gilles de Bouvier.[123] Se advirtió asimismo esa distinta percepción en las crónicas reales o señoriales: las de los duques de Borgoña, o las de Froissart, Jean le Bel, Pero López de Ayala, Johan von Winterthur, Heinrich Taube von Selbach, Jean de Wavrin, Polydor Vergil, Fernáo Lopes, García de Resende, Lorenzo Valla, Jean Duglosz o Antonio Bonfini.[124]

Pero quizá los más sugestivos testimonios de esa universalidad concreta y real con que se percibía el renovado mundo político la den otros testigos situados ocasionalmente en posiciones privilegiadas para observar el juego de las diversas fuerzas y el nuevo estilo que las caracterizaba. Ulrich von Richental reseñó el desarrollo del concilio de Constanza y, con más perspicacia, Eneas Silvio Piccolomini el de Basilea. Fueron dos foros mundiales, no sólo por el origen de quienes asistieron a ellos sino también por la vastedad y las proyecciones de los problemas que fueron tratados allí. Y en las memorias que escribió el segundo revivía el vasto cuadro de las fuerzas reales que, ya pontífice romano, veía actuar con tendencias cada vez más definidas.[125] Historiadores penetrantes, a veces impregnados de espíritu filosófico, recogieron la misma imagen y la devolvieron dibujada con contornos precisos. Philippe de Commynes, Nicolás Maquiavelo y Francesco Guicciardini entretejieron en sus relatos históricos incisivas observaciones sobre las nuevas peculiaridades del mundo político, sin perjuicio de que a veces desarrollaran algunas de ellas por separado con singular penetración. Quizá podría incorporarse a ese grupo a Tomás Moro, si fue él el autor de la historia de Ricardo III que se le atribuye. Pero pertenece, de todos modos, como autor de la Utopía, al conjunto de los pensadores políticos que observaron el cuadro de las nuevas situaciones sociales y políticas, del que forma parte también de manera eminente Erasmo y en alguna medida su discípulo español Alfonso de Valdés.[126]

Sin duda, las unidades políticas que más contribuyeron a romper el viejo esquema ecuménico y trascendental, imponiendo su vigorosa personalidad y su poder —circunscripto pero consistente—, fueron las ciudades, cuyas burguesías habían hecho una experiencia política original, totalmente distinta de la que era tradicional en los reinos feudales, el Imperio o la Iglesia. Las ciudades fueron otro mundo; y a medida que crecían en poder e influencia, se advertía que encarnaban una actitud política ajena a los antiguos principios y presidida por ciertas tendencias irreductibles a los esquemas tradicionales. Eran como enclaves sordamente revolucionarios en un mundo que a ellas les resultaba anacrónico y que, por lo demás, procuraría ajustarse poco a poco a las nuevas situaciones sociales y económicas aprovechando la experiencia de las burguesías urbanas e imitando sus actitudes.

Esparcidas por toda el área que se había mercantilizado, su significación política no fue la misma en todas partes ni fue igual en todas el estilo de la actividad política. Las ciudades independientes, como las de Italia, desplegaron todas las posibilidades de acción política, tanto en el ejercicio del poder como en las luchas internas para conquistarlo. Lo mismo ocurrió durante mucho tiempo en los Países Bajos y en las ciudades del Imperio, pero en ellas la actividad política adoptó otros caracteres a causa de los enfrentamientos con los poderes territoriales. Y otros adoptó en las ciudades que habían crecido en el seno de los reinos tradicionales.

Por lo demás, también la situación de las ciudades fue cambiando, y cambió con ella su comportamiento político. En tanto que algunas ciudades siguieron siendo un ámbito urbano restringido, otras llegaron a ejercer una poderosa influencia sobre cierta área. Fue a veces una simple influencia económica; pero otras se transformó en un vínculo más estrecho bajo la forma de ligas o hermandades y otras más fuerte aún, cuando una ciudad consiguió someter a otras a su autoridad transformándose, de hecho, en cabeza de un Estado territorial. En cada caso, la estructura política de la ciudad debió ajustarse a esas nuevas situaciones y, consecuentemente, el comportamiento político de cada grupo social cambió en relación con ella.

Si, en conjunto, las ciudades habían inaugurado un nuevo estilo de comportamiento político, en su seno cada uno de los grupos sociales había introducido un peculiar matiz en su manera de luchar por el poder o de ejercerlo. Una fue la política de los patriciados y otra la de las clases urbanas subordinadas, entre las cuales, todavía, ofrecían diferencias sustanciales, por una parte, los grupos incorporados que vislumbraban alguna posibilidad de participar del poder, y por otra los grupos marginales que sólo ocasionalmente se sentían convocados como acompañamiento en alguna aventura que les era ajena, pero que les daba la ocasión de irrumpir de algún modo en el juego de la política. Originariamente compactas, las sociedades urbanas se fueron diferenciando cada vez más; y quienes contaban con ellas, debieron distinguir en cada caso el signo que caracterizaba su política. Un claro ejemplo de ese juego fue la decisión de las ciudades hanseáticas de desvincularse de aquellas en las que los sectores artesanales lograban desalojar del poder al patriciado. Todo el sistema de las alianzas se fundó en la coincidencia de los regímenes internos.

Fueron las nuevas actitudes socioeconómicas, políticas y culturales de las burguesías las que más contribuyeron a modificar el comportamiento político de los antiguos estados territoriales, cuya significación creció hasta alcanzar una posición de primer plano. También ellos, como las ciudades, se emanciparon de toda tutela, abstracta o real, y definieron poco a poco una clara política como entidades autónomas y compactas, constituidas sobre ciertas progresivas limitaciones impuestas al poder de los señores subordinados. Pero esa política no se definió sin conflictos. Sordas tensiones o guerras declaradas enfrentaron en muchos estados territoriales al poder supremo —real o señorial— que pugnaba por someter a sus subordinados y constreñirlos dentro de sus propios designios. La monarquía modificó su carácter y, con él, renovó su estilo político. Y no sólo en los países donde ya había logrado dar ciertos pasos, como Inglaterra o Francia, sino en los países marginales, como Hungría, Bohemia o Polonia. El mismo Imperio germánico procuró, aunque con poco éxito, definir una política nacional, en tanto que ese anhelo despuntaba de diversas maneras en la fragmentada Italia. Quisieron ser estados nacionales el ducado de Borgoña y los dominios de la Orden Teutónica. Y buscaron la unidad ibérica los reyes de Castilla y Aragón. Todos intentaron ejercitar una nueva política para alcanzar estos fines, que consagraban una nueva percepción de las fuerzas reales que operaban en el mundo.

Pero, como en las ciudades, una era la actitud política de los estados territoriales como conjunto y otra la de sus diversos grupos internos. Frente a los designios de la monarquía, la nobleza feudal buscaba su propia estrategia para resistirlos o para aceptarlos, según la actitud de cada uno de sus grupos y sus relaciones recíprocas. Esta política, circunscripta al ámbito de los grupos más altos y coparticipantes en el poder, debía, sin embargo, combinarse con la que la nobleza feudal tenía que practicar con respecto a las clases populares rurales, sustento de su posición económica y sacudidas por los cambios económicos. Y no era eso todo. También debía combinarse con una política frente a las burguesías urbanas, en las que la monarquía buscaba y encontraba apoyo, pero que parecía rescatable para ciertos sectores de la nobleza, que descubrían su creciente e insoslayable papel en la política de los estados territoriales. Una maraña de intereses viejos y nuevos daba al comportamiento de cada grupo una gran fluidez, que contribuía a hacer de los estados territoriales unas entidades políticas conflictivas y convulsionadas. Sólo al compás de la consolidación monárquica y de la aceptación generalizada del poder absoluto de los reyes llegaron a estabilizarse los distintos grupos, con lo que se definió la actitud política de los estados territoriales. Para entonces, la política interna comenzó a transformarse en una política cortesana, en la que se sublimaron muchas tendencias que no provenían de la tradición nobiliaria sino de la tradición burguesa.

Nuevas realidades políticas, las ciudades y los estados territoriales se modificaron tan profundamente desde el comienzo de la contracción económica a principios del siglo XIV que en el proceso que siguió hasta las primeras décadas del XVI desarrollaron y elaboraron un nuevo estilo político. Fue el resultado de las mutaciones que se habían operado en las sociedades, de la diferenciación de sus diversos grupos, de los cambios de mentalidad que sufrieron todos ellos. A nueva sociedad, nueva política. Cuando al fin de este proceso escribió Maquiavelo sus Discorsi e II Principe, no hizo sino recoger y sistematizar una experiencia dos veces secular.

III. El estilo de la nueva política

Ciertamente, el estilo de la nueva política comenzó a perfilarse a principios del siglo XIV y su plena vigencia pudo ser declarada en las primeras décadas del siglo XVI. Cambiaban aceleradamente las sociedades y, acaso a ritmo más lento, las mentalidades también. Y poco a poco se proyectaban esos cambios en el sistema de vínculos socioeconómicos y políticos.

Se modificaron los vínculos económicos al imponerse una sutil relación, antes desconocida, entre los que empezaron a actuar como productores, como intermediarios y como consumidores. En rigor, producción, intermediación y consumo eran funciones y no se consustanciaban unívocamente con determinados individuos: todos podían ser, al mismo tiempo, aquellas tres cosas. Pero el vínculo económico jugó agrupando sectores funcionales y disolviendo las antiguas relaciones de producción propias de la sociedad feudal y de su sistema económico. Poco a poco se constituyeron nuevos grupos de intereses de rasgos inequívocos, algunos de los cuales se convertirían en importantes grupos de poder. Era como una red que vinculaba a cierto nivel a todos los miembros de cada sociedad, cuya presencia solía pasar inadvertida para muchos de ellos y que solía disimularse bajo otros vínculos más ostensibles. Pero en momentos críticos, cuando estaban en juego determinados intereses, los grupos se compactaban y reclamaban lo que les convenía con firmeza y a veces con sorprendente agresividad. Era el momento de dejar de lado otros vínculos y de despojarse de otras máscaras que correspondían a otra suerte de vínculos, sin duda existentes también.

Si en las ciudades había sido visible la formación de estos vínculos desde mucho antes, fue la crisis de contracción de principios del siglo XIV la que los puso de manifiesto en todas partes. El sacudón que sufrió la naciente economía de mercado mostró que toda la sociedad era protagonista de ella, esto es, que toda la sociedad, independientemente de otros vínculos, estaba articulada por los vínculos económicos que el mercado había creado. Antes desconocidos, esos vínculos constituían progresivamente otro tipo de sociedad. Y en la defensa inexorable que cada grupo hizo de sus intereses sectoriales quedó de manifiesto que correspondía a esa nueva sociedad otro tipo de comportamiento político.

Pero al mismo tiempo se disolvían y se constituían otros vínculos específicamente sociales. En muchas regiones había entrado en crisis el vínculo servil y se lo comenzó a sustituir por otro más elástico entre el señor y el campesino asalariado o arrendatario. Había comenzado un proceso de emancipación de los siervos que no dependía, ciertamente, de consideraciones humanitarias, sino que arrancaba de las nuevas situaciones económicas. Y, convertidos en hombres libres, los antiguos siervos vieron modificarse su situación en la sociedad y frente al poder político. Fue, precisamente, el poder real el que estimuló muchas veces el proceso de emancipación servil, tanto para debilitar la autoridad regional de los señores como para ensanchar las bases sociales de la fiscalidad. La consecuencia fue el establecimiento de nuevos vínculos de dependencia y consiguientemente la formación de otros modos de agrupación en los sectores populares rurales.

Entre tanto se modificaban también los lazos que vinculaban a los miembros de las clases privilegiadas. Sin perjuicio de que subsistieran las relaciones específicamente feudales, el poder real obraba de una manera deletérea sobre ellas y las debilitaba ofreciéndose como un polo de atracción para quienes querían sacudir o enervar el vigor de los lazos vasalláticos. La corte fue el instrumento eficaz para llevar a cabo esa política, puesto que atraía a quienes preferían no tener más soberano que el rey; y las funciones públicas otorgadas por la Corona completaban el abanico de posibilidades para reajustar la antigua dependencia.

Poco a poco, en alguna medida, comenzaba a trasladarse a los estados territoriales el tipo de vínculo que, entre el individuo y el poder político, regía en las ciudades. Fue en ellas donde se realizó el primer intento de crear un Estado objetivo e impersonal; aun cuando pareciera que los estados territoriales seguían apegados a una concepción personalizada, en rigor, mientras más personalizado parecía el Estado más se objetivaba a través de las complejas estructuras que creaba para ejercer el poder. Frente a ese Estado objetivo que crecía y se consolidaba, las relaciones intermedias tendían a desvanecerse y, en cambio, se fortalecía la tendencia a establecer una relación directa entre el individuo y el poder. Fue muy lento el proceso que condujo en los estados territoriales a la generalización del concepto de vasallo, referido a la totalidad de los individuos en relación directa con el soberano. Comenzó a producirse tras la crisis del siglo XIV, y estaba concluido en el seno de las monarquías absolutas en las primeras décadas del siglo XVI.

A medida que esa relación directa tendía a prevalecer, despertaba y se definía un sentimiento ignorado poco antes: el sentimiento de patria. No hay duda de que sus manifestaciones tuvieron muchas connotaciones retóricas, recogidas generalmente en la tradición romana. Así aparece en los poemas que escribió Petrarca exaltando a Italia; o en la invocación a Francia de Alain Chartier; o en el elogio de España debido a Fernán Pérez de Guzmán.[127] Pero tampoco hay duda de que crecía la percepción de los caracteres nacionales, como se vislumbra en las reflexiones de Gutierre Díez de Games, de Commynes y de Maquiavelo sobre diversas naciones.[128] Y acaso el más claro indicio de la percepción de ese sentimiento se encuentre en el vehemente anhelo de la unificación de Italia que expresan Petrarca, Maquiavelo y Guicciardini.[129]

El estilo de la nueva política estuvo dado por esta nueva sociedad, amalgamada por este nuevo sistema de vínculos. Hubo una política para la ciudad o para el estado territorial como conjuntos; y hubo una política para cada uno de los grupos socioeconómicos y políticos que los componían. En todos los casos, esa política fue de nuevo cuño y podría definirse como un realismo político.

El realismo político fue el estilo peculiar y espontáneo que las burguesías adoptaron para operar en la sociedad, actuar en su seno y en relación con los otros grupos sociales, manejar sus intereses económicos, luchar por el poder y ejercerlo cuando estuvo en sus manos. En rigor, fue una expresión más de ese realismo que revelaron frente a la naturaleza y que condujo a la práctica del conocimiento experimental; o el que adoptaron en la creación literaria y plástica. Fue el fruto de una actitud empírica y pragmática frente a la realidad que involucró, como uno de sus aspectos, a la realidad social.

Antes de toda teoría, fue realista la política de los patriciados en las ciudades, en Venecia, en Florencia, en las ciudades flamencas o hanseáticas, y también en las capitales de los reinos, como Londres o París. Pero no lo fue menos la política de las clases medias y de los sectores artesanales, como lo reveló van Artevelde en Gante o los conductores del movimiento de los oficios en Lieja, Colonia o Estrasburgo. Y hasta fue realista la política de los sectores marginales, siempre a la espera de una brecha entre los grupos de poder para intentar su ascenso político.

Fue realista —empírica y pragmática— la política de los condottieri. Aquellos que por una u otra causa se elevaban a la condición de signori extremaron su realismo hasta tocar los límites del cinismo: Castruccio Castracani, los Sforza, los Gonzaga. Y adoptaron una política realista los reyes y los pontífices, los nuevos nobles y aun muchos de los de antigua nobleza, que se puso de manifiesto tanto en la conducción de los asuntos internos de sus dominios como en el manejo de las relaciones internacionales.

El estilo de la nueva política —el realismo— fue el resultado de una mutación bastante rápida en la manera de interpretar el comportamiento individual y social. Dos distingos cada vez más transparentes empezaron a hacerse —espontáneamente primero y metódicamente después—, que condujeron a esa nueva actitud política. El primero fue entre lo sagrado y lo profano, y la actividad política quedó situada en este segundo campo. Hubo un reconocimiento generalizado de que los fines que perseguía la acción política estaban relacionados con problemas prácticos e inmediatos y que, por lo tanto, eran específica e inequívocamente profanos. Era, pues, necesario, para alcanzarlos, contar con los datos de la experiencia, con los impulsos primarios del individuo, con las tendencias efectivas de los distintos grupos sociales, con las circunstancias concretas en que debía desarrollarse la acción. Nada de todo eso cabía en el ámbito de lo sagrado, que proponía una imagen idealizada del hombre y el primado de valores absolutos. En eso consistió, precisamente, el segundo distingo, entre el ser y el deber ser, entre los modelos ideales y las experiencias inmediatas. Ese distingo se tradujo en el reconocimiento de un divorcio entre la moral y la política. Si el objetivo de la moral era proponer modelos ideales, la política consistía en operar sobre la realidad tal como se manifestaba, aceptando sus reglas. No era necesariamente una actitud inmoral. Sería, poco a poco, un rechazo de la moral trascendental para sustituirla por otra cuyas reglas emergieran de las situaciones reales: un conjunto de reglas de juego sustentadas por un consenso social. Pero en ese juego cabían muchas actitudes condenadas por la moral trascendental, y hubo progresivamente consenso para aceptarlas. Cada vez fue más claro para un mayor número que, si la política tenía fines profanos, los medios para alcanzarlos podían —o debían— ser profanos también.

Predominó ostensiblemente este nuevo estilo político a partir de la crisis de comienzos del siglo XIV, que promovió la formación de una nueva sociedad. Se puso de manifiesto en las agitadas luchas por el poder y, luego, en su ejercicio cuando fue alcanzado. Había surgido espontáneamente y se fue convirtiendo en práctica admitida fundada en la experiencia. Pero muy pronto empezó el nuevo estilo político a recibir el apoyo doctrinario de quienes tuvieron que elaborar nuevos argumentos y nuevas interpretaciones al calor de las luchas por el poder. Fue la doctrina de la profanidad del poder político la que enunció los primeros principios, de los que derivarían poco a poco sucesivas conclusiones hasta llegar a las más explícitas y radicales.

Mientras Egidio Colonna y sus continuadores defendían tenazmente la tesis de las dos espadas, que no era sino la vieja doctrina teocrática tal como la había expresado San Agustín y formulado definitivamente Hugo de Saint-Victor, los polemistas que defendían las prerrogativas del poder secular comenzaban a principios del siglo XIV a organizar sus argumentos, tal como se ven esbozados en el anónimo Diálogo entre un clérigo y un soldado.[130] A partir de entonces la doctrina de la profanidad específica del poder político elaboró sus fundamentos y extrajo de ellos las conclusiones revolucionarias que expondrían Marsilio de Padua y Guillermo de Occam. De éstas, la más avanzada era la tesis de la soberanía popular y sin duda la más peligrosa, puesto que excedía implícitamente los alcances del realismo político práctico y contrariaba la tendencia predominante a la concentración del poder en manos de los patriciados, los señores y los reyes. Pero lo importante era que, en última instancia, justificaba los fines inmediatos y pragmáticos de la acción política, justificación de que se valieron todos los grupos sociales que aspiraron al poder pero que aprovecharon particularmente quienes lo conquistaban y ejercían.

Las contradicciones entre el estilo de la nueva política y la concepción tradicional, así como también las que surgieron en el ejercicio de la nueva política quedaron reflejadas en todos los tratadistas, pero sobre todo en los que suscitaron el tema de la tiranía, de tradición clásica. Coluccio Salutati y Bartolus entre otros, puntualizaron tanto los límites entre el poder justo y el poder injusto como los que separaban al poder legítimo del poder ilegítimo.[131] El realismo político entrañaba una virtual negación de los límites morales y jurídicos de la acción política, en cuanto rechazaba los principios tradicionales sin remplazados por otros. Acaso por eso pudo decir Francesco Vettori, “hablando de las cosas de este mundo sin respeto y de acuerdo con la verdad”, que “todas aquellas repúblicas y príncipes de las que yo tengo conocimiento por la historia o que yo he visto, me parece que huelen a tiranía”.[132] En las primeras décadas del siglo XVI esta convicción estaba generalizada, y chocaría a veces con el principio de legitimidad de las monarquías dinásticas. Secretario de letras latinas de Carlos V, Alfonso de Valdés hace decir a Mercurio, que contemplaba un alma aproximándose a la barca de Carón: “Debe ser algún tirano, aunque ya todos se llaman reyes.” Y cuando Carón preguntó al alma: “¿Tú pensabas que eras rey para provecho de la república o para el tuyo?”, el alma respondió: “¿Quién es rey sino para su provecho?” [133] En el transcurso del diálogo, Valdés justificaba el saqueo de Roma por las tropas imperiales, reivindicaba al emperador y denostaba al papa y al rey de Francia. Como Maquiavelo, descubría en el poder un pragmatismo intrínseco que lo transformaba en un fin en sí mismo, puesto que todo lo que movía la ambición en el mundo profano, como la riqueza o la gloria, parecía derivar de él. De tal transformación en la concepción del poder provino el realismo político, un nuevo estilo en la manera de conquistarlo y ejercerlo.


Capítulo II. La política de las ciudades de desarrollo autónomo.

El estilo de la nueva política, creación original de las burguesías, se acuñó sobre todo en las ciudades que mantuvieron cierto grado de autonomía durante los siglos XIV y XV. Apareció también en las ciudades incluidas en los estados territoriales y también en éstos, pero de manera esporádica y más tímidamente. Fue en aquellos donde, luego de acuñado, se extremó su desarrollo y se fijaron sus caracteres.

No todas las ciudades de desarrollo autónomo fueron iguales. Algunas conservaron su plena autonomía, como Venecia, Florencia, las ciudades suizas o las del Hansa; otras mantuvieron una dependencia formal de sus señores aunque, en la práctica, obraran como unidades políticas autónomas, como casi todas las ciudades imperiales libres; otras, en fin, soportaban su dependencia pero cuestionándola hasta tal punto que, en ese cuestionamiento, ejercitaron las sociedades urbanas una política autónoma extremada y en ocasiones revolucionaria, como Gante, Brujas o Lieja.

Pero no fueron solamente los enfrentamientos con el poder señorial, como en el caso de Lieja, lo que estimuló el delineamiento de un nuevo estilo político. Fueron, sobre todo, las luchas por el poder entabladas entre diversos sectores sociales, como en Lieja también y en tantas otras ciudades, las que provocaron nuevas actitudes y nuevas estrategias. Conflictos sociales en el fondo, las luchas por el poder revelaron una suerte de empate entre los grupos minoritarios que controlaban el poder económico y los grupos mayoritarios que no tenían más fuerza que la gravitación que su número les daba dentro del estrecho recinto urbano, tan sensible a las presiones multitudinarias. Esa diferencia cualitativa y cuantitativa impidió encontrar fórmulas políticas estables y compatibles con los intereses de todos los grupos.

En rigor, la lucha por el poder y su ejercicio se transformó en un fin en sí mismo. Las burguesías sabían qué hacer con él, pero las clases subordinadas lo ignoraban. Así como se desconocían los mecanismos secretos de la economía de mercado, igualmente se ignoraban los mecanismos que regían la nueva sociedad. Sólo los mecanismos políticos eficaces en cada contingencia fueron ideados y puestos en práctica, tanto por las burguesías como por las clases populares, especialmente las gentes de los oficios. No hubo teoría que enmarcara la acción ni principios que guiaran las decisiones. La política fue entendida como una actividad a corto plazo, pragmática, sin otra regla o requisito que la eficacia. Fue la política del realismo, que se experimentó hasta sus últimas consecuencias y sin cortapisas, sobre todo, precisamente, en las ciudades de desarrollo autónomo.

La aplicación de la política realista condujo a la radicalización tanto de las oligarquías como de las clases populares. Ambos sectores quisieron triunfar de manera decisiva a cualquier precio, aun sabiendo que no podían vivir el uno sin el otro. Fue también el realismo político el que, ante la crisis tanto de los sistemas aristocráticos como de los democráticos, impuso en las ciudades alguna forma de autoritarismo que asegurara, a cualquier costo, la paz social.

I. El fortalecimiento de las oligarquías

Quienes habían conquistado la autonomía —total o parcial— de muchas ciudades habían sido aquellas burguesías que se habían levantado contra los señores y habían obtenido las cartas en las que se establecían sus libertades y su participación más o menos restringida en el gobierno urbano. Grupos compactos, a veces habían constituido una “comuna jurada” que fortalecía el vínculo que los unía. Pero de todos modos, sus actividades, sus intereses y su peculiar concepción de la vida les daban una homogeneidad que se acentuaría por algún tiempo, hasta que se constituyeran en su seno subgrupos a su vez homogéneos pero ligeramente diferenciados entre sí. Los más ricos e influyentes constituyeron el patriciado. En tales manos estaban las ciudades de desarrollo autónomo cuando comenzó a manifestarse la crisis de contracción económica en las primeras décadas del siglo XIV.

A lo largo del proceso que había empezado hacia el siglo XI, no todas las burguesías habían tenido igual suerte. En algunas ciudades la continuidad de las actividades económicas, la acumulación de las fortunas, el mantenimiento del prestigio social y el ejercicio del poder político habían proporcionado al patriciado burgués tal poder e influencia que se había transformado, ya en el siglo XIII y algunas veces antes, en una verdadera oligarquía. Así pasó en Venecia y Colonia, en Barcelona y Estrasburgo, en las ciudades hanseáticas y en las suizas. En otras ciudades, conflictos diversos habían impedido que su estructura como grupo y su papel en la ciudad se consolidaran como en aquellos casos. Unas veces fueron los conflictos internos de la burguesía, que se escindió en grupos que disputaban el poder, separados por sus intereses económicos o por sus puntos de vista en materia de alianzas, o simplemente por las ambiciones de los linajes o los individuos. Así ocurrió en Génova o en Florencia, y sobre todo en Milán donde la burguesía enajenó el poder en manos de signori, los Della Torre y los Visconti ya en el siglo XIII. Otras veces, en fin, fue la ofensiva de las clases subordinadas —la mediana burguesía o los oficios— la que obstaculizó la completa consolidación del patriciado, que aunque tendiera inequívocamente a transformarse en oligarquía, como en Lieja, Florencia o Gante, no pudo vivir sin sobresaltos y concesiones.

Pero, de todos modos, la crisis de contracción económica encontró asentadas en el poder, en las ciudades de desarrollo autónomo, a burguesías más o menos oligárquicas, confiadas en su fuerzas para mantener y robustecer las posiciones conquistadas. En el ejercicio de la actividad mercantil, financiera y productiva se había operado una paulatina concentración de la riqueza y algunos linajes patricios se habían separado notablemente de los demás por el monto de sus fortunas y la magnitud de sus operaciones. Así ocurrió no sólo en las ciudades donde la crisis repercutió en favor de ciertas actividades económicas sino aun en las ciudades donde sus efectos fueron intensos, y en las que la retracción benefició a los más ricos. La consecuencia fue que se acentuó la diferenciación social: en el seno mismo de las burguesías, pero más aun entre ellas y las otras clases urbanas sobre las que la crisis tuvo, en la mayoría de las ciudades, efectos desastrosos.

Asentadas en el poder, las burguesías enfrentaron la nueva situación dispuestas a defenderse. Pero el conflicto estaba a veces en su propio seno. El poder significaba la orientación de la economía, y cada grupo quería conquistarlo para orientarlo en su beneficio, sin perjuicio de satisfacer las ambiciones de los linajes o de alguno de sus miembros. Y entre tanto, todas las otras clases urbanas miraban a las burguesías con hostilidad, acusándolas de causar su estrechez o su miseria y esperando la ocasión favorable para levantarse contra ellas para limitar su poder o, si fuera posible, arrancárselo.

La crisis económica desencadenó un variado conjunto de problemas que se entrecruzaban. Las crisis políticas y los conflictos sociales comprometían las actividades económicas: paralizaban o disminuían la producción, entorpecían las operaciones mercantiles, dificultaban las operaciones de crédito, restringían el consumo interno. Mientras disputaban el poder, exigiendo cierta participación política, o acaso la total exclusión de los ricos burgueses del gobierno, las pequeñas burguesías y especialmente las gentes de los oficios, ocasionalmente apoyadas por la plebe indiscriminada, robaban e incendiaban en las ciudades, mataban a sus adversarios, dominaban las calles, las plazas, los mercados. Las burguesías reaccionaron para conservar o recuperar su posición en sus ciudades. Pero al mismo tiempo tenían que estar atentas a la creciente presión que intentaban ejercer los poderes territoriales que aspiraban a someter a las ciudades —como en Alemania, especialmente— o a obtener de ellas los mayores beneficios mediante sutiles medidas económicas o políticas. Y, finalmente, tenían que estar atentas a la coyuntura internacional, porque el juego de las alianzas o el azar de las guerras podía desbaratar el sistema de mercados con el que cada ciudad operaba. Para enfrentar el nutrido haz de problemas que suscitó la crisis de contracción, las burguesías tuvieron que responder agresivamente. Poseían el poder y la experiencia: tenían que adecuarse a la nueva situación y delinear una nueva política apta para responder a su desafío, produciendo hechos decisivos, creando en respuesta nuevas situaciones, eliminando los obstáculos para su hegemonía y a quienes trabajaban para ponerlos.

Sin embargo, si las burguesías fueron capaces de responder agresivamente al desafío de la nueva situación no fue solamente porque poseyeran el poder y la experiencia. Lo que más les valió fue ser el único grupo urbano que tenía una vigorosa conciencia de clase. Gracias a ella comprendieron el alcance final de sus objetivos y pudieron orientar claramente su acción. Todos los obstáculos les parecieron circunstanciales, y para superarlos dieron pruebas de una obstinada voluntad que no se alimentaba solamente de egoísmo o de ambiciones inmediatas, sino de una profunda convicción acerca de su papel en el desarrollo de la vida de la ciudad, cuyos fines parecían confundirse con los suyos. Fue su conciencia de clase oligárquica lo que las movió a estrechar sus filas y a defender tenazmente sus posiciones, transando a veces pero conservando in pectore la decisión de conservarlas, de recuperarlas si las habían perdido o de mejorarlas al final de la larga lucha. Asentadas en el poder antes de la crisis del siglo XIV, afrontaron todos los embates de las luchas sociales y políticas y, finalmente, bajo distintas apariencias y en circunstancias variables, quedaron instalados en el poder.

Muchos testimonios difusos prueban la existencia de esta conciencia de clase oligárquica, sobre todo los que proporciona su misma acción, persistente y tenaz. Pero también los que ofrecen las crónicas urbanas, saturadas casi siempre de espíritu oligárquico; o la abundante literatura del realismo burgués del siglo XIV y del XV; o la plástica de la misma época, rica en retratos de burgueses de gesto imperioso y seguro.[134] Hay, además, un testimonio preciso y expreso: el que proporciona Leon Battista Alberti en I libri della famiglia, verdadero breviario de las convicciones profundas de una clase que se sentía consustanciada con su ciudad y protagonista, además, de la historia de los nuevos tiempos.

Sin duda eran esas convicciones profundas las que proporcionaban solidez a esas burguesías que se transformaban en cerradas oligarquías. La conciencia de clase oligárquica se fundaba, en principio, en la posesión de ciertos privilegios que hacía de las oligarquías grupos inconfundibles. Pero la noción de privilegio tenía para esas sociedades un significado positivo, confirmado por los demás por la coexistencia de los privilegios señoriales vigentes y realzado, a los ojos de las burguesías, por el esfuerzo que había demandado arrancárselos a los señores. Las burguesías se mostraron decididamente dispuestas a defenderlos, tanto contra los señores siempre tentados de revocarlos como de las amenazas de las clases inferiores que pugnaban por limitarlos y compartirlos. Las alentaba en esta decisión la convicción de que eran privilegios legítimos, puesto que las burguesías se sentían herederas de los grupos fundadores —de la “comuna jurada” en los casos más definidos— y más legítimas herederas mientras más estrechaban sus filas y se convertían en oligarquías precisamente en defensa de esos privilegios y del conjunto de su tradición.

A medida que las ciudades crecían, las burguesías confirmaban esa condición frente a los grupos que se incorporaban a la ciudad, acrecentando el número de la población e introduciendo nuevas tendencias y aspiraciones. Fue en las ciudades que se hacían, a su escala, multitudinarias, donde las burguesías manifestaron una tendencia así acentuada a cerrar sus filas tornándose oligarquías. En el seno de las nuevas sociedades urbanas, cada vez más numerosas y heterogéneas, las burguesías se veían a sí mismas como el único grupo arraigado y responsable. Veían a su alrededor, y frente a ellas, un conjunto social de escaso arraigo y, en consecuencia, de escasa responsabilidad en el manejo de esa entidad —la ciudad— que sus antepasados habían establecido. Los sucesores de aquellos le habían proporcionado una orientación económica y una potencialidad que había que cuidar con el tino y la mesura necesarios para acrecentarlas y no destruirlas. Pero le habían proporcionado también una personalidad acuñada a lo largo del tiempo, una fisonomía social y cultural, un estilo de convivencia. Poco importaba la justicia y la legitimidad de las aspiraciones de los grupos advenedizos, si para alcanzarlas era menester destruir la obra paciente de las sucesivas generaciones burguesas. Las burguesías se hacían más oligárquicas mientras más peligraba el destino de esa entidad creada por sus antepasados, de la que ellas se sentían no sólo usufructuarias a título legítimo sino también orgullosas y, sobre todo responsables como, sin duda, no se sentían los que se habían agregado poco a poco con la esperanza de mejorar su suerte individual.

Por lo demás, no sólo robustecía la conciencia de clase oligárquica la amenaza que las burguesías veían cernirse sobre sus privilegios y sobre el destino de su ciudad. También la robustecía el sentimiento de su fuerza para contrarrestarla y, sobre todo, de su capacidad y su eficacia. Claros en sus mentes los objetivos, una larga experiencia se había acumulado en ellas para afrontar todas las situaciones conjugando las actitudes de fuerza con la capacidad de negociación. Por anacrónicos, o quizá solamente por ineficaces, los principios morales tradicionales fueron perdiendo cada vez más su significado. Otros surgirían en la acción. Pero, entre tanto, lo importante para las oligarquías fue la acción misma, oportuna, práctica, eficaz.

Sostenidas por una clara conciencia de clase, las oligarquías amenazadas adoptaron para alcanzar sus objetivos una política pragmática y realista. Nadie teorizó sobre las situaciones sociales reales de la época y muy pocos, antes de Maquiavelo, sobre las situaciones políticas reales. Quienes se ocuparon de tales asuntos —como Jean de Hocsem[135] y, en más alto nivel, Marsilio de Padua, Guillermo de Occam, Coluccio Salutati o Bartolus de Sassoferrato— apelaron generalmente a reminiscencias clásicas y se mantuvieron en el plano de las ideas generales; pero no hubo una percepción de la peculiaridad del fenómeno social ni tampoco, antes de Maquiavelo, de la peculiaridad del comportamiento político real de los grupos que disputaban o ejercían el poder. Los mismos cronistas, a veces protagonistas o testigos de los hechos, son imprecisos y equívocos cuando describen los procesos y puntualizan las causas. No era un azar. Los fenómenos eran inéditos, como era inédito el tipo de sociedad urbana que se había constituido. Y fue inédita la actitud política de las burguesías, siempre a la expectativa de los sucesos de cada día, siempre especulando sobre la coyuntura, y siempre dispuesta a hallar en cada caso la conducta justa y oportuna para responder a las circunstancias.

Como el proceso social y político era coherente, aunque no se profundizara el análisis de sus mecanismos profundos podía utilizarse eficazmente la experiencia. Ésa fue la gran fuerza de las oligarquías. Hechas al ejercicio del poder generación tras generación acumulaban un saber empírico acerca de la conducta de los grupos sociales, y cada uno de sus miembros, al recibir la autoridad, se hallaba poseído de un repertorio de recursos para responder con actos eficaces. A veces las sorprendían situaciones nuevas y quedaban descolocadas; pero procedían por analogía; recurriendo siempre, en última instancia, a la fuerza para imponer sus designios. Realistas y pragmáticas, nada les parecía que estuviera vedado para alcanzarlos.

Sus designios no eran oscuros ni misteriosos. Las oligarquías querían conservar su hegemonía política y mantener sometidos a los otros grupos urbanos. Ciertamente, odiaban a los grupos populares, a las gentes de oficio, a los pequeños burgueses y hasta a la mediana burguesía cuando se insinuaban rivales, y más aun cuando alcanzaban el poder a costa de ellas. Son reveladoras las palabras de Jacques de Hemricourt, cuando vituperaba, hacia 1398, el régimen democrático de Lieja o las de Gino Caponi cuando narraba después de 1378 el tumulto de los ciompi en Florencia.[136] Pero su designio no estaba señalado por el odio, sino por otras causas. Ante todo, porque querían conservar el poder; pero además porque no querían que la administración de los negocios públicos y la orientación de los privados pasara a otras manos que no fueran las suyas. Y también porque aspiraban a que las consecuencias de la crisis económica recayeran sobre las otras clases, en tanto que éstas aspiraban a una redistribución de las cargas para poder sobrevivir. Formaba parte de sus designios la conservación del orden y la seguridad de bienes y personas, así como también la contención de la movilidad social que tanto comprometía la estabilidad del régimen político. Para llevar a cabo esos designios, las oligarquías habían elaborado una estrategia, en algunas ciudades ya en el siglo XIII, y con la crisis económica y social ajustaron sus términos.

