El desarrollo de las ideas en la sociedad argentina del siglo XX. 1965

ADVERTENCIA

El libro que debía escribir sobre las ideas argentinas en el siglo xx suponía un conjunto de problemas. Con ser muy graves, los de información no me parecieron los mayores. Más difícil creí que fuera llegar a establecer un método interpretativo y, luego, a edificar una estructura de cierto rigor. Decidido a resolver estas últimas cuestiones, me atreví a intentar la realización de un experimento.

Éste es el resultado, que, tanto por razones de sinceridad como de prudencia, quiero juzgar modesto.

El título mismo supone una cierta interpretación de la historia de las ideas, disciplina de escasa tradición y muy imprecisos contornos. Deliberadamente he eludido la exposición del pensamiento sistemático, porque creo que la historia de las ideas no puede ser una mera yuxtaposición de historias parciales de innumerables campos de la reflexión. Mi objetivo ha sido esbozar un cuadro de conjunto en el que se muevan las corrientes de ideas y de opiniones a través de los grupos sociales que las han expresado, defendido o rechazado, para descubrir cómo han obrado sobre las formas de vida colectiva, cómo operaron a través de grupos —mayoritarios o minoritarios— según el diverso grado de vigencia que alcanzaron, cómo inspiraron ciertas formas de comportamiento social o, en fin, cómo expresaron los contenidos de ciertas actitudes espontáneas.

Este planteo supone una opinión acerca de cuál es el enfoque con el que la historia de las ideas puede ayudar a la comprensión de la historia. Si ese enfoque abre una perspectiva nueva, es porque no se han explorado metódicamente las relaciones entre la realidad social y las corrientes de ideas y opiniones, fenómenos tan vigorosos que les es dado aglutinar individuos y grupos sociales de una manera singular, en ocasiones alterando las relaciones derivadas de la estratificación social.

Para desarrollar este planteo he debido utilizar muchos y muy diversos materiales, de los cuales algunos no me eran familiares. Con ser muchos, el ambicioso esquema que me propuse hubiera requerido muchos más. Debo considerar, pues, este estudio como un ensayo, como una especie de bosquejo sobre el que habría que trabajar largamente. Si, pese a las notorias deficiencias, me atrevo a publicarlo, es porque creo que constituye un intento antes no realizado de poner a la luz cierto tipo de relaciones que, a mi juicio, no han sido suficientemente destacadas.

El lector tiene, pues, ante los ojos, un experimento historiográfico. Su destino es ser superado. Pero creería haber alcanzado lo que me proponía si el lector atento advierte la riqueza de posibilidades que encierra el método propuesto para la comprensión de la realidad socio-cultural.

Capítulo primero

EL LEGADO DEL SIGLO XX: LA OBRA DE LA GENERACIÓN DEL 80

1

Tras el período de las primeras tres grandes presidencias constitucionales (1862-1880), la Argentina comenzó a acusar los resultados de la política programada desde la proscripción por los profetas de la nueva República —Echeverría, Alberdi, Sarmiento, entre otros— y puesta en ejecución durante los veinte años que siguieron a la batalla de Caseros, que puso fin a la dictadura de Juan Manuel de Rosas (1852). La era del saladero había concluido, y las actividades agropecuarias se orientaron hacia la cría de la oveja para la exportación de la lana; entre tanto comenzaba a desarrollarse la agricultura en campos a los que protegía poco a poco el alambrado, y progresaba, aunque con dificultades, una incipiente industria. En las zonas rurales, pero más aún en las ciudades y especialmente en Buenos Aires, crecía rápidamente la población a consecuencia de los ingentes grupos de extranjeros que llegaban cada día a los puertos, algunos para incorporarse a las faenas agropecuarias, otros para ejercer su artesanía, y todos para gozar de las promesas de bienestar que la zona litoral del país ofrecía. Por allí comenzaron a tenderse las vías férreas y a desarrollarse otros elementos del progreso técnico que alimentaban en los europeos recién llegados la ilusión de estar no sólo en un país tan adelantado como el suyo, sino acaso en uno de más brillante porvenir, en parte por la debilidad de las estructuras económicas tradicionales y en parte por la atracción que parecía tener América para quienes deseaban invertir capitales. Más allá del litoral, y excepción hecha de ciertos focos de civilización —algunos de tradición secular— subsistía el desierto al que nadie se sentía tentado de poblar. Y Buenos Aires, a punto de trasmutarse de aldea en metrópoli, fijaba en sus límites al mayor número de gentes, en sus actividades la mayor parte de la riqueza, y en sus puestos de mando casi todos los mecanismos que regían la vida económica y política del país.

Así comenzó a advertirse —en las vísperas de 1880— un cambio sustancial en la vida argentina. El país buscaba su camino a través de unas transformaciones profundas que se operaban en la organización económica, en la composición de la sociedad, en la vigencia de las costumbres y en la adhesión a ciertas ideas. No era empresa fácil pues, si abría sus ventanas a los vientos del mundo, eran muchas las alternativas que se ofrecían ante sus ojos, todas con perspectiva de futuro. La Argentina era una promesa o, mejor, todo un conjunto de promesas que escondían sus posibilidades en una tierra de extraordinaria feracidad, de clima atrayente y escasamente poblada. En un momento en que Europa se industrializaba aceleradamente y concentraba grandes masas en sus ciudades, un país de predominante población blanca y resuelto a seguir las huellas de la civilización europea, que se ofrecía para ser el granero y la dehesa de Europa, podía aspirar a recibir un bien ganado premio. Una generación señalada por sus gravísimas responsabilidades debió elegir un camino entre las múltiples alternativas que se le ofrecían al país: tal fue la misión histórica de la generación del 80, de cuya obra depende el destino argentino casi hasta nuestros días.

Hasta poco antes, solía frecuentemente el indio aproximarse a prósperas poblaciones del litoral en vertiginosos malones, para robar ganado y toda suerte de utensilios, y apoderarse de rehenes que luego llevaba en cautividad.

Todas las opiniones estaban contestes en que hasta que no desapareciera ese peligro no ofrecería el país las garantías suficientes como para que hombres y capitales de otras tierras acudieran al país en la proporción en que parecían necesarios para satisfacer los sueños de grandeza que se escondían en todos los espíritus. Ésa fue una de las causas que decidió al gobierno del presidente Avellaneda a preparar la definitiva expedición al desierto que emprendería el general Julio Argentino Roca. En los campos de la provincia de Buenos Aires crecían los ganados lanares con intenso ritmo, y nuevas tierras tentaban a quienes los explotaban. En 1879 el designio civilizador quedó cumplido. El general Roca llegó hasta las márgenes del Río Negro, y poco después quedaban incorporadas al horizonte de la ganadería unas quince mil leguas cuadradas de tierra que, graciosamente distribuidas entre los allegados al gobierno, convirtieron en poderosos a aquellos que las recibieron.

Las actividades rurales, estimuladas por la mayor seguridad obtenida gracias a la vasta operación militar de Roca, ampliadas gracias a las nuevas tierras ganadas con ella para su desarrollo, favorecidas por la mano de obra aportada por la inmigración europea, y alentadas por la gran demanda del mercado internacional, comenzaron a progresar con la firmeza propia de una empresa fundamental para la vida del país. El comercio, derivado especialmente de tales actividades productivas y animado por las exigencias de los centros urbanos, creció en volumen, vivificando a su vez las grandes ciudades litorales; y la industria, que apenas podía competir en importancia con las otras actividades económicas, se desarrolló lo suficiente como para que quienes la impulsaban se reunieran en 1875 en una activa institución de fomento y defensa llamada Club Industrial, con influencia bastante como para mover a algunas figuras prominentes de la política a intentar ya en 1876 —sin éxito, por cierto— la sanción de leyes proteccionistas, contra la tendencia general de los intereses agropecuarios.

La estrecha relación de la economía argentina con las demandas del mercado europeo otorgó a Buenos Aires un papel singularmente importante en la vida nacional.

Un viejo pleito entre porteños y provincianos se agudizó entonces, y el país quiso que la ciudad capital, que era además el primer puerto del país, fuese patrimonio de la nación entera y no tan sólo de la provincia de Buenos Aires, única beneficiaria hasta entonces de su múltiple actividad y de su rica aduana. El interior del país no era ya desierto, sino que agregaba a su antigua influencia política la influencia económica que ahora poseían algunas regiones, especialmente las del litoral, a causa de su creciente riqueza. La lucha se hizo inevitable y cristalizó alrededor de dos candidaturas presidenciales para las elecciones de 1880, en las que debía elegirse sucesor de Nicolás Avellaneda. Las provincias del interior sostuvieron la candidatura de un tucumano, el jefe de la expedición al desierto, el general Roca, al tiempo que manifestaban su decisión irrevocable de declarar la federalización de la ciudad de Buenos Aires. La provincia de Buenos Aires, por su parte, levantó la candidatura presidencial de su propio gobernador, Carlos Tejedor, y se dispuso no sólo a defenderla contra el fraude que la amenazaba, sino también a defender a su capital como su propio patrimonio. El conflicto degeneró en guerra civil, y Tejedor se vio derrotado no sólo en sus aspiraciones al gobierno, sino también en el problema de la capital, pues Buenos Aires fue federalizada el 20 de septiembre de 1880. Pocos días después asumía la presidencia de la República el general Roca y se inauguraba una era de profundas transformaciones en la vida argentina.

2

Roca tenía entonces treinta y siete años. A su alrededor se empezó a mover una generación que comenzaba a entrar en la madurez y algunos de cuyos miembros habían dado ya pruebas de su definida orientación. No en balde fue su ministro del Interior Antonio del Viso, gobernador de Córdoba hasta poco antes, y cuya acción —en la que lo había acompañado Miguel Juárez Celman como ministro de Gobierno— había sido claro testimonio de progresismo liberal y emprendedor. No faltó algún católico en su ministerio —como Manuel D. Pizarro— pero predominaron en él los espíritus abiertos y liberales, entre los cuales se destacaron Eduardo Wilde y Carlos Pellegrini.

En la política, en la dirección de la vida económica, en las letras y en otras muchas actividades, una nueva generación se ponía en evidencia. Durante más de veinte años imprimió sus ideas y sus sentimientos a las distintas actividades de la vida nacional con ese aplomo que da la certidumbre de poseer, si no la verdad misma, al menos, esa verdad relativa que resulta del consenso general. Y su fuerza de convicción plasmó en un sentimiento colectivo que fue el espíritu de la época.

Muchos de sus miembros ejercieron carreras liberales, porque fue hábito en las buenas familias mandar a sus hijos a la Universidad de Córdoba o a la de Buenos Aires. En la época de estudiantes se crearon los vínculos temperamentales e ideológicos que funcionarían durante toda la vida y, ya hombres, intervendrían muchos de ellos en las múltiples y diversas actividades de la vida del país con la específica mentalidad del universitario y del profesional. Pero tales condiciones no agotaban la personalidad de los hombres de la generación del 80. Sus profesiones —la abogacía o la medicina— los pusieron en contacto con las funciones públicas, y las circunstancias favorecieron su encumbramiento. Ministros o altos funcionarios, trasmutaron en decisiones de Estado las opiniones que todos ellos sustentaban de antiguo en los claustros universitarios, en las columnas de la prensa o en las tertulias de los clubes, a los que como caballeros acudían. Algunos, como Lucio V. López, ejerció la defensa y asesoría de la Bolsa de Comercio, y otros las de las grandes empresas inglesas y francesas que comenzaban a organizarse, en las cuales alcanzaron, generalmente, a ser miembros de los directorios locales. Pero, como Lucio V. López, todos o casi todos mostraron inclinación por el periodismo y la literatura. Escribir para el público fue una de las preocupaciones fundamentales de esta nueva generación que asumió la dirección del país al alcanzar la presidencia de la República el general Roca.

Entre los hombres que por entonces se dedicaron a la política y ocuparon altas funciones casi todos poseyeron buena formación intelectual y participaron de las inquietudes filosóficas y estéticas de la época. Casi todos leyeron las mismas revistas —francesas en su mayoría— y frecuentaron los mismos autores. Pero algunos poseyeron además el impulso de desarrollar sus propias ideas, unas veces al calor de los acontecimientos cotidianos y con el ropaje ligero del periodismo, y otras de modo más pulcro y severo bajo la forma del ensayo o del relato.

Hubo numerosos periódicos, casi todos polémicos y con posición tomada frente a los candentes problemas políticos y espirituales del país, y no faltaron las revistas, populares unas y de altas ambiciones intelectuales otras. En unos y otras hicieron esgrima de ideas y ejercicios de pensamiento José Miró, que escribió en La Nación y publicó allí su novela La Bolsa con el seudónimo de Julián Martel; Carlos Pellegrini, Roque Sáenz Peña, Lucio V. López y Paul Groussac, que formaban parte de la redacción de Sud América, periódico de intensa acometividad en favor de las ideas renovadoras y liberales, y cada uno de los cuales se destacó en la política o en la literatura; Miguel Cañé y Aristóbulo del Valle, que dirigieron El Nacional, sucediendo a Sarmiento, ágil escritor el primero y orador consumado el segundo; Joaquín Castellanos, Adolfo Saldías, Francisco Barroetaveña, que publicaron El Argentino para defender las ideas radicales; Olegario V. Andrade, que escribía en La Tribuna, dirigida por Mariano Varela; Pedro Goyena, José Manuel Estrada, Miguel Navarro Viola, Tristán Achával Rodríguez, Santiago Estrada y Emilio Lamarca, que se agruparon en La Unión para defender las posiciones del catolicismo.

Vicente Quesada y su hijo Ernesto dirigieron y animaron La Nueva Revista de Buenos Aires, en la que escribieron sobre filosofía, historia y literatura, además de sus directores, Navarro Viola, Gutiérrez, López, y cuantos manifestaron preocupaciones eruditas. Estrada y Goyena publicaron la Revista Argentina, de preocupaciones más ceñidamente literarias; Calixto Oyuela dirigió la Revista Científica y Literaria; Adolfo P. Carranza y Carlos Vega Belgrano la Revista Nacional, y Paul Groussac comenzó a editar en 1896 La Biblioteca, efímera pero fiel expresión de la vida intelectual argentina de las dos últimas décadas del siglo xix, en la que publicaron colaboraciones Francisco y José María Ramos Mejía, Lucio V. Mansilla, Juan Agustín García, Rafael Obligado, entre otros muchos.

En los negocios, en la política, en las letras o en la vida mundana, se constituyó así una generación que asumió la dirección de la vida argentina, aplicando criterios homogéneos y de sólidos fundamentos. Tras la crisis de 1880 y el comienzo de la presidencia de Roca su hegemonía se hizo indiscutida y duró acaso algo más de tres décadas, aunque en su transcurso se fueron fortaleciendo las raíces de un movimiento de adverso sentido. Su acción se realizó sobre un país cuya estructura económica cambiaba rápidamente, a causa sobre todo de importantes transformaciones en la estructura social, modificada por un acto deliberado de incorporación al país de una crecida masa inmigratoria. Ante tales cambios demográficos, sociales y económicos la nueva generación de dirigentes sólo opuso la persistencia de una única filosofía.

3

Quizá, sobre todo por poseer una sólida y arraigada filosofía espontánea de la vida, fue la generación del 80 una fuerza tan compacta y tan eficaz en la dirección de la vida argentina. Quizá podría —como hace notar Alejandro Korn— escribirse la historia del pensamiento filosófico sin mencionar los nombres de sus miembros, porque sufrían “el tedio de toda disquisición abstracta”; pero en la historia de las ideas ocupan un puesto singular, porque pocas veces fue tan firme un sistema de convicciones en el seno de una élite, y pocas logró influir tan profundamente sobre la realidad.

En los profundos estratos de esa filosofía espontánea de la vida hay, sin duda, inequívocos resabios de una filosofía sistemática, quizá no muy bien conocida en sus fuentes, pero aprendida a través de autoridades que le prestaban su personal prestigio. Era el positivismo, cuyos principios habían entrevisto como fruto de su propia reflexión algunos de los emigrados y que había arraigado luego en la generación siguiente a través de lecturas de Comte, de Spencer o de sus epígonos. Pero si la doctrina había mantenido el fervor militante en los hombres de la organización posterior a Caseros, en sus hijos apenas sirvió para justificar el éxito, y tras el éxito el conformismo.

Quizá la palabra conformismo moviere a error si indujera a pensar en cierta impotente resignación frente a circunstancias adversas; pero el de los hombres de la generación del 80 fue un conformismo de otra especie. La obra emprendida y llevada a cabo por sus padres había comenzado a dar sus frutos, y la promesa se había tornado sólida y brillante prosperidad. Sólo que era una prosperidad de tal suerte que debía incitar a la reflexión, a la crítica, al examen, a la vigilancia perpetua; pero, en lugar de eso, suscitó un fácil sentimiento de conformismo que cegó las posibilidades de descubrir las inevitables y bruscas mutaciones que necesariamente se preparaban en el seno de esa realidad, en cuyo desarrollo se advertía un vértigo que no podía asegurar ninguna estabilidad, ni acaso una curva regular en el desenvolvimiento de la vida social.

La nueva oligarquía se dejó mecer indolentemente por la vida porque dio por sentado que el proceso que sus padres habían desencadenado y guiado con tanto esfuerzo y tan madura reflexión correspondía a la naturaleza de las cosas y no necesitaba la constante corrección del rumbo. El proceso, empero, se desenvolvía como un torrente violento constreñido por terribles obstáculos, a los que al principio sorteó gracias a la habilidad de los timoneles y contra los que luego comenzó a chocar con creciente violencia; pero en las orillas del torrente quedaba abundante resaca, y la resaca pareció ganancia suficiente y estímulo bastante para quienes debían dirigir el proceso y se limitaban a seguirlo.

Hubo entre los hombres de la generación del 80 espíritus religiosos y no religiosos, pero sin duda predominaron y ejercieron mayor influencia estos últimos. A ellos se debe la acción de gobierno y sobre todo el aire singular que adquirió la época, en Buenos Aires y en Córdoba especialmente. Quizá fueran ateos, pero es más seguro que fueran tan sólo indiferentes, porque la despreocupación por cuanto implicara severos compromisos internos caracterizó su manera de ser. Si se dejaron llevar por el sensualismo, no fue sólo sin embargo porque fueran indiferentes en materia religiosa, sino más bien porque dieron rienda suelta a ciertos sentimientos de casta. Herederos de padres ilustres, creyeron merecer no sólo el prestigio que rápidamente conquistaron, sino también la dirección política del país —administrada por los jefes de los grupos provinciales— y sobre todo cierto diezmo que parecía corresponderles por derecho natural sobre las ganancias que el país obtenía de su ingente esfuerzo, obra ya de propios y extraños. El amor a la riqueza y el orgullo de casta engendró el sensualismo y éste tentó a los aristócratas de la modesta Buenos Aires con las infinitas vanidades que movían a las burguesías ricas de Londres o París. El refinamiento en las costumbres comenzó a regirse por normas diferentes de las que habían presidido la vida del patriciado porteño, alterada ahora por cierto amaneramiento que nacía de traducir a la atmósfera aldeana de Buenos Aires las modas, los usos y las convenciones de las grandes capitales europeas, entonces en la euforia del esplendor capitalista.

La construcción del edificio del teatro Colón, proyectado por el gobierno de Juárez Celman, simbolizó no sólo las preocupaciones por el goce estético sino más aún, el afán de construir los cuadros para el desarrollo de una existencia convencional en el más alto nivel de lujo. Julián Martel procuraba, en La Bolsa, reflejar la feria de las vanidades porteñas, y Lucio V. Mansilla daba el ejemplo de cómo adecuar la elegancia europea al marco de la ambiciosa ciudad que Lucio López, con ajustada precisión y acaso no sin melancolía, llamó La gran aldea.

Esta actitud vital entrañaba, ciertamente, cierto desprecio por las tradiciones vernáculas. La época de Juan Manuel de Rosas, que para las generaciones posteriores a Caseros parecía espejo de barbarie, había exaltado el amor a los hábitos criollos, a la vida rural y al modo de ser del hombre de la llanura, para quien la vida ciudadana era apenas un intermedio fugaz en su existencia tosca y bravia. Todo eso había sido condenado por el vigoroso estigma impuesto por los proscriptos al campo, considerado fuente de barbarie, y la derrota del tirano había significado a los ojos de los vencedores el triunfo de la civilización. Acaso por ese contraste fue tan notorio el desprecio de la tradición criolla, que los hombres de la primera generación posterior a Caseros sentían como un sentimiento espontáneo, y que para los de la generación del 80 fue un sentimiento heredado. Lo criollo era lo primitivo, lo elemental, y a poco, comenzó a ser lo pintoresco para estos hombres que empezaron a tratar de hacer de las ciudades activos centros de europeización del país.

careciendo de toda estimación por las formas criollas de vida, se propusieron suprimirlas y sustituirlas por las que, a sus ojos, representaban la civilización.

En realidad, los hombres de la generación del 80 no hicieron sino llevar hasta sus últimas consecuencias los principios de la política civilizadora cuyo más brillante paladín había sido Sarmiento. Para ellos, no era ésta ya una política discutible o una política entre varias, sino la política por excelencia, rara seguir impulsándola al ritmo de los tiempos —y para extremarla, en vista del éxito alcanzado— era inevitable entrar en el torbellino que poco a poco se formaba en el mundo occidental al compás del desarrollo industrial y capitalista. Europa y los Estados Unidos se habían lanzado a la carrera del desenvolvimiento técnico, y civilizar quería decir ahora imponer en mayor o menor grado la civilización técnica. La vieja fórmula sarmientina fue traducida ahora con amplia libertad y según los términos contemporáneos, abriendo las puertas de la nación al capital extranjero, introduciendo el país en el mercado internacional, poblando los campos y las ciudades con hombres venidos de todas partes del mundo. Y el país comenzó a tornarse cosmopolita, en las formas al menos, por obra del liberalismo ilustrado de su nueva oligarquía, y con olvido o desprecio de la masa popular, antes de pura cepa criolla y ahora hibridada poco a poco por el arribo de las masas inmigratorias.

Tan profundos trastornos económicos y sociales no podían dejar de influir sobre la vida espiritual. En ese orden, la tradición criolla no era sino la tradición hispánica colonial, que las influencias iluministas y liberales de la primera mitad del siglo no habían logrado desterrar ni aun debilitar demasiado. Cuando comenzó la ofensiva contra la tradición criolla, comenzó también, directa o indirectamente, el ataque contra la mentalidad colonial, que inspiraba no sólo la vida intelectual sino que respaldaba también todo el sistema de creencias y opiniones vigentes en la sociedad. El efecto no se hizo esperar. Sostenida por una vigorosa coherencia interna, la primera generación posterior a Caseros, y luego sus herederos de la generación del 80, arremetieron contra los esquemas mentales tradicionales. Prefirieron los autores franceses a los españoles y, algunos, los anglosajones a los franceses; tales lecturas alejaron muy pronto a las minorías cultas de la influencia de la Iglesia. Se ha dicho que el resultado de ese esfuerzo fue una “secularización” de la cultura; la expresión refleja claramente la intención de las clases dominantes y aun los resultados obtenidos, pues la notoria heterodoxia de los autores preferidos y casi canónicos reflejaba una decidida preferencia por un sistema de ideas arto distinto del que prevalecía hasta entonces.

Pero tal esfuerzo no se realizó sin oposición, y si puede hablarse de una efectiva quiebra de la tradición colonial entendiéndola como una “secularización” de la cultura, fue porque la nueva oligarquía triunfó en la batalla que le ofreció el frente católico. No vaciló éste en organizarse cuando el sentimiento moderno y liberal comenzó a traducirse en obras, a través de las medidas legislativas. Contaba con inteligencias claras, y contaba además con la experiencia de la lucha, pues la que se dio en el escenario rioplatense imitaba y seguía muy de cerca a la que se había desarrollado en Europa muy poco antes. Contaba, además, con la fuerza de la tradición, que le prestaba apoyo fuera de las clases dirigentes, en el seno de la naciente clase media, tradicionalista y acaso un poco asustada del vértigo innovador de la audaz minoría que dirigía el país; poco después se vería que también podía contar con el apoyo popular, pasivo pero eficaz, que se sumó a las fuerzas católicas en un frente complejo, sostenido por la indefinición de sus problemas generales, y que contribuyó a provocar el movimiento disconformista de 1890.

Quizá pudiera agregarse que aun la propia clase dirigente fue cobrando una especie de vago temor ante el curso de los acontecimientos. Algo tenía su actitud de la del aprendiz de brujo. Si los presupuestos de la política civilizadora y progresista estaban totalmente en pie, algunos fenómenos secundarios que resultaban de su aplicación adquirían proporciones inesperadas. Sarmiento señaló algunos en Conflicto y armonías de las razas en América, y todos los advertían en la vida diaria, en los fenómenos de la sociabilidad que podían observarse especialmente en el litoral. La población se hibridaba con caracteres no previstos, provocando situaciones y fenómenos no imaginados. Él país perdía, ciertamente, el primitivo estilo criollo, pero no adquiría otro y ofrecía cada vez más una fisonomía imprecisa e inasible. El estigma de la sórdida lucha por la riqueza se tornaba indeleble en la superficie misma de la vida y de los caracteres.

Pero la lucha por la riqueza no siempre adoptaba iguales caracteres. En la vieja clase de trabajadores criollos, en la nueva clase de los inmigrantes que acababan de incorporarse al país, y hasta en las clases medias que sufrían los embates de las transformaciones económicas y vivían dentro de un régimen de inestabilidad, la lucha por la riqueza tenía cierta visible sordidez que los espíritus refinados de la nueva oligarquía acusaban inmediatamente.

Quizá fuera por eso que sus miembros se acostumbraron muy pronto a suponer que pertenecían a otra clase, a otro mundo que éste de los que buscaban la riqueza en una lucha sin cuartel por medio del trabajo. Ellos no necesitaban descender a esos menesteres. Se convencieron de que constituían lo que quedaba de puro, de prístino, en el país, y que se merecían todo, a causa de ese mérito, que no era suyo, sino determinado por lo que había cambiado a su alrededor. La sordidez de su propia lucha por la riqueza parecía ocultárseles. Poco a poco, se sintieron los elegidos, los puros, en una sociedad que ellos mismos habían hibridado; fueron los aristócratas, en una sociedad donde se desvanecía rápidamente el sentido patriarcal de la vida y comenzaban a diferenciarse las clases económicas con creciente nitidez. Y ese sentimiento tuvo tal fuerza que muy pronto se tornaron casta y configuraron una típica oligarquía abismalmente separada de las clases que gobernaba. La tarea de civilizar el país debía encontrar poco después un obstáculo fundamental en la resistencia que los que debían ser civilizados comenzaron a oponer a los que querían civilizarlos. Cada vez más, la oligarquía adquiría la fisonomía de un grupo ilegítimo.

4

Por detrás de su filosofía espontánea de la vida, la nueva oligarquía fundaba sus convicciones —y sus dudas, por cierto— en un sistema de ideas de arraigada tradición intelectual. Era el que residía en las obras que leían los más inquietos de sus miembros, el que enseñaban —de primera o de segunda mano— los profesores mejor informados, el que sustentaba las opiniones que daban sobre sus materias específicas médicos, naturalistas, juristas, pedagogos y políticos.

La primera generación posterior a Caseros había contado en su seno con hombres de vasta y profunda cultura intelectual. Sus herederos mantuvieron arraigado el hábito de la lectura, aunque sin duda alguna predominaron aquellos a quienes atraía más la literatura que la filosofía. El esteticismo fue, en cierto sentido, la actitud espiritual propia de los hombres del 80, pero entendida solamente como predilección por la creación ajustada a las exigencias de su propia sensibilidad, pues es bien sabido que las obras con las que nutrieron su espíritu no eran propiamente de corte esteticista. Por el contrario, la novelística que leyeron —especialmente francesa— los saturó de ideas, en particular sobre problemas sociales, que contribuyeron a formar más de una opinión en algunos espíritus que se resistían al esfuerzo de la lectura de obras sistemáticas. Pero no faltaron, empero, quienes frecuentaran estas últimas.

Las fuentes predilectas de Sarmiento y Alberdi, las obras que, aun antes, habían nutrido a las inquietas minorías intelectuales y políticas, todas ellas mantuvieron algún prestigio porque su pensamiento mantenía cierta coherencia. Cousin, Leroux y Fourier siguieron despertando curiosidad y satisfaciendo preocupaciones filosóficas, sociales y políticas, en tanto que comenzaban a influir poderosamente sobre las inteligencias Taine, Drappel y Renán, con su interpretación de la sociedad, de la historia, de la literatura y el arte, con su alarde de sutil inteligencia, con su elegante escepticismo, aparente al menos, con su brillante despreocupación por todo lo que parecía vulgar o cotidiano. Pero las influencias más novedosas y profundas comenzaron a ser la del positivismo, por una parte, y la del evolucionismo darwiniano por otra. Tales doctrinas no tuvieron en un principio hogar apropiado en las universidades, pues ni la de Córdoba ni la de Buenos Aires dedicaban su atención a las disciplinas teóricas, y sólo en 1896 comenzó a funcionar en la segunda la Facultad de Filosofía y Letras.

Fue en la Escuela Normal de Paraná, fundada en 1870 y desarrollada bajo la inspiración de José María Torres y de Jorge Stearns, donde comenzaron a difundirse los principios de Spencer, ante todo en relación con la pedagogía, pero luego también en cuanto filosofía de lo social. Por el mismo camino, aunque un poco más tarde, comenzó a difundirse la doctrina de Comte; pero la enorme influencia de Spencer y de Comte no se manifestó a través del contenido teórico de sus doctrinas, sino en la que ejerció en las sucesivas generaciones de maestros que egresaban de las escuelas normales de Paraná o de Mercedes, y que difundieron, a su vez, su pensamiento en sus áreas de influencia, precisamente a partir de 1880.

Entretanto, las proyecciones del pensamiento teórico europeo se advirtieron también en el campo de las ciencias, y especialmente en el de las ciencias naturales, donde el evolucionismo darwiniano comenzaba a adquirir el valor de una explicación universal. En 1880 volvía al país, tras varios años de estudio en Europa, Florentino Ameghino, quien venía compenetrado de las doctrinas transformistas del evolucionismo. Por ese entonces predominaba aún en los círculos científicos la doctrina creacionista, que defendía sobre todo el sabio director del Museo de Buenos Aires, Carlos Burmeister. Dos obras publicó por entonces Ameghino que revelaron su precoz madurez: La formación pampeana y La antigüedad del hombre en el Plata. Más adelante, y junto a sus innumerables comunicaciones científicas y trabajos referidos estrictamente a sus investigaciones en el terreno, Ameghino ordenó en 1882 sus opiniones sobre el transformismo en la conferencia que pronunció con el título de A la memoria de Darwin, y dos años después sobre el problema general del evolucionismo en su Filogenia (1884), cuyo contenido definió como los “principios de clasificación transformista basados sobre leyes naturales y proporciones matemáticas”.

Más tarde Ameghino resumiría su posición científica y filosófica en escritos de mayor vuelo aún. Entretanto, proseguía sus investigaciones en relación con la Sociedad Científica Argentina, que se había fundado en 1872, y con la Academia de Ciencias de Córdoba, fundada en 1873. Estas instituciones agrupaban a los hombres de ciencia del país, aunaban sus esfuerzos y estimulaban las vocaciones. Función semejante cumplían el ya citado Museo de Buenos Aires —cuya dirección ejerció Ameghino desde 1902—, el Museo de La Plata, fundado en 1884 y organizado por Francisco Moreno y el Observatorio Astronómico de la misma ciudad, fundado en 1882. En Paraná funcionó desde 1884 un museo provincial de ciencias naturales; pocos años más tarde ejercería su dirección el sabio naturalista Pedro Scalabrini, a quien se deben las primeras divulgaciones de la doctrina de Augusto Comte.

Las influencias del cientificismo se advirtieron también en la obra histórica y sociológica de José María Ramos Mejía, que publicó en 1880 Las neurosis de los hombres célebres en la historia. Preocupado por los problemas de la psiquiatría, dio a luz diez años después unos Estudios clínicos sobre enfermedades nerviosas y mentales; pero sus indagaciones y las conclusiones de sus estudios lo llevaron preferentemente a aplicarlas al examen de la historia. Así publicó La locura en la historia (1895), Las multitudes argentinas (1899), Los simuladores del talento (1904) y Rosas y su tiempo (1907). Por debajo de su personal perspicacia —y casi genio, en ocasiones— Ramos Mejía reflejaba el vigoroso impacto de Taine primero y del positivismo luego, a través de cuya doctrina había aprendido a buscar el sustrato naturalista de la historia. Su obra histórica quería ser científica, llegar a ser un análisis descamado, metódico, implacable, de la realidad histórico-social, y hecho sin prejuicios que pudieran torcer la observación. Pero tenía, en rigor, un prejuicio fundamental: el prejuicio del naturalismo, propio de la actitud cientificista, adscripta al positivismo vigente ya en las minorías intelectuales, cuyas ramificaciones llegabañ hasta las ciencias sociales e históricas.

5

Como siempre, las nuevas corrientes de pensamiento se difundieron de preferencia en un principio entre las clases más cultas, que eran también las clases más ricas y poderosas. Por su parte, las clases medias —y las clases populares aún más— se mantenían ajenas y un poco insensibles a tales cambios de tendencias que implicaban una revisión de muchas creencias tradicionales y suponían, además, una actitud vigilante frente a procesos intelectuales que se desarrollaban en otros ambientes.

La actitud propia de las clases medias y populares consistió en cierta prevención frente a los cambios de actitudes demasiado repentinos y radicales en relación con costumbres, ideas y creencias arraigadas muy profundamente en su tradición. No formaba parte de sus hábitos mentales ni la adopción de actitudes críticas ni la aceptación rápida, entusiasta e impulsiva de opiniones intelectualmente elaboradas, como era propio de las minorías snobs. Y acaso por reacción, las clases medias y populares resistieron pasivamente la nueva postura espiritual de la oligarquía, abroquelándose pasivamente en sus sentimientos recónditos.

Sin duda vibraba aún en la clase media criolla, como en las masas populares de las ciudades, de los suburbios y de los campos, cierta sensibilidad romántica estimulada por la nostalgia de lo que solía creerse que representaba el criollismo. Acaso en algunos sectores el criollismo se simbolizaba en Rosas, cuya imagen había entrado ya en el reino de la leyenda. Pero la sensibilidad romántica se manifestaba sobre todo en una actitud de enérgica adhesión a lo propio y vernáculo e, inversamente, en cierto desdeñoso desapego a lo extraño que se ofrecía como moderno. La sensibilidad romántica se manifestó como reacción antipositivista y como retorno al pasado, y exaltó todo lo que el pasado guardaba en su seno.

La enérgica campaña que la oligarquía realizó en favor de los principios laicos, y que encontró sin duda decidido apoyo en importantes grupos sociales, suscitó el reagrupamiento de los sectores católicos de esa misma oligarquía; junto a ellos se aglutinó en seguida un importante sector de la clase media y de las clases populares, que no estaban, ciertamente, con el Syllabus, y menos por las razones que señalaba Pedro Goyena, pero que se resistían a moverse contra sus convicciones tradicionales y ocultaban, seguramente, cierto mágico temor frente a la libertad de espíritu que manifestaban quienes desafiaban a las creencias tradicionales. Por deliberada y consciente reacción unos, como resultado de las luchas doctrinarias que sacudían en ese momento al mundo; por pasiva y temerosa adhesión a las creencias tradicionales los más, el catolicismo apareció como una fuerza, en la medida en que había sido hostilizado, y actuó en los movimientos de opinión que provocaron la crisis de 1890 como una respuesta a la ofensiva lanzada contra él. José Manuel Estrada, que había sido separado de su cátedra por su vehemente defensa de la Iglesia contra la política estatal del presidente Roca, apareció como ferviente defensor de la democracia al lado de quienes levantaban las mismas banderas con otros objetivos más típicamente políticos.

Entre estos últimos estaban los que sabían que la oligarquía suscitaba también en las clases medias y populares cierto resquemor por su aire de superioridad y por su efectivo ejercicio de una superioridad social, económica y política. Aristóbulo del Valle recogía en el Senado ese impulso, mezcla de indignación y de resentimiento, que suscitaba la suficiencia de las clases ilustradas y renovadoras en la conciencia popular. Pero más fielmente representaba en la calle ese sentimiento Leandro N. Alem, tribuno de elocuencia intensa, en cuya prosa y en cuyo verso —porque también era poeta— vibraba el acento romántico que la oligarquía liberal solía desdeñar con apenas encubierta sonrisa. En Alem, como en las multitudes que lo siguieron desde 1890 hasta su trágica muerte, la vida revelaba más un contenido emocional que no un sistema estricto y riguroso de ideas. Esas multitudes eran las que, por la apelación que había sabido hacer al sentimiento, habían seguido a Adolfo Alsina, y acaso las que antes se habían sentido sobrecogidas por el paternalismo de Juan Manuel de Rosas. Para quienes componían esas multitudes, la decisión de “civilizarlos” que había adoptado la oligarquía no era tanto ofensiva como inhumana. Preferían una cierta simpatía por sus defectos, por su modo de vida, por sus preferencias y entusiasmos, hasta por sus errores, y adivinaban precisamente que esto era lo que faltaba en aquellos espíritus sagaces y orgullosos que descubrían inflexiblemente sus lacras, aunque vieran que se disponían a curarlas y a enmendar sus vicios.

La erizada reacción frente al desdén por la sensibilidad popular que mostraba la oligarquía, se trastrocó en una casi agresiva defensa del pasado criollo, en una agresiva resurrección de la rebeldía gaucha. Desde que la vida argentina se colocó bajo el signo del europeísmo —luego de Caseros y tras el acceso al poder de los emigrados— el gaucho y su estilo de vida habían comenzado a simbolizar para ciertos sectores un bien perdido: acaso solamente el de su libre espontaneidad, o acaso el de un sistema de valores que por instinto juzgaba el único válido. José Hernández había dado un sentido reivindicatorío a su poema Martín Fierro, lleno de intención contra la política dominante por entonces. Y ese movimiento recrudeció después de 1880, y se hizo visible en la voracidad con que los lectores de los periódicos leían los folletines de Eduardo Gutiérrez, en los que daba vida a los oscuros mitos del pasado gauchesco: Juan Moreira, Hormiga Negra, y tantos otros que cobraban vida en su fecunda y ligera pluma. Poco después sus personajes escalarían un grado más en su prestigio y en su popularidad, como si fuera inagotable la curiosidad del público e inagotables las reservas de emoción que las aventuras del gaucho rebelde ocultaban a los que ya descubrían que su país había dejado de ser la Pampa indómita. Bajo la lona de los circos, los Podestá comenzaron a animar, en memorables pantomimas, las aventuras de aquellos varones arrogantes que desdeñaban el naciente orden jurídico de la República y alzaban sobre él un enérgico y salvaje individualismo, apoyado en su coraje y en su cuchillo; y las gentes crédulas y humildes que rodeaban las pistas, expresaban, con su asombro y su admiración, su hermandad con quienes resistían a la enérgica y sistematizada presión de la nueva oligarquía.

A veces se entremezclaban en las filas de los admiradores de Juan Moreira o de Pastor Luna algunos de los inmigrantes que poco a poco se asimilaban a los viejos hábitos de la tierra. Ciertamente, no gozaban en general de la simpatía de los criollos, cualquiera fuera su clase; ya Hernández y los payadores populares habían estigmatizado al “gringo” que explotaba o traicionaba al paisano; y en el teatro el tipo de Cocoliche reflejaba al desprecio del nativo por el que todavía no se había asimilado a las condiciones del país; pero muchos lograban adecuarse a las costumbres locales y a los valores predominantes en su ámbito. Otros, sin embargo, resistían a la presión del ambiente, porque se mantenían fieles, no sólo a sus principios morales tradicionales, sino también a los objetivos que se habían fijado al decidirse a cambiar de habitat. “Hacer la América” era un designio imperioso e indeclinable. Su vigencia en la masa inmigrante suponía cierta primacía de los valores económicos, y, sobre todo, cierta sistemática indiferencia con respecto a los problemas de la vida nacional. Pero muy pronto sintió también esa masa inmigrante la presión de la oligarquía, cuya hegemonía pesaba no obstante cierto paternalismo todavía posible. Empero, a pesar de la situación análoga de dependencia en que se encontraban tanto la masa criolla como la masa inmigrada, no era demasiado fácil hallar una vía de coincidencia y de acción común: sólo la revolución del 90 ofrecería la ocasión de incorporarse a los movimientos ciudadanos al nuevo conglomerado social, en el que ya se notaba un sistema de ideas y de valores que comenzaba a hibridarse.

6

Puede decirse que, hacia 1890, se produjo una primera polarización por clases sociales de los elementos étnicos y culturalmente diversos que integraban por entonces la sociedad argentina. En el sentimiento antioligárquico se fundieron criollos, inmigrantes e hijos de inmigrantes, concordes todos en repudiar la despreocupada superioridad que se adjudicaba en el dominio del país la vieja oligarquía. De esa polarización de distintos sectores sociales y culturales nació un programa posible para la República, que rápidamente se encamó en un partido político: la Unión Cívica, que inspiraron Bartolomé Mitre, José Manuel Estrada, Francisco Barroetaveña, y, en especial, Leandro N. Alem.

Ese programa era, sobre todo, un programa distinto del que tenía por delante la oligarquía tradicional: distinto por los intereses que lo impulsaban, distinto por los sentimientos que lo envolvían. Entraban en él, entrecruzados, elementos sobrevivientes de la vieja tradición y elementos vivos impuestos por los nuevos contingentes sociales de origen inmigratorio; pero acaso lo más importante fuera su naturaleza de programa de clase, de clase popular, de clase no privilegiada, obligada a afrontar su situación económica en términos de dependencia frente a la oligarquía en trance de cristalizarse.

Ese programa entrañaba una cierta imagen del país. La Argentina debía ser en el futuro una tierra de trabajo y de producción, en la que la población aluvial se impregnara poco a poco de las virtudes nativas, pero en la que, de hecho, predominara el tipo de economía que había traído la clase inmigrante, con los ideales de vida que comportaba. Pero era evidente que tal perspectiva entrañaba un cambio en el sentido de la historia del país, aun cuando fuera difícil que se lo percibiera con claridad. Confusamente, al menos, el cuadro tradicional de la historia patria resultó alterado por las experiencias posteriores a la organización nacional y no pasó mucho tiempo sin que vastos grupos acusaran esa conmoción.

La oligarquía había heredado de la aristocracia republicana la certidumbre de que continuaba —a través de la obra y el pensamiento de los proscriptos— la tradición de los fundadores de la nacionalidad. Con sus trabajos sobre la historia patria, Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López habían erigido los imperecederos monumentos que recordarían la memoria de los proceres fundadores de la nacionalidad, estableciendo las líneas de su formación y formulando sus ideales vernáculos e inmutables. En nada comprometió la solidez de la obra la polémica que después de 1880 desencadenaron los dos grandes historiadores. La versión oficial de la historia nacional —pues tal papel asumió en la vida argentina la obra de Mitre y López— establecía que la nación había nacido como obra de las clases ilustradas y liberales, que habían impuesto legítimamente a una población de escaso desarrollo un sistema de formas institucionales propias de las naciones civilizadas de la época. El momento culminante de la historia argentina era, pues, el de la fundación de la nacionalidad por obra de los grupos liberales, y la consolidación de la independencia por el esfuerzo del general San Martín.

La versión oficial de la historia argentina establecía, además, que el proceso de afloramiento y progresiva caracterización de distintos grupos sociales no constituía sino una desviación morbosa del recto camino que, teóricamente, correspondía a la historia argentina. El desarrollo del regionalismo y del federalismo, la disgregación final del Estado nacional, la irrupción y supremacía de las masas populares que obedecían ciegamente a sus caudillos y servían a sus intereses con prescindencia de los suyos propios, todo el profundo y vasto fenómeno social, en fin, que llenaba la historia argentina desde antes de 1820 hasta la caída de Rosas en Caseros, parecía como ajeno al destino argentino, cuyos celadores eran, entre tanto, los proscriptos que en tierra extranjera conservaban el fuego sagrado de la tradición liberal y el designio de encuadrar las fuerzas sociales rebeldes dentro de ceñidos y vigorosos marcos institucionales.

Parecía de estricta lógica considerar que el régimen constitucional empalmaba con la tradición de los proscriptos y la de Mayo, y la oligarquía posterior al 80 perpetuó esta creencia; pero a poco que se paseara la vista sobre el cuadro del país se descubría que ni la oligarquía continuaba tan exactamente la tradición ni el país mantenía la misma fisonomía que antes. El haber extremado la generación hegemónica del 80 la concepción liberal de la vida argentina suscitó contra ella aquel programa que suponía, en alguna medida, una primera revisión de las líneas de formación de la nacionalidad que habían trazado Mitre y López.

Algunos de los más ilustrados de esa generación percibieron que el problema tenía importancia, y José María Ramos Mejía analizó separadamente el problema de las multitudes argentinas y el extraño caso de Juan Manuel de Rosas. El asunto era susceptible de una explicación, y con la finalidad de encontrarla lo habían estudiado ya antes Alberdi, Echeverría y Sarmiento. Pero no había parecido hasta entonces susceptible de justificación, como comenzó a parecer para quienes emprendieron de nuevo su estudio a la luz de nuevas experiencias sociales, bajo el signo de inequívocas afinidades y fuera del sistema de ideas predominantes en el seno de la oligarquía.

Nada puede extrañar que el movimiento programático de 1890 descubriera que las minorías liberales habían sido antipopulares, en parte porque lo habían sido efectivamente, y en parte porque muchos de los que lo descubrían provenían de aquel movimiento del extinguido federalismo. Oradores de multitudes, como Adolfo Alsina y Leandro N. Alem, descubrían rápidamente en la sensibilidad de sus auditorios una receptividad simpática para cuanto expresara el resentimiento de las clases populares, antaño halagadas por el rosismo. Y el movimiento que surgía contra la nueva oligarquía quiso ser popular, aunque tuviera que declinar parcialmente su liberalismo doctrinario.

Nacido del autonomismo porteño en alguna medida consecuente con la política de Rosas —y mecido en las auras de las clases populares—, el nuevo movimiento comenzó a desdeñar la tesis oficial sobre la historia argentina. El regionalismo, animado por los caudillos y vivificado por el apego a la tradición, no pareció cosa tan desdeñable, y la peculiaridad local de la provincia de Buenos Aires mereció acaso más respeto que la edificación del común destino nacional. Y hasta la figura misma de Rosas comenzó a contemplarse de otro modo, desprendida del vituperio con que la había ensombrecido la tradición unitaria.

La obra más representativa en este sentido fue la de Adolfo Saldías, miembro del movimiento de la Unión Cívica y redactor después de 1890 de El Argentino, periódico que expresaba el pensamiento radical. En el primer capítulo de su Historia de la Confederación Argentina escribía Saldías: “No se sirve a la libertad manteniendo los odios del pasado. Lo esencial es estudiar el cuerpo social que, a impulsos de su sangre y de los defectos de su educación, incubó y exaltó a los que tales odios inspiraron. Sólo así se pueden señalar las verdaderas causas de esa postración estupenda del sentido moral que llevó a un país fundador de cuatro repúblicas, a depositar sus derechos, esto es, su ser político, y a ofrecer su vida, sus haberes y su fama, esto es, su ser social, a los pies de un gobernante que los renunció infinidad de veces.

“La generación argentina que pugnó por autorizar con el prestigio del tiempo sus viejos y estériles rencores, cedía naturalmente al sentimiento egoísta de toda sociedad que graves culpas tiene ante el porvenir y ante la historia: se escudó tras el culpable que presentaba a la execración de la posteridad. Ella acusó, acusó siempre porque no podía acusarse a sí misma. Una sociedad, dice un eminente escritor francés, necesita arrojar siempre sobre alguno la responsabilidad de sus faltas. Cuanto mayor es el remordimiento que experimenta, mejor dispuesta se encuentra a buscar el culpable que por ella haga penitencia; y cuando lo ha castigado bastante, se acuerda el perdón a sí misma y se congratula de su inocencia.”

A estas reflexiones contestaba Mitre, en carta al autor: “Se ha propuesto Vd. la rehabilitación histórica, política y filosófica de una tiranía y de un tirano, en absoluto y en concreto, tratando de explicarla racionalmente por una ley anormal, dándole una gran significación nacional y orgánica y un carácter en cierto modo humano como potencia eficiente en la labor colectiva que constituye el patrimonio de un pueblo; y esto es, en presencia del siglo xix en que el mundo está gobernado por la libertad, por las instituciones, por la moral pública, que dan su razón de ser y su significación a los hombres que pasan a la historia marcando los más altos niveles en el gobierno de los pueblos libres.

“Cree Vd. ser imparcial. No lo es, ni equitativo siquiera. Su punto de partida, que es la emancipación del odio a la caída de la tiranía de Rosas, lo retrotrae al pasado, por una reacción impulsiva, y lo hace desandar el camino que lo conduciría al punto de vista en que se colocará la posteridad, colocándose en un punto de vista falso y atrasado. De este modo, el espacio en que se dilatan sus ideas está encerrado dentro del círculo estrecho de acción a que subordina su teoría como derivada del hecho, que es su fórmula concreta, y es pura y netamente el campo de la acción federal de los sectarios de Rosas sin más horizontes que la perpetuidad de la tiranía. De aquí, por un fenómeno psicológico que se explica por la ilusión óptica y por la limitación de vistas amplias, aprisionado dentro de este círculo de hierro, su corazón y su cabeza —no obstante sus instintos generosos— están del lado de los verdugos triunfantes y no de las víctimas rendidas.”

Y más adelante agregaba: “Caseros es una batalla final, lógica, necesaria y fecunda. Es el punto de partida de la época actual, de la evolución de la organización nacional, complementada por otra batalla, también necesaria y fecunda, en que triunfó la reorganización nacional, asentando a la República en equilibrio sobre sus anchas e inconmovibles bases constitucionales. Protestar contra el triunfo de Caseros, o poner en duda su necesidad y su razón de ser, es protestar contra sus resultados legítimos, y es protestar contra la corriente del tiempo que nos envuelve, y lleva a la Nación Argentina hacia los grandes destinos que se diseñan claros en el horizonte cercano.”

Los dos criterios estaban claramente expuestos. Para Mitre, no solamente no se debía evitar la imprecación contra el tirano, sino que no se debía intentar comprender ese trágico momento de la vida argentina —que, por cierto, ya había sido enfrentado con penetrante visión por Alberdi, Echeverría y Sarmiento—, para no caer en el peligro de justificarlo. Pero Saldías respondía a otra sensibilidad. Odiaba al tirano —no en balde había sido secretario y era admirador ferviente de Sarmiento—, pero tenía un sentimiento de viva simpatía hacia las masas populares, y buscaba descubrir el fenómeno por el cual habían caído en esa perversión. Así como apoyaba un movimiento programático que procuraba sacar al país de las manos de la oligarquía, intentaba al mismo tiempo revisar el pasado para determinar el camino que las masas populares habían seguido hasta entonces en el país. Pasado y futuro comenzaban a verse iluminados con una nueva luz.

7

La preocupación por el futuro colectivo cristalizó en concepciones políticas más o menos definidas que los grupos de acción postularon como soluciones eficaces para los problemas del país. Acaso todos los grupos coincidieron en la necesidad de poner al país en el camino de su desarrollo económico y en abrirlo a las influencias renovadoras de Europa; pero fuera de orientaciones tan generales, las direcciones de la acción asumieron aspectos muy diversos, e identificables sólo en relación con ciertos grupos sociales.

Para el grupo oligárquico —esto es, el grupo que representaba en política la casi totalidad de la clase propietaria y adinerada, de antigua raigambre y heredera a su modo de la generación de la organización nacional— la preocupación fundamental consistía en persistir en la creación de la nueva Argentina económica, tarea a la que coadyuvaban principalmente los capitales extranjeros y las masas inmigradas. Estaba persuadido de que, hasta entonces, las luchas políticas, las apasionadas contiendas por el poder que tanto habían ensangrentado la historia argentina habían absorbido excesivamente las energías nacionales, y que ahora debían postergarse para dejar lugar a un esfuerzo colectivo y eficaz en favor del proceso de expansión económica en que el país estaba empeñado: su éxito debía realizar a la larga aquel ideal expresado por Alberdi y Sarmiento de modificar la fisonomía de la realidad nacional para impedir que otra vez cayera el poder en manos de los representantes de la “montonera”.

Julio A. Roca, presidente desde 1880 hasta 1886, resumió esta posición al erigir como lema de su gobierno el de “Paz y administración”.

Estas dos palabras estaban llenas de sentido en el momento en que fueron pronunciadas. “Paz” significa imponer definitivamente el régimen de respeto a la Constitución y a las leyes por sobre las pasiones mal controladas de los que aún no descartaban la posibilidad de apelar a la fuerza en las contiendas por el poder. “Administración” significaba, sobre todo, la promoción del desarrollo económico y la organización del Estado para servir a la convivencia de la comunidad, y especialmente a los grupos dominantes, para los cuales el acrecentamiento del país era no sólo motivo de orgullo sino también causa de beneficio.

Este doble propósito de asegurar la juridicidad y el progreso correspondía bastante exactamente al sistema de principios liberales y positivistas que predominaba en el ambiente intelectual de la época. Se perfeccionaba con el designio inequívoco de extender el orden liberal hacia otros campos, como por ejemplo, el de la conciencia individual, imponiendo el laicismo en la educación, e imponiendo la jurisdicción del Estado en ciertos dominios donde antes imperaba la Iglesia.

Pero tales designios políticos, que provenían de una imagen preconcebida de lo que debía llegar a ser la República, suscitaban seguramente no sólo la resistencia de unos sino también la indiferencia de otros. Contra tales reacciones, la oligarquía retomó una vieja actitud que ya había aparecido antes en las minorías cultas —la del “despotismo ilustrado”— y decidió imponer sus designios con prescindencia del consentimiento popular. El hábito de operar discrecionalmente sobre la realidad social se vio favorecido, sin duda, por el indiferentismo que difundió la incorporación a la sociedad argentina de millares de inmigrantes. De la voluntad de todos disponía —ahora más todavía que antes— un pequeño grupo que se constituía en árbitro del destino nacional; y tal tendencia se extremó por épocas a través de regímenes presidencialistas que transformaban en ficción todo el régimen institucional.

Quizá lo más característico del sistema fuera, como se ha señalado ya antes, que la certidumbre de la validez de sus fundamentos originara cierto desdén por quienes no podían comprenderlos. La oligarquía pretendió civilizar al país, pero se mantuvo ajena a las preocupaciones y modalidades de las masas populares, por las que manifestó un vago desprecio. Los problemas sociales, que en otras partes del mundo eran ya no sólo graves sino también visibles, apenas preocupaban a una oligarquía económica y política que, contando con una ilimitada mano de obra, creía imposible que se produjeran en el país fenómenos que ya se habían manifestado en muchos lugares de Europa como consecuencia del desarrollo industrial.

Sin duda no se produjeron en la Argentina movimientos sociales de las características de los que se habían observado en Europa, pero la perspicacia de Sarmiento —que advirtió la peculiaridad nacional de los conflictos sociales— no volvió a darse en ningún estadista; de modo que comenzaron a incubarse las previsibles derivaciones del ingente fenómeno inmigratorio, sin que nadie reparara en él. Muy pronto, sin embargo, se advertirían los primeros síntomas de un cambio profundo.

Como reacción popular frente al absolutismo presidencialista, frente a la política de círculos cerrados, frente al fraude electoral, frente a la inmoralidad administrativa, se organizó poco a poco el movimiento que cristalizó poco antes de 1890 y que buscó ese año una salida por la vía de la revolución. Si el pensamiento político de la oligarquía revela fácilmente sus fuentes y manifiesta su coherencia, las ideas de este otro movimiento que se le enfrentó resultan más difíciles de precisar. Hecho en parte de resentimientos o de reacciones frente a una situación dada, hay en su contenido mucho de crítica y de sanción, y muy poco, en cambio, de clara orientación creadora.

La condenación del “fraude y la violencia” que lanzó Mitre contra el régimen situó las reivindicaciones del nuevo movimiento en el plano político: exigió una democracia pura, en la que el sufragio libre consagrara la voluntad soberana de la mayoría, y un ejercicio del poder que fuera responsable ante la voluntad nacional. Exigir el cumplimiento efectivo del principio del sufragio universal era afirmar el derecho inalienable de las clases populares a imponer su voluntad por encima de las oligarquías que se creían legítimas destinatarias del poder no sólo a causa de su capacidad e ilustración sino también a causa de su antiguo predominio. Se trataba, pues, de una afirmación revolucionaria, puesto que exaltaba el derecho del paisano, del pobre y, además, del hijo del inmigrante y aun del inmigrante naturalizado. De ese modo se hacía cargo de un naciente problema social, que se relacionaba con la progresiva y veloz transformación de la sociedad argentina.

Se ha dicho que el movimiento que dio origen a la Unión Cívica y que se escindió luego para dejar paso, como la más importante de sus fracciones, a la Unión Cívica Radical, expresó más un sentimiento que una ideología precisa. Así era en la palabra exaltada de Leandro N. Alem y lo fue luego en la frase esotérica de Hipólito Yrigoyen. La afirmación es, pues, exacta, pero no debe olvidarse que tal sentimiento era, en cierto modo, resultado de una toma de posición frente a la realidad social, de acuerdo con la cual se invertían los valores y se otorgaba el goce de todas sus facultades a nutridos grupos de ciudadanos no considerados hasta entonces como de pleno derecho. Era un sentimiento, sí, pero un sentimiento que provenía de una convicción profunda acerca de las condiciones que prevalecían en la sociedad. Y aunque era sólo un sentimiento, entrañaba la decisión de ofrecer soluciones a los problemas sociales, limitada, es cierto, a la solución formal de considerar a todos los ciudadanos, cualquiera fuera su condición económica o su origen, en el mismo nivel político, sin descender a problemas más profundos que arrancaban de la sustancial y progresiva diferenciación de los distintos grupos sociales.

Esos problemas, principalmente económicos y acentuados con el desarrollo del país, se insinuaban ya en las últimas décadas del siglo, pero seguramente sólo eran perceptibles para los que estuvieran avisados del curso del movimiento obrero. Entre 1885 y 1889 visitó los países del Río de la Plata Enrique Malatesta y poco más tarde, en 1898, le siguió Pedro Gori, ambas figuras destacadas y brillantes del movimiento anarquista europeo. Sin duda ejerció fuerte influencia la presencia de los dos luchadores, y poco a poco, bajo la influencia del último, el anarquismo individualista se inclinó hacia la acción organizada a través de los sindicatos: L’Avenire y La Protesta Humana fueron sus periódicos de lucha. Por la misma época comenzaba el movimiento socialista con el que el anarquismo entró en inmediato conflicto. El Club Vorwärts agrupó en 1882 a los socialistas alemanes, y en su seno el ingeniero Germán Avé Lallement procuró indagar, con criterio marxista, las peculiaridades del desarrollo económico-social argentino; una reflexión ya madura vio la luz en las páginas del periódico El Obrero, explicando el significado de la revolución del 90. Poco después, en 1894, aparecía La Vanguardia como expresión del grupo socialista, que se constituyó como partido político dos años después, bajo la inspiración de Juan B. Justo. Como en el caso del anarquismo —con el que continuó luchando, a imitación de lo que ocurría en otros países— el socialismo se organizó también dentro de la ortodoxia doctrinaria. Describiendo la situación social argentina escribía Justo el 7 de abril de 1894 en el primer editorial de La Vanguardia: “Junto con esas grandes creaciones del capital, que se ha enseñoreado del país, se han producido en la sociedad argentina los caracteres de toda sociedad capitalista.

’’Suprimida toda solidaridad de sentimientos e intereses entre los patronos y los trabajadores, éstos, que antes disfrutaban con cierta libertad de los medios de vida que ofrece el país, tienen ahora que someterse a la dura ley del salario si no quieren morirse de hambre. El trabajador, despojado de toda otra cosa, no puede ofrecer, en cambio de los medios de subsistencia que necesita, más mercancía que su fuerza de trabajo; y esa fuerza de trabajo es comprada, como cualquiera otra cosa, por el capitalista al más bajo precio posible y en la cantidad que le conviene. La existencia de la población trabajadora viene así a depender de leyes idénticas a las que rigen la producción y el cambio de una mercadería cualquiera, la lana o las vacas por ejemplo. Como en el mercado de los cambios el valor natural de una mercancía cualquiera es señalado por su precio de costo, el valor natural de la fuerza de trabajo consiste en los medios de vida necesarios para producir esa fuerza. Es decir, el jornalero no recibe como recompensa el producto de su trabajo, ni un valor equivalente, sino la parte que le es estrictamente necesaria para mantenerse, para seguir sirviendo como animal de carga. Todo lo demás se lo apropia el capitalista, cuya ocupación principal es la de gastar ese exceso de bienes de una manera más o menos antisocial.” Y concluía diciendo: “¿Qué se propone, pues, el grupo de trabajadores que ha fundado este periódico? ¿A qué venimos?

“Venimos a representar en la prensa al proletariado inteligente y sensato.

“Venimos a promover todas las reformas tendientes a mejorar la situación de la clase trabajadora; la jomada legal de ocho horas, la supresión de los impuestos indirectos, el amparo de las mujeres y de los niños contra la explotación capitalista, y demás partes del programa mínimo internacional obrero.

“Venimos a fomentar la acción política del elemento trabajador argentino y extranjero, como único medio de obtener esas reformas.

“Venimos a combatir todos los privilegios, todas las leyes que, hechas por los ricos en provecho de ellos mismos, no son más que medios de explotar a los trabajadores, que no las han hecho.

“Venimos a difundir las doctrinas económicas creadas por Adam Smith, Ricardo, Marx, a presentar las cosas como son, y a preparar entre nosotros la gran transformación social que se acerca.”

8

En la oposición contra la oligarquía liberal y positivista comenzó a intervenir desde 1880 otro factor que había de cobrar notable desarrollo: el sentimiento religioso vigorizado por la organizada acción de la jerarquía eclesiástica. Era aquél, sin duda, un sentimiento tradicional que todos respetaban, inclusive los grupos liberales que, desde la Revolución de Mayo, defendieron posiciones regalistas y pretendieron limitar la influencia del clero. Pero en las situaciones críticas ese sentimiento tradicional se había exacerbado, y había servido como lema de guerra: “Religión o muerte” había sido el de Quiroga y fue frecuente que los federales acusaran a los unitarios de impíos. Ahora, al renovar la oligarquía liberal y positivista la política civilizadora, inspirada en los movimientos laicos franceses, el sentimiento religioso se exaltó —y fue exaltado— otra vez y se tornó bandera de combate.

Fue la legislación laica la que desencadenó el problema. Los grupos católicos se sintieron vulnerados y se levantaron contra la intromisión del Estado en problemas que antes se reconocían como del fuero de la Iglesia. La jurisdicción de las dos potestades fue otra vez motivo de disputa, repitiéndose por una y otra parte argumentos que ya se habían esgrimido en la polémica en otros lugares. Y en el ardor de la lucha, las posiciones se extremaron y llegaron a formularse de la manera más rotunda.

Se habló de un plan de descristianización del país. En rigor, el Estado, de acuerdo con el plan civilizador, se limitó a avanzar en ciertos aspectos al compás de las orientaciones de los países que la oligarquía tenía por monitores de su acción, pero al hacerlo, comenzó a afirmar el principio de neutralidad religiosa. La ley consagró el principio del laicismo en la enseñanza y estableció el Registro Civil para documentar el estado y la situación de las personas, instaurando más tarde el matrimonio civil. Los sectores católicos resistieron a esas innovaciones. Obispos, sacerdotes y el propio nuncio apostólico manifestaron su oposición a tales medidas, y la opinión católica se dejó oír en el Parlamento, en la prensa y en las tribunas del Congreso Católico de 1884, de la Asociación Católica de Buenos Aires y de la Unión Católica.

Las figuras predominantes de ese movimiento fueron José Manuel Estrada y Pedro Goyena, a quienes acompañaron Miguel Navarro Viola, Tristán Achával Rodríguez, Emilio Lamarca, Manuel D. Pizarra y otros. Si algunos años antes había parecido posible a Estrada adherirse a los principios del catolicismo liberal, ahora, frente a las tendencias que adoptaba el Estado, creyó imprescindible sujetarse a la más severa ortodoxia y regir su pensamiento y su conducta de acuerdo con las directrices de Roma. Como Goyena y sus demás conmilitones, Estrada comenzó a anatematizar los “errores modernos” de acuerdo con la doctrina enunciada en el Syllabus y en las encíclicas papales que combatían el liberalismo; y sin vacilar se dejó arrastrar hasta las últimas consecuencias de su doctrina. “Si los medios se subordinaran a sus fines —decía Estrada en el discurso de clausura del Congreso Católico de 1884—, el reino exterior de Cristo es la soberanía universal de la Iglesia. Y no hay salida entre los términos de esta alternativa: o la deificación del Estado por el liberalismo, que en doctrina es blasfemia, en política es tiranía, y en moral es perdición; o la soberanía de la Iglesia, íntegramente confesada, sin capitular con las preocupaciones, cuyo contagio todos, señores, hemos tenido la desgracia de aspirar en la atmósfera infecta de este siglo, y contra las cuales, congregados aquí en torno de nuestro prelado, protestamos hoy en día delante del Cielo y de los hombres, para ceñir, con la mente iluminada y el corazón gozoso las armas de los adalides cristianos, por la gloria de Dios y la regeneración de la República.”

La posición ultramontana ganaba así a las mentes esclarecidas, aun hasta la de los que hasta poco antes habían tenido cierta elasticidad para comprender las demás posiciones intelectuales y políticas. Y desde aquélla, las instituciones y los principios consagrados por las nuevas leyes resultaban condenados por razones trascendentales.

9

Pese a la resistencia de los grupos católicos, la legislación liberal se abrió paso decididamente. En materia educacional, sus fundamentos fueron expuestos ya con claridad en el Congreso Pedagógico convocado por el gobierno en 1882, en el que el proyecto de resolución presentado por Nicolás Larrain establecía el laicismo como norma para las escuelas del Estado. Los católicos procuraron, sin éxito, que el Congreso declarara que la educación del Estado tenía que ser de carácter católico, y tal contraposición de opiniones agitó los debates y preparó los ánimos para la lucha parlamentaria, que se lanzó al año siguiente.

No era, en rigor, sino una repetición de las discusiones suscitadas por las leyes Ferry en Francia. Los católicos apelaron a los argumentos de la encíclica Quanta Cura y del Syllabus; los liberales a las ideas que aquellos textos combatían y que eran ya patrimonio de todas las minorías cultas en todas partes. Finalmente, en 1884, quedó aprobada la ley 1420 de educación común, que sentaba el principio del laicismo, y con ella quedó afirmada la concepción liberal del Estado, que ya había sido defendida al discutirse en 1881 los “recursos de fuerza”. Al mismo tiempo se creaba el Registro Civil, que sustraía a la Iglesia la vigilancia de la situación de las personas, y algunos años más tarde, en 1888, se establecía el matrimonio civil.

Como en el caso de la ley de enseñanza laica, esta última ley suscitó nuevas y apasionadas discusiones. Volvió a sostenerse, como en 1884, que el país era católico, que católica era la Constitución, y que ninguna ley podía, en consecuencia, contradecir esa tendencia general de la sociedad y de su carta fundamental. Pedro Goyena defendió la tesis católica fundándose no sólo en la doctrina que justificaba la concepción del matrimonio como un sacramento, sino también en la opinión de que era injustificable que “una ceremonia meramente civil, laica, desdeñosa de Dios” tuviera el mismo valor y la misma categoría que la ceremonia religiosa. Como Estrada, insistió en la permanente sujeción del país a las tradiciones católicas; pero la hábil dialéctica y el fervor de los defensores de las tesis tradicionales fracasaron frente a la opinión mayoritaria del Congreso que compartía los criterios liberales del gobierno, sostenidos de manera eminente por Eduardo Wilde.

No era, sin duda, la opinión mayoritaria del país. Los liberales que inspiraban la nueva legislación formaban una élite, y Goyena la definió exactamente al decir que tales innovaciones provenían “de los consejos de gabinete, de un círculo de hombres cuyo mérito intelectual no juzgo ahora, cuya sinceridad no escudriño, pero que yo veía aislados del concurso de la comunidad…; y se llegó, bajo las apariencias modestas de la reforma de un artículo legal, a malear esta cosa santa, esta cosa fecunda para el bien, que se llama la escuela, donde se forma el alma del hombre futuro, el alma del niño, que junto a sus coetáneos es la patria del porvenir. Y yo no veía otra razón para operar ese cambio que el prurito reformista de algunos hombres públicos imbuidos en la lectura de escritores irreligiosos, y amigos de imitar recientes leyes extranjeras”. Acaso no se equivocaba el militante católico; pero la política liberal estaba destinada a establecer los cuadros para el país del futuro que se estaba formando, con desdén —a veces exagerado, por cierto— por el país tradicional.

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La sanción de una ley de enseñanza popular correspondía a una preocupación profunda por el problema de la educación. Era la misma preocupación que Sarmiento había tenido durante toda su existencia y que había inspirado las páginas de Educación popular; ahora, en sus herederos, se mantenían algunos de los principios prácticos de quien había erigido en preocupación primera de su vida la de “educar al soberano”. Como criterio director de la actividad educacional, ninguno obraba tan enérgicamente sobre la acción como el de la exigencia social y política de elevar el nivel de civilización del país. Más que otra doctrina, la de la necesidad social de contar con hombres capacitados para la acción social y política mereció la atención de las minorías dirigentes porque así parecía exigirlo el programa civilizador.

Por eso se concentró la mayor atención alrededor de la enseñanza primaria. El mayor número posible de niños —y la totalidad, de ser posible— debían recibir no sólo las primeras letras sino también los conocimientos prácticos elementales para poder actuar con eficiencia en las actividades corrientes, servir al progreso colectivo, y capacitarse para entender los principios elementales de la vida democrática. Era, pues, una pedagogía guiada por preocupaciones prácticas la que inspiraba la educación primaria.

También lo fue la que inspiró la enseñanza secundaria, renovada en el país por Bartolomé Mitre, aunque ésta tuvo una orientación definidamente minoritaria. Los llamados “colegios nacionales” estuvieron destinados a la formación de pequeños grupos, “de modo que el saber condensado en determinado número de individuos obre en la masa de la ignorancia —había dicho Mitre en el Senado—, difunda en ella una ley más viva y sostenga con armas mejor templadas las posiciones desde las cuales se gobierna a los pueblos enseñándoles a leer y escribir, moralizándolos, dignificándolos hasta igualar la condición de todos, que es nuestro objetivo y nuestro ideal”. Sin duda era lo más a que se podía aspirar. El claro designio de elevar el nivel intelectual y social del país requería la formación de minorías, porque si no, “no tendríamos ciudadanos aptos para gobernar, legislar, juzgar ni enseñar, y hasta la aspiración hacia lo mejor se perdería porque desaparecerían de las cabezas de las columnas populares esos directores inteligentes, que con mayor caudal de luces, las guían en su camino y procuran mejorar su suerte animados por la pasión consciente del bien”.

Tal como fue concebida en su origen, la educación secundaria debía formar minorías cultas con una orientación decididamente humanística. Pero poco a poco se acentuó la tendencia al practicismo y la educación secundaria se orientó hacia la capacitación utilitaria del individuo. Aun cuando seguía sirviendo para la formación de una minoría, la enseñanza secundaria buscó satisfacer las necesidades inmediatas del individuo con un enciclopedismo superficial; muy pronto la influencia positivista se hizo sentir activamente, irradiándose desde la Escuela Normal de Paraná un sistema de principios de vigorosa ortodoxia que alcanzaría a todos los grados de la enseñanza. De inmediato se concentraron los fuegos sobre la concepción humanista de la enseñanza, y las primeras víctimas fueron las lenguas clásicas, que desaparecieron de los programas. Contra esa medida protestaron primero Paul Groussac y más tarde Juan Agustín García. Fundaba el primero sus opiniones en favor de la cultura clásica en razones de orden social: “En proporciones relativamente mayores y más rápida que los Estados Unidos —escribía Groussac—, la República Argentina ha venido a ser la encrucijada de las nacionalidades. Tan violenta ha sido la venida inmigratoria, que podían llegar a absorber nuestros elementos étnicos. Están sufriendo una alteración profunda todos los elementos nacionales: lengua, instituciones políticas, gustos e ideas tradicionales. A impulsos de un progreso spenceriano, que es realmente el triunfo de la heterogeneidad, debemos temer que las preocupaciones materiales desalojen gradualmente del alma argentina las puras aspiraciones, sin cuyo imperio toda prosperidad nacional se edifica sobre arena. Ante el eclipse posible de todo ideal, sería poco alarmarnos por el olvido de nuestras tradiciones: correría peligro la misma nacionalidad. Es tiempo de reaccionar contra la tendencia funesta y si ésta no fuera la hora propicia, sería porque habría pasado ya. Y es, sin embargo, esta hora suprema la que algunos eligen para ensalzar la educación utilitaria que nos ha traído donde estamos, y atajar la cultura clásica, que por sí sola constituye una escuela de patriotismo y nobleza moral.”

El practicismo se tradujo en la enseñanza universitaria en una orientación decididamente profesional. Tanto en la Universidad de Córdoba, nacionalizada durante la presidencia de Urquiza, en 1856, como en la de Buenos Aires, nacionalizada durante la de Roca, en 1881, las escuelas profesionales fueron el cuerpo fundamental de la institución. Pese a eso, en 1896 pudo fundarse en la de Buenos Aires la Facultad de Filosofía y Letras, como sede de estudios desinteresados, donde se enseñaron las teorías positivistas en boga, a las que se sumó poco después el neokantismo.

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El practicismo, con todas sus limitaciones, era, empero, la actitud propia de una sociedad embriagada por una prodigiosa aventura económica. Como ante una invocación mágica, el país, antes de menguada riqueza y como estancado en su desarrollo, había comenzado a producir bienes que multiplicaban las fortunas de propios y extraños. Enriquecerse fue una obligación social, porque quien se enriquecía y creaba riqueza servía los planes de engrandecimiento del país, contribuía a su crecimiento y facilitaba su rápido ascenso hacia el acariciado ideal de país civilizado de tipo europeo. Por lo demás, la presión de los extranjeros, radicados todos en el país en persecución de la riqueza, contaminaba a los nativos y los incitaba a encaramarse en el proceso. Las circunstancias exigían no ignorar la tendencia general de la sociedad.

El fenómeno —justo es decirlo— no era solamente local: análoga tendencia revelaba la sociedad en el resto del mundo, en el momento en que se lanzaba la política económica del gran imperialismo. En todas partes la actividad económica alcanzó no sólo una enorme importancia sino también una altísima jerarquía que la situaba como una de las actividades fundamentales del hombre. Quizá contribuyera a ello la magnitud que alcanzaba la aventura económica en el mundo y las transformaciones que esa aventura originaba en la vida, debido a que ese desarrollo económico correspondía al período de expansión de la civilización técnica en vastas y unificadas áreas.

Como en otros lugares, en la Argentina pareció incontestable que la misión de la hora tenía que ser incluir el desarrollo económico local en la vasta órbita del desarrollo económico de las grandes potencias que se habían lanzado resueltamente por la vía del desarrollo industrial. Si hasta la caída de Rosas —y aún más tarde— el país había limitado sus exportaciones a los cueros y al tasajo, la renovación de la política económica propiciada por los teóricos de la mutación acelerada, como Alberdi y Sarmiento, permitía ahora producir lanas, carne vacuna y cereales en condiciones de calidad y cantidad tales como para transformarlo en un mercado de primera magnitud. Imposibilitado de adquirir de inmediato la capacidad industrial necesaria como para alcanzar por sí el grado de progreso material que cada generación pretendía, el país tenía que apresurarse —según los espíritus renovadores— a entrar en relación con las potencias que podían proveernos de los elementos necesarios para promover nuestro desarrollo y abastecernos de productos manufacturados. Esa relación no podía ser sino el resultado de una integración económica, en cuyo juego la Argentina debía ingresar como proveedora de materias primas de algunas de las grandes potencias industriales.

Si se lograba dar ese paso, la Argentina habría ingresado en la órbita del mercado mundial; y eran tales las ventajas que tal paso ofrecía, que fue dado resueltamente; y, por la acción deliberada de las minorías dirigentes, la Argentina entró de lleno en el área económica de Inglaterra.

En 1887, al abandonar la presidencia de la República, el general Roca decía en un banquete que le ofreció en Londres la casa bancaria Baring Brothers: “He abrigado siempre una gran simpatía hacia Inglaterra. La República Argentina, que será algún día una gran nación, no olvidará jamás que el estado de progreso y prosperidad en que se encuentra en estos momentos se debe, en gran parte, al capital inglés, que no tiene miedo a las distancias y ha afluido allí en cantidades considerables, en forma de ferrocarriles, tranvías, colonias, explotación minera y otras varias empresas.” Era la sensación y el juicio de las minorías que, al tiempo que se enorgullecían del acelerado progreso que alcanzaba el país, se enriquecían con la valorización de sus tierras y con la exportación de sus productos.

Frente a las posibilidades infinitas que ofrecía un suelo feraz y de inmejorable clima, el Estado no vaciló en girar sobre el futuro. Pensó que podía otorgar concesiones y solicitar empréstitos sin límite, aun corriendo el albur de provocar a corto plazo situaciones difíciles. Lo importante era traer capitales para despertar las riquezas dormidas. Para el intercambio, adoptó una política resueltamente librecambista, a pesar de la opinión y las demandas de los pequeños grupos industriales, reunidos y organizados desde 1887 en la Unión Industrial Argentina, patrocinada por Carlos Pellegrini. El Estado y las minorías que le prestaban su inspiración compartían los principios fundamentales del liberalismo económico y los aplicaban deliberadamente. El presidente Juárez Celman expuso su pensamiento doctrinario en el mensaje del año 1887: “Desde luego —decía en ese documento—, la explotación de los ferrocarriles no constituye una función del Estado; ella no tiene el carácter de los atributos que le son inherentes y que no pueden desprenderse de la soberanía, tales como la administración de justicia, la acuñación de moneda, la sanción de las leyes, la defensa nacional y demás, que constituyen la esencia del poder público. La confusión depende, como lo exponen pensadores y sociólogos, de una errada concepción de los deberes y derechos del Estado. La acción del Gobierno es indispensable como inicial allí donde ningún interés particular puede llevar a cabo obras de cierta magnitud, pero esta necesidad se hace discutible desde que aparecen los datos opuestos.” Y agregaba más adelante: “Lo que conviene a la Nación, según mi juicio, es entregar la industria privada, la construcción y explotación de las obras públicas que por su índole no sean inherentes a la soberanía, reservándose el gobierno la construcción de aquellas que no puedan ser verificadas por el capital particular, no con el ánimo de mantenerlas bajo su administración, sino con el de enajenarlas o contratar su explotación en circunstancias oportunas a fin de recuperar los capitales invertidos para aplicarlos al fomento de su Banco, a la unificación de su deuda o a la consrtucción de nuevas obras reproductivas o necesarias para la administración.”

Este pensamiento presidió, en general, la política económica del Estado, con aprobación de los grupos económicos vinculados al comercio de explotación e importación, y con la pequeña resistencia de los nacientes grupos industriales. Empero, ante la crisis económica producida por la especulación y, sobre todo, por el desequilibrio financiero creado por la ingente y rápida introducción de capitales a cuyos intereses y amortizaciones había que hacer frente, el Estado intentó al año siguiente del citado mensaje de Juárez Celman quebrar su línea de conducta e intervenir en la actividad económica privada. El ministro de Hacienda, Rufino Varela, pretendió en 1888 contener la subida del oro y la depreciación del papel moneda mediante una disposición según la cual se prohibía a la Bolsa de Comercio practicar operaciones de compra y venta de oro. La medida causó sensación. La Bolsa resistió la disposición ministerial, las opiniones relacionadas con el mundo de los negocios apoyaron la conducta de la Bolsa y, finalmente, el ministro se vio obligado a renunciar.

El fracaso confirmó la tesis liberal, cuyos principios siguieron presidiendo la función del Estado en relación con la actividad económica privada.

En rigor, el Estado provocaba a conciencia un régimen de déficit, porque juzgaba preferible acelerar el proceso técnico del país a no contenerlo por temor a los desequilibrios inmediatos de la balanza comercial. El progreso técnico implicaba una política demográfica y una política inversora. La política demográfica consistió en omitir escrúpulos e introducir cuanto antes el mayor número posible de inmigrantes. En rigor, no consistía mucho más que en eso, pues los innumerables problemas que hubiera suscitado un plan de radicación de inmigrantes que supusiera además una selección de las actividades económicas preferibles y una distribución geográfica adecuada, tanto de esas actividades económicas como de la población inmigrante, fueron omitidos ante la presión de la avalancha y, en cierto modo, por el apremio de ciertos grupos económicos por poseer mano de obra barata. Por su parte, la política inversora estuvo presidida por la certidumbre de que el país produciría alguna vez riquezas suficientes como para reembolsar cualquier inversión productiva, sin calcular su monto. Esa confianza ilimitada en el porvenir económico del país —y en la perduración de la demanda de sus materias primas— movió a acelerar las inversiones para provocar el progreso técnico del país con un ritmo que no podía ser el de las rentas que las inversiones produjeran. Casi podría decirse que el país marchó adrede hacia el desequilibrio de la balanza de comercio, en el afán de no moderar el ritmo de su engrandecimiento y modernización.

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La Bolsa, la novela en la que Julián Martel glosaba las duras experiencias derivadas de las convulsiones financieras de los últimos años, procuró reflejar no sólo las condiciones de la sociedad sino también el estado de ánimo propio de los hombres de su generación, dentro de un cuadro que quería ser fiel expresión de la realidad.

Porque el realismo era la estética en boga.

Sin duda, la década que transcurre entre 1880 y 1890 ofrece algunos rasgos que la asemejan a la época del Segundo Imperio en Francia. La rápida transformación de la sociedad a causa de las posibilidades de enriquecimiento que se le presentaron a ciertos grupos, el lujo y el desorden que predominaban en los círculos más poderosos y la inestabilidad que amenazaba a los que tenían menos recursos, daban a la “gran aldea” un aire singular de sociedad anormal, alterada en su desarrollo por causas adventicias. El proceso parecía tentador para el observador curioso; pero lo era más para el artista que había comenzado a pensar que su misión consistía en reflejar fielmente el ambiente social. Bajo la influencia de Flaubert, de los Goncourt o de Daudet, bajo la de Millet o la de Courbet los pintores, la consigna de la hora —un poco retrasada, por cierto, con respecto a Europa— fue transcribir los fenómenos de la realidad en toda su crudeza, estudiando lo que se llamaba el documento humano mediante una observación rigurosa de la que se deseaba descartar en cuanto fuera posible la imaginación creadora. Balzac en cierto modo, y Taine, habían sido propulsores de esta estética a la que seducían los aspectos concretos, sensuales, instintivos de la vida. La filosofía positivista estimulaba esta actitud antisentimental como una escapatoria de los problemas íntimos y una inmersión en los problemas colectivos, un poco groseros pero decisivos tanto para el destino individual como para el destino común.

Al comenzar el gobierno de Roca, la nueva creación literaria y plástica puso inequívocamente de manifiesto su abandono de la tradición romántica —que aún sonaba en los versos de Olegario V. Andrade— y su preferencia por la estética realista. Eugenio Cambaceres publicó en el curso de la década Pot-Pourri, Música sentimental, Sin rumbo y En la sangre, novelas todas en las que reflejaba la incesante marea de las pasiones que azotaban la vida nacional, antes recoleta y moderada. Por entonces exponían sus obras los escultores Francisco Cafferata y

Lucio Correa Morales y los pintores Angel Delia Valle, Augusto Ballerini, Cándido López y José Bouchet. También ellos seguían la vía del realismo, con influencias francesas e italianas; pero en tanto que la novela, con Martel, Cambaceres, López, Ocantos o Sicardi, tendía a apoyarse en lo anecdótico y en una suerte de color local, la plástica utilizaba o temas europeos o temas históricos.

Hubo una literatura de viajes que también gustó de demorarse en los temas europeos. Mansilla, Santiago Estrada, Cané, García Merou relataron con inocultable nostalgia sus impresiones de los países que visitaron, maravillados por su esplendor, su pujanza o la finura de su espíritu. El realismo tenía una posibilidad de nostalgia. Si la plástica la satisfacía remedando el ambiente o los temas tradicionales de la pintura europea, la literatura buscaba la descripción directa. A veces, todavía llegaba a transferir los ambientes europeos a relatos porteños, cuyo marco resultaba a causa de ello convencional y artificioso. Y la nostalgia empujó también en sentido inverso hacia el tema del indio y del gaucho, en el que buscaron su camino Estanislao Zeballos, Eduardo Gutiérrez y Martiniano Leguizamón.

El realismo —el naturalismo, que poco a poco comenzaba a difundirse— entrañó en más de un autor cierto escepticismo y cierta amargura. El suicidio fue un tema frecuente y la angustia encubierta en el destino personal una nota permanente en la creación. Acaso porque el creador sentía su inadaptación en un país alucinado por la aventura económica, el realismo constituía la estética adecuada para aferrarse y huir de la realidad al mismo tiempo.

Escribía Sicardi en el prólogo de Libro extraño: “Porque es necesario que los hechos tengan sitio, fecha y criaturas, escribo estos capítulos del libro, que lleva por esto mismo en la entraña la simiente de la muerte, porque en el arte, no tienen vida duradera, sino las cosas sobrehumanas, que en todo tiempo y lugar sean reflejo de verdad. Requiescat in pace. Se irá en el montón, en buena compañía, a descansar en la huesa, que el olvido abre todos los años para los que escriben. Yo tengo conmiseraciones, llenas de respeto, por todas las ideas que se arrojan a la pelea diaria, y muy en mucho los campeones esforzados, que defienden iracundos la brecha, erguidos sobre el escombro… Me acerco a ellos siempre, leo sus libros, veo cómo se enflaquece el vigor intelectual, que echa a la hoguera sus aristas de diamante pulido y cómo sepulta el hombre todas las exuberancias pasionales de nuestro espíritu. Escribo a pesar de todo, con caricias en la frase y plasmo, en los soliloquios de creación, las figuras, que cruzan sonriendo la zona sombría del pensamiento. No hay frío en la pluma, ni desesperaciones: y, cuando resbala y cruje sobre el papel, saltan chispas de alegría, porque otros se emborrachan de alcohol y nosotros de visiones: es lo mismo. Lo importante es que el tiempo, que no puede llenarse siempre de trabajo material, pase en alguna forma, aunque sea poblado de deleznables fantasmagorías —el tiempo, que es tan largo, cuando la inercia y el tedio penetran los huesos… No importa lo que suceda después; escribamos. Sé que el sepulcro está siempre con la tapa de mármol levantada y pendiente en actitud de caer… pero yo digo que esos libros muertos, que han enriquecido nuestra inteligencia con el esplendor de sus pasiones, son los amigos desinteresados de las horas solitarias; y a medida que se van borrando de la memoria humana, se concentran y retiran en tropel y entran por las puertas iluminadas de nuestras casas, como hijos pródigos que vuelven moribundos de la lucha a buscar otra vez el seno tibio de nuestros cariños. Yo los he visto después, en las urnas, donde están guardadas las cenizas de los dioses tutelares, al lado de los retratos, sobre el escritorio de los hijos. ¡Sobrado galardón es éste! ¡Qué bien están los libros muertos allí!… Porque el arte no vive, si es estéril vanidad y exhibición burda y fugaz; pero es eterno, cuando es fragua calentada en todos los amores del corazón, cuando, hecha de dolor y de recuerdos, diseca una por una las tristezas del espíritu humano. ¡No haya miedo, hermanos míos; dejad esa síntesis a vuestros hijos, aunque no viva fuera nunca!

“Allí bien guardados, dentro de las cuatro paredes, donde han sido escritos, tienen la vida inmortal, a pesar de todos; y, cuando suenan las alegrías de íntimos festivales, siempre hay quien estira la mano a recogerlos. Yo he visto estas familias… En la noche del santo de los padres, se reúnen todos alrededor de la mesa con esos libros, que son a veces la única herencia… Los genios amables del hogar, con alas blancas y grandes, se ciernen en la atmósfera tibia y la vieja sobreviviente está sentada en la cabecera. Tiene en los ojos pensativos toda su historia de alma resignada y tranquila, mientras los mayores, con tez morena y ojos negros, leen en voz alta las páginas adorables… Pasa el alma del padre en los rasgos extraños y los arabescos y las curvas y los círculos y las líneas de las letras… formando rayas pequeñas y grandes, separadas por blancos espacios, que van cantando apresuradas, las unas después de las otras, las divinas estrofas, mientras su sombra melancólica vaga por los comedores, donde se sienten ruidos de besos cariñosos.” Esta sensibilidad encendida era la de su generación, volcada a la defensa de una vocación irreprimible en un ambiente estremecido por la fiebre del oro y las bruscas transformaciones de la sociedad.

Capítulo segundo

EL ESPÍRITU DEL CENTENARIO

1

A medida que finalizaba el siglo xix se acentuaban los signos de la transformación que se operaba en el ambiente social e intelectual del país. El vasto movimiento de disconformismo político que se había manifestado a través de la conmoción de 1890 en Buenos Aires crecía y se diversificaba, alcanzando a todos los aspectos de la vida nacional y definiendo cada vez más sus caracteres. Quienes constituyeron entonces la promoción de los disconformistas y de los rebeldes —tanto en la política como en el pensamiento— comenzaron a gravitar un decenio más tarde en la vida del país, proporcionándole a su existencia colectiva algunos matices diferentes.

Este nuevo giro que tomó el curso de las ideas mantuvo su dirección durante los primeros quince años del siglo, aproximadamente, y encontró su expresión simbólica en el espíritu que presidió las fiestas de celebración del Centenario de la Independencia, en 1910. El “espíritu del Centenario”, nacido de múltiples factores se incubó a partir de la crisis que la oligarquía predominante sufrió en 1890, tanto en su estabilidad política y social como en sus convicciones y perspectivas. Y a lo largo de los gobiernos de Julio Argentino Roca —en su segunda presidencia—, de Manuel Quintana, de José Figueroa Alcorta y de Roque Sáenz Peña, se lo vio madurar, expresa Jo un vigoroso aunque contradictorio sentimiento colectivo, y diluirse luego en la marea de nuevas fuerzas y nuevas influencias que comenzaron a advertirse al coincidir el triunfante ascenso político del radicalismo con el desarrollo de la Primera Guerra Mundial.

No se crea, empero, que el espíritu del Centenario constituyó una corriente esencialmente contradictoria con respecto a las que predominaban hasta entonces. Por el contrario, las continuó en lo fundamental, pero vigilándolas severamente en sus deformaciones posibles y en sus vertientes peligrosas, bajo la impresión de los clamores que comenzaron a escucharse en 1889 y que volvieron a oírse una y otra vez en los años siguientes. Se fortaleció por entonces lo que Alejandro Korn llamó el “positivismo nacional”; pero las minorías —especialmente los grupos intelectuales, ahora un poco escépticos y alejados de la política— creyeron que la tradición positivista y liberal no tenía por qué conducir necesariamente a un estado de inmoralidad colectiva y a un estancamiento intelectual, y se convencieron, por el contrario, de que tales corrientes podían conducir hacia un progreso general que, en la Argentina, debía necesariamente tomar formas acentuadas y definidas: no sólo las de un progreso material sino también espiritual. Juan Agustín García, que será una de las figuras eminentes de este período, dijo en el solemne discurso pronunciado en la colación de grados de la Facultad de Derecho de Buenos Aires del año 1899: “Si al pensar en el porvenir de la República la imaginara como una colosal estancia cruzada de ferrocarriles y canales, llena de talleres, con populosas ciudades, abundante en riquezas de todo género, pero sin un sabio, un artista, un filósofo, preferiría pertenecer al más miserable rincón de la tierra, donde todavía vibra el sentimiento de lo bello, de lo verdadero y de lo bueno.”

En el fondo, tanto las minorías intelectuales como las nuevas promociones de políticos percibían no sólo la presencia de algunas nuevas ideas sino también de ciertos imprecisos anhelos en el seno de una colectividad que mudaba su fisonomía de manera inequívoca. El país se transformaba visiblemente; y así como subsistía el ideal del progreso material, nacían a su vera nuevas aspiraciones suscitadas por las alternativas del cambio de la realidad social y espiritual del país.

Las minorías intelectuales acusarían desde 1900 la influencia del Ariel de José Enrique Rodó, cuyo contenido exaltaba la función de la inteligencia y afirmaba el principio de la aristocracia del espíritu. Entretanto, ciertas minorías sociales, que formaban parte de la oligarquía política pero que comenzaban a sentir ciertas preocupaciones por su propia situación en el complejo social, empezaron a examinar con nuevos ojos el problema de la convivencia social en el país. Carlos Pellegrini, Joaquín V. González, Roque Sáenz Peña representaban eminentemente este sector. Ciertamente, la situación de la vieja oligarquía era cada vez más difícil. El aluvión inmigratorio seguía creciendo y desbordaba los cauces de la vieja sociedad criolla, en la que introducía nuevos elementos y provocaba nuevas combinaciones sociales de imprevisibles consecuencias. Una nueva clase media se constituía poco a poco con elementos diversos y con una distinta concepción de la vida, y al aparecer y al acentuar su gravitación en la vida nacional, ponía al descubierto la creciente ilegitimidad de la autoridad que ejercía la vieja oligarquía.

Este fenómeno se puso de manifiesto cada vez más desde la revolución de 1890. Hasta ese momento, los conflictos armados —como el de 1874 o el de 1880— enfrentaban fracciones de la misma clase social que disputaban entre ellas el poder dentro de un sistema político en el que valían ciertas reglas convencionales de juego; pero el movimiento disconformista que condujo a la rebelión armada de julio de 1890 reveló la existencia de distintas proyecciones sociales detrás de las fracciones oligárquicas en lucha. La clase media, que se renovaba y reorganizaba poco a poco, buscaba una salida apoyando a aquella fracción de la oligarquía que mejor parecía defender sus ideales y, desde entonces, la misión de la oligarquía y sus métodos quedaron sometidos a revisión. Ya se verá cómo esta actitud engendró tendencias encontradas en el seno de una clase que, habiéndose tenido por liberal y progresista hasta entonces, se halló convertida desde ese momento en la fracción conservadora de la sociedad.

Quedaron, así, enfrentados quienes consideraban legítima y quienes consideraban ilegítima la situación de predominio de la vieja oligarquía. Por su parte, la clase media no formaba tampoco un grupo compacto. Poco a poco, sobre el tronco de la vieja clase media criolla, de escasa influencia y significación, se había comenzado a sentir la gravitación de los grupos inmigrados que, habiéndose localizado en las ciudades y habiéndose entremezclado con los grupos nativos, habían alcanzado un alto nivel económico y, con él, habían logrado activar la función general de la clase media. Pero, aunque en su conjunto, tenía frente a la oligarquía una situación general de hostilidad, la clase media no mostraba una gran coherencia interna en sus ideas y actitudes, precisamente porque su composición social era confusa e inestable. Radicaba en ella el germen fundamental del disconformismo, pero las soluciones que parecían deseables variaban según los distintos sectores, y debían seguir variando según las alternativas de la integración de los grupos inmigrados en el complejo social autóctono.

Si esta última circunstancia robaba eficacia a la renovada clase media, más aún influía sobre las clases populares. Formaban éstas un conglomerado de caracteres cada vez más confusos, en el que los designios tradicionales se habían visto sacudidos por la agresiva preocupación económica de los grupos inmigrados que se habían proletarizado. Sólo algunos pequeños sectores demostraron tener ideas claras en cuanto a su posición social en el cambiante complejo nacional; pero el mayor número aspiró resueltamente al ascenso de clase por el camino del éxito económico, tras el cual corrieron millares de hombres, anhelantes de hallar lo que habían venido a buscar a América, e indiferentes en su gran mayoría a la suerte de la colectividad a la que se habían incorporado.

En esa lucha fracasaron muchos y las clases populares acentuaron su aire proletario; comenzó así a tomar una fisonomía moderna, como no la tenía hasta poco antes. De la mezcla de los recién llegados y de los nativos sacó el suburbio de Buenos Aires su aspecto peculiar, y allí nació el tango, acaso la expresión más fiel de una sensibilidad que fue conquistando cada vez más adeptos. Almafuerte cantó las miserias y las grandezas de ese grupo social al que la vieja oligarquía llamaba despectivamente la “chusma”; la palabra tomó en labios del poeta un significado diferente, en el que rezumaban el resentimiento y la legítima indignación que casi nadie alcanzaba a ver cuando Almafuerte los descubrió. Él mismo se sentía surgido de esa clase despreciada:

Aquí salgo del seno proficuo

De la cósmica chusma sagrada,

Como surgen los rudos poceros

Ungidos en greda del pozo que cavan Con el acre sabor de la simple,

Desolante sentencia judaica:

La ansiedad de la luz en los hombres Recién aparece después que se sacia.

En términos dramáticos definía Almafuerte la peculiaridad de ese grupo:

Jadeante, grotesca, inasible,

Por tenaz, por insólita y vaga,

Soportando por siglos de siglos,

Minuto a minuto la cúpula humana:

Así está la misérrima plebe,

La inmortal, invencible alimaña

Que los tercos lebreles vigilan

acosan y aturden y aprietan y aplastan.

Esta plebe —la “chusma sagrada”— comenzaría poco a poco a precisar la fisonomía y, ante el asombro de los desprevenidos, exigiría su lugar en la vida pública. Muy poco después, en un primer rapto de entusiasmo nacionalista, Leopoldo Lugones —en el estudio que tituló El payador— proclamaría epopeya nacional al casi olvidado Martín Fierro de José Hernández.

2

El aspecto heteróclito y los rasgos confusos y contradictorios de la realidad social argentina, atrajeron la atención de los espíritus inquietos y reflexivos hacia los problemas sociológicos. Acaso pueda llegar a decirse que el sociologismo orientó las preocupaciones intelectuales de este período —como, por lo demás, ocurría en Europa—, fijando alrededor de su problemática las más profundas y vivientes preocupaciones. A diferencia de los hombres de la generación del 80, ahora los grupos a los que atraía el trabajo científico acusaban cierta displicencia con respecto a la política. Pero en la medida en que abandonaban la acción —por la que no ocultaban cierto desdén— los grupos intelectuales satisfacían su necesidad de militancia en una crítica insobornable de la actividad política concreta y en un esfuerzo por indagar las fuerzas secretas que la movían y le prestaban sus rasgos peculiares. El sociologismo fue, así, un sustitutivo de la acción, algo así como una política crítica y ejercitada desde cierta distancia, pero cuya intención distaba mucho de proyectarse hacia la utopía y movía más bien los ánimos hacia una comprensión de las realidades profundas, en cuya entraña debía obrarse si se aspiraba a actuar sobre las relaciones de convivencia.

Fue usual que se distinguiera como primer síntoma de la conmoción social lo que solía llamarse la “crisis moral”. Lucio V. Mansilla, que se había expatriado tras la revolución de 1890, volvió al país en los primeros años del siglo y señaló, entre confundido y alarmado, la pérdida de los tradicionales “estambres morales” de la Argentina criolla. El hecho se imponía, y hasta quienes evolucionaban dentro del ambiente local lo advertían. Acaso fue Agustín Álvarez el más severo censor de una sociedad que juzgaba enferma y cuyos males denunciaba con tanta entereza como perspicacia. Ricardo Rojas decía en La restauración nacionalista que “la desnacionalización y el envilecimiento de la conciencia pública han llegado a ser ya tan evidentes que han provocado una reacción radical en muchos espíritus esclarecidos de nuestro país”. Pero fue sin duda Juan Agustín García quien enfocó el problema con más rigor científico, acomodando a sus inquietudes ciudadanas sus preocupaciones intelectuales. Escribía en la Introducción a las ciencias sociales argentinas: “La sociología debe ser una ciencia nacional. El primer problema es determinar las fuerzas sociales que en las diversas épocas han presidido la evolución argentina”. Este designio orientó su actividad de historiador y de sociólogo y culminó en La ciudad indiana. Fue hombre de extremado rigor en la investigación y de suma prudencia en las generalizaciones; pero tenía una contenida pasión por el tema de su país y de su época. Era explicable, pues el espectáculo, en Buenos Aires sobre todo, convidaba a la reflexión por la novedad de los hechos y la magnitud de sus repercusiones posibles. Por entonces señalaba Carlos Octavio Bunge en Nuestra América que la población argentina se dividía en tres grandes sectores: la antigua clase directora residente en las grandes ciudades, la gente rural del interior, y el elemento inmigratorio radicado preferentemente en el litoral, sobre todo en la provincia de Buenos Aires. Las relaciones entre los tres sectores se modificaban a simple vista y en términos extremadamente variables, de modo que no sólo era dado observar las mutaciones en la fisonomía del conglomerado social sino también percibir los cambios en las reacciones emocionales de los distintos grupos frente a las incitaciones del ambiente colectivo. Las actitudes de los observadores del fenómeno variaban considerablemente. El propio Bunge podía decir esta frase significativa: “El alcoholismo, la viruela y la tuberculosis —¡benditos sean!— han diezmado a la población indígena y africana de la provincia capital, depurando sus elementos étnicos, europeizándolos, españolizándolos.” Para otros —como Agustín Álvarez— la peor calamidad residía, precisamente, en esa tradición española que Bunge, por su parte, consideraba estimable; y muy pronto otros creyeron que el cosmopolitismo surgido de la inmigración arrastraba a gravísimos peligros a la sociedad argentina: Ricardo Rojas, en La restauración nacionalista, señalaba los riesgos por los que atravesaban entonces la familia, la lengua, el país todo.

Estas preocupaciones fueron, pues, las que impulsaron las inquietudes intelectuales hacia los grandes planteos de la sociología, y en los grandes sociólogos europeos se trató de hallar el método de análisis e interpretación de una realidad tan original. Comte y Spencer fueron, naturalmente, los autores más solicitados, y a cada uno de ellos dedicó Ernesto Quesada una monografía destinada a difundir su pensamiento. Circulaba por entonces, dirigida por Estanislao S. Zeballos, la Revista de Derecho, Historia y Letras, en las que tales materias hallaban excelente acogida. Y tanto Quesada, como Antonio Dellepiane, Juan Agustín García, Carlos Octavio Bunge y Alfredo Colmo, publicaron en los primeros años del siglo tratados y monografías sobre el estado de la sociología y de la psicología social en el cuadro del saber europeo. La influencia de L’anné sociologique era notoria. A los nombres de Comte y Spencer se agregaban los de Le Play, Vignes y Le Bon, y luego, poco a poco, los de Durkheim, Lévy-Bruhl y Simmel. La teoría de Taine sobre la influencia del medio ambiente y las ideas histórico-filosóficas de Renán y Fustel de Coulanges nutrían también el pensamiento de quienes buscaban las herramientas adecuadas para penetrar en el misterioso y seductor problema de la vida social argentina en un momento de audaces experimentos. Las tres proposiciones sentadas por Bunge en la Introducción de Nuestra América pueden considerarse como típicas del pensamiento de su generación y de su grupo: a) Cada pueblo posee una psicología social propia; b) La psicología colectiva de cualquier sociedad, aunque susceptible de transformaciones evolutivas, es relativamente neta y estable, y c) Las cualidades típicas que constituyen la psicología social de un pueblo no son privativas de él sino en cuanto a su intensidad y forma. Desde estos presupuestos emprendieron el análisis de su país y de su tiempo.

El hecho que los sociólogos consideraron más significativo fue la singular mecánica política en uso por entonces en el país. Por la originalidad de sus rasgos se la llamó “política criolla”, y precisamente cuando el fundador del socialismo, Juan B. Justo, la fustigaba y procuraba contrarrestarla en la acción, Carlos Octavio Bunge creía definirla con estas palabras: “Llamo política criolla a los tejemanejes de los caciques hispanoamericanos, entre sí y para con sus camarillas. Su objeto es siempre conservar el poder, no para conquistar los laureles de la historia sino por el placer de mandar.” El fenómeno era de larga data, pero había adquirido nueva fisonomía en el país tras el ingreso de los crecidos grupos de inmigrantes, porque había cambiado el tipo de las clientelas políticas y también el tipo de las relaciones de dependencia. Un nuevo caciquismo se organizaba, y con él una nueva “política criolla”. El sociólogo se afanaba por descubrir sus rasgos con objetividad, y aunque con frecuencia se traslucía cierta actitud aristocratizante que alguna vez permitió juzgar como “reaccionariamente democrática” una política que trataba de apoyarse en las clases populares, el criterio predominante fue el de justificar el fenómeno a través de las peculiaridades del medio ambiente.

La teoría del medio debía tentar a sociólogos que se enfrentaban con un proceso de transformación provocado por el acceso de numerosos grupos de inmigrantes al seno de una comunidad de definida tradición. Para el sociólogo, para el político y para el observador vulgar, el dilema que se ofrecía a la vida argentina era simple pero decisivo: o la sociedad criolla absorbía plenamente al conglomerado inmigratorio o éste disolvía la sociedad tradicional. Pero los grupos intelectuales de comienzos del siglo, como herederos directos de la generación del 80 y nietos de la generación que había organizado el país desde 1852, pensaban que la sociedad tradicional tenía defectos gravísimos, heredados todos —según opinaban muchos— de la tradición colonial española. Hubo por entonces, ciertamente, un fuerte movimiento antihispánico, pues se atribuía a la Iglesia católica, a las supersticiones y aun a las costumbres españolas, el escaso desarrollo económico del país y la perduración del ambiente colonial: tal era, sobre todo, el punto de vista de Agustín Álvarez y de Juan Agustín García. “Los extranjeros —escribía el primero en 1904— nos han mejorado infinitamente menos por la sangre que han mezclado con la nuestra, que por las ideas y los sentimientos superiores que han aclimatado en nuestro espíritu, y por la influencia que esto ha ejercido en nuestro entendimiento de la vida.” La gran preocupación de Agustín Álvarez era, precisamente, que el medio ambiente de tradición española concluyera por absorber la inmigración extranjera. Carlos Octavio Bunge, en cambio, creía que esta absorción, que estaba seguro que había de producirse, sería beneficiosa para el país, “pues ese elemento inmigratorio —escribía— una vez nacionalizado y acriollado, acomodándose a los sentimientos e ideas del litoral, los mejora y tiende a formar una psicología argentina, la más bella y poderosa, la que amalgamará y refundirá en su crisol todos los factores y regiones para que fluyan en purísimo oro”; por su parte, Ricardo Rojas decía en La restauración nacionalista: “La anarquía que nos aflige ha de ser pasajera. Débese a la inmigración asaz numerosa y a los vicios de la inmigración. Pero el inmigrante europeo es hoy como el de la época colonial: vuelve a su tierra o muere en la nuestra. Lo que perdura de él es su hijo y la descendencia de sus hijos, y éstos, criollos hoy como en tiempos de la Independencia, tienen ese matiz común que impóneles el ambiente americano.” Eran distintos resultados de un mismo método y de una misma doctrina. La lectura de Taine, de Renán y de Fustel de Coulanges confluía con la de los sociólogos positivistas en una imagen del contorno espiritual y material de las sociedades que solía expresarse bajo la denominación de “mundo moral”. Alojado dentro de esos marcos desenvolvía su vida una colectividad que, poco a poco, creaba en el devenir de la historia su “psicología social” y acuñaba las ideas y tendencias que regirían su vida colectiva. La determinación del “carácter nacional” y de las “ideas predominantes” debía ser, pues, uno de los temas principales del sociólogo.

Juan Agustín García se preocupó por filiar el origen de las instituciones y de las costumbres morales y, entre los resultados de su estudio, anotó los cuatro factores que él consideró fundamentales de la vida argentina. Eran la fe profunda en la grandeza futura del país, la preocupación económica con exclusión de todo otro interés, el culto del coraje y el desprecio de la ley. Era la época en que José María Ramos Mejía escribía su libro sobre Las multitudes argentinas y Lucas Ayarragaray su estudio sobre La anarquía y el caudillismo. El criollismo parecía robustecerse en la imaginación de los sociólogos, acaso porque se advertía en la realidad la intensa arremetida que contra sus contenidos espirituales lanzaba la ola inmigratoria, pero también porque se observaba la aparición de formas híbridas en las que las tradiciones vernáculas se trasmutaban en el nuevo ambiente creado por la inmigración: así el coraje del gaucho se prolongaba en las actitudes viriles y jactanciosas del hombre del suburbio, del “compadrito” que destacaba su inconfundible figura en el sainete y en el tango; y las peculiaridades del criollismo parecían seguir vigentes a los ojos de los sociólogos, todos ellos, por lo demás, pertenecientes a una minoría intelectual que se reclutaba, en general, en las filas del patriciado. Así, aunque el argentino era ya para entonces un tipo indescriptible a causa de las diversas influencias que comenzaban a cruzarse en él, Joaquín V. González afirmaba que lo que lo distinguía era el ser “impetuoso, caballeresco y sentimental”, en tanto que, con análogo criterio, sostenía Carlos Octavio Bunge que lo caracterizaban “la pereza, la tristeza y la arrogancia”. Más categórico, Agustín Álvarez, en su Manual de patología política, se atrevía a llamar a las peculiaridades de sus compatriotas, simplemente, las “imbecilidades argentinas”.

