El pensamiento político de la derecha latinoamericana. 1970

El pensamiento político de la derecha

El examen del pensamiento político de la derecha latinoamericana suscita un conjunto de problemas que se relacionan tanto con las situaciones socioeconómicas como con las corrientes políticas y los movimientos de opinión. Sería una abstracción peligrosa realizar ese examen en términos exclusivamente teóricos, evitando la puntualización de las correlaciones entre las doctrinas y los grupos sociales, o sorteando el análisis de las relaciones entre el pensamiento de la derecha y el de las demás corrientes políticas. Ningún movimiento ideológico o político puede entenderse sino dentro del juego de situaciones reales y de controversias en que surge y se desarrolla. Pero en el caso particular del pensamiento de la derecha el riesgo se acentúa, porque con ese nombre no se define una doctrina concreta —como podría ser el liberalismo, el fascismo o el comunismo— sino un haz impreciso de ideas que se combinan con ciertas actitudes bá-sicas, y el conjunto configura una corriente política cuyo sentido fundamental está en relación inmediata con los problemas en juego en cada momento y con las doctrinas y actitudes del centro y de la izquierda, a su vez conjuntos también complejos y con frecuencia definibles ideológicamente sólo por sus contrarios. De todos modos, este ensayo debe ceñirse a su tema específico, y las incursiones en otros terrenos serán tan breves como la claridad lo permita, limitándose su desarrollo a lo estrictamente necesario para ofrecer el cuadro de las circunstancias, los hechos y las ideas indispensables. Tiene, sin duda, el pensamiento político de la derecha un interés singular en Latinoamérica. Pero empecemos por decir que tiene un interés fundamental en todas partes y en todas las épocas, en relación con ciertas peculiaridades del conocimiento histórico social que vale la pena destacar.

Tal como se conciben los procesos históricos sociales desde la segunda mitad del siglo XVIII, y sobre todo, tal como se concibe su examen y su exposición, parece normal que el acento se coloque sobre los fenómenos de cambio, esto es, sobre las fases dinámicas de los procesos. Es esto una consecuencia del predominio de la concepción historiográfica fundada en la idea de progreso, tal como la elaboraron Voltaire o Condorcet. De esa concepción ha quedado como una secuela —aun después de haber perdido vigencia— la tendencia a suponer que el análisis histórico se relaciona casi exclusivamente con los procesos de cambio. Sin duda, las escuelas institucionalistas y sociologistas y últimamente el estructuralismo, han manifestado una inequívoca proclividad a la descripción de situaciones y estructuras, respondiendo a aquella tendencia con otra —acaso igualmente peligrosa— que supone cierta inmovilidad en las situaciones y estructuras. Pero ambas entrañan el mismo riesgo de falsear la imagen de la vida histórico social.

Es explicable que el examen de los procesos de larga duración parezca tolerar su descripción como si se tratara de situaciones inmutables. Pero es bien sabido que no son tales y que el proceso de cambio es permanente. Hay, sí, estructuras y situaciones que sólo cambian con ritmo muy lento; en tanto que otros planos de la vida histórica cambian con ritmos más acelerados. Esta diferenciación es lo que solía estar ausente en la concepción historiográfica fundada en la idea de progreso. La descripción de los fenómenos de cambio —entre los que parecían necesariamente más importantes los más acelerados— predominaba sobre el análisis de las situaciones en las que el cambio se realiza y, en consecuencia, dejaba en la penumbra los fenómenos que la resisten, generalmente pasivos y poco visibles, pero cuya persistencia explica las violentas irrupciones de fuerzas que, en cierto momento, interrumpen el sentido del cambio, operan pretendidas restauraciones y modifican la dinámica de la vida histórico social.

Sin duda han sido los historiadores pertenecientes a la derecha ideológica los que han subrayado más insistentemente la capacidad de perduración de ciertos planos de la vida histórica en relación con los procesos de cambio, con las revoluciones. No es difícil observarlo a través de la historiografía relacionada con las revoluciones inglesas del siglo XVII, con la Revolución Francesa de 1789, con las revoluciones latinoamericanas de principios del siglo XIX, con la Revolución mexicana de 1910, con la Revolución rusa de 1917. Cierto es que con frecuencia sólo hallamos una inversión en el sentido de la apologética; pero aun así es importante, puesto que ayuda a incluir en el análisis objetivo y científico de la dinámica de la vida histórico social los elementos situacionales e ideológicos que revelan la resistencia activa al cambio y, además y en particular, los que revelan la perduración de situaciones que no fueron alcanzadas por el proceso de cambio acelerado, estableciendo el alcance deliberado o espontáneo del cambio mismo: para este objetivo es, pues, singularmente importante el examen de las actitudes y del pensamiento de la derecha, como expresión y testimonio del significado social y cultural que cierto sector asigna a aquello que, en el proceso de cambio, logra permanecer casi inalterable.

Advirtamos desde ahora que este examen no es fácil. La derecha, por su propia naturaleza, no suele elaborar proyectos y es reacia a fundamentar doctrinariamente su conducta. Un historiador y sociólogo brasileño que la representa bien, Oliveira Vianna[1] define muy explícitamente esa tendencia, refiriéndose a los estadistas conservadores del Brasil, pero en términos que tienen validez general:

Al concebir y realizar su monumental sistema de gobierno y administración del país, los grandes políticos imperiales obran como espíritus positivos, jugando con los datos de la realidad objetiva, teniendo a la vista los hechos concretos de nuestra vida nacional. Pueden invocar, para justificar sus actos o sus creaciones, el apoyo de teorías extranjeras, de sistemas e instituciones de otros pueblos, pero eso es apenas por condescendencia hacia el espíritu de la época, para dar un color doc-trinario y filosófico a las ideas sugeridas por el mundo objetivo que los rodea. Los constructores de nuestra unidad política son ante todo hombres prácticos, políticos experimentales, que nunca pierden de vista las condiciones reales del pueblo ni las particularidades de su mentalidad.

La observación puede, ciertamente, generalizarse, no sólo porque, de hecho, es más difícil encontrar textos reveladores del pensamiento político de derecha que de cualquier otra corriente de opinión, sino también porque es evidente que ciertas actitudes y opi-niones encuentran en las situaciones reales un fundamento mucho más sólido que el que puede ofrecerle el pensamiento doctrinario. Por lo demás, el uso de ideas tradicionales para la defensa y justificación de las ideas vigentes no origina, en general, sino una literatura de propaganda de escasa originalidad. No obstante, la derecha ha producido testimonios de extraordinario valor, especialmente por su coherencia interior; pero no siempre es fácil distinguir cuándo son simples reiteraciones de un pensamiento de elaboración secular y cuándo son juicios nacidos del examen de las situaciones reales. Acaso el interés general que, por las razones señaladas, tiene el análisis del pensamiento político de la derecha, se acentúe actualmente en Latinoamérica por el hecho de que, en muchos países, los grupos que lo sustentan han tomado la iniciativa en los últimos tiempos. Conviene establecer claramente el sentido de esta afirmación, porque entraña una posición metodológica que habrá de advertirse a lo largo de todo este ensayo. No me refiero aquí solamente a los netos partidos políticos de la derecha, cuyo poder de iniciativa puede ser equivalente al de otros sectores. Me refiero, específicamente, a las fuerzas económicas y sociales de la derecha, enérgicamente resueltas a defender sus posiciones contra la ofensiva de vastas mayorías no poseedoras y que operan especialmente como grupos de presión a través de diversos regímenes políticos, aun cuando no sean estos específicamente de derecha. Esas fuerzas buscan sus propias soluciones, pero a través de un sistema de ideas —que suelen llamar su “filosofía” — que entraña un diagnóstico del sentido general que deben seguir las sociedades latinoamericanas en el curso de su desarrollo. Hay en ese sistema de ideas un ajuste de viejos esquemas a las circunstancias nuevas; pero este ajuste es muy variable y siempre significativo, porque aunque la derecha responde a la situación menos cambiante, pone, empero, de manifiesto el nivel de cambio producido en las estructuras a través de los procesos de larga duración: y aunque expresa la resistencia al cambio, pone de manifiesto también el nivel de tolerancia que ha alcanzado, en virtud del cual erige en cada caso una nueva línea de defensa, transaccionalmente establecida.

La perduración de estructuras socioeconómicas muy antiguas en Latinoamérica otorga particular gravitación a los grupos de derecha y a su pensamiento político. Pero no es esa la única causa de la influencia de esos grupos. Las estructuras arcaicas se combinan con otras más modernas, pero que han engendrado ya en su seno sectores resueltamente adversos a nuevos cambios. De aquí la proteica figura que ofrece la derecha latinoamericana, cuya composición, como grupo social, será necesario señalar antes de exponer su pensamiento.

Como se habrá observado, y sin perjuicio del análisis que constituye el tema del primer capítulo de este ensayo, la idea de derecha aparece necesariamente unida a la idea de resistencia al cambio, con lo cual parecería clara la identificación entre derechas y grupos conservadores. Empero, no es absolutamente así. A veces ha sido imprescindible usar otros criterios más matizados, de modo que la caracterización de un movimiento o de una persona como perteneciente a la derecha puede obedecer a uno de ellos, lo cual puede engendrar ciertas confusiones, y las conclusiones extrañar al lector.

Conviene, pues, no perder de vista los criterios utilizados en cada caso, y las relaciones, a veces aparentemente contradictorias, entre ellos.

Para resolver algunos de los problemas que acabo de mencionar, he utilizado una nomenclatura no siempre ortodoxa. Pero confío en que las caracterizaciones de cada grupo social y de cada corriente de pensamiento servirán para proveerlas de un contenido inequívoco. Grupos sociales y corrientes de pensamiento serán presentados históricamente, incluso cuando en cada momento se señalará que ni unos ni otras se extinguen, conviene insistir aquí en que la idea que preside este análisis es que los grupos de la derecha tienen una composición acumulativa, en virtud de la cual coexisten situaciones y tradiciones de diferente data. Sólo teniendo presente este carácter podrá entenderse bien el comportamiento y las ideas de la derecha latinoamericana.

1. Cuestiones previas

Dos problemas conceptuales parecen previos al análisis del pensamiento político de la derecha latinoamericana.

El primero es el problema del área, puesto que la idea misma de Latinoamérica, concebida como una unidad, requiere algunas precisiones.

El segundo, y más importante, es el de la caracterización de la derecha como grupo socioeconómico, político y cultural, puesto que, a poco que se ajusten los criterios, se advierte que se trata de un complejo heterogéneo al que no se puede asignar una sola línea de pensamiento.

La cuestión de la unidad y diversidad del área latinoamericana

La posibilidad de analizar, caracterizar y describir el pensamiento político de la derecha latinoamericana supone cierta homogeneidad en esa área que no es absolutamente obvia. No sería fácil, por ejemplo, incluir en una sola formulación los caracteres de las clases medias en Chile y Colombia, en Paraguay y México, en Argentina y Ecuador; del mismo modo es difícil incluir en una sola formulación los caracteres de las clases altas tradicionales en esos mismos países, teniendo en cuenta, además, que el examen debe incluir al Brasil; y de tales dificultades puede inferirse que deberá matizarse mucho la caracterización del pensamiento político de la derecha, del que puede decirse que es el más apegado a las situaciones y, en consecuencia, el menos ideológico —en sentido estricto— de los pensamientos políticos. Empero, precisamente, por ser el pensamiento más apegado a las situaciones vigentes, permite un cierto grado de generalización, puesto que lo que más unidad confiere al área latinoamericana son, sin duda, las situaciones originarias, en tanto que los desarrollos posteriores tienden a una acentuada diversificación. Vale la pena detenerse un instante en esta observación.

La unidad del área latinoamericana fue postulada por la Europa conquistadora y colonizadora. No existía antes ni existió intrínsecamente después. Pero los impactos europeos sí fueron homogéneos en toda su extensión y crearon cierta unidad en el armazón del área de mestizaje y aculturación que se constituía. Con ligerísimas variantes, el régimen de la tierra y los lazos de dependencia que sujetaban a las poblaciones indígenas se establecieron según normas semejantes en toda el área hispánica y en el área lusitana, y condujeron a la creación casi súbita de una singular estructura socioeconómica que constituyó el fundamento casi inconmovible de la vida social latinoamericana. El vigor con que esa estructura resistió, ya en 1542, a los esfuerzos de la corona española por modificarla, explica cómo ha podido sobreponerse a otros embates posteriores, modificarse ligeramente para adecuarse a nuevas circunstancias externas e internas, y subsistir, incluso hasta hoy, en algunas regiones.

Pero no fue este impacto originario el único de los impactos europeos que contribuyó a prestarle unidad al área latinoamericana. Un fenómeno semejante ocurrió por la misma época en el campo de la organización política y en el campo de la cultura. Un sistema de formas institucionales, un haz de principios morales y políticos y de tradiciones culturales —con los pequeños matices que separaban en el siglo XVI a España y Portugal— crearon un conjunto de ínsulas análogas a través del vasto continente, fuera de las cuales, sin embargo, empezó a elaborarse trabajosamente un mundo marginal, en el que se fueron insinuando nítidas diferencias regionales que crista-lizarían poco a poco y alcanzarían claros perfiles en el siglo XVIII.

Pero ya mientras se producía esa diversificación, nuevos impactos europeos crearon otros principios de unidad. El mundo de la economía mercantil reclamó del mismo modo a las distintas regiones, ofreció los mismos incentivos, ejerció las mismas coacciones, y contribuyó a operar en el seno de las diversas sociedades las mismas transformaciones de las que surgieron nuevas burguesías urbanas que, al par que introducían nuevas líneas de desarrollo en el seno de la comunidad, arrastraban hacia sí a las viejas clases poseedoras de la tierra para inducirlas a modificar sus actitudes y su mentalidad. Pero aquel desarrollo homogéneo en cuanto a las presiones que lo habían desencadenado, adoptó muy pronto formas regionales diferenciadas, que se definieron fuertemente al producirse la emancipación. A partir de entonces la diferenciación se acentuó; pero no sólo, ni principalmente, dentro de los nuevos marcos nacionales creados por el principio del uti possidetis, sino dentro de las áreas regionales que se habían esbozado espontáneamente, según determinaciones geográficas más o menos estorbadas o favorecidas, por las peculiaridades del desarrollo económico o la arbitrariedad del sistema administrativo. Los fenómenos de anarquía y de guerra civil y los vagos clamores en favor de una organización federativa reflejaron ese conflicto entre nación y región, entre orden institucional y sentimiento comunitario, que se había gestado en el seno de otro conflicto más profundo entre el orden uniforme impuesto desde fuera y el desarrollo espontáneo y diferenciado que la vida social había suscitado, al margen de las coacciones externas.

Empero, nuevos impactos externos contribuyeron a robustecer ciertos rasgos comunes a toda Latinoamérica. Con la Revolución industrial, Europa modificó rápidamente tanto los sistemas de producción como las formas de vida, y tales cambios repercutieron sobre toda su periferia. Latinoamérica sintió otra vez los estímulos y las coacciones que provenían del foco alrededor del cual giraba su vida económica, social y cultural, y respondió operando ciertos cambios para adecuarse a la nueva situación. Pero no fueron en todas partes los mismos. Nuevas diversificaciones se operaron con las va-riadas respuestas ofrecidas a los mismos estímulos, y una vez más las contradicciones se acentuaron entre el desarrollo local espontáneo y las determinaciones exógenas que colocaban toda el área latinoamericana en situación análoga con respecto a los núcleos de los que dependía.

Fenómenos semejantes se produjeron en el orden de la cultura. El sistema de ideas medievales que ordenó la vida de los primeros grupos colonizadores fraguó con los esquemas de la estructura socioeconómica señorial en el siglo XVI. Casi no hubo fisuras en él; pero los impactos del pensamiento moderno, de la Ilustración, del liberalismo, del romanticismo, del positivismo, del socialismo, del fascismo, no sólo produjeron sucesivamente enfrentamientos vigorosos con aquel sistema y sus secuelas, sino que provocaron curiosos y variados casos de reelaboración doctrinaria, al compás del uso que se hacía de cada sistema ideológico para interpretar y modificar la realidad.

Es lícito, pues, considerar en el conjunto latinoamericano una corriente de pensamiento tan arraigada en las situaciones reales como lo es el pensamiento político de la derecha, porque tales situaciones fueron homogéneas y subsistieron en buena parte a pesar de todos los cambios operados desde el siglo XVIII. Pero es necesario atender a esos cambios, porque ellos no fueron homogéneos. Por eso sólo se advierte en sus fibras profundas cierta unidad en el pensamiento de la derecha latinoamericana, en tanto que en otras se advierten peculiaridades evidentes que obligan a una constante matización.

Empero, no es éste el más confuso de los problemas que se presentan. Es necesario, antes de atribuir a la derecha un cierto tipo de pensamiento, indagar qué grupos sociales la componen y, sobre todo, qué tradiciones arrastran. La derecha es hoy un conjunto proteico, y cada una de las fisonomías que ofrece esconde un enigma histórico.

La cuestión de la caracterización de la derecha

No abundan los estudios dedicados específicamente al análisis de la peculiar composición de las formaciones o movimientos considerados como de derecha en Latinoamérica. No se trata, en efecto, de un partido, sino de una conjunción de grupos que coinciden en una actitud política. Hay en su seno, quizá, partidos; y éstos han sido estudiados en muchos casos dentro de los procesos políticos generales.

Pero esas conjunciones sobrepasan el alcance de los partidos. Para entender su composición es menester, pues, no limitarse a ver en ellas grupos políticos de opinión; sin descuidar éstos, es necesario, sobre todo, establecer cuáles son los grupos sociales que se movilizan políticamente para constituirlas.

A primera vista se advierte que la expresión “derecha” corresponde a una actitud política muy general en la que pueden coincidir grupos sociales y políticos diversos y que se definen fundamentalmente por sus opuestos. Sin duda esos grupos adquieren mayor homogeneidad cuando las situaciones se hacen críticas y los enfrentamientos precipitan la polarización. La imagen de que la derecha es un sector compacto de la sociedad se acentúa entonces; pero quizá lo que más contribuya a acentuarla sea la visualización de sus adversarios —los grupos “democráticos“, “progresistas”, “izquierdistas”, “liberales“, o como en cada ocasión se califiquen—, los cuales le prestan una cohesión que no siempre tiene. De aquí una cierta tendencia a definir la derecha, en el plano teórico, como un conjunto homogéneo.

Una fórmula usual es asimilar la derecha a la burguesía, entendida ésta como parte del sistema burguesía-proletariado. Esta fórmula es metodológicamente inapropiada en el caso particular de Latinoamérica, porque supone que el concepto “burguesía” es inequívoco y que conocemos claramente su contenido. Es bien sabido, en cambio, que no hemos precisado bien los contenidos del concepto “burguesía”, y si aceptamos la asimilación, no hacemos, en rigor, sino trasladar el problema, del concepto “derecha” al concepto “burguesía”. El problema se complica aún más, pues su antítesis en Latinoamérica no es lo que entraña en otras áreas el concepto “proletariado” ; y no constituye una tarea menos compleja establecer qué es exactamente lo que se opone a la derecha.

Menos inapropiada, aunque en pequeño grado, es la asimilación de la derecha a lo que vagamente se suelen llamar las clases dominantes. En Latinoamérica las clases dominantes se han constituido a través de un proceso singular que le ha prestado una fisonomía equívoca, cuya expresión es un comportamiento político confuso.

Derechas e izquierdas se han diferenciado, por lo demás, en el seno de las clases dominantes, a través de la oposición de los distintos sectores que procuraban alcanzar el poder político para perfeccionar y consolidar su poder económico social. Parecería, en consecuencia, ser lícito un uso absoluto y otro relativo de la calificación. Conviene, pues, renunciar por ahora a una definición simplista y atenerse a los resultados matizados, aunque quizá menos precisos, que ofrezcan un examen empírico de los grupos sociales y políticos que han sido considerados como de derecha. Pero aun este método presenta serias dificultades, porque la asignación de tal calificación no ha obedecido siempre a un mismo criterio; por lo contrario, parece evidente que han funcionado indistintamente dos: un criterio político y un criterio socioeconómico.

Si analizamos el criterio político, se observa que han sido considerados como de derecha los grupos que han hecho un uso autoritario del poder, estableciendo dictaduras o perpetuando oligarquías, que han negado —sea a la mayoría del pueblo, sea tan sólo a la mayoría de los sectores con participación en la vida política— los derechos y las libertades que consagraban el derecho natural y, en especial, los que consagraban las doctrinas racionalistas elaboradas desde el siglo XVII.

Ha sido la mentalidad liberal, tal como funcionó desde mediados del siglo XVIII, la que prefirió este criterio. A partir de muchas experiencias concretas, quedó tácitamente admitido que la dictadura o la oligarquía definen una actitud de derecha, y que la existencia de un vigoroso aparato represivo, la inexistencia de la libertad de conciencia o, en general, la violación o la negación de los derechos del hombre y del ciudadano, constituyen signos inequívocos de esa actitud política.

Empero, el criterio político no ha sido coherentemente utilizado. En ocasiones se ha admitido como legítima una “dictadura liberal“, esto es, el ejercicio autoritario del poder por parte de un grupo dispuesto a imponer un sistema liberal. Las circunstancias han sido proporcionadas por la vigorosa oposición de ciertos grupos antiliberales de raíz señorial, unas veces, o por la amenazadora actitud de grupos democráticos de pequeña burguesía o grupos populares con vagos anhelos de justicia social, otras. La necesidad de defender lo que se entendía por libertad pareció justificar la restricción de la libertad. Este principio reconoce como antecedente y fundamento la concepción del despotismo ilustrado, que sin duda inspiró a muchos grupos liberales latinoamericanos, especialmente frente a la vigorosa influencia de la Iglesia Católica, apoyada por los grupos sociales superiores.

Si analizamos el criterio socioeconómico, se observa que han sido considerados de derecha los grupos que han defendido el mantenimiento incólume de las tradicionales estructuras socioeconómicas y socioculturales, cuyo fundamento arraiga en el ordenamiento colonial. Esta defensa supone una acción política, emprendida al insi-nuarse un ataque que amenace o vulnere esa estructura, esto es, un intento de cambio socioeconómico, de modo que esa política puede ser definida como un movimiento de resistencia o de oposición al cambio.

Así caracterizada, la derecha no manifiesta fundamentalmente una actitud política sino una actitud socioeconómica y sociocultural. Usando este criterio, el ejercicio autoritario del poder no es necesariamente de derecha: lo es cuando tiene por objeto impedir el cambio, y no lo es, por lo contrario, cuando está puesto al servicio del cambio.

La utilización del criterio socioeconómico modifica, entonces, sustancialmente el enfoque del problema, y suscita nuevas cuestiones que es necesario tener presente. Si en diferentes circunstancias la adjudicación de la calificación de “derecha” ha sido equívoca se debe, sin duda, a la diversidad de los tipos de cambio que se han insinuado o producido en Latinoamérica. Descartemos los simples reemplazos de grupos o personas que disputan el poder dentro del mismo sistema, porque en ese caso parece lícito aplicar el primer criterio. Cuando se trata de cambios socioeconómicos pueden distinguirse dos instancias claramente diferenciables, aun cuando admiten, a su vez, varios matices importantes. La primera instancia es el conato de cambio de las estructuras señoriales de raíz colonial por una estructura liberal-burguesa, con supresión de los mayorazgos, del esclavismo, del sistema servil del trabajo indígena, de los monopolios y, al mismo tiempo, con una modernización del sistema empresarial, con la participación de capitales extranjeros, con incorporación al mercado mundial y con una vasta renovación del aparato técnico: es la instancia liberal-burguesa, promovida por las burguesías urbanas y, a veces, por los sectores progresistas de las clases terratenientes. La segunda es el conato de cambio de la estructura señorial o de la estructura liberal – burguesa, indistintamente, por otra en la que predominen, sobre los principios de la libre competencia, los principios de la justicia social, con intervención estatal, unas veces, o con control de las clases no poseedoras, otras. Estas dos instancias entrañan, como se ha advertido, algunos matices intermedios sobre los que será menester detenerse en el análisis particular, pero constituyen la trama gruesa del proceso de cambio.

Según el tipo de cambio propuesto, sus promotores definirán como derecha a grupos diversos: los grupos liberalburgueses, solamente a las clases señoriales; pero los grupos partidarios de sistemas fundados en el principio de la justicia social —sean nacionalistas, nazifascistas o izquierdistas de tipo marxista en cualquiera de sus grados, demócratas cristianos o liberales evolucionados— definirán como derecha no sólo a las clases señoriales sino también a los grupos liberalburgueses sostenedores de las teorías del neoliberalismo o, simplemente, del libreempresismo. Este distingo explica claramente el uso equívoco de la calificación de derecha —que es fluido y a veces aparentemente contradictorio—, así como la notoria heterogeneidad que suelen tener, de hecho, los grupos caracterizados unívocamente con esa calificación por sus adversarios.

El análisis de los dos criterios utilizados de manera habitual —con frecuencia poco rigurosa— demuestra no sólo que ninguno de ellos es suficiente, sino también que los dos son imprescindibles y deben combinarse para intentar un examen objetivo de la cuestión.

La cuestión propuesta supone, en primer lugar, una caracterización de los grupos sociales que integran las fuerzas políticas que reciben en cada caso la calificación de “derecha” y, en segundo lugar, una caracterización del pensamiento político que, en cada caso, esas fuerzas políticas adoptan, expresan o, simplemente, ponen de manifiesto a través de su comportamiento. Pues bien, para el primer aspecto de la cuestión, el criterio político permite identificar ciertos grupos sociales que no corresponden exactamente ni a las burguesías ni, en forma más general, a las clases dominantes, y que se suman a las fuerzas políticas de derecha.

En primer lugar, se advierte la presencia de grupos estrictamente ideológicos, cuyos miembros participan de ciertas ideas que no están necesariamente vinculadas con su origen o su posición social. Son unas veces temperamentos religiosos o metafísicos cuya forma mentís está caracterizada por la creencia vehemente en la existencia de orden perenne y para quienes, psicológicamente, el cambio supone siempre un mal: la decadencia, la perversión, el caos. Ese orden posee a sus ojos fundamentos absolutos, y ha sido amenazado sucesivamente, según ellos, por los disidentes religiosos, por los librepensadores volterianos, por los masones, por los liberales, por los demócratas, por los comunistas. Contra todos ellos, en cada caso, han sentido la necesidad de organizar una cruzada para lograr su exterminio, y con él, la preservación o restauración del orden eterno. En segundo lugar, se nota la presencia de grupos, cuyos miembros son psicológicamente autoritarios y partidarios de la acción violenta. Sin duda, comparten en el fondo la certeza de la existencia de un orden, pero no siempre alientan vehementes convicciones religiosas o metafísicas, sino simplemente una vocación autoritaria y jerárquica orientada hacia un activismo irracionalista.

Estos rasgos explican la adhesión a las fuerzas de derecha de quienes, por vocación o por costumbre —y cualquiera que sea su origen o posición social—, han aceptado la conformación impuesta por instituciones fuertemente autoritarias, jerarquizadas y activistas como son, especialmente, la Iglesia y el ejército, así como otras en menor escala, como la administración pública y las grandes empresas.

En tercer lugar, se observa la incorporación de grupos conformistas de clase media, para los cuales el orden constituido significa una garantía de estabilidad —en la ocupación, en el ahorro, en las costumbres, en el modo de vida— en tanto que el cambio entraña una perspectiva oscura cuyo riesgo se resisten a afrontar. Tales hábitos caracterizan a la pequeña burguesía en sociedades estabilizadas, y de sus filas se nutren con frecuencia los movimientos que reivindican la defensa del orden.

En cuarto lugar, se comprueba la adhesión de grupos populares de mentalidad paternalista: unas veces masas urbanas más o menos marginales y escépticas; otras, grupos acostumbrados a formar parte de clientelas políticas; otras, grupos conformistas de actitudes primariamente religiosas, mágicas o supersticiosas; y otras, en fin, grupos de militancia política ingenua que buscan protección a través de regímenes paternalistas que les prometen satisfacciones inmediatas a cambio de su apoyo político. Estos grupos pueden ser numerosos, y en ocasiones nutrir movimientos activos y pujantes, a los que pueden proporcionar no sólo su apoyo numérico sino también su presencia tumultuaria para justificar en sus líderes un cierto tipo de representatividad ajena a los métodos de la democracia liberal.

El criterio político es, entonces, útil para revelar la presencia de grupos como los señalados en la constitución de las fuerzas de derecha. Empero, es evidente que tales grupos no constituyen su armazón ni las proveen de legitimidad y fuerza. Es necesario recurrir al criterio socioeconómico para descubrir cuáles son los grupos fundamentales que las constituyen; y valiéndose de él se observa la presencia de los distintos sectores que dominan y controlan la compleja estructura socioeconómica latinoamericana, a veces en conflicto entre ellos para asegurar el predominio de un sector sobre otro, pero generalmente predispuestos —salvo situaciones críticas— a ofrecer un frente capaz de resistir las presiones de los grupos sociales no participantes en el control de la vida socioeconómica.

Esos grupos fundamentales de las fuerzas políticas de la derecha son, pues, grupos socioeconómicos que, en situaciones caracterizadas por la existencia de un consenso general con respecto al orden establecido, ejercen el poder silenciosamente a través de diversos partidos políticos operando como grupos de presión, pero que en situaciones críticas se movilizan como fuerzas políticas recabando para sí el monopolio del poder —antes compartido, delegado o consentido— y asumiendo de manera activa la defensa del orden vigente, dentro del cual tienen una posición privilegiada.

En Latinoamérica, como en otras áreas, las fuerzas políticas de la derecha se han constituido históricamente incorporando nuevos grupos, cada uno con sus correspondientes tradiciones y sus correspondientes proyectos de acción, de modo que a través del tiempo su fisonomía se ha tornado cada vez más compleja y proteica. Analizadas en la situación propia de las postrimerías del siglo XVIII y en la época de los movimientos emancipadores, se advierte que su composición era más homogénea. Si la izquierda, llamémosle así, estaba constituida por las burguesías urbanas progresistas y liberales, la derecha estaba compuesta fundamentalmente por la clase señorial, apoyada en las instituciones coloniales que representaban la concepción hispanolusitana tradicional, y además en las clases populares especialmente rurales que desconfiaban de las burguesías urbanas y preferían el mantenimiento de la vigencia del orden paternalista tradicional. Esa derecha se oponía al cambio liberalburgués; pero, en cada etapa de ese cambio, consentía estratégicamente en el que ya se había operado y trataba de impedir que se consumara definitivamente, manifestándose entonces como una fuerza conservadora dentro del nuevo sistema, especialmente después de la emancipación.

La fisonomía de las fuerzas políticas de la derecha cambió cuando, operados los cambios propuestos por las burguesías urbanas progresistas y liberales, se desprendieron de éstas los grupos dominantes que trataron de monopolizar tanto el poder económico como el poder político. Constituidos en oligarquías, esos grupos se entrecruzaron con las clases señoriales, dominándolas en parte, puesto que se constituyeron en las intermediarias de su actividad productiva tradicional, sirviéndolas en cierto modo y, además, utilizándolas para legitimar socialmente, con el entrecruzamiento, su nuevo status de grupo separado del resto del conjunto social. Como la clase señorial, también las nuevas oligarquías liberalburguesas se opusieron a la prosecución indefinida del cambio, preocupadas sobre todo por mantener el monopolio del poder; de modo que, aunque subsistieran las tensiones que existían entre ellas y la clase señorial, coincidieron en una misma actitud, aunque el nivel de los cambios tolerados fuera diferente en uno y otro grupo.

A partir de ese proceso—que, en general, se da en Latinoamérica en las últimas décadas del siglo XIX— las fuerzas políticas de la derecha muestran, independientemente de los matices locales y de los que les proveen los distintos sectores incorporados por razones simplemente políticas, una dualidad interna que resulta de esta conjunción propia de las situaciones creadas especialmente por la Revolución industrial. El entrecruzamiento de los grupos significó, naturalmente, un entrecruzamiento de actitudes y de doctrinas. Las clases señoriales se aburguesaron y las oligarquías liberalburguesas se señorializaron, pese a lo cual subsistieron definidos matices diferenciadores, algunos de los cuales permitieron que las oligarquías liberalburguesas siguieran llamando en alguna ocasión “derecha” a las formaciones políticas propias y exclusivas de las clases señoriales. Pero las clases medias y las clases populares con vocación de cambio —generalmente tan sólo político, pero algunas veces también so-cioeconómico— confundieron en un haz al conjunto y lo identificaron como una sola derecha, socioeconómica y política.

Esta fisonomía dual de las fuerzas políticas de la derecha subsistió hasta que se hicieron notar en Latinoamérica las influencias de la crisis europea de entreguerra, tanto en el orden económico como en el orden ideológico. En el seno de las clases señoriales preferentemente —aunque no únicamente— aparecieron grupos, generalmente juveniles, que denunciaron la crisis del liberalismo y optaron por algunas de las muchas filosofías antiliberales que aparecieron entonces: unas veces con fuerte matiz aristocratizante e inspirados en Maurras, y otras con varias tendencias sociales según modelos hispanolusitanos, italianos o alemanes. Pero muchos de ellos se desprendieron del simple ropaje ideológico y se introdujeron —o fueron introducidos— en el mecanismo socioeconómico de su país y de su situación, y apelaron a las masas escépticas y marginales que habían contribuido a formar las oligarquías liberalburguesas con su exclusivismo político y su libreempresismo. La apelación tuvo éxito en muchas partes, y esta corriente se vio apoyada por vigorosas masas que asombraron a los políticos de la democracia liberal, que no las esperaban en el escenario político. Por sus objetivos, los cuadros dirigentes parecían pertenecer inequívocamente a la derecha, puesto que aspiraban a la restauración de un orden jerárquico, al fortalecimiento del nacionalismo —que muchos habían dado por muerto a principios de siglo— y a un sistema de normas y principios en el que se mezclaban herrumbrados prejuicios señoriales con los más vulgares y adocenados prejuicios burgueses. Pero el conjunto pareció poseer un carisma especial, y halló repercusión en vastos sectores, porque, junto a eso, aparecieron signos de cierto antiimperialismo nacionalista, de una admisión de los principios de justicia social, de una reivindicación hispánica y de una inequívoca tendencia a denunciar la falacia de una democracia liberal, que más de una vez había sido utilizada como máscara por las oligarquías para su propio beneficio. El haz de la derecha quedó, pues, integrado con una fibra más, que introducía en el conjunto una nueva inflexión: la aceptación del cambio para orientarlo de acuerdo con un sistema tradicional de fines, entre los cuales aparecían los que un catolicismo renovado, o en trance de renovarse, revestía de modernidad.

Así se constituyó históricamente la derecha tal como hoy la descubrimos, multiforme y contradictoria; con cierta vocación de cambio lo suficientemente acentuada como para que los sectores populares —que parecían puntal seguro y necesario de la izquierda marxista— la consideren como una opción válida; con soluciones viables, puesto que, siendo relativamente avanzadas, encuentran un apoyo inesperado de grupos tradicionales, especialmente de ciertos sectores del clero católico y de ciertos sectores de las fuerzas armadas. Y con una capacidad de acción, aparentemente dentro del sistema, que le asegura grandes posibilidades de éxito para intentar su transformación sin provocar excesiva alarma en los sectores poseedores.

De esta fuerza política proteica es de la que nos proponemos exponer el pensamiento político, señalando en cada etapa la situación en que la fuerza se constituye o se renueva y las influencias ideológicas que recibe.

2. Las raíces del pensamiento político de los grupos señoriales

Cualesquiera que hayan sido los cambios operados en la composición de las fuerzas políticas que, una y otra vez, han sido consideradas como de derecha, sus raíces penetran siempre en Latinoamérica hasta las profundidades de la estructura colonial. Aun en aquellos países donde esa estructura ha sufrido mayores modificaciones, la derecha —tanto en sentido socioeconómico como en sentido político— conserva claros vestigios de sus orígenes. En rigor, la estructura socioeconómica colonial no ha desaparecido del todo en ningún país latinoamericano, tan importantes como hayan sido las transformaciones que haya sufrido. El signo inequívoco de su permanencia es el régimen de la tierra y, muy especialmente, el sistema de las relaciones sociales en las áreas rurales y mineras.

La colonización hispanolusitana adoptó, en rigor, dos políticas divergentes. Por una parte, promovió la fundación de ciudades —especialmente la española— e hizo de ellas centros defensivos, no sólo del grupo colonizador, sino en especial de sus costumbres, sus normas, su religión y su lengua. En ellas, debía constituirse lentamente una burguesía urbana que no alcanzaría, empero, cierta fuerza hasta el siglo XVIII. Pero, al mismo tiempo, constituyó desde el primer momento una sociedad señorial, mediante el otorgamiento de inmensos privilegios a los conquistadores y colonizadores, quienes recibieron no sólo enormes extensiones de tierras o importantes regalías mineras, sino también la mano de obra gratuita que se necesitaba para hacer retributiva su explotación mediante la asignación de crecidos contingentes de indios confiados en encomienda.

Así quedó organizada una sociedad dual en la que los señores pertenecían a la raza conquistadora y la clase sometida a la raza indígena. Se agregó luego a ésta el contingente de esclavos negros que empezó a incorporarse por razones económicas y políticas, cuando resultó evidente la ineficiencia de la población indígena, o cuando el clamor contra su explotación pareció comprometer el prestigio de los conquistadores y debilitar los principios en que se fundaba la legitimidad de la conquista, sin que los argumentos en favor de los indios parecieran valer para los negros. Y, en favor de tal sistema, la clase poseedora de la tierra y de las poblaciones sometidas adquirió los caracteres de una aristocracia poderosa “renaciendo en las Indias —observa Ots Capdequí—[2] usos y privilegios señoriales, enteramente superados o en vías de superación en la España peninsular”.

Una intrincada combinación de intereses, necesidades y prejuicios moldeó las formas de comportamiento de esa clase. El designio de un rápido enriquecimiento —como el que hubiera producido un saqueo feliz en Flandes o en Italia— incitó a sus miembros a ejercitar una despiadada explotación de la población indígena. Mientras en la metrópoli se discutía sobre la condición espiritual y jurídica de los indios, el encomendero se valía de ellos para resolver su urgente problema de enriquecerse y volver cuanto antes a la civilización, a Lisboa o a Sevilla, para gozar del fruto de su esfuerzo. Refiriéndose al Brasil escribía a principios del siglo XVII Fray Vicente del Salvador:[3]

De este modo hay pobladores que, por más arraigados que estén en la tierra, todo lo pretenden llevar a Portugal; porque todo lo quieren para allá, y esto, no vale solamente para los que de allá vinieron, sino también para los que de aquí nacieron, pues unos y otros aprovechan la tierra, no como señores, sino como usufructuarios, y sólo para disfrutarla la dejan destruida.

El mismo estado de ánimo prevalecía entre los españoles. Aquel apremio y el complejo haz de opiniones sobre los infieles que poblaba la mentalidad del conquistador, acentuó su convicción de que pertenecía a una especie diferente de la de los conquistados, a quienes juzgó lícito someter y explotar. Esa convicción era ya vigorosa cuando, en 1510, pronunció Fray Antonio de Montesinos en la Española el famoso sermón que conserva Las Casas,[4] en el que denunció los excesos cometidos por los conquistadores:

Para darlos a conocer me he subido aquí, yo que soy la voz de Cristo en el desierto de esta isla, y, por tanto, conviene que con atención no cualquiera, sino con todo vuestro corazón y con todos vuestros sentidos la oigáis, la cual voz os será la más suave que nunca oísteis, la más áspera y dura.

Esta voz es que estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes. Decid ¿Con qué derecho, con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre a aquellos indios, y con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas dellas, con muertes y estragos nunca oídos, habéis consumido? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin dalles de comer ni curallos de sus enfermedades, que de los excesivos trabajos que les dáis incurren y se os mueren, y por mejor decir los matáis, por sacar y adquirir oro cada día … ? ¿Éstos no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No son obligados a curallos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis? ¿Esto no sentís? ¿Cómo estáis en tan profundidad de sueño tan letárgico dormidos? Tened por cierto que en el estado que estáis no os podéis más salvar que los moros o turcos, que carecen u no quieren la fe de Jesucristo.

Los conquistadores y colonizadores llegaron persuadidos de que adquirían en el nuevo mundo —cualquiera que fuese su originaria condición social— una posición de riqueza y privilegio semejante a la de los hidalgos o caballeros de la península: era, sin duda, uno de los móviles que invitaban a la expatriación y a la aventura. El cronista anónimo[5] que compuso la Descripción del Virreinato del Perú a principios del siglo XVII decía refiriéndose a los españoles de ese territorio: “Son soberbios, jactanciosos, se precian de que descienden de grande nobleza y que son hidalgos de solar conocido. Es tanta su locura, que el que en España fue pobre oficial, en pasando del polo ártico al antártico luego le crecen los pensamientos y le parece que merece por su linaje juntarse con los mejores de la tierra”.

Y en el siglo siguiente escribía el viajero holandés Van Vliervelt[6] sobre los portugueses del Brasil: “Lo cierto es que en todos los tiempos se vieron en el Brasil portugueses que habían nacido en Europa en la oscuridad y la pobreza, y que vivían con un lujo y una grandeza que los principales nobles de Lisboa no hubieran osado ostentar en la Corte”.

La costumbre consolidó aquella convicción y el sistema de instituciones de la Colonia le prestó respaldo vigoroso. Ninguna de las medidas adoptadas por el gobierno de la metrópoli para proteger a los indígenas logró —ni, en rigor, se lo propuso— contener el proceso de señorialización, fundado en el sistema de privilegios que rigió desde el otorgamiento de las primeras capitulaciones y mercedes.

Los conquistadores y colonizadores alcanzaban poder económico, social y político al recibir tierras, indios en encomienda y jurisdicción, y en tales poderes sentaron una posición tan alta y tan sólida que el paso del tiempo no hizo sino vigorizarla. Las rebeliones indígenas fueron escasas, ocasionales, y revelaron la total impotencia de los sometidos. Por su parte, los grupos mestizos se constituyeron como tales, aunque muy lentamente, durante el período colonial, y sus miembros se limitaron a buscar la posibilidad de lograr alguna vía de ascenso dentro del sistema. Lo mismo hicieron los blancos —peninsulares y criollos— que carecían de tierras, o los que poseían pequeñas parcelas de escaso número de indios encomendados, o los que habían perdido lo que tuvieron. De este modo, el sistema se consolidó en el juego de las situaciones reales, y dentro de él los grupos señoriales cristalizaron como un conjunto definido y netamente separado del resto.

Al finalizar el siglo XVIII la situación social del mundo colonial hispanolusitano ofrecía el cuadro de una rígida sociedad dual. Refiriéndose a la sociedad mexicana, decía por entonces, en un notable documento, el obispo de Michoacán, Manuel Abad y Queipo[7] —el mismo que lanzaría más tarde el edicto de excomunión contra Miguel Hidalgo—:

… la Nueva España se componía, con corta diferencia, de cuatro millones de habitantes que se pueden dividir en tres clases: españoles, indios y castas. Los españoles comprendían un décimo total de la población, y ellos solos tienen casi toda la propiedad y riqueza del reino. Las otras dos clases que componen los nueve décimos, se pueden dividir en dos tercios, los dos de castas, y uno de indios puros. Los indios y castas se ocupan en los servicios domésticos, en los trabajos de agricultura y en los ministerios ordinarios del comercio y de las artes y oficios. Es decir, que son criados, sirvientes o jornaleros de la primera clase. Por consiguiente, resulta entre ellos y la primera clase aquella oposición de intereses y de afectos que es regular entre los que nada tienen y los que lo tienen todo, entre los dependientes y los señores. La envidia, el robo, el mal servicio de parte de unos, el desprecio, la usura, la dureza de parte de los otros. Estas resultas son comunes, hasta cierto punto, en todo el mundo. Pero en América suben a muy alto grado, porque no hay graduaciones: son todos ricos o miserables, nobles o infames… En efecto, las dos clases de indios y castas se hallan en el mayor abatimiento y degradación. El color, la ignorancia y la miseria de los indios los coloca a una distancia infinita de un español. El favor de las leyes en esta parte es poco y en todas las demás los daña mucho.

No tienen propiedad individual… separados por la ley de la cohabitación y enlace con las otras castas… En este estado de cosas, ¿qué intereses pueden unir a estas dos clases con la primera y a todas tres con las leyes y el gobierno?

La primera clase tiene el mayor interés en la observancia de las leyes que le aseguran y protegen su vida, su honor y su hacienda o sus riquezas contra los insul-tos de la envidia y los asaltos de la miseria. Pero las otras dos clases, que no tienen bienes ni honor ni motivo alguno de envidia para que otro ataque su vida y su persona ¿qué aprecio harán ellas de las leyes que sólo sirven para medir las penas de sus delitos? ¿Qué afección, qué benevolencia pueden tener a los ministros de la ley, que sólo ejercen su autoridad para destinarlos a la cárcel, a la picota, al presidio o a la horca? ¿Qué vínculos pueden estrechar a estas clases con el gobierno, cuya protección benéfica no son capaces de comprender?

Poco después Alejandro de Humboldt visitaba la isla de Cuba, sobre cuya sociedad, fundada en el trabajo esclavo, escribiría años más tarde unas páginas penetrantes en las que señalaba los rasgos de los grupos señoriales:[8] “…pero en todas las islas, los blancos se creen los más fuertes; porque les parece imposible toda simultaneidad (en la acción) por parte de los negros, y consideran como una cobardía toda mudanza y toda concesión hecha a la población sujeta a la servidumbre”.

Así consolidados a lo largo de tres siglos, firmemente delineados los límites que los separaban del conjunto social y rigurosamente codificados sus privilegios, los grupos señoriales adquirieron los rasgos de una aristocracia incapaz de imaginar la posibilidad de que se produjera cambio alguno en la estructura socioeconómica en la que ocupaba el más alto nivel. Pero durante esos tres siglos, y mientras se consolidaba la estructura socioeconómica, también se diferenciaban y desarrollaban grupos diversos por debajo de la clase señorial. Apenas hubo, antes de la crisis de la Independencia, ocasión para que los grupos señoriales tuvieran que justificar o defender sus privilegios, puesto que todo el sistema absolutista de fundamento religioso vigente en el mundo colonial comportaba una justificación suficiente. Todo desafío al privilegio suponía un desafío a la totalidad del sistema. Pero de hecho, los otros grupos sociales crecían y aprovechaban las posibilidades de movilidad social que ofrecía una sociedad que, aunque fundada en la hegemonía de una clase señorial, participaba del sistema mercantil que ajustaba y perfeccionaba sus mecanismos en el área de expansión europea y pugnaba por quebrar la rigidez del sistema monopolístico colonial.

Frente a esos grupos, y especialmente frente a las nacientes burguesías urbanas —burguesías letradas que a fines del siglo XVIII recibían la influencia del pensamiento político de los filósofos franceses—, los grupos señoriales estrecharon sus filas alrededor de los principios fundamentales del sistema. Horrorizados ante el regicidio y ante la posibilidad de una limitación del poder monárquico que introdujera la representación popular, los grupos señoriales adhirieron ferviente y activamente a las ideas que expresó mejor que nadie, a fines del siglo XVIII, el arzobispo de Chuquisaca, San Alberto:[9]

El rey no está sujeto, ni su autoridad depende del pueblo mismo sobre quien reina y manda, y decir lo contrario sería decir que la cabeza está sujeta a los pies, el sol a las estrellas y la suprema inteligencia motriz a los cielos inferiores… La cárcel, el destierro, el presidio, los azotes o la confiscación, el fuego, el cadalso, el cuchillo y la muerte son penas justamente establecidas contra el vasallo inobediente, díscolo, tumultuario, sedicioso, infiel y traidor a su Soberano, quien no en vano, como dice el Apóstol, llevaba espada.

El apoyo prestado por los grupos señoriales al principio de la monarquía absoluta de derecho divino no sólo expresaba su adhesión al sistema institucional vigente en la metrópoli y el mundo colonial, sino que significaba también su identificación con el principio de la inmutabilidad del orden universal, cuya proyección en el mundo social era la ilegitimidad de todo cambio. Esa concepción, de tradición cristianofeudal, fraguaría como una de las notas fundamentales de su actitud política, y luego de su pensamiento, y perduraría, expresada de diversas maneras enmascarada a veces, a través de las cambiantes situaciones históricas. Como actitud, fue intensamente vivida y se ma-nifestó en su comportamiento político, y cuando las circunstancias desafiaron ese principio, fue racionalizada, formulada en términos doctrinarios y defendida, polémicamente.

Pero mucho antes de que pareciera necesario defender la totalidad del sistema —en cuanto garantía última de la posición de los grupos señoriales en el seno del conjunto social— debieron éstos defender esa posición y justificarla. En términos doctrinarios la justificó, en los primeros tiempos de la conquista, el teólogo español Juan Ginés de Sepúlveda,[10] sosteniendo el principio de la desigualdad social. Decía en el Democrates alter:

Nada hay más contrario a la justicia distributiva que dar iguales derechos a cosas desiguales, y a los que son superiores en dignidad, en virtud y en méritos, igualarlos con los inferiores, ya en ventajas personales, ya en honor, ya en comuni-dad de derecho… lo cual se ha de evitar no sólo en los hombres tomados particularmente, sino también en la totalidad de las naciones, porque la varia condición de los hombres produce varias formas de gobierno y diversas especies de imperio justo. A los hombres probos, humanos e inteligentes, les conviene el imperio civil, que es acomodado a los hombres libres, o el poder regio que imita al paterno: a los bárbaros y a los que tienen poca discreción y humanidad les conviene el dominio heril y por eso no solamente los filósofos, sino también los teólogos más excelentes, no dudan en afirmar que hay algunas naciones a las cuales conviene el dominio heril más bien que el regio o el civil; y esto lo fundan en dos razones: o en que son siervos por naturaleza, como los que nacen en ciertas regiones y climas del mundo, o en que por la depravación de las costumbres o por otra causa, no pueden ser contenidos de otro modo dentro de los términos del deber. Una y otra causa concurren en estos bárbaros, todavía no bien pacificados.

Y agregaba en otro lugar:[11]

Bien puedes comprender ¡oh Leopoldo! Si es que conoces las costumbres y naturaleza de una y otra parte, que con perfecto derecho los españoles imperan sobre estos bárbaros del Nuevo Mundo e islas adyacentes, los cuales en prudencia, ingenio, virtud y humanidad son tan inferiores a los españoles como los niños a los adultos y las mujeres a los varones, habiendo entre ellos tanta diferencia como la que va de gentes fieras y crueles a gentes elementalísimas, de los prodigiosamente intemperantes a los continentes y templados, y estoy por decir que de monos a hombres.

Este principio general de la superioridad de los europeos civilizados y cristianos sobre los indios y los negros bárbaros e infieles, fue traducido a términos específicos cuando peligraron los privilegios concretos que la conquista había deparado a aquéllos. Los conquistadores y colonizadores fundaban su condición social en la posesión de tierras y de indios encomendados, y muy pronto consideraron que tales privilegios, formalmente concedidos, eran inalienables y constituían la condición inexcusable de su status. Así lo manifestaron ya en 1542 cuando la corona española pretendió despojar a los encomenderos de los indios que trabajaban en su beneficio, con argumentos que el cronista Agustín de Zárate[12] recogió de los españoles del Perú:

…estas ordenanzas se hizieron y publicaron en la villa de Madrid, en el año de quinientos y cuarenta y dos, y luego se embiaron los treslados dellas a diversas partes de la Indias, de que se recibió muy gran escándalo entre los conquistadores dellas, especialmente, en la provincia del Perú, donde más general era el daño, pues ningún vecino quedaba, sin quitársele toda su hazienda, y tener necesidad de buscar de nueuo que comer; y decían, que su Magestad no auía sido bien informado en aquella prouision, pues si ellos auianseguido dos parcialidades, auia sido parecien- doles que las cabeças dellas eran Gouernadores, y se lo mandaban en nombre de su Magestad, y que no podían dejar de cumplir por fuerca o por grado sus mandamientos, y así no era aquella culpa, porque debiessen ser despojados de sus hazien- das, y que demas desto al tiempo que a su costa descubrieron la provincia del Perú, se auia capitulado con ellos, que se les auian de dar los Indios por sus vidas, y des- pues de muertos, auian de quedar a su hijo mayor, o a sus mugeres no teniendo hijos, y que en confirmación desto, pocos días antes su Magestad auia embiado a mandar a todos los conquistadores que dentro de cierto tiempo se casassen, so pena de perdimiento de los Indios, y que en cumplimiento dello, los más se auian casado, y que no era justo, que despues que estauan viejos y cansados, y con mugeres pensando tener alguna quietud y reposo, se les quitase sus haziendas, pues no tenian edad ni salud para ir a buscar nueuas tierras y descubrimientos.

Esta certidumbre de la legitimidad del privilegio, concedido originariamente por gracia real pero conquistado luego y legitimado en la acción mediante el esfuerzo y el sacrificio, fraguó definitivamente en la concepción social y política de los grupos señoriales, y los transformó en una casta de poseedores radicalmente separada de los no poseedores. Cada uno de los poseedores lo era de su hacienda y de sus indios y esclavos; pero la casta en conjunto era la poseedora de la comarca, la depositarla de sus únicas tradiciones legítimas, la representante de las virtudes supremas. Era inevitable que la casta se considerara también como el cuerpo político, con exclusión de los demás grupos sociales. Así se conformaron una actitud, primero, y luego, cuando fue necesario un pensamiento político, que obraron a través de los grupos señoriales transformándolos en una fuerza política de derecha, cuando aparecieron enfrente de ellos los grupos so-ciales insurgentes que negaban la inmutabilidad del orden y la legitimidad de una estructura socioeconómica fundada en la desigualdad.