En rigor fueron dos las estrategias: una para fortalecerse a sí mismas y otra para someter a sus enemigos interiores. Ambas revelaron un desnudo realismo y una clara percepción de los fines y los medios para conseguirlos. Precisamente, la definición de los fines fue uno de los puntos más delicados de la estrategia de las oligarquías para fortalecer su posición. Intereses encontrados entre sus diversos sectores pusieron más de una vez en peligro su unidad. Desde la época en que se dividían en güelfos y gibelinos en Italia, muchas fracturas se produjeron en sus filas. Hubo grupos dispuestos a buscar apoyo popular, especialmente en los sectores más humildes, y otros reacios a condescender a tales alianzas internas. Hubo divergencias profundas también acerca de las alianzas extranjeras y hubo sectores de intereses contrapuestos. Las oligarquías se constituyeron a veces estrechando filas alrededor de una política y excluyendo prácticamente de su seno a quienes disentían. Fue un remedio heroico pero que los más intransigentes consideraron eficaz.

Sin embargo, la estrategia dominante consistió, en ciertos momentos, en cerrar sus filas mediante actos políticos tan drásticos como la Serrata del Maggior Consiglio de Venecia en 1297, cualquiera sea el alcance que se le atribuya.[137] Todas las oligarquías dominantes habían aspirado a impedir la incorporación libre de nuevos miembros, y en Gante quedaba el recuerdo de la actitud de los XXXIX, dominantes hasta 1275. Los linajes patricios, frecuentemente emparentados entre sí, se agrupaban en asociaciones excluyentes que imponían a sus miembros para los cargos comunales, perpetuándose luego en ellos. En algunas ciudades ciertos linajes conservaron su poder e influencia durante varias generaciones, pero en ciertos casos, como en Colonia y Lübeck, los hubo que perduraron durante dos siglos.[138] En todo caso, pertenecer a una “vieja familia”, como escribía Christoph Scheurl en 1516 describiendo el régimen político de Nuremberg,[139] constituía un requisito generalizado. En Ginebra el derecho de burguesía se heredaba por línea masculina,[140] y allí, como en otras ciudades, se podía adquirir en ciertas condiciones: por concesión formal, por ejemplo a un extranjero de posición equivalente que ingresara por matrimonio a alguno de los linajes tradicionales; y a veces por compra cuando el nivel de la fortuna recomendaba al candidato. Cerrado el núcleo patricio, controlado por los más viejos linajes, generalmente agrupados en asociaciones, depositario de la mayoría de los cargos comunales, coincidentes sus miembros en sus objetivos fundamentales, su compacidad y vigor le permitía a las oligarquías enfrentar a sus enemigos, frente a los cuales tenían, por lo demás, la inmensa superioridad del poder económico. De todas, la oligarquía veneciana constituyó el ejemplo más acabado y su política la más eficaz: todavía a fines del siglo XV Commynes le auguraba un gran porvenir.[141]

No haber dado paso a los “tribunos del pueblo” pareció a Commynes la máxima sabiduría de la oligarquía veneciana. Podría traducirse esto diciendo que nunca contemporizó con las clases populares ni dejó resquicio en su política que pudieran aprovechar para comenzar su ofensiva. Tal fue la regla de oro de la estrategia de todas las oligarquías. Empero, no en todas partes las condiciones fueron iguales a las de Colonia y Venecia. Donde las industrias —la textil en primer lugar— concentraban gran número de trabajadores, las oligarquías tuvieron que soportar su embate, defenderse y, cuando las circunstancias lo aconsejaron, contraatacar. Para eso elaboraron una estrategia destinada a someter al enemigo interior.

Las oligarquías hablaban de sus ciudades como de entidades compactas. Sin embargo, dieron siempre por descontado que el cuerpo político de cada una de ellas se componía solamente de sus propios miembros, sin que contara el resto de la población urbana. Esta política de exclusión de los sectores medios y populares del cuerpo político de la ciudad quedó fijada en el siglo xm: algunas veces, mientras no existió amenaza o donde no existió, la exclusión fue tácita; pero en el momento en que apareció fue establecida taxativamente, como en Brujas en 1240. Mientras pudieron y donde pudieron, las oligarquías sostuvieron su decisión de mantener al margen del gobierno comunal no solamente a las gentes de oficio, cuya actitud y cuyas aspiraciones eran en alguna medida revolucionarias, sino también a la mediana burguesía y aun a los nuevos sectores de la burguesía mercantil que fue apareciendo en muchas ciudades con una actitud política y social diferente de la que manifestaban las viejas oligarquías. Esa exclusión de los otros grupos sociales significaba una interpretación del proceso de desarrollo de las sociedades urbanas y significaba un acto de voluntad de las oligarquías, un acto político sin otro fundamento que una apreciación de sus intereses particulares.

Mientras pudieron, las oligarquías procuraron controlar a los oficios. Reglamentaron su funcionamiento, limitaron el número de compañeros y aprendices y obstaculizaron el camino para alcanzar la maestría. Las disposiciones debían ser coercitivas, pues la participación en el trabajo era fundamental para la ciudad y para los intereses de las oligarquías, que no querían que se repitiera una secesión de los trabajadores como la que había ocurrido en Gante en 1274. Esa estrategia preventiva se proyectó en otra correctiva cuando las pequeñas clases medias, los oficios o la plebe indiferenciada se lanzaban a motines o tumultos. Entonces las oligarquías apelaban a la fuerza sin vacilaciones. Unas veces actuaban por su cuenta; pero si temían ser rebasadas apelaban a sus aliadas, las oligarquías de otras ciudades o al poder señorial. En Colonia en 1370, en Florencia en 1378, en Lübeck en 1408, los conflictos se mantuvieron dentro de los límites urbanos. Pero en Flandes y en el país de Lieja el ejército del rey de Francia fue llamado dos veces para poner fin a los conflictos internos de las ciudades: en 1328 triunfó en Cassel sobre los flamencos y en Hoesselt sobre los de Lieja, apoyando al conde de Flandes Luis de Nevers y al obispo de Lieja Adolfo de La Mark; y en 1382 acudió en apoyo del conde de Flandes Luis de Mâle y derrotó a los insurgentes en Roosebeke. Fin semejante tuvieron los repetidos conflictos que en la primera mitad del siglo xv atrajeron sobre los Países Bajos a los duques de Borgoña —Juan sin Miedo, Felipe el Bueno y Carlos el Temerario sucesivamente- y que concluyeron con la anexión de todo el territorio al Estado ducal.

Cuando las oligarquías fueron derrotadas por las clases populares, su estrategia consistió en aceptar la situación y negociar. Sólo excepcionalmente abandonaron el campo, como hicieron los patricios de Estrasburgo en 1419, cuando prefirieron expatriarse antes que aceptar las crecientes exigencias de las clases populares. Lo normal fue que negociaran, con lo que obtuvieron casi siempre la instauración de regímenes compartidos en los que sus miembros figuraban en mayor o menor número en los cuerpos comunales. Inversamente, muchas veces las oligarquías consintieron en mantener una parte de las conquistas de las clases populares cuando volvieron al poder después de una transitoria derrota. Fue una estrategia elástica, fundada en el reconocimiento de las fuerzas reales existentes en cada ciudad y que las oligarquías se sentían incapaces de dominar, y sólo cuando el peso de un poder fuerte —un poder territorial— se volcó sobre la balanza reivindicaron todos sus derechos y declararon todos sus designios. Así fue cuando el rey de Francia, el duque de Borgoña o el emperador Maximiliano intervinieron en los Países Bajos. Así, cuando Carlos V respaldó en Génova la plena restauración oligárquica encabezada por Andrea Doria. Así, cuando el rey de Aragón obró sobre Barcelona. Sólo algunas oligarquías mantuvieron su autoridad resistiendo a los poderes territoriales, como ocurrió en las ciudades suizas, en tanto que algunas pudieron subsistir sin aquellas presiones, como las ciudades hanseáticas.

Naturalmente, las oligarquías no fueron siempre los mismos grupos sociales. Las burguesías cambiaron de fisonomía a lo largo del agitado proceso que comenzó en algunas ciudades ya en el siglo XIII pero que alcanzó su mayor intensidad a lo largo del XIV. En su seno, un grupo reclamó siempre la adopción de una estrategia radical y concibió las transacciones sólo como oportunas maniobras para sortear astutamente las coyunturas adversas. Otros, en cambio, se inclinaron a reconocer la existencia de nuevas fuerzas sociales que se iban constituyendo al calor del proceso económico y también de los procesos sociales y políticos, y admitieron la posibilidad de compartir el poder con ellas. Pero, entre tanto, las burguesías mantenían plenamente el control de la vida económica, y si hubo disidencias internas en su seno fue porque diversos grupos, especialmente nuevas promociones burguesas dedicadas a cierto tipo de negocios, aspiraban a remplazar a los antiguos grupos que detentaban el poder. Quienes disputaron el control de la vida económica a las burguesías no fueron las nuevas fuerzas sociales subordinadas que las hostigaron valiéndose de su número y su influencia en el ámbito urbano. Fueron los poderes territoriales de influencia creciente los que asumieron el papel de reguladores de la vida económica, tanto a través de la política fiscal como por las decisiones políticas que se relacionaban con la moneda y con los mercados externos. Pero aun así, descontando que cada nueva contingencia podía implicar el desplazamiento de los grupos predominantes y su remplazo por otros, las burguesías, como conjunto, siguieron siendo las fuerzas económicas decisivas en las ciudades de desarrollo autónomo, y siempre aparecieron en su seno grupos obstinados en mantener cerradas sus filas. Y cuando perdieron poder político por el avance de los poderes territoriales, modificaron una vez más su estrategia y comenzaron a operar como grupos de poder y de presión sobre los nuevos señores. De su seno salieron, sobre todo, los consejeros económicos de los nuevos señores y la alta burocracia capaz de ajustar la organización del Estado a las nuevas circunstancias.

Por lo demás, los poderes territoriales prestaron, a la larga, un servicio decisivo a las burguesías. Se impusieron por la magnitud de su fuerza, muy superior a la de cualquiera de los bandos que se enfrentaban en las luchas civiles. Pero se impusieron, sobre todo, porque fueron capaces de establecer una suerte de paz social, que si bien no fue abiertamente favorable a las clases populares, favoreció a los sectores medios —a veces, su principal apoyo— y aun reconoció la existencia y ciertos derechos de los estratos más humildes. Teóricamente los señores territoriales se presentaban como neutrales en las luchas civiles, y por eso alguno de ellos, como el duque de Borgoña Felipe el Bueno, alcanzó considerable popularidad. En la práctica, sin embargo, reconocieron, como un hecho indiscutido, que las burguesías eran los grupos más importantes de las ciudades y las protegieron, sin perjuicio de que se apoyaran en el sector que mejor podía servir a su política. Así, las burguesías se beneficiaron con la paz social —que significaba el sometimiento de los díscolos grupos populares— y pudieron manejar sus intereses con más libertad y mayores beneficios. Así robustecieron también su prestigio social frente a las clases populares, la burguesía media y aun frente a la nobleza, cada vez más celosa de los sectores plutocráticos, más ricos, de hecho, que los terratenientes.

Sólo en algunas ciudades mantuvieron los grupos más oligárquicos de las burguesías todos los poderes: el social, el económico y también el político. En Venecia, en las ciudades suizas, en las hanseáticas y en algunas otras ciudades alemanas, la república urbana mostró la duradera eficacia de esos tenaces grupos de empresarios que conducían el gobierno de la ciudad con extremada sabiduría.

Cuando la crisis de contracción comenzó a ceder, al promediar el siglo xv, otra vez estaban asentadas las burguesías en el poder, aun cuando fuera ahora un poder de otro estilo. A cambio de la paz social, a cambio de un vasto mercado territorial protegido por un poder fuerte, a cambio de una protección difusa para sus actividades económicas, las burguesías fueron renunciando al poder político, seguras de conservar su poder social y económico. Su tendencia oligárquica se canalizó en la concepción mercantilista y en la defensa del sistema monopólico de comercialización. Su estrategia a largo plazo fue la expresión más refinada de la política del realismo: consistió en poner indirectamente al servicio de sus intereses económicos el poder político de los estados territoriales.

II. La radicalización de las democracias

Frente a las oligarquías asentadas en el poder, las clases populares, y especialmente aquellas que habían alcanzado cierto grado de organización a través de las corporaciones de oficios, insurgieron en defensa de sus derechos y en busca de privilegios, entre los cuales se contaba, fundamentalmente, la participación en el poder.

Ya en el siglo XIII se había manifestado esa insurgencia. Un patricio, Henri de Dinant, desencadenó en Lieja, en 1253, un movimiento popular que sacudió al poder oligárquico. En 1274 los obreros textiles de Gante se rebelaron y decidieron abandonar no sólo su trabajo sino la ciudad misma, tras lo cual la condesa Margarita suprimió al año siguiente el gobierno oligárquico de los XXXIX. Y en Florencia, en los últimos años del siglo, Giano della Bella encabezó la rebelión de las Artes menores y de la plebe, de la que surgieron los Ordinamenti della giustizia. Las oligarquías recuperaron su poder, pero las tendencias políticas de los grupos sociales que sufrían el peso de su autoridad quedaron en evidencia. Fue al insinuarse la crisis de contracción económica cuando esas tendencias se pusieron plenamente de manifiesto y desembocaron en movimientos tan ambiciosos como dramáticos.

Sin duda fue esa crisis la que precipitó la insurgencia de las clases populares contra los gobiernos patricios de las ciudades. Pero estaba en germen en la naturaleza misma de la nueva sociedad, puesto que en todos los campos de la economía de mercado —tanto de la producción manufacturera como del sistema de comercialización— se estimulaba la formación de una fuerza de trabajo que crecía en número y adquiría peculiaridades inusitadas. El creciente desarrollo de las manufacturas y las innumerables actividades terciarias requería un grueso número de gentes que trabajaran para los que las promovían con sus capitales y las dirigían en su propio beneficio. Eran gentes que convivían en el estrecho recinto urbano, trabajaban generalmente reunidos, compartían los mismos problemas y se comunicaban sus opiniones cotidianamente. Así llegaron a adquirir cierto grado de compacidad que dio a su creciente número una fuerza potencial capaz de despertarles el anhelo de luchar para mejorar su situación.

La economía de mercado era, por muchas causas, un sistema fluctuante. Y no sólo porque sus mecanismos eran ignorados, sino porque, en esa etapa de su desarrollo, todo era aleatorio. Eran aleatorios los mercados, tanto el interno como el externo, el grado de libertad con que debían desenvolverse, la moneda que debía usarse en las transacciones, las fuentes de aprovisionamiento de las materias primas, el sistema crediticio y financiero, todo podía parecer estable en cierto momento y desmoronarse poco tiempo después. Así, tanto el mercado de trabajo como el monto de los salarios sufrieron frecuentes y graves altibajos, cuyas víctimas fueron las clases trabajadoras. Hubo problemas generales que incidían sobre una extensa área y hubo problemas locales de cada ciudad o particulares de cada industria o sector comercial. Y cada vez que aparecían, las relaciones entre los trabajadores y los patronos se tornaban difíciles: más aún, porque los patronos ejercían también el poder político.

La respuesta de las clases populares fue diversa. Vastos sectores indiferenciados no pudieron sino alimentar su desesperación y soportar su hambre sin entrever posibilidad alguna de reacción. Pero los que estaban adscriptos a ciertas actividades bien definidas, con una relación de dependencia continua y estable, se agruparon en corporaciones de oficio que llegaron a poseer un número considerable de miembros, indudable fuerza en el seno de la ciudad, y sobre todo, una conciencia cada vez más clara de sus intereses y deseos. Ellos fueron los principales protagonistas de los movimientos que desafiaron el poder de los patricios, dueños de las ciudades al mismo tiempo que de las empresas económicas.

Si hubo causas socioeconómicas que promovieron esos movimientos, también hubo causas sociomentales. Frente a la conciencia de clase oligárquica apareció —más desdibujada, sin duda— una conciencia de clase de las gentes de oficio que constituían el núcleo principal de las pequeñas burguesías urbanas. También las clases populares indiferenciadas adquirieron una cierta idea de su situación, capaz de empujarlas a tumultos ocasionales sin objetivo fijo. En ocasiones ganaron la calle, cometieron desmanes, mataron y robaron. Pero ni sabían claramente qué querían —excepto desquitarse siquiera una vez de los males que los agobiaban— ni el sistema les permitía esperanza alguna de encontrar soluciones. Eran las suyas reacciones desesperadas. Distinta era la situación de las pequeñas burguesías y especialmente de las gentes de los oficios. Contra ellos se dirigía, sobre todo, la fiscalidad urbana, y contra su actividad y sus ganancias las medidas restrictivas que adoptaba el gobierno comunal manejado por los patronos. El primer rasgo de su difusa conciencia de clase consistía en sentirse explotados y, sobre todo, en sentirse pobres frente a los ricos. Pero inmediatamente se vislumbraban otros, sobre todo en cada circunstancia concreta. Entonces las gentes de los oficios se agrupaban alrededor de exigencias muy definidas, en las que coincidían todos los afectados por ciertas decisiones de las oligarquías, y de esa manera —pasiva al principio, activa después— cobraban conciencia progresivamente de cuáles eran sus intereses y de quiénes se les oponían. Pero entre tanto cobraban conciencia de su importancia en la vida económica y de que estaba en sus manos la posibilidad de que se desarrollara normalmente o de que se alterara. Así quedó probado cuando la secesión de los obreros textiles en Gante en 1274. Sólo que la importancia de los diversos grupos de la pequeña burguesía y de las clases populares indiferenciadas era distinta en las diversas actividades, como era distinto el grado de cohesión de sus miembros y la claridad con que percibían sus objetivos finales. Por eso era difusa su conciencia de clase en relación con la que animaba a los grupos oligárquicos.

Con todo, de ella derivaron las nuevas actitudes políticas de las pequeñas burguesías. Mientras las oligarquías traducían las suyas en acciones continuas y positivas, las de aquéllas se manifestaron como reacciones ocasionales frente a los actos de sus adversarios, que parecían detentar, real o virtualmente, la iniciativa. Aun cuando las pequeñas burguesías triunfaran en un episodio —que en muchos casos podía ser duradero—, las oligarquías conservaban una capacidad de contraataque que no se les ocultaba a sus adversarios, tanto por su fortuna y la fuerza de la red económica de que formaban parte como por los aliados que podían movilizar. La lucha por el poder era, pues, desigual, y las pequeñas burguesías la emprendieron una y otra vez con el mismo criterio pragmático y realista que utilizaban las oligarquías, en las que concentraban su hostilidad.

Para esa lucha, la pequeña burguesía apenas podía contar con su propia fuerza. Los miembros de las burguesías medianas no tenían generalmente la vocación de aproximarse a sus inferiores, porque acariciaban la idea de ingresar de algún modo en los más altos rangos de la sociedad si crecía su fortuna o lograban emparentarse por matrimonio con alguno de los grandes linajes; y si, como clase, intentaron algunas veces forzar la mano a las oligarquías, prefirieron actuar solos, o le ofrecieron su apoyo a algún aspirante al principado, o buscaron el de la plebe indiscriminada. En rigor, las burguesías medianas temían a las gentes de oficio tanto como la temían las oligarquías, no sólo porque también se componían de patronos sino porque las corporaciones constituían la única fuerza social comparable —en organización, fuerza y disciplina— a las oligarquías. Por su parte, las clases populares indiscriminadas miraban también con recelo a las gentes de oficio, en las que veían una suerte de aristocracia popular. Acaso porque no sabían qué exigir de esa sociedad en la que ocupaban una posición prácticamente marginal, se movieron cuando los poderosos las halagaron, les ofrecieron algo gratuitamente o, simplemente, les proporcionaron la ocasión para un desborde en el que satisfacían momentáneamente sus resentimientos. Pero no tenían coherencia ni organización ni definidas esperanzas como para sumarse a una lucha en pos de responsabilidades y derechos políticos que instintivamente sabían que no podían alcanzar.

La pequeña burguesía y especialmente las gentes de oficio estaban, pues, prácticamente solas frente a las oligarquías. Sólo ellas tenían capacidad de lucha y, por lo menos, cierta claridad sobre sus objetivos. No excesiva, sin duda, porque el distingo entre sus fines socioeconómicos y sus fines políticos aparecía en su conciencia inevitablemente confuso. En el fondo, aspiraban fundamentalmente a concretas reinvindicaciones sociales y económicas; pero sintiéndose impotentes en ese campo —cuyos mecanismos, por lo demás, ignoraban— enfocaban su acción hacia el campo político, convencidos de que si alcanzaban el poder lo demás les sería dado por añadidura. Era, por otra parte, una concepción generalizada y de la que participaban las oligarquías y los poderes territoriales. El mismo Maquiavelo la compartiría. Parecía evidente que quien tenía el poder alcanzaba la riqueza. Era, ciertamente, una concepción premercantilista, anterior al desarrollo de la economía de mercado. Pero aunque no faltaron observaciones ocasionales sobre la influencia de la economía sobre el poder, la experiencia de la nueva economía no bastó para desvanecer aquella idea. Las gentes de oficio, sin perjuicio de puntualizar en cada caso cuáles eran las situaciones que rechazaba o las medidas a que se oponían, radicaron su programa máximo en la conquista total del poder, admitiendo como etapas de ese plan la participación parcial en él.

Si la conquista total del poder por las gentes de oficio representó, de hecho, la sustitución de una oligarquía por otra, con el mismo carácter exclusivista, la participación en él constituyó una especie de pacto entre dos oligarquías. Si han podido ser considerados como democráticos los regímenes que surgieron de la insurgencia de los oficios, ha sido solamente por extensión, y porque, en cierto modo, eran más democráticos que los tradicionales en la medida en que eran representativos de una parte más amplia de la sociedad. Pero los movimientos de los oficios no tuvieron nunca como meta ampliar la representatividad popular del gobierno comunal más allá de los límites de sus propias filas, restringiéndola, por lo demás, en el otro extremo mediante la limitación de los representantes de la alta burguesía y, de ser posible, su exclusión total.

En esto consistió, en primer término, la progresiva radicalización del proceso político desencadenado por las gentes de los oficios. En Lieja, los oficios habían conseguido en 1303 compartir por mitades los puestos en el consejo de los jurados con el patriciado. Pero ante una reacción de éstos, estalló en 1312 el movimiento llamado los “Maitines de Lieja”; los artesanos se lanzaron a la calle y acometieron a los patricios, algunos de los cuales murieron combatiendo y otros quemados en una iglesia que los insurgentes incendiaron. La paz de Angleur, firmada en 1313, confirmó la creciente importancia de los oficios, pero una nueva reacción oligárquica les arrebató en 1331 sus conquistas, hasta que otra rebelión restauró en 1343 el sistema de la paridad entre patricios y gentes de los oficios, quedando establecidas las normas en la llamada Carta de Saint-Jacques. A partir de ese momento, la radicalización del movimiento artesanal fue en aumento. En 1369 los patricios fueron excluidos del consejo y sólo permanecieron en el escabinado, que funcionaba como un simple tribunal. Una disposición que exigía a los patricios inscribirse en uno de los oficios acentuaba su dependencia. Ellos mismos decidieron en 1384 abandonar toda función pública ante la fuerza de la presión popular.[142] En Estrasburgo se produjo contemporáneamente un proceso semejante. Los oficios habían alcanzado un primer triunfo en 1332 cuando volcaron su apoyo al patriciado burgués contra el patriciado noble: ingresaron por primera vez al consejo y demostraron una tenaz energía para defender y consolidar sus posiciones. Pero como el patriciado burgués intentó avasallar tanto a las gentes de los oficios como al patriciado noble, se produjo entre estos últimos una alianza que terminó en la revolución de 1349. Los oficios dominaron desde entonces la situación y fue designado un carnicero para el cargo de ameister, el más alto de la ciudad y superior a los cuatro burgomaestres. La situación se radicalizó en 1362, cuando se constituyeron nuevas corporaciones de oficios que acrecentaron el poder del conjunto. Se estableció que los artesanos conservaban su condición de tales aunque acrecentaran su fortuna o se emparentaran con el patriciado; y en respuesta a este estrechamiento de las filas de la pequeña burguesía, los grupos patricios —nobles o burgueses— cerraron las suyas pero al precio de debilitar aún más su posición política. La situación se hizo tan difícil para ellos que en 1419 un crecido número de patricios abandonó la ciudad, tras lo cual los oficios impusieron en 1420 una nueva carta por la cual reducían el número de sus puestos en el consejo a un tercio, contra dos tercios reservados a las corporaciones. Esta situación se consolidó con el tiempo.[143] No ocurrió lo mismo en Florencia, donde el programa de quienes encabezaron el movimiento de los ciompi en 1378 tuvo efímeros resultados. Sólo duró cuatro años el audaz experimento político y social que desencadenó el gonfaloniero de justicia Salvestro de Medici y precipitó el conductor de las clases populares Michele di Lando. El primero, con indiscriminado apoyo popular, había logrado introducir a las Artes menores en el gobierno; pero el movimiento se radicalizó bajo la inspiración de Michele di Lando. Tras violentos disturbios, se constituyeron tres nuevas corporaciones, de las cuales una agrupaba a todos los trabajadores que no tenían oficio fijo y que eran, de hecho, el más humilde estrato social. Unidas a las existentes formaron una consortería de las artes menores, que logró imponer a la comuna florentina un nuevo régimen en el que las corporaciones que la integraban alcanzaron un fuerte predominio a través de los magistrados surgidos de su seno. Pero el popolo grasso estrechó sus filas y el experimento radical quedó frustrado en 1382.[144]

En otras ciudades se produjeron procesos sociales y políticos semejantes, sobre todo en Magdeburgo en 1330 y en Colonia en 1396. Y en distinta escala, con diferentes resultados y diverso grado de perduración, se produjeron en Braunschweig en 1386 y sobre todo en 1485, en Génova en 1378, 1383 y 1399, en Bremen en 1418, en Stettin en 1420, en Bremen en 1427, en Rostock en 1439, en Münster en 1454. Arrastradas por la dinámica del proceso de cambio, las pequeñas burguesías y las clases populares indiferenciadas se lanzaban a la aventura revolucionaria sin calcular en cada caso las posibilidades reales de éxito y acaso poniendo en peligro posiciones ya conquistadas.

Ese comportamiento político fue el resultado de la radicalización de esas clases. Pero esa tendencia no se manifestó solamente en el afán de apoderarse del poder y excluir de él a los patricios. También se puso de manifiesto en su despreocupación absoluta por los intereses colectivos de la ciudad, que muchas veces comprometieron irreflexivamente vulnerando el sistema económico en el que estaban insertas, con tal de abatir a las clases que lo usufructuaban. Y se puso en evidencia también en la lucha que en ciertas ciudades se desató entre los oficios, cada uno de los cuales quiso aprovechar el triunfo de todos en beneficio propio, sin vacilar en la aniquilación de los oficios rivales por medio de una guerra ensañada. Así ocurrió en Gante y Brujas donde el conflicto de los tejedores con los otros oficios ensangrentó ambas ciudades durante las décadas que transcurren entre la muerte de Jacques van Artevelde en 1345 y la batalla de Roosebeke en 1382. Llevada hasta sus últimas consecuencias, la radicalización de su política puso muchas veces en peligro la posición de las pequeñas burguesías, que si bien podían alcanzar el poder político por la fuerza no estaban en condiciones de sustraer al patriciado y a las burguesías medianas el poder económico. Sólo una política intermedia, basada en alianzas con otras fuerzas, podía asegurarles el mantenimiento de sus conquistas.

Justo o desacertado, prudente o no, ese comportamiento político de las pequeñas burguesías y las clases populares indiferenciadas fue también, como en el caso de las oligarquías, resultado de una estrategia pragmática y realista. Sólo que aquéllas no poseían la experiencia política de las oligarquías ni podían conocer, siquiera, las reacciones de las heterogéneas fuerzas sociales que liberaban al comenzar su acción. Su pragmatismo consistió sobre todo en atrapar la ocasión cuando parecía presentársele como favorable y su realismo en defender sus intereses inmediatos utilizando todos los recursos a su alcance. Si los programas y los fines solían ser difusos y no suficientemente estudiados en relación con sus posibilidades, la acción fue pragmática y realista en relación con las circunstancias del momento en cada lugar.

Predispuestos a la acción por resentimiento de clase, por ambición de poder o por el anhelo de mejorar su condición social y económica, las pequeñas burguesías y las clases populares indiferenciadas se lanzaron a ella cuando se polarizaron frente a una coyuntura favorable. Fue el enemigo, generalmente, el que marcó el momento de la acción. Algunas veces fue el establecimiento de un impuesto gravoso lo que suscitó la exaltación popular, como en Braunschweig en 1374. Otras fue una explosión de cólera popular por la persistente presión socioeconómica y política de las oligarquías en general o de alguno de sus miembros en particular. Pero lo que pareció más frecuentemente indicar el momento de la acción fue un debilitamiento ocasional de las oligarquías. Sometidas a influencias encontradas, como en las ciudades flamencas que desde principios del siglo XIV oscilaban entre el poder político de la monarquía francesa y la apertura económica ofrecida por Inglaterra, parecía posible introducirse en la brecha hasta quebrar su poder. Enfrentadas con el aliado tradicional, como la oligarquía florentina que rompió en 1376 sus vínculos con el Papado, su capacidad de resistencia parecía disminuida. Pero aún más visible fue su debilitamiento cuando quedó a la vista una fractura producida en sus filas dentro del ámbito de la ciudad y por causas internas.

El proceso que hizo crisis en Lieja en 1303 y llevó a las gentes de oficio a participar en el poder se desencadenó cuando la oligarquía impuso un nuevo impuesto sobre los artículos de consumo. Pero no sólo por eso, sino porque encomendó el cobro a una legión de jóvenes patricios que convirtieron la recaudación en una especie de cruzada antipopular. Empero, la oligarquía pasaba por un mal momento a causa de la rivalidad que había estallado en 1297 entre dos linajes nobles —los Awans y los Waroux—, y en esa guerra se vieron enredados los patricios que tomaron partido por uno u otro. Fue la circunstancia que los oficios juzgaron oportuna para lanzarse al ataque contra el sistema. Cosa semejante ocurrió en Estrasburgo en 1332. Dos familias burguesas particularmente influyentes —los Zorn y los Müllenheim— se enfrentaron y las gentes de oficio intervinieron apoyando a los patricios de origen burgués: fue entonces cuando lograron por primera vez conquistar un número importante de puestos en el consejo.

Esas fracturas correspondían a la estructura tradicional de la oligarquía. Pero en otros casos se produjeron a causa de nuevos fenómenos sociales y económicos. Junto a las viejas familias surgieron, en diversas ciudades y en distintos momentos, nuevos grupos que crecieron en importancia por su ascendente fortuna pero que encontraron cerrado el camino hacia el poder por la actitud oligárquica de aquéllas. Ricos comerciantes desencadenaron la larga crisis de Génova apelando —desde la época de Simon Boccanegra— al difuso apoyo de las clases populares contra las viejas familias gibelinas. Al calor de esas disensiones estallaron los infructuosos movimientos populares de 1378 y 1383; pero en 1399 la lucha entre las facciones se precipitó según la actitud de cada una frente a la dominación francesa, y los populares instituyeron en mayo un gobierno —el Consiglio dei Quindici— formado sólo por ellos. Duró poco, pero en noviembre hicieron un nuevo intento y establecieron un nuevo gobierno designando cuatro Priores de las Artes. Todo acabaría al restablecerse la autoridad francesa representada por el mariscal Boucicaut. Ricos comerciantes promovieron otros tumultos populares. Salvestro de Medici lanzó en Florencia a las Artes menores contra la oligarquía, abriendo en 1378 el caminó del tumulto de los ciompi; Paternostermaker desencadenó en Lübeck la rebelión de los carniceros en 1384; Karsten Sarnow inició en Stralsund el movimiento de 1385. Efímeras unas veces y duraderas otras, las rebeliones de las pequeñas burguesías y las clases populares indiferenciadas sólo pudieron comenzar y alcanzar algún éxito no sólo cuando la oligarquía había perdido su cohesión sino cuando pudieron contar con el apoyo de algún sector económicamente más poderoso que ellos, más influyente y arraigado de alguna manera en la tradicional estructura económica, aunque fuera en condiciones precarias. Por eso la conquista total del poder les fue muy difícil, en tanto que lograron perdurar las fórmulas transaccionales reflejadas en constituciones mixtas. Para alcanzarlas, las pequeñas burguesías —más organizadas que las otras clases populares y con objetivos más claros— fundaron generalmente su estrategia política —pragmática y realista— en alianzas que les prestaban un punto de apoyo en el sistema.

Muy diversos grupos aceptaron la alianza popular. En Lieja, ya en 1285 se vio formar un frente constituido por los oficios y el clero para oponerse al establecimiento de un nuevo impuesto. En la revolución de 1303 esa alianza reapareció, y volvió a verse en la de 1343, esta vez robustecida con la de un sector patricio. En Brujas, la rebelión de 1302 contó con el apoyo de los descendientes del conde de Flandes, hostilizado por el patriciado —los lyliaerts— al que respaldaba el rey de Francia. En Braunschweig, en 1374, apoyaron a los oficios los comerciantes de la mediana burguesía. Y en Stralsund, en 1385, fue una parte del patriciado la que combatió a su lado para acabar con el predominio de los Wulflam, una de las familias de su seno. Tales movimientos, si triunfaban, debían desembocar en regímenes transaccionales, cuya vigencia duraría hasta que, en algunos casos, se radicalizara la política de los oficios.

Sin duda otros factores contribuyeron para que se iniciaran los movimientos populares. La situación internacional que originó la guerra de los Cien Años —cuyo transcurso coincide con este período— produjo innumerables coyunturas críticas en diversos lugares. Hubo unas veces anarquía y relajación del sistema de autoridad y dependencia; otros intensos conflictos entre los grupos dominantes; en muchas ocasiones la escasez, la desocupación, la miseria y el hambre crearon una aguda exaltación de los ánimos colectivos; y fue frecuente que contribuyera a soliviantarlos la prédica del clero urbano —frailes mendicantes sobre todo— que siempre tenía un acento popular y que algunas veces alcanzaba matices revolucionarios.

Hubo, además, fenómenos de contagio. La intensidad de los movimientos artesanales ocurridos en las ciudades flamencas —Brujas, Gante, Ypres— sacudió la imaginación de las gentes de oficio en otras ciudades de diversos países. Repercutieron en algunas ciudades brabanzonas y en Lieja, que, a su vez, influyó sobre ciertas ciudades holandesas —Utrecht, especialmente— y muchas de Alemania que imitaron las nuevas instituciones. Las agitaciones de las ciudades hanseáticas se transmitieron entre ellas y el movimiento florentino tuvo repercusión en Génova. No siempre las condiciones sociales y políticas eran las mismas ni la ocasión igualmente favorable; pero la tendencia de las gentes de oficio sí eran las mismas y se avivaban ante el ejemplo de sus pares de otras ciudades. Alguna vez, como en Flandes en 1324, los artesanos se lanzaron a la insurrección en Brujas, con los tejedores a la cabeza, arrastrados por el clima revolucionario que crearon los campesinos del Flandes marítimo.

No influyó menos la aparición de caudillos políticos con fuerte atractivo personal entre las clases populares. No faltaron, por cierto, los demagogos inexpertos que no sólo no ayudaron a precisar los objetivos de la lucha y las formas de acción inmediata sino que, por el contrario, embarcaron a los grupos rebeldes en aventuras más radicales de lo que las circunstancias toleraban. Pero hubo los que, al frente de movimientos de objetivos difusos, lograron concretarlos e incluirlos dentro del cuadro político coyuntural acrecentando las posibilidades de éxito. De los más decididos y con inequívocas condiciones de conductor fue el caudillo de los minuti florentinos rebelados en 1378: “Un tal Michele di Lando —escribía un cronista contemporáneo—,[145] peinador o más bien el que dirigía a los cardadores y peinadores, factor de tienda de lana, enarbolaba el estandarte del popolo minuto, aquel que se había arrebatado de la casa del verdugo; llevaba zapatos sin calzas. Con ese estandarte en la mano penetró en el palacio con todo el pueblo que lo quiso seguir y subiendo las escaleras llegó hasta la sala de reunión de los prepósitos y allí se detuvo. Se le concedió, por aclamación popular, la señoría y determinaron que fuera confaloniero y señor. Hizo entonces redactar algunos artículos y los dio a conocer al pueblo: constituyó como síndicos de las artes a aquellos que le plugo, para que transformasen la ciudad. Fue así como durante todo ese día hasta el siguiente, mediada la hora nona —por más de veintiocho horas— este Michele di Lando, peinador, fue señor de Florencia.” Pero la figura más significativa del vasto movimiento de los oficios fue Jacques van Artevelde, patricio de Gante que se transformó en 1338 en el jefe de un gobierno de coalición patricia y popular para enfrentar la grave crisis por la que atravesaba la ciudad ante la presión de Eduardo III de Inglaterra. Esa coalición le pareció indispensable, y para constituirla introdujo en el gobierno a los tejedores, el más importante de los oficios ganteses y que había sido desalojado del poder en 1320. Así obtuvo el apoyo de los oficios, pero sin perder el del patriciado, porque la política que condenaba era la del conde de Flandes, a la que él oponía la del entendimiento con Inglaterra. Era lo que juzgaba mejor para Gante y para todo Flandes, y a este objetivo subordinó su política social, inserta en el cuadro de una política general que no excluía a los patricios productores de riqueza. Cuando el dominio de Gante se afianzó sobre Flandes, los excesos del gobierno influido por los oficios minaron su prestigio. Y al enfrentarse luego los diversos oficios en el seno de la ciudad, los tejedores abandonaron a Jacques van Artevelde —ahora acusado por su política proinglesa— y el caudillo cayó asesinado en un tumulto popular que encabezaban los tejedores.[146]

Los movimientos triunfantes de las pequeñas burguesías, preferentemente encabezados por las corporaciones de oficio, desembocaron en cambios institucionales, aun cuando detrás de la letra de los estatutos se vislumbraran distintas actitudes que impregnaban a las instituciones de caracteres diversos. Fue el caso de Lieja, donde los términos relativamente moderados de la Carta de Saint-Jacques de 1343 se vieron sobrepasados con el tiempo hasta el punto de que, después de 1384, sólo ocupaban puestos en el consejo miembros de los oficios. Pero lo que tuvo influencia en muchas ciudades no fue esta variante radicalizada de hecho sino la concepción originaria de la Carta de Saint-Jacques, que establecía un consejo constituido por partes iguales de patricios y gentes de oficio. En un grado intermedio, algunos estatutos —como la carta concedida a Brujas en 1304—, otorgaba mayoría de puestos a los oficios tanto en el escabinado como en el consejo. En general, quedó consagrado en el siglo XIV, en muchas ciudades, el principio que Florencia había establecido a principios del XIII excluyendo a los nobles del gobierno, pero radicalizándolo en algunas hasta el punto de excluir también a los patricios. Sin embargo, por diversos mecanismos el patriciado pudo seguir formando parte del gobierno: fuera porque los oficios admitían espontáneamente —o se veían obligados a admitir— la coparticipación de alguno de sus sectores, fuera porque algunos patricios se avenían a cumplir el requisito de inscribirse en uno de los oficios, como fue taxativamente establecido en Florencia o en Lieja. En general, nada más que en momentos de gran exaltación —o de gran obnubilación— pudo pensar el movimiento de los oficios en asumir solo el gobierno de las ciudades de desarrollo autónomo. Los hechos mismos lo forzaron a buscar alianzas que se tradujeron luego en concesiones a otros grupos sociales, o a aceptar, como límite de sus aspiraciones, formar parte de él si sus fuerzas no le permitían imponer condiciones. Otras medidas complementaron el cuadro del nuevo sistema institucional, relacionadas con el sistema de elección de los miembros de los cuerpos colegiados, el equilibrio entre las diversas corporaciones, el distingo entre las funciones judiciales, políticas y administrativas, las condiciones del servicio militar, o las disposiciones sobre condiciones de trabajo, salario o protección a las clases populares en situaciones críticas.