3

Quizás haya sido en la afirmación —polémica y generalmente retórica— de lo nacional como se haya manifestado más resueltamente el espíritu del Centenario. A medida que se acercaba la celebración de los cien años de la Independencia nacional maduraban y adquirían inequívoca evidencia los frutos del movimiento inmigratorio. Un aspecto, sobre todo, influyó considerablemente en ciertas repercusiones del problema: la organización de los grupos anarquistas y socialistas que desencadenaron importantes movimientos entre las masas trabajadoras.

Se comenzó entonces a hablar de doctrinas exóticas y maléficas; y el coro de elogios convencionales que solía oírse alrededor del tema de los inmigrantes que venían a labrar la fértil tierra argentina, comenzó a apagarse por los recelos que suscitaba la “mala inmigración”, la de los “extranjeros desagradecidos” que organizaban huelgas y difundían doctrinas socialistas o anarquistas. Contra ellos se dictó en 1902 la llamada “ley de residencia”, que autorizaba al gobierno a expulsar a los extranjeros “cuya conducta comprometa la seguridad nacional o perturbe el orden público”, y en 1910, la “ley de defensa social que legislaba sobre admisión de extranjeros, asociación de personas para la difusión de ciertas ideas y actos de propaganda y terrorismo. Aunque tales medidas llevaron alguna tranquilidad a los timoratos, no faltó quien denunciara el alcance de tales hechos. Es revelador el manifiesto que lanzó el Partido Socialista en mayo de 1909, con motivo de algunos hechos de violencia y de las explicaciones que dio el gobierno sobre ellos. “El gobierno responsable de la masacre obrera del 1° de mayo —decía el manifiesto— proclama con fruición que casi todas las víctimas eran extranjeras.

“Hijo del predominio político de las provincias de tierra adentro, la obra sanguinaria de sus genízaros le parece excelente procedimiento de argentinización. Quiere nivelar el proletariado de Buenos Aires con el de las zonas del país donde es más abyecto y servil; quiere que el nivel mental de los trabajadores de la Capital no exceda al de los inconscientes parias que trae del interior y arma para su nefasta obra de exterminio.

“Es cierto que, con dineros sustraídos al pueblo trabajador, fomenta la inmigración que ha de abaratar la mano de obra. Pero, como trabajadores, no le parecen buenos sino los extranjeros sumisos siempre agradecidos a la pitanza que les permite vivir, sin más preocupación que la de llenar las necesidades más elementales.

’’Denunciamos ese concepto mezquino y retrógrado como uno de los más grandes estorbos a nuestro desarrollo nacional, como el torpe disfraz que malamente disimula la desenfrenada codicia y las bajas ambiciones de los hombres de la oligarquía.

”Su patriotismo les permite pedir a los patronos extranjeros que manden sus peones argentinos a votar por las facciones de la política criolla; les permite vender el país entero a empresas extranjeras, cuyos abogados son altos personajes políticos, y de cuyos directorios salen ministros y presidentes; les permite también valerse de extranjeros para la obra nefanda de la corrupción y anulación del voto argentino. Pero les hace mirar con odio tanta altiva reclamación obrera, toda tendencia política genuinamente popular, y en su incapacidad para comprender el movimiento obrero, y adaptar a él sus actividades de clase gobernante, no encuentra argumento mejor que acusarlo de extranjero.

“Denunciamos esa acusación como una baja maniobra tendiente a perpetuar la oligarquía. Los que así hablan son vulgares politicastros para quienes la patria es fuente inagotable de enriquecimiento personal y de vanos honores, que, al agigantarlos, empequeñecen al país; intrigantes hechos a todas las malas artes, desde las elecciones falsas hasta la revueltas simuladas con soldados de línea; pobres espíritus absorbidos por sus menguadas luchas de camarillas.

“El movimiento obrero argentino es obra de hombres nacidos aquí y en otros países, como tiene que ser toda sana actividad colectiva en un país cosmopolita. El movimiento obrero da a todos los hombres del país un alto ejemplo de conciencia histórica y política, solidarizando a los hombres de igual condición social, cualquiera sea su patria de origen. El movimiento obrero hace obra de argentinización librando a nativos y extranjeros de prejuicios de raza, y haciéndolos trabajar de consuno en la elaboración de un más fuerte y más alto pueblo argentino. Circulan ahora en el mundo los sentimientos y las ideas con la misma libertad que los hombres y las mercancías. ¿Cómo podrían entonces alcanzar los nuevos ideales y los nuevos métodos? ¿Si copiamos de Europa las artes y las ciencias, si de allá traemos las semillas y las crías que refinan nuestros cultivos, no son también para este país una bendición las nociones y prácticas importadas que han de sacarnos del pantano de la política criolla?

“Somos los continuadores de la obra de la Independencia, y cuando llegue la hora del Centenario, la tierra argentina, fuera de sus trigos y sus lanas nada podrá presentar que la acerque tanto a los pueblos cultos como su agitación proletaria.

“Pese a la clase gobernante, ha de formarse en este país un pueblo trabajador de los más inteligentes y libres del mundo.”

Ciertamente, la reacción contra el cosmopolitismo y las agitaciones sociales originó un movimiento farisaico encubierto de nacionalismo. Pero es innegable que un movimiento nacionalista auténtico, sincero y profundo se desarrollaba en el seno de los viejos grupos criollos, cada vez más alarmados por la influencia de la ola inmigratoria y por el progresivo desvanecimiento de los rasgos de la personalidad nacional.

Fue el uruguayo José Enrique Rodó quien pronunció —en Ariel— las primeras palabras de alarma contra la “afluencia inmigratoria, que se incorpora a un núcleo aún débil”; el fenómeno suscitó en el ánimo del ilustre ensayista un sentimiento de aristocracia, porque creyó que entrañaba la “degeneración democrática, que ahoga bajo la fuerza ciega del número toda noción de calidad”. Y tras las huellas de Rodó algunos grupos autóctonos comenzaron en la Argentina, como en otros países del Continente, a afirmar su “arielismo”, su sentimiento minoritario, aristocrático y espiritualista, modelado en áspero contraste con el poco elegante apremio de quienes llegaban a “hacer la América”.

Ricardo Rojas expresó ese sentimiento con profundidad, sólidos fundamentos y justa medida en La restauración nacionalista. Recogiendo la apesadumbrada pregunta de Sarmiento relacionada con el mismo problema: ¿Argentinos? Desde cuándo y hasta dónde, bueno es darse cuenta de ello”, Rojas decía: “Antes de que la respuesta pueda ruborizamos, apresurémonos a templar de nuevo la fibra argentina y vigorizar sus núcleos tradicionales. No sigamos tentando a la muerte con nuestro cosmopolitismo sin historia y nuestra escuela sin patria.” Esta actitud entrañaba un nacionalismo, pero no el nacionalismo farisaico de quienes se ocultaban los problemas del país, ni el nacionalismo agresivo de quienes se jactaban de una superioridad no probada. Había en Rojas una reacción sentimental —la de “los que a fuerza de ser argentinos empiezan a sentirse extranjeros en su propia patria”—; pero había sobre todo una apreciación objetiva y clara del problema, que concluía en un pronóstico y en un programa para su solución.

Sin embargo, no fue la ola creciente del cosmopolitismo lo único que desencadenó el sentimiento nacionalista. Rodó lo tradujo también en otros términos cuando, lo concibió como una oposición frente a Estados Unidos y al practicismo norteamericano. Diez años antes, por su parte, los representantes argentinos ante la primera Conferencia Panamericana reunida en Washington en 1889 manifestaban ya la orgullosa decisión de no aceptar la tutoría de Estados Unidos. Manuel Quintana y Roque Sáenz Peña levantaron su voz contra las pretensiones hegemónicas enunciadas por el secretario de Estado, Blaine, y definieron un innegable sentimiento de resistencia frente a su país, que era ciertamente compartido por muchos. Acaso esconda cierta clave de ese sentimiento un párrafo de la crónica que, sobre la conferencia, envió José Martí a La Nación de Buenos Aires de la que por entonces era corresponsal: “Son acá levadura viva los celos de Inglaterra” —escribía—, y el Sun maligno, aliado demócrata de Blaine, denunciaba a los que se le opusieron en la sesión como “empleados e instrumentos de Inglaterra”; pues, en efecto, buena parte de aquella resistencia contra Estados Unidos nacía en ciertas élites argentinas de su solidaridad con Inglaterra y de su consustanciación con los modos de vida ingleses. Pero de todos modos, nació de esta extraña coyuntura una manifestación de nacionalismo latino, que se lanzaba contra los admiradores del utilitarismo norteamericano y detractores, al mismo tiempo, de la tradición española. Tuvo ese sentimiento ocasión de precisarse con motivo de la guerra de Cuba en 1898, y por esa época desarrolló Rodó en Ariel su antinomia entre utilitarismo e idealismo que arrastraba la contraposición entre la América anglosajona y la América hispánica.

La celebración del Centenario forzó las posiciones frente a la realidad nacional. Se afianzaron en sus convicciones quienes, a la luz de severo análisis, renegaban de las tradiciones hispanocriollas, y siguieron esperándolo todo del ejemplo anglosajón; se robustecieron en sus ideas los que temían la influencia del cosmopolitismo y propiciaron una política de decidida absorción de la población de origen extraño; y no faltaron quienes cerraron los ojos a todo examen y se dejaron ganar por un optimismo fácil y un conformismo superficial, que derivaron en formas groseras de patriotismo muy a tono con las formas externas del regocijo oficial propio de la fecha. En El juicio del siglo, Joaquín V. González reseñaba con rara objetividad y aguda penetración las alternativas de nuestra evolución histórica, y señalaba al final que “aunque a veces hubiera pretendido con tenaz empeño apoderarse de la opinión la tendencia chauvinista, tan llena de peligros y falsas sugestiones, ella no ha pasado de esferas secundarias”. Pero ciertamente predominaron esas esferas secundarias por encima de las opiniones ponderadas y críticas precisamente en ocasión del Centenario. La retórica oficial acuñó definitivamente el tópico de “la grandeza nacional”, de nuestro envidiable destino y de nuestras innatas virtudes; y grupos irresponsables desataron una ola de xenofobia como complemento aparentemente indispensable del orgullo oficial. La idea de la patria adquirió un valor convencional en las frases hechas; pero arrastraba un sentimiento auténtico e innegable que se difundía y operaba en el complejo social como un vivo estímulo para la reducción de lo heterogéneo en lo homogéneo, para la absorción de los grupos humanos de diverso origen en la colectividad. Era el sentimiento de confianza profunda que había comenzado a obrar en un poeta de tradición anarquista, Leopoldo Lugones, y que lo movía a escribir en 1910, en la primera de sus Odas Seculares:

Patria, digo, y los versos de la oda

Como aclamantes brazos paralelos,

Te levantan Ilustre, Única y Toda

En unanimidad de almas y cielos.

El robustecimiento del patriotismo pareció a muchos el arma necesaria para contrarrestar los peligros del aluvión cosmopolita. Como presidente del Consejo Nacional de Educación, José María Ramos Mejía echó las bases de una reforma destinada a transformar la escuela elemental en un eficaz instrumento de acción para lograr la incorporación profunda y sincera de los hijos de inmigrantes a la colectividad nacional. El nacionalismo fue una respuesta, una convicción elaborada en la experiencia, y adquirió un aire combativo y dinámico. Ricardo Rojas, enviado por el Gobierno a Europa para interiorizarse del desarrollo de los estudios históricos —”problema relacionado con los más vitales intereses de nuestra nacionalidad”, decía— defendió en su informe la urgente necesidad de rever los principios fundamentales de la educación argentina. Y con amplia doctrina y profundo convencimiento, afirmó que una educación basada en la historia era el único camino capaz de crear el sentimiento colectivo que el país requería para fundir sus heteróclitos elementos. Ese pensamiento es el que desarrolló en La restauración nacionalista.

4

Pero las ideas sobre la historia no eran unánimes, ni en cuanto a sus principios fundamentales ni en cuanto a los contenidos específicos de la historia argentina.

Ricardo Rojas, pese a su vasta cultura y a su curiosidad por las ideas y las cosas de Europa, adoptó un punto de vista concordante con el que había sostenido Joaquín V. González en La tradición nacional. Hallaba éste en el desarrollo de la cultura hispanoamericana inequívocas reminiscencias que lo llevaban a pensar en la perpetuación de un destino autóctono; y Ricardo Rojas continuó esa línea no sólo en las páginas ya citadas sino también en las de Blasón de Plata y de Argentinidad, dos libros en los que negaba la presunta influencia, tantas veces señalada, de las ideas extranjeras en el desarrollo de la democracia argentina, afirmando en cambio la existencia de una continuidad interna en el proceso de su formación.

Fiel a esta convicción íntima, Ricardo Rojas procuró estudiar a fondo en Europa las críticas a las ideas historiográficas del Romanticismo; el pensamiento de Taine, de Renán, de Lavisse, de Monod; el proceso de “integración’’ de la historia —como él dice, “desde el poema homérico a la Kulturgeschichte alemana”— pero mantuvo viva en su espíritu su concepción originaria de la historia, en la que latía la esperanza de que sirviera a la formación del alma colectiva. La conciencia de la nacionalidad —decía— se forma por la cenestesia colectiva y la memoria colectiva. “He ahí el fin de la historia —agregaba—: contribuir a formar esa conciencia por los elementos de tradición que a ambas las constituyen. En tal sentido, el fin de la historia en la enseñanza es el patriotismo, el cual, así definido, es muy diverso de la patriotería o el fetichismo de los héroes militares.” Y agregaba luego: “Para ello la Historia no necesita deformarse: bastaríale presentar los sucesos en la desnudez de la verdad. Los desastres merecidos de la patria, los bandidos triunfantes, las épocas aciagas, las falsas glorificaciones, todo habría que contárselo a la juventud. En este afán por descubrir y decir lo verdadero, iría por otra parte implícita una admirable lección de moral.”

Este clamor en favor de una historia veraz, ajena a los intereses de bandería y cuyo contenido fuera el fruto de una indagación seria y objetiva, se generalizó y amplió sus alcances. La preocupación por la historia posterior a la Independencia y el interés que suscitaba el fenómeno rosista se acrecentaba a medida que se hacía más compleja la realidad social del país y más enigmático su futuro. Joaquín V. González definía los cien años de la historia argentina independiente con estas terribles palabras: “El historiador deberá cruzar este infierno, guiado por las altas virtudes que sólo el estudio, el raciocinio y el amor de la patria y la humanidad engendran y mantienen, tanto más en el siglo vivido por la Nación Argentina, en el cual, como ha de verse en este breve estudio, acaso más que en ninguno de sus contemporáneos, la pasión de partido, las querellas domésticas, los odios de facción, la ambición de gobierno o de predominio personal, constituyen una de las fuerzas más permanentes y decisivas en el dinamismo general de todo el país.” Para emprender esta labor, advertía González que era necesario “empezar el análisis científico que procure arrancar la historia del dominio de las causas accidentales, transitorias o personales”, pero no sólo por el placer de la objetividad o por la gravitación del pensamiento crítico que dominaba ya el saber histórico en Europa, sino por otras causas que explicaban esa singular actitud en ese instante de la cultura argentina.

La primera era, sin duda, de orden intelectual. Si con el período histórico de la Independencia habían podido construir Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López una obra de sólidos fundamentos, parecía ya llegada la hora de incluir en el dominio de los estudios históricos de base científica el período rosista, en el que se escondían tantos y tan graves problemas que repercutían sobre la realidad de su tiempo. La segunda era que, para la época del Centenario, la problemática incluida en la polémica del rosismo perdía interés y vigencia a pasos agigantados. Poco a poco habían desaparecido los últimos protagonistas de la ardua lucha, y las condiciones sociales, económicas y políticas del país planteaban nuevos y muy diversos interrogantes. Y la tercera era que se vislumbraba la esperanza de que un análisis desapasionado y objetivo del pasado argentino ofreciera —por encima de toda preferencia— una clave para entender los nuevos procesos; por eso González pedía un ejercicio científico de la historia, “para ensayar la deducción de leyes constantes o periódicas, radicadas, ya sea en los caracteres étnicos y territoriales invariables, ya en las propias enseñanzas del pasado más remoto, ya, por fin, en la sistematización de las ideas, principios o teorías expuestas por los escritores de la época, en todas las direcciones en que la masa nacional se ha agitado, ha evolucionado o ha marchado con rumbos más o menos conscientes”.

Los movimientos de masas y las relaciones entre las clases inquietaban, sin duda, al autor del Juicio del siglo, cuyos esfuerzos de político y de jurista se habían concentrado poco antes en la preparación de un proyecto de código del trabajo que afrontara los problemas sociales que inquietaban la vida argentina de aquellos días. Con intereses semejantes buceaba en la historia Adolfo Saldías, a quien también se le encargó por entonces un estudio retrospectivo de la vida argentina, que publicó con el título de Un siglo de instituciones; el autor de la Historia de la Confederación reiteró entonces sus puntos de vista y ofreció sistemáticamente, en un significativo pasaje del capítulo XI, una interpretación de las crisis sociales argentinas. Sostenía Saldías que el movimiento revolucionario de 1810 estaba caracterizado por el predominio de las clases aristocráticas, que se habían independizado apoyadas en el derecho municipal español; la crisis de 1820, en cambio, había sido una “reacción tumultuaria de las clases medias, de las inferiores clases sociales, contra la oligarquía de los hombres y partidarios de los Triunviratos y Directorios”, y la de 1830, en cambio, había sido una reacción más radical que contó con la plena solidaridad de las clases populares. “Por los auspicios de estas tres grandes proporciones —terminaba Saldías— se ha desenvuelto la sociabilidad argentina desde 1810 hasta 1830, en virtud de lo que se podría llamar la ley de las renovaciones políticas, las cuales se han ajustado a principios cuya originalidad y cuya lógica son dignas de estudio para meditar con fruto sobre la filosofía histórica.”

Un intento semejante había realizado en los últimos años del siglo anterior, y siguiendo el camino abierto por la obra fundamental de Saldías, el historiador Ernesto Quesada en su libro La época de Rosas. También él colocaba su estudio sobre principios de absoluta objetividad, y aducía en favor de su tesis que sólo en el estudio sereno del pasado podía hallarse “la enseñanza del porvenir, y causas análogas pueden producir fenómenos semejantes en cualquier época”. Atraído por las consecuencias —próximas y remotas— del fenómeno, se interesó por las circunstancias que lo explicaban, guiado por la influencia de los sociólogos y de los historiadores de tendencia sociológica, hasta llegar a la conclusión de que Rosas había sido tan sólo un hijo de su época y ésta a su vez el fruto de inevitables encadenamientos que suponían largos procesos.

Con una doctrina más precisa y más elaborada intentó Juan Bautista Justo, fundador del Partido Socialista, ex

plicar en 1898 el desarrollo de la vida social del país en un conciso y madurado estudio que tituló La teoría científica de la historia y la política argentina. Una brevísima caracterización de la doctrina económica —designación que él prefería a la de materialismo— hecha con palabras de Marx y de Engels, abría el estudio, al que sirve de regla esta acotación: “Al afirmar el papel fundamental del modo de producción y de cambio en la historia, Marx y Engels han estado muy lejos de formarse del desarrollo histórico un concepto unilateral”. “La situación es la base”, dice Engels, “pero… las formas del derecho… las teorías políticas… las opiniones religiosas… etc., ejercen también su acción sobre el curso de las luchas históricas, y en muchos casos determinan su forma en primer término.” Y sorteando el peligro de un criterio unilateral estrechado por la reducción a ciertos principios elementales, Justo se introducía en el análisis de la vida argentina desde el punto de vista de los fenómenos de la producción y de las luchas de clases que la caracterizan. Analizaba la revolución de 1810 en relación con lo que López había llamado la “burguesía decente”; examinaba las guerras civiles en relación con los gauchos, que identificaba como “la población de los campos acorralada y desalojada por la producción capitalista, a la que era incapaz de adaptarse, que se alzaba contra los propietarios del suelo, cada vez más ávidos de tierra y de ganancias”; estudiaba a Rosas en relación con la población campesina, que “fue dominada por los mismos que ella había exaltado como jefes”; consideraba la situación de su tiempo como el resultado del “progreso económico [que] nos había incorporado de lleno al mercado universal, del que somos una simple provincia”. Y a lo largo de este examen replanteaba los grandes problemas de la política de la hora con meridiana claridad e inflexible lógica.

Los fundamentos de su interpretación de la historia los expuso Juan B. Justo más tarde en su obra fundamental, Teoría y práctica de la historia, que vio la luz precisamente en 1909, el mismo año en que publicó Ricardo Rojas La restauración nacionalista. En aquélla, desarrolla Justo los puntos fundamentales del marxismo, pero

enriqueciendo y variando sus fundamentos con una teoría biológica de las sociedades humanas que justifica la interpretación económica que él propone y desarrolla. El punto de partida, empero, de la indagación histórica es una inquietud acerca del destino futuro de la humanidad. “No sabríamos siquiera qué preguntar al pasado sin nuestros anhelos para el porvenir.” De aquí que la historia se instrumentalice frente a las exigencias de la acción, en la que Justo ve, como Goethe, el comienzo de toda cosa.

El conocimiento del pasado debe ajustarse a su propia naturaleza. “El mundo de la historia —dice— es una masa de hombres y cosas movidos y moldeados por fuerzas tan regulares como las que mueven el sistema solar y han moldeado la corteza terrestre. Los fenómenos históricos son también lógicos y necesarios, consecuencias fatales de combinaciones de circunstancias dadas. Una neoformación social, una revolución, la expansión o decadencia de una raza, deben producirse en condiciones tan regulares y determinables como la cristalización de un mineral, una descarga eléctrica, la evolución de una especie.

“Más que una simple deducción, impuesta al raciocinio por la regularidad que descubrimos en los fenómenos de otro orden, ésta es una inducción directa de los hechos, cuya basa se extiende a medida que conocemos mejor el pasado de la Humanidad y dedicamos más atención a su desarrollo presente.” Esta regularidad se apoya en la regularidad del comportamiento biológico, en el que ve el fundamento de las sociedades humanas. Pero sobre esa base se producen variaciones fundamentales. “Encontramos, pues, condicionada la acción de los principios biológicos en la especie humana por las actividades intencionales del hombre, que obedeciendo a las leyes generales de la vida, al mismo tiempo que las altera, y, en bien o en mal, les imprime un sello peculiar.

“El predominio de las funciones vegetativas toma en la Humanidad una forma superior, en relación con la altura mental del hombre, y se manifiesta en fenómenos sociales de un orden propio, que no reflejan sino mediata e indirectamente las leyes de la biología.

“La acción intencional crea el mundo técnico-económico, que se superpone al ambiente físico-biológico.” Justo estudia aquellos fenómenos, y sus derivaciones a través de la guerra, la política, la lucha de clases y las relaciones entre capitalistas y asalariados, para concluir con una fervorosa profesión de fe en la vida. “La última conclusión de la ciencia es la del sentido común: prácticamente el hombre es el centro del mundo, y nada tanto como el hombre mismo debe preocupar al hombre. Mas no descubre la ciencia en el mundo un fin bueno e inteligente, una moral. Seres infinitos nacen, sin responsabilidad, para una vida frustrada. Lo que para nosotros es enfermedad y muerte, es para los microbios un festín. Los caprichos de la atmósfera hacen de la agricultura un juego de azar. Dentro mismo de la sociedad humana, chocan ciegos y furiosos los elementos.

”¿A qué tiende la Historia? ¿A dónde va la vida? A su propio incremento, a su propia expansión. Como los organismos elementales, propende el hombre a multiplicarse con toda su potencia. A cada rotación lunar, florece la mujer en su inmanente anhelo de maternidad; vigorizado por los gérmenes de la generación que lleva en sí, mantiene el varón siempre tensa la cuerda de su esfuerzo hacia el crecimiento infinito de la especie. Forma superior de la vida, llévala el hombre y la acrecienta por doquier. Para ello crea su técnica, para ello establece y cambia sus relaciones sociales. En su eterno impulso vegetativo, invade el mundo entero, sujeta las fuerzas físicas, reduce o extiende, según sus propias necesidades, las otras formas de la vida. Lucha también consigo mismo. ¡Ay de las aristocracias que estorban al aumento de la población! ¡Ay de los pueblos que no saben sacar del suelo que habitan todo lo que en el cultivo de la vida puede dar! Ellos serán barridos o dominados por otras clases y otros pueblos más enérgicos. ¿Para qué son las revoluciones y las conquistas? Vano es todo derecho a la vida que no se afirme en su propio ejercicio. La conciencia está al servicio del aumento inconsciente e instintivo de la materia organizada. Adquirimos y desarrollamos funciones de relación, para vegetar mejor. Una fuerza primordial domina a la Historia: la tendencia al crecimiento indefinido del protoplasma.”

La interpretación económica de la historia sirvió algunos años más tarde a Juan Álvarez para renovar el estudio de la época de las guerras civiles y la tiranía. Sin plantear problemas teóricos, Álvarez organizó el análisis de todo el período alrededor del problema de la navegación de los ríos interiores, y de las consecuencias económicas que tuvo el régimen de esas vías para las provincias del litoral; de allí dedujo la explicación de las situaciones políticas creadas entre las provincias litorales y Buenos Aires, más allá de toda la rica y variada historia anecdótica que solía ilustrar el período.

Preocupado por otros problemas, José León Suárez publicó en 1916 una monografía titulada Carácter de la Revolución Americana: Nuevo punto de vista sobre la independencia hispanoamericana. Siguiendo las reflexiones de los hispanizantes, Suárez dio forma a la doctrina de las relaciones entre el movimiento liberal en las colonias y en España. Tuvo su obra mucho eco —en relación, por cierto, con los planteos políticos antiimperialistas— y dejó abierta una vía de estudio y de interpretación del fenómeno de la independencia hispanoamericana, incomprensible, a su juicio, fuera del cuadro de las ideas y las luchas que se producían en España misma.

5

La oposición entre nacionalismo y universalismo, entre nacionalismo y clasismo, entre idealismo y materialismo, fue, en todos los aspectos de la vida y de la cultura argentina, y con diversos matices, un fenómeno característico del momento del Centenario. Si la ocasión era propicia para examinar el destino histórico del país desde el punto de vista de su pasado, no lo fue menos, sin embargo, para despertar la conciencia pública frente a los nuevos fenómenos sociales que se manifestaban y que se interpretaban de diversa manera. Huelgas y movimientos de agitación alteraban la calmosa vida pública, promovidos por los grupos proletarios que cada día cobraban más firmeza, mejor organización y más clara conciencia de su posición político-social. Los grupos tradicionalistas, reaccionarios salvo pocas y honrosas excepciones y ya preocupados por la amenaza de la Unión Cívica Radical, sólo atinaron a proponer la represión como maniobra política de defensa frente a los nuevos fenómenos de masas. No faltaron en el campo político ni en el doctrinario quienes se preocuparan por el problema obrero. Joaquín V. González proyectó la Ley Nacional del Trabajo en cuya redacción colaboraron hombres de diversas tendencias: Del Valle Iberlucea, Manuel Ugarte, Augusto Bunge, Leopoldo Lugones y Juan Bialet Massé; este último, profesor de la Universidad de Córdoba, había publicado un Tratado de la responsabilidad civil en el Derecho argentino bajo el punto de vista de los accidentes de trabajo, y un Informe sobre el estado de las clases obreras en el interior de la República, ambos en 1904. Pero las soluciones sutiles que de esos estudios podían inferirse no fueron halladas a tiempo. Y frente a los grupos reaccionarios, los sectores anarquistas y socialistas, de sólida doctrina y rica experiencia internacional en relación con los procesos sociales derivados de la transformación técnico-industrial, asumieron la representación de las nuevas fuerzas que surgían en el país.

El anarquismo, bajo la ya señalada inspiración de Gori, emprendió una acción organizada y llegó en 1905 a predominar en el Consejo de la Federación Obrera Argentina. La base doctrinaria del socialismo era en la Argentina la misma que en otros países, pero las circunstancias históricas eran tan diversas que no fue poco esfuerzo adecuar los principios teóricos a la realidad. El naciente desarrollo comercial e industrial aceleraba la definición social de un proletariado que tenía, como característica esencial, estar constituido en buena parte por extranjeros, a causa de la afluencia de inmigrantes al país. La oligarquía planteó entonces el problema de los conflictos del trabajo y las reivindicaciones obreras no como un conflicto de clases sino como un encuentro entre nativos y extranjeros, movidos estos últimos por el designio de disolver la sociedad a cuyo seno se habían acogido. Pero el socialismo salió al encuentro de tal tesis aplicando una doctrina universal que correspondía a la universalidad del hecho económico-social, y trasladando con ello el problema al terreno en que debía enfrentarse.

El planteamiento concreto del asunto giró alrededor de una ley de extrañamiento de extranjeros —conocida como “ley de residencia”— que la oligarquía sancionó en noviembre de 1902 a raíz de fuertes movimientos obreros. El gobierno quedaba facultado por ella para expulsar del país a todo extranjero que considerara peligroso para la seguridad nacional y el orden público, de modo que desaparecían todas las garantías que la Constitución ofrecía al que había decidido radicarse en el país. La ley fue objetada por razones institucionales, pero fue sancionada. Su enjuiciamiento ocurrió más tarde, cuando en 1904 llegó al Parlamento el primer diputado socialista, Alfredo L. Palacios. Al fundar un proyecto de derogación de la ley, formuló el problema de las huelgas en sus verdaderos términos; expuso entonces ante los representantes de la oligarquía los fundamentos de la doctrina económica de la historia y derivó de ella una interpretación de los hechos sociales que ocurrían en ese momento en el país.

Eran, sin duda, hechos de escasa magnitud si se usaban como vara de medir los procesos europeos análogos; pero tenían creciente gravedad, sobre todo por la estrechez de criterio de ciertos sectores oligárquicos que confiaban en la posibilidad de mantener una situación de privilegio ya sobrepasada en muchas partes del mundo. Fue una trabajosa conquista del diputado socialista obtener la sanción de una ley que estableciera el descanso hebdomadario y otra que protegiera el trabajo de las mujeres y los niños. Y si la interesada oligarquía local podía equivocarse justamente al interpretar los nacientes fenómenos nacidos de la transformación económica del país, extraña que se equivocara también el sociólogo italiano Enrique Ferri, que visitó el país en 1908 y diagnosticó apresuradamente que el “socialismo argentino es una flor fuera de estación”, agregando que “es un producto de la civilización industrial y ustedes [los argentinos] pasan todavía por la era pastoril”. Estas palabras de Ferri provocaron no sólo una intencionada y aguda respuesta de Juan B. Justo, sino también una reafirmación de la interpretación socialista de la realidad nacional. En un desafío verbal, Justo refutó la tesis de Ferri y sostuvo, analizando el último capítulo de El Capital, titulado “La teoría de la colonización”, que en países agrarios se forma un proletariado rural que lucha contra la clase poseedora de los medios de producción y que debe ser esclarecido para orientar su lucha clasista. Concluyendo su discurso, agregó Justo: “Ferri presenta como obstáculo al socialismo la actual economía agrícola argentina; dediquemos, pues, mayor esfuerzo a la política agraria, que ha de acelerar la evolución tecnicoeconómica del país, y también su evolución política, enrolando en nuestro partido a los trabajadores del campo.”

Si la visita de Ferri dejó como saldo positivo para el socialismo el autoexamen de su validez, la que realizó en 1911 Jean Jaurés sirvió para que desde un escenario tan prestigioso como el del Teatro Odeón se hablara a la opinión media argentina de ideas que no quería oír de labios de sus compatriotas. El socialismo se robusteció, y en las elecciones de 1912, tras un cambio de régimen electoral, llevó al Parlamento dos diputados: Alfredo L. Palacios y Juan B. Justo.

Ciertamente, la opinión de Ferri sobre el socialismo argentino era compartida por muchos que advertían el abismo entre las reformas que exigía y el estado social e institucional del país. Para los espíritus esclarecidos, progresistas y guiados por el ejemplo europeo, el cuadro de la situación política del país parecía entristecedor. “Esos males —decía Indalecio Gómez en el Congreso— son, para decirlo en una palabra, la muerte del espíritu cívico, el anonadamiento completo de la democracia argentina. ¿Es que existe la democracia argentina? ¡Absolutamente no!” Algunos optaron por desentenderse de la actividad política, refugiándose en un elegante escepticismo al que no era ajeno, por cierto, la influencia de Anatole France; y otros mantuvieron su militancia convencidos de que los fenómenos que se ofrecían a sus ojos estaban dentro de la rigurosa lógica del proceso demográfico, económico y espiritual del país. Estos últimos recibieron el estímulo de los historiadores que intentaban una nueva interpretación histórica de nuestro pasado y de los conocedores de nuestras instituciones que se mostraban capaces de interpretarlas a través de la historia. Entre éstos, José Nicolás Matienzo ocupó un lugar de excepción con su obra sobre El gobierno representativo federal en la República Argentina, aparecida en 1917, en la que analizaba las instituciones políticas a la luz de la evolución de la sociedad, a la que consideraba sometida a leyes naturales.

Pero cualquiera que fuese la explicación que pudiera darse sobre la situación institucional, las opiniones comenzaban a agruparse con distintos matices que entrañaban definiciones netas y actitudes categóricas. La revolución de 1890 había conmovido la fácil seguridad de la oligarquía y en su seno los más inteligentes comenzaron a descubrir que el cuadro político había sufrido un cambio de inocultable profundidad: pareció, pues, necesario un cambio de actitud. Pero ajena e insensible al proceso social que empujaba hacia la primera línea a los nuevos grupos proletarios, y alarmada tan sólo por los problemas institucionales que le suscitaba la clase media en ascenso, representada por la Unión Cívica Radical, la oligarquía se escindió entre los que pretendían conservar ilegítimamente y a cualquier precio los privilegios manteniendo la perversión de las instituciones y los que aspiraban a mejorarlas, acaso con la esperanza de purificar sus privilegios y conservarlos en buena ley.

En el seno del Partido Nacional, que no era sino una vasta organización electoral, seguía ejerciendo fuerte autoridad el general Roca. Pero ya al acercarse las elecciones de 1892 se vio aparecer un grupo —llamado “modernista” y encabezado por Roque Sáenz Peña— que representaba el afán purificador de las instituciones frente a la organización electoral que Roca representaba. Era Roque Sáenz Peña un espíritu ecuánime y vigoroso, de clara visión y sentimientos honrados; conservador a la inglesa, creía en la democracia y acaso confiaba en que la democracia conduciría a un robustecimiento de su política moderada. Pero la organización electoral volvió a funcionar eficazmente y frustró el intento de mejorar el sistema institucional. El primer paso había sido dado, sin embargo. Todavía triunfó el general Roca en las elecciones de 1898, pero poco después se separó de él su más fuerte aliado, Carlos Pellegrini, que adoptó puntos de vista análogos a los de Roque Sáenz Peña, y los manifestó explícitamente en más de una ocasión. Sus palabras revelan un momento fundamental en el pensamiento político argentino, porque ponen de manifiesto el juego en que se vinculaban las principales tendencias de la opinión. En primer lugar los grupos obreros que hacían un nuevo planteo de la situación social, ahora modificada y preñada de promesas para el futuro; en segundo lugar, la clase media, esencialmente representada por la Unión Cívica Radical, que aspiraba a intervenir en el poder y que, sabiéndose mayoría, pedía pureza electoral y perfeccionamiento de las instituciones; y en tercer lugar una oligarquía que se dividía entre los que querían mantener la dirección tradicional como si nada hubiese ocurrido desde 1890, y los que, como Roque Sáenz Peña y Carlos Pellegrini, habían obtenido una lección de los hechos y aspiraban a modificar el rumbo quizá con la esperanza de que la mayoría prefiriera su posición moderada en un régimen parlamentario bipartidista. No son desdeñables estas palabras que pronunció el ministro Indalecio Gómez al defender en el Parlamento el proyecto de ley electoral: “No es el haber traído hombres eminentes al Congreso el único elogio que pudiera hacérsele, aun con las reservas expresas que he hecho, al sistema actual.

“Él ha contribuido a la formación de las clases conservadoras del país. En este Congreso, en las legislaturas de provincias, se han formado las clases conservadoras del país. Aquí, en el Congreso, ha estado la voluntad, la energía para resistir a todos los embates de la anarquía, de la revolución, del desorden. ¿Por virtualidad propia del sistema? No. Esa virtualidad corresponde a todos los sistemas —fíjese en esto la Cámara—, corresponde a todos los sistemas en los cuales el candidato a diputado pasa por métodos de selección que permiten designar a los más dignos.

“La misma razón explica también cómo es que la calidad de los elegidos fue siempre superior.

“Así, pues, si queremos que las clases conservadoras se encuentren siempre representadas aquí, y si queremos que este Congreso sea una base inconmovible de la formación de esa clase representativa, es menester que no nos separemos de los sistemas que permiten esa selección.”

En un gesto simbólico, Pellegrini se había negado a votar en 1902 la ley de Residencia de Extranjeros. Cuando poco después se trató en el Senado una reforma electoral que prometía una expresión más fiel y segura de la opinión popular en el Parlamento, Pellegrini no vaciló en enfrentarse con la realidad político-social del país, uniendo en un haz la inquietud social de las clases trabajadoras, manifestada a través de huelgas violentísimas, y la inquietud de las clases medias que aspiraban a llegar al poder y no vacilaban en buscar una salida a sus inquietudes en la conspiración. “La situación presente —decía Pellegrini— es la obra de todos los partidos y de todos los hombres públicos que hemos tenido actuación política en el país desde Caseros hasta la fecha; todos tenemos responsabilidad de lo que hoy pasa, y la única manera de evitar que esa responsabilidad se haga histórica es propender honradamente a la reforma, producir la reacción para suprimir y corregir estos males y devolver a nuestro país la verdad de sus instituciones, el ejercicio de su soberanía popular.”

Pellegrini volvería sobre este tema otras veces. En la misma línea política se alineó Roque Sáenz Peña, y cuando llegó a la presidencia en 1910, concretó sus esfuerzos en una ley electoral que, aprobada en 1912, instauró el voto secreto y obligatorio y el sistema de la lista incompleta, con el que tenían acceso a la representación parlamentaria las minorías. Pero no fue sin lucha. Pellegrini no había podido llegar a ser candidato a presidente en 1904 por la fuerza de la organización electoral que no quería abandonar sus métodos para conservar el poder; y durante el gobierno de Manuel Quintana, el gobernador de Buenos Aires, Marcelino Ugarte, extremó los recursos para controlar los resultados de los comicios y mantener a cualquier precio el uso del gobierno, seguro de que le pertenecía de derecho a la vieja oligarquía y de que carecía de derecho para reemplazarla esa clase media que se constituía con el aporte humano de la inmigración extranjera.

Estas dos corrientes en pugna reflejaban la preocupación que en el seno de la oligarquía producía la actitud de la Unión Cívica Radical. Desaparecidos en 1896 Leandro N. Alem y Aristóbulo del Valle, el partido que fundara el primero quedó librado a las inspiraciones de Hipólito Yrigoyen, que reforzó la posición intransigente negándose en 1897 al acuerdo político con Roca. El nuevo jefe del partido quería la lucha y no la transacción, porque consideraba que eran incompatibles la tradicional concepción de la sociedad argentina, basada en el privilegio y el falseamiento de las instituciones, y la concepción radical y revolucionaria que él encarnaba, basada en la igualdad política y la autenticidad del régimen representativo. Por eso no vaciló en desencadenar la revolución en 1905. Pero al mismo tiempo su acción y su labor persuasiva contribuyeron a precipitar la maduración de la idea de que era necesaria una reforma electoral. La oligarquía disidente e ilustrada no pudo dejar de prestar oídos a esa doctrina que coincidía con sus aspiraciones; Pellegrini y Sáenz Peña escucharon al revolucionario que quería que se le ofreciera el camino de la legalidad. Y la ley electoral, promovida por Sáenz Peña, condujo poco después al poder a Hipólito Yrigoyen y al radicalismo.

6

Roque Sáenz Peña, en quien los observadores del proceso político argentino veían el espíritu superior capaz de romper una tradición arraigada para ofrecer nuevas formas de convivencia a la colectividad, mereció no sólo el reproche de algún sector de la vieja oligarquía que veía en él un traidor a su causa, sino también el sarcasmo ocasional de un filósofo. Con el título de El hombre mediocre escribió una encubierta diatriba contra el entonces presidente de la República por razones accidentales, el psiquiatra y filósofo José Ingenieros, espíritu burlón y apasionado por la vida cotidiana, pero profundo y sagaz en el estudio de los problemas filosóficos. Fue Ingenieros, sin duda alguna, la figura más significativa del pensamiento argentino en los años del Centenario, y la publicación de su Psicología genética en 1911 constituyó un hecho singular en la vida intelectual del país. Ya en 1903 había dado a luz su estudio sobre La simulación en la lucha por la vida, con el que se incorporaba a la corriente cientificista del positivismo. Su Psicología, que reeditó en 1913 con el título de Principios de psicología biológica, acentuó esta orientación, tras de la cual formaron densos grupos de estudiosos, pues la influencia personal de Ingenieros fue extraordinaria. “La psicología es una ciencia natural concordante con las hipótesis más generales de la filosofía científica”, escribía. Partiendo de la biología, Ingenieros aspiraba a formular leyes generales en el campo de la psicología, a través de las cuales pudiera establecer los fundamentos de la lógica, la ética o la sociología. Esta relación condicionaba todo el saber dentro de una concepción decididamente naturalista. Empero no entrañaba una actitud tan decididamente positivista, porque no cerraba totalmente la posibilidad para una metafísica, como se advertiría en sus trabajos posteriores.

Dentro de una corriente cientificista análoga a la de Ingenieros estaba el sabio paleontólogo Florentino Ameghino, desde 1902 director del Museo Nacional de Buenos Aires. En 1906 leyó en la Sociedad Científica Argentina el trabajo en el que fijaba sus opiniones filosóficas y científicas y que se conoce con el nombre de Mi credo. Afirmaba en él que el cosmos se compone de cuatro infinitos, dos tangibles y dos intangibles. “Materia y espacio —decía— tienen la relación de contenido y continente. El espacio existe, es una realidad, puesto que en el Universo es lo único inmóvil, perenne, inmutable, sirviendo de receptáculo a la materia. Concebir algo que sea menos que el espacio o que se encuentre fuera de él, es un imposible. La materia es la sustancia palpable que llena el Universo, y no podemos figurárnosla sino ocupando espacio; es evidente que la porción del espacio ocupada por un átomo de materia no puede a la vez ser ocupada por otro. La materia no tuvo principio, ni tendrá fin. Que es indestructible, es evidente, puesto que no es concebible la posibilidad de sacarla fuera del espacio. Como inseparable del espacio tenemos el intangible infinito tiempo, que podemos definir como la sucesión infinita de la nada corriendo paralelamente a las sucesivas fases de la eterna transformación de la materia. Como inseparable de la materia tenemos el infinito movimiento, que aunque inmaterial, a diferencia del infinito tiempo, es sensible y tangible.”

Los fenómenos naturales —afirmaba Ameghino— obedecen todos a las distintas combinaciones de dos movimientos que predominan en la materia: uno radiante y otro concentrante. Si es posible enunciar leyes de la naturaleza, es contando con que su validez sólo durará mientras dure cierto régimen de equilibrio entre aquellos dos movimientos, régimen que no es inmutable. La vida misma no es sino un aspecto del movimiento, y la diferencia entre el mundo de lo orgánico y lo inorgánico es accidental.

Con esta doctrina se alineaba Ameghino en las filas del cientificismo, con cuyos principios aspiraba el sabio naturalista a crear un cuerpo de doctrina que reemplazara a las creencias religiosas. Había en él, como en Ingenieros, una preocupación por los interrogantes últimos, cuya legitimidad no negaba; de aquí que sólo parcialmente se vincularan uno y otro al positivismo clásico.

Positivista ortodoxo y consecuente fue, en cambio, J. Alfredo Ferreira, acaso en esta época el más documentado y representativo de los que seguían las doctrinas comtianas. Otros muchos expusieron las ideas del positivismo, pero se atuvieron fundamentalmente a sus derivaciones educacionales; Ferreira, tuvo, en cambio, decidida vocación filosófica y aunque escribió poco y publicó menos aún, vivificó sus enseñanzas con un contacto asiduo con los textos y un análisis de las proyecciones posibles del pensamiento comtiano.

La plenitud del predominio de las concepciones positivistas apenas parecía discutible al concluir la primera década del siglo. Si algo les hacía sombra, era la intrépida tenacidad de algunos profesores —especialmente en la Universidad de Córdoba— que seguían enseñando filosofía según los textos de Balmes y Donoso Cortés. Empero, en la Universidad de Buenos Aires se iniciaba una rebelión de otro carácter. Rodolfo Rivarola, profesor de ética y metafísica en la joven Facultad de Filosofía y Letras, había comenzado a abandonar los textos usuales y empezaba a exponer en su cátedra el pensamiento de Kant, que transportaba a otro plano el planteo de los problemas filosóficos. Por su parte, Alejandro Korn se incorporó a la Facultad como profesor suplente en 1906 y como titular tres años después en la cátedra de Historia de la Filosofía, desde la que comenzó a ampliar el horizonte filosófico, sobrepasando el reducido y casi dogmático planteo que solían hacer los profesores de la época. Su sólido conocimiento de la filosofía del racionalismo, del empirismo y del criticismo, le permitió mediante un retorno a lo antiguo, salir del círculo vicioso de una filosofía que había logrado confundirse en la mente de muchos con “la” filosofía.

La influencia de ambos maestros fue pequeña al principio; pero la llegada de Ortega y Gasset en 1916, con la revelación filosófica que trajo consigo, la multiplicó y la hizo decisiva a través de las nuevas generaciones. Entretanto, atacaba también la vigencia del positivismo y el cientificismo la corriente católica, que se oponía no sólo a las doctrinas que respaldaban la escuela laica sino también a las que habían osado desafiar las enseñanzas de la teología. Ameghino, el sabio, era hostilizado por su calidad de sostenedor del evolucionismo, de modo que no sólo se combatía su pensamiento filosófico sino también su pensamiento y su obra científica.

Esta última, sobre todo, adquiría sin embargo cada vez más relieve. Los numerosos estudios paleontológicos y antropológicos de Ameghino, muchos de ellos publicados en los Anales del Museo Nacional, merecieron la atención de los círculos científicos extranjeros. Y en vísperas del Centenario comenzó a ocuparse del problema de la antigüedad del hombre en el Río de la Plata, publicando en 1907 su Tetraprothomo argentinus. En 1910 se reunió en Buenos Aires el decimoséptimo Congreso Internacional de Americanistas, y allí defendió con ahínco sus ideas, que expondría finalmente en La antigüedad del hombre en la República Argentina.

7

Diez años antes, en 1900, se había reunido también en Buenos Aires el Congreso Pedagógico Popular, en el que se expusieron los principios de la pedagogía triunfante, también de definido sentido positivista. Correspondió exponer allí los puntos de vista de la escuela filosófica y pedagógica predominante a J. Alfredo Ferreira, cuya juventud no obstaba para la madurez de sus ideas. Resumiendo la labor ya realizada decía: “Partiendo de las investigaciones de los sabios que estudian el alma en los laboratorios; sabiendo que sólo una tercera parte de la zona cerebral es conocida en sus funciones, estando más explorados los cielos; conociendo, sin embargo, que el cerebro colectivo ha producido monumentos de ideas y de acción que se elevan un palmo cada año, como la columna de Pozzuoli en Italia, según lo comprueba el conjunto de la ciencia abstracta y concreta, de la poesía, derecho, religión, trabajo; contando con la diferenciación constante de los cerebros individuales, que es progresiva, se ha ensayado en las escuelas argentinas que, dentro de una dirección comprensiva del maestro, los discípulos trabajen e investiguen libremente, en la medida de su complexión cerebral y aun corporal, sin respeto por la uniformidad y la igualdad que no son leyes de la naturaleza ni de la vida.

’’Como consecuencia de este mismo concepto orgánico, está herido de muerte el método exclusivo y absoluto preconizado por la escuela clásica, en nombre de la lógica abstracta. Respetándolo como valor en lo que vale como factor de juicio definitivo y guía de procedimiento, se lo ha transformado en relativo, pues los hechos corrigen los razonamientos, y los medios de educación deben armonizarse con el temperamento del que enseña y del enseñado, de la región y de los ideales de cada tiempo. Todos los medios son buenos, cuando son adaptados, y malos, cuando inadaptados o inadaptables.”

La preocupación por la educación y por las reformas en el sistema educacional para servir a las nuevas e imperiosas exigencias de la colectividad, fue intensa a principios de siglo. Pablo Pizzurno escribió por entonces La reforma de la enseñanza secundaria y normal, Leopoldo Lugones, La reforma educacional y Carlos Octavio Bunge, La educación. Con algunos matices se procuraba responder con un pensamiento coherente a la necesidad de una acción intensiva sobre las masas populares para que se compenetraran del espíritu nacional y se transformaran sus miembros en hombres útiles a la sociedad que progresivamente se constituía. Sólo una orientación utilitaria —afirmaba Bunge— podía asegurar un progreso social. Y el mismo autor, con el que coincidiría Ricardo Rojas unos años después, afirmaba que la educación nacionalista era una de las necesidades fundamentales del país.

Por esos mismos años —exactamente en 1905— fundó Joaquín V. González la Universidad de La Plata, cuya orientación general estaría dada por las doctrinas positivistas y las experiencias educacionales norteamericanas, en cuya difusión trabajaron intensamente Ernesto Nelson y Amaranto Abeledo. La nueva casa de estudios no debía ser una universidad más, análoga a las de Córdoba y Buenos Aires, sino una creación original en el país, en la que se desterrara la enseñanza verbalista y se la reemplazara por el aprendizaje directo. Rafael Altamira, el eminente historiador español, contribuyó a definir la fisonomía de la nueva Universidad. La teoría que presidió la organización fue estudiada, profundizada y expuesta en una sección pedagógica agregada a la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales, en la que trabajaron las figuras más representativas del positivismo pedagógico: Rodolfo Senet, Víctor Mercante, Leopoldo Herrera, Alejandro Carbó, Carlos Rodríguez Etchart.

En su Educación y evolución, como en La educación primaria y en los Apuntes de pedagogía, Rodolfo Senet difundió los elementos de la doctrina positivista; Mercante abordó los mismos temas y ahondó los problemas metodológicos; por esa vía influyeron ambos —y a través de ellos la universidad platense— en la orientación escolar del país, que cedió cada vez más a esa influencia. Desde 1908 hasta 1912 ejerció la presidencia del Consejo Nacional de Educación José María Ramos Mejía; fue preocupación fundamental suya introducir una orientación nacionalista en la escuela elemental para contrarrestar la acción del cosmopolitismo ambiente; pero no lo fue menos ordenar los planes y programas escolares de acuerdo con la pedagogía en boga, practicista y racional. Contó para ello con las nutridas promociones de maestros que formaban las escuelas normales, en las que desde las últimas décadas del siglo xix predominaba el positivismo difundido desde los centros de Paraná, Mercedes y La Plata. La formación de maestros fue un problema que se consideró resuelto, y la orientación doctrinaria fue positivista con exclusión de toda otra.

En otros aspectos de la enseñanza media la orientación no fue por entonces tan definida. Casi todos los ministros de Instrucción Pública que se sucedieron desde la segunda presidencia de Roca —Osvaldo Magnasco, Juan Ramón Fernández, Joaquín V. González, Juan M. Garro— se preocuparon por revisar los planes y programas del bachillerato; pero aunque afirmaron reiteradamente que la enseñanza debía ser práctica, no lograron introducir tal principio en un sistema que tuviera vida larga y vigorosa como el que presidió la vida de las escuelas normales. Subsistía la idea de que el bachillerato, puesto que era el camino de acceso a la universidad, tenía como misión la formación de las minorías dirigentes, y esa opinión robustecía la tradición humanista y formativa tradicional. De aquí la indecisión entre las dos concepciones educativas en el campo de la enseñanza media.

El cuadro de los grandes problemas educacionales y de su evolución práctica y doctrinaria fue trazado con precisión por Juan P. Ramos en su libro Historia de la instrucción pública en la República Argentina, aparecido en 1911.

8

Los últimos años del siglo xix trajeron una renovación profunda en las corrientes estéticas. Buenos Aires fue, naturalmente, su primer escenario, acaso porque la ciudad abandonaba aceleradamente su ritmo provinciano para adoptar otro más ágil y nervioso. Y dentro de él una bohemia, un poco imitada de la de París, introducía un nuevo rasgo en la fisonomía de la vida espiritual de la urbe y del país. En los cafés y en las redacciones comenzaron a circular con más audacia y desenvoltura ideas novedosas y revolucionarias, que abarcaban todos los temas, desde el arte hasta la filosofía pasando por la política. La “revolución” —una revolución indefinida en su alcance y en su sentido— atraía a muchos espíritus, acaso porque ocultaba en su seno cierto matiz estético, como se le adivinaba a la filosofía o a la sociología misma. Y el sentido militante que tales ideas despertaban desembocó en la publicación de revistas de avanzada, entre las cuales merecen recordarse —al lado de La Biblioteca, que dirigía Groussac— la Revista de América de Rubén Darío, El Mercurio de América de Eugenio Díaz Romero, El Sol de Alberto Ghiraldo, Ideas de Ricardo Olivera y Manuel Gálvez, Hebe de Ernesto Morales y Novillo Quiroga y finalmente la más duradera, Nosotros de Alfredo Bianchi y Roberto F. Giusti, que comenzó a aparecer en 1907.

Predominaba en todas ellas un aire de renovación; quizá sin brusca ruptura con el pasado, puesto que la generación de principios de siglo vivía del rico y sustancioso legado de las generaciones precedentes; pero estaba animada también por la certidumbre de poseer un mensaje original y un modo de expresión aún desconocido. Comenzaban a disiparse las influencias del realismo, hasta poco antes decisivas, encarnadas en Flaubert, en Daudet o en los Goncourt, y también se desvanecían las de Zola, pese a la persistencia de su influencia como crítico de la sociedad. Otras las reemplazaban ya, aureoladas con el signo inequívoco del buen gusto, en cuya coincidencia se hermanaban los espíritus formando verdaderas sectas, no por efímeras menos vigorosas.

La sabia ironía de Anatole France —que visitó Buenos Aires en 1909— pareció la actitud propia del hombre que estaba al cabo de los secretos del mundo. Se sumó a su influencia la de Oscar Wilde y la de Eça de Queiroz entre otros, coincidentes con aquél en el escepticismo y en el entrevisto descubrimiento de cierto misterio del espíritu que comenzaba a tentar el vuelo más allá de las experiencias cognoscitivas de las ciencias. Traían nuevos mensajes de ese mundo, en distinta cifra, los oscuros poetas del simbolismo. D’Annunzio y Maeterlinck renovaban el encanto de Poe y Hoffman, en tanto que Verlaine y Samain deslumbraban con su riqueza y su comunicativa profundidad. Todavía hubo más: los novelistas rusos que abismaban con sus audaces descensos a las profundidades del alma y ennoblecían el espíritu con su militancia moral. Dostoiewski, Tolstoi, Gorki atraían tanto, y acaso más, como los dramaturgos nórdicos: Strindberg, Bjoernson, y sobre todo Ibsen. Y junto a las lecturas de Stirner y de Nietzsche, se deslizaban las de Unamuno, Azorín y Valle Inclán, testimonios de la renovación del espíritu español.

La confluencia de tantas corrientes extrañas y la efervescencia interna de los espíritus juveniles facilitaron la rápida difusión del “modernismo”, la nueva estética literaria de estirpe latinoamericana que representaban eminentemente Silva, Gutiérrez Nájera, Del Casal y, sobre todo, Rubén Darío. El poeta nicaragüense residía en Buenos Aires —que amaba y llamó “regio” en Prosas profanas—, y allí publicó ese libro en 1896, desencadenando una vigorosa renovación poética que atrajo a Ricardo Jaimes Freyre, a Leopoldo Díaz y a otros muchos jóvenes poetas. Su influencia personal fue grande, y la de su poesía no menor, en parte por el amor que traslucía su palabra y su obra y en parte por el ardor polémico que la animaba. Cantó Darío a la Argentina en el Centenario de la Independencia y a Bartolomé Mitre en ocasión de su muerte en 1906; pero muchos poemas de Prosas profanas revelan la dedicación amistosa a los hombres de la bohemia literaria que compartían con él la nueva inquietud por la expresión moderna de la belleza. El Epitalamio bárbaro está dedicado a Leopoldo Lugones, el revolucionario anarquista de La Montaña que en 1897 publicó Las montañas de oro; con ese libro inició una escuela que él mismo enriqueció luego con Los crepúsculos del jardín, el Lunario sentimental y las Odas seculares, y que acogió a innumerables imitadores.

El modernismo, hijo de América, revelaba un viraje en la sensibilidad. Se buscaban nuevas formas de expresión con nuevas alusiones, pero se descubría que debajo de ellas se erguía por sobre todo, una nueva sensibilidad. Tras de Lugones, con mayor o menor fidelidad a la estética del modernismo, siguieron Ricardo Rojas —con La victoria del hombre—, Enrique Banchs, Rafael Alberto Arrieta. Era el triunfo de una sensibilidad, pero también de un mensaje, de un cuerpo de ideas y de ideales.

Sonaron también por entonces otras voces de distinto timbre. Una fue la de Evaristo Carriego, que representó el demorado amor por las pequeñas cosas y los pequeños dramas, así como el amor por la singular existencia del barrio porteño, tan representativo de los fenómenos sociales propios de principios de siglo. Y otra fue la de Pedro B. Palacios, conocido con el seudónimo de Almafuerte, que representó la afirmación de una eticidad radical por encima de todo el sistema de convenciones sociales. Así como en el modernismo parecía primar el lenguaje sobre el mensaje, en estos dos poetas se imponía un dramático mensaje de humanidad, que daba a su poesía un tono diferente al de la refinada poesía de sus contemporáneos.

La nueva estética influyó también en la prosa e inspiró La gloria de don Ramiro, que Enrique Larreta publicó en 1908. Pero el relato conservó más fielmente que la poesía las influencias tradicionales. Roberto J. Payró y Manuel Gálvez las mantuvieron en sus cuentos y novelas, en los que se presentaba la realidad social de su tiempo con decidida intención crítica, el primero especialmente en Divertidas aventuras del hijo de Juan Moreira y el segundo en La maestra normal. Esta línea siguió también preferentemente el teatro, que adquirió gran repercusión popular a partir del estreno de La piedra de escándalo de Martín Coronado, ocurrido en 1903. Gregorio de Laferrére, Vicente Martínez Cuitiño, Enrique García Velloso estrenaron por esos años con éxito obras de crítica social, género en el que alcanzó alto vuelo el uruguayo Florencio Sánchez, que ofreció en Buenos Aires algunos dramas de intenso vigor, como La Gringa y Barranca abajo.

Las artes plásticas adquirieron fuerte impulso por entonces. En 1910 se instaló en el Pabellón del Retiro el Museo Nacional de Bellas Artes, que dirigió Cupertino

del Campo. De poco antes es la introducción del impresionismo, que llegó al país a través de la paleta de Martín Malharro y del modelado de Rogelio Irurtia. La influencia fue profunda en quienes acertaron a descubrir el nuevo mensaje; Eduardo Sívori y Ernesto de la Cárcova —este último con el ejemplo inequívoco de su óleo titulado Sin pan y sin trabajo— mantenían la tradición del realismo, pero cedieron luego a las influencias impresionistas. Se vieron por entonces en Buenos Aires las obras de los pintores españoles: Sorolla, Zuloaga, Anglada Camarasa. Su influencia fue grande, y comenzaron a seguir sus huellas muchos artistas como Cesáreo Bernaldo de Quirós y Alfredo Guido, algunos seducidos tan sólo por el pintoresquismo y otros atraídos especialmente por la sombría paleta de Anglada y la dramática potencialidad de su dibujo.

Por entonces comenzaron a difundirse nuevas influencias en la estética musical. Junto a las de la operística, empezó a advertirse la de la tradición sinfónica, cuya última expresión era la de César Franck. Alberto Williams y Ricardo Rodríguez representaron esas nuevas tendencias que incidirían tangencialmente en Julián Aguirre, en quien se mantenía el gusto por lo folklórico.

Capítulo tercero

LA REVOLUCIÓN DE POSGUERRA

1

Por sí misma, y por lo que entrañaba, la ley de sufragio universal, secreto y obligatorio, promulgada por el presidente Roque Sáenz Peña en febrero de 1912, estaba destinada a modificar la fisonomía del país. La ley realizaba un viejo anhelo político, cuya fuerza había llegado a ser con el tiempo suficientemente grande como para que ciertos grupos conservadores consintieran en satisfacerlo; y su cumplimiento abría el camino a algunas fuerzas sociales que habían tenido escaso relieve, hacia posibilidades de acción que hasta entonces les habían estado vedadas. Comenzaron, pues, a producirse nuevos cambios en la fisonomía de la sociedad argentina, determinados por el desplazamiento de ciertos grupos hacia situaciones de mayor influencia. Una sorpresa profunda y creciente empezó a cundir entre quienes debían ceder posiciones que creían pertenecerles indiscutiblemente.

Poco después de aprobarse la ley Sáenz Peña se renovó el gobierno de la provincia de Santa Fe, y por primera vez llegó al poder la Unión Cívica Radical. No mucho después debía renovarse la Cámara de Diputados de la Nación. Los resultados de las elecciones permitieron que el Parlamento de 1912 tuviera una fisonomía muy diferente de los anteriores. No mucho antes, tras asistir a una sesión del Senado, Jean Jaurés había dicho a Juán B. Justo que el cuerpo era “una reunión de personas bien educadas, que no quieren contradecirse recíprocamente”; tai era, ciertamente, el aire del parlamento argentino tradicional, del que sólo participaba la oligarquía, dividida, todo lo más, en grupos rivales. Pero las cosas habrían de cambiar: la Cámara de Diputados de 1912 vio incorporarse a su seno a varios diputados radicales —José Luis Cantilo, Vicente C. Gallo y Marcelo T. de Alvear entre ellos—, a los socialistas Juan B. Justo y Alfredo L. Palacios, y al jefe del partido santafecino de la Liga del Sur, Lisandro de la Torre. Desde ese momento, las contradicciones fueron frecuentes y las polémicas sostenidas y en ocasiones violentas.

Los cambios que se advertían en la vida política correspondían a transformaciones profundas que se producían en la estructura económica y social del país; derivaban éstas fundamentalmente de la continua afluencia inmigratoria y de los extraños y variados procesos de su absorción por la población tradicional, y fueron puestos de manifiesto por el censo nacional de 1914. En menos de veinte años la población del país, que era de 3.954.900 en 1895, alcanzó a los 7.884.900 habitantes. Más de los dos tercios de ese aumento de población había correspondido a la zona Este del país, zona litoral caracterizada por sus excelentes puertos y por la buena calidad de la tierra para la producción agrícola: allí estaban localizados casi seis millones de habitantes. Había por entonces en el país alrededor de dos millones y medio de extranjeros, y el 81% de ellos estaba radicado, precisamente, en la zona litoral. La presencia de este numeroso grupo de extranjeros —casi el 30% de la población total del país en una determinada región— le daba a ésta una singular fisonomía que se precisaba aceleradamente, sobre todo teniendo en cuenta la rapidez de la incorporación, pues en el quinquenio comprendido entre 1906 y 1910 habían entrado al país 1.200.000 inmigrantes.

También desde el punto de vista de su distribución había sufrido cambios importantes la población argentina en los veinte años que transcurrieron entre el censo de 1895 y el de 1914. Alcanzaba la población rural en la primera fecha a 2.300.000 habitantes, y llegó en 1914 a 3.300.000 con lo cual, de ser el 58 % de la población total pasó a ser solamente el 42%. La población urbana creció con ritmo inverso: alcanzaba al 42% en 1895, con una cifra absoluta de 1.661.000 habitantes, y llegó al 58% en 1914 con la cifra de 4.573.000. Cosa explicable, Buenos Aires crecía velozmente, y encerraba ya el 25,2% de la población total del país.

Estos fenómenos de distribución estaban acompañados por una creciente diferenciación en las distintas capas sociales. La industrialización se acentuaba y se instalaron —precisamente en los veinte años que preceden al censo de 1914— grandes empresas a cuya sombra se creó, junto al viejo artesanado, una clase asalariada muy numerosa. Se ha calculado en 1.780.000 la cifra de trabajadores asalariados a la fecha del censo, esto es, el 55% de la población ocupada. Por su parte, también las clases medias crecieron en número y se diversificaron cualitativamente, en tanto que perdía significación la vieja clase oligárquica que, por lo demás, no monopolizaba ya enteramente los medios de producción.

Las consecuencias de esta persistente transformación demográfica y social se advirtieron en los resultados de la primera elección presidencial realizada bajo el imperio de la nueva ley electoral. El candidato de la Unión Cívica Radical, Hipólito Yrigoyen, triunfó sobre sus adversarios de la derecha y de la izquierda, aunque su partido no obtuviera un triunfo tan categórico que le permitiera disponer de la mayoría en las Cámaras: los representantes de la oligarquía tradicional siguieron predominando, aunque hostilizados por los partidarios del gobierno y por los socialistas, que aumentaban su representación y habían logrado llevar al Senado a Enrique del Valle Iberlucea. Quizá por esas circunstancias el régimen radical no cuajó en una definida y compacta obra legislativa que modificara a fondo la fisonomía social del país. Pero hubo, sin duda, otros factores que contribuyeron a ese fracaso.

El régimen radical duró desde 1916 hasta 1930. Al asumir el poder, Yrigoyen debió optar entre ejercerlo dentro de las condiciones políticas creadas por la ley o ejercerlo de manera revolucionaria, basándose en la incontrovertible tesis de que era su elección presidencial la primera que reflejaba verdaderamente la voluntad popular y que tanto la representación existente en el Parlamento como los gobiernos provinciales estaban viciados de nulidad. Yrigoyen optó por la primera tesis, y aunque intervino algunas provincias, limitó la acción económica y social que algunos sectores esperaban de él. Sin duda el propio Yrigoyen y cierta parte de su partido pertenecían a la vieja oligarquía; pero sobre todo participaban, en principio, de las ideas generales del liberalismo y carecían de una política económica y social renovadora como la que confusamente parecían esperar ciertos sectores del radicalismo.

No hubo, pues, una obra legislativa y administrativa que respondiera acabadamente a las imprecisas aspiraciones populares; pero hubo, inequívocamente, un cambio en la actitud del Estado con respecto a las clases medias y a las gentes humildes, que determinó una transformación del ambiente social del país. No se advertían en 1916 —al llegar el radicalismo al poder— exigencias muy urgentes por parte de los sectores del trabajo ni acaso podían preverse las graves consecuencias que traería aparejado el conflicto mundial, todavía incierto, sobre las condiciones locales de vida. Y no hubo una política decidida; pero hubo decididamente una nueva manera de enfrentarse con el pueblo, que el pueblo advirtió y que advirtió, sobre todo, la vieja oligarquía.

Espíritu humanitario y caritativo, el presidente de la República alcanzó un prestigio casi legendario y fue considerado el “padre de los pobres”. No faltó el gesto demagógico; pero sin duda alcanzaron las magistraturas de la República y los empleos administrativos muchas personas de humilde condición en las que el pueblo vio a los suyos. El Estado dejó de ser sentido como algo fatalmente hostil y se abrió como una esperanza, que, por cierto, no fue defraudada del todo.

Ciertamente, eran tiempos de renovación general, en el mundo y en el país. El radicalismo coincidió con ella y contribuyó a desencadenarla, beneficiándose y perjudicándose con la crisis. El positivismo comenzaba a declinar y nuevas doctrinas filosóficas comenzaban a difundirse, así como nuevos gustos y preferencias en las artes. Grupos más o menos extensos empezaban a despertar a nuevas maneras de pensar y de sentir, que entraban en conflicto con aquellas que cobijaban los grupos cultos tradicionales. Se preparaba sordamente cierta transformación profunda, y la ocasión para que estallara apareció cuando comenzaron a sentirse las primeras influencias de la revolución rusa de 1917 y las primeras consecuencias de la paz.

A los dos años del gobierno radical, estos sucesos tuvieron repercusión profunda en las conciencias y motivaron múltiples y encontradas reacciones, a las que el nuevo régimen, hostigado por la vieja oligarquía desplazada del poder, tuvo que hacer frente sin haber alcanzado una idea clara —como casi todos los grupos políticos en el resto del mundo, por lo demás— de lo que estaba pasando y de las consecuencias que los nuevos fenómenos podrían llegar a tener.

Ciertos hechos económicos, tales como el reducido desarrollo industrial, la falta de ciertos productos de primera necesidad, el encarecimiento producido por la escasez y la especulación, la desocupación creciente, los bajos salarios y, finalmente, la crisis de algunas industrias artificialmente desarrolladas durante la guerra, crearon delicadas situaciones que se manifestaron muy pronto en el seno de la clase obrera. Comenzaron los problemas del trabajo, y en tanto que la oligarquía se preparaba para afrontarlos con la energía con que había solido hacerlo hasta entonces, el gobierno se dispuso a hacerlo con más comprensión y cordura. Hubo huelgas, y su desarrollo culminó en los sangrientos episodios de enero de 1919, en los que participaron la policía, el ejército y, sobre todo, numerosos grupos organizados por las empresas y por la oligarquía, que sintió al mismo tiempo el peligro de lo que solía llamarse “la revolución social” y la impotencia o la inoperancia del gobierno. Hubo un terror auténtico y un terror fingido en las clases poseedoras, y cierta indecisión en el gobierno, que quería, a la vez, resguardar el orden establecido y satisfacer los anhelos populares. Pero lo que se percibía por todas partes era un anhelo de renovación y cierta inequívoca certidumbre de que muchas ideas y muchos grupos habían perdido su vigencia en virtud de inexorables dictados de los tiempos.

Otro signo claro fue la rebelión que se desencadenó en las universidades. Cuando más vigorosa era la inquietud obrera, al promediar el año 1918, los estudiantes se echaron a la calle en Córdoba para protestar contra las Academias, los académicos y las doctrinas que enseñaban. Los estudiantes buscaron la confraternidad con los obreros, y se declararon solidarios con sus inquietudes y anhelos. Y a medida que avanzaba el movimiento, era más difícil descubrir dónde terminaba el conflicto universitario y dónde empezaba el movimiento social. Poco después la inquietud había ganado a todo el país, y en los años siguientes fue canalizándose como un aspecto más del anhelo colectivo de transformación que vibraba sobre todo en las clases trabajadoras y en las nuevas generaciones.

El régimen radical no canalizó todo ese vigoroso fermento ni supo aprovecharlo para tonificar su propia obra, que se había anunciado también como de transformación profunda. Si acaso, se limitó a no extinguirlo, y, en ocasiones, a aprovecharlo para una política que poco a poco se hacía más electoralista y más semejante, en lo profundo, a la política de la oligarquía. Sólo la actitud la salvaba, y la actitud, por esa misma contradicción íntima, debía tornarse demagógica.

Cuando Marcelo T. de Alvear sucedió a Hipólito Yrigoyen en 1922, el régimen radical comenzó a girar lentamente hacia la derecha. Las obras no fueron ni más ni menos revolucionarias que en el gobierno de su antecesor, pero el aire popular del gobierno fue perdiéndose. El divorcio entre las dos orientaciones políticas originó un cisma en la Unión Cívica Radical, que se dilucidó a través de múltiples vicisitudes a cuyo calor se perdió de vista el objetivo fundamental del movimiento. Un ala del radicalismo se aproximó a los conservadores, en tanto que la otra se aglutinó fuertemente alrededor de la personalidad de Yrigoyen, ya muy anciano, pero cada vez más capaz de desatar la idolatría de las multitudes a través de su obstinado silencio. Al producirse la renovación presidencial de 1928, un verdadero plebiscito lo llevó otra vez al poder, ya casi octogenario.

Los dos años en los que ejerció la autoridad presidencial fueron estériles. El estado se inmovilizó, y sólo quedó del impulso originario del movimiento radical, un insaciable apetito de poder y una lastimosa venalidad. El sentimiento popular se sintió defraudado, y las voces de sirena de la vieja oligarquía comenzaron a encontrar benévolos oídos. La confluencia de varias corrientes determinó la irrupción y el triunfo de una revolución militar el 6 de septiembre de 1930, tras de la cual surgió un gobierno conservador que, al cabo de muy poco tiempo, mostró su escondida propensión hacia el fascismo.

2

Desde 1911 hasta 1914, los conflictos sociales disminuyeron tanto en número como en intensidad; pero las condiciones económicas suscitadas por la guerra volvieron a desencadenarlos, en un ambiente, por cierto, menos amenazador para la clase obrera, pues el gobierno radical no extremó sino ocasionalmente las medidas represivas. Desde 1916, especialmente, las huelgas se hicieron numerosas y frecuentes: en 1917 llegaron a 138, en 1918 a 196 y en 1919 a 367. Una huelga ferroviaria llegó a inmovilizar el tráfico en 1918 durante veinticuatro días, y en 1919 llegaron a abandonar el trabajo más de 300.000 obreros. Estos hechos, así como los acontecimientos de la misma índole que agitaban por entonces al mundo y repercutían en la Argentina, suscitaron diversas corrientes de ideas, de distinto valor y diferentes fundamentos, sobre los fenómenos sociales, su interpretación general y las posibilidades y formas de intervenir en su desenvolvimiento.

Los movimientos obreros —con su corolario de huelgas y de actos de violencia— eran ya una respuesta a la realidad que implicaba cierta teoría acerca de las relaciones de clase. Los trabajadores se mostraron inclinados a suponer que sólo una acción enérgica podría ser eficaz frente a la clase patronal, y aunque en ocasiones confiaran en la benevolencia del Estado, diversas circunstancias los apartaron de esa opinión. Había en las huelgas de la época un movimiento espontáneo, aunque había también un enérgico impulso promovido y organizado por una vigorosa institución sindical, la Federación Obrera Regional Argentina, de tendencia anarquista, que aplicaba sus concepciones rígidas a la interpretación de los fenómenos económicos, sociales y políticos de la hora. Una vez más, la experiencia inmediata desencadenaba la preocupación por los problemas sociales; y en esta ocasión confluían las explicaciones espontáneas con las interpretaciones doctrinales más rigurosas y penetrantes.

En cierto modo, esas corrientes de ideas correspondieron a sectores bien definidos y caracterizados de la opinión pública, y se pusieron de manifiesto en el debate parlamentario que originaron los sucesos de la llamada “semana trágica”, en enero de 1919. El radicalismo explicó el fenómeno objetivamente, como derivado del rápido desarrollo industrial, tan acelerado que sorprendió al país sin la legislación social necesaria. Pero —por boca de Horacio Oyhanarte— dejó entrever que las proyecciones del fenómeno eran desproporcionadamente superiores a las causas que las habían determinado y quedó señalada una influencia que se consideraba maléfica y que se atribuía a los “agitadores”, quizás ácratas o maximalistas. Para los radicales, la solución no era ni la legislación social ni la acción organizada del proletariado, sino la alianza de los trabajadores con el jefe del Estado, en cuya protección debían confiar. “¿Por qué los obreros —decían— no escucharon ahora como otras veces la palabra paternal del Presidente de la República, que les dijo con la lealtad de un estadista y de un hombre bueno: cada vez que sientan ustedes la necesidad de mejoras o de reclamaciones justas vengan a mí, que en mí encontrarán un juez, y un juez cariñoso?” Este paternalismo tenía, naturalmente, sus límites, porque entrañaba la legitimidad de la represión del movimiento obrero organizado que pretendía obtener por su propio esfuerzo las conquistas sociales a que aspiraba.

La derecha, naturalmente, apoyaba este punto de vista, y atribuía todos los fenómenos sociales del momento a dos causas: la inexistencia de una legislación social apropiada y la acción de agitadores extranjeros movidos por lo que se llamaban “ideas extremistas” o “avanzadas”, o sea las que preconizaban los anarquistas o los maximalistas. Como los radicales, estimaban las fuerzas conservadoras que tales ideas eran “exóticas”, y que no sólo habían sido importadas por extranjeros sino que eran absolutamente inadecuadas a la realidad nacional. De ahí la conclusión de que se requería una enérgica acción contra quienes obraban como instigadores y, secundariamente, contra quienes se dejaban seducir o engañar por ellos. El Estado, presidido por Hipólito Yrigoyen y conducido según aquellos principios paternalistas, parecía no ser una garantía suficiente, como no lo había sido en otras ocasiones en que se habían producido conflictos semejantes; era, pues, necesaria la organización privada de la defensa, y para eso se constituyeron organizaciones como la Asociación del Trabajo y, sobre todo, la Liga Patriótica Argentina que presidió Manuel Carlés. En el referido debate decía el diputado conservador Matías Sánchez Sorondo: “Yo hago aquí acto de homenaje a la virilidad, a la decisión y al patriotismo de los jóvenes que se constituyeron en el Centro Naval, pero encuentro en esa misma actitud la crítica más seria a los procederes del Ejecutivo. ¿Por qué la juventud de Buenos Aires se congregaba para defenderla?” Y a un tiempo mismo criticaba al gobierno radical y justificaba la acción de los grupos conservadores que, por la fuerza, trataban de romper las huelgas y ejercían violencias sobre las personas, especialmente sobre los obreros extranjeros, a los que responsabilizaban de la inquietud social, desatando con ello una verdadera ola de xenofobia.

Ya algunos meses antes había protestado en el Congreso contra los excesos de la Liga Patriótica el diputado socialista Nicolás Repetto. “Dije —cuenta en Mi paso por la política— que la Liga Patriótica fomentaba la desunión de los habitantes de nuestra tierra, al emplear la expresión despectiva de extranjería; que introducía el desasosiego al lanzar proclamas en las que hablaba de malos extranjeros y de malos argentinos; que tendía a favorecer a los capitales extranjeros, negando a los peones criollos del interior los beneficios del salario mínimo; que negaba a los extranjeros el derecho de intervenir en política, permitiendo esta intervención a aquellos que vendían el voto a los caudillos de la política criolla. ¿Y qué decir de la organización militar que se había dado la Liga, de sus fichas de adhesión, de sus brigadas nacionales, de los grupos armados y de sus servicios a la policía, a la cual pretendía sustituirse? Pero lo que asumía gravedad extrema era la colaboración que ciertos elementos del ejército prestaban directa o indirectamente a la propaganda de la Liga Patriótica. Esta colaboración se había manifestado por la adhesión pública, a la Liga, de jefes y oficiales del ejército y del Centro Naval; por la propaganda realizada por algunos agregados militares y por ciertas conferencias tendenciosas dedicadas a oficiales para instruirlos acerca de determinados problemas políticos, obreros y sociales. Recordé que esta propaganda había originado una protesta de los estudiantes universitarios contra la adhesión y la colaboración pública de los jefes y oficiales a los trabajos de la Liga. Terminé mi discurso llamando la atención del gobierno sobre el artículo sexto de la Ley Orgánica Militar, según el cual ‘los oficiales, clases y asimilados de todos los grados y de todas las armas del ejército permanente no pueden tomar directa ni indirectamente participación alguna en política’.” Así apreciaban los socialistas los inequívocos fenómenos de polarización y lucha de clases que se presentaban ante los ojos.

Más resueltamente aún aplicaron sus criterios doctrinarios frente a los hechos de enero de 1919. Mario Bravo, Nicolás Repetto y Enrique Dickmann sostuvieron que los conflictos del trabajo eran fenómenos normales en la sociedad moderna como consecuencia del desarrollo industrial, y que no debía darse a esos episodios más importancia de la que tenían. Sostuvieron, además, que era impropio usar ahora la violencia para reprimir el malestar obrero cuando la sociedad toda era responsable de no haber salido al encuentro de las necesidades urgentes de la clase trabajadora con medidas eficaces, señalando la insensibilidad de amplios sectores frente al problema de la jornada de trabajo, del seguro social y de los salarios. Dentro de su concepción doctrinaria, sostuvieron la necesidad de una urgente y eficaz obra legislativa para producir la reforma de la sociedad.

En realidad, y a pesar de los rótulos, todos los sectores de la opinión coincidían en percibir la relación estrecha que existía entre la situación económica del país al concluir la guerra, los fenómenos económico-sociales que se sucedían en el mundo y las reacciones de las clases trabajadoras. “Todos los señores diputados —decía Enrique Dickmann el 9 de enero de 1919— sienten en su intimidad que hay un estado de inquietud, de intranquilidad, producido por los acontecimientos del mundo y por la situación local. Nuestra clase obrera, que hace cuatro años sufre de falta de trabajo, reducción de salario y un encarecimiento de la vida imposible, se ha creado un estado tal que es imprescindible proceder con la mayor prudencia, cordura y sensatez.” La situación económica era, efectivamente, difícil, pero era, sobre todo, nueva, y los criterios tradicionales tenían que ser revisados totalmente.

Ya había señalado la peculiaridad del momento Manuel Augusto Montes de Oca al finalizar el año 1918: “El progreso de nuestras industrias —decía—, combinado con las consecuencias de la guerra en los mercados manufactureros proveedores de la República, ha tenido como resultado feliz que durante los años de la terrible contienda quedara en el país un saldo comercial favorable de diez mil millones de pesos oro, que han dado nervio, robustez y empuje a la economía nacional. Pero desaparecidas las circunstancias anormales que nos han producido ese activo, será de temer que el fiel de la balanza se incline del lado opuesto, si no ponemos el mayor empeño en dar a nuestras industrias cimientos robustos y organización científica.” Tal era, en buena parte, el origen de la crisis. En el cuadro de una economía presidida, en general, por los principios del liberalismo, comenzaron a aparecer ciertos principios proteccionistas en defensa de las industrias locales. En relación con esas nuevas orientaciones económicas, apareció después otra forma de intervencionismo estatal en el mercado de subsistencias, política que llegó al extremo de resolver la expropiación de determinados productos alimenticios. Pero tales medidas fueron consideradas transitorias, y la doctrina liberal recobró su predicamento, hasta que se produjo la crisis mundial de 1928. Para entonces se habían normalizado las relaciones económicas entre la Argentina y sus mercados, y a la bonanza económica había seguido cierta tranquilidad en el orden social. Sólo pequeños grupos habían mantenido la intensa inquietud propia de los años de posguerra, y se habían adherido a las actitudes revolucionarias adoptadas por los bolcheviques en Rusia.

Frente a éstos, la derecha procuró también definir sus posiciones y organizar sus fuerzas sobre sólidos fundamentos. A fines de 1919, y con el objeto de encauzar la acción, organizó —bajo la inspiración de la Iglesia Católica— lo que se llamó la “Gran Colecta Nacional”, cuyo manifiesto ponía de relieve la interpretación de los fenómenos que la movía. Afirmaba que los obreros honestos eran esclavos de ciertos perturbadores que los utilizaban para la lucha de clases y la revolución social. “El bien de los obreros y la seguridad del capital exigen, pues, como el orden público —agregaba luego—, que la iniciativa privada proporcione a los obreros honestos una defensa activa. Ella debe ser permanente, organizada, poderosa. Es preciso ayudar al obrero que no quiere pertenecer a una sociedad de resistencia socialista, ácrata o sindical revolucionaria, dándole medios para arrancarse a su despotismo.” Para lograr esa finalidad, proponía la organización de una oficina general de servicios sociales que “centralice la información del bien que se hace” con el objeto de darle “eficacia social”, y además, la construcción de casas para obreros, la creación de instituciones de cultura para los obreros, las mujeres y los jóvenes. Para sostener ese vasto esfuerzo, se exhortaba a los ricos a contribuir a la formación de un importante fondo y apelaba no sólo a la generosidad sino al instinto de conservación de aquellos a quienes se solicitaba la ayuda. “¿Quién —decía—, en medio de un naufragio, se pone a regatear con las olas y calcular con espíritu de avaro, meticulosamente, si ha de dar, o cuánto ha de perder, para salvarse? ¡En medio de un naufragio social, de una de las tempestades más horribles, estamos todos, todos, todos! Las pasiones más bravas, las iras del populacho, el rencor de las masas obreras, la sed de venganza anarquista, el huracán de la revolución antisocial, la loca ambición de ejercer la dictadura en nombre de las heces de la sociedad, todo un conjunto de fieros males —contra todos y cada uno de nosotros— nos amenaza.”

El manifiesto identificaba el orden social vigente y los intereses de la Iglesia, amenazados no sólo por los efectos disolventes de la revolución social sino también por la miopía de las clases conservadoras que no sabían salir al paso del peligro. “¡Tú das a Dios! Pero ¿no ves que hasta ahora has dado según lo que te ha dictado tu generosidad, tu celo, tu bien parecer, tu capricho? En esto has hecho tu voluntad. Pero hoy es Dios quien te pide que hagas la suya, que des lo que Él te pide y exige, no para un altar o una capilla o el adorno de un templo, sino para salvar la sociedad y con ella su Iglesia Santa. Por eso te pide por boca de aquellos a quienes el mismo Dios ha puesto para regir la Iglesia y anunciar a los fieles el querer y beneplácito divinos. Tú das para el culto, pero ahora los obispos no te piden en nombre de Dios para eso. Saben muy bien los prelados que de nada servirán las iglesias ni lo demás que has querido dedicar al Señor si la sociedad y el orden público padecen naufragio. Si en realidad has dado mucho para gloria del Señor, no niegues ahora lo que la misma Iglesia te pide para que no se malogren tus dádivas. ¿Ves toda esa multitud de hermosas iglesias, de preciosos asilos, de grandes colegios, de tantos y tantos edificios dedicados a hacer el bien?… Pues todo eso en un solo día de revolución social puede quedar arruinado para siempre.” Y terminaba la invocación con estas frases apocalípticas: “Pero, en fin, si nada te mueve de lo dicho, si aún te muestras insensible a tanto y tan nobles requerimientos, volvamos al egoísmo humano; el tuyo, invoquemos: Dime: ¿qué menos podrías hacer, si te vieras acosado, o acosada, por una manada de fieras hambrientas, que echarles pedazos de carne para aplacar su furor y taparles la boca? ¡Los bárbaros ya están a las puertas de Roma!”

La tesis, pese a todo, entrañaba un elemento positivo: la necesidad de prevenir los males sociales, que se consideraban inherentes al desarrollo de la sociedad moderna, en oposición a las tesis simplistas que preconizaban la represión brutal y ejemplarizadora. En otro orden de ideas habían triunfado ya los mismos principios. Bajo la influencia del pensamiento jurídico-sociológico del positivismo, un nuevo Código Penal, sancionado en 1922, suprimía la pena de muerte y reconocía la influencia del ambiente en la conducta del delincuente.

3

En condiciones tan excepcionales, en medio de tanta inquietud social y frente a problemas tan novedosos, era inevitable que las ideas políticas cobraran claro perfil y se acentuaran los matices y las contradicciones.

El acceso del radicalismo al poder permitió confrontar la concepción del conservadorismo tradicional con la del partido que hacía sus primeras armas en el gobierno, después de largos años de espera. Hipólito Yrigoyen, indiscutido jefe del radicalismo, llamaba “el régimen” a la época y al sistema político de los conservadores. En esta vaga fórmula llegó a encerrarse para muchos una preciosa caracterización de la vida pública. El “régimen” era, en síntesis, un sistema de gobierno basado en el privilegio, desarrollado en favor de la clase patricia de origen local, que se sentía superior tanto a las clases medias de desdibujada fisonomía que se constituían con el aporte de la inmigración, como a las clases populares de origen tanto criollo como inmigratorio; solía admitirse que el sistema era “liberal y progresista”, esto es, capaz de promover el progreso económico y de mantener la vigencia de las instituciones republicanas; pero había pleno acuerdo —inclusive entre vastos sectores del conservadorismo— en que el “régimen” constituía una superestructura inadecuada a la realidad social del país y que el sistema representativo estaba absolutamente falseado.

El radicalismo —que su jefe denominaba “la causa”— sostenía, precisamente, que su misión histórica era cumplir lo que Yrigoyen llamaba “la reparación”, esto es, el proceso mediante el cual un régimen de sufragio libre diera a las instituciones representativas su genuino valor. La larga lucha sostenida contra el fraude electoral terminó por hacer de este problema la médula del problema político, y del respeto formal de las instituciones el único plan de gobierno del radicalismo. Poco o nada se había pensado —mientras el partido aspiraba al poder— sobre los grandes problemas del país, y acaso pueda decirse que ni Yrigoyen ni los hombres de los cuadros superiores del partido habían advertido la intensidad de los cambios económicos y sociales que se producían en el país; de modo que al llegar al gobierno afrontaron los problemas institucionales y políticos según aquellas preocupaciones, y entretanto se limitaron a marchar a la zaga de los problemas nuevos, propuestos por la situación creada por la Guerra Mundial.

El radicalismo no tenía, efectivamente, programa, ni sentía la necesidad de tenerlo. Movía a esa fuerza política la certidumbre de que sus ideales —vagos, por cierto, y no expresados formalmente— eran los ideales de la inmensa mayoría de los argentinos, y parecía esperar que frente a las exigencias de la realidad, su reacción sería ajustada a la sensibilidad media. Pero en el fondo, esta ausencia de programa —que Lisandro de la Torre reprochó al radicalismo— entrañaba una vaga posición ideológica y política que acaso —con limitaciones— podría ser llamada antiliberal.

Los rasgos fundamentales de esa postura son diversos, y no se descubren siempre a primera vista, pues acaso sean más el fruto de reacciones negativas que de posiciones positivas. Pero, sin duda, la noción de la soberanía política y económica del Estado que regía los actos de Yrigoyen no era la que tradicionalmente presidía la acción del “régimen”. “Mientras dure su período —manifestaba el presidente Yrigoyen en 1920— el Poder Ejecutivo no enajenará un adarme de las riquezas públicas ni cederá un ápice del dominio absoluto del Estado sobre ellas.” Esa línea de conducta correspondía a cierta afirmación resuelta de los inalienables derechos de la Nación en otros planos. Era época de avance del imperialismo, y el radicalismo pretendía defender los principios de la soberanía nacional, tanto en relación con sus propios intereses como en relación con los de países latinoamericanos, amenazados más de cerca que la Argentina especialmente por los avances de los Estados Unidos. A veces sus actos no correspondían a la doctrina, pero ésta seguía presente en la retórica oficial.

Era evidente que la nueva concepción política entrañaba una actitud favorable a la intervención estatal en materia económica. También introducía el principio del arbitraje en las relaciones entre el capital y el trabajo; pero en este aspecto alcanzaba su más definida expresión la concepción paternalista del poder, que alcanzó con Yrigoyen un grado incompatible ya con el desarrollo y las condiciones de la vida del país. El paternalismo arrastraba consigo una tendencia acentuadamente personalista del poder que no provenía de doctrina alguna, sino de la indiscutida autoridad del jefe del partido gobernante, pero que de todos modos condicionaba la concepción política y obligaba a una justificación forzada del sistema. Había en tal actitud cierto retardo, cierta adhesión a formas tradicionales que, aun teniendo cierto arraigo, no constituían ya expresión viva de los sentimientos reales, pero que el jefe del partido del gobierno consideraba reflejo fiel del sentimiento nacional; y de esa actitud derivaba cierta fisonomía del viejo caudillo, un poco anacrónico, que sin embargo atraía por sus virtudes personales, por la bonhomía y acaso también por su indiscutible autoridad. En virtud de aquella predisposición, se opuso categóricamente al proyecto de establecimiento del divorcio y vetó la Constitución de la provincia de Santa Fe de 1921, sobre todo porque contenía algunas prescripciones que afectaban a la situación preeminente de la Iglesia Católica,

Después de seis años de gobierno, Marcelo T. de Alvear sucedió en el poder a Yrigoyen, llevado por el mismo partido. Pero su actitud política fue diferente. Las formas externas volvieron a ser sensiblemente parecidas a las del “régimen”, y el paternalismo personalista cedió el lugar a un desarrollo más libre de las instituciones, cuyo recto funcionamiento fue celosamente vigilado para que no se apartara de la ortodoxia constitucional y legal.

La doctrina radical mostró entonces su ambivalencia en cuanto doctrina y en cuanto política práctica. Las incitaciones de la realidad permitieron que pusieran de manifiesto las distintas tendencias que ocultaba potencialmente el movimiento popular, y la consecuencia fue que, poco a poco, se preparó un nuevo reagrupamiento de las opiniones políticas.

Frente al gobierno de Yrigoyen, el viejo conservadorismo había enarbolado algunas banderas que le permitieron renovar su fisonomía. De los defectos de sus enemigos —especialmente la lentitud administrativa, cierta despreocupación por las formas, el paternalismo personalista— supo hacer virtudes de su propio régimen, y la ironía fue su mejor arma, especialmente a partir de la fundación del diario La Fronda en 1919, fecha en la que el conservadorismo comenzó a reordenar sus filas.

La prédica de La Fronda no agregó en un principio nada nuevo a la tradicional doctrina conservadora: en lo económico, librecambismo, sujeción a los intereses del mercado internacional que absorbía nuestra producción agropecuaria y defensa del crédito; en lo político, una crítica despiadada a la peculiar deformación que el paternalismo personalista de Yrigoyen introducía en el régimen representativo, republicano y federal, con alguna vaga y tímida defensa del monolítico sistema de la oligarquía. Pero tras esa actitud de La Fronda hubo un desarrollo creciente de ciertas ideas definidas. El conservadorismo creyó advertir que el radicalismo contenía —acaso potencialmente— los gérmenes de una política estatista y reaccionó enérgicamente contra ella, aproximándose entonces a los grupos conservadores ciertos sectores del radicalismo que no compartían aquella tendencia; poco después estos últimos se separaron del viejo tronco radical y fundaron una disidencia que tuvo estrechos puntos de contacto con el conservadorismo.

Con estos sectores se reconstruyó lo que bien pudiera llamarse la derecha clásica. Pero a medida que transcurría el tiempo y se advertían las consecuencias de la Guerra Mundial y de la Revolución rusa de 1917, ciertos sectores de la derecha comenzaron a afinar su posición, descubriendo que no sólo los separaba del radicalismo la vaga tendencia al intervencionismo estatal de éste sino también cierta innegable vibración popular que había en él y que podía facilitar la recepción de las doctrinas revolucionarias. Comenzaron entonces a abandonar las tesis liberales y a preferir las soluciones enérgicas, desembozadas unas y enmascaradas otras. A la inspiración de esos sectores correspondió la creación de la Liga Patriótica, que encabezó Manuel Carlés, movimiento originariamente destinado a combatir la influencia de los sectores obreros organizados, a los que fustigaba por estar compuestos principalmente de extranjeros: grupos de choque organizados para la acción directa fueron lanzados a la calle para quebrar la resistencia obrera. Poco después, la experiencia europea proporcionó nuevos elementos de juicio, y el fascismo italiano encontró muy pronto imitadores. En 1923, Leopoldo Lugones pronunció en el Teatro Coliseo tres conferencias sobre Mussolini y el fascismo, de las que se desprendía como corolario no sólo la adhesión del conferenciante y su público por las doctrinas del dictador italiano sino también la necesidad de aplicarlas a la realidad argentina. Este punto de vista del poeta quedó definitivamente expresado al año siguiente, en la conferencia que pronunció en Lima con motivo del centenario de la batalla de Ayacucho y en la que proclamó que había llegado “la hora de la espada”. Así comenzó a constituirse en la Argentina la nueva derecha, la derecha fascista.

Pero fuera del pleito que sostenían conservadores y radicales por la posesión del poder y del que resultó un progresivo esclarecimiento de sus respectivas posiciones políticas, otros grupos se agitaron también tratando de expresar las tendencias de determinados sectores de la opinión. Fue muy característica la posición de Lisandro de la Torre, jefe del Partido Demócrata Progresista, de definida tendencia liberal y que representaba a la burguesía más evolucionada de la provincia de Santa Fe. Enemigo tenaz de Yrigoyen, se había separado del radicalismo en 1897 y desde entonces su pensamiento político había tratado de precisarse con creciente claridad.

Refractario a las oscuridades y a los programas confusos, se empeñó en establecer los problemas concretos de la vida argentina y en formular las soluciones posibles, siempre con un criterio liberal y progresista, análogo al del radicalismo francés. Ante la magnitud de los problemas sociales que se sucedían en el mundo y en la Argentina, De la Torre señaló su categórica disidencia frente a los conservadores: “No caben ya equívocos sobre las cuestiones sociales y del trabajo, por más que los conservadores argentinos no lo comprendan todavía”, escribía. Pero lo que más claramente reveló su singular filiación y su equidistancia de conservadores y radicales fue su posición claramente laicista frente al problema religioso.

En cierta ocasión, absolvió posiciones frente a la derecha en frase categórica: “Ustedes son conservadores, clericales, armamentistas, antiobreristas, latifundistas, etcétera… y nosotros somos demócratas y progresistas, de un colorido casi radical-socialista.” Bajo su predominante inspiración se sancionó en Santa Fe una nueva constitución provincial en 1921, que suponía un notable avance en materia institucional. Establecía que el poder legislativo se convocaba por sí mismo, afianzaba el régimen municipal, echaba las bases del derecho obrero, propiciaba la reforma agraria y declaraba la neutralidad religiosa del Estado. Pero bajo la presión de Hipólito Yrigoyen, el gobernador de Santa Fe, Enrique Mosca, vetó la Constitución y quedó planteado un conflicto que llegó al Parlamento. Allí tocó a Lisandro de la Torre defender la Constitución, haciendo hincapié en el punto que había desencadenado el conflicto: la cuestión religiosa. Sus palabras fueron reveladoras: “Yo que ignoro las pasiones antirreligiosas; yo que pasé otra vez cuatro años en esta Cámara sin promover jamás un debate sectario y sin intervenir en los que se promovían, entonces con más frecuencia que hoy, entre católicos y socialistas; yo que nunca creí en el peligro clerical ni en la necesidad de precaverlo; yo que aspiraba ingenuamente a que cada cual creyera en lo que su conciencia le dictase; hoy alarmado, angustiado, ante una conjuración de intereses clericales que pretende con mentiras y tergiversaciones destruir la Constitución de mi provincia, reconozco que he estado en un error; que el clericalismo es un peligro para nuestras libertades… Esto lo pongo ante los ojos de la Cámara: ¡una Constitución argentina está en peligro de ser anulada por una conjuración clerical!”

Si la agitación de la época incidió en las actitudes de los partidos de la derecha y del centro, más debía incidir sobre las opiniones de los de la izquierda, cuyos planteos quedaron sometidos a dura prueba a raíz de los hechos que se sucedían en el mundo. El primer episodio se desarrolló alrededor del problema de la posición argentina en relación con la Guerra Mundial, que el gobierno había resuelto sobre el principio de la más estricta neutralidad. La opinión pública se dividía entre aliadófilos, germanófilos y neutralistas, pero sin duda los primeros reunían la mayoría; y contra la pertinaz neutralidad del presidente Yrigoyen, se polarizaron los sectores aliadófilos y expresaron reiterada y públicamente su opinión.

Posición semejante adoptó en 1917 el grupo parlamentario socialista, encabezado por el senador Enrique del Valle Iberlucea y el diputado Juan B. Justo. Afirmando el derecho y la necesidad de proteger el comercio exterior argentino, sostuvo que el gobierno debía asegurar enérgicamente esa protección con todos sus recursos, en términos tales que podían considerarse violatorios de la neutralidad. El Comité Ejecutivo del Partido Socialista respaldó esa declaración, pero en el seno del Partido una poderosa corriente de opinión comenzó a manifestarse en sentido contrario, de modo que el asunto pasó a un Congreso Extraordinario donde predominó la tendencia neutralista, opinión fundada en una interpretación económica de la guerra y en la idea de que estaba movida por los intereses capitalistas de ambos lados.

Juan B. Justo redactó la renuncia que, con ese motivo, presentaron los legisladores, y estampó en ella ciertos principios teóricos: “No creemos que la Guerra Mundial —como dice el considerando primero de la resolución presentada por la minoría del Comité Ejecutivo y aprobada por el Congreso Extraordinario— sea consecuencia, simple y fatal, de la propiedad privada y la producción mercantil. En el inmenso Imperio británico, en un país tan vasto y poblado como los Estados Unidos, la propiedad privada y la producción para el mercado, existen y se desarrollan libremente, en proporciones jamás vistas en el mundo, sin que en esos países o imperios, haya guerras. Concebimos y deseamos entre las naciones la solidaridad que existe ya entre los estados o regiones de esas grandes unidades políticas, y que así la guerra sea imposible ya, aun bajo el régimen capitalista.”

Esta polémica, desarrollada en abril de 1917, anunciaba ya la repercusión en la Argentina de los debates que se desarrollaban en el seno del socialismo internacional para examinar las causas del drama contemporáneo y las perspectivas para el futuro. Las posiciones se extremaron como consecuencia del triunfo de la revolución maximalista en Rusia, y gracias sobre todo a la influencia que el grupo Clarté —organizado en Francia por Anatole France y Henri Barbusse— tuvo en algunos sectores intelectuales del país y especialmente en el que encabezaba José Ingenieros. La definición se produjo en el acto público que se realizó en el Teatro Nuevo el 22 de noviembre de 1918, en el que Ingenieros disertó sobre el experimento ruso en términos de inequívoca simpatía. Describió los orígenes del conflicto militar y las oscilaciones de la opinión pública, inadvertida frente a los móviles secretos que empujaban a los contendientes; luego explicó la revolución rusa como típica reacción de las clases populares, ajenas a los intereses que se debatían en la guerra, y la formación en su seno de dos corrientes de opinión: la de los que aspiraban a mantener el mismo régimen social y económico y la de los que aspiraban a transformarlo profundamente. Ingenieros no vaciló en defender la solución maximalista y llamó calurosamente a la juventud y a los trabajadores para que tomaran la defensa de las nuevas ideas. “Esa conciencia sólo puede formarse en una parte de la sociedad, en los jóvenes, en los innovadores, en los oprimidos, que son ellos la minoría pensante y actuante de toda sociedad, los únicos capaces de comprender y amar el porvenir.”

El proceso de polarización de las tendencias fue acentuándose en el seno del Partido Socialista. Algunos afiliados que se denominaban “internacionales” se habían separado ya del partido a raíz de la polémica de 1917, pero la disidencia se ahondó después de la creación de la Tercera Internacional y del establecimiento de las “veintiuna condiciones” para el ingreso de los partidos socialistas, y finalmente se resolvió en el Congreso celebrado en enero de 1921 en Bahía Blanca: la mayoría resolvió rechazar el proyecto de adhesión a la Tercera Internacional y, como consecuencia, abandonó el socialismo un sector que constituyó poco después el Partido Comunista.

A la polarización de las simpatías alrededor de la causa de Rusia soviética acompañó una enérgica reacción contra la política imperialista de los Estados Unidos, que por entonces se había manifestado bajo la forma de una activa intervención en los asuntos latinoamericanos. El gobierno radical de Yrigoyen había definido sus ideas sobre la soberanía nacional en términos muy categóricos y las había traducido en actitudes muy enérgicas. Afirmó que “los pueblos deben ser sagrados para los pueblos”, y sostuvo que en una organización internacional como la Sociedad de Naciones, todas debían ser puestas en un pie de igualdad, sin distinguir entre beligerantes y neutrales o entre pequeñas y grandes potencias. Aplicadas estas ideas a la situación latinoamericana, la Argentina se colocaba en una situación cada vez más definida frente a los Estados Unidos; la política del gobierno se veía respaldada por importantes sectores, especialmente de las minorías intelectuales, y el Ateneo Hispanoamericano, fundado en 1912, fue la tribuna que se ofreció a sus opiniones. Allí se escuchó la voz de José León Suárez, al tiempo que Manuel Ugarte defendía su pensamiento en libros de resuelta militancia como El porvenir de América española (1920), La campaña hispanoamericana (1922), El destino de un continente (1923) y La Patria grande (1924).

Al margen de la organización panamericana, el gobierno radical propuso en 1917 la formación de un bloque de naciones latinoamericanas no beligerantes; el intento fracasó, pero llegó a visitar Buenos Aires una delegación de México —que con Cuba eran los únicos países que finalmente habían aceptado la invitación— y la simiente quedó echada. Años más tarde, en 1922, llegó a la Argentina José Vasconcelos, secretario de Educación en el gobierno del general Obregón y uno de los teóricos de la revolución mexicana. El 11 de octubre, en un banquete que le ofrecieron los intelectuales argentinos, José Ingenieros pronunció un discurso en el que analizó la situación creada en el Continente por los intentos de expansión y de intervención de los Estados Unidos, y propuso algunas formas concretas de acción para los países latinoamericanos. Habló de fortalecer la unidad y la cooperación, para lo cual sugirió la creación de un Alto Tribunal que dirimiera las cuestiones entre países, y un Supremo Consejo Económico que estimulara y dirigiera la cooperación económica; de ese modo América latina estaría en condiciones de enfrentar el poderío de los Estados Unidos. Para difundir estas aspiraciones propuso la fundación de la Unión Latinoamericana, organismo que quedó organizado y en cuyas filas trabajaron más tarde, entre otros, Alfredo L. Palacios, Carlos Sánchez Viamonte, Aníbal Ponce y Gabriel del Mazo.

Fueron expresión de estas ideas los conceptos que Hipólito Yrigoyen desarrolló frente a Herbert Hoover, cuando lo recibió en Buenos Aires como presidente electo de los Estados Unidos en 1929: “La Argentina —¿por qué no decir la América y el mundo?— espera que vuestra Nación, ya en el cénit de su engrandecimiento, en la cumbre misma de su pujanza y de su expansión, irradie altos valores espirituales y pacifistas, como el que llevara a vuestro insigne presidente desaparecido, a convocar en Ginebra, después de la trágica hecatombe de la civilización contemporánea, a todos los pueblos, para que —como bajo el santuario de una solemne basílica— reafirmaran para las naciones el precepto eterno y luminoso que el Divino Maestro promulgó: Amaos los unos a los otros. Tales son los anhelos de los pueblos sudamericanos, los cuales aspiran a avanzar siempre por el sendero de los perfeccionamientos hacia la misión que en la Historia le han deparado los designios de la Providencia; realizándose como entidades regidas por normas éticas tan elevadas, que su poderío no pueda ser un riesgo para la justicia ni siquiera una sombra proyectada sobre la soberanía de los demás estados.”

Pocos meses después, al inaugurarse la línea telefónica entre los Estados Unidos y la Argentina, Yrigoyen volvió a los mismos temas, y concluyó su mensaje con estas palabras: “…reafirmando mis evangélicos credos de que los hombres deben ser sagrados para los hombres y los pueblos para los pueblos, y en común concierto reconstruir la labor de los siglos sobre la base de una cultura y una civilización más ideal, de más sólida confraternidad y más en armonía con los mandatos de la Divina Providencia…”

4

La afirmación y la defensa de los rasgos peculiares del espíritu latinoamericano correspondía a un sentimiento cada vez más intenso de la peculiaridad del espíritu nacional. Expresa o tácitamente, la reacción contra el cosmopolitismo invasor, propio de la formación aluvial del país, se tradujo en una sostenida tendencia de ciertos sectores a indagar y establecer las etapas fundamentales en la formación espiritual del país y los rasgos que ese proceso había terminado por imponer a los argentinos.

Durante algún tiempo pareció que el camino para aproximarse a esos fines era el análisis psicosocial; pero pronto se advirtió que había otras vías no menos promisorias. Tres vigorosas personalidades emprendieron casi al mismo tiempo, aunque con criterios distintos, otras tantas investigaciones sobre las ideas argentinas, agregando a las tradicionales historias políticas nuevos panoramas del desarrollo del país: Alejandro Korn había comenzado a publicar en 1912 sus Influencias filosóficas en la evolución nacional, que terminó de escribir en 1919; Ricardo Rojas trabajaba desde la misma época en su Historia de la literatura argentina, que vio la luz entre 1917 y 1922; y finalmente José Ingenieros publicó entre 1918 y 1920 La evolución de las ideas argentinas. Estas tres obras entrañaban un enriquecimiento considerable de la perspectiva histórica y renovaban la imagen del pasado argentino.

