“Historia antigua”, “Historia medieval”, “Historia moderna”, “Historia contemporánea”. 1951

HISTORIA ANTIGUA

El ámbito de la cultura antigua

El Egipto hasta la invasión de los hicsos

Antiguos Estados mesopotámicos

Los cretenses

Las invasiones de los pueblos indoeuropeos

Egipto en la época del segundo imperio tebano

Aqueos, hebreos y fenicios

El imperio kasita y la aparición de los asirios

Los medos, los persas y los indios

La China

Esplendor de fenicios y hebreos

La era de la dominación asiria

La era de la dominación persa

La India y la China en el siglo VI a. de J. C.

Las ciudades griegas hasta el siglo VI a. de J. C.

Cartago y Roma

La época de las guerras médicas

Atenas en el siglo V

Esparta y la guerra del Peloponeso

El imperio de Alejandro Magno

La época helenística

Roma y la instauración de la República

La conquista de Italia

Las dos primeras guerras púnicas

La expansión transmarina y la helenización de Roma

La crisis de la República

La época de Augusto

El Imperio durante el siglo I

La aparición del Cristianismo

El siglo de los Antoninos

La crisis del siglo III

El Imperio durante el siglo IV

Las primeras invasiones y el reinado de Teodosio

La crisis del Imperio


HISTORIA MEDIEVAL

El ámbito de la cultura medieval

Los reinos romanogermánicos

El Imperio Bizantino

Los musulmanes

Orígenes y desarrollo del Imperio Carolingio

La Europa feudal

Los reinos feudales

La cultura de la Europa feudal

Europa en la época de las Cruzadas

Las transformaciones en la sociedad feudal

Los principales Estados en la baja Edad Media

La filosofía, las letras y las artes en la baja Edad Media

El Imperio Bizantino, los mogoles y la invasión de los turcos otomanos


HISTORIA MODERNA

El ámbito de la cultura moderna

La crisis del siglo XV y los albores de la Edad Moderna

Renovación cultural y religiosa

La época de Carlos V

La época de Felipe II

La guerra de los Treinta Años

La época de Luis XIV

La revolución en Inglaterra

El Imperio Otomano y los pueblos eslavos hasta el siglo XVIII

Inglaterra y Holanda en el siglo XVIII

El liberalismo económico y el pensamiento de la Ilustración

Austria y el ascenso de Prusia

Los países del Báltico

Italia, España y Portugal

Francia hasta la víspera de la revolución

El mundo oriental y el Imperio Otomano hasta fines del siglo XVIII


HISTORIA CONTEMPORANEA

La Revolución francesa

Francia durante el Directorio y el Consulado

Europa y la Revolución francesa

El Imperio Napoleónico

La época de la Restauración

Las revoluciones liberales de 1830

Los movimientos sociales y las revoluciones de 1848

La unificación de Italia

Francia y el Segundo Imperio

Austria y la unidad alemana

Europa oriental hasta 1881

España y Portugal hasta 1875

Inglaterra durante la era victoriana

China y Japón

Rusia, Turquía y los Balcanes

Los Imperios centrales: Austria y Alemania

Francia y la Tercera República

Italia, España y Portugal

Los antecedentes del conflicto de 1914

La primera guerra europea

La Europa de posguerra

La revolución de 1917 y la Unión Soviética

La Italia fascista y la Alemania nazi

Las viejas democracias

La Segunda guerra mundial

El derrumbe final del Eje

La segunda posguerra



HISTORIA ANTIGUA


El ámbito de la cultura antigua

La Antigüedad es el pasado remoto de nuestra cultura. Sus hombres, sus hechos y sus obras nos pertenecen por entero, pese a lo lejanos o a lo distintos que puedan parecemos, porque nuestra cultura no ha olvidado nunca del todo lo que debía a esa herencia y ha conservado siempre algo viviente de aquella tradición. Y pues que no nos es ajena, constituye un deber de cultura retornar a esa fuente profunda para buscar en ella la más lejana imagen de nosotros mismos.

DE LA PREHISTORIA A LA HISTORIA

No podríamos afirmar a ciencia cierta dónde comenzó el hombre a mostrarse con los rasgos típicos de tal. Pero lo cierto es que, en la cuenca del mar Mediterráneo se desarrolló en tiempos remotísimos una civilización rudimentaria que evolucionó poco a poco hasta cuajar en formas superiores de vida. Las primeras etapas de esa civilización permanecen para nosotros en el área de la Prehistoria, porque no sabemos de ellas más que lo que nos dicen los mudos testimonios de la actividad manual del hombre. Analizando un hacha, un dolmen, una estatua, nos es dado deducir con cierta verosimilitud algunos caracteres de la civilización que los produjo. Pero con todo eso poco sabemos de quiénes eran los que la desarrollaron y qué peripecias pasaron a lo largo de los siglos. Sólo cuando comenzaron a poseer una escritura pudieron legarnos algunas noticias sobre esos aspectos de su vida histórica que tanto nos interesan para conocer a fondo su vida y su historia. Y sólo de aquellos pueblos que nos dejaron una escritura inteligible para nosotros podemos decir que están hoy, ante nuestros ojos, en un período histórico. Es, pues, en el momento en que comienzan a aparecer noticias escritas cuando aquellas civilizaciones trasponen el umbral de la Historia.

EL ÁMBITO GEOGRÁFICO DEL MUNDO ANTIGUO

Según parece, los lugares donde primero desarrolló el hombre una civilización fueron los valles del río Nilo, en el ángulo nordeste del África, y de los ríos Éufrates y Tigris, en el Asia occidental. Esas regiones —el Egipto y la Mesopotamia— fueron hogares de ininterrumpida evolución cultural durante varios milenios. Después, aparecieron nuevos núcleos humanos civilizados en la meseta del Irán, en la India y la China, en la costa siria, en el Asia Menor y en algunos otros puntos del Asia y del África. Al mismo tiempo, por Occidente, aparecieron también nuevos hogares de cultura: las islas del mar Egeo, la península de los Balcanes, Italia y diversos lugares de la costa mediterránea.

El Lejano Oriente —la India y la China— constituyeron mundos cerrados, con escasa relación entre sí y con pocos contactos con el resto de las regiones civilizadas. Estas últimas, en cambio, forman un área compacta cuyo foco es el mar Mediterráneo, hacia el cual convergía el interés económico y político de los distintos pueblos más o menos próximos a sus costas.

LOS PROTAGONISTAS DE LA CULTURA ANTIGUA

Estos pueblos fueron numerosos y aparecieron en la Historia en distintas circunstancias. Muchos que en cierto momento surgen todopoderosos y florecientes, muéstranse en otras épocas humildes y en decadencia: tal es el sino histórico.

En el Oriente, los pueblos más importantes fueron: los chinos y los indios, en los valles de los ríos Yang-Tse-Kiang y Hoang-Ho los primeros, y en los de los ríos Indo y Ganges los segundos; los medos y persas en la meseta del Irán; los súmeros, acadios, amorreos, kasitas, asirios y caldeos en la Mesopotamia; los fenicios, hebreos y sirios en la costa asiática del Mediterráneo; los lidios, frigios, hititas, mitanios, armenios, capadocios y otros menores en el Asia Menor; los egipcios, en fin, en el valle del Nilo. Estos pueblos —y otros de más escasa significación— son los protagonistas de la historia del Oriente.

En el Mediterráneo oriental, diversos pueblos desarrollaron la cultura que se conoce con el nombre genérico de griega. Los pueblos egeos la iniciaron en Creta, en las islas Cicladas y Espóradas, en las costas del Asia Menor y de la misma Grecia. Más tarde, los aqueos, los dorios, los jonios y algunas otras ramas que recibieron distintos nombres la continuaron, renovándola en muchos aspectos. Como estos pueblos fueron preferentemente urbanos, suele conocérselos por el nombre de las ciudades que fundaron: los atenienses, los espartanos, los tebanos. Otros, como los macedonios o los epirotas, tuvieron extensos territorios que constituían países de bien definida personalidad. Todos estos pueblos son los protagonistas de la historia de Grecia.

En el Mediterráneo occidental, los griegos y los fenicios fundaron algunas colonias que tuvieron próspero destino. También algunos pueblos, indígenas o emigrados, desarrollaron allí civilizaciones más o menos evolucionadas. Pero fueron los romanos los que alcanzaron un destino más alto, al conquistar todo el Occidente primero y toda la cuenca mediterránea después. Sus conquistas, la difusión de sus costumbres y de su autoridad, el desarrollo de una cultura en parte propia y en parte adquirida, son los hechos más significativos de la historia de Roma, que es, a medida que avanza el tiempo, la historia del Mediterráneo occidental en primer término, y luego la historia de todo el mundo antiguo.

He aquí quienes fueron los que desarrollaron la cultura antigua, cuya historia conocemos con distinta intensidad a lo largo de más de cuarenta y cinco siglos.

UNIDAD Y DIVERSIDAD DE LA CULTURA ANTIGUA

Estos pueblos fueron muy diferentes entre sí, y si se comparan las instituciones egipcias con las griegas, a primera vista parecerá que hay, entre ellas tan poca relación como, aparentemente, se observa entre un templo mesopotámico y otro romano. Sin embargo, pese a la innegable diversidad que existe entre los diversos pueblos antiguos, puede señalarse cierta continuidad en muchos aspectos. El legado oriental a la cultura griega es altamente valioso y lo es más aun el de Grecia a Roma. El genio peculiar de cada uno de estos pueblos imprimió a su cultura cierto aire original, pero a medida que se los va conociendo más profundamente, se acentúa la convicción de que hasta la aparición del cristianismo y su fusión con la tradición romana, persisten ciertos caracteres profundos que permiten hablar de la Antigüedad como de una unidad. Por eso procuraremos explicar su historia no separando demasiado la de los diversos pueblos, sino, por el contrario, tratando de mostrar su continuidad y las relaciones recíprocas. Sólo así podrá el lector obtener una idea de esa rica veta de nuestra tradición que se llama la cultura antigua y que es el cimiento profundo de todas las sucesivas.


El Egipto hasta la invasión de los hicsos

El valle del Nilo, con sus crecidas periódicas que cubrían el valle con un fértil limo, constituyó una zona de atracción para los pueblos nómadas de los alrededores. Ya en tiempos remotos, acaso mucho antes del quinto milenio antes de Cristo, comenzaron a establecerse en él algunas tribus que fijaron allí definitivamente su residencia. Así nació un Estado que alcanzó con el tiempo un altísimo nivel de civilización y un formidable poderío.

LOS CLANES PRIMITIVOS

En tiempos muy antiguos, una numerosa población comenzó a establecerse en el valle del Nilo. Allí desarrollaron una civilización paleolítica y allí aprendieron, luego, a pulir la piedra y a trabajar los metales. Por esta época —quizás hacia el cuarto o quinto milenio antes de Cristo— estas poblaciones poseían una organización social y religiosa muy curiosa. Un grupo de hombres que creían tener un antepasado común constituía un clan, en el cual todos los miembros se consideraban iguales, poseían en común los bienes y adoraban del mismo modo a aquel antepasado divinizado que era su totem. El clan fue, durante algún tiempo, errante, pero a la larga acabó por fijarse en una comarca y fundar un pequeño reino que, con frecuencia, debía combatir con los clanes vecinos para mantener la posesión de su tierra. Entonces, el antepasado divinizado se convirtió en divinidad de la región y así aparecieron numerosos dioses: el halcón, el perro, el lobo, la serpiente, cada uno de los cuales tuvo su santuario. Alrededor de ese templo se fue construyendo la ciudad —generalmente en la ladera de una colina, para evitar las inundaciones— y allí se asentaron las autoridades del grupo.

LOS NOMOS Y LOS REINOS PRIMITIVOS

Esas regiones o provincias fueron llamadas más tarde por los griegos nomos. Eran en un principio, verdaderos reinos independientes, en los cuales fueron apareciendo nuevas formas políticas. En efecto, en el clan primitivo, la autoridad residía en la totalidad del grupo; pero, poco a poco, el mago o sacerdote o el jefe militar que se elegía para caso de guerra fue logrando que su investidura se hiciera permanente, y así surgió la monarquía.

Sin embargo, la independencia de los nomos no duró mucho tiempo. En el Egipto todo incitaba a la unificación: la continuidad de la larga faja de tierra fértil, el curso de agua que comunicaba todas las provincias, la estrecha dependencia que imponía a todas ellas el régimen de las inundaciones y la necesidad de aprovecharlas convenientemente. Seguramente fueron muchas las contiendas que se produjeron porque un nomo del curso superior del río detenía o desviaba las aguas impidiendo que llegara suficiente caudal a las regiones del curso inferior. De todas estas guerras surgieron dos reinos, en los que se reunieron todos los nomos. En la zona del valle, el nomo que tenía como divinidad al halcón logró dominar a todos los otros nomos del Alto Egipto y constituir un solo reino que se extendía, quizá, desde la primera catarata del Nilo hasta el lugar donde dicho río se abre en varias ramas formando un delta. Por la misma época, la zona del delta fue unificada también, y entonces sólo dos reinos se disputaron la supremacía de la fértil región.

LA UNIFICACIÓN DEL EGIPTO

Entre estos dos reinos se entabló muy pronto la lucha. Vagos testimonios nos enseñan que hubo varios reyes del Alto Egipto o reino del Sur que derrotaron a los del Bajo Egipto o reino del Norte. Finalmente, hacia el año 3315 a. de J. C., un rey del Alto Egipto llamado Menes logró reunir definitivamente las dos regiones y constituir un solo reino. Menes estableció la capital en la ciudad de Tinis, en el valle, y allí residieron también sus sucesores de las dos primeras dinastías de reyes que tuvo el país.

Por esta época, el Egipto es ya un país de evolucionada civilización. Su religión reconoce como divinidades fundamentales al río Nilo, representado por el dios Osiris; a su hijo, el halcón Horus; a la diosa Isis, y otras divinidades menores que no son sino antiguos totems de los que adoraban los diversos clanes. Osiris protege al faraón —así se llamaba al rey— porque en él se encarna su hijo Horus; el faraón, por su parte, se preocupa de que el culto de Osiris tenga toda la magnificencia que merece una divinidad que ha enseñado a su pueblo todos los goces de la civilización y, especialmente, el cultivo de la tierra: templos y numerosos sacerdotes están dedicados a honrar su memoria. Ya por entonces conocían los egipcios el calendario y poseían una escritura cuyos jeroglíficos podían expresar las más abstrusas ideas religiosas; regulaban las crecidas del Nilo, sembraban y recogían de acuerdo con ellas, construían tumbas y viviendas. Desde entonces, un ininterrumpido desarrollo se manifiesta en la feraz cuenca del río divino.

EL PERÍODO MENFITA

A principios del tercer milenio —quizás en 2895— los faraones egipcios decidieron llevar su capital a una ciudad que estuviera en el límite entre el Alto y Bajo Egipto. Había allí un monumento, el Muro Blanco, en donde se realizaba la coronación de los faraones con las dos coronas: la corona blanca del Alto Egipto y la corona roja del Bajo Egipto. Alrededor de ese monumento surgió la ciudad de Menfis, en la que residieron los reyes de seis dinastías, desde 2895 hasta 2360 a. de J. C. Esta época recibe el nombre de período menfita o Antiguo Imperio, y durante ella la autoridad de los faraones se hizo cada vez más omnipotente; ahora se considera al rey no sólo hijo de Osiris sino también hijo de Ra, el Sol, divinidad que adquiere cada vez más prestigio y a la que sirven con devoción los sacerdotes de la ciudad de Heliópolis. El rey utiliza su inmenso poder para obligar a todos los habitantes a trabajar en grandes obras arquitectónicas que exalten su calidad divina; así se comenzaron a construir, durante la IV dinastía, las pirámides, en las que se depositarían los cuerpos sagrados de los faraones. Estas tumbas se componían de una cámara sepulcral y de otros recintos destinados a las ofrendas, sobre los cuales se elevaba la inmensa mole de piedra. Pero no son tumbas solamente lo que hacen construir los reyes; también se hacen diques y canales para las aguas del Nilo, templos para honrar al Sol, palacios para los reyes y su corte.

Por debajo del faraón, en efecto, hay una serie de funcionarios de toda jerarquía que gozan de una vida fácil. Muchos de ellos son parientes del rey, pero otros pertenecen a las familias más poderosas: así se recluta la legión de empleados del Estado, sacerdotes y guerreros, todos los cuales se superponen sobre la masa del pueblo, cuyo trabajo debe producir para abastecer a la nación toda.

Al fin, algunos de estos poderosos que dominaban en las provincias, comenzaron a independizarse y a pretender el dominio incontrolado de sus territorios. Los sacerdotes, por su parte, fueron creciendo en autoridad y trataron de someter a los faraones. Muy pronto empezó una época de guerras civiles que trajo una larga secuela de injusticias y miserias, tras de la cual un jefe tebano consiguió imponerse y dominar en el país.

EL PRIMER IMPERIO TEBANO

Hacia el año 2100 a. de J. C. ya es la ciudad de Tebas, en el valle, la nueva capital del Egipto. Allí tendrán su sede muchas dinastías de faraones, de las cuales tres —de la XI a la XIII— gobiernan durante el período que se conoce con el nombre de primer Imperio Tebano, cuya duración se extiende hasta que el país es invadido por los hicsos.

Los reyes tebanos restauraron la monarquía; pero si bien iniciaron una época de orden y de disciplinada actividad, no restauraron la autocracia de sus antecesores menfitas. Fueron, por el contrario, liberales y moderados, y procuraron apoyarse en el pueblo, de cuyas filas solían sacar algunos funcionarios, porque no tenían arraigados prejuicios de casta. A pesar de todo, con el tiempo se formó también una aristocracia particularmente apta para el desempeño de las funciones públicas.

Por esta época, los funcionarios dieron prueba de su capacidad e iniciativa. Grandes obras públicas cubrieron el país, y fue entonces cuando se construyó el lago Meris para aprovechar una depresión del terreno, cuando se levantaron los grandes templos y las tumbas reales de Tebas. Al mismo tiempo, los faraones estimulan el comercio y la navegación, en tanto que sus ejércitos tratan de extender el territorio aguas arriba del Nilo, en la Nubia, y de asegurar las fronteras siempre amenazadas del delta. Pero este esplendor no duró mucho: una ola de invasores se lanzó sobre el país y el Egipto cayó en sus manos por algún tiempo.

LA INVASIÓN DE LOS HICSOS

Durante el segundo milenio, diversos pueblos aparecen en todo el ámbito del mundo antiguo provocando migraciones en masa. Hacia 1700 a. de J. C. un raro conglomerado de pueblos se lanza sobre las fronteras egipcias, debilitadas en ese momento como consecuencia de algunos conflictos internos; no constituyen una masa compacta; se mezclan allí algunos indoeuropeos, de los que han llegado poco antes al Asia occidental, con muchos semitas que vienen huyendo de otras bandas invasoras que los han despojado de sus tierras; a todos ellos la tradición egipcia los denominó hicsos, o reyes pastores, y la era de la invasión fue recordada como un tiempo amargo. Instalados en el delta, los invasores procuraron entrar en el valle y dominar el país, pero chocaron con la resistencia de las ciudades, difíciles de tomar. Durante un siglo los hicsos permanecieron en el territorio, dominándolo desde su capital, que establecieron en la ciudad de Avaris; pero a principios del siglo XVI a. de J. C. el faraón Amasis I consiguió expulsarlos, y entonces restableció el poder en la antigua capital, dando comienzo al segundo Imperio Tebano.


Antiguos Estados mesopotámicos

También en el valle por donde corren los ríos Eufrates y Tigris se instalaron en tiempos muy remotos pueblos diversos que desarrollaron allí una civilización original. Fueron sus primeros artífices los súmeros, y heredaron su tradición diversos pueblos conquistadores que sucesivamente dominaron en el suelo que aquéllos habían poblado por primera vez.

LOS SÚMEROS Y LOS ORÍGENES DE LA CIVILIZACIÓN MESOPOTAMIA

Entre los montes Zagros y el desierto de Arabia corren dos ríos caudalosos que desembocan en el golfo Pérsico: el Éufrates y el Tigris. El valle fertilizado por estos ríos se conoce con el nombre general de Mesopotamia, designándose con el de Asiría su parte norte y con el de Caldea su parte sur. En la zona más meridional de la Mesopotamia, donde antes desembocaban separados los dos ríos, se establecieron los súmeros hacia el cuarto milenio a. de J. C.

Llegados del Este, los súmeros comenzaron a hacer habitable el país; fundaron ciudades tales como Ur, Nipur, Lagash, o Uruk, cada una de las cuales constituyó un pequeño estado gobernado por un jefe religioso y civil llamado patesi; en ellas edificaron con ladrillos los templos para sus dioses, las residencias para sus jefes y las viviendas para el pueblo. Estas ciudades estaban construidas sobre una especie de terraplén, porque las crecidas de los ríos anegaban gran parte del valle; además estudiaron el régimen de las inundaciones y así pudieron realizar las obras de defensa y distribución de aguas que les permitieron aprovechar el valle para el cultivo.

Una acentuada evolución técnica caracterizó la vida de las ciudades súmeras. Para levantar sus edificios debieron recurrir al ladrillo, material cuyas posibilidades supieron aprovechar al máximo y que dio una singular fisonomía a la arquitectura mesopotámica; la piedra, en cambio, solían utilizarla para esculpir estatuas de dioses y reyes, algunas de las cuales son de una notable expresión. También se mostraron ingeniosos en la invención de una escritura que se conoce con el nombre de cuneiforme y que ha podido descifrarse; en tabletas de arcilla grababan con un punzón caracteres cuyos rasgos tenían forma de cuña —de donde viene el nombre— y así nos han llegado infinidad de documentos que nos ilustran sobre su vida política y económica; sabemos que cultivaban cereales, que fabricaban objetos de oro, plata y bronce, que tejían ricas telas. Así vivieron muchos años y se hicieron ricos y envidiados por las tribus nómadas y primitivas de los alrededores.

LOS ACADIOS

A comienzos del tercer milenio, una de ellas, la de los acadios, semitas originarios de la Arabia, se lanzó sobre Mesopotamia y se estableció al norte de los súmeros fundando algunas ciudades, de las que fue Agadé la más importante. Allí reinaron poco después el rey Sargón y su nieto Naramsín, que conquistaron un vasto imperio en el que entraron todos los pueblos de la Caldea, el Elam —en el borde oeste de la meseta del Irán—, la Siria y la Alta Mesopotamia hasta llegar al Asia Menor; los súmeros quedaron sometidos por algún tiempo, pero cuando los acadios fueron vencidos por unas tribus montañesas del Este, se levantaron los antiguos pobladores y una ciudad súmera, Ur, llegó a dominar por algún tiempo en toda la región. fue ésta una época de gran esplendor, durante la cual se levantaron importantes edificios y llegó al máximo el poderío súmero.

LOS AMORREOS DE BABILONIA. HAMURABÍ

Sin embargo, el destino de los súmeros era despertar la codicia de sus vecinos. En los últimos tiempos del tercer milenio una nueva tribu semita de la Arabia, la de los amorreos, se lanzó de nuevo sobre la Mesopotamia y consiguió dominar el país. Sus jefes se establecieron en una ciudad a la que supieron dar enorme impulso: Babilonia; desde allí gobernaron un vasto imperio que sobrepasaba los límites del que habían logrado formar Sargón y Naramsín, al que organizaron con prudencia y firmeza.

La característica más importante de los dominadores semitas de Babilonia consistió en que supieron asimilarse prontamente a la civilización cuyas bases habían echado los súmeros. Su técnica arquitectónica, sus invenciones para el control de las inundaciones, su escritura, sus industrias, todo fue aprovechado por los babilonios y desarrollado hasta un notable grado de progreso. La ciudad —cuya divinidad protectora se llamaba Marduk y poseía un templo grandioso en la ciudad— se cubrió de notables construcciones y fue el centro de una importante actividad de todo orden. Allí reinó, entre 2123 y 2081 a. de J. C., un rey llamado Hamurabí, que ha pasado a la Historia como uno de los grandes codificadores de la Antigüedad.

En efecto, Hamurabí mandó recopilar las diversas disposiciones que regían la vida civil y ordenó que fueran grabadas en piedra para que todos los pueblos sometidos a su autoridad las conocieran. Este monumento ha llegado hasta nosotros y se encuentra en el Museo del Louvre. Allí podemos estudiar cuál era la organización de la familia, la diferente condición de los individuos, el régimen de la propiedad, el sistema penal. Así podemos saber que las leyes que regían al Imperio Babilónico eran muy semejantes a las que dio Moisés a los hebreos, y conocemos detalles de la vida diaria de tan remotos tiempos.

El Imperio Babilónico no sobrevivió mucho tiempo a su gran rey. A comienzos del segundo milenio, las grandes invasiones de pueblos indoeuropeos acabaron con él, sometiéndolo a la autoridad de una de las ramas que se habían dirigido al Asia occidental. Así terminó un imperio floreciente que había desarrollado una civilización de alto vuelo.


Los cretenses

Mientras en los grandes valles fértiles surgían estos estados poderosos y evolucionados, en las islas que bañaba el Mediterráneo oriental también empezaron a desarrollar otros pueblos una civilización de caracteres originales. Eran los egeos, que ocupaban la isla de Creta y las Cicladas y Espóradas.

LOS PUEBLOS EGEOS

Sin duda eran los egeos hombres de espíritu vigoroso y de vario ingenio. Su centro principal estuvo en la isla de Creta, donde desarrollaron —como en Chipre y otras islas vecinas— una civilización de la piedra que duró hasta fines del cuarto milenio. Hasta entonces no mostraron los egeos ninguna particularidad extraordinaria; pero como estas islas abundaban en cobre, comenzó a desarrollarse en ellas con gran éxito una metalurgia que muy pronto proporcionó a Creta ventajas decisivas. En efecto, el trabajo del cobre probó allí —como en otras partes— que ese metal, tan útil como pueda parecer, ofrece el grave inconveniente de su blandura, que lo hace inservible para reemplazar a la piedra. Este hecho resultó decisivo, porque los cretenses iniciaron —como otros pueblos— los ensayos para endurecer el cobre por aleación de otros metales; también como otros pueblos descubrieron que el estaño era el material que necesitaban, pero, a diferencia de los demás y debido a sus caracteres de pueblo insular y marino, los cretenses resolvieron iniciar la búsqueda del estaño en las diversas y lejanas comarcas donde abundaba. La consecuencia fue que, a principios del tercer milenio, ya eran ellos los más poderosos intermediarios en el tráfico de ese metal y aun los más importantes fabricantes y distribuidores de objetos manufacturados de bronce. Así comenzó el esplendor de Creta.

LA ÉPOCA DEL BRONCE Y EL ESPLENDOR DE CRETA

Ya hacia 2400, los cretenses eran los árbitros del bronce, materia prima fundamental en la vida de entonces. La riqueza comenzó a acudir a la isla, que se cubrió de magníficas ciudades, entre las cuales brillaron Hagia Tríada, Festos y, sobre todo, Cnosos. Los reyes de estas ciudades —a quienes llamaban minos— hicieron construir en ellas magníficos palacios que eran, al mismo tiempo que residencias reales, fortalezas, depósitos de variados productos y talleres. La parte residencial de esos palacios se caracterizaba por su extraordinario lujo, y aun hoy maravillan sus ruinas. Poseían crecido número de aposentos y salas, unidos entre sí por patios y corredores que daban a la construcción un aspecto extraño y debido a lo cual los griegos llamaron a estos palacios “laberintos”. En los recintos más importantes, las paredes estaban cubiertas por hermosas pinturas al fresco, algunas de las cuales se han conservado y llenan hoy de admiración a quien las observa. Estatuas, lujosos muebles, vasos de fina cerámica, y sobre todo variados utensilios de bronce completaban el ajuar de estas residencias, en las que ponían de manifiesto su poderío los opulentos jefes de aquellas comunidades de navegantes y artífices del rico metal.

Los cretenses creían en una divinidad femenina, la Diosa Madre, y en otra masculina que tenía aspecto de toro; además adoraban seguramente muchos objetos naturales —piedras, árboles— a los que rendían diversos cultos. Poseyeron también una escritura, pero hasta ahora no ha podido ser descifrada, de modo que ignoramos todos los detalles de la existencia histórica de este pueblo admirable.

En Creta realizaban sus habitantes algunos cultivos y poseían vastos talleres, en los que fundían el bronce y fabricaban objetos de cerámica: vasos, ánforas, platos, urnas; y de bronce: espadas, estatuillas; todo lo cual se enviaba luego a diversos países para ser vendido. Porque, en efecto, la actividad más importante de los cretenses fue la navegación.

LA TALASOCRACIA CRETENSE

Expertos marinos, los pueblos egeos eran hábiles constructores de embarcaciones capaces de surcar el mar Mediterráneo hasta su confín. Viajaban sin tregua. Hacia el Mediterráneo occidental acudían no sólo para vender sino también para adquirir el estaño que provenía del centro de Europa, de España, de Francia y acaso de Inglaterra. Hacia el Mediterráneo oriental, en cambio, acudían preferentemente para vender tanto los lingotes de bronce como los objetos manufacturados de cerámica y de metal. Todos los puertos de Siria y de Egipto conocieron las naves cretenses, portadoras de la más importante industria de la época. Así pudo decirse de ellos que dominaban los mares, porque no vacilaban en impedir por la fuerza toda competencia, y a este dominio se le llama “talasocracia cretense”.

Los cretenses fueron también colonizadores en cierta escala. Recorrieron las islas del mar Egeo y las costas del Asia Menor y de Grecia, y allí fundaron factorías, algunas de las cuales fueron luego importantes ciudades. En ellas impusieron su cultura y fueron reflejos de las ciudades cretenses. Acaso las más importantes de estas ciudades fueron Micenas, Tirinto y alguna de las varias ciudades que se elevaron en el lugar de la Troya homérica. Esas ciudades y esa cultura las encontraron los aqueos —los primeros griegos— cuando, en el segundo milenio, llegaron desde el Norte a la península balcánica.

Los aqueos ocuparon y dominaron las colonias cretenses, y supieron asimilarse su civilización. Todo lo aprendieron y llegaron a hacerse expertos marinos. Un día; hacia 1400, se lanzaron sobre Cnosos y, según parece, la destruyeron; Creta comenzó a ser una sombra de sí misma, abatida por el empuje de los aqueos, que, poco a poco, heredaron, junto con los fenicios, el dominio del mar. Así acabó la civilización cretense, de la cual los griegos no conservaron sino un vago recuerdo, del cual es testimonio, entre otras, la hermosa leyenda de Teseo.


Las invasiones de los pueblos indoeuropeos

El lector habrá observado que hemos interrumpido la narración de la historia de las tres grandes civilizaciones primitivas del Mediterráneo señalando la presencia de pueblos invasores cuya aparición produjo profundas transformaciones en su existencia. En efecto, hacia comienzos del segundo milenio hizo su aparición en la cuenca del Mediterráneo un tropel de pueblos que venían del Asia y que se lanzaron sobre las regiones civilizadas dominándolas y ocupándolas. Se conoce a este conjunto de pueblos con el nombre de raza indoeuropea, porque se supone que, en épocas remotas, constituían una unidad étnica cuyo primitivo hogar, aunque no se conoce a ciencia cierta, se cree que debía estar entre la India y las fronteras de Europa.

Dos ramas de este tronco se dirigieron a regiones de escasa civilización; una se encaminó hacia la India y allí se estableció, formando ese pueblo cuya historia conocemos por los libros védicos; otra ocupó la meseta del Irán y se los conoce en la historia con el nombre de medos y persas.

Las ramas que se quedaron en la cuenca oriental del Mediterráneo fueron varias. Una, la de los kasitas, ocupó la Mesopotamia; la de los hititas vagó por diversas regiones del Asia occidental y se estableció finalmente en el centro del Asia Menor, donde fundó un imperio importante, cerca del cual se fijó otro grupo conocido con el nombre de mitanios; fueron todos estos los que provocaron esas migraciones que llevaron a Egipto grupos mezclados de indoeuropeos y semitas; más al Este, en la península de los Balcanes, entraron dos ramas sucesivamente: la de los aqueos, primero, y la de los dorios mucho después.

Todavía hubo más. Algunos grupos se encaminaron hacia el Occidente y llegaron al centro y el oeste de Europa; fueron los italiotas, que ocuparon Italia; los eslavos, que se quedaron en la llanura ruso-polaca; los germanos, que se establecieron entre los ríos Elba y Rin; y, finalmente, los celtas, que fueron empujados por éstos y se circunscribieron a Francia y a algunas regiones de España e Inglaterra.

Todas estas poblaciones poseían algunos rasgos comunes, visibles pese a las diferencias que los caracterizaron luego. Lo que más se conservó fue la semejanza en las lenguas, en algunos aspectos de la religión y en ciertos caracteres de la vida material, pues fueron ellos los que difundieron el uso del hierro y la utilización del caballo como auxiliar para el trabajo y la guerra. También trajeron a las regiones mediterráneas ciertas formas peculiares de organización social y política cuya influencia fue visible en las regiones que sometieron. Todo ello, además del aporte racial, hace que la invasión indoeuropea del segundo milenio sea un acontecimiento decisivo en la historia antigua.


Egipto en la época del segundo imperio tebano

Tantas y tales transformaciones ocasionó la invasión indoeuropea, que el mapa político del mundo antiguo cambió considerablemente en estos siglos. Algunos estados nuevos aparecieron, y los que ya existían sufrieron profundas alteraciones. Egipto alcanzó por entonces su mayor esplendor político y militar, pero tuvo que condicionar su política a la necesidad de no perder de vista a sus poderosos y amenazadores vecinos.

EL SEGUNDO IMPERIO TEBANO

Los jefes que encabezaron la lucha contra los hicsos establecieron su capital en Tebas. Allí se sucedieron varias dinastías, a las cuales pertenecen algunos de los faraones más famosos de la historia egipcia. El país se cubrió entonces de magníficos monumentos, entre los que se destacan los templos de Luxor y de Karnak, las tumbas reales y los monumentos recordatorios de la grandeza de los reyes. Pero el más curioso acontecimiento de esta época es la revolución religiosa que encabezó el faraón Amenofis IV, sobre cuyo espíritu pesaron las influencias de otros pueblos y resolvió instaurar un culto monoteísta. La gran divinidad fue Atón, el disco solar; el faraón cambió su nombre por el de Aknatón, que significaba “Gloria de Atón”, y la capital religiosa fue instalada en otra ciudad, que recibió el nombre de Khutatón [Amarna]; todo cambió entonces: las formas del culto, la manera de representar los objetos sagrados y, como consecuencia, desaparecieron muchas convenciones tradicionales que caracterizaban las pinturas, los relieves y las esculturas egipcias. Esta transformación religiosa fue efímera pese al vigor con que la había emprendido su creador; a su muerte, su sucesor, Tutankamón, a quien presionaba el sacerdocio irritado por la pérdida de su poderío, anuló toda la obra de Amenofis IV y volvió al antiguo culto de Amón. Pero, con todo, esa época tiene una particular significación porque revela una faz nueva del genio egipcio.

La época del segundo imperio tebano se caracteriza por la actividad militar. Tras la invasión de los hicsos, los faraones comprendieron que era necesario proteger las fronteras asegurando el dominio de las regiones limítrofes; su principal preocupación fue, pues, dominar la Siria, por donde habían llegado los invasores. Durante los reinados de los Tutmés (siglos XVI a XIV), diversas expediciones permitieron a los egipcios dominar las ciudades más importantes de esa región y hasta lograron llegar al Eufrates. Pero su expansión amenazaba a un imperio que había surgido en el Norte y que tenía también aspiraciones a extenderse hacia esa región: el de los hititas, que pasamos a reseñar.

LOS HITITAS

Los hititas eran de origen indoeuropeo y habían llegado a principios del segundo milenio al Asia occidental. Durante algún tiempo recorrieron extensas regiones, estableciéndose transitoriamente en la Mesopotamia, pero, al fin, prefirieron radicarse en el centro de la meseta de Anatolia, en el país que luego se llamó Capadocia. Allí fundaron su capital, Hati, y desde allí comenzaron a extenderse en diversos sentidos; muy pronto chocaron con los egipcios y se inició una etapa de luchas en la que estos últimos llevaron la mejor parte debido a sus alianzas con los mitanios, los asirios y los babilonios. Sin embargo, en el siglo XIV, los hititas lograron algunas ventajas debido a cierta crisis interna que debilitó el poderío egipcio, y las fuerzas llegaron a homologarse. En tales circunstancias hace su aparición un nuevo pueblo que invade sus territorios, amenazando a unos y a otros, por lo que los decide a unirse.

LOS “PUEBLOS DEL MAR”

La tradición llamó a estos invasores con el nombre vago de “pueblos del mar”, pero hoy sabemos que son los mismos que los aqueos; sus distintas ramas ocuparon diversos territorios: Grecia, las islas del mar Egeo, las costas del Asia, todo fue invadido y dominado por este pueblo belicoso y aguerrido. Los hititas y los egipcios resolvieron aliarse contra ellos, pero no lograron impedir que sus fronteras fueran violadas y sus territorios ocupados. Un jefe extranjero se coronó faraón egipcio a fines del siglo XIII y los hititas se redujeron a una pequeña zona del Asia Menor, adonde no llegaron los invasores.


Aqueos, hebreos y fenicios

Así, al promediar el segundo milenio, el Mediteráneo oriental cambió de señores. Los aqueos sometieron transitoriamente a egipcios e hititas y se establecieron en algunos lugares de la costa sirio-africana; pero su principal hazaña fue dominar la zona de influencia cretense, suplantando a los egeos. En la Siria, en cambio, libre ahora de las dos potencias que la disputaban, se formaron pequeños estados integrados por los semitas de esas regiones; así surgieron las ciudades fenicias y se constituyó el pueblo hebreo como grupo sedentario.

LOS AQUEOS

Ya dijimos cuál fue el resultado de la marcha de los aqueos por la Grecia: se apoderaron de las factorías fundadas por los egeos e hicieron de Micenas su centro político y militar más importante. Pese a la conquista, los aqueos no aniquilaron la civilización egea sino que supieron asimilarla. Aprendieron a construir edificios y a fabricar toda clase de objetos, y resultaron aventajados discípulos en el arte de la navegación.

Ese pueblo destruyó las más importantes ciudades cretenses. La consecuencia fue que el dominio marítimo del mar Egeo pasó a manos de los aqueos, quienes fundaron numerosas colonias en las diversas islas de ese mar y en la costa del Asia Menor. En general, y salvo algunas confusiones propias de la tradición oral, puede decirse que estos aqueos son los protagonistas de los poemas que compuso Homero, de modo que quien lea con atención la Ilíada y la Odisea tendrá una imagen bastante fiel de cuál fue el grado de civilización que alcanzó este pueblo tras la absorción de la cultura egea.

Los aqueos prefirieron la vida urbana y cada una de sus ciudades constituyó un Estado independiente. Su historia nos es desconocida, pero, así como en los poemas homéricos, nos quedan rastros de ella en las más viejas tradiciones griegas. Otras más modernas, en cambio, nos hablan de cómo sucumbieron, al finalizar el milenio, a manos de otro pueblo también indoeuropeo: los dorios.

LOS HEBREOS

También la más antigua historia de los hebreos nos es desconocida, pese a que poseemos en la Biblia un testimonio admirable y riquísimo sobre su existencia; pero las más antiguas tradiciones están, sin duda, algo deformadas también por obra de la trasmisión oral.

Seguramente eran en un principio uno de los tantos grupos semíticos que fueron arrancados de su hogar primitivo —Ur, según la Biblia— por obra de las invasiones indoeuropeas. Vagaron por el desierto arábigo y, por fin, entraron en las tierras de Egipto, acaso confundidos con ese tropel de pueblos que los egipcios llamaron hicsos, o acaso al calor de la protección dispensada por éstos a todos los pueblos extranjeros. Allí vivieron algún tiempo y, lo que es más importante, allí adquirieron sentido nacional madurando su religión monoteísta en el seno de un conjunto de pueblos politeístas: sólo el intento de Amenofis IV parece constituir un esfuerzo similar y acaso relacionado con el de los hebreos.

Cuando se produjo la reacción nacional egipcia, los hebreos empezaron a sufrir las consecuencias del odio nacionalista de los egipcios y debieron huir. Moisés, dice la Biblia, encabezó el éxodo y condujo a su pueblo hasta el Sinaí, donde le dio la ley que debía regirlo. Poco después, los hebreos siguieron su marcha en busca de la “tierra prometida” y llegaron a la Palestina, que conquistaron no sin esfuerzo. A partir de entonces abandonaron su largo peregrinar y se establecieron allí, organizados en doce tribus, cada una de las cuales tenía sus propios jefes, pero sobre los cuales se elevaba la autoridad suprema de un juez. Sin embargo, esta autoridad resultaba débil ante la constante agresión de los pueblos vecinos, y un día, apremiado por el pueblo, el profeta Samuel ungió rey de los hebreos a Saúl, en los últimos años del segundo milenio. Así surgió la monarquía hebrea, que llevó a ese pueblo a su más alto desarrollo durante los años que siguieron.

LOS FENICIOS

Los fenicios eran también de origen semita y estaban establecidos en la costa del Mediterráneo desde épocas remotas. Estuvieron sometidos a los diferentes señores que dominaron esas regiones, pero, sin perjuicio de eso, realizaron una intensa actividad comercial en sus ciudades, de las cuales las más importantes por esta época fueron Biblos y Sidón.

Biblos fue la primera ciudad fenicia que alcanzó cierto esplendor. Estuvo en estrecha relación comercial con el Egipto y cayó bajo su dependencia, con lo cual se acrecentaron sus posibilidades mercantiles, porque muchos productos egipcios se vendían casi exclusivamente por intermedio de esa ciudad. Sin embargo, Biblos no pudo mantener su hegemonía en Fenicia; otra ciudad, Sidón, comenzó a desarrollarse y oscureció a su rival. Sidón fue una de las principales posiciones egipcias en la época de las guerras de Siria, pero su verdadero esplendor lo alcanzó cuando comenzó a explotar el comercio marítimo que antes realizaban los cretenses. En efecto, después de 1400, cuando Creta cayó ante los ataques de los aqueos, los fenicios de Sidón aprovecharon las circunstancias favorables para dominar las regiones del cobre y para acaparar el intercambio comercial de las islas del Egeo, y, especialmente, de Creta y las costas de Siria y de África. Muy pronto empezaron a surgir numerosas factorías y colonias fenicias y la prosperidad de Sidón fue acrecentándose: como los cretenses, elaboraban el bronce, vendían vasos de alfarería y cerámica, objetos de metal, estatuillas, marfiles, y, sobre todo, tejidos; no fue poca la ganancia que obtuvieron explotando el comercio de telas color púrpura, que teñían con una sustancia que provenía de un pequeño molusco abundante en sus costas; y no fue menor la que consiguieron con sus actividades piráticas, que hizo del nombre de los fenicios un sinónimo de bandidos de los mares.

El esplendor de Sidón halló su fin al concluir el segundo milenio. Por esta época una de las ramas de los “pueblos del mar” se establece en sus proximidades y poco después Sidón comienza a declinar, abatida por la competencia y por las armas de sus poderosos vecinos.


El imperio kasita y la aparición de los asirios

Egipcios, hititas, mitanios, aqueos, fenicios y hebreos viven durante el segundo milenio en las regiones costeras del Mediterráneo o pugnan por llegar a ellas. Entre tanto, un poco más hacia el interior desarrollan su civilización y su vida otros pueblos que, radicados en zonas interiores, carecen todavía de fuerza para entrar en la competencia por la posesión de las riberas del mar. Son los kasitas y los asirios, instalados los primeros en la Mesopotamia Inferior y los segundos en la Superior.

LOS KASITAS

Los kasitas eran, según parece, de raza indoeuropea, aunque es posible que, como los hicsos, constituyeran un conglomerado heterogéneo en el que los indoeuropeos no serían sino los dueños de la situación. Lo cierto es que, poco después del reinado de Hamurabí, los kasitas —acaso unidos a los hititas— aparecieron en la Mesopotamia y la recorrieron en tren de conquista. Muchos de ellos se quedaron allí, quizá como soldados mercenarios, pero hacia 1760 un grupo kasita se apoderó del mando y fundó una dinastía que se radicó en Babilonia y dominó la región durante casi seis siglos. La historia de este período es poco significativa y no se conoce muy bien. Los kasitas se asimilaron prontamente la civilización babilónica y no introdujeron en ella alteraciones importantes, razón por la cual el aspecto del país apenas cambió durante el tiempo de su dominación. No fue una era brillante; pero el comercio siguió siendo importante y son conocidas las relaciones que Babilonia tuvo por entonces con todos los estados de la época. Finalmente, ante la violenta agresión de los asirios, la Mesopotamia meridional cayó en poder de este pueblo, que estaba destinado a imponer su hegemonía sobre una vasta extensión del mundo antiguo.

LOS ASIRIOS

El pueblo asirio se había constituido a principios del tercer milenio con un grupo semita que se estableció en la Alta Mesopotamia y fundó la ciudad de Ashur. Durante mucho tiempo su existencia fue oscura y estuvieron sometidos a los babilonios; pero cuando comenzó la dominación kasita, los asirios se sustrajeron a los conquistadores y se mantuvieron independientes. Entonces comenzaron a hacerse más y más poderosos, porque eran buenos guerreros y sus ejércitos tenían una notable disciplina y organización. De ese modo, cuando la invasión de los “pueblos del mar” aniquiló a sus grandes rivales del Oeste —mitanios e hititas— los asirios pudieron considerarse en condiciones de heredar la supremacía que aquéllos habían ejercido.

No sería difícil que, por esta época, la composición étnica del pueblo asirio se hubiese modificado y que hayan entrado a formar parte de él muchos elementos indoeuropeos provenientes de las deshechas huestes mitanias e hititas. Lo cierto es que, hacia el siglo XIV, los asirios iniciaron una era de conquistas; llegaron al Mediterráneo, dominaron por algún tiempo muchas ciudades de Siria y, sobre todo, consiguieron unificar la Mesopotamia en su provecho. Sin embargo, su hora no había llegado todavía; factores internos y externos contuvieron su expansión, que habría de reiniciarse, esta vez con terrible violencia, algunos siglos más tarde.

Desde el punto de vista de su cultura, los asirios no eran sino herederos de los pueblos de la Baja Mesopotamia. La escritura, la técnica arquitectónica, las industrias, todo era aprendido de los babilonios. Sin embargo, sus instituciones y su organización militar fue diferente; más absolutistas y crueles, los reyes asirios organizaron sus propios estados y aquellos que lograron conquistar valiéndose de la fuerza y del terror; para ello recurrieron a un poderoso ejército, del que formaban parte todos los habitantes y cuya táctica se basó en el espanto que inspiraban su crueldad y su violencia. También eran crueles y violentos sus dioses, a quienes hacían bárbaros sacrificios porque creían que exigían de su pueblo un tributo de sangre. Por todas estas circunstancias, dejaron los asirios en la historia un recuerdo trágico.


Los medos, los persas y los indios

Mas hacia el Este todavía, surgieron en el segundo milenio otros pueblos como consecuencia de las invasiones indoeuropeas. Una rama invasora se estableció en los valles de los ríos Indo y Ganges y dio origen a los pueblos védicos; otra, escindida luego en varios grupos, se fijó en la meseta del Irán y de ella surgieron los medos y los persas.

LOS MEDOS Y LOS PERSAS

La primitiva historia política de estos pueblos se conoce muy poco. Eran nómadas y se mantuvieron en tal situación durante mucho tiempo, hasta que comenzaron a fijarse y cayeron bajo la dominación de sus vecinos de la Mesopotamia. Pero si desconocemos los hechos de su historia, no ignoramos su evolución espiritual, porque nos han quedado de ellos viejísimas tradiciones en el libro sagrado, Zend-Avesta.

Según la tradición, la ley y las costumbres iránicas habían sido establecidas por un profeta llamado Zoroastro. A él debían estos pueblos los principios legales y, sobre todo, los principios religiosos. La religión iránica era naturalista; adoraban el sol y la luna, los astros y todas las fuerzas naturales: la luz, el agua, los vientos. Pero, además, formaba parte de ella el culto del fuego, elemento purificador, al que levantaban altares y rendían un culto solemne. En cuanto a sus leyes, eran, en gran parte, principios morales y enaltecían la significación de la verdad y la justicia.

Medos y persas no fueron, durante el segundo milenio, protagonistas de ninguna empresa de resonancia; pero en el seno de sus tribus se elaboraba un pensamiento religioso, moral y político que introdujo más tarde sensibles modificaciones en el panorama del mundo oriental.

De este modo, puede asegurarse que, si bien conocemos poco de sus hazañas, su influencia espiritual fue grande.

LOS INDIOS

Los pueblos que se fijaron en la India cuando se produjo la invasión indoeuropea no nos son mejor conocidos que los iranios. Poseemos de ellos también viejísimas tradiciones que nos han llegado en los libros Vedas, y extensos poemas titulados Mahabarata y Ramayana, cuya lengua, el sánscrito, es hoy accesible a nosotros; pero hay allí tal deformación operada por la leyenda, que es casi imposible desentrañar otra cosa que el vago recuerdo de las luchas que tuvieron que sostener con los pueblos indígenas para ocupar el territorio.

Los libros Vedas nos enseñan con cierta claridad, en cambio, cuál era la religión de este pueblo. Dyaus Pitr y Varuna eran las principales divinidades celestes en que creían, pero adoraban además una trinidad compuesta por Mitra, Indra y Vishnú, a quienes veían luchando eternamente con los Asuras o genios del mal.

Lo característico de los pueblos védicos es que no constituyeron un solo estado, sino que se mantuvieron agrupados en tribus independientes. fue común en ellos la religión y, sobre todo, cierta manera de entender la vida que originó una notable evolución en las creencias y en la vida social.


La China

Durante largo tiempo se ha creído que la China era una de las regiones pobladas desde más antiguo, acaso porque los chinos lo creían así y acaso también porque sus leyendas, sin duda muy remotas, ocultaban con un velo espeso el pasado del país.

Hoy sabemos, sin embargo, que el establecimiento de los distintos grupos en los valles fértiles y la iniciación de su época histórica son posteriores a la sedentarización de los egipcios y mesopotamios. En el tercer milenio —aunque no podemos afirmarlo categóricamente— se produjo la fijación de densos grupos de población en los valles de los ríos Hoang-Ho y Yang-Tse-Kiang. Allí construyeron sus pequeñas aldeas y se dedicaron a cultivar las tierras vecinas, no sin que el constante peligro de las inundaciones los obligara, a veces, a vivir largas temporadas sobre sus débiles embarcaciones. Con todo, desarrollaron allí una fina civilización que tentó a los nómadas que vivían en los extensos desiertos de la Mongolia, los cuales se lanzaron con frecuencia sobre ellos aprovechando la debilidad de los pequeños estados en que los chinos estaban divididos.

La historia de la China sólo se ilumina alrededor del siglo XI a. de J. C. En esa época, los reyes de la dinastía Chu lograron unificar las distintas poblaciones de los dos valles y así formaron un estado poderoso, capaz de defenderse de las constantes agresiones de los mongoles. La unificación fue beneficiosa también en otros sentidos; la vida social y política, la civilización material, la religión, todo comenzó a ordenarse y a tomar una forma estable, que muy pronto una tradición vigorosa fijó de modo casi definitivo. Pero fue más adelante, en el curso del primer milenio a. de J. C., cuando este proceso de fijación del estilo cultural llegó a su culminación.


Esplendor de fenicios y hebreos

A partir de comienzos del primer milenio a. de J. C., los dos pequeños pueblos que habían surgido en la Siria meridional —fenicios y hebreos— alcanzaron su mayor esplendor. Es cierto que este período de florecimiento no fue largo; pero no es menos cierto que en su transcurso unos y otros realizaron un tipo de civilización de características originales, cuya influencia próxima y remota fue grande. La difusión y la intercomunicación de la cultura mediterránea por los fenicios contribuyó a preparar la futura unidad cultural y política de esas regiones; la elaboración de una religión monoteísta y espiritualista por los hebreos preparó el advenimiento del cristianismo. Son, pues, dos hechos de trascendental importancia los que realizaron estos pueblos durante su breve período de esplendor.

LOS FENICIOS

Cuando Sidón comenzó a declinar, arrastrada por el torrente de las invasiones de los “pueblos del mar”, otra ciudad fenicia, Tiro, heredó su situación de gran potencia marítima y comercial así que las circunstancias se hicieron favorables.

Tiro era una ciudad curiosa. La parte más antigua de ella estaba edificada en la ribera, pero cuando los ricos comerciantes quisieron extenderla, previeron el riesgo de los ataques de las potencias vecinas y construyeron la ciudad nueva sobre unas pequeñas islas próximas a la costa, de modo que se aseguraron contra las agresiones militares y, además, se proveyeron de numerosos puertos. Muy pronto —a partir del 900 a. de J. C.— Tiro se transformó en la más importante ciudad marítima del Oriente; ni el Egipto ni el Imperio Hitita eran ya temibles, y la Asiria, que se insinuaba como una amenaza, no había alcanzado todavía el poderío que tuvo más tarde; todo estaba, pues, a su favor.

Tiro tuvo una organización monárquica, pero, en realidad, dominaban en ella los ricos comerciantes. Éstos fueron quienes dirigieron la política de la ciudad, cuyo principal objetivo era conseguir el dominio de los mercados y de las rutas marítimas; para ello, procuraron hacerse militarmente fuertes, equiparon sus naves para que pudieran resistir cualquier agresión y, sobre todo, trataron de explotar el comercio allí donde no rozaban los intereses de las naciones vecinas. Así fue como los tirios se desinteresaron del Mediterráneo oriental y dirigieron sus esfuerzos hacia regiones más remotas.

En efecto, sus naves comenzaron a explorar las regiones más occidentales y encontraron allí riquezas sin cuento, especialmente en cuanto se refería a metales. Visitaron las islas de Sicilia y Cerdeña y las costas de África, Italia, Francia y España, estableciendo en todas ellas pequeñas factorías, en las que canjeaban sus artículos manufacturados y producidos en serie, tales como vasos, estatuillas, telas o espadas, por materias primas que llevaban a los talleres de la metrópoli o a los mercados del Oriente. Algunas de estas factorías, como Palermo, en Sicilia, se hicieron con el tiempo ciudades importantes; pero entre todas fue Cartago —en las proximidades de la actual Túnez— la que alcanzó mayor esplendor y logró heredar el poder de su metrópoli. Este comercio proporcionó a Tiro una extraordinaria riqueza, que sus marinos no vacilaban en acrecer, a veces, mediante la piratería o el saqueo, razón por la cual su fama no fue siempre muy buena.

Sin embargo, mientras se enriquecían, los fenicios cumplían, acaso sin saberlo, una labor fecunda. Países que antes apenas se conocían entraron en contacto regular por obra de sus naves, y los objetos que cada uno producía comenzaron a difundirse en los otros, lo cual solía constituir un incentivo en la evolución de las técnicas industriales y en los usos y costumbres. Pero de todos los servicios que cumplieron en beneficio de la civilización ninguno puede compararse a la difusión del alfabeto. Ellos fueron, en efecto, quienes idearon —inspirándose no se sabe bien en qué— una serie de signos que representaban nada más que sonidos —y no ideas o palabras—, con los cuales se podían escribir vocablos de cualquier idioma. Los arameos, los hebreos, los griegos y los romanos utilizaron este alfabeto, en el que sólo se introdujeron con el uso pequeñas modificaciones.

El esplendor de Tiro duró tres siglos. Los asirios quisieron dominarla y la combatieron con encarnizamiento, pero Tiro pudo subsistir a sus ataques, como sobrevivió luego al de los babilonios; pero tan largas y permanentes guerras la debilitaron y, en el siglo VI, dejó de ser el poderoso emporio económico que había sido antes; fue su antigua colonia, Cartago, la que heredó su poder y su actividad comercial.

LOS HEBREOS

Entre tanto, los hebreos habían constituido un país bastante fuerte bajo la égida de Saúl y de los reyes que le siguieron. Sus tropas consiguieron contener o derrotar a los vecinos que los amenazaban y una era de tranquilidad y de florecimiento empezó para ellos. Sucedió a Saúl el rey David, cuyo reinado transcurre durante los primeros años del primer milenio y se caracterizó por el impulso que dio a la organización del país. Él fue quien fundó la ciudad de Jerusalén, situada en una altura que la hacía fácil de defender; él fue también quien hizo de ella la capital política y religiosa del reino, y procuró engrandecerla; era un hombre de elevado espíritu y la tradición le atribuye uno de los más famosos libros del Antiguo Testamento: los Salmos.

A David sucedió en el trono su hijo Salomón, con el cual el reino llegó a su mayor esplendor. Fueron famosas sus riquezas y su sabiduría, pero lo que constituyó su mejor título fue la construcción del gran templo de Jerusalén, en el que trabajaron arquitectos y obreros fenicios para dar a la obra una grandeza digna de su poderío. A su muerte el reino se dividió en dos: el de Judá y el de Israel, con lo cual se debilitaron ambos y fueron presas fáciles de los enemigos que amenazaban el reino. En 722, los asirios tomaron la ciudad de Samaria, capital del reino de Israel, y la destruyeron. La capital de Judá, Jerusalén, no llegó a ser tocada por aquéllos, pero la dominaron los babilonios más tarde, en 587, después de lo cual llevaron a sus habitantes cautivos a Babilonia.

Esta época del cautiverio tuvo gran importancia en la historia espiritual de los hebreos. Allí fue donde adquirieron la conciencia de que constituían una comunidad cerrada y donde se esforzaron por acentuar los rasgos diferenciadores. También fue allí donde se empezó a fijar por escrito la tradición, la ley y la doctrina, y así nació el Antiguo Testamento.

Los hebreos no poseyeron artes plásticas; apenas tuvieron literatura profana y carecieron de desarrollo técnico. Su vocación era la fe y toda su existencia giró alrededor de ella. En medio de los pueblos politeístas, cuya religión se satisfacía con cultos exteriores, los hebreos crearon y desarrollaron una religión monoteísta, cuyo Dios, Jehová, exigía, según los profetas, no sólo el cumplimiento de los ritos sino también una fe íntima, de tono místico. Éste fue el legado de los hebreos; en su seno, Jesús comenzó a predicar su doctrina, llena de resonancias hebreas, y de la Palestina salió la nueva religión cuya influencia se extendería por todo el mundo occidental.


La era de la dominación asiria

Al comenzar el primer milenio, los asirios se transformaron en los más poderosos guerreros del Asia y sus armas les proporcionaron un vasto imperio. Pero sólo las armas lo sustentaban y defendían, porque su crueldad y su desprecio por los sometidos trajeron a los asirios un odio universal. Cada cierto tiempo se sublevaban las distintas regiones, hasta que un día los rebeldes lograron someter a sus opresores. Del Imperio Asirio no quedó casi nada: sólo el recuerdo de su sanguinario rigor.

LOS COMIENZOS DE LA CONQUISTA

Ya en los últimos siglos del segundo milenio, cuando egipcios e hititas declinaban y dejaban el campo libre para nuevos aventureros de la conquista, los asirios comenzaron a salir cada primavera de sus tierras del alto valle del Tigris para lanzarse sobre las regiones vecinas. Querían —como todos los pueblos ambiciosos— llegar a dominar la Siria y lograr así salidas al Mediterráneo, para lo cual trataron de dominar las ciudades que constituían la llave de los valles estratégicos; pero por entonces no contaban con las fuerzas necesarias y sus triunfos fueron efímeros.

En el siglo IX, los asirios iniciaron una etapa de conquistas bajo las órdenes del rey Salmanasar III; todas las tierras de la Siria fueron recorridas por sus huestes, que sometían a tributo o a dominación militar los distintos pueblos que las habitaban; pero la resistencia solía ser enérgica y las sublevaciones frecuentes. Sus sucesores perseveraron en sus campañas sistemáticas, y, entre todos, se destacó Teglatfalasar III, que consiguió dominar la Siria septentrional y apoderarse de su capital, Damasco, en tanto que en otras campañas conseguía apoderarse de Babilonia y toda la Mesopotamia meridional. Así, todo el valle de los ríos Eufrates y Tigris cayó en manos de los poderosos servidores de Ashur, que se dieron ahora una capital digna de su grandeza, estableciéndose en la ciudad de Nínive.

LOS SARGÓNIDAS Y EL IMPERIO ASIRIO

El año 722, un jefe militar de poderoso genio se apoderó del trono y adoptó el nombre de Sargón, en recuerdo del famoso patesi de Agadé. Su actividad fue inmensa. Mientras organizaba el ejército para acrecentar su eficacia, inició sus primeras conquistas, gracias a las cuales dominó prontamente toda la Siria. Y para revestir su poderío con la mayor majestad, ordenó la construcción de un palacio en las proximidades de Nínive, en el que acumuló todo el saber de los arquitectos y la imaginación de los artistas.

Sus descendientes continuaron la política de conquista iniciada por su ilustre antecesor. Senaquerib agregó a sus dominios el territorio de Fenicia, cuyos puertos y cuyas flotas entraron al servicio de los asirios. Se disponía a invadir el Egipto cuando se lo impidió una terrible epidemia, pero sus sucesores, Asarhadón y Asurbanipal, emprendieron de nuevo la empresa y tuvieron éxito. Todo el valle del Nilo cayó en manos de los asirios, que saquearon las ciudades y llevaron a su patria abundantes testimonios de la riqueza egipcia; hasta el propio Asurbanipal se llevó con destino a su palacio dos obeliscos.

Así llegó a su mayor extensión el Imperio Asirio, cuando terminaba el siglo VII. Su organización fue vigorosa, pero careció de estabilidad; para impedir la rebelión de las regiones sometidas, los asirios inventaron el sistema de trasladar las poblaciones en masa desde su propia patria hasta otras comarcas; además, instalaban fuertes guarniciones en los lugares estratégicos y, finalmente, hacían cada año expediciones militares para vigilar a las poblaciones e impedir que dejaran de pagar los tributos. Era, pues, un sistema basado en la constante presencia de las tropas, y, naturalmente, no engendraba sino el odio más feroz. Así, cada vez que los sometidos se sentían con fuerzas, se lanzaban a la rebelión con variado resultado.

LA CAÍDA DEL IMPERIO ASIRIO

Al fin, precisamente cuando el imperio había alcanzado su mayor extensión, una de esas sublevaciones logró cabalmente su fruto. Durante todo el siglo VII, los asirios tuvieron que luchar contra un pueblo invasor que amenazaba su frontera norte mientras ellos se extendían por el sur: los escitas. Este nuevo enemigo debilitó su capacidad de lucha y los predispuso para la derrota. En efecto, en los últimos años del siglo, la tribu de los caldis, que se había instalado en la región de Babilonia, se preparó para la insurrección; el propio gobernador de esa ciudad, Nabopolasar, encabezó el movimiento, y se alió para ello con el rey de los medos, Ciaxares. Unidos, emprendieron la lucha, y en el año 606 consiguieron apoderarse de Nínive después de un largo sitio, con lo cual el poderío asirio cayó de una vez.

EL SEGUNDO IMPERIO BABILÓNICO

Los vencedores se dividieron los territorios que los asirios dominaban. Los medos extendieron su autoridad hacia la Alta Mesopotamia, en tanto que los caldis —o caldeos— quedaron dominando la Siria. Entre tanto, el Egipto volvió a ser independiente y tuvo una nueva etapa de esplendor bajo la dinastía de los faraones de la ciudad de Sais. De todos estos estados, el que alcanzó más importancia en los primeros tiempos fue Babilonia.

Durante el reinado de Nabucodonosor, el segundo Imperio Babilónico alcanzó su mayor esplendor. Las principales ciudades y los más ricos puertos de Siria cayeron en sus manos y comenzaron a servir a la rica ciudad del Éufrates, que se transformó por entonces en una de las más hermosas del mundo. Nabucodonosor ordenó la construcción de una inmensa edificación en la que estaban comprendidos el templo de Marduc —el principal dios de la ciudad—, el zigurat o torre de siete pisos y la residencia real; allí abundaban los jardines, las amplias calzadas, los relieves ornamentales, los objetos del más refinado lujo. Murallas, puertas gigantescas, rutas y canales dieron a la ciudad y a la región vecina un aspecto grandioso que impresionó vivamente la imaginación de los contemporáneos.

En el seno de tanta grandeza arrastraban su desolación los hebreos, que habían sido arrancados de Jerusalén por el fiero conquistador. Uno de sus profetas, Daniel, predijo que el imperio estaba amenazado de muerte. Ya se veía, en efecto, la sombra amenazadora de los persas, y muy pronto el fatídico anuncio se tornó realidad: en 539, el rey de Persia, Ciro, llegó a las murallas de Babilonia y de un solo golpe terminó con el efímero poderío del pueblo caldeo.


La era de la dominación persa

Mientras los asirios conquistaban su imperio, en la meseta del Irán vegetaban dos pueblos de estirpe indoeuropea, uno de los cuales estaba llamado a grandes destinos. Los medos y los persas no habían tenido hasta entonces muy brillante actuación en la historia del Oriente; pero en el curso del primer milenio, los medos primero y los persas después, se revelaron como pueblos inteligentes y valerosos.

LOS MEDOS

Desde la época de la ocupación de la meseta del Irán, los medos ejercieron el predominio sobre las otras poblaciones; ocupaban la región centro-occidental de la meseta y eran —como los persas, que ocupaban el sur— pueblos pastores. Durante algún tiempo fueron tributarios de los asirios, pero la lejanía de su capital, Ecbatana, y las dificultades que ofrecía la meseta para ser escalada los pusieron a cubierto de una ocupación formal. Con todo, el orgullo nacional, muy fuerte ya a principios del siglo VII, hizo que los medos se prepararan para sacudir el yugo asirio.

La invasión de los escitas fue la ocasión para el cumplimiento de sus planes; al mismo tiempo que debilitaba a los asirios, la invasión fue un excelente ejercicio para los medos, que supieron rechazarla en su propio territorio. Entonces, convencidos de su fuerza, empezaron a madurar su proyecto, guiados por su rey Ciaxares, guerrero de notable talento militar y de gran capacidad de organización. Unido a Nabopolasar, Ciaxares emprendió la conquista del territorio asirio y logró destruir Nínive, después de lo cual el reino medo se organizó como un estado libre y poderoso.

Su territorio se extendió entonces por el Norte hasta el corazón del Asia Menor y allí entraron los medos en contacto con el reino de Lidia, del que imitaron las costumbres suntuosas que predominaban en su capital, Sardes. El antiguo vigor de la aristocracia meda declinó, pues, muy pronto durante el reinado de Astiages, sucesor de Ciaxares, y aquél no pudo contener la insurrección de los persas, sus vasallos.

CIRO Y EL IMPERIO PERSA

La insurrección fue obra de Ciro, el jefe del clan de los Aqueménidas. Por su resolución, su valentía y sus dotes de organizador político y militar, Ciro mereció la admiración de sus contemporáneos. Dominó a todas las tribus persas y, poco después, derrotó a los medos el año 550. Así constituyó el estado nacional persa sobre todo el Irán, desde el cual comenzó las conquistas que dieron como fruto la fundación del Imperio Persa.

Poco después de su triunfo sobre Astiages, Ciro consiguió conquistar la Lidia, cuya capital, Sardes, tomó en 546. Más tarde sometió a los escitas y se lanzó prestamente sobre la Mesopotamia, que conquistó con facilidad. Un vasto territorio quedó, pues, sometido a su autoridad, y Ciro supo organizado sobre principios muy distintos de los que habían regido la política de los asirios. En efecto, por convicción y por cálculo, Ciro se mostró tolerante con las poblaciones vencidas, respetó sus ciudades y sus templos, estimuló la vida regional con la sola exigencia de un tributo. La consecuencia fue que todos los pueblos sometidos vieron en él un libertador: los hebreos, sobre todo, que pudieron volver a su tierra, exaltaron su humanidad y bendijeron su nombre.

LOS SUCESORES DE CIRO

El primer sucesor de Ciro fue su hijo Cambises. Su conducta no fue la de su padre; era orgulloso y cruel, y más tarde se advirtió que era demente. Con todo, su acción fue, en los primeros tiempos, vigorosa y fructífera, porque logró agregar al imperio el Egipto, aunque después fracasó en el sometimiento de las regiones vecinas. Al fin, tras dar muestras de su locura con multitud de hechos, Cambises se suicidó y el reino persa cayó en manos de un usurpador; pero no duró mucho, y al fin fue elegido rey Darío, un hombre de espíritu superior que siguió la política iniciada por Ciro.

Darío no fue un conquistador sino que dedicó sus energías y su actividad a la organización del vasto imperio que le habían legado sus antecesores. Debió reprimir sublevaciones y vigilar las fronteras; pero nada le preocupó tanto como estimular el desarrollo de las riquezas y asentar la prosperidad general sobre leyes justas y respetadas.

Para lo primero, Darío fomentó el comercio con la India y trató de aprovechar la actividad de los fenicios y los griegos de la costa de Asia Menor. Para lo segundo, ideó un vasto plan administrativo y político que consistió en dividir el imperio en satrapías, cada una de las cuales estaba gobernada por un sátrapa, cuyas instrucciones eran tratar de respetar las características propias del país y estimular su desenvolvimiento dentro de sus tradiciones. El Gran Rey, como se le llamaba, era un jefe absoluto, pero su poder estaba destinado a asegurar la justicia y se ejercía no sólo por medio de sus sátrapas, sino también por conducto de los inspectores que enviaba para controlar la conducta de éstos y averiguar si expoliaban y oprimían al pueblo. Igualmente, trató de organizar el ejército, los correos, las vías de comunicación terrestres y fluviales; ciertamente, tuvo éxito, pero su vida fue breve para la inmensa tarea que significaba aglutinar estados tan diversos como los que reunía en sus manos. Por eso, cuando tuvo que enfrentar a los griegos después de 497, comprobó con dolor que su obra no había madurado, y las guerras médicas constituyeron un revés para su pueblo.

Los sucesores de Darío carecieron del vigor y el genio que caracterizaron a los reyes que les habían precedido en el trono persa. Se mezclaron en los conflictos de los griegos y comenzaron a aparecer como una amenaza cada vez más próxima para la seguridad de esos, pueblos, de modo que los reyes de Macedonia decidieron acabar con la dinastía aqueménida. El plan lo preparó el rey Filipo, pero lo cumplió su hijo Alejandro, que derrotó a Darío III y conquistó el territorio íntegro del Imperio (332-323).

Los tiempos de esplendor se caracterizaron en Persia por un notable desarrollo de las artes plásticas; no fueron éstas muy originales —acaso porque les faltó tiempo para madurar—, pero revelaron un notable sentido de la grandiosidad y cierta capacidad para fundir cuantas influencias hallaron dignas de ser imitadas. Los edificios más suntuosos fueron los palacios reales, en los que se encerraban vastas salas y abundaban las columnas, los frisos y los bajos relieves. Las tumbas de los reyes, en cambio, fueron más bien sencillas y solían imitar los hipogeos egipcios.

Estas tumbas estaban decoradas siguiendo las alegorías propias del culto persa de los muertos. Esta creencia en la vida de ultratumba estaba estrechamente relacionada con la doctrina religiosa que había enseñado Zoroastro, un profeta del que la tradición decía que había vivido poco antes de la época de Ciro. Explicaba Zoroastro que el universo está gobernado por dos fuerzas enemigas, una el bien, encarnada en Ormuz, y otra el mal, encarnada en Ahrimán. La lucha entre estas dos fuerzas caracteriza toda la existencia de la naturaleza y de los hombres, contribuyendo al triunfo de una u otra quienes practican el bien o el mal, la justicia o la injusticia.

Del mismo modo, después de la muerte el alma es sometida a juicio y la del justo logra entrar en la llamada “mansión de los cánticos”, en tanto que la del malo se precipita en los infiernos. Un culto especial, el del fuego purificador, mereció la más profunda devoción de los persas en esta época, porque representaba la luz, símbolo de Ormuz, el cual representaba, como ya sabemos, el Bien.


La India y la China en el siglo VI a. de J. C.

Mas al Este del Imperio Persa, en la India y en la China, florecieron durante los primeros siglos del primer milenio las dos grandes civilizaciones que habían echado sus raíces en aquellas fértiles regiones. Por entonces adquirieron su más alto grado de desarrollo espiritual y perfilaron sus creencias religiosas y sus formas de vida social con los caracteres que conservarían durante largo tiempo.

LA INDIA. BRAHMANISMO Y BUDISMO

Durante los primeros siglos del primer milenio, los numerosos estados que se habían formado en los valles del Indo y del Ganges, pese a su independencia política, habían sido organizados de manera semejante por obra de los sacerdotes de Brahma, que lograron afirmar la supremacía suya sobre los guerreros. Esta divinidad ascendió a la categoría de divinidad suprema y, en consecuencia, sus servidores exigieron que, en la escala social, se los considerara como la clase más privilegiada. Los brahmanes fueron poco a poco transformándose en un grupo cerrado, hostil a toda inclusión de individuos que no fueran sus propios descendientes; así se constituyó una casta; pero no se conformaron con eso, sino que organizaron toda la sociedad según el mismo principio; los guerreros, los mercaderes y labradores, y, finalmente, los operarios constituyeron otras tantas castas igualmente incomunicadas entre sí. Por debajo de estas cuatro castas estaban los parias, acaso los antiguos indígenas sometidos, que carecían de todo derecho por considerárseles impuros. Un código muy estricto —las leyes de Manú— establecía con férreo rigor el orden social y las relaciones entre las castas.

Los brahmanes habían elaborado una doctrina religiosa muy sutil, modificando la vieja tradición de los libros védicos de modo que quedara establecida la supremacía de Brahma sobre los otros antiguos dioses. Brahma era, según ellos, un dios del universo que se encontraba en la esencia de todo lo que tiene existencia, una especie de alma del mundo, por lo cual se lo adoraba en todo. Nada perece, puesto que Brahma está en todo. Así, creían que, cuando el individuo moría, su alma abandonaba el cuerpo y buscaba dónde encarnarse, para lo cual tenía en cuenta el comportamiento del hombre durante su vida; y si había sido justo, su alma se encarnaba en un ser de una casta superior, en tanto que, si había sido injusto, volvía a uno inferior. Si era un brahmán, su alma volvía al seno de la divinidad. Si, por el contrario, se trataba de un hombre de la última clase, entonces se encarnaba en cualquier animal.

En el siglo VI se produjo en la India una revolución religiosa encabezada por un hombre de la casta de los chatrias, llamado Sidarta Gautama, a quien la tradición conoció con el nombre de Buda, que significa “el iluminado”. Buda se mostró enemigo de la cruel separación entre los individuos que prescribían los brahmanes, y enemigo también de sus creencias religiosas. Se retiró a una región solitaria y comenzó a meditar y a predicar, enseñando que el hombre no debe aspirar a otra cosa que a la felicidad íntima, y que ésta no se alcanza sino desechando las ambiciones y los deseos terrenales. El “nirvana”, esto es, el estado de serenidad y de paz en el que hacía consistir el Buda la felicidad perfecta, sólo se lograba por quien sabía renunciar poco a poco a todos los goces y a todas las necesidades; y esta posibilidad estaba al alcance de cualquier individuo, sin distinción de castas, por lo cual su religión fue acogida con fervor por muchos humildes. Los brahmanes combatieron la nueva fe y trataron de impedir su difusión, pero no lo consiguieron y, finalmente, optaron por incluir el culto de Buda dentro de su propia doctrina, modificando en parte su concepción religiosa.

LA CHINA. CONFUCIO Y LAO-TSE

Por una extraña y sugestiva coincidencia, el siglo VI fue una época de profunda inquietud religiosa en diversas regiones del mundo antiguo. Los profetas de Israel, Zoroastro, Buda, corresponden aproximadamente al mismo momento. Y por entonces aparecieron en la China las grandes figuras de Confucio y Lao-Tse.

Lao-Tse fue un pensador profundo. En la inmensa diversidad del cosmos descubrió él un principio universal, el Tao, que animaba todo lo creado y en el que había que reverenciar la fuerza divina universal; pero su preocupación fundamental fue hallar una guía para la conducta y desarrolló este tema en una obra que tituló Libro de la razón y la virtud. Sostenía Lao-Tse que el hombre debía alejarse de todo lo que fuera convencional para aproximarse a la naturaleza, propugnando así una tendencia al retiro espiritual. Esta doctrina no llegó a influir en las masas populares, que, en cambio, acogieron con devoción las ideas de otro moralista más próximo a las tradiciones vernáculas, llamado Confucio.

Sostenía Confucio que el principio de la conducta era el respeto a las tradiciones. Había que amar al emperador como a un padre, respetar a los progenitores y acatar su benévola autoridad, atenerse a las costumbres antiguas y venerar en ellas a la comunidad. El culto más importante era el de los antepasados, cuyos espíritus velaban sobre los vivos y esperaban los ritos con que se apaciguaba su furia. La religión de Confucio —o, mejor dicho, su moral— cuajó en el espíritu chino y lo conformó para muchos siglos. Poco mas adelante, cuando reinaron los emperadores de la dinastía Han (siglo III a. de J. C. — siglo III d. de J. C.) la doctrina de Confucio se hizo creencia oficial y predominó a pesar de la influencia del budismo, que, por esa época, entró en China y con gran pujanza logró numerosos fieles por toda la inmensidad de su territorio.


Las ciudades griegas hasta el siglo VI a. de J. C.

Ya se ha visto visto cómo los aqueos conquistaron las antiguas colonias cretenses y se instalaron en ellas asimilándose su civilización. Es la época llamada creto-micénica, designación que recuerda el papel hegemónico que tuvo la ciudad de Micenas durante largo tiempo.

Por esa misma época se produjeron las largas luchas entre los distintos grupos invasores, de las cuales guarda recuerdo la leyenda homérica, a través de la cual puede estudiarse también la civilización de ese período de tanto interés histórico.

Pero los aqueos no fueron los últimos indoeuropeos que llegaron al mar Egeo. A partir del siglo XII aparecieron otros grupos, entre ellos los dorios, comenzando con los mismos una nueva era en el proceso de la historia de Grecia.

LAS MIGRACIONES

Los dorios entraron a sangre y fuego en las viejas ciudades de los aqueos. Eran guerreros brutales y, a diferencia de éstos, no respetaron ni asimilaron la civilización que hallaban a su paso. En algunas ciudades se instalaron como dominadores y expulsaron o sometieron a las poblaciones que las habitaban; otras veces fundaron ellos nuevas ciudades, con preferencia en algunas posiciones estratégicamente situadas; de todas ellas, Esparta fue la más importante y allí crearon los dorios un estado en el que mantuvieron con pocas alteraciones sus tradicionales costumbres, tan admirables por su sobriedad, como por su espíritu bélico.

Ante el avance de los dorios, muchos pueblos optaron por huir y así se produjo una dispersión de griegos a la cual se debió la fundación de muchas ciudades en toda la cuenca del Egeo. Surgieron así las de la costa del Asia Menor, las de las islas Cicladas y Espóradas y algunas de la misma Grecia. En todas ellas se estableció un régimen aristocrático, en el cual sólo un pequeña grupo poseía la tierra y los derechos políticos, en tanto que los demás habitantes se hallaban en precaria situación económica y social. De estas ciudades, unas fueron marítimas y se dedicaron especialmente a la navegación y al comercio, en tanto que otras, enclavadas en el territorio, mantuvieron, en la medida en que lo permitía el suelo, su intensa actividad en el cultivo de los campos.

En las ciudades marítimas, las clases pobres comenzaron a crecer en número y la escasez de sus recursos planteó graves problemas sociales; pero como el mar incitaba a tentar fortuna en otras tierras, muy pronto comenzó una nueva era de migraciones, que tuvo ahora el carácter de una colonización sistemática.

LA COLONIZACIÓN GRIEGA

Desde el siglo VIII hasta el siglo VI, fueron numerosas las ciudades griegas que organizaron expediciones destinadas a transportar densos contingentes de pobladores a lejanas comarcas con el fin de fundar allí colonias. Estos nuevos establecimientos mantuvieron los vínculos religiosos y económicos con sus metrópolis durante largo tiempo y, como generalmente surgieron en regiones apropiadas para el cultivo de los cereales, encontraron su mejor mercado en aquellas comarcas en donde no se producían y a las que era forzoso enviar todo género de productos.

Las principales ciudades griegas que colonizaron las regiones lejanas del mar Mediterráneo fueron Mileto, Calcis de Eubea, Egina, Focea, Corinto, Megara, Tera y algunas otras. En todas ellas coincidieron diversas causas para provocar las emigraciones: densidad excesiva de la población, conflictos políticos y sociales, ascenso de ciertos grupos que no querían arrastrar más tiempo una vida sin horizontes. Espontáneamente unas veces, organizados por el Estado otras, estos grupos se lanzaron al mar en busca de regiones más propicias para sus ambiciosos intentos de hegemonía. De esta manera, pues, las nuevas ciudades formaron, en el mundo antiguo, una red mediterránea que dejaría allí algo de su espíritu helénico.

Hacia el Este, las naves colonizadoras se dirigieron al mar Negro. Allí surgieron pronto algunas colonias que luego fueron ciudades importantes, tales como Odesa, Sínope, Heraclea o Tanais, cuya riqueza se amasó con el cultivo de los cereales. Otras surgieron en el camino que desde el mar Egeo conducía al mar Negro: Bizancio, Cízico, Abidos, Sestos, las cuales, por estar situadas en los estrechos, adquirieron un valor político y militar considerable.

En el mar Egeo se colonizaron las costas de Macedonia y Tracia, donde aparecieron ciudades importantes como Potidea y Olinto, y al Sur, sobre la costa africana, se establecieron colonias en Egipto —la ciudad de Naucratis— y en Libia, donde surgió y prosperó Cirene.

Hacia el Oeste, donde Cartago ejercía ya cierta supremacía marítima, los griegos encontraron, sin embargo, amplio campo para establecerse. La región preferida fue el sur de la Península Itálica y la isla de Sicilia; en la primera se levantaron las ciudades de Tarento, Síbaris, Nápoles, Cumas y otras muchas que adquirieron diversa prosperidad; en la segunda surgieron, entre otras, Siracusa y Mesina, que fueron muy pronto activos centros de producción y comercio. Pero la marcha hacia Occidente no se detuvo allí; Masalia y Antípolis, en la costa meridional de Francia, y algunas débiles factorías en España muestran el esfuerzo de los colonizadores griegos por adentrarse en la zona de influencia cartaginesa.

LAS CONSECUENCIAS DE LA COLONIZACIÓN

Las colonias griegas tuvieron un rápido florecimiento; eran los colonos hombres ávidos de mejorar su suerte y acostumbrados al trabajo, de modo que su actividad fue incansable y los resultados que obtuvieron inmensos. Así, cada colonia llegó a ser muy pronto un emporio de riqueza.

Lo fundamental de su actividad fue la producción de cereales, productos que encontraban fácil acogida en las viejas ciudades griegas porque en ellas no se producían; pero a medida que la prosperidad se acentuaba, surgieron también las industrias y, con todo ello, el comercio adquirió un extraordinario volumen. Esta intensa actividad económica trajo consigo la aparición de la moneda, como elemento indispensable para facilitar las transacciones; y la moneda, a su vez, provocó profundas alteraciones en el régimen social.

En efecto, como la tierra había sido hasta entonces el único signo de la riqueza, sus poseedores —esto es, la nobleza— ocupaban el primer lugar en la sociedad griega; pero el desarrollo económico y la aparición de la moneda trajeron consigo la aparición de una nueva clase social cuya característica era la de poseer considerables fortunas y que, naturalmente, aspiró a lograr una mejor situación dentro de la vida política. Surgieron entonces en casi todas las ciudades griegas conflictos sociales y políticos que culminaron en revoluciones sangrientas; pero los nuevos ricos, y los humildes a quienes arrastraban en el fragor de la lucha contra los odiados propietarios de la tierra, consiguieron arrancar a éstos parte de sus privilegios: nuevas constituciones se dictaron en muchos estados, y, entre todas, es singularmente característica la que ideó para Atenas el legislador Solón, a principios del siglo VI.

LA REFORMA DE SOLÓN EN ATENAS

Solón fue elegido como árbitro por las distintas clases en conflicto, después que muchas luchas habían ensangrentado la ciudad. Hábil y previsor, Solón se dispuso a cumplir su misión con ecuanimidad, tratando de contentar a todos, satisfaciendo en parte sus aspiraciones.

Su primera medida fue abolir las deudas contraídas como consecuencia de las hipotecas, y prohibir que en lo futuro se redujese a servidumbre al que no pudiera pagarlas. Pero lo más importante fue la reforma que introdujo en el sistema político, gracias a la cual todos los ciudadanos adquirieron derechos políticos y entraron a formar parte de una asamblea —la Ekklesia—que era la que dictaba las leyes; con todo, subsistieron algunas diferencias sociales, porque no se consideraron iguales a todos los ciudadanos sino que se los dividió en cuatro clases de acuerdo con el monto de su fortuna, y sólo pudieron ocupar las magistraturas los pertenecientes a las tres primeras. De ese modo, Solón dio acceso a los ricos en dinero a la dirección del Estado y suprimió los privilegios del nacimiento.

Las reformas de Solón en Atenas — como ocurrió en otras partes— no pusieron fin a los trastornos sociales; nuevos intereses y nuevas pasiones surgían en un ambiente en el que la vida económica evolucionaba rápidamente y se sucedieron los conflictos, pese a los intentos reformadores. Pero el principio político de la democracia quedaba afirmado y el sistema se perfeccionó con sucesivos ajustes.


Cartago y Roma

Cuando los griegos comenzaron a llegar a las orillas del Mediterráneo occidental, los cartagineses dominaban las rutas marítimas de la región y poseían factorías en las costas. La competencia entre ambos pueblos fue inevitable, y aunque poco a poco se fueron delimitando las zonas de influencia, no dejaron de producirse guerras entre ellos. En resumen, eran griegos y cartagineses los señores de la cuenca occidental; pero por entonces surgía lentamente una ciudad que un día los dominaría, a pesar de la humildad y pequeñez de sus orígenes: Roma.

CARTAGO

Cartago había sido fundada por los navegantes de Tiro hacia el siglo IX a. de J. C. y se levantaba en la costa africana, cerca de donde está hoy la ciudad de Túnez. Muy pronto fue el emporio de todo el comercio fenicio de Occidente, que era, por entonces, el más importante de la metrópoli, de modo que, cuando Tiro comenzó a declinar por obra de los persas, Cartago pudo seguir desarrollando, como país independiente, la misma actividad que antes como colonia.

Grandes talleres, en los que se producían objetos de alfarería, de metal, de vidrio, y ricas telas, permitían a los cartagineses desarrollar un intenso comercio con las costas occidentales del Mediterráneo, donde habían instalado factorías para trabar relación con los naturales; así les vendían sus productos manufacturados y les compraban, generalmente, los productos naturales de la región. Gades, en España, y Palermo, en Sicilia, eran, quizá, sus más importantes centros de acción.

Cartago estaba gobernada por los comerciantes, y no tenía aspiraciones a la conquista de territorios, razón por la cual no había sido nunca potencia militar. En el mar, en cambio, eran temibles porque defendían con encarnizamiento sus mercados y las rutas que dominaban; sus naves se tornaban barcos piratas cuando la ocasión lo permitía y aun naves de guerra si era necesario; y entonces se mostraban capaces y valientes, y, en general, supieron imponerse a sus enemigos. Por eso los griegos no pudieron desalojarlos del Mediterráneo occidental y se limitaron a circunscribir su propia zona de influencia.

LOS ORÍGENES DE ROMA. LOS ETRUSCOS

Mientras los griegos y los cartagineses se disputaban el dominio del mar, un pueblo de origen incierto desarrollaba una cultura singular en la Península Itálica, en el valle del río Arno: los etruscos. Según parece, habían venido del Egeo, y acaso estuvieran emparentados con aquellos aqueos que habían aparecido allí al terminar el segundo milenio; lo cierto es que, en la Etruria se fijaron y fundaron ciudades cuyo nivel de civilización alcanzó gran altura.

Industriosos y audaces, los etruscos quisieron también participar de las ventajas de la actividad marítima, pero nunca consiguieron impedir la supremacía de los dos grandes rivales que se les oponían. En el país, en cambio, su suerte fue mejor y llegaron a dominar una extensa zona que llegó, hacia los siglos VIII y VII, desde los Alpes hasta el valle del Tiber.

Sus ciudades más importantes fueron Volsinio, Tarquinia, Veyes y otras muchas; desde ellas emprendieron la conquista de los países limítrofes y sometieron a las pequeñas aldeas que habían fundado las distintas tribus italiotas de origen indoeuropeo. Entre éstas estaban las que los latinos habían fundado cerca de la desembocadura del Tiber y que tal vez, ya por esa época, constituyeran una verdadera unidad política con el nombre de Roma.

Una vasta leyenda cubre el pasado de esta ciudad, después tan ilustre. Sin embargo, se sabe hoy que así empezó su historia y que fueron los etruscos quienes unificaron definitivamente las aldeas primitivas, las circundaron con una muralla y les impusieron sus reyes. La época de la monarquía nos es mal conocida. Los primeros cuatro reyes de que habla la leyenda —Rómulo, Numa, Tulio Hostilio y Anco Marcio— son figuras oscuras, en las cuales el mito y la leyenda se mezclan con la realidad histórica que seguramente hay en el fondo. Los tres últimos, en cambio —Tarquino el Antiguo, serbio Tulio y Tarquino el Soberbio— aparecen con rasgos más definidos, y sus hechos revelan que, en efecto, son personajes históricos aun cuando la leyenda los haya desfigurado en parte.

La era monárquica es de neta influencia etrusca. De ese origen es la civilización material romana de ese entonces, como lo prueban los pocos restos arqueológicos que se poseen; de ese origen es la religión, las instituciones, en la medida en que podemos conocerlas. Sabemos también que los reyes respondieron a la política etrusca y que debieron combatir a los latinos que querían sacudir el yugo. Un día, finalmente, lograron éstos sus anhelos. En el año 509 a. de J. C. una revolución de los patricios expulsó a los reyes e instauró la república, con cuyo régimen Roma alcanzó el esplendor que le valió un puesto único en la historia de la Antigüedad.


La época de las guerras médicas

Al comenzar el siglo v, el Imperio Persa estaba en posesión de las ricas ciudades griegas de la costa del Asia Menor. Mileto, Esmirna, Halicarnaso y otras muchas reconocían el vasallaje del Gran Rey, que se beneficiaba con el activo comercio que ellas desarrollaban. Pero muy pronto la situación cambiaría; otra concepción de la vida animaba a los griegos, y se sentían suficientemente capaces como para vivir según ella; por eso decidieron un día sacudir el yugo, y el episodio desencadenó un conflicto general entre griegos y persas que la historia conoce con el nombre de guerras médicas.

LOS ANTECEDENTES DE LA GUERRA

Darío había continuado apretando el cerco del mar Egeo. A las costas asiáticas —conquistadas por Ciro— había agregado él las costas europeas de Tracia y Macedonia, hasta entrar en contacto con las ciudades griegas del continente; y a partir de entonces, la ambición de someter esos florecientes emporios de riqueza torturó su espíritu ambicioso y audaz.

Una circunstancia favoreció sus planes. En el año 499, la ciudad de Mileto se dio un gobierno democrático y se sublevó contra Persia, iniciando poco después las hostilidades contra el Gran Rey, para lo cual pidió el auxilio de las otras ciudades griegas. Atenas respondió al llamado y envió una escuadra para que colaborara en la lucha, pero, a pesar de ese auxilio, Darío pudo someter a la ciudad rebelde y la incendió en el año 494. Poco después, con ánimo de castigar el auxilio que Atenas había prestado a Mileto, Darío comenzó a preparar una expedición contra la floreciente ciudad del Ática.

PRIMERA GUERRA. MARATÓN

El Gran Rey decidió llegar por mar a la costa ateniense y realizar un desembarco en las proximidades de la ciudad. Su propio yerno, Mardonio, recibió el mando de la expedición, que cruzó el mar Egeo en el 490 y llegó a la pequeña llanura de Maratón, distante treinta kilómetros de Atenas, para realizar allí el desembarco. Atenas había logrado reunir —con la ayuda de algunas ciudades— una fuerza de treinta mil hombres; tocaba el mando ese día al estratego Milcíades, quien resolvió dar la batalla inmediatamente para impedir que los persas operaran su ordenamiento en la llanura; entonces, con un esfuerzo continuo y ordenado, los soldados griegos comenzaron a batir a las tropas enemigas hasta que, al cabo de muchas horas, lograron deshacer sus filas. Los persas huyeron hacia sus naves y abandonaron el suelo griego, entre la sorpresa de sus jefes, que no se podían explicar su fracaso.

La victoria de Maratón, cuya gloria correspondía a Atenas, puso freno al primer intento de invasión. Pero nadie podía engañarse suponiendo que los persas abandonarían definitivamente sus proyectos, pues era claro que poseían recursos suficientes para intentar realizarlos otra vez con mayores probabilidades de éxito. De modo que, para prever los riesgos futuros, las ciudades griegas comenzaron a prepararse para repeler el inevitable ataque.

LA SEGUNDA GUERRA

Darío murió poco después, pero legó a su hijo Jerjes el proyecto de invasión y conquista de Grecia. Los griegos, por su parte, seguían paso a paso los preparativos enemigos y procuraron hallar los medios más seguros para defenderse, para lo cual decidieron los atenienses, a iniciativa de Temístocles, organizar una gran flota, porque estaban convencidos de que era en el mar donde podían aplicar los más violentos golpes a sus enemigos. Así, cuando en 480 comenzó Jerjes la marcha con su poderosa fuerza, Atenas pudo contar con vastos recursos para la guerra marítima, en tanto que Esparta ponía al servicio de la defensa común su excelente ejército.

El plan de Jerjes era atacar a Grecia simultáneamente por tierra y por mar. Un ejército nunca visto —de cerca de doscientos mil hombres— emprendió la marcha desde Asia Menor cruzando el estrecho de los Dardanelos por un puente de barcas, y se internó en Tracia para seguir luego a través de Macedonia y Tesalia; la flota acompañaba al ejército siguiendo la costa, y sus setecientas naves ofrecían un espectáculo inusitado que hubiera podido amilanar a sus enemigos. Así llegaron al desfiladero de las Termópilas.

Este pequeño paso, por el que se entra en el territorio de Grecia central, ofrecía buenas condiciones topográficas para su defensa. El ejército espartano, mandado por Leónidas, resolvió resistir allí y, en efecto, consiguió contener al inmenso ejército enemigo con pocas fuerzas. Sin embargo, un traidor descubrió a los persas un camino por el cual pudieron envolver a los espartanos; Leónidas ordenó entonces evacuar la posición al grueso del ejército, y él se quedó con trescientos hombres para defender el paso hasta último momento. Allí murió el heroico jefe con sus hombres cuando los enemigos completaron el cerco, mientras los persas proseguían su avance hacia el Sur.

Ante la llegada del enemigo los atenienses evacuaron la ciudad y se refugiaron en la isla de Salamina. Atenas fue incendiada y el pavor comenzó a cundir entre los griegos; pero Temístocles decidió a sus colegas del mando supremo para que se ofreciera batalla naval a los persas y ordenó una maniobra, gracias a la cual las naves griegas derrotaron y pusieron en fuga a los barcos enemigos frente a la isla de Salamina.

Tonificado por la victoria, el ejército griego marchó contra el persa y logró derrotarlo en la batalla de Platea, después de la cual los invasores emprendieron la retirada; la flota persa sufrió una nueva derrota en Micala al año siguiente (479), y, por el momento, el peligro de la invasión quedó conjurado.


Atenas en el siglo V

El papel que Atenas había desempeñado durante las guerras médicas confirió a la ciudad del Ática una categoría de ciudad rectora en el mundo griego. Su hegemonía se hizo sentir en la vida económica y política de toda la cuenca del mar Egeo, y además no dejó de repercutir en su desarrollo interior; su fama y su grandeza robustecieron el genio nacional y le brindaron oportunidades para desarrollarse y cuajar en obras. Las artes plásticas, la poesía, la filosofía, todo lo que es desarrollo del espíritu, alcanzó por entonces en Atenas un brillo singular.

LA HEGEMONÍA POLÍTICA

Después de la batalla de Micala, las naves griegas continuaron las operaciones hasta limpiar el mar Egeo de enemigos. Se independizaron las ciudades helénicas del Asia Menor, se establecieron bases en los puntos estratégicos que podían prevenir una sorpresa y se organizó la vigilancia de las rutas marítimas por donde podía llegar una nueva invasión. Pero era necesario concentrar todos los esfuerzos para que esa organización no se relajara con el tiempo y se facilitaran los planes enemigos.

Atenas se propuso encabezar una confederación que agrupara a las ciudades marítimas de Grecia. En 477 logró organizar la Liga de Delos —así llamada porque el pequeño santuario de esa isla era su centro religioso—, de la que formaron parte todas las ciudades costeras e isleñas; Atenas recibió la misión de presidirla, en tanto que las ciudades aliadas tenían la obligación de contribuir con barcos o con dinero a los gastos de la defensa común.

Con estos recursos, Atenas organizó un plan de dominación marítima. Temístocles logró que se fortificara el Pireo —que era puerto de Atenas— y que se construyeran murallas para defender el camino que lo unía a la ciudad. Cimón, el hijo de Milcíades, recibió el mando de la flota aliada y con ella emprendió una campaña de limpieza en todo el Egeo que concluyó con la desaparición de todos los reductos que conservaban los persas. Así puso fin a la amenaza de invasión, y dejó libres las rutas marítimas para el comercio griego. Esta última circunstancia influyó decisivamente en la prosperidad comercial e industrial de Atenas, que se enriqueció extraordinariamente con el tráfico de sus innumerables naves mercantes; además, Atenas utilizó la influencia que le proporcionaba la jefatura de la Liga para organizar en su beneficio un verdadero imperio marítimo.

LA EVOLUCIÓN DEMOCRÁTICA

Este inmenso desarrollo económico estimuló el crecimiento de la población y, sobre todo, el desenvolvimiento de la clase de los humildes. Además, gran parte del éxito militar y político de la ciudad se había debido al jefe del partido popular, Temístocles, de modo que las tendencias democráticas estaban por entonces en proceso de desarrollo; así, la organización que había iniciado Solón se consolidó por entonces enérgicamente.

Después de Solón, un tirano llamado Pisístrato había detenido el proceso de evolución democrática de Atenas con medidas demagógicas que le aseguraron su mantenimiento en el poder. Lo sucedieron sus hijos, pero una revolución los expulsó finalmente y el partido popular, encabezado entonces por Clístenes, había logrado implantar de nuevo la constitución de Solón, perfeccionando con sus reformas el orden democrático. En esa situación estalló la guerra con los persas y la política interior se mantuvo estacionaria. Pero después del triunfo la masa popular comenzó a reclamar nuevas concesiones: no sin resistencias lograron alcanzarlas y la antigua nobleza quedó relegada a una situación de total impotencia política.

Quien aplicó un primer golpe vigoroso a sus privilegios fue Efialtes en 460. Hasta entonces, el Areópago, tribunal del que formaban parte los antiguos arcontes, era el más alto estrado de la justicia y tenía jurisdicción política; Efialtes le quitó esas prerrogativas y redujo a un mínimo sus atribuciones, por lo cual la aristocracia lo hizo asesinar; pero quedó al frente del partido popular un jefe todavía más radical y enérgico, destinado a tener en la historia de Atenas un papel fundamental: Pericles.

PERICLES

Pericles era un hombre de raro talento y cuyas virtudes de orador le aseguraban un extraordinario éxito en las asambleas. En poco tiempo adquirió un inmenso prestigio popular, que se extendía también a los grupos cultos, a los que protegió con fervor. fue así, no solamente el jefe popular y el abanderado de la reforma democrática, sino también el protector y propulsor del desarrollo espiritual de Atenas. Por eso suele llamarse al siglo v, el “siglo de Pericles”.

Desde 460 hasta su muerte —que ocurrió en 429— Pericles fue el centro de la vida política y cultural de Atenas. Para asentar la democracia, obtuvo que se fijara una pequeña retribución de dos óbolos —equivalente a un pequeño jornal— para los que asistieran a la Asamblea, con el objeto de que predominara allí el pueblo. De igual manera facilitó a los humildes el acceso a los cargos del Estado y propugnó toda clase de medidas en su beneficio. Pero lo que hizo su gloria fue el favor que dispensó a los artistas. Éstos le prestaron un valioso concurso en la reconstrucción de la ciudad incendiada, y así pudo Pericles cubrirla de magníficos edificios y espléndidas obras de arte.

LAS ARTES PLÁSTICAS

Grecia tenía una tradición arquitectónica y escultórica. Durante los siglos de la colonización se habían levantado en todas las ciudades griegas, y especialmente en las del Asia Menor, notables edificios a los que ornaban, generalmente, esculturas y relieves de caracteres especiales. Se notaba en éstos —como en la arquitectura— cierta marcada influencia del arte egipcio y asiático, que se ponía de manifiesto, sobre todo, en la rigidez que presentaba la representación de la figura humana. Pero en el siglo V, Atenas, sin romper del todo con esta tradición, perfeccionó tu técnica y afinó su expresión, logrando entonces alcanzar un altísimo nivel artístico.

La ocasión para que se manifestara el genio plástico de los griegos la proporcionó Pericles con su plan de reedificación de la ciudad; tantos arquitectos y escultores se precisaban para tan magna obra, que afloraron los mejores y tuvieron ocasión para revelar sus aptitudes. Grandes edificios debían levantarse en la ciudad y era necesario adornarlos: la obra fue encargada a los artistas que Pericles distinguía con su admiración, que fueron, sin duda, los mejores.

La obra más importante fue la edificación de suntuosos recintos en la Acrópolis o ciudadela de Atenas. Allí se levantó el gran templo dedicado a la diosa Atenea, que se conoce con el nombre de Partenón; era un vasto edificio de 69 metros de largo por 37 de ancho, cuyo proyecto se debe a los arquitectos Ictinos y Calícrates; estaba rodeado por un pórtico de columnas de orden dórico y lo decoraban frisos y frontones con bajos relieves; éstos fueron obra del escultor Fidias y de sus discípulos. En el interior del templo se levantaba la estatua de la diosa, esculpida por el mismo Fidias.

También había en la Acrópolis otros templos: el Erecteión, de orden jónico, y el de Atenea Niké, de semejantes características. El primero de ellos se particularizaba porque tenía un pórtico en el que las columnas eran reemplazadas por estatuas de mujeres, a las que se llamaba cariátides. Conducía a la Acrópolis desde la ciudad una vía que llegaba a la parte alta de la colina a través de unos pórticos llamados propileos.

Entre los escultores, sin duda fue Fidias el más grande. Antes de él habían sorprendido a los griegos Mirón y Policleto, por la precisión de las formas anatómicas y la vivacidad del movimiento. Pero Fidias alcanzó mayor dominio aun de la técnica escultórica y supo expresar con definitiva justeza la serena concepción de la vida que amaba el griego y constituía su ideal supremo. No han llegado hasta nosotros ni la Atenea del Partenón ni el imponente Zeus que esculpió para el santuario de Olimpia; pero poseemos, en cambio, algunos fragmentos de los relieves del gran templo ateniense, en los cuales se admiran sus calidades de escultor vigoroso y fino a un tiempo. Después de él brillaron Praxíteles, el autor del Hermes, Lisipo y Scopas, este último precursor ya de una nueva orientación plástica que predominó en el período helenístico.

No nos es conocida la pintura griega; las obras de Polignoto, de Zeuxis o de Parrasio se han perdido y sólo tenemos referencias y opiniones antiguas acerca de ellas; pero, en cambio, conocemos bien la obra de los pintores que trabajaron en decorar vasos, de cuyas figuras podemos deducir hasta qué punto era preciso y delicado el dibujo.

LA POESÍA Y EL TEATRO

También conoció el siglo v un intenso despertar del sentimiento poético. Entre los líricos, Píndaro fue sin duda el más grande, y sus odas —las Olímpicas, las Ístmicas— revelan la profundidad y el vigor de su inspiración. Sin embargo, fue entre los trágicos donde se advirtió un desarrollo más sostenido de la inspiración poética en el siglo V.

El teatro había surgido como una forma más o menos espontánea de expresión y había sido ordenado y sometido a reglas en el curso del siglo VI. Desde entonces, los poetas comenzaron a escribir obras para que fueran representadas, unas pocas del tipo de la tragedia, y otras del tipo de la comedia. Tres grandes poetas aparecen en el siglo v que llevan la tragedia a su mayor grandeza: Esquilo, Sófocles y Eurípides. Esquilo, en quien perdura la recia influencia del mito y la tradición homérica, nos ha dejado sólo siete obras, pues se perdieron muchas; Agamenón, Las coéforas y Las euménides componen la trilogía que se conoce con el nombre de Orestíada, porque narra la historia de Agamenón y Orestes; otras de sus tragedias se titulan Prometeo encadenado, Los persas, Las suplicantes y Los siete contra Tebas. Más joven que Esquilo era Sófocles, quien compitió con aquél en varios de los concursos anuales a que se presentaban las obras teatrales. Sófocles consiguió imponer su concepción más flexible del alma humana; le atrajo el tema de Edipo, acerca del cual escribió una trilogía de la que nos han llegado Edipo Rey y Edipo en Colona, y al que se vincula su Antígona. Finalmente, Eurípides consiguió llevar al teatro el sentimiento humano y el drama individual; de él se conserva mayor número de obras que de los otros dos grandes trágicos, seguramente porque su prestigio fue más sostenido y se hicieron más copias; Ifigenia en Tauris, Ifigenia en Aulis, Alceste, Las bacantes, Hipólito y tantas otras son testimonios que han llegado hasta nosotros de su apasionado sentimiento de la vida.

Junto a la tragedia, solía representarse siempre en Atenas una comedia, genero satírico en el que era frecuente la burla cruel no sólo de las costumbres sino también de las personas y, especialmente, de las que tenían algún prestigio o alguna función importante. Sólo de Aristófanes nos han llegado algunas comedias, pero era fama en la Antigüedad que había sido el más ilustre autor de ese género. Nos quedan de él entre otras, Los caballeros, Las avispas, Las ranas, La asamblea de las mujeres, comedias todas en que la gracia despreocupada se alterna con la crítica mordaz y, a veces, grosera para el gusto moderno.

LA HISTORIA

Florecieron por este tiempo tres grandes historiadores, cuyas obras han llegado hasta nosotros. El primero es Heródoto, que narró con detalle las guerras, médicas, remontándose a los lejanos orígenes del conflicto; con tal motivo ofrece una visión interesante del mundo bárbaro, acerca del cual ha conservado muchas noticias de gran valor hoy. Heródoto era un escritor que seducía por su manera fácil y por la abundancia de sus anécdotas; no vacilaba en interrumpir el hilo de la exposición si podía intercalar un detalle sugestivo o ameno, y por eso fue acogido con agrado, al mismo tiempo que se reconocía la emoción con que afrontaba el relato de la gran epopeya nacional contra Persia. Tucídides escribió sobre la guerra del Peloponeso, con mucho más rigor que Heródoto, con estilo más sobrio y más rigurosa composición. Jenofonte, por fin, se muestra más superficial que Tucídides cuando continúa su obra en la Helénicas, pero revela también cierta aptitud para atraer al lector con su ligero e intencionado estilo.

LA FILOSOFÍA

Grecia tenía una tradición filosófica que arrancaba del siglo VI y cuyos primeros representantes fueron los filósofos de Mileto: Tales, Anaximenes, Anaximandro. Ellos —y otros que aparecieron por entonces en otras ciudades— tuvieron como principal preocupación aclarar el enigma del universo, el del principio de las cosas y todo cuanto se relacionaba con el mundo natural. De aquí vino el que se llamara a estos pensadores, escrutadores de la Naturaleza, y hoy filósofos cosmológicos.

La gran novedad que trae el siglo al campo de la filosofía es la aparición de un grupo de pensadores a quienes comienza a inquietar, en lugar del problema del universo, el problema del hombre, del alma humana, de la conducta moral. El núcleo más compacto de estos pensadores lo constituye el de los llamados sofistas, a quienes la tradición suele condenar porque en su comportamiento, en el ejercicio de la enseñanza, se apartaban de ciertas normas establecidas y consideradas correctas. Sin embargo, desde el punto de vista de la finura de su análisis, de los problemas planteados por primera vez, del método seguido y de los resultados a que llegaban, los sofistas revelaron poseer las características propias del filósofo auténtico. Su gloria quedó manchada por la severa crítica que hizo de sus métodos y de sus principios Sócrates, la más grande figura del pensamiento griego, a juzgar por las noticias que sobre sus ideas nos han legado sus discípulos Platón y Jenofonte.

Sócrates era un conversador infatigable, cuya preocupación era aclarar, mediante el diálogo, las ideas de su interlocutor y, acaso, sus propias ideas. Agudo y vivaz, el filósofo aparentaba ignorar lo que quería hacer decir a quien interrogaba, y conducía la conversación hasta el punto a que quería llegar para que quedara demostrada la afirmación que perseguía. De este modo desbarataba la suficiencia de muchos que se tenían por sabios, y acaso a esta circunstancia se debió el odio que despertó en muchas personas y que, al fin, le costó la vida. Porque, en efecto, Sócrates fue condenado a muerte, acusado de pervertir a la juventud y de no creer en los dioses de la patria, pero, como él decía, no fueron los últimos acusadores los que lograron su condena, sino el odio escondido de todos aquellos que le guardaban rencor. Sin duda, Sócrates no pervertía a la juventud; pero le enseñaba a pensar según un método racional, y eso podía parecer perversión a quienes consideraban que la salvación del Estado estaba unida a la perduración e intangibilidad de las tradiciones.

Sócrates no nos ha dejado obra alguna, pero sus discípulos, y especialmente Platón en sus Diálogos, nos han conservado una tierna visión de su maestro y una exposición de sus ideas. Platón y Aristóteles, ya en el siglo IV, fueron los que desarrollaron el pensamiento socrático y echaron las bases de la reflexión metódica sobre los problemas de la filosofía.


Esparta y la guerra del Peloponeso

En el último tercio del siglo v estalló un terrible conflicto entre las dos ciudades más poderosas de Grecia: Esparta y Atenas. Diversos motivos, lo movieron, y de él resultó una efímera hegemonía de Esparta sobre el mundo griego, durante cuyo tiempo predominaron las oligarquías en todos los estados sometidos a su autoridad. Pero ese tiempo fue muy breve y Esparta descendió de su pedestal porque careció de capacidad política para afirmar los resultados de su conquista militar.

ESPARTA Y SU TRADICIÓN

Esparta era un estado dorio, en que los conquistadores habían establecido una férrea separación entre los sometidos y ellos. Sólo los dorios poseían la tierra, que el estado les entregaba para que, haciéndola trabajar por los esclavos, tuvieran con qué vivir y se pudieran dedicar a lo único que parecía digno de un espartano: la guerra. Con esta concepción de la vida, Esparta llegó a ser una potencia militar de significación decisiva en la vida griega. Sus ciudadanos pertenecían al estado desde niños, se ejercitaban de continuo en los deportes y en la lucha y se pasaban la vida en estado de movilización, hasta que, ya ancianos, podían abandonar las filas. El ejército era, pues, el nervio del estado, y la política de Esparta dentro del mundo griego estaba destinada a asegurar su hegemonía.

Sin embargo, las circunstancias concedieron temporalmente la supremacía política a Atenas. Los caracteres del agresor persa, la necesidad de defenderse por mar y, sobre todo, la habilidad de sus políticos para plantear las cosas en este sentido y obtener de esa situación las mayores ventajas, hicieron que Esparta quedara, después de las guerras médicas, relegada a segundo plano. Pero esta situación, que hería profundamente el orgullo nacional y la ambición de los espartanos, condujo a una situación tensa con Atenas que, al fin, desencadenó un conflicto entre ellas.

LA GUERRA DEL PELOPONESO

La oportunidad fue un entredicho entre Atenas y Corinto; esta última ciudad solicitó el apoyo de la Liga del Peloponeso y Esparta se lanzó a la guerra. En 431 comenzaron las hostilidades que, durante diez años, se mostraron indecisas mientras cada uno de los contendientes hacía su guerra favorita; en efecto, los atenienses recorrían con sus naves las costas y saqueaban por sorpresa las regiones espartanas, en tanto que los espartanos se lanzaron sobre Atenas que, encerrada dentro de sus muros, procuró resistir al asedio pese a las dificultades que provocó allí una epidemia. Al fin, en 421, se firmó una paz que regularizó la situación, sin que ninguno de los bandos pudiera acusar ventaja alguna.

La guerra volvió a empezar algunos años más tarde, cuando Alcibíades logró convencer a sus compatriotas de que emprendieran la conquista de Siracusa. La empresa fue preparada con cuidado y realizada en 415; pero resultó un fracaso absoluto: Atenas perdió su flota y su prestigio, al tiempo que se debilitaba frente a Esparta, que era su verdadera enemiga. En efecto, a poco de concluir la aventura siracusana, Esparta atacó de nuevo a la ciudad del Ática por incitación del propio Alcibíades, que habiendo sido acusado de sacrilegio en su patria, abondonó la expedición de Sicilia y se refugió en el seno de los enemigos de su ciudad. A partir del año 413, los espartanos se instalaron en la fortaleza de Decelia, en el corazón del Ática, y desde allí hostilizaron a los atenienses que, sitiados por tierra, comenzaron a flaquear y a perder su ascendiente sobre las ciudades aliadas, muchas de las cuales se pasaron a Esparta. También ayudó a esta ciudad Persia, cuyo rey facilitó recursos con tal de que Esparta le asegurara el dominio de las ciudades griegas del Asia Menor; y con tales medios, fue fácil preparar la sumisión de Atenas. En efecto, Esparta se proveyó de lo que necesitaba: una escuadra para batir a Atenas en el mar; la puso al mando de Lisandro, y éste logró sorprender a las naves atenienses en Egos Potamos, cerca del estrecho de los Dardanelos, donde destruyó gran número de barcos y se apoderó del resto. Poco después, la flota espartana bloqueaba el Pireo y cerraba el sitio de Atenas, que se vio obligada a capitular en 404.

La derrota de Atenas fue decisiva; debió abatir sus muros, abandonar sus posesiones y someterse a Esparta, tolerando el gobierno de los ciudadanos más hostiles a la democracia; pudo, sin embargo, modificar poco después su régimen interno gracias a la acción de Trasíbulo, pero su poderío exterior concluyó por algún tiempo. Esparta, en cambio, alcanzó la hegemonía sobre el mundo griego, y ejerció su autoridad con severa firmeza; pero no se conformó con eso y quiso extenderla al Asia Menor, donde el rey Agesilao emprendió una acción enérgica contra Persia; entonces el Gran Rey comenzó a socavar la autoridad espartana en las ciudades sometidas y Esparta comprendió que peligraba; así fue como se decidió a firmar con Persia la llamada paz de Antálcidas, en 387, con la cual limitó sus aspiraciones a las regiones griegas del Egeo.


La hegemonía de Tebas y la época de Filipo de Macedonia

Esparta no fue más afortunada que Atenas; también las ciudades que se le sometieron comenzaron muy pronto a resistir su autoridad. Entre todas, fue Tebas la que logró equilibrar el poder militar de Esparta y vencerla, estableciendo su autoridad sobre el mundo griego. Su hegemonía fue efímera, y en la escuela de sus generales se formó un estratego macedonio, Filipo, que, desde el trono de su patria emprendería, a su vez, la sumisión de todos los estados griegos.

LA HEGEMONÍA TEBANA

Cuando Esparta descubrió que los tebanos aspiraban a unificar bajo su mando toda la Beocia, creyó que era necesario contener el intento y ocupó la ciudad, entregando el poder a los oligarcas que le eran adictos. Pero entre los demócratas que tuvieron que abandonar la ciudad estaba un hombre de notable talento político y militar que organizó la toma de la ciudad: Pelópidas. En 379, Pelópidas logró su intento; a su alrededor se unió rápidamente toda la Beocia, y Atenas se sintió respaldada para reconstruir su imperio marítimo; en poco tiempo se constituyó de este modo un nuevo poder hostil a Esparta, del cual Tebas fue el nervio por la organización militar que logró en pocos años.