Sólo esporádicamente apareció una política de fondo en relación con el predominio que las oligarquías ejercían sobre las actividades económicas. Cuando apareció, fue en favor de las burguesías medianas, como ocurrió en Brujas cuando, en 1302, se concedió a todos los burgueses el derecho de comerciar que hasta entonces había sido monopolio de los patricios. Pero, en general, el mecanismo económico que consolidaba la dependencia de los oficios no atrajo aparentemente la atención de éstos, y no hubo, en consecuencia una estrategia dirigida hacia su modificación. Hubo, sí, una total despreocupación por las consecuencias que para la economía general de la ciudad tenían los conflictos sociales y el hostigamiento de las clases poseedoras que la promovían y desarrollaban. Y la consecuencia fue un empobrecimiento general de muchas de ellas, acaso más notables porque, en la crisis, crecieron y se consolidaron muchas fortunas particulares de antiguos y de nuevos ricos.

El empobrecimiento general de las ciudades fue, a la larga, una de las causas del fracaso de los movimientos populares, que se sumó a la impotencia de los sectores rebeldes tanto para manejar el aparato productivo como para ejercer solos el gobierno. Limitada su acción por efecto de la crisis económica, los oficios se deslizaron hacia una política exclusivista en defensa de sus propios intereses, que no fue, finalmente, la defensa del conjunto mancomunado de los oficios sino la de cada uno de ellos contra los demás. Esa guerra interna de la pequeña burguesía —que alcanzó caracteres dramáticos en Brujas y Gante en las décadas que siguieron a la muerte de Artevelde— no sólo debilitó su propia fuerza sino que la aisló del resto de las clases populares, de cuya suerte se desentendió. El conjunto del sector revolucionario mostró su heterogeneidad, su falta de cohesión y su incapacidad para encontrar unas bases mínimas de coincidencia que le permitieran obtener un éxito definitivo frente al sector de la burguesía manufacturera, financiera y comercial.

Éstas, por su parte, habían conservado su predominio económico y social, y lo acrecentaron mediante una política de alianzas con los poderes territoriales. Cuando la economía empezó a salir de la crisis, la gran burguesía estaba en condiciones de aprovechar a fondo las nuevas oportunidades que ofrecía la ampliación de los mercados y la restauración del orden social y político.

El proceso dejó, en el largo plazo, un saldo favorable. Las ciudades de desarrollo autónomo habían puesto en funcionamiento una política realista y pragmática que fijó el peso justo de cada uno de los sectores de la nueva sociedad en un ámbito plenamente mercantilizado. La gran burguesía y la mediana representaban el capital. Los oficios representaban el trabajo. Eran los dos términos inseparables e indisolubles de la nueva economía mercantil y de la nueva sociedad típicamente burguesa. Quedaban fuera de este cuadro las viejas aristocracias señoriales, excepto cuando sus miembros se incorporaban a las filas de la gran burguesía, y la masa de las clases populares indiferenciadas, eventualmente utilizables dentro del sistema mercantilista pero sin relevancia social. El ajuste de las relaciones entre los dos sectores protagonistas del sistema creó, sobre los vestigios de las concepciones tradicionales que la política realista y pragmática había desvanecido, el modelo de las relaciones fundamentales del nuevo mundo urbano y burgués.

Ciertamente, el mundo urbano y burgués era, a su vez, sólo uno de los polos de la sociedad global. Pero su fortalecimiento y su explícita definición permitió que presionara sobre las estructuras feudales y territoriales y las constriñera hasta forzarlas a integrarse con él. Así se vio claramente en los estados territoriales, en los que la política realista y pragmática logró elaborar el nuevo cuadro de relaciones en un mundo transaccional, feudoburgués.

III. El desarrollo del autoritarismo urbano

El nuevo mundo urbano y burgués se había constituido como un conjunto de enclaves en la sociedad feudal, que era, desde el punto de vista político, una sociedad bifronte. Para los grupos privilegiados regía un sistema contractual en el que la obediencia del inferior tenía como contrapartida expresas obligaciones del superior y en el que los vínculos, puesto que eran contractuales, podían disolverse. Para los grupos no privilegiados, por el contrario, regía un sistema autoritario que obligaba a sus miembros a una dependencia sin contrapartida y a una sujeción irreversible, como si correspondiera a un estado de naturaleza. En esa sociedad, el mundo urbano y burgués constituyó, sobre la base de sociedades integradas muchas veces por gentes que provenían de las clases dependientes, un conjunto de enclaves en los que se instauró también un sistema político contractual: se era burgués de una ciudad cuando se integraba una “comuna jurada” o cuando, simplemente, se aceptaban los términos de un compromiso expreso sobre obligaciones y derechos. Por eso parecieron sociedades democráticas, aunque, en rigor, eran, como la sociedad de los privilegiados, sólo contractuales. Las obligaciones y derechos se convenían entre los miembros de una comunidad, y sólo de una manera vaga, alimentada por el igualitarismo evangélico, pudo pensarse alguna vez que podían extenderse a todos en un sistema abierto.

Las nuevas sociedades contractuales de las ciudades burguesas padecieron, desde el principio, ciertas contradicciones difíciles de superar. Políticamente constituían núcleos cerrados que sólo se extendían cautelosamente mediante la concesión del derecho de burguesía. Pero desde un punto de vista social y económico estaban destinadas a ser sociedades abiertas, puesto que estaban montadas sobre la nueva economía de mercado, en plena expansión hasta fines del siglo XIII. Focos de esa economía, las ciudades crecieron y desbordaron a los núcleos políticos originarios, cerrados desde el primer momento pero que se cerraron cada vez más convirtiéndose en estrechas oligarquías. Frente a ellas, las nuevas olas de población se hallaban fuera del contrato originario. No buscaron el establecimiento de ilusorias democracias masivas —que no pudieron ser ni siquiera pensadas—, sino, simplemente, la revisión y ampliación del contrato originario. Ellas tenían razones y las oligarquías tenían las suyas. La busca de nuevas formulaciones contractuales se hizo a veces a través de la negociación y otras veces por medio de la acción violenta. Pero los intereses eran inconciliables y la situación paradójica, puesto que las grandes masas que requería la nueva economía podían gravitar profundamente dentro del ámbito urbano pero no podían llegar a controlar la estructura económica. Sólo les quedaba la ilusión de lograrlo conquistando el poder. Las oligarquías, por su parte, sólo confiaban en el poder para conservarlo. De la inestabilidad social y de la insoluble contradicción de intereses surgió la convicción, de una y otra parte, de que sólo la posesión del poder autoritario —no contractual— podía zanjar las diferencias. Así se vio, en las ciudades de desarrollo autónomo, que procuraban, en principio, resolver sus problemas manteniendo su relativa o total independencia, una tendencia progresiva a establecer regímenes políticos no contractuales sino definidamente autoritarios. Unas veces emergieron de las propias sociedades. Pero el juego del poder se vio arrastrado por sus propias leyes, y junto a los que luchaban por conseguirlo para asegurar su dominio sobre la sociedad y la economía, aparecieron los que luchaban por el poder mismo, y por la riqueza que ofrece gratuitamente el poder. Hubo, en otras ciudades, poderes territoriales que intervinieron y pusieron fin al desarrollo autónomo de algunas que hasta entonces habían podido conservarlo, imponiendo su propia autoridad. Las que lo mantuvieron, como las ciudades alemanas libres, las de la Hansa especialmente, y las ciudades suizas, consolidaron sus regímenes oligárquicos que, en el clima político general, pudieron asegurar una estabilidad social que sólo sacudió la tormenta de la Reforma.

La marcha hacia el autoritarismo en las ciudades de desarrollo autónomo puso de manifiesto todo el alcance de la política del realismo. Las revoluciones burguesas habían instaurado en las ciudades regímenes políticos contractuales que, aun conteniendo resabios del sistema feudal, constituyeron una renovación en la percepción de las relaciones entre la realidad social y el poder. Pero, si en un principio el poder fue percibido nada más que como un instrumento eficaz para alcanzar nuevos fines, en las nuevas sociedades que se constituyeron dentro del cuadro de la nueva economía empezaron a aparecer quienes percibieron el poder como un fin en sí mismo. Y no fueron sólo los que creyeron que el poder traía consigo un fulminante ascenso social, sino también los que veían en él un modo de alcanzar la riqueza, o de proyectar su personalidad hacia un primer plano, o simplemente los que descubrían en él la conjunción de las dos posibilidades: la riqueza y la gloria. La busca del poder por sí mismo, desprendido de otra finalidad, desarrolló hasta sus últimas consecuencias las tendencias implícitas en la política del realismo.

La nueva sociedad produjo un tipo de hombre nuevo, cuyos caracteres se acentuaron a partir de la crisis de contracción del siglo XIV. Todo principio de legitimidad tradicional había entrado en crisis al compás de la crisis del Imperio y del Papado y de la trasmutación del sistema feudal. Cada vez más adquirieron rápido consenso la nueva riqueza y la nueva gloria, tras de las cuales se movían hombres nuevos y, a veces, hombres renovados que buscaban su camino en la política. Porque no faltaron quienes pertenecían a las viejas estructuras y supieron cambiar sus esquemas tradicionales; pero acaso fueron más los que emergieron de la nueva sociedad y buscaron el ascenso social y la afirmación de su personalidad singular a través de la obtención de la riqueza y la gloria por el camino del poder. Nuevos o renovados, ellos fueron los que extremaron el realismo político y delinearon un mundo del poder que empezó a funcionar según su propia ley y desprendido de los fines para los cuales otros querían conquistarlo y hacerlo servir.

Capacidad para abandonar viejos principios —ya convertidos en prejuicios— y para decidirse a embarcarse en empresas desusadas pero sugeridas por las circunstancias reales, pusieron de manifiesto Simon Boccanegra, Salvestro de Medici o Cola di Rienzo. Todos tenían un sostén en la estructura tradicional y todos pretendieron modificarla con el apoyo de fuerzas nuevas que podían atraer y aglutinar a su alrededor para constituir con ellas un poder personal. Pero en quien se vio más claramente identificar las nuevas fuerzas sociales que podían lanzarlo hacia la conquista del poder e iniciar esa conquista sin otro objetivo que su logro fue en Gualtieri di Brienne, elegido en 1342 como “capitán y conservador del pueblo” en Florencia. Giovanni Villani subraya todos los rasgos del personaje.[147] Una vez llegado a la ciudad se alojó en Santa Croce, lugar de los hermanos menores “por conveniencia, por sagacidad o por lo que sucedió después”; y por consejo de algunos grandes decidió adueñarse del poder, pero sobre todo porque “vio la ciudad dividida” y porque “estaba deseoso de dinero”, puesto que “aunque tuviese el título del ducado de Atenas, no lo poseía”. Villani —también él un realista— puntualiza las arduas maquinaciones de los diversos grupos sociales y, sobre todo, la buena disposición de los grandes, por una parte, y de la pequeña burguesía y el popolo minuto por otra. Así se hizo señor de Florencia, en perjuicio de la oligarquía. “El popolo minuto tuvo gran alegría porque había puesto mano en el gobierno; y cuando el duque cabalgaba por la ciudad, iban gritando: ¡Viva el Signore!” Cuando vio su poder amenazado, se alejó de los nobles y consolidó su base política apoyándose sólo en “los carniceros, los viñateros, los cardadores y los artifici minuti”. Entre tanto, impuso fuertes gabelas y “en diez meses y dieciocho días que reinó como señor, vinieron a sus manos… cuatrocientos mil florines de oro sólo de Florencia, sin contar los que trajo de otras tierras vecinas que él señoreaba, de los cuales envió a Francia y a Puglia más de doscientos mil florines de oro”. Levantó fortaleza, formó ejércitos, mató enemigos, hasta que, finalmente, sucumbió ante la coalición de todos los grupos poseedores.

Aparentemente justificado por el apoyo popular, el duque de Atenas no era, sin embargo, un político florentino que encabezaba una lucha de clases. Era, solamente, un aventurero que buscaba apoyo para una aventura personal cuyo fin era el poder mismo, y con él la riqueza. Aventureros de diversa categoría, pero de estilo semejante, aparecieron desde fines del siglo XIII pero proliferaron en el XIV y sobre todo en Italia. Al frente de las compagnie di ventura, los condottieri ofrecieron una fuerza organizada y eficaz a los estados que carecían de ella o que querían desprenderse de la que tenían a causa de su dependencia señorial. Hubo extranjeros que reclutaron sus fuerzas no sólo en Italia sino también entre los soldados de oficio, ocasionalmente ociosos, que participaron en las guerras entre Inglaterra y Francia. El inglés John Hawkwood fue quizá el más famoso; pero no lo fueron menos Anichino di Bongarden, Alberto Sterz, jefe de la Compagnia Bianca, ambos alemanes como Guarnieri d’Urslingen, que declaraba en su lema: “Io sono Guarnieri duca, capitano della Gran Compagnia, nemico di Dio, di pieta e di misericordia.” Pero fueron los italianos los más numerosos, capitanes brillantes algunos, como Nicolò Piccinino, Alberico da Barbiano, Nicolò de Montefeltro, Guidoriccio da Fogliano, y más tarde Carmagnola, Carlo Malatesta, el duque de Urbino, Federico de Montefeltro, Francisco Sforza o Nicolò de Tolentino. Dos de ellos, que sirvieron a Venecia —Colleoni y Gattamelata— merecieron el homenaje de las estatuas ecuestres que se les levantaron en Venecia y Padua, obra de Verrocchio y Donatello. De otros pintaron sus retratos artistas notables: Simone Martini el de Guidoriccio da Fogliano, Paolo Ucello el de John Hawkwood, Piero della Francesca el del duque de Urbino, Andrea del Castagno el de Nicolò de Tolentino y el de Pippo Spano y Antonello de Mesina el de uno desconocido y arquetípico. Humanistas ilustres escribieron sus biografías, tan reveladoras de la inusitada significación del personaje y de su variada imbricación en las situaciones políticas de su tiempo como la que Vespasiano da Bisticci hizo del duque de Urbino o las que escribieron Crivelli o Simonetta.

Ciertamente, tanto la personalidad de los condottieri como sus actos impregnaron la vida política de un realismo casi brutal, y no sólo en las ciudades de desarrollo autónomo sino también en el reino de Nápoles y en el estado Pontificio. Manejaron la más importante fuerza militar que operaba tanto en los conflictos entre los estados como en los procesos políticos internos de cada uno de ellos, pero manteniéndola ajena a los cuadros institucionales y conservando una notable autonomía, que les permitía inclinar la balanza en favor de uno u otro contendiente, conquistar nuevos territorios para un estado o apoyar en cada uno de ellos a algunos de los aspirantes a apoderarse del gobierno. Inestables como entidades políticas, las ciudades carecían de un ejército propio, rasgo sobre el que discurrió reiteradamente Maquiavelo cuando quiso explicarse el extraño destino que habían corrido.[148] Se lo proporcionaban los condottieri, pero a costa de instalar por entre los hilos de la red política institucionalizada una subestructura de poder no comprometida con las estructuras políticas. A veces sostenían los condottieri guerras particulares que se entrecruzaban con las que sostenían quienes les pagaban, pero cuyo objeto era consolidar su poder o desalojar a un rival en ese fructífero negocio en el que estaban empeñados con el único y manifiesto propósito de conseguir un beneficio personal: poder, dinero o gloria.

Tan importante era su papel y tan grande la amenaza que significaban para los estados y para sus poblaciones que por dos veces los execró en sendas bulas el papa Urbano V, en 1364 y en 1366. Pero no eran muy distintas las huestes que había reunido el cardenal Albornoz para someter los estados del Patrimonio. No sería posible, en el ámbito italiano, prescindir por mucho tiempo de esa subestructura de poder militar independiente, fruto de la crisis social y política.

Sin duda era el de los condottieri un poder ilegítimo, pero su significación de hecho era un factor político decisivo, con el que el poder constituido debía contar y al que nadie podía sustraerse. Era un poder por el poder mismo, ejercitado con un pragmatismo feroz, con un realismo inexorable, y estaba montado sobre un uso libre y arbitrario de una fuerza organizada según una reminiscencia lejana del vínculo personal, ahora fundado más en el salario y en el botín que en la lealtad. Era un poder extraterritorial y desarraigado, que sólo se ataba por un convenio transitorio al orden jurídico e institucional que ostentaba cierta legitimidad. Pero pocas ciudades podían ostentar un poder inequívocamente legítimo, y muchos signori no eran, al fin, sino antiguos condottieri que habían logrado concentrar sus fuerzas en un lugar y establecer allí una autoridad política más o menos estable que, en muy poco tiempo, llegó a ser considerada estable dentro del elástico sistema de legitimidad vigente. La tradicional legitimidad jurídica parecía cada vez más un principio anacrónico en un mundo en el que, con cuarenta mil florines de oro, podía comprarle Mateo Visconti al emperador un diploma de vicario imperial, en tanto que se abría paso otra forma de legitimidad que consistía en reconocer el derecho a ejercer el poder a aquel que efectivamente tenía fuerza y capacidad para ejercerlo y conservarlo. Uguccione della Fagiuola, los Montefeltro o los Malatesta —antiguos condottieri— estaban ya asentados en Pisa, en Urbino o en Rímini cuando se desataron las bandas innumerables de compagnie di ventura en el siglo XIV; y en el siguiente se vio a Nicolò Piccinino transformarse en señor de Bolonia o a Francesco Sforza de Milán. De esa manera, la subestructura de poder cristalizaba poco a poco en una situación reconocida como legítima, de la que participaban, por lo demás los que por otras vías habían tenido acceso al poder personal y autoritario, generalmente con la ayuda de bandas mercenarias.

La fuerza militar mercenaria constituyó un instrumento inestimable para la consolidación de los regímenes autoritarios urbanos. Pero su disponibilidad no fue, ciertamente, el factor decisivo para que se instauraran. Fueron los factores sociales y económicos, fundamentalmente los que provocaron el deslizamiento de las sociedades contractuales hacia las sociedades autoritarias. En un régimen de economía de mercado, la movilidad social había creado una sociedad inestable, en la que los azares de la prosperidad o la escasez provocaban imprevisibles alteraciones de consecuencias variables. Esa inestabilidad comprometió tanto a la tendencia general al libre juego del mercado como a los vagos principios de la sociedad contractual. Y como la ilusión de un orden espontáneo no fraguaba en las situaciones reales, la aspiración a establecerlo coactivamente creció, sobre todo cuando la crisis de contracción acentuó los caracteres del desorden. Las oligarquías pretendieron hacerlo, y cuando no lo lograron por sí mismas apoyaron a quien pudiera alcanzarlo a costa de algunas concesiones, y lo intentaron también las fuerzas populares que las desafiaron. Cuando no lo lograron, unas y otras acariciaron la esperanza de que lo lograra un personero apto para ejercerlo, confiadas en que respondería a sus propósitos. Pero quienes aceptaron esa misión agregaron al uso del poder condicionado un uso personal, que era el ejercicio del poder mismo. La fuerza era la condición indispensable y el poder se hizo tiránico, como dijeron los humanistas de formación latina.

Esta combinación de un poder condicionado por una finalidad y un poder ejercido por el poder mismo configuró el tipo de autoridad de los signori italianos. De una concepción moral de la política, hubo un deslizamiento hacia una concepción realista: tal es, en suma, lo que observó agudamente Maquiavelo discurriendo sobre la historia de las ciudades burguesas. Dueños de un poder militar y hechos a las costumbres de la guerra, los signori introdujeron, por su parte, una variante en el realismo político burgués. Sumaron a la flexibilidad y a la astucia que caracterizaba a éste, una actitud voluntariosa y arbitraria que descartaba los derechos y los intereses de los demás en beneficio sólo de su propio interés. Las sociedades contractuales, constituidas, en principio, sobre la base del advenimiento de todos los grupos, se vieron aplastadas por la voluntad del signore, que no ocultó sus designios. El afán de riqueza los hacía codiciosos y avaros, aunque sus exégetas elogiaran a veces su prodigalidad, que no solía sobrepasar el círculo de sus incondicionales. Poggio Bracciolini pone en boca de Dante unas observaciones llenas de resentimiento contra la mezquindad de Can della Scala, de la que Boccaccio hace argumento de una de sus historias.[149] Las constantes guerras y el temor de los enemigos que amenazaban su poder los enclaustraba en sus fortalezas, de las que no salían sino rodeados de guardias. Así vivieron Gian Galeazzo Visconti en el palacio de Pavía y Filippo María Visconti en el de Milán, este último en medio de una extraña corte presidida por sus astrólogos y sus médicos. Una crueldad extremada fue ejercida para atemorizar a sus enemigos: refinadas torturas esperaban al prisionero al que, algunas veces, se encerraba en jaulas de hierro y otras en horribles calabozos construidos a propósito, como los que Galeazzo Visconti hizo hacer en el castillo de Monza. En la bula en que lo excomulgó —como en sus Commentarii[150] Pío II describió la conducta de Segismundo Malatesta, condottiere y señor de Rímini: “Era bastardo de la noble familia de los Malatesta. Tenía gran fuerza de cuerpo y de espíritu; estaba dotado de elocuencia, era buen capitán y conocía la historia y la filosofía: todo era fácil para él. Pero lo arrastró el vicio; y, ávido de dinero, no sólo se entregó al saqueo sino también al robo. Fue lujurioso, hasta el punto de hacer violencia a sus hijas y a su yerno; y cuando era adolescente, se casó muchas veces como mujer y, haciendo las veces de ellas, afeminó a los varones… Su crueldad sobrepasó a la de los bárbaros y sus ensangrentadas manos torturaron tanto a los inocentes como a los culpables. Oprimió a los pobres, arrebató a los ricos sus bienes y no perdonó ni a los huérfanos ni a las viudas; nadie vivió seguro bajo su dominación.” Maquiavelo elogió con entusiasmo al signor de Luca, Castruccio Castracani, que había vivido a principios del siglo XIV. Decía de él, sin embargo: “Era grato a los amigos, con los enemigos terrible; justo con los súbditos, infiel con los que le eran ajenos. Jamás trató de vencer por la fuerza a quienes podía vencer con engaños: porque él decía que era la victoria —y no el modo de la victoria— lo que acarreaba la gloria.”[151] Era una definición del realismo político. Pero sus virtudes humanas eran suficientes como para que Maquiavelo, luego de puntualizarlas, escribiera: “Fue un hombre no sólo raro en su tiempo sino también en los pasados”; con lo que definía la calidad de los demás.

Menos dramático, pero no menos sugestivo, es el testimonio accidental de Franco Sacchetti, en una novela que sitúa en la época del terrible Bernabé Visconti y en la que cuenta el divertido episodio de Ambrogino da Casale, que decidió gastarse su fortuna en vivir a su gusto antes que entregársela poco a poco al señor por la vía del impuesto. Y a manera de comentario final dice Sacchetti:[152] “Por esta novela se puede comprender verdaderamente, teniendo en cuenta lo que actualmente se ve tanto entre los señores como en las comunas —y especialmente hoy, que no buscan otra cosa que quedarse, mediante gravámenes, con lo que es de sus súbditos— que Ambrogino proveyó sabiamente queriendo comerse lo suyo antes que otros se lo comiesen. Y yo, escritor, soy de los que han dicho ya que los gastos de la gula eran los más tristes; y así solía ser. Pero habiendo llegado el mundo a tal situación, de modo que todas las cosas anteriores conviene que vayan a la ruina, considero que hoy el comer y el beber son las que menos pueden arrebatar los príncipes del mundo. En cambio, si se trata de dinero, no dejará de ser la primera cosa a la que ellos presten atención. Si se trata de las posesiones, siempre están atentos a sacárselas; si de los muebles, siempre son lo primero que la familia y los servidores se llevan; si de los hermosos vestidos que llevan hombres o mujeres, o se empeñan o se venden para pagar. Sólo el comer es lo que jamás podrán tener. Y por eso procedía sabiamente Ambrogino, porque ha habido muchos que con gran avaricia amasaron una enorme riqueza y jamás pudieron gozar una hora de ella; porque sobrevino un caso de guerra, de modo que fue necesario que con la mayor parte de lo suyo pagaran a la malvada gente de armas, la cual gozará de mucho de lo suyo pues no está en su ánimo contentarse con una minucia.” La astucia y el sentido común respondían con variable eficacia a la arbitrariedad del poder autoritario, que disminuía y rebajaba progresivamente al que antes se sentía orgulloso ciudadano de su ciudad, y amenazaba su vida privada, sus bienes y su existencia. Aun las clases y los sectores sociales que apoyaron a los distintos signori pudieron verse amenazados por el poder autoritario que, encarnado en un individuo, podía descontrolarse según las contingencias normales o morbosas de su personalidad. La política del realismo se deslizaba entonces hacia la irracionalidad total.

No fue menos dramática la situación en las ciudades imperiales libres de Alemania, si bien muchas de ellas pudieron resistir las presiones que, desde fuera, ejercían los señores en cuyo territorio estaban enclavadas. No hubo presiones sobre las ciudades hanseáticas, porque las mayores tensiones se produjeron en regiones de vieja tradición, donde los problemas tenían arraigo secular: en Wurtemberg, en Suabia, en Baviera, en Sajonia-Turingia, en Westfalia y toda la Renania. En ellas abundaron los señores de horca y cuchillo que operaban como los condottieri italianos, mientras disputaban la hegemonía los señores y las ciudades libres.

Libres jurídicamente, tenían desde los tiempos mismos de Federico II importantes limitaciones para su desarrollo, en particular las que se referían a la incorporación de nuevos burgueses. Pero la prosperidad económica era tal que nada pudo impedir el esplendor, mayor o menor, de Estrasburgo, Núremberg, Ulm, Francfurt, Augsburgo, Colonia o Munich. Fue, precisamente, su esplendor lo que desató la codicia de los señores, en el clima de anarquía que arrastraba Alemania. Las ciudades imperiales libres hubieran deseado respaldar un poder imperial fuerte. Pero la impotencia de los emperadores estimuló la audacia de los señores que aspiraban a incorporar las ciudades libres a su jurisdicción o, al menos, a compartir con ellas, mediante alguna clase de coacción, las rentas que obtenían de su actividad mercantil y manufacturera. La situación se tornó grave en el último tercio del siglo XIV cuando, en medio de una guerra civil generalizada, sobre todo en el sur, el conde de Wurtemberg arremetió contra las ciudades de Suabia. Todos los señores lo acompañaban; y si en 1377 las ciudades triunfaron en la batalla de Reutlingen, los esfuerzos para contener la ofensiva señorial fracasaron y las ciudades fueron vencidas: las de Suabia por el conde de Wurtemberg en Doffingen, las de Renania por Ruperto del Palatinado.

Pero aunque las libertades urbanas sufrieron con la derrota, los señores no lograron imponer en ellas un régimen autoritario. Volvieron a intentarlo en el siglo xv. Alberto de Brandeburgo emprendió la lucha contra la próspera Núremberg, pero cayó derrotado en campo abierto por las tropas urbanas. Y en la misma época, el arzobispo de Colonia Teodorico II pretendió, con la ayuda del emperador, de los señores y de la propia ciudad de Dortmund, someter a la ciudad de Soest sin conseguirlo. El fracaso de los señores era, en rigor, el de la vieja nobleza, inclinada a someter a las fuerzas sociales como si el proceso de cambio no se hubiera producido e incapaz de encontrar vías transaccionales para pactar con cualquiera de los sectores que integraban la sociedad urbana. No hubo, pues, señores que impusieran su ley en las viejas sociedades contractuales que se alojaban dentro de los muros de las ciudades. Más claro aún fue el fracaso de los Habsburgo frente a los suizos, acaso más campesinos que ciudadanos, pero de todos modos representantes de la nueva sociedad frente a la persistencia de los viejos esquemas señoriales.

El fracaso de los Habsburgo frente a los suizos se correspondía con el fracaso de sucesivas expediciones de los emperadores alemanes a Italia: Enrique VII, Luis IV, Carlos IV, Ruperto, Segismundo. El intento de impostar viejos esquemas sobre sociedades nuevas mostró cada vez más su ineficacia. Los emperadores pusieron de manifiesto sus principios: tradicionales unas veces, radicalmente revolucionarios otras, como en el caso de Luis IV el Bávaro. Pero ni unos ni otros correspondían exactamente al realismo político que predominaba en las nuevas sociedades: el pueblo al que apelaban los emperadores germánicos según la inspiración de Marsilio de Padua o de Guillermo de Occam era un ente abstracto, en tanto que en los decenios precedentes se había ido formando, poco a poco, un pueblo concreto para el que los problemas del Papado y el Imperio eran anacrónicos. Chocaron los emperadores con los intereses inmediatos de quienes poseían efectivamente el poder, y su suerte fue varia. Recibieron el interesado apoyo de unos señores, pero tuvieron que soportar la hostilidad de otros, en tanto que todos seguían su propio juego y procuraban instrumentalizar la autoridad tanto del papa como del emperador. Y no fue sólo en Italia donde los emperadores acumularon fracaso sobre fracaso. Lo mismo les ocurrió en Alemania, donde los príncipes, los señores y las ciudades perseguían obstinadamente sus propios fines de acuerdo con las cambiantes circunstancias de la realidad, y se desentendían de esa autoridad que se había mostrado insensible a la presencia y significación de las nuevas fuerzas sociales. Más que en otras partes, el Imperio, que no sabía asumir el papel de reino alemán, resistía a la confluencia de aquellas fuerzas con las tradicionales en un conjunto feudoburgués.

Muy otra fue la actitud de los duques de Borgoña en los Países Bajos. Herederos directos o indirectos de toda la región como consecuencia de la política de matrimonios que empezó con el de Felipe el Atrevido y Margarita de Flandes, intervinieron en la política de las ciudades con una idea preconcebida acerca del papel que debían cumplir al quedar incluidas en el estado borgoñón. A esa idea sirvieron todos los pasos de los sucesivos duques de Borgoña. Felipe el Atrevido participó en la represión del levantamiento de las ciudades flamencas —Ypres, Gante y Brujas— en 1379, que concluyó con la batalla de Roosebeke y la muerte de Felipe van Artevelde en 1382. Así fue aplastado el movimiento que habían desencadenado los oficios contra las burguesías. Pero dos años después Felipe entró en posesión del condado al morir Luis de Mâle, y desde entonces la política borgoñona se dirigió precisamente contra esas burguesías, celosas de sus privilegios y a las que el duque borgoñón comenzó a forzar para que sirvieran a los intereses del ducado. Esa decisión de reprimir a las burguesías atrajo a los duques de Borgoña la simpatía de las clases populares. Juan sin Miedo, que en París no vacilaría en aliarse con los carniceros, se movía aún con más holgura en las ciudades flamencas. Extraño apoyo encontró entre los humildes su hijo Felipe el Bueno, a quien aclamaban en las calles con lágrimas en los ojos.[153] El realismo de la política borgoñona consistía principalmente en sus fines, tan ambiciosos y difíciles de alcanzar; pero no consistía menos en los medios. Sensibles a las variaciones de la nueva sociedad, buscaron en el condado de Holanda, durante el conflicto con la condesa Jacoba, el apoyo del partido de los Kabiljaws —los “bacalaos”-, esto es, las burguesías urbanas, enemigas de los Hoeks, o “anzuelos”, el partidode la nobleza; con su apoyo pudo Felipe el Bueno tejer la maquinación que puso en sus manos en 1436 el condado de Holanda, y con él Zeelandia, Frisia y Hainaut.

Dueños de Brabante desde 1440, decisivamente influyentes en Utrecht y en Lieja, los duques borgoñones fueron poniendo en acción su premeditada política. Poco a poco los privilegios económicos de las grandes ciudades fueron suprimidos para que pudiera funcionar fluidamente la vasta red comercial que controlaba el nuevo poder político. Brujas vio escaparse de sus manos la administración de los almacenes de concentración —el staple—, lo cual perjudicaba a la burguesía pero, al tiempo que limitaba la autonomía de la ciudad, perjudicaba también a todos los sectores de la población. La rebelión estalló en 1436, pero la ciudad fue sometida implacablemente y constreñida a cumplir la misión que le asignaba el duque. Idéntica actitud se adoptó con Gante, cuya burguesía perdía en 1451 sus privilegios económicos en beneficio del nuevo estado territorial. La ciudad se rebeló y el duque la redujo sin contemplaciones.[154] Por entonces comenzaron los conflictos con Lieja, donde se instauró una especie de protectorado borgoñón. Más autoritario aun que su padre, el nuevo duque de Borgoña Carlos el Temerario los reprimió a sangre y fuego en 1468, destruyendo prácticamente la ciudad.[155]

Entre tanto, el progresivo ajuste de la política borgoñona significó la restricción o supresión de las libertades municipales. Carlos el Temerario extremó su autoritarismo y desbarató el sistema institucional de las ciudades, porque estaba en su plan, como en el de sus antecesores, introducirlas en el cuadro general de sus estados. Ciertamente, tanto las formas de la economía como las institucionales estaban cuestionadas en los últimos tiempos, y los borgoñones introducían soluciones realistas en todos los campos. Los sectores renovadores de la burguesía se mostraron muy dispuestos a trocar los viejos privilegios de la ciudad por las amplias perspectivas que ofrecía una economía abierta dentro de un extenso y poderoso ámbito político. Así se constituyeron grupos económicos que abandonaron los marcos de la economía tradicional para insertarse en el sistema del estado territorial borgoñón. Grupos desprendidos de las viejas burguesías se incorporaron también a él para constituir la nueva burocracia y los cuadros dirigentes y ejecutores de la nueva política. El realismo de los borgoñones descubrió las napas más activas de la sociedad y con ellas constituyeron las élite.s del nuevo Estado, una típica élite. feudoburguesa por su origen social, su formación y los objetivos adoptados. Acaso el canciller Nicolás Rolin —el que pintó Van der Weiden— sea la figura más representativa de ella.

Entre tanto, Florencia había experimentado el caso más singular de deslizamiento de una sociedad contractual hacia un régimen autoritario. Una larga experiencia de elaboración y reelaboración de normas legales poseía Florencia, tan grande que Dante pudo hacer burla de ella. Sufrió la ciudad profundas crisis sociales y políticas y en cada una de ellas puso de manifiesto su extrema sensibilidad para regular los problemas de la convivencia. Fue efímero el grosero ensayo de Gualtieri di Brienne y no prosperó el tumulto de los ciompi. Prosperó, en cambio, el trabajo sutil de una oligarquía refinada que trató de consolidar sus posiciones ejerciendo un poder firme para hacer frente a sus enemigos internos y externos. Pero en ese proceso empieza a definirse la autoridad de Cosimo de Medici, tenuamente al principio, más firmemente luego. Cada vez más se hacen más cosas sólo después de consultarlo. Cada vez más hay más personas que no hacen nada sin consultarlo. Hasta que la consulta se transforma en orden, y la orden en costumbre. Juega mucho la claridad del juicio, la justa proporción entre los intereses privados y los públicos, la sabiduría política; pero no juega menos el dinero. Cosimo llega a dominar la ciudad sin que su persona esté presente sino en contados actos de gobierno. Otros hacen lo que él quiere que se haga. Cuando muere, Piero de Medici llega al poder; y aunque no tiene la garra política y la sutileza de su padre, hereda la red que él había tejido, delicada y firme, y hereda la influencia que posee su fortuna. Y cuando Piero muere, la red llega a manos de Lorenzo, tan ambicioso y prudente como su abuelo, acaso más refinado y cínico. En sus manos, el poder obra fluidamente por debajo de los actos y las palabras. Casi se sabe lo que quiere antes que lo exprese. Una voluntad, una inteligencia clara, una sutil percepción de las tendencias predominantes de la sociedad florentina y, sobre todo, la herencia del poder experimentado y de la fortuna acrecentada, dan al autoritarismo de Lorenzo un matiz singular: es el más sutil e imprecisable de los autoritarismos; acaso el más firme también y el que contó con más alto grado de consentimiento. Lo observó agudamente el más penetrante de los historiadores de Florencia, Francesco Guicciardini,[156] o, acaso, el que mejor supo extremar ese realismo perceptivo que caracterizó a Maquiavelo y sin el cual no podía entenderse la originalidad de los mecanismos éticos y políticos, sociales y económicos, de la nueva sociedad. El autoritarismo no institucionalizado de los Medici fue la más delicada flor del realismo político.