Hombre de formación científica y filosófica, Alejandro Korn se interesó por el proceso de formación de la cultura argentina partiendo de las influencias que las distintas escuelas y tendencias europeas habían tenido en el ambiente local. Desdeñando todas las explicaciones simplistas, Korn no creía —como Comte— que las ideas ejercieran un papel rector en la evolución histórica; pero estaba persuadido de que tenían una acentuada influencia y de que valía la pena señalar el proceso de su aparición y desarrollo en relación con otros aspectos de la vida del país. Pero a diferencia de los psicosociólogos que anhelaban descubrir la irreductible singularidad del carácter nacional, Korn afirmaba que la personalidad colectiva sólo se delineaba progresivamente como un matiz del espíritu occidental. “Hemos sido colonia y no hemos dejado de serlo, a pesar de la emancipación política. En distintas esferas de nuestra actividad aún dependemos de energías extrañas y la vía intelectual, sobre todo, obedece con docilidad, ahora como antaño, al influjo de la mentalidad europea. El genio nacional rara vez ha encontrado una expresión genuina e independiente; sólo en la selección de los elementos que asimila se manifiestan sus inclinaciones nativas. El pensamiento de nuestro pueblo ha debido seguir, desde luego, una evolución paralela a las ideas directoras de la cultura occidental, y a investigar cómo se reflejan en nuestro ambiente se encamina este ensayo.” Partiendo de estos principios, analizó las influencias de la escolástica, la filosofía moderna, el romanticismo y el positivismo, y no sólo en el terreno puramente intelectual sino también en los de la política y la educación. Gracias a este esfuerzo, las corrientes que impulsaron la vida nacional comenzaron a ser descubiertas en sus secretos mecanismos, y se difundió una nueva claridad sobre muchos fenómenos de la historia política, misma.

Entretanto, Ricardo Rojas emprendía una indagación semejante a través de nuestra expresión literaria. Su plan era ambicioso, pues junto a la inexcusable búsqueda erudita, aspiraba a elaborar un sistema de ideas que demostrara el sentido general de la literatura argentina. Pretendía “estudiar la literatura argentina como una función de la sociedad argentina” y estaba persuadido de que lograría expresar los rasgos profundos del espíritu nacional. “Una literatura nacional —afirmaba en el prefacio de su obra— es fruto de inteligencias individuales, pero éstas son actividades de la conciencia colectiva de un pueblo, cuyos órganos históricos son el territorio, la raza, el idioma, la tradición. La tónica resultante de esos cuatro elementos se traduce en un modo de comprender, de sentir y de practicar la vida, o sea en el alma de la nación, cuyo documento es su literatura.” En el fondo aspiraba a elaborar una historia de la cultura argentina a través de la creación literaria, pero acudiendo a otras fuentes cada vez que le parecía necesario. Él mismo lo señalaba en el citado prefacio: “Hay, pues, en esta obra —decía— un principio retrospectivo, cuyo espíritu es la historia, y un principio prospectivo, cuyo espíritu es la filosofía. Lo primero, reconstituyendo el pretérito de nuestra cultura, ha dado vida de verdad en la ciencia a las formas literarias del pasado argentino. Lo segundo, ensamblando esas formas según el sistema orgánico de su propia vida pasada, ha procurado descubrir la ley de nuestra ulterior evolución estética. Para ello no me he reducido a la poesía solamente (épica, dramática y lírica), sino que he incluido en mi tema los géneros didácticos que le sirven de base en la organización social, y las bellas artes que le sirven de coronamiento en la naturaleza humana. Así hallaréis que aquí, cuando llega el caso, hablo también de la filosofía, de pedagogía, de artes plásticas y de música.”

Rojas distinguía cuatro líneas de inspiración literaria que eran como cuatro expresiones del temperamento nacional: la de los gauchescos, que correspondía a la tradición vernácula; la de los coloniales, que se entroncaba con la tradición hispanoamericana; la de los proscriptos, que representaba la tradición democrática de Mayo, y la de los modernos, que correspondía a las nuevas inquietudes del país, abierto sin límite a las influencias europeas. En esas cuatro líneas exploraba Rojas no sólo las peculiaridades personales de los autores, sino las corrientes de pensamiento que los envolvían y las circunstancias sociales que moldeaban su expresión. De ese modo su historia de la literatura sobrepasaba los límites que parecía circunscribir su título y se tornaba una exploración de la vida argentina en el campo de la cultura.

Con referencias más directas a la vida política, pero tratando de señalar sobre todo el juego de las ideas y las tendencias, organizó José Ingenieros la obra que tituló La evolución de las ideas argentinas. Era el suyo un libro militante, destinado no sólo a descubrir las grandes líneas ideológicas que movían —así lo creía él— la historia nacional sino también a inclinar a sus lectores en favor de una de ellas: de la que representa la libertad, la justicia y la verdad, frente a la que representa el absolutismo, el privilegio y el error. Veía Ingenieros en la historia argentina dos concepciones de la vida que luchaban reiteradamente. “Son dos filosofías —escribía—, dos sistemas de ideas generales. Toda política que lo ignore, pasada esta hora sombría en la historia mundial, será un ciego andar a tientas, sin rumbo y sin esperanzas.” La mentalidad colonial y la mentalidad revolucionaria, el antiguo y el nuevo régimen, la feudalidad y la democracia, son expresiones que Ingenieros usa para caracterizar esa dialéctica cuyo descubrimiento le parecía deslumbrante. “Después de mucho leer y meditar sobre las corrientes ideológicas que han inspirado a las minorías cultas durante la formación de la sociedad argentina, el autor ha creído llegar a una arquitectónica de su asunto, sólo modificable por retoques de albañilería.” Por este camino creía alcanzar una visión sintética de la historia argentina, en la que los hechos cuidadosamente indagados por los historiadores cobraban sentido. “Lo que ocurre sobre el tablado no es igual para quien admira los títeres y para el que observa los hilos.” A la luz de las peripecias dramáticas de su tiempo, Ingenieros descubría en el juego de los hilos no sólo una clave sino también una consigna.

Acaso con propósito semejante comenzaron por entonces José Ingenieros y Ricardo Rojas a publicar sendas colecciones de autores argentinos: en La Cultura Argentina el primero y en la Biblioteca Argentina el segundo. El momento parecía ser de examen y recapitulación, de revaloración de la vida espiritual argentina, y justificaba el esfuerzo de ofrecer al país las ediciones de los autores que habían forjado trabajosamente la tradición intelectual del país. Así comenzaron a difundirse nombres olvidados y a organizarse las líneas del pensamiento argentino.

Entretanto, los estudios de historia política comenzaban a sufrir un cambio trascendental. Frente a las influencias de la sociología y de vagas filosofías de la historia, había comenzado a desarrollarse la escuela erudita, a la que habían dado un buen impulso Bartolomé Mitre y Paul Groussac. En la Facultad de Filosofía y Letras surgió luego la Sección de Historia, y allí, bajo la dirección del padre Antonio Larrouy, comenzó a formarse un conjunto de investigadores de rigurosa concepción erudita. La preocupación fundamental de la Sección —que fue luego Instituto de Investigaciones Históricas— fue la publicación de documentos dentro de las más severas normas críticas, y la elaboración de monografías de base documental, en la que el texto se ciñera fielmente a datos comprobables. Este criterio fue acentuándose con el tiempo. Tras la Reforma Universitaria asumió la dirección del Instituto Emilio Ravignani, que desarrolló una ímproba labor de investigación y precisó el método dentro del cual debían trabajar los equipos de investigadores que paciente y oscuramente acarreaban los materiales para la historia. Se destacaron a su alrededor Rómulo D. Carbia y Diego Luis Molinari, que en 1917 publicaron con Luis María Torres y Emilio Ravignani un Manual de historia de la civilización argentina en el que quedó de manifiesto el punto de vista de lo que comenzó a llamarse la “nueva escuela histórica”. Se trataba de hallar una actitud equidistante entre la simple erudición y las fáciles generalizaciones de los “sociólogos”. Con análogo criterio afrontaron cada uno de los miembros de la escuela sus temas particulares: Carbia su Historia eclesiástica del Río de la Plata (1914), Molinari su estudio sobre El gobierno de los pueblos (1916) que servía de introducción a la reedición de las actas del Congreso de 1816, Carlos Correa Luna su ensayo sobre Don Baltasar de Arandia (1914) y su Historia de la Sociedad de Beneficencia (1923); y al mismo tiempo aparecían densos, pulcros y numerosos volúmenes de documentos y apretadas monografías sobre temas muy circunscriptos.

Tangencialmente vinculado a la “nueva escuela histórica”, Ricardo Levene publicó en 1920-21 su Ensayo sobre la Revolución de Mayo y Mariano Moreno; con una sólida estructura documental, Levene adoptó en algunos aspectos una actitud polémica, objetando la importancia que Juan Agustín García, Carlos O. Bunge, Juan B. Justo y José Ingenieros concedían a los factores económicos en el desarrollo de la Revolución. Tratando de refutar esas tesis, Levene afirmaba que el movimiento de Mayo no era una revolución burguesa sino una revolución popular, a la que se opuso lo que él llamó “la alta burguesía”.

Planeaba sobre los nuevos y los viejos historiadores la figura ilustre de Paul Groussac, maestro de la crítica pero poseedor además de un profundo sentido de la reconstrucción histórica y de una vasta cultura general. Por esos años publicó dos volúmenes de ensayos: Estudios de historia argentina (1918), en el que reunía sus estudios sobre el padre José Guevara, Diego de Alvear, el doctor Diego Alcorta, que había enseñado filosofía en la Universidad de Buenos Aires, y sobre las Bases de Alberdi; y Los que pasaban (1919), en el que reunía los estudios sobre las grandes figuras de la generación del 80: Goyena, Avellaneda, Pellegrini y Sáenz Peña. Ambos volúmenes consagraban la figura del maestro francés, conocedor profundo de la vida y la historia argentinas, y mentor de varias generaciones a las que impulsó hacia el más exigente rigor intelectual.

5

Durante la época de la crisis mundial y nacional que acompañó a la guerra se advirtió la aparición de una profunda insatisfacción en las generaciones jóvenes, en cuanto a la actitud frente a la vida y especialmente en cuanto a la orientación de las curiosidades intelectuales. En 1914 se constituyó en Buenos Aires, en el seno del Ateneo Hispanoamericano, una sección de estudiantes universitarios que adoptó una nueva actitud frente a la política y la cultura; la presidía José María Monner Sans y la integraban entre otros Francisco de Aparicio, Carmelo Bonet, Tomás D. Casares, Gabriel del Mazo y Lidia Peradotto. En 1915 comenzó a publicar la revista Ideas y poco después se independizó adoptando primero el nombre de Ateneo de Estudiantes Universitarios y luego el de Ateneo Universitario. Por la misma época comenzaba José Ingenieros, llegado poco antes de Europa, a publicar su Revista de Filosofía, con la que se proponía —según decíaraba— imprimir unidad al naciente pensamiento argentino. Eran signos de nuevas preocupaciones, en un ambiente poco sensible todavía a las inquietudes intelectuales.

Las nuevas generaciones habían comenzado a percibir con claridad y con pesadumbre esa atmósfera que solían llamar cartaginesa. De pronto saltaba a la vista que el país estaba obsesionado por el afán de lucro y presidido por una adocenada clase de ricos dominados por la sensualidad. El hecho era exacto, aunque no nuevo; pero era nuevo, en cambio, el descubrimiento y la irritación que ahora suscitaba, reveladora del advenimiento de una nueva sensibilidad. José Ortega y Gasset señalaría el hecho en la conferencia que pronunció en el Instituto Popular de Conferencias el 6 de diciembre de 1916, para despedirse del público argentino: “Quien viniendo, como yo, de fuera, aspire a aclararse los problemas de la vida argentina, así en lo colectivo como en lo individual, creo que deberá partir, como de un hecho central, de la desproporción enorme que existe entre la preocupación económica de vuestra sociedad y el resto de sus actividades.” Pero advertía el sutil filósofo español otro hecho no menos revelador: “Yo no creo que exista en parte alguna —decía— un público de sensibilidad más pronta y limpia de prejuicios, de mayor perspicacia, que el que encontrará en la Argentina todo el que venga con un poco de pureza en el corazón y otro poco de arte en su expresión. No es esta alabanza mía convencional y reflexiva, porque al punto añado que es un problema para mí explicarme el desequilibrio que existe entre esa sensibilidad difusa y anónima pero exquisita y la producción ideológica y artística de este pueblo, que es más reducida y menos densa que lo que tiene obligación de ser.” El diagnóstico era exacto. Frente a una sociedad poco sensible a las cosas de la cultura y a unas minorías conformistas y académicas, comenzaba a advertirse el ímpetu difuso de una nueva sensibilidad; incapaz aún de dar frutos, mostrábase en su disconformismo, en su rebeldía, en su afán de novedad y renovación, en su insaciable curiosidad y, naturalmente, en su superficialidad. Pero no era menos cierto que con esa actitud se preparaba una vigorosa revolución intelectual.

A la sombra del movimiento de hostilidad hacia los Estados Unidos que se produjo como consecuencia de su política latinoamericana a partir de fines del siglo xix, comenzó a desarrollarse un vivo sentimiento de simpatía hacia España, vencida en el Caribe y en Filipinas en 1898 y renaciente por el esfuerzo de la nueva generación. Tras la fecha del Centenario, el prestigio hispánico comenzó a acentuarse gracias al conocimiento de los nuevos valores del pensamiento, la literatura, las ciencias y la educación. La fuerte influencia ejercida por Sanz del Río y Francisco Giner, proyectada a través de la Institución Libre de Enseñanza, de la Junta para Ampliación de Estudios y del Centro de Estudios Históricos, comenzó a llegar hasta América con la aureola de una esforzada y profunda renovación. Y en plena guerra europea, mientras se interrumpía la corriente que nos unía tradicionalmente a Francia, las nuevas minorías intelectuales comenzaron a descubrir la transformación espiritual de Europa a través de la renovación espiritual de España. Precisamente España se llamaba el semanario que en 1915 comenzaron a publicar Ortega y Gasset, Eugenio D’Ors, Baroja, Azorín y Pérez de Ayala, y que tanta influencia ejercería en España y América.

Al comenzar el año 1916, José Ingenieros dictó en la Universidad de Buenos Aires un curso sobre La cultura filosófica en España. Habló en las dos primeras clases del pasado, y dedicó la última a señalar los esfuerzos realizados por el pensamiento libre contra la tradición dogmática desde el siglo xviii; se detuvo Ingenieros en el estudio de las figuras de Sanz del Río y Ramón y Cajal, luego en las de Joaquín Costa y Francisco Giner, describiendo finalmente los esfuerzos y los primeros frutos de la generación del 98.

Se había fundado por entonces en Buenos Aires la Institución Cultural Española, destinada a difundir los nuevos valores hispánicos, y había inaugurado en 1914 la cátedra de Cultura Española de la Universidad de Buenos Aires, Ramón Menéndez Pidal, historiador y filólogo, y director del Centro de Estudios Históricos de Madrid. Su influencia fue considerable en amplios círculos; pero mucho mayor fue sin duda la del joven filósofo que ocupó la misma cátedra en 1916: José Ortega y Gasset.

Antes de su llegada sólo Rodolfo Rivarola y, sobre todo, Alejandro Korn, se habían atrevido a abandonar la ortodoxia positivista en las cátedras argentinas de filosofía. Volvieron ambos a Kant, según el ejemplo de la escuela de Marburgo; y esta misma actitud, enriquecida con otros retornos y nuevas conquistas, trajo en su mensaje Ortega y Gasset. Formado en el movimiento neokantiano, su devoción por Kant igualaba a la que profesaba por Platón, pero sus enseñanzas estaban marcadas por los nuevos enfoques, especialmente por los de Husserl y Meinong. Creía firmemente Ortega que había un pensamiento propio del siglo xx, y se propuso difundirlo en la Argentina a través de las ideas que juzgaba fundamentales. Habló del sentido de la filosofía, del sentido de la historia y de la cultura. Opuso al evolucionismo nuevas teorías: “La vida —dijo— es una actividad creadora que consiste en el aumento de su propio ser.” La vida es además la que selecciona lo que nos interesa en cada instante, y esta selección en el percibir se traduce en una cierta manera de intervención en la realidad, porque el ser humano es acción. Ortega combatió el evolucionismo, el positivismo y el escepticismo propio de la época moderna. Afirmó que no sólo cada individuo sino también cada pueblo y cada época tienen su propia perspectiva de atención. “Una época —señaló— es un genuino sistema de preferencias y de pretericiones. Hay épocas cuya atención gravita hacia la práctica; épocas que omiten la acción. Hay siglos que prefieren vivir bien y otros que prefieren pensar bien.” Analizó el siglo xix, la herencia del idealismo y los planteos positivistas; señaló luego la trascendencia de “la vuelta a Kant, a Fichte, a Hegel”, y el alcance de la filosofía de Edmundo Husserl, cuyo escepticismo fue transformado en instrumento creador. “A la verdad por el escepticismo” podría ser —dijo— el emblema de la filosofía. El problema de la verdad lo condujo al problema del “sentido”, y en él se detuvo, estudiándolo a la luz de los planteos que constituían una de las grandes conquistas filosóficas de la época, y relacionándolo con el problema de los objetos, tema también novedoso y apasionante por entonces. Buscó luego el tema de la psicología, y descalificó la psicología fisiológica a la que opuso los nuevos planteos, a partir de Brentano. Así pasó revista a los principales problemas de la filosofía y enunció las nuevas corrientes de pensamiento que empezaban a atraer apasionadamente por entonces a las mejores mentes filosóficas de Europa. Eran esas nuevas corrientes, precisamente, las que Ortega consideraba específicamente expresivas del espíritu del siglo xx.

La repercusión que tuvieron las conferencias de Ortega en el ámbito universitario y en los círculos intelectuales del país fue inmensa. En diversas ocasiones habló sobre temas generales y manifestó opiniones antes no escuchadas sobre el valor de los clásicos, sobre el sentido de la vida de la época, sobre la política, sobre España, sobre la misión de la universidad; y en ese público que lo escuchó y en el que él descubrió una insaciable curiosidad y una vaga intuición de las nuevas preocupaciones que cruzaban el mundo, fermentaron inquietudes que cuajaron finalmente en el seno de pequeños grupos que descubrieron o creyeron descubrir una vocación intelectual, que no era como la de sus padres y sus maestros, sino más viva, más en contacto con las renovadas preocupaciones que recorrían el mundo. Así nació lo que se llamó el Colegio Novecentista, bajo la advocación del pensamiento nuevo, representado eminentemente a los ojos de sus miembros por José Ortega y Gasset y por Eugenio D’Ors.

Formaron parte del Colegio Julio Noé, Carlos Malagarriga, Adolfo Korn Villafañe, Baldomero Fernández Moreno, Juan Rómulo Fernández, Benjamín Taborga, Jorge Max Rohde, Carmelo Bonet, Tomás Casares, Roberto Gaché, B. Ventura Pessolano, Vicente D. Sierra y José Gabriel. Los unía una nueva sensibilidad que se encerraba en la expresión “novecentismo”, cuyo significado se esforzaron por precisar. “Novecentismo” —decían— quiere ser una suerte de nombre o seña de la actitud mental de unos cuantos hombres de hoy —nuevos y del Novecientos— a quienes no conforma ya el catón espiritual vigente.” Y tras eficaces respuestas a sus dudas, se lanzaron a toda clase de lecturas, variadas en cuanto a calidad y tema, y a la elucidación de toda suerte de problemas a través de ensayos y artículos.

De aquellos jóvenes, algunos se dedicaron a la literatura, otros a la historia, a la filosofía o al derecho. En el campo de las ideas filosóficas, algunos de ellos realizaron esfuerzos estimables. Casares se orientó hacia la filosofía tomista y Pessolano hacia la estética y la filosofía del derecho, alcanzando ambos la cátedra universitaria; Gabriel reunió algunos ensayos en el volumen que tituló La educación filosófica (1921) y Taborga, que ya antes había dado pruebas de su madurez filosófica en sus Glosas sobre la posibilidad de un novísimo órgano, publicó en los Cuadernos del Colegio Novecentista un ensayo de gran valor sobre El espacio, la geometría y la lógica.

Inspiró en gran parte al grupo Alejandro Korn, que no había vacilado en asistir, junto con Rodolfo Rivarola, al seminario que sobre la filosofía de Kant dictara Ortega y Gasset en la Facultad de Filosofía y Letras, al margen de sus conferencias públicas. Korn conocía a fondo los clásicos de la filosofía y comenzó a enseñar sus doctrinas dejando de lado la tradición positivista. Hacia 1918, su pensamiento había madurado, tanto en el orden de las ideas filosóficas como en el de las ideas generales relacionadas con la vida y la cultura argentinas; y en marzo de ese año, en el primer número de la revista Athenea que publicaban los ex alumnos del Colegio Nacional de La Plata y dirigía Rafael Alberto Arrieta, escribió un breve artículo, con algo de proclama, titulado Incipit Vita Nova, en el que expuso sus puntos de vista fundamentales sobre filosofía e, implícitamente, sobre otros problemas: “He ahí —decía— los varios motivos del resurgimiento de una nueva filosofía, ya no de carácter científico sino de orientación ética. La gran labor realizada no por eso se pierde. Ella ha cumplido su misión histórica, nos ha dado la conciencia de nuestro poder, nos ha dado los instrumentos de la acción y ahora se incorpora a las nuevas corrientes como un elemento imprescindible. El cambio de rumbo, sin embargo, se impone; un nuevo ritmo pasa por el alma humana y la estremece.

“Es que una ética supone un cambio fundamental de las concepciones filosóficas. No se concibe una ética sin obligación, sin responsabilidad, sin sanción y, sobre todo, sin libertad. La nueva filosofía ha de libertarnos de la pesadilla del automatismo mecánico y ha de devolvemos la dignidad de nuestra personalidad consciente, libre y dueña de su destino. No somos la gota de agua obediente a la ley del declive, sino la energía, la voluntad soberana que rige al torrente. Si queremos un mundo mejor, lo crearemos.

“La sistematización, no fácil, de este pensamiento, es la tarea del naciente siglo. Ruskin y Tolstoi han sido los precursores; Croce, Cohen y Bergson son los obreros de la hora presente. No han de damos una regresión sino una progresión. Y a la par de ellos los poetas. De nuevo ha renacido la poesía lírica, pero con una intuición más honda del alma humana, con mayor sugestión emotiva, en formas más exquisitas. ¡Qué trayecto no media de Zola a Maeterlinck! Y en las ciencias sociales ha terminado el dominio exclusivo del factor económico y vuelve a apreciarse el valor de los factores morales. El mismo socialismo ya, más que el socorrido teorema de Marx, invoca la solidaridad, es decir, un sentimiento ético.

“Cuando la serenidad de la paz retorne a los espíritus, quizá florezca la mente genial cuya palabra ha de apaciguar también las angustias de la humanidad atribulada.

“Entretanto, nuestra misión no es adaptamos al medio físico y social como lo quiere la fórmula spenceriana, sino, a la inversa, adaptar el ambiente a nuestros anhelos de justicia y de belleza. No esclavos, señores somos de la naturaleza.”

La posición adoptada hizo de Korn un maestro de la juventud, que lo rodeó con amor y respeto; en la cátedra siguió esa misma línea de pensamiento, de conducta y de vida, y en sus escritos fue desarrollando poco a poco sus ideas con progresiva profundidad. Mientras ponía fin a sus Influencias filosóficas en la evolución nacional, elaboraba La libertad creadora, que salió por primera vez en 1920 y luego, muy ampliada, en 1922. El filósofo se sublevaba contra el realismo ingenuo, y afirmando que tanto el orden sensible como el inteligible pertenecen al plano de la conciencia, infería que también la coerción y la libertad son estados de ánimo. Estos dos términos constituyen la clave de su pensamiento. “La libre expansión de la voluntad —dice— la cohíbe la coerción de la necesidad, y ésta no consiente arbitrariedad alguna. El sujeto es autónomo, pero no soberano; su poder no equivale a su querer y por eso tiende, sin cesar, a acrecentarlo. La aspiración a actualizar toda su libertad no abandona al eterno rebelde. La naturaleza ha de someterse al amo y el instrumento de esta liberación es la ciencia y la técnica.”

En los años siguientes, Korn escribió sobre Kant, sobre el concepto de ciencia y sobre la gnoseología; más adelante, en 1930, publicó su Axiología, acaso su obra más original y profunda. El problema de los valores lo apasionaba, y Valoraciones se llamó la revista que, inspirada por él, editó desde 1923 el grupo de estudiantes “Renovación” de La Plata.

Contemporáneamente enseñaron filosofía Coriolano Alberini y Alfredo Franceschi. Alberini comenzó a dictar la cátedra de Introducción a la filosofía de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires en 1922, y desde allí lanzó sus sañudos ataques contra el positivismo. Renouvier, Bergson, Croce y Gentile fueron sus autores predilectos, y tras ellos se alineó en las filas del pensamiento nuevo, a cuyo desarrollo contribuyó originalmente con su Introducción a la axiogenia. Franceschi, por su parte, ocupó la cátedra de Lógica por la misma época y en la misma Facultad, empeñándose también en la querella contra el positivismo.

Por la fuerza de la tradición, el positivismo parecía representado de manera eminente en el país por José Ingenieros, y en buena parte se dirigían contra él y contra su pensamiento las críticas del antipositivismo. Alberini no dejó de dirigirle algún sarcasmo hiriente; pero en cambio Alejandro Korn, que no ocultaba sus convicciones, saludó sin embargo con respeto la aparición de las Proposiciones relativas al porvenir de la filosofía, que Ingenieros publicó en 1918. “Un nuevo libro de Ingenieros —escribía al reseñarlo en la revista Athenea— no es, en nuestro reducido mundo intelectual, un asunto baladí del cual pudiéramos desentendemos con una frase amable o irónica; es siempre el fruto de una labor tan intensa como sería; es con frecuencia el alumbramiento de ideas iniciales, nunca el flojo hilván de conceptos adocenados.” Ciertamente, el estudio que ahora veía la luz era de un interés excepcional. Preciso en la expresión, su contenido revelaba una profunda crisis en el pensamiento del autor.

Ingenieros acusaba el impacto que produjo en su espíritu la reaparición del espiritualismo, en abierto contraste con el positivismo vigente. Para explicarse el fenómeno recurría al renunciamiento a toda metafísica —“a toda explicación de lo inexperiencial”— en que había caído el positivismo. El espíritu, señalaba, se resiste a “excluir la perennidad de lo inexperiencial” y aunque admitía que los problemas de la metafísica estaban entonces “inexactamente formulados”, se atrevía a afirmar la necesidad de la metafísica. “Donde no lleguen las hipótesis experienciales de las ciencias, decía, empezarán las hipótesis que la metafísica prolonga en lo inexperiencial.” Así quedaba señalado el lugar de la metafísica, de la que insistía en decir que no es ciencia, que tiene un objeto distinto al de las ciencias, y de cuyas distintas formulaciones aseguraba que “sólo aspiran a ser lógicamente legítimas, sin que se considere posible su demostración experiencial”. Cuatro rasgos señalaba Ingenieros en la “metafísica del porvenir”: la universalidad, la perfectibilidad, el antidogmatismo y la impersonalidad; y afirmaba que para plantearla correctamente sería necesario renovar el lenguaje filosófico.

Alejandro Korn hizo algunos reparos al pensamiento de Ingenieros, especialmente en relación con la tesis de que la metafísica es la continuación de la ciencia. “La raíz de la divergencia que desarrollamos —escribía— estriba probablemente en el hecho de considerar Ingenieros la metafísica, en primer lugar, como una cosmología y nosotros, ante todo, como una axiología. De ahí distinta apreciación de las ciencias físicas y psíquicas, distinta gnoseología, distinto método y distinto concepto de la metafísica.” Pero quedaba señalado el tránsito del pensamiento de Ingenieros hacia posiciones más amplias y profundas que las de su primera época.

Siguieron los discípulos de Ingenieros su evolución, y hallaron su tribuna en la Revista de Filosofía. Los positivistas ortodoxos, encabezados por J. Alfredo Ferreira, se mantuvieron fieles a la doctrina y organizaron en 1924 el Comité Positivista Argentino, del que formaron parte, además, Maximio Victoria, Avelino Herrera, Rodolfo Senet, Víctor Mercante, Ángel Acuña, Horacio Damianovich, Ángel M. Giménez y Américo Ghioldi. La revista El Positivismo, a través de la que divulgaban su pensamiento, siguió apareciendo hasta 1938.

Pero la revolución filosófica que había desencadenado en buena parte Ortega y Gasset y que acusaban las Proposiciones de Ingenieros, cobraba vuelo y aglutinaba especialmente a los grupos juveniles. El que había desencadenado en Córdoba el movimiento de la reforma universitaria invitó en 1921 a Eugenio D’Ors para que dictara un ciclo de conferencias en la vieja Universidad. También esta visita resultó memorable. El filósofo catalán tomó partido frente al positivismo y al mecanicismo. Habló de la necesidad de retornar al clasicismo, de la dialéctica, de la metafísica, de la libertad; explicó los secretos de la fenomenología y se explayó sobre la belleza. Luego, en Buenos Aires, habló sobre el probabilismo y las ciencias, seguido por su público con la misma reverente atención de quien descubre un mundo de ideas antes ignoto.

El fermento obró intensamente en el ambiente intelectual del país. Uno tras otro, los grupos de jóvenes inquietos se lanzaron a la apasionada lectura, y no faltaron los que se decidieron a buscar en las casi legendarias universidades alemanas los zumos apenas gustados a través de los profetas del pensamiento nuevo.

La aparición de la Revista de Occidente fue una fecha en la historia de la cultura argentina, y sus lectores —casi sus fanáticos, podría decirse— se distinguieron pronto por el elenco de ideas que utilizaban, y hasta por el lenguaje en que las vertían. La segunda visita de José Ortega y Gasset, en 1928, acentuó su influencia y el prestigio del pensamiento renovador. El autor de El tema de nuestro tiempo coincidió entonces con otros ilustres visitantes, que daban al ambiente intelectual de Buenos Aires un aire cosmopolita y moderno: la Universidad de Buenos Aires agasajó el 1° de septiembre a José Ortega y Gasset, a Celestin Bouglé, a Paul Langevin, a Hans Driesch y a Federico Enriques en un banquete al que asistieron personalidades destacadas de diversas especialidades. Y cuando Ortega y Gasset comenzó sus conferencias en el salón de Amigos del Arte, en la calle Florida, se tuvo la sensación de asistir a un acontecimiento que haría fecha en la vida cultural argentina. El filósofo español abordó el tema de “qué es nuestra vida” y lo relacionó con la trascendencia y la significación del “ahora” para cada conciencia. Así quedó señalada también la significación de “nuestro tiempo” —esto es de “nuestras circunstancias”— del que comenzó a ocuparse luego con detenimiento. Analizó “la edad de nuestro tiempo” y trató de circunscribirlo y precisar su “sexo y edad” glosando la teoría de las generaciones. Nuestro tiempo fue calificado como un tiempo de jóvenes, y relacionó con esta peculiaridad el culto del cuerpo y “ese aspecto deportivo de la vida que se denomina elegancia”. Señaló luego que era un tiempo de juventud masculina y que estaba caracterizado por el ascenso de las masas que provocaba una nivelación que juzgó peligrosa. “El problema capital de nuestra época es, pues, el de crear nuevas minorías capaces de contener ese proceso”, dijo refiriéndose al de la estatificación que compromete la espontaneidad de la historia. Poco después, en la Facultad de Filosofía y Letras, habló sobre ciencia y filosofía planteando no sólo nuevos conceptos epistemológicos, sino también jugosas observaciones sobre el sentido de la metafísica y de la filosofía en general. Su palabra siguió despertando inquietudes y sembrando sugestiones en quienes tenían alguna inclinación por la meditación sobre los problemas de la vida y la cultura.

Ortega y Gasset significó el comienzo de la influencia filosófica alemana. Por esos años comenzaban ya a mostrar su amplio saber y su vocación profunda por la filosofía Luis Juan Guerrero, Francisco Romero y Carlos Astrada, que serían luego los maestros de las nuevas generaciones y los celadores de aquella corriente de pensamiento, bajo la advocación de Alejandro Korn. La fundación de la Sociedad Kantiana de Buenos Aires en 1929 fue la señal de aglutinamiento, tras la cual el tiempo separó las escuelas por razones ajenas por cierto a la sola doctrina.

Por la misma época hubo una intensa renovación de la vida científica. En 1917 llegó a la Argentina, donde se radicaría, el gran matemático español Julio Rey Pastor que, en la práctica, inauguró los estudios superiores de matemática, en los que se destacaron después Juan Blaquier y J. C. Vignaux.

Poco después, en 1925, visitó el país Alberto Einstein, cuya presencia fue estímulo para los estudios físicos, que cultivaron Ramón G. Loyarte —que dirigió el Instituto de Física de la Universidad de La Plata—, Teófilo Isnardi y Enrique Gavióla. En el campo de los estudios biológicos constituye una fecha la fundación del Instituto de Biología por Bernardo Houssay en 1919, y en los estudios botánicos desarrolló una vasta labor de investigación Miguel Lillo, con cuyas colecciones se constituiría en 1930 un importante instituto en la Universidad de Tucumán.

6

La actitud rebelde que la juventud comenzó a tomar frente a un ambiente que consideraba cartaginés y la posición polémica que adoptó frente a las ideas tradicionales y a las instituciones educacionales del país, desencadenaron una revolución profunda en la vida cultural del país que se conoce con el nombre de “Reforma Universitaria”.

El movimiento fue obra de un grupo juvenil que se sintió a sí mismo como expresión de una “nueva generación” y poseedor de una “nueva sensibilidad”; un grupo que declaraba enfáticamente: “Estamos pisando una revolución, estamos viviendo una hora americana.” Todas las alusiones a una visión nueva del mundo y de la vida —y especialmente la que Ortega y Gasset había dejado deslizar en sus conferencias de 1916— hallaban en él simpática repercusión. Su primera irrupción se produjo en Córdoba, cuya Universidad mantenía porfiadamente algunos rasgos de la universidad colonial, y en la que era más fuerte que en la de Buenos Aires o La Plata la gravitación de las familias de la oligarquía tradicional y de las fuerzas clericales. Precisamente en relación con los vagos fermentos que empezaban a advertirse en la vida intelectual argentina, habíase constituido en Córdoba un movimiento católico para defender la tradición, conocido con el nombre de “Corda Frates”, bajo cuya inspiración se organizó un congreso de estudiantes católicos en julio de 1917. De allí salió la Federación de Estudiantes Católicos, cuya finalidad era apoyar el movimiento “en favor del restablecimiento de la enseñanza moral y religiosa en las escuelas”, “combatir eficazmente el normalismo a cuyo amparo prosperan tantos ateos, anarquistas. y extranjeros”, y procurar que “los cargos directivos en las facultades y en los consejos superiores de las universidades sean ocupados por profesores adictos a la tendencia [católica] para llegar a la libertad de enseñanza universitaria”. Este movimiento suscitó una enconada polémica, que se agudizó en el clima político, social e intelectual que se había comenzado a formar desde 1916 y que culminó al comenzar el curso académico de 1918.

Al promediar ese año, los estudiantes de Córdoba no vacilaron en llegar a la violencia para desalojar de las posiciones directivas y de las cátedras a quienes tradicionalmente las detentaban. Precisamente cuando se producían otros fenómenos de no menor trascendencia en el orden social y político, y confluían nuevas corrientes de ideas en el campo de la teoría y en el de la acción política, el movimiento cordobés se extendió a otras universidades del país y llegó a crear un ambiente de desusada gravedad en la vida nacional. Una incontenible corriente de renovación profunda ganaba el país.

El movimiento de reforma universitaria fue desde un comienzo un fenómeno complejo en el que se entremezclaron distintas y difusas aspiraciones y tendencias. Los grupos juveniles que se insubordinaban contra sus maestros, se levantaban, en rigor, contra la generación de sus padres, contra el estilo de vida que se les ofrecía como impuesto por la tradición, contra el ambiente que predominaba en el país y que parecía coartar sus posibilidades futuras. Por eso los vagos anhelos sobrepasaban las fórmulas que sus representantes acertaban a expresar, y por eso el movimiento revestía los caracteres de una verdadera revolución.

En lo que coincidían todos, y constituyó el punto de partida de la insurrección estudiantil, fue en la incapacidad de los profesores, su insolvencia intelectual, su tendencia dogmática, su indiferencia frente a los problemas nuevos de la vida y de la cultura. En ocasiones la palabra juvenil adoptó un aire formal y enjuició el desquicio administrativo de las universidades. Pero sobre todo enjuició el régimen del profesorado, que constituía a sus ojos una casta que detentaba las cátedras universitarias y los cargos directivos como si los poseyeran “por derecho divino”. Los jóvenes querían buenos maestros, honestos y capaces. Pero en cuanto el movimiento fue cobrando volumen descubrieron que todo eso no bastaba. Eran “las estructuras, los métodos y la orientación” de la universidad lo que ya parecía insuficiente e insatisfactorio, era la universidad tradicional en su conjunto lo que parecía haber caducado. Sobre todo resultaba intolerable la concepción autoritaria que la presidía: los rectores y los decanos inasequibles, los profesores seguros de la distancia que separaba la cátedra de los escaños, los textos dogmáticos, las reglamentaciones rígidas. Tras el autoritarismo, la autoridad confesional resultaba no menos dura en algunos lugares, como Córdoba, donde la Universidad parecía una dependencia de las congregaciones religiosas. El manifiesto reformista del 21 de junio de 1918 hablaba de “la opresión clerical”, de “la tiranía de una secta religiosa”, de la “advocación de la Compañía de Jesús”, bajo la cual se realizaban ciertos actos. La respuesta no se hizo esperar. El propio obispo de Córdoba, fray Zenón Bustos, se encargó de darla en una pastoral en la que expresaba su estado de ánimo: “Dominando en tales circunstancias el ruido de la marea liberal empeñada en profanar la cultura y humillar las creencias reverendas y tradicionales, vejando a la religión y a su clero, sólo cabía apretarnos el corazón y callar”; y formulaba una admonición: “He visto negados los blasones que Córdoba tenía ganados de alta cultura, de católica y de Roma argentina. Se ha sentido amenazada de perderlos y los perderá si no despierta y emprende un movimiento reaccionando contra sus descuidos en la educación cultural, religiosa y moral de sus hijos.”

Aunque acaso no fuera sustancial, el conflicto cordobés entre la juventud liberal y el movimiento católico revelaba la médula del problema. Era un conflicto generacional, un movimiento de insurrección contra el pasado. Pasado era la tradición dogmática, autoritaria y esclerosada de los profesores de Córdoba que, como decía en la Cámara de Diputados Juan B. Justo, seguían en sus cursos ideas tendenciosas como las que contenían los Principios de economía política del padre Liberatore, S. J., y la Filosofía del derecho del obispo Fernández Concha. Pero pasado era también la tradición cartaginesa y la filosofía positivista. “Las penúltimas generaciones —decía Deodoro Roca al clausurar el Primer Congreso de Estudiantes Universitarios de Córdoba, en julio de 1918— estaban espesas de retórica, de falacia verbal, que trascendía a las otras falacias, pues lo que en el campo literario era grandilocuencia inútil, en el campo político era gesticulación pura, en el campo religioso rito puro, en el campo docente simulación cínica o pedantería hueca, en la vida comercial fraude o escamoteo, en el campo de la sociabilidad ostentación brutal, vanidad cierta, ausencia de real simpatía, en la vida familiar duplicidad de enseñanza, y en el primado moral enajenación de rancias virtudes en favor de vicios ornamentales.” Y poco antes, hablando del ambiente de los años del Centenario, había dicho: “La generación anterior se adoctrinó en el ansia poco escrupulosa de la riqueza, en la codicia miope, en la superficialidad cargada de hombros, en la vulgaridad plebeya, en el desdén por la obra desinteresada, en las direcciones del agropecuarismo cerrado o de la burocracia apacible y mediocrizante.”

Para superar el pasado, la juventud se creía no sólo imprescindible como fuerza social renovadora sino también suficientemente eficaz como para torcer el curso de las cosas. Por eso quiso intervenir en el gobierno de la Universidad: porque estaba segura de que era más madura que los hombres maduros para adoptar decisiones fundamentales; y por eso no vaciló en aceptar las responsabilidades de la dirección de la vida universitaria, al tiempo que las reclamaba también en otros órdenes de la vida nacional.

Bien mirado, el movimiento se mostró en sus primeros momentos contradictorio en algunos aspectos. Originado en cierta repugnancia contra la superficialidad suficiente de la aristocracia ganadera y contra la mediocridad desafiante de las clases medias en ascenso, el movimiento juvenil de la reforma universitaria no pudo sustraerse a cierto sentimiento de superioridad que lo mostró como nacido de una nueva élite del espíritu. Se pensaba en el “santo amor por la belleza pura”, en la dignidad de los estudios desinteresados. Pero era una élite que se sentía cargada de responsabilidades y que descubría hora a hora los problemas que traía consigo la renovación de ideas que perseguía. “Por vuestros pensamientos pasa —decía Deodoro Roca en el discurso citado—, silencioso casi, el porvenir de la civilización del país. En primer término, el soplo democrático bien entendido. Por todas las cláusulas circula su fuerza. En segundo lugar, la necesidad de ponerse en contacto con el dolor y la ignorancia del pueblo, ya sea abriéndole las puertas, de la universidad o desbordándola sobre él.”

Así nació una nueva inquietud, quizá más definida en unos que en otros, pero innegable en todos, en relación con los fenómenos de cambio social que se producían en el país y en el mundo entero. No mucho después se advertía el alcance nacional y americano de las ideas que movían las aspiraciones estudiantiles, y no mucho más tarde sus implicaciones de todo orden. La Universidad se sintió desde entonces vanguardia de todos los movimientos progresistas, aun de aquellos que eran eminentemente políticos si entrañaban una defensa de la libertad, y al cabo de poco tiempo hubiera sido difícil señalar los límites justos entre las preocupaciones universitarias y las que excedían esos límites.

Si la reforma universitaria excedía en mucho los límites de una reforma educacional, la preocupación específica por esta última se advirtió especialmente en el campo de la enseñanza primaria y secundaria. Ernesto Nelson y Amaranto Abeledo recogieron algunos experiencias ñorteamericanas y procuraron adaptarlas a la realidad nacional por vía de ensayo, sobre todo en la Universidad de La Plata. Pero fueron sobre todo los pedagogos europeos Decroly, Ferriére, Gentile, Montessori, los que inspiraron una preocupación más intensa en el país. Para difundir su pensamiento comenzó a publicarse, como suplemento de la revista educacional La Obra, una entrega mensual titulada Nueva Era cuyo director fue José Rezzano, profesor de Didáctica General en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de La Plata, donde contribuía a formar un nuevo espíritu. En Nueva Era conocieron los maestros argentinos por primera vez —hacia 1925— los nombres de los grandes reformadores contemporáneos de la educación y donde se difundieron las nuevas técnicas, con el método Decroly, el de proyectos, la escuela activa, etc. Fue a Clotilde Guillén de Rezzano a quien le correspondió hacer los primeros ensayos sistemáticos de esos métodos, cuyo valor y cuyos principios difundieron por entonces Juan Mantovani, Hugo Calzetti y otros. Ejercía sobre todos ellos marcada influencia la Revista de Pedagogía de Madrid, que dirigía Lorenzo Luzuriaga. La visita que realizó en 1928 el pedagogo español reavivó el entusiasmo por el movimiento de reforma y contribuyó a robustecerlo, pero, pese a todo, habrían de pasar algunos años antes de que lograra influir en la organización de la educación pública.

7

Si la intensa transformación que se operaba en Europa después de la Primera Guerra Mundial repercutió en el plano de las relaciones sociales y en el de las ideas sistemáticas, era inevitable que influyera también en el orden de la sensibilidad. Modernismo e impresionismo eran las corrientes que predominaban en el campo de la creación, pero ya un poco modificadas ambas tendencias. A Lugones le seguían Enrique Banchs, Baldomero Fernández Moreno y Arturo Capdevila, posmodernistas de singulares caracteres, y a Malharro los artistas que, seducidos por Sorolla, Zuloaga o Anglada, buscaban su fuente de inspiración en España, como Bemareggi, Quirós, López Naguil, Larco o Centurión. Pero hacia 1921 comenzó a producirse una rápida transformación en los gustos. La música de jazz comenzó a difundir el acelerado ritmo del shimmy, del fox-trot, del charleston; el cinematógrafo comenzó a atraer a vastos sectores del público, que por esa vía tomaban contacto con la afiebrada sensibilidad de posguerra, y a través. de argumentos y actores, se percibían nuevas maneras de reaccionar frente a la vida y de entender la acción y las pasiones humanas.

El fenómeno, como es natural, debía manifestarse más rápida y nítidamente en las minorías, y especialmente, en los grupos juveniles de espíritu minoritario.

Fue en ellos en quienes prendió, como una fiebre tropical, la que ya se llamaba “nueva sensibilidad”. En contacto con los escritores franceses y españoles, algunos argentinos habían ya comenzado a escribir a la nueva manera. Ricardo Güiraldes había publicado su Cencerro de cristal en 1915, y Raucho en 1917; Oliverio Girando había escrito los versos —que luego publicaría con el título de Veinte poemas para ser leídos en el tranvía—, entre 1920 y 1922, y en marcha por diversos países; Jorge Luis Borges y Francisco Luis Bernárdez asistían en España al nacimiento de nuevas escuelas guiadas por una estética heterodoxa, en la que influía mucho Rafael Cansinos Assens; y jóvenes pintores y escultores recomenzaban sus estudios en Europa bajo el signo de la escuela de París.

Un día los viajeros comenzaron a regresar: Gómez Cornet, el pintor; Borges y Bernárdez, los poetas; Sibellino, el escultor. Un ambiente preparado para recibir sus sugestiones los esperaba. Alberto Prebisch había comenzado a estudiar la arquitectura de Le Corbusier; Oliverio Girando conocía los secretos de la nueva poesía francesa. Gauguin, Modigliani y Bourdelle eran ya figuras entrevistas por los curiosos, y Picasso empezaba a intrigar a algunos inquietos, a quienes acaso seducían también Paul Morand, Valle Inclán o Gómez de la Sema. El “ultraísmo” o “vanguardismo”, como otros dijeron, halló de pronto un cálido hogar en Buenos Aires, custodiado por una generación de veinte años, la misma de los que se sublevaban en Córdoba contra el academicismo universitario o en Buenos Aires contra los salarios de hambre de la fábrica de Vasena.

Sus primeras manifestaciones fueron las revistas: Prisma, que editaron Borges y González Lanuza; Proa, que inspiraron el mismo Borges, Brandán Caraffa, Pablo Rojas Paz, y a los que luego se unió Ricardo Güiraldes; Inicial, Valoraciones, dirigida la primera por Roberto Ortelli y la segunda por Carlos Américo Amaya bajo la inspiración de Alejandro Korn y Pedro Henríquez Ureña. Cada uno definía su posición estética como si asumiera una terrible responsabilidad. Llegaban a ellas, seducidos y resueltos, grupos de jóvenes que amaban las letras bajo sus nuevas formas; y poco después la nueva generación había adquirido conciencia de sí misma y tomaba posiciones definitivas.

Los hechos sustanciales ocurrieron en 1924. Ese año Emilio Pettoruti expuso por primera vez sus telas de inspiración cubista; el grupo de “Florida” fundó la revista Martín Fierro y el de “Boedo” Claridad y La Campana de Palo. “Florida” y “Boedo” son dos calles de Buenos Aires, aristocrática la primera, popular la segunda. Sus nombres fueron signos —apresurémonos a decirlo— de sendas tendencias literarias: arte puro y arte de contenido, fueron fórmulas expresivas de una y otra. Y más lejos, en el popularísimo barrio de la Boca, sobre el Riachuelo donde se fundó una vez Buenos Aires, se agrupaba otro núcleo que cultivaba el romanticismo del suburbio entre callejuelas y barcos. La obra empezó a cuajar.

Acaso el acontecimiento literario más significativo de la época fue la publicación de Don Segundo Sombra, de Ricardo Güiraldes, en 1926. Ese año publicó también Enrique Larreta su Zogoibi, de análogo ambiente. Fue la confrontación de dos estéticas, y la de Güiraldes descubrió que había triunfado. Y no solamente en el seno de los jóvenes de Martín Fierro sino en más amplios escenarios, como si la “nueva sensibilidad” fuese un estado de ánimo generalizado. El mismo Güiraldes —y seguramente sus amigos— se sorprendió ante el fenómeno. “No sé cómo puede llamarse esto —escribía a Valery Larbaud— porque nunca le puse nombre por lo inesperado. Me palmean todos los días. No veo sino sonrisas que están tan conmigo que son casi yo mismo. Don Segundo lo hemos escrito todos. Estaba en nosotros y nos alegramos de que exista en letra impresa. No hay más que felicitaciones por este estado de cosas y estoy ¿cómo he de estar? contento y un poco como dormido en esta simpatía ambiente tres veces rara en la breve historia de mis libros. De los palos esperados, ninguno ha caído. ¿Qué es todo esto? Cualquier cosa hubiera esperado en mi vida menos un asentimiento general por una obra mía.” Porque, ciertamente, la intención era esotérica; pero la transcripción de la Pampa según la “nueva sensibilidad” había triunfado sobre la transcripción posmodernista de Larreta, que casi cayó en el vacío.

Era un signo de los tiempos. El grupo de Florida triunfaba no sólo con Güiraldes. El Borges poeta de Fervor de Buenos Aires y de Cuaderno San Martín ganaba adeptos entusiastas de la nueva estética, tanto como el prosista de Inquisiciones y de El tamaño de mi esperanza. En el mismo año de 1926 en que aparecía este último libro, publicaba Pablo Rojas Paz La metáfora y el mundo, Nicolás Olivari La musa de la mala pata, Leopoldo Marechal Días como flechas, Enrique González Tuñón El violín del diablo. Ese mismo año, todavía, el dramático Roberto Arlt publicaba en Boedo El juguete rabioso.

Para satisfacer otras inquietudes, la Asociación de Amigos del Arte, que representaba la “nueva sensibilidad” y cuyo salón de Florida era un centro de difusión de nuevas influencias, ofreció ese mismo año una exposición de pintura francesa moderna; Jean Aubry disertó en la sociedad musical Diapasón sobre la música francesa moderna, algunas de cuyas obras cantó Jean Bathori; y el director suizo Ernest Ansermet hizo conocer otros autores, entre ellos el más revolucionario, Arthur Honegger. Fue un año de revelaciones de la nueva sensibilidad, del espíritu nuevo.

La “nueva sensibilidad” no era sólo un libre y desenfrenado impulso: poseía su teoría, y por cierto obraba claramente en el espíritu de sus defensores. Ciertamente, el primero de sus elementos era negativo: el desdén por el pasado sin discriminación de matices y la defensa entusiasta por todo lo nuevo. Casi todo el pasado pareció culpable del más terrible de los pecados: el “pasatismo”, como se usó decir con expresión heredada del futurismo de Marinetti; y la revista Nosotros, por ejemplo, mereció una solicitud de disolución firmada por Marechal, Bernárdez y Vallejo, quienes, además, insinuaban “que con los bienes del finado se dé nacimiento a una revista de vanguardia”. Por lo mismo merecieron signos ostensibles de desdén Capdevila, Banchs y Fernández Moreno, Larreta, Rojas y otros muchos que recibieron duro castigo en el “Parnaso Satírico” de Martín Fierro. “Mortíferas” se titulaba un epigrama que enumeraba calamidades:

El ómnibus. El cianuro.

Zogoibi. Víctor Antía.

Ricardo Rojas. Y el duro

desdén de la amada mía.

Caso singular fue el de Lugones, pues Martín Fierro comenzó reverenciándolo y concluyó combatiéndolo y rechazándolo para afirmar la independencia estética del grupo, al mismo tiempo que agredía a sus discípulos, a los que consideraba demasiado reverentes.

Pero no todo era negativo en la estética del grupo de Florida que editaba Martín Fierro. Había también una actitud de combate en defensa de ciertas posiciones. Si todo lo nuevo era, en principio, valioso, era porque lo nuevo nacía con un signo inconfundible después de la Primera Guerra Mundial, un signo que aludía a las actitudes vitales además de las estéticas. Nueva era la línea de un Hispano-Suiza, nuevo era el ritmo del jazz-band, nueva la línea de Norma Talmadge o de Pola Negri. En los Estados Unidos o en Europa, lo nuevo se imponía, como si un mundo hubiera desaparecido y fuera necesario aceptar el que se creaba todos los días. Y la “nueva sensibilidad” aceptaba en Florida esa fatalidad con regocijo, como si el campo virgen facilitara la dura creación.

Si algo distinguía al grupo de Florida era la tendencia hacia la literatura pura, hacia el arte no comprometido, hacia la afirmación de lo arbitrario. El arte parecía pasatiempo. Y si el artista se ponía serio, parecía ridículo. “Ningún prejuicio más ridículo que el prejuicio de lo sublime”, escribía Girondo a manera de epígrafe en sus Veinte poemas. En la “Carta abierta a ‘La Púa’ ” que servía de prólogo al libro señalaba ese trance: “Lo que sucede entonces es siniestro. El pasatiempo se convierte en oficio”; y agregaba más adelante: “¿Publicar? ¿Publicar cuando hasta los mejores publican 107 % veces más de lo que debieran publicar? Yo no tengo, ni deseo tener, sangre de estatua. Yo no pretendo sufrir la humillación de los gorriones. Yo no aspiro a que me babeen la tumba de lugares comunes, ya que lo único realmente interesante, es el mecanismo de sentir y de pensar. ¡Prueba de existencia!”

Sin duda había en esta actitud mucho de espíritu de élite, de élite intelectual, ciertamente, pero de élite social también. El arte era un lujo del espíritu, que sólo podían darse —¿o acaso sólo tenían derecho a darse?— quienes estuvieran libres de subalternas preocupaciones. La “nueva sensibilidad”, como lo prueba la sorpresa de Güiraldes, creía ser una sensibilidad esotérica, capaz de descubrir la poesía, ciertamente, en las cosas vulgares, pero en virtud de una aptitud que sólo tenían unos pocos y podían descubrir unos pocos. Por eso requería y buscaba un lenguaje críptico, un lenguaje de imágenes y metáforas; todo cuanto exigiera lógica racional parecía desdeñable para la poesía, que no podía expresarse sino a través de imágenes capaces de traducir estados intermedios de la conciencia o sensaciones imprecisas. Alfonso Reyes y Pedro Henríquez Ureña —entonces en Buenos Aires— alentaban con su ingenio y sabiduría la nueva experiencia literaria.

Algo semejante perseguía el músico que desdeñaba la melodía o el pintor que abandonaba el tema anecdótico. La nueva sensibilidad amaba a Honegger y a Picasso, a los “Six” y a la “Escuela de París”. Tenía, sin duda, preocupaciones metafísicas, que expresaban poetas y prosistas de manera vaga, y entre todos Macedonio Fernández con rara profundidad. Metafísica y arte puro se unían de manera imprecisa en una estética que expresaba Güiraldes en la célebre carta que publicó en el número 25 de Martín Fierro, en enero de 1925: “En arte hay dos actitudes: la de mirar al público y hacer las pruebas del histrión necesarias para que los espectadores le arrojen moneditas de su simpatía (gloria mundana) y la de encararse con el misterio inexpugnable del arte mismo, siempre capaz de ennoblecer con su perenne juventud a los que se dan de cuerpo y alma. En el primer caso la actitud es de pedido; en el segundo nada puede pedirse que no venga de uno mismo y la ruta se prolonga aumentando paso a paso sus exigencias, endureciéndose a medida que el artista se hace capaz de cargar con mayor peso. Toda palabra contiene en sí un misterio total. La conjunción de las palabras es el campo infinito que jamás venceremos sino con pasajeras vislumbres. Esto para los escritores.

“¿Quién puede resolver por uno el problema que uno se impone? Todo problema resuelto por otro se ha hecho ajeno a nuestros propósitos y no puede servirnos sino para aumentar por el ejemplo nuestra ansia de llegar. Y además llegar no significa sino haberse creado nuevos motivos de partir. ¿Quién sería tan presuntuoso para creer que ha resuelto totalmente un problema de arte? Unicamente un engreimiento delimitado puede suponer límites definitivos. La eternidad no se concibe sino como un constante andar. El que quiera enfrentarla debe decirse a diario, en alegre confianza: ‘levántate y anda’.

“Y para concluir: los que atacan todo gesto de independencia son los sometidos a ideas de otros en quienes creen haber encontrado una verdad definitiva. Sea de quien sea esa idea y sea como sea, están en un error.

“El que cree saber ha creado en sí una muerte. Saber es en el hombre un estado de relación con una ignorancia anterior. Todo saber, adquirido como conocimiento transitorio, se modifica por una duda y llega a ser una ignorancia de la cual se parte hacia un conocimiento futuro.

“El que acopia los saberes transitorios como inamovibles, va osificando poco a poco su inteligencia, hasta llegar a una completa incapacidad de comprender y se convierte en un más o menos ameno predicador de verdades lastre.

”La memoria no es un oráculo infalible. Sus conocimientos no son, sino que han sido y no pueden servirnos para negar la adquisición constante de nuevos datos que nos atrae el hecho mudadizo de vivir.

’’Del saber interno y del saber que a cada momento vamos adquiriendo surge el proceso de nuestra inquietud intelectual. Los que creen en las verdades definitivamente adquiridas, matan la vida del pensamiento. Los que en cambio no admiten sino verdades del momento crean a la inteligencia una razón de vivir.

”No hay en el hombre un solo saber absoluto; hay una actual comprensión de un aspecto de verdad, dentro de ciertos factores inseparables de esa verdad relativa, sin los cuales no se hubiera presentado. Si admitimos este conocimiento como inmutable, desatendiendo las circunstancias especiales que nos lo trajeron, sólo habremos muerto nuestra capacidad de ver otro aspecto de la verdad en beneficio de una mentira.”

Cosa curiosa, el artepurismo del grupo Martín Fierro, en ocasiones aristocratizante, tenía una cara popular. La “nueva sensibilidad” amó la realidad inmediata, la de la ciudad de Buenos Aires, con sus suburbios y sus resabios de ciudad de campo.

A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires.

La juzgo tan eterna como el agua y el aire,

decía Jorge Luis Borges, Y en el manifiesto de Martín Fierro se decía: “Martín Fierro tiene fe en nuestra fonética, en nuestra visión, en nuestros modales, en nuestro oído, en nuestra capacidad digestiva y de asimilación.” En todo lo nuestro. Olivari y los González Tuñón descubrieron el valor expresivo del “lunfardo” —la lengua de los barrios bajos—, el valor dramático de la expresión popular, el valor metafísico de la actitud del hombre del suburbio. El mismo Borges descubrió su apego a la realidad urbana. Y el periódico creado para defender una estética depurada, debió disolverse el día en que estalló en su seno una disputa política, porque algunos redactores deseaban defender la candidatura popular de Hipólito Yrigoyen: “El corralón seguro ya opinaba Yrigoyen”, como decía Borges en “La fundación mitológica de Buenos Aires”.

Esta aceptación del compromiso con la realidad se había manifestado resueltamente, desde un comienzo, en el grupo llamado de Boedo. La revista Claridad lo aglutinaba, bajo el signo del grupo Clarté que presidían Henri Barbusse y Anatole France. Eran los intelectuales inquietos por el problema social, comprometidos en la lucha o ansiosos de comprometerse. El relato de Roberto Arlt o de Leónidas Barletta, el poema de José Portogalo o de Alvaro Yunque, el ensayo de Elias Castelnuovo, revelaban la influencia de los autores finiseculares o de principios del siglo a quienes preocupaba más el análisis y la descripción de la sociedad que el logro de sutiles imágenes. Los autores rusos, y Dostoiewski especialmente, seducían la imaginación de quienes, reunidos en una barriada popular, veían hervir las inquietudes sociales del mundo a través de su propia experiencia inmediata; pero también la atraían los ultraístas revolucionarios que sostenían, como había dicho Tristan Tzara, que “el valor poético más alto es aquel que coincide con la revolución proletaria”.

Más elemental y primario, el grupo de La Boca afirmaba directamente el valor de la creación popular. Benito Quinquela Martín pintaba sus paisajes del Riachuelo, que querían ser una versión, épica unas veces y lírica otras, del trabajo portuario, aunque sólo lograba, generalmente, un colorido primario y un aire sentimental; como sentimental era también la música popular de Juan de Dios Filiberto, autor de canciones populares de fácil emoción. Este grupo trasladó su base hacia el centro de la ciudad e instaló lo que llamó “La Peña”, en el café Tortoni de la Avenida de Mayo. Fue obra de un miembro del grupo de Florida la travesura de poner un día sobre un cuadro de Quinquela Martín un letrero en el que se leía la siguiente inscripción: “Cuidado con la pintura”.

Esta lucha de grupos estéticos tuvo diversas alternativas. En La Campana de Palo, Alfredo Chiabra Acosta, sutil crítico de arte que firmaba con el seudónimo de Atalaya”, defendía lo que se llamaba el “arte de contenido”, en el que trabajaba con más calidad que otros el escultor Luis Falcini, aún en Europa. En Claridad, entretanto, se difundían no sólo los fundamentos del marxismo, sino muy especialmente las teorías sobre el arte social, sobre cuya base se polemizaba con los partidarios del arte que solía llamarse puro o de vanguardia. Alberto Prebisch en Martín Fierro y Julio E. Payró en la correspondencia a La Nación difundieron los principios de las nuevas escuelas plásticas y los nombres de las grandes figuras.

Después de la desaparición de Martín Fierro y especialmente después del triunfo del radicalismo en 1928, el panorama intelectual comenzó a cambiar. Ese mismo año, la línea aristocratizante fue recogida por dos publicaciones católicas: Criterio, dirigida por Atilio dell’Oro Maini primero y por monseñor Gustavo Franceschi luego, y Número, en el que escribían Ignacio B. Anzoátegui y Julio Fingerit entre otros. Aristocratismo no era para ellos artepurismo; por el contrario, manifestaron una intensa preocupación por la política, y en esas páginas comenzaron a difundirse las ideas de la extrema derecha mezcladas con las nuevas direcciones religiosas y estéticas de los grupos católicos.

Más decididamente en favor del arte puro se mostró el grupo de poetas y escritores que rodeó a Alfonso Reyes, que tuvo vigorosa influencia literaria mientras ejerció en Buenos Aires la embajada de México. En la revista Libra halló camino la poesía pura, y allí pudo advertirse la inestimable calidad poética de Ricardo Molinari.

Leopoldo Lugones, entretanto, pese a sus posturas políticas, servía de centro de atracción a un grupo de escritores que comenzaron a expresarse desde 1929 en La Gaceta Literaria que fundó y dirigió, bajo la inspiración del maestro del modernismo, Enrique Espinoza. Allí publicaron Conrado Nalé Roxlo y Ezequiel Martínez Estrada, a quienes Lugones en su momento había señalado como figuras promisorias de la literatura. El periódico dialogó en ocasiones con las revistas católicas y aludió a las peripecias políticas de la segunda presidencia de Yrigoyen; pero su preocupación fue literaria, a la manera de Lugones, esto es, con vigorosos arranques de preocupación social y política a través de las inquietudes telúricas que él mismo acusaba, que se descubrían en Horacio Quiroga —figura reverenciada en el periódico— y que pondría de manifiesto poco después Martínez Estrada.

Capítulo cuarto

LA IRRUPCIÓN DEL CAMBIO

1

El movimiento militar que estalló el 6 de septiembre de 1930 y llevó al gobierno provisional al general José F. Uriburu, inauguró una nueva época en el país, caracterizada por la restauración del conservadorismo. La vieja oligarquía terrateniente, que mantenía el poder económico aun a pesar de la derrota política que había sufrido en 1916, volvió al gobierno para recuperar la totalidad de sus privilegios; pero la experiencia del período radical no había pasado en vano, y el retorno de los grupos conservadores trajo consigo nuevas actitudes frente a muchos problemas de la vida nacional.

El cuadro de la sociedad argentina en los años inmediatamente anteriores había despertado en algunos sectores cierta invencible repugnancia por las masas populares, a las que el régimen democrático impulsaba hacia los primeros planos de la vida colectiva. La influencia de las doctrinas aristocratizantes y nacionalistas de Barres y Maurras había sido penetrante en ciertos ambientes literarios que se deslizaban poco a poco hacia la política, y desencadenó la formación de grupos que comenzaron a ordenar sus ideas frente a los problemas del país, puestos cada vez más al desnudo por el desorden propio del gobierno de Hipólito Yrigoyen. Un diario,

La Fronda, encarnó el propósito de reagrupar a las fuerzas conservadoras, y sirvió de vehículo, junto con otras publicaciones más selectas, a esta nueva corriente de opinión que encontraba, además, excelente acogida en grupos militares naturalmente inclinados hacia el autoritarismo. Muy pronto se tornó cabeza de esos grupos el general Uriburu, al tiempo que esa corriente comenzaba a acusar la fuerte influencia del corporativismo fascista italiano.

Poco a poco las fuerzas conservadoras, así teñidas de nacionalismo y fascismo, se acostumbraron a la idea de que era posible adueñarse del poder. El desorden reinante y Ja ineficacia de la administración radical ofrecíanles una atmósfera favorable, y algunos fenómenos de la vida económico-social parecían aconsejar la urgencia en las decisiones. Los arrestos antiimperialistas de algunos sectores del radicalismo —representados por el senador Diego Luis Molinari—, que se relacionaban estrechamente con una política nacionalista respecto del petróleo, entrañaban una actitud hostil hacia los Estados Unidos que no satisfacía a otros sectores de la economía vinculados con los capitales norteamericanos; y como aquel movimiento coincidió con la aparición en el mercado de ciertos productos de origen soviético a precios de difícil competencia, la situación pareció amenazadora para determinados intereses. El espectro del comunismo comenzó a preocupar sinceramente a algunos, y resultó una cómoda bandera para otros, que creían o fingían creer que el desorden reinante podía ser favorable caldo de cultivo para el virus soviético. No faltó quien llegara a creer que la democracia conducía inevitablemente al comunismo, y que, en consecuencia, era necesario acabar con ella.

En esta situación, la aglutinación de las fuerzas hostiles al gobierno radical no fue difícil. Junto a los grupos de visible catadura fascista se agruparon las fuerzas conservadoras de corte tradicional, y no faltaron los aventureros de diversa laya que se agregaron al cortejo. La libertad de prensa permitió una campaña muy activa contra el presidente de la República y contra indefendibles actos de su gobierno. En la Capital, sobre todo, se creó una atmósfera popular favorable a las soluciones violentas, porque nadie —o casi nadie— sospechaba las consecuencias que podían traer consigo. Y el 6 de septiembre de 1930 salieron a la calle unas pocas fuerzas militares que, casi sin lucha, llegaron a la Casa de Gobierno y se adueñaron del poder.

El gobierno que encabezó el general Uriburu consideró que lo más urgente era la aplicación de ejemplificadoras medidas contra los culpables de corrupción administrativa. Se dispusieron investigaciones y se aplicaron sanciones. Entretanto se aplicó a normalizar los servicios de la administración, que debían afrontar las dificultades suscitadas por el largo período de desorganización y otras nuevas que comenzaban a hacerse patentes y que no eran ajenas por cierto a la génesis de la crisis. La otra preocupación urgente fue la vigilancia de las fuerzas que procuraban conspirar contra el régimen; el general Agustín P. Justo, considerado como la figura militar de más alto prestigio profesional, fue encargado del Comando en Jefe del Ejército para hacer frente a un posible movimiento inspirado por la Unión Cívica Radical.

Pero a medida que el gobierno se decidió a afrontar los problemas fundamentales se advirtió que pugnaban en su seno dos grupos de distintas tendencias; uno que aspiraba a promover una transformación institucional profunda y otro que deseaba solamente el reemplazo del gobierno radical por otro que representara los intereses conservadores. A esta lucha ideológica y política acompañó una acción unitaria contra la penetración económica de la Unión Soviética y en favor de los capitales ingleses y norteamericanos. La crisis mundial de 1929 había empezado a hacer sentir sus consecuencias en la Argentina y el mercado de los productos agropecuarios se había resentido considerablemente, con el agravante de que resultaban gravísimas para el país las derivaciones de la política monetaria de Gran Bretaña. El gobierno modificó fundamentalmente el sistema impositivo, estableciendo el impuesto a la renta para fortalecer las finanzas públicas, habitualmente sostenidas por las rentas de aduana y por entonces en grave crisis. Y frente a la urgencia, recurrió a un empréstito popular, signo de las dificultades por las que atravesaba el país.

No eran menores las dificultades políticas. Las dos tendencias que dividían al gobierno acentuaron sus divergencias, y finalmente comenzaron a predominar los partidarios de mantener intacto el sistema institucional. Fueron ellos los que poseídos de un infundado optimismo, decidieron al gobierno a llamar a elecciones para el 5 de abril de 1931 en la provincia de Buenos Aires. Inesperadamente, la Unión Cívica Radical obtuvo un franco triunfo, y a partir de entonces se robusteció en el gobierno la convicción de que era inevitable recurrir al fraude si se deseaba mantener la apariencia de la democracia.

Así se preparó la situación institucional que caracterizaría al país durante un largo período. Fracasadas las posibilidades de una transformación corporativista —a la que aspiraban algunos—, el gobierno se dedicó a organizar metódicamente el fraude electoral para las elecciones en las que debía elegirse presidente de la República. El candidato radical —Marcelo T. de Alvear— fue vetado, y su partido decidió abstenerse, de modo que compitieron solamente el candidato de las fuerzas conservadoras y del ejército, general Agustín P. Justo, y el de la Alianza Demócrata-Socialista, Lisandro de la Torre. La organización gubernamental se adjudicó el triunfo, y comenzó con el general Justo una era de ficción democrática durante la cual se emprendió la organización de la economía del país con la intención de ponerla al servicio de los intereses de la vieja oligarquía agropecuaria.

Apoyaban políticamente al gobierno no sólo las clases conservadoras sino también algunos sectores de la clase media, que vieron en el nuevo gobierno una garantía de orden, de estabilidad y hasta de progreso económico; pero sus principales sostenes fueron el ejército, que cobró entonces un papel decisivo en la política, y la Iglesia Católica, que fue haciéndose cada vez más influyente, sobre todo a partir de la celebración del Congreso Eucarístico de Buenos Aires en 1934.

En el orden económico, el nuevo gobierno tuvo que afrontar las consecuencias de la nueva política adoptada por Gran Bretaña después de la Conferencia Imperial de Ottawa en 1932. Ante la amenaza de una retracción general, se consintió en establecer con aquélla acuerdos comerciales que subordinaban la economía del país a los intereses del mercado inglés. Se consideró necesario vigilar de cerca la producción y la estructura financiera del país, y se puso en funcionamiento un audaz plan de intervencionismo estatal por intermedio de los controles cambiarios, el Banco Central de la República y las llamadas Juntas Reguladoras de la producción. Los sectores más avisados de la oposición contemplaban alarmados no tanto el desarrollo de una política económica dirigida, como su orientación tan desembozada en favor de los intereses de las clases conservadoras. Lisandro de la Torre promovió en el Senado un memorable debate sobre el problema de las carnes, que probó que el gobierno obraba como si estuviera sujeto a los intereses de los grandes ganaderos y del mercado británico. Pero la oposición probó también que carecía de fuerza para quebrar una estructura política que, en la práctica, estaba garantizada decididamente por la mayoría del ejército.

Constituían la oposición al gobierno algunos sectores muy definidos. Había en el Congreso demócratas progresistas, que seguían a Lisandro de la Torre, y socialistas. La oposición más numerosa en el país era, sin embargo, el radicalismo, que no tenía representación parlamentaria pero que combatía desde las tribunas públicas y que, en ocasiones, conspiraba con la lejana ilusión de triunfar mediante un golpe de Estado. No eran los únicos que acariciaban esta esperanza. Los sectores fascistizantes del ejército, derrotados en sus pretensiones en la época de Uriburu, trabajaban permanentemente tratando de aunar voluntades para un movimiento “nacionalista” y debilitando los fundamentos verdaderos de la autoridad del gobierno. Poco a poco tendía a establecerse un acuerdo entre ciertos sectores radicales y nacionalistas, que aunque quedó frustrado más de una vez, ganó cuerpo en el grupo político radical que se denominó “Forja” y que adquirió cierta claridad en los planteos políticos, sociales y económicos relacionados con la vida nacional.

El ejemplo más ilustrativo de la situación política durante este período lo ofrecía el gobierno de la provincia de Buenos Aires, presidido por Manuel A. Fresco. De vieja tradición conservadora, el gobernador se hizo cargo de la responsabilidad de sostener el armazón de la democracia fraudulenta, y no faltó entre sus colaboradores el que defendiera la legitimidad del método. Pero en el ejercicio del poder comenzaron a introducirse algunas modificaciones con las que se extremaban las direcciones fundamentales que subyacían en la política nacional, haciéndose más notables sus vicios. Los primeros signos de un Estado prepotente y de una organización fascista aparecieron en la provincia de Buenos Aires durante esa época, provocando la alarma de la mayoría democrática del país, que estaba reducida a silencio por una situación de fuerza.

Para la renovación presidencial, el viejo sistema del fraude volvió a funcionar, y resultó elegido presidente para el período 1938-1944 el candidato gubernamental, Roberto Ortiz. Al hacerse cargo del poder, cundió, sin embargo, una vaga esperanza; poco más tarde pudo comprobarse que el Presidente aspiraba a normalizar la vida política del país y que estaba decidido a afrontar las consecuencias de su decisión, que implicaba romper con la estructura política que lo había llevado al poder. La esperanza se hizo realidad cuando el gobierno nacional resolvió intervenir la provincia de Buenos Aires en 1940. Era. la primera etapa del plan; pero una enfermedad incurable obligó a Ortiz a abandonar el poder en el mismo año, cediendo el lugar a su vicepresidente, Ramón S. Castillo, de neta extracción conservadora y de imprecisa simpatía por el nacionalismo.

El gobierno de Castillo coincidió con los comienzo de la Segunda Guerra Mundial, y frente a ella adoptó una actitud de neutralidad que, sin embargo, no llegaba a ocultar la simpatía que sectores allegados al régimen sentían por la Alemania nazi. Por intermedio de innumerables agentes influía ésta en la vida del país; pero los intereses de los países que tradicionalmente mantenían vinculación económica con la Argentina trataban por todos los medios de defender sus posiciones, y la lucha por el predominio vino a incidir en la lucha entre los sectores democráticos y los sectores reaccionarios que detentaban el poder mediante el falseamiento de la voluntad popular. Entre estos últimos, inclusive, surgió el conflicto, pues en su propio seno se opusieron, sobre todo a partir del momento en que la suerte de Alemania comenzó a declinar, los partidarios de la neutralidad y los partidarios de una aproximación a los Estados Unidos.

Esta lucha se proyectó fuera de los ambientes estrictamente políticos. El viejo movimiento nacionalista que se gestaba en el seno del ejército desde algunos años antes comenzó a inclinarse bajo la influencia alemana, lo que motivó un nuevo reagrupamiento de sus miembros y la salida de algunos de ellos. Y cuando pareció que el gobierno de Castillo no era suficientemente sensible a sus exigencias, lo derrocó mediante un golpe de Estado producido el 4 de junio de 1943.

El gobierno que surgió entonces —encabezado por el general Pedro Pablo Ramírez— intentó extremar la política favorable a Alemania, aunque dentro de una neutralidad formal. Sin embargo, a medida que el curso de la guerra se fue mostrando cada vez más favorable a los Aliados, se vio obligado a modificar su línea internacional. Siguió, en la política interior, su inspiración conservadora, introdujo en las escuelas la enseñanza religiosa, intervino las universidades para alterar su régimen, persiguió a la opinión independiente; pero, en cambio, no tuvo más remedio que romper relaciones con los países del Eje en enero de 1944, y llegar finalmente hasta la declaración de guerra.

Nada podía impedir, con todo, la creciente impopularidad del gobierno. Para remediarla, cierto sector, encabezado por el coronel Juan D. Perón, decidió buscar nuevas bases de sustentación para el gobierno mediante una política de halago a las masas populares. Era algo inusitado en la política argentina. El desarrollo industrial había sido considerable en los últimos años y había comenzado a formarse en los alrededores de Buenos Aires un cinturón fabril de alguna importancia. El éxodo rural había agrupado allí fuertes contingentes de población originaria de las provincias, que padecía las consecuencias de la política sórdida y mezquina de las clases patronales, a lo que se agregaba el escepticismo político suscitado por el largo período de fraude electoral. La inesperada reacción del gobierno en favor de mejores salarios y mejores condiciones de trabajo, sedujo a sectores cada vez más numerosos de la población obrera, que vio en el nuevo secretario de Trabajo y Previsión —que era el propio ministro de Guerra, coronel Perón— una esperanza insospechada. La revolución impopular se transformó con rapidez vertiginosa en un movimiento de fuerte apoyo popular, y el 17 de octubre de 1945 se manifestó sorpresivamente como una nueva fuerza política que desconcertó a los partidos tradicionales. El gobierno cedió entonces a las demandas de normalidad, y convocó a elecciones para el 24 de febrero de 1946, en las cuales triunfó Perón frente a la llamada Unión Democrática, que aglutinaba a todos los partidos tradicionales, desde el conservador hasta el comunista.

Entonces comenzó una dictadura de masas que cambió radicalmente la fisonomía del país. Vastos sectores populares que apoyaban al nuevo presidente militar asomaban en la ciudad, en ciertas ocasiones, para reafirmar su solidaridad con el “conductor” y proclamaban su agradecimiento por los aumentos de salarios y las otras ventajas de carácter social que el nuevo régimen otorgaba. Las ciudades tomaron un aire tumultuoso, y los sectores populares y obreros, antes deprimidos en su gran mayoría frente a la clase patronal y a los sectores conservadores, adquirieron un inusitado aplomo que éstos consideraban rayano en la insolencia. Ese inequívoco apoyo de las masas populares permitió a los grupos que gobernaban en su nombre instaurar un severo control sobre los grupos disidentes: la libertad de opinión fue progresivamente suprimida, la prensa controlada, los actos públicos impedidos, las universidades desnaturalizadas y la acción política, social y gremial permitida sólo con innumerables trabas.

Esta acción, acompañada por una fuerte intervención del Estado en todas las actividades, caracterizó el período de los diez años que transcurrieron desde que el general Perón subió al poder hasta que fue depuesto por la revolución de septiembre de 1955.

2

A lo largo de tantas vicisitudes en el terreno práctico de la lucha por el poder, se iban perfilando vigorosas y definidas corrientes políticas animadas por un pensamiento diferenciado y claro: todo el período fue de tensión intensa entre posiciones antagónicas, en lucha sorda con una estructura de poder que se hacía cada vez más vigorosa.

Frente al sector que había canalizado hacia sus intereses la revolución de septiembre de 1930, se situó el sector revolucionario que había perdido la partida: era el nacionalismo, que enfrentaba a la organización política pretendidamente democrática, entre civil y militar, que detentaba el poder.

El nacionalismo reconocía varias raíces ideológicas: el viejo autoritarismo alemán, infiltrado en el ejército a través de la formación prusiana que primaba entre los oficiales, la tradición nacionalista de Maurice Barres, Charles Maurras, León Daudet y Charles Benoist, el fascismo corporativista de Benito Mussolini, la tradición aristocratizante española. Todo esto conformaba un haz de ideas que, si al principio pudo parecer heterogéneo, adquirió unidad a lo largo del tiempo.

Acaso el rasgo más saliente del movimiento —o por lo menos el primero— fue la alarma ante la extremada movilidad social que comenzó a advertirse tras el primer gobierno radical. Pareció a algunos que se producía no sólo una alteración en las relaciones entre los grupos sino también una subversión de valores. A eso aludía Carlos Ibarguren, el más alto teórico del movimiento, cuando decía que se necesitaban gobiernos de fuerza “que mantuvieran el orden social, las jerarquías y la disciplina para evitar la amenaza del comunismo soviético”. El sacudimiento del orden social tradicional, la quiebra de la vieja disciplina, la indiferencia frente a las jerarquías antes consideradas vigentes, eran hechos innegables; pero en lugar de imaginar salidas dinámicas capaces de canalizar las inquietudes en un sentido positivo, la tradición autoritaria y conservadora que constituía el fondo del nacionalismo sólo pudo inspirar una política destinada a inmovilizar el proceso de cambio que se acentuaba en el país.

Por lo demás, las soluciones que se entrevieron no correspondían a la naturaleza misma del cambio, y consistían exclusivamente en reformas institucionales, como el establecimiento del régimen corporativo en los cuerpos representativos cuya única finalidad era acallar las voces de los sectores sociales que se agitaban más intensamente. De esta reforma se hizo adalid el jefe revolucionario: “Cuando los representantes del pueblo dejen de ser meramente los representantes de los comités políticos —decía Uriburu en un manifiesto— y ocupen las bancas del Congreso obreros, ganaderos, agricultores, industriales, etc., la democracia habrá llegado a ser entre nosotros algo más que una bella palabra.” La teoría del corporativismo argentino la desarrolló Carlos Ibarguren en un discurso pronunciado en Córdoba el 15 de octubre de 1930, en el que sostuvo la tesis de la compatibilidad entre el sistema de la representación de la opinión pública y la de los gremios. “En el Parlamento —decía— puede estar representada la opinión pública y acordarse también representación a los gremios y corporaciones que están sólidamente estructurados. La sociedad ha evolucionado profundamente del individualismo democrático en que se inspira el sufragio universal, a la estructuración colectiva que responde a intereses generales más complejos y organizados en forma coherente dentro de los cuadros sociales.” Era una doctrina conciliatoria que no sólo trataba de evitar las suspicacias que suscitaba en la opinión pública la tesis corporativista estricta sino también resolver, dentro de los criterios conservadores, el problema de la justa representación. Un ilustre poeta, Leopoldo Lugones, abordaba el mismo problema en su libro El Estado equitativo que publicó en 1932.

Sin duda predominaban en el nacionalismo argentino algunas ideas fundamentales y arraigadas en ciertos sectores; de todas acaso la más importante fuera la de que el Estado constituía el único mecanismo capaz de obrar rápidamente frente a la acentuación de los fenómenos de hibridación espiritual derivados de la afluencia de inmigrantes de distintos orígenes. Pareció necesario conservar la tradición hispanocriolla, amenazada por tantas influencias extrañas, y dejando a un lado los alardes más o menos retóricos, se creyó que la única vía era impedir el acceso al poder de las nuevas fuerzas populares cuya primera presencia se había advertido durante la época radical. Así nació el nacionalismo como corriente de opinión política. Otros temas le preocuparon, sin duda. Entre las influencias extrañas —o “foráneas”, como comenzó a decirse— la del comunismo parecía naturalmente la más peligrosa. Se organizó un fuerte movimiento contra los comunistas, pero sus derivaciones alcanzaron primero a todas las formas de pensamiento libre y luego a buena parte de los opositores. La exageración llevó el descrédito al movimiento, que se concretó en un proyecto de represión presentado en el Senado. Hablando del peligro que representaba el comunismo y del uso que se hacía de él, decía en el Parlamento Lisandro de la Torre: “El peligro comunista es el ropaje con que se visten los que saben que no pueden contar con las fuerzas populares para conservar el gobierno y se agarran del anticomunismo como de una tabla de salvación. Bajo esa bandera se pueden cometer toda clase de excesos y quedarse con el gobierno sin votos”. Pero el propósito de limitar la libertad de pensamiento no cejó, en la medida en que los grupos nacionalistas lograron influir en los gobiernos conservadores.

Otro tema grato al nacionalismo fue el de la influencia del capitalismo británico. Enfrentándose con la actitud que ciertos círculos próximos al gobierno mostraban en relación con los intereses ingleses, Rodolfo y Julio Irazusta plantearon el problema de la subordinación económica del país en su libro La Argentina y el imperialismo británico. La singular situación de dependencia que creaban a nuestra producción agropecuaria las relaciones con el mercado inglés se presentaba como una disminución de la soberanía, en la que se veía el resultado de un designio sistemático de Inglaterra para hacer servir la economía argentina a la suya. Era lo que en términos explícitos y categóricos sostendría algunos años más tarde Raúl Scalabrini Ortiz en su Historia de los ferrocarriles argentinos: “Los ferrocarriles argentinos —escribía— obedecen a la estrategia comercial inglesa y no a los reclamos de la economía política argentina. Inglaterra quiere que seamos pastores y labriegos, exclusivamente, y durante setenta años hemos producido lanas, cueros, carne, trigo, maíz y lino, y hemos sido incapaces de elaborar hasta los más indispensables artículos de consumo local cuya manufactura sólo requiere desarrollo de artesanía y empleo de la abundante y hábil mano de obra nacional”.

Un resumen orgánico de todos los principios del nacionalismo apareció en el “Estatuto del Estado nacionalista”, que redactó luego Carlos Ibarguren, y cuyos principales puntos eran:

”1) Los intereses de la Nación constituyen el supremo orden público argentino que el Estado debe garantizar, difundir y desenvolver. Nadie puede invocar derechos contra el orden público argentino.

”2) Deberá darse al Estado una estructura según la cual en vez de ser expresión de los partidos políticos y de sus comités, como lo es actualmente, sea la representación de la sociedad en todos sus elementos integrantes organizados; todo lo cual deberá estar consagrado por la voluntad de la Nación expresada en comicios, previo empadronamiento o registro de los grupos sociales conforme a la función que desempeñan en la vida argentina y en el orden económico, espiritual, profesional y del trabajo.

”3) El Estado reconoce y garantiza todas las libertades y derechos del hombre como persona humana y del ciudadano como elemento político de la Nación, de acuerdo al orden establecido en este estatuto.

”4) La economía nacional, constituida por la totalidad de la producción y del comercio, ha de tener por fin primordial el bienestar de la colectividad y la potencialidad de la Nación.

”5) El Estado así integrado por todas las fuerzas sociales organizadas, será auténtica expresión de ellas y deberá coordinar y racionalizar la producción del país, su distribución y su economía.

”6) El Estado debe amparar y asegurar el trabajo, su retribución equitativa, y constituir sólidamente la previsión y la asistencia social, de modo que todos los trabajadores puedan tener una existencia digna conforme a su nivel de vida que será verificado periódicamente en las diversas regiones del país. Por intermedio de los respectivos grupos sociales organizados —gremios, sindicatos, corporaciones, profesiones— el Estado coordinará y reglamentará los intereses patronales y del trabajo, en paridad de condiciones, homologará los contratos colectivos que se acuerden, dirimirá las cuestiones que se susciten, a cuyo efecto instituirá la magistratura del trabajo, evitando así los conflictos y la llamada ‘lucha de clases’.”

Esta concepción del Estado entrañaba una aguda crítica del Estado liberal, concorde con la que las fuerzas de la derecha hacían en Europa por entonces y con la que jusificaban los ensayos autoritarios en diversos países.

Alfredo L. Palacios salió al encuentro de los sostenedores del corporativismo en un discurso que pronunció en Córdoba el 6 de diciembre de 1930, en el que analizó sus fundamentos teóricos y lo rechazó finalmente, aun cuando aceptaba una modificación de la Constitución —una vez restablecida la normalidad— con el objeto de ampliar la democracia. “Nosotros —decía— apenas empezábamos a vivir la democracia. Se nos entregó un instrumento que organiza los comicios y les da garantías y es eso lo indispensable para el comienzo. Si se nos quita pasarán siglos sin que tengamos una democracia. Pero ese instrumento no basta. Es necesario que el sentimiento de libertad, en cada ciudadano, se convierta en una actitud reflexiva, pues de otra manera ignoraría siempre lo que espiritualmente significa el sufragio. Y para que el ciudadano aprenda a votar es menester una intensa labor de cultura que realizará, no el gobierno provisorio, sino los partidos que no tengan por objeto exclusivo el logro de los puestos públicos: que se sientan impulsados por una fe, que realicen una acción idealista. Así los partidos serían la energía motriz que determine la acción de los órganos de gobierno.

“Después, dentro de la normalidad, vendrán las reformas a la Constitución, que no es, por cierto, intangible. Pero, entiéndase bien, dentro de la normalidad, para que no aparezcan las imitaciones fascistas. La representación profesional, no para suprimir el Parlamento político sino para completarlo ha sido estudiada por publicistas de autoridad.

“De ahí el sindicalismo de Duguit que es un movimiento social tendiente a dar estructura jurídica a los diferentes núcleos profesionales, es decir, a los diversos grupos sociales compuestos por individuos unidos ya, unos a otros, por la comunidad de tarea en la división del trabajo social. Así el movimiento sindical sería la integración y diferenciación de los intereses profesionales, formando grupos homogéneos en razón de la homogeneidad de los fines. Es la ampliación del pensamiento de Marx, a quien Duguit llama soberbio idealista que puso el porvenir proletario en la organización colectiva de los asalariados, pues vio claro en la trama de la historia y convirtió en programa la sustancia misma de la realidad social que imponía al mundo la acción reconstructiva de los grupos sociales sobre bases económicas.

“Recientemente Georg Bernhard ha abogado por los Consejos Económicos, y, antes, la Constitución alemana afirmó el carácter democrático del Estado mediante un amplio sufragio y ensayó la incorporación al régimen jurídico, de los elementos sociales organizados: sindicatos, asociaciones, etcétera.

’’Pero todo esto es para ampliar la democracia, no para suprimirla.

”En cambio, el gobierno provisorio, con sus reformas, auspiciadas por los teóricos de la revolución, se inspira en el fascismo y en parte en la Constitución de 1819, donde se disponía que el Senado estaría formado por los senadores de provincias, cuyo número sería igual al de éstas; tres senadores militares, un obispo y tres eclesiásticos, un senador por cada Universidad y el director del Estado, concluido el tiempo de su gobierno. No olvidemos que el presidente del Congreso explicaba tal desgraciada reforma con estas palabras: ‘Llamando al Senado a los ciudadanos distinguidos ya por pertenecer a la clase militar y a la eclesiástica, ya por sus riquezas y talentos, aprovecha lo útil de la aristocracia’.

“Soy partidario de la democracia y acepto la representación funcional que ya está consagrada en algunas constituciones, pero bien entendido que ella no se refiere a la representación legislativa que tiene su firme sostén en el sufragio universal. La democracia debe completarse y así lo he sostenido en mi Nuevo Derecho, auspiciando la creación de Consejos de Técnicos que preparen los proyectos de carácter económico, para que, después, los representantes del pueblo coordinen las funciones y con un concepto amplio y una visión clara de conjunto, gobiernen como estadistas.”

La defensa del Estado liberal y de sus principios tradicionales fue lo que aglutinó a los grupos políticos que resultaron beneficiarios de la revolución, a pesar de que, en el ejercicio del poder, desmintieron sus principios, ensayando una política económica intervencionista. En principio, trataron, simplemente, de impedir que se impusiera por la fuerza un régimen político corporativo que se sabía que había de ser impopular. Pero era necesario fundamentar esa posición, puesto que la crítica del Estado liberal contaba a su favor con una sólida argumentación muy en boga, ocasionalmente corroborada en el país por la crisis del régimen radical. Y los representantes de los partidos tradicionales de centro-derecha ofrecieron esa fundamentación reiterando la defensa de la democracia formal y apoyándola en un argumento circunstancial que señalaba Federico Pinedo: “Aunque el sistema vigente no tuviera otros méritos para ser mantenido, sería decisivo en su favor el hecho de que no hay cómo reemplazarlo, porque el país nunca aceptaría que un grupo de personas resuelva declararse superior a sus semejantes y pretenda imponer su predominio amenguando el poder político de los demás por calificaciones o cercenamiento del derecho de sufragio.”

Con ese planteo se llegaba a la médula del problema. Se reconocía que la opinión predominante en el país apoyaba el orden democrático y liberal vigente; se admitía que sólo el principio de la soberanía podía sustentar suficientemente el orden político; pero se reconocía también la presencia de grupos de presión que imposibilitaban el rápido retorno a ese orden, y la existencia de circunstancias que daban a esos grupos cierta fuerza. Ahora bien, esas circunstancias eran, precisamente, las que abrían el camino hacia el poder a los grupos que, próximos al gobierno revolucionario, sostenían la tesis del orden democrático y liberal.

Tal contradicción terminó en una doctrina de compromiso, que era, al fin, menos original de lo que parecía, porque entroncaba con la vieja tesis de lo que he llamado el “despotismo ilustrado” propio de la oligarquía de las últimas décadas del siglo xix. Consistía en sostener teóricamente el principio de la soberanía popular y la vigencia formal del sistema democrático, admitiendo, sin embargo, como un sobrentendido, la incapacidad de las masas para ejercitar de inmediato la plenitud de sus derechos y la necesidad de que las “minorías selectas” mantuvieran la dirección del Estado. De hecho había, pues —como decía Pinedo— un grupo de personas que decidía declararse superior a sus semejantes, pero que no se atrevía a manifestarlo abiertamente. Empero, no faltó quien asumió, imprudentemente, la responsabilidad de hacerlo, y se atrevió a hablar de “fraude patriótico”; refiriéndose a los métodos apropiados para llevar a la práctica la doctrina de compromiso; pero la doctrina, puesto que era contradictoria y vergonzante, exigía la continuación de la ficción, y como tal fue mantenida por sus defensores.

La doctrina de compromiso, esto es, la doctrina de la democracia fraudulenta, fue combatida enérgicamente por vastos sectores que defendían la pureza de los principios; pero no hubo nuevos planteos doctrinarios en el seno de los partidos que denunciaron a diario las violaciones del orden democrático. Sólo se registró en el seno de la Unión Cívica Radical en 1935, la formación del grupo llamado “Forja” que pretendía continuar la línea política de Hipólito Yrigoyen, pero acusaba, dentro de un esquema político inequívocamente democrático, las influencias del nacionalismo económico. Era un movimiento que aspiraba a renovar la vida interna del partido, a tonificar su posición intransigente, a proveerlo de un programa y de un sistema de soluciones para los grandes problemas.

Todo ello trascendía de la Declaración que aglutinó a sus miembros: “Somos una Argentina colonial; queremos ser una Argentina libre”, rezaba al comenzar la Declaración. Y decía su texto:

“La Asamblea Constituyente de la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina, considerando:

”1° Que el proceso histórico argentino en particular y el sudamericano en general, revelan la existencia de una lucha permanente del pueblo en procura de la soberanía popular, para la realización de los fines emancipadores de la República Argentina, contra las oligarquías como agentes virreinales de los imperialismos políticos, económicos y culturales, que se oponen al total cumplimiento del destino de América.

”2° Que la Unión Cívica Radical ha sido, desde su origen, el instrumento continuador de esa lucha por el imperio de la soberanía popular y la realización de sus fines emancipadores.

”3° Que el actual recrudecimiento de los obstáculos puestos al ejercicio de la voluntad popular, corresponde a una mayor agravación de la realidad colonial, económica y cultural del país,

’’Declara:

”1° Que la tarea de la nueva emancipación sólo puede realizarse por la acción de los pueblos.

”2° Que corresponde a la Unión Cívica Radical ser el instrumento de la tarea, consumando hasta su totalidad la obra truncada por la desaparición de Hipólito Yrigoyen.

”3° Que para ello es necesario en el orden interno del Partido dotarlo de un estatuto que, estableciendo el voto directo del afiliado cotizante, asegure la soberanía del pueblo radical, y en el orden externo, precisar las causas y los causantes del enfeudamiento argentino al privilegio del monopolio extranjero, proponer las soluciones reivindicadoras y adoptar una táctica y método de lucha adecuados a la naturaleza de los obstáculos que se oponen a la realización de los destinos nacionales.

”4° Que es imprescindible luchar dentro del Partido, para que éste recobre la linea de intransigencia y principismo que lo caracterizó desde sus orígenes, única forma de cumplir incorruptiblemente los ideales que le dieron vida y determinan su perduración histórica al servicio de la Nación Argentina.”

De ese modo se comenzaba a producir la primera aproximación entre ideas que circulaban por distintos cauces, definiéndose una vigorosa corriente que aspiraba a la emancipación económica, pero que se escindía entre quienes creían que era posible alcanzarla dentro del orden democrático y los que creían que requería el comando de las minorías selectas. Muy pronto aparecerían los que admitirían que su única posibilidad era el gobierno de un “conductor” providencial. Pero entre las brumas de una atmósfera que no parecía ofrecer ninguna salida, se sumó a las influencias tradicionales la del comunismo trotskista, animado por una tesis de la revolución nacional, que hizo viva impresión en algunos sectores juveniles. En el radicalismo/ sobre todo, apareció, junto a “Forja”, otra dirección más resueltamente revolucionaria que coincidiría, finalmente, con los que fundaron el grupo llamado “Intransigente”, adherido aunque más tibiamente a esas ideas.

El movimiento radical, con todas sus variantes, destinado a adecuarse a un inocultable movimiento de masas que se producía en el país, se vio, sin embargo, arrollado por otro movimiento más amorfo pero más simple en sus postulados, y cuyo atractivo político fincaba, precisamente, en la eficaz presencia de un “conductor”.

Precisamente, la actitud fundamental del coronel Perón, que llegó al poder como presidente en 1946, consistía en respaldar su papel de magistrado constitucional con el poder de caudillo innato que le conferían sus intransferibles aptitudes personales y la irracional confianza que depositaba en él la masa. “El conductor nace, no se hace”, gustaba decir; lo consideraba como un artista, cuya misión es “crear, crear siempre, estar siempre dispuesto a crear”; y creía que su influencia era tan grande que la masa no podía sino reflejar su personalidad: “Como él sea, será la masa”, decía.

En el mensaje con que acompañaba el proyecto para el “Segundo Plan Quinquenal” desarrollaba la teoría de la conducción. “La conducción como tal —decía— importa toda una filosofía de la acción. Yo entiendo que el gobierno es una parte del arte de la conducción, como la pintura sería una parte de las artes plásticas. En ese sentido, el arte de la conducción no hace distingos. Hay personas que unilateralizan este arte y se dedican a conducir una cosa u otra. Es el mismo caso de un pintor que se dedicara solamente a pintar perros o a pintar caballos y no supiera pintar otra cosa. Para ser pintor hay que pintar todo, y el que es pintor pinta lo mismo una casa que un perro o un edificio. En el arte de la conducción se sabe o no se sabe conducir, como en el arte de la pintura se sabe o no se sabe pintar.

”En el caso del gran Alejandro, de Federico el Grande o de Napoleón, algunos se extrañan de que habiendo sido guerreros fueran también grandes gobernantes. Eso es lo común; ellos sabían pintar y pintaban cualquier cosa.

”Así es el arte: universal e indivisible. En el arte se sabe o no se sabe, pero no se saben determinadas cosas y se ignoran otras. La conducción y, por lo tanto, el gobierno, que es una de sus partes, es un arte difícil y todo de ejecución. Es cuestión de perfeccionarse en él, conocer su doctrina, su teoría y su técnica. Lo demás es acción, puramente acción.

”Toda acción humana puede ser objeto de la conducción: la acción económica, la social, la política, la empresa científica, se conducen todas. Ahora, señores, el secreto está en conducirlas bien, orgánica y racionalmente, y por sobre todas las cosas, saberlas conducir.

”La conducción de un país no difiere fundamentalmente, en sus principios generales, de las demás actividades del hombre que pueden y deben ser conducidas. Toda tarea de conducción exige, para ser realizada, que, mediante la unidad de concepción, se logre un germen: la unidad de acción. Cuando se conducen acciones de cualquier naturaleza sin unidad de concepción, no hay unidad de acción; cuando se conduce un país, también la unidad de acción ha de lograrse mediante la unidad de concepción, que ha de traducirse en unidad de acción, pero no de una manera coercitiva sino persuasiva, de auspicio o de fomento de la acción del propio Pueblo.”

La masa, por cierto, era para él solamente un conjunto informe y sin designios propios. De ahí la significación del conductor. “Cuando la masa no tiene sentido de la conducción y uno la deja de la mano, no es capaz de seguir sola y produce los grandes cataclismos políticos.” El camino para que la masa se transforme en “pueblo” debía ser el de la “organización”, que él concebía dentro de esquemas de acentuado carácter militar. La “masa” debía situarse en la órbita del “conductor”, y funcionar dentro de sus planes mediante los “cuadros”, o sea los intermediarios a través de los cuales debían trasmitirse las inspiraciones del “conductor”. Así cobraba forma la “masa” y se transformaba en “pueblo”.

Esta doctrina —huelga repetirlo— denunciaba las influencias de las concepciones de Estado Mayor sobre las ideas políticas. Perón intentó llevarlas a la práctica promoviendo —no sin coacciones, por cierto— la formación de diversas “organizaciones del pueblo”, esto es, agrupaciones de entidades y personas que representaban los intereses del trabajo, las profesiones, las empresas, etcétera, en un vago intento de preparar el camino para una remota transformación del régimen democrático sustituyéndolo por un régimen corporativo como el que soñaban los hombres de la revolución de 1930. En el orden nacional, las resistencias fueron, aunque indirectas, vigorosas. Pero una vez, al redactarse la Constitución de la provincia del Chaco, influjo a sus partidarios a ensayar, junto a la representación ciudadana, la representación gremial o corporativa.

Así se constituía, poco a poco, lo que se venía llamando desde hacía algunos años, “el nuevo orden”. Era en el fondo una política reaccionaria y autoritaria enmascarada gracias al apoyo de ciertos sectores populares; pero apenas podía disimularse su esencia profunda. Perón había declarado en 1944: “La República Argentina es producto de la colonización y conquista hispánica, que trajo hermanadas a nuestra tierra, en una sola voluntad, la cruz y la espada. Y en los momentos actuales parece que vuelve a formarse esa extraordinaria conjunción de fuerzas espirituales y de poder que representan los dos más grandes atributos de la humanidad: el Evangelio y la Espada. Tal era, en el fondo, su pensamiento político, y sólo para disimular su contenido profundo fueron inventadas nuevas fórmulas verbales.

Sin embargo, no quiere esto decir que las masas que seguían fervorosamente al “conductor” participaran de su pensamiento profundo. Participaban de las ideas que creían descubrir en su retórica intencionadamente confusa, elaborada sabiamente para estimular las legítimas aspiraciones y para despertar la militante adhesión de unas masas que se habían sentido postergadas y sometidas durante largos años, y que carecían de experiencia política como para apreciar la sutil maniobra mediante la cual se procuraba instrumentalizarlas para servir ocultos designios.

La Constitución de 1949 —llamada “Constitución Justicialista”— mantenía la forma republicana, representativa y federal de gobierno; pero establecía en su artículo 78 que el presidente podía ser reelegido indefinidamente. Mediante una ley del Congreso, se estableció que los principios que presidían la política del gobierno constituían la “doctrina nacional”, es decir, un cuerpo de ideas con el que, finalmente, no se podía disentir sin contrariar el mandato legislativo. Era la consagración formal del principio muchas veces declarado y esencialmente negativo de la democracia, de que quien no apoyaba al “conductor” traicionaba a la patria. Así, el resultado fue un régimen personalista, autoritario y encubiertamente fascista que negó las más elementales libertades, desconoció a las minorías, y que, por hallarse sustentado en una vigorosa corriente de opinión popular, se presentó como una dictadura de masas. Pero los objetivos fundamentales de quienes las conducían provenían de actitudes políticas y económicas muy distintas y ajenas a los auténticos intereses de las clases populares.

3

Las tendencias políticas encontradas que entraron en abierto conflicto durante el segundo cuarto de siglo, escondían ciertos supuestos profundos relacionados con la fisonomía social del país. Como en otras partes del mundo, la tendencia al nacionalismo se acentuaba, acompañada de ciertos extremismos que forzaban una interpretación de la vida, del hombre y de las situaciones argentinas como absolutamente peculiares e irreductibles. La contracción económica que comenzó a producirse a partir de 1928 obligó a muchos países a volverse hacia sí mismos, y algunos grupos argentinos creyeron que ésa era la política que convenía a la nación. Fruto de ella fue la decisión de interrumpir el flujo inmigratorio, con lo cual se pretendió, por una parte, prevenir la desocupación, y, por otra, inmovilizar el proceso social de cambio que, en los últimos decenios, se advertía cada vez más claramente, con su secuela de ideas e ideologías, en inocultable relación con las conmociones que se habían producido en el mundo no mucho antes. Ya señalaremos más adelante cómo correspondió a esta política la exaltación de cierta imagen del carácter argentino, o más exactamente, del carácter criollo, en el que se vio el carácter nacional por excelencia, como si la ingente masa inmigratoria que se había incorporado al país no perteneciese ya definitivamente a la Argentina. Los grupos nacionalistas, en un principio, le negaron valor, pero muy pronto otras corrientes sociales quisieron salir a su encuentro y capitalizar en su provecho los crecientes anhelos de esa masa que los nacionalistas pretendían ignorar, que se había concentrado preferentemente en la zona litoral del país y que buscaba su salida económica por entre los vericuetos de una economía en pleno proceso de contracción. Ignorada o postergada, esa masa se insinuaba como una fuerza decisiva en la vida de la colectividad nacional.

Los grupos que originariamente desarrollaron las tesis nacionalistas se caracterizaron por su decidida posición aristocratizante y, al mismo tiempo, por el deliberado ocultamiento de la creciente diferenciación de clases que se producía en el ambiente social argentino. Las exigencias del país como totalidad parecían tan graves e importaban tanto a la clase poseedora que sus miembros fingían creer que era absolutamente lícito exigir el sacrificio de todos para resolver la llamada crisis nacional sin ofrecer al mismo tiempo nada que constituyera una esperanza para los distintos niveles de la clase trabajadora. La creciente influencia que el nacionalismo alcanzó en el seno del gobierno conservador —al menos como grupo de presión— contribuyó a que triunfara esa orientación económica y social; pero a pesar de ello las fuerzas políticas populares pudieron mantener vivo el fuego de las reivindicaciones de la clase obrera luchando en el Parlamento por la sanción de leyes protectoras del trabajo. El Congreso votó en 1932 la ley que prolongaba el descanso hebdomadario incluyendo la tarde del sábado; al año siguiente otra por la que se obligaba a los patronos a permitir que sus empleados y obreros tuvieran una silla para sentarse cada vez que las exigencias del trabajo lo permitieran; y poco después la que obligaba a indemnizar al obrero despedido. Eran pequeñas grandes conquistas, promovidas en buena parte por la acción tesonera de Alfredo L. Palacios y de Mario. Bravo, que representaban al Partido Socialista en el Senado. Fruto de la misma inquietud fueron la ley de protección a la madre y al niño sancionada en 1935, y el vasto movimiento que impulsó Palacios en favor de las provincias del noroeste, las menos favorecidas del país, para las que pidió un esfuerzo sistemático de la nación toda a fin de remediar sus necesidades inmediatas y estimular en lo futuro sus riquezas y sus fuentes de trabajo. Un libro, El dolor argentino aparecido en 1938, fue, además de la acción parlamentaria, el instrumento que usó Palacios para difundir lo que había visto en sus viajes y las soluciones que propiciaba para los problemas regionales. “Un criterio equivocado e inhumano —escribía—, y una política extraviada de los verdaderos intereses nacionales han conducido al país a una inflación ostentosa, en las grandes urbes, a costa del olvido de las condiciones de existencia de las provincias del interior, a la vez que a un refinamiento y selección de los ganados, junto a un empobrecimiento progresivo de la raza que ha poblado nuestro suelo y que con su abnegación y sacrificio ha cimentado y nutrido la grandeza de la Nación.

”Esto no es una simple apreciación, ni una hipótesis aventurada: es un hecho consumado, difícil de corregir.

”Frente a él, se levanta una perspectiva pavorosa: la del porvenir de innumerables pequeñuelos argentinos, tarados por las enfermedades que engendra la miseria y condenados a una existencia tan estéril como deleznable y dolorosa.

”Hoy estamos a tiempo, todavía, si enfrentamos el problema con la urgencia angustiosa que requiere, de rectificar la orientación suicida en que se encuentran comprometidos la vida y el porvenir de nuestro pueblo.

”Es preciso, para ello, que arranquemos a la servidumbre del hambre y de la ignorancia a las futuras generaciones de esos humildes argentinos que mañana pueden ser los defensores del sagrado patrimonio de nuestras libertades.

”Es innegable ya, para todos, que la fuerza y la riqueza de un país se basa, más que en las fuentes naturales y en la extensión de sus tierras, en la cantidad y la calidad de su elemento humano.

”Nada vale la naturaleza si no existe quien la explote y la transforme, y nada vale la máquina siquiera, sin el hombre que ha de dirigirla.

”No podremos ser jamás un pueblo grande, responsable y progresista si carecemos de ciudadanos íntegros, física y moralmente, que sean capaces de explotar nuestras ingentes riquezas y de administrar y defender el patrimonio de nuestra cultura hereditaria.