3. El pensamiento político de los grupos señoriales y burgueses desde la Independencia

Tras algunos frustrados intentos, los grupos sociales desposeídos o disconformistas irrumpieron en la vida política —en alguna medida— al producirse los movimientos emancipadores. Algunos de esos grupos los promovieron, reclamando paladinamente una participación política a la que juzgaban tener derecho y que antes les había sido negada; otros, se sumaron a ellos o procuraron aprovecharlos de alguna manera para mejorar su condición. Pero el conjunto de tales acciones pareció amenazar no sólo el orden político tradicional, fundado en la dependencia colonial, sino también el orden social y económico, puesto que era lícito prever que los nuevos grupos incorporados al gobierno —generalmente liberales— infundirían a su acción un sentido más favorable a los intereses de los sectores medios y populares. Hubo, en consecuencia, una vigorosa reacción de los grupos señoriales contra los movimientos emancipadores. Empero, una vez consolidados éstos, los grupos señoriales aceptaron el hecho consumado y siguieron operando dentro del nuevo régimen para conservar o recuperar su ascendiente político y, sobre todo, para defender la estructura socioeconómica tradicional que ellos controlaban. Con respecto a ambos objetivos hubo grados diversos de intensidad en la acción y varia-das actitudes políticas; pero todas ellas configuraron una política de derecha antiliberal con respecto a los grupos que aspiraban a consumar o a extremar los cambios operados.

Al mismo tiempo se constituyó una nueva derecha, liberal, monárquica, o republicana según los casos. Nació el patriciado revolucionario, y su desplazamiento hacia la derecha fue fruto del inevitable descontento que produjeron, en quienes habían desencadenado el cambio, las imprevisibles consecuencias que la dinámica del cambio suscitó. Por eso se caracterizó por su intento de contener el proceso que había lanzado, tratando además de consolidar el nuevo régimen político y económico en beneficio de esa alta burguesía que comenzaba, por cierto, a estrechar sus vínculos con los grupos señoriales, aun cuando algunas diferencias los separaran.

Esos vínculos crearon una superficial identidad entre las dos alas de la derecha, la antiliberal y la liberal. Pero su comportamiento fue distinto, y las perspectivas que cada una de ellas abrió para el futuro, distintas también.

La continuidad de la situación social

Frente a la insurgencia, los grupos señoriales descubrieron diversos peligros. Ante todo, la amenaza de la ruptura de los vínculos de dependencia colonial pareció un cataclismo cuyos resultados serían nefastos, puesto que sustraían al orden vigente sus fundamentos tradicionales y hasta entonces indiscutidos. La reacción se manifestó como un alarde de lealtad respecto a la metrópoli, a la corona, a las instituciones y a los principios del absolutismo, que se creyeron obligados a hacer, antes que nadie, quienes ejercían la autoridad eclesiástica, militar y civil.

En el Río de la Plata, el ex virrey Santiago de Liniers,[13] francés de origen, progresista dentro del sistema colonial y héroe de la resistencia contra los invasores ingleses pocos años antes, encabezó la oposición al movimiento revolucionario de Buenos Aires, declarando que:

…aquel que adhiriese al partido de la Junta revolucionaria de Buenos Aires, y aprobase la deposición del Virrey y demás que se había hecho, debía ser tenido por un traidor a los intereses de la Nación; que la conducta de los de Buenos Aires con la Madre Patria en la crítica situación en que se hallaba por la atroz usurpación de Napoleón, era igual a la de un hijo que viendo a su padre enfermo, pero de un mal que probablemente salvaría, lo asesina en la cama por heredarlo.

Análoga apelación a la fidelidad debida a España hizo el obispo de Michoacán al fundamentar la excomunión que lanzó contra el cura de Dolores, Miguel Hidalgo, alzado en armas:[14]

La Nueva España, que había admirado a la Europa por los más brillantes testimonios de lealtad y patriotismo a favor de la Madre Patria, apoyándola y sosteniéndola con sus tesoros, con su opinión y sus escritos, manteniendo la paz y la concordia a pesar de las insidias y tramas del tirano del mundo, se ve hoy amenazada con la discordia y la anarquía, y con todas las desgracias que la siguen y ha sufrido la citada isla de Santo Domingo. Un ministro del Dios de la paz, un sacerdote de Jesucristo, un pastor de almas (no quisiera decirlo), el cura de dolores D. Miguel Hidalgo (que había merecido hasta aquí mi confianza y mi amistad), asociado de los capitanes del regimiento de la Reina D. Ignacio Allende, D. Juan Aldama y D. José Mariano Abasolo, levantó el estandarte de la rebelión y encendió la tea de la discordia y anarquía y seduciendo una porción de labradores inocentes, les hizo tomar las armas… E insultando a la religión y a nuestro soberano D. Fernando Vil, pintó en su estandarte la imagen de nuestra augusta patrona, Nuestra Señora de Guadalupe, y le puso la inscripción siguiente: ‘Viva la Religión, Viva Nuestra Madre Santísima de Guadalupe. Viva Femando VII. Viva la América y muera el mal gobierno’.

Y luego declara:

Que el referido D. Miguel Hidalgo, cura de Dolores y sus secuaces los tres citados capitanes, son perturbadores del orden público, seductores del pueblo, sacrílegos, perjuros y que han incurrido en la excomunión mayor del canon: siquis, suadente Diabolo… Item declaro que el dicho cura Hidalgo y sus secuaces son unos seductores del pueblo y calumniadores de los europeos… Los europeos no tienen ni pueden tener otros intereses que los mismos que tenéis vosotros los naturales del país, es a saber, auxiliar a la Madre Patria en cuanto se pueda, defender estos dominios de toda invasión extranjera para el soberano que hemos jurado o cualquiera otro de su dinastía bajo el gobierno que le representa según y en la forma que resuelva la nación representada en las cortes que, como se sabe, se están celebrando en Cádiz o Isla de León con los representantes interinos de las Américas, mientras llegan sus propietarios.

Pero estas apelaciones a la lealtad sólo correspondían a uno de los riesgos que se avistaban. Además del peligro de la ruptura del vínculo de dependencia, se advertía que los grupos insurgentes enarbolaban una filosofía política nueva, aprendida en la obra de pensadores a quienes la Revolución Francesa había otorgado siniestra fama a los ojos de los tradicionalistas, y que gozaban de extraordinario prestigio, en cambio, para las nacientes burguesías urbanas y, en general, para los criollos que soñaban con el gobierno propio como instrumento para una política que los libertara de la sumisión. Eran los que creían que los europeos tenían “otros intereses”, según la frase recogida por el obispo de Michoacán. Esos europeos —o los que por solidarizarse con el orden vigente se consideraban europeos— vieron en los movimientos emancipadores no sólo esa intención, sino sobre todo la de instaurar nuevos regímenes de gobierno, fundados en principios que amenazaban no sólo la vida política sino también el orden económico y social. Por eso se opuso al movimiento emancipador el autor de los Recuerdos sobre la rebelión en Caracas, José Domingo Díaz,[15] nacido en esa ciudad, que la execraba por los grupos de insurgentes que habían aparecido en ella. Díaz, escribiendo en 1829, reseñaba la prosperidad de la Venezuela colonial y agregaba luego:

Por desgracia estos mismos bienes trajeron consigo males de unas conse-cuencias incalculables. Se olvidó por los gobernantes el severo cumplimiento de una de las leyes fundamentales de aquellos dominios, prohibitiva de la introducción de extranjeros, y se encontró en la concurrencia mercantil el medio de relajar el de la de los libros prohibidos. La ignorancia, la imprecaución, la malicia o la novelería hacían ver entonces como llenas de sabiduría las producciones de aquella gavilla de sediciosos llamados filósofos, que, abrigados en París como en su principal residencia, había medio siglo que trabajaban sin cesaren llevar al cabo su funesta conjuración: la anarquía del género humano. El mundo entero estaba anegado con estos pestilentes escritos, y ellos también penetraron en Caracas, y en la casa de una de sus principales familias. Allí fue en donde se oyeron por la primera vez los funestos derechos del hombre, y de donde cundieron sordamente por todos los jóvenes de las numerosas ramas de aquella familia. Encantados con el hermoso lenguaje de los conjurados creyeron que la sabiduría era una propiedad exclusiva para ellos. Allí fue y en aquella época cuando se comenzó a preparar, sin prever los resultados, el campo en que algún día había de desarrollar tan funestamente la semilla que sembraban; y entonces fue también cuando las costumbres y la moral de aquella joven generación comenzó a diferir tan esencialmente de las costumbres y la moral de sus padres. Yo era entonces muy niño, condiscípulo y amigo de muchos de ellos: los vi, los oí, y fui testigo de estas verdades.

La Revolución Francesa, sucedida por entonces, fue el triunfo de la conjura-ción, y el resultado de cien años de maquinaciones. Las escandalosas escenas de aquella época llevaron el asombro y el espanto a todos los pueblos del mundo: ate-rraron a los hombres de bien con la imagen de un porvenir inconcebible, y exaltaron las cabezas del necio, del presumido ignorante y del hombre perdido, que creía llegado el momento, o de representar en la sociedad un papel que no le pertenecía por sus vicios o su incapacidad, o de adquirir una fortuna a costa de los demás.

El sentimiento antiliberal, mucho más que el de lealtad a la metrópoli, fue el que movió a ciertos grupos tradicionalistas a oponerse al movimiento emancipador; hasta tal punto que, cuando la metrópoli cedió a la presión de los grupos liberales, los tradicionalistas promovieron la independencia allí donde habían conseguido mantener la sujeción. Tal fue el caso de Nueva España y la capitanía de Guatemala, en donde la independencia fue promovida por la alta jerarquía militar y eclesiástica y los grupos señoriales después de la Revolución de Riego en 1820, que restauró la constitución aprobada por las cortes de Cádiz en 1812; a ella achacaba todos los males de México Lucas Alamán:[16]

La primera desgracia de nuestra Independencia, la causa principal de que no haya producido mejores frutos, no es otra cosa que haber nacido después de publicada y comenzada a ejecutar la constitución española (de 1812). España quedó harto vengada del agravio que recibió con nuestra separación, dejándonos por herencia ese funesto presente.

Caso análogo, en cierta medida, fue el del Brasil, donde la agitación independentista se precipitó con motivo de la Revolución que estalló en Portugal en 1820 —la Revolución de Oporto— y a la que siguieron las Cortes de Lisboa y la nueva legislación liberal. En ambos casos resultaron de las revoluciones americanas dos regímenes monárquicos: el de Iturbide en México y el de Pedro I en el Brasil.

El tumultuoso proceso revolucionario y las crisis civiles que hubo luego en muchos países no fueron, empero, suficientemente profundos como para provocar un cambio en la estructura social y económica: los grupos radicales fueron neutralizados o se abstuvieron por sí mismos de llegar hasta allí. Un ligero examen de la situación durante la segunda mitad del siglo XIX muestra que las condiciones de vida de los esclavos —donde aún existían—, de los libertos, de los indios y de los grupos derivados, así como de vastos sectores de población blanca desposeída y vinculada a la actividad rural, conservaban los mismos rasgos de la época colonial, así como se conservaba el régimen de la tierra. Importantes testimonios son ciertos novelistas de ese período: el mexicano Ignacio Manuel Altamirano, el guatemalteco José Milla, el ecuatoriano José León Mera, el brasileño José de Alençar, el uruguayo Alejandro Magariños Cervantes, pero acaso más que ninguno el colombiano Jorge Isaacs, que ofrece en María un cuadro explícito de la persistencia de la so-ciedad tradicional.

Algo había cambiado, sin embargo. Los grupos señoriales de raíz colonial aceptaron la emancipación como un hecho consumado, y también los regímenes políticos que surgieron de ella; pero trabajaron desde dentro del sistema para influir en él, tratando de recuperar la situación perdida a través de un duelo constante con sus adversarios: esta tensión más que el pleno dominio de antes, caracterizó ahora la situación. Pero, además los grupos señoriales habían comenzado a cambiar de fisonomía. Las revoluciones y las guerras civiles proporcionaron la ocasión para que ascendieran gentes antes desposeídas, mediante la apropiación de tierras, el ejercicio deshonesto del poder o los matrimonios ventajosos. La carrera militar abrió las puertas a muchos mestizos y mulatos que se incorporaron así a las clases ricas, y las actividades comerciales —y en particular el aprovisionamiento de los ejércitos— sirvieron a otros para acumular fortunas que pronto fueron reinvertidas en tierras. Así se modificaron sensiblemente los grupos señoriales. Por su nueva composición se mantuvieron dentro del sistema moviéndose con soltura y eficacia, y por su antigua tradición se constituyeron en la derecha del sistema. Entretanto, aquellas mismas causas habían emancipado en alguna medida a ciertos sectores populares del mundo rural, arrastrados por las levas militares o enganchados en las rebeliones de las aristocracias rurales.

El conjunto social de ese mundo rural quedó alterado por la presencia de estos grupos. Los caracterizó, en el Río de la Plata, Domingo F. Sarmiento en el Facundo[17] con motivo de la secesión de José Artigas; y en Venezuela, Fermín Toro en sus Reflexiones sobre la ley del 10 de abril de 1884.[18] En ese ámbito, las actitudes políticas se tornaron fluidas, indefinibles, porque el ámbito social fue hostil a toda regulación. Pero en todo caso, los grupos señoriales, con su cambiante fisonomía, no sólo mantuvieron su posición hegemónica dentro de una estructura económica conservada en lo fundamental, sino que recuperaron su poder político una y otra vez, en juego alterno con otras fuerzas, aprovechando cada oportunidad para robustecer su posición.

La continuidad del pensamiento político

A la continuidad de la situación socioeconómica correspondió una marcada continuidad del pensamiento político de los grupos señoriales. La tradición hispánica y lusitana ofrecía una imagen armoniosa de la vida política ordenada y estable, cuyos sólidos e indiscutibles fundamentos aseguraban el tranquilo goce de sus bienes a quienes los poseían. Los grupos señoriales mantuvieron como espejo de toda política este cuadro, siempre idealizado, y procuraron corregir el agitado juego de la lucha por el poder imponiendo, cada vez que las circunstancias lo permitían, una pausa asegurada por la vía del autoritarismo. Los viejos y tradicionales grupos señoriales trajeron a este programa a los grupos nuevos surgidos al calor de las luchas revolucionarias y las guerras civiles.

Pero recibieron, además, el apoyo y la solidaridad, no sólo de los grupos populares que se mantuvieron políticamente inertes, sino también de algunos grupos urbanos medios que aspiraban a consolidar las primeras etapas del cambio, a conservar su nuevo status sin más riesgos y a impedir que sucesivas olas de radicalización perjudicasen su posición o alterasen la paz y el orden.

Así, integrados dentro del nuevo régimen y apoyados por grupos de intereses coincidentes en distinta escala, los grupos señoriales constituyeron los partidos conservadores en un sistema que, en principio, se manifestó como bipartidista. Sarmiento explicaba esta mecánica de los partidos en 1845:[19]

Cuando un pueblo entra en Revolución, dos intereses opuestos luchan al principio; el revolucionario y el conservador: entre nosotros se han denominado los partidos que los sostenían, patriotas y realistas. Natural es que después del triunfo el partido vencedor se subdivida en fracciones de moderados y exaltados; los unos que querrían llevar la Revolución en todas sus consecuencias, los otros que querrían mantenerla en ciertos límites. También es del carácter de las revoluciones, que el partido vencido primitivamente vuelva a reorganizarse y triunfar a merced de la división de los vencedores.

Las divisiones expresaron la oposición entre los que disputaban el poder; pero la oposición entre liberales y conservadores siguió expresando, netamente, una diferenciación ideológica, o, más aún, dos concepciones de la vida y de la historia, como lo expresaría a través de un largo examen pocos años después Juan Montalvo en un agudo ensayo.[20]

Un periódico quiteño[21] definía, en 1868, el pensamiento de los partidos conservadores en estos términos:

El Partido conservador, en las Repúblicas americanas, lo mismo que en las Monarquías europeas, es el partido que sostiene el orden, que predica la paz, que defiende los sacrosantos principios de la justicia y el derecho; en una palabra, que conserva la sociedad en vez de desquiciarla y anarquizarla como sucede cuando se proclama la insuficiencia de las instituciones y se aboga por la dictadura que es la muerte de la República.

La conservación de la sociedad significaba, en general, el mantenimiento de la sociedad vigente. En las elecciones colombianas de 1848, el candidato conservador, “…el doctor Cuervo era reputado como la personificación más completa del sistema que aspiraba a conservar sin cambio el actual orden de cosas”.[22]

Y esta expresión —”orden de cosas” — aludía particularmente a algunas cuestiones fundamentales que los adversarios del conservadurismo cuestionaban.

Ante todo, parecía imprescindible asegurar el mantenimiento de la gran propiedad con todos sus privilegios, entre los cuales figuraba, fuera de los propiamente económicos, una vaga jurisdicción política y administrativa del señor dentro de su propiedad y aun en su zona de influencia, resabio del sistema colonial. Cualquier transformación política, electoral, administrativo o judicial que conspirara contra esa imprecisa jurisdicción señorial repercutía sobre el uso que el señor podía hacer de su propiedad, y suscitaba una enconada resistencia por parte de quienes se sentían amenazados.

Entre tales amenazas, ninguna tan grave como la abolición de la esclavitud. Desde los primeros tiempos de la Independencia, el abolicionismo dividió las opiniones, porque los poseedores de la tierra creyeron que sin esclavos los beneficios de sus explotaciones disminuirían notablemente. Los argumentos en favor del mantenimiento de la esclavitud fueron esgrimidos por los grupos señoriales con habilidad y cierto cinismo. En 1823 mientras se discutía el problema en el Senado chileno, escribía Santiago Muñoz Bezanilla en el periódico santiaguino El Tizón Republicano:[23]

El senado ha sancionado la libertad de los esclavos: deseamos saber las razones en que se funda para disponer de las propiedades particulares, o el derecho que para él se hayan conferido los pueblos que han depositado en él la protección de su seguridad.

Entre atacar el sagrado derecho de propiedad y consultar el alivio de nues-tros semejantes, sólo había el arbitrio que el Congreso adoptó en 1811: éste fue el de la libertad de los vientres; pues el hombre es el príncipe de la naturaleza; y aunque siempre miraremos aquella disposición como dictada por la filantropía y por la primera de las ideas liberales, no dejaremos de decir que padeció de un vicio insondable, como llaman en el foro al hecho vicioso que consta de autos, que es decir indudable, y fue el de no haber antes reglado exactamente el importante ramo de policía.

Muñoz Bezanilla reforzaba sus argumentos a favor de la propiedad privada de los señores esclavistas enumerando los perjuicios que traería a los libertos la falta de protección. Esos y otros argumentos semejantes se esgrimieron también en Colombia en 1849:[24]

Los esclavos, se decía, son una propiedad de los amos, y el legislador no tiene derecho para suprimirla, porque el derecho de propiedad es anterior y superior a la ley: la propiedad es un dogma de las sociedades civilizadas. Si la raza negra no está sometida al trabajo forzado, se entregará a la ociosidad y a los crímenes. No se podrán cultivar las haciendas por falta de trabajadores, La suerte de esa raza será mucho más desgraciada en la libertad, porque no tendrá quien los vista y los mantenga: será una crueldad emanciparlos.

Y tales razonamientos parecían valer aún en las postrimerías del siglo, cuando en el Brasil, Ruy Barbosa los examinó minuciosamente y los condenó en su memorable discurso de 1896, en la muerte de José Bonifacio.[25]

No menos decidida fue la defensa contra la amenaza de cualquier legislación que procurara la liberación del siervo rural. La guerra civil suscitada en México por la Reforma, que halló forma legal en la constitución de 1857, probó la decisión de la clase señorial. Durante las discusiones del Congreso Constituyente de 1856, Ignacio L. Va-llarta,[26] que se opondría a que figuraran las reformas sociales en el texto constitucional, señalaría las formas de la opresión. Decía:

El propietario abusa cuando disminuye la tasa del salario; cuando lo paga con signos convencionales, y no creados por la ley que representan los valores, cuando obliga al trabajador a un trabajo forzado, para indemnizar deudas anterio-res; cuando veja al jornalero con trabajos humillantes; cuando… es muy largo el ca-tálogo de los abusos de la riqueza en la sociedad.

Y los propietarios, con el fuerte apoyo de la Iglesia propietaria, resistieron enérgicamente las medidas reformistas, desencadenando la guerra civil.

Vallarta se opuso sólo por razones técnico-jurídicas a la inclusión de los derechos sociales en la constitución, pero la opinión conservadora se oponía por otras razones; en primer lugar, porque sentía en peligro sus intereses, pero más aún porque no comprendía que pudiera proponerse una legislación que iniciaba o proseguía el camino hacia la disolución de la sociedad fundada en la desigualdad, en cuya legitimidad creía. Esta creencia era muy profunda; arraigaba en la concepción colonial, y se mantenía vigorosa pese a la difusión de las ideas liberales y a la gravitación de principios jurídicos institucionalizados que establecían taxativamente una sociedad igualitaria. Los grupos señoriales permanecían impermeables a ellos, precisamente porque se trataba de una convicción arraigada en una situación social y económica inconmovible.

Quizá ningún teórico político haya expresado esta actitud de manera tan contundente como lo hizo el poeta peruano Felipe Pardo y Aliaga a mediados del siglo XIX, en una poesía que tituló A mi hijo en sus días:[27]

Dichoso, hijo mío,

tú, que veintiún años cumpliste:

dichoso que ya te hiciste

ciudadano del Perú.

Este día suspirado

celebra de buena gana,

y vuelve orondo mañana

a la hacienda y esponjado,

viendo que ya eres igual,

según lo mandan las leyes,

al negro que unce tus bueyes

y al que te riega el maizal.

Y vale la pena citar otra obra del mismo autor, porque perfecciona la imagen que el grupo social que él representaba se hacía de la legitimidad y las ventajas de un sistema político igualitario en una sociedad que juzgaba necesariamente desigual. Decía Pardo y Aliaga en el soneto titulado El Rey Nuestro Señor:[28]

Invención de estrambótico artificio,

existe un rey que por las calles vaga:

Rey de aguardiente, de tabaco y daga,

a la licencia y al motín propicio;

voluntarioso autócrata, que oficio

hace en la tierra, de ominosa plaga:

Príncipe de memoria tan aciaga,

que a nuestro redentor llevó al suplicio.

Sultán que el freno de la ley no sufre

y de cuya injusticia no hay reintegro;

rey por Luzbel ungido con azufre;

Cruza de tres tintas,

indio, blanco y negro,

que rige el continente americano,

y que se llama Pueblo Soberano.

No puede dudarse de que yacía tras esa burla un vigoroso pensamiento político, heredado de los encomenderos.

El pensamiento político de la derecha antiliberal

Incorporados al nuevo régimen suscitado por la Independencia, los grupos señoriales se convirtieron en el núcleo conservador que se dispuso a participar en la vida política para defender y consolidar sus posiciones. La expresión más genuina de su pensamiento estuvo representada por la derecha antiliberal, extremista y fanática, en cuyas ideas pesaba no solamente su tradicionalismo y su predisposición a la conservación del orden, sino también el horror que le causaba la experiencia de los regímenes surgidos del liberalismo o establecidos sobre sus principios. El liberalismo era para ellos ateísmo, caos, desenfreno; era también el signo del regicidio y del terror; de la insolencia de las clases populares en ascenso así como de la anarquía y la crisis económica. Su reacción fue idéntica a la del romanticismo europeo, y como él creyó en la necesidad y en la posibilidad de una restauración del mundo, que había sido destruido. Este intento restaurador exigió cierto precio, y los grupos señoriales aterrorizados no vacilaron en pagarlo, aun cuando a veces comprobaron después que había sido excesivo.

Entre tantos temores, cada grupo puso el acento sobre el problema que más amenazante le parecía. Hubo numerosos matices en la reacción antiliberal. Pero, llevada hasta sus últimas consecuencias, esa reacción conducía siempre a la instauración de un poder fuerte, del que se esperaba que operara la soñada restauración del pasado. Ahora bien, el poder fuerte —como los gobiernos europeos de la Restauración— no logró restaurar mucho. Como poder político pactó con las situaciones reales y en cada caso elaboró soluciones transaccionales de diverso alcance. Sólo la tendencia a detener el proceso de cambio fue común a todos, aun cuando en cada caso asumiera caracteres diversos.

Los grupos representativos de la derecha antiliberal actuaron en todos los países latinoamericanos después de la Independencia. Pero su actitud alcanzó singular significación en tres casos que conviene analizar separadamente: el del Paraguay en la época del doctor Francia y de Francisco Solano López, el de la Argentina en la época de Rosas y el del Ecuador en la época de García Moreno.

El Paraguay en la época del doctor Francia y de Francisco Solano López

El Congreso de 1814 consagró Dictador Supremo de la República del Paraguay al doctor Francia por cinco años; pero en 1816 otro congreso lo proclamó dictador perpetuo. La población de las áreas rurales apoyó una y otra designación, confiada en su capacidad de asegurar el orden. No pareció obstáculo que el doctor Fran-cia fuera notorio volteriano, porque el anhelo de orden fue superior a cualquier otro. Sólo las minorías ilustradas aspiraban a un régimen republicano. Pero “el astuto doctor adulaba la vanidad y estimulaba la codicia de todos ellos —escribe Robertson— El alcalde indio, el pequeño chacarero, el ganadero, el pulpero, el comerciante y el hacendado, todos fueron presas suyas”.[29] Es decir, toda la sociedad tradicional y su vasta clientela. Así fundó su dictadura, que duraría hasta 1840.

El doctor Francia, lector de Voltaire, Rousseau y Volney, y hostil a la tradición jesuítica del Paraguay, se enfrentó con la Iglesia, redujo sus privilegios y sometió a los religiosos a la tutela del Estado. El gobierno —decía con motivo de haber suspendido al obispo— “…no está, ni puede, ni debe estar ligado y ceñido a ninguna de las llamadas prácticas y disposiciones canónicas: siendo y debiendo ser solamente su regla el interés de Estado”.[30]

Pero fue ése el único vestigio de su formación liberal. A la inversa de lo que ocurrió con el movimiento de la Ilustración en España, la religión fue el único campo en el que el doctor Francia adoptó las ideas francesas del siglo XVIII; en los demás se mantuvo adherido al pensamiento tradicional español, y particularmente en el campo po-lítico.

Quizá creyó ser el doctor Francia un déspota ilustrado. Pero los grupos sociales esperaban de él, solamente, que fuera un déspota, con la consigna de impedir que la anarquía predominante en otras regiones de la América española ganara también el Paraguay. autoritarismo y centralización fueron los rasgos fundamentales de su largo gobierno, tan extremados bajo la forma de un poder tiránico que, al fin, también sufrieron sus consecuencias los grandes grupos señoriales. Algunos años después de su muerte decía el presidente Carlos Antonio López refiriéndose al doctor Francia:[31]

Por la concentración desmedida que estableció en la Administración, no había establecimiento ni institución alguna de las que en todas partes del mundo culto sirven de resortes a la Administración y ayudan la acción del Gobierno. Así es que no habían sino meros escribientes, ni se habían podido formar capacidades administrativas, judiciales, policiales, que pudiesen secundar las miras y trabajos del gobierno. No había establecimiento ninguno de educación, instrucción elemental, moral y religiosa; había algunas escuelas primarias de particulares mal montadas y el tiempo había reducido al clero a un número muy diminuto de sacerdotes.

Pero nadie dio una imagen tan exacta de su autoritarismo y de sus designios centralizadores como él mismo, en un oficio que dirigió en 1828 al comandante de Itapúa:[32]

Aquí, cuando recibí este desdichado Gobierno no encontré de cuenta de Tesorería, ni dinero, ni una vara de género, ni armas, ni municiones, ni ninguna clase de auxilios, y no obstante he estado y estoy sosteniendo los crecidos gastos, la provisión y apresto de artículos de guerra que demanda el resguardo y seguridad general a más de costosas obras y faenas a fuerza de arbitrios, de maña, de diligencia aún con otros países, y de un incesante trabajo y desvelo supliendo por oficios y ministerios que otros debían desempeñar en lo civil, en lo militar y hasta en lo mecánico, recargado por todo esto aún de ocupaciones que no me corresponden, ni me eran decentes, todo esto por hallarme en un país de pura gente idiota, donde el gobierno no tiene a quien volver los ojos, siendo preciso que yo lo haga, lo industrie y lo amaestre todo por sacar al Paraguay de la infelicidad, y abatimiento en que ha estado sumido por tres siglos.

Tenía esta actitud política una finalidad: sustraer el país a la anarquía y asegurar el orden: pero, en rigor, no era una finalidad en sí misma, sino que estaba destinada a servir a otros objetivos fundamentales. El rasgo más característico de la política del doctor Francia fue su etnocentrismo feroz —antecedente de los nacionalismos latinoamericanos—, su vigorosa convicción de que la región —más que el país— poseía una personalidad definida e intransferible que había que conservar en toda su pureza, sobre todo librándola del contacto con las regiones vecinas. Ese etnocentrismo era el de los viejos conquistadores arraigados en la tierra durante tres siglos, con un fuerte sentimiento igualitario, por cierto, pero de todos modos adheridos a una concepción paternalista y a un profundo regionalismo. El doctor Francia aspiró a que el Paraguay se bastara a sí mismo. Su autoritarismo sirvió no sólo para que reinara la paz en las campañas y no se resquebrajara la estructura económica sino también para asegurar los monopolios del Estado para la explotación y comercialización de las riquezas naturales: las “estancias de la Patria” para la producción agraria y las maestranzas del Estado para la producción de artículos manufacturados. Y esta concepción de la vida económica aseguraba la independencia de la región y el mantenimiento de la fisonomía nacional, que tanto irritaba al dictador que no fuera reconocida desde el exterior.

Esta concepción etnocentrista era el fruto de un antiuniversalismo romántico, paradójico en un lector de Voltaire y de Rousseau, y por eso interesó tanto a Carlyle. Pero no era, en rigor, suyo, sino de un grupo social de raíz colonial, y era tan vivo que fue extremado hasta concluir en un enclaustramiento total del país con el que el viejo regalista terminó imitando a los jesuitas.

Decía a uno de los Robertson: “Usted sabe cuál ha sido mi política con respecto al Paraguay; que lo he mantenido en un sistema de incomunicación con las otras provincias de Sudamérica, e incontaminado por aquel malvado e inquieto espíritu de anarquía y Revolución que más o menos ha asolado a todas”.[33]

Pero evitar el espíritu de anarquía y Revolución suprimió hasta la raíz todos los derechos individuales que pregonaba el liberalismo, las formas de vida política y económica, la educación, el juego de las ideas. ¿Cuál era, el orden que quería asegurar? Un orden anterior a la Revolución, y que no podía quebrarse sino al precio de caer even-tualmente en la anarquía, o sea el orden social y económico de la Colonia. Por eso se le opusieron en un principio los grupos ilustrados, especialmente de Asunción. Pero su impotencia fue total, y el doctor Francia extremó el sistema sin oposición, sobrepasando, sin duda, los límites deseados por los mismos grupos que lo impulsaron y sos-tuvieron.

A la muerte del doctor Francia la dictadura subsistió, aunque Carlos Antonio López se manifestara un poco más progresista y menos violento. Estaba, sin embargo, persuadido de la necesidad de perpetuar el gobierno fuerte sin extender las libertades. Hacia 1861 el periódico oficial de Asunción, El Semanario, inició una campaña en favor de la monarquía, expresando en uno de los artículos en que se refería a los países sudamericanos: “Pueblos educados por la monarquía y para la monarquía, no han podido acostumbrarse a las formas republicanas, porque cada una de las páginas de su historia envuelve una elocuente protesta contra este género de gobierno”.[34]

Su hijo y sucesor, Francisco Solano López, recogió y maduró la idea. Sus modelos fueron la corte de Río de Janeiro, donde pensaba encontrar esposa en la familia imperial, y la corte de Napoleón III, cuyo lujo lo fascinaba.

Pero de ninguna manera se disponía a establecer una monarquía parlamentaria, sino absoluta y apoyada en una vigorosa fuerza militar. Pese a algunos signos de progresismo, su gobierno mantuvo en la política interna la misma orientación de los anteriores tanto en lo referente a las libertades como al ordenamiento económico y social.

b. La Argentina en la época de Rosas

A diferencia del doctor Francia, Rosas no apareció en el escenario político argentino sino veinte años después de la Revolución, cuando ya se había consumado la disgregación de lo que fuera el antiguo virreinato del Río de la Plata y cada región había alcanzado de hecho una casi total autonomía.

La provincia de Buenos Aires era, sin duda, la más rica y la mejor situada, puesto que poseía un puerto y una aduana que recogía los beneficios de toda la riqueza del país. Allí surgió Rosas como gobernador en 1829, ejerció el poder durante tres años, y después de un intervalo fue reelegido en 1835 con “la suma del poder público”, que ejerció hasta su derrota en la batalla de Caseros en 1852.

Rosas era un típico estanciero. Lo que esto significaba lo explicó en 1845 Sarmiento en Facundo,[35] en un texto que ofrece todos los elementos necesarios para un análisis social:

Rosas desciende de una familia perseguida por goda durante la Revolución de la Independencia. Su educación doméstica se resiente de la dureza y terquedad de las antiguas costumbres señoriales. Ya he dicho que su madre, de un carácter duro, tétrico, se ha hecho servir de rodillas hasta estos últimos años; el silencio lo ha rodeado durante su infancia y el espectáculo de la autoridad y de la servidum-bre han debido dejarle impresiones duraderas. Algo de extravagante ha habido en el carácter de la madre y eso se ha reproducido en D. Juan Manuel y dos de sus hermanas.

Apenas llegado a la pubertad, se hace insoportable a su familia, y su padre lo destierra a una estancia. Rosas con cortos intervalos ha residido en la campaña de Buenos Aires cerca de treinta años; y ya en el año 24 era una autoridad que las sociedades industriales ganaderas consultaban, en materia de arreglos de estancias.

Es el primer jinete de la República Argentina, y cuando digo de la República Argentina, sospecho que de toda la tierra: porque ni un equitador, ni un árabe tienen que habérselas con el potro salvaje de la Pampa. Es un prodigio de actividad; sufre accesos nerviosos en que la vida predomina tanto que necesita saltar sobre un caballo, echarse a correr por la Pampa, lanzar gritos descompasados, rodar, hasta que al fin extenuado el caballo, sudado a mares vuelve él a las habitaciones, fresco ya y dispuesto para el trabajo… Rosas se distingue desde temprano en la campaña por las vastas empresas de siembra de leguas de trigo que acomete y lleva a cabo con suceso, y sobre todo por la administración severa, por la disciplina de hierro que introduce en sus estancias. Esta es su obra maestra, su tipo de gobierno, que ensayará más tarde para la ciudad misma… La autoridad ante todo: el respeto a lo mandado, aunque sea ridículo o absurdo; diez años estará en Buenos Aires y en toda la República haciendo azotar y degollar hasta que la cinta colorada sea una parte de la existencia del individuo, como el corazón mismo. Repetirá en presencia del mundo entero, sin contemporizar jamás, en cada comunicación oficial: ¡Mueran los asquerosos, salvajes, inmundos unitarios!, hasta que el mundo entero se eduque y se habitúe a oír este grito sanguinario, sin escándalo, sin réplica, y ya hemos visto a un magistrado de Chile tributar su homenaje y aquiescencia a este hecho, que al fin a nadie interesa.

¿Dónde pues ha estudiado este hombre el plan de innovaciones que introduce en su Gobierno, en desprecio del sentido común, de la tradición, de la conciencia, y de la práctica inmemorial de los pueblos civilizados? Dios me perdone si me equivoco: pero esta idea me domina hace tiempo: en la Estancia de Ganados, en que ha pasado toda su vida, y en la Inquisición en cuya tradición ha sido educado. Las fiestas de las parroquias son una imitación de la hierra del ganado, a que acuden todos los vecinos: la cinta colorada que clava a cada hombre, mujer o niño, es la marca con que el propietario reconoce su ganado; el degüello, a cuchillo, erigido en medio de ejecución pública, viene de la costumbre de degollar las reses que tiene todo hombre en la campaña; la prisión sucesiva de centenares de ciudadanos sin motivo conocido y por años enteros, es el rodeo con que se dociliza el ganado, encerrándolo diariamente en el corral; los azotes por las calles, la mazorca, las matanzas ordenadas son otros tantos medios de domar la ciudad, dejarla al fin como el ganado más manso y ordenado que se conoce. Esta prolijidad y arreglo ha distinguido en su vida privada a D. Juan Manuel de Rosas, cuyas estancias eran citadas como el modelo de la disciplina de los peones, y la mansedumbre del ganado. Si esta explicación parece monstruosa y absurda, denme otra; muéstrenme la razón por qué coinciden de un modo tan espantoso, su manejo de una estancia, sus prácticas y administración, con el Gobierno, prácticas y administración de Rosas: hasta su respeto de. entonces por la propiedad, es efecto de que el gaucho gobernador es propietario. Facundo respe-taba menos la propiedad que la vida. Rosas ha perseguido a los ladrones de ganado con igual obstinación que a los unitarios. Implacable se ha mostrado su gobierno contra los cuereadores de la campaña y centenares han sido degollados. Esto es laudable sin duda; yo sólo explico el origen de la antipatía.

Aun restando de esta descripción el apasionamiento que pueda haber puesto el polemista, quedan inequívocamente puntualizados en ella algunos de los caracteres fundamentales del régimen de Rosas. Todo su sistema de ideas derivó no sólo de su tradición señorial sino también de su inconmovible adhesión a los valores que esa tra-dición entrañaba y de su innata aversión a los principios del liberalismo. Creyó, como el doctor Francia, que la comunidad no debía albergar sino a los que compartían los sentimientos y las ideas tradicionales; y uno y otro creyeron que la proscripción de los adversarios era justa y lógica. Hubiera podido decir como el doctor Francia;[36] “Yo no llamo ni reputo paisanos a unos infames que se expatrian ellos mismos, renunciando y abandonando su patria..”., aun olvidando que la condición para permanecer era la sujeción y el conformismo.

Pero el respeto a los principios del derecho natural —al que solía apelar— o la consideración a los derechos individuales que el pensamiento liberal consagraba, parecíanle menos importantes que la defensa del patrimonio y del orden tradicional. Fue visible su desprecio por los hombres ilustrados de las ciudades y por sus ideas de origen europeo, como fue visible su adhesión a las formas de la vida criolla, a las normas y a los valores que ella entrañaba. Esta adhesión significaba —como lo destaca Sarmiento— una concepción autoritaria de la vida pública, y tal fue el rasgo predominante de su pensamiento y de su comportamiento político.

Rosas resumió sus opiniones sobre la acción de los regímenes liberales en unas pocas líneas de una famosa carta escrita a Juan Facundo Quiroga, en la que decía:[37]

Obsérvese que al haber predominado en el país una fracción que se hacía sorda al grito de esta necesidad, ha destruido y aniquilado los medios y recursos que teníamos para proveer a ella, porque ha incitado los ánimos, descarriado las opiniones, puesto en choque; los intereses particulares, propagando la inmoralidad y la intriga, y fraccionando en bandos de tal modo la sociedad, que no ha dejado casi reliquias de ningún vínculo, extendiéndose su furor a romper hasta el más sagrado de todos y el único que podría servir para restablecer los demás, cual es el de la religión; y que en este lastimoso estado es preciso crearlo todo de nuevo, trabajando primero en pequeño y por fracciones, para entablar después un sistema general que lo abarque todo.

Rosas advertía sagazmente que el individualismo liberal rompía los vínculos de la vieja sociedad dual y paternalista; que la libertad de opinión creaba sectores politizados que progresivamente afirmaban sus derechos frente a las viejas estructuras de poder; que la libertad de conciencia debilitaba, no tanto el sentimiento religioso, sino la influencia paternalista de la Iglesia. Una de las armas políticas más afiladas que usaron sus partidarios contra los grupos liberales fue la acusación de ateísmo. Así los definía el cura párroco de la Iglesia porteña de San Nicolás, en unas décimas recitadas en una fiesta popular:[38]

Ellos son incendiarios,

De corazón asesinos,

De religión libertinos,

Herejes que han blasfemado

De lo más santo y sagrado

De nuestro culto divino.

Pero acaso lo que definió más claramente el pensamiento político de Rosas fue su resistencia a aplicar las concepciones iluministas a la organización del país. Hostil al racionalismo y a toda la filosofía política del siglo XVIII, sostuvo que la organización constitucional no era una solución eficaz —y menos la solución necesaria— para fijar el orden nacional. Sostuvo que la fijación del orden nacional era prematura ya que no se había alcanzado un orden de las distintas regiones y provincias. Decía Rosas, en unas instrucciones que comunicaba a Quiroga:[39]

…el señor Quiroga debe aprovechar las oportunidades de hacer entender por todos los pueblos de su tránsito que el progreso es de desear que cuanto más antes pueda celebrarse; pero que al presente es en vano clamar por congreso y por constitución bajo el sistema federal, mientras cada estado no se arregle interiormente y no dé, bajo un orden estable y permanente, pruebas prácticas y positivas de su aptitud para formar federación con los demás. Porque en este sistema el gobierno federal no se une sino que se sostiene por la unión, representando en este estado los pueblos que componen la república para con las demás naciones; tampoco decide las diferencias de unos pueblos con otros sino que se reducen sus funciones a hacer cumplir los pactos generales de la federación, a cuidar de la defensa de toda la república, y dirigir sus negocios e intereses ge-nerales en relación con los de otros estados, pues para los casos de discordia entre dos provincias la constitución suele tener acordado un modo particular de decidirlas, cuando los contendientes no lo arbitran con su mutuo consentimiento.

Era, en el fondo, una concepción nacida de las ideas del romanticismo social; pero era, por eso mismo, una concepción propia de los grupos señoriales, aferrados a la realidad y reacios a su transformación. Representante y miembro eminente del grupo de estancieros que obtenía pingües ganancias con la preparación y exportación de carne salada, Rosas impidió la modernización de las explotaciones agropecuarias y se opuso a la formación de una burguesía urbana. Más consecuente que el doctor Francia, su polí-tica económica coincidió con su formación intelectual y con sus tradiciones sociales.

c. El Ecuador en la época de García Moreno

Dueño del poder desde 1861 hasta su violenta muerte en 1875, García Moreno gobernó el Ecuador dictatorialmente. Como Rosas y Francia, vivió obsesionado por el fantasma de la anarquía, y culpó de ella a las libertades que ofrecía y proporcionaba el régimen liberal. Pero, a diferencia del segundo, fue consecuente con sus principios ideológicos, recibidos de De Maistre, de Donoso Cortés y, sobre todo, de los sacerdotes jesuitas que fueron sus confidentes, sus instrumentos y sus consejeros: y a diferencia de los dos se preocupó por estimular ciertas formas de desarrollo económico moderno.

García Moreno poseía una vigorosa formación científica. Había estudiado química y geología y le apasionaba la investigación de la naturaleza. De esos principios de su formación intelectual derivó su preocupación por la difusión de la enseñanza, y especialmente la enseñanza científica. Creó la Escuela Politécnica, fundó laboratorios, colecciones de ciencias naturales, un observatorio; y sacudiendo la modorra tradicional, levantó edificios públicos y, sobre todo, construyó carreteras y caminos. Pero, al mismo tiempo, su formación católica y política lo llevó a la posición más extrema en la lucha contra el liberalismo, en una década —la del sesenta— en que se habían visto muchos excesos y en la que aparecería el Syllabus. En el discurso que pronunció después de jurar como presidente en 1869 se preguntaba:[40] “¿Cómo gobernar donde gobernar es combatir? ¿Cómo asegurar la civilización y el progreso a pesar de los que desean el desorden para medrar, porque saben que cuando el agua se revuelve el cieno es el que sube?”

Civilización y progreso son palabras que no pertenecieron ni al léxico de Francia ni al de Rosas. Pero García Moreno las usó, creía en sus contenidos y procuró que inspiraran su acción de gobierno. Dentro de estrechos límites, sin embargo. No creía que el progreso supusiera la modificación de la estructura agraria tradicional, y quienes lo empujaran hacia el poder, confiaban en el para que evitara las transformaciones que en la vecina Colombia, por ejemplo, había traído la legislación liberal. Tampoco creía que el progreso y la civilización requiriera o entrañara un régimen de libertades públicas. Por lo contrario, creía que no hay progreso sino dentro de un orden estricto, y en eso coincidía con el vigoroso sector señorial que exigía seguridad y estabilidad, con o sin progreso, y también con amplias capas de población conservadora, educadas bajo la influencia de la poderosa Iglesia Católica. Juan León Mera, el novelista autor de Cumandá y colaborador de García Moreno, a quien dedicó un en-cendido panegírico,[41] explicaba su posición política y su adhesión a las doctrinas conservadoras:[42]

Yo soy católico, no porque mis padres tuvieron la dicha de serlo, sino por el profundo convencimiento que tengo de la bondad y verdad del catolicismo. En cuanto a mis principios políticos; he aceptado los conservadores después del más duro examen, de haber visto que son los que más armonizan con los católicos… Y no porque soy católico y conservador… dejo de ser fervoroso republicano, amante y defensor de toda libertad pública bien entendida.

García Moreno expresó este sentimiento muy generalizado en una sociedad de la que se decía que, tras la Independencia, se había constituido en un convento, en tanto que la sociedad colombiana se había constituido en un colegio y la venezolana en un cuartel. Fue esa sociedad la que consagró constitucionalmente, una y otra vez, un tipo de poder ejecutivo en extremo vigoroso, que Juan Montalvo caracterizaba así:[43]

El presidente del Ecuador no es hombre como cualquiera; las leyes le dan cien ojos: es un Argos; las leyes le dan cien brazos: es un Briareo. Gigante en todo caso, a quien invisten de su fuerza todos los poderes, despojándose ellos mismos; a quienes amayoran los ciudadanos, menoscabando su propia elevación, para vol-verle hijo de la Tierra. Como tiene cien ojos, todo lo ve, todo lo sabe el presidente. Las paredes han de conservar sus mechinales por donde él meta un ojo averiguador y siniestro: conciencia, honra, amor son contrabandistas: allí les tema infraganti, y da con ellos en la casa del dolor, ésa que él ha levantado amasando los sesos de sus hermanos con lágrimas y sangre: argamasa a prueba de pico, secreto horrible descubierto por un operario del demonio.

En nombre del rey, en nombre de la ley, el presidente puede echar puertas abajo, y las echa. Si hay quien resista, ¡eh de mi guardia! llegan alabarderos y ma-ceras, y allí fue una familia. Tiene derecho de allanamiento. Para él lo sagrado del hogar doméstico es profano: entra a cualquier hora, sorprende a la doncella a medio vestir, pasa por sobre los niños, remueve, levanta las cenizas del fogón dormido. Los dioses lares son jocós y babuinos: ¡fuego sobre ellos! Y el templo, el templo de la pudicia femenina que en Roma era el más santo e inviolable, no alcanza más respeto que una casa de mancebía. El candado es el sello de la conspiración: puerta cerrada, puerta criminal: ¿no quiere romperse? ¡por las ventanas! ¡Arriba, valientes! El gobierno es un héroe; corona los balcones: extiende el brazo, vuelan las vidrieras. ¿Dónde están los traidores? ¿dónde los bandidos? Ni el lecho, ese mueble respetable donde se refugia la vergüenza, goza de fuero alguno contra la investigación impía que descubre secretos y desgracias, estos genios del traspatio que suelen dejarse estar en un rincón enfermos y abatidos. El presidente tiene derecho de allanamiento: debe saberlo, debe constarle todo, para castigar, para escarmentar, para exterminar. El presidente tiene derecho de exterminio. Los hombres, como no sean de los suyos, todos son proscritos: ¿les hallaron? a la plaza, donde les den azotes, o les vuelen la tapa de los sesos.

García Moreno ejerció ese poder sin vacilaciones. Pero aun así creyó que era necesario reforzar las disposiciones sobre el estado de sitio, argumentando vehementemente:[44]

Existe en las repúblicas hispanoamericanas un fermento o una tendencia a los trastornos políticos; tenemos, por desgracia, ciertos hombres a quienes debe lla-marse especuladores revolucionarios, por el propósito de hacer fortuna en las revo-luciones, y es indispensable contenerlos por el temor del castigo. Para evitar que se derrame sangre, es preciso armar al poder; la compasión por los criminales es la mayor crueldad contra los ciudadanos honrados y pacíficos, se ha visto la insufi-ciencia de las leyes comunes para contener los trastornos y se quiere todavía tener inerme al poder, en favor de los que atacan y hacen derramar sangre.

Ninguna de las libertades individuales subsistió, y todo fue sacrificado a la vigencia del orden, que era no sólo orden político sino también estabilidad social. Para consolidarlo, era necesario proveerlo de un fundamento inamovible, y apelando a la tradición hispanocolonial, se le dio un fundamento religioso en términos nunca alcanzados en otro país latinoamericano. La constitución de 1869 estableció en su artículo primero que “para ser ciudadano se requiere ser católico”; y en otro, que “la religión de la República es Católica, Apostólica Romana, con exclusión de cualquiera otra, y se conservará siempre con los derechos y prerrogativas que debe gozar según la ley de Dios y las disposiciones canónicas”.

Pero aún así no pareció suficiente. García Moreno, provisto de todas las armas legales para ejercer un poder omnímodo, inflexible en la ejecución de sus designios, implacable en la represión de todas las libertades políticas y civiles proclamadas por el liberalismo, creyó necesario fortalecer todavía más la estructura que inmovilizaba al país, a pesar del aparato técnico que se creaba. García Moreno asumió la defensa del Syllabus y el compromiso de dar cumplimiento a sus prescripciones; asumió la defensa de la Santa Sede, protestando ante el gobierno de Italia por la ocupación del Estado Pontificio; y en 1873 la legislatura consagró el Corazón de Jesús como patrón y protector de la nación.

Así se fue consolidando un Estado teocrático, montado para reprimir todo vestigio del espíritu liberal que había animado los primeros movimientos revolucionarios de Quito y Guayaquil, y prosperado con Rocafuerte y Urbina. Es sabido que Juan Montal- vo dijo, al tener noticia del asesinato de García Moreno: “Mi pluma lo mató”. Y aunque no fuera totalmente cierto, el anhelo de la restauración de las libertades civiles y políticas, que Montalvo defendía incansablemente, fue sin duda lo que movió el brazo de los homicidas.

El pensamiento político de la derecha liberal

La perspectiva abierta por la coyuntura favorable incorporó a la Revolución grupos diversos, de variadas predisposiciones y tendencias. Podría decirse que todos compartían en alguna medida los principios fundamentales del pensamiento iluminista de la filosofía política francesa del siglo XVIII. Pero en el curso del proceso revolu-cionario algunos grupos precisaron y defendieron convicciones muy moderadas, y constituyeron el núcleo de la derecha liberal. Se aglutinaron a su alrededor otros sectores que, habiendo sostenido posiciones más avanzadas, comenzaron a desplazarse hacia posturas menos aventuradas: unos porque consideraban haber logrado los fi – nes que se habían propuesto y querían consolidarlos, y acaso consolidar sus nuevas posiciones individuales; otros porque la experiencia del proceso revolucionario los había fatigado y buscaban poner fin a la fluidez de la situación introduciendo un principio de orden.

Esta derecha liberal vaciló entre la forma monárquica de gobierno y la forma republicana. Pero los matices eran muy tenues. En ambos casos se buscó fortalecer el poder político, y las diferencias se plantearon alrededor del problema del origen de la soberanía. No hay duda, sin embargo, de que quienes prefirieron la forma republicana, aun bajo su variante más autoritaria, demostraron mayor predisposición a un tránsito futuro hacia regímenes más liberales.

El pensamiento monárquico liberal

Bajo la influencia del modelo francés, pero sin duda porque los grupos rebeldes deseaban fervientemente encontrar una manera de consolidar el movimiento desencadenado. Haití creó un imperio mediante la constitución de 1805 y luego una monarquía en 1811, ambos efímeros. Sus sostenedores enfrentaron otros grupos republi-canos de un liberalismo más avanzado y consecuente, y propusieron la vigencia de la estructura militar para la administración del país.[45]

En México, tras el fracaso de Hidalgo y de Morelos. sólo se volvió a la idea de la independencia tras la Revolución de Riego en España. Esta vez fueron los grupos más conservadores quienes la promovieron. El Plan de Iguala, formulado en febrero de 1821 por Iturbide. contenía “tres garantías” fundamentales: la conservación de la religión Católica Apostólica Romana, sin tolerancia de otra alguna, la Independencia bajo un régimen monárquico moderado, y la unión entre americanos y europeos. En defensa de su punto de vista monárquico. Iturbide declaró:[46] “Las desgracias y el tiempo liarán conocer a mis paisanos lo que les falta para poder establecer una república como la de los Estados Unidos”.

Y sobre la base de estas ideas liberales se instauró su efímera monarquía.

Un representante típico de la derecha antiliberal, Lucas Alamán, que escribía algunos años después, observaba que Iturbide creyó prudente atender a las costumbres formadas en trescientos años, las opiniones establecidas, los intereses creados y el respeto que infundía el nombre y la autoridad del monarca, conservando “la forma de gobierno a que la nación estaba acostumbrada”: y agregaba:[47]

Por haberse apartado de esta norma, por haber querido establecer con la Independencia las teorías liberales más exageradas, se ha dado lugar a todas las desgracias que han caído de golpe sobre los países hispanoamericanos, las cuales han frustrado las ventajas que la Independencia debía haberles procurado, siendo muy de notar que los dos hombres superiores que la América española ha producido en la serie de tantas revoluciones, Iturbide y Bolívar, hayan coincidido en la misma idea, levantando el primero en su Plan de Iguala un trono en México para la familia reinante en España, e intentando el segundo llamar a la de Orleáns a ocupar el que quería erigir en Colombia.

Fundada en la fuerza militar y en el apoyo de los sectores más conservadores, la monarquía moderada de Iturbide no pudo resistir a los embates de grupos ligeramente más avanzados, cuya posición aseguraba un equilibrio más estable entre los diversos sectores en pugna. Quizá, la explicación más exacta del fracaso monárquico esté en las palabras que Bolívar escribió a Santander en setiembre de 1822:[48]

…creo que Iturbide con su coronación ha decidido el negocio de la independencia absoluta de Méjico; pero a costa de la tranquilidad y aun de la dicha del país. Es muy probable que el clero esté muy descontento, porque le piden dinero, y más descontento aún el pueblo con el nuevo emperador, que más pensará en sostenerse contra los patriotas que en destruir a los realistas. En Méjico se va a repetir la conducta de Lima, donde más se ha pensado en poner las tablas del trono, que libertar los campos de la monarquía.