En el complejo mundo de las ciudades de desarrollo autónomo, la tendencia autoritaria terminó con las sociedades contractuales. Su extinción coincide con cierto cambio de escala espacial: los estados urbanos tienden a transformarse en estados territoriales. Quienes más provecho sacarán de esa tendencia —que es una especie de clamor ante la imposibilidad de encontrar el orden dentro del pacto social— serán las monarquías nacionales, lentamente modernizadas y respaldadas por un poder que les permitirá hacer el extremo experimento del absolutismo.


Capítulo III. La política en los estados territoriales.

Con un ritmo más lento al principio, las monarquías de los estados territoriales adoptaron también el estilo de la nueva política. Si las ciudades constituían un polo específicamente burgués, buena parte de los estados territoriales eran ya, al comenzar la crisis social y la contracción económica, sociedades transaccionales, feudoburguesas en las que las monarquías debían afrontar inusitados problemas para los que no valían ni los principios tradicionales en que se apoyaban ni la experiencia acumulada en el ejercicio del poder. Tuvieron que revisar su comportamiento tradicional y, generalmente, encontraron métodos eficaces en lo que ya era una experiencia secular de las burguesías urbanas: el realismo, una política desprejuiciada y pragmática que ellas habían elaborado sin la impedimenta de otras tradiciones y de acuerdo con las necesidades creadas por el mundo que ellas estaban creando y organizando. Pero las monarquías no pudieron adoptar ese estilo político repentinamente. Pesaban sobre ellas las tradiciones de la monarquía feudal, y, sobre todo, la peculiaridad de una sociedad heterogénea en la que, junto a las nuevas y pujantes clases burguesas, creadoras de la nueva riqueza, subsistían las viejas clases poseedoras de la tierra, orgullosas de su prestigio social y acostumbradas a compartir el poder con la Corona. Tuvieron que adecuarse a las nuevas circunstancias; pero fueron ellas, precisamente, las que precipitaron las decisiones, y las monarquías optaron finalmente por arrostrar el desafío de las sociedades turbulentas que se movían a su alrededor respondiendo desprejuiciadamente con actitudes que querían ser eficaces.

A medida que las acciones se encadenaban, la política de las monarquías reveló más claramente cada vez, que acusaba la influencia de la que habían elaborado las burguesías urbanas. Y no por una aceptación teórica, sino porque cada vez más formaban parte del contorno real los consejeros y los funcionarios de extracción burguesa que, espontáneamente, obraban según su experiencia y su peculiar interpretación de las situaciones. No en todos los estados territoriales ocurrió esta variación de la misma manera y con la misma intensidad. Se notó más, y más pronto, en aquellos en cuyo seno había prósperas ciudades y florecientes burguesías cuyas actividades enriquecían indirectamente las arcas reales y que, por eso, no sólo merecían ser atendidas sino también imitadas en sus métodos y actitudes. Y no sólo cuando la experiencia se recogía de las que estaban bajo la autoridad del poder territorial, sino también cuando una intensa actividad mercantil internacional ponía a éste en contacto con grupos mercantiles extranjeros que tenían en él sus emporios o sus agentes. Sólo en los estados ajenos al proceso de mercantilización subsistió el antiguo estilo político, aun cuando se transfirieran por contacto ciertas tendencias predominantes en el mundo mercantil.

Por la posición que tenía en el seno de una sociedad cambiante —y en crisis de cambio económico y social— la monarquía debió cambiar. Si no fue capaz de hacerlo en momento oportuno, fue combatida por extrañas y ocasionales coaliciones de fuerzas internas; y unas veces cayeron los consejeros y privados del rey, otras veces el rey mismo y otras la dinastía. La nueva sociedad tenía objetivos imperiosos, y la Corona tenía sólo ciertos márgenes para resistirlos. El realismo político no fue para ella una opción sino simplemente la respuesta obligada para hacer frente a situaciones inusitadas para las que no eran válidos los principios tradicionales.

La adecuación de las monarquías a las nuevas situaciones significó desprenderse progresivamente de la íntima solidaridad que habían tenido con las clases feudales. Ellas eran las víctimas de la nueva política, que limitaba su acción, antes omnipotente. El rey ya no era solamente de ellas, sino de toda una compleja e inasible sociedad. El consejo de los grandes feudales ya no era útil, ni le convenía a las monarquías seguirlo ciegamente. Ahora había ricos que parecían conocer el secreto de la nueva riqueza, pero también los mecanismos de la nueva sociedad, de la que las monarquías vieron que era posible obtener un nuevo fundamento para su autoridad.

Las monarquías buscaron el apoyo de las burguesías urbanas, pero contuvieron enérgicamente el crecimiento de su poder político. Procuraron, entre tanto, no perder el apoyo de la antigua nobleza, a la que procuraron atraer y mantener en su contorno. Pero, como a las burguesías, les limitaron el poder político —no sin luchas—, y así como fueron cayendo sus castillos y fortalezas cuando parecieron peligrosos, así fue reduciéndose el poder político de los grandes feudales tras una acción tesonera y vigorosa. Si a principios del siglo XVI buena parte de la antigua nobleza había adquirido los caracteres de una nobleza cortesana, el proceso que condujo a ese resultado se había desarrollado desde principios del siglo XIV, a veces con caracteres dramáticos.

I. La renovación política de las monarquías

Desde el siglo XIII, la vieja concepción de la monarquía feudal estaba, en los hechos, en proceso de declinación. Subsistían, ciertamente, las ideas tradicionales en muchos espíritus, y cuando se escribía sobre el papel de los príncipes se repetían esas ideas. Fue modelo de muchos el De regimini principum de Egidio Colonna, cuya tesis ortodoxa podía repetirse retóricamente, aun cuando esa repetición debía computarse como un rechazo de las doctrinas revolucionarias de Occam y Marsilio de Padua y, negativamente, como una ocultación del comportamiento práctico de la monarquía.

Sin duda, allí donde la sociedad no había cambiado —preferentemente en las áreas poco afectadas por el proceso de mercantilización— la monarquía mantenía su comportamiento tradicional. Pero donde la sociedad y la vida económica habían experimentado cambios importantes, también había cambiado el comportamiento de la monarquía, exigida por situaciones y problemas inéditos. No siempre esa mutación tuvo la misma intensidad ni se produjo al mismo ritmo. Tampoco fue siempre advertida la significación y las proyecciones de ciertos actos de la Corona, que marcaban una incipiente ruptura. Fue precisamente el carácter pragmático del cambio de comportamiento monárquico, referido en cada caso a exigencias circunstanciales, lo que impidió ver que todas esas circunstancias se encadenaban en el proceso social y económico y prefiguraban sucesivas reacciones semejantes.

Por lo demás, las apariencias y las ideas preconcebidas contribuían a que no se distinguieran los fenómenos. El desencadenamiento de la guerra de los Cien Años pareció depender de un conflicto dinástico. El carácter caballeresco y las tendencias feudales de Felipe VI que destaca Froissart, así como los rasgos con que el mismo cronista presenta la primera parte de la guerra, correspondían a una imagen tradicional de la política que, por cierto, no compartía ya Eduardo III. El cambio fue gradual, confuso, acentuado en unos aspectos y limitado en otros. La crisis que había comenzado cuando empezó el conflicto entre Inglaterra y Francia precipitaría las definiciones y poco después quedaría claro que la concepción feudal de la monarquía era ya cosa del pasado en las áreas mercantilizadas, aunque se conservaran vistosos signos de las costumbres feudales.

Fue necesario que la monarquía asumiera otro papel y eligiera otro modo de ejercitar su poder. Había cambiado su sustento social al acentuarse el proceso de transformación de la sociedad, al tiempo que aparecía, junto al tradicional, un nuevo sistema de relaciones económicas. Si la monarquía feudal era la expresión de esa sociedad premercantil y el rey era, en la aristocracia feudal, primus inter pares, la trasmutación de la sociedad imponía que la autoridad real se ejerciera sobre todo su conjunto, con una afinada estimación de la significación de cada grupo y dejando de lado la excluyente solidaridad entre feudalidad y monarquía.

Los hechos pusieron de manifiesto que la monarquía tenía ahora nuevos deberes, cualitativamente diferentes de los que antes le asignaban la experiencia, los moralistas, la costumbre y los prejuicios. Eran deberes inéditos, insospechados, ajenos a la preocupación normal de un príncipe educado en la tradición feudal. Pero los hechos eran insoslayables y los reyes se fueron acostumbrando a ellos. De allí en adelante, los objetivos que debía perseguir la monarquía serían otros, distintos de los que habían movido a sus predecesores. Pero también los hechos fueron mostrando que la monarquía tenía ahora nuevos recursos para actuar, que sus predecesores sólo habían podido utilizar en pequeña escala. Con ellos la monarquía podía cumplir sus nuevos deberes y sus nuevos objetivos. Pero podía, además, montarse en la ola de la nueva riqueza. La monarquía adoptó la política del realismo.

Quizá lo primero que tuvo que hacer fue asumir la responsabilidad total de la soberanía. Todavía en la segunda mitad del siglo XIV creía necesario el autor de Le songe du vergier argumentar acerca de la tesis de que no era válida la jurisdicción imperial sobre los reyes.[157] Pero la experiencia dictaminaba ya sobre la cuestión. Si el mundo político se trababa en una red de complejas alianzas, las monarquías aprendían que representaban realidades fácticas irreductibles, y aunque no estuvieran claras las nociones de soberanía y de nación —tal como las caracterizaría en el siglo XVI Jean Bodin— flotaban ya esas ideas en los estados territoriales que afinaban su política y delineaban sus propios objetivos. Sólo les hacía falta a las monarquías que los encabezaban adquirir plenamente la convicción de que representaban un conjunto social formado tanto por los antiguos grupos privilegiados como por los nuevos que crecían en poder y en eficacia. Junto con tantas otras nociones del derecho romano entraba en el nuevo lenguaje político la noción de pueblo, generalmente como expresión de un sector social numeroso y secundario y algunas veces —jurídica o retóricamente— como expresión del conjunto de la sociedad. De todos modos, muchas voces recordaban que ya no podía prescindirse de las clases no feudales para la conducción política del reino. Lo decía Alain Chartier:[158] “El pueblo es miembro notable de un reino, sin el cual ni los nobles ni el clero son suficientes para hacer un cuerpo de gobierno, ni para sostener sus estados y sus vidas…”; y recordaba la misión que en Roma habían cumplido los tribunos del pueblo.

Si a fines del siglo XV la certidumbre de que la monarquía representaba al conjunto total de la sociedad era completa, la adquisición de esta convicción fue lenta, y para llegar a ella debieron superarse las feroces acometidas de las clases señoriales para recuperar su exclusividad en el control de la política real. Fueron derrotadas militar y políticamente por una monarquía para la que cada vez fue haciéndose más evidente que fracasaría si no asumía los intereses de la totalidad de la sociedad. Y no sólo fracasaría la monarquía —el rey, sus consejeros y acaso la dinastía misma— sino que comprometía el destino del conjunto social que encabezaba y las posibilidades de poder y riqueza que se le ofrecían si sabía movilizar todos los recursos de la sociedad. Y fueron derrotadas ideológicamente por una ola creciente de opinión que se constituyó ante ciertas evidencias que impedían negar lo que existía. Diego de Valera[159] testimoniaba, a fines del siglo XV, que los Reyes Católicos habían tomado posesión de sus reinos “con aprobación y concordia de los grandes y de las ciudades y villas y pueblos, y de los tres estados de ellos”, describiendo la suma de voluntades que la monarquía tenía que movilizar para poder gobernar. Pero pocas páginas se escribieron por entonces tan clarividentes como las de Commynes para expresar la pluralidad de sectores sobre los que se asentaba la monarquía, de los cuales, los que gozaban de antiguos privilegios pugnaban por impedir el libre desenvolvimiento de los que recorrían penosamente el camino de su ascenso y trataban de que se les reconociera su papel social y económico.

“Entonces, en ese reino tan arruinado de muchas maneras, después de la muerte de nuestro rey, ¿hubo algún levantamiento contra el que reina? ¿Los príncipes y los súbditos se levantaron en armas contra su joven rey? ¿Quisieron a algún otro? ¿Le quisieron quitar su autoridad? ¿Trataron de contenerlo para que no pudiera usar su privilegio real y mandar? De ninguna manera. Si los hubo suficientemente orgullosos como para decir que sí, no lo habrían sido hasta ese punto. Hicieron lo contrario de todo lo que yo pregunto: porque todos se acercaron a él, tanto los príncipes y los señores como los burgueses; todos lo reconocieron como rey y le rindieron pleitesía; y los príncipes y los señores hicieron sus pedidos humildemente, una rodilla en tierra, haciendo sus súplicas por escrito, y formaron un Consejo nombrando a doce compañeros. Y, a partir de entonces, el rey, que sólo tenía trece años, daba órdenes en ese Consejo. A la antedicha asamblea de Estados se le hicieron algunos pedidos y exhortaciones con gran humildad para el bien del reino, confiando siempre todo al arbitrio del rey y de su Consejo, otorgándole lo que se les quiso pedir y lo que se les demostró por escrito que era necesario para la voluntad del rey, sin que nada se opusiera. Y la suma pedida era de dos millones quinientos mil francos, suma suficiente, y que podía colmar todos los deseos, y más bien grande que pequeña, sin otras exigencias.”

“Y se suplicó a dichos Estados que al cabo de dos años se reunieran y que si el rey no tenía bastante dinero, que ellos le darían lo que él quisiera, y que si estaba en guerra o alguien quisiera ofenderlo, ellos pondrían sus personas y sus bienes a su servicio sin negarle nada de lo que le hiciera falta.”

“¿Debe el rey alegar el privilegio de tomar a su antojo de sus súbditos lo que tan liberalmente le ofrecen? ¿No sería más justo para con Dios y el mundo recaudar de esta última manera y no por voluntad desordenada? Porque ningún príncipe puede recaudar si no es por un subsidio, como he dicho, a menos que lo haga tiránicamente, y así sea excomulgado. Pero los hay lo suficientemente tontos como para no saber lo que pueden hacer o dejar de hacer en esta circunstancia.”

“Asimismo hay pueblos que ofenden a su señor y no le obedecen ni lo socorren en sus necesidades, y en vez de ayudarlo, cuando lo ven impedido por algún problema, lo desprecian o se rebelan contra él y le desobedecen, cometiendo así una ofensa y yendo así contra el juramento de fidelidad que le han hecho.”[160]

La monarquía descubrió —no siempre con la misma rapidez y agudeza— que tenía que replantear sus relaciones con la totalidad de sus súbditos, buscando apoyo social, económico y político para su autoridad. En esa busca podían fracasar y caer vencidos —el rey mismo, o su consejo áulico a acaso su dinastía— frente a otros más capaces de imaginar nuevas fórmulas políticas que amalgamaran grupos representativos y poderosos. Triunfaron los más dispuestos a aceptar la nueva realidad. Y si triunfaron, procuraron transformar la estructura del Estado y establecer nuevos instrumentos para ejercer el poder. Fue variable el comportamiento de las monarquías frente a las dietas, cortes o asambleas de los distintos estados, unas veces dóciles en relación con las demandas de cada uno de los sectores en pugna, otras intransigentes para defender las prerrogativas reales. Pero no había reglas jurídicas inexcusables ni tradiciones necesariamente válidas. La determinación del carácter de las monarquías se fue estableciendo en un largo y continuo proceso de ajuste, casi cotidiano, de sus relaciones con los distintos sectores y subsectores sociales, todos tan inestables como la situación misma de la Corona, todos en proceso de redefinir sus posiciones y empeñados en alcanzar las más beneficiosas dentro del conjunto.

Encauzar la nueva sociedad del reino hacia fines precisos que coincidieran con los intereses dinásticos tradicionales o los nuevos que aparecían en cada coyuntura, era tarea difícil. El cambio descartaba las reglas y normas tradicionales y se necesitaba imaginación para hallar las coincidencias. Pero las monarquías fueron descubriendo que la nueva sociedad proponía, expresa o implícitamente, ciertos objetivos y que era posible aceptarlos, adecuadamente ajustados a los intereses de la Corona y a las posibilidades del conjunto social si la propuesta provenía de un grupo con definidos intereses sectoriales. Fue una actitud esencialmente realista la que las monarquías adoptaron frente a esas propuestas. Si su aceptación implicaba una disminución de su autoridad y un ascenso del grupo que la sustentaba, la Corona procuró, cuando decidió aceptarlas, incluirlas en sus propios proyectos, pero poner freno a la influencia de los promotores. Fue un juego constante entre la actitud de conceder y la de negar, para dar cierto juego a cada grupo tratando al mismo tiempo de que no se reconstituyera una influencia predominante como la que la nobleza feudal había tenido sobre la Corona durante varios siglos.

Esos objetivos fueron unas veces difusos y generales y otras veces concretos e inmediatos. Los objetivos dinásticos habían consistido tradicionalmente en la consolidación y fortalecimiento interior de la dinastía y en la expansión de sus dominios territoriales. Pero cosa muy distinta era si esos territorios anhelados eran antiguos señoríos perdidos o reivindicables, de interés para el dinasta sólo por razones históricas de prestigio, o si, por el contrario, eran regiones requeridas por la geopolítica del Estado o, sobre todo, áreas económicas complementarias importantes para el desarrollo de la nueva economía. Los intereses dinásticos de engrandecimiento se tornaban objetivos de toda la sociedad —nacionales, podría ya decirse— cuando cristalizaba una concurrencia de intereses. La política de las monarquías de Inglaterra y Francia mostraron este juego, como lo mostró la de los duques de Borgoña, la de la casa de Avís en Portugal, la de los Reyes Católicos en Castilla y Aragón, la de los Anjou en Hungría, la de los aragoneses en Nápoles y Sicilia, la de los Jagelones en Polonia, la de las monarquías del Báltico en competencia con la Hansa. Si la monarquía acertaba a trasmutar sus intereses dinásticos en intereses colectivos de la sociedad, su autoridad se fortalecía y crecía en consenso. Sólo algunas veces ocurrió un fenómeno inverso: objetivos sectoriales, fundamentalmente económicos, sobrepasaron los esfuerzos de una dinastía en situación de crisis y aparecieron a sus sostenedores sólo alcanzables con el cambio dinástico. Así ocurrió en Francia con los Valois, cuando Carlos VI, movido por los borgoñones y la burguesía de París —con el apoyo doctrinario de la Universidad— acepta renunciar a sus intereses dinásticos en el tratado de Troyes, en 1420. La tesis de la “doble monarquía” ponía en manos de los Lancaster la autoridad sobre un área económica bien definida que incluía Inglaterra, Flandes y Francia, esta última presumiblemente recuperable en su totalidad. Fue, sin duda, una exacerbación de la actitud general, invalidada por el olvido de lo que ya eran irreversibles intereses nacionales territoriales. Consideraciones semejantes parecerían haber pesado en la unión de Lituania y Polonia en manos de Ladislao II Jagelón. Lituania reconoció la soberanía polaca, pero unidos los dos estados contuvieron a la Orden Teutónica y Polonia pudo, al fin, en el reinado de Casimiro IV Jagelón, dominar el bajo Vístula y tener acceso al mar Báltico en 1466. Antes, en 1397, Dinamarca, Suecia y Noruega habían constituido la Unión de Kalmar para defender los intereses comunes y supranacionales frente a la Hansa. Pero a pesar de la importancia que conferían a esa política de largo alcance las situaciones reales, la política dinástica debió ceder en los tres países a la presión de una sociedad en la que los sectores mercantiles no habían alcanzado aún suficiente vigor.

En rigor, ese proceso giró fundamentalmente alrededor de la política económica, exigida y suscitada por el nuevo sistema de relaciones que iba anudando una creciente economía de mercado. Pero hubo otros objetivos. La lucha contra los tártaros y los otomanos en el Este y contra los moros en el Oeste motivaron empresas nacionales, respaldadas por el fervor colectivo, que robustecieron la posición de la monarquía. Las crisis dinásticas o los problemas de disgregación interna suscitaron anhelos de regeneración que, a veces, encontraron conductores dignos de la esperanza que se depositaba en ellos, como Jorge Podiebrad en Bohemia o Juan Hunyady en Hungría. La esperanza de una gran apertura que revitalizara la economía y la sociedad portuguesas, liberándolas de las estrechas miras de las clases feudales tradicionales, empujaron al triunfo en Portugal a la casa de Avís. La liberación del yugo tártaro permitió al gran duque de Moscú Iván III proclamarse zar y afirmar la independencia de sus dominios.

Y aun hubo otros objetivos, aparentemente menores y más difusos. El más importante —y el que muchos creían inalcanzable a causa de la experiencia sucesiva de varias generaciones— era el de la paz interior y el orden. Las guerras civiles, las bandas armadas, los señores prepotentes y rapaces, los funcionarios venales, las variadas consecuencias de las guerras internacionales, crearon en casi todos los reinos una atmósfera de violencia e inseguridad agobiante. La esperanza de que se restauraran cierto orden y cierta paz en los que fuera posible desenvolver sin sobresaltos la vida cotidiana se transformó, en la larga crisis, en una esperanza vehemente. El rey pareció el pacificador por excelencia, y todos esperaron de él, en cada país, que cumpliera ese deber primario. Muchos encarnaron esa esperanza, y cuando lograron convertirla en realidad, siquiera en pequeña medida, recogieron una solidaridad rayana en la devoción. Quizá ninguno como los Reyes Católicos en Castilla y Aragón, pero acaso no más que otros, menos amados aunque no menos eficaces, como Luis XI de Francia.

Eran innumerables los deberes que se le presentaban a las monarquías a partir de la época en que la crisis de contracción pareció sacudir todo el sistema tradicional. Pero la nueva sociedad, acaso estimulada por la crisis misma, puso en manos de las monarquías innumerables y crecientes recursos para afrontarlos. En el juego entre sus obligaciones y sus medios para cumplirlas, las monarquías hallaron el camino para robustecer su autoridad.

Sin duda, la creciente complejidad de las sociedades y de las actividades económicas multiplicó los deberes de la monarquía, pero también acrecentó sus recursos para enfrentarlos. Crecieron las posibilidades financieras del poder, su fuerza militar, sus planteles administrativos y políticos; y adquirieron plena vigencia, tanto en el terreno del derecho privado como en el del público, ciertos principios jurídicos que proporcionaron vigoroso sostén a las nuevas formas de comportamiento político adoptados por la monarquía.

Fue permanente motivo de queja de los reyes la penuria fiscal. Hecho cierto, se vio a algún rey castellano recorrer las ciudades del reino pidiendo dinero prestado a los mercaderes.[161] Los cuerpos estamentarios —dietas, parlamentos, cortes, estados generales— oyeron reiteradamente los lamentos de las cancillerías que puntualizaban la impotencia del poder para atender a sus obligaciones. Y cuando una situación de emergencia, especialmente una guerra, requería nuevos gastos, el fisco comenzaba a solicitar “ayudas” —fue el nombre técnico de un impuesto— y si las necesidades eran muchas, préstamos a las casas bancarias en las que el rey tenía crédito. Fue una excepción, al promediar el siglo xv, la floreciente situación del ducado de Borgoña, que Commynes describe atribuyéndola al largo período de paz de que había gozado en tiempos de Felipe el Bueno,[162] aun cuando, para entonces, había empezado ya a ceder, en algunas regiones, la crisis de contracción. Pero al comienzo de la crisis la situación había sido distinta, al punto que Cristina de Pisán consideraba significativo puntualizar los escrúpulos de Carlos V de Francia para distribuir sus rentas.[163] Por entonces los reyes forzaron el crédito de que gozaban, y a ello se debió la sucesión de quiebras que sufrió la banca florentina especialmente entre 1342 y 1346.

Aguzaron su imaginación los consejeros reales para acrecentar el tesoro fiscal. Pero primero fue necesario reclutar esos consejeros entre quienes conocían los mecanismos de la nueva economía, porque era evidente que muy poco podía obtenerse de la clase terrateniente feudal, aun cuando se procurara forzarla. En cambio, no era difícil gravar la producción manufacturera y el comercio, contando siempre, además, con las posibilidades de tocar el capital financiero acumulado, y especialmente el que estaba en manos de judíos, lombardos o cahorsinos. Felipe el Hermoso había dado un ejemplo, en los primeros años del siglo XIV, apoderándose de los cuantiosos bienes de los Templarios. Pero el mayor alarde de imaginación de los consejeros reales y de los consejeros jurídicos de la monarquía debió desplegarse en relación con el establecimiento de impuestos, eligiendo los rubros y las ocasiones en que podían cobrarse, pero tratando, sobre todo, de llegar a establecer el principio de la imposición general y permanente. Las ciudades ya lo habían hecho y los estados territoriales debieron imitarlas y seguir su ejemplo, precisamente con el consejo de funcionarios de extracción burguesa.

Una política económica realista y de largo plazo movió a las monarquías a adoptar ciertas medidas que apoyaran y estimularan las actividades productivas y de intermediación, puesto que eran las que producían una riqueza general sobre la que podían establecerse los gravámenes. Los países en los que la Hansa tenía emporios y factores procuraron controlar sus actividades para que fuera la burguesía nacional la que manejara los negocios internacionales. Aquellos en los que los grupos extranjeros —judíos, lombardos, cahorsinos— manejaban las finanzas o el comercio, decidieron expulsarlos con el mismo fin. Algunos, como Inglaterra, prohibieron la introducción de ciertos tejidos para favorecer a la industria local, al tiempo que vedaban la exportación de materias primas que podían transformarse en el país. Inglaterra dio también la señal de que era necesario el monopolio de la navegación marítima. Otros dispusieron un severo control de las actividades industriales. Otros, en fin, pensaron que era beneficioso para el fisco conservar el monopolio de las explotaciones mineras. Y todos coincidieron en que era necesario estimular y proteger las nuevas formas de la economía con las medidas que el Estado pudiera arbitrar para conseguir ese objeto. Pero siempre que la monarquía adoptaba esa política tenía como finalidad la de estimular una mayor riqueza que fuera, en última instancia, gravable por el Estado.

Ciertamente, los reyes estaban cada vez más necesitados de dinero a causa de las diversas exigencias que planteaba la nueva sociedad. Pero por mucho que hubieran aceptado esas exigencias y percibido los nuevos mecanismos de la vida social y económica, los reyes seguían uncidos a sus tradiciones señoriales y necesitaban dinero —cada vez más— para mantener los gastos que demandaba su boato, sus caprichos, su corte y, en general, su estilo de vida. Muchos moralistas se quejaron de la dilapidación de las rentas públicas, llamando dilapidación, precisamente, al género de gastos que antes parecía normal en un señor. Un cambio de apreciación se insinuaba. La monarquía no poseía todos los derechos, sino aquellos que eran lícitos después de cumplidos sus deberes. Pero no era ésa la opinión de los reyes, rodeados de parientes, de miembros de la antigua nobleza dispuesta a conservar sus viejos privilegios, de nuevos cortesanos que se acercaban para servir pero también para medrar. Los gastos se multiplicaban y, simultáneamente, la imposición fiscal era cada vez más cuestionada, en general y en cada caso particular. Las clases feudales resistían a toda imposición fiscal; y cuando se les imponía cada uno de sus miembros procuraba obtener una exención particular. Las burguesías trataban de consagrar el principio de que no debía haber impuesto sin consentimiento. Las clases populares soportaban las imposiciones sufridamente y recurrían a toda clase de ardides para sortearlas. Pero las monarquías persistieron implacablemente en su propósito: que todos tributaran, siempre. Una política consecuente y tenaz —pese a la ocasional venalidad o a la falta de racionalización de los mecanismos— logró que, al acentuarse el proceso de expansión, el fisco real contara cada vez más con mayores y más seguros recursos.

Commynes, comparando el sistema impositivo inglés con el de Francia, hace una digresión que coloca el asunto en sus justos términos. En una sociedad que cambiaba de estructura a causa de la aparición de una nueva clase en ascenso, pero cuyos miembros aun acusaban su inferioridad social frente a la antigua clase privilegiada, el núcleo de la cuestión impositiva era si los ricos debían pagar más impuestos que los pobres o viceversa. Pero no era ésta una cuestión fácil, sino, por el contrario, dificilísima. La vieja tradición señorial indicaba claramente que los privilegiados tenían derecho a vivir de las exacciones que cometían contra los pobres, reconocidos como inferiores. Admitir la tesis de que los pobres no debían ser expoliados en beneficio de los ricos significaba una modificación total de sus ideas tradicionales y, sobre todo, significaba captar la peculiaridad de la nueva sociedad y aceptarla, aceptando al mismo tiempo el carácter irreversible del proceso por el cual se constituía. En eso consistía la dificultad para que nuevos criterios impositivos lograran imponerse. Fue la fuerza intrínseca de la nueva sociedad la que lo logró. Y las monarquías, acuciadas por sus nuevos deberes, coadyuvaron a ello, introduciendo un giro en su política hacia una actitud realista que las llevó a rechazar las anacrónicas pretensiones de las clases feudales y a oponerse a las de los sectores más ricos de las burguesías que procuraban atribuirse miméticamente los mismos privilegios de las clases feudales.

Fue el realismo político de las burguesías lo que condujo a las monarquías a ponerse a tono con las pujantes tendencias de la nueva sociedad. Las largas discusiones de los diversos parlamentos ingleses de la época de los Plantagenets y de los Lancaster como las de los Estados Generales franceses de la misma época pusieron de manifiesto los intereses en pugna y las soluciones concertadas a las que se fue llegando. Particularmente significativas fueron las declaraciones de Ricardo II en el Parlamento de 1390, cuando afirmó que el esfuerzo tributario que solicitaba debía ahorrársele a los sectores humildes. Pero lo importante es que en Inglaterra tuvieron los parlamentos esa política general, y se afirmó en la época de los Lancaster. En Francia, en cambio, la política fiscal fue más dura, a partir de Carlos VII y sobre todo con Luis XI, y la monarquía reivindicó el derecho de fijar impuestos por sí. Commynes criticaba la fórmula que expresaba el pensamiento de Luis XI en esa materia: “Yo tengo el privilegio de recaudar de mis súbditos lo que me plazca”; pero más criticaba que “tomaba de los pobres para dárselo a aquellos que no tenían ninguna necesidad”. En el fondo, el realismo político de las monarquías consistió en auscultar en cada momento la capacidad económica de cada grupo social pero atendiendo cuidadosamente a la fuerza política que tenían y al apoyo que podían prestarles. Así, cediendo sólo en lo imprescindible a la gravitación de sus antiguas convicciones, consentía —sólo en lo imprescindible también— a las exigencias de la nueva sociedad.[164]

Así como los dos polos de la política impositiva fueron la conservación de los privilegios nobiliarios, de un lado, y el reconocimiento de los derechos de los nuevos grupos sociales que pesaban en la sociedad, de otro, la cuestión militar reconoció también dos polos opuestos: por una parte la subsistencia de un ejército feudal y por otra la formación de uno nuevo y distinto que fuera más eficaz, que respondiera totalmente a las monarquías sin reivindicar privilegios ni opiniones condicionadas, y que fuera pagado por el Estado e, indirectamente, por toda la sociedad, de la que debía ser expresión.

La experiencia de la batalla de Courtrai en 1302 había sido aleccionadora. Como antes en Legnano, los ejércitos feudales habían sido vencidos por las tropas populares organizadas por las comunas burguesas, como en los apólogos del Roman de Renart en los que la astucia triunfa sobre la fuerza. Las tres grandes derrotas francesas en la guerra de los Cien Años —Crecy, Poitiers y Azincourt— fueron la derrota del anacrónico ejército feudal por un ejército moderno, concebido por Eduardo III según los dictados de la experiencia militar y las posibilidades ofrecidas por los recursos que la nueva sociedad podía proporcionar al Estado, La infantería armada de arcos y las novedosas bombardas, se impusieron sobre la pesada caballería de los señores. Poco a poco toda la concepción militar cambiaría.

Pero no sería fácil modificar la mentalidad señorial en algunos de los estados territoriales, puesto que el control de la fuerza era, para la vieja nobleza, la garantía de la conservación de la hegemonía política. Fueron los reyes “modernizadores” los que se preocuparon de transformar su ejército. Pedro I de Castilla, celoso del incremento del tesoro feudal cuya recaudación había encargado a los judíos, “tenía gran ballestería” en su ejército. En Portugal, el maestre de Avís —luego Juan I— había triunfado sobre los Trastámaras españoles en Aljubarrota, en 1385, no sólo con el auxilio material de las tropas inglesas sino también utilizando los nuevos métodos militares que tanto éxito habían tenido en Azincourt. Hasta Ladislao II Jagelón, cuyos dominios lituano-polacos no conocían un fuerte desarrollo burgués, ganó en 1410 la batalla de Tannenberg contra la Orden Teutónica introduciendo modificaciones en la táctica de la caballería, organizada ahora en “banderas”, ágiles formaciones que evitaban el combate individual; pero en 1445 Casimiro IV Jagelón pudo ya reclutar un ejército mercenario con el que derrotó definitivamente a sus adversarios y logró, tras la paz de Torún, ocupar las costas del Báltico.

Los nuevos ejércitos que organizaron las monarquías para servir a sus propios fines diferían sustancialmente de los tradicionales. La extracción social de las tropas era distinta y también la de sus mandos. También era distinto su armamento, puesto que su núcleo fue una infantería calificada, muy distinta de los antiguos cuerpos de peones destinados a auxiliar y servir al caballero en armas. La nueva infantería estaba constituida ahora por unidades combatientes, organizadas de acuerdo con un criterio práctico y ajenas a los prejuicios del honor feudal y a las reglas del combate caballeresco. Poco a poco se fue incorporando también una incipiente artillería. Por eso fueron diferentes sus tácticas y también la estrategia general de la guerra que, cada día, acusó mayor grado de realismo.

No fue casual la aparición de las compañías mercenarias, bandas armadas cuyos jefes les impusieron una disciplina férrea y las transformaron en instrumentos eficaces para los propósitos de aquellos que contrataban sus servicios. Conscientes de que su misión consistía en cumplir determinados objetivos a cualquier precio, las compañías sin bandera aplicaron, mucho antes de que ningún teórico lo formulara explícitamente, el principio de que el fin justifica los medios. En Italia, sobre todo, y en otras regiones, ejercitaron el derecho de guerra, que era, en rigor, el derecho de saquear a los vencidos e, inclusive, a las indefensas poblaciones que encontraban al paso, sobre todo cuando no tenían conchabo. Saquearon poblaciones, violaron mujeres, devastaron los campos, pero nada de eso tenía que ver con su función específica, si bien revelaba su actitud moral y política. Lo cierto es que no tenían bandera ni objetivos propios. Por eso cuando las conchababan aceptaban lo que les proponían, y lo cumplían con fría exactitud. Héroe de la progresiva y metódica expulsión de los ingleses, Bertrand du Guesclin fue un jefe de bandas mercenarias, y su imagen no fue la misma en Castilla que en Francia. Pero sirvió a Carlos V con la eficacia que había adquirido en otras guerras, y pudo hacer lo que los ejércitos feudales se habían mostrado incapaces de lograr. Sobre los principios sacados de su experiencia constituirían Carlos VII y Luis XI el nuevo ejército francés. Al cabo del tiempo, las compañías de suizos se transformarían en el más solicitado y eficaz instrumento militar de los nuevos poderes.

El ejército inglés, tal como lo había constituido Eduardo III y las compañías sin bandera —blancas, se diría— aparecieron como el modelo del instrumento militar que necesitaba la nueva monarquía. Para ella, lo importante era liberarse de un ejército feudal que, además de ineficiente, constituía una amenaza contra la nueva concepción monárquica del poder.[165] Y para liberarse de esa y otras presiones cobró creciente importancia el progresivo consentimiento que adquiría la concepción autoritaria de la monarquía elaborada por los legistas sobre la base de los principios del derecho romano.

Restauraron los legistas los principios y las normas romanas, allí donde la tradición lo permitía y hasta donde las circunstancias lo aconsejaron, introduciéndolas sutilmente en los documentos de las cancillerías o de los cuerpos colegiados, glosándolos en los alegatos o aplicando, simplemente, su espíritu a los consejos ofrecidos al rey. Si su irrupción, desde el siglo XII, había sido franca y ostensible, sus progresos fueron luego más lentos y difíciles. El sistema consuetudinario que había elaborado la sociedad feudal y que, en principio, enriqueció a las ciudades que luchaban por sus libertades, tenía otro origen y acusaba otras tendencias. Cuando se advirtieron las implicaciones del derecho romano, las clases feudales lo resistieron, en tanto que las burguesías discriminaron en él lo que les convenía y lo que las amenazaba. Sin duda rescataron estas últimas cuanto se relacionaba con el patrimonio, puesto que aspiraban a restablecer el derecho de propiedad fundado en la noción romana de dominio; pero miraron con preocupación las derivaciones políticas, que anunciaban un avance sobre sus propias conquistas y una progresiva amenaza para el sistema político que estaba construyendo en las ciudades.

Sin embargo, el progresivo desarrollo del Estado proporcionaba a las monarquías una fuerza propia y espontánea que los principios autoritarios del derecho romano no hacían, en el fondo, sino legitimar y robustecer. El autoritarismo de hecho y el derecho romano se entrecruzaron con los sistemas tradicionales de normas constituyendo una intrincada red jurídica. Pero las monarquías persistieron denodadamente en su actitud, superando las crisis políticas y venciendo las resistencias con una posición cada vez más pragmática y realista. De hecho, las burguesías se transformaron objetivamente en sus aliadas y colaboraron para que se desprendieran de su tradicional contorno feudal y se adecuaran a la sociedad feudoburguesa. Las movía el convencimiento de que esa nueva sociedad requería un poder político transaccional que, por ese mismo carácter, tenía necesidad de sobreponerse al conjunto de normas tradicionales y resolver sus contradicciones mediante actos de autoridad.