”El lema proclamado por Alberdi y que ha inspirado hasta hoy nuestra política inmigratoria: ‘Gobernar es poblar’, hemos de corregirlo así: ‘Gobernar es fortalecer, instruir y educar al ciudadano’.

”Estamos en una época en que la brusca invasión de la mecánica en las producciones industriales y en las relaciones económicas va colocando a los pueblos en presencia de esta disyuntiva: educar a los hombres para que sean capaces de dirigir y manejar a la máquina, o conducirlos a la desocupación y el hambre para eliminarlos indirectamente.

”Para esta última solución, que es absurda, aparte de que entraña la amenaza de hondas perturbaciones sociales, nosotros no tenemos ni siquiera la excusa del excedente de población.

”Como ya he dicho otras veces, en esta noble tierra nuestra, el gran desocupado es el suelo.

”Entre nosotros la máquina, si la sabemos utilizar en beneficio común, cumplirá eficazmente su misión de elevar al obrero, dándole la dignidad de administrador inteligente de las fuerzas naturales, y con ellos podremos realizar la maravilla de fertilizar nuestros desiertos.

”Lograremos, de este modo, redimir a la tierra de su esterilidad, y de su dolor y su miseria, al hombre.

”Para conseguirlo, sólo es necesario que procedamos con un concepto de economistas, sabiendo que el elemento humano es el fundamento de nuestra riqueza.

”Disponemos de todos los recursos que se requieren para formar un pueblo eminente, poderoso, libre y próspero, que sea un ejemplo en el mundo.

”Bastará para alcanzar el propósito superior de formar ese pueblo, que a su servicio pongamos el aliento generoso y el impulso constructivo y fraternal que reclama toda gran empresa.”

La acción de los sectores populares en el Congreso ni podía ser de largo alcance —dada la minoría a que los reducían las maniobras del fraude electoral— ni se desenvolvía fácilmente, obstruida de diversas maneras por los grupos conservadores que predominaban.

La intensa acción de Alfredo L. Palacios en la tribuna y en el Parlamento no distrajo su atención de los problemas doctrinarios. Incorporado al Partido Socialista desde los primeros años del siglo, elaboró poco a poco una teoría del desarrollo del socialismo en la Argentina que adquirió bastante nitidez después de 1930. Como Korn señalaba en Alberdi un precursor del positivismo, Palacios descubría en la tradición política argentina una tendencia hacia el socialismo, que le permitía empalmar su propia acción y la de su partido con la de Esteban Echeverría, sobre quien escribiría más tarde un estudio exhaustivo. El socialismo no era para él ajeno a la línea de evolución democrática del país. “Los jóvenes que combaten la orientación de nuestro partido —decía Palacios en 1934— se desentienden de todos los problemás argentinos, y esperan con ingenuidad sorprendente la hora revolucionaria de la catástrofe ineluctable, predicha por Marx, en que frente a un pequeño grupo de capitalistas se encuentre la multitud paupérrima. Yo niego el economismo exclusivo y no acepto esa representación del movimiento emancipador proletario en la forma de una trasposición hegeliana del cristianismo, por la cual sería necesario sufrir en la miseria para, después, engrandecerse, enalteciendo a la humanidad. La redención del proletariado ha de producirse, no por el renunciamiento sino por la elevación y ennoblecimiento de las condiciones de vida, por la intensificación del espíritu revolucionario que no nace de la miseria y la abyección, donde despierta el instinto, sino de la satisfacción de necesidades materiales y espirituales que determinan la reflexión serena y la fuerza.

“El socialismo aspira al noble y armónico desarrollo del individuo y su fin es la libertad, lo que significa proclamar el principio ético de Kant de que cada hombre debe ser considerado como un ‘fin en sí mismo’, carácter absoluto que no corresponde a las cosas materiales. El hombre tiene su personalidad individual, pero es claro que tiene también una colectiva.

“El socialismo aspira a realizar la síntesis entre la libertad del individuo y la actividad social.

“Pero los jóvenes han hablado aquí de la lucha de clases con una rigidez que desconcierta y un desconocimiento imperdonable de la realidad argentina. Y han invocado otra vez a Marx.” Y agregaba después: “En nuestra Argentina, hemos de trabajar en el sentido de la transformación social, orientados por la justicia, convencidos de que el sentimiento y la idea de patria espiritualizan la vida e impulsan a la abnegación y el sacrificio.

“Por la patria, que es una realidad cuyas bases morales aparecen con nitidez en nuestra tierra generosa, marchamos hacia la humanidad para engrandecerla.

“En 1912, cuando en el Parlamento sólo había dos bancas de nuestro Partido, la del doctor Justo y la mía, dije en un discurso que yo era argentino antes que socialista, y cuando terminé mi exposición, el maestro, que era un censor severo, estrechó mi mano con afecto. Él había dicho ya en 1909, que ‘el antipatriotismo es una monstruosidad’, y en su testamento, cerca de dos décadas después, disponía que su cadáver fuera envuelto en la Bandera argentina.

”En ningún país sería tan absurdo el antipatriotismo como en éste, donde debemos tener el orgullo de nuestra nacionalidad, porque nuestra patria posee una tradición tan idealista y depurada que representa la más alta tendencia y la más avanzada, hoy, en el mundo. Su naturaleza intrínseca consiste en no separar la idea de patria de la idea de justicia, y en no concebir siquiera que puedan contraponerse ambos conceptos ni menos aún que la patria deba sobreponerse a la justicia. En esto estriba la fuerza moral de la Argentina, y ese principio debemos sostenerlo por América contra todos los azares y peligros.

”La juventud argentina, lejos de estancarse en un doctrinarismo anacrónico, debe afrontar la ruda pero eminente labor de construir una gran democracia social, repudiando la actitud recelosa, defensiva y de crítica excluyentes, para adoptar la acción afirmativa y constante.

”La argentinidad es un sentimiento expansivo, de índole creadora, que ha marcado una línea recta de idealismo.

”Agustín Álvarez, cuyos talentos y virtudes admiro, dijo cierta vez, con evidente error, que el resorte de las instituciones norteamericanas era el ‘interés’, divisible, transable y compatible con el buen sentido práctico, mientras que lo que mueve a las nuestras, es la hidalguía, la altivez, el honor, móviles, todos, de una pieza, indivisibles, inconciliables, incompatibles con el buen sentido y totalmente ocasionados a quijotismo.

”El propósito del escritor era combatir la ficción y la artificialidad, pero incurría en el error lamentable de criticar lo que está en nuestra sangre y constituye el orgullo de nuestra argentinidad.

”Advierto que Jaurés, alto exponente de la raza, hablando sobre Alberdi, entre nosotros, defendió nuestro espíritu que pone, por sobre todos los combates,. una idealidad de gloria tan alta como para que los hombres se elevaran hasta ella por la audacia noble y el heroísmo.

”Hemos combatido el mal llamado derecho de conquista; hemos proclamado y aplicado, de acuerdo a un ideal de armonía y de justicia, el arbitraje, resolviendo por él todos nuestros pleitos de límites; hemos sostenido que ‘la victoria no da derechos’, repudiando las compensaciones materiales por el esfuerzo realizado, pues nos bastó saber que habíamos libertado a otros pueblos; hemos combatido el brutal cobro compulsivo de las deudas internacionales con la doctrina Drago. Hemos trabajado para el espíritu, incorporando al ejercicio de la vida pública de los pueblos, y arraigándolo profundamente, el concepto de ‘dignidad’, realizando con ello una conquista humana. Nos hemos hecho, así, fuertes, no por el poder de los cañones que otros cañones pueden contrarrestar, sino por el prestigio que infunde nuestra conducta y que nadie puede arrebatarnos.

”¿Cómo no ha de ser una monstruosidad el antipatriotismo en nuestro país?

”Si todos los hombres deben amar a su patria, con más razón nosotros, porque los pabellones de la Argentina son limpios y sus blasones espirituales no han sido igualados.”

Por entonces las condiciones de vida empeoraban para la clase trabajadora, sobre todo a partir de 1939, cuando la Guerra Mundial trajo consigo la inevitable escasez y los aumentos de precios. El éxodo rural era ya un fenómeno intenso que repercutía sobre las ciudades, en las que comenzaba a formarse un cinturón suburbano de creciente densidad. Así se constituía un sector inconfundible de la sociedad argentina, vinculado por cierto a la naciente industria y sometido a las duras condiciones que le imponía la política reaccionaria de la vieja oligarquía: ése sería el que habría de constituir el blanco de la propaganda demagógica cuando la revolución impopular de 1943 trató de convertirse en revolución popular por obra del coronel Perón.

Muchos síntomas manifestaban, hacia 1944, que la masa trabajadora y los estratos más modestos de las clases medias estaban en el límite de sus posibilidades económicas. Pero los partidos políticos populares, fieles a sus tradiciones y costumbres, creían conservar su ascendiente sobre esos sectores apelando a sus meras aspiraciones políticas, a sus convicciones profundas y a sus ideales de democracia y libertad. Los tiempos, empero, habían cambiado. Una nueva sensibilidad se había desarrollado en esas masas de reciente formación, y las reivindicaciones económicas y sociales contaban más para ellas que las nociones de democracia y libertad. Por entonces —en 1945— Carlos Sánchez Viamonte se enfrentaría con el problema teórico que esas nociones suscitaban, en un libro de vasta repercusión que tituló El problema contemporáneo de la libertad. Sostenía allí que “el problema de nuestro tiempo debe plantearse así: máximum de derechos relativos a la personalidad humana; mínimum de derechos relativos al patrimonio, sometidos al control del Estado regulador, para impedir todo abuso de fuerza económica y para asegurar a cada miembro de la sociedad los medios indispensables a fin de obtener el desarrollo completo de su capacidad y el mayor rendimiento posible en beneficio común.

”A nuestro juicio, la solución del doble problema de la libertad y de la justicia social requiere un nuevo planteamiento de la cuestión jurídica y una nueva técnica, cuyo punto de partida consiste, como hemos dicho, en deslindar con nitidez la libertad y el patrimonio. De esta manera se podrá dar a la sociedad una organización jurídica en que la libertad dejará de ser un privilegio económico, y la prosperidad no será ya un instrumento de injusticia y opresión.”

En el desarrollo de las tendencias que caracterizaron a las nuevas formaciones de masa tuvieron mucha influencia las condiciones cívicas en que se habían educado las nuevas generaciones, dentro de la opresión del fraude conservador, y acaso también la impotencia de las fuerzas políticas populares para llegar con un nuevo lenguaje a su espíritu. Pero de cualquier manera, el hecho innegable era que la nueva sensibilidad predominaba, y respondió al llamado de la demagogia que se hizo pasar por auténtico espíritu revolucionario sin serlo, aunque para poder fingirlo tuvo que satisfacer en parte las necesidades más imperiosas de la masa que aspiraba a conquistar.

Es indudable que, más que otra cosa, el éxito político del coronel Perón, a lo largo de 1944, residió en el impacto psicológico que logró hacer. Las masas desilusionadas oían proclamar desde la Casa de Gobierno y por las radioemisoras oficiales principios revolucionarios que, poco antes, se consideraban delictuosos a fuerza de parecer “comunistas” —como decían invariablemente los sectores conservadores—, y, lo que es más importante, obtenían decisiones efectivas que redundaban en beneficio de los trabajadores y en perjuicio de la clase patronal, hasta entonces siempre privilegiada. El convencimiento fue instantáneo.

Casi todas las medidas adoptadas entonces fueron el resultado de viejas aspiraciones populares a las que los grupos conservadores que detentaban el gobierno se habían resistido empecinadamente.

Tal es el caso de los Tribunales del Trabajo, creados en 1944 y por cuyo establecimiento se venía clamando hacía mucho tiempo: había solicitado su implantación en 1931 el Primer Congreso Nacional del Trabajo; en 1935 la Federación Argentina de Colegios de Abogados, y en 1941 se habían fijado las bases para su establecimiento en un meduloso conjunto de estudios preparado por el Instituto de Derecho del Trabajo de la Universidad del Litoral, bajo la dirección de Mariano Tissembaum.

En otro aspecto, las medidas que más contribuyeron a asentar el prestigio del coronel Perón fueron el “Estatuto del peón de campo”, por el que se establecía un sueldo mínimo bastante crecido en comparación con el que habitualmente se pagaba, y el decreto que estableció la obligatoriedad del pago del aguinaldo anual a obreros y empleados. Una política semejante condujo a ajustar el régimen de jubilaciones, el sistema de vacaciones y otros aspectos que contribuían efectivamente a la elevación del nivel de vida de los trabajadores. Poco después, en 1947, fueron proclamados los “Derechos del Trabajador” en cuyos fundamentos se decía: “Hasta nuestros días no se había estabilizado en principios claros, incontrovertibles e irrenunciables el derecho que los trabajadores tienen a una mejor vida y a una mejor organización del trabajo y del descanso. Entregamos hoy a los legisladores y a los juristas argentinos las bases sobre las cuales han de construir la futura legislación argentina, para fijar de una vez por todas, como un jalón imborrable de la justicia, el derecho reconocido por el Estado a los individuos. ‘Los derechos del Trabajador’ que acabamos de enunciar se fundamentan, teóricamente, en la doctrina filosófica y jurídica, pero sólo se cumplen con medios económicos. Crear esos medios económicos será, pues, la base para el cumplimiento de esos diez postulados fundamentales del derecho obrero. Y para ello, para lograr ese cumplimiento, una sola debe ser la finalidad del pueblo trabajador: trabajar y producir.” Los diez postulados a que se hacía referencia eran los siguientes: derecho a trabajar, derecho a una retribución justa, a la capacitación, a condiciones dignas de trabajo, a la preservación de la salud, al bienestar, a la seguridad social, a la protección de su familia, al mejoramiento económico y a la defensa de los intereses profesionales.

La enunciación de estos derechos se incorporó a la Constitución en el texto reformado de 1949, en el que también figuraban los Derechos de la Familia, los Derechos de la Ancianidad y los Derechos de la Educación y la Cultura. Incluía también el nuevo texto constitucional, en su artículo 38, una declaración categórica acerca de la “función social” de la propiedad privada. “La propiedad privada —decía— tiene una función social y, en consecuencia, estará sometida a las obligaciones que establezca la ley con fines de bien común. Incumbe al Estado fiscalizar la distribución y la utilización del campo e intervenir con el objeto de desarrollar e incrementar su rendimiento en interés de la comunidad, y procurar a cada labriego o familia labriega la posibilidad de convertirse en propietario de la tierra que cultiva.” Estas disposiciones se complementaban con las que establecía el artículo siguiente con respecto al capital cuando decía: “El capital debe estar al servicio de la economía nacional y tener como principal objeto el bienestar social. Sus diversas formas de explotación no pueden contrariar los fines de beneficio común del pueblo argentino.”

Estas ideas no cristalizaron en actos que alteraran sustancialmente la vida nacional, pero sin duda expresaban un sentimiento profundo que, de manera imprecisa, latía en la conciencia de las clases populares. En toda la acción que éstas desarrollaron en favor del régimen del general Perón se escondía un impulso vehemente de rebeldía contra las clases privilegiadas, que encontraba su formulación en la fraseología oficial. Pero si esta última concluía en vagos principios —con todo, de innegable eficacia política— aquel impulso se fue robusteciendo y adquiriendo, poco a poco, los caracteres de una actitud social militante.

Los fenómenos demográficos, que en parte provocaron la crisis de 1945 y en parte fueron provocados por ella, fueron objeto de atención por parte de algunos sociólogos. Un enfoque singular, en el que lo cuantitativo quería destilarse en apreciaciones cualitativas, fue el de Bernardo Canal Feijóo en su libro De la estructura mediterránea argentina, relacionado con los trabajos del “Congreso Regional de Planificación Integral del Norte Argentino”, dedicado a estudiar los fenómenos en la región donde mayor gravedad había adquirido. Más tarde, y con gran rigor científico, Gino Germani abordó el problema general de la situación del país en su estudio sobre Estructura social de la Argentina.

4

Los problemas sociales —como los políticos— se agudizaron con motivo de la crisis económica mundial que se desencadenó en 1928. En la Argentina comenzaron a percibirse sus efectos hacia comienzos de 1930: bajaron fuertemente los precios de los granos en el mercado internacional y la moneda se depreció considerablemente, fenómenos a los que acompañó una fuerte contracción del crédito y una grave crisis bancaria. Contribuyeron a agravar la situación otras circunstancias, especialmente las medidas que en salvaguardia de su propia economía, también amenazada por la crisis, tomó Gran Bretaña. En 1931 resolvió el gobierno inglés abandonar el patrón oro —como lo harían luego casi todos los demás países— y establecer la inconvertibilidad de la libra esterlina.

Tratándose del principal comprador de los productos agropecuarios de la Argentina, esta medida sacudió profundamente su estructura económica y financiera, pues consistían precisamente en libras los créditos que el país poseía en el exterior para comprar en diversos mercados. Un año más tarde, cuando la crisis de deflación se hacía más aguda, Gran Bretaña y sus dominios se reunieron en la Conferencia Imperial de Ottawa, en 1932, y resolvieron que la metrópoli acordaría preferencia en la adquisición de materias primas a sus dominios, para lo cual se establecerían las correspondientes diferencias tarifarias.

Estos hechos, que afectaban al país entero, pero muy directamente a la oligarquía terrateniente, contribuyeron a provocar la revolución de septiembre de 1930, mediante la cual recuperó aquélla la conducción del Estado. Como era de esperar, tanto el gobierno revolucionario del general Uriburu como los gobiernos constitucionales que lo heredaron, presididos por el general Justo primero y por Roberto M. Ortiz y Ramón S. Castillo después, se dedicaron a remediar los males que sufría la economía argentina, pero con una notoria preocupación en favor de ciertos sectores de la producción. Se produjo entonces un cambio fundamental: los viejos preceptos de la economía liberal, sostenidos por Alberdi y por la Constitución de 1853, comenzaron a ser sustituidos por otros nuevos, que inspiraron un tipo de economía dirigida.

En tanto que se resistía a la tentación de caer en la moratoria o la emisión, se arbitraron algunos medios para hacer frente a las exigencias fiscales. Uno de ellos significó una modificación sustancial en la concepción de la vida económica argentina: la creación del impuesto a los réditos, que poco después pasaría a ser la principal fuente de ingresos fiscales, más cuantiosos que los impuestos de aduana. Con estos recursos, y con un empréstito interno, se salvaron las primeras necesidades fiscales derivadas de la crisis.

Pero más graves aún que las dificultades fiscales eran las económicas. Los productores, especialmente los del sector agrícola, exigían la fijación de precios, en tanto que los del sector comercial solicitaban la regulación del cambio. La consecuencia fue una política destinada a agotar las posibilidades de mantener la antigua vinculación con la economía inglesa. Fruto de esa política fue la negociación de un nuevo tratado con Gran Bretaña, por el que se reajustaba el comercio de carnes relacionándolo con otras actividades en las que Gran Bretaña obtenía crecidos beneficios a costa de los intereses nacionales. La reacción fue enérgica. Los grupos nacionalistas organizaron un decidido frente antibritánico, cuyos principios defendieron Julio y Rodolfo Irazusta en La Argentina y el imperialismo británico y Raúl Scalabrini Ortiz en Política británica en el Río de la Plata y en Historia de los ferrocarriles argentinos. Principios análogos defendían la agrupación radical “Forja” y, desde 1936, la “Escuela de Estudios Argentinos”, presidida por Adolfo D. Holmberg, que editó la revista Servir en la que vieron la luz numerosos y excelentes estudios sobre problemas económico. La preocupación por la defensa de los intereses nacionales era en sus redactores la predominante. “El hombre argentino —escribía Holmberg en el primer número de Servir— está lejos de haber conquistado la naturaleza argentina. Es hora de síntesis y de inventarios. Hay que levantar inventario de todas nuestras riquezas y de todas nuestras posibilidades y poner en orden de síntesis todos nuestros conocimientos sobre el país; hay que saber en lo que estamos en punto a relaciones ecológicas con nuestro medio ambiente; sopesar nuestra capacidad científica y nuestra idoneidad técnica; también hay que someter a un riguroso examen nuestros valores espirituales. Podremos, así, fijar puntos de vista seguros, establecer bases firmes para los futuros desenvolvimientos económicos y culturales.” Y había afirmado antes: “Nunca fue más indispensable que ahora la unión de pensamiento y acción. El país había crecido desmesuradamente al margen de las leyes de equilibrio y armonía que regulan el desarrollo de los organismos y de las sociedades; rechazado ahora de su condición efectiva de factoría o de colonia seudoindependiente, por la acción de las fuerzas anárquicas que disocian al mundo, se ve obligado a retraerse y a concentrarse en sí mismo, para reorganizarse y reconstituirse una vida y un espíritu nuevos. Tendrá que hacerlo en plena catástrofe.”

Pero la voz que más trascendió entre las que se resistieron a la entrega de la economía nacional a Gran Bretaña fue la del senador Lisandro de la Torre, cuando denunció los términos del tratado de Londres en relación con las carnes argentinas. “Si estábamos a merced de la Gran Bretaña después de los acuerdos de Ottawa —decía— seguimos a merced de la Gran Bretaña después del convenio de Londres, y el empeño puesto imprudentemente en realizar el tratado ha conducido a empeorar la situación, obligándonos a renunciar al control de los embarques de carnes, sin dejar por eso de sufrir una disminución de la cuota básica de Ottawa.” Y agregaba: “En esas condiciones no podría decirse que la Argentina se haya convertido en un dominio británico, porque Inglaterra no se toma la libertad de imponer a los dominios británicos semejantes humillaciones. Los dominios tienen cada uno su cuota y la administran ellos… La Argentina es la que no podrá administrar su cuota; lo podrá hacer Australia, lo podrá hacer el Canadá, lo podrá hacer hasta el África del Sur. Inglaterra tiene respeto de esas comunidades de personalidad internacional restringida, que forman parte de su imperio, más respeto que por el gobierno argentino. No sé si después de esto podremos seguir diciendo: ¡Al gran pueblo argentino, salud!”

Al mismo tiempo que el Estado neoconservador se empeñaba en la defensa de los intereses de la oligarquía mediante una política de sujeción al más importante de sus compradores, se desarrollaba también la tendencia a desenvolver en el orden económico y financiero una política de intervencionismo estatal. Los grupos que dirigían la política económica hallaron en las teorías de la escuela de Cambridge, representada sobre todo por Keynes, el sistema de soluciones que, como en otros países, parecía apropiado para la crisis. Y dentro de esa línea se proyectaron diversas medidas para dirigir las finanzas y regular la producción.

En cuanto a la dirección de las finanzas, las medidas fundamentales giraron alrededor de la creación de un Banco Central. Ya en 1931 se había creado una “Comísión de cambios” cuyas funciones fueron creciendo poco a poco; pero la etapa decisiva se cumplió en 1935, con la creación del Banco Central y el Instituto Movilizador de Inversiones Bancarias. La primera de esas instituciones era dirigida por un directorio cuya mayoría representaba a bancos no oficiales, pese a lo cual se le encomendaba regular el crédito, vigilar el funcionamiento de los bancos y, sobre todo, actuar como agente financiero del Estado en las operaciones de crédito y en la emisión de moneda. El Instituto Movilizador, cuyas autoridades designaba el Banco Central, estaba autorizado para adquirir los inmuebles y créditos inmovilizados o congelados en los bancos para devolverlos a la productividad.

En cuanto a la regulación de la producción, las deciciones fueron no menos drásticas. Por intermedio de numerosas “juntas reguladoras”, el Estado dispuso unas veces —como en el caso de la vid— destruir una cierta parte de la materia prima producida; otras veces —como en el caso de la yerba mate— limitar estrictamente la producción; y otras —como en el caso de los cereales y la carne— decidió fijar precios máximos y mínimos. Esta política culminó en septiembre de 1939 con la sanción de la ley 12.591 por la que se facultaba al Poder Ejecutivo para fijar precios máximos, comprobar la existencia de productos y expropiar cualquier clase de artículo.

Si el ministro de Agricultura, Antonio de Tomaso, fue quien orientó la regulación de la producción, correspondió la reorganización financiera al ministro de Hacienda, Federico Pinedo. Este último se mostraba satisfecho de su labor cuando, en 1946, escribía en su libro En tiempos de la república: “Pero si de toda la labor realizada por la empeñosa y progresista administración de que tuve el honor de formar parte, la más espectacular fue la que tuvo por mira poner límite a los males de la depresión económica producida por la crisis mundial, creo poder afirmar sin inmodestia, aunque se halle vinculada a mi propia acción, que la que tuvo efectos más permanentes fue la obra de saneamiento y reorganización bancaria, cuyas piezas principales de carácter estable fueron el Banco Central de la República y la ley de bancos, completados por el Instituto Movilizador de Inversiones Bancadas como instrumento transitorio.

“No tengo intención de reabrir en este lugar la áspera polémica a que dieron lugar esas iniciativas, ni de pasar revista a las objeciones que se les formularon, ni demostrar lo infundado de terroríficos pronósticos que con motivo de esas creaciones legales se echaron a rodar, porque aparte de que mucho de ello está contenido en los escritos y discursos recopilados, ese trabajo sería más propio de un estudio especializado en materias económicas que de apuntes como éstos. Pero hay además esta otra consideración que me exime de ocuparme de esa cuestión: los que fueron los más enconados adversarios de la creación del Banco Central son los que hoy lo proclaman piedra angular del edificio económico de la República e identifican su conservación y su buen manejo con el cuidado de los más fundamentales intereses nacionales.”

Se refería el autor al equipo económico del gobierno de Juan D. Perón, que, en el momento en que escribía Pinedo, iniciaba una enérgica política intervencionista en materia económica. Pero las fuentes de donde procedía esa tendencia no eran las mismas que habían nutrido la política de Hueyo y Pinedo durante el gobierno de Agustín P. Justo. Acaso podían identificarse vagamente con los principios de “economía de guerra” que sustentaba la ley 12.591, pero más seguro es que consistiera fundamentalmente en las concepciones de Estado Mayor que conformaban la mentalidad política de Perón. Había dentro de esa concepción muy precisas nociones económicas, que informaron sin duda la exposición que hizo Perón, como ministro de Guerra, al inaugurarse la cátedra de Defensa Nacional en la Universidad de La Plata. Fue en esa ocasión cuando se esbozó por primera vez lo que luego sería programa de gobierno entre 1946 y 1955. “Referido el problema industrial —decía— al caso particular de nuestro país, podemos expresar que él constituye el punto crítico de nuestra defensa nacional. La causa de esta crisis hay que buscarla de lejos, para poder solucionarla.

”Durante mucho tiempo, nuestra producción y riqueza han sido de carácter casi exclusivamente agropecuario. A ello se debe en gran parte que nuestro crecimiento inmigratorio no haya sido todo lo considerable que era de esperar, dado el elevado rendimiento de esta clase de producción con relación a la mano de obra necesaria. Saturados los mercados mundiales, se limitó automáticamente la producción y, por ende, la entrada al país de la mano de obra que ella necesitaba.

”El capital argentino, invertido así en forma segura pero poco brillante, se mostraba reacio a buscar colocación en las actividades industriales, consideradas durante mucho tiempo como una aventura descabellada y, aunque parezca risible, no propia de buen señorío.

”El capital extranjero se dedicó especialmente a las actividades comerciales, donde todo lucro, por rápido y descomedido que fuese, era siempre permitido y lícito; o buscó también seguridad en el establecimiento de servicios públicos o industrias madres, muchas veces con una ganancia mínima respaldada por el Estado.

”La economía del país reposaba casi exclusivamente en los productos de la tierra, pero en su estado más innoble de elaboración, que luego, transformados en el extranjero con evidentes beneficios para sus economías, adquiríamos de nuevo ya manufacturados.

”El capital extranjero demostró poco interés en establecerse en el país para elaborar nuestras riquezas naturales, lo que significaría beneficiar nuestra economía y desarrollo, en perjuicio de los suyos y entrar en competencia con los productos que se seguirían allí elaborando.

”Esta acción recuperadora debió ser emprendida evidentemente por los capitales argentinos, o por lo menos que el Estado los incitase, precediéndolos y mostrándoles el camino a seguir.

”Felizmente la Guerra Mundial de 1914-18, con la carencia de productos manufacturados extranjeros, impulsó a los capitales más osados a lanzarse a la aventura y se estableció una gran diversidad de industrias, demostrando nuestras reales posibilidades.

”Terminada la contienda, muchas de estas industrias desaparecieron por artificiales unas, y por falta de ayuda oficial otras que debieron mantenerse; pero muchas sufrieron airosamente la prueba de fuego de la competencia extranjera dentro y fuera del país.

”Pero esta transformación industrial se realizó por sí sola, por la iniciativa privada de algunos ‘pioneros’ que debieron vencer innumerables dificultades. El Estado no supo poseer esa evidencia que debió guiarlos y tutelarlos, orientando la utilización racional de la energía; facilitando la formación de la mano de obra y del personal directivo; armonizando la búsqueda y extracción de la materia prima con las necesidades y posibilidades de su elaboración; orientando y protegiendo su colocación en los mercados nacionales y extranjeros, con lo cual la economía nacional se hubiera beneficiado considerablemente.

”Para corroborarlo no me referiré más que a un aspecto. Hemos gastado en el extranjero grandes sumas de dinero en la adquisición de material de guerra. Lo hemos pagado a siete veces su valor, porque siete es el coeficiente de seguridad de la industria bélica y todo ese dinero ha salido del país sin beneficio para su economía, sus industrias o la masa obrera que pudo alimentar.

”Una política inteligente nos hubiera permitido montar las fábricas para hacerlos en el país, las que tendríamos en el presente, lo mismo que una considerable experiencia industrial y las sumas invertidas habrían pasado de unas manos a otras, argentinas todas.

”Lo que digo del material de guerra, se puede hacer extensivo a las maquinarias agrícolas, al material de transporte terrestre, fluvial y marítimo y a cualquier otro orden de actividad.

”Los técnicos argentinos se han demostrado tan capaces como los extranjeros, y si alguien cree que no lo son, traigamos a éstos, que pronto asimilaremos todo lo que puedan enseñarnos.

”El obrero argentino, cuando se le ha dado oportunidad para aprender, se ha revelado tanto o más que el extranjero.

”Maquinarias, si no las poseemos en cantidad ni calidad suficientes, pueden fabricarse o adquirirse tantas como sean necesarias.

”A las materias primas nos las ofrecen las entrañas de nuestra tierra, que sólo esperan que las extraigamos.

”Si no lo tenemos todo, lo adquiriremos allí donde se encuentre, haciendo lo mismo que los países europeos, que tampoco lo tienen todo.

”La actual contienda, al hacer desaparecer casi en absoluto de nuestros mercados los productos manufacturados extranjeros, ha vuelto a florecer nuestras industrias, en forma que causa admiración hasta en los países industriales por excelencia.

”La teoría que mucho tiempo sostuvimos de que si algún día un peligro amenazaba a nuestra Patria, encontraríamos en los mercados extranjeros el material de guerra que necesitásemos para completar la dotación inicial de nuestro Ejército y asegurar su reposición, ha quedado demostrada como una utopía.

”La Defensa Nacional exige una poderosa industria propia y no cualquiera, sino una industria pesada.

”Para ello, es indudablemente necesaria una acción oficial del Estado, que solucione los problemas que ya he citado y que proteja a nuestras industrias si es necesario. No a las artificiales que, con propósitos exclusivamente utilitarios, ya habrán recuperado varias veces el capital invertido, sino a las que dedican sus actividades a esa obra estable, que contribuirá a beneficiar la economía y asegurará la Defensa Nacional.”

En términos correlativos se expresaba, en sendos capítulos, sobre la acción comercial, la acción económica y la acción financiera. El supuesto de tales ideas era la necesidad de que toda la economía de la nación estuviera dirigida preventivamente hacia la posibilidad de una guerra; pero alejada esa sombra por las circunstancias internacionales, esa concepción siguió funcionando como una expresión más aguda aún del ya viejo nacionalismo económico, manifestado en la decidida tendencia a la estatización.

En cumplimiento de tales designios, el gobierno de Perón nacionalizó en 1946 el Banco Central, sustrayéndolo a la influencia de los bancos particulares, e invirtió crecidas sumas en la nacionalización de algunos servicios públicos. Acaso la medida más significativa fuera la creación del Instituto Argentino de Promoción del Intercambio (IAPI), cuya misión era la de adquirir las cosechas a un precio remunerativo y gestionar su venta en el exterior; pero poco a poco se convirtió en el agente comercial del Estado para la mayor parte de las importaciones y exportaciones.

Dentro de la misma corriente de ideas, se estableció en el nuevo texto constitucional de 1949 una disposición sobre la función social de la propiedad y otra estableciendo que el capital debía estar al servicio de la economía nacional. Pero la más categórica de las disposiciones constitucionales fue la que se consignó en el artículo 40, que resumía ciertas ideas defendidas desde hacía mucho tiempo por diversos sectores antiimperialistas y luego erigidas en consignas propias y exclusivas por los nacionalistas de tendencia filonazi, algunos de los cuales formaban parte del movimiento adicto a Perón: “La organización de la riqueza —decía el citado artículo constitucional— y su explotación tienen por fin el bienestar del pueblo, dentro de un orden económico conforme a los principios de la justicia social. El Estado, mediante una ley, podrá intervenir en la economía y monopolizar determinada actividad, en salvaguardia de los intereses generales y dentro de los límites fijados por los derechos fundamentales asegurados en esta Constitución. Salvo la importación y exportación, que estarán a cargo del Estado de acuerdo con las limitaciones y el régimen que se determine por ley, toda actividad económica se organizará conforme a la libre iniciativa privada, siempre que no tenga por fin ostensible o encubierto, dominar los mercados nacionales, eliminar la competencia o aumentar usurariamente los beneficios.

”Los minerales, las caídas de agua, los yacimientos de petróleo, de carbón y de gas, y las demás fuentes de energía, con excepción de los vegetales, son propiedades imprescriptibles e inalienables de la Nación, con la correspondiente participación en su producto, que se convendrá con las provincias.

”Los servicios públicos pertenecen originariamente al Estado, y bajo ningún concepto podrán ser enajenados o concedidos para su explotación. Los que se hallaren en poder de particulares serán transferidos al Estado, mediante compra o expropiación con indemnización previa, cuando una ley nacional lo determine.

”El precio por la expropiación de empresas concesionarias de servicios públicos será el del costo de origen de los bienes afectados a la explotación, menos las sumas que se hubieran amortizado durante el lapso cumplido desde el otorgamiento de la concesión, y los excedentes sobre una ganancia razonable, que serán considerados también como reintegración del capital invertido.

Estas disposiciones eran categóricas: mucho menos resuelta fue la acción del gobierno para cumplirlas. Pero los principios —que correspondían a vagas tendencias innegablemente arraigadas en la opinión popular— hacían su camino y conquistaban nuevos adeptos. Dentro de la misma línea el gobierno esbozó un plan de acción en el llamado “Segundo Plan Quinquenal” y procuró completarlo en 1953 con dos acuerdos internacionales, uno con Chile y otro con Paraguay, que tendían a realizar la complementación de las respectivas economías.

Una política semejante en relación con las fuentes de energía propuso en 1954 Arturo Frondizi, jefe de la Unión Cívica Radical Intransigente, en su libro Petróleo y política, en el que sostenía la necesidad de realizar una revolución profunda “para transformar el viejo orden social en una nuevo”. Puntos fundamentales de ese cambio debían ser la reforma agraria, la industrialización y la democratización económica. La reforma agraria debía encarar una revisión de las formas de la propiedad, del régimen de explotación y del sistema de comercialización de la producción, para sustraer la economía agraria a las fuerzas negativas de los terratenientes y de los consorcios ajenos a los intereses nacionales y populares. La industrialización debía partir del logro de la “autonomía energética” y dirigirse hacia la creación de una “industria nacional independiente”, fundada especialmente “en el ahorro, en el trabajo, en la voluntad y en la inteligencia del pueblo argentino”, la industria pesada sería el objetivo final de ese proceso. La democratización económica debía orientarse hacia la destrucción de los monopolios privados por medio de la “nacionalización de las concentraciones capitalistas” en virtud de la cual se obtendría una intensa capitalización social. Los sectores nacionalizados deberían ser administrados por entes autárquicos con participación de usuarios, técnicos y obreros; los sectores privados se verían estimulados por la desaparición de los grandes monopolios. En todo caso la participación de técnicos, obreros y empleados en la dirección del proceso económico se consideraba fundamental para que la economía quedara subordinada a las necesidades del desarrollo nacional y del bienestar social, y no solamente ‘‘al limitado beneficio de los poseedores”.

Esta doctrina, fuertemente impregnada de antiimperialismo, fue la que orientó un importante movimiento dentro de la Unión Cívica Radical. Su inspirador, Arturo Frondizi, sostenía que debía desarrollarse en toda América latina en términos análogos, puesto que eran análogas las condiciones económicas, y depositaba grandes esperanzas en sus resultados. “Se darán así —decía en Petróleo y política— las condiciones materiales y políticas para corregir las deformaciones económicas creadas por un desarrollo subordinado a los intereses imperialistas, pará terminar con las injusticias sociales propias del régimen capitalista agudizadas por la acción de los grupos oligárquicos; para terminar con la ausencia de la cultura, base ideológica de la injusticia social y del atraso económico; y para acabar de una vez con la carencia de derechos y libertades, imposibilitando las formas dictatoriales de cualquier grado y contenido.”

5

Los cambios profundos y fundamentales que se operaron en todos los planos de la vida argentina suscitaron nuevas y distintas preocupaciones sobre su fondo y su sentido; muy pronto repercutieron en el análisis del pasado argentino suscitando en el campo de los estudios históricos inquietudes hasta entonces poco visibles, puntos de vista casi inéditos y criterios renovadores; pero suscitaron además otro género de reflexiones, menos sistemáticas pero más profundas, a través de las cuales se pretendía hallar, una vez más, las peculiaridades del carácter nacional y las pautas para la conducta social.

En el campo de la historiografía se acentuó la producción erudita. La labor de los institutos universitarios, de los archivos, de la Academia Nacional de la Historia —fundada sobre la base de la antigua Junta de Historia y Numismática Americana— así como de algunas instituciones privadas, permitió la publicación de un ingente caudal de documentos inéditos. Ejemplo significativo fue la edición de las Asambleas constituyentes argentinas que realizó el Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad de Buenos Aires bajo la dirección de Emilio Ravignani. Con criterio semejante trabajaron muchos historiadores que hicieron importantes aportes al conocimiento del pasado nacional, entre los cuales debe señalarse a Rómulo D. Carbia, Emilio Ravignani, Ricardo Levene, Roberto Levillier, Diego Luis Molinari, José Torre Revello, Ricardo Piccirilli, Julio V. González y muchos otros.

Otros temas y otras orientaciones aparecieron por entonces en el campo del conocimiento histórico. El estudio biográfico tentó a algunos que, como Ricardo Rojas o Alfredo L. Palacios, se ocuparon de figuras clásicas de la historia argentina: San Martín, Sarmiento o Echeverría. Pero también atrajeron a otros ensayistas ciertas figuras del pasado más reciente, cuyas biografías —de diverso valor erudito— cumplieron sin embargo la misión de atraer la curiosidad hacia una época poco estudiada pero de candente interés. Bernardo Canal Feijóo y Pablo Rojas Paz escribieron sobre Juan Bautista Alberdi, Manuel Gálvez y Félix Luna sobre Hipólito Yrigoyen, Raúl Larra sobre Lisandro de la Torre, Dardo Cúneo sobre Juan B. Justo, Alvaro Yunque sobre Leandro N. Alem, Agustín Rivero Astengo sobre Carlos Pellegrini y Miguel Júárez Celman. A veces la intención política predominó sobre la actitud erudita, pero en todos los casos medió una inequívoca intención de actualizar la historia argentina, en relación con los intereses vivos de la colectividad.

Esta dimensión de la historia estaba presente también en las preocupaciones por la historia económica. Tras los trabajos de Luis Roque Gondra y de Juan Álvarez, aparecieron nuevas investigaciones Sobre temas particulares. Raúl Scalabrini Ortiz escribió sobre la Historia de los ferrocarriles argentinos y la Política inglesa en el Río de la Plata; Rodolfo y Julio Irazusta se ocuparon de La Argentina y el imperialismo británico; Adolfo Dorfman estudió la Historia de la evolución industrial argentina, y Ricardo Ortiz intentó con éxito una visión ordenada y objetiva del conjunto en su Historia económica de la Argentina.

Esta preocupación por aclarar los caracteres del desenvolvimiento económico del país daba a la historiografía un nuevo matiz, al que desde otro punto de vista contribuían también obras como las de Mariano de Vedia y Mitre, Juan Balestra y Luis V. Sommi sobre la revolución de 1890 en cuanto ponían de manifiesto no sólo la incidencia de los fenómenos económicos sobre los sociales sino también la dependencia de la política contemporánea con respecto a complejos procesos que sólo la historia podía aclarar.

La militancia política inspiró, resueltamente, ciertas revisiones de la historia. La palabra “revisionismo” quedó adscripta específicamente a un movimiento que tendía a combatir las tesis generalmente admitidas sobre la época colonial y la época de Rosas, períodos que se trató no sólo de justificar sino, más aun, de presentar como los únicos momentos positivos de la historia argentina. El “hispanismo” tuvo su principal adalid en el padre Guillermo Furlong y el “rosismo” los tuvo en Carlos Ibarguren, Manuel Gálvez, Rodolfo y Julio Irazusta, José María Rosa y Ernesto Palacio. Ambas tesis estimaban fundamentales la perpetuación de los contenidos espirituales de la tradición española y combatían las influencias de otras corrientes europeas: la del liberalismo francés o la del imperialismo británico.

A estas tesis polémicas salieron al paso otros historiadores. Ricardo Piccirilli, Alberto Palcos, Abel Chaneton, Alfredo L. Palacios, Ricardo Rojas, Aníbal Ponce, Bernardo Canal Feijóo y otros defendieron las figuras de Rivadavia, Echeverría, Alberdi, y afirmaron que continuaban los ideales de la Revolución de Mayo, cuyos principios pondría en movimiento la generación de la Organización Nacional, a la que combatía encarnizadamente el revisionismo.

Fue Ernesto H. Celesia el que arremetió directamente contra la figura de Rosas, mostrándolo ajeno a los intereses de la Independencia. Por su parte, otros estudiosos que se apoyaban en los principios del marxismo emprendían un nuevo análisis de la historia argentino, siguiendo en parte la huella de Juan B. Justo. Analizaron la sociedad virreinal Eduardo Astesano en Contenido social de la Revolución de Mayo y Rodolfo Puiggrós en De la colonia a la Revolución. Este último enfrentó el tema de Rosas en dos libros de análisis, Rosas el Pequeño y La herencia que dejó Rosas al país, en tanto que con análogo punto de partida trataba el mismo tema Luis L. Franco en El otro Rosas y El general Paz y los dos caudillajes. Dentro de la misma línea se ocuparon de épocas más próximas Alvaro Yunque y Luis V. Sommi, este último en su Yrigoyen y La Revolución del noventa. Una visión de conjunto sobre la interpretación marxista de la historia argentina esbozó Puiggrós en su Historia económica del Río de la Plata, en la que mostró cómo se encadenaban las actitudes políticas con los intereses económicos, y cómo las grandes mutaciones que se observan en aquéllas se relacionan con los cambios que se producen en los sistemas de producción.

Entretanto, la revisión de los contenidos espirituales de la sociedad argentina era abordada desde otro sector, que quería trascender el minucioso análisis histórico y prefería las intuiciones profundas para llegar al descubrimiento de las constantes de la personalidad colectiva. Fueron ensayistas, escritores de vocación eminentemente literaria, quienes emprendieron este análisis. Justo es decir que algunos de ellos no desdeñaron anteponer a sus generalizaciones una investigación cuidadosa. Luis L. Franco, escritor eximio, aceptó totalmente las cargas de la investigación; Ezequiel Martínez Estrada acumuló cuantiosa información sobre nuestro pasado para documentar ciertas intuiciones fundamentales sobre la vida argentina, y Raúl Scalabrini Ortiz se lanzó más tarde a una verdadera cruzada histórico-política con bien elaborados materiales. Pero el género de la interpretación intuitiva del ser argéntino prosperó en los ensayistas a despecho de la erudición, y a veces con una militante posición contra ella. Parecía que la urgencia de llegar al fondo de una ontología nacional podía ser obstaculizada por el afán de extremar el análisis de la realidad económica, social, política y espiritual del país. Y la respuesta fue un intento de síntesis global apoyada en ciertos elementos que pareció que podían considerarse típicos.

Se unieron a los estímulos producidos por cierta inequívoca sensación de cambio, las reflexiones que sobre el país hicieron dos visitantes extranjeros, cuya palabra ejerció alrededor de 1930 una inmensa influencia: fueron el filósofo español José Ortega y Gasset y el ensayista alemán Hermann Keyserling.

En el volumen VII de El espectador, y poco después de su regreso de la Argentina, publicó Ortega y Gasset dos ensayos, uno sobre el paisaje, que tituló La pampa… promesas, y otro sobre el hombre y la sociedad, que llamó El hombre a la defensiva. Terminaba el primero luego de sabrosas digresiones sobre la llanura, afirmando que “una de las cosas menos frecuentes en la Argentina es hallar alguien que tenga puesta su vida primariamente a vivirla y sólo secundariamente a esta o la otra meta parcial dentro de su vida”. Y desarrollaba esta idea en el segundo ensayo con nuevas y acaso más jugosas observaciones, que expresaba, además, en incisivas fórmulas. El argentino —decía— vive a la defensiva porque no se siente seguro en su situación y se siente, en cambio, dispuesto a mantener la que ha decidido tener o adoptar. Por eso no vive con autenticidad, ni se entrega definitivamente a un destino. Esta característica de la situación del individuo proviene de la inestabilidad de la sociedad, propia de su pujanza y vertiginoso desarrollo, tanto como de las óptimas calidades intelectuales que lo caracterizan. El argentino vive atento a “una figura ideal que de sí mismo posee”, y hasta tal punto, que “el argentino típico no tiene más vocación que la de ser ya el que imagina ser”. Esta observación se unía a la que constituía el fondo del primer ensayo: el paisaje de la pampa explica que el argentino viva volcado hacia el futuro, despegado de su realidad concreta y embargado por la promesa que él mismo se hace.

Poco después publicó Keyserling sus Meditaciones sudamericanas, que también impresionaron profundamente. El pensador alemán definió a Sudamérica como “el Continente del tercer día de la Creación” sobre el que se desenvuelve una “vida primordial”. No se vive allí desde el espíritu —decía—, sino desde la tierra. “El sudamericano es absolutamente hombre telúrico.” Desde ese punto de partida analizaba las formas de vida sudamericanas y la significación que en ellas tenían las fuerzas que, simbólicamente, llamaba el “Mal original”, el “Hambre original” y el “Miedo original”. Una atmósfera singular rodea a unos hombres “que no podían aun cuando quisieran”, esto es, hombres prisioneros de la “gana” del impulso orgánico apenas asociado a las decisiones del espíritu. Y el conjunto de las formas de la conducta individual y social revelaba a sus ojos que el hombre telúrico vivía no dentro de un orden racional sino dentro de un orden emocional.

Alrededor de estas ideas —algunas ya apuntadas por algunos ensayistas argentinos— había de girar toda la insistente preocupación acerca del ser nacional que surgió y se desarrolló por esos años. En el ensayo que titulaba Para una caracterología argentina, Homero Guglielmini salía al paso de las observaciones de Juan Agustín García, de Agustín Álvarez y otros escritores de principios de siglo, señalando que los rasgos que tradicionalmente se habían atribuido a los argentinos, tales como el culto al coraje o el desprecio por la ley o la llamada “política criolla”, no debían considerarse despectivamente sino interpretarse como signos del predominio del sentimiento sobre la racionalidad. La política —señalaba— no se orienta en la Argentina según ideas o principios, sino según sentimientos; y como el argentino —agregaba— tiene mayor aptitud para lo concreto que para lo abstracto, concluye por encarnar los sentimientos en un hombre, de donde proviene el predominio de la política personalista sobre la principista. Guglielmini seguía las consecuencias de su afirmación fundamental, y señalaba que ciertas tendencias características —el entusiasmo, el olvido, el hastío— derivaban precisamente de la preeminencia del orden emocional en la vida argentina.

Este rasgo, en el que habían coincidido los observadores extranjeros, fue observado por otros ensayistas argentinos que pusieron, además, su empeño en señalar que no constituía un elemento negativo, como podía hacerlo suponer un cotejo superficial con las formas de vida europeas, sino, por el contrario, una actitud positiva. Raúl Scalabrini Ortiz proclamaba a Macedonio Fernández, el autor de No toda es vigilia la de los ojos abiertos, como “el primer metafísico de Buenos Aires”, precisamente porque su pensamiento “es un alegato pro pasión, un ataque al intelectualismo extenuante”. Y él mismo, en El hombre que está solo y espera, desarrollaba a su vez la teoría del carácter argentino siguiendo el hilo de esa reflexión.

“El hombre que está solo y espera”, el símbolo porteño ideado por Scalabrini Ortiz, llamado también “el hombre de Corrientes y Esmeralda”, no es un hombre que se deje guiar por ideas abstractas ni, en general, por reflexiones o cálculos. Es hombre de impulsos, de presentimientos, de intuiciones. “El porteño no piensa, siente”, decía categóricamente Scalabrini Ortiz. Tampoco ama la cultura intelectual de tipo europeo, sino que prefiere la improvisación. Y aun las severas normas éticas le parecen postergables ante los imperativos de la amistad o del agradecimiento. De aquí una especie de clemencia frente al que viola las convenciones y las normas, porque más valor parece tener un rasgo generoso, un rapto de audacia, una entrega radical a un sentimiento, que la más severa sujeción a rígidos principios racionales. Todo esto es algo propio del “hombre de Corrientes y Esmeralda”, pero parece provenir de la actitud vital del gaucho o acaso del “espíritu de la tierra”.

Scalabrini Ortiz pensaba que el espíritu de la tierra es suficientemente poderoso como para amalgamar las múltiples influencias que penetran un país de inmigración. “El hombre porteño tiene una muchedumbre en el alma”, decía. Y consideraba que las cuatro razas de las que desciende “se anulan mutuamente y sedimentan en él sin prevalecimientos”. Y en una definición llena de sentido, agregaba que la sociedad está formada sólo por individuos yuxtapuestos congregados solamente por la esperanza de llegar a ser en lo futuro una raza de definida e inconfundible fisonomía.

Scalabrini Ortiz insistía —a través de muchas glosas— en destacar la importancia de dos aspectos fundamentales del carácter nacional, en lo que, por lo demás, coincidía con otros ensayistas: el predominio del sentimiento sobre la razón y la entrega a la imagen futura de sí mismo más que a la propia realidad. Eran, a su juicio, como todas las otras que describía, notas positivas, pues Scalabrini Ortiz reaccionaba ante el carácter nacional con una íntima satisfacción.

Inversamente, Eduardo Mallea reaccionaba con un intenso amor, pero también con desaliento e indignación. Tales fueron las actitudes que inspiraron su Historia de una pasión argentina escrita al calor de una angustia profunda suscitada por la crisis moral del país. Mallea señalaba los males de su tierra y su propia reacción: “me levanto contra ella, la reprocho, la llamo violentamente a su ser cierto, a su ser profundo cuando está a punto de aceptar el convite de tantos extravíos”. El libro era una apelación a los espíritus responsables, a los “argentinos insomnes”, a quienes quería llevar “hacia un estado de inteligencia; no hacia un estado de grito”, desde el que enfrentaran “la comprensión total de nuestra obligación como hombres, la inserción de esta comprensión viva en el caminar de nuestra nación, la inserción de una moral, de una espiritualidad definida, en una actividad natural”.

El examen de Mallea revelaba la existencia de muchos y muy graves y profundos males; tantos que costaba trabajo mantener alguna esperanza. El más grave de todos era la crisis del “sentido de argentinidad”. Mallea recordaba que la conciencia argentina había conocido un momento de madurez, precisamente cuando el país nacía como pueblo. Entonces, las minorías cumplían la misión de encauzar a las masas con su alto ejemplo; pero luego, por una involución, el país aceptó las actitudes vitales de quienes se incorporaban a nuestra sociedad sin más propósito que alcanzar la riqueza. La “vida cómoda”, el tranquilo goce de los bienes materiales, el abandono de toda preocupación superior, la indiferencia frente a todo lo que fuera inquietud moral, caracterizó la existencia colectiva, sin que hubiera minorías que se sobrepusieran a esas debilidades; por el contrario, admitieron el primado de las mismas normas. Así alcanzó preeminencia ese conjunto humano que Mallea llamaba “la Argentina visible”, constituida por los que han sustituido “un vivir por un representar”. Influyentes en la vida colectiva porque actúan, dirigen y opinan, alcanzan precisamente su mayor penetración a causa de su espontánea coincidencia con los más elementales prejuicios y las más vulgares tendencias. Sólo atraídos por la figuración, falsean cuanto tocan y pervierten a los que los imitan. Mallea señalaba que, entre todos los peligros, el mayor era el ejemplo que esta “Argentina visible” ofrecía a quienes se incorporaban a la sociedad. “La sucesión racial, ética y política de nuestro pueblo estaba, por decirlo así, librada a sus manos.”

Si Mallea no se entregaba definitivamente a la desesperanza, era porque confiaba en lo que, antitéticamente, llamaba la “Argentina invisible”, compuesta de hombres que han mantenido una enérgica vigilancia moral, y se conservan imperturbables frente a las tentaciones primarias; la formaba —decía— un tipo de hombre sensible, “grave sin solemnidad, silencioso sin resentimiento, alegre sin énfasis, activo sin angurria, hospitalario sin cálculo de trueque, naturalmente pródigo…, humanamente solidario hasta el más inesperado y repentino sacrificio; lleno de exactas preciencias y zumos de sabiduría, simple sin alardes de letras”. Su firme y esperanzada confianza provenía de que veía en ellos la verdadera y permanente expresión del alma argentina, cuya actitud fundamental era la “exaltación severa de la vida”.

Recordaba Mallea muy de cerca las opiniones de Waldo Frank y de Hermann Keyserling; ricas a veces en intuiciones justas y en apreciaciones sutiles, y que sin duda habían contribuido a suscitar en él las reflexiones que hilaba sobre el tema del destino colectivo. Al terminar su libro, expresaba así su esperanza: “Tu silencio es una pausa honda, no muerte, no desaparición; una pausa honda. La pausa fundamental, la pausa de la reflexión dramática del que vela antes del alba, la pausa del que ominosamente trabaja en el destierro creador. Pueblo profundo de la Argentina, lo que vale en ti es tu exaltación severa de la vida. Está honda, muy honda; inexpugnable, muy inexpugnable; íntima, muy íntima en el silencio y la soledad de tu vida recóndita. Lo que eres, en verdad, es eso: exaltación severa de la vida. Lo contrario de tu floración, vegetación beocia, de tu moho, de tu áureo cardenillo.”

Ezequiel Martínez Estrada adoptaba una actitud más definitivamente pesimista en su Radiografía de la pampa, concebida en cierto modo bajo la sugestión de Oswald Spengler. Sobre la inocultable base de un estudio minucioso de los hechos, Martínez Estrada intentaba sobrepasar los límites de un mero conocimiento empírico de las circunstancias de la vida argentina mediante un examen fisiognómico que le permitiera captar sus íntimos y perdurables secretos. Por esa vía llegó a cierta visión fatalista del destino de la colectividad argentina, en la que influía mucho cierta misteriosa gravitación telúrica y acaso aun más la perpetuación de algunos estigmas psicológicos. Ese fatalismo suscitaba algo que podría llamarse un “sentimiento de culpa”, cuya presencia se adivinaría en las formas del comportamiento de la colectividad.

Martínez Estrada rastreaba la actitud psicológica del argentino —en la que veía, por lo demás, la raíz de su actitud social y cultural— a través de su singular relación con la tierra. La tierra tiene una realidad brutal. “Es lo más seguro bajo el pie y bajo la espalda, cuando ha concluido la marcha. Es lo que afirma que vive, al bruto, al posar sobre ella las patas y al alimentarse. La tierra es la verdad definitiva, la primera y la última: es la muerte.” Por eso posee un secreto que es necesario desentrañar si se pretend^ acordar la existencia humana con los sones de la armonía cósmica. Ahora bien, las circunstancias históricas no han querido que el argentino desentrañe el espíritu de la tierra, y esta inconexión explica fundamentalmente el sentido de su vida.

Fue la actitud del conquistador, primero, la que creó esa relación, porque vino a buscar oro y no encontró sino una llanura inconmensurable, de la que buscó “el dominio como represalia”. Y ese dominio fue brutal, ajeno a todo amor. Luego fue el colonizador, que vino también a buscar la riqueza, pero sabiendo ahora que dependía de sus brazos, y que luchó con la tierra para arrancarle cuanto tuviera, sin el designio de asentarse en ella, también en tránsito, como el conquistador. Los que sí quedaron fueron los criollos y los mestizos, “que tomaban partido por la horda contra la factoría, por la factoría contra la metrópoli, por América contra España. Se le había engendrado en la infamia, con la repugnancia del que satisface apetitos en carne vil”. Y este estigma sería definitivo.

Para el criollo, para el mestizo, el pasado no significaba sino vergüenza y odio. De aquí una actitud de perpetuo resentimiento frente a lo que parecía conservar el recuerdo de su origen paterno: la civilización, las formas establecidas para reprimir la vida indómita. Es el resentimiento del “hijo humillado” lo que explica ese comportamiento, el de los caudillos, el de las “multitudes anárquicas argentinas”, el del gaucho.

Pero las minorías europeizantes cubrieron la tierra incomprendida y las sociedades penetradas de miedo y de odio con una máscara de lo que se llamaba civilización. Eran instituciones, normas, principios, que nadie acataba espontáneamente sino bajo las fuerzas constrictivas. “Todavía el indio era una realidad más fuerte que la Constitución sobre la tierra ruda, inculta, salvaje, que sólo podían poblar los que habían permanecido renitentes a la civilización, en regiones bárbaras del mundo civilizado.” Pero el rico —aquel que había “trasmutado su vida en oro”— quería orden y deseaba las satisfacciones que dan el poder y el dinero, en tanto que el azar amenazaba destruir las conquistas logradas con la misma rapidez con que habían sido conseguidas. Para afirmarlas era necesario fijarlas institucionalmente, y así apareció una vasta red mediante la cual se aisló al hombre de la dura realidad de la tierra, permitiéndole su evasión del oscuro drama de resentimiento y de temor que lo asolaba. “La única estructura solidificada —escribía Martínez Estrada—, el único segmento de la esfera en que las tierras aparecen diferenciadas de las aguas, es la administración pública, las restringas del Estado. Sus perfiles y relieves demárcanse con nitidez; ahí pueden hacer pie los que temen la vida; pero es la masa un camalote sin consistencia interior.” Éstas son en realidad seudoestructuras que no alcanzan a fijar las relaciones entre el hombre real y las circunstancias reales. De aquí la angustia y la inquietud, el narcisismo, la actitud defensiva, la irrupción de la sensualidad. Un escepticismo radical acerca de las posibilidades del encuentro del argentino consigo mismo parece caracterizar la actitud profunda de Martínez Estrada.

Tal fue la opinión de Bernardo Canal Feijóo cuando escribió sobre Radiografía de la pampa, cuya concepción fundamental consideró desesperada y negativa. Por entonces enjuiciaba severamente Saúl A. Taborda todo el régimen institucional del país en un ensayo que titulaba La crisis espiritual y el ideario argentino, y en el que señalaba el anacronismo entre la estructura formal y la vida social del país. “Vivimos bajo el imperio de una ideología que ya ha hecho su ciclo”, decía. “El sistema parlamentario servido por los partidos políticos es un sistema que corresponde al período pastoril de nuestra historia institucional. Estuvo bien entonces y floreció en aquel momento de los grandes debates cuyo recuerdo acentúa la añoranza de las glorias pasadas; pero no corresponde ni se adecua a la realidad de estos días.” E insinuaba que era menester hallar otras vías para ajustar el sistema representativo a una más exacta funcionalidad. Taborda trataba de ahondar en los secretos de nuestra crisis. En sus Investigaciones pedagógicas analizaba los valores de lo que llamaba el “hombre precapitalista” argentino, para él de inequívoca raíz hispánica, y deducía del ensombrecimiento de esas virtudes las vicisitudes espirituales de nuestra existencia colectiva.

Así, en el plano profundo de la cultura, en el de las realidades sociales o en el de las instituciones, advertíanse signos de una crisis profunda. Las reacciones de los observadores eran unas veces optimistas y otras pesimistas, en tanto que simultáneamente se apreciaban como valiosos o desprovistos de valor los elementos espontáneos de la vida y de la cultura nacional. Así fue múltiple y diversa la reacción frente al cambio, manifestado inequívocamente en el plano de la vida político-social y revelado más oscuramente en otros horizontes de la vida argentina.

6

En el plano de la especulación filosófica, una renovada exigencia de severo rigor y una decidida aspiración a incorporar al ambiente intelectual del país las últimas conquistas del pensamiento especulativo, indujeron a los espíritus más inquietos a tomar contacto con las corrientes filosóficas que prevalecían en Alemania, en cuyas universidades una generación excepcional realizaba un intenso esfuerzo para desarrollar hasta sus últimas consecuencias los puntos de vista esbozados poco antes por los grandes maestros de principios del siglo. Rickert, Windelband, Dilthey, Simmel, Husserl habían abierto nuevos caminos a la reflexión, y sus discípulos y continuadores trabajaban empeñosamente en elaborar las vastas perspectivas que se entreveían.

Alejandro Korn, de ascendencia alemana, había tomado contacto con esas nuevas corrientes, aunque sin dejarse seducir excesivamente por ellas. Pero otros estudiosos más jóvenes le prestaban total adhesión. Francisco Romero desde el país, y Carlos Astrada, Saúl A. Taborda y Luis Juan Guerrero en las aulas de las universidades alemanas, se familiarizaron con el nuevo pensamiento filosófico alemán y comenzaron a difundirlo en las páginas de las revistas y más tarde desde la cátedra, favorecidos por el padrinazgo de José Ortega y Gasset, quien, desde la Revista de Occidente, desde la Biblioteca que la misma revista editaba, y desde la tribuna —en las conferencias que dictó en Buenos Aires en 1928— consagraba las nuevas orientaciones filosóficas como las únicas que podían responder a las inquietudes auténticas y profundas del hombre contemporáneo. Dos instituciones, la Sociedad Kantiana de Buenos Aires y el Colegio Libre de Estudios Superiores —este último fundado en 1930 e inspirado por Luis Reissig— sirvieron como tribuna para las nuevas corrientes, junto a las aulas universitarias. Y en todos esos ambientes fue figura monitora Alejandro Korn, que alcanzaba por aquellos años la culminación de su prestigio intelectual y personal.

Ciertamente, cuando desaparecieron de las cátedras universitarias las doctrinas positivistas, fue la orientación de Alejandro Korn la que prevaleció. Hubo en los círculos intelectuales un momento de exaltación, cuando, en 1930, dio a luz el anciano maestro su primer libro, en el que, con el título de Ensayos filosóficos, reunía sus estudios más logrados, y entre ellos su Axiología, hasta entonces inédita. Su peculiar posición espiritual quedó condensada en el brevísimo prólogo con que quiso abrir el volumen, en el que decía: “Aunque se circunscriba a una minoría, lentamente crece en nuestro país la difusión y la intensidad de los estudios filosóficos. Todavía prevalece la asimilación de doctrinas exóticas. Pero un pueblo con personalidad propia, no ha de vivir en perpetua tutela; sus intereses, su índole, sus ideales, en hora propicia, han de hallar también una expresión propia. Por eso dedico la edición restringida y reservada de este libro, no como un ejemplo, sino como un estímulo a los hombres jóvenes en cuyas manos se hallan los destinos de la cultura patria.

“Algunos me distinguen con su amistoso afecto, otros seguirán distinta huella. Pero la vocación filosófica ha de surgir. Ésa es mi fe y mi esperanza. Si dentro de la nueva generación pudiera distinguir al predestinado, sonriente me inclinaría a ajustarle el cordón de la sandalia para que emprenda la marcha victoriosa.”

En cuanto a su posición filosófica —por lo demás indisolublemente unida a su actitud vital— acaso quedó fijada mejor que en parte alguna en la carta que en 1927 escribió a otro ilustre filósofo, Alberto Rouges: “Todo mi afán —decía— en la modesta esfera de mi actuación, se ha encaminado a destruir la concepción determinista y mecanicista que la chatura seudocientificista del positivismo y su realismo ingenuo, como una calamidad nacional, han infiltrado en el ambiente.” Para su lucha había usado a Kant como arma: “No se le ocultará que me acojo a la sombra de Kant, y aun a la de un Kant un poco pedestre que, asimismo, prefiero a cuantos han tratado de superarlo, muy especialmente a la sofisticación audaz de los neokantianos.” Y rechazaba olímpicamente las nuevas direcciones que conducían a distintas posiciones metafísicas: “He terminado en estos días una lectura metódica de la Filosofía de Rickert. En doscientos páginas de una exposición prolija, honesta y aburridora, protesta contra toda intención metafísica, trata de convencernos de que el valor, independiente de la valoración, es un objeto irreal, y luego en una página, a la vez trágica y ridicula, confiesa que no sabe cómo lo irreal actúa sobre lo real. Nos encomienda a la religión. Husserl, a quien Ortega y Gasset ha proclamado el más grande de los filósofos vivientes, también asegura no hacer metafísica y ayunta la lógica pura con una vaga intuición, en busca de la quididad esencial de las cosas. En tanto Max Scheler, su discípulo más destacado, acaba de refugiarse en el regazo de la fe católica. Para llegar a semejante puerto hay caminos más breves. Todo esto me interesa sobremanera; de la angustia metafísica, bien se ve, no se ha de librar la humanidad ni el más ínfimo de sus integrantes. No lo ignoro; pero, con Pascal me limito a decir: II y a des raisons que la raison ne connait pas.”

Su problema fundamental era el de la libertad, que él llamó creadora, y que oponía como finalidad del hombre a la necesidad natural. “Cuando entrego el mundo objetivo —o sea espacial— a la interpretación causal y aritmética de la ciencia, por fuerza determinista y mecanicista, no entiendo haber resuelto un problema ontológico ni me refiero a la esencia desconocida del proceso cósmico. Si luego atribuyo a la personalidad humana como finalidad la conquista de la libertad, tampoco entiendo referirme, como el idealismo romántico de los alemanes, a una libertad noumenal, opuesta a la finalidad fenomenal. Tomo ambos conceptos, el de necesidad y el de libertad —sin hipostasiarlos—, en un sentido relativo, no como integrantes de la ‘realidad en sí’, sino como integrantes de nuestra concepción de la realidad sin comillas. Pues, kantiano relapso, no identifico el Ser con el Yo aprisionado en los moldes del entendimiento humano. La realidad, reflejada en el tiempo y en el espacio, la concibo como un conflicto, no como una armonía.”

Estas ideas terminaban en una toma de posición: “La filosofía argentina se afirma tres veces en el segundo verso de nuestro Himno Nacional, acompañada del ruido de rotas cadenas. Humanizarse es aproximarse a la realización íntegra de nuestra libertad. Entiendo que eso es ser argentino. ¿Cuál es la vía? En las soluciones universales y perpetuas no creo. Los problemas se plantean dentro de su medio y de su época. La Voluntad —más o menos instintiva, más o menos consciente— impone la solución. De la vida surgirá y no de la cátedra.”

Korn había desarrollado estas ideas en los trabajos —no muchos— que fue publicando a lo largo de su vida. En 1935 las ordenó en su segundo libro, Apuntes filosóficos, en el que precisaba, de manera casi geométrica y en estilo vehemente, sus puntos de vista fundamentales acerca de una filosofía que desembocaba en la acción fundándose sobre la ética. Era su filosofía viva y de ahí su ascendiente personal, más allá de toda disidencia teórica.

Alberto Rouges, a quien Korn dirigía la citada carta, era acaso menos propenso aún a las sugestiones de las nuevas corrientes filosóficas, que, por lo demás, conocía profundamente. Su punto de partida fue la consideración de ciertos problemas agustinianos, especialmente el del tiempo, sobre el que meditó en su único libro titulado Las jerarquías del ser y la eternidad, publicado en 1942 y acaso nacido de la frecuentación del pensamiento bergsoniano. En cambio, Saúl A. Taborda estaba totalmente comprometido con la nueva filosofía alemana, y en esa línea —aunque con asombrosa originalidad en ocasiones— escribió sus Investigaciones pedagógicas, cuyo primer volumen apareció en 1930, y La crisis espiritual y el ideario argentino, que vio la luz en 1933. Taborda perseguía tras el análisis de la crisis de la cultura occidental y el examen de la coyuntura nacional, la definición de una nueva idea del hombre. Se sublevaba contra la determinación económica del hombre moderno y descubría en lo que llamó “el hombre precapitalista” las reservas que pueden deparar la reconquista de un nuevo sentido total de lo humano, la reconquista del “hombre entero”. Llena de sugestiones sobre la vida argentina, a la que consideraba frustrada por el abandono de sus fundamentos hispánieos, su obra se orientó hacia la determinación de los nuevos ideales pedagógicos. Taborda los buscaba sobre todo para erigirlos en principios de la educación argentina; pero los buscaba con tan ambiciosa fundamentación que Alejandro Korn pudo reprocharle que desenvolviera “una teoría abstracta destinada a la salvación pedagógica de la humanidad”. Sin duda, se alineaba Taborda en las corrientes culturales y pedagógicas que inspiraba Eduard Spranger, a quien admiraba particularmente, y acaso esta filiación de su pensamiento, unida a cierta casi escondida vocación religiosa, suscitaba la crítica de Korn, quien, sin embargo, saludó las Investigaciones pedagógicas como valioso esfuerzo intelectual. Y lo era, sin duda, y el tiempo ha ido descubriendo la solidez de la doctrina y la agudeza de la observación inmediata.

Próximos a estos maestros, pero decididamente orientados hacia la filosofía alemana contemporánea, desarrollaron sus investigaciones y su enseñanza Francisco Romero, Luis Juan Guerrero y Carlos Astrada. Cupo a Francisco Romero la misión de difundir —y no sólo en la Argentina— las nuevas corrientes de pensamiento que adquirieron relieve después de la Primera Guerra Mundial. En innumerables artículos llamó la atención sobre filósofos y problemas, en los que descubría enfoques originales, valiosos, y, además, adecuados a las inquietudes del hombre contemporáneo. Pero al lado de esa labor fue perfilando su propio pensamiento, que orientó en general hacia ciertos temas de la metafísica, de la teoría de la cultura, y, sobre todo, de la antropología filosófica. Buen conocedor del pensamiento de Dilthey y de Hartmann, avanzó en el análisis del problema de la trascendencia. Por esa vía penetró en los problemas del hombre y de la cultura, que analizó detenidamente en su obra fundamental, Teoría del hombre, publicada en 1952. Francisco Romero analizaba en ella las nociones de intencionalidad y de espíritu, y se detenía en el examen del espíritu, que concluía en una metafísica de la trascendencia; finalmente se introducía en el tema mismo del hombre, que estudiaba a través de algunas notas que estimaba fundamentales: dualidad, enmascaramiento, justificación, sociabilidad, historicidad, sentido.

Sensible originariamente a influencias semejantes, Carlos Astrada se orientó progresivamente hacia el existencialismo de Heidegger. Desarrollando ese punto de vista con audacia y originalidad, centró sus preocupaciones en lo que llamó “el juego existencial”, expresión con la que tituló un libro publicado en 1933. Largos años de labor en el mismo sentido dieron origen a otras obras: Idealismo fenomenológico y metafísica existencial, La ética formal y los valores, y Ser, humanismo, “existencialismo”. Luis Juan Guerrero —como Astrada— estudió largamente en Alemania y dedicó poco a poco sus esfuerzos a la estética, cuyos resultados cristalizaron en su densa Estética operatoria, de la que en vida sólo alcanzó a publicar el primer volumen.

Más jóvenes, constituyeron la siguiente promoción filosófica, entre otros, Vicente Fatone, Ángel Vassallo, Miguel Ángel Virasoro, Risieri Frondizi, en todos los cuales las influencias se entrecruzaron con preocupaciones originales que, finalmente, prevalecieron en su obra. Inclinado a los problemas religiosos, Fatone estudió los místicos y se detuvo largo tiempo en la profundización de la filosofía hindú, sin descuidar por eso las corrientes más modernas del pensamiento occidental, especialmente el existencialismo. Vassallo, que publicó en 1939 su Elogio de la vigilia, halló en Maurice Blondel y en su “método de la inmanencia” una fuente de inspiración consustanciada con sus propias preocupaciones. Virasoro, dentro de la dirección existencialista, escribió La libertad, la existencia y el ser.

Frondizi, preocupado por el problema del empirismo primero, analizó la cuestión a fondo en El punto de partida del filosofar, deteniéndose luego preferentemente en el problema de los valores.

Otras direcciones cobraban, entretanto, algún desarrollo. La filosofía tomista y las diversas variantes de las corrientes católicas inspiradas en Berdiaef, en Blondel o en Maritain, encontraron adeptos en la Argentina. Tomás D. Casares publicó en 1928 Jerarquías espirituales, donde analizó el problema de la inteligencia y la fe, luego el de la acción, el conocimiento y la contemplación, y finalmente el de la política y la moral. En sus estudios posteriores profundizó los temas propuestos por el tomismo, línea en la que también trabajaron Octavio N. Derisi —cuya obra Filosofía moderna y filosofía tomista, publicada en 1941, planteó el problema de sus relaciones recíprocas y la defensa de las tesis católicas— y Juan Sepich, entre otros.

Tomó también cierto vigor la filosofía marxista, a través de las obras de Emilio Troise y, especialmente, de la de Aníbal Ponce. Discípulo y continuador de Ingenieros, continuó Ponce trabajando en temas psicológicos; pero muy pronto se adhirió a las tesis marxistas, que defendió con sólidos fundamentos y clara inteligencia en algunos trabajos de rara profundidad: Educación y lucha de clasas y Humanismo burgués y humanismo proletario. En la misma línea insinuó luego algunas reflexiones Carlos Astrada, mientras otros estudiosos se afirmaban en ella gracias a las sugestiones del ilustre filósofo italiano Rodolfo Mondolfo, radicado en la Argentina.

Después de la Segunda Guerra Mundial se difundió considerablemente el existencialismo sartreano, pero sin que originara un movimiento vigoroso de pensamiento; como en otras partes, fueron más bien las derivaciones literarias las que apasionaron y atrajeron las adhesiones; pero es innegable que el existencialismo en general —según Heidegger o según Sartre— conformó la actitud intelectual de buena parte de la generación posterior a 1945. Junto a esta influencia europea, debe señalarse la que ha ejercido la filosofía científica, generalmente por la vía de los Estados Unidos. La epistemología, la filosofía científica, la lógica matemática y simbólica han sido frecuentadas asiduamente por estudiosos formados, generalmente, en las universidades norteamericanas.

Los estudios psicológicos, que se habían desarrollado considerablemente bajo la influencia de José Ingenieros, Norberto Piñero y Aníbal Ponce, cambiaron de orientación en alguna medida en relación con el conocimiento de nuevas corrientes modernas. Una influencia importante fue la de la psicología de la estructura; pero más notable fue la del psicoanálisis, que encontró amplia adhesión en los ambientes médicos y psiquiátricos, y pasó de allí a capas más amplias de curiosos y aficionados. Interesada en problemas psicológicos y médicos, Telma Reca logró hacer escuela en el campo de los problemas de conducta de niños y jóvenes.

El conocimiento de las nuevas ideas filosóficas y pedagógicas engendró un movimiento de cierta importancia en el campo de la educación. José Rezzano lo estimuló desde Nueva Era, publicación vinculada a la “Liga Internacional de Nueva Educación”, en tanto que buscaban aclarar su contenido, tanto en el orden de los problemas generales como en el de sus aplicaciones particulares, Juan P. Ramos, Saúl A. Taborda y Juan Mantovani.

En Los límites de la educación, publicado en 1941, Juan P. Ramos profundiza la noción de cultura en el ámbito del pensamiento contemporáneo y, considerándola como una especie de saber olvidado, la distingue y separa de la educación. La educación no es para él un problema de instrucción intelectual sino un sistema de valores morales, lo cual, inesperadamente, conduce a Ramos a una posición aristocratizante que, por cierto, correspondía a sus preferencias políticas de tipo nacionalista. Saúl A. Taborda, que se ocupó del problema de la educación en sus Investigaciones pedagógicas, partía también de la necesidad de afirmar los principios éticos, pero trataba de definirlos por la vía del delineamiento de los ideales. Atento a los esquemas de Spranger, sobre todo, meditó sobre un sistema de ideales argentinos, en el que creía poder hallar el camino para una educación que se propusiera desarrollar lo que llamó “el hombre entero”. Una preocupación semejante condujo a Juan Mantovani hacia afirmaciones análogas en su libro Educación y plenitud humana, de 1933, que se reiteran en La educación y sus tres problemas, publicado en 1943. No sólo debe huir la educación de los fines exclusivamente prácticos —decía Mantovani—, sino también de fines desinteresados que alteren la suprema armonía de lo humano; por eso la educación debe satisfacer el plano de lo vital, pero trascendiendo hacia la libertad, la creación y la moralidad.

Estas doctrinas tenían su correlato metodológico. Muchos educadores intentaron transformarlas en orientadoras de la acción educacional del Estado, y procuraron que se aplicaran los nuevos métodos. Diversas circunstancias hicieron que este proyecto no se cumpliera nunca de una manera decidida. Pero dejó por lo menos la inquietud de que es necesario rever totalmente la orientación de la educación popular.

Diversas revistas de ensayos aglutinaron por entonces a los hombres de pensamiento, renovando la labor que habían realizado Nosotros y Síntesis; entre ellas Criterio, de orientación católica; Dialéctica, de orientación marxista; Realidad, dirigida por Francisco Romero y que se definía como “revista de ideas”; Cursos y Conferencias, editada por el Colegio Libre de Estudios Superiores; [mago Mundi, cuyo subtítulo la identificaba como una “revista de historia de la cultura”, y muchas otras, entre las cuales alcanzaron gran significación algunas publicadas por las universidades o por sus distintas facultades. Editaron éstas también libros y colecciones importantes. Pero en este campo, la novedad trascendental se produjo hacia 1937, cuando Buenos Aires comenzó a transformarse, rápidamente, en uno de los centros editoriales más importantes de habla hispánica.

No faltaban en Buenos Aires algunas sólidas casas editoras como Peuser, Estrada, Coni o Kraft, capaces de lanzar ediciones pulcras; no habían faltado tampoco editores audaces que, como Manuel Gleizer o Samuel Glusberg, habían emprendido la noble tarea de dar a conocer los autores argentinos, junto a las grandes figuras de la literatura universal. Pero fue después de 1937 cuando se organizó la producción de libros argentinos en gran escala, y fue en gran parte debido al esfuerzo de algunos emigrados españoles, como Gonzalo Losada o Antonio López Llausás. La tesonera e inteligente labor de ellos y de otros muchos contribuyó a crear una nueva aventura: la de editar libros. Hubo un momento —hacia 1946— que pasaban de cuatrocientas las editoriales argentinas. Un público lector que crecía rápidamente acompañó este esfuerzo, que se decantó luego y dejó como saldo una vigorosa industria editorial.

También se desarrolló al calor de esta industria una vasta posibilidad de trabajo intelectual y artístico: redactores, traductores, diagramadores e ilustradores se asociaron a la aventura editorial. Y no fue poca la influencia que tal movimiento ejerció en el estímulo de las vocaciones literarias.

7

En 1931, Victoria Ocampo fundó la revista Sur. Figuraban en su Consejo de Redacción, entre otros, Jorge Luis Borges, Eduardo Mallea y Guillermo de Torre, quienes compartían la orientación de la revista con un Consejo Extranjero del que formaban parte Ernest Ansermet, Drieu La Rochelle, Leo Ferrero, Waldo Frank, Pedro Henríquez Ureña, Alfonso Reyes, Jules Supervielle y José Ortega y Gasset. Estos últimos, vinculados de alguna manera a la actividad intelectual argentina, representaban las preferencias estéticas de Victoria Ocampo y del grupo redactor. Atento a la renovación que en todos los órdenes de la creación se advertía tanto en los países europeos como en los Estados Unidos, el grupo de Sur constituyó una minoría refinada que en ocasiones adquirió el aspecto de una élite un poco esotérica. Sin duda quienes se reunieron en él tenían, en general, una evidente predilección por la creación pura, con lo que perpetuaban el más saliente de los rasgos de la generación llamada “martinfierrista”, sobre la cual, por cierto, había de discutirse mucho, sin que faltaran quienes negaran su existencia como grupo homogéneo; y fue precisamente Sur el baluarte donde se hicieron fuertes quienes habían afirmado la necesidad de una renovación estética, y en sus páginas donde se manifestó la lenta maduración de los jóvenes escritores que habían comenzado su carrera como heterodoxos. En ellas, sus colaboraciones se alternaban con las de autores extranjeros de gran dignidad, cuyos nombres revelaban sus propias preferencias; y las ediciones que Sur comenzó a lanzar permitieron al público culto familiarizarse con la mejor literatura contemporánea.

Es innegable que, a medida que maduraban, acusaban más netamente los escritores del grupo Sur una mayor influencia de la literatura de pensamiento. Ésa fue la que prefirió Jorge Luis Borges, consumado conocedor de la literatura inglesa y escritor consumado él mismo. Poeta casi metafísico, reveló su dramática concepción de la experiencia intelectual a través de un verso impecable, en el que cada palabra escondía el secreto de una elaborada y profunda intuición de sus posibilidades expresivas. Y en el cuento, denso de contenido hasta cuando desarrollaba paradójicamente un tema trivial, alcanzó su prosa la perfección que buscaba. El tema del tiempo, el del retorno y tantos otros de vieja alcurnia filosófica, aparecían incluidos en un cuadro de impecable estructura en el que Borges no desdeñaba introducir él más sutil humorismo y la más refinada versión de las peculiaridades caracterológicas y verbales de su contorno bonaerense. En él culminó la aspiración estética de su generación.

La poesía metafísica había atraído también a Macedonio Fernández, oscuro y profundo adivinador de arcanos. Ricardo Molinari persiguió una expresión hermética, laberíntica a veces, para volcar su subjetividad conmovida por el paisaje y por la propia introspección. Francisco Luis Bernárdez, Oliverio Girondo, Leopoldo Marechal y Eduardo González Lanuza completan el cuadro de la mejor poesía de su generación, hostigada por un vigoroso llamado lírico y por una vehemente obsesión de perfección formal.

De esa generación, Eduardo Mallea fue el más asiduo y denso novelista. También a él lo atraía la novela de pensamiento, y si algunas veces se dejó llevar por los problemas de su contorno, como en la ya citada Historia de una pasión argentina, fueron los problemas psicológicos, los de los caracteres y las situaciones, los que suscitaron sus temas y sus vastas construcciones novelísticas, en ocasiones demasiado saturadas de reflexiones, pero animadas siempre por su vigorosa veta de narrador. Más ágiles en el relato, y poseedores de un fino estilo, Norah Lange y Adolfo Bioy Casares dieron a la novela una atmósfera fresca, en la que la primera supo alojar una delicada corriente de sensibilidad, casi de ternura. Y la viva experiencia de todo ese movimiento literario, recogida con profundidad en ocasiones y con acritud otras veces, fue volcada por Leopoldo Marechal en Adán Buenosayres, una novela de excelente arquitectura y de gran aliento narrativo.

El innegable esteticismo, cierto sentimiento de élite y una predominante tendencia a prescindir del contorno inmediato, fueron los caracteres que otros sectores descubrieron en el grupo de escritores de Sur. Aun vinculado a ellos, Ezequiel Martínez Estrada siguió otro camino y se volvió hacia el análisis de sus circunstancias. Poeta y estilista, poseía el secreto de las fórmulas profundas y expresivas para destacar la significación de los rasgos típicos de la vida argentina, descubiertos en parte por la vía del análisis sociológico y en parte por el camino de una intuición desusadamente sagaz. Poco a poco fue elaborando un sistema de pensamiento para comprender los fenómenos sociales y culturales, en el que se advirtió una fuerte tendencia a las interpretaciones telúricas. Apasionado, vibrante y lleno de coraje intelectual, su literatura se fue tornando denuncia y su voz alcanzó cierta modulación profética. A medida que pasaba el tiempo, cuando el esteticismo comenzó a parecer condenable y nuevas preocupaciones sociales empezaron a difundirse en las nuevas generaciones, Martínez Estrada atrajo la atención de los jóvenes y sus ensayos llegaron a ser punto de partida para el encauzamiento de las nuevas vocaciones intelectuales.

Entretanto, la tradición de la literatura social, que el llamado “grupo de Boedo” había opuesto al esteticismo “martinfierrista”, fue recogida con distinta intensidad por nuevos novelistas en quienes se conjugaban también otras influencias, como las del realismo norteamericano. Leónidas Barletta seguía produciendo y Roberto Arlt recogía la devoción de nuevos lectores; y en una línea semejante iniciaban su obra Bernardo Verbitsky, Carlos Ruiz Daudet, Juan Goyanarte y Juan Carlos Onetti. Con ellos entraba otra vez en la literatura el mundo subsumido, el de los dramas oscuros y sórdidos, el de la pequeñez y la miseria, o el de la inadaptación frente a los ininteligibles mecanismos de la realidad, temas que se revelaban a través de una expresión directa y en ocasiones deliberadamente brutal.

Era la de estos últimos una generación más joven, en la que surgió un fino poeta, Vicente Barbieri, lírico delicado y profundo. Pero todavía se daban por entonces —hacia 1940— las mismas direcciones estéticas que se enfrentaban quince años antes. Los que entonces comenzaron a escribir poesía siguieron todavía las huellas de los que ya solían llamar sus maestros: Borges, Bernárdez, especialmente, y se agruparon con cierta insistente tenacidad a la sombra de un rótulo, el de “la generación del 40”, que no llegaba a precisar en ellos una orientación poética distinta de la de sus modelos. Juan Rodolfo Wilcock, Olga Orozco, Enrique Molina, César Fernández Moreno, Jorge Vocos Lescano, Daniel Devoto, Alberto Girri, María Elena Walsh, Fernando Guibert, se volcaron hacia una lírica que fue llamada posromántica, elegiaca a veces, esteticista siempre, en la que se advertía la influencia de Juan Ramón Jiménez y de la primera época de Neruda. Canto, Huella, Fábula, Verde Memoria, fueron las revistas que fundaron, y en ellas, como en las obras individuales, se advirtió una actitud irreductiblemente subjetiva.

Pero esta actitud había de cambiar profundamente cuando, al fin de la Segunda Guerra Mundial, coincidieron nuevas influencias literarias con nuevas situaciones sociales. A la generación del 40 sucedió la del 45, tan opuesta a ella por sus predilecciones literarias como por el tipo de reacciones que la caracterizaron con respecto al destino colectivo y al papel del escritor. Luchas políticas y estudiantiles, militancia resuelta y sentimiento de crisis conformaron, con nuevas experiencias, las nuevas actitudes literarias, en las que la “situación” desempeñaba un importante papel.

Influido por Huidobro y el surrealismo, un grupo de poetas proclamó la necesidad de una poesía mágica y creadora de realidades. En la revista Poesía Buenos Aires se concretó esta actitud mezclada con preocupaciones sociales, a la que poco después se sumó otra de ortodoxo acento surrealista, y que giró alrededor de otras revistas: A partir de cero y Letra y línea. Pero el movimiento más vigoroso fue el que recogió la nueva sensibilidad de los jóvenes militantes, y buscó expresarse a través de un nuevo estilo, más directo, más comprometido. Centro, Contorno, Ventana Buenos Aires, fueron las revistas de los nuevos. La actitud telúrica halló su inspiración remota en Keyserling y Spengler, y su suscitador en Martínez Estrada. H. A. Murena y Rodolfo Kush representaron eminentemente esta dirección, que el primero llevó al ensayo y a la ficción más tarde. El realismo, en el que resonaban los ecos de la novela norteamericana e italiana y hasta un vago soplo existencialista, atrajo a nuevos grupos de novelistas que se esforzaron por volcar a la literatura los problemas vivos con una acentuada intención social. Primero Ernesto L. Castro, Alfredo Varela, luego David Viñas, Beatriz Guido, Alberto Rodríguez, irrumpieron con un lenguaje nuevo y una temática distinta, que proporcionó a la novelística un sabor de inmediata realidad de que antes había carecido. Y esa tendencia predominó en el teatro —con Carlos Gorostiza, Agustín Cuzzani, Carlos Carlino— que ofreció la ocasión de expresar la profunda renovación de inquietudes que caracterizaba a las nuevas generaciones.

Un fenómeno análogo al de las letras se observó en el campo de la plástica. Después de 1930 maduraron las figuras que habían dado la batalla por las nuevas corrientes estéticas y, en la sociedad de “Amigos del Arte”, sobre todo, ganaron el favor del público conocedor los artistas que traían la inspiración de la “escuela de París”: Alfredo Guttero, Horacio Butler, Héctor Basaldúa; o un constructivista, como Lino Eneas Spilimbergo, o un cubista como Emilio Pettoruti.

Hacia 1939 comenzó a difundirse el surrealismo, en el que sobresalieron Leopoldo Presas y Juan Batlle Planas. Por entonces también comenzó a advertirse el vigor de otra escuela, la del realismo, que en algunos fue “socialista”, y que defendieron con su obra Carlos Giambaggi, Antonio Berni y Juan Carlos Castagnino. Pero sólo después de 1945 comenzaron a aparecer las primeras muestras de pintura no figurativa, y más tarde la decididamente concreta, en la que se destacaron Sarah Grilo, Miguel Ocampo, Fernández-Muro, Tomás Maldonado y Alfredo Hlito. En el análisis de las nuevas corrientes plásticas trabajaron los críticos de arte Julio E. Payró —de vasta obra también como historiador del arte— y Jorge Romero Brest.

Un vigoroso desarrollo musical permitió que los compositores argentinos de la renovación, como José María y Juan José Castro, Carlos Gianneo, Alberto Ginastera y otros, lograran la aceptación del público. Entretanto, sus discípulos perpetuaron su misma dirección estética y, en abierta oposición a ella, Juan Carlos Paz difundió como músico y como crítico la nueva música dodecafónica.

Buenos Aires, una historia. 1971

A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires: la juzgo tan eterna como el agua y el aire.

[Jorge Luis Borges]

Pero no es cuento. Empezó dos veces, fundada la primera por Pedro de Mendoza en 1536 y la segunda por Juan de Garay en 1580. Fue, antes que una ciudad real, un acta y un plano. De las 144 manzanas previstas, sólo 30 estaban edificadas en 1750, cuando la iglesia de San Juan —en Alsina y Piedras— era un curato de indios. Para entonces, los 300 habitantes de 1580 habían llegado a ser 12.000: “vecinos” propiamente dichos los comerciantes, los militares, los funcionarios y los eclesiásticos, y simples habitantes los más, entre los que había criollos, indios, mestizos y negros esclavos que se vendían en Retiro.

Era una sociedad amodorrada la de la ciudad indiana, en cuyo seno sólo solían hacer fortuna los exportadores de cueros, los gobernadores y los funcionarios, y algún contrabandista. Al margen de las rutas metalíferas, inhabilitado el puerto, los estímulos faltaban a esta sociedad que sólo se conmovía cuando se anunciaban los temidos piratas o cuando trascendían las contiendas entre obispos y gobernadores.

Pocas fiestas —como la de la coronación de Fernando VI— sacudían la calma aldeana. Y sólo los domingos se animaba la ciudad cuando los fieles se dirigían a sus iglesias: la Catedral, La Merced, San Francisco, por lo demás los únicos edificios —con el Cabildo y el Fuerte— que le daban a la aldea de casas de barro cierto aire de ciudad.

Buenos Aires cambió notoriamente hacia 1776, cuando se transformó en capital del nuevo virreinato; pero sobre todo porque, a partir del año siguiente, se reemplazó el sistema económico del monopolio por un régimen de comercio libre. Se creó la aduana en 1778, se autorizó poco después la salida de barcos cargados con frutos del país, se orientó el tráfico de la plata potosina hacia Buenos Aires y se creó el Consulado en 1794. Fue una inyección de riqueza y de vida, que se advirtió en seguida en la plaza Mayor —donde se construyó en 1802 la Recova para los comerciantes— y en los mercados de la plaza Monserrat, de la plaza Lorea y de la plaza Nueva, que se abría donde está hoy el mercado del Plata. Tres mataderos aparecieron: el del sur, en la plaza España, el del norte, en la Recoleta, y el del Centro —o de Caricaburu— en la plaza Once. Los caminos de acceso a la ciudad —Santa Fe, Rivadavia y Montes de Oca, que se prolongó desde 1791 en el puente de Gálvez para cruzar el Riachuelo— comenzaron a volcar al mercado urbano los productos alimenticios y artesanales del interior con tal intensidad que el virrey Vértiz tuvo que prohibir en 1783 que las carretas penetrasen en el centro. Aquellos mercados fueron, precisamente, los lugares de arribo.

La ciudad crecía. Aumentaban las manzanas edificadas y las casas modificaban su estilo, sustituyendo el techo de tejas por la azotea con barandas de hierro. Y aumentaba la población, que alcanzó en 1778 a más de 24.000 habitantes, en 1790 a 32.000 y en 1810 a 44.000. El grupo más activo era el de los comerciantes que explotaban las nuevas posibilidades económicas. Tiendas de productos variados surgieron, importados y locales, y sus propietarios acumularon un capital que los transformó en los intermediarios obligados de toda la actividad económica de la ciudad. Algunos comenzaron a formar explotaciones agropecuarias en campos no muy distantes, y poco después surgirían los saladeristas que entrarían de lleno en una vigorosa actividad internacional. Así, el puerto vivificó a la ciudad, en la que empezó a constituirse una burguesía local de españoles y de criollos. Y no sólo de comerciantes, sino también de funcionarios, de militares, de eclesiásticos, y poco a poco de gentes dedicadas a las profesiones liberales. Un mundillo marginal creció en los nacientes barrios populares —Monserrat, Concepción, San Telmo— del cual fueron los más significativos personajes aquellos que estaban vinculados a los mataderos.

También cobraban importancia las clases populares dedicadas al pequeño comercio, a las artesanías, a las tareas del puerto, al transporte, sin que faltaran en su seno los mendigos —algunos a caballo— y las gentes de mal vivir que flotaban entre la ciudad y la campaña. Había criollos, negros y mulatos, indios y mestizos. Pero todo ese mundillo popular o marginal no oscurecía el brillo que empezaba a tener la nueva burguesía urbana, seducida por el ingenuo orgullo de constituir la clase directora en la sociedad del nuevo virreinato, cuya corte poblaba el recinto del Fuerte. Los virreyes procuraron ennoblecer sus salones, harto modestos, y los tenderos y funcionarios eran convocados de vez en cuando para asistir a las fiestas que ofrecían remedando las de Madrid o Lima. Pero la burguesía porteña era modesta. Se contentaba con trabajar, con pasear por la Alameda que construyera Vértiz, con ir a misa, los hombres al café y las mujeres de tiendas por las cuadras de Bolívar, Perú o Victoria donde se concentraba el comercio, y especialmente por aquélla que tuvo el primer empedrado que conoció la ciudad. Y en las veladas, la tertulia familiar, en la sala de estrado o en los patios poblados de limoneros y diamelas congregaba a parientes y amigos para dejar correr las habladurías de la aldea.

Ciertamente, la sociedad comenzó a perder su sencillez a medida que crecieron las fortunas y se diversificaron los intereses. Los progresistas ilustrados se opusieron a los tradicionalistas, y hubo polémicas y enfrentamientos. El Colegio de San Carlos, la Casa de Comedias primero y el Teatro Coliseo después, los periódicos que publicaron Cabello en 1801 —el Telégrafo Mercantil— y Vieytes en 1802 —el Semanario de Agricultura, Industria y Comercio— sirvieron de instrumentos para la renovación de las ideas. Estaban los pacatos repetidores de las que sustentaban sus abuelos, pero estaban también quienes difundían lo que aprendieron en Chuquisaca, o en los libros de los filósofos franceses que subrepticiamente entraban en la ciudad, o en los que con rara valentía intelectual reunía en su biblioteca privada el padre Maciel. Eran, por lo demás, las ideas que circulaban y triunfaban en el mundo, y en la ciudad fueron llamadas a un primer plano cuando se renovaron las formas de la actividad económica y, sobre todo, cuando los ingleses llegaron como invasores y como portadores al mismo tiempo de una nueva alternativa económica y política.

En 1806 y 1807 lucharon los porteños con los invasores ingleses e hicieron su primera experiencia urbana de coherencia y solidaridad. El saldo fue muy favorable. Se constituyeron grupos definidos de opinión, se desvanecieron mitos anacrónicos, y la ciudad se situó dentro del cuadro real que ofrecía el mundo. Poco después la situación se precipitó. Liniers reemplazó a Sobremonte como virrey, y Cisneros a Liniers. España había caído ante las fuerzas napoleónicas, pero ya antes su imperio colonial había caído ante la fuerza del comercio inglés. Un día —25 de mayo de 1810— Buenos Aires hizo su segunda experiencia urbana y, a través de una insurrección popular y militar, se dio un gobierno propio echando las bases de un nuevo régimen para toda el área del virreinato.

Desde ese día, Buenos Aires entró en conflicto con el interior del país, que rechazó su pretensión a conservar la hegemonía. La ciudad se hizo jacobina, asumió dramáticamente su papel revolucionario, pero tuvo que ceder poco a poco a la resistencia de la realidad. Las burguesías criollas se vieron desplazadas por los comerciantes ingleses en las actividades mercantiles, pero mantuvieron la llama progresista, que culminó en la Asamblea del año 1813, reunida en el edificio del Consulado, en la calle San Martín. Hubo periódicos, representaciones teatrales y, sobre todo, discusiones apasionadas, en los diez años que siguieron a la revolución. La ciudad pasó de 44.000 habitantes en 1810 a 51.000 en 1820, y requirió más atenta policía, que fue confiada al capitán Rafael Alcaraz. En aquel año terminó la hegemonía de Buenos Aires sobre el antiguo virreinato y sus orgullosos y progresistas burgueses se espantaron ante los caballos de los gauchos montoneros que se acercaron a la plaza Mayo, donde ya lucía la Pirámide recordatoria de la Revolución. Un acuarelista inglés —Emeric Essex Vidal— dejó una imagen insustituible de esa ciudad modesta y orgullosa que, tras la experiencia jacobina, creía fervorosamente en su destino:

Silencio, que al mundo asoma

La gran capital del Sur.

[Vicente López y Planes]

Cuando las guerras civiles consagraron su caída como capital de las Provincias Unidas, Buenos Aires pasó a ser, en 1821, la capital de la provincia más próspera, más progresista y más europeizada. Salían por su puerto cueros, sebo, astas y carne salada, que producía una elite rural que empezaba a formarse; y entraban por él productos manufacturados preferentemente ingleses, que dejaban en la aduana fuertes sumas que las provincias del interior envidiaban. El comercio fue la actividad principal de la ciudad, y desde aquel año funcionó una Bolsa mercantil. El gobierno provincial que encabezaba el coronel Martín Rodríguez, y en el que Rivadavia imponía sus ideas modernizadoras, dispuso en 1822 que se realizara un censo, y los habitantes de Buenos Aires supieron a ciencia cierta que llegaban al número de 55.416. Sin duda la mayor aglomeración estaba en las 30 manzanas que rodeaban la plaza Mayor; pero una edificación discontinua cubría ya alrededor de 260 manzanas, definiendo progresivamente la fisonomía de los barrios: Monserrat, San Telmo, Concepción, y más allá, San Miguel, Balvanera, Piedad, Socorro. Las parroquias iban creciendo y la iglesia —a veces reconstruida más de una vez— constituía su centro, sin perjuicio de que los habitantes los identificaran a menudo mencionando una pulpería que resultaba un centro de reunión social tanto como de actividad económica. Y la vida vecinal —y con ella la mala vida— fue puesta bajo la vigilancia de una nueva organización policial que dirigió Joaquín de Achával.

Se erigió por entonces el edificio de la Sala de Representantes —en Perú y Moreno—, y se inauguró el nuevo frente neoclásico de la Catedral. Rivadavia procuró introducir costumbres civilizadas en la ciudad, reglamentó la vida urbana y proyectó las grandes avenidas del futuro: Callao, Santa Fe, Córdoba, Corrientes, Belgrano, Independencia, San Juan y Caseros. Y para adecentar la ribera, dispuso que se trasladaran al otro lado del Riachuelo los saladeros malolientes: allí nacería poco a poco la ciudad de Avellaneda.

La sociedad ilustrada quería vivir en una ciudad limpia y ordenada. Un vecino que firmó “Un inglés” describió agudamente sus formas de vida. Había salones distinguidos, tertulias literarias, centros financieros, tiendas bien provistas, todo lo que deseaba la burguesía “decente” sin que faltaran por cierto los centros de reunión para las clases populares, cuyo género de vida era distinto. Cuando se fundó la Universidad, inaugurada el 12 de agosto de 1821, Buenos Aires se sintió centro intelectual. No faltaban las buenas bibliotecas privadas, las librerías ni los periódicos, progresistas unos y reaccionarios otros, como los que publicaba con títulos estrafalarios el padre Castañeda para combatir a Rivadavia, mentor de toda modernización.

Había también una minoría rivadaviana que compartía sus ideas: Agüero, Varela, Lafinur, Alcorta, Argerich. Eran cultos, progresistas, pero, ciertamente, desdeñaban al pueblo. Todo el pueblo crecía, tanto en los suburbios de la ciudad como en las zonas rurales vecinas, y adquiría cierta conciencia en el interior del país. Buenos Aires, la Buenos Aires ilustrada, no reparó en que crecía, y lo ignoró. Ciertamente, los problemas la abrumaban: quería reconstruir la nación, pretendía someter a las provincias, y se vio comprometida en la guerra contra el Brasil. Rivadavia fue elegido presidente de la República en febrero de 1826 y el 4 de marzo se declaró a Buenos Aires capital de la Nación. Pero fue una aventura efímera y en junio de 1827 todo volvió a ser como antes.

Muchos años después evocarían los recuerdos de esta época José Antonio Wilde en Buenos Aires desde setenta años atrás y Santiago Calzadilla en Las beldades de mi tiempo, dos libros insustituibles para la historia del viejo Buenos Aires.

Dorrego, nuevo gobernador, fue depuesto por un golpe militar que encabezó Lavalle. Buenos Aires se estremeció al saber que el vencedor había fusilado al vencido, y comprendió que se abría una nueva era. Fue cierto. Lo que empezó fue algo así como una recuperación de la ciudad por esas elites rurales que habían empezado a constituirse poco antes y por las clases populares. Ya se vio durante el primer gobierno de Rosas de 1829 a 1832; se vio durante los inquietos días de la “Revolución de los Restauradores” a fines de 1833; pero se vio mejor cuando Rosas inauguró en 1835 su largo gobierno. Al principio no se notó mucho el cambio, y pudo constituirse, en la librería de Marcos Sastre en la calle Victoria 59, una institución tan refinada como el Salón Literario, inaugurado en junio de 1837, en una sesión en la que participaron Juan María Gutiérrez y Juan Bautista Alberdi. Pero las cosas cambiaron pronto. Un movimiento de terror cundió en la ciudad cuando se supo que el presidente de la Sala de Representantes, Manuel Vicente Maza, había sido asesinado el 27 de junio de 1839 en su propio despacho. Rosas, desde su casa de la calle Moreno y luego desde el palacio de Palermo, donde habitó con su corte, vigilaba a los rivadavianos y a los unitarios, que se redujeron a silencio y comenzaron a emigrar. La nueva elite fue federal y tradicionalista, fiel a la mentalidad criolla, y a su alrededor se aglutinaron las clases populares, urbanas y rurales. Sus enemigos dejaron reflejado el cuadro de la sociedad porteña de entonces: Echeverría en El Matadero y Mármol en Amalia. Pocas ciudades latinoamericanas de esa época tienen tan singulares testimonios de su vida urbana que, por su parte, Pellegrini, Bacle y Morel reflejaron minuciosamente en sus litografías y grabados.

Pero la ciudad no se estancó, pese a la crisis del progresismo. El puerto vio crecer su actividad. La población, que Rosas hizo censar en 1836, llegó en esa fecha a 62.000 habitantes, y alcanzó a 85.000 en 1852, dispersa en más de 350 manzanas edificadas. Tonificada por la presencia de extranjeros, la nueva elite no dejó de tener cierto aire internacional: el ministro inglés —que desde su quinta llegaba a Palermo por la calle abierta para él, hoy Canning—, los cónsules, el sabio De Angelis, dialogaban en la casona con el Restaurador, con su hija Manuelita, y también con figuras tan exquisitas como la hermana de Rosas, poetisa, el doctor Vélez Sarsfield, jurista, o el joven Mansilla, aprendiz de hombre de mundo. Juan Aurelio Casacuberta y Trinidad Guevara que habían hecho las delicias de los espectadores del Teatro Coliseo, se retiraron de las tablas y dejaron paso a otros actores que se lucieron con el Macias de Larra en el nuevo Teatro de la Victoria, inaugurado en presencia de Manuelita Rosas el 24 de mayo de 1838. Parecía que la vida seguía; pero seguía de otra manera, y la Mazorca se encargaba de recordar a los desmemoriados que los tiempos habían cambiado. Buenos Aires era ahora la cabeza de la llanura, y el plano que el cartógrafo Sourdeaux dibujó hacia 1850 reflejaba cómo la pampa se insertaba en el ámbito urbano.

Vencido Rosas en Caseros en 1852, entró en Buenos Aires Urquiza con sus tropas. Hubo saqueos en los suburbios, temores en el centro y fusilamientos en Palermo. Poco después Buenos Aires tuvo su gobernador, y al cabo de poco tiempo su legislatura. Pero el clima político y social de la ciudad fue de tirantez durante mucho tiempo. Repentinamente, la ciudad cambiaba su elite federal y tradicionalista por una nueva, decidida a imponer su ideología liberal. El ajuste fue difícil. Los debates en la legislatura y las polémicas periodísticas tuvieron repercusión en las tertulias y en las calles, caldeando los ánimos.

La revolución porteñista encabezada por Alsina sacudió la ciudad en setiembre, y el sitio de Lagos acentuó la inquietud: fue una época vibrante, en la que los porteños sintieron reverdecer su viejo jacobinismo y se sintieron los defensores de la ciudadela liberal contra el país bárbaro. En Buenos Aires, la rivalidad entre porteños y provincianos creó unos enconos que durarían largo tiempo, y que todavía en la década del sesenta descubriría Miguel Cané entre los alumnos del Colegio Nacional, tal como lo refirió en Juvenilia.

Activa y politizada, la ciudad empezó a crecer aceleradamente en riqueza. El puerto, además de los productos tradicionales, exportaba ahora lanas en proporción creciente: 12 millones de toneladas en 1855, 18 millones en 1858, 90 millones en 1875. Un creciente mercado interno atraía muchos productos manufacturados extranjeros —percales y muselinas, porcelanas y chocolates— que se exhibían en las tiendas de las calles Victoria o Perú, y se consumían en el seno de las familias acomodadas que, poco a poco, pasaron de la sencillez republicana al lujo ostentoso de las nuevas burguesías. Lucio V. López describió este tránsito con lucidez y encanto en La gran aldea. De 90.000 habitantes en 1855, la ciudad pasó a 128.000 en 1862 y a 286.000 en 1880. Era un cambio numérico importante, pero más importante era el cambio cualitativo, porque la ciudad empezaba a incorporar una masa creciente de inmigrantes europeos que modificaría muy pronto su fisonomía social y cultural.

Los inmigrantes no pasaron de pertenecer por estos años a la clase popular. Estaban, en la jerarquía social, junto a los criollos pobres, quizá junto a los pardos o negros; pero traían otro ímpetu, y pronto comenzarían a ascender. Ya por estos años algunos comenzaban a alcanzar ciertos niveles de pequeña clase medía, especialmente los españoles, favorecidos por las ventajas que les deparaba su lengua. Tenderos y almaceneros generalmente, algunos pudieron hasta introducirse en la burocracia o la enseñanza elemental. Pero sólo unos pocos, porque las clases medias criollas se mostraron celosas de sus privilegios en la ciudad orgullosa, y muy pronto formaron una barrera contra los “gallegos” y los “gringos”.

Ciertamente, más sólida fue la barrera que puso la alta burguesía urbana, ese patriciado que se sentía protagonista de una epopeya iluminada por las antorchas del liberalismo y del progreso. Sólo las actividades modestas parecían a ese patriciado propias para estos recién llegados a los que tuteaban con cierto menosprecio. Y atrincherado en su naciente fortuna, se dio un estilo de vida, imitado de la burguesía francesa, que ingenuamente tomó como el más inequívoco signo de aristocracia.