Pelópidas y Epaminondas fueron los realizadores del milagro. El segundo poseía un innegable genio militar y supo introducir en el ejército tebano algunas modificaciones que acrecentaron su eficacia. Así fue como logró Tebas algunas victorias decisivas en Macedonia y en Tesalia, que aseguraron su frontera septentrional. Pero Esparta contemplaba vigilante el surgimiento de esta potencia rival y se decidió a invadir la Beocia; sin embargo, era ya tarde, porque los tebanos supieron resistir y derrotaron a los espartanos en la batalla de Leuctra, el año 371. Desde entonces, Tebas fue la potencia hegemónica de Grecia y se dispuso a quebrar a Esparta en su propio hogar, para lo cual estimuló la insurrección de las regiones del Peloponeso que estaban sometidas a ella y hasta se decidió a intervenir allí con sus fuerzas. En una de esas campañas Epaminondas derrotó a un ejército espartano en Mantinea (362): era la culminación del triunfo; pero Epaminondas murió en la acción y Tebas no supo encontrar un conductor que lo reemplazara, de modo que Esparta pudo rehacerse, y la hegemonía tebana se esfumó rápidamente.

FILIPO DE MACEDONIA

La anarquía se apoderó entonces de Grecia. Las distintas ciudades no poseían fuerzas para imponerse, pues las viejas rencillas las carcomían; de modo que aparecían por todas partes conflictos que quebraban la tradición de unidad o solidaridad reinante en algunos sectores de Grecia. La ocasión era, pues, propicia para que algún vecino poderoso diese ahora el golpe de mano que antes había intentado el rey persa, porque era difícil que las ciudades griegas recobrasen ahora el vigoroso sentido de la unidad helénica que antes las había unido contra el invasor.

Estos vecinos no podían ser sino el mismo Imperio Persa o Macedonia. Este último Estado había crecido en poder y en prestigio en el curso de la primera mitad del siglo IV, y encontró en su rey Filipo —que subió al trono en 359— el conductor que necesitaba: era un hombre resuelto y ambicioso, y había hecho su preparación militar a las órdenes de Epaminondas, mientras permaneció en Tebas como rehén, después de las expediciones que los tebanos hicieron contra su patria.

Filipo comenzó por organizar un ejército de extraordinaria eficacia, por la calidad de sus componentes, la eficiencia de su preparación y, sobre todo, por su conducción táctica y estratégica. Con él derrotó rápidamente a sus vecinos del Norte y del Oeste, y se dispuso entonces a conquistar la Tracia y las ciudades marítimas de la costa macedónica, vinculadas a Atenas por sus intereses comerciales. Luego que obtuvo estas regiones —ante el espanto general de los estados griegos— consiguió apoderarse de Tesalia, y, a partir de ese instante, pudo como vecino introducirse en los asuntos privados de las ciudades de Grecia central, de modo que, al cabo de pocos años, constituyó un peligro evidente para todos los que ansiaban conservar la antigua libertad.

Quienes vieron con más claridad este peligro fueron los atenienses, a quienes despertó de su apatía el orador Demóstenes. Pero tampoco entre ellos era unánime la opinión de que Filipo constituía un peligro grave, de modo que fue necesaria la agresión que el rey de Macedonia llevó contra la Grecia central en 338 para que los atenienses se resolvieran a seguir las inspiraciones de Demóstenes; entonces, una vez aliados los tebanos y los atenienses, ofrecieron batalla, pero Filipo los derrotó en Queronea, por lo que la victoria puso en sus manos el destino de todos los estados griegos.

A partir de ese momento, Filipo se comportó como un consumado político. Decidió tratar con benévola moderación a los vencidos y los convocó para que enviaran diputados a un congreso que se celebraría en Corinto. Allí logró que prestaran su asentimiento para la constitución de una confederación —la Liga Helénica— cuya política exterior y cuyos ejércitos dirigiría Filipo; en cambio; la Liga no intervendría en los asuntos interiores de cada estado, que se seguirían rigiendo por sus instituciones como hasta entonces. De este modo, el rey de Macedonia neutralizaba la resistencia que podrían ofrecerle las ciudades sometidas, y lograba proveerse del instrumento que necesitaba para realizar sus sueños de conquista.

En efecto, Filipo había sostenido que la unificación de Grecia era imprescindible para prevenir el peligro de la invasión persa. Esta hipótesis era poco verosímil, pero tenía profundo valor de sugestión y, sobre todo, respondía al secreto pensamiento de Filipo, que era la conquista del Asia. Este proyecto fue el que se aprestó a realizar cuando hubo logrado la constitución de la Liga Helénica: concentró el ejército aliado, preparó sus planes, y, cuando se disponía a realizarlos, cayó asesinado por uno de sus oficiales, el año 336. El sueño de la conquista parecía fracasar.


El imperio de Alejandro Magno

Sin embargo, el gigantesco ideal de la conquista del Asia estaba ya en la mente de su hijo Alejandro. Salvadas las primeras dificultades, el nuevo rey de Macedonia volvió a preparar el plan de ataque y logró cumplirlo: así se hizo realidad el sueño de Filipo.

ALEJANDRO

El joven Alejandro poseía, sin duda, excepcionales condiciones de hombre de estado y de estratego. Había sido educado por el filósofo Aristóteles, a quien su padre llamara a Pella, su capital, para que educara al joven príncipe, y el discípulo había hecho honor a su maestro, mostrándose serio y reflexivo. Sin embargo, no era la filosofía sino la guerra lo que más apasionaba a Alejandro. Siendo casi un niño formaba ya en las filas del ejército macedónico y luchó en Queronea al frente de una de las alas, destacándose por su valor y su sentido estratégico. Pero le apasionaba también la política, y fue capaz de manejar los hilos de la vasta intriga que se tejió contra él —joven de veinte años— cuando la muerte de su padre lo señaló para ocupar el trono.

En efecto, los conflictos cortesanos que habían movido la mano del asesino de su padre siguieron trabajando en el ambiente palaciego y fue necesaria toda la energía del joven rey para contenerlos.

Al mismo tiempo, la desaparición de Filipo había hecho concebir la esperanza a muchos de los estados sometidos de que la era de la opresión macedónica terminaba, y así, se apresuraron a declararse en posesión de su antigua y absoluta libertad. Pero Alejandro no descansó un instante y acudió prestamente a todas partes para restablecer su autoridad, sin vacilar en aplicar las medidas más rigurosas cuando le pareció necesario, como hizo con Tebas, a la que destruyó para que sirviese de ejemplo a las demás ciudades. Por este medio consiguió contener la ola de la insurrección y afirmarse rápidamente en el trono macedónico y en la hegemonía griega.

Seguro ya de su triunfo, Alejandro —como su padre— convocó de nuevo a los estados griegos a una asamblea en Corinto, y allí, en 335, quedó restablecida su autoridad en los mismos términos que lo estuvo la de Filipo. Pocos meses después, un ejército de cuarenta mil hombres se preparaba para cruzar el estrecho de los Dardanelos, para de este modo iniciar la conquista de todo el Imperio Persa.

LA CONQUISTA DEL ASIA MENOR

En 334, la expedición cruzó el estrecho y entró en territorio enemigo. El sátrapa de Asia Menor resolvió —contra la opinión de alguno de los generales— dar la batalla en las proximidades del lugar de desembarco y le salió al encuentro en las orillas del río Gránico; allí lo derrotó Alejandro sin que quedara esperanza alguna, y toda el Asia Menor quedó a su disposición.

Alejandro marchó rápidamente hacia Sardes, capital de la satrapía; ocupó luego las ciudades costeras y se internó después en el corazón de la región para asegurarse de que no había fuerza alguna que pudiera hostilizar su retaguardia. En estas condiciones, emprendió la marcha hacia el Sur, dispuesto a forzar el paso que le permitiría la entrada en la Siria, a través del Taurus.

El Gran Rey apeló a todos sus recursos para contener al invasor. Un ejército de cien mil hombres se estableció en el desfiladero que, cerca de la ciudad de Isso, sirve de acceso a la Siria, y allí se enfrentó con Alejandro, en 333.

LA CONQUISTA DE SIRIA Y EGIPTO

Las fuerzas macedónicas pusieron a prueba su valor y su disciplina frente a la enorme masa de guerreros que tenían a su frente, y salieron triunfantes de la prueba. El propio Darío III dirigía las operaciones, pero nada pudo impedir el desastre y las huestes persas debieron huir abandonando todo el occidente del imperio en manos de Alejandro. En poco tiempo se apoderó de casi todas las ciudades sirias; sólo Tiro resistió denodadamente y fue necesario un sitio de siete meses para abatirla. Luego se dirigió al Egipto, donde entró acogido con todos los honores por los habitantes, que vieron en él un libertador; Alejandro, en efecto, se preocupó de no desilusionar a los egipcios y de atraérselos a su causa, para lo cual visitó el santuario de Amón y se hizo coronar como faraón según el rito tradicional; luego fundó en el delta una ciudad, que en su honor se llamó Alejandría, y, seguro de que nada amenazaba sus conquistas, emprendió, en 331, la marcha hacia el corazón del imperio.

LA CONQUISTA DE MESOPOTAMIA Y EL IRÁN

A través del desierto, Alejandro llegó a la Mesopotamia y cruzó el Eufrates; más allá lo esperaba Darío con un poderoso ejército, que había organizado y preparado adecuadamente para tratar de romper las líneas de los macedonios, con el cual se trabó la lucha en la ribera izquierda del Tigris, en Arbela; pero de nuevo Alejandro pudo deshacer la formación enemiga y aniquilar sus huestes, destrozando así el último obstáculo que le quedaba para entrar en la misma Persia.

Darío huyó con los restos de sus fuerzas hacia el Este. El vencedor, por su parte, tomó posesión de toda la Mesopotamia y ocupó Babilonia, que se rindió sin resistir, tras de lo cual inició la persecución de Darío internándose en el Irán. También allí se entregó sin resistencia Susa, en tanto que la conquista de Persépolis le demandó algún esfuerzo; pero se resarció de todo con las inmensas riquezas de que se apoderó allí, producto de las vastas conquistas de los persas. A partir de ese momento, Alejandro emprendió una larga expedición por las regiones más orientales del imperio, donde se había refugiado Darío; una a una fueron cayendo las distintas ciudades, y al fin supo que un gobernador de la provincia de Bactriana, llamado Besso, había asesinado al rey para usurpar el trono; Alejandro lo persiguió, mientras consumaba la ocupación del territorio, y consiguió capturarlo, entregándolo entonces a los parientes de Dario para que lo castigaran. Finalmente, llegó al alto valle del Indo, y se propuso atravesarlo para extender su imperio hacia aquellas regiones, pero sus tropas se opusieron a sus designios, y Alejandro comprendió que era peligroso afrontar la conquista de una comarca ignota con un ejército descontento, renunciando entonces a sus proyectos.

El regreso se hizo navegando por el Indo hasta su desembocadura; allí una parte de las tropas siguieron por mar hasta llegar a las bocas del golfo Pérsico, en tanto que otra parte emprendió el cruce del desierto de Aracosia; poco después entraron ambas en Babilonia; poniendo así fin a la larga expedición, que en el plazo de diez años había proporcionado a Alejandro un inmenso imperio. Era el año 324 a. de J. C.

EL IMPERIO Y SU ORGANIZACIÓN

El vasto territorio que quedó sometido a su autoridad fue organizado rápidamente por el conquistador, siguiendo el modelo de Darío. Las satrapías o provincias mantuvieron aproximadamente sus límites y fueron entregadas por Alejandro a sus generales, quienes, en su mayoría, respetaron el régimen administrativo instaurado por los persas. Sin embargo, en cuanto a la orientación política, Alejandro introdujo algunas novedades que revelan su preocupación por consolidar la conquista. Su propósito fundamental fue provocar el acercamiento de los vencidos a sus vencedores, para lo cual favoreció los matrimonios mixtos, estimuló el aprendizaje de la lengua griega por los sometidos, y utilizó los servicios de los nobles persas en la administración del Estado. El mismo Alejandro dio el ejemplo, casándose con una princesa persa, Roxana, y, sobre todo, adoptando muchas costumbres orientales en el ceremonial de la corte; esto último, particularmente, llenó de indignación a los jefes macedonios, quienes no vacilaron en reprochárselo al conquistador, llegando algunos hasta a conspirar contra él; pero Alejandro cortó de raíz el mal apelando a la más violenta represión.

Al poco tiempo, Alejandro, cuyo organismo estaba minado por las fatigas sufridas en sus largas campañas y por la vida irregular a que se había entregado en Babilonia, enfermó y murió en esta ciudad en 323. Quedaba como fruto de su corta existencia —sólo tenía treinta y tres años— un vasto imperio sometido al ejército greco-macedónico, imperio cuya fusión apenas estaba comenzada y que, en cambio, poseía en su seno vigorosas fuerzas de dispersión. La unidad política no pudo lograrse, pero sí se produjo en todo ese inmenso ámbito la formación lenta y espontánea de una cultura bastante homogénea. Por eso tiene una definida fisonomía la época que se inicia con la conquista de Alejandro, que se conoce con el nombre de la época helenística.


La época helenística

Es fácil precisar la fecha en que comienza la época helenística, porque todos sus caracteres derivan de la violenta sacudida que provocó la caída del Imperio Persa y su traspaso a manos de griegos y macedonios. En cambio, fijar sus últimos límites resulta menos fácil, porque si, desde el punto de vista político, tiene su fin cuando la república romana conquista los principales territorios del Mediterráneo oriental, culturalmente se prolonga durante la época de la hegemonía romana y conserva sus caracteres hasta el siglo II después de Cristo. Puede, pues, distinguirse un período helenístico de otro que suele llamarse helenístico-romano; el primero de ellos es el tema de este título.

LA DIVISIÓN DEL IMPERIO DE ALEJANDRO

El imperio no podía durar. A la muerte del conquistador, sus generales disputaron incesantemente sobre si se mantendría unido —a la espera del hijo póstumo de Alejandro— o si se lo dividirían definitivamente, adjudicándose cada uno las regiones que pudiera defender con su espada. En el transcurso de cincuenta años, las disputas por el reparto provocaron luchas feroces que modificaron repetidas veces los límites establecidos entre las distintas áreas del dominio; pero desde el primer momento quedaron bien establecidas algunas regiones que, inevitablemente, constituían reinos autónomos. Así se formaron algunos estados que perduraron, mientras otros surgían y desaparecían por anexión de sus territorios.

LOS ESTADOS HELENÍSTICOS

Los núcleos perdurables dentro del imperio de Alejandro fueron tres: el Egipto, la Siria y la Macedonia.

El Egipto quedó, desde los primeros tiempos, en manos de Ptolomeo Lágida, uno de los mejores generales que había tenido Alejandro. Defendido por la tradición de sus límites, el Egipto no sufrió alteraciones importantes, excepto cuando la suerte de la guerra le proporcionaba o le arrebataba alguna porción del territorio en la Siria. Poseía la ciudad más poderosa del Mediterráneo por esa época, Alejandría, de la que los lágidas hicieron su capital; las vinculaciones de sus reyes y de su aristocracia griega facilitaron notablemente su desarrollo económico a través de los diversos países del Mediterráneo, para lo cual el Egipto se proveyó de una flota poderosa. Alejandría fue, así, el gran puerto de esta época.

La Siria correspondió a otro de los generales macedónicos, Seleuco Nicator, quien constituyó, mediante la guerra y las negociaciones, un imperio que se conoce con el nombre de Imperio Seléucida. Además de la Siria propiamente dicha comprendía parte del Asia Menor, la Mesopotamia y el Irán; pero esta extensión de los dominios fue efímera, porque diversas circunstancias le arrebataron varias provincias, en las que surgieron nuevos estados.

La Macedonia constituía ya antes de la conquista el núcleo del imperio, y conservó esta categoría. En el curso del tiempo cambió de manos, pero conservó su personalidad y orientó su influencia hacia la Grecia, sobre cuyas ciudades ejerció directa o indirectamente autoridad, pese a la resistencia que opusieron algunos estados.

Alrededor de estos tres surgieron en diversas épocas algunos estados menores, tales como los reinos de Pérgamo, Armenia, Ponto, Capadocia, Galacia y Bitinia. La Tracia fue también por algún tiempo un estado independiente que, junto con el Epiro, flanqueaba la Macedonia. Y al sur de Grecia, Esparta procuraba mantener su autonomía, como lo hicieron las ciudades griegas que se confederaron en la Liga Aquea y la Liga Etolia. Finalmente, en el Occidente, las ciudades griegas —como Siracusa, por ejemplo— adquirieron autonomía y constituyeron estados independientes que alcanzaron notable desarrollo en algunos casos.

LA CULTURA HELENÍSTICA

El rasgo peculiar de esta época es la comunidad de cultura. Sin duda se presentan al observador diferencias notables entre unos estados y otros, según las influencias que predominaron; así, en los estados griegos la cultura de este origen mantuvo su vigor pese a las influencias que el Oriente proyectó sobre ella, en tanto que en los países orientales que se helenizaron no se perdieron por completo los rasgos de la primitiva cultura. Pero por sobre las diferencias locales, ciertos caracteres comunes dieron a la cuenca mediterránea una fisonomía homogénea, a lo que contribuyó en buena parte la difusión de un dialecto griego —el koiné— que se transformó en lengua internacional.

La cultura helenística es el resultado de la interferencia de influencias griegas y orientales sobre las culturas vernáculas de las distintas regiones de la cuenca mediterránea. Pero, al mismo tiempo, contribuyeron a caracterizarla algunas circunstancias propias del desarrollo económico, político y social de la época. Hubo, en efecto, un intenso tráfico internacional que acrecentó la riqueza y modificó la condición social de muchos grupos; de esto resultó también un creciente cosmopolitismo que debilitó la conciencia de las nacionalidades y favoreció las mutaciones políticas por obra de la conquista; y resultó también —y no es lo menos importante— el surgimiento de populosas ciudades que centralizaron el intercambio económico, haciéndose, al mismo tiempo, focos de irradiación de ideas y costumbres. Antioquía, Seleucia, Pérgamo y, sobre todo, Alejandría, son los núcleos en donde se elabora y se difunde la cultura helenística, favorecidas por la población internacional que abunda en ellas y los recursos que poseen.

Las artes plásticas. — Estas ciudades —y otras menores— se enorgullecían de su poderío y se esforzaban por ponerlo de manifiesto cubriéndose de suntuosos edificios y de magníficas obras de arte. Surgió entonces una plástica de caracteres singulares que, aunque conserva los rasgos fundamentales del arte griego, se caracteriza por su magnitud y por la magnificencia de su ornamentación. Ejemplos característicos son el Altar de Pérgamo, el Faro de Alejandría, el Coloso de Rodas, en todos los cuales el afán del artista es conmover al espectador por la grandiosidad de la mole.

Con frecuencia, estos monumentos estaban adornados con estatuas y relieves, según la tradición griega, pero abundaron también las figuras aisladas y se comenzaron a hacer retratos. La escultura helenística es también, en general, de carácter monumental; el rasgo fundamental es, sin embargo, el predominio de los elementos dramáticos: las actitudes contorsionadas, las fisonomías trágicas, todo aquello que puede producir en el que la observa una impresión fuertemente patética. Los testimonios más significativos son el grupo de Laooconte y el de las Nióbidas, así como también el del galo matando a su esposa. En las figuras aisladas, especialmente en las femeninas, la plástica helenística se caracterizó por un afán de extremar la sensualidad de las formas, como lo muestra la Venus hallada en Milo.

La literatura. — En literatura, la época helenística se caracteriza por el afán con que se estudiaron las obras antiguas. El análisis estilístico y gramatical de los poemas homéricos y de los grandes monumentos literarios del siglo v estimuló una tendencia a la imitación, del que son claro ejemplo el poema de Apolonio titulado Los argonautas y los himnos y epigramas de Calímaco. Más originalidad tuvo el poeta siciliano Teócrito, cuyos Idilios, de ambiente pastoril, revelan fina sensibilidad poética y delicada inspiración.

Se destacaron en la historia, por esta época, Timeo de Siracusa, y, sobre todo, Polibio de Megolópolis, este último autor de una historia de Roma que escribió en la segunda mitad del siglo II, y en la cual reflejó cuanto veía del desarrollo político de la naciente potencia mediterránea a la luz de su experiencia griega.

La filosofía y la ciencia. — El pensamiento filosófico de la época helenística arranca de Aristóteles. Sus investigaciones habían inaugurado un nuevo método para el estudio por separado de diversos problemas que hasta entonces se confundían en la filosofía, tendencia que fue seguida luego por sus discípulos y continuadores. Aristóteles dejó una obra vastísima, delimitada en una serie de tratados tales como la Poética, la Ética —sobre la cual escribió tres obras— la Metafísica, la Física, la Política, y, sobre todo, el Órgano o tratado de lógica; cada una de estas obras correspondía a una rama del saber, que luego continuó siendo estudiada separadamente por sus discípulos y por los que siguieron las huellas de éstos. Hay así, en el período helenístico, una marcada separación entre los estudios puramente filosóficos, y los que corresponden a las distintas ciencias.

En el campo de la filosofía, distintas escuelas estudiaron con diferente punto de vista los principales temas de esas disciplinas, pero, en general, coincidían todas en la trascendencia que le atribuían al problema de la moral y de la conducta. Los cínicos primero, los estoicos, epicúreos y escépticos luego, trataron de establecer cuál era el sumo bien a que podía aspirar el hombre y cuáles eran los caminos que debía seguir para alcanzarlo, para lo cual ahondaron en los problemas éticos, psicológicos y metafísicos, y aun en otros campos de la filosofía cuyos secretos parecían decisivos para la resolución de los enigmas que los preocupaban. Zenón el estoico, Epicuro, y Pirrón el escéptico son las primeras figuras de esas escuelas, en las que se destacaron luego Cleanto y Crisipo entre los estoicos, Metrodoro y Hermarco entre los epicúreos y Timón y Carneades entre los escépticos; hubo luego, en estas tres direcciones, continuadores romanos de valor como Séneca y Marco Aurelio, Lucrecio y Sexto Empírico.

En el campo de las ciencias, fueron numerosos los investigadores que alcanzaron valiosos resaltados. En materia de astronomía, física y matemáticas se distinguieron Eratóstenes, que midió con bastante exactitud el meridiano terrestre, Aristarco, que insinuó los principios del movimiento de la tierra contra la opinión de todos los sabios de su tiempo, Arquimedes, que descubrió algunos principios fundamentales de la mecánica, y Euclides, que estableció las bases de la geometría. Hubo también médicos ilustres que analizaron los caracteres del cuerpo humano, su anatomía, su fisiología y su patología; y no faltaron naturalistas que comenzaron a describir la fauna y la flora.

Estos estudios se difundieron ampliamente por el mundo helenístico gracias a las bibliotecas, academias y universidades que se establecieron en las principales ciudades. fue famosa la biblioteca de Alejandría por el prodigioso número de obras que contenía y por las numerosas copias que de ellas lanzó a la circulación; pero no fue menos famoso el Museo, verdadera universidad a la que concurrían estudiantes de las más lejanas regiones. Así se elaboró y se generalizó un saber rico en posibilidades, que heredaron los árabes y que ha llegado a nuestros días sin perder su valor inicial.


Roma y la instauración de la República

En la época en que Atenas luchaba por alcanzar una organización democrática, Roma, la pequeña ciudad del Tiber dominada por los etruscos, crecía lentamente, aislada y sin horizontes. Pero al finalizar el siglo VI, un acontecimiento decisivo cambió sus perspectivas y le abrió el camino de sus grandes destinos: la instauración de la república.

LA REPÚBLICA PATRICIA

Roma era una pequeña comunidad agrícola, en la que, naturalmente, los principales propietarios de la tierra —los patricios— poseían cierta innegable superioridad sobre las gentes que carecían de bienes raíces y vivían del comercio o trabajando como jornaleros, a quienes llamaban plebeyos. Los últimos reyes etruscos trataron de apoyarse en estos últimos para afirmar su poder y les concedieron algunas ventajas; pero los patricios no estaban conformes y esperaron una ocasión favorable para sacudir el yugo etrusco y, al mismo tiempo, someter a los plebeyos para defender y afirmar sus privilegios. La ocasión llegó en tiempos del rey Tarquino el Soberbio, cuya prepotente autoridad concluyó por irritar a los nobles, quienes organizaron una insurrección general que estalló en el año 509. Tarquino fue depuesto y los patricios organizaron una república aristocrática, de cuyo gobierno quedaron totalmente excluidos los plebeyos.

Sin embargo, esta clase numerosa constituía uno de los resortes fundamentales del ejército y de la economía. El nuevo Estado se veía acosado por sus vecinos, especialmente por los etruscos, que deseaban volver a imponer en él su autoridad, y muy pronto comprendieron patricios y plebeyos que no podían los primeros prescindir de los segundos; así fue como empezó una larga pugna entre las dos clases sociales, amenazando los plebeyos con abandonar la ciudad si no se les concedían algunos derechos, y luchando los patricios por mantener sus privilegios sin llegar a provocar la emigración de los plebeyos.

Esta lucha entre patricios y plebeyos llena la historia interior de Roma durante los siglos V y IV, resolviéndose definitivamente en el III. En todas las situaciones peligrosas provocadas por los ataques de los enemigos, los plebeyos exigían, a cambio de su ayuda, la concesión de nuevas ventajas, y los patricios solían conceder todo o parte de lo que se les demandaba, a cambio de la ayuda militar, sin perjuicio de que procuraran por todos los medios defender algunos de sus privilegios. De este juego de intereses resultó al cabo una nueva organización política y social que se conoce con el nombre de estado patricio-plebeyo.

EL TRIBUNADO DE LA PLEBE

Poco después de instaurada la república, los plebeyos amenazaron con abandonar la ciudad si no se les concedían mejores condiciones de vida. Querían que no se los redujera a la esclavitud a causa de las deudas y, sobre todo, que se les reconociera el derecho de designar dos tribunos que los representaran y los defendieran frente a los atropellos de los poderosos. Los patricios consintieron, porque la plebe no vaciló en retirarse al monte Sacro y afirmó que estaba decidida a fundar allí otra ciudad; desde entonces, sus miembros pudieron gozar de cierta segura protección, porque los tribunos eran inviolables y poseían la atribución de interponer su veto a cualquier sentencia o decisión de los magistrados que constituyera un atropello a sus derechos.

Para decidir su actitud y para consultar a la plebe, los tribunos comenzaron a convocarla a unas asambleas que recibieron el nombre de concilios de la plebe, las cuales tomaban ciertas decisiones —los plebiscitos— que obligaban a sus miembros. Estas asambleas adquirieron cada vez mayor importancia y, con el correr del tiempo se transformaron en cuerpos del Estado.

LA IGUALDAD CIVIL, POLITICA Y RELIGIOSA

Sin embargo, la protección de los tribunos sólo alcanzaba a remediar un aspecto de la situación de la plebe, acaso el más triste, pero no el más importante, porque sus miembros seguían excluidos de la comunidad. Seguros ahora en cuanto a su integridad física, los plebeyos aspiraron a adquirir derechos análogos a los de los patricios, especialmente en cuanto se refería al régimen penal. Exigieron entonces que se redactara y se hiciera pública una ley en la que se establecieran las principales disposiciones civiles y penales a que debían atenerse, con el objeto de evitar la arbitrariedad de los jueces, para lo cual se designó una comisión de diez personas —los decenvíros— cuya misión debía ser fijar por escrito aquellas disposiciones. Tras muchas alternativas, quedó sancionada finalmente la llamada Ley de las Doce Tablas, cuyas disposiciones eran comunes para todos los individuos que componían las dos clases, creyéndose que con esto se pondría fin a la divergencia.

Pero las demandas de la plebe no pararon aquí, porque la ley sancionada confirmaba, precisamente, lo que más repugnaba a los plebeyos: la separación entre ellos y los patricios. Comenzaron entonces a exigir que se autorizaran los matrimonios mixtos y, finalmente, lo consiguieron en 445; la consecuencia fue que los plebeyos ricos comenzaran a unirse en matrimonio con jóvenes patricias, con lo que comenzó una fusión estrecha entre las dos clases destinada a suprimir con el tiempo el abismo que las separaba.

A medida que se iba realizando esta aproximación entre los plebeyos ricos y los patricios, las ambiciones de los primeros fueron aumentando. Pronto quisieron tener acceso a la magistratura, y lucharon por conseguirlo. En el siglo IV y después de largos conflictos, lograron que, por la ley Licinia, se reconociera que uno de los dos cónsules debía ser de origen plebeyo; pero los patricios quisieron contener el ascenso de la plebe limitando las funciones de los cónsules y crearon otras magistraturas, entre las que repartieron sus atribuciones primitivas. Los plebeyos no cejaron, y exigieron que se los designara también para ejercer esos nuevos cargos de pretores, ediles y censores, lo cual fueron consiguiendo poco a poco. De este modo, al finalizar el siglo IV los plebeyos podían ocupar todas las funciones públicas y tenían derecho a formar parte del Senado en su calidad de antiguos funcionarios.

Las magistraturas que defendieron los patricios con más vigor fueron las que se vinculaban con el ejercicio del culto. Sostenían que sólo ellos participaban de la religión oficial y que, en consecuencia, no podían los plebeyos ser sacerdotes de un culto al que no pertenecían. Pero los plebeyos tampoco se detuvieron ante esta barrera y exigieron que se les reconociera el derecho de participar en el culto oficial y de ocupar los distintos sacerdocios, lo cual consiguieron mediante una ley sancionada al finalizar el siglo IV. De ese modo, nada quedó en el estado romano que fuera monopolio del, antiguo patriciado.

EL COMICIO POR TRIBUS Y LAS LEYES

Sin embargo, estas concesiones de los patricios tenían menos importancia de lo que parecía. En efecto, eran ya muy pocas las familias patricias que conservaban su estirpe pura de toda mezcla con plebeyos, puesto que, muy generalmente, eran ellas mismas las que buscaban las alianzas con los plebeyos ricos; y como eran solamente éstos los que podían permitirse el lujo de aspirar a los cargos públicos, muy difícilmente resultaba de la llegada de los plebeyos al poder un ataque serio a las ventajas de los ricos. Lo que ocurrió fue que se formó una nueva nobleza patricio-plebeya que dominó el Estado, y por debajo de la cual quedaban en situación bastante triste los plebeyos pobres.

Con todo, algo iban ganando éstos en el cambio. Por lo pronto, las posibilidades de mejoramiento social estaban abiertas a todos. Pero además todos podían hacer valer su influencia indirectamente mediante las decisiones tomadas en el concilio de la plebe, con las cuales podían obligar a sus miembros a realizar determinadas gestiones en su provecho. Muy pronto descubrieron que esta vía podía perfeccionarse y comenzaron a exigir que los plebiscitos no obligaran solamente a los plebeyos sino a todos los ciudadanos. La proposición era revolucionaria y la nobleza resistió; pero la plebe amenazó con una nueva emigración en masa y al fin consiguió lo que quería a principios del siglo III, precisamente cuando se completaba la conquista de Italia. De ese modo, la asamblea de la plebe se transformó en un comicio y reemplazó al comicio por centurias en la función legislativa: fue el ejercicio por tribus o asamblea popular.

Así, a comienzos del siglo III, Roma es un Estado patricio-plebeyo, en el que no pueden establecerse ya distingos según el nacimiento de los ciudadanos. En cambio, se ha producido una abierta separación entre ricos y pobres, de la que nacerán en el futuro graves problemas sociales. Pero no estallarán antes de mediados del siglo II, cuando la conquista haya extremado la riqueza de unos y la miseria de otros.


La conquista de Italia

El armade que dispusieron los plebeyos para lograr sus conquistas sociales y políticas fue la amenaza de abandonar el servicio de las armas. Esta arma resultó eficaz porque, inmediatamente después de la revolución patricia del 509, los romanos se vieron amenazados por sus vecinos y tuvieron que apelar a toda su energía y a todos sus poderosos recursos para mantener a toda costa su independencia.

La suerte acompañó a sus armas, y no sólo consiguieron contener a los agresores sino que muy pronto comenzaron a someterlos a su autoridad. Así, en el curso de los siglos v y IV, los romanos consiguieron afianzar su hegemonía sobre toda la Italia, proceso que quedó concluido en los primeros años del siglo III.

LAS GUERRAS DEL SIGLO V Y LA INVASIÓN DE LOS GALOS

El siglo que siguió a su independencia política fue de constante inquietud para la pequeña ciudad del Tiber. Los etruscos, que no se resignaban a perder su zona de influencia hacia el Sur, quisieron repetidas veces recobrar su autoridad sobre Roma, para lo cual iniciaron frecuentes ataques contra ella. Pero Etruria estaba ya herida de muerte. Su frontera norte estaba amenazada constantemente por las tribus galas y las ciudades septentrionales debían dedicar todas sus energías a repeler sus ataques; las ciudades meridionales, y especialmente Veyes, pudieron, en cambio, hostigar a Roma y lo hicieron cada vez que las circunstancias se presentaron favorables. Sin embargo, Roma pudo contener su amenaza y, al fin, en un esfuerzo supremo, logró dominarla y someterla finalmente en los primeros años del siglo IV, por obra del dictador Camilo.

Al mismo tiempo los romanos tuvieron que luchar contra los pueblos vecinos del Lacio, especialmente los que vivían en las laderas de las montañas vecinas, a quienes tentaban las tierras fértiles que ocupaban los romanos. Los ecuos, los volscos y los sabinos solían hacer incursiones todas las primaveras sobre las regiones ocupadas por sus vecinos, y algunas veces pusieron en peligro a Roma. Sin embargo, en el curso del siglo v, los romanos lograron no sólo contener a esos pueblos sino también dominarlos, y formaron con ellos la Liga Latina, de la cual Roma fue la cabeza. Esta organización dio a Roma una sólida posición; pero, al cabo de poco tiempo, una terrible invasión de los galos amenazó a la misma Roma y estuvo a punto de provocar la disolución de la Liga.

Empujados por los germanos, los galos habían penetrado en la actual Francia y habían cruzado luego los Alpes invadiendo a Italia. En su marcha hacia el Sur, los etruscos fueron su principal obstáculo, pero, al comenzar el siglo IV, una fuerte banda había conseguido vencer su resistencia y llegó cerca de Veyes, precisamente cuando los romanos acababan de apoderarse de la ciudad. Los romanos se aprestaron a la defensa y trataron de contenerlos, pero su impulso arrollador los llevó hasta el mismo Lacio, donde, finalmente, un ejército romano fue destruido en la batalla de Alia, en 390.

Los galos se lanzaron sobre la ciudad. El Senado aguardó serenamente a los invasores en el recinto donde sesionaba, y sus miembros fueron ultimados, pero la población combatiente se refugió en el Capitolio —que era la ciudadela—, mientras los demás se alejaban del recinto urbano. El saqueo fue total, pero el Capitolio no fue tomado y, finalmente, Breno, el jefe de los invasores, ofreció vender su retirada a cambio de una gruesa cantidad de oro que los romanos decidieron entregar. Poco después, los galos emprendían otra vez la marcha hacia el Norte y los pobladores de Roma volvieron a su ciudad devastada pero libre.

La consecuencia del desastre fue que las ciudades latinas intentaron sublevarse, aprovechando la crisis moral que suponían que se había apoderado de los romanos. Pero se equivocaron. Camilo, el heroico y decidido jefe que había conquistado Veyes, encabezó la represión, y poco tiempo después Roma volvió a ser señora del Lacio.

LA CONQUISTA DE LA ITALIA CENTRAL Y LAS GUERRAS SAMNÍTICAS

El éxito obtenido en esas campañas, la necesidad de guarnecer las fronteras y, sobre todo, las posibilidades que les daba la nueva organización del ejército —al que se había incorporado un crecido número de plebeyos— movieron a los romanos a extender sus operaciones tanto hacia el Norte como hacia el Sur. Toda la región meridional de la Etruria y las zonas próximas de la Campania fueron sometidas por sus ejércitos en el curso de la primera mitad del siglo IV. Pero este acrecentamiento del poder militar provocó nuevamente el recelo de los latinos, que se sublevaron otra vez hacia 340. Roma los derrotó en poco tiempo y ejerció serenamente su autoridad sobre ellos al tiempo que continuaba su política de expansión hacia el Sur. En ese plan, no podía sino chocar con un pueblo vigoroso que habitaba las montañas del centro de Italia y que también aspiraba a ocupar las zonas fértiles de la costa de la Campania: los samnitas.

Las guerras con los samnitas duraron en total treinta y cinco años. Empezaron con algunos desastres romanos, pero luego la suerte empezó a mostrarse adversa a los samnitas, quienes, finalmente, trataron de formar una coalición de todos los pueblos sometidos por Roma para dar contra éstos una batalla definitiva. Galos, etruscos y algunos pueblos de Italia central se unieron a los samnitas y juntos atacaron al ejército romano, pero fueron deshechos en la batalla de Sentino, el año 295. Poco tiempo necesitó luego Roma para afirmar su dominación en los territorios de los vencidos, con lo cual su poder político y militar salió robustecido de esta larga lucha, que por momentos tuvo caracteres trágicos para ella.

LA CONQUISTA DE LAS CIUDADES GRIEGAS

La conquista y ocupación del Samnio puso a los romanos en contacto con las ciudades griegas del sur de Italia, que muy pronto comprendieron que las amenazaba el poder expansivo de Roma. En efecto, los romanos no vacilaron en procurarse la amistad de algunas de aquellas ciudades y en tratar de influir sobre ellas, debido a lo cual entraron en conflicto con Tarento, que era la que, hasta entonces, ejercía cierta hegemonía sobre el sur de Italia.

En 281, Tarento tuvo la loca audacia de provocar a Roma y atacó algunos barcos romanos que estaban en el puerto. La consecuencia fue que la guerra se tornó inminente y Tarento pidió auxilio a Pirro, rey del Epiro, porque se sintió impotente frente a la magnitud del conflicto que había atraído sobre sí. Pirro, un guerrero formado en la escuela de los generales de Alejandro, creyó que sería empresa fácil para él dominar a todos los pueblos de Italia y construir un imperio en el Occidente, de modo que aceptó el hacerse cargo de la guerra. Pero, pese a que en las primeras campañas lo favoreció la suerte y derrotó a los romanos en Heraclea (280) y en Ausculum (179), Pirro cayó finalmente vencido en Beneventum, en 275, después de lo cual resolvió abandonar Italia dejando a las ciudades griegas libradas a sus fuerzas. Naturalmente, Roma logró apoderarse de ellas y la propia Tarento debió rendirse en 272.

Así, al comenzar el siglo III, la hegemonía romana se extendía por sobre toda la Italia. Los inmensos recursos de las ciudades marítimas de Magna Grecia pasaron a sus manos y muy pronto Roma sintió la hostilidad de otra potencia naval que se vio amenazada por ella: Cartago. Se preparaba de ese modo una larga lucha que la historia conoce con el nombre de guerras púnicas.


Las dos primeras guerras púnicas

La importancia de las guerras púnicas fue decisiva en la suerte de Roma. Por primera vez, la autoridad romana se extendió sobre regiones ultramarinas y, desde entonces, sus hombres más representativos comenzaron a soñar con un vasto imperio, que parecía rendirse a sus pies por la debilidad de todas las potencias del Mediterráneo. Roma había experimentado su fuerza y se halló capaz para las más difíciles aventuras de conquista.

LA PRIMERA GUERRA PÚNICA Y EL IMPERIO CARTAGINÉS EN ESPAÑA

La rivalidad entre Roma y Cartago comenzó cuando la primera se transformó en potencia marítima por la conquista de las ciudades griegas; hasta entonces habían mantenido los dos países buenas relaciones, pero desde ese momento se agriaron hasta el punto de que un pequeño incidente llegó a provocar el conflicto armado entre ellos. En efecto, en 264 se apoderaron los cartagineses de Mesina, cuyos habitantes pidieron ayuda a Roma; no sin vacilaciones, Roma se decidió a intervenir, pese a que no se consideraba todavía en condiciones de afrontar la lucha con un rival que poseía mayores recursos que ella en los mares; pero las circunstancias precipitaron los acontecimientos, y muy pronto obtuvieron sus ejércitos una victoria en Sicilia, donde los cartagineses fueron arrojados de Mesina. Poco después, y ante la amenaza de que Cartago cortara sus comunicaciones a través del estrecho, una flota romana mandada por el cónsul Duilio trabó combate con las naves cartaginesas y logró derrotarlas en la batalla de Miles, frente a la costa siciliana.

Para definir el conflicto, el cónsul Régulo concibió un vasto plan estratégico que consistía en desembarcar en la costa africana y dirigirse directamente contra Cartago. Puesto en acción el plan, Régulo fue derrotado por el ejército cartaginés que mandaba el general espartano Jantipo y la operación terminó en un terrible fracaso. Las operaciones se limitaron por algún tiempo a las guerras de Sicilia, pero, finalmente, los romanos consiguieron una formidable victoria naval frente a las islas Égatas en 241 y Cartago, vencida en el mar, se vio obligada a pedir la paz.

Roma supo aprovechar su victoria. Se estableció en Sicilia, donde sólo quedó fuera de su autoridad la ciudad de Siracusa, que estaba en manos de un rey amigo; y en los años subsiguientes, sus fuerzas ocuparon Córcega y Cerdeña, de modo que los cartagineses perdieron todas sus bases para el comercio del mar Tirreno.

Para resarcirse, los cartagineses, bajo la inspiración y el mando de Amílcar Barca, lograron establecerse en las costas de España. Allí se dedicaron a explotar sistemáticamente las riquezas minerales y a someter a los naturales del país, que fueron incorporados paulatinamente al ejército. Poco después, el yerno y sucesor de Amílcar, Asdrúbal, fundó la ciudad de Cartago Nova (Cartagena) y acentuó la penetración hacia el interior. Finalmente, en 221, Aníbal, hijo de Amílcar, sucedió a Asdrúbal y dio a su política un aire desafiante contra Roma, a la que odiaba desde niño. Roma trató de contener los impulsos del cartaginés y apoyó a algunas ciudades, entre ellas Sagunto; pero en 219 Aníbal estaba ya decidido a atacar a Roma por tierra y provocó a Sagunto, tomándola después de un feroz asedio, a pesar de las prevenciones que Roma había tomado. La guerra, pues, estaba decidida.

LA SEGUNDA GUERRA PÚNICA: INVASIÓN DE ITALIA Y CAMPAÑAS DE ANÍBAL

Aníbal había concebido un vasto y atrevido plan de operaciones. En los últimos años Roma había sometido toda la región del Po hasta los Alpes, y Aníbal estaba seguro de que, si conseguía llegar hasta allí, contaría con la ayuda de esas poblaciones belicosas que, seguramente, aspirarían a sacudir el pesado yugo romano. Resolvió entonces marchar por tierra y cruzar los Alpes para invadir Italia por el Norte, proyecto lleno de dificultades que puso en ejecución en 218.

Con cerca de cien mil hombres, con una pesada impedimenta de la que formaban parte cuarenta elefantes de combate, Aníbal inició la marcha desde Cartagena; cruzó el Ebro, los Pirineos, el Ródano y llegó a los Alpes; entonces emprendió el paso de la cordillera y, pese a las pérdidas sufridas en hombres, animales y material de guerra, logró descender a la llanura del norte de Italia con fuerzas suficientes para marchar al encuentro de un ejército romano que pretendía cerrarle el paso.

En las orillas del río Tesino, el ejército invasor logró su primera victoria abatiendo al ejército romano que mandaba el cónsul P. Cornelio Escipión. Poco después —el mismo año 218— Aníbal logró un nuevo triunfo frente a otro ejército romano mandado por el otro cónsul, Tito Sempronio, en las riberas del Trebia. Con estos éxitos Aníbal consiguió no sólo desbaratar la resistencia al norte de los Apeninos sino también atraerse a las poblaciones galas recientemente sometidas por Roma, cuyos guerreros engrosaron las filas del ejército invasor. Con este refuerzo, el general cartaginés decidió cruzar los Apeninos y entrar en la Italia central, donde los romanos contaban con nuevas fuerzas para oponerle.

La fortuna siguió acompañando al invasor. El cónsul Flaminio fue abatido en la batalla del lago Trasimeno en 217 y Roma parecía quedar a merced de los enemigos. Pero Aníbal decidió marchar hacia el Sur sin ocupar la capital, fuera porque quería sublevar las ciudades griegas, fuera porque le apremiaba el restablecer sus comunicaciones marítimas con Cartago. Los romanos, aconsejados y dirigidos por el dictador Fabio Cunctator, evitaron por entonces la batalla campal y se limitaron a hostilizar la retaguardia de Aníbal. Pero al año siguiente, los cónsules Terencio Varrón y Paulo Emilio cambiaron de táctica y enfrentaron al cartaginés en Cannas, donde sufrieron una sangrienta derrota que dejó a Roma sin ejércitos.

Durante los diez años que siguieron, Roma afrontó con ejemplar energía la guerra en todos los frentes. Se luchó en España, en Iliria, y, sobre todo, en Sicilia, donde Siracusa se había decidido por Aníbal. Una diplomacia hábil permitió a los romanos atraerse algunos aliados y pudieron rehacerse poco a poco, mientras Aníbal esperaba un momento favorable para dar un golpe decisivo. Pero el momento no llegó. En 212, el cónsul Marcelo se apoderó de Siracusa; en 211, Publio Cornelio Escipión conquistó la España cartaginesa; y en 208, un poderoso ejército que venía en socorro de Aníbal a las órdenes de su hermano Asdrúbal cayó vencido en el Metauro por los cónsules Livio Salinator y Claudio Nerón. Aníbal comenzó a temer por su suerte, viendo cómo se cerraban sus vías de comunicación y cómo volvían a dominio romano las ciudades del sur de Italia que antes se habían adherido a su causa; ante tal situación, pasó a la defensiva y procuró de todos modos robustecer sus fuerzas, sin poder lograrlo. Entre tanto, un joven general romano, Escipión, ideó un plan de guerra que debía sacarlo de Italia.

LA CAMPAÑA DE ESCIPIÓN EN AFRICA

Escipión, el hijo del general que había vencido en España, era hombre de profunda visión. No sin vencer muchas resistencias logró que se lo designara jefe de una expedición que, partiendo de Sicilia, debía procurar llevar la guerra al territorio cartaginés. Una maniobra diplomática muy sutil le proporcionó la ayuda de un pueblo africano, los númidas, con cuyo apoyo emprendió las operaciones contra la ciudad de Cartago después de haber logrado transportar su ejército a través del mar sin que se le opusiera la escuadra enemiga. Entre tanto, Cartago había llamado a Aníbal para que organizara la defensa, y el general abandonó Italia para acudir a su patria. Con el ejército que pudo formar se enfrentó con Escipión, pero el joven general romano lo derrotó en la batalla de Zama, en 202.

Cartago debió someterse. Perdió todos sus territorios ultramarinos y parte de sus territorios metropolitanos, debiendo entregar a los romanos su flota y su material de guerra, además de una gruesa indemnización. Con ello desaparecía Cartago como potencia marítima y Roma quedaba como señora de toda la cuenca occidental del Mediterráneo.


La expansión transmarina y la helenización de Roma

Al comenzar el siglo II, después de su victoria sobre Cartago, se abre para Roma una nueva época. Ahora está segura de su fuerza, de su capacidad para la guerra por tierra y por mar, del terror que comienza a inspirar a los pueblos remotos. Como el dominio del Occidente le ha reportado ingentes ganancias con las que se han beneficiado muchos hombres de empresa, comienzan a crecer las ambiciones y son muchos los que sueñan ya con extender las conquistas. Además, Roma tiene razones militares para emprender nuevas campañas, esta vez hacia el Oriente. Así, las guerras púnicas condujeron al imperio.

HACIA EL ORIENTE Y MEDIODIA

La guerra macedónica. — Razones militares exigían una campaña contra Filipo V, rey de Macedonia; Roma había descubierto sus negociaciones con Aníbal y no podía dejar impune un enemigo de tal categoría; además, Macedonia había atacado a los estados griegos amigos de Roma, y esta circunstancia le proporcionó un excelente pretexto para decidir el ataque.

En 197, un ejército romano mandado por el cónsul Tito Flaminio derrotó a Filipo en la batalla de Cinocéfalos, pero Roma no quiso sacar ventajas inmediatas y se limitó a exigir que Macedonia respetara la independencia de los estados griegos, con lo cual ponía freno a su posible expansión. Macedonia quedaba, así, reducida a una situación de total inferioridad.

La guerra siria. — El fracaso de Filipo se debió, en parte, a la falta de ayuda del rey de Siria, el poderoso Antíoco III, que se la había prometido. Pero Antíoco, instigado por Aníbal, que se había refugiado en su corte, no había desistido por eso de luchar contra Roma, cuyas pretensiones comenzaban a alarmarlo; se preparó para ello y desechó las demandas de Roma para que desistiera de sus planes; luego puso en ejecución esos planes e invadió Grecia en 192.

Roma se apresuró a acudir con sus fuerzas. Derrotó a Antíoco en Europa y le obligó a abandonar los territorios griegos que había ocupado; pero no se contentó con eso, sino que, con un ejército mandado por Lucio Cornelio Escipión y en cuyo estado mayor iba su hermano Publio, persiguió a Antíoco en Asia y lo enfrentó en Magnesia, donde lo derrotó acabadamente en 190. Después de la victoria, Roma arrebató a Antíoco el Asia Menor y distribuyó su territorio entre otros estados que se convirtieron en sus aliados. De ese modo, Siria, limitada al Norte por los montes Taurus, dejó de ser una amenaza para la expansión romana.

La anexión de Macedonia y Grecia. — Macedonia había conservado sus propios recursos y creyó que podía volver a probar su suerte frente a Roma. En 171, Perseo, hijo de Filipo, reorganizó el ejército macedónico y declaró la guerra, pero Roma acudió prontamente con un ejército al mando del cónsul Paulo Emilio, y derrotó a Perseo en la batalla de Pidna, en 168.

Por el momento, Macedonia no fue sometida; quedó dividida en varias regiones y privada de su rey, de modo que no tuviera posibilidad de reaccionar; pero poco más tarde intentó sublevarse nuevamente y Roma decidió someterla y anexarse su territorio, que, en 148, quedó bajo las órdenes de un magistrado romano. La misma suerte corrió Grecia; la liga Aquea intentó hacer la guerra contra Esparta, pese a los deseos de Roma de que no hubiera nuevos conflictos, y entonces el cónsul Mummio recibió la orden de someter todo el territorio. La ciudad de Corinto fue destruida en 146 y la Grecia pasó a ser provincia romana con el nombre de Acaya.

La destrucción de Cartago. — Por esa misma época, los romanos iniciaron la tercera guerra púnica. Pese a las restricciones impuestas por Roma, Cartago había logrado rehacer su economía y comenzaba a florecer. Roma temió que llegara a ser de nuevo un peligro para su seguridad y resolvió acabar con ella; la ciudad fue sitiada, y como resistiera más de lo previsto, se encomendó al cónsul Escipión Emiliano que pusiera fin a la guerra. Escipión —nieto adoptivo del vencedor de Zama— asaltó la ciudad y, una vez tomada, ordenó su destrucción, transformando luego en provincia romana todo el territorio.

LA HELENIZACIÓN DE ROMA

Las campañas victoriosas de la primera mitad del siglo II modificaron notablemente las condiciones de vida de la república romana. Ahora era una potencia de primer orden a la que no podía oponerse ninguna de las que subsistían en el Mediterráneo. Además, su influencia y sus conquistas le habían proporcionado una ingente riqueza y, sobre todo, inmensas posibilidades de acrecentarla aun más explotando el comercio y la industria de las regiones que quedaban bajo su autoridad. Todo ello, y especialmente el contacto con las populosas urbes helenísticas, crearon en las clases cultas un afán por modificar sus tipos de vida para reemplazar su antigua moderación por un lujo que juzgaban digno de su actual poderío.

Para las clases cultas, la vida griega se transformó en un modelo de refinamiento y elegancia. Se consideró entonces mezquino cuanto aludía a la tradición campesina de Roma y se cambiaron las costumbres patrias por las que prevalecían en las ciudades más lujosas de Grecia y el Oriente. Los cultos griegos, las modas en el vestir y en el comer, todo fue imitado. A las antiguas moradas romanas, caracterizadas por su sencillez, reemplazaron los suntuosos palacios provistos de muebles lujosos y de hermosas estatuas. Y ningún romano educado creyó que podía ignorar los versos de Homero o de Eurípides, aun cuando tuviera que aprender trabajosamente la lengua griega.

Para los romanos tradicionalistas, como Catón, este entusiasmo por la civilización helenística pareció un gravísimo peligro nacional y procuró combatirlo por todos los medios que las leyes ponían en sus manos. Pero era el resultado inevitable de la expansión romana, y los intentos del celoso censor fracasaron. Y si en las clases cultas pudo comprobarse que Catón exageraba sus temores, el espectáculo de los grupos sociales más humildes los confirmaba. En ellos, en efecto, influyó sensiblemente la fácil moral de los esclavos griegos, que resultó corrosiva para las viejas virtudes del romano. De modo que si la conquista trajo consigo el abrir a Roma las puertas de la cultura, no es menos cierto que preparó una verdadera revolución, porque su masa social comenzó a vivir y a pensar de acuerdo con otros ideales que los que nutrían antaño a sus campesinos rudos y virtuosos. Así, la conquista modificó el espíritu de Roma y trajo consigo la grave crisis del siglo I, en la que sucumbió la república.


La crisis de la República

Al promediar el siglo II, cuando los ejércitos romanos lograban poner fin a las amenazas de todos sus enemigos y destruían Numancia, Cartago y Corinto, la nobleza romana parecía dar señales de que se había embotado su sensibilidad cívica. Inmensas fortunas se amasaban en actividades lícitas e ilícitas, mientras las preocupaciones por la propia dignidad se desvanecían en la conciencia de los nuevos ciudadanos.

LOS GRACOS

Una ola de escepticismo se apoderaba de la ciudadanía romana, en tanto que una inmensa masa de desheredados esperaba que el Estado y los ricos se ocuparan de ellos. Un día, un hombre de corazón y de energía exigió para ellos ayuda y protección, y desencadenó un conflicto social que contribuyó, no poco por cierto, a que naufragaran las instituciones de la reciente república.

Este hombre se llamaba Tiberio Graco y era descendiente de Escipión.

Llegado en 133 al tribunado de la plebe, presentó un proyecto de ley agraria, según la cual el Estado debía reivindicar las tierras públicas que la nobleza senatorial había ocupado indebidamente, para entregarlas a los desheredados en pequeños lotes. El proyecto irritó a los poseedores, pese a que se les ofrecía indemnización, y se opusieron violentamente; pero Tiberio respondió también con la violencia y gracias a ella logró convertir en ley su proyecto. Poco después, Tiberio Graco caía víctima de una conjuración, y su reforma, sin ser suprimida, languideció frente a los obstáculos puestos por el gobierno de la oligarquía senatorial.

Diez años después, Cayo Graco, hermano de Tiberio, ocupó el mismo cargo con idénticos propósitos; pero esta vez estaba mejor preparada la masa y, además, el tribuno consiguió la alianza de los nuevos ricos, que eran también enemigos de la nobleza senatorial. Unidos ambos grupos sociales, consiguieron imponer muchas de sus iniciativas; pero el Senado supo combatir con su demagogia la sana política de Cayo Graco y logró debilitar el apoyo que hasta entonces le prestaba la masa proletaria. Así pudo, un día, hacer asesinar a Cayo Graco como lo había hecho con su hermano. Desde entonces, quedó diseñado en el panorama político un partido popular que sólo esperaba que alguien lo organizara convenientemente para adquirir una terrible gravitación en la vida romana.

MARIO Y SILA

Este hombre pudo ser Mario; era un caudillo popular dotado de grandes condiciones militares, y se había ilustrado en la guerra que Roma condujo contra Yugurta, rey de Numidia, en la que él había obtenido la victoria, así como también en las campañas triunfales que dirigió contra los invasores cimbrios y teutones. El peligro que para Roma significaron estas guerras permitieron que Mario ocupara el consulado repetidas veces, y de ese modo hubiera podido favorecer la política de su partido. Pero ante la oposición de la nobleza sólo supo acudir a la violencia, que ejercían sus lugartenientes sin freno ni control. Así se vio obligado, un día, a contenerlos por la fuerza, y perdió su prestigio entre los populares sin lograr la estimación de la nobleza, cuyo jefe, Sila, se levantó contra él y lo desplazó del poder.

Sila alcanzó esa situación de caudillo de la oligarquía también por sus méritos militares. Conjuró los peligros de la insurrección que habían desatado los aliados itálicos —irritados por la inferioridad política en que se los mantenía— y luego venció a Mitrídates, rey del Ponto. Con el prestigio ganado en estas luchas y con la ventaja que le daba el apoyo de la nobleza senatorial, que lo reconoció como su jefe, Sila regresó a Italia desde el Oriente en el año 84 dispuesto a apoderarse del mando, que en ese momento detentaban los populares. Sila entró con sus fuerzas en Roma e instauró una dictadura violenta. Las penas capitales, las confiscaciones y proscripciones que ordenó le permitieron destruir toda organización enemiga, y así pudo dictar una serie de leyes que aseguraran a la nobleza el monopolio del poder.

Sin embargo, su obra fue efímera. Cuando creyó que había cumplido su misión abandonó la dictadura; pero sus antiguos partidarios comprendieron que era imposible mantener la organización del Estado que él creara y se dispusieron a modificarla para favorecer a los elementos populares, labor que cumplieron Pompeyo y Craso. Pompeyo, sobre todo, se benefició con esta política, que le atrajo la simpatía de los humildes y de los ricos. Se le concedieron mandos militares importantes, y así pudo contar también con el apoyo de las tropas, gracias a lo cual su posición dentro del Estado se hizo privilegiada. Sin embargo, su posición intermedia entre sus antiguos partidarios y sus nuevos favorecedores permitió que, de uno y otro bando, surgieran hombres que podían hacerle sombra: fueron Cicerón en el bando senatorial y Julio César en el de los populares.

Una circunstancia singular, acrecentó la autoridad de Cicerón, famoso orador y prudente político. El grupo extremista de los populares organizó una conjuración que dirigía Catilina. Cicerón, que el año 63 ocupaba el consulado, la denunció enérgicamente y contribuyó a sofocarla, uniéndose de ese modo definitivamente al partido senatorial, que vio en él a su representante más eminente. Debido a ello, Pompeyo, que acababa de regresar de una campaña triunfal por el Oriente, decidió apoyarse en los populares y concertó un acuerdo con Julio César y Craso; se formó entonces un triunvirato que repartió entre sus miembros los puestos más importantes, gracias a lo cual pudieron controlar el Estado.

JULIO CÉSAR Y LA GUERRA CIVIL

Mientras Pompeyo obtenía el mando militar de España, Julio César alcanzaba el consulado el año 59. Su política fue netamente popular y le atrajo la adhesión incondicional de ese partido, así como el odio de la nobleza senatorial; pero Julio César tenía un plan bien madurado y no le atemorizaba arrostrar las iras de los poderosos; en efecto, al concluir su mandato recibió el proconsulado de Galia, con el cual obtenía un ejército que él podía robustecer haciendo nuevas levas en la provincia. Julio César emprendió una campaña gracias a la cual agregó al territorio romano toda la Galia Transalpina —la actual Francia—, pero que, para sus fines personales, significó sobre todo la posesión de un formidable ejército que estaba atado a él con lazos indisolubles.

El crecimiento del poderío de César aterró a los nobles, y no asustó menos a Pompeyo. Ante el aspecto que tomaban los sucesos, Pompeyo volvió a pasarse al bando senatorial y se dispuso a combatir a César. Pero éste tenía su decisión tomada. Así, cuando, en el año 49, llegó el momento de deponer su autoridad —y con ella sus fuerzas— exigió que se le concediera otro mando militar, y, al no obtenerlo, resolvió desencadenar la guerra civil.

El Senado intimó a César para que se despojara del mando, en cuya situación podía ser víctima de los odios de la nobleza. César se opuso, y para no dar tiempo al Senado y a las fuerzas de Pompeyo que lo respaldaban, entró en Italia repentinamente con sus tropas. El Senado resolvió escapar llevando consigo las fuerzas de Pompeyo, y cruzó el mar dirigiéndose al África. César, por su parte, ocupó la península y se consagró dictador. Poco después partió en persecución de sus enemigos y venció a Pompeyo en la batalla de Farsalia, Grecia, el año 48.

El gobierno dictatorial de César duró cuatro años, durante los cuales debió realizar numerosas expediciones para derrotar a los antiguos pompeyanos. En ese tiempo, numerosas medidas de carácter social, económico y político pusieron de manifiesto el propósito de César de reorganizar la república según nuevas bases. A la autoridad de un jefe absoluto correspondería una masa estrechamente solidarizada con él y que gozaría de la protección del Estado; la antigua nobleza, en cambio, quedaría definitivamente excluida del poder y perdería sus privilegios.

Este plan suscitó en los miembros de la clase amenazada una violenta indignación. Sus privilegios parecían unidos a la constitución del Estado, y los ataques de César parecían dirigirse no sólo contra ellos sino también contra la tradición política de la ciudad. Una conspiración encabezada por Marco Bruto puso fin a la vida de César, el año 44, y el primer gran ensayo revolucionario quedó terminado. Pero la república no se salvó por ello, porque estaba condenada ya por un siglo de profundos conflictos sociales a los que era menester hallar solución.


La época de Augusto

La muerte de César inauguró un período confuso en la historia política de Roma. Los que habían organizado la conjuración esperaban que las cosas volvieran a su antiguo cauce, pero las situaciones nuevas creadas en los últimos años, y, sobre todo, la aparición de algunos presuntos herederos de la gloria política de César, provocaron un desarrollo inesperado en los acontecimientos. Uno de ellos, Octavio, dominó finalmente la situación y gobernó a Roma durante largos años, dando a su tiempo, con su personalidad y su obra, un sello singular.

DE LA MUERTE DE CÉSAR AL ENCUMBRAMIENTO DE OCTAVIO

Los funerales del dictador asesinado probaron que el pueblo no había dejado de amarlo y que estaba dispuesto a seguir la bandera de quien prometiera continuar su política. Su lugarteniente Marco Antonio fue, en el primer momento, el sucesor con más probabilidades de triunfo; pero muy pronto tuvo que compartir esta posibilidad con Lépido —otro de los antiguos oficiales de César— y Octavio, hijo adoptivo del dictador, sellándose entre los tres un pacto para apoderarse del control del Estado. Con el título de triunviros, se hicieron cargo del poder y se dedicaron a afianzar su posición mediante el exterminio de sus enemigos. Hubo confiscaciones y sentencias capitales, y, finalmente, una enérgica acción militar contra Marco Bruto y sus secuaces, que se habían refugiado en Grecia.

Sin embargo, este acuerdo entre los rivales no podía ser sino efímero. Se dividieron el imperio y Octavio se hizo cargo del Occidente mientras Marco Antonio quedaba con el gobierno del Oriente; pero el comportamiento de ambos fue muy distinto; Octavio afirmó su autoridad en el viejo solar romano, en tanto que Marco Antonio debilitó su causa casándose con Cleopatra, reina del Egipto, y presentándose ante los ojos de sus conciudadanos como un renegado de la tradición patria. Octavio explotó hábilmente esta situación y concitó el odio de los romanos contra su rival, de modo que no le fue difícil desatar una guerra civil que, con el pretexto de aniquilar las ambiciones monárquicas de Marco Antonio, estaba, en realidad, dirigida a eliminarlo como rival. En la batalla naval de Accio, el año 31, Octavio destruyó las fuerzas de Marco Antonio —que se suicidó poco después— y como ya había logrado eliminar a Lépido, se encontró dueño absoluto del poder. Así, cuando consiguió suprimir todos los focos de resistencia, devolvió solemnemente al Senado, el año 27, todos los poderes extraordinarios que le habían sido conferidos y proclamó el comienzo de una era de paz y la restauración de las antiguas instituciones. Sin embargo, un nuevo régimen había surgido para Roma, que se conoce con el nombre del principado.

EL PRINCIPADO

En efecto, Octavio era dueño absoluto de la situación. Si pretendía haber restaurado la república era solamente porque no quería provocar, como César, la hostilidad de los tradicionalistas que abominaban del poder unipersonal; pero él ejerció una autoridad de esa clase, disimulada tras las formas republicanas.

Cuando, en el año 27, Octavio declinó las facultades extraordinarias, sabía muy bien cuál iba a ser la reacción del Senado.

El supremo cuerpo político del Estado le confirió el título de Augusto —esto es, sagrado— y le devolvió el mando supremo de los ejércitos así como también el gobierno de algunas provincias. Las instituciones republicanas se mantuvieron, pero Augusto ocupó cuantas magistraturas quiso, pudiendo, además, sugerir cuáles eran los candidatos de su predilección para los distintos cargos. La costumbre hizo lo demás.

Los magistrados perdieron su antigua independencia y se hizo entonces norma política el acatar las indicaciones de Augusto, que, sin embargo, procuró ser moderado en todo aquello que no implicaba merma para su autoridad de hecho. El régimen del principado —que él inauguró y que le sobrevivió durante más de dos siglos— fue, en el fondo, una ficción jurídica; la república subsistía en la forma, pero el poder era unipersonal en la realidad. Sólo los amigos y consejeros personales de Augusto lograron tener alguna injerencia en la vida del Estado; con ellos formó el príncipe un consejo, al que pertenecieron Mecenas y Agripa, el primero de los cuales se distinguió por la protección que prestó a artistas y poetas, y el segundo por su actividad militar.

LA POLÍTICA INTERIOR, ROMANIZADORA, Y LA POLÍTICA EXTERIOR

El principal mérito de Augusto ante los ojos de sus contemporáneos fue el restablecimiento de la paz. Tras largos años de lucha civil, los romanos ansiaban la tranquilidad a cualquier precio y no tuvieron inconveniente ya en enajenar una parte de sus derechos políticos con tal de lograrla. Augusto la aseguró con firmeza y energía, y en las provincias especialmente, las consecuencias fueron notables. La administración fue más honesta y las actividades productivas fueron protegidas y estimuladas por el Estado romano, que, al mismo tiempo, organizó el régimen municipal para dar cierta participación a los provinciales en el gobierno local. También merecieron su atención los impuestos, que hizo cobrar directamente y de manera más justa de acuerdo con las posibilidades económicas de cada región. Como administrador, Augusto mostró una extremada habilidad y echó las bases de un sistema que duró largo tiempo dando excelentes resultados.

Políticamente, su destreza para el manejo de los hombres le permitió realizar el tránsito entre la antigua y la nueva forma de gobierno sin suscitar mayores resistencias. Supo contener cuantos intentos se insinuaron de restaurar el régimen antiguo y logró incorporar al mecanismo estatal a los sectores económicos y sociales más significativos, especialmente a los ricos, con los cuales reemplazó los restos de la antigua nobleza republicana que aun quedaban en el Senado. Así, cuando murió, el Estado había sufrido una total modificación no sólo en sus mecanismos administrativos y políticos, sino también en las fuerzas humanas que lo tonificaban y lo movían.

Conservador por temperamento, Augusto advirtió el peligro que corría el imperio si el Estado no realizaba una labor de romanización de las distintas comarcas sometidas a su autoridad. Para lograrlo, comenzó por estimular el retorno a las antiguas costumbres en Italia, porque veía en ella el núcleo de donde debían irradiar los principios unificadores. Combatió el lujo, las formas exóticas de religiosidad, los hábitos y costumbres provenientes del Oriente y Grecia, todo aquello, en fin, que se opusiera a las tradiciones romanas. Siguiendo la misma política, se preocupó por llevar a las provincias esas mismas tradiciones y costumbres, tratando de que en ellas se produjera, lentamente, su asimilación. Así, vio en los campamentos militares y en las colonias de ciudadanos romanos los instrumentos para la romanización, cuya labor se complementaba con la difusión de los cultos oficiales de Roma y, especialmente, el culto del emperador, alrededor del cual quiso crear el vínculo de unión entre tantas y tan distintas regiones como poseía el imperio.

Augusto no era, por temperamento, hombre propenso a las grandes aventuras militares; sin embargo, es posible que pensara en un principio en la posibilidad de acrecentar sus territorios, especialmente aquellos que podían considerarse, por la naturaleza de sus pobladores, como una amenaza para la seguridad de las fronteras. Quiso, por eso, conquistar la Germania; el año 9 a. de J. C., una poderosa fuerza romana al mando de Druso y Tiberio había logrado introducirse más allá del Rin, pero los germanos prepararon una emboscada y aniquilaron completamente, en la selva de Teutoburgo, dos legiones comandadas por el general Varo. Este desastre, así como la grave insurrección de las provincias del alto Danubio, orientó definitivamente su política militar, que desde entonces fue estrictamente defensiva.

Durante su largo gobierno, Augusto reorganizó el ejército y dio cabida en él a los provinciales; luego distribuyó las legiones a lo largo de las fronteras, y fortificó las líneas utilizando los recursos naturales cuando era posible; a veces consideró imprescindible, para ese fin, emprender la conquista de algunas zonas con cuyo dominio podía alcanzarse un obstáculo natural de importancia para el sistema defensivo; otras, formó nutridas colonias militares que defendían la retaguardia de las fuerzas avanzadas; así, en cada caso, pudo lograr la mayor seguridad para el imperio que, en general, quedó protegido por los ríos Rin, Danubio y Eufrates y por los desiertos de Arabia y Sahara.

LAS ARTES Y LAS LETRAS

Si esta época mereció el nombre de “siglo de Augusto”, no fue solamente por la paz que proporcionó a Roma ni por la estructura política y administrativa que supo crear; fue también por el esplendor que alcanzaron por entonces las artes y las letras, a las que estimuló el príncipe con su protección a los poetas y a los artistas.

Roma se cubrió por entonces de hermosos monumentos. Arquitectos y escultores, muchos de ellos traídos de Grecia, pusieron al servicio del engrandecimiento de la ciudad su talento y su experiencia; se levantaron templos, palacios y estatuas, y se construyeron también obras públicas de importancia para la vida urbana, especialmente puentes sobre el río Tiber.

Pero lo que tuvo un brillo inusitado en la época de Augusto fue la poesía. Vivió por entonces Virgilio, el gran poeta mantuano a quien protegió Mecenas. Dos obras poéticas —las Bucólicas y las Geórgicas— lo acreditaron como espíritu de inspiración fresca y profunda; describía en ellas la vida de los campos y servía indirectamente, de ese modo, los ideales de Augusto en cuanto procuraban devolver a las viejas costumbres el perdido encanto. Donde Virgilio mostró su madurez poética, sin embargo, fue en otro poema de corte épico que tituló la Eneida. Era un poema histórico, en el que narraba el lejano y legendario origen de los romanos, a quienes, según cierta tradición, emparentaba con los griegos. El poema no sólo posee raras cualidades literarias sino que se caracteriza también por el fervor patriótico del poeta, a quien mueve la visión de la grandeza de Roma.

Horacio, el autor de las Epístolas y las Odas, de las Sátiras y del Canto Secular, mereció también el apoyo de Augusto y de Mecenas. Era un temperamento menos apasionado que Virgilio, menos profundo, pero más intencionado y crítico. A su lado florecieron otros poetas: Ovidio, el autor de las Metamorfosis y los Fastos, y Propercio, de quien se conservan las Elegías. Pero es necesario no olvidar otras formas literarias que alcanzaron por entonces alto vuelo, especialmente la Historia.

Ya durante la época republicana hubo historiadores eminentes, como Salustio y Julio César. Contemporáneo de Augusto fue Tito Livio, cuya Historia de Roma constituye un inmenso monumento a la antigua gloria de la ciudad. Los relatos sobre los orígenes del pueblo romano y de la ciudad, las narraciones de las batallas y de los actos heroicos, los discursos de los más eminentes ciudadanos, todo constituyó, con el tiempo, la versión oficial de la historia del pasado romano. Por eso tiene importancia no sólo como obra histórica sino también como testimonio del alma nacional, que se vio reflejada en ella con sus más señalados caracteres.

Durante los siglos siguientes no faltaron en el imperio poetas y prosistas de valor, pero no volvió a darse nunca esta conjunción de figuras excelsas, y por eso el siglo de Augusto adquiere en la historia de Roma una significación inigualable.


El Imperio durante el siglo I

Augusto no dejó sucesión directa, pero trasmitió su autoridad a su hijastro e hijo adoptivo, Tiberio. Así se creó un régimen de sucesión que tuvo cierto valor durante toda la historia romana, aunque no llegó a precisarse nunca en un principio jurídico estricto. En el curso del siglo I d. de J. C., dos familias poseyeron el poder: los Julio-Claudios y los Flavios.

LOS JULIO-CLAUDIOS

Tiberio, el sucesor de Augusto, alcanzó el poder a la muerte de su padre adoptivo, en el año 14. Sin embargo, había desempeñado durante toda su vida funciones de importancia, excepto algunos períodos en que estuvo confinado por razones políticas. Era hombre experto en el manejo de los negocios públicos, mesurado en sus actos y buen general; todo ello decidió la elección de Augusto —a quien se le habían muerto los herederos directos— y determinó para Roma una época de tranquilidad durante sus primeros años de gobierno. Si su gobierno (14-37) presenta un rasgo característico es, sobre todo, la anulación de los comicios, que Augusto había respetado pese a que hubo de privarlos de toda significación; desde entonces no hubo más asambleas populares, y la función legislativa recayó en el Senado, ante el cual Tiberio mantuvo siempre una actitud respetuosa.

Sin embargo, la segunda mitad de su gobierno se caracterizó por su arbitrariedad; el pueblo comenzó a odiarlo por la sospecha de que hubiera mandado asesinar a su sobrino Germánico, y él respondió a ese odio con una política de represión, cuyo instrumento fue la ley de majestad, por la cual se castigaban con extremo rigor los delitos de opinión y de crítica. Aprovechando el descontento general, el prefecto del pretorio, Sejano, organizó una conspiración, pero fue descubierto y condenado. Tiberio abandonó Roma y se refugió en Capri, desde donde ejerció el gobierno de manera más despótica aún que antes. Por eso, a su muerte, el pueblo romano respiró con alivio.

Se equivocaba. El sucesor, Calígula, (37-41) debía ser peor aún, y su crueldad fue más refinada; atropelló el Senado, derrochó los caudales públicos, humilló a los magistrados y a las magistraturas y hasta insinuó su aspiración a establecer, definitivamente, un régimen absolutista con caracteres de despotismo oriental. Sus maldades provocaron una conjuración y Calígula fue asesinado en el año 41.

Desde 41 hasta 54 ocupó el principado Claudio, tío de Calígula, a quien, según se cuenta, descubrieron los soldados de la guardia oculto en el palacio durante el tumulto que siguió al asesinato del príncipe; confiados en su debilidad, lo proclamaron emperador, suponiendo que podría ser instrumento de sus deseos. Así ocurrió, en parte; pero no fueron sólo ellos quienes lo dominaron; ejercieron más influencia sobre su espíritu un grupo de libertos, a quienes entregó los principales resortes del gobierno, y, sobre todo, sus dos esposas, Mesalina primero, y Agripina después. Esta última logró que Claudio desheredara a su propio hijo, Británico, en beneficio de un hijo que ella había tenido en su primer matrimonio, llamado Nerón.

Con todo, el gobierno de Claudio fue honorable. No sólo restauró la dignidad del Senado y de las magistraturas, sino que se preocupó por la administración interior del imperio y por su expansión. En el primer aspecto, Claudio ordenó la administración. provincial y estimuló el desarrollo de las diversas regiones; en el segundo, logró la anexión de Bretaña y Mauritania. Así, pues, pese a su carácter y al ambiente de intriga que predominó en la corte, el gobierno de Claudio resultó ejemplar comparado con el de su antecesor.

Su época, además, pudo considerarse feliz al lado de la que le siguió. Nerón —cuyo gobierno duró desde 54 hasta 68— no parecía revelar, al principio, malas cualidades; había sido educado por el filósofo Séneca y estuvo, durante los primeros años de su gobierno, bajo la influencia de algunos hombres ponderados y rectos. Sin embargo, pronto mostró que escondía un temperamento cruel y ambicioso; comenzó por alejar a su madre —a cuyas malas artes debía el poder—, y alejó luego a sus consejeros de más influencia; así, al poco tiempo, su gobierno se precipitó en una serie de violencias y atropellos que degeneraron en crueldades sin cuento.

Como Calígula —y como otros después— Nerón demostró que le molestaban las limitaciones que la tradición del principado —tal como lo había diseñado Augusto— imponía a su voluntad. La humillación del Senado y de los magistrados fue el signo de su rebeldía contra esa tradición; Nerón deseaba que se reconociera en él un señor absoluto, y persiguió todo cuanto podía significar un resabio de la antigua libertad republicana. Pero como, además, era impulsivo y estaba dominado por una intensa vanidad, cometió desmanes inexplicables que le atrajeron el odio concentrado tanto del pueblo como de la nobleza.

Ni su familia ni sus amigos se libraron de la crueldad de Nerón. Británico, su hermanastro, despojado en su provecho, su propia madre y su esposa Octavia fueron asesinados por su orden, al tiempo que ordenaba la persecución de muchos personajes importantes. Incendió la ciudad y culpó a los cristianos, a quienes ordenó castigar con rigor. Y, mientras tanto, se llenaba de ridículo presentándose ante el público para que admirara sus habilidades de poeta y de músico.

No faltaron las conjuraciones para asesinar a Nerón. Finalmente se produjo una rebelión contra él, y huyó despavorido hasta que decidió darse muerte. Así concluyó la familia Julio-Claudia, que había dado a Roma figuras ilustres y príncipes nefastos.

LAS LUCHAS DE LOS AÑOS 68 Y 69. LOS FLAVIOS

A la muerte de Nerón, el Senado proclamó emperador a Galba, pero, entre tanto, algunos ejércitos provinciales designaron a sus jefes para ocupar el principado, y se inició entonces una era de sangrientas luchas. Galba fue derrotado por Otón, jefe de la guardia pretoriana y antiguo amigo de Nerón. Éste a su vez fue vencido por el jefe del ejército de Galia, Vitelio, cuyo gobierno demostró su pequeñez moral y su incapacidad. Y entre tanto, los ejércitos del Oriente proclamaron emperador a su jefe, Flavio Vespasiano, cuyas fuerzas derrotaron a Vitelio a fines del año 69.

Poco más tarde llegaba el propio emperador y se hacía cargo del poder, iniciando una nueva era de paz en la ciudad y en el imperio.

Vespasiano era un hombre de origen humilde, cuyos méritos militares merecían el mayor respeto. Su principal obra de gobierno fue restablecer la perdida disciplina en los ejércitos; pero, logrado eso, se afanó por restaurar el funcionamiento de los diversos órganos de gobierno para que funcionara el sistema del principado de acuerdo con la tradición impuesta por Augusto. En Roma, demostró una notable capacidad administrativa y logró devolver al erario público la antigua solidez, contra la que habían conspirado los derroches de Calígula y de Nerón. En las provincias, se mostró igualmente activo, procurando que el régimen impositivo fuera justo aunque él mismo acrecentara el monto de algunas contribuciones.

Desde el punto de vista militar, Vespasiano encargó a su hijo Tito que completara las operaciones militares que él había emprendido. Los judíos se habían sublevado y Jerusalén estaba sitiada; Tito emprendió el asalto de la ciudad y, una vez tomada, ordenó su destrucción el año 70. fue entonces cuando más intensa se hizo la diáspora o dispersión de los hebreos. En otras comarcas, sus generales lograron aplacar las insurrecciones que estallaron y avanzar las fronteras romanas, fortificándolas convenientemente; así ocurrió en la actual Holanda, en Bretaña y en las regiones danubianas. Al morir Vespasiano, en el año 79, el imperio estaba en paz y el régimen institucional había sido reparado, aun cuando Vespasiano inaugurara cierto tipo de autoridad militar que, más tarde, tendría importantes repercusiones.

Dos años solamente duró el principado de su hijo Tito (79-81), de cuya virtud y bondad guardó una inextinguible memoria la tradición romana. Pero a su muerte lo sucedió su hermano Domiciano (81-96), que, por el contrario, pasó a la Historia como un déspota cruel y brutal.

También él —como Nerón— comenzó su gobierno mansamente, mostrándose respetuoso de las instituciones y estimulando el desarrollo de las provincias. Pero se apoderó de él, más tarde, una especie de locura que lo impulsó a pretender la sumisión religiosa de sus súbditos, gracias a la cual todos los resortes del poder debían quedar en sus manos. Asesinatos y desmanes sin número lo hicieron odioso, y así, tras una larga y oscura época de tiranía, encontró la muerte a manos de unos conjurados. Con él se extinguió la dinastía de los Flavios.

LA CULTURA DEL PRIMER SIGLO DEL IMPERIO

La época de los Julio-Claudios y de los Flavios mantuvo el impulso que infundieron en el espíritu romano Augusto y su círculo.

En las artes plásticas, fueron numerosos los exponentes de la capacidad constructiva de los romanos. El Panteón, el anfiteatro Flavio o Coliseo, el arco de Tito, las lujosas casas particulares de Pompeya, todo ello son signos del esplendor que por entonces alcanzó la arquitectura. En general, se manifiesta una evidente perduración de los modelos griegos; pero se le imprimen algunos caracteres peculiares tales como el uso de la cúpula —como en el Panteón— o el desarrollo de la ornamentación. Además, las dimensiones de los edificios romanos fueron muy superiores a las que usaron los griegos, así que el aspecto de sus construcciones difería notablemente de las de aquéllos, porque tenían que combinar los distintos elementos ornamentales para romper la monotonía de los extensos muros.

El conocimiento de los principios de la construcción permitió emprender vastas obras públicas, de las cuales no están ausentes ciertos rasgos fundamentales del gusto romano. Si las calzadas —extensas y numerosas— no revelaban otra cosa que un profundo dominio de la técnica, los acueductos y los puentes revelan cómo sabían combinar las exigencias prácticas con la armonía de las líneas

En cuanto a la escultura, los romanos revelaron —a diferencia de los griegos— una marcada predilección por el retrato. Estatuas y bustos de notable precisión en el modelado de la fisonomía, muestran cómo el escultor perseguía la fidelidad a su modelo, sin perjuicio de una búsqueda de valores estrictamente plásticos.

No faltaron en este primer siglo poetas de valor, como Lucano, el autor de la Farsalia, Estacio, que nos ha dejado un poema titulado Tebaida, y los satíricos Juvenal y Marcial. Petronio escribió, en prosa y verso, una obra de singular mérito, titulada el Satiricón, que nos provee de una ingente cantidad de datos preciosos para conocer las costumbres de la época. En la filosofía descolló Séneca, el autor de diversos tratados morales, y en la historia se destacaron Suetonio, el autor de la Vida de los Césares, y Tácito, acaso el más grande historiador romano, al que debemos una Historia y unos Anales, modelos en su género.


La aparición del Cristianismo

MIENTRAS el imperio alcanzaba su mayor esplendor, precisamente cuando Augusto y Tiberio echaban las bases de su organización definitiva y ofrecían al mundo el espectáculo de una hegemonía indiscutida, se originó en Palestina un movimiento religioso destinado a tener intensas consecuencias. En el seno de la comunidad judía, y siguiendo las huellas de los más nobles profetas, un predicador llamado Jesús comenzó a enseñar una nueva doctrina moral y religiosa, que, emanando de las viejas creencias, las depuraba y enaltecía.

JESÚS Y SU DOCTRINA

A diferencia de todos los otros pueblos orientales, los hebreos elaboraron una creencia monoteísta. En general, era una religión muy apegada a la forma de los ritos, pero hubo muchos profetas —Isaías y Jeremías, especialmente —qué predicaron la necesidad de practicar una religión íntima, mística, en la que el ritualismo fuera reemplazado por la fe profunda. Siguiendo este pensamiento, Jesús predicó una doctrina de fraternidad y de amor, que conmovió profundamente a muchos hebreos, que se hicieron discípulos suyos.

Enseñaba Jesús que la verdadera vida no es ésta que vive el cuerpo, sino la vida eterna del alma, para la cual la existencia terrena es preparación y prueba. Aquí, en la tierra, era necesario demostrar la virtud para merecer el bien después de la muerte, y esa virtud consistía en la firme fe en Dios y en el ejercicio de una moral superior. El desprecio por las riquezas, el amor al prójimo, la resignación ante las calamidades de la vida, el ejercicio de la misericordia y la caridad, todo ello constituía un conjunto de reglas cuyo cumplimiento estimaba muy superior al frío ejercicio de un culto minucioso como el del templo de Jerusalén.

Esta última circunstancia le atrajo a Jesús el odio y la persecución del Sanedrín —que era el Senado de la ciudad— y de los sacerdotes. Oían que por todas partes se atribuía a Jesús el maravilloso poder de obrar milagros, que se reconocía en él al Hijo de Dios, al Mesías esperado y ungido por Dios mismo; y temerosos de no poder contener el avance de la nueva doctrina, comenzaron a hostilizarlo para perderlo. El pueblo, en efecto, le seguía devotamente, porque su palabra tenía un extraño poder de sugestión y era, además, convincente y sencilla; enseñaba por medio de parábolas que llegaban al corazón de quienes lo escuchaban y sus promesas de redención encontraban eco en los espíritus acongojados. Era, pues, imprescindible, para los sacerdotes del templo, impedir que siguiera una predicación que amenazaba socavar su predominio.

No pudiendo condenarlo por razones religiosas, el Sanedrín y los sacerdotes aprovecharon el prestigio popular de Jesús para presentarlo como un caudillo revolucionario que quería rebelar al pueblo contra la autoridad romana. Como esta clase de movimientos no eran inverosímiles en Palestina, el procurador de Galilea, Poncio Pilatos, dio por fundada la acusación y, no sin vacilaciones otorgó su consentimiento para que Jesús fuera condenado a muerte. Así fue como lo crucificaron entre dos ladrones, en el año 33 de nuestra Era, en el monte denominado Gólgota, es decir, monte de las Calaveras.

LA DIFUSIÓN DEL CRISTIANISMO

Después de su muerte, sus palabras se difundieron con intenso fervor por quienes las habían escuchado, y comenzaron a ponerlas por escrito para evitar que se perdieran. Los apóstoles, esto es, aquellos que habían rodeado a Jesús y habían recibido directamente su enseñanza, comenzaron a propagar su doctrina no solamente por todos los rincones de Palestina sino aun más lejos. Algunos de ellos emprendieron largos viajes para llevar la palabra divina a los grupos judíos de las grandes ciudades del Mediterráneo, a los que acaso había llegado el rumor de la aparición del esperado Mesías; la reacción fue diferente, según los casos, porque unos creyeron que, en efecto, lo era, y otros se resistieron a dar fe a la fausta noticia; por eso las sinagogas de casi todas aquellas ciudades se dividieron — como había ocurrido en la misma Palestina— entre los que seguían fieles a la antigua ley —la Torá— y los que se declararon cristianos, aceptando la doctrina de Jesús.

La propagación de la doctrina se hizo, principalmente, por medio de los Evangelios. Fueron éstos los libros que escribieron algunos de los discípulos de Jesús, narrando su vida, sus enseñanzas, su pasión y su muerte. Tres de ellos, los de San Marcos, San Mateo y San Lucas, son bastante semejantes entre sí, y se los llama, por eso, sinópticos, en tanto que el cuarto —el de San Juan— revela una elaboración más prolija y acaso más profunda; poco a poco, comenzaron a aparecer otras narraciones de la vida de Jesús que, a pesar de ser consideradas apócrifas por la Iglesia, contienen datos de considerable valor. Pero, en todo caso, ninguno de los Evangelios circuló profusamente durante el siglo I, y puede decirse que, durante este primer período, fue exclusivamente la propaganda oral la que logró atraer adeptos a la nueva doctrina en todos los ámbitos del Mediterráneo.

SAN PABLO

Entre estos propagandistas de la nueva fe, ninguno tiene tanta importancia como San Pablo. Judío de origen, había sido educado según las costumbres helénicas y conocía bien las doctrinas filosóficas griegas. Según la tradición, persiguió durante sus primeros años a los cristianos, pero tuvo una revelación en el camino de Damasco, después de la cual se convirtió y dedicó su vida a enseñar las doctrinas de Jesús. Se le llamó el “apóstol de los gentiles”, porque sostuvo la necesidad de predicar la nueva fe entre todos los hombres, sacándola así del seno de las comunidades judías, donde algunos querían mantenerla encerrada. San Pablo universalizó la doctrina cristiana, y a sus esfuerzos se debió la aparición de comunidades de esa fe en todas las ciudades importantes del Mediterráneo.

Tan activa fue la propagación del cristianismo, que, ya en época de Nerón, se suscitó una cruel persecución que costó la vida a muchos fieles de esa fe. Más tarde, en época de Domiciano, volvió a repetirse con mayor crueldad, pero también con el mismo resultado; porque, en efecto, las persecuciones no sólo no debilitaron al cristianismo sino que, por el contrario, lo fortalecieron con el sacrificio de los fieles. Con todo, durante este siglo, y aun en el curso del siguiente, el número de cristianos no fue muy considerable fuera de las regiones orientales del imperio. Será en el siglo III cuando se notará en las filas del cristianismo un movimiento de intensa propagación, que preparará su reconocimiento por Constantino en el siglo IV.


El siglo de los Antoninos

Cuando en el año 96 cayó asesinado Domiciano, subió al poder un hombre eminente del orden senatorial: Nerva. Su breve gobierno se caracterizó por el respeto a la ley y a las normas del principado según la tradición de Augusto; pero lo que merece señalarse por sobre todo en su breve gobierno es que estableció el principio de la adopción para asegurar la sucesión imperial, principio según el cual cada príncipe elegiría cuidadosamente el hombre más calificado para sucederle y lo adoptaría como hijo, de modo que su derecho fuera inobjetable cualquiera que fuera el criterio que se siguiera. A esta circunstancia debió Roma el tener, durante el siglo II, la serie más brillante de príncipes que registra su historia.

TRAJANO

La elección de Nerva fue feliz. Trajano, que mereció tal distinción, era un soldado eminente y se reveló como un gobernante enérgico y prudente. Sus convicciones —y acaso su ambición de gloria— lo llevaron a romper la tradición imperial en materia de conquistas, y aplicó su celo a extender las fronteras romanas. Hizo para ello numerosas campañas. El resultado fue favorable, y quedaron incorporadas al imperio la Dacia —actual Rumania—, la Mesopotamia y la Armenia, la Siria y la Arabia.

De todos estos nuevos territorios, la Dacia fue la región que se logró romanizar mejor. Las gentes que la poblaban aceptaron el idioma y las costumbres romanas y, sobre todo, recibieron en su territorio importantes colonias destinadas a guarnecer la región. Así fue como, a pesar de que se la abandonó luego, permaneció dentro de la zona de influencia cultural de Roma. Los territorios anexados en Asia, en cambio, no ofrecían, a los ojos romanos, otro interés que el de contribuir a la defensa contra los partos; éstos, relegados más allá del Tigris, eran menos peligrosos que cuando estaban sobre las rutas de invasión, ya que la experiencia enseñaba a los romanos que sus ejércitos no eran muy eficaces para la lucha en los desiertos. Estas regiones también fueron abandonadas pronto.

En lo interior, Trajano demostró un verdadero celo por el bienestar de sus súbditos. Desarrolló las instituciones de ayuda a los necesitados que había implantado Nerva y facilitó el trabajo de los agricultores ofreciéndoles créditos liberales. Sobre todo se preocupó por las provincias; él era español de origen y conocía cuán necesitadas estaban de protección oficial, de modo que procuró por todos los medios asegurar su prosperidad mediante un gobierno regular y justo que estimulara la riqueza y la tranquilidad de los provinciales. Numerosas obras públicas —caminos, puertos, puentes— permitieron el desarrollo económico de algunas regiones hasta entonces descuidadas, al tiempo que servían a la defensa militar del imperio.

ADRIANO

Siguiendo el principio establecido por Nerva, Trajano adoptó a Adriano, que le sucedió en el poder a su muerte, en 117. Adriano fue un celoso administrador y un verdadero tutor de las provincias, cuyas necesidades conoció y estudió personalmente por medio de frecuentes viajes. No sólo estimuló la vida económica del imperio, sino que trabajó intensamente en su administración y se preocupó, sobre todo, por la ordenación de la justicia. Quizá la obra más significativa de su gobierno fue el Edicto Perpetuo, recopilación de los antiguos edictos pretoriales realizada por el sabio jurisconsulto Salvio Juliano. Desde entonces, el derecho quedó ordenado en un cuerpo de disposiciones de fácil consulta.

Adriano se apartó de la tradición de su antecesor en cuanto a la política militar. Consideraba que la extensión del imperio comprometía su seguridad, y no vaciló en desprenderse de las conquistas que Trajano había hecho en Oriente; organizó cuidadosamente, en cambio, la política defensiva, ordenando la construcción de fortificaciones en Retia, Germania y Bretaña, estableciendo guarniciones y vigilando estrechamente a los pueblos vecinos. Así pasó a la historia como un gobernante prudente y previsor, que supo descubrir la amenaza que para la Roma imperial podían llegar a significar los germanos.

ANTONINO PÍO Y MARCO AURELIO

Adriano murió en 138 y lo sucedió Antonino Pío, a quien había adoptado. fue un espíritu superior, a quien apasionaba la justicia; se sentía esclavo de sus deberes, y, aunque no innovó en materia política o militar, condujo el gobierno del imperio con tanta equidad y prudencia, que su tiempo pareció a los romanos el más feliz que el imperio conociera. Sus dotes de hombre íntegro se pusieron de manifiesto, finalmente, en la elección de su sucesor, Marco Aurelio, que ocupó el poder a su muerte, en 161; sin embargo, le dio como colega a Lucio Vero, un hombre de escasa virtud, al que Marco Aurelio supo contener en sus apetitos. Reinaron juntos hasta que murió Lucio Vero en la guerra contra los sármatas, marcomanos y cuados, que habían invadido las provincias danubianas. Marco Aurelio continuó esta campaña con singular energía hasta su muerte, que ocurrió en Viena, el año 180 de nuestra era.

Marco Aurelio no era un temperamento belicoso. Amaba la paz y el reposo, y su vocación profunda era la filosofía, que había estudiado con pasión, adhiriéndose a la doctrina estoica. Fruto de sus reflexiones fueron las notas para un libro que no llegó a escribir y que han llegado hasta nosotros con el título de Pensamientos; en esas líneas, breves y profundas, se refleja no sólo la hondura de sus meditaciones sino también la grandeza de su espíritu de gobernante. fue justo y, pese a sus aficiones, supo cumplir con su deber de gobernante aunque tuviera que sacrificar lo que le era más caro en la vida: el estudio y la reflexión.

Una sola debilidad tuvo en su vida: la elección de su hijo Cómodo para el gobierno del imperio. Conocía el sabio emperador sus defectos y sus vicios, su carácter tortuoso y su sensualidad; pero no supo dominar su amor paternal, y el imperio debió sufrir durante trece años —desde 180 hasta 193— un gobierno tiránico y desordenado, durante el cual se malograron todos los esfuerzos de sus antecesores para sujetar la vida pública a las leyes. No fue lo menos grave de su acción el descuidar la vigilancia de las fronteras que su padre defendiera hasta la muerte, preparando con ello las invasiones que más tarde se precipitaron sobre el imperio. Tras muchas angustias, se conjuraron para darle muerte sus propios parientes, pero fracasaron y sufrieron el condigno castigo. Pero, al fin, Cómodo no pudo evitar otra celada y fue asesinado en 193.

LA CULTURA DEL SEGUNDO SIGLO DEL IMPERIO

Tiempo de paz y de esplendor, las grandes construcciones abundaron por entonces. Se reconstruyó el templo del Panteón, se delinearon nuevos foros — como el de Nerva y el de Trajano— en los que se elevaron suntuosos edificios, y fueron numerosos los monumentos de gran calidad arquitectónica que se levantaron por entonces. Merece recordarse el mausoleo que se construyó para Adriano, enorme construcción circular que, luego modificada, se conoce hoy con el nombre de Castillo de Sant’ Angelo; y son igualmente significativos la villa de Adriano en Tívoli, el arco de Trajano en la ciudad de Benevento y las columnas de Trajano y de Antonino Pío en Roma. No faltó por entonces una escultura de singular calidad, y testimonia su desarrollo el inmenso relieve en espiral que cubre la Columna Trajana, en el que se representan los principales episodios de las campañas de Dacia.

En el campo de las letras, hubo escritores de calidad, como Apuleyo, el autor de las Metamorfosis, una novela que se conoce también con el nombre de El asno de oro, y Plinio el Joven, de quien se han conservado, fuera de numerosas cartas, un Panegírico de Trajano. Marco Aurelio ha pasado a la inmortalidad como eximio exponente del pensamiento filosófico de los estoicos, y hoy conocemos también las cartas de uno de sus maestros, Frontón, que pasó en su tiempo por insigne orador. Finalmente, pertenece a esta época Aulo Gelio, el autor de las Noches áticas, obra a la que debemos infinidad de noticias sobre cosas y hombres de la Antigüedad.


La crisis del siglo III

La muerte de Cómodo sumió al imperio en una nueva crisis política. Los soldados de la guardia pretoriana y los diversos ejércitos pugnaron por llevar al poder a sus jefes, con la esperanza de gozar luego de los mayores privilegios. Sin embargo, triunfó en la contienda un hombre que procuraría retrasar el desencadenamiento de la anarquía: Septimio Severo, cuyos sucesores pertenecieron a su misma familia durante algún timpo.

LOS SEVEROS

Septimio Severo (193-211) no encontró otro camino para conjurar la naciente anarquía que el establecimiento de una verdadera dictadura militar. Era necesario someter a los numerosos grupos militares que estaban lanzados hacia la conquista del poder, y ello sólo podía hacerse contando con un poder militar más fuerte. Así comenzó un período oscuro para la historia de Roma, en el que sólo la fuerza tuvo significación.

Con todo, Septimio Severo fue un hombre recto que procuró ejercer el poder con mesura; pero no pudo ni quiso devolver al estado su antigua estructura, y así fue entregando la totalidad del poder al ejército. Esta política fue llevada hasta sus últimas consecuencias por su hijo y sucesor, Caracalla, cuyo poder tiránico llevó a Roma a las mayores humillaciones (211-217). Durante su gobierno, Caracalla dictó un edicto por el cual se concedía el derecho de ciudadanía a todos los habitantes del imperio (212), medida que llegaba en momentos en que la ciudadanía no entrañaba privilegio alguno. Pero las cosas empeoraron todavía más durante el reinado de Heliogábalo (218-222).

En efecto, además del descalabro general de la administración y de la disciplina militar, Heliogábalo, que era un príncipe inmoral y vicioso, se caracterizó por su predilección por el culto sirio del Sol, del que se constituyó Sumo Sacerdote. Con ello, los cultos exóticos entraron en Roma con fuerza torrencial y atrajeron hacia ellos a las multitudes supersticiosas, de modo que muy pronto se perdieron las hondas raíces de la romanidad. Cuando, a la muerte de Heliogábalo, su sucesor Severo Alejandro (222-235) quiso restablecer la disciplina y reorganizar la vida pública, ya era tarde; fue asesinado, pero no por la irritación provocada por sus crímenes, como Heliogábalo, sino por su virtud, que resultaba ya intolerable para los espíritus acostumbrados a los desbordes de todas las pasiones. Así concluyó, en 235, la dinastía de los Severos, inaugurándose la era de la anarquía militar.

LA ANARQUÍA MILITAR

Desde la muerte de Severo Alejandro hasta la asunción del poder por Diocleciano, el imperio se sume en una terrible confusión. Los diversos ejércitos provinciales se negaron a reconocer autoridad alguna que no hubiera sido nombrada por ellos, y así, al cabo de poco tiempo, comenzaron las luchas entre los distintos emperadores que, simultáneamente, eran designados por las diferentes fuerzas militares.

Las consecuencias fueron terribles. De la antigua disciplina, de la organización institucional y legal del imperio, no quedó nada en pie en medio de este cataclismo general. Ni siquiera se salvó la unidad del imperio, porque algunas regiones —Galias, el reino de Palmira— se independizaron en la práctica, mientras las otras luchaban entre sí con una violencia extremada. Pero no fue eso la única consecuencia. Los enemigos que hasta entonces habían estado contenidos más allá de las fronteras encontraron propicia la ocasión para introducirse en el territorio imperial, y así se produjo la primera gran invasión bárbara en el imperio. Fueron los godos, sobre todo, los que más daños produjeron; entraron en la península de los Balcanes y la recorrieron y saquearon sin piedad, ante la impotencia de los ejércitos imperiales, a los que carcomía el virus de la guerra civil. Pero quedaban algunas reservas todavía en el viejo imperio, y, a partir del reinado de Claudio II, una marcada reacción comenzó a hacerse visible.

Durante su breve reinado —desde 268 hasta 270—, Claudio II, a quien llamaron el Gótico, pudo organizar sus fuerzas y afianzar su autoridad en la medida necesaria para oponerse con éxito a los godos, a quienes logró expulsar de la Península Balcánica. Su sucesor, Aureliano (270-275), logró asimismo alejar de territorio romano a otros pueblos invasores panonios y alemanes, y adoptó algunas medidas para prevenir nuevos peligros; así, ordenó construir un muro —que se llamó Aureliano— para asegurar a la ciudad de Roma contra posibles asaltos y dispuso el abandono de la Dacia para fortalecer las líneas romanas detrás del Danubio. Luego incorporó al imperio las regiones de Galia y Palmira que se habían separado, y, de ese modo, completó su labor de reordenación del imperio. Sólo quedaba por lograr la reorganización interna, y esa misión correspondió a un emperador de extraordinarias calidades como hombre de mando, llamado Diocleciano.

DIOCLECIANO

Diocleciano subió al poder el año 285. Era de origen ilirio, y se había formado en las filas del ejército, donde había adquirido prestigio y experiencia en los negocios públicos. Su obra de gobierno, cumplida a lo largo de veinte años de infatigable labor, tuvo consecuencias definitivas para el imperio, sobre todo en cuanto a su organización interior, hasta el punto que su reinado constituye un jalón en la historia romana: con él se inicia el Bajo Imperio.

La transformación introducida por Diocleciáno se caracterizó por el propósito de crear un régimen absolutista. Era la época en que florecía el Imperio Parto, cuyas modalidades políticas impresionaron a los romanos; en efecto, aquel florecimiento del viejo país persa fue explicado por el régimen autocrático que impuso la dinastía parta, y fueron muchos los jefes del imperio —sobre todo los de origen oriental, como Diocleciano— que juzgaron que la solución del problema romano consistía en imitar aquella organización. Esta idea dirigió los pasos de Diocleciano. Los restos de la tradición republicana que aún subsistían fueron eliminados. El emperador se hizo llamar dominus, que quería decir señor, y los súbditos fueron obligados a saludarlo con una genuflexión, como la que se acostumbraba a hacer ante los reyes orientales. Además, todas las funciones públicas se concentraron en manos de una burocracia directamente dependiente del emperador, transformándose el Senado en un cuerpo municipal de la ciudad de Roma.

Diocleciano quiso, también, poner freno a las luchas civiles mediante un riguroso sistema para determinar la sucesión imperial. Dividió el imperio en dos partes —el de Oriente y el de Occidente— y, sin perder él la máxima autoridad, se reservó el mando directo del Imperio de Oriente, entregando el de Occidente a un colega. Además, cada uno de los emperadores debía nombrar un César, que sería su lugarteniente y, luego, su sucesor. A este sistema se le llamó la “tetrarquía”, y Diocleciano lo puso en vigencia inmediatamente.

Una política estatal muy firme y acentuada caracterizó el gobierno de Diocleciano. Todo aquello que, de cerca o de lejos, podía importar a la vida colectiva fue minuciosamente ordenado por el Estado, que legisló sobre precios, estableció controles oficiales sobre las diversas actividades y, sobre todo, procuró mantener a cada individuo en la misma profesión u ocupación que tenía, sin permitir a los soldados o a los campesinos, por ejemplo, que cambiaran de oficio. De este modo, Diocleciano inmovilizó la sociedad romana, y si bien es cierto que evitó, de momento, que se volvieran a desencadenar los conflictos civiles, detuvo también todos los gérmenes de evolución y de progreso. Así ocurrió que el estancamiento general, y especialmente el estancamiento económico, prepararon la decadencia del imperio, que Diocleciano sólo pudo contener en su aspecto formal y exterior.


El Imperio durante el siglo IV

Si Diocleciano logró llevar la paz al imperio durante su gobierno, el sistema que tan pulcramente había ideado para evitar males en lo futuro fracasó después de su retiro de la función pública. En efecto, estaba tan seguro de las bondades del régimen de la tetrarquía que en 305, considerando cumplida su misión, abdicó el poder y obligó a que lo hiciera a su colega Maximiano.

Pero muy pronto advirtió su error. Las ambiciones no habían sido contenidas, y el régimen de la sucesión imperial no funcionó como él lo había previsto. Un hijo del César de Occidente, llamado Constantino, no se resignó a perder, pese a su parentesco, toda posibilidad de reinar, y desencadenó un conflicto armado que le permitió dominar casi todo el Occidente.

CONSTANTINO

Sólo le quedaba, al llegar al año 312, conquistar Italia para dominar toda esa región. Allí mandaba Majencio, un hombre que, según los principios de Diocleciano, sostenía la necesidad de afirmar la tradición pagana de Roma para fortalecer y tonificar al imperio. Constantino se apoyó en los ya numerosos cristianos, y, según la tradición, obtuvo la promesa del triunfo si luchaba por la Cruz. En 312 invadió Italia y venció a Majencio en la batalla del Puente Milvio, después de lo cual su autoridad quedó afirmada en la mitad del imperio. Entonces resolvió poner fin a la persecución de los cristianos, para lo cual dio el año 313 un edicto en la ciudad de Milán por el cual autorizó el culto cristiano. A partir de ese momento, las conversiones se realizaron en masa, y, poco después, el cristianismo llegó a ser la religión más importante del imperio.

Pero Constantino no se contentó con poseer el Occidente y procuró por todos los medios llegar a ser señor de todo el imperio. Tuvo que esperar algunos años, pero después de muchas luchas logró derrotar al emperador de Oriente, Licinio, y, desde 323, fue el único emperador. Ya desde antes, y en la zona sometida a su autoridad, había trabajado por afirmar la organización centralista y autocrática tal como la había esbozado Diocleciano; ahora, transformado en señor de todo el mundo romano, quiso dar a esa autoridad un marco apropiado y dispuso la fundación de una nueva ciudad en las orillas del Bosforo, a la que llamó Constantinopla. La ciudad se levantó sobre la base de una antigua ciudad griega, Bizancio, a la que se agregó una nueva zona urbana caracterizada por la suntuosidad de sus construcciones; allí estableció la sede de su gobierno Constantino, otorgando al Oriente —como ya lo había hecho Diocleciano— una jerarquía superior al Occidente.

De todos los aspectos de la obra de Constantino, el que tiene más importancia es el religioso. La tolerancia del culto cristiano fue acompañada por una serie de concesiones que dieron muy pronto una situación de ventaja a la Iglesia. Se ha discutido mucho sobre si Constantino era o no un sincero creyente; de todos modos, lo cierto es que apoyó a la Iglesia y que contó entre sus consejeros a varios altos dignatarios de ella. Constantino recabó para sí, en la práctica, cierta superintendencia en los asuntos eclesiásticos, y él presidió el concilio de Nicea, en 325, en el que se condenó la herejía de Arrio y se definió el dogma cristiano. Acaso un objetivo político guiaba los pasos de Constantino: la utilización de la influencia del sacerdocio para sus propios fines. Pero las consecuencias de esa política fueron tales que muy pronto la Iglesia pudo constituirse como un poder dentro del Estado.

LA REACCIÓN DE JULIANO EL APÓSTATA

Constantino murió en 337 y sus tres hijos recibieron una parte cada uno del extenso imperio de su padre. Uno de ellos, Constancio, reveló poseer las mismas ambiciones que Constantino, y logró poco a poco eliminar a sus rivales hasta quedar solo en el gobierno. Pero esta época de los hijos de Constantino está manchada por los crímenes familiares más oscuros y repugnantes; todos aquellos que podían constituir un estorbo para las ambiciones de los tres hijos primeros, y de Constancio después, sufrieron una persecución despiadada y cayeron en la lucha.

Sin embargo, sobrevivió un sobrino de Constantino llamado Juliano, a quien las circunstancias permitieron llegar a ocupar altos cargos. Juliano creció y se educó en el odio de Constantino, de sus descendientes y de la política sustentada por todos ellos. Así fue como decidió restaurar el paganismo, acaso no tanto por admiración a su contenido religioso como porque el cristianismo estaba unido, a sus ojos, con la tradición constantiniana. Dos años solamente reinó Juliano, desde 361 a 363; durante ese tiempo, el cristianismo, aunque no fue perseguido, conoció el repudio y el desprecio oficial, en tanto que el Estado apoyaba el resurgimiento de los antiguos cultos. Pero la obra de Juliano quedó inconclusa con su muerte, y se desbarató prontamente.

La Iglesia había adquirido ya una fuerza incontrastable; pudo resistir con éxito la ofensiva de Juliano y preparó, a su vez, el contraataque, por medio de las poderosas influencias que había adquirido en la corte imperial. Así, cuando llegó Teodosio al poder, la Iglesia ganó definitivamente la batalla.


Las primeras invasiones y el reinado de Teodosio

Durante los últimos años del siglo IV, los pueblos germánicos del Danubio entraron en el imperio y produjeron una terrible conmoción. Sin embargo, Roma conservaba todavía algunas reservas y pudo afrontar la situación, gracias a la capacidad de Teodosio, a quien la historia ha llamado el Grande. Su reinado fue, en verdad, la última etapa del imperio.

LA INVASIÓN DE LOS VISIGODOS

El pueblo germano de los godos vivía en las orillas del Danubio, del otro lado de la frontera romana. Desde hacía mucho tiempo se había mostrado amistoso con respecto a los romanos y había sido sensible a su influencia, de modo que no parecía constituir una amenaza grave; pero en los últimos tiempos del siglo IV, una circunstancia inesperada provocó un cambio en la situación.

En efecto, un pueblo mongólico, los hunos, apareció desde el Este y avanzó arrolladoramente por las costas del mar Negro hacia el Danubio amenazando someter a cuantos pueblos encontraba a su paso. Una rama de los godos, los ostrogodos, cayó bajo su autoridad; pero otra, la de los visigodos, decidió sustraerse al peligro y cruzó la frontera romana en demanda de protección y auxilio.

El emperador Valente les fijó una comarca para que se instalaran, pagando un tributo; allí estuvieron algún tiempo, pero, de pronto, y a causa de las exacciones que sufrían, los visigodos se sublevaron y atacaron a las fuerzas imperiales, a las que derrotaron, dando muerte al propio emperador en la batalla de Andrianópolis, el año 378.

Para afrontar la situación, el emperador de Occidente envió a su mejor general, Teodosio, quien consiguió someter a los visigodos y, sobre todo, reanudar con ellos relaciones pacíficas. Esta labor fue consolidada cuando Teodosio, en premio a sus servicios, recibió el imperio de Oriente.

TEODOSIO EL GRANDE

El gobierno de Teodosio fue difícil por las diversas preocupaciones que tuvo que atender. Un usurpador, Máximo, se apoderó del Occidente, y Teodosio tuvo que combatirlo hasta que consiguió vencerlo, después de lo cual reunió en sus manos la totalidad del imperio. Entre tanto, su principal preocupación fue perseguir las sectas heréticas y defender la unidad de la Iglesia. Al fin, en 392, decidió prohibir los cultos paganos y el cristianismo quedó reconocido como religión oficial del imperio.

Entre tanto, las fronteras, tanto de Oriente como de Occidente, seguían amenazadas y era menester estar atento a su defensa. Para facilitar el gobierno, Teodosio, previendo su muerte, dispuso que el imperio se dividiera entre sus dos hijos, Honorio y Arcadio, al primero de los cuales le correspondería el Occidente, mientras el segundo retendría el Oriente. Así se hizo, cuando, en 395, el último gran emperador murió.

LA CULTURA DE LOS ÚLTIMOS TIEMPOS DEL IMPERIO

El rasgo predominante de la cultura del Bajo Imperio es su orientalización. La fundación de Constantinopla y la radicación de la sede del gobierno en ella no son hechos circunstanciales. Por esa época, era el Oriente la parte más importante del imperio y eran las influencias orientales las que se sentían con mayor intensidad. Esta característica se acusó muy pronto, sobre todo en las artes plásticas.

Quizá la obra maestra de la arquitectura de este período sea el magnífico palacio —una verdadera ciudad— que Diocleciano mandó construir en Spalato, en la actual Yugoeslavia. Predominaban en él las líneas curvas y se notaba cómo por entonces prefería el gusto romano las bóvedas y las cúpulas; estos elementos formaban parte ya de la estructura de las termas de Caracalla, y aparecieron también en la basílica de Constantino —ambos edificios en Roma—, y en las construcciones que adornaron Constantinopla. Los arcos de triunfo se modificaron. El de Septimio Severo y el de Constantino revelan ya una complejidad en las formas que los diferencia sensiblemente de los antiguos; y la suntuosa decoración que aparece ornamentando todas las construcciones revelan, decididamente, la influencia oriental. Del mismo modo, las estatuas que nos han llegado de los emperadores —las de Constantino, especialmente— son, en este período, producto de una sensible transformación del gusto; por sus proporciones, generalmente monumentales, por su expresión y por su técnica, son, en general, de marcada influencia oriental.

Las letras revelan, durante el Bajo Imperio, cierta declinación; el latín se barbariza y falta la inspiración, a la que reemplaza cierto alarde retórico. Los escritores paganos se dedican a la historia, como Aurelio Víctor, Eutropio o los autores de la Historia Augusta; otros cultivan la poesía, como Claudiano o Rutilio; y algunos practican el género epistolar u oratorio. Hubo también, en esos siglos, escritores cristianos de valor, entre todos los cuales los de mayor significación son Tertuliano, el autor de El apologético, y San Jerónimo, de quien nos han quedado unas magníficas cartas y algunos tratados históricos y religiosos.

Hubo también, por entonces, un extraordinario florecimiento de la literatura religiosa en lengua griega: Orígenes y Clemente de Alejandría son, sin duda, los más significativos; pero no faltó a la tradición pagana quien la defendiera, como lo hicieron Celso y Porfirio. Época de intensa inquietud, la polémica fue la actividad constante de jos hombres de pensamiento, y ese carácter revela la producción filosófica y literaria.


La crisis del Imperio

El reparto que había proyectado Teodosio el Grande se hizo efectivo a su muerte, en 395. Desde entonces, las circunstancias separaron definitivamente las dos mitades del imperio, y, mientras el Oriente logró sobreponerse a la crisis y subsistir durante largos siglos, el Occidente cayó al cabo de poco tiempo, víctima de las invasiones germánicas.

LOS VISIGODOS. ALARICO

Al morir Teodosio, los visigodos consideraron que el pacto que tenían con el imperio había caducado. Los mandaba ahora un jefe decidido y capaz, Alarico, y resolvieron lanzarse a la conquista. Así, se sublevaron contra el imperio y recorrieron los territorios de la Península Balcánica, devastando los campos y saqueando las ciudades —Atenas entre ellas—, hasta que Alarico logró que se le reconociera a su pueblo la calidad de aliado del imperio. Como por entonces habían surgido algunos conflictos entre los dos emperadores, Alarico decidió invadir Italia, y si bien es cierto que al principio fracasó, lo logró en 408. Dos años más tarde se presentaba ante los muros de Roma y, por primera vez desde la época de los galos, invadió la ciudad y la saqueó sin piedad.