Fue la nueva sociedad la que proporcionó a las monarquías los recursos humanos necesarios para organizar el nuevo aparato del Estado. A medida que crecían sus deberes, el Estado diversificaba sus ramificaciones para cumplirlos y para ejercitar su autoridad de manera cada vez más amplia. Las cancillerías se transformaron en complejos organismos con varias cabezas, cada una de las cuales controlaba un área de gobierno bien definida. Quizá esas cabezas siguieran siendo con frecuencia miembros de la nobleza que ya comenzaba a convertirse en cortesana. Pero todo el aparato estatal fue cayendo progresivamente en manos de gentes de otra extracción, generalmente burgueses e hijos de burgueses y acaso gentes de la nueva nobleza o miembros secundarios de la pequeña nobleza antigua. Los clérigos desempeñaron un papel importante en algunas cortes, donde a veces se confundía el contorno personal del rey con el aparato del Estado, aunque cada vez se fue diferenciando más, como se fueron diferenciando las rentas fiscales de las personales del rey y su familia.

Una tupida burocracia se fue constituyendo en casi todos los estados al lado de la corte, aunque con arbitrarias y variadas conexiones entre sí. Sus miembros trasladaron al manejo de los asuntos de los estados territoriales la experiencia adquirida en la administración y en la vida política de las ciudades, los métodos y mecanismos para que fuera más eficaz, los criterios prácticos para enfrentar las nuevas situaciones y, sobre todo, un agudo sentido para interpretar las acciones y las reacciones de la nueva sociedad y la manera cómo el Estado podía introducirse en ella para alcanzar sus fines. Unas veces era para que cumpliera sus deberes, pero otras era para que lograra los recursos necesarios para hacerlo. Y por este camino, la burocracia, en principio estatal, servía también a los intereses personales del rey, frecuentemente inclinado a aprovechar de su poder y de los mecanismos gubernamentales para sus propios negocios, siempre necesitados de personeros e intermediarios. Hábiles en el manejo de sus propios asuntos, los burócratas de extracción burguesa y de diverso rango prestaban su experiencia, su eficacia y su sentido práctico al Estado y al rey; pero la aprovechaban para sí mismos usando, con mayor o menor prudencia y discreción, las ventajas que le deparaban sus funciones para sus propios negocios. Si la monarquía se tornó feudoburguesa fue, en gran parte, por la influencia de esta burguesía que encontró acogida en las cortes, se instaló en su seno —o a su lado, según los casos— y destiló sutil y permanentemente su concepción de la política y de los negocios en el ambiente señorial que rodeaba a los reyes.

Si la política de las monarquías se hizo cada vez más autoritaria, no por eso prescindió de la consulta a los representantes de los diversos estamentos de la nueva sociedad. Por el contrario, el consentimiento de esa representación institucionalizada en cuerpos colegiados contribuyó, aunque parezca paradójico, a fortalecer el autoritarismo real. Las monarquías tenían que desprenderse de la excluyente tutela que pretendían seguir ejerciendo las clases feudales. Y al desplegarse en cortes, dietas, parlamentos o Estados Generales los distintos intereses sectoriales y las distintas expectativas, el poder real asumió cada vez más el papel de árbitro cuyas decisiones zanjaban los irreductibles enfrentamientos. La sociedad feudoburguesa, constitutivamente heterogénea, sólo podía funcionar mediante decisiones transaccionales que, generalmente, no satisfacían del todo a ninguna de las partes, pero que iban dibujando una política en la que cada una de ellas procuraba obtener en cada ocasión lo más que podía en relación con lo que pedían o exigían las otras. Fue el papel de árbitro entre los diversos sectores lo que más contribuyó a situar al rey por encima de todos ellos, dejándole una franja de poder arbitrario que el nuevo aparato estatal consiguió ensanchar progresivamente abriendo el camino hacia el ejercicio del poder absoluto.

En esta renovación política de la monarquía desempeñaron un papel decisivo las nuevas élite.s que generó la sociedad feudoburguesa, entre cuyos miembros buscó el rey, cada vez más, sus consejeros. Si lo siguieron siendo los grandes señores en muchos casos, fue cada vez más frecuente que no lo fueran sólo ellos. No era la política de la vieja nobleza la que necesariamente convenía al rey, porque junto a ésa le eran propuestas otras por otros grupos de presión cuya influencia y cuyo poder no podía desdeñar la monarquía. Por lo demás, la antigua nobleza estrechaba sus miras a medida que se acentuaba la crisis de contracción, obsesionada por recuperar la totalidad del poder que se escapaba de sus manos y altivamente desdeñosa de las nuevas fuerzas sociales; y en esa puja crecían los recelos entre personas y entre facciones, debilitándose la fuerza del conjunto como clase. Cada uno —y la facción que encabezaba cada uno— quería ejercer el poder detrás del trono y desalojar a sus rivales, que acariciaban la misma pretensión. Pero la monarquía estaba cada vez en mejores condiciones para liberarse de la tutela de los grandes señores, y los consejeros reales fueron buscados en otros sectores, a veces para equilibrar el poder de aquéllos y a veces para suplantarlos totalmente. Miembros de la nueva nobleza podían servir para esos fines. Y a medida que se definía la política realista y pragmática de la monarquía, comenzaron a incorporarse miembros de la burguesía al contorno real, en el que los consejeros personales del rey ejercían un poder no necesariamente institucionalizado.

En ocasiones, alguno de esos consejeros alcanzó un poder considerable —decisivo a veces— si se convirtió en favorito o privado del rey. El favorito llegó a ser casi una institución y revela los caracteres de la transición del poder real hacia el absolutismo personal. Vinculado al rey por distintos motivos —inconfesables algunas veces—, el favorito gozaba de la total confianza y con frecuencia monopolizaba el ejercicio del poder. Pero la aparición de esa función no era el resultado de un capricho. El rey se transformaba cada vez más en un funcionario que estaba a la cabeza de un Estado burocrático, y tales responsabilidades chocaban en alguna medida con su tradición señorial y caballeresca, de modo que solía buscar la manera de delegarlas. El favorito fue, de hecho, un primer ministro o, al menos, el intermediario entre la voluntad real y todo el creciente sistema operativo del Estado. Pero, sobre todo, fue el elegido del rey, el que el rey señalaba a su arbitrio desdeñando los presuntos derechos de los allegados y la alta nobleza a compartir en la práctica el poder, según lo señalaba la tradición feudal. Por eso fueron tan odiados los favoritos o privados, uno de los cuales, el castellano Álvaro de Luna, llegó a ser figura representativa de una situación y de una época. Se vio en ellos a los ejecutores de la política del nuevo Estado burocrático, a los rivales de la vieja nobleza consejera del rey, pero sobre todo a los exponentes de la creciente personalización del poder real, en marcha hacia el absolutismo.[166]

Ciertamente, la sociedad feudoburguesa requería un nuevo tipo de monarquía. Lo elaboró en la experiencia, sin otro apoyo doctrinario que la remota influencia de la tradición romana,[167] aprovechando la crisis de las relaciones vasalláticas, el apoyo directo o indirecto de las burguesías, la presencia de las clases populares urbanas. Pero en esa elaboración pragmática aparecieron dos alternativas. Una fue la de una monarquía limitada, como lo había sido la monarquía feudal, cuyo freno fuera ahora la representación de la nueva sociedad feudoburguesa. Tal fue el modelo político que se insinuó en Francia en la época de los Estados Generales de 1356. La otra alternativa fue la de una monarquía cada vez más vigorosa, en la que el rey fuera árbitro entre las diversas clases, acaso con vocación para buscar el apoyo de los nuevos sectores urbanos como lo hicieron los reyes que llamaron “justicieros” en Castilla y en Portugal, Ricardo II de Inglaterra, Carlos el Malo de Navarra, los duques de Borgoña o Luis XI de Francia, todos ellos preocupados por contrarrestar el poder de las clases nobles. Esa alternativa fue la que predominó. A medida que crecía el Estado burocrático, crecía la autoridad del rey, cuya voluntad se fue transformando en ley según el principio romano. Frente a él, el cuerpo colegiado que representaba la sociedad feudoburguesa, compuesto de estamentos de contrapuestos intereses, sólo ocasionalmente pudo imponer sus decisiones, cuando la monarquía pasaba por una situación crítica. Pero en la puja por el poder la monarquía fue ganando terreno, precisamente por su posición de árbitro entre aquellos intereses; y atento a las cuestiones de cada día, aprendió a usar el poder con ese realismo pragmático que parecía requerir la nueva sociedad.

II. La política de las clases nobles

En la turbulencia del cambio social y económico, las clases nobles fueron las más castigadas. Ellas no sólo habían sido el grupo dominante de la vieja sociedad anterior al cambio, sino que seguían siendo el sector social arraigado y más fuerte por su inconmensurable prestigio social, por el respeto que imponía cada uno de sus miembros tanto a sus antiguos subordinados como a los que habían empezado a rebelarse y, sobre todo, por su antigua riqueza, medida en señoríos que comprendían campos y ciudades. Cuando la situación cambió, conservaron su prestigio y su soberbia, pero comprobaron que el mundo sobre el que debían actuar empezaba a adquirir cierta insólita autonomía y se comportaba de una manera distinta de la tradicional. Las clases nobles observaban a su alrededor actitudes desacostumbradas, ajenas a la tradición, y recibían a veces duros golpes sin que pudieran establecer claramente quién era el adversario. Pareció como si, en una pequeña medida, hubieran empezado a dejar de ser los amos. Algunos tardaron en descubrirlo; pero quienes primero lo observaron, se vieron sumidos en una profunda confusión e incertidumbre que, poco a poco, resultó ser la actitud de todos.

Quienes compartían con los reyes la posesión de todas las tierras y, en calidad de pares, el ejercicio del poder, se vieron acosados desde el comienzo de las crisis por tres inesperados adversarios. Un sordo malestar cundía en las filas de los campesinos —siervos y libres—, tan humillados hasta entonces que la sola idea de que pudieran resistir la voluntad señorial parecía descabellada y absurda. Y, sin embargo, el malestar crecía y comenzaba a traducirse en actitudes y, poco a poco, en actos, dirigidos contra la tradicional omnipotencia del señor. Pero entre tanto, crecía el poder de las burguesías urbanas, y los señores comprobaban que constituían una especie de mundo aparte regido por nuevas normas y por una inequívoca y desembozada política que solía perjudicarlos pero que, sobre todo, parecía ignorarlos y prescindir de ellos. Y, lo más grave, los reyes dejaron entrever que habían dejado de considerar a las clases nobles como el único grupo social significativo en sus dominios y que estaban cada vez más atentos a la totalidad de esa compleja sociedad que empezaba a moverse como un conjunto heterogéneo y escurridizo. De esos dos adversarios, uno era nuevo y casi incomprensible; los otros dos no lo habían sido hasta entonces. Era inevitable que la nueva situación produjera en quienes seguían considerándose el único sector social significativo marcada confusión e incertidumbre.

Hasta entonces, las clases nobles habían tenido una política: su propia política, que las monarquías compartían en lo fundamental. A medida que se definió la crisis, la política de las clases nobles perdió unidad y firmeza, oscilando entre una intransigencia total frente al cambio, movida por la cólera y el orgullo, y una tendencia a resolver las situaciones particulares con un criterio elástico, según las posibilidades que cada situación ofrecía. Acosados sus miembros por los efectos indirectos del desarrollo de la economía de mercado, procuró cada uno salvarse perdiendo lo menos que pudiera y ganando lo que fuera posible mediante procedimientos adecuados y ajenos a su tradición señorial. La clase acusó el golpe de esa política que tenía algo de desesperada y mucho de irreflexiva improvisación.

Quizá el más grave efecto de las repercusiones que la crisis tuvo sobre las clases nobles es que perdieron su propia política interna, la que gobernaba las relaciones entre sus miembros. Las relaciones vasalláticas, antes tan estrictamente establecidas, empezaron a debilitarse y la pirámide monolítica que constituían mostró las primeras brechas. Los vínculos no fueron cuestionados, pero dejaron de tener fuerza y eficacia, de modo que apareció para ellos el peligro de verse solos y reducidos a sus propios recursos. Se aferraron cuanto pudieron al viejo sistema; pero en cuanto no funcionaba en los hechos, procuraron sustituirlo por las alianzas ocasionales, inequívocamente políticas, de las que nacieron las facciones aglutinadas no por un estable sistema de relaciones invulnerables, sino por fines inmediatos y concretos dentro del mundo en el que se movían. Inestables, las facciones señoriales se precipitaron en los vericuetos de la lucha por el poder y, sobre todo, por los beneficios que el poder —o su sombra— podía proporcionarles. De la antigua majestad que imprimía a las clases nobles la concepción caballeresca de la vida, descendieron a las intrigas palaciegas y a la rapiña desembozada. Fue la suya la más innoble de las formas del realismo político.

Al margen de todo derecho —aun del sumarísimo derecho que podía regular las relaciones entre siervo y señor— las clases nobles se lanzaron, cuando se sintieron castigadas por la crisis, sobre los pobres campesinos para resarcirse de sus pérdidas, arrebatándoles el producto de su trabajo, y no sólo en especies, sino en dinero, que solían ir a buscar por los rincones de las chozas donde hubieran podido ocultar algunas monedas. Fueron, sin duda, actos de bandidaje; pero eran, en rigor, actos políticos llenos de significación.

Ciertamente, el campo y las poblaciones rurales constituían el ámbito natural de las clases nobles. En él reposaban sus riquezas o, al menos, su medios de vida. Si la conmoción social llegaba al campo, si no podían apelar a los recursos que le proporcionaban sus dominios, su suerte estaba echada. Por eso se decidieron, no sólo a recurrir a ellos sin vacilaciones y sin límites, sino que resolvieron jugar el todo por el todo para mantener el mundo rural bajo su jurisdicción y dentro del orden establecido.[168]

Fue ésta una decisión política nacida del análisis de la situación y adoptada de manera resuelta. Sin duda, cada señor hizo en sus dominios las pequeñas concesiones que le aconsejaban las circunstancias: aparentemente liberales con respecto al campesino beneficiado pero, sobre todo, ventajosa para el señor que buscaba la manera de aumentar sus rentas, disminuir sus preocupaciones y sus riesgos y, sobre todo, obtener dinero contante y sonante, cada vez más imprescindible en el mundo de la economía de mercado. Pero eran pequeñas y eran, sobre todo, concesiones, es decir, regulaciones otorgadas graciosamente, sin ceder a presiones formales y menos aun multitudinarias. Si acaso, cedía el señor a la anónima presión de las circunstancias y a la aún más difusa de los nuevos mecanismos económicos. Pero si las clases nobles no vacilaron en recurrir a la violencia cuando se vieron estrechadas por la escasez y movidas por una mezquina codicia de los pocos bienes de los campesinos, con más razón la adoptaron como política cuando la inquietud de las poblaciones rurales tomó caracteres de abierta protesta o de rebelión armada. Entonces comprobaron que, en su designio de mantener las áreas rurales al margen del proceso de cambio, contaban con el apoyo incondicional de las monarquías.

La represión de las insurrecciones campesinas fue obra conjunta de las monarquías y las clases nobles, ambas coincidentes en esa política de preservar el orden tradicional en el área de influencia feudal. Otros cambios merecían otra actitud de los reyes. Pero allí donde los grandes señores asentaban su poder y su riqueza parecía imprescindible que nada cambiara. La guerra contra los campesinos rebeldes fue despiadada y la política realista de Ricardo II de Inglaterra —de transacción primero y de perjuicio después— fue considerada justificable por la amenaza al sector tradicionalmente hegemónico de la sociedad y al sistema fundamental de producción de bienes.

Cosa distinta ocurrió cuando las clases nobles quisieron defender sus intereses frente a las ciudades y a las burguesías urbanas, y más aun cuando quisieron obtener nuevos beneficios. Entonces comprendieron que estaban solas, que su política no era compartida por las monarquías y que, por el contrario, las monarquías se manifestaban resuelta y sistemáticamente adversas a la intromisión de los señores en la actividad de las burguesías urbanas.

Sin duda las clases nobles tardaron mucho tiempo en tener una política propia frente a las burguesías. Constituían para ellas grupos extraños, híbridos desde el punto de su composición social, incomprensibles desde el punto de vista de sus formas de vida y de comportamiento, y cuando empezaron a constituirse, la primera reacción de los señores había sido una mezcla de cólera y desprecio. Los consideraron forajidos y usurpadores; y cuando se organizaron para reclamar derechos y garantías, la actitud espontánea de los señores fue negar lo que pedían y aplastarlos. Fue una sorpresa para ellos que pudieran resistir, quizá porque no supieron percibir la fuerza que tenían tanto por la capacidad para organizarse como por los nuevos recursos que les otorgaba el dinero. Y casi siempre tuvieron que transar, vencidos unas veces en las revueltas callejeras pero más frecuentemente domesticados por el ofrecimiento de dinero y la promesa de un sistema de relaciones que podía reportarles una renta.

Pero la sorpresa de las clases nobles fue mayor aún cuando comprobaron que —a diferencia de lo que ocurría en sus conflictos con los campesinos— las monarquías adoptaban una actitud comprensiva frente a las burguesías. Quizá no fuera una actitud resueltamente favorable y simpática, pero fue desde el principio una actitud de negociación y de eventual apoyo en cuanto descubrieron que la alianza con ellas podía ser favorable al poder real. La sorpresa se convirtió a veces en un verdadero estupor, al comprobar un señor que su rey tomaba partido por los burgueses rebeldes de sus propios dominios. Frente a esa política de las monarquías, las clases nobles comprendieron que se las salteaba, y que en el área de las ciudades y las burguesías urbanas los reyes reconocían la validez del hecho nuevo de su aparición y la significación insólita de las nuevas formas de actividad que desarrollaban.

Si les era difícil a las clases nobles adoptar una política frente a las ciudades y a las burguesías urbanas a causa de la repugnancia que les producía la aparición de esos grupos y ese nuevo tipo de vida, más difícil les resultó cuando comprendieron que en ese enfrentamiento estaban solas y que las monarquías se aproximaban cada vez más a este nuevo adversario. Desorientadas, se comportaron confusamente hasta que optaron por una política realista también en este caso.

Al desencadenarse la crisis, la situación estaba mucho más aclarada. Ya hacía tiempo que los reyes habían incluido definitivamente a las burguesías dentro de su órbita y las posibilidades de que las clases nobles tuvieran una determinada política frente a ellas eran muy escasas. Sobre todo, era casi imposible una política intransigente o agresiva, y no sólo por la presencia de los reyes sino porque las ciudades y las burguesías urbanas eran ya demasiado poderosas. Sólo fue posible alguna vez, como en Alemania —donde el poder del emperador no era como el de los reyes—, cuando una crisis anárquica debilitaba aún más la autoridad imperial. Pero la que fue delineándose cada vez más firmemente fue una política transaccional y pragmática, fundada en un progresivo reconocimiento del hecho consumado y en un propósito de aprovechar lo que se pudiera de alguna alianza ocasional o de ciertas vinculaciones personales que sumaban a algún miembro de las clases nobles a las operaciones comerciales de los burgueses. Sólo en una cosa se mantuvieron firmes: en resistir la progresiva presión de las clases burguesas sobre las monarquías, tratando de impedir que las sobrepasaran en influencia. Fue un designio sostenido que movió sordas batallas en las antesalas reales, sin perjuicio de que más de una vez se trasladaran a las calles y a los campos de batalla.

Las clases nobles se convencieron, en el curso de la crisis, de que su principal adversario era el rey. Antes expresión pura de las aristocracias feudales, las monarquías se habían separado poco a poco de ellas y buscaban su rumbo en el seno de la nueva sociedad, confusa y heterogénea. Acaso, en general, ese rumbo fuera todavía incierto, pero las clases nobles cobraron clara conciencia de lo que tenía que ver con ellas en la nueva actitud de las monarquías, y eso pareció seguro y definitivo. Y era inevitable que así fuera. Otros sectores integraban la trama social. Pero, desde el comienzo de la crisis y hasta el triunfo del absolutismo a principios del siglo XVI, las monarquías y las clases nobles fueron los protagonistas de la denodada lucha por el poder.

En lo que concernía a las clases nobles, la actitud de las monarquías se fue poniendo de manifiesto con marcada nitidez. Estaban dispuestas a proteger y mantener a las clases nobles como sector social predominante, amenazado gravemente por el proceso de cambio, sosteniendo su posición económica y social en las áreas rurales de las que sacaban su riqueza, su fuerza y su prestigio; pero a condición de que todo eso fuera puesto no al servicio de sus propios intereses personales o de clase sino al servicio de la monarquía y de su nueva política. Era al principio un sinuoso y difuso proyecto, pero cada vez fue más evidente para las clases nobles que las monarquías pretendían someterlas y domesticarlas para que llegaran a ser —como finalmente lo fueron— aristocracias cortesanas sin poder político propio. Y no sólo en la esfera en que podían competir, sino aun en las regiones donde tradicionalmente el noble feudal actuaba como un pequeño monarca.

Las clases nobles advirtieron que se las quería ver reducidas a sus antiguos recursos, en tanto que las monarquías crecían en poder económico y militar gracias a su participación directa o indirecta en las nuevas actividades económicas. Fuera de las actividades privadas, pocas esperanzas pudieron abrigar las clases nobles de aprovechar su poder para beneficiarse, como señores, de la riqueza que acumulaban las ciudades y las burguesías urbanas, excepto cuando una monarquía atravesaba por una crisis de debilidad, como en el caso de Castilla tras la ascensión de los Trastámara. Pero aun en esos casos excepcionales fue una reacción, una efímera recuperación de terreno perdido. La economía mercantil necesitaba del poder real y quienes la manejaban buscaban su apoyo y aceptaban de buen grado la imposición fiscal y las obligaciones personales que pudieran ser exigidas en el ámbito de la Corona. Así se consolidó la idea de que ese ámbito no era el de las clases nobles.

Pero quizá lo que más agudamente percibieron las clases nobles fue que las monarquías no estaban dispuestas a aceptar la anacrónica concepción de las clases nobles de que ellas constituían el todo de la sociedad. Como hecho ya no era cierto, y las monarquías lo habían advertido con clara percepción de las nuevas situaciones. Ahora estaban resueltas a que las clases nobles aceptaran ser parte de un todo más complejo, reconociendo la significación de las otras, una de las cuales, la burguesía, crecía en importancia para las monarquías porque proporcionaba los recursos necesarios para su fortalecimiento. Hubo una presión imprecisa y difusa para lograr este consentimiento, pero fue lo más difícil de lograr.

Las clases nobles se resistieron a aceptar esta disminución de su papel social y político, que las monarquías trataban de paliar ofreciendo a sus miembros, como compensación, lugares honoríficos en sus cortes cada vez más suntuosas y dádivas provenientes de las rentas reales. La disyuntiva era difícil, pero en pocas generaciones hubo quienes se decidieron por esta posibilidad muy prometedora en cada caso personal. Otros, más celosos de los intereses de su clase, resistieron pasivamente —aun cuando a veces aceptaran a título personal las graciosas concesiones reales—, esbozando una política de afirmación y defensa de la aristocracia hostigada por el proceso de cambio, y sólo defendida por los reyes en la medida de sus propios intereses.

La resistencia pasiva de las clases nobles consistió en cerrar las filas para no perder su identidad como grupo y en codificar sus normas y sus formas de vida para distinguirse en el seno de la sociedad gárrula y confusa. Su espejo colectivo fueron las órdenes militares que perpetuaban, inmovilizándolas, las tradiciones caballerescas de los siglos pasados, y su modelo individual los caballeros sin miedo y sin tacha que inmortalizaban los cronistas nostálgicos y ya cortesanos. Algunos moralistas reivindicaron sus viejas virtudes, pero con frecuencia para deslizar una severa crítica acerca de la decadencia de la caballería. La defensa pasiva de las clases nobles no sólo adquirió un aire melancólico sino que se expresó generalmente a través de una retórica tan convencional que quedó probado que su política doctrinaria carecía de actualidad y de vigencia.

Pero las clases nobles adoptaron, al mismo tiempo, una resistencia activa frente a las monarquías. Ejercieron una política de permanente presión sobre los reyes, a través de una sostenida presencia, de una reivindicación constante de los principios tradicionales, de una alegación sobre la legitimidad de sus derechos en cada caso particular. En general, el objetivo final de esas presiones era conseguir que las clases nobles mantuvieran la totalidad de sus privilegios, muchos de ellos amenazados en términos generales por el juego de las circunstancias y otras cuestionados concretamente en determinado caso. Sin duda las monarquías necesitaban y deseaban reducir los privilegios nobiliarios, y la batalla fue cotidiana y permanente. Pero no era sólo lo que preocupaba a las clases nobles. Formó parte de su política práctica tratar de mantener su papel de grupo político exclusivo, para lo cual multiplicaron sus esfuerzos para rodear a los reyes con el objeto de impedir que otros grupos que no fueran de la nobleza hicieran lo mismo. En esta batalla palaciega, el adversario eran las burguesías en ascenso, de cuyo seno se destacaban los más ricos o los más hábiles o los más ilustrados para incorporarse a las cancillerías o a los consejos. Para suprimir estas influencias podían unirse todos los grupos o facciones de las clases nobles. Pero a medida que crecía el poder real y trastabillaba la vieja aristocracia feudal, esas facciones se tornaban más cerradas, más intolerantes y más agresivas entre sí. Luchaban unas contra otras para lograr el favor real, intrigaban para desalojar a la adversaria, procuraban colocar a sus miembros en posiciones claves. Quizá lo que más las irritaba no era el triunfo de una facción rival sino el de un personaje individual —el favorito o privado—, que subrogaba la voluntad real y que solía exceder la medida de su propia significación tratando de sobreponerse a la nobleza. Contra ellos se dirigía un odio casi feroz, que a veces degeneraba en la formación de bandos enfrentados a muerte cuya política intolerante y desmesurada sólo apuntaba a la destrucción del enemigo.

La crisis, que había debilitado la arquitectura de las relaciones vasalláticas en el seno de las clases nobles, comprometió de manera singular y gravísima las relaciones entre ellas y su rey. Asidas a sus viejas concepciones, persistían en considerar su lealtad al rey como un simple vínculo feudal, sin advertir que, cada día más, el rey no era simplemente el señor de sus vasallos nobles —aunque algunos, como Carlos VII de Francia, se obstinaron en creerlo— sino el representante de una entidad jurídica que cobraba creciente significación: el Estado. Precisamente contra el Estado y las nuevas formas que asumía cada día se rebelaban las clases nobles. Sus miembros rompían los vínculos vasalláticos que los unían a su rey —se desnaturaban, como se decía en Castilla— y se sentían en libertad para establecer otros con otro rey extranjero, porque se resistían a integrarse en esa nueva sociedad que era ya una sociedad nacional, con un Estado que se constituía paso a paso, y cuyo representante eminente era un rey que dejaba aceleradamente de ser un señor feudal para ser el mandatario de una nación. Esa confusión de lealtades probaba la indecisión e incertidumbre de las clases nobles, reducidas por el proceso irreversible de cambio de una situación de omnipotencia a otra de negociada participación. Tenían un lugar en la nueva sociedad feudoburguesa, pero debía ser establecido sobre nuevas bases tras muchas transacciones con las otras fuerzas concurrentes. En ese forcejeo por el establecimiento de un nuevo orden, las clases nobles fueron las que más tardaron en adoptar una política realista.

Adoptaron, a veces, una política desesperada. Cuando comprobaron que las presiones pertinaces —ejercidas a través del consejo, la amenaza o la intriga— no daban los resultados que esperaban, empezaron a pensar en recurrir a la violencia. Hubo durante los siglos XIV y XV numerosas guerras civiles en las que se enfrentaron dos bandos señoriales. Pero, en el fondo, fueron guerras contra la monarquía o, más exactamente, contra la incipiente forma de Estado que las monarquías procuraban instituir.[169] Los objetivos eran los mismos que habían motivado su tenaz política de presión sobre los reyes, aunque aparecieran otros pretextos y se agitaran diferentes banderas.

Las clases nobles querían, solamente, conservar sus privilegios y recuperar su ascendiente sobre la monarquía.

La ocasión prestó a veces un confuso contorno a la acción armada de los señores. Los grupos podían proclamar que estaban a favor o en contra del rey, y luchar unos por su derrocamiento y otros en su defensa; podían sostener a distintos candidatos para un trono vacante; podían disputar la tutela de un rey durante su minoridad. Pero siempre luchaban por lo mismo. Sólo agregaban diversos matices de dramatismo algunas situaciones particulares: el enconado odio de dos familias —como los Douglas y los Stuart en Escocia o los Lancaster y los York en Inglaterra—, la brutal contienda de dos hermanos —como Pedro I y Enrique II en Castilla o Jacobo III y el duque de Albany en Escocia—, o el enfrentamiento entre padre e hijo como el que sostuvieron en Francia Carlos VI y el delfín o Carlos VII y el futuro Luis XI y en Aragón Juan II y el príncipe de Viana. Batallas memorables —Montiel, Olmedo, Towton, Bosworth, Sauchieburn— pusieron de manifiesto los odios fratricidas de las facciones feudales y la ceguera política que las conducía hacia la autodestrucción.

Fueron guerras formales, de enemigos jurados que apelaban a todos los recursos, a todas las alianzas y a todas las crueldades para triunfar, y cuyo saldo fueron innumerables vidas de miembros de las clases nobles. Pero no siempre llegaron a esos extremos. El asesinato solapado —como el del duque de Orléans en 1407 o el del duque de Borgoña en 1419— podía ser un recurso drástico sin llegar al enfrentamiento de los ejércitos. La deposición de un rey y luego su muerte misteriosa —como en los casos de Eduardo II y de Ricardo II de Inglaterra— pareció una solución definitiva cuya violencia podía disimularse con velos legales. Pero era la guerra, esto es, la última faz de una política ambigua y desesperada.

III. La política de las burguesías integradas

Caracteres menos trágicos que los que revistió en las clases nobles tuvo la búsqueda de una política eficaz en el seno de las burguesías integradas en los grandes estados territoriales. Ciertamente tenían menos prejuicios, más experiencia del cambio y cierta urgencia por consolidar una posición en la nueva sociedad. Cuando comenzó la crisis social y económica ya había recorrido un largo camino; pero sólo entonces pudo medirse la intensidad del cambio; y así como las clases nobles y las monarquías comprendieron que tenían que definir sus actitudes en el oscuro proceso de constitución de la sociedad feudoburguesa, también las clases burguesas tuvieron que examinar los pasos que habían dado desde el siglo XI y deducir de ese examen una conducta política.

Grupos endebles y de imprecisa fisonomía, las primitivas burguesías urbanas elaboraron muy pronto una política defensiva, gracias a la cual lograron obtener de los señores, laicos o eclesiásticos, cartas de franquicias o de comunas, fueros o constituciones, que les proporcionaran seguridad jurídica y garantías para el ejercicio de sus actividades mercantiles o artesanales. A veces tuvieron que combatir con los señores; otras veces pactaron con ellos a diverso precio; y en alguna ocasión lucharon unidos —como en Inglaterra en el siglo XIII— para contener el poder real. Pero el juego de las fuerzas inclinó generalmente a las burguesías a enfrentarse con los señores y a buscar el apoyo de los reyes. Enclavadas en los señoríos, las ciudades los sentían como sus protectores frente a los atropellos de las clases nobles, quizá porque descubrieron que los reyes estaban interesados en su desarrollo como grupo social y en la expansión de sus actividades, o porque sorprendieron precozmente la significación que los reyes les asignaban por encima de todo prejuicio.

De los reyes obtuvieron más de una vez garantías efectivas en situaciones peligrosas y en muchas ocasiones la convalidación o la confirmación del status jurídico que habían logrado y les costaba tanto conservar. Pero obtuvieron, sobre todo, el reconocimiento de su significación como brazo de la sociedad cuando empezaron a ser convocados a las asambleas de la curia regia, de las que antes sólo participaban el clero y las clases nobles. Ocurrió por primera vez en el reino de León en 1188, cuando fueron convocados a la curia regia, junto al arzobispo, los obispos y los magnates del reino, “los ciudadanos elegidos por cada ciudad”. Sucesivamente, la incorporación de los burgueses se produjo en casi todos los reinos: poco después que en León ocurrió en Castilla; en Cataluña en 1218; en la dieta imperial en 1232; en el reino de Valencia en 1238; en el parlamento de Inglaterra en 1265; en las cortes de Aragón en 1274 y en las de Navarra en 1300, y en los Estados Generales de Francia en 1302. Esta apelación de la Corona a los burgueses no fue un acto gracioso. Generalmente se trataba de obtener dinero de ellos. Pero precisamente en el caso de Felipe IV de Francia —institucionalmente confuso—[170] se advierte que la monarquía empezaba a buscar el apoyo de todos los sectores de la sociedad en situaciones difíciles. Y así ocurrió en todas partes aunque el objetivo concreto fuera que consintieran en pagar nuevos impuestos u otorgar cierta suma al fisco. Desde entonces la monarquía reconoció que las asambleas que expresaban la opinión del conjunto de la sociedad —de la nueva sociedad feudoburguesa— no podían ser plenamente representativas si no contaban con la presencia de los burgueses de las ciudades.

Pero, a pesar de eso, las burguesías urbanas no se entregaron de lleno. Potencialmente menos peligrosos que las clases nobles, los reyes eran también sus adversarios. Cuando se mostraban débiles, crecían las exacciones; y aunque se las estimulaba para que produjeran más riquezas, se las vigilaba para que no creciera la autonomía de las ciudades y para que no alentaran aspiraciones políticas. Habituadas a defenderse de los señores, las ciudades se organizaron para defenderse de los reyes, siempre dispuestos a reclamar más alto precio por su apoyo. Hermandades o ligas de ciudades anudaron sus vínculos para ofrecer un frente unido. Fue una política sutil, la de las burguesías que se veían obligadas a ceder y a exigir alternativamente, sin comprometer una alianza tácita ni entregarse a discreción.

Pero cuando comenzó a insinuarse la crisis social y económica la situación había empezado a cambiar. El espíritu comunal, antes tan fuerte, comenzaba a languidecer. La comuna era un cuerpo jurídico cuyos primeros caracteres derivaban de su enclave en un mundo plenamente feudal. De ese mundo, y del sistema de relaciones que prevalecía en él, se habían defendido eficazmente con la larga lucha que habían sobrellevado hasta entonces. Pero el mundo feudal estaba ya tocado por la crisis, y si él mismo empezaba a resultar anacrónico, la comuna, que está inserta en él, parecía mostrar los mismos signos.

Lo que más había contribuido a aquella declinación del espíritu comunal fue la progresiva formación de un patriciado cada vez más cerrado y oligárquico. Las mismas pocas familias retenían los cargos comunales durante generaciones y los ejercían en su propio beneficio. Se enriquecían cuanto podían, malversaban las rentas, sumían a las comunas en la miseria y, sobre todo, mantenían alejados de la vida comunal a todos los grupos sociales ajenos a la oligarquía, con lo que crecía en ellos la indiferencia y la irritación por el sistema que, otrora, fuera constitutivamente igualitario.

Pero otras causas habían contribuido también a la declinación del espíritu comunal. A medida que la comuna se tornó patrimonio exclusivo del patriciado, otras instituciones fueron desarrollándose, en parte para sustituirla en alguna de sus funciones y en parte por el juego de las fuerzas sociales. Si en los orígenes de la asociación comunal —especialmente en la comuna jurada— el vínculo de solidaridad constituía una garantía suficiente de seguridad para sus miembros, a medida que la ciudad fue creciendo esa garantía disminuyó en eficacia. Los distintos sectores sociales constituyeron sus asociaciones particulares para defender sus intereses. Hubo guildas de cada uno de los sectores de comerciantes, entre las cuales cobraban suma importancia la de aquellos que constituían la actividad fundamental de la ciudad. Hubo corporaciones de oficio —o como se decía en la época, cuerpos de oficios, guildas, colegios— que agruparon a los artesanos que trabajaban en el mismo ramo. Y hubo cofradías de ayuda mutua, puestas bajo la advocación de un santo patrono, que coincidían a veces con las corporaciones pero que eran en otras ocasiones más abiertas.[171] En todos los casos, estas cofradías rescataron de la tradición propia de la asociación comunal la función primaria de la ayuda mutua, separándola de las funciones administrativas y, en cierto sentido, políticas que cumplía la comuna, y que habían sido monopolizadas por los patriciados cada vez más oligárquicos. La ayuda mutua, relacionada con los problemas cotidianos de cada uno, era lo que acaso en un principio recibía el ciudadano de la comuna igualitaria. Pero cuando dejó de recibirla de la comuna oligárquica, su espíritu comunal decayó y se refugió en las asociaciones privadas.

Fue esta declinación del sentimiento colectivo y unánime de los ciudadanos lo que preparó el camino para la transformación de las comunas. Manejadas y controladas por una oligarquía rica y comprometida en importantes negocios, las comunas se mostraron cada vez más inclinadas a aceptar la tutela real. Sin duda, su riqueza no aseguraba la tranquilidad de las burguesías oligárquicas de las ciudades. La monarquía era insaciable, y mientras más riqueza veía acumularse en las ciudades más exigente era en cuanto a impuestos, subsidios y ayudas con diversos pretextos o, a veces, con causas muy fundadas. Los burgueses urbanos aspiraban a la protección de la Corona y a asociarse a vastas empresas mercantiles y financieras que sólo podían intentarse con el apoyo real. Pero siempre temían por sus libertades, por aquellas que constituían la condición necesaria de su vida en las ciudades donde tenía su base la actividad que desarrollaban y la fortuna que había acumulado. Una permanente queja y una permanente acción estaban dirigidas a reducir las cargas fiscales que pesaban sobre cada uno de ellos, a evitar las amenazantes exigencias de ayudas imprevistas, a obtener apoyo financiero para solventar las deudas que la ciudad había contraído y no podía pagar, generalmente por la mala administración de las familias oligárquicas. Pero todo debía hacerse cautelosamente, porque la aspiración a que se fortaleciera la tutela real era vehemente entre el patriciado.