Parece lícito interpretar que los “realistas” eran grupos de tradición señorial y monopolista y vehementemente antiliberales.

Razones semejantes a las que en México movieran a tales grupos, impulsaron a los moderados del Brasil a proclamar la Independencia y a organizar luego un régimen monárquico constitucional. Consumada la proclamación y convocada la Asamblea General Constituyente en mayo de 1823, se advirtió que la fórmula política hallada, satisfactoria para los grupos tradicionales, provocaba la irritación de sectores liberales que señalaron los peligros que la fórmula entrañaba y las aspiraciones que la fórmula no contemplaba: “antilusitanismo, restricción del poder personal del Soberano, libertades civiles amenazadas, conciliación del principio monárquico con el democrático y por eso hostilidad al grupo conservador y portugués que rodeaba a D. Pedro I”, según señala Pedro Calmón.[49]

El cuadro se completó con la Revolución de Pernambuco de 1824. Pero el nuevo Imperio sorteó las dificultades y se situó en un punto de equilibrio que resultó justo. El régimen se consolidó y su teoría fue explicada por el propio emperador en un proyecto elaborado por él o por sus colaboradores inmediatos en 1823 en el que se declaraba:[50]

Todos los publicistas de más crédito en Europa reconocen como una verdad indestructible en política que el sistema monárquico constitucional es el único que se debe adoptar en un gran Estado como el Brasil cuya gran extensión quedaría expuesta a formidables convulsiones si no estuviese en la institución monárquica un centro de garantía que afianzase su seguridad.

El Imperio debía funcionar, en cuanto a las formas, como una democracia parlamentaria; en la práctica, sin embargo, expresaba la voluntad y los intereses de un sector relativamente reducido de la población, que, en efecto, gozaba de la posibilidad de canalizar políticamente sus designios. Por sobre el sistema de los poderes flotaba el poder del emperador, institucionalizado de una manera singular, según lo estableció el artículo 98 de la constitución de 1824, que —como dice Oliveira Torres— “parece una fórmula doctrinaria, pero es un mandamiento expreso del legislador constitucional al monarca en el ejercicio de su noble oficio de reinar”.[51]

El artículo expresa: “El Poder Moderador es la clave de toda la organización política, y es delegado privativamente al Emperador, como Jefe Supremo de la Nación y su primer representante, para que incesantemente vele sobre el mantenimiento de la independencia, equilibrio y armonía de los demás poderes políticos”.

Colocada fuera del ancho campo de las actividades políticas, la monarquía parecía asegurar un fundamento inconmovible a las nuevas naciones, montadas sobre viejas estructuras sociales y económicas que, de esa manera, salvaban su existencia y se sustraían a las luchas.

En el Río de la Plata, la profunda crisis que siguió a la Independencia desalentó a los tímidos partidarios de la organización republicana y liberal y robusteció las convicciones de quienes tenían, por tradición y formación, opiniones favorables a la monarquía moderada. Desencadenadas las luchas entre las regiones del antiguo virrei-nato, Manuel Belgrano, Bernardino Rivadavia y Juan Martín de Pueyrredón, entre otros, liberales insospechables y originariamente republicanos, se manifestaron favorables a la instauración de una monarquía que pusiera fin a la disgregación, contuviera el senti-miento federalista y asegurara el orden interno. Esta idea fue sostenida con mucha vehemencia por José de San Martín y Carlos de Alvear, militares ambos de formación liberal incuestionable, pero monárquicos seguramente por tradición y autoritarios por su concepción profesional.

En 1815 escribía Carlos de Alvear:[52] “Cinco años de repetidas experiencias han hecho ver de un modo indudable a todos los hombres de juicio y opinión, que este país no está en edad ni en estado de gobernarse por sí mismo, y que necesita una mano exterior que lo dirija y contenga en la esfera del orden antes que se precipite en los horrores de la anarquía”.

Y San Martín se preguntaba al año siguiente:[53] “¿Podremos constituirnos república sin una oposición formal del Brasil…; sin artes, ciencias, agricultura, población, y con una extensión de territorios que con más propiedad pueden llamarse desiertos?”

La solución que ambos buscaban no fue alcanzada en el Río de la Plata. Pese a ello, San Martín perseveró en su convicción y se propuso formalmente instaurar una monarquía en el Perú, coincidiendo con Bernardo Monteagudo, antes inflamado republicano. Una misión diplomática debía buscar un monarca en Europa; ajustándose a instrucciones precisas cuyo primer punto establecía:[54]

Para conservar el orden interior del Perú y a fin de que este estado adquiera la respetabilidad exterior de que es susceptible, conviene el establecimiento de un gobierno vigoroso, el reconocimiento de la independencia, y la alianza o protección de una de las potencias de primer orden de Europa. La Gran Bretaña por su poder marítimo, sus créditos y vastos recursos, como por la bondad de sus instituciones, y la Rusia por su importancia política y poderío, se presentan bajo un carácter más atractivo que las demás: están por consiguiente autorizados los comisionados para explorar como corresponde y aceptar que el príncipe de Sussex-Cobourg, o en su defecto, uno de los de la dinastía reinante de la Gran Bretaña pase a coronarse emperador del Perú.

Por análogas razones surgieron sospechas de que Bolívar, pese a sus categóricas opiniones anteriores, comenzaba a deslizarse hacia la aceptación de la solución monárquica. De todos modos, el límite que separa un régimen monárquico del sistema republicano instaurado en la constitución boliviana de 1826 es casi imperceptible, como era tenue, efectivamente, la diferencia que percibían entre la monarquía y la república todos los que, habiendo tenido una formación liberal, se sentían empujados por la experiencia a una corrección de sus puntos de vista.

Razones semejantes, también, aunque más relacionadas con las ambiciones personales, pudieron nutrir ciertas tendencias monárquicas, más o menos ocultas, en los generales de Bolívar: Paéz, Flores y Mosquera. Hacia 1846 creció la sospecha de que acariciaban la intención de volcarse hacia la monarquía. Se recordaba que Páez había insistido ante Bolívar para que aceptase la corona, y que Mosquera se había manifestado partidario entusiasta, en 1826, de que Bolívar asumiera la dictadura absoluta y vitalicia. Pero lo indudable es que Flores gestionó en España, en 1846, la creación de una mo-narquía en el Ecuador, y obtuvo la promesa de que aceptaría el trono un príncipe español.

Hasta entonces las tendencias monárquicas respondían a los modelos de monarquía constitucional o parlamentaria que sedujeron a los liberales de principio de siglo. Pero en la segunda mitad del siglo XIX esas tendencias se renovaron bajo la influencia del modelo de la monarquía burguesa que erigieron en Francia Luis Felipe y Napoleón III.

Frente al avance de las reformas sociales y políticas que triunfaron hacia 1857 en México, fuertes sectores tradicionales volvieron a acariciar la idea de instaurar un poder fuerte, apoyado no sólo en las fuerzas militares que respondieran a esos sectores, sino también en las fuerzas de ocupación que pudiera enviar alguna potencia extranjera, en defensa de la hegemonía de la Iglesia y de la tradicional estructura social. El proyecto tuvo éxito y así se instauró el imperio con Maximiliano. Las ideas políticas de los militares y de los grupos señoriales que lo apoyaron se relacionaban básicamente con una denodada defensa de la situación tradicional, amenazada, sobre todo, por una política de liberación de los indígenas y de restricciones a la hegemonía de la Iglesia. Pero el imperio fracasó, no sólo frente a la obstinación de Juárez y sus partidarios, sino a causa de la limitación del apoyo militar de las potencias europeas, cada vez menos predispuestas a las intervenciones políticas cuando aparecía la posibilidad de operar sobre su periferia mediante los mecanismos económicos.

Tres años antes de la coronación de Maximiliano: en México, en 1861, el presidente del Ecuador, García Moreno, solicitó por su parte a Napoleón III el establecimiento de una monarquía en Sud- américa, que no sólo incluiría el Ecuador sino también el Perú y acaso otros países, “bajo un príncipe designado por Su Majestad el Emperador”,[55] con cuya garantía pensaba organizar el orden interno del país.

El vasto esfuerzo para erigir regímenes monárquicos fracasó en todas partes, como concluyó finalmente, después de casi sesenta años, el régimen instaurado en el Brasil. La definida fisonomía institucional de la monarquía parecía ofrecer, por sí sola, una garantía de estabilidad; pero la sociedad latinoamericana no respondió a ese es-tímulo. Fue, pues, el monarquismo liberal un espejismo, alimentado por quienes consideraban que era posible; en América latina, detener el vigoroso cambio que habían suscitado sucesivamente el mercantilismo y la Revolución industrial por la sola fuerza de un mecanismo institucional.

El pensamiento republicano autoritario

El republicanismo autoritario fue la inversa del monarquismo liberal. Sus sostenedores comprendieron que el problema del origen de la soberanía —cualesquiera que fueran los términos en que se lo formularan los distintos grupos sociales— no podía plantearse en América, en los albores de la Independencia, como una enajenación gratuita en beneficio de una dinastía europea o de cualquier general afortunado. Los grupos populares y burgueses que promovieron y sostuvieron los movimientos revolucionarios pudieron disentir en cuanto al significado y contenido de la palabra democracia, o en cuanto al alcance y al valor de las ideas liberales; pero es innegable que los grupos regionales tuvieron la intuición profunda de que recuperaban o conquistaban la soberanía para decidir lo que quisiesen con respecto a su destino. La enajenación de la soberanía en beneficio de una organización monárquica repugnaba en el fondo a todos los grupos liberales, excepto a los más conservadores, y no fue suficiente para hacerla aceptable ningún adjetivo que la transformara en templada, constitucional, parlamentaria o moderada. El doctor Francia, en el Paraguay, y José G. Artigas en el Uruguay, fueron los exponentes más representativos de este sentimiento de repugnancia frente a cualquier intento de renunciar a la soberanía popular.

Sensibles a esta reacción, otros grupos conservadores buscaron la instauración de regímenes autoritarios —tan vigorosos como podía serlo la monarquía misma o quizá más— pero asumiendo la forma republicana, que suponía el mantenimiento de la soberanía popular, quizá temporalmente bajo tutela, pero dentro de un sistema que no implicaba una delegación y la hacía siempre reivindicable.

Estas ideas habían sido sostenidas vehementemente por Bolívar. Sin duda pensaba él que una monarquía parlamentaria como la de Inglaterra constituía el más perfecto de los sistemas políticos posibles en la época; pero un análisis de la situación imperante en el mundo hispanoamericano le aconsejaba, según sus puntos de vista, desecharlo. Otras razones fortalecían, además, su opinión de que la monarquía era inconveniente en América; y resumiéndolas, escribía en 1815, en la Carta de Jamaica:[56] “Por estas razones pienso que los americanos ansiosos de paz, ciencias, artes, comercio y agricultura, preferirían las repúblicas a los reinos, y me parece que estos deseos se conforman con las miras de la Europa“.

Pero de modo más vehemente aún rechazaba Bolívar una organización republicana en la que prevaleciera una “libertad ilimitada” y una “forma federal”.[57] Su concepción política quedó señalada ya en la citada Carta de Jamaica, donde decía, refiriéndose al régimen que entreveía para el futuro:[58]

Su gobierno podrá imitar al inglés: con la diferencia de que en lugar de un rey habrá un poder ejecutivo, electivo, cuando más vitalicio, y jamás hereditario si se quiere república, una cámara o senado legislativo hereditario, que en las tempes-tades políticas se interponga entre las olas populares y los rayos del gobierno, y un cuerpo legislativo de libre elección, sin otras restricciones que las de la cámara baja de Inglaterra. Esta constitución participaría de todas las formas y yo deseo que no participe de todos los vicios.

Quedó expresada en ese pasaje su preferencia por dos instituciones fundamentales que revelaban las tendencias de su pensamiento político, y que hicieron suponer que acariciaba ocultamente ideas monárquicas: el senado hereditario y el poder ejecutivo vitalicio. Sus adversarios juzgaron, sin duda con algún fundamento, que dentro del cuadro de las ideas liberales, Bolívar había adoptado una posición de derecha y por eso lo consideraron inspirador del que luego sería el partido conservador.

En el discurso de Angostura[59] caracterizó Bolívar las ventajas del senado hereditario:

Si el Senado en lugar de ser electivo fuese hereditario, sería en mi concepto la base, el lazo, el alma de nuestra república. Este cuerpo en las tempestades polí-ticas pararía los rayos del Gobierno, y rechazaría las olas populares. Adicto al Go-bierno por el justo interés de su propia conservación, se opondría siempre a las invasiones que el pueblo intenta contra la jurisdicción y la autoridad de sus magis-trados. Debemos confesarlo: los más de los hombres desconocen sus verdaderos intereses, y constantemente procuran asaltarlos en las manos de sus depositarios: el individuo pugna contra la masa, y la masa contra la autoridad. Por tanto, es preciso que en todos los gobiernos exista un cuerpo neutro que se ponga siempre de parte del ofendido, y desarme al ofensor. Este cuerpo neutro para que pueda ser tal, no ha de deber su origen a la elección del Gobierno, ni a la del pueblo; de modo que goce de una plenitud de independencia que ni tema, ni espere nada de estas dos fuentes de autoridad.

Los peligros que significaba la constante renovación de las aspiraciones populares se conjugaban, en su opinión, con las pretensiones del poder legislativo, necesariamente sensible a la presión de sus mandantes para limitar las facultades del poder ejecutivo. Era, pues, necesario a sus ojos que dispusiera éste de todos los instrumentos necesarios para evitar los peligros de la anarquía, y que tuviera la estabilidad necesaria para enfrentar al pueblo. Decía en el discurso de Angostura:[60]

Estas mismas ventajas son, por consiguiente, las que deben confirmar la ne-cesidad de atribuir a un Magistrado Republicano, una suma mayor de autoridad que la que posee un príncipe constitucional.

Un Magistrado Republicano es un individuo aislado en medio de una sociedad, encargado de contener el ímpetu del Pueblo hacia la licencia, la propensión de los Jueces y administradores hacia el abuso de las Leyes. Está sujeto inmediatamente al Cuerpo Legislativo, al Senado, al Pueblo; es un hombre solo resistiendo el ataque combinado de las opiniones, de los intereses, y de las pasiones del Estado social, que como dice Carnot, no hace más que luchar continuamente entre el deseo de dominar, y el deseo de sustraerse a la dominación. Es al fin un atleta lanzado contra multitud de atletas.

Sólo puede servir de correctivo a esta debilidad, el vigor bien cimentado y más bien proporcionado a la resistencia que necesariamente le oponen el Poder ejecutivo, el Legislativo, el Judiciario, y el Pueblo de una República. Si no se oponen al alcance del Ejecutivo todos los medios que una justa atribución le señala, cae inevitablemente en la nulidad o en su propio abuso; quiero decir, en la muerte del Gobierno, cuyos herederos son la anarquía, la usurpación y la tiranía.

>Así quedó constituido el modelo del Estado republicano autoritario, que consagró en lo fundamental la constitución boliviana de 1826, elaborada por el propio Bolívar. El fundamento de la soberanía popular quedaba salvado, los principios de la división de poderes respetados, las libertades individuales consagradas, pero el poder político podía regular las presiones de los distintos grupos políticos y prevenir los riesgos de la tan temida anarquía, que no solía ser sino el fruto de las tensiones sociales, en busca de un nuevo equilibrio.

Como en el caso boliviano, los jefes militares que en otros países llegaron al poder y mantuvieron las preferencias republicanas y los principios institucionales de Bolívar, pugnaron siempre por fundar su autoritarismo espontáneo en prescripciones constitucionales. Los grupos liberales se opusieron sistemáticamente, y acaso podría de-cirse que así se definieron las diferencias entre los partidos conservadores y los partidos liberales de allí en adelante. Pero, aun violando las instituciones, las dictaduras militares ejercieron de hecho un tipo de poder, que correspondía al mismo esquema. Pocos testimonios tan ilustrativos como el de la señora de Francés Erskine Inglis de Calderón de la Barca,[61] esposa del primer ministro plenipotenciario que España envió a México, y que ha dejado un vivo y minucioso relato del golpe militar encabezado en 1849 por el general Santa Anna. Una sabia retórica republicana y liberal encubría el establecimiento de un poder fuerte sin otras limitaciones que las que impusieran los grupos de poder, cuyos portavoces eran los mismos que se hubieran sentado en los parlamentos que se hubieran reunido.

Pero Bolívar no quiso la dictadura sino el poder constitucional fuerte. Ese esquema no fue desdeñado por los liberales, muchos de los cuales, llegados al gobierno, adoptaron un estilo autoritario aun cuando su política estuviera destinada a instaurar los principios del liberalismo. Tal fue el caso de Rocafuerte en el Ecuador, de Castilla en el Perú, de Mosquera en Colombia y, más tarde, de Barrios en Guatemala. Para sobreponerse a la fuerza de los grupos conservadores y, especialmente, a la de la Iglesia, apelaron todos ellos a procedimientos considerados a veces dictatoriales, y sus gobiernos, en efecto, fueron juzgados como dictaduras más de una vez, y acaso con bastante fundamento. No se sabría decir categóricamente, y sin establecer muchos matices, si fueron éstos, gobiernos de derecha, aun cuando les corresponda esta caracterización por el tipo de comportamiento político, puesto que, por lo contrario, se mostraron favorables a la promoción de cambios económicos y sociales.

No menos dudas suscita el diagnóstico del más notable y conflictivo caso de republicanismo autoritario: el de Chile durante la época de Diego Portales, que fue considerado por sus contemporáneos como ejemplo de gobierno conservador y adoptado como modelo por muchos regímenes conservadores latinoamericanos.

Escribiendo veintiséis años después de su asesinato, su biógrafo Vicuña Mackenna[62] —un liberal— se preguntaba cuáles habían sido realmente las tendencias políticas de Portales, refiriéndolas a los dos partidos clásicos, conservadores y liberales, que él designaba con sus nombres populares de pelucones y pipiolos:

Y aquí salta a la vista una cuestión de lógica histórica, más bien que de tradición, porque el escritor crítico se pregunta, delante de los singulares y marcados contrastes de aquella rara existencia, cuál fue su verdadero carácter político, aparte de círculos y afecciones puramente personales. Y en verdad, aunque la tradición vulgar esté en esta parte completamente sancionada. la historia todavía duda. ¿Fue Portal es pelucón? ¿Fue pipiolo? He aquí el dilema que chocará a los unos como blasfemia y a otros como una cruel ironía.

Don Diego Portales, es verdad, tuvo por aliado el bando histórico llamado de los pelucones, pero nunca fue su caudillo. Fuéronlo de aquél, a la vez, Egaña y Rodríguez Aldea, y como intermediario entre ambos, el acomodaticio ministro Tocornal, su verdadero organizador político en la administración, pues los primeros eran sólo las dos antiguas columnas de su vetusto pórtico. La historia que hemos trazado en estas páginas está revelando, por cada una de sus faces, aquella verdad inmutable, que coloca a su protagonista en una posición única y excepcional delante de todas las facciones hostiles y de la propia que lo aclamaba como jefe. Casi no se menciona, en verdad, el nombre de uno solo de esos graves personajes del peluconismo, a quien no impusiera don Diego Portales alguna humillación, o de quien no tuviera a escondidas o en sus labios una sincera queja.

Por más que se busque, no existía ciertamente punto alguno de contacto ni de afinidad de hábitos, carácter o ideas, con los hombres que eran las lumbreras o los pilares de aquel poder que sólo apareció compacto más tarde sobre la arena, armado para combatir, como en 1840, o armado para la resistencia, como en 1851.

La historia del peluconismo propio comienza únicamente en la tumba del Barón. Don Diego Portales, en verdad, no tuvo más señal del tipo genuino pelucón, que el tupé postizo con que cubría su calvicie (calvicie de pipiolo…), y si a este solo título se le reconoce aquel nombre, es indudable que la historia no tiene ya para qué hacer valer su severa lógica en la duda.

Y tras de señalar algunos rasgos característicos de la contradictoria personalidad del ministro, concluía:

¿Y era éste, ni podría ser tal hombre, el caudillo de los pelucones, de aquel partido pretencioso de la aristocracia de los blasones y de las talegas, cuando él ha-cía mofa de pergaminos y no tenía a veces dinero suelto para comprar cigarros? ¿Del partido fastuoso y regalón de las tertulias de malilla y rocambor en salones de oro, cuando vivía en cuartos de alquiler y sus favoritos cortesanos eran Adalid Za-mora, don Isidro Ayestas y Diego Bórquez? ¿Del partido, en fin, timorato y com-pungido de las sacristías y de las sotanas cuando era reconocido por un ‘hereje’ (lenguaje de Santiago), y el clérigo Meneses temblaba al escuchar sus blasfemias, que es fama no excusó aun en presencia de su primo, el pulcro y modesto Obispo Vicuña?

o innegable es que Portales fue hombre de acción, refractario a la seducción de las ideologías y partidario de un sistema ordenado en el que las luchas políticas no esterilizaran el desarrollo económico. Sus opiniones políticas quedaron claramente expresadas en una carta que escribió desde Lima en marzo de 1822, en la que decía:[63]

La democracia que tanto pregonan los ilusos, es un absurdo en los países como los americanos, llenos de vicios y donde los ciudadanos carecen de toda vir-tud, como es necesario para establecer una verdadera república. La monarquía no es tampoco el ideal americano: salimos de una terrible para volver a otra y, ¿qué ganamos? La república es el sistema que hay que adoptar; pero, ¿sabe como yo la entiendo para estos países? Un gobierno fuerte, centralizador, cuyos hombres sean verdaderos modelos de virtud y patriotismo, y así enderezar a los ciudadanos por el camino del orden y de las virtudes. Cuando se hayan moralizado, venga el gobierno completamente liberal, libre y lleno de ideales, donde tengan parte todos los ciudadanos. Esto es lo que yo pienso y todo hombre de mediano criterio pensa-rá igual.

Estas opiniones se asemejaban notablemente a las de Bolívar, y por ellas fue considerado conservador por los liberales. Respetaba, por cierto, los principios de orden heredados de la Colonia, pero no es igualmente exacto que procurara consolidar el sistema económico y social de la Colonia, porque, comerciante él mismo, y admirador de los Estados Unidos, promovió el desarrollo de nuevas formas económicas que abrían el camino de las burguesías. El liberal Vicuña Mackenna[64] resumía así su acción de gobierno:

Portales aparece entonces, desde cualquier horizonte que se le mire, como el coloso de la historia. Está solo, y por lo mismo, se ve más grande. Va a hacer la mudanza de la sociedad, después de haber hecho su trastorno; pero no consiente, ni auxiliares, ni consejos, ni inspiración alguna superior, porque se encuentra capaz de hacerlo todo, con tal de hacerlo todo por sí solo. Así, su labor pública es inmensa; sin límites su consagración al bien de la patria: su abnegación a todos los egoísmos que aquejan al hombre, verdaderamente sublime y ejemplo. Sin hacer cuenta ni de los ‘pipiolos’, a quienes su espíritu, lisiado casi siempre de incomprensibles extravagancias, llama peleajanos; ni de los ‘pelucones’, a quienes denomina huemules; ni de los presidentes, a quienes da el nombre de Ayestas; ni de él mismo, pues a sí se llama dictador plebeyo, o según su propia frase, ministro Salteador, él va a un fin dado, con todas las fibras del corazón palpitantes de energía, con la sonrisa de su genial humor sobre los labios, y no le importa que, al pasar, en su ardiente carrera sus propios amigos le llamen loco i ni que los adversarios que le combaten con una obstinación suprema, le apostrofen de tirano!

Portales en alas de su genio, entre tanto, viene atravesando el caos, y a medida que pasa, va dejando los cimientos de una prodigiosa creación, de la que los bandos que luchan o se acechan no se aperciben de pronto, pero que la historia desentraña cuando penetra con su linterna de luz en los arcanos del pasado. Anula el ejército y crea la Academia Militar; somete a la plebe y crea la guardia nacional; destruye el favoritismo financiero, herencia de la Colonia, y crea la renta pública; persigue la venalidad, plaga de la magistratura española, y regulariza la adminis-tración de justicia; desbarata el favoritismo de los empleos y crea la administración. Portales inicia así la más grande de las revoluciones a que aspira la República hoy mismo, la Revolución contra la rutina. No quiere el polvo de lo antiguo ni en los códigos, ni en las costumbres, ni en la educación pública, ni siquiera en las oficinas del Estado.

Casi sin riesgo de ser vulgar podría el escritor político describir a Portales en aquella época, armado del ‘plumero’ (mueble que él aclimató en las regiones oficiales, donde parecía exótico), y pasando por todas partes, sacudió la espesa capa de hollín que dejó la Colonia; sólo que a veces empleaba el mango, cuando la mancha no estaba en los muebles sino en los hombres…

Si Portales no fue por esto un gran revolucionario, fue más todavía, porque fue un gran innovador. Se ocupó poco de las leyes y de los principios, que su funesta ignorancia no le permitió comprender en todo su alcance; pero todo lo demás lo cambió de lugar, lo hundió en la nada o lo sustituyó por una de sus creaciones propias. Eran éstas, por lo común, toscas e imperfectas construcciones, parto de su genio inculto, pero en su conjunto bastarían a formar el andamio de hierro en que dejó sentadas las bases de la República que antes habían sido arena. Don Diego Portales fue el gran revolucionario de los hechos, fue el ejecutor práctico y tenaz de todo aquello que en el gobierno de sus antecesores había sido una bella teoría o un turbulento ensayo; en una palabra, hizo la Revolución administrativa, en el tercer período de crecimiento del país, después que los liberales habían hecho en su pubertad la Revolución política, v los primeros patriotas, en su cuna, ese cambio de nodrizas que se ha llamado la Revolución de 1810 y que nos dio una madre en lugar de una madrastra.

Y lo que maravilla en todo esto es que Portales realizase cosas tan nuevas y tan extraordinarias en el país, sin previo aprendizaje, sin ideas preconcebidas, sin maestros, sin estudio, sólo por la fuerza de un instinto poderoso y creador, al que no puede menos de reconocérsele la índole del genio. Portales, se ha dicho como un reproche, fue un hombre improvisado; pero fue más que eso, un extraordinario improvisador. Todo lo hizo a carrera y más o menos bien, pero lo hizo él solo con un esfuerzo de laboriosidad y dedicación, al que no ha alcanzado en Chile ningún hombre público, y atiéndase que todo lo que llevó a cabo fue sin sueldo, habiendo perdido su fortuna en la Revolución, y rehusando, a la vez, todos los honores y todos los empleos que se le conferían sin reparo.

La vasta polémica alrededor de Portales pone claramente de manifiesto el difícil problema de la caracterización de la derecha en Latinoamérica. Ciertamente, la aparición de una alta burguesía mercantil modifica los criterios y los complica, pues sus intereses no sólo la acercan poco a poco a ciertos grupos señoriales sino que la separan de los grupos liberales eminentemente ideológicos.

Portales se situó a la derecha de esos grupos liberales eminentemente ideológicos porque creyó necesario postergar la consumación del establecimiento de un sistema de plena libertad y de democracia política. Pero no trabajó menos que Rocafuerte o que Castilla a favor de una burguesía que prometía sacudir el viejo sistema señorial. Por esto último no podría decirse de él que fuera una expresión típica de la derecha. Una última salvedad podría hacerse: su comportamiento podría considerarse de derecha si se lo considerara un precursor de una política calculada para permitir la formación y consolidación de una alta burguesía sin que se abrieran las compuertas para el ascenso de nuevos sectores medios y populares. Tal fue precisamente la tendencia de las altas burguesías de muchos países latinoamericanos hacia fines de siglo, que concluyen constituyendo cerradas oligarquías.

4. El pensamiento político de las oligarquías liberalburguesas desde fines del siglo XIX

Hasta la segunda mitad del siglo XIX la estructura socioeconómica de Latinoamérica mantuvo ciertos caracteres constantes. En términos muy generales la caracterizaba una sociedad dual en las áreas rurales y una burguesía urbana en la que el sector mercantil no alcanzaba a tener poder económico suficiente como para interferir en el sistema inspirado y dirigido por las clases poseedoras de la tierra; era, por lo contrario un sector dependiente de éstas, con una función intermediaria en la economía, y generalmente también en la política.

Sólo a partir de mediados del siglo XIX la burguesía urbana empezó en algunos países a tener mayor independencia, al producirse ciertos cambios de importancia en la vida económica. Si hasta entonces su papel había sido pasivo y cumplía funciones dentro de un sistema que no controlaba, de allí en adelante empezó a tener iniciativa propia y a diseñar otro sistema en el que las clases poseedoras de la tierra, aún siendo piezas fundamentales del juego, debían reconocer una zona, a veces extensa, de control. Era, naturalmente, la alta burguesía vinculada al comercio de exportación e importación, a la banca, a la especulación y a la administración pública. Apresurémonos a decir que muchos miembros de los grupos señoriales no vacilaron en incorporarse a esas actividades y operaron simultáneamente en los dos sectores de la economía, el primario y el terciario: pero el terciario incorporó a mucha gente que venía de otro origen: eran a veces extranjeros, radicados o no; gentes de clase media a quienes el dinero, las profesiones liberales o la política habían permitido alcanzar posiciones que el sistema hacía importantes o acaso decisivas; y el sistema mismo, más dependiente del mercado comprador que de los sectores de la producción, al escapar al control de los grupos po-seedores de la tierra, ofrecía importantes posibilidades de decisión, de lucro y de influencia a quienes llegaban a los puestos desde los cuales se ejercía su control.

Al cabo de poco tiempo —hacia la última década del siglo— se había diferenciado en el seno de los sectores medios una alta burguesía que tenía ya una inequívoca figura como clase económica y social, y claros designios que, en algunos aspectos, no coincidían con los de los grupos señoriales. Mantuvieron éstos sus convicciones básicas y sus ideas políticas, y cuando aceptaron su nuevo papel dentro de la economía en cambio, pretendieron conservarlas aun cuando colaboraban en la modificación de la estructura económica. Esta contradicción se advirtió en sus relaciones con la nueva burguesía liberalburguesa que, cada día más, alcanzaba mayor preponderan-cia. Hubo alianzas y oposiciones, pero los dos grupos, aún procurando coincidir ante la perspectiva de adversarios comunes —las clases medias y populares en ascenso— delinearon posiciones distintas. Cada vez más se perfiló la existencia de dos derechas.

La renovación de la situación social

Los cambios que se produjeron en la situación social de la mayoría de los países latinoamericanos fueron la consecuencia de la Revolución industrial operada en Europa, y que modificó rápida y profundamente tanto su estructura económica como la de los Estados Unidos. No sólo se produjo un acelerado incremento en la demanda de las materias primas que se relacionaban con las nuevas industrias, sino que creció mucho la de productos alimenticios. Los propietarios europeos de tierras elegían cuidadosamente el destino que le darían, y diversas circunstancias los alejaron en alguna medida de su antiguo tipo de producción. Por lo demás, los campesinos se sintieron atraídos por las ciudades, y produjeron un intenso éxodo rural de doble consecuencia: disminución de la producción de alimentos y creciente demanda de éstos en las zonas urbanas, cada vez más intensamente pobladas.

La consecuencia fue un cambio importante en la posición de Latinoamérica con respecto a Europa y los Estados Unidos. Esos mercados consumidores exigieron determinados productos dentro de un gigantesco plan de producción concebido en escala mundial, y esa exigencia, mucho más remunerativa que antes, fijó ciertas condiciones a la producción. El mercado consumidor estableció el o los productos exportables; prefiriendo en cada país un sistema de monoproducción estableció altos precios, pero fijó también altos niveles de calidad que requerían nuevas técnicas no sólo en la etapa de la producción sino también en la de la distribución; estableció relaciones de dependencia financiera que importaban dependencias inevitables y regímenes de importación de productos manufacturados; exigió privilegios y garantías que le fueron acordados a través de gobiernos a los que transformó en sus personeros; pero, sin duda, promovió una activa modernización de los países latinoamericanos, aunque al precio de una dependencia económica que muy pronto implicó, directa o indirectamente, una cierta dependencia política.

Esa dependencia convirtió al Brasil en un exportador de café. La Argentina, abandonando la elaboración de tasajo, se dedicó a la producción de cereales y de carnes, según las exigencias del mercado inglés; Cuba y Puerto Rico a la de la caña de azúcar; los países centroamericanos, a la de café y maderas; México, Perú, Bolivia, a la de minerales. La producción tenía comprador seguro, pero como a veces era el comprador único, fijaba los precios, estipulaba las calidades e imponía condiciones accesorias. La más importante fue la de equilibrar la balanza comercial mediante la importación de productos manufacturados, contrariando las posibilidades de desarrollo manufacturero local.

Las últimas décadas del siglo constituyeron una época de desarrollo en casi todos los países latinoamericanos y de formidable enriquecimiento de sus clases altas: las clases poseedoras de la tierra que suministraban el producto y las clases burguesas que intervenían en el complejo mecanismo de la distribución y el crédito. En algunos países aparecieron poco a poco algunas actividades manufactureras relacionadas con esa producción; pero, en casi todos, los sectores que más se enriquecieron fueron, además de los productores, los exportadores e importadores, y los que tuvieron éxito en la desorbitada especulación que acompañó el proceso de desarrollo.

Efectivamente, las nuevas posibilidades que se abrían exigían una renovación del dispositivo técnico. Era menester hacer caminos y puentes, puertos, edificios y, sobre todo, ferrocarriles. Las ciudades exigían además obras públicas importantes: aguas co-rrientes, desagües, pavimentos. Para todo eso, los países compradores ofrecieron a cada uno de los países con los que mantenían relación, fuertes y renovados empréstitos que originaron, junto con otros factores, graves problemas financieros. El crédito y la espe-culación contribuyeron también a renovar la fisonomía de la nueva sociedad.

En la euforia del desarrollo, el crédito adquirió también caracteres de especulación. Aparecían y desaparecían empresas y sociedades destinadas a la ejecución de ambiciosos proyectos, que creaban fortunas y las hacían desaparecer; y en el otorgamiento de los créditos, de las concesiones y privilegios, quienes estaban vinculados al poder tenían la posibilidad de obtener ventajas que significaban quizás el enriquecimiento repentino. Cosa semejante ocurrió con la especulación en tierras, hecha en previsión de la expansión de las ciudades, de la fundación de colonias y, sobre todo, de la construcción de caminos, puertos y ferrocarriles.

Reflejo indirecto de la expansión europea y norteamericana, la nueva riqueza operó cambios sociales de gran trascendencia en Latinoamérica. Quizás el más notable y visible fue el que resultó de una importante inmigración europea: Uruguay, Argentina, Brasil, Chile. México; países de clima templado y semejante al de algunos países europeos, fueron los preferidos. En pocas décadas se incorporaron a las sociedades tradicionales contingentes numerosísimos de italianos, españoles, alemanes, judíos y, en menor escala, de otras nacionalidades. El desarrollo económico implicaba el problema de la mano de obra; y al tiempo que se desechaba definitivamente el trabajo de los esclavos, se buscaba otra mano de obra más eficiente, abriendo algunos cauces nuevos para la economía, como la producción del café en Brasil o de los cereales en la Argentina.

Pero, al mismo tiempo, la inmigración buscó las ciudades, acrecentó el complejo de las poblaciones urbanas y formó vastos sectores de pequeña clase media, artesanal o comercial, que codificaron la fisonomía de las ciudades. Esas clases medias, sustentadas por la vasta empresa de intermediación que suponía la producción en gran escala de productos exportables y la importación de artículos manu – facturados, suscitaron toda clase de problemas derivados; compuestas, naturalmente, no sólo de inmigrantes, sino también de población criolla —mestizos muy especialmente en algunos países—, revelaron la fuerte tendencia de sus miembros a mejorar su posición social y económica. Fueron sectores de gran movilidad en muchos países, y no sólo hubo deslizamientos desde situaciones de baja clase media hacia sectores profesionales y comerciales en una o dos generaciones, sino que hubo una marcada tendencia de sus miembros a lograr cierta participación política.

En el seno de las clases populares se advirtieron también algunos cambios. Los sectores rurales criollos o indígenas fueron quizá los más estáticos. Pasaron a veces del sistema paternalista de las viejas haciendas a un sistema industrial despersonalizado que agravó aún más su situación. En las ciudades, en cambio, mejoraron algo los sectores asalariados. Donde hubo éxodo rural, los criollos, indios y mestizos se incorporaron a actividades nuevas: fueron generalmente peones en las grandes obras públicas, o en la construcción, o ejercieron pequeñas manufacturas y aun cierto comercio. Donde hubo in-migración europea, los inmigrantes que no lograron ascender de clase, ni siquiera al sector artesanal, fueron también peones en obras, trabajaron en las artesanías —como panaderos, herreros, etcétera—o se ocuparon de servicios públicos. También ellos manifestaron cierta tendencia a la participación política acompañando a quienes iniciaron movimientos de resistencia antipatronal —que fueron preferentemente artesanos— o integrándose en la clientela de los caciques o caudillejos políticos.

Por sobre esta masa activada por el impacto del desarrollo económico se situaba, según la escala de prestigio social, una clase media tradicional; profesionales, comerciantes, pequeños propietarios, burócratas, que se mantuvieron al margen de la ola de ese desarrollo. Atada a sus costumbres y a sus prejuicios, declinó por el solo hecho de mantenerse estable, y no quiso o no fue capaz de encontrar un camino para salir de su posición. Pero por encima de ella se situó otro sector de la clase media que sí supo encontrarlo. De sus filas salieron quienes integraron la primera o la segunda fila de esa alta burguesía, un poco aventurera, que se puso a la cabeza de la sociedad en cambio.

Esa alta burguesía, sin embargo, tenía también en su núcleo un sector de las clases altas tradicionales, vinculado ya a la riqueza mercantil o al poder, dos puertas que abrieron el paso a la formación del nuevo grupo. De mentalidad moderna, llamémosle así, desencadenó el cambio o contribuyó a su logro, sin escrúpulos y con audacia, alcanzando pronto un nivel de influencia y riqueza que lo separó del conjunto de su clase. Ese sector fijó una posición, y a su alrededor se aglutinaron grupos más altos y más bajos: algunos provenientes de las clases señoriales que quisieron participar de la aventura de la nueva riqueza en todos los niveles —y no sólo en el de la producción— y otros provenientes de las clases medias. Este conjunto fue el sector dinámico de la sociedad y creó las nuevas fórmulas políticas que adoptaron casi todos los países latinoamericanos al finalizar el siglo XIX, tan variadas como puedan ser sus apariencias.

La continuidad del pensamiento político de los grupos señoriales

A pesar de la profundidad de los cambios que se operaron en la estructura socioeconómica de los diversos países latinoamericanos en la segunda mitad del siglo XIX, los grupos señoriales se resistieron a modificar sus convicciones políticas. Este hecho, tan simple como pueda parecer en apariencia, explica muchos aspectos de la vida social y política latinoamericana.

Como poseedores de los medios de producción, la tierra en primer lugar, los grupos señoriales —o la casi totalidad de sus miembros— aceptaron un cambio que los beneficiaba y se prestaron a sumarse a él en el plano estrictamente económico. Fueron capaces de modificar la organización de las haciendas, de adoptar nuevas técnicas de producción, de abandonar ciertas tradiciones a las que parecían atados. Pero pretendieron mantener su concepción del mundo, su sistema de valores, su concepción de la política, aun cuando por vía intelectual advirtieran la contradicción que ello implicaba.

Sin duda esa contradicción estaba latente desde los tiempos de la conquista. Esos grupos señoriales, dotados de vastas extensiones de tierra en un mundo colonial que se insertaba en el área del desarrollo mercantilista, adoptaron una actitud feudal hacia adentro —en sus haciendas y con respecto a la sociedad colonial—, pero aceptaron y siguieron una actitud mercantilista hacia afuera. Acaso esta dualidad explica la polémica acerca de si la conquista hispanoportuguesa fue feudal o capitalista, sobre la que no es oportuno entrar aquí. Parece evidente que sí fueron las dos cosas: una hacia adentro y otra hacia afuera. Y, cuando tres siglos después, el mundo mercantil —esto es, el mercado mundial integrado— adoptó una nueva fisonomía, los grupos señoriales pretendieron mantener la contradicción, aceptando los nuevos requerimientos de la economía mundial sin modificar su concepción política y social en relación con la sociedad en que vivían. Esta pretensión ya era un poco anacrónica en el siglo XVI; lo fue aún más a comienzos del siglo XIX al producirse los movimientos emancipadores; pero resultó absolutamente insostenible después de promediar el siglo XIX, cuando se sintieron los efectos no ya de la Revolución mercantil, sino los de la Revolución industrial.

Con todo, los grupos señoriales latinoamericanos abandonaron su pretensión, y así como habían sabido —y podido— resistir las influencias de la ideología liberal, intentaron resistir las situaciones de hecho que creó el impacto de los nuevos requerimientos económicos.

Esta vez el proceso de secularización fue más vigoroso aún, porque su peculiar dinámica creó en los diversos países latinoamericanos una burguesía urbana muy móvil, y con una especialización funcional en el proceso de intermediación que aseguró las posibilidades de una nueva opción para los sectores sociales dependientes de los grupos señoriales. El proceso de movilidad social fue intenso, el éxodo rural se aceleró, y los grupos señoriales perdieron buena parte de los recursos que poseían para asegurar la perduración de su hegemonía y el primado de sus concepciones políticas.

Empero, no cedieron. Ciertamente, perdieron fuerza sus convicciones, y perdieron también eficacia sus principios, que comenzaron a adquirir un aire anacrónico. Pero igualmente no cedieron y buscaron refugio donde pudieron hallarlo, aun cuando la defensa de los ideales tradicionales cobró a veces un tono romántico y nostálgico, y otras veces un aire de confesada impotencia, y en ocasiones una agresividad eficaz.

La debilidad del pensamiento político de los grupos señoriales residía en que pretendía defender la legitimidad del orden social y político tradicional y las formas de vida y los ideales tradicionales, pactando sin embargo con una nueva estructura económica mercantilista, organizada como dependencia de una estructura industrial foránea. La contradicción era tan obvia que los grupos señoriales no asumieron frecuentemente la defensa doctrinaria de sus posiciones, sino que se limitaron a sostener estas últimas en los hechos, disfrazando generalmente sus fundamentos con una nueva retórica más o menos eficaz. Quizás el más brillante episodio de la defensa de la concepción tradicional de la vida, intentada tardíamente en el seno de una sociedad que había girado resueltamente hacia su inclusión en la periferia de la sociedad industrial europea, sea la Revolución que desató en el Uruguay, en 1897, Aparicio Saravia, “…hijo de una opulenta familia del departamento de Cerro Largo, fuerte hacendado y de reputación personal altamente favorable”.[65]

El cronista de la Revolución fue Luis Alberto de Herrera, más tarde jefe del Partido Nacional —o Partido Blanco— y heredero político del caudillo rebelde, que caracterizó así el movimiento:[66]

Sin embargo, el Partido Nacional no se encontraba preparado para entrar en liza.

Treinta y tantos años de derrota, llevan cierto desorden a las filas, empalidecen el brillo acerado de los ideales y dejan muchos claros y vacíos difíciles de llenar.

Pero de cualquier manera, hubiera o no hubiera elementos, el sacudimiento vendría. La doctrina evangélica no puede rezar con los pueblos altivos ni con los hombres de honor. ¿Quién no castiga un bofetón en la mejilla?

En efecto, el 25 de noviembre se supo en Montevideo con indecible sorpresa, que acababa de alzarse en armas casi en el centro de la República ya militarizada, don Aparicio Saravia en compañía de su hermano Antonio Floricio, alias Chiquito, y seguido por algunos centenares de paisanos, en su casi totalidad desprovistos de recursos de guerra.

Nadie dudó que se trataba de una sublime locura, cuya audacia infinita sabría castigar el afilado sable de los escuadrones bordistas. Idéntica apreciación flotaba en todas las esferas. Ya estaba cerrado el periódico de los levantamientos a lanza; ya había caducado la supremacía de los caudillos; ya los gobiernos eran invencibles.

Por lo demás ¿de dónde salía aquel rebelde de sombrero blando y poncho campero, general improvisado de un movimiento estrafalario?

Quizá no lo sabían las clases burguesas de la capital, aquellas personas que se agitan en esta inmensa colmena sin conocer otro camino que el de sus tareas, ni horizonte más alto que el tapete de su escritorio; pero para quienes reciben alguna vez los ecos de la rica campaña y siguieron las fases trágicas de la Revolución riograndense, poseía talla propia el infatigable guerrillero que ya atraía sobre sí, envidias y nacientes admiraciones.

La referencia final de Herrera puntualizaba la recepción del contraste entre dos formas de vida, rural y urbana, la primera de las cuales entrañaba una concepción lúdica y heroica: la segunda, en cambio, era propia de las “clases burguesas” de Montevideo y aparecía rutinaria y mezquina. Este dualismo, que había descrito, entre otros, Sarmiento, solía darse en los teóricos europeizantes como una oposición entre civilización y barbarie, de la que el término valioso era la civilización, esto es, la vida urbana, la vida de las burguesías. Herrera recogió el dualismo pero invirtió el signo de valor. Y tanta importancia le atribuyó, que explicaba con él —como los sociólogos burgueses— el curso de la historia de su país:[67]

Cada vez que leo la historia de mi país, pienso cuando llego a los promisorios acontecimientos de 1851, que ese año de cualquier modo memorable, debió ser para nuestra nacionalidad altísimo mojón denunciador de amplio y glorioso porvenir.

Sin indagar los motivos originarios, tienen explicación a nuestro juicio, los recios choques de bando que sucedieron y hasta precedieron a la declaratoria de la Independencia.

El país era muy reducido, muy temerarias las aspiraciones dominantes y en las edades viejas no eran pocos los soldados que ganaban cada ascenso al precio de una cicatriz.

Los prestigios militares cobraban vigor con facilidad, en tierra donde el valor había dejado de ser virtud por lo vulgar, donde se mecía a los niños cantándoles odio hacia el opresor, donde morir al enristrar la nativa lanza en defensa de los dioses lares, colmaba los anhelos de todos.

La espada pesaría de manera decisiva, cuando cristalizara un organismo político dentro de nuestros disputados límites; y el espíritu selvático de nuestros abuelos, las proverbiales rebeldías de antaño, perpetuadas y obedientes a la voz de los caudillos, importaban una seria amenaza de dislocamiento social.

Esas robusteces guerreras, el cariño al terruño que durante las épicas campañas por la emancipación amasó tantos heroísmos y tan beneficiosas resistencias, habían relajado los vínculos de la común disciplina.

Llegado el momento de la organización sólida y definitiva, ¿habría brazo bastante fornido, capaz de encauzar apetitos ilimitados y voluntades sin muelles, que sólo entendían de bolear potros, correr cuchillas y vivir en desafío a muerte con propios y extraños?

La vez que eso se quiso, quedó hoscamente señalada la prevención campesina a los hijos de las ciudades.

La ignorancia de las muchedumbres andariegas, exigía que para ser buen ciudadano se fuera antes buen gaucho. ¿Acaso quien no sabía dominar un caballo estaba en aptitud de dirigir los negocios comunes?

El dualismo se había planteado, y en esa antagónica disparidad de factores encontraremos la causa verdadera de las acciones y reacciones, de los desórdenes y conflictos que conmovieron la vida nacional durante medio siglo.

Pero el desprecio de los grupos señoriales por las clases burguesas no ocultaba poco de resentimiento, porque se habían visto obligados, para subsistir o para enriquecerse, a aceptar cierta tutela de los sectores mercantiles que dominaban la vasta red del comercio internacional, sin la cual nada valía su riqueza. Ese resentimiento condujo a una exaltación no sólo de los valores criollos tradicionales —rurales, lúdicos, heroicos— sino también a una exaltación de las familias y los hombres de aquellos grupos, a quienes se les confirió una superioridad natural sustentada con variados argumentos. Gilberto Freyre habla del “arianismo casi místico de Oliveira Vianna”,[68] porque el sociólogo brasileño fundó en razones de raza la superioridad de las viejas clases señoriales del Brasil. Decía en 1930 en su obra Evolución del pueblo brasileño,[69] refiriéndose a la época colonial :

En su estructura social, esos latifundios poseen tres clases perfectamente distintas: la señorial, la de los hombres libres, arrendatarios de la propiedad, y la de los esclavos, que son los obreros rurales.

En la primera clase figuran los señores del ingenio, su familia, sus parientes —muy numerosos, por demás, en esos tiempos de gran solidaridad familiar— y los individuos blancos agregados al señor del ingenio. Son todos casi enteramente de raza aria.

Oliveira Vianna[70] descubría en las familias de los señores de ingenio rasgos raciales inequívocos, pero también rasgos eugenésicos que perpetuaban virtudes excepcionales a lo largo de generaciones:

Esos grandes señores territoriales son, como sabemos, extremadamente celosos de sus linajes aristocráticos; procuran mantener lo más posible la pureza de la raza blanca de la cual descienden. Ahora, como blancos puros, el temperamento aventurero y nómade que los impele hacia los ‘sertoes’ a la caza de oro de indios, no les puede venir sino de una ancestralidad germánica: sólo la presencia en sus venas de glóbulos de sangre germánica puede explicar su combatividad, su nomadismo, esa movilidad incoercible que los hace irradiar por todo el Brasil, al norte y al sur, en menos de un siglo. Los braquicéfalos peninsulares de raza céltica, o los dolicocéfalos de raza ibérica, de hábitos sedentarios de índole pacífica, no parecen haber podido darles ni esa movilidad, ni esa belicosidad, ni ese espíritu de aventura y de conquista.

Otro hecho que parece reforzar también la presunción de la presencia de dolicocéfalos rubios, con celtas e íberos, en la masa de nuestra primitiva población, es el soberbio eugenismo de muchas familias de nuestra aristocracia rural. Los Cavalcanti en el norte, los Prados, los Lemes, los Buenos en el sur, son ejemplos de casas excepcionales que han dado al Brasil, desde hace trescientos años, un linaje copioso de auténticos grandes hombres, notables por el vigor de la inteligencia, por la superioridad del carácter, por la audacia y la energía de la voluntad.

Así se constituyó una clase social que Oliveira Vianna[71] veía predominar, legítimamente, durante el Imperio, perpetuando sus calidades tradicionales:

La afición por la vida rural, por otra parte, se acentúa y se refina, deshaciéndose de los aspectos groseros de la conquista: la posesión de una propiedad agrícola se convierte en aspiración común de todos los espíritus amantes de tranquilidad y de paz. Los elementos de la flor y nata de la sociedad, los políticos en evidencia, los estadistas, como todos los que quieren poseer un poco de autoridad social, procuran el punto de apoyo de una finca rural, de modo que en la vida pública y privada, obran con el decoro, la independencia y la hombría que sólo pueden tener aquellos para quienes el problema de la subsistencia está resuelto de un modo estable y cabal. ‘El brasileño que puede —dice un publicista del 2° Imperio— es agricultor; ejerce la única profesión verdaderamente noble de la tierra. Los empleos serviles los pospone. Recordad los aires señoriales y ciertos modales aristocráticos del gran propietario: es el tipo del brasileño rico’.

Esa aristocracia rural es la que provee todos los elementos dirigentes de la política en el período imperial. Los cargos de la administración local, en los municipios y las provincias, son llenados por ella. De ella salen la nobleza del Imperio y los jefes políticos que reúnen y organizan en los municipios y las provincias los elementos electorales y partidarios locales. De ella proceden también las juventudes que afluyen a las academias superiores del norte y del sur, a Recife, a Bahía, a San Pablo, a Río y siguen su carrera hacia las profesiones liberales y las altas esferas de la vida parlamentaria y política del país.

Y resumiendo el papel que esa aristocracia había desempeñado, concluía:[72] “En un país en que los elementos dirigentes tienen tal relieve y estatura, o se gobierna con ellos o, sin ellos, no se gobierna”.

Una reminiscencia, más o menos sublimada, de las creencias tradicionales en la superioridad de las viejas aristocracias en proceso de decadencia económica y social, apareció en las literaturas vernáculas cultas; escritores de familias tradicionales recogieron sosegadamente, sin espíritu polémico sino con un fuerte sentimiento nostálgico, los recuerdos de un pasado rural algo desvanecido y evocaron las formas de vida y las virtudes que entonces caracterizaron a los hombres de ese ambiente. Ricardo Güiraldes, Benito Lynch y Enrique Larreta en la Argentina y Carlos Reyles y Javier de Viana en el Uruguay intentaron la resurrección poética de los valores predominantes en una sociedad precapitalista.

Pero aun ellos, en su mayoría asiduos visitantes de París —un París burgués—, ponían de manifiesto la íntima e irresoluble contradicción de los grupos señoriales. Menos sublimada y más explícita fue la actitud de los que emprendieron lo que se ha llamado el “revisionismo histórico”, intento de aniquilar la obra de las burguesías ilustradas en el que, evitando el problema de las relaciones entre la burguesía de hoy y las nuevas clases populares, se las fustigaba por su actitud contra los grupos señoriales en virtud del apoyo que en el pasado recibieron éstos de las masas rurales.

La defensa de las viejas aristocracias y de sus descendientes y herederos llevó a algunos a defender también las ventajas de la estructura latifundista. En México, Francisco Bulnes atacó a la Revolución desde un punto de vista conservador, y no sólo fustigó a la “burguesía burocrática”, a la que atribuía la línea revolucionaria triunfante, sino también a quienes, como Zapata, pretendieron hacer una “Revolución racial” en beneficio de la clase indígena. En cambio, afirmó que México necesitaba una “dictadura organizada”, un gobierno de las clases acomodadas, y defendió el latifundio afirmando que cuando es trabajado por hombres libres —y no por siervos— crea riqueza y ofrece prosperidad a las clases populares. Citando estos pasajes, agrega Víctor Alba[73] que las ideas sociales de Bulnes “sintetizan las de una parte considerable de la sociedad mexicana, que jamás las formuló explícitamente”. Una vez más se advierte este curioso rasgo de la actitud señorial.