Alarico tenía el propósito de crear un reino visigodo en territorio romano; su plan era trasladarse a África —región que por su fertilidad constituía el granero de Italia—, no sólo para establecerse allí, sino para controlar, de paso, el resto del imperio. Pero la expedición fracasó, y Alarico murió poco después. Su proyecto fue retomado por sus sucesores, que entraron en alianza con el imperio y recibieron el encargo de pacificar las provincias de Galia y España. Allí, en efecto, otros pueblos germánicos habían entrado a saco y dominaban algunas regiones.

LA INVASIÓN DE GALIA. ESTABLECIMIENTO DE LOS INVASORES

En efecto, en el año 405, precisamente cuando se temía la invasión de Alarico a Italia y se preparaba la defensa, el jefe de los ejércitos romanos, Estilicón, había retirado de la frontera renana las mejores fuerzas militares con el objeto de fortalecer las líneas defensivas de Italia. Esta circunstancia fue aprovechada rápidamente por algunos pueblos germánicos vecinos del Rin. Los vándalos, los suevos y los alanos cruzaron el río que señalaba la frontera y se introdujeron en Galia, a la que recorrieron y saquearon durante algún tiempo. Con la esperanza de recoger mejor botín, cruzaron luego los Pirineos y entraron en España, en algunas de cuyas regiones repitieron sus expediciones de pillaje. Pero ellos, como los otros grupos de su mismo origen, deseaban fijarse definitivamente en alguna zona rica y fértil, y procuraron delimitar los territorios para asentar sus reales.

Los vándalos eligieron la zona meridional de la península, que recibió de ellos el nombre de Vandalucía; los suevos, por su parte, se instalaron en Galicia y los alanos se quedaron en el actual Portugal.

fue entonces cuando el emperador de Occidente encomendó a los visigodos que, en calidad de aliados del imperio, expulsaran a los otros pueblos germánicos de las provincias de España y Galia. El precio de esta ayuda era tentador; los visigodos podrían establecerse en esas provincias definitivamente como aliados, y, ante tal perspectiva, lucharon con denuedo para someter a los otros invasores. Así, los alanos, suevos y vándalos fueron dominados y sometidos poco a poco, emigrando los últimos hacia la costa africana en 429; de ese modo, los visigodos consiguieron establecerse en el vasto territorio comprendido entre el río Loira y el estrecho de Gibraltar.

Entre tanto, otros pueblos germánicos se habían movido desde sus antiguos territorios hacia el imperio. Los burgundios, tras múltiples peripecias, se instalaron en el valle del río Saona, región que por ellos se llamó Burgundia primero y luego Borgoña. Los anglos, los jutos y los sajones cruzaron el mar y se instalaron en la provincia de Bretaña, en la actual Inglaterra, donde fundaron cierto número de pequeños reinos. Así, poco a poco, el imperio se disgregaba, no conservando el emperador autoridad efectiva sino sobre el norte de Francia y en Italia.

LA INVASIÓN DE LOS HUNOS Y LA CAÍDA DEL IMPERIO. LOS OSTROGODOS Y LOS FRANCOS

Al promediar el siglo v, una nueva ola de invasores se presentó en las fronteras imperiales. Era un pueblo de origen mongol que venía mandado por un caudillo implacable: Atila; lo seguían numerosos pueblos que había sometido y con ellos constituía una inmensa masa humana que amenazaba aplastar cuanto se opusiera a su paso.

Los hunos se lanzaron sobre Galia, pero el jefe de los ejércitos romanos, Aecio, consiguió formar con sus tropas y las de los pueblos aliados un ejército poderoso que derrotó a Atila en la batalla de los Campos Cataláunicos, en el año 451. La victoria fue tan efectiva que los hunos debieron alejarse, y, aunque provocaron nuevos males para el imperio, dejaron de constituir un peligro. Poco después murió Atila y el imperio que había formado se deshizo, quedando en libertad los pueblos que le estaban sometidos.

Sin embargo, el Imperio de Occidente no pudo aprovechar esta victoria. La autoridad del emperador estaba corroída y la púrpura imperial caía en manos de quienes señalaban los ejércitos bárbaros más poderosos e influyentes en cada momento. Finalmente, el jefe de los ejércitos mercenarios del imperio, Odoacro, decidió poner fin a la dignidad imperial, y sublevándose, depuso al emperador Rómulo Augusto y se proclamó rey de Italia, sin que volviera a elegirse emperador en Roma. Así terminó el imperio, de tan gloriosa tradición.

Después de la desaparición del imperio, dos nuevos pueblos germánicos aparecieron en territorio imperial para establecerse allí definitivamente. Los ostrogodos, mandados por Teodorico, recibieron del emperador de Oriente la misión de expulsar a Odoacro de Italia y establecerse allí en calidad de aliados y en nombre del imperio. Teodorico logró su propósito y así nació un nuevo, reino: el de los ostrogodos de Italia. Por la misma época, aunque en condiciones distintas, los francos se apoderaron del norte de Galia y se establecieron allí definitivamente. Nada quedaba ya del antiguo imperio occidental que no hubiera caído sucesiva pero definitivamente en manos de los invasores germánicos.


HISTORIA MEDIEVAL


El ámbito de la cultura medieval

La caída del Imperio Romano de Occidente abre, para esta región del mundo antiguo, una nueva era a la que la historia conoce con el nombre de Edad Media. Es importante tener presente que, en rigor, la expresión Edad Media sólo tiene valor para esa región. Carece, en cambio, de significado para la China, la India y América, zonas que tienen una evolución cultural independiente y sobre la cual no repercute, naturalmente, la caída del imperio.

La Edad Media es, pues, el período de tiempo que transcurre entre la caída del Imperio de Occidente, en el siglo v, y la época del descubrimiento de América. Suelen indicarse estos hechos u otros como signos simbólicos; en realidad no existen divisiones tan absolutas en el proceso histórico y no hay que tomar estas fechas sino como meramente convencionales. Pero estos diez siglos no corresponden a la Edad Media sino en la cuenca del Mediterráneo, esto es, allí donde perdura, en mayor o menor medida, el recuerdo de la tradición romana.

Sobre el fondo común de la tradición romana, en efecto, se superpusieron nuevas influencias. Nuevos pueblos —los germanos, los árabes, y algunos grupos menores— se apropiaron del suelo y elaboraron a su modo la antigua cultura dando a las regiones que ocuparon un aire peculiar. Nuevas corrientes culturales incidieron sobre esas zonas; por una parte, las que llevaban consigo los pueblos invasores; por otra, las de la tradición griega que resurgió en el Imperio de Oriente, y las del cristianismo, que cuajó vigorosamente en todo el mundo mediterráneo. Es imprescindible, para comprender la evolución espiritual de la Edad Media, tener presente la significación de cada uno de estos elementos.

LA TRADICIÓN ROMANA Y EL IMPERIO DE ORIENTE

Pese a la decadencia política del imperio, su cultura no pereció con las invasiones ni con la caída del poder político en el Occidente. Por lo pronto, el hecho de que perdurara el Imperio de Oriente permitió que se siguiera pensando que el imperio no había desaparecido sino en parte y, acaso, transitoriamente; pero, además, las formas de vida y la tradición espiritual de Roma no fueron arrasadas en todas partes, sino que subsistieron en vastas zonas; y aún en aquellas donde no gozaron de la estimación de los conquistadores, se filtraron sus recuerdos y perduraron sus reminiscencias. Así, la tradición romana constituyó, en diversa medida, la base de la cultura medieval.

La mitad oriental del imperio sufrió los primeros golpes de los invasores germánicos y debió soportar luego nuevas olas de pueblos diversos; además, heredó las preocupaciones de la defensa de la frontera parta, que tantas dificultades había creado al imperio. Pero pudo sobreponerse a todo y, pese a la disminución progresiva de su territorio y a los graves peligros en que estuvo, perduró durante diez siglos.

Desde el punto de vista de la cultura, el Imperio de Oriente —conocido durante la Edad Media con el nombre de Imperio Griego o Imperio Bizantino— mantuvo encendido el fuego de la tradición clásica, si bien acentuó la significación de los elementos griegos, que eran los originarios de esa región. Desde el punto de vista político, perpetuó la tradición del Bajo Imperio y se ofreció como modelo a los estados que surgieron durante la Edad Media. Para muchos, y aún muchos siglos después de la caída del Imperio de Occidente, el imperio seguía viviendo en virtud de esta supervivencia del emperador de Constantinopla.

EL CRISTIANISMO

En el área geográfica del antiguo imperio, el cristianismo fue la religión predominante. A partir de su reconocimiento por Constantino, a principios del siglo IV, la Iglesia se organizó ajustándose a la organización administrativa y política del imperio, de modo que, desaparecido éste en Occidente, conservó la tradición de su autoridad universal. Así lo reconocieron los distintos reinos que aparecieron en esa región, que vieron en el papado el heredero de aquella autoridad. La Iglesia fue, así, el vínculo de unión que impidió la disgregación espiritual del Occidente, al que mantuvo unido por la comunidad de la fe.

La autoridad de la Iglesia mantuvo también la unión entre el Occidente y el Oriente, hasta que, en el siglo XI, se produjo la escisión entre las dos iglesias por el llamado Cisma de Oriente. Pero aún después, la comunidad de la fe unió a las dos antiguas regiones romanas frente a los infieles musulmanes, afirmando la radical unidad espiritual por encima de las divisiones políticas e incluso eclesiásticas.

El cristianismo destruyó algunos de los ideales más característicos de la tradición romana, pero no fue totalmente impermeable a esa tradición y se desvió, en muchos aspectos, de sus contenidos primitivos para amoldarse a la concepción romana de la vida que predominaba en lo que había sido el imperio. Puede decirse que el cristianismo se romanizó, y la organización de la Iglesia constituye, en este aspecto, el testimonio más evidente, sin ser el único. Por otra parte, como el cristianismo se acuñó con determinados caracteres durante los últimos tiempos del imperio, el recuerdo de Roma quedó indisolublemente unido al cristianismo, que eternizó la lengua latina y el nombre de la Ciudad Eterna.

LOS GERMANOS

Los germanos constituyeron, después de las invasiones, la clase dominante en todos los estados que surgieron del seno del Imperio Romano de Occidente. Se ha discutido mucho cuál era el grado de su civilización en el momento de la conquista, y cuál fue la influencia que sus tradiciones ejercieron. Sin duda habían alcanzado un nivel considerable de desarrollo; se habían hecho sedentarios, vivían en aldeas, cultivaban la tierra y mantenían un activo comercio con las zonas fronterizas romanas, gracias al cual se había producido ya un activo intercambio en el campo de las costumbres y las ideas. En lo fundamental, sin embargo, mantuvieron sus antiguos hábitos. Eran de temperamento violento y, en general, dados a la caza y a la guerra, no sólo por necesidad, sino también por vocación. Su organización política era de tipo democrático; la asamblea de hombres libres constituía la más alta potestad en materia política y era ella la que decidía con su voto en las más graves cuestiones de la comunidad. A veces el régimen se tornó en una suerte de aristocracia, y otras, llegó a constituirse bajo la forma monárquica. Pero, en este último caso, las atribuciones de los reyes eran muy limitadas y estaban controladas por los consejos y asambleas.

En lo jurídico, los germanos mantuvieron sus tradiciones. La venganza de sangre, la composición, o sea la indemnización por el daño causado, el juicio por ordalías, la limitación de la propiedad privada, eran otros tantos rasgos de su vida jurídica, que diferían de los principios del derecho romano. Y en cuanto a su religión, creían en ciertos dioses de la naturaleza, presididos por Odín o Wottan. Los dioses, decían los germanos, viven en un paraíso, el Walhala, al que llegarán todos aquellos que mueran como valientes en los combates. Allí gozarán de toda clase de delicias y serán servidos por las hermosas walkirias. Después de ingresar en territorio romano comenzó a producirse la conversión de los germanos al catolicismo, al que llevaron, por su parte, crecida cantidad de sus antiguas supersticiones y creencias; sólo los godos habían sido convertidos antes por los misioneros.

LOS MUSULMANES

Los árabes también invadieron parte del Imperio Romano. Eran pueblos nómadas de la Arabia que, en el siglo VII, se aglutinaron alrededor del profeta Mahoma, cuya fe monoteísta abrazaron con ardor y violencia. Poco después ocuparon extensas zonas del imperio y se establecieron en ellas, con su autoridad política, sus costumbres y tradiciones. Sin embargo, pese a la diversidad de sus hábitos, los musulmanes supieron hallar en la tradición romana elementos de valor, especialmente en el campo de las artes y de las ciencias. Los musulmanes fueron, en verdad, los mejores herederos de la tradición científica de la antigüedad, que perpetuaron y desarrollaron.

Éstos fueron los diversos elementos étnicos y espirituales que incidieron sobre la tradición romana para formar ese complejo mundo que se conoce con el nombre de Edad Media. Tres grandes bloques se constituyeron en la cuenca del Mediterráneo; el Imperio Bizantino, el Califato musulmán —luego disgregado— y el que componían los diversos estados romanogermánicos, unidos por la autoridad espiritual del papado, y, eventualmente, por un emperador. Por épocas, estos bloques parecieron incomunicados entre sí; pero hoy sabemos que no fueron estériles los períodos durante los cuales se establecieron relaciones entre ellos. Muchos aspectos aparentemente confusos de la historia y la cultura medievales se explican por el entrecruzamiento de estas diversas influencias. En rigor, no existe una época homogénea a la que pueda llamarse con propiedad Edad Media, como si fuese una sola cosa. Distinta en cada uno de aquellos tres bloques, es también distinta en cada una de las tres etapas que la caracterizan en el Occidente: la época de los reinos romano-germánicos, la época del feudalismo y la época burguesa, llamada generalmente baja Edad Media.


Los reinos romanogermánicos

Una vez que las distintas ramas del pueblo invasor se hubieron instalado en los diversos territorios del antiguo imperio, comenzó cada uno de ellos una etapa diferenciada de su historia. Es útil seguir los pasos de su evolución por separado; pero luego será necesario ver cómo mantuvieron algunos caracteres comunes; de ese modo se explicarán los caracteres de las distintas nacionalidades y también la unidad que perduró en el Occidente europeo.

EL REINO VISIGODO

Al recibir del imperio las provincias occidentales, los visigodos prefirieron mantenerse en la Galia y establecieron su capital en Tolosa. Sin embargo, no descuidaron por eso España, a la que procuraron limpiar de enemigos sometiendo a los invasores que les habían precedido. Así, de uno y otro lado del Pirineo se extendía su autoridad, sin que pudieran hacerla efectiva totalmente debido a su escaso número.

En los primeros años del siglo VI, los francos, que habían conquistado ya la región septentrional de la Galia hasta el Loira, iniciaron una recia ofensiva contra los visigodos; el rey de los francos, Clodoveo, logró derrotarlos y expulsarlos más allá de los Pirineos, con lo cual los visigodos quedaron reducidos a España; poco después, sus reyes fijaron su capital en Toledo.

Los visigodos dominaron el país, pero tuvieron que afrontar algunos fuertes enemigos, especialmente los bizantinos, que lograron apoderarse de la zona sudeste de la Península Ibérica en el siglo VI. Los visigodos se habían convertido desde tiempo atrás al cristianismo, pero se mantuvieron en su mayoría dentro de la secta arriana; los bizantinos eran, en cambio, católicos, y acaso a sus vinculaciones con los visigodos de esa misma fe se debieron las operaciones militares que concluyeron con la dominación bizantina en el sudeste. Poco después, el número de católicos había crecido notablemente; a fines del siglo VI, el más importante de los obispos era el de Sevilla, Leandro; fue él quien logró convertir en el año 587 al rey Recaredo al catolicismo, a quien acompañaron en su conversión casi todos los nobles visigodos. Desde entonces, el papel de los católicos fue importantísimo dentro del reino, tanto que suele decirse que la monarquía visigoda constituyó una verdadera teocracia. Los más importantes asuntos públicos se dilucidaban en los concilios que se reunían en Toledo, y las resoluciones que allí se adoptaban —no siempre de acuerdo con el rey— tenían fuerza legal.

En materia de derecho, los visigodos fueron adoptando cada vez más las antiguas leyes romanas. Se trataba siempre de armonizarlas con los principios tradicionales del derecho germánico que tenían vigor entre los visigodos, de modo que, con frecuencia, los principios jurídicos parecían inciertos y sujetos a interpretación. Para dar mayor fijeza al orden legal, la monarquía visigoda ordenó, en el siglo VI, la compilación de un código; su última versión —porque fue retocada varias veces— se conoce con el nombre de Libro de los Juicios, y subsistió durante toda la Edad Media en la España cristiana con el nombre de Fuero Juzgo.

El reino visigodo fue uno de los que conservó mejor la tradición espiritual de Roma. Los estudios se abandonaron menos que en otras regiones y hubo allí centros en los que se conservaron los libros antiguos y se mantuvo el hábito de la lectura y la meditación. Sevilla fue, quizá, la ciudad más celosa de esa tradición intelectual. Allí brillaron los obispos Leandro e Isidoro, el segundo de los cuales fue, acaso, la figura más extraordinaria de su tiempo por su inmenso saber y su clara inteligencia. A su obra múltiple se debe la conservación de muchos conocimientos que, de otro modo, hubieran perecido.

El reino visigodo entra en un período de crisis política después de promediar el siglo VII. Algunos reyes aspiraban a ejercer una autoridad absoluta de acuerdo con la tradición romana; otros quisieron imponer a sus hijos como sucesores con detrimento de los derechos de la nobleza; todo ello creó rivalidades y odios entre las distintas facciones, y un día, una de ellas llamó, para que la auxiliaran contra otra rival a los musulmanes del norte de África. El año 711, los musulmanes invadieron la península y derrotaron al rey Rodrigo en la batalla del Guadalete; pero entonces ya no pensaron en entregar el territorio a sus aliados sino que decidieron aprovechar su conquista en propio beneficio. Así acabó el reino visigodo y comenzó en España la dominación musulmana.

EL REINO OSTROGODO DE ITALIA

Los ostrogodos habían estado sometidos a los hunos y quedaron en libertad cuando el imperio de los mongoles se deshizo tras la muerte de Atila, en 453. Desde entonces quedaron en las orillas del Danubio y, en general, mantuvieron relaciones cordiales con los romanos.

Después que Odoacro se hubo apoderado de Italia, deponiendo al emperador Rómulo Augústulo, el emperador de Constantinopla quiso salvar sus derechos enviando fuerzas militares a que la reconquistaran. Pero, como carecía de ejército, decidió recurrir a los ostrogodos en calidad de aliados. Los mandaba a la sazón Teodorico Ámalo, que había permanecido muchos años en Constantinopla en calidad de rehén, y que, en consecuencia, era hombre de cierta confianza del imperio por sus costumbres romanizadas.

Teodorico aceptó la misión de reconquistar Italia. Invadió el territorio y venció a Odoacro, fundando, en 493, un reino que, si bien reconocía la supremacía del emperador de Constantinopla, era, en la práctica, independiente. Teodorico alcanzó muy pronto una situación de primacía en el Occidente; sus condiciones personales, su poder militar y, sobre todo, la posesión de Italia, le otorgaron sobre los demás reyes germánicos cierto ascendiente. Prudente y mesurado, trató en todo lo posible de mantener las tradiciones romanas, y llamó a su consejo a nobles romanos expertos en los asuntos públicos, de los que sólo prescindió cuando creyó que lo traicionaban en combinación con Constantinopla, celosa de su creciente autonomía.

El reino ostrogodo fue modelo en las relaciones entre vencidos y vencedores. Sus leyes mantuvieron las tradiciones jurídicas romanas, con las modificaciones impuestas por los usos germánicos, las tierras fueron distribuidas con ecuanimidad y las posibilidades de vida y de acción no se cerraron del todo a los vencidos. Gracias a ello, el equilibrio interno del reino no fue alterado mientras Teodorico vivió.

Después de su muerte, acaecida en 526, su política prudente no fue siempre seguida. Aparecieron los conflictos internos y las inevitables apelaciones a las fuerzas extrañas para apoyar a las partes. Debido a ello, el emperador de Constantinopla, Justiniano, decidió emprender la reconquista de Italia. No le fue fácil. Sus generales lucharon casi veinte años, y al fin pudieron derrotar a los jefes ostrogodos, quienes, fieles a su doctrina arriana, merecían la hostilidad de los católicos. Fueron éstos quienes apoyaron a Justiniano en su empresa de reconquista. En 555, el reino ostrogodo desapareció y los bizantinos organizaron en Italia un exarcado o virreinato.

LOS REINOS ANGLO-SAJONES

La provincia romana de Bretaña atrajo a algunos pueblos germánicos que vivían en la zona de la actual Holanda y que, acaso, tenían ya alguna experiencia náutica. En efecto, los anglos, los jutos y los sajones se lanzaron a través del canal de la Mancha en los primeros años del siglo v y se instalaron sin hallar mayor resistencia en la vasta llanura del Támesis, internándose luego hacia el Norte. La población de origen romano era allí escasa, porque el imperio no había realizado nunca con intensidad la colonización de ese territorio; la mayoría de la población era de origen celta, y ésta fue la que sintió más directamente las consecuencias de la invasión: una parte se sometió, pero otra procuró escapar y se refugió en las montañas de Gales, Cornuailles y Escocia, y algunos huyeron a Irlanda o a la península que, por ellos, se llamó luego Bretaña, en Francia.

Los invasores no se mantuvieron unidos, fundaron varios pequeños reinos, cuyo número fija la tradición en siete, por lo que suele hablarse de la Heptarquía anglo sajona; pero por épocas fueron más. Poco a poco fue estableciéndose entre ellos cierta jerarquía según su poderío; en los siglos VII y VIII predominó el reino anglo de Mercia y, al fin, en el siglo IX, predominó el reino sajón de Wessex, cuya capital era Londres. Pero la suerte no fue favorable a este reino. Ya en el siglo VII, habían comenzado a aparecer en las costas nuevos invasores; eran los daneses, un pueblo normando de origen germánico que, habiéndose quedado en las tierras del mar Báltico, se había dedicado a la navegación y vivía principalmente de la piratería. Los daneses hicieron numerosas incursiones, muchas de las cuales fueron rechazadas, pero durante el siglo IX, el reino sajón fue atacado con más violencia y fue necesaria toda la prudencia y todo el valor de Alfredo el Grande para contener a los invasores. El rey Alfredo, sin embargo, no tuvo más remedio que ceder a los daneses algunos territorios, con lo cual facilitó la llegada de nuevos grupos hasta que, al fin, todo el territorio inglés fue conquistado por los daneses que mandaba el rey Knut el Grande, en el siglo XI.

EL REINO FRANCO

Cuando los vándalos, los suevos y los alanos cruzaron el Rin y se precipitaron sobre la Galia, un pueblo que estaba más hacia el interior de la Germania avanzó hasta ocupar las orillas orientales de aquel río que había sido la frontera del imperio: los francos. Constituían varios grupos y eran muy valientes y audaces; pero diversas circunstancias impidieron que se lanzaran inmediatamente a la invasión del imperio. En efecto, tras el paso de los primeros invasores, los nobles romanos de la región norte de la Galia se habían organizado bajo las órdenes del patricio Egidio y habían asumido la defensa de la región comprendida entre los ríos Rin y Loira aproximadamente. Ya no era, pues, posible una sorpresa, y los francos, disgregados, no tenían fuerza suficiente para violar la frontera.

En el año 481, un hombre de raras condiciones de conductor asumió el mando de los francos salios: Clodoveo. Poco después, por la violencia casi siempre, Clodoveo consiguió dominar las otras tribus francas y preparó a su pueblo para la invasión. Al cabo de un tiempo, en 486, consiguió derrotar al hijo de Egidio, Siagrio, que lo había sucedido en el mando, y los francos se instalaron en la Galia septentrional como dominadores.

Clodoveo era ambicioso y tenía condiciones para triunfar. Mientras aniquilaba a los rivales germanos que podían amenazar su retaguardia, concibió el plan de convertirse de la religión germana que aun profesaba al catolicismo. Así lo hizo en 496, con intervención del obispo de Reims, San Remigio; gracias a ello, Clodoveo recibió el apoyo del papado, que vio en este jefe su mejor auxilio contra los germanos no convertidos. El papado ayudó, indirectamente, a la conquista del reino visigodo, en 507, y apoyó de diversos modos a Clodoveo para asegurarle un considerable prestigio entre los demás reyes; debido a esta circunstancia, el papel de los francos fue siempre decisivo en la historia de estos primeros siglos.

Clodoveo murió en 511 y repartió su reino entre sus cuatro hijos. Con ello dejó establecido el principio de sucesión sanguínea, así que fundó una dinastía que se conoce con el nombre de merovingia. Estos primeros reyes mantuvieron, en parte, el impulso de Clodoveo; así, uno de ellos conquistó el reino burgundio y completó la dominación de toda la Galia por los francos. Pero las luchas internas comenzaron y, al cabo de algunas generaciones, los reyes merovingios habían perdido casi completamente su poder, que pasó poco a poco a manos de los gobernadores de los distintos territorios. A partir del siglo VII, los condes y los duques francos —que tales títulos solían tener esos gobernadores— gozaban de la más alta autoridad dentro de sus jurisdicciones. Pero como no todos eran igualmente poderosos, surgió uno que logró cierta supremacía sobre los demás: el duque de Austrasia. Este personaje alcanzó el cargo de mayordomo real —una especie de primer ministro y general en jefe de las fuerzas— y lo transmitió a sus descendientes, de modo que muy pronto se transformó la casa de Austrasia en la más poderosa entre los francos.

Su prestigio creció más todavía cuando uno de sus miembros, Carlos Martel, obtuvo, en 732, la victoria de Poitiers contra los musulmanes, que, después de haber invadido España, querían continuar su conquista por la Galia. El hijo de Carlos Martel, Pipino el Breve, fue ya el verdadero dueño del poder; finalmente, se decidió a consolidar su situación de hecho y pidió autorización, indirectamente, al papado, para deponer al rey merovingio. Y una vez que la obtuvo, se hizo elegir por los guerreros francos y consagrar por el propio papa. Así terminó la dinastía merovingia y comenzó a reinar la que se llamó carolingia, en 751.

LOS CARACTERES GENERALES DE LOS REINOS ROMANOGERMÁNICOS

Todos estos reinos reciben un nombre genérico que los caracteriza: se los llama reinos romanogermánicos. Con esa designación se quiere dar a entender que se constituyen con elementos de uno y otro origen y que muchos de sus caracteres resultan de la fusión de esos elementos. Esta particularidad explica muchos de los rasgos de la historia y la cultura europeas.

Pese al nombre de bárbaros con que los romanos conocían a los germanos, nombre que entrañaba la idea de que eran extranjeros y escasamente civilizados, los germanos manifestaron una total admiración por la civilización romana. Es cierto que, en ocasiones, las circunstancias de la guerra los llevaron al saqueo de las ciudades y a la matanza de las poblaciones. Pero fue más bien resultado de las necesidades militares que no impulso destructor. En efecto, la suprema aspiración de los pueblos bárbaros fue instalarse en territorio romano, apoderarse de sus ciudades y gozar de las ventajas de la civilización que el imperio había creado. Esta admiración por la vida civilizada no excluía, sin embargo, cierto desprecio por los romanos mismos, a quienes juzgaban desprovistos de las virtudes varoniles que habían hecho, antaño, la gloria de Roma. Por eso ocuparon el país, mantuvieron de la civilización romana todo lo que no atentaba contra su seguridad y su poder, y desplazaron a los romanos de la dirección política y militar de sus estados.

Los distintos pueblos germanos monopolizaron, en efecto, las funciones militares; lo que restaba del ejército romano desapareció o fue absorbido por la organización germánica. Lo mismo pasó con las funciones políticas, aunque en menor escala; junto a las autoridades germánicas subsistieron, a veces, algunas instituciones que, por su complejidad, quedaron en manos de romanos de confianza. En cambio, los germanos mantuvieron la organización civil de los romanos, sobre todo en cuanto se refería a la población de ese origen, que seguía siendo la mayoría. Sólo para los germanos se mantuvieron las disposiciones civiles tradicionales entre ellos, las cuales se aplicaban también cuando surgía una cuestión entre un romano y un germano.

Así se fue produciendo la fusión legal, que originó la aparición de los más curiosos documentos de esta época: la “Ley romana de los visigodos”, la “Ley romana de los burgundios” y tantos otros. Eran códigos en los que se ajustaban los principios del derecho romano —común a todas aquellas regiones— a las necesidades específicas de cada uno de los reinos, según la situación y el carácter del pueblo conquistador.

Lo que pasó con la legislación pasó con la lengua. También el latín era lengua común en toda la extensión del imperio; pero la deformación que los diversos pueblos introdujeron en el tronco originario dio lugar a la progresiva diferenciación de las lenguas romances. Y aun en otros aspectos se produce el mismo fenómeno, que caracteriza la unidad que subsiste por sobre la variedad propia del mundo europeo.

LA CULTURA DE LA ÉPOCA DE LOS REINOS ROMANOGERMÁNICOS

Naturalmente, la época de las invasiones no era propicia para el desarrollo de la cultura; pero no fue tampoco, como suele creerse, una época totalmente incapaz para el cultivo de las letras y aun de las artes. Las primeras tuvieron —en los monasterios— más posibilidades de desarrollo que las segundas, más unidas a las contingencias del mundo real.

En casi todos los reinos romano-germánicos apareció alguna figura importante en el campo de las letras. En el reino visigodo descolló San Isidoro de Sevilla; en sus Etimologías recogió las enseñanzas que, en diversos campos, pudo recoger de la Antigüedad, y cultivó, además, la historia y la teología. En el reino franco, Gregorio de Tours recogió la historia de los reyes de su país y nos ha dejado una fresca crónica de los sucesos y las costumbres de esos siglos titulada Historia de los francos; entre los ostrogodos, Jornandés resumió las obras históricas de Casiodoro, entre las cuales había una Historia de los godos.

Podrían citarse algunos poetas, teólogos y, sobre todo, biógrafos de santos; pero sus nombres son oscuros y no alcanzan mayor relieve; sépase solamente que hubo muchos, y que en los monasterios no se abandonó —dentro de los límites posibles en una época tan turbulenta— el cultivo de los clásicos y el estudio de los grandes autores cristianos. En materia de artes plásticas, sólo vale la pena citar la influencia que por entonces ejerció en el Occidente, y sobre todo en Italia, el estilo bizantino. Hubo una arquitectura ostrogoda —recuérdese la tumba de Teodorico en Ravena—; una arquitectura visigoda, ejemplificada hoy, especialmente, en la iglesia de San Juan de Baños (España); una arquitectura franco-merovingia, de la que queda como testimonio, por ejemplo, el baptisterio de San Juan, en Poitiers (Francia). Los caracteres de esta arquitectura son el resultado de cierta mezcla de la tradición romana con las influencias bizantina y germánica, esta última especialmente en la ornamentación.


El Imperio Bizantino

Mientras el Occidente caía en manos de los germanos y se rompía la antigua unidad para dejar paso a los distintos reinos romano-germánicos, el Imperio Romano de Oriente conseguía sortear el peligro y mantener su organización política y la unidad territorial.

EL IMPERIO BIZANTINO ANTES DE JUSTINIANO

Según el reparto de Teodosio, el Oriente correspondió a Arcadio, el cual, siendo muy joven, debía gobernar bajo la tutela de los principales jefes políticos militares del Imperio: Rufino primero y Eutropio después. Su reinado fue oscuro y no tuvo otro timbre de honor que el haber podido orientar hacia el Occidente las olas invasoras, salvando así el territorio de la ocupación extranjera.

Sucedió a Arcadio, en 408, Teodosio II. Durante su gobierno, la capital del Imperio —Constantinopla— fue rodeada por una poderosa muralla que debía permitirle mirar con más confianza el porvenir. Por esa misma época, se emprendieron dos empresas de cultura muy significativas. En 425 se fundó la Universidad de Constantinopla, que se transformó en un importante centro de estudios clásicos, precisamente cuando esas disciplinas comenzaban a ser olvidadas en el Occidente. Y poco después se ordenó la compilación de un código en el que se recogieron las principales disposiciones dictadas por los emperadores a partir de Constantino.

Hubo durante el resto del siglo v varios emperadores más. A todos ellos preocupó principalmente la defensa de las fronteras, amenazadas sucesivamente por pueblos germánicos y mongólicos; pero lograron salir airosos de la empresa de defenderlas. No pudieron, en cambio, prestar ayuda sino muy circunstancial al Imperio de Occidente; y no era porque hubiesen renunciado a esos territorios; en efecto, según una antigua tradición, la desaparición de un emperador ponía en las manos de su colega el territorio que quedaba acéfalo, de modo que, en derecho, el emperador de Constantinopla lo era ahora también de Occidente; ninguno de ellos renunció a esa autoridad, pero no pudieron hacerla efectiva porque no se consideraban con recursos suficientes.

Así, durante todo el siglo V, contemplaron cómo se escapaban de sus manos tan vastos e importantes dominios, esperando la ocasión de recuperarlos.

A fines del siglo, el emperador Zenón hizo un intento para recobrar Italia, enviando allí a Teodorico para que, en su nombre, expulsara al usurpador Odoacro. El hecho tenía valor porque atestiguaba el derecho del emperador, pero no tuvo por el momento otra significación, porque, en la práctica, los ostrogodos constituyeron allí un reino autónomo.

JUSTINIANO Y SU ÉPOCA

Sobre este antecedente se basó Justiniano, emperador desde 527 hasta 565, para intentar la reconquista de sus perdidos dominios. Justiniano constituye un hito en la historia del Imperio Bizantino. De familia humilde, su tío —Justino I— había escalado el imperio por obra de la intriga y de la fuerza; a su muerte entregó el poder a su sobrino Justiniano, quien había sido su consejero durante su reinado, y entonces comenzó una era de esplendor para Constantinopla. Justiniano era hombre de resoluciones arriesgadas, y acaso lo era aun más su esposa, la emperatriz Teodora, que tenía sobre él gran ascendiente; pero era, sobre todo, hombre de extraordinario talento como organizador administrativo y político. Logró, pues, reconstruir las fuerzas del imperio y ponerlas en condiciones de servir sus ambiciosos planes.

Su política exterior fue categórica. Debía reconquistar la mitad del imperio que había caído en manos de los enemigos, a la cual no habían renunciado nunca los emperadores de Constantinopla y cuyo derecho, en verdad, tampoco había sido negado por los reyes germánicos. Para cumplir este plan comenzó por gestionar una paz con el Imperio Parto, cuya frontera constituía una constante amenaza para los bizantinos. Una vez lograda, preparó sus fuerzas y lanzó una vigorosa ofensiva contra el reino vándalo de África, que el general Belisario consiguió reconquistar en una campaña bastante breve, en el año 534.

El norte del África occidental fue, desde entonces, una excelente base de operaciones contra Italia, que constituía la aspiración suprema de Justiniano. En 540 comenzó la campaña contra los ostrogodos; apoyaba a los bizantinos, dentro de Italia misma, la antigua población romana y, especialmente, los católicos, frecuentemente perseguidos por el Estado ostrogodo, que profesaba el arrianismo. Sin embargo, no fue la campaña ni fácil ni breve. Los ostrogodos se resistieron fieramente y, entre tanto, la eficacia de las armas bizantinas se vio disminuida por la rivalidad entre los generales Belisario y Narsés, que se disputaban con variable éxito el favor del emperador. La consecuencia fue que la campaña se prolongó durante quince años, a lo largo de los cuales los ostrogodos estuvieron a punto de malograr los esfuerzos de sus enemigos; pero al fin, algunas discordias surgidas entre ellos facilitaron el éxito y toda la Italia cayó en manos del ejército de Constantinopla en 555.

También intentaron por entonces los bizantinos apoderarse de España. Valiéndose de las disputas entre católicos y arrianos, apoyaron al primero de esos grupos y desembarcaron en el sudeste de la península, instalándose allí por algún tiempo. Pero el destino de la ocupación bizantina era precario. Si Justiniano pudo polarizar los esfuerzos hacía ese objetivo durante algún tiempo, otras graves preocupaciones debían atraer su atención y la de sus sucesores, de modo que muy pronto debieron ceder posiciones en el Occidente.

En efecto, las fronteras del Imperio Bizantino sufrieron durante el siglo VI serios embates. Los hunos, los búlgaros, los eslavos y algunos otros pueblos aparecieron en son de conquista y se necesitaron serios esfuerzos para contenerlos más allá del Danubio. Justiniano no confió sólo en sus ejércitos; hombre de empuje, resolvió levantar sobre toda la frontera del imperio una vasta línea de defensas amuralladas en las cuales encontraban apoyo las tropas defensoras. De estas obras quedan en pie algunos restos que muestran aún su solidez.

La obra jurídica de Justiniano. — Mientras atendía a tan graves preocupaciones exteriores, Justiniano no desatendía el gobierno interior del imperio. Una vasta reforma administrativa puso en sus manos abundantes recursos y, sobre todo, el estrecho control de todo el imperio. Al principio de su reinado había tenido que reprimir una violenta insurrección, y le pareció necesario ajustar, todos los resortes del poder para evitar que se repitiese el intento.

Pero, por encima de su labor de administrador, lo que constituye el principal mérito de Justiniano es su obra legislativa. Desde la época de Teodosio II, la legislación se había desarrollado considerablemente y Justiniano consideró necesario realizar un nuevo ajuste. Para ello, encomendó a una comisión de jurisconsultos el examen y la clasificación de las constituciones imperiales desde la época de Adriano; todo este material fue ordenado y publicado de manera que permitiera su fácil manejo en lo que se llamó el Código Justiniano. Además, se encomendó a otra comisión, presidida esta vez por Triboniano —uno de los redactores del Código— la selección y compilación de los textos más importantes de los mejores jurisconsultos romanos, a fin de que se pudiera esclarecer la opinión de jueces y abogados con este importantísimo material. A esta compilación se le llamó el Digesto, conociéndosela, también con el nombre griego de Pandectas. Finalmente, conociendo las dificultades del aprendizaje del derecho, Justiniano encargó a Triboniano, Teófilo y Doroteo estos últimos, profesores de derecho de la Universidad de Constantinopla— la redacción de un manual para principiantes que ha sido llamado Instituta.

La construcción de Santa Sofía . — Católico fervoroso, Justiniano dio pruebas de su celo persiguiendo severamente los restos del antiguo paganismo. Para evitar la difusión de esas doctrinas, ordenó, en 529, la clausura de las escuelas de Atenas. En cambio, favoreció la difusión del cristianismo, sin perjuicio de exigir para sí el estrecho control de la organización eclesiástica.

Como testimonio de su fe, Justiniano ordenó construir en Constantinopla una suntuosa catedral que puso bajo la advocación de Santa Sofía. La construcción comenzó en 532 bajo la dirección de dos arquitectos, Anthemio de Tralles e Isidoro de Mileto. Cinco años después se inauguraba la iglesia, en medio de la admiración de todos.

Santa Sofía es uno de los grandes monumentos del arte cristiano y su influencia fue enorme en el desarrollo del arte medieval. Tiene tres naves y la cubre una inmensa cúpula, cuyo diámetro es de treinta y un metros, que se apoya en cuatro arcos, asentados, a su vez, en otros tantos pilares. Completan la techumbre dos semicúpulas, también de grandes dimensiones.

Lo más característico —fuera de la cúpula— es la decoración. Contribuyeron a su realización artistas de diversas partes del imperio, cada uno de los cuales aportó las influencias predominantes en su país de origen; así se recogieron allí las tradiciones ornamentales de Siria, de Persia y hasta del Egipto. Lo más notable es la suntuosidad de los materiales, En los revestimientos abundan los mármoles de distintos colores, los pórfidos, los metales preciosos. Cubren sus superficies lisas magníficos mosaicos y sus capiteles asombran por su fino trabajo. Todo ello dio origen a un estilo arquitectónico —el bizantino— que luego se imitó por todas partes, porque Santa Sofía fue la más importante construcción religiosa que se realizó por aquellos siglos en el mundo cristiano.

Las influencias orientales cristalizaron de manera evidente en el modo de representar la figura humana; en los mosaicos, en las tallas y en las pinturas, se prefirió decididamente el estatismo oriental —que ya se había difundido durante el Bajo Imperio— y se rehuyó la representación del volumen. Así se definió la iconografía cristiana primitiva, que prevaleció durante toda la Edad Media.

EL IMPERIO BIZANTINO DESPUÉS DE JUSTINIANO

A la muerte de Justiniano, el imperio se vio obligado a abandonar sus conquistas. Aquel esfuerzo había sido, en verdad, desproporcionado con respecto a las posibilidades normales, y no se pudo mantener, sobre todo porque los vecinos tornaron cada vez con mayor violencia contra las fronteras. Mientras los persas golpeaban vigorosamente sobre la del Éufrates, los ávaros, y, sobre todo los eslavos, acudieron a la frontera danubiana con renovado ímpetu. En 626, Constantinopla estuvo a punto de caer en manos de sus enemigos persas y ávaros aliados entre sí, y se requirió toda la energía del emperador Heraclio para impedirlo. Pero en 634, un nuevo enemigo hizo su aparición sobre territorio bizantino: los árabes. Entre 635 y 640, toda la Siria y el Egipto han caído en sus manos, y las huestes de los califas llegan a amenazar la frontera del Taurus, donde, finalmente, los contendrá el emperador León III Isáurico, en 739.

A todo esto, el Imperio Bizantino ha orientado cada vez más su atención hacia el Este, desentendiéndose de la suerte de las comarcas occidentales. Las influencias predominantes serán griegas y orientales, y hasta el latín comienza a ser olvidado y reemplazado por el griego, que nunca se había dejado de hablar en esas regiones. El Occidente conocerá, por eso, al Imperio Bizantino con el nombre de Imperio Griego. Y a medida que el tiempo pasa, sus fronteras se irán reduciendo y sus territorios se irán abriendo a los invasores, que el imperio, con rara habilidad consiguió asimilar.


Los musulmanes

El nombre de los musulmanes se ha mezclado ya varias veces en la narración; se los ha visto atacando al Imperio Bizantino, al reino visigodo y al reino franco, conquistando parte del territorio de ellos y extendiendo su dominación por una zona cada vez más vasta a partir del siglo VII. En efecto, poco antes, el pueblo árabe hasta entonces oscuro, se había lanzado a la guerra, llegando a convertirse en la primera potencia militar del Mediterráneo.

LOS ÁRABES ANTES DE MAHOMA

La gran transformación que sufrió el pueblo árabe fue obra de Mahoma, un predicador religioso que vivió durante los últimos años del siglo VI y los primeros del VII. Mahoma logró infundir en los árabes algunos sentimientos que antes les habían sido ajenos. En efecto, hasta entonces, los árabes constituían un conjunto de tribus nómadas con escasa relación entre sí, algunas de las cuales habían comenzado a fijarse en las regiones fértiles de la costa del mar Rojo. De raza semítica, eran de preferencia comerciantes o navegantes, y practicaban un politeísmo fetichista, en el que comenzaron a ejercer alguna influencia las religiones de los persas y los hebreos.

Estas tribus tenían algunos vínculos que las unían. En un cruce de caminos, en las proximidades de un rico manantial, se había levantado una pequeña ciudad, llamada La Meca, en la que guardaban algunos objetos sagrados que merecían el respeto de todos los árabes. Se veneraba allí una piedra negra, en la que se decía que había apoyado su cabeza el que fuera tronco de la raza árabe, Ismael, hijo de Abraham; estaba custodiada en una construcción de forma cúbica —La Caaba— donde se conservaban también los fetiches de las distintas tribus, y era costumbre que todos los árabes hicieran una peregrinación anual a La Meca para visitar el santuario, en ocasión de celebrarse allí la feria a la que concurrían las distintas tribus para intercambiar sus productos: cueros, perfumes, dátiles, metales preciosos, etc.

El cuidado y la administración del santuario de La Caaba corría por cuenta de la tribu de los koreichitas, la que obtenía, como consecuencia de esta misión, importantes privilegios. En el seno de esta tribu nació, hacia 570, Mahoma.

LA VIDA Y LA DOCTRINA DE MAHOMA

Temperamento místico, Mahoma se vio obligado por las necesidades de la vida a ocuparse en el tráfico de las caravanas. Esta actividad le permitió entrar en contacto con algunas comunidades judías y cristianas del norte de Arabia y de Siria, de las que aprendió los principios del monoteísmo. Así se fue preparando su espíritu, que cada día se inclinó más a la meditación, hasta sentirse, un día, inspirado por una revelación divina que le ordenaba predicar. Ya por entonces había abandonado los viajes, pues su casamiento con Kadidja le permitió vivir en La Meca sin preocuparse de nada que no fuera su propio pensamiento. Mahoma comenzó entonces a ordenar sus ideas y empezó a enseñar, en el seno de su familia y sus amigos, una doctrina religiosa en la que se mezclaban algunos elementos de la antigua creencia de los árabes con otros sacados de las religiones vecinas.

Esta doctrina era monoteísta y, en consecuencia, representaba un peligro para el templo de La Caaba. Los koreichitas se sintieron amenazados, y, cuando vieron que comenzaba Mahoma a hacer adeptos, decidieron perseguirlo hasta lograr que saliera de la ciudad.

En el año 622, Mahoma huyó de La Meca y se refugió en Yatreb, ciudad que después se llamó Medina. Esta fecha fue considerada luego como el punto de partida de la era musulmana, que se conoce con el nombre de Hégira, esto es, huida. En Yatreb halló Mahoma mejor acogida para su enseñanza, porque allí no se oponían a ella los intereses del santuario y porque, además, el contacto con hebreos y cristianos hacía menos extraña una doctrina monoteísta. Poco después el número de sus fieles había crecido mucho, no sólo porque Mahoma estaba cada vez más apasionado por su fe, sino porque había sabido amoldar su doctrina a las modalidades de su pueblo. En efecto, Mahoma había abandonado los preceptos de paz del cristianismo y enseñaba ahora, en cambio, la necesidad de la guerra santa contra los infieles; de ese modo, los hábitos belicosos de los árabes encontraban una derivación apropiada.

Cuando se consideró suficientemente fuerte, Mahoma ordenó a sus fieles la conquista de La Meca. La ciudad cayó en sus manos en el año 630 y muy pronto obtuvo el Profeta —como se le empezó a llamar— la sumisión y la conversión de casi todos los árabes. Dos años después moría, pero su fe estaba ya definitivamente arraigada.

La doctrina de Mahoma reposaba sobre la creencia en un solo Dios, al que conocía con el nombre de Alá. A su alrededor había ángeles y genios, y su existencia se había anunciado ya antes por varios profetas: Moisés y Jesús entre ellos; pero sólo Mahoma había traído la palabra definitiva. Cediendo a las predisposiciones del espíritu árabe, Mahoma sostenía que los designios de Alá eran insondables y que sólo cabía resignarse ante su fatalidad. Esta resignación —el Islam— constituía el acto fundamental de la fe musulmana, que, de ese modo, afirmaba la predestinación del hombre. Sin embargo, y como resultado de su contacto con las doctrinas hebreo-cristianas, Mahoma anunciaba también el juicio final, en el que todos los hombres recibirían el premio o el castigo que hubiera merecido su conducta en la tierra.

Esta doctrina incluía, subsidiariamente, consejos de toda índole respecto a múltiples aspectos de la vida cotidiana. Mahoma hablaba con cierto desorden y sus palabras eran recogidas por algunos de sus discípulos con la mayor fidelidad posible; cuando murió y esas palabras adquirieron carácter sagrado, se ordenó compilarlas en un libro que se llamó El Corán. Su texto definitivo fue establecido por orden del califa Otmán en 653, y consta de 114 suratas o capítulos que se agrupan en tres series: una de llamadas a la fe y de anatemas contra los incrédulos; otra sobre el papel de Mahoma, y otra de preceptos religiosos y civiles para la comunidad de los creyentes.

La doctrina islámica se hizo muy formalista y exigió el riguroso cumplimiento de ciertos ritos, algunos de los cuales son resabios de la antigua tradición árabe. Los fieles debían hacer sus plegarias cinco veces por día, ofrendar la limosna, hacer las abluciones purificatorias y el ayuno en el mes de Ramadán, realizar un peregrinaje a La Meca —una vez al año, primero, y una vez en la vida cuando el mundo islámico se extendió— y, finalmente, hacer la guerra santa a los infieles. Quien cumpliera rigurosamente estos preceptos era un buen musulmán y merecería la salvación eterna.

LA EXPANSIÓN MUSULMANA

Guerreros consumados, los árabes se sintieron movidos por las palabras de Mahoma a la lucha incesante contra sus vecinos infieles. La lucha, además, no era difícil, porque los estados que rodeaban al mundo árabe —el Imperio Bizantino y el Imperio Persa— no parecían por entonces capaces de ofrecer gran resistencia. Así fue como los sucesores de Mahoma —que recibieron el nombre de califas— emprendieron la conquista de las regiones vecinas.

El primero de las califas, Abú-Bekar, cuyo reinado duró desde 632 hasta 634, debió afirmar la autoridad de los musulmanes sobre la Arabia, donde había todavía infieles y muchos que, al morir Mahoma, habían abandonado la fe. Pero en dos violentas campañas pudo echar las bases del imperio con la conquista de la Palestina, que arrebató al Imperio Bizantino, y de la Mesopotamia, que quitó a los persas.

Su sucesor fue Omar. En los diez años de su gobierno (634-644), Omar terminó la conquista de la Siria y llegó a las puertas del Asia Menor ante el espanto de los bizantinos, que no sospechaban el vigor de este nuevo enemigo. Pero no concluyó allí su empresa; marchó sobre el Egipto y se apoderó de él, agregando luego la Persia a la ya vasta extensión del califato. Con ello, Omar se halló dueño de un inmenso territorio que, de no organizarse prestamente, podía disgregarse. Omar se dedicó, pues, a ordenar su gobierno y su administración, revelando en esta empresa un raro talento.

El Corán decía: “La tierra es de Dios, quien concede su gobierno a los musulmanes”. Este principio legitimaba la conquista y daba fundamento suficiente a la autoridad de los califas. Pero Omar era, además, un hábil político y procuró no desatar contra la dominación musulmana el odio de las poblaciones dominadas. En consecuencia, permitió que los no musulmanes siguieran poseyendo sus bienes y aun profesando su religión, con la condición de que, en ambos casos, pagaran el correspondiente impuesto. Poca cosa fue lo que innovó el califa en materia de organización municipal o en lo referente a la propiedad de la tierra; confiado en las guarniciones militares que custodiaban las ciudades y los lugares estratégicos, Omar no vaciló en entregar la administración a funcionarios originarios de la región, a los que hacía vigilar celosamente hasta convencerse de su fidelidad. De ese modo, la conquista árabe, en general, no fue mal vista y permitió el desarrollo de los distintos países, en mejores condiciones, a veces, que antes.

Los dos califas que le siguieron, Otmán (644-656) y Alí (656-661), no extendieron las conquistas porque sus reinados se vieron comprometidos por los primeros síntomas de la contienda civil. En efecto, hasta ahora, la sucesión del Profeta había caído en manos de sus fieles más adictos, de modo que sus derechos parecían indiscutibles; pero resultaba cada vez más difícil determinar quién heredaría el califato, puesto que no había quedado regla alguna al respecto. La familia del Profeta, por una parte, y los otros aspirantes al poder por otra, iniciaron una contienda que muy pronto bañaría en sangre al mundo islámico. En 661, Alí fue asesinado; el gobernador de Siria, Moawiya, encabezaba la oposición y pudo, con sus fuerzas, apoderarse del poder; entonces se estableció la sede del gobierno en Damasco y empezó una nueva era en la historia del islamismo, que se apartaba por primera vez de La Meca, la antigua capital religiosa.

EL CALIFATO DE DAMASCO

La dinastía que fundó Moawiya se conoce con el nombre de oméyade y residió en Damasco. Su gobierno duró hasta mediados del siglo VIII, en que fue depuesta por una nueva guerra civil.

A los esfuerzos de los califas omeyas se debió la conquista del norte de África y, luego, de la Península Ibérica y el sur de Francia; hacia el Este, entre tanto, los musulmanes se extendieron desde el Korassán hasta la China occidental, estableciendo así un vínculo con el Oriente lejano que estaba destinado a tener importantes consecuencias. Por el Norte, en cambio, sus progresos fueron escasos, porque en 739 el emperador de Constantinopla, León III Isáurico, los detuvo en el Taurus y fijó allí la frontera entre ambos estados.

La época del califato de Damasco es muy importante en la evolución del mundo islámico. De acuerdo con su política, los árabes no destruyeron nada de lo que encontraron; por el contrario, trataron de asimilar todo lo que allí les pareció estimable, y, en consecuencia, se comenzó entonces a realizar la fusión cultural que, con el sello islámico, dio contenido a la cultura musulmana.

De las tradiciones bizantina y persa obtuvieron los califas de Damasco las mejores enseñanzas en materia de organización política y administrativa; no desdeñaron la ayuda de los antiguos funcionarios de uno y otro origen, y ellos montaron el sistema de gobierno del califato, para el cual, sin duda, no proporcionaba elementos la tradición del Corán. Sólo cuando había contradicción flagrante con los preceptos coránicos se dejaban de lado los principios políticos, administrativos y jurídicos de los países conquistados, o también si entrañaban algún peligro para la seguridad de la conquista o para su conveniente explotación. Algo semejante ocurrió en materia de economía. Ni las técnicas agrícolas ni los métodos industriales ni la organización comercial de aquellos dos estados —Bizancio y Persia— fueron destruidos o descuidados; por el contrario, se los desarrolló y se los llevó, si convenía, a los lugares donde no habían arraigado. Y, finalmente, cosa semejante ocurrió en materia de artes plásticas y de toda clase de conocimientos; allí conocieron los estilos arquitectónicos de antigua tradición, las obras griegas de filosofía y de ciencia, las tradiciones orientales sobre problemas religiosos y cosmológicos; todo ello fue estudiado con celo, conservado con fervor y profundizado con paciencia. Así se formó, con el aporte de aquellas culturas seculares, ese complejo que se llama cultura islámica. Digamos desde ahora que no por eso careció de originalidad. Los musulmanes tenían una concepción de la vida y del mundo muy arraigada para poder desprenderse de ella, y supieron infundir a aquella amalgama un sello peculiar, caracterizado sobre todo por la doctrina que se expresa en el Corán.

A guisa de ejemplo, digamos que de esta época datan las primeras construcciones musulmanas, la mezquita de Omar, en Jerusalén, y la gran mezquita de Damasco.

EL CALIFATO DE BAGDAD

Al promediar el siglo VIII, una nueva guerra civil se encendió en el mundo musulmán y puso fin a la dinastía oméyade. El jefe del movimiento, Abul-Abás, fundó una nueva dinastía —llamada abbasida— cuyo centro fue la Mesopotamia, porque de allí provenían las fuerzas que la apoyaban; allí se fundó luego la nueva capital del califato: Bagdad.

El califato de Bagdad duró mucho tiempo, pero desde el comienzo su historia se caracteriza por las sucesivas secesiones que se operan en su territorio. En los primeros tiempos, y como consecuencia inmediata de la guerra civil, un descendiente de la dinastía oméyade —acaso el único que había escapado a la cruel persecución de Abul-Abás— huyó a España y consiguió que su autoridad fuese reconocida allí, de modo que muy pronto ese territorio quedó transformado en un emirato independiente, que luego fue erigido en califato. Más tarde, el Egipto se separó también, y, a medida que se debilitó el poder central, otras regiones fueron adquiriendo autonomía. Así, el califato de Bagdad subsistió durante un largo plazo, pero a costa de que su autoridad disminuyera sensiblemente.

El califato de Bagdad, cuya sede estaba en el corazón del antiguo Imperio Persa, sufrió la influencia de las tradiciones que allí predominaban. En verdad, la cultura que se constituyó por entonces podría definirse como perso-musulmana, como se refleja claramente en el más claro testimonio que de ella nos ha quedado, que es el conjunto de narraciones titulado Las mil y una noches. Muchos de los cuentos que comprende reflejan la época más brillante del califato, esto es, el reinado del califa Harum-Al-Raschid, en el siglo IX, y nos revelan la supervivencia de la organización política y administrativa, las costumbres y los gustos de origen persa. Del mismo modo, los poetas y los prosistas comenzaron a retomar los temas persas, olvidando las tradiciones estrictamente árabes, y los arquitectos siguieron los modelos que se levantaban ante sus ojos.

La dinastía abbasida cayó a manos de las tropas mercenarias que se insubordinaron; eran éstas, preferentemente, de origen mongol, y fue un jefe de esta raza, Seldyuk, quien, al fin, se apoderó del califato, devolviéndole, en el siglo XI, el vigor que había perdido en las manos de los últimos abbasidas.


Orígenes y desarrollo del Imperio Carolingio

La unidad espiritual que, bajo el signo del catolicismo, conservaba la Europa occidental, permitió que un hombre de profundo genio militar y organizador realizara su unificación política. Fue en el reino franco donde apareció este notable personaje, a quien la historia conoce con el nombre de Carlomagno.

CARLOMAGNO Y LA FORMACIÓN DEL IMPERIO

Carlomagno era hijo de Pipino el Breve, aquel mayordomo real que, en 751, había depuesto a Childerico III y fundado una nueva dinastía en el reino franco. Había heredado el reino con su hermano Carlomán, pero a la muerte de éste, quedó como único señor de sus estados. Desde que subió al trono, en 768, su principal preocupación fue asegurar su autoridad en su reino, para lo cual tuvo que acudir con la fuerza contra varios señores que resistían su poder. Cuando hubo sometido la Aquitania, Carlomagno decidió invadir el reino lombardo de Italia, cuyas amenazas habían movido al papado a pedir auxilio al rey franco.

Carlomagno cruzó los Alpes y puso sitio a Pavía, la capital lombarda; entonces se restablecieron las relaciones de alianza entre el papado y Carlomagno, y éste, una vez tomada la plaza, se coronó rey de los lombardos en 775 y confirmó al papa en la posesión de los estados que, en Italia, le había cedido su padre, Pipino el Breve.

Poseedor ya de dos coronas, Carlomagno intensificó la lucha en los otros frentes. Por el Sur, combatió a los musulmanes, expulsándolos de Francia meridional y persiguiéndolos más tarde hasta más allá del río Ebro; en el territorio comprendido entre ese río y los Pirineos fundó la Marca Hispánica, que sirvió de bastión contra los posibles intentos de los musulmanes contra Francia. Por el Este, Carlomagno conquistó la Sajonia después de numerosas campañas y llevó su autoridad hasta el río Elba; y, entre tanto, dominó la Baviera y siguió el curso del Danubio hasta dar con los ávaros, que, fortificados en la actual Hungría, amenazaban con sus constantes invasiones; Carlomagno los derrotó y creó allí otra provincia fortificada, la marca del Este, en la actual Austria. Todavía llevó sus tropas más al Este en la región del Elba, y combatió con los eslavos, pero no para anexarse nuevos territorios sino para asegurar la línea de ese río como límite de su imperio; allí fundó la marca de Magdeburgo, origen lejano del reino del Prusia.

LA CORONA IMPERIAL

En el curso de estas conquistas, germinó en el espíritu de Carlomagno la idea de restaurar el poder imperial. El papado era partidario de esta medida, pues el imperio significaba, de acuerdo con su doctrina política, la posesión de un instrumento para su poder espiritual. Así, Carlomagno decidió ir a Roma para coronarse emperador en el año 800, proyectando hacer su proclamación imperial de acuerdo con la tradición romana, esto es, mediante la proclamación por el pueblo. Sin embargo, el papa acariciaba el plan de coronar por sus manos al emperador, con lo cual dejaría demostrada su calidad de supremo representante de Dios y, en tal condición, dispensador del poder terrenal. Para realizarlo, el papa León III esperó que el emperador acudiera a la catedral de San Pedro la noche de Navidad del año 800, y allí colocó la corona imperial sobre las sienes de Carlomagno.

La coronación imperial de Carlomagno trajo consigo un conflicto con la emperatriz de Constantinopla, Irene, quien vio en ese acto un ataque a sus derechos no renunciados al Occidente; pero Carlomagno aceptó el desafío y atacó las posesiones bizantinas de Italia, apoderándose de Venecia, tras de lo cual se iniciaron nuevas negociaciones que condujeron al reconocimiento de Carlomagno como emperador de Occidente.

LOS SUCESORES DE CARLOMAGNO Y EL TRATADO DE VERDÚN

Carlomagno procuró organizar su vasto imperio de manera que su autoridad se hiciera sentir en todas partes con rigor y eficacia. En efecto, el basamento de la organización imperial era el poder omnímodo del emperador, de quien emanaban, en última instancia, todas las órdenes y toda autoridad.

Rodeaba al emperador una corte, a la que se designaba con el nombre de “palacio”; esta corte fue, durante mucho tiempo, ambulante, pero se fijó, a veces, en Tréveris, y, finalmente, en Aquisgrán, lugar propicio, por las aguas termales que poseía, para los males que sufría el emperador. Integraban el palacio el senescal o jefe de la disciplina doméstica, los condes, a quienes se les encargaba de las diversas funciones de gobierno o actuaban como consejeros, y los funcionarios de la cancillería y de la capilla.

Para el gobierno del vasto territorio, Carlomagno lo dividió en provincias o condados, cada uno de los cuales estaba a cargo de un conde. Si el condado estaba en una región fronteriza, se le llamaba marca, y el conde recibía el nombre de margrave o marqués, con un considerable aumento de sus atribuciones; lo mismo ocurría si la provincia estaba en pie de guerra por el temor de sublevaciones, caso en el cual el conde, que era a la vez jefe del ejército, se denominaba duque. Para vigilar el comportamiento de estas autoridades, Carlomagno despachaba dos veces por año unos inspectores —los “missi dominici” o enviados del señor— uno de los cuales debía inspeccionar la obra cumplida por las autoridades civiles mientras el otro lo hacía con las autoridades eclesiásticas. Si lo estimaba necesario, el inspector convocaba una asamblea o capítulo, en el que cada uno podía exponer las quejas que tuviera contra las autoridades locales.

Carlomagno murió en 814. Sus dotes de organizador, su actividad incansable y su enorme prestigio habían contribuido eficazmente al logro de la unificación imperial; pero esas virtudes personales no podían asegurar sino el éxito inmediato; en cambio, la perduración de su obra estaba librada al azar de las condiciones de gobierno de sus sucesores, que no se mostraron capaces de contener las fuerzas de disgregación que ya asomaban durante el reinado del propio Carlomagno.

Luis el Piadoso —el único hijo del emperador— heredó la corona. Tuvo que luchar contra los señores, que se hacían poderosos en las comarcas cuyo gobierno les había sido encomendado y en las que aspiraban a perpetuarse; pero más grave fue el conflicto que tuvo que afrontar con sus propios hijos, impacientes por alcanzar la dignidad que les prometía su origen. Hubo entre ellos, y, a veces, con el propio emperador, guerras encarnizadas, al cabo de las cuales se llegó a un acuerdo general formalizado por el tratado de Verdún, firmado en 843. Por él se establecía cuáles serían los territorios que corresponderían a cada uno de los pretendientes. Como Luis el Piadoso había muerto en 840, la corona imperial pasó al mayor de sus hijos, Lotario, a quien correspondían también Italia, Champaña, Provenza, Borgoña, Lorena y los Países Bajos, todo lo cual formaba una faja continua que se extendía desde el Mediterráneo al mar del Norte; quedaba establecido, además, que la corona imperial no daría una efectiva autoridad a Lotario sobre sus hermanos. A Carlos el Calvo le tocó la actual Francia y la marca Hispánica y a Luis el Germánico las tierras al este del Rin, cuyo territorio constituía la Germania.

Así se configuraron dos reinos con caracteres definidos: Francia y Germania. Los estados de Lotario, en cambio, se disgregaron y sólo Italia mantuvo en parte cierta unidad. Pero la autoridad que pudieron ejercer los reyes carolingios sobre esos estados no contribuyó a asegurar su unidad, sino, por el contrario, a disgregarlos. En efecto, la tendencia a la autonomía casi feudal que se notó durante la época de Carlomagno, y que éste logró neutralizar se acentuó más todavía en la época de sus sucesores debido a que la debilidad o ineptitud de los reyes facilitó el ejercicio incontrolado de la autoridad de los señores locales. Así, con los últimos carolingios —en el curso de los siglos IX y X— se preparó el terreno para la creación de una organización social, política y económica peculiar, que se conoce con el nombre de organización feudal.

EL RENACIMIENTO CAROLINGIO

Si por la organización política y administrativa de sus estados, Carlomagno constituye una excepción, no lo es menos por la preocupación que demostró en favor de la cultura. Se ha hablado de un Renacimiento carolingio porque, en efecto, tras la época de las invasiones, se notó en tiempos del gran emperador un marcado desarrollo de los estudios y cierto interés por el cultivo de las letras y las artes.

Carlomagno gustaba de rodearse de letrados y no vaciló en llamar a su corte a todos aquellos que se habían ilustrado por su saber. Eran, generalmente, monjes que habían dedicado su vida a los estudios sagrados, pero que, al mismo tiempo, leían las obras de autores profanos que llegaban a sus manos. Con ellos constituyó la llamada escuela palatina, cuyos miembros gozaban de ventajas, que les permitían proseguir sus estudios y actuaban, al mismo tiempo, como consejeros del emperador para diversos asuntos de Estado.

Entre todos se destacó Alcuino; por su saber y su contracción al estudio fue designado abad de la abadía de San Martín de Tours, que era, por entonces, el más importante centro de estudio del imperio; allí hizo escuela y formó discípulos, al tiempo que trabajaba en su propia obra, dedicada especialmente a los problemas de la teología. Alrededor de Alcuino trabajaron otros estudiosos; Paulo Diácono escribió una Historia de los lombardos, cuyas noticias son inapreciables para el conocimiento de la historia de ese pueblo y de la de Italia; Eghinardo nos ha dejado una Vida de Carlos que constituye nuestra mejor fuente de noticias sobre el emperador y sobre la vida de la época; Teodulfo de Orleáns, Pedro de Pisa y otros muchos completaron aquel círculo de consejeros, con el que gustaba platicar Carlomagno y al que recurría para asesorarse sobre los problemas de más difícil resolución.

También fue ésta una época de cierto desarrollo para las artes plásticas. A diferencia de los tiempos inmediatamente anteriores, en éstos se emprendió la construcción de algunas obras importantes. Entre todas, la más significativa fue el gran palacio que mandó edificar Carlomagno en la ciudad de Aquisgrán; de él sólo se conserva lo que era la capilla, y que es actualmente la catedral de esa ciudad, llamada hoy Aachen o Aix-la-Chapelle. El recinto principal tiene forma de octógono, cuyo perímetro está formado por una serie de pilares; dos galerías superpuestas dan a la capilla considerable altura, contando la tradición que desde una de ellas solía asistir a misa el emperador, sentado en un trono de piedra que aún se conserva. En sus líneas generales, el edificio es de inspiración romana, aunque hay ya algunos signos de la influencia bizantina.


La Europa feudal

El tratado de Verdún selló el destino del Imperio Carolingio. Su extenso territorio quedó dividido en reinos, primero, y en señoríos, más tarde, como consecuencia de la creciente autonomía que alcanzaron los señores locales. Diversas circunstancias favorecieron esta progresiva independencia de las diferentes regiones de cada uno de los reinos; surgió, así, en ellas, un régimen singular que en términos generales suele conocerse con el nombre de régimen feudal, tipo de organización que maduró hacia el siglo XI y que mantuvo su total vigencia dos siglos más. Después perduró; pero combatido por nuevas fuerzas que trataban de modificarlo, de modo que la era estrictamente feudal se extiende desde el siglo IX hasta el XIII. De este período analizaremos sucesivamente el régimen social, político y económico, el desarrollo de los diversos reinos y la evolución de la cultura.

LAS INVASIONES DE LOS SIGLOS IX Y X

Ya se ha dicho que los reinos romano-germánicos mostraban una marcada tendencia a la disgregación. La escasa significación de la autoridad real, el poder de la aristocracia y los derechos que daba la conquista contribuían a debilitar la autoridad central y a fortalecer las de los delegados que gobernaban directamente en una comarca. Pero aun así hubiera podido contenerse esa disgregación si, como en el caso de Carlomagno, la corona real hubiera recaído en manos de hombres de excepcionales dotes de gobernantes. No ocurrió así después del gran emperador y, por el contrario, nuevas circunstancias agravaron la situación; en efecto, durante el siglo IX comenzaron a aparecer en las regiones fronterizas nuevas olas de invasores, cuya amenaza puso a prueba la eficacia de la monarquía; la experiencia enseñó entonces que cada cual debía defenderse por sus propios medios; por eso la monarquía salió debilitada de la prueba, y fortalecida, en cambio, la autoridad de los señores locales.

Estas segundas invasiones tuvieron un carácter distinto con respecto a las del siglo V. Más que pueblos lanzados en masa para ocupar los territorios, fueron ahora bandas desprendidas de pueblos en muchos casos ya fijados, cuya finalidad era exclusivamente el saqueo y el pillaje. Su ataque se sintió en todas las fronteras y su rechazo correspondió a quienes, en esas regiones limítrofes, debían sufrir los más duros embates.

Las costas del Mediterráneo sufrieron los ataques de los musulmanes; instalados en España y en África, les era fácil llegar por sorpresa a las costas meridionales de Francia y a las de Italia, donde, a veces, trataron de establecerse, pero donde, sobre todo, procuraban obtener el rápido provecho que proporcionaba el asalto de las naves mercantes o el saqueo de las ciudades. Del mismo modo actuaron los normandos en las costas del Báltico, del mar del Norte, del Atlántico y aun del Mediterráneo; de origen germánico, los normandos se habían quedado en la Península Escandinava y en Dinamarca y habían llegado a ser marinos consumados, cuya actividad predominante fue el comercio y la piratería. Esta última actividad los llevó a acercarse a las costas de Germania, de los reinos anglo-sajones de Bretaña, de Francia, de España y de Italia, con el afán de apoderarse de lo que estuviera al alcance de su mano.

Por tierra, atacaron repetidas veces las fronteras del Danubio y del Oder los pueblos eslavos y mongólicos. Sus ataques solían ser violentos y las bandas agresoras no vacilaban en quedarse temporalmente en las vecindades de las regiones elegidas, esperando siempre el momento de entrar a saco en las ciudades. Los eslavos se dividieron en varias ramas; mientras una de ellas cruzaba la llanura rusa y se instalaba en las regiones del Vístula y del Oder, otra se encaminó hacia Bohemia y Moravia y una última se dirigió hacia las orillas del Adriático. Los húngaros —de raza mongólica— se encaminaron siguiendo la ruta del Danubio y se fijaron, finalmente, en el curso medio del río.

Todas estas bandas invasoras asestaban sus golpes, como se ve, sobre las regiones fronterizas, y sólo cuando la resistencia flaqueaba se atrevían a internarse. Debieron responder a esos ataques los gobernadores de esas zonas que, con ello, vieron crecer su autoridad y recibieron la adhesión de las poblaciones que sólo de ellos podían esperar auxilio eficaz.

LOS ORÍGENES DEL RÉGIMEN FEUDAL

Frente al peligro, en efecto, la monarquía demostró su impotencia. Los ataques sorpresivos y constantes no permitían las operaciones militares en gran escala, sino que exigían la constante atención de la gente de la comarca y la enérgica resolución de los jefes. Estos jefes —o los simples particulares que supieron hacer sus veces cuando ellos desfallecían— recogieron, como premio de su conducta, la adhesión y la obediencia de los comarcanos; contaron con ejércitos y, sobre todo, con la sumisión y la lealtad de quienes veían en ellos los factores eficaces de la defensa, gracias a lo cual su poder fue real y efectivo, en tanto que la autoridad de los reyes no pasaba de ser un mero recuerdo lejano.

Los señores levantaron fortalezas para defenderse y para acoger a quienes se confiaban a su protección. Eran, al principio, simples recintos rodeados por una empalizada y un muro de tierra, pero, poco a poco, se fueron mejorando hasta convertirse en sólidas construcciones. La posesión de estas fortificaciones dio a los señores una categoría superior dentro de la comarca. Quienes querían recibir su ayuda se apresuraban a prometerles lealtad y fidelidad personal. Y como esta costumbre de la vinculación de hombre a hombre tenía ya mucho arraigo en la tradición germánica y en la de los últimos tiempos del Imperio Romano, poco a poco se creó un régimen social en el cual lo característico no fue la autoridad de derecho público que ejercía el rey o sus delegados sino esta otra que ejercía un noble sobre aquellos con quienes había formalizado ese pacto privado. Generalmente, el pacto personal se perfeccionaba mediante la entrega de tierras por parte del gobierno y el ofrecimiento del servicio personal por parte del que se acogía a su protección, y así, al poco tiempo, la organización política, económica y social de los reinos romano-germánicos adquirió esa fisonomía peculiar que caracteriza al orden del mundo feudal.

EL ORDEN FEUDAL

El orden feudal reposa en el principio de la desigualdad de las clases. Mientras la nobleza y el clero poseen privilegios y no tienen más deberes que aquellos a los que se han sometido libremente, los colonos libres y los siervos carecen de casi todos los derechos y están obligados —por el solo hecho de pertenecer a determinada clase— a innumerables cargas tributarias y personales.

Pero el principio de la desigualdad no vale solamente para las clases entre sí; también tiene vigencia dentro de cada una de las clases, y, de ese modo, la nobleza y el clero quedan escalonados según el índice de sus privilegios de acuerdo con su categoría. Esta categoría está dada por el vínculo de vasallaje; quien ha recibido sus tierras del rey es sólo vasallo del rey y puede, en cambio, otorgar parte de esa tierra en feudo o beneficio a otro noble que, de ese modo, se torna su vasallo. Como esta serie puede prolongarse, se constituye una jerarquía dentro de la nobleza cuyos grados implican, al mismo tiempo, relaciones de superioridad y de inferioridad. Cabe señalar que el alto clero era de origen noble y que, en consecuencia, valen para él las mismas características; el bajo clero, en cambio, reclutado a veces entre gentes de la clase no privilegiada, sólo adquiría las prerrogativas inherentes a su calidad eclesiástica.

El vínculo feudal se establecía mediante dos actos; por uno de ellos —el homenaje— un señor se reconocía vasallo de otro; desde entonces el vasallo se consideraba “hombre” de su señor, esto es, su auxiliar en la guerra y en los lances judiciales, jurándole fidelidad; por otro —la investidura— el futuro vasallo recibía de su futuro señor ciertas tierras que, en adelante, constituían su feudo o beneficio.

El feudo o beneficio era un territorio que el vasallo poseía en usufructo mientras mantuviera su vínculo de vasallaje con su señor. Podía trabajarlo por medio de siervos y colonos libres o podía cederlo en parte a otro señor para hacerlo, a su vez, su vasallo; pero no podía enajenarlo, porque no tenía el dominio sobre él. En general, ningún señor —cualquiera fuera su categoría— poseía pleno dominio sobre sus tierras, pues los más altos señores reconocían que los feudos que otorgaban los habían recibido, a su vez, en feudo del rey, del emperador o del papa. Sobre el feudo ejercía el señor no sólo los derechos propios del usufructuario —esto es, acciones de derecho privado— sino también los inherentes al gobierno —o sea, acciones de derecho público—. En realidad, los principios de uno y otro derecho se confundían en la persona del señor y por eso suele decirse que, durante el período feudal, no hay organización estatal en sentido estricto.

LA VIDA Y LAS COSTUMBRES. LOS SEÑORES

Cualesquiera fueran las diferencias que los separaran en la escala feudal, los señores participaban todos de una misma concepción de la vida. Querían alcanzar la gloria terrena y la salvación eterna mediante el ejercicio de la heroicidad, y dedicaban su vida a luchar, fuera con los infieles, o con los enemigos propios o los de su señor. Cuando no guerreaban, se preparaban para la lucha mediante la ejercitación que les proporcionaban las cacerías de animales feroces o los torneos, que eran los deportes caballerescos por excelencia.

Generalmente, los caballeros vivían en su propio castillo o en el castillo de su señor. Era el castillo una vasta residencia fortificada en la que, además de los recintos dedicados a vivienda, había amplios espacios para alojar a los pobladores de la zona y para guardar los ganados y las cosechas en caso de ataque de los enemigos. El castillo había sido en un principio nada más que un recinto fortificado mediante un terraplén y una empalizada de madera, en cuyo interior se levantaba una torre para avizorar al enemigo; pero, poco a poco, los señores fueron levantando murallas de piedra para protegerse mejor, al tiempo que edificaban en el interior todas las construcciones necesarias. En los últimos siglos del feudalismo, los castillos eran enormes construcciones que podían considerarse no sólo cómodas sino también inexpugnables.

Al llegar al castillo, lo primero que se encontraba era el foso, generalmente cubierto de agua, y que sólo podía cruzarse a través de un puente levadizo que al mismo tiempo servía de puerta al castillo. El segundo obstáculo para el enemigo era la muralla exterior, generalmente tan ancha como para que las guardias pudieran caminar por su borde superior; ese camino estaba protegido mediante almenas que permitían guarecerse de las armas arrojadizas del enemigo, y, de tanto en tanto, había balcones desde cuyos salientes se podía atacar al que había logrado acercarse al pie de la muralla. Pesadas rejas que cerraban las puertas constituían la primera defensa. Generalmente, había dentro de ese recinto otro interior con otra muralla; dentro de él estaba la residencia del señor, compuesta de la capilla, las habitaciones privadas, las habitaciones para huéspedes de calidad, las caballerizas y dependencias, y la gran torre donde estaba la sala para ceremonias, llamada torre del homenaje. Allí se hacían las reuniones a que solía convocar a sus vasallos cada señor, ya para obsequiarlos con suntuosos festines, ya para presenciar el juramento de otro vasallo o para cualquier solemnidad pública o privada. Finalmente, fuera de ese recinto interior, estaban los graneros y los establos, los cobertizos para alojar a los que se acogían a la protección del señor, y el gran patio del castillo donde se hacían las reuniones al aire libre y, a veces, los torneos.

En estas residencias, algo sombrías porque la seguridad exigía que no abundaran las aberturas, solían pasar los señores largas temporadas, tanto por razones de clima como por razones de precaución. En ese tiempo, trovadores, juglares y titiriteros alegraban las largas veladas, mientras las mujeres hilaban o tejían; así se divulgaron los romances épicos, en los que se narraban las hazañas de los caballeros. Cuando comenzaba la primavera, los caballeros iniciaban sus campañas o, si no tenían enemigos que combatir, se dedicaban a la caza u organizaban torneos; eran estos últimos simulacros de combate, generalmente con las armas embotadas, en los cuales se lucía la destreza, la fuerza y la caballerosidad de los contendientes.

Si un señor tenía que hacer la guerra a otro señor o acudir a regiones apartadas, se convocaba para determinado día a todos los vasallos, quienes debían concurrir con todos sus hombres, provistos de todas sus armas, y con el número de auxiliares que pudieran o conviniera para la empresa. Así integrada, la pequeña hueste —pues nunca solía ser muy numerosa— emprendía la campaña a las órdenes del señor; pero este mando era más aparente que real, porque durante esta época se había olvidado la táctica conjunta y, en realidad, el combate no era sino un conjunto de duelos parciales. Las operaciones solían comenzar con la depredación de las tierras del enemigo y concluían en batalla campal, aunque no era raro que uno de los combatientes se refugiara en su castillo y se sometiera al asedio que iniciaba entonces su enemigo. También era frecuente que la guerra se decidiera mediante una lucha singular entre dos caballeros que representaban sus respectivos bandos.

Así transcurría la existencia de estos señores, que consideraban deshonroso dedicar parte de su tiempo a la lectura y el estudio; no poseían otra cultura que la que emanaba de las enseñanzas religiosas, ni realizaban otro ejercicio espiritual que el que exigía la práctica celosa del culto. Puede decirse que, durante la época feudal, sólo los clérigos mantuvieron el interés por el cultivo del espíritu, y esto, a veces, con bastantes limitaciones. Pero nuevas fuerzas comenzarían a trabajar para renovar este sistema social, y una de ellas fue la preocupación que apareció en cierto grupo por el saber.

EL CLERO

Alto y bajo clero se confundían en una misma aspiración: la santidad. Aunque esta aspiración solía no ser, a veces, sino un remoto ideal, en otros casos guiaba la conducta severa de los monjes que, en efecto, despreciaban todo lo terreno por alcanzarla.

En cambio, desde el punto de vista de su vida y de sus posibilidades, el alto y el bajo clero se diferenciaban profundamente. El alto clero era el que ocupaba las altas dignidades, los obispados y las abadías; pero como estas dignidades eclesiásticas traían consigo el goce de vastos feudos adscritos a ellas, sólo las alcanzaban los que por su nacimiento pertenecían a la nobleza. Eran, en efecto, segundones de familias nobles los que, generalmente, llegaban a regir los obispados o los grandes y ricos monasterios, de modo que unían a los privilegios propios del orden sacerdotal, los que les correspondían por su origen. Su vida no se diferenciaba, pues, de la de los señores sino en la medida en que la auténtica vocación ascética y la disciplina contenían las tendencias caballerescas. Si, por el contrario, el dignatario eclesiástico carecía de vocación y había aceptado la dignidad solamente por usufructuar los feudos eclesiásticos, su vida seguía siendo la de los señores, y era frecuente que ni siquiera residiese en el territorio de su jurisdicción.

Él bajo clero se reclutaba frecuentemente en las clases más humildes; solía ocurrir que un hombre humilde prefiriera ese género de vida como un medio para escapar de las penurias propias de su condición, pero, en general, salían de aquella clase los hombres de más severa vocación, razón por la cual era frecuente que ingresaran en los monasterios como monjes regulares. Los monasterios nacieron como resultado de un anhelo intenso de paz espiritual y devoción. Sin duda, sólo en sus claustros —y no siempre— podía estarse al margen de la inquietud y los sobresaltos de la vida cotidiana en esos tiempos de luchas casi constantes. Allí llevaban los monjes una vida de trabajo y dedicaban la mayor parte de su tiempo a ejercicios piadosos, sin desdeñar el estudio de los autores sagrados y aun profanos; había en los monasterios, en efecto, reducidas bibliotecas que, pese a su parquedad, eran los únicos repositorios importantes de libros durante esos tiempos. De los monasterios salieron las copias de importantes manuscritos, que circularon por otros monasterios y que iban, a veces, a parar a los castillos cuando, por excepción, había señores que mantenían algún interés por el estudio.

No fue menor la significación de los monasterios desde el punto de vista de la acción social. Sólo en ellos se practicaba la ayuda a los menesterosos, a los enfermos y a los huérfanos y viudas, y esta conducta trascendía de su propia acción porque los monjes no abandonaban nunca su prédica para lograr que los señores contuvieran sus impulsos violentos y guiaran su conducta por los preceptos cristianos de la caridad y la misericordia.

LOS COLONOS LIBRES Y LOS SIERVOS

Entre los hombres que carecían de privilegios existían dos grupos bien diferenciados: los que conservaban su libertad y los que no la poseían. Los primeros eran libres por su nacimiento y podían buscar su subsistencia trabajando como mejor les pareciera; naturalmente, en una época en que la economía era casi exclusivamente raíz, no tenían más recurso que ofrecer sus servicios a los señores o monasterios propietarios de la tierra; si eran aceptados, se instalaban con sus familias y se dedicaban a trabajar el suelo, recibiendo en compensación una parte de las cosechas. Su situación era harto desgraciada; no sólo estaban indefensos desde el punto de vista jurídico y sometidos a la arbitrariedad de los señores, sino que debían aceptar el cumplimiento de diversas obligaciones y cargas penosas, tales como el pago de ciertas contribuciones, y la realización de ciertos trabajos. Así, pues, el único signo de su condición libre era la posibilidad de abandonar las tierras en que trabajaban y buscar otras cuyos señores les fueran más propicios.

El siervo, en cambio, no poseía ese derecho; estaba atado a la gleba, se traspasaba de un señor a otro con la tierra misma, y se lo contaba como un objeto en el dominio señorial. No sólo no era dueño de su movimiento; no lo era de su persona ni del destino de su familia, porque si la tierra se dividía, solían repartirse los hijos del siervo como se repartían los animales o los objetos. Naturalmente, debía trabajar sin descanso y no recibía en pago nada más que lo necesario para subsistir en las más misérrimas condiciones. Y como no tenía significación jurídica, su vida estaba a merced del señor, que podía matarlo sin otra responsabilidad que la puramente moral.

LA EVOLUCIÓN Y TRANSFORMACIÓN DEL RÉGIMEN FEUDAL

Este tipo de sociedad —es necesario no olvidarlo— no tuvo en todas partes de la Europa occidental los mismos caracteres. No era el resultado de ninguna legislación, sino que se fue constituyendo como consecuencia de circunstancias y tendencias análogas pero no idénticas. Así, sería largo señalar las diversidades regionales que la organización feudal acusó en distintos países y comarcas.

Puede decirse, en general, que la sociedad se constituye con estos o con semejantes caracteres en casi todo el occidente de Europa hacia el siglo X u XI. Pero muy pronto comienza a insinuarse dentro de esa estructura algún resquebrajamiento. Uno sobre todo estaba destinado a tener, andando el tiempo, notables consecuencias: el desarrollo de las ciudades y la aparición y desarrollo de la burguesía.

Las ciudades romanas no habían desaparecido. Muchas de ellas se transformaron en aldeas insignificantes y algunas llegaron a desaparecer, pero otras muchas, aunque languidecieron, mantuvieron alguna importancia y constituían centros de atracción, fuera por los mercados que en ellas se celebraban o por las peregrinaciones que atraían sus iglesias o sus reliquias. En el siglo XII los reyes comenzaron a proteger las ciudades contra los privilegios que sobre ellas ejercían señores u obispos. Como querían aprovechar los tributos que podían pagar sus habitantes, estimularon su comercio y crearon de ese modo otra posibilidad de vida que no era el trabajo de la tierra. Así comenzaron por entonces a afluir a las ciudades algunos colonos libres y, luego, algunos siervos que eludían la vigilancia de los señores y se acogían a la protección real; una vez en la ciudad, comenzaban a ejercer sus oficios o a desarrollar algún pequeño comercio que les permitía vivir y aun acumular algún dinero con el que hacían prosperar sus actividades. De ese modo nació y creció una nueva clase social que no se encuadraba dentro del orden feudal y que, por el contrario, tenía intereses adversos a los de los señores. Si pudo crecer y progresar, fue porque los reyes vieron en sus miembros a los aliados que podían colaborar con ellos en la tarea de dominar el orgullo y el poder de los señores feudales; y, en efecto, con su dinero y con sus hombres, los burgueses contribuyeron a robustecer el poder de los reyes, que, poco a poco, comenzaron a limitar los derechos de los señores y a afirmar su propio poder. Ya en los últimos siglos de la Edad Media —el XIV y el XV—, los feudales debieron ceder ante el avance de la realeza, y los burgueses, en cambio, afirmaron el poder de su clase, cuyo fundamento residía en su riqueza.


Los reinos feudales

La progresiva separación de los señoríos feudales entre sí no llegó nunca a provocar la disolución de los reinos antiguos y de definida personalidad. Francia, Germania, España o Inglaterra eran ya regiones de innegable unidad desde la época romana, y naturalmente, su fisonomía se hizo más neta cuando se constituyeron en reinos autónomos en virtud de su conquista por los germanos: así, pese a la disgregación feudal, la conciencia de que ciertos señoríos integraban una unidad mayor no llegó a perderse, y la corona real fue el símbolo de esa unidad. Los señores pugnaban, sin duda, por amenguar los poderes del rey; pero, en teoría, no se dejaba de admitir la existencia de una autoridad que correspondía a la totalidad del reino.

De ese modo, la historia interior de los principales reinos feudales se caracteriza por la lucha entre la monarquía y los señores; pero, al mismo tiempo, el reino como tal tiene una historia común, un desarrollo conjunto que envuelve y supera el proceso político-social del feudalismo. Este desarrollo es el que señalaremos ahora para cada uno de los cuatro más importantes reinos de la Europa occidental.

FRANCIA

Del Imperio Carolingio se desprendieron —después del tratado de Verdún, en 843— dos reinos de definida personalidad: el de Francia y el de Germania.

La dinastía carolingia se dividió desde entonces en dos ramas, y su destino fue semejante en cada uno de los dos países: se cumplió en ellos el proceso señalado en el apartado anterior, y los reyes cayeron ante el ímpetu de los señores locales, debilitándose hasta tal punto su autoridad efectiva, que el poder de la corona real se fue desplazando hacia las manos de otras familias, cuyos miembros se habían mostrado más esforzados, especialmente en la lucha contra los invasores.

En la actual Francia, las agresiones más encarnizadas provinieron de los normandos. Sus bandas llegaban a las costas del mar del Norte y del océano Atlántico y solían introducirse en el corazón del territorio a través de los ríos Sena, Loira y Garona. Los señores locales defendieron con entereza sus territorios, pero allí fue más evidente la incapacidad real, porque los ataques, por razones geográficas, se producían en las vecindades de las propias tierras del rey. A principios del siglo X, el rey Carlos el Simple se vio obligado a pactar con una poderosa banda normanda que había llegado al mando de Rolón; Carlos el Simple les entregó las tierras al sur del Sena y así se constituyó el ducado de Normandía, cuya independencia efectiva estimuló a los señores franceses para lograr una situación semejante frente al rey. Esta situación se hizo tan general, que la autoridad de los últimos reyes carolingios se desvaneció. Así, en 987, un señor feudal que se había distinguido en la lucha contra los normandos, el conde Hugo Capeto, puso fin a la dinastía carolingia y ocupó el trono.

La dinastía de los Capetos, pese a su origen señorial, trató de robustecer la autoridad de los reyes. En esta tarea empeñaron su esfuerzo durante varios siglos, sin lograr apenas contener la soberbia de los feudales, y sólo en el siglo XII consiguieron algunas ventajas. Ya para entonces habían comenzado a resurgir algunas ciudades y la naciente burguesía ofrecía su apoyo a los monarcas a cambio de protección contra las pretensiones de los señores. A este progresivo afianzamiento de la monarquía, respondieron los feudales con una intensa ofensiva que encontró pretexto en la rivalidad entre el rey Luis VII y el conde de Anjou, Enrique Plantagenet.

Originado en una puja entre ambos por la posesión de la Aquitania, el conflicto se generalizó; los señores formaban al lado de Enrique Plantagenet y se opusieron al rey; pero pronto la situación se hizo más aguda porque poco después, en 1154, Enrique heredó la corona de Inglaterra. A partir de entonces la guerra se desenvolvió durante más de un siglo con variada intensidad.

El sucesor de Luis VII, Felipe Augusto, continuó la lucha; durante su época, uno de los herederos de Enrique, Juan Sin Tierra, organizó una vasta coalición contra su rival, en la que entraron no sólo importantes señores que querían frenar las pretensiones reales, sino también el emperador de Alemania. Pero Felipe Augusto los venció a todos en la batalla de Bouvines (1214) y consolidó de ese modo su autoridad en el oeste del país, donde se quedó con todas las regiones costeras al norte del río Loira, que antes poseyera el conde de Anjou. Fuera de las ventajas territoriales, esta victoria contribuyó a fortalecer la posición de Felipe Augusto frente a los señores; en los nuevos estados se situaron hombres fieles al monarca. v las ciudades comenzaron a prosperar bajo la protección del rey.

A Felipe Augusto sucedió Luis VIII, cuyas campañas lograron un éxito acabado; casi todas las regiones meridionales de Francia cayeron en las manos del rey y los ingleses sólo quedaron en posesión de una pequeña zona; esta situación movió a Enrique III de Inglaterra a pedir la paz a Luis IX de Francia, que en 1226 había sucedido a Luis VIII. El rey —conocido por San Luis—, que amaba la paz y aconsejaba la fraternidad cristiana, concedió a su rival condiciones honrosas y le devolvió los territorios conquistados por Luis VIII, pero conservando las regiones del norte ganadas anteriormente por los franceses. Así, en 1258, y mediante el tratado de París, concluyó la guerra secular emprendida entre el rey y la nobleza y transformada luego en guerra internacional.

El reinado de San Luis se caracterizó por su piedad. Desde hacía mucho tiempo se venían organizando en Europa unas campañas militares contra el Oriente que se conocieron con el nombre de cruzadas. Los caballeros franceses habían tenido en ellas una participación destacada, pero nadie realizó un esfuerzo tan puro para lograr la derrota de los infieles como San Luis, que marchó dos veces a luchar contra ellos y encontró la muerte en Túnez, en 1270.

Al finalizar el siglo XIII llegó al trono francés el nieto del santo rey, a quien la historia conoce con el nombre de Felipe el Hermoso. Su reinado, que se extendió desde 1285 hasta 1314, no se distinguió por sus triunfos militares; en efecto, pretendió asegurar su dominio sobre los territorios flamencos y fue derrotado en la batalla de Courtrai; pero, en cambio, su política interior fue extremadamente hábil y consiguió dar un paso firme en el camino de la afirmación de la autoridad real.

Felipe el Hermoso sostuvo el principio de que su autoridad debía apoyarse en las reglas establecidas por el derecho romano, de acuerdo con las cuales la potestad real resultaba más absoluta que si se mantenían las tradiciones germánicas. Para esta época, ya había aparecido en las universidades un manifiesto interés por los problemas del Derecho y se había producido un verdadero renacimiento del derecho romano; fácil fue, pues, para el rey apoyarse en los legistas o jurisconsultos que se habían formado en las universidades para defender doctrinariamente sus aspiraciones políticas, cada vez más amenazadoras frente a las atribuciones tradicionales de los señores feudales. De acuerdo con esa política, el rey apoyó a la burguesía urbana, a la que, a cambio de su protección, comenzó a exigir el pago de fuertes contribuciones que permitieron al rey contar con recursos propios para la guerra y, sobre todo, para realizar su política interior y exterior con independencia de sus vasallos feudales, ya que, con frecuencia, esa política estaba dirigida contra ellos.

También afirmó Felipe el Hermoso su independencia frente al papado. Ya se verá, estudiando la historia de la Germania, cómo había logrado el papado introducirse en la vida política de Europa, afirmando —según la tradición de aquel papa que había coronado con sus manos a Carlomagno— que el poder civil, por provenir de Dios, sólo podía recibirse por intermedio de la Iglesia. Ya en el siglo XIII esta política del papado había sufrido algunos rudos contrastes; pero fue Felipe el Hermoso quien le asestó un golpe definitivo.

En efecto, el papa Bonifacio VIII quiso, en 1301, designar en Francia un obispo enemigo notorio del rey para una nueva sede que acababa de crear; Felipe el Hermoso se opuso y encarceló al presunto obispo, a lo que contestó el papa excomulgando al rey en 1303. Así planteado el conflicto, el rey acudió a todos los medios para vencer la resistencia del papa; pretendió acusarlo por herejía y, sobre todo, trató de hacerlo asesinar mientras residía en su retiro de Anagni, en Italia; el golpe fracasó, pero Bonifacio VIII murió poco después y, tras algunas dificultades, logró Felipe que se eligiera pontífice a un obispo francés, quien decidió trasladar la sede pontificia a la ciudad de Avignon, sobre el Ródano. Así consiguió Felipe el Hermoso tener bajo su autoridad a la más alta potestad eclesiástica, situación de la que sacaron muchas ventajas los monarcas franceses.

GERMANIA

Los carolingios alemanes fueron menos afortunados aún que los franceses. Ya en los primeros años del siglo X —exactamente en 911— la dinastía se extinguió con Luis el Joven. Los señores feudales resolvieron entonces que, de allí en adelante, el poder seguiría siendo electivo y no se admitirían privilegios dinásticos, de modo que, en cada caso, se designara rey al que pareciera más capaz. En rigor, lo que se perseguía era que el elegido careciera de poder efectivo sobre los señores.

Mientras tanto, durante el siglo IX, se habían constituido en Germania cuatro grandes ducados, cuyos señores se consideraban tan poderosos que no podían admitir sobre sí sino una autoridad real puramente nominal. Estos ducados eran los de Sajonia, Franconia, Suabia y Baviera; el de Sajonia comprendía toda la vasta llanura que se extiende a lo largo de la costa del mar del Norte; el de Franconia comprendía todo el valle del río Meno; el de Suabia correspondía a las regiones montañosas comprendidas en la zona de la Selva Negra y los Alpes de Suabia; y, finalmente, formaban la Baviera las tierras del alto Danubio hasta los Alpes. Cada uno de estos ducados se dividía en numerosos señoríos, de modo que sus duques poseían ingentes recursos propios, lo que les permitió mantener su independencia; era, pues, natural que los últimos carolingios no pudieran defender su posición frente a tales vasallos, sobre todo si se tiene en cuenta que las invasiones de eslavos, húngaros y normandos favorecieron la autoridad de los señores locales.

En 911, los grandes feudales eligieron rey al duque de Franconia, Conrado I. A su muerte, en 918, ocupó el trono un duque sajón, Enrique I, cuya política estuvo destinada a comprometer a los señores para que, después de él, eligieran a su hijo; dádivas y promesas aseguraron esta elección; y como sus sucesores hicieron lo mismo, durante casi un siglo los señores alemanes eligieron reyes a los duques sajones, que formaron, así, una dinastía que reinó hasta el año 1002. De todos, fue Otón I el Grande, el hijo de Enrique, el más ilustre por sus hechos y por el rumbo que dio a la política del reino germánico.

Otón el Grande se propuso, como los Capetos en Francia y pese a su origen señorial, afirmar el poder monárquico. Desde que subió al trono, en 936, procuró reprimir la autoridad de los señores, para lo cual, además de combatirlos hasta lograr la debida obediencia, adoptó algunas sabias medidas de gobierno; así, por ejemplo, otorgó tierras a los dignatarios eclesiásticos en el seno de los feudos, con lo cual procuró asegurarse un aliado, pues él se reservaba la designación de obispos y abades; además, designó condes palatinos encargados de representar su autoridad en los distintos feudos, y de ese modo pudo vigilar constantemente a los feudales más soberbios.

Su política se afirmó con sus éxitos. No sólo logró derrotar a los húngaros en la batalla de Lech, sino que consiguió coronarse rey de Italia; pero no se detuvo allí; la posesión de Italia por un rey poderoso parecía asegurar a su dominador la corona imperial, y Otón la solicitó con éxito; el papa Juan XII lo coronó en 962, y así cobró de nuevo existencia el antiguo imperio, por tantos años desaparecido. Se conoció la nueva entidad con el nombre de Sacro Imperio Romano Germánico, por el origen de la investidura y por el núcleo político que ahora constituía su principal punto de apoyo; porque, en efecto, aunque su título no fue discutido, en la práctica sólo tuvo valor en el antiguo reino de Germania.

Los sucesores de Otón I no supieron mantener la autoridad que el fundador del imperio había establecido. Los señores feudales lograron, entonces, reivindicar su independencia, y, pese a la corona imperial que ostentaban, el poder de los reyes no fue sino el de un señor más. Por otra parte, la política de Otón I había legado al imperio algunos problemas graves; en efecto, tanto la pretensión del emperador de ejercer una efectiva autoridad en Italia como la de designar a los señores de los feudos eclesiásticos en Alemania, hicieron cada vez más tensas las relaciones entre el imperio y el papado. Así se originó un conflicto que estallaría en el siglo siguiente, durante el gobierno de los emperadores franconios.

En 1002, la dinastía sajona concluyó y fue elegido un duque de Baviera; pero a su muerte, los señores designaron rey a Conrado II, duque de Franconia, el cual, por medios semejantes a los utilizados por Enrique I, aseguró para su descendencia la corona real y, con ella, el título imperial. Durante el reinado de Conrado II se unió al reino de Germania el reino de Arlès, nombre con que por entonces se conocía a todo el valle de los ríos Ródano y Saona, lo cual, unido a la posesión del norte de Italia, daba a los reyes alemanes una extraordinaria gravitación en Europa. Su sucesor, Enrique III, gobernó el imperio desde 1039 hasta 1056 y, al morir, legó el trono a su hijo Enrique, cuya corta edad obligó a que los destinos del reino quedaran en manos de la reina madre, la regente Agnese. Esta circunstancia fue fatal; hasta la mayoría de edad de Enrique IV todos los problemas que estaban latentes en el reino se desataron y así se inició una época de total predominio feudal, que el papado —ahora robustecido bajo las inspiraciones de la orden de Cluny— quiso aprovechar para afirmar su poder en desmedro de la autoridad imperial.

Así ocurrió; llegado a su mayoría Enrique IV, pretendió ejercer el poder como lo habían hecho los más enérgicos de sus predecesores; pero la situación no le era favorable; los grandes feudales se sublevaban a cada instante y, sobre todo, contaban con el auxilio del papado, que los instigaba a rebelarse contra el emperador. Enrique IV decidió afrontar la situación con energía no exenta de violencia. El papa Gregorio VII sostuvo que era derecho del pontífice el nombrar a los obispos, y exigió que el emperador se abstuviera de hacerlo; el emperador, por su parte, quiso hacer condenar al papa por un concilio de obispos alemanes, y el papa respondió con la excomunión. En esta situación, el rey no tenía otra salida que defender sus derechos por la fuerza, pero su excomunión autorizaba a sus vasallos a desentenderse de sus juramentos, de modo que no podía contar con la ayuda de sus guerreros. No tuvo el emperador, pues, otra posibilidad que ceder, y así lo hizo, presentándose en el castillo de Canosa, en Italia, donde residía el papa, para solicitar humildemente el perdón de sus pecados.

Gregorio VII perdonó al emperador y le levantó la excomunión, no sin humillarlo de modo tan patente que no quedara duda alguna de la superioridad del poder del papado sobre el del emperador. Pero Enrique IV no contaba con soportar definitivamente esta situación. Vuelto a Alemania, recibió de nuevo la obediencia de sus vasallos, y, lentamente, trató de ajustar los resortes de su autoridad para impedir que volvieran a repetirse los intentos de sublevación.

Una vez que lo hubo conseguido, el emperador marchó sobre Italia y se apoderó de Roma; el papa había salido de la ciudad y murió poco después; pero sus sucesores se mantuvieron firmes en la defensa de sus derechos y el conflicto con el imperio siguió arrastrándose durante muchos años.

Durante el reinado del sucesor de Enrique IV —su hijo, Enrique V— se llegó a una fórmula transaccional. El emperador y el papa Calixto II firmaron en 1122 el concordato de Worms, por el cual se convenía en que el papa nombraría a los obispos, pero que éstos no entrarían en posesión de los feudos que les correspondían si no recibían la investidura del emperador. De ese modo quedó zanjado el conflicto que se conoce con el nombre de Querella de las investiduras, y que corresponde al momento de mayor autoridad que el papado alcanzó en Europa.

Tras el reinado de Lotario, duque de Sajonia, llegó al poder Conrado III, duque de Suabia, quien aseguró también a sus descendientes el trono imperial. Su hijo, Federico I, llamado Federico Barbarroja, fue, sin duda, la figura más destacada de la dinastía y, acaso, del imperio. Llegó al trono en 1152 y reveló muy pronto su decisión de gobernar como un monarca absoluto, y no solamente en Germania, sino en Italia también. Era ya la época en que el comercio comenzaba a reanudarse en Italia, y las ciudades del Norte de la península aseguraban a sus señores abundantes rentas que el emperador no quería dejar escapar.

Tanto en Alemania como en Italia, su política encontró serias resistencias. Detrás de los señores feudales alemanes y detrás de los burgueses italianos estaba la mano del papado, que no vacilaba en soliviantar a los vasallos del emperador con el fin de minar su poder. Federico Barbarroja combatió a unos y otros con energía. Pero si bien logró someter a todos sus vasallos en Alemania, fracasó al cabo en Italia, donde las ciudades lombardas, unidas en una liga cuya política recibía sus inspiraciones de Roma, lo vencieron en la batalla de Legnano en 1176. Desde entonces, Federico debió contentarse con un señorío nominal sobre Italia; pero ni allí desaparecieron sus partidarios, ni en Alemania, donde había triunfado, desaparecieron los del papa; en efecto, todo el imperio se dividió en dos grandes fracciones, la de güelfos y la de gibelinos, cuyas luchas fueron crueles y socavaron la estabilidad del imperio hasta empujarlo a su desintegración política.

A la muerte de Federico I reinó su hijo Enrique VI, quien, por matrimonio, logró incorporar al imperio el reino de las Dos Sicilias, en el sur de Italia; de ese modo, los Estados pontificios quedaron encerrados entre las posesiones del imperio, situación que movió al papado a extremar sus esfuerzos para abatir el poder imperial. Las consecuencias de esta política debió afrontarlas Federico II, nieto de Barbarroja, que llegó al poder en 1220. Comenzó entonces la etapa más dramática del duelo entre el papado y el imperio, y al morir el emperador en 1250, el triunfo del primero se manifestó en un hecho extraordinario: se dejó de elegir emperador, y durante veintitrés años el imperio se mantuvo disgregado. Este período —el gran interregno alemán— permitió que se desarrollaran extraordinariamente algunos Estados, especialmente las ciudades comerciales e industriales de Italia y de Alemania, que, por entonces, alcanzaron una casi total autonomía.

ESPAÑA

España había sido unificada por los visigodos, cuyo reino subsistió hasta que, en el año 711, lo abatieron los invasores musulmanes. Vencido el rey Rodrigo en la batalla del Guadalete, los visigodos emprendieron una retirada vertiginosa perseguidos por las huestes islámicas; muchos de ellos cayeron bajo la dominación de los invasores, que, en dos años, completaron la conquista de casi toda la península; pero otros, en cambio, lograron escapar y refugiarse en el reino franco o en las regiones montañosas del norte, zona ésta donde la población astur había conservado cierta independencia gracias a lo abrupto de aquellas comarcas. Allí se formó un conglomerado de gentes que pudo hacer frente a los intentos de avasallamiento que hicieron los musulmanes.

En efecto, repetidas veces quisieron los invasores forzar el último reducto de la resistencia, pero los desfiladeros de los Cantábricos dificultaban la empresa, y, en 722, según parece, los astures lograron derrotarlos en la batalla de Covadonga. Mandaba entonces las huestes cristianas el conde don Pelayo, que desde entonces asumió la corona del nuevo reino astur, cuya capital quedó emplazada en Cangas de Onís. A partir de esos años, el pequeño reino cristiano empezó a afirmarse y a extenderse por los valles vecinos. Los musulmanes, por su parte, se extendieron hacia el nordeste, llegaron al Pirineo y cruzaron las montañas; es sabido cómo los detuvo en 732 el mayordomo real del reino franco, Carlos Martel, en la batalla de Poitiers; pero, pese a la derrota, los musulmanes conservaron el sur de Francia.

La Península Ibérica quedó, así, dividida en dos zonas: la España musulmana y la España cristiana. La España musulmana fue durante estos primeros siglos de la conquista la región más civilizada y rica. Comprendía casi toda la península y, hasta mediados del siglo VIII, fue una dependencia del califato de Damasco; pero al producirse la guerra civil que dio el triunfo a los abbasidas, un descendiente de la dinastía depuesta de los omeyas, Abderramán, llegó a España y logró que se reconociera la legitimidad de su derecho; en consecuencia, España se constituyó como un emirato independiente que los abbasidas no pudieron reducir pese a los esfuerzos que hicieron. Más tarde, en 912, Abderramán III se proclamó califa, y desde entonces la sede de su poder, Córdoba, adquirió un extraordinario brillo no sólo por su poderío material sino también por el desarrollo de su cultura.

Los emires y los califas quisieron contener el desarrollo del reino astur; pero el esfuerzo continuado y tesonero de las huestes cristianas logró vencer las reiteradas ofensivas islámicas y el pequeño reino se extendió poco a poco hacia Galicia y León. Después de haber sido Oviedo la capital del reino, León adquirió esta jerarquía, y la conquista continuó aún más hacia el sur, en los campos castellanos. En el siglo X el territorio astur-leonés llegaba hasta el Duero y cada año se realizaban nuevos esfuerzos para adelantar la línea fronteriza hacia el sur; así surgió el condado de Castilla como provincia fronteriza, erizada de castillos, los cuales le prestaban una fisonomía tan singular que le dio su nombre a la comarca. Tal importancia adquirió la provincia fronteriza, que muy pronto se separó del tronco común para constituir un reino independiente; pero volvió luego a unirse, esta vez con caracteres de región hegemónica, y, así, la totalidad del reino cristiano del Noroeste comenzó a llamarse Castilla.

Mientras tanto, en el Nordeste, nuevas contingencias habían contribuido a provocar el retroceso de los musulmanes. Luego de varias campañas, Carlomagno había conseguido no sólo expulsar a los musulmanes de Francia, sino también arrebatarles la zona comprendida entre el Ebro y el Pirineo aproximadamente. Después del tratado de Verdún, en 843, esta región corrió la suerte de todo el Imperio Carolingio y se parceló en dos estados feudales: el condado de Barcelona y el reino de Navarra, del primero de los cuales se desprendió luego el reino de Aragón. Así, al comenzar el siglo XI, se sumaban al reino de Castilla estos tres estados cristianos en el norte de la península.

El destino de las dos Españas sufrió en el siglo XI una transformación radical. En el año 1031, el califato de Córdoba cayó en medio de la guerra civil y su territorio se distribuyó en una serie de reinos independientes llamados reinos de Taifas. Esta atomización del mundo musulmán fue inmediatamente aprovechada por los reinos cristianos, que redoblaron sus esfuerzos para apresurar la conquista del territorio. En 1085, el rey de Castilla, Alfonso VI, llegó al río Tajo y consiguió tomar la ciudad de Toledo, antigua capital visigoda y uno de los puntos estratégicos más importantes de la península; al mismo tiempo, los aragoneses comenzaban a bajar por la costa mediterránea y amenazaban los reinos del Levante; en tal situación, los reyes musulmanes pidieron auxilio a una población africana, los almorávides, para contener a los cristianos.

Al mando de Yusuf, los almorávides entraron en España y presentaron batalla a los cristianos. Alfonso VI fue derrotado en la batalla de Zalaca, en 1086 pero logró retener Toledo; los almorávides hubieran podido sacar mejor provecho de su victoria, pero bien pronto entraron en conflicto con los reinos de Taifas, porque demostraron su afán de quedarse en la península y reconstruir en su provecho el califato; las consecuencias no se hicieron esperar y los castellanos retomaron la ofensiva. En el Levante, un caballero castellano, Rui Díaz de Vivar, conocido como el Cid Campeador, consiguió conquistar Valencia, y, entre tanto, el rey castellano logró restablecer su dominación en las zonas que los almorávides le habían arrebatado en los últimos tiempos.

Viendo en peligro otra vez sus posiciones, los reyes musulmanes llamaron en su auxilio a otro pueblo africano: los almohades. En 1195, el rey de Castilla, Alfonso VIII, quedó derrotado en la batalla de Alarcos y todo parecía asegurar un poderoso avance de las huestes musulmanas. Pero en ese momento se combatía en todo el Mediterráneo contra los infieles y le fue fácil al rey organizar una verdadera cruzada en España. En 1212, Alfonso VIII tomó su desquite; pese a que, al fin, quedaron solas las fuerzas del rey castellano, los musulmanes cayeron derrotados en la batalla de las Navas de Tolosa.

Durante la primera mitad del siglo XIII reinó en Castilla Fernando III, llamado el Santo. Sus repetidas campañas le dieron el dominio de casi toda Andalucía, las más poderosas ciudades cayeron en sus manos, y los musulmanes se fueron replegando hacia las montañas de Sierra Nevada, donde quedó constituido su último baluarte, el reino de Granada, que conservarían hasta fines del siglo xv.

Después de Fernando III la reconquista cristiana de España se contuvo por mucho tiempo; hubo acciones parciales e intrascendentes, pero las guerras civiles que estallaron en Castilla y la falta de interés por esa empresa que demostró el reino de Aragón permitieron al reino granadino subsistir con cierta tranquilidad.

En Castilla reinó, después de Fernando, Alfonso X el Sabio. Su reinado fue harto desgraciado por las guerras que se suscitaron entre los miembros de la casa real, pero fue particularmente brillante en otros aspectos. El apelativo con que se conoció al rey no se debió sólo al interés que por los estudios demostró él mismo, sino también a la preocupación general que se mostró por ellos, y que el monarca estimuló decididamente. De esta época es la redacción de la Crónica General, las Siete Partidas y algunas otras obras importantes en las que colaboró el propio rey. El código de las Siete Partidas no llegó a tener absoluta vigencia, pero sus principios influyeron mucho en el desarrollo político y jurídico de España; se trasunta en él una tendencia a restaurar los principios del derecho romano, tendencia generalizada por entonces en Europa y que recibía el apoyo de los reyes porque contribuían a afirmar su poder. Alfonso el Sabio, en efecto, procuró estimular el desarrollo de la burguesía de las ciudades, y dio marcada importancia a las cortes, en las que se reunían representantes de todos los grupos sociales del reino, pero su afán era consolidar su propio poder; sólo las necesidades de la reconquista y la defensa de las posiciones avanzadas permitieron a los señores feudales de España mantener sus derechos y privilegios.

Si en Castilla lograron los señores defender sus derechos, no tuvieron menos éxito en Aragón, donde consiguieron, en 1283, que el rey Pedro III reconociera la validez del Privilegio General que le impusieron, por el cual se limitaban los derechos reales y se sancionaban los que correspondían a los señores; sin embargo, la burguesía aragonesa se afirmaba poco a poco, gracias a los espléndidos resultados de su acción comercial en el Mediterráneo, y paso a paso conseguiría afirmar su posición social.

PORTUGAL

El reino de Portugal fue, originariamente, un condado del de Castilla. El rey Alfonso VI lo entregó en 1094 al conde Enrique de Borgoña, que había acudido en su auxilio y a quien casó luego con su hija. Pero poco después, en 1139, Alfonso Enriquez, que lo había heredado, se independizó y, desde entonces, constituyó un reino independiente. Portugal se distinguió por su esforzada y sostenida lucha contra los musulmanes, a quienes arrebató poco a poco las tierras de la costa atlántica. La dinastía borgoñona mantuvo el poder hasta fines del siglo XIV.

INGLATERRA

La provincia romana de Bretaña, como ya se dijo, fue invadida en el siglo v, por un grupo de pueblos germánicos: los anglos, los jutos y los sajones. A diferencia de lo que ocurrió en otras provincias romanas, no surgió allí un solo reino, sino que se formaron varios; fue solamente en el siglo IX cuando se unificaron los que ocupaban la actual Inglaterra, bajo la autoridad de los reyes sajones de Wessex.

El reino tuvo que sufrir desde el siglo VIII la amenaza de los invasores normandos; pero a principios del siglo XI la amenaza, que hasta entonces sólo había tenido como consecuencia el establecimiento parcial de algunas bandas, se tornó realidad con la expedición del rey de Dinamarca Knut el Grande. En 1035 Inglaterra quedó vinculada a ese país bajo la autoridad del conquistador, cuyos estados estaban unidos —más que separados— por las aguas del mar del Norte, teatro de sus hazañas de piratería y de conquista.

Los daneses no constituyeron en Inglaterra una aristocracia excluyente; se mezclaron con los anglosajones, y así fue posible que, en 1042, llegara al trono un rey que tenía entre sus antepasados miembros de una y otra raza: Eduardo el Confesor. Su reinado fue ejemplar por su moderación y su tino político, pero, a su muerte, legó a su país un grave problema, porque, no habiendo dejado sucesión, había hecho en cambio algunas promesas que luego hicieron valer dos pretendientes. En efecto, el príncipe Haroldo era, según los nobles sajones, quien debía suceder al rey, pero el duque de Normandía, Guillermo, aseguraba también que era él a quien Eduardo deseaba como sucesor. Haroldo ocupó el trono, pero su rival se preparó para la lucha y organizó en su ducado un ejército con el que se lanzó contra Inglaterra, donde desembarcó poco después. En la batalla de Hastings (1066), Haroldo fue vencido y muerto, así como también la mayoría de los señores sajones. Guillermo, llamado desde entonces el Conquistador, subió al trono y se dispuso a organizar el reino de manera que su poder estuviera seguro, para lo cual otorgó a sus guerreros las tierras de la antigua nobleza. Pero Guillermo, como no tenía obligaciones contraídas con ellos sino que estaba en situación de dispensar mercedes en la medida que quisiera, se reservó el derecho de ejercer su autoridad en los distintos condados por medio de sus propios funcionarios: los sherifs. De ese modo, el régimen feudal inglés fue mucho menos vigoroso que los del continente, y los reyes que sucedieron a Guillermo el Conquistador tuvieron una autoridad muy superior a la de los demás reyes.