Los reyes acudieron en auxilio de las comunas cuando se vieron amenazadas por la prepotencia de un señor. Y la actitud de las burguesías urbanas era tan benévola —pese a sus reticencias— que más de una comuna francesa solicitó que se la incorporara al dominio real. Con la misma buena predisposición aceptarían el control cada vez más estrecho de la administración real sobre la comuna: control financiero y administrativo, pero también político, que podía ser limitado, como el que introdujeron Luis IV y Carlos IV en el Imperio, o Luis XI en Francia, o los Reyes Católicos en Castilla y Aragón; pero que podía ser total, como ocurrió en Holanda en la época del conde Guillermo V, estimulado precozmente por los tratadistas partidarios del poder absoluto de los señores.[172]

Pero lo cierto es que, para entonces, las burguesías no se consustanciaban ya con las comunas; y mientras éstas tenían una política oscilante pero con claros objetivos finales, ciertos sectores de las burguesías comenzaban a establecer otra aún más realista. Ya en el siglo XIII había comenzado en algunos lugares un tenue proceso de diferenciación social en virtud del cual las burguesías dejarían de ser un sector estrictamente adscripto a la organización de las ciudades, sin otro horizonte que el que ellas pudieran proporcionarles. Al fin de ese proceso de diferenciación social, ya a fines del siglo XIII o principios del XIV, estaría constituida una burguesía extraurbana.

Sin duda mantuvieron las burguesías urbanas, especialmente en las que gozaban de cartas de comuna o de franquicias, sus bases de apoyo y de operaciones en esos recintos privilegiados, en las que, por lo demás, absorbieron todas las funciones y volcaron en su favor todas las garantías y privilegios de que gozaban. Pero a medida que se fue entretejiendo el mundo de los negocios, muchos miembros de esas burguesías urbanas se fueron integrando en un sector sui generis, una clase mercantil rica, poderosa y con un horizonte cada vez más extenso. Poco a poco comenzaron a comprender que no eran exclusivamente ciudadanos de una ciudad ni estaban confinados dentro de sus límites, que estaban incorporados, de hecho, a un estrato social intercomunicado por encima de ellos, que tenían fuertes intereses comunes en un ancho campo, y que cada uno de ellos tenía insospechadas perspectivas en actividades que excedían el marco local y, además, podían sobrepasar el campo de las actividades estrictamente mercantiles. Aun apoyándose en su condición de grupos urbanos bien definidos en cada ciudad, aquellos burgueses empezaron insensiblemente a verse integrados en una clase extraurbana, en una burguesía mercantil dispersa, que empezaba a ser diferente de las burguesías urbanas y que era más que la suma de ellas. Quizá empezaron esos burgueses a subestimar o a desdeñar, inconscientemente, la significación de las viejas comunas, creadas para un mundo que desaparecía; y quizá por eso trataban de buscar vínculos más eficaces frente a las nuevas situaciones. Fueron esos vínculos los que aglutinaron a esta nueva burguesía extraurbana, difusa al principio, pero que entreveía sus intereses comunes y sus objetivos cercanos y remotos.

Esa burguesía mercantil, extraurbana y difusa, tardaría en constituirse con caracteres definidos como clase social. El proceso de su formación fue ajeno al que determinó las alianzas, estables u ocasionales, de las burguesías urbanas. Siguió otro camino y quedó indicado en la tendencia a la individualización que empezó a advertirse en el seno de las burguesías urbanas, originariamente muy compactas pero en las que la disgregación era inevitable no sólo por el tipo de actividad competitiva de sus miembros sino también por su mentalidad. Fue en Francia donde este proceso —tan notorio en las ciudades de desarrollo autónomo como las de la Hansa, de Italia o de Flandes— se manifestó claramente en el área de los estados territoriales. Desde mediados del siglo XIII la monarquía francesa concedió a algunos individuos pertenecientes a las burguesías urbanas la condición de “burgueses del rey”, esto es, un status de burgués independiente del vínculo comunal. En otros estados, aun sin la precisión de esta figura jurídica, el fenómeno se trasunta en las formas de comportamiento de algunos individuos. El mercader que ampliaba su horizonte y comenzaba a desenvolver sus actividades mercantiles a escala regional, nacional o internacional, adquiría una condición personal que sobrepasaba largamente los límites de su condición jurídica como burgués de tal o cual ciudad; y aunque ésta siguiera siendo su filiación inexcusable, socialmente adquiría la figura —imprecisa pero inequívoca— de un miembro de esa clase burguesa que se constituía poco a poco pero que era reconocida en todas partes aun cuando no estuviera definida o legalizada. Era un burgués, algo diferente de un noble, pero también de un pequeño comerciante, de un artesano o de un campesino. Era rico, respetado, influyente. Y podía ser de tal o cual ciudad, pero seguía siéndolo en cualquiera.

El proceso de diferenciación que se produjo en el seno de las antiguas burguesías fue, como todos los de ese tipo en sus primeras etapas, sutil y difícil de aprehender. Esa clase burguesa mercantil, extraurbana y difusa, se deslizaba por entre los intersticios de la sociedad organizada. Tenía una inequívoca fisonomía social y económica; a veces política o cultural. Pero no tenía figura institucional. Y cuando las monarquías empezaron a llamar a sus cortes o parlamentos a los burgueses, se aferraron al sector burgués de fisonomía definida. Llamaron a los representantes de las ciudades, esto es, a las burguesías urbanas. Pero esa clase, como conjunto, estaba cediendo el paso a la que constituían aquellos de sus miembros que se desligaban de la estrecha vida comunal para agruparse de otra manera. Esas agrupaciones, aun imprecisas y difusas, se tornaban más importantes cada vez porque, si no encontraban fácilmente una expresión corporativa, igualmente se veía en ellas un vigoroso grupo de poder. Y si encontraban esa expresión —en las guildas de comerciantes, por ejemplo— su poder crecía mucho más. Quizá no tuvieran de inmediato una política definida, de gran estilo y fácil formulación, pero la tenía cada uno de sus miembros en cada coyuntura y la tenía el conjunto como una perspectiva de largo plazo, hasta donde lo permitían sus encontrados intereses. La definía un rasgo: la voluntad de impulsar el desarrollo mercantil, buscando en cada caso el apoyo del poder político para robustecer su acción inmediata.

Esa clase difusa y extraurbana se constituía inexorablemente. Si la individualización del burgués mediante una voluntaria segregación o alejamiento de su ciudad podía ser un paso difícil para un hombre maduro y rutinario, no lo era, en cambio, para el joven de familia burguesa que pretendía forjar su propio destino: como sus mayores, por su esfuerzo personal, pero quizá de otra manera y acaso con otros objetivos. El juego de las generaciones operó aquel proceso de diferenciación entre la vieja burguesía urbana y la nueva, extraurbana y todavía difusa. Tentaba al joven nacido en el seno de una familia burguesa de medianos recursos la posibilidad de alcanzar una gran fortuna, impensable dentro del módico esquema familiar. Y aún en ese caso, y más si se trataba de quien provenía de familias de fortuna, solían mover al joven burgués la emulación y, sobre todo, la ambición del éxito, del prestigio social que rodeaba a los jóvenes de clase noble, del goce de la vida dentro de un marco de lujo al que no estaba acostumbrado. Entre todos los destinos posibles, servir en la corte fue el destino más ambicionado. Quien lo lograba podía satisfacer todos sus deseos, conseguía desprenderse de las limitaciones que, en alguna medida, le imponía su origen burgués y tomaba posición en el camino del ascenso social. También podía optar por otros destinos: ser legista, sacerdote, escolar en una prestigiosa universidad. Pero nada sedujo a los jóvenes burgueses que se desagregaron de su núcleo originario como las dos posibilidades fundamentales que se le ofrecían: la fortuna y el ascenso social. En ambos casos, la proximidad del ámbito real constituía una inestimable ayuda para el éxito.

Al final de esa carrera de individualización —que trajo consigo la diferenciación de los grupos burgueses— estaba la esperanza del ennoblecimiento. A partir de cierto momento se quebró el abismo que separaba a las clases nobles de las altas clases burguesas, y el burgués pudo obtener —graciosamente o por dinero— un título nobiliario que modificaba su status y, sobre todo, el de sus descendientes. Con eso se diversificó aún más lo que había comenzado siendo un grupo social restringido y compacto. Era inevitable que las burguesías no pudieran tener, en consecuencia, una sola política.

Fueron, al menos, dos, análogas en sus puntos de partida pero divergentes. Una fue la de las burguesías estrictamente urbanas, preocupadas por sus negocios, sus privilegios y su posición dentro de la ciudad. Otra fue la de la burguesía extraurbana, preocupada también por sus negocios y sus privilegios pero con otros objetivos mucho más ambiciosos en el campo de la economía, que en ciertas condiciones podían proyectarse al de la política. Esta última fue la que, sorpresivamente, quedó al descubierto al promediar el siglo XIV, revelando no sólo qué tipo de política era sino también qué tipo de sector socioeconómico era el que la proponía.

En el área de las ciudades de desarrollo autónomo el experimento había sido intentado por Jacques van Artevelde en Gante. Una burguesía urbana que había trascendido los límites de la ciudad y de la región para situarse en el centro de una red económica internacional, se atrevió a adoptar una política económica propia que, por sus alcances y por su orientación, configuró una política total. Fiel a sus compromisos vasalláticos, el conde de Flandes, Luis de Nevers, huyó a París junto a su señor natural, en tanto que Gante, unida bajo la inspiración del más lúcido y audaz de sus patricios, se alineó en 1339 junto a Eduardo III y los ingleses en defensa de sus intereses. La experiencia duró poco y probó el vigor de las tensiones sociales, tan fuertes como para neutralizar una política ideada y conducida por la burguesía de una sola ciudad y, además, sin otro respaldo permanente y seguro que el de sus propios miembros. La escala había cambiado, y la burguesía gantesa, confiando imprudentemente en el apoyo de una sociedad urbana desunida, se había introducido en un conflicto que sostenían dos poderosos estados territoriales, de vigorosa estructura monárquica y en los que la sociedad feudoburguesa había dado pasos importantes hacia su integración.

Pero veinte años después el experimento se repite, esta vez en un estado territorial —Francia—, en una crisis coyuntural desencadenada en el momento más difícil de la crisis general de contracción. Agudizada esta última después de la Peste Negra de 1348, Francia es derrotada por los ingleses en Poitiers en 1356 y su rey hecho prisionero. Todas las tensiones de la inestable sociedad feudoburguesa, todas las contradicciones de su economía, alcanzaron entonces un grado paroxístico. Fue en ese momento cuando las burguesías urbanas concibieron una política para el reino, que debería ser sostenida por las de todas las ciudades y que podría, virtualmente, proyectarse en su provecho sobre la difusa red económica que procuraba manejar a su modo esa variante de la burguesía que se estaba constituyendo, extraurbana e internacional.

El primer esbozo de esa política fue trazado, en los Estados Generales de 1356, por el obispo de Laon, Robert le Coq, a quien acompañaba el preboste de los mercaderes de París, Etienne Marcel. Se trataba de limitar el poder de la monarquía, obligándola a aceptar el consejo y, eventualmente, las decisiones de los Estados Generales. El delfín —el futuro Carlos V, entonces regente del reino— debía abandonar a los consejeros de su padre prisionero y aceptar aquellos que emanarían de los Estados Generales; el cuerpo se reuniría periódicamente y tendría una participación importante en el gobierno. Ese proyecto político no llegó a concretarse, y no sólo por la resistencia del delfín sino porque, al reunirse la asamblea al año siguiente, faltaron tantos de sus miembros que, de hecho, quedó compuesta casi exclusivamente por los burgueses de París, como si los ausentes —o sus mandantes— se hubieran retraído al percibir la magnitud de la reforma propuesta. Pero quedó puntualizada una de las líneas políticas que las burguesías proyectaban defender —y alguna vez, instaurar— en los estados territoriales: la coparticipación en el poder de monarquía y burguesía.

El segundo esbozo fue delineado, tras el fracaso del primero, por Etienne Marcel, que ejercía la jefatura de los comerciantes parisienses y gozaba de gran prestigio en la turbulenta capital del reino donde los nuevos grupos sociales imponían sus hábitos y sus formas de mentalidad. Pero Marcel no era solamente un comerciante de París sino un hombre, entre comerciante y político, que estaba familiarizado y mantenía contactos con otras áreas de intenso desarrollo burgués, como Flandes y Cataluña. Por eso ese segundo esbozo fue más audaz aún. Quizás influyó en el delineamiento de su política el modelo lanzado en Gante por Jacques van Artevelde. Pero la ocasión le fue proporcionada por la brecha que abrió en la ya tensa situación un poderoso aliado: Carlos el Malo, rey de Navarra y díscolo jefe de una fracción nobiliaria de Francia, a cuya corona parecía aspirar. Quizá Marcel vio en él un posible “rey burgués” —como los que aparecerían muy pronto—, que aun sin aceptar una sujeción formal a la burguesía institucionalizada, se hiciera cargo de la política económica de la burguesía extraurbana para apoyarla en sus ambiciosos planes de expansión. De todos modos, cuando Carlos el Malo, por entonces prisionero en Francia, logró evadirse, Marcel hizo causa común con él, y acaso delinearon juntos una política revolucionaria.

Caso insólito, Carlos el Malo, refugiado en el monasterio de Saint-Germain des-Prés, apareció un día en el prado y comenzó a hablar a la multitud haciendo su defensa ante los ciudadanos; él, que sería el despiadado jefe de los nobles que reprimieron la insurrección campesina de esos días, la Jacquerie. Todo indicaba que aspiraba a ser un “rey burgués”. De una manera sugestivamente concordante, Etienne Marcel convocó a las ciudades para concertar la política de la burguesía, mientras Carlos el Malo trataba de seducirla, por medio de conferencias públicas —el nuevo estilo político que había inaugurado—, en Ruán y en Amiens. El propósito parecía claro: o el delfín aceptaba la primacía política de la burguesía, o ésta se aliaba a Carlos el Malo, que parecía aceptar, al menos, el compromiso de desarrollar la política que la burguesía proponía. Finalmente, el proyecto fracasó. La nobleza y el clero se aliaron al delfín y, tras mucha violencia, Marcel fue asesinado por una fracción de la burguesía parisiense que lo abandonó, seguramente por haber ido demasiado lejos. Tras el desenlace, flotaba el terror generalizado que suscitaba la insurrección campesina de los Jacques.[173]

De ese modo, la burguesía parisiense, trasmutada en alguna medida e integrada en la difusa corriente de la burguesía extraurbana, había puesto al descubierto sus tendencias extremas. Desencadenado el experimento radical, no sólo se reagruparon en actitud defensiva los otros sectores de la sociedad sino que la burguesía misma se escindió, dejando avanzar a su ala moderada. Pero a pesar del fracaso del experimento radical, sus metas finales estaban de manifiesto y, de manera más o menos expresa, indicaban el camino por el que aspiraban a transitar las burguesías, especialmente esa que se manifestaba como extraurbana. La estrategia del ataque frontal había fracasado. En adelante preferiría otras maniobras, oblicuas o envolventes.

Replegadas sobre sí mismas, las burguesías midieron sus fuerzas y graduaron sus objetivos. Las que mantenían sus intereses fundamentales en sus ciudades pusieron la mira en la confirmación y la garantía de sus privilegios, con los cuales podían seguir desarrollando sus actividades en condiciones altamente beneficiosas. Pero no sólo era necesario, para eso, que la monarquía moderara una y otra vez sus avances sobre la autonomía de las comunas y su apetito fiscal. Era necesario también que le prestara su concurso para contener la presión de los oficios que, en el dislocamiento general del sistema, pretendían alcanzar un poder que amenazaba sus intereses. Era una política de alcance módico que situaba a las oligarquías urbanas en una posición de derrota frente a un poder monárquico que, aun en los estados territoriales donde existían graves problemas que comprometían la autoridad real, ostentaba una fuerza muy superior a la de cada una de las ciudades por sí solas.

Pero las burguesías que habían superado en alguna medida el ámbito urbano tenían expectativas mucho más extensas y a más largo plazo. Para defenderse, no sólo de sus reyes, sino de todos los poderes que podían interferir sus actividades, se organizaron en guildas capaces de ejercer una efectiva presión, apoyándose en la importancia que sus operaciones comerciales tenían para una ciudad, para cierta región, acaso para un país entero. No el bloqueo sino, simplemente, el abandono de un puerto podía, en la nueva situación, ocasionar perjuicios cuantiosos; y en ciertos casos no sólo para la actividad comercial del país sino para su abastecimiento de ciertos productos fundamentales.

Las guildas comerciantes se transformaron por esa vía en importantes grupos de presión que consiguieron muchas ventajas gracias a las represalias que podían ejercer. En país extraño, la presión estaba destinada a conservar ciertos privilegios o garantías. Pero en el propio país, las guildas comerciantes delinearon otros objetivos que forzarían a la Corona a adoptar una política muy comprometida. Fueron ellas las que lograron que el poder real adoptara ciertas medidas que favorecieran a las burguesías nacionales contra los competidores extranjeros. Así fueron limitadas o suprimidas sus actividades, a veces expulsados sus miembros. Y, a veces, las burguesías nacionales obtuvieron más de su reyes: exenciones impositivas, privilegios para la producción y la comercialización, monopolios para el transporte, prohibiciones para ciertas importaciones cuya competencia era temible. Fue la de las guildas comerciantes una política de corto alcance para obtener el favor real en relación con sus intereses inmediatos, que la Corona aprendió a considerar como propios en cuanto estaba asociada a sus beneficios.[174]

Ciertamente, a lo largo del tiempo las burguesías fueron precisando cuáles eran los puntos de coincidencia que tenían con las monarquías, mientras éstas hacían lo propio. El resultado de ese examen contribuyó a descartar los ataques frontales recíprocos. La experiencia probó que las monarquías estaban tan interesadas como las burguesías en el tipo de desarrollo mercantil e industrial que las últimas promovían, tanto a escala urbana como a escala regional, nacional e internacional. También probó que ambas coincidían en la necesidad de un poder fuerte que asegurara no sólo ya la paz del mercado dentro del recinto urbano —que generalmente las ciudades estaban en condiciones de garantizar— sino la seguridad en los caminos, los ríos, los puertos y, hasta donde fuera posible, en las rutas marítimas. Probó además que el respaldo del estado era extremadamente útil para facilitar la penetración de los comerciantes en los mercados extranjeros, porque era mejor atenerse a las regulaciones preestablecidas que no intentar aventuras individuales. Y probó, en fin, que era imprescindible que el Estado tuviera una política monetaria firme que ayudara al establecimiento y mantenimiento de relaciones financieras internacionales confiables. Estas coincidencias —y otras menos significativas— fueron fijando los términos de una especie de pacto tácito entre las monarquías y las burguesías.

Punto inexcusable de ese pacto tácito era que las burguesías se desentendieran de las áreas rurales y no se comprometieran de ninguna manera con los movimientos insurreccionales campesinos, como ocurrió en Francia en 1358 y en Inglaterra en 1381. Las áreas rurales constituían el ámbito natural de las clases nobles, y las monarquías las necesitaban demasiado para permitir que se comprometieran sus bases de sustentación económica. Por lo demás, el cambio perceptible en la vida económica sólo parecía afectar al sector industrial y mercantil, puesto que en el sector productivo agropecuario los impactos eran indirectos y apenas comprensibles.

El punto más importante quedó establecido cuando cada una de las partes reconoció cuál era su fuerza y cuál la de la otra. Las burguesías podían ofrecer apoyo social, económico y político a las monarquías pero necesitaban la protección de éstas en todos esos aspectos: protección regional, nacional e internacional para el ejercicio y la expansión de sus actividades; protección interna contra los avances siempre temibles de las clases nobles en general y de algunos nobles en particular; y protección contra el avance de las corporaciones de los oficios que adoptaban una actitud cada vez más amenazante. Sólo las monarquías podrían ofrecer esa protección a las burguesías, tanto a las que se mantenían arraigadas en sus ciudades como a las que se iban integrando en esa difusa formación social que constituían las burguesías extraurbanas. Pero las monarquías reconocieron cuál era la fuerza de esas burguesías y lo que les podían ofrecer: apoyo y respaldo en el proceso de centralización en el que estaban empeñadas para la formación de un Estado por encima de las clases y que representara a la totalidad de las sociedades de los reinos, lo que constituía, en el fondo, un apoyo político; pero también un fuerte apoyo social y económico que no podían obtener de las otras clases sociales, por lo menos en la misma magnitud. Así, el pacto tácito se puso en marcha, y su cumplimiento fue la expresión más acabada de la política de las burguesías, sobre todo, porque ateniéndose a él, no sólo renunciaban a todo ataque frontal contra las monarquías sino que renunciaban, además, al ejercicio directo del poder político por vía institucional. En esa política persistirían las burguesías, y su manera de ejercer el poder sería rodear al trono, envolverlo y transformarlo en instrumento de su aspiraciones. Tarde o temprano, las monarquías se tornarían decididamente burguesas.

El cumplimiento de ese pacto tácito desembocó en Inglaterra en una política tan audaz de la Corona que el reino quedó comprometido en una guerra que duraría cien años. Hasta el pretexto que provocó la crisis flamenca en 1336 fue un acto formal de protección de los mercaderes ingleses por su rey; pero el contexto era más claro aún. En otros países el funcionamiento del pacto tácito fue igualmente claro. Los borgoñones se aliaron sin retaceos con las ricas burguesías de los Países Bajos a medida que fueron incorporando a su órbita las distintas regiones y ciudades, como el rey de Aragón procuró servir a las burguesías catalanas, y especialmente a la de Barcelona, sirviéndose al mismo tiempo de ellas. Y ocurría lo mismo en Francia, en el Imperio, en Bohemia y Hungría, en los países del Báltico y en Rusia. Pero quizá donde más claramente se mostró el compromiso, fue en Portugal, al producirse la revolución burguesa de 1383 y el ascenso al trono del maestre de Avís, Juan I. Era el programa de las burguesías el que enarboló el nuevo rey, y por ese programa se batió contra las clases nobles que lo habían elegido su jefe y contra el rey de Castilla. Y cuando consolidó su poder, puso en marcha el plan que las burguesías habían elaborado lentamente, en beneficio de ellas y de la Corona.

La instrumentación de la política del pacto tácito entre las monarquías y las burguesías acentuó en todas partes, con diversos matices, la influencia de estas últimas. Lograron desvanecer poco a poco las formas tradicionales del comportamiento de las monarquías: no en lo externo, ciertamente, donde siguió prevaleciendo el estilo caballeresco aunque con tendencia a trasmutarse en un estilo cortesano; pero sí en el terreno práctico, en el que las pautas fueron cambiando rápidamente. Sin duda coexistieron durante mucho tiempo las viejas y las nuevas. Pero la burguesía impuso el abandono de cierta concepción moral de la política y la adopción de un realismo pragmático. Expresión típica de la nueva sociedad feudoburguesa, la monarquía mantuvo cierta ambigüedad y ejercitó a veces las dos políticas. Pero una declinaba y la otra ascendía, y la tradicional fue relegada cada vez más a los aspectos formales y simbólicos de la vida del reino, en tanto que la nueva predominó en el terreno de los problemas prácticos e inmediatos.

Fueron, precisamente, las burguesías las que indujeron a las cortes reales —generalmente frívolas y un poco anacrónicas— a prestar cada vez más atención a los problemas prácticos, esto es, al tema de los negocios, de la política de los negocios y de la conducción de los negocios. Era un tema fundamental para las burguesías, pero supieron convencer a las monarquías de que también era fundamental para ellas, puesto que el área de la economía de mercado crecía y, con ella, la significación del dinero. Una sutil educación práctica había desarrollado en las burguesías el instinto de la coyuntura. En cada momento y en cada lugar, sabían descubrir precozmente las circunstancias que aconsejaban o desaconsejaban una estrategia comercial, un pacto, una retirada oportuna del mercado o un compromiso a fondo. Y esta aptitud —que era una actitud también— fue puesta al servicio de las monarquías para provecho mutuo.

Las burguesías ofrecieron más. Ofrecieron su vasta experiencia para conducir los negocios del Estado y los del monarca, transformándose al mismo tiempo en gestores privados y públicos de los asuntos comerciales y financieros que se desenvolvían a la sombra del poder real. Aprovechando la experiencia comunal, pudieron ofrecer también su consejo para cuestiones administrativas y fiscales —cada vez más importantes para los Estados que se constituían— y que repugnaban al contorno aristocrático del rey. Sirvieron para organizar la burocracia y también para ordenar los distintos niveles del sistema judicial, cada vez más engorroso a medida que se diversificaba la sociedad y aparecían problemas desacostumbrados.

Pero aún ofrecieron más las burguesías en cumplimiento de aquel pacto tácito: pusieron a disposición de las monarquías las personas que concretamente podían cumplir todas esas funciones, muchas de ellas desprendidas de sus troncos originarios pero ya en arraigada posesión de una experiencia incorporada y de unas aptitudes que parecían espontáneas e individuales pero que eran en gran parte el fruto sazonado de aquella experiencia. Nuevos cuadros se fueron constituyendo en las cortes, que relegaban de hecho, sólo por su eficacia práctica y su realismo pragmático, a los antiguos consejeros empecinados casi siempre en perpetuar actitudes anacrónicas.

Y, finalmente, las burguesías ofrecieron a las monarquías lo que más necesitaban: dinero. Las obligaciones del Estado, y especialmente la guerra, lo exigían cada vez en mayor cantidad y con más urgencia. Sobre todo, solían necesitarlo en un cierto momento, para resolver una contingencia urgente. Fueron las burguesías las que pudieron proporcionarlo, transformándose en acreedoras de los reyes y avanzando con ello un paso más en el estrechamiento de esas relaciones que se constituían sobre la base del pacto tácito surgido de la coincidencia de intereses y de objetivos.

Si, en los hechos, las clases nobles tendían a integrarse con las burguesías en una nueva sociedad feudoburguesa convulsionada por fuertes tensiones internas, las monarquías operaron como un catalizador para que la mera yuxtaposición de sectores sociales se fuera transformando poco a poco en una unión más profunda. Contribuyeron a que ciertos sectores de las burguesías se ennoblecieran, mientras las circunstancias se encargaban de que ciertos grupos o individuos de la nobleza dejaran de pertenecer a ella. La rueda de la Fortuna —un tema de la época— bajaba a unos y subía a otros, resquebrajando levemente los principios de un sistema basado en la desigualdad. Muy pocos osaron por entonces hablar de la igualdad entre los vivos; pero acaso no fuera un azar que, por entonces, una vasta literatura relacionada con la muerte suscitara el tema de la igualdad entre los muertos. Lo resumió el castellano Jorge Manrique:

Nuestras vidas son los ríos

que van a dar en la mar,

que es el morir;

………………………………

allegados, son iguales

los que viven por sus manos

y los ricos.

Tras el realismo pragmático de la política que practicaron las burguesías había una aspiración secreta al ascenso social que era, en el fondo, una aspiración igualitaria, sin perjuicio de que cada uno creyera que la cuenta del ascenso debía cerrarse después de haber logrado el suyo.


TERCERA PARTE. LAS FORMAS DE VIDA CONFLICTIVAS

Introducción

Confusa y contradictoria en un principio, la sociedad feudoburguesa fue definiendo su fisonomía a través de las duras alternativas de la crisis. Cada grupo social adquirió en ella, poco a poco y al precio de dramáticas experiencias, una imagen cada vez más clara de su identidad. Pero a lo largo de ese proceso dejó fluir también cada uno de ellos su personalidad colectiva tal como se manifestaba en cada momento, y ejercitó espontáneamente sus dotes, siguió sus tendencias y procuró vivir a su manera.

Puesto que se componía de grupos yuxtapuestos, la sociedad feudoburguesa creó diversas y variadas formas de vida, conflictivas entre sí y cada una en sí misma. Los grupos sociales que ya poseían un estilo se vieron acosados por nuevas necesidades, pero también por nuevos incentivos y nuevas sugestiones llegados difusamente del abigarrado conjunto, cuya pujanza agredía inexorablemente esos estilos en los que despuntaba cierto anacronismo. Quienes quisieron conservarlos debieron cerrar los ojos y refugiarse en el pasado; pero aun así se filtraba por las rendijas de los prejuicios el aire fresco de las influencias suscitadas por los nuevos grupos sociales, que aunque no tenían todavía un estilo propio, realizaban en cambio cada día, libremente, el experimento creador de vivir según sus impulsos y sus deseos. Así aparecieron junto a las viejas formas de vida otras insólitas que fueron perfilándose poco a poco. Ejercitadas en distintos ambientes y por distintos grupos sociales, revelaban en conjunto la diversidad intrínseca de la sociedad feudoburguesa en cada momento. Pero a medida que pasaba el tiempo fueron poniendo de manifiesto que, junto a las divergencias que separaban progresivamente a los sectores cada vez más diferenciados, aparecieron coincidencias, superficiales o profundas, que promovían el reagrupamiento de algunos de ellos dentro del cuadro de perspectivas y posibilidades que ofrecía la nueva sociedad.

Esas coincidencias y esos reagrupamientos iniciaron el proceso de integración de la sociedad feudoburguesa. Fue un proceso lento, con retrocesos a veces más visibles que los avances, que se operó en la experiencia de la vida cotidiana mucho antes de que sus protagonistas tomaran conciencia de él y, sobre todo, de su intensidad y sus implicaciones. En plena crisis de diferenciación social, y cuando inequívocos signos mostraban que arreciaba su intensidad, se siguió pensando en la naciente sociedad feudoburguesa con los esquemas ideológicos propios de la sociedad que se disolvía y trasmutaba. Pero los hechos se mostraron inexorables y no sólo se acentuó el proceso de diferenciación social a pesar de que se lo ignoraba sino que el proceso mismo fue señalando pautas para un nuevo ordenamiento social.

Reflejo de las estructuras reales, las formas de vida propias de cada grupo adquirieron toda la variedad que aquéllas permitían. Acusaron en todas partes y en todos los sectores el impacto de los cambios que se produjeron en las estructuras, y pusieron de manifiesto los conflictos que se suscitaban en su seno, así como la capacidad de sus protagonistas para resolverlos moderando sus términos y limitando sus alcances. Lentamente, también las distintas formas de vida hallaron ciertos principios de compatibilidad entre ellas, expresados luego en fórmulas contractuales de convivencia. Fue precisamente en la crisis cuando empezó a dibujarse el primer esquema de un orden feudoburgués. En los campos, en las cortes y en las ciudades, la vida de la sociedad feudoburguesa mostró sus diversos rostros según quienes fueran sus protagonistas y descubrió el tortuoso juego de cada grupo social para afirmarse en la coexistencia.

Capítulo I. La vida rural

Acostumbrados a una larga estabilidad, tanto los señores como los campesinos sufrieron hondamente las consecuencias de los cambios sociales y económicos. Si en las regiones de más allá del Elba y en algunas otras comarcas europeas el régimen señorial pudo resistir y aun consolidarse, en las regiones más o menos mercantilizadas hubo transformaciones importantes tanto en las relaciones entre las personas como en las que vinculaban a éstas con la tierra. Pero, con todo, las formas de vida cambiaron poco. La sociedad dual de milites et rustici subsistió en muchas partes a pesar de la persistente tendencia a la liberación de los siervos y a la nueva condición que adquirieron tanto los arrendatarios como los pequeños propietarios, cuyo número empezó a crecer. Y la vigorosa resistencia de quienes gozaban de privilegios frente a los intentos de limitarlos mantuvo al mundo rural un poco al margen del proceso de cambio.

Sin embargo, se alteraron las formas de vida de los señores en sus señoríos, y más los laicos que los eclesiásticos. Los primeros conocieron la amarga experiencia del empobrecimiento y de tener que luchar con sus antes dóciles colonos para mantener su sujeción. La vida del castillo rural se hizo menos plácida y aun a veces se vio sacudida la de los monasterios. Nuevos tipos de propietarios aparecieron a su lado. Pero bajo todos ellos, el campesinado siguió su dura vida de trabajo, aliviada sólo por la esperanza de un cambio en su condición, que sólo algunos lograban alcanzar.

Mejoraron de condición los siervos que lograron emanciparse, los que se transformaron en arrendatarios o los que obtuvieron el goce de una pequeña propiedad. Cada uno quiso resolver su propia situación apelando a los inesperados recursos que le proporcionaban las sucesivas coyunturas que suscitó el cambio estructural de la economía. Y cuando lo lograron, comenzaron a esbozar un proyecto de vida distinto del de sus padres, en cuya forma se advertían resabios del modelo urbano y burgués y, a veces, del modelo señorial, desprovisto este último, poco a poco, de su aureola de intangibilidad.

Los que no lo lograron tuvieron que seguir como estaban: comiendo pobremente y descansando en la aislada choza o en la aldea rural del rudo trabajo cotidiano. Pero aun ésos empezaron a confrontar su situación con nuevas y vagas aspiraciones. Lo que antes parecía un sino inexorable empezó a parecer a algunos imposible de soportar. Algunos, reducidos a la miseria e incapaces de adoptar una activa actitud disconformista, salieron a mendigar el pan de cada día. Otros, más desesperados y más viriles, tomaron el camino de la rebeldía frontal. Y algunos optaron por imitar a los señores pobres que se habían transformado en bandidos, lanzándose a los caminos, puñal en mano, y se deslizaron por la pendiente del delito. Todavía tuvieron otra opción: entrar en los ejércitos reales como arqueros, o integrar las bandas mercenarias que tenían un status intermedio entre la ilegalidad y la legalidad. Todos, en conjunto, constituyeron esa zona marginal de la sociedad feudoburguesa, que no encontró nuevas alternativas en el reordenamiento del mundo que se constituía. Así creció la esperanza de emigrar hacia las ciudades, en las que parecía haber sitio para todos dentro de un marco de seguridad y bienestar.

I. Los señores en sus señoríos

Miembros de vieja estirpe nobiliaria, los antiguos señores sentían el mando rural como suyo. El mismo sentimiento abrigaban los abades y priores de las grandes abadías y monasterios, y con doble razón, puesto que eran generalmente nobles y gozaban, además, de las prerrogativas que les otorgaba su condición de señores de un gran señorío eclesiástico. Y en este mundo suyo, estaban acostumbrados a vivir en el digno ocio de quienes dedicaban su vida a los más altos fines del mundo secular, unos, y del mundo espiritual, otros. Defensores y oradores, les llamaban los textos que enumeraban los brazos de la sociedad. Y unos y otros debían dejar transcurrir su existencia desentendidos de los bajos menesteres de la vida cotidiana, que se encargaban de cumplir sus administradores y, por debajo de ellos, los labradores, siervos o libres.

A estos últimos les estaba encomendada la producción de la riqueza de que disfrutaban los señores, y la realización gratuita de los trabajos que requerían no sólo su bienestar sino también ese lujo al que obligaba su grandeza. En cambio, los señores laicos cuidaban del gobierno y la guerra, departían en los tiempos de paz con las damas y los nobles vasallos, distraían sus ocios en las cacerías y los torneos y alegraban sus horas con la compañía de trovadores y juglares. Los señores eclesiásticos, por su parte, cumplían sus deberes religiosos: leían los textos sagrados, meditaban, oraban a las horas canónicas, celebraban los oficios, prestaban su auxilio espiritual a los señores laicos, a los que oían en confesión y a los que administraban los sacramentos; y acaso ocupaban su tiempo libre en entretenimientos caballerescos.

La guerra formaba parte del ocio de los señores. No era un trabajo sino una actividad libre, sin otra finalidad que los altos intereses del género humano. Ni era un trabajo la política, practicada a través de las conversaciones entre pares y, a veces, prestando su consejo a los reyes en el elevado nivel de los más altos pensamientos de justicia y lealtad. Del mismo modo, la meditación y el ejercicio del culto formaban parte del ocio noble del alto clero. Tal era la concepción señorial del ocio, vigente sin contradicciones durante mucho tiempo y arraigada tan vigorosamente en los espíritus de las clases nobles que persistió como inalterable e idealizado esquema de vida cuando las circunstancias cambiaron y las obligaron a abandonar su aristocrática postura.

En rigor, el ocio noble significaba solamente desentendimiento de las actividades económicas, fundado en que la abundante riqueza debían proporcionarla otros, que les estaban sometidos. Pero la crisis destruyó este esquema de vida, y los señores tuvieron que restarle tiempo al ocio para dedicarlo a ciertas actividades antes menospreciadas, a un trabajo con objetivos concretos e inmediatos en el que aparecían cada vez más los sórdidos signos de la competencia desenfrenada y parecían necesarios los mecanismos de la astucia, antes considerados innobles. Acaso con repugnancia —al principio y en algunos casos— los señores debieron aplicarse a la conquista de la propia riqueza.

La crisis introdujo en los campos nuevos señores de origen burgués que no contaban, precisamente, entre sus tradiciones ni la del ocio ni la del desdén por las actividades económicas. Pero introdujo, además, un conjunto creciente de pequeños propietarios que en ocasiones acrecentaron sus propiedades y que, como los nuevos arrendatarios, producían para el mercado, todos los cuales empezaron a alcanzar cierto status social sin que por eso pudieran desatender ni un instante el cuidado de los bienes. Todo, tanto las circunstancias, como la competencia, contribuyó a que los antiguos señores tuvieran que modificar sus formas de vida alternando el ocio con el trabajo y, a veces, sacrificando aquél cuando la estrechez arreciaba. Así apuntaron las profundas contradicciones que acusarían las formas de vida de la nobleza rural.