El Club del Progreso, que poco después de su fundación se instaló en el palacio Muñoa, en Perú y Victoria, fue el centro de los alardes de lujo y señorío de la nueva burguesía. El salón de los retratos servía para las grandes recepciones, había espejos, estrados lujosos, y sobre todo, un comedor donde se servía excelente cocina francesa y se podía beber champagne, mucho champagne. Por las noches, las veladas del Teatro Colón —levantado en la plaza Mayo en 1857 e inaugurado con una memorable Traviata cantada por Tamberlick— reunían a los elegantes, que se sentían transportados no tanto por la música como por el brillo de la reunión social. Sarmiento se burló con alguna crueldad de esa sociedad que se esforzaba denodadamente por parecer la “buena sociedad”. Pero con los años las fortunas se hicieron viejas, las generaciones se sucedieron y las costumbres se refinaron. Muchos de los miembros de la nueva burguesía contrajeron el hábito de la lectura, se compenetraron del contenido de cada número de la Revue de Deux Mondes —para los iniciados, simplemente “la Revue”—, frecuentaron la literatura francesa y algunas veces la inglesa, y algunos brillaron en el foro, en los debates parlamentarios y en las letras, además de destacarse en la dirección de sus intereses privados.

El esplendor económico se reflejaba también en los otros estrados sociales. Había teatros para diversos gustos: el Victoria, donde podía escucharse ópera, el Argentino, donde podía verse a la Rístori, el Alcázar, donde se presentaron los Bouffes parisiens, el Alegría, para la zarzuela española, y luego el Variedades, el Porvenir, el Hipódromo, para los géneros más populares. Había también para la gente del pueblo circos y fiestas de Carnaval, procesiones, bailes para morenos, y poco a poco sociedades de las colectividades extranjeras en cuyos salones comenzaron a sonar los aires de la tarantela o la muñeira.

El dinero y los buenos jornales no faltaban, pero el trabajo era duro: diez o doce horas era la jornada de un trabajador. Pero todos, y sobre todo los inmigrantes, no medían su esfuerzo porque aspiraban a ahorrar y a acumular sus ahorros, a pasar de jornalero a comerciante y a “labrarse una posición”. Buenos Aires era —o parecía— un paraíso del que empezaba a hablarse con arrobamiento en las aldeas de Galicia y Piamonte.

Para los hijos de criollos e inmigrantes, abundaron las escuelas primarias. Para la nueva burguesía se estableció el Colegio Nacional de Buenos Aires en 1863 y fundaron los jesuítas el del Salvador en 1868. La Universidad progresaba notablemente desde que asumiera el rectorado Juan María Gutiérrez en 1861, y los periódicos crecían en número y calidad: El Nacional, La Tribuna, La Prensa, La Nación. Una elite intelectual empezaba a formarse al lado de la elite económica y política, en la ciudad que se poblaba y se extendía.

Para 1855 ya estaban edificadas 683 manzanas, con casas modestas en su gran mayoría. Pero en el centro —Catedral al sur— empezaban a aparecer algunos edificios de categoría: casonas privadas, palacios de ricos estancieros, como los de Muñoa, Bosch o Miró, escuelas públicas, hospitales y el nuevo Congreso Nacional inaugurado en 1864. Algunas iglesias se modernizaron, y las casas privadas contaron con provisión de gas. En 1871 la epidemia de fiebre amarilla conmovió a la ciudad e interrumpió su vida; y a su término el centro elegante comenzó a emigrar hacia el norte, como lo comentó con su gracia habitual Fray Mocho, sutil cronista de la vida cotidiana de la ciudad. El norte prosperó, y se hicieron clásicos los paseos de la Recoleta y de Palermo, este último llamado oficialmente parque Tres de Febrero e inaugurado por Avellaneda en 1875; el sur, en cambio, comenzó a declinar lentamente y fue ocupado por sectores medios y populares, convirtiéndose algunas de las viejas casonas patricias en nuevos “conventillos”. Pero surgían otros barrios. El tranvía a caballos, que empezó a correr en 1853, acercó poco a poco las zonas suburbanas, y así crecieron Barracas y Balvanera, la desordenada aglutinación de la Boca y hasta el lejano San Cristóbal, más allá de Entre Ríos. El Once era ya un barrio remoto; pero la ciudad sabía que crecería, y en 1867 se fijaron sus lejanos límites: el Riachuelo, el arroyo Maldonado y las calles Córdoba, Medrano, Boedo, Castro Barros y avenida Sáenz, según sus denominaciones actuales. Esta última conducía al Paso de Burgos —luego Puente Alsina—, que adquirió gran importancia cuando, en 1872, se trasladó el matadero a los Corrales, donde hoy está el Parque Patricios. Caseros y Amancio Alcorta acrecentaron su caudal de tránsito: carretas, arreos y jinetes. Y en 1871, colmado el cementerio del Sur —hoy plaza Ameghino— y casi colmado el de la Recoleta, se estableció el de la Chacarita, en una zona tan remota que pronto hubo que establecer un ferrocarril para conducir hasta allí los féretros y sus cortejos.

Un día se inauguró la estación del Parque, en 1857, desde la que partía el ferrocarril a Floresta. La vía hacía una curva al llegar a Callao, pasando de la calle Lavalle a la calle Corrientes: así quedó trazada Rauch. Fue por entonces cuando se hizo el primer plan de pavimentación de la ciudad, un año después de inaugurarse la iluminación a gas en las calles Victoria, Bolívar y Chacabuco. Era el triunfo del liberalismo y la modernización: el atildado gentleman del Club del Progreso podía esperar que Buenos Aires se pareciera pronto a París. Valía la pena ser porteño:

¡Qué me importan los desaires

con que me trate la suerte!

Argentino hasta la muerte

he nacido en Buenos Aires.

[Carlos Guido Spano]

La ciudad de las dos culturas

La empresa de llevar a cabo esa tarea de convertir a Buenos Aires en una metrópoli europea fue asumida por Torcuato de Alvear, el primer intendente que tuvo la ciudad después que fue federalizada en 1880, Hubo una revolución ese año y se combatió duramente, pero Roca asumió la presidencia e inauguró una era de renovación, y la ingente riqueza que produjeron las nuevas actividades económicas permitieron, como un lujo, transformar y embellecer la capital del país organizado y progresista.

El puerto adquirió un movimiento tan intenso que en 1889 se decidió construir uno modernísimo, según et proyecto del ingeniero Madero, que se inauguró parcialmente en los años que siguieron hasta 1897. Por él comenzó a salir no sólo el ganado en pie y las lanas sino también las carnes congeladas y los cereales que empezaron a cultivarse; y simultáneamente creció la cantidad de productos que entraron por él, para satisfacer un mercado interno cada vez más exigente y consumidor. Buenos Aires se convirtió en una fuerte plaza comercial, en la que no sólo aparecieron poderosas casas mayoristas que concentraban las operaciones de exportación e importación, sino también una multitud de pequeños comercios dispersos por el centro y los barrios.

La Bolsa de Comercio, en la plaza de Mayo, fue el santuario de quienes se dedicaban a esas actividades, y dos novelas —La Bolsa, de Julián Martel y Quilito, de Carlos María Ocantos— reflejaron la gravitación que ejerció en la vida de la ciudad y en el desarrollo de su sociedad heterogénea. Las especulaciones tentaron la ambición y la fantasía de los porteños, y gracias a ellas crecieron y se desplomaron muchas fortunas. En 1890, una crisis sacudió dramáticamente la vida de la ciudad. Tras las corridas, hubo fugas y suicidios, derrumbes vertiginosos y sospechosas supervivencias. Y, entretanto, otra crisis sacudió al régimen político y enfrentó al gobierno con un naciente movimiento popular que desafió a la naciente oligarquía. El Parque de Artillería, en la plaza Lavalle, sirvió de cantón a los revolucionarios, y hubo combates callejeros en los que el gobierno, finalmente, se impuso. Pero pasaron las dos crisis: la política se canalizó otra vez, la economía se recompuso y la prosperidad volvió a reinar poco después en la ciudad, un poco cartaginesa, en la que el dinero medía los prestigios.

Por el puerto entraron durante estos años no sólo mercancías sino también ingentes cantidades de inmigrantes europeos. El gobierno los llamaba para que trabajaran la tierra, pero muchos de ellos se quedaban en Buenos Aires o volvían a ella después de una corta y generalmente triste experiencia rural. En cincuenta años la ciudad decuplicó su población. De los 286.000 habitantes con que contaba en 1880 pasó a 649.000 en 1895 y a 2.254.000 en 1930. Fue como una inundación que provocó una alteración sustancial de la fisonomía urbana, y el joven Ricardo Rojas la descubrió en La restauración nacionalista. Muchas lenguas y muchas costumbres se entrecruzaron, rompiendo los cuadros de la antigua ciudad criolla.

Durante bastante tiempo los grupos inmigrantes permanecieron encerrados dentro del cuadro de las clases populares o de las pequeñas clases medias. Fue en el seno de estos grupos donde empezó a operarse, muy lentamente por cierto, la integración entre los recién venidos y los grupos criollos tradicionales, todos en estrecho contacto en los barrios populares o en los suburbios orilleros.

De ese conglomerado se desprendió, en cierto momento, un nuevo proletariado manufacturero y luego industrial que empezó a tener alguna significación a fines del siglo pasado. Pero nunca fue más que un sector minoritario, pese al triunfo de Alfredo L. Palacios en 1904 como candidato a diputado socialista por la jurisdicción de la Boca, pues la mayoría dentro de las clases populares estaba decidida a “hacer la América” aprovechando la apertura económica que ofrecía el país. Esa mayoría se desentendió de la acción gremial y política, y buscó el ascenso social por la vía del trabajo tesonero y el ahorro metódico: muchos de sus miembros lograron éxito, y así empezó a constituirse una creciente clase media de singulares caracteres sociales y culturales. Para alcanzar ese ascenso, el pequeño comercio fue el camino preferido por los grupos inmigrantes, en tanto que las primeras generaciones de sus descendientes prefirieron el camino de la burocracia y, sobre todo, el de las profesiones liberales, como lo mostró Florencio Sánchez en M’hijo el dotor. Uno de los factores del éxito que tuvo la campaña proselitista de la Unión Cívica Radical fue el generoso ofrecimiento de puestos públicos que hacían los caudillos de barrio.

En ese acelerado proceso de cambio social —confuso, como todos— se constituyeron también extensos grupos marginales que le dieron a Buenos Aires un carácter peculiar. En las orillas de la ciudad —cerca de los Corrales, en Barracas, en la Boca— se entrecruzaron los troperos criollos que llevaban los arreos de ganado a los mataderos con los peones de las barracas laneras o de los frigoríficos, los marineros, desembarcados en la ribera del Riachuelo con los carreros y cuarteadores, y alrededor de este heterogéneo mundo de hombres solos —sin arraigo, sin mujer, sin familia— surgieron los prostíbulos, los salones de baile y los cafés, las pulperías y las cantinas, los “despachos de bebidas” que se agregaban a los almacenes, lugares todos donde los parroquianos buscaban un poco de compañía y un poco de enajenación, en un ambiente de libertad que se sustraía al sistema de costumbres y de normas propio del centro de la ciudad burguesa. Junto a los hombres de trabajo, las prostitutas, los ladrones, los jugadores, los “cafishios’’, los borrachos consuetudinarios, los guitarreros y cantores se mezclaban, sin suscitar distanciamientos ni reproches ni repugnancia a las humildes familias del vecindario ni sorpresa a los chiquilines. Fue, en conjunto, una apretada sociedad marginal, en cuyo seno se elaboraron nuevas formas de convivencia, inflexibles reglas de juego y ciertos ideales originales y vigorosos que contaron con un decidido consentimiento. De acuerdo con esos ideales de vida se delinearon ciertos tipos sociales: el malevo, el guapo, el compadrito, el canfinflero, la percanta, la yira, la milonguita, el ciruja, que se sumaban a los que daban forma local a viejas profesiones: los cuenteros, las adivinas, los escruchantes, los punguistas, los jugadores fulleros. Era, ciertamente, una sociedad marginal, pero inseparable y parasitaria del núcleo de la gran ciudad, que se constituía al calor de un enriquecimiento acelerado, desbordando los marcos tradicionales.

Durante cierto tiempo, la sociedad tradicional ignoró este mundo marginal, como todavía lo revelaba la autora de Stella [Emma de la Barra, “César Duayen”], esa novela de principios de siglo que presentaba una Buenos Aires idealizada. Las viejas y las nuevas clases acomodadas se mostraron sorprendidas e irritadas por la aparición de estos mundos disímiles pero concurrentes: el de los inmigrantes que trabajaban ahincadamente para lograr su ascenso social y se mostraban ajenos a la vida del país tradicional —ignorantes de San Martín e indiferentes a la emoción del Himno Nacional—, y el de este mundo marginal que crecía en las orillas de la ciudad y cuyo eco llegaba lentamente hasta el centro, llevado unas veces por la crónica policial y otras por la sorprendente revelación de algún hijo de familia “bien” que se había deslizado en tren de “garufa” hacia sus misteriosas profundidades. Fue una sorpresa que engendró nuevas actitudes sociales de vastas consecuencias.

La reacción de las clases acomodadas, cada vez más ricas y cada vez más celosas de su poder, fue retraerse, constituirse en una verdadera oligarquía y afianzarse para defender sus privilegios y su estilo de vida. Una obsesiva preocupación por los “apellidos” subyugó a las clases altas —de la que dejó curioso testimonio Gastón Federico Tobal en sus Evoluciones porteñas— y aun a las clases medias tradicionales que se sintieron unidas a aquéllas, y sólo muy lentamente, y ante la tentación de las nuevas fortunas, comenzó a transigirse con el matrimonio de una niña “bien” con un “gringo con plata”. Los salones y los clubes —el del Progreso, el Jockey, fundado por Pellegrini en 1882, el Círculo de Armas— se hicieron cada vez más herméticos y pasaron algunas décadas antes de que comenzaran a abrir sus puertas a las nuevas fortunas. Los palacios lujosos del barrio norte congregaron a los grupos cerrados, de los que, sin embargo, solían escapar los jóvenes “patoteros” para deslizarse en el café de Hansen o en el Armenonville en busca de alegres compañías que hubieran espantado a sus padres si muchos de ellos no se hubieran familiarizado con gentes parecidas en las dudosas operaciones electorales, en la vida de los studs o en las subrepticias aventuras eróticas. Era la nueva burguesía una clase cada vez más conservadora, pero que se mostró incapaz de conservar, en su propio círculo, el estricto sistema moral de “la gran aldea”. Porque, nacida del cambio, no podía sustraerse a la situación que ella misma había desencadenado.

El cambio fue notorio en la fisonomía física de la ciudad. Tanto y tan pronto se poblaron sus baldíos que en 1888 se consideraban edificadas 1.363 manzanas. Cierto es que el ámbito de la ciudad había cambiado. El año antes, una ley había incorporado a la ciudad los partidos de San José de Flores y de Belgrano, llevando los límites urbanos hasta lo que es hoy la avenida General Paz: un total de 19.000 hectáreas aproximadamente, con lo que Buenos Aires se convertía en una de las ciudades más extensas del mundo.

En poco tiempo se modificó profundamente la infraestructura de la ciudad. Se construyó el puerto Madero, se concluyeron las obras de salubridad en la década del 80, se extendieron y electrizaron los tranvías desde 1902, se desarrollaron las líneas suburbanas de ferrocarriles, aumentaron los hospitales, los mercados y los parques, se electrificó el alumbrado público a partir de 1882, se construyó el primer subterráneo, inaugurado en 1914, aparecieron los ómnibus y los colectivos, y se hicieron sobre el río el Balneario Municipal y la avenida Costanera. La Asistencia Pública, creada por el doctor Ramos Mejía en 1884, trataba de cubrir los servicios de salud, en tanto que los Bomberos Voluntarios de la Boca, constituidos el mismo año, y el cuerpo de Bomberos de la Policía, reorganizado por el coronel Calaza en 1890, se esforzaban por contrarrestar los incendios. Con algún retardo, todos los servicios públicos fueron desarrollándose al compás del vertiginoso crecimiento de la ciudad.

Tanto el intendente Alvear como sus sucesores procuraron modificar el casco viejo de la ciudad para adecuarlo a las nuevas necesidades. Demolida la Recova en 1884, la plaza Mayo cubrió dos manzanas. Donde había estado el viejo Fuerte —demolido también en 1853— se construyó la Aduana primero y la Casa de Gobierno después. Pero la obra más importante de remodelación del centro fue la apertura de la avenida de Mayo, iniciada en 1888 e inaugurada en 1894, que obligó a mutilar —no sin polémicas— el viejo Cabildo. Dos años antes se había erigido el edificio de la Municipalidad y poco después se inauguraron los del Congreso Nacional y del Palacio de Justicia. Y frente a este último, en la plaza Lavalle, se construyó en 1908 el nuevo Teatro Colón, que abrió sus puertas el 25 de mayo con una fastuosa función en la que subió a escena la ópera Aída.

El barrio norte se poblaba de suntuosas viviendas y se creaban hermosos rincones en los que brillaban los palacios y palacetes de estilo francés, y el barrio sur seguía siendo ocupado por gentes modestas. Y en tanto que las avenidas Alvear y Quintana sólo veían el desfile de los distinguidos vecinos, la avenida de Mayo, con sus cafés de españoles, como el Tortoni o el Colón, y la calle Corrientes, con sus cafés bohemios y sus cafés de tangos, sus teatros y sus restaurants, se transformaron en los polos de atracción de la gente de los barrios.

Justamente, la experiencia más llamativa de Buenos Aires fue por entonces el desarrollo de los viejos barrios y la aparición de otros nuevos. Los transportes públicos acortaron las distancias. Se podía llegar en subte hasta Caballito primero y hasta Chacarita después, combinando allí con tranvías u ómnibus que prolongaban el recorrido; o se podía ir en tren hasta Belgrano o Villa Devoto o Vélez Sársfield o Villa Urquiza; o se podía usar el tranvía, el ómnibus o el colectivo —este último, un espontáneo invento porteño aparecido en 1928— para alcanzar los innumerables barrios que surgieron poco a poco, más allá de los tradicionales.

A veces los barrios surgieron espontáneamente a lo largo de la vía tranviaria, o de las avenidas que se alejaban del centro cruzando una semicampaña, como Villa Crespo y Almagro en los últimos años del siglo pasado. Otras veces crecieron como aglomeraciones alrededor de un foco de atracción: Abasto, alrededor del mercado inaugurado en 1889 en Corrientes y Laprida; Nueva Pompeya, en las proximidades del puente que cruzaba el Riachuelo, cerca de donde estuvieron los Corrales: Nueva Chicago, alrededor de los nuevos mataderos, inaugurados en 1901; Palermo, recostado sobre el arroyo Maldonado y polarizado hacia plaza Italia en cuyos bordes se inaugurara el Jardín Zoológico en 1875 y el Jardín Botánico en 1898.

Aun en estos barrios fue importante la acción de los rematadores, que en otros, en cambio, significó una creación desde la nada. Los rematadores descubrieron y emprendieron el negocio del fraccionamiento de viejas quintas o extensos solares baldíos, tentando a los que querían afincarse. Los lotes eran ofrecidos en espectaculares remates que se hacían los domingos. “Se compra sin dinero”, decía en 1889 un cartelón en el que anunciaban lotes a razón de cinco pesos mensuales a una cuadra de Rivadavia y Cuenca. Alguna vez el rematador ingenioso levantaba un simulacro de construcciones para atraer a sus presuntos clientes. Y tanto el aprendiz de especulador que adivinaba el futuro incremento del valor de la tierra urbana como el ahorrativo trabajador que acariciaba el sueño de la casa propia compraban su parcela, aquél para revenderla en momento oportuno y éste para edificar su vivienda.

No todos edificaban su casa de una sola vez. Muchos edificaban no sin sacrificio una pieza de material, y así podían abandonar el sórdido conventillo. Un primitivo retrete y una cocinita bajo techo precario permitían sobrellevar una nueva etapa de ahorro, tras de la cual la casa se iba completando, sin preocupaciones estilísticas. En cambio, los más acomodados, o los que edificaban para alquilar, confiaban la construcción a un maestro de obra generalmente italiano —y hubo muchos— que repetía, en un lote de diez varas de frente, el plano de la casa de habitaciones en fila, esmerándose en la ornamentación de una fachada de remotas reminiscencias renacentistas con sus cornisas y balaustradas: una puerta y dos balcones daban su fisonomía a la “cuadra”, expresión que localizaba el entrañable habitat de los nuevos porteños.

Así surgieron incontables núcleos urbanos, inscriptos en el área más extensa del barrio. Algunos de esos barrios fueron importantes desde un comienzo, como Villa Devoto o Villa Urquiza, en tanto que otros crecieron lentamente, sin que se edificaran sus baldíos, como Villa Soldati, La Paternal, Villa Ortúzar o Villa Lugano. En algunos, una plaza o la estación suburbana del ferrocarril crearon un polo de atracción comercial y social; en otros fue una esquina —como la de San Juan y Boedo, o la de Caseros y Rioja, o la de Lope de Vega y Jonte— la que concentró los pequeños negocios y alentó el encuentro de sus habitantes a la tardecita, después del trabajo, o por la mañana, a la hora de la compra. Y algunos recibieron el don de un vasto parque público —Centenario, Patricios, Lezama, Avellaneda— que conservó largo tiempo cierto aire de pampa en el seno de la ciudad.

Fueron barrios familiares, de gente honesta y trabajadora, ahorrativa, cuyos objetivos familiares e individuales consistían primariamente en mejorar de condición económica y social, en casar a las hijas y en asegurar un porvenir a los muchachos: una clase popular con expectativas de pequeña clase media que, a medida que crecía, se constituía en el grupo social más significativo de la población de Buenos Aires. Pero era una sociedad inestable, puesto que se integraba al calor de los ascensos y descensos de clase, de los triunfos y las frustraciones: junto al almacenero próspero estaba la “costurerita que dio aquel mal paso”; junto al muchacho que conseguía un empleo en un ministerio, el que se desgraciaba por un estúpido alarde de machismo; junto a la chica que se casaba con un rico, la que hundía su vida en un taller del que salía tuberculosa, o la que, deslumbrada por “las luces del centro”, terminaba de “milonguera” en un cabaret; junto al “bacán” perezoso, el obrero esforzado que se sobreponía a su fatiga para leer un folleto de propaganda anarquista. Era esa sociedad inestable que descubrió Evaristo Carriego, revelándola a través de una sociología en verso que era, a la vez, su exaltación sentimental. Un café ofrecía compañía y solaz a los muchachones, un “despacho de bebidas” a los viejos, y un cine reunía los sábados y domingos a las familias para ver las películas de Perla White o de Rodolfo Valentino. Pero las “barras” preferían el fútbol —activo en los potreros, pasivo en las canchas de Boca Juniors o de San Lorenzo de Almagro—, y a veces aparecían en el centro para escuchar tangos en el Café de Pacho o en El Estribo, o en los que aparecieron en Corrientes, todavía estrecha.

Así se diversificó la sociedad porteña. En distintos sectores de la ciudad se alojaron sociedades distintas, netamente diferenciadas, y cada una de ellas desenvolvió una cultura singular que durante largo tiempo se mantuvo enfrentada irreductiblemente con la otra. Hubo una cultura de las clases tradicionales y una cultura de las nuevas formaciones sociales, esta última escindida a su vez en la de los grupos inmigratorios que mantenían vivas sus tradiciones populares europeas y en la de los grupos criollos hibridados de las orillas.

La cultura de las clases tradicionales se alimentaba de sus raíces criollas y se adornaba con el reflejo de la cultura burguesa propia de París y de Londres. Brilló en el centro, en las residencias aristocráticas, en los bailes y en los clubes, en la platea y los palcos del Teatro Colón, en la Universidad, en las tertulias literarias, en la tribuna de socios del Hipódromo Nacional, en las redacciones de los grandes diarios. Allí se alojó la moda parisiense, el Art Nouveau, luego el Modernismo —cuando en 1896 publicó Rubén Darío Prosas Profanas en Buenos Aires—, y luego el Ultraísmo, cuando el grupo literario de Florida comenzó a publicar el periódico Martín Fierro. Era una cultura brillante, sin duda, pero un poco convencional y, sobre todo, muy dependiente de las novedades de París, tan visibles en los escaparates de Harrods como en la revista Nosotros, o en la polémica cotidiana del Café de los Inmortales, refugio de una bohemia que pintó agudamente Manuel Gálvez en El mal metafisico, o en la evolución de la cocina criolla, alterada por los mandamientos del Cordon Bleu. Y no era sólo la cultura de las clases altas, sino también la de las clases medias tradicionales y la de las nuevas clases medias a medida que lograban integrarse en la sociedad tradicional, unas lectoras de Plus Ultra y de La Nación, otras de El Hogar y de La Prensa, unas habitués de Harrods y otras de Gath y Chaves o La Ciudad de México, revistas, diarios, tiendas, confiterías, todos sutilmente signados por un matiz que revelaba el sector de la estratificación social a que respondían. Era una cultura constituida.

En los barrios, en cambio, se constituía una cultura inédita, propia de los sectores inmigrantes y marginales, que tuvo dos matices distintos. Los grupos de inmigrantes y de hijos de inmigrantes constituyeron una cultura marginal, pero incómoda en su marginalidad y que dio muestras de aspirar a su rápida integración. Subsistían los signos de sus raíces populares europeas: el predominio de una cocina española o italiana, la vigencia de normas éticas y sociales que correspondían a los lugares de origen, generalmente aldeas cuyas formas de vida se acomodaban difícilmente a las de la gran ciudad que era ya Buenos Aires. Pero la aspiración al ascenso social forzaba las limitaciones impuestas por la tradición y empujaba a las nuevas generaciones a aceptar las pautas establecidas por las clases dominantes: había que abandonar el genovés o el idish, había que tratar de entrar al Colegio Nacional, había que aprender las maneras convencionales de trato. Fue un aprendizaje duro. Los grupos que aspiraban al ascenso podían parecer “guarangos” o “caches” a los ojos de las clases tradicionales —que a veces se ponían demasiado “tilingas”—, precisamente porque estaban elaborando, a su modo y para adaptarlo a sus necesidades, el modelo que las clases altas les ofrecían. Ciertamente, la elegancia de las chicas de barrio no era la misma que la de las niñas de clase alta, pero aspiraba a serlo, y lo lograba poco a poco. Esa reelaboración del modelo de la clase alta por las nacientes clases medias constituyó una curiosa aventura cultural del Buenos Aires de las dos culturas.

Pero no fue ésta la única cultura inédita que surgió en los barrios. Al lado, y ocasionalmente mezclada con ella, apareció una cultura marginal que aceptó su marginalidad, asumió sus raíces y sus tendencias, y afirmó su peculiaridad. La elaboraron, en los suburbios marginales de los Corrales, Barracas, la Boca, Palermo o Nueva Chicago o Nueva Pompeya, paisanos de la llanura e inmigrantes italianos y españoles que entrecruzaron sus sentimientos y a veces sus ideas, sus costumbres y sus principios, sus atávicas formas de comer y sus sistemas de lucha por la vida. Y la coincidencia tuvo tal vigor que crearon un habla —el lunfardo—, un baile y una canción —el tango—, y dieron vida al mismo teatro criollo que desembocó muy pronto en una entrañable expresión teatral, el sainete. Los valores de la cultura del centro no se cuestionaron sino que, simplemente, fueron ignorados; las normas se dejaron de lado y se sustituyeron con otras que respondían exactamente a las situaciones reales. Considerada en sus elementos no parecía una cultura original, pero fue inusitada la combinación de los viejos elementos y el sentido que se atribuyó a esa combinación. Fue un formidable experimento, forzado por la presencia y el contacto de grupos diferentes puestos en una misma situación, y para quienes la segregación actuó como agente catalizador.

Esta cultura marginal que aceptaba su marginalidad y perseveraba en su peculiaridad, coincidía con la cultura marginal que no aceptaba su marginalidad en que ninguna de las dos podía vivir sin la cultura del centro. Por eso las dos se entremezclaron y formaron un vago conglomerado para responder al desafío de la cultura constituida, que era la cultura del poder.

Las culturas marginales se enfrentaron con la cultura del centro, y aceptaron las vías de contacto que en cierto momento empezaron a establecerse: y así comenzaron a entrecruzarse mil sutiles hilos entre las dos culturas, que concluyeron por crear una trama común para las dos en el Buenos Aires de 1930. ¿Quiénes los tejieron?

Fue la “milonguita” que quiso abandonar la miseria suburbana y ofreció compañía pasajera en los cabarets a la juventud dorada. Fue el político de fuste que buscaba votos en los comités de suburbio, comisionaba agentes electorales y contrataba guardaespaldas entre los muchachos de avería. Fue el “cafishio” que proveía de “programas” al caballero distinguido con “bulín” puesto. Fue el turfman que se entreveraba con jockeys, cuidadores y tahures en los studs del bajo de Belgrano. Fue el “niño bien” que no podía olvidarse en casa de lo que había aprendido en Hansen, en los prostíbulos o en los salones de baile. Fue Crítica, el periódico de Botana, que canalizó los valores de la cultura del suburbio y los volcó en el centro. Fue la calle Corrientes, terreno neutral de las dos culturas, donde una y otra se encontraban a gusto. Fue Maffia y Firpo, Contursi y Flores, Carlos Gardel y Rosita Quintana, que ganaron el centro con un tango que de milonga se hacía canción. Fue Soria y García Velloso, González Castillo y Vacarezza, que intentaron la épica del conventillo, con el enfrentamiento del compadrito y el cocoliche. Fueron los bodegones del Abasto, las cantinas de la Boca, los restaurants de la cortada Carabelas y los cafés de Corrientes. Fue Olinda Bozán y Arata, Muiño y Simari. Fue Carlos de la Púa y Last Reason, Arlt y Olivari. Por la presión de la periferia sobre el centro, las dos culturas se compenetraron, y en la década del 20 quedó a la vísta que la integración quedaría consumada en poco tiempo.

El crecimiento de las masas radicales lo confirmó. Los muchachos que vivaban al doctor Yrigoyen ganaron el centro y expresaban en ese símbolo todo ese bagaje de ideas y sentimientos del suburbio trabajador tanto como del suburbio orillero. En las fiestas del Centenario, en 1910, las clases tradicionales habían sellado su decisión de mantenerse puras y resistir la contaminación. Hicieron lo que pudieron desde la escuela, desde la tribuna, exagerando a veces un patriotismo formalista. Cuando la nueva sociedad se manifestó violentamente, a través de las bombas de los anarquistas o a través de la protesta de los obreros de Vasena, la sociedad tradicional la enfrentó con dureza, a veces desmedida, como en la Semana Trágica de 1919, que Arturo Cancela llamó con ironía una semana de holgorio. Para recuperar el poder que había perdido en 1916, cuando Yrigoyen subió al poder en medio de extraordinarias manifestaciones de júbilo popular, recurrió a la conspiración y al golpe de estado. El 6 de setiembre de 1930 Buenos Aires se sacudió con el desfile de los cadetes del Colegio Militar que derrocaron a Yrigoyen y pusieron en el poder a Uriburu. Al pasar, cañonearon el Congreso.

La capital de la crisis

La revolución de 1930 inauguró una época crítica para el país, y Buenos Aires fue la capital de la crisis. La dictadura se mostró temerosa y la represión fue dura con los opositores. Torturadores vocacionales hicieron famoso su nombre en la ciudad, y años después, cuando se constituyó el nuevo Congreso, fueron denunciados por Alfredo L. Palacios en un debate del Senado. Para entonces, la revolución había desembocado en un régimen surgido de elecciones, y los presidentes Justo y Ortiz mejoraron los métodos represivos. Hasta se pudo votar libremente en la ciudad de Buenos Aires, seguramente en homenaje a la imagen internacional del país. No sólo se habló de las torturas en el Senado. Se habló también de los escándalos en la compra de armamentos y se habló de las carnes, en un debate memorable conducido por Lisandro de la Torre en 1935 y en cuyo transcurso fue asesinado en pleno recinto el senador Bordabehere.

Entre 1930 y 1943, una paz varsoviana reinó en la ciudad. Las clases altas se sintieron cómodas. Fue una época de cierto brillo cultural, con buenas temporadas líricas en el Colón, conciertos excelentes de música moderna, exposiciones y conferencias en el salón que en la calle Florida tenía Amigos del Arte, cursos en el Colegio Libre de Estudios Superiores, y una buena difusión de la mejor literatura europea de la que se encargaba la revista Sur. Pintores y escultores, muchos recién llegados de Europa, difundían a través de sus obras las nuevas concepciones plásticas, y los escritores más refinados vertían las influencias de Huxley y de Joyce. Al margen de la cultura, cierto sentimiento aristocratizante campeó por la ciudad, manifestado en una sostenida preocupación por la elegancia que acentuó el tradicional empaque del porteño y de la porteña. Florida era todavía una calle un poco exclusiva donde la gente se saludaba, y los lugares de reunión estaban claramente discriminados por grupos sociales, cuyos miembros acataban las reglas del juego: sólo los “petiteros” —como se les llamaría poco después— entraban al Petit Café, en Santa Fe casi Callao, frente al Aguila, donde se daban cita las personas mayores. Y en el Congreso Eucarístico de 1934 se aglutinaron las damas y los caballeros de la buena sociedad.

Para el resto de la sociedad la situación fue muy dura. Hubo cesantías en la administración pública y en las actividades privadas, y la desocupación se notó en el centro en el lustre de los trajes viejos y en los barrios populares bajo formas más dramáticas: el hambre de los desocupados, que no alcanzaban a mitigar las “ollas populares” que se ofrecieron a los más pobres, o el abandono de la pieza del conventillo que conducía a sus habitantes a la Villa Desocupación, que surgió en Puerto Nuevo. Conseguir trabajo —o “el mango que te haga morfar”— era para muchos la preocupación cotidiana, y Discépolo expresó el sentimiento general de la “mishiadura”, de la frustración y del cinismo que embargó a las clases medias y populares. Fue entonces cuando Scalabrini Ortiz intentó retratar al “hombre que está solo y espera” en la esquina de Corrientes y Esmeralda donde nada esperaba.

Agolpados frente a las pizarras de los diarios muchos lloraron la caída de la República Española, los triunfos de Hitler y la ocupación de París. La desilusión cundía. Dos suicidios, el de Lugones en una isla del Tigre en 1938 y el de De la Torre en su departamento de la calle Esmeralda en 1939, adquirieron un valor simbólico en la ciudad tumultuosa que Martínez Estrada llamaría poco después La cabeza de Goliath.

Pese a todo, el centro prosperaba y se embellecía. Se rectificó el trazado de la avenida Leandro N. Alem, se ensancharon las calles Santa Fe, Córdoba y Corrientes, se continuó la Diagonal Norte, se empezó a abrir la avenida Nueve de Julio y se erigió el obelisco en 1936 para conmemorar el nuevo centenario de la primera fundación de la ciudad. Pero los barrios progresaron poco, y su población empezó a cambiar nuevamente con la aparición de crecidos contingentes de inmigrantes del interior, más empobrecido aún que la capital, que luego desbordaron los límites urbanos para asentarse en los pueblos suburbanos. Algunas industrias que aparecieron con motivo de la disminución de las importaciones que acarreó la guerra empezaron a ofrecer salarios tentadores y la situación de algunos sectores populares mejoró un poco. Los rancheríos —las villas miseria— empezaron a extenderse por Avellaneda, Lanús, San Martín, San Justo, a veces en las afueras de los suburbios donde se instalaban las pequeñas industrias de reemplazo, y sus pobladores —muchos muy morenos— empezaron a modificar la fisonomía de la ciudad. No se los veía mucho por el centro, pero existían.

Un día aparecieron en la plaza Mayo, el 17 de octubre de 1945, junto con otras muchas gentes que se politizaron de pronto, después de muchos años de politización prohibida. Poco antes, otras multitudes habían celebrado la recuperación de París en la plaza Francia. Pero ésta del 17 de octubre era una multitud nueva, desconocida para las gentes del centro, y revelaba un cambio sustancial en la composición social de la ciudad. Perón, un líder político de nuevo estilo, logró movilizar esa multitud nueva, y la ciudad cobró un aspecto diferente entre 1945 y 1955. Las clases tradicionales advirtieron la presencia de los que llamaron ‘‘cabecitas negras” y comprobaron el ascenso económico y social de las clases populares, que ahora consumían más productos alimenticios, más artículos para el hogar, colmaban los ómnibus y los trenes suburbanos y acudían en grandes cantidades a las canchas de fútbol y a los cines. Para muchos fue un espectáculo intolerable y los aristocratizantes lectores de Ortega y Gasset descubrieron que estaban en presencia de una real “rebelión de las masas”, a causa de la cual muchas señoras debían lamentar la falta de servicio doméstico. Así, la ciudad se vio escindida socialmente una vez más, y más aún que en la época en que aparecieron en las calles las masas que vitoreaban al doctor Yrigoyen. Fue normal que las gentes acomodadas no salieran de sus casas los días de grandes concentraciones populares en la plaza Mayo, cuando Perón y Evita hablaban a las multitudes convocadas por la Confederación General del Trabajo. Pero eran, en cambio, días de fiesta auténticos para las clases populares, sobre todo si ei líder anunciaba para el siguiente el feriado de “San Perón“.

De cualquier manera, la nueva justicia social no perjudicó a los poseedores. Algunos de ellos sufrieron persecuciones económicas. Pero, en general, el bienestar general alcanzó a las clases tradicionales, y sobre todo a aquellos que supieron aprovechar la coyuntura. En el sector de la clase alta aparecieron nuevos tipos de ricos, el industrial o el empresario, que competían con los ricos tradicionales en la suntuosidad de sus departamentos de la avenida Libertador, compraban tierras para pasar por estancieros, procuraban ser admitidos en el Jockey Club y derrochaban sabiamente su dinero o especulaban con él. Se los veía codeándose con las familias que habían perdido el reducto de la Sociedad de Beneficiencia, en las nuevas boutiques de la calle Santa Fe, en el grill del Alvear o en las boites de lujo. Y en la Bolsa el juego hizo y deshizo fortunas como en los tiempos del 90, porque la especulación giraba alrededor de informaciones reservadas que todos pretendían tener acerca de las empresas que prosperarían por misteriosas razones. Un automóvil importado era un signo de que su propietario contaba con buenas conexiones porque no se veían en Buenos Aires por entonces sino viejos coches en cuya conservación se esmeraban los mecánicos porteños de sutil ingenio.

Las fricciones sociales y políticas adquirieron a veces contornos dramáticos. Las campañas electorales eran duras y los conflictos entre obreros y patronos muy tensos. En la Universidad los conflictos se sucedieron ininterrumpidamente, y la policía empezó a entrar en los recintos de las facultades cada vez que la FUBA organizaba actos relámpago, cuyo saldo solía ser la detención de numerosos estudiantes. Allí, como en otros campos, la delación fue una sucia práctica que enturbió la convivencia. Un día, el gobierno se incautó de La Prensa. Otro día, grupos bien organizados incendiaron el Jockey Club, algunas iglesias y varios locales pertenecientes a partidos políticos: alguien —no se sabe quién— incendió una bandera argentina. La situación empezaba a ponerse crítica, sobre todo porque desde 1951 la euforia económica había pasado y en las panaderías empezó a venderse un pan negruzco que simbolizaba la crisis.

Lo más típico de la vida de la ciudad fue, por esos años, cierta ruptura en las formas tradicionales de pensar. Para entonces la ciudad había sublimado la vieja oposición entre el centro y el suburbio, que el tango del 40 —Homero Manzi típicamente— idealizaba:

Barrio de tango luna y misterio,

¡desde el recuerdo te vuelvo a ver!

Pero de pronto se avivó otra vez con un ligero desplazamiento ecológico: el centro descubrió de nuevo su adversario no tanto en los viejos barrios urbanos, sino en las nacientes aglomeraciones del Gran Buenos Aires, que crecían como mancha de aceite, y la oposición volvió a plantearse entre el centro y la periferia. Más allá de las definiciones políticas, la gente se definió por una u otra sociedad, por una u otra cultura. Para algunos lo popular empezó a ser odioso y despreciable y para otros lo aristocrático empezó a ser ridículo y exacrable. Por su parte, el habla popular y las revistas satíricas —Rico Tipo, Tía Vicenta— se hicieron cargo de la tarea de precisar matices intermedios de la sensibilidad, distinguiendo entre lo “bien” y lo “mersa”, lo primero referido a los gustos y tendencias de ciertas burguesías asentadas y lo segundo a los de ciertas clases medias en ascenso que procuraban imitar a aquéllas; y para que no hubiera dudas de que la sociedad porteña tenía profundas vacilaciones acerca de lo que debía y lo que no debía hacerse o decirse, el humorista se ocupaba de ofrecer listas completísimas de lo que se consideraba “in” y lo que se consideraba “out”, clasificado por categorías. Entremezclados, los odios de clase y las tendencias al ascenso de clase engendraron una turbia forma de convivencia, que aprovechaba cualquier oportunidad para manifestarse: una fue el inusitado espectáculo del velatorio y entierro de Eva Perón en julio de 1952; una multitud acongojada desfiló días y noches por la capilla ardiente, instalada en la Secretaría de Trabajo y Previsión, mientras los opositores al régimen se indignaban por lo que consideraban una función carnavalesca. Entretanto, las minorías intelectuales y sensibles proclamaban su adhesión al existencialismo y entonaban su fervor antiperonista con el vivo ejemplo de la Resistencia francesa, que ya había producido y difundido una abundante literatura.

Las migraciones internas apresuraron el proceso de formación del Gran Buenos Aires, de la megalopolis moderna. Un cinturón industrial empezó a rodear a la ciudad, y allí crecieron los barrios nuevos. Hubo tierras ocupadas ilegalmente, pero sobre todo loteos modestos, a veces en tierras bajas y siempre alejadas de las grandes avenidas y de los medios de transporte. Pese a todo, las viviendas se multiplicaron, precarias, levantadas con cartón, con latas, con cajones de automóviles, hacinadas y sin servicios públicos. Allí se constituyó una sociedad nueva y marginal de singulares caracteres. No faltaban, sin duda, algunos delincuentes y muchas gentes de vida irregular; pero la sociedad de los ‘‘villeros” se compuso generalmente de gente honesta y trabajadora, cuyo problema fundamental era la imposibilidad de conseguir otra clase de vivienda. Solían ser obreros de las nacientes industrias que ganaban buenos salarios, lo cual les permitía alimentarse y vestirse bien, y en muchos casos adquirir su radio, su heladera y su lavarropas. El contraste entre la vivienda y el nivel de vida llamó la atención de muchos que, ignorantes del proceso de formación de barrios semejantes en otras partes, achacaban al régimen el desencadenamiento de procesos sociales y económicos que eran, por el contrario, los que habían suscitado y sostenían al régimen. Pero las villas miseria —que “también son América”, dijo Bernardo Verbitzky— no sólo indignaban a los opositores sino que molestaban al régimen. Cuando se construyó la autopista al aeropuerto de Ezeiza —la obra más importante, junto con el aeropuerto mismo, que se construyó por entonces en relación con la modernización de la ciudad— se levantaron muros delante de las villas construidas al costado para que los viajeros no contemplaran el deprimente espectáculo de las pobres viviendas hacinadas. Sólo esporádicamente comenzó a esbozarse una política de edificación de viviendas económicas para salir al encuentro del problema.

Testigo de tantas concentraciones peronistas, la plaza de Mayo presenció el 16 de junio de 1955 el más inusitado espectáculo: los aviones de la Marina bombardearon la Casa de Gobierno como par- te de un fracasado plan revolucionario. Hubo una conmoción general en la ciudad, que se repitió en setiembre, cuando se supo que Lonardi había sublevado en Córdoba algunas guarniciones. Esta vez la revolución triunfó, y los porteños se enteraron de que Perón se había embarcado en una cañonera paraguaya con destino a Asunción. Era visible la pesadumbre en los barrios populares y en los suburbios: en Lanús, en Avellaneda, en San Martín. De otros barrios más céntricos, en cambio, salieron hacia la plaza de Mayo los nutridos grupos que se concentraron cuando juró Lonardi como presidente. Y mientras los grupos suburbanos se sobrecogían ante las amenazas de las fuerzas de represión, los grupos del barrio norte se sobrecogían ante el temor irracional de que una incontenible ola de “descamisados” se volcara sobre ellos para satisfacer su presunta vocación de incendio, saqueo y muerte.

Ciertamente, la ciudad estaba dividida: la componían otra vez dos sociedades, dos culturas. Hubo represión y ajuste de cuentas, y la hostilidad más bien se acentuó. La Confederación General del Trabajo, en cuyo edificio de la calle Azopardo descansaban los restos de Eva Perón, fue intervenida, desapareciendo el féretro, y los sindicatos fueron severamente controlados. Pero la fuerza real del movimiento obrero como grupo de presión no decreció y se manifestó a través de huelgas y/o ocupaciones de fábricas que probaban que la situación social no se encauzaba. Tampoco se encauzaba la situación política. Hubo elecciones y Aramburu salió de la Casa de Gobierno vitoreado por algunos grupos, que le manifestaron su respeto por haber cumplido su palabra de restaurar el régimen constitucional. Pero las dificultades subsistían. Juró Frondizi, cayó Frondizi, juró Guido, mientras el escribano Garrido testimoniaba una y otra vez los actos oficiales que se sucedían. Unas veces los porteños veían en la Casa de Gobiernos a los granaderos con su brillante uniforme histórico; pero otras veces veían las tropas en traje de fajina, con las armas listas para disparar y con el apoyo de los tanques. Entre 1962 y 1963 hubo pronunciamientos, salieron los tanques a la calle, y en una ocasión hasta se realizaron dispositivos de combate en varios lugares de la ciudad. Pero no fue muy grave. Los porteños, burlones e incisivos, se sonrieron cuando el conductor de un tanque detuvo su vehículo en la esquina de Santa Fe y Callao al encenderse la luz roja del semáforo, y no faltaron en los barrios los chicos que se trepaban por los costados de los temibles monstruos, que se humanizaban cuando se descomponían y quedaban inmovilizados junto al cordón de la vereda. El poder cambiaba —aparentemente— de manos, pero la ciudad seguía su ritmo de vida oscilando entre el “no se vende nada” de los comerciantes pesimistas y el “ahora empieza a moverse un poco” de los optimistas.

Sobre todo, la ciudad crecía como si fuera el desaguadero de toda la República. El Gran Buenos Aires tenía cuatro millones y medio de habitantes en 1947, más de seis millones y medio en 1960 y llegó a 8.352.000 en 1970. Muchos —quizá medio millón por día— ingresaban al casco viejo de la ciudad para trabajar o para recorrer oficinas o casas de comercio. Pero poco a poco el casco viejo dejó de ser el único polo de la ciudad, y otros polos aparecieron en los barrios suburbanos y en el Gran Buenos Aires. Resultó tan difícil estacionar un automóvil cerca de Cabildo y Juramento, o de Rivadavia y Pedernera, o de San Juan y Boedo, como en pleno centro, donde, por lo demás, el estacionamiento fue prohibido en las calles. Como otros barrios, Belgrano perdió su aspecto de ciudad jardín, sumergido por las altas casas de departamentos, y la avenida del Libertador —refugio del más alto status económico— vio correr en las horas de pico caravanas interminables de automóviles que llevaban a sus propietarios hacia sus residencias de Acassuso o San Isidro, desfilando entre torres residenciales, boutiques de lujo y boites elegantes que por la noche congregaban a ejecutivos en tren de esparcimiento y figuración y a jóvenes de familias ricas que querían estar “en el ruido”.

Durante el gobierno de lllia la Municipalidad trabajó intensamente para urbanizar el bajo de Flores. En la zona circundante, las calles de acceso empalmaron con la autopista a Ezeiza y las avenidas que corrían hacia el centro, estimulando la ocupación de zonas poco habitadas; y el barrio de San Telmo empezó a colmarse de restaurantes snobs que atrajeron a turistas y ejecutivos. Huelgas, ocupaciones de fábricas, disturbios estudiantiles y mitines políticos animaron la vida de la ciudad, que casi gozaba de libertad. El paso del tiempo parecía haber moderado la tensión entre las dos sociedades y las dos culturas, que se mostraban inclinadas a confundirse dentro de los marcos de la creciente sociedad de consumo. Pero lllia cayo y juró Onganía, siempre mediante la intervención del escribano Garrido, en quien los porteños que contemplaban las fotografías y los noticiosos televisivos veían la imagen viva de la Historia y sus mudanzas. Muchos creyeron que el orden predominaría cuando se cerraron los locales de los partidos políticos, se reprimieron enérgicamente las huelgas y se castigó a la Universidad en la persona de sus estudiantes y profesores. Pero no fue así, porque en Buenos Aires, como en otras muchas ciudades, la inquietud de los grupos estudiantiles y de las clases populares más bien tendía a crecer que a disminuir. Signo secreto, en las canchas de fútbol, en las que se aloja la predominante pasión porteña, la “hinchada” empezó a cantar la marcha de “Los muchachos peronistas”.

En Buenos Aires hubo pocos hippies. Algo que se le parecía empezó a reunirse en “la manzana loca” —donde funcionaba el salón de exposiciones del Instituto Di Telia, vidriera del “Pop Art” y otras tendencias avanzadas— o en el bar Moderno de la calle Maipú, o en algunos teatros independientes. Los jóvenes adoptaron la barba y el pelo largo, y las jóvenes oscilaron entre la maxi y la mini, todo dentro de una moderación muy porteña. Algunos adoptaron posiciones ideológicas e intelectuales muy avanzadas, se declararon estructuralistas o marxistas y ostentaron en su cuartos los posters del Che Guevara. Pertenecían generalmente a las clases medias y aunque no hicieron ninguna revolución política, hicieron una importante revolución en las formas de vida.

Como en casi todas las ciudades del mundo, en Buenos Aires se liberalizaron las costumbres. Las muchachas empezaron a llegar tarde a sus hogares burgueses ante la creciente indiferencia de sus padres. Las parejas comenzaron a besarse en público más que antes, y a nadie que estuviera “en la onda” —manía porteña— se le pasaba por la cabeza interrogarse sobre la existencia de libreta de matrimonio cuando advertía en aquéllas cierto intenso grado de intimidad. Por lo demás, había comenzado la era de la píldora, y en pequeña escala la de las drogas.

Pero todo eso no era un fenómeno típicamente porteño, sino una puesta al día de la ciudad siempre un poco pacata y respetuosa. Lo que sí fue un fenómeno típicamente porteño propio de estas clases medias liberalizadas fue el desafío a cierta retórica tradicional, que se manifestó en las formas del lenguaje. Sorpresivamente, las palabras prohibidas empezaron a circular libremente con tal fuerza que invadieron hasta los círculos más convencionales. Las malas palabras se hicieron buenas. Y para consagrar la revolución se inscribieron en un contexto en el que el “vos”, las formas verbales porteñas —salí, corré, volá— y crecido número de palabras lunfardas adquirieron plena vigencia, articuladas a veces en una sintaxis trabajosa simbolizada en el uso del fatídico “de que”. La Fiaca —una obra teatral de Talesnik que recupera un tipo muy porteño— señaló la licitud del nuevo estilo idiomático, consagrado no sólo por el teatro sino también por la radio y la televisión. Y quedó establecido que, cuando a una chica le presentan un muchacho, debe decir: “¿Cómo te va?”. Modesta, era una revolución para facilitar la comunicación en una sociedad compuesta por grupos muy dispares y acostumbrada, por eso mismo, a aferrarse a ciertas convenciones que aseguraran la distancia inicial hasta saber quién es quién. Inversamente, los ejecutivos, los adictos a la sociología usual y los lectores de las revistas semanales de información concentrada —Primera Plana, Panorama, Análisis— comenzaron a difundir un lenguaje críptico cuyos elementos fundamentales eran giros norteamericanos traducidos y palabras técnicas de la economía y de la sociología, que se consideró el desiderátum de la objetividad y la precisión.

Un día asesinaron a Jáuregui, otro a Vandor, otro a Aramburu, otro a Alonso. Las tensiones parecían crecer y cayó Onganía, después que se construyeron los puentes sobre el Riachuelo y sobre el cruce de Córdoba y Juan B. Justo. Aunque moderadamente, la infraestructura de la ciudad mejoraba. No puede decirse lo mismo de la estructura.

El carisma de Perón. 1973

Ganó Perón: éste es el análisis de las elecciones. Ni el Frente, ni el Justicialismo, ni el candidato presidencial, ni los gobernadores, ni los diputados. Pura y simplemente, Perón. Este es el fenómeno que es necesario estudiar para saber qué pasa con la sociedad
argentina. Ahora y desde hace bastante tiempo.

Dos preguntas van a guiar este análisis. La primera se refiere a Perón. ¿ Qué es Perón? No quién es Perón, pregunta válida pero anecdótica. Porque el Perón que ha ganado las elecciones es mucho más que Juan Perón. La segunda se refiere a quiénes son los derrotados. Porque hay derrotados visibles —los partidos políticos perdedores— y derrotados invisibles que son los que más interesa descubrir.

De cualquier manera, la primera es la más importante porque esconde los términos de la segunda. La oposición a Perón no se ha fundado, básicamente, en lo que hizo o en lo que dejó de hacer, sino en los caracteres que su personalidad imprimió a su gobierno. Esa personalidad ha sido, por el contrario, el foco de atracción de muchos, verdaderamente seducidos por ella. La personalidad de Perón constituye, pues, un problema. Pero en mi opinión es un problema anecdótico. Lo importante es ahora saber qué significa.

Hay consenso general en que Perón tiene carisma y que en esto consiste su fuerza. Para muchos la explicación es suficiente. El carisma personal aglutina las masas, las dinamiza. Pero se trata de un simplismo, y a poco que se rastree la historia argentina de los últimos cuarenta años se descubre que el problema de las masas argentinas es complejo y enmarañado. En rigor, se trata de una formulación correcta e incorrecta a un tiempo, según lo que se entienda por carisma. Allí está la punta del hilo.

Para muchos, el carisma es algo privativo del individuo, una peculiaridad de su personalidad o, acaso, un don otorgado por una potestad divina: tal es el arrastre que esta noción sociológica trae de la teología, de donde la extrajo Max Weber. Pero en términos de historia social la personalidad individual de quien se dice que tiene carisma no es sino el núcleo de su personalidad social. Quien tiene carisma en cierto grado puede carecer de trascendencia social si la sociedad no lo transforma en el soporte de algo que ella proyecta sobre él. En ese caso el carisma cambia de escala y el que lo detenta adquiere una influencia social multiplicada.

Así entendido, aquella explicación es válida. Perón tiene carisma: el de su personalidad, sin duda; pero, sobre todo, el que resulta de la proyección que un vasto sector de la sociedad
argentina ha depositado en él. No es distinto al caso de Rosas o de Yrigoyen en cuanto a fenómeno personal, y tampoco es distinto en cuanto a la proyección social que se agrega a las tres personalidades. Sí lo es con respecto al uso que cada una de ellas ha hecho del poder que esa proyección les otorgó.

Parece evidente que, para rastrear el significado profundo de la decisión de la mitad del electorado a favor de Perón, lo más importante es establecer el contenido de aquella proyección. Esto es, establecer la significación del Perón simbólico. La respuesta no parece difícil. Perón simboliza una rebelión primaria y sentimental contra el privilegio. Y Eva Perón más que él. Pero ahora es sólo él, purificado y hecho espíritu por la lejanía. Esta es la fuerza de su nombre. Y esto es lo que tiene de grande la decisión de quienes han preferido seguir manteniendo tal opción, porque más allá de sus implicaciones socioeconómicas, y más allá de las esperanzas concretas de cambio, supone una condenación del privilegio.

La protesta de los marginados

Conviene detenerse en el examen de este sentimiento contra el privilegio. Con textos y con argumentos formales podría argüirse que no hay privilegios en Argentina: es lo que se desprende de la Constitución. La realidad social, sin embargo, es otra. La democracia liberal no desterró, en los hechos, el privilegio en ninguna parte- pero, además, la composición peculiar de la sociedad
argentina contribuyó a que se acentuara. Nadie puede negar que la población indígena y mestiza haya estado —y esté— en una situación de marginalidad. Esa herencia de la conquista ha perdurado y perdura, no sólo en cuanto a la condición económica y social de esos grupos, sino —confesémoslo— bajo la forma de una opinión muy generaliza-da acerca de sus valores humanos: tal era el contexto de la expresión “cabecitas negras”, que no sólo usaron las clases altas sino también vastos sectores de las clases medias y populares.

Pero la situación se hizo más compleja aún. La inmigración masiva desencadenada en la segunda mitad del siglo XIX transformó radicalmente la estructura de la sociedad tradicional y creó un nuevo sector marginal: el de los inmigrantes y sus descendientes. “Gayego” o “gringo” significaban en los labios de los grupos tradicionales lo mismo que “cabecitas negras”. Esto es, una calificación sobre el lugar que ocupaban en la estructura socioeconómica y, además, un juicio sobre sus valores humanos.

Todos estos grupos, en conjunto mayoritarios en la sociedad
argentina, o buena parte de ellos, han tenido y tienen el sentimiento profundo y firme de que viven en una sociedad en la que no están totalmente integrados porque subsisten grupos que monopolizan el privilegio. Como atrás de Yrigoyen, ahora irrumpen detrás de Perón para gritar una protesta. Una protesta, nada más. No para exigir el sistema de cambios que podrá poner fin al primado del privilegio.

Una pregunta cabe hacer: ¿quiénes detentan en Argentina el privilegio? Este es el punto más complejo de la cuestión, el más sutil y en consecuencia el más difícil de dilucidar brevemente. Para el indígena del siglo XVII la respuesta era simple: el conquistador español y blanco. Eran dos castas. A partir de la Independencia la respuesta se hizo cada vez más confusa. Los privilegiados eran los poseedores y los que pertenecían a grupos de poseedores, entre los cuales podía haber algún mestizo.

Pero lo fundamental fue que los poseedores, cualquiera fuese su origen, se identificaron rápidamente con la concepción señorial de los conquistadores, supuestamente hidalgos. A veces eran descendientes de conquistadores, a veces mestizos encumbrados por las guerras civiles, a veces almaceneros enriquecidos trasmutados en estancieros. Y el modelo de identificación seguía funcionando mientras se procuraban ansiosamente unos blasones de emergencia que justificaran la creciente soberbia y los crecientes privilegios. Esta situación fue análoga a la que se produjo en otros países latinoamericanos; pero en la Argentina tuvo una variante fundamental con la inmigración masiva del siglo XIX. Entonces empieza la Argentina de hoy, la Argentina aluvial.

De aristocracia a oligarquía

Las masas inmigrantes fueron convocadas por las clases poseedoras, pero fueron recibidas con reticencia. No hubo una política de colonización, no se procuró el arraigo de los recién llegados y se promovió indirectamente un falso desarrollo urbano. Pero la reticencia fue más lejos aún, porque las clases tradicionales consideraron a los inmigrantes no sólo como intrusos sino también como inferiores y a veces como despreciables. Del país nuevo que se constituía, las clases tradicionales perdieron el control social, obsesionadas por mantener el control económico. Por eso se puede decir que la que se había comportado como una aristocracia —en el sentido aristotélico de la palabra— se convirtió después del 80 en una oligarquía.

Fue esa oligarquía la que se expresó políticamente en el “régimen”, y contra ella se levantó la “causa”, un movimiento sin un modelo de cambio profundo pero que estaba animado por un sentimiento vehemente contra el privilegio, contra la pretensión cada vez más insostenible y menos justificable de ciertos grupos que se consideraban los propietarios del país por el solo hecho de ser los propietarios de la tierra y los beneficiarios de los negocios, grandes y chicos.

Triunfó la “causa” con Yrigoyen, y parecieron ceder en sus pretensiones los que detentaban los privilegios; pero la “causa” no dio un paso para modificar la estructura básica del país, y fue inevitable que en la primera coyuntura favorable —1930— volvieran a aparecer los desalojados de 1916. Entonces se observó un curioso proceso social: la antigua oligarquía, reducida en número, reforzó sus filas con el aporte de sectores de clase media cuyos miembros se identificaron con su actitud social. Todos quisieron ser privilegiados por adopción y comenzaron a comportarse como tales. Todos apelaron al modelo hidalgo, al modelo del caballero cristiano del Greco. Y todos se engañaban entre ellos pujando sórdidamente por el ascenso social, por las posiciones públicas, por el dinero, revelando una innoble sordidez.

Esa clase argentina privilegiada y decidida a extremar los beneficios que otorga el privilegio es la que Jauretche ha identificado como el “medio pelo”, y es, sin duda, una élite ilegítima e ineficaz. Contra ella comenzó a acumularse un oscuro resentimiento de las clases populares, con independencia de partidos e ideologías. Esto fue lo más difícil de descubrir en 1945, precisamente porque era un sentimiento más profundo e impreciso que las ideologías.

No podría negarse que otros componentes hayan obrado en la decisión mayoritaria. Pero cualquiera de ellos supone un nivel de conceptualización que no alcanza a la totalidad de los que optaron por el Perón simbólico. Sólo la reacción contra el privilegio constituye un denominador común en esa masa de votos.

Del mismo modo podría afirmarse que muchos que han votado por otros partidos se han manifestado también contra el privilegio; pero esos votos tienen componentes programáticos que limitaban el consentimiento. Sólo Perón significaba eso y fundamentalmente eso. Como el plebiscito de 1928 en favor de Yrigoyen, el voto mayoritario ha tenido más que nada un contenido social y ha sido, en rigor, un grito. Y como hecho social —y no estrictamente político— hay que analizarlo.

La crisis de la élite

Si, como creo, esta interpretación es justa, no hay que buscar los derrotados en los partidos políticos que tuvieron menos votos: por una u otra razón no lograron —o no quisieron— dar la imagen de que enfrentaban resueltamente el privilegio como el Perón simbólico la dio. Pero es un accidente en la historia de las formaciones políticas, porque es inevitable que el país busque sistemas de soluciones para los grandes problemas, y el propio justicialismo tendrá que optar por uno de ellos. La gran derrotada es, en bloque, la élite argentina que ha delineado su fisonomía desde 1930 y que ejerce ineficazmente la dirección del país sin acertar el rumbo en una época de cambio acelerado en el mundo y más acelerado —socialmente al menos— en el país.

Sin duda en todo el mundo están en crisis las élites, precisamente porque ha entrado en una crisis profunda la idea de privilegio. Las élites no pueden sobrevivir sin el consenso, porque el consenso proviene de la experiencia inmediata que tiene el grupo social de su legitimidad y su eficacia. Sin estas dos condiciones, la élite carece de sustento propio y necesita de la fuerza para sostenerse: la de las armas, o quizá la de una sutil intoxicación de las masas para la que se prestan sociedades que, como la argentina de hoy, han desarrollado un alud de expectativas para cada uno de sus grupos, generalmente superiores a las posibilidades de la estructura económica en que se insertan. No es escaso el servicio que prestan a esos designios los medios masivos de comunicación.

Sin consenso, la élite es ilegítima. Es el caso argentino desde hace cuarenta años. El problema es de adecuación al cambio. Pero también es un problema moral. Una élite se toma ilegítima cuando hace prevalecer sus intereses de grupo sobre los intereses generales, y esta es la situación argentina desde hace cuarenta años.

¿Cabe extrañarse entonces que remonte poco a poco el grito de protesta, se haga clamor, y se exprese un día a través de un símbolo que sepa asumir su papel?

Algo podrido hay en Argentina. Quien asume la responsabilidad de representar la reacción, asume al mismo tiempo la de encontrar las vías de salida. El grito ha sido proferido. Nada puede preverse acerca de si quienes han recibido la delegación del carisma resistirán a la venenosa tentación de sumarse a las viejas élites del privilegio como ya ocurrió alguna vez.

Introducción al mundo actual. 1956

Introducción al mundo actual. 1953

El propósito de este ensayo es de por sí un poco paradójico: tratar de introducir al hipotético lector —más curioso que desocupado sin duda— en su propio mundo familiar y cotidiano, en el mundo en que de hecho está introducido. Podría acusarse de imperdonable pedantería al que intentara esta aventura con aire suficiente: es esta una materia sobre la cual nadie puede arrogarse autoridad y en la que difícilmente puede sobrepasarse el plano de la simple opinión. Pero sin atribuirle más valor que el de una opinión —o sólo un poco más—, no me parece desdeñable ofrecer a la consideración del lector la imagen que me he hecho de nuestro mundo, y ello por diversas razones que acaso convenga enumerar.

La primera es, precisamente, que el hombre suele estar tan sumergido en la atmósfera de su propia época que le es difícil apartarse, buscar la altura desde donde la perspectiva sea suficiente y contemplarla con ánimo crítico como para establecer sus rasgos dominantes y sus caracteres peculiares. Quien está sumergido en cierta atmósfera, se compenetra con ella. Contemplarla como si le fuera ajena constituye un ejercicio intelectual para el que no suele estar preparado quien no se lo ha propuesto deliberadamente, de modo que no es absolutamente inútil ayudar al curioso lector a introducirse en el examen de esa peculiar realidad que le es tan cara y que está condicionando su propia existencia.

La segunda es que la opinión que podamos formarnos acerca del mundo actual, del mundo de nuestra propia experiencia, no tiene por qué ser de inferior valor que la que nos hacemos respecto de cualquier otra época. Este ensayo ha de ser una suerte de interpretación histórica, y la historia es siempre una creación intelectual en la que resulta difícil discriminar lo objetivo y lo subjetivo. Nada se opone, pues, a esta empresa.

Y la tercera es que me atrevo a pensar que quizá mi opinión no sea del todo desdeñable, porque creo que un historiador, aun sin poseer más experiencia personal o mejor información que otros, puede tener mejores recursos para examinar los testimonios que estén a su alcance. Hasta donde es posible la objetividad en esta materia, el historiador tiene el hábito de perseguirla; y como conoce sus límites, sabe establecer dónde concluye y, en consecuencia, dónde empieza la simple opinión. De modo que puede ofrecerse al mismo tiempo la opinión propia y las incitaciones para nuevos juicios.

Todo esto —y la poderosa seducción del tema— me mueve a intentar la aventura de fijar con la mayor nitidez posible la imagen que entreveo del mundo actual, para que cada uno la contraste con la que sin duda se ha forjado. No me extrañará coincidir con muy pocos. Pero no carece de interés esta secreta polémica que se trabará con cada lector; y si promoviera con ello, aun en pequeñísima escala, un avivamiento de la conciencia histórica, consideraría que el esfuerzo no ha sido hecho en vano. Sepa el lector que no desdeño la posibilidad de convencer a alguno de ciertas ideas que me son caras: porque este breve ensayo de historia no está escrito —como casi ninguno— sine ira et studio.

Los testimonios contemporáneos y la conciencia histórica

Propongámonos desarrollar nuestro análisis metódicamente, y comencemos por interrogarnos acerca de qué testimonios poseemos para llegar a conocer el mundo actual, porque en este, como en cualquier otro campo de la historia, la realidad sólo se nos ofrece a través de testimonios. El problema es en este caso más grave que de costumbre. Habitualmente solía escribir sobre su propio tiempo solamente aquel que por algún azar tenía el privilegio de llegar hasta ciertas fuentes secretas; el que lograba revisar los papeles de una cancillería por razones de oficio, o el que, por haber sido actor de algún suceso importante, había tenido en sus manos documentos secretos. Francesco Guicciardini, embajador de Florencia, pudo escribir la historia de las guerras de Italia, como Winston Churchill, primer ministro británico, la de la Segunda Guerra Mundial. Pero el historiador que no es nada más que historiador rara vez tiene acceso a esas fuentes sino después de mucho tiempo: es frecuente que los archivos establezcan un largo plazo antes de librar sus fondos a la curiosidad y al análisis crítico de los investigadores que no sirven a ningún designio inmediato, de modo que sólo quien se ponga al servicio de cierta propaganda podría llegar allí donde se oculta el material necesario para conocer determinado problema del pasado próximo.

Pero todo esto vale casi exclusivamente para cuanto se refiere a la historia política. Guicciardini no pensaba en otra, y son muchos los que siguen su ejemplo. Pero nosotros solemos estar interesados en un distinto tipo de visión histórica, que incluye los fenómenos políticos pero que contiene además otros muchos aspectos de la vida. Nos interesa la historia de la cultura, de la que forma parte la historia de los hechos, y no sólo políticos, sino también económicos y sociales, y además la historia de las corrientes de pensamiento que inciden sobre aquellos o incidirán más tarde, y de cuanto el hombre proyecta fuera de sí en relación con el mundo y la vida. Para introducirnos en una historia del mundo actual que tenga esos caracteres, el conjunto de testimonios a que podemos acudir es mucho más vasto que el que está a disposición del historiador de la vida política, y en su mayor parte está no sólo al alcance del historiador, sino también al de cualquier observador. Sin duda han de tomarse para su uso muchas y peculiares precauciones críticas; pero está a mano. Veamos en qué consiste y con qué recaudos debe llegarse hasta él.

Comencemos por señalar que, aun para los hechos políticos, económicos y sociales, es más fácil ahora disponer de la documentación necesaria de lo que fue en otras épocas. La democrática costumbre de discutir públicamente ciertos problemas en los cuerpos colegiados y en las asambleas públicas ofrece la posibilidad de seguir los debates en las crónicas periodísticas o en los diarios de sesiones parlamentarias. Y la costumbre —cada vez más desarrollada— de someter a la opinión pública ciertos asuntos reputados de graves pone al alcance de la mano materiales tan elocuentes como los emanados de los tribunales de Núremberg o los que recogen los libros blancos, amarillos o azules publicados por los gobiernos. Agréguense a esto los innumerables testimonios personales —confesiones, cartas, reportajes, memorias— que la perspectiva de éxito editorial mueve a dar a luz, las crónicas periodísticas, los noticiosos cinematográficos, la información gráfica, y se tendrá una idea del inmenso caudal de datos que poseemos para conocer aun la historia política de nuestro tiempo. Pueden faltarnos, quizá, documentos como los que tuvo en su poder Guicciardini —un memorándum secreto, unas instrucciones reservadas, un parte de batalla— pero tenemos otras muchas cosas que él no tenía, y la posibilidad de obtenerlas de diversos orígenes, de las diversas partes en conflicto.

Se nos ofrecen en abundancia, en efecto, publicaciones estadísticas, informes sobre problemas económicos, alegatos sobre cuestiones sociales, todo lo cual suele ser fácilmente accesible, y con ello nos hallamos, sin duda, en mejores condiciones que Guicciardini para describir nuestra situación, con o sin genio interpretativo. Aun sin él, pero con firmes principios críticos, podemos llegar a obtener un cuadro bastante fiel de ciertas situaciones reales. Quizá no podamos de primera intención fijar exactamente algún hecho o sus causas inmediatas. Pero ¿se ha sabido jamás cómo ha sido una guerra con tanta exactitud como de la última conflagración mundial? ¿Se ha sabido jamás cómo vive el proletariado o la clase media con tanta precisión como ahora? ¿Se han conocido alguna vez los recursos alimentarios del mundo, sus reservas de combustible o las cifras de la producción industrial con la certeza con que los conocemos nosotros? ¿Se ha ofrecido alguna vez al observador contemporáneo un testimonio tan directamente dirigido a su experiencia como los noticiosos cinematográficos sobre los campos de concentración o los bombardeos aéreos? Ciertamente, estamos mejor preparados que Guicciardini para conocer nuestro mundo contemporáneo, y aún podría agregarse que quien poseyera hoy una documentación equivalente a la que él poseyó no podría agregar a la imagen del mundo que forjáramos con los restantes testimonios sino menudas aclaraciones parciales.

Pero hay además algo muy singular. Nuestro mundo actual parece ser extrañamente introspectivo. Se admite que el hombre posee —como lo ha enseñado el freudismo— secretos estratos de la conciencia a los que es posible descender para indagar las oscuras raíces del comportamiento y de las ideas; y se admite también que el conjunto social está movido —o puede estarlo— por impulsos secretos que residen en lo que antaño solía llamarse Volksgeist y ahora se prefiere llamar, según Adler, el inconsciente colectivo. La observación busca estos mundos secretos y de ese ejercicio resultan multitud de testimonios, difíciles de manejar, sin duda, y que requieren extremada prudencia en quien los utiliza, pero ciertamente llenos de sugestión y pletóricos de indicios reveladores. Muy buena parte de la novelística contemporánea debe su éxito a su innegable valor analítico y documental, porque se empeña en describir “situaciones”, y no tanto las que derivan de las eternas tendencias de la naturaleza humana como las que provienen de las contingencias de la vida social y espiritual de nuestro tiempo. Sería largo enumerar los autores a quienes habrá que recurrir cuando se quiera saber cómo fuimos, pero es seguro que en esa lista estarán Gide y Mann, Proust y Huxley, Gallegos y Hemingway, Malraux y Moravia. ¿Qué no daríamos por poseer para el siglo XV, por ejemplo, algo parecido a Les hommes de bonne volonté o Les Thibault ? Nos hallamos frente a reiterados intentos de examinar la realidad y la situación del hombre a través de anécdotas ficticias pero cuyo contexto es el mundo real. Este es el designio del artista, que es frecuentemente un polemista embozado —y en ocasiones desembozado—, como Sartre, como Greene, como Faulkner, como Camus, como Piovene, como Orwell. Sin duda la estética predominante prohíbe la enunciación de tesis expresas, pero la creación literaria ha hallado el ardid de sortear la enunciación y promover igualmente la adivinación de la tesis. Ni la poesía se niega esa expansión, a la que se entregan llenos de entusiasmo Neruda o Éluard.

Pero no se agotan con esto los materiales a nuestro alcance. El ensayo no se siente cohibido como la creación literaria. Allí puede desarrollarse libremente el pensamiento discursivo, y el ensayista de nuestro tiempo cree que el tema por excelencia del ensayo es “el tema de nuestro tiempo”, según el feliz título de uno medular de José Ortega y Gasset. No fue este ni el primero ni el último. El análisis de la realidad circundante preocupa a nuestros contemporáneos mucho más de lo que preocupó en ninguna otra época, y escribieron sobre ella Keyserling y Valéry, Spengler y Wells, Drieu la Rochelle y Russell, Unamuno y Scheler, Jaspers, Einstein, Frank, Belloc, Shaw, Toynbee, Mannheim… La lista sería inagotable.[2] Seguramente se han formulado muchas teorías erróneas, pero también muchas observaciones agudas y penetrantes. No podría negarse que ha habido un poco de estéril narcisismo y acaso una tendencia exagerada a poner de relieve la desesperación que nos acongoja y la crisis en que nos hallamos sumergidos. Pero la idea que una época tiene de sí misma es como una radiografía de sus sueños y constituye un dato lleno de interés. No nos falta, pues, ni nuestra confesión íntima. ¿Qué historiador ha tenido más materiales para cualquier período de la historia que los que tenemos para la nuestra, sea por razones técnicas, sea por razones espirituales?

No obstante, no ha sido frecuente el uso adecuado de tan ricos elementos de juicio. Casi me atrevería a decir que, desde mi punto de vista, no poseemos ningún ensayo logrado de interpretación de lo que nos ocurre, lo cual no deja de ser extraño abundando los materiales y los propósitos de usarlos. Hay crónicas, montajes de noticias construidos con no poca destreza, comentarios, esto es, glosas tímidamente interpretativas de cierto conjunto de hechos, pero todo ello inspirado por una intención predominantemente informativa y muy frecuentemente tendenciosa en un sentido concreto e inmediato. A veces, como en los casos de los ensayistas antes señalados, vastos intentos de explicación según complejos sistemas a priori. Pero casi nunca están las cosas en su punto. El hecho merece un breve examen.

En mi opinión, nuestro tiempo acusa una marcada debilidad de la conciencia histórica. Nos resistimos a situarnos en un punto de la parábola. Cuanto se ha pensado acerca del mundo actual —sea atendiendo al cúmulo de materiales informativos a nuestro alcance, sea por el camino de la pura intuición adivinatoria— está caracterizado por cierta íntima certidumbre de la excepcional importancia de la contingencia histórica en que nos encontramos. Se da por admitido que nos hallamos en una crisis trascendental de la historia, y parece creerse que el curioso fenómeno que protagonizamos data de un brevísimo pasado, de un pasado no bien delimitado, pero que más de una vez parece corresponder al ámbito de la experiencia personal de quien hace el diagnóstico; sorprende la magnitud de las transformaciones a que asistimos; espanta la desaparición de cosas que parecían haberse juzgado eternas: ideas, costumbres, instituciones; angustia el desconcierto que se advierte en los mejores espíritus acerca del sentido de la vida. Con esa actitud, se sobreestiman los síntomas de nuestro mal con una pertinaz ligereza y se estimula un narcisismo plañidero, que suele desembocar unas veces en un escepticismo que se supone aristocrático y otras en una especie de desesperación por hallar algo que justifique la existencia, algo por qué morir.

Tal es el fruto del acentuado debilitamiento de la conciencia histórica que nos caracteriza, a causa del cual nos resistimos a situar la contingencia histórica en que nos hallamos en el punto debido de la parábola. Este ensayo tiende a corregir el error, según mi opinión, estimulando la capacidad de quien se sienta atraído por el problema para estimar aproximadamente los testimonios a nuestro alcance. Nos proponemos pensar históricamente sobre el mundo que nos rodea, comenzando por situarlo en una línea de desarrollo que, de por sí, puede proveerlo de un sentido. Supongo que de este modo nos acercamos al problema radical de cuál es el sentido contemporáneo de la existencia.

Los límites del mundo actual

Hasta ahora no se ha precisado el tema estricto de nuestras inquietudes. “Mundo actual” es una expresión muy vaga que debemos delimitar: o tiene un significado convencional o no tiene ninguno. Apresurémonos a convenir a qué le damos ese nombre, y qué nombre podríamos darle para representar su contenido.

Lo que nos preocupa parece ser una etapa de la historia del mundo que caracterizamos con un vago adjetivo alusivo a su inmediatez. Pero puesto que es una etapa deberán fijarse sus límites de alguna manera. Lo que nos proponemos, pues, es fijar un período histórico, acotar en la constante secuencia del tiempo un lapso circunscripto con mayor o menor exactitud, del que presuponemos que posee un sentido peculiar, distinto y diferenciador. Ahora bien, esta operación, que es todo un proceso de conceptuación, tiene siempre dificultades graves, que aumentan cuando el punto de vista está situado muy próximo al terreno examinado. Se necesita, pues, mucha cautela.

Se habla habitualmente —con manifiesta impropiedad— de una “época contemporánea”. Se afirma de costumbre que comienza con la Revolución francesa de 1789, y se supone que continúa indefinidamente hasta nuestros días. Su indefinida prolongación lleva al absurdo, pero la clasificación usual no parece preocuparse por ello. Y a esta “época contemporánea” correspondería, pues, lo que llamamos el “mundo actual”, como su última etapa.

Pero hasta aquí no hemos dicho nada que sirva para aclarar el problema. Para situar correctamente el “mundo actual” deberíamos comenzar por precisar el sentido de lo que habitualmente se llama “época contemporánea”, manteniendo esa designación hasta que se halle otra más adecuada. Podría definirse someramente como la época en la que confluyen las variadas derivaciones de la Revolución Industrial por una parte, y las derivaciones políticas de las revoluciones que se produjeron en Estados Unidos y Francia en las postrimerías del siglo XVIII, todo lo cual comienza a adquirir importancia en el mundo a partir del fracaso de Napoleón en Europa. Así entendida, esta época ofrece caracteres definidos que se perpetúan hasta nuestros días, y en consecuencia parecería legítimo incluir en ella lo que llamamos el “mundo actual”. Pero es innegable que dentro de la llamada “época contemporánea” hay matices, tan acentuados en ciertos casos, que autorizan a establecer —con fines puramente prácticos— una periodización secundaria. Se ha acusado la sensación de un “cambio”, de una mutación, por ejemplo, a raíz de las revoluciones de 1848. Del mismo modo se ha acusado al producirse la Primera Guerra Mundial, de manera vehemente; y si se analiza esta sensación, registrada por la experiencia contemporánea, se halla que su consideración objetiva confirma la existencia de una mutación importante cuyo ciclo parece permanecer abierto. Puede admitirse, pues, que comenzó entonces un nuevo período cuya fisonomía se mantiene hasta hoy. De modo que, transitoriamente, al menos, podríamos entender que cuando hablamos del “mundo actual” queremos referirnos al período que comienza con la Primera Guerra Mundial y llega hasta la segunda posguerra sin haberse cerrado. Podríamos, inclusive, designar este período con el nombre de “período de las guerras mundiales”, pues no es aventurado suponer que las dos que han azotado a nuestro mundo no son sino etapas de un solo conflicto, por desgracia aún no decidido.

Si acudiéramos a las fórmulas acuñadas por el uso, observaríamos que se distinguen en este período dos episodios bélicos y dos etapas llamadas “de posguerra”. La experiencia contemporánea parece percibir que esas etapas dependen del planteamiento conflictual de los problemas que se ventilaron en el terreno militar, con lo que se afirma que no se volvió ni se pretendió volver al orden de preguerra, como si la situación planteada fuera original y exigiera soluciones inéditas. Con rara perspicacia y exactitud, el mariscal Foch afirmó del tratado de Versalles que no era una paz sino “una tregua por veinte años”; y ese valor de mera tregua se adivinó en toda la complicada gestión política y diplomática entre 1918 y 1939. La repetición de los planteos de la Primera Guerra Mundial en la que le siguió veinte años después es demasiado evidente para tener que insistir sobre ella, y la caracterización del período que siguió, considerado simultáneamente como “segunda posguerra” y “período de guerra fría”, pone de manifiesto el mero valor de tregua de la primera posguerra. No podría predecirse si es inevitable una tercera guerra mundial, pero sí puede afirmarse que la segunda dejó sin solución los problemas que la movieron, de modo que, violenta o pacíficamente, volverán a plantearse en un futuro inmediato. El “mundo actual”, o mejor aún, “el mundo del período de las guerras mundiales” es, pues, un ciclo abierto, una era inconclusa, y constituye uno de los problemas más apasionantes que pudiéramos proponernos el determinar en qué punto de su curva nos hallamos.

Pero en nuestra nueva designación aparece un adjetivo inquietante, pues hablamos de guerras “mundiales”. El fenómeno es nuevo. Ni las de Alejandro, ni las del Imperio romano, ni las de Carlos V, Luis XIV o Napoléon tuvieron esa peculiaridad. Las guerras de este período cubren un área geográfica que identificamos con el mundo, en parte porque las acciones militares se desarrollaron en muchos y muy alejados escenarios y en parte porque la situación de beligerancia influyó de una u otra manera sobre los Estados neutrales a través de sus derivaciones políticas, sociales o económicas. El hecho era inevitable. Las guerras se extendieron allí donde se habían extendido los intereses de las partes en conflicto, que durante las cinco décadas anteriores habían ejercido una vigorosa influencia por todo el mundo a través de vastas empresas imperialistas y coloniales. Por lo demás, el desarrollo técnico había disminuido la significación de las distancias y acrecentado la interdependencia entre las diversas áreas económicas y políticas, de modo que nada podía evitar la difusión de la situación conflictual. La universalidad del conflicto militar debe considerarse, pues, como un síntoma de la unidad y universalidad de los problemas fundamentales que conmueven al “mundo actual”. Ya la primera posguerra puso de manifiesto este fenómeno a través de los hechos que derivaron de la penetración comunista en China y la política panasiática del Japón, problemas estos que se agudizaron durante la segunda. La dislocación de la estructura tradicional de Asia —con la independencia de la India, la Revolución de China, el despertar del mundo árabe, el retroceso del Imperio británico y la aparición de Estados Unidos en ese continente—, ciertas reveladoras transformaciones operadas en la situación economicosocial de América Latina y muy especialmente la división de Europa en países prosoviéticos y antisoviéticos, constituyen fenómenos que no pueden considerarse aislados sino en su totalidad. El “período de las guerras mundiales” se desenvuelve pues sobre un escenario mundial, y el eje del interés se desplaza a través de todos los meridianos.

Un mundo inteligible

Delimitado el campo de nuestra indagación, comencemos por echar una mirada de conjunto al panorama, situándonos en una altura que nos permita distinguir el relieve de este mundo del período de las guerras mundiales.

Nuestra primera impresión será de confusión. Si no poseemos el hábito de manejar testimonios históricos y de entresacar el dato valioso de una maraña de elementos contradictorios, es posible que nos invada el desaliento y acaso lleguemos prematuramente a la conclusión de que no podemos comprender nada. Si, en cambio, poseemos cierta experiencia histórica, pero limitada y superficial, es casi seguro que incurriremos en otra clase de error, aún más grave; alcanzaremos a obtener una cierta imagen, sí, pero casi imperceptible a fuerza de confusa, y la juzgaremos según otras que obran en nuestra mente: la de la baja Edad Media que nos ha legado Huizinga, o la de la Italia renacentista que debemos a Burckhardt, o la de la Europa dieciochesca que ha dibujado Cassirer. El contraste nos inducirá falsamente a pensar que cualquiera de esas épocas ha sido clara e inteligible en tanto que la nuestra es oscura e ininteligible. Lo cual no es sino un mala pasada que nos juega nuestra limitada experiencia histórica, haciéndonos incurrir en un grosero error.

Ese error consiste en no diferenciar suficientemente la realidad histórica viva y la imagen que de ella crea la conceptuación histórica. Cualquiera de esas épocas pudo parecer al incauto observador contemporáneo tan ininteligible como le parece hoy la suya al hombre de hoy. Los múltiples elementos que componen la vida histórica podían aparecer ante sus ojos con un ocasional relieve que induciría a asignarles ciertos valores, pero acaso muy poco después habría que reestimar cada uno de ellos bajo la influencia de una nueva luz. Su error habría sido un error de perspectiva del que se libra el observador que, situado a algunos siglos de distancia, aprecia solamente los relieves que siguen observándose con una y otra luz, y puede construir con ellos una imagen intelectual. Pero obsérvese que esta imagen no es una copia de la realidad multiforme, sino un esquema de ella, dibujado de acuerdo con ciertos criterios de valor, y gracias al cual la realidad se torna inteligible.

Cabe preguntarse si un observador puede alcanzar esa misma perspectiva para contemplar su propio mundo circundante. Parecería que la empresa es difícil pero no imposible, si bien es cierto que debe ser extremada la finura en el manejo de los materiales y excepcionalmente rigurosos los intentos de comprensión. No obstante, en cuanto se refiere al mundo actual, parece haberse difundido la convicción de que vivimos en un mundo ininteligible, esto es, un mundo del que sería imposible obtener una imagen intelectual fielmente representativa.

Desde cierto punto de vista es ilustrativo considerar el caso de dos testimonios eminentes de nuestro tiempo que revelan esta certidumbre: los que nos proporcionan Charles Chaplin y Franz Kafka. El personaje —el personaje único— de Chaplin parece representar arquetípicamente un hombre medio de nuestro tiempo situado en estas peculiares condiciones de vida que nos caracterizan. Es un sujeto vulgar: nada hay en él en grado extremado sino que, por el contrario, asoma todo dentro de una acentuada mediocridad. Pero lo verdaderamente característico de este personaje es que, pese a su manifiesta buena intención, no consigue ponerse de acuerdo con la realidad. Es un inadaptado pertinaz que está en perpetuo conflicto con las ideas vigentes, con los valores convencionales, con las cosas que pueblan su mundo insensatamente civilizado. A primera vista su inadecuación —germen de la risa— parece ser simplemente hija de su torpeza; pero a poco que nos familiaricemos con la creación de Chaplin adivinaremos que su intención es señalar que resulta más bien del conflicto entre la autenticidad de su personaje —autenticidad profunda de hombre medio— y una realidad circundante compuesta por elementos dislocados que carecen de toda finalidad perceptible. La maraña que envuelve al personaje de Luces de la ciudad o de Tiempos modernos hace recordar persistentemente la que mantiene atrapados a los personajes de Kafka. El castillo es un ejemplo revelador. Porque el castillo está situado dentro de un mundo que parece diáfano de primera intención, pero que se torna enmarañado e incomprensible en cuanto se quieren recorrer sus caminos para llegar al castillo que constituye la meta. No hay caminos rectos sino senderos tortuosos y sembrados de obstáculos infranqueables, y sólo queda la posibilidad de buscar sendas excusadas, llenas de fango repugnante, que acaso conduzcan al castillo a través de insospechados vericuetos. De modo que las dificultades del camino se tornan poco a poco finalidades en sí mismas que, exaltadas por la desesperación, logran hacer olvidar la meta verdadera. He aquí un mundo, un mundo sin sentido aunque civilizado, o sin sentido a causa de la civilización.

Podrían agregarse otros muchos testimonios que aluden a la sensación análoga que producen otros aspectos del mundo actual en ciertos espíritus: la literatura de guerra, movida por el sentimiento desgarrador del sacrificio inútil —piénsese en Remarque, en Hemingway, en Glazer, en Dorgelès—, la de Malraux, Sartre, Giono, Camus, el film de Renoir La gran ilusión, y tantos otros. Lawrence y Huxley, Hesse y Mann podrían agregarse a la lista. Son testimonios que provienen de espíritus sagaces, de hombres excepcionalmente dotados, de almas acuciadas por un profundo fervor… Y sin embargo estoy seguro de que no es lícito aprovechar su testimonio sino para caracterizar una situación subjetiva, de alcance reducido.

Sin duda esta imagen —la de un mundo oscuro e ininteligible— es la primera que encontrará a su alcance el incauto observador contemporáneo del período de las guerras mundiales. Conducido por los caminos que esa imagen le sugiera, tratará en vano de hallar en la multiforme realidad los rasgos diáfanos e inconfundibles que la historia le enseña a ver en otras épocas: la omnipresente idea de Dios del hombre medieval o el racionalismo del hombre dieciochesco. Y no hallará huellas que lo induzcan a seguir la pesquisa y se encontrará, en cambio, frente a cada uno de los problemas capitales, o con una multitud de respuestas o, lo que es peor, con un sistema de antinomias irreductibles: libertad y planificación, racionalismo e irracionalismo, religión y cientificismo, democracia y totalitarismo, ideales minoritarios e ideales de masa, todo en términos de aparente incongruencia y de mutua exclusión polémica. Seguramente nuestro incauto observador caerá en el más profundo desaliento y acaso encuentre exacta la caracterización kafkiana del mundo del período de las guerras mundiales.

Pero esta adhesión sólo será el resultado de un debilitamiento de la vigilia del espíritu crítico. Una imagen confusa de la realidad puede provenir, sin duda, de que hay confusión en los elementos de la realidad, pero puede provenir también de nuestro torpe intento de entenderla según un inadecuado esquema preestablecido. Esto último —sin perjuicio de lo primero— ocurre con frecuencia en los incautos observadores contemporáneos. Si juzgamos el mundo del período de las guerras mundiales a través de ciertos juicios tradicionales, elaborados a la luz de la realidad finisecular, es natural que su imagen se nos aparezca llena de sombras y que no entendamos muchas cosas. Pero es evidente que nos habremos equivocado al elegir el instrumento de que hemos de valernos. Y no será ese nuestro único error, pues con ese u otro instrumento no podemos encontrar en la realidad viva sino contradicción y sombras. Pero no nos desesperemos demasiado. Es indudable que no saltan a la vista los rasgos diáfanos del mundo del período de las guerras mundiales. Pero ¿se notarían mucho en la Atenas de Pericles, en la Italia del siglo XIV o en el París del siglo XVII? Sin duda estaban también cubiertos por sombras, pues Aristófanes pertenece a la primera, Passavante y Boccacio coexisten en la segunda, y Bossuet es contemporáneo de Fénelon y de Molière. Nosotros no advertimos sino antinomias. Pero ¿no son las antinomias la expresión de la natural coexistencia, más o menos tensa, de distintos sistemas de ideales sostenidos por distintas fuerzas sociales? Fuerzas en conflicto, grupos sociales que buscan su equilibrio dentro del conjunto: he aquí el problema primario del mundo actual. Si se logran individualizar, es seguro que se podrá comenzar a entender el acontecer del período de las guerras mundiales. Identificado el sujeto —o los sujetos— del proceso histórico será más fácil seguir su desarrollo, siempre que atendamos a adjudicar cada acción a quien efectivamente la lleve a cabo.

Las masas en ascenso

Minorías y masas: quizá podamos comenzar teniendo presente tan sólo estos dos grandes grupos sociales. Dejemos por un instante de lado las minorías y atendamos a este complejo que llama hoy tanto la atención y del que tanto se habla: las masas. Pues es innegable que el fenómeno más visible del mundo actual es la vertiginosa mutación que se viene operando con respecto a su situación frente a los otros grupos.

Esta mutación, sin embargo, no es de ayer. Comenzó hace mucho tiempo —a fines de la Edad Media—, se desarrolló con ritmo muy despacioso hasta fines del siglo XVIII, y se aceleró luego como consecuencia de la Revolución Industrial durante el siglo XIX. Ese fenómeno es, en última instancia, el mismo que se prolonga y nos impresiona fuertemente en el período de las guerras mundiales. La única novedad es que es más intenso y que opera con un ritmo mucho más acelerado: hasta el punto de que la diferencia de ritmo parecería introducir una diferencia cualitativa. Pero esto tiene algo de espejismo y no debe inducirnos a sacar consecuencias extremadas. Observemos el proceso. Desde fines de la Edad Media y hasta fines del siglo XVIII la burguesía fue escalonando posiciones en el terreno economicosocial, al tiempo que creaba nuevas fuentes de riqueza. Debido a eso pudo procurarse una posición cada vez más sólida y más influyente en el seno de una sociedad que, transformada por su obra, modificaba notablemente las condiciones económicas de la vida social. Pero esta modificación repercutió notablemente sobre los demás grupos sociales; socavó los cimientos en que apoyaba su poderío la aristocracia territorial y abrió nuevas e insospechadas perspectivas a las clases desposeídas que, aunque amarradas a la burguesía, podrían en adelante diversificar su actividad; pero sobre todo quedó abierta a los miembros de esos grupos no privilegiados la posibilidad del ascenso de clase al socaire de la gran aventura capitalista que comenzaba.

Así comenzó a cobrar fisonomía propia, por debajo de la burguesía, una clase que, dependiendo de ella y de su grado de desarrollo económico, constituía con ella un bloque solidario cuyas diferenciaciones internas provenían sólo del monto de sus bienes y no de inalterables determinaciones sociales como las que separaban a todo el bloque —la burguesía y los asalariados— de la aristocracia tradicional. Ni el burgués ni el asalariado podían ascender hasta la aristocracia, pero el pequeño burgués podía descender hasta tornarse un asalariado y el asalariado podía ascender hasta la pequeña burguesía, y aún más alto en dos o tres generaciones. Más aún, este tránsito se fue haciendo poco a poco cosa frecuente, y la movilidad de las situaciones sociales se convirtió en una de las características propias de la Edad Moderna. La clase de los asalariados no era un grupo necesariamente inmovilizado. Pero hasta las postrimerías del siglo XVII la movilidad sólo mostró un ritmo lento, y sus consecuencias obraban muy suavemente sobre el equilibrio del orden social.

Por esta época se produjo una novedad destinada a tener profundas consecuencias: la llamada Revolución Industrial. Se observaba por entonces en Europa un alarmante crecimiento vegetativo de la población, que hizo suponer a algunos —y el economista inglés Thomas Malthus expresó este pensamiento en su Ensayo sobre el principio de la población— que acaso en un día no muy lejano fuera imposible proveer a su alimentación. Pero como no faltaban las materias primas, se procuró desarrollar los medios técnicos para acrecentar su transformación en productos manufacturados. Proliferaron los talleres, se ampliaron hasta convertirse en fábricas, y acudieron a las ciudades en donde estaban emplazados los que habrían de trabajar en ellas como asalariados, produciendo un nuevo fenómeno de incalculable trascendencia: el éxodo rural y la consiguiente concentración urbana de la población. La Europa occidental, donde se desarrolló originariamente este proceso que luego se propagaría por todo el mundo, pasó en el transcurso del siglo XIX de 120 a 280 millones de habitantes. Y de esta masa, núcleos cada vez más importantes comenzaron a desplazarse incesantemente de las zonas rurales a los centros poblados con ritmo cada vez más acelerado hasta producir un cambio sustancial en la distribución de la población, y con ella, en los términos del ciclo económico de la producción y el consumo. Unas pocas cifras pueden dar idea de la trascendencia de ese cambio. En vísperas de la Primera Guerra Mundial, vivía en ciudades 48% de la población de la Europa occidental, y de ese total de población urbana, 13% vivía en ciudades de más de 100.000 habitantes y 22,3% en ciudades de más de 50.000. Para tener idea de la rapidez del cambio operado, debe observarse que cincuenta años antes la población urbana de esa región llegaba solamente a 34%.

Hechos demográficos de excepcional importancia caracterizan, pues, la situación social del siglo XIX. ¿Qué significaba abandonar las zonas rurales y radicarse en las ciudades? Sin duda lanzarse en busca de un ascenso económico, pero con ello renunciar a ciertos ideales de vida y abrazar otros. No todos los que acudían a las zonas fabriles y empleaban sus brazos en los nuevos telares mecánicos o en las fundiciones conseguían salarios más altos y mejores condiciones de vida que las que habían tenido en el campo. Pero aun previéndolo, podía parecer tentador el cambio, pues las condiciones de la vida rural eran estáticas y las de la vida urbana, en cambio, ofrecían al menos la posibilidad de un ascenso. Mejores salarios con menos trabajo y mayores perspectivas de ascenso eran las condiciones que se ofrecían a los que tentaban la aventura urbana y fabril, muchos de los cuales lograron su objeto. Pero no era eso sólo. La vida urbana comenzó a parecer más próxima a cierta idea rudimentaria de la dignidad humana que se abría paso poco a poco. La sociabilidad de la taberna en un suburbio de un centro metalúrgico quizá no parezca a primera vista un alto ideal de convivencia; pero era convivencia al fin, contacto humano, ocasión de encontrar nuevos horizontes y, sobre todo, ocasión de sentirse algo más que un desheredado: un ser con finalidad propia. Aquí aparecía algo más revolucionario que la lanzadera o la fuerza del vapor: la idea del que, sin poseer ni poder ni riqueza, pretendía tener una finalidad propia. Esta idea escondía el principio de aceleración que había de imprimirse a la mutación del orden social, y era en última instancia la que movía la constante presión de los asalariados sobre la burguesía para exigir mejores salarios y mejores condiciones de trabajo. La gravitación del número, la organización y de vez en cuando la violencia diéronles sucesivos triunfos que se consolidaron poco a poco y permitieron a los asalariados adquirir cierta fuerza política que, diestramente usada, aseguró sus conquistas economicosociales y permitió procurar otras nuevas. Un análisis comparativo de las condiciones de vida del proletariado a principios del siglo XIX y a principios del XX revelaría una diferencia tan grande que quizá nos sorprenderíamos de que se haya podido hacer tanto en tan poco tiempo.

Pero para el proceso que tratamos de seguir no son las conquistas concretas lo que más importa, sino cómo se escalonan ininterrumpidamente, cómo se constituyen los anhelos y cómo finalmente se logra el consenso general acerca de su justicia, y cómo a esos anhelos satisfechos suceden otros y otros, que se satisfacen progresivamente y dan origen a otros nuevos en una progresión indefinida. Esos anhelos de los asalariados se traducían siempre en términos económicos, y su satisfacción incidía sobre el costo de la producción originando un constante ascenso de los precios, con lo cual las necesidades de la clase asalariada volvían muy pronto a hacerse premiosas y volvían a traducirse en nuevas demandas, y así en un proceso ininterrumpido. Pero a medida que avanzaba ese proceso descubrían las clases asalariadas que, excepto su propia debilidad para la lucha, nada se oponía a que exigieran y obtuvieran cuanto les parecía justo, porque poco a poco dejó de discutirse el derecho de las clases asalariadas a mejorar más y más sus condiciones de vida, pasando a ser plenamente reconocido en principio, aunque en cada ocasión se procurara limitar el alcance de las concesiones otorgadas. Ese descubrimiento fue trascendental. Era evidente ahora que no quedaba en pie ninguno de los principios que en otro tiempo pudieron justificar la situación de inferioridad de las clases asalariadas: jurídicos, sociales, filosóficos, morales o religiosos. Era evidente también que nadie se volvería a atrever a esgrimir los viejos principios que justificaban el privilegio. Y el hecho de que las clases asalariadas realizaran este descubrimiento multiplicó el vigor de su ofensiva, basada ahora no sólo en el imperativo de las necesidades inmediatas sino también en la convicción de que las amparaba un derecho superior que nadie se atrevía a discutir. Para asegurar la eficacia de su ofensiva sólo era necesario ahora que las clases asalariadas adquirieran una organización capaz de convertirlas en poderosas fuerzas políticas. Si la democracia liberal aceptaba el principio de las mayorías, las clases asalariadas debían imponer sus puntos de vista, puesto que constituían en cada país el más numeroso sector. Y, en efecto, en vísperas de la Primera Guerra Mundial, las masas no sólo habían ascendido considerablemente y mejorado sus condiciones de vida en Europa y América especialmente, sino que además habían comenzado a organizarse hasta el punto de constituir en varios países una poderosa fuerza política con la que habría que contar en lo futuro.

Estas circunstancias son las que explican la mayor aceleración que cobró el fenómeno de movilidad social en el curso del siglo XIX. Sus consecuencias obraron entonces con mayor intensidad que antes de la Revolución Industrial, y no sólo produjeron periódicas conmociones violentas —en particular después de 1848— sino que alteraron, a través de una acción persistente, el equilibrio del orden social de una manera profunda. Y sin embargo no era todavía sino el comienzo del proceso, pues una aceleración y una intensidad mucho mayores había de adquirir a partir de la segunda década del siglo XX.

Ciertamente, la Primera Guerra Mundial dejó como diabólico legado un pavoroso problema social que adquirió en algunos países caracteres dramáticos y exigió soluciones de urgencia que no siempre se acertó a hallar. El hambre y la desocupación fueron los hechos más visibles, pero no los únicos. Y sobre ese cuadro, la Revolución soviética triunfante en Rusia proyectó una nítida sombra que parecía señalar un rumbo seguro a quienes se sentían desorientados y desamparados. Era una vieja utopía que se convertía en realidad: la sociedad de obreros, campesinos y soldados dejaba de ser un vago sueño de los teóricos de la Revolución para transformarse en hecho. La esperanza se convirtió en un fuerte incentivo para la acción en quienes sufrían las consecuencias de la guerra, una guerra en la que, por primera vez, la movilización había sido prácticamente total, originando una crisis económica y social que se agudizaba cada vez más en virtud de las dificultades insuperables que hallaban los trabajos de recuperación. Así se constituyeron las falanges de excombatientes y de desocupados, cuya triste situación obraba en sus ánimos más profundamente a causa de las dramáticas experiencias de la guerra, el escepticismo dominante en cuanto a sus resultados y el espectáculo de la Revolución rusa.

El fenómeno economicosocial no se limitó a los países europeos. La crisis repercutió en Estados Unidos produciendo graves trastornos económicos y una creciente desocupación, y se difundió por todo el mundo entre 1929 y 1935. Parecía urgente hallar soluciones. El fascismo italiano, el nacionalsocialismo alemán, el New Deal americano, la política socialcristiana y otros planes menos visibles, cualquiera fuera su intención política, trabajaron apoyándose en estos anhelos de las masas insatisfechas que aspiraban, por lo menos, a no interrumpir el proceso de su ascenso, y a través de ciertos grupos organizados, a acelerarlo por vías revolucionarias. Movimientos de masas, quisieron asegurarse su incondicional apoyo y aprovecharse de su fuerza; la propaganda organizada con criterio moderno —y fundada en las nuevas posibilidades que ofrecía la radio para moldear a la opinión pública— afirmó reiteradamente los derechos específicos de las masas; pero algunos de esos movimientos avanzaron un paso más, pues, imitando el ejemplo soviético, se desentendieron —teóricamente al menos— de los intereses de los otros grupos sociales y difundieron a través de consignas electrizantes una concepción de la sociedad según la cual se identificaba esta con la masa misma. Relativamente fieles a esta concepción, y a pesar de la vigencia que en lo sustancial mantenía la economía capitalista, esos movimientos procuraron un efectivo aunque aleatorio ascenso en la condición social y económica de las masas. Sólo algunos grupos esclarecidos comprendieron a tiempo a qué precio se les prestaba esa ayuda; pero todos oyeron una y otra vez a través del receptor de la radio una propaganda verbal que exaltaba sus derechos y rechazaba de plano toda limitación a sus reivindicaciones. La Revolución trabajaba a su modo.

Con caracteres más o menos acentuados, el fenómeno apareció en todas partes. Los grupos revolucionarios progresaban tanto en México como en China. Los espíritus avizores se dieron a la tarea de despertar a las minorías que todavía no comprendían el alcance de esta “rebelión de las masas”. Pero no era una rebelión: era la toma de posesión de un derecho incontrastable. Quienes jugaban a la política comprendieron que con el apoyo de las masas —sirviéndolas o sirviéndose de ellas— podía conquistarse el poder. Y no se equivocaban, porque en el mundo del período de las guerras mundiales no podía haber ya una política sin masas. Se había operado, gracias a esta acentuada aceleración del fenómeno de movilidad social, una cabal renovación de la conciencia social.

La renovación de la conciencia social

Este hecho radical —sin el cual no puede entenderse el mundo actual— ha sido juzgado con demasiada frecuencia de una manera equivocada, a pesar de su transparencia. Si se lo considera como etapa de un proceso se descubre rápidamente su trascendencia; y si se atiende a sus fundamentos morales se reconoce en seguida el principio que lo justifica. Pero los hechos que ponen de manifiesto esa renovación de la conciencia social pueden ser descriptos y juzgados según diversos criterios. Ortega y Gasset observó el fenómeno y, tras describirlo de manera agudísima, lo definió con la palabra “rebelión”, en la que supo hallar el matiz peyorativo con que quería calificar al fenómeno. A mi juicio, el análisis de los fundamentos de su actitud —compartida por muchos grupos minoritarios— entraña una aclaración sustancial de lo que se llama reiteradamente la “crisis” del mundo actual.

La caracterización de los movimientos de masas que se observan en el mundo actual como una “rebelión”, parece implicar el principio de que las masas estaban justamente sojuzgadas y que, contra todo derecho, han sacudido la tutela que sufrían. Esta opinión parece ser propia de los observadores pertenecientes a ciertos grupos minoritarios. Pero es curioso señalar que no corresponde exactamente a la que opera dirigiendo la conducta de los grupos capitalistas, que son precisamente quienes de modo más directamente han debido sentir el golpe, pues el ascenso de las masas se ha manifestado fundamentalmente como un fenómeno económico. Sin duda los grupos capitalistas han procurado en cada caso defender sus intereses y han regateado el monto de cada concesión. Pero, acostumbrados al flujo y reflujo de los precios, han aceptado la presión de las clases asalariadas, cuando era suficiente, sin transferir el problema al campo del derecho. Se limitaron a aumentar los precios en vista de que aumentaban los costos, y todo lo más, si la ocasión era propicia, disfrazaban el hecho señalándolo a la atención del poder público para tratar de ahorrarse el aumento de los salarios que se les exigía con el pretexto del avance de las teorías disolventes: el anarquismo, el socialismo y el comunismo sirvieron en ocasiones como útiles fantasmas para estos fines. Lo que no se afirmó nunca fue que el asalariado no tuviera derecho a recibir un salario suficiente para poder vivir, a ciertas condiciones humanas de trabajo, a cierto margen de seguridad. Por el contrario, admitiendo la justicia de todos estos principios, los grupos capitalistas inventaron los seguros —que eran además un excelente negocio— y la asistencia social, en tanto que reconocían el derecho de huelga y la organización sindical, que en Inglaterra quedó legalizada ya en 1826. Más aún, algunos de ellos, representados muy bien por Henry Ford, bosquejaron poco a poco una imagen de la actividad económica que entrañaba la idea de que era necesario levantar indefinidamente el nivel económico y social de las masas para ampliar suficientemente el mercado consumidor de la gran industria estandarizada. Intentaron contener las exigencias de las masas, sobornar a sus representantes, ocultar sus ganancias para no despertar apetitos exagerados, pero no se preocuparon por enunciar una condenación radical —metafísica, podríamos decir— del designio de las clases asalariadas de alcanzar una situación tal que entrañara la supresión del privilegio.

En quienes aparece esta condenación, en cambio, es en algunos grupos de elite que se suponen depositarios de ciertos valores espirituales considerados como esencialmente de minoría y que juzgan a punto de ser mancillados por la incomprensión de las masas en ascenso. La alarma parece justificarse a primera vista, porque las masas no poseen, en el período de su ascenso y mientras sus miembros se caracterizan, precisamente, por ser nada más que miembros de una masa, el refinamiento necesario para asimilarlos y ni siquiera la aptitud para descubrirlos. Pero la alarma no puede conducir a la elite de la inteligencia a negar el derecho de quienes por azar pertenecen a la masa a participar alguna vez de los valores a los que se adhieren fervorosa y noblemente —reconozcámoslo— quienes por obra del azar pertenecen a los grupos de elite. ¿Acaso es algo más que un azar lo que determina la condición social del hombre? Pues si es sólo un azar, la alarma por el peligro que amenaza a los valores espirituales debe conducir a la inteligencia a descubrir la manera de salvar transitoriamente esos valores y custodiarlos con el más vehemente sacrificio, precisamente para legarlos a los nuevos y más numerosos y vigorosos grupos de elite que han de constituirse sin duda a medida que se proporcione al hombre masa la posibilidad individual de dejar de serlo.

No es verosímil que los grupos de elite opinen que su derecho como depositarios de los valores espirituales se funde en el mero hecho de pertenecer sus miembros, desde dos o tres generaciones, a minorías privilegiadas; o que supongan que están en vigor los principios que alguna vez legitimaron las sociedades estamentarias o de castas; o que crean que el proletario lo es por naturaleza, como Aristóteles decía de los esclavos. Por lo demás, teniendo en cuenta la intensidad de las transformaciones sociales de los últimos siglos, sería recomendable que no se insistiera en asirse al principio de la cuna para evitar que la justificación produjera innecesarios sinsabores a quienes apelan a genealogías que sólo el tiempo —y el olvido— han ennoblecido. De manera que cabe preguntarse qué derecho asiste a los grupos de elite y a cada uno de sus miembros en particular para erigirse en depositarios exclusivos de ciertos valores y negar a otros —clasificados por accidente como hombres masa— el derecho de alcanzarlos. Agreguemos —porque el argumento será útil— que los grupos de elite pertenecen a la burguesía, una clase abierta cuyas zonas fronterizas admiten grupos que se escalonan hasta lindar con el proletariado. ¿Qué puede, pues, justificar esa alarma y esa postura exclusivista?

Seguramente, nada más que una opinión insuficientemente examinada acerca de la naturaleza de los valores espirituales. Descartemos al que de mala fe sólo piensa en que pueden serle arrebatados ciertos privilegios, de los que goza en cuanto depositario nominal de esos valores. Fijémonos más bien en el que se siente sinceramente preocupado por la perspectiva de que esos valores sucumban bajo el alud de una sociedad masificada. ¿En qué se basa? Generalmente en la idea de que ciertos valores se degradan si se acrecienta inmoderadamente el número de quienes participan de ellos. Este argumento aparece una y otra vez, pero es harto vulnerable, aparte de que desvía el recto planteo del problema. Ante todo, conviene tener presente que, si esa circunstancia constituye una catástrofe, la catástrofe comenzó hace mucho tiempo con el ascenso de la burguesía a fines de la Edad Media, se acentuó con el desarrollo de las universidades, creció aún más con la invención de la imprenta y alcanzó caracteres desmesurados a medida que se difundió la saludable costumbre de aprender a leer estimulada por el pensamiento democrático y liberal del siglo XIX, al que por eso, entre otras cosas, llamaba “estúpido” León Daudet. La catástrofe, pues, no ha sido tan grave y más bien puede considerarse como una experiencia favorable para la humanidad. A la luz de esa experiencia queda invalidada la opinión de que al crecimiento numérico de sus portadores acompaña necesariamente una degradación de la cultura (a menos que se piense —como aquellos a quienes fue moda llamar “obscurantistas”— que toda la cultura moderna es degradación, en cuyo caso no hay discusión posible). Pero de rechazo queda invalidada la opinión de que sólo ciertos individuos —por la contingencia historicosocial de su origen y no por su calidad— están específicamente destinados al culto y la defensa de los valores espirituales, y es menester admitir que sólo la calidad les adjudica ese destino, con lo cual se afirma el imperativo moral de evitar que la contingencia historicosocial del origen se oponga al ejercicio de la capacidad del bien dotado. No está escrito, pues, el número exacto ni el número óptimo de depositarios de los valores espirituales, ni es prudente hablar de minorías como si tal concepto tuviera alguna precisión en el campo de lo social, pues es notorio que una minoría puede ser de cien o de cien mil según circunstancias sociales absolutamente obvias. Pero, además, el argumento desvía el recto planteo del problema, dijimos. Parece suponer que los que ya pertenecen a la minoría son todos suficientemente dotados y que los que pertenecen a la masa no lo son. Y el problema de la supervivencia de los valores espirituales tiene poco que ver con eso, pues dependerá simplemente) y el debate de de que las masas puedan, a partir de una situación economicosocial digna, desprender de su seno a los bien dotados para engrosar una minoría que sólo así será legítima.

La posibilidad de acrecentar las minorías, de robustecer el núcleo de los portadores de los valores espirituales, no debería sino exaltar, en mi opinión, a los espíritus honrados. Esa posibilidad se ha hecho menos remota gracias a la renovación de la conciencia social y apenas la obstaculiza el transitorio fenómeno de masificación a que asistimos. Más aún, en el fenómeno de masificación late un desvelo por el destino del hombre que, cualquiera sea el aspecto que tome por el momento, no es desdeñable sino, por el contrario, revelador de un fervor por lo que pudiéramos llamar “el hombre desconocido”. Para quienes creen en el valor radical del hombre no puede haber aspiración más alta que esta de dignificar al “hombre desconocido”, el que no ha sido sino carne de cañón o carne de trabajo y acaso oculta la buena madera con que se hace un Shakespeare o un Galileo. Esta aspiración movió a la conciencia burguesa a fines de la Edad Media y mueve hoy a la conciencia revolucionaria; se desliza a veces por caminos tortuosos y la mancillan quienes la utilizan para desatar odios infecundos; pero reaparece regenerada una y otra vez, porque su esencia no puede ser negada. Lo que la sustenta y la justifica es una nueva conciencia social, pero esta no es a su vez sino una nueva —o renovada— idea del hombre. Esta es la que ha adquirido una nueva dimensión, porque ha crecido el valor del hombre, del “hombre desconocido”, del hombre sin determinaciones, sin la acentuación o la atenuación que atañe a la azarosa contingencia de la condición social; más aún —y no lo de menos importancia—, hasta sin la atenuación que supone la capacidad cuando se trata del derecho elemental al mantenimiento de la dignidad humana. Pero ¿es que no adivinan quienes se lamentan de la “rebelión de las masas” que nunca hemos estado más cerca del Sermón de la Montaña?

Ciertamente, este clamor en favor del “hombre desconocido” suena a veces en labios indignos. Pero el accidente no hace a la esencia, ni es lícito valerse de esa inevitable contingencia para condenar lo fundamental. El avivamiento de la conciencia social y la revaloración del hombre es algo más valioso y respetable que las indignidades que se cometen en su nombre. El mundo de la era de las guerras mundiales ha visto el espectáculo de quienes apelan a una y otra para justificar causas indignas. Pero es un hecho revelador que aun estos se ven obligados a exaltar al hombre cuando quieren acosarlo y someterlo. Es la paradoja que George Orwell ha presentado tan dramáticamente en 1984. Cabe preguntarse ahora ¿por qué quieren acosarlo y someterlo? ¿Por qué se siente el hombre reflexivo tan acosado y sometido precisamente ahora que los sometedores se ven obligados a justificarse exaltando su dignidad? Terrible paradoja del mundo actual que nos pone frente al tremendo problema del poder.

Las formas del poder

Un mundo de masas en ascenso, nutrido por una renovada conciencia social, y alentado por una altísima idea del hombre, ha dado origen a un tipo de poder político que, paradójicamente, tiende a absorber al individuo, o mejor a la persona, introduciéndose en todas las esferas de su actividad y hasta en su conciencia misma, y atribuyéndose todas las funciones que habían sido antes propias de la sociedad y no del Estado. El cesarismo o el bonapartismo antiguos se han revestido con un nuevo ropaje y han adoptado nuevas formas de acción para presentarse —con el rótulo de “Estado totalitario”— como una novedad de nuestra época. Pero la máscara se traiciona y no es difícil descubrir los secretos eternos del Estado absolutista, con o sin déspota personalizado. A él se debe el sentimiento de opresión y acosamiento que experimenta el hombre del mundo actual, particularmente el hombre diferenciado y singular. El hecho es grave y ha motivado las explosiones de pesimismo de los espíritus más sensibles. Pero acaso no fueran al mismo tiempo los espíritus más críticos: quizá convenga replantear el problema del hombre y el Estado, viejo problema con nuevas vestiduras.

Si se examinan esas explosiones de pesimismo y sus referencias a la libertad del hombre, podrá comprobarse que contienen una tácita o explícita comparación entre la situación actual en el plano de la vida política y el orden jurídico liberal, tal como se constituyó y funcionó durante el siglo XX en muchos países y aún ahora en algunos. Pero la comparación yuxtapone dos fenómenos secundarios e ignora los fenómenos primarios. El orden jurídico liberal constituyó una altísima expresión del sentido político del hombre europeo y ha cristalizado como un ideal de convivencia, acaso el más fino que hayamos conocido. Pero su realización histórica en el siglo XIX, más o menos perfecta, resultó de la vigencia de cierto orden social que el tiempo había consolidado, y duró solamente mientras ese orden subsistió. Cuando las condiciones economicosociales se modificaron, comenzaron a aparecer fisuras en los cimientos e inmediatamente se advirtió que el orden jurídico liberal dejaba de funcionar con la precisión con que lo hacía antes. Sistema basado en el consentimiento colectivo y en la buena fe, reveló una acentuada arritmia en cuanto se falsearon algunos de sus engranajes.

Ese es, precisamente, el fenómeno que nos es dado observar —y padecer— a partir de la Primera Guerra Mundial. Como consecuencia de la mutación del orden economicosocial entró en crisis el orden jurídico liberal, que amenazó con derrumbarse y se derrumbó efectivamente en algunos lugares. Por entre los huecos de sus escombros se adivinan ya los andamios que se levantan para erigir los pilares de la construcción que deberá reemplazarlo: acaso, dentro de mucho tiempo, otro orden jurídico, y acaso dentro de más tiempo aún, un orden jurídico liberal otra vez, porque no está este unido indisolublemente a la realidad social sobre la que floreció en el siglo XIX. Pero por el momento no se ven más que andamios sobre un terreno irregular, lleno de ruinas venerables y sacudido todavía por las fuerzas sísmicas que produjeron la primera catástrofe. Hay deberes para el futuro lejano. Pero ¿qué hacer con el presente?

El presente es, precisamente, el turbulento período de las guerras mundiales. Si algo lo caracteriza es, por cierto, la debilidad del orden jurídico en vigor, tan débil que en algunos casos se ha extinguido totalmente. Y no porque se ignore su necesidad: por el contrario, nunca se ha afirmado con tanto énfasis su calidad de condición indispensable para la existencia civilizada ni se ha tratado con tanto ahínco de extender su área de influencia. Pero la realidad ha puesto de manifiesto la inadecuación del orden jurídico tradicional con respecto a las condiciones reales, y la realidad se revela contra él de mil maneras.

Desde la realidad —esto es, desde los diversos sectores en los que se siente la crisis— parten las más acerbas críticas contra el orden jurídico liberal, tanto de derecha como de izquierda. Quienes siguen la huella de quien habló del “estúpido siglo XIX” lo consideran —desde la derecha— disolvente de cierto buen orden tradicional, de lejana raíz medieval, en el que predominan —dicen— ciertos altísimos valores morales y religiosos. Y quienes provienen directamente del siglo XIX lo anatematizan —desde la izquierda— como expresión del orden burgués e indisolublemente unido a él. Una sola cosa une estrechamente a unos y otros: la decisión de destruirlo, si es necesario, por la violencia. Nada puede asombrar que haya comenzado la era del poder de hecho.

La tendencia a resolver las críticas situaciones economicosociales mediante el ejercicio de la violencia y el poder de hecho constituye uno de los rasgos típicos en el mundo del período de las guerras mundiales. Pero la violencia y el poder de hecho se enmascaran —como en la concepción del principado romano que elaboró Augusto— adoptando apariencias institucionales que configuran el Estado totalitario contemporáneo: así aparecen las formas políticas que desarrollaron las revoluciones de masas en Rusia, en Italia y en Alemania, y las que luego las imitaron en menor escala. Pero nadie puede engañarse con las apariencias y suponer que de tales revoluciones haya surgido ya un nuevo Estado de derecho. Sólo hay estructuras de poder impuestas por grupos sociales que han alcanzado el predominio y procuran consolidarlo, aun cuando se adopte la apariencia de un orden jurídico.

El predominio de ese Estado absoluto, con o sin poder personalizado, con o sin despotismo individual, y apoyado en las masas que lo consienten porque creen que está a su servicio, es lo que ha provocado en el hombre individualizado que había alcanzado ya un nivel desde el que podía pensar, la sensación de hallarse sumido en una ciudad sitiada —según el símbolo de Camus—, o de constituir un engranaje en una máquina —según el símbolo de Chaplin— o de hallarse situado frente a un mundo ininteligible —según el símbolo de Kafka—. Un sentimiento nostálgico lo invade y el buen tiempo pasado se idealiza. Pero no queda sin respuesta. Desde la izquierda y desde la derecha se le dice que una sociedad capaz de acomodarse espontánea y libremente a las necesidades de todos sus miembros no es nada más que una utopía; que el Estado ha sido siempre el fiel servidor de ciertos grupos predominantes que actuaban con mayor o menor dureza según las circunstancias; y que cuando se creyó haber alcanzado un equilibrio social se fingía ignorar que todo el esfuerzo de la producción recaía sobre clases sojuzgadas que no entraban en la cuenta de las fuerzas que se consideraban en estado de equilibrio estable.

Y aunque esta respuesta contiene algún exceso de apreciación, lo fundamental de ella constituye un hecho indudable que, además, resulta un dato precioso para entender la situación del mundo actual.

Una sociedad conmovida por los profundos cambios estructurales a que hoy asistimos no posee la capacidad de ajustarse a sí misma como se ajustaba todavía la sociedad del siglo XIX. Es cierto que esta descartaba en parte a las clases asalariadas, pero es innegable que, cualquiera fuera el alcance de ese apartamiento, poseía sutilísimos mecanismos de control para vigilar sus acciones y reacciones. Las cosas han cambiado. Los distintos grupos sociales desconfían radicalmente unos de otros y nadie espera de los demás sino el ejercicio de un predominio sin limitaciones, de modo que todos esperan y procuran obtenerlo para sí. No hay, pues, soluciones de derecho a la vista, y sólo quedan las de hecho, que son las que han aparecido —una vez más, ni la primera ni la última— en el tormentoso mundo del período de las guerras mundiales.

Poder de hecho, dictadura, cesarismo o bonapartismo, eso es en última instancia el Estado absolutista. Pero organizado al compás de los tiempos, aprovechando los innumerables recursos técnicos de que puede disponer para dirigir una sociedad de masas y moverla en su favor, y, en consecuencia, mucho más terrible que las viejas dictaduras que nacían de la mera ambición de poder en sociedades poco evolucionadas. Desde ese punto de vista, parecería justificarse el clamor frente al problema del hombre individualizado; pero cuando se implican en ese clamor vanas actitudes para el futuro y vagos sueños de retorno al pasado, entonces parece necesaria una apelación a las inteligencias lúcidas para que no contribuyan a la confusión. Porque si nos explicamos la circunstancia en que aparece esta tendencia al Estado absoluto y a la dictadura, acaso podamos averiguar qué actitud debemos adoptar para el presente inmediato y para el futuro remoto.

Lo importante es comprender que el Estado absoluto no corresponde inevitablemente a ninguna de las formas nuevas que adoptará la sociedad futura —aunque accidentalmente pueda corresponder— sino que corresponde, sí, necesariamente, a la situación de una sociedad que ha roto sus cuadros tradicionales y no reconoce validez a ninguno de los principios convenidos otrora entre sus diversos grupos. Es, con todo el enmascaramiento de la nueva retórica revolucionaria y con todos los recursos de la técnica, como una ocupación militar de la sociedad por uno de sus grupos; un régimen de fuerza, en fin, que deriva no del capricho de un déspota sino de una auténtica situación de fuerza suscitada en el orden de las relaciones economicosociales. Quien quiera entender el caso debe, pues, atender más al fenómeno economicosocial que al epifenómeno político.

Esta sumaria caracterización de las condiciones de la convivencia en el mundo del período de las guerras mundiales nos obliga a establecer, antes de avanzar más, algunos matices que aclaran el punto de vista adoptado. Lo que debe atraer principalmente nuestra atención es la secuencia que se advierte entre el hecho primario del desequilibrio social operado por la transformación económica y sus consecuencias fundamentales; la crisis del consentimiento otorgado antes al orden jurídico vigente y la situación de hecho creada al hacerse evidente la ruptura del equilibrio. Pero a partir de esta observación hay que atender a los dos diferentes caminos que toma el proceso. O la mutación sigue la corriente de las fuerzas eruptivas —las “masas rebeladas”— conduciéndolas hacia sus propios objetivos, o es encaminada hacia intereses de otros grupos que se aprovechan del impulso de las masas para escalar el poder para su propio provecho. En mi opinión, el primer tipo de mutación está representado por el socialismo, y el segundo tipo por el fascismo. Tan discutibles como puedan ser los medios que use, el primer camino es en alguna medida constructivo y se dirige hacia la solución del problema. El segundo, en cambio, es esencialmente tortuoso y, aunque también se dirige hacia la solución del problema a pesar de quienes lo siguen, ofrece muchas sendas que habrá que desandar y dejará muchas heridas en los que lo transiten. El planteo no parece confuso, y sin embargo este segundo camino resulta muy tentador en la atmósfera política y social del mundo del período de las guerras mundiales. Será menester tratar de entender el problema.

Es curioso observar cómo la Revolución se ha tornado un lugar común, precisamente porque ha salvado la más peligrosa de las curvas. Más que la Revolución que ha hecho el hombre, se ha impuesto a los ojos de todos la Revolución que hacen las cosas. Ahora bien, esa Revolución ha sido acompañada por diversas explicaciones, unas superficiales que se empeñan en limitar su alcance y otras más profundas que reconocen que no puede detenerse hasta que complete su ciclo. Y las explicaciones, con su fácil retórica, han constituido un instrumento de persuasión que ha parecido a algunos utilizable para conducir a las masas allí donde presumiblemente las masas no hubieran aceptado ir de buen grado. Se trataba de despertar sus objetivos gregarios, de aprovechar su ímpetu y de disociar los objetivos inmediatos y apremiantes de las finalidades últimas. Esta tarea diabólica ha sido hecha con éxito, y las masas son sus víctimas más que sus beneficiarias. Porque es innegable que mientras la masa carezca de experiencia política, o mejor, mientras cada miembro de la masa no la alcance, será fácil arrancarla de sus legítimos cauces y orientarla hacia otros ilegítimos, lo cual no podrá evitarse sino con el correr del tiempo, porque la experiencia política no la lograrán sus miembros sino al calor de la lucha, de los fracasos y de los desastres. Entretanto, el cesarismo o el bonapartismo gozarán de un ambiente favorable, y las “dictaduras de masas” se sucederán repitiendo las mismas escenas. Pero sería injusto reprochar a las masas las catástrofes provocadas por quienes trafican con sus anhelos y sus necesidades.

No siempre será fácil distinguir en la práctica los movimientos de masas que tienden a conducirlas hacia sus legítimos objetivos y los que las conducen malévolamente hacia objetivos ilegítimos para que sirvan durante el tránsito a intereses espurios. La política trabaja con la totalidad del hombre y la totalidad de los hombres, de modo que entran en su cuenta todo lo bueno y todo lo malo que se esconde en su naturaleza. Acaso nunca pueda distinguirse del todo mientras nos hallamos en el combate, porque acaso nunca se den en la realidad como fenómenos puros, sino apenas como combinaciones variables de una y otra intención. Pero ni siquiera así debe ganarnos el escepticismo, porque no ha habido movimiento histórico que no haya arrastrado consigo mucho fango pútrido.

Empeñémonos, con todo, en seguir distinguiendo. Porque algo habremos ganado si separamos convenientemente el fenómeno de ascenso de las masas, el fenómeno dinámico ininterrumpido, y los fenómenos parciales de estabilización momentánea, cada uno de los cuales ofrece una particularidad diferente. Estos últimos se nos imponen dramáticamente porque aherrojan: tenemos individualmente el derecho de desesperarnos y de tratar de huir y salvarnos. Pero no tenemos el derecho de proyectar sobre el primero, sobre el fenómeno de ascenso de masas, las sombras que dan los circunstanciales fenómenos derivados de ese gigantesco proceso.

Quienes se estremecen pensando en el sino de los más altos valores espirituales creados por la humanidad no pueden ignorar la relación profunda que existe entre ellos y este vasto e informe proceso social. Detrás de él se esconde un anhelo de afirmar el valor del hombre, y acaso no haya hoy otra forma más alta de afirmación de ese valor que el reconocimiento de la justificación moral que sostiene a ese anhelo de liberación.

La condición del hombre

Los valores espirituales acuñados por el esfuerzo milenario del hombre han estado amenazados muchas veces a lo largo de la historia, y hoy parece a algunos que vuelven a estarlo. Recuerdo los pasajes que San Jerónimo escribió al enterarse de la invasión del Imperio romano por los bárbaros; y recuerdo los elogios de los bárbaros en la misma lengua latina, y la transfiguración de los valores de la cultura antigua a través de un espíritu que algunos juzgaban barbarizado. El problema de la peculiar existencia de los valores dista mucho de estar aclarado y no puede opinarse con ligereza sobre su sino en relación con los cambios sociales. Pero reconforta pensar que los valores espirituales auténticamente ligados a nuestra cultura han demostrado hasta ahora poseer una considerable vitalidad y, lejos de sucumbir a los primeros embates, se han retemplado en la contienda. Se puede, pues, ser un poco optimista, pero dentro de ciertos límites. Porque es innegable que esos valores no se han salvado solos, sino que han sido salvados por el hombre con esfuerzo denodado; de manera que lo que debe aterrarnos es que el hombre abandone su vigilia y se conforme con lamentarse en lugar de reanudar la dura e incesante lucha por su afirmación y defensa, tan hostiles como parezcan las circunstancias.

Sin duda flota sobre ellos una amenaza, especialmente sobre los que conciernen al mundo íntimo del hombre, ignorado —transitoriamente, estoy seguro— por quienes se hallan empeñados en una lucha que los extravierte y los ata a una concepción gregaria del hombre. Y quienes han conquistado ya su propio universo íntimo, acusan esa amenaza y levantan su voz para denunciar el peligro a los que no lo advierten. Es el hombre mismo en cuanto tiene de radical y de profundo el que está amenazado, dicen; es su libertad interior, su ser intransferible, su posibilidad de trascendencia lo que parece estar condenado. Y no sólo por la coacción exterior del poder, que puede ser accidental, sino más aún por la agobiadora presión de una sociedad masificada, sorda a las necesidades del espíritu singular.

Este clamor se escucha en boca de quienes se sienten espíritus de minoría; de quienes lo son realmente; y proviene de una experiencia trágica, pues para ellos la libertad interior es tan imprescindible para la vida como lo es el pan para ellos y para los demás. Este hecho demuestra que el clamor es justo y justificado, y el análisis objetivo de las condiciones reales lo explica aún más. Porque en una época de acelerado ascenso de masas todo aquel que no pertenezca a sus cuadros se siente empequeñecido —y agigantado—, oprimido por su empuje y amenazado de aniquilamiento. Pero es una actitud muy primaria el derivar de este sentimiento otro sentimiento de condenación de las causas remotas del fenómeno. Supongo que lo que debe preguntarse el hombre que se siente depositario de los más altos valores espirituales y se justifica a sí mismo por su defensa, es si el fenómeno que aparentemente los compromete no puede redimirse y llegar a servirlos. Y acaso si se lo pregunta pueda descubrir que en el vasto proceso de mutación social a que asistimos, tiene él mismo una misión trascendental.

El hecho incuestionable es que el ascenso de masas conduce a la constitución de una sociedad multitudinaria cuya expresión política es el Estado absoluto. Y aunque ya hemos señalado que esta relación no es necesaria y puede ser transitoria, cabe admitir que ambos elementos tipifican la sociedad en el mundo del período de las guerras mundiales.

No podría negarse que uno y otro fenómeno conspiran contra el individuo que advierte y estima su condición humana, que siente su singularidad y aspira a expresarla. El Estado absoluto —antes y ahora— se ha manifestado implacable. No sólo considera inútil la existencia de las conciencias libres, sino que también las juzga peligrosas, y con harta frecuencia ha descargado su feroz poderío sobre el atrevido que ha osado desafiarlo. Muchos han sucumbido y muchos más sucumbirán todavía en este desigual combate, del que sin embargo triunfarán los débiles si, además de débiles, no son cobardes. Pero con ser la hostilidad del Estado absoluto tan grave, más grave aún es la ruptura de la continuidad social. Una sociedad cuantificada separa espontáneamente de su seno a las minorías y las rechaza por la sola acción de su indiferencia, condenándola porque el espíritu ha sido creado para trascender. Pero, por el momento, la sociedad cuantificada parece desentenderse de los valores que las minorías custodian, y ha erigido en cambio otros por los que parece regirse.

Esos valores son, naturalmente, los que convienen a una sociedad cuantificada, una sociedad de masas en que, además, las masas predominan pero en la que, sin embargo, no han logrado estabilizarse definitivamente. Se trata de una etapa singular del proceso. Las masas han irrumpido con fuerza incontenible, pero están aún acuciadas por los problemas inmediatos que distan mucho de haber sido resueltos, buscan todavía el ajuste de sus diversos grupos y, entretanto, sus miembros se vuelcan hacia afuera estimulados por su sentimiento gregario en el que adivinan que reside su fuerza. Los valores que ha erigido esa sociedad son, pues, valores gregarios, que aluden a los elementales sentimientos en que coinciden los miembros de una multitud; residen en un centroforward, en un orador de barricada, en un animador de radio o en un automovilista. Parecen referirse a cierta concepción paródica del heroísmo, pero si los consideramos atentamente descubriremos que atañen exclusivamente a la esfera de la sentimentalidad, a cierta elemental imagen de lo humano proyectada por la reducida y humilde experiencia de la vida propia del hombre masa. El hecho no es nuevo en sí mismo, pues un campo de fútbol o un circuito automovilístico no valen ni más ni menos que una plaza de toros o una arena romana. Lo nuevo consiste en el aire arrollador que tiene ese nuevo sistema de valores, sobreestimado por quienes están adheridos a él y lanzado además deliberadamente contra el que tiene vigencia para las minorías. Esa novedad proviene de que el sentimiento multitudinario se ha encarnado en una idea de la convivencia que ha fraguado, además, una política. Esa política multitudinaria trabaja sobre seres a quienes insiste en no considerar como individualmente responsables y valiosos sino como meros integrantes de un cuerpo colecticio, cuyas únicas formas de expresión son elementales sentimientos de amor o de odio, de adhesión o rechazo, expresados a través de manifestaciones de voluntad solidaria. Y quienes ejercitan esa política conocen el valor efectivo de esos sentimientos y procuran exaltarlos nutriéndolos con una constante apelación a los instintos elementales.

Estos son hechos innegables, y es justo que el hombre que se siente depositario de los más altos valores espirituales se alarme por ellos. Pero si se ejercita diestramente la conciencia histórica podrán descubrirse detrás de esos hechos algunos supuestos generales cuyas perspectivas lejanas acaso consuelen de la pesadumbre que inspira el presente inmediato. No es cosa baladí que las masas se hayan despojado del secular complejo de inferioridad que carcomía a sus miembros, que se atrevan estos a exigir lo que innegablemente les corresponde como hombres, que los más esclarecidos de entre ellos se resistan a la dádiva, que quienes aspiren al poder tengan que halagarlos. Todo eso no podría haber ocurrido si los miembros de las masas no hubieran adquirido un asomo de convicción acerca de su dignidad de hombres, y si no hubieran hallado que, poco a poco, nadie se atrevía a contradecir esa certidumbre. Esto supone que el valor del hombre ha crecido, puesto que se lo ha independizado de las contingencias historicosociales. Y ha sido en este turbulento período de las guerras mundiales cuando ha crecido aceleradamente.

Es un descubrimiento trascendental este de que también reside un alto valor en el hombre común. Se hizo —como por una revelación— en el oscuro combatiente que sucumbía, sin saber en holocausto de qué causa, cuando los partes de batalla rezaban: “Sin novedad en el frente”, como si no fuera novedad la extinción de una vida humana; y se creó el mito, típico del período de las guerras mundiales, del “soldado desconocido”. Y se hizo también en el huelguista ametrallado, en el prisionero de los campos de concentración, en la víctima de los bombardeos aéreos, en el cauchero brasileño y en el culi chino. Este descubrimiento es un hecho nuevo, o acaso simplemente una renovación del más alto descubrimiento cristiano. Y parecería que sólo fundándose en él podría salvarse este mundo que parece horrendo cuando se contemplan aisladamente algunos de sus rasgos. Empero, ese descubrimiento ha sido juzgado de muy diversas maneras y se han sacado de él muchos y muy contradictorios corolarios. Quienes pertenecen a las elites han querido ver en él tan sólo su propia obra y no advierten de qué manera —muy diferente por cierto— fue hecho también por las masas, a pesar de las contradicciones que pudieran hallarse a primera vista. Las masas han reaccionado a su modo, pero movidas por el mismo principio y aplicándolo a su propia situación que, sin duda, exigía soluciones específicas. Y por eso puede decirse que ha crecido el valor del hombre, entendiendo que se adjudica sin discriminación a todos los hombres: al pobre, al inepto, al demente, hasta al malhechor, y a cada uno en su escala. De allí la revisión de muchos aspectos del orden social y de las doctrinas que lo informan: de la educación, de la previsión, de la asistencia, de la medicina, del derecho. Una revisión, podríamos agregar, gigantesca, que constituye uno de los más nobles esfuerzos que la humanidad haya hecho en favor de sí misma.

Considerando estos elementos de juicio, es lícito tener esperanzas. El único peligro es que la concepción de la vida y el sistema de valores propios de la masa se afirmen y cobren una duración excesiva. Pero este peligro no puede ser conjurado sino con la colaboración de quienes se sienten depositarios de los más altos valores espirituales, a quienes toca defenderlos y catequizar uno a uno a los que perteneciendo a la masa pueden llegar a cobrar conciencia de su propia singularidad. El deber de las minorías es, a un tiempo, velar por la pureza de su patrimonio y extender el número de sus miembros. Dese por triunfante una sociedad sin privilegio, y trabájese para que cuando haya triunfado estén lozanos los más altos valores del espíritu por el esfuerzo de grupos siempre crecientes de adeptos y defensores, que trabajen en su nombre por un nuevo orden jurídico y moral en favor de una sociedad más justa.

El hombre y la cultura

El valor del hombre —me atrevería a afirmar— es la única convicción fundamental que subsiste firmemente arraigada en la conciencia humana de la época de las guerras mundiales. Han sucumbido innumerables ideas y creencias que aún regían hace dos generaciones; han caído carcomidos por un escepticismo inmisericorde diversos principios y normas que parecían inconmovibles porque los respaldaba una tradición secular; sólo la fe en el hombre mismo se ha salvado y ha cobrado, al salvarse, un inusitado vigor y una aureola casi mágica, como si fuera la última esperanza que le es dado al hombre abrigar acerca de su propia existencia.

El hombre parece constituir la última realidad, la única de la que no puede dudarse, la ultima ratio en este agitado y confuso debate acerca de la justificación de la vida en un universo contradictorio y casi inexplicable. Poco a poco se consiente en considerar al hombre como un fin en sí mismo, acaso el único fin sobre el que se manifiesta el consenso social, y hacia el que se dirigen todos los desvelos y todas las acciones. Interés, en principio, del hombre genérico por el hombre genérico, se ha traducido poco a poco en la superficie del mundo en un interés del individuo real por el individuo real, y más aún, en un interés del individuo por sí mismo. Así se ha desarrollado una filosofía espontánea y popular, el hedonismo, la más difundida de las filosofías, que justifica vagamente —acaso por la mera negación de todo ideal trascendental— la aspiración universal del hombre a una felicidad elemental traducida en términos de confort. El individuo sabe, pues, que existe y que aspira a cierto número de bienes que le parece deseable, justo y lícito poseer; quizá sepa con certeza muy poco más y, en todo caso, sólo en muy poco más logra coincidir plenamente con otros: es bien sabido que son contadas, en el período de las guerras mundiales, las opiniones que logran arrastrar tras de sí densos grupos decididos a sostenerlas, a menos que esas opiniones se refieran a aquella aspiración elemental.

Mas el hedonismo no es en modo alguno la única proyección de este interés que el hombre siente por el hombre. En el plano especulativo no se advierte que nadie intente justificarlo o defenderlo. Pero en cambio aquel interés ha incidido en el campo de la filosofía estimulando y desarrollando la preocupación por el hombre total en lo que se llama la antropología filosófica. En 1928 escribía Max Scheler en las primeras páginas de su libro El puesto del hombre en el cosmos: “Poseemos una antropología científica, otra filosófica y otra teológica, que no se preocupan una de otra. Pero no poseemos una idea unitaria del hombre. Por otra parte, la multitud siempre creciente de ciencias especiales que se ocupan del hombre, ocultan la esencia de este mucho más de lo que la iluminan, por valiosas que sean. Si se considera, además, que los tres citados círculos de ideas tradicionales están hoy fuertemente quebrantados, y de un modo muy especial la solución darwinista al problema del origen del hombre, cabe decir que en ninguna época de la historia ha resultado el hombre tan problemático para sí mismo como en la actualidad. Por eso me he propuesto el ensayo de una nueva antropología filosófica sobre la más amplia base. En lo que sigue quisiera dilucidar tan sólo algunos puntos concernientes a la esencia del hombre, en su relación con el animal y con la planta y al singular puesto metafísico del hombre, apuntando una pequeña parte de los resultados a que he llegado”. Tras este ensayo publicaron luego densos estudios Groethuysen, Landsberg, Sombart, Cassirer, Buber, a todos los cuales preocupaba el mismo problema, que Scheler había caracterizado en estos términos: “La misión de una antropología filosófica es mostrar exactamente cómo la estructura fundamental del ser humano explica todos los monopolios, todas las funciones y obras específicas del hombre: el lenguaje, la conciencia moral, las herramientas, las armas, las ideas de justicia e injusticia, el Estado, la administración, las funciones representativas de las artes, el mito, la religión y la ciencia, la historicidad y la sociabilidad”.

Esta preocupación es esencial. Reconoce antecedentes —Pascal, Kant— pero, como lo señalan Scheler y Cassirer entre otros, ha adquirido en nuestro tiempo una particular intensidad. “No es ninguna casualidad —dice Martin Buber en ¿Qué es el hombre?— sino algo lleno de sentido que los trabajos más importantes en el campo de la antropología filosófica surgieran en los diez primeros años que siguieron a la Primera Guerra Mundial”; y al analizar los factores que han contribuido a estimular esta renovación de los problemas del hombre, señala precisamente los factores sociológicos, económicos y políticos que han influido para acentuar la idea de que el hombre constituye el problema fundamental de la reflexión filosófica. Se ha llegado a eso, ha dicho Edmund Husserl, porque se ha cuestionado al hombre mismo como ser racional. Este dramático planteo vinculado estrechamente con el hacer y el pensar del hombre del mundo actual, corresponde exactamente a la situación espiritual de nuestro tiempo.

Pero este planteo no era el único. La primera posguerra consagró la validez universal de las teorías de Sigmund Freud. Tampoco hay azar en la marcada receptividad que ese momento demostró con respecto a la doctrina psicoanalítica, que ofrecía primero una explicación satisfactoria de las neurosis individuales y luego un abundante campo de experimentación en virtud de la trascendencia social que alcanzó la multiplicación de los casos de angustia, de neurosis o de demencia. El hecho no era baladí. La soledad pareció ser la situación propia del hombre y sus problemas parecieron derivar eminentemente de su propia psicología, de su ser individual intransferible afectado por toda suerte de traumas psíquicos. Freud ofrecía para este solitario neurótico una vía de salvación. Pero la generalización del problema, el reconocimiento de que era la situación del hombre en el grupo lo que diluía los vínculos y confinaba al hombre en la soledad, y, finalmente, las proyecciones del pensamiento freudiano hacia una imagen total del hombre, terminaron por dar a sus teorías una inmensa gravitación sobre la conciencia actual. Adler insistió en la orientación individual de las investigaciones psicoanalíticas, pero Jung halló la manera de combinarlas con el análisis de los factores sociales, en cuanto afectan al individuo mismo y en cuanto contribuyen a determinar estados de ánimo colectivos. De esas indagaciones resultó sobreestimado el problema de la personalidad, de sus incógnitas anfractuosidades y de sus expresiones proteicas, cuyo descubrimiento influyó acentuadamente en las normas de la creación. Pirandello y Lenormand llevaron al teatro el espectáculo de la multiplicidad de la conciencia en relación con las situaciones sociales, y el superrealismo se dedicó a poner de manifiesto el vago mundo de la realidad profunda de la subconciencia.

Pasado cierto límite, el psicoanálisis dejó de ser una doctrina científica y se transformó en una creencia generalizada acerca del hombre, creencia que simplificaba las tesis fundamentales del psicoanálisis científico, pero que superaba su alcance en cuanto aludía a una vía de salvación o, más exactamente, a un camino hacia la felicidad. Paradójicamente la aspiración a la normalidad se transformó en un ideal en un mundo en el que parecía que lo corriente era la inadaptación, el desequilibrio y la neurosis. Y la normalidad —algo que los revolucionarios juzgan burgués y decadente— parecía expresar los contenidos de aquella imagen hedonística de la vida que había alcanzado el consentimiento general.

La segunda posguerra, en cambio, ha sido la época del existencialismo. Como el psicoanálisis, el existencialismo se había elaborado calladamente en el espíritu de investigadores severos: en la reflexión entrañable de Kierkegaard, a través de los supuestos del pensamiento de Husserl, y en el decidido enfrentamiento por el problema de la existencia de Heidegger y Jaspers. “Ninguna época —decía también Heidegger— ha sabido tantas y tan diversas cosas del hombre como la nuestra… Pero ninguna otra época supo, en verdad, menos qué es el hombre”. Para ahondar en ese problema, Heidegger procuró hallar una noción que le sirviera de punto de partida y la encontró en la idea de existencia, de la que afirmó que constituye el ser del hombre. Aplicando el método fenomenológico de Husserl al análisis de la existencia, Heidegger ahondó en la entraña viva de ciertos problemas capitales: la angustia, la muerte como finalidad, la temporalidad, la trascendencia, la nada, y concluyó en una afirmación de la personalidad cuyo fundamento es la libertad, “la libertad para la nada”. Jaspers, en cambio, profundiza en el análisis de la existencia ateniéndose más al “ambiente espiritual de nuestro tiempo”, como reza el título de uno de sus libros, en el que encuentra caracteres inusitados y especialmente un dramático conflicto entre la libertad del hombre y la elección necesaria dentro de una situación histórica que ha visto erigir dos nuevos elementos —la técnica y la masa— que conspiran contra la personalidad. Pero la vasta difusión del existencialismo que se opera en la segunda posguerra se debe sobre todo a Jean Paul Sartre y Gabriel Marcel, este último representante del existencialismo católico.

Sartre se preocupa predominantemente por el problema de la responsabilidad y sus análisis parten de experiencias concretas relacionadas con la situación espiritual derivada de la Segunda Guerra Mundial. El problema de la culpa en general —uno de los que más lo atraen— se vincula con el tema concreto de la culpa que descubre en los que prefirieron la guerra. Así aparece el problema de la responsabilidad, clave de su filosofía, que es llevado hasta sus últimas consecuencias al afirmar que somos responsables no sólo de nuestros actos voluntarios sino también de todo lo que somos, incluyendo nuestros impulsos espontáneos. Lo que Sartre llama la libertad, dada la condición mísera del hombre, ha podido, por esto, ser entendido tan sólo como “libertad creadora de miserias”.

Hay en Sartre cierto masoquismo espiritual que las jóvenes generaciones de la segunda posguerra encontraron muy adecuado para presidir su conducta. Acogieron prontamente no sólo la filosofía de Sartre, ya resumida en fórmulas, sino también y muy particularmente su literatura. Les chemins de la liberté, Les mains sales, Les jeux sont faits se tornaron, más que libros de lectura obligada, en manuales de inspiración moral, y su prestigio se proyectó hacia los autores que en alguna medida seguían su inspiración, Rex Warner o Albert Camus, este último acaso novelista más auténtico que el propio Sartre. Todo ello configuraba una idea de la vida, una actitud polémica, una última instancia moral para las generaciones de la segunda posguerra.

Parecería como si estas corrientes de pensamiento coincidieran en el problema del sentido de la existencia. Junto con las posiciones políticas y religiosas —comunismo, catolicismo— que se enfrentaban en la política cotidiana, constituían el conjunto de actitudes posibles del hombre con respecto a sí mismo y a sus semejantes. Pero entrañaban también una respuesta acerca de la posición del hombre en el cosmos: un cosmos del que el hombre actual se ha enterado vagamente que empieza a ser descripto de otra manera. Porque hasta ahora se seguía pensando como antaño acerca de esas vagas y gigantescas estructuras que encierran al hombre y su contorno; para algunos el universo se modelaba según el relato bíblico y para otros —quizá ya los más— tenía los caracteres que le asignaba la descripción racional newtoniana. Pero de pronto unos cuantos millares de personas se enteraron de que Alberto Einstein disentía, acaso parcialmente nada más, con la descripción newtoniana y de que proponía un nuevo principio de explicación al que solía designarse con el nombre de ley de la relatividad. La naturaleza del nuevo sistema explicativo limita a un pequeñísimo número de iniciados la comprensión de esa nueva imagen propuesta para el universo; de modo que, presumiblemente, subsisten uno junto a otro los dos esquemas tradicionales para el hombre del mundo actual, con la sola sospecha de que han comenzado a ser controvertidos.

Pero la oscuridad en que vivimos acerca del cosmos no atañe fundamentalmente al hombre del período de las guerras mundiales, interesado solamente por un cosmos de vibración humana. Quizá podría señalarse, en relación con aquel, mas sobre todo en relación con este, un reavivamiento del sentimiento religioso. Algunas veces es solamente un movimiento de grandes masas que buscan la salvación en viejas creencias tocadas por tendencias mágicas; pero en ciertas minorías ha sido un movimiento vigoroso de alta espiritualidad que se ha proyectado muy pronto hacia los problemas de la cultura, pues los pensadores católicos preocupados por el problema de la persona humana como Maritain, Berdiaeff o Marcel han señalado la necesidad de volver a ciertas instancias trascendentes sin las cuales es imposible hallar sentido a la existencia del hombre.

Maritain combate el antropocentrismo al que condujo la filosofía racionalista moderna y le niega al hombre la calidad de fin último, afirmando que si se niega su vinculación con Dios es imposible adscribirle la dignidad con que se aspira a verlo investido. Jaspers ha afirmado un providencialismo categórico y Berdiaeff ha reconocido que es menester un retorno al cristianismo, único hogar en el que puede revalorizarse la persona humana en lo que tiene de espiritual. Pero tanto Maritain como Berdiaeff han recogido la experiencia social contemporánea, y en tanto que el primero, hostil al totalitarismo, postula un retorno a la democracia, el segundo, antiguo marxista, proclama la necesidad de que el cristianismo se haga cargo de la idea de justicia social que el socialismo contemporáneo ha difundido.

El problema del hombre se filtra, pues, por todos los intersticios de la cultura del período de las guerras mundiales. Hay naturalmente otros sectores del conocimiento que han recibido especial atención: la lógica, la biología, la física nuclear, la cibernética, y sería obvio poner de relieve el alto grado de desarrollo que han alcanzado las técnicas aplicadas a la transformación de la civilización. Este último aspecto ha suscitado un tipo de reflexión orientado hacia la dilucidación de las relaciones entre la técnica y el hombre, en cuyo campo han escrito páginas reveladoras, entre otros, Oswald Spengler y Lewis Mumford.

Pero sobre el problema del hombre y la vida, acaso no tengamos testimonios más apasionantes y expresivos que los que nos ofrece la literatura. Anotemos al pasar la reveladora preocupación por la biografía que apareció inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial y que permitió la difusión de las que escribieron Maurois, Strachey, Ludwig, Zweig y tantos otros. Pero fue la misma literatura de ficción la que acogió las inquietudes que flotaban en todos los espíritus y buscó acercarse al lector coincidiendo con sus intereses. No fue, naturalmente, toda la literatura sino la que dio en llamarse “literatura comprometida”, al lado de la cual se desarrolló la que habitualmente fue llamada “gratuita” o “desinteresada”.

Literatura comprometida fue, durante la primera posguerra, la que enfocó los problemas sociales e individuales suscitados por la contienda. Henry Barbusse sorprendió con Le Feu a la opinión burguesa, contraponiendo a la fácil retórica patriótica una dramática descripción de los estados de ánimo de quienes combatían sin descubrir el sentido y la finalidad de la lucha. Tras él se multiplicó la literatura de guerra y fue sugestivo el inmenso éxito que alcanzó Remarque cuando publicó Sin novedad en el frente. Raynal, Dorgelés, Glesser supieron luego atraer la atención hacia el mismo tema y, sobre todo, movilizar el espíritu público orientándolo unas veces hacia un vago pacifismo utópico —como el que en política representaron Briand o Mac Donald— y otras hacia posiciones revolucionarias cuyo fundamento residía en la certidumbre de que sólo la supresión del orden capitalista podía poner fin a las guerras.

Literatura comprometida fue también la que los escritores comunistas difundieron por todo el mundo con notorios fines de propaganda. Ehrenburg, Gladkov, Ivanov, Pilniak y tantos otros contribuyeron a despertar la simpatía por la Revolución rusa en particular y por la actitud revolucionaria en general. Y literatura comprometida fue la de Silone, cuando satirizaba mordazmente el fascismo italiano, la de Malaparte, que daba de él una versión trágica, y más tarde la de Orwell, Georgiu, Guareschi, y tantos otros a quienes animaba idéntica militancia en uno u otro sentido.

Pero no sólo era literatura comprometida la literatura militante. Hubo y hay una literatura comprometida de sentido indefinido, a favor del hombre y en contra del mal —de la injusticia, de la opresión, del racismo, de la miseria— que procura llamar la atención del lector sobre los caracteres de la realidad. Buena parte de la literatura americana tiene ese carácter: Anderson, Dos Passos, Faulkner, Steinbeck, Wright, todos coincidentes en reflejar la situación conflictual en que viven determinados individuos o grupos, constreñidos por fuerzas superiores a su voluntad. Con mayor o menor intensidad, todo el realismo contemporáneo tiende al mismo fin tanto en la novela como en el teatro y el cine; y no sólo en Estados Unidos, pues unos pocos nombres —Silone, Vittorini, Waugh, Graham Greene, Malraux, Bernanos, Azuela, Gallegos— bastan para darnos un idea de la difusión de esta actitud.

Frente a esta literatura comprometida hubo la literatura que prefirió prescindir, en lo posible, de la agitada realidad circundante. Algunas veces el alejamiento fue apenas perceptible. Quienes se angustiaban por el problema moral, como Péguy o Dubos, Mauriac o Gide, estaban siempre al borde de la realidad y cualquier contingencia los obligaba inesperadamente a enfrentarse con ella. Otras veces el alejamiento resultó de una deliberada actitud estética, como la que adoptó Cocteau y quienes lo imitaron, orientada hacia el ejercicio de la imaginación lúdica; o de la decisión de internarse en el vago mundo de lo irreal, como hicieron Alain Fournier, Giraudoux, Valle Inclán, Morgan, Hesse y sobre todo Kafka. Pero hubo aun otras maneras de evitar la realidad inmediata. Ciertas minorías, o mejor, cierta aristocracia dentro de las minorías buscaba satisfacción para las exigencias de un intelectualismo refinado, y la halló en quienes como Huxley, Gide, Valéry, Eliot, Rilke, Pound, Juan Ramón Jiménez, Borges se esforzaban por sutilizar la trama gruesa de la realidad transfiriendo sus problemas a un plano especulativo. Y todavía hubo los que prefirieron suponer que el alma constituía la realidad eminente y se sumergieron en sus abismos procurando transferir —como Proust, Joyce, Virginia Woolf— el incierto y tenue fluir de la meditación interior a un lenguaje inteligible.

Cualquiera de estas vías que se ofrecían a la literatura acusaba la incidencia de las circunstancias sociales de la época sobre ella: unas veces invitándola a sumergirse y otras veces impulsándola a escapar de la realidad. Algo semejante ocurrió con la pintura y la escultura, aunque menos acentuadamente al principio. Acaso porque el cine, la fotografía y la reproducción multiejemplar satisfacían convenientemente las necesidades plásticas de cierto público, la pintura y la escultura se retrajeron y se tornaron artes casi secretas propias de delicadas y reducidas minorías. Allí triunfaron sucesivamente el fauvismo y el expresionismo, el futurismo y el dadaísmo, el cubismo y el superrealismo, direcciones todas que huían de la realidad circundante y se solazaban en el ejercicio de la pura sensibilidad plástica aun cuando intentaran débilmente algunas veces componer una imagen intelectual del mundo o explorar las sombrías regiones del sueño. Pero el problema habría de plantearse entre artes figurativas y artes no figurativas. La pintura mexicana representó una renovación de la misión asignada a la plástica y su influencia creció hasta entroncar con la intención militante de la pintura rusa, de todo lo cual surgió el llamado realismo socialista en el que se encarnó eminentemente la dirección figurativa. El duelo se planteó con las expresiones más recientes del arte no figurativo —el de los abstractos y el de los concretos— que extreman las tendencias tradicionales de la pintura occidental a partir del fauvismo.

A su modo, las artes plásticas reflejaban el drama del hombre y su contorno oscilando entre la inmersión en la realidad o el escape de ella. También lo reflejaba el cine, casi incapaz de desprenderse del realismo y que sin embargo no desdeñó la influencia expresionista o superrealista; y la música, que desde el impresionismo en adelante procuraba alcanzar formas cada vez más racionales y hasta alojarse en nuevos sistemas tonales que suponen una desusada aptitud para el goce estético.

Porque todo cuanto constituye la creación del hombre en el mundo de las guerras mundiales expresa su inquietud por su sino y, a veces, su deliberado afán de elusión. He aquí el drama de la cultura del hombre actual: un viejo drama que se ha repetido muchas veces, pero cuyos actores visten esta vez la vestidura que nosotros vestimos.

2 Entre los autores que no cito figuro yo mismo. Pero me salvo del olvido pensando que quien se interese por los puntos de vista que expongo en este ensayo puede encontrarlos más ampliamente desarrollados en mi libro El ciclo de la Revolución contemporánea, Buenos Aires, Argos, 1948.LA FORMACIÓN DE LA CONCIENCIA CONTEMPORÁNEA. *1953

Tan importante como fuera la mutación en las condiciones de la realidad durante el curso de la Primera Guerra Mundial y durante los años que le siguieron, acaso el hecho más significativo de la época —o quizás el más importante de todos— sea el hecho de conciencia que se produjo en relación con el drama real. Vuelta hacia los hechos —las muertes, las ruinas, las convulsiones, las hambres, los desencantos— la conciencia europea se enfrentó con ellos, los halló sorprendentes, incomprensibles o, acaso, solamente inusitados, y sintió que su misión era, en ese instante, tratar de comprender la magnitud y el sentido del extraño y alucinante espectáculo que contemplaba.

“El Hamlet europeo mira millones de espectros”, decía Paul Valéry en 1919. Pero los cráneos que tomaba ahora el melancólico espectador no pertenecían a viejos bufones; eran los de Leonardo o Leibniz o Kant o Hegel, aquellos que alojaron los cerebros que ordenaron el mundo que el melancólico espectador se había acostumbrado a vivir, un mundo que ahora sólo cabía contemplar dislocado y confuso. Otra vez el cosmos se había tornado en caos, y la conciencia europea adivinaba que su mundo se deslizaba hacia el bajo mundo de las pasiones primigenias.[3]

La conciencia europea se manifestó a través de innumerables intérpretes. Unas veces fueron intelectuales puros como Oswald Spengler o Paul Valéry, espíritus disciplinados y diestros en los sutiles análisis de las realidades objetivas y de las reacciones espirituales de su contorno. Otras veces fueron filósofos intuitivos que captaban las ondas de la inquietud que los circundaban, como el conde de Keyserling; o ensayistas avisados y sensibles como Wells o Huxley. Pero lo que llamamos conciencia europea no era sólo clara conciencia intelectual, sino también, en ocasiones, subconciencia imprecisa, manifestada a veces en tímido o arrebatado impulso y a veces en estentóreo clamor desesperado frente a incomprensibles o infundados terrores. Cada cual percibió el problema en el ámbito propio de su experiencia y reaccionó ajustando sus respuestas a sus propias preocupaciones. La crisis —que se transformó bien pronto en lugar común— se presentó como un monstruo proteico e incitó a reflexionar no sólo a quienes habían hecho de la reflexión un hábito sino también a quienes carecían de la costumbre de hacerlo, muchos de los cuales obtuvieron como frutos de sus desvelos algunas imprecisas conclusiones faltas de rigor, de sentido crítico o de adecuación a la magnitud y a los caracteres del problema. De allí nuevas confusiones, nuevos fantasmas interpuestos entre el observador y la realidad fantasmal. Pero eran inevitables, porque el tema del destino del mundo y del hombre estaba lejos de sentirse como un tema retórico. El filósofo sentía comprometida su filosofía, el político su política, sus negocios el hombre de negocios, su trabajo el asalariado, y todos en mayor o menor medida su vida misma en cuanto dependía del destino colectivo. Podía ser este el de la clase profesional o social a la que el hombre perteneciera, pero se vislumbraba que era también el del país, el de Europa, el de Occidente, el del mundo, sin que pudiera percibirse claramente la escapatoria, lo cual agregaba mayor dramaticidad al problema. Parecía menester tomar una resolución, y, preguntándose cuál era la actitud que cabía adoptar, la conciencia europea sintió que tenía que examinarse profunda y minuciosamente. Acaso nada caracterice tanto la era de la posguerra como la voluntad de introspección que puso de manifiesto entonces el hombre europeo.

El caso no era absolutamente nuevo, pero su magnitud sí fue inusitada. Un elenco de las manifestaciones de esa voluntad de introspección coincidiría en muy buena parte con el elenco de las expresiones del espíritu europeo de esa época. Con distinta intensidad, naturalmente, todos acusaban este imperativo interior de situarse en las nuevas circunstancias, tanto los que decidían liberarse de él, como los que lo negaban. Hasta los que proclamaron implícita o explícitamente el designio de vivir sin sentido respondían a la inquietud atmosférica que nacía del enigma del sentido de la vida. La filosofía, la literatura, la plástica, la política, la economía, las costumbres cotidianas, el periodismo, las modas, y sobre todo las normas de la estimativa vigente acusaban la misma secreta preocupación. Nada más difícil que elegir previamente los signos para el estudio de este fenómeno, tal es su número y su variada catadura.

Pero una vez puntualizados los temas de la observación, los signos comienzan a ordenarse. Acaso avanzando paso a paso pueda introducirse alguna claridad en este panorama que llega casi hasta nuestro propio puesto de observación.

La percepción de hechos nuevos y la anticipación de nuevos valores

Sin duda se gestaban antes de la Primera Guerra Mundial muchos de los procesos que hicieron irrupción en su transcurso o poco después de su fin. Pero fue la agudización de los problemas y la exaltación de la inteligencia receptiva —ambas cosas producto de la guerra— lo que determinó la posibilidad de una rápida percepción de ciertos hechos que alarmaron por su novedad, por lo que parecían esconder en su entraña y por la ruptura con que amenazaban de las estructuras tradicionales.

“Me propongo evocar ante vosotros —decía Valéry en la Política del espíritu[4] el desorden en que vivimos”. Parecía patente. En el orden de lo social, pareció alarmante la alteración visible de las relaciones entre los grupos tradicionales. Las clases medias, sobre todo, advirtieron la presencia de contingentes cada vez más nutridos de aspirantes a los mismos bienes de que ellas disfrutaban antes con exclusividad. “Hay un hecho que, para bien o para mal, es el más importante en la vida pública europea de la hora presente”, escribía José Ortega y Gasset en 1926. “Este hecho —continuaba— es el advenimiento de las masas al pleno poderío social”. La afirmación encabezaba su libro La rebelión de las masas, que tuvo extraordinaria difusión, merecidamente, pues el filósofo español había acertado no sólo al divisar el curioso y sorprendente fenómeno sino también al formular su alcance y sentido en términos muy semejantes a los que convenían a la exacta reacción que producía en vastos sectores. El mismo autor señala que su observación databa de 1922; era, pues, el suyo un diagnóstico precoz, puesto que el fenómeno apenas comenzaba a insinuarse.

Ortega precisa “lo característico del momento” diciendo que “el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho de la vulgaridad y la impone donde quiera”, y se lanza a un análisis menudo del hecho, rico en sugestiones.[5] Pero es la enunciación del hecho mismo, “el hecho formidable de nuestro tiempo, descrito sin ocultar la brutalidad de la apariencia”, lo que constituyó su principal aporte, que coincidía, en parte, con las sagaces observaciones que Jules Romains había hecho mucho antes sobre la importancia de los “modos colectivos de vida y de sensibilidad”.[6] Después cada uno pudo apreciarlo a su manera y sacar sus conclusiones, a medida, sobre todo, que se ponían de manifiesto sus múltiples y diversas consecuencias.[7] Entre todas ellas, las de carácter político fueron las que llamaron más brutalmente la atención por la magnitud de su alcance y el contraste que ofrecían con respecto a las formas tradicionales.[8] Sería innecesario enumerar los testimonios de la sorpresa, entusiasmo o desolación que produjeron las noticias de la instauración de los regímenes revolucionarios de Lenin y Trotsky, Bela Kun, Mussolini, Primo de Rivera o Hitler, para no citar sino los más importantes. Pero conviene recordar algunos datos. A la abundante literatura polémica que siguió a los hechos deben agregarse algunos intentos de comprensión de los problemas. John Reed publicó, con el beneplácito de Lenin, un formidable reportaje —objetivo, aunque no totalmente exento de cierta emocionada simpatía— en el que se advertía que los bolcheviques constituían el grupo más eficaz, resuelto y organizado en la etapa de crisis en que se produjo la Revolución.[9] En 1921 escribió Bertrand Russell un estudio sobre el bolcheviquismo considerado como doctrina en movimiento.[10] En 1922 y 1923 respectivamente, dos políticos franceses, insospechables de entusiasmo filocomunista, Edouard Herriot y Anatole de Monzie, publicaron sendos libros tratando de penetrar la naturaleza, sentido y perspectivas de la Revolución soviética.[11] Y los libros del deán de Canterbury y de Waldo Frank llamaron la atención de extrañados sectores de Inglaterra y Estados Unidos, para quienes los primeros juicios sobre la Revolución, provenientes de la prensa conservadora de todo el mundo, constituían un sistema firme de convicciones.[12] En el mismo sentido impresionaron las obras de Cambó, Manhardt y Beckerath sobre el fascismo.[13]

Pero a los más sagaces no se ocultaba que ni la profunda convulsión de las masas ni las violentas transformaciones políticas operadas en algunos países de Europa eran fenómenos primarios. Se advertía la honda influencia que el desarrollo tecnicoindustrial había tenido en los cambios económicos, sociales y políticos, y hasta se comenzaba a atribuir a esa misma causa una comprobable y previsiblemente cada vez más profunda alteración de la vida espiritual. El problema de “la máquina” se transformó en un tópico alrededor del cual se hicieron muchos vacuos discursos, pero el problema del alcance del desarrollo técnico sirvió también para orientar la indagación de la crisis contemporánea. Oswald Spengler fundó en el análisis de la técnica sus conclusiones sobre el destino de la cultura occidental, y su juicio sobre el alcance de esa dimensión de la vida contemporánea fue radical.[14] Paul Valéry y Alfred Weber señalaron desde distintos ángulos las consecuencias fundamentales de ese desarrollo técnico: el empequeñecimiento del mundo y la pérdida de su control por el hombre occidental,[15] y Winston Churchill llamaba la atención, en 1928, sobre las perspectivas futuras con estas palabras que se apoyaban en un conocimiento muy exacto de la realidad:

“La guerra terminó tan repentina y universalmente como había empezado. El mundo levantó la cabeza, contempló la escena de desolación y vencedores y vencidos por igual lanzaron un suspiro de alivio. En cien laboratorios, en mil arsenales, fábricas y oficinas los hombres se detuvieron sobresaltados y abandonaron la tarea que los había absorbido. Los proyectos quedaron a un lado, inconclusos y sin llevarse a cabo, pero se conservaron los conocimientos adquiridos. Los datos, cálculos y descubrimientos fueron empaquetados y rotulados para ‘consulta futura’ por los Ministerios de Guerra de todos los países. La campaña de 1919 nunca se libró; pero sus ideas marchan hacia adelante. En cada ejército se las explora, elabora y perfecciona bajo la superficie de la paz, pues si la guerra estalla de nuevo en el mundo, no es con las armas y los medios preparados para 1919 con los que deberá combatirse sino con otros más evolucionados que serán incomparablemente más formidables y fatales.

”En estas circunstancias entramos en ese período de agotamiento que ha sido descripto como la paz. Ese período nos da, por lo menos, la oportunidad de considerar la situación general. Ciertos hechos sombríos emergen macizos e inexorables, como emergen las formas de las montañas cuando la niebla se disipa. Está decidido que en lo sucesivo poblaciones enteras tomarán parte en la lucha, todas empeñadas en realizar los mayores esfuerzos, todas sometidas a la furia de la guerra. Está decidido que las naciones que crean que su vida está en juego no vacilarán en hacer uso de todos los medios que aseguren su existencia. Es probable —o mejor, cierto— que entre los medios que tendrán a su disposición en la próxima contienda habrá instrumentos y procesos de destrucción inmensos e ilimitados, y quizás, una vez lanzados, incontrolables.

”La humanidad no se ha encontrado nunca en posición semejante. Sin haber mejorado ostensiblemente en virtudes y sin disfrutar de guías más sensatos, por primera vez tiene en sus manos los instrumentos por medio de los cuales puede llevar a cabo en forma infalible su propia exterminación. Ese es el punto de los destinos humanos a que todas sus glorias y afanes han conducido finalmente a los hombres. Bien harían en detenerse y meditar sobre sus nuevas responsabilidades. La muerte está en posición de firme, obediente, expectante, lista para servir, lista para segar pueblos en masa; lista si se la llama, para pulverizar irremisiblemente lo que queda de nuestra civilización. Sólo espera la voz de mando. Y espera que la dé un ser endeble, azorado, que durante largo tiempo había sido su víctima y que es ahora —por una sola vez— su amo”.[16]

Y, con ser tan agudo, aún no parece ese problema el más grave al observador occidental. Recuérdense las dramáticas palabras de Paul Valéry en 1919 cuando señalaba los insospechables abismos de la crisis intelectual hacia la que marchaba Europa.[17] Poco a poco el europeo comenzó a cerciorarse de que los cambios que percibía en las opiniones, en los juicios de valor, en las actitudes morales, reflejaban una convulsión profunda en el estrato de los principios sustentadores de su civilización. Alfred Weber analizó el problema con sabia penetración. Pero ya antes habían señalado otros pensadores los signos del fenómeno. Spengler observaba, no sin indignada irritación, que “los talentos más fuertes y creadores se desvían de los problemas prácticos y de las ciencias prácticas y se dedican a la pura especulación”,[18] en tanto que la adecuada actitud de los hombres de nuestro tiempo debía ser seguir el ritmo de la era atómica. Ortega y Gasset, sin embargo, mientras avizoraba los supuestos de las teorías de Einstein,[19] afirmaba que “el tema de nuestro tiempo” consistía “en someter la razón a la vitalidad”.[20] Destino del espíritu, destino de la razón, destino del mundo, tal incógnita que tras de estas inquietudes se escondía.

¿Una nueva época?

Un hombre provisto de una mente histórica de inusitado vigor, Benedetto Croce, pudo, poco después de terminada la Primera Guerra Mundial, contemplar la etapa que se iniciaba, descubrir sus caracteres fundamentales y compararlos con los de los años que precedieron al conflicto. Observando ciertos aspectos externos de la vida económica y política encontraba Croce que las diferencias eran grandes, pero adentrándose un poco más en su examen observaba que las tendencias generales del europeo no habían cambiado sustancialmente a pesar de las graves peripecias de la guerra.[21] Acaso un poco exageradas, las corrientes que parecían predominar en 1925 tenían su fuente en fenómenos que no se ocultaban a las miradas penetrantes de quienes observaron con agudeza la preguerra, y estaban trazados sus cursos ya por entonces. Pero esta observación de Croce no era generalmente compartida. El sentimiento de las minorías intelectuales y aun el de vastos sectores que elevaban a generalización ciertas reacciones suscitadas por los acontecimientos inmediatos era, por el contrario, que la mutación era profunda y que los tiempos que seguían a ella denunciaban caracteres muy diferentes de los anteriores. Advirtamos —antes de seguir adelante— que en cierto sentido podían no ser necesariamente antitéticas esas dos interpretaciones, pues la mutación operada —reconocida por todos, inclusive por Croce— podía ser estimada dentro de un ciclo breve, como prefería hacerlo la agudizada sensibilidad contemporánea, o dentro del ciclo más largo del mundo moderno, como prefería hacerlo el historiador. Lo cierto es que filósofos y ensayistas, periodistas y literatos, políticos y sociólogos, comunistas y hombres cultos en general, preocupados por lo que Huizinga llamó “las sombras del mañana”, creyeron descubrir signos inequívocos de que los tiempos adquirían matices muy distintos de los que caracterizaban a los viejos tiempos de preguerra, y se dieron a determinar cuáles eran unos y otros. Ortega y Gasset creyó descubrir un estilo de pensamiento propio del siglo y fundó su afirmación en muy buenas razones;[22] abundando en ellas, Ortega habló de “la época que ahora comienza” y afirmó de ella entre otras cosas que estaba destinada a superar el dilema entre racionalismo y relativismo y que no cabían en ella las verdaderas revoluciones.[23] Pero otras opiniones categóricas habían sido lanzadas ya antes. Entre las minorías intelectuales, la imprecación de Valéry en 1919 produjo profunda y marcada impresión: “La oscilación del navío —decía refiriéndose a Europa en La crisis del espíritu— ha sido tan fuerte que al fin hasta las lámparas mejor sustentadas se han volcado”;[24] y agregaba en la segunda carta: “Pero el comienzo y el arranque de la paz son más oscuros que la paz misma, como la fecundación y el origen de la vida son más misteriosos que el funcionamiento del ser una vez creado y adaptado. Todo el mundo vive hoy la percepción de ese misterio como una sensación actual; algunos hombres, de seguro, deben percibir su propio yo como parte positiva de ese misterio; y hay, sin duda, alguno cuya sensibilidad es bastante clara, bastante fina, bastante rica para leer en sí misma estados más avanzados de nuestro destino”.[25] Valéry volvió sobre estos temas una y otra vez y señaló repetidamente los cambios que observaba en la situación europea, en la situación del mundo, en el ámbito del espíritu.[26] De hecho, esta apreciación del mundo de la posguerra entrañaba una valoración —expresa o implícita— de la época de preguerra, que se extendía en cierto modo a todo el siglo XIX, pues se convirtió en un lugar común suponer que el siglo XIX se prolongaba hasta 1914.

Sería largo señalar los supuestos ocultos en los dicterios y las loas que ha merecido el siglo XIX a la luz de las experiencias suscitadas por la crisis de sus valores luego de la Primera Guerra Mundial. Entre el elogio profundo de Antonio Machado —”el siglo más siglo de los transcurridos hasta la fecha, porque sólo él ha tenido la obsesión de sí mismo”— [27] y la condenación insensata de León Daudet —”el estúpido siglo XIX”—. [28] la época que conduce a la guerra de 1914, la prepara y la encadena, mereció diversos juicios. Pero la sensación de crisis que sobrecogió a la conciencia europea después de la guerra estimuló la percepción de diversos contrastes. El propio Valéry identificaba el pasado inmediato con las épocas que genéricamente podían ser llamadas “modernas” y veía culminar los caracteres que lo definían exactamente en las vísperas del conflicto militar. “La Europa de 1914 había llegado al límite de ese modernismo”. [29] Acaso llena de defectos y de potenciales peligros, la época impresionaba a la distancia por la plenitud de su pensamiento, su universalidad, su distinción, su alegría de vivir. “Influencia de los «ballets rusos»”, señala Valéry. Ya se ha visto cómo se asemejaba la opinión de Croce, a pesar de las reticencias, y acaso valga la pena recordar el pasaje de H. G. Wells en que resume su opinión sobre la época de preguerra, de la que concluye afirmando que “comparada con la actual era aquella, bajo todos sus aspectos aparentes, una edad de cómoda seguridad y buen humor”.[30] Era la opinión que Ortega había expresado con más precisión. “Hace treinta años —escribía en 1926— creía el europeo que la vida humana había llegado a ser lo que debía ser, lo que desde muchas generaciones se venía anhelando que fuera, lo que tendría ya que ser siempre”; y así se explicaba que la generación de ese momento “sufriera el espejismo de sentir la edad presente como un caer desde la plenitud, como una decadencia”.[31]

Decadencia y crisis

Tal era la dramática y profunda convicción que se albergaba en la mayoría de los espíritus reflexivos de la Europa de posguerra. Por distintos motivos, alemanes y franceses sentían de manera especialmente aguda el problema. No dejaba de hacerse presente el problema a los americanos, a los ingleses, a los españoles, a los italianos. Los rusos blancos estaban impresionados por la catástrofe de su país en tanto que los rusos rojos vivían una espléndida exaltación provocada por la certidumbre de que estaban poniendo los sillares de un mundo nuevo. “Es más agradable y útil hacer la ‘experiencia de la Revolución‘ que escribir sobre ella”,[32] escribía Lenin justificando la interrupción de su libro sobre El Estado y la Revolución. Pero franceses y alemanes estaban en un peculiar estado de ánimo. En el decenio que siguió a la paz apenas podían sobreponerse a las dificultades prácticas, a la miseria, a la ruina, sin que se notara —como en Rusia o en Italia— una fuerza pujante que, movida por cierto optimismo creador, descargara la angustia colectiva. La derrota o una victoria obtenida a alto precio movía a alemanes y franceses a reflexionar con amargura sobre el destino de su patria, del continente y del mundo.

Reflejaban eminentemente ese estado de ánimo Oswald Spengler y Paul Valéry. Spengler señala en el prólogo a la Decadencia de Occidente que su filosofía, aunque aspira a la objetividad, no podía haber nacido sino “ahora y en Alemania”;[33] es “la filosofía de nuestro tiempo”, agrega. Y, en efecto, si no lo era por sus supuestos doctrinarios —a los que les salió al paso el pensamiento sistemático—, lo era en cierto modo por sus conclusiones generales y sobre todo por las inferencias sumarias a que podía dar origen. Estas últimas se transformaron en lugares comunes y concluyeron por moldear un estado de opinión que, en cierta medida, contribuyó a posibilitar más tarde el triunfo del nacionalsocialismo.

La observación de Spengler recayó sobre todos los aspectos de la cultura. Descubrió la crisis en “un sinnúmero de apasionantes problemas e intuiciones” que él se propuso analizar y reducir a unidad indagando la vertiente común de donde provenían. El arte, la ciencia, las formas de la vida social y política, los enfoques predilectos del espíritu inquisitivo, todo acusaba a sus ojos una desintegración interior que no podía explicarse dentro de los límites de su propia área y que exigía, para ser comprendida, un análisis de la totalidad y sus supuestos. Ese examen lo condujo a integrar el análisis de su propio tiempo en una teoría cíclica de la cultura, de la que se ocupó con amplio desarrollo. El presente y el porvenir adquirirían en ella precisos caracteres, y el destino adquiriría un aire de inexorabilidad que alentaba las imaginarias y casi apocalípticas reconstrucciones del mundo futuro, como la que llevó al film Fritz Lang en Metrópolis.[34] “¿Qué le vamos a hacer —se preguntaba Spengler—[35] si hemos venido al mundo en el ocaso de la civilización y no en el mediodía de la cultura, en la época de Fidias o de Mozart?”. Fritz Lang recogía la idea y prestaba relieve en la imagen a una humanidad sometida a la férrea dictadura de la máquina.

Casi en el mismo momento, Paul Valéry, refinado poeta y alerta inquisidor del destino del espíritu —”las cosas del mundo sólo me interesan en su relación con el intelecto”, decía—[36] concentraba su reflexión en un problema análogo al que inquietaba al filósofo alemán. También él observaba el hecho fundamental de la incertidumbre acerca de todo el contenido y todas las formas de la cultura. “Observamos lo que ha desaparecido, estamos aniquilados; no sabemos qué es lo que va a nacer, y podemos razonablemente temerlo”, decía al público de Zurich en 1922.[37] El diagnóstico era el fatídico de “crisis”, una noción no muy precisa —sobre la que Augusto Comte había hecho, por cierto, observaciones muy importantes— que servía para reunir y sintetizar numerosos datos sueltos acerca de una situación que parecía definirse por la resistencia que oponía a todo intento de comprensión a partir de los esquemas tradicionales. Valéry se propuso en más de una ocasión caracterizar o describir la crisis, y muchas de sus observaciones revelaron una insólita agudeza, especialmente en cierto fragmento muy sugestivo de la Política del espíritu.[38] No faltó ocasión en que quisiera generalizar sus observaciones e interpretar los signos de un fase crítica como reveladores de una decadencia, más aún, de un cataclismo que acaso entrañara el aniquilamiento, al menos de Europa. La teoría es vaga. “Nosotras, las civilizaciones, sabemos ahora que somos mortales”. Así comenzaba Valéry su ensayo sobre La crisis del espíritu en 1919. Acaso la idea tuviera algún lejano parentesco con la tesis que por entonces sostenía Spengler, pero más seguro es que fuera una reminiscencia de los viejos lamentos que provenían, a su vez, de un pensamiento que el propio Spengler había recogido. Aplicada a la realidad contemporánea, la vetusta teoría de los ciclos culturales reverdecía para proveer de explicación a lo que parecía inexplicable.

Espíritus atormentados y pesimistas recogieron los trenos de estos Calcas, “adivinos de males”, y los difundieron a todos los vientos, hasta que sus presagios llegaron a los oídos de muchos que no podían entenderlos. Y así se repitieron bastardeando su sentido y sirviendo de explicación suficiente al malestar que cada uno sentía. Un espíritu tan sutil como el de Franz Werfel podía decir que por fin había triunfado en la posguerra “la humillación del hombre interior”, a la que siguió como necesaria consecuencia la “desvalorización del acto creador”.[39] Karl Jaspers podía comprobar que el hombre consideraba ahora su mundo como radicalmente inestable y a sí mismo como un ser desarraigado.[40] Y sin duda ambos —y otros muchos— hallaban en su experiencia íntima una relación estrecha entre su angustia y su mera desacomodación y el sistema de explicaciones que se daban. Pero por debajo de las minorías reflexivas, la opinión adquirió acentos de lugar común cada vez más trivial, sin que por eso dejara de ser significativa como tal opinión y aun fuera una opinión capaz de influir sobre la conducta, sobre la acción.

Ese sistema de explicaciones no fue compartido, sin embargo, por un pensador tan fino y penetrante como Ortega y Gasset. Analizando el hecho de la rebelión de las masas, señaló Ortega agudamente que ese hecho importaba “un fabuloso aumento de vitalidad y de posibilidades”. “Todo lo contrario, pues —agregaba—, de lo que oímos tan a menudo sobre la decadencia de Europa. Frase confusa y tosca, donde no se sabe bien de qué se habla, si de los Estados europeos, de la cultura europea, o de lo que está bajo todo esto e importa infinitamente más que todo esto, a saber: de la vitalidad europea. De los Estados y de la cultura europea diremos algún vocablo más adelante —y acaso la frase susodicha valga para ellos—; pero en cuanto a la vitalidad, conviene desde luego hacer constar que se trata de un craso error”.[41] Este planteo llevaba al pensador hispánico a rechazar categóricamente “la quejumbre de decadencias que lloriquea en las páginas de tantos contemporáneos”, fundándose en la certidumbre de que “el hombre del presente siente que su vida es más vida que todas las antiguas, o dicho viceversa, que el pasado íntegro se le ha quedado chico a la humanidad actual. Esta intuición de nuestra vida de hoy anula con su claridad elemental toda lucubración sobre decadencia que no sea muy cautelosa”.[42]

La explicación parecía plausible. Había sectores —las minorías intelectuales especialmente, las clases medias— que tenían el sentimiento interior de la decadencia. Pero Ortega observaba que otros varios sectores sociales mostraban, por el contrario, una pujanza extraordinaria, como si se tratara de fuerzas nuevas, no gastadas en el vasto proceso que halló su trágico fin en la guerra mundial. Esos sectores eran las masas, las que estaban agitándose en toda Europa, las que daban una prueba de hecho de que no compartían el pesimismo general, las que, obrando, revelaban su fe en el futuro y en la posibilidad de renovar las formas de la convivencia.

Esa plausible explicación sólo dejaba un resquicio de sospecha. Hacia la misma época en que Ortega escribía su ensayo, Eduard Spranger pronunciaba en la Academia de Prusia su notable conferencia titulada “La teoría de los ciclos culturales y el problema de la decadencia de la cultura” [43] en la que analizaba con extremada finura la cuestión en boga. Examinando las relaciones entre la cultura y sus portadores reales, admitía Spranger que la vitalidad era la condición fundamental para su subsistencia. Esta convicción movió a Nietzsche y a Bergson —decía— a fundar su filosofía en el temor del aniquilamiento de las fuerzas vitales. Mas observando algunos de los signos de afirmación de la vitalidad en el mundo contemporáneo, agregaba: “Pero la contención de la energía vital, en todos sus aspectos, es la condición de toda cultura superior”; de esta observación extraía algunas consecuencias que lo movían a afirmar que “la desaparición del sentido del deber implica la extinción de la cultura”.[44]

El problema aparecía ahora puesto sobre otras bases. Spranger admitía que la cultura “está pasando por un estado de crisis”, visible en el hecho de que las cabezas dirigentes no pueden abarcarla en una visión de conjunto.[45] Y sobre el carácter de esta cultura en crisis, opinaba Spranger muy juiciosamente que era estrecho o pueril considerarla como una mera decadencia. Por el contrario, la crisis anunciaba a sus ojos “un futuro y no muy lejano renacimiento”, que, sin embargo, no podría advenir sin el denodado esfuerzo de quienes quisieran superar la crisis.[46]

Así se debatía el problema entre las minorías intelectuales, pero sin embargo, la convicción de la decadencia del mundo occidental ganó terreno en la conciencia general, poco acostumbrada a los análisis históricos y generalmente inclinada a sobreestimar la significación del presente. Sin duda el análisis en términos históricos hubiera revelado a todos que la crisis podía ser considerada como una curva de descenso en una línea sinuosa que poseía también momentos de ascenso, de la que además podía suponerse que el ascenso era su sentido general y dominante. Las circunstancias —admitámoslo— eran demasiado difíciles en algunos países de Europa para que el hombre que sentía sobre sus espaldas el peso de una situación de la que no podía escapar, y cuya solución estaba fuera de su alcance, pudiera reflexionar sobre la transitoriedad de los fenómenos que tan de cerca le tocaban. Esa impotencia —impotencia intelectual— no puede extrañar en el hombre medio, puesto que muchos espíritus avisados se dejaron llevar por la misma tendencia. Era, sin duda, un clima espiritual de fuertes raíces reales; y aunque originó muchas vagas lucubraciones, originó también un espíritu inquisitivo que logró penetrar en los meandros de la situación social y espiritual de la época con bastante intensidad. Así se llegaron a percibir múltiples aspectos de la peculiaridad del mundo contemporáneo, y pudo sobre esa variada percepción montarse una actitud crítica y una conducta consciente frente a la realidad.

La revisión de los ideales y los valores tradicionales

La actitud de las minorías intelectuales, deseosas de comprender el conjunto de extraños fenómenos que se producían a su alrededor, no era sino un signo más de la inquietud general de los espíritus. En ellas, esa inquietud se manifestaba bajo la forma de reflexión; pero en el resto de las gentes se manifestaba no sólo como una tendencia a expresar opiniones sino también como un impulso a obrar de manera diferente de la acostumbrada. Este comportamiento suponía, a los ojos de cualquier observador avisado, que ciertos ideales y valores tradicionales habían entrado en colapso.

Los primeros hechos reveladores se manifestaron durante el mismo curso de la guerra. El año 1917 resultó crítico desde muchos aspectos. Si la terrible campaña de los submarinos alemanes pudo ser, finalmente, contenida por Gran Bretaña, las operaciones militares en el continente alcanzaron una terrible gravedad para los aliados. Desde julio hasta diciembre de 1917 duró la batalla de Passchendaele en la que las tropas inglesas tuvieron trescientas mil bajas. El desaliento cundió en el frente y en la retaguardia; pero durante el transcurso de esta operación se produjeron además dos acciones militares de trágicas consecuencias: las fuerzas italianas de Cadorna fueron derrotadas en Caporetto y el ejército francés de Nivelle sufrió un terrible revés en el Aisne. Entonces se comprendió que la tensión comenzaba a sobrepasar las posibilidades del hombre europeo. El desaliento se tornó resistencia activa, la rebelión militar adoptó en Francia caracteres alarmantes, y apareció lo que fue llamado por algunos, con acento acusador, el “derrotismo”.

¿Qué era el “derrotismo”? A la luz de las consecuencias que sus móviles tuvieron en la posguerra el fenómeno se aclara considerablemente. La guerra había comenzado en un momento en que tendían a polarizarse cada vez más en Europa dos fuerzas de signo contrario. En Francia se habían enfrentado con motivo del caso Dreyfus, y en el transcurso de los años siguientes se había extremado su oposición en la medida en que se agudizaban los choques entre el capital y el trabajo. Si por un momento el conflicto se había obviado mediante la “unión sagrada” —y el asesinato de Jean Jaurès probaba de qué manera la entendían algunos—, las largas fatigas de la guerra y la incertidumbre acerca de su posible fin permitieron que las voces acalladas volvieran a manifestarse. Lo que se puso en discusión, pues, al aparecer lo que se llamó el “derrotismo” no fue el problema mismo de la guerra —y en ese sentido Joseph Caillaux tuvo razón al sostener que no era un derrotista—[47] sino el de los supuestos de la guerra. La “unión sagrada”, la política propuesta por los gobiernos de guerra, suponía que los móviles de la conflagración interesaban igualmente a todos los miembros de las colectividades nacionales en conflicto, por encima de sus opiniones personales. Pero esa suposición era inexacta y sólo la presión estatal la había transformado en aparentemente justa.[48] El grupo de los neutralistas o pacifistas era grande y era, además, la vanguardia consciente de grupos más nutridos que, si en el primer momento no tuvieron clara idea de sus sentimientos, la adquirirían luego —y no la habrían adquirido si no hubiesen estado preparados para ello—. El problema estaba claro a los ojos de Romain Rolland, cuyo Clerambault constituye un profundo documento de la situación espiritual del momento en Francia,[49] y estaba claro en los diputados socialistas alemanes que se negaron a votar los créditos de guerra en el Reichstag. Para ellos, la guerra que preparaban los gobiernos respondía a intereses de grupos limitados, no a los intereses de la colectividad, y era necesario que oportunamente presionaran quienes así pensaban sobre los grupos dominantes para impedir que se desencadenara la catástrofe. Esta reflexión fue, precisamente, la que cundió en 1917 después de los desastres militares. La guerra no es cosa nuestra —parecían pensar los soldados que volvían del Carso o los que soportaban el agua a la cintura en las trincheras de Champagne. Y quedaba abierto el interrogante de cuál era el valor efectivo que tenían los ideales bajo cuya bandera se había establecido la “unión sagrada”.

Recordando el estado de ánimo de la hora de la paz, dice Churchill: “Con un espasmo apasionado el pueblo francés gritaba: ¡Nunca más!”.[50] Lo más grave es que también se preguntaba: ¿Para qué? El sentido del conflicto mismo, los objetivos perseguidos, los principios defendidos, la justificación, por fin, de tanta destrucción y tanta muerte habían desaparecido totalmente de delante de los ojos de la gran mayoría, cegados ahora por el resplandor de una promesa de paz que era al mismo tiempo una promesa de abandono y descanso. Pero el hecho sería inexplicable —piénsese si no en los veteranos de Napoleón— sin el hecho correlativo de que habían perecido los ideales que permitieron la unión sagrada, la transitoria superación de las tendencias disgregatorias que se insinuaban en las distintas colectividades nacionales.

No otra cosa había ocurrido en Alemania. Cuando Walter Rathenau afirmaba que “la Revolución alemana fue la huelga general de un ejército derrotado”, no decía nada más que la mitad de la verdad. Porque el ejército —en la medida en que representaba al país— no estaba solamente derrotado, sino, lo que es más importante, trabajado por las mismas fuerzas que tendían en otros países a disgregar las colectividades nacionales. “Las mujeres y los niños se manifestaban contra el racionamiento y en favor de la paz”, dice Fritz Thyssen describiendo el ambiente de derrotismo hacia 1918.[51] Acaso —como agrega el mismo Thyssen— no estuvieran las grandes masas de soldados afectadas por la propaganda “derrotista” y “revolucionaria“, pero es innegable que se habían debilitado considerablemente también en Alemania los ideales que habían conducido a la “unión sagrada”, a la polarización de la nación. Así, cuando estalló el levantamiento de Kiel y se propagó el sentimiento revolucionario, la nueva pasión en pro de los nuevos ideales —de los menos sin duda— sobrepasó la capacidad de resistencia pasiva de los más que aún defendían los viejos ideales.[52] No nos engañemos considerando el posterior renacimiento del militarismo y el nacionalismo alemán, porque el proceso de movilización psicológica que condujo al triunfo de Hitler recogió precisamente aquel estado de ánimo colectivo y preparó la reordenación de la colectividad alemana uniendo diestramente la idea de nación —o mejor, de raza— con la idea de Revolución, de modo que luchar por la Alemania nazi no era simplemente luchar por la patria en los términos de 1914, sino luchar por una patria renovada y consustanciada con los nuevos sentimientos colectivos.

Sin duda influía marcadamente en el sesgo que tomaba la opinión alemana la influencia del triunfo soviético en Rusia. Pero no es menos cierto que en el desarrollo del renacimiento nacionalista obró profundamente la psicología de la derrota y el inhábil tratamiento de los vencedores con respecto al vencido. Una ola de resentimiento se extendió, a partir sobre todo de la ocupación militar de la Renania, entre un pueblo que no veía salida a la crisis a la que se veía condenado. Y vio en los partidos extremistas —el comunista, el nacional socialista— las válvulas de escape para su salvación como colectividad, ampliando esta a la luz de un concepto racial cuya vigencia no era nueva en Alemania y que ofrecía ahora la ventaja de ofrecer una justificación eficaz al grave problema del Lebensraum, del espacio vital exigido por el impresionante desarrollo demográfico del país.

El ascenso del comunismo en Alemania se explica, pues, como una de las formas del desahogo de la psicosis de encrucijada. Pero la fuerza desencadenante del proceso de ascenso fue el prestigio que alcanzó con motivo del triunfo de la Revolución rusa, que había de tener en Alemania incidencias directas. También en Rusia se anunciaba desde mucho antes la disgregación de la colectividad nacional. La Revolución flotaba en el ambiente, apenas contenida por una bárbara represión que no hallaba las correspondientes compensaciones políticas destinadas a ofrecer a las fuerzas insurgentes otras salidas que la Revolución misma. El desencadenamiento de la guerra acalló los clamores revolucionarios, pero su transcurso no hizo sino exarcerbarlos, pues la ineficacia de los comandos, la desorganización estatal y las derrotas que fueron su consecuencia acabaron por desacreditar los ideales precarios que habían sido erigidos en justificación de la contienda. La Revolución socialdemócrata desalojó al zarismo, y muy pronto el extremismo maximalista desalojó a la socialdemocracia, acaso porque era más radical en la condenación de todos los viejos ideales y en la proclamación de otros nuevos: “Pan para todos, paz inmediata, la tierra para los campesinos y la dictadura del proletariado”. Era un programa de reivindicaciones inmediatas que descartaba todos los viejos temas que ya no poseían sino un valor retórico, no porque aquellos antiguos ideales no pudieran ser vivificados sino porque era menester vivificarlos con la savia que surgía de las nuevas situaciones sociales. Triunfó el movimiento maximalista, y bien pronto se advirtió que Rusia adquiría un aire moderno y antirretórico, que exaltaba el maquinismo, el trabajo, el deporte, el amor libre, el canto popular. Era justamente casi todo lo que exaltaba otro país que no había hecho ninguna Revolución sangrienta pero que era ya la expresión misma de la modernidad: Estados Unidos.

Porque el último hecho importante que contribuyó al movimiento de revisión de los viejos ideales fue la presencia y el prestigio conquistado en Europa por Estados Unidos con motivo de su participación en la guerra y su decisiva contribución a la victoria. El éxito del jazz y del cine americano no fue el más insignificante de los signos. La civilización técnica que Estados Unidos representaba pareció la expresión misma de la modernidad y el tipo de la flapper renovó la imagen del tipo femenino con lo que ello significaba como eliminación y superación de viejos prejuicios. Era como si se hubieran descorrido unos velos centenarios para dejar a plena luz realidades indiscutibles pero durante largo tiempo veladas. La vida parecía renovarse y la nueva imagen provenía de nuevas experiencias, hechas a primera vista sólo de desengaños pero acaso más vivas de lo que los protagonistas creían por entonces.

Ortega y Gasset fue de los que vieron, entre los primeros, el curioso fenómeno a que se asistía. Comprobó que ciertos ideales que todavía tenían vigencia a principios de siglo la habían perdido en el momento de hacer su observación, esto es, en el primer decenio que siguió a la terminación del conflicto mundial. Vale la pena transcribir sus palabras:

“Esta es la situación en que hoy se halla la existencia europea. El sistema de valores que disciplinaba su actividad treinta años hace, ha perdido evidencia, fuerza de atracción, vigor imperativo. El hombre de Occidente padece una radical desorientación porque no sabe hacia qué estrella vivir.

”Precisemos: aún hace treinta años la inmensa mayoría de la humanidad europea vivía para la cultura. Ciencia, arte, justicia, eran cosas que parecían bastarse a sí mismas; una vida que se vertiese íntegramente en ellas quedaba ante su propio fuero satisfecha. No se dudaba de la suficiencia de esos últimos prestigios. Podía ciertamente el individuo desentenderse de ellos y vacar a otros intereses menos firmes; pero al hacerlo se daba cuenta de que obedecía un capricho libérrimo bajo el cual continuaba inconmovible la justificación cultural de la existencia. Sentía la posibilidad de tornar en todo momento a la forma canónica y segura de la vida. Del mismo modo en la edad cristiana de Europa veía el pecador su propia vida pecadora flotando sobre el fondo de viva fe en la ley de Dios que ocupaba las cuencas de su alma.

”Ello es que en los confines del siglo XIX con el nuestro, el político que en una asamblea evocase “la justicia social”, las “libertades públicas”, la “soberanía popular”, hallaba en la íntima sensibilidad del auditorio sinceras, eficaces resonancias. Lo mismo que el hombre que con sacerdotal gesto se amparase en la dignidad humana del arte. Hoy no acontece esto. ¿Por qué? ¿Es que hemos dejado de creer en esas grandes cosas? ¿Es que no nos interesa la justicia, ni la ciencia, ni el arte? La respuesta no ofrece duda. Sí; seguimos creyendo, sólo que de otra manera y como a otra distancia”.[53]

Todo el problema parecía residir en cuál es esa manera nueva de sentir los viejos problemas. “Justicia social”, “libertades públicas”, “soberanía popular” eran ideas que habían sido adscriptas a ciertas formas reales de convivencia y a ciertos sistemas políticos definidos; más aún, a ciertos partidos o grupos políticos y a ciertas situaciones concretas. Algo más grave ocurría con ideas de sentido más alto, como “libertad”, esa libertad de la que Lenin había dicho que constituía “un prejuicio burgués”. Y de pronto se advirtió que aquellas nociones y los vocablos que las expresaban se podían considerar, al menos, desde dos puntos de vista radicalmente opuestos, dos puntos de vista desde los cuales ciertas cosas que parecían tener un valor unitario tenían en realidad más de un valor.

A la luz de los años transcurridos puede observarse con nitidez lo que significó en los dos decenios que sucedieron a la Primera Guerra Mundial el distingo entre “valores burgueses” y “valores revolucionarios“. El distingo fue lanzado por las heterodoxias revolucionarias de diversos sentidos, pero adquirió todo su vigor en boca de comunistas y nazi-fascistas. Cuanto se relacionara con la concepción liberal y democrática de la vida cayó bajo el estigma de “burgués”. Mussolini decía: “Nosotros y Rusia estamos contra los liberales, los demócratas y el Parlamento”;[54] y agregaba en otra ocasión: “Estamos contra la vida cómoda”.[55] Liberalismo y democracia —con sus derivados de combate, como “demotraidores”— eran vocablos que parecían indisolublemente unidos a la concepción de la vida propia del siglo XIX, a la concepción burguesa. Al Liberalismo económico se oponía una economía dirigida, como la que practicaban tanto comunistas rusos como fascistas italianos y nazis alemanes más tarde, y a la que habían tenido que recurrir las democracias durante la guerra y la posguerra en parte al menos para hacer frente a las circunstancias de excepción. Al Liberalismo político se oponía una doctrina de autoridad, a la que habían prestado su apoyo pensadores y políticos antes y después de la guerra, por escepticismo frente a las circunstancias de la vida europea. Y al parlamentarismo se oponían diversas variantes del régimen representativo que, según algunos, parecían expresar de manera más fiel la voluntad de la sociedad: los soviets y las asambleas corporativas, todas ellas orientadas y dirigidas por esa curiosa paradoja del “partido único”. Estas nuevas instituciones y orientaciones reflejaban un presunto “espíritu revolucionario” y respondían a “valores nuevos”. Se suponía que había un tipo de “hombre nuevo” que vivía espontáneamente según estos valores, que no podía ya asimilar un adulto formado en la sociedad tradicional, tan viva como fuera su voluntad revolucionaria. Ese “hombre nuevo” no sólo desdeñaba las formas de vida allegadas al Liberalismo, la democracia y el parlamentarismo tradicionales, sino que poseía otras características individuales que iluminan la amplitud de esta renovación de valores. Debía ser esencialmente antirromántico, antisentimental, objetivo, despersonalizado, entregado a una causa con desdén de su propia individualidad, y debía preferir la acción a cualquier otra posibilidad vital. Porque el sentimiento parecía también “burgués”, como la contemplación y el criticismo.

Pero lo más característico del “hombre nuevo” era el desdén por todas las formas existentes, en particular en cuanto se refería a la convivencia, y la certidumbre de que era menester reemplazarlas todas por vía revolucionaria. Cualquier afán o deseo de mantener algo de lo existente era, de hecho, “conservador”, “antirrevolucionario”, y por ende burgués. El día del Apocalipsis estaba próximo —más aún, ya había llegado en alguna parte— y parecía estéril resistir a la inminente renovación catártica del mundo. Donde había llegado era allí donde se había operado una transformación en el orden de la convivencia —Rusia, Italia o Alemania, según los gustos—, y esto porque en el fondo de toda esta renovación en el sentimiento de la vida había un intenso y dramático anhelo de cambio social. Nada más ilustrativo acerca de este aspecto del problema que la transformación del sentimiento patriótico.

Concebido con los caracteres que tenía antes de la guerra, con los que tenía en el momento en que fue utilizado para proclamar la “unión sagrada” al iniciarse las hostilidades en 1918, el patriotismo fue para quienes defendían los “valores revolucionarios“, un típico sentimiento burgués, un valor caduco. La patria a que aludía ese sentimiento constituía una colectividad fundada en el privilegio, en la explotación capitalista, en la supremacía de los monopolios. La patria era un fantasma que escondía —como un “contrabando”, solía decirse— el voraz apetito económico de ciertos grupos. Y los sostenedores de los “valores revolucionarios” execraron la patria y el patriotismo, y se resistieron a la “unión sagrada” porque para ellos no era sagrada. Sagrado era, en cambio, el hombre, el hombre sacrificado, o más exactamente, el proletario carne de cañón, que se utilizaba para satisfacer aquellos apetitos.

Este sentimiento cristalizó en el “internacionalismo”, fundado en la interpretación clasista de la sociedad. El “internacionalismo” fue un “sentimiento revolucionario” porque expresaba un valor nuevo, frente al nacionalismo o al patriotismo, que representaban “valores burgueses“. Pero eso duró hasta que la idea de nacionalidad se tiñó con caracteres de Revolución social. Allí donde se realizó una transformación en las formas de la convivencia, la idea de patria se tonificó considerablemente. El internacionalismo consecuente de Trotsky fue desalojado por el nacionalismo oportunista de Stalin, y la idea de patria constituyó el inconmovible núcleo del sentimiento fascista italiano y el sentimiento nacional socialista alemán. El nombre mismo del partido de Hitler revelaba su esencia: nacionalismo y socialismo unidos ofrecían una variante inesperada con respecto al nacionalismo y al socialismo de anteguerra, época en que tales términos se rechazaban, pues el “nacionalismo” era radicalmente antisocialista —piénsese en el caso Dreyfus— y el socialismo era esencialmente internacionalista, como lo revelaba la consigna con que terminaba Marx el Manifiesto de 1848.

Las circunstancias de posguerra aceleraron este curioso proceso de fusión. La crisis económica, la desocupación, las humillaciones sufridas y la impotencia o la sensación de peligro crearon un resentimiento nacional en Rusia, en Alemania y en Italia. Pero al operarse, quienes lo impulsaban buscaban sabiamente la adecuación del conjunto ideológico al sentimiento preponderante. Más que un socialismo revolucionario para el proletariado se buscaban en Italia y en Alemania soluciones de tipo socialista que sirvieran en la emergencia de posguerra para paliar algunos males inmediatos, pero que sirvieran sobre todo al Estado para fines nacionalistas o imperialistas que, por lo demás, seguían interesando fundamentalmente sólo a ciertos grupos privilegiados, cualquiera fuese ahora su composición. La Revolución profunda de Rusia, en cambio, no vaciló en una modificación sustancial del sistema económico, y si coincidió con el nacionalismo fue por sentirse acorralada y cercada de peligros.

Pero una Europa constituida por estos nacionalismos agresivos y pujantes era, naturalmente, una Europa en peligro, una Europa que había perdido el sentido de su radical unidad, una Europa montada sobre el más inestable de los equilibrios. Naturalmente, cabe preguntarse si Europa había existido alguna vez como unidad. En la realidad política, la unidad resultaba de la comunidad de actitudes y de intereses entre los más importantes países: actitud intelectual, actitud tecnicoeconómica, actitud social, intereses expansionistas, todo lo cual creaba simultáneamente un conjunto de tensiones centrífugas y centrípetas que alternaban su predominio sobre el orden europeo. Tales tensiones parecían susceptibles de equilibrarse, y precisamente la expresión “equilibrio europeo” constituyó, casi exclusivamente, el símbolo de la unidad europea. Europa parecía existir como una unidad real en la medida en que sus distintos elementos eran capaces de llegar a establecer un equilibrio entre ellos. Pero sin duda la aspiración a la unidad existía vehementemente, y por eso trataba de alcanzarse. Esa aspiración —que convenía sin duda a los intereses comunes de los países europeos frente al mundo no europeo, a poco que se los considerara con amplitud de criterio— anidaba también en otra napa del espíritu del hombre europeo, más profunda y sutil, en la que quedaban patentes las coincidencias de los supuestos de las distintas particularidades nacionales. El hombre europeo podía parecerle un fantasma al nacionalista francés o alemán; pero cobraba corporeidad en el momento en que, aun ellos, medían su propia peculiaridad con el patrón del hombre asiático o africano. Europa era, pues, la patria común de una especie de fantasma al que parecía posible descubrir en su realidad sólo por una operación del espíritu capaz de abstraer los rasgos comunes que yacían escondidos tras la primera apariencia del hombre real.

Esa patria cobraba mayor o menor vigencia según las circunstancias, y el siglo XIX había avanzado mucho en su descubrimiento y afirmación, porque parecía ser el paisaje predilecto de las ideas fuerza de la centuria: el progreso, la libertad y la civilización. La guerra mundial echó por tierra las conquistas que la idea de la unidad europea había hecho en los últimos cuarenta años, y entonces se tornó un ideal nostálgico vehemente al tiempo que una ferviente aspiración para el futuro de los espíritus que se llamaban a sí mismos “hombres de buena voluntad”. Aristide Briand en el campo de la política y Romain Rolland en el de la propaganda espiritual simbolizaban ejemplarmente este estado de ánimo.

Pero acaso quien llamó más poderosamente la atención sobre el problema de la crisis de la idea de Europa fue Paul Valéry, que acertó a tocar las dos o tres fibras de la cuestión que más importaban para el europeo de posguerra. Paul Valéry pensaba sin duda en la decadencia de la civilización occidental, pero cuando intentaba precisar su pensamiento, sus reflexiones parecían circunscriptas al problema histórico concreto de Europa, más aún, de la Europa occidental. “El resultado inmediato de la gran guerra —decía en 1939—[56], fue lo que debía ser: no ha hecho más que acusar y precipitar el movimiento de decadencia de Europa. Todas sus más grandes naciones se han debilitado simultáneamente: las contradicciones internas de sus principios se han tornado evidentes; los dos partidos han recurrido a los no europeos, tal como se recurre al extranjero en las guerras civiles. El prestigio de las naciones occidentales ha sido destruido recíprocamente mediante la lucha por la propaganda, y no hablo de la difusión acelerada de los métodos y de los medios militares, ni de la exterminación de las elites. Tales han sido las consecuencias, en cuanto a la condición de Europa en el mundo; de esta crisis largamente preparada por una cantidad de ilusiones, y que deja tras de ella tantos problemas, enigmas y temores, una situación más incierta, los espíritus más turbados, un porvenir más tenebroso que el de 1913. Existía entonces en Europa un equilibrio de fuerzas, pero la paz de hoy no hace soñar más que en una especie de equilibrio de debilidades, necesariamente más inestable”. Así concluía Valéry la introducción a las Notas sobre la grandeza y la decadencia de Europa. En su texto, Valéry señala agudamente la inadecuación de los Estados europeos con respecto a la situación contemporánea. Admite que haya sido legítima la concepción de Richelieu o la de Bismarck, que empujaba a sus respectivos países a luchar por su propia hegemonía dentro de Europa, pero afirma que el mantenimiento de esa política sólo revela ahora pequeñez de espíritu. Ese “ahora” esconde el secreto de la interpretación del fenómeno europeo por parte de Valéry:[57] no reside en la posguerra misma, pero sólo la posguerra ha proporcionado la ocasión favorable para que se tome conciencia del problema. Ese “ahora” es la era de la occidentalización del mundo, o más exactamente, de su europeización.

“Las otras partes del mundo —decía Valéry—[58] han tenido civilizaciones admirables, poetas de primer orden, constructores y hasta hombres de ciencia. Pero ninguna parte del mundo ha poseído esta singular propiedad física: el más intenso poder emisor unido al más intenso poder absorbente. Todo ha venido a Europa y todo ha venido de ella. O casi todo”. Esta convicción justificaba el angustioso interrogante que, formulado en 1929, tenía un particular grado de dramatismo: “Según eso, la hora presente comporta esta pregunta capital: ¿guardará Europa su preeminencia en todos los géneros?”. La pregunta no era retórica, no estaba planteada exclusivamente en los términos de la pura preeminencia espiritual, sino que se dirigía a una cuestión palpitante que afectaba a la existencia misma de Europa. La expansión, la europeización del mundo ha sido —dice Valéry—[59] la obra de toda Europa, de los afanes coincidentes de todas las naciones europeas, y su administración y conclusión hubiera debido ser en consecuencia, también la obra de toda Europa. Pero a ese proceso no ha acompañado un crecimiento de la conciencia europea, sino, por el contrario, una exageración del localismo de la política nacional, cuyas consecuencias previsibles no podían ser sino trágicas. “No habrá habido nada más idiota en toda la historia que la concurrencia europea en materia política y económica, comparada, combinada y confrontada con la unidad y alianza europeas en materia científica. En tanto que los esfuerzos de las mejores cabezas europeas constituían un capital inmenso de saber utilizable, la tradición simple de la política histórica de codicias y de prejuicios proseguía, y ese espíritu de pequeños europeos entregaba, por una especie de traición, a aquellos mismos a quienes se creía dominar, los métodos y los instrumentos de poder. La lucha por las concesiones o los préstamos, por introducir máquinas o expertos, por crear escuelas o arsenales —lucha que no es otra cosa que el transporte a larga distancia de las disensiones occidentales— entraña fatalmente el retorno de Europa al rango secundario que le asignan sus dimensiones, y del que la habían sacado los trabajos y los cambios internos de su espíritu. Europa no habrá tenido la política que merecía su pensamiento”.

La observación era justa y ponía el problema sobre el plano en que debía ser considerado. Abundando sobre él, Valéry advertía sobre el peligro que Europa había preparado, un peligro radical, pues debería afrontar un mundo mucho más poderoso que ella, y preparado como ella misma. De aquí su desilusión, casi su espanto. “Europa aspira visiblemente a ser gobernada por una comisión americana”, decía con irritación y desprecio. Pero no le quedaba duda de que no podría restablecerse jamás de la situación que la guerra le había creado. Era la opinión que algún tiempo antes, en 1926, había manifestado Max Scheler en la Sociología del saber, al interrogarse acerca del efecto de la guerra mundial sobre la relación entre el saber técnico y el saber metafísico: “La respuesta no puede ser sino una, al menos para el que conoce algo el asunto: jamás recuperará Europa continental aquel puesto de pionero absoluto y dominante de la civilización universal que ocupó en la época de coyunturas de política y economía mundiales excepcionalmente favorables en la historia universal que fue la última era anterior a la guerra.”[60] Los argumentos eran análogos a los de Valéry, acaso porque uno y otro —como buena parte de los europeos cultos— estaban bajo la impresión de los economistas que, como Wright y Keynes, hacían oscuras predicciones sobre los problemas de la demografía y la producción de Europa. Difíciles en sus fundamentos materiales, los problemas de la sociedad europea no podían sino ser considerados peligrosísimos en el tenue y sutil plano del espíritu.

La imagen de la realidad historicosocial

Si analizamos cómo fueron percibidos en el período de la posguerra los hechos fundamentales de la vida política y social y cómo fueron interpretados vinculándolos a la guerra misma y a las condiciones de existencia del europeo; y si extendemos nuestro análisis a las reacciones que suscitó esa interpretación y a las consecuencias que se extrajeron de ella, nos sorprenderemos de la profundidad de la transformación que en poco tiempo se operó en la concepción de la realidad historicosocial, de cuya renovación debía salir una nueva imagen de la situación del hombre en su mundo y de sus posibilidades de acción y de expresión. No es fácil indagar los caracteres de esa imagen, pero acaso pueda lograrse una aproximación a ella.

La principal dificultad proviene de que no es una imagen fija, de perfil preciso, sino acaso un conjunto de imágenes superpuestas, cada una de ellas proveniente de cierto tipo de experiencia, y cada uno de estos tipos de experiencias provenientes a su vez de determinadas situaciones propias de ciertos grupos sociales. Algunos de los perfiles que entrevemos provienen del intento sistemático de algún pensador que —tratando acaso de expresar un sentimiento colectivo— ha aplicado su experiencia personal en el análisis del problema para tratar de fijarlos, agregándoles, naturalmente, los rasgos que le dicta su propia y personal dirección intelectual. Pero otros no tienen la precisión de estos últimos. Sus trazos son desdibujados porque han carecido de elaboración ordenada y se limitan a compendiar una experiencia no observada sistemáticamente sino sufrida y valorada subjetivamente. Y como las experiencias han solido ser contradictorias o divergentes, las imágenes acusan rasgos encontrados que, al sumarse, producen una notable confusión. Pero no nos desalentemos, porque acaso sea posible hacer la luz, y entre tanto anotemos que la confusión en esta materia —imagen de la realidad historicosocial— es ya de por sí un dato importante para entender la peculiaridad de la conciencia europea de posguerra.

Si recordamos que tanta inquietud acerca de la naturaleza de la vida histórica ha sido movida por el interrogante acerca de qué ocurre y qué va a ocurrir, no puede extrañar que la problemática fundamental de toda reflexión, sistemática o no, acerca de la vida histórica haya girado alrededor de la cuestión de si es esta inteligible o no, de si posee un orden interno y si ese orden nos es revelado de alguna manera.

En el campo de las observaciones sistemáticas se oponen las concepciones de Spengler y Valéry. El pensador alemán, preocupado de antiguo por el problema, analizó los signos de la época que antecedió la guerra, auscultó el sentido de esta y sus primeras consecuencias y creyó confirmada su tesis de que podía establecer con exactitud el punto preciso de la curva histórica en que tal época se hallaba. En el desarrollo de la cultura occidental estableció etapas necesarias y concluyó haciendo el diagnóstico de la etapa en que creía que se hallaba en el momento de hacer su diagnóstico. Supuso que esa etapa se caracterizaba por ser de decadencia; pero lo importante para lo que observamos ahora es que establecía el carácter necesario de esa etapa, afirmando con ello cierta peculiaridad del desarrollo histórico: su fatalismo, su inexorable lógica interna que opone a la libertad del hombre límites precisos e inviolables. La vida histórica parecería, así, ser un proceso biológico, de términos inexorablemente fijados en cuanto a su alcance, duración y significado, dentro del cual la libertad del hombre encuentra límites precisos —los que la vida impone al espíritu— que no pueden sobrepasarse. En cada instante la vida histórica se caracteriza por ciertos rasgos que son ajenos a la voluntad misma de sus protagonistas y que les son impuestos a todos por la naturaleza de la estructura supraindividual llamada “cultura”. La cultura tiene edades, y cada una de esas edades impone un tono y una vocación a los hombres que aparecen durante su transcurso. “Hasta hoy —escribía Spengler—[61], éramos libres de esperar del futuro lo que quisiéramos… Pero en adelante será un deber preguntar al porvenir qué es lo que puede suceder, lo que sucederá con la invariable forzosidad de un sino…”. Y agregaba más adelante: “El hombre del occidente europeo no puede ya tener ni una gran pintura ni una gran música y sus posibilidades arquitectónicas están agotadas desde hace cien años. No le quedan más que posibilidades extensivas…”. Spengler ofrecía así un cuadro de la estagnación de las posibilidades creadoras, de la inutilidad de los esfuerzos de rebelión, y ofrecía al mismo tiempo una filosofía pesimista que podía servir tanto a los conformistas, incitándolos al abandono, como a los disconformistas, incitándolos a la acción inmediata y desesperada.

Esta concepción de la realidad historicosocial —que se oponía a la concepción predominante en las postrimerías del siglo XIX, movida por la certeza de la eficacia de la razón— apareció alguna vez compartida por Valéry, por ejemplo cuando afirmaba la identidad de las épocas llamadas modernas, con lo que admitía cierta forzosidad del desarrollo histórico. Pero era una apreciación circunstancial la suya, que no correspondía a su peculiar y espontánea reacción frente al espectáculo de la realidad historicosocial. En efecto, lo que más impresionaba a Valéry era “el desorden, el caos” que caracterizaba a nuestro tiempo, esto es, la inadecuación entre el sistema de ideas con que tradicionalmente parecía posible interpretar la realidad historicosocial y las formas con que la realidad se presentaba ahora, inexplicables en relación con aquel sistema de ideas. La significación de esa inadecuación es trascendental. Significaba para Valéry la revelación de una manera peculiar, sustancial de la vida histórica que, aplicada a la realidad inmediata, implicaba consecuencias terribles. La vida histórica parecía carecer, a sus ojos, de una estructura concreta y de una inalterable continuidad, de modo que su decurso y cada una de sus etapas resultaban inasibles para la inteligencia. Valéry insistía en la ineficacia de la historia para la comprensión del presente: “impotencia” es la palabra que él usaba.[62] Pero si bien es cierto que puede inferirse que esa observación entrañaba una teoría general de la vida histórica, lo cierto es que Valéry creía que sólo en el período sometido a examen —esto es, el período de posguerra— habíase puesto de manifiesto esta peculiaridad. “El hecho nuevo —decía—[63] tiende a adquirir toda la importancia que la tradición y el hecho histórico poseían hasta aquí”. Pero ¿qué era “el hecho nuevo”? Era simplemente un tipo de hecho que no se engastaba en la serie de los anteriores con la misma fácil y justa adecuación con que estos se habían engastado en los que le precedieron, esto es, un tipo de hecho que revelaba una ruptura en el pretendido desarrollo coherente de la vida histórica, introduciéndose en ella una dirección que sorprendía al instrumento racional que parecía haberse manifestado antes apto para entenderla.

En esa postura —que Valéry expresaba pero que muchos compartían— se acentuaba la tendencia a afirmar la irracionalidad de la vida histórica, o mejor, su arracionalidad, derivada de la coexistencia de elementos racionales con elementos pasionales y volitivos. De aquí deriva una concepción de la dinámica histórica animada por una imprecisa idea de Revolución permanente. En la medida en que era imprevisible la irrupción de los elementos no racionales, era imprevisible el curso de la historia, aunque podía afirmarse que a cada irrupción debía corresponder una mutación profunda y sustancial de la realidad. Pero no era esta la única postura que significaba una concepción revolucionaria de la realidad. Una concepción profundamente racionalista —el materialismo dialéctico— conducía a una conclusión semejante aunque de manera más severa y programática. La Revolución era inevitable por imperio del desarrollo economicosocial, que creaba, al llegar a cierta etapa, condiciones de las que no era posible evadirse y que motivaban cambios encadenados en el sistema de relaciones sociales y, con ellos, en el sistema de ideas y valoraciones. Pero esta concepción había adquirido, con el triunfo de la Revolución rusa, un aire militante; crecía el número de los que se adherían a la causa comunista, y cada uno de los adherentes coincidía o terminaba por coincidir con la concepción que movía a la Revolución. Los principios de la evolución lenta, del desenvolvimiento pausado y continuo, del progreso sin límite, dejaron paso a una teoría de mutaciones bruscas en el campo de la vida histórica. La realidad social parecía precipitarse cada cierto tiempo en unas convulsiones que, lejos de constituir anormalidades, podían ser consideradas como las crisis normales de readecuación de los distintos elementos que la componían. La vida social parecía inducir al hombre a una perpetua destrucción y reconstrucción de cosas, relaciones y valores.

Lo peculiar del período de posguerra parecía ser —en este aspecto— la coexistencia de estos diversos puntos de vista sobre la realidad historicosocial, sin predominio neto de ninguno. No eran por lo demás puntos de vista que se excluyeran totalmente entre sí, sino que, por el contrario, poseían muchos aspectos comunes y sólo por ciertas cargas sentimentales se acentuaban los rasgos diferenciadores. Y no eran los únicos puntos de vista. Todavía podrían rastrearse otros enfoques parciales o totales de la realidad, espontáneos o sistemáticos, que suponían de alguna manera una nueva variedad en la ya heterogénea imagen de la realidad.

Uno era el que suponía que la realidad social constituía un conjunto de sentido propio, una estructura, una Gestalt, como dirían los psicólogos. Esta actitud provenía de la psicología, efectivamente, y contradecía las tradicionales concepciones asociacionistas. Aplicada a la vida social, comprobaba que el conjunto social no equivalía exactamente a la suma de los individuos sino que constituía como tal conjunto un ente original que poseía una personalidad propia, un sentido propio, resultado de la galvanización de la colectividad en una dirección no necesariamente supuesta en los designios individuales de sus componentes. El todo poseía, pues, un valor distinto del de las partes.[64]

Elaborada en el terreno científico, esta doctrina abría numerosas posibilidades interpretativas de lo social, que, por lo demás, habíanse manifestado ya antes, especialmente en el pensamiento romántico. De esas mismas raíces brotó una doctrina menos elaborada, pero más estrechamente relacionada con la práctica de la conducción social, que poseía principios semejantes y que nutrió las concepciones llamadas totalitarias. El todo fue en esta doctrina la nación, la unidad nacional, a la que se atribuyó el valor de un absoluto histórico dotado de valor en sí mismo y anterior y superior a los individuos que la componían, en los que el siglo XIX se había empeñado en radicar los más altos valores. La expresión de ese todo pareció ser el Estado, forma suprema —según la tesis hegeliana— de la vida de la colectividad, y al Estado se atribuyeron todos los derechos, en tanto que se limitaban sensiblemente los que en el siglo XIX, según los postulados de la Revolución francesa, se habían asignado eminentemente al individuo. El Estado totalitario fue, pues, no sólo un recurso de hecho para afrontar cierta situación social, sino la expresión de una actitud frente a la realidad social, de vieja data, por cierto (pues acaso podría considerársela espartana de origen), pero vivificada y nutrida por un sentimiento estrechamente ajustado a la situación contemporánea.[65]

Pero aún había más puntos de vista. Quienes adoptaban una actitud de retracción frente al caótico desarrollo de la vida social, quienes aspiraban a sustraerse a sus peripecias y a deslindar la esfera de su existencia personal de la esfera de la colectividad, afirmaron, en rebelión violenta contra los intentos de masificación, el derecho de vivir según su propia e intransferible imagen de la realidad, y proclamaron que esa imagen intransferible poseía tan alto valor como las otras, más aún, un valor infinitamente más alto, el valor de única imagen verdadera porque estaba sellada por la experiencia íntima del ser. De hecho se negó el valor de la realidad objetiva, asignándole un carácter de pura convención incapaz de recibir otra adhesión que no fuera la puramente intelectual; y por el contrario, se erigió en única verdad la imagen subjetiva de la realidad, la única que revelaba la realidad verdadera, la superrealidad. “El superrealismo —escribía André Breton en uno de sus manifiestos—[66] descansa sobre la creencia en la realidad superior de ciertas formas de asociación descuidadas hasta aquí, en la omnipotencia del sueño, en el juego desinteresado del pensamiento. Tiende a destruir definitivamente todos los otros mecanismos psíquicos y sustituirlos en la resolución de los principales problemas de la vida”. El sueño, el vago mundo del subconsciente, cierta intuición —incontrolable, por cierto— parecían esconder los secretos de la realidad con más justo título que la inteligencia analizadora; pero no sólo porque se desconfiara de la inteligencia analizadora; sino porque se afirmaba el valor de una realidad que escapaba a ese instrumento y que, por el contrario, sólo parecía captable por aquella otra vía.[67]

La poesía, la pintura, el cinematógrafo, parecían poseer aptitudes más eficaces para expresar esa realidad que el pensamiento discursivo. Salvador Dalí, Louis Aragon, Robert Wiene o Man Ray[68] resultaban ser los reveladores de la realidad esencial, oculta pero accesible si se acertaba con el instrumento apropiado para acceder a ella. Realidad esencial que sólo se revelaba a la conciencia individual, proporcionaba sin embargo un ingrediente por la comprensión de la realidad objetiva que modificaba sensiblemente la imagen tradicional. Parecía perder esta su solidez, su precisión, su objetividad. La realidad, tal como la concebía Pirandello, era la resultante de la voluntad del hombre, de la peculiar refracción de su espíritu. En rigor, la realidad es y no es. Mussolini podía decir —traduciendo arbitrariamente el escepticismo de su autor— que Pirandello “hacía teatro fascista sin quererlo”. Y agregaba, interpretando la concepción pirandelliana: “El mundo es como queremos hacerlo, es nuestra creación”.[69] La sombra del obispo Berkeley parecía flotar otra vez sobre el mundo.

La idea del hombre

En el seno de una realidad que parecía proteica, multiforme y en ocasiones incomprensible, el hombre, el hombre unamunesco de carne y hueso —el hombre existencial— pudo ser considerado como la única, auténtica realidad, afirmada en una experiencia interior. Podría decirse que el problema del hombre —de su valor, de su significación, de sus inalienables derechos— constituye el tema fundamental de la reflexión de posguerra. Martin Buber destacaba el hecho: “No es ninguna casualidad —dice—[70] sino algo lleno de sentido que los trabajos más importantes en el campo de la antropología filosófica surgieran en los diez primeros años que siguieron a la Primera Guerra Mundial”; porque, en efecto, los filósofos redescubrieron el problema —de viejas raíces— y por entonces comenzaron a atender a los nuevos interrogantes que el problema planteaba. “Poseemos —escribía en 1928 Max Scheler en El puesto del hombre en el cosmos[71] una antropología científica, otra filosófica y otra teológica, que no se preocupan una de otra. Pero no poseemos una idea unitaria del hombre. Por otra parte, la multitud siempre creciente de ciencias especiales que se ocupan del hombre ocultan la esencia de este mucho más de lo que la iluminan, por valiosas que sean. Si se considera, además, que los tres citados círculos de ideas tradicionales están hoy fuertemente quebrantados, y de un modo muy especial la solución darwinista al problema del origen del hombre, cabe decir que en ninguna época de la historia ha resultado el hombre tan problemático para sí mismo como en la actualidad. Por eso me he propuesto el ensayo de una nueva antropología filosófica sobre la más amplia base”.

En el campo teórico prosiguieron las indagaciones de Scheler y de Husserl muchos pensadores que alcanzaron insospechada hondura. Landsberg, Heidegger, Cassirer, Groethuysen, desenvolvieron los aspectos doctrinarios del problema. Pero el problema tenía ya urgencias inmediatas, y no podía ser exclusivo patrimonio de los filósofos, juristas, políticos, sociólogos, literatos; todos lo descubrían ante sí como una esfinge inquisitiva a la que se veían obligados a responder de alguna manera; fundándose o no en meditados puntos de vista; y hasta el hombre de la calle pudo descubrir que sus opiniones sobre el tema tenían una imprecisión que ahora resultaba incompatible con las dramáticas exigencias de la realidad.

La reflexión de Max Scheler explica la pluralidad de opiniones y enfoque que matizaban la idea del hombre. Pero, época peculiar plena de sentido aun en su propia incertidumbre, la posguerra ofrece una idea del hombre que resulta acaso de la misma yuxtaposición de incertidumbres. Tan oscuro y complejo como sea el diagnóstico, tratemos de establecer sus términos siquiera sea de manera aproximativa.

En el terreno de la vida politicosocial, las conmociones y desajustes producidos en todos los países europeos pusieron de manifiesto la pluralidad de formas posibles de convivencia, la pluralidad de regímenes con una correlativa pluralidad de relaciones posibles entre el individuo y la colectividad. Pero esa pluralidad admitía una reducción a dos tipos fundamentales, que correspondían a dos concepciones antitéticas del individuo, de la colectividad y de sus relaciones recíprocas.

Según una de esas concepciones —la tradicional y vigente hasta la guerra— el elemento fundamental de la vida social era el individuo. Se lo concebía como ente de razón, como conciencia autónoma, como sujeto de determinados derechos considerados naturales, como “hombre y ciudadano”, según la fórmula del memorable preámbulo de la Constitución revolucionaria de 1791. La sociedad no era sino el conjunto de individuos agregados, “asociados” según un presunto pacto social en una colectividad que no poseía otra voluntad que la que derivaba de la voluntad de sus miembros, la cual, a los fines de la existencia colectiva, se determinaba según el principio de las mayorías.

Según la otra concepción —de viejas raíces, pero renovada y revitalizada en la crisis de la posguerra—, el elemento fundamental de la vida social es el grupo, la colectividad, que asume diversas formas y rótulos: gremio, clase, nación, etc. Se supone que el grupo como tal posee una estructura interna que le proporciona absoluta originalidad y que hace de la colectividad un ente que no se funde en la mera suma de los individuos que la componen. Se admite que el grupo tiene un designio, un sistema de tendencias, más aún, un “alma”, que se expresa y se manifiesta a través de la acción del grupo, sin que pueda legislarse de manera precisa acerca de la manera de determinar la voluntad del grupo. La intuición parece la vía más segura para captar el designio colectivo, y el éxito parece la prueba decisiva del acierto de la interpretación.

En cada una de esas dos concepciones, la situación recíproca de individuo y colectividad es diferente. En la primera la colectividad debe servir al individuo; en la segunda el individuo debe servir a la colectividad. En la primera, el derecho eminente es el del hombre; en la segunda es el del grupo. En la primera, el más alto valor arraiga en el ser íntimo; en la segunda arraiga en la naturaleza social del hombre.

En el terreno de las ideas, estas dos concepciones tienen larga data y han sido diferentemente expresadas. Pero durante la posguerra se opusieron dramáticamente, por cuanto una y otra respaldan tendencias y movimientos de distinto sentido, necesariamente contrapuestos. Prácticamente los movimientos que operaban activamente creando la crisis se apoyaban todos —en mayor o menor medida y con mayor o menor conciencia— en la concepción colectivista. Grupos, clases, naciones o razas parecieron ser las entidades que cumplían un papel protagónico en la historia, más que los individuos. Y aun quienes resistían a esos movimientos comprendían que tal concepción de la sociedad y del individuo era la predominante en la hora. De aquí resultó que se opusieron dos tipos de hombres, uno adecuado a las tendencias predominantes y otro fuertemente inadecuado. Pues, en efecto, el tipo extrovertido, con tendencia a asimilarse al espíritu gregario, o, como lo llamaremos más adelante, el hombre social, podía hallar fácilmente un lugar en la vida de su colectividad y reconocer fácilmente su misión; en tanto que el introvertido, el hombre íntimo, no podía hallar otra solución a su existencia que la retracción, el repliegue sobre sí mismo, el escapismo en fin.

Pero uno y otro trataron de afirmar su programa de vida: mediante la acción preferentemente el hombre social, mediante la reflexión y la creación el hombre íntimo. Estos distintos esfuerzos de afirmación pusieron de manifiesto claramente la antítesis entre dos ideas del hombre harto diferentes: la del que no se concibe sino realizándose en la colectividad y la del que no se concibe sino realizándose por sí mismo.

Para el hombre social, las circunstancias de la época constituían un ambiente favorable. Una incontenible efervescencia de los grupos sociales, en busca de una nueva acomodación, favorecía la tendencia a la acción y hacía de quien tenía la vocación del activismo el hombre de la hora. Sin duda el activismo no era ni una tendencia ni una actitud nueva. Pero la inestabilidad social le prestaba mayores posibilidades. Y, eso sí, ciertas características inusitadas.

Porque, en efecto, el activista comenzaba a actuar sobre una materia social más plástica, más propensa a los cambios y, en consecuencia, más dispuesta a aceptar las influencias modeladoras de quien intentara trabajar sobre ella, siempre que supiera y pudiera adecuarse a su peculiar condición. La materia social adoptó una peculiar estructura que fue calificada como estructura de “masa”, designación que entrañaba, sustancialmente, una opinión acerca de la tendencia a la indiferenciación propia de los individuos que la constituían. Y los valores a los que debió adecuarse el hombre social —a los que manifestó, por lo demás, tendencia a adecuarse— fueron los valores reconocidos por la masa en cada instante y lugar.

Al tiempo que sociólogos y políticos señalaban la presencia de las masas como un nuevo hecho social, escritores de aguda percepción señalaban los rasgos típicos del hombre que se conformaba según sus ideales y valores. La aparición del Babbit de Sinclair Lewis fue, en cierto modo, una revelación. Quedaban al descubierto los perfiles de un tipo de hombre que proliferaba, caracterizado por la tendencia a sobresalir en el ejercicio de ciertas aptitudes que eran radicalmente aceptadas por las masas, en el culto de ciertos valores que recibían casi unánime acatamiento. Nada se advertía en él de singular, de íntimo, de individual en sentido estricto. Del mismo modo apareció un tipo de héroe de masas de nuevas características. El astro cinematográfico o radiotelefónico, el deportista, especialmente el dedicado a los deportes mecánicos —aviación, automovilismo— encarnaron un sentimiento colectivo y una idea genérica de gloria que respondía a ciertas tendencias de las masas: un romanticismo elemental unas veces, un sentimiento heroico y sobre todo cierto anhelo de enajenación, de escapismo por la vía del entretenimiento absorbente, que habría de buscar su satisfacción plena en el suspenso del cinematógrafo o de la novela policial.

Pero el héroe de masas no existía sin la masa, y la masa se componía de hombres que buscaban en el héroe su propia satisfacción, aunque yacían indiferenciados como multitud y manifestaban más tendencia a la coincidencia multitudinaria que a la diferenciación individual. La masa se constituía, en rigor, bajo la presión de circunstancias exteriores, y se hacía visible en las largas filas de desocupados que esperaban mansamente la sopa popular ofrecida por los municipios, o en las multitudes que se apiñaban para ver un partido de fútbol. No eran estas formas sociales estables, que autorizaran a definir a sus integrantes por el mero hecho de pertenecer a ellas; pero la observación de posguerra revelaba, sin embargo, un tipo de hombre que veía, en efecto, su exaltación en la comunión con los demás del grupo, en la disolución y entrega de su personalidad mediante una coincidencia sentimental o volitiva con otros a quienes los vinculaban más las circunstancias que las afinidades. Así se revelaba el hombre masa, al que quería servir el que aspiraba a ser héroe de masas: el novelista que quería que su obra llegase a ser un best-seller, como Los caballeros las prefieren rubias de Anita Loos; o el jugador de fútbol o el corredor de automóviles o el aviador o el crooner de jazz o el galán de cine. Y también el líder politicosocial que comprendía ahora que tenía que actuar sobre un tipo de hombre que se le ofrecía sumido en una estructura social constrictora.

El héroe de masas —sigámosle llamando así— representa, a diferencia del hombre de masas, un tipo individualizado que no se sumerge en la masa sino que procura operar sobre ella asimilándose a sus peculiaridades con el fin de asegurar su éxito. En alguna medida, este designio implica cierto desdoblamiento de la personalidad, experiencia cuyo más alto y curioso ejemplo quizá sea la de Benito Mussolini. La personalidad individualizada, incontenible sin duda, descubría la legitimidad —por fuerza del puro factum— de la personalidad inmersa en el todo social, y consideraba heroico asimilarse a ella, volcarse en ella, actitud que significaba un tipo de heroísmo que, desusado en los últimos tiempos, sólo admitía comparación con algunos antecedentes remotos. Una vaga vocación de aniquilamiento individual parecía latir en ese designio.

La forma específica y plena de realización del hombre masa debía darse en una sociedad colectivizada. La teoría de este tipo de sociedad habíase elaborado desde muy antiguo —la tradición espartana a través de la influencia operada sobre los filósofos laconizantes podría considerarse remoto punto de partida—, pero fue el triunfo de la Revolución maximalista en Rusia lo que actualizó lo que dio en llamarse “la nueva sociedad”, aquella en la que debía formarse “el hombre nuevo”. Poco después decía Mussolini refiriéndose al problema: “Nosotros estamos, como en Rusia, por el sentido colectivo de la vida, y esto lo queremos reforzar a costa de la vida individual. Con esto no llegamos al punto de convertir a los hombres en cifras sino que los consideramos sobre todas las cosas en sus funciones en el Estado. Esto es un acontecimiento en la psicología de los pueblos, porque lo ha realizado un pueblo del Mediterráneo que era tenido por inapto para ello. Ahí, en la vida colectiva, está la nueva fascinación. ¿Era quizá de diferente modo en la antigua Roma? En los tiempos de la república el ciudadano no tenía más que la vida del Estado y con los emperadores, con los cuales cambió esto, llegó la decadencia. Sí, esto es lo que el fascismo quiere hacer de las masas: organizar una vida colectiva, una vida común, trabajar y combatir en una jerarquía sin ovejas. Nosotros queremos la humanidad y la belleza de la vida en común. Naturalmente esto extraña a los extranjeros. El hombre a los seis años está separado ya, en cierto modo, de la familia y es restituido por el Estado a los sesenta años. El hombre no se pierde: se multiplica”.[72]

La idea cobraría fuerza, porque todas las circunstancias de la vida social le prestaban apoyo. A la zaga del espíritu nacionalista desatado por el tratado de Versalles, la idea de comunidad nacional adquirió en muchos países un desarrollo casi enfermizo y el hombre se sintió no sólo inmerso en él sino también totalmente obligado a su servicio y totalmente constreñido por los ideales de la comunidad. A la zaga de las convulsiones de la vida economicosocial, el hombre se vio aprisionado dentro de cierta clase y forzado a buscar apoyo en las organizaciones profesionales. Y a la zaga de esas mismas circunstancias, se descubrió incluido en formaciones sociales momentáneas: desocupados, huelguistas, excombatientes, que anulaban su personalidad frente a gigantescas potencias de impenetrable designio. Sólo mediante la afirmación de la voluntad gregaria, sólo sumando la propia voluntad a la de los demás se reconstruía de algún modo esa personalidad aniquilada. Y el hombre masa aprendió a sentirse hombre sólo por su inmersión en un todo social.

Para la afirmación del hombre íntimo, en cambio, todas las circunstancias eran adversas, excepto la coerción misma de la sociedad que lo obligaba a replegarse y a buscar en su propia intimidad una tabla de salvación. Una existencia sin proyección inmediata sobre la colectividad parecía una existencia inútil y acaso ilegítima. Y la tradición espiritual que parecía prestarle su radical justificación pareció por un momento irremisiblemente perdida.

Valéry definió al hombre íntimo, al hombre de la posguerra, como un Hamlet, “el Hamlet europeo”. Su perplejidad provenía de ver destruido cuanto había amado, de ver que se negaba todo aquello en que había creído, de ver que se invertían los principios de valoración y estimación que hasta entonces habían estado vigentes. “No soy hombre por lo que he creído hasta ahora —parecía pensar— sino por motivos que antes no hubieran podido justificarme ante mí mismo ni ante mis semejantes.” De aquí una sensación de desconcierto del hombre íntimo, que encontró en su soledad su única salida.

Pero la soledad del hombre íntimo era, en este instante peculiar, una soledad peculiar: la soledad multitudinaria, la soledad de quien no descubre a su semejante en medio de una multitud de seres aparentemente como él pero con los cuales no puede establecer comunicación espiritual. La reacción fue afirmar un principio de valoraciones que situaba en un punto muy bajo de la escala al hombre masa como si no fuera otra cosa que producto de las circunstancias y considerándolo como un ejemplar inferior de la especie. El hombre íntimo se sintió, pues, miembro de una minoría —como en efecto era— pero adscribió a esa minoría todos los valores positivos y juzgó que quienes no pertenecían a ella carecían de otra significación que la que les prestaba la fuerza del número. Dos tipos de hombre pensó el hombre íntimo, pues, que existían; y los agrupó en dos conjuntos —masas y minorías— que sumados parecieron representar exactamente el conjunto social.

El hombre íntimo creyó hallar en su introversión su propia vía. A veces mantuvo cierta forma de participación en la vida social, pero procurando asegurar las inviolables fronteras de las minorías con convencionalismos y exotismos que constituyeran claves secretas. Pero su natural desahogo fue la actitud esteticista —de creación o de participación en la creación—, caracterizada además por un fuerte hermetismo.[73] O’Neill o Lenormand llevaron al teatro con vigor este problema del inadaptado, del solitario, que estaba en la base, por lo demás, de toda la creación de la época. Con el rechazo de la realidad objetiva, el hombre íntimo rechazaba también la realidad social y se hacía fuerte en la ciudadela de su propio mundo interior. Pero no sin resistencia ni combate, pues la realidad exterior parecía amenazarla constantemente. Son significativas las palabras que escribía Franz Werfel: “Los años de posguerra triunfaron en aquello en que fracasó el realismo durante el siglo XIX: la humillación del hombre interior condujo a una verdadera tiranía y a la desvalorización del acto creador”. Y agregaba más adelante: “Y no obstante, ¿no es el hombre interior quien funda, en cierto sentido, la existencia del mundo exterior? No hay realidad sin imaginación. No hay verdad alguna que no sea engendrada por el acto creador del hombre. La persona humana es la medida de toda cosa”.[74]

La posguerra, en efecto, creó un clima favorable a cierta revisión de la idea del hombre. El hombre íntimo se expresaba de manera eminente en la reflexión y en la creación, decíamos. Pero no es menester suponer que aquella reflexión estuvo siempre guiada por el propósito de trascender en obras literarias o filosóficas. Se advierten las consecuencias de la reflexión en las puras actitudes humanas que el hombre adoptó frente a las constricciones de la realidad, constricciones que suscitaban la irrupción de cierta rebeldía por parte de aquel que sentía oprimida su alma. Acaso la forma más explícita de esa reflexión fue la sensación de aniquilamiento que tuvo el soldado —aquel soldado en cuyo espíritu latía la inquietud del hombre íntimo— frente a las singulares condiciones de existencia que creó la guerra mundial. El anonimato de la acción militar de masas, la embrutecedora experiencia de las trincheras, el ciego azar de la esquirla del schrapnell que llegaba sin que nadie pudiera prever la hora ni el minuto, crearon la certidumbre de que, objetivamente, la vida del hombre carecía totalmente de valor a los ojos del mundo, en tanto que para el hombre constituía el único verdadero valor, el valor supremo al que debían referirse todos los demás valores. Este sentimiento inspiró la nutrida literatura de guerra que siguió la línea de Le feu de Henri Barbusse, y cuyos exponentes más significativos fueron Le tombeau sous l’arc de triomphe, de Raynal, Lex croix de bois de Dorgelès, y sobre todo Sin novedad en el frente, de Remarque. Sería ocioso glosar el sentido de esta literatura que exalta el valor del microcosmos humano, del recuerdo de la conciencia individual, en consonancia con la acentuada tendencia que ya se manifestaba al afirmar el valor último de la experiencia existencial a través del retorno a Kierkegaard, a Chestov, y en dirección a lo que muy pronto se llamaría el existencialismo. Acaso deba relacionarse con esta tendencia el desarrollo de la actitud mística, el progresivo auge de los movimientos religiosos y la curiosidad y adhesión alrededor de las doctrinas filosóficas y las religiosas orientales.

De análoga manera influyeron las circunstancias de la posguerra sobre un aspecto singular de la idea del hombre —en sentido lato—, esto es, sobre la concepción de la femineidad. Quizá pocas revoluciones hayan sido tan profundas durante esta época como la que se operó en la concepción del tipo femenino, en la opinión acerca de la misión y destino de la mujer.

También en este aspecto de la cuestión fueron las circunstancias las que forzaron el planteamiento de un problema que ciertamente no había dejado de ser señalado antes. La liberación de la mujer era tema del que se había hablado antes de la guerra, y es conocido el episodio de las sufragistas inglesas en 1912. Pero las difíciles condiciones de la vida durante y después de la guerra en todos los países beligerantes obligaron a llamar a la mujer a ciertas actividades económicas que consagraron definitivamente la ruptura de la tradicional concepción doméstica. Actuando en las fábricas, en la retaguardia de guerra, en las actividades económicas y administrativas, la mujer de la clase media tradicionalmente limitada a sus deberes hogareños entró en contacto con el hombre en un tipo de relación en el que demostró su aptitud y su capacidad. Numerosos prejuicios quedaron automáticamente rotos y nuevas relaciones entre los sexos quedaron planteadas muy pronto.

De aquí surgieron ciertos tipos de claro perfil. El más característico —por ser a un tiempo el menos extremo y el más ajustado a las situaciones sociales— es el de la mujer emancipada. En parte se construye sobre el añejo ejemplo de la midinette, pero muy pronto lo supera. El trabajo, el jornal, son obligaciones demasiado serias para que siempre se compliquen con problemas sentimentales. Lo importante es, precisamente, lo contrario. Lo importante es que la mujer emancipada lo sea, al mismo tiempo, de los prejuicios pequeñoburgueses y del amor romántico. La mujer emancipada tiene un camino real que es el de hacer frente autónomamente a una situación: hallar una ocupación, ejercerla, buscar sus satisfacciones íntimas en la vida del espíritu, en el amor acaso, pero siempre partiendo de la necesidad de mantener su inexcusable y libre papel en la vida. Dijérase que, prácticamente, la mujer emancipada se ha masculinizado en tanto que acepta como propio lo que habitualmente se consideraba un destino típico del varón.

Pero la mujer emancipada da, en la posguerra, un tipo subsidiario en el que su perfil se agudiza y toma un aire fuertemente polémico. La flapper lo representa cumplidamente. Tipo deportivo y libre de prejuicios formales, acorta sus faldas y sus cabellos, se recoge tarde, fuma, bebe, alterna con jóvenes de su edad sin temores ni sobresaltos, y procura hallar un lugar en el mundo en el que pueda tener un papel digno de su individualidad, a la que quiere prestar un perfil peculiar. El cine americano —luego todo cine y toda literatura— explota el tipo y lo agudiza. La flapper debe tener algo de exótico, de desafiante. Su malla de baño llamará la atención en las playas, y no vacilará en usar shorts en la cancha de tenis. Pero a la flapper no le parece que hace nada malo, ni nada demasiado raro. Vive, sencillamente, con una libertad que no acostumbraban sus abuelas y procura divertirse. Paul Morand describe el tipo con bastante agudeza en uno de los relatos de Ouvert la nuit, por medio de una madre relativamente joven que expone los puntos de vista de su hija: “Esta juventud bebe como un friegaplatos, y licores de marca. Mi hija pasa su vida en satisfacerse locamente como en los sueños. Nada de lo que nos ha divertido, el pas de quatre, el punto de Hungría, los encajes de bolillo, la pintura veneciana, nada de todo esto tiene ahora valor. Cada treinta años el mundo deja caer una capa de piel. ‘A tu edad’, le decía yo, ‘había tenido cinco hijos’. Y ella me respondió: ‘Eso ha debido hacerte un lindo vientre…’. Los vestidos le son indiferentes y no quiere incorporarse al mundo. Mis escrúpulos y mis prejuicios le encantan. Se esfuerza en divertirse con todo, pero por burla. No sabe nada. Carece de gustos artísticos y lo que escribe no tiene sentido. Moralmente, se diría que se ha degradado; es la presa para todos; se felicita de lo que le ocurre o se burla; se dice maldita, pero se ríe de eso”. Y su interlocutor responde, a guisa de explicación: “Es una generación sacrificada. Los hombres se han hecho soldados y las mujeres se han vuelto locas. El destino les ha agregado una buena cantidad de catástrofes. De hecho, Isabel es víctima de ese contraesnobismo al que antes o después se adhiere un alma delicada, que obliga a no frecuentar las gentes sino después de haberse asegurado de que no tienen ningún título para una amistad desinteresada…”. El drama era profundo, porque al viejo sistema de ideales —caduco, sin duda—, no había sucedido sino una especie de embriagadora voluntad de aniquilamiento.

Pero también las circunstancias generalizaron otro tipo de mujer, no inusitado por cierto, pero nunca tan difundido y extremado. Frente a la mujer masculinizada se vio el de la mujer extremadamente feminizada, bárbaramente feminizada y orientada hacia el ejercicio casi maléfico de la seducción. La “vampiresa”, la mujer fatal, no fue sólo el producto del cinematógrafo y la literatura, sino un tipo humano que pareció realizar uno de los destinos de la mujer, emancipada también a su modo, pero reducida a una sola de las posibilidades de su destino. Marlene Dietrich pudo ser considerada la representante de este tipo. Pero no era la única posibilidad. La mujer fatal podía representar también un trasfondo oculto de amargura, de voluntad de aniquilamiento, acaso por escepticismo o desilusión. Greta Garbo era, en cierto modo, la expresión de esa idea de la vida cargada de un elegante hastío. Drama también del destino, el escepticismo y el hastío parecían arrancar de la crisis operada en el mundo de los ideales femeninos, a partir del momento en que pierde sentido la concepción burguesa de la vida familiar, puesta a prueba por el mundo de posguerra. Ahora la mujer sabía que podía ser autónoma con un destino propio e individual, pero no terminaba de precisar cuál podía ser ese destino; y si lo entreveía, no lograba combinarlo con los imprescriptibles imperativos de su propia naturaleza, con los resabios y atavismos legados por su peculiar condición social.

Quizá la aparición del libro de la Sra. Kollontay, distinguida figura de la política soviética, titulado Vieja y nueva moral sexual, constituyó uno de los acontecimientos más significativos del desarrollo del problema de la concepción de la mujer. El libro tuvo vasta resonancia y contribuyó intensamente a formar a varias generaciones, no acaso porque lograra infundir definitivo vigor a los principios que sostenía, pero sí al menos porque corroyó los cimientos de los principios tradicionales, que comenzaron a ser juzgados no ya principios inmutables sino simplemente prejuicios indebidamente trasladados de una época a otra.

Acaso esa fácil difusión de tales ideas se debiera al auge de ciertas concepciones filosóficas acerca del hombre, cuya formulación más rigurosa ostenta el rótulo de vitalismo. En el plano filosófico, los trabajos de Hans Driesch y las reflexiones de Ortega y Gasset, entre otros muchos, daban fundamento a la doctrina. Pero la doctrina tenía una vertiente popular que se manifestaba bajo la forma de una tendencia a reconocer el valor de la vida como síntesis primaria de las potencias del hombre, síntesis en la cual la exaltación de la vida individual tenía un papel preponderante. Desde cierto punto de vista, esta opinión sobre el hombre contrastaba con la que otros —Spengler y quienes de una u otra manera coincidían con él— incluían en la definición del “alma fáustica”. “Fáustica —decía Spengler—[75] es una existencia conducida con plena conciencia, una vida que se ve vivir en sí misma, una cultura eminentemente personal de las memorias, de las reflexiones, de las perspectivas, de las introspecciones, de la conciencia moral”. El vitalismo comenzó a parecer como una huida de la existencia vigilante y atormentada, como un relajamiento adecuado para el hombre agotado por una larga tensión, casi como un hedonismo. Multiforme y llena de contrastes, la idea del hombre muestra como pocos aspectos la singular situación conflictual de la posguerra.

La idea de la vida

Como la idea del hombre, e inseparablemente unida a ella, la idea de la vida sufrió los embates de las circunstancias durante el período de la posguerra. Sobre un fondo de opiniones tradicionales y de doctrinas de mayor o menor vigencia, a veces en franco o limitado contraste, comenzaron a operar opiniones nuevas —nuevas al menos para las generaciones de posguerra— que no provenían de planteos teóricos sino que nacían como conclusiones necesarias extraídas de ciertas situaciones de hecho. Eran, naturalmente, opiniones individuales; pero como ciertas situaciones correspondían necesariamente a ciertos grupos en condiciones homogéneas, las opiniones que surgían al calor de aquellas se tornaron opiniones colectivas, verdaderos “movimientos de opinión” que constituyeron un denominador común, un fondo mostrenco, para las opiniones individuales. En virtud de aquella coincidencia de situaciones se habían constituido los grupos, y sobre ellos se montaba cierta ordenación de las ideas acerca de la vida, de la vida de los grupos y, consiguientemente, de los individuos que se aglomeraban en ellos por la fuerza de las cosas.

Estas opiniones fueron en gran parte, como las opiniones sobre el hombre, contradictorias. Y no sólo porque se opusieran unas a otras las que habían surgido de situaciones contrarias, sino también porque incidían sobre la natural disparidad de puntos de vista que arrastraban la tradición intelectual europea y la corriente de opiniones tradicionales no críticas. Agrupadas estas opiniones alrededor de algunos tópicos fundamentales, será posible presentar un esbozo de la imagen de la vida que se ofrece al hombre de posguerra.

El gigantesco desarrollo de ciertas estructuras sociales, esbozado ya en el curso progresivo de la sociedad tecnicoindustrial y capitalista, acusó con la guerra un marcado ascenso. Las estructuras se despersonalizaban. Al taller sucedía la fábrica, y a la fábrica la cadena de fábricas regidas por misteriosos e inasibles entes: sociedades anónimas, kartels y trusts. A las huestes organizadas en regimientos siguieron las huestes organizadas en divisiones y aun en “ejércitos”, vastas unidades que constituían verdaderos mundos. A las formas tradicionales del poder público sucedía un Estado que acentuaba los caracteres del Leviathan. Frente a estas grandes estructuras despersonalizadas, el individuo no solamente perdía significación, sino que perdía sobre todo la noción de su propia responsabilidad y, correlativamente, la noción de su posición dentro del orbe en que accidentalmente se alojaba. Ser obrero en un taller donde el número de camaradas era de veinte o treinta es cosa harto distinta de formar parte de una organización que cuenta los operarios por millares. Ser soldado de un regimiento cuyos movimientos se comprenden dentro de una organización reducida es muy diferente de participar en una combinación estratégica que mueve a millones de hombres y cuyos designios se escapan a las pequeñas unidades que realizan el movimiento. Y ser ciudadano en un Estado totalitario que despersonaliza su organización y se vale de una ingente máquina burocrática modifica profundamente la posición del individuo con respecto a la que tenía en el Estado tradicional, que apenas interfería la zona de la vida privada y poseía objetivos muy precisos. La consecuencia de este cambio fue profunda: si algo se advierte netamente en la psicología —casi una psicopatía— del hombre de posguerra, es la certidumbre de que la zona que cubre su voluntad individual es ínfima al lado de la que cubren ciertas organizaciones despersonalizadas, a las cuales no sólo es inútil recurrir, pues son inasibles, sino que es imposible hacerlo pues no existen sino como mecanismos. De aquí un sentimiento generalizado: la vida esconde un alto margen de fatalidad, que no proviene de una mediata providencia sino de una inmediata estructura social cuya voluntad no tiene relación alguna con la voluntad de los individuos que se insertan en ella, y sobre la que no se puede operar de manera alguna. Charles Chaplin en Tiempos modernos y Franz Kafka en El castillo han reflejado con distintos caracteres esta peculiar situación del individuo en nuestro tiempo.

Este fatalismo es inmediato, hijo de reacciones espontáneas y directas frente a situaciones de hecho. El desocupado sabe, en épocas críticas, que nadie puede darle trabajo; que no depende del jefe de personal de su fábrica, ni de su propietario, ni del trust del que forma parte, ni del gobierno: no depende de nadie en particular. Sabe que si reclamara sobre las condiciones de trabajo en la fábrica, aduciendo una particular manera de entender su labor, se reirían de él porque la organización del trabajo no permite excepciones, y nadie puede introducir en ella variantes así sea el mismo propietario. Si quisiera ser favorecido con un aumento especial, las complejas y difíciles relaciones entre la organización patronal y la organización sindical se lo impedirían. Y cosa análoga pasa con el soldado o simplemente con el ciudadano. El fatalismo acerca de la vida individual se generaliza como resultado de la experiencia. La vida individual, el destino del hombre de carne y hueso, están sometidos a ciertas influencias que parecen haber excedido los límites humanos.

Este fatalismo espontáneo tenía contacto directo con ciertas corrientes intelectuales en boga, y muy en boga especialmente durante la posguerra. De esas corrientes dos eran las predominantes. Una era el marxismo y otra la doctrina de Spengler, ambas coincidentes en afirmar la existencia de una lógica interna dentro de la vida histórica, de un determinismo que, con diferentes caracteres, ponía firmes barreras a la libre determinación individual. De distinto alcance, la influencia de ambas doctrinas fue profunda. El marxismo alcanzó fuerte arraigo entre ciertos sectores ilustrados de las masas populares con “conciencia de clase” y también en ciertas minorías intelectuales. Y sobre estas últimas, especialmente, influyó la doctrina de Spengler. En ambos casos la doctrina trataba de determinar con claridad cuál era el momento del desarrollo de la historia universal al que correspondía el presente y, en consecuencia, cuál era la posibilidad única y necesaria de acción que le quedaba a la humanidad, en cuyo torrente el individuo veía sumirse su propia vocación, sus propias aptitudes, sus propias determinaciones en fin, anuladas por ese imperativo del sentido general de la historia.

No había, pues, lugar para la realización del individuo singular, como efectivamente comprobaba el obrero de la gran fábrica de producción en masa, o el soldado de una ingente unidad operativa, o simplemente el ciudadano de un Estado totalitario. Pero, en cambio, todo impulsaba al individuo a sumarse a las grandes corrientes que tales diagnósticos indicaban que eran las que se ajustaban a las necesidades de la hora. De una u otra manera, el fatalismo doctrinario impulsó a la acción, una acción que, en muchas conciencias, no tenía otro sentido que el de contribuir a realizar lo que, teóricamente, podía darse ya por realizado.

Esta situación planteaba en algunas conciencias —acaso en casi todas, alguna vez, a la hora dramática del examen— el trágico problema de la finalidad de la existencia, el interrogante de si la vida tenía o no sentido para el individuo, fuera del que tenía para el grupo y para la humanidad como mera abstracción. A la pregunta sucedieron muchas respuestas, pero dos importan sobre todas para destacar la peculiar reacción de la época de posguerra frente al problema.

En 1926 señalaba Ortega y Gasset que “una de estas cuestiones últimas, acaso la que mayor influjo posee en nuestro destino cotidiano, es la idea que tengamos de la vida”,[76] y dedicaba un notable ensayo a contraponer a la concepción utilitaria del siglo XIX, la nueva idea de la vida que, según decía, proponían tanto “la nueva biología como las recientes investigaciones históricas”. Su tesis era que “todos los actos utilitarios y adaptativos, todo lo que es reacción a premiosas necesidades son vida secundaria. La actividad original y primera de la vida —agrega— es siempre espontánea, lujosa, de intención superflua, es libre expansión de una energía preexistente. No consiste en salir del paso de una necesidad, no es un movimiento forzado o tropismo, sino, más bien, la liberal ocurrencia, el imprevisible apetito”. Y concluía: “Esto nos llevará a transmutar la inveterada jerarquía y a considerar la actividad deportiva como la primaria y creadora, como la más elevada, seria e importante en la vida, y la actividad laboriosa como derivada de aquella, como su mera decantación y precipitado”.74

Estas observaciones de Ortega y Gasset —que él extremaba hasta afirmar “el origen deportivo del Estado”—, independientemente del valor doctrinario que pudieran tener, prestaban valor a un sentimiento generalizado. El hecho primero y más visible era, efectivamente, y antes de toda metáfora, el desarrollo del cultivo de deportes y la creciente importancia social que comenzó a asignársele. No sólo se consideró importante la educación física de la juventud, sino que se asignó al ejercicio deportivo, esto es, a una actividad específicamente sin finalidad, una significación extraordinaria en sí misma. El recordman representó uno de los héroes típicos de la época, y la entrega a la actividad deportiva fue una de las aspiraciones más acariciadas. Pero este no era sino el hecho primario y más visible de la actitud a la que pensadores como Ortega y Gasset prestaban explicación teórica. Menos visible era la actitud general del hombre que buscaba su evasión en la entrega a toda suerte de actividades sin objeto concreto —lo que los americanos llamaron el hobby— y sobre todo la creciente desvalorización del trabajo y la valorización del ocio, en oposición a la categórica estimación del siglo XIX.

Ortega y Gasset llamó a esta tendencia “sentido deportivo y festival de la vida”. Fue esta, en efecto, una de las que anunciaron su presencia en el mundo de la posguerra y con ella la decisión de rever las concepciones tradicionales de la vida. Pero frente a ella y en decidida oposición se extremó esa concepción de larga data, pero que cobró renovada vitalidad y prestigio. Podría llamársela concepción misional de la vida.

Así formulada, esta concepción tenía un lejano origen religioso. Suponía que la vida carecía de valor si no se la adscribía a algún ideal trascendental, en cuya realización se empeñara. Pero en su formulación moderna el ideal trascendental no fue predominantemente religioso. Alimentado, sin duda, por una vehemente convicción moral, el ideal a cuyo servicio cobraba sentido la concepción misional de la vida fue predominantemente politicosocial, y estaba vinculado a la redención de las clases no privilegiadas de acuerdo no sólo con una teoría de la Revolución sino también con una opinión moral.

Cuando Emil Ludwig preguntó a Benito Mussolini su opinión sobre Dante, el Duce, después de elogiarlo como poeta, agregó: “Además de esto me siento afín a él por su pasión facciosa. Dante no perdonó a sus enemigos ni cuando los encontró en el Infierno”. La frase es sumamente significativa. Tradicionalmente, el espíritu faccioso representaba cierto índice de mezquindad, de pequeñez. Pero el ambiente espiritual de la posguerra le descubrió cierta grandeza. Toda política fue por entonces facciosa. Se destruyeron las convenciones y las reglas de convivencia y se las sustituyó por un principio de guerra a muerte, de guerra total entre los partidarios de las posiciones extremas. El partidario tenía siempre razón y el enemigo no la tenía nunca. Todo esfuerzo de comprensión parecía inequívocamente una traición y no había consideración de tipo personal que justificara la tibieza. Es que el espíritu faccioso parecía corresponder exactamente a la concepción misional de la vida. Quienes participaban de ella, afirmaban que se vivía para cumplir ciertos fines y exclusivamente para ello, y como esos fines se relacionaban con la vida social y el destino de los grupos —y de la humanidad, a través del tiempo, en última instancia— las reservas que pudiera hacer el individuo movido por razones individuales carecían de valor. Escrúpulos y reticencias parecieron típicos “prejuicios burgueses” que correspondían a una concepción de la vida propia de anteguerra, propia del “estúpido siglo XIX”, esto es, de una época que nada tenía ya que ver con los tiempos nuevos.

El sentido misional de la vida inspiró sobre todo la militancia política, que es sin duda una de las formas de actividad que más típicamente expresó la idea de la existencia propia del hombre de posguerra. Pero inspiró otras formas menores, religiosas algunas veces o de vago sentido social otras. Fue un sentimiento general el de que era necesario vivir para afuera, para los demás, para una idea, para una finalidad que trascendiera al individuo mismo. Frente a aquel que consideraba que lo más valioso era “vivir despreocupadamente”, sin finalidad, tomando la vida como un lujo y un juego, se colocó el que imaginaba que sólo era lícito “vivir peligrosamente”, según el consejo nietzscheano, como un vivir en deliberado uso de todas las potencias para entregarlas al logro de una causa. Viejas posiciones al fin de cuentas, que se disfrazaban con nuevos ropajes, pero que resultaban positivamente nuevas en cuanto contribuían a oponer el hombre de posguerra al de la generación inmediatamente anterior.

Este problema de los fines de la existencia no puede entenderse sino en relación con uno de los más graves y significativos del período: el problema de las relaciones entre la vida y la moral.

Ortega y Gasset escribía en La rebelión de las masas, en una página inusitadamente vehemente:

“Esta es la cuestión: Europa se ha quedado sin moral. No es que el hombre masa menosprecie una anticuada en beneficio de otra emergente, sino que el centro de su régimen vital consiste precisamente en la aspiración a vivir sin supeditarse a moral ninguna. No creáis una palabra cuando oigáis a los jóvenes hablar de la ‘nueva moral’. Niego rotundamente que exista hoy en ningún rincón del continente grupo alguno informado por un nuevo ethos que tenga visos de una moral. Cuando se habla de la ‘nueva’ no se hace sino cometer una inmoralidad más y buscar el medio más cómodo para meter contrabando.

”Por esta razón fuera una ingenuidad echar en cara al hombre de hoy su falta de moral. La imputación lo traería sin cuidado o, más bien, lo halagaría. El inmoralismo ha llegado a ser de una baratura extrema, cualquiera alardea de ejercitarlo.

“Si dejamos a un lado —como se ha hecho en este ensayo— todos los grupos que significan supervivencia del pasado —los cristianos, los ‘idealistas’, los viejos liberales, etc.—, no se hallará entre todos los que representan la época actual uno solo cuya actitud ante la vida no se reduzca a creer que tiene todos los derechos y ninguna obligación. Es indiferente que se enmascare de reaccionario o de revolucionario: por activa o por pasiva, al cabo de unas u otras vueltas, su estado de ánimo consistirá, decisivamente, en ignorar toda obligación y sentirse, sin que él mismo sospeche por qué, sujeto de ilimitados derechos”.

Esta observación hecha sobre la realidad misma vale como un documento de época. El agudo observador español advertía que el distingo entre vieja y nueva moral ocultaba una tendencia a la evasión de toda constricción moral. Pero el fenómeno —indudable, por cierto— debe ser explicado y matizado. Y es necesario empezar por referirlo a los distintos grupos y a las distintas opiniones sobre el sentido de la vida.

Para el hombre masa, como suele llamárselo, la moral tradicional contenía un vasto conjunto de constricciones que parecían atadas a determinadas situaciones sociales, que, sin duda, estaban en quiebra. Las rechazó, en consecuencia, al negar su asentimiento a la legitimidad de esas situaciones, y se sintió liberado de ellas, y con ellas de toda constricción moral. Pero eso sólo en tanto que hombre masa. En cuanto se adhería a ciertas corrientes de opinión sobre todo la que sostenía el sentido misional de la vida, adquirió una vaga e imprecisa moral; pero era la moral del militante, esto es, una moral específicamente privada del sentido de universalidad, acentuada por un necesario relativismo. Era la moral al servicio de una causa, con un conjunto de módulos que no obedecían a ningún criterio trascendental sino al que provenía de los fundamentos mismos de la causa. Considerada según criterios universales, esta moral equivalía a una amoralidad.

Entre las masas, especialmente entre los jóvenes —que contribuyeron sustancialmente a dar el tono de la posguerra— cundió también el sentido “deportivo y festival” de la vida, según la denominación de Ortega y Gasset. Los jóvenes afirmaron de manera rotunda y violenta su ruptura con respecto a las generaciones que les precedían y afirmaron, en consecuencia, que estaban decididos a vivir según su propia espontaneidad, la cual, naturalmente, rechazó todas las normas morales tradicionales sin que por lo demás fueran reemplazadas por otras. Allí se acusó no ya un estrechamiento del orden moral sino una marcada y casi consciente repulsión de todo orden moral, en el que parecía verse una constricción de toda efusión vital.

El fenómeno se acentuó entre las minorías. Entre ellas se acentuó aún más —y más conscientemente que entre la juventud masificada— el sentido deportivo de la vida, con su necesario rechazo de todo finalismo y de toda constricción moral. En las minorías aristocráticas y en su vasto contorno, el goce de la vida, hasta casi la ebriedad, pareció el único principio. Y en las minorías intelectuales, la crisis de la moralidad se tornó un principio indiscutido por razones doctrinarias. Julien Benda señalaba el fenómeno con su habitual claridad y ofrecía en El triunfo de la literatura pura un curioso cuadro de las tendencias que descubría en las formas de la creación. “Si considero la literatura francesa de este último siglo —decía—[77] desde el punto de vista de su enseñanza moral —puesto que a su pesar tiene una—, encuentro en ella:

”La apología del maquiavelismo, de todos los medios que sirven a la grandeza del Estado y el mantenimiento del “orden”, cualquiera fuere la inmoralidad de estos medios (Maurras, Bainville);

”la apología de la adhesión mística al dogma católico, con descalificación del apego del hombre al espíritu de examen y a la libertad de elección, es decir, a su libertad intelectual (Maritain, Massis); el anatema lanzado sobre este apego (Claudel));

”la exaltación de la abyección humana porque ella puede proporcionarnos la superabundancia de la misericordia divina (Péguy, Mauriac);

”la predicación de la no resistencia al mal; con su consecuencia lógica, bien que mal confesada: la aceptación de la esclavitud (Alain);

”la exaltación de la vida por sí misma, aunque ella estuviera exenta de toda dignidad (Giono);

”la exaltación de la actividad artística, considerada como el valor supremo y, poco más o menos, como único (Valéry);

”la exhortación a gozar de todas las posiciones morales sin sujetarse a ninguna (Gide); a ejercer el “acto gratuito”, es decir, afirmar su yo con desprecio de toda razón y fuera de consideración del derecho ajeno (ídem); a obrar más allá de la moral, a practicar ‘el inmoralismo’;

”la exaltación de la moral guerrera con desprecio de toda idea de justicia (Montherlant);

”el indiferentismo (Giraudoux).

”Es fácil ver qué puede ser, desde el punto de vista moral, una sociedad ensalzada por tales maestros. Se la ve y se la ha visto.

”Añadamos que el antiintelectualismo profesado por esta literatura es, en el fondo, una posición de orden moral, ya que el intelectualismo reposa sobre la probidad del espíritu, y la probidad es una idea moral en alto grado”.

Benda filiaba así la peculiar actitud de cada uno de los grandes representantes de la literatura francesa; pero sus análisis y conclusiones pueden generalizarse, pues actitudes semejantes se hallan en las demás literaturas europeas. Pero, además, su alcance supera el del ámbito normal de la literatura. Ya el mismo Benda señalaba para Francia un hecho singular: “La concepción de la literatura que examinamos —dice—[78] presenta este rasgo notable: mientras que, por su apología de lo oscuro, de lo sutil, de lo subjetivo, de lo verbal puro, de lo excepcional, ella debió ser solamente el feudo de algunos iniciados, por lo mismo que esta enarbola doctrinas literarias, ha sido adoptada por toda la sociedad francesa cultivada, en especial por sus mujeres y sus jóvenes”. Y agregaba más adelante: “La crisis del concepto de literatura nos parece lo propio no de una capilla sino de toda la sociedad francesa actual en tanto que acepta un concepto semejante y también de la sociedad del mundo entero, en cuanto ella toma de Francia las consignas de orden literario”. Pero Benda hubiera podido agregar más, y por cierto lo insinúa en algún pasaje. Si esa literatura logró tal arraigo no fue solamente por la peculiar concepción estética que ponía de manifiesto, sino por el clima espiritual que expresaba, clima en el que la concepción de la moral desempeñaba un papel fundamental.

La última de las indicaciones de Benda nos pone sobre la pista de nuevos matices de la sensibilidad moral del período de posguerra. El indiferentismo, al que él adscribe singularmente a Giraudoux, corresponde a cierta forma del “inmoralismo”, pero acentuando aún más cierta nota que subyacía en este. Porque el indiferentismo irrumpió en el mundo de posguerra de una manera triunfante, como si surgiera de una imprevista napa de la conciencia, negándose a considerar el problema moral de la existencia, manifestándose ajeno a él. Paul Morand lo afirmaba explícitamente: “La característica de los años que corren de 1910 a 1930 es la indiferencia… Nuestros mejores libros, desde Gide hasta Proust, son manuales de indiferencia”.[79] Y la observación, también aquí, sobrepasaba los límites de la literatura. El indiferentismo ganó el plano de las relaciones sociales y llegó al de la política como una nueva consigna de laisser faire, pero no porque se confiara en la preexistencia de un orden en cuya virtud cuanto se hiciera respondería a cierto principio oculto y misterioso, sino porque la vida sólo parecía digna de ser vivida si se la dejaba librada a su propia espontaneidad vital, a la espontaneidad vital del individuo, que se reconocía como una entidad anterior y superior al cuerpo social que pretendía imponerle normas de constricción.

Más beligerantes fueron, en cambio, las posiciones disconformistas. Frente a la realidad social y a sus consecuencias con respecto al individuo, frente al problema de la coacción de la colectividad y de sus normas estéticas, éticas, políticas, etc., el individuo que no era capaz de alinearse en ninguno de los movimientos que aspiraban a transformar el orden vigente solía sin embargo acusar su disconformismo, puramente negativo, es cierto, pero al menos movido por una posición activa de juicio. El teatro —Lenormand, Pirandello, sobre todo— acusó esta tendencia, pues la tragedia individual de la inadecuación prestábale ricos elementos para lo que podría llamarse la tragedia moderna. Fenómeno viejo, como todos los otros señalados —y de inequívoca estirpe romántica— cobró durante la posguerra un renovado vigor. El disconformismo pareció una actitud aristocrática, especialmente a ciertas minorías, tanto sociales como intelectuales. Detrás del juicio de repudio a la realidad contemporánea, solía hallarse cierta nostálgica exaltación del pasado de los nobles rusos en París o del poderoso burgués en Roma o Berlín, de modo que el disconformismo era no tanto el resultado de una operación intelectual como una simple reacción vital frente a situaciones de hecho.

Pero el disconformismo entrañaba una negación de la acción. Cuajaba en una frase, en un elegante gesto de displicencia, en una estéril búsqueda de un nuevo signo de aristocracia minoritaria, y podía ser compatible tanto con una severa adhesión a la moral tradicional como con un inmoralismo casi cínico. De todos modos, como idea de la vida, connotaba no sólo el fracaso individual sino, lo que es más, cierta secreta convicción de que el individuo no podía ya sino fracasar en una sociedad que le era hostil.

Más profunda parecía otra reacción igualmente subjetiva: el sentimiento de culpa, que también ha sido anotado como signo propio de la época.[80] ¿A quién pertenece la responsabilidad de un mundo que rechaza al hombre íntimo? Muchos se atribuyeron esa responsabilidad, todos aquellos que pensaban, en última instancia, que el espíritu tenía alguna responsabilidad, movidos por una típica —y generalmente oscura e inconfesada— concepción idealista de la historia. Si el hombre íntimo no tiene cabida en el mundo de posguerra —parecía pensarse— es porque quienes representan típicamente el ideal humano del hombre íntimo no han sabido darle validez; o acaso porque habiendo intentado darle validez, han hecho de él un ideal de casta; o acaso porque no supieron fundir los ideales propios del hombre íntimo con los del hombre sin limitaciones, con los del hombre de carne y hueso, cuyos inalienables derechos buscan ahora su reivindicación en una violenta orgía de sensualismo y hedonismo. Quienes compartían este sentimiento de culpa no podían concebir la vida sino como expiación. De aquí las conversiones religiosas; de aquí el curioso desarrollo del catolicismo en Inglaterra, donde el fenómeno acusó caracteres muy acentuados. Pero la expiación no siempre se circunscribía al plano de la propia experiencia individual, sino que procuraba sobrepasar esos límites y volcarse hacia la catequesis. La expiación tocaba a todos, todos debían comprender que era el deber de la hora. La salvación debía ser individual, pero debía buscarse a través de la salvación de todos.

Distintas actitudes ante la vida, emergentes de análogas situaciones que se refractaban de distintas maneras a través de los temperamentos diversos, concurrían en un ámbito espiritual caracterizado por la crisis de los principios que habían dado unidad a Europa durante el siglo XIX. Como la idea del hombre, la idea de la vida ofreció múltiples divergencias que escondían en su seno un carácter común: la percepción del desacuerdo radical entre las situaciones sociales y las tendencias del hombre individual, del hombre íntimo.

La idea de la acción

Frente a una realidad confusa y cuya comprensión parecía ofrecer obstáculos insuperables, la actitud predominante durante el período de posguerra fue la del hombre perplejo que, empero, se sentía inclinado a la acción, de donde debía resultar necesariamente cierta proclividad a la acción ciega. En ocasiones, sin embargo, no lo fue o no creyó serlo. Y otras aun afirmó estar guiado por una rigurosa interpretación de la realidad que proporcionaba al hombre una actitud frente a la realidad semejante a la del hombre ingenuo que se coloca ante el complejo motor de un avión, con la certidumbre de que ningún mecanismo puede escapar a su análisis.

De cualquier modo, más que a la contemplación, más que al conformismo, la situación historicosocial invitaba a la acción. La situación era de cambio, de cambio incesante y a veces profundo, y el cambio no sólo dejó de alarmar a las conciencias, sino que se tornó una situación familiar. Puesto que la sociedad revelaba una acusada fluidez y plasticidad, el incentivo para obrar sobre ella creció, y fue excepcional —y propia de minorías retraídas—, la actitud de renunciar a influir sobre el contorno. Pero el hecho decisivo de la época consistió, precisamente, en que no fue como antes el hombre de minorías el que más tentado se sintió de obrar sobre la realidad historicosocial, sino el hombre masa organizado en grupos sociales de ingente fuerza. Fuera de las normas que pudiéramos llamar tradicionales, la acción halló maneras inéditas de canalizarse y ofreció un espectáculo que debía asombrar a quienes no podían renunciar al sistema de ideas propias del siglo XIX.

El hecho más llamativo fue la irrupción del “realismo”. Como tendencia general, el realismo político tenía antecedentes, tanto remotos como inmediatos, pero la opinión predominante hasta la guerra mundial en cuanto a la acción seguía caracterizada por las concepciones del Liberalismo propias del siglo XIX. En sus postrimerías, sin embargo, habían comenzado a difundirse, bajo la advocación de Bismarck, los principios de la Real-Politik, en cuyos fundamentos se hallaba, como se advierte en Treitschke, uno de sus más notables teóricos, la inspiración de Maquiavelo. Al comenzar el siglo XX esta tendencia al realismo empezó a difundirse.

“El día que se reconstruya la génesis de nuestro tiempo —señalaba Ortega y Gasset—[81] se advertirá que las primeras notas de su peculiar melodía sonaron en aquellos grupos de sindicalistas y realistas franceses de hacia 1900, inventores de la manera y la palabra ‘acción directa’. Perpetuamente el hombre ha acudido a la violencia: unas veces este recurso era simplemente un crimen, y no nos interesa. Pero otras era la violencia el medio a que recurría el que había agotado todos los demás para defender la razón y la justicia que creía tener. Será muy lamentable que la condición humana lleve una y otra vez a esta forma de violencia, pero es innegable que ella significa el mayor homenaje a la razón y a la justicia. Como que no es tal violencia otra cosa que la razón exasperada. La fuerza era, en efecto, la ultima ratio. Un poco estúpidamente ha solido entenderse con ironía esta expresión, que declara muy bien el previo rendimiento de la fuerza a las normas racionales. La civilización no es otra cosa que el ensayo de reducir la fuerza a ultima ratio. Ahora empezamos a ver esto con sobrada claridad porque la ‘acción directa’ consiste en invertir el orden y proclamar la violencia como prima ratio, en rigor, como única razón. Es ella la norma que propone la anulación de toda norma, que suprime todo intermedio entre nuestro propósito y su imposición. Es la Charta Magna de la barbarie”.

La nota peculiar del “realismo” fue, en efecto, la sobreestimación de la violencia. Correspondía esta actitud a un rechazo del intelectualismo, de las actitudes dubitativas y críticas, del relativismo, y acertaba Thibaudet cuando llamaba a algunos típicos representantes franceses de esa actitud —Maurras y Bainville— “afirmadores de la certeza”.[82] La violencia era la respuesta a todo el sistema de técnicas sociales que había utilizado —y juzgado válidas— el siglo XIX. Sorel había desarrollado la doctrina en su profundo libro titulado Reflexiones sobre la violencia, y no faltaban las inspiraciones de poetas como Stefan George, D’Annunzio, y filósofos como Nietzsche que, mal o bien comprendidos, parecían alentar la tendencia a sobreponer lo irracional a lo racional, la voluntad al juicio intelectual.[83]

Pero el apogeo del “realismo”, la consagración de la necesidad de la violencia como técnica de acción social, no cobró vuelo sino después de la guerra mundial. Entre sus antecedentes no podía omitirse la táctica preconizada por la fracción revolucionaria del socialismo marxista, puesta en juego con inesperado éxito por los grupos maximalistas rusos, que obtuvieron el triunfo en la Revolución de 1917. Este hecho marcó una época, e inspiró los movimientos importantes que se produjeron en los años subsiguientes. Esos decenios parecieron la era de la violencia.

La violencia parecía a muchos, en efecto, la condición indispensable de la Revolución, y la Revolución pareció a su vez la necesidad impostergable de la hora. Así había sido señalado por los teóricos del socialismo. Lenin recordaba en El Estado y la Revolución que ya en 1909 Kautsky anunciaba de manera categórica: “El proletariado no puede ya seguir hablando de Revolución prematura. Hemos entrado en el período revolucionario“. Esta convicción se acentuó en toda Europa después del triunfo de la Revolución rusa.

Poco después comenzaban los experimentos revolucionarios, y pudieron apreciarse sus posibilidades y sus dificultades en los que se realizaron en Alemania y en Hungría. Pero a pesar de los fracasos, la idea no sólo no declinaba en las masas sino que, por el contrario, cundía y se arraigaba profundamente. De todos los experimentos revolucionarios que siguieron a la Revolución rusa, el de Benito Mussolini primero y el de Adolf Hitler después fueron los que canalizaron con más eficacia y durante el mayor tiempo el sentimiento disconformista y revolucionario de las masas.

Pero he aquí que la Revolución tomó un cariz singular. La Revolución de masas fue la Revolución de los dictadores que supieron conducirlas, engañándolas en parte y en parte expresando concretamente sus oscuras aspiraciones. La tendencia revolucionaria declinó, pues, hacia una forma singular de política: la política de los grandes conductores, la política de los que afirmaron que “la política es un arte” y decidieron intentar la realización de una obra maestra.

El más refinado artífice de esta política durante la época de posguerra fue, sin discusión, el jefe de los fascistas italianos, Benito Mussolini. Su concepción manifiesta una notable originalidad, pues aunque recoge por una parte cierta tendencia a la exaltación del héroe que se advertía en D’Annunzio y en los futuristas y por otra la corriente que buscaba fundir los ideales del socialismo con los del nacionalismo, representada por Cesare Battisti y sobre todo por Adriano Tilgher, es innegable que Mussolini arrostra la responsabilidad de llevar esa política hasta sus últimas consecuencias bajo su exclusiva orientación, desafiando la bien asentada tradición crítica y aun escéptica del siglo XIX, y las arraigadas convicciones que respaldaban el régimen democrático, liberal y parlamentario.

La misma originalidad de Mussolini es de por sí muy significativa. “Nuestra táctica es rusa”, solía decir. Pero seguramente engañaba a sabiendas a su interlocutor, pues su táctica —por lo demás muy variable— estaba bien lejos de ser rusa excepto en cuestiones de detalle. Mussolini coincidía con el comunismo en algunos puntos, y conservaba de su pasado socialista algunas ideas que no podía o no quería abandonar. Pero su manera de concebir la acción del político sobre la sociedad es sui generis y, por su eficacia, revela una justa percepción de la situación social de la época.

Seguramente fue la experiencia de la desesperación que se apoderó de las masas durante los años que siguieron inmediatamente a la guerra lo que despertó en Mussolini la certidumbre de que se podía dominar a las masas y conducirlas fácilmente si se apelaba a lo irracional: a los sentimientos, a las pasiones, a las súbitas e irrazonadas decisiones de la voluntad tal como solían cristalizar en las multitudes aglutinadas por reacciones primarias frente a situaciones críticas y concretas. Pero para aprovechar esa experiencia debía vencer los vigorosos prejuicios intelectualistas propios del siglo XIX, muy firmemente arraigados, por lo demás, en los socialistas, y unidos a la idea de que la emancipación del proletariado sólo podía lograrse mediante el esclarecimiento de las conciencias. Es verdad que en ciertas minorías intelectuales y en ciertos políticos teóricos había aparecido ya un fuerte movimiento criticista del intelectualismo tradicional; pero es original de Mussolini haber aplicado esas ideas y haber creado un nuevo tipo de acción politicosocial.

“Sólo la fe mueve las montañas, pero no las razones —decía Mussolini a Ludwig en uno de sus reportajes—[84]. La razón es un instrumento, pero no puede ser nunca la fuerza motriz de las masas. Hoy menos que ayer. La gente tiene hoy menos tiempo para pensar. La disposición del hombre moderno para creer es increíble. Cuando yo siento a la masa en mis manos, como ella cree, o cuando me mezclo con ella, me siento un pedazo de esa masa. Sin embargo, conservo al mismo tiempo un poco de aversión, como la siente el poeta contra la materia con que trabaja. ¿El escultor no rompe quizá, a veces, por ira el mármol porque este no se plasma precisamente según su primera visión? Todo depende de esto: dominar a la masa como un artista”.

La tesis era perfectamente maquiavélica en sentido estricto. Suponía que había un arte de gobernar, no una ciencia política; un arte de conducir multitudes como tales multitudes, no una ciencia de conducir hombres. En el fondo, Mussolini creía en una forma de acción politicosocial que utilizara los secretos deseos de la masa, sus sentimientos espontáneos, y no creía necesario oponerse a lo que en esos deseos y sentimientos podía él encontrar de falso, de bárbaro o de inútil. Los fines de la acción los proponía él mismo, y procuraba conciliar las necesidades inmediatas de la masa —bajo la forma de ventajas económicas y sociales— con ciertos vagos ideales remotos que permitieran en caso necesario sacrificar las ventajas inmediatas ofrecidas. El nacionalismo fue el centro de esos ideales, a los que Mussolini revestía con caracteres un poco trasnochados y exageraba aun enarbolando la bandera del imperio, para exaltar el sentimiento nacional. Esos eran los fines. Pero los medios para lograrlos debían basarse en el apoyo incondicional de la masa al dictador, y este punto era el que requería toda la habilidad del conductor. “El hombre político —decía en ese mismo reportaje— necesita de la fantasía con una habilidad casi diabólica, pero siempre con cierto sentido revelador de una profunda comprensión del momento”. Es singular, por ejemplo, el cultivo de lo que él llamó “la nueva mitología”, con su fiesta de los aviones, su descubrimiento del valor de la actividad deportiva, su percepción del atractivo de la mecánica, en una palabra, su aguda percepción de los móviles del entusiasmo en el hombre medio real de su tiempo.

La tesis de que se necesitaba una peculiar aptitud personal para llegar a las masas había sido expuesta también por Hitler. También el futuro Führer alemán pensaba que, más que conocimiento, se necesitaba cierto don especial para conducir las masas. “Se engaña totalmente —dice en Mi lucha[85] quien creyere que la abundancia de conocimientos teóricos constituye necesariamente una prueba característica de la posesión de las cualidades y la energía necesarias para mandar. Muy a menudo acontece todo lo contrario.

“Un gran teórico resulta rara vez un gran caudillo. Es muy probable que un agitador posea esta cualidad en grado muchísimo mayor, novedad esta que resultará poco grata a aquellos cuya contribución a un asunto cualquiera es de naturaleza simplemente científica. Un agitador capaz de transmitir una idea a las muchedumbres es un psicólogo aun cuando sólo se trate de un demagogo. Siempre resultará mejor como caudillo que el teórico retraído que nada sabe acerca de los hombres. Porque el hecho de ejercer la dirección exige capacidad para conmover a la multitud. El talento para engendrar ideas nada tiene que ver con la aptitud para la dirección. Así la reunión de las cualidades del teórico, del organizador y del caudillo en un solo hombre, constituye el fenómeno más raro que se puede registrar en este planeta; en él consiste la grandeza”.

De esa manera, la acción se caracterizaba de una manera inusitada hasta muy poco antes. Mussolini no sólo no rechazaba los medios de acción violenta, sino que juzgaba útil para su influencia sobre la masa aconsejarlos en ocasiones y aceptar las responsabilidades de su uso. El más curioso testimonio al respecto es el discurso que pronunció en la Cámara el 3 de enero de 1925, cuando la oposición quiso aplicar el artículo 47 del Estatuto de Italia —que autorizaba a acusar a los ministros del rey— con motivo de la presunta incitación del jefe del gobierno al asesinato de Matteoti. En esa ocasión, dijo Mussolini, en un alarde de absoluta confianza en su planteo histórico: “Pregunto formalmente si en esta Cámara o fuera de aquí existe alguien que quiera valerse del artículo 47. Si el fascismo no ha sido sino aceite de ricino y cachiporra, y no una pasión soberbia de la mejor juventud italiana, ¡a mí la culpa! Si el fascismo ha sido una asociación de delinquir, bien, ¡yo soy el jefe y el responsable de esa asociación de delinquir! Si todas las violencias han sido el resultado de un determinado clima histórico, político y moral, bien, ¡a mí la responsabilidad! porque ese clima histórico, político y moral lo he creado yo”.[86]

El tipo de acción política ideado y puesto en práctica por Mussolini tuvo una influencia decisiva, sobre todo porque, como siempre ocurre con el “realismo”, una vez desatado, quedan suprimidas automáticamente todas las reglas de convivencia anteriormente establecidas no sin mucho esfuerzo. De improviso, todo el sistema democrático se sintió conmovido, pero no tanto porque hubiera sido carcomido en sus bases y principios, sino porque no podía seguir funcionando allí donde no había posibilidad alguna de que se respetaran ciertos sobreentendidos sin los que no podía realizarse la acción democrática. En la opinión media, la acción propia de las dictaduras pareció eficaz, a diferencia de la acción de los regímenes democráticos y parlamentarios, que pareció cada vez más lenta e ineficaz, sin que se pensara en los recaudos que aquella lentitud entrañaba. La acción parecía que tenía que ser “acción directa”. Y a semejanza de Mussolini, comenzaron a aparecer los defensores de ese tipo de acción en todas partes, con mayor o menor éxito, al tiempo que aparecía en la masa cierta favorable inclinación al renunciamiento de la propia iniciativa y a dejarse conducir por los artistas de la política.

Para la política realista constituía una necesidad urgente asegurar la estrecha dependencia de las masas con respecto al conductor. La propaganda fue una de las principales preocupaciones de quienes quisieron actuar sobre las multitudes, y se estudió cuidadosamente la manera de llegar hasta ellas. En principio, la oratoria pareció suficiente, y en efecto cumplió un papel formidable en los dos típicos regímenes de posguerra, el fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán. “Las asambleas de grandes muchedumbres —escribía Hitler en Mi lucha[87] son necesarias, pues cuando a ellas asiste el individuo acometido del deseo de alistarse en un flamante movimiento y temeroso de encontrarse solo, recibe allí la primera impresión de una numerosa comunidad, lo cual ejerce un efecto vigorizador y estimulante en la mayoría de las personas. Estas se someten a la mágica influencia de lo que llamamos ‘sugestión de la multitud’. Los deseos, los anhelos y la pujanza de miles de seres se acumulan en el pensamiento de cada uno de los presentes. Un hombre que concurre a una de estas asambleas lleno de dudas y vacilaciones, sale de ellas íntimamente fortalecido; se ha convertido en un elemento de la comunidad. Jamás debe ignorar esto el movimiento nacionalsocialista”.

Sobre el mismo punto, Mussolini se expresaba de manera similar. “El poder de la palabra —le decía a Ludwig—[88] tiene un valor inestimable para quien gobierna. Pero hay que variarla continuamente. A la masa hay que hablarle en tono imperioso; ante una asamblea, razonablemente; y a un grupo pequeño, de una manera familiar”. Y en otro lugar: “Hoy he dicho sólo pocas palabras en la plaza, mañana millones de personas pueden leerlas; pero las que estaban aquí abajo, tienen una fe más profunda en lo que han oído con sus oídos y, podría decir, con sus ojos. Todo discurso a las masas tiene una intención doble: aclarar situaciones y sugerir alguna cosa. Por eso, para suscitar una guerra, es indispensable el discurso al pueblo”.[89]

Sin embargo, la oratoria no fue sino una de las formas de la propaganda. Pronto se agregaron otros medios para contribuir a operar la sugestión de la masa, porque a la “acción directa”, se agregaba ahora la “acción indirecta”, la acción psicológica destinada a crear estados de ánimo colectivos.

Explicando su pensamiento político, escribía Mussolini en cierta ocasión: “La disciplina del fascismo tiene verdaderamente aspectos de religión. Se reconoce en ella el ánimo de las gentes que en las trincheras aprendieron a conjugar, en todos los modos y tiempos, el verbo sagrado de todas las religiones: obedecer. Y es el signo de la nueva Italia que se despoja de una vez por todas de la vieja mentalidad anarcoide, con la intuición de que únicamente en la silenciosa coordinación de todas las fuerzas, a las órdenes de uno solo, está el secreto perenne de toda victoria”. Era la teoría de la dictadura necesaria. Pero se desprendía de su planteo que la dictadura, como forma eficaz, necesitaba apoyarse no sólo en la propaganda —destinada a asegurar el respaldo incondicional de las masas— sino también en la organización.

La organización fue una de las consignas de la época. Paradójicamente, al tiempo que se buscaban las técnicas psicológicas para operar sobre el subconsciente de la masa y se afirmaba la superioridad de la fe sobre el conocimiento, las organizaciones de poder extremaban la organización mediante lo que dio en llamarse la “racionalización” y la “planificación”. Mientras que apelaba a los sentimientos de la masa, se organizaban las guardias de asalto para oponer a la romántica reacción de algunos la férrea línea de una squadra bien organizada. Mientras se desataban las emociones de las multitudes, se procuraba disciplinar su actividad mediante planes bien meditados y mediante sistemas de bien trabada estructura. Ciertamente, la política “realista” trataba de apoyarse en uno y otro caso en la técnica. Técnica psicológica, en algunos casos, y técnicas administrativas y políticas en otros.

Esta preocupación por la técnica debía cristalizar en la concepción del llamado Estado totalitario. La dictadura de tipo personal reconocía sus limitaciones en una sociedad de masas y buscaba las maneras de prolongar la acción del dictador mediante un sistema de engranajes burocráticos y una férrea organización policial que permitiera sustituir la vigilancia personal del jefe sobre sus hombres por la vigilancia de todos a través de una organización eficaz. Esta última instancia, la concepción totalitaria del Estado, reflejaba una idea de la acción, según la cual su eficacia proviene de la unanimidad de las voluntades puestas a su servicio, en tanto que negaba toda posibilidad de éxito a la acción que resulta de la libre conjunción de esfuerzos. El “realismo” se hizo cargo de esta concepción de la acción y rechazó por inútil aquella otra que estaba en la base de la concepción parlamentaria y liberal, que los teóricos del antiliberalismo —especialmente Carl Schmitt—[90] condenaban irremisiblemente.

El triunfo del “realismo” correspondió a lo que podría llamarse la crisis de la concepción centrista de la política. Fueron hacia el “realismo” los grupos de tendencia extremista tanto de la derecha como de la izquierda, en tanto que mantuvieron su concepción tradicional ciertos grupos que acusaron aún más que antes su posición de centristas; y a estos les valió esa perpetuación de su actitud tradicional un acusado desprestigio entre las masas.

El centrismo significaba no sólo la perpetuación de los fines de la concepción democraticoliberal, sino también la perpetuación de los medios, esto es, del tipo de acción propuesta para obrar sobre la realidad historicosocial. En tanto que la opinión derechista —entiéndase anticomunista— creyó que, para mantener los fines del Estado democraticoliberal, era necesario apelar a una política realista que contuviera el realismo político de la izquierda revolucionaria, un grueso sector creyó que sólo podía lucharse por aquellos fines manteniendo los medios lícitos dentro de la concepción que esos fines entrañaban. Ese sector constituyó el centro y su actitud mereció el repudio de los extremistas —y con él la burla— porque se la consideró notoriamente inadecuada y pasada de moda.

Las masas, llamadas a la vida pública con urgencia por la situación y por una política oportunista de izquierda y de derecha, dejaron de lado a los partidos centristas; pero también los dejaron de lado ciertos sectores de la burguesía, que en su mayoría apoyaron los métodos realistas y los partidos que los utilizaban, generalmente por el terror que provocaba el fantasma de la Revolución soviética. Esta actitud se tradujo en algunos hechos singulares de los cuales el más elocuente fue la crisis del partido Whig en Inglaterra. En efecto, poco después de terminada la guerra, el Labour Party comenzó a crecer en forma que alarmó a la opinión burguesa, y poco después se produjo un sensacional reagrupamiento de las fuerzas políticas, que entrañó una revisión sustancial en el tradicional sistema bipartidista inglés. En las elecciones de 1923 ninguno de los tres partidos —Tory, Whig y Labour— consiguió mayoría en el Parlamento, y por una combinación política los laboristas llegaron al poder al año siguiente. Pero convocado nuevamente el electorado, la opinión se polarizó: el partido Whig sufrió un colapso y dejó prácticamente de ser un partido de gobierno, en tanto que los votos se repartieron en su gran mayoría entre conservadores y laboristas.

Harold J. Laski ha sintetizado muy claramente el sentido de esta crisis del sentimiento democrático. “El escepticismo en la democracia —escribía en las Reflexiones sobre la Revolución de nuestro tiempo—[97] comprende dos aspectos que deben ser netamente separados: en las derechas su motivo principal fue el miedo; en las izquierdas su fuente principal fue el desencanto. Entre las derechas existían profundas sospechas de que los procedimientos democráticos conducían inevitablemente a un nuevo examen de las bases económicas de la sociedad, y se sentían inquietas de que este examen pudiera poner de manifiesto la radical incompatibilidad entre la democracia y el capitalismo. Los procedimientos democráticos podían así implicar un asalto sobre principios que tienen detrás de sí, como respaldo, el poder y el prestigio de una larga tradición; de aquí que muchos de los que atacaban la democracia desde la derecha estuviesen de hecho dando expresión racional a sus deseos, nacidos de sus intereses, de preservar aquellos principios de un posible derrocamiento.

“El ataque de las izquierdas contra la democracia era el resultado de aquel sentimiento previsto casi hace un siglo en Tocqueville y que expresa en la ya citada advertencia dirigida a sus contemporáneos. Influida profundamente por los sucesos de Rusia, la izquierda se sintió tentada de creer dos cosas: la primera, que sus oponentes no respetarían los procedimientos democráticos tan pronto como estos pareciesen comprometer sus privilegios, y la segunda, que los métodos del gobierno soviético constituían una nueva expresión del principio democrático, superior en su eficacia al de la democracia capitalista que estaba limitado por su manifiesta subordinación a las necesidades ‘burguesas’. Sus necesidades les permitieron, sin gran dificultad, convertir su entusiasmo por el cambio ruso en las relaciones de producción, llevado a cabo sin duda alguna por el procedimiento de la dictadura revolucionaria, en la convicción de que, vista en su verdadera perspectiva, dicha dictadura era de hecho una democracia“.

Es curioso cómo se difundió esta actitud por toda Europa. A partir de ese escepticismo frente al sistema, la crítica se encarnizó con los distintos elementos que lo componían, especialmente contra el régimen parlamentario y contra los partidos políticos. “¿Qué es, en resumen, el Parlamento?”, se preguntaba Léon Daudet en Le stupide XIXe. siècle.[92] Y se respondía: “Es una inmensa engañifa. Yo lo sabía grosso modo antes de formar parte de él. Pero después que formé parte y que he podido juzgar las cosas de cerca, me asombro de que semejante ilusión haya podido durar tanto tiempo y veo, una vez más, la prueba de la debilidad del espíritu público del siglo precedente. No hablo de la voluntad pública, porque para querer, es necesario concebir. El pueblo francés se ha dejado imponer el parlamentarismo por ignorancia y continúa sufriéndolo por inercia. Sería muy falso imaginar que todos los parlamentarios son ignorantes, o seres vacíos o malintencionados. Son, en general, no solamente resultado de una elección sino también de una selección. Lo que es malo y nocivo es el sistema, es la gran máquina en la cual giran, se mueven y legiferan, y que reposa sobre varios puntos postulados irreales. Especialmente, el de que un individuo, consagrado por el sufragio vago, flotante de la universalidad, en primero o segundo grado, se hace apto, por eso sólo, para determinar y dirigir la política de un gran país. Confiar esta política, de la que todo depende, al producto del sufragio universal o del plebiscito, es confiar un reloj a un leñador. Puede encontrarse, por azar, un leñador que tenga algunas nociones de relojería; pero aun teniéndolas su hacha no le permite aplicarlas a los delicados engranajes del reloj”.

Por estas razones y acaso por otras, declaraba Mussolini categóricamente que el fascismo estaba “contra el parlamentarismo, la democracia y el Liberalismo“. Y por razones más concretas —en relación con su peculiar idea acerca del destino alemán— se oponía al régimen parlamentario Adolf Hitler cuando afirmaba en Mi lucha de manera categórica: “El Parlamento decide sobre cualquier cosa, por devastadoras que sean sus consecuencias; nadie es individualmente responsable, nadie puede ser llamado a rendir cuentas. Porque ¿podemos decir que existe responsabilidad de parte de un gobierno cuando después de haber ocasionado todos los perjuicios imaginables se limita a presentar la renuncia? ¿Existe responsabilidad en el cambio de la composición política de una coalición, o siquiera en la disolución del Parlamento? ¿Cómo es posible responsabilizar a una mayoría variable de individuos? El concepto mismo de la responsabilidad ¿no está, por ventura, íntimamente vinculado a la personalidad? ¿Puede en la práctica procesarse al personaje principal de un gobierno por actos cuya comisión sólo es imputable a la voluntad y al arbitrio de una numerosa asamblea de individuos?”. [93] Y en otro lugar de la misma obra decía, refiriéndose directamente al caso de Alemania:[94] “En realidad, el único efecto de esta institución (el Parlamento) es y no puede ser sino destructivo; y así ocurría, en efecto, cuando la mayoría del pueblo prefería usar anteojeras y no veía nada o prefería no ver nada. Porque semejante institución contribuyó no poco a la degradación de Alemania”.

El sistema parlamentario entrañaba la constitución y funcionamiento de los partidos políticos, con su constitutiva actitud para la convivencia mutua. Por razones análogas a las que provocaban la condenación del régimen parlamentario, los partidos sufrieron el embate de la crítica. El mismo Hitler decía de ellos: “La pobreza de su programa los despoja del heroísmo que reclama una teoría del mundo. Su aptitud para la conciliación les granjea la simpatía de los espíritus pequeños y débiles, con los cuales no es posible emprender cruzada alguna. Merced a ello, por regla general se anegan ya desde los primeros tiempos de su historia en el corazón de su propia miserable pequeñez”.[95]

Esta opinión beligerante y violenta, no puede extrañar. Pero más valor de signo tiene la opinión de Paul Valéry que, insospechable de querer emprender ninguna cruzada ni de acariciar opiniones violentas en el terreno politicosocial, se manifestaba contra los partidos políticos con no menor escepticismo. “No se puede ‘hacer política’ —escribía en Regards sur le monde actuel[96] sin pronunciarse sobre cuestiones que ningún hombre sensato puede decir que conozca. Es necesario ser infinitamente tonto o infinitamente ignorante para atreverse a tener una opinión sobre la mayor parte de los problemas que la política plantea”. Y agregaba: “El resultado de las luchas políticas es confundir y falsificar en los espíritus la noción del orden, de importancia de los problemas, y del orden de urgencia. Lo que es vital se enmascara con lo que es de simple bienestar. Lo que es del porvenir con lo inmediato. Lo que es muy necesario con lo que es muy sensible. Lo que es profundo y lento con lo que es excitante. Todo lo que pertenece a la política práctica es necesariamente superficial”.

Pero estas críticas, que provenían, como se ve, de distintos sectores, no significaron la anulación de los partidos centristas ni la condenación general y definitiva de su manera de entender la acción. Pese a la amplitud del rechazo quedaban todavía muchos fieles a esa concepción, que no perdieron la fe en ella a pesar de las dificultades que se oponían a su ejercicio.

Por un proceso de contraste, la típica concepción de la acción propia de la democracia centrista atrajo hacia sí a los partidos socialistas que quedaron agrupados en la Segunda Internacional después de la separación de los partidos comunistas. La concepción revolucionaria se opuso al reformismo no ya como una mera etapa sino como un sistema, al que, frente al vigor que tomaba aquella, fue necesario fortalecer con una doctrina, la cual resultó parecerse cada vez más a la que servía de fundamento a la tradicional concepción de la acción de la democracia liberal del siglo XIX, sin que por eso se negaran los fines esencialmente revolucionarios hacia los cuales la acción reformista se dirigía.

Pero la forma típica que tomó la voluntad activa de perpetuar la concepción de la acción propia del centrismo no correspondió tanto a la política interior y a la solución de los problemas sociales como a la política exterior y a la solución de los problemas internacionales. Fue el pacifismo y la cooperación internacional lo que ofreció mayor campo para el ejercicio de esa forma de acción.

El pacifismo era una concepción de lejano abolengo, a la que Tolstói había otorgado la fuerza de su prestigio apostólico. Romain Rolland había difundido ampliamente la idea, y su prédica había llegado a tener vasta resonancia. Pero este pacifismo no era el de los revolucionarios de izquierda, que execraban la guerra porque la consideraban engendro del capitalismo imperialista, sino otro distinto, caracterizado por su fe en la radical bondad del hombre y en una profunda e inquebrantable confianza en el poder de la persuasión.

Ciertas circunstancias prestaron a este pacifismo un ambiente favorable durante la posguerra, y tres políticos asumieron su representación: Wilson primero, Briand y Mac Donald después. El propósito de Wilson era el de llegar a la paz mediante una acción razonable. Mediante una “sociedad de naciones” podía alcanzarse un entendimiento entre las potencias, a condición de que cada una planteara los problemas que le afectaban con honradez y buena voluntad. La acción común debía dirigirse a suprimir no sólo las causas inmediatas de la guerra, sino también sus causas remotas, mediante una intensificación del esfuerzo común en favor de la alfabetización de las masas, de su salud, de la mejora de sus condiciones de trabajo, todo lo cual debía originar a la larga una situación de menor tensión entre los distintos grupos políticos. A esta acción debía acompañar el desarme, esto es, un sistema de convenciones que evitara los peligros comprobados de lo que en el período inmediatamente anterior a 1914 se llamaba “la paz armada”.

La Sociedad de las Naciones cumplió como pudo su labor, pero sin duda fue acompañada en su obra por la convicción de mucha gente que creía en la licitud y en la eficacia de ese tipo de acción. Recogieron la bandera de Wilson, en Francia Briand y en Inglaterra Mac Donald, cuyo pacifismo se expresó de manera análoga. Esta conducta significaba una confianza profunda en la buena fe y en el poder de la razón. Entre tanto, Hitler iniciaba y desarrollaba su política basada en la violencia, pero no dejaba de ofrendar en holocausto de esta nueva fe en la paz numerosas declaraciones, que confirman en cierto modo la vitalidad de esa convicción. Movíala, es cierto, no sólo la creencia en la buena fe y en la racionalidad del hombre sino también el horror a la guerra que conservaban las generaciones que padecieron la Primera Guerra Mundial. Pero no se alimentaba menos de una cierta idea acerca de la acción pacífica, que suponía la posibilidad —sólo a primera vista un poco ingenua— de que las naciones llegaran a tratarse un día como los individuos, esto es, agotando primero las posibilidades de acuerdo y sólo recurriendo a la guerra como ultima ratio.

Porque lo cierto es que, al tiempo que la violencia extremaba sus esfuerzos, aparecían cada vez en mayor número los desencantados de la violencia. Acaso el más curioso ejemplo fue ofrecido por el gran escritor francés Pierre Drieu La Rochelle. Él mismo, refiriéndose en 1932 a los años de su juventud antes de la guerra, se calificaba como “un joven intelectual ebrio de violencia”, y se comparaba con cierta ironía a los tantos que “hay aún en el comunismo y el fascismo“. La guerra le ofreció ya una singular experiencia, la experiencia de ver “cómo su violencia se convertía en la violencia de los demás y cómo la violencia de los demás se convertía en su dolor propio”. Y agregaba: “Europa buscaba en aquella violencia una atmósfera favorable a la fe, al abandono en un algo absoluto, ya fuera la religión tradicional, o los nuevos credos puramente sociales, el comunismo y el fascismo. Pero no pudo hallarla. La experiencia de la violencia, el sufrimiento, se hicieron demasiado fuertes para ella y salió así de la contienda sin haber dilucidado el problema como se planteaba a su conciencia”. Drieu La Rochelle confesaba que el panorama europeo estaba caracterizado por dos grandes decepciones: “la decepción de la guerra y la decepción de la paz”.[97]

Es verdad que Drieu La Rochelle se inclinó primero hacia la Action française y creyó luego encontrar en el fascismo italiano una solución a los problemas europeos. Pero lo cierto es que, como observación, la suya, la de un hombre “ebrio de violencia”, es reveladora de cómo el nihilismo tenía algo de inadaptable a la situación europea. Esta posición fue haciéndose cada vez más firme, y la tendencia a desarrollar un tipo de acción que se ajustara a la compleja e intrincada realidad europea, sin cegarse por los resplandores de ese fácil simplismo que es la violencia, fue abriéndose paso hasta reconquistar poco a poco su prestigio. Adolf Hitler fue quien reivindicó los derechos de la violencia, no sin repetir una y otra vez que sus anhelos eran pacifistas. Pero esta paradoja —hija del cínico maquiavelismo de Hitler— esconde también uno de los secretos de este período, definido sustancialmente por sus contradicciones íntimas.

Tales son los principales rasgos de la conciencia contemporánea, tal como comienzan a dibujarse en los oscuros y confusos tiempos de la primera posguerra, cuando al silenciarse las armas llegó en lugar de una alborada de paz un rojizo crepúsculo lleno de amenazas, de cuyas sombras comenzaron a surgir voces casi inhumanas y sentimientos casi inhumanos.

El crepúsculo fue largo, y cuando surgió el nuevo día, las voces y los sentimientos que se anunciaban desde las sombras dominaron bajo la escasa luz de un cielo oscurecido. En esa atmósfera nació lo que hoy podemos llamar la conciencia contemporánea. Hay en ella un extraño rictus que a veces parece de miedo y a veces parece de odio. Pero como arraiga muy hondo en el tiempo, no todo en su expresión actual corresponde exactamente a sus secretos rincones. Algo nos dice hoy que sus músculos han comenzado a distenderse, que en ocasiones el rictus se trueca en sonrisa, y que entre los gemidos suenan algunas veces clamores de esperanzada alegría.

La conciencia contemporánea se ajusta a un mundo en crisis, a un mundo en el que se opera una mutación radical. Ni puede ser diáfana ni puede ser estilizada. Pero parece poseer el temblor que caracteriza el rapto creador, y eso ha de salvarla; porque sólo por excepción la creación es maléfica, y aun entonces suele ofrecer de su propia entraña la fibra catártica. Acaso esté ya robustecida y tonificada, y presida el armonioso latir de la creación renovada de nuestro tiempo.

NOTAS

2. Entre los autores que no cito figuro yo mismo. Pero me salvo del olvido pensando que quien se interese por los puntos de vista que expongo en este ensayo puede encontrarlos más ampliamente desarrollados en mi libro El ciclo de la Revolución contemporánea, Buenos Aires, Argos, 1948.

3. “Hamlet no sabe bien qué hacer con todos esos cráneos. ¡Pero si los abandona!… ¿Va a dejar de ser el mismo? Su espíritu atrozmente lúcido contempla el tránsito de la guerra a la paz. Este tránsito es más oscuro que el tránsito de la paz a la guerra; todos los pueblos se sienten turbados. ¿Y yo, se dice, yo, el intelectual europeo, en qué voy a convertirme? ¿Y qué es la paz? La paz es, acaso, el estado de cosas en que la hostilidad natural de los hombres se manifiesta en creaciones, en lugar de traducirse por destrucciones como ocurre en la guerra. Es el momento de una concurrencia creadora, y de la lucha de las producciones. Pero yo ¿no estoy fatigado de producir? ¿No he agotado el deseo de las tentativas extremas y no he abusado de las mezclas sapientes? ¿Es preciso dejar a un lado mis deberes difíciles y mis ambiciones trascendentes? ¿Debo seguir el impulso y proceder como Polonio, que dirige ahora un gran periódico? ¿Como Laertes, que trabaja en la aviación? ¿Como Rosencrantz, que se ocupa en no sé qué cosas bajo nombre ruso? ¡Adiós, fantasmas!, el mundo no tiene ya necesidad de ti, ni de mí. El mundo, que bautiza con el nombre de progreso su tendencia a una precisión fatal, trata de unir los beneficios de la vida con las ventajas de la muerte. Cierta confusión reina todavía, pero esperemos un poco y todo se aclarará; veremos por fin aparecer el milagro de una sociedad animal, un perfecto y definitivo hormiguero”. Valéry, “La crisis del espíritu”, en Política del espíritu, Buenos Aires, Losada, 1940, págs. 31-32.

4. Paul Valéry, Política del espíritu, pág. 67.

5. José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1951, págs. 50-51.

6. Jules Romains, en XIV Congreso internacional de los PEN. Clubs, Buenos Aires, 1937, pág. 28.

7. Alfred Weber, Historia de la cultura, México, FCE., 1941, págs. 420 y ss.; Karl Mannheim, Libertad y planificación, México, FCE., 1945, pág. 65; Karl Mannheim, Diagnóstico de nuestro tiempo, México, FCE., 1946, pág. 9; Harold J. Laski, Reflexiones sobre la Revolución de nuestro tiempo, Buenos Aires, abril, 1944, págs. 50 y ss.

8. Alfred Weber, La crisis de la idea moderna del Estado en Europa, Madrid, Revista de Occidente, 1932, Cap. VI, passim.

9. John Reed, Cómo tomaron el poder los bolcheviques. Diez días que conmovieron al mundo. Buenos Aires, Las Grandes Obras, 1934.

10. Bertrand Russell, The practice and theory of bolshevism, Londres, 1921.

11. Edouard Herriot, La Russie nouvelle, París, 1923; Anatole de Monzie, Du Kremlim à Luxembourg, París, 1924; Herbert G. Wells, The world of William Clissol, Londres, 1926.

12. Waldo Frank, Aurora rusa. Bilbao, Espasa, 1933.

13. Francisco Cambó, En torno al fascismo italiano, Madrid, 1924; W. Manhardt, Der faschismus, Munich, 1925; E. von Beckerath, Wesen und werden des faschistischen Staates, Berlín, 1927.

14. Oswald Spengler, El hombre y la técnica, Madrid, Revista de Occidente, 1933, Cap. V, passim.

15. Paul Valéry, Regards sur le monde actuel, París, Stock, 1931, págs. 35-36 y 39-43; Id., La crisis del espíritu, págs. 34-35 y 39-40; Alfred Weber, Historia de la cultura, págs. 424 y ss.

16. Winston S. Churchill, Las consecuencias, 1928, cf. Se cierne la tormenta, Buenos Aires, Peuser, 1950, págs. 47 y ss.

17. Paul Valéry, La crisis del espíritu, págs. 26-27.

18. Oswald Spengler, El hombre y la técnica, págs. 84-85.

19. José Ortega y Gasset, “El sentido histórico de la teoría de Einstein”, en El tema de nuestro tiempo, Madrid, Espasa, 1923.

20. José Ortega y Gasset, El tema de nuestro tiempo, , Cap. XI, pág. 52.

21. Benedetto Croce, Historia de Europa en el siglo XIX, Buenos Aires, Imán, 1950, págs. 369-370.

22. José Ortega y Gasset, Prólogo a la “Biblioteca de ideas del siglo XX”, en el tomo I de Spengler, La decadencia de Occidente, Espasa-Calpe, Madrid.

23. José Ortega y Gasset, El tema de nuestro tiempo, Cap. III, In fine; y El ocaso de las revoluciones.

24. Paul Valéry, La crisis del espíritu, pág. 28.

25. Paul Valéry, La crisis del espíritu, págs. 32-33.

26. Véase especialmente, Regard sur le monde actual, páginas 210-211.

27. Antonio Machado, Juan de Mairena, Buenos Aires, Losada, 1942, I, pág. 78.

28. León Daudet, Le stupide XIX siècle, París, Grasset, 1921.

29. Paul Valéry, La crisis del espíritu, págs. 28-29.

30. H. G. Wells, El nuevo orden del mundo, Buenos Aires, Claridad, 1940, págs. 20-21.

31. José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, pág. 57.

32. Lenin, El Estado y la Revolución, Post-Scriptum del 30 de noviembre de 1917.

33. Oswald Spengler, La decadencia de Occidente, Prólogo a la primera edición alemana.

34. Film de 1926.

35. Oswald Spengler, La decadencia de Occidente, Introducción, parágrafo 15.

36. Paul Valéry, La crisis del espíritu, pág. 33.

37. Paul Valéry, Conferencia de Zurich del 15 de noviembre de 1922, en Política del espíritu, Buenos Aires, Losada, 1940, págs. 43 y ss.

38. Paul Valéry, Política del espíritu, págs. 70 y ss.

39. Franz Werfel, El alma humana y el realismo. En Lu, París y trad. esp. en Contemporáneos, Revista Mexicana de Cultura, N° 38-39, julio-agosto 1931, México.

40. Karl Jaspers, Atmósfera espiritual de nuestro tiempo, Barcelona 1933, Labor.

41. José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, pág. 54.

42. José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, pág. 61.

43. Eduard Spranger, Die Kulturzyklentheorie und das Problem des Kulturverfalls, 1926; hay traducción española en Spranger, Ensayos sobre la cultura, Buenos Aires, Argos, 1947.

44. Eduard Spranger, Ensayos sobre la cultura, pág. 136.

45. Eduard Spranger, Ensayos sobre la cultura, pág. 137.

46. Eduard Spranger, Ensayos sobre la cultura, pág. 143.

47. Joseph Caillaux, Mes prisons, París, 1921, págs. 50-63.

48. G. Bruun, Clemenceau, Buenos Aires, Ayacucho, 1946, pág. 148.

49. Romain Rolland, Clerambault, París.

50. W. Churchill, Se cierne la tormenta, Buenos Aires, Peuser, 1950, pág. 17.

51. Fritz Thyssen, Yo pagué a Hitler, Buenos Aires, 1945, pág. 68.

52. Fritz Thyssen, loc. cit.

53. José Ortega y Gasset, El tema de nuestro tiempo, págs. 73-74.

54. Emil Ludwig, Coloquios con Mussolini, Buenos Aires, 1932, pág. 82.

55. Emil Ludwig, Coloquios con Mussolini, pág. 105.

56. Paul Valéry, Regards sur le monde actuel, pág. 45.

57. Paul Valéry, Regards sur le monde actuel, págs. 50 y 66-67.

58. Paul Valéry, La crisis del espíritu, pág. 33.

59. Paul Valéry, Regards sur le monde actuel, págs. 41 y ss.

60. Max Scheler, Sociología del saber. Cf. La guerra mundial y la cultura del saber. Necesidades europeas .

61. Oswald Spengler, La decadencia de Occidente, Introducción, parágrafo 14.

62. Paul Valéry, Política del espíritu, pág. 73.

63. Paul Valéry, Regards sur le monde actuel, pág. 181.

64. Véase Francisco Romero, “Dos concepciones de la realidad”, en Filosofía contemporánea, Buenos Aires, Losada, 1941, págs. 57 y siguientes.

65. Adolf Hitler, Mi lucha, Buenos Aires, Ediciones Modernas Luz, 1933, parte segunda, cap. II.

66. Citado por Julien Benda, El triunfo de la literatura pura, Buenos Aires, Argos, 1948, pág. 247.

67. Julien Benda, ob. cit., págs. 37 y ss.

68. Obsérvese la significación de El gabinete del doctor Caligari de Wiene y compárese la realidad que ofrece con la que caracteriza la creación novelística de Kafka.

69. Emil Ludwig, Coloquios con Mussolini, pág. 114.

70. Martin Buber, ¿Qué es el hombre?, México, Fondo de Cultura Económica, 1949, pág. 84.

71. Max Scheler, El puesto del hombre en el cosmos, Buenos Aires, Losada, 1938, págs. 30-31.

72. Emil Ludwig, Coloquios con Mussolini, pág. 68.

73. Julien Benda, El triunfo de la literatura pura, pág. 95.

74. Franz Werfel, El alma humana y el realismo, ya citado.

75. Oswald Spengler, La decadencia de Occidente, primera parte, capítulo III, B.

76. José Ortega y Gasset, El origen deportivo del Estado (1926), luego recogido en El espectador, VII, Madrid, Revista de Occidente, 1929.

77. Julien Benda, El triunfo de la literatura pura, págs. 227-228.

78. Julien Benda, El triunfo de la literatura pura, pág. 136.

79. Citado por Benda, op. cit., pág. 227.

80. John Hayward, “Estado actual de las letras inglesas”, en Sur, N° 153-6, págs. 51 y ss.

81. José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, pág. 90.

82. Citado por Benda, op cit., pág. 33.

83. Kahler, Erich, Historia universal del hombre, México, Fondo de Cultura Económica, págs. 505 y siguientes.

84. Emil Ludwig, op. cit., pág. 70.

85. Adolf Hitler, Mi lucha,, págs. 202-3.

86. Citado por José Carlos Mariátegui, La escena contemporánea, Lima, Minerva, 1925, págs. 40-41.

87. Adolf Hitler, op. cit., pág. 166.

88. Emil Ludwig, op. cit., pág. 102.

89. Id. pág. 66.

90. Carl Schmitt, Die geistesgeschichtliche Lage des Heutigen Parlamentarismus, Munich, 1923 y Die Diktatur, Leipzig, 1927.

91. Págs. 179-180.

92. Daudet, Léon, Le stupide XIX siècle, pág. 73.

93. Adolf Hitler, op. cit., pág. 33.

94. Id. pág. 97.

95. Id. pág. 157.

96. Paul Valéry, Regards sur le monde actuel, pág. 98.

97. Pierre Drieu La Rochelle, “Conferencias en Buenos Aires”, cf. La Nación, junio 1932.

*[“Introducción al mundo actual” y “La formación de la conciencia contemporánea” fueron escritos hacia 1953, e incluidos

Mitre, un historiador frente al destino nacional. 1943

No podría ser sino ardua y provisoria la labor de quien emprenda reducir a un sistema claro y coherente la multiplicidad de rasgos con que se proyecta sobre la vida histórica un espíritu poderoso y creador. Parecería como si de cada una de las potencias que residen en él se originara una forma peculiar de expresión, susceptible de manifestarse con plena autonomía; y como en el juego de sus interacciones con la Realidad la originaria nitidez de su trazo suele desvanecerse y confundirse, quien quiera percibir su sentido deberá perseguir su huella sin perder de vista aquel núcleo común del que se irradia la inspiración genuina; porque nada hay tan antihistórico como persistir en la parcelación analítica de lo que no es sino unidad radical y constitutiva.

Cuando el significado peculiar de cada una de aquellas proyecciones de un espíritu creador comienza a ser entrevisto apenas, acaso sea ya tiempo de remontar su curso hacia la fuente inspiradora, aunque sea para tornar —una y muchas veces— a perseguir su irradiación; porque el examen de la totalidad aclarará cada vez más el sentido de cada rasgo y podrá volverse al análisis seguro de descubrir en los signos del paso de una vida el latido de la existencia misma. Por ese reiterado discurrir por los senderos trazados por un espíritu creador, pero mucho más aún por esos retornos sucesivos al núcleo común de donde nace, viva y cálida, su inspiración creadora, le es dado al historiador fijar una imagen de un hombre, quizá de manera nunca definitiva, pero sí cada vez más precisa, más próxima a su esencia profunda, más fiel a su fisonomía humana, una imagen, en fin, que nos devuelva al hombre, descarnado en perfil inhumano por la sombra del mito.

He aquí el punto de partida de estas reflexiones sobre Bartolomé Mitre, en coincidencia con su propia concepción del análisis del valor de una figura singular. En el intento de esclarecer la significación de su obra como historiador de nuestro Pasado nacional y de encuadrar su pensamiento dentro del marco de las ideas argentinas en la segunda mitad del siglo XIX, el observador que persigue las huellas de su meditación y sabe remontar su curso hacia la fuente en la que se nutre su labor advierte que en ese núcleo de su conciencia coexisten, en indisoluble comunidad, los gérmenes de la actitud del historiador y de la actitud del político, solo diversificadas en sus proyecciones y en su desarrollo. Una misma preocupación, un mismo enfoque de la Realidad, una misma solución postulada para los interrogantes que conmueven su ánimo emanan de esa fuente viva. Su pensamiento conducirá su acción, y, como en su héroe predilecto, una sola idea condensará su vida.

Si la victoria de Caseros pareció resolver el problema fundamental del momento, muy pronto advirtió Mitre, ante las disidencias de Buenos Aires con el general vencedor, que la Crisis de la organización nacional no era una mera cuestión de hecho. La Crisis se reveló en toda su magnitud con la secesión de Buenos Aires y la organización del resto del país bajo una constitución que, en sus líneas generales, coincidía con sus aspiraciones. Desde entonces la situación lo llama a un perpetuo examen de la Realidad, y de él surgirá en su ánimo un sistema de ideas compacto y coherente, preciso y práctico, férreamente arraigado, fervorosamente sostenido, y que en el futuro habrá de guiar su pensamiento y su conducta.

Desde entonces coexistirán en él indisolublemente amalgamadas, como las dos caras de una moneda, las actitudes del historiador y del político. Cada etapa de su acción pública corresponderá a una etapa de su meditación histórica y lo que postule para el futuro estará encadenado en la línea de ese desarrollo coherente que descubre en el Pasado de su país. El ajuste es exacto porque está cuidadosamente establecido, y en la labor del reflexivo y en la del hombre de acción brillan la misma seriedad ante la vida, la misma responsable ecuanimidad, la misma vigorosa mesura para defender lo que hay de vivo en el Pasado y para sacudir y aventar las cenizas de lo que en él es muerto. Hay una grandeza singular en su prudencia y un heroico ascetismo en su temeridad.

El hombre se conocerá por sus obras. Su pensamiento de historiador genuino está implícito —y a veces expreso— en su labor como tal, en sus historias de Belgrano y de San Martín, pero también en las páginas dispersas de sus artículos periodísticos, en sus discursos de circunstancias, en sus esquemas de trabajos históricos que no llegó a realizar, pero que contienen en potencia —como el magnífico discurso sobre Rivadavia— cuadros de época de la magnitud de aquellos que han hecho su prestigio. En todos ellos, como obedeciendo a su motivación interior, el Pasado desemboca en el presente y le señala posibilidades y caminos: él había encontrado por esa vía el suyo. Por eso, más allá de cuántas rectificaciones puedan hacerse a su investigación de detalle, más allá de cuánto sea necesario corregir en su esquema de nuestro Pasado, Mitre constituye, definitivamente, un clásico; porque si hay clásicos en la ciencia histórica, su perfección consistirá, precisamente, en este ajuste entre el Pasado y el presente que Mitre alcanza con penetración singular: la historia se hizo con él conciencia histórica, firme y segura.

Historiografía y Crisis

En la interacción de los distintos elementos y de los distintos planos en que la vida histórico-social se manifiesta reside una secreta relación de fuerzas que determina un juego de equilibrio y de desequilibrio en el que se descubre el nudo de la historia. Las grandes y las pequeñas Crisis constituyen los momentos de disgregación de los elementos, cuando cada uno se manifiesta con la totalidad de sus fuerzas exigiendo un nuevo ajuste en el que se le conceda un nuevo papel; son impulsos que despiertan, tendencias que se afirman, ideas que se expresan, intereses que se evidencian, hombres o grupos que adquieren conciencia de su significado y de sus posibilidades; todo ello encuentra frente a sí términos homólogos o estructuras constituidas que se resisten, y la lucha —sorda o violenta— resulta inevitable. Hasta entonces un cierto esquema reconocido jerarquizaba la posición de cada uno, de los hombres y de los grupos, de las ideas, de los intereses, de los impulsos y tendencias: pero aun mientras tenía vigencia ese principio de equilibrio, cada uno de esos elementos históricos desarrollaba un Proceso interno que lo fortalecía o lo debilitaba; y en un momento dado, o por un juego regular de las fuerzas o por un mero azar, uno de ellos se insubordina y declara caduco el esquema jerárquico. He aquí una Crisis; lo que antes parecía un orden constituido y estable se enmaraña diabólicamente y el principio de ordenación que debe restablecer el equilibrio de las fuerzas se oculta de modo pertinaz; la forma más elemental y más peligrosa de ceguera histórica es la del que persiste en realizar el ajuste de los elementos desencadenados, según el viejo esquema; la clarividencia es, por el contrario, la indagación —o a veces la intuición genial— de los principios directores de un equilibrio que comprenda los elementos que una nueva Realidad impone. Toda Crisis se manifiesta, pues, como un complejo haz de interrogantes sobre la validez de lo que existe y sobre el derecho y la fuerza de lo que ha surgido, sobre la validez de la vieja Estructura y sobre las líneas directoras de la nueva.

Frente a una Crisis, la tendencia del espíritu reflexivo ha de ser, pues, hallar respuesta a los interrogantes decisivos; y de ese afán por descubrir el secreto de la trayectoria de cada uno de los elementos en pugna ha de nacer, para el espíritu reflexivo, una preocupación de tipo histórico manifestada como un anhelo de reconstruir la línea de coherencia que subyace en el decurso del grupo en el que la Crisis se opera. En esta línea de coherencia, en efecto, y acaso solo en ella, puesto que la vida social no tiene más Realidad que su Pasado, se oculta la pauta que pueda servir para definir una posición frente a una Crisis: para destruir o para crear, para mantener o para aniquilar lo existente, en todo caso, para comprender la naturaleza del Proceso desencadenado y para postular y realizar una solución que se apoye en un examen y no en una mera negación o desconocimiento de los elementos en juego.

A esta tendencia espontánea de la naturaleza espiritual del hombre es a la que se debe la significativa correspondencia que puede observarse entre las grandes Crisis y las grandes creaciones historiográficas, cuyo planteo corresponde al ámbito en el que la Crisis se manifiesta o a aquel en el que la conciencia histórica lo percibe. Así se explica la significación, circunscripta y universal a un tiempo, de la concepción de la vida histórica que palpita en Heródoto o en Tucídides, en Polibio o en San Agustín, en Maquiavelo o en Commines, en Michelet o en Marx; a cada una de ellas corresponde una cierta intelección del Pasado, dentro de cuyos supuestos esenciales se mantenía su ámbito histórico hasta que la Realidad trajo a primer plano un nuevo elemento social o ideológico, cuyo potencial de fuerza histórica era necesario estructurar en un nuevo planteo, acaso perfectible, pero satisfactorio para la urgencia inmediata de comprender el significado del presente; y aquella conceptuación del Pasado proporcionó el cañamazo en cuya trama encontraba la situación presente una raíz comprensible, cristalizando así el mero saber en una conciencia histórica susceptible de proyectarse sobre la conducta.

Acaso sea este punto de vista el que nos permita ubicar con justeza y atendiendo a sus motivaciones profundas la labor de Mitre como historiador. No es un hecho ignorado ese resurgimiento de los estudios históricos que se produjo en Buenos Aires en los días que siguieron a la caída de Rosas. En las publicaciones periódicas, en libros y folletos, los hombres de la minoría culta de la ciudad liberada dejaron el testimonio de su preocupación por el Pasado; pero si en los inventarios de la labor intelectual de esa época ha sido señalado el hecho, parece haber escapado a la penetración de quienes lo documentan su significado peculiar.

Es sugestiva la circunstancia de que la preocupación de los hombres de pensamiento que reflexionaron en el destierro sobre las cosas argentinas haya sido preferentemente de matiz sociológico: bastarían los nombres de Echeverría, de Alberdi o de Sarmiento para atestiguarlo; no es arbitraria, sin embargo; para la generación de los proscriptos resultaba inoperante toda reflexión sobre el futuro, porque el presente constituía una forma compacta que no tenía más solución que la fuerza, y no eran ellos quienes se sentían con la capacidad para la iniciativa; entretanto, el presente de la patria incitaba a meditar sobre su naturaleza, a analizar el secreto de su estabilidad, oculto en la peculiaridad de los elementos sociales y todo lo más a postular, para un futuro colocado fuera del tiempo, un sistema ideal de convivencia.

Fue la acción de Urquiza lo que modificó sustancialmente el panorama; quienes se encontraron, al día siguiente de Caseros, elevados a la situación de conductores del destino nacional; quienes tuvieron entonces conciencia de que el país esperaba de su acción el delineamiento de su destino y percibieron de inmediato el juego de fuerzas con que era necesario contar debieron renunciar a la ilusión de establecer sistemas ideales preconcebidos y aun al ejercicio del mero análisis de la naturaleza de los elementos considerados estáticamente. Para ellos el imperativo fue la acción y la acción planteaba interrogantes decisivos, cuya elucidación conducía al examen del sentido de la marcha del cuerpo social, de las tendencias manifestadas en el decurso histórico, de las raíces de aquellos elementos que ahora adquirían significación preponderante. Así, para quienes adquirieron la responsabilidad de la construcción del país, la preocupación fundamental fue reconstituir la línea de coherencia de nuestro Pasado, proporcionar una conciencia clara del presente y fundamentar en una clara conceptuación de las ideas que informaban el desarrollo histórico una política postulada para el futuro. He aquí, a mi juicio, la posición de Mitre historiador.

La Crisis de 1852

Aun sin ningún trabajo sistemático sobre este período, Mitre es, a mi juicio, el historiador del ’52. Lo que llamo “la Crisis de 1852″ no se advirtió al día siguiente de Caseros; bajo la autoridad del dictador, el país parecía una unidad compacta y así lo consideraron los hombres que lo reconquistaron por las armas; pero el general vencedor traía consigo el ideario que le proporcionaba su tradición federalista y provinciana, y muy pronto se vio que el problema de la organización del país unificado, suscitado por la conducta de Buenos Aíres y por el odio que el interior manifestó contra ella, estaba entonces en pie y era necesario resolverlo sin caer de nuevo en el error de la antinomia irreductible de los unitarios y los federales; el problema era, pues, sustantivo, y no era el resultado ni de una política torpe de la capital ni de una ambición arbitraria de los caudillos; obedecía a causas profundas y constitutivas, y eran ellas las que se manifestaban en la conducta de una y otros. Pero las formas cubrieron las realidades y el cintillo rojo de Urquiza pareció más importante, por ejemplo, que el problema de los derechos aduaneros, y en Buenos Aires, mientras se resucitaba el viejo clamor contra la barbarie, que inducía al separatismo del litoral, se atestiguaba con los hechos la sustantividad del problema, provocando la secesión de la Capital.

Pero tras la secesión vino la sorpresa. Excluida Buenos Aires por su propia voluntad, el resto del país demostró su cordura organizándose constitucionalmente en Santa Fe; y frente a los hechos consumados la magnitud de la catástrofe a que conducía la persistencia de esquemas ya caducos se hizo evidente a los espíritus más sagaces. En la minoría porteña, en efecto, se produjo un despertar de la conciencia histórica manifestado en el afán por esclarecer el verdadero curso de los acontecimientos que conducía a esta Realidad; muchos estudiaron en viejos papeles y en infolios amarillentos; Mitre planteó en términos estrictos la cuestión que era necesario dilucidar mediante el examen del Pasado: ¿existía la nación? Y si existía, ¿cómo organizar sus elementos sociales dentro de un esquema de derecho? ¿Qué principios políticos eran los que constituían su tradición y coincidían con su modalidad? Es notorio que son estos interrogantes los que conducirán más adelante su reflexión histórica.

La Crisis era honda y su solución difícil. Su significado se manifestó con claridad a los ojos de los hombres del ’52, y acaso a Mitre como a ninguno; la rígida antinomia de unitarios y federales cerraba toda vía de explicación —aun conteniéndolas todas en sí— por el cúmulo de pasiones que perduraban adheridas a cada nombre; pero los idearios que entrañaban una y otra carecían ya de su antigua significación y era necesario liberarse de ese falso punto de partida; correspondían a otra Realidad y conservaban una partícula de su significación, pero sus contenidos podían disolverse y podía ser planteado el problema de la nación sin abandonar la consideración de las tendencias que ellas implicaban, pero sistematizándolas en otras líneas de desarrollo; para eso era necesario remontar el curso del Pasado y filiar su origen, sopesar su significado, conceder lo que legítimamente correspondía y ajustar las tradiciones a la situación real: era una tarea gigantesca que entrañaba nada menos que toda una conceptuación del origen del sentimiento nacional y de los idearios predominantes.

Estos dos problemas hundían sus raíces en el Pasado colonial, en el Proceso de la revolución, en el desencadenamiento de la hostilidad entre Buenos Aires y el interior, en el azar de los sucesos que condujeron a la dictadura, en el sentido de la dictadura misma; su interpretación debía apoyarse en la diversidad de los elementos reales que componían la Estructura profunda de esa superestructura jurídica que era la nación: el territorio de desiguales posibilidades, la población diferenciada, los ideales contrapuestos; sobre esa diversidad, el virreinato, mero esquema administrativo, había creado una unidad de hecho que no podía valer sino en la medida en que carecieran de conciencia política los elementos que lo integraban; y la revolución porteña había querido conservar esa Estructura, que beneficiaba los intereses y coincidía con los ideales de Buenos Aires; pero la revolución triunfó porque el resto de los elementos sociales respondió al llamado de Buenos Aires y despertó a la conciencia pública; y en un plano de libertad política, esos nuevos núcleos requirieron un nuevo ajuste para constituir la nación sobre nuevas bases.

La minoría porteña ofrecía al anhelo común de unificación un cuerpo compacto de soluciones, de fuertes raíces teóricas, pero elaborado sobre la base de un esquema en el que la nación, como tal, se manifestaba inexistente; pero el inesperado despertar de la conciencia política en el resto del área virreinal —la gran conquista de la revolución— debía ser fatal para aquel ideario, y como Buenos Aires no quiso —o no pudo— replantear sus soluciones sobre nuevos puntos de partida, todo acuerdo pareció entonces imposible.

La Crisis que resultaba de este choque de situaciones recibió una primera solución de derecho en los intentos relativamente logrados del decenio que transcurre entre 1810 y 1820; pero los obstáculos fueron surgiendo poco a poco, en el Paraguay primero, en la Banda Oriental y en el litoral argentino luego. Entonces comenzó a dibujarse una solución de hecho que pronto encontraría ejecución: fue la que surgió del Tratado del Pilar, por el que Buenos Aires admitía la existencia de una Realidad que hasta entonces se había negado a reconocer.

Pero Buenos Aires no cejaba en su intento de imponer un cuerpo sistemático de ideas y una forma orgánica de estructuración política, y con Rivadavia ofreció una segunda solución de derecho; pero, fracasada por segunda vez, correspondió a la nueva impasse una nueva solución de hecho, no por brutal menos explicable; Rosas, en efecto, apoyado por una Buenos Aires rural, que se ocultaba tras la Buenos Aires de las minorías cultas, consiguió imponer con su supremacía un principio de unión nacional.

En el destierro, las minorías ilustradas prosiguieron elaborando las soluciones de derecho que podía recibir la situación del país y, entretanto, Urquiza llevó a término la liberación de la dictadura, creando una nueva solución de hecho, que ofrecía, al mismo tiempo, la posibilidad de una organización jurídica. Entonces fue cuando se evidenció que la Crisis era profunda y sustantiva. Frente al general vencedor, en el que era posible ver el rostro de una tradición federal y provincialista, algunos de los grupos que se habían constituido alrededor del ideario unitario opusieron una confusa resistencia; la caduca antinomia pareció revivir y las mentes parecieron obnubilarse, y la fusión realizada por Rosas entre las nociones de federalismo y dictadura gravitó con una persistencia trágica aun sobre los espíritus más esclarecidos.

El 11 de septiembre Buenos Aires consumó su escisión de Urquiza y con él del resto del país; en los espíritus más apasionados, pero, sobre todo, más típicamente ahistóricos, volvió a surgir la convicción de que solo cabía una solución en la que la supremacía de Buenos Aires se afirmara de modo total, como si nada hubiera ocurrido en el curso de los cuarenta años transcurridos desde la revolución; afortunadamente, alguien descubrió que esa solución implicaba un monstruoso simplismo, un simplismo suicida por antihistórico y antipolítico; alguien, en efecto, descubrió que la Realidad ofrecía una novedad fundamental, que consistía en el acceso a un primer plano de fuerzas sociales y económicas que antes no se dibujaban con nitidez en la escena histórica; alguien descubrió, en fin, que no era casual el hecho de que, tras la secesión porteña, el resto del país se hubiera organizado constitucionalmente y que la Crisis que ahora provocaba Buenos Aires exigía un nuevo planteo de los puntos de partida para la comprensión de la Realidad.

Mitre: el historiador y el político

Acaso quien acababa de ver con claridad en aquella densa maraña de las cosas hubiera podido limitarse a la mera reflexión sobre los hechos y a imponer sus puntos de vista solo tras el largo andar de los años; por el contrario, supo discriminar el eslabonamiento del Pasado histórico y medir en toda su trascendencia el paso que daba Buenos Aires, así como la magnitud de las consecuencias que podían sobrevenir si se empecinaba en la actitud adoptada; era, a un tiempo mismo y fundido en una rigurosa unidad de espíritu, un historiador y un político, y su reflexión histórica era como una pausa en el camino de su acción, así como, de inverso modo, era su acción como una proyección de sus concepciones históricas. Este historiador-político creía en la nación y creía ver en la nebulosa del Pasado argentino el hilo conductor de ese Proceso por el cual la nación se delineaba, sus signos inequívocos, su arquitectura, secretamente determinante de las formas circunstanciales que adoptaba el cuerpo social. Era un reflexivo y un hombre de acción, modalidades ambas que no es imprescindible suponer antinómicas; tenía la mente clara y una voluntad poderosa que sabía poner al servicio de sus convicciones: tal era la fuerte figura de Mitre.

Esta mezcla sutil de acción y pensamiento, esta agitada interacción entre ambas proyecciones del espíritu, se había manifestado en Mitre desde su juventud. Ya en Montevideo, mientras luchaba contra Echagüe o mientras defendía la ciudad en el sitio largo, expresaba su vocación literaria en el verso de cálida entonación romántica, en el drama o en el artículo periodístico, y las páginas del Iniciador o las de El Nacional veían desde 1839 colaboraciones de su pluma. [1] Lector infatigable y observador apasionado de la Realidad, comenzaba a manifestarse ya entonces en él una viva vocación hacia los temas de la historia, cuyo primer signo hubo de ser la biografía de Artigas, acaso inspirada, como el resto de su labor de historiador, por el deseo de explicarse por esa vía retrospectiva la situación presente. [2] Y entreveradas en su espíritu subsistieron las preocupaciones del lector, del reflexivo, del observador, en íntima correspondencia con las del hombre de vigilante militancia, durante la azarosa época de su deambular de proscripto por Chile, por Perú o por Bolivia, y en todas partes el fervor de comprender lo que vivía y el curso de las cosas de América era para él estímulo para aguzar la comprensión y descubrir en el Pasado las raíces de la Realidad inmediata.

Fue la Realidad, en efecto, lo que lo devolvió al escenario de su patria después del pronunciamiento de Urquiza. Desde entonces comienza para Mitre una nueva etapa de su existencia; tras combatir con las armas por la libertad, se encuentra exaltado por las circunstancias a posiciones directivas, en momentos en que nuevas dificultades surgen para la consolidación de la paz interior. Para entonces, sin embargo, sus convicciones están fijadas: es, como será siempre, el campeón de la integridad de la nación; defenderá los derechos de Buenos Aires, pero oponiéndose a ahondar el abismo que separa a la provincia del resto del país, por el cual ha luchado y que siente como su verdadera patria. Y en la Asamblea General Constituyente del Estado de Buenos Aires, en 1854, sienta la tesis de la “preexistencia de la nación”, [3] de la unidad constitutiva e indiscutible del país, de la existencia de una patria común de los argentinos, que las pasiones incitan a olvidar, pero que él siente como una convicción profunda; y esta convicción constituye la llave maestra para defender su conducta pública, su labor de político y de estadista y, sobre todo, su concepción de historiador.

Es indudable que su planteo del problema llamó a la reflexión a muchos espíritus de Buenos Aires; y es indudable que el afán de establecer la filiación histórica de este sentimiento nacional, de este principio de existencia de la comunidad argentina, previo a todo regionalismo separatista, inspiró ya entre 1858 y 1859 sus dos primeras ediciones de la biografía de Belgrano, en la que comenzaba declarando que el curso de la existencia de su personaje se confundía con el Proceso de formación de la idea de independencia del pueblo argentino desde sus orígenes, en las postrimerías del siglo XVIII. [4] Así lo reconoció también Sarmiento en el Corolario que hizo a aquella edición, señalando su trascendencia contemporánea y destacando en qué medida había de llenar el vacío que para la estructuración de una conciencia nacional significaba la ausencia de una historia de la República. [5]

Cuando su tesis hubo triunfado y el Estado de Buenos Aires se incorporó a la nación, Mitre ejerció la presidencia de la República y debió asumir el mando de los ejércitos de la Triple Alianza contra el dictador López. Entretanto, en medio de las múltiples dificultades del gobierno interior, y cuando el mecanismo diplomático trabajaba afiebradamente en la organización de la alianza con el Brasil y el Uruguay, ante la inminencia de la agresión paraguaya, Mitre debió bajar a la liza de la polémica científica, promovida en aquella ocasión por Dalmacio Vélez Sarsfield, como si el azar quisiera demostrar hasta la evidencia la radical unidad con que coexistían en su espíritu las preocupaciones del hombre de acción y las del hombre de reflexión seria y metódica. [6] Y cuando abandonó la Presidencia y se entregó a las labores periodísticas en La Nación, que fundara en 1870, pareció como si su acción debiera tomar, definitivamente, las formas de la lucha intelectual manifestada en la defensa de sus convicciones democráticas y liberales y en su fundamentación histórica.

No debía ser así, sin embargo. Un nuevo período parece abrirse entonces en su vida. Ha logrado ver constituida la Nación, y quiere ahora verla perfeccionar su vida cívica; y cuando la palabra del periodista no basta, no vacilará en recurrir a las armas, llamado por sus conciudadanos en 1874. Entonces sostendrá sus convicciones de demócrata y de liberal en el campo de batalla; sostiene que existe un derecho a la revolución, más aún, un deber de rebelarse violentamente ante la conculcación de los principios, y confía en que su nombre dé al movimiento una trascendencia nacional en pro de la lignificación de un pueblo libre. [7] Y cuando vuelve del destierro a que lo condenó la derrota, y mientras se agita el problema de la pacificación de la nación consumida por las luchas interiores, encuentra Mitre el reposo necesario para preparar una nueva edición de su Historia de Belgrano, perfeccionada y completada, así como para polemizar, luego de aparecida en 1876-1877, acerca de la doctrina y de las afirmaciones contenidas en ella, con Vicente Fidel López, y para dar finalmente término a su Historia de San Martín, pacientemente documentada y cuidadosamente construida. Y cuando se halla en esa tarea, otra vez oye la voz de la conciencia cívica y otra vez acude a su clamor, y otra vez sale a la calle para llamar a la ciudadanía a sus deberes, con el ardor del joven —él, que estaba próximo a cumplir los 70 años—, con la humildad del ciudadano más oscuro —él, que había puesto con sus manos las piedras angulares del edificio de la Nación—, con la inalterable convicción del demócrata —él, que veía frustrados sus anhelos cada día—. “La juventud argentina —dice a los jóvenes de la Unión Cívica— [8] se encuentra en el límite que separa la vida caduca de la vida nueva, y está en el deber de marcar en este punto su paso.” Parecería como si él, que había observado el tránsito de la primera a la segunda Argentina, hubiera percibido aquel día que una nueva etapa comenzaba.

Poco después su existencia pública debía cambiar de fisonomía; Mitre era el hombre de Buenos Aires y el patriarca de la nación, y su palabra adquiría con los años una extraña resonancia, en la que algo parecía indicar que hablaba por su boca una lejana y misteriosa sabiduría, por eso fue escuchado; inspiró a muchos núcleos dirigentes e influyó vigorosamente sobre la opinión pública, que vio en él ejemplo de virtud ciudadana y de saber maduro; por eso murió un día —un día memorable por la profundidad del duelo público— como muere un padre amado, cuya voz no se querría dejar de oír y cuya leyenda comienza a enturbiar su historia humana. Tiempo es ya de que volvamos a ver en él —para lección de nuestro tiempo— al luchador de las buenas causas y al arquitecto de una nación que queda todavía sin construir a pesar de la sabiduría con que estaban trazados los planos por su mano.

Escapa a mi propósito el esbozar su fisonomía de político sino en aquellos rasgos en los que se evidencia la estrecha dependencia en que su acción se hallaba con respecto a su concepción del Pasado argentino. Debo, en cambio, puntualizar cuál era su pensamiento sobre la naturaleza de la vida histórico-social y cuál su concepción del conocimiento histórico.

Se manifestaron uno y otra en un sistema estructurado de ideas que se entretejían sobre un cañamazo de sólida Estructura, y al que daba fuerza incontrastable cierto predominio del buen sentido y cierta aptitud innata para la percepción, clara y compleja a un tiempo, de la Realidad inmediata, [9] que parecía tener algo del viejo espíritu romano, tan caro al suyo propio. El recio autodidacto se había formado con las más variadas lecturas, entre las que predominaban, ciertamente, aquellas de los autores fundamentales para un recto conocimiento de la política y de la historia universal, [10] y había aprendido, acaso con la pulcritud del soldado, a ceñirse en el campo del conocimiento al más duro rigor. [11] Con esa capacidad para el aprendizaje, con esa aptitud para la elaboración de las ideas y para su constante confrontación con la Realidad, con esa confianza y ese respeto por la ciencia, [12] con esa seriedad sin concesiones y ese método sin abandonos, se encaminó Bartolomé Mitre por la vía de las investigaciones históricas, a las que lo conducía, sobre todo, un secreto afán por fundamentar sus ideales: el de la nación afirmada y constituida, el de los principios democráticos y liberales. Tenía en la historia una fe segura y robusta, fe en sus enseñanzas, [13] fe en los ideales que enseñaba a amar su recto estudio, [14] y si condenaba la influencia nefasta del traslado de las pasiones políticas contemporáneas al escenario del Pasado, [15] no temía, en cambio, la afirmación de la verdad, aun cuando contrariara sus convicciones, porque sabía que en el alma humana pueden coexistir el error y el acierto, y que es función de la historia la dilucidación de la verdad para que la posteridad ejercite sobre ella el juicio moral y para que surja esclarecida la buena vía para el futuro. [16]

Mitre se encaminó hacia los estudios históricos en un momento en que resurgían en Buenos Aires bajo el signo de la mera búsqueda documental o del ensayo circunscripto, tal como lo entendían Trelles o Quesada. Acaso por esa influencia se manifestó en él cierto notorio interés por la labor de acopio documental y quizás obtuviera en ese período sus conocimientos en materia de técnica erudita; pero bien pronto traspuso esa etapa y se enfrentó con la historia en una actitud de hombre que quiere comprender el destino de la comunidad a la que pertenece. Mitre, en efecto, no ha sido, en rigor, un erudito, sino que ha utilizado la erudición para ponerla al servicio de una gran construcción histórica; aquel antiguo —y seguramente constitutivo en él— sentido del rigor, de la precisión y de la verdad lo incitaba, sin duda, a apoyar documentalmente sus afirmaciones, y bastarían las densas páginas de las Comprobaciones históricas para probarlo. [17] Pero no debe engañarnos el sentido de este libro. Mitre había sido llamado a cuentas, y su propósito era, precisamente, demostrar que sus afirmaciones podían apoyarse firmemente en testimonios suficientes; nada más erróneo que deducir de allí, sin embargo, que en la investigación del hecho quedaba terminada y satisfecha su concepción de la historia. Lo que Mitre buscaba era otra cosa; él mismo se queja de que López lo considerara como un esclavo de los documentos y declara que ha intentado comprender la totalidad del asunto y el significado de cada uno de los elementos que lo componen. [18] Los documentos constituían para él tan solo un instrumento de trabajo, sin el cual toda filosofía de la historia no podía ser sino débil Estructura, pero era necesario que constituyeran un conjunto orgánico, con sentido, o, como él mismo dice, “que presenten los lineamientos generales del gran cuadro que el dibujo y el colorido complementarán sirviendo de comprobación a la idea que sugiera o de él se desprenda, o sea la filosofía que de todo ello se deduzca”. [19] No podía ser de otra manera si se recuerdan las observaciones de Mitre acerca de la carencia de trabajos sobre los que apoyarse en la época en que comenzó él su labor; [20] y no solo debió comprobar la verdad de las afirmaciones que encontraba generalmente aceptadas, sino que tuvo que buscar datos y hechos nuevos y, sobre todo, tratar de establecer las correlaciones y los nexos íntimos, así como el Proceso del desarrollo total de la sociedad argentina. [21]

Pero su preocupación directora no era el hallazgo del documento o su mera publicación o su glosa más o menos erudita, tarea preliminar de la historia, que no podía confundir con la historia misma un hombre de su cultura y de su sentido directo de la Realidad. La historia era para él elaboración y conceptuación, y no podía ser otra cosa para quien era capaz de observar que “la historia de Grecia o la de Roma estaba aún escribiéndose con novedad sin salir de los documentos conocidos”. [22] Era necesario penetrar en la esencia del Proceso histórico para no limitarse a hacer “un perfil recortado con tijera —son sus palabras— [23] en el papel de los documentos”, y para descubrir “el hilo conductor” [24] del Proceso histórico, que permita llegar a lo que él llamaba “la parte abstracta, que es el complemento y la coronación de toda labor histórica”, [25] fórmula con la cual caracteriza lo que poco después llamara la filosofía de la historia.

Mitre no reniega —como se ha dicho alguna vez— de la filosofía de la historia, y aun puede afirmarse que aspiraba a realizarla y quizá que lo logró en cierta medida; da cuenta de esa aspiración cuando declara que su disidencia con López no es de escuela, porque él no podría haberle reprochado las tendencias filosóficas por ser filosóficas, “lo que equivaldría —dice— [26] tanto como reprocharle el ejercicio noble de la razón y el uso de los instrumentos de raciocinio”. Se adhiere a ella, por el contrario, en cuanto constituye una ciencia positiva, rechazando lo que él llama el discurso dogmático de Bossuet o el sueño espiritualista de Herder, y dándole un sentido fuertemente positivista. [27] Mitre rechaza, eso sí, la elaboración discursiva sin fundamentos concretos y sin pruebas documentales —como la rechazaría el mismo Bossuet seguramente, a quien la verdad revelada, en la que creía, lo eximía de toda preocupación crítica—, pero aspira a que su elaboración del Proceso de la sociedad argentina cristalice en una filosofía de la historia porque no hay historiador —nos dice él mismo— [28] que no la tenga. Solo por ella, solo por esa estructuración de que provee al Proceso histórico, solo por esa conceptuación que aclara su significado y su sentido, una historia llega a ser tal, concebida como “un cuadro y una crónica a la vez”, “de la cual se deduzca una ley y se desprenda un ideal” —son sus palabras—, [29] porque el objeto de la historia era para Mitre esencialmente la construcción de un Proceso en el que fuera evidente su sentido, coherente en su desarrollo y capaz de actuar sobre la vida social. [30]

Esta concepción del trabajo historiográfico llevó a Mitre a una compleja labor; sobre la trama de la vida de dos personajes —Belgrano y San Martín— y en cierto modo sobre la de Rivadavia, esbozada en un discurso que yo me atrevería a incluir en el grupo de sus grandes creaciones historiográficas, Mitre se propone reconstruir el Proceso de desenvolvimiento de la sociedad argentina desde los orígenes que él columbra en el período colonial hasta la época inmediatamente anterior a la dictadura. A lo largo de ese período Mitre se esfuerza por discriminar, por una parte, una teoría del desarrollo histórico y del mecanismo sociológico y, por otra, los elementos que le permitan llegar a una conceptuación del Pasado nacional para hacerlo inteligible, primero, para transformarlo en contenido de una conciencia colectiva, después, problema este último de grave urgencia en el instante en que él se vuelve hacia la historia en demanda de una luz para la dirección de la conducta.

Para su primer objetivo, Mitre, que en principio no tiene preocupaciones sociológicas sistemáticas, no parte, en consecuencia, de un esquema preconcebido; sus observaciones son, pues, accidentales, pero su construcción histórica parte de ellas y puede advertirse entonces que si en su exposición no constituyen un sistema, sí lo constituyen en su espíritu; su punto de partida es, en general, de corte positivista, aunque Mitre corrige el esquematismo del sistema con su fina penetración de historiador genuino, incapaz de someter la Realidad viva del Proceso histórico a esquemas demasiado estrechos y predeterminados por una doctrina. Para su conceptuación del Proceso histórico, aunque trabaja bajo la advocación de los grandes historiadores que constituían sus lecturas predilectas, y aun acaso pudiera señalarse como predominante la del propio Guizot, en general, Mitre parte más bien de la situación presente, considerada como desembocadura del Proceso histórico y como conjunto de problemas cuyas raíces hay que escrutar en el Pasado; digamos desde ahora que dos merecieron su particular atención: la conceptuación del Proceso creador de la idea de nación y la conceptuación de las ideologías. Detengámonos un instante en aquel primer objetivo antes de analizar con cuidado estos dos últimos.

En un momento en que las teorías sociológicas y naturalistas procuraban reducir el problema histórico a sus elementos simples y aun transformarlo en la resultante de un principio —raza, territorio, economía—, Mitre se afirma en la convicción de la radical complejidad del fenómeno histórico y de la interacción de los elementos reales e ideales que subyacen en él. La sociedad vive apegada a la tierra y no se desentiende de los intereses que la afectan de manera inmediata, y Mitre señalará cuidadosamente los elementos raciales y económicos que han contribuido, dentro del campo de su estudio, a darle su fisonomía, a provocar su evolución, a desencadenar, finalmente, la Crisis; pero junto a ello señalará también la evolución ideológica, la elaboración de ese tipo que determinados grupos construirán sobre aquella Realidad, sobre su Pasado y sobre su destino futuro, para deducir el juego de fuerzas que gravitan sobre un hecho tan solo de la interacción de estas dos corrientes de motivaciones. La revolución —nos dice— [31] “estaba consumada en la esencia de las cosas, en la conciencia de los hombres y en las tendencias irresistibles de la opinión”. A veces su acuidad analítica vislumbra la preeminencia de algunos de esos elementos y lo señala sin reparo, como cuando afirma, tras analizar los efectos desastrosos del monopolio económico y su tardía corrección, que “la separación fue desde entonces un hecho, y la independencia de las colonias americanas una simple cuestión de tiempo”; [32] o como cuando atribuye a la fuerza de los idearios de los grupos ilustrados la decisión de una conducta política en un momento dado; [33] o como cuando señala la fuerza de la actitud principista y moral de Rivadavia frente a las ambiciones de Bolívar. [34]

Mitre descubre en el mecanismo de la acción histórico-social el juego y la interacción de las ideologías y la acción espontánea. Entrevé las primeras fundamentalmente en las minorías ilustradas y afirma su validez y su eficacia histórica, [35] aunque señala reiteradamente su error cuando las ve rezagadas en relación con el impulso de las intuiciones populares o incapaces para interpretarlas y canalizar su acción; [36] en este último caso su condenación es categórica, porque para él —historiador y político— la Realidad tiene una significación eminente y una fuerza incoercible, frente a la cual es virtud primera del hombre de acción el distinguir con claridad lo que llama los “objetivos reales”, [37] así como debía ser virtud primera del historiador el no confundir la Realidad histórica con las ideologías construidas sobre ella.

Con esa noción acerca del significado de la acción espontánea, Mitre afronta la valoración de la acción de las Masas, y aunque critica sus excesos, se advierte que más crítica con ello a los grupos directores que no alcanzaron a dirigirla y canalizarla, puesto que justifica siempre el sentido de lo que había de esencial en sus intuiciones y en sus impulsos.

Mitre descubre y presenta luego en toda su trascendente significación esa acción popular, directa, intuitiva, manifestándose en la resolución ejecutiva de las situaciones más difíciles y aparentemente insolubles con ese impulso que él llama “genial”, esto es, instintivo, irrazonado, pero firme y seguro; [38] y cuando la ve acentuada por la exaltación de sus pasiones descubre que son los malos pastores quienes utilizan y estimulan tales impulsos para satisfacer ambiciones desmedidas o egoísmos injustificables, [39] y aun entonces reconoce que hay en ellos una reserva inagotable de virtudes para el ejercicio de la ciudadanía o para la afirmación y la defensa de los ideales fundamentales. [40]

Masas populares y minorías ilustradas son para él, en rigor, los elementos fundamentales de la acción histórico-social. Junto a ellos se advierte alguna vez el individuo de excepción; pero no el héroe providencial, concepto histórico este último radicalmente opuesto a la sensibilidad política y a la concepción historiográfica de Mitre, como se advierte si se observa la reflexión que hila cuando afirma que San Martín, su predilecto, no era “ni un Mesías ni un profeta”, sino “simplemente un hombre de acción deliberada que obró como una fuerza activa en el orden de los hechos fatales con la visión clara de un objetivo real”. [41] Mitre quiere hacer justicia a los creadores de la nacionalidad, pero no atribuyéndoles misiones providenciales, sino destacando sencillamente su valor moral, su capacidad de sacrificio y de esfuerzo, su clara percepción de los secretos de una situación, acaso cuando escapaba a los más, o su intuición genial o su acción decidida y recta. [42] Teme los mitos populares, acaso porque el nombre del Restaurador de las leyes resuena aún en sus oídos de proscripto, y ciertamente porque conoce los resortes de los impulsos multitudinarios y lucha por desvanecerlos y por presentar las figuras que pudieran originarlos en su genuina humanidad. “Sus panegiristas —nos dice hablando de Belgrano, a quien amaba profundamente— [43] lo habían desfigurado, y el instinto popular, poseído de cierta supersticiosa admiración, veía en él un héroe sobrenatural, un ideal adornado con falsos oropeles. Nosotros lo pusimos en intimidad con su pueblo; hicimos conocer al hombre con sus virtudes, sus debilidades, sus errores, sus grandes cualidades, sus inmortales servicios y sus desfallecimientos morales, asimilándolos a la masa de la especie a que pertenece, perdiendo tal vez en admiración, pero ganando en estimación y simpatía, al hacerle hablar y obrar, como cuando el soplo de la vida mortal lo animaba”. Y, en efecto, no escatima la crítica de los errores de aquellos que eran, en verdad, los predilectos de su corazón de patriota y de demócrata, porque cree en la verdad de su fuerza ennoblecedora sobre los corazones humanos. Y en este juego de los distintos elementos sociales, en esta composición de fuerzas, el hombre de excepción encuentra su justo lugar, como lo encuentra el mediocre o el perverso, en el fondo de cuya conducta sabe descubrir el papel que cumplieron —si lo cumplieron— en el complejo de la acción histórica.

He aquí, apenas esbozada, una doctrina del desarrollo histórico y del mecanismo sociológico. Mitre no la expone sistemáticamente, aunque gusta explayarse sobre ella en algún ex cursus explicativo, pero está sobrentendida en su obra ingente de historiador y de político, en la explicación metódica y ordenada de un fenómeno del Pasado, en la fundamentación de una actitud personal o en la argumentación polémica acerca de un programa de acción cívica. Porque aspiraba a robustecer en las Masas populares las convicciones ciudadanas, aspiraba a educarlas y a capacitarlas para la vida civil dentro de un régimen constituido, y esas aspiraciones del político y del estadista correspondían a las que veía como normativas de su misión de historiador, cuando aspiraba con su labor a vivificar el sentido de la Realidad en los grupos directores y aun en aquellos en quienes la conciencia de un valor de excepción tentaba para que se excediesen del marco de las constricciones de la civilidad.

Desde este punto de partida, desde este núcleo compacto de convicciones y de ideas despaciosamente maduradas y rigurosamente vividas, se lanzó Mitre al examen del Pasado argentino. Ya se han señalado algunos de los aspectos fundamentales de su concepción historiográfica, de sus criterios formales y externos, de sus a priori con respecto a los principios de desarrollo del Proceso histórico-social. Nada de todo eso es, sin embargo, lo que considero fundamental para entender la significación de Bartolomé Mitre como historiador. Lo que hace de él un hito demarcador en el curso de nuestra ciencia histórica es, a mi juicio, su ingente labor de constructor de la historia de la nación en cuanto tal, así como su filiación histórica de las ideologías, problemas ambos de significación decisiva para su tiempo, y en los que parte de esa problemática contemporánea sentida con dramática vibración: la nación ante el problema de su existencia y de su constitución como tal y la sociedad ante el problema de la adopción de un sistema de ideas que la condujera hacia su equilibrio y su prosperidad. Por haber afrontado la responsabilidad de aclarar la conciencia colectiva frente a estos interrogantes decisivos; por haber realizado el imprescindible ajuste entre el Pasado y el presente para discriminar la línea del desarrollo futuro, adquiere la obra de Mitre la trascendencia de un alegato irrebatible para la afirmación de nuestra existencia colectiva y de un proyecto madurado para la construcción de un país en cuya obra fue arquitecto primero, obrero luego, acaso ahora profeta que clama en el desierto.

La conceptuación del Proceso creador de la idea de nación

Ya ha sido señalado hasta qué punto una preocupación sostenida y razonada, manifestada tanto en los dominios de la política como en los de la historia, había incitado a Mitre a profundizar sus investigaciones para llegar a establecer el Proceso de formación del sentimiento nacional por encima de todos los regionalismos separatistas y disolventes. Esta idea era su preconcepto: estaba arraigada en la zona de sus convicciones más profundas y quiso cerciorarse de su validez en el estudio de la historia; pero fue a ella con el rigor que exigía su espíritu preciso y recto, no por el goce del puro saber, sino por la militancia de la verdad y por la trascendencia que descubría en aquella afirmación; sus investigaciones prolijas y sus reflexiones decantadas le cercioraron de que estaba en lo cierto, y acaso introdujeron algunas matizaciones sutiles en sus convicciones políticas, ya que parece advertirse en él una comprensión cada vez más marcada del movimiento federalista; y una vez fundamentada rigurosamente, aquella idea constituyó su rasgo primordial; él había observado que “como cada pueblo… en los hombres que condensan las pasiones activas de su época, todos sus rasgos y cualidades se derivan y deducen de un sentimiento fundamental, motor de todas sus acciones”; [44] y esta idea, en efecto, condujo su reflexión y su conducta.

Como historiador, podría decirse que su hipótesis de trabajo fue su propia convicción y quiso verificar su validez sistematizando el Proceso histórico que evidenciaba la preexistencia de la nación y señalando la línea de desenvolvimiento que encadenaba las distintas fases del desarrollo de este principio desde el período colonial en adelante para plasmar, finalmente, en el ser de la Nación. Así lo resumía en sus Comprobaciones históricas, [45] así lo había afirmado en aquella frase magnífica en que condensara su pensamiento en la Asamblea de 1854 y así lo manifestará muchas veces a lo largo de sus trabajos históricos; por eso señalará con un acento negativo las etapas del Proceso inverso de disgregación que se cumple desde 1810 hasta 1820, destacando, sin embargo, que, aunque operada la desintegración política, subsistía “una nación independiente de hecho, una constitución geográfica y social anterior y superior a las escritas”. [46]

Este y no otro fue el camino real de su marcha por los territorios de la ciencia histórica. El Proceso de elaboración de su temática fue, como hijo de una situación vivida, lento y circunstancial: se manifestó en una obra de aspecto biográfico, pero en la que la biografía cedió muy pronto su lugar preeminente a las vastas concepciones del Proceso social, y es fácil, para quien lea con atención, percibir hasta qué punto se torna, poco a poco, accesoria la figura del personaje que sirve de esqueleto a su construcción. Quien realice en su espíritu la síntesis del contenido de la totalidad de su obra, advertirá muy pronto que late en ella una concepción integral de la historia argentina hasta mucho más allá de donde alcanzan sus exposiciones sistemáticas, sobreentendida a veces en páginas dispersas o en esbozos, en los que trasunta una elaboración muy meditada; un hilo conductor —como él gustaba decir— vincula los distintos momentos, y fue una preocupación constante en él —que vale la pena que quede señalada— el caracterizar con precisión la fisonomía de cada una de esas etapas; en efecto, la periodización del Proceso histórico argentino constituye una de sus características y uno de sus aportes, para lo cual, sin acentuar artificiosamente los lindes, precisa, simbolizados en la actitud de un personaje o en el desenlace de un Proceso secundario, los momentos en los que una mutación importante provoca una diferenciación de los tiempos. [47]

Cuando Mitre comienza a perseguir los orígenes del sentimiento nacional como conciencia de la comunidad, considera necesario partir de un análisis de los elementos que son dados en ella, esto es, del territorio y de la población. Mitre señala en ambos casos la diversidad notoria que se advierte entre el virreinato del Perú y el del Río de la Plata y caracteriza según ella una circunscripción que comprende, en principio, para la nueva nación, la totalidad del antiguo virreinato; en el del Río de la Plata señalará ciertas peculiaridades de la población, no solo en la de origen indígena, sino también en la de origen europeo, provocadas estas últimas por las modalidades de los colonizadores y de su acción; y en cuanto al territorio, un análisis de sus características lo lleva a afirmar que configuraba una unidad no solo por el mero hecho de su topografía, sino también porque predominaba en él un tipo unitario de vida, en el que veía las condiciones necesarias para el desarrollo de una abundante inmigración, raíz, por otra parte, de su decidida política colonizadora. [48]

En el seno de aquella comunidad originaria, Mitre ve cómo se constituye una diferenciación progresiva en las regiones que luego operaron, en efecto, su segregación de la nación que se configuraba dentro del antiguo virreinato; considera que el Alto Perú —zona de fricción entre ambos virreinatos— constituía una región naturalmente diferenciada del Río de la Plata; [49] explica más circunstanciadamente la tendencia separatista del Paraguay, manifestada en su actitud reacia frente a la civilización, visible tanto en la política de las misiones jesuíticas como luego en la del doctor Francia, y no encuentra —a pesar de rondar el tema reiteradamente— explicación profunda y satisfactoria para la escisión de la Banda Oriental, de la que no podía consolarse. [50] Pero aun dentro de lo que quedaba del virreinato advierte Mitre la existencia de regiones naturales que constituían tres grupos —que ya integraban, observa, [51] un sólido núcleo— formados por Buenos Aires, puerto por excelencia, el litoral y el interior mediterráneo, zonas cuya diferenciación parcial descubre ya en los tiempos de la conquista y la colonización; y ya entonces advierte “la desigual distribución del progreso”, [52] señalando con ello no solo las causas originarias de aquella, sino también las peculiaridades de su comportamiento y aun su destino político, económico y social. Por eso aceptará como un hecho incontrovertible la situación privilegiada y predominante de Buenos Aires, que ve, además, justificada con su conducta política dentro del núcleo de una nación de existencia evidente, constituida por “una asociación libre de estancieros y mercaderes”, que constituían “una democracia de hecho, que se organizaba en la vida civil y se desarrollaba espontánea y selvática en las campanas con un temple de independencia genial”. [53]

Es en ese núcleo y, sobre todo, en cuanto puerto abierto a la influencia de las ideologías y a las exigencias de la vida económica, donde Mitre ve constituirse el sentimiento de independencia. Lo que antes era una modalidad espontánea, se torna diferenciación consciente y espíritu autonómico. Las invasiones inglesas parecen proporcionar las circunstancias desencadenantes y Mitre señala cómo se advierte ya ese sentimiento, génesis, para él, del sentimiento nacional, [54] aguzado luego cuando la reacción se advierte en los grupos que llamara peninsulares. [55]

Pero ambos fenómenos eran estrictamente porteños, y Mitre lo señala, consciente de su significación y de su trascendencia. En efecto, esta circunstancia determina, para después de la revolución, una política precisa para los grupos de Buenos Aires. La revolución es también porteña, y la primera carta o constitución ha sido “votada por un solo municipio”, [56] y es, en el fondo, también porteña, puesto que supone la transferencia de la autoridad virreinal a la Junta de Buenos Aires. Mitre señala entonces cómo los demócratas perciben el peligro de esa asimilación de autoridades [57] y cómo Moreno sentará desde un principio la doctrina federativa para prevenir el peligro de una reacción antiporteña del interior; [58] pero defiende en la política de Buenos Aires el instinto de conservación de la unidad y destaca la clarividente doctrina de Paso en el Cabildo Abierto del 22 de mayo —la del derecho revolucionario de Buenos Aires para asumir de hecho la representación de todos los pueblos del virreinato—, calificándola como “la fórmula política de la revolución, municipal en su forma y nacional o, más bien dicho, indígena en sus tendencias y previsiones”. [59]
Esos eran, en efecto, los supuestos de la política porteña desde 1810 hasta 1820; Buenos Aires había adquirido el derecho de mantener el control de la letalidad de los territorios del antiguo virreinato, porque se consideraba la única capaz de mantener la unidad, y Mitre destacará sus esfuerzos para lograrlo, cómo propugnó tal política por medio de la Asamblea de 1813 y del Congreso de Tucumán de 1816, cómo bregó por “nacionalizar” el poder central, [60] cómo era ese el sentimiento de los hombres mejor inspirados de Buenos Aires, y cómo, finalmente, surgía, a su juicio, de los hechos la convicción de que solo conservando Buenos Aires la dirección de la totalidad de la nueva nación podía conservar esta su unidad y su Estructura política. [61]

Mitre se esfuerza, evidentemente, por señalar los fundamentos de derecho y de tradición que apoyaban entonces —como creía que apoyaban en su tiempo— las líneas generales de la política porteña; y, en mérito a esa concepción del problema de la unidad de la nación, omite la consideración detenida y objetiva de la trascendencia que, sin duda, tenía el hecho —señalado por él reiteradamente, aunque no profundamente valorizado— de la exaltación espontánea y fundada del sentimiento localista [62] y del sentimiento de comunidad americana en el que se inscribía y que debía perdurar hasta mediados del siglo XIX; [63] persiguiendo una línea de desarrollo, Mitre dejaba de lado los elementos que contradijeran o que no coadyuvaran a su establecimiento.

Pero si el sentimiento de americanidad, que constituye una de las dimensiones del movimiento por la independencia, aparece desvanecido en su concepción del movimiento revolucionario —seguramente porque su experiencia le demostraba que era ya caduco— el sentimiento localista, raíz de la tendencia federativa, merece de él un juicio más atento. Desde su punto de vista y en términos generales, el localismo tenía como nota fundamental el carácter negativo de ser una tendencia disgregatoria; pero Mitre observa y destaca en él otras fases, en las que encuentra sus caracteres positivos; las tendencias federalistas corresponden, a su juicio, a un impulso natural que se observa cuando se produce un fenómeno de emancipación, [64] y lo ve manifestado, en este caso, bajo la forma de un odio acentuado del interior hacia Buenos Aires. [65] Mitre no procura explicarse profundamente el fenómeno, aun cuando proporciona muchos elementos con que hacerlo, tales como la diferenciación entre el litoral y el interior mediterráneo, el desarrollo económico o la significación de Buenos Aires como puerto; pero tampoco allí advierte las causas primeras, sino que se contenta con explicarse el hecho como un sentimiento espontáneo y por el predominio de los caudillos que explotan en provecho propio ese sentimiento, que, en sí mismo, podía ser valioso. [66] En efecto, una observación directa de la Realidad de su tiempo y su cotejo con la situación social anterior a la Revolución demostraba a Mitre que, al calor del sentimiento localista, habían surgido a la vida política densos grupos sociales que no habían revelado antes de 1810 ninguna sensibilidad ciudadana y que la habían logrado precisamente en el ejercicio de la defensa de unos derechos inmediatos; la lucha fue, pues, escuela de ciudadanía en el más amplio dominio de la nación cuando esa Realidad fue percibida. Al cabo de cuarenta años, en efecto, podían observarse ya los resultados, y cada vez que fustiga el sentimiento localista atendiendo a sus consecuencias nefastas para la unidad de la nación en el período de 1810 a 1820, deja constancia Mitre de que residía en él un germen de elementos moderadores y constructivos, contenidos por la prevalencia de las fuerzas espontáneas que los caudillos estimulaban, pero que se desarrollarían un día para proporcionar a la nueva nación un principio de reordenación y un cuerpo renovado con nueva savia. [67] Mitre condena la explosión de esos impulsos anárquicos, pero es a los malos pastores a quienes carga la responsabilidad de haber estimulado su fuerza primitiva y no sus principios de moderación; pero el sentimiento mismo se le presenta como un signo de vitalidad y descubre en él el motor por cuyo impulso ganó la nación grupos activos para su reconstrucción tras la etapa anárquica, y acaso por eso insistía Mitre en que era necesario estudiar la anarquía con máxima atención si se quiere entender con claridad nuestro Pasado. [68]

Ya en su interpretación de la Crisis de 1820 como un Proceso de liquidación de la Colonia, prueba Mitre la existencia de una dimensión valiosa y significativa en el movimiento federalista, que se nutre del localismo primitivo; [69] la Colonia, en cuanto Estructura social, no suponía, en efecto, participación alguna de los grupos sociales del interior, porque Buenos Aires era quien había configurado el virreinato por irradiación y llegaba hasta donde su irradiación se encontraba con la de Lima; Buenos Aires heredó del virreinato la convicción de su derecho al ejercicio de la autoridad, y aun cuando comenzó su obra revolucionaria convocando al interior a la labor de reconstrucción del país sobre nuevas bases, se manifestó impotente y ciega para comprender y para canalizar las explosiones de los núcleos sociales a los que ella misma había llamado a la existencia política y que no querían soportar, en un régimen de nación independiente, la tutela que antes sufrían como Colonia; junto a este juego de tendencias señalará Mitre otro plano de fricciones en la incapacidad del interior para aceptar el tipo de democracia orgánica y liberal que Buenos Aires proponía, de la que debía surgir una reacción violenta que el caudillismo estimulaba para obtener, en la disgregación del poder central, una ocasión favorable para la posesión del poder. Desde ese momento, aguzadas las pasiones, la nueva nación no podía ser un mero calco del viejo virreinato, y mientras apareciera la fórmula de conciliación —oculta, sobre todo, por la inexperiencia en el ejercicio de la vida política, a los ojos de unos y otros— no había otra posibilidad que renunciar a la constitución de la nación, y Buenos Aires, hasta 1820 vestal de la unidad, cedió en la demanda bajo la presión de los ejércitos de Cepeda.

Mitre no podía sino condenar un sentimiento que había conducido a tal situación, y así lo hace con frecuencia; y no solo lo condena a él y a sus portadores, sino también a los propulsores de la política tibia y transigente de Buenos Aires cuando la separación del Paraguay, [70] o cuando, en holocausto de la paz, se manifestó en los grupos porteños la tendencia a ceder los derechos de la capital a la hegemonía política en 1816. [71] La condenación del localismo era, pues, el resultado de un punto de partida permanentemente mantenido por Mitre, que veía en Buenos Aires y en el mantenimiento de su autoridad la condición indispensable de la unidad, [72] y correspondía a la valoración de sus consecuencias, manifiestas en la disolución de la sociedad política tras los esfuerzos desesperados de los grupos ilustrados de Buenos Aires por mantenerla y consolidarla; [73] parecía como si Mitre se sintiera entonces continuador solidario de aquel punto de vista.

Pero la condenación no podía ser absoluta siendo Mitre quien era, con su claro sentido de la Realidad y con su penetrante comprensión del juego de la vida política. El localismo como impulso instintivo había cristalizado, poco a poco, como doctrina, en el ideario federal, y tal concepción de la organización constitucional del país no tenía para él, que no se curaba de fantasmas, el signo de barbarie excluyente que tuvo para otros, como para el mismo Vicente Fidel López, por ejemplo; era, por el contrario, una forma jurídica que nada tenía que ver con los horrores que se habían cometido en su nombre, y en la que veía ahora, precisamente, la posibilidad de una estructuración del país. Mitre no ocultaba su visión con la venda de esa antinomia ya caduca de unitarios y federales y procuraba ver la Realidad tras los esquemas de las ideologías; y como la Realidad le ofrece el espectáculo de una comunidad que da por presupuesta la nación, pero que defiende las autonomías locales, Mitre se rinde a la evidencia y acepta la Realidad como es, para canalizar sus impulsos, pero sin estrellarse contra la roca de sus principios radicales y constitutivos. Por esa flexible comprensión de lo inmediato era Mitre un político de excepción, y por eso, en cuanto historiador, sabe ver en el sentimiento localista, tan fustigado por él cuando se manifiesta bajo sus formas bárbaras, los elementos valiosos que han decantado en una concepción eficaz de la convivencia. Y en el Proceso de formación del concepto de nación que desemboca en la Crisis, en la que debe actuar como político, sabe reconocer, para aleccionar a los espíritus obnubilados, lo que aquel sentimiento ha aportado: una idea estructuradora intensamente vivida, bajo la cual ha sido posible la integración en la comunidad nacional de grupos sociales robustos y conscientes, en quienes la lucha por un ideal de convivencia testimoniaba la voluntad gregaria. Había sido la Realidad histórica que le fuera dado observar en el decenio que transcurre entre la secesión de Buenos Aires y la batalla de Pavón la que lo había incitado a buscar en el Pasado cuál era la auténtica significación de la nefasta antinomia de unitarios y federales, que él deshace como historiador en la conciencia colectiva y como político en el campo de la Realidad contemporánea.

La conceptuación de las ideologías

Como cuando se plantea el problema de las raíces del sentimiento nacional, Mitre parte, al tratar de señalar las líneas de desenvolvimiento y constitución de las ideologías, de la temática suscitada por la situación inmediata. El punto en el cual habrán de desembocar está señalado inequívocamente por el triunfo de la organización republicana y federal, animada por un espíritu fuertemente liberal y democrático, y Mitre procurará ahondar en la persecución de sus antecedentes en el Pasado colonial y señalar luego su Proceso de maduración, las fuerzas que lo combatieron, aquellas que con su oposición contribuyeron a acentuar su perfil, y finalmente su estructuración definitiva en un sistema de formas políticas y de convicciones ideológicas aceptadas por el consenso unánime y consolidadas en la conciencia de la comunidad organizada bajo formas jurídicas.

Este sistema compacto de formas y de ideas coincidía con la sensibilidad pública de Mitre; surge enérgicamente en todas las ocasiones en que se enfrenta con el tema, como un sentimiento de repulsión hacia las autocracias, manifestado en su acción política y definido expresamente en su labor de historiador a propósito de la conducta de los caudillos o de los intentos militaristas de Alvear o de Bolívar; y está presente en su constante exaltación de las virtudes republicanas, que él mismo ejercitara en grado sumo y que destaca como notas predominantes en el comportamiento de Belgrano o de San Martín, de Rivadavia o de Lavalle; aún es posible advertirlas en el cálido elogio que le merece la democracia norteamericana, cuyos modelos paradigmáticos halla en Franklin y en Washington, a quienes atribuye la significación de ejemplos vivos para el demócrata y el republicano. [74]

Para filiar el Proceso de constitución y afirmación de esa ideología, así como su choque con aquellas que se le opusieron, parte Mitre del análisis de la Estructura típica de la sociedad virreinal en el Río de la Plata, en la que descubre los testimonios de una democracia radical y constitutiva, que es su principal característica y de la que señala la trascendencia como principio diferenciador; [75] esta democracia poseía, en el régimen de los cabildos, el germen del principio representativo, y Mitre considerará desarrollo de él las etapas primeras del movimiento revolucionario y emancipador. [76]

Contrastaba con ese sentimiento la ruda coacción que ejercía el régimen impuesto por la metrópoli en materia económica, y el monopolio habrá de traer a primer plano, a juicio de Mitre, la conciencia de las diferencias sociales y económicas suscitadas por ese régimen, entre los que se beneficiaban y los que se perjudicaban con él; Mitre señala la importancia de este factor en la constitución de las ideologías y ve en él —así como en otros privilegios diferenciales y en la creciente solidaridad de los grupos peninsulares con el régimen establecido— el principio de diversificación, en el seno de la sociedad porteña de la época virreinal, de dos grupos que se oponen ya en el último cuarto del siglo XVIII. Estos dos grupos, señala Mitre, existían en los hechos desde hacía mucho tiempo, pero adquirían conciencia de su desigual situación cuando se opera, en Buenos Aires especialmente, la recepción del pensamiento liberal por parte de las minorías ilustradas, manifestado, en principio, en el campo de las cuestiones económicas y muy pronto en el de las cuestiones políticas. Es a Belgrano a quien señala Mitre como propulsor de estas ideas en el Río de la Plata, luego de su viaje a Europa, y señalará en el grupo que se constituye a su alrededor —o, mejor dicho, alrededor de esas ideas— el Proceso de formación de una conciencia de minoría que hará de él, poco después, el núcleo director de la opinión popular. [77]

Es esta minoría la que otorga personalidad política al sentimiento espontáneo de los grupos criollos cuando, alrededor de los acontecimientos vinculados a las invasiones inglesas, esto es, la reconquista y la defensa, la deposición de Cisneros y la sublevación de Montevideo, comienza a advertir su diferenciación de los grupos peninsulares. Los criollos seguirían el ideario liberal en materia económica y política; los peninsulares, por el contrario, se afirmarían en una posición reaccionaria frente a él, opuesta al levantamiento del monopolio y a todo comportamiento que significara una oportunidad para la manifestación del espíritu autonómico de los criollos. [78] De este modo ve Mitre delinearse en los orígenes coloniales lo que él llamará “el gran partido de la revolución”, liberal, progresista, democrático, pero típicamente porteño, y frente a cuyas aspiraciones estaba totalmente inerte el resto de los pueblos del virreinato.

A este partido, con estos caracteres, es a quien hace Mitre protagonista de la Revolución de 1810, que cuajó con ellos en la conciencia popular, aunque luego se desvirtuaran ocasionalmente algunos. La minoría ilustrada intentó imponer desde el primer día ese cuerpo de doctrina, ese conjunto de ideales sistemáticamente combinados en la noción de democracia orgánica, que Mitre opone a las formas semibárbaras; [79] sus dirigentes eran “hombres de principios”, esto es, poseedores de un sistema claro de ideas acerca de los problemas políticos, económicos y sociales, que aspiraban a imponer como una ideología cerrada.
[80] Eran sus notas originarias el ideal republicano y democrático y la tendencia liberal, pero apenas transformada en acción gubernativa se manifestó como caracterizada también por una tendencia centralizadora, proveniente, a un mismo tiempo, de la mera tradición virreinal y de la convicción de que el germen revolucionario solo tenía fuerza suficiente para prosperar en la capital; poco después, en tanto que se realizaba en los hechos, señala Mitre cómo se advertía finalmente una notoria incapacidad técnica, producto de la inexperiencia, de la escasa difusión de los mecanismos puestos en uso por la democracia norteamericana y acaso por cierta carencia de elasticidad para ajustar las ideologías a los cambios inesperados y repentinos que se producían en la Realidad social y política,
[81] acentuada por el vago temor que la minoría ilustrada sentía con respecto a la intromisión de las Masas populares en la dirección del movimiento revolucionario, al que podían darle un tono demagógico y violento que repugnaba a su temperamento moderado.
[82]

La transformación de la Realidad social y política se operó cuando los grupos sociales del interior se sumaron a la Revolución, respondiendo al llamado de Buenos Aires, pero manifestando también, desde el primer momento, su decisión de no ser, como habían sido en el virreinato, elementos puramente pasivos. Pidieron derechos que la ideología centralista de los de Buenos Aires no había previsto, y Mitre señala en ellos una tenaz resistencia a toda modificación de su concepción cuando observa que el gobierno porteño consideraba la federación como un régimen peligroso
[83] y que la no aceptación de los principios sentados por Moreno, en su previsor y clarividente editorial de La Gaceta, había ocasionado la primera dislocación del poder central. De esta actitud de la minoría ilustrada de Buenos Aires había de nacer el profundo resentimiento de los pueblos del interior hacia la capital, que Mitre señala reiteradamente,
[84] y en el que ve, por sobre los justos motivos de la disidencia provinciana, una intolerancia para la acción progresista y liberal que constituía una fuerza retardataria para la revolución, aun cuando afirma la presencia de un genuino sentimiento de democracia y de emancipación en el sentimiento que la mueve.
[85]

Mientras señala el ascenso de este nuevo elemento en el cuadro de las ideologías, Mitre comprueba la escisión del partido revolucionario en dos grupos, el de los demócratas y el de los Conservadores, localizando en el primero las tendencias del partido que, en adelante, llamará “liberal”, a quienes considera, además, herederos y sustentadores del espíritu originario de la primitiva minoría ilustrada; los Conservadores, en cambio, se torcerán hacia una posición reaccionaria, teñida ahora con una tendencia demagógica, que se manifestará en el orden local en el motín de abril de 1811 y en el orden nacional en la sinuosa aceptación de las tendencias localistas y federativas,
[86] más por la mezquina ventaja circunstancial que proporcionaba a sus intereses facciosos que por una convicción profunda. Como una consecuencia de los acontecimientos que provocó la preeminencia del grupo conservador, los demócratas afirmaron sus convicciones y el grupo cuajó en el partido liberal, fortalecido con nuevos elementos, fijado resueltamente en su ideología, gracias al programa categórico de la Asociación Lautaro, y resuelto, más que nunca, a fijar en la capital el centro de la autoridad y en el gobierno central la totalidad del poder. Así ve Mitre el Proceso político e ideológico de los primeros tiempos de la revolución.
[87]

El fortalecimiento del partido liberal y el decidido impulso que dio al establecimiento de su ideología política desde el gobierno contribuyeron, por contraste, a definir los sentimientos y las aspiraciones de los grupos del interior, federativos en cuanto a régimen de gobierno y recalcitrantes en cuanto a las tendencias liberales y europeizantes de aquel. Mitre ve en los últimos unos grupos rurales, enemigos de la ciudad en cuanto a forma de vida y en especial de la capital en cuanto a centro de difusión de los ideales que ellos resistían; ve en ellos una “tercera entidad, enemiga igualmente de realistas y patriotas”,
[88] en la que advierte el predominio de ciertos instintos primitivos y bárbaros, bajo los cuales se esconde el germen de una democracia instintiva, pero irreflexivo y falto de control, producto de un impulso desatado, estimulado en sus tendencias irreflexivas por los caudillos ambiciosos; Mitre no escatima la censura contra estos últimos, pero reconoce aquellas virtudes en potencia en las Masas que les seguían, de las que, si no podía esperarse nada entonces, era lícito aguardar en lo futuro —un futuro que Mitre veía como presente— un fortalecimiento de la democracia, una vez que se decantaran sus tendencias y se apagaran los influjos maléficos que obraban sobre ellas.
[89] Vale la pena observar, sin embargo, que, aunque estima sus sentimientos democráticos, pospone ese valor positivo a lo que significaba su actitud antiprogresista para la construcción del país.

Junto a su condenación del movimiento federalista por las circunstancias anotadas, que implicaban, a su juicio —como para el partido liberal en el período de 1810 a 1820—, la anarquía, el desorden y la quiebra de la libertad, [90] Mitre deja constancia de su condenación por las vacilaciones del partido liberal cuando se abocó a la solución de los problemas planteados por su antagonismo con el interior. Igualmente fustigará Mitre el absurdo intento militarista de Alvear, sus negociaciones con la monarquía inglesa y las que todo el grupo liberal llevó a cabo en las cortes europeas; en efecto, llamará indefectiblemente “error” a las tendencias monárquicas, [91] porque considera que no se ajustaban al “modo de ser de la América”, [92] aun cuando justifica la buena fe de algunos de sus sostenedores; [93] considera que la idea republicana es el resultado de una tendencia innata, tal como se manifestó en el hecho de que el Congreso de Tucumán, contra lo que podía suponerse, dadas las características políticas de sus miembros e inspiradores, [94] fuera capaz de acertar —es el término usado— [95] con la auténtica solución republicana. Y cuando se enfrenta con este período, ante la impotencia del partido liberal porteño, ante la ceguera de los grupos federalistas y ante la promesa de éxito que se adivinaba en la campaña libertadora de San Martín, ajeno al juego de los intereses políticos, afirma Mitre que la revolución se ha bifurcado, y que así como la que se proponía la emancipación avanza por la vía del triunfo, la que se proponía organizar el país plantea un dramático interrogante; esta segunda es para Mitre la verdadera, la profunda revolución, [96] y se esforzará por describir, partiendo de su concepción de los complejos históricos, cuáles son los elementos en pugna: “Mientras tanto, la revolución interna, más ingobernable cada día, seguía su curso fatal. Efecto de nuevas vivas fuerzas que se chocaban, se neutralizaban o se combinaban sin concierto; producto de instintos selváticos de independencia individual y de reglas teóricas de disciplina legal; antagonismo de oligarquía y de democracia, complicación de rivalidades locales, de ambiciones personales, de pasiones egoístas y tumultuosas, de movimientos convulsivos de las Masas ignorantes y de errores de los hombres ilustrados, de falta de cohesión social y de coherencia política, desequilibrio de fuerzas morales y materiales, la revolución interna revestía constitutivamente la forma innata de una república democrática que aspira con ardor a la independencia nacional”. [97] Así ve Mitre la Crisis en varios pasajes de notable agudeza.

La Crisis dejaba, pues, a salvo el principio de la república democrática e independiente; pero Mitre observará con singular acuidad que en ese Proceso el ideario liberal y progresista permanecerá ajeno a los núcleos federalistas; entretanto se conservaba en Buenos Aires vigente aún por algún tiempo con el Directorio, cada vez más impotente y más inhábil; pero después se ocultará cuando por la fuerza de las armas cede Buenos Aires sus derechos a la hegemonía, pero solo para volver a surgir a la luz bajo la inspiración rivadaviana, dentro de los límites de la provincia; y todavía intentarán las minorías ilustradas de la capital con Rivadavia, esta vez presidente, ejercer su función directora sobre la totalidad del país, y entonces, como antes desde su ministerio provincial, impondrá su programa liberal y progresista, en el que Mitre ve la perpetuación de aquella línea de pensamiento que, iniciada con la minoría ilustrada del último período colonial, se manifiesta luego en Mariano Moreno y en el grupo de los demócratas primero, y en el partido liberal después, y en la que, junto a aquella ideología se manifestara nítidamente una invariable tendencia al centralismo porteño. [98]

Pero la tormenta de las pasiones y de los instintos incontenidos había de poner fin a la política rivadaviana; Mitre lo ve descender del poder sintiendo en su ánimo de historiador del Pasado la misma amargura con que el político había visto reaparecer, después de Caseros, el cintillo rojo de Urquiza. Mitre, sin embargo, sigue pensando que Buenos Aires cumplía secretamente su función monitora sobre la nación anarquizada, porque sabía que esta alcanzaría un día el grado de evolución necesario como para aceptar el plan ejemplar implícito en la política ejercitada por Rivadavia como ministro de Buenos Aires y como presidente de la República: no escribió sobre lo que ocurrió después, pero reconocía de hecho que el país había sufrido una catarsis purificadora durante los años de la dictadura y que por ella se había tornado apto para recibir la herencia del más grande hombre civil de los argentinos.

Mitre verá, bajo el prisma de su propia experiencia de hombre de acción que, en efecto, la totalidad de la comunidad social podía en su tiempo aprovechar y calcar acaso lo que Buenos Aires había emprendido con éxito, mientras su área de influencia había sido el restringido campo de la provincia; y cuando, elogiando a Rivadavia, recuerda su labor constructiva como ministro y como presidente —como presidente que tampoco sentía el país mucho más allá del Arroyo del Medio—, se atreve a afirmar —era en 1880— que la Constitución del ’53 había seguido las huellas de la constitución rivadaviana, con las solas modificaciones que importaba la acentuación de la tendencia federalista, ya esbozada y sabiamente compensada por su autor. [99] Acaso por eso la defendió con calor en el período porteño de su actuación política, porque era liberal y progresista, porque era federal sin excesos que pudieran conducir a la disgregación, porque era nacional sin desconocer la significación de su ciudad amada. Pero, sobre todo, fue por reconocer en ella la línea de la ideología democrática y liberal, cuyo curso procuraba establecer tan cuidadosamente, por lo que Mitre saludó en ella el triunfo de una orientación política que creía con firmeza que coincidía estrechamente con el ser de la nación.

La concepción del Pasado histórico y los ideales de la segunda Argentina

He ahí los dos cauces en el río del tiempo por los cuales quiso remontar Bartolomé Mitre el curso de la vida argentina para conocer el sentido de su fluir y el principio de su Estructura. De la nación como supervivencia del viejo virreinato había visto surgir, tras dura lucha, una nueva nación, amalgama y fusión profunda de su auténtica Realidad social. Su lucha por la organización definitiva del país, dentro de un orden constitucional, había constituido toda una etapa de su vida, y Mitre pudiera descansar como un guerrero victorioso que hubiera conseguido su aspiración primordial. En 1860, cuando consideraba que su misión estaba cumplida, Mitre resumió en una página magnífica la marcha histórica en la cual recorría las últimas etapas: “Hoy recién —decía al jurar la Constitución Nacional en la Plaza de Mayo—, [100]
después de medio siglo de afanes y de luchas, de lágrimas y de sangre, vamos a cumplir el testamento de nuestros padres, ejecutando su última voluntad en el hecho de constituir la nacionalidad argentina bajo el imperio de los principios.

“Hoy recién, después de tantos días de prueba y de conflictos, podemos decir con júbilo en el alma y con el corazón rebosando de esperanza: ésta es la Constitución de las Provincias Unidas del Río de la Plata, cuya independencia fue proclamada en Tucumán hace cuarenta y cuatro años, el 9 de julio de 1816. Ésta es la Constitución de la República Argentina, cuyo voto fue formulado hace treinta y cuatro años por el congreso unitario de 1825. Ésta es también la Constitución del Congreso Federal de Santa Fe, complementada y perfeccionada por la revolución de septiembre, en que Buenos Aires reivindicó sus derechos, y como tal, ésta es la Constitución definitiva, verdadero símbolo de la unión perpetua de los hijos de la gran familia argentina, dispersados por la tempestad, y que al fin vuelven a encontrarse en este lugar en días más serenos para abrazarse como hermanos bajo el amparo de la ley común”.

Sin embargo, algo decía en el fondo de su conciencia de luchador infatigable que nuevos trabajos le aguardaban, porque creía que era deber de la hora, tras la organización del país, desarrollar hasta sus posibilidades últimas esa dimensión, consustanciada con el ser de la patria, constituida por las tendencias liberales y progresistas, que él veía potenciadas en el pensamiento y en la acción de aquellos a quienes saludaba como padres genuinos y venerables de la nueva nación.

Había aprendido que era estéril y caduca la vieja antinomia de unitarios y federales, y que ahora se entreveraban en ella nuevas tendencias e ideales que era necesario entresacar y replantear con clara conciencia de las realidades nuevas. Se sentía acaso menos unitario, pero más ardientemente antidictatorial, más demócrata y más liberal, más enamorado de la tarea de civilizar el país y conducirlo hacia una prosperidad material que permitiera el brillo de su grandeza íntima. Lo que ahora estaba en pugna no eran ya dos principios para la estructuración del país: eran dos políticas para el presente y el futuro del país estructurado. Y el historiador y el político que se proyectaban sobre las vías, paralelas en su existencia, del pensamiento y de la acción, afirmaron con una vigorosa fidelidad a las lecciones de la historia que la construcción del país naciente solo podía realizarse con los andamios de aquellos ideales que levantaron los que entrevieron por primera vez dibujada su fisonomía como nación liberal y democrática.

En última instancia, y como más próximo a su propia visión del destino del país, Mitre vio el paradigma de su acción política en la de Rivadavia, que le mostraba la obra de un “poderoso cerebro que presintió la vida futura de la patria”; y cuando en 1880 quiso esbozar su obra, iba reconociendo paso a paso que constituía el esquema de su propio programa como estadista. “Adelantándose a su tiempo —decía en aquel discurso memorable—, [101]
él enseñó que el hombre, libre por su naturaleza, no es el siervo perpetuo de la gleba ni el feudatario de otros hombres constituidos en autoridad; que el extranjero no es un huésped consentido, sino un miembro de la familia social; que el comercio es la fraternidad práctica de los pueblos y de los individuos; que los derechos civiles son el patrimonio común de la humanidad; que el consorcio armónico de las razas hace la grandeza de las naciones; que la equidad, la justicia y la igualdad ante un derecho universal es la ley primordial de la civilización. Con arreglo a este código escrito en la conciencia humana, dio una patria a los extranjeros que viniesen a vivir al amparo de nuestras leyes hospitalarias, igualando sus derechos civiles con los de los nativos, declarándolos eternamente inviolables, y dio así a los propios un escudo contra la arbitrariedad doméstica y un medio de rescatarlos en todo tiempo. Hizo cesar la bárbara prohibición de que los españoles contrajeran uniones lícitas y fecundas en el país. Él predicó esta verdad, vulgarizada hoy, que le valió en su tiempo el epíteto de utopista: que el orden, la libertad, la seguridad, la dignidad del hombre constituido en sociedad son los medios más eficaces para aumentar la población, ocupar los desiertos, acrecentar la masa del capital social y dar base inconmovible a la felicidad pública y privada.” Palabras llenas de emoción y de intención contemporáneas con las que Mitre definía a un tiempo la filiación de la política liberal y los caracteres con que la postulaba para el futuro.

De esta filiación histórica resultaba, en efecto, su fundamentación teórica y su ejecución activa en una labor de medio siglo, porque en Mitre se confundían el historiador y el político en una sólida y compacta Estructura íntima. Por un claro sentido de la Realidad inmediata, por la fuerza de un ideario firme, que compartía con otros de su generación, pero que él resumía en su posición y definía como ninguno, acaso, de sus contemporáneos, habían de estar a su lado los espíritus más preclaros, y aun aquellos que disentían de él en cuestiones circunstanciales. Y con él, como con Elizalde y Rawson, con Costa y Vélez Sarsfield, con Sarmiento, Avellaneda y Roca después, el país debía cumplir los designios precisos de aquella política, que implicaba una verdadera construcción de su Estructura material y espiritual, porque suponía el desarrollar su inmenso potencial económico, el acrecentar su población con una sana política inmigratoria, el educar a los niños y a los jóvenes, el capacitar a los ciudadanos para el ejercicio de la vida cívica, el perfeccionar las instituciones republicanas.

Miguel Cané nos ha dejado en su deliciosa Juvenilia un testimonio inapreciable para descubrir el Proceso de crecimiento y maduración de esa sensibilidad democrática, progresista y liberal que caracteriza ese período que transcurre bajo la advocación de Mitre y que, por la peculiaridad de su fisonomía, bien merece ser llamado el período de la segunda Argentina. Se reconocen en sus páginas, frescas y ricas en experiencias inmediatas, las premisas de una conducta republicana elevadas a una categoría de principios inmutables en la conciencia de los grupos ilustrados, los signos de un concepto honrado y responsable de la vida pública, los principios de una política de esfuerzo y sacrificio, llena de heroica civilidad y destinada a transformar un país colonial en una potencia soberana y poderosa material y espiritualmente.

El pensamiento político de Mitre, en quien se resumen en buena parte las aspiraciones y los ideales de su tiempo, sus convicciones espontáneas, así como aquellas que las complementaban y que habían surgido ante sus ojos de la lección de la historia —de una historia que él mismo construía para proveer al país, como lo presentía Sarmiento, de una conciencia colectiva—, constituía la expresión más clara y precisa, más profunda y madura de los ideales de una Argentina nueva, de la que surgía tras la larga catarsis experimentada en cincuenta años de ensayos y de errores, de esfuerzos y de luchas: era una segunda Argentina, prefigurada en la primera, pero depurada y perfilada como comunidad social y como entidad política, y en la que nuevos rumbos se afirmaban ya sobre las sólidas calzadas de las instituciones constituidas y de las convicciones arraigadas.

Y no eran ideales vanos y remotos, sino, por el contrario, circunscriptos y afirmados ya por un principio de realización. Exigían, eso sí, inquebrantable decisión y sentido de la Realidad. La magnitud de la faena no podía, sin embargo, postrar las voluntades de aquellos espíritus hechos a la lucha, y se vio, en cambio, cómo crecían ante los obstáculos, cómo aguzaban sus sentidos para la percepción de los medios y de los fines, cómo templaban el ánimo viril para perseverar en la acción predeterminada. No eran Aquiles o Ayaces: eran, acaso, Cincinatos que todo lo esperaban de sí mismos y que ejercitaron la primera virtud humana del esfuerzo vigoroso y esperanzado en el destino de la colectividad, por cuyo bien luchaban.

Los años que transcurrieron entre la constitución de la Nación y la Crisis del ’90 configuran, desde el punto de vista de nuestra historia social, un período de fisonomía precisa y clara, dibujada por la nitidez de los ideales perseguidos y por el esfuerzo ciclópeo cumplido para tornarlos realidades. Fue la era de la sana política inmigratoria, de la legislación liberal, del desarrollo de la educación pública, de la toma de posesión de la tierra, del estímulo de las actividades creadoras de la riqueza, del afianzamiento de las instituciones republicanas, de la exaltación del sentimiento cívico. Fue la era de la construcción del país.

Nadie podrá negar que es a los hombres de la segunda Argentina a quienes debemos esa obra ingente y nadie podrá negar que su programa ha quedado inconcluso. Vivimos una tercera Argentina, hija de aquella, que ha creído que le era lícito descansar de tantas fatigas. El error es profundo y acusa como su rasgo predominante una inaudita inconciencia histórica. Por eso la hora es ya llegada de que realicemos un nuevo ajuste entre el Pasado y el futuro, como Mitre lo hizo, para descubrir cuáles son los deberes que nos impone la continuidad del destino común.

Notas

1 Se encontrarán noticias sobre esta etapa del pensamiento de Mitre en José Juan Biedma, El teniente general Bartolomé Mitre, publicado como apéndice a la edición de las “Arengas”, La Nación, t. III, Buenos Aires, 1902; y en Adolfo Mitre, Mitre, periodista, Buenos Aires, 1943. Puede consultarse también Rojas, Historia de la literatura argentina.

2 La biografía de Artigas estaba casi concluida en 1842, en Montevideo.

3 Mitre, discurso pronunciado en la sesión del 4 de marzo de 1854 en la Asamblea General Constituyente, en “Arengas”, La Nación, t. I, Buenos Aires, 1902, pág. 51.

4 Mitre, Historia de Belgrano, edición de 1858, t. I, pág. 5; véase el comentario del propio autor en Comprobaciones históricas, Buenos Aires, La Facultad, 1921, edición de Ricardo Rojas, segunda parte, págs. 56-57.

5 Sarmiento, Historia del General Belgrano por el General Mitre, corolario de la primera edición, publicado en la edición de 1858-1859.

6 Véase Mitre, Estudios históricos sobre la Revolución de Mayo: Belgrano y Güemes, Buenos Aires, 1864.

7 Mitre, Manifiesto revolucionario, octubre de 1874, en “Arengas”, t. II, págs. 203-204.

8 Mitre, A la juventud de Buenos Aires en su meeting de la Unión Cívica, en “Arengas”, t. III, pág. 98.

9 Véase cómo admira en San Martín esta cualidad específica en Historia de San Martín, edición oficial, Buenos Aires, 1938 y ss., t. I, pág. 141 (cf. “Arengas”, t. II, pág. 208), t. II, págs. 98 y ss., t. III, pág. 482.

10 En las Comprobaciones históricas, en las historias de Belgrano y de San Martín, en algunos discursos, especialmente en los llamados “Acuñación de moneda”, “Cuestión de San Juan”, “Cuestión puerto de Buenos Aires” y otros, se advierte la huella o la enunciación explícita de esas lecturas, en las que predominan los historiadores como Thiers, Michelet, Guizot, Macaulay, Gervinus, etc., los sociólogos y políticos como Rousseau, Payne, Spencer, Bentham, Taney, Blackstone, Hamilton, etc., los economistas como Say o Peel.

11 Véase, como ejemplo, la carta de Mitre a Barros Arana, publicada luego en la Revista Chilena con el título de “Carta sobre literatura americana”, que Rojas transcribe en parte en la “Noticia preliminar” a las Comprobaciones históricas, págs. XX y ss. En rigor, toda la obra citada puede testimoniar esa preocupación.

12 Véase el siguiente pasaje de Rivadavia, en “Arengas”, t. III, pág. 24: “Este programa enciclopédico y racional (que fue llenado), señala la más luminosa explosión de los conocimientos humanos entre nosotros, y es el punto de partida del sólido sistema de educación que definitivamente hemos adoptado, dándole por base la ciencia positiva, sin la cual todo saber es estéril”.

13 Obsérvese cómo justifica Mitre la acción pública de las minorías ilustradas de 1814 a 1815 por su inexperiencia política en Historia de Belgrano, edición oficial, t. VII, págs. 226-227.

14 Véase Historia de Belgrano, t. VI, pág. 428.

15 Véase Comprobaciones históricas, parte segunda, págs. 47 y ss.: “Sus juicios —dice refiriéndose a Vicente Fidel López— reflejan la intolerancia política de la época de lucha de los partidos históricos, que pretenden imponerse sin contradicción, lo que obscurece su fina y natural penetración, y participa del carácter retrospectivo que le hemos señalado; a veces son irritantes para la serena imparcialidad de los presentes, y a menudo pecan por falta de medida o equilibrio moral”.

16 Véase el pasaje ejemplar de las Comprobaciones históricas, parte segunda, pág. 197: “Si del patriotismo en la historia se trata, lo entendemos como todos los que, escribiéndola de buena fe y con espíritu libre, buscan en ella la verdad sin halagar preocupaciones propias ni extrañas, ni fomentar odios internacionales y la dicen con franqueza y sin temor, sea que favorezca o no al país de su nacimiento, porque el sentimiento conservador de la nacionalidad, que se inspira en el Pasado, busca en la verdad lecciones y reglas de conducta para el presente y el futuro, y no la estéril satisfacción de la vanagloria”.

17 Podrían señalarse numerosos pasajes de las Comprobaciones históricas, de las dos historias, y de los Estudios sobre la Revolución, para probar esta preocupación; ha sido, justamente, su evidencia, lo que ha inducido al error de creer que esa era la preocupación decisiva de Mitre como historiador.

18 Véase Comprobaciones históricas, parte segunda, págs. 54 y ss.

19 Comprobaciones históricas, parte primera, págs. 198-199.

20 Comprobaciones históricas, parte primera, págs. 9, 199 y ss.; parte segunda, pág. 28.

21 Véase su cuidado para establecer la recta ordenación de los hechos en los siguientes pasajes, por vía de ejemplo: Historia de Belgrano, t. VI, pág. 1 (las primeras líneas de la “Introducción”); pág. 236; págs. 242-243; pág. 429.

22 Comprobaciones históricas, parte primera, pág. 197.

23 Comprobaciones históricas, parte primera, pág. 342.

24 Comprobaciones históricas, parte segunda, pág. 57; Historia de Belgrano, t. VI, pág. 2.

25 Comprobaciones históricas, parte segunda, pág. 55.

26 Comprobaciones históricas, parte segunda, pág. 26.

27 Véase el sugestivo pasaje de las Comprobaciones históricas, parte segunda, pág. 27: “Hoy la filosofía de la historia no es un discurso dogmático como el de Bossuet, ni un sueño espiritualista como el de Herder. Es una ciencia positiva, a que concurren todas las ciencias, que explica en el orden natural de sus causas las evoluciones sucesivas en la coordinación lógica de los hechos, aun de aquellos que antes se consideraban fortuitos, y que deduce por la observación y la comparación las leyes regulares que presiden al crecimiento y la decadencia de las naciones, o sea lo que se ha llamado la ‘dinámica social’, en contraposición de la ‘teología social’. Resulta evidente la influencia comtiana”.

28 Comprobaciones históricas, parte segunda, pág. 28.

29 Comprobaciones históricas, parte segunda, pág. 52.

30 Véase cómo define Mitre el objeto de la historia en Comprobaciones históricas, parte primera, pág. 203: “Dar ordenación clasificándolos, a esa masa de hechos informes o no bien definidos; desprender de ellos su correlación necesaria, su trascendencia y eficiencia; asignarles su significado, desentrañando la acción consciente de los actores en ellos o el resultado fatal que debían producir o han producido; formar de las partes un conjunto, y del conjunto la ley a que ha obedecido en sus múltiples transformaciones y evoluciones, hasta asumir una forma articulada y una constitución orgánica, tal es el objeto de la historia, de cualquier modo que ella se escriba, y tal es la inteligencia que de la nuestra nos han dado los historiadores que se han venido sucediendo, ya sea acompañando servilmente los sucesos, ya salvándolos del olvido, ya proyectando sobre ellos una luz más o menos viva, más o menos falsa, porque todo eso sirve a formar los elementos del juicio racional o de la conciencia colectiva. No se acierta sino errando; ni se juzga sino por comparación”.

31 Historia de Belgrano, t. VI, pág. 298.

32 Historia de Belgrano, t. VI, pág. 47.

33 Historia de Belgrano, t. VI, pág. 200: “El día que unos cuantos hombres comprendieron esto, estalló la revolución. Por eso la revolución, incubada por una minoría ilustrada, fue recibida por las Masas como una ley que se cumplía, sin sacudimientos y sin violencias”.

34 Rivadavia, en “Arengas”, t. III, pág. 30: “Fue entonces cuando Rivadavia, poniéndose al frente del gobierno supremo de las Provincias Unidas, aceptó el reto y dijo con resolución: ‘Ha llegado el momento de oponer los principios a la espada’. Esta actitud salvó en aquella ocasión el porvenir de las instituciones verdaderamente republicanas en la América meridional”.

35 Historia de Belgrano, loc. cit. y t. VI, pág. 289.

36 Historia de Belgrano, t. VI, págs. 325-326; t. VII, pág. 227: “Pero cuando empiezan las revoluciones, lo más difícil es tener la inteligencia de la conciencia pública, entidad misteriosa que escapa a la penetración de los mismos que participan de las tendencias de la mayoría; y esa inteligencia se forma primero en las Masas que en los directores de un gran movimiento, porque, creyendo éstos dirigirlo con ideas abstractas o preconcebidas, no advierten que ellas pugnan con los hechos”.

37 Véase nota 9.

38 Historia de Belgrano, t. VI, págs. 161 y ss.; 325-326, 331, 339, y las que se indican en la nota.

39 Pueden señalarse muchos pasajes que evidencian su condenación de los caudillos; véase, como ejemplo: Historia de Belgrano, t. VI, págs. 410-411, 453; t. VII, págs. 195, 222, 260, 336-337; t. VIII, págs. 142 y ss., 253, 280; Historia de San Martín, t. III, pág. 143; “Arengas”, t. I, pág. 68. Vale la pena destacar que, analizando la proclama de López y Ramírez al pueblo de Buenos Aires en 1820, señala cómo ha aparecido ya en los caudillos un sentimiento nacional (Historia de Belgrano, t. VIII, pág. 340).

40 Véanse los textos anteriormente citados y en especial el último.

41 Historia de San Martín, t. I, pág. 141; y “Arengas”, t. II, pág. 208.

42 Historia de Belgrano, t. VI, pág. 293: “Precédenlos (a los pueblos) en esa vía naturalezas privilegiadas, que presienten los acontecimientos futuros sin tener su clara inteligencia, y que más atrevidos o más generosos marchan a vanguardia de las revoluciones explorando el terreno en procura del bien desconocido”.

43 Comprobaciones históricas, parte primera, págs. 340-341.

44 Historia de San Martín, t. V, pág. 128.

45 Comprobaciones históricas, primera parte, págs. 202-203, cf. Historia de Belgrano, t. VIII, pág. 270.

46 Historia de Belgrano, t. VIII, págs. 365-366.

47 Obsérvese la clara percepción de las mutaciones históricas que hay en el cuadro que ofrece en Rivadavia, “Arengas”, t. III, págs. 19 y ss.; intentos de una precisa periodización se advierten en Historia de Belgrano, t. VI, págs. 105, 220-221, 297-298; t. VII, págs. 312-313; véase Comprobaciones históricas, “Advertencia”, págs. XLIII-XLIV, e Historia de San Martín, t. III, págs. 123-124.

48 Historia de Belgrano, t. VI, págs. 11 y ss.

49 Historia de Belgrano, t. VI, págs. 57 y ss.; t. VII, págs. 386-387.

50 Historia de Belgrano, t. VI, págs. 43-44, 242.

51 Historia de Belgrano, t. VI, pág. 57.

52 Historia de Belgrano, t. VI, pág. 17. Es digno de ser señalado el hecho de que esta observación no haya conducido a Mitre a una explicación económica del separatismo del litoral.

53 Historia de Belgrano, t. VI, pág. 56.

54 Véase cómo destaca ese hecho, fundamental para el problema que constituye su punto de partida, en los siguientes pasajes: Historia de Belgrano, t. VI, págs. 142, 152, 156, 194, 199; Comprobaciones históricas, parte primera, págs. 100-101, 201-202.

55 Historia de Belgrano, t. VI, págs. 273-274; Comprobaciones históricas, parte primera, págs. 204-205.

56 Historia de Belgrano, t. VI, pág. 342.

57 Historia de Belgrano, t. VI, págs. 415-416.

58 Historia de Belgrano, t. VI, págs. 432-433; t. VIII, pág. 275.

59 Historia de Belgrano, t. VI, pág. 319.

60 Historia de Belgrano, t. VII, pág. 204.

61 Historia de Belgrano, t. VII, págs. 283, 297, 304.

62 Véanse las notas 39 y 66.

63 La presencia del sentimiento de comunidad americana está señalada en múltiples pasajes, pero no se destaca su significación; véase, por ejemplo, Historia de Belgrano, t. VI, págs. 269, 278, 280, 408; t. VII, págs. 18, 93, 117, 352. Pero basta para percibir cómo ha sido observado y —en otro sentido— no valorizado este sentimiento, la lectura del capítulo primero de la Historia de San Martín.

64 Historia de Belgrano, t. VI, pág. 416.

65 Historia de Belgrano, t. VI, pág. 453; t. VII, pág. 297.

66 Historia de Belgrano, t. VI, págs. 410-411, 453; t. VII, págs. 195, 222, 260, 336-337, 388; t. VIII, págs. 142 y ss., 253, 280; Historia de San Martín, t. III, pág. 143.

67 Historia de Belgrano, t. VI, págs. 1-2, 446; t. VII, págs. 311 y ss.; “Arengas”, t. III, pág. 31.

68 Véase la visión de conjunto que, en tal sentido, proporciona el capítulo XXX, passim, de la Historia de Belgrano.

69 Véase nota 66 y Comprobaciones históricas, “Advertencia”, págs. XLIII-XLIV.

70 Historia de Belgrano, t. VI, pág. 438.

71 Historia de Belgrano, t. VII, págs. 289, 298-299.

72 Véase nota 61 e Historia de Belgrano, t. VI, págs. 242-243.

73 Historia de Belgrano, t. VII, págs. 309 y ss.

74 Historia de Belgrano, t. VI, pág. 74; t. VII, págs. 85-86; Historia de San Martín, t. I, págs. 59, 125, 129; t. IV, págs. 217, 440; t. V, pág. 113.

75 Historia de Belgrano, t. VI, págs. 32, 57 y ss.; t. VII, pág. 352.

76 Historia de Belgrano, t. VI, págs. 60-61.

77 Historia de Belgrano, t. VI, págs. 65 y ss., 282 y ss.

78 Historia de Belgrano, t. VI, págs. 75 y ss., 204 y ss., 225, 257 y ss., 274, 278.

79 Véase la oposición en Historia de Belgrano, t. VII, págs. 221 y ss.

80 Véase, sobre los “hombres de principios”, Historia de Belgrano, págs. 259 y 263; “Arengas”, t. I, pág. 189.

81 Historia de Belgrano, t. VII, págs. 226-227, 301.

82 Historia de Belgrano, t. VI, págs. 325-326.

83 Historia de Belgrano, t. VI, págs. 437-438.

84 Mitre lo señala en numerosos pasajes; véanse, entre otros, los siguientes: Historia de Belgrano, t. VI, pág. 453; t. VII, págs. 223, 297.

85 Véanse los pasajes citados en las notas 39 y 66.

86 Historia de Belgrano, t. VI, págs. 452, 413-416.

87 Historia de Belgrano, t. VII, págs. 68-69, 89 y ss., 203.

88 Historia de Belgrano, t. VIII, págs. 221 y ss.

89 Historia de Belgrano, t. VIII, pág. 340.

90 Historia de Belgrano, t. VII, págs. 273-274.

91 Véase por ejemplo, Historia de Belgrano, t. VII, pág. 256; t. VI, págs. 101, 271.

92 Historia de Belgrano, t. VII, pág. 245.

93 Historia de Belgrano, t. VI, pág. 232; t. VII, pág. 256.

94 Historia de Belgrano, t. VII, págs. 354-355.

95 Historia de Belgrano, t. VII, pág. 311.

96 Historia de Belgrano, t. VII, págs. 312-313.

97 Historia de Belgrano, t. VII, pág. 336.

98 Historia de Belgrano, t. VI, pág. 452.

99 Rivadavia, en “Arengas”, t. III, pág. 13.

100 Discurso en la jura de la Constitución Nacional, en “Arengas”, t. I, pág. 186.

101 Rivadavia, en “Arengas”, t. III, págs. 15-16.

El pensamiento político de la Emancipación. 1975

La preparación de una antología del pensamiento político de la Emancipación no sólo obliga a seleccionar según cierto criterio —siempre discutible— los textos que se juzguen más significativos, sino que propone inexcusablemente ciertos problemas de interpretación sobre los que caben diversas respuestas. Parecería oportuno indicarlos aquí, como una invitación para reflexionar no sólo sobre textos y sus contenidos sino también sobre los caracteres del proceso histórico que se abre en Latinoamérica a principios del siglo XIX y del que surgen nuevas nacionalidades.

¿Hasta dónde es válido pensar e interpretar el proceso de la Emancipación sólo como un aspecto de la crisis de transformación que sufre Europa desde el siglo XVIII y en la que se articula la caída del imperio colonial español? Sin duda esa crisis de transformación constituye un encuadre insoslayable para la comprensión del fenómeno americano, y lo es más, ciertamente, si se trata de analizar las corrientes de ideas que puso en movimiento. Pero, precisamente porque será siempre imprescindible conducir el examen dentro de ese encuadre, resulta también necesario puntualizar —para que quede dicho y sirva de constante referencia— que el proceso de la Emancipación se desata en tierra americana a partir de situaciones locales, y desencadena una dinámica propia que no se puede reducir a la que es propia de los procesos europeos contemporáneos. Más aún: desencadena también unas corrientes de ideas estrictamente arraigadas en aquellas situaciones que, aunque vagamente y carentes de precisión conceptual, orientan el comportamiento social y político de las minorías dirigentes y de los nuevos sectores populares, indicando los objetivos de la acción, el sentido de las decisiones y los caracteres de las respuestas ofrecidas a las antiguas y a las nuevas situaciones locales. Esas corrientes de ideas no forman parte del habitual repertorio de concepciones políticas a que apelaron los dirigentes del movimiento emancipador, sobre todo cuando fijaron por escrito sus opiniones políticas o enunciaron formalmente sus proyectos concretos, constitucionales o legislativos. En esos casos, recurrieron a un conjunto de modelos ideológicos ya constituidos en Europa o en Estados Unidos. Y si se trata de exponer ese pensamiento es forzoso referirlo a esos modelos, tanto más que, efectivamente, se basaron en ellos las creaciones institucionales que tuvieron vigencia legal.

Pero es bien sabido que no siempre —o casi nunca— tuvieron auténtica y profunda vigencia real. Esa contradicción proviene, precisamente, de la inadecuación de los modelos extranjeros a las situaciones locales latinoamericanas y, sobre todo, de la existencia de otras ideas, imprecisas pero arraigadas, acerca de esas situaciones y de las respuestas que debían dárseles. Eran ideas espontáneas, elaboradas en la experiencia ya secular del mundo colonial en el que el mestizaje y la aculturación habían creado una nueva sociedad y una nueva y peculiar concepción de la vida. Lo más singular —y lo que más dificulta el análisis— es que esas ideas no eran absolutamente originales, sino transmutaciones diversas y reiteradas de las recibidas de Europa desde los comienzos de la colonización, de modo que pueden parecer las mismas y reducirse conceptualmente a ellas. Pero la carga de experiencia vivida —irracional, generalmente— con que se las transmutó introdujo en ellas unas variantes apenas perceptibles, y las mismas palabras empezaron en muchos casos a significar otras cosas. Fueron ideas vividas, y por lo tanto entremezcladas con sentimientos y matizadas con sutiles acepciones hasta el punto de tornarlas, en ocasiones, irreductibles a las ideas recibidas que fueron sus modelos y puntos de partida. Por eso la historia latinoamericana de los tiempos que siguieron a la Emancipación parece un juego difícilmente inteligible, una constante contradicción en el seno de una realidad institucionalizada según modelos difícilmente adaptables, en la que irrumpían cada cierto tiempo y de imprevisibles maneras unas tendencias genuinas que reivindicaban su peculiaridad y que la tornaban más anárquica y confusa.

El pensamiento escrito de los hombres de la Emancipación, el pensamiento formal, podría decirse, que inspiró a los precursores y a quienes dirigieron tanto el desarrollo de la primera etapa del movimiento —el tiempo de las “patrias bobas”— como el de la segunda, más dramática, iniciado con la “guerra a muerte”, fijó la forma de la nueva realidad americana. Pero nada más que la forma. El contenido lo fijó la realidad misma, la nueva realidad que se empezó a constituir al día siguiente del colapso de la autoridad colonial. Entonces empezó la contradicción, cuya expresión fueron las guerras civiles, los vagos movimientos sociales, las controversias constitucionales, las luchas de poder, siempre movidas por el juego indisoluble entre las ambiciones de grupos o personas y las encontradas concepciones sobre las finalidades de la acción y las formas de alcanzarlas.

Con esta salvedad debe entenderse el contenido de la casi totalidad del pensamiento escrito de los hombres de la Emancipación. Expresó un conjunto de modelos preconcebidos para una realidad que se supuso inalterable, pero que empezó a transformarse en el mismo instante en que ese pensamiento fue formulado. Eran modelos que tenían un pasado claro y conocido, pero que tuvieron un futuro incierto y confuso. Su génesis hay que buscarla fuera de Latinoamérica, pero el singular proceso de su funcionamiento y adecuación es lo que explica la historia de las cinco o seis décadas que siguieron a la independencia.

El caudal de pensamiento político en que abrevaron los hombres de la Emancipación se constituyó a lo largo de toda la Edad Moderna, pero adquirió consistencia y sistematización en la segunda mitad del siglo XVIII. Por entonces se precipitaron también los procesos que transformarían el sistema económico y político del occidente europeo, del que formaban parte las potencias coloniales instaladas en Latinoamérica. Pero no estaban incluidas de la misma manera Portugal y España. El primero había aceptado participar en el sistema del mundo mercantil a la zaga de Inglaterra, en tanto que la segunda se resistía y actuaba en creciente desventaja dentro de ese mundo que controlaban Inglaterra, en primer término, y Holanda y Francia en segundo. Esa situación signó el destino internacional de España. Poseedora de un vasto imperio colonial, había perdido progresivamente el control de las rutas marítimas y, con él, la capacidad de defensa de sus posesiones.

Ciertamente, la defendía el pacto de familia que unía a las dos ramas de los Borbones, y después de la Revolución el pacto con Francia, la primera potencia militar de Europa. Pero la preponderancia marítima de Inglaterra neutralizaba ese apoyo y, en cambio, España compartía todos los riesgos de la alianza francesa. A causa de ella fue aniquilada por Nelson la flota española en Trafalgar, en 1805, y el destino del imperio colonial español quedó sellado. La invasión francesa de la península en 1808 completó el proceso, y en las colonias españolas quedaron dadas las condiciones para que se desprendieran de la metrópoli.

No es fácil establecer cuál era el grado de decisión que poseían los diversos sectores de las colonias hispanoamericanas para adoptar una política independentista. Desde el estallido de la Revolución francesa aparecieron signos de que se empezó a pensar en ella, y cuando Miranda inició sus arduas gestiones ante el gobierno inglés se aseguraba de que vastos grupos criollos estaban dispuestos a la acción. Pero era un sentimiento tenue, que sin duda arraigaba en los grupos criollos de las burguesías urbanas sin que pueda saberse, en cambio, el grado de resonancia que tenían en otros sectores. El sentimiento prohispánico estaba unido al sentimiento católico, y los avances que había logrado la influencia inglesa, promovidos por grupos mercantiles interesados en un franco ingreso al mercado mundial, estaban contenidos por la oposición de los grupos tradicionalistas que veían en los ingleses no sólo a los seculares enemigos de España sino también a los herejes reformistas. Fue esa mezcla de sentimientos la que galvanizó la resistencia de Buenos Aires cuando dos veces hizo fracasar otros tantos intentos ingleses de invasión, en 1806 y 1807. De pronto un vacío de poder, creado por la crisis española de 1808, obligó a decidir entre la sujeción a una autoridad inexistente y una independencia riesgosa, acerca de cuyos alcances se propusieron diversas variantes. Ese fue el momento en que adquirieron importancia los modelos políticos que se habían elaborado en Europa y en los Estados Unidos en las últimas décadas, y de acuerdo con los cuales debería encararse el arduo problema de orientar el curso del proceso emancipador.

Para identificar todos los caracteres del caudal de pensamiento que fraguó en los modelos políticos vigentes a principios del siglo XIX sería necesario traer a colación toda la apasionada discusión doctrinaria que acompañó a las luchas por el poder a lo largo de la Edad Moderna. No podrían obviarse las opiniones del padre Juan de Mariana, del rey Jacobo I de Inglaterra, de Jean Bodin, de Hugo Grocio. Pero los modelos mismos, los que operaron eficazmente frente a las situaciones creadas en Latinoamérica, quedaron formulados sólo a partir de fines del siglo XVIII, cuando en Inglaterra, tras la revolución de 1688, se instauró la monarquía parlamentaria. La Declaración de derechos, dictada por el Parlamento y aceptada por el estatúder de Holanda a quien se le había ofrecido el trono, definió un estatuto político en el que se resumía una larga y dramática experiencia y se fijaban los términos institucionales que resolvían en un cierto sentido los conflictos entre las tendencias absolutistas de la monarquía y las tendencias representativas de las poderosas burguesías que, de hecho, controlaban la vida económica de la nación. Y sin embargo, la polémica no había quedado cerrada. Mientras John Locke construía la doctrina del nuevo régimen en sus Two Treatises of Goverment, de 1690, circulaban las ideas que Thomas Hobbes había expuesto rigurosamente en 1651 en The Leviathan. La tesis del contrato social nutría el pensamiento de ambos tratadistas, pero en tanto que Locke ponía límites a sus alcances y sostenía el derecho de las mayorías a ejercer el gobierno, Hobbes había radicalizado aquella tesis y derivaba del contrato originario un poder absoluto. Whigs y tories recogerían esas dos doctrinas y las traducirían, en el ejercicio del poder, en sendas políticas prácticas a lo largo del siglo XVIII.

De hecho, predominó la concepción de Locke que, al fin, coincidía con el irreversible texto de la Declaración de derechos, sin que lograran hacer mella en el sistema parlamentario los ocasionales arrebatos absolutistas de Jorge III. Ingla