La dinastía normanda se extinguió a mediados del siglo XII y el trono inglés correspondió al conde de Anjou, Enrique Plantagenet, que reinó con el nombre de Enrique II (1154-1189). Desde los primeros tiempos se puso de manifiesto que al nuevo rey le importaban más sus estados franceses que el reino de Inglaterra, pese a lo cual trabajó por la organización de la justicia y la administración del país. La mayor parte de su actividad debió dedicarla a la guerra que sostuvo con el rey de Francia, conflicto que legó a sus hijos Ricardo Corazón de León (1189-1199) y Juan Sin Tierra (1199-1216). El primero luchó en Francia, pero interrumpió esta empresa para acudir al Oriente a fin de coadyuvar a la conquista del Santo Sepulcro en la tercera cruzada; el segundo quiso poner término a aquella guerra organizando la coalición a que ya nos hemos referido y que terminó en la batalla de Bouvines (1214).

La derrota sufrida por Juan Sin Tierra tuvo inmediata repercusión en Inglaterra. Los barones se sublevaron contra él y le exigieron que aceptara un documento por el que se establecían las libertades fundamentales a que tendrían derecho los señores; se llamó este documento Carta Magna y fue firmado por el rey en 1215. Se establecía en ella que no podría el rey poner ningún impuesto sin el consentimiento de los barones, que no podrían éstos ser condenados sino por sus pares; que no se podría condenar a nadie sino con el consentimiento de un jurado; que no se podría mantener a nadie en prisión sin someterlo a juicio y contenía numerosas disposiciones de menor importancia por las cuales la nobleza se aseguraba el reconocimiento de todos sus privilegios.

La Carta Magna fue la piedra angular del régimen político y social inglés; el sucesor de Juan Sin Tierra, su hijo Enrique III (1216-1272), pretendió rebelarse contra sus principios, fundándose en las imperiosas necesidades de la guerra que mantenía con Francia; pero en 1253, después de la aceptación del tratado de París —que implicaba una derrota para los ingleses— los señores volvieron a sublevarse y, encabezados por Simón de Montfort, exigieron un nuevo compromiso del rey, esta vez más explícito y concreto. En efecto, por los Estatutos de Oxford, convenidos en 1258, se exigió que el rey gobernara con un consejo de quince barones, quienes nombrarían los principales funcionarios del reino. Enrique III creyó que podría sacudir ese yugo y volvió a sublevarse, pero los caballeros recurrieron a las armas y el rey fue hecho prisionero en 1261. Simón de Montfort desempeñó la regencia del reino hasta que el príncipe Eduardo derrotó a los barones y restableció a su padre en el trono. A la muerte de éste, lo sucedió, y contribuyó a organizar el sistema político de acuerdo con la situación creada por las demandas señoriales. Así se afirmó la organización del parlamento, institución que adquirió poco a poco una notable autoridad.


La cultura de la Europa feudal

Sin ser una época brillante desde el punto de vista de la cultura, la época feudal presenta algunas manifestaciones de actividad espiritual que merecen señalarse; y no solamente por el valor que tienen en sí mismas, sino también porque constituyen los primeros pasos de las culturas nacionales de Europa occidental.

Como toda la cultura medieval, la de la época feudal ofrece como rasgo primordial el de ser de neta inspiración cristiana; de ese origen son las preocupaciones, los temas, las ideas directrices, todo cuanto contribuye a caracterizarla de alguna manera. Sin duda había en el fondo reminiscencias clásicas, especialmente romanas; pero los elementos heredados aparecen filtrados a través de la mentalidad cristiana, que los conforma según sus propios ideales y sus principios de valor.

Todavía siguen siendo los monasterios los hogares más importantes de la vida espiritual; pero ya se insinúan los ambientes caballerescos como propicios a ciertas formas de creación estética, la cual, naturalmente, adoptaba allí otro aspecto que la diferenciaba de la que surgía en los centros de vida ascética y encerrada dentro de las exigencias de la ortodoxia religiosa. Acaso el rasgo más señalado de esta nueva línea de creación sea, en lo literario, el uso de la lengua vulgar en vez de la latina. Así aparecieron los primeros monumentos de las literaturas en lenguas romances, tras de los cuales se desarrollaron ricamente las formas nacionales.

No carecieron de importancia, por esta época, las artes plásticas. Un estilo de singulares características aparece por entonces: el románico, al que se deben importantes monumentos religiosos y civiles; hubo, paralelamente, cierto desarrollo de la pintura y la escultura.

LOS MONASTERIOS Y LA CULTURA MONACAL

Los monasterios —que aparecen en Europa desde el siglo VI— atrajeron a todos los espíritus reflexivos y ascéticos. San Benito había establecido para el que fundó en Monte Cassino, cerca de Nápoles, una regla muy severa; según ella, una de las actividades a que debían dedicarse los monjes era el estudio y la copia de manuscritos; así resultó que, al poco tiempo, y mientras desaparecía todo ambiente propicio para el saber en la vida civil, los monasterios se transformaron en los únicos centros de estudio. Y no sólo porque era propio de los monjes el dedicarse a la lectura y la reflexión, sino porque los monasterios fueron los únicos lugares donde se guardaron los escasos manuscritos que se conservaban; allí se custodiaban con amor y, como los monjes apreciaban su valor y conocían el deseo de poseer copias que abrigaban otras comunidades, se dedicaron a hacer copias, gracias a lo cual se aseguró la subsistencia de muchas obras antiguas que, de otro modo, se hubieran perdido.

Ya hemos visto cómo, ya en los primeros tiempos de la Edad Media, aparecieron monjes que alcanzaron un vasto saber. Esa tradición se mantuvo en la época feudal, aunque declinara en algunas regiones; pero en San Martín de Tours, en Fulda, en San Gall, en Santo Domingo de Silos y en muchos otros monasterios, abundaron los monjes contraídos al estudio y la meditación, cuyo esfuerzo, si no cuajó siempre en obras, aseguró la conservación del saber para épocas más propicias.

Una actividad importante de los monasterios fue, frecuentemente, la redacción de anales señoriales o reales, compuestos por encargo de quienes querían dejar memoria de sus hazañas. Gracias a eso —y a los simples anales de los propios monasterios— poseemos una rica colección de noticias sobre la vida de la época. Además, solía haber en los conventos escuelas en las que se enseñaban las artes liberales, la teología y la filosofía. En este último campo se destacó, entre otros, Pedro Abelardo (1079-1142), así como también Bernardo de Clairvaux, con quien aquél mantuvo famosa polémica.

LAS LETRAS

En los monasterios se cultivaron las letras; abundó la poesía religiosa, muchas veces en lengua latina y otras en lenguas romances, y se cultivó también el teatro, bajo la forma de misterios y representaciones cuyo tema era generalmente la vida de santos.

Pero la más significativa de todas las manifestaciones literarias de este período es la poesía épica. En verso romanceado y en lengua vulgar, el trovador componía la narración de las hazañas de un caballero; a veces solía tratarse de un solo episodio; otras, se narraba una serie de hazañas que componían casi una vida del héroe. Estos romances se divulgaban en los castillos y en las ferias donde se reunía el pueblo, al que entusiasmaba oír elogiar a sus figuras predilectas.

En España, el héroe que mereció más asidua recordación fue Rui Díaz de Vivar, a quien los musulmanes llamaron El Cid, nombre que pasó luego a los romances. Seguramente se compusieron sobre su vida y sus proezas contra los moros múltiples romances; pero luego se compuso uno extenso —acaso reunión de otros breves— que se conoce con el nombre de Cantar de Mio Cid. Se le considera el primer monumento en lengua castellana y revela el entusiasmo que provocaba en el pueblo el valor, la magnanimidad y el éxito del héroe castellano. En la misma lengua se compusieron poemas destinados a narrar las aventuras de los infantes de Lara o del conde Fernán González; y, llevados por la misma inspiración y el mismo entusiasmo heroico, cantaron los trovadores las proezas de Alejandro el Grande, de los héroes de las cruzadas o de Carlomagno.

En Francia, la poesía épica giró, en su mayor parte, alrededor de la figura de Carlomagno y las de sus caballeros. El más famoso de los poemas épicos es la Canción de Rolando, en la cual se cuentan las proezas que realizaron el sobrino del gran emperador y sus compañeros, cuando fueron sorprendidos en las gargantas del Pirineo por los sarracenos. La aventura —deformada por la leyenda— corresponde a una de las guerras por la conquista de España, y aparece en la Canción exaltada hasta un grado inverosímil; como en otros poemas de la época, los héroes combaten con denuedo contra huestes diez veces más numerosas que las suyas, parten en dos a sus enemigos con un golpe de su espada y llevan a cabo otras hazañas extraordinarias. Comparado con la Canción, el Cantar de Mio Cid es más humano y menos heroico, pero ambos revelan el mismo sentido señorial, la estimación por los mismos ideales, la vigencia de los mismos principios sociales y morales.

Junto a la épica heroica se desarrolló una forma caballeresca, de marcado sentido romántico. De origen bretón, la leyenda del rey Artús, de sus caballeros y de sus damas, se difundió por las cortes provenzales y luego por las más alejadas comarcas, llevando el soplo de una nueva inspiración. Allí las proezas del héroe se mezclaban con el apasionado y melancólico relato de sus amores, y la dura fisonomía del guerrero se suavizaba con la evocación de sus cuitas sentimentales. A este ciclo pertenece, por ejemplo, el relato de los amores de Tristán e Iseo, reveladores de una nueva sensibilidad y de renovadas formas de convivencia, en las que la mujer poseía una significación ignorada por la épica heroica.

Finalmente, entre las formas literarias de la época deben mencionarse las obras históricas. Ya hemos citado las crónicas anónimas, generalmente compuestas en los monasterios, pero hubo también cronistas que quisieron dar a su obra cierto aire personal, como Joinville, que nos ha dejado una vida del rey San Luis, o Villehardouin, de quien poseemos una crónica de la conquista de Constantinopla. También tuvo ese carácter, en cierto modo, la Crónica General que mandó componer —y compuso en parte— el rey Alfonso el Sabio de Castilla.

Desde el punto de vista de las artes plásticas, la época feudal vio nacer —hacia mediados del siglo IX— un estilo arquitectónico de características definidas. Surgió favorecido por el desarrollo de las construcciones civiles y religiosas —castillos e iglesias— y, por la naturaleza de sus elementos se lo conoce con el nombre de estilo románico, palabra que alude a sus primitivos orígenes. En efecto, el uso del pilar y del arco de medio punto, así como también la concepción apaisada de los edificios, recuerdan claramente la inspiración romana que lo guía.

El estilo románico se pone de manifiesto en los castillos y en los puentes; pero en ese tipo de construcciones las necesidades prácticas limitan el vuelo de la creación plástica. En cambio, en los monasterios y en las iglesias el arquitecto tiene mayor libertad para combinar los distintos elementos y suele, en consecuencia, hallar nuevas formas y combinaciones que manifiestan claramente los gustos predominantes. En los monasterios se advierten las fachadas compuestas con arcos de medio punto, combinados a veces formando pórticos, pero lo más característico suele ser el claustro, galería cuadrada en la que las columnas presentan, casi siempre, originales capiteles en los que se esculpen figuras historiadas y elementos naturales más o menos estilizados. En las iglesias, la fachada suele componerse de uno o más pórticos; el interior solía dividirse en naves, separadas por pilares o columnas de capiteles decorados, que se iluminaban mediante un rosetón y, a veces, vitrales.

No faltó, en los edificios de este estilo, la ornamentación pictórica y escultórica. Los pórticos solían componerse reemplazando las columnas por figuras talladas, y en las capillas abundaban las imágenes, así como también las pinturas en algunos paños de pared o en el techo. Tanto la pintura como la escultura revelan cierta influencia bizantina, patente en el quietismo de las figuras; pero sobresale, sobre todo, la inspiración religiosa que mueve al artista, que desprecia los elementos corporales para ahondar en la expresión patética.

Abundan los monumentos de este estilo que aún se ofrecen a la contemplación. En España son famosos el monasterio de Santo Domingo de Silos, la catedral de Santiago y la colegiata de San Isidoro de León; en Francia, la iglesia y el claustro de San Trófimo de Arlés, las catedrales de Poitiers y Angulema y la iglesia de Vezelay; en Italia, la catedral de Pisa y las iglesias de San Miniato de Florencia y San Ambrosio de Milán, y en Alemania merecen recordarse las catedrales de Maguncia y de Bamberg.


Europa en la época de las Cruzadas

La Europa feudal manifestó una marcada tendencia a circunscribir la vida dentro de los estrechos límites de los señoríos locales. Desde el punto de vista económico, los señoríos se bastaron a sí mismos y no hubo ocasión que favoreciera el activo intercambio de productos; correlativamente, ni las personas ni las ideas tenían tendencia a salir de sus hogares, con lo cual el aislamiento se acentuó y llegó a provocar una ignorancia inverosímil de los caracteres de otros lugares, aun próximos. Así se explican las innumerables leyendas sobre cosas maravillosas y fantásticas que surgieron por entonces, resultado del desconocimiento que en ese tiempo se tenía del mundo.

Esta característica dio su fisonomía en un principio a la época feudal; pero un acontecimiento singular quebró esta línea de desarrollo y provocó un cambio radical, que, en gran parte, produjo la disolución de esa organización social. En efecto, en la segunda mitad del siglo XI irrumpieron en las fronteras del Imperio Bizantino las fuerzas musulmanas, renovadas ahora en su ímpetu por obra de un nuevo grupo dominador: los turcos seldjúcidas. Mercenarios hasta entonces, los turcos lograron apoderarse del califato de Bagdad y renovaron la guerra santa, que con los abbasidas se había olvidado. Y ante tal amenaza, el Imperio Bizantino, sintiéndose impotente, comenzó a pedir auxilio al papado, contando con que los caballeros cristianos acudirían en su ayuda. Así se abrió, para los rudos señores del occidente de Europa una nueva era; ahora podrían ejercitar su bravura en más vastos escenarios, podrían alcanzar gloria imperecedera y, además, podrían adquirir tierras y riquezas en regiones lejanas y extrañas, aventura seductora para su espíritu cargado de fantasías.

Alejo Comneno, emperador de Constantinopla, se dirigió al papa Gregorio VII —aquél del conflicto con el emperador de Alemania— pidiéndole que convocara a los caballeros cristianos para que acudieran en su ayuda. Para estimular el interés de los guerreros, el emperador no habló del peligro que corrían sus propios dominios; habló, en cambio, de las iniquidades que cometían los infieles musulmanes con los peregrinos que llegaban a visitar el Santo Sepulcro en Jerusalén, y propuso como objetivo de la empresa la conquista de Tierra Santa para que no la hollaran los servidores de Mahoma. La empresa tomaba así un fuerte carácter religioso, que sería propicio a sus propios intereses de Estado.

Gregorio VII hubiera querido acudir al llamado del emperador; no hacía mucho tiempo que la iglesia de Constantinopla se había separado de la obediencia de Roma, y el papa vio la ocasión de volver a someterla. Pero el agudo conflicto que mantenía con Enrique IV le impidió cumplir su propósito, y el emperador de Constantinopla no recibió respuesta. Poco tiempo después, como el peligro arreciara, Alejo Comneno repitió su llamado, esta vez al papa Urbano II. Las circunstancias eran más favorables, y el pontífice decidió obrar con rapidez; en 1095 convocó a un gran concilio en la ciudad de Clermont, y predicó con vigor y elocuencia incitando a todos los cristianos fervorosos a que corrieran en defensa del sagrado sepulcro de Cristo. Los caballeros presentes proclamaron inmediatamente su voluntad de cumplir con ese deber, y allí mismo se declararon “cruzados”, señalándose en tal calidad con una cruz que pusieron sobre sus vestidos. Y, mientras tanto, todos los prelados que habían acudido a Clermont partían para sus comarcas a fin de predicar entre los caballeros la necesidad de la cruzada, para lo cual se movilizaron todos los recursos disponibles.

LA PRIMERA CRUZADA

Los caballeros de las más diversas regiones comenzaron los preparativos para la marcha. Pero, entre tanto, una multitud inmensa de gentes humildes manifestó un incontenible afán de dirigirse a Tierra Santa para luchar contra los infieles, y no vacilaron en formar una nutrida y extraña columna, a cuyo frente se pusieron un caballero, Gualterio el Pobre, y un monje, Pedro el Ermitaño. Sin otras armas que las hoces o los cuchillos que poseían, sin alimentos ni cabalgaduras, aquellos peregrinos iban a una muerte segura, guiados por el afán de alcanzar la salvación por el sacrificio. Y así ocurrió. Cruzaron Europa, saqueando los lugares que recorrían para poder comer, y alcanzaron finalmente los muros de Constantinopla, que veía con temor la llegada de unas olas inmensas de hombres y mujeres hambrientos y desarmados para luchar con los guerreros más terribles de que hubiera memoria. El emperador, para alejarlos de sus territorios, les facilitó el tránsito a las costas asiáticas, y, poco después, los peregrinos caían aniquilados a manos de los infieles. Así terminó la cruzada popular, extraño episodio revelador del alma medieval.

A todo esto, los caballeros habían concluido sus preparativos. En cuatro grupos se dirigieron a Constantinopla, mandados por señores, porque los reyes más importantes estaban por entonces excomulgados. Allí se comprometieron con el emperador Alejo a entregarle el Asia Menor si la conquistaban, y a tal precio recibieron facilidades para emprender el cruce del estrecho.

Era el año 1097. Los caballeros se internaron en el territorio enemigo y pusieron sitio a la ciudad de Nicea, que consiguieron tomar poco después. Los turcos les ofrecieron batalla en Dorilea, pero los cruzados lograron el triunfo y, poco después toda el Asia Menor estaba en su poder, de modo que los cruzados lograron dirigirse a la Siria, confiados en su superioridad. Una vez que cruzaron el Taurus sitiaron y tomaron la ciudad de Antioquía, donde luego quedaron sitiados a su vez; pero consiguieron quebrar el asedio y, finalmente, emprendieron la marcha hacia Jerusalén, último objetivo de su campaña.

Cuando estuvieron al pie de las murallas de la ciudad santa, los cruzados organizaron el asedio; la operación fue larga y los defensores resistieron vigorosamente, pero la certeza de la victoria dio renovados bríos a los cristianos y, al aproximarse la fecha en que se conmemoraba la pasión de Jesucristo, decidieron emprender el asalto final. La lucha fue sangrienta, y el Viernes Santo del año 1099 los cristianos entraron en la ciudad, cuyos defensores cayeron en racimos ante el ímpetu de los asaltantes. Poco después, asegurada la posesión de la zona circunvecina y organizada militarmente la defensa, se trató el destino que se daría a aquella ciudad legendaria. Esas deliberaciones fueron largas y difíciles; el legado pontificio quería asegurar al papado la posesión del Santo Sepulcro, pero los caballeros resistían esa proposición; finalmente se resolvió constituir un estado autónomo con el nombre de Reino Cristiano dé Jerusalén, a cuya cabeza estaría uno de los guerreros de más prestigio: el conde Godofredo de Buillon; le fue ofrecido el título de rey, pero Godofredo lo rechazó afirmando que nadie tenía derecho a llevar título de rey en la ciudad donde yacía Jesucristo, de modo que asumió solamente el de Protector del Santo Sepulcro.

LA SEGUNDA CRUZADA Y LA PÉRDIDA DE JERUSALÉN

La conquista de la ciudad de Jerusalén sacudió a los distintos emires seldjúcidas que dominaban las comarcas vecinas. Desde ese momento trataron de recobrarse de la sorpresa y reconquistar la ciudad; pero los cruzados lograron asegurar la posesión de algunos puntos importantes para fortalecer su situación, y especialmente algunos puertos de la costa siria. Sin embargo, las discordias surgieron muy pronto entre los señores que defendían la plaza, especialmente después de la muerte de Godofredo de Buillon, y poco a poco la situación se tornó más comprometida para los defensores de Jerusalén, de modo que comenzaron a pedir angustiosamente auxilio a los principales reinos europeos y al papa.

Una segunda Cruzada se organizó entonces, en ayuda de los defensores de Jerusalén. Luis VII de Francia y Conrado III de Alemania encabezaron las expediciones que la componían, dirigiéndose el primero directamente hacia la costa siria, en tanto que el segundo iba, por Constantinopla, al Asia Menor. Las expediciones fracasaron; los alemanes fueron derrotados en la batalla de Dorilea, en 1147, y no pudieron pasar de allí, en tanto que los franceses, una vez llegados a Siria, sitiaron la ciudad de Damasco y esterilizaron sus esfuerzos en una operación difícil e inútil. Así fue cómo la situación se agravó para los defensores de Jerusalén, debido a la manifiesta incapacidad que demostraban los ejércitos feudales frente a las fuerzas organizadas de los turcos.

Con todo, lo más grave no había ocurrido todavía. En la segunda mitad del siglo xII, los distintos emiratos turcos comenzaron a caer dentro de la órbita de un jefe militar de extraordinarias condiciones, llamado Saladino, que organizó desde el Egipto un estado casi equivalente al antiguo califato. Saladino comenzó a eliminar los principales centros avanzados de la resistencia cristiana y, finalmente, atacó a la misma Jerusalén, que logró tomar en 1187.

Una vez perdida la ciudad que guardaba el Santo Sepulcro, parecía como si la empresa de los cruzados hubiera perdido su sentido. Sin embargo, las cosas habían cambiado mucho. La posesión de algunos puertos importantes en la costa mediterránea del Levante había contribuido, durante el siglo XII, a estimular un enorme desarrollo del tráfico comercial en Europa occidental.

Estos intereses —no religiosos sino comerciales —obligaban también a conservar las posiciones logradas; a ello se debió que el impulso que se había desatado a fines del siglo XI se mantuviera ahora; y, en efecto, tras la pérdida de Jerusalén, nuevas expediciones llegaron al Oriente para combatir contra los infieles y asegurar el mantenimiento del rico comercio que de modo tan satisfactorio re percutía en Europa.

LA TERCERA y LA CUARTA CRUZADAS

La noticia de la caída de Jerusalén y del repliegue de los cristianos a los puertos del Mediterráneo movió a los más poderosos reyes de Occidente a organizar una tercera Cruzada. Felipe Augusto de Francia, Ricardo Corazón de León, heredero de la corona inglesa, y Federico Barbarroja, de Alemania, se aprestaron para acudir con sus vasallos; los dos primeros convinieron una tregua en la guerra que sostenían y organizaron sus huestes para marchar a Siria, donde llegaron casi al mismo tiempo; Barbarroja, por su parte, se dispuso a cruzar Europa y llegó al fin al Asia Menor por Constantinopla.

Los esfuerzos de los tres reyes resultaron infructuosos. Barbarroja murió al intentar el cruce de la cordillera del Taurus, en 1190, y sus hombres se dirigieron a Siria maltrechos y diezmados. Por su parte, Ricardo Corazón de León consiguió apoderarse de San Juan de Acre, aumentando así el número de puertos con que contaban los negociantes europeos; pero, en cambio, Felipe Augusto decidió retornar sin intervenir mayormente en la lucha, debido a su disconformidad con la política seguida por su rival, Ricardo, que atendía con más diligencia a sus propios planes políticos que no al objetivo común de reconquistar Jerusalén. De este modo, la tercera Cruzada no logró la finalidad perseguida, aun cuando dejó una pequeña ventaja en favor de los cristianos.

Ya se veía que el impulso religioso que moviera a los primeros cruzados había sido desplazado por otros móviles, especialmente económicos. Pero cuando ello se puso totalmente en evidencia fue en el curso de la cuarta Cruzada. Organizada por caballeros franceses, sus jefes acudieron a los venecianos para que se encargaran del transporte marítimo de las fuerzas; los venecianos exigieron que, antes de dirigirse a Siria, los cruzados colaboraran con ellos en la lucha que por razones comerciales sostenían por entonces con Constantinopla, y una vez convenido así, lograron que la atención general se concentrara en esta operación que prometía a todos grandes ventajas. Los cruzados se dispusieron a la lucha, y tuvieron tal éxito, que, casi sin sospecharlo, se apoderaron en 1204 de la ciudad, en la que los francos establecieron un estado: el Imperio Latino de Oriente.

Este Estado duró hasta 1261, pero reducido a la región europea del antiguo imperio; los bizantinos, en cambio, se refugiaron en el Asia Menor y allí esperaron hasta que, en aquella fecha, pudieron expulsar a los conquistadores. En la región balcánica y en las islas del mar Egeo aparecieron, entre tanto, numerosos señoríos fundados por caballeros europeos, a quienes llamaban los franceses de Constantinopla para robustecer sus filas, y los comerciantes de todas las ciudades del Mediterráneo aprovecharon esta situación para intensificar sus actividades, cuyo rendimiento repercutió notablemente en la prosperidad de las ciudades y de la clase burguesa que predominaba en ellas.

LAS ÚLTIMAS CRUZADAS

Dos Cruzadas de muy distintos resultados se organizaron luego: la quinta, encabezada por el rey de Hungría y el caballero francés Juan de Brienne, y la sexta, dirigida por el emperador Federico II. Si la primera no logró resultado alguno, la otra dio como resultado el establecimiento de un extraño pacto entre el emperador cristiano —aunque excomulgado— y los musulmanes. Según ese convenio, la ciudad de Jerusalén pasó a manos cristianas, con excepción de aquellos barrios donde vivían musulmanes y estaba la mezquita; el emperador quedó también en posesión de una ruta de acceso al mar, y, de ese modo, se aseguró la continuidad de la peregrinación y, sobre todo, del desarrollo normal del comercio.

Finalmente, el rey de Francia Luis IX organizó otras dos cruzadas, que fueron las últimas. En 1248, San Luis dirigió sus huestes contra el Egipto y logró algunos éxitos en las primeras acciones, hasta conseguir ocupar la ciudad de Damieta; pero el rey decidió entonces internarse más de lo prudente en el territorio, y sus fuerzas fueron sorprendidas por la creciente del Nilo, en cuya circunstancia los musulmanes las derrotaron, tomando prisionero, aprovechando esa contingencia, al rey.

Cuando logró su libertad, gracias al pago de un subido rescate, Luis volvió a Francia, y más tarde comenzó a preparar una nueva expedición contra los infieles. En 1270 decidió emprender las operaciones y, llevado por el consejo de su hermano Carlos, rey de Sicilia, acometió contra Túnez, estado vasallo del Egipto y que tenía alguna importancia estratégica. Las operaciones no fueron desfavorables a los cristianos, pero mientras estaban bajo los muros de la ciudad sitiada, una epidemia hizo presa del ejército sitiador y el propio rey murió. Poco después, los franceses se apoderaron de la ciudad, y la cruzada terminó con esta operación, que se relacionaba sólo remotamente con su objetivo fundamental, aunque interesaba muy directamente al rey de Sicilia, Carlos de Anjou, bajo cuya directa influencia quedó esa región de allí en adelante.

CONSECUENCIAS DE LAS CRUZADAS

Las Cruzadas modificaron profundamente la vida medieval, y puede decirse que el siglo XIII —durante el cual comenzaron a percibirse sus consecuencias— separa dos períodos de caracteres harto diferentes: el período feudal y el período burgués.

En efecto, las repercusiones económicas, políticas y sociales de las cruzadas fueron múltiples. A la economía cerrada propia del orden feudal sucedió una economía abierta, desarrollada gracias al incremento que tomó el comercio marítimo occidental con motivo de la posesión de algunos puertos orientales y del control de Constantinopla a partir de 1204. Así comenzaron a crecer las ciudades y a desarrollarse las actividades comerciales e industriales, todo ello, naturalmente, en detrimento de la riqueza y poderío de los señores feudales. De aquí la profunda significación de las Cruzadas en el plano social. El crecimiento de esas actividades originó una economía monetaria con cuyo régimen se benefició la burguesía; esta clase creció en número y en poder, y bien pronto fue un factor decisivo en la vida social y política, porque su riqueza no sólo le proporcionaba medios para hacerse fuerte en las ciudades, sino también para intentar el avasallamiento paulatino de los señores.

Con todo esto, un nuevo panorama quedaba diseñado en la vida medieval; agréguese todavía que las largas expediciones diezmaron la clase de los caballeros y que la burguesía buscó y obtuvo el apoyo de los reyes a cambio de su ayuda en la lucha entre la monarquía y los señores feudales; así quedó quebrado el antiguo equilibrio y comenzó a perfilarse un nuevo orden social que va cuajando en los últimos siglos de la Edad Media y alcanza su esplendor en la Edad Moderna.


Las transformaciones en la sociedad feudal

Suele conocerse con el nombre de baja Edad Media el período comprendido entre el siglo XIII y el XV. Podríamos caracterizar este tiempo —atendiendo a las circunstancias que lo desencadenan y le ponen fin— como nacido a raíz de las Cruzadas y finiquitado en la época de la toma de Constantinopla por los turcos y los grandes descubrimientos geográficos de fines del siglo XV. Con respecto a la época feudal, todo va cambiando aceleradamente: los ideales de vida, las formas de la existencia cotidiana, las estructuras sociales y políticas. Pero lo que se presenta a primera vista ante el observador en los orígenes de esta mutación es, antes que nada, la transformación de la vida económica.

LAS TRANSFORMACIONES ECONÓMICAS

Con la disolución del Imperio Carolingio —y aun antes— la actividad comercial, que hasta entonces mantenía las características de la época romana, declina rápidamente en la Europa occidental cristiana; esta declinación significó para la Europa feudal un retorno a cierta forma de economía natural, cuyo ámbito es el feudo, sin que se insinúen esfuerzos para reconstruir los lazos económicos interfeudales o internacionales. El comercio mediterráneo quedó muy pronto en manos de los musulmanes, que, aunque raramente llegaban a las zonas cristianas, poseían en el Occidente los puertos de África, España e Italia para sus actividades. Sólo le hacían una pequeña competencia las naves bizantinas y venecianas, cuyo comercio, sin embargo, era bastante reducido por entonces.

Esta situación cambió considerablemente a partir de la primera Cruzada. La posesión de puertos en el Oriente, como Antioquía y San Juan de Acre, permitió el establecimiento de un tráfico regular entre el Oriente y el Occidente cristiano, del cual se beneficiaron algunos puertos italianos, como Génova, Pisa, Nápoles o Amalfi y, luego, algunos franceses o españoles, como Marsella o Barcelona. El resultado de este intercambio fue harto provechoso. Del Oriente se trajeron productos manufacturados y, especialmente, artículos de lujo, de modo que, con mucha frecuencia, bastaban a un negociante dos o tres viajes afortunados para amasar una considerable riqueza en buena moneda. Estos productos comenzaron a tener gran aceptación; las telas finas, los perfumes, los objetos de marfil o de ámbar, las maderas perfumadas, los aceites y tantos otros artículos fueron muy pronto imprescindibles en las cortes feudales y reales, que de groseras y rudas se tornaban refinadas y lujosas.

Muy pronto, el comercio y el naciente capital comenzaron a estimular las industrias, de modo que el tráfico se complicó con la exportación de objetos manufacturados de origen occidental. Así apareció muy pronto un comercio terrestre que puso en comunicación al Mediterráneo con algunas regiones del interior de Europa occidental y, además, con otro ámbito comercial sumamente importante: el del Báltico y el mar del Norte. En efecto, a partir del gran interregno alemán (1250-1273), las ciudades marítimas de Alemania comenzaron a desarrollar sin limitaciones una viva actividad comercial; Bremen, Hamburgo, Lübeck, Colonia y varias otras comenzaron a realizar no sólo un activo tráfico mutuo, sino también un comercio de vasto alcance que pronto las puso en relación estrecha con ciudades alejadas. Así se formó un sistema comercial que anudó ciudades tan distantes como Bergen, en Noruega o Novgorod, en Rusia —de donde provenían pieles y maderas—, y Londres, en donde se compraban lanas para las tejedurías; en este sistema entraron las ciudades alemanas nombradas y, además, ciudades flamencas como Amberes, Brujas y Gante, y holandesas, cual Rotterdam, Amsterdam y Utrecht.

Muchas de estas ciudades, como otras, francesas, italianas y españolas, comenzaron a desarrollar una vigorosa industria, ante el estímulo del naciente comercio internacional. Las ciudades flamencas y del Norte de Francia elaboraban las lanas que provenían de Inglaterra y comerciaban considerables cantidades de tejidos; los vinos y los objetos, de metal hicieron la riqueza de otras, y en todas comenzaron a aparecer los talleres, en los que hábiles artesanos producían en cantidad suficiente como para asegurar un ritmo comercial cada vez más acelerado. A esta organización comercial e industrial siguió, naturalmente, la aparición de una economía monetaria. Muy pronto, por sobre los comerciantes y los industriales, surgieron los banqueros y los financieros, cuya red internacional se extendió hasta unir las dos áreas comerciales: la del Mediterráneo y la del Báltico y el mar del Norte. Los valles de los ríos Ródano, Saona y Sena, así como los pasos que comunicaban a Italia con Alemania, fueron las rutas preferidas para este activa intercambio, cuyas repercusiones, sólo en los problemas políticos es fácil, advertir.

Con todo, la más importante consecuencia de estas transformaciones económicas fue el notable progreso de las ciudades. Actividades urbanas por excelencia, el comercio y la industria contribuyeron a hacer de las ciudades los núcleos sociales más importantes. A diferencia del período feudal, en el cual la vida es preferentemente rural, la baja Edad Media tiene su centro en las aglomeraciones urbanas que se van formando ante la incitación de un enriquecimiento fácil y rápido. Los mercados y ferias, los talleres, el puerto, las tiendas, las nacientes instituciones de crédito, todo contribuye a que la ciudad constituya un poderoso foco de atracción hacia el cual se encamina todo el que puede y aspira a mejorar su suerte. Y así se crean nuevas formas sociales, cuya trascendencia en la gran mutación que se está operando, es inmensa.

LAS TRANSFORMACIONES SOCIALES

Desde el punto de vista social, el hecho decisivo es la aparición de la burguesía. En efecto, dentro del orden feudal no cabían más que aquellos grupos que compartían el tipo de vida en el que predominaban los señores. La burguesía escapa del orden feudal y, desde que aparece, se pone frente a él porque no sólo no puede compartir sus ideales de vida y su régimen económico-social sino que sus intereses son profundamente diversos y hasta antagónicos.

Por su origen, la población burguesa proviene de las clases no privilegiadas dentro del orden feudal; los burgueses son antiguos colonos libres o aun siervos, que escapan de los dominios señoriales para acogerse a las libertades que ofrece la ciudad. Allí comienzan a rehacer su vida con el trabajo, y como su éxito proviene de su asiduidad, se incapacitan para seguir juzgando con benevolencia aquella otra forma de vida —la feudal— cuya concepción estriba en el enaltecimiento del ocio heroica o el ocio místico. Psicológicamente, feudalismo y burguesía son formas antinómicas; social y económicamente lo serán, pero de modo más categórico aun. El rico en dinero comienza a tener bajo su influencia, directa o indirectamente, a esos antiguos usufructuarios de tierras que no obtienen de ellas ganancias en moneda con las cuales puedan adquirir todo aquello que ahora se ofrece en el mercado y que parece imprescindible para mantener la jerarquía aristocrática. La burguesía tiene ahora un arma: el dinero; y con ella compra sus libertades políticas, sus privilegios municipales y la ayuda real para justificar su independencia de los señores.

LAS TRANSFORMACIONES POLÍTICAS

Fueron los reyes quienes más contribuyeron a acelerar esta mutación política que se adivinaba como inminente. Desde el siglo x, esto es, tan pronto como se insinúa el predominio señorial, los reyes comienzan la batalla contra sus ambiciones. Durante varios siglos no obtienen sino escasísimos resultados, pero desde que cuentan con el apoyo de la burguesía y, sobre todo, con el apoyo de su dinero, la batalla comienza a tornarse favorable para ellos.

Las cortes y los parlamentos se constituyen con burgueses y señores; los últimos están porque son, tradicionalmente, los consejeros del rey, pero los primeros se incorporan ya desde el siglo XII en algunos reinos, porque el rey aspira a que consientan en pagar en dinero ciertos derechos con cuyo monto espera proveerse de recursos para independizarse de la ayuda feudal. Así se constituye el tesoro real, gracias al cual adquieren los reyes poder e independencia; pero la burguesía recibe también importantes beneficios, porque se conceden privilegios o fueros gracias a los cuales la ciudad se convierte en municipio independiente también de la tutela feudal. La ciudad es, desde entonces, una entidad política que posee notable importancia en el juego político. Se gobierna a sí misma con escasas restricciones, y aun éstas procura suprimirlas en cuanto puede con nuevos privilegios adquiridos a fuerza de dinero o gracias a los ejércitos mercenarios que, también con su dinero, puede ahora formar. Poco tiempo después, si las circunstancias son propicias —como ocurrió en Alemania e Italia cuando el interregno alemán— las ciudades se tornan estados independientes. He aquí cómo, sobre la ya frágil trama del feudalismo, se dibuja una nueva ecuación de fuerzas políticas.


Los principales Estados en la baja Edad Media

Durante la baja Edad Media, tres Estados de la Europa occidental —Inglaterra, Francia y España— logran unificarse bajo la autoridad cada vez más firme de los reyes. Otros dos, en cambio, se mantienen disgregados, con grave perjuicio para su posición dentro del equilibrio político occidental; son Alemania e Italia.

FRANCIA E INGLATERRA

Un largo conflicto —la guerra de los Cien Años— vincula indisolublemente a estos dos países durante toda la baja Edad Media, no sólo por las relaciones que crea la guerra misma, sino por la similitud de situaciones que se plantean después de terminada.

Después del secular conflicto entre Capetos y Plantagenets, Francia e Inglaterra mantuvieron sus relaciones dentro de cierto inestable equilibrio. Los intereses de ambos países chocaban en algunas partes, especialmente en Guyena, donde los ingleses conservaban un señorío bajo el vasallaje del rey de Francia, y en Flandes, donde se habían creado ciertas diferencias de carácter económico. Estas últimas adquirieron con el tiempo carácter decisivo.

Las ciudades flamencas eran, ya en el siglo XIV, centros industriales y comerciales de considerable importancia; mantenían relación con Inglaterra, porque allí compraban las lanas que tejían sus talleres, y también con Francia, por cuyo territorio se hacía el tránsito de sus productos hacia el Mediterráneo, siguiendo preferentemente la ruta de Borgoña. En la época de Felipe el Hermoso, Francia dejó entrever ya su deseo de dominar Flandes, pero los flamencos resistieron y derrotaron al rey en la batalla de Courtrai, en 1302. Inglaterra se mantuvo prevenida, mas concertó un tratado con el rey de Francia, una de cuyas cláusulas era el matrimonio de Isabel, la hija de Felipe el Hermoso, con el rey de Inglaterra Eduardo II. Pero este vínculo no debía traer sino nuevas dificultades.

En efecto, después de Felipe el Hermoso, muerto en 1314, reinaron sucesivamente sus tres hijos varones, el último de los cuales murió en 1328 sin dejar herederos. El problema tocaba a Inglaterra, pues Eduardo III aducía derechos a la corona de Francia por su madre; pero los señores franceses resolvieron apelar a una vieja disposición franca para descartar la sucesión por línea femenina, y luego eligieron rey a Felipe de Valois, un sobrino de Felipe el Hermoso, que fue consagrado con el nombre de Felipe VI. Por el momento, Eduardo III aceptó la solución, pero cuando el rey de Francia quiso llevar adelante los planes de su abuelo y dirigió su atención hacia las zonas de influencia inglesa —el señorío de Guyena y las ciudades flamencas—, el conflicto se desató con violencia y Eduardo exigió el reconocimiento de sus derechos a la corona. Así comenzó, en 1337, la guerra que se llamaría de los Cien Años.

El primer período del conflicto se extiende desde 1337 hasta 1378. Los ingleses, con la ayuda flamenca, dominaron el mar del Norte y desembarcaron en Normandía en 1346, derrotando a Felipe VI en la batalla de Crécy y apoderándose luego del puerto de Calais. Las operaciones se paralizaron por una epidemia, pero, al reanudarse, los invasores lograron adentrarse en el territorio francés y derrotaron al rey Juan II —hijo de Felipe VI— en la batalla de Poitiers (1356). El rey cayó prisionero y poco después logró su libertad a cambio de un tratado —la paz de Bretigny— por el que cedía al rey inglés toda la costa occidental francesa desde Calais hasta el río Loira.

Francia cayó entonces en una terrible anarquía. El rey había perdido su prestigio, y los ejércitos mercenarios licenciados se desparramaron por las ciudades cometiendo toda clase de tropelías.

En esta situación, el nuevo rey, Carlos V, encargó a Beltrán Du Guesclin que reclutara todas esas fuerzas y las condujera a España para luchar al lado de Enrique de Trastamara, que se había sublevado contra su hermano, el rey Pedro I de Castilla. Du Guesclin organizó de ese modo un ejército eficaz que coadyuvó a la victoria de Enrique, y en 1369 regresó a Francia para utilizar sus fuerzas contra los ingleses. En una larga campaña, Du Guesclin, rehuyendo las batallas campales, logró derrotar a los invasores, quienes, en 1378, quedaron reducidos al puerto de Calais. Así terminó el primer período de la guerra, porque una conmoción política que se produjo por entonces en Inglaterra impidió que sus reyes pudieran ocuparse de las operaciones en suelo francés.

En efecto, durante el reinado de Ricardo II (1377-1399) ocurrieron en Inglaterra algunos serios conflictos sociales y políticos. El rey tuvo que abdicar y, con él, cayó la dinastía de los Plantagenet, cediendo el paso a una de sus ramas colaterales, los Lancaster. Enrique IV llegó al trono y ejerció su autoridad con entereza desde 1399 hasta 1413, pero la necesidad de atender a su propia seguridad le impidió que pudiera dirigir su atención a la guerra con Francia. En 1413 lo sucedió Enrique V, quien, ya seguro en su país, reinició las hostilidades.

Entre tanto, también en Francia la situación se había hecho difícil. Los borgoñones, tradicionalmente unidos a Flandes por sus intereses económicos, no aprobaban la política seguida contra Inglaterra, de modo que, al presentarse una ocasión favorable, quisieron apoderarse del poder. La ocasión fue la llegada al trono, en 1380, de Carlos VI, quien, poco después, demostró estar demente. Los partidarios del rey impusieron como regente al duque de Orleáns, pero el duque de Borgoña, Juan Sin Miedo, lo hizo asesinar, y provocó con ello una guerra civil que dividió a Francia en dos partidos: los borgoñones y los armagnacs.

En estas circunstancias se abre el segundo período de la guerra, con la invasión inglesa en 1413. Poco después, los borgoñones sellaron su alianza con los ingleses y contribuyeron a derrotar a los armagnacs en la batalla de Azincourt, en 1415, tras de la cual rodearon al rey, poniéndole los vencedores bajo su tutela. Los armagnacs, entre tanto, rodearon al delfín Carlos y decidieron sostenerlo; pero en 1420 el rey Carlos VI firmó con los ingleses el tratado de Troyes, por el que desheredaba a su hijo y concedía a su hija en matrimonio al rey de Inglaterra, que, de este modo, se transformaba en presunto heredero de la corona de Francia.

La guerra tomó un nuevo giro en 1422. Ese año murieron Carlos VI de Francia y Enrique V de Inglaterra, y quedaron frente a frente los dos presuntos herederos; el delfín, Carlos, fue proclamado como Carlos VII por los armagnacs en tanto los anglo-borgoñones proclamaron a Enrique VI como rey de Inglaterra y Francia; en tal situación, la suerte comenzó a favorecer a los anglo-borgoñones, quienes reanudaron su marcha victoriosa a través del territorio francés, hasta que sitiaron Orleáns; pero allí ocurrió lo imprevisto: una muchacha que se sentía iluminada por Dios, Juana de Arco, comenzó a levantar el ánimo de las armagnacs y llegó a conmover al apático Carlos VII; su resolución permitió la salvación de Orleáns y, sobre todo, la reactivación de la campaña; Carlos VII fue coronado solemnemente en la reconquistada Reims, y sus defensores se aprestaron para intensificar su lucha. Sin embargo, Juana de Arco no tuvo la fortuna de asistir al triunfo; tomada prisionera, los borgoñones la vendieron a los ingleses, quienes la hicieron condenar a muerte en 1431. Pero su semilla fructificó, y, más tarde, los borgoñones decidieron unirse a sus compatriotas desligándose de la alianza extranjera. El tratado se firmó en Arras en 1435, y, desde entonces, la reconquista del territorio francés comenzó a avanzar. Así, hacia 1453, sólo el puerto de Calais quedaba en poder del invasor, que no pudo volver a iniciar nuevas operaciones por los conflictos que conmovían a Inglaterra.

Efectivamente, la derrota de las armas inglesas repercutió desfavorablemente en el país, y se hizo responsable de ella al rey Enrique VI. La discordia renovó el conflicto dinástico, y el duque de York negó a los Lancaster el derecho al trono, sosteniendo que su casa tenía para ello mejores títulos. Poco después de la casi total evacuación de Francia, en 1455, los York se sublevaron contra la autoridad del rey y dieron comienzo de esta manera a la guerra que se conoce con el nombre de las Dos Rosas, porque una roja servía de insignia a los Lancaster y una blanca caracterizaba a los York.

En 1461 triunfaron los York, que dieron a Inglaterra dos reyes, Eduardo IV y Ricardo III; pero las violencias no cesaron y las luchas señoriales —terribles y sangrientas— continuaron. Al fin, en 1485, un Lancaster, Enrique Tudor, se sublevó contra Ricardo y, con un ejército preparado en Francia, invadió el país y derrotó a Ricardo III en la batalla de Bosworth. La victoria dio al nuevo rey —Enrique VII— una autoridad total, y los señores se vieron reducidos a la impotencia, no sólo por las bajas que se habían producido en sus filas durante la guerra civil, sino también por la enérgica política de Enrique VII, que asentó su autoridad sobre el principio de su absoluto derecho de conquistador. Así puede decirse que concluyó el feudalismo inglés como fuerza política.

Un proceso semejante, aunque más lento, se observó en Francia. Los reyes que sucedieron a Carlos VII trataron de reducir a los grandes feudales, y en esa tarea se destacó Luis XI, que reinó desde 1461 hasta 1483. Valiéndose de una extremada astucia, Luis XI consiguió neutralizar el poder efectivo de los señores más temibles; sólo uno parecía realmente peligroso por la magnitud de su poder: el duque de Borgoña Carlos el Temerario. Luis lo hizo combatir por los pueblos vecinos —los suizos especialmente— y tuvo la fortuna de que su rival muriera en el sitio de Nancy, en 1477. Desde entonces, la autoridad de los reyes franceses fue, como en Inglaterra, firme y casi absoluta, porque los señores, aunque conservaron largo tiempo los privilegios feudales, dejaron de poseer significación política.

ESPAÑA

A partir del siglo XIII, los musulmanes habían quedado reducidos en España al reino de Granada, en el sudeste de la península. Rodeábanlo los reinos cristianos, que por entonces eran cuatro: Navarra, Aragón, Portugal y Castilla, de los cuales sólo el último mantenía, aunque en pequeña medida, la lucha contra los infieles.

En efecto, tanto Navarra como Portugal carecían de fronteras directas con territorio musulmán; Portugal, por su parte, trataba de tomar nuevamente contacto con los infieles de África, pensando que podría atacarlos por la retaguardia si desembarcaba en las costas atlánticas, donde además, podía hallar riquezas valiosas que tonificaran su economía. A su vez, Aragón había orientado su política hacia el mar; después de las Cruzadas, y especialmente después de la conquista de Constantinopla por los franceses, Aragón se dedicó activamente a la guerra y al comercio marítimos; Jaime I el Conquistador se había adueñado de las islas Baleares en 1229; Pedro II conquistó Sicilia en 1283; y, finalmente, Alfonso V logró quedarse con todo el reino de Nápoles, en tanto que, desde el siglo XIII eran numerosos los señores aragoneses que habían conseguido dominios en el Mediterráneo oriental. El objetivo de estas conquistas era el desarrollo del comercio; los puertos aragoneses vieron llegar ricos cargamentos que llenaban las arcas de la burguesía y dejaban pingües ganancias a los señores. Nada movía, pues, a los aragoneses a empeñar la lucha para conquistar el pequeño territorio que aún poseían los musulmanes en la península, territorio que, por lo demás, habría que compartir con Castilla.

Eran los castellanos quienes sí tenían verdadero interés en completar la reconquista. Si durante los últimos siglos de la Edad Media las operaciones fueron reducidas, ello se debió a que los conflictos internos que minaban el reino impidieron que se organizara un esfuerzo continuado para realizarlas con éxito. En efecto, frecuentes guerras civiles habían carcomido a Castilla. Ya durante la segunda mitad del siglo XIII, el rey Alfonso el Sabio se vio empeñado en una guerra con sus propios hijos, pese a lo cual trató de continuar la guerra contra los infieles, con escaso resultado. Y a principios del siglo XIV, una invasión de los Beni Merines obligó al rey Alfonso XI a realizar un vasto esfuerzo contra ellos, gracias al cual logró derrotarlos en la batalla del Salado, en 1340.

El reinado de Pedro I (1350-1369) se vio oscurecido por la lucha que debió sostener contra la nobleza insurrecta y acaudillada por su propio hermano Enrique de Trastamara. Con la ayuda de Du Guesclin, Enrique triunfó y reinó desde 1369 hasta el año 1379, en que lo sucedió Juan I; fue este rey quien pretendió anexarse Portugal, fracasando en su empeño al ser vencido en la batalla de Aljubarrota, en 1385.

Ni el reinado de Juan II ni el de Enrique IV fueron épocas propicias para la reconquista. La nobleza estaba dividida en facciones que luchaban constantemente entre sí, y los caballeros posponían la lucha contra el infiel a sus intereses banderizos.

Se sucedían las pequeñas aventuras, pero ninguna operación militar de aliento se emprendió por entonces con éxito. Al promediar el siglo xv, el aspecto del reino castellano colmaba de dolor a los espíritus elevados, que lamentaban la magnitud de los vicios y la incapacidad de los reyes.

Sin embargo, las cosas cambiaron bien pronto. Isabel la Católica ocupó el trono de Castilla en 1474, y su entereza devolvió al reino su perdido esplendor; se había casado poco antes con Fernando de Aragón, que recibió la corona de ese reino en 1479, y, así unidos los dos más poderosos reinos cristianos, la situación se tornó favorable para reanudar la lucha contra los musulmanes.

Aspiraron los Reyes Católicos a realizar la unidad de la España cristiana, y, si no lo lograron, dieron al menos algunos pasos decisivos para conseguirlo. Uno de ellos fue la expulsión de los musulmanes de Granada, que consiguieron después de una importante campaña en 1492. Pero, al mismo tiempo, trataron de tomar otras medidas destinadas al mismo fin. Así, procuraron suprimir la antigua autonomía de los municipios, la prepotencia de los señores, el poder de las órdenes militares, y todo cuanto pudiera oponerse a la autoridad real. A tal fin conducía la creación, en los concejos municipales, del cargo de corregidor, cuya misión era representar la opinión del rey en el seno de esas corporaciones, y que llegaron a absorber totalmente la jurisdicción concejil. Igualmente revelaba el mismo propósito la creación de la Santa Hermandad para que ejerciera la policía en los dominios señoriales donde antes no entraba la autoridad real; y no tenía otra finalidad la hábil política de Fernando, gracias a la cual consiguió dominar a las órdenes militares —la de Alcántara, la de Santiago y otras—, cuyo poder quedó desde entonces en sus manos.

Si estas medidas conducían a lograr la unidad política, la creación o reorganización del tribunal del Santo Oficio tenía como finalidad asegurar la unidad religiosa de España, comprometida por los numerosos judíos y musulmanes que aún vivían en el territorio.

Los Reyes Católicos dieron a sus dos reinos —que mantenían, sin embargo, una absoluta independencia mutua— una orientación política común. En ambos se procuró que el poder real fuera fuerte; en ambos se trató de que las Cortes representaran a la burguesía rica, que podía proporcionar importante ayuda económica; en ambos se trató de restringir las leyes o tradiciones que acordaban excesivos privilegios a los señores. Así se preparó la efectiva unidad de España, que luego realizó, de hecho, el nieto de los Reyes Católicos, Carlos V.

ALEMANIA

Después de la muerte de Federico II, el papado consiguió conjurar el peligro que lo amenazaba; en efecto, durante veintitrés años no se eligió emperador, y la enérgica política de los Hohenstaufen quedó malograda. Las consecuencias del interregno alemán —que se prolongó desde 1250 hasta 1273— fueron inmensas. Los emperadores elegidos después de esta última fecha carecieron, en general, de recursos para emprender una política centralista frente a los grandes feudales, los cuales, en consecuencia, afirmaron su autonomía y tornaron el Sacro Imperio Romano Germánico en una ficción con la que se encubría una suma de Estados independientes.

En 1356, los señores más poderosos lograron que el emperador Carlos IV estableciera —en un documento que se llamó la Bula de Oro— el sistema para la elección imperial. De allí en adelante, sólo siete señores elegían al emperador: los obispos de Colonia, Tréveris y Maguncia, el rey de Bohemia, el duque de Sajonia, el conde del Palatinado y el margrave de Brandeburgo. Los demás señores sólo tenían posibilidad de hacer oír su voz en la dieta o asamblea del imperio, que convocaba el emperador. Así se fue creando un sistema de dominación que controlaban los feudales más poderosos, en cuyas manos quedaba prisionero el emperador.

Con todo, los duques de la casa de Habsburgo —a la que pertenecía el primer emperador elegido después de 1273— consiguieron que la elección recayera repetidas veces en su familia. Salvo algunas interrupciones, ejercieron el restringido poder imperial durante largos períodos, y, a fines del siglo xv, Maximiliano de Habsburgo hizo esfuerzos eficaces para robustecer su posición.

Evidentemente, no resurgiría el poder imperial en Alemania. Se oponían a ello los grandes señores; pero no se oponían menos las grandes ciudades comerciales e industriales del Hansa germánica. Su aspiración fundamental era. que el poder político no dificultara en modo alguno sus actividades mercantiles, mas, en última instancia, preferían el gobierno propio y procuraban no ceder en sus pretensiones. Esa resistencia sorda de todos los elementos del imperio restringió las posibilidades de establecer un gobierno central fuerte; pero no impidió menos la unificación del país. En efecto, cuando las principales potencias occidentales se aglutinaban bajo el poder real, Alemania mantuvo su estructura feudal, razón por la cual entró en la Edad Moderna con una marcada desventaja en la lucha por el equilibrio del poder.

ITALIA

Desde hacía siglos, Italia no era sino una unidad geográfica, dentro de la cual coexistían diversos poderes políticos. Durante la baja Edad Media eran numerosos los Estados que se habían constituido; en el Sur hubo dos: Sicilia y Nápoles, que, habiendo estado unidos hasta el siglo XIII, se separaron luego y volvieron a unirse en el siglo xv bajo la autoridad de la dinastía aragonesa; en el centro estaban los Estados papales, en los cuales había algunas ciudades importantes y muchos señoríos que gravitaban considerablemente en la política de los pontífices; y en el Norte, en fin, estaban las ricas ciudades libres, que constituían por entonces uno de los núcleos más importantes de la vida económica del Mediterráneo.

En general, estas ciudades habían pertenecido —o pertenecían— al Sacro Imperio, pero habían logrado, total o parcialmente, su independencia. Esta situación se debía al esfuerzo de la activa burguesía que, en el comercio, en la industria o en las finanzas, había logrado acumular grandes riquezas, con las cuales la ciudad podía asegurar y defender su autonomía. En efecto, casi todas las ciudades lograron sus privilegios con su dinero; pero no es menos cierto que, muy pronto, organizaron ejércitos mercenarios que pudieran servirlas; los condotieros o jefes a sueldo los mandaban con mayor o menor fidelidad, y algunas ciudades guardaban recuerdo imborrable de sus hazañas; así Venecia y Padua inmortalizaron en el bronce a Colleoni y a Gattamelata, por obra de Verrochio y Donatello.

Gobernadas por la burguesía, las ciudades italianas solían dividirse en partidos políticos que, con frecuencia, correspondían a intereses encontrados de diversos grupos; a veces, las reyertas civiles adquirieron proporciones de verdadera guerra, y, casi siempre, denotaban una extraordinaria intensidad en las pasiones.

En el Norte, podían advertirse, en la baja Edad Media, tres núcleos bien definidos. Milán aglutinaba al Piamonte y la Lombardía y ponía bajo su autoridad a Génova, que le servía de puerto; Venecia reunía todo el este de la llanura italiana del Norte y extendía su influencia por la costa adriática; y, finalmente, Florencia tendía a tornarse cabeza de la Toscana y extendía aun más allá su acción económica.

Milán había llegado a ser la ciudad más importante de la Liga Lombarda, constituida en el siglo XII para luchar contra el emperador de Alemania; desde entonces, y pese a algunos reveses, no había dejado de prosperar económicamente por la actividad de su comercio y sus industrias; así, llegó un momento en que sus fuerzas militares —constituidas por soldados pagados y mandadas por un condotiero— debieron ser considerables para asegurar su hegemonía. Esta circunstancia trastornó su vida política; los condotieros se apoderaron del poder y la ciudad perdió su antiguo régimen democrático para transformarse en un ducado, beneficiándose con la dignidad ducal los Visconti primero y los Sforza después.

Por su parte, Venecia marchó desde el régimen democrático hacia una aristocracia comercial cada vez más hermética. La ciudad había medrado gracias a sus relaciones con el Imperio Bizantino, que le habían permitido desarrollar un comercio bastante activo por las rutas del mar Adriático y del Mediterráneo oriental; después de la cuarta cruzada —en 1204— esas rutas pasaron a ser exclusivas de Venecia, que se enriqueció enormemente, pues por aquéllas se difundía en Europa el comercio de Oriente que llegaba a la rica ciudad del Bosforo. En los últimos siglos medievales, la riqueza que afluyó a la ciudad se fue concentrando en las manos de los negociantes más poderosos, los cuales procuraron restringir el acceso al poder de todos los que no pertenecían a su pequeño círculo. Esa aristocracia mercantil fue la que, en realidad, gobernó la ciudad. Si al frente del gobierno había un dòge, que tenía la apariencia del poder, en la práctica todos los mecanismos políticos contribuían a asegurar a los ricos comerciantes el control de la vida pública; y cuando alguno de los dòge pretendió ejercer un poder personal, la aristocracia mercantil cayó enérgicamente sobre él y desbarató sus planes.

Desde el siglo xv, la situación de Venecia comenzó a debilitarse; la aparición de los turcos otomanos y su progresivo dominio del Mediterráneo oriental comenzaron a limitar las posibilidades comerciales de la ciudad del Adriático y la obligaron a buscar en Italia su área de expansión; de ese modo se vio mezclada en las luchas que ensombrecieron la península a fines del siglo xv, y en ellas comenzó a perder la situación de predominio que había alcanzado como potencia marítima.

Florencia, por su parte, hizo su fortuna con el trabajo de sus talleres y de sus artesanos. Si las tejedurías tuvieron que soportar al principio la competencia de la producción flamenca, en cambio la industria de lujo, y especialmente la orfebrería, le permitió afirmar su riqueza; poco después, el afinamiento de su industria textil le aseguró una posición destacada, y su situación en el centro de Italia le proporcionó una actividad comercial singularmente fructífera. Así surgió en Florencia una burguesía rica y próspera, ambiciosa e inteligente; la pasión del poder dividió a los florentinos en facciones que lucharon con frecuencia entre sí; primero los güelfos y gibelinos; luego los blancos y los negros; finalmente, los gremios de intereses encontrados. Esta larga sucesión de conflictos civiles dio una notable intensidad a la vida política florentina, y, al fin, permitió el encumbramiento de una familia de banqueros que dominó todos los resortes de la vida pública. Esta fue la famosa familia de los Médicis.

La influencia de Florencia se extendió poco a poco por toda la Toscana; una a una cayeron bajo su autoridad las más importantes ciudades vecinas, y Pisa se tornó el puerto de toda la región, bajo la autoridad de Florencia. De ese modo, entró en competencia con los otros dos grandes núcleos políticos de la Italia septentrional —Milán y Venecia— y esta situación contribuyó a afirmar el desmembramiento de Italia. En efecto, como Alemania, Italia se mantuvo disgregada y fue, por su riqueza y su debilidad, la presa ambicionada de los poderosos estados vecinos que se habían consolidado formando unidades de poder cuyo potencial superaba al de los pequeños estados italianos: España y Francia.


La filosofía, las letras y las artes en la baja Edad Media

La baja Edad Media es una época de intensa actividad espiritual. fue un hecho decisivo la aparición de una numerosa burguesía que, concentrada en las ciudades, contó con medios para estimular el desarrollo de la cultura; esa burguesía nutrió los cuadros de las universidades, y de su seno salieron numerosos ingenios que se destacaron en las letras y en las artes; ella costeó también la construcción de monumentos en los que brilló la inspiración plástica; y, sobre todo, ella inspiró la renovación de ideales de vida que animarían, en los últimos siglos medievales, la vida del espíritu.

LA TEOLOGÍA Y LA FILOSOFÍA

La intensa preocupación por los problemas religiosos que manifestó la Edad Media tuvo, en este último período, una característica singular. Las Cruzadas habían puesto a los cristianos de la Europa occidental en contacto con un mundo que durante siglos habían ignorado; en el Imperio Bizantino y en las zonas de influencia musulmana que habían conocido aprendieron que en las doctrinas heterodoxas e infieles se ocultaba cierta dignidad de pensamiento que no podía invalidarse con la simple condenación; y aprendieron también que la tradición del saber antiguo estaba viva en muchos lugares, de todo lo cual podía inferirse que el Occidente cristiano no constituía, por cierto, la región de mayor brillo espiritual. Esta comprobación quedó grabada en muchos espíritus, y por eso las Cruzadas modificaron, indirectamente, el panorama de la cultura occidental.

Si en los aspectos profanos se manifestó este intenso afán de renovación, en los estudios religiosos no dejó tampoco de advertirse. La incredulidad había cundido como consecuencia de tanto andar y ver; debido a esto, la preocupación religiosa se orientó hacia la renovación de sus métodos y así se fortificó el método escolástico, cuyo principio elemental era el afán de probar con argumentos racionales las verdades que la fe intuía. La Escolástica la había fundado, en el siglo XI, San Anselmo; la desarrollaron con intensidad en el siglo siguiente Abelardo y Juan de Salisbury, y culminó, finalmente, en el siglo XIII, con Alberto Magno, Tomás de Aquino y Duns Escoto. Es, sobre todo, la Suma Teológica del segundo la más formidable creación del genio escolástico.

LAS UNIVERSIDADES. — La enseñanza de la teología constituyó el núcleo central de las universidades, que comenzaron a florecer en el siglo XII. A estos estudios se agregaron los de derecho —tanto el civil como el canónico— y los de medicina, sin contar con la filosofía que, dentro del pensamiento de la época, se consideraba como “sierva de la teología”. Bolonia, París, Oxford, Salamanca, Cambridge, Praga y otras ciudades fueron las primeras que contaron con universidades en Europa.

Las universidades se constituyeron por disposición pontificia las más de las veces, aunque en ocasiones fueron los reyes quienes dispusieron su creación. Eran centros de estudio que agrupaban a profesores y estudiantes, venidos unos y otros, casi siempre, de lejanas regiones para enseñar o para aprender. A falta de libros, el profesor solía leer el texto que constituía el núcleo de la lección, y luego desarrollaba sus glosas. Si en el campo de la teología fue notable la influencia de las universidades —de ellas salió el movimiento conciliar que negaba la autoridad omnímoda del papa— no lo fue menos en el de los estudios jurídicos, en el que se echaron las bases del renacimiento del derecho romano. Con estos juristas de nuevo cuño contaron los reyes para afirmar su poder frente a los señores feudales, y ellos constituyeron los consejos de Federico II de Sicilia, de Felipe el Hermoso de Francia y de tantos reyes empeñados en la misma lucha.

Este desarrollo de los estudios exigió que se difundieran los libros; la copia de manuscritos fue una industria importante, y debido a la enorme demanda que comienza por esta época empiezan a realizarse los primeros intentos para las ediciones múltiples, esfuerzos que culminarán con el invento de la imprenta.

LA LITERATURA

También la literatura recibió un considerable estímulo con el acceso de la burguesía al plano de la cultura. En el Libro de buen amor, del Arcipreste de Hita; en los Cuentos de Canterbury, de Chaucer; en el Libro de los ejemplos del Conde Lucanor, del infante don Juan Manuel; en El gran testamento, de François de Villon; en el Decameron, de Boccaccio, en El Corbacho, del Arcipreste de Talavera —todas ellas obras representativas de la literatura de la baja Edad Media— se advierte cómo se refleja no sólo el ambiente de las ciudades, sino también los nuevos módulos que rigen la vida y la conducta.

También satisfacía al gusto burgués —por vía de compensación— la novela de caballerías, último destello de la inspiración caballeresca, en la que se mezclaba ya el interés por lo exótico y maravilloso que habían suscitado las Cruzadas. Y en las cortes de Italia o de España recibían el agasajo de los poderosos los poetas que, en lengua vulgar, reflejaban los más delicados sentimientos; fue Dante, con sus poesías de La vida nueva, quien inauguró esta escuela en la que brillaría sobre todo Petrarca, el dulce poeta de los sonetos a Laura, y, en España, el marqués de Santillana y los poetas galaico-portugueses.

Con todo, la más grave voz de la Edad Media resonó en Dante, cuando resumió en la Divina Comedia el nuevo gusto literario y la tradicional concepción de la vida. Dante Alighieri admiraba a Virgilio e impuso su admiración por los poetas latinos; en la Divina Comedia, la inspiración de Virgilio es innegable, pero está saturada por el pensamiento doctrinario del cristianismo. Y en el Paraíso —donde no aparece ya Virgilio, que lo había conducido por el infierno y el purgatorio— surge la figura de Beatriz, la amada inalcanzada, reflejo de una concepción de la mujer nutrida de los antiguos y los nuevos ideales.

LAS ARTES PLÁSTICAS

El desarrollo de las ciudades dio un nuevo impulso a las artes plásticas. Ya el estilo románico había diseñado una tendencia arquitectónica bien definida, que se puso de manifiesto en castillos y catedrales; pero el estilo románico poseía cierta simplicidad —de abolengo clásico— que no satisfizo el gusto de los burgueses, a los cuales la riqueza y el conocimiento de las artes orientales conducían a una concepción monumental y ornamental de la arquitectura. Así, sobre los esquemas constructivos del estilo románico, comenzó a elaborarse un sistema arquitectónico más complejo: el estilo ojival, llamado también estilo gótico.

Los monumentos más notables del estilo ojival fueron las catedrales. Emplazada en un lugar prominente de la ciudad, la catedral debía ser el orgullo de sus habitantes; se la construyó generalmente con la ayuda económica de todos y aun con el trabajo desinteresado de muchos; por eso se elevó despaciosamente, cambiando a veces el plan primitivo, y agregando siempre lo que, según los gustos predominantes, podía hacerla más hermosa, más llamativa, más imponente. Obra colectiva, la catedral era no sólo un monumento a la fe sino que lo era también al poderío material de la burguesía.

Las catedrales ojivales mantuvieron la planta de las románicas. Solían tener tres o cinco naves separadas entre sí por hileras de columnas, y no faltaba la nave transversal, que formaba el crucero, ni los ábsides, que perfeccionaban su diseño. La mayor ostentación solía estar en las fachadas, que presentaban tantos pórticos como naves, componiéndose cada uno de ellos de una puerta y un conjunto ornamental de columnas y arcos. A los costados y en el centro se levantaban las torres, en número variable según la suntuosidad de la construcción.

Como en el estilo románico, la iluminación del interior se lograba por medio de ventanas que se cerraban con vitrales de fino trabajo. Uniendo fragmentos de vidrio, con unas varillas de plomo se perfilaban figuras de fino dibujo y colores vivos; gracias a estos vitrales —que, a veces, como en la catedral de Chartres, son obras maestras en el género— las catedrales recibían una luz tenue y coloreada que creaba un ambiente recogido y espiritualizado. En el frente, solía hallarse un rosetón —ahora de arcos ojivales— que también se cerraba con vitrales.

Lo propio del estilo ojival es la prolijidad con que se confeccionaban todos sus elementos. La enorme altura de las naves obligaba a reforzar exteriormente los muros con unos arbotantes, cuya piedra se labraba cuidadosamente; lo mismo pasaba con las columnas, que debían ser sólidas, aunque se aligeraban uniendo en haces varias columnas finas y esbeltas y rematadas en hermosos capiteles esculpidos. Pero donde el gusto ornamental quedaba más en evidencia, era en las numerosas estatuas que adornaban el templo. Ya los pórticos mostraban enjambres de figuras —una por columna— cada una de las cuales merece hoy la admirativa contemplación del entendido. En el interior, en las hornacinas y capillas, se veían imágenes llenas de patetismo y de belleza formal, en las que, naturalmente, no primaban los principios estéticos del clasicismo sino otros cánones originales, nacidos del sentimiento propio de la época.

Quizá haya sido en Francia donde el estilo ojival alcanzó más alto esplendor. Las catedrales de París, Reims, Chartres, Amiens, Laon, Estrasburgo, Bourges y tantas otras ponen de manifiesto la audacia de la concepción y la finura de la labor de los arquitectos y artesanos. En Alemania se destacan las catedrales de Colonia, de Francfort, de Tréveris, de Ulm y de Ratisbona, y las iglesias de San Sebaldo y San Lorenzo en Nuremberg. Deben citarse, en otros países: en España, las catedrales de Toledo, Burgos, Ávila, Sevilla y Barcelona; en Bélgica, la iglesia de Santa Gúdula, en Bruselas y la catedral de Malinas; en Italia, las de Milán y Bolonia; en Inglaterra, las de Salisbury, York y Lincoln.

Además de las catedrales, se construyeron en estilo ojival algunos monasterios magníficos por su estructura arquitectónica y su decoración; pero no se agota con esto la veta de este estilo, sino que queda todavía por señalar la importancia que adquirió por entonces la arquitectura civil.

Los edificios más característicos fueron las casas municipales y los mercados. Las casas municipales eran vastos edificios de varios pisos en los cuales tenía su sede el gobierno de la ciudad; estos edificios fueron particularmente suntuosos en las ricas ciudades comerciales y, sobre todo, en las ciudades libres. Como la catedral, la casa municipal era el orgullo de los ciudadanos y se solía confiar su decoración a los más afamados artistas, de modo que, tanto en su exterior como en los interiores, tales edificios presentaban un aspecto rico y agradable.

Merecen citarse, entre todos, los edificios del concejo de las ciudades de Malinas y Bruselas; son también hermosos ejemplares los de Brujas, en Bélgica; Oberlanhstein, en Alemania; Perusa y Venecia, en Italia, este último conocido con el nombre de “palacio de los dogos” y sumamente original por sus caracteres exteriores y el lujo de su decoración interior. También es muy característico el mercado de Brujas y no lo es menos la Casa Lonja de Zaragoza.


El Imperio Bizantino, los mogoles y la invasión de los turcos otomanos

Gracias a la ayuda de los caballeros cristianos, el Imperio Bizantino logró contener la grave crisis del siglo XI, provocada por los turcos seldjúcidas; pero los mismos que entonces lo ayudaron fueron los que, más tarde, a principios del siglo XIII, se lanzaron contra Constantinopla, conquistando todo el territorio europeo del imperio; los bizantinos se hicieron fuertes en el Asia Menor, donde esperaron la ocasión propicia para reconquistar los territorios perdidos; y allí pudo Miguel Paleólogo preparar las fuerzas que, finalmente, en 1261, lograron vencer la resistencia del Imperio Latino de Oriente y aniquilarlo. Así volvió a tener el Imperio Bizantino todos sus antiguos dominios; pero la posesión de tan extensas regiones trajo consigo todas las viejas dificultades, a las que muy pronto se agregarían otras nuevas.

En efecto, por la frontera danubiana apareció ya en el siglo XIV la amenaza de un pueblo invasor, los serbios, que muy pronto logró su propósito y se apoderó de un extenso territorio en la costa occidental de la Península Balcánica. Pero el mayor peligro —con ser muy serio— no fue el del Norte, sino el que se anunció en ese mismo siglo por el Sur, al aparecer una nueva ola mongólica que hizo temblar a Occidente: los turcos otomanos.

LOS MONGOLES

De la Mongolia habían salido en varias oportunidades gruesas masas emigratorias que se habían desparramado por toda el Asia, y que habían llegado luego a Europa hasta ocupar definitivamente algunas regiones. En el siglo v, las hordas de Atila dejaron como saldo de su paso un grupo relativamente reducido, los ávaros, que fue aniquilado después por Carlomagno. Los húngaros se instalaron más tarde —en el siglo X— en la región que hoy ocupan, y, por cierto, abandonaron sus hábitos primitivos y se convirtieron al cristianismo en tiempos del rey San Esteban (997-1038). Pero a fines del siglo XII hizo su aparición otra ola mongólica, esta vez inmensa y terrible, cuyo jefe supo crear un inmenso imperio: Gengis Kahn.

Gengis Kahn salió del desierto de Gobi con sus huestes interminables y se lanzó a la conquista del Asia. Muy pronto logró apoderarse de las regiones orientales, en las que entró a sangre y fuego; luego se dirigió al Asia central y dominó, una tras otras, todas las comarcas que hallaba a su paso; finalmente se encaminó al Turquestán, y derrotó a los turcos, apoderándose de las ricas ciudades de Bokara y Samarcanda, grandes emporios del comercio de la seda. Las huestes mongólicas no pararon allí; unas se lanzaron sobre Persia y los Estados del califato de Bagdad, que lograron conquistar, y otras siguieron su marcha a través del Cáucaso y aparecieron en Ucrania, donde establecieron el reino de la Horda de Oro, el más lejano del vasto Imperio Mongólico.

LOS TURCOS OTOMANOS

A la muerte de Gengis Kahn, ocurrida en 1227, el imperio subsistió, aunque muy pronto comenzaran sus distintos reinos a separarse. Los turcos quedaron en libertad y se lanzaron hacia el Oeste, a fines del siglo XIII, donde los antiguos Estados del califato de Bagdad, disgregados desde la época de Gengis Kahn, se ofrecían como fácil presa. Los turcos, llamados por entonces otomanos por el nombre del jefe que los condujo a la victoria, conquistaron toda el Asia Anterior, y llegaron hasta la península de Anatolia; poco después pasaron a Europa y desembarcaron en los Balcanes, desde donde amenazaban la Europa central, porque parecían dispuestos a lanzarse por la tradicional vía de invasión del Danubio. Los Estados cristianos se pusieron rápidamente en guardia y organizaron un fuerte ejército al mando del duque de Borgoña Juan Sin Miedo, pero los turcos le ofrecieron batalla en Nicópolis y los derrotaron en 1396. Poco después los invasores se dirigieron a Constantinopla, y en 1402 le pusieron sitio; pero una circunstancia imprevista los obligó a abandonar prontamente sus posiciones.

TAMERLÁN. — En efecto, una nueva horda mongólica había irrumpido por el Este al mando de Timur, un jefe a quien los pueblos occidentales conocieron con el nombre de Tamerlán. En rápida y devastadora ofensiva había llegado hasta los dominios recientemente conquistados por los turcos otomanos, y en 1402 estaban en el corazón del Asia Menor. Los turcos abandonaron, pues, el sitio de Constantinopla y se dirigieron al encuentro de los mongoles, mas fueron vencidos en la batalla de Angora. El sultán Bayaceto, el héroe de la conquista de Europa, quedó prisionero de los mongoles y, por un momento, su obra pareció aniquilada.

No fue así, sin embargo. Antes que los turcos hubieran sido deshechos, Tamerlán murió en 1405 y los vencidos pudieron recomenzar su obra. Otra vez sus huestes se lanzaron sobre los Balcanes, y otra vez los turcos derrotaron a los cristianos que se habían organizado para resistir, a las órdenes del rey de Hungría. En la batalla de Varna, en 1444, los turcos quedaron dueños de la situación, y muy pronto pudieron marchar hacia su ansiado objetivo; Constantinopla.

LA CAÍDA DE CONSTANTINOPLA

Todo hacía suponer que los días de la antigua capital del Imperio estaban contados. En 1447, el emperador Juan VIII consiguió acordar una tregua con los otomanos, porque éstos estaban por entonces preocupados por asegurar su dominación en los Balcanes; pero poco después la ofensiva comenzó de nuevo, y Constantino IX —él último de los emperadores bizantinos— apresuró el fin con su inhábil política de provocación.

En abril de 1453, el sultán Mohamed llegó hasta los muros de Constantinopla y puso sitio a la ciudad. Una inercia suicida había paralizado al pueblo de la capital, al cual el clero incitaba a orar antes que a combatir; las tropas, en cambio, trabajaban febrilmente en la defensa, inutilizando las minas que colocaba el enemigo y rechazando los ataques parciales de los genízaros. Tan eficaz parecía la defensa, que el emperador Constantino rechazó la intimación del sultán para que entregara la ciudad. Pero sus esperanzas fueron vanas, y el 29 de mayo Mohamed ordenó el asalto, que concluyó en poco tiempo con la caída de la ciudad.

La mortandad fue espantosa. La ciudad quedó sembrada de cadáveres y por sobre ellos entró al siguiente día el sultán, cuando se dirigió a Santa Sofía para consagrarla como mezquita de la fe musulmana. El Imperio Bizantino había sucumbido, y con él un bastión poderoso para la defensa del occidente europeo.

LAS CONSECUENCIAS DE LA CAÍDA DE CONSTANTINOPLA

En efecto, la primera consecuencia que tuvo la caída de Constantinopla fue la transformación del panorama político europeo. Hasta entonces, el extremo sudeste de Europa no constituía apenas preocupación para cada uno de los estados occidentales, cuyo problema fundamental era el establecimiento de la hegemonía con respecto a sus vecinos. Desde entonces, en cambio, la principal preocupación debía ser atender a la amenaza de este nuevo Imperio que se había constituido en los Balcanes, el cual, a partir de este momento, no tenía rival que lo atemorizara en esas regiones.

Los estados occidentales no se engañaban. El Imperio Turco ambicionaba extender sus conquistas por Europa central, y no podía preverse si, en caso de favorecerlo la fortuna, no intentaría llegar más allá todavía. Para precaver tal peligro, sobró ánimo a los reyes cristianos, que no sólo veían amenazado su propio poder, sino también la religión cristiana y la cultura occidental. Una batalla afortunada contuvo a Mohamed frente a Belgrado en 1456. Desde entonces, y a pesar de que no abandonaba sus propósitos de lanzarse sobre el Occidente, se limitó a los territorios conquistados de los Balcanes, sin que por ello disminuyera la tensión que su amenaza provocara en Europa.

El domino de los turcos en el Mediterráneo oriental empobreció las ciudades comerciales e industriales de los reinos del Occidente. Esta circunstancia promovió la navegación atlántica, que tantas sorpresas y tantas ventajas deparó a Europa. No influyó poco, por otra parte, en ese movimiento espiritual que se conoce con el nombre de Renacimiento, porque fue considerable el número de hombres ilustrados que, ante la inseguridad y la amenaza, abandonaron sus países para refugiarse en Italia especialmente. Y, a la larga, suscitó un grave problema político relacionado con el destino de las comunidades cristianas sometidas a los turcos, el que alcanzó su mayor gravedad en el siglo XIX.


HISTORIA MODERNA


El ámbito de la cultura moderna

En el mundo occidental, un conjunto de circunstancias del más variado carácter —técnicas, económicas, sociales, espirituales— comenzó a operar en los últimos siglos de la Edad Media una transformación tan honda y decisiva que poco tiempo después había de alterarse fundamentalmente la fisonomía de su vida y su cultura. Esa época que se inicia por entonces, en fecha que no es fácil precisar, es la que suele llamarse “Edad Moderna”.

DE LA EDAD MEDIA A LA EDAD MODERNA

Suele decirse que ciertos hechos —sea la toma de Constantinopla por los turcos, sea el descubrimiento de América— pueden servir como hitos para separar la Edad Media de la Edad Moderna. Quienes se inclinan a favor de esta idea, suponen que hay entre las dos épocas una interrupción brusca, una mutación repentina que puede fijarse en el tiempo con toda exactitud. Así lo han sostenido algunos historiadores; pero hay otros que, por el contrario, opinan que las transformaciones que han motivado un cambio en la fisonomía de la vida y la cultura sólo se han operado paulatinamente, en forma gradual. Este punto de vista parece estar más de acuerdo con la realidad; en muchos aspectos es imposible advertir interrupciones súbitas, pero es fácil, en cambio, notar un proceso de progresivas variaciones. Se puede, pues, hablar de períodos de transición, y entonces es más fácil establecer algunas fechas.

Para quien observe las obras de arte, o lea las de filosofía o literatura, o estudie las instituciones, será evidente que en el largo plazo que corre entre los siglos XIV y XVI se produce en los países del oeste de Europa esa mutación mediante la cual se pasa de lo medieval a lo moderno. Podría precisarse aún más, y afirmar que hay en el transcurso del siglo XV signos evidentes de que por entonces se produce una crisis en la vida y en la cultura. Pero ninguna de estas fechas tiene un valor universal. En principio, valen para el mundo occidental en su conjunto, pero sólo es posible precisarlas si se analiza por separado el desarrollo de los distintos países que lo constituyen. Así, en Italia esa crisis se produce en el siglo XIV, en tanto que en los demás países se produce después, en el XV en unos y en el XVI en otros. Del mismo modo, tampoco la celeridad del proceso es igual en todas partes, pues mientras en algunas es acentuadísima, en otras es escasa.

No hay, pues, una cesura definida entre la Edad Media V la Edad Moderna, sino más bien un movimiento que nace en el seno de la primera y provoca el advenimiento de la segunda, movimiento en el cual, por otra parte, ni se destruye todo ni se crea todo de nuevo. Pero como puede ser necesario un punto de referencia para establecer los contrastes entre una época y otra, podría decirse que el tránsito se produce a través de la intensa crisis que se manifiesta, especialmente, a lo largo del siglo XV en el occidente de Europa y repercute inmediatamente en buena parte del mundo.

EL AMBITO GEOGRÁFICO DE LA CULTURA MODERNA

Durante la Edad Media, en efecto, la cultura occidental se caracteriza por su impotencia para desarrollarse y difundirse fuera del ámbito en que se había formado. Poco a poco apareció en ella esta tendencia a la expansión, y puede decirse que ese rasgo es uno de los que caracterizarán a la Edad Moderna. En plazo breve, los pueblos del occidente de Europa se lanzan a explorar los mares, toman posesión de territorios de los cuales apenas tenían antes noticias, y se establecen en ellos superponiendo su cultura y su civilización sobre la propia de los naturales del lugar. Se inicia entonces una “occidentalización” del mundo. América, Asia, África y, finalmente, Oceania, reciben en sus costas los grupos de pobladores desprendidos de la Europa occidental, y con ellos comienzan a recibir también las influencias culturales del Occidente. En algunos lugares, y especialmente en Asia, la influencia occidental ha tenido que librar una dura batalla con las milenarias tradiciones de cultura que prevalecían en ellos, y ha logrado solamente imponer las formas de la civilización material; pero en otros, en América, en Oceania y algunas regiones del África, su triunfo ha sido completo y puede decirse que esos territorios son hoy prolongaciones en las cuales se ensancha el ámbito de la cultura occidental. De ese modo, con la Edad Moderna, se produce una vasta expansión de la que fuera antes cultura específica del oeste de Europa, transformada por obra de esa tendencia difusionista en una cultura de alcance mundial. Advertimos desde ahora que ha sido, sobre todo, la capacidad técnica lo que ha permitido esa expansión; pero no se debe olvidar que tras esa capacidad técnica hay toda una concepción del mundo y de la vida que la ha hecho posible y que se filtra luego por las brechas que su superioridad técnica abre en el frente de las otras culturas que coexisten con ella.


La crisis del siglo XV y los albores de la Edad Moderna

Época de transición, el siglo xv muestra ya, sin embargo, en la Europa occidental, los signos inequívocos de una nueva época, distinta de la Edad Media. Distintas son las circunstancias económicas, sociales y políticas; distinta también la mentalidad que se va constituyendo en el hombre europeo; distinta la capacidad técnica puesta al servicio del designio de dominar la naturaleza; y distinto, en fin, el ámbito geográfico en que ha de vivir, en lo futuro, el hombre occidental. Esta diferenciación se opera, en su casi totalidad, en el siglo XV.

LA CRISIS ECONÓMICA, SOCIAL Y POLÍTICA

Durante la baja Edad Media, el régimen feudal había entrado en una época de declinación, y con él, todo el sistema económico que lo acompañaba. Acaso pudiera situarse el origen de este proceso en las Cruzadas y en las profundas transformaciones económicas que trajo consigo. De todos modos, lo cierto es que en el siglo XIV ya se insinuaba en algunos lugares de Europa un desarrollo de las manufacturas y del comercio que amenazaba —y habían ya condenado definitivamente— el tipo de economía agraria propio de aquellas épocas y regiones en que predominara el régimen feudal. Poco a poco, el centro económico de las comarcas dejó de ser la villa a cuyo alrededor se levantaba el horno, el lagar y el molino; ya no concluía allí el ciclo de la producción, la distribución y el consumo; ahora la actividad de productores y consumidores se concentraba en las ferias o mercados, alrededor de los cuales se levantaron muchas ciudades europeas. Allí se desarrollaba una naciente economía monetaria que había de adquirir suma importancia en poco tiempo, y allí se refugiaban los siervos fugitivos y los libres de baja condición que podían sustraerse a la explotación de los feudales poderosos. De ese modo se constituyó progresivamente una nueva clase social: la burguesía.

Nacida en las ciudades, gracias a la posibilidad de producir y vender libremente los productos que manufacturaba, la burguesía pudo prosperar por la ventajosa competencia que el dinero comenzó a hacer a la economía rural, pero sobre todo por el franco apoyo que le prestó la monarquía. El guantelete del rey colocado en lo alto de una pica significaba que en el mercado y en la villa toda se ejercía su alta protección. Y aun las ciudades en las que un señor laico o un obispo mantenía su autoridad, la secreta ayuda del monarca solía estimular a los burgueses a exigir una libertad cada vez mayor para su actividad económica y, a veces, para intervenir en la solución de los problemas internos de la ciudad.

En el siglo XV, esta burguesía era ya capaz, en efecto, de reclamar en todas partes la misma libertad que por entonces había conquistado en algunos lugares. Por otra parte, era la clase más ilustrada y casi siempre la más poderosa económicamente. Y como coincidía con la realeza en su odio a los señores feudales, sus miembros fueron elegidos para cumplir importantes funciones por los reyes que deseaban organizar su autoridad de manera tal que pudiera resistir a la tradicional influencia de la nobleza ensoberbecida. Debido a estas circunstancias, los ricos comerciantes, los poderosos manufactureros y los letrados eruditos, constituyeron una clase social que se opuso con energía a las pretensiones de predominio de la nobleza.

Empero, si los reyes protegieron a la burguesía no fue por altruismo. La necesitaban para afirmar su autoridad por sobre la nobleza, porque estaban librando, por esta época, una batalla decisiva contra ella. Luis XI de Francia, Enrique VII de Inglaterra, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón son los ejemplos típicos de este género de monarcas que aspiran a constituir un reino centralizado y regido por su autoridad omnímoda. Si lo lograron en mayor o menor escala, obra fue de las circunstancias; pero esa tendencia aparece señaladamente como uno de los rasgos más notables de esta época de transición. Y, ciertamente, Francia, Inglaterra, España y algunos otros estados, revelaron en el curso de la Edad Moderna que este proceso se había cumplido con éxito. La nobleza mantendrá sus privilegios sociales durante largo tiempo, mas su predominante influencia en la vida política declinaba de manera visible.

LA CRISIS ESPIRITUAL

A la burguesía naciente se debió también la intensa actividad espiritual que caracterizó los últimos siglos de la Edad Media. De sus filas salieron la mayoría de los monjes y los clérigos seculares que poblaban las aulas de las universidades medievales, ya fuera para enseñar, ya para aprender. Y a pesar de que la teología era la disciplina fundamental que se estudiaba en ellas, poco a poco comenzó a desarrollarse una inquietud intelectual que no se satisfacía con el contenido dogmático que entrañaba aquella enseñanza. De ese modo, se empezaron a buscar nuevos caminos, ya en los últimos siglos de la Edad Media, y por ellos se llegó a una paulatina transformación del espíritu occidental, que es perfectamente visible en el siglo XV.

No podría decirse que la concepción cristiana de la vida haya sido aniquilada, ni siquiera desalojada del primer lugar. Pero lo cierto es que se han constituido por todas partes minorías escépticas, que buscan otras orientaciones: unas a través de los autores paganos, estudiando la filosofía, la ciencia y la política que se escondía en las obras fundamentales que la Antigüedad había legado; y otras a través del estudio de la naturaleza y de sus fenómenos, ensayando nuevos métodos y arriesgando nuevas conclusiones.

Para estas minorías intelectuales —cuyas ideas conquistarían poco a poco otras napas sociales— el centro del universo, el objetivo fundamental de sus estudios y preocupaciones, el más alto valor a que procuraban referirse, no era ya el Dios de la teología cristiana, sino el individuo mismo y la naturaleza circundante, tras de lo cual cabía imaginar una divinidad que, sin embargo, difería en algo de la que imponía el dogma. Los humanistas del siglo XV no siempre se mostraban ateos, pero sus inquietudes intelectuales, los problemas que los angustiaban y las soluciones que proponían revelaban a las claras que no compartían aquellas creencias que predominaron totalmente algunos siglos antes. Ni siquiera los contenía la autoridad de las Escrituras, porque algunos sabios se atrevieron a afirmar —después de largos estudios— que no era la tierra sino el sol el centro del sistema planetario. Esta afirmación de Copérnico fue defendida, por las minorías cultas, y como ésta, otras muchas fueron expuestas y sostenidas a pesar de su heterodoxia. Una nueva sed de saber se ha apoderado del hombre, y para saber abandona el hombre la actitud sumisa frente a los dogmas y procura indagarlo todo según su mente y sus sentidos. Esta transformación espiritual anuncia más que ninguna otra cosa los albores de la modernidad.

NUEVOS PROGRESOS TÉCNICOS

El afán por conocer los secretos de la naturaleza no era sólo el resultado de una inquietud desinteresada; provenía también del marcado interés del hombre de esta época por dominarla, someterla a su voluntad y sobreponerse a su imperio. Por esta razón, además del desarrollo del conocimiento estrictamente científico que se advierte, es visible un desarrollo de la técnica. Fruto de ese desarrollo es la posesión de nuevos y diversos métodos y procedimientos para realizar variadas operaciones con mayor eficacia que antes. Tan característica de esta época como la transformación espiritual, es la transformación técnica que empieza a operarse.

Dos hechos de extraordinaria trascendencia se producen en el campo de la técnica durante el siglo XV: la producción de un tipo de libro económico y de gran tiraje y el establecimiento de nuevos métodos para la navegación en mar abierto. Por el primero se hizo posible la difusión de la cultura en tal grado que pudieron tener acceso a ella las masas burguesas que en los últimos tiempos habían avanzado hacia el primer plano de la vida social; por el segundo fue posible dar libre curso al afán expansionista que demostraba el hombre occidental, recorriendo rutas hasta entonces desconocidas y tomando posesión de territorios hasta entonces fuera de su alcance y su explotación.

El libro económico y de gran tiraje fue el resultado de la utilización conjunta de dos posibilidades conocidas desde antaño pero no utilizadas: un material abundante y barato en que imprimir, y un sistema de reproducción múltiple. Ni el papiro ni el pergamino reunían aquellas condiciones, pues eran escasos y, en consecuencia, caros; mas poco a poco empezó a difundirse un método para fabricar con restos de tejidos un material nuevo: el papel, que satisfacía plenamente las necesidades del libro. Sobre este papel podía aplicarse un procedimiento de impresión multiejemplar que no era ignorado —pues los sellos súmeros lo anunciaban— pero que sólo tenía importancia si había un material barato para imprimir. Fueron muchos, seguramente, los que trabajaron para hallar ese procedimiento y para perfeccionarlo; se grabaron textos en planchas de madera que, entintadas, se reproducían sobre el papel, y se hicieron luego tipos separados de madera para componer las líneas de cada texto diferente. Pero correspondió a Gutenberg el hallazgo de un procedimiento definitivo. En su taller de Maguncia creó los moldes para fabricar tipos de metal en número indefinido, y de ese modo solucionó el problema técnico de la imprenta. Su primer libro impreso vio la luz en 1456, y al cabo de cincuenta años se imprimían libros en todo el occidente de Europa. El Renacimiento artístico y literario, y sobre todo la Reforma religiosa del siglo XVI, son hechos derivados directamente de este invento. Pero el invento no se realizó hasta que las condiciones de la vida social y espiritual no lo tornaron imprescindible.

La navegación de alta mar no progresó menos. Mientras la navegación fue exclusivamente mediterránea, el problema de la orientación no llegó a tener una importancia fundamental. Pero la caída de la cuenca oriental del Mediterráneo en manos de los turcos obligó a los comerciantes a buscar otras rutas por el océano. Entonces fue preciso aprender a determinar el rumbo por otros medios: y el medio apareció muy pronto.

Las propiedades de la aguja imantada permitieron idear la brújula para que los navegantes se orientaran en alta mar; y sobre la base de los nuevos conocimientos cosmográficos se imaginó un instrumento llamado astrolabio con el cual podía determinarse la latitud con alguna precisión. De este modo, los intrépidos pilotos a quienes se confiaba la busca de rutas antes inexploradas o de tierras no conocidas, pudieron avanzar por los mares con cierta seguridad y guiando su marcha en el sentido previsto. Los resultados no se hicieron esperar: nuevos descubrimientos geográficos vinieron a acrecentar el ámbito de acción del hombre del siglo XVI.

LOS DESCUBRIMIENTOS GEOGRÁFICOS

Quizá desde el siglo XIII había aparecido en Europa la preocupación por emprender la navegación de la costa africana, pero este designio no se llevó a cabo en gran escala sino en el siglo XV. Mientras los españoles continuaban ocupados en la guerra contra los moros que todavía vivían en el territorio peninsular, los portugueses —ya libres de esa preocupación— comenzaron a arriesgarse por el océano. En 1415 se apoderaron de Ceuta, y por entonces se fundó en Sagres —por obra del príncipe don Enrique el Navegante— una escuela de náutica destinada a formar pilotos y acumular informaciones sobre las regiones marítimas. Poco después las expediciones comenzaron a sucederse sin interrupción. En 1418 llegaron a las islas Madera; en 1432 a las Azores; en 1434 alcanzaron el cabo Bojador; en 1456 cruzaron hasta el archipiélago de cabo Verde; en 1472 llegaron a la línea ecuatorial; y en 1488 Bartolomé Díaz llegó al cabo de Buena Esperanza. Una vasta zona había sido incorporada al área de acción de Portugal, que podía obtener de ella algunas sustancias muy apetecibles, y sobre todo, esclavos negros.

Poco tiempo después —en 1492— España se decidió a seguir el ejemplo de Portugal y autorizó a Cristóbal Colón para que marchara en busca de tierras al oeste de las islas Canarias. Ese viaje permitió el descubrimiento de un nuevo continente, y sus peripecias merecen capítulo aparte. Pero Portugal no se amilanó, sino que, por el contrario se sintió estimulado a nuevas empresas. Vasco de Gama recibió, en 1497, el encargo de llegar a la India dando la vuelta al cabo de Buena Esperanza, designio que cumplió tras un viaje difícil que inmortalizó Luis de Camoens en su poema Los Lusiadas. Poco después, nuevos viajes debían afirmar la conquista en tierras africanas y asiáticas, en las que los portugueses trataron de establecer factorías con el fin de asegurar una provechosa explotación comercial.


Renovación cultural y religiosa

La crisis espiritual que culmina en los albores de la Edad Moderna se insinúa desde mucho antes en Italia. Ya en el siglo XIV era visible, y en el siglo XV había llegado a lograr cierto equilibrio del cual resultó una época de vigoroso impulso creador. En esa última fecha la influencia italiana comenzó a difundirse por otros países, y la cultura de los siglos XV y XVI acusa en toda Europa ciertos rasgos que denuncian el foco de donde irradiaba la luz.

EL HUMANISMO

Quienes comenzaron a sentirse insatisfechos con las formas tradicionales de la vida medieval, con sus ideales y su cultura, comenzaron a dirigir sus ojos hacia otros modelos que pudieran ofrecerles nuevas posibilidades. Esos modelos no podían ser sino los que ofrecía la tradición de la antigüedad clásica, y hacia ellos se volvieron los espíritus más finos de la Italia del siglo XIV. A quienes se manifestaron atraídos por la búsqueda de antiguos manuscritos de autores griegos o latinos, por el aprendizaje de las lenguas clásicas, por el conocimiento de la vida y la cultura antiguas, suele llamárseles humanistas: Dante Alighieri, Francisco Petrarca y Juan Boccaccio son los ejemplos más brillantes de este nuevo tipo de intelectuales.

La influencia de este movimiento fue inmensa. Desde el punto de vista del conocimiento de la antigüedad latina, significó una intensificación notable de los estudios de algunos autores y el descubrimiento de otros hasta entonces olvidados. Pero desde el punto de vista de la antigüedad griega constituye un verdadero redescubrimiento. Numerosos eruditos griegos —como solía llamárseles a los naturales del Imperio Bizantino— habían emigrado a Italia y se dedicaban allí a la enseñanza de su lengua natal. De este modo, las obras no traducidas al latín de los antiguos autores de la Hélade comenzaron a ser leídas de nuevo, y por cierto que provocaron una profunda admiración en los humanistas.

A partir de entonces, una sensación de disgusto empezó a apoderarse de las minorías intelectuales frente a las obras de la Edad Media. Ni los poemas épicos, ni las catedrales góticas, ni las obras de piadosa exaltación mística parecieron a sus ojos dignas de valor. Se deseaba volver a la claridad de Virgilio o a la armonía del Coliseo. Los poetas, los filósofos, los oradores, los arquitectos y los escultores se pusieron a recoger las enseñanzas de los maestros antiguos y a tratar de imitarlos. Así se inició una nueva era en el campo de las humanidades y en el campo de la creación estética.

EL RENACIMIENTO

En cuanto se refiere a la creación tanto en la literatura como en las artes plásticas, esta nueva era se sintetiza en una palabra que ha adquirido intenso poder evocativo: Renacimiento. Si se quisiera precisar qué es lo que renace, habría que destacar el retorno de la actitud que tenía el hombre antiguo frente a la naturaleza y el retorno de su sensibilidad. Desde este punto de partida, los artistas del Renacimiento intentan imitar a los antiguos, pero no los siguen fielmente sino que buscan sus propias maneras de expresión y logran crear formas originales que, en efecto, corresponden a contenidos originales.

Este renacimiento de la actitud frente a la naturaleza y de la sensibilidad antiguas se opera principalmente en Italia, a partir del siglo XIV. Suele decirse que Dante Alighieri, Giotto, Francisco Petrarca y Juan Boccaccio son los precursores. Podría ser esta lista mucho más numerosa, aunque es innegable que son ellos los más significativos. Y lo son, efectivamente, en ciertos aspectos, aunque en otros estén firmemente adheridos al espíritu medieval. Todos ellos provienen de la Toscana, porque en esta región florece ese espíritu renovador y en ella dará sus primeros frutos ya en el siglo XIV y sobre todo en el xv. Ésta es la época de Marsilio Ficcino, de León Bautista Alberti y de Pico de la Mirándola; de los poetas Pulci y Poliziano; de los arquitectos Brunelleschi y Majano; de los escultores Donatello y Verrochio; de los pintores Masaccio, fray Angélico, Piero de la Francesca, Melozzo de Forli y Sandro Botticelli. Todos ellos hallaron la decidida protección de los grandes señores que amaban las artes y prodigaban sus recursos para estimular la creación, y todos ellos fueron admirados en las cortes señoriales, en las que las damas y los caballeros se enorgullecían de su saber y su sensibilidad.

Ya por esta época comienza a difundirse el espíritu renacentista por algunas otras regiones de Europa, pero es todavía en la misma Italia donde dará sus más altos frutos. Ahora el centro de la actividad artística se ha desplazado hacia Roma, y poco después se trasladará a Venecia. Leonardo, Miguel Ángel y Rafael; Ariosto y Tasso; Maquiavelo y Guicciardini; tales son las cumbres de esta época, tan rica en temperamentos creadores que aun las figuras que se esconden tras éstas de primer plano, hubieran alcanzado renombre universal en cualquier otro tiempo.

Ya por entonces brillaban en otros países europeos figuras ilustres. En España hubo poetas altísimos, como Garcilaso de la Vega o fray Luis de León; artistas vigorosos y delicados, como Alonso Berruguete o el Greco; novelistas y dramaturgos de tan excelsa gloria como Cervantes, Lope de Vega, Tirso de Molina o Calderón de la Barca. Francia vio por entonces brillar el genio de un humanista como Montaigne, de un novelista como Rabelais, de un poeta como Ronsard, de un pintor como Clouet. En Alemania y los Países Bajos aparecieron filósofos ilustres como Lutero o Erasmo y artistas valiosos como Cranach, Durero, Holbein o Rubens. Y en Inglaterra, tras la figura severa de Tomás Moro, brillará la de Shakespeare, el más extraordinario dramaturgo de los tiempos modernos.

Sobre todos estos personajes, y sobre otros muchos que sería ocioso nombrar, hallará el lector noticias en otras partes de esta obra. Pero no podrían dejar de mencionarse en una historia de la Edad Moderna, porque todos ellos componen un vasto movimiento espiritual que tiene en la vida de su tiempo y en la del que siguió luego, una importancia decisiva. Es entonces cuando se constituyen las nuevas minorías directoras cuya huella habrá de ser seguida a través de varios siglos por quienes presidan la vida colectiva. En su tiempo —no debe olvidarse— no fueron sino minorías las que compartieron las ideas y las tendencias de estos hombres. Estaban agrupados, generalmente, alrededor de ciertos grupos directores de la opinión, y de allí sacaron su fuerza y su prestigio, pero las masas no compartían sus ideales y seguían aferradas a ciertas tradiciones de las que ellos hacían burla. Frente a la actitud crítica de un Erasmo o de un Moro, subsistía la vieja credulidad de las masas; frente a las preferencias estéticas de Miguel Ángel o del Greco, perduraba en ellas las que se habían formado poco a poco en la contemplación del arte medieval. Pero eso no fue obstáculo para que triunfara y se difundiera el espíritu renovador y conquistara capas sociales cada vez más extensas para sus ideales.

Bien mirado, el movimiento renacentista corresponde a una crisis decisiva del espíritu europeo. Surge como un alarde de grandeza en una Italia cuya decadencia económica y política era visible; se propaga como una tendencia universal cuando tienden a definirse las nacionalidades; y de ese vasto conjunto de ideas y de preferencias estéticas, sólo algunas darán sus frutos sazonados, en tanto que otras se frustrarán poco después para permitir, inclusive, que brotaran de nuevo las que habían combatido y parecían sepultadas en el olvido.

Signo de una intensa inquietud, el Renacimiento corresponde, en el plano de la creación, a otro movimiento no menos intenso en el campo de la vida espiritual: la Reforma religiosa, en la que se pondrá de manifiesto la misma inquietud, el mismo afán renovador, la misma celosa afirmación del primado del individuo.

LA REFORMA RELIGIOSA

En principio, el movimieno reformista que se desencadenó en Alemania a principios del siglo XVI pareció un episodio más del proceso de descomposición que se advertía en la Iglesia desde fines de la Edad Media. Era también, en efecto, un movimiento disconformista surgido en el seno del clero. Sin embargo, sus raíces eran muy profundas, y aunque participaba de ciertos caracteres semejantes a los de otros movimientos, entrañaba ciertos principios que le proporcionaban un aire verdaderamente revolucionario.

Ya en el siglo XIV, con motivo del cisma eclesiástico, se había manifestado una clara tendencia a la renovación de la Iglesia. El llamado “movimiento conciliar”, que aspiraba a reemplazar la autoridad pontificia por la de los concilios ecuménicos, hizo tambalear por un instante el orden eclesiástico; y la prédica de Wiclef en Inglaterra, así como la de Juan de Hus en Bohemia, probaron que una intensa agitación reinaba entre los fieles. Pero el movimiento fue favorecido, sobre todo, por la difusión del texto de las Escrituras, gracias a la imprenta y al abaratamiento del libro. En las manos de todos, las páginas del Evangelio obraron como un poderoso revulsivo de las conciencias y despertaron el espíritu crítico. El papado y la corte de Roma, los altos dignatarios de la Iglesia, los monjes y los seculares, todos parecieron susceptibles de la más violenta crítica, y el ejemplo de sus vidas pareció apropiado para revelar la corrupción que carcomía las instituciones religiosas, en violento contraste con las enseñanzas de Cristo.

El movimiento entró en una nueva etapa a partir de los comienzos del siglo XVI. Para concluir el templo de San Pedro, en Roma —en el que trabajaban las más ilustres figuras artísticas de la época— el papa León X concibió la idea de vender indulgencias, esto es, canjear por dinero la remisión de los pecados. El asunto adquirió todavía más gravedad, porque se convino con una casa de banca en que ella adelantaría el dinero al papa y se encargaría luego de recobrarlo por medios coercitivos, como si se tratara de una deuda corriente de los donantes. De este modo, la venta de las indulgencias tomó un aspecto groseramente mercantil que sublevó a los espíritus verdaderamente religiosos.

Encabezó la protesta en Alemania un monje agustino llamado Martín Lutero (1483-1553), hombre de temperamento místico y exaltado, y, al mismo tiempo, con una cierta capacidad de acción y organización. Comenzó criticando duramente la venta de las indulgencias y el aspecto que tomaba su tráfico en Alemania; pero poco después se atrevió a discutir el valor mismo de las indulgencias concedidas por el papado; y más tarde algunos de los dogmas más importantes del cristianismo. En noventa y cinco proposiciones fijó el sistema de sus ideas, rechazando algunos sacramentos, recomendando la supresión del sacerdocio y propugnando, en fin, la lectura directa de las Escrituras por los fieles. Este documento mereció la condenación del papado, que rechazó como heréticas muchas de sus tesis. Y como Lutero quemara en la plaza de Wittenberg la bula papal, fue excomulgado desde Roma, en 1520.

El movimiento de Lutero tenía considerable apoyo y repercusiones políticas. El emperador Carlos V convocó una dieta en Worms (1521) con ánimo conciliador, pero Lutero se mantuvo firme y la dieta ratificó la condenación, debido a lo cual tuvo que salir protegido por el elector de Sajonia. Desde entonces los príncipes alemanes se dividieron en favorables y hostiles a Lutero, relacionándose la preferencia con la situación en que se hallaran respecto al emperador. Pero, sin duda, el movimiento creció, y no careció de importancia la recomendación que hiciera Lutero a los príncipes de que se apoderaran de los bienes de la Iglesia para someterlos a su jurisdicción secular.

Entre tanto, el emperador buscaba la manera de contener el desarrollo del movimiento cismático. En 1529 se reunió en Espira una dieta, que acordó admitir la nueva doctrina donde ya se la profesase, pero impedir que se propagara. Y en 1530, la dieta de Augsburgo propuso una nueva conciliación, de cuya gestión salió redactado el manifiesto o credo de los protestantes, llamado “confesión de Augsburgo”. Mas el resultado fue negativo, y los bandos en lucha se dispusieron para el combate. Los príncipes protestantes se unieron en la llamada Liga de Esmalcalda, en 1531, y estrecharon sus filas esperando que el emperador los atacara. Ocurrió al fin, y se desencadenó una guerra que duró hasta 1555, en que se firmó la paz de Augsburgo.

Pero entre tanto, el movimiento reformista se había difundido fuera de Alemania. En Suiza —con Ulrico Zwinglio—, en Suecia y en Noruega ganó prontamente adeptos y desencadenó algunos conflictos que se combinaron con otros problemas. En Francia, Juan Calvino (1509-1564) comenzó a elaborar una doctrina en parte divergente de la de Lutero, e hizo muchos adeptos en su país y luego en Suiza, donde residió largamente y llegó a ser señor de Ginebra. Y en Inglaterra, el propio rey Enrique VIII inició un movimiento cismático que puso la iglesia de Inglaterra bajo su dirección, aun cuando no alterara el contenido mismo de la religión. Así quedó dividida en poco tiempo la cristiandad en dos grupos, uno adicto y otro hostil al papado de Roma.

Hasta 1540, la Iglesia creyó que era posible esperar una reconciliación con los disidentes; pero a partir del momento en que se convenció de que era imposible, comenzó a tomar sus medidas para evitar la difusión del protestantismo, y para combatirlo allí donde estaba ya arraigado. Mediante la ayuda de la Compañía de Jesús —fundada por Ignacio de Loyola— procuró reconquistar la opinión pública, especialmente en los círculos dominantes; mediante la Inquisición procuró reprimir todo intento de pensamiento libre o de tendencia reformista; y, finalmente, mediante la convocatoria de un magno concilio en la ciudad de Trento, procuró establecer firmemente los principales puntos del dogma y las reglas disciplinarías fundamentales para no volver a ofrecer blanco a la crítica. De este modo, al reformismo protestante se opuso el movimiento católico llamado de la Contrarreforma o Reforma católica.


La época de Carlos V

El movimiento reformista había estallado en el ámbito de la más grande y poderosa entidad política de la época: el imperio de Carlos V. Fuera de él no había en Europa, en verdad, sino un estado poderoso, el cual era Francia. Con él se inició un largo duelo que duró hasta su reinado y que constituye uno de los episodios más significativos de la época.

LOS ESTADOS DE CARLOS V Y SUS VECINOS

Carlos V era hijo de Juana de Castilla y de Felipe de Austria, nieto, por lo tanto, de los Reyes Católicos y los emperadores de Austria. Por tal razón heredó tan vastos estados que pudo decirse de él que “en sus tierras nunca se ponía el sol”. Dominaba en vastas extensiones de la Europa central —Austria, Tirol, Estiria, Carintia y Carniola—, en los Países Bajos, en Flandes, en el norte de Francia, en Castilla y Aragón, en Cerdeña, Nápoles y Sicilia, y, finalmente, en América, que revelaba cada día nuevas riquezas. En 1519 fue elegido emperador de Alemania, y con tal jurisdicción se tornó el más poderoso de los señores de Europa.

Encerrada dentro de sus dominios quedaba Francia, ahora cada vez más poderosa y con evidentes propósitos de expansión en Italia. Era, además, el obstáculo para que los estados de Carlos V tuvieran unidad territorial. Todo esto —y la circunstancia de que su rey, Francisco I, hubiese aspirado a competir con Carlos V por la corona imperial— debía conducir a un conflicto entre ambas potencias.

El duelo era sólo aparentemente desigual. Francia podía apelar —como apeló en una oportunidad— al imperio otomano, que se levantaba poderoso en el sudeste de Europa, y amenazaba la frontera oriental del imperio de Carlos V. Del otro lado del canal de la Mancha, Inglaterra asistiría al duelo sin mezclarse demasiado, mientras se esforzaba por alcanzar una situación de primera potencia que todavía no poseía, como no intervendría Portugal, celoso de conservar su imperio colonial. Y de manera pasiva, como la más importante de las presas en disputa, Italia soportaría el choque de ambas fuerzas, sin posibilidades de ser por sí misma un factor decisivo debido, sobre todo, a su división política.

EL GOBIERNO INTERIOR DE CARLOS V

Tan poderosos como pudieran parecer, los estados de Carlos V tenían una estructura interna que disminuía notablemente su fuerza. Era, en efecto, un conjunto heterogéneo de naciones que sólo estaban unidas por el emperador, y cuyos problemas diferían fundamentalmente. Además, dentro de cada una de ellas tenía Carlos V problemas gravísimos, entre los cuales merecen ser destacados dos: los de Alemania y los de España.

En Alemania, el poder imperial había sido siempre débil, y pese a los esfuerzos de los antecesores inmediatos de Carlos V, no podía decirse por entonces que la autoridad imperial estuviese firmemente asentada. En efecto, en cuanto se promovió el conflicto religioso desencadenado por Lutero, los príncipes se dividieron, y los menos adictos al emperador se unieron al protestantismo más como acto de hostilidad contra el imperio que no como signo de firmes convicciones religiosas. A este conflicto tuvo que dedicar Carlos V preferente atención. Se mostró conciliador a veces, enérgico otras, pero siempre procuró no dar un paso definitivo que implicara la desintegración del imperio. Entre tanto, en el otro extremo, Castilla y Aragón se doblegaban con dificultad ante este rey extranjero, rodeado de flamencos como él y alejado de los problemas españoles. Allí, Carlos V procuró apresurar la obra de sus abuelos de consolidación de España mediante la fusión de los dos reinos. Para ello, era menester ejercitar una autoridad firme y quebrar los privilegios que se oponían a la instauración de un régimen uniforme. También aquí los designios de Carlos V promovieron una guerra: la de los comuneros, que estalló en Castilla en 1520 y fue reprimida violentamente tras la derrota del ejército sublevado de Juan de Padilla en la batalla de Villalar en 1521. La consecuencia fue la instauración de un régimen absolutista que acabó con todos los fueros castellanos; y si en Aragón se mantuvieron por entonces, desaparecerían poco después, por obra de su hijo Felipe II.

LA GUERRA INTERNACIONAL

En los últimos años del siglo xv, los franceses y los españoles habían dirigido sus ojos a Italia con ánimo de establecerse en ella. Existían allí un cierto número de estados independientes y rivales que, por su debilidad y su riqueza, tentaban a los poderosos señores vecinos: fuera de los Estados Pontificios, los ducados de Milán y Saboya, las repúblicas de Venecia, Génova y Florencia, y el reino de Nápoles eran los más importantes.

En 1499, Luis XII de Francia tomó posesión del Milanesado y lo retuvo algunos años; pero el papa Julio II organizó contra él una alianza general y logró expulsarlo de allí en 1513. Sin embargo, el nuevo rey de Francia, Francisco I, logró reconquistar esa región en 1516, después de triunfar en la batalla de Mariñán.

En el sur, también quiso Luis XII apoderarse de Nápoles, que estaba en manos de Federico III, de origen aragonés. Para neutralizar el apoyo que pudiera prestarle el rey de Aragón, Fernando el Católico, de quien era primo, Luis ofreció a este último realizar conjuntamente la operación y dividirse el territorio. Fernando aceptó, y con la ayuda de las tropas españolas pudo Luis XII terminar prontamente la conquista en 1500. Pero la aventura no terminó allí; en 1502 Fernando decidió arrebatarles a los franceses el reino de Nápoles y se volvió contra él; dos años después, Nápoles era posesión exclusivamente española y se agregaba a los estados que debía recibir luego Carlos V.

Así, enfrentados en Italia, donde cada uno de ellos poseía una sólida base de operaciones, Francisco I y Carlos V no podían sustraerse a las asechanzas de la guerra. Todo contribuía a ponerlos frente a frente: la Borgoña, Navarra, el Milanesado, en parte por razones de seguridad de uno o de otro, en parte por necesidades estratégicas o políticas. En 1520 se iniciaron las operaciones, y Carlos logró apoderarse del Milanesado, pero los franceses, mandados por el propio Francisco I, lo reconquistaron y comenzaron a presionar a los imperiales. En esas circunstancias, en la batalla de Pavía, el rey de Francia fue hecho prisionero y llevado a Madrid, donde se lo retuvo hasta que firmó un tratado desastroso para su patria, pues reconocía el derecho español a la Borgoña y cedía los suyos a Flandes, Artois, Nápoles y Milán (1526).