Para algunos la estrechez derivó en inocultable pobreza y tuvieron que emigrar hacia las cortes o las ciudades en busca de alguna prebenda que les permitiera sobrevivir. Pero muchos permanecieron en los campos y siguieron siendo los señores del castillo. Era, a veces, una imponente mole construida en los tiempos de esplendor del tronco nobiliario, y otras uno más modesto y reducido. A veces su magnitud seguía reflejando en la época de la crisis, y aun después, la extensión de las tierras que señoreaba; pero otras veces permanecía el poderoso castillo cuando habían decrecido las tierras del señor, y con ellas su poder y riqueza, e inversamente dominaba el castillo modesto una extensión productiva creciente y capaz de ofrecer una renta saneada. Antes signo inequívoco del poder, la influencia y la riqueza, la magnitud del castillo dejó de serlo cuando el dislocamiento del sistema alteró la condición económica de los señores.

Por la persistencia y la agudización de situaciones conflictivas —y también de la tradición baronial— el castillo siguió siendo un centro de vida militar. Preparado para la defensa y para la protección de la hueste del señor, cobró cada vez mayor importancia a medida que el dislocamiento del sistema exacerbó las tensiones internas de las clases nobles y provocó grandes pequeñas contiendas feudales, que algunas veces se transformaron en prolongadas guerras civiles con alcances políticos. El castillo fue entonces base de operaciones, y la vida cotidiana se tiñó de actividad guerrera. Los hombres de armas y los peones que los auxiliaban ocupaban los puestos de combate y las dependencias donde se alojaban, en tanto que la familia del señor se reducía a sus aposentos privados. El juego de la guerra podía forzar a la hueste a replegarse y defender el castillo si era sitiado por el enemigo. Una nueva etapa comenzaba entonces, en la que podían no faltar las privaciones y en la que se exigía a todos el máximo esfuerzo militar para superar el peligro. Pero otras veces era la hueste la que tomaba la ofensiva y en el castillo se preparaba la salida. Y no sólo para luchar con otro señor según las viejas reglas caballerescas. De pronto el señor se convertía en celoso defensor de sus intereses y salía para castigar a sus colonos remisos en el pago del censo debido, o para someter a los que mostraban alguna rebeldía, o simplemente para saquear las chozas y las aldeas campesinas, apoderándose hasta de los miserables ahorros que se escondían en los rincones. La vida militar degeneró a veces en abierto bandidismo, y el castillo se transformó en sórdida madriguera desde donde se preparaban los saqueos y los asaltos en los caminos. Los señores mismos podían ser quienes organizaran y dirigieran esas operaciones; pero los castillos alojaron a veces bandas de guerra de entremezclada composición social, que comprendían desde señores que habían declinado social y moralmente hasta malhechores vulgares. Y a causa de esa coparticipación —que podía repetirse en la hueste que un señor preparaba para la guerra presuntamente caballeresca— el castillo cobraba sospechosa fisonomía y mala fama.[175]

Pero, entre tanto, el castillo empezó a ser un centro cada vez más activo de vida económica y administrativa. Siempre lo había sido, puesto que en él recibían el villicus o los ministeriales el pago en especies o dinero que debían al señor los colonos y arrendatarios. Pero a medida que fueron cambiando las relaciones de producción y creciendo la actividad dedicada al mercado, el sistema económico dejó de ser rutinario y requirió que el principal interesado —el señor—, además de vigilar el cumplimiento de las obligaciones de sus dependientes, aguzara su ingenio para encontrar en cada coyuntura cómo no perder lo que tenía y, sobre todo, cómo aprovechar nuevas oportunidades para mejorar su haber. Eran decisiones difíciles, puesto que introducían al señor en actividades que antes despreciaba. Cuando los señores ingleses empezaron a optar por la cría de ovejas para exportar la lana, se vieron convertidos en administradores de su hacienda y en promotores de la comercialización de sus productos. La compleja cuenta de la explotación, que los nuevos señores de origen burgués llevaban sin mayor dificultad, se transformó en una desusada preocupación de los viejos señores acostumbrados al ocio caballeresco. Algo de oficina comercial empezó a esbozarse en el castillo señorial, en el que el señor tenía que dedicar cada vez más tiempo a sus negocios si quería defender y salvar su posición, puesto que el mayordomo, los guardabosques, los ministeriales, todos los que hasta entonces trabajaban para él defendiendo sus intereses, estaban tentados cada vez más por su propia aventura personal gracias al estímulo de la economía de mercado. El dinero había estrechado los márgenes de la antigua y forzosa fidelidad y hacía de cada uno de los antiguos dependientes un presunto competidor que espiaba las posibilidades de acrecentar sus propios beneficios. Sin advertirlo, muchos antiguos señores empezaban a vivir como los nuevos propietarios rurales de origen burgués, vigilando sus intereses y especulando sobre lo que más convenía para defenderlos.

Así deformaban las nuevas circunstancias las antiguas formas de vida señoriales basadas en la concepción del ocio noble y en las tradiciones baroniales. Con todo, subsistían y parecían plenamente recuperables, en parte por la incomprensión del alcance y la profundidad de los cambios que se operaban y en parte por el feliz resultado que, algunas veces, lograba la obstinada persistencia de un señor resuelto a no dejar de ser lo que había sido. Pero las antiguas formas de vida señoriales no sólo apelaban a la tradición baronial, ya decadente y sólo valiosa cuando se la idealizaba. También apelaban a la tradición cortés, que desde hacía tiempo tendía a transformar al castillo militar en un ambiente más refinado, en una pequeña corte. Y aún cuando fuera difícil conseguirlo siempre, sobre todo en regiones alejadas de las grandes cortes que pudieran servir como modelo o donde el ambiente rural no lo favorecía, la vida familiar y cotidiana del castillo siguió rigiéndose por las normas elaboradas para una vida de ocio. Ciertamente, había zonas oscuras en la vida cotidiana del castillo rural. Pero cuando se salía de ellas, se recuperaba esa preocupación por la dignidad señorial que se exteriorizaba en el vestido suntuoso, en un mobiliario que se modernizaba, en una mesa finamente abastecida. La mujer cobraba cada vez más importancia en la vida del castillo, y la concepción —acaso burguesa— de la familia se imponía poco a poco, sin perjuicio de que la sociabilidad cotidiana se extendiera a parientes y allegados, a vasallos y escuderos. Luego, cuando podía gozarse del tranquilo ocio y la estación era propicia, el señor solía salir a cazar y participaba de las fiestas de los campesinos, acaso mezclándose con ellos sin perder la distancia que los separaba, excepto si se trataba de seducir a la campesina.

Pero dentro de esas líneas generales, fue muy distinta la vida del señor rural poderoso, dueño de un imponente castillo y con sólidas rentas, de la del pequeño señor o la del señor empobrecido. De la del primero dejó Gutierre Díez de Games, cronista del conde castellano Pero Niño, una vivaz descripción con motivo de la visita que hizo el conde en 1405 al almirante de Francia Renaud de Trie en su castillo de Sérifontaine: casi una corte, que sobrepasaba largamente las posibilidades del común de los señores rurales.[176] Los otros, los pequeños señores o los que habían caído en la miseria, habitaban los pequeños castillos, que a veces no merecían ese nombre sino apenas el de casas fuertes, como solía llamárseles en Castilla. Y la vida era en ellos a la medida de la morada.

También el tamaño y la calidad de la arquitectura de las abadías y monasterios rurales solía indicar la riqueza, el poder y la influencia de que gozaban. El abad solía pertenecer a familia noble y se comportaba como los señores laicos de alto rango. Pero los señoríos eclesiásticos se mostraron mucho más rígidos y conservadores que los laicos. Cuando empezó la crisis, se resistieron a la liberación de los siervos y mantuvieron inflexiblemente las tradicionales relaciones de dependencia con las correspondientes cargas de prestaciones personales, de pagos en especies y del tradicional diezmo. También se resistieron más que los señoríos laicos a arrendar tierras y conservaron la administración directa del dominio, como lo venían haciendo de antiguo, con más eficacia y mejor rendimiento que aquéllos.

Por lo demás, las abadías y monasterios seguían acrecentando sus dominios por donaciones o por compra, cuando la mayoría de los señoríos se dislocaban y sus señores se empobrecían. Hubo, ciertamente, una progresiva diferenciación entre los señoríos laicos y los eclesiásticos, que se puso de manifiesto cada vez más a lo largo de la crisis. Mientras declinaban los primeros, se robustecieron estos últimos. La actividad económica fue en ellos muy intensa y todos mostraron una marcada avidez de riquezas. Fue todo eso lo que atrajo las violentas críticas de otros sectores del clero y el profundo odio de los campesinos.[177]

La asidua vigilancia del trabajo y la administración del dominio constituía una preocupación fundamental del señor eclesiástico, a quien ayudaba un personal numeroso y experimentado. Pero la abadía era un centro de vida religiosa y ésa era —o debía ser— la principal actividad. La regla benedictina, de hecho única en los monasterios rurales de antigua data, había perdido, sin embargo, parte de la severidad que introdujeron las reformas promovidas por cluniacenses y cistercienses en el siglo XI. El alto clero se había dejado ganar por las costumbres caballerescas, tanto las baroniales como las corteses. Pero, con todo, la abadía vivía ajustada a las horas canónicas fijadas para el rezo. Los oficios religiosos se cumplían generalmente con el debido decoro, en presencia a veces de los señores de la comarca, sobre todo cuando se trataba de festividades importantes. También acudían en busca de confesión o para recibir los sacramentos, y acaso consejo y confortamiento en circunstancias difíciles. Entre tanto, la abadía acogía forasteros de calidad que animaban la vida cotidiana, acaso peregrinos, y practicaba la caridad haciendo limosna y ofreciendo a los pobres las sobras de la comida de la comunidad.

No faltaban, sin duda, en los monasterios y abadías, monjes de vocación ascética cuya existencia transcurría en la meditación y la penitencia, o los de vocación intelectual que ocupaban sus horas en el estudio de los textos sagrados, de los Padres de la Iglesia o de sus Doctores, o acaso de las vidas de santos. Pero buena parte del alto clero monástico participaba más del espíritu señorial que de una profunda vocación religiosa. Los tentaba la política, y muchos de ellos seguían atentamente su curso, movidos por la ambición de ser llamados a altos destinos en las cortes. La vida cotidiana solía agitarse con motivo de las luchas feudales, con las intrigas de la política regional y sus proyecciones sobre horizontes más extensos. Entonces el monasterio se convertía en un mentidero donde se intercambiaban noticias, se anudaban voluntades y, a veces, se conspiraba.

Cuando había tiempo para el ocio, el alto clero se comportaba como la clase noble. No desdeñaba la guerra y solía cambiar el hábito por la armadura. Gustaba de los placeres de la caza, de las largas cabalgatas en las que alternaba con los señores laicos, de los torneos caballerescos. Amaba el lujo en el vestido y en los ornamentos, y ostentaba piedras preciosas en las sortijas y las cruces. Pero el hedonismo monástico se manifestó sobre todo en la mesa, en la de todos los días y más aún en la que se tendía en las grandes festividades. Lo mejor que se producía en sus dominios y lo que aparecía en el mercado llegaba a la mesa monástica, sobre la que flotaba la sombra de la gula. De la corrección de sus modales en la mesa creía Chaucer que tenía que hablar para caracterizar a la priora Madame Eglentyne, y de manjares sabrosos hace hablar al abad la Danza de la muerte.[178] Una sensualidad creciente invadía la vida de los monasterios, donde el pecado de lujuria no parecía capital.

Fue el Arcipreste de Hita quien puntualizó la relación entre la condición del señor y su morada. Decía:[179]

Señor, chica morada a gran señor no presta;

y agregaba luego:

A grand señor conviene gran palacio y gran vega.

Heredados de sus antepasados, los castillos y casas fuertes más revelaban la antigua condición de la familia que la situación real del señor cuando empezó el dislocamiento de la sociedad feudal. Pero tanto la robusta muralla de las mejores fortalezas como la pobre torre que defendía un castillejo representaban la actitud de quienes, por pertenecer a las clases nobles, se sentían llamados sobre todo al ejercicio de la guerra. Compraron a veces los castillos, grandes o pequeños, los burgueses ricos que querían invertir su dinero en las zonas rurales. Pero no era su intención combatir, a menos de verse arrastrados por las contiendas que desencadenaban los señores o por las luchas contra campesinos rebeldes. No fueron a los campos con espíritu señorial sino con espíritu mercantil. Y si algo imitaron de los señores fue más bien el género de vida. Generalmente no podían abandonar sus intereses comerciales en la ciudad; y aunque se ufanaban de ser señores de un dominio —cuyo título podían comprar y, a veces, usar dejándose llevar por la costumbre— sólo pasaban en sus castillos los meses del verano, cuando el tiempo era propicio, la naturaleza se mostraba acogedora y bella, se celebraban fiestas campesinas y las faenas rurales entraban en la etapa que más convenía observar de cerca. El castillo no fue normalmente para ellos una sede militar y política sino, simplemente, una casa de temporada, acaso para ellos la mejor temporada del año puesto que podían alternar con gentes de calidad, desplegar su riqueza en un ambiente superior en el que ésta era apreciada, y hacer alarde de lujo y refinamiento, mientras vigilaban de cerca la marcha de la explotación.[180]

Diseminadas, y distinguiéndose de las chozas campesinas, estaban las casas de los arrendatarios prósperos y de los pequeños propietarios: casas, simplemente, para vivir, nuevas muchas de ellas y sin pretensiones señoriales. Más bien comenzaban a parecerse a las casas burguesas por las comodidades que poseían y los muebles y utensilios con que se las dotaba. El pequeño propietario no tenía casa heredada de lejanos antepasados ni más pretensión que vivir de su trabajo, que llenaba casi todas las horas de su vida, fuera cultivando la tierra o criando animales. Hombre de campo, sabía gozar de las cosas que el campo le ofrecía; y si su prosperidad se acentuaba, disfrutaba holgadamente de los placeres de la mesa y legaba a sus hijos una posición honorable que les prometía un futuro mejor que el de su padre. Acaso un cargo municipal lo arrancaba del anonimato. Pero lo importante era que consolidaba una fortuna hecha en la explotación de la tierra para intervenir en el mercado: era, pues, una fortuna en dinero. No era, ciertamente, un señor, aunque conservase una servidumbre, que podía no ser personal sino la que estaba adscripta a su tierra. Pero en el dislocamiento del sistema tradicional, su ascenso económico le aseguraba poco a poco una condición respetable, sobre todo porque mientras él subía bajaban muchos pequeños señores. Así se constituía, no sin retrocesos y sobresaltos, una capa social campesina que, por ser intermedia, atentaba sordamente contra la vieja estructura dual de la sociedad rural e introducía en ella conflictos inéditos. Detrás de ese proceso, estaban el mercado y la nueva economía.

II. El campesinado

La crisis despertó al campesinado, que hasta entonces había sido una masa inerte y sumisa. Situaciones que había soportado mansamente durante siglos se tornaron intolerables en muy poco tiempo, al aparecer las primeras fisuras en el sistema económico y, sobre todo, los primeros síntomas del desconcierto de las clases señoriales, que provocó o estimuló algunas transformaciones importantes en la vida campesina. Hubo hechos económicos y sociales que fueron decisivos, pero no fue menos decisivo que el campesinado cobrara conciencia, al mismo tiempo, tanto de su situación tradicional como de las nuevas perspectivas que se abrían para él.

En poco tiempo, la figura del campesino adquirió una inusitada significación. El Jacques francés que aparecía en los fabliaux con tan desvanecida personalidad y al que los nobles daban ese nombre —o el de Jacques Bonhomme— en son de burla y menosprecio,[181] se transformó en un rival de sus señores en el manejo de los intereses rurales, aun cuando tuviera que apelar a la astucia y al disimulo para obtener alguna ventaja. Pero las fue consiguiendo poco a poco, y cuando se rebelaron los campesinos en 1358, su personalidad se fue definiendo aun cuando fuera con rasgos que resultaban odiosos y despreciables para los nobles. Su violencia y su capacidad de rebeldía lo mostraron como un ser humano —aun cuando a veces fuera inhumana su conducta— y no un bien semoviente equiparable al ganado. Cuando Alain Chartier lo hace discutir con el caballero y el clero, a principios del siglo XV, el campesino es ya, no sólo un ser humano, sino también un ser social, al que parece reconocérsele considerable gravitación en la vida del reino.

Cuando a fines del siglo XIV Johannes von Tepla eligió interlocutor para el diálogo con la Muerte, el elegido fue un labrador de Bohemia que, al quejarse de que aquélla le había arrebatado a su mujer, desplegaba un rico cuadro de su vida interior, de sus sentimientos y de su perdida felicidad. El labrador pudo ser imaginado no sólo como un hombre, también como un hombre profundo y reflexivo.[182] Así aparece también el plowman inglés en la visión que, hacia la misma época, compuso presumiblemente William Langland. Saturado de espíritu religioso, sus quejas sobre su trabajosa vida no eran simples lamentos por los males que individualmente padecía cada labrador, sino invocaciones movidas por un sentimiento de justicia y por una indignación universal por la violación de las normas cristianas que decían acatar los autores de sus males, seglares y especialmente eclesiásticos. El labrador sufría, pero pensaba y juzgaba.[183] Figura semejante tenía en las “danzas de la muerte” más o menos contemporáneas o en otras ocasionales apariciones como en el Sachsenspiegel.[184]

A medida que cobraba conciencia de su situación, el campesinado sentía que su vida era más dura. Lo fue, sin duda, por la creciente violencia que ejercieron contra ellos no sólo sus señores naturales ávidos de recomponer sus rentas sino también los hombres de armas que se hacían dueños de la situación allí por donde pasaban. Pero en lo cotidiano y rutinario la vida del campesino seguía siendo la misma que antes, y muchos de ellos mejoraban de condición. Sólo que las duras faenas rurales le parecían cada vez más insoportables precisamente si veía a su vecino mejorar y, sobre todo, si reparaba en las posibilidades que la crisis empezó a ofrecerle.

Su vida cotidiana —y casi toda su vida— consistía en realizar un duro trabajo que, además, apenas era en su propio provecho. El campesino “que nunca la mano sacó de la reja… arando las tierras para sembrar pan”, podía ser caracterizado más rudamente aun recordando que “había llevado en su vida muchas carretadas de estiércol”.[185] Sus ocupaciones eran muchas y diversas según que labrara la tierra o criara animales, como la serrana del Arcipreste de Hita.[186] Pero siempre lo agobiaban la rutina, la fatiga, el esfuerzo para resolver las mil dificultades del trabajo y de la vida diaria. Algo idealizadas, algunos miniados representaron las faenas del campo que, con más realismo, pintaría luego Brueghel el Viejo, llamado justamente “Brueghel de los campesinos”, heredero legítimo de los pintores flamencos del siglo XV.[187]

Con frecuencia habitaba el campesino una choza o cabaña hecha de troncos y con techo de paja. La vida era un poco menos dura si vivía en una aldea rural, pequeña aglomeración de viviendas no siempre contiguas en las que, por lo menos, contaba con el apoyo y con el sostén del párroco rural. Éste, si algunas veces era demasiado celoso del cobro de los diezmos, muchas otras compartía la pobreza del campesino, comprendía sus angustias, socorría a los pobres y a los enfermos y ofrecía a todos su auxilio espiritual, como hacía el buen párroco de Chaucer.[188] Más de treinta mil parroquias se contaban en lo que era Francia a principios del siglo XIV, algunas de las cuales desaparecieron con el tiempo.[189] A veces, podía ser el párroco tan simple como los campesinos, que lo eran mucho y lo parecían más a causa de su aislamiento y sus costumbres primitivas.[190] Pero la vida religiosa, tan rutinaria y elemental como pudiera ser, constituía una ventana por la que el campesino se asomaba a otras preocupaciones distintas de las que les traía su trabajo cotidiano, y hasta le ofrecía la distracción de las festividades que se celebraban con un poco más de movimiento que los oficios regulares.

Esos días, el campesino se vestía lo mejor que podía y acaso luego completara el festejo regalándose con una comida de excepción: carne fresca de oveja o pescado frito, según las regiones, quizá conejo, y, algunas veces, la codorniz o las perdices señoriales fruto de sus habilidades de cazador furtivo. Un poco de vino o cerveza “de a penique” podían acompañar el modesto festín, que remplazaba el tocino y las coles cotidianas.[191]

Mejor ocasión todavía para romper la rutina del trabajo eran las fiestas campesinas, en las fechas señaladas por la tradición y las tareas rurales, y en las que a veces se mezclaban los señores. Algo aprendían los campesinos del mundo observando los vestidos y las costumbres de gentes de condición distinta a la suya. Pero más aprendían asomándose a los caminos, por donde circulaban gente de guerra pero también gente de paz, que sacudían la tranquilidad aldeana difundiendo las novedades de un mundo turbulento que se agitaba y creaba situaciones inusitadas. En la taberna —si la había— se reunían ocasionalmente los forasteros con los lugareños y la conversación iba y venía. Pero lo que introducía una distracción sustancial en la vida del campesino era la concurrencia al mercado. Marchando por el camino, quizá unido a algún grupo que hacía el mismo viaje, ya comenzaba la aventura rompiendo el aislamiento de la choza o la aldea. Una vez en el mercado, mientras trataba de vender productos al mejor precio y comprar lo que necesitaba regateando con astucia y tenacidad, el campesino ingresaba en el ambiente promiscuo de la ciudad, grande o pequeña. Allí entraba en conversación con gentes variadas, intercambiaba opiniones, recogía noticias, captaba las nuevas actitudes que se conformaban en la nueva sociedad, y de ese modo, semana a semana, iba haciéndose una idea del confuso mundo cuyos cambios profundos se manifestaban en inusitados episodios cotidianos.

Muchos de esos episodios le concernían directamente. La proximidad de un ejército real o señorial amenazaban la paz, la seguridad y los pocos bienes de los campesinos, tanto como las bandas de forajidos que los saqueaban metódicamente. La vida rural se fue haciendo cada vez más amarga y cada uno reaccionó a su modo. Mientras trataban de mejorar su posición, muchos pensaron en responder a la violencia con la violencia. Pero sólo se decidieron cuando algún factor aglutinante los sacó de su inercia: un hecho insólito o unas voces respetadas que los convocaban a la acción, como fue la de los clérigos que apelaban a los principios igualitarios del Evangelio.

Algunos pensaron en cambiar de lugar, buscando otras tierras donde empezar de nuevo su vida de labradores. Quisieron ser libres y quisieron ser propietarios, para lo cual estaban dispuestos a empeñar su vida en un esfuerzo sostenido y laborioso, que podía dar sus frutos, si no para quien lo había iniciado, quizá para sus descendientes. Pero muchos empezaron a soñar con abandonar los campos y emigrar hacia las ciudades. Fue la gran tentación. Un poeta de Champaña hablaba de que los campesinos “desean las ciudades… las fiestas, los mercados, el teatro”.[192] Ese deseo llevó a muchos a probar su suerte: algunos trabajando en un nuevo oficio o ejerciendo el comercio; y los espíritus más aventureros tentando suerte en actividades diversas, lícitas o ilícitas, como quedó simbolizado en las variadas aventuras que la leyenda atribuía a Till Eulenspiegel en distintas ciudades alemanas.[193]

Pero Till no sólo se aventuró, según la leyenda, por las ciudades. Hijo de unos campesinos de Sajonia, se atrevió una vez a llegar hasta la corte del rey de Dinamarca y se hizo pasar por cortesano. La leyenda es significativa. Dos opciones tenía el campesino que buscaba nuevos horizontes: desligarse de su mundo tradicional, el de la sociedad dual, e incorporarse al nuevo mundo urbano, o buscar el camino del ascenso dentro de su propio ámbito y tratar de ser libre, arrendatario, propietario acaso, y adquirir en el mundo rural una categoría que tuviera siquiera el perfume de la condición señorial. Quizá fuera esta última opción la que más seducía a muchos, pese a su carácter casi utópico. Pero algunos observaron que esa tendencia existía. Una narración de Heinrich von Wattenwailer, escrita en Suiza en la primera mitad del siglo XV, exhibía un conjunto de campesinos que adoptaban, de manera ridicula, las costumbres y las formas de trato de las clases señoriales. Quizá las reflexiones de Alain Chartier sobre el uso de vestidos ajenos a la propia condición social se refirieran también a esa preocupación nacida en los ambientes rurales.[194]

Por lo demás, los señores habían puesto los ojos en el campesinado mirándolo de otro modo. A medida que los campesinos mejoraban de condición y afirmaban muchos de ellos su condición libre, empezaron a ser considerados como personas, individualizables por sus rasgos propios. Ciertamente, quien más pronto despertó la curiosidad del señor no fue el campesino sino la campesina. Un pequeño señor de Baviera, Neidhart von Reuental, había compuesto en el siglo XIII unos poemas dedicados a exaltar sus amores con las aldeanas a las que admiraba por su belleza y en los que maltrataba a los aldeanos que le disputaban a sus preferidas. Si sus éxitos fueron fáciles, parecería que no lo fueron los del Arcipreste de Hita cuando “fue a probar la sierra”, y se encontró con serranas prevenidas contra los señores que pretendían seducirlas. Las serranas se convertirían en símbolos de la femineidad fresca y espontánea, propia de ambientes no contaminados por el artificio de las ciudades y las cortes. Los poetas descubrieron sus encantos, acaso idealizados, y algunos de ellos, Carvajales y el marqués de Santillana, hicieron su elogio en verso castellano y testimoniaron indirectamente acerca de su virtud y de su resistencia a la seducción, un poco elemental, de los señores.[195]

Pero en esa imagen idealizada de las serranas había algo más que el entusiasmo erótico. Empezaba a aparecer una idealización de la vida campesina en contraste con los ambientes turbios en los que los señores actuaban: cortes y ciudades. Philippe de Vitry y más tarde el marqués de Santillana idealizaban la vida campesina, juzgándola feliz y libre de tribulaciones. El campo verde, la leche pura, los frutos frescos de que disfrutaba el campesino parecieron envidiables al cortesano que sentía cada vez más el peso de sus cadenas de oro, olvidando los trabajos que acompañaba a su goce.[196] Pero no faltaron las voces que les recordaron lo diferente que era la realidad de esa idealización, y sobre todo, la áspera voz de Villon.[197] Pero en la idealización quedaba el testimonio de que algo cambiaba en la imagen que la nueva sociedad se hacía del campesinado. Dueño de su vida, el campesino no sólo comenzaba a vivir a su modo afirmando sus propias normas, sino que rompía los esquemas tradicionales y forzaba a quienes antes lo despreciaban a reconocerlo como un ser humano, como un elemento insoslayable de la vida social, y como un carácter individualizado e individualizable. Otra tenía que ser, pues, la actitud de los señores frente a ellos.

III. Mendigos, rebeldes y bandidos

La intensidad y, sobre todo, la rapidez de los cambios que se producían en las áreas rurales, tanto en cuanto a la condición de las personas como en las formas de tenencia y uso de la tierra, provocó en muchos casos tremendos desajustes que alteraron profunda y a veces definitivamente el destino de individuos aislados o de grupos enteros. Quien salía de la posición que ocupaba y no podía hallar otra, caía en una suerte de marginalidad que generalmente se acentuaba con el tiempo y terminaba por precipitarse en una situación desesperada. La crisis se hizo tan profunda que cada uno decidió pensar solamente en sí mismo y dejar que, de los demás, se salvara quien pudiera. Se quebraron los vínculos que protegían a los más débiles, fallaron los escasos mecanismos de ayuda a los necesitados a medida que su número fue creciendo, y aquel que caía social y económicamente descubría que su caída no provocaba sino un sentimiento de indiferencia y de rechazo.

Salir a mendigar fue la primera respuesta que muchos dieron a sus necesidades, para conseguir el sustento de cada día. Los caminos se poblaron de desarraigados, sin casa ni familia, acaso refugiados en una cabaña abandonada o dispuestos a ambular sin techo. La limosna podía llegarles alguna vez. Pero la miseria causaba horror al que conseguía no caer en ella, y el horror estimulaba el egoísmo, de modo que el mendigo recibía poca ayuda y más bien era rechazado por quienes podían ofrecérsela. Y su suerte aún podía empeorar si una enfermedad se apoderaba de él. Las epidemias acentuaron el horror y el egoísmo de quienes escapaban de ella, y la antigua proscripción del leproso se hizo aún más dura para el que caía víctima de la peste, a quien nadie quería acercarse y al que, en el fondo, todos deseaban una pronta muerte. La desesperación del pobre y del enfermo solía impulsarlos al robo. Tal era la situación de estos marginales, mansos y humillados en un principio y acaso luego llevados por la desesperación a la violencia, que empezó a producirse con la crisis de principios del siglo XIV y que, con altibajos, se prolongó durante largo tiempo. Tomás Moro la describió con rasgos dramáticos al comenzar el siglo XVI.[198]

El progresivo deterioro de las condiciones de vida despertó en algunos un fuerte sentimiento de rebeldía: creyeron que debían luchar antes de entregarse vencidos. Pero ¿contra quién? Cualesquiera fueran sus condiciones naturales, el campesino era ignorante y estaba, además, embrutecido por un trabajo rutinario y agobiador. Sin duda desconocía los mecanismos económicos y sociales que habían desatado la crisis, cosa nada extraña, puesto que nadie los conocía bien y cada uno resolvía sus problemas pragmáticamente. Pero, además, le estaba vedado conocer los más elementales mecanismos de la crisis que lo afectaba, distintos en cada lugar y en cada circunstancia. Contra quién luchar, constituía para el campesino un problema difícil de resolver, y el sentimiento de rebeldía sólo en ocasiones se canalizó hacia fines definidos en tanto que la mayoría de las veces se transformó en una repentina irrupción de cólera o en la satisfacción de una venganza.

De hecho, todo fugitivo de la tierra con la que estaba vinculado era un rebelde: pacífico, si se limitaba a escapar en busca de otros horizontes, y sobre todo si los hallaba y lograba luego soslayar las reivindicaciones del señor, con frecuencia impotente ante otra jurisdicción judicial que no fuera la suya propia. No obstante, esa rebeldía pacífica profundizaba la situación conflictiva y el dislocamiento del sistema, y las clases nobles se sentían atacadas por ella en los fundamentos mismos de sus privilegios. Sin embargo, fueron impotentes contra esa rebeldía, en la que por lo demás, sólo solían ver un fenómeno ocasional y aislado.

La rebeldía se hizo patente —y peligrosa— cuando adquirió algún grado de violencia. Contra quién se ejerció en cada caso fue el resultado del azar, y la víctima pudo ser el último eslabón de la cadena de los expoliadores, sólo por ser el que daba la cara. Otras veces, como en la violencia desencadenada en 1381 contra los monasterios ingleses de Bury St. Edmunds, St. Albans, Chester y Peterborough, los campesinos —a veces los mismos siervos de la abadía— se arrojaron contra el prior y los monjes responsabilizándolos mancomunadamente de las exacciones que sufrían o de la obstinada oposición a concederles la libertad.[199] Y la rebeldía alcanzó su máxima peligrosidad cuando aglutinó vastas masas que vencieron sus inhibiciones ancestrales y se lanzaron con furia sanguinaria contra los señores, laicos o eclesiásticos, en Francia, en Inglaterra, en Bohemia o en Alemania.

La vida del rebelde fue un momento en la vida del campesino. Acaso murió durante la represión, no menos sanguinaria, con que respondieron los señores al ataque. Pero si sobrevivió fue para volver a su antigua condición, endurecida en los primeros tiempos como consecuencia de la derrota. Otros quizá pasaron a engrosar las filas de los mendigos y otros, fugitivos y rebeldes, descargaron su resentimiento colocándose resueltamente al margen de la ley. Hubo bandidos individuales, que cometían sus fechorías solos, en los caminos o en los bordes de las aldeas. Pero hubo bandas organizadas para el robo y el saqueo, con su secuela de asesinatos cuando las circunstancias lo exigían o cuando el odio buscaba la satisfacción de la venganza. No siempre las bandas se componían de simples campesinos. Señores o hijos de señores caídos en la miseria podían formar parte de ellas, o acaso ejercer su jefatura. Pero algunos campesinos y antiguos soldados, diestros en el manejo de las armas, podían bastarse para formar un grupo aguerrido de forajidos capaz de tener aterrorizada una comarca. “Salían a los caminos, y robaban y tomaban todo lo que podían haber, y mataban a los hombres por los caminos y forzaban a las mujeres y hacían otros muchos males.”[200] Sin duda los habitantes de la comarca temían y odiaban a los malhechores, y aplaudían al conde o al rey que los libraba de sus acechanzas. Pero es significativo que el inglés Geoffrey Chaucer, cauto y discreto, conservador e inteligente, pusiera en boca del manciple —o administrador— estas reflexiones sobre la significación que las mismas acciones adquirían según la distinta condición social de quien las ejecutaba:[201] “Yo soy hombre franco y lo que digo es esto: entre una mujer de alto linaje, pero deshonesta en su cuerpo, y una pobre muchacha, no hay en verdad otra sola diferencia que ésta (si es que las dos obran mal): que la noble, por su condición superior, será llamada por el amante su dama; y porque la otra es una pobre mujer, será llamada su manceba o su querida. Y Dios sabe, amado hospedero, hermano mío, que los hombres colocan a la una tan bajo como a la otra. De igual manera, entre un tirano sin título y un proscripto o un bandido famoso, declaro lo propio: no hay diferencia alguna. Alejandro fue quien dijo estas palabras: el tirano, por tener mayor poder para matar de una vez, merced a la fuerza de su hueste, y para quemar casas y hogares, dejándolo todo desolado, recibe el nombre de capitán. Y el rebelde, porque dispone sólo de una pequeña cuadrilla, y no puede causar daños tan grandes como aquél ni traer a una comarca a tamaña desventura, llámasele rebelde o ladrón.” El juicio entrañaba una visión de la nueva sociedad.

A medida que se fue saliendo de la crisis, la acción señorial y, sobre todo, la de las monarquías que crecían en poder, comenzaron a poner orden en las áreas rurales. Sin duda en defensa de los señores, pero aprovechando la tendencia a la estabilización que impulsaban los nuevos libres, los nuevos arrendatarios, los nuevos propietarios. La sociedad rural, sacudida por los conflictos internos, encontró, sin embargo, en las nuevas situaciones sociales y económicas la mejor contribución para su ordenamiento dentro de cierto equilibrio entre los grupos sociales tradicionales y los que fueron generados por la crisis.


Capítulo II. La vida cortesana.

La vieja nobleza, poseedora de la tierra y heredera de una tradición secular, era el único grupo social que, en medio de la crisis, podía ostentar un definido estilo de clase cuya explícita manifestación fue su forma de vida. Elaborada espontáneamente cuando nadie podía atreverse a disputarle la hegemonía en ningún terreno, esa forma de vida había tenido diversos avatares: fue baronial primero, cortés luego, y poco a poco se tornó caballeresca, precisamente cuando comenzó a reaccionar frente a la presencia y a la acción indirecta de otras formas de vida elaboradas y practicadas por los nuevos grupos sociales en ascenso. Esta última fue, precisamente, la que se acentuó y profundizó, desembocando en una concepción cortesana.[202]

Si antes había sido espontánea la creación de una forma de vida noble, ahora fue cada vez más deliberado y consciente el ordenamiento de su nuevo avatar. La vida cortesana se fue plasmando como una obra de arte, para intensificar los rasgos que la diferenciaban de las otras formas de vida: la de los diversos estratos de las burguesías, las de las clases populares urbanas, la de los grupos rurales afincados pero sin tradición señorial. Se fijaron sus formas exteriores, pero también los supuestos y contenidos de la vida cortés. Se decantaron y estilizaron las tradiciones nobles para constituir con ellas, tras su idealización, una doctrina capaz de sustentar el modo cortesano de vida. Y esa obra de arte, que como tal tenía un vigoroso componente estético, se siguió perfeccionando a través del esfuerzo de los más exquisitos, empeñados en fijar sutilmente los más finos detalles del arte de la convivencia noble, que era también un arte de la existencia un ars vivendi, que pretendía ser puro de toda contaminación.

No lo fue, sin embargo. Las influencias del confuso y complejo contorno social se filtraron en ella, imperceptiblemente unas veces, abiertamente otras por la deliberada decisión de los más cínicos, esto es de quienes defendían tenazmente las formas de la vida cortés pero no creían en sus supuestos. Nuevos intereses y nuevos valores seducían a muchos de los que componían las cortes señoriales pero que no ignoraban el mundo que se agitaba fuera de ellas. Y no pudiendo resistir los conflictos que suscitaban esas tentaciones, extremaron su celo para encubrirlas al mismo tiempo que cedían a ellas. Fue un esfuerzo tenaz que sólo logró consagrar la hipocresía como una regla insoslayable de la vida de las viejas élite..s poco decididas a aceptar el nuevo papel que la sociedad les ofrecía.

Las nuevas cortes, ciertamente, tuvieron una fisonomía equívoca, y su existencia testimonió la peculiar estructura de la sociedad feudoburguesa, con sus heterogéneos grupos yuxtapuestos en proceso de lenta y difícil interpenetración. Hubo un espíritu de las cortes, que se elaboró fundamentalmente en las de tradición señorial. Pero las cortes feudoburguesas que se constituyeron en Italia descubrieron la contradicción que aquél entrañaba, y comprendieron que podían imitar sus rasgos externos y las formas de vida que había inspirado, sin perjuicio de mantener sus propios valores, menos nostálgicos y más realistas. Por eso llegaron a convertirse en los modelos válidos de la vida cortesana y adquirieron prestigio e influencia —acaso más que las señoriales— a medida que pasó el tiempo y se consolidó la nueva sociedad.

Durante cierto tiempo fue perceptible la diferencia entre unas y otras, entre la de los duques de Borgoña y la de los Visconti o los Sforza, derivada de la diversidad de tradiciones y de objetivos. Pero poco a poco las diferencias comenzaron a desvanecerse por la progresiva declinación de las tendencias anacrónicas y el fortalecimiento de aquellas otras que expresaban más genuinamente las situaciones reales.