También sostenía Bulnes que tanto el partido conservador como el liberal eran “facciones corruptas”. Afirmaciones semejantes formularon en diversos países los sectores señoriales, a partir del momento en que los fenómenos de ascenso de clases medias y populares tornaron imposible su ascenso al poder por el camino del sufragio. El ejercicio de la democracia y los mecanismos por medio de los cuales se ejercitaba parecían ofrecer un espectáculo degradante a los ojos de quienes se sentían poseedores no sólo de los medios de producción sino también de un grado casi sublime de dignidad. En rigor, los grupos señoriales no poseían en su tradición más que la política del poder. Cuando tuvieron que descender a las formas competitivas de la política, no sólo perdieron el aplomo que les era peculiar, sino que tuvieron que aceptar —como en el campo económico— la intermediación de los grupos burgueses para evitar su desplazamiento en situaciones normales. Apelaron con frecuencia al recurso de provocar situaciones anormales, y para justificar ese proyecto, denunciaron el aspecto degradante de las luchas en las que hacían su aprendizaje político las clases medias y populares en ascenso. Empero, cuando aceptaron la intermediación de los sectores burgueses para participar en el poder, transigieron con las prácticas propias de las democracias incipientes, y coadyuvaron al triunfo ofreciendo sus clientelas sociales en calidad de clientelas políticas.

Algunos espíritus refinados y sin vocación por el poder —hijos sensibles de padres poderosos— renunciaron abiertamente a la política y transfirieron sus sentimientos aristocráticos a las actividades del espíritu. Al comenzar el siglo XX, exactamente en 1900, el escritor uruguayo José Enrique Rodó publicó un profundo ensayo que tituló Ariel,[74] en el que denunciaba los peligros de las democracias igualitarias:

Toda igualdad de condiciones es en el orden de las sociedades, como toda homogeneidad en el de la Naturaleza, un equilibrio inestable. Desde el momento en que haya realizado la democracia su obra de negación con el allanamiento de las superioridades injustas, la igualdad conquistada no puede significar para ella sino un punto de partida. Resta la afirmación. Y lo afirmativo de la democracia y su gloria consistirán en suscitar, por eficaces estímulos, en su seno, la revelación y el dominio de las verdaderas superioridades humanas.

Con relación a las condiciones de la vida de América, adquiere esta necesidad de precisar el verdadero concepto de nuestro régimen social un doble imperio. El presuroso crecimiento de nuestras democracias por la incesante agregación de una enorme multitud cosmopolita: por la influencia inmigratoria, que se incorpora a un núcleo aún débil para verificar un activo trabajo de asimilación y encauzar el torrente humano con los medios que ofrecen la solidez secular de la estructura social, el orden político seguro y los elementos de una cultura que haya arraigado íntimamente, nos expone en el porvenir a los peligros de la degeneración democrática, que ahoga bajo la fuerza ciega del núcleo toda noción de calidad; que desvanece en la conciencia de las sociedades todo justo sentimiento del orden; y que, librando su ordenación jerárquica a la torpeza del acaso, conduce forzosamente a hacer triunfar las más injustificadas e innobles de las supremacías.

De todos los riesgos que la democracia implicaba, ninguno le parecía más grave que el predominio del espíritu utilitario:[75]

La ferocidad igualitaria no ha manifestado sus violencias en el desenvolví – miento democrático de nuestro siglo, ni se ha opuesto en formas brutales a la sere-nidad y la independencia de la cultura intelectual. Pero, a la manera de una bestia feroz, en cuya posterioridad domesticada hubiérase cambiado la acometividad en mansedumbre artera, e innoble, el igualitarismo, en la forma mansa de la tendencia a lo igualitario y lo vulgar, puede ser un objeto real de acusación contra la de-mocracia del siglo XIX. No se ha detenido ante ella ningún espíritu delicado y sagaz a quien no hayan hecho pensar angustiosamente algunos de sus resultados en el aspecto social y en el político. Expulsando con indignada energía del espíritu humano aquella falsa concepción de la igualdad que sugirió los delirios de la Re-volución, el alto pensamiento contemporáneo ha mantenido al mismo tiempo, so-bre la realidad y sobre la teoría de la democracia, una inspección severa que os permite a vosotros, los que colaboraréis en la obra del futuro, fijar vuestro punto de partida, no ciertamente para destruir, sino para educar el espíritu del régimen que encontráis en pie.

El consejo se dirigía a los jóvenes. Lo recogieron todos los que buscaban una justificación para sus vocaciones intelectuales y estéticas en una sociedad efectivamente orientada hacia el lucro. Pero el sentimiento que generó fue en cierto modo una especie de transferencia de la actitud señorial y la cálida receptividad que hallaron las ideas de Ariel revelaron que esa actitud perduraba. En el campo de las ideas y de la creación justificó un vivo sentimiento de elite, que constituyó sólido fundamento, precisamente, para las aristocracias del espíritu a la que se acogían, por cierto, no sólo quienes pertenecían a los tradicionales grupos señoriales sino también los que aspiraron al ascenso social acercándose a ellos como epígonos más o menos farisaicos. Y trasladado al campo de la política promovió un escepticismo frente a las incipientes democracias, que avivó no mucho después los designios de los que, como el poeta argentino Leopoldo Lugones, juzgaron que había llegado “la hora de la espada”.

La acometida más beligerante de los grupos señoriales —o mejor, de quienes intentaban salvar lo que de esa tradición parecía rescatable— adoptó los caracteres de un ataque frontal contra la política liberal, en nombre de los principios del catolicismo, al que los liberales respetaban pero trataban de confinar, secularizando la vida pública.

La apelación a los problemas últimos de la fe implicaba una absolución de posiciones que los políticos liberales rehuían, puesto que, siendo católicos o conociendo la fuerza social del catolicismo, fundaban su laicismo en una prescindencia religiosa y de ningún modo enfrentaban los problemas de la fe. Pero los grupos católicos, alarmados por los progresos del regalismo y preocupados por lo que parecía, en las últimas décadas del siglo XIX, la liquidación final de los fundamentos tradicionales del orden social, apelaron a la más severa ortodoxia siguiendo las orientaciones de la política del Vaticano, trazada a través de las encíclicas Mirare vos (1832), Quanta cura (1864) y del Syllabus (1864).

Triunfó en el Ecuador García Moreno e impuso la ortodoxia con tal vigor que se ha dicho del Ecuador que fue el único país donde el Syllabus tuvo fuerza de ley. En Colombia, el movimiento que se llamó la “Regeneración”, encabezado por el presidente Rafael Núñez, logró oponer en la constitución de 1886 una concepción católica del Estado. En Uruguay y en la Argentina, en cambio, aunque la polémica fue encarnizada, los liberales se sobrepusieron a los católicos.

Juan Zorrilla de San Martín, el poeta de Tabaré, defendió el punto de vista católico en el Uruguay; Joaquín Larrain Gandarillas y Abdón Cifuentes en Chile. En la Argentina la polémica se planteó alrededor del problema de la educación pública y del Registro Civil, que sustraía a la Iglesia Católica el control de las personas: pero en su transcurso los diputados católicos enjuiciaron la totalidad del orden liberal y la civilización moderna.

Pedro Goyena[76] defendió en un debate parlamentario la doctrina pontificia del Syllabus:

¿Cuál es el progreso, cuál es el liberalismo, cuál la civilización que el Syllabus condena, al decir que el Pontífice romano no puede ni debe transigir con ellos?

Señor: el liberalismo que se condena es lo que en nuestros días se entiende por tal. habiéndose tomado como etiqueta una palabra engañosa por su analogía con la libertad, v que encubre precisamente lo contrario de ella; el liberalismo que se condena es la idolatría del Estado.

El liberalismo envuelve un concepto del Estado, según el cual puede éste legislar con entera prescindencia de la idea de Dios y de toda noción religiosa. El liberalismo es un modo de concebir la vida social, la administración, el gobierno, completamente desvinculados de la religión.

Pero no sólo el Estado liberal era lo condenable. Era la civilización moderna en su conjunto, con sus ideales y sus formas de vida, lo que merecía la condenación y exigía la vigilancia de la Iglesia:[77]

¡He ahí la civilización: el desarrollo de la sociedad bajo el aspecto material, bajo el aspecto moral!

Pero ¿es ésta la civilización moderna? ¡Ah, señores, no, mil veces no! ¡Todos lo sabemos; liberales y no liberales, creyentes y no creyentes, todos podemos dar testimonio del espectáculo de la vida a que asistimos y en que nos mezclamos como actores!

Contemplad la civilización moderna. ¿Qué es ella sino el predominio absor-bente de los intereses materiales? ¿Es cierto, acaso, que en medio de la pompa de las artes, que en medio de la riqueza y la abundancia, se haya desenvuelto satisfactoriamente el hombre como ser intelectual y moral? La respuesta no puede ser afirmativa. Si es cierto que el hombre ha progresado materialmente, no es cierto que brille por el esplendor de sus virtudes.

La ciencia, a la que jamás la iglesia fue hostil, ha tomado una dirección ex-traviada, por la influencia de un orgullo insensato. Los hombres que penetran en los arcanos del mundo: que se lanzan al espacio aéreo y navegan allí, esforzándose por burlar las corrientes adversas; que recorren los mares y la tierra con la velocidad del vapor; que mandan con mayor velocidad todavía, no ya el signo mudo del pensamiento, sino la palabra vibrante en los hilos del teléfono; que pintan con pinceles de pura luz. desconocidos a los antiguos, como decía un orador argentino; que analizan los aspectos lejanos; que descubren la vida en organismos ignorados por su pequeñez; los hombres que realizan tales maravillas, no son por eso más leales, no son más abnegados que en otros tiempos de la historia; su egoísmo, por el contrario, se refina y se hace más poderoso; y las sociedades contemporáneas ofrecen un desnivel chocante entre su grandeza material y la exigüidad, la pobreza, la debilidad de sus elementos morales! ¡Fenómeno sorprendente, donde aparece la dualidad humana! Nunca es más grande el hombre, se diría, que en el siglo XIX, gobernando la materia. dominando la naturaleza que parece ya obedecerle servilmente. Pero no es así. El hombre es a su vez rebajado, por su orgullo, hasta esa misma materia cuya docilidad se creería una horrible perfidia; y el alma suspira aprisionada en vínculos estrechos, el cielo no tiene promesas para la esperanza; el astro brillante no simboliza la fe: la mirada no descubre sino lo que es útil y aprovechable para una existencia efímera y fugaz. El horizonte se reduce; el hombre se empequeñece y se degrada!

Las doctrinas; el progreso; la civilización que a tan lamentables resultados conducen, eso es lo que el Syllabus, eso es lo que la Iglesia ha condenado; y bien clara se ve ahora la justicia de tal condenación.

Este cuadro exigía una actitud resuelta de quienes no creían en la llamada civilización moderna, sino en los ideales tradicionales, incompatibles con ella. Los católicos pusieron a los liberales en la disyuntiva de optar, pero no entre una u otra forma de vida, sino entre la salvación y la condenación, entre el paraíso y el infierno, dispusie-ron a la acción para alcanzar lo que, en la Argentina como en Colombia, llamaban la “Regeneración”. Tal fue también la requisitoria de José Manuel Estrada[78] durante la discusión parlamentaria de las leves liberales:

¡señores! Si los medios se subordinan a sus fines, el reino exterior de Cristo es la soberanía universal de la Iglesia. Y no hay salida entre los términos de esta alternativa: o la deificación del Estado por el liberalismo, que en doctrina es blasfemia, en política es tiranía, y en moral es perdición: o la soberanía de la Iglesia. íntegramente confesada, sin capitular con las preocupaciones, cuyo contagio todos, señores, hemos tenido la desgracia de aspirar en la atmósfera infecta de este siglo, y contra las cuales, congregados aquí en torno de nuestro prelado, protestamos hoy día delante del cielo v de los hombres, para ceñir, con la mente iluminada y el corazón gozoso, las armas de los adalides cristianos, por la gloria de Dios y la regeneración de la república!

Los ideales heroicos, la posesión de la tierra, la desigualdad social, la aristocracia del espíritu y la sumisión de las conciencias a la Iglesia Católica: tal era el haz de las ideas fundamentales que el espíritu señorial se empeñaba en defender frente a los cambios que se habían operado en la sociedad de los países latinoamericanos en la segunda mitad del siglo XIX. La lucha no fue a muerte, y los grupos señoriales se acomodaron poco a poco, sin confesarlo, a las nuevas situaciones, esperando filosóficamente que la crisis del orden nuevo devolviera periódicamente a sus manos el control de la economía, del poder y de las conciencias. Con frecuencia, un golpe militar solía contribuir a la restauración renovando la retórica del heroísmo.

El predominio del pensamiento político de la oligarquía liberalburguesa

Si los grupos señoriales pretendieron conservar sus tradicionales tendencias políticas a pesar del profundo cambio socioeconómico y social que se había operado, los grupos burgueses, en cambio, elaboraron las suyas en el proceso mismo; y aquéllos que las llevaron hasta sus últimas consecuencias lograron poder económico y poder político. Con ello, impusieron su pensamiento sobre el conjunto social, arrastrando tras de sí densos grupos sociales de variado origen.

Quizás el más importante problema, entre los que suscita el análisis del pensamiento político de la oligarquía liberalburguesa, sea el de cómo se constituyó ese sector. En términos generales, es evidente que hubo núcleos burgueses, extranjeros unos y nacionales otros.

que se fundieron con grupos señoriales renovadores para intentar la gran empresa. En cada país esa fórmula significó algo diferente. Los distintos grupos sociales operaron de distinta manera en México y en Argentina, en Chile y en Brasil, en Uruguay y en Colombia. Según la rigidez de la estructura social anterior fue más o menos fácil la formación de esas clases medias fluidas que generaba el proceso económico, y más o menos fácil la conquista del nuevo status social que ofrecía a los grupos en ascenso sus nuevas posibilidades económicas. Y del seno de esas clases medias surgió el conglomerado que rodeó el núcleo originario, se fundió con él, y constituyó finalmente la alta burguesía, cuyo poder la impulsó a forzar su distanciamiento del resto de las clases medias y constituirse en oligarquía política y eco-nómica. Esta tendencia al distanciamiento es lo que la transformó en una fuerza de derecha. Muchos de sus miembros provenían, sin duda, de sectores liberales que admitían la necesaria continuidad de ese proceso de ascenso social que podía asegurar la vigencia de un sistema democrático.

Pero la conquista del poder económico y político por un pequeño grupo puso una valla entre éste y el resto del conjunto social.

Justo Sierra hizo una descripción acabada de la burguesía mexicana de fines del siglo, polarizada políticamente, en su opinión, pero sin distinguir suficientemente los grupos de alta burguesía que asumieron activamente el poder y los grupos medios y populares que, aunque solidarios con aquéllos, sólo tenían una actitud pasiva. Decía en su Evolución política del pueblo mexicano.[79]

En este país, ya lo dijimos, propiamente no hay clases cerradas, porque las que así se llaman sólo están separadas entre sí por los móviles aledaños al dinero y la buena educación; aquí no hay más clase en marcha que la burguesía; ella absorbe todos los elementos activos de los grupos inferiores. En éstos comprendemos lo que podría llamarse una plebe intelectual. Esta plebe, desde el triunfo definitivo de la Reforma, quedó formada: con un buen número de descendientes de las antiguas familias criollas, que no se han desamortizado mentalmente, sino que viven en lo pasado y vienen con pasmosa lentitud hacia el mundo actual; y segundo con los analfabetos.

Ambos grupos están sometidos al imperio de las supersticiones, y, además, el segundo, al del alcohol; pero en ambos la burguesía hace todos los días prosélitos, asimilándose a unos por medio del presupuesto, y a otros por medio de la escuela. La división de razas que parece compilar esta clasificación, en realidad va neutralizando su influencia sobre el retardo de la evolución social, porque se ha formado entre la raza conquistada y la indígena una zona cada día más amplia de proporciones mezcladas que, como hemos solido afirmar, son la verdadera familia nacional; en ella tiene su centro y sus raíces la burguesía dominante. No es inútil consignar, sin embargo, que todas estas consideraciones sobre la distribución de la masa social serían totalmente ficticias y constituirían verdaderas mentiras sociológicas, si se tomaran en un sentido absoluto; no, hay una filtración constante entre las separaciones sociales, una osmosis, diría un físico; así, por ejemplo, la burguesía no ha logrado emanciparse ni del alcohol ni de la superstición. Son éstos, microbios sociopatogénicos que pululan por colonias en donde el medio de cultivo les es propicio.

Esta burguesía que ha absorbido a las antiguas oligarquías, la reformista y la reaccionaria, cuyo génesis hemos estudiado en otra parte, esta burguesía tomó con – ciencia de su ser, comprendió a dónde debía ir y por qué camino, para llegar a ser dueña de sí misma, el día en que se sintió gobernada por un carácter que lo nivelaría todo para llegar a un resultado: la paz. Ejército, clero, reliquias reaccionarias, liberales, reformistas, sociólogos, jacobinos, y, bajo el aspecto social, capitalistas y obreros, tanto en el orden intelectual como en el económico, formaron el núcleo de un partido que, como era natural, como sucederá siempre, tomó por común denominador un nombre, una personalidad: Porfirio Díaz. La burguesía mexicana, bajo su aspecto actual, es obra de este repúblico, porque él determinó la condición esencial de su organización: un gobierno resuelto a no dejarse discutir, y es, a su vez, la creadora del general Díaz; la inmensa autoridad de este gobernante, esa autoridad de árbitro, no sólo político, sino social, que le ha permitido desarrollar y le permitirá asegurar su obra no contra la crisis, pero sí acaso contra los siniestros, es obra de la burguesía mexicana.

En la Argentina, Juan B. Justo[80] identificaba por la misma época, con precisión, y en términos económicos, los componentes de la alta burguesía:

Necesitamos, ante todo, que cada grupo social adquiera conciencia de sus intereses políticos.

Contra lo que se afirma comúnmente, en nuestro país las agrupaciones so-ciales son tan definidas y tan netas, que cualquiera las distingue a simple vista con más facilidad que a un autonomista de un cívico o un radical, aunque los conozca íntimamente y los siga en sus enredadas contradanzas políticas.

Hay quienes producen para la exportación y quienes para el consumo: en general, los unos tienen el más claro interés en fomentar el comercio exterior del país, los otros en restringirlo.

Hay propietarios que quieren mantener todos los privilegios inherentes a la propiedad legal del suelo, y arrendatarios interesados en que la ley favorezca su ocupación y cultivo efectivos.

Esta puntualización ilustra los conflictos internos que caracterizaron a la alta burguesía, integrada por grupos productores, generalmente de tradición y mentalidad señoriales, y grupos mercantiles intermediarios típicamente burgueses. Pero a pesar de esa contradicción la alta burguesía fue adquiriendo coherencia a través de una suerte de complicidad con el monopolio del poder, en su uso para sus propios fines, y en la coincidencia en un estilo de vida que suponía la progresiva elaboración de un sistema de normas y valores comunes. Definida su actitud y consolidada su posición, la alta burguesía adquirió los caracteres de una oligarquía liberalburguesa. Su presencia se hizo notoria en muchos países latinoamericanos en las últimas décadas del siglo, siempre en relación con las transformaciones económicas y, sobre todo, con la penetración del capital extranjero: en Brasil, en relación con el establecimiento de la república y el auge del café: en Argentina y Uruguay, con los cereales y las carnes; en Chile, con el salitre y con la Revolución contra Balmaceda; en Colombia, con la crisis de 1870 y la “Regeneración” de Rafael Núñez; en México, con los metales y el “porfiriato”; en Guatemala, con el banano y Estrada Cabrera; en Venezuela, con Guzmán Blanco. Vagos principios del liberalismo quedaron en pie, más o menos disminuidos según el grado de consentimiento que las oligarquías lograron y el grado de represión que debieron ejercitar; y vagos principios de progreso fueron enarbolados, aunque delimitados siempre por los márgenes que el capital extranjero quiso señalarles. Una gran eficacia los caracterizó casi siempre, y muchos países latinoamericanos hicieron por entonces su primera experiencia de esplendor económico, aun cuando la distribución de la riqueza fuera notoriamente injusta.

Uno de los más brillantes representantes de la oligarquía chilena, Enrique Mac-Iver, definió en un debate parlamentario su carácter y defendió su papel con profunda convicción:[81]

La oligarquía, ésa de que tan seriamente se nos habla, vive en un país repre-sentativo parlamentario, que tiene sufragio universal o casi universal, donde todos los ciudadanos tienen igual derecho para ser admitidos al desempeño de todos los empleos públicos y en que la instrucción, aun la superior y profesional, es gratuita. Agréguese que no existen privilegios económicos ni desigualdades civiles en el derecho de propiedad y convendrán, mis honorables colegas, conmigo, en que un país con tales instituciones y con oligarquía, es muy extraordinario; tan extraordinario que es verdaderamente inconcebible. Me temo mucho que los honorables diputados que nos dieron a conocer esa oligarquía, hayan sufrido un ofuscamiento, que les ha impedido mirar bien, confundiendo así lo que es distinción e influencias sociales y políticas de muchos, nacidas de los servicios públicos, de la virtud, del saber, del talento del trabajo, de la riqueza y aun de los antecedentes de familia, con una oligarquía. Oligarquías como ésas son comunes y existen en los países más libres y popularmente gobernados. Los honorables representantes encontrarán oligarquía de esta clase en Inglaterra y aún en los Estados Unidos de América. A esas oligarquías que son cimientos inconmovibles del edificio social y político, sólo las condenan los anarquistas y los improvisados.

También definió y defendió a la oligarquía chilena, desde Buenos Aires, el sociólogo argentino Carlos Octavio Bunge[82] en Nuestra Amé-rica, asignándole a la coalición que derrocó al presidente Balmaceda un neto carácter de aristocracia tradicional e ignorando —o disimulando— los otros elementos que la integraban. Pero, en todo caso señalando que la oligarquía se enfrentaba decididamente con las clases medias y populares:

La Revolución que derrocó a Balmaceda puede considerarse un triunfo de un partido históricamente aristócrata, en el carácter, si no en el nombre, contra la nueva tendencia reaccionariamente democrática de un gobierno que, resistido por la clase rica y blanca, buscó el apoyo de la clase pobre y mestiza: del pueblo, de los “rotos”…

Fue un rasgo peculiar de esas oligarquías repudiar, si no los principios, las consecuencias, al menos, de la democracia igualitaria. Cierta vez le preguntaron a Eduardo Wilde, finísimo escritor y político argentino, qué era “la universidad del sufragio”; su respuesta fue: “el triunfo de la ignorancia universal”. Fue en 1885.

Doce años más tarde, el vizconde de Saboia escribió en sus Tragos da política republicana que, en el Brasil, la república estaba compuesta de “rateros, bandidos y asesinos”. Hubo, como se advierte en la frase de Carlos Octavio Bunge, una invencible aversión a las clases populares, que adquirió caracteres de odio y desprecio cuando se trataba de población indígena. El mismo Bunge[83] decía refiriéndose a ella: “Además, el alcoholismo, la viruela y la tuberculosis —¡benditos sean! — habían diezmado a la población indígena y africana…”.

Y no menos categórico era el escritor boliviano Alcides Arguedas, que, en Pueblo enfermo,[84] decía del indio: “Hoy día, ignorante, de-gradado, miserable, es objeto de la explotación general y de la general antipatía… y oyendo a su alma repleta de odios, desahoga sus pasiones y roba, mata, asesina con saña atroz”.

También manifestó la oligarquía un marcado desdén por las clases medias en ascenso, en las que veía, sin duda, un adversario potencial puesto que demostraba una decidida tendencia a participar en la vida política.

El conservador chileno Rafael Egaña decía, refiriéndose a Balmaceda:[85]

Personificaban la resistencia a la dictadura (de Balmaceda) las personalidades más altas de la comunidad chilena en el nacimiento, en el talento, en la fortuna, en la milicia, en el clero, en todas las esferas de influencia y de prestigio… y se rodeaba (Balmaceda) de advenedizos y desconocidos, gente de posición indefinida, sin títulos para entrar en la alta sociedad, pero con pretensiones de sobreponerse al bajo pueblo…

Con tales convicciones, la oligarquía liberalburguesa pudo ejercer el poder con la seguridad de que constituía una clase elegida. En verdad, era la clase eficaz para afrontar la empresa económica a la que los distintos países latinoamericanos eran llamados por la organización capitalista mundial; y con este título, desdeñó no sólo a los grupos señoriales que procuraban mantener la estructura tradicional —a los que llamaba reaccionarios y oscurantistas— sino también a los grupos de clase media y popular que mantenían su adhesión a los principios del liberalismo y contemplaban atónitos a qué extremos los habían conducido las oligarquías.

No faltó, desde uno y otro sector, quienes denunciaron la entrega de las economías nacionales al capital extranjero. José Batlle y Ordóñez enjuiciaba en su periódico El Día, de Montevideo, al presidente Herrera y Obes:[86]

Si se examinan los rasgos culminantes de toda la conducta de los Poderes Públicos y de toda la propaganda orista, se verá claramente que los verdaderos intereses nacionales nunca se han tenido en cuenta; se verá que han sido sacrificados a los intereses de lo que aquí llaman ‘alto comercio’, o sea, los intereses de un grupo de dependientes y factores de fábricas extranjeras cuyos productos introducen.

Y el chileno Luis Aldunate decía, refiriéndose a la enajenación de las salitreras:[87]

El remate de las propiedades salitreras fiscales tiene que producir dolorosas consecuencias, no sólo porque no hay capitales en el país que puedan competir en concurrencia libre con la masa de recursos de los cuales disponen los extranjeros, sino porque necesitábamos precisamente de las oficinas, de las máquinas del Esta-do para entregarlas a nuestros connacionales en condiciones de ventaja, que les estimularan a iniciarse en las luchas y los azares de esa industria, que requiere de grandes medios de desenvolvimiento y que está sujeta a sacudidas violentas.

Para promover el desarrollo de la economía, impulsar la prosperidad y crear un ambiente de seguridad para los inversores extranjeros, las nuevas oligarquías, acaso recogiendo los signos de cierta generalizada fatiga de tantas querellas internas, proclamaron un lema que la república del Brasil inscribió en su bandera: “Orden y progreso”.

Era lo mismo que afirmó el presidente argentino Julio A. Roca al hacerse cargo de la presidencia: “Paz y administración”. Y el presidente de Colombia Rafael Núñez, declaraba que era propósito de la “Regeneración” establecer “la paz verdadera y científica’. Era un anhelo de quienes entreveían un porvenir de riqueza, y de reducir y canalizar la actividad política.

La política debía, en lo futuro, encuadrarse dentro de marcos estrictos y el Estado de la oligarquía liberalburguesa se dispuso a apelar a la fuerza de un ejército moderno y organizado para reprimir todo intento de apelación a la Revolución. Roca[88] lo prometió de manera muy enérgica en oportunidad de hacerse cargo del gobierno en 1880: “Emplearé todos los resortes y facultades que la Constitución ha puesto en manos del Ejecutivo Nacional, para evitar, sofocar y reprimir cualquiera tentativa contra la paz pública”.

Y agregaba: “Espero, sin embargo, que no llegará este caso, porque ya nadie, ni hombres ni partidos, tienen el brazo bastante fuerte para detener el carro del progreso de la república por el crimen de la guerra civil”.

Era, más o menos, que en Colombia decía Núñez en 1884:[89] “El propósito del gobierno del que somos exponentes, será siempre el mismo: reprimirá estrictamente, conforme a la ley, todas las perturbaciones del orden político, que por lo general son grave amenaza del orden social”.

El pensamiento de Porfirio Díaz fue expresado en México con el lema de “poca política y mucha administración”. Al enjuiciarlo el filósofo Antonio Caso hacía notar:[90]

El error de Porfirio Díaz consistió en preferir sistemáticamente el desarrollo de los sistemas económicos, en creer que la riqueza es el solo aliento de los gobiernos fuertes, y, sobre todo, en pensar que el bienestar nacional exigía la supresión de las prácticas democráticas, por eso su gobierno, que aconsejaba el lema de ‘poca política y mucha administración’, cayó vencido.

La decisión de limitar la actividad política fue una decisión de restringir los márgenes sociales de la participación política. Las oligarquías cerraron el camino por el cual tendían a incorporarse a la vida pública las clases medias en ascenso y, en algunos países, las clases populares. Se utilizaron mecanismos electorales para evitar la expresión de las disidencias, estableciendo limitaciones legales —por ejemplo, para los analfabetos— o haciendo fraude en los comicios. Negaron obstinadamente la posibilidad de llevar a los cargos públicos a quienes no pertenecieran al círculo oligárquico, y crearon clientelas electorales y administrativas que respaldaban el sistema cerrado y facilitaban su funcionamiento. Naturalmente, quien ejerciera la presidencia de la república no podía salir sino de esos círculos.

El argentino Eduardo Wilde exigía este designio oligárquico en principio: “Será presidente el candidato que designe el general Roca —decía en un editorial periodístico al tratarse la sucesión de éste—. El general se ha hecho acreedor a esa conducta y debe aceptar el honor con serena conciencia”. Era el régimen que, poco después, se llamaría “el unicato”. En México, Justo Sierra[91] —ministro de Porfirio Díaz como Eduardo Wilde lo fue de Julio A. Roca— escribía:

Las dictaduras de hombres progresistas, que sean al mismo tiempo administradores inteligentes y honrados de los fondos públicos, suelen ser eminentemente benéficas en los países que se forman, porque aseguran la paz y garantizan el trabajo, permitiendo almacenar fuerzas a los pueblos. Pueden ser detestables en teoría, pero las teorías pertenecen a la historia del pensamiento político, no a la historia política, que sólo puede generalizar científicamente sobre hechos.

Y refiriéndose a Porfirio Díaz, explicaba la singular naturaleza de su poder y autoridad:[92]

Sin violar, pues, una sola fórmula legal, el presidente Díaz ha sido investi-do, por la voluntad de sus conciudadanos y por el aplauso de los extraños, de una magistratura vitalicia de hecho; hasta hoy por un conjunto de circunstancias que no nos es lícito analizar aquí, no ha sido posible a él mismo poner en planta su pro-grama de transición entre un estado de cosas y otro que sea su continuación en cierto orden de hechos. Esta investidura, la sumisión del pueblo en todos sus órga-nos oficiales, de la sociedad en todos sus elementos vivos, a la voluntad del Presi-dente, puede bautizársele con el nombre de dictadura social, de cesarismo espontáneo, de lo que se quiera; la verdad es que tiene caracteres singulares que no permiten clasificarlo lógicamente en las formas clásicas del despotismo. Es un gobierno personal que amplía, defiende y robustece al gobierno legal; no se trata de un poder que se ve alto por la creciente depresión del país, como parecen afir-mar los fantaseadores de sociología hispanoamericana, sino de un poder que se ha elevado en un país, que se ha elevado proporcionalmente también, y elevado, no sólo en el orden material, sino en el moral, porque ese fenómeno es hijo de la vo-luntad nacional de salir definitivamente de la anarquía. Por eso si el gobierno nuestro es eminentemente autoritario, no puede, a riesgo de perecer, dejar de ser constitucional; y se ha atribuido a un hombre, no sólo para realizar la paz y dirigir la trasformación económica, sino para ponerlo en condiciones de neutralizar los despotismos de los otros poderes, extinguir los cacicazgos y desarmar las tiranías locales. Para justificar la omnímoda autoridad del jefe actual de la República, ha-brá que aplicarle, como metro, la diferencia entre lo que se ha exigido de ella y lo que se ha obtenido.

Las oligarquías declinaron, en cierto modo, su propia participación y apoyaron entusiastamente este tipo de dictadura, porque preferían la ejecutividad autoritaria de quien estaban seguras de que las interpretaba, a no abrir la peligrosa compuerta de la lucha política, tras de la cual esperaba una masa cada vez más numerosa de gentes, que creía tener derecho a participar en la vida pública. La oligarquía, en rigor, gobernaba desde los cargos públicos, pero gobernaba más aún utilizando los resortes del Estado en beneficio de sus intereses privados: un reavivamiento de la actividad política no podía, pues, menos que perjudicarla sin darle nada en cambio.

Venezuela conoció, en la figura de Antonio Guzmán Blanco, el tipo de dictador autoritario que se ajustaba a sus designios. Empero, Venezuela, como algún otro país, probó que el sistema podía extremarse. La dictadura de Juan Vicente Gómez fue ese extremo. Laureano Vallenilla Lanz[93] escribió en su tiempo un denso estudio—que tituló Cesarismo democrático— para probar que los países lati-noamericanos han tenido siempre necesidad de un jefe omnímodo que asumiera la totalidad del poder:

Si en todos los países y en todos los tiempos… se ha comprobado que por encima de cuantos mecanismos institucionales se hallan hoy establecidos, existe siempre, como una necesidad fatal el gendarme electivo o hereditario de ojo avizor, de mano dura, que por las vías de hecho inspira el temor y que por el temor mantiene la paz es evidente que en casi todas estas naciones de Hispanoamérica, condenadas por causas complejas a una vida turbulenta el caudillo ha constituido la única fuerza de conservación social, realizándose aun el fenómeno que los hombres de ciencia señalan en las primeras etapas de integración de las sociedades: los jefes no se eligen sino se imponen.

Estas virtudes las hallaba íntegras precisamente en el presidente Juan Vicente Gómez, a quien atribuía no sólo las calidades necesarias sino también la obligación de ejercer la autoridad absoluta:[94]

Convencido de su misión política, no sólo por las satisfacciones de su propia conciencia, sino por las constantes y elocuentes manifestaciones con que la inmensa mayoría de los venezolanos demuestran su gratitud y su fe por los nobles y honrados procederes del egregio caudillo, el general Gómez está en el deber de reprimir con mano fuerte todo hecho que tienda a interrumpir el desarrollo moral y pacífico de esta evolución que nos conduce a un bienestar fundado en hechos po-sitivos.

Sin duda, Juan Vicente Gómez, como antes Cipriano Castro y antes aún Antonio Guzmán Blanco, representaba a los grupos más poderosos y los benefició al beneficiarse él mismo. Pero su dictadura, que sería difícil calificar dados los extremos que alcanzó, sobrepasó las expectativas de la oligarquía venezolana: el presidente cedió sin condiciones a la presión del capital petrolero norteamericano, y sus posibilidades de desarrollo quedaron limitadas dentro de los estrechísimos márgenes que fueron establecidos desde el extranjero. Quizás el de Juan Vicente Gómez sea un caso extremo. Pero esta posibilidad estaba implícita en la actitud de todas las oligarquías liberalburguesas de Latinoamérica. Por eso se transformaron en una típica derecha frente a los viejos partidos y grupos que conservaban y cultivaban la tradición ideológica del liberalismo y, más aún, frente a los nuevos y crecientes grupos sociales de clase media y popular que aspiraban no sólo al ascenso económico y social sino también a la participación política.

5. El pensamiento político del populismo desde la entreguerra

Si fueron importantes los cambios estructurales que se operaron en los diversos países latinoamericanos en la segunda mitad del siglo XIX, más importantes fueron aún sus consecuencias en las primeras décadas del XX. Y no tanto, quizá, porque se consumaran los cambios en la organización económica —que por lo contrario resistió vigorosamente— sino porque se precipitaron los procesos sociales derivados, a un ritmo y a una escala que sobrepasaban los de los cambios económicos. Este desfazamiento suscitó graves problemas políticos e ideológicos.

Persistió, modernizado y agresivo, el pensamiento político de las burguesías liberalburguesas, cada vez más afianzado como ideología de la clase dirigente, cada vez más ajustado a la situación real; y persistió, envejecido y nostálgico, el pensamiento político de los grupos señoriales, cada vez más entregados a las burguesías liberalburguesas e integrados en ellas, aunque celosos de sus principios y normas, generalmente convertidos en prejuicios.

La novedad consistió en la aparición de una nueva derecha, influida por el fascismo, el falangismo y el nazismo, constituida generalmente por miembros de la derecha tradicional —a veces de las generaciones más jóvenes— que la enfrentaron y denunciaron por su entrega a las oligarquías liberalburguesas y por su abandono de los principios señoriales. Y si esto constituyó una novedad, explicable como un fenómeno de mimetismo, más lo fue la conversión que empezó a operar luego esa nueva derecha en busca de apoyo popular o en busca de soluciones nacionales que suponían la aceptación de los problemas de las clases populares. Éstos son los grupos que suelen llamarse populistas, aun cuando la designación no sea totalmente ortodoxa. Es preferible, empero, para no usar la de los movimientos europeos que constituyeron sus modelos, luego aban-donados, y para destacar ciertas tendencias muy vigorosas que se advierten en ellos.

Como en el caso de las dictaduras liberales, también aquí se plantea el problema de la clasificación de estos grupos. Si nos atenemos al criterio político, puede decirse que revelan una inequívoca tendencia al ejercicio de un poder fuerte, dictatorial a veces, al uso de la fuerza para la conquista del poder, y a la imposición de cierto tipo de dictadura ideológica para la defensa de un sistema de fines arraigado en la tradición señorial y católica. Desde este punto de vista podría decirse que el populismo es un movimiento de derecha. Pero si nos atenemos a un criterio socioeconómico advertimos que el populismo ha aceptado el cambio y ha comenzado, en Latinoamérica, la busca de un esquema de cambio original. No es, en efecto, y pese a la frecuente retórica nacionalista, un simple retorno a la tradición, al ordenamiento social y económico propio del mundo señorial. Es, sin duda, un cambio para escapar del orden liberalburgués, pero cada vez más, según parece observarse, con un signo moderno que corresponde a lo que hoy se llama una sociedad de masas en el seno del mundo industrial, y es, precisamente, un cambio que pretende la reordenación de las masas según un sistema de fines que pueden o no compartirse, pero que corresponde a una problemática moderna y procura hallar fórmulas sociales y políticas dentro del repertorio de posibilidades que promete el incontenible proceso de desarrollo. Así, si nos atenemos a un criterio socioeconómico, no podría decirse que el populismo sea un movimiento de derecha sino una derecha paradójicamente volcada hacia la izquierda.

Este diagnóstico —es importante subrayarlo— corresponde a la situación actual. Pero como la situación social latinoamericana es muy fluida e inestable, no se podría asegurar que sea éste un diagnóstico definitivo. O mejor dicho, un diagnóstico que corresponda a núcleos esenciales. Más bien podría adivinarse que lo que está ocurriendo es una nueva alineación de partidarios de la perduración de orden liberalburgués y de partidarios de su cambio. En las nuevas alineaciones se entrecruzan los grupos, y el observador diagnostica sobre los procesos que tiene a la vista sin poder evitar la consideración de los diversos grupos que toman posición en cada frente: se extraña de que haya comunistas y socialistas embarcados en posiciones ranciamente liberales, y que haya sacerdotes y antiguos simpatizantes de Mussolini o Hitler que asuman actitudes revolucionarias modernas. En rigor, esta circunstancia perderá importancia con el tiempo, y los frentes a favor o en contra del cambio precisarán su fisonomía y cobrarán homogeneidad sin que importe la antigua filiación de sus componentes.

De todos modos, en el período posterior a la Segunda Guerra Mundial, éste parece ser el fenómeno más curioso: la escisión de la derecha en dos sectores: uno, adherido a la tradición liberalburguesa; otro, adherido a una nueva filosofía de cambio. En virtud de un proceso que, según cierto criterio formal —y en ocasiones un criterio realista—, o parte de la derecha, o la transforma, si se quiere, en una derecha paradójica, puesto que se lanza a la promoción del cambio desde dentro del sistema, con garantías que le permiten un tipo de acción que le está vedado a quienes pretenden impulsar el cambio desde fuera del sistema.

El cambio social y económico

La Primera Guerra Mundial constituyó, para Europa y para el mundo, el fin de la belle époque. Antes de ella, y a lo largo de cinco décadas, habíase arraigado la convicción de que el mundo se movía dentro de una armonía perfecta: la del mundo liberalburgués, maduro en sus ideas, maduro en las formas de su sensibilidad y maduro en la conducción de sus intereses. Pero esa armonía era inestable, y la inevitabilidad de la guerra probó que yacían en su seno contradicciones profundas que sólo transitoriamente podían haber hallado un equilibrio. Una vez roto, los cambios más violentos se produjeron en el ordenamiento económico, social, político y cultural. Los principios liberalburgueses que parecían más sólidos fueron aventados por los regímenes que se establecieron en Rusia, en Italia, en Alemania, en España, en Portugal. Por su parte, Inglaterra y Francia salieron gravemente disminuidas de la contienda, y Estados Unidos surgió como un gigante cada vez más poderoso por su riqueza y su poder militar.

Estos cambios se irradiaron rápidamente hacia la periferia de Europa, a los países de economía dependiente que se habían organizado a la sombra de la armonía del mundo liberalburgués, para servir a las necesidades y a las exigencias del núcleo hegemónico y recoger, en cambio, los márgenes de ganancia tolerables. Al sacudirse la organización, cada una de las partes recibió un mismo impacto, pero reaccionó de distinto modo según su propia estructura.

Latinoamérica sufrió muchas y muy diversas crisis, todas relacionadas con las alternativas del mercado exterior. Los tradicionales compradores de materias primas, en parte responsables del establecimiento de regímenes de monoproducción, reajustaron sus relaciones económicas con sus clientes en los términos más adecuados a sus necesidades, y todos los países latinoamericanos se encontraron con imprevistas situaciones para las que no estaban preparados. Hubo desequilibrios estructurales, desesperados intentos de reorganizar la vida económica por parte de las minorías perjudicadas, ingenuos tanteos y virajes audaces que, siempre, de alguna manera, atenuaban los efectos de la crisis que sufrían las oligarquías y solían pagar las clases medias y populares.

Por lo demás, la crisis de entreguerra estalló en una situación ya ligeramente alterada en el curso de la Primera Guerra Mundial. Las interrupciones en el suministro normal de productos manufacturados había permitido el desarrollo de ciertas industrias, cuyo crecimiento esbozaba una situación de desarrollo en muchos países latinoamericanos. Pero el fin de la guerra y el reajuste de la economía mundial trajo consigo un intento de paralizar ese desarrollo, en beneficio del viejo sistema de preguerra que se trataba de reconstituir. La crisis fue, pues, más intensa aún.

Latinoamérica fue, después de la Primera Guerra Mundial, escenario de una lucha de mercados entre Inglaterra y Estados Unidos. Este último país avanzó considerablemente, y tanto sus capitales como su influencia política penetraron en muchos países latinoamericanos modificando las condiciones del desarrollo económico, el poder de los diversos grupos de la oligarquía liberalburguesa y las perspectivas de las clases medias y populares. Fue la época de las intervenciones armadas en Nicaragua y Santo Domingo, de las presiones políticas, de la obtención de concesiones y privilegios económicos en muchos países. El petróleo se transformó en el motor de la política internacional. La industria automotriz creció vertiginosamente y buscó sus mercados extranjeros con pertinaz empeño. Y mientras crecía la complejidad de la vida económica, se desataban las contradicciones del sistema, visibles en las crisis financieras y monetarias de los países europeos y agudizadas en la crisis de 1929. Los controles se agudizaron: controles de la producción, controles de los precios, controles de cambios. La vida económica se transformó cada vez más en un mecanismo de precisión, y el número de quienes la controlaban y manejaban se fue reduciendo.

Toda esta transformación económica incidió en los países latinoamericanos sobre los procesos sociales y económicos locales. En efecto, el hecho de que predominara una economía dependiente no significó que la vida de cada país o de cada región se redujera a los esquemas que esa economía imponía. El desarrollo económico mismo tuvo peculiaridades locales en muchos aspectos que escapaban al esquema, y aun en algunos que entraban dentro de él, puesto que las reacciones fueron el resultado de muchos factores locales. Más aún ocurrió en el plano de la vida social. La dependencia económica sujetó a ciertos sectores, pero no impidió que, aun éstos, conservaran su peculiaridad y, menos aún, que reaccionaran según su propia idiosincracia, en tanto que otros sectores que recibían los impactos de la dependencia económica, en distinta medida operaban complejos desarrollos de marcado matiz local.

Es sumamente importante señalar este fenómeno. Los impactos externos fueron iguales y tendieron a homogeneizar a Latinoamérica; pero las reacciones fueron diferentes y mantuvieron —o acentuaron quizá— la diferenciación en cuanto a la naturaleza de los problemas.

La expansión de las clases medias fue un fenómeno general en Latinoamérica, que se acentuó mucho después de la Primera Guerra Mundial y que tuvo distintos aspectos según los países y las regiones. Fuera de la influencia que en todas partes del mundo tuvo la Revolución industrial en la formación de las clases medias —una clase de consumidores—, en Latinoamérica influyó mucho la importancia que adquirieron los sectores terciarios, en un sistema económico en el que la intermediación cumplía un papel fundamental. El signo más visible de ese crecimiento fue el desarrollo de las ciudades, hacia las que emigraban todos los que podían hacerlo, abandonando los campos donde la sujeción era mayor, los salarios más bajos y, sobre todo, donde los desposeídos vivían la miseria rural, que en el mundo industrial parece peor que la miseria urbana, más dura esta última en ocasiones, pero más gratificante y retributiva psicológicamente. De los que emigraban, una parte no pequeña logró ascender hacia los estratos inferiores de las clases medias. Tuvo ésta, educación, atención médica, entretenimientos, fácil comunicación y posibilidades de consumo. Y por el ejercicio de tales posibilidades no sólo crecieron las clases medias sino que adquirieron ciertos rasgos de clase media vastos sectores de las clases populares.

También adquirió la clase media la posibilidad de acentuar su participación política, dentro del margen, más o menos extenso, que permitía el predominio de las oligarquías liberalburguesas. Pero aun cuando no pudo participar efectivamente en el poder, la clase media pudo hacer sentir su presión, e ingresar ocasionalmente a través de las fisuras del sistema.

Las clases populares sufrieron un proceso de desarrollo aún más notable. Casi totalmente pasivas hasta poco antes, aparecieron de pronto en muchos países como una fuerza eruptiva, quizás incapaz de orientarse por sí misma, propensa a volcar su formidable poder a favor de quien la sedujera. Era —obsérvese bien— lo mismo que habían hecho antes las clases medias, cuyos primeros pasos hacia su incorporación a la vida política habían sido a la zaga de algún sector señorial u oligárquico que las había buscado para usarlas como ariete contra sus adversarios dentro del sistema. Las clases populares irrumpieron. Habían aparecido en México detrás de Zapata o de Villa; y aparecieron luego en Brasil, en Perú, en Bolivia, en la Argentina, en Chile, en Colombia, en Cuba. Sería largo describir la fisonomía del proceso, y más largo aún, y acaso más incierto, explicarlo rigurosamente porque todavía estamos inmersos en esa inusitada experiencia. Pero de todos modos es innegable que desde la década del veinte el fenómeno reapareció una y otra vez, y que fueron inútiles todos los esfuerzos para encubrirlo.

Podría intentarse, pero sería ajeno a nuestro tema, caracterizar cómo se constituían las masas que siguieron a Haya de la Torre, a Vargas, a Paz Estensoro, a Perón, a Gaitán, a Castro. Pero no puede dejarse de señalar el hecho, porque sin él es inexplicable no sólo la creciente inquietud revolucionaria —que escapa a nuestro tema— sino también la aparición de lo que llamamos el populismo. Tampoco puede dejar de señalarse la significación de fenómenos de irrupción popular tan significativos como el “17 de octubre” en Buenos Aires, en 1945, o el “bogotazo” del 9 de abril de 1948. Los mineros de Chile o de Bolivia no se parecen a los siervos de la mita, por cierto. Y los campesinos cubanos mostraron una capacidad para quemar etapas en el camino del desarrollo político, que evidenció la potencialidad que se esconde en las clases populares.

Esta situación, obsérvese bien, era prácticamente imprevisible fuera de México, antes de la Primera Guerra Mundial. La aparición de las clases populares como factor político es un fenómeno que en muchos países tiene veinte años y en otros treinta o cuarenta. Nada más explicable que estos fenómenos y los del crecimiento de las clases medias hayan obrado profundamente sobre la actitud de ciertos estratos de las derechas tradicionales, y provocado el curioso fenómeno de la aparición de la derecha paradójica, del populismo.

La continuidad del pensamiento político de la oligarquía liberalburguesa

Ante los síntomas de la crisis de posguerra, las oligarquías liberalburguesas —a las que estaban cada vez más estrechamente incorporados los grupos económicamente importantes de tradición señorial— se apresuraron a ajustar los mecanismos del poder para controlar lo mejor posible las alternativas del proceso.

En algunos casos hubo un simple estrechamiento de filas para presentar un solo frente político mientras se cumplía el plan económico. En otros casos hubo en el seno de la oligarquía liberalburguesa un enfrentamiento de grupos que disputaban el comando de la operación de ajuste, o por desconfianza en cuanto a las ideas y los compromisos de cada grupo, o por interés de asegurarse la totalidad o la mayor parte de las ventajas si había opción entre las soluciones. Y en ciertos casos, como en otras oportunidades en que se sintió en peligro, delegó el poder en un hombre fuerte —o simplemente lo apo-yó—, en el que reconocía capacidad y apoyo exterior suficiente como para llegar a la solución deseada.

La situación se hizo crítica hacia 1930, fecha que constituye un hito en la historia política de muchos países latinoamericanos. Por entonces llegaron al poder Trujillo en Santo Domingo, Somoza en Nicaragua y Ubico en Guatemala; en Colombia llegaron al poder los liberales, con Olaya Herrera, en tanto que en la Argentina triunfó la Revolución conservadora presidida por Uriburu; Bolivia vio el fin del régimen de Siles —al que reemplazó Salamanca—; el Perú, el de Leguía —sustituido por Sánchez Cerro—; y poco después Cuba el de Machado, reemplazado por una junta que entregó el poder a Grau San Martín; en Brasil surgió el régimen de Vargas; en el Uruguay dio Terra un golpe dictatorial; se desató la crisis política en Chile, de la que saldría una efímera república socialista primero y la vuelta al poder de Alessandri; estalló la guerra civil en Ecuador; y finalmente se encendió entre Paraguay y Bolivia la guerra del Chaco. Entre los países grandes, sólo México escapó a esta crisis. Todos fueron cambios profundos, generalmente turbulentos y dramáticos, tras los cuales el régimen anterior no volvió a ser restaurado jamás en las mismas condiciones, porque las fisuras de la situación habían quedado al descubierto y el sistema de las fuerzas sociales y políticas se constituyó en términos nuevos e irreversibles. La oligarquía liberalburguesa, bajo distintas formas y en variadas alianzas con los grupos de poder nacionales y extranjeros, asumió la responsabilidad de conservar el control de la situación sin que sus equipos de gobierno y sus personeros vacilaran en renunciar a algunas de sus más caras y tradicionales convicciones. Puede decirse que, a partir de ese momento, la oligarquía liberalburguesa fue más burguesa que liberal. Casi todo lo poco que conservaba de sus antiguas ideas liberales fue arrojado por la borda. En rigor, el sistema liberal había funcionado como una especie de fair play entre los distintos grupos de la burguesía, y dejó de funcionar cuando aparecieron en la escena política nuevos sectores sociales no pertenecientes a ella, movidos por distintas aspiraciones.

En el campo de la política interna, el programa de la democracia liberal fue considerado, de hecho, imposible de cumplir.

Sin duda que la retórica política siguió usándolo, quizá con más énfasis que antes. Pero de hecho quedó caduco. Las dictaduras políticas fueron rigorosas. Las elecciones, cuando las hubo, fueron en casi todas partes proscriptivas o fraudulentas, y en algunos países fueron un verdadero escarnio. Los partidos opositores fueron perse-guidos, las minorías despreciadas, los derechos civiles conculcados y los simples derechos humanos ignorados por verdaderos Estados policíacos. Las huelgas y los movimientos obreros fueron considerados atentados contra la seguridad pública, en tanto que se apoyaba la despiadada explotación de los trabajadores por las grandes em-presas nacionales y extranjeras.

Entretanto, en el campo de la política económica se produjo un viraje fundamental. El Estado abandonó los principios de prescindencia que la oligarquía había enunciado y defendido tenazmente hasta entonces, e intervino directa y brutalmente a veces, en la conducción de la economía. La producción y los precios fueron controlados por medio de organismos reguladores. Aparecieron los bancos centrales que dirigieron celosamente la circulación monetaria, la distribución del crédito y el uso de las divisas extranjeras. Los viejos principios del liberalismo económico quedaron olvidados.

Lo que si quedó en pie fueron los principios que habían hecho de los antiguos grupos burgueses y liberales una oligarquía cerrada. Conservó ésta la certidumbre de que sus intereses coincidían con los del país, la firme convicción de que era peligroso mantener abierto el camino hacia la participación política de los sectores medios y populares, y la decidida resolución de contener de cualquier modo los movimientos obreros que luchaban por modificar las relaciones entre el capital y el trabajo. Esta resolución fue cada vez más firme, a medida que se agudizaron los conflictos, que creció —hasta límites dramáticos— la desocupación, que se acentuaron las migraciones internas y el éxodo rural, que explotaron las rebeliones de las clases tradicionalmente sometidas. Estos principios fueron, en realidad, los que nutrieron a las burguesías liberalburguesas, que seguían declarando, sin embargo, su devoción por el Estado liberal de derecho, por la constitución vigente, por el régimen jurídico, por el sistema parlamentario.

Esos principios no habían sido observados nunca de manera absoluta; pero la oligarquía liberalburguesa había parecido admitir que, con el tiempo y con el desarrollo de la educación, sería posible un día que se cumplieran plenamente. La oligarquía liberalburguesa asumía una especie de tutela de las clases en ascenso, y, ciertamente, la experiencia de algunos países autorizaba a pensar que ésa era su política para el futuro, como lo había sido en más de un caso antes de la crisis. El armazón legal del Estado se mantuvo, pero la violación del orden legal quedó prácticamente justificada por la costumbre.

El desarrollo normal del proceso económico y social acentuó los problemas a medida que la inflexibilidad del sistema gubernamental se extremó. Lo que ocurrió en Colombia desde 1948 y en Argentina desde 1945 se incubó sordamente durante este período. Las oligarquías fueron absolutamente insensibles a los problemas del pasado. La crisis se hizo visible con motivo de la Segunda Guerra Mundial. Nuevas posibilidades de negocios aparecieron para las oligarquías, pero aparecieron para los sectores medios y populares otras posibilidades de rebelión, que se canalizarían a través de otros movimientos, algunos de los cuales tuvieron éxito más o menos duradero mientras otros se fueron disolviendo hasta perder agresividad.

Lo importante es que la oligarquía liberalburguesa estrechó sus filas nuevamente y volvió a cambiar de opinión frente a muchos problemas. Se destacaron de su seno sectores industrialistas que trataron de lograr una política de protección para su campo económico; pero los equipos dirigentes entraron de lleno en la esfera de acción del nuevo capital predominante —esta vez el norteamericano— y se afiliaron otra vez a una decidida política liberal que sostuvo la necesidad de mantener el régimen de la libre empresa. El neoliberalismo que pretendía imitar el sistema económico de los Estados Unidos y de los países como Alemania e Italia donde se había operado el llamado ‘‘milagro” de la economía liberal, fue defendido en los países latinoamericanos donde la coyuntura de la guerra había permitido desencadenar un proceso relativamente vigoroso de industrialización. Y en otros aspectos —menos en el político— el liberalismo volvió a ser considerado como el sistema propio de una democracia. Una retórica anacrónica envolvió esta prédica que, naturalmente, empezó a alejar de los partidos políticos que la defendían a los sectores medios y populares.

Las oligarquías liberalburguesas se encontraron, así, enfrentadas por vastas masas que acumulaban cada vez más experiencia. Para enfrentarlas acentuaron la defensa del liberalismo y lo transformaron en sinónimo de sistema de libertades individuales. Esos principios fueron identificados con los que rigen el mundo occidental y cristiano, y opuestos a los que rigen el mundo comunista. Todo principio de estatización, todo llamado a la justicia social, toda tendencia a la socialización o colectivización fue considerado expresión del “comunismo”, un ente que adquirió, por la fuerza de la propaganda, una variada gama de connotaciones. El papa Juan XXIII y el presidente Kennedy fueron considerados “idiotas útiles”, y el presidente Frei, el “Kerensky chileno”. Sólo pareció respetable, a sus ojos, la perduración verbal de un conjunto de nobles principios que habían movido la Independencia, pero que las oligarquías liberalburguesas habían abandonado de hecho en el momento mismo en que se convirtieron en oligarquías.

Las reminiscencias del pensamiento político de los grupos señoriales

Desde el punto de vista del poder, los grupos de tipo tradicional y de mentalidad señorial dejaron de ser importantes en Latinoamérica por sí mismos en las últimas décadas. Obsérvese bien, que se trata de la posibilidad de que predominaran por sí mismos, porque, en efecto, el mecanismo de la economía mundial los puso en la opción de fusionarse con la oligarquía liberalburguesa, o transformarse ellos mismos en eso, o perder toda eficacia económica y política.

Por sí mismos, sin embargo, los grupos señoriales mantuvieron cierta importancia. Ante todo, como componentes de la oligarquía liberalburguesa, puesto que de acuerdo con su gravitación le infundieron distinto aire. Allí donde la tradición señorial conservó prestigio, arrastró a muchos miembros de la nueva oligarquía a una imitación más o menos grotesca de su estilo de vida, a una adopción más o menos arraigada de sus ideales y prejuicios. Y si la influencia fue grande pudieron los grupos señoriales cubrir con su bandera ese complejo social que constituyó la oligarquía liberalburguesa.

Pero, además, los grupos señoriales siguieron constituyendo el signo —o el vestigio— de una sociedad tradicional que, aunque periclitada, seguía siendo un cuadro de referencias para los más celosos defensores del sistema constituido —las fuerzas armadas y la Iglesia, que medían la tolerabilidad de los cambios según el margen de alejamiento de aquel esquema. En la retórica tradicional latinoamericana, el heroísmo y la santidad parecían ser los rasgos predominantes de una sociedad precapitalista que, de acuerdo con ella, habría prevalecido en Latinoamérica —heredera de Portugal y España— durante los buenos tiempos pasados. Sería largo estudiar el mecanismo por el cual se ha constituido esta retórica en Latinoamérica, y más complejo aún desentrañar el extraño fenómeno psicosocial en virtud del cual sectores relativamente extensos de la sociedad creen que tal retórica expresa una realidad profunda. Lo importante es que los sectores señoriales representan, a sus propios ojos y ante los ojos de vastos grupos del clero y de las fuerzas armadas, una tradición valiosa, referida a la tradición hidalga, consustanciada con el espíritu de una aristocracia secular y apoyada en los vigorosos ideales del mundo feudal. Puede decirse, en resumen, falsamente por cierto, que los grupos señoriales representan una mentalidad precapitalista que conserva considerable predicamento en algunos sectores de la sociedad latinoamericana.

Es considerable el número de grupos y personas que, en determinada ocasión, se muestran identificados con esa concepción de la vida, sin perjuicio de que opere como generadora de normas y actitudes en la vida cotidiana. Subsisten las clientelas rurales de las viejas clases poseedoras, solidarias con ellas por la subsistencia de una sociedad paternalista; pero subsisten vastos sectores medios para los cuales la imitación de las formas de vida y la imitación de las formas externas de comportamiento de las viejas clases poseedoras supone alcanzar un signo de prestigio. El hecho es significativo, porque revela hasta qué punto las formas de vida y de pensamiento de los grupos señoriales constituyen marcos de referencia para sociedades que. sin embargo, han operado importantes cambios de estructura incompatibles con aquéllas.

Hubo países —la Argentina, por ejemplo—. donde llegaron a constituirse en la década del 30 grupos monárquicos, aparentemente con seriedad. Cierto es que sus integrantes se sentían camelots du roi, pero el proyecto, que tuvo una revista como instrumento de difusión. se refería concretamente a la realidad Argentina y no carecía de simpatizantes entre quienes parecían tener alguna influencia en-tre los grupos de poder.

El pensamiento político de los grupos señoriales no tiene, pues, más valor que el de una reminiscencia —nostálgica a veces, llena de dignidad literaria en algunos autores, grotesca en ocasiones—esgrimida como un fantasma por quienes sólo excepcionalmente creen en él. Sin embargo, es importante hacer dos observaciones a su respecto. que acaso se confundan en una sola.

El pensamiento político de los grupos señoriales, allí donde subsiste. mantiene su oposición, no sólo a las concepciones políticas de la democracia sino también a las formas de vida y a los principios propios del orden capitalista y liberal. Forma parte de su elenco de ideas, llamémosle así. el prejuicio contra el capital judío, contra los masones, contra los políticos, pero también contra Estados Unidos y. a veces, contra Inglaterra. El prejuicio capitalista funciona como un ariete anticapitalista, quizá por inadvertencia, y el prejuicio hispánico como un ariete antinorteamericano.

Deben agregarse a este sistema de prejuicios los que provienen de una vigorosa actitud contra los parvenus, los nuevos ricos, los cuales suponen todo un enjuiciamiento a la totalidad de la sociedad contemporánea y a su mecanismo de desarrollo y diferenciación.

Por otra parte, el pensamiento político de los grupos señoriales conserva muy vivas las reminiscencias de la organización paternalista: de la hacienda y del Estado. Ese sentimiento paternalista fue hostigado duramente por la oligarquía liberalburguesa porque, efectivamente, representaba un principio político intolerable en una sociedad moderna, y contradictorio en relación con el afianzamiento de la democracia.

Pero, después de varias décadas de ejercicio de la democracia liberal, vastos sectores populares en distintas regiones de diversos países latinoamericanos, al tener acceso a la vida política, han actualizado la concepción paternalista, actuando de acuerdo con ella y recibiendo por excusados caminos el apoyo de los grupos señoriales supérstites.

Esta actitud política es, en sí misma y en teoría, escasamente eficaz en el mundo de la sociedad industrial; pero permite una transferencia hacia concepciones políticas no liberales, no individualistas, en las que el paternalismo adopta una fisonomía diferente, como el comunitarismo. el corporativismo y, en general, los proyectos de organización social promovidos por las encíclicas de la Iglesia Católica.

El pensamiento político de los grupos señoriales es, pues, una reminiscencia anacrónica: pero quedan señaladas las líneas a través de las cuales las nuevas generaciones de los grupos señoriales pudieron llegar a formular los principios de la derecha paradójica, de la derecha volcada hacia el cambio, del populismo.

El pensamiento político del populismo

Se conoce con el nombre de populismo a los movimientos de tendencia popular —o destinados a polarizar a las masas hacia soluciones que les satisfagan— que rechazan tanto la tradición liberal como la tradición marxista.

No siempre es fácil filiar clara y objetivamente su origen, pero es innegable que, en general, el populismo proviene —por la extracción de sus dirigentes y por la peculiaridad de su pensamiento— de los grupos de derecha: pero no de las oligarquías liberalburguesas sino de los grupos señoriales, marginalizados como tales por aquellas. En nombre de una concepción señorial, católica, precapitalista y antiliberal, grupos provenientes de los sectores más tradicionales comenzaron a orientar sus simpatías hacia los regímenes de fuerza y hacia las doctrinas antiliberales. Maurras, Daudet, Sorel, Pareto ejercieron una profunda influencia ideológica. El triunfo de Mussolini y su denuncia de los regímenes liberales, así como su decidida acción contra los movimientos obreros —socialistas y comunistas—, polarizó la admiración de los grupos aristo-cratizantes que desdeñaban la demagogia de la nueva democracia latinoamericana, fundada en una retórica liberal, apoyada por las clases medias en vías de ascenso y explotada sabiamente por las oligarquías liberalburguesas. Al cabo de poco tiempo casi todos los grupos adoptaron uniformes y organizaciones semimilitares, imitando las camisas negras y pardas, las milicias fascistas o las fuerzas S.S.

Con tales caracteres, esos movimientos no pasaron de ser insignificantes esfuerzos de grupos minoritarios, de tendencia aristocratizante, sin otra fuerza que la que podía prestarle el apoyo que recibieron en muchos casos de grupos militares dispuestos a la acción. Pero a partir de cierto momento, a partir del estallido de la Segunda Guerra Mundial y de las impresionantes victorias militares del Eje, los grupos que se denominaban nacionalistas comenzaron a obtener apoyo popular. La germanofilia los señaló como adversarios del mundo anglosajón y, por allí, del capitalismo y el imperialismo inglés y norteamericano: de modo que no les fue difícil aparecer como los campeones de una lucha por la liberación nacional, en la que aceptaron embarcarse grupos intelectuales y grupos obreros —con y sin experiencia sindical— agobiados por la presión de los monopolios internacionales. Estos movimientos crecieron. La enérgica campaña antibritánica y el reclamo de los derechos de las clases sometidas a las presiones económicas v sociales de las grandes empresas dio a los grupos nacionalistas un aire fuertemente popular; y a medida que creció el apoyo ese aire se acentuó y la dinámica del movimiento se fue acelerando hasta transformar totalmente los movimientos aristocratizantes y antidemocráticos en movimientos populares antiliberales.

El antiliberalismo fue uno de los rasgos sobresalientes del pensamiento político del populismo. Recogía, sin duda, la tradición señorial, pero fue presentado con una nueva fisonomía en la que, junto a la crítica, podían advertirse ideas constructivas que sonaban bien en los oídos de las clases populares.

Jorge González von Marées, líder del Movimiento Nacional Socialista Chileno, admitía la clara filiación fascista de éste, en cuanto tenía de apertura hacia soluciones no liberales:[95]

Consideramos que el fascismo, en sus ideas fundamentales, no es sólo un movimiento italiano sino que es mundial. El encarna la reacción espontánea y natu-ral de los pueblos contra la descomposición política producida por el Estado democrático liberal. Significa el triunfo de la gran política, o sea. de la política dirigida por los pocos hombres superiores de cada generación, sobre la mediocridad, que constituye la característica del liberalismo; significa también el predominio de la sangre y de la raza sobre el materialismo económico v el internacionalismo. En este sentido somos fascistas, sin que ello signifique, por ningún motivo, que pretendemos copiar el fascismo italiano o el hitlerismo alemán. Nuestro movimiento se caracteriza por su tendencia esencialmente nacionalista.

Pocos años después, el periódico La Nueva República[96] vocero de los nacionalistas argentinos, definía su posición como un intento de restaurar los principios políticos tradicionales, conculcados por la democracia liberal:

La Nueva República se ha definido como un grupo nacionalista. Este voca-blo que despierta la antipatía instintiva de quienes lo consideran aplicable a una exaltación irrazonada del sentimiento patriótico que degenera en xenofobia, ha sido adoptado por nosotros como insustituible para expresar un cierto orden de relaciones jurídicas. El nacionalismo —hemos dicho— persigue el bien de la nación, de la colectividad humana organizada; considera que existe una subordinación necesaria de los intereses individuales al interés de dicha colectividad y de los derechos individuales al derecho del Estado. Esto basta para diferenciarlo de las doctrinas del panteísmo político, las cuales se caracterizan por el olvido de ese fin esencial de todo gobierno —el bien común— para sustituirlo por principios abstractos: soberanía del pueblo, libertad, igualdad, redención del proletariado.

Los movimientos nacionalistas actuales se manifiestan en todos los países como una restauración de los principios políticos tradicionales, de la idea clásica del gobierno, en oposición a los errores del doctrinarismo democrático, cuyas consecuencias desastrosas denuncia. Frente a los mitos disolventes de los demagogos erige las verdades fundamentales que son la vida y la grandeza de las naciones: orden, autoridad y jerarquía.

Una definición coherente de los objetivos contra los cuales el nacionalismo quería luchar y de aquéllos que quería conseguir, apareció en el documento titulado “Principios y acción del Movimiento nacionalista revolucionario“, que sirvió de base para la fundación del partido boliviano de ese nombre en 1941. En el segundo punto, el antiliberalismo se manifestaba, al mismo tiempo, como una ofensiva contra el sistema capitalista y liberal y como un ataque contra el socialismo, vinculado —se decía— con el internacionalismo judío y la masonería:[97]

Denunciamos como antinacional toda posible relación entre los partidos políticos internacionales y las maniobras del judaísmo, entre el sistema democrático liberal y las organizaciones secretas y la invocación del ‘socialismo’ como argumento tendiente a facilitar la intromisión de extranjeros en nuestra política interna o internacional, o en cualquier actividad en la que perjudiquen a los bolivianos. Exigimos la prohibición absoluta de la intervención de acciones o capital extranjero en los periódicos, revistas y demás publicaciones. Exigimos una ley que obligue a las empresas periodísticas o de cualquier género de publicidad a declarar ante las autoridades civiles o militares cuando contraten servicios de redactores o colaboradores extranjeros especificando los salarios que les paguen y los servicios que aquéllos presten. Exigimos la prohibición absoluta del ingreso de extranjeros al Ejército para el comando de tropas, salvo como profesores de la oficialidad, previa aprobación mediante ley. Exigimos la formación de un registro de todos los empleados dependientes de las empresas extranjeras con especificación prolija de antecedentes, sueldos o salarios, bajo la vigilancia del Estado Mayor del Ejército. Exigimos la prohibición absoluta de la inmigración judía y de cualquier otra que no tenga eficacia productora.

Y cuando Paz Estensoro[98] nacionalizó las minas de estaño en 1952, extremó la crítica del sistema capitalista:

El contraste entre las minas de extraordinaria riqueza y el atraso y la pobre-za generales del país hizo posible el crecimiento del desproporcionado poder de los grandes mineros. Ello fue agravado luego por una legislación excesivamente liberal en la que no se contemplaba obligación social alguna y apenas sí insignificantes cargas tributarias. Ese poder económico que se hizo dueño a breve plazo del poder político, deformó cruelmente toda la vida boliviana. Quiso hacer de una nación y de tres millones y medio de hombres libres una factoría acomodada a los intereses explotadores de tres individuos.

Fue impuesta la monoproducción como característica de la economía na-cional. A la oligarquía no le importaba que, por esa imposición, aumentara hasta hacerse torturante, nuestra dependencia de los mercados extranjeros. Las fluc-tuaciones en la cotización del estaño, totalmente fuera de nuestro alcance, reper-cutían sin embargo, vertical y decisivamente, sobre toda la vida del país por la ausencia de factores compensatorios: la depresión, cuando descendía el precio del estaño en el mercado mundial, se hacia más aguda para Bolivia porque nuestras necesidades de consumo debían satisfacerse, en su mayor parte, con artículos im-portados.

Esta actitud antiliberal, manifestada en el seno de una sociedad vigorosamente estructurada dentro de tal sistema, importaba una clara aceptación de la necesidad del cambio y un designio resuelto de promoverlo a cualquier precio. Esta decisión significaba una actitud revolucionaria, un abandono de la típica actitud de la derecha señorial y de la derecha liberal burguesa. No sería fácil establecer en qué medida y por qué vías el pensamiento de la izquierda revolucionaria había influido en el pensamiento político de los grupos populistas, pero es evidente que, una vez salvados los distintos fines ideológicos, la aceptación del cambio y la programación del sentido que debería tener, aproximaba a los grupos populistas más a la izquierda —a la que querían combatir y a cuyo desafío pretendían responder— que a los distintos grupos de la derecha tradicional.

Su divergencia residía en el sentido del cambio. Descartada la idea de la legitimidad de la lucha de clases, del designio de constituir- una sociedad sin clases: rechazada la concepción materialista y dialéctica de la historia y la innegable continuidad que ella implicaba con respecto a algunos aspectos de la tradición liberal, los grupos populistas organizaron poco a poco un ideario bastante homogéneo, que expresó el sentido del cambio a que aspiraba.

A la aspiración de las izquierdas a constituir un mundo socialista, el populismo opuso, en Latinoamérica, su aspiración a reconstruir un mundo en el que predominaran los principios del catolicismo antiutilitario, de la hispanidad y del nacionalismo. En 1945 escribía el filósofo boliviano Roberto Prudencio:[99]

Mientras nosotros vivimos en un mundo de crisis, en medio de la duda y la incertidumbre, pues ni siquiera tenemos ya la seguridad del positivismo en el futuro de la ciencia, el hombre de la Edad Media concebía el universo como un todo armónico que servía a los fines de Dios.

La vida humana tenía un principio y un fin, regulados desde la eternidad. El hombre era la obra de Dios y la vida un camino hacia El. La concepción del mundo que tenían aquellas almas religiosas se podría representar en la imagen de una catedral gótica. Nos ha tocado vivir en un mundo sin valor, en un mundo vacío de contenido. en un mundo sin belleza, sin amor y sin Dios.

Era la opinión que expresaba el filósofo mexicano José Vasconcelos en su Breve Historia de México, señalando por una parte la nefasta contribución del protestantismo anglosajón que tanto había influido, en su opinión, sobre los liberales, y por otra la pugna “de latinidad contra sajonismo” sobre la que se extendía en La raza cósmica. El tema del catolicismo conducía al tema de la hispanidad. Vasconcelos afirmaba categóricamente que:[100] “…el paso inmedi ato la emancipación económica tendría que ser emancipación intelectual y el retorno a lo hispánico”.

El hispanismo, en efecto, fue un polo del pensamiento del populismo, y se manifestó en las ideas de los peruanos Riva Agüero y Porras Barrenechea, del venezolano Briceño Iragorri, del argentino Ibarguren, del uruguayo Herrera. Era una doctrina política, pero suponía una actitud intelectual que entrañaba un “revisionismo” de la historia y la política de todos los países latinoamericanos. El liberalismo había sido una ideología extranjera y había perturbado el desarrollo nacional. La verdadera raíz de Latinoamérica, de cada uno de los países que la componían, era el mundo colonial hispánico, donde se escondían los fundamentos de la nacionalidad. Walter Montenegro,[101] uno de los fundadores del Movimiento nacionalista revolucionario, escribía en la revista Kollasuyo de La Paz, fundada precisamente para profundizar los estudios bolivianos:

Todo lo cual, nos permite, pues, jerarquizar la Colonia como una noble y alta fuente de inspiración cultural cuya sola existencia constituye el más categórico desmentido a la idea de quienes piensan que, no teniendo nosotros, los bolivianos, nada valioso, nada de que enorgullecemos justamente en nuestro pasado, estamos fatalmente condenados a desear, y a buscar nuestra incondicional incorporación de vencidos a las formas de vida, vale decir a la cultura occidental, europea.

Y aquí nos encontramos con el tercer período de nuestra historia, que constituye precisamente, por sus fuentes de inspiración, y por los rumbos de su pensamiento, la más infortunada y falsa negación de los valores americanistas, vale decir bolivianistas, que se propugna en estas líneas.

En efecto, tomada la Colonia en aquel aspecto puramente negativo de que nos habla el escritor últimamente citado, y al influjo preponderante y unilateral de las ideas políticas, la República hace un repudio absoluto y sistemático de ella; quema sus restos y aventa las cenizas.

Importa, en cambio, junto con la ‘Libertad, Fraternidad e Igualdad’ de la Revolución Francesa, y el sentido demoliberal de aquélla, el gusto, la preferencia por todo cuanto trascendiese a gálicos orígenes.

Y menospreciando aquello que por la sangre es suyo, adopta así en lo material como en lo espiritual, político, jurídico y cultural, en fin, lo que la Francia del siglo XIX le envía.

Otros factores veía también el nacionalismo en la formación de la nación, y todos fueron señalados y analizados porque la situación era el núcleo de la concepción histórica, social y política.

Si el nacionalismo concebía idealmente un mundo incontaminado en el que prevalecían los principios del catolicismo y la hispanidad, dentro de él no reconocía como unidades históricas reales nada más que las naciones, cada una de las cuales poseía según la concepción romántica, una individualidad intransferible, un alma. Esa alma se había formado a lo largo del tiempo, y cada nación debía reivindicar sus remotos orígenes. Por eso el nacionalismo creyó que había que “revisar” el valor de la época colonial, para buscar en ella la primera fisonomía del alma nacional. Pero no se detuvo allí. También reivindicó la tradición indígena. Lo había hecho ya la Revolución mexicana y lo harían otros movimientos más tarde.

El indigenismo fue una teoría, especialmente en Perú y Bolivia. Entre otros, la sostuvieron en Bolivia de manera eminente Franz Ta- mayo, que veía en el indio boliviano el depositario del alma nacional, Jaime Mendoza y el grupo que Roberto Prudencio aglutinó alrededor de la revista Kollasuyo. en parte el mismo que actuó en el Movimiento Nacional revolucionario; y la promovieron y adoptaron en Perú, bajo la remota inspiración de Clorinda Matto de Turner, el antropólogo Luis E. Valcárcel y los novelistas Ciro Alegría y José María Arguedas. El nacionalismo recogió esa teoría y la incluyó dentro de su sistema.

Pero el pasado histórico no era toda la raíz de la nacionalidad. El boliviano Jaime Mendoza escribía: “Cuando se habla del indio, implícitamente se alude a la tierra”. Este sentimiento aparece también en Tamayo y se encuentra expresado de manera tajante en Prudencio: “La cultura no es sino la expresión de lo telúrico”. Este trasfon- do de pasado histórico y sentimiento telúrico apareció entre los nacionalistas brasileños, en el antropólogo Euclides da Cunha, en el novelista Graça Aranha, en el filósofo Alberto Torres. Y en México, un vasto movimiento destinado a definir “lo mexicano” se expresó a través de una rica literatura y adquirió forma en el pensamiento de Vasconcelos, Ramos y Zea.

Bajo la forma de movimiento político populista, el nacionalismo recogió esa doctrina de las esencias nacionales —peruanidad, bolivianidad, mexicanidad, argentinidad— y la movilizó en busca de soluciones para los grandes problemas de la nación, al margen de las tradicionales fórmulas liberales y de las que ofrecían los partidos de la izquierda marxista.

Se intentó programar una economía nacional, cuya primera consigna debía ser escapar de los tentáculos del capitalismo internacional. Decía el argentino Carlos Ibarguren[102] en carta a un candidato presidencial conservador:

Anhelo vivamente… que limpie Ud. el escenario público, cuyos actores ac-tuales nada representan y constituyen una oligarquía de profesionales de la política que corren en pos del mantenimiento de sus posiciones y de sus intereses particula-res; que conquiste Ud. la completa independencia económica de nuestra patria, li-berándola de monopolios y de la presión del capitalismo internacional que la tienen ahogada en muchos de sus órganos vitales…

Radomiro Tomic,[103] uno de los jefes de la democracia cristiana chilena, decía en 1948: “Los que creemos en el Social-Cristianismo creemos en la posibilidad de hallar una síntesis entre las profundas modificaciones de estructura que necesita la economía para ponerse al servicio del Trabajo en vez de seguir al servicio del Capital, y la plena salvaguardia de los valores espirituales…”.

De este modo, concretaba su programa en una serie de transformaciones fundamentales para la economía chilena, evitando el principio de la socialización de los bienes de producción. Tal era también el principio del Movimiento nacionalista revolucionario de Bolivia, en cuyo programa se decía:[104]

Afirmamos nuestra fe en el poder de la raza indomestiza; en la solidaridad de los bolivianos para defender el interés colectivo y el bien común antes que el individual, en el renacimiento de las tradiciones autóctonas para moldear la cultura boliviana y en el aprovechamiento de la técnica para construir la Nación sobre un régimen de verdadera justicia social boliviana, sobre bases económica y política-mente condicionadas con sujeción al poder del Estado.

Exigimos la voluntad tenaz de los bolivianos para mantener ante lodo la propiedad de la tierra y de la producción, su esfuerzo político para que el Estado fortalecido asegure en beneficio del país la riqueza proveniente de la industria ex-tractiva, y su acción individual para formar la pequeña industria. Exigimos el con-curso de todos para extirpar los grandes monopolios privados y que las actividades comerciales minoristas sean desempeñadas exclusivamente por bolivianos. Exigi-mos el estudio sobre bases científicas del problema agrario indígena con vista a in-corporar a la vida nacional a los millones de campesinos marginados de ella, y a lograr una organización adecuada de la economía agrícola para obtener el máximo rendimiento. Exigimos la nacionalización de los servicios públicos.

Esta actitud frente al ordenamiento económico fue también predominante en la política de Vargas[105] y en la de Perón. Decía Vargas a los dos años de la Revolución:

El individualismo excesivo que caracterizó el siglo pasado, necesitaba en-contrar límite y correctivo en la preocupación predominante del interés social. No hay en esa actitud, ningún indicio de hostilidad al capital, que, al contrario, necesita ser atraído, amparado y garantizado por el poder público. Pero la mejor manera de garantizarlo está, justamente, en transformar el proletariado en una fuerza orgánica de cooperación con el Estado y no dejarlo que, por el abandono de la ley, se entregue a la acción disolvente de elementos perturbadores, privados de sentimientos de patria y de familia.

Una posición semejante sostuvo Perón[106] en 1946, antes de llegar a la presidencia, cuando se suponía que necesitaba apelar a todos los recursos para atraer el voto popular:

No soy tampoco de los que creen que los integrantes de la llamada Unión democrática han dejado de llenar su programa político —vale decir, su democracia— con un contenido económico. Lo que pasa es que ellos están defendiendo un sistema capitalista con perjuicio o con desprecio de los intereses de los trabajadores, aun cuando les hagan las pequeñas concesiones a que luego habré de referirme; mientras que nosotros defendemos la posición del trabajador y creemos que sólo aumentando enormemente su bienestar e incrementando su participación en el Estado y la intervención de éste en las relaciones del trabajo, será posible que subsista lo que el sistema capitalista de libre iniciativa tiene de bueno y de aprovechable frente a los sistemas colectivistas. Por el bien de mi patria quisiera que mis enemigos se convencieran de que mi actitud no sólo es humana sino que es conservadora en la noble acepción del vocablo. Y bueno sería también que desechasen de una vez el calificativo de demagógico que se atribuye a todos mis actos, no porque carezcan de valor constructivo ni porque vayan encaminados a implantar una tiranía de la plebe (que es el significado de la palabra demagogia) sino simplemente porque no van de acuerdo con los egoístas intereses capitalistas, ni se preocupan con exceso de la actual ‘estructura social’ ni de lo que ellos barriendo para adentro llaman ‘los supremos intereses del país’ confundiéndolos con los suyos propios.

Pero los grupos más avanzados del peronismo consiguieron imponer al reformarse la Constitución Argentina de 1949 un artículo que expresaba su concepción de la economía nacional:[107]

La organización de la riqueza y su explotación tienen por fin el bienestar del pueblo, dentro de un orden económico conforme a los principios de la justicia social. El Estado, mediante una ley, podrá intervenir en la economía y monopolizar determinada actividad, en salvaguaradia de los intereses generales y dentro de los límites fijados por los derechos fundamentales asegurados en esta Constitución. Salvo la importación y exportación que estarán a cargo del Estado de acuerdo con las limitaciones y el régimen que se determine por ley, toda actividad económica se organizará conforme a la libre iniciativa privada, siempre que no tenga por fin ostensible o encubierto, dominar los mercados nacionales, eliminar la competencia o aumentar usuariamente los beneficios.

Los minerales, las caídas de agua, los yacimientos de petróleo, de carbón y de gas, y las demás fuentes naturales de energía, con excepción de los vegetales, son propiedades imprescriptibles e inalienables de la Nación, con la correspondiente participación en su producto, que se convendrá con las provincias.

Los servicios públicos pertenecen originariamente al Estado, y bajo ningún concepto podrán ser enajenados o concedidos para su explotación. Los que se hallaren en poder de particulares serán transferidos al Estado, mediante compra o expropiación con indemnización previa, cuando una ley nacional lo determine. El precio por la expropiación de empresas concesionarias de servicios públicos será el del costo de origen de los bienes afectados a la explotación, menos las sumas que se hubieren amortiguado durante el lapso cumplido desde el otorgamiento de la concesión, y los excedentes sobre una ganancia razonable, que serán considerados también como reintegración del capital invertido.

La organización de la economía debía traer consigo una reorganización social y política. El nacionalismo declaró caduco el sistema individualista y el régimen parlamentario, y buscó sustitutos. En principio los halló en la teoría del corporativismo. El intento más acabado de la nueva concepción social fue el Estado Novo montado por Vargas en el Brasil después del golpe de Estado de 1937. En la Argentina se intentó cautelosamente a través de una constitución provincial. Pero en ambos casos los esfuerzos fueron efímeros, sobre todo por el desprestigio que acarreó al sistema la derrota del Eje. En la imposibilidad de estatuir un sistema orgánico, se proclamaron vagos principios políticos. Rojas Pinilla arriesgó en Colombia una definición de la democracia y de los principios políticos de su gobierno:[108]

democracia es la mejor interpretación de la voluntad soberana del pueblo; democracia es oportunidad para que todos trabajen honrada y pacíficamente; de-mocracia es el otorgamiento de garantías sin discriminación alguna; democracia es gobierno de las fuerzas armadas.

¿Quién puede dar oídos a las voces que hablan de gobierno despótico y de poderes omnímodos?

Vosotros diréis ahora si preferís la democracia de parlamentos vociferantes, prensa irresponsable, huelgas ilegales, elecciones prematuras y sangrientas y burocracia partidista, o preferís la democracia que los resentidos llaman dictadura, de tranquilidad y sosiego ciudadano, obras de aliento nacional, garantías para el trabajo, técnica y pulcritud administrativa y ancho campo para la verdadera libertad y las iniciativas del músculo y de la inteligencia.

Perón, por su parte, dejando subsistente el sistema parlamentario tradicional, intentó una “organización del pueblo” cuyo programa establecía:[109] “La comunidad nacional se organizará socialmente mediante el desarrollo de las asociaciones profesionales en todas las actividades de ese carácter y con funciones prevalecientemente sociales”.

Y procuró llevarlo a cabo estimulando las diversas asociaciones y promoviendo su ostensible participación en el gobierno.

En principio, el populismo asumió la defensa de los intereses populares, pero entendiendo que requerían la tutela de una aristocracia, de una elite sobre cuyo origen y constitución sólo hubo vagos indicios. Perón y Vargas hablaban de la formación de nuevos cuadros, y en efecto promovieron su formación sin reparar en el origen social; pero en importantes sectores del nacionalismo populista subsistían los resabios de una concepción aristocratizante que suponía la conservación del poder y de la tutela en manos de las clases ilustradas o tradicionales.

Para coronar el edificio del nuevo orden nacional, el populismo afirmó la existencia de una cultura nacional, nutrida de savia vernácula y orientada según su espontánea concepción de la vida. También en este campo resonaron las apelaciones a los sentimientos telúricos, a la tradición indígena, al pasado colonial, y las imprecaciones contra la tradición europea, francesa especialmente en cuanto tenía de liberal y racionalista. Una revalorización del arto autóctono y de las tradiciones vernáculas acompañó esta afirmación de la vigencia de la cultura nacional.

Notas

1 Oliveira Vianna. Evolución del pueblo brasileño. Buenos Aires. 1937, p. 286.

2 Ots Capdequí, José M., Instituciones sociales de la América española en el período colonial. La Plata, 1934, p. 33.

3 Fray Vicente del Salvador, Historia do Brasil, cf. Oliveira Vianna, Op. cit., p. 65.

4 Las Casas, Bartolomé de, Historia de las Indias, Libro III, cap. IV.

5 Descripción del Virreinato del Perú. Crónica inédita de comienzos del siglo XVII, edición, prólogo y notas de Boleslao Lewin, Rosario, 1958, p. 68.

6 Van Vliervelt, “Reflexiones sobre el Brasil”, Revista del Instituto Histórico de San Pablo, vol. V, p.135: cf. Oliveira Vianna, Op. cit., p. 64.

7 Abad y Queipo, Manuel. Representación al Rey sobre la inmunidad personal del clero de Michoacán, del 11 de enero de 1799, cf. J. Romero Flores, Don Miguel Hidalgo y Costilla, padre de la Independencia mexicana, México, 1945.

8 Humboldt, Alejandro de, Ensayo político sobre la Isla de Cuba, La Habana, 1960, p. 162.

9 Arzobispo San Alberto, Catecismo Regio.

10 Sepúlveda, Juan Ginés de, Democrates alter, pp. 81, 85 y 171: cf. Silvio

11 Op. cit., pp. 100-101

12 Zárate, Agustín de, Historia del descubrimiento y conquista del Perú, Buenos Aires, 1965, p. 15.

13 Relación de los hechos y fin heroico del General Liniers, en Anales de la Biblioteca, tomo III, Buenos Aires, 1904, p. 336.

14 Giménez Rueda, Julio, Letras de México, México, 1944, p. 80.

15 Díaz, José Domingo, Recuerdos sobre la rebelión de Caracas, Caracas, 1961, p. 45 y sigs.

16 Alamán, Lucas, Semblanzas e Ideario, México, 1963, p. 171.

17 Sarmiento, Domingo Faustino, Facundo, La Plata, 1938, p. 74.

18 Toro, Fermín, Reflexiones sobre la ley del 10 de abril de 1854.

19 Sarmiento, Domingo Faustino, Facundo, Op. cit., p. 75.

20 Montalvo, Juan. “liberales y conservadores’’, en El Regenerador, número 3. 1867, t. 1, p. 104.

21 El Constitucional, 20 de noviembre de 1868; cf. Leopoldo Benites, Ecuador, drama y paradoja, México, 1950, p. 224.

22 Camacho Roldán, Salvador, Memorias, Bogotá, 1948, t. 1, p. 44.

23 El Tizón Republicano, 23 de junio de 1823: cf. G. Feliu Cruz. La abolición de la esclavitud en Chile, Santiago, 1942, p. 102.

24 4 Camacho Roldán, Salvador, Op. cit., t. I, p. 83.

25 Ruy Barbosa, Conferencias y discursos, Buenos Aires, 1939, p. 250.

26 Vallarta, Ignacio L., Discurso del 8 de agosto de 1856, en el Congreso Extraordinario Constituyente, cf. Jesús Reyes Heroles, El liberalismo mexicano, t. III, p. 588.

27 Pardo y Aliaga, Felipe, Poesías y escritos en prosa, París, 1869.

28 Op. cit.

29 Robertson, J. P. y C., Cartas del Paraguay.

30 Auto del 25 de octubre de 1816. en Cuaderno de Autos Supremos: cf. Efraim Cardozo, Paraguay independiente, 1949. p. 58.

31 Sánchez Quell, H., política internacional del Paraguay, Buenos Aires, 1945. p. 73.

32 cf. Pérez Acosta. J., Francia y Bonpland, Buenos Aires, 1942, p. 23

33 Robertson, J. P. Y G., Op. cit.

34 Cardozo, Efraim. Breve historia del Paraguay, Buenos Aires, 1965, p. 85.

35 Sarmiento, Domingo Faustino, Facundo, Op. cit., 1938, p. 261 y sigs.

36 6 cf. Cardozo, Efraim. Paraguay independiente, p. 64: Chávez, El supremo dictador.

37 Saldías, Adolfo, Papeles de Rosas, La Plata, 1904.

38 Cancionero del tiempo de Rosas, selección de José Luis Lanuza, Buenos Aires, 1941. p. 38.

39 40 Saldías, Adolfo, Op. cit.

40 Gálvez. Manuel, Vida de D. Gabriel García Moreno, Buenos Aires, 1942. p. 329.

41 Mera, Juan León, El héroe mártir, Canto a la memoria de García Moreno, Quito. 1876.

42 cf. Alfonso M. Escudero, Introducción a Cumandá, Austral, p. 28.

43 “Las leyes de García Moreno’’, en El Regenerador, número 5, t. 1, p. 162.

44 Gálvez, Manuel, Op. cit., p. 327.

45 El pensamiento constitucional hispanoamericano hasta 1830, Caracas, 1961. t. III.

46 47 Alamán, Lucas, Semblanzas e ideario, México, 1963, p. 103.

47 Loc cit.

48 Lecuna, Vicente, Cartas del Libertador, XI, p. 234.

49 Calmón, Pedro, Historia de la civilización brasileña, Buenos Aires, 1937, p. 251.

50 Oliveira Torres, Joao Camillo de, A democracia coronada (Teoría política do Impero do Brasil), Río de Janeiro, 1957, p. 498.

51 Carta constitucional del 16 de marzo de 1824, en El pensamiento constitucional hispanoamericano hasta 1830, Caracas, 1961, t. 1, p. 261.

52 Cf. Bartolomé Mitre, Historia de Belgrano, Apéndice 36, Obras Completas, Buenos Aires, 1941, t. IX, p. 247.

53 Cf. Bartolomé Mitre, Historia de San Martín, Apéndice 15, Obras Completas. Buenos Aires, 1940, t. V, .p. 262.

54 Cf. Francisco A. Encina, Portales, Santiago de Chile. 1934.1. II. p. 226.

55 Cf. Leopoldo Benites, Ecuador, drama y paradoja, México, 1950, p. 220.

56 Lecuna, Vicente, Cartas del Libertador, t. XI, p. 52.

57 Bolívar, Simón, Discurso de Angostura, en El pensamiento constitucional hispanoamericano, Caracas, 1961, t. V, pp. 171-172.

58 Lecuna, Vicente, Cartas del Libertador, t. XI, p. 53.

59 Bolívar, Simón, Discurso de Angostura, Op. cit., pp. 165.

60 Op. cit., pp. 169.

61 Madame Calderón de la Barca, La vida en México, México, 1959. capítulos XLV-XLVII.

62 Vicuña Mackenna, Benjamín, Don Diego Portales, Santiago de Chile, 1937, p. 587; Edwards Vives, Alberto, La fronda aristocrática, capítulo VII.

63 Encina, Francisco A., Portales, t. 1. p. 242.

64 Vicuña Mackena, Benjamín, Op. cit., p. 557 y siguientes.

65 Herrera, Luis Alberto de, Por la Patria, Montevideo, 1953, t. I, p. 65.

66 Op. cit., t. I, p. 64.

67 Op. cit., t. 1, p. 6.

68 Freyre, Gilberto, Casa-Grande y Senzala, Buenos Aires, 1942, t. II, p. 61.

69 Oliveira Vianna, Evolución del pueblo brasileño, p. 81.

70 Op. cit., p. 138 y sigs.

71 Op. cit., p. 111 y sigs.

72 Op. cit., p. 260.

73 Alba, Víctor, Las ideas sociales contemporáneas en México, 1960. p. 212 y sigs.

74 Rodó, José Enrique, Ariel, Valencia, 1920, p. 75 y sigs.

75 Op. cit., p. 84 y sigs

76 Goyena, Pedro, “Discursos parlamentarios del 6 y 11 de julio de 1883”, en Obra Selecta, Buenos Aires, 1943, p. 260 y sigs.

77 8 Op. cit., p. 263.

78 Estrada, José Manuel, Discurso en el Congreso Católico de Buenos Aires de 1884, en Páginas del Maestro, Buenos Aires. 1942, p. 20.

79 Sierra, Justo, Evolución política del pueblo mexicano, México, 1940, p. 444 y sigs.

80 Justo, Juan B., La teoría científica de la historia v la política Argentina, en La realización del socialismo, Buenos Aires, 1947, p. 171.

81 Cf. Jobet, Julio César, Ensayo crítico del desarrollo económico de Chile, Santiago, 1955, p. 99.

82 Bunge. Carlos Octavio, Nuestra América, t. III, i, p. 168.

83 Op. cit., t. I, XI, p. 160.

84 Arguedas, Alcides, Pueblo enfermo, p. 28.

85 Cf. Jobet, Julio César, Op. cit., p. 96.

86 Cf. F. R. Pintos, Batlle y el proceso histórico Uruguay.

87 Cf. Jobet, Julio César, Op. cit., p. 116.

88 Roca, Julio A., Discurso del Presidente de la República, en Asambleas Constituyentes Argentinas, t. VI, primera parte, p. 293.

89 Nieto Arteta, Luis A., Economía y cultura en la historia de Colombia, Bogotá, 1942, p. 406.

90 /hi> Caso, Antonio, México, apuntamientos de cultura patria, México. 1943. p. 14.

91 Sierra, Justo, Op. cit., p. 251.

92 Op. cit., p. 454 y sigs.

93 Vallenilla Lanz, L., Cesarismo democrático, Caracas, 1929, p. 123.

94 Vallenilla Lanz, L., La rehabilitación de Venezuela, Caracas, 1926, I, p. 18 y sigs.

95 Jobet, Julio César, Op. cit., p. 196.

96 La Nueva República, número 43, Buenos Aires, 1º de Diciembre de 1928.

97 Cf. Alberto S. Cornejo, Programas políticos de Bolivia, Cochabamba, 1949, p. 148.

98 Paz Estensoro, Víctor, Discursos y Mensajes, Buenos Aires, 1953, p. 30.

99 Prudencio, Roberto, Los valores religiosos, 1945.

100 Alba, Víctor, Las ideas sociales contemporáneas en México, México, 1960, p. 278 y sigs.

101 Montenegro, Walter, “La bolivianidad en la economía y la historia”, Kollasuyo, número 13, La Paz, enero de 1940.

102 Ibarguren, Carlos, La historia que he vivido, Buenos Aires, 1955, p. 499.

103 Tomic Romero, Radomiro, “Capitalismo, comunismo, democracia cristiana”, discurso parlamentario del 11 de mayo de 1948.

104 Cf. Alberto S. Cornejo. Op. cit., p. 149.

105 Vargas, Getulio, “As classes trabalhadoras o govêrno da Revoluçao”, discurso del 29 de octubre de 1932, en A nova política do Brasil, Río de Janeiro, II, p. 97.

106 Perón, Juan D., “Discurso pronunciado en su proclamación como candidato a la presidencia constitucional de la Nación”, 12 de febrero de 1946.

107 Constitución Argentina de 1949, artículo 40.

108 Cf. La Prensa, Buenos Aires, 27 de agosto de 1956.

109 Doctrina Nacional, presidencia de la Nación, Buenos Aires, 1954, p. 33. punto 2.

“Historia antigua”, “Historia medieval”, “Historia moderna”, “Historia contemporánea”. 1951

HISTORIA ANTIGUA

El ámbito de la cultura antigua

El Egipto hasta la invasión de los hicsos

Antiguos Estados mesopotámicos

Los cretenses

Las invasiones de los pueblos indoeuropeos

Egipto en la época del segundo imperio tebano

Aqueos, hebreos y fenicios

El imperio kasita y la aparición de los asirios

Los medos, los persas y los indios

La China

Esplendor de fenicios y hebreos

La era de la dominación asiria

La era de la dominación persa

La India y la China en el siglo VI a. de J. C.

Las ciudades griegas hasta el siglo VI a. de J. C.

Cartago y Roma

La época de las guerras médicas

Atenas en el siglo V

Esparta y la guerra del Peloponeso

El imperio de Alejandro Magno

La época helenística

Roma y la instauración de la República

La conquista de Italia

Las dos primeras guerras púnicas

La expansión transmarina y la helenización de Roma

La crisis de la República

La época de Augusto

El Imperio durante el siglo I

La aparición del Cristianismo

El siglo de los Antoninos

La crisis del siglo III

El Imperio durante el siglo IV

Las primeras invasiones y el reinado de Teodosio

La crisis del Imperio


HISTORIA MEDIEVAL

El ámbito de la cultura medieval

Los reinos romanogermánicos

El Imperio Bizantino

Los musulmanes

Orígenes y desarrollo del Imperio Carolingio

La Europa feudal

Los reinos feudales

La cultura de la Europa feudal

Europa en la época de las Cruzadas

Las transformaciones en la sociedad feudal

Los principales Estados en la baja Edad Media

La filosofía, las letras y las artes en la baja Edad Media

El Imperio Bizantino, los mogoles y la invasión de los turcos otomanos


HISTORIA MODERNA

El ámbito de la cultura moderna

La crisis del siglo XV y los albores de la Edad Moderna

Renovación cultural y religiosa

La época de Carlos V

La época de Felipe II

La guerra de los Treinta Años

La época de Luis XIV

La revolución en Inglaterra

El Imperio Otomano y los pueblos eslavos hasta el siglo XVIII

Inglaterra y Holanda en el siglo XVIII

El liberalismo económico y el pensamiento de la Ilustración

Austria y el ascenso de Prusia

Los países del Báltico

Italia, España y Portugal

Francia hasta la víspera de la revolución

El mundo oriental y el Imperio Otomano hasta fines del siglo XVIII


HISTORIA CONTEMPORANEA

La Revolución francesa

Francia durante el Directorio y el Consulado

Europa y la Revolución francesa

El Imperio Napoleónico

La época de la Restauración

Las revoluciones liberales de 1830

Los movimientos sociales y las revoluciones de 1848

La unificación de Italia

Francia y el Segundo Imperio

Austria y la unidad alemana

Europa oriental hasta 1881

España y Portugal hasta 1875

Inglaterra durante la era victoriana

China y Japón

Rusia, Turquía y los Balcanes

Los Imperios centrales: Austria y Alemania

Francia y la Tercera República

Italia, España y Portugal

Los antecedentes del conflicto de 1914

La primera guerra europea

La Europa de posguerra

La revolución de 1917 y la Unión Soviética

La Italia fascista y la Alemania nazi

Las viejas democracias

La Segunda guerra mundial

El derrumbe final del Eje

La segunda posguerra



HISTORIA ANTIGUA


El ámbito de la cultura antigua

La Antigüedad es el pasado remoto de nuestra cultura. Sus hombres, sus hechos y sus obras nos pertenecen por entero, pese a lo lejanos o a lo distintos que puedan parecemos, porque nuestra cultura no ha olvidado nunca del todo lo que debía a esa herencia y ha conservado siempre algo viviente de aquella tradición. Y pues que no nos es ajena, constituye un deber de cultura retornar a esa fuente profunda para buscar en ella la más lejana imagen de nosotros mismos.

DE LA PREHISTORIA A LA HISTORIA

No podríamos afirmar a ciencia cierta dónde comenzó el hombre a mostrarse con los rasgos típicos de tal. Pero lo cierto es que, en la cuenca del mar Mediterráneo se desarrolló en tiempos remotísimos una civilización rudimentaria que evolucionó poco a poco hasta cuajar en formas superiores de vida. Las primeras etapas de esa civilización permanecen para nosotros en el área de la Prehistoria, porque no sabemos de ellas más que lo que nos dicen los mudos testimonios de la actividad manual del hombre. Analizando un hacha, un dolmen, una estatua, nos es dado deducir con cierta verosimilitud algunos caracteres de la civilización que los produjo. Pero con todo eso poco sabemos de quiénes eran los que la desarrollaron y qué peripecias pasaron a lo largo de los siglos. Sólo cuando comenzaron a poseer una escritura pudieron legarnos algunas noticias sobre esos aspectos de su vida histórica que tanto nos interesan para conocer a fondo su vida y su historia. Y sólo de aquellos pueblos que nos dejaron una escritura inteligible para nosotros podemos decir que están hoy, ante nuestros ojos, en un período histórico. Es, pues, en el momento en que comienzan a aparecer noticias escritas cuando aquellas civilizaciones trasponen el umbral de la Historia.

EL ÁMBITO GEOGRÁFICO DEL MUNDO ANTIGUO

Según parece, los lugares donde primero desarrolló el hombre una civilización fueron los valles del río Nilo, en el ángulo nordeste del África, y de los ríos Éufrates y Tigris, en el Asia occidental. Esas regiones —el Egipto y la Mesopotamia— fueron hogares de ininterrumpida evolución cultural durante varios milenios. Después, aparecieron nuevos núcleos humanos civilizados en la meseta del Irán, en la India y la China, en la costa siria, en el Asia Menor y en algunos otros puntos del Asia y del África. Al mismo tiempo, por Occidente, aparecieron también nuevos hogares de cultura: las islas del mar Egeo, la península de los Balcanes, Italia y diversos lugares de la costa mediterránea.

El Lejano Oriente —la India y la China— constituyeron mundos cerrados, con escasa relación entre sí y con pocos contactos con el resto de las regiones civilizadas. Estas últimas, en cambio, forman un área compacta cuyo foco es el mar Mediterráneo, hacia el cual convergía el interés económico y político de los distintos pueblos más o menos próximos a sus costas.

LOS PROTAGONISTAS DE LA CULTURA ANTIGUA

Estos pueblos fueron numerosos y aparecieron en la Historia en distintas circunstancias. Muchos que en cierto momento surgen todopoderosos y florecientes, muéstranse en otras épocas humildes y en decadencia: tal es el sino histórico.

En el Oriente, los pueblos más importantes fueron: los chinos y los indios, en los valles de los ríos Yang-Tse-Kiang y Hoang-Ho los primeros, y en los de los ríos Indo y Ganges los segundos; los medos y persas en la meseta del Irán; los súmeros, acadios, amorreos, kasitas, asirios y caldeos en la Mesopotamia; los fenicios, hebreos y sirios en la costa asiática del Mediterráneo; los lidios, frigios, hititas, mitanios, armenios, capadocios y otros menores en el Asia Menor; los egipcios, en fin, en el valle del Nilo. Estos pueblos —y otros de más escasa significación— son los protagonistas de la historia del Oriente.

En el Mediterráneo oriental, diversos pueblos desarrollaron la cultura que se conoce con el nombre genérico de griega. Los pueblos egeos la iniciaron en Creta, en las islas Cicladas y Espóradas, en las costas del Asia Menor y de la misma Grecia. Más tarde, los aqueos, los dorios, los jonios y algunas otras ramas que recibieron distintos nombres la continuaron, renovándola en muchos aspectos. Como estos pueblos fueron preferentemente urbanos, suele conocérselos por el nombre de las ciudades que fundaron: los atenienses, los espartanos, los tebanos. Otros, como los macedonios o los epirotas, tuvieron extensos territorios que constituían países de bien definida personalidad. Todos estos pueblos son los protagonistas de la historia de Grecia.

En el Mediterráneo occidental, los griegos y los fenicios fundaron algunas colonias que tuvieron próspero destino. También algunos pueblos, indígenas o emigrados, desarrollaron allí civilizaciones más o menos evolucionadas. Pero fueron los romanos los que alcanzaron un destino más alto, al conquistar todo el Occidente primero y toda la cuenca mediterránea después. Sus conquistas, la difusión de sus costumbres y de su autoridad, el desarrollo de una cultura en parte propia y en parte adquirida, son los hechos más significativos de la historia de Roma, que es, a medida que avanza el tiempo, la historia del Mediterráneo occidental en primer término, y luego la historia de todo el mundo antiguo.

He aquí quienes fueron los que desarrollaron la cultura antigua, cuya historia conocemos con distinta intensidad a lo largo de más de cuarenta y cinco siglos.

UNIDAD Y DIVERSIDAD DE LA CULTURA ANTIGUA

Estos pueblos fueron muy diferentes entre sí, y si se comparan las instituciones egipcias con las griegas, a primera vista parecerá que hay, entre ellas tan poca relación como, aparentemente, se observa entre un templo mesopotámico y otro romano. Sin embargo, pese a la innegable diversidad que existe entre los diversos pueblos antiguos, puede señalarse cierta continuidad en muchos aspectos. El legado oriental a la cultura griega es altamente valioso y lo es más aun el de Grecia a Roma. El genio peculiar de cada uno de estos pueblos imprimió a su cultura cierto aire original, pero a medida que se los va conociendo más profundamente, se acentúa la convicción de que hasta la aparición del cristianismo y su fusión con la tradición romana, persisten ciertos caracteres profundos que permiten hablar de la Antigüedad como de una unidad. Por eso procuraremos explicar su historia no separando demasiado la de los diversos pueblos, sino, por el contrario, tratando de mostrar su continuidad y las relaciones recíprocas. Sólo así podrá el lector obtener una idea de esa rica veta de nuestra tradición que se llama la cultura antigua y que es el cimiento profundo de todas las sucesivas.


El Egipto hasta la invasión de los hicsos

El valle del Nilo, con sus crecidas periódicas que cubrían el valle con un fértil limo, constituyó una zona de atracción para los pueblos nómadas de los alrededores. Ya en tiempos remotos, acaso mucho antes del quinto milenio antes de Cristo, comenzaron a establecerse en él algunas tribus que fijaron allí definitivamente su residencia. Así nació un Estado que alcanzó con el tiempo un altísimo nivel de civilización y un formidable poderío.

LOS CLANES PRIMITIVOS

En tiempos muy antiguos, una numerosa población comenzó a establecerse en el valle del Nilo. Allí desarrollaron una civilización paleolítica y allí aprendieron, luego, a pulir la piedra y a trabajar los metales. Por esta época —quizás hacia el cuarto o quinto milenio antes de Cristo— estas poblaciones poseían una organización social y religiosa muy curiosa. Un grupo de hombres que creían tener un antepasado común constituía un clan, en el cual todos los miembros se consideraban iguales, poseían en común los bienes y adoraban del mismo modo a aquel antepasado divinizado que era su totem. El clan fue, durante algún tiempo, errante, pero a la larga acabó por fijarse en una comarca y fundar un pequeño reino que, con frecuencia, debía combatir con los clanes vecinos para mantener la posesión de su tierra. Entonces, el antepasado divinizado se convirtió en divinidad de la región y así aparecieron numerosos dioses: el halcón, el perro, el lobo, la serpiente, cada uno de los cuales tuvo su santuario. Alrededor de ese templo se fue construyendo la ciudad —generalmente en la ladera de una colina, para evitar las inundaciones— y allí se asentaron las autoridades del grupo.

LOS NOMOS Y LOS REINOS PRIMITIVOS

Esas regiones o provincias fueron llamadas más tarde por los griegos nomos. Eran en un principio, verdaderos reinos independientes, en los cuales fueron apareciendo nuevas formas políticas. En efecto, en el clan primitivo, la autoridad residía en la totalidad del grupo; pero, poco a poco, el mago o sacerdote o el jefe militar que se elegía para caso de guerra fue logrando que su investidura se hiciera permanente, y así surgió la monarquía.

Sin embargo, la independencia de los nomos no duró mucho tiempo. En el Egipto todo incitaba a la unificación: la continuidad de la larga faja de tierra fértil, el curso de agua que comunicaba todas las provincias, la estrecha dependencia que imponía a todas ellas el régimen de las inundaciones y la necesidad de aprovecharlas convenientemente. Seguramente fueron muchas las contiendas que se produjeron porque un nomo del curso superior del río detenía o desviaba las aguas impidiendo que llegara suficiente caudal a las regiones del curso inferior. De todas estas guerras surgieron dos reinos, en los que se reunieron todos los nomos. En la zona del valle, el nomo que tenía como divinidad al halcón logró dominar a todos los otros nomos del Alto Egipto y constituir un solo reino que se extendía, quizá, desde la primera catarata del Nilo hasta el lugar donde dicho río se abre en varias ramas formando un delta. Por la misma época, la zona del delta fue unificada también, y entonces sólo dos reinos se disputaron la supremacía de la fértil región.

LA UNIFICACIÓN DEL EGIPTO

Entre estos dos reinos se entabló muy pronto la lucha. Vagos testimonios nos enseñan que hubo varios reyes del Alto Egipto o reino del Sur que derrotaron a los del Bajo Egipto o reino del Norte. Finalmente, hacia el año 3315 a. de J. C., un rey del Alto Egipto llamado Menes logró reunir definitivamente las dos regiones y constituir un solo reino. Menes estableció la capital en la ciudad de Tinis, en el valle, y allí residieron también sus sucesores de las dos primeras dinastías de reyes que tuvo el país.

Por esta época, el Egipto es ya un país de evolucionada civilización. Su religión reconoce como divinidades fundamentales al río Nilo, representado por el dios Osiris; a su hijo, el halcón Horus; a la diosa Isis, y otras divinidades menores que no son sino antiguos totems de los que adoraban los diversos clanes. Osiris protege al faraón —así se llamaba al rey— porque en él se encarna su hijo Horus; el faraón, por su parte, se preocupa de que el culto de Osiris tenga toda la magnificencia que merece una divinidad que ha enseñado a su pueblo todos los goces de la civilización y, especialmente, el cultivo de la tierra: templos y numerosos sacerdotes están dedicados a honrar su memoria. Ya por entonces conocían los egipcios el calendario y poseían una escritura cuyos jeroglíficos podían expresar las más abstrusas ideas religiosas; regulaban las crecidas del Nilo, sembraban y recogían de acuerdo con ellas, construían tumbas y viviendas. Desde entonces, un ininterrumpido desarrollo se manifiesta en la feraz cuenca del río divino.

EL PERÍODO MENFITA

A principios del tercer milenio —quizás en 2895— los faraones egipcios decidieron llevar su capital a una ciudad que estuviera en el límite entre el Alto y Bajo Egipto. Había allí un monumento, el Muro Blanco, en donde se realizaba la coronación de los faraones con las dos coronas: la corona blanca del Alto Egipto y la corona roja del Bajo Egipto. Alrededor de ese monumento surgió la ciudad de Menfis, en la que residieron los reyes de seis dinastías, desde 2895 hasta 2360 a. de J. C. Esta época recibe el nombre de período menfita o Antiguo Imperio, y durante ella la autoridad de los faraones se hizo cada vez más omnipotente; ahora se considera al rey no sólo hijo de Osiris sino también hijo de Ra, el Sol, divinidad que adquiere cada vez más prestigio y a la que sirven con devoción los sacerdotes de la ciudad de Heliópolis. El rey utiliza su inmenso poder para obligar a todos los habitantes a trabajar en grandes obras arquitectónicas que exalten su calidad divina; así se comenzaron a construir, durante la IV dinastía, las pirámides, en las que se depositarían los cuerpos sagrados de los faraones. Estas tumbas se componían de una cámara sepulcral y de otros recintos destinados a las ofrendas, sobre los cuales se elevaba la inmensa mole de piedra. Pero no son tumbas solamente lo que hacen construir los reyes; también se hacen diques y canales para las aguas del Nilo, templos para honrar al Sol, palacios para los reyes y su corte.

Por debajo del faraón, en efecto, hay una serie de funcionarios de toda jerarquía que gozan de una vida fácil. Muchos de ellos son parientes del rey, pero otros pertenecen a las familias más poderosas: así se recluta la legión de empleados del Estado, sacerdotes y guerreros, todos los cuales se superponen sobre la masa del pueblo, cuyo trabajo debe producir para abastecer a la nación toda.

Al fin, algunos de estos poderosos que dominaban en las provincias, comenzaron a independizarse y a pretender el dominio incontrolado de sus territorios. Los sacerdotes, por su parte, fueron creciendo en autoridad y trataron de someter a los faraones. Muy pronto empezó una época de guerras civiles que trajo una larga secuela de injusticias y miserias, tras de la cual un jefe tebano consiguió imponerse y dominar en el país.

EL PRIMER IMPERIO TEBANO

Hacia el año 2100 a. de J. C. ya es la ciudad de Tebas, en el valle, la nueva capital del Egipto. Allí tendrán su sede muchas dinastías de faraones, de las cuales tres —de la XI a la XIII— gobiernan durante el período que se conoce con el nombre de primer Imperio Tebano, cuya duración se extiende hasta que el país es invadido por los hicsos.

Los reyes tebanos restauraron la monarquía; pero si bien iniciaron una época de orden y de disciplinada actividad, no restauraron la autocracia de sus antecesores menfitas. Fueron, por el contrario, liberales y moderados, y procuraron apoyarse en el pueblo, de cuyas filas solían sacar algunos funcionarios, porque no tenían arraigados prejuicios de casta. A pesar de todo, con el tiempo se formó también una aristocracia particularmente apta para el desempeño de las funciones públicas.

Por esta época, los funcionarios dieron prueba de su capacidad e iniciativa. Grandes obras públicas cubrieron el país, y fue entonces cuando se construyó el lago Meris para aprovechar una depresión del terreno, cuando se levantaron los grandes templos y las tumbas reales de Tebas. Al mismo tiempo, los faraones estimulan el comercio y la navegación, en tanto que sus ejércitos tratan de extender el territorio aguas arriba del Nilo, en la Nubia, y de asegurar las fronteras siempre amenazadas del delta. Pero este esplendor no duró mucho: una ola de invasores se lanzó sobre el país y el Egipto cayó en sus manos por algún tiempo.

LA INVASIÓN DE LOS HICSOS

Durante el segundo milenio, diversos pueblos aparecen en todo el ámbito del mundo antiguo provocando migraciones en masa. Hacia 1700 a. de J. C. un raro conglomerado de pueblos se lanza sobre las fronteras egipcias, debilitadas en ese momento como consecuencia de algunos conflictos internos; no constituyen una masa compacta; se mezclan allí algunos indoeuropeos, de los que han llegado poco antes al Asia occidental, con muchos semitas que vienen huyendo de otras bandas invasoras que los han despojado de sus tierras; a todos ellos la tradición egipcia los denominó hicsos, o reyes pastores, y la era de la invasión fue recordada como un tiempo amargo. Instalados en el delta, los invasores procuraron entrar en el valle y dominar el país, pero chocaron con la resistencia de las ciudades, difíciles de tomar. Durante un siglo los hicsos permanecieron en el territorio, dominándolo desde su capital, que establecieron en la ciudad de Avaris; pero a principios del siglo XVI a. de J. C. el faraón Amasis I consiguió expulsarlos, y entonces restableció el poder en la antigua capital, dando comienzo al segundo Imperio Tebano.


Antiguos Estados mesopotámicos

También en el valle por donde corren los ríos Eufrates y Tigris se instalaron en tiempos muy remotos pueblos diversos que desarrollaron allí una civilización original. Fueron sus primeros artífices los súmeros, y heredaron su tradición diversos pueblos conquistadores que sucesivamente dominaron en el suelo que aquéllos habían poblado por primera vez.

LOS SÚMEROS Y LOS ORÍGENES DE LA CIVILIZACIÓN MESOPOTAMIA

Entre los montes Zagros y el desierto de Arabia corren dos ríos caudalosos que desembocan en el golfo Pérsico: el Éufrates y el Tigris. El valle fertilizado por estos ríos se conoce con el nombre general de Mesopotamia, designándose con el de Asiría su parte norte y con el de Caldea su parte sur. En la zona más meridional de la Mesopotamia, donde antes desembocaban separados los dos ríos, se establecieron los súmeros hacia el cuarto milenio a. de J. C.

Llegados del Este, los súmeros comenzaron a hacer habitable el país; fundaron ciudades tales como Ur, Nipur, Lagash, o Uruk, cada una de las cuales constituyó un pequeño estado gobernado por un jefe religioso y civil llamado patesi; en ellas edificaron con ladrillos los templos para sus dioses, las residencias para sus jefes y las viviendas para el pueblo. Estas ciudades estaban construidas sobre una especie de terraplén, porque las crecidas de los ríos anegaban gran parte del valle; además estudiaron el régimen de las inundaciones y así pudieron realizar las obras de defensa y distribución de aguas que les permitieron aprovechar el valle para el cultivo.

Una acentuada evolución técnica caracterizó la vida de las ciudades súmeras. Para levantar sus edificios debieron recurrir al ladrillo, material cuyas posibilidades supieron aprovechar al máximo y que dio una singular fisonomía a la arquitectura mesopotámica; la piedra, en cambio, solían utilizarla para esculpir estatuas de dioses y reyes, algunas de las cuales son de una notable expresión. También se mostraron ingeniosos en la invención de una escritura que se conoce con el nombre de cuneiforme y que ha podido descifrarse; en tabletas de arcilla grababan con un punzón caracteres cuyos rasgos tenían forma de cuña —de donde viene el nombre— y así nos han llegado infinidad de documentos que nos ilustran sobre su vida política y económica; sabemos que cultivaban cereales, que fabricaban objetos de oro, plata y bronce, que tejían ricas telas. Así vivieron muchos años y se hicieron ricos y envidiados por las tribus nómadas y primitivas de los alrededores.

LOS ACADIOS

A comienzos del tercer milenio, una de ellas, la de los acadios, semitas originarios de la Arabia, se lanzó sobre Mesopotamia y se estableció al norte de los súmeros fundando algunas ciudades, de las que fue Agadé la más importante. Allí reinaron poco después el rey Sargón y su nieto Naramsín, que conquistaron un vasto imperio en el que entraron todos los pueblos de la Caldea, el Elam —en el borde oeste de la meseta del Irán—, la Siria y la Alta Mesopotamia hasta llegar al Asia Menor; los súmeros quedaron sometidos por algún tiempo, pero cuando los acadios fueron vencidos por unas tribus montañesas del Este, se levantaron los antiguos pobladores y una ciudad súmera, Ur, llegó a dominar por algún tiempo en toda la región. fue ésta una época de gran esplendor, durante la cual se levantaron importantes edificios y llegó al máximo el poderío súmero.

LOS AMORREOS DE BABILONIA. HAMURABÍ

Sin embargo, el destino de los súmeros era despertar la codicia de sus vecinos. En los últimos tiempos del tercer milenio una nueva tribu semita de la Arabia, la de los amorreos, se lanzó de nuevo sobre la Mesopotamia y consiguió dominar el país. Sus jefes se establecieron en una ciudad a la que supieron dar enorme impulso: Babilonia; desde allí gobernaron un vasto imperio que sobrepasaba los límites del que habían logrado formar Sargón y Naramsín, al que organizaron con prudencia y firmeza.

La característica más importante de los dominadores semitas de Babilonia consistió en que supieron asimilarse prontamente a la civilización cuyas bases habían echado los súmeros. Su técnica arquitectónica, sus invenciones para el control de las inundaciones, su escritura, sus industrias, todo fue aprovechado por los babilonios y desarrollado hasta un notable grado de progreso. La ciudad —cuya divinidad protectora se llamaba Marduk y poseía un templo grandioso en la ciudad— se cubrió de notables construcciones y fue el centro de una importante actividad de todo orden. Allí reinó, entre 2123 y 2081 a. de J. C., un rey llamado Hamurabí, que ha pasado a la Historia como uno de los grandes codificadores de la Antigüedad.

En efecto, Hamurabí mandó recopilar las diversas disposiciones que regían la vida civil y ordenó que fueran grabadas en piedra para que todos los pueblos sometidos a su autoridad las conocieran. Este monumento ha llegado hasta nosotros y se encuentra en el Museo del Louvre. Allí podemos estudiar cuál era la organización de la familia, la diferente condición de los individuos, el régimen de la propiedad, el sistema penal. Así podemos saber que las leyes que regían al Imperio Babilónico eran muy semejantes a las que dio Moisés a los hebreos, y conocemos detalles de la vida diaria de tan remotos tiempos.

El Imperio Babilónico no sobrevivió mucho tiempo a su gran rey. A comienzos del segundo milenio, las grandes invasiones de pueblos indoeuropeos acabaron con él, sometiéndolo a la autoridad de una de las ramas que se habían dirigido al Asia occidental. Así terminó un imperio floreciente que había desarrollado una civilización de alto vuelo.


Los cretenses

Mientras en los grandes valles fértiles surgían estos estados poderosos y evolucionados, en las islas que bañaba el Mediterráneo oriental también empezaron a desarrollar otros pueblos una civilización de caracteres originales. Eran los egeos, que ocupaban la isla de Creta y las Cicladas y Espóradas.

LOS PUEBLOS EGEOS

Sin duda eran los egeos hombres de espíritu vigoroso y de vario ingenio. Su centro principal estuvo en la isla de Creta, donde desarrollaron —como en Chipre y otras islas vecinas— una civilización de la piedra que duró hasta fines del cuarto milenio. Hasta entonces no mostraron los egeos ninguna particularidad extraordinaria; pero como estas islas abundaban en cobre, comenzó a desarrollarse en ellas con gran éxito una metalurgia que muy pronto proporcionó a Creta ventajas decisivas. En efecto, el trabajo del cobre probó allí —como en otras partes— que ese metal, tan útil como pueda parecer, ofrece el grave inconveniente de su blandura, que lo hace inservible para reemplazar a la piedra. Este hecho resultó decisivo, porque los cretenses iniciaron —como otros pueblos— los ensayos para endurecer el cobre por aleación de otros metales; también como otros pueblos descubrieron que el estaño era el material que necesitaban, pero, a diferencia de los demás y debido a sus caracteres de pueblo insular y marino, los cretenses resolvieron iniciar la búsqueda del estaño en las diversas y lejanas comarcas donde abundaba. La consecuencia fue que, a principios del tercer milenio, ya eran ellos los más poderosos intermediarios en el tráfico de ese metal y aun los más importantes fabricantes y distribuidores de objetos manufacturados de bronce. Así comenzó el esplendor de Creta.

LA ÉPOCA DEL BRONCE Y EL ESPLENDOR DE CRETA

Ya hacia 2400, los cretenses eran los árbitros del bronce, materia prima fundamental en la vida de entonces. La riqueza comenzó a acudir a la isla, que se cubrió de magníficas ciudades, entre las cuales brillaron Hagia Tríada, Festos y, sobre todo, Cnosos. Los reyes de estas ciudades —a quienes llamaban minos— hicieron construir en ellas magníficos palacios que eran, al mismo tiempo que residencias reales, fortalezas, depósitos de variados productos y talleres. La parte residencial de esos palacios se caracterizaba por su extraordinario lujo, y aun hoy maravillan sus ruinas. Poseían crecido número de aposentos y salas, unidos entre sí por patios y corredores que daban a la construcción un aspecto extraño y debido a lo cual los griegos llamaron a estos palacios “laberintos”. En los recintos más importantes, las paredes estaban cubiertas por hermosas pinturas al fresco, algunas de las cuales se han conservado y llenan hoy de admiración a quien las observa. Estatuas, lujosos muebles, vasos de fina cerámica, y sobre todo variados utensilios de bronce completaban el ajuar de estas residencias, en las que ponían de manifiesto su poderío los opulentos jefes de aquellas comunidades de navegantes y artífices del rico metal.

Los cretenses creían en una divinidad femenina, la Diosa Madre, y en otra masculina que tenía aspecto de toro; además adoraban seguramente muchos objetos naturales —piedras, árboles— a los que rendían diversos cultos. Poseyeron también una escritura, pero hasta ahora no ha podido ser descifrada, de modo que ignoramos todos los detalles de la existencia histórica de este pueblo admirable.

En Creta realizaban sus habitantes algunos cultivos y poseían vastos talleres, en los que fundían el bronce y fabricaban objetos de cerámica: vasos, ánforas, platos, urnas; y de bronce: espadas, estatuillas; todo lo cual se enviaba luego a diversos países para ser vendido. Porque, en efecto, la actividad más importante de los cretenses fue la navegación.

LA TALASOCRACIA CRETENSE

Expertos marinos, los pueblos egeos eran hábiles constructores de embarcaciones capaces de surcar el mar Mediterráneo hasta su confín. Viajaban sin tregua. Hacia el Mediterráneo occidental acudían no sólo para vender sino también para adquirir el estaño que provenía del centro de Europa, de España, de Francia y acaso de Inglaterra. Hacia el Mediterráneo oriental, en cambio, acudían preferentemente para vender tanto los lingotes de bronce como los objetos manufacturados de cerámica y de metal. Todos los puertos de Siria y de Egipto conocieron las naves cretenses, portadoras de la más importante industria de la época. Así pudo decirse de ellos que dominaban los mares, porque no vacilaban en impedir por la fuerza toda competencia, y a este dominio se le llama “talasocracia cretense”.

Los cretenses fueron también colonizadores en cierta escala. Recorrieron las islas del mar Egeo y las costas del Asia Menor y de Grecia, y allí fundaron factorías, algunas de las cuales fueron luego importantes ciudades. En ellas impusieron su cultura y fueron reflejos de las ciudades cretenses. Acaso las más importantes de estas ciudades fueron Micenas, Tirinto y alguna de las varias ciudades que se elevaron en el lugar de la Troya homérica. Esas ciudades y esa cultura las encontraron los aqueos —los primeros griegos— cuando, en el segundo milenio, llegaron desde el Norte a la península balcánica.

Los aqueos ocuparon y dominaron las colonias cretenses, y supieron asimilarse su civilización. Todo lo aprendieron y llegaron a hacerse expertos marinos. Un día; hacia 1400, se lanzaron sobre Cnosos y, según parece, la destruyeron; Creta comenzó a ser una sombra de sí misma, abatida por el empuje de los aqueos, que, poco a poco, heredaron, junto con los fenicios, el dominio del mar. Así acabó la civilización cretense, de la cual los griegos no conservaron sino un vago recuerdo, del cual es testimonio, entre otras, la hermosa leyenda de Teseo.


Las invasiones de los pueblos indoeuropeos

El lector habrá observado que hemos interrumpido la narración de la historia de las tres grandes civilizaciones primitivas del Mediterráneo señalando la presencia de pueblos invasores cuya aparición produjo profundas transformaciones en su existencia. En efecto, hacia comienzos del segundo milenio hizo su aparición en la cuenca del Mediterráneo un tropel de pueblos que venían del Asia y que se lanzaron sobre las regiones civilizadas dominándolas y ocupándolas. Se conoce a este conjunto de pueblos con el nombre de raza indoeuropea, porque se supone que, en épocas remotas, constituían una unidad étnica cuyo primitivo hogar, aunque no se conoce a ciencia cierta, se cree que debía estar entre la India y las fronteras de Europa.

Dos ramas de este tronco se dirigieron a regiones de escasa civilización; una se encaminó hacia la India y allí se estableció, formando ese pueblo cuya historia conocemos por los libros védicos; otra ocupó la meseta del Irán y se los conoce en la historia con el nombre de medos y persas.

Las ramas que se quedaron en la cuenca oriental del Mediterráneo fueron varias. Una, la de los kasitas, ocupó la Mesopotamia; la de los hititas vagó por diversas regiones del Asia occidental y se estableció finalmente en el centro del Asia Menor, donde fundó un imperio importante, cerca del cual se fijó otro grupo conocido con el nombre de mitanios; fueron todos estos los que provocaron esas migraciones que llevaron a Egipto grupos mezclados de indoeuropeos y semitas; más al Este, en la península de los Balcanes, entraron dos ramas sucesivamente: la de los aqueos, primero, y la de los dorios mucho después.

Todavía hubo más. Algunos grupos se encaminaron hacia el Occidente y llegaron al centro y el oeste de Europa; fueron los italiotas, que ocuparon Italia; los eslavos, que se quedaron en la llanura ruso-polaca; los germanos, que se establecieron entre los ríos Elba y Rin; y, finalmente, los celtas, que fueron empujados por éstos y se circunscribieron a Francia y a algunas regiones de España e Inglaterra.

Todas estas poblaciones poseían algunos rasgos comunes, visibles pese a las diferencias que los caracterizaron luego. Lo que más se conservó fue la semejanza en las lenguas, en algunos aspectos de la religión y en ciertos caracteres de la vida material, pues fueron ellos los que difundieron el uso del hierro y la utilización del caballo como auxiliar para el trabajo y la guerra. También trajeron a las regiones mediterráneas ciertas formas peculiares de organización social y política cuya influencia fue visible en las regiones que sometieron. Todo ello, además del aporte racial, hace que la invasión indoeuropea del segundo milenio sea un acontecimiento decisivo en la historia antigua.


Egipto en la época del segundo imperio tebano

Tantas y tales transformaciones ocasionó la invasión indoeuropea, que el mapa político del mundo antiguo cambió considerablemente en estos siglos. Algunos estados nuevos aparecieron, y los que ya existían sufrieron profundas alteraciones. Egipto alcanzó por entonces su mayor esplendor político y militar, pero tuvo que condicionar su política a la necesidad de no perder de vista a sus poderosos y amenazadores vecinos.

EL SEGUNDO IMPERIO TEBANO

Los jefes que encabezaron la lucha contra los hicsos establecieron su capital en Tebas. Allí se sucedieron varias dinastías, a las cuales pertenecen algunos de los faraones más famosos de la historia egipcia. El país se cubrió entonces de magníficos monumentos, entre los que se destacan los templos de Luxor y de Karnak, las tumbas reales y los monumentos recordatorios de la grandeza de los reyes. Pero el más curioso acontecimiento de esta época es la revolución religiosa que encabezó el faraón Amenofis IV, sobre cuyo espíritu pesaron las influencias de otros pueblos y resolvió instaurar un culto monoteísta. La gran divinidad fue Atón, el disco solar; el faraón cambió su nombre por el de Aknatón, que significaba “Gloria de Atón”, y la capital religiosa fue instalada en otra ciudad, que recibió el nombre de Khutatón [Amarna]; todo cambió entonces: las formas del culto, la manera de representar los objetos sagrados y, como consecuencia, desaparecieron muchas convenciones tradicionales que caracterizaban las pinturas, los relieves y las esculturas egipcias. Esta transformación religiosa fue efímera pese al vigor con que la había emprendido su creador; a su muerte, su sucesor, Tutankamón, a quien presionaba el sacerdocio irritado por la pérdida de su poderío, anuló toda la obra de Amenofis IV y volvió al antiguo culto de Amón. Pero, con todo, esa época tiene una particular significación porque revela una faz nueva del genio egipcio.

La época del segundo imperio tebano se caracteriza por la actividad militar. Tras la invasión de los hicsos, los faraones comprendieron que era necesario proteger las fronteras asegurando el dominio de las regiones limítrofes; su principal preocupación fue, pues, dominar la Siria, por donde habían llegado los invasores. Durante los reinados de los Tutmés (siglos XVI a XIV), diversas expediciones permitieron a los egipcios dominar las ciudades más importantes de esa región y hasta lograron llegar al Eufrates. Pero su expansión amenazaba a un imperio que había surgido en el Norte y que tenía también aspiraciones a extenderse hacia esa región: el de los hititas, que pasamos a reseñar.

LOS HITITAS

Los hititas eran de origen indoeuropeo y habían llegado a principios del segundo milenio al Asia occidental. Durante algún tiempo recorrieron extensas regiones, estableciéndose transitoriamente en la Mesopotamia, pero, al fin, prefirieron radicarse en el centro de la meseta de Anatolia, en el país que luego se llamó Capadocia. Allí fundaron su capital, Hati, y desde allí comenzaron a extenderse en diversos sentidos; muy pronto chocaron con los egipcios y se inició una etapa de luchas en la que estos últimos llevaron la mejor parte debido a sus alianzas con los mitanios, los asirios y los babilonios. Sin embargo, en el siglo XIV, los hititas lograron algunas ventajas debido a cierta crisis interna que debilitó el poderío egipcio, y las fuerzas llegaron a homologarse. En tales circunstancias hace su aparición un nuevo pueblo que invade sus territorios, amenazando a unos y a otros, por lo que los decide a unirse.

LOS “PUEBLOS DEL MAR”

La tradición llamó a estos invasores con el nombre vago de “pueblos del mar”, pero hoy sabemos que son los mismos que los aqueos; sus distintas ramas ocuparon diversos territorios: Grecia, las islas del mar Egeo, las costas del Asia, todo fue invadido y dominado por este pueblo belicoso y aguerrido. Los hititas y los egipcios resolvieron aliarse contra ellos, pero no lograron impedir que sus fronteras fueran violadas y sus territorios ocupados. Un jefe extranjero se coronó faraón egipcio a fines del siglo XIII y los hititas se redujeron a una pequeña zona del Asia Menor, adonde no llegaron los invasores.


Aqueos, hebreos y fenicios

Así, al promediar el segundo milenio, el Mediteráneo oriental cambió de señores. Los aqueos sometieron transitoriamente a egipcios e hititas y se establecieron en algunos lugares de la costa sirio-africana; pero su principal hazaña fue dominar la zona de influencia cretense, suplantando a los egeos. En la Siria, en cambio, libre ahora de las dos potencias que la disputaban, se formaron pequeños estados integrados por los semitas de esas regiones; así surgieron las ciudades fenicias y se constituyó el pueblo hebreo como grupo sedentario.

LOS AQUEOS

Ya dijimos cuál fue el resultado de la marcha de los aqueos por la Grecia: se apoderaron de las factorías fundadas por los egeos e hicieron de Micenas su centro político y militar más importante. Pese a la conquista, los aqueos no aniquilaron la civilización egea sino que supieron asimilarla. Aprendieron a construir edificios y a fabricar toda clase de objetos, y resultaron aventajados discípulos en el arte de la navegación.

Ese pueblo destruyó las más importantes ciudades cretenses. La consecuencia fue que el dominio marítimo del mar Egeo pasó a manos de los aqueos, quienes fundaron numerosas colonias en las diversas islas de ese mar y en la costa del Asia Menor. En general, y salvo algunas confusiones propias de la tradición oral, puede decirse que estos aqueos son los protagonistas de los poemas que compuso Homero, de modo que quien lea con atención la Ilíada y la Odisea tendrá una imagen bastante fiel de cuál fue el grado de civilización que alcanzó este pueblo tras la absorción de la cultura egea.

Los aqueos prefirieron la vida urbana y cada una de sus ciudades constituyó un Estado independiente. Su historia nos es desconocida, pero, así como en los poemas homéricos, nos quedan rastros de ella en las más viejas tradiciones griegas. Otras más modernas, en cambio, nos hablan de cómo sucumbieron, al finalizar el milenio, a manos de otro pueblo también indoeuropeo: los dorios.

LOS HEBREOS

También la más antigua historia de los hebreos nos es desconocida, pese a que poseemos en la Biblia un testimonio admirable y riquísimo sobre su existencia; pero las más antiguas tradiciones están, sin duda, algo deformadas también por obra de la trasmisión oral.

Seguramente eran en un principio uno de los tantos grupos semíticos que fueron arrancados de su hogar primitivo —Ur, según la Biblia— por obra de las invasiones indoeuropeas. Vagaron por el desierto arábigo y, por fin, entraron en las tierras de Egipto, acaso confundidos con ese tropel de pueblos que los egipcios llamaron hicsos, o acaso al calor de la protección dispensada por éstos a todos los pueblos extranjeros. Allí vivieron algún tiempo y, lo que es más importante, allí adquirieron sentido nacional madurando su religión monoteísta en el seno de un conjunto de pueblos politeístas: sólo el intento de Amenofis IV parece constituir un esfuerzo similar y acaso relacionado con el de los hebreos.

Cuando se produjo la reacción nacional egipcia, los hebreos empezaron a sufrir las consecuencias del odio nacionalista de los egipcios y debieron huir. Moisés, dice la Biblia, encabezó el éxodo y condujo a su pueblo hasta el Sinaí, donde le dio la ley que debía regirlo. Poco después, los hebreos siguieron su marcha en busca de la “tierra prometida” y llegaron a la Palestina, que conquistaron no sin esfuerzo. A partir de entonces abandonaron su largo peregrinar y se establecieron allí, organizados en doce tribus, cada una de las cuales tenía sus propios jefes, pero sobre los cuales se elevaba la autoridad suprema de un juez. Sin embargo, esta autoridad resultaba débil ante la constante agresión de los pueblos vecinos, y un día, apremiado por el pueblo, el profeta Samuel ungió rey de los hebreos a Saúl, en los últimos años del segundo milenio. Así surgió la monarquía hebrea, que llevó a ese pueblo a su más alto desarrollo durante los años que siguieron.

LOS FENICIOS

Los fenicios eran también de origen semita y estaban establecidos en la costa del Mediterráneo desde épocas remotas. Estuvieron sometidos a los diferentes señores que dominaron esas regiones, pero, sin perjuicio de eso, realizaron una intensa actividad comercial en sus ciudades, de las cuales las más importantes por esta época fueron Biblos y Sidón.

Biblos fue la primera ciudad fenicia que alcanzó cierto esplendor. Estuvo en estrecha relación comercial con el Egipto y cayó bajo su dependencia, con lo cual se acrecentaron sus posibilidades mercantiles, porque muchos productos egipcios se vendían casi exclusivamente por intermedio de esa ciudad. Sin embargo, Biblos no pudo mantener su hegemonía en Fenicia; otra ciudad, Sidón, comenzó a desarrollarse y oscureció a su rival. Sidón fue una de las principales posiciones egipcias en la época de las guerras de Siria, pero su verdadero esplendor lo alcanzó cuando comenzó a explotar el comercio marítimo que antes realizaban los cretenses. En efecto, después de 1400, cuando Creta cayó ante los ataques de los aqueos, los fenicios de Sidón aprovecharon las circunstancias favorables para dominar las regiones del cobre y para acaparar el intercambio comercial de las islas del Egeo, y, especialmente, de Creta y las costas de Siria y de África. Muy pronto empezaron a surgir numerosas factorías y colonias fenicias y la prosperidad de Sidón fue acrecentándose: como los cretenses, elaboraban el bronce, vendían vasos de alfarería y cerámica, objetos de metal, estatuillas, marfiles, y, sobre todo, tejidos; no fue poca la ganancia que obtuvieron explotando el comercio de telas color púrpura, que teñían con una sustancia que provenía de un pequeño molusco abundante en sus costas; y no fue menor la que consiguieron con sus actividades piráticas, que hizo del nombre de los fenicios un sinónimo de bandidos de los mares.

El esplendor de Sidón halló su fin al concluir el segundo milenio. Por esta época una de las ramas de los “pueblos del mar” se establece en sus proximidades y poco después Sidón comienza a declinar, abatida por la competencia y por las armas de sus poderosos vecinos.


El imperio kasita y la aparición de los asirios

Egipcios, hititas, mitanios, aqueos, fenicios y hebreos viven durante el segundo milenio en las regiones costeras del Mediterráneo o pugnan por llegar a ellas. Entre tanto, un poco más hacia el interior desarrollan su civilización y su vida otros pueblos que, radicados en zonas interiores, carecen todavía de fuerza para entrar en la competencia por la posesión de las riberas del mar. Son los kasitas y los asirios, instalados los primeros en la Mesopotamia Inferior y los segundos en la Superior.

LOS KASITAS

Los kasitas eran, según parece, de raza indoeuropea, aunque es posible que, como los hicsos, constituyeran un conglomerado heterogéneo en el que los indoeuropeos no serían sino los dueños de la situación. Lo cierto es que, poco después del reinado de Hamurabí, los kasitas —acaso unidos a los hititas— aparecieron en la Mesopotamia y la recorrieron en tren de conquista. Muchos de ellos se quedaron allí, quizá como soldados mercenarios, pero hacia 1760 un grupo kasita se apoderó del mando y fundó una dinastía que se radicó en Babilonia y dominó la región durante casi seis siglos. La historia de este período es poco significativa y no se conoce muy bien. Los kasitas se asimilaron prontamente la civilización babilónica y no introdujeron en ella alteraciones importantes, razón por la cual el aspecto del país apenas cambió durante el tiempo de su dominación. No fue una era brillante; pero el comercio siguió siendo importante y son conocidas las relaciones que Babilonia tuvo por entonces con todos los estados de la época. Finalmente, ante la violenta agresión de los asirios, la Mesopotamia meridional cayó en poder de este pueblo, que estaba destinado a imponer su hegemonía sobre una vasta extensión del mundo antiguo.

LOS ASIRIOS

El pueblo asirio se había constituido a principios del tercer milenio con un grupo semita que se estableció en la Alta Mesopotamia y fundó la ciudad de Ashur. Durante mucho tiempo su existencia fue oscura y estuvieron sometidos a los babilonios; pero cuando comenzó la dominación kasita, los asirios se sustrajeron a los conquistadores y se mantuvieron independientes. Entonces comenzaron a hacerse más y más poderosos, porque eran buenos guerreros y sus ejércitos tenían una notable disciplina y organización. De ese modo, cuando la invasión de los “pueblos del mar” aniquiló a sus grandes rivales del Oeste —mitanios e hititas— los asirios pudieron considerarse en condiciones de heredar la supremacía que aquéllos habían ejercido.

No sería difícil que, por esta época, la composición étnica del pueblo asirio se hubiese modificado y que hayan entrado a formar parte de él muchos elementos indoeuropeos provenientes de las deshechas huestes mitanias e hititas. Lo cierto es que, hacia el siglo XIV, los asirios iniciaron una era de conquistas; llegaron al Mediterráneo, dominaron por algún tiempo muchas ciudades de Siria y, sobre todo, consiguieron unificar la Mesopotamia en su provecho. Sin embargo, su hora no había llegado todavía; factores internos y externos contuvieron su expansión, que habría de reiniciarse, esta vez con terrible violencia, algunos siglos más tarde.

Desde el punto de vista de su cultura, los asirios no eran sino herederos de los pueblos de la Baja Mesopotamia. La escritura, la técnica arquitectónica, las industrias, todo era aprendido de los babilonios. Sin embargo, sus instituciones y su organización militar fue diferente; más absolutistas y crueles, los reyes asirios organizaron sus propios estados y aquellos que lograron conquistar valiéndose de la fuerza y del terror; para ello recurrieron a un poderoso ejército, del que formaban parte todos los habitantes y cuya táctica se basó en el espanto que inspiraban su crueldad y su violencia. También eran crueles y violentos sus dioses, a quienes hacían bárbaros sacrificios porque creían que exigían de su pueblo un tributo de sangre. Por todas estas circunstancias, dejaron los asirios en la historia un recuerdo trágico.


Los medos, los persas y los indios

Mas hacia el Este todavía, surgieron en el segundo milenio otros pueblos como consecuencia de las invasiones indoeuropeas. Una rama invasora se estableció en los valles de los ríos Indo y Ganges y dio origen a los pueblos védicos; otra, escindida luego en varios grupos, se fijó en la meseta del Irán y de ella surgieron los medos y los persas.

LOS MEDOS Y LOS PERSAS

La primitiva historia política de estos pueblos se conoce muy poco. Eran nómadas y se mantuvieron en tal situación durante mucho tiempo, hasta que comenzaron a fijarse y cayeron bajo la dominación de sus vecinos de la Mesopotamia. Pero si desconocemos los hechos de su historia, no ignoramos su evolución espiritual, porque nos han quedado de ellos viejísimas tradiciones en el libro sagrado, Zend-Avesta.

Según la tradición, la ley y las costumbres iránicas habían sido establecidas por un profeta llamado Zoroastro. A él debían estos pueblos los principios legales y, sobre todo, los principios religiosos. La religión iránica era naturalista; adoraban el sol y la luna, los astros y todas las fuerzas naturales: la luz, el agua, los vientos. Pero, además, formaba parte de ella el culto del fuego, elemento purificador, al que levantaban altares y rendían un culto solemne. En cuanto a sus leyes, eran, en gran parte, principios morales y enaltecían la significación de la verdad y la justicia.

Medos y persas no fueron, durante el segundo milenio, protagonistas de ninguna empresa de resonancia; pero en el seno de sus tribus se elaboraba un pensamiento religioso, moral y político que introdujo más tarde sensibles modificaciones en el panorama del mundo oriental.

De este modo, puede asegurarse que, si bien conocemos poco de sus hazañas, su influencia espiritual fue grande.

LOS INDIOS

Los pueblos que se fijaron en la India cuando se produjo la invasión indoeuropea no nos son mejor conocidos que los iranios. Poseemos de ellos también viejísimas tradiciones que nos han llegado en los libros Vedas, y extensos poemas titulados Mahabarata y Ramayana, cuya lengua, el sánscrito, es hoy accesible a nosotros; pero hay allí tal deformación operada por la leyenda, que es casi imposible desentrañar otra cosa que el vago recuerdo de las luchas que tuvieron que sostener con los pueblos indígenas para ocupar el territorio.

Los libros Vedas nos enseñan con cierta claridad, en cambio, cuál era la religión de este pueblo. Dyaus Pitr y Varuna eran las principales divinidades celestes en que creían, pero adoraban además una trinidad compuesta por Mitra, Indra y Vishnú, a quienes veían luchando eternamente con los Asuras o genios del mal.

Lo característico de los pueblos védicos es que no constituyeron un solo estado, sino que se mantuvieron agrupados en tribus independientes. fue común en ellos la religión y, sobre todo, cierta manera de entender la vida que originó una notable evolución en las creencias y en la vida social.


La China

Durante largo tiempo se ha creído que la China era una de las regiones pobladas desde más antiguo, acaso porque los chinos lo creían así y acaso también porque sus leyendas, sin duda muy remotas, ocultaban con un velo espeso el pasado del país.

Hoy sabemos, sin embargo, que el establecimiento de los distintos grupos en los valles fértiles y la iniciación de su época histórica son posteriores a la sedentarización de los egipcios y mesopotamios. En el tercer milenio —aunque no podemos afirmarlo categóricamente— se produjo la fijación de densos grupos de población en los valles de los ríos Hoang-Ho y Yang-Tse-Kiang. Allí construyeron sus pequeñas aldeas y se dedicaron a cultivar las tierras vecinas, no sin que el constante peligro de las inundaciones los obligara, a veces, a vivir largas temporadas sobre sus débiles embarcaciones. Con todo, desarrollaron allí una fina civilización que tentó a los nómadas que vivían en los extensos desiertos de la Mongolia, los cuales se lanzaron con frecuencia sobre ellos aprovechando la debilidad de los pequeños estados en que los chinos estaban divididos.

La historia de la China sólo se ilumina alrededor del siglo XI a. de J. C. En esa época, los reyes de la dinastía Chu lograron unificar las distintas poblaciones de los dos valles y así formaron un estado poderoso, capaz de defenderse de las constantes agresiones de los mongoles. La unificación fue beneficiosa también en otros sentidos; la vida social y política, la civilización material, la religión, todo comenzó a ordenarse y a tomar una forma estable, que muy pronto una tradición vigorosa fijó de modo casi definitivo. Pero fue más adelante, en el curso del primer milenio a. de J. C., cuando este proceso de fijación del estilo cultural llegó a su culminación.


Esplendor de fenicios y hebreos

A partir de comienzos del primer milenio a. de J. C., los dos pequeños pueblos que habían surgido en la Siria meridional —fenicios y hebreos— alcanzaron su mayor esplendor. Es cierto que este período de florecimiento no fue largo; pero no es menos cierto que en su transcurso unos y otros realizaron un tipo de civilización de características originales, cuya influencia próxima y remota fue grande. La difusión y la intercomunicación de la cultura mediterránea por los fenicios contribuyó a preparar la futura unidad cultural y política de esas regiones; la elaboración de una religión monoteísta y espiritualista por los hebreos preparó el advenimiento del cristianismo. Son, pues, dos hechos de trascendental importancia los que realizaron estos pueblos durante su breve período de esplendor.

LOS FENICIOS

Cuando Sidón comenzó a declinar, arrastrada por el torrente de las invasiones de los “pueblos del mar”, otra ciudad fenicia, Tiro, heredó su situación de gran potencia marítima y comercial así que las circunstancias se hicieron favorables.

Tiro era una ciudad curiosa. La parte más antigua de ella estaba edificada en la ribera, pero cuando los ricos comerciantes quisieron extenderla, previeron el riesgo de los ataques de las potencias vecinas y construyeron la ciudad nueva sobre unas pequeñas islas próximas a la costa, de modo que se aseguraron contra las agresiones militares y, además, se proveyeron de numerosos puertos. Muy pronto —a partir del 900 a. de J. C.— Tiro se transformó en la más importante ciudad marítima del Oriente; ni el Egipto ni el Imperio Hitita eran ya temibles, y la Asiria, que se insinuaba como una amenaza, no había alcanzado todavía el poderío que tuvo más tarde; todo estaba, pues, a su favor.

Tiro tuvo una organización monárquica, pero, en realidad, dominaban en ella los ricos comerciantes. Éstos fueron quienes dirigieron la política de la ciudad, cuyo principal objetivo era conseguir el dominio de los mercados y de las rutas marítimas; para ello, procuraron hacerse militarmente fuertes, equiparon sus naves para que pudieran resistir cualquier agresión y, sobre todo, trataron de explotar el comercio allí donde no rozaban los intereses de las naciones vecinas. Así fue como los tirios se desinteresaron del Mediterráneo oriental y dirigieron sus esfuerzos hacia regiones más remotas.

En efecto, sus naves comenzaron a explorar las regiones más occidentales y encontraron allí riquezas sin cuento, especialmente en cuanto se refería a metales. Visitaron las islas de Sicilia y Cerdeña y las costas de África, Italia, Francia y España, estableciendo en todas ellas pequeñas factorías, en las que canjeaban sus artículos manufacturados y producidos en serie, tales como vasos, estatuillas, telas o espadas, por materias primas que llevaban a los talleres de la metrópoli o a los mercados del Oriente. Algunas de estas factorías, como Palermo, en Sicilia, se hicieron con el tiempo ciudades importantes; pero entre todas fue Cartago —en las proximidades de la actual Túnez— la que alcanzó mayor esplendor y logró heredar el poder de su metrópoli. Este comercio proporcionó a Tiro una extraordinaria riqueza, que sus marinos no vacilaban en acrecer, a veces, mediante la piratería o el saqueo, razón por la cual su fama no fue siempre muy buena.

Sin embargo, mientras se enriquecían, los fenicios cumplían, acaso sin saberlo, una labor fecunda. Países que antes apenas se conocían entraron en contacto regular por obra de sus naves, y los objetos que cada uno producía comenzaron a difundirse en los otros, lo cual solía constituir un incentivo en la evolución de las técnicas industriales y en los usos y costumbres. Pero de todos los servicios que cumplieron en beneficio de la civilización ninguno puede compararse a la difusión del alfabeto. Ellos fueron, en efecto, quienes idearon —inspirándose no se sabe bien en qué— una serie de signos que representaban nada más que sonidos —y no ideas o palabras—, con los cuales se podían escribir vocablos de cualquier idioma. Los arameos, los hebreos, los griegos y los romanos utilizaron este alfabeto, en el que sólo se introdujeron con el uso pequeñas modificaciones.

El esplendor de Tiro duró tres siglos. Los asirios quisieron dominarla y la combatieron con encarnizamiento, pero Tiro pudo subsistir a sus ataques, como sobrevivió luego al de los babilonios; pero tan largas y permanentes guerras la debilitaron y, en el siglo VI, dejó de ser el poderoso emporio económico que había sido antes; fue su antigua colonia, Cartago, la que heredó su poder y su actividad comercial.

LOS HEBREOS

Entre tanto, los hebreos habían constituido un país bastante fuerte bajo la égida de Saúl y de los reyes que le siguieron. Sus tropas consiguieron contener o derrotar a los vecinos que los amenazaban y una era de tranquilidad y de florecimiento empezó para ellos. Sucedió a Saúl el rey David, cuyo reinado transcurre durante los primeros años del primer milenio y se caracterizó por el impulso que dio a la organización del país. Él fue quien fundó la ciudad de Jerusalén, situada en una altura que la hacía fácil de defender; él fue también quien hizo de ella la capital política y religiosa del reino, y procuró engrandecerla; era un hombre de elevado espíritu y la tradición le atribuye uno de los más famosos libros del Antiguo Testamento: los Salmos.

A David sucedió en el trono su hijo Salomón, con el cual el reino llegó a su mayor esplendor. Fueron famosas sus riquezas y su sabiduría, pero lo que constituyó su mejor título fue la construcción del gran templo de Jerusalén, en el que trabajaron arquitectos y obreros fenicios para dar a la obra una grandeza digna de su poderío. A su muerte el reino se dividió en dos: el de Judá y el de Israel, con lo cual se debilitaron ambos y fueron presas fáciles de los enemigos que amenazaban el reino. En 722, los asirios tomaron la ciudad de Samaria, capital del reino de Israel, y la destruyeron. La capital de Judá, Jerusalén, no llegó a ser tocada por aquéllos, pero la dominaron los babilonios más tarde, en 587, después de lo cual llevaron a sus habitantes cautivos a Babilonia.

Esta época del cautiverio tuvo gran importancia en la historia espiritual de los hebreos. Allí fue donde adquirieron la conciencia de que constituían una comunidad cerrada y donde se esforzaron por acentuar los rasgos diferenciadores. También fue allí donde se empezó a fijar por escrito la tradición, la ley y la doctrina, y así nació el Antiguo Testamento.

Los hebreos no poseyeron artes plásticas; apenas tuvieron literatura profana y carecieron de desarrollo técnico. Su vocación era la fe y toda su existencia giró alrededor de ella. En medio de los pueblos politeístas, cuya religión se satisfacía con cultos exteriores, los hebreos crearon y desarrollaron una religión monoteísta, cuyo Dios, Jehová, exigía, según los profetas, no sólo el cumplimiento de los ritos sino también una fe íntima, de tono místico. Éste fue el legado de los hebreos; en su seno, Jesús comenzó a predicar su doctrina, llena de resonancias hebreas, y de la Palestina salió la nueva religión cuya influencia se extendería por todo el mundo occidental.


La era de la dominación asiria

Al comenzar el primer milenio, los asirios se transformaron en los más poderosos guerreros del Asia y sus armas les proporcionaron un vasto imperio. Pero sólo las armas lo sustentaban y defendían, porque su crueldad y su desprecio por los sometidos trajeron a los asirios un odio universal. Cada cierto tiempo se sublevaban las distintas regiones, hasta que un día los rebeldes lograron someter a sus opresores. Del Imperio Asirio no quedó casi nada: sólo el recuerdo de su sanguinario rigor.

LOS COMIENZOS DE LA CONQUISTA

Ya en los últimos siglos del segundo milenio, cuando egipcios e hititas declinaban y dejaban el campo libre para nuevos aventureros de la conquista, los asirios comenzaron a salir cada primavera de sus tierras del alto valle del Tigris para lanzarse sobre las regiones vecinas. Querían —como todos los pueblos ambiciosos— llegar a dominar la Siria y lograr así salidas al Mediterráneo, para lo cual trataron de dominar las ciudades que constituían la llave de los valles estratégicos; pero por entonces no contaban con las fuerzas necesarias y sus triunfos fueron efímeros.

En el siglo IX, los asirios iniciaron una etapa de conquistas bajo las órdenes del rey Salmanasar III; todas las tierras de la Siria fueron recorridas por sus huestes, que sometían a tributo o a dominación militar los distintos pueblos que las habitaban; pero la resistencia solía ser enérgica y las sublevaciones frecuentes. Sus sucesores perseveraron en sus campañas sistemáticas, y, entre todos, se destacó Teglatfalasar III, que consiguió dominar la Siria septentrional y apoderarse de su capital, Damasco, en tanto que en otras campañas conseguía apoderarse de Babilonia y toda la Mesopotamia meridional. Así, todo el valle de los ríos Eufrates y Tigris cayó en manos de los poderosos servidores de Ashur, que se dieron ahora una capital digna de su grandeza, estableciéndose en la ciudad de Nínive.

LOS SARGÓNIDAS Y EL IMPERIO ASIRIO

El año 722, un jefe militar de poderoso genio se apoderó del trono y adoptó el nombre de Sargón, en recuerdo del famoso patesi de Agadé. Su actividad fue inmensa. Mientras organizaba el ejército para acrecentar su eficacia, inició sus primeras conquistas, gracias a las cuales dominó prontamente toda la Siria. Y para revestir su poderío con la mayor majestad, ordenó la construcción de un palacio en las proximidades de Nínive, en el que acumuló todo el saber de los arquitectos y la imaginación de los artistas.

Sus descendientes continuaron la política de conquista iniciada por su ilustre antecesor. Senaquerib agregó a sus dominios el territorio de Fenicia, cuyos puertos y cuyas flotas entraron al servicio de los asirios. Se disponía a invadir el Egipto cuando se lo impidió una terrible epidemia, pero sus sucesores, Asarhadón y Asurbanipal, emprendieron de nuevo la empresa y tuvieron éxito. Todo el valle del Nilo cayó en manos de los asirios, que saquearon las ciudades y llevaron a su patria abundantes testimonios de la riqueza egipcia; hasta el propio Asurbanipal se llevó con destino a su palacio dos obeliscos.

Así llegó a su mayor extensión el Imperio Asirio, cuando terminaba el siglo VII. Su organización fue vigorosa, pero careció de estabilidad; para impedir la rebelión de las regiones sometidas, los asirios inventaron el sistema de trasladar las poblaciones en masa desde su propia patria hasta otras comarcas; además, instalaban fuertes guarniciones en los lugares estratégicos y, finalmente, hacían cada año expediciones militares para vigilar a las poblaciones e impedir que dejaran de pagar los tributos. Era, pues, un sistema basado en la constante presencia de las tropas, y, naturalmente, no engendraba sino el odio más feroz. Así, cada vez que los sometidos se sentían con fuerzas, se lanzaban a la rebelión con variado resultado.

LA CAÍDA DEL IMPERIO ASIRIO

Al fin, precisamente cuando el imperio había alcanzado su mayor extensión, una de esas sublevaciones logró cabalmente su fruto. Durante todo el siglo VII, los asirios tuvieron que luchar contra un pueblo invasor que amenazaba su frontera norte mientras ellos se extendían por el sur: los escitas. Este nuevo enemigo debilitó su capacidad de lucha y los predispuso para la derrota. En efecto, en los últimos años del siglo, la tribu de los caldis, que se había instalado en la región de Babilonia, se preparó para la insurrección; el propio gobernador de esa ciudad, Nabopolasar, encabezó el movimiento, y se alió para ello con el rey de los medos, Ciaxares. Unidos, emprendieron la lucha, y en el año 606 consiguieron apoderarse de Nínive después de un largo sitio, con lo cual el poderío asirio cayó de una vez.

EL SEGUNDO IMPERIO BABILÓNICO

Los vencedores se dividieron los territorios que los asirios dominaban. Los medos extendieron su autoridad hacia la Alta Mesopotamia, en tanto que los caldis —o caldeos— quedaron dominando la Siria. Entre tanto, el Egipto volvió a ser independiente y tuvo una nueva etapa de esplendor bajo la dinastía de los faraones de la ciudad de Sais. De todos estos estados, el que alcanzó más importancia en los primeros tiempos fue Babilonia.

Durante el reinado de Nabucodonosor, el segundo Imperio Babilónico alcanzó su mayor esplendor. Las principales ciudades y los más ricos puertos de Siria cayeron en sus manos y comenzaron a servir a la rica ciudad del Éufrates, que se transformó por entonces en una de las más hermosas del mundo. Nabucodonosor ordenó la construcción de una inmensa edificación en la que estaban comprendidos el templo de Marduc —el principal dios de la ciudad—, el zigurat o torre de siete pisos y la residencia real; allí abundaban los jardines, las amplias calzadas, los relieves ornamentales, los objetos del más refinado lujo. Murallas, puertas gigantescas, rutas y canales dieron a la ciudad y a la región vecina un aspecto grandioso que impresionó vivamente la imaginación de los contemporáneos.

En el seno de tanta grandeza arrastraban su desolación los hebreos, que habían sido arrancados de Jerusalén por el fiero conquistador. Uno de sus profetas, Daniel, predijo que el imperio estaba amenazado de muerte. Ya se veía, en efecto, la sombra amenazadora de los persas, y muy pronto el fatídico anuncio se tornó realidad: en 539, el rey de Persia, Ciro, llegó a las murallas de Babilonia y de un solo golpe terminó con el efímero poderío del pueblo caldeo.


La era de la dominación persa

Mientras los asirios conquistaban su imperio, en la meseta del Irán vegetaban dos pueblos de estirpe indoeuropea, uno de los cuales estaba llamado a grandes destinos. Los medos y los persas no habían tenido hasta entonces muy brillante actuación en la historia del Oriente; pero en el curso del primer milenio, los medos primero y los persas después, se revelaron como pueblos inteligentes y valerosos.

LOS MEDOS

Desde la época de la ocupación de la meseta del Irán, los medos ejercieron el predominio sobre las otras poblaciones; ocupaban la región centro-occidental de la meseta y eran —como los persas, que ocupaban el sur— pueblos pastores. Durante algún tiempo fueron tributarios de los asirios, pero la lejanía de su capital, Ecbatana, y las dificultades que ofrecía la meseta para ser escalada los pusieron a cubierto de una ocupación formal. Con todo, el orgullo nacional, muy fuerte ya a principios del siglo VII, hizo que los medos se prepararan para sacudir el yugo asirio.

La invasión de los escitas fue la ocasión para el cumplimiento de sus planes; al mismo tiempo que debilitaba a los asirios, la invasión fue un excelente ejercicio para los medos, que supieron rechazarla en su propio territorio. Entonces, convencidos de su fuerza, empezaron a madurar su proyecto, guiados por su rey Ciaxares, guerrero de notable talento militar y de gran capacidad de organización. Unido a Nabopolasar, Ciaxares emprendió la conquista del territorio asirio y logró destruir Nínive, después de lo cual el reino medo se organizó como un estado libre y poderoso.

Su territorio se extendió entonces por el Norte hasta el corazón del Asia Menor y allí entraron los medos en contacto con el reino de Lidia, del que imitaron las costumbres suntuosas que predominaban en su capital, Sardes. El antiguo vigor de la aristocracia meda declinó, pues, muy pronto durante el reinado de Astiages, sucesor de Ciaxares, y aquél no pudo contener la insurrección de los persas, sus vasallos.

CIRO Y EL IMPERIO PERSA

La insurrección fue obra de Ciro, el jefe del clan de los Aqueménidas. Por su resolución, su valentía y sus dotes de organizador político y militar, Ciro mereció la admiración de sus contemporáneos. Dominó a todas las tribus persas y, poco después, derrotó a los medos el año 550. Así constituyó el estado nacional persa sobre todo el Irán, desde el cual comenzó las conquistas que dieron como fruto la fundación del Imperio Persa.

Poco después de su triunfo sobre Astiages, Ciro consiguió conquistar la Lidia, cuya capital, Sardes, tomó en 546. Más tarde sometió a los escitas y se lanzó prestamente sobre la Mesopotamia, que conquistó con facilidad. Un vasto territorio quedó, pues, sometido a su autoridad, y Ciro supo organizado sobre principios muy distintos de los que habían regido la política de los asirios. En efecto, por convicción y por cálculo, Ciro se mostró tolerante con las poblaciones vencidas, respetó sus ciudades y sus templos, estimuló la vida regional con la sola exigencia de un tributo. La consecuencia fue que todos los pueblos sometidos vieron en él un libertador: los hebreos, sobre todo, que pudieron volver a su tierra, exaltaron su humanidad y bendijeron su nombre.

LOS SUCESORES DE CIRO

El primer sucesor de Ciro fue su hijo Cambises. Su conducta no fue la de su padre; era orgulloso y cruel, y más tarde se advirtió que era demente. Con todo, su acción fue, en los primeros tiempos, vigorosa y fructífera, porque logró agregar al imperio el Egipto, aunque después fracasó en el sometimiento de las regiones vecinas. Al fin, tras dar muestras de su locura con multitud de hechos, Cambises se suicidó y el reino persa cayó en manos de un usurpador; pero no duró mucho, y al fin fue elegido rey Darío, un hombre de espíritu superior que siguió la política iniciada por Ciro.

Darío no fue un conquistador sino que dedicó sus energías y su actividad a la organización del vasto imperio que le habían legado sus antecesores. Debió reprimir sublevaciones y vigilar las fronteras; pero nada le preocupó tanto como estimular el desarrollo de las riquezas y asentar la prosperidad general sobre leyes justas y respetadas.

Para lo primero, Darío fomentó el comercio con la India y trató de aprovechar la actividad de los fenicios y los griegos de la costa de Asia Menor. Para lo segundo, ideó un vasto plan administrativo y político que consistió en dividir el imperio en satrapías, cada una de las cuales estaba gobernada por un sátrapa, cuyas instrucciones eran tratar de respetar las características propias del país y estimular su desenvolvimiento dentro de sus tradiciones. El Gran Rey, como se le llamaba, era un jefe absoluto, pero su poder estaba destinado a asegurar la justicia y se ejercía no sólo por medio de sus sátrapas, sino también por conducto de los inspectores que enviaba para controlar la conducta de éstos y averiguar si expoliaban y oprimían al pueblo. Igualmente, trató de organizar el ejército, los correos, las vías de comunicación terrestres y fluviales; ciertamente, tuvo éxito, pero su vida fue breve para la inmensa tarea que significaba aglutinar estados tan diversos como los que reunía en sus manos. Por eso, cuando tuvo que enfrentar a los griegos después de 497, comprobó con dolor que su obra no había madurado, y las guerras médicas constituyeron un revés para su pueblo.

Los sucesores de Darío carecieron del vigor y el genio que caracterizaron a los reyes que les habían precedido en el trono persa. Se mezclaron en los conflictos de los griegos y comenzaron a aparecer como una amenaza cada vez más próxima para la seguridad de esos, pueblos, de modo que los reyes de Macedonia decidieron acabar con la dinastía aqueménida. El plan lo preparó el rey Filipo, pero lo cumplió su hijo Alejandro, que derrotó a Darío III y conquistó el territorio íntegro del Imperio (332-323).

Los tiempos de esplendor se caracterizaron en Persia por un notable desarrollo de las artes plásticas; no fueron éstas muy originales —acaso porque les faltó tiempo para madurar—, pero revelaron un notable sentido de la grandiosidad y cierta capacidad para fundir cuantas influencias hallaron dignas de ser imitadas. Los edificios más suntuosos fueron los palacios reales, en los que se encerraban vastas salas y abundaban las columnas, los frisos y los bajos relieves. Las tumbas de los reyes, en cambio, fueron más bien sencillas y solían imitar los hipogeos egipcios.

Estas tumbas estaban decoradas siguiendo las alegorías propias del culto persa de los muertos. Esta creencia en la vida de ultratumba estaba estrechamente relacionada con la doctrina religiosa que había enseñado Zoroastro, un profeta del que la tradición decía que había vivido poco antes de la época de Ciro. Explicaba Zoroastro que el universo está gobernado por dos fuerzas enemigas, una el bien, encarnada en Ormuz, y otra el mal, encarnada en Ahrimán. La lucha entre estas dos fuerzas caracteriza toda la existencia de la naturaleza y de los hombres, contribuyendo al triunfo de una u otra quienes practican el bien o el mal, la justicia o la injusticia.

Del mismo modo, después de la muerte el alma es sometida a juicio y la del justo logra entrar en la llamada “mansión de los cánticos”, en tanto que la del malo se precipita en los infiernos. Un culto especial, el del fuego purificador, mereció la más profunda devoción de los persas en esta época, porque representaba la luz, símbolo de Ormuz, el cual representaba, como ya sabemos, el Bien.


La India y la China en el siglo VI a. de J. C.

Mas al Este del Imperio Persa, en la India y en la China, florecieron durante los primeros siglos del primer milenio las dos grandes civilizaciones que habían echado sus raíces en aquellas fértiles regiones. Por entonces adquirieron su más alto grado de desarrollo espiritual y perfilaron sus creencias religiosas y sus formas de vida social con los caracteres que conservarían durante largo tiempo.

LA INDIA. BRAHMANISMO Y BUDISMO

Durante los primeros siglos del primer milenio, los numerosos estados que se habían formado en los valles del Indo y del Ganges, pese a su independencia política, habían sido organizados de manera semejante por obra de los sacerdotes de Brahma, que lograron afirmar la supremacía suya sobre los guerreros. Esta divinidad ascendió a la categoría de divinidad suprema y, en consecuencia, sus servidores exigieron que, en la escala social, se los considerara como la clase más privilegiada. Los brahmanes fueron poco a poco transformándose en un grupo cerrado, hostil a toda inclusión de individuos que no fueran sus propios descendientes; así se constituyó una casta; pero no se conformaron con eso, sino que organizaron toda la sociedad según el mismo principio; los guerreros, los mercaderes y labradores, y, finalmente, los operarios constituyeron otras tantas castas igualmente incomunicadas entre sí. Por debajo de estas cuatro castas estaban los parias, acaso los antiguos indígenas sometidos, que carecían de todo derecho por considerárseles impuros. Un código muy estricto —las leyes de Manú— establecía con férreo rigor el orden social y las relaciones entre las castas.

Los brahmanes habían elaborado una doctrina religiosa muy sutil, modificando la vieja tradición de los libros védicos de modo que quedara establecida la supremacía de Brahma sobre los otros antiguos dioses. Brahma era, según ellos, un dios del universo que se encontraba en la esencia de todo lo que tiene existencia, una especie de alma del mundo, por lo cual se lo adoraba en todo. Nada perece, puesto que Brahma está en todo. Así, creían que, cuando el individuo moría, su alma abandonaba el cuerpo y buscaba dónde encarnarse, para lo cual tenía en cuenta el comportamiento del hombre durante su vida; y si había sido justo, su alma se encarnaba en un ser de una casta superior, en tanto que, si había sido injusto, volvía a uno inferior. Si era un brahmán, su alma volvía al seno de la divinidad. Si, por el contrario, se trataba de un hombre de la última clase, entonces se encarnaba en cualquier animal.

En el siglo VI se produjo en la India una revolución religiosa encabezada por un hombre de la casta de los chatrias, llamado Sidarta Gautama, a quien la tradición conoció con el nombre de Buda, que significa “el iluminado”. Buda se mostró enemigo de la cruel separación entre los individuos que prescribían los brahmanes, y enemigo también de sus creencias religiosas. Se retiró a una región solitaria y comenzó a meditar y a predicar, enseñando que el hombre no debe aspirar a otra cosa que a la felicidad íntima, y que ésta no se alcanza sino desechando las ambiciones y los deseos terrenales. El “nirvana”, esto es, el estado de serenidad y de paz en el que hacía consistir el Buda la felicidad perfecta, sólo se lograba por quien sabía renunciar poco a poco a todos los goces y a todas las necesidades; y esta posibilidad estaba al alcance de cualquier individuo, sin distinción de castas, por lo cual su religión fue acogida con fervor por muchos humildes. Los brahmanes combatieron la nueva fe y trataron de impedir su difusión, pero no lo consiguieron y, finalmente, optaron por incluir el culto de Buda dentro de su propia doctrina, modificando en parte su concepción religiosa.

LA CHINA. CONFUCIO Y LAO-TSE

Por una extraña y sugestiva coincidencia, el siglo VI fue una época de profunda inquietud religiosa en diversas regiones del mundo antiguo. Los profetas de Israel, Zoroastro, Buda, corresponden aproximadamente al mismo momento. Y por entonces aparecieron en la China las grandes figuras de Confucio y Lao-Tse.

Lao-Tse fue un pensador profundo. En la inmensa diversidad del cosmos descubrió él un principio universal, el Tao, que animaba todo lo creado y en el que había que reverenciar la fuerza divina universal; pero su preocupación fundamental fue hallar una guía para la conducta y desarrolló este tema en una obra que tituló Libro de la razón y la virtud. Sostenía Lao-Tse que el hombre debía alejarse de todo lo que fuera convencional para aproximarse a la naturaleza, propugnando así una tendencia al retiro espiritual. Esta doctrina no llegó a influir en las masas populares, que, en cambio, acogieron con devoción las ideas de otro moralista más próximo a las tradiciones vernáculas, llamado Confucio.

Sostenía Confucio que el principio de la conducta era el respeto a las tradiciones. Había que amar al emperador como a un padre, respetar a los progenitores y acatar su benévola autoridad, atenerse a las costumbres antiguas y venerar en ellas a la comunidad. El culto más importante era el de los antepasados, cuyos espíritus velaban sobre los vivos y esperaban los ritos con que se apaciguaba su furia. La religión de Confucio —o, mejor dicho, su moral— cuajó en el espíritu chino y lo conformó para muchos siglos. Poco mas adelante, cuando reinaron los emperadores de la dinastía Han (siglo III a. de J. C. — siglo III d. de J. C.) la doctrina de Confucio se hizo creencia oficial y predominó a pesar de la influencia del budismo, que, por esa época, entró en China y con gran pujanza logró numerosos fieles por toda la inmensidad de su territorio.


Las ciudades griegas hasta el siglo VI a. de J. C.

Ya se ha visto visto cómo los aqueos conquistaron las antiguas colonias cretenses y se instalaron en ellas asimilándose su civilización. Es la época llamada creto-micénica, designación que recuerda el papel hegemónico que tuvo la ciudad de Micenas durante largo tiempo.

Por esa misma época se produjeron las largas luchas entre los distintos grupos invasores, de las cuales guarda recuerdo la leyenda homérica, a través de la cual puede estudiarse también la civilización de ese período de tanto interés histórico.

Pero los aqueos no fueron los últimos indoeuropeos que llegaron al mar Egeo. A partir del siglo XII aparecieron otros grupos, entre ellos los dorios, comenzando con los mismos una nueva era en el proceso de la historia de Grecia.

LAS MIGRACIONES

Los dorios entraron a sangre y fuego en las viejas ciudades de los aqueos. Eran guerreros brutales y, a diferencia de éstos, no respetaron ni asimilaron la civilización que hallaban a su paso. En algunas ciudades se instalaron como dominadores y expulsaron o sometieron a las poblaciones que las habitaban; otras veces fundaron ellos nuevas ciudades, con preferencia en algunas posiciones estratégicamente situadas; de todas ellas, Esparta fue la más importante y allí crearon los dorios un estado en el que mantuvieron con pocas alteraciones sus tradicionales costumbres, tan admirables por su sobriedad, como por su espíritu bélico.

Ante el avance de los dorios, muchos pueblos optaron por huir y así se produjo una dispersión de griegos a la cual se debió la fundación de muchas ciudades en toda la cuenca del Egeo. Surgieron así las de la costa del Asia Menor, las de las islas Cicladas y Espóradas y algunas de la misma Grecia. En todas ellas se estableció un régimen aristocrático, en el cual sólo un pequeña grupo poseía la tierra y los derechos políticos, en tanto que los demás habitantes se hallaban en precaria situación económica y social. De estas ciudades, unas fueron marítimas y se dedicaron especialmente a la navegación y al comercio, en tanto que otras, enclavadas en el territorio, mantuvieron, en la medida en que lo permitía el suelo, su intensa actividad en el cultivo de los campos.

En las ciudades marítimas, las clases pobres comenzaron a crecer en número y la escasez de sus recursos planteó graves problemas sociales; pero como el mar incitaba a tentar fortuna en otras tierras, muy pronto comenzó una nueva era de migraciones, que tuvo ahora el carácter de una colonización sistemática.

LA COLONIZACIÓN GRIEGA

Desde el siglo VIII hasta el siglo VI, fueron numerosas las ciudades griegas que organizaron expediciones destinadas a transportar densos contingentes de pobladores a lejanas comarcas con el fin de fundar allí colonias. Estos nuevos establecimientos mantuvieron los vínculos religiosos y económicos con sus metrópolis durante largo tiempo y, como generalmente surgieron en regiones apropiadas para el cultivo de los cereales, encontraron su mejor mercado en aquellas comarcas en donde no se producían y a las que era forzoso enviar todo género de productos.

Las principales ciudades griegas que colonizaron las regiones lejanas del mar Mediterráneo fueron Mileto, Calcis de Eubea, Egina, Focea, Corinto, Megara, Tera y algunas otras. En todas ellas coincidieron diversas causas para provocar las emigraciones: densidad excesiva de la población, conflictos políticos y sociales, ascenso de ciertos grupos que no querían arrastrar más tiempo una vida sin horizontes. Espontáneamente unas veces, organizados por el Estado otras, estos grupos se lanzaron al mar en busca de regiones más propicias para sus ambiciosos intentos de hegemonía. De esta manera, pues, las nuevas ciudades formaron, en el mundo antiguo, una red mediterránea que dejaría allí algo de su espíritu helénico.

Hacia el Este, las naves colonizadoras se dirigieron al mar Negro. Allí surgieron pronto algunas colonias que luego fueron ciudades importantes, tales como Odesa, Sínope, Heraclea o Tanais, cuya riqueza se amasó con el cultivo de los cereales. Otras surgieron en el camino que desde el mar Egeo conducía al mar Negro: Bizancio, Cízico, Abidos, Sestos, las cuales, por estar situadas en los estrechos, adquirieron un valor político y militar considerable.

En el mar Egeo se colonizaron las costas de Macedonia y Tracia, donde aparecieron ciudades importantes como Potidea y Olinto, y al Sur, sobre la costa africana, se establecieron colonias en Egipto —la ciudad de Naucratis— y en Libia, donde surgió y prosperó Cirene.

Hacia el Oeste, donde Cartago ejercía ya cierta supremacía marítima, los griegos encontraron, sin embargo, amplio campo para establecerse. La región preferida fue el sur de la Península Itálica y la isla de Sicilia; en la primera se levantaron las ciudades de Tarento, Síbaris, Nápoles, Cumas y otras muchas que adquirieron diversa prosperidad; en la segunda surgieron, entre otras, Siracusa y Mesina, que fueron muy pronto activos centros de producción y comercio. Pero la marcha hacia Occidente no se detuvo allí; Masalia y Antípolis, en la costa meridional de Francia, y algunas débiles factorías en España muestran el esfuerzo de los colonizadores griegos por adentrarse en la zona de influencia cartaginesa.

LAS CONSECUENCIAS DE LA COLONIZACIÓN

Las colonias griegas tuvieron un rápido florecimiento; eran los colonos hombres ávidos de mejorar su suerte y acostumbrados al trabajo, de modo que su actividad fue incansable y los resultados que obtuvieron inmensos. Así, cada colonia llegó a ser muy pronto un emporio de riqueza.

Lo fundamental de su actividad fue la producción de cereales, productos que encontraban fácil acogida en las viejas ciudades griegas porque en ellas no se producían; pero a medida que la prosperidad se acentuaba, surgieron también las industrias y, con todo ello, el comercio adquirió un extraordinario volumen. Esta intensa actividad económica trajo consigo la aparición de la moneda, como elemento indispensable para facilitar las transacciones; y la moneda, a su vez, provocó profundas alteraciones en el régimen social.

En efecto, como la tierra había sido hasta entonces el único signo de la riqueza, sus poseedores —esto es, la nobleza— ocupaban el primer lugar en la sociedad griega; pero el desarrollo económico y la aparición de la moneda trajeron consigo la aparición de una nueva clase social cuya característica era la de poseer considerables fortunas y que, naturalmente, aspiró a lograr una mejor situación dentro de la vida política. Surgieron entonces en casi todas las ciudades griegas conflictos sociales y políticos que culminaron en revoluciones sangrientas; pero los nuevos ricos, y los humildes a quienes arrastraban en el fragor de la lucha contra los odiados propietarios de la tierra, consiguieron arrancar a éstos parte de sus privilegios: nuevas constituciones se dictaron en muchos estados, y, entre todas, es singularmente característica la que ideó para Atenas el legislador Solón, a principios del siglo VI.

LA REFORMA DE SOLÓN EN ATENAS

Solón fue elegido como árbitro por las distintas clases en conflicto, después que muchas luchas habían ensangrentado la ciudad. Hábil y previsor, Solón se dispuso a cumplir su misión con ecuanimidad, tratando de contentar a todos, satisfaciendo en parte sus aspiraciones.

Su primera medida fue abolir las deudas contraídas como consecuencia de las hipotecas, y prohibir que en lo futuro se redujese a servidumbre al que no pudiera pagarlas. Pero lo más importante fue la reforma que introdujo en el sistema político, gracias a la cual todos los ciudadanos adquirieron derechos políticos y entraron a formar parte de una asamblea —la Ekklesia—que era la que dictaba las leyes; con todo, subsistieron algunas diferencias sociales, porque no se consideraron iguales a todos los ciudadanos sino que se los dividió en cuatro clases de acuerdo con el monto de su fortuna, y sólo pudieron ocupar las magistraturas los pertenecientes a las tres primeras. De ese modo, Solón dio acceso a los ricos en dinero a la dirección del Estado y suprimió los privilegios del nacimiento.

Las reformas de Solón en Atenas — como ocurrió en otras partes— no pusieron fin a los trastornos sociales; nuevos intereses y nuevas pasiones surgían en un ambiente en el que la vida económica evolucionaba rápidamente y se sucedieron los conflictos, pese a los intentos reformadores. Pero el principio político de la democracia quedaba afirmado y el sistema se perfeccionó con sucesivos ajustes.


Cartago y Roma

Cuando los griegos comenzaron a llegar a las orillas del Mediterráneo occidental, los cartagineses dominaban las rutas marítimas de la región y poseían factorías en las costas. La competencia entre ambos pueblos fue inevitable, y aunque poco a poco se fueron delimitando las zonas de influencia, no dejaron de producirse guerras entre ellos. En resumen, eran griegos y cartagineses los señores de la cuenca occidental; pero por entonces surgía lentamente una ciudad que un día los dominaría, a pesar de la humildad y pequeñez de sus orígenes: Roma.

CARTAGO

Cartago había sido fundada por los navegantes de Tiro hacia el siglo IX a. de J. C. y se levantaba en la costa africana, cerca de donde está hoy la ciudad de Túnez. Muy pronto fue el emporio de todo el comercio fenicio de Occidente, que era, por entonces, el más importante de la metrópoli, de modo que, cuando Tiro comenzó a declinar por obra de los persas, Cartago pudo seguir desarrollando, como país independiente, la misma actividad que antes como colonia.

Grandes talleres, en los que se producían objetos de alfarería, de metal, de vidrio, y ricas telas, permitían a los cartagineses desarrollar un intenso comercio con las costas occidentales del Mediterráneo, donde habían instalado factorías para trabar relación con los naturales; así les vendían sus productos manufacturados y les compraban, generalmente, los productos naturales de la región. Gades, en España, y Palermo, en Sicilia, eran, quizá, sus más importantes centros de acción.

Cartago estaba gobernada por los comerciantes, y no tenía aspiraciones a la conquista de territorios, razón por la cual no había sido nunca potencia militar. En el mar, en cambio, eran temibles porque defendían con encarnizamiento sus mercados y las rutas que dominaban; sus naves se tornaban barcos piratas cuando la ocasión lo permitía y aun naves de guerra si era necesario; y entonces se mostraban capaces y valientes, y, en general, supieron imponerse a sus enemigos. Por eso los griegos no pudieron desalojarlos del Mediterráneo occidental y se limitaron a circunscribir su propia zona de influencia.

LOS ORÍGENES DE ROMA. LOS ETRUSCOS

Mientras los griegos y los cartagineses se disputaban el dominio del mar, un pueblo de origen incierto desarrollaba una cultura singular en la Península Itálica, en el valle del río Arno: los etruscos. Según parece, habían venido del Egeo, y acaso estuvieran emparentados con aquellos aqueos que habían aparecido allí al terminar el segundo milenio; lo cierto es que, en la Etruria se fijaron y fundaron ciudades cuyo nivel de civilización alcanzó gran altura.

Industriosos y audaces, los etruscos quisieron también participar de las ventajas de la actividad marítima, pero nunca consiguieron impedir la supremacía de los dos grandes rivales que se les oponían. En el país, en cambio, su suerte fue mejor y llegaron a dominar una extensa zona que llegó, hacia los siglos VIII y VII, desde los Alpes hasta el valle del Tiber.

Sus ciudades más importantes fueron Volsinio, Tarquinia, Veyes y otras muchas; desde ellas emprendieron la conquista de los países limítrofes y sometieron a las pequeñas aldeas que habían fundado las distintas tribus italiotas de origen indoeuropeo. Entre éstas estaban las que los latinos habían fundado cerca de la desembocadura del Tiber y que tal vez, ya por esa época, constituyeran una verdadera unidad política con el nombre de Roma.

Una vasta leyenda cubre el pasado de esta ciudad, después tan ilustre. Sin embargo, se sabe hoy que así empezó su historia y que fueron los etruscos quienes unificaron definitivamente las aldeas primitivas, las circundaron con una muralla y les impusieron sus reyes. La época de la monarquía nos es mal conocida. Los primeros cuatro reyes de que habla la leyenda —Rómulo, Numa, Tulio Hostilio y Anco Marcio— son figuras oscuras, en las cuales el mito y la leyenda se mezclan con la realidad histórica que seguramente hay en el fondo. Los tres últimos, en cambio —Tarquino el Antiguo, serbio Tulio y Tarquino el Soberbio— aparecen con rasgos más definidos, y sus hechos revelan que, en efecto, son personajes históricos aun cuando la leyenda los haya desfigurado en parte.

La era monárquica es de neta influencia etrusca. De ese origen es la civilización material romana de ese entonces, como lo prueban los pocos restos arqueológicos que se poseen; de ese origen es la religión, las instituciones, en la medida en que podemos conocerlas. Sabemos también que los reyes respondieron a la política etrusca y que debieron combatir a los latinos que querían sacudir el yugo. Un día, finalmente, lograron éstos sus anhelos. En el año 509 a. de J. C. una revolución de los patricios expulsó a los reyes e instauró la república, con cuyo régimen Roma alcanzó el esplendor que le valió un puesto único en la historia de la Antigüedad.


La época de las guerras médicas

Al comenzar el siglo v, el Imperio Persa estaba en posesión de las ricas ciudades griegas de la costa del Asia Menor. Mileto, Esmirna, Halicarnaso y otras muchas reconocían el vasallaje del Gran Rey, que se beneficiaba con el activo comercio que ellas desarrollaban. Pero muy pronto la situación cambiaría; otra concepción de la vida animaba a los griegos, y se sentían suficientemente capaces como para vivir según ella; por eso decidieron un día sacudir el yugo, y el episodio desencadenó un conflicto general entre griegos y persas que la historia conoce con el nombre de guerras médicas.

LOS ANTECEDENTES DE LA GUERRA

Darío había continuado apretando el cerco del mar Egeo. A las costas asiáticas —conquistadas por Ciro— había agregado él las costas europeas de Tracia y Macedonia, hasta entrar en contacto con las ciudades griegas del continente; y a partir de entonces, la ambición de someter esos florecientes emporios de riqueza torturó su espíritu ambicioso y audaz.

Una circunstancia favoreció sus planes. En el año 499, la ciudad de Mileto se dio un gobierno democrático y se sublevó contra Persia, iniciando poco después las hostilidades contra el Gran Rey, para lo cual pidió el auxilio de las otras ciudades griegas. Atenas respondió al llamado y envió una escuadra para que colaborara en la lucha, pero, a pesar de ese auxilio, Darío pudo someter a la ciudad rebelde y la incendió en el año 494. Poco después, con ánimo de castigar el auxilio que Atenas había prestado a Mileto, Darío comenzó a preparar una expedición contra la floreciente ciudad del Ática.

PRIMERA GUERRA. MARATÓN

El Gran Rey decidió llegar por mar a la costa ateniense y realizar un desembarco en las proximidades de la ciudad. Su propio yerno, Mardonio, recibió el mando de la expedición, que cruzó el mar Egeo en el 490 y llegó a la pequeña llanura de Maratón, distante treinta kilómetros de Atenas, para realizar allí el desembarco. Atenas había logrado reunir —con la ayuda de algunas ciudades— una fuerza de treinta mil hombres; tocaba el mando ese día al estratego Milcíades, quien resolvió dar la batalla inmediatamente para impedir que los persas operaran su ordenamiento en la llanura; entonces, con un esfuerzo continuo y ordenado, los soldados griegos comenzaron a batir a las tropas enemigas hasta que, al cabo de muchas horas, lograron deshacer sus filas. Los persas huyeron hacia sus naves y abandonaron el suelo griego, entre la sorpresa de sus jefes, que no se podían explicar su fracaso.

La victoria de Maratón, cuya gloria correspondía a Atenas, puso freno al primer intento de invasión. Pero nadie podía engañarse suponiendo que los persas abandonarían definitivamente sus proyectos, pues era claro que poseían recursos suficientes para intentar realizarlos otra vez con mayores probabilidades de éxito. De modo que, para prever los riesgos futuros, las ciudades griegas comenzaron a prepararse para repeler el inevitable ataque.

LA SEGUNDA GUERRA

Darío murió poco después, pero legó a su hijo Jerjes el proyecto de invasión y conquista de Grecia. Los griegos, por su parte, seguían paso a paso los preparativos enemigos y procuraron hallar los medios más seguros para defenderse, para lo cual decidieron los atenienses, a iniciativa de Temístocles, organizar una gran flota, porque estaban convencidos de que era en el mar donde podían aplicar los más violentos golpes a sus enemigos. Así, cuando en 480 comenzó Jerjes la marcha con su poderosa fuerza, Atenas pudo contar con vastos recursos para la guerra marítima, en tanto que Esparta ponía al servicio de la defensa común su excelente ejército.

El plan de Jerjes era atacar a Grecia simultáneamente por tierra y por mar. Un ejército nunca visto —de cerca de doscientos mil hombres— emprendió la marcha desde Asia Menor cruzando el estrecho de los Dardanelos por un puente de barcas, y se internó en Tracia para seguir luego a través de Macedonia y Tesalia; la flota acompañaba al ejército siguiendo la costa, y sus setecientas naves ofrecían un espectáculo inusitado que hubiera podido amilanar a sus enemigos. Así llegaron al desfiladero de las Termópilas.

Este pequeño paso, por el que se entra en el territorio de Grecia central, ofrecía buenas condiciones topográficas para su defensa. El ejército espartano, mandado por Leónidas, resolvió resistir allí y, en efecto, consiguió contener al inmenso ejército enemigo con pocas fuerzas. Sin embargo, un traidor descubrió a los persas un camino por el cual pudieron envolver a los espartanos; Leónidas ordenó entonces evacuar la posición al grueso del ejército, y él se quedó con trescientos hombres para defender el paso hasta último momento. Allí murió el heroico jefe con sus hombres cuando los enemigos completaron el cerco, mientras los persas proseguían su avance hacia el Sur.

Ante la llegada del enemigo los atenienses evacuaron la ciudad y se refugiaron en la isla de Salamina. Atenas fue incendiada y el pavor comenzó a cundir entre los griegos; pero Temístocles decidió a sus colegas del mando supremo para que se ofreciera batalla naval a los persas y ordenó una maniobra, gracias a la cual las naves griegas derrotaron y pusieron en fuga a los barcos enemigos frente a la isla de Salamina.

Tonificado por la victoria, el ejército griego marchó contra el persa y logró derrotarlo en la batalla de Platea, después de la cual los invasores emprendieron la retirada; la flota persa sufrió una nueva derrota en Micala al año siguiente (479), y, por el momento, el peligro de la invasión quedó conjurado.


Atenas en el siglo V

El papel que Atenas había desempeñado durante las guerras médicas confirió a la ciudad del Ática una categoría de ciudad rectora en el mundo griego. Su hegemonía se hizo sentir en la vida económica y política de toda la cuenca del mar Egeo, y además no dejó de repercutir en su desarrollo interior; su fama y su grandeza robustecieron el genio nacional y le brindaron oportunidades para desarrollarse y cuajar en obras. Las artes plásticas, la poesía, la filosofía, todo lo que es desarrollo del espíritu, alcanzó por entonces en Atenas un brillo singular.

LA HEGEMONÍA POLÍTICA

Después de la batalla de Micala, las naves griegas continuaron las operaciones hasta limpiar el mar Egeo de enemigos. Se independizaron las ciudades helénicas del Asia Menor, se establecieron bases en los puntos estratégicos que podían prevenir una sorpresa y se organizó la vigilancia de las rutas marítimas por donde podía llegar una nueva invasión. Pero era necesario concentrar todos los esfuerzos para que esa organización no se relajara con el tiempo y se facilitaran los planes enemigos.

Atenas se propuso encabezar una confederación que agrupara a las ciudades marítimas de Grecia. En 477 logró organizar la Liga de Delos —así llamada porque el pequeño santuario de esa isla era su centro religioso—, de la que formaron parte todas las ciudades costeras e isleñas; Atenas recibió la misión de presidirla, en tanto que las ciudades aliadas tenían la obligación de contribuir con barcos o con dinero a los gastos de la defensa común.

Con estos recursos, Atenas organizó un plan de dominación marítima. Temístocles logró que se fortificara el Pireo —que era puerto de Atenas— y que se construyeran murallas para defender el camino que lo unía a la ciudad. Cimón, el hijo de Milcíades, recibió el mando de la flota aliada y con ella emprendió una campaña de limpieza en todo el Egeo que concluyó con la desaparición de todos los reductos que conservaban los persas. Así puso fin a la amenaza de invasión, y dejó libres las rutas marítimas para el comercio griego. Esta última circunstancia influyó decisivamente en la prosperidad comercial e industrial de Atenas, que se enriqueció extraordinariamente con el tráfico de sus innumerables naves mercantes; además, Atenas utilizó la influencia que le proporcionaba la jefatura de la Liga para organizar en su beneficio un verdadero imperio marítimo.

LA EVOLUCIÓN DEMOCRÁTICA

Este inmenso desarrollo económico estimuló el crecimiento de la población y, sobre todo, el desenvolvimiento de la clase de los humildes. Además, gran parte del éxito militar y político de la ciudad se había debido al jefe del partido popular, Temístocles, de modo que las tendencias democráticas estaban por entonces en proceso de desarrollo; así, la organización que había iniciado Solón se consolidó por entonces enérgicamente.

Después de Solón, un tirano llamado Pisístrato había detenido el proceso de evolución democrática de Atenas con medidas demagógicas que le aseguraron su mantenimiento en el poder. Lo sucedieron sus hijos, pero una revolución los expulsó finalmente y el partido popular, encabezado entonces por Clístenes, había logrado implantar de nuevo la constitución de Solón, perfeccionando con sus reformas el orden democrático. En esa situación estalló la guerra con los persas y la política interior se mantuvo estacionaria. Pero después del triunfo la masa popular comenzó a reclamar nuevas concesiones: no sin resistencias lograron alcanzarlas y la antigua nobleza quedó relegada a una situación de total impotencia política.

Quien aplicó un primer golpe vigoroso a sus privilegios fue Efialtes en 460. Hasta entonces, el Areópago, tribunal del que formaban parte los antiguos arcontes, era el más alto estrado de la justicia y tenía jurisdicción política; Efialtes le quitó esas prerrogativas y redujo a un mínimo sus atribuciones, por lo cual la aristocracia lo hizo asesinar; pero quedó al frente del partido popular un jefe todavía más radical y enérgico, destinado a tener en la historia de Atenas un papel fundamental: Pericles.

PERICLES

Pericles era un hombre de raro talento y cuyas virtudes de orador le aseguraban un extraordinario éxito en las asambleas. En poco tiempo adquirió un inmenso prestigio popular, que se extendía también a los grupos cultos, a los que protegió con fervor. fue así, no solamente el jefe popular y el abanderado de la reforma democrática, sino también el protector y propulsor del desarrollo espiritual de Atenas. Por eso suele llamarse al siglo v, el “siglo de Pericles”.

Desde 460 hasta su muerte —que ocurrió en 429— Pericles fue el centro de la vida política y cultural de Atenas. Para asentar la democracia, obtuvo que se fijara una pequeña retribución de dos óbolos —equivalente a un pequeño jornal— para los que asistieran a la Asamblea, con el objeto de que predominara allí el pueblo. De igual manera facilitó a los humildes el acceso a los cargos del Estado y propugnó toda clase de medidas en su beneficio. Pero lo que hizo su gloria fue el favor que dispensó a los artistas. Éstos le prestaron un valioso concurso en la reconstrucción de la ciudad incendiada, y así pudo Pericles cubrirla de magníficos edificios y espléndidas obras de arte.

LAS ARTES PLÁSTICAS

Grecia tenía una tradición arquitectónica y escultórica. Durante los siglos de la colonización se habían levantado en todas las ciudades griegas, y especialmente en las del Asia Menor, notables edificios a los que ornaban, generalmente, esculturas y relieves de caracteres especiales. Se notaba en éstos —como en la arquitectura— cierta marcada influencia del arte egipcio y asiático, que se ponía de manifiesto, sobre todo, en la rigidez que presentaba la representación de la figura humana. Pero en el siglo V, Atenas, sin romper del todo con esta tradición, perfeccionó tu técnica y afinó su expresión, logrando entonces alcanzar un altísimo nivel artístico.

La ocasión para que se manifestara el genio plástico de los griegos la proporcionó Pericles con su plan de reedificación de la ciudad; tantos arquitectos y escultores se precisaban para tan magna obra, que afloraron los mejores y tuvieron ocasión para revelar sus aptitudes. Grandes edificios debían levantarse en la ciudad y era necesario adornarlos: la obra fue encargada a los artistas que Pericles distinguía con su admiración, que fueron, sin duda, los mejores.

La obra más importante fue la edificación de suntuosos recintos en la Acrópolis o ciudadela de Atenas. Allí se levantó el gran templo dedicado a la diosa Atenea, que se conoce con el nombre de Partenón; era un vasto edificio de 69 metros de largo por 37 de ancho, cuyo proyecto se debe a los arquitectos Ictinos y Calícrates; estaba rodeado por un pórtico de columnas de orden dórico y lo decoraban frisos y frontones con bajos relieves; éstos fueron obra del escultor Fidias y de sus discípulos. En el interior del templo se levantaba la estatua de la diosa, esculpida por el mismo Fidias.

También había en la Acrópolis otros templos: el Erecteión, de orden jónico, y el de Atenea Niké, de semejantes características. El primero de ellos se particularizaba porque tenía un pórtico en el que las columnas eran reemplazadas por estatuas de mujeres, a las que se llamaba cariátides. Conducía a la Acrópolis desde la ciudad una vía que llegaba a la parte alta de la colina a través de unos pórticos llamados propileos.

Entre los escultores, sin duda fue Fidias el más grande. Antes de él habían sorprendido a los griegos Mirón y Policleto, por la precisión de las formas anatómicas y la vivacidad del movimiento. Pero Fidias alcanzó mayor dominio aun de la técnica escultórica y supo expresar con definitiva justeza la serena concepción de la vida que amaba el griego y constituía su ideal supremo. No han llegado hasta nosotros ni la Atenea del Partenón ni el imponente Zeus que esculpió para el santuario de Olimpia; pero poseemos, en cambio, algunos fragmentos de los relieves del gran templo ateniense, en los cuales se admiran sus calidades de escultor vigoroso y fino a un tiempo. Después de él brillaron Praxíteles, el autor del Hermes, Lisipo y Scopas, este último precursor ya de una nueva orientación plástica que predominó en el período helenístico.

No nos es conocida la pintura griega; las obras de Polignoto, de Zeuxis o de Parrasio se han perdido y sólo tenemos referencias y opiniones antiguas acerca de ellas; pero, en cambio, conocemos bien la obra de los pintores que trabajaron en decorar vasos, de cuyas figuras podemos deducir hasta qué punto era preciso y delicado el dibujo.

LA POESÍA Y EL TEATRO

También conoció el siglo v un intenso despertar del sentimiento poético. Entre los líricos, Píndaro fue sin duda el más grande, y sus odas —las Olímpicas, las Ístmicas— revelan la profundidad y el vigor de su inspiración. Sin embargo, fue entre los trágicos donde se advirtió un desarrollo más sostenido de la inspiración poética en el siglo V.

El teatro había surgido como una forma más o menos espontánea de expresión y había sido ordenado y sometido a reglas en el curso del siglo VI. Desde entonces, los poetas comenzaron a escribir obras para que fueran representadas, unas pocas del tipo de la tragedia, y otras del tipo de la comedia. Tres grandes poetas aparecen en el siglo v que llevan la tragedia a su mayor grandeza: Esquilo, Sófocles y Eurípides. Esquilo, en quien perdura la recia influencia del mito y la tradición homérica, nos ha dejado sólo siete obras, pues se perdieron muchas; Agamenón, Las coéforas y Las euménides componen la trilogía que se conoce con el nombre de Orestíada, porque narra la historia de Agamenón y Orestes; otras de sus tragedias se titulan Prometeo encadenado, Los persas, Las suplicantes y Los siete contra Tebas. Más joven que Esquilo era Sófocles, quien compitió con aquél en varios de los concursos anuales a que se presentaban las obras teatrales. Sófocles consiguió imponer su concepción más flexible del alma humana; le atrajo el tema de Edipo, acerca del cual escribió una trilogía de la que nos han llegado Edipo Rey y Edipo en Colona, y al que se vincula su Antígona. Finalmente, Eurípides consiguió llevar al teatro el sentimiento humano y el drama individual; de él se conserva mayor número de obras que de los otros dos grandes trágicos, seguramente porque su prestigio fue más sostenido y se hicieron más copias; Ifigenia en Tauris, Ifigenia en Aulis, Alceste, Las bacantes, Hipólito y tantas otras son testimonios que han llegado hasta nosotros de su apasionado sentimiento de la vida.

Junto a la tragedia, solía representarse siempre en Atenas una comedia, genero satírico en el que era frecuente la burla cruel no sólo de las costumbres sino también de las personas y, especialmente, de las que tenían algún prestigio o alguna función importante. Sólo de Aristófanes nos han llegado algunas comedias, pero era fama en la Antigüedad que había sido el más ilustre autor de ese género. Nos quedan de él entre otras, Los caballeros, Las avispas, Las ranas, La asamblea de las mujeres, comedias todas en que la gracia despreocupada se alterna con la crítica mordaz y, a veces, grosera para el gusto moderno.

LA HISTORIA

Florecieron por este tiempo tres grandes historiadores, cuyas obras han llegado hasta nosotros. El primero es Heródoto, que narró con detalle las guerras, médicas, remontándose a los lejanos orígenes del conflicto; con tal motivo ofrece una visión interesante del mundo bárbaro, acerca del cual ha conservado muchas noticias de gran valor hoy. Heródoto era un escritor que seducía por su manera fácil y por la abundancia de sus anécdotas; no vacilaba en interrumpir el hilo de la exposición si podía intercalar un detalle sugestivo o ameno, y por eso fue acogido con agrado, al mismo tiempo que se reconocía la emoción con que afrontaba el relato de la gran epopeya nacional contra Persia. Tucídides escribió sobre la guerra del Peloponeso, con mucho más rigor que Heródoto, con estilo más sobrio y más rigurosa composición. Jenofonte, por fin, se muestra más superficial que Tucídides cuando continúa su obra en la Helénicas, pero revela también cierta aptitud para atraer al lector con su ligero e intencionado estilo.

LA FILOSOFÍA

Grecia tenía una tradición filosófica que arrancaba del siglo VI y cuyos primeros representantes fueron los filósofos de Mileto: Tales, Anaximenes, Anaximandro. Ellos —y otros que aparecieron por entonces en otras ciudades— tuvieron como principal preocupación aclarar el enigma del universo, el del principio de las cosas y todo cuanto se relacionaba con el mundo natural. De aquí vino el que se llamara a estos pensadores, escrutadores de la Naturaleza, y hoy filósofos cosmológicos.

La gran novedad que trae el siglo al campo de la filosofía es la aparición de un grupo de pensadores a quienes comienza a inquietar, en lugar del problema del universo, el problema del hombre, del alma humana, de la conducta moral. El núcleo más compacto de estos pensadores lo constituye el de los llamados sofistas, a quienes la tradición suele condenar porque en su comportamiento, en el ejercicio de la enseñanza, se apartaban de ciertas normas establecidas y consideradas correctas. Sin embargo, desde el punto de vista de la finura de su análisis, de los problemas planteados por primera vez, del método seguido y de los resultados a que llegaban, los sofistas revelaron poseer las características propias del filósofo auténtico. Su gloria quedó manchada por la severa crítica que hizo de sus métodos y de sus principios Sócrates, la más grande figura del pensamiento griego, a juzgar por las noticias que sobre sus ideas nos han legado sus discípulos Platón y Jenofonte.

Sócrates era un conversador infatigable, cuya preocupación era aclarar, mediante el diálogo, las ideas de su interlocutor y, acaso, sus propias ideas. Agudo y vivaz, el filósofo aparentaba ignorar lo que quería hacer decir a quien interrogaba, y conducía la conversación hasta el punto a que quería llegar para que quedara demostrada la afirmación que perseguía. De este modo desbarataba la suficiencia de muchos que se tenían por sabios, y acaso a esta circunstancia se debió el odio que despertó en muchas personas y que, al fin, le costó la vida. Porque, en efecto, Sócrates fue condenado a muerte, acusado de pervertir a la juventud y de no creer en los dioses de la patria, pero, como él decía, no fueron los últimos acusadores los que lograron su condena, sino el odio escondido de todos aquellos que le guardaban rencor. Sin duda, Sócrates no pervertía a la juventud; pero le enseñaba a pensar según un método racional, y eso podía parecer perversión a quienes consideraban que la salvación del Estado estaba unida a la perduración e intangibilidad de las tradiciones.

Sócrates no nos ha dejado obra alguna, pero sus discípulos, y especialmente Platón en sus Diálogos, nos han conservado una tierna visión de su maestro y una exposición de sus ideas. Platón y Aristóteles, ya en el siglo IV, fueron los que desarrollaron el pensamiento socrático y echaron las bases de la reflexión metódica sobre los problemas de la filosofía.


Esparta y la guerra del Peloponeso

En el último tercio del siglo v estalló un terrible conflicto entre las dos ciudades más poderosas de Grecia: Esparta y Atenas. Diversos motivos, lo movieron, y de él resultó una efímera hegemonía de Esparta sobre el mundo griego, durante cuyo tiempo predominaron las oligarquías en todos los estados sometidos a su autoridad. Pero ese tiempo fue muy breve y Esparta descendió de su pedestal porque careció de capacidad política para afirmar los resultados de su conquista militar.

ESPARTA Y SU TRADICIÓN

Esparta era un estado dorio, en que los conquistadores habían establecido una férrea separación entre los sometidos y ellos. Sólo los dorios poseían la tierra, que el estado les entregaba para que, haciéndola trabajar por los esclavos, tuvieran con qué vivir y se pudieran dedicar a lo único que parecía digno de un espartano: la guerra. Con esta concepción de la vida, Esparta llegó a ser una potencia militar de significación decisiva en la vida griega. Sus ciudadanos pertenecían al estado desde niños, se ejercitaban de continuo en los deportes y en la lucha y se pasaban la vida en estado de movilización, hasta que, ya ancianos, podían abandonar las filas. El ejército era, pues, el nervio del estado, y la política de Esparta dentro del mundo griego estaba destinada a asegurar su hegemonía.

Sin embargo, las circunstancias concedieron temporalmente la supremacía política a Atenas. Los caracteres del agresor persa, la necesidad de defenderse por mar y, sobre todo, la habilidad de sus políticos para plantear las cosas en este sentido y obtener de esa situación las mayores ventajas, hicieron que Esparta quedara, después de las guerras médicas, relegada a segundo plano. Pero esta situación, que hería profundamente el orgullo nacional y la ambición de los espartanos, condujo a una situación tensa con Atenas que, al fin, desencadenó un conflicto entre ellas.

LA GUERRA DEL PELOPONESO

La oportunidad fue un entredicho entre Atenas y Corinto; esta última ciudad solicitó el apoyo de la Liga del Peloponeso y Esparta se lanzó a la guerra. En 431 comenzaron las hostilidades que, durante diez años, se mostraron indecisas mientras cada uno de los contendientes hacía su guerra favorita; en efecto, los atenienses recorrían con sus naves las costas y saqueaban por sorpresa las regiones espartanas, en tanto que los espartanos se lanzaron sobre Atenas que, encerrada dentro de sus muros, procuró resistir al asedio pese a las dificultades que provocó allí una epidemia. Al fin, en 421, se firmó una paz que regularizó la situación, sin que ninguno de los bandos pudiera acusar ventaja alguna.

La guerra volvió a empezar algunos años más tarde, cuando Alcibíades logró convencer a sus compatriotas de que emprendieran la conquista de Siracusa. La empresa fue preparada con cuidado y realizada en 415; pero resultó un fracaso absoluto: Atenas perdió su flota y su prestigio, al tiempo que se debilitaba frente a Esparta, que era su verdadera enemiga. En efecto, a poco de concluir la aventura siracusana, Esparta atacó de nuevo a la ciudad del Ática por incitación del propio Alcibíades, que habiendo sido acusado de sacrilegio en su patria, abondonó la expedición de Sicilia y se refugió en el seno de los enemigos de su ciudad. A partir del año 413, los espartanos se instalaron en la fortaleza de Decelia, en el corazón del Ática, y desde allí hostilizaron a los atenienses que, sitiados por tierra, comenzaron a flaquear y a perder su ascendiente sobre las ciudades aliadas, muchas de las cuales se pasaron a Esparta. También ayudó a esta ciudad Persia, cuyo rey facilitó recursos con tal de que Esparta le asegurara el dominio de las ciudades griegas del Asia Menor; y con tales medios, fue fácil preparar la sumisión de Atenas. En efecto, Esparta se proveyó de lo que necesitaba: una escuadra para batir a Atenas en el mar; la puso al mando de Lisandro, y éste logró sorprender a las naves atenienses en Egos Potamos, cerca del estrecho de los Dardanelos, donde destruyó gran número de barcos y se apoderó del resto. Poco después, la flota espartana bloqueaba el Pireo y cerraba el sitio de Atenas, que se vio obligada a capitular en 404.

La derrota de Atenas fue decisiva; debió abatir sus muros, abandonar sus posesiones y someterse a Esparta, tolerando el gobierno de los ciudadanos más hostiles a la democracia; pudo, sin embargo, modificar poco después su régimen interno gracias a la acción de Trasíbulo, pero su poderío exterior concluyó por algún tiempo. Esparta, en cambio, alcanzó la hegemonía sobre el mundo griego, y ejerció su autoridad con severa firmeza; pero no se conformó con eso y quiso extenderla al Asia Menor, donde el rey Agesilao emprendió una acción enérgica contra Persia; entonces el Gran Rey comenzó a socavar la autoridad espartana en las ciudades sometidas y Esparta comprendió que peligraba; así fue como se decidió a firmar con Persia la llamada paz de Antálcidas, en 387, con la cual limitó sus aspiraciones a las regiones griegas del Egeo.


La hegemonía de Tebas y la época de Filipo de Macedonia

Esparta no fue más afortunada que Atenas; también las ciudades que se le sometieron comenzaron muy pronto a resistir su autoridad. Entre todas, fue Tebas la que logró equilibrar el poder militar de Esparta y vencerla, estableciendo su autoridad sobre el mundo griego. Su hegemonía fue efímera, y en la escuela de sus generales se formó un estratego macedonio, Filipo, que, desde el trono de su patria emprendería, a su vez, la sumisión de todos los estados griegos.

LA HEGEMONÍA TEBANA

Cuando Esparta descubrió que los tebanos aspiraban a unificar bajo su mando toda la Beocia, creyó que era necesario contener el intento y ocupó la ciudad, entregando el poder a los oligarcas que le eran adictos. Pero entre los demócratas que tuvieron que abandonar la ciudad estaba un hombre de notable talento político y militar que organizó la toma de la ciudad: Pelópidas. En 379, Pelópidas logró su intento; a su alrededor se unió rápidamente toda la Beocia, y Atenas se sintió respaldada para reconstruir su imperio marítimo; en poco tiempo se constituyó de este modo un nuevo poder hostil a Esparta, del cual Tebas fue el nervio por la organización militar que logró en pocos años.

Pelópidas y Epaminondas fueron los realizadores del milagro. El segundo poseía un innegable genio militar y supo introducir en el ejército tebano algunas modificaciones que acrecentaron su eficacia. Así fue como logró Tebas algunas victorias decisivas en Macedonia y en Tesalia, que aseguraron su frontera septentrional. Pero Esparta contemplaba vigilante el surgimiento de esta potencia rival y se decidió a invadir la Beocia; sin embargo, era ya tarde, porque los tebanos supieron resistir y derrotaron a los espartanos en la batalla de Leuctra, el año 371. Desde entonces, Tebas fue la potencia hegemónica de Grecia y se dispuso a quebrar a Esparta en su propio hogar, para lo cual estimuló la insurrección de las regiones del Peloponeso que estaban sometidas a ella y hasta se decidió a intervenir allí con sus fuerzas. En una de esas campañas Epaminondas derrotó a un ejército espartano en Mantinea (362): era la culminación del triunfo; pero Epaminondas murió en la acción y Tebas no supo encontrar un conductor que lo reemplazara, de modo que Esparta pudo rehacerse, y la hegemonía tebana se esfumó rápidamente.

FILIPO DE MACEDONIA

La anarquía se apoderó entonces de Grecia. Las distintas ciudades no poseían fuerzas para imponerse, pues las viejas rencillas las carcomían; de modo que aparecían por todas partes conflictos que quebraban la tradición de unidad o solidaridad reinante en algunos sectores de Grecia. La ocasión era, pues, propicia para que algún vecino poderoso diese ahora el golpe de mano que antes había intentado el rey persa, porque era difícil que las ciudades griegas recobrasen ahora el vigoroso sentido de la unidad helénica que antes las había unido contra el invasor.

Estos vecinos no podían ser sino el mismo Imperio Persa o Macedonia. Este último Estado había crecido en poder y en prestigio en el curso de la primera mitad del siglo IV, y encontró en su rey Filipo —que subió al trono en 359— el conductor que necesitaba: era un hombre resuelto y ambicioso, y había hecho su preparación militar a las órdenes de Epaminondas, mientras permaneció en Tebas como rehén, después de las expediciones que los tebanos hicieron contra su patria.

Filipo comenzó por organizar un ejército de extraordinaria eficacia, por la calidad de sus componentes, la eficiencia de su preparación y, sobre todo, por su conducción táctica y estratégica. Con él derrotó rápidamente a sus vecinos del Norte y del Oeste, y se dispuso entonces a conquistar la Tracia y las ciudades marítimas de la costa macedónica, vinculadas a Atenas por sus intereses comerciales. Luego que obtuvo estas regiones —ante el espanto general de los estados griegos— consiguió apoderarse de Tesalia, y, a partir de ese instante, pudo como vecino introducirse en los asuntos privados de las ciudades de Grecia central, de modo que, al cabo de pocos años, constituyó un peligro evidente para todos los que ansiaban conservar la antigua libertad.

Quienes vieron con más claridad este peligro fueron los atenienses, a quienes despertó de su apatía el orador Demóstenes. Pero tampoco entre ellos era unánime la opinión de que Filipo constituía un peligro grave, de modo que fue necesaria la agresión que el rey de Macedonia llevó contra la Grecia central en 338 para que los atenienses se resolvieran a seguir las inspiraciones de Demóstenes; entonces, una vez aliados los tebanos y los atenienses, ofrecieron batalla, pero Filipo los derrotó en Queronea, por lo que la victoria puso en sus manos el destino de todos los estados griegos.

A partir de ese momento, Filipo se comportó como un consumado político. Decidió tratar con benévola moderación a los vencidos y los convocó para que enviaran diputados a un congreso que se celebraría en Corinto. Allí logró que prestaran su asentimiento para la constitución de una confederación —la Liga Helénica— cuya política exterior y cuyos ejércitos dirigiría Filipo; en cambio; la Liga no intervendría en los asuntos interiores de cada estado, que se seguirían rigiendo por sus instituciones como hasta entonces. De este modo, el rey de Macedonia neutralizaba la resistencia que podrían ofrecerle las ciudades sometidas, y lograba proveerse del instrumento que necesitaba para realizar sus sueños de conquista.

En efecto, Filipo había sostenido que la unificación de Grecia era imprescindible para prevenir el peligro de la invasión persa. Esta hipótesis era poco verosímil, pero tenía profundo valor de sugestión y, sobre todo, respondía al secreto pensamiento de Filipo, que era la conquista del Asia. Este proyecto fue el que se aprestó a realizar cuando hubo logrado la constitución de la Liga Helénica: concentró el ejército aliado, preparó sus planes, y, cuando se disponía a realizarlos, cayó asesinado por uno de sus oficiales, el año 336. El sueño de la conquista parecía fracasar.


El imperio de Alejandro Magno

Sin embargo, el gigantesco ideal de la conquista del Asia estaba ya en la mente de su hijo Alejandro. Salvadas las primeras dificultades, el nuevo rey de Macedonia volvió a preparar el plan de ataque y logró cumplirlo: así se hizo realidad el sueño de Filipo.

ALEJANDRO

El joven Alejandro poseía, sin duda, excepcionales condiciones de hombre de estado y de estratego. Había sido educado por el filósofo Aristóteles, a quien su padre llamara a Pella, su capital, para que educara al joven príncipe, y el discípulo había hecho honor a su maestro, mostrándose serio y reflexivo. Sin embargo, no era la filosofía sino la guerra lo que más apasionaba a Alejandro. Siendo casi un niño formaba ya en las filas del ejército macedónico y luchó en Queronea al frente de una de las alas, destacándose por su valor y su sentido estratégico. Pero le apasionaba también la política, y fue capaz de manejar los hilos de la vasta intriga que se tejió contra él —joven de veinte años— cuando la muerte de su padre lo señaló para ocupar el trono.

En efecto, los conflictos cortesanos que habían movido la mano del asesino de su padre siguieron trabajando en el ambiente palaciego y fue necesaria toda la energía del joven rey para contenerlos.

Al mismo tiempo, la desaparición de Filipo había hecho concebir la esperanza a muchos de los estados sometidos de que la era de la opresión macedónica terminaba, y así, se apresuraron a declararse en posesión de su antigua y absoluta libertad. Pero Alejandro no descansó un instante y acudió prestamente a todas partes para restablecer su autoridad, sin vacilar en aplicar las medidas más rigurosas cuando le pareció necesario, como hizo con Tebas, a la que destruyó para que sirviese de ejemplo a las demás ciudades. Por este medio consiguió contener la ola de la insurrección y afirmarse rápidamente en el trono macedónico y en la hegemonía griega.

Seguro ya de su triunfo, Alejandro —como su padre— convocó de nuevo a los estados griegos a una asamblea en Corinto, y allí, en 335, quedó restablecida su autoridad en los mismos términos que lo estuvo la de Filipo. Pocos meses después, un ejército de cuarenta mil hombres se preparaba para cruzar el estrecho de los Dardanelos, para de este modo iniciar la conquista de todo el Imperio Persa.

LA CONQUISTA DEL ASIA MENOR

En 334, la expedición cruzó el estrecho y entró en territorio enemigo. El sátrapa de Asia Menor resolvió —contra la opinión de alguno de los generales— dar la batalla en las proximidades del lugar de desembarco y le salió al encuentro en las orillas del río Gránico; allí lo derrotó Alejandro sin que quedara esperanza alguna, y toda el Asia Menor quedó a su disposición.

Alejandro marchó rápidamente hacia Sardes, capital de la satrapía; ocupó luego las ciudades costeras y se internó después en el corazón de la región para asegurarse de que no había fuerza alguna que pudiera hostilizar su retaguardia. En estas condiciones, emprendió la marcha hacia el Sur, dispuesto a forzar el paso que le permitiría la entrada en la Siria, a través del Taurus.

El Gran Rey apeló a todos sus recursos para contener al invasor. Un ejército de cien mil hombres se estableció en el desfiladero que, cerca de la ciudad de Isso, sirve de acceso a la Siria, y allí se enfrentó con Alejandro, en 333.

LA CONQUISTA DE SIRIA Y EGIPTO

Las fuerzas macedónicas pusieron a prueba su valor y su disciplina frente a la enorme masa de guerreros que tenían a su frente, y salieron triunfantes de la prueba. El propio Darío III dirigía las operaciones, pero nada pudo impedir el desastre y las huestes persas debieron huir abandonando todo el occidente del imperio en manos de Alejandro. En poco tiempo se apoderó de casi todas las ciudades sirias; sólo Tiro resistió denodadamente y fue necesario un sitio de siete meses para abatirla. Luego se dirigió al Egipto, donde entró acogido con todos los honores por los habitantes, que vieron en él un libertador; Alejandro, en efecto, se preocupó de no desilusionar a los egipcios y de atraérselos a su causa, para lo cual visitó el santuario de Amón y se hizo coronar como faraón según el rito tradicional; luego fundó en el delta una ciudad, que en su honor se llamó Alejandría, y, seguro de que nada amenazaba sus conquistas, emprendió, en 331, la marcha hacia el corazón del imperio.

LA CONQUISTA DE MESOPOTAMIA Y EL IRÁN

A través del desierto, Alejandro llegó a la Mesopotamia y cruzó el Eufrates; más allá lo esperaba Darío con un poderoso ejército, que había organizado y preparado adecuadamente para tratar de romper las líneas de los macedonios, con el cual se trabó la lucha en la ribera izquierda del Tigris, en Arbela; pero de nuevo Alejandro pudo deshacer la formación enemiga y aniquilar sus huestes, destrozando así el último obstáculo que le quedaba para entrar en la misma Persia.

Darío huyó con los restos de sus fuerzas hacia el Este. El vencedor, por su parte, tomó posesión de toda la Mesopotamia y ocupó Babilonia, que se rindió sin resistir, tras de lo cual inició la persecución de Darío internándose en el Irán. También allí se entregó sin resistencia Susa, en tanto que la conquista de Persépolis le demandó algún esfuerzo; pero se resarció de todo con las inmensas riquezas de que se apoderó allí, producto de las vastas conquistas de los persas. A partir de ese momento, Alejandro emprendió una larga expedición por las regiones más orientales del imperio, donde se había refugiado Darío; una a una fueron cayendo las distintas ciudades, y al fin supo que un gobernador de la provincia de Bactriana, llamado Besso, había asesinado al rey para usurpar el trono; Alejandro lo persiguió, mientras consumaba la ocupación del territorio, y consiguió capturarlo, entregándolo entonces a los parientes de Dario para que lo castigaran. Finalmente, llegó al alto valle del Indo, y se propuso atravesarlo para extender su imperio hacia aquellas regiones, pero sus tropas se opusieron a sus designios, y Alejandro comprendió que era peligroso afrontar la conquista de una comarca ignota con un ejército descontento, renunciando entonces a sus proyectos.

El regreso se hizo navegando por el Indo hasta su desembocadura; allí una parte de las tropas siguieron por mar hasta llegar a las bocas del golfo Pérsico, en tanto que otra parte emprendió el cruce del desierto de Aracosia; poco después entraron ambas en Babilonia; poniendo así fin a la larga expedición, que en el plazo de diez años había proporcionado a Alejandro un inmenso imperio. Era el año 324 a. de J. C.

EL IMPERIO Y SU ORGANIZACIÓN

El vasto territorio que quedó sometido a su autoridad fue organizado rápidamente por el conquistador, siguiendo el modelo de Darío. Las satrapías o provincias mantuvieron aproximadamente sus límites y fueron entregadas por Alejandro a sus generales, quienes, en su mayoría, respetaron el régimen administrativo instaurado por los persas. Sin embargo, en cuanto a la orientación política, Alejandro introdujo algunas novedades que revelan su preocupación por consolidar la conquista. Su propósito fundamental fue provocar el acercamiento de los vencidos a sus vencedores, para lo cual favoreció los matrimonios mixtos, estimuló el aprendizaje de la lengua griega por los sometidos, y utilizó los servicios de los nobles persas en la administración del Estado. El mismo Alejandro dio el ejemplo, casándose con una princesa persa, Roxana, y, sobre todo, adoptando muchas costumbres orientales en el ceremonial de la corte; esto último, particularmente, llenó de indignación a los jefes macedonios, quienes no vacilaron en reprochárselo al conquistador, llegando algunos hasta a conspirar contra él; pero Alejandro cortó de raíz el mal apelando a la más violenta represión.

Al poco tiempo, Alejandro, cuyo organismo estaba minado por las fatigas sufridas en sus largas campañas y por la vida irregular a que se había entregado en Babilonia, enfermó y murió en esta ciudad en 323. Quedaba como fruto de su corta existencia —sólo tenía treinta y tres años— un vasto imperio sometido al ejército greco-macedónico, imperio cuya fusión apenas estaba comenzada y que, en cambio, poseía en su seno vigorosas fuerzas de dispersión. La unidad política no pudo lograrse, pero sí se produjo en todo ese inmenso ámbito la formación lenta y espontánea de una cultura bastante homogénea. Por eso tiene una definida fisonomía la época que se inicia con la conquista de Alejandro, que se conoce con el nombre de la época helenística.


La época helenística

Es fácil precisar la fecha en que comienza la época helenística, porque todos sus caracteres derivan de la violenta sacudida que provocó la caída del Imperio Persa y su traspaso a manos de griegos y macedonios. En cambio, fijar sus últimos límites resulta menos fácil, porque si, desde el punto de vista político, tiene su fin cuando la república romana conquista los principales territorios del Mediterráneo oriental, culturalmente se prolonga durante la época de la hegemonía romana y conserva sus caracteres hasta el siglo II después de Cristo. Puede, pues, distinguirse un período helenístico de otro que suele llamarse helenístico-romano; el primero de ellos es el tema de este título.

LA DIVISIÓN DEL IMPERIO DE ALEJANDRO

El imperio no podía durar. A la muerte del conquistador, sus generales disputaron incesantemente sobre si se mantendría unido —a la espera del hijo póstumo de Alejandro— o si se lo dividirían definitivamente, adjudicándose cada uno las regiones que pudiera defender con su espada. En el transcurso de cincuenta años, las disputas por el reparto provocaron luchas feroces que modificaron repetidas veces los límites establecidos entre las distintas áreas del dominio; pero desde el primer momento quedaron bien establecidas algunas regiones que, inevitablemente, constituían reinos autónomos. Así se formaron algunos estados que perduraron, mientras otros surgían y desaparecían por anexión de sus territorios.

LOS ESTADOS HELENÍSTICOS

Los núcleos perdurables dentro del imperio de Alejandro fueron tres: el Egipto, la Siria y la Macedonia.

El Egipto quedó, desde los primeros tiempos, en manos de Ptolomeo Lágida, uno de los mejores generales que había tenido Alejandro. Defendido por la tradición de sus límites, el Egipto no sufrió alteraciones importantes, excepto cuando la suerte de la guerra le proporcionaba o le arrebataba alguna porción del territorio en la Siria. Poseía la ciudad más poderosa del Mediterráneo por esa época, Alejandría, de la que los lágidas hicieron su capital; las vinculaciones de sus reyes y de su aristocracia griega facilitaron notablemente su desarrollo económico a través de los diversos países del Mediterráneo, para lo cual el Egipto se proveyó de una flota poderosa. Alejandría fue, así, el gran puerto de esta época.

La Siria correspondió a otro de los generales macedónicos, Seleuco Nicator, quien constituyó, mediante la guerra y las negociaciones, un imperio que se conoce con el nombre de Imperio Seléucida. Además de la Siria propiamente dicha comprendía parte del Asia Menor, la Mesopotamia y el Irán; pero esta extensión de los dominios fue efímera, porque diversas circunstancias le arrebataron varias provincias, en las que surgieron nuevos estados.

La Macedonia constituía ya antes de la conquista el núcleo del imperio, y conservó esta categoría. En el curso del tiempo cambió de manos, pero conservó su personalidad y orientó su influencia hacia la Grecia, sobre cuyas ciudades ejerció directa o indirectamente autoridad, pese a la resistencia que opusieron algunos estados.

Alrededor de estos tres surgieron en diversas épocas algunos estados menores, tales como los reinos de Pérgamo, Armenia, Ponto, Capadocia, Galacia y Bitinia. La Tracia fue también por algún tiempo un estado independiente que, junto con el Epiro, flanqueaba la Macedonia. Y al sur de Grecia, Esparta procuraba mantener su autonomía, como lo hicieron las ciudades griegas que se confederaron en la Liga Aquea y la Liga Etolia. Finalmente, en el Occidente, las ciudades griegas —como Siracusa, por ejemplo— adquirieron autonomía y constituyeron estados independientes que alcanzaron notable desarrollo en algunos casos.

LA CULTURA HELENÍSTICA

El rasgo peculiar de esta época es la comunidad de cultura. Sin duda se presentan al observador diferencias notables entre unos estados y otros, según las influencias que predominaron; así, en los estados griegos la cultura de este origen mantuvo su vigor pese a las influencias que el Oriente proyectó sobre ella, en tanto que en los países orientales que se helenizaron no se perdieron por completo los rasgos de la primitiva cultura. Pero por sobre las diferencias locales, ciertos caracteres comunes dieron a la cuenca mediterránea una fisonomía homogénea, a lo que contribuyó en buena parte la difusión de un dialecto griego —el koiné— que se transformó en lengua internacional.

La cultura helenística es el resultado de la interferencia de influencias griegas y orientales sobre las culturas vernáculas de las distintas regiones de la cuenca mediterránea. Pero, al mismo tiempo, contribuyeron a caracterizarla algunas circunstancias propias del desarrollo económico, político y social de la época. Hubo, en efecto, un intenso tráfico internacional que acrecentó la riqueza y modificó la condición social de muchos grupos; de esto resultó también un creciente cosmopolitismo que debilitó la conciencia de las nacionalidades y favoreció las mutaciones políticas por obra de la conquista; y resultó también —y no es lo menos importante— el surgimiento de populosas ciudades que centralizaron el intercambio económico, haciéndose, al mismo tiempo, focos de irradiación de ideas y costumbres. Antioquía, Seleucia, Pérgamo y, sobre todo, Alejandría, son los núcleos en donde se elabora y se difunde la cultura helenística, favorecidas por la población internacional que abunda en ellas y los recursos que poseen.

Las artes plásticas. — Estas ciudades —y otras menores— se enorgullecían de su poderío y se esforzaban por ponerlo de manifiesto cubriéndose de suntuosos edificios y de magníficas obras de arte. Surgió entonces una plástica de caracteres singulares que, aunque conserva los rasgos fundamentales del arte griego, se caracteriza por su magnitud y por la magnificencia de su ornamentación. Ejemplos característicos son el Altar de Pérgamo, el Faro de Alejandría, el Coloso de Rodas, en todos los cuales el afán del artista es conmover al espectador por la grandiosidad de la mole.

Con frecuencia, estos monumentos estaban adornados con estatuas y relieves, según la tradición griega, pero abundaron también las figuras aisladas y se comenzaron a hacer retratos. La escultura helenística es también, en general, de carácter monumental; el rasgo fundamental es, sin embargo, el predominio de los elementos dramáticos: las actitudes contorsionadas, las fisonomías trágicas, todo aquello que puede producir en el que la observa una impresión fuertemente patética. Los testimonios más significativos son el grupo de Laooconte y el de las Nióbidas, así como también el del galo matando a su esposa. En las figuras aisladas, especialmente en las femeninas, la plástica helenística se caracterizó por un afán de extremar la sensualidad de las formas, como lo muestra la Venus hallada en Milo.

La literatura. — En literatura, la época helenística se caracteriza por el afán con que se estudiaron las obras antiguas. El análisis estilístico y gramatical de los poemas homéricos y de los grandes monumentos literarios del siglo v estimuló una tendencia a la imitación, del que son claro ejemplo el poema de Apolonio titulado Los argonautas y los himnos y epigramas de Calímaco. Más originalidad tuvo el poeta siciliano Teócrito, cuyos Idilios, de ambiente pastoril, revelan fina sensibilidad poética y delicada inspiración.

Se destacaron en la historia, por esta época, Timeo de Siracusa, y, sobre todo, Polibio de Megolópolis, este último autor de una historia de Roma que escribió en la segunda mitad del siglo II, y en la cual reflejó cuanto veía del desarrollo político de la naciente potencia mediterránea a la luz de su experiencia griega.

La filosofía y la ciencia. — El pensamiento filosófico de la época helenística arranca de Aristóteles. Sus investigaciones habían inaugurado un nuevo método para el estudio por separado de diversos problemas que hasta entonces se confundían en la filosofía, tendencia que fue seguida luego por sus discípulos y continuadores. Aristóteles dejó una obra vastísima, delimitada en una serie de tratados tales como la Poética, la Ética —sobre la cual escribió tres obras— la Metafísica, la Física, la Política, y, sobre todo, el Órgano o tratado de lógica; cada una de estas obras correspondía a una rama del saber, que luego continuó siendo estudiada separadamente por sus discípulos y por los que siguieron las huellas de éstos. Hay así, en el período helenístico, una marcada separación entre los estudios puramente filosóficos, y los que corresponden a las distintas ciencias.

En el campo de la filosofía, distintas escuelas estudiaron con diferente punto de vista los principales temas de esas disciplinas, pero, en general, coincidían todas en la trascendencia que le atribuían al problema de la moral y de la conducta. Los cínicos primero, los estoicos, epicúreos y escépticos luego, trataron de establecer cuál era el sumo bien a que podía aspirar el hombre y cuáles eran los caminos que debía seguir para alcanzarlo, para lo cual ahondaron en los problemas éticos, psicológicos y metafísicos, y aun en otros campos de la filosofía cuyos secretos parecían decisivos para la resolución de los enigmas que los preocupaban. Zenón el estoico, Epicuro, y Pirrón el escéptico son las primeras figuras de esas escuelas, en las que se destacaron luego Cleanto y Crisipo entre los estoicos, Metrodoro y Hermarco entre los epicúreos y Timón y Carneades entre los escépticos; hubo luego, en estas tres direcciones, continuadores romanos de valor como Séneca y Marco Aurelio, Lucrecio y Sexto Empírico.

En el campo de las ciencias, fueron numerosos los investigadores que alcanzaron valiosos resaltados. En materia de astronomía, física y matemáticas se distinguieron Eratóstenes, que midió con bastante exactitud el meridiano terrestre, Aristarco, que insinuó los principios del movimiento de la tierra contra la opinión de todos los sabios de su tiempo, Arquimedes, que descubrió algunos principios fundamentales de la mecánica, y Euclides, que estableció las bases de la geometría. Hubo también médicos ilustres que analizaron los caracteres del cuerpo humano, su anatomía, su fisiología y su patología; y no faltaron naturalistas que comenzaron a describir la fauna y la flora.

Estos estudios se difundieron ampliamente por el mundo helenístico gracias a las bibliotecas, academias y universidades que se establecieron en las principales ciudades. fue famosa la biblioteca de Alejandría por el prodigioso número de obras que contenía y por las numerosas copias que de ellas lanzó a la circulación; pero no fue menos famoso el Museo, verdadera universidad a la que concurrían estudiantes de las más lejanas regiones. Así se elaboró y se generalizó un saber rico en posibilidades, que heredaron los árabes y que ha llegado a nuestros días sin perder su valor inicial.


Roma y la instauración de la República

En la época en que Atenas luchaba por alcanzar una organización democrática, Roma, la pequeña ciudad del Tiber dominada por los etruscos, crecía lentamente, aislada y sin horizontes. Pero al finalizar el siglo VI, un acontecimiento decisivo cambió sus perspectivas y le abrió el camino de sus grandes destinos: la instauración de la república.

LA REPÚBLICA PATRICIA

Roma era una pequeña comunidad agrícola, en la que, naturalmente, los principales propietarios de la tierra —los patricios— poseían cierta innegable superioridad sobre las gentes que carecían de bienes raíces y vivían del comercio o trabajando como jornaleros, a quienes llamaban plebeyos. Los últimos reyes etruscos trataron de apoyarse en estos últimos para afirmar su poder y les concedieron algunas ventajas; pero los patricios no estaban conformes y esperaron una ocasión favorable para sacudir el yugo etrusco y, al mismo tiempo, someter a los plebeyos para defender y afirmar sus privilegios. La ocasión llegó en tiempos del rey Tarquino el Soberbio, cuya prepotente autoridad concluyó por irritar a los nobles, quienes organizaron una insurrección general que estalló en el año 509. Tarquino fue depuesto y los patricios organizaron una república aristocrática, de cuyo gobierno quedaron totalmente excluidos los plebeyos.

Sin embargo, esta clase numerosa constituía uno de los resortes fundamentales del ejército y de la economía. El nuevo Estado se veía acosado por sus vecinos, especialmente por los etruscos, que deseaban volver a imponer en él su autoridad, y muy pronto comprendieron patricios y plebeyos que no podían los primeros prescindir de los segundos; así fue como empezó una larga pugna entre las dos clases sociales, amenazando los plebeyos con abandonar la ciudad si no se les concedían algunos derechos, y luchando los patricios por mantener sus privilegios sin llegar a provocar la emigración de los plebeyos.

Esta lucha entre patricios y plebeyos llena la historia interior de Roma durante los siglos V y IV, resolviéndose definitivamente en el III. En todas las situaciones peligrosas provocadas por los ataques de los enemigos, los plebeyos exigían, a cambio de su ayuda, la concesión de nuevas ventajas, y los patricios solían conceder todo o parte de lo que se les demandaba, a cambio de la ayuda militar, sin perjuicio de que procuraran por todos los medios defender algunos de sus privilegios. De este juego de intereses resultó al cabo una nueva organización política y social que se conoce con el nombre de estado patricio-plebeyo.

EL TRIBUNADO DE LA PLEBE

Poco después de instaurada la república, los plebeyos amenazaron con abandonar la ciudad si no se les concedían mejores condiciones de vida. Querían que no se los redujera a la esclavitud a causa de las deudas y, sobre todo, que se les reconociera el derecho de designar dos tribunos que los representaran y los defendieran frente a los atropellos de los poderosos. Los patricios consintieron, porque la plebe no vaciló en retirarse al monte Sacro y afirmó que estaba decidida a fundar allí otra ciudad; desde entonces, sus miembros pudieron gozar de cierta segura protección, porque los tribunos eran inviolables y poseían la atribución de interponer su veto a cualquier sentencia o decisión de los magistrados que constituyera un atropello a sus derechos.

Para decidir su actitud y para consultar a la plebe, los tribunos comenzaron a convocarla a unas asambleas que recibieron el nombre de concilios de la plebe, las cuales tomaban ciertas decisiones —los plebiscitos— que obligaban a sus miembros. Estas asambleas adquirieron cada vez mayor importancia y, con el correr del tiempo se transformaron en cuerpos del Estado.

LA IGUALDAD CIVIL, POLITICA Y RELIGIOSA

Sin embargo, la protección de los tribunos sólo alcanzaba a remediar un aspecto de la situación de la plebe, acaso el más triste, pero no el más importante, porque sus miembros seguían excluidos de la comunidad. Seguros ahora en cuanto a su integridad física, los plebeyos aspiraron a adquirir derechos análogos a los de los patricios, especialmente en cuanto se refería al régimen penal. Exigieron entonces que se redactara y se hiciera pública una ley en la que se establecieran las principales disposiciones civiles y penales a que debían atenerse, con el objeto de evitar la arbitrariedad de los jueces, para lo cual se designó una comisión de diez personas —los decenvíros— cuya misión debía ser fijar por escrito aquellas disposiciones. Tras muchas alternativas, quedó sancionada finalmente la llamada Ley de las Doce Tablas, cuyas disposiciones eran comunes para todos los individuos que componían las dos clases, creyéndose que con esto se pondría fin a la divergencia.

Pero las demandas de la plebe no pararon aquí, porque la ley sancionada confirmaba, precisamente, lo que más repugnaba a los plebeyos: la separación entre ellos y los patricios. Comenzaron entonces a exigir que se autorizaran los matrimonios mixtos y, finalmente, lo consiguieron en 445; la consecuencia fue que los plebeyos ricos comenzaran a unirse en matrimonio con jóvenes patricias, con lo que comenzó una fusión estrecha entre las dos clases destinada a suprimir con el tiempo el abismo que las separaba.

A medida que se iba realizando esta aproximación entre los plebeyos ricos y los patricios, las ambiciones de los primeros fueron aumentando. Pronto quisieron tener acceso a la magistratura, y lucharon por conseguirlo. En el siglo IV y después de largos conflictos, lograron que, por la ley Licinia, se reconociera que uno de los dos cónsules debía ser de origen plebeyo; pero los patricios quisieron contener el ascenso de la plebe limitando las funciones de los cónsules y crearon otras magistraturas, entre las que repartieron sus atribuciones primitivas. Los plebeyos no cejaron, y exigieron que se los designara también para ejercer esos nuevos cargos de pretores, ediles y censores, lo cual fueron consiguiendo poco a poco. De este modo, al finalizar el siglo IV los plebeyos podían ocupar todas las funciones públicas y tenían derecho a formar parte del Senado en su calidad de antiguos funcionarios.

Las magistraturas que defendieron los patricios con más vigor fueron las que se vinculaban con el ejercicio del culto. Sostenían que sólo ellos participaban de la religión oficial y que, en consecuencia, no podían los plebeyos ser sacerdotes de un culto al que no pertenecían. Pero los plebeyos tampoco se detuvieron ante esta barrera y exigieron que se les reconociera el derecho de participar en el culto oficial y de ocupar los distintos sacerdocios, lo cual consiguieron mediante una ley sancionada al finalizar el siglo IV. De ese modo, nada quedó en el estado romano que fuera monopolio del, antiguo patriciado.

EL COMICIO POR TRIBUS Y LAS LEYES

Sin embargo, estas concesiones de los patricios tenían menos importancia de lo que parecía. En efecto, eran ya muy pocas las familias patricias que conservaban su estirpe pura de toda mezcla con plebeyos, puesto que, muy generalmente, eran ellas mismas las que buscaban las alianzas con los plebeyos ricos; y como eran solamente éstos los que podían permitirse el lujo de aspirar a los cargos públicos, muy difícilmente resultaba de la llegada de los plebeyos al poder un ataque serio a las ventajas de los ricos. Lo que ocurrió fue que se formó una nueva nobleza patricio-plebeya que dominó el Estado, y por debajo de la cual quedaban en situación bastante triste los plebeyos pobres.

Con todo, algo iban ganando éstos en el cambio. Por lo pronto, las posibilidades de mejoramiento social estaban abiertas a todos. Pero además todos podían hacer valer su influencia indirectamente mediante las decisiones tomadas en el concilio de la plebe, con las cuales podían obligar a sus miembros a realizar determinadas gestiones en su provecho. Muy pronto descubrieron que esta vía podía perfeccionarse y comenzaron a exigir que los plebiscitos no obligaran solamente a los plebeyos sino a todos los ciudadanos. La proposición era revolucionaria y la nobleza resistió; pero la plebe amenazó con una nueva emigración en masa y al fin consiguió lo que quería a principios del siglo III, precisamente cuando se completaba la conquista de Italia. De ese modo, la asamblea de la plebe se transformó en un comicio y reemplazó al comicio por centurias en la función legislativa: fue el ejercicio por tribus o asamblea popular.

Así, a comienzos del siglo III, Roma es un Estado patricio-plebeyo, en el que no pueden establecerse ya distingos según el nacimiento de los ciudadanos. En cambio, se ha producido una abierta separación entre ricos y pobres, de la que nacerán en el futuro graves problemas sociales. Pero no estallarán antes de mediados del siglo II, cuando la conquista haya extremado la riqueza de unos y la miseria de otros.


La conquista de Italia

El armade que dispusieron los plebeyos para lograr sus conquistas sociales y políticas fue la amenaza de abandonar el servicio de las armas. Esta arma resultó eficaz porque, inmediatamente después de la revolución patricia del 509, los romanos se vieron amenazados por sus vecinos y tuvieron que apelar a toda su energía y a todos sus poderosos recursos para mantener a toda costa su independencia.

La suerte acompañó a sus armas, y no sólo consiguieron contener a los agresores sino que muy pronto comenzaron a someterlos a su autoridad. Así, en el curso de los siglos v y IV, los romanos consiguieron afianzar su hegemonía sobre toda la Italia, proceso que quedó concluido en los primeros años del siglo III.

LAS GUERRAS DEL SIGLO V Y LA INVASIÓN DE LOS GALOS

El siglo que siguió a su independencia política fue de constante inquietud para la pequeña ciudad del Tiber. Los etruscos, que no se resignaban a perder su zona de influencia hacia el Sur, quisieron repetidas veces recobrar su autoridad sobre Roma, para lo cual iniciaron frecuentes ataques contra ella. Pero Etruria estaba ya herida de muerte. Su frontera norte estaba amenazada constantemente por las tribus galas y las ciudades septentrionales debían dedicar todas sus energías a repeler sus ataques; las ciudades meridionales, y especialmente Veyes, pudieron, en cambio, hostigar a Roma y lo hicieron cada vez que las circunstancias se presentaron favorables. Sin embargo, Roma pudo contener su amenaza y, al fin, en un esfuerzo supremo, logró dominarla y someterla finalmente en los primeros años del siglo IV, por obra del dictador Camilo.

Al mismo tiempo los romanos tuvieron que luchar contra los pueblos vecinos del Lacio, especialmente los que vivían en las laderas de las montañas vecinas, a quienes tentaban las tierras fértiles que ocupaban los romanos. Los ecuos, los volscos y los sabinos solían hacer incursiones todas las primaveras sobre las regiones ocupadas por sus vecinos, y algunas veces pusieron en peligro a Roma. Sin embargo, en el curso del siglo v, los romanos lograron no sólo contener a esos pueblos sino también dominarlos, y formaron con ellos la Liga Latina, de la cual Roma fue la cabeza. Esta organización dio a Roma una sólida posición; pero, al cabo de poco tiempo, una terrible invasión de los galos amenazó a la misma Roma y estuvo a punto de provocar la disolución de la Liga.

Empujados por los germanos, los galos habían penetrado en la actual Francia y habían cruzado luego los Alpes invadiendo a Italia. En su marcha hacia el Sur, los etruscos fueron su principal obstáculo, pero, al comenzar el siglo IV, una fuerte banda había conseguido vencer su resistencia y llegó cerca de Veyes, precisamente cuando los romanos acababan de apoderarse de la ciudad. Los romanos se aprestaron a la defensa y trataron de contenerlos, pero su impulso arrollador los llevó hasta el mismo Lacio, donde, finalmente, un ejército romano fue destruido en la batalla de Alia, en 390.

Los galos se lanzaron sobre la ciudad. El Senado aguardó serenamente a los invasores en el recinto donde sesionaba, y sus miembros fueron ultimados, pero la población combatiente se refugió en el Capitolio —que era la ciudadela—, mientras los demás se alejaban del recinto urbano. El saqueo fue total, pero el Capitolio no fue tomado y, finalmente, Breno, el jefe de los invasores, ofreció vender su retirada a cambio de una gruesa cantidad de oro que los romanos decidieron entregar. Poco después, los galos emprendían otra vez la marcha hacia el Norte y los pobladores de Roma volvieron a su ciudad devastada pero libre.

La consecuencia del desastre fue que las ciudades latinas intentaron sublevarse, aprovechando la crisis moral que suponían que se había apoderado de los romanos. Pero se equivocaron. Camilo, el heroico y decidido jefe que había conquistado Veyes, encabezó la represión, y poco tiempo después Roma volvió a ser señora del Lacio.

LA CONQUISTA DE LA ITALIA CENTRAL Y LAS GUERRAS SAMNÍTICAS

El éxito obtenido en esas campañas, la necesidad de guarnecer las fronteras y, sobre todo, las posibilidades que les daba la nueva organización del ejército —al que se había incorporado un crecido número de plebeyos— movieron a los romanos a extender sus operaciones tanto hacia el Norte como hacia el Sur. Toda la región meridional de la Etruria y las zonas próximas de la Campania fueron sometidas por sus ejércitos en el curso de la primera mitad del siglo IV. Pero este acrecentamiento del poder militar provocó nuevamente el recelo de los latinos, que se sublevaron otra vez hacia 340. Roma los derrotó en poco tiempo y ejerció serenamente su autoridad sobre ellos al tiempo que continuaba su política de expansión hacia el Sur. En ese plan, no podía sino chocar con un pueblo vigoroso que habitaba las montañas del centro de Italia y que también aspiraba a ocupar las zonas fértiles de la costa de la Campania: los samnitas.

Las guerras con los samnitas duraron en total treinta y cinco años. Empezaron con algunos desastres romanos, pero luego la suerte empezó a mostrarse adversa a los samnitas, quienes, finalmente, trataron de formar una coalición de todos los pueblos sometidos por Roma para dar contra éstos una batalla definitiva. Galos, etruscos y algunos pueblos de Italia central se unieron a los samnitas y juntos atacaron al ejército romano, pero fueron deshechos en la batalla de Sentino, el año 295. Poco tiempo necesitó luego Roma para afirmar su dominación en los territorios de los vencidos, con lo cual su poder político y militar salió robustecido de esta larga lucha, que por momentos tuvo caracteres trágicos para ella.

LA CONQUISTA DE LAS CIUDADES GRIEGAS

La conquista y ocupación del Samnio puso a los romanos en contacto con las ciudades griegas del sur de Italia, que muy pronto comprendieron que las amenazaba el poder expansivo de Roma. En efecto, los romanos no vacilaron en procurarse la amistad de algunas de aquellas ciudades y en tratar de influir sobre ellas, debido a lo cual entraron en conflicto con Tarento, que era la que, hasta entonces, ejercía cierta hegemonía sobre el sur de Italia.

En 281, Tarento tuvo la loca audacia de provocar a Roma y atacó algunos barcos romanos que estaban en el puerto. La consecuencia fue que la guerra se tornó inminente y Tarento pidió auxilio a Pirro, rey del Epiro, porque se sintió impotente frente a la magnitud del conflicto que había atraído sobre sí. Pirro, un guerrero formado en la escuela de los generales de Alejandro, creyó que sería empresa fácil para él dominar a todos los pueblos de Italia y construir un imperio en el Occidente, de modo que aceptó el hacerse cargo de la guerra. Pero, pese a que en las primeras campañas lo favoreció la suerte y derrotó a los romanos en Heraclea (280) y en Ausculum (179), Pirro cayó finalmente vencido en Beneventum, en 275, después de lo cual resolvió abandonar Italia dejando a las ciudades griegas libradas a sus fuerzas. Naturalmente, Roma logró apoderarse de ellas y la propia Tarento debió rendirse en 272.

Así, al comenzar el siglo III, la hegemonía romana se extendía por sobre toda la Italia. Los inmensos recursos de las ciudades marítimas de Magna Grecia pasaron a sus manos y muy pronto Roma sintió la hostilidad de otra potencia naval que se vio amenazada por ella: Cartago. Se preparaba de ese modo una larga lucha que la historia conoce con el nombre de guerras púnicas.


Las dos primeras guerras púnicas

La importancia de las guerras púnicas fue decisiva en la suerte de Roma. Por primera vez, la autoridad romana se extendió sobre regiones ultramarinas y, desde entonces, sus hombres más representativos comenzaron a soñar con un vasto imperio, que parecía rendirse a sus pies por la debilidad de todas las potencias del Mediterráneo. Roma había experimentado su fuerza y se halló capaz para las más difíciles aventuras de conquista.

LA PRIMERA GUERRA PÚNICA Y EL IMPERIO CARTAGINÉS EN ESPAÑA

La rivalidad entre Roma y Cartago comenzó cuando la primera se transformó en potencia marítima por la conquista de las ciudades griegas; hasta entonces habían mantenido los dos países buenas relaciones, pero desde ese momento se agriaron hasta el punto de que un pequeño incidente llegó a provocar el conflicto armado entre ellos. En efecto, en 264 se apoderaron los cartagineses de Mesina, cuyos habitantes pidieron ayuda a Roma; no sin vacilaciones, Roma se decidió a intervenir, pese a que no se consideraba todavía en condiciones de afrontar la lucha con un rival que poseía mayores recursos que ella en los mares; pero las circunstancias precipitaron los acontecimientos, y muy pronto obtuvieron sus ejércitos una victoria en Sicilia, donde los cartagineses fueron arrojados de Mesina. Poco después, y ante la amenaza de que Cartago cortara sus comunicaciones a través del estrecho, una flota romana mandada por el cónsul Duilio trabó combate con las naves cartaginesas y logró derrotarlas en la batalla de Miles, frente a la costa siciliana.

Para definir el conflicto, el cónsul Régulo concibió un vasto plan estratégico que consistía en desembarcar en la costa africana y dirigirse directamente contra Cartago. Puesto en acción el plan, Régulo fue derrotado por el ejército cartaginés que mandaba el general espartano Jantipo y la operación terminó en un terrible fracaso. Las operaciones se limitaron por algún tiempo a las guerras de Sicilia, pero, finalmente, los romanos consiguieron una formidable victoria naval frente a las islas Égatas en 241 y Cartago, vencida en el mar, se vio obligada a pedir la paz.

Roma supo aprovechar su victoria. Se estableció en Sicilia, donde sólo quedó fuera de su autoridad la ciudad de Siracusa, que estaba en manos de un rey amigo; y en los años subsiguientes, sus fuerzas ocuparon Córcega y Cerdeña, de modo que los cartagineses perdieron todas sus bases para el comercio del mar Tirreno.

Para resarcirse, los cartagineses, bajo la inspiración y el mando de Amílcar Barca, lograron establecerse en las costas de España. Allí se dedicaron a explotar sistemáticamente las riquezas minerales y a someter a los naturales del país, que fueron incorporados paulatinamente al ejército. Poco después, el yerno y sucesor de Amílcar, Asdrúbal, fundó la ciudad de Cartago Nova (Cartagena) y acentuó la penetración hacia el interior. Finalmente, en 221, Aníbal, hijo de Amílcar, sucedió a Asdrúbal y dio a su política un aire desafiante contra Roma, a la que odiaba desde niño. Roma trató de contener los impulsos del cartaginés y apoyó a algunas ciudades, entre ellas Sagunto; pero en 219 Aníbal estaba ya decidido a atacar a Roma por tierra y provocó a Sagunto, tomándola después de un feroz asedio, a pesar de las prevenciones que Roma había tomado. La guerra, pues, estaba decidida.

LA SEGUNDA GUERRA PÚNICA: INVASIÓN DE ITALIA Y CAMPAÑAS DE ANÍBAL

Aníbal había concebido un vasto y atrevido plan de operaciones. En los últimos años Roma había sometido toda la región del Po hasta los Alpes, y Aníbal estaba seguro de que, si conseguía llegar hasta allí, contaría con la ayuda de esas poblaciones belicosas que, seguramente, aspirarían a sacudir el pesado yugo romano. Resolvió entonces marchar por tierra y cruzar los Alpes para invadir Italia por el Norte, proyecto lleno de dificultades que puso en ejecución en 218.

Con cerca de cien mil hombres, con una pesada impedimenta de la que formaban parte cuarenta elefantes de combate, Aníbal inició la marcha desde Cartagena; cruzó el Ebro, los Pirineos, el Ródano y llegó a los Alpes; entonces emprendió el paso de la cordillera y, pese a las pérdidas sufridas en hombres, animales y material de guerra, logró descender a la llanura del norte de Italia con fuerzas suficientes para marchar al encuentro de un ejército romano que pretendía cerrarle el paso.

En las orillas del río Tesino, el ejército invasor logró su primera victoria abatiendo al ejército romano que mandaba el cónsul P. Cornelio Escipión. Poco después —el mismo año 218— Aníbal logró un nuevo triunfo frente a otro ejército romano mandado por el otro cónsul, Tito Sempronio, en las riberas del Trebia. Con estos éxitos Aníbal consiguió no sólo desbaratar la resistencia al norte de los Apeninos sino también atraerse a las poblaciones galas recientemente sometidas por Roma, cuyos guerreros engrosaron las filas del ejército invasor. Con este refuerzo, el general cartaginés decidió cruzar los Apeninos y entrar en la Italia central, donde los romanos contaban con nuevas fuerzas para oponerle.

La fortuna siguió acompañando al invasor. El cónsul Flaminio fue abatido en la batalla del lago Trasimeno en 217 y Roma parecía quedar a merced de los enemigos. Pero Aníbal decidió marchar hacia el Sur sin ocupar la capital, fuera porque quería sublevar las ciudades griegas, fuera porque le apremiaba el restablecer sus comunicaciones marítimas con Cartago. Los romanos, aconsejados y dirigidos por el dictador Fabio Cunctator, evitaron por entonces la batalla campal y se limitaron a hostilizar la retaguardia de Aníbal. Pero al año siguiente, los cónsules Terencio Varrón y Paulo Emilio cambiaron de táctica y enfrentaron al cartaginés en Cannas, donde sufrieron una sangrienta derrota que dejó a Roma sin ejércitos.

Durante los diez años que siguieron, Roma afrontó con ejemplar energía la guerra en todos los frentes. Se luchó en España, en Iliria, y, sobre todo, en Sicilia, donde Siracusa se había decidido por Aníbal. Una diplomacia hábil permitió a los romanos atraerse algunos aliados y pudieron rehacerse poco a poco, mientras Aníbal esperaba un momento favorable para dar un golpe decisivo. Pero el momento no llegó. En 212, el cónsul Marcelo se apoderó de Siracusa; en 211, Publio Cornelio Escipión conquistó la España cartaginesa; y en 208, un poderoso ejército que venía en socorro de Aníbal a las órdenes de su hermano Asdrúbal cayó vencido en el Metauro por los cónsules Livio Salinator y Claudio Nerón. Aníbal comenzó a temer por su suerte, viendo cómo se cerraban sus vías de comunicación y cómo volvían a dominio romano las ciudades del sur de Italia que antes se habían adherido a su causa; ante tal situación, pasó a la defensiva y procuró de todos modos robustecer sus fuerzas, sin poder lograrlo. Entre tanto, un joven general romano, Escipión, ideó un plan de guerra que debía sacarlo de Italia.

LA CAMPAÑA DE ESCIPIÓN EN AFRICA

Escipión, el hijo del general que había vencido en España, era hombre de profunda visión. No sin vencer muchas resistencias logró que se lo designara jefe de una expedición que, partiendo de Sicilia, debía procurar llevar la guerra al territorio cartaginés. Una maniobra diplomática muy sutil le proporcionó la ayuda de un pueblo africano, los númidas, con cuyo apoyo emprendió las operaciones contra la ciudad de Cartago después de haber logrado transportar su ejército a través del mar sin que se le opusiera la escuadra enemiga. Entre tanto, Cartago había llamado a Aníbal para que organizara la defensa, y el general abandonó Italia para acudir a su patria. Con el ejército que pudo formar se enfrentó con Escipión, pero el joven general romano lo derrotó en la batalla de Zama, en 202.

Cartago debió someterse. Perdió todos sus territorios ultramarinos y parte de sus territorios metropolitanos, debiendo entregar a los romanos su flota y su material de guerra, además de una gruesa indemnización. Con ello desaparecía Cartago como potencia marítima y Roma quedaba como señora de toda la cuenca occidental del Mediterráneo.


La expansión transmarina y la helenización de Roma

Al comenzar el siglo II, después de su victoria sobre Cartago, se abre para Roma una nueva época. Ahora está segura de su fuerza, de su capacidad para la guerra por tierra y por mar, del terror que comienza a inspirar a los pueblos remotos. Como el dominio del Occidente le ha reportado ingentes ganancias con las que se han beneficiado muchos hombres de empresa, comienzan a crecer las ambiciones y son muchos los que sueñan ya con extender las conquistas. Además, Roma tiene razones militares para emprender nuevas campañas, esta vez hacia el Oriente. Así, las guerras púnicas condujeron al imperio.

HACIA EL ORIENTE Y MEDIODIA

La guerra macedónica. — Razones militares exigían una campaña contra Filipo V, rey de Macedonia; Roma había descubierto sus negociaciones con Aníbal y no podía dejar impune un enemigo de tal categoría; además, Macedonia había atacado a los estados griegos amigos de Roma, y esta circunstancia le proporcionó un excelente pretexto para decidir el ataque.

En 197, un ejército romano mandado por el cónsul Tito Flaminio derrotó a Filipo en la batalla de Cinocéfalos, pero Roma no quiso sacar ventajas inmediatas y se limitó a exigir que Macedonia respetara la independencia de los estados griegos, con lo cual ponía freno a su posible expansión. Macedonia quedaba, así, reducida a una situación de total inferioridad.

La guerra siria. — El fracaso de Filipo se debió, en parte, a la falta de ayuda del rey de Siria, el poderoso Antíoco III, que se la había prometido. Pero Antíoco, instigado por Aníbal, que se había refugiado en su corte, no había desistido por eso de luchar contra Roma, cuyas pretensiones comenzaban a alarmarlo; se preparó para ello y desechó las demandas de Roma para que desistiera de sus planes; luego puso en ejecución esos planes e invadió Grecia en 192.

Roma se apresuró a acudir con sus fuerzas. Derrotó a Antíoco en Europa y le obligó a abandonar los territorios griegos que había ocupado; pero no se contentó con eso, sino que, con un ejército mandado por Lucio Cornelio Escipión y en cuyo estado mayor iba su hermano Publio, persiguió a Antíoco en Asia y lo enfrentó en Magnesia, donde lo derrotó acabadamente en 190. Después de la victoria, Roma arrebató a Antíoco el Asia Menor y distribuyó su territorio entre otros estados que se convirtieron en sus aliados. De ese modo, Siria, limitada al Norte por los montes Taurus, dejó de ser una amenaza para la expansión romana.

La anexión de Macedonia y Grecia. — Macedonia había conservado sus propios recursos y creyó que podía volver a probar su suerte frente a Roma. En 171, Perseo, hijo de Filipo, reorganizó el ejército macedónico y declaró la guerra, pero Roma acudió prontamente con un ejército al mando del cónsul Paulo Emilio, y derrotó a Perseo en la batalla de Pidna, en 168.

Por el momento, Macedonia no fue sometida; quedó dividida en varias regiones y privada de su rey, de modo que no tuviera posibilidad de reaccionar; pero poco más tarde intentó sublevarse nuevamente y Roma decidió someterla y anexarse su territorio, que, en 148, quedó bajo las órdenes de un magistrado romano. La misma suerte corrió Grecia; la liga Aquea intentó hacer la guerra contra Esparta, pese a los deseos de Roma de que no hubiera nuevos conflictos, y entonces el cónsul Mummio recibió la orden de someter todo el territorio. La ciudad de Corinto fue destruida en 146 y la Grecia pasó a ser provincia romana con el nombre de Acaya.

La destrucción de Cartago. — Por esa misma época, los romanos iniciaron la tercera guerra púnica. Pese a las restricciones impuestas por Roma, Cartago había logrado rehacer su economía y comenzaba a florecer. Roma temió que llegara a ser de nuevo un peligro para su seguridad y resolvió acabar con ella; la ciudad fue sitiada, y como resistiera más de lo previsto, se encomendó al cónsul Escipión Emiliano que pusiera fin a la guerra. Escipión —nieto adoptivo del vencedor de Zama— asaltó la ciudad y, una vez tomada, ordenó su destrucción, transformando luego en provincia romana todo el territorio.

LA HELENIZACIÓN DE ROMA

Las campañas victoriosas de la primera mitad del siglo II modificaron notablemente las condiciones de vida de la república romana. Ahora era una potencia de primer orden a la que no podía oponerse ninguna de las que subsistían en el Mediterráneo. Además, su influencia y sus conquistas le habían proporcionado una ingente riqueza y, sobre todo, inmensas posibilidades de acrecentarla aun más explotando el comercio y la industria de las regiones que quedaban bajo su autoridad. Todo ello, y especialmente el contacto con las populosas urbes helenísticas, crearon en las clases cultas un afán por modificar sus tipos de vida para reemplazar su antigua moderación por un lujo que juzgaban digno de su actual poderío.

Para las clases cultas, la vida griega se transformó en un modelo de refinamiento y elegancia. Se consideró entonces mezquino cuanto aludía a la tradición campesina de Roma y se cambiaron las costumbres patrias por las que prevalecían en las ciudades más lujosas de Grecia y el Oriente. Los cultos griegos, las modas en el vestir y en el comer, todo fue imitado. A las antiguas moradas romanas, caracterizadas por su sencillez, reemplazaron los suntuosos palacios provistos de muebles lujosos y de hermosas estatuas. Y ningún romano educado creyó que podía ignorar los versos de Homero o de Eurípides, aun cuando tuviera que aprender trabajosamente la lengua griega.

Para los romanos tradicionalistas, como Catón, este entusiasmo por la civilización helenística pareció un gravísimo peligro nacional y procuró combatirlo por todos los medios que las leyes ponían en sus manos. Pero era el resultado inevitable de la expansión romana, y los intentos del celoso censor fracasaron. Y si en las clases cultas pudo comprobarse que Catón exageraba sus temores, el espectáculo de los grupos sociales más humildes los confirmaba. En ellos, en efecto, influyó sensiblemente la fácil moral de los esclavos griegos, que resultó corrosiva para las viejas virtudes del romano. De modo que si la conquista trajo consigo el abrir a Roma las puertas de la cultura, no es menos cierto que preparó una verdadera revolución, porque su masa social comenzó a vivir y a pensar de acuerdo con otros ideales que los que nutrían antaño a sus campesinos rudos y virtuosos. Así, la conquista modificó el espíritu de Roma y trajo consigo la grave crisis del siglo I, en la que sucumbió la república.


La crisis de la República

Al promediar el siglo II, cuando los ejércitos romanos lograban poner fin a las amenazas de todos sus enemigos y destruían Numancia, Cartago y Corinto, la nobleza romana parecía dar señales de que se había embotado su sensibilidad cívica. Inmensas fortunas se amasaban en actividades lícitas e ilícitas, mientras las preocupaciones por la propia dignidad se desvanecían en la conciencia de los nuevos ciudadanos.

LOS GRACOS

Una ola de escepticismo se apoderaba de la ciudadanía romana, en tanto que una inmensa masa de desheredados esperaba que el Estado y los ricos se ocuparan de ellos. Un día, un hombre de corazón y de energía exigió para ellos ayuda y protección, y desencadenó un conflicto social que contribuyó, no poco por cierto, a que naufragaran las instituciones de la reciente república.

Este hombre se llamaba Tiberio Graco y era descendiente de Escipión.

Llegado en 133 al tribunado de la plebe, presentó un proyecto de ley agraria, según la cual el Estado debía reivindicar las tierras públicas que la nobleza senatorial había ocupado indebidamente, para entregarlas a los desheredados en pequeños lotes. El proyecto irritó a los poseedores, pese a que se les ofrecía indemnización, y se opusieron violentamente; pero Tiberio respondió también con la violencia y gracias a ella logró convertir en ley su proyecto. Poco después, Tiberio Graco caía víctima de una conjuración, y su reforma, sin ser suprimida, languideció frente a los obstáculos puestos por el gobierno de la oligarquía senatorial.

Diez años después, Cayo Graco, hermano de Tiberio, ocupó el mismo cargo con idénticos propósitos; pero esta vez estaba mejor preparada la masa y, además, el tribuno consiguió la alianza de los nuevos ricos, que eran también enemigos de la nobleza senatorial. Unidos ambos grupos sociales, consiguieron imponer muchas de sus iniciativas; pero el Senado supo combatir con su demagogia la sana política de Cayo Graco y logró debilitar el apoyo que hasta entonces le prestaba la masa proletaria. Así pudo, un día, hacer asesinar a Cayo Graco como lo había hecho con su hermano. Desde entonces, quedó diseñado en el panorama político un partido popular que sólo esperaba que alguien lo organizara convenientemente para adquirir una terrible gravitación en la vida romana.

MARIO Y SILA

Este hombre pudo ser Mario; era un caudillo popular dotado de grandes condiciones militares, y se había ilustrado en la guerra que Roma condujo contra Yugurta, rey de Numidia, en la que él había obtenido la victoria, así como también en las campañas triunfales que dirigió contra los invasores cimbrios y teutones. El peligro que para Roma significaron estas guerras permitieron que Mario ocupara el consulado repetidas