Las guerras se sucedieron con sólo breves interrupciones. Vuelto a Francia, Francisco I buscó aliados, y si el emperador anuló la posible acción del papa entrando a saco en Roma (1527), Francisco I logró que las fuerzas otomanas amenazaran la capital del imperio por la retaguardia; ante este riesgo, Carlos V cedió y se avino a firmar un tratado por el que renunciaba a la Borgoña (1529). Dos veces más, desde 1536 hasta 1538 y desde 1544 hasta 1546, volvieron a combatir las fuerzas rivales con éxito variado pero nunca concluyente. Y cuando murió Francisco I, en 1547, su hijo Enrique II debió continuar la guerra contra el enemigo de su padre, aliándose esta vez a los príncipes protestantes que lo combatían en Alemania. De este modo, Carlos se vio complicado en una guerra civil y extranjera a un tiempo, y comenzó a perder terreno, hasta el punto de ser derrotado gravemente frente a la ciudad de Metz, en 1553.

Poco después, Carlos V resolvió abdicar y dividió sus estados. Su hijo Felipe recibió el trono de España, Italia y los Países Bajos, con los territorios americanos anexos a la corona de Castilla. En cuanto a las posesiones tradicionales de los Habsburgo, fueron transferidas a su hermano Fernando, en quien recayó también la corona imperial en 1556.

La abdicación de Carlos V resolvió, en cierto modo, el problema que planteaba a los demás estados su indiscutible hegemonía, aun cuando la solidaridad de las dos ramas de la casa de Austria volviera a ponerse de manifiesto en otras ocasiones. Pero todo parecía revelar que un imperio tan vasto era ya en Europa una quimera irrealizable.

LA EUROPA AJENA A CARLOS V

Francisco I, el rival de Carlos V, gobernó a Francia en una época de cierto esplendor. Ya estaba lejos el tiempo de las guerras civiles, y el rey se manifestaba como un espíritu abierto y generoso. A él se debió el desarrollo en Francia del movimiento renacentista; a él la llegada a Francia de algunas figuras ilustres de Italia; a él la implantación de nuevas instituciones para el cultivo de las nuevas corrientes humanísticas.

En Inglaterra, el rey Enrique VIII (1509-1547) trataba de sortear las dificultades que le planteaba el conflicto entre las dos grandes potencias del continente. Por razones de familia estuvo cerca del imperio hasta 1527, porque, en efecto, estaba casado con una tía de Carlos V, Catalina de Aragón; pero en ese año decidió divorciarse, y a este deseo siguió su cambio de actitud frente al papado, que condujo a la reforma anglicana, y su cambio de actitud frente al emperador, a quien se opuso desde ese mismo año. Absolutista y muy personal en el manejo de los negocios públicos, Enrique VIII fijó el tipo de autoridad propio de los Tudores, en el que se destacaría luego su hija Isabel.

Finalmente, sobre la frontera oriental del imperio cristiano, se levantaba otro imperio musulmán; el de los turcos otomanos, a cuya cabeza estaba por entonces uno de los sultanes más notables que tuviera: Solimán el Magnífico, que reinó desde 1520 hasta 1566. Fijado en sus fronteras, el imperio otomano se había afianzado y se sentía ahora en condiciones de reiniciar la ejecución de su nunca abandonado proyecto de marchar sobre el centro de Europa; así, al requerimiento de Francisco I, no vaciló en lanzarse contra Hungría y poner sitio a Viena.

Fracasó en esta última empresa, pero no por eso fue menos evidente que constituía un peligro terrible para la Europa cristiana, a la que, además, proporcionaba un modelo de organización política: la autocracia, que no dejó de tentar a algunos monarcas.

LA ÉPOCA DE CARLOS V

Acaso a manera de resumen sea útil recordar que por esta época, mientras combatían sin tregua las casas de Austria y de Francia, se desarrollaron los episodios más notables de la Reforma y se produjeron las obras más notables del Renacimiento. De León X, el que protegió a los artistas que decoraban la Capilla Sixtina y excomulgó a Lutero, así como también de Julio II, el que dirigió la liga contra los franceses, poseemos magníficos retratos pintados por Rafael. Tiziano pintó a Carlos V, Juan Clouet a Francisco I, y Hans Holbein a Enrique VIII. Discípulos y amigos de Erasmo eran consejeros en la corte del emperador y del rey de Inglaterra. Pero lo que no debe olvidarse es que, mientras todas estas cosas ocurrían, Hernán Cortés conquistaba México y Francisco Pizarro se apoderaba del Perú. Otras muchas expediciones recorrían diversos lugares del nuevo continente, y se echaban las bases de nuevas poblaciones. América comenzaba a ser una realidad, y, por el momento, modificaba las condiciones económicas de Europa volcando en ella sus inmensas riquezas. Más tarde, y sin interrupción, se advertirán otras formas de contacto entre el nuevo y el viejo mundo, cuyo despertar corresponde, exactamente, a la época de Carlos V.


La época de Felipe II

Así como la primera mitad del siglo XVI corresponde a la época de hegemonía de Carlos V, la segunda mitad es aproximadamente la de su hijo Felipe II, que lo sucedió en muchos de sus estados sin que le correspondiera, en cambio, la corona imperial. También él se empeñó en defender sus estados y sus principios políticos y religiosos frente a todo el resto de Europa. Y sin abandonar la tradicional lucha con Francia, se enfrentó con Inglaterra y con el imperio otomano, con Portugal y los Países Bajos, mientras sus avanzadas de aventureros seguían conquistando palmo a palmo la tierra americana. Su obsesión fue contener la disolución del catolicismo, y puso todo el peso de su poder en favor de la Contrarreforma. Así resultó que no pudo desarrollarse abiertamente en sus estados el pensamiento libre, precisamente en la época en que comenzaba a adquirir vuelo en otras partes de Europa.

LOS ESTADOS IMPERIALES

Tras la abdicación de Carlos V, los estados que la familia de los Habsburgo poseía en Alemania pasaron a manos de su hermano Fernando I. En éste recayó luego la corona imperial, en época en que —de acuerdo con la paz de Augsburgo—, cada principe era libre de imponer en su propia comarca la religión que él prefiriera. Su gobierno fue prudente, pero ni él ni sus sucesores —Maximiliano II y Rodolfo II— pudieron hacer nada para contribuir a fundir a Alemania en una unidad. Ahora no sólo la minaba, como antes, la rivalidad de los príncipes y el interés de todos en limitar la autoridad del emperador, sino también las luchas religiosas. Todo hacía suponer que, pasada la fatiga que condujo a la paz de Augsburgo, volverían a desencadenarse los conflictos.

ESPAÑA BAJO FELIPE II

Felipe II consideró que el centro de sus estados era España, y en ella estableció la sede de su gobierno. Ella fue también el centro de su política y de su acción respecto a los grandes problemas internacionales. Hombre severo y reconcentrado, preocupado de manera fundamental por los problemas religiosos, dirigió los asuntos de estado de manera personal, y no quiso conceder su confianza sino en contadas ocasiones.

Una de las personas que la mereció, su secretario Antonio Pérez, fue causa de un grave conflicto de importantes consecuencias. Implicado en un delito —o acaso injustamente acusado—, fue puesto en prisión y pudo escapar luego refugiándose en Aragón, bajo la protección de los privilegios que conservaba esa región. Pero Felipe II no vaciló en obrar violentamente. Entró en Aragón —de donde escapó Antonio Pérez— y cobró allí la deuda con los insurgentes, a quienes castigó con crueldad y despojó luego de los fueros tradicionales. Este episodio —como el de los comuneros de Castilla— contribuyó a realizar la unificación política de España.

Desde el palacio del Escorial, que él mandó construir, Felipe II vigilaba celosamente la difusión del protestantismo y la secreta resistencia de los conversos a abandonar definitivamente sus antiguos cultos. Felipe II prestó su apoyo más decidido a la Contrarreforma para impedir que en sus estados se propagaran las religiones reformadas y tomó diversas medidas para evitar que sus súbditos recibieran el influjo de las ideas que por entonces circulaban por casi toda Europa. Así, por ejemplo, les vedó que fueran a estudiar a universidades extranjeras y encomendó a la Inquisición que vigilara el desarrollo de la vida intelectual del reino. Respecto a los moriscos, Felipe II se decidió a someterlos de una vez y desde entonces no quedó rastro alguno de disidencia religiosa que fuera tolerada.

FELIPE II Y EUROPA

Heredero de la tradición de su padre, Felipe II continuó la guerra contra Francia, a cuyo rey, Enrique II, derrotó en 1557 en la batalla de San Quintín; sin embargo, los franceses pudieron reaccionar y lograron algunas ventajas tras las cuales Felipe II se avino a firmar un tratado no demasiado desventajoso para ellos. Por la paz de Cateau-Cambresis, España y Francia llegaron a un entendimiento bastante duradero, que puso fin a una guerra que llevaba medio siglo.

Sin embargo, la época que comenzó por entonces no fue de paz para Francia, porque a la guerra exterior siguió un estado de guerra civil casi constante, motivada por razones religiosas. El calvinismo había cundido en Francia entre ciertas capas sociales poderosas, y las rivalidades de los grupos nobles se enconaron al complicarse con las divisiones religiosas. La lucha se hizo más aguda a partir de 1560, cuando subió al poder Carlos IX; la más poderosa influencia del reino era por entonces la reina madre —Catalina de Médicis—, y a su alrededor se movían las del almirante Coligny, jefe del partido hugonote o protestante, y la del duque de Guisa, jefe del partido católico; todavía podían advertirse tras ellas las influencias de Felipe II y de Isabel de Inglaterra, apoyando cada uno de ellos a católicos y protestantes.

Este complicado juego de fuerzas se fue resolviendo hasta presentarse como las de dos grupos irreductiblemente hostiles. En 1562 hubo una matanza de hugonotes en Vassy, a la que siguió una guerra civil continuada hasta 1570; se hizo entonces una tregua, de la que resultó un ascenso de los jefes protestantes a ciertas posiciones destacadas; y por esta causa, los celos del grupo católico, estimulado por Catalina de Médicis, desencadenaron la matanza de la noche de San Bartolomé (1572). El episodio fue nuevo punto de partida para intensas luchas civiles que duraron casi hasta fines del siglo XVI; en 1589 subió al trono Enrique de Navarra —Enrique IV— que era de origen protestante, y aunque tuvo que arrostrar la resistencia de los católicos más intransigentes apoyados por Felipe II, concluyó al fin por imponerse luego de haberse convertido al catolicismo en vísperas de su entrada en París. En 1598 dictó el rey el famoso edicto de tolerancia, dado en Nantes, por el que establecía la tolerancia religiosa y separaba el problema religioso de las cuestiones de estado.

También fue un conflicto civil, en cierto modo, el que tuvo que afrontar Felipe II en los Países Bajos por razones religiosas. Habíase difundido allí intensamente el protestantismo y Felipe II encomendó a la Inquisición que lo reprimiera. Pero a la represión siguió el levantamiento, que exigió la mano dura del duque de Alba para ser contenido; sus tropas ocuparon las ciudades y estableciéronse severísimos tribunales para juzgar a los rebeldes; pero ni aun así se puso fin a la contienda; antes bien, la insurrección se hizo general y la encabezó el príncipe Guillermo el Taciturno, el cual, con la ayuda de Inglaterra, pudo declarar la independencia de España y continuar la lucha hasta conseguir su objetivo. Sólo Flandes, donde predominaban los católicos, abandonó la resistencia y se mantuvo al lado de España.

Entre tanto, Felipe II tuvo que sostener duras guerras exteriores con el Imperio otomano, con Inglaterra y con Portugal.

Los turcos, que habían operado contra Carlos V en unión de Francia, parecían llegados a su máximo poder en época de Solimán el Magnífico (1520-1566). Su acción se hacía sentir sobre todo en el Mediterráneo, y por tal razón Felipe llegó a un acuerdo con Venecia para enfrentarlos decididamente. El resultado de ese acuerdo fue una campaña naval que culminó en la batalla de Lepanto (1571). Mandaba la flota española don Juan de Austria, y servía en una de las naves Miguel de Cervantes Saavedra, el autor del Quijote. La victoria española puso un freno a la expansión marítima de los turcos.

En Inglaterra, la reina Isabel había subido al trono en 1558, y desde entonces habían cobrado apoyo decidido los protestantes de dentro y fuera del reino. Por su intervención indirecta en la rebelión de los Países Bajos, la reina Isabel se atrajo el odio del rey de España, el cual, a su vez, no vaciló en apoyar a la pretendiente católica a la corona, María Estuardo. Esta lucha se puso de manifiesto cuando los corsarios ingleses, con el beneplácito de la reina, comenzaron a interponerse en las rutas de las naves españolas que venían de América para apoderarse de las riquezas que transportaban. Felipe II decidió acabar de una vez con aquella situación y preparó una formidable escuadra que transportaría un ejército de invasión. Pero la fortuna no le fue favorable; una tempestad dispersó los barcos, hundió muchos de ellos y malogró la operación, mientras las naves inglesas completaban la obra atacando una a una a las de los enemigos (1587).

De esta lucha, España salió disminuida en su prestigio e Inglaterra, en cambio, fortalecida. Con el apoyo del conde de Essex, de Francisco Drake, de Walter Raleigh, la reina Isabel iba afirmando la posición de su país en los mares, y lograba al mismo tiempo ordenar su gobierno absolutista sobre sólidas bases. A ella se debió la organización definitiva de la religión anglicana, fundada por su padre Enrique VIII, en la que mantuvo el ritual católico, pero prefiriendo el sistema dogmático ideado por Calvino. Su época fue también la más brillante desde el punto de vista de la cultura, pues por entonces floreció Shakespeare.

Con respecto a Portugal, Felipe II sustentaba la idea de que era imprescindible su anexión para completar la unidad de España, cuyo proceso iniciaron los Reyes Católicos. La ocasión pareció favorable en 1578, cuando murió el rey don Sebastián. Felipe pretendió que se reconocieran los derechos que aducía por ser hijo de Isabel de Portugal; pero al ver que los portugueses pretendían llevar al trono a otro pretendiente, decidió invadir el país y pudo completar la operación rápidamente (1580). Desde entonces, y durante sesenta años, la Península Ibérica formó un solo cuerpo político.

LAS PROYECCIONES DE LA CONQUISTA AMERICANA

La época de Felipe II es la que recoge el primer saldo desfavorable de la conquista de América. Durante algunos años, la llegada de grandes cantidades de oro y plata había producido a los españoles la ilusión de que entraban en una era de indefinido enriquecimiento. Pero el oro y la plata de América no paró en España, que carecía de manufacturas, y corrió hacia Flandes, Alemania, Inglaterra y Francia para pagar las importaciones. Las consecuencias fueron visibles en España, y luego en toda Europa. Subieron los salarios, se produjo un encarecimiento general de la vida, y hasta el propio fisco español llegó a carecer totalmente de dinero. Este fenómeno tuvo importantes consecuencias en la vida social española. Hubo descensos de clase, empobrecimientos repentinos, y no hubo, en cambio, un movimiento destinado a provocar un florecimiento de la economía nacional. Así se preparó la declinación de España como potencia de primera clase, declinación que había de advertirse ya con el primer sucesor de Felipe II. Acaso este sentimiento de la perdida grandeza es el que inspira las páginas de Don Quijote de la Mancha, que Cervantes escribía por entonces.


La guerra de los Treinta Años

En los albores del siglo XVII, un largo conflicto arrastró a las principales potencias europeas y provocó una mutación fundamental en sus relaciones recíprocas: a la hegemonía española, reconocida durante el siglo XVI, sucedió la hegemonía francesa, que perdurará durante todo el siglo XVII.

EL IMPERIO ALEMÁN A PRINCIPIOS DEL SIGLO XVII

El rasgo distintivo de la política del siglo XVI parecía ser la autocracia. España, Francia, Inglaterra marchaban lenta pero firmemente hacia un tipo de autoridad cada vez más absoluto, y con ello lograban una más ajustada concurrencia de todas las fuerzas de la nación hacia sus principales objetivos políticos. Todo hacía suponer que, sin unificación nacional y sin autoridad absoluta, era imposible entrar en la competencia por el predominio europeo.

Este punto de vista era particularmente grave en el caso del imperio. Desde la Edad Media, su característica era el estar constituido por un conjunto de estados casi autónomos, sobre cuyos príncipes ejercía el emperador una autoridad harto restringida. En las postrimerías del siglo xv, Maximiliano de Austria había logrado reforzar su posición, y Carlos V hubiera podido concluir su obra a no mediar el desencadenamiento de las guerras religiosas, que minaron su poder y dividieron el cuerpo mismo del imperio. Esa situación no pudieron corregirla los emperadores que le siguieron, cuya aspiración fue, sobre todo, poner coto a las guerras civiles y establecer un orden en los problemas religiosos, sobre la base aceptada tras la paz de Augsburgo, esto es, que la religión del príncipe debía ser considerada la de los súbditos.

A principios del siglo XVII, las pasiones se habían calmado. Empero, las posibilidades del imperio como potencia internacional parecían depender de una más estrecha unidad de sus estados y de una autoridad más absoluta por parte del emperador. Para asegurarlas y tornarlas en realidades, el emperador Fernando II, elegido en 1619, resolvió hacer la unidad sobre la base de la religión católica y de la obediencia a su autoridad absoluta. La guerra no se hizo esperar en Alemania, y en ella se complicó luego media Europa.

Antes de ser elegido emperador, Fernando II heredó Bohemia, un estado de población eslava que había manifestado desde la Edad Media una acentuada inquietud religiosa. Para proseguir su tarea de unificación católica que había comenzado en Estiria, Fernando comenzó a perseguir a los protestantes, que eran muy fuertes en Bohemia. En 1618, dispuso prohibir las reuniones religiosas, y los protestantes respondieron a ese decreto sublevándose y arrojando por la ventana de la fortaleza de la capital a los funcionarios reales: fue ésta la llamada “defenestración de Praga”. Poco después, los sublevados declararon depuesto del trono a Fernando y eligieron rey al elector del Palatinado, Federico V, un príncipe calvinista yerno del rey de Inglaterra y nieto de Guillermo el Taciturno de Holanda. Todo hacía esperar que Federico renovara el espectáculo de la resistencia protestante frente a la Contrarreforma; pero Federico V no supo mantener las posiciones conquistadas y poco después, en 1620, se dejó derrotar por Fernando II, que acababa de ser elegido emperador y volcó en la lucha no sólo sus fuerzas católicas sino también las luteranas del elector de Sajonia.

La represión fue enérgica; pero como no abarcó solamente la Bohemia, el conflicto se generalizó, porque el emperador despojó a Federico del Palatinado —que era el centro del calvinismo alemán— y lo entregó a Maximiliano de Baviera, jefe de la Liga católica. Entonces los protestantes se sintieron seriamente amenazados y pidieron ayuda a Cristián de Dinamarca.

LA INTERVENCIÓN DANESA

Dinamarca era uno de los estados que aspiraban, tras la declinación del Hansa Germánica, a ejercer el predominio sobre el mar Báltico. Como además tenía pretensiones a ciertos dominios del norte de Alemania, Cristián IV no vaciló en erigirse en protector de los protestantes alemanes, y levantó un ejército con el cual se dirigió contra el emperador. Éste había constituido un ejército propio que le permitiera prescindir de Maximiliano de Baviera, y lo había puesto a las órdenes de un condotiero bohemio llamado Wallenstein. El encuentro de las dos fuerzas se produjo en agosto de 1626, y Cristián IV resultó derrotado.

Seguro de sí mismo, Fernando II quiso aprovechar esta victoria en todas sus posibilidades. Obligó a los daneses a firmar un tratado en Lübeck por el que aceptaban no volver a tomar participación en el pleito alemán, y resolvió ordenar que se entregaran al imperio las tierras de origen eclesiástico que los príncipes retenían en su poder desde la época de la secularización de los bienes de la Iglesia propugnada por Lutero; estas tierras comenzaron a ser entregadas a sus antiguos propietarios —católicos todos ellos—, y fue otra vez el enérgico e inescrupuloso Wallenstein quien se ocupó de que las órdenes fueran cumplidas. La reacción de los príncipes alemanes no se hizo esperar, y en ella se confundieron luteranos y católicos, apoyados por el propio Maximiliano de Baviera, celoso de la influencia del jefe bohemio. Pidieron que Wallenstein abandonara sus funciones, y lo obtuvieron, pero en la negociación se advirtió el comienzo de un conflicto entre los príncipes alemanes y el emperador austríaco, conflicto que aprovecharía prontamente Francia para intervenir indirectamente, estimulando al rey de Suecia para que entrara en Alemania en defensa de los protestantes. Es así como se iban entretejiendo las fuerzas que compondrían la tramazón bélica de la guerra de los Treinta Años.

También Suecia tenía interés en asegurarse el predominio del mar Báltico, y con tal fin había luchado en los últimos tiempos con Rusia, Dinamarca y Polonia. En estas guerras se había distinguido Gustavo Adolfo, rey desde 1611, y organizador de uno de los mejores ejércitos de Europa.

Si como rey de Suecia Gustavo Adolfo deseaba adquirir una posición firme sobre las costas, como protestante acariciaba la ilusión de abatir a los católicos. Ahora bien, esta ilusión coincidía con sus designios políticos en la medida en que los proyectos de unificación de Fernando II constituían una amenaza para todos los estados bálticos, que veían con temor la constitución de un poderoso imperio alemán.

Conociendo este estado de espíritu, el cardenal Richelieu, primer ministro francés, comprendió que el rey Gustavo Adolfo era el hombre indicado para hacer frente a una situación que interesaba a Francia, pero en la que le era difícil intervenir por tratarse, en el caso de Alemania, de un monarca católico en lucha contra príncipes protestantes. Mediante un tratado que se negoció en 1631, Francia aseguró al rey de Suecia los medios económicos necesarios para una campaña contra el emperador, en tanto que Gustavo Adolfo ponía a contribución su formidable ejército.

En 1630 Gustavo Adolfo invadió Alemania y realizó, en el curso del año siguiente, una campaña brillante y eficaz, que concluyó con la ocupación de Munich, capital de Baviera. Pero su éxito no debía ser duradero. Los católicos, a pesar de entenderse secretamente con Richelieu por temor a las desmedidas ambiciones del emperador, no consiguieron mantener buenas relaciones con Gustavo Adolfo y hubo conflictos en Baviera. Por otra parte, Wallenstein había vuelto a actuar otra vez, ahora al frente de un ejército poderosísimo con el que le fue posible derrotar a Gustavo Adolfo en Nuremberg. El rey sueco pudo tomar venganza en la batalla de Lützen, en la que sus tropas resultaron triunfantes, pero Gustavo Adolfo halló la muerte en el combate (1632), y las operaciones prosiguieron, conducidas por sus mariscales. Frente a ellos, Wallenstein se mantuvo inexplicablemente inmóvil, a pesar del avance con que amenazaban a Viena. Entonces el emperador y sus aliados reaccionaron vivamente, y, al tiempo que eliminaban a Wallenstein sospechado de traición, vencían a los protestantes en Nördlingen (1634). Al año siguiente se firmaba una paz en Praga, de acuerdo con la cual los suecos quedaban excluidos de Alemania y quedaba afirmada la autoridad imperial. Esta vez, Richelieu se decidió a obrar por sí mismo.

RICHELIEU

El cardenal Richelieu había llegado a ser ministro de Luis XIII de Francia tras una breve lucha cortesana durante la época de la regencia de María de Médicis. A la muerte de Enrique IV (1610), la situación del reino era bastante intranquila porque, a pesar de los esfuerzos del monarca y de su ministro Sully, las luchas religiosas habían dejado un rescoldo que amenazaba reavivar el fuego en cualquier momento. Se sucedieron los ministros de la regencia, pero ninguno pudo afrontar la grave situación con energía hasta que, en 1624, entró a formar parte del consejo del rey el cardenal Richelieu, cuya política debía dirigirse a afirmar por sobre todo la autoridad real siguiendo tres caminos concurrentes: sometimiento de la nobleza, desarme de los protestantes y afianzamiento de la posición internacional de Francia.

Esta labor fue cumplida metódica e implacablemente por Richelieu, que gobernó dictatorialmente hasta 1642. Con la nobleza fue inexorable, y no vaciló en condenar a muerte a los hombres más encumbrados de sus filas para hacer respetar las medidas tomadas en nombre del rey: así pereció, por ejemplo, el duque de Montmorency. Respecto a los protestantes —o hugonotes, como se les llamaba— no fue menos enérgico. Los combatió como partido y decidió arrebatarles las cien plazas fuertes que le habían sido concedidas por el edicto de Nantes que dictara Enrique IV. Para ello tuvo que decidirse a afrontar una guerra, en la que los protestantes contaron con el auxilio de Inglaterra, pero en la que no pudieron sobreponerse a la resuelta acción del ministro. Tomada La Rochela, los protestantes quedaron indefensos y su situación fue reglada por la gracia de Alais (1629), por la que se les reconocía libertad de culto, pero se les negaba todo derecho a organizarse como partido.

El punto más delicado de su política debía ser el que se relacionaba con la situación internacional de Francia. No sin temor, Richelieu observaba cómo parecían cumplirse los designios de Fernando II de Austria, destruyendo los obstáculos que se le oponían. Si, en efecto, llegaba a triunfar, Francia tendría al este una potencia unida y de extraordinario poder, en condiciones, por otra parte, de aliarse con España, gobernada por otra rama de los Habsburgo. El peligro era inminente, y Richelieu, pese a su condición de cardenal de la Iglesia católica, no vaciló en apoyar a los príncipes y reyes protestantes que pudieran contribuir a frustrar las ambiciones del emperador. Pero cuando cayó Gustavo Adolfo en la batalla de Lützen y los protestantes resultaron vencidos en Nórdlingen, Richelieu comprendió que era necesario echar en la balanza todos sus recursos para decidir en su favor la cuestión de la hegemonía europea.

LA INTERVENCIÓN FRANCESA EN LA GUERRA

Richelieu abrió contra el emperador una vasta campaña diplomática y consiguió la alianza de varias potencias: Suecia, los príncipes protestantes, Holanda, y otras de menor significación contribuyeron a formar una fuerza con la cual afrontó el problema en toda su magnitud. En efecto, Richelieu declaró la guerra a Austria y a España en 1635 y llevó sus fuerzas a los dos frentes.

La guerra fue larga y costosa. Las tropas españolas comenzaron invadiendo Francia, pero fueron contenidas y finalmente debieron ceder a las de Richelieu la posesión de Artois y del paso del Rosellón. En el campo de batalla de Rocroi, el duque de Enghien obtuvo una victoria formidable en 1643, con la que complementaba el triunfo naval de los holandeses en Las Dunas (1639). Y en 1648, tanto la victoria francesa en Lens como el peligro en que pareció hallarse Viena, decidieron al emperador a pedir la paz, dejando a España sola en el conflicto.

El objetivo militar más importante de Richelieu había sido conseguido, y si Richelieu había desaparecido, estaba ahora en su lugar, para negociar una paz que recogiera los frutos de la victoria un hombre en nada inferior a él en cuanto a aptitudes diplomáticas: Mazarino. A él le correspondió negociar los tratados de Westfalia y luego la paz de los Pirineos con España.

MAZARINO

Mazarino había sido señalado como su sucesor por el propio Richelieu, que conocía su capacidad y lo sabía dispuesto a continuar la política que él había iniciado. No tenía Mazarino, ciertamente, la áspera energía de su antecesor, pero la suplía con una extraordinaria habilidad que hacía de él un político sutil y un consumado diplomático. La época en que le tocó actuar fue extremadamente difícil. A la muerte de Richelieu (1642) siguió la del rey Luis XIII (1643), y Mazarino tuvo que actuar durante la menor edad de Luis XIV, bajo la regencia de la reina Ana de Austria. Esta circunstancia pareció favorable a la nobleza para intentar la reconquista de las posiciones perdidas, y organizó un movimiento —que recibió el nombre de Fronda— gracias al cual logró imponerse en cierta oportunidad. Mazarino fue uno de los objetos de la persecución de la nobleza; pero el hábil cardenal logró sortear todas las dificultades y, aunque con intervalos, continuó en la dirección de la política francesa hasta su muerte.

Los frutos más brillantes de su acción fueron los pactos que negoció al fin de las guerras con los Habsburgo. En 1648 firmó los tratados de Westfalia, por los cuales se mantenía la organización tradicional de Alemania, y, con el pretexto de garantizar la libertad de los príncipes contra el emperador, las potencias vencedoras aseguraban un régimen de desunión en el país vencido: así se organizó un sistema político que se conoció con el nombre de “equilibrio europeo”. Entre tanto, continuó la guerra entre Francia y España; pero al cabo de once años, y tras algunos triunfos franceses, Mazarino pudo imponer a España el tratado de los Pirineos, por el que obtenía el Rosellón y Artois (1659). De este modo, quedaba consagrada la hegemonía de Francia en Europa.


La época de Luis XIV

La política de Richelieu y Mazarino triunfó definitivamente con Luis XIV, que supo llevar personalmente hasta sus últimas consecuencias los puntos de vista que habían defendido los dos grandes ministros de la monarquía en época de sus antecesores. Los principios de la monarquía absoluta quedaron sólidamente establecidos, la unidad religiosa del reino firmemente afianzada, y la posición internacional de Francia alcanzó un nivel tal que no admitía comparación con la de ninguna otra potencia. En efecto, no hubo problema europeo que no girara dentro de la órbita de Luis XIV, a quien se llamó el “Rey Sol” y cuya corte fue el centro de la vida europea.

LA POLÍTICA INTERIOR DE LUIS XIV

Luis XIV mantuvo al cardenal Mazarino en su cargo hasta su muerte, que se produjo en 1661. Pero a partir de ese momento no confió a nadie la dirección de los negocios públicos, y trabajó él personalmente a la cabeza de la administración. Contó, eso sí, con eficaces secretarios, que él eligió entre los hombres que consideró más capaces en sus respectivas funciones, cuidando de que no tuvieran otra significación que la que él quisiera otorgarles. La figura más destacada entre sus colaboradores fue Colbert, a quien encomendó los asuntos económicos. Colbert, de origen burgués, transformó el régimen impositivo haciéndolo más eficaz y, sobre todo, procuró por todos los medios estimular la industria y el comercio, mediante la formación de compañías por acciones para la producción y el intercambio. A su lado, Louvois se encargó de dirigir las actividades militares y Vauban puso al servicio de los planes bélicos sus extraordinarias dotes de ingeniero. Pero todos recibían las directivas y la aprobación del propio rey, que no era ajeno a la solución de ningún problema fundamental del reino.

A la centralización política y administrativa, correspondió una actitud enérgica respecto a la nobleza y a los protestantes. La nobleza había ensombrecido la niñez del rey con sus sublevaciones en la época de la Fronda, debido a las cuales había tenido que escapar de París. Luis XIV se propuso dominarla y someterla, y realizó sus designios cautelosamente pero con firmeza. En general, no usó la violencia. Su método consistió, más bien, en arrancarlos de sus posesiones para impedir que ejercieran en ellas una autoridad que resultaba inevitable debido al prestigio tradicional de las viejas familias en sus respectivas comarcas. Al crear la corte de Versalles, tuvo como principal intención transformar a la nobleza feudal en una nobleza cortesana, que todo lo esperara del rey y que no se moviera sino a su sombra. Otorgó pensiones y dignidades, pero sólo a condición de que estuvieran a su alrededor y se mostraran obsecuentes. De ese modo, eliminó el problema de los nobles rebeldes, al mismo tiempo que minaba sus posibilidades con hábiles medidas económicas y administrativas.

En cuanto a los protestantes, no se contentó con la situación en que los había puesto la gracia de Alais. Bajo la influencia de su esposa morganática, la señora de Maintenon, revocó el edicto de Nantes y suprimió la libertad de conciencia, no sin antes haber tomado diversas medidas para obstaculizar los cultos reformados. Debido a esta política, abandonaron el país crecido número de personas distinguidas, que hallaron refugio en otros países en donde predominaba su religión.

LA VIDA SOCIAL Y LA CULTURA

Las necesidades de una administración centralizada, que debía hacer frente, además, a los ingentes gastos provocados por la guerra, obligaron a Luis XIV a imponer a la burguesía urbana y rural importantes gravámenes. Esta circunstancia le proporcionó cierta antipatía entre esas clases, sobre todo debido al destino que se daba a grandes sumas de lo recaudado. En efecto, uno de los renglones más importantes de los gastos del monarca era el mantenimiento de la suntuosa corte de Versalles y otro no menor, el pago de pensiones a muchos miembros de la nobleza.

Ya han sido señalados los móviles políticos que, en el fondo, tenían estas medidas. Luis XIV extremó el boato y la suntuosidad de su corte no sólo porque efectivamente satisfacía de ese modo su inmenso orgullo, sino también porque trataba de exaltar la dignidad real más allá de toda comparación. A su alrededor se congregaron los nobles designados para las mil menudas labores de palacio, y los que, simplemente, querían estar atentos a la primera ocasión que se les ofreciera para aparecer cerca del omnipotente monarca. Y en las magníficas fiestas, el rey podía sentirse orgulloso de ver en torno de él los miembros de las más altas familias, antes inclinadas a la sedición y ahora sumisas a la voluntad de su señor.

Para alojar su corte, Luis XIV mandó construir el palacio de Versalles que, por su elegancia y su belleza, constituye una obra maestra de la arquitectura. Rodeado por vastos y deliciosos jardines, el palacio tenía numerosos departamentos privados y vastos salones entre los cuales descuella por su lujo el llamado “de los espejos”. Abundaban en él las ricas porcelanas, las vajillas preciosas y las obras de arte de todo género, porque Luis XIV puso a contribución a todo el país para perfeccionar el palacio, en el que no veía solamente la residencia del rey sino también el adecuado marco de la autoridad omnímoda de la nación.

fue su época rica en figuras ilustres, tanto que lo que se llama “el siglo de Luis XIV” es sin disputa el más grande de la historia de la cultura francesa. Corneille, Racine y Molière en el teatro; Descartes y Pascal en la filosofía; Bossuet en la historia; La Fontaine en la poesía; Le Brun y Lorrain en la pintura, son testimonios del nivel que alcanzaron por entonces el pensamiento, las letras y las artes en Francia.

LA POLÍTICA EXTERIOR DE LUIS XIV

La política de Luis XIV con respecto a Europa estuvo dirigida por el principio de que Francia debía alcanzar sus fronteras naturales, entendiéndose por tales el Rin y los Alpes. Si afirmó sus derechos a intervenir en los asuntos españoles, fue para tratar de conseguir algunos de esos territorios; pero mientras llegaba el momento de la muerte del rey Carlos II de España, se apresuró a apoderarse de Flandes sosteniendo que le pertenecía (1667). Quiso luego apoderarse de Holanda, e invadió el país en 1672; pero los holandeses resistieron encabezados por Guillermo de Orange, provocando sin vacilar la inundación del territorio antes que consentir en su ocupación. Holanda fue desde entonces el punto de reunión y la base continental de operaciones de los enemigos de Luis XIV, especialmente Inglaterra. Ésta no intervino sino más tarde. Pero entre tanto, se desencadenó una guerra en 1673, porque España y el Imperio ayudaron a Holanda durante varios años, aunque con escaso resultado, hasta el punto de que tuvieron que aceptar la paz de Nimega, que les impuso Luis XIV en condiciones desventajosas (1678). La situación se tornaba grave por el ascendiente que Francia había alcanzado. Es entonces cuando Inglaterra se decidió a intervenir (1688), precisamente cuando ocupó su trono el mismo Guillermo de Orange que antes había defendido a Holanda como estatúder de ese país. La nueva guerra duró hasta 1697 y concluyó con la paz de Ryswick, por la cual se ponía coto al expansionismo francés.

En ese momento se abría la perspectiva inminente de una nueva lucha, motivada por la vacancia del trono de España que se esperaba de un momento a otro. Francia, el Imperio e Inglaterra se preparaban para ella, y la paz de Ryswick no fue en realidad sino una tregua.

ESPAÑA EN LA ÉPOCA DE LOS ÚLTIMOS AUSTRIAS

Todo el período de ascenso internacional de Francia había correspondido a un período de descenso en España. A la muerte de Felipe II le sucedió su hijo Felipe III, y a éste Felipe IV. Ambos reinados se caracterizaron por el abandono que hicieron de sus deberes los dos monarcas, confiando las riendas del poder a ministros omnipotentes o a camarillas que se enriquecieron envileciendo la vida pública. El duque de Lerma en época de Felipe III y el conde-duque de Olivares en la de Felipe IV fueron en verdad los que gobernaron el país; y si no pudieron sobreponerse a la corrupción general que se advertía en el reino, tampoco pudieron evitar la declinación que amenazaba al prestigio internacional de España. Olivares fue quien tuvo que consentir en la firma del tratado de los Pirineos con Mazarino, después de haber estimulado a los nobles franceses contra él en un esfuerzo desesperado por contener la marcha de Francia hacia su hegemonía.

Con todo, España no había apurado las heces de su desgracia. A Felipe IV le sucedió su hijo Carlos II (1665), que por su enfermedad congénita era absolutamente incapaz para ejercer el gobierno y no debía dejar descendencia. Desde el primer momento, Carlos II —a quien llamaron “el hechizado”— fue prisionero de diversas camarillas de cortesanos que gobernaban en su nombre y, sobre todo, en su propio palacio. Las colonias de América no producían ya las riquezas que habían proporcionado a España en el siglo anterior, y, por el contrario, exigían a la metrópoli un esfuerzo económico y humano muy considerable. Y como su muerte pareció inminente —a pesar de que reinó treinta y cinco años— las principales potencias europeas tejieron alrededor de la corte de Madrid una apretada red de intrigas para sacar ventajas de la situación.

Esta época, sin embargo, es una de las más importantes en la historia de la cultura española. Los nombres más ilustres de las letras y de las artes corresponden a ella. Cervantes alcanzó los tiempos de Felipe III, como Lope de Vega y Tirso de Molina. Durante los reinados de Felipe III y Felipe IV vivieron Pedro Calderón de la Barca; el insigne autor de La vida es sueño y El alcalde de Zalamea, y Francisco de Quevedo y Villegas, a quien se deben magníficas obras en prosa, como el Buscón y la Vida de Marco Bruto, así como también otras poéticas de extraordinario valor; entre estas últimas merecen destacarse aquellas en que censura virilmente el estado de corrupción moral en que vivía España.

Lo más importante es el desarrollo que alcanzaron por entonces las artes plásticas. Ciertamente, no merecía Felipe IV que el pintor de la corte fuera nada menos que Diego Velázquez, que nos ha dejado, entre tantas obras maestras, los retratos del rey y de su privado el conde-duque de Olivares. También corresponden a esta época los pintores Bartolomé Murillo, Francisco Zurbarán y José Ribera, y el escultor Juan Martínez Montañés. Y acaso fuera injusto olvidar a un pensador tan original como Baltasar Gracián, el autor de El criticón.

Bien mirado, son muchos los autores de esta época que advirtieron la declinación moral de España y aun la pérdida de su poderío internacional. Pero, sin duda, más directamente lo percibían los políticos extranjeros, que no vacilaron en tender sus redes para tratar de recoger en alguna medida la cuantiosa herencia que según todos los indicios estaba por quedar vacante.

LA GUERRA POR LA SUCESIÓN DE ESPAÑA

Ya en 1668, Francia y el emperador de Austria trataron de concertar un acuerdo para repartirse las posesiones que dejaría vacante la esperada muerte de Carlos II. Nuevos acuerdos siguieron a éste, según los azares de los conflictos internacionales desencadenados en Europa por Luis XIV, pero ello no fue obstáculo para que, en la corte de Madrid, los embajadores de Francia y del imperio austríaco siguieran tratando de conseguir que el rey testara en beneficio de sus respectivas dinastías. Fue Francia la que, finalmente, obtuvo lo que deseaba, y en 1700 Carlos II instituyó como heredero de todos sus Estados a Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV.

Poco después murió Carlos II y se hizo público el testamento, que todas las potencias, excepto Austria, se mostraron dispuestas a aceptar. Pero era condición expresa de ese documento que Francia no intentara de ningún modo unir los dos reinos, y Luis XIV no se mostró discreto al respecto, sino que insinuó su propósito de enlazarlos en una misma política. La guerra sobrevino entonces, promovida por Inglaterra, que organizó en 1702 una vasta coalición contra Francia.

La guerra duró largos años, y Luis XIV debió apelar a todos sus recursos para defenderse de las tropas enemigas que mandaban jefes tan eficaces como el duque de Marlborough y el príncipe Eugenio de Saboya. Pero Francia contó, a su vez, con otros no menos experimentados, como el mariscal Villars, y pudo hacer frente a la situación. Finalmente, Felipe de Anjou —ya Felipe V de España— logró imponerse en el territorio de su reino a su rival austríaco, el archiduque Carlos, y su autoridad se hizo efectiva. Una circunstancia favoreció a Francia: la muerte del emperador de Austria, por la cual llegaba Carlos al trono imperial y quedaba en situación de reunir en sus manos España y el Imperio. Inglaterra consideró que el objeto de la guerra había desaparecido, y firmó con Francia el tratado de Utrecht (1713), por el que reconocía a Felipe V como rey de España. La guerra siguió, sin embargo, con Austria hasta el año siguiente, en que se le puso fin mediante el tratado de Rastadt. Desde entonces, una dinastía borbónica gobernaría en España, aun cuando quedara pendiente la situación de los dominios españoles en Italia.


La revolución en Inglaterra

Durante el siglo XVII, Inglaterra fue teatro de un proceso político de vastas consecuencias. En 1603 —al morir la reina Isabel— subió al poder la casa escocesa de los Estuardo, quienes quisieron extremar la tradición absolutista de los Tudor. Como para entonces habíanse producido ciertos cambios en la situación del país, el intento promovió una intensa resistencia que culminó en una violenta revolución. De ella debía salir un nuevo régimen político para Inglaterra, que influiría luego sobre los países vecinos.

LOS PRIMEROS ESTUARDOS

El reinado de Isabel habíase prolongado durante casi medio siglo, y en ese tiempo se había afirmado el principio del absolutismo. Pero Isabel conducía los negocios públicos con astuta prudencia, no había suscitado conflictos fundamentales sin tener la seguridad de que podría dominar la situación. Esta virtud faltó a los reyes de la casa escocesa que la sucedieron.

En 1603, en efecto, el trono inglés pasó a manos del rey de Escocia, Jacobo, a quien sucedió a su muerte (1625) su hijo Carlos I. En ambos se vio patente la intención de acentuar el carácter absolutista de su autoridad y limitar la del Parlamento; y si con Jacobo I el problema no adquirió demasiada violencia, no pasó lo mismo con su hijo Carlos.

Intolerancia religiosa, premeditada resistencia frente al Parlamento, impolítica tenacidad en sus propósitos, tales eran los rasgos que puso de manifiesto el nuevo rey, a poco de subir al poder en 1625. Había sido recibido con entusiasmo, esperando que corrigiera los defectos que hicieron odioso a su padre, pero consiguió tornar en decidida resistencia aquella buena disposición originaria de sus súbditos.

Dos principios parecían dirigir su política: la afirmación del absolutismo real y la defensa del anglicanismo como religión única de estado. Para decidirlo a tomar esta decisión acaso contribuyera el ejemplo de la política que, contemporáneamente, seguía el cardenal Richelieu en Francia. Era éste el jefe de la potencia más peligrosa para Inglaterra en ese momento, pero Carlos I no perdía de vista los métodos por los cuales el cardenal ganaba en eficacia y poderío. No contribuyeron menos sus ministros y consejeros: el obispo Laud y el conde de Strafford, fieles ejecutores de su política.

LA REVOLUCIÓN

La primera dificultad que tuvo Carlos I surgió en Escocia, en 1638, y el rey resultó derrotado por un ejército escocés que invadió Inglaterra. Para oponerse a los sublevados, Carlos I convocó al Parlamento a fin de que le proporcionara los medios necesarios, pero, una vez reunido, en 1640, el Parlamento se mostró tan hostil al rey como los mismos escoceses y se opuso categóricamente a la política de la monarquía, llegando hasta a decretar la prisión de los ministros. Una “solemne amonestación” al rey completó la ofensiva.

La respuesta de Carlos no se hizo esperar y ordenó la prisión de los miembros más caracterizados del Parlamento; pero la orden no pudo cumplirse porque tuvieron tiempo para huir y, entre tanto, todo Londres se levantó contra el rey, hasta el punto de verse obligado a abandonar su capital: así comenzó la guerra civil en 1642. Al principio, los caballeros que formaban el ejército real pudieron imponerse, pero poco después las fuerzas del Parlamento encontraron un jefe extraordinariamente capaz en uno de sus miembros, Oliverio Cromwell, con cuyo empuje las tropas de Carlos I fueron derrotadas y él mismo se vio obligado a escapar. Llegado a Escocia, fue hecho prisionero y entregado a sus enemigos ingleses, entre quienes logró sembrar la discordia y separarlos en fracciones antagónicas; algunos miembros del Parlamento se unieron a él contra Cromwell y sus partidarios —de la secta de los independientes—, pero éste apeló a la violencia y los expulsó del Parlamento, consiguiendo que los representantes que quedaron en sus funciones depusieran al rey (1648). La monarquía fue suprimida y se constituyó una república de la cual el Parlamento fue el poder legislativo, y en la que se confiaba la autoridad ejecutiva a un consejo.

CROMWELL

Desde entonces, la autoridad de Cromwell fue la que orientó todos los actos del gobierno. Al año siguiente el rey fue condenado a muerte y se ejecutó la condena sin vacilaciones. Cromwell manifestaba una voluntad férrea, y gracias a ella pudo hacer frente a los distintos problemas con eficacia. Irlanda y Escocia fueron obligadas a seguir su política y Holanda fue llevada a la guerra para asegurar a Inglaterra una situación favorable en el mar.

En 1653, Cromwell apoyándose en el ejército, disolvió el Parlamento y se proclamó “lord protector de Inglaterra”. Desde este cargo procuró reorganizar el sistema político para transformarlo en fiel ejecutor de su voluntad y siguió una política exterior beneficiosa para los intereses económicos de Inglaterra. Pero no logró, en cambio, dar forma definitiva al régimen político instaurado por la revolución, y a su muerte, en 1658, legó su cargo a su hijo Ricardo, que lo abandonó al poco tiempo por propia voluntad. En estas circunstancias, los defensores de los intereses dinásticos de los Estuardo comenzaron a trabajar activamente para devolverles el trono.

LA RESTAURACIÓN

El heredero del trono había vivido durante los años del destierro en el continente y había aprendido mucho. Además, era Carlos II un hombre de clara inteligencia, de modo que pudo acomodarse a la nueva situación, y cuando asumió el poder, en 1660, buscó la manera de conciliar sus inclinaciones —inequívocamente autoritarias— con las tradiciones parlamentarias. En realidad, apenas existió conflicto en este aspecto; pero lo hubo, en cambio, muy pronto, porque Carlos II había estado en contacto con los católicos durante su destierro y había decidido llegar a imponer en Inglaterra una política de libertad en materia religiosa. Cuando este designio se hizo visible, el Parlamento se levantó violentamente y se opuso con energía: ordenó la persecución de los católicos e hizo jurar a los funcionarios su fidelidad al anglicanismo. Extremando las medidas, declaró excluido de la sucesión real al duque de York, hermano del rey, por la sola circunstancia de ser católico. Esto provocó una tensión cada vez mayor entre el rey y el Parlamento, pero tuvo además otra consecuencia más grave, pues dividió la opinión pública entre los partidarios del derecho dinástico y los partidarios de la exclusión del duque de York. A los primeros se les llamó tories y a los segundos whigs.

El sucesor de Carlos II extremó las cosas aun más. Jacobo II era, en efecto, católico aunque lo ocultara, y estaba además en excelentes relaciones con Luis XIV de Francia, de modo que cuando subió al trono, en 1685, desencadenó una oposición decidida. Sin inmutarse, pretendió instaurar el culto católico en su propio palacio, y tuvo que hacer frente a una insurrección motivada por ese hecho, después de la cual estableció la libertad de cultos. La situación se mantuvo tirante durante algunos años; pero en 1688, Jacobo II, que tenía dos hijas educadas en el anglicanismo, tuvo un hijo varón al que hizo bautizar en la religión católica. Y esta vez, la insurrección se tornó en un movimiento general contra el rey.

LA REVOLUCIÓN DE 1688

Los jefes del movimiento anglicano buscaron entonces una solución adecuada. Ofrecieron el trono a Guillermo de Orange, estatúder de Holanda, casado con la princesa María, con la condición de que interviniera militarmente en Inglaterra para proteger a los anglicanos. Guillermo aceptó y desembarcó en Inglaterra, obligando a huir a Jacobo II. Entonces se declaró el trono vacante y se formalizó el ofrecimiento a Guillermo, con la condición de que aceptara algunas condiciones preestablecidas.

Esas condiciones quedaron fijadas en un documento — la Declaración de derechos—, en el que se establecían las limitaciones de la autoridad real por el Parlamento, al que se reservaba la jurisdicción sobre ciertas cuestiones muy importantes, y en especial, lo que se refería a los impuestos y a la leva militar. María y Guillermo prestaron su conformidad y se los proclamó reyes de Inglaterra. Entonces se inició una nueva era, durante la cual debía afianzarse cada vez más —sólo con breves interrupciones— el régimen parlamentario.

LA COLONIZACIÓN DE AMÉRICA DEL NORTE

Durante el gobierno de los Estuardo comenzó a desarrollarse la colonización de las costas de América del Norte, mediante compañías privadas a las cuales autorizaba el Estado para que organizaran colonias con pobladores ingleses. La Compañía de Londres fundó en 1607 Jamestown, en Virginia, y poco después surgieron otras ciudades en la misma región. En el norte, en cambio, fracasó la Compañía de Plymouth; pero esas tierras fueron pobladas por los puritanos ingleses que escapaban a la persecución de Jacobo I. El primer contingente, el de los Padres peregrinos, fundó Nueva Plymouth en 1621, y poco después, en 1630, se fundó la ciudad de Boston. Alrededor de ellas surgieron más tarde nuevos centros de colonización, y al cabo de algún tiempo, se habían constituido establecimientos prósperos que pudieron sobreponerse a las dificultades de la naturaleza y a los obstáculos que les imponían los naturales de la región.

Estas colonias tuvieron un régimen curioso. Algunas dependían del gobierno de la corona, pero el gobernador estaba auxiliado en sus funciones por cuerpos colegiados elegidos por los colonos. En otras, como Massachusetts, Rhode Island y Connecticut, los colonos tenían más autonomía y, en las dos últimas, hasta elegían al gobernador. Estas colonias contribuyeron al desarrollo económico de Inglaterra durante el siglo XVII.


El Imperio Otomano y los pueblos eslavos hasta el siglo XVIII

En el centro y el este de Europa, un largo duelo entre el imperio otomano y los países cristianos caracteriza todo el curso de esta época. Tras la conquista de parte de la península balcánica, los turcos comenzaron a presionar por tierra y por mar hacia el oeste y tuvieron en jaque a Hungría y Bohemia, avanzadas de la Europa occidental, hasta que lograron imponerse. Entre tanto, Polonia y Rusia se desarrollaron lentamente, y la última consiguió alcanzar, a fines del siglo XVII, una situación privilegiada en el panorama político de Europa.

EL IMPERIO OTOMANO

Tras la conquista de Constantinopla, el sultán Mohamed se lanzó a la realización de un vasto plan que sólo tenía como límite el dominio de toda Europa por el Islam. A la conquista del Asia Menor se agregó la de los territorios que restaban de la península balcánica, y sus naves operaron en forma amenazante por el Mediterráneo oriental. A la muerte de Mohamed, en 1481, lo sucedió Bayaceto, y a éste, en 1512, Selim I, que se apoderó de Arabia, Egipto y Siria. Ya completado el dominio de los turcos sobre todo el mundo islámico, su sucesor, Solimán I, que llegó al trono en 1520, pudo poner en ejecución el viejo proyecto de lanzar la invasión musulmana sobre los territorios de la Europa cristiana.

Desde Belgrado, que los musulmanes poseían ya en 1389, los turcos amenazaban Hungría. Los húngaros, conscientes del peligro, se habían preparado para la guerra, y bajo el mando de Matías Corvino habían sabido resistir los sucesivos embates. Empero, un largo conflicto religioso con los bohemios condujo al debilitamiento de las energías de ambos países, cuya dirección cayó en manos de un príncipe polaco sin aptitudes para tan difícil empresa: Ladislao Jagellon. La avanzada cristiana comenzó a perder posiciones, y finalmente, en 1526, Solimán el Magnífico derrotó sus ejércitos en la decisiva batalla de Mohacs. Desde entonces, Hungría quedó anexada al imperio otomano, y la amenaza turca estuvo pendiente sin tregua sobre las fronteras del imperio austríaco. Entre tanto, las naves otomanas siguieron incursionando por el Mediterráneo oriental, y lograron derrotar a los Caballeros del Hospital que defendían Rodas, apoderándose de esa base naval en 1552. Desde entonces sus amenazas se extendieron hacia el Occidente, y fue necesaria la enérgica acción de España en la batalla de Lepanto (1571) para contenerla.

A principios del siglo XVII, la fuerza expansiva de los turcos comenzó a declinar, y sólo en la segunda mitad del siglo volvió a reaparecer, aunque esta vez de manera menos eficaz. Los límites entre el imperio de los Habsburgos y el imperio otomano habían quedado fijados por el tratado de Torok, en 1606, y sufrieron pocas variaciones. Juan Sobieski, jefe del ejército de Polonia, derrotó a los turcos en Khoczim en 1673 y les arrebató algunos territorios, y un intento de apoderarse de Viena se vio frustrado en 1683. Desde entonces, los turcos dejaron de constituir una amenaza inminente y sufrieron una grave derrota en Zenta, en 1699, a manos del príncipe Eugenio de Saboya con las tropas del imperio, que les arrebató Hungría y Transilvania, Polonia y Ucrania. Así quedó consignado en la paz de Carlowitz, tras de la cual la declinación otomana pareció indiscutible.

POLONIA

En Polonia, había gobernado desde la Edad Media la dinastía de los Jagellones. Pero en 1572 la aristocracia se impuso y estableció una monarquía electiva, eligiendo como primer rey a Enrique de Valois. El país entró entonces en una era desgraciada por la profunda desorganización en que cayó; los reyes no pudieron sobreponerse al orgullo y a las exigencias de la poderosa nobleza, y no había en el país, por otra parte, una burguesía en que pudieran apoyarse como hacían por entonces otros monarcas de la Europa occidental. Había además graves problemas de diverso tipo. El problema religioso, tras diversas alternativas, se tornó gravísimo cuando el rey Segismundo III Wasa —de origen sueco— se convirtió al catolicismo y desencadenó con ello una guerra contra Suecia, que se mantenía protestante. No eran fáciles tampoco los problemas regionales, pues a la hostilidad de Lituania —unida a Polonia en 1569— había que sumar la de los cosacos ucranianos que se sublevaron en 1648. Finalmente, la situación internacional de Polonia era también particularmente difícil. Solicitada su alianza por Francia, estaba unida al imperio de los Habsburgos por el peligro común de los turcos; y entre tanto, procuraba mantener su hegemonía sobre Rusia, en momentos en que el vasto país —todavía de aspecto oriental— comenzaba a despertar y a manifestar su anhelo de engrandecimiento nacional.

El movimiento nacional ruso que estalló en 1612 señaló el momento de declinación de la influencia de Polonia, que debía perder, medio siglo después, Kiev y la pequeña Rusia (1667). Así las cosas, las luchas contra los turcos revelaron un verdadero conductor en Juan Sobieski, que fue elegido rey en 1674. Las cosas parecieron cambiar desde entonces. Era Sobieski un hombre de gran empuje y notable eficacia militar, a quien sus victorias le proporcionaron una indiscutida autoridad. Gracias a ella pudo recuperar Polonia algunos territorios que había perdido en el Sur: Podolia y Ucrania. Pero a su muerte las cosas volvieron a empeorar, y el ascenso de Rusia se transformó en una amenaza constante que habría de hacerse efectiva más tarde, al decidir las potencias occidentales y Rusia el reparto de su territorio.

RUSIA HASTA LA ÉPOCA DE PEDRO EL GRANDE

Por obra de Iván IV (1533-1584), el gran ducado de Moscovia concluyó por imponerse a toda la Rusia septentrional, y él mismo pudo adoptar el título de zar. Pero su dinastía —la vieja dinastía normanda de Rurik— fue eliminada poco después por obra de Boris Godunov (1598), y comenzó entonces una dura lucha entre los pretendientes al gobierno y las fuerzas sociales que tenían algún poder. A ese estado de cosas puso fin el ascenso al trono de Miguel Romanoff en 1613, tras el cual reinaron sus descendientes sin solución de continuidad. A esa dinastía se debió el asentamiento del poder ruso durante el siglo XVII, después de haber estado durante algún tiempo a punto de sucumbir bajo la acción de Polonia.

Durante todo ese período se insinúa cierta tendencia de Rusia a acentuar sus relaciones con el Occidente; pero quien le da a esa política un fuerte empuje es Pedro el Grande, que subió al poder por la violencia en 1689. Empezó a realizar sus planes de engrandecimiento de Rusia atacando a los turcos, a quienes arrebató la fortaleza de Azoff en 1696; pero luego orientó decididamente su política hacia el Occidente, a raíz de un viaje que hizo en 1697, y en el que recogió buenas lecciones de Holanda e Inglaterra. Se propuso entonces borrar todos los signos primitivos de la vida rusa e introdujo enorme cantidad de innovaciones para transformar exteriormente a su país. No sólo dispuso que se adoptara la vestimenta europea, sino que hizo importantes reformas administrativas y financieras para montar el Estado sobre nuevas bases. Una eficiente policía, que no tenía reparos en llegar a los más brutales suplicios, fue su principal instrumento político, con el cual contuvo todos los intentos de rebelión, sin perdonar a su propio hijo Alejo, a quien condenó a muerte.

Para asegurar su expansión por el Norte, desencadenó una guerra con Suecia, que le impedía llegar al Báltico. La guerra fue dura, pero la victoria de Poltava, en 1709, le aseguró el triunfo y el control de la costa sobre ese mar. Poco después fundó allí San Petersburgo, su nueva capital, de la que quiso hacer una ciudad moderna.

Desde el reinado de Pedro el Grande, que murió en 1725, Rusia conquistó una situación preponderante en Europa, debido a la cual entró a formar parte poco después del sistema de las grandes potencias.


Inglaterra y Holanda en el siglo XVIII

Pese a las posibilidades que brindaba a Francia la posesión del trono de España por parte de un príncipe de la dinastía borbónica, nada pudo evitar que el vasto desarrollo marítimo de Inglaterra pusiera a esta nación en una situación de potencia privilegiada y, muy pronto, alcanzara la hegemonía en Europa. Contribuyó en vasta escala a promover ese desarrollo el nuevo régimen político que quedó instaurado en Inglaterra después de la revolución de 1688, tras la cual alcanzaron un papel importante en la dirección del estado los grupos más directamente interesados en las actividades económicas.

EL REINADO DE GUILLERMO III

Guillermo III gobernó Inglaterra hasta 1702, y durante este período trabajó con empeño para pacificar el reino y asentarlo firmemente sobre sólidas bases, a fin de impedir el retorno de la agitación que tanto había costado al país durante la segunda mitad del siglo. Su labor se vio coronada por el éxito. El principal problema era el religioso, en cuanto se relacionaba, sobre todo, con el régimen de la sucesión real. Para resolverlo, se dictó en 1701 el Acta de establecimiento, mediante la cual se establecía categóricamente que la corona sólo podía pasar a manos de un príncipe que perteneciera a la religión anglicana.

En cuanto a la política exterior, Guillermo III mantuvo, como rey de Inglaterra, la misma línea de conducta, que había seguido antes como estatúder de Holanda. Así, se mantuvo firmemente hostil a Luis XIV y echó todo el peso del poderío inglés contra Francia. Él había sido quien organizara la Liga de Augsburgo en 1686, de modo que, cuando Luis XIV atacó el Palatinado, le fue muy fácil al nuevo rey de Inglaterra poner en movimiento una vasta coalición que tuvo en jaque a Francia desde 1688 hasta 1697.

Durante este largo período la guerra fue muy dura tanto por tierra como por mar. Luis XIV sostenía a Jacobo II como rey legítimo de Inglaterra, y sus corsarios obstaculizaban el comercio marítimo del enemigo, en tanto que Inglaterra contribuía con sus fuerzas al ataque de las fronteras francesas desde los Países Bajos. A esta guerra puso fin la paz de Ryswick, mediante la cual Francia reconoció la legitimidad de Guillermo III como rey de Inglaterra. Pero poco después se desencadenó la guerra por la sucesión de España, e Inglaterra volvió otra vez a combatir contra Francia.

LA REINA ANA

En 1702 murió Guillermo III y le sucedió en el trono la princesa Ana, hermana de María e hija también de Jacobo II. Durante todo su reinado —que duró hasta 1714— Inglaterra mantuvo la guerra contra Francia. Sus ejércitos, mandados por el duque de Marlborough, actuaron con marcada eficacia junto a las fuerzas imperiales contra los franceses, sosteniendo que la unión de Francia y España constituía un peligro inminente para Europa. Pero cuando un peligro semejante apareció por el lado de los Habsburgo, Inglaterra firmó con Luis XIV el tratado de Utrecht, con el que obtuvo algunas notables ventajas. En efecto, logró entonces Inglaterra varios territorios importantes en América, a costa de España y Francia, y quedó en posesión de Gibraltar, que le otorgaba el control del Mediterráneo. Pero además, obtuvo importantes ventajas económicas, pues pudo negociar con las colonias españolas y, sobre todo, encargarse del tráfico de esclavos con carácter de monopolio. Por esta última circunstancia, pudo tener bases de operaciones que, además, le servían para introducir otras mercaderías de contrabando.

En cuanto a la política interior, la reina Ana se preocupó por resolver el problema de las relaciones entre Inglaterra y Escocia. En 1707 se firmó el Acta de unión, mediante la cual Inglaterra y Escocia reconocían un mismo rey y un mismo Parlamento, aunque se autorizó a Escocía a que conservara la religión presbiteriana, así como también sus leyes tradicionales, según las cuales gobernaría el rey.

LA ÉPOCA DE LOS HANNÓVER

Vacante la corona en 1714, correspondía la sucesión según el Acta de establecimiento al elector de Hannóver, quien reinó con el nombre de Jorge I. Era éste un príncipe alemán que ignoraba el idioma inglés y que, en consecuencia, se abstuvo de intervenir en el gobierno, dejando que ejerciera libremente sus funciones el primer ministro. Éste, a su vez, solía ser representante del mayor grupo de opinión de los que formaban parte del parlamento, que eran por entonces los whigs. Con ellos gobernó Jorge I durante su reinado, mientras el partido adverso, el de los tories, se mantenía en una especie de postergación debido a su tendencia absolutista y a que, últimamente, había pretendido restaurar a los Estuardo.

La abstención del rey en los asuntos de gobierno contribuyó muy favorablemente al robustecimiento del poder del Parlamento. Esta situación se prolongó durante el reinado de Jorge II, quien llamó al ministerio a Guillermo Pitt, un político y estadista de inestimables dotes. A él se debió también el afianzamiento del régimen parlamentario, pues a pesar de que tuvo que gobernar en una época muy difícil —por las repercusiones sociales de la revolución industrial y las guerras exteriores— supo conducir el estado con mesura y robustecer el orden legal con energía.

Finalmente llegó al poder Jorge III, en 1760, y con él se inició un período de caracteres distintos a los de sus dos predecesores. Jorge III era ya inglés y se mostró decidido a no representar el papel que adoptaron aquellos que le habían precedido. Quiso gobernar por sí mismo, y no vaciló en apelar a toda clase de expedientes para lograr que el Parlamento no le fuera adverso, sin excluir el soborno o la amenaza. Los tories lo secundaron en sus planes y apoyaron su política, pero la reacción fue enérgica y desembocó en una agitación que frustró los propósitos del rey, quien se vio obligado a ceder.

El movimiento emancipador que estalló en las colonias de América del Norte contribuyó también a desacreditar el gobierno personal de Jorge III, y poco después los whigs fueron llamados nuevamente al gobierno. En 1783, el rey llamó al ministerio a Guillermo Pitt, el hijo del ministro del mismo nombre que había ejercido el poder en época de su padre, y la extremada habilidad del joven estadista pudo restablecer el libre ejercicio del gobierno parlamentario.

En la conducción de las relaciones exteriores, Guillermo Pitt reveló una clara visión de los intereses de Inglaterra y una formidable tenacidad para imponer sus designios. Durante su ministerio estalló en Francia la revolución de 1789, y Pitt encarnó desde el primer momento la reacción contra los principios que sustentaba aquélla, entendiendo que la transformación política de un pueblo sólo podía hacerse siguiendo la línea de sus tradiciones y no mediante la imposición de normas racionalmente determinadas. Sobre todo, Pitt se manifestó decidido a contener la expansión de las doctrinas revolucionarias y puso toda su energía en la labor de respaldar la resistencia de Europa. Desde entonces, Inglaterra asumió la misión de coordinar todos los esfuerzos contra Francia.

LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL

En cuanto a la política interior, Guillermo Pitt tuvo que afrontar las consecuencias económicas y sociales de la revolución industrial. En el curso del siglo XVIII había surgido el problema de hacer frente al acrecentamiento de la producción mediante una renovación del sistema manufacturero. Muy pronto comenzaron a inventarse aparatos mecánicos que podían producir más rápida y eficazmente que la mano del hombre; la máquina de hilar y el telar mecánico transformaron el proceso de elaboración textil, y poco después empezaron a utilizarse de modo sistemático el carbón mineral y el vapor.

Las consecuencias de estas innovaciones fueron múltiples. El aumento de la producción dio lugar a la aparición de una nueva clase de burgueses ricos y, al mismo tiempo, a una transformación sustancial de las clases asalariadas. Al principio, el hecho más notable fue la desocupación obrera; pero poco a poco se reorganizó la distribución del trabajo y se produjo un fenómeno inverso de mayor demanda de mano de obra. A raíz de esto, muchos trabajadores rurales abandonaron los campos y comenzaron a congregarse en las ciudades con la esperanza de obtener mejores jornales. Así surgieron los grandes centros fabriles —como Birmingham, por ejemplo—, en los que se aglomeraron millares de personas que tenían necesidades y problemas nuevos que no siempre se solucionaban rápida y fácilmente. La explotación inicua de los trabajadores, las miserables condiciones de vida que les proporcionaban las ciudades que inesperadamente tuvieron que albergarlos, el rápido encarecimiento de la vida y muchos otros problemas que traía aparejados la nueva situación, creó un clima de inquietud social que el gobierno tuvo que afrontar con ductilidad y energía.

HOLANDA EN EL SIGLO XVIII

La prosperidad económica de Holanda sufrió un rudo golpe a mediados del siglo XVII, cuando Inglaterra, en tiempos de Cromwell, decidió proteger su propio comercio marítimo mediante el Acta de navegación; según esta ley, no podía entrar en Inglaterra ningún barco que trajera mercaderías que no fueran de su país de origen; de este modo, los navíos holandeses que acarreaban gran parte de la producción europea se vieron privados de las posibilidades que les proporcionaba el tráfico con Inglaterra. Desde entonces, el poderío económico de Holanda comenzó a declinar, en un proceso que fue acentuándose por las terribles luchas que debió afrontar en la segunda mitad del siglo XVII debido a las ambiciones de Luis XIV.

Cuando en 1688 el estatúder de Holanda, Guillermo de Orange, fue llamado a ocupar el trono inglés, el comercio de los Países Bajos comenzó a girar dentro de la órbita de Inglaterra, más poderosa y de mayor gravitación internacional. Sin embargo, otras potencias concurrían a orientar la política holandesa, y especialmente Francia y Prusia. Además, la situación interna se vio complicada por los conflictos entre los partidarios del régimen monárquico —que representaba la autoridad del estatúder— y los que querían un gobierno con mayor intervención popular. Todas estas circunstancias originaron una marcada declinación de la significación internacional de los Países Bajos.


El liberalismo económico y el pensamiento de la Ilustración

Tan importante como el desarrollo de los hechos es, durante el siglo XVIII, el desarrollo de las ideas, especialmente en lo económico y en lo político. Las nuevas situaciones creadas por las transformaciones económicas desde comienzos de la Edad Moderna, que ya habían provocado hechos tan importantes como la revolución inglesa, ocasionaron un vivo desarrollo del pensamiento teórico, afanado por explicar los fundamentos de los fenómenos ya producidos y por hallar soluciones para el porvenir. Sobre la base de los principios fundamentales del pensamiento moderno, establecidos desde los tiempos del Humanismo y desarrollados luego por la filosofía racionalista, comenzaron a elaborarse nuevos sistemas de ideas sobre la realidad económica y política. Pero estos sistemas de ideas no quedaron en meros esquemas teóricos sino que se proyectaron en principios para la acción. Y la historia posterior fue, en parte, el resultado de su adopción por ciertos grupos sociales que se propusieron aplicarlos.

LOS FISIÓCRATAS

Las peculiaridades de la vida económica no habían atraído sino muy escasamente el interés de los estudiosos hasta el siglo XVIII. Pero la novedad de ciertas situaciones de la vida históricosocial y la certidumbre de sus proyecciones futuras hizo que, por entonces, algunos espíritus ilustrados se dedicaran a analizar su mecanismo y ordenaran ciertas ideas capitales sobre la base de algunos principios que consideraron fundamentales. Así surgió una nueva disciplina, la economía política, entre cuyos fundadores se encuentran, tras algunos pensadores ingleses cómo Petty, los franceses Quesnay, Gournay y Turgot. Se conoce a éstos bajo el nombre común de fisiócratas.

El punto de partida de los fisiócratas fue la certidumbre de que no era el comercio —como pensaba Colbert, por ejemplo— la fuente de la riqueza. Por el contrario, afirmaron que sólo la producción significa una riqueza segura, porque sólo ella tiene la posibilidad de dejar un excedente que pueda transformarse en capital acumulado, considerando que todo otro trabajo era en cambio estéril. Entre todas las formas de producción, afirmaron que la agricultura era la fuente más segura de riqueza, aunque alguno de ellos pensó que debía considerarse como tal a la industria. En todo caso, coincidieron todos en reprobar la acentuada intervención del Estado en la vida económica —tal como se ejercitaba, por ejemplo, en la Francia de Luis XIV y de Colbert— y propugnaron un sistema en el que predominara la libre competencia, y en el cual el Estado se abstuviera de intervenir como fuerza orientadora de la actividad económica. Muy al contrario, debía “dejar hacer, dejar pasar”, fórmula con la cual definieron los fisiócratas su concepción de la política estatal. De ese modo, directa o indirectamente, se procuraba dejar el camino abierto para que la nueva industria capitalista comenzara a desarrollarse y fortalecerse libremente.

SMITH Y RICARDO

Esta misma tendencia pusieron de manifiesto, de manera aun más decidida, los economistas ingleses de la segunda mitad del siglo XVIII. El hecho era explicable. Inglaterra había desarrollado una política colonial muy acentuada y había alcanzado luego un notable desarrollo capitalista que provocó una sensible alteración del panorama económico. Para facilitar la prosecución de ese desarrollo parecía necesario comprender a fondo cuál era el mecanismo del régimen capitalista, y a estudiarlo a fondo se dirigieron los esfuerzos de Adam Smith y David Ricardo, el primero en su obra titulada Investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones, y el segundo en sus Principios.

El análisis del funcionamiento de la economía capitalista tal como se manifestaba en su tiempo, y las perspectivas que ofrecía su desarrollo futuro constituyen los temas fundamentales de la obra de estos dos economistas a quienes se reconoce como los fundadores del sistema clásico de la economía política. Apoyándose en la tradición fisiocrática, pero avanzando considerablemente a partir de ella, coinciden ambos en admitir la existencia de un orden natural dentro del cual las relaciones económicas se desenvuelven según una lógica interna que no debe ser coaccionada por el derecho positivo. Es menester “dejar hacer” sin intentar la defensa de determinadas formas de producción, consumo o intercambio; es menester permitir el libre funcionamiento de la ley de la oferta y la demanda; es menester, en fin, atenerse al libre juego de las fuerzas económicas, guiadas internamente por ciertas leyes que le son propias.

Smith afirmó que la riqueza de una nación descansaba fundamentalmente en el trabajo productor y desarrolló una teoría del valor basada en el distingo entre lo que es valor de uso y lo que es valor de cambio. Ricardo estudió a fondo el problema de las utilidades —o plusvalía— y los salarios, y ensayó una interpretación de la evolución económica de la cual se desprendía un claro planteo de lo que sería el desarrollo futuro del capitalismo. Este vasto sistema de ideas contribuyó a establecer los principios del liberalismo económico en Inglaterra y luego, en mayor o menor medida, en Europa, difundiendo el principio de que cualquier intervención de origen externo era perjudicial para el desarrollo de la vida económica.

LA FILOSOFÍA POLÍTICA DE LA ILUSTRACIÓN

Mientras los economistas trataban de establecer una teoría de la vida económica que permitiera orientarla hacia su pleno desarrollo de acuerdo con las tendencias que se manifestaban, los filósofos comenzaron a interesarse por los problemas que las nuevas situaciones de hecho planteaban en el campo de la vida política. En cierto modo, esta preocupación tiene dos raíces. Por una parte proviene de las incitaciones que la realidad misma suscitaba; por otra, de las consecuencias necesarias que entrañaba el pensamiento filosófico moderno.

La revolución inglesa del siglo XVII había incitado a la reflexión sobre los hechos políticos que había desencadenado, y surgieron entonces algunos teóricos de gran vuelo que indagaron las causas de los procesos sociales y políticos y trataron de establecer las bases filosóficas y jurídicas en que debía apoyarse el gobierno del Estado. Entre ellos fueron los más notables Hobbes y Locke, el segundo de los cuales desarrolló la doctrina de la monarquía limitada en su libro titulado Tratado del gobierno civil. En esa tendencia se alinearon algunos filósofos que, ante el espectáculo del absolutismo y su indiferencia frente a la cambiante realidad, consideraron necesario defender la urgencia de ciertas reformas políticas. Montesquieu, Voltaire y Rousseau fueron las figuras descollantes de este movimiento doctrinario, que tanta resonancia debía tener poco después.

Si Francia logró ser escenario de esta profunda renovación doctrinaria, fue porque allí el Estado absolutista había alcanzado su más alto grado de desarrollo. Luis XIV había organizado un régimen de absoluta centralización, y Bossuet había renovado la doctrina del derecho divino en que se apoyaba. Pero en el curso del siglo XVIII las cosas cambiaban aceleradamente, y el esplendor que Colbert pudo asegurar durante algún tiempo mediante el sistema mercantilista se trocó en una progresiva declinación económica, que producía a su vez una correlativa inquietud social. Montesquieu criticó violentamente la situación en sus Cartas persas, y se dedicó a ahondar en el estudio de la evolución política de los Estados antiguos; fruto de esas preocupaciones fue su obra Grandeza y decadencia de los romanos y, sobre todo, la que tituló El espíritu de las leyes.

Montesquieu demostró una rara profundidad analizando el origen de las instituciones y la relación que hay entre éstas y las formas de la vida política y social de los pueblos. Su objetivo era afirmar la necesaria libertad del individuo mediante un sistema de garantías que contuvieran las tendencias absolutistas del Estado; en tal sentido propugnó como principio fundamental la división de los poderes: ejecutivo, legislativo y judicial, señalando que la reunión de todos, o de dos de ellos, en una sola persona constituía un gravísimo peligro para la libertad del individuo y la estabilidad del orden político.

En el mismo sentido se orientó la continuada prédica de Voltaire. Espíritu multiforme, sus obras más importantes se relacionan con la filosofía y la historia; pero su militancia política le proporcionó ocasión para exponer sus ideas en numerosos opúsculos de carácter combativo a los que debió muchas persecuciones. En Inglaterra conoció y aprendió a estimar el sistema de la monarquía limitada y parlamentaria, que elogió y trató de difundir en el libro que tituló Cartas sobre los ingleses. Ante el espectáculo de su patria, aprendió a odiar la injusticia y la intolerancia religiosa y la restricción de la libertad de pensamiento. Y de este modo, en la defensa directa de las víctimas de la opresión absolutista y en la exaltación del liberalismo político, fue sembrando nuevas inquietudes que trabajarían fuertemente el ánimo de sus compatriotas y los predispondría para tratar de conseguir una renovación de las formas estatales.

Por su parte, Rousseau contribuyó a fortalecer esta tendencia revolucionaria mediante el planteo que hizo del problema del origen del poder político en su libro El contrato social. Sostuvo allí que sólo en el pueblo residía la fuente de la soberanía, y que todo poder que no proviniera de su libre consentimiento era, en el fondo, ilegítimo. Esta afirmación se dirigía directamente contra la tesis del derecho divino de los reyes, en la que se apoyaba el absolutismo francés, y debía conmover la tradicional fidelidad a la monarquía que caracterizaba a Francia.

De este modo, mientras del pensamiento de Montesquieu y de Voltaire se derivaba una definida aspiración a una monarquía limitada, del pensamiento de Rousseau parecía desprenderse una aspiración al régimen republicano. Pero, de un modo o de otro, el conjunto de los grupos no privilegiados y oprimidos por el absolutismo real encontraba en estas nuevas ideas una esperanza que pudo moverlos, finalmente, en favor de la revolución.

LA ENCICLOPEDIA

El pensamiento de los filósofos políticos del siglo XVIII no era, en verdad, sino un aspecto de la notable mutación que se advertía en todos los dominios de la actividad intelectual. Desde comienzos de la Edad Moderna se manifestaba una activa inquietud que se proyectaba hacia la filosofía, pero también hacia las ciencias; y en todos los campos podía advertirse la decisión de desterrar los innumerables prejuicios que sobrevivían a pesar del vasto desarrollo que había alcanzado el saber. Esta nueva orientación del espíritu europeo se conoce con el nombre de Ilustración, y ha dejado como testimonio elocuente de su amplitud y su vigor una obra colectiva en la que se procuró sintetizar los resultados adquiridos hasta entonces por el espíritu moderno: la Enciclopedia, ideada y dirigida por Diderot, y en la que colaboraron los hombres más capaces de la época.

D’Alambert, Buffon, Condillac, Voltaire, Montesquieu, Helvetius y otros muchos aportaron sus conocimientos en sus respectivas disciplinas para proporcionar al lector medio una nueva visión del mundo. La acción de esta obra fue extraordinaria, y contribuyó a crear una nueva conciencia orientada hacia la acción renovadora.


Austria y el ascenso de Prusia

En el centro de Europa, el antiguo imperio de los Habsburgo que ahora comenzaba a ser llamado Austria, estuvo durante el siglo XVIII expuesto a perecer por la disgregación de los numerosos y heterogéneos Estados que lo componían. Sin embargo, pudo salvarse y aun reorganizarse con más vigor que antes gracias a algunos monarcas enérgicos e inteligentes, entre los cuales gozaban de cierto prestigio las nuevas ideas sostenidas por los brillantes filósofos franceses. Con todo, el hecho capital de la historia del siglo XVIII en el centro de Europa es, sobre todo, el ascenso del reino de Prusia, que alcanzó en brevísimo tiempo una posición de extraordinario poderío.

AUSTRIA Y LA GUERRA DE SUCESIÓN

Para el Imperio, la legitimidad de la sucesión tenía una importancia política decisiva. En efecto, la persona del monarca era, en realidad, el único nexo que unía al vasto conjunto de estados nacionales que formaban el Imperio, algunos de los cuales eran verdaderos reinos celosos de su relativa autonomía.

Ahora bien, entre 1711 y 1740 reinó en Austria Carlos VI, quien por no tener sino una hija mujer, veía con inquietud el futuro de la corona imperial. Las mujeres, en efecto, estaban excluidas por la ley Sálica de la herencia real, y Carlos VI suponía con fundamento que el conflicto a que daría lugar su sucesión contribuiría a desmembrar rápidamente el Imperio. Para impedirlo, resolvió el emperador modificar el régimen sucesorio y legalizar la situación de su hija María Teresa como heredera legítima al trono, y a tal fin dictó la Pragmática sanción que lo establecía así.

Era necesario que las potencias de Europa aceptaran esta decisión, y Carlos VI negoció su reconocimiento por Inglaterra y Francia. Con esta última, sin embargo, tuvo entre tanto un conflicto armado por la sucesión de Polonia, debido al cual se luchó en Italia desde 1733 hasta 1738. La consecuencia fue la expulsión de los austríacos del reino de Nápoles, donde se instauró una rama de la casa de Borbón; pero de esta guerra surgió un entendimiento entre Francia, Inglaterra y Austria, debido al cual esta última, a cambio de algunas pérdidas, obtenía el reconocimiento de la Pragmática sanción.

Sin embargo, cuando en 1740 subió María Teresa al trono, el conflicto no pudo ser evitado. Se oponía a sus derechos el elector de Baviera Carlos Alberto y el rey de España Felipe V, con quienes se aliaron Francia, Inglaterra y Prusia, movida cada una de ellas por distintos designios; y frente a esta vasta coalición, María Teresa, la joven emperatriz, no disponía sino de limitados recursos y de su escasa experiencia política. Empero, muy pronto dio muestras de su valor. Refugiada en Hungría, se aseguró la fidelidad y el apoyo de los húngaros y pudo negociar con Federico II de Prusia, que había intervenido en el conflicto sólo para obtener la posesión de la Silesia, con la que soñaba. Ante la gravedad de la situación, María Teresa sacrificó la Silesia, y una vez libre de preocupaciones por ese lado, dirigió todos sus esfuerzos contra Carlos Alberto de Baviera, cuyos territorios ocupó. Este cambio de la situación le permitió entablar negociaciones en condiciones más ventajosas, y aunque perdió definitivamente la Silesia —cedida a Prusia— y tuvo que entregar Parma a un hijo de Felipe V, su situación como emperatriz quedó firmemente establecida y nada pudo conmoverla de allí en adelante.

PRUSIA HASTA EL REINADO DE FEDERICO II

Quien había salido verdaderamente beneficiado con la guerra por la sucesión de Austria fue el rey de Prusia, Federico II, cuyo reino se convertía ahora en una potencia importantísima en la Europa central.

A fines del siglo XVII, el ducado de Prusia había comenzado a afirmar su poder y su autonomía hasta alcanzar el carácter de reino independiente por obra de Federico I, que adquirió el título real del emperador Leopoldo. El nuevo reino carecía de extensos territorios y además no estaba convenientemente protegido por defensas naturales, de modo que cuando subió al trono Federico Guillermo I en 1713, se propuso crear un ejército capaz de protegerlo y acaso acrecentarlo. Esta labor fue el objetivo de su vida, y por su minuciosa y constante preocupación por la preparación de sus tropas ha merecido el título de Rey Sargento con que se lo conoce. Gracias a esta tenacidad de Federico Guillermo I, su hijo y sucesor, Federico II, se encontró al hacerse cargo del poder en 1740 con un arma poderosa que supo utilizar con eficacia para conseguir la expansión de Prusia y el reconocimiento de su categoría de primera potencia. Durante el tiempo que duró su reinado, esto es, desde 1740 hasta 1786, Prusia conquistó la Silesia, que era una importante zona por sus riquezas y sus manufacturas, y la Prusia polaca, con la que lograba establecer la continuidad territorial de sus estados.

Pero su obra no fue sólo importante en el terreno militar y en el diplomático. Su gobierno interior se caracterizó por cierta mezcla de progresismo y autoritarismo que hace de él uno de los más altos ejemplos de ese tipo de político propio de esta época que se conoce con el nombre de “déspota ilustrado”. Amigo de filósofos, de literatos y de sabios, procuró dar a su corte un carácter culto y elegante; y en el palacio de Sans Souci, que hizo construir en Potsdam, reunió a los más altos espíritus de su tiempo porque amaba la conversación inteligente y el cultivo de las artes.

Nada de esto le impedía, sin embargo, ejercer una autoridad sin desmayos y mantener en su mano el control de toda la actividad de su reino. Era enérgico y lo caracterizaba un sentido práctico que daba gran eficacia a sus designios. Gracias a todo ello, Prusia alcanzó durante su reinado una situación envidiable, lograda en cierto modo a costa de Austria, contra la que no vaciló en luchar en defensa de sus aspiraciones reales.

LA GUERRA DE LOS SIETE AÑOS

Si con la guerra de la sucesión de Austria consiguió Prusia asegurarse la posesión de la Silesia, el conflicto que estalló en 1756 no sólo confirmó su conquista sino que aseguró su papel de potencia europea.

María Teresa de Austria, sin resignarse a sufrir las consecuencias de la guerra de sucesión, procuró establecer un sistema de alianzas que la favoreciera. Aprovechando de las sospechas que Francia alimentaba respecto a la actitud de Inglaterra, logró que aquélla se uniera a Austria, precisamente cuando esta última firmaba un tratado con Prusia. Así se delinearon dos frentes de combate que poco a poco fueron precisándose. A Francia y Austria se unieron Rusia, Polonia y Suecia, y contra ellas quedaron Inglaterra y Prusia, de las cuales la última debía soportar el mayor peso de la guerra en el continente; la primera, en cambio, debía afrontar serias hostilidades en sus fronteras coloniales.

En 1756 Federico II desató la guerra para precaverse de la ofensiva que sus enemigos proyectaban. Tuvo al principio del conflicto algunos triunfos, pero sufrió una grave derrota en 1759, de la que, empero, pudo evitar las consecuencias. En esas circunstancias, Rusia modificó su orientación política y se separó de Austria para unirse a Prusia, en tanto que Francia anunciaba su decisión de poner fin a sus hostilidades con Inglaterra. De este modo, una guerra en la que parecía seriamente comprometido el poder prusiano se tornó favorable por la endeblez de la combinación diplomática que unía a sus enemigos, y Federico II firmó la paz con Austria en 1763 en Hubertsburgo, sin haber perdido nada de lo que anteriormente había logrado.

Acaso los más importantes episodios de esta guerra se habían desarrollado fuera de Europa. Inglaterra, conducida por Guillermo Pitt, ministro de Jorge II, consiguió afirmar decisivamente sus posiciones en América del Norte y en la India, consolidando así un vasto imperio colonial en tanto que Francia veía frustrarse el suyo. De este modo, al tiempo que Prusia afirmaba su posición de gran potencia militar en Europa, Inglaterra alcanzaba una situación de indiscutible predominio en el mar.

LOS REINADOS DE MARÍA TERESA Y JOSÉ II

Austria había sufrido un rudo golpe. No sólo la pérdida de Silesia era importante para su vida económica, sino que el ascenso de Prusia comprometía su situación de predominio en Europa central. Pero María Teresa no se dejó abatir. Incansablemente, trató de reorganizar la administración de sus estados, acrecentar sus recursos, y montar, sobre todo, la máquina militar de manera que el imperio estuviera a cubierto de nuevas sorpresas frente a Prusia. Esta tarea estuvo presidida por los principios modernos que por entonces sostenían filósofos y economistas, al menos en la medida en que ellos no comprometieran el poder absoluto del emperador. Y esta conducta fue imitada celosamente por su hijo y sucesor, José II, cuyo reinado se extendió desde 1780 hasta 1790.

Innumerables reformas caracterizaron su gobierno. Compenetrado del pensamiento de los pensadores franceses, aseguró la tolerancia religiosa y sometió a la autoridad del Estado a la Iglesia Católica, a la que no vaciló en avasallar para defender la soberanía. Al mismo tiempo, procuró extender la educación pública, abolió la servidumbre, proclamó la igualdad de todos los súbditos del imperio, unificó las cargas impositivas, reformó el sistema penal, y trató de establecer un régimen administrativo y político que redundara en beneficio de la autoridad centralizada del emperador.

Todas estas reformas le suscitaron algunos conflictos graves; pero Austria ganó en vigor y en organización, en momentos en que se elevaba frente a ella una Francia convulsionada por la Revolución de 1789, cuyos principios se dirigían directamente contra el absolutismo del que Austria era el más importante defensor.


Los países del Báltico

El ascenso de Prusia se relaciona estrechamente con el vasto drama que se desarrolla en los países del Báltico durante el siglo XVIII. Suecia, la brillante Suecia de Gustavo Adolfo y de Cristina, debía lanzarse sobre Polonia y Dinamarca para tratar de avasallarlas y asegurar su predominio en el mar casi cerrado sobre el que desarrollaba su vida. El intento se vio frustrado; pero no por eso pudieron esos dos países librarse del todo de la acción de los enemigos. Siguieron a Suecia en su ofensiva por la costa báltica Prusia y Rusia, y estas dos potencias, que por entonces alcanzan tal calidad, dividieron el territorio de Polonia mediante repetidas negociaciones diplomáticas y se procuraron una situación de predominio a costa de ella. Si el ascenso de Prusia es un fenómeno decisivo en la historia europea del siglo XVIII, la aparición de Rusia sobre el mismo escenario no lo es menos y debía tener, a la larga, una extraordinaria trascendencia.

LA OFENSIVA SUECA

Tras el breve reinado de Cristina, sucesora de Gustavo Adolfo, había llegado al trono de Suecia Carlos X, en 1654. Sus campañas contra Polonia y Dinamarca, aunque muy espectaculares, no lograron éxito definitivo. Polonia, en efecto, fue respaldada por Austria, y Dinamarca fue apoyada por una coalición marítima de la que formaron parte Holanda, Francia e Inglaterra.

Esta primera guerra del Norte terminó en 1660. Cuarenta años más tarde debía estallar la segunda, en circunstancias todavía menos favorables para Suecia porque ya por entonces se levantaba Rusia con un aire amenazador. Fue el héroe de esa guerra el joven Carlos XII, ante cuya energía se descubrieron los más encarnizados de sus enemigos.

En 1697 llegó Carlos XII al trono, cuando era todavía un joven. Por obra de su padre encontró un reino organizado, con buenas rentas y buen ejército, aunque minado por la resistencia de la nobleza, sometida a la corona no sin violencia. A un miembro de esa nobleza se debió la gestión de la vasta alianza de los enemigos de Suecia. Entraron en ella Sajonia, Polonia, Dinamarca y Rusia, y desencadenaron la guerra en 1700 invadiendo Livonia. Pero Carlos XII se mostró entonces como un extraordinario conductor y venció a sus enemigos en todos los frentes. Desgraciadamente para él, consideró que el mayor peligro estaba en Polonia y Dinamarca, y dedicó a someterlas algunos años que Pedro el Grande de Rusia, por su parte, aprovechó para prepararse cuidadosamente. Por esa circunstancia, cuando Carlos XII se decidió a dar cuenta de las tropas rusas, e invadió el territorio helado, se encontró con un ejército formidable que lo derrotó en la batalla de Poltava, en 1709.

Carlos XII marchó a Turquía y trató de jaquear a Pedro de Rusia desde ese lado, pero no tuvo mayor éxito; con todo, mantuvo la guerra hasta su muerte, en 1718, y sólo tres años después, en 1721, lograron los rusos firmar la paz de Nystad, en la que se aseguraba su triunfo.

Desde entonces, la situación de Suecia quedó oscurecida por el vigor de la Rusia de Pedro el Grande y de Catalina, así como por la Prusia de Federico II. Las aspiraciones de Suecia a la hegemonía en el Báltico quedaron malogradas, tras haberse afirmado más de una vez por obra de los brillantes estrategos que ocuparon su trono.

POLONIA

A la muerte de Juan Sobyeski, el trono de Polonia recayó en un príncipe sajón, Federico Augusto I, cuyo reinado se vio ensombrecido no sólo por las victoriosas campañas de Carlos XII de Suecia sino también por la oposición de importantes sectores, que no vacilaron en apoyar a Estanislao I, colocado en el trono por el invasor. Después de Poltava, Federico Augusto I volvió a su trono, y entonces tuvo que resignarse a admitir la influencia rusa, que se hacía cada vez más acentuada.

La realidad era que Polonia estaba condenada a desaparecer por la debilidad de su situación interna. Desde que se había establecido el régimen electivo y el sistema de estrecho control de la monarquía por los cuerpos colegiados que representaban a la nobleza, los reyes carecieron de fuerza para oponerse a los poderosos vecinos que habían ido surgiendo a su alrededor: Suecia, Rusia, Prusia, sin contar la influencia que ejercían en su vida política Austria y Francia. Estanislao I Leszczynski, cuya hija había casado en 1725 con Luis XV de Francia, fue proclamado rey por segunda vez en 1733, al morir Federico Augusto I, con el apoyo de la nobleza; este hecho precipitó la intervención de Rusia, que lo consideraba hostil a sus intereses. Estanislao I debió abdicar y fue elegido entonces Federico Augusto II, que reinó desde 1734 hasta 1763. Durante su reinado, la familia de los Czartoryski procuró reformar la constitución polaca para fortalecer su estructura interna. Pero los monarcas europeos habían decidido ya repartirse Polonia y se opusieron a todo, de modo que, cuando murió el rey, impusieron a Estanislao II Poniatowski, favorito de Catalina de Rusia, para ocupar el trono polaco.

Este hecho tuvo consecuencias trágicas para Polonia. Los rusos comenzaron a intervenir aun más activamente en su política interior y sus tropas entraron en el país. Poco después, a raíz de la guerra entre Rusia y Turquía, Austria, Prusia y Rusia convinieron en repartirse el territorio polaco en 1772, y de ese modo se coligaron para resistir a los enemigos comunes. Más tarde, en 1793 y en 1795, se reajustó la división territorial hasta hacer desaparecer totalmente a Polonia.

RUSIA

Para Rusia, la obra de Pedro el Grande fue decisiva. Si en lo interior había logrado reorganizar el país y acrecentar notablemente sus recursos, en lo exterior consiguió resultados no menos trascendentales. En efecto, fue obra suya el aniquilamiento de Suecia, cuyo poder constituía un obstáculo fundamental para que Rusia pudiera volverse hacia el mar Báltico y, por esa vía, hacia el Occidente. Éste era, precisamente, el ideal de Pedro el Grande, y su victoria en Poltava había contribuido decididamente a realizarlo.

Sus sucesores durante la primera mitad del siglo xvm carecieron de relieve. Reaccionando contra las directivas políticas de Pedro, se desplazaron los hombres que estaban compenetrados de sus ideales y fueron reemplazados en los puestos más importantes por extranjeros, especialmente por alemanes, entre los cuales se destacó, por cierto, el conde Osterman, a quien la reina Ana encomendó el ministerio de Relaciones Exteriores. Por obra suya, Rusia se orientó decididamente hacia un entendimiento con Austria, en tanto que acentuaba su recelo respecto a Prusia. Aunque con altibajos, esta política se mantuvo aun después de caer en desgracia Osterman. Y aunque Federico II hizo esfuerzos para modificarla, no logró sino que se acentuara hasta el punto de que Rusia, deponiendo su resentimiento contra Francia, no vaciló en ingresar en la alianza que esta potencia había convenido con Austria. En tal situación intervino en la guerra de los Siete Años, al término de la cual ocupó el trono de Rusia Catalina II, cuyo reinado constituye una página brillante de su historia.

Esposa de Pedro III, nieto de Pedro el Grande, que llegó al trono en 1762, Catalina se desembarazó de su marido y lo reemplazó al año siguiente. De origen alemán, fue famosa por sus condiciones de inteligencia y de cultura, porque sorprendía con su vivacidad y despejo, tanto como por su profundo conocimiento de las obras fundamentales del pensamiento contemporáneo. Estuvo en relación con Voltaire y Diderot y en ciertos aspectos se mostró progresista en tanto que en otros no hizo sino extremar el rigor de la autocracia tradicional.

En realidad, su labor más importante fue cumplida en el campo de la política exterior. A diferencia de sus antecesores, Catalina II decidió iniciar una aproximación con Prusia, en cuya obra empezó a trabajar inmediatamente después de su ascenso y de la firma del tratado de Hubertsburgo que ponía fin a la guerra de los Siete Años. El objetivo de esta alianza debía ser, sobre todo, el reparto de Polonia, medida mediante la cual Catalina quería realizar el viejo sueño ruso de entrar en contacto directo con la Europa central. Catalina intervino activamente en la crisis polaca y precipitó luego el conflicto con Turquía, a raíz del cual decidió a Austria a que consintiera en el reparto de Polonia de 1772.

El conflicto con Turquía, desencadenado en 1768, tenía como objetivo la ocupación de Crimea y el establecimiento del Danubio como límite meridional de Rusia. Parte de todo ello obtuvo Catalina mediante el tratado de 1774, y tuvo la habilidad de arrastrar luego a Austria a una guerra conjunta contra Turquía, que estalló en 1787 y separó a Rusia de Prusia. Pero Turquía era todavía bastante fuerte y pudo resistir esos embates. De todos modos, la primacía de Rusia en el este de Europa quedó afirmada con su segura política, y el sistema de alianzas que contribuyera a forjar preparó la conducta de Rusia en el período subsiguiente.


Italia, España y Portugal

Fuera del círculo de las potencias directoras del siglo XVIII, Italia, España y Portugal se desenvolvieron con distinto perfil, pero sin poder evitar el reflejo de los grandes conflictos en que se debatía el problema de la hegemonía europea. Italia fue, en efecto, el campo de batalla de las dos dinastías que luchaban en el Occidente por la supremacía: los Borbones y la rama austríaca de los Habsburgo. España, gobernada por una rama borbónica, siguió de cerca las inspiraciones de Francia, a la que estuvo unida por el Pacto de familia. Y Portugal, como país marítimo, no pudo sustraerse a la influencia predominante de Inglaterra.

ITALIA

El tratado de Utrecht, que puso fin, en 1713, a la guerra por la sucesión de España, le arrebató a este país las posesiones que tenía en Italia. En efecto, mientras Sicilia le fue entregada al duque de Saboya, Nápoles y Cerdeña pasaron a poder de Austria, que había ya ocupado la Lombardia; pero poco más tarde se llegó a un trueque, y Austria obtuvo Sicilia a cambio de Cerdeña, con lo cual volvió a reconstituirse el reino de las Dos Sicilias en provecho del imperio (1720).

En el Norte, Venecia mantuvo su independencia, como asimismo la Saboya, Génova, Toscana, Parma y Módena. Pero la suerte de los Estados meridionales pareció inevitablemente sujeta a toda clase de contingencias. A pesar de los acuerdos establecidos, cuando estalló la guerra por la sucesión de Polonia, España ocupó militarmente el reino de las Dos Sicilias, en 1734, y fundó allí una dinastía borbónica, a consecuencia de lo cual, cuando se negoció la paz, Austria recibió el ducado de Parma y de modo indirecto el de Toscana. Esta situación se modificó mediante el tratado de Aquisgrán, que puso fin en 1748 a la guerra por la sucesión de Austria, según cuyos términos el ducado de Parma pasó a manos de Felipe de Borbón, hijo de Felipe V de España y de Isabel Farnesio.

A partir de entonces, Italia disfrutó de un período de paz que duró toda la segunda mitad del siglo XVIII. Durante ese tiempo, Carlos Manuel III, rey de Cerdeña y Piamonte, se esforzó por introducir profundas reformas en sus estados para fomentar su progreso. Lo mismo ocurrió con la Lombardía, sometida a los austríacos y beneficiada con los proyectos progresistas de María Teresa y José II. Algo semejante ocurrió en el gran ducado de Toscana y en el reino de Nápoles, durante la época de Carlos de Borbón y de su hijo Fernando.

Por el contrario, la situación de la república de Venecia demostraba que su esplendor había pasado. Conservaba Venecia su organización tradicional y la nobleza se resistía a toda innovación; sin embargo, sus dificultades exteriores, especialmente frente a Turquía, hubieran debido inducirla a reorganizar su estructura política y a vitalizarla con el aporte de fuerzas nuevas; pero no fue así, y en cambio podía advertirse una tendencia cada vez más acentuada al lujo y a la sensualidad. No faltaron, sin embargo, algunas figuras ilustres en las artes y las letras, y los nombres de Tiépolo y Goldoni recuerdan su esplendor, como recuerda su alegre despreocupación la fama del prolongado carnaval veneciano.

ESPAÑA

Los últimos tiempos del siglo XVII habían sido trágicos para España. El largo y nefasto reinado de Carlos II había servido para acentuar y evidenciar la declinación de ese país como potencia internacional, y su incapacidad como gobernante apresuró la descomposición interior que se anunciaba desde los tiempos de Felipe III. En tal situación, el papel que debían desempeñar los Borbones, que ocuparon el trono español desde 1701, estaba diseñado por las circunstancias. Era imprescindible reanimar un país vigoroso y pletórico de fuerzas contenidas, y reincorporarlo luego a la corriente general de actividad y pensamiento que triunfaba en Europa. Y puede decirse que, en cierta medida, este programa fue cumplido por Felipe V como así también por quienes le sucedieron en el trono.

Felipe V fue elegido por Carlos II como sucesor en la totalidad de sus estados, y tuvo que dedicar los primeros años de su reinado a defender su derecho frente a las pretensiones de los Habsburgo. Abandonado por Portugal, que se unió a los ingleses, tuvo que combatir en España contra un ejército inglés cuya jefatura ejerció el propio pretendiente austríaco al trono, el archiduque Carlos, a cuyo lado se pasaron algunas regiones españolas. Cataluña, especialmente, optó por Carlos después de haber sido tomada por las fuerzas de Marlborough, movida, ciertamente, por la poca afinidad que sentía respecto a Castilla. En tal situación la guerra se hacía difícil para Felipe V, que por dos veces tuvo que abandonar Madrid, en 1706 y en 1710. Pero afortunadamente para él, las fuerzas del mariscal Vendôme derrotaron a las imperiales en la batalla de Villaviciosa en 1710, y poco después su posición se vio robustecida. Al cabo de algún tiempo, Inglaterra abandonó a Cataluña y Felipe V puso sitio a Barcelona, ciudad que consiguió tomar tras un largo asedio en 1714. Ya para entonces, Inglaterra había hecho la paz con los Borbones, reconociendo a Felipe V como rey de España y sus colonias, aunque con la expresa condición de que renunciaba al trono de Francia.

A partir de entonces, el gobierno de Felipe V adquirió una fisonomía especial debido a la influencia que ejercía sobre el ánimo del rey su segunda esposa, Isabel de Farnesio. Con ella comenzó a prevalecer en la corte el abate Julio Alberoni, italiano de origen, cuya orientación política debía hacer desviar la atención del nuevo rey de España hacia los problemas italianos que, bien mirados, eran un poco accesorios respecto a aquel país. Pero Alberoni, como Isabel de Farnesio, tenían un interés directo por los asuntos de Italia, en la cual la guerra por la sucesión había comenzado a trastrocar las cosas, porque, en efecto, España acababa de perder sus dominios en el reino de Nápoles en beneficio de la casa de Austria y la de Saboya.

Alberoni movió a Felipe V a que no desmayara en la recuperación de la influencia de la corona española en aquella región, y como el conflicto fuera nefasto para España, Alberoni vio declinar su estrella en 1719, tras cinco años de ejercicio del poder. Su labor en los asuntos interiores había sido más afortunada. Para preparar a España según las necesidades de la lucha a que quiso lanzarla, reorganizó la administración y estimuló de diversas maneras su vida económica, estimulando las industrias y el comercio; además, quiso hacer de España una potencia militar y naval y no vaciló en realizar ingentes gastos con ese fin. Pero todo ello quedó malogrado por su arriesgada y endeble política exterior, en disonancia con el juego de fuerzas que por entonces se había establecido en Europa.

Felipe V se mantuvo en el gobierno hasta 1724, pero abdicó luego en favor de su hijo Luis I, a cuya muerte, sin embargo, tuvo que volver a hacerse cargo del gobierno. Entonces llamó como primer ministro a José Patiño, un espíritu progresista y un hombre de acción que quiso retomar el camino que Alberoni había seguido antes de él. También Patiño procuró por todos los medios vivificar la agricultura, las industrias y el comercio, y poner a España en un pie de igualdad diplomática y militar con las demás potencias, situación que había perdido ya mucho antes.

Para lograr esta última aspiración, creyó que la ocasión era llegada al trabarse el conflicto entre Francia y Austria por la sucesión de Polonia, en 1733. Más afortunado que Alberoni, sus designios fueron acompañados esta vez por el éxito aunque él mismo no alcanzara a ver los resultados. Austria fue derrotada y, en virtud del tratado de Viena de 1738, los Borbones españoles recibieron el reino de las Dos Sicilias; que Felipe V confió a su hijo Carlos. Acaso fue ésta la página más brillante del reinado de Felipe, que murió en 1746, totalmente desentendido ya de los asuntos del Estado.

A su muerte, lo reemplazó su hijo Fernando VI, cuya esposa, de origen portugués, sirvió de vehículo para que prevalecieran ciertas influencias inglesas en la corte de Madrid. Desde ese momento, la política española osciló entre las dos influencias —la tradicional, francesa, y la nueva, inglesa— sin que el rey supiera dar una firme orientación durante todo el tiempo que ejerció el poder. Más enérgico se mostró su hermano y sucesor, Carlos, que dejó el trono de Sicilia para ocupar el de España en 1758. Espíritu liberal y progresista, enérgico y prudente, su época debía ser la más brillante de la España del siglo XVIII.

Su política exterior se orientó rápidamente hacia Francia y, mediante el Pacto de familia, se comprometió a mantenerse dentro de la línea de los intereses franceses. Por esa circunstancia tuvo que intervenir en la guerra de los Siete Años y sufrir la pérdida de algunas de sus colonias. Pero, en cambio, su actuación interna estuvo guiada por un claro propósito de renovación de la vida española, y contó para sus fines con el auxilio de excelentes consejeros y colaboradores.

Durante los primeros tiempos trabajó a su lado el marqués de Esquilache, que lo había acompañado desde Nápoles, pero un motín popular lo obligó a desprenderse de él, y entonces ocupó el ministerio el conde de Aranda, a quien se sumó luego el conde de Floridablanca. A su vez, supieron sus ministros rodearse de un equipo de colaboradores eficaces e inteligentes, y de este modo la obra que cumplió el gobierno se caracterizó por su eficacia.

Para vivificar la vida económica de la nación según los principios liberales, Carlos III no vaciló en suprimir muchos impuestos y reordenar la percepción de otros, de modo que, sin mayor perjuicio para el estado, pudo liberar a los particulares de las cargas que contenían y aumentaban su actividad productiva. Además, el gobierno los favoreció de manera directa, colaborando en el mejoramiento técnico de las industrias y haciendo las obras necesarias para que prosperara la agricultura. En poco tiempo, las consecuencias de estas medidas dieron sus frutos y se notó un resurgimiento del país que colmó de entusiasmo a los espíritus progresistas, prolongándose sus consecuencias hasta las colonias, que mejoraron notablemente en sus condiciones de vida y en sus perspectivas de desarrollo.

Como todos los soberanos liberales de su época, Carlos III procuró contener la exagerada influencia que la Iglesia ejercía dentro del Estado. Los jesuítas, sobre todo, parecieron constituir un peligro por su poder y su autonomía. Carlos III no vaciló en expulsarlos de sus dominios acusándolos de haber promovido una insurrección en el Río de la Plata y señalando el riesgo que entrañaba para el Estado una organización que, en la práctica, escapaba a su control.

A la muerte de Carlos III, en 1788, lo reemplazó su hijo Carlos IV. Nada más opuesto a su padre que el nuevo rey, espíritu apocado y sin iniciativa, que se dejó gobernar por su esposa María Luisa y su favorito Manuel Godoy.

Por otra parte, la época en que le tocó actuar hubiera puesto a prueba a hombres mejor templados que él, porque a poco de subir al poder estalló en Francia la Revolución de 1789 y España se vio inevitablemente arrastrada por los conflictos que se suscitaron en toda Europa con motivo de los violentos acontecimientos originados por el movimiento francés.

PORTUGAL

Por su situación y sus compromisos, Portugal tendía a mantener una relación estrecha con Inglaterra, y esta circunstancia presidió su política durante el siglo XVIII. Al comenzar la guerra por la sucesión de España, Portugal abandonó sus compromisos anteriores y se alió a Inglaterra en 1703, interviniendo en la guerra contra España tanto en el continente como en los dominios coloniales. En adelante, Portugal siguió las directivas inglesas para orientar su política exterior, y ya se ha dicho cómo intentó servir de intermediario para atraer a España dentro de la órbita de Inglaterra en los prolegómenos de la guerra de los Siete Años. Fracasado este propósito, Portugal se vio envuelto nuevamente en un conflicto con su vecina y los ejércitos españoles invadieron su territorio; pero como el resultado de la guerra fue favorable a Inglaterra, Portugal no sólo no tuvo que sufrir perjuicios sino que por el contrario obtuvo algunos territorios en las colonias del Río de la Plata.

Desde la muerte de Juan V (1750), ocupaba el trono de Portugal José I, quien entregó la dirección de los asuntos públicos en manos de un hombre excepcional, el marqués de Pombal. Gracias a su acción, Portugal se incorporó al movimiento liberal y progresista que por entonces predominaba en la mayoría de los estados europeos. Como Carlos III, trató de limitar la acción de la Iglesia, y se preocupó de reorganizar la hacienda, el ejército y la marina para hacerlos más eficaces. Al mismo tiempo, apeló a toda suerte de recursos para mejorar la riqueza de la nación, protegiendo y estimulando la agricultura, las industrias y el comercio, y, especialmente, la explotación de las ricas colonias que Portugal conservaba, el Brasil sobre todo.

En Portugal, los jesuítas contaron con el apoyo de la nobleza que, como aquéllos, odiaban al ministro. Un atentado sirvió de pretexto para que Pombal pusiera en ejecución sus designios; castigó severamente a la nobleza que se oponía a los planes progresistas del rey y ordenó la expulsión de los jesuítas de todos los dominios portugueses.

La suerte de Pombal quedó sellada con la muerte de José II, en 1777. Su sucesora, la reina María I, lo relevó de su cargo y hubo de ser perseguido por sus enemigos, que volvieron a gozar de los privilegios que Pombal les había arrancado. Los años que siguieron fueron difíciles para Portugal, cuya reina comenzó a demostrar que perdía la razón; con todo, ejerció nominalmente el poder hasta 1792, en que se encargó de la regencia su hijo Juan, casado con la princesa española Carlota. fue él quien tuvo que afrontar las dificultades que suscitó en Portugal la Revolución francesa y más tarde la política expansionista de Napoleón.


Francia hasta la víspera de la revolución

En la historia de Francia, el siglo XVIII es un período de decadencia. Alcanzada con Luis XIV la meta de las ambiciones políticas, Francia había insumido en las jornadas que le depararan tanto brillo no sólo sus recursos sino también sus reservas. Lo que es más grave, toda la política de Luis XIV fue montada sobre un principio de derroche que vedaba el mantenimiento de una conducta prudente con respecto a las riquezas de la nación. De ese modo, no sólo se gastaron sin tasa los recursos fiscales sino que se comprometieron las fuentes mismas de la riqueza nacional. A la situación que se derivó de esta política debieron hacer frente dos hombres insuficientemente dotados para tal misión: Luis XV y Luis XVI. Sus reinados no hicieron sino preparar el estallido de la Revolución de 1789.

LA REGENCIA DEL DUQUE DE ORLEÁNS

Al morir Luis XIV en 1715, su heredero sólo tenía cinco años de edad y fue menester que el gobierno se confiara a un consejo de regencia. Luis XIV había previsto cuidadosamente todas las contingencias, y había designado regente al duque de Orleáns, rodeándolo, sin embargo, de un consejo de regencia para que lo vigilara porque no merecía totalmente su confianza. Pese a todo, Orleáns supo maniobrar de tal manera que, al día siguiente de la muerte de Luis XIV, se encontró con todo el poder en su mano, y dispuesto a ejercitarlo según sus propias directivas.

Si Orleáns no gozaba de simpatías por su carácter disipado, políticamente representaba cierta reacción de la nobleza, a la que Luis XIV había apartado cuidadosamente del poder. Con este apoyo, y el que le ofrecían generosamente todos los que se habían sentido oprimidos por el absolutismo del Rey Sol, Orleáns creyó que podría desentenderse de quienes habían sido indicados por el testamento del rey para vigilarlo.

Dos grupos de problemas lo esperaban, frente a los cuales demostró Orleáns su escasa capacidad. Uno era el de los que se derivaban de la situación internacional, y otro el de los que provenían de la trágica situación fiscal.

Respecto al primero, Orleáns osciló torpemente entre la alianza de España y la de Inglaterra, descontentando a unos y a otros y debilitando la situación de Francia en circunstancias particularmente difíciles. Pretendió primero apoyarse en España y buscar su amistad, en circunstancias en que Alberoni preparaba sus planes contra Austria, y se unió luego a Inglaterra al descubrir que aquella política le era perjudicial. Pero posteriormente procuró aunar estas alianzas y pareció tener algún éxito en la empresa, todo lo cual concluyó en un sistema de vínculos matrimoniales. Respecto al segundo, su acción fue aun más insensata y peligrosa.

En efecto, tras muchas guerras y con una organización cortesana que costaba sumas ingentes, el estado había llegado a una situación de quiebra virtual, que comprometió, además, las riquezas de la nación. Para remediar la situación, Orleáns encomendó la presidencia del Consejo de Hacienda al duque de Noailles, quien proyectó un sistema de economías estrictas al que debían ajustarse los gastos por espacio de un largo período. Orleáns, y con él cuantos se habían enriquecido en la época de Luis XIV, se resistieron a esos planes, y prestaron oídos, en cambio, a los fantásticos proyectos de un hacendista de origen escocés, Juan Law, quien prometía restablecer la prosperidad financiera.

Su idea consistía en la creación de un banco emisor de papel moneda, que recibiría dinero a pequeño interés para invertirlo en vastas operaciones comerciales destinadas a producir una ganancia mucho mayor. Esas operaciones debían ser realizadas por una gran empresa que fundaría inmediatamente para explotar las incalculables riquezas que se suponía debía haber en la cuenca del río Mississipi. Orleáns prestó su asentimiento entusiasta a la idea, y en 1716 quedó fundado el banco, cuyos billetes debían ser recibidos por los agentes fiscales, en prenda de confianza. Al año siguiente se fundó la Compañía del Oeste y en 1718 el banco se transformó en organismo del estado.

Hasta aquí, el plan parecía bien fundado y sus posibilidades de éxito considerables. Pero Law comenzó a extremar sus ambiciones y a comprar cuanta compañía estaba establecida para la explotación de territorios coloniales, ofreciendo intereses cada vez más altos para sus acciones. Una verdadera fiebre de especulación fue la respuesta a esta política de Law, y al cabo de poco tiempo el edificio comenzó a flaquear en su base. El papel moneda y las acciones empezaron a desvalorizarse y el pánico cundió por toda Francia de modo incontenible, pese a que Orleáns echó todo el peso del estado en favor del papel moneda para restablecer la confianza. Empero, nada pudo hacerse, y en 1720 el sistema Law cayó en el fracaso más rotundo llevando a la miseria a muchos, y al propio Law al destierro.

El malestar general se agravó con esta aventura financiera, de la que era difícil saber hasta dónde había estado fundada en la buena fe. Orleáns sufrió considerablemente en su prestigio, y esta circunstancia no hizo sino agravar un estado al que también se llegaba por otras vías. En efecto, la sumisión del Parlamento —opuesto al sistema de Law— y el descontento de la nobleza desilusionada tuvieron como consecuencia el llamado complot de Cellamare, organizado por la duquesa de Maine, al que se sumaron los movimientos subversivos de la provincia de Bretaña. De este modo, cuando en 1723 Orleáns resignó la regencia y comenzó el reinado personal de Luis XV, su situación era casi insostenible.

LUIS XV

En 1723, Luis XV no tenía sino trece años, y en la práctica no podía hacerse cargo de la dirección de los asuntos públicos. Durante unos pocos meses, Orleáns siguió actuando como presidente del consejo, pero poco después, en 1726, todo quedó en manos del cardenal de Fleury.

Hombre de edad provecta y de espíritu temeroso, Fleury dirigió con parsimonia los asuntos exteriores de Francia y hubiera querido asegurar para ella la paz. Pero las circunstancias eran demasiado tensas para lograrlo. Un año antes de llegar Fleury al poder, Luis XV se había casado con María Leszczynska, hija del destronado Estanislao de Polonia, y esta situación llevó a Francia a intervenir en el conflicto que por la sucesión de ese país se desencadenó en 1733. Para asegurar su sistema de alianzas, Francia gestionó entonces un tratado con España, que se conoció con el nombre de Pacto de familia y que se firmó en ese mismo año. Pero Fleury era enemigo de esta guerra y, cuando la ocasión fue favorable, se apresuró a firmar la paz negociando en Viena un tratado. Sin embargo, el problema internacional seguía en pie, y la sucesión de Austria obligó a Luis XV a intervenir en un nuevo conflicto en 1740; el curso de la guerra condujo a una nueva aproximación entre Francia y España, que renovaron en 1743 el Pacto de familia. Ese mismo año moría Fleury, y la dirección de los asuntos públicos cayó más directamente en manos de Luis XV, sobre quien empezaron a obrar pronto las influencias de sus favoritas. Esto, y su notoria irresponsabilidad para manejar las más graves cuestiones públicas, condujo a Francia a una situación cada vez más grave.

El primer síntoma fue el absurdo desenlace que tuvo para Francia la guerra por la sucesión de Austria. Sus tropas habían conquistado los Países Bajos, pero por el tratado de Aquisgrán, firmado en 1748, Francia devolvió todas sus conquistas y hasta cedió algunos territorios. La indignación fue general, y comenzó a extenderse un grave malestar que terminó en un pronunciado odio hacia el rey.

Luis XV, ciertamente, no podía hacerse amar por sus súbditos. Totalmente ajeno a los problemas de estado, sólo tenía tiempo para sus entretenimientos privados y sus amores, que excedían la esfera privada por la gravitación que otorgó a sus favoritas en la esfera del gobierno. La señora de Pompadour fue, entre todas, la que mayor influencia ejerció en la vida pública francesa; pero todas ellas conspiraron contra las finanzas nacionales obteniendo del rey gruesas sumas. Este constante drenaje de las arcas fiscales llevó al país a una situación cada vez más crítica, y la oposición comenzó a fortalecerse, encontrando suficientes motivos para manifestarse con desusada libertad.

No mucho después de firmada la paz en Aquisgrán, la situación internacional comenzó a ponerse tensa nuevamente. Esta vez, Francia evolucionó con respecto a su posición de algunos años antes; María Teresa de Austria se empeñó en destruir la alianza que unía a Francia y Prusia, amenazadora para ella, y procuró atraerse a su antigua rival. Este cambio de frente fue posible en el momento en que Francia se enteró de que había sido firmado un tratado entre Inglaterra y Prusia. Ese mismo año —1756— se decidió a unirse con Austria, prestándose así a secundar los propósitos de ésta frente al creciente poderío de Federico II. Fue el rey de Prusia quien desencadenó la guerra, que duró hasta 1763, y Francia tuvo que afrontar el conflicto en sus colonias, especialmente en América del Norte y la India. Las consecuencias fueron desgraciadas, y cuando se firmó el tratado de París, la Luisiana quedó en manos de España y pasaron a las de Inglaterra el Canadá, el Senegal y la India. Era un terrible fracaso militar y diplomático, sufrido tras una guerra en la que no se esperaba ganar nada aun cuando se hubiera triunfado.

Por lo demás, la guerra en sí misma fue cara y había agudizado con los gastos originados por el conflicto la situación económica, ya grave desde antes. Había, pues, que hacer frente a un crecido déficit, y como por otra parte, era menester atender a los gastos de una corte extremadamente derrochadora, el rey no vaciló en extremar los recursos, y no faltó un ministro —el abate Terray— que echara mano, simple y lisamente, de los fondos depositados por particulares. Los precios subieron, y comenzaron a ser frecuentes los motines populares, alguno de los cuales pareció amenazar la vida misma del rey.

En este ambiente de prerrevolución, las minorías intelectuales ejercieron un papel importante. Por entonces es cuando Voltaire hace públicos sus más encendidos libelos y lanzan Rousseau y Diderot sus diatribas contra el régimen despótico que destruía a la nación. Ciertamente, la corte se mostró indiferente a esta expresión vibrante de la opinión pública, pero su voz alcanzó a los oídos de la burguesía que sufría en carne propia las consecuencias de la torpeza de Luis XV, y de ese modo comenzó a prepararse la atmósfera insurreccional que permitiría el estallido de la revolución. En 1774 Luis XV murió y lo sucedió su nieto Luis XVI, tan incapaz como él para hallar una solución a la difícil situación económica y social.

LUIS XVI

Acaso pudiera decirse que, a diferencia de su antecesor, poseía Luis XVI un deseo sincero de remediar los males que sufría Francia. Librado a su propia determinación, quizá hubiera tomado las medidas que exigía la situación, entre todas las cuales la más urgente e importante era la reducción de los inmensos gastos que demandaba la corte de Versalles, cuyo lujo y exigencias insumían buena parte de las rentas fiscales. Pero, así como las favoritas ejercieron una influencia absoluta sobre Luis XV, su nieto sufrió la de su propia esposa, la princesa austríaca María Antonieta, que se manifestó decididamente resuelta a no tolerar la declinación del boato real.

El rey era tímido y de carácter débil. María Antonieta, por el contrario, tenia una indomable soberbia y había sido educada por su madre, la emperatriz María Teresa de Austria, dentro de los más inflexibles principios del absolutismo. Sin tener una verdadera preocupación por los problemas de gobierno, intervenía, en cambio, en todo aquello que se relacionaba con la vida de la corte, en la que extremó los gastos a causa de su frivolidad y sus caprichos. Y como la situación era ya harto grave, los problemas nuevos se sumaron a los antiguos dificultando cada vez más el enderezamiento de la situación.

Guiado por sus honrados propósitos, Luis XVI quiso seguir la vía de algunos monarcas europeos y pretendió encomendar la solución de los graves problemas económicos a alguno de los hombres que encarnaban el pensamiento moderno. A tal fin, llamó para que dirigiera la hacienda pública a uno de los redactores de la Enciclopedia, Roberto Jacobo Turgot, que había publicado un libro sobre la grave cuestión económica y fiscal titulado Reflexiones sobre la formación y distribución de las riquezas. Un claro sistema de ideas permitiría a Turgot tomar las providencias necesarias para remediar el creciente déficit del erario y, sobre todo, estimular el desarrollo de la vida económica de la nación.

Desgraciadamente, Turgot sostuvo que toda reforma debía partir de una severa reducción de los gastos públicos, y especialmente de los que, como los que exigía el mantenimiento de la corte, eran totalmente improductivos. El resto de las medidas que tomó no preocuparon mayormente en Versalles. Pudo establecer la libertad para el comercio de granos, la igualdad en el régimen impositivo y la supresión de las corporaciones. Pero las economías en los gastos de la corte sublevaron contra él al grupo perjudicado por tal medida, y los numerosos nobles que recibían abundantes pensiones se vieron protegidos por María Antonieta, quien se opuso terminantemente a las iniciativas del ministro. Podía argüir en su favor el descontento que sus otras medidas habían provocado en las clases burguesas, que se veían perjudicadas por ellas; pero eran los nobles y ella misma quienes estaban resueltos a acabar con el ministro, y sobre todo, quienes podían hacerlo.

En efecto, tras algunas vacilaciones, y repitiendo muchas veces que estaba seguro de la rectitud de sus intenciones y la eficacia de sus planes, Luis XVI terminó por pedir en 1776 la renuncia de Turgot, que la entregó advirtiendo al rey de los peligros a que lo conduciría su debilidad. Y en efecto, el malestar se hacía cada vez más notorio, y se concentraba alrededor de la figura de la reina, a quien se juzgaba culpable de la mayor parte de los males.

La situación empeoró tras la salida de Turgot y el déficit se hacía insostenible, sobre todo después de la guerra mantenida contra Inglaterra a partir de 1778. Algunos años más tarde, la situación se precipitó con motivo de una proposición del ministro Calonne, que cayó en un terreno propicio para la insurrección. Calonne sostuvo la necesidad de crear un impuesto general, frente al cual no valdrían los antiguos privilegios; pero el Parlamento negó a la Corona el derecho de establecerlo y exigió la convocatoria de la asamblea de los tres estados —nobleza, clero y burguesía— que se conocía con el nombre de Estados Generales. Hubo resistencia del rey y agitación popular. Finalmente, cediendo a la presión, Luis XVI aceptó las imposiciones del Parlamento y los convocó para mayo de 1789.


El mundo oriental y el Imperio Otomano hasta fines del siglo XVIII

En el curso de la Edad Moderna, Europa estableció sus primeros contactos duraderos con el mundo del Asia central y oriental. Por entonces, el Japón, la China y la India cumplían una cierta etapa de su desarrollo histórico que es útil conocer, no sólo por el valor que encierra en sí misma sino también para explicarse las circunstancias en que se produjo la iniciación del proceso de occidentalización del mundo asiático. Porque desde nuestro punto de vista, el hecho decisivo es la paulatina pero firme intromisión del Occidente en aquel ámbito, debido a la cual se inaugura la época de los grandes imperios coloniales.

CHINA Y JAPÓN

En la China, la dinastía mongólica de los Yuan había durado hasta 1368, y fue reemplazada por la dinastía Ming, indígena, que gobernó el país hasta 1644. No fue una época de paz, porque una vez más se manifestó la tradicional tendencia a la disgregación y a la anarquía, de modo que fueron frecuentes las guerras civiles. Durante esta época se produjo el arribo de los primeros exploradores portugueses a las costas chinas, en 1517, y poco después llegaron embajadores portugueses a la corte de Pekín (1520).

En 1644 llegó al trono la dinastía manchú de los Tsing, y a ella correspondió reglar las relaciones con los exploradores occidentales, a quienes se resolvió abrir el puerto de Cantón. fue ésta una época de prosperidad y orden para la China, que se prolongó durante los siglos XVII y XVIII.

Al Japón llegaron los portugueses en el siglo XVI: Méndez Pinto en 1542 y poco más tarde, en 1549, los jesuítas encabezados por Francisco Javier. Era la época de la lucha entre los señores feudales y los shogun, que detentaban en la práctica el poder político y tenían reducido al mikado a una jurisdicción meramente religiosa. En 1603 la dignidad de los shogun recayó en la familia de los Toku-Gawa, y este cambio fue importante para las relaciones entre el Japón y los occidentales, pues en 1637 se resolvió cerrar el país a los extranjeros, debido a que tras los misioneros llegaban en número considerable los mercaderes holandeses e ingleses, cuya acción fue considerada por los shogun peligrosa para la independencia del Japón.

LA INDIA

A principios del siglo XVI, la India se constituyó como una unidad bajo la autoridad de los conquistadores mogoles. En efecto, un príncipe llamado Baber, de origen turco y descendiente de Tamerlán, emprendió la conquista del sultanato de Delhi, con motivo de la pérdida de sus estados. Iniciada la lucha en 1514, Baber obtuvo triunfo tras triunfo hasta asentar su autoridad en 1527.

A su muerte, en 1530, le reemplazó Humayún para quien la fortuna no fue tan favorable. Baber era un hombre de tradición irania, filósofo y poeta; pero estas circunstancias no habían obstado para que se condujera como un guerrero audaz y un hábil político, de modo que sus trabajos obtuvieron un óptimo fruto. Pero la conquista no estaba asentada definitivamente, y Humayún debió asegurarla. Surgieron entonces rivalidades por la herencia, complicadas con algunos conflictos internos, y Humayún consumió su existencia en defender sus derechos y los de su hijo Akbar. Sólo al fin de su vida pudo considerarse seguro, aun cuando quedaba mucho por hacer al producirse su muerte, en 1556.

Lo sucedió Akbar, que sólo tenía trece años, pero que dio muy pronto muestras de sus extraordinarias condiciones. No sólo suprimió todos los gérmenes de disolución, sino que organizó el imperio sobre sólidas bases y puede ser considerado como su verdadero fundador. Apoyándose en la aristocracia, creó un sistema de gobierno basado en la tolerancia religiosa, pues aunque él era musulmán ortodoxo, apoyó al shiismo —secta de su propia fe— y permitió los cultos hindúes dentro del mismo pie de igualdad que los musulmanes. Más aun, procuró, como filósofo, llegar a elaborar un sincretismo religioso que suprimiera las disidencias que debilitaban el imperio unificado, y en ese intento puso de manifiesto su vigor intelectual y la energía de su carácter. Pero sus planes fueron abandonados por Jahangir, que lo sucedió en 1605 y reinó hasta 1627. Era éste un entusiasta aficionado a las artes, y su época es brillante para la cultura india. En este aspecto, puede considerarse el reinado de Sha Jahan, desde 1627 hasta 1658, como la época de culminación espiritual del vasto imperio mogol.

Desde el punto de vista de la cohesión interior, el reinado de Aurengzeb (1659-1707) constituye el punto de partida de la declinación. Al principio de su gobierno anexó los últimos sultanatos independientes del Dekán y hasta puede decirse que afirmó el centralismo mogol. Pero todo ello no fue sino a base de una extremada violencia y una inexorable crueldad, que le atrajeron el odio de todos y prepararon la crisis que se manifestó después de su muerte. En efecto, a partir de 1707 comenzó una larga guerra por la sucesión que, a diferencia de las que habían estallado anteriormente, no se resolvió con el triunfo definitivo de uno de los aspirantes, de modo que el imperio comenzó a subdividirse. Se sumaron en seguida las sublevaciones de distintos pueblos, especialmente los que habían sido forzados por la persecución religiosa de los últimos sultanes, y en particular Aurengzeb, que habíase manifestado como un musulmán inflexible y fanático. En esta situación comenzó a hacerse visible la fuerte penetración de los occidentales que, al cabo de cierto tiempo, triunfarían en su empresa de predominio.

LA CONQUISTA DE LA INDIA

Cuando comenzó a operarse la declinación del poderío mogol, hacía algún tiempo que actuaban en la India dos compañías europeas para la explotación económica del territorio, una de capitales franceses y otra de capitales ingleses. Cada una de ellas tenía algunas bases importantes: Inglaterra las de Bombay, Calcuta y Madrás, y Francia las de Mahé, Pondicherry y Chandernagore. Además, cada una de ellas tenía una cierta zona de influencia, que se extendía preferentemente sobre algunos principados más o menos independientes, y en ciertos casos gozaba de privilegios concedidos por el mismo imperio mogol, como los que fueron acordados a Calcuta en 1717 por el gobierno de Delhi.

Por su organización, estas compañías eran de capital privado y eran dirigidas por sus propios accionistas; pero la índole de sus actividades condujo a una intervención cada vez más estrecha de los respectivos gobiernos. Así, por ejemplo, la compañía francesa pasó a ser casi completamente una dependencia del estado después de la aventura financiera del banquero Law, y lo mismo ocurriría con la compañía inglesa. Este proceso se acentuó cuando, debilitado el poder mogol, se adivinó la posibilidad de acrecentar el poder de las compañías y transformarlo dándole carácter territorial.

Los conflictos que se suscitaron en Europa durante el siglo XVIII entre Inglaterra y Francia tuvieron una repercusión inmediata en la India y desencadenaron un largo conflicto colonial. Al estallar la guerra por la sucesión de Austria, en 1740, la compañía francesa comenzó a obtener mayores ventajas y a superar a su competidora. Dupleix, gobernador francés, comenzó a gestionar alianzas con los jefes indígenas, y la acción de la flota de La Bourdonnais contribuyó a que la situación de Francia se tornara predominante. Pero la situación comenzó a modificarse por la resistencia del gobierno francés a acentuar su dominación colonial, precisamente cuando Inglaterra se mostraba más decidida a hacerlo.

El hombre que cumplió la hazaña de asegurar a Inglaterra el predominio de la India fue Roberto Clive, que se había iniciado como simple empleado en la Compañía de las Indias Orientales. Al estallar la guerra de los Siete Años, Clive comenzó a distinguirse y muy pronto se mostró capaz de llevar a cabo hazañas militares insospechadas. En 1757 logró apoderarse de Calcuta —que había caído el año anterior en manos del nabab de Bengala Siraj-Ud-Daulá— y poco después derrotó definitivamente a las tropas bengalíes en Plassey. Estos éxitos hicieron que Clive fuera nombrado gobernador de Bengala en 1758, donde afirmó la autoridad de Inglaterra expulsando del valle del Ganges a los holandeses y los franceses.

Estos últimos iban perdiendo visiblemente sus posiciones. En 1757, Francia confió sus territorios e intereses al conde de Lally, de origen irlandés, quien intentó hacerse fuerte en la India meridional apoyándose en Pondichery. Los ingleses le opusieron las fuerzas de Eyre Coote, que lo derrotó completamente en Wandewash en 1760, y lo sitió en Pondichery hasta que lo obligó a rendirse y entregar la plaza en 1761. Tras estas operaciones, los franceses perdieron casi totalmente sus posesiones en la India en beneficio de Inglaterra, y así quedó reconocido en el tratado de París, firmado en 1763. Warren Hastings, primer gobernador general de la India inglesa, puso fin a la obra de organización que había comenzado ya el propio Clive durante su segundo gobierno en Bengala.

EL IMPERIO OTOMANO

Durante el siglo XVIII comenzó a acentuarse la declinación del imperio otomano, cuyos progresos territoriales se habían detenido ya. Ahora, el gobierno otomano debía atender a la constante hostilidad de Rusia que, desde los tiempos de Pedro el Grande, se manifestaba dispuesta a extenderse hacia el Sur, amenazando la región caspiana. En 1736, Rusia le declaró la guerra y asaltó sus posiciones en el mar Negro con éxito relativo. La paz se firmó entre el imperio y Rusia en 1739, y si bien es cierto que Turquía no experimentó por el momento fuertes pérdidas, quedó demostrado que sus fuerzas habían perdido el carácter de imbatibles con que las adornaba la leyenda.

La guerra se reanudó en 1768, en época de Catalina II, y duró hasta 1774, perdiendo esta vez Turquía la Crimea y, sobre todo, el control del mar Negro. Por el tratado de Kutchuk-Kainardji, Crimea fue declarada independiente, pero Rusia no vaciló en anexársela, con lo cual se desencadenó un nuevo conflicto entre las dos potencias, que estalló en 1787. Las consecuencias de esta guerra fueron también desfavorables para Turquía, cuya frontera con Rusia quedó establecida en el río Dniester y la costa del mar Negro hasta el Cáucaso.

Quedaba todavía el problema de los Balcanes, donde la dominación turca no había logrado afianzarse a pesar del largo tiempo transcurrido desde la conquista. En efecto, la política religiosa del imperio otomano se caracterizó por desentenderse de toda labor de catequesis musulmana, quizá porque le resultaba más cómodo dejar que la Iglesia ortodoxa manejase a la masa conquistada y le asegurase al conquistador su docilidad. Por lo demás, el régimen político no se basaba en la incorporación de los pueblos conquistados sino en su mera sumisión; pero solamente un poder muy fuerte podía asegurar la perduración de este dominio en un territorio tan extenso y diverso.

Ahora bien, el siglo XVIII es la época de declinación de ese poder. Las circunstancias que permitieron las sucesivas derrotas de Turquía frente a Rusia fueron, precisamente, la crisis de las tradicionales calidades guerreras de los turcos. El poder central se había debilitado considerablemente, y por esta época podía decirse que era, prácticamente, prisionero de los genízaros que, sin poseer ya las antiguas virtudes militares que los caracterizaban, poseían el control de la capital e imponían su autoridad sobre los sultanes.

Sólo uno de ellos, Selim III, que subió al poder en 1789, trató de sacudir esta tutela y organizar una fuerza militar que por su instrucción, pudiera competir con las europeas. Pero los genízaros comprendieron que se amenazaba su poder y no vacilaron en tomarlo prisionero y asesinarlo poco después. De este modo, el imperio otomano marchaba hacia su disgregación, que debía comenzar precisamente en los Balcanes, donde su autoridad era más inestable.


HISTORIA CONTEMPORANEA


La Revolución francesa

El proceso revolucionario que se abre en Francia en 1789 constituye la primera página de la historia contemporánea, aun cuando sea menester no olvidar que significa también el desenlace de la moderna, en cuyo transcurso se incubaron las causas que lo promovieron. Pero la magnitud de los hechos y sus formidables y duraderas consecuencias permiten ver en la Revolución francesa un hito demarcador de las dos épocas.

EL ESTADO Y LA SOCIEDAD EN FRANCIA

Un profundo malestar económico y social podía advertirse en la Francia de Luis XVI. Si el rey, sus ministros y los que estaban próximos a la corte sólo descubrían la parquedad de los recursos fiscales y trataban de hallar un expediente para acrecentarlos, los nobles hostiles a los grupos dominantes y las clases no privilegiadas —esto es, el tercer estado— podían advertir que la inquietud era motivada por razones profundas. Para el rey no se trataba sino de hallar dinero; para los no privilegiados era menester un cambio total de la orientación política que impidiera la prosecución de un régimen de exacciones que había paralizado la vida económica del país y conducido a la miseria a las clases productoras y contribuyentes. Por esta dualidad de perspectivas, pudo el rey convocar con cierta esperanza a los Estados Generales y el tercer estado desencadenar luego una revolución a fondo.

LA REVOLUCIÓN

Los Estados Generales —o asamblea de la nobleza, el clero y el tercer estado— fueron convocados para mayo de 1789. El rey presidió la sesión inaugural y manifestó que era necesario que se estableciese orden en el sistema fiscal. No dijo más, y los diputados del estado llano se sorprendieron de que no se mencionase nada de lo que reclamaban sus electores. Éstos, en efecto, habían coincidido en solicitar la sanción de una carta constitucional que estableciese las principales garantías individuales, las normas básicas del régimen político y los principios de un nuevo sistema fiscal. Pero ni el rey ni la nobleza pensaban en tal cosa, y sólo en ese momento comenzaron a preocuparse por el rumbo que podrían tomar las deliberaciones. Entonces, como primera providencia, trataron de retardar el funcionamiento de la asamblea y lo lograron durante más de un mes. Pero sus planes fracasaron. Durante ese tiempo maduró el espíritu revolucionario y los diputados del tercer estado se reunieron el 17 de junio proclamando que constituían una Asamblea Nacional y resolviendo como primera medida que no podría imponerse ninguna contribución sin su consentimiento. Inútil fue que el rey hiciera clausurar el recinto de sesiones, pues los diputados se reunieron en el Juego de Pelota y juraron allí no separarse hasta sancionar la constitución.

Pocos días después, el rey acudió a la sesión y declaró nulo lo resuelto, disponiendo que los diputados se retiraran inmediatamente; pero la orden fue desobedecida y Luis no creyó prudente recurrir a la fuerza.

LA ASAMBLEA CONSTITUYENTE

De acuerdo con sus designios, los diputados del tercer estado resolvieron asignar carácter de constituyente a la asamblea de los estados. Para poner freno a ese propósito, los nobles y el clero se incorporaron a la asamblea y sancionaron con su voto la formación de esa asamblea, en tanto que el rey comenzó a forjar su plan de batalla, iniciado luego con la renuncia del ministro Necker. Pero entonces el pueblo de París recurrió a la fuerza, se lanzó a la calle, y en un arresto de entusiasmo se apoderó de la Bastilla, tradicional prisión de estado. Ese día —14 de julio de 1789— el pueblo se impuso a la voluntad real, y Luis debió ceder.

Pero el pueblo no se mantuvo en reposo. A comienzos de agosto comenzó a manifestar en toda Francia su hostilidad contra los señores que lo habían sojuzgado durante siglos, y la asamblea interpretó el anhelo popular decretando la abolición de todos los privilegios. Sobre esa base se resolvió asentar la nueva constitución, y se comenzó por aprobar su preámbulo, que recibió por título el de Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, y en el que se establecían los principios fundamentales de un orden político que se basaba en la igualdad, la libertad y la fraternidad.

Desde ese momento comenzaron los trabajos preparatorios de la constitución, no sin que la inquietud popular los interrumpiera con sus oleadas. El pueblo se desbordaba por las calles y en una ocasión no vaciló en asaltar el palacio de Versalles, de modo que el rey no tuvo más remedio que ceder y juró con Lafayette fidelidad al nuevo orden en la fiesta de la Federación, que simbolizó la unión de toda Francia. Pero esta actitud del rey sufrió un cambio importante cuando la asamblea votó la constitución civil del clero, por la que el estado se incautaba de los bienes eclesiásticos y ponía a los miembros de la Iglesia bajo su dependencia. El papa se opuso a esta medida, y el rey, aunque finalmente se vio obligado a sancionarla, no quiso comprometerse con su cumplimiento decidiendo entonces huir. Su plan fracasó y fue detenido en Varennes, trayéndosele a París, donde quedó prisionero y fue suspendido en sus funciones.

Finalmente, y a pesar del ambiente convulsionado, la asamblea concluyó de redactar la constitución, y Luis XVI le juró fidelidad en septiembre de 1791. Con ella quedaba establecida la monarquía constitucional.

LA MONARQUÍA CONSTITUCIONAL

Desde septiembre de 1791 hasta septiembre de 1792, ése fue el régimen político de la Francia revolucionaria. La constitución establecía la división de poderes y encargaba del ejecutivo al monarca, en tanto que el legislativo y el judicial se confiaba a mandatarios del pueblo.

El 1º de octubre de 1791 entró en funciones la asamblea legislativa, órgano parlamentario del nuevo régimen, en el que muy pronto se escindieron los conservadores de los republicanos, estos últimos orientados por los más extremistas que recibieron el nombre de jacobinos. Comenzó entonces la lucha de los partidos; pero la importancia de estas disidencias se vio disminuida por la gravedad de la situación exterior, pues crecido número de miembros de la nobleza se había escapado para refugiarse en Austria o en Prusia, y trabajaba activamente para que ambas potencias declararan la guerra a Francia. El peligro era inminente, y los republicanos, a su vez, creyeron que la guerra no podía sino fortalecer su posición. Así, obligaron al rey a constituir un ministerio de esa tendencia, y la asamblea votó la declaración de guerra a Austria en abril de 1792.

La campaña se inició en seguida y no fue favorable para los franceses. Poco después Prusia se unía a Austria, y el jefe de sus ejércitos, el duque de Brunswick, amenazó con arrasar París si se ponían obstáculos a sus fuerzas. Todo hacía suponer que el rey y la corte se entendían con el enemigo, y la opinión se volcó violentamente contra Luis XVI; el pueblo asaltó las Tullerías y poco después la asamblea votó la suspensión del rey en sus funciones (agosto de 1792).

LA CONVENCIÓN Y LA REPÚBLICA

La situación era caótica. El gobierno estaba en manos de un Consejo ejecutivo inspirado por Danton, pero debía contar con el comité llamado la Comuna insurgente —inspirado por Robespierre— que era el que había dirigido el asalto a las Tullerías e impuesto luego la suspensión de Luis. Esta diversidad de autoridades hizo crecer la anarquía y el pánico, acrecentados luego con las noticias que llegaban del frente, de modo que sólo se pensó en acudir en masa a la defensa contra los invasores, deteniéndose solamente un instante para dar cuenta de los presuntos enemigos que se emboscaban en París. Todos los realistas conocidos y cuantos sospechosos cayeron a mano fueron ultimados en pocos días. Y entre tanto, el ejército republicano a las órdenes de Dumouriez hizo frente a los prusianos y consiguió detenerlos en Valmy el 20 de septiembre de 1792. Ese día se disolvía la asamblea legislativa y se entregaba la totalidad del poder a una asamblea cuya misión era reorganizar totalmente el orden institucional del país: la Convención.

El nuevo cuerpo estuvo dominado por los jacobinos, presididos por Robespierre, alrededor de los cuales se agrupaban, aunque con disidencias, todos los grupos republicanos exaltados. Frente a ellos, los girondinos constituían la derecha de la Convención y se manifestaban partidarios de una política moderada y legalista. Finalmente, había entre ambos grupos extremos un conjunto de diputados indecisos —la llanura— que variaba en sus preferencias.

Dos días después de constituirse, la Convención proclamó la república y poco después ordenó el procesamiento del rey. La sentencia no se hizo esperar y declaró su culpabilidad como traidor a la patria, por lo que se le condenó a muerte. El 21 de enero de 1793 Luis XVI era guillotinado; la noticia conmovió a muchos franceses, y hubo importantes sublevaciones de campesinos y de soldados; pero la consecuencia más importante de esta medida fue la organización de una vasta alianza de todas las principales potencias europeas contra la República Francesa, cuyas fuerzas habían hecho importantes conquistas territoriales después del triunfo de Valmy. El ministro inglés Pitt organizó la coalición y poco después Francia fue invadida hasta que, a fines de 1793, los generales Jourdan y Hoche pudieron rechazar a los invasores.

Tan afortunado desarrollo de la guerra se debió a la acción del Comité de salvación pública, dirigido primero por Danton y luego por Robespierre, en el que la Convención delegó en cierto modo el poder ejecutivo. Esta y otras comisiones del cuerpo se preocuparon asimismo de asegurar el orden interior, y lo hicieron con una energía que muchas veces pareció crueldad o barbarie. Los girondinos fueron excluidos y condenados y tras ellos cayeron bajo la cuchilla de la guillotina un número enorme de condenados, entre ellos la reina María Antonieta. La época del Terror ocupa la historia de Francia desde mediados de 1793 hasta mediados de 1794, y durante todo ese tiempo la inspiración predominante fue la de Robespierre, cuya tenacidad y energía se impusieron a todos los que le disputaron el poder.

Pero no todo fue destrucción durante ese período. Mientras se atendía a la gravísima situación exterior, mientras se procuraba contener la reacción interna, la Convención halló reposo para adoptar innumerables medidas administrativas y políticas de trascendencia. Reorganizó la hacienda pública, echó las bases de la reforma de la enseñanza y penal y se preocupó por el desarrollo de la cultura superior. Muchas de sus iniciativas sólo pudieron lograr sus frutos algún tiempo más tarde, pero en el seno de la Convención habían hallado ambiente propicio para germinar.

A mediados de julio de 1794, mientras los generales Jourdan y Pichegru conquistaban para Francia nuevos territorios, los enemigos de Robespierre se complotaron para derribarlo, lográndolo inmediatamente. Robespierre fue condenado a muerte y ejecutado poco después. Hubo entonces un poderoso movimiento contra la república, pues mientras los moderados querían corregir su rumbo dentro de sus líneas principales, los realistas organizaron una insurrección. Entonces la Convención encargó su defensa al general Napoleón Bonaparte, que pudo someter a los rebeldes en octubre de 1795.

Ese año, la Convención había sancionado una nueva constitución republicana, llamada constitución del año III de la República. Apenas vencida la insurrección realista, la Convención se disolvió y entregó el poder a las autoridades que aquélla establecía.


Francia durante el Directorio y el Consulado

Cion la disolución de la Convención, en 1795, se cierra el primer período de la Revolución francesa, quizás el único período estrictamente revolucionario. El que le siguió fue de tendencia moderada y casi conservadora, acaso como consecuencia del cansancio que habían provocado en los ánimos tantos años de continua innovación y sostenida alarma. Durante ese tiempo se sucedieron dos regímenes, uno derivado de la constitución del año III, que fue el Directorio, y otro nacido del golpe de estado del 18 Brumario y la constitución del año VIII, el Consulado.

EL DIRECTORIO

La constitución del año III creaba un Cuerpo legislativo compuesto por dos consejos: el de los Quinientos, cuya misión era preparar las leyes, y el de los Ancianos, que debía aceptarlas o rechazarlas. El poder ejecutivo estaba confiado a una comisión de cinco miembros que recibía el nombre de Directorio.

La gestión de los directores no fue afortunada, en parte por las circunstancias y en parte por su falta de aptitudes. Las circunstancias eran, sin duda, favorables a una política moderada porque el sentimiento público era de fatiga después de la campaña extremista de la Convención; pero como los elementos extremistas subsistían era menester una política prudente para reducirlos sin incitarlos a nuevas agitaciones. No fue ésta, sin embargo, la conducta que siguió el Directorio, que apeló varias veces a medidas violentas y llegó hasta anular las elecciones de 1798 en las que habían triunfado los jacobinos. Por otra parte, la situación económica era angustiosa, y el Directorio impuso nuevos impuestos que provocaron profunda irritación en el pueblo.

A todo esto era necesario agregar las consecuencias que derivaban de la calidad personal de los hombres que se impusieron por entonces. Barràs era el ejemplo típico; intrigante, ambicioso y siempre dispuesto a sacar provecho de todas las situaciones, era el menos indicado para encarrilar la república dentro de un régimen de confianza y moderación. Así, el Directorio corrió aceleradamente hacia el desprestigio y sólo pudo computar como saldo favorable de su gestión el de las operaciones que el general Bonaparte realizó por entonces en Italia y Egipto.

BONAPARTE EN ITALIA Y EGIPTO

La primera coalición de potencias contra Francia se había organizado en 1793 y se mantuvo hasta 1795. En esa fecha, tras los triunfos franceses, Prusia y España se separaron de la coalición y firmaron con Francia la paz de Basilea por la que reconocían la posesión francesa de la orilla izquierda del Rin asegurada militarmente por la campaña del general Jourdan. Por otra parte, Holanda firmó también con Francia una paz en La Haya por la que admitía la conquista de las provincias que había ocupado el general Pichegru. Quedaban dispuestas a continuar la lucha solamente Austria e Inglaterra.

Para doblegar a Austria, el Directorio preparó una operación combinada. Un ejército trataría de dominar directamente el territorio austríaco mientras otro marcharía a Italia y, una vez dominada, se dirigiría también a Austria por los Alpes. El segundo de esos ejércitos, por indicación de Barràs, fue confiado al general Bonaparte.

El primer ejército no tuvo éxito en su empresa, pero Bonaparte, en cambio, realizó una campaña brillante en Italia. En abril de 1796 se hizo cargo del ejército cerca de Niza y en brevísimo tiempo lo reorganizó sometiéndolo a una estricta disciplina, tras de lo cual se lanzó sobre el Piamonte, que logró someter en pocos días. Dueño de Niza y Saboya, Bonaparte fue en busca de las fuerzas austríacas que dominaban el Milanesado y las derrotó en Lodi el 11 de mayo, con lo cual no sólo se apoderó de esa región sino que también sometió a los príncipes italianos vecinos. Hecho esto, se dirigió a Lombardia, sitió a Mantua y derrotó a los austríacos en Arcola y en Rivoli. De este modo, en enero de 1797 se halló dueño de todo el norte de Italia y se dispuso a cruzar los Alpes. Su empresa tuvo pleno éxito y en abril estaba a poca distancia de Viena, circunstancia que decidió a los austríacos a solicitar un armisticio que, algunos meses más tarde, se formalizó mediante el tratado de Campo Formio, firmado en octubre de 1797. Austria reconocía a Francia la frontera renana y la posesión de Bélgica, así como también la independencia de la República Cisalpina constituida sobre la base del Milanesado.

De este modo, tras una campaña fulminante, Bonaparte había anulado a Austria y dejado sola a Inglaterra. Al regresar a Francia, el Directorio le encomendó la dirección de la guerra contra esa última nación y quedó establecido que se trataría de abatir su poderío colonial mediante la ocupación de Egipto.

Con la misma formidable capacidad de organización que ya había puesto de manifiesto, Bonaparte puso en situación de combate un ejército de 35.000 hombres, preparó la flota y tomó sus disposiciones para cruzar el Mediterráneo sin ser molestado por las naves inglesas que dominaban ese mar. En 1798 había llegado a la costa africana, forzado el desembarco y ocupado El Cairo. Pero sus planes sufrieron entonces un entorpecimiento porque el almirante inglés Nelson derrotó a la flota francesa en Abukir dejándolo aislado en Egipto. Se dedicó entonces a organizar Egipto y a vencer a las tropas turcas que el sultán movió contra él, procurando apoderarse de Siria. Esta vez, fue menos afortunado porque San Juan de Acre resistió sin desmayo, y Bonaparte decidió abandonar la empresa.

Lo decidieron a adoptar esta resolución dos razones. Por una parte, la situación interna de Francia, que amenazaba con el derrumbe y había dado lugar a la aparición de un ambiente favorable para su intervención en el gobierno. Por otra, la agudización del peligro exterior, pues Inglaterra había organizado una segunda coalición con Austria, Rusia, Turquía y Nápoles, con cuyos ejércitos había iniciado una ofensiva triunfante. En estas condiciones, su presencia en Francia parecía imprescindible, y Bonaparte decidió emprender el viaje dentro de la mayor reserva, dejando al general Kleber en Egipto.

EL GOLPE DE ESTADO DEL 18 BRUMARIO

En realidad, fue Sieyès, el jefe de uno de los grupos rivales, quien había llamado a Bonaparte para colaborar con él en un golpe de Estado destinado a modificar la constitución. De acuerdo con sus planes, el presidente del Consejo de los Ancianos logró que el cuerpo se trasladara a Saint Cloud y encargara a Bonaparte de la vigilancia de París. Pero el Consejo de los Quinientos se manifestó hostil, y fue necesaria una audaz maniobra del presidente de la asamblea, Luciano Bonaparte, para impedir que su hermano fuera declarado fuera de la ley. El Consejo fue disuelto por los granaderos y poco después se constituía un comité de tres miembros llamados cónsules para que se hiciera cargo del poder ejecutivo en reemplazo del Directorio (1799).

EL CONSULADO

Integraban el comité Sieyès, Roger Ducos y Bonaparte; pero la influencia de este último resultó incontrastable desde el primer momento. Bonaparte preparó una nueva constitución —llamada del año VIII— y estableció la dignidad de primer cónsul; éste era en realidad el jefe absoluto del poder, en tanto que sus dos colegas sólo tenían papel de consejeros. El Cuerpo legislativo sólo podía aprobar o desaprobar las leyes que le presentaran el primer cónsul y el Consejo de estado, en tanto que el Senado debía limitarse a ejercer cierta vigilancia sobre el cumplimiento de las leyes. Por el mecanismo de las elecciones y por el sistema de su funcionamiento, todos los cuerpos colegiados se transformaron en dependientes de la autoridad ejecutiva.

Bonaparte fue, en efecto, el jefe del estado dentro de la organización que se llamó el Consulado. A él se debió la reorganización administrativa y fiscal de Francia, gracias a la cual se perfeccionó un régimen centralizado y eficaz para corregir los desórdenes a que había conducido, inevitablemente, la revolución. Del mismo modo, modificó el régimen de nombramientos de funcionarios locales y de jueces, que de allí en adelante no fueron elegidos por el pueblo sino por el gobierno central. Finalmente, para dar a la sociedad un instrumento que rigiera su convivencia, ordenó la preparación de un nuevo Código civil, en el que trabajaron eminentes juristas.

Consecuente con su propósito, Napoleón Bonaparte se propuso eliminar todas las dificultades que la revolución había deparado a Francia y que eran ahora obstáculo para su acción de gobierno y, sobre todo, para sus planes de conquista militar. En 1801 negoció un concordato con el papado por el que reconocía a la Iglesia y volvía a establecer con ella relaciones regulares. Quería, entre otras cosas, sustraerles a los realistas un arma poderosa, como era la prédica contra el régimen ateo; y para completar esta obra, ofreció la amnistía a los emigrados y, dentro de ciertos límites, la recuperación de sus bienes.

El mismo año que tomó esta medida —1802—, Bonaparte obligaba a los austríacos a pedir la paz. Sus fuerzas los habían vencido en Italia, en la batalla de Marengo (1800), y el general Moreau los derrotó de nuevo en Hohenlinden pocos meses después. Ante la amenaza de que ocuparan Viena, el emperador firmó con Bonaparte la paz de Luneville, complementada luego con el tratado de Amiens firmado entre Inglaterra y Francia (1802).

En esta situación, Bonaparte volvió a modificar la constitución para adoptar el título de cónsul vitalicio, y su orgullo creció sobre manera. Su prudencia no fue suficiente para frenar sus ambiciones y no vaciló en promover nuevamente la guerra contra Inglaterra, a cuyo embajador entregó los pasaportes en 1803, aduciendo que su país no había cumplido los compromisos de Amiens. Poco después, al conocer la conspiración de Cadoudal, creyó llegado el momento de asegurar su autoridad omnímoda y se hizo proclamar emperador.


Europa y la Revolución francesa

Nacida de circunstancias locales y como consecuencia de un proceso nacional, la revolución que estalló en Francia en 1789 tuvo inmediata repercusión en toda Europa por los contenidos ideológicos que entrañaba. Las grandes potencias la resistieron y hasta lograron, más tarde, aniquilar el poder de Francia; pero aquellos contenidos ideológicos fueron penetrando con mayor o menor intensidad hasta arraigar sólidamente en vastas capas de población. Unas inmediatas y otras remotas, la revolución de 1789 tuvo en toda Europa consecuencias decisivas.

LAS COALICIONES

Austria y Prusia sintieron desde el primer momento la gravedad de la situación creada en Francia, y en defensa de los principios absolutistas que sustentaban, se aprestaron a defender la causa de la monarquía y la nobleza, perseguidas por la revolución. Allí encontraron refugio los nobles emigrados y allí se prepararon las primeras fuerzas que desencadenaron la lucha contra la revolución triunfante. Pero el apoyo más tenaz y vigoroso que encontró la contrarrevolución fue el que le proporcionó Inglaterra.

Gobernada por Guillermo Pitt, Inglaterra se decidió a defenderse de las ideas revolucionarias y, sobre todo, de las amenazas de expansión de Francia, que ponían en peligro las conquistas comerciales que había logrado durante el siglo XVIII. Por eso, tras el fracaso de los ejércitos austroprusianos en 1792, Inglaterra organizó una coalición —la primera de una larga serie— en la que entraron, además de ella misma, Austria, Prusia, Holanda, España, Rusia y otros estados menores.

La primera coalición tuvo al principio algunos éxitos, pero fue vencida luego y se deshizo poco a poco con la sucesiva defección de sus componentes vencidos por Francia. Consumada en 1795 su disgregación, vencida Austria en 1796-97 y atacada Inglaterra en Egipto en 1797-99, esta última potencia volvió a sus planes originarios y se preparó para organizar una segunda coalición. Se unieron esta vez a Inglaterra, Rusia, Austria, Turquía y Nápoles y comenzaron las operaciones con éxito en 1799; pero al año siguiente, pese a los triunfos navales de Inglaterra, Rusia y Austria se vieron vencidas y pidieron la paz en 1802, gestión a la que se sumó luego la misma Inglaterra. En tal situación, Napoleón, dueño absoluto del poder, buscó a su vez la guerra y su amenaza desencadenó la constitución de nuevas alianzas entre sus enemigos.

LOS NUEVOS ESTADOS

Pero ya la acción de la Francia revolucionaria había logrado algunos éxitos firmes en Europa. La campaña de 1792, pese a la parquedad de los recursos con que contaba Francia, le había proporcionado el dominio de los territorios de la margen izquierda del Rin en gran parte de su extensión, Bélgica, Saboya y Niza, conquistas que fueron completadas en la campaña de 1794 y reconocidas en los tratados de Basilea y La Haya (1795). Y algo más importante: la República Bátava se organizó entonces siguiendo el modelo de las instituciones democráticas francesas.

Cosa semejante ocurrió con la República Cisalpina, constituida como resultado de la campaña de Bonaparte en Italia. También allí las ideas democráticas quedaron arraigadas después del tratado de Campo Formio, y ese territorio sería luego su centro de difusión en todo el territorio de la Italia septentrional y central.

En efecto, independientemente de los triunfos efectivos logrados mediante la organización de nuevos estados, el pensamiento revolucionario acompañó a los ejércitos de la república, como acompañaría luego, a pesar de todo, a los ejércitos del Imperio. Seguros del éxito de su propaganda, los generales y sus soldados afirmaban por todas partes que no eran los representantes de una nueva potencia conquistadora, sino los emisarios de una revolución de igualdad, libertad y fraternidad. Nada tan elocuente como la proclama de Bonaparte a los italianos en 1796: “¡Pueblos de Italia! El ejército francés viene a destruir vuestras cadenas; el pueblo francés es el amigo de todos los pueblos. Formad nuestra vanguardia. Vuestras propiedades, vuestra religión y vuestras costumbres serán respetadas. Hacemos la guerra como enemigos generosos y deseamos sólo la ruina de los tiranos que os oprimen”.

Esta propaganda surtió efecto. Bonaparte y sus tropas fueron recibidos en las ciudades italianas con el mismo entusiasmo con que lo fueron los otros ejércitos en las regiones renanas, por parte de las masas populares que veían abatirse los poderes autocráticos que las dominaban. Y aunque luego se sintieran oprimidos a su vez por el yugo francés, las ideas de libertad y democracia quedaron firmemente arraigadas en ellas, y aptas para germinar en nuevos intentos de tornarlas realidades.


El Imperio Napoleónico

Llegado a la culminación del poder dentro de su país, Bonaparte se decidió a afrontar la lucha sin descanso para asegurarse la dominación de Europa. Este ambicioso proyecto, que provocaría su caída, costó a Europa largos años de constantes y sangrientas guerras.

LA INSTAURACIÓN DEL IMPERIO

Napoleón se sentía totalmente dueño de la situación, pero insatisfecho por la escasa dignidad que importaba su título de primer cónsul. Soñaba con representar el papel de Carlomagno en Europa y aspiraba a restaurar la dignidad imperial. Sólo podía temer la resistencia del sentimiento republicano, y la represión de la conjuración monárquica de 1803 pareció bastar como prueba de que no negaba su tradición antiborbónica. En consecuencia, sus planes fueron preparados cuidadosamente, y en mayo de 1804 fue restablecido el Imperio y confiada la corona a Napoleón Bonaparte. En la catedral de Nuestra Señora de París y en presencia del papa Pío VII, se coronó emperador por sus propias manos el 2 de diciembre de 1804, y en poco tiempo quedó organizada la nueva corte, en la que sus parientes y sus partidarios incondicionales fueron investidos con abundantes títulos de nobleza.

Desde el primer momento Napoleón se propuso establecer un gobierno fuerte, nada respetuoso de las libertades consagradas por la revolución de 1789 e implacable con los enemigos o los meramente sospechosos de disentir del nuevo orden. Al servicio del emperador entraron muy pronto muchos nobles que supieron renovar el brillo cortesano de la antigua monarquía y realizar los planes autocráticos que él concebía: Talleyrand como gran chambelán y ministro de Relaciones Exteriores y Fouché como ministro de Policía fueron los funcionarios representativos del Imperio.

EL DESAFÍO A EUROPA

Poco antes de instaurarse el Imperio, Napoleón había provocado la ruptura de la paz de Amiens, y la respuesta no se hizo esperar por parte de Inglaterra. Pitt se lanzó a organizar una nueva coalición contra Francia, y esta vez formaron a su lado nuevamente Austria y Prusia. Entre tanto, Napoleón había resuelto invadir Inglaterra y concentró un fuerte ejército en Boulogne, que debía cruzar el canal con la ayuda de una flota franco-española a las órdenes de Villeneuve. Pero la organización del plan naval presentó serias dificultades por la temida eficacia de la escuadra inglesa que, al mando de Nelson y Cornwallis, se mantenía alerta para impedir la operación. Mas los proyectos del emperador debieron modificarse por la fuerza de las circunstancias. La coalición de sus enemigos ponía en peligro sus fronteras, y Napoleón se lanzó rápidamente sobre Baviera, donde derrotó a los austríacos en Ulm. Al día siguiente de esa victoria —el 21 de octubre de 1805— la flota de Nelson caía sobre los barcos de Villeneuve y los derrotaba totalmente en la batalla de Trafalgar, poniendo así fin al designio imperial de invadir Inglaterra.

Las operaciones terrestres, en cambio, fueron absolutamente favorables para Napoleón que, después de Ulm, se lanzó sobre las fuerzas austro-rusas que habían operado su conjunción, y las derrotó en Austerlitz el 2 de diciembre. Poco después, Austria pedía la paz y se firmaba el tratado de Presburgo por el que Francia recibía los territorios occidentales de Alemania y Venecia para que fueran agregados a sus estados satélites.

Italia y Alemania sufrieron entonces una reorganización total. Desapareció el Santo Imperio Romano Germánico y fue reemplazado por el Imperio Austríaco, en tanto que surgía como estado independiente la Confederación Renana. Se constituyó el reino de Italia con todas las regiones septentrionales y centrales de la península, y se confirió el reino de Nápoles a José Bonaparte, hermano del emperador. Un sólido bloque adicto resguardaba así a Francia, que debía continuar extendiendo sus conquistas.

LA DOMINACIÓN DE EUROPA

Frente a la nueva situación, el rey de Prusia, se decidió a intervenir y se alió con Rusia, Inglaterra y Suecia contra Francia. Pero el emperador no vaciló en atacar a los aliados y venció a las fuerzas prusianas en Jena y Auerstadt (1806) y a las rusas en Eylau y Friedland. Las consecuencias de estos triunfos fueron aun más significativas que las que obtuviera en 1805. Por la paz de Tilsit, firmada en julio de 1807, se atrajo la alianza de Rusia y quedó consagrada la desmembración de Prusia, con parte de cuyos territorios se constituyeron luego el ducado de Varsovia y el reino de Westfalia.

Prácticamente, Napoleón pudo considerarse dueño de Europa. Solamente Inglaterra manifestaba su indomable propósito de continuar la lucha y decidió ahogar a la Europa napoleónica bloqueando sus puertos. Napoleón resolvió, a su vez, bloquear el comercio inglés cerrando todos los puertos del continente a las naves británicas, y esta resolución le obligó a llevar su política expansionista hasta sus últimas consecuencias. En efecto, sólo dominando totalmente las costas era posible hacer efectiva una medida tan radical, y Napoleón no vaciló en anexarse directamente Holanda, los estados de la Iglesia y Portugal. Quedaba en pie el problema de España, cuya amistosa sumisión podía resultar insuficiente para los propósitos terminantes del emperador.

LA OBRA INTERIOR DE NAPOLEÓN

Tantas y tan vastas operaciones militares no le impidieron a Napoleón preocuparse de importantes problemas administrativos y políticos de Francia.

Acaso sus mayores desvelos estuvieron dedicados a fortalecer el régimen autocrático. La organización policial, la censura de los periódicos y los libros, la vigilancia de los opositores, todo fue cuidadosamente preparado para que no retornaran los antiguos impulsos de libertad que había sabido expresar con tanta vehemencia el pueblo francés. Pero además de todo esto, Napoleón organizó la administración de manera eficaz y regularizó el régimen impositivo; ordenó la redacción de códigos, promulgando, además del civil, que se preparaba desde antes, el código de comercio y el código penal, así como los de procedimientos civil y criminal; finalmente, dispuso la reorganización de la enseñanza pública y ordenó construir numerosas obras destinadas a embellecer las ciudades y a facilitar el desarrollo económico de los distintos territorios sometidos a su autoridad.

LA DECLINACIÓN DEL IMPERIO

A partir de 1808, la estrella de Napoleón comenzó a declinar. Forzado por su política, Napoleón tuvo que extremar las medidas adoptadas contra Inglaterra y decidió invadir España en 1808. Esta operación entrañó numerosas e imprevistas dificultades, pues se desencadenó una violenta resistencia popular que tuvo que ser afrontada por una poderosa fuerza de ocupación, precisamente en circunstancias en que el emperador necesitaba de todos sus recursos. En efecto, la ocupación de los Estados Pontificios en 1809 le atrajo la hostilidad de los católicos, y Austria volvió a comenzar la lucha ayudada por Inglaterra y por las fuerzas portuguesas y españolas que se mantenían hostiles al emperador. Todavía pudo Napoleón derrocar a las fuerzas austríacas en Wagram, en julio de 1809; pero al firmar el tratado de Viena decidió divorciarse de su esposa Josefina de Beauharnais para contraer nuevas nupcias con María Luisa de Austria, con lo cual agregó a sus enemigos interiores a todos los que vieron en este hecho una claudicación definitiva de la tradición republicana.

En estas condiciones, Napoleón decidió invadir Rusia en 1812 y logró ocupar Moscú. Pero la situación se le hizo muy pronto insostenible y debió iniciar una retirada hacia el Oeste, en el curso de la cual sus fuerzas se vieron cruelmente hostigadas y vencidas por las fuerzas rusas; por su acción y por la inclemencia del tiempo, sus tropas se vieron diezmadas y disminuidas en su eficacia combativa, de modo que sus enemigos creyeron llegado el momento de realizar un nuevo intento para abatirlo. Constituida una nueva coalición, Napoleón fue derrotado en Leipzig en 1813, y todo su poderío se conmovió fundamentalmente, hasta el punto de que no pudo contener a sus enemigos, que lo persiguieron y obligaron a conceder la capitulación de París. En esas circunstancias, Napoleón decidió abdicar y así lo hizo en Fontainebleau el 6 de abril de 1814.

LOS CIEN DÍAS

Bajo la presión de los ejércitos aliados de ocupación fue elegido rey de Francia el conde de Provenza, que subió al trono con el nombre de Luis XVIII. Napoleón fue obligado a salir del territorio francés y se le asignó como lugar de confinamiento la isla de Elba, donde estuvo algunos meses observando los acontecimientos. Los desatinos del nuevo rey y de sus aliados fortalecieron el prestigio del emperador y favorecieron la aglutinación de sus partidarios, que muy pronto estuvieron en condiciones de asegurar el regreso de Napoleón. En efecto, en marzo de 1815, el emperador abandonó la isla de Elba y desembarcó en la costa meridional francesa, donde muy pronto comenzó a rodearlo un conjunto considerable de fuerzas apoyadas por la simpatía popular.

Su marcha hacia París fue triunfal. Se pasaron a sus filas las tropas enviadas para contenerlo y Luis XVIII se vio obligado a refugiarse en Bélgica, mientras Napoleón hacía su entrada en la capital y ocupaba nuevamente el palacio de las Tullerías. Entonces creyó llegado el momento de transformar el orden político, para tranquilizar a la gran parte de la población que veía con temor el retorno de una autocracia desenfrenada. Mediante un documento llamado Acta adicional a las constituciones del Imperio instauró un régimen liberal y parlamentario, y simultáneamente, trató de reconciliarse con las potencias europeas ofreciendo la paz. Pero era tarde y todo hacía presumir que sólo la debilidad lo forzaba a adoptar esta actitud. Napoleón fue declarado fuera de la ley y sus enemigos organizaron en Bélgica un ejército poderosísimo que mandaban Wellington y Blücher, al cual opuso Napoleón sus fuerzas, esta vez sin éxito. En junio de 1815 fue derrotado en Waterloo y poco después abdicó por segunda vez en favor de su hijo. Pero la Asamblea decidió llamar nuevamente a Luis XVIII, y Napoleón, prisionero de Inglaterra, fue desterrado a la isla de Santa Elena. El Imperio había terminado.


La época de la Restauración

El período que sigue a la caída de Napoleón se caracterizó por una violenta reacción. Los nuevos directores de la política europea creyeron que podía borrarse de una vez todo lo que recordara la era revolucionaria y pusieron de nuevo en funcionamiento los antiguos sistemas políticos del absolutismo. Durante algún tiempo, y apoyados en la fuerza, los viejos regímenes pudieron seguir funcionando, pero muy pronto volvieron a salir a la luz las tendencias liberales, desencadenando nuevos conflictos que habían de poner fin a la restauración.

EL CONGRESO DE VIENA Y LA SANTA ALIANZA

No bien producida la primera caída de Napoleón, Austria acogió en su capital a los delegados de todas las principales potencias europeas con el fin de que, reunidos en congreso, dictaran las normas a que debía sujetarse la nueva Europa. Inglaterra, Rusia y Prusia fueron, además de Austria, las potencias dominantes, en cuyas deliberaciones impuso su sello la férrea mentalidad del canciller austríaco Metternich.

Las resoluciones más importantes que se tomaron en Viena fueron las relacionadas con la nueva demarcación territorial de Europa. Salieron notablemente beneficiadas las cuatro grandes potencias que dominaban el congreso; Inglaterra afirmó su vasto poderío marítimo y colonial; Rusia se extendió sobre el mar Negro y el mar Báltico, anexándose el gran ducado de Varsovia; Noruega quedó anexada a Suecia; Prusia se apoderó de grandes territorios en el Rin y de la Pomerania; Austria, finalmente, reconquistó su posición en la Italia del norte y su calidad de nación directora de los estados germánicos. Con respecto a los demás países, sus disposiciones fueron bastante arbitrarias y la distribución sólo atendió a los intereses dinásticos, sin la menor preocupación por los anhelos de los pueblos, con lo cual, el congreso de Viena echó la simiente de los conflictos nacionalistas que surgirían poco después.

Por otra parte, también echó la simiente de futuros conflictos políticos con su ciega decisión de apoyar exclusivamente la política más extremadamente absolutista. El movimiento liberal se refugió en una acción ilegal y secreta, pero no desapareció, pese a los esfuerzos que los gobiernos de la restauración hicieron por conseguirlo. El principal instrumento de acción internacional que se creó en este sentido fue la organización de naciones que se llamó la Santa Alianza.

La idea originaria de su creación pertenecía al zar Alejandro I de Rusia, mas la realización práctica fue dirigida por Metternich, que le imprimió un carácter distinto al que había imaginado su inspirador. La Santa Alianza estaba movida originariamente por el deseo de asegurar el predominio del cristianismo en Europa, sin distinción de sectas. Esta última circunstancia hizo que el papa no la viera con buenos ojos; pero la orientación que le imprimió Metternich contribuyó, a su vez, a alejar de sus filas a Inglaterra. En efecto, para Austria la Santa Alianza debía ser un instrumento de vigilancia internacional del orden europeo, y en tal calidad podía intervenir en cada uno de los países si así parecía necesario por alguna amenaza que anunciara el advenimiento de una nueva era revolucionaria.

En cumplimiento de estos designios, la Santa Alianza intervino en Alemania, Nápoles y España apoyando mediante la fuerza los regímenes absolutistas en peligro. Pero la intervención en España trajo como consecuencia la disidencia de Inglaterra, que se apartó de la Santa Alianza, actitud que imitó luego el zar de Rusia. De ese modo, poco a poco, la organización comenzó a perder importancia y dejó de existir no mucho después.

LOS REGÍMENES POLÍTICOS

Si la Santa Alianza fue el signo del tipo de relaciones internacionales que rigieron durante la época de la restauración, el Imperio austríaco fue el ejemplo más expresivo del ideal de esa época en cuanto al gobierno interior de un estado. Regido autocráticamente, nada que pudiese conspirar contra ese orden parecía lícito y era perseguido con la más inexorable energía, de modo que el movimiento liberal que se había constituido sufría una celosa vigilancia de la que apenas podía escapar. Del mismo modo, nada se filtraba en sus instituciones que pudiese significar alguna libertad para el individuo.

Características semejantes tuvo la vida política de Nápoles durante el reinado de Fernando, contra quien estalló, sin embargo, una revolución militar que le impuso una constitución liberal en 1820. Ese año pasó lo mismo en España, donde el general Riego se sublevó contra Fernando VII exigiendo el restablecimiento de la constitución liberal de 1812. Pero ambos movimientos fueron aplastados por las fuerzas extranjeras llegadas en auxilio de los monarcas absolutos.

Prusia y Rusia restauraron sin dificultades los regímenes anteriores a la invasión napoleónica, y solamente en la primera se advirtió alguna inquietud política, que fue fácilmente contenida. En cambio, el régimen anterior de Inglaterra y Francia ofreció particularidades que las diferenció de los demás países.

Francia fue gobernada desde 1814 —y sólo con la interrupción que provocaron los Cien Días del retorno napoleónico— por Luis XVIII, cuyo gobierno estuvo dirigido, en principio, por los principios políticos de la Restauración. Pero Luis había adquirido cierta experiencia durante el largo destierro que sufriera y supo maniobrar con alguna ductilidad en su país. En consecuencia, otorgó una Carta constitucional y no cedió enteramente a los deseos de los extremistas de derecha mientras pudo. Empero, el asesinato del duque de Berry precipitó las cosas y entregó el gobierno a los ultra —esto es, la extrema derecha—, que pudieron gobernar desde 1820 hasta la muerte del rey, en 1824, y luego durante la época de su sucesor Carlos X, que mostró también tendencias fuertemente autocráticas. Pero los extremos a que condujo el régimen desencadenaron una ola de oposición que había de terminar en un movimiento revolucionario. De nada valió el prestigio que el rey alcanzó con la conquista de Argelia, ni la severa persecución que se organizó para anular a los grupos liberales: secretamente, la insurrección fue gestándose y estalló en 1830.

En cuanto a Inglaterra, su situación fue diferente después de la caída de Napoleón porque no había sufrido en carne propia las consecuencias de la invasión. De ese modo, si bien es cierto que se desarrolló en su seno cierta tendencia acentuadamente conservadora, no llegó nunca a propiciar regímenes como los que propugnaba la Santa Alianza y que, en rigor, contradecían las instituciones tradicionales desde la revolución de 1688. En lo exterior, Castleraigh y Wellington se mostraron en un principio favorables a la política de la Santa Alianza, pero muy pronto comenzaron a temer las proyecciones del intervencionismo. Tan conservador como fuese el gobierno, tan decididamente hostil como se manifestase a los anhelos de reforma que acariciaban los liberales ingleses, en ningún caso podían tolerar una política internacional cuyas repercusiones podrían afectar las ventajas económicas adquiridas por Inglaterra. De ese modo, cuando se planteó el problema de España y Fernando VII pidió el auxilio de la Santa Alianza contra los liberales, solicitando apoyo armado para una acción en América a fin de reconquistar las colonias, Inglaterra se opuso enérgicamente y se apartó de la liga. Canning sostuvo y defendió el principio de no intervención y anunció que se opondría a cualquier acción contra los nacientes estados americanos. Esta política —que, en realidad, estaba dirigida a defender los nuevos mercados ingleses— quedó confirmada con el posterior reconocimiento de su independencia.


Las revoluciones liberales de 1830

Contenido, pero no aniquilado, el movimiento liberal se desarrolló subterráneamente en Europa y se fortaleció poco a poco hasta poder salir a la luz por la vía de la revolución. Este proceso hizo crisis alrededor de 1830 en diversos países. En algunos de ellos, el movimiento liberal se combinó con las tendencias nacionalistas y emancipadoras. En otros, fue simplemente un movimiento político destinado a trastrocar las instituciones impuestas por la restauración.

LA SOCIEDADES SECRETAS

Como el rasgo fundamental de la política de la Santa Alianza fue la despiadada persecución de los elementos liberales, se produjo en ellos una adaptación a las circunstancias y se organizaron formando sociedades secretas.

Ya desde antes de la revolución de 1789 estaba organizada la masonería, cuyos miembros intervinieron en muchos casos en los distintos episodios revolucionarios de fines del siglo XVIII. Al producirse la ofensiva absolutista, esa organización volvió a trabajar en la ilegalidad y dentro del mayor secreto para socavar las bases de los regímenes impuestos por la restauración. Se formaron sociedades locales en muchos puntos de Europa y se establecieron vínculos entre ellas, de modo que se preparó una red bastante densa y capaz de difundir rápidamente la revolución de unas partes a otras.

Una organización semejante tuvieron los carbonarios, así llamados porque solían hacer sus reuniones —especialmente en Italia— en los bosques, donde pudieran escapar a la severa vigilancia que se ejercía sobre sus miembros. Sus diferentes agrupaciones se escalonaban dentro de la más absoluta reserva y sus jefes orientaban la acción de todos los grupos carbonarios con una clara tendencia revolucionaria. La vinculación de todos los grupos secretos de Europa es lo que explica el sincronismo de los movimientos revolucionarios en distintos países, tanto en 1830 como en 1848.

EN FRANCIA

El gobierno de Carlos X comenzó a encontrar obstáculos para su política cada vez más autocrática y antiliberal.

El parlamento resistió algunas medidas que había sugerido la corona, y el rey resolvió forzar la situación limitando aun más las libertades de prensa y modificando el régimen electoral para obtener cámaras más incondicionales. En julio de 1830, el pueblo de París, encabezado por algunos grupos liberales, se lanzó a la calle e inició una insurrección que encontró muy pronto eco favorable hasta en las mismas tropas que debían reprimirla. Durante tres días se combatió en las barricadas y Carlos X tuvo la certeza de que no podría contener el movimiento; muy pronto, la resistencia del gobierno cedió y los revolucionarios se hicieron dueños de París.

Pero el conjunto de los revolucionarios era harto heterogéneo. Lo constituían antiguos bonapartistas, republicanos y monárquicos liberales. Estos últimos, presididos por Thiers, fueron los que triunfaron, acaso porque contaban con la figura de Luis Felipe de Orléans, un hombre probadamente liberal por su tradición familiar y por su actuación durante la revolución, que podía aspirar al trono legítimamente y ofrecer a los insurrectos una cierta garantía de seguridad.

Cuando aún no se había extinguido la lucha, el grupo de los que lo apoyaban lo condujo al edificio municipal de París, y Luis Felipe se mostró ante el pueblo al lado de Lafayette y empuñando la bandera tricolor de la revolución. El movimiento, sin programa y casi sin preparación, desembocó, pues, en una solución que satisfizo a muchos, porque estaba destinada a dar forma definitiva y a completar la revolución burguesa de 1789 sin exceder los límites de tal.

EN ALEMANIA

Producido el movimiento revolucionario en Francia, la inquietud popular se difundió rápidamente y se puso de manifiesto en otros países. En los distintos estados de la Confederación Germánica —especialmente en Hannover, Sajonia y Brunswick— estallaron movimientos liberales, explicables en gran parte por la semilla que allí habían dejado las tropas francesas de la época de la ocupación. Pero el movimiento era débil, comparado sobre todo con la fuerza que tenían las monarquías absolutistas de los países que dirigían la Confederación: Austria, en primer lugar, que constituía el centro de la política autocrática, y Prusia, que participaba vivamente de las mismas tendencias. Fueron estos estados los que pusieron prontamente freno a la insurrección preparando la intervención armada allí donde la debilidad de los príncipes consintiera en hacer concesiones a los insurrectos. Esta amenaza surtió efecto, y los movimientos revolucionarios fueron reprimidos sin que, por cierto, llegara el auxilio francés que los liberales esperaban como consecuencia de los pactos que unían a las distintas organizaciones secretas.

EN ESPAÑA

Fernando VII había aplastado el movimiento liberal en 1823 con la ayuda del ejército francés de los “Cien mil hijos de San Luis”, enviado de acuerdo con la resolución de la Santa Alianza, tomada en el congreso de Verona. Pero no por eso se extinguieron los grupos y las organizaciones liberales, cuyas ramificaciones siguieron extendiéndose en el seno del ejército.

La ocasión para manifestarse se presentó al morir Fernando VII en 1833, cuando estaba todavía muy vivo el recuerdo del triunfo liberal de Francia. El rey había instituido como heredera del trono a su hija Isabel, a pesar de algunas disposiciones tradicionales que parecían establecer la sucesión masculina como la única legítima. Se opuso a la infanta el príncipe Carlos, hermano del extinto rey, a quien apoyaban las fuerzas absolutistas, razón por la cual se agruparon alrededor de Isabel y de la regente María Cristina todos los elementos liberales. Para fortalecer el apoyo de estos sectores, la regente dictó un estatuto que establecía cierta forma de régimen constitucional; pero la medida provocó la más violenta oposición de los carlistas, que desencadenaron la guerra civil en 1834. El nuevo sistema entró, sin embargo, en vigor y quedó asentado temporalmente, sobre todo después del triunfo del general Espartero, en 1839, sobre las fuerzas del príncipe don Carlos.

EN PORTUGAL

Un movimiento liberal, apoyado por Francia e Inglaterra, estalló en Portugal en 1831. Lo encabezó el emperador del Brasil Pedro I, quien abdicó, trasladándose a la antigua metrópoli para ponerse al frente de los grupos que combatían al rey Miguel, de decidida tendencia absolutista. La bandera del movimiento era la constitución de 1826, luego derogada, y que, en efecto, fue restablecida por el rey Pedro después de su triunfo en 1834.

Las potencias autocráticas y los movimientos emancipadores

En los países europeos que habían sido sojuzgados por el congreso de Viena y sometidos al dominio de alguna de las grandes potencias, el movimiento liberal tomó carácter especial, pues se aunaron fuertemente los típicos ideales liberales con los anhelos de emancipación nacional. Una vez desencadenados, esos movimientos obraron de diversa manera sobre las potencias contra las cuales iban dirigidos.

HOLANDA Y BÉLGICA

Reordenado por el congreso de Viena, el reino de los Países Bajos comprendía Holanda y Bélgica, pero suponía una marcada superioridad política de los holandeses. La rivalidad nacional se manifestaba en el idioma y, sobre todo, en la religión, pues los holandeses eran protestantes y los belgas católicos. Al estallar el movimiento de julio en Francia, los grupos nacionalistas y liberales belgas se pronunciaron en Bruselas contra el gobierno holandés y comenzaron a luchar por su independencia. Solamente Inglaterra y Francia parecieron interesarse en el conflicto, y Luis Felipe tuvo la prudencia de rechazar la corona belga que los revolucionarios ofrecían para uno de sus hijos. De ese modo no fue difícil llegar a un acuerdo con Inglaterra, que no se opuso a la independencia y aceptó a Leopoldo de Sajonia Coburgo como rey del nuevo estado independiente. Por un tratado firmado en 1839, las principales potencias europeas, inclusive Holanda, reconocieron la independencia belga y la situación del nuevo país quedó asegurada para el futuro.

AUSTRIA E ITALIA

Con el norte de Italia, Austria había logrado la posesión de Lombardia y Venecia de acuerdo con los términos del tratado que preparó el congreso de Viena. Además ejerció la vigilancia sobre los estados de la Iglesia y los numerosos estados menores que se habían constituido para satisfacer las aspiraciones dinásticas. De este modo, su intervención se hizo inevitable frente a los progresos que lograron los numerosos grupos liberales que, agrupados en sociedades secretas, constituían los masones y los carbonarios.

Con la esperanza de ser ayudados por los liberales franceses, triunfantes en la revolución de julio, los grupos italianos se lanzaron a la insurrección y triunfaron en Toscana, Parma y los Estados Pontificios, donde declararon desposeído de la autoridad terrenal al papa. Inmediatamente se dictaron constituciones y se prepararon para la defensa; pero el esperado auxilio de Francia no llegó, y llegaron en cambio las tropas austríacas, que sometieron a los insurrectos con rapidez y energía. El movimiento fracasó, pero volvió a organizarse secretamente quedando luego a la espera de una ocasión más favorable.

RUSIA Y POLONIA

Desde el siglo XVIII, Polonia había perdido su independencia por los sucesivos repartos de sus territorios que habían hecho las grandes potencias. La invasión napoleónica fue, en cierto modo, una época de restauración nacional, y dejó preparados los ánimos para luchar por la emancipación. Entregado a Rusia el gran ducado de Varsovia, los polacos trabajaron en la preparación de la obra revolucionaria; los grupos liberales que se entendían con sus gemelos franceses se proclamaron independientes y desafiaron al zar Nicolás I, que no tardó en responder al reto. Sus tropas entraron en Polonia a sangre y fuego y aplastaron con la más terrible violencia todo rastro del movimiento liberal, cuyos miembros fueron ejecutados o tuvieron que huir al extranjero.

EL IMPERIO OTOMANO Y SERBIA, GRECIA Y EGIPTO

En el extremo sudoriental de Europa, el imperio otomano seguía constituyendo una formidable potencia que no habían podido abatir las reiteradas ofensivas de Austria y Rusia. Su dominio sobre los Balcanes era aparentemente sólido, porque el poder del estado otomano ahogaba cualquier signo de insurrección. Empero, la rebelión estaba latente en esa región por la violenta hostilidad que conservaban algunos grupos que, por su tradición nacional y su fe religiosa, se mantenían aglutinados y diferenciados de los turcos dominantes.

A principios del siglo XIX, los serbios se habían sublevado contra el sultán y habían sido vencidos; pero en 1815 tuvieron mejor suerte y lograron derrotar a las fuerzas turcas, circunstancia que obligó al imperio otomano a reconocer su autonomía, sobre todo por el temor de una intervención de Rusia, libre ya de la zozobra que le causaba Napoleón.

Movidos por idénticos ideales, los griegos se sublevaron en 1821 y desencadenaron una guerra cruel en la que, por ambas partes, abundaron las matanzas despiadadas. Con todo, los insurrectos no pudieron contrarrestar el poderío militar de los turcos y parecían vencidos cuando, en 1827, comenzaron a recibir la ayuda de los países occidentales. Respondiendo a la corriente de opinión que había llevado a Grecia a muchos voluntarios —al poeta Byron entre ellos— los gobiernos de Rusia, Francia e Inglaterra enviaron fuerzas militares para poner fin al conflicto y asegurar la independencia griega. Destruida la flota turca en Navarino, las fuerzas terrestres del sultán fueron vencidas en Andrianópolis por el ejército ruso, de modo que el gobierno de la Puerta solicitó la paz y firmó en 1829 el tratado de Andrianópolis, por el que reconocía la independencia de Grecia.

Poco tiempo después se suscitó un conflicto interno de resultas del cual Egipto quedó separado de Turquía. El imperio otomano se disgregaba, y aunque no podría atribuirse la aparición de las nuevas nacionalidades a la influencia de los movimientos liberales, lo cierto es que resultó en cierto modo de las condiciones políticas que esos movimientos crearon en Europa. Por otra parte, el nuevo mapa que se dibujaba en los Balcanes correspondía al juego de fuerzas que se había establecido entre las grandes potencias, pues tanto Francia e Inglaterra como Austria y Rusia aspiraban a recoger, parcial o totalmente, la influencia que antes ejercía el gobierno turco. Sólo se opondrían a esos deseos los choques de unos intereses con otros, y el creciente desarrollo del nacionalismo, que floreció en la cuenca oriental del Mediterráneo de la misma manera que en el occidente de Europa.


Los movimientos sociales y las revoluciones de 1848

El período que transcurre entre 1830 y 1848 acusa la presencia de importantes y profundas transformaciones en la situación económica y social de Europa. Cumplido el ciclo de la revolución burguesa entre 1789 y 1830, el desarrollo de la economía capitalista produjo la escisión entre las clases medias y las clases trabajadoras, cuyos ideales económicos y sociales comenzaron a diferenciarse de los ideales políticos que sostenía la burguesía. De esta circunstancia sacan su nuevo perfil los movimientos que se producen alrededor de 1848 en muchos países de Europa.

LOS GRANDES PROBLEMAS ECONÓMICOS, SOCIALES Y POLITICOS

Sin duda alguna, la burguesía liberal no se sentía del todo satisfecha, ni en efecto lo estaba, especialmente allí donde no había triunfado el movimiento revolucionario de 1830. Sus aspiraciones a una democracia más perfecta, a un mayor margen de intervención de sus miembros en la vida política, no estaban colmadas. Parecía necesario luchar todavía por el triunfo o el perfeccionamiento de las instituciones democráticas; pero muy pronto advirtió la burguesía que la estrecha solidaridad que hasta entonces había manifestado la masa trabajadora comenzaba a debilitarse. En efecto, esta masa tenía ahora nuevos problemas.

Provenían casi todos del desarrollo de la economía industrial, y se manifestaban a través de las condiciones de vida y las aspiraciones económicosociales de la masa trabajadora, cada vez más numerosa. Además, su concentración en los grandes centros fabriles había comenzado a crear un fuerte espíritu de clase y una clara visión de cuáles eran sus aspiraciones y los medios que estaban a su alcance para obtenerlas. Así surgieron movimientos de tipo socialista, cuya última expresión era el anhelo de la socialización de los bienes de producción y su control por los trabajadores.

Estos problemas sociales que comenzaron a hacer irrupción en Europa se complicaron por el delineamiento de la política imperialista. Francia e Inglaterra especialmente, mostraban a las claras sus designios de afirmar su poderío económico sobre la base de una enérgica defensa de su derecho a la expansión capitalista. Y dentro de la organización política, este designio se manifestaba bajo la forma de un estrecho control de todas las actividades económicas, sin concesiones para la masa humana que constituía el principal instrumento de la producción. Este complejo haz de problemas define la fisonomía de los fenómenos políticos que comienzan a aparecer ya poco después de 1830.

EN ITALIA

Todavía con los caracteres de las revoluciones liberales, estalló una insurrección en el reino de las Dos Sicilias en enero de 1848. El movimiento se propagó rápidamente a otras regiones de Italia, y alcanzó a los estados de la Iglesia, Toscana, y Piamonte. Los revolucionarios exigieron la promulgación de constituciones y obtuvieron algunos triunfos que no pudieron ser sofocados de momento por las potencias autocráticas, ahora en una situación distinta a la de 1830.

EN FRANCIA

Durante los catorce años que siguieron a la revolución parisiense de 1830, el rey Luis Felipe gobernó con cierta tranquilidad, ayudado por ministros ilustrados y eficaces como los liberales Perier, Thiers y Guizot. Mejoró en algo la situación interna, se desarrolló considerablemente el comercio y la vida industrial y se hizo una obra notable en el campo de la educación popular. Pero al gobierno le faltaba genio y no supo canalizar los ímpetus todavía no agotados del pueblo francés, y estos ímpetus se canalizaron según diferentes tendencias; por una parte se produjo un renacimiento del sentimiento bonapartista, exaltado por el poeta Víctor Hugo, y por otra una polarización de las masas trabajadoras alrededor de los ideales socialistas.

Estas dos tendencias comenzaron a agitar las tranquilas aguas de la monarquía burguesa. La Iglesia no dejaba de contribuir a la agitación, irritada por el laicismo del gobierno. Y mientras Luis Felipe y su ministro Guizot querían capear el temporal dando a su gobierno un carácter cada vez más conservador —de acuerdo con la tendencia que manifestó la burguesía ante los avances del naciente socialismo—, la excitación general creció preparando los ánimos para nuevas aventuras. “Francia se aburre”, dijo en frase certera y expresiva el poeta Lamartine, uno de los jefes de la oposición. Y para sacudir el marasmo general desembocó en una revolución.

Fiel a sus principios, Guizot había resistido la presión general en el sentido de que se reformara el régimen electoral; pero el ambiente estaba tenso, y de una conmoción pasajera se pasó rápidamente a un verdadero motín que estalló en febrero de 1848. Luis Felipe no era hombre para soportar situaciones de violencia y se apresuró a abdicar, dejando el país a merced de los revolucionarios, que muy pronto constituyeron un gobierno provisional y proclamaron la república. Pero en seguida se advirtió que esta revolución difería de las anteriores, y que los elementos socialistas desempeñaban en ella un papel importante. Los conflictos surgieron muy pronto entre los grupos liberales y los socialistas, y en junio se desencadenó en París una formidable insurrección popular que aplastó el general Cavignac con la Guardia Nacional.

En medio de un ambiente convulsionado, y mientras sesionaba una asamblea de tendencia fuertemente conservadora, se eligió presidente de la república a Luis Napoleón Bonaparte, sobrino del emperador, a quien favoreció la aureola que conservaba el nombre que llevaba. La burguesía, los campesinos y, en general, las clases conservadoras, habían votado por la “restauración del orden”, esto es, por la represión del movimiento obrero.

EN AUSTRIA Y ALEMANIA

La ola revolucionaria se propagó a la Europa central y se manifestó bajo la forma de enérgicos motines que estallaron en Viena y Berlín, al tiempo que estallaban revoluciones nacionalistas y emancipadoras en otras regiones, como Bohemia y Hungría, Venecia y Lombardia.

El triunfo fue tan rápido y terminante que los déspotas tuvieron que ceder. Metternich vio llegado el ocaso de su poder y tuvo que abandonar la capital; Federico Guillermo IV de Prusia tuvo que ceder a las exigencias populares y convocó un congreso cuyos miembros fueron elegidos por sufragio universal y se reunieron en Francfort; en el Piamonte, Carlos Alberto se decidió a encabezar la lucha contra Austria, y en

En Venecia se proclamó la república de San Marcos. Pero estos triunfos, fruto del entusiasmo de las masas populares y del desconcierto de los autócratas, fueron efímeros y dieron lugar a la más enérgica reacción.

En efecto, tanto en Austria como en Prusia, el ejército se manifestó decidido a respaldar el poder absoluto de los reyes y tomó prontamente la ofensiva. El emperador debió abdicar, pero su sucesor Francisco José, tomó la dirección de los asuntos con energía y reprimió los levantamientos de Bohemia y Hungría así como los de su propia capital, contando con el auxilio de fuerzas rusas que llegaron en momento oportuno. Del mismo modo se reprimió el movimiento en Italia, donde la situación volvió a sus cauces tradicionales, excepto en el Piamonte, donde Carlos Alberto se opuso a toda revisión de las concesiones que había hecho a su pueblo: así nació el prestigio de la casa de Saboya, que habría de ponerla luego a la cabeza del movimiento liberal unificador y nacionalista italiano.

El curso de los acontecimientos entonó al rey de Prusia. El parlamento de Francfort resolvió constituir un imperio federal sin la participación de Austria, y designó emperador al propio Federico Guillermo. Pero, apoyado en el ejército, el rey de Prusia se negó a aceptar la situación; en cambio, independientemente de las sanciones de origen popular, creyó llegado el momento de establecer la unidad en Alemania para abatir la hegemonía austríaca, y proclamó por su cuenta y con el solo apoyo de los príncipes la Unión restringida, en la cual correspondía a Prusia la supremacía. Pero el intento no prosperó, y Austria obligó al rey a firmar la convención de Olmutz, por la que se restauraba el orden de cosas vigente antes de 1848.

LAS REFORMAS EN INGLATERRA

Por las mismas causas que en el continente —que en Inglaterra, por otra parte, eran aun más profundas— se produjeron en ella desde los tiempos que siguieron a la caída de Napoleón algunos acontecimientos que pueden considerarse paralelos a los producidos en los demás países del oeste de Europa. También en Inglaterra, y acaso más que en otro país, las transformaciones económicas habían creado graves problemas sociales que repercutían sobre el estado de ánimo de las clases populares. Concentrada la población en los centros fabriles, las condiciones de vida se tornaron difíciles y a veces trágicas. Además, con el desarrollo del capitalismo y el crecimiento acelerado de la riqueza se manifestó una tendencia aguda a la explotación del proletariado, considerado exclusivamente como un instrumento de producción al que era necesario sacar el mayor provecho posible.

Este estado de cosas no fue modificado por los gobiernos conservadores que se sucedían en Inglaterra desde la época de las guerras contra Napoleón y que predominaron durante los reinados de Jorge III y Jorge IV. Aun cuando los ministros tories que por entonces gobernaron —Pitt, Canning, Peel, Wellington— no participaban de la estrechez mental característica de los déspotas contemporáneos del continente, por su sensibilidad y su concepción de la vida pública no fueron capaces de afrontar una situación que afectaba a vastos núcleos de la población inglesa.

Con todo, ante la presión de las circunstancias, las asociaciones obreras llamadas Trade Unions fueron reconocidas en 1826. Pero cuando la situación sufrió un vuelco importante fue al subir al trono Guillermo IV en 1830. Un whig, Carlos Grey, fue llamado al poder, y con su autoridad y su energía se pudo vencer la resistencia de la Cámara de los Lores —baluarte tory— a todo intento de reforma, de suerte que en 1832 se aprobó una importante modificación electoral que dio el voto a una crecida masa de la clase media. Desde entonces, la fisonomía política de Inglaterra cambió considerablemente, y la Cámara de los Comunes se tornó más sensible a las aspiraciones populares.

La agitación —moderada pero constante— siguió en Inglaterra porque todavía no tenían las clases trabajadoras acceso al parlamento debido a la cifra que se exigía como renta mínima para tener derecho al voto. En 1837 llegó al trono la reina Victoria, y durante sus primeros tiempos esta agitación alcanzó en oportunidades alguna gravedad. Sólo el florecimiento económico de Inglaterra, que compensaba de muchas cosas, impidió que el movimiento social se precipitara en forma de revoluciones como las que veían los países del continente.


La unificación de Italia

De los vastos movimientos revolucionarios que se produjeron en Italia en 1848 quedó no sólo un vivo fermento sino también una rica experiencia insurreccional y, lo que fue más importante, un sólido baluarte asegurado para los grupos liberales y nacionalistas: el reino de Piamonte y Cerdeña, donde la dinastía de los Saboya había resuelto mantener el régimen liberal instaurado en 1848. Este núcleo sirvió para edificar la unidad de Italia.

LAS RAÍCES DEL MOVIMIENTO UNIFICADOR

Durante toda la Edad Moderna, Italia tuvo cierta conciencia de su inferioridad política. Había soñado antaño con la unidad; pero no pudo escapar nunca a su sino de presa predilecta de las grandes potencias. A partir del siglo XVIII, y como resultado de la difusión de la Enciclopedia y el pensamiento ilustrado, comenzó a organizarse un movimiento liberal que adoptó muy pronto formas revolucionarias y se concretó en la organización de sociedades secretas para obtener la transformación revolucionaria del país. Este movimiento se acrecentó en la época de la Revolución francesa y de Napoleón, en quien vieron algunos liberales italianos el paladín de su causa. El movimiento fue aplastado por la restauración; pero resurgió más fuerte que nunca y dio por resultado la formación de un estado de conciencia que caracterizó lo que se llama el Risorgimento, un movimiento de opinión, ilustrado, progresista y vigoroso cuyas finalidades eran restaurar la grandeza de Italia tanto en el orden de la política como en el de la cultura.

En el plano político, la figura más brillante de este movimiento es la de José Mazzini, un revolucionario fervoroso, de sólida doctrina, que llevó a cabo la rebelión de los estados de la Iglesia en 1848 y que había formado la sociedad llamada La joven Italia para luchar contra el absolutismo y la opresión. Pero no es menos brillante la del conde Cavour, más moderado pero no menos decidido en el fondo que Mazzini. Y al lado de ellos aparecieron hombres de pensamiento, poetas y políticos inspirados por los mismos sentimientos, todos los cuales encontraron un hogar en el Piamonte desde donde pudieron realizar sus ideales.

EL REINO DE PIAMONTE Y CERDEÑA

En 1849, Carlos Alberto cayó derrotado por los austríacos y lo sucedió en el trono Víctor Manuel II, que compartía sus opiniones y sus ideales. La constitución otorgada a su pueblo por su padre en 1848 no fue derogada a pesar de la presión que se ejerció sobre él en este sentido, y, por el contrario, no vaciló en llamar al ministerio a los hombres más caracterizados del movimiento liberal y emancipador.

Entre éstos figuraba el conde de Cavour, que llegó al cargo de primer ministro en 1852. Desde entonces su acción se concentró alrededor de algunos puntos que consideraba decisivos para el logro de sus aspiraciones, a saber, el engrandecimiento económico y militar del Piamonte y la fortificación de las alianzas con las potencias extranjeras para lograr la expulsión de los austríacos del control de Italia.

En cumplimiento de estos designios, Cavour trabajó con energía y eficacia. Piamonte se transformó en un estado floreciente por su agricultura y su comercio, y su pequeño ejército se puso a la cabeza de todos los de Europa por su organización y su material. Por otra parte, la llegada de Napoleón III al trono imperial francés —producido tras un golpe de estado en 1852— favoreció sus planes, pues el nuevo emperador era tradicionalmente amigo de los liberales italianos y veía en Italia un apoyo frente a Austria. Así, no vaciló en ofrecer su ayuda a Cavour con la condición expresa de que obtendría algunas ventajas territoriales y que no obraría contra Austria sino a condición de que el reino de Piamonte fuera provocado por ella.

LA GUERRA CONTRA AUSTRIA

Cavour no necesitaba nada más. Su destreza política le suministró los medios para obligar a Austria a provocar el conflicto en 1859, y cuando los austríacos invadieron el territorio, Napoleón III cumplió su promesa apareciendo en Italia con sus tropas. La lucha fue breve y favorable para las fuerzas sardo-francesas, que derrotaron a los austríacos en el mes de junio, sucesivamente, en Magenta y Solferino. Toda la Lombardia quedó en manos de los piamonteses, y todo parecía indicar que la campaña seguiría triunfalmente hasta lograr la ocupación de Venecia. Pero en ese momento Napoleón III se sintió preocupado por la seguridad de sus fronteras y decidió pactar con los austríacos firmando un armisticio en Villafranca confirmado más tarde en Zurich. Por este acuerdo, Venecia siguió en manos de Austria, que en cambio accedió a reconocer la posesión de Lombardia a Víctor Manuel II.

LA UNIDAD ITALIANA

Cavour sintió que sus esperanzas habían quedado defraudadas y renunció a su cargo; pero los hechos se encargaron de demostrar que la realidad era más halagüeña de lo que parecía. El entusiasmo que provocó el movimiento nacional fue tan intenso que se movilizaron todas las fuerzas de las distintas regiones para colaborar en la consecución de aquel viejo ideal. Amotinado el pueblo en Toscana, Parma y Módena, estas regiones quedaron inmediatamente unidas al reino del Piamonte, al que muy poco después, y por obra de un decidido guerrillero, José Garibaldi, se agregó el reino de las Dos Sicilias. Por su parte Víctor Manuel II conquistó los estados de la Iglesia excepto la ciudad de Roma, y prácticamente quedó realizada la unidad de Italia quedando solamente como territorio irredento Venecia y Roma. Poco después, en 1861, un congreso reunido en Turín proclamó a Víctor Manuel rey de Italia.

Lo que faltaba para integrar definitivamente en una unidad política a toda la península, fue logrado poco después a favor de ciertas circunstancias. Al producirse la guerra entre Prusia y Austria, Italia entró en ella con la condición expresa de que recibiría Venecia, y aunque la suerte no fue favorable a Víctor Manuel —vencido por los austríacos en Custozza—, la derrota final de Austria le permitió tomar posesión de Venecia en 1866.

Sólo quedaba ahora, para finalizar la vasta empresa, lograr la posesión de la indudable capital del reino, Roma, cuyo dominio por el papa parecía a los patriotas italianos como una humillación insoportable. Intentó cumplir esta última parte del viejo proyecto de unificación Garibaldi, pese a la oposición del propio ejército de Víctor Manuel y de las fuerzas francesas, pero lo derrotaron dos veces. Finalmente, en 1870, mientras Napoleón III estaba absorbido por la guerra contra Prusia, Víctor Manuel II creyó llegado el momento de establecer su capital en Roma y ocupó la ciudad con sus fuerzas, mientras el papa se encerraba en el Vaticano declarándose prisionero y negándose a reconocer el hecho cumplido. Pero la obra política de unificación estaba terminada y nada podría modificar ya esa situación.


Francia y el Segundo Imperio

Así como para Italia, la revolución de 1848 tuvo también consecuencias trascendentales para Francia, aunque en sentido inverso desde el punto de vista político. Si allí el fermento revolucionario logró crear el triunfo del liberalismo, en Francia la insinuación de las nuevas fuerzas sociales de tendencia revolucionaria congregó a la opinión pública alrededor de ciertos principios conservadores que, en determinado instante, pareció encarnar Luis Napoleón Bonaparte. Este estado de ánimo permitió la instauración del Segundo Imperio, cuya evolución concluyó en un desenlace trágico para Francia.

LA SEGUNDA REPÚBLICA

Resultado del esfuerzo conjunto de fuerzas en el fondo antagónicas, la segunda república se desenvolvió dentro de terribles dificultades. Después de contenido el movimiento socialista en junio, la opinión de la burguesía se inclinó sensiblemente hacia la derecha y decidió con su voto la elección presidencial en favor de Luis Napoleón Bonaparte, que si bien en cierto modo simbolizaba la tradición liberal, representaba al mismo tiempo la concepción autoritaria del poder propia de Napoleón I. Esta confusión fue hábilmente explotada por el candidato, que resultó elegido por muy diversos grupos de opinión.

Como presidente de la república, Luis Napoleón se condujo con suma astucia y logró reducir la influencia política de los grupos más decididamente liberales y de la masa trabajadora; puso freno a la acción de los opositores y, finalmente, trató de atraerse la buena voluntad de los elementos conservadores especialmente mediante un acrecentamiento de la influencia de la Iglesia. Así preparó el ambiente para abatir la república.

EL GOLPE DE ESTADO DE 1852

Cuando se consideró suficientemente apoyado por la opinión pública, organizó cuidadosamente el golpe de estado. Cambió los mandos militares y forzó a la asamblea a adoptar actitudes que la desprestigiaron. Entonces, aprovechando el rechazo de un proyecto de ley electoral, Luis Napoleón precipitó los acontecimientos. El 2 de diciembre disolvió la asamblea y lanzó un manifiesto por el que ordenaba la realización de un plebiscito que decidiría sobre la adopción de una constitución como la del año VIII. Realizada la votación, obtuvo una abrumadora mayoría que lo autorizó a modificar la constitución para asegurarse una autoridad absoluta. Un año después, un segundo plebiscito restauró la autoridad imperial, que quedó confiada a Napoleón III.

LA ERA AUTOCRÁTICA

Desde 1852 hasta 1860, Napoleón III gobernó con las fuerzas conservadoras y trató de fortalecer su autoridad apelando a toda clase de medidas que impidieran la recuperación de la simpatía popular por los grupos liberales o socialistas.

Mediante algunas disposiciones capciosas, logró que no hubiera en el parlamento sino representantes adictos a su política, no vacilando, además, en suprimir las libertades individuales y la libertad de prensa para evitar la acción de los opositores. Un atentado contra él, en 1858, le proporcionó un excelente pretexto para extremar esos procedimientos, que complementó con medidas centralizadoras destinadas a llevar el control del estado a todas las formas de la actividad social.

En verdad, indirectamente respaldó su política con una acción administrativa que permitió el desarrollo de cierto bienestar general muy favorable para su autoridad. Era, por otra parte, la época en que comenzaban a recogerse en Francia los primeros frutos del vasto desarrollo industrial, y con ese motivo se produjo un acentuado enriquecimiento de ciertos grupos vinculados a las actividades económicas y especialmente a las financieras.

Por lo demás, su gestión internacional fue afortunada durante este período. En 1854 se desencadenó la guerra de Crimea, entre Rusia y Turquía, y ante las perspectivas de que la primera obtuviera una situación de predominio en el Mediterráneo oriental, Francia se unió a Inglaterra y Piamonte para actuar en defensa de Turquía. La guerra duró dos años, y los aliados pusieron sitio a Sebastopol hasta apoderarse de la plaza, que constituía una poderosa base enemiga en el mar Negro. Al producirse este descalabro, Rusia pidió la paz y los beligerantes discutieron las condiciones en la conferencia de París, de la que se obtuvo, como saldo, la neutralidad del mar Negro (1856).

Apenas finalizado este conflicto, Napoleón III comenzó a tratar con Cavour la ayuda que proporcionaría al reino de Piamonte y Cerdeña contra Austria. Convenidos los términos y llegada la oportunidad, Napoleón III intervino en Italia y colaboró decisivamente en la anexión de Lombardia al Piamonte. Pero en ese momento comenzó a insinuarse la actitud amenazadora de Prusia, y el emperador detuvo bruscamente el curso de la guerra retirándose de Italia.

LA ERA LIBERAL

La intervención en Italia y, sobre todo, el apoyo a los liberales italianos entre cuyos objetivos estaba el arrebatar al papa los Estados Pontificios, le atrajeron a Napoleón III la hostilidad de los conservadores. Pero el emperador se sentía ya suficientemente fuerte como para prescindir de este apoyo y lo buscó en los grupos liberales, a los que comenzó a ofrecer facilidades para intervenir en la vida política. No mucho después comenzaron nuevamente a oírse las voces de la oposición en el parlamento, y en 1863 fueron elegidos varios diputados republicanos y entre ellos Adolfo Thiers, historiador y político liberal que había hecho ya una larga carrera en defensa de sus ideales. Nuevas medidas tomó Napoleón III, buscando congraciarse con los grupos liberales y las masas obreras: se firmó un tratado de libre comercio con Inglaterra para provocar un descenso en los precios de los artículos de primera necesidad, se reconoció el derecho de huelga y se estableció la laicidad de la enseñanza. Más tarde, el emperador delegó el poder en ministros responsables ante el parlamento y éste adquirió el derecho de iniciar la gestión de las leyes, que antes pertenecía exclusivamente al emperador.

Pero esta sana política interior se vio obstaculizada por los errores que el emperador cometió en el plano internacional. Llevado por el deseo de tranquilizar a los católicos y ofrecer garantías a algunos grupos financieros, decidió lanzarse a una absurda aventura contra el movimiento liberal que había desencadenado en México el presidente Juárez. La ocasión le pareció favorable también para congraciarse con Austria, irritada por su intervención en Italia, en momentos en que la amenaza de Prusia comenzaba a dibujarse en el escenario europeo. En consecuencia, organizó una expedición francesa y buscó el apoyo de los otros países acreedores de México —España e Inglaterra—, en unión de cuyas fuerzas realizaron las tropas francesas un desembarco en Veracruz a principios de 1862.

El objetivo de la campaña era aplastar el movimiento liberal e instaurar en México un imperio a cuyo frente se pondría a un príncipe austríaco, el archiduque Maximiliano. Una asamblea constituyente reunida en la ciudad de México tomó las disposiciones legales imprescindibles, y poco después Maximiliano se hizo cargo del poder (1864). Pero las circunstancias comenzaron a mostrarse hostiles. Los liberales mexicanos organizaron una terrible guerra de guerrillas, y los Estados Unidos, una vez concluida la guerra de Secesión en 1865, se aprestaron para intervenir en el conflicto, de modo que Napoleón III comenzó a temer por el desenlace de la aventura que había desencadenado. En esas circunstancias, adoptó una resolución tan arbitraria como la que tomara al resolverse a intervenir, y dispuso la partida de sus tropas de México abandonando a Maximiliano a su suerte. Las consecuencias no se hicieron esperar: pocos meses después de la salida de sus fuerzas, Maximiliano era vencido, tomado prisionero y fusilado en Querétaro (1867). Así terminaba una aventura de la que Francia no había podido esperar nada sino la indignación general que, en efecto, produjo su actitud.

Con todo, el más grave contraste que sufrió Napoleón III fue resultado del ascenso de Prusia y de la irreflexiva conducta del emperador frente a la hábil y firme política de Bismarck. Acaso creyó que podía recuperar su prestigio abordando una nueva empresa militar de alto vuelo. Pero le faltaba, para enfrentar a Prusia, organización y capacidad de mando. De ese modo una vez declarada la guerra el 18 de julio, Francia sufrió derrota tras derrota hasta quedar aniquilada en Sedán, el 1º de septiembre de 1870, y el día 4 estallaba en París una revolución dirigida por Gambetta que depuso al emperador y proclamó la república.


Austria y la unidad alemana

A partir de 1848, la organización de la Confederación Germánica creada por el Congreso de Viena comenzó a mostrar algunas grietas peligrosas. No fue allí el movimiento liberal lo que se tornó amenazante, porque el férreo sistema de los autócratas había logrado constituir un aparato estatal muy poderoso. El movimiento unificador alemán, en cambio, sí comenzó a constituir un peligro serio, dirigido contra Austria, que ejercía la supremacía sobre todo el sistema. Tras muchas alternativas, Prusia logró imponerse a Austria, y al tiempo que ésta declinaba sensiblemente, aquélla lograba constituir la unidad alemana bajo la autoridad de la casa de los Hohenzollern.

LOS DESIGNIOS PRUSIANOS

El rápido ascenso de Prusia desde el siglo XVIII se continuó a lo largo de la primera mitad del siglo siguiente. En esa época era innegable que casi todos los estados alemanes reconocían su superioridad y autoridad, y estaba en el pensamiento de la mayoría de los príncipes alemanes la necesidad de realizar su unidad bajo la hegemonía prusiana. También los liberales estaban convencidos de esta idea, y por eso el congreso de Francfort ofreció la corona a Federico Guillermo IV en 1848. Rechazada esta proposición, los príncipes retomaron la idea y proclamaron la Unión restringida bajo la autoridad de Prusia, que fracasó ante las exigencias de Austria en Olmutz, en 1850. Pero la idea siguió germinando y fructificó en el espíritu de Guillermo I, rey de Prusia desde 1861.

A diferencia de los proyectos anteriores, el de Guillermo I fue lograr la unificación por la fuerza y excluir de la hegemonía germánica a Austria reduciéndola militarmente. Además, en los planes de unificación del rey debían entrar algunos territorios considerados netamente germánicos y que era necesario disputar a otras potencias. Para lograr todos estos objetivos, Guillermo consideró necesario fortalecer su poderío militar y afianzar su situación internacional hasta el momento oportuno.

Contó el rey Guillermo con la ayuda de algunos hombres excepcionales. Roon, ministro de Guerra, y Moltke, jefe del Estado Mayor, transformaron el ejército prusiano acrecentando notablemente su eficacia, y prepararon cuidadosamente los planes de las posibles operaciones militares según las ideas del gran estratego Clausewitz. Sólo tuvieron que vencer la resistencia que opusieron los diputados liberales a otorgar los créditos solicitados al parlamento para gastos militares; pero en esta parte de la labor colaboró activamente el príncipe de Bismarck, a quien llamó Guillermo I en 1862 para que dirigiera tanto la política interior como la exterior.

Bismarck no vaciló en acudir a las medidas más enérgicas, y gastó sin pedir autorización ni rendir cuentas, procediendo como un verdadero dictador. Cuando consideró que el instrumento militar era suficientemente eficaz, comenzó a ponerlo en funcionamiento, y provocó la guerra contra Dinamarca.

GUERRA CONTRA DINAMARCA

En 1863, el rey de Dinamarca anexó a sus estados dos provincias que gobernaba a título personal, los ducados de Schleswig y Holstein, en los que había abundante población alemana. Bismarck entendió que esa medida constituía una alteración de los tratados y se unió a Austria para intervenir en Dinamarca. La guerra fue breve, y las dos provincias fueron ocupadas rápidamente por los dos aliados, que resolvieron de común acuerdo repartirse su administración: Prusia el ducado de Schleswig y Austria el de Holstein.

GUERRA CONTRA AUSTRIA

De este acuerdo debía nacer el conflicto que Prusia deseaba para desencadenar la guerra contra Austria. Este conflicto, sin embargo, se preparaba desde mucho antes. Prusia no había perdonado a su rival la humillación que sufriera en Olmutz ni quería tolerar por más tiempo la supremacía que ejercía sobre los estados germánicos. Ya por entonces se había opuesto a que entrara en la unión aduanera que había organizado en los estados alemanes, y poco a poco había logrado establecer un sistema de alianzas con Italia, Rusia y Francia, gracias al cual la situación internacional de Austria era particularmente difícil.

En esas circunstancias, los diferendos por la administración de los ducados se produjeron en un momento que Bismarck creyó oportuno para lanzar el premeditado golpe contra Austria. En 1866 hizo ocupar Holstein por sus tropas y se lanzó contra el territorio imperial al tiempo que las fuerzas italianas entraban en Venecia. Sólo falló en sus planes la ayuda de los estados germánicos meridionales, que se decidieron por Austria; pero esta potencia no logró nada de ellos, porque los ejércitos prusianos lograron impedir la unión de sus fuerzas. De ese modo, y pese a que los austríacos vencieron a los italianos en Custozza, su suerte quedó sellada con la derrota que les infligieron los prusianos en Sadowa, en julio de 1866.

La derrota fue decisiva para Austria. Perdió la hegemonía sobre la Confederación Germánica, que quedó disuelta, y sus posesiones en Italia. Al mismo tiempo, se enfrentó con serias dificultades interiores que la obligaron a establecer una división de los estados que conservaba, para dar satisfacción al nacionalismo húngaro, bastante poderoso. En cambio, Prusia se transformó en la primera potencia germánica. Constituyó la Confederación de la Alemania del Norte bajo su autoridad y unificó un grupo considerable de estados poderosos con cuyas fuerzas mancomunadas podía emprender la etapa final de sus planes. Tales fueron los resultados de la paz de Praga, con la que terminó en agosto de 1866 el conflicto con Austria.

GUERRA CON FRANCIA

Una hábil maniobra diplomática tornó en favorable para Prusia la antigua hostilidad de los estados germánicos meridionales. Se habían vuelto éstos hacia Napoleón III, pero como demostrara el emperador francés ciertos deseos de anexarlos, Bismarck aprovechó la ocasión para atraérselos. El acuerdo quedó establecido el mismo año de 1866, y se convino en que, de producirse una guerra exterior, los estados germánicos del sur acatarían la autoridad militar de Prusia.

La guerra exterior fue arteramente provocada por Bismarck. Planteado un conflicto por el trono de España, que estaba vacante, Napoleón III exigió que los Hohenzollern renunciaran a toda aspiración en ese sentido. La negociación se realizó cordialmente, hasta el momento en que el ministro prusiano trasmitió el famoso telegrama de Ems, en el cual se desfiguraban las palabras del rey de Prusia al embajador francés hasta tornarlas hirientes para Francia. Napoleón III se vio obligado por la presión popular a declarar la guerra en julio de 1870, y poco después debía afrontar un ejército alemán de medio millón de hombres, del que formaban parte los contingentes de los estados germánicos del sur.

Napoleón III opuso al enemigo un ejército en Alsacia y otro en Lorena, pero muy inferiores en número y calidad. El primero fue derrotado por los prusianos en Froeschwiller y el segundo en Rezonville y Saint Privat. Quedaban todavía las fuerzas estacionadas en Metz y el emperador quiso salvarlas; pero fue vencido en Sedán el lo de septiembre. Pocos días después se proclamaba la república y Gambetta organizaba la defensa; mas los prusianos sitiaron París y comenzaron a avanzar en varias direcciones sin que tuvieran éxito las arriesgadas maniobras defensivas del ejército popular organizado en París y en el Loira. París fue bombardeada y tuvo que capitular el 28 de enero de 1871, firmándose el armisticio en Versalles.

EL IMPERIO ALEMÁN

El estado de guerra había favorecido los planes interiores de Guillermo I y Bismarck. Los estados germánicos del sur se decidieron a entrar definitivamente en la unión alemana y se convino en la organización del imperio. En Versalles, el 18 de enero de 1871, quedó constituido y se proclamó emperador a Guillermo I, conservando los príncipes y los gobiernos locales su jurisdicción interna.

El nuevo imperio comenzó asentando su triunfo con la firma del tratado de Francfort, en mayo de 1871, por el que incorporaba a su territorio gran parte de Alsacia y Lorena. Desde entonces, una nueva potencia comenzaba a actuar en la escena internacional respaldada por su incuestionable superioridad militar.


Europa oriental hasta 1881

En el período que siguió a la insurrección polaca de 1831, el mundo eslavo acusó un intenso acrecentamiento del espíritu autocrático. Rusia se sentía fuerte, y al mismo tiempo que insinuaba sus pretensiones territoriales respecto a las regiones meridionales que disputaba al imperio otomano, afirmaba categóricamente sus tendencias al absolutismo. Pero acaso esta tendencia no fuera sino la reacción contra los activos fermentos que operaban en su seno. Los Balcanes eran ahora una zona disputada también por las potencias occidentales, y tanto en Polonia como en la propia Rusia fuertes núcleos de opinión mantenían el espíritu insurreccional. La guerra de Crimea fue la piedra de toque de. la autocracia, y tras ella Rusia comenzó a conmoverse en una lucha que habría de hacer crisis algunos años más tarde.

NICOLÁS I

De la guerra contra Napoleón, de su conducta elevada e idealista, el zar Alejandro I había dejado un recuerdo imborrable que proporcionaba a su figura ciertos rasgos patriarcales. Su sucesor, Nicolás I, fue la antítesis del viejo zar. La conspiración a que tuvo que hacer frente al llegar al poder en 1825 y la represión del movimiento polaco de 1831 pusieron a prueba su temple y evidenciaron su vocación por la autocracia. Su gobierno fue de opresión y de crueldad; se apoyó en una formidable organización represiva de todos los grupos ilustrados y tomó las más enérgicas medidas para impedir la organización de una corriente de opinión que entroncara con las que se constituían por entonces en casi todos los estados occidentales. Quizá su mayor hostilidad se manifestó contra quienes demostraban inquietudes intelectuales: las universidades fueron obstaculizadas en su desarrollo y el intercambio con el resto de Europa casi totalmente prohibido.

A causa de ello, su figura fue para los hombres cultos y liberales de todo el continente un símbolo de la regresión y el despotismo. Esta opinión no dejó de tener importancia para la suerte del zar, pues en Inglaterra se vio cómo se acrecentaba la hostilidad de la opinión pública contra Rusia, y en un momento dado el estado de ánimo colectivo permitió la precipitación de la ruptura de los países occidentales con el zar.

LA GUERRA DE CRIMEA

En 1853, una gestión diplomática de Rusia cerca del gobierno de Constantinopla demostró el firme propósito de Nicolás I de afirmarse en los Balcanes. Turquía resistió a la exigencia rusa de que se le reconociera el protectorado sobre las poblaciones cristianas del imperio, y el zar contestó con la invasión de Rumania por sus tropas, y el hundimiento de la flota turca atacada sorpresivamente en Sinope. La actitud de las potencias occidentales no se hizo esperar: Inglaterra declaró la guerra a Rusia en marzo de 1854 y poco después se le unían Francia y Piamonte.

Los aliados establecieron sus principales objetivos militares y diplomáticos, y resolvieron comenzar por el aniquilamiento de la base naval de Sebastopol, en Crimea, donde los rusos habían hecho pie para tratar de dominar el mar Negro. Una flota aliada se dirigió contra ella y comenzó un largo sitio; pero la ciudad pudo ser bien fortificada y resistió, sin que los rusos pudieran, sin embargo, aprovechar sus inmensos recursos para distraer la atención del enemigo, muy inferior en número y en recursos. Finalmente, Sebastopol cayó en manos de los sitiadores cuando ya no era sino un montón de ruinas, y se planteó el problema de la continuación de las operaciones, a lo que se opuso Napoleón III. En el curso de la guerra había muerto Nicolás I (1855) y lo había sucedido Alejandro II, con quien decidieron tratar los aliados, convocando a una reunión en París, que se celebró a principios de 1856. Allí se firmó el tratado que puso fin a la guerra; los rusos perdieron los territorios que habían ocupado y renunciaron a sus pretensiones sobre el imperio turco, en tanto que se declaraba libre la navegación del río Danubio y se prohibía la navegación de barcos de guerra en el mar Negro. Era una derrota grave para el régimen autocrático, que había probado su ineficacia militar y diplomática y perdido por ello la situación de que antes había gozado en el escenario internacional.

LA INSURRECCIÓN POLACA

Con todo, no fue esto último lo más grave que ocurrió por entonces en Rusia. Con la creciente influencia de Prusia, el zar ganó un aliado poderoso que le permitió volver a ocupar prontamente una posición destacada en la política europea; pero, en cambio, en su propio seno comenzaron a desatarse algunos conflictos que habían de ensangrentar la historia de ese período. Mientras Alejandro II trataba de borrar las huellas de la atroz persecución que había organizado su predecesor, los polacos se sublevaron en 1863 y formaron grupos de combatientes que obligaron a Rusia a intervenir con energía. Gracias a esta acción, el levantamiento polaco fue vencido, y Rusia se decidió a borrar todos los rastros del sentimiento nacional polaco. Fue prohibido el idioma nacional, destruida la aristocracia y aplastados los pequeños agricultores, a quienes se reemplazó en las granjas con colonos rusos. Una dura vigilancia y un férreo aparato estatal impidieron que la insurrección volviera a estallar.

INQUIETUD SOCIAL EN RUSIA

La insurrección polaca estalló precisamente cuando Alejandro II había comenzado a adoptar algunas medidas de carácter liberal. Rodeado por algunos espíritus ilustrados, trató de levantar el espíritu nacional, deprimido por la derrota de 1856 e inclinado por ello al descontento. En 1861 declaró la emancipación de los siervos, mediante una indemnización pagada a sus propietarios por el estado. Al mismo tiempo se concedió cierto margen de libertad a la prensa, se abrieron las universidades a mayor número de estudiantes y se reformó el sistema judicial. Pero la represión de la insurrección polaca volvió a polarizar la opinión pública contra el gobierno y el zar, por su parte, volvió a seguir el camino del absolutismo que habían trazado sus antecesores.

La oposición se concentró alrededor de algunos grupos extremistas que se decidieron a usar la violencia. Eran los nihilistas, que acariciaban ciertos ideales socialistas y que optaron por el terrorismo cuando la represión se encarnizó con ellos. Los atentados se sucedieron y en 1880 llegaron a colocar una bomba en el propio palacio real que estalló antes de que estuviera allí Alejandro. El zar comenzó a buscar un camino que permitiera salir de aquella situación y se propuso dictar una constitución, pero cuando el documento estaba ya listo, un nuevo atentado dio término a su vida el 13 de febrero de 1881. Una nueva era de represión debía comenzar, bajo el reinado de su sucesor Alejandro III.


España y Portugal hasta 1875

Desde la aparición de los movimientos liberales, la historia de España y la de Portugal no es sino un largo duelo entre el absolutismo y el liberalismo. Más o menos categóricos, estos ideales movieron a los distintos grupos que lucharon por el poder, en quienes además obraban fuertemente los intereses de grupo estimulados por la posibilidad de alcanzar el poder a favor de una constante intranquilidad que permitió el acceso al gobierno de los diversos sectores que operaban en la lucha política.

ESPAÑA BAJO ISABEL II

Concluida la guerra carlista, los liberales españoles y especialmente los militares, consideraron intolerable que tras haberla ayudado a derrotar a los carlistas, la regente María Cristina tratara de entenderse con los “moderados” o conservadores. En 1840 el general Espartero se sublevó y obligó a renunciar a María Cristina, sucediéndola en la regencia a partir de 1841. Pero como a pesar de su filiación gobernó como dictador, Espartero fue depuesto a su vez y la reina Isabel II fue declarada mayor de edad en 1843.

Desde el primer momento, la influencia predominante en la corte de Madrid fue la del general Narváez, que gobernó desde 1844 apoyado por el ejército y por medio de las medidas más enérgicas y brutales. Algunas reformas financieras dieron a su gobierno cierta estabilidad, pero su gran preocupación fue la política y el orden interno. Sin oposición parlamentaria, preparó una reforma a la constitución de 1837 para hacerla bastante más conservadora y la puso en vigor en 1845. Pero su suerte se vio unida a las intrigas que motivaron las negociaciones para el matrimonio de la joven reina, y tuvo que dimitir. Isabel casó con el príncipe Francisco de Asís de Borbón; pero las relaciones matrimoniales fueron malas desde un principio y la reina comenzó a llenar de escándalo la corte con su conducta irregular. Comenzaron a sucederse los favoritos, y fue frecuente que el color político del último de ellos decidiera la orientación del gobierno; mas lo que no se interrumpía jamás era la arbitrariedad de la reina y sus ministros y sus desaciertos. A ello se debió la revolución que preparó Cánovas del Castillo y que estalló en 1854, tras de la cual se procuró modificar la constitución sin éxito. Los generales siguieron sucediéndose los unos a los otros en el ministerio con leves diferencias ideológicas. Por fin, en 1868 estalló una revolución de tendencias liberales que depuso a Isabel II e instituyó un gobierno provisional.

DE 1868 A 1873

Presidían la revolución y el gobierno que quedó instaurado luego de su triunfo, los generales Serrano y Prim. Por su inspiración, y a pesar de los movimientos republicanos y socialistas que empezaron a advertirse, se sancionó una nueva constitución moderada que establecía la monarquía constitucional, nombrándose regente del reino al general Serrano. Entre tanto se comenzó a buscar un rey para España; las gestiones fueron prolongadas y difíciles, y una de ellas provocó el choque entre Francia y Prusia. Finalmente se logró que el duque de Aosta aceptara el trono; pero como pertenecía a la familia de Saboya, que había manifestado su fuerte liberalismo y su independencia respecto a la Iglesia, suscitó la resistencia de los elementos reaccionarios, que organizaron una conjuración y asesinaron al general Prim, quien apoyaba la candidatura del duque de Aosta (1870).

Con todo, el duque de Aosta asumió el poder con el nombre de Amadeo I, y reinó durante dos años en medio de las mayores dificultades, mientras crecía la oposición republicana y se preparaba una nueva insurrección carlista.

PORTUGAL

Durante el reinado de María II se manifestaron en Portugal violentos choques entre liberales y absolutistas. Desde 1842 hasta 1846 gobernó un partido moderado presidido por el duque de Terceira, pero cuyo inspirador era el conde de Thomar, hombre enérgico y de espíritu dictatorial. Por esta causa se organizó un movimiento revolucionario que estalló en 1846. Si bien pudo ser contenido por el duque de Saldanha, se sucedieron las revoluciones y contrarrevoluciones que el nuevo jefe del gobierno dominó por fin, cerrando el ciclo con la promulgación de un Acta adicional que introducía en la constitución algunas reformas de carácter liberal. El gobierno de Saldanha continuó cuando, en 1853, murió María II y fue reemplazada por Pedro V; pero no logró dominar el carácter autoritario del nuevo rey, y abandonó el poder a mediados de 1856 después de haber salvado a Portugal durante algún tiempo del absolutismo y de la anarquía.

Nuevos incidentes ocurrieron durante el ministerio del marqués de Loulé, de tendencia democrática, y la inquietud se acentuó aun más cuando estalló una terrible epidemia de fiebre amarilla y cólera, a causa de la cual murieron numerosos personajes importantes y el propio rey (1861). Su hermano, Luis I, lo sucedió en el trono y continuó con Loulé una política democrática y liberal. Pero el peligro de un movimiento republicano y socialista comenzó a preocupar a los elementos conservadores y Saldanha dio un golpe de estado en 1870. Sin embargo, sólo se mantuvo en el poder por poco tiempo, y Luis I, sólidamente respaldado por la opinión, se mantuvo en su línea de conducta y en su posición política durante todo el resto de su reinado, hasta 1889.


Inglaterra durante la era victoriana

El reinado de la reina Victoria se extendió desde 1837 hasta 1901. Se puede, por tanto, hablar de una era victoriana, pues, especialmente después de promediar el siglo, adquirió Inglaterra una definida fisonomía tanto en el campo político, económico y social como en el de la vida espiritual.

PROBLEMAS SOCIALES Y ECONÓMICOS

Al comenzar su reinado, la reina Victoria, que tenía por entonces dieciocho años, se encontró con graves problemas sociales y económicos que era menester afrontar. Sin duda alguna, la organización social había sufrido alteraciones notables con las medidas tomadas durante el reinado de Guillermo IV, en cuya época se había logrado la reforma electoral de 1832 y la abolición de la esclavitud en 1834. Pero quedaba el problema de las clases obreras, no satisfechas con la reforma, que sólo había beneficiado a la burguesía. Comenzó entonces a desarrollarse el movimiento cartista, llamado así por sostener sus dirigentes la necesidad de que se promulgara una “carta de las libertades del pueblo”, en la que, a imitación de la Carta Magna, se obtuvieran las garantías necesarias para los derechos de las clases desposeídas. El movimiento cartista mantuvo una larga agitación y constituyó un factor de preocupación para el gobierno, pero los estadistas británicos supieron acoger progresivamente muchas de sus demandas y satisfacerlas, de modo que, poco a poco, perdió su virulencia.

En cierto modo, este movimiento era paralelo al que desencadenaron los whigs en defensa del comercio libre. Los conservadores sostenían la necesidad de mantener los impuestos que gravaban la importación de cereales, porque de ese modo podían estar seguros de que los precios no bajarían con la competencia. Los liberales, en cambio, abogaban por la supresión de todas las trabas, en parte porque esa condición era imprescindible para que sus actividades —eminentemente mercantiles— se facilitaran en los mercados extranjeros. Y junto a los liberales, las masas populares apoyaban la lucha por el comercio libre, porque tenían la esperanza de que la libre importación de cereales significara un abaratamiento de los precios.

La lucha tuvo un desarrollo inesperado. Roberto Peel, ministro tory y jefe del gobierno desde 1841, se encontró abocado a una trágica situación en 1845, pues las malas cosechas plantearon un problema de hambre a Inglaterra. Con los votos de sus adictos y los de los whigs que ocupaban el parlamento, se atrevió a dar la batalla contra los demás elementos conservadores y derogó ese año la ley de cereales. La tesis librecambista triunfaba, aunque con el sacrificio de Peel, a quien sus partidarios acusaron de traición. Y en los años subsiguientes siguió triunfando, porque sucesivamente se adoptaron nuevas medidas en el mismo sentido, especialmente en lo referente a la navegación: en efecto, en 1849 se suprimió el Acta de navegación, y desde entonces pudieron llegar a Inglaterra los productos y barcos de todas partes del mundo.

Tan desventajosas como pudieran parecer estas medidas a los conservadores, fueron ellas, sin duda, las que impidieron el fortalecimiento de los movimientos revolucionarios que se gestaban desde 1832.

LOS PROBLEMAS POLÍTICOS

En el plano político, la era victoriana fue un largo y fructífero duelo entre los whigs y los tories, que se sucedieron en el gobierno y lucharon con igual denuedo por satisfacer a la opinión pública y proporcionar a Inglaterra los medios necesarios para su estabilización interna, su predominio internacional y su expansión imperialista.

Caído Peel en 1846, los whigs comenzaron a dominar y durante veinte años ejercieron el poder conducidos por Palmerston, un hombre equilibrado y apasionado a un tiempo, que gozaba de extraordinaria simpatía popular. La corte lo resistía, pero él supo conducirse con elegante imparcialidad y llevó a cabo sus planes con seguridad y destreza. En particular, dirigió las relaciones exteriores con tacto exquisito. Aseguró la independencia belga sin provocar conflictos con Francia, canalizó la antipatía inglesa frente al absolutismo ruso mediante la guerra de Crimea y apoyó a los liberales italianos conducidos por Cavour que, por cierto, admiraba y seguía a Palmerston como a un maestro insuperable. En cambio, fracasó frente a Prusia, a pesar de que había prometido ayudar a Dinamarca cuando la guerra de los Ducados; pero se encontró aislado por la diplomacia de Bismarck y debió tolerar el triunfo de los Hohenzollern, cuyos peligros adivinaba.

Cuando desapareció de la escena política, el duelo se mantuvo por medio de Disraeli, jefe del partido conservador, y Gladstone, jefe del partido liberal. El primero había sido, precisamente, quien reprochara con más acritud a Peel el haber cedido a las demandas whigs en favor del librecambio; y, sin embargo, se condujo en el poder con la misma elasticidad de su predecesor, porque fue a él a quien se debió la sanción de la segunda gran reforma electoral de 1867. Ciertamente, había sido Gladstone quien presentó el proyecto de reforma en 1866; pero había sido rechazado. Al año siguiente Disraeli lo tomó como suyo y lo defendió hasta conseguir su aprobación, medida con la cual se acrecentó considerablemente el número de electores en más de un millón de ciudadanos. Esta reforma favoreció a los whigs, que llevaron al poder a Gladstone, bajo cuya influencia se aprobó en 1884 una tercera reforma, esta vez más decisiva todavía porque impuso primero el voto secreto y luego la disminución del censo de manera que se incorporaran a las listas de electores dos millones más de individuos.

En cambio, la política de Gladstone sufrió un rudo golpe en lo referente al problema de Irlanda. Complicado por los resentimientos políticos y religiosos, el problema irlandés era sobre todo un problema económico. Algunas medidas se tomaron para remediar la situación, pero el problema acrecía en intensidad y dio lugar a una campaña violenta de los patriotas contra el gobierno inglés. Al cabo de mucho tiempo, Gladstone llegó al convencimiento de que solamente la autonomía irlandesa podía acabar con los males que a ambos territorios deparaban las inacabables convulsiones políticas, y se decidió a presentar al parlamento el proyecto de ley que organizaba el Home Rule tal como lo deseaban los patriotas irlandeses. Era un acto arriesgado políticamente, porque era inevitable que se agitara intensamente la opinión; hasta podía ponerse en peligro todo su prestigio político. Y así ocurrió, en efecto, porque el proyecto fue rechazado en dos ocasiones, y Gladstone se retiró de la vida política (1894).

La lucha entre liberales y conservadores se mantuvo desde entonces con caracteres cada vez más acentuados, debido a una circunstancia nueva. En efecto, la aparición del partido laborista y la incorporación de sus diputados a la Cámara de los Comunes, permitieron proponer allí, y que se votaran algunas medidas radicales. La Cámara de los Lores, en cambio, mantenía su tradicional fisonomía conservadora y quiso oponerse a algunas de ellas, valiéndose del derecho de revisión que poseía, excepto para las leyes económicas. La tensión alcanzó su más alto grado en 1909 y se resolvió dos años después en favor de los partidos populares, pues los Comunes resolvieron que sus votos tendrían valor legal si se reiteraban durante tres sesiones, y a pesar del voto en contra que pudieran dar los Lores.

EL IMPERIO INGLÉS

Hasta mediados del siglo XIX, Inglaterra mantenía su autoridad en la India por intermedio de la Compañía de las Indias, cuya política fue, en general, bastante hábil. Sin organizar una ocupación general, que hubiese resultado muy cara y peligrosa, supo establecer pactos con los numerosos príncipes que dominaban en las distintas partes del territorio e interesarlos en la explotación de las riquezas locales. Para vigilar esta vasta red disponía de funcionarios estratégicamente distribuidos en las numerosas y suntuosas cortes de los pequeños señores, y contaba, además, con una fuerza militar —los cipayos— compuesta por pobladores autóctonos.

Pero este entendimiento con los príncipes, basado en las conveniencias mutuas, no hacía sino exaltar el resentimiento de la población, que se sentía doblemente explotada. Así creció el malestar general, que se concretó en 1857 en una insurrección unánime de las fuerzas coloniales. Los cipayos se levantaron contra las autoridades inglesas y, con el apoyo de sus compatriotas, mantuvieron encendida la guerra durante más de un año. Fuerzas inglesas comenzaron a actuar entonces en la India y pudieron dominar poco a poco a los insurrectos; pero el sistema de la infiltración, montado por la Compañía de las Indias pareció de allí en adelante insuficiente para asegurar la estabilidad de los intereses británicos comprometidos ya en aquella extensa colonia, y Disraeli, primer ministro por entonces, decidió en 1876 resolver la situación transformando a la India en colonia inglesa y creando el imperio inglés, como sucesor del que habían organizado los mogoles.

Dos años después, los ingleses se aseguraron el protectorado sobre el Afganistán y en 1880 ocuparon Beluchistán; estas operaciones respondían al propósito de asegurarse el control de la India contra los posibles intentos de penetración de otras potencias, propósito que completaron con la ocupación de Birmania y el establecimiento de firmes vínculos con el Irán.

Del mismo modo, los territorios que se encontraban sobre la ruta de la India merecieron una particular atención por parte del gobierno inglés; un papel decisivo dentro del sistema de comunicaciones del imperio desempeñaba Egipto, con cuya ocupación el canal de Suez quedaría dentro de su área de influencia; para resolver esta cuestión, las tropas británicas ocuparon el territorio egipcio y lo mantuvieron en su poder a pesar de la resistencia que le ofrecieron en diversas oportunidades los movimientos nacionalistas que estallaron allí.

En África del Sur, los ingleses se extendieron primero desde la Colonia del Cabo hasta Rhodesia —territorio así llamado en homenaje a su conquistador, Cecil Rhodes— y lograron de ese modo encerrar los territorios de Orange y Transvaal. Estas dos regiones se habían constituido mediante la emigración de los bóers, de origen holandés, residentes en la Colonia del Cabo, con motivo de la abolición de la esclavitud en 1833; pero su importancia había crecido sólo a partir de 1885, cuando se descubrieron unas famosas minas de oro que prometían ganancias fabulosas y atraían un crecido número de extranjeros ansiosos de probar fortuna. Los ingleses decidieron apoderarse del Transvaal y ocuparon el territorio; pero tuvieron que hacer frente a una denodada resistencia de los bóers y sólo pudieron vencerlos después de muchos esfuerzos al comenzar el siglo XX.

Con los territorios de Canadá y Australia, organizados bajo la forma de dominios y conservando una considerable autonomía, Nueva Zelanda y numerosas pequeñas posesiones esparcidas por todas partes del globo, termina de integrarse el imperio inglés, vasta red que, a principios del siglo XX, constituía, sin duda alguna, la más vasta y rica potencia económica del mundo.


China y Japón

La característica más saliente de los estados occidentales durante el siglo XIX fue su afán expansionnista. En principio, esta tendencia estaba movida exclusivamente por razones económicas, pero poco a poco, a medida que se consolidaban las posiciones y se comenzaban a obtener los frutos deseados de esa explotación, aparecía como una necesidad impostergable el asegurarse el control político de ciertas zonas aun por vía militar. A las guerras estrictamente coloniales, se agregaron las operaciones militares y políticas destinadas al aseguramiento de los mercados. En este sentido, China y Japón fueron teatro de vastas operaciones de diverso alcance, por medio de las cuales los estados occidentales que intervinieron procuraron obtener las mayores ventajas económicas que les fue posible.

CHINA

China se mantenía infranqueable a los extranjeros desde el siglo XVII, y sólo permitía que la Compañía inglesa de las Indias realizara algunas transacciones comerciales en Cantón. Allí se dedicaron los ingleses a monopolizar el tráfico del opio, que proporcionaba formidables ganancias. Pero en 1839, el gobierno chino decidió suprimir este comercio, y los ingleses iniciaron una guerra de la que salieron triunfantes en 1841. Como consecuencia de esas victorias pudieron establecerse en varios puertos chinos, entre ellos Hong-Kong, que les fue entregado totalmente, y desde los que pudieron comerciar ya en gran escala. En estas condiciones, Francia y Estados Unidos solicitaron un tratamiento semejante, y obtuvieron también autorización para establecerse en territorio chino con el privilegio de la extraterritorialidad, es decir, la renuncia del gobierno chino a ejercer su jurisdicción sobre determinadas parcelas de territorio que quedaban sometidas a las leyes extranjeras. Esta situación quedó formalizada, sobre todo, después de la ocupación anglo-francesa de Pekín y la firma del tratado que se suscribió en esa misma ciudad en 1860.

Esta condescendencia del gobierno chino, en parte determinada por su debilidad, incitó a otras naciones a procurarse ventajas a su costa. Rusia, que ya se había apoderado de la Siberia, ocupó las bocas del río Amur y luego los territorios al sur del curso inferior de ese río, en los que establecieron el puerto militar de Vladivostok (1860). Japón, por su parte, que ya había comenzado a adquirir una extraordinaria potencialidad, se lanzó luego sobre Corea y tomó posesión de algunos puntos fortificados de la costa china y de la isla de Formosa (1895); pero sólo pudo mantener esta última por la presión de los países occidentales que tenían intereses en China; Rusia, Francia e Inglaterra. En realidad, era Rusia la que había desencadenado la acción internacional, porque Corea estaba dentro de lo que consideraba su zona de influencia y se preparaba para ocuparla, a cuyo fin había comenzado a construir el ferrocarril transiberiano hasta Vladivostok (1891-1901).

Los últimos años del siglo XIX parecieron marcar la época de máxima disgregación nacional de la China. Alemania se agregó al grupo de potencias interesadas en la explotación económica del territorio, y todas ellas juntas arreciaron en la demanda de nuevas concesiones, territorios y franquicias para realizar sus negocios. Llegaron las cosas a tal punto, que los ánimos se exaltaron en el paciente y desdichado país. Se constituyó un movimiento nacionalista de carácter revolucionario y en 1900 estalló la rebelión de los boxers; pero las fuerzas reunidas de las potencias que usufructuaban la disgregación de China pudieron reprimirlo y se volvió al estado anterior, con la sola limitación de que se garantizó la unidad nacional.

No obstante, Rusia y Japón trataron de apoderarse de Manchuria y se lanzaron por ella a una guerra en la que el Japón resultó vencedor (1905); pero el resultado de la guerra no fue menos nefasto para China, que vio a los dos contendientes entenderse en perjuicio suyo para dividirse aquella rica provincia. Entonces se reavivó el movimiento nacionalista, que logró numerosos adeptos y pudo provocar, en 1911, la caída de la monarquía. Al establecerse la república, fue nombrado primer presidente Sun-Yat-Sen, el jefe del partido del Kuo-Min-Tang, a quien reemplazó luego Yuan-Shi-Kai, de tendencias conservadoras.

JAPÓN

Como la China, de cuya cultura era heredero, el Japón se mantuvo hostil a los extranjeros y permaneció cerrado a las influencias y al intercambio con el Occidente. Pero esta situación debía cambiar, y así ocurrió como consecuencia de un acto de fuerza por parte de los Estados Unidos. En efecto, en 1853, cuando ya Inglaterra estaba sólidamente establecida en China, los Estados Unidos consideraron que era necesario para su comercio en Oriente abrir el Japón al intercambio. Como el gobierno japonés se opusiera, los Estados Unidos enviaron una escuadra para que se presentara frente a Tokio y exigiera por la fuerza la apertura del puerto a los barcos mercantes extranjeros. La demostración de poderío militar surtió efecto, y desde entonces el Japón toleró que dos de sus puertos comerciaran con los Estados Unidos primero, y con otros países occidentales después.

El hecho tuvo en la historia interna del Japón consecuencias decisivas. Los dos partidos en que se dividían los grupos influyentes del país —el del shogun y el del mikado— comenzaron a combatirse y el primero, que ejercía el poder desde mucho tiempo antes, fue derrotado por el segundo. El mikado, representado por el emperador, fue desde su triunfo, en 1868, el jefe absoluto del país; su política fue desde entonces, fuertemente antifeudal y estuvo orientada a conseguir una rápida adaptación de la vida económica del Japón a las nuevas condiciones que le imponía la competencia occidental. Apareció entonces una industria que se desarrolló con pasmosa rapidez, y simultáneamente se produjo una transformación profunda en la cultura y en la organización militar y política; en el primer aspecto, se llegó a constituir un poderoso ejército y una importante flota del tipo de las occidentales, y en el segundo, se estableció un régimen constitucional (1889).

Así equipado, Japón se lanzó a la competencia con los estados occidentales por el predominio en China. Se lanzó contra Corea y logró imponerse rápidamente a los chinos; pero tuvo entonces que ceder parte de las ventajas adquiridas por la presión de los países occidentales, que, por cierto, no ocultaron su sorpresa por los rápidos progresos de su discípulo oriental. Rusia era, sobre todo, quien más peligro veía en la expansión japonesa, y por esa causa chocaron ambas potencias en Manchuria en 1904.

Así, pues, de manera sorpresiva, los barcos rusos que estaban fondeados en Port Arthur fueron hundidos por naves japonesas en 1904 y comenzaron las operaciones terrestres en Corea afrontando el choque con las fuerzas del zar. Al año siguiente, y después de un terrible asedio, entraron en la base de Port Arthur, que los rusos habían alquilado a China. Por mar y por tierra las fuerzas japonesas dieron cuenta de los fuertes contingentes rusos, y finalmente convinieron en aceptar la mediación de los Estados Unidos para dirimir el pleito de la Manchuria. En Portsmouth se firmó el tratado, que dividía esa región en dos zonas de influencia; pero dejaba a los japoneses el control de Corea y la mitad de la isla de Sakalina. Desde entonces, la influencia del Japón debía crecer en todo Oriente, y en China en particular.


Rusia, Turquía y los Balcanes

Mientras Rusia procuraba en el Lejano Oriente fortalecer sus posiciones frente a las otras potencias que querían aprovecharse de las infinitas posibilidades que brindaba la apertura de la China al tráfico internacional, en el frente europeo trataba por todos los medios de llevar a buen término la obra que había comenzado en el siglo XVIII. Para ello le era imprescindible hacerse fuerte en los Balcanes y abatir el poderío otomano; pero este designio distaba mucho ya de ser un problema que se resolviera entre esos dos países, pues las demás potencias occidentales también estaban ahora interesadas en los problemas balcánicos, relacionados con el control de las principales rutas económicas de Europa. Los Balcanes debían ser el punto neurálgico de la política internacional de la época, y sus alternativas contribuirían en buena parte al desencadenamiento de la Primera guerra mundial con el regicidio de Sarajevo en 1914.

LA GUERRA BALCÁNICA DE 1877

La posición de Rusia en los Balcanes se había debilitado grandemente como resultado de su derrota en la guerra de Crimea y de los términos que había aceptado en el tratado de París. Alejandro II no perdía de vista, pues, la ocasión de modificar ese estado de cosas, y creyó llegado el momento, al producirse la derrota de Francia a manos de Prusia, en 1870. Entonces denunció el tratado de París y comenzó a prepararse para nuevas operaciones tomando posición nuevamente en el mar Negro. Una vez más, el zar se presentaba como protector de las poblaciones cristianas del imperio otomano, y en tal calidad creyó oportuno intervenir en los asuntos balcánicos en 1877.

Poco antes se habían producido algunos movimientos insurreccionales en Bosnia, Herzegovina, Bulgaria y Montenegro, movidos por las duras condiciones de vida que soportaban los campesinos y por el vivo sentimiento nacional que los dominaba. Los turcos se lanzaron a la represión y obraron con la violencia acostumbrada produciendo una verdadera matanza en Bulgaria. Era la ocasión que necesitaba Rusia para intervenir.

Apoyados por los rumanos, los rusos iniciaron un ataque general contra Turquía, y aunque fueron derrotados en el primer momento, pudieron arrollar luego a las fuerzas turcas y se lanzaron sobre Constantinopla a cuyas proximidades llegaron en marzo de 1878. Atemorizados, los turcos se avinieron a firmar el tratado de San Estéfano, por el que se consagraba la disolución de la Turquía europea; pero sus resultados no fueron definitivos, porque cundió la alarma entre las potencias occidentales, que exigieron su revisión. Disraeli ordenó la movilización de la flota y el ejército ingleses y los gobiernos de Austria y Alemania intervinieron ante el zar para que sometiera el tratado a una convención europea. Alejandro II cedió, y en el congreso de Berlín, celebrado en junio de 1878, se establecieron nuevas bases para el arreglo de la “cuestión de Oriente”, como se la designaba. Rusia debía limitarse a la posesión de la Besarabia, y Rumania, Serbia y Montenegro quedaban como estados independientes; pero Austria logró la administración de Bosnia y Herzegovina, en tanto que se toleraba a Turquía la posesión de Macedonia y el protectorado sobre Bulgaria. De este modo, los estados occidentales consideraban que estaban seguros de evitar el peligro de un predominio ruso en la cuenca oriental del Mediterráneo.

ALEJANDRO III DE RUSIA

Si Rusia aceptó los términos del tratado de Berlín, pese a que frustraba su victoria, fue porque no podía sustraerse a las sugestiones de Alemania y Austria. Aislada diplomáticamente desde su fracaso en la guerra de Crimea, había visto la posibilidad de recuperar una posición firme en Europa mediante el “acuerdo de los tres emperadores” que Bismarck gestionó después de la guerra de 1870 entre los de Alemania, Austria y Rusia. Pero este pacto no había servido sino para humillarla, y después de firmado Rusia volvió a encontrarse sola, precisamente cuando se debatía en una aguda crisis interior.

En 1881, el zar murió a consecuencia de un atentado terrorista y le sucedió Alejandro III, quien, teniendo en cuenta esas circunstancias, extremó otra vez su despotismo y ejerció la más severa dictadura que pudiera imaginarse. La Siberia volvió a ser el recurso para castigar a los que soñaban con un régimen liberal; pero en la mente de Alejandro III, el oriente asiático fue también la gran reserva para el poderío ruso, y en consecuencia se decidió a trabajar por su consolidación.

Mediante el traslado de un crecido número de campesinos, la construcción del ferrocarril transiberiano y del transcaspiano, y la ocupación definitiva del Turquestán, Rusia se aseguró no sólo el dominio sobre un vasto territorio sino también un considerable desarrollo económico y una buena posición militar para el futuro.

NICOLÁS II Y LA REVOLUCIÓN DE 1905

En el plano internacional, Rusia comenzó a desprenderse de la alianza con Austria y Alemania y comenzó a establecer relaciones cada vez más sólidas con Francia. Esta política, iniciada por Alejandro III, fue continuada por Nicolás II que le sucedió en 1894, y estaba destinada a sostener su posición en Europa. Entre tanto, en Asia tenía que aceptar las consecuencias de su política expansionista y sostener la hostilidad manifiesta del Japón, cuya zona de influencia en China parecía coincidir con la de Rusia.

Para resolver tan difíciles problemas exteriores, el zar no podía contar con la imprescindible seguridad interior. El desarrollo de la oposición liberal comenzó a recrudecer y se vio reforzada por la grave inquietud social que se manifestó en las capas populares. En efecto, si los motines de 1899 fueron llevados a cabo exclusivamente por estudiantes, la insurrección de 1902 movió al campesinado, que se sentía oprimido y amenazado cada vez más. Además, el proletariado urbano estaba exaltado por los ideales revolucionarios que predicaban los propagandistas del socialismo, y el ambiente general era de insurrección latente y contenida: sólo la enérgica organización policial del zarismo podía impedir que aquella inquietud explotase.

En este estado de ánimo se produjo el choque con el Japón. Rusia se insinuaba cada vez más hacia la Manchuria y el Japón creyó llegado el momento de contener su expansión. Para ello premeditó un ataque sorpresivo y lanzó su flota contra las naves rusas que estaban ancladas en Port Arthur hundiéndolas sin previo aviso (1904). Inmediatamente, sus tropas entraron en Corea y comenzaron con todo ímpetu las operaciones militares.

Nicolás II ordenó que se hiciera frente enérgicamente al ataque japonés. Una poderosa flota se dirigió rápidamente al mar Amarillo, y entre tanto los ejércitos de tierra trataron de contener el avance japonés. Pero esos esfuerzos resultaron estériles; en sucesivas batallas los rusos fueron batidos con grandes pérdidas: la base naval de Port Arthur cayó el 15 de enero de 1905 y la flota fue derrotada en Tsusima hundiéndole los japoneses casi todos sus barcos. No hubo más remedio que aceptar la mediación ofrecida por los Estados Unidos, y Rusia consintió en tratar la paz en la conferencia de Portsmouth.

Entre tanto, las noticias de los sucesivos desastres terminaron de exaltar los ánimos en Rusia. La hostilidad del pueblo hacia el zarismo se hizo cada vez más manifiesta, y la certeza del peligro llenó de nerviosidad a los funcionarios. A fines de 1904 comenzaron a producirse reuniones políticas y manifestaciones callejeras, que merecieron una dura represión policial y trajeron como consecuencia la clausura de la universidad de Moscú. Poco después, los obreros de las fábricas se unieron al movimiento encabezados por el sacerdote Gapón, y después de fracasar en sus gestiones con la fábrica Putilof, decidieron lanzarse a la huelga y presentar una petición al emperador. El 22 de enero de 1905 llegaron en masa al Palacio de invierno, desprovistos de armas, y fueron acribillados a balazos por los dragones que lo custodiaban. La matanza fue general, y desde ese día se vivieron jornadas trágicas en las calles de muchas ciudades fabriles de Rusia, hasta el punto de que se comenzó a organizar un movimiento moderado que solicitó ciertas reformas y mereció ser escuchado por el zar, aterrado por el peligro general que descubría a su alrededor. La guerra con el Japón estaba ya perdida, y en el propio Kremlin de Moscú había caído asesinado el gran duque Sergio. Entre tanto, el acorazado Potemkin se había sublevado y la marinería de la escuadra no merecía la confianza de sus jefes. Nicolás cedió, y aunque la represión no se detuvo para con los revolucionarios, dictó el 19 de agosto una ley creando la Duma imperial.

Era un principio de satisfacción al país, que el zar complementó con otras medidas, otorgándose autonomía a las universidades. Pero la huelga siguió en muchas regiones, acompañada de luchas violentas, que sólo poco a poco pudo contener el gobierno. La inquietud no decreció, y la Duma se reunió por primera vez en mayo de 1906. Pero poco a poco, Nicolás II comprendió que volvía a tomar las riendas del poder, y cedió a las sugestiones de sus consejeros comenzando una nueva era de reacción terrible y despiadada. Sólo las condiciones sociales y políticas que desencadenó la Primera guerra mundial pudieron poner freno a esa situación.

LA CRISIS TURCA

La intervención de los imperios centrales —Austria y Alemania— en la cuestión de Oriente con motivo del tratado ruso-turco de San Estéfano, señala la aparición activa de nuevas potencias interesadas en los problemas balcánicos, a las que todavía habría que sumar Italia. Todas ellas, mancomunadas y separadamente, contribuyeron a deshacer el imperio otomano para obtener alguna ventaja. Francia se instaló en Túnez, Inglaterra en Egipto e Italia comenzó a infiltrarse en Montenegro y ocupó el territorio de Trípoli. Austria había obtenido prácticamente la posesión de Bosnia y Herzegovina y Alemania se dedicó a introducirse dentro de la propia Turquía para establecer una especie de dominio económico y técnico sobre ella. Rápidamente, el antiguo y poderoso imperio de los turcos se veía decaer y tornarse poco a poco en una potencia secundaria.

Sin embargo, todavía conservaba alguna fuerza y pudo imponerse a los griegos en la guerra que desataron en 1897 con motivo de la anexión de Creta; pero una vez más Turquía fue derrotada por la coalición internacional. Así las cosas, nada pudo impedir la formación de un movimiento social y político que fermentara en el seno de la misma Turquía. Contra los abusos del sultán Abd-ul-Hamid, el partido de los “jóvenes turcos” organizó una insurrección que transformó a Turquía en 1908 en una monarquía constitucional. Con todo, al año siguiente Abd-ul-Hamid fue depuesto y en tal crisis se sucedieron diversos episodios que debilitaron aun más la posición internacional de Turquía.

LAS GUERRAS BALCÁNICAS DE 1912-13

En 1912, los estados balcánicos independientes constituyeron una alianza contra Turquía y le exigieron la independencia de Macedonia, por considerar que las fuerzas turcas en aquella región constituían un constante peligro para su naciente independencia. Naturalmente, Turquía se opuso y estalló la guerra en 1912, a raíz de la cual quedó ocupado por las tropas de la alianza casi todo el territorio europeo de Turquía, excepto Constantinopla y la zona de los estrechos.

Las potencias occidentales intervinieron en seguida para contribuir a la demarcación de las nuevas fronteras. Austria apoyó a Bulgaria y trató de frustrar las ventajas que de la guerra esperaban Serbia y Grecia, para lo cual contribuyó a crear el principado de Albania, a costa de Grecia, y a arrebatarles a esos dos países otros territorios a que creían tener derecho. Serbia, sobre todo, comprendió que se iniciaba una lucha de poder con Austria, en la que no debía ceder. Consideraba que era injustificada la posesión y luego la ocupación definitiva de Bosnia y Herzegovina, y no quería tolerar nuevas intromisiones. Sin vacilar, desencadenó una nueva guerra apoyada en Grecia y obtuvo un rápido triunfo que permitió a Serbia y a sus aliados obtener en 1913 algunos territorios importantes.

Desde entonces, la posición de Serbia representó un obstáculo importante para las ambiciones austríacas de hallar salida hacia el Mediterráneo, en el que consideraba como su puerto natural el de Salónica, que había sido entregado a los griegos. Un nuevo conflicto se preparaba en los Balcanes, pero esta vez la contienda arrastraría tras de sí a todo el territorio de Europa.


Los Imperios centrales: Austria y Alemania

La crisis de 1848 significó para Austria el fin de su hegemonía. Poco después, el reino de Prusia constituía el Imperio Alemán tras sus victorias de 1870, y se erigía el nuevo estado en potencia predominante del centro de Europa. Desde entonces, la política del Imperio Austro-Húngaro estaría guiada por el deseo de compensar por el lado de los Balcanes la disminución de su influencia en el centro de Europa. Y en cuanto a sus relaciones con las potencias occidentales, todo concurría a forzar sus líneas en el sentido de secundar la política diseñada por el Imperio Alemán. Ambos imperios se condujeron según directivas muy trabadas entre sí, y cuando el Imperio Austro-húngaro quiso llevar la guerra a los Balcanes para resolver sus propios problemas, Alemania no vaciló a desencadenar la Primera guerra mundial según sus propios planes.

EL IMPERIO AUSTRO-HÚNGARO

La revolución de 1848 eliminó del gobierno de Austria al canciller Metternich y poco después ocupó el trono el emperador Francisco José I. Su largo reinado vería la disolución progresiva del imperio antes tan vigoroso, por la eclosión sucesiva de distintos gérmenes de disgregación que yacían en él y que tarde o temprano debían de dar sus frutos.

El problema fundamental era el de las nacionalidades, pues en los vastos territorios de Francisco José había poblaciones de las más diversas razas, agrupándose sobre todo los eslavos, los germanos y los magiares en grupos compactos y hostiles entre sí. Francisco José quiso impedir todo género de problemas raciales y políticos afirmando la autoridad centralista como sus antecesores. Pero los tiempos cambiaban y las circunstancias cambiaron también para Austria. Derrotado en Sadowa por Guillermo I de Prusia, perdió no sólo los últimos territorios que conservaba en Italia sino también la hegemonía sobre la Europa central. Este golpe a su autoridad tuvo en seguida consecuencias internas. Los húngaros reiteraron enérgicamente sus demandas de autonomía, y Francisco José no pudo negarse esta vez, ni ofrecer variantes más ventajosas para él. Aceptó el Compromiso de 1867 y se coronó rey de Hungría echando las bases de la monarquía dual. Desde allí en adelante, gobernaría Hungría no como emperador austríaco sino como rey de la nación, según sus leyes y de acuerdo con su parlamento; pero debía mantener un ministerio, un ejército y una diplomacia comunes a Austria y a Hungría, concesión a la que accedieron los húngaros a cambio de algunas ventajas económicas.

Durante algún tiempo el sistema funcionó correctamente dirigido por el emperador, cuyos ministros solían ser sus instrumentos ciegos dada la dedicación a los deberes de gobierno que caracterizaba a Francisco José. Pero andando el tiempo comenzaron a surgir algunas dificultades; el convenio debía ser revisado periódicamente, y en cada oportunidad los húngaros acentuaban sus demandas en el sentido de imponer la tradición magiar por sobre todos los grupos del país, aun los que no pertenecían a esa raza, como los grupos eslovacos, rutenos, rumanos y serbios. Además, procuraban obtener nuevas ventajas económicas y una autonomía política cada vez mayor, como si el objetivo último fuera separar los dos reinos y dejarlos unidos solamente por el vínculo personal del emperador.

A partir de 1893 comenzaron a acentuarse los conflictos. En Austria la cuestión electoral se hizo candente, al mismo tiempo que se presentaba idéntico problema en Hungría, agravado allí por los conflictos religiosos y raciales. En 1897 se suspendió la constitución y comenzó la lucha por la reforma de las leyes electorales, problema unido al de la supremacía de ciertos grupos sociales, de ciertos partidos populares que crecían notablemente y de ciertos grupos raciales que se oponían a dejarse dominar. Francisco José cedió finalmente y en 1906 la reforma electoral se impuso en Austria, concediéndose a Hungría a su vez otras ventajas y una mayor autonomía.

Pero en el fondo, el problema que preocupó decisivamente al emperador fue el problema racial, que se complicó con las cuestiones internacionales hasta el punto de que modificaron considerablemente los puntos de vista tradicionales de Austria. La minoría eslava era muy fuerte y se encontraba sometida en los dos países de la monarquía dual, a los germanos en uno y a los magiares en otro. Su esperanza empezó a ser el nuevo estado de Serbia, estado eslavo que crecía rápidamente y ante el cual Francisco José comenzó a temer cada vez más. Este temor se acentuó después del asesinato del rey de Serbia Alejandro, en 1903, por obra de una sociedad secreta de militares serbios, que lo acusaban de austrófilo, y en cuyo reemplazo llevaron al trono a Pedro Karageorgevitch. Austria tomó partido contra la nueva potencia eslava y se decidió a orientar su política hacia el dominio de los Balcanes, única salida que le quedaba, por otra parte; ante el creciente prestigio del Imperio Alemán en el centro de Europa.

Afirmado en Bosnia y Herzegovina, el Imperio Austro-Húngaro podía iniciar una política de penetración que le permitiera dominar en los estados débiles de la península y conseguir un acceso al mar Egeo. fue la política que sostuvo el barón Aerhenthal, desde cuya época el dominio de la línea de los ríos Morava y Vardar constituyó uno de los puntos fundamentales del programa internacional de Austria. Atento a este plan, el Imperio vigiló de cerca los conflictos balcánicos y se opuso a la distribución territorial propuesta por los vencedores en la guerra balcánica de 1912, que consagraba el predominio de Serbia. Turquía había entrado ya dentro del área de influencia alemana y Bulgaria constituía un sólido punto de apoyo: se trataba, pues, de afirmar a estos estados contra Serbia, y así lo hicieron las potencias que intervinieron en las negociaciones. Pero el gobierno de Belgrado se sentía ya suficientemente fuerte y creía contar con las minorías eslavas dentro de la propia Austria para debilitar a su contendora; así, Serbia volvió a desencadenar la guerra, y en 1913 impuso sus puntos de vista.

A partir de ese instante quedó claramente dibujado uno de los frentes de un nuevo y formidable conflicto que habría de estallar al año siguiente. Austria trataría de dominar los Balcanes y formar un eje con Turquía para destruir el poderío eslavo. Pero este estaba sostenido por una vasta red diplomática en la que se tejían los intereses de Rusia y Francia, enemigos decididos a su vez del nuevo Imperio Alemán, aliado de Austria. El más leve incidente podía provocar el incendio de Europa.

EL IMPERIO ALEMÁN

Constituido en 1871 como consecuencia de la anexión final de todos los territorios reputados como germánicos, el Imperio Alemán se dio una constitución que hizo de él un estado federal, pero con un fuerte mecanismo centralizador para determinadas cuestiones. En efecto, los distintos estados que entraron a formar parte del Imperio conservaron su gobierno interior y enviaron sus representantes al Bundesrat o consejo federal, con cuyo voto se decidían las cuestiones fundamentales del imperio. Además, los ciudadanos estaban representados —a razón de un diputado por cada cien mil habitantes— en el Reichstag o parlamento, cuerpo al que correspondía la sanción de las leyes y la aprobación de los gastos y los impuestos.

Pero en la práctica, por sobre esta organización aparentemente parlamentaria, el emperador —que era el rey de Prusia— poseía una extensísima jurisdicción. De su gobierno dependía, sobre todo, lo referente a las relaciones internacionales, la guerra y la paz, con el asesoramiento y acuerdo del Bundesrat. Con este poder, el emperador podía valerse de innumerables recursos para desarrollar un poder autocrático, como en efecto ocurrió durante toda la época que duró el Imperio.

Cuando se constituyó, sobre las ruinas del segundo Imperio napoleónico, toda Europa tuvo la sensación de que Alemania pasaba a ser, indiscutiblemente, la primera potencia militar del continente. Poseía la extraordinaria organización que Moltke había dado a su ejército, los amplios recursos para gastos militares que le asignaba el presupuesto, y sobre todo, un formidable poderío económico en estado de incesante ascenso. Porque el hecho fundamental de la historia de Alemania durante el período que transcurre entre la guerra franco-prusiana y la Primera guerra mundial es su notable capacidad para convertirse en gran potencia económica.

Con la organización centralizada del país y la ordenación de su política económica, Alemania pudo obtener óptimos frutos de las ricas regiones que cayeron bajo su jurisdicción en 1870; entonces pasaron a integrar el ámbito alemán las zonas carboníferas y metalúrgicas de Westfalia, Alsacia y Lorena, y los índices de producción subieron, en los dos decenios que siguieron a la constitución del Imperio, en proporciones extraordinarias. Una poderosa industria y una flota mercante siempre creciente en tonelaje fue la consecuencia de ese desarrollo de la producción, que provocó en poco tiempo un cambio notable en la situación y en las condiciones de vida del país.

Alemania se lanzó entonces a una política expansionista: exigió colonias y trató de conquistar mercados; pero en tanto que el gobierno imperial procuraba solucionar estos problemas que decidían su política exterior, tuvo que afrontar algunas graves cuestiones que se suscitaron en su política interna, frente a la cual Bismarck primero y el emperador Guillermo II después se mostraron inflexibles. En efecto, el desarrollo industrial había permitido la organización de un poderoso partido socialista que agrupaba gran parte de las masas obreras; en 1875 se unieron todos los grupos socialistas bajo la dirección de Carlos Liebknecht y de Augusto Bebel formando el partido social-democrático, cuya acción entre las masas y en el Reichstag adquirió muy pronto gran repercusión. El Imperio no vaciló en perseguirlo violentamente, sobre todo después de 1878, en que se produjo un atentado contra Guillermo II, pese a que nada tenían que ver con él los socialistas. Político de visión y de recursos, Bismarck combinó la persecución con el establecimiento de leyes sociales destinadas a proteger a los obreros, pero cuya finalidad política era contener el desarrollo del socialismo. Sin embargo, el partido social-democrático mantuvo y acrecentó su fuerza y siguió siendo un obstáculo importante para la política autocrática de Guillermo II.

En ese sentido, también los católicos llegaron a constituir una preocupación seria para el gobierno alemán. Seguramente porque veía en ellos los defensores o los simpatizantes de Austria, Bismarck buscaba la manera de neutralizarlos. Formaban un grupo considerable en número y poseían una excelente organización. Por esas causas, y por su oposición al absolutismo, Bismarck no vaciló en perseguir a la Iglesia, expulsando a los miembros de diversas congregaciones y vedándoles el ejercicio de la enseñanza, para llegar hasta una ruptura de relaciones con el papado. A esa campaña, a la que se dio el nombre de “Kulturkampf”, respondieron los católicos organizándose políticamente y actuando como partido. Su voz, y la de los socialistas, fueron las que resonaron en el parlamento alemán oponiéndose a los abusos de poder que caracterizaban al régimen.

Sin embargo, nada podían hacer contra la fuerza que daba al gobierno el formidable desarrollo económico de Alemania. En treinta años su comercio exterior se triplicó, y la gravitación internacional del Imperio creció a ojos vistas. La opinión pública exigía que se lograsen colonias y se conquistasen nuevos mercados, y estos objetivos guiaron la política de Bismarck y más definidamente aun la de Guillermo II. Había subido al poder este último en 1888 —tras la muerte de Federico III, que sólo alcanzó a reinar tres meses después de morir Guillermo I— y dos años después había despachado al viejo canciller para dirigir por su propia cuenta el destino del Imperio. A su inspiración se debió el curso de la política alemana hasta el estallido de la Primera guerra mundial en 1914.

En medio de grandes fluctuaciones, oscilando entre la simpatía y la antipatía hacia Rusia, Alemania había llegado a constituir una unidad vigorosa con el Imperio Austro-Húngaro, constituyendo un fuerte bloque en la Europa central. Si durante mucho tiempo ocultó esta alianza a Rusia y trató de mantener las mejores relaciones con Inglaterra, fue porque Alemania consideraba que la piedra angular de su política exterior debía ser el aislamiento político de Francia. Pero Inglaterra era, en realidad, el objeto oculto de todos sus designios. Tanto desde el punto de vista de su expansión colonial como desde el de la conquista de los mercados, Inglaterra era la rival con quien era necesario contar y, a la larga, con quien sería necesario llegar al conflicto. Alemania pensaba en la guerra permanente, y Guillermo II no supo —o no quiso— eludir los peligros que le acechaban. Por diversos medios adquirió algunas colonias importantes en África, Asia y Oceanía, y no vaciló en desatar con Inglaterra una terrible competencia marítima. Así dibujaba un frente de batalla, complementario del que había diseñado la política austríaca en los Balcanes.


Francia y la Tercera República

Aniquilado el Segundo Imperio por Alemania, Francia se reconstituyó tras la derrota dentro de un régimen republicano que debió sortear gravísimas crisis; pero logró al fin superarlas y restablecer su vida económica por sobre las dificultades nacidas de la catástrofe. Una recta organización política permitió el libre juego de la opinión pública sin peligro para las instituciones, y la Tercera República hizo obra fecunda en muchos, aspectos. Una cosa la movía en gran parte: el sentimiento de la revanche, del desquite frente a Alemania que le había arrebatado Alsacia y Lorena. Y de este modo, Francia participó del estado de ánimo que hizo posible esa situación de “paz armada” característica de los tiempos que precedieron a la Primera guerra mundial.

LA TERCERA REPÚBLICA

Caído el emperador, una Asamblea Nacional debía decidir sobre los términos del armisticio y constituir el gobierno provisional que trataría con el triunfador la paz definitiva. Reunidos en Burdeos, muy pronto se advirtió que el voto de las provincias había impuesto una mayoría realista, acaso como reacción contra París, que se mostraba exaltada y revolucionaria. Empero, las dificultades propias del grupo monárquico frustraron los deseos de la mayoría. Thiers fue elegido presidente provisional de la república, y la Asamblea se instaló en Versalles. Según los términos de la paz, los alemanes adquirían el derecho de permanecer por algún tiempo en París; esta resolución, y otras que la capital consideró indignas o perjudiciales para sus habitantes, promovieron una insurrección, y se instaló allí un gobierno revolucionario, la Comuna, que entabló una guerra civil contra los poderes constituidos.

La represión fue sangrienta, y al cabo la opinión se volcó hacia el régimen republicano. En 1871 Thiers fue elegido presidente en propiedad y comenzó a abordar los graves problemas inmediatos que urgía resolver: se pagaron las indemnizaciones de guerra a Alemania, se comenzaron los trabajos de reconstrucción de la economía nacional y se procuró canalizar la vida pública dentro de los cauces normales. Pero Thiers fue impotente para satisfacer a todos, y cayó ante los ataques de la opinión conservadora. Acaso en ese momento se habría restaurado la monarquía si no hubieran luchado de nuevo los legitimistas y los orleanistas. Para dar tiempo, los realistas impusieron como presidente al general Mac-Mahon; pero no pudieron abatir a la masa republicana que comenzaba a crecer a ojos vistas. Poco después se dictaba una constitución y la tercera república quedaba firmemente asentada.

LA CONSTITUCIÓN DE 1875

La nueva carta establecía un parlamento formado por dos cámaras, con cuyos votos unidos debía elegirse presidente de la república por siete años. Por los mecanismos políticos que creaba, quedó establecido un régimen parlamentario, de modo que la mayoría de la cámara controlara el poder hasta el punto de poder derribar al gabinete según las distintas combinaciones que pudieran lograrse entre los grupos políticos. El jefe del gobierno era responsable ante el parlamento y debía dar cuenta permanentemente de sus actos, teniendo que abandonar el cargo si le era negado el voto de confianza.

De este modo, el papel del presidente de la república quedaba notablemente limitado. No sólo era difícil que las cámaras eligieran a un sospechoso por sus ambiciones, sino que era también difícil que, en caso de error, pudiera llevar a cabo sus designios.

LA OBRA LEGISLATIVA

Instaurada y asegurada la república, se inició una era de desarrollo que el estado quiso canalizar mediante una apropiada legislación. Un vigoroso cuerpo legal fue la base de una existencia política renovada, y en él ocupan un lugar preferente las leyes sobre educación. La iniciativa y la defensa correspondió a Julio Ferry al imponer, como ministro de Instrucción Pública, la enseñanza universal, laica y obligatoria, para lo cual no vaciló en abatir a los grupos católicos que detentaban privilegios en ese campo.

A Julio Ferry se debió también otro conjunto de medidas democráticas y avanzadas. Receptivo, sensible a los llamados de la opinión, logró imponer otras leyes que establecían la libertad de imprenta, de reunión y de asociación de trabajadores.

Siguiendo la misma línea del liberalismo, se sancionaron luego otras medidas igualmente importantes, como la separación de la Iglesia y el Estado, sancionada en 1905, la igualdad de cargas militares y otras muchas gracias a las cuales se pudo canalizar poco a poco la creciente inquietud social, que conducía inevitablemente a Francia hacia la izquierda.

LA LUCHA POLÍTICA

Ferviente y entusiasta, el pueblo francés vivía la política con cálido entusiasmo. Las cuestiones públicas lo apasionaban y no vacilaba en volcarse resueltamente para sostener o condenar determinados actos de gobierno o determinadas tendencias de la opinión adversa. Esta vehemencia se puso de manifiesto varias veces durante la Tercera república. Entre 1882 y 1892, los escándalos a que dio lugar la cuestión oscura del canal de Panamá motivaron una fuerte reacción contra la venalidad de ciertos políticos. Pero el sistema parlamentario permitía corregir rápidamente los errores, y el peligro por que pareció pasar por un momento el régimen pudo sortearse. En los últimos años del siglo se sucedieron los conflictos provocados por la reacción anticlerical por una parte y las pretendidas ambiciones del general Boulanger, que pareció amenazar con un golpe de estado. Pero el asunto más grave, el que reflejó no sólo la intensidad de las pasiones políticas, sino también la eficaz elasticidad de las instituciones fue el asunto Dreyfus, un oficial de origen judío acusado de alta traición, a quien hostilizaron violentamente las derechas y los clericales mientras lo defendían los sectores del más decidido liberalismo. Toda Francia se dividió en dos bandos, que a través de la inocencia o la culpabilidad de Dreyfus debatían la supremacía de sus respectivas ideologías. Sólo en 1906 quedó resuelto el pleito con la anulación de las sentencias condenatorias por la Corte de Casación, y la rehabilitación del acusado. El affaire Dreyfus alcanzó notable repercusión mundial.

En todo caso, el resultado del asunto Dreyfus no hacía sino testimoniar una vez más el avance de las izquierdas. Consecuencia de ese largo pleito fue, en cierto modo, el conflicto entre el Estado y la Iglesia. En 1899 había llegado por primera vez a un ministerio un socialista, Millerand, y otros hombres de la misma tendencia tuvieron poco a poco acceso a los más altos cargos públicos. Y, sin embargo, las derechas seguían actuando con energía y despertaban a cada instante los sentimientos de ciertos grupos conservadores que subsistían en el seno de la opinión francesa. Parecía como si el obsesionante pensamiento de la revanche autorizara a suponer que sólo un gobierno de la extrema derecha conservadora pudiera garantizar la seguridad de la victoria.

Sin embargo, el régimen liberal había probado su capacidad para las vastas empresas militares. Por iniciativa de Julio Ferry, la Tercera república se preocupó por afirmar las posesiones coloniales de Francia, y contra la opinión de todos —y muy especialmente de Clemenceau— el tenaz político de la reforma de la enseñanza logró echar las bases sólidas de un imperio que alcanzaría el segundo lugar en el mundo.

LAS RELACIONES INTERNACIONALES Y EL IMPERIO COLONIAL

Esta expansión colonial de Francia debía atraerle algunas dificultades serias en sus relaciones con las demás potencias. Ya después de la guerra franco-prusiana se encontró Francia en situación difícil respecto al resto de Europa. La diplomacia alemana trató de aislarla y logró durante algún tiempo impedir que estableciera relaciones amistosas con Rusia e Inglaterra; pero el curso de los acontecimientos hizo que esas dos naciones comenzaran a predisponerse a un entendimiento con Francia, aun sin apartarse abiertamente de Alemania. Entre tanto, la ocupación de Túnez, en 1871, motivada por el deseo de fortificar su posición en Argelia, llevó a Francia a indisponerse con Italia; y a principios del siglo XX, cuando quiso Francia hacerse fuerte en Marruecos, debió afrontar la oposición alemana, que desde 1905 hasta 1911 resistió enérgicamente el intento francés de asentar su hegemonía en el norte de África.

Otros territorios africanos y asiáticos completaron el imperio francés. El Sudán se terminó de conquistar en 1900, mientras se lograba la posesión del Congo, y de la isla de Madagascar. Y simultáneamente, una sucesión de operaciones afortunadas dio a Francia la posesión de la Indochina, en la que se estableció un régimen que permitió el rápido progreso de la región.


Italia, España y Portugal

Excluidas del grupo de las grandes potencias, Italia, España y Portugal se vieron sacudidas durante el período comprendido entre 1870 y 1914 por algunos conflictos internos que contribuyeron a debilitar su posición internacional. Los choques de los partidos de derecha y de izquierda convulsionaron su vida política y restringieron su desarrollo económico. Y en los dos últimos, la inquietud constante de los grupos republicanos agravó la zozobra del régimen institucional, que tuvo que contenerlos a fuerza de reiterados virajes hacia el poder dictatorial.

ITALIA

Como rey de toda Italia, Víctor Manuel II tuvo que afrontar la grave situación que planteaba al país la hostilidad de los católicos y el crecimiento de los partidos de izquierda. De acuerdo con sus convicciones, Víctor Manuel quería asegurar las bases de un régimen liberal. Pero las dificultades eran enormes y la inquietud constante; el papado, que se consideraba prisionero en el Vaticano, obligó a los católicos a sustraerse a la vida política italiana, considerando que el régimen era culpable de la gravísima ofensa inferida a la Iglesia con la ocupación de Roma. Había así un poderoso sector de la opinión que obstaculizaba la labor de la monarquía; pero todo intento de transacción se hubiera visto contenido por la creciente gravitación de los partidos populares que exigían al rey una política aun más decidida. En 1876 la izquierda llevó al poder al primer ministro Depetris, cuyo programa contenía un conjunto importante de medidas radicales en materia impositiva y de enseñanza; mas su gestión se vio empañada por irregularidades administrativas y por abundantes y oscuras combinaciones políticas.

En 1878 murió Víctor Manuel II y lo reemplazó su hijo Humberto I. Al cabo de algún tiempo, y cediendo a las exigencias de la opinión, llevó al ministerio a Crispi, que ejerció el poder con mano dura, aun cuando emprendiera una importante labor en favor de las clases populares. Las derechas comenzaron a hostilizarlo y lograron hacerlo caer, pero muy pronto perdieron otra vez terreno y se vieron desplazadas por Giolitti. Alternándose en el poder, Crispi y Giolitti trataron de sortear el vendaval que desencadenaban los partidos extremos: la derecha, inspirada por el Vaticano, y la izquierda estimulada por los socialistas, que llegaron a la cámara en 1895.

Crispi creyó que podría afirmarse en el poder con una arriesgada política colonial y se embarcó en la aventura de la conquista de Abisinia, donde las tropas italianas fueron batidas en Adua. La consecuencia del desastre fue la explosión de un terrible movimiento social y político que agitó gran número de ciudades italianas, el cual aunque fue sometido por la fuerza, dejó como saldo un marcado descontento popular. Poco después, en 1900, el rey Humberto caía asesinado en Milán y lo sucedía Víctor Manuel III que, sin embargo, se opuso a luchar contra la izquierda. En 1901, Zanardelli y Giolitti formaron un gobierno que simpatizaba con los movimientos populares; éstos, naturalmente, tomaron un amplio desarrollo, pero el gobierno supo contenerlos sin declinar en la obra de apoyo a las clases trabajadoras, y esta actitud le permitió sostenerse en el poder hasta 1905. Poco después llegó al poder un gobierno conservador encabezado por Sonnino, que encontró la manera de solucionar por algún tiempo las dificultades administrativas, económicas y políticas por que atravesaba Italia.

Entre tanto, las dos corrientes de opinión que constituían los secretos resortes de la política italiana habían tenido un curioso desenvolvimiento. El socialismo, orientado por Turatti y apoyado por figuras ilustres del pensamiento italiano como Lombroso, Ferri, Labriola y Ferrero, había ganado terreno en la opinión pública, y a pesar de haberse dividido en dos tendencias internas, logró imponer algunos de sus principios hasta en algunos círculos conservadores. Su fuerza creció también en las filas obreras y en muchas ocasiones presidió las agitaciones de las ciudades industriales del norte. Este desarrollo del socialismo obligó a la Iglesia a rever su política de apartamiento, impuesta poco después de la ocupación de Roma por la disposición papal Non expedit, que aconsejaba a los católicos no intervenir en la política italiana; ahora, ante el progreso de las izquierdas, el Vaticano consideró necesario permitir que los católicos contribuyeran a fortalecer las derechas, y desde 1904 la disposición fue gradualmente dejada sin efecto.

Entre tanto, la posición internacional de Italia comenzaba a oscilar y a debilitarse internamente. Movida por la irritación que le produjo la política de Francia en el norte de África, se había inclinado hacia Alemania y Austria-Hungría en 1882 constituyendo la Triple Alianza; pero esta actitud no la llevó a extremar su hostilidad con las potencias occidentales y la opinión pública parecía seguir prefiriendo la alianza francesa. Debido a esa circunstancia, Italia apoyó a Francia contra Alemania en la conferencia de Algeciras de 1904, al debatirse el problema internacional de Marruecos. Y así, aunque la Triple Alianza se mantuvo, su fuerza interna, se debilitó considerablemente y llegó a deshacerse en el momento crítico.

ESPAÑA

El reinado de Amadeo de Saboya en España duró desde 1870 hasta 1873 y se desenvolvió dentro de las mayores dificultades. Al llegar a su nuevo reino desde Italia acababa de ser asesinado su principal defensor, el general Prim, y tuvo Amadeo que soportar la hostilidad de las derechas, que veían en él un miembro de la casa real que había expulsado al papa de Roma; de los tradicionalistas, que veían en él un extranjero; de los republicanos que aspiraban a derrocar la monarquía y de los legitimistas que pretendían la restauración de los Borbones. Amadeo procuró gobernar con el parlamento; pero no pudo sobreponerse a las innumerables dificultades que le suscitaron por una parte los carlistas, sublevados en el norte del país en 1872, y por otra los irreductibles antagonismos entre los partidos. Así, decidió abdicar a principios de 1873 y en seguida las Cortes proclamaron la república. Se sucedieron en el poder Figueras, Pi y Margall, Salmerón y Castelar, cuya acción fue impotente para dominar la confusión reinante; aun en el mismo seno de los republicanos se combatían los partidarios del centralismo y los regionalistas federales, de modo que antes de que transcurriera un año de implantado el nuevo régimen se produjo su bancarrota. Quedó al frente del gobierno el general Serrano, que gobernó con mano fuerte desde enero de 1874, tratando de abatir la rebelión carlista y de restablecer el orden en el resto del país sacudido por las insurrecciones locales conocidas por las “cantonales”. Pero en la mayoría de la opinión predominó la idea de que solamente la restauración de los Borbones en la persona del heredero Alfonso XII podía resolver la situación, y así se gestó un golpe de estado encabezado por el general Martínez Campos, que en Sagunto proclamó rey al hijo de Isabel II. Cánovas del Castillo se hizo cargo del poder en Madrid y un año después entraba en la capital Alfonso XII entre el entusiasmo de sus partidarios.

Desde 1875 hasta 1885, Alfonso XII gobernó constitucionalmente, de acuerdo con una carta sancionada en 1876. Cánovas, jefe del partido conservador, consiguió restaurar el orden interno y poner fin al levantamiento de los carlistas; pero debió compartir el poder con los liberales que respondían a Sagasta, sin que se advirtieran por cierto entre los dos partidos cambios fundamentales en la orientación política. Al morir el rey no quedaba heredero varón, pero la reina María Cristina esperaba un hijo, y al nacer, en mayo de 1886, comenzó a reinar con el nombre de Alfonso XIII, bajo la regencia de su madre. El juego de los dos partidos —conservador y liberal— no se alteró durante mucho tiempo, mas sus jefes cambiaron con el tiempo, sucediendo a Cánovas y Sagasta, entre otros, Silvela, Maura, Dato y Canalejas.

Los últimos años del siglo se caracterizaron por el predominio de cierto escepticismo y una grave depresión moral. Concurrió a ello la pérdida de Cuba y las Filipinas, las últimas colonias importantes de España en ultramar, mas no tuvieron menos parte en la formación de ese estado de ánimo colectivo las inquietudes sociales, que se hicieron más notorias en los primeros años del siglo siguiente. Los republicanos hicieron algunos progresos y el partido socialista fue organizado eficazmente por Pablo Iglesias. Pero la fuerza que más contribuyó a crear una situación de violencia fueron los grupos anarquistas, que promovieron huelgas sangrientas en los centros fabriles. El gobierno las reprimió también con violencia y en una ocasión fusiló a los presuntos jefes de la revuelta que estalló en Barcelona, entre los cuales se encontraba Francisco Ferrer, el director de la Escuela Moderna. Sin embargo, la represión no logró sino exaltar los ánimos, y el gobierno se vio obligado a mantenerse permanentemente apoyado en el ejército para asegurar el orden.

Durante los primeros años del gobierno personal de Alfonso XIII, España había tratado de extenderse hacia África, emprendiendo operaciones militares en Marruecos, sobre la base de los acuerdos internacionales firmados en Algeciras en 1906 entre las principales potencias europeas. Por lo demás, su política internacional fue cautelosa, y a pesar de cierta innegable simpatía por Alemania, España procuró mantenerse ajena al sistema de alianzas que se tejía en vistas a una guerra que se consideraba inevitable.

PORTUGAL

El gobierno del rey Luis I se extendió hasta 1889, sin que se produjeran durante su transcurso acontecimientos importantes, fuera de la lucha por el poder que mantuvieron los liberales progresistas y los conservadores, partidos por lo demás que, como en España, no diferían entre sí en ningún punto fundamental.

La crisis se planteó poco después de subir al poder Carlos I (1889-1908). Un lamentable episodio con Inglaterra, que evidenció la imperturbable tranquilidad con que la monarquía se humillaba para defender sus colonias africanas, desató la propaganda de los republicanos, cuyo caudal creció rápidamente dentro de la masa popular. Estallaron motines en Oporto y el gobierno decidió acudir a procedimientos enérgicos para impedir que la oposición sacara partido de ese estado de cosas. En 1906 se encargó el poder a Juan Franco, que instauró una verdadera dictadura apoyada en el ejército. La reacción no se hizo esperar, y el lo de febrero de 1908 el rey fue víctima de un atentado terrorista que acabó con su vida.

Su hijo Manuel ocupó el trono, después de haber huido del país el ministro Franco. Dos años duró su gestión, que en vano quiso corregir algunos de los muchos abusos a que estaban acostumbrados los grupos privilegiados. La opinión pública se inclinaba visiblemente hacia los republicanos, que encontraban además grandes simpatías en el ejército y la armada. Una conspiración cuidadosamente preparada estalló en octubre de 1910, la cual en seguida triunfó, mientras el rey Manuel huía vergonzosamente, asumiendo el poder un gobierno provisional presidido por Teófilo Braga.

Los primeros actos del gobierno probaron su tendencia radical y la Iglesia fue acaso la institución más perseguida, por suponérsela complicada en muchos de los abusos y atropellos del régimen monárquico durante los últimos años. En junio de 1911 se proclamó oficialmente la república y en agosto del mismo año se sancionó la constitución, sin que, entre tanto, faltaran los intentos de restauración monárquica realizados por algunos grupos realistas, especialmente militares. Pero poco a poco el nuevo régimen se estabilizó y el repudio general que mereció la dinastía de Braganza hizo imposible la reaparición de los intentos monárquicos.


Los antecedentes del conflicto de 1914

Durante los años que precedieron al estallido de la guerra de 1914, Europa se preparó para la guerra. La preparación se llevó a cabo en todos los terrenos: diplomático, político, económico, militar, y sobre todo en cuanto se refiere a la opinión pública. La idea de que la guerra era inevitable se había hecho una convicción arraigada; pero si era inevitable, fue precisamente porque no se había dejado de dar ningún paso de los que debían conducir fatalmente a ella.

LA LUCHA ECONÓMICA Y EL IMPERIALISMO

El hecho decisivo en la preparación de la Primera guerra mundial es la aparición de Alemania como potencia de primer orden en el ámbito europeo. Este hecho se produjo no sólo como consecuencia de sus victorias en 1870, sino también como resultado de la organización del imperio a partir del año siguiente, y se manifestó en un doble plano; porque no sólo adquirió entonces categoría de primera potencia militar del continente, sino que llegó a ser en muy poco tiempo una potencia económica de grado similar al de las más poderosas de la época.

Como potencia económica, Alemania se caracterizó por su rápida transformación en país industrial, productor y exportador. Como tal, aspiró a conseguir mercados y se resolvió a luchar por su conquista contra quienes los poseían y controlaban: hubo así una guerra de precios y de influencias que precedió a la lucha militar. Pero además, las condiciones demográficas, las necesidades de materias primas y las exigencias en materia de comunicaciones parecían obligar a Alemania a modificar el statu quo mundial si no quería resignarse a una situación de inferioridad, especialmente frente a Francia e Inglaterra. Esta circunstancia llevó a Alemania a entrar —respaldada por su inmensa potencialidad militar— en la lucha imperialista que mantenían por entonces las principales potencias europeas.

La conquista de los mercados significó para Alemania algunos triunfos satisfactorios. Su producción industrial se caracterizó por su excelente calidad y su bajo precio, y a causa de ello Alemania consiguió imponerse en la competencia en muchos lugares, hasta llegar a alarmar a Inglaterra, Francia y los Estados Unidos. En cuanto al problema colonial, exigió pacíficamente algunos territorios, compró otros y procuró rever la situación creada en algunas zonas, especialmente en África. Respecto al control de las vías de comunicación, sus planes se orientaron hacia una coincidencia con los objetivos austro-húngaros, que consistían en asegurar para los imperios centrales el control de las rutas balcánicas y, por ese medio, el acceso al cercano Oriente. En todos los casos, las aspiraciones alemanas chocaban principalmente con Inglaterra, a pesar de que la opinión general se empeñaba en atribuir importancia fundamental al conflicto político y territorial entre Alemania y Francia.

LAS ALIANZAS INTERNACIONALES

Para lograr sus propósitos, Alemania había procurado crear una densa red de alianzas que le permitieran estar a cubierto de sorpresas diplomáticas y militares. Poco después de constituido el imperio, procuró establecer una unión de los tres emperadores —de Alemania, Austria y Rusia— pero este plan fracasó, quedando reducido a una alianza de Alemania y Austria. Poco después, cuando Italia vio frustradas sus aspiraciones coloniales, se unió a aquellos imperios en 1882 y se constituyó así la llamada Triple Alianza, que pareció un instrumento poderosísimo para la conquista del predominio de Europa.

Desgraciadamente para Alemania, sus planes de expansión quedaron demasiado a las claras por obra de la irreflexiva actitud del kaiser Guillermo II, cuya falta de tacto diplomático empujó a Rusia a un entendimiento con Francia. Este vínculo quedó sólidamente forjado en 1894, como consecuencia de los fundados temores que concibió Rusia acerca de la política de los imperios centrales en los Balcanes; y cuando Alemania se lanzó a una política revisionista en materia colonial, Inglaterra comenzó a temer sus resultados y a acercarse a Francia, aun sin apartarse abiertamente de Alemania, con cuya casa real estaba emparentada la de Inglaterra.

Así, en 1907, quedaron dibujadas dos líneas políticas, al oponerse a la Triple Alianza la Triple Entente. No quedaba a las potencias menores sino optar por uno u otro bloque, y esta elección era fácil según el conjunto de los intereses y posibilidades de cada uno de los países. Así, la hostilidad contra Austria que caracterizaba a los serbios, los empujó a un entendimiento con Rusia y Francia; Bulgaria y Turquía, en cambio, estaban decididos a favor de los imperios centrales, y fue muy reducido el número de los estados que, como España, trataban de mantenerse neutrales en el inminente conflicto.

EL MILITARISMO Y LA PAZ ARMADA

Dentro de su sistema de ideas y de acuerdo con su plan político, Alemania tenía que apoyar sus aspiraciones en un poderoso aparato militar. Ya la guerra de 1870 había probado su capacidad para crear, organizar y poner en funcionamiento una poderosa máquina de guerra. Esta tendencia no se detuvo, sino que por el contrario se acentuó cuando Alemania contó con mayores recursos. Prácticamente, todos aquellos con que contaba se orientaron principalmente para servir al ejército, que, por lo demás, gozaba en el país de un extraordinario prestigio.

En efecto, según la tradición prusiana, el ejército fue en Alemania la más importante institución del país. A ella pertenecían los hombres más significativos e influyentes, y su intervención en la vida política era decisiva. Además, la población toda participaba de la preparación militar y se enorgullecía de ello; de modo que la guerra estaba lejos de repugnar a la opinión pública y parecía el medio adecuado para resolver la situación de inferioridad a que parecía condenada injustamente Alemania por las circunstancias.

En Europa, Alemania dio el tono de las exigencias militares. Si ella se armaba, era forzoso y necesario que sus rivales se armaran también. Si crecía su flota de guerra, era menester que creciera también la de sus rivales. Así se desencadenó una carrera armamentista, a la que no pudieron poner coto ni las voces de los partidos populares ni los intentos realizados alguna vez por el zar de Rusia o por algún otro político. Año a año, los presupuestos de guerra crecieron considerablemente en todos los países de Europa y la máquina militar fue adquiriendo cada vez más poder. Pero parecía necesario usarla para impedir su desgaste o simplemente para evitar que fuera superada por nuevos perfeccionamientos técnicos. Así, la guerra fue desencadenada en alguna medida por el instrumento que había sido creado para servirla si sobrevenía. Estados mayores y políticos competían en la tarea de realizar el diagnóstico preciso de la situación, y los primeros tendían siempre a considerar el peligro como inminente y la situación como insoluble sino por la vía de las armas.

PRIMEROS ESCARCEOS

En realidad, era difícil y entrañaba una responsabilidad demasiado grande el desencadenar el conflicto. Durante algunos años se evitó su estallido; pero no pudieron evitarse los incidentes aislados en que se manifestaban los choques de intereses entre las potencias de uno y otro bando. Hubo así conflictos parciales, entre los que deben contarse los producidos con motivo de la ocupación del norte de África y las guerras balcánicas de 1912 y 1913. Los primeros motivaron una tensión considerable entre Alemania y Francia; las segundas entre Austria y Serbia. Las líneas estaban tendidas, y sólo se necesitaba un leve pretexto para desencadenar la conflagración europea.


La primera guerra europea

Tras el atentado de Sarajevo, el conflicto iniciado entre Austria y Serbia se extendió a los demás países europeos. La guerra fue violenta y sostenida, estableciéndose frentes de combate en tierra y mar por los más diversos lugares del mundo. Finalmente los Estados Unidos echaron en la balanza toda su fuerza en favor de los aliados y la guerra se decidió con la derrota de los imperios centrales. Había costado diez millones de muertos.

SARAJEVO

Desde los últimos conflictos, las relaciones entre Serbia y Austria habían ido empeorando por el desarrollo del movimiento eslavista. Bosnia, sometida a Austria, se había manifestado siempre hostil a su dominación, y Austria sospechaba que esa hostilidad era azuzada por Serbia. Así, cuando el 28 de junio de 1914 cayeron víctimas de un atentado criminal el heredero del trono austro-húngaro Francisco Fernando y su esposa, el gobierno de Viena dio como establecido que la responsabilidad correspondía al de Belgrado. Una investigación ordenada por el ministro austríaco Berchtold demostró que la complicidad serbia no podía probarse; pero el ministro tenía la promesa de Guillermo II de que apoyaría a Austria, y no vaciló en enviar un ultimátum al gobierno de Belgrado que, de ser aceptado, implicaba una renuncia a la independencia Serbia. Rechazadas en parte las exigencias austríacas, Francisco José declaró la guerra a Serbia el 30 de julio y ordenó el bombardeo de Belgrado, que comenzó al día siguiente. No obstante, las potencias extranjeras habían ofrecido su mediación en el conflicto, y todas hicieron notar a los gobiernos de Viena y Berlín las consecuencias que el incidente podía alcanzar. Pero ambos gobiernos las conocían perfectamente, y obraban precisamente para provocar esas consecuencias.

LA GENERALIZACIÓN DEL CONFLICTO

Producida la iniciación de las hostilidades, las demás potencias se vieron obligadas a intervenir rápidamente. Rusia ordenó la movilización general la víspera de la declaración de guerra por Austria, y Alemania recogió el guante declarando la guerra a Rusia el 4 de agosto; y como inmediatamente movilizara sus fuerzas Francia, le declaró también la guerra el 11 de agosto ordenando la inmediata invasión de Bélgica. Esta circunstancia obligó a Inglaterra a intervenir contra Alemania y por sucesivos actos diplomáticos se consumó la generalización del estado de guerra entre las potencias que integraban los dos bloques.

De este modo, el imperio alemán y el austro-húngaro tuvieron que hacer frente a la coalición de Rusia, Francia e Inglaterra. Obtuvieron aquéllos poco después la ayuda de Turquía, pero no consiguieron en cambio que Italia cumpliera sus compromisos, aduciendo el gobierno de Roma que se trataba de una guerra que no participaba del carácter establecido por los tratados que la unían a la Triple Alianza. Mas esta defección no podía ser un obstáculo para los imperios centrales, que habían preparado su acción minuciosamente y podían poner en movimiento sus planes estratégicos a los pocos minutos de ordenado el ataque.

LAS OFENSIVAS DE ALEMANIA Y RUSIA EN 1914

El plan del comando alemán consistía en derrotar primero a Francia y acabar luego con Rusia. En cuanto a la primera, el éxito de la empresa se apoyaba en un ataque imprevisto por Bélgica, donde Francia no debía esperarlo; y así lo hizo, pese a la violación que implicaba de la neutralidad belga. El 20 de agosto entraron los ejércitos alemanes en Bruselas después de haber abatido la resistencia de las tropas del rey Alberto y en pocas jornadas ocuparon el norte de Francia, aprovechando que el mariscal Joffre había localizado su defensa en Alsacia, Lorena y las Ardenas. El gobierno francés se instaló entonces en Burdeos porque los alemanes marchaban rápidamente hacia París; pero entre el 5 y el 12 de septiembre Joffre consiguió desplazar sus líneas y detener el avance enemigo en el río Marne, obligando a los alemanes a replegarse hacia el Norte, tras el río Aisne. Una nueva acción librada sobre el Iser demostró que, pese a su preparación, la superioridad alemana no era tan decisiva como había parecido en un comienzo. Los franceses opusieron al avance alemán un frente sólido, y durante mucho tiempo la guerra se limitaría a operaciones de trincheras en el frente occidental.

Entre tanto, y para tratar de aliviar la presión de Alemania, los rusos habían lanzado una ofensiva por el este contra la frontera de Alemania, llegando a ocupar Prusia oriental. Pero su ejército carecía de preparación y de poder suficiente, y aunque triunfó en Lemberg y consiguió llegar a los Cárpatos, fue vencido en dos batallas decisivas: por Hindenburg en Tannenberg y por Ludendorff en los lagos Masurianos (agosto-septiembre). A consecuencia de estas operaciones, también en el frente oriental la lucha tomó un ritmo lento. Poco después, Rusia debía hacer frente en el sur a los turcos que, unidos a los imperios centrales, le declararon la guerra en el mes de noviembre; y tras ver bombardeados sus puertos meridionales por naves alemanas, tuvo que dividir sus escasos recursos para contener la ofensiva lanzada por el Cáucaso.

GUERRA DE POSICIONES Y OFENSIVAS EN LA PERIFERIA

En 1915 el frente de guerra se extendió más con la entrada en la guerra de Bulgaria al lado de los imperios centrales; pero ese mismo año se unió a los aliados Italia —que declaró la guerra a Austria— y al año siguiente lo hicieron Portugal y Rumania. El frente más importante siguió siendo, sin embargo, el occidental, donde estaban a tiro de cañón el grueso de los ejércitos enemigos protegidos tras una sólida trama de trincheras y alambradas de púas. En lucha constante, ambas fuerzas se hostilizaban sin descanso en operaciones locales que agotaban los nervios de los combatientes, sin que pudieran obtenerse ventajas importantes en ninguno de los dos bandos.

Los alemanes intentaron romper esta situación en febrero de 1916, atacando Verdún; pero encontraron una oposición decidida y fracasaron en su intento de quebrar las líneas aliadas que resistieron durante cinco meses. Entre tanto, en otros frentes habíanse producido algunas operaciones importantes. Los italianos intentaron irrumpir hacia Viena; mas fueron contenidos y localizados en el valle del Isonzo, donde obligaron a los austríacos a distraer durante largo tiempo un fuerte ejército. Sin embargo, estos últimos y los alemanes pudieron ocupar totalmente Serbia y casi toda Rumania, fracasando solamente en las costas del Mediterráneo, que no pudieron controlar definitivamente. Por último, en el frente oriental, los alemanes ocuparon Polonia y Lituania.

LA GUERRA MARÍTIMA Y LA INTERVENCIÓN DE ESTADOS UNIDOS

Mientras se desarrollaban estas operaciones en el continente, las naves alemanas tenían que hacer frente a la innegable superioridad marítima de los aliados. Las operaciones aisladas que habían encomendado a algunos cruceros rápidos fueron severamente controladas por la flota inglesa, que consiguió destruir algunos de ellos en las Malvinas a fines de 1914. Igualmente fracasaron en la defensa de sus colonias, contra las cuales cumplieron operaciones brillantes las escuadras de Inglaterra y Francia, a las que se sumó la del Japón, que había entrado en la conflagración como aliada de Inglaterra. En cambio, la flota inglesa tuvo un grave fracaso al intentar llevar ayuda a Rusia por el sur mediante un desembarco en Gallípoli, que se frustró debido a la denodada defensa turca, por lo cual tuvieron al final que evacuar las tropas inglesas sus posiciones en diciembre de 1915.

Entre tanto, los alemanes se resistían a ceder el dominio del mar. Una flota poderosa puso en jaque a los barcos ingleses, y el combate final en las costas de Jutlandia probó que podían resistir duramente. Pero el alto mando alemán sabía que, tarde o temprano, la guerra naval sería perdida, y que con esa derrota se produciría el ahogo de Alemania. Para impedirlo se resolvió a desencadenar una furiosa campaña contra el comercio marítimo aliado por medio de submarinos, un tipo de naves en el cual se consideraba superior a Inglaterra. En enero de 1917 Alemania hizo saber a los países neutrales que estaba resuelta a impedir el acceso de cualquier clase de barcos a los puertos de las potencias beligerantes, y que sus submarinos habían recibido orden de atacarlos y hundirlos sin más trámite. La resolución pareció inaceptable para los Estados Unidos, y en el mes de abril entró en la guerra al lado de los aliados, desembarcando dos meses después sus primeros contingentes militares que se situaron en la retaguardia francesa.

OFENSIVA ALEMANA Y CONTRAOFENSIVA ALIADA

La entrada de los Estados Unidos en la guerra debía ser decisiva para su desarrollo. Sin embargo, Alemania no atribuyó mayor importancia al hecho y creyó que podía forzar la guerra hasta obligar rápidamente a los aliados a pedir la paz. Había roto el frente italiano y derrotado al ejército de Cadorna en Caporetto, en octubre de 1917; había logrado el derrumbe del frente oriental mediante su ayuda a los revolucionarios rusos, con los que firmó la paz de Brest-Litowsk en marzo de 1918; y ahora, concentrados sus esfuerzos en el frente occidental, preparaba una formidable ofensiva sobre Francia que, según sus cálculos, no podía fracasar.

El plan y su ejecución correspondieron a los mariscales Hindenburg y Ludendorff, quienes ensayaron cuidadosamente todos los recursos que pensaban poner en juego en el momento decisivo. Se señaló el 21 de marzo de 1918 para desatar la ofensiva, y se iniciaron las operaciones con un formidable cañoneo de la más poderosa concentración de artillería que se hubiera realizado jamás. Inmediatamente, tropas provistas de lanzallamas, bombas, gases tóxicos y ametralladoras se lanzaron sobre Amiens para separar los ejércitos ingleses y franceses que operaban su conexión en esa zona; pero su intento se vio frustrado y las operaciones sufrieron una interrupción cuando, siguiendo otro camino que el previsto, las tropas alemanas habían llegado ya a sesenta kilómetros de París, sobre el río Marne. En ese momento, y ante la gravedad del peligro, los aliados resolvieron establecer un mando único, que fue confiado al mariscal francés Foch, bajo cuya dirección suprema se emprendió la segunda batalla del Marne, el 15 de julio de 1918. Tres días de combate bastaron para romper la resistencia de las fuerzas de Ludendorff, que comenzaron a retroceder. El 8 de agosto, las tropas inglesas conseguían romper las líneas alemanas y el 29 de septiembre caía la línea Siegfried. Palmo a palmo, las fuerzas aliadas lograban arrebatar al enemigo todas sus posiciones.

Simultáneamente, el frente sudoriental comenzó a demostrar su inconsistencia. Entre septiembre y noviembre de 1918 caían derrotadas Bulgaria, Turquía y Austria —ésta última vencida por los italianos en Vittorio-Véneto— y las tres se apresuraron a pedir la paz al enemigo. Alemania comprendió que todo estaba perdido, y la inquietud interior comenzó a adquirir cierta gravedad. Guillermo II quiso promover algunas reformas constitucionales, pero ya era tarde. La escuadra se sublevó en Kiel y el kaiser huyó de Alemania en compañía de su hijo, pidiendo refugio a Holanda, mientras se proclamaba la república en Berlín.

EL ARMISTICIO

Desde principios de agosto, el estado mayor alemán había hecho saber al gobierno de Berlín que la guerra no podía proseguir y que era menester pedir la paz para evitar una catástrofe. fue entonces cuando el kaiser quiso atraerse la simpatía popular con sus proyectos reformistas. Pero las cosas siguieron un ritmo cada vez más acelerado y el gabinete presidido por el príncipe Max de Baden pidió un armisticio el 5 de octubre. Las condiciones no parecieron tolerables y las operaciones continuaron favorablemente para los aliados; se produjo entonces el estallido revolucionario en Berlín, y el nuevo gobierno republicano-socialista tuvo que afrontar las duras circunstancias pidiendo un armisticio el 10 de noviembre.

Al día siguiente, los gobiernos aliados concedieron la tregua solicitada y los representantes de ambas partes se reunieron para tratar las condiciones en un vagón del tren del mariscal Foch, en el bosque de Compiègne. A las 11 de la mañana se ordenó detener el fuego: la guerra había terminado y comenzaba la larga y difícil gestación de una paz presidida por las democracias vencedoras.


La Europa de posguerra

Los años que siguieron a la guerra se caracterizaron por los esfuerzos denodados de los estadistas para organizar un régimen de convivencia en Europa y el mundo que, además de dar satisfacción a los estados que habían sufrido las consecuencias de la agresión de los imperios centrales, constituyera una garantía de paz para el futuro. El problema era difícil por la variedad de cuestiones económicas, sociales, políticas y raciales que se entrecruzaban, y los obstáculos se presentaron como insalvables o poco menos. Para ese fin, se crearon una serie de instrumentos diplomáticos, pero las cuestiones de fondo quedaron en pie y prepararon la irrupción de nuevas circunstancias acaso previsibles en sus líneas generales, pero que debían ser —hay que reconocerlo— incontrolables por el momento.

VERSALLES

Tomadas las providencias militares necesarias para asegurar la victoria, los aliados comenzaron a preparar la conferencia de la paz, que debía reunirse al año siguiente. Inspiraban las negociaciones los hombres que presidían los destinos de los países vencedores: el presidente Wilson de los Estados Unidos; Poincaré, Clemenceau y Briand en Francia; Lloyd George, Asquith, Balfour y Bonar Law en Inglaterra; Orlando en Italia. Alemania, por su parte, había llevado al gobierno al presidente Ebert, bajo cuya inspiración trató de defender de la mejor manera posible los intereses alemanes.

El 18 de enero de 1919 se reunió la conferencia de la paz en el palacio de Versalles y las negociaciones duraron hasta mediados de año. El punto de partida de los aliados fue el plan de los “Catorce puntos” que el presidente Wilson había formulado en enero de 1918, y en el que se echaron las bases para un sistema de seguridad internacional cuyo eje debía ser una sociedad de naciones para la resolución de los problemas internacionales.

La creación de la Sociedad de Naciones fue, en efecto, el primer punto que estableció el tratado de Versalles, firmado el 28 de junio de 1919. Las estipulaciones más importantes se referían a las cuestiones territoriales y a las garantías que Alemania debía dar a los aliados para asegurar el cumplimiento de las condiciones de paz.

Por ese documento, Francia recobraba las provincias de Alsacia y Lorena, y Polonia recibía Posnania, Bélgica, por su parte, quedaba en poder del distrito de Moresnet; y en el Báltico, se establecía la posesión de la Prusia polaca por Polonia y del puerto de Memel por Lituania. Finalmente, y teniendo en cuenta los problemas internacionales que su posición comportaba, se declaró la independencia de la ciudad de Danzig, bajo el control de la Sociedad de Naciones. En cuanto al territorio del Sarre, quedaba en posesión de Francia durante quince años en calidad de indemnización por las pérdidas sufridas durante la guerra, debiendo realizarse luego un plebiscito para resolver su destino definitivo; y al mismo régimen de plebiscito se sometían Prusia oriental y Alta Silesia —que quedaban en poder de Polonia— y el Schleswig, que era ocupado por Dinamarca.

En cuanto a las garantías que debía ofrecer Alemania se contaba con la ocupación del territorio de la orilla izquierda del Rin por los aliados y la reducción del ejército alemán a 100.000 hombres. Los territorios de la orilla derecha del Rin debían ser desmilitarizados y le quedaba vedado a Alemania poseer aviación, fabricar armas y exceder un cierto reducido tonelaje de barcos de guerra. Debía pagar, además, una fuerte indemnización de guerra.

LOS TRATADOS SECUNDARIOS

Complementando el tratado de Versalles, se firmaron otros que reglaban las condiciones de paz entre los aliados y los países que habían combatido junto a Alemania. Por el de Saint-Germain —suscrito en septiembre de 1919— Austria, que quedaba separada de Hungría, reconocía como estados soberanos a Yugoslavia y Checoslovaquia y se comprometía a mantener las estrechas fronteras que fijaba el tratado, así como también a pagar una fuerte indemnización de guerra. Por el tratado de Trianon —firmado en junio de 1920— se consagraba la independencia de Hungría y, al mismo tiempo, su desmembramiento en beneficio de los países balcánicos que habían combatido a favor de los países aliados.

Finalmente, las diversas negociaciones concedieron a Italia la posesión de Istria y el Trentino; y a Grecia la de Tracia. Turquía perdió casi todos sus territorios europeos, excepto Constantinopla, y en Asia debió ceder Siria y Palestina, que fueron entregadas a la Sociedad de Naciones para que resolviera quién las administraría; poco después, Francia se hizo cargo de Siria e Inglaterra de Palestina.

LA SOCIEDAD DE NACIONES

El resultado más alentador de las negociaciones de paz parecía ser el establecimiento de la Sociedad de Naciones, concebida por el presidente Wilson de los Estados Unidos. La sede de la institución debía estar en la ciudad amiga de Ginebra y formarían parte de ella los países vencedores y los neutrales que quisieran incorporarse.

Empero, una circunstancia adversa disminuyó su significación. Cuando el presidente Wilson pidió al Senado de su país la aprobación de los convenios firmados y la autorización para que los Estados Unidos ingresara en la Sociedad de Naciones, el partido republicano, que ya lo había combatido mientras estaba en Europa, desató contra él una formidable oposición que humilló y desautorizó al ilustre estadista. Puesta a votación, su gestión no contó con la aprobación de los dos tercios de los votos del Senado que exige la constitución de los Estados Unidos, de modo que ese país no sólo tuvo que firmar una paz por separado con Alemania en 1921, sino que se abstuvo de formar parte de la Sociedad de Naciones que su presidente había contribuido a constituir. Había triunfado la política que predicaba el “aislacionismo”.

Esta circunstancia debilitó considerablemente la posición de la Sociedad de Naciones, cuyo fracaso, en términos generales, pudo advertirse al cabo de poco tiempo. Su organización, sin embargo, era bastante sana. Estaba presidida por un consejo compuesto por delegados permanentes y delegados rotativos, a fin de que no se estereotipara el criterio político general. Sus funciones principales eran resolver en los casos de agresión, castigar con sanciones internacionales a los países que violaran los tratados y trabajar por la reducción de los armamentos.

La Sociedad debía también preocuparse de establecer una colaboración internacional en distintos aspectos. La Organización Internacional del Trabajo procuraría elevar el standard de vida de los trabajadores y resolver los problemas sociales; la Comisión de cooperación intelectual trataría de desarrollar un mayor conocimiento recíproco entre los diversos países por medio de un activo intercambio entre las minorías intelectuales; y la Corte permanente de justicia internacional, integrada por los mejores juristas de cada país, debía resolver los problemas de derecho internacional que le fueran sometidos. Algunas de estas instituciones trabajaron con provecho y su labor ha dejado, sin duda, un saldo favorable.

LA SITUACIÓN ESPIRITUAL DE EUROPA

Si la Sociedad de Naciones no cumplió su cometido y permitió que se frustraran los nobles ideales que habían inducido a su creación, no fue culpa en particular de nadie, sino el resultado del estado de espíritu que caracterizó el período que se llama habitualmente la “posguerra”. Alemania no se consideraba vencida ni lo estaba en rigor, si reparamos en las posibilidades que conservaba y los objetivos que seguía acariciando con la misma vehemencia que antes de la derrota. Los países vencedores lo advertían, y para guiar su conducta tenían que tener en vista no sólo las pérdidas que ya habían sufrida sino también las posibilidades que les deparaba el futuro en todos los órdenes. En lo internacional, era imprescindible para los regímenes capitalistas que los caracterizaban, asegurar los frutos de la victoria mediante un severo control de las áreas económicas que les correspondían; pero el problema internacional se comenzó a complicar con las nuevas situaciones creadas en Rusia, Italia y Alemania, así como también con los problemas sociales que se desencadenaron en el resto de Europa sin que pudiera salvarse de ellos ningún país. No fue posible hacer concesiones a la paz internacional, porque nadie se sintió suficientemente seguro por sí mismo.

El ambiente espiritual de Europa, en efecto, era de desconfianza y de temor. La guerra había dejado una terrible lasitud, una especie de irrefrenable desencanto, que pusieron de manifiesto las numerosas novelas de guerra que aparecieron por entonces, y entre las que se destacó particularmente la de Erich María Remarque titulada Sin novedad en el frente. Egoísmo y desilusión: tales eran los rasgos de la existencia colectiva. Se lloraba la muerte de los héroes, porque no se veía el fruto de tantos sacrificios ni el triunfo de la causa que justificara los diez millones de muertos que habían quedado en los campos de batalla. Se sufría hambre y miseria, y por ello surgieron en algunos países regímenes políticos que habían de conmover la paz tarde o temprano. Pero se sufría todavía más el desconcierto, o acaso la vaga certidumbre de que sólo se había luchado por los intereses de quienes controlaban los grandes consorcios financieros. En este estado de ánimo, el primer ensayo de colaboración internacional no podía prosperar. Ya era mucho que llegara a intentarse y se sembrara una semilla que habrá de fructificar un día. Pero las circunstancias obligaban a no dejar las armas, pese al movimiento pacifista representado brillantemente por Aristides Briand en Francia. Alguien había que no las había dejado del todo, y mientras durara la amenaza no había más remedio que conservar las posiciones conquistadas.


La revolución de 1917 y la Unión Soviética

El hecho más importante de la posguerra fue la consolidación definitiva de la revolución comunista en Rusia y la organización, dentro de ese régimen, de un país de tan extraordinarios recursos como Rusia. Como otras veces en la historia, la aparición de una potencia fuerte y temible en el este de Europa obligó a modificar totalmente el planteo de la política internacional. Al temor que inspiraba la transformación de una potencia débil en un estado organizado y pujante se unió, además, el temor a la propagación que podría tener el comunismo en el resto de Europa. Este punto de vista modificó sensiblemente la actitud de los grupos dirigentes de los países occidentales.

LA REVOLUCIÓN DE 1917

La larga inquietud social y política que había agitado a Rusia durante las últimas décadas del siglo XIX y la primera del siglo siguiente había creado un fervor revolucionario en vastos grupos sociales. Es cierto que Rusia no era un país industrial en el que parecieran darse las condiciones que Marx consideraba imprescindibles para el desarrollo de una conciencia de clase proletaria; pero no es menos cierto que en las ciudades fabriles y en la burguesía intelectual las doctrinas marxistas habían logrado un considerable arraigo, como solución extrema a la terrible autocracia que Rusia padecía desde mucho tiempo atrás.

Los experimentos revolucionarios de 1905 habían costado mucha sangre; si luego había seguido una época de calma, no era en modo alguno porque se hubieran olvidado aquellos sacrificios, sino porque las circunstancias no fueron favorables para renovarlos. Pero estas circunstancias volvieron a aparecer en el momento en que Nicolás II, sin estar preparado para ello, entró en la guerra y llevó al frente oriental una masa crecida de hombres a los que no podía suministrar armas ni alimentos. Dominado por la camarilla que presidía el monje Rasputín, el zar ignoraba lo que pasaba y se prestaba a continuar una política nefasta. Pero las derrotas y el intenso malestar que se suscitó en las trincheras creó un estado de ánimo que fue aprovechado en la retaguardia por los grupos revolucionarios que estaban agazapados esperando su hora.

El 27 de febrero de 1917 estalló en Petrogrado una revolución organizada por los partidos republicano y socialista que derribó el régimen zarista y estableció un gobierno provisional. Desde el primer momento se destacó como inspirador del movimiento Alejandro Kerensky, ministro de justicia primero y luego jefe del gobierno revolucionario a partir de comienzos de mayo. Su propósito era establecer la república con el apoyo de todos los partidos burgueses y socialistas; pero tuvo que contar desde el primer momento con la violenta oposición del grupo bolchevique -una fracción del partido social-demócrata—, que parecía dispuesto a imponer un régimen comunista. Kerensky trató de dominarlos; pero la revolución zarista desencadenada por el general Kornilov le obligó a llamarlos al poder para fortalecer el movimiento popular. En ese momento entró en acción Vladimiro Lenin, jefe del grupo bolchevique, y hasta entonces exiliado en Suiza.

En efecto, apremiado el estado mayor alemán por la duplicidad de los frentes, creyó que podría aprovechar en su favor la tendencia hacia la paz separada que defendían los bolcheviques como solución inmediata. Lenin fue trasladados a Suecia en un tren precintado, con algunos de sus partidarios, a fin de que interviniera en la revolución y procurara imponer sus puntos de vista. Desde Suecia llegó a Rusia, y comenzó a ejercitar su enorme influencia para lograr el predominio de su grupo en el seno del gobierno.

Sus objetivos y sus métodos parecieron peligrosos a Kerensky, que no vaciló en oponerse tenazmente al jefe bolchevique. Pero, el 25 de octubre Lenin dio un golpe de estado y arrojó a Kerensky del poder, encargándose del gobierno como presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo y entregando todo el poder a los soviets o consejos de soldados, obreros y campesinos.

Lenin, jefe indiscutido del gobierno, procedió a echar las bases del nuevo régimen, y entre tanto, firmó con los alemanes la paz de Brest-Litovsk en marzo de 1918. Inmediatamente un congreso de diputados obreros y soldados de Rusia decretó la supresión de la propiedad privada y el gobierno se incautó de 150 millones de hectáreas de tierra para distribuir entre los campesinos mientras organizaba el régimen soviético en todo el país. Un Comité Ejecutivo Central y un Consejo de Comisarios del Pueblo debían asumir el poder ejecutivo, designándose a Lenin como presidente del segundo.

LA GUERRA Y LA CONSTITUCIÓN DE 1922

La revolución rusa fue acogida en el exterior con profunda sorpresa. Parecía difícil explicarse un cambio tan radical en un país que parecía condenado por sus condiciones económicas y sociales a un largo estancamiento. Pero tras la sorpresa, se desencadenó un movimiento de entusiasta admiración dentro de las izquierdas y otro de enérgico rechazo por parte de las derechas. Esta última actitud fue, en general, la de los gobiernos, y especialmente los europeos que estaban más directamente interesados en los problemas rusos, hasta el punto de que se prepararon para apoyar la acción antibolchevique que se desarrollaba dentro del país. En efecto, algunos generales, como Denikin y Wrangel, habían comenzado a luchar contra el nuevo régimen, y con ellos colaboraron los gobiernos extranjeros interesados en frustrar la transformación económica y social que se iniciaba en Rusia. Por otra parte, se había desencadenado también una guerra con Polonia, que consiguió apoderarse de importantes territorios. Todo ello contribuyó a empobrecer el país y hasta llegó a hacerse sentir crudamente el hambre.

Para hacer frente a la nueva situación, el gobierno soviético introdujo una variante en su orientación económica y permitió dentro de ciertos límites el desarrollo de una actividad comercial e industrial de tipo capitalista: fue la llamada nueva política económica, que el régimen justificó como una necesidad derivada de la guerra. Pero era nada más que un expediente, y el gobierno se sentía suficientemente dueño de la situación para no temer sus consecuencias ni dañar su base política. En 1922 se reunió un congreso que dio una constitución y estableció la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas sobre la base de la dictadura del proletariado.

LA TRANSFORMACIÓN ECONÓMICA Y LA CONSTITUCIÓN DE 1936

Una enérgica y efectiva política económica y social permitió a Rusia operar, en los años que siguieron a la promulgación de la constitución de 1922, una rápida transformación de su fisonomía. El llamado “plan quinquenal” permitió desarrollar una industria bastante eficaz, al tiempo que se realizaban numerosos ensayos de explotación colectiva del suelo. Así se consiguió rápidamente mejorar la situación y alcanzar un nivel tolerable de producción.

Pero entre tanto surgió en el seno del grupo bolchevique una seria disidencia, que afloró con la enfermedad y posterior muerte de Lenin. Stalin y otros dirigentes afirmaban que Rusia debía dedicar todas sus energías a fortalecerse interiormente antes de difundir la revolución en el exterior; Trotzky defendió el principio de que era urgente e impostergable la revolución mundial y trató de llevar a Rusia hacia esta política mientras trabajaba activamente en la organización del ejército rojo. Esta disidencia se acentuó cuando se trató de poner en ejecución la nueva política económica. Trotzky la combatió resueltamente y llegó a constituir una seria oposición frente al grupo que seguía las directivas de Lenin. Cuando éste murió, en enero de 1924, su política fue encarnada por Stalin, a quien también se opuso encarnizadamente Trotzky; pero en 1927 un congreso del Partido Comunista lo expulsó de su seno y el viejo leader debió salir de Rusia. El gobierno siguió dedicado a la tarea de fomentar su desarrollo industrial y agropecuario, mientras trataba de crear un poderoso instrumento militar mediante el ejército rojo, que Trotzky había organizado.

Día a día se hizo más claro que Rusia llegaría a alcanzar una categoría de primera potencia en Europa. En 1934 se incorporó a la Sociedad de Naciones y su voz adquirió rápidamente una considerable autoridad, sobre todo por hallarse respaldada su opinión sobre los problemas internacionales por los Partidos Comunistas de todos los países, que respondían a las directivas del Comintern, o Tercera Internacional, con sede en Moscú.

En 1936 se promulgó una nueva constitución para la Unión Soviética, integrada ya por 11 repúblicas cuyos gobiernos locales gozaban de cierta autonomía. La Unión tiene como supremo organismo político una especie de congreso llamado Soviet Supremo, que vota las leyes y elige un Presidium que tiene funciones de poder ejecutivo.


La Italia fascista y la Alemania nazi

En parte como resultado de los movimientos populares motivados por la situación de la posguerra, y en parte como reacción contra el comunismo ruso, surgieron en Italia primero y en Alemania después, dos regímenes políticos de tipo nacionalista y expansionista, que revestían, sin embargo, caracteres de movimientos populares y socialistas. Muy pronto, el estado nazi y el estado fascista —que se alineó con él siguiendo sus directivas internacionales— se organizaron formando un bloque que se dispuso a dar la batalla contra las potencias democráticas y capitalistas de Europa.

LA REVOLUCIÓN DE MUSSOLINI

Concluida la Primera guerra mundial, la situación económica y social de Italia se tornó dificilísima. A la escasez general se sumaron los efectos que produjo la desmovilización, y el resultado fue una era de caos caracterizada por la inacabable sucesión de huelgas y el desarrollo de fuertes grupos obreros de tendencia comunista. El gobierno constitucional de Víctor Manuel III pareció impotente y la escena política pareció favorable para cualquier intento revolucionario: en ese momento apareció en ella Benito Mussolini, un ex socialista que encabezó un movimiento de nuevo tipo,

Sobre la base de grupos de ex combatientes, Mussolini organizó los llamados “fascios de combate”, unidades de choque destinadas a oponerse más tarde a las izquierdas y a las cuales su jefe proporcionó, sin embargo, un programa político-social basado en un conjunto de ideas sacadas en parte del socialismo: distribución de la tierra, control de las industrias y los bancos, abolición de la monarquía y la aristocracia, confiscación de las propiedades eclesiásticas. El movimiento aglutinó rápidamente un conjunto numeroso de hombres, especialmente de ex combatientes de extracción popular, y Mussolini quiso sumar su acción a la de las izquierdas, cuyos miembros habían ocupado por entonces varias fábricas y dominaban la situación en ciudades importantes como Milán y Turin. Pero, rechazado por socialistas y comunistas debido a sus evidentes aspiraciones personales, introdujo en su programa ciertas directivas gratas a los sectores capitalistas y terratenientes, y contó con su apoyo para apoderarse del poder, asegurando el restablecimiento del orden, el desarrollo de una política nacionalista y cierto respeto por la situación constituida a cambio de ventajas para los grupos populares que lo apoyaban.

Una especie de pacto quedó convenido entre Mussolini y la alta industria, con cuyo apoyo lanzó sus fascios contra los obreros de Turin y Milán hasta conseguir neutralizarlos. Transformado en partido de orden, el fascismo recibió el apoyo de las derechas aterrorizadas por las perspectivas de una revolución social como la de Rusia; y aunque no constituía sino una minoría insignificante, se lanzó a la conquista del poder, encabezado por Mussolini, que organizó una “marcha sobre Roma” en octubre dé 1922.

EL “DUCE” Y EL ESTADO CORPORATIVO

Víctor Manuel consintió en entregar a Mussolini la jefatura del gobierno el 28 de octubre de 1922, y desde ese día el jefe del partido fascista fue el amo de la situación. Una política dictatorial comenzó inmediatamente. La acción del gobierno estaba respaldada por los “camisas negras”, grupos de fascistas que castigaban con violencia a los enemigos del régimen y crearon el reinado del terror en poco tiempo. Los diputados opositores que se eligieron al renovarse la cámara fueron obligados a desertar del parlamento por la desembozada persecución de que se los hacía objeto, y uno de ellos, Matteotti, fue asesinado sin contemplaciones en 1924 por su valiente oposición. Dos años más tarde fueron expulsados de la cámara y disueltos sus partidos, en tanto que se establecía una nueva organización obrera basada en el sistema de las corporaciones. En 1928 no quedaba ya casi nada efectivo de la antigua organización institucional. El duce gobernaba dictatorialmente con el asesoramiento del Gran Consejo Fascista y ese año quedó constituido el “estado corporativo”, aunque sólo se consagrara definitivamente en 1934. Su base fue la Carta del trabajo, promulgada en 1927, que reconocía la existencia de seis confederaciones obreras, seis patronales y una de profesiones liberales, en las que se reunían los distintos sindicatos reconocidos por el gobierno. La Cámara de los Fascios y las Corporaciones constituyó el exponente político de las fuerzas en que se apoyaba el régimen y actuó como poder legislativo, aunque limitada por los poderes extraordinarios de que gozaba el duce.

LA POLÍTICA EXTERIOR FASCISTA

Antidemocrática y anticomunista, la Italia de Mussolini se caracterizó por el acentuado tono nacionalista que infundió a su propaganda. Su política interna estaba destinada a crear un acrecentamiento del potencial económico y militar de Italia, con vistas a su expansión territorial. Esta última tendencia, debía alejar a Italia de sus tradicionales connivencias con Francia e Inglaterra para arrojarla en brazos de Hitler, jefe de la nueva Alemania.

Su primera reivindicación fue la de las colonias; en África, donde poseía ya Somalia, Eritrea y Tripolitania, creyó que podría extender sus posesiones y se lanzó sobre Abisinia, que invadió en octubre de 1935 y cuya conquista terminó en mayo del año siguiente. La alarma cundió entre las potencias occidentales, y la Sociedad de Naciones acordó imponer a Italia severas sanciones económicas para castigarla. A raíz de ello, Mussolini se separó de la Sociedad en diciembre de 1937, y desde entonces comenzó a procurar un entendimiento con Alemania, aun cuando Mussolini temía la inevitable hegemonía a que aspiraba Hitler.

Sin embargo, su política conducía inevitablemente a la formación de un bloque con Alemania contra las potencias que dominaban en la Sociedad de Naciones. Tras un acuerdo con Hitler, y después de haber prestado su concurso al general Franco para derribar la República Española, Mussolini invadió en abril de 1939 el territorio de Albania, que quedó incorporado al reino de Italia. Pocos días después, el 22 de mayo de ese año, los dos dictadores firmaron una alianza que dejó constituido el eje Roma-Berlín, destinado a unificar la política expansionista de las dos potencias contra las naciones democráticas.

LA REVOLUCIÓN DE HITLER

Como en Italia, la situación de Alemania después de la guerra fue particularmente difícil por las circunstancias económicas adversas. Allí obraron, además, otras razones fuera de las puramente sociales derivadas de la guerra. El gobierno de la república, regido por la constitución de Weimar, se desenvolvió dentro de las mayores dificultades por las pesadas cargas que le impusieron los aliados por el tratado de Versalles, y debió cargar con la responsabilidad de la disminución internacional que sufrió Alemania. A la crisis económica y social se unió entonces en Alemania un sentimiento de desquite, hábilmente estimulado por las derechas y, sobre todo, por el estado mayor alemán, que siguió manteniendo, durante la era republicana, una notable influencia sobre la vida política. Los gobiernos socialistas hicieron mucho, sin duda, en favor de las clases trabajadoras; pero sus recursos eran limitados y las derechas posponían a esas exigencias los deberes patrióticos que se resumían en la necesidad de anular el tratado de Versalles. Una fórmula conciliatoria pareció darla el partido nacional-socialista, renovado en 1919 por Adolfo Hitler, según parece agente por entonces del estado mayor alemán.

En 1920 quedó fijado un programa de 25 puntos que constituyó la base ideológica del partido. Sus puntos fundamentales eran la abolición del tratado de Versalles, la lucha contra los judíos, el comunismo y la democracia, así como también la implantación de un régimen económica y socialmente liberado de las influencias capitalistas y terratenientes. Con este plan, Hitler aglutinó una masa considerable y se lanzó a un golpe de estado en 1923, en Munich, que fracasó. Fue recluido en la prisión, y allí escribió Mi lucha, en la que exponía las doctrinas del partido. A partir del momento en que recobró la libertad —qué fue muy pronto— comenzó a hacer propaganda y se presentó sucesivamente a todas las elecciones, desde 1928, con resultado vario; pero en 1929 llegó a un entendimiento con el trust del acero y desde entonces fue impulsado hacia el poder por las fuerzas industriales: en enero de 1933 el presidente Hindenburg terminó por designarlo canciller del Reich.

El incendio del edificio del Reichstag en febrero, y la persecución inmediata de los partidos opositores, aseguró a Hitler un dominio completo de la situación, que se reflejó en la elección de marzo, en la que obtuvo neta mayoría. Desde entonces, el Partido Nacional Socialista dominó en Alemania hasta el fin de la Segunda guerra mundial.

HITLER Y EL ESTADO NAZI

El acuerdo con el capitalismo alemán obligó a Hitler a suprimir a los jefes del ala izquierda de su partido: en junio de 1933 se produjo la eliminación violenta del capitán Roehm y sus adictos, y el movimiento comenzó a cambiar rápidamente de fisonomía. Poco después moría el mariscal Hindenburg, y quedaba Hitler como jefe supremo del estado, en calidad de canciller-presidente del Reich, título que le confirió un plebiscito.

El estado nazi se organizó sobre la base de la existencia de un partido único —el Nacional Socialista— cuya doctrina elaboró en gran parte el doctor Rosenberg. Para pertenecer a él se requería ser ario puro, esto es, no tener ningún antepasado judío, y sus miembros debían obedecer ciegamente las órdenes del führer o conductor, que no tenía que dar cuenta de sus actos a nadie. Dos organizaciones militarizadas de fuerzas de asalto —las S. S. y las S. A.— constituían su base efectiva, a la que complementaba eficazmente una policía política, la Gestapo, cuya misión era suprimir toda suerte de oposición.

Todas las actividades quedaron bajo la dirección del estado y se suprimió totalmente la libertad de palabra y de prensa. Alemania debía ser una, y para tal fin, el estado nazi se lanzó a una insistente propaganda por todos los medios posibles —la prensa y la radio, sobre todo— cuya dirección estuvo en manos del doctor Goebbels, uno de los hombres de confianza de Hitler. Otro de ellos, Goering, recibió el encargo de supervisar la política interna y, además, organizar la aviación, fuerza que Hitler consideraba decisiva para sus planes expansionistas.

Mediante diversas organizaciones —el Frente del Trabajo y la llamada Hacia la fuerza por la alegría— se aglutinaron las masas populares, sobre cuya infancia y juventud realizaron una sistemática labor de uniformización otros organismos diestramente dirigidos. Toda posibilidad de resistencia quedó anulada y la marcha hacia la unanimidad de la opinión pública —aparente al menos— fue acelerándose. Los campos de concentración y las cárceles comenzaron a reunir a los que no querían convencerse rápidamente de la bondad del régimen.

Entre tanto, la política anticapitalista sufría una desviación acentuada. Proclamada en un principio, sirvió como pretexto para las persecuciones raciales y acaso para aplastar al pequeño capital en beneficio de los grandes trusts, como los de Thyssen y Krupp; pero estos últimos, que financiaban en parte los proyectos de Hitler, pudieron seguir desarrollándose aunque con cierta intervención estatal que los obligaba a servir decididamente los designios políticos del nazismo.

LA POLÍTICA EXTERIOR NAZI

En verdad, estos designios interesaban en gran medida a la industria alemana, puesto que consistían fundamentalmente en afirmar la hegemonía mundial de Alemania y con ella, el dominio de los mercados internacionales. Para lograr este fin, Hitler comenzó a crear las condiciones necesarias dentro de Alemania, y a plantear sobre nuevas bases sus relaciones con las demás potencias.

El punto fundamental de su propaganda era la necesidad de anular el tratado de Versalles. En 1935, poco antes de establecer las leyes antisemitas que dieron lugar a tan graves persecuciones, restableció el servicio militar obligatorio y comenzó a reconstituir rápidamente la Reichswehr, el poderoso ejército cuya preparación tenía perfectamente prevista el Estado mayor. Nuevas medidas le siguieron prontamente: en marzo de 1936, la Renania, que según el tratado de Versalles debía permanecer desmilitarizada, fue ocupada por las tropas alemanas. Todo hacía presumir cuál era el objetivo que Hitler perseguía; pero las potencias occidentales veían en Hitier un bastión contra la Rusia comunista, y consideraban prudente permitir que Alemania se armara, para tratar de que las dos potencias se deshicieran entre sí. Una política de tolerancia, sostenida sobre todo por el primer ministro inglés Chamberlain, permitió que Alemania tomara posiciones cada vez más firmes en Europa.

Al estallar la sublevación militar contra la república en España, Hitler ayudó desembozadamente a los rebeldes y envió armas y aviones en abundancia. Poco después, en 1938 comenzó a demostrar que tenía aspiraciones territoriales en Europa: realizó la anexión de Austria en marzo de 1938 y amenazó a Checoslovaquia, donde la minoría alemana de los Sudetes parecía justificar sus pretensiones. Entonces se produjo una primera sacudida internacional. Inglaterra, Francia y Rusia estaban comprometidas a ayudar a Checoslovaquia, y plantearon la posibilidad de hacerlo. Pero Inglaterra volvió a sostener la necesidad de una política de apaciguamiento, y Daladier y Chamberlain, en representación de Francia e Inglaterra, firmaron con Hitler y Mussolini el pacto de Munich en septiembre de 1938. De acuerdo con sus términos, Alemania adquiría el derecho de arrebatar a Checoslovaquia el territorio de los Sudetes.

Hitler declaró solemnemente que eran sus últimas exigencias territoriales en Europa. Pero tras ocupar los Sudetes se lanzó en marzo de 1939 contra Bohemia y Moravia —de las que se declaró “protector”— y prosiguió sus planes tomando posesión de Memel, Danzig y el corredor polaco.

Ya era demasiado. Mussolini acababa de ocupar Albania, y evidenciaba que tras las palabras de ambos dictadores se escondía un firme propósito de conquista que amenazaba ya a las potencias occidentales. Alemania aceleraba sus preparativos y lograba triunfo tras triunfo no sólo en el campo militar sino también en el terreno diplomático. En mayo de 1939 quedaba constituido el eje Roma-Berlín, y en agosto firmaba Hitler un pacto de no agresión con Rusia. La suerte estaba echada, y pocos días más tardes Europa se vería envuelta en una nueva conflagración mundial.


Las viejas democracias

Los nuevos regímenes instaurados en Rusia, Italia y Alemania impresionaron profundamente a los demás países de Europa. En todos ellos surgieron simpatizantes fervorosos del comunismo y del fascismo, formas políticas extremas que se consideraban por sus partidarios como eficaces y radicales soluciones de los problemas económicos y sociales que el régimen democrático trataba de resolver con lentitud y en medio de graves trastornos. Precisamente, la aparición de esos grupos extremos fue una de las causas que debilitaron los regímenes democráticos, cuyos problemas políticos internos se tornaron graves por el encono de las facciones irreductibles. Estas circunstancias, y el efectivo predominio de los grupos capitalistas interesados generalmente en los problemas económicos de toda Europa, sin distinción de regímenes, contuvieron la acción decidida de Francia e Inglaterra especialmente, una vez que se tuvo la evidencia de los designios expansionistas del Eje. Sólo cuando el peligro pareció inminente se resolvieron las potencias democráticas a obrar, buscando la alianza de Rusia contra la Italia fascista y la Alemania nazi.

INGLATERRA

La inquietud social que desencadenó en Inglaterra la situación de la posguerra se canalizó hacia el Partido Laborista, cuyo jefe, Ramsay MacDonald, ocupó el cargo de primer ministro en 1924. Un intenso movimiento pacifista predominaba por entonces en Gran Bretaña, y la política inglesa se inclinó hacia la reducción de armamentos, la tolerancia con respecto a Alemania y el apoyo a la obra de la Sociedad de Naciones.

MacDonald inició una política social de excelentes resultados, pero las circunstancias lo hicieron abandonar progresivamente sus puntos de vista primitivos. Debió salir del gobierno, y cuando volvió a él en 1929, sus relaciones con su partido comenzaron a tornarse tirantes debido a sus sucesivas transacciones dentro de la política interna. Planteada una grave situación, Macdonald accedió a presidir un gobierno de tipo conservador en 1931, y entonces fue expulsado del Partido Laborista.

A partir de entonces, los conservadores predominaron en Gran Bretaña, y los inspiradores de su política fueron Baldwin y Chamberlain. Estrechamente vinculados a los más importantes grupos financieros de Europa, los dirigentes conservadores se mostraron hostiles a Rusia, y fueron llevados por esa hostilidad a pensar que el nazismo alemán constituía en alguna medida un poderoso freno para la expansión del comunismo. Al plantear Hitler sus primeras reivindicaciones, Baldwin sostuvo que era justo acceder a sus demandas, y su opinión se encontró respaldada por la mayoría de los ingleses. El estado general de la opinión pública era favorable al pacifismo y parecía huir de la perspectiva de una nueva guerra; de modo que fue fácil derivar hacia una política que se llamó de “apaciguamiento” y que consistió en tolerar hasta donde se pudiera las ambiciones de Hitler.

Ciertamente, no le faltaban graves problemas interiores a Gran Bretaña. La situación social, caracterizada por un crecido número de desocupados, fue difícil durante varios años; Irlanda desencadenó una terrible guerra civil en cabezada por Eamon De Valera, a consecuencia de la cual debió establecerse en 1922 un acuerdo mediante el cual se otorgó la autonomía al Eire, o Estado Libre de Irlanda; y en los dominios y colonias, la situación se comenzó a complicar por el desarrollo económico de las distintas regiones, hasta obligar a Gran Bretaña a adoptar medidas de carácter general.

En efecto, en 1932 se reunió en Ottawa (Canadá) una conferencia de representantes del Commonwealth británico, de la cual surgió un nuevo acuerdo para las relaciones entre los distintos territorios de la corona. Así se fueron resolviendo poco a poco las más difíciles cuestiones que preocupaban al gobierno inglés, centrándose la opinión pública en el problema internacional, cada vez más agudo.

A cada nueva irrupción de las ambiciones alemanas, los gobiernos conservadores hallaron nuevas fórmulas para justificar el “apaciguamiento”. Así ocurrió cuando la ocupación de Renania, la anexión de Austria, la intervención de los países del Eje en la guerra española y, finalmente, cuando aparecieron las pretensiones alemanas sobre Checoslovaquia. Entre tanto, Inglaterra había contribuido a que la Sociedad de Naciones y los gobiernos aliados mejoraran las condiciones de paz establecidas en Versalles, hasta llegar prácticamente a la cancelación de la deuda alemana de guerra. Pero todo ello no debía impedir lo que precisamente se quería evitar con esa política: el estallido de la nueva guerra mundial.

FRANCIA

Quizá fuera Francia el país que más daños recibiera durante la Primera guerra mundial. Aunque después de la victoria pudo utilizar los recursos de algunas de las más ricas zonas carboníferas y metalúrgicas de sus fronteras, debía de tardar mucho tiempo en reponerse dé los daños materiales que sufriera. En cuanto a los otros, a los daños demográficos y espirituales, apenas podría reponerse. Las generaciones que habían sufrido la guerra y las que le siguieron estaban diezmadas y, sobre todo, aplastadas moralmente por la certidumbre de que el terrible esfuerzo había sido estéril. Sólo un efectivo despertar del movimiento de izquierda parecía demostrar la presencia de cierta renovación en las fuerzas espirituales y políticas.

Desde la terminación de la guerra, el partido radical-socialista siguió controlando el poder. Solamente en 1936 se produjo una importante modificación del cuadro político. Los comunistas habían lanzado la consigna del Frente Popular, y la unión de comunistas, socialistas y radicales llevó al poder a León Blum, leader del partido socialista, con un gabinete de concentración.

Una política social debía comenzar a realizarse contra los intereses de los poderosos y arraigados grupos que dominaban la situación económica francesa. La oposición de las derechas se hizo notar, pero sobre todo, fue visible que las demandas obreras excedían los límites tolerados por el sistema económico francés. El gobierno de Blum trató de sortear de la mejor manera posible las dificultades, y en el terreno internacional se unió a Inglaterra en la política del “apaciguamiento”, hasta el extremo de tolerar la participación de los países del Eje en la guerra desencadenada por las derechas españolas contra la república, sin atender a las prudentes observaciones del estado mayor, que advertía el peligro de un país hostil en los Pirineos.

Blum fue remplazado en el gobierno Eduardo Daladier, cuya política se volvió a inclinar hacia la derecha. Destruido el Frente Popular, comenzaron a caer con él algunas de sus principales conquistas y se hizo más visible el afán de contentar a Hitler para tratar de evitar la guerra. En Munich, Daladier suscribió el pacto por el que se abandonaba Checoslovaquia en manos de Alemania, y dentro de Francia trató de apagar la voz de las izquierdas que pretendían defender sus conquistas y clamaban por los atropellos que el nazismo realizaba en todos los terrenos. En cambio, poco pareció preocuparle la preparación militar de su país, directamente amenazado por Alemania. Ni los altos mandos fueron confiados a quienes parecían más indicados, ni se adoptaron las medidas de seguridad imprescindibles, tanto en la línea Maginot como en la frontera belga, donde no llegaban las fortificaciones. Intrigas, negociados e irresponsabilidad caracterizaron los últimos días del régimen, anteriores a la explosión del conflicto internacional.

ESPAÑA Y LA GUERRA CIVIL

Mientras las potencias occidentales se esforzaban por conjurar el peligro de una agresión armada mediante el sistema de las sucesivas concesiones a Mussolini e Hitler, estalló y se desarrolló en España la guerra desatada por las derechas para poner fin a la república. España debía ser escenario de un conflicto armado entre dos bandos, que a su vez recibieron —aunque en muy distinta escala— el apoyo de los países extranjeros.

El viejo sentimiento republicano había madurado en España durante la dictadura del general Primo de Rivera, a quien el rey Alfonso XIII había confiado el gobierno desde 1923 hasta 1930. Una persecución episódica y un auténtico malestar económico y social favorecieron la aglutinación de la masa popular, que no pudo contener, naturalmente, el gobierno del general Berenguer, que siguió al de Primo de Rivera. El 12 de abril de 1931 se realizaban elecciones generales, y lps republicanos presentaron un frente unido con el que obtuvieron una victoria decisiva. Entonces Alfonso XIII abandonó el país, proclamándose la república el 14 de abril.

Un gobierno provisional presidido por Niceto Alcalá Zamora convocó las Cortes Constituyentes, que se reunieron durante toda la segunda mitad del año 1931 y dictaron una constitución. En las elecciones siguientes, Alcalá Zamora fue elegido presidente de la república y al hacerse cargo del poder confió la jefatura del gabinete a Manuel Azaña, quien emprendió entonces una obra sabia y enérgica de reforma y organización del país. El punto más importante fue la reforma agraria, que afectaba a los grandes terratenientes, durante cuya discusión hubo de estallar un movimiento revolucionario a mediados de 1932. Fracasado el intento, las derechas se aglutinaron y consiguieron imponerse en las elecciones de fines de 1933, llevando al gobierno a Alejandro Lerroux.

Comenzó entonces un período de reacción que motivó el levantamiento obrero de 1934, cuya represión fue de una extraordinaria violencia. Las izquierdas se unieron entonces formando el Frente Popular, y lograron triunfar en las elecciones de febrero de 1936, llevando nuevamente al gobierno a Azaña; pero como las Cortes destituyeron al presidente Alcalá Zamora, Azaña fue designado para sucederle y se encomendó la jefatura del gobierno a Santiago Casares Quiroga.

Para las derechas la situación pareció decisiva. Desde 1934 algunos de sus jefes —militares y civiles— habían entrado en relación con Hitler y Mussolini, y habían logrado la promesa de una ayuda eficaz para un levantamiento militar, de modo que al producirse el triunfo del Frente Popular pareció llegado el momento de iniciar la consumación del plan. El 17 de julio de 1936 se sublevó en Marruecos el general Francisco Franco e inmediatamente se produjo una situación de guerra civil en todo el país, pues mientras la mayoría del ejército y la guardia civil se pasaron a los rebeldes, los obreros de las ciudades industriales constituyeron rápidamente cuerpos militares que, aunque mal armados, lograron dominar la situación en Madrid, Valencia y Barcelona. En cambio, cayeron rápidamente en poder de los sublevados Andalucía, Extremadura, Galicia, Navarra, Asturias, León y buena parte de Castilla, constituyéndose una junta de gobierno militar en Burgos.

Inmediatamente de producido el conflicto se advirtió la gravedad de la situación internacional que planteaba. La política de “apaciguamiento” volvió a predominar, e Inglaterra propuso la constitución de un Comité de no Intervención que debía vigilar las fronteras españolas a fin de impedir que ninguna potencia extranjera ayudara a los bandos en lucha. El Comité quedó constituido, pero su acción fue ineficaz y los países del Eje pudieron seguir colaborando activamente con los rebeldes. A fines del año 1936, Rusia resolvió apartarse del Comité y comenzó también a prestar una moderada ayuda al gobierno de la república, en tanto que Francia colaboraba ligeramente, más por obra del pueblo que del gobierno.

Los rebeldes iniciaron una gran ofensiva sobre Madrid, pero fue contenida en noviembre de 1936, iniciándose una larga batalla por la capital sobre un frente estabilizado. Durante el año 1937 se combatió intensamente en todos los frentes y no faltaron las brillantes victorias de los ejércitos leales, que se impusieron al enemigo en el Jarama, en Teruel, en el Ebro, y sobre todo en Guadalajara donde demostraron haber alcanzado un grado de organización y eficacia inesperados derrotando a las divisiones italianas. Pero a fines de ese mismo año la situación comenzó a convertirse en dificilísima por el acrecentamiento del potencial militar de los rebeldes, con quienes combatían abundantes tropas y aviones del Eje. A mediados del año siguiente, el territorio controlado por el gobierno quedó dividido en dos, y pareció evidente que, en el afán de evitar la guerra mundial, las potencias democráticas habían dejado libertad a los países del Eje para que aniquilaran al régimen republicano español. La ofensiva rebelde tomó un desarrollo cada vez más violento y el territorio dominado por los republicanos disminuyó rápidamente, hasta el punto de que comenzaron a surgir entre los jefes del movimiento popular serias disensiones acerca de si convenía o no prolongar la guerra. Finalmente, en marzo de 1939 —precisamente cuando Hitler se apoderaba del puerto de Memel— el coronel Casado se impuso en Madrid contra la opinión del jefe del gobierno, Juan Negrín, y negoció la rendición, entregando Madrid al general Franco, que entró en la capital el día 28.

Casi en la víspera del día en que el Eje debía desencadenar el ataque contra ellas, las potencias democráticas dejaban perder para su causa un territorio que constituía la retaguardia de Francia y una base importantísima de operaciones en el Mediterráneo. La política del “apaciguamiento” había triunfado una vez más, y Hitler había comprendido que se lo temía de tal modo que no valía la pena esperar más. Cinco meses después de la entrada de Franco en Madrid, las fuerzas blindadas de Hitler harían su trágica invasión a Polonia.


La Segunda guerra mundial

Desencadenada en septiembre de 1939 por Alemania, la guerra se extendió rápidamente y se convirtió en una conflagración mundial con la entrada del Japón y los Estados Unidos, más los países que estaban unidos por alianzas a los principales actores del conflicto. Durante cinco largos años —hasta agosto de 1945, cuando se produjo la rendición del Japón— las operaciones se extendieron a través de vastos frentes por tierra, mar y aire. Nuevas armas y nuevas tácticas dieron al conflicto una especial fisonomía, pues la guerra alcanzó —y quizá con más trágica intensidad— a las retaguardias civiles asoladas por los bombardeos. El aniquilamiento de los países del Eje puso fin a la conflagración, cuyo saldo de destrucción y muerte constituye una de las páginas más terribles de la historia universal.

LA INVASIÓN DE POLONIA

Durante mucho tiempo se había repetido que la ciudad libre de Danzig y el “corredor polaco” podían constituir el polvorín de Europa. En 1939 Alemania exigió enérgica y repetidamente la entrega de esos territorios; pero Polonia había recibido la promesa formal de Inglaterra y Francia de que la ayudarían en la emergencia, y resistió a las amenazadoras demandas de Hitler. El 1º de septiembre, sin previo aviso, las fuerzas alemanas emprendieron la invasión de Polonia. fue la primera demostración de la nueva estrategia alemana. Nubes de aviones sobrevolaron el territorio polaco mientras cruzaban las fronteras las panzerdivisionen, las divisiones acorazadas, cuyos tanques pesados destruían cuanto encontraban a su paso. La población civil de las diversas ciudades polacas fue exterminada en proporciones pavorosas por las bombas de aviación, y el frente sucumbió al cabo de 18 días, porque era imposible para el ejército del mariscal Smigli-Rydz oponerse a tan poderosos elementos como lanzaba Hitler al combate.

Dos días después de iniciada la invasión, Inglaterra y Francia declararon la guerra a Alemania, pero apenas pudieron ayudar a Polonia que, al mismo tiempo, vio invadida su frontera oriental por los ejércitos soviéticos. Varsovia fue tomada tras recia lucha, y las fuerzas de ocupación demostraron una espantosa crueldad persiguiendo a los sobrevivientes de los bombardeos con saña, especialmente a la población judía, que fue exterminada sin ninguna misericordia.

Cumplida la invasión, las dos potencias —Alemania y Rusia— fijaron sus fronteras y la guerra terminó en territorio polaco, donde sólo quedaban cenizas, muertos, y una población aterrorizada por dieciocho días de inenarrable destrucción y sometida a la terrible persecución de la Gestapo.

LOS TRIUNFOS DEL EJE EN 1940

Los meses que se sucedieron fueron de una engañosa tranquilidad. Rusia tomó posesión de algunas regiones del Báltico que le interesaban directamente, y las flotas de Inglaterra y Alemania tuvieron algunos encuentros, especialmente en el Atlántico sur, donde el acorazado Graf Spee fue derrotado por cruceros ingleses, lo que llevó a que fuera hundido por sus tripulantes en el Río de la Plata. Comenzaron entonces los bombardeos aéreos, meras operaciones de tanteo. Pero en abril de 1940 Hitler ordenó la invasión de Dinamarca y Noruega, que quedó completada en poco tiempo, pese a la resistencia de algunos puntos —como Narvik— en los que se concentraron los auxilios enviados por Inglaterra. Un mes después, el 10 de mayo, la Reichswehr lanzó su fulminante ataque contra Holanda, Luxemburgo y Bélgica. También aquí el ataque terrestre fue precedido por un terrible bombardeo que destruyó totalmente la ciudad de Rotterdam y dañó seriamente otras muchas.

Al día siguiente, en la ciudad de Londres, renunciaba el primer ministro Chamberlain y ocupaba su puesto Winston Churchill a la cabeza de un gabinete de unión nacional. El día 13 Churchill se presentaba a la Cámara de los Comunes y delineaba su política con estas palabras que se hicieron históricas: “Nada tengo que ofrecer, salvo sangre, fatiga, sudor y lágrimas. Estamos frente a una de las más crueles y pavorosas pruebas, frente a muchos, muchos meses de lucha y sufrimiento. Preguntáis: ¿cuál es nuestra política? Digo que es hacer la guerra por tierra, mar y aire. Guerra con todo nuestro poderío y toda la fuerza que Dios nos ha dado; guerra a una monstruosa tiranía, jamás superada en el lóbrego y deplorable índice del crimen humano. Ésta es nuestra política”.

Desde ese instante, Churchill fue el motor de una desesperada resistencia. Desde las primeras horas de su gobierno la amenaza alemana estuvo latente. Holanda había caído el día anterior, y Bélgica pedía ahora auxilio a Francia e Inglaterra al ver violada su neutralidad por Hitler. Los aliados enviaron a Bélgica crecido número de tropas y sobre todo abundante material motorizado francés. Pero en el momento máximo del combate, las tropas del rey Leopoldo III —conocido como simpatizante del nazismo— abandonaron el sector que les había sido confiado y permitieron que las tropas acorazadas alemanas forzaran rápidamente el canal Alberto. Las fuerzas aliadas se vieron a punto de ser copadas y emprendieron la retirada, organizando el alto mando inglés la evacuación por Dunkerque, que se cumplió de manera heroica; la mayoría de las tropas consiguió salvarse pese a la acción de la aviación alemana, pero el material, y en especial la casi totalidad de los tanques franceses que hablan sido conducidos a ese frente, se perdieron y dejaron al ejército francés en manifiesta inferioridad de condiciones.

Entre tanto, confiado en la eficacia de la línea Maginot, el comando francés mantenía una extraña e inexplicable imperturbabilidad. Pero desde el momento en que los alemanes hubieron dominado Bélgica pudo advertirse ¿me la suerte de Francia estaba echada. Una nueva Blitzkrieg —guerra relámpago— fue iniciada pocos días después, y el general Gamelin comenzó un rápido retroceso. El gobierno francés —presidido por Paul Reynaud— intentó un reagrupamiento de sus tropas, confió el mando supremo al general Weigand y declaró a París ciudad abierta para evitar su destrucción después de lanzar un dramático llamado a los Estados Unidos. Pero el ataque alemán resultó arrollador y todos los ríos que antes habían constituido las tradicionales líneas de defensa —el Somme, el Aisne, el Marne— fueron cruzados sin mayor esfuerzo por la Reichswehr. El 14 de junio las tropas alemanas entraron en París y la resistencia se desplomó. El 17 el general Philippe Petain asumió el gobierno —por sugestión del primer ministro Reynaud—, y el 22, en el bosque de Compiègne, en el mismo vagón de ferrocarril en que se había firmado el armisticio de 1918, y en presencia del propio Hitler, se firmó uno nuevo por el que se admitía la ocupación de media Francia por los alemanes y el establecimiento de una zona libre, donde el mariscal Petain ejercería una autoridad restringida y sujeta a cierta vigilancia por parte del ejército alemán.

Había terminado sólo una primera etapa del conflicto. Italia se apresuró a declarar la guerra a Francia e inició las operaciones en África contra las colonias inglesas. Entre tanto, Hitler vacilaba acerca de la oportunidad de realizar el desembarco en Inglaterra, y para prepararlo, comenzó una feroz campaña aérea destinada a debilitarla. Noche y día, nutridas formaciones de aviones lanzaban sobre las ciudades inglesas enorme cantidad de bombas de gran poder, y algunas de ellas, como Coventry, quedaron totalmente destruidas. Era difícil organizar la contraofensiva. El general Wavell puso en movimiento las fuerzas inglesas desde Egipto y consiguió algunas victorias en África: sólo la ayuda de los Estados Unidos parecía constituir una esperanza para los potencias tan fuertemente hostigadas.

Por un momento, a comienzos de 1941, las acciones tomaron un cariz favorable para los enemigos del Eje. Italia fracasaba de manera ruidosa en Grecia, donde las fuerzas del gobierno de Atenas y los grupos populares rechazaban a los invasores; un movimiento insurreccional deponía en Yugoslavia al regente Pablo, que había aceptado la alianza con el Eje, y se preparaba a la defensa del territorio; el general Wavell progresaba en África del Norte, y, finalmente, los Estados Unidos sancionaron la ley de préstamos y arriendos que ponía a disposición de los países democráticos ingentes recursos. Pero Alemania intervino decididamente y sus recursos malograron aquellas operaciones; Wavell tuvo que volver a sus bases en Egipto, y tanto Grecia como Yugoslavia fueron prontamente aplastadas por la Reichswehr. Afortunadamente para ella, Inglaterra pudo salvar el Irak mediante una rápida ocupación y Siria se sustrajo a la influencia nazi, mientras la flota británica vengaba la pérdida del crucero Hood con el hundimiento del acorazado alemán Bismarck. Al promediar el año 1941, una situación de inmenso peligro se anunciaba para la isla británica, último reducto contra las potencias del Eje.

RUSIA CONTRA ALEMANIA

Pero dentro de esa situación de peligro se acusó un instante de calma. Alemania había decidido introducir un nuevo giro en su política y resolvió tratar con Inglaterra para arrastrarla a una guerra común contra Rusia —que Hitler ya tenía decidida— bajo el lema de la lucha contra el comunismo. Rudolf Hess, uno de los principales lugartenientes de Hitler, se lanzó un día en paracaídas sobre Inglaterra y trató de entablar negociaciones. El fracaso fue rotundo, y Churchill se mantuvo impertérrito en su actitud de luchar hasta el fin. Un mes después, el 22 de junio, Alemania invadía repentinamente Rusia y lanzaba sobre ella una nueva Blitzkrieg.

Bajo la presión enemiga, las fuerzas soviéticas comenzaron a retroceder, y así Hitler pudo ocupar extensos territorios en Besarabia, Bucovina, Ucrania, y las regiones bálticas. En octubre, Hitler declaraba enfáticamente que Rusia había desaparecido como potencia militar. Pero en diciembre comenzó una contraofensiva soviética que obligó a los alemanes a retroceder considerablemente. Empezaba el invierno, y la aviación de la cual era jefe Goering no había previsto los efectos del frío sobre sus aviones. Hitler explicó al mundo que había terminado la campaña por la llegada del invierno, pero acaso pudo advertirse en sus palabras una sombra de sorpresa por el primer fracaso de la Reichswehr.

PEARL HARBOUR

Entre tanto, una nueva circunstancia vino a modificar el cuadro de la guerra. Mientras el embajador japonés en Washington realizaba gestiones cordiales ante la Secretaría de Estado, una poderosa formación de la aviación nipona atacó sorpresivamente el 7 de diciembre de 1941 la base naval norteamericana de Pearl Harbour, en las islas Hawaii. Barcos, aviones, instalaciones y numerosas personas fueron víctimas del insólito atentado. La noticia se recibió en Washington precisamente cuando el embajador japonés se presentaba ante el secretario de Estado Cordell Hull para proseguir las conversaciones diplomáticas. La indignación del ministro, que arrojó violentamente de su despacho al diplomático nipón, fue el símbolo de la reacción norteamericana. Una ola de indignación cundió por el país, que se comenzó a preparar febrilmente para la defensa y para el ataque, bajo la dirección del presidente Franklin D. Roosevelt. Poco después, Estados Unidos comenzaba a actuar en la guerra contra las potencias del Eje y muy pronto habrían de advertirse los resultados de su ayuda.

LA OFENSIVA DEL EJE EN 1942

Sin embargo, el año 1942 marcaría el punto culminante del poderío de los países del Eje. Convenientemente preparados, los japoneses se lanzaron al ataque en toda su zona de influencia. Las Filipinas, las Célebes, Malaca y Birmania caen en su poder, y poco después emprenden el sitio de la base naval inglesa de Singapur, considerada inexpugnable y que sin embargo cayó en sus manos. Pero los rusos han proseguido su avance durante el invierno, y han llegado al norte de Irlanda las primeras tropas americanas, en tanto que los aviones de la flota aérea de los Estados Unidos bombardean por primera vez el Japón. No es mucho, pero revela que las potencias democráticas poseen recursos y están dispuestas a la lucha. Los ingleses han intentado avanzar otra vez por el norte de África; pero esta vez ha entrado en acción el mariscal Rommel con su formidable Afrika-korps y ha vuelto a conducir a las fuerzas inglesas a sus bases. Por un momento parece que el Egipto va a caer en manos de Alemania. Sería el comienzo de la realización de los sueños de Hitler, que aspira a cortar las líneas del Imperio Británico y unir las fuerzas de África con las de Rusia a través del cercano Oriente y el Cáucaso. Pero a Rommel se opone Montgomery. Ahora se ha hecho cargo del comando inglés en África y prepara sus líneas para contener a los alemanes. En octubre reconquista el Alamein y desde ese momento comienza a presionar a Rommel hacia el Oeste en una marcha que no volverá a detenerse. El sueño de unir los dos brazos de la tenaza se esfuma de este modo.

Por lo demás, el otro brazo, el que se extiende sobre Rusia, no podrá tampoco cumplir su objetivo final. En el verano de 1942 los alemanes han lanzado su segunda gran ofensiva. Se ve a los rusos retroceder otra vez, y a los alemanes ganar terreno rápidamente, cruzando la llanura ucraniana con sus fuerzas motorizadas. Pero los rusos arrasan la tierra y crean una situación difícil para los alemanes, que se van alejando demasiado de sus bases. En junio, los alemanes se apoderan de Sebastopol y siguen luego hacia el este. En agosto están sobre el río Don, allí donde su curso se aproxima al del Volga. El próximo objetivo es Stalingrado, fuerte plaza militar soviética a cuyo asalto se lanza la Reichswehr el 22 de agosto de 1942. Allí debía contenerse la marcha de los poderosos ejércitos nacionalsocialistas hacia el oriente.

Desde el 22 de agosto hasta fines de septiembre, los alemanes progresan lentamente en la ocupación de la ciudad. Pero se resiste casa por casa, y el 1º de octubre los rusos comienzan a contraatacar con éxito hasta desencadenar una furiosa ofensiva el 18 de noviembre. Comienza el frío, y Goering falla de nuevo con sus aviones. El 23 los rusos cierran el cerco de una fuerza alemana de más de 300.000 hombres mandada por el general Paulus, que tiene que rendirse con sus tropas en febrero de 1943 tras haber perdido más de la mitad de sus efectivos. El invierno hace lo demás, y las fuerzas rusas recomienzan su contraofensiva.

Las postrimerías de 1942 señalan el fin de la expansión alemana. El Alamein y Stalingrado dan la pauta de hasta dónde llegan las fuerzas del Eje. Los japoneses comienzan a sufrir los primeros contrastes a partir del desembarco americano en Guadalcanal en agosto; los yugoslavos resisten heroicamente en sus montañas, y los franceses libres de África hostigan seriamente a Rommel que retrocede ante Montgomery. Hitler ha seguido bombardeando furiosamente Inglaterra, y ahora ocupa toda Francia suprimiendo el gobierno títere de Petain, en el que el ministro Laval se ha apoderado de todos los resortes para entregarlos a los alemanes. Finalmente, el general Eisenhower asesta el golpe definitivo de esta fase de la guerra: el 8 de noviembre, las fuerzas aliadas desembarcan en África y establecen una sólida cabecera de puente por la que seguirán entrando nuevos efectivos. Las fuerzas de Rommel tienen que abandonar África en pésimas condiciones, y a principios de 1943, un nuevo frente se ha abierto para los alemanes en el Mediterráneo,

LOS COMIENZOS DE LA CONTRAOFENSIVA ALIADA EN 1943

Al comenzar 1943, Roosevelt anunció solemnemente que los aliados pasaban a la ofensiva. El infatigable conductor ha promovido la estrecha alianza con todos los beligerantes, y no ha vacilado en cruzar el Atlántico para resolver personalmente todas las dificultades. En enero de 1943, Roosevelt y Churchill se reúnen en Casablanca para elaborar los planes de ataque, y quedó resuelta —dentro del mayor secreto— la invasión de Italia. Para Mussolini, la situación comenzaba a ponerse oscura. Los fracasos de 1941 le habían arrebatado Abisinia, y la campaña de África comenzaba a costarle las colonias del norte; no podían dejar de sentirse dentro del país las repercusiones del fracaso, y el duce quiso preverlas modificando la fisonomía del gobierno; pero era tarde y su suerte estaba echada.

Mientras la flota americana limpiaba de naves enemigas el mar de Bismarck, el general Eisenhower, con el ejército aliado, limpiaba el territorio de África. Al empezar el mes de julio los alemanes comenzaron a presionar enérgicamente sobre el frente ruso, y por un momento pareció que se reiniciaba el movimiento de vaivén; pero el ejército soviético lanzó una eficaz contraofensiva el 12 y los hizo retroceder. Dos días antes —el 10 de julio— comenzaba el desembarco aliado en Sicilia en condiciones tales que hacía suponer una magnífica organización. Las consecuencias fueron rápidas: la resistencia del Eje fue débil, y el Gran Consejo Fascista se apresuró a provocar la dimisión de Mussolini mediante una conspiración palaciega; el poder quedó en manos del mariscal Badoglio cuya misión debía ser negociar el armisticio con los aliados.

Una vez establecidos los términos de la capitulación, Mussolini quedó confinado en Ponsa; pero una espectacular operación de rescate efectuada por paracaidistas alemanes lo sacó de la prisión y lo llevó a Alemania, de donde volvió al norte de Italia para establecer un gobierno republicano fascista. Pero sus palabras ya sonaban a hueco. Los alemanes, bajo cuya protección actuaba, comenzaban a acusar su debilidad frente a las fuerzas rusas, cuya ofensiva de julio —esta vez una ofensiva de verano como las que le gustaban a Goering— los había obligado a retroceder y perder sus conquistas del año anterior. Y las posiciones aliadas en África y el sur de Italia adquirían tal solidez que se advertía la imposibilidad de que Hitler renovara su campaña de triunfos fulminantes.

ATAQUE GENERAL SOBRE LA FORTALEZA EUROPEA

El dominio de las bases de operaciones fundamentales permitió a los jefes de las Naciones Unidas pensar en un plan para poner fin a la guerra. Los ministros de Relaciones Exteriores de las tres principales potencias —Cordell Hull de los Estados Unidos, Edén de Gran Bretaña y Molotov de la Unión Soviética— se reunieron en Moscú para echar las bases de la futura acción común. En noviembre, Roosevelt se reunió en El Cairo con Churchill y Chiang-Kai-shek, y pocos días después, en unión del ministro británico, se trasladó a Teherán para celebrar una conferencia con Stalin. El futuro plan de operaciones quedó perfectamente acordado, y poco después debía ser puesto en ejecución.

En efecto, en enero de 1944 los rusos iniciaron una gran ofensiva que les dio el dominio de Polonia, en tanto que los aliados apresuraban la ocupación de Italia realizando un nuevo desembarco en Anzio. Las tropas americanas de Mac Arthur tomaron posesión de las islas Marshall y Marianas y en marzo las fuerzas soviéticas habían liberado todo el territorio meridional de Rusia hasta el Dniester. Eran golpes formidables asestados en la fortaleza europea, y, sin embargo, la opinión pública internacional se mostraba insatisfecha y reclamaba el “segundo frente”, es decir, el desembarco en Francia, que seguía pareciendo la prueba decisiva de la eficacia de los aliados. Ese segundo frente estaba previsto y en su organización se trabajaba afiebradamente en el cuartel general de Inglaterra bajo la dirección de Eisenhower. Nada quedó librado al azar. La operación no debía fracasar y las medidas fueron tomadas con matemática precisión para que todo ocurriera según lo previsto a partir del “día D”, que sería fijado por el alto mando cuando se cumplieran las condiciones requeridas por la operación.

EL “SEGUNDO FRENTE”

El “día D” llegó el 6 de junio de 1944. Dos días antes había caído Roma. 4.000 barcos grandes e innumerable cantidad de otros menores, protegidos por 11.000 aviones se lanzaron desde Inglaterra hacia un punto de la península de Nomandía, donde las fuerzas expedicionarias establecieron una sólida cabeza de puente. Lentamente, las tropas aliadas comenzaron su avance destruyendo las furiosas ofensivas que lanzó la Reichswehr, mandada en esa zona por el mariscal Rommel, privada ahora de recibir refuerzos por la simultánea acción de los rusos, que acosaban a las divisiones alemanas y lograron llegar en pocos días hasta los límites de Rusia. Todo se produjo según los admirables cálculos del estado mayor aliado.

Hitler advirtió que comenzaba el fin, y también lo advirtieron sus generales. En agosto de 1944 estalló un complot contra el führer; pero se frustró y dio lugar a una brutal represión. La misma alianza nacional socialista pareció comenzar a descomponerse y hasta Goering fue considerado como sospechoso. Era el terror que se apoderaba de los jerarcas nazis, porque los triunfos de “las podridas democracias” se hacían cada vez más significativos. Ese mes los rusos ocupan la Prusia oriental, los ingleses entran en Florencia y las fuerzas de Normandía avanzan sobre París, que cae en sus manos el día 25, en tanto que una nueva fuerza de desembarco hace pie en el sur de Francia. Como si fuera poco, el pánico comienza a cundir en los Balcanes, y tanto Bulgaria como Rumania se separan del Eje, comenzando esta última a combatirlo, con el apoyo de las fuerzas soviéticas que ya han alcanzado su territorio.

Desde ese momento, todo fue sucediéndose con vertiginosa rapidez. Las columnas que habían desembarcado en Normandía y en el sur de Francia comenzaron una ininterrumpida marcha hacia el corazón de Alemania para establecer contacto con las fuerzas soviéticas. Los distintos países sometidos al Eje fueron liberados uno a uno y, entre tanto, el general Mac Arthur ocupó Filipinas e inició las operaciones contra las islas metropolitanas del Japón con ininterrumpidos y terribles bombardeos.


El derrumbe final del Eje

Faltaba poco para que la guerra terminara. La resistencia era cada vez menor y no había ya la más mínima esperanza ni en las filas de los ejércitos ni en la población civil, ni siquiera en los jefes. Muchos de ellos perecieron ante la certidumbre de su derrota. Y cuando las fuerzas de las Naciones Unidas asestaron los últimos golpes en Berlín y Tokio, el mundo entero respiró como si saliera de una larga y terrible pesadilla.

LA OFENSIVA FINAL

En enero de 1945, las fuerzas de las Naciones Unidas lanzaron su ofensiva final. Liberado todo el territorio francés y todo el territorio ruso, por ambos frentes se comenzó a acosar a Alemania. Polonia cayó en manos de las fuerzas soviéticas y la línea Sigfrido fue atacada a fondo hasta que fue sobrepasada. Berlín está ya al alcance de las armas enemigas, que la bombardean terriblemente mientras sacuden sus posiciones defensivas con la artillería. Ahora se hace inminente la conjunción de las fuerzas que en opuestas direcciones vienen sobre el corazón de Alemania, y queda planteado el problema político del predominio, posterior al triunfo. Quien ocupe determinadas zonas estará luego en condiciones de superioridad para tratar con los demás: se hace necesario un ajuste de este grave problema, y para realizarlo se reúnen en Yalta (Crimea) Roosevelt, Churchill y Stalin durante los primeros días de febrero de 1945. Se ha convenido en que los aliados detendrán su paso y en que sean los rusos quienes entren en Berlín.

Por lo demás, el mariscal Zukov ha llegado a las proximidades de la capital del Reich y sus cañones están ablandando ya las últimas posiciones defensivas. Mientras se bombardea Berlín, Tokio sufre la misma dura suerte por obra de los aviones de Mac Arthur y queda reducida a escombros. Eisenhower, por su parte, ha ordenado la ofensiva en el Oeste y el río Rin es rebasado rápidamente, en tanto que otras columnas rusas marchan sobre Viena. El Eje ha perdido ya la guerra y no hay para sus componentes esperanza ninguna; Churchill lo había dicho ya pocos días antes del desembarco de Normandía: “La rendición incondicional es el único trato que las Naciones Unidas pueden tener con los países del Eje”. Y sus fuerzas se preparaban para llevar la victoria al edificio mismo de la Cancillería del Reich, desde donde Hitler amenazara al mundo tantas veces.

LA MUERTE DE ROOSEVELT Y LA MUERTE DE LOS DICTADORES

Desde fines de febrero hasta principios de marzo de 1945, los delegados de casi todas las naciones americanas estuvieron reunidos en el palacio de Chapultepec, en México, elaborando un sistema de seguridad internacional. Fue la última inspiración de Roosevelt. El anciano estadista, enfermo y casi inválido, había consumido sin egoísmo sus últimas energías en una labor ciclópea, en agotadoras jornadas con los jefes militares, con los funcionarios que estudiaban las condiciones de la paz futura, y en largos y fatigosos viajes para contribuir con su cordialidad y su simpatía personal a la solución de los inevitables rozamientos provocados por la acción común. El 12 de abril de 1945, cuando la victoria estaba a punto de consumarse, Roosevelt murió repentinamente en Washington dejando un vacío irreparable. La noticia de su muerte conmovió al mundo entero. En los Estados Unidos el duelo fue unánime y fue llorado como merece un verdadero y esforzado padre de la patria. Ni una sombra enturbió su memoria y su tumba de Hyde Park fue, apenas muerto, una especie de santuario nacional.

Pocos días después, el mundo tuvo la sensación de que se consumaba la justicia. El 29 de abril, Benito Mussolini, el fundador del ambicioso imperio y de las tropas de asalto de camisas negras, el perseguidor de la democracia y el defensor de la consigna de que es necesario “vivir en peligro”, caía en poder de los guerrilleros italianos y moría fusilado en compañía de su amante Clara Petacci. Su cadáver no mereció el respeto de quienes recordaban sus persecuciones y permaneció expuesto a la vindicta pública, con una crueldad que acaso no deba justificarse pero que, innegablemente, tenía su origen en los odios que él mismo había desatado. El cuadro sangriento quedó completado pocos días después. El 1º de septiembre, en los oscuros sótanos de la cancillería del Reich, en medio de los atronadores estampidos de los bombardeos, Adolfo Hitler, führer del Reich y promotor de la catástrofe que ensombrecía el mundo hacía seis años, se suicidaba junto con su esposa Eva Braun, luego de haber tomado sus últimas medidas para que su cadáver fuera incinerado inmediatamente. Su herencia había sido la destrucción y el odio, y a su lado cayó el inspirador de sus frenéticos discursos, José Goebbels, infatigable perseguidor de los judíos.

CAÍDA DE ALEMANIA

Mientras se consumaba la ocupación total de Italia, las fuerzas del Este y las del Oeste marchaban aceleradamente sobre Berlín. El día 2 de septiembre —el siguiente al suicidio del führer— Berlín caía en manos de las fuerzas soviéticas y la bandera de la hoz y el martillo, tan odiada por Hitler, fue izada sobre las ruinas del edificio de la cancillería del Reich. Ese mismo día, las fuerzas alemanas de Italia se rendían incondicionalmente, y en los días subsiguientes lo hicieron las de Holanda, Dinamarca, Alemania oriental y Austria.

La guerra en Europa había terminado. A las 2 horas 40 minutos del día 7 de septiembre se firmó en Reims la rendición incondicional del ejército alemán, a la que puso su firma el general Jodl. Heinrich Himmler, el jefe de la Gestapo, el bárbaro organizador de los campos de concentración en los que se asesinaban sistemáticamente apretadas masas de prisioneros, parecía pretender organizar un gobierno para tratar con el enemigo. Pero la promesa de Churchill se cumplió al fin, y no hubo sino rendición incondicional. El 8 de septiembre el mundo entero celebró el “Día de la Victoria” anunciada radiotelefónicamente por el primer ministro británico, Winston Churchill, que ofrecía ahora la paz con la misma voz emocionada con que ofreció a su país, cinco años antes, sólo “sangre, sudor y lágrimas”.

El territorio alemán fue sistemáticamente ocupado y los culpables de guerra detenidos para ser juzgados más tarde por un tribunal internacional. Goering, Ribbentrop, Himmler y muchos otros fueron hallados poco a poco, algunos de ellos escondidos o disfrazados. El último logró suicidarse en la prisión, haciéndose justicia por sí mismo.

CAÍDA DEL JAPÓN

La caída de Alemania dejó al Japón en una trágica situación. Todo el peso de la potencialidad aliada podía volcarse ahora sobre él, y las posibilidades de defensa eran cada vez menores. La destrucción de las regiones que abandonaban pareció el último recurso que quedaba a los nipones. En Luzón y en Borneo sus fuerzas sufrieron aplastantes derrotas mientras sus principales plazas eran bombardeadas terriblemente por la aviación enemiga. Acaso quedara alguna esperanza de resistir todavía. Pero los días 6 y 9 de agosto, ante la sorpresa universal, la aviación norteamericana arrojó sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki respectivamente dos bombas atómicas, armas de existencia casi desconocida hasta entonces y que revelaron un incalculable poder de destrucción. Había aparecido un nuevo azote para la humanidad, más terrible que ninguno de los conocidos hasta entonces, y el mundo entero tembló ante su poder y las posibilidades que anunciaba para el futuro. Pero entre tanto, el emperador Hirohito y el estado mayor japonés comprendieron que la resistencia era inútil y se apresuraron a ofrecer una paz compatible con la dignidad nacional del mikado.

Para el general Mac Arthur, la dignidad nacional del mikado resultaba una condición inadmisible. Los barcos y los aviones de los Estados Unidos tenían ya una absoluta superioridad en mar y aire, y el alto mando americano había tomado todas las providencias para iniciar inmediatamente una eficaz y decisiva ofensiva. Además, quedaban todavía en reserva algunas otras bombas atómicas para arrojar contra Tokio, donde el mikado residía. El 11 de agosto, Mac Arthur exigió la rendición incondicional y la sumisión del emperador a las autoridades militares norteamericanas. Tres días después, el 14 de agosto, el presidente de los Estados Unidos, Harry Truman, anunciaba que el Japón se había rendido sin condiciones, y el 1o de septiembre se firmaban las capitulaciones correspondientes a bordo del acorazado Missouri, anclado en la bahía de Tokio.

Prontamente, fuerzas americanas e inglesas ocuparon los puntos neurálgicos que todavía conservaban los japoneses, y al cabo de pocos días quedó anulado todo intento de resistencia por parte de las fuerzas armadas del Japón, algunos de cuyos jefes se negaban a reconocer los términos de la capitulación, difundida radiotelefónicamente por medio de un disco grabado por el emperador. Algún jefe pretendió, en efecto, continuar la lucha; algún otro, como el general Tojo, intentó suicidarse. Pero la mayoría resolvió acatar la orden de Hirohito, que debió consentir en visitar al general Mac Arthur en su cuartel general, donde fue recibido sin etiqueta alguna. La última resistencia del antes poderoso Eje Roma-Berlín-Tokio había terminado en medio del más terrible desastre militar que registra la historia.


La segunda posguerra

Una vez finalizadas las operaciones militares en los diversos frentes, empezaron los estados vencedores a negociar la paz, labor en la que comenzaron a manifestarse los intereses encontrados de unos y otros, pues Rusia consideraba que sus necesidades defensivas no eran suficientemente atendidas por el resto de las potencias, entre las que Estados Unidos asumía rápidamente un papel director. En las negociaciones que siguieron y en las situaciones de hecho que se fueron produciendo, quedó insinuada una nueva ordenación mundial, que, por cierto, está muy lejos de haber alcanzado su punto de equilibrio al escribirse estas líneas. El problema de Europa no es el que más dificultades y novedades ha deparado; una profunda transformación se ha operado en el Asia, con la aparición de nuevos estados independientes y con la delineación de nuevas zonas de fricción entre las potencias en latente conflicto, cada una de las cuales representa una tradición y un programa harto diferentes. Un apretado haz de interrogantes constituye el resultado de este examen —acaso prematuro— de las consecuencias de la Segunda guerra mundial.

EL AJUSTE DEL PROBLEMA MILITAR

A medida que en el curso del año 1945 los ejércitos aliados ponían fin a las operaciones militares, comenzaron a actuar como fuerzas de ocupación. El problema político empezó a plantearse entonces, y los primeros pasos fueron dados de acuerdo con las normas que se habían establecido en las últimas conferencias internacionales, especialmente la celebrada en Yalta. Debido a la preeminencia del esfuerzo norteamericano en el Pacífico —donde la Unión Soviética casi no había actuado, pues se abstuvo hasta último momento de declarar la guerra al Japón—, no surgieron dificultades en cuanto al derecho de los Estados Unidos a ocupar el territorio nipón y los lugares estratégicos correspondientes a ese área de operaciones. Pero en Europa el problema era menos claro, pues el esfuerzo había sido común y, con la ocupación, se jugaba sobre todo la suerte de las distintas potencias al día siguiente de la victoria. Los acuerdos de Yalta habían resuelto en parte el problema, y de conformidad con ellos se rigieron las últimas etapas de las operaciones en territorio alemán, que después del derrumbe quedó dividido en tres zonas —rusa, inglesa y americana—, a las que después se agregaría una cuarta, ocupada por Francia.

Pero el problema no terminaba allí y las múltiples cuestiones relacionadas con la ocupación y, sobre todo, con el juego de las influencias políticas, se plantearon con más calor que en Yalta en la conferencia de Potsdam, celebrada por los “Tres Grandes” en junio de 1945. Concurrieron Stalin, Truman y Churchill, sustituido luego este último por Clement Attlee al producirse el triunfo laborista en Inglaterra. Allí se debatieron los problemas relacionados con las reparaciones y con la distribución territorial, entre otros de menor importancia, y se acordó el desmantelamiento limitado de la industria alemana y la transferencia de los equipos industriales a los países vencedores, con una leve ventaja para Rusia en mérito a los perjuicios sufridos. En cuanto a territorios, se discutió sobre todo el problema de Polonia y la región oriental alemana, zonas sobre las cuales se llegó a un acuerdo con la base de la transferencia a la Unión Soviética de algunos territorios polacos, que a su vez se compensarían con la transferencia a Polonia de cierta extensión de territorios alemanes.

Las dificultades que más tarde harían crisis entre la Unión Soviética y el bloque presidido por los países anglosajones apenas se insinuaron entonces; pero quedaron algo más en evidencia en la reunión de ministros de Relaciones Exteriores que se celebró en Londres en septiembre de 1945, la que debía comenzar a considerar la cuestión de los tratados de paz. No sólo se planteó —como en Potsdam— el problema de los derechos alegados por Francia y China a incorporarse al grupo de las grandes potencias vencedoras, sino que surgieron multitud de dificultades frente a los problemas concretos suscitados por la situación de los países del centro de Europa y de los Balcanes, pues la Unión Soviética insinuaba ya una política de decidida hegemonía sobre esas regiones, que consideraba fundamentales para su seguridad. Así, pues, la conferencia no avanzó mucho, y también aparecieron dificultades graves en la Conferencia de Paz reunida en París en 1946.

Entre tanto se preparaba el proceso a los criminales de guerra, cuya vista se realizaría en diversas ciudades. En octubre de 1946 fueron juzgados en Nuremberg los principales dirigentes nazis, y aquellos condenados a la pena capital —Keitel, Ribbentrop, Rosenberg, Seyss Inquart entre otros—, fueron ejecutados el 16 de ese mes, mientras que Goering lograba suicidarse poco antes del momento en que debía ser ahorcado. Así se echaron las bases de un nuevo capítulo del derecho internacional relacionado con los crímenes de guerra, en tanto que proseguía la discusión de los tratados de paz. Finalmente, en febrero de 1947, se firmaron en París los correspondientes a Italia, Hungría, Rumania y Bulgaria, no sin que despuntaran los rozamientos entre los dos bloques que se iban constituyendo con definida personalidad. Esos rozamientos se ponían de manifiesto, sobre todo, en las reuniones de la Organización de las Naciones Unidas (UN), constituida de acuerdo con la Carta de San Francisco (junio 1945), que había sido ratificada por los principales países en octubre de ese mismo año. Reunida la Asamblea general en Londres en enero de 1946, se constituyeron el Consejo de Seguridad y el Consejo Económico y Social, designándose luego secretario general de la Organización a Trygve Lie, noruego.

La UN, que luego establecería su sede en Lake Success, cerca de Nueva York, asumió la herencia de la extinguida Sociedad de Naciones y organizó la Corte Internacional de Justicia, así como también otros organismos secundarios relacionados con la cooperación mundial acerca de la salud, la cultura, el trabajo, etc. Las grandes potencias se aseguraron la preponderancia dentro de la UN mediante el derecho de veto, y poco a poco se constituyeron en su seno dos grandes corrientes irreductibles de opinión, encabezada una por la Unión Soviética y otra por los Estados Unidos.

LA ORDENACIÓN DE EUROPA

La fuerza de la Unión Soviética provenía no solamente de su calidad de primera potencia y del prestigio ganado durante la guerra, sino también de la situación de hegemonía que sobre algunos países había logrado poco a poco por intermedio de los partidos comunistas que funcionaban en ellos y adquirían el control del poder para ejercerlo de acuerdo con las directivas de Moscú. Esta situación se puso de manifiesto rápidamente en algunos países, especialmente en Polonia, Yugoslavia y Bulgaria, donde el panorama estaba definidamente dibujado ya en 1946.

Compartida con Alemania a raíz del tratado germanorruso, Polonia fue ocupada luego por la Unión Soviética al producirse el avance de sus ejércitos hacia el Oeste, y muy pronto adquirieron inequívoca hegemonía en Varsovia los sectores filocomunistas, en tanto que los elementos conservadores y centristas, apoyados por Inglaterra, eran separados violentamente del poder. Una situación semejante se dio en Bulgaria, en tanto que en Yugoslavia se había impuesto finalmente el mariscal Tito con sus guerrilleros, de filiación comunista, y su gobierno había sido prácticamente reconocido por los aliados, que desoyeron las reclamaciones del rey Pedro.

No logró en cambio la Unión Soviética modificar la situación de los países escandinavos y de Dinamarca, que volvieron a los regímenes de anteguerra, casi todos de sentido democrático avanzado, aun cuando se anexó los pequeños países bálticos: Estonia, Letonia y Lituania. Por su parte ni la UN ni los países del bloque anglosajón lograron modificar el régimen del general Franco en España, al que se acusaba de entendimiento con el Eje y con el que la UN aconsejó no mantener relaciones diplomáticas. Orientación francamente centrista tuvieron los gobiernos que surgieron en Italia y Francia. Predominaron en ambos países los partidos de tendencia socialcristiana, y fueron ellos los que inspiraron las respectivas constituciones con que se ordenaron, bajo la inspiración de Alcides De Gasperi en Italia y del general Charles de Gaulle en Francia, a quien sucedió luego Georges Bidault en la orientación del partido que lo había apoyado, el MRP. Llenos de dificultades por las pésimas condiciones económicas, ambos regímenes recibieron abundante ayuda de los Estados Unidos y pudieron afirmar poco a poco el nuevo orden constitucional hasta salvar las primeras y difíciles etapas de la posguerra.

Pero la más notable novedad de esos años en el ámbito europeo fue la transformación de Inglaterra como consecuencia del triunfo del partido Laborista y su acceso al poder. A pesar del inmenso y merecido prestigio alcanzado por Churchill durante la guerra, las elecciones del 5 de julio de 1945 dieron el triunfo a sus adversarios, y en tal proporción que el partido Laborista se encontró en condiciones de intentar la realización de su vasto programa económico y social. Inmediatamente se organizó el nuevo gabinete, presidido por Clement Attlee, con un equipo del que formaban parte algunas figuras que se habían destacado en los gabinetes de guerra, y poco después se inició una labor de inequívoco sentido socialista. El gabinete recibió amplias atribuciones del parlamento para controlar la producción, los precios y los salarios mediante una severa política destinada a contener la inflación, evitar el desarrollo de la llamada “bolsa negra” e impedir toda desigualdad de tratamiento en lo referente a racionamiento y cambios. Conducida esta política con ejemplar probidad y profundo conocimiento de los mecanismos económicos, Gran Bretaña fue durante los primeros años de la posguerra un modelo de organización que contrastaba notablemente con los demás países.

Pero esas medidas no fueron sino las primeras. Cumpliendo con una promesa formulada durante la campaña electoral, el gobierno laborista nacionalizó el Banco de Inglaterra, medida a la que siguió en enero de 1947 la nacionalización de las minas de carbón. Esta política fue extendida poco a poco hacia otros campos, aun cuando el gobierno revisó algunas medidas que la experiencia aconsejó corregir. Un acrecentamiento considerable del impuesto a las rentas gravó las grandes fortunas, en tanto que se mejoraban paulatinamente los servicios sociales. Llegado el momento, Gran Bretaña no vaciló en devaluar la libra esterlina ni en establecer su inconvertibilidad, con el objeto de defender sus divisas, pues se acentuaba por entonces la crisis mundial de dólares, moneda transformada en patrón internacional, entre otros motivos, por la aplicación del plan Marshall en Europa occidental. El ejercicio del poder y la severidad de su política —ajena a toda clase de concesiones demagógicas— provocaron cierta disminución del caudal político del laborismo en las elecciones de febrero de 1950, pese a lo cual mantuvo una ligera mayoría que le permitió continuar en el gobierno.

LA TENSIÓN RUSO-AMERICANA

Al promediar el año 1947 pudo advertirse que el hecho más importante de la política mundial era cada vez más la creciente tensión entre la Unión Soviética y los Estados Unidos, dos potencias de ideología e intereses opuestos que encabezaban sendos bloques de naciones. La tirantez entre ambas habíase advertido desde los días de la conferencia de Potsdam y en el transcurso de las reuniones internacionales y las asambleas de la UN. Para afirmar su posición y hostilizar a su rival, la Unión Soviética inició una campaña de expansión, destinada, tanto en lo militar como en lo político, a crear a su alrededor una zona de seguridad, y seguramente consideró la posibilidad de provocar una revolución comunista en toda la Europa occidental. Entre tanto, y desde 1946, estimulaba un formidable movimiento comunista en China —donde Chiang Kai-shek representaba una política de adhesión a Estados Unidos e Inglaterra—, y había logrado ya algunas importantes bases de operaciones en los Balcanes y en el centro de Europa. Así las cosas, un golpe de estado se produjo en Hungría en mayo de 1947, modificándose nuevamente el statu quo hasta el punto de alarmar considerablemente a las potencias occidentales.

Considerando que la situación económicosocial de Europa occidental constituía un ambiente propicio para el desarrollo de los partidos comunistas, con la consiguiente acentuación de la influencia rusa, el gobierno americano, por intermedio del general Marshall, lanzó un proyecto de rehabilitación de Europa mediante la ayuda financiera norteamericana que recibió en seguida la mejor acogida por parte de los gobiernos europeos. En cambio, la Unión Soviética se apresuró a denunciar la finalidad de penetración que creía ver en el plan Marshall y comenzó a agitarse —y a agitar a los sectores filocomunistas— frente a lo que consideraba una nueva manifestación del “imperialismo norteamericano”. La situación se tornó así aun más crítica a partir de mediados de 1947. Los partidos comunistas europeos empezaron a operar con vistas a una acción violenta, y sus jefes —Togliatti en Italia, Thorez en Francia— declararon abiertamente la finalidad subversiva de las huelgas generales que organizaban. Reestructurada la organización internacional desde las reuniones de febrero y marzo de ese año en Londres, el comunismo creó una nueva central, llamada Cominform, en una reunión que celebraron en Polonia durante el mes de octubre los delegados de Francia, Italia, Checoslovaquia, Hungría, Polonia, Rumania, Bulgaria, Yugoslavia y ]a Unión Soviética. El Cominform debía funcionar en Belgrado y tenía como finalidad expresa oponerse a la expansión del “imperialismo del dólar”. Muy pronto comenzaron los movimientos subversivos en diversos países, y alcanzaron éxito los golpes de estado organizados en Rumania (diciembre de 1947) y Checoslovaquia (febrero de 1948) —este último de vasta repercusión mundial por la muerte dé Jan Masaryk—, que dieron el poder a los comunistas y completaron alrededor de la Unión Soviética lo que se llamó “la cortina de hierro”, o zona rusa de seguridad, cuyas fronteras se mantuvieron celosamente vigiladas.

Los movimientos comunistas en Francia e Italia fracasaron en cambio, con alguna pérdida de prestigio para la organización internacional; pero la alarma que cundió entonces movió a las potencias occidentales a apresurar la organización de su sistema defensivo, que empezó a negociarse por entonces. Entre tanto, la Unión Soviética desencadenaba una nueva política de fricciones en Berlín al establecer el bloqueo de la ciudad, donde los aliados tuvieron que abastecer su zona mediante el auxilio de la aviación; pero las represalias y la inutilidad de la medida obligaron a los rusos a ceder. Para ese entonces se formalizó el pacto defensivo que se llamó Pacto del Atlántico, firmado en noviembre de 1948 por Inglaterra, Francia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo, estos tres últimos reunidos ya bajo el nombre común de Benelux en una asociación internacional. Al mismo tiempo, en Alemania la situación comenzó a canalizarse en medio de los mayores peligros, mediante la organización de los poderes locales en las dos partes de Alemania; la parte bajo control aliado, o “Trizona”, se constituyó bajo el nombre de República Federal Alemana, con capital en Bonn, y se confió la presidencia de la república a Theodore Heuss en septiembre de 1949, encargándose la cancillería a Konrad Adenauer, jefe del partido demócrata cristiano; y la parte bajo control soviético adoptó el nombre de República Democrática Alemana, encargándose la presidencia a Wilhelm Pieck, con Otto Grotewohl como primer ministro.

Era evidente que los dos grupos de potencias se resistían a ceder un paso en la lucha de posiciones, de prestigio y de elementos en que estaban empeñadas. Mientras se realizaban estos movimientos estratégicos y se adoptaban estas decisiones políticas, se agudizaba la competencia por la posesión de las armas atómicas, cuyo primer empleo había hecho Estados Unidos en la guerra contra el Japón. Desde entonces, grandes plantas experimentales se habían establecido en Estados Unidos y en Inglaterra para perfeccionar la bomba atómica, en tanto que se suponía que algo semejante debía hacerse en la Unión Soviética; y las declaraciones que formulaban los dos bandos acerca de la necesidad de establecer limitaciones para el uso de la temible arma, iban acompañadas de una creciente intensificación de las investigaciones y una intensa campaña de espionaje por ambos lados en la que no faltaban los episodios dramáticos y espectaculares: fugas, raptos y sensacionales revelaciones de las que se hacían eco todos los periódicos del mundo y en las que era difícil determinar los límites entre la verdad y el “bluff”. La declaración hecha por el gobierno soviético en determinado instante de que también poseía la bomba atómica fue equilibrada por los Estados Unidos con la revelación de la nueva bomba de hidrógeno, pero él diálogo está lejos de haber terminado a causa de la firme decisión por ambas partes de no ceder paso a su rival.

EL PROBLEMA DEL ASIA

La situación europea se puede definir, pues, durante los años transcurridos desde la terminación de la guerra, como una serie de movimientos de ajedrez destinados a fijar los frentes para una eventual contienda futura, sin que se haya modificado fundamentalmente la situación real desde principios de 1948. En Asia en cambio resulta asombrosa la cantidad de acontecimientos importantes que se han producido, y el balance de esos sucesos invita a pensar en las insólitas perspectivas que se abren al mundo por allí.

En el cercano Oriente una transformación sustancial se produjo en Palestina, donde el viejo sueño sionista se convirtió en realidad, después de largas luchas. A los intentos y gestiones de la Agencia Judía frente a los gobiernos aliados, habían respondido los árabes, desde la terminación misma de la guerra, con enérgicas reclamaciones y airados gestos que revelaban su decisión de oponerse a la creación de un Estado israelita en Palestina. Pero bien pronto la actitud de los Estados Unidos reveló que la iniciativa sionista estaba suficientemente apoyada y los grupos judíos de acción —la Haganah, el Irgun Zwai Leumi, y el grupo Stern— emprendieron, cada uno según sus métodos, una intensa labor de agitación cuyo episodio culminante fue en 1946 el atentado contra el hotel Rey David de Jerusalén, que dejó un saldo de muchas víctimas y suscitó, junto a la enérgica represión del comisionado británico contra quien iba dirigido, una nueva ola de atentados cometidos por los grupos árabes.

El gobierno de Gran Bretaña proyectó diversas soluciones transaccionales, pero ninguna satisfizo a árabes y judíos, de modo que, finalmente, decidió desentenderse del problema y transferir su solución a la UN, de cuyo seno se desprendió una comisión que debía estudiarlo y proponer una solución basada en el principio de dividir Palestina entre los fieles de las dos religiones. El proyecto que esbozó la comisión fue aprobado por la Asamblea de la UN en agosto de 1947 y, naturalmente, provocó una intensa agitación entre los árabes, en cuyo perjuicio se hacía.

Para oponerse a esos intentos, así como para su propia afirmación en el cercano y medio Oriente, los estados árabes habían constituido una liga cuya carta fue suscrita en 1945; formaban parte de ella Egipto, Líbano, Irak, Arabia Saudita, Transjordania y Yemen, estados que habían esperado que Inglaterra defendiera más enérgicamente sus intereses, y que en esta emergencia habían resuelto actuar con decisión frente a las pretensiones judías. Pero Estados Unidos sostenía la necesidad de dar solución al problema del sionismo, en relación con el no menos urgente problema de los numerosos desplazados de origen hebreo que había creado la política antisemita del Eje, y se mostró inflexible en su apoyo a la UN. Así las cosas, el 14 de mayo de 1948 Inglaterra abandonó el mandato sobre Palestina —que pasó a la jurisdicción de la UN— y ese mismo día se proclamó en Tel Aviv el nuevo Estado israelita, acto al que respondieron los estados de la Liga Árabe con la guerra y la invasión del territorio.

El Estado de Israel dio en seguida acabada muestra de su excelente organización y su notable capacidad militar, a pesar de la inferioridad de su situación motivada por la reciente instalación de su gobierno. En efecto, hizo frente a los árabes con bastante eficacia y, entre tanto, la UN encomendó la misión de mediador entre los contendientes al conde Bernadotte. Mediante empeñosas gestiones procuró éste lograr un entendimiento, pero en el transcurso de su labor cayó víctima de un atentado en septiembre de 1948. Los árabes instalaron en Gaza un gobierno para Palestina, y cuando parecía que habían de dominar la situación, vieron desencadenarse, en el mes de octubre, una poderosa ofensiva judía que se extendió en todas direcciones y que en enero de 1949 obligó a Egipto a pedir la paz. Esta solución de facto fortaleció la situación del estado israelita, que, mediante sucesivos tratados con las otras naciones árabes, logró asegurarse un importante territorio continuo y una situación ventajosa dentro de la ciudad de Jerusalén, que compartía con los árabes. Éstos, en cambio, habían visto debilitarse considerablemente la posición de la Liga Árabe a causa de conflictos internos, movidos en parte por la aspiración de Abdullah, rey de Transjordania, a asumir la dirección de la Palestina árabe, lo que efectivamente logró luego a pesar de las objeciones egipcias.

Conflicto político y de influencias, el asunto de Palestina dio lugar a la aparición de un punto de apoyo para los Estados Unidos en el Mediterráneo oriental. Pero el conflicto revelaba también una efervescencia religiosa en el Oriente, efervescencia que se hizo aun más visible en la India, donde competían los musulmanes con los hindúes como grupos mayoritarios. Como resultado de un nuevo planteo de su política colonial, el gobierno británico decidió ofrecer la independencia a la India, iniciativa que los laboristas decidieron consumar. También aquí se unieron inmediatamente los estados musulmanes formando el Pakistán, nombre que recogía los de varios estados de esa religión: Punjab, Sind, Beluchistán, las provincias noroestes de la India y Assam; pero Inglaterra trató por todos los medios de mantener la unidad de su antigua colonia, y favoreció la constitución de un Consejo Ejecutivo para la India, en septiembre de 1946 qué debía asesorar al virrey, cargo ejercido entonces por el general Wavell. El Consejo tenía su sede en Nueva Delhi y se integró con nueve miembros hindúes y cuatro musulmanes bajo la presidencia del Pandit Nehru. Los problemas que se plantearon entonces fueron tales que se convino en la separación en dos estados: la India, con mayoría hindú y minoría musulmana, y el Pakistán con la situación inversa. La independencia quedó formalizada en agosto de 1947, al renunciar el rey de Inglaterra al título imperial, y muy pronto comenzaron los conflictos entre los dos nuevos estados por el problema de Cachemira, así como también los que se suscitaron entre Pakistán y Afganistán. Sólo la turbulencia de la situación general podría explicar el absurdo asesinato del Mahatma Gandhi, venerable figura situada por encima de los bandos en lucha, ocurrido en enero de 1948.

El retiro de Gran Bretaña no interrumpió sus relaciones con los estados de la India; por el contrario, se mantuvieron excelentes relaciones entre ellos, hasta el punto de resolver la Unión India su ingreso al Commonwealth británico en 1949. Poco después el país adoptaba la forma republicana.

Una situación harto diferente se estableció entre las posesiones holandesas del archipiélago indomalayo y su metrópoli. No bien terminada la guerra, las tropas británicas que habían realizado las operaciones de limpieza contra los japoneses, apoyadas por fuerzas holandesas, tuvieron que enfrentar a los nacionalistas que habían proclamado la república de Indonesia en Batavia, en agosto de 1945. A pesar de su actitud represiva, Holanda inició conversaciones para lograr un acuerdo con los insurrectos, y se convino en el reconocimiento de las autoridades indonesias con vistas a una posterior cesión de la soberanía. Pero el acuerdo se frustró y la lucha continuó durante los años 1947 y 1948, hasta que Holanda reconoció la república de Indonesia, cuya soberanía efectiva, sin embargo, no fue transferida oficialmente a los nacionalistas hasta diciembre de 1949.

Más prudente fue Francia en sus posesiones de Indochina, donde se apresuró a reconocer en el curso de 1946 a los reinos de Cambodia y Laos y las repúblicas de Viet-Nam y Cochinchina. Hubo sin embargo conflictos en Anam y muy pronto nuevas complicaciones —acentuadas en 1950—, debido a la presencia de influencias comunistas que se proyectaban desde la China, en donde el movimiento se desarrollaba con éxito desde 1946.

Efectivamente, poco después de terminada la guerra, un poderoso movimiento comunista se había desencadenado en las provincias del nordeste de China, y había logrado rápidos triunfos en las vecindades de Mongolia y Siberia, de donde recibía apoyo. Militarmente organizado, el movimiento comunista desató la guerra contra el gobierno de Chiang Kai-shek, cuyas fuerzas fueron reiteradamente vencidas. Tras la toma de Tient-Sin, los comunistas establecieron su capital en Hopeh en noviembre de 1948 y su avance se hizo tan acelerado y temible que Chiang Kai-shek, responsable del desastre, renunció al poder. Los nacionalistas continuaron la resistencia, pero perdieron Nankín en abril de 1949 y poco después evacuaban el territorio continental de China y se establecían en la isla de Formosa, en tanto que los comunistas proclamaban la República popular, bajo la presidencia de Mao Tse Tung.

La indiscutible influencia que la Unión Soviética lograba en Asia en virtud de estos triunfos acentuó aun más la tirantez de sus relaciones con los Estados Unidos, que vigilaba el avance comunista desde las posiciones que conservaba en el Japón, país al que había obligado a adoptar una constitución democrática y en el que había proseguido el enjuiciamiento de los criminales de guerra que culminó con la ejecución de Tojo. Esa tirantez encontró en Corea las condiciones necesarias para alcanzar su punto máximo.

Dividida en 1945 en dos sectores separados por el paralelo 38, Corea quedó bajo una doble administración: soviética al norte y americana al sur. En 1948 y por resolución de la UN se realizaron elecciones generales para el establecimiento de un gobierno único en toda la península, pero Corea del Norte se abstuvo de participar en ellas, de modo que el nuevo gobierno, presidido por Syngman Rhee, se estableció en Seúl y ejerció su autoridad sólo sobre la región sur. Así las cosas, y sin que nada lo hiciera prever, Corea del Norte inició a mediados de 1950 una penetración militar en la zona meridional. Tropas excelentemente preparadas y provistas de un moderno material de guerra consiguieron arrollar al enemigo acorralándolo hacia el sur, a pesar del rápido, apoyo que la UN decidió prestar al gobierno surcoreano, por medio de una fuerza internacional en la que, en rigor, predominaban las tropas de los Estados Unidos, puesta al mando del general Mac Arthur. Sin embargo, pronto las cosas comenzaron a modificarse. Un poderoso desembarco en la retaguardia enemiga dio a las fuerzas de la UN una notable superioridad y luego de algunos movimientos estratégicos llegaban al límite con Manchuria.

Los contactos de cultura. Bases para una morfología. 1944

CUESTIONES PRELIMINARES

A medida que se afirma la convicción de que existen culturas históricas autónomas, distintas no tanto en la superficie de los fenómenos como en la profundidad de las cosmovisiones, se advierte la necesidad de inquirir los caracteres de sus contactos, así como las relaciones que éstos suscitan. Junto a la afirmación teórica de la radical diferencia existente entre los núcleos esenciales de las culturas históricas, la observación empírica señala analogías entre fenómenos superficiales. ¿Cómo han podido producirse? Si provienen de contactos culturales, ¿qué clase de nexos han establecido las relaciones que los han hecho posibles? ¿En qué medida la adopción de formas exógenas constituye lo que se ha llamado un “comportamiento contra el estilo”? Y, sobre todo, ¿se opera este proceso según formas regulares, cuyos caracteres son susceptibles de ser discriminados en la heterogeneidad de los hechos empíricos?

He aquí un apretado haz de interrogantes que se anuda en el ejercicio de la reflexión sobre la existencia y el comportamiento de las culturas históricas. Para plantear sus términos precisos, para ahondar en su naturaleza o para acercarse a una solución, el historiador debe recurrir a un instrumento metodológico que no es exactamente el suyo y debe trabajar en un campo donde se entrecruzan las áreas de varias disciplinas. El tema mismo insinúa su naturaleza imprecisa, y su múltiple raíz busca en terrenos lejanos sustancias que lo nutran. Cabe, pues, cuestionar la licitud de esta investigación y, en consecuencia, corresponde deslindar con claridad sus supuestos.

La meditación sobre la ciencia histórica oscila desde el siglo XVIII entre el fervor y el horror hacia los sistemas. Entre la Filosofía de la Historia y el método epigráfico parece abrirse un abismo que separa la actividad de dos especies antagónicas de historiadores, cuya oposición depende de una inseguridad radical frente al tema propio de la ciencia histórica. Aunque no se haya avanzado mucho en este terreno, parece poder afirmarse que las premisas sentadas por Croce, Windelband, Dilthey y Rickert aseguran un punto de partida firme para la indagación de su naturaleza gnoseológica.

La realidad cuyo conocimiento procura la ciencia histórica es particularmente compleja y resulta inasible en su totalidad. Su captación conceptual exige reducir el continuo heterogéneo de Rickert a esquemas racionales inteligibles, estructurados según un principio de selección, y orientados en sentido axiológico. Por esta vía se obtiene una imagen de la realidad, simplificada en mayor o menor grado, pero correlativamente coherente e inteligible; pero esta realidad no se ofrece a la indagación histórica sino bajo la especie de individualidades particulares, poseedoras en sí mismas de sentido, y referidas a valores universales.

Afirmada la validez de lo individual como tema exclusivo de la ciencia histórica, quedaba invalidada en su raíz misma toda aspiración a la formulación de leyes universales. La percepción de lo individual, en efecto, prescinde deliberadamente de lo que en él es genérico y procura, por el contrario, captar su esencia radical para referir a ella todos los fenómenos de superficie. A esta operación —propia de las ciencias del espíritu— llamó Dilthey el comprender (Verstehen); el comprender es término de una relación —para él característica de esas ciencias— integrada por vivencias y expresiones; por el comprender se descubre la coherencia interior de estas últimas y se alcanza el núcleo común de donde arrancan. Este núcleo común es una actitud cosmovisional, una concepción del mundo, una idea de la vida, unitaria y fundida con el profundo ser del hombre, que se da como una actitud irreductible a otras cosmovisiones; de aquí que la posesión de una actitud cosmovisional defina a un grupo social como portador de “una” cultura y explique su comportamiento como resultado de la vigencia del “estilo” propio que posee. Concebidas como totalidades, las culturas y los grupos sociales que se definen por ellas constituyen el tema propio de la ciencia histórica, en la medida en que las objetivaciones en las cuales trascienden significan etapas de un desenvolvimiento. Ciencia empírica, la ciencia histórica se satisface, dentro de la pluralidad de faces que presenta la indagación de esas totalidades, en la faz descriptiva.

Pero esta faz descriptiva, si bien define y agota la función historiográfica estricta, no agota, en cambio, el análisis de las culturas históricas. No es ni trivial ni arbitrario el hecho de que la reflexión acerca de la cultura y la sociedad haya tenido un polo sistemático hacia el cual se ha dirigido cada cierto tiempo. La afirmación de que la ciencia histórica es radicalmente falta de sistema, como la enuncian historiadores esencialmente empíricos como Burckhardt, Meyer o Huizinga, es una defensa legítima no tanto contra los sistemas en general como contra los sistemas de origen gnoseológico extraño a las ciencias del espíritu y, aun más estrictamente, a las disciplinas históricas.

Las culturas, pues, si son tema de la ciencia histórica, trascienden de ella y, como individualidades, son susceptibles de un análisis sistemático. El historiador empírico ha percibido alguna vez la necesidad de ese tránsito; Huizinga ha señalado la dificultad para percibir los límites —en algunos problemas— entre lo descriptivo y lo normativo; pero la dificultad en cada caso concreto no hace sino probar la existencia de los dos polos entre los que oscila la consideración de la realidad historicosocial. Cabe, pues, postular, por sobre la instancia descriptiva —estrictamente historiográfica— una instancia sistemática; retomando una tradición ochocentista, una escuela alemana ha propuesto para la disciplina que la aborde la denominación de Morfología de la Cultura (Kulturmorphologie).

Se debe a Eduard Spranger la primera sistematización rigurosa de esa disciplina, que él ha definido como un análisis estructural de la cultura. Sobre esta base parece lícito aspirar a una morfología de la cultura concebida como una doctrina empírica de la regularidad de las formas culturales, supuesto desde el cual concebía Dilthey una historia universal. Intento basado en una actitud consciente de las exigencias gnoseológicas del tema, aparece a los ojos del historiador como una solución lícita por la discriminación que supone del área histórica y del área sistemática, solución en la que la noción de regularidad mantiene su carácter científico-espiritual y no se confunde con la noción científico-natural de legalidad causal.

Deslindados, en el plano gnoseológico, los campos de las ciencias históricas y de las ciencias sistemáticas del espíritu, queda en pie la permanente fluctuación entre esas dos áreas que supone la consideración de la vida histórica. Caracterizada ésta, según Vierkandt, por la íntima compenetración de lo individual y lo general, su consideración empírica supone una constante referencia a las instancias sistemáticas. Una morfología de la cultura —recíprocamente— deberá tener a la vista de manera constante los resultados de la consideración histórica del problema. Esta interacción proviene de que radica en la esencia misma de los temas esta doble naturaleza.

Desbastado el problema de la ciencia histórica, la morfología de la cultura no sale aún de sus primeros pasos, que son, además, inciertos. Por esta incertidumbre, precisamente, afirmaba Spranger que valía la pena el intento de determinar la posibilidad de la universal validez de una organización formal de la constitución vital y espiritual de la cultura.

El concepto de cultura histórica, en sentido estricto, reconoce dos raíces que han influido notablemente en su formación: una de carácter especulativo, filosófica, y otra de carácter empírico, etnológica.

La cultura como ente es el producto de una elaboración filosófica que comienza con Giambattista Vico en Italia; con Voltaire y Rousseau en Francia; con Winckelmann y Herder en Alemania. Es, pues, un producto del siglo XVIII, obtenido como fruto de la discriminación de lo natural y lo espiritual, y ulteriormente elaborado por la filosofía idealista: con la teoría del espíritu objetivo, Hegel proporciona una vía decisiva para su caracterización.

Pero, por su parte, la investigación empírica no reconocía una cultura sino distintas culturas; las descubría la posición romántica en las diferentes estructuras nacionales, la investigación arqueológica, desde mediados del siglo, cuando evidenciaba la existencia de áreas culturales que se resistían a ser encuadradas en los marcos unitarios y lineales elaborados por la Filosofía de la Historia, y finalmente las doctrinas etnológicas, cuando señalaban la existencia de unidades culturales cerradas, de características precisas y circunscriptas.

Hacia fines del siglo, la Filosofía llegaba a conclusiones semejantes. Huyendo de toda construcción metafísica, Dilthey tiende a una concepción de lo histórico dirigida hacia la comprensión de las concepciones del mundo. La variedad de éstas incita, al tiempo que a la investigación de sus fundamentos psicológicos, a la investigación empírica de las realidades históricosociales en que se expresan. Por la vía del comprender se llega a reducir los fenómenos de superficie, los signos de las vivencias que le dan origen, y se descubre, entonces, en la realidad espiritual, una estructura que constituye el núcleo de una cultura histórica: esa estructura se expresa como una concepción del mundo.

Este reconocimiento de la historicidad de las concepciones del mundo —cuyo relativismo cree Dilthey superar mediante una historia universal concebida como morfología del espíritu humano— se complementaba con la noción del espíritu del tiempo (Geist der Zeit), en cuya formulación retoma Dilthey la dirección del pensamiento alemán iniciada con el movimiento romántico; como en la idea del espíritu del pueblo (Volkgeist), desarrollada por Humboldt y por Savigny, el espíritu del tiempo de Dilthey resume en instancias radicales e irreductibles los supuestos que subyacen en la actitud de una época histórica. Con ambas nociones —concepción del mundo y espíritu del tiempo— la Filosofía proporcionaba los elementos para una caracterización de fondo de las culturas históricas y establecía los nexos que podían vincularlas en la noción abstracta de cultura.

Por la misma época aparece, en la Etnología, la llamada Escuela histórica, emparentada con las ciencias históricas por su método y su intención; de ella sale, renovada, la doctrina de los círculos culturales, merced a la ingente labor de Leo Frobenius y a la labor sistemática de Graebner, Schmidt y la Escuela de Viena. La doctrina de los círculos culturales comprueba empíricamente la existencia de grupos de elementos culturales y rechaza toda labor extrahistórica, tal como el planteo de la cuestión de los orígenes o el de la formulación de leyes. La unidad radical de estos conjuntos hace de ellos individualidades circunscriptas y, a su vez, hace de estas últimas fenómenos de carácter espiritual; este carácter ya lo exigía Frobenius para la Etnología, en la última fase de su pensamiento.

La comprobación empírica de estas estructuras culturales corresponde de singular manera a la afirmación de la existencia de diversas concepciones del mundo, cada una de las cuales se realiza en un grupo social, en una época dada y se proyecta en fenómenos susceptibles de indagación empírica. Por una doble vía, pues, la noción de cultura histórica recibe aportaciones para el esclarecimiento de sus caracteres. La importancia de su adecuada fundamentación filosófica consiste en que ello permite trasladar esta noción, con los caracteres de rigor que hoy posee, desde las culturas simples, estudiadas por la Etnología, a las culturas más diversificadas que constituyen el sector de la ciencia histórica. Un ensayo en este sentido lo constituyó la ingente obra de Oswald Spengler, malograda por su errónea fundamentación naturalística, aunque llena de aciertos parciales. De manera más cauta, la ciencia histórica ha realizado algunos ensayos limitados, tales como los de Troeltsch, Cassirer, Huizinga, Worringer y el mismo Dilthey.

Bernheim caracteriza esta tendencia como expresionista ; acaso sea exacta la afinidad que destaca con ciertas corrientes estéticas, pero, pese a su tradición ochocentista, parece más propia la denominación propuesta por Frobenius para esta disciplina que ha de realizar el examen de las culturas en cuanto formas regulares del espíritu humano. Como Morfología de la Cultura , esta rama del conocimiento abarca un vastísimo temario, uno de cuyos puntos es, precisamente, el de los contactos de las culturas históricas.

LA PERCEPCIÓN RESTRINGIDA DEL PROBLEMA

Los contactos de culturas han sido advertidos aunque de manera restringida, desde que comienza la reflexión sobre los fenómenos de la realidad históricosocial. Dos aspectos ha tenido esta percepción: por una parte, como observación espontánea —en cuanto hecho histórico— bajo el aspecto de un contacto real de pueblos portadores de usos y costumbres diversos, con apreciación o no de la acción de unos sobre otros; por otra, como observación parcial —en cuanto comprobación de resultados— bajo el de un fenómeno de influencias, advertidas en las artes, las costumbres, etc., con apreciación o sin ella de las circunstancias históricas que los desencadenan.

Heródoto fija en la oposición de griegos y bárbaros el tema de su historia, que, más que la narración de una guerra, persigue la evidenciación del contraste de dos culturas en la cuenca del Mar Egeo. Los romanos —por debajo de la ficción acerca de la comunidad de origen— percibían claramente su diversidad con respecto a los griegos, así como las circunstancias mediante las cuales se estableció el contacto y las consecuencias que le siguieron: Horacio expresó en dos versos famosos en qué áreas veía establecerse el vínculo que los unía:

Graecia capta ferum victorem cepit

et artes intulit agresti Latio.

Desde los últimos tiempos del Imperio Romano, el Oriente y el Occidente se concebían como complejos radicalmente distintos e irreductibles. El bizantinismo —una agudización de tipo cultural del Imperio Oriental Romano— acentuó las diferencias que debían culminar con el Cisma de Oriente. Pero ya la noción de Oriente se extendía y cambiaba de contenido; para el europeo occidental, hasta el siglo XII, la idea de infiel se refería principalmente al musulmán, pero más tarde incluyó al mogol y al turco y reconstruyó la idea del mundo oriental; esta noción se fue precisando con el avance de los turcos, y su establecimiento en Europa, hacia el siglo XV, le dio carácter definitivo: el Occidente cristiano se oponía al Oriente infiel.

Aun conservando su validez la oposición Oriente-Occidente, el Humanismo se desentiende del criterio religioso y caracteriza las relaciones de su época con la inmediatamente anterior según otro módulo; las culturas que se designan con los nombres de gótica y de antigua se perciben como épocas de sentido antitético; en las designaciones mismas iba implícita una caracterización de las fuentes —germánica y romana— de donde provenían sus contenidos culturales. Frente al pasado inmediato — gótico — el Humanismo vive una resurrección de lo antiguo ; así, un acento peyorativo señala a la Edad Media y la propia época se beneficia con la estimación de que goza la Antigüedad heleno-romana.

Esta valoración se mantiene en Europa hasta fines del siglo XVIII; pero los albores del Romanticismo se señalan por una vuelta al gótico , por una resurrección de lo medieval y —parejamente— de la cultura germánica; en los productos de la cultura occidental —literatura, arquitectura y plástica, derecho— se discriminan aquellos que revelan influencia germánica de aquellos que provienen de una perduración de elementos heleno-romanos. A la inversa del Humanismo, el Romanticismo coloca el acento estimativo en los primeros y, frente al pasado inmediato, caracteriza su propia época como una restauración de lo germánico y lo medieval.

Pero los comienzos de la Edad Moderna no sólo trajeron el sentido discriminativo de las épocas sino también el de las culturas contemporáneas. Desde el final de la Edad Media aparece en el europeo occidental vivísima curiosidad por lo exótico remoto; esta actitud se proyecta en las expediciones lejanas e inciertas hacia lugares de los que apenas se conoce un nombre vago o leyendas inverosímiles sobre su vida. Si el Oriente cercano se individualiza con precisión con las Cruzadas, el Oriente lejano entra en el ámbito del conocimiento del europeo en la época de Marco Polo y su imagen se afina con los viajes de los portugueses, aproximadamente cuando se comienzan a conocer las culturas americanas. Esta curiosidad se traduce en preocupación sistemática y, entrada la Edad Moderna, Voltaire incluye su descripción en el Essai sur les moeurs , criticando el esquema empobrecido que se solía tener de la cultura humana.

Sin embargo el esquema que surge entonces y se desarrolla en el siglo siguiente, regido por la idea de progreso , y orientado hacia la idea de civilización , consagra científicamente la descategorización de las culturas que viven apartadas de ese ideal: son pueblos atrasados o salvajes . Pero ya el Romanticismo sentaba, lentamente, los principios para una nueva comprensión con su noción de espíritu del pueblo , elaborada en Alemania sobre la base de las reflexiones de Herder, de Humboldt y de Savigny, coincidentes con el pensamiento que la Revolución Francesa suscita en sus enemigos —Burke, De Maistre, Bonnald— acerca de la vida histórica. Frente a la propia cultura, las extrañas adquieren entonces categoría de realidades autónomas, dignas de ser estudiadas atentamente. Desde ese momento se inicia una era de preocupación sistemática por las culturas cuya existencia se postula como consecuencia del contraste, esto es, de sus contactos recíprocos.

Los fenómenos de influencia no sólo fueron percibidos espontáneamente sino que han sido, luego, atenta y rigurosamente estudiados dentro de diversos dominios especializados; pero, precisamente por esta razón, su consideración se realizó dentro del dominio parcial que determinaba el fenómeno donde la influencia se daba, sin trascender hacia la totalidad del fenómeno y sólo escasamente hacia las circunstancias históricas que lo desencadenan.

Los análisis más completos han sido realizados, a partir del siglo XIX, sobre los productos de arte; la definición de los estilos plásticos determinaba pautas según las cuales era posible establecer las formas ortodoxas y sus desviaciones; de ese campo surgieron, en efecto, importantes conclusiones acerca de las influencias orientales, bizantinas, árabes, en Occidente y de las que se ejercieron, recíprocamente, entre los estilos de más personalidad dentro de Europa misma; en la literatura se obtuvieron importantes resultados; la preponderancia de elementos germánicos o románicos en la literatura medieval europea ocasionó vivas controversias, y la investigación acerca de ese problema aclaró muchos puntos oscuros en el estudio de la expansión y de la recepción de la cultura romana; de la misma manera, el estudio de la supervivencia de elementos heleno-romanos, o el de las influencias renacentistas entrecruzadas, o el de las influencias de las literaturas nacionales modernas entre sí, dieron por resultado la dilucidación de más de un problema interesante de contactos de cultura. En otras disciplinas, y especialmente en el Derecho, estudios semejantes se realizaron con resultados trascendentales, especialmente a partir de la posición adoptada por los juristas alemanes de comienzos del siglo XIX.

Bases para una investigación sistemática

Afirmada la licitud de una morfología de las culturas históricas, considerada como una doctrina empírica de la regularidad de las formas culturales, y señalada la manera restringida en que este problema particular de los contactos de cultura ha sido advertido, cabe intentar un ensayo de investigación sistemática de las formas de los contactos de cultura. Sin embargo, previamente, se hace imprescindible señalar cuáles son las bases sobre las que puede realizarse.

Dos cuestiones implícitas en el enunciado del problema merecen, ante todo, ser explicitadas para deslindar su significación: en primer término, la existencia y la autonomía de las culturas históricas; en segundo, la posibilidad de la interacción cultural.

Sobre un cierto ámbito geográfico más o menos limitado, un grupo social desarrolla una manera peculiar de vida; a través de las variaciones visibles de su desenvolvimiento histórico, perdura una estructura íntima que determina las líneas generales del comportamiento del grupo social, visibles a través de los diversos aspectos de su cultura y de las diferencias individuales. La cultura que se configura por esa estructura íntima tiene, pues, una ley de comportamiento que resulta de una cosmovisión que le es propia: es su “estilo”. Una cultura histórica es, pues, esencialmente, un “estilo” de vida, ejercitado a lo largo de muchas generaciones —como espíritu subjetivo— por un grupo social generalmente circunscripto dentro de una área geográfica, y visible —como espíritu objetivo—en formas más o menos perdurables. Una cultura histórica puede, así, coincidir con una nación, pero su esencia no participa necesariamente de una exigencia jurídica; por el contrario, manifiesta generalmente tendencia a integrarse en conjuntos homogéneos por la fuerza de imperativos interiores, ajenos —y a veces contradictorios— con respecto a las determinaciones jurídicas.

Constituye un problema de vastas proporciones la determinación de cuántas y cuáles son las culturas históricas que han existido y existen. Su solución es difícil y muchos de los resultados que parecen firmes sólo pueden ser transitorios. El análisis de las culturas conocidas realizado desde un punto de vista morfológico —tal como el que, en cierto modo, ha realizado Spengler— llevará a señalar cuáles son las unidades que satisfacen las notas características de una cultura histórica. Se observará entonces que no sólo existen las grandes culturas, sino que en su seno se aprecian subculturas y aun unidades de más reducido alcance. Estas últimas se caracterizan por su heteronomía básica con respecto a las grandes unidades a que pertenecen, en tanto que mantienen su autonomía entre sí. [1]

Admitidas la existencia y la autonomía de las culturas históricas, queda, en segundo término, el problema de la posibilidad de las interacciones culturales. Las culturas autónomas son entes sobreindividuales y se caracterizan por mantener una relación muy variable con los grupos sociales que son sus portadores: así, una cultura no se extingue por deserción o por agregación de individuos, sino que su perdurabilidad depende exclusivamente de su fuerza creadora, fenómeno que nada tiene que ver con el vigor biológico del grupo portador. De aquí que por debajo de la existencia de una cultura puedan ocurrir fenómenos históricos de diversa índole, tales como el trasplante de grupos portadores de una cultura dentro de áreas geográficas dominadas por otra, sin que el ser espiritual de aquélla se altere. El fenómeno histórico de contacto de culturas es un hecho de esta clase; se produce, en efecto, entre portadores de cultura, y en tal sentido su posibilidad es inobjetable. Pero el fenómeno tiene una segunda instancia, que es la trascendencia de este contacto social en las culturas de sus portadores; en su fase final, esta trascendencia se prueba en los fenómenos de influencia, en virtud de los cuales determinadas notas adquiridas se fijan indeleblemente en ciertos productos de una cultura.

Pero aun admitida teóricamente la posibilidad de las interacciones culturales, quedaría por dilucidar en qué medida pueden sobrepasar los meros fenómenos de superficie: un análisis somero muestra que hay grados en la profundidad de las influencias, esto es, que los contactos de cultura alcanzan diversos estratos.

Hay, en primer lugar, influencias superficiales que modifican ciertos elementos de una cultura histórica sin alterar el sentido general de su estructura: son, generalmente, fenómenos de moda de poca duración y trascendencia.

Pero se encuentran, además, influencias más profundas que violentan la estructura de una cultura histórica. La consecuencia es que el “estilo” de vida propio de ella pierde su vigencia, esto es, pierde su significación como criterio del comportamiento.

Esta acción puede ser más o menos profunda y ser también más o menos profunda la crisis que desencadene. Dos posibilidades surgen. Por una parte, aparecen influencias que neutralizan el poder creador de una cultura, sea por la violencia de la coacción que las acompaña, sea por una radical incompatibilidad entre los supuestos espirituales de las culturas en contacto; se origina entonces, para la cultura pasiva, una etapa en la que pierde el dominio de su “estilo” de vida; a la fuerza creadora reemplaza una fuerza asimiladora; Vierkandt —con criterio semejante al de Spengler— llama a esta etapa civilización. Pero, por otra parte, aparecen influencias que, mientras invalidan el “estilo” de vida de la cultura pasiva, despiertan en ella nuevas fuerzas creadoras, antes insospechadas, que producen ahora, por un desarrollo endógeno aunque favorecido por el estímulo espiritual y el choque social, nuevas maneras de vida que sustituyen a las antiguas; entonces la cultura influida pierde su vigencia —aun cuando subsiste como formas creadas (espíritu objetivo)— y disgrega sus elementos para integrarlos en una nueva estructura, que crea, a su vez, un nuevo “estilo” de vida; se trata, pues, de una nueva cultura, surgida sin que la anterior haya muerto en sentido orgánico, y que lleva subyacente en ella algunos de los elementos de aquella de cuya involución ha surgido; la anterior se perpetúa, pues, no sólo en los productos objetivos que deja, sino también en las formas larvales que se desarrollaron luego con distinto sentido. Analizadas en su conjunto, acaso podría verse luego el nexo que anuda estas formas sucesivas y renovadas, y deducir, de esa continuidad, que no se trata sino de una cultura histórica que ha desgajado subculturas.

LAS FORMAS TÍPICAS DE LOS CONTACTOS DE CULTURAS HISTÓRICAS

Sobre los hechos observados históricamente, el análisis comparativo descubre formas típicas y regulares de realizarse los contactos de cultura. En principio, cada cultura histórica actúa libremente, siguiendo el impulso de su peculiar complejo de tendencias; pero un examen objetivo muestra la existencia de un cierto repertorio de posibilidades dentro de las cuales se mueven las individualidades históricas cuando deben resolver su conducta frente a otras. Hay, sin duda, formas sui generis, dadas una sola vez; pero aun algunas de ésas constituyen formas típicas de conducta, porque expresan una dirección posible de la conducta históricosocial. Hay otras que atraen la determinación de los grupos sociales hacia sus esquemas prefijados, y constituyen, además de formas típicas, formas regulares.

La regularidad de las formas de los contactos de culturas históricas —como todos los problemas de la Morfología de la cultura— ha sido escasamente estudiada. Spranger, en su Probleme der Kulturmorphologie, propone cuatro formas típicas regulares: inmigración, colonización, recepción y renacimiento, que caracteriza brevemente. Sobre esa base se propone aquí un cuadro más complejo, en el que se agregan algunas formas no consideradas por Spranger, se diversifican otras de las indicadas por él y se estructuran de acuerdo con los impulsos o ideales que las promueven. La regularidad de las formas de los contactos de culturas, en efecto, no es resultado de un mero azar, sino que corresponde a formas fijas de la conducta social, que se apoyan, a su vez, en motivaciones psicológicas; sólo de acuerdo con estas últimas es posible agruparlas y sólo en función de ellas se transforman en fenómenos comprensibles.

Los grupos de fenómenos son cuatro, pero no todos se realizan como formas unitarias de conducta, sino que se manifiestan bajo formas diversas, ya satisfaciendo impulsos y operando sobre la realidad inmediata, ya cumpliendo ideales y operando sobre ámbitos espirituales.

Los grupos y sus formas de realización son:

1. Fenómenos de descubrimiento.

2. Fenómenos de imposición cultural.

A. Fenómenos de colonización.

B. Fenómenos de catequesis.

3. Fenómenos de prestigio cultural.

A. Fenómenos de inmigración.

B. Fenómenos de recepción.

C. Fenómenos de renacimiento.

4. Fenómenos de interacción cultural.

A. La ecúmene real.

B. La ecúmene ideal.

LOS FENÓMENOS DE DESCUBRIMIENTO

Enfrentadas dos culturas distintas por el azar del hallazgo, una de ellas, que es consciente de su actitud activa, se atribuye el “descubrimiento” de la otra. El hallazgo es recíproco, pero el mero hallazgo no engendra descubrimiento hasta que no despierta una inquietud cognoscitiva profunda y persistente: errante y perseguido por la ira divina, Ulises llega a la isla de los lotófagos y no consiente abandonarla hasta enviar a tres de sus compañeros para que averiguaran cuáles hombres comían el pan de aquella tierra; y cuando, llegados a la gruta de Polifemo, sus compañeros le suplican volverse a las naves, Ulises no puede sustraerse a su afán inquisitivo y decide permanecer hasta comprobar si la hospitalidad formaba parte de las costumbres de los cíclopes. Estos, en cambio, como los lotófagos, sólo aspiran, frente a seres extraños, a dominar sin conocer.

Hay, pues, quienes toman el hallazgo en descubrimiento y quienes contemplan sin descubrir. La actitud descubridora se logra mediante una capacidad psicológica que la hace posible, en la que se encuentra un hombre o un grupo social en ciertas circunstancias: es necesaria una evasión cultural, una objetivación siquiera temporal, por el individuo o el grupo social, de su propia cultura, cuyos supuestos se relativizan; el observador adquiere entonces objetividad suficiente para percibir lo distinto, y la realidad historicosocial frente a la cual se halla se presenta a sus ojos con caracteres de individualidad valiosa en sí misma. Esta capacidad es el carácter primero de la actitud de la cultura descubridora.

Por eso no coinciden los hallazgos con los descubrimientos y es posible observar una actitud antidescubridora. En oposición a la actitud de evasión cultural, hay un sentimiento de límite cultural que encierra a un grupo social dentro del cerco de su concepción de la vida. El hombre de ese grupo vive dominado por el estilo que impregna su cultura y no concibe otro comportamiento que el que señala la coherencia de éste. Lo extraño, pues, no existe para él, en cuanto realidad cultural, y su hallazgo no incita, en consecuencia, a su conocimiento.

La consecuencia de esta actitud es que ese grupo social ignora las culturas que contempla. Así, el hallazgo, o encuentra una absoluta indiferencia, como la que producía lo extranjero entre los egipcios, o determina tan sólo una voluntad de dominio brutal: los galos del siglo IV antes de J. C. no descubren a Roma sino que la destruyen sin haberla conocido, como los asirios hacían con las naciones vecinas o los mogoles con las naciones europeas. A veces, en cambio, las culturas extrañas evidencian hasta tal punto su diversidad que suscitan la exigencia de una explicación; entonces la actitud antidescubridora se manifiesta como típica actitud anticognoscitiva y aparecen las explicaciones trascendentales: el europeo es un ser divino para las culturas de África o América, y las hordas normandas o mogólicas son ejércitos del Anticristo para el cristianismo medieval.

Para el hombre o el grupo social en actitud descubridora, lo distinto existe como realidad cultural con valor propio en sí mismo. La fuerza con que el estilo de su propia cultura lo configura y determina ha cedido en intensidad —la capacidad de evasión cultural surge con alguna especie de crisis— y es entonces capaz de percibir en la cultura extraña las notas peculiares que configuran un estilo autónomo y distinto.

Pero la actitud cognoscitiva coincide con una capacidad de objetividad que, sin embargo, no niega, sino que afirma, la pertenencia del grupo descubridor a una cierta cultura. El grupo descubridor aporta, pues, a su propia cultura, elementos nuevos y distintos que provocan, a su vez, reacciones nuevas y distintas; así, si la actitud descubridora suponía en aquélla un cierto tipo de desintegración que hacía posible la evasión cultural, lo descubierto significa, de múltiples maneras, un nuevo agente desintegrador.

El descubrimiento, en efecto, no es un mero hecho histórico, de validez universal, sino un fenómeno de conocimiento de culturas, que sólo vale referido a la cultura descubridora. Es así como los descubrimientos de mayor trascendencia han sido, en su mayor parte, redescubrimientos; esta circunstancia no disminuye su significación como fenómeno de contacto de culturas sino que, por el contrario, destaca la relación unívoca de la cultura descubierta con la descubridora.

Descubre, pues, quién conoce discriminadamente y agrega nuevas experiencias de cultura a su propia experiencia. Pero esta actitud descubridora es sólo posible cuando el nexo que une al grupo social a su propia cultura está relajado y se insinúa una tendencia que hemos llamado de evasión cultural.

Esta actitud psicológica se revela, ante todo, como una acentuada percepción de la extensión espacial y de la caducidad de toda constricción impuesta por el sentimiento de límite cultural, que imponía a la vida una adhesión indestructible a su paisaje. Rebelado contra esa constricción, el grupo social descubre la continuidad del espacio y adquiere el hábito de pensar en la lejanía. Pero a esta primera convicción se agrega pronto otra: a la idea de extensión como mera percepción espacial se une la convicción de la correspondencia entre la lejanía y la diversidad cultural; de esta doble raíz se nutre, entonces, un apetito cognoscitivo aguijoneado por una tendencia a la aventura.

Si en esa actitud espiritual la búsqueda termina en hallazgo, ante lo hallado se suscita una doble conducta: como objeto de una aventura provoca una situación de hecho, en tanto que como objeto cultural provoca una actitud cognoscitiva; indistintamente movido por esta doble serie de intereses, la cultura descubridora busca en la otra sus elementos típicos, y procura percibir los caracteres de su estructura históricosocial.

Este examen muestra en lo descubierto una relación con la cultura descubridora que ésta se apresura —con sistema o sin él— a establecer. Unas veces se advierte una diversidad homogénea; lo hallado se presenta como cultura-límite, esto es, como una deformación de la propia cultura, determinada por influencias vecinas; otras, los caracteres de lo descubierto no permiten ser analizados con ningún criterio familiar, y algunos de ellos —el idioma irreductible, o los hábitos extraños o la riqueza fabulosa— corresponden a lo que la cultura descubridora considera imposible o anormal; entonces lo distinto se convierte en lo exótico maravilloso, zona en la cual el conocimiento estricto vence sólo muy lentamente a la fantasía descriptiva, desarrollada por la ausencia de un criterio de verdad adecuado a la nueva realidad.

Pero si la capacidad de evasión cultural es la actitud psicológica que hace posible el descubrir, en cuanto hecho de realidad reconoce éste una motivación inmediata. La tendencia a la evasión cultural, en efecto, se manifiesta en el esfuerzo individual o colectivo hacia la consecución, en otros ámbitos, de fines inmediatos, en tres campos distintos pero vinculados: la riqueza, el poder o la catequesis.

Hay, pues, en las circunstancias históricas que configuran el descubrimiento, hechos de realidad. Pero en seguida, junto a la mera preocupación por los objetivos inmediatos, se da —en los mismos individuos o en otros— una preocupación de índole teorética; en efecto, las necesidades prácticas, con sus exigencias de resolución, han creado con respecto a la realidad cultural hallada un esquema elemental en función del cual se determina la conducta a seguir y se interpretan las reacciones. Pero pronto se advierte que el esquema no es satisfactorio; si basta para el hombre de acción porque es útil para la conducta inmediata, una urgencia de precisión suscita en otros —y a veces en los mismos— una vocación cognoscitiva pura: surge entonces la investigación de las realidades profundas.

Una vez despertada, la preocupación cognoscitiva pura adquiere autonomía y fuerza. Junto a las aventuras por el poderío, por la riqueza o por la catequesis, aparece la aventura por el conocimiento, que puede coexistir o ser posterior a las otras, pero que no cede a ninguna en trascendencia con respecto al desarrollo interno de la cultura descubridora.

Es, pues, imprescindible para la transformación del hallazgo en descubrimiento, la confluencia de un desarrollo de hechos reales con una vocación cognoscitiva espiritual. Esta doble raíz pragmático-teorética del descubrimiento de un sujeto que conoce y un objeto que es conocido adquiere aquí caracteres peculiares porque, a diferencia de la materia física o el pasado histórico, el objeto de conocimiento es también una individualidad consciente y capaz de alguna suerte de conocimiento. Quien se atribuye, pues, el papel de descubridor, afirma su calidad de sujeto cognoscente frente a individuos en quienes supone una actitud puramente pasiva.

Originariamente, y a primera vista, proviene esta actitud de la convicción del valor absoluto de cierto módulo del juicio, tal como la noción de “verdadera fe” o “verdadera civilización”. Pero inmediatamente se advierte que no podría bastar para darle categoría formal de descubrimiento a los hallazgos de cultura, a esta trascendentalización del módulo del juicio, porque, precisamente, se da en culturas que han hallado sin descubrir. Lo que determina esa actitud es algo más profundo; proviene de la capacidad para transferir el conjunto de las observaciones espontáneas a un plano intelectivo, sistemático y objetivo, con lo que los resultados obtenidos adquieren validez universal. El descubrimiento pretende, pues, incorporar definitivamente el conocimiento de un nuevo tipo de realidad históricosocial al acervo de la cultura descubridora, y lo logra —si es descubrimiento— precisamente por la intención cognoscitiva —esto es, objetiva y sistemática— que lo anima.

A esa intención corresponde la investigación sistemática que se suscita en el seno del grupo social que cumple el hecho históricosocial del hallazgo; los espíritus observadores o teoréticos —si los hay— parten del dato externo, espontáneamente dado, y a partir de él comienzan una labor de profundización y de comprobación de los resultados obtenidos por la mera observación y considerados verdaderos; a poco, la aventura cognoscitiva señala sus hitos y limita su campo propio, y la investigación comienza a ordenarse, no según exigencias externas surgidas del hecho históricosocial, sino según la lógica íntima del puro problema cognoscitivo.

Fuera de lo distinto natural, en donde la leyenda cabe también, el grupo descubridor procura adentrarse en lo distinto cultural. Se investigan las formas de religiosidad, los usos y costumbres, las formas de la convivencia, el orden político; pero fuera de estos estratos, cuyos marcos proporciona la cultura descubridora, porque, en general, son comunes, se investiga luego lo peculiar, que no admite referencias a estructuras familiares.

El descubrimiento se da, pues, en el plano cognoscitivo; hasta que no lo alcanza, el hallazgo no adquiere tal categoría y está a tiempo de no pasar de mero hallazgo; sólo una preocupación teorética, que constituye uno de los polos de la actividad descubridora, representa una voluntad de perpetuar los resultados obtenidos; esta voluntad configura la actitud descubridora.

LOS FENÓMENOS DE IMPOSICIÓN CULTURAL

Decidida una cultura, por una exigencia interior, a mantenerse en contacto duradero y fructífero con otra en cuyo ámbito geográfico se ha instalado, adopta, frente a ésta, una actitud de ataque y de defensa. La condición de su supervivencia es el mantenimiento de su estructura cultural, y el contacto se resuelve, entonces, en una lucha por su imposición sobre la cultura indígena, para neutralizar toda acción de ésta sobre aquélla. Tal conducta puede ser o no el resultado de una política premeditada. En todo caso, supone la convicción de la vigencia universal de la propia cultura; la imposición puede no responder a un plan pedagógico, sino ser, meramente, el resultado de una cuestión de hecho: colocado en territorio extraño, el grupo viajero cierra sus filas, y comienza a vivir como ha vivido o como el estilo de su cultura lo incita a vivir para lograr el fin propuesto, obligando a los grupos sociales indígenas a adaptarse, en lo que a aquél le interesa, a su tipo de vida; se dice entonces que el grupo exótico coloniza; pero también puede responder a un plan pedagógico: el grupo exótico quiere incorporar a los grupos indígenas a su propia cultura, mediante el otorgamiento —más o menos coactivo— de su consenso; entonces se dice que el grupo exótico catequiza.[2]

LOS FENÓMENOS DE COLONIZACIÓN

Con un objetivo más o menos preciso —entrevisto, generalmente, como aspiración a una nueva vida— un grupo social, más o menos compacto pero unido en esa aspiración, se arranca de su ambiente geográfico y se afinca en tierras lejanas y entre hombres extraños a su cultura estricta.

La solidaridad —rasgo del grupo— proviene de su comunidad de origen cultural y de la comunidad de la aventura que conmueve la vida individual de sus miembros. La consecución de sus objetivos exigirá vencer la resistencia de la naturaleza desconocida e imponerse sobre los grupos indígenas; para ambas cosas es necesario el contacto activo con ellos: es, pues, imprescindible la solidaridad social del grupo exótico, y ésta afirma su cohesión cultural.

La colonización es una forma de contacto activo y permanente con la naturaleza y la población indígenas, y el grupo exótico mantiene su cohesión como una defensa; mas para obtener las ventajas que busca necesita atraer hacia sus propios objetivos a la población indígena: procura, entonces, incorporarla a su propio plan, ignorando o menospreciando su estilo de vida, e imponiéndole el suyo propio, afirmado y sostenido por la fuerza y el empuje del grupo exótico, solidario, coherente y beligerante.

Donde no hay esta voluntad de contacto activo y permanente con la naturaleza y la cultura indígenas por parte de un grupo exótico, resuelto a su vez a mantener e imponer su estilo cultural, no hay fenómeno de colonización. Una actitud anticolonizadora es la que lleva a un grupo exótico a la obtención de un cierto resultado con prescindencia de la realidad natural y cultural ante la cual se halla y sin la voluntad de realizar la vida en contacto con esa realidad. En esa actitud insular está la factoría, el fortín o la base naval, avanzadas enclavadas en zonas extrañas, y mediante las cuales un grupo exótico persigue en tierra ajena un objetivo circunscripto.

La colonización existe, por el contrario, cuando existe una voluntad activa de realización de vida en contacto solidario con una realidad —natural y cultural— extraña, en un grupo exótico, activo en el mantenimiento e imposición de su estructura cultural.

La aventura colonizadora compromete la totalidad de la existencia de quienes la llevan a cabo: peripecia de tal magnitud no se opera sin un móvil desencadenante que haya afectado el destino social de la comunidad de donde se desgaja el grupo colonizador. En el comienzo de la aventura colonizadora hay siempre, en efecto, una conmoción de alguna especie que altera a aquella comunidad. Algunas veces es, simplemente, una expulsión de su propio ámbito geográfico; otras, más generalmente, es una conmoción interna que separa grupos dentro de la totalidad de la cultura colonizadora.

Hay una circunstancia que adquiere importantes proyecciones: si la colonización ha sido promovida por una entidad metropolitana —Estado, o entidades particulares—, o es el resultado de una decisión privada y espontánea.

La colonización promovida se desarrolla más estrechamente. El Estado, para el cumplimiento de una finalidad prevista, traslada grupos de población a territorios lejanos y mantiene allí su jurisdicción; indistintamente pueden ser colonias militares en zonas peligrosas o colonias agrícolas destinadas a asegurar la posesión de ciertas regiones o a permitir la canalización de fuerzas peligrosas para la estabilidad del orden social. Unidas al Estado, entidades privadas —empresas o compañías— promueven también el establecimiento de grupos colonizadores, en los que, sin embargo, prevalece el interés por la consecución de los objetivos económicos; así, en principio, no constituyen sino factorías; pero, con el tiempo y por el relajamiento de sus vínculos, las factorías se transforman en colonias y constituyen centros poderosos.

La decisión privada y espontánea crea otro tipo de colonia, más libre, en la que no existe la coerción metropolitana ni el interés por la consecución de objetivos concretos, y en la que, en consecuencia, se desarrolla una vida dirigida por las posibilidades de realización del grupo colonizador. La decisión privada no siempre corresponde a un interés positivo por la colonización; si es cierto que es el resultado de una decisión, también lo es que con ésta se resuelve un estado de crisis. Entonces la colonización no es sino el resultado de una huida o evasión del hogar de su propia cultura. A veces se trata —como en la colonización de origen estatal— de obtener tierras de trabajo cuya propiedad no es posible en la metrópoli por razones de régimen social interior; estas crisis de superpoblación se hallan en la base de muchos fenómenos de colonización; pero como la superpoblación no supone una relación fija entre la población y la riqueza, sino que se trata de relaciones cambiantes según el régimen social, la crisis de superpoblación nos revela un fenómeno de este tipo: fenómenos sociales, bajo este y bajo otros aspectos, son, en efecto, los que con mayor frecuencia se encuentran en la raíz de la colonización privada. Después de la fase aguda de un conflicto social, las posibilidades de coexistencia entre los grupos vencidos y los vencedores se toman nulas y los primeros deben emigrar.

A veces el propio grupo vencedor estimula este segregamiento que despeja el horizonte político y lo facilita permitiendo la continuidad de ciertas tradiciones metropolitanas; pero la vinculación formal no condiciona el ulterior desenvolvimiento del grupo colonizador, que afirma su autonomía decididamente.

La acción colonizadora, aunque determinada por cierto móvil inmediato, sólo es posible por una actitud peculiar; no coloniza el grupo exótico que se aísla o plantea una existencia artificial, sino el que, sin desintegrarse, coexiste con la naturaleza y la cultura indígenas. Pero esa coexistencia no es pasiva; se manifiesta como una decisión intergiversable de entrar en contacto cercano con ella, de conocerla, y sobre todo, de violentar su estructura, para reducirla a sus elementos e incluirlos en su propio tipo de vida, que se impone como módulo indiscutible. Esa actitud es una actitud de hecho; el grupo colonizador se instala y vive, y opone la realidad de su estructura cultural a la realidad cultural indígena; en la medida en que es fuerte, obtiene la adhesión —parcial o total, espontánea o coactiva— del grupo indígena, sin admitir la posibilidad de que la coexistencia encierre una transigencia con respecto a su propio estilo de vida.

Esta imposición de hecho de una cultura exótica sobre una cultura indígena se realiza por obra del pioneer colonizador. En previsión de la reacción indígena, el pioneer colonizador adopta una actitud dominadora; su objetivo no es ya la obtención de la tierra —ya lograda— sino la extracción de su riqueza; antes de él, nada está establecido y debe comenzarlo todo: echar las bases de la seguridad común, las de una explotación productiva, las de una vida acorde con su peculiar estilo. A la naturaleza desconocida u hostil se une la hostilidad de las poblaciones indígenas: el pioneer colonizador no conoce la seguridad y se acostumbra a la permanente vigilia; de esta actitud nace su excluyente preocupación por los problemas inmediatos y urgentes y la indiferencia hacia todo lo que no sea la realidad y sus exigencias.

Su única defensa es la actitud solidaria con su grupo: defensa material, en cuanto constituye un régimen de seguridad colectiva, y defensa espiritual, en cuanto asegura el mantenimiento de su cohesión cultural. Esta actitud solidaria se expresa de muchas maneras pero adquiere su carácter más notorio en la forma urbana que adopta la colonización. La ciudad guarda celosamente los hábitos y las formas de la vida anterior, y el grupo colonizador encuentra en ella el estímulo y el descanso en la lucha cotidiana. La ciudad reproduce los esquemas de su estructura cultural y desde ella el grupo colonizador se irradia hacia el hinterland, con la confianza de tener a sus espaldas un mundo familiar; porque lo propio de la ciudad es conservar, con la mayor fidelidad posible, la tradición de la cultura colonizadora.

Pero en el desarrollo histórico de esa cultura, el grupo colonizador coloca un hito fundamental: es el momento del desgajamiento. El desenvolvimiento que continúa en el hogar originario apenas se advierte en el nuevo hogar y el hito indicador señala la iniciación de un período de separación real, configurado —originariamente— por el mantenimiento de la cultura originaria en la etapa en que se produce su desarraigo. El pioneer colonizador se hace profundamente conservador de su estructura cultural, y sobre todo, de los esquemas en que la representa en el momento de su desarraigo, que adquieren ahora una fuerza acrecentada. A partir de estos esquemas se comienza una elaboración autónoma, propia de la cultura filial; pero en su fondo subyacen aquéllos con caracteres indelebles.

La imposición cultural que, de hecho, realiza el grupo colonizador sobre las culturas indígenas, proviene, pues, de la fuerza irreflexiva que adquieren los esquemas de su propia cultura en el ánimo del pioneer colonizador, a causa de las circunstancias que motivan su propio desarraigo y de las exigencias que plantea su nueva vida.

Sobre el terreno, el grupo colonizador advierte las dificultades de la empresa. Algunas veces la posesión del suelo está facilitada o asegurada, sea por el Estado colonizador, sea por la ausencia de poblaciones indígenas o por su repliegue; la acción colonizadora es entonces el mero trasplante de ciertas formas de vida a nuevos lugares sin que se realice verdadero contacto de culturas. Otras veces, en cambio, la posesión del suelo significa el contacto inmediato con sus antiguos poseedores, y la labor colonizadora implica una coexistencia de culturas.

Cuando el grupo colonizador no encuentra resistencia activa sino que por el contrario anuda ciertos vínculos de amistad con las poblaciones indígenas, se produce una ocupación virtual del suelo; la sumisión, virtual o expresa, o un pacto sobreentendido, rige las relaciones de unos con otros, y, poco a poco, la población indígena, en su totalidad o en parte, comienza a intervenir activamente en el plan de vida del grupo colonizador, cediendo ante su estructura cultural, más compleja y diversificada. Los grupos indígenas se incorporan entonces como periecos —en sentido literal— a la cultura colonizadora, la cual los recibe y acoge como puente de unión con más vastas zonas de influencia, variando el tipo de explotación según la naturaleza económica del lugar.

En diferente situación se encuentra la cultura colonizadora cuando la posesión del suelo debe obtenerse por conquista; los grupos indígenas son considerados luego sólo como vencidos y el grupo colonizador puede explotarlos sin restricciones. Esta situación se perpetúa en el tiempo y dificulta la incorporación de los grupos indígenas —en alguna medida— a la cultura colonizadora.

La acción colonizadora —que es lo que define la colonización como tal y la diferencia de las meras situaciones de presencia sin contacto— es, pues, una acción que trasciende desde un cierto grupo compacto y exótico hacia un grupo indígena más vasto. La relación de contacto vivo, planteada alrededor de situaciones nuevas, suscita la exigencia de soluciones que el grupo colonizador extrae de su propia experiencia. Pero el grupo colonizador no puede aguardar el planteo espontáneo de las situaciones para organizar —reconstruyendo el curso secular de la cultura— su propia existencia; su acervo es un caudal nada despreciable y el grupo colonizador actúa en función de él: el conjunto de formas culturales se transfiere al nuevo hogar como un conjunto orgánico.

Pero no sólo es la fuerza del impulso anterior lo que da vigencia a las formas culturales del grupo colonizador, sino que obra allí también una política premeditada. La organización estatal del grupo colonizador, la afirmación y el sostenimiento de sus creencias, usos y costumbres, la difusión del idioma, son formas de afirmación de la vida autónoma y vigorosa del grupo; la estructura formal procura reemplazar su verdadera fuerza, que no posee en realidad, aunque la posea como latencia. Por la adopción de esas formas, el grupo colonizador afirma su existencia, y, por su imposición, cumple —con la urgencia que exige la labor colonizadora en sus primeros momentos— la función de obtener y sellar la adhesión de los grupos indígenas.

La adopción de formas se advierte, sobre todo, en la organización del Estado, al que son transferidas las propias de la cultura metropolitana, sea como resultado de una delegación del Estado, sea como una libre imitación de las instituciones. Pero no es menos visible en la tendencia a conservar e imponer los contenidos culturales, mediante la catequesis religiosa, la enseñanza escolar y extraescolar y el adiestramiento en las actividades propias del grupo colonizador; la imposición no se cumple, en un principio, sino en sus aspectos formales, pero aun así constituyen un signo de sumisión de los grupos indígenas, con el cual se afirma la existencia y el poder del grupo colonizador. Esta imposición de las formas espirituales tiene como consecuencia un estancamiento del desarrollo espiritual, cristalizado, precisamente, por el vigor de una estructura formal simplificada y esquematizada para obtener su más fácil imposición.

Esta fortaleza de la estructura cultural del grupo colonizador, metódicamente defendida y cultivada para afirmar su imposición, se ad