I. El espíritu de las cortes

Cortes habían existido siempre, allí donde se encontraba un foco de poder. Alrededor de quien lo ejercía se agrupaban sus parientes, sus vasallos, y un mundo variado de gentes que cumplían diversas funciones, públicas o privadas, desde las más altas hasta las más humildes. Pero sólo a partir de cierta época, entre el siglo XII y el XIII, empezaron a adquirir las cortes nobiliarias un aire singular. Lo que antes era sólo un foco de poder militar y político se transformó en un pequeño universo social en el que, junto a las obligaciones que cada uno debía cumplir, se ejercitaba un tipo de convivencia cada vez más diferenciada de la del resto de la sociedad. En rigor, ese pequeño universo social comenzó a crear una nueva forma de vida en la que el ocio y el goce se fueron transformando en valores cada vez más importantes y significativos. Esa combinación de los deberes misionales, por una parte, y el abandono a las satisfacciones de la sensualidad, por otra, caracterizó cada vez más la forma de vida nobiliaria, que se elaboró y perfeccionó en las cortes. Pero a partir de la crisis del siglo XIV, y como respuesta a las nuevas situaciones sociales, tomó los peculiares caracteres que definirían la cortesanía. Lo que Castiglione definió en 1514 como un tipo representativo de la sociedad —il cortegiano— había comenzado a perfilarse dos siglos antes.

Creación original de las clases nobiliarias, la forma de vida cortesana fue entonces el resultado de un claro designio: delimitar un ámbito donde mantenerse separadas del resto de la abigarrada sociedad que se constituía, acentuar su fisonomía de clase y las diferencias que las separaban de los demás, y alimentar metódicamente sus tradiciones para que no se desvanecieran en la confusión que predominaba a su alrededor. Refugios y baluartes, las cortes localizaron en el espacio —un castillo, o a veces un campamento militar— una manera de entender la existencia y un designio denodado de imponer su superioridad sobre su contorno.

Una minúscula sociedad se alojaba en las cortes, como si fuera una isla en el seno de la sociedad global. Cuando esta última desbordaba todos los cuadros tradicionales, la sociedad cortesana los recreaba y fortalecía para seguir inscripta en ellos. Cuando una se hacía cada vez más fluida por la repercusión que la economía monetaria tenía sobre la movilidad social, la otra procuraba mantenerse cerrada y sólo entreabría sus puertas al que sabía esperar, cumplía un largo aprendizaje y probaba estar resuelto a acatar fielmente las reglas preestablecidas. Y mientras se conmovían las relaciones estáticas que antes predominaban en el conjunto de la sociedad, la de las cortes endurecía el sistema jerárquico que ligaba a sus miembros a partir de la más alta dignidad.

La minúscula sociedad cortesana se diferenciaba de hecho e inequívocamente del resto. Pero era designio de sus miembros acentuar las diferencias y hacerlas ostensibles. Querían poner de manifiesto que eran antiguas tanto su riqueza como su condición nobiliaria, esto es, que nada tenían que ver con los grupos burgueses, ni siquiera aquellos que habían conquistado poder y fortuna y formaban parte del patriciado de sus ciudades. Y no exhibiendo pergaminos que atestiguaran su condición, cosa innecesaria, ni apelando a los cronistas encargados de redactar la historia de cada cosa, destinada más bien a la posteridad, aspiraban a que la diferencia entre ellos y los demás quedara demostrada de hecho, cada día con su sola presencia, o mejor, con su sola existencia, vedada casi siempre a las miradas vulgares y manifestada públicamente sólo en circunstancias excepcionales, en las que el boato y la distancia contribuían a hacerla tan sorprendente que llegaba a ser un verdadero espectáculo.

El espíritu de las cortes fue una creación señorial que se elaboró lentamente, pero de la que se cobró conciencia precisa sólo hacia la segunda mitad del siglo XIV. Desde entonces, papas, reyes, grandes señores, tanto laicos como eclesiásticos, y aun señores de significación meramente local, se acostumbraron a cultivar la convivencia noble. Pero fue una creación cada vez menos espontánea. Fue, en verdad, una respuesta a un contorno social que provocaba en las viejas clases nobles un sentimiento de sorpresa, y acaso de repugnancia y desprecio. La creación de una forma de vida cortesana —y su constante perfeccionamiento y renovación— no fue sólo un caprichoso entretenimiento en una vida de ocio sino que adquirió los caracteres de una nueva misión, al lado de las misiones militares, religiosas y políticas que las clases nobles juzgaban como específicas y fundamentales. Consistía en perpetuar una tradición que poco a poco se tornaba anacrónica, que se descubría amenazada en medio de un mundo que se alejaba de ella. Por eso el conservarla se transformó en una misión, que era como una batalla continua entre el pasado y el presente, librada cada día luchando contra la corriente y acentuando, a veces hasta un grado grotesco, la artificiosidad con que se la ostentaba. Y cuando era necesario transigir con algo de lo que el contorno imponía —siempre relacionado con el poder del dinero— se lo incorporaba a las formas de vida cortesana enmascarado con los signos de un sabio y sutil refinamiento. Nada debía aceptarse, sin embargo, que comprometiese ese esquema formal que constituía el espíritu de las cortes. La reglas eran rigurosas e inflexibles y todos reconocían, gracias a un instinto seguro, lo que se ajustaba o lo que no se ajustaba a ellas. Tácitas sanciones condenaban a quienes las infringían, acaso marginándolos o, al menos, castigándolos con la severa pena del ridículo.

Con todo, algunas contradicciones acusaba el espíritu de las cortes. Lo que más sutilmente se había infiltrado en él de las tendencias del contorno social fue, precisamente esa profanidad que acarreaba consigo el nuevo realismo burgués. Las misiones que las clases nobles concebían como propias —la militar, la política y la religiosa— tenían sus fundamentos en su tradición de clases dirigentes durante mucho tiempo indiscutidas como tales. Pero en la crisis comenzaron a ser cuestionadas, y en la medida en que prescindían de su misión religiosa, herencia del espíritu de cruzada, la posición de las clases nobles se debilitaba y comenzaban a ser consideradas simplemente como un factor de poder. Su vocación profana y su deslizamiento hacia el goce de un ocio sensual corroboraban ese juicio, que las privaba del consenso general favorable a su posición hegemónica. Mientras se deslizaban hacia una concepción profana de la vida cortesana, muchos de sus miembros acusaron una inquietud profunda en relación con los fundamentos de su posición privilegiada.

Decididamente tocadas por el pragmatismo burgués, las clases nobles inglesas, portuguesas o aragonesas, se atuvieron a sus intereses inmediatos sin ceder a otras preocupaciones. La nobleza castellana, alemana y francesa, y en mayor grado la borgoñona, se sintieron llamadas más de una vez por los viejos ideales de defensa de la cristiandad. Y aunque elaboraron un modelo de perfecto caballero profano,[203] reconocieron que formaba parte de sus deberes salir al encuentro de los infieles que habían comenzado a invadir el este de Europa. Las batallas de Kossovo y Nicópolis, y luego la caída de Constantinopla, revivieron el espíritu de cruzada. Pero el ímpetu se desvaneció en medio de fiestas como la del “Voto del faisán”,[204] en las que las actitudes profanas prevalecían sobre las intenciones misionales. No fue suficiente, para detener esa tendencia, la renovada afirmación del modelo del caballero cristiano que Erasmo ofrecería, en 1503, en el Enchiridion.

Acaso no fueran demasiado profundas las tendencias que movían a las clases nobles a defender sus tradiciones cada vez más anacrónicas. Y acaso esas tendencias estuvieran, de modo paradójico, penetradas de un singular realismo que consistía en abroquelarse en una concepción irreal de la vida para proteger a las clases nobles de los embates de la realidad. Defendiendo su posición de preeminencia, amenazada por el proceso de cambio, quisieron sustraerse a sus peripecias envolviéndose en un halo de irrealidad atemporal. Su forma de vida debía delatar su alcurnia, su superioridad, su legítimo derecho a seguir siendo la clase superior. Un vasto espectáculo ofrecido desde las cortes a los sectores que pretendían disputarle sus privilegios debía servir para ocultar la crisis de los fundamentos tradicionales en que se apoyaban, y para ayudarle a buscar otros de inequívoco carácter social. Y en esto coincidieron las cortes señoriales y las cortes feudoburguesas.

En las cortes importantes, la pequeña sociedad inicial fue creciendo en magnitud y diversificando sus funciones. Así como la ciudad había imitado en sus orígenes al castillo, la nueva corte señorial fue siguiendo los pasos del desarrollo urbano tanto en su estructura física como en su composición social. Los servidores de los señores se multiplicaron porque crecían las necesidades en sus diversos escalones; pero, además, porque crecía la presión de los que querían incorporarse a las cortes para formalizar su ascenso social; y sin duda, lo lograban por el solo hecho de ser admitidos en una de ellas, al franquear el foso que separaba a la sociedad cortesana del resto y ofrecerse a los ojos de los demás como miembros del núcleo cortesano. Rápidamente, quienes se agregaban asimilaban el espíritu de las cortes, inclusive los más modestos, que mostraban fuera de ellas una soberbia que no correspondía a su anterior condición sino a la categoría de sus señores. Así se diferenciaron diversas actitudes: la de los señores, la de los cortesanos y esa otra que se llamaría lacayesca. Cada una expresó una faceta del espíritu de las cortes y se manifestó como una variante de ese estilo de vida convencional que se elaboró en ellas.

Pero los matices que se manifestaron en el seno de las cortes señoriales no fueron los únicos con que se desplegó el espíritu de las cortes a partir de la crisis. Adheridas a él —más que impregnadas de él— las cortes feudoburguesas que se instauraron en muchas ciudades italianas imitaron las formas externas de la vida señorial, a las que tomaron como modelo, pero empezaron a su vez a crear su propio estilo. Por entre las rendijas de las formas externas se filtraban sus actitudes originarias, que revelaban sobre todo la impaciencia de quienes, logrado el ascenso social, el poder y la riqueza, procuraban obtener un consenso favorable y una legitimación de todo lo que habían alcanzado. Pero no sólo eso. También revelaban sus convicciones profundas, su constitutivo naturalismo, su firme apego a la realidad sensible y su compenetración con sus leyes inmanentes, en las que creían de manera espontánea, más que en el ordenamiento sobrenatural. Por eso el espíritu de las cortes tenía, en las que se constituían en un contorno burgués, un matiz de mayor artificiosidad e inconsistencia. No era difícil descubrir entre el espíritu de las cortes señoriales y el de las cortes feudoburguesas ese contraste que se manifiesta entre el modelo y su imitación, entre un sistema de vida y de pensamiento en el que la exacerbación de los rasgos seguía fluidamente una línea de coherencia interna y otro en el que aquélla se provocaba deliberadamente adoptando los signos que se deseaba ver percibidos por los demás.

En el seno de esas minúsculas sociedades corteses —señoriales o feudoburguesas— la vida adquirió los caracteres que casi siempre se dan en los grupos compactos y reducidos. La obstinada competencia por el favor del señor, la necesidad de la adulación, la vigilancia recíproca para impedir cada uno que los demás obtuvieran ventajas y, sobre todo, los antagonismos y las luchas de las facciones, creaban un ambiente de tremendas tensiones que hacía de los cortesanos —felices triunfadores vistos desde afuera— víctimas de una constante incertidumbre y protagonistas de una existencia inquieta y artificial. La vida de las cortes se transformaría en un tema de meditación: sus vanidades, sus angustias, sus espejismos, sus grandezas y sus miserias provocaron reflexiones sutiles en algunos contemporáneos. Una, muy breve pero lapidaria, la puso Chaucer en boca de un caballero: “Así, hermano mío, no olvides que en la corte del rey cada uno mira por sí mismo y nada más.”[205] No mucho después, la antítesis entre la vida de corte y la vida de aldea se convertiría en un topos literario.

II. Las cortes señoriales

La tendencia que se observaba desde el siglo XII en algunas regiones a rodear de cierto boato las cortes de reyes y señores, y a establecer ciertas formas de convivencia que destacaran el carácter aristocrático de sus miembros, se acentuó en el siglo XIV, pero siguiendo una línea distinta. Si se acentuó, fue porque cada vez pareció más necesario destacar claramente la condición de élite.. del grupo cortesano; y aunque el grupo pudiera hibridarse socialmente en alguna medida, las cortes señoriales sólo admitieron a quienes, por vocación o por cálculo, aceptaban la tradición que las nutría y las sutiles variaciones que comenzaban a introducirse en ella para profundizar y mantener su vigencia.

Pero la sociedad feudoburguesa no se había constituido como resultado de un enfrentamiento total entre las clases señoriales y las burguesías. Estas últimas sólo habían exigido, en cada lugar y en cada momento, las franquicias y libertades que requerían sus actividades, y en la seguridad personal de cada uno de sus miembros. Hubo, sin duda, confrontación de grupos y actitudes. Pero las clases nobles conservaban incólume su prestigio social, y aunque se les reprocharon sus abusos, gozaban de la admiración y el respeto de todos los estratos sociales. Por eso el modo de vida que elaboraron las cortes señoriales se constituyó en un modelo aceptado como el más alto y, en la medida de lo posible, digno de ser imitado guardando las distancias debidas.

Unas más que otras, las cortes reales solían ser itinerantes. Sus miembros seguían al rey de castillo en castillo según las necesidades políticas o sus arbitrarias decisiones. Pero ciertas residencias los acogían más tiempo, generalmente allí donde estaba instalado el aparato burocrático del poder. Westminster, cerca de la amurallada ciudad de Londres pero separada de ella por el espacio y por estrictos principios jurídicos, era la sede histórica del poder real inglés, y cuando el rey se instalaba en ella la corte alcanzaba su mayor brillo. Así ocurrió desde los tiempos de Eduardo III y en la época de los Lancaster. Pero no tuvo Westminster el carácter que tuvo la corte francesa de París, donde el palacio de Saint Paul o el Louvre estaban integrados en la ciudad y constituían un foco cortesano dentro de ella. En tiempos de Carlos V y de Carlos VI y en medio de situaciones que alcanzaron caracteres de tragedia, la corte real se mantuvo compacta entre el ir y venir de grupos cortesanos que se remplazaban los unos a los otros. Pero el espíritu de la corte se mantenía y se expresaba a través de cambiantes tendencias y actitudes, como pasó en la corte aragonesa —en Zaragoza o en Barcelona— y en la de Nápoles y Palermo. Cambiaron las dinastías, se sucedieron los reyes, se mudaron las costumbres siguiendo la corriente de las influencias predominantes, pero el espíritu de las cortes acentuó sus rasgos con una coherencia que se sobreponía a la renovación de los usos puesto que arraigaba en el designio de definir los caracteres de la élite.. Influencias diversas introdujeron modificaciones sensibles en la corte afrancesada de Buda, desde la época de Hungría hasta la de Matías Corvino, y en la corte de Praga, sensible a las influencias alemanas a partir de la época de Carlos IV. Más conservadora de sus propias tradiciones, la corte imperial de Viena definió su fisionomía durante el largo reinado de Federico III, con rasgos semejantes a los de las cortes principescas que adquirían poco a poco creciente relieve. Lisboa fue inequívoca sede de la corte real portuguesa, con marcada influencia inglesa pero con vigorosa personalidad propia a partir del reinado de Juan I de Avís y durante la época de sus sucesores. Itinerante, la corte castellana, sacudida por las luchas feudales, pasaba de castillo en castillo aunque Toledo conservara su viejo prestigio y otras ciudades, como Sevilla, Valladolid o Burgos, prestaron marco adecuado para el desenvolvimiento de la vida cortesana que alcanzó caracteres tan trágicos como brillantes en época de Juan II y Enrique IV. Más periféricas, la corte polaca, en tiempos de los Jagelones, y las de los países bálticos, conservaban todavía un aire fuertemente baronial.

De más antigua tradición, la corte pontificia de Roma había organizado un tipo de vida singular derivado de la condición de sus miembros y, en particular, por no contar con la influencia que en las cortes laicas habían comenzado a ejercer las mujeres. Pero refinamientos y convenciones semejantes fueron estableciéndose en ella. El ceremonial era estricto y de antigua data, el cosmopolitismo era condición propia de su papel político y religioso y la riqueza era abundante y segura. Por eso prosperó en Roma el espíritu cortesano, con muchos rasgos locales y otros incorporados por las influencias concurrentes. Pero más prosperó cuando la corte pontificia se instaló en Aviñón, especialmente en la época de Clemente VI. Y el cosmopolitismo eclesiástico incidió también en las cortes de los príncipes —arzobispos que, como los de Wurtzburgo, Lieja, Estrasburgo o Colonia, poseían ricos dominios y vasta influencia.

Poco se diferenciarían las cortes de los grandes señores eclesiásticos de las de los grandes señores laicos. Alrededor de unos y otros se reunía una sociedad similar puesto que los primeros ejercían un poder político análogo al de los segundos, y estaban rodeados de seglares. Si existieron diferencias en las cortes señoriales fue en relación con su poder e influencia. Pocas fueron tan ricas e influyentes como las de los príncipes franceses de sangre real en época de Carlos V. Los cuatro duques de Berry, Anjou, Borgoña y Borbón constituyeron el centro de otras tantas cortes cuyo lujo y refinamiento colmaron de admiración a sus contemporáneos. Juan de Gante, duque de Lancaster, residía alternativamente en sus numerosos castillos, pero mostraba su mayor esplendor cortesano en el de Savoy, a mitad de camino entre Westminster y Londres, compitiendo con la corte real. En el castillo de Orthez brillaba el conde de Foix, en Jaén el condestable Miguel Lucas de Iranzo, en París, durante la regencia, el duque de Bedford, en la ciudad epónima el duque de Braunschweig. Y corte era a su modo la de los caballeros de la Orden Teutónica en el castillo de Marienburg.

Las cortes podían ser sociedades difusas, no siempre compuestas de las mismas personas en cada ocasión cuando se desplazaban. Pero había siempre un sector inseparable del señor, que constituía el séquito militar cortesano y el mundillo de los servidores de diversa categoría. “En la guarda de su persona —escribía el cronista de Enrique IV de Castilla—[206] traía gran muchedumbre de gente, de guisa que su corte siempre se mostró de mucha grandeza, y el estado real y muy poderoso. Los hijos de los grandes, los generosos y nobles, y los de menor estado, con las pagas de su sueldo se sostuvieron en honra.” Y agregaba más adelante: “Tuvo muchos servidores y criados, y de aquéllos hizo grandes señores.”

Nutrida era la comitiva que acompañó al emperador Carlos IV cuando visitó Francia en 1377 y fue recibido en su corte parisiense por el rey Carlos V; o la que trajo Isabel de Baviera a París en 1389; o la que seguía al rey Carlos VI de Francia en su excursión al Languedoc; o la que entró con Luis XI en París en 1461; o la que llevó consigo el emperador Federico III cuando en 1442 se entrevistó en Besançon con el duque de Borgoña. “Venía —relata Olivier de la Marche refiriéndose al emperador— grandemente acompañado de los señores y de la nobleza de Alemania; y cabalgaban en gran orden, con su nobleza y todas sus gentes que llevaban lanzas, escudos, ballestas, de las que tenía gran número; y cabalgaban lejos de él conduciendo un gran estandarte blasonado en el centro con una gran águila; y todos se mantenían en excelente orden.”[207]

Pero donde las cortes lucían todo su esplendor, era en los castillos o palacios donde con más frecuencia permanecían, quizá como los que representan las miniaturas contemporáneas, o como el que describe Alain Chartier;[208] “…un rico palacio… suntuosamente edificado, con elevadas torres, ordenado, que comprendía diversas y diferentes habitaciones, rodeado por artefactos hechos por sobresalientes obreros, enriquecido con tallas, pinturas, armas u otras pequeñas decoraciones agradables para los ojos…”. En ellos, como en el de Savoy o en el de Saint Paul, llevaba la corte su existencia regular y cotidiana, tan ordenada como presenta Olivier de la Marche la del duque de Borgoña Carlos el Temerario, o como describe Cristina de Pisán la de Carlos V de Francia.[209]

Era la de éste —decía la cronista— una existencia “pontifical y honesta”, en la que el rey cumplía sus deberes públicos con método y dedicación, a diferencia, por cierto, de otras que se desentendían de ellos y los abandonaban a sus privados. Oía misa, escuchaba a su consejo, se sentaba a la mesa con los príncipes de la sangre y los prelados y concedía audiencias a las altas personas que, en las magníficas salas del palacio, habían solicitado ser recibidas. Después de comer solía oír música —acaso concertada por Guillaume de Machaut— y durante la tarde se entregaba un rato a la vida de familia, tras lo cual solía contemplar los presentes que recibía y los objetos de arte que amaba, y aun encontraba tiempo para escuchar la lectura de algunos libros por los que tenía preferencia. Entre tanto, la reina a quien su esposo “mantenía en paz, en amor y en medio de continuos placeres”, llevaba su vida privada “suntuosa y elegante” entre las damas que la rodeaban y nutrían la espiritualidad de la corte. El rey gustaba del diálogo femenino y departía con ellas. Fue precisamente en ese ambiente donde se educó Cristina de Pisán, que conservó tan hondo recuerdo de esa corte a la que no se parecería, por cierto, aquella otra signada por la tragedia, la de Carlos VI en la que más tarde le tocó vivir.

Una imagen de la misma corte un poco distinta daba precisamente Guillaume de Machaut,[210] que también la conoció de cerca. Si la vida de los reyes era calma y serena, la sociedad cortesana que los rodeaba procuraba disfrutar de la vida sin tanto recato. El final de la misa señalaba el comienzo de una febril actividad de los servidores que preparaban las comidas, de los escuderos, pajes y donceles, de los músicos. Y mientras los grandes señores departían gravemente en los salones contiguos a los aposentos reales, reinaba la algazara entre el vasto mundillo que constituía el contorno cortesano. La corte era, como diría Cristina de Pisán, la “ciudad de las damas”, puesto que allí habían logrado introducir no sólo la alegría sino también la espiritualidad. “Por ellas aprovechan las gracias y se acaban y comienzan todas las cosas de gentileza”, escribía Diego de San Pedro.[211] Y era también la ciudad de los donceles que buscaban en ella el goce y los placeres al mismo tiempo que la carrera de los honores, deslizándose hacia los peligros que la misma Cristina de Pisán señalaba hablando de los jóvenes nobles.[212]

Pero no en todas las cortes la vida se deslizaba tan plácidamente como la describía la cronista del rey Carlos. Pero López de Ayala daba de la existencia de los reyes una imagen mucho más amarga y, sin duda, mucho más realista;[213]

Los reyes y los príncipes, maguer sean señores,

Asaz pasan en el mundo de cuitas y dolores;

Sufren de cada día de todos sus servidores

Que los ponen en enojo, hasta que vienen sudores.

Y enumeraba sus trabajos, las solicitudes que recibían, las estrecheces por que pasaban, los encontrados intereses a que estaban sometidos. Las cortes eran calmas o tempestuosas, según las circunstancias. Y sin embargo, predominaba en los cortesanos el designio de vivir —o fingir que vivían— una vida feliz.

Acaso la felicidad, o la apariencia de felicidad, consistiera en la artificiosidad cada vez mayor con que se desenvolvía la vida de las cortes señoriales. Un propósito deliberado esquivaba inexorablemente todo lo que fuera vulgar o grosero, para dejar paso solamente a los sentimientos nobles, a las actitudes dignas, a las expresiones elegantes. O acaso a la rebuscada apariencia de todo eso, porque la deliberada artificiosidad conducía al primado de las formas, que ennoblecían y, al mismo tiempo, encubrían la espontaneidad de la convivencia.

Ya a fines del siglo XIII, la etiqueta era estricta en las cortes provenzales, en la de Castilla, acaso por influencia musulmana, y sobre todo en la de Aragón, donde Pedro III había promulgado una Ordenación que reglaba la vida de su corte. No en balde uno de sus sucesores —Pedro IV— merecería no sólo ser llamado “el del punyalet” sino también “el Ceremonioso”, a causa de la rigurosa etiqueta que regía la vida de su corte, especialmente en el castillo zaragozano de la Aljafería. No lo era menos en las cortes francesas. En la del rey Carlos V las formas corteses constituyeron una preocupación fundamental. El rey “sabía recibir de una manera conveniente a los grandes, a los medianos y a los pequeños”. Cuando las fiestas eran solemnes, “era una maravilla ver el servicio y el ordenamiento de las mesas”. Nada quedaba librado al azar: “Para mantener su corte en tal honor, el rey tenía con él a los príncipes de su sangre y otros caballeros experimentados y expertos en toda suerte de cortesías: su primo, el conde de Étampes, gran señor honorable y jovial, de fácil palabra, agradable trato y que acogía graciosamente a todo el mundo. Algunas veces, en ciertas ocasiones y en ciertos lugares, representaba a la persona del rey: era uno de los más brillantes ornamentos de esta corte. Había otros, sin embargo, y sobre todo el señor Bureau de la Rivière, gran caballero que, ciertamente, sabía acoger de una manera generosa, amable y alegre a aquellos a quienes el rey quería festejar y honrar; trasmitía de una manera graciosa y cortés los mensajes que el rey Carlos enviaba por su intermedio a los visitantes extranjeros; iba a verlos frecuentemente a su alojamiento; les decía palabras agradables y lisonjeras; los saludaba en nombre del rey, los invitaba a hacer sus gustos y a no escatimar nada y otros graciosos discursos. Cuando les ofrecía presentes de parte del rey, jamás dejaba de pronunciar palabras dignas y corteses, a cada uno según su rango, pues conocía todos los honores que es necesario observar en las grandes recepciones. Ofrecía a los extranjeros cenas y comidas en su hotel, que era hermoso, ricamente decorado y muy apropiado para esta clase de reuniones. Su mujer hacía los honores: era bella, graciosa y buena y sabía tanto como él acogerlos cortésmente. Allí eran invitadas todas las damas distinguidas de París: se bailaba, se cantaba y se les ofrecía una alegre acogida. Se tenía tanto cuidado del honor y la fama del rey que todos los extranjeros elogiaban al rey y al señor.” Así describía Cristina de Pisán las refinadas formas de trato vigentes en la corte.[214] Tan importante era conocer esas reglas, que aprenderlas era la primera preocupación de quien se dirigía a ella. “Y puesto en obra mi camino —decía Diego de San Pedro en Cárcel de amor—,[215] llegué a la corte y, después que me aposenté, fui a palacio por ver el trato y estilo de la gente cortesana… Y buscadas todas las maneras que me habían de aprovechar, hallé la más apropiada comunicarme con algunos mancebos cortesanos de los principales que allí veía. Y como generalmente entre aquellos se suele hallar la buena crianza, así me trataron y dieron cabida que en poco tiempo yo fui tan estimado entre ellos como si fuera de su natural nación, de forma que vine a noticia de las damas.”

Normas generales presidían las formas de trato; pero, dentro de ese cuadro, un variado conjunto de reglas particulares fijaban el comportamiento conveniente en cada circunstancia: las precedencias, las distancias, los saludos, los ofrecimientos y agradecimientos, el diálogo y el coloquio, el comer y el beber, el cantar y el danzar; y no sólo en las grandes ceremonias, sino también en el trato recíproco de cada día, que en las cortes señoriales tenía siempre algo de ceremonia. Alguna vez, un rey caprichoso como Enrique IV de Castilla podía permitirse desdeñar esas normas, y los cortesanos tomaban buena nota de ello.[216] Pero el cortesano debía conocerlas minuciosamente y aplicarlas con la mayor exactitud, puesto que el más leve desliz podía comprometer su prestigio o su posición. Y tenía, además, que vigilar el comportamiento de los otros para con él, porque era igualmente peligroso ser víctima de un trato descortés. El párroco de Chaucer llamaba soberbia a este celo:[217] “la del que espera ser saludado antes que él salude, aunque sea tal vez menos digno que el otro; así como también la del que antes desea tomar asiento, o marchar delante en el camino, o ser incensado, o acercarse a la oferta antes que su prójimo, y cosas parecidas, que van contra derecho quizá y que inclinan el corazón y la atención al orgulloso deseo de ser exaltado y honrado delante de la gente”.

El cortesano debía conocer también cuál era el lenguaje exacto que debía usar en la corte, según los usos y convenciones vigentes en cada una de ellas y en cada momento, y cuya ignorancia podía acarrearle el desdén de los iniciados. Se distinguía entre las palabras lícitas y las ilícitas; y estaban tácitamente establecidas aquellas con que podían y debían designarse ciertas cosas —y aquellas con que no se podía—, so pena de incurrir en vulgaridad o grosería, como lo estaban los circunloquios que revelaban un convenido pudor, las metáforas que demostraban la buena crianza, los adjetivos sutiles, los giros elegantes. Fue una preocupación heredada de la tradición provenzal, en la que el hermetismo verbal del trobar ric se erigía en inequívoco signo de aristocracia. Y ese vehemente amor por el lenguaje artificiosamente refinado fue el que estimuló el cultivo de la gaya ciencia. Para profundizarla se constituyeron los Consistorios —el de Tolosa, primero, el de Barcelona después, fundado por Juan I de Aragón en 1393— cuya actividad debía vigorizar y enriquecer ese lenguaje rebuscado cuyos reflejos animaría el de las cortes. Nuevas metáforas y giros se incorporaban al uso tradicional, con frecuencia extraídos de la literatura pagana cada vez más en boga. Y con ellos, cierto sabor realista que se percibía por debajo del enmascaramiento convencional.

Las reglas que regían la vida erótica eran, quizá, las que mejor debía conocer el cortesano. El amor era un juego galante en el que no debía cometer ningún error; y ese juego comenzaba, precisamente, con un duelo verbal, también heredado de la tradición provenzal. Modelos idealizados de ese lenguaje lo ofrecían los poetas y escritores: Cristina de Pisán, Guillaume de Machaut, Charles d’Orléans, los últimos minnesinger, el marqués de Santillana, Diego de San Pedro.

La primera ofrecía un epistolario amoroso en Le Livre du Duc des Vrais Amants, además de honestas reflexiones sobre el amor y la mujer. Ferviente feminista, había emprendido una vehemente defensa de su sexo contra la creciente tendencia —realista— a puntualizar y acentuar sus defectos, por parte de quienes, precisamente, procuraban desvanecer la pura imagen femenina que había creado la poesía lírica y alimentaban las cortes de amor. Pero ese sentimiento era muy fuerte. Las convenciones cortesanas exigían que se mantuviera esa imagen y que las formas de la relación erótica se conservaran pulcra y rigurosamente codificadas. Eran las reglas que era necesario conocer y aplicar. Pero aun en los más delicados poetas se traslucía que el naturalismo que había modificado la concepción del hombre alcanzaba, en general, también a la mujer. Por debajo de las convenciones formales, el amor pagano inspirado por Venus empezaba a impregnar también el amor cortés, unas veces conservando la heredada dignidad formal, como en la poesía de Machaut —especialmente en el Voir dit—, o en la del marqués de Santillana, y otras descendiendo hasta la grosería como en muchas de las composiciones del Cancionero de Baena, que deleitaban a los cortesanos de Juan II de Castilla tanto como las narraciones escabrosas de las Cent nouvelles nouvelles a los de la corte borgoñona.[218]

El amor pagano fue concebido algunas veces como pura sensualidad: en las cortes castellanas se encarnó en la exótica experiencia que significaban las relaciones eróticas de un cristiano con una mora, como la que evoca Villasandino.[219] Cada vez más las convenciones cortesanas fueron incapaces de ocultar la incontenible fuerza del amor hecho pasión, que Dante Alighieri había reconocido, y del que el caballero de Chaucer diría que “es la ley mayor que puede el hombre tener en el mundo”, pero que nadie exaltaría del modo que lo hizo el autor de La celestina. “Es un fuego escondido, una agradable llaga, un sabroso veneno, una dulce amargura, una delectable dolencia, un alegre tormento, una dulce y fiera herida, una blanda muerte.”[220] Indisoluble mezcla de exaltación poética y de pasión sensual, el amor fue reconocido y aceptado como tal, aunque las formas convencionales del diálogo erótico adquirieran en las cortes cada vez más, las formas de un juego de enmascaramiento de la realidad destinado a mantener la apariencia de una dignidad intemporal y desapasionada.

Otras cosas más debía saber el cortesano, pero sobre todo, aquellas que tenían relación con su apariencia, puesto que su ambiente se deslizaba cada vez más hacia la sobreestimación del aparato exterior, tanto de la personalidad como de las sociedades. Y si el atuendo es lo primero que denunciana la calidad de las personas, el vestido debía constituir una de sus primeras preocupaciones. También sobre esto opinaba Chaucer —a través de su párroco— como penetrante observador de una sociedad a la que, por cierto, él quiso y logró ingresar. “¿No puede verse en nuestros días —preguntaba— el pecaminoso y espléndido lujo que hay en el vestido, y señaladamente su demasiada superfluidad y su excesiva y desarreglada carestía? Con respecto al primer pecado, digamos que estriba en la superfluidad del vestido, haciéndolo caro el daño de la gente, por el coste del bordado, del primoroso encaje, del listado, ribeteado, trenzado y moteado. Semejante despilfarro de paños es vanidad, y para colmo hay hogaño caros adornos de pieles en los trajes. A más de tanto abrir ojales y tanto recorte con las tijeras, viene luego la superfluidad en la largura de los vestidos, que arrastran por la basura y por el lodo, así a caballo como a pie, y lo mismo en el hombre que en la mujer, de suerte que realmente todo lo que se arrastra es, en efecto, gastado, consumido, raído y echado a perder con el fango, en lugar de ser dado al pobre. Todo ello redunda en gran perjuicio de la gente menesterosa. Y eso por varios modos, es decir porque cuanto más complejo es el vestido, tanto más cuesta a la gente a causa de su escasez; y porque si se quieren dar tales vestidos, calados y recortados en picos, a los pobres, no son a propósito para que la gente humilde los use, ni suficientes para remediar su necesidad, a fin de preservarles de las inclemencias del cielo. Por otro lado, hablando de la horrible y desordenada carestía del traje, digo que de tal manera están cortados esos vestidos o jubones cortos, que, por su pequeñez, no cubren los miembros vergonzosos del hombre, con depravada intención. Algunos ostentan el bulto de sus partes privadas y sus repulsivos miembros hinchados, que semejan la enfermedad de la hernia, dentro de sus bragas. Además, sus nalgas, muy ceñidas, parecen las posaderas de una mona, o la luna llena. Y luego, los viles miembros que se muestran a través de los primorosos adornos, merced a la división de las bragas en blanco y encarnado, se manifiestan como si la mitad de las partes secretas estuviese desollada. Y si se reparten las bragas en otros colores, como blanco y negro, o blanco y azul, o negro y encarnado, parece entonces, por la diferencia de color, que media parte de los miembros privados está infectada por la erisipela, o por el cáncer, o por otro mal semejante. Respecto de la parte trasera de las nalgas, cosa es horribilísima de ver, porque esa parte del cuerpo por donde se evacúan los fétidos excrementos se enseña a la gente orgullosamente, con menosprecio de la modestia que Jesucristo y los suyos cuidaron de acreditar en su vida. Pasando a los exagerados atavíos de las mujeres, Dios sabe que, aunque los semblantes de algunas de ellas parezcan muy púdicos y bondadosos, sin embargo, en los adornos de sus trajes anuncian las mujeres disolución y soberbia. Yo no digo que el esmero en el vestido del hombre o de la mujer sea inconveniente, sino que, en verdad, la superfluidad o la viciosa parvedad del traje es reprobable.”

Con o sin tantas consideraciones morales como las que desarrollaba el párroco de Chaucer —tan reveladoras, por lo demás, del conflicto de sensibilidades que se manifestaba en la nueva sociedad—, se habló mucho en la época del lujo de los vestidos y de la abundancia de valiosos objetos de uso que predominaba en las cortes, tanto que el tema se transformó en un tópico moral y social. El Roman de Jehan de París, compuesto a fines del siglo xv con el recuerdo puesto en la corte de Carlos VIII, constituye un testimonio insustituible de esa obsesiva pasión por el lujo ostentoso que se apoderó de las clases nobles y que tuvo su principal escenario en las cortes.[221] La minuciosa descripción que Cristina de Pisán había hecho de los ornamentos, las vajillas, el mobiliario, los finos paños y las ricas joyas que prestaban tan alta jerarquía a la corte del rey Carlos V, palidecía un siglo después al lado de la suntuosidad que exhibía Jehan de París, el rey disfrazado de burgués que se solazaba —él, o el autor del relato— en deslumbrar al rey inglés que no podía comprender cómo un simple burgués mantenía tal lujo, propio solamente de señores.

Si la corte del rey Carlos VI y de Isabel de Baviera se hizo famosa por el lujo, no fueron menos célebres la de su hermano Luis de Orléans y las de sus cuatro tíos, los duques de Anjou, Berry, Borgoña y Borbón, así como las de sus descendientes. Ricos, influyentes y poderosos, imprimieron a sus cortes un aire casi real, ostentando un lujo deslumbrante en sus palacios, ornados de ricas tapicerías, provistas de vajillas suntuosas y rico moblaje, pobladas de cortesanos y servidores. Lo más llamativo para los ojos de las gentes que no compartían la vida de la corte era la comitiva que los seguía y, sobre todo, los vestidos que usaban de riquísimos paños, pero, además de exagerada y rebuscada hechura y vivos colores.

Cosa curiosa, el cronista Jean de Venette consideró como noticia digna de ser consignada en su escueta crónica la transformación que se operó en la vestimenta de la clase alta hacia 1340: “En esta época empezaron los hombres a usar ropas artificiosas, especialmente los nobles, los escuderos y los de su séquito, pero también algunos burgueses y casi todos sus sirvientes. Sus vestimentas se hicieron más cortas hasta llegar al punto de ser indecentes, lo cual era cosa extraña en gentes que antes se habían conducido honestamente. Todos los hombres comenzaron a dejarse crecer largas barbas; y esta moda, que casi todos adoptaron en Francia excepto las personas de sangre real, provocó no pocas burlas de parte de la gente común. Hombres así ataviados estaban más dispuestos a huir frente al enemigo, como los hechos los probaron después muchas veces.”[222] El cronista vuelve luego sobre el mismo tema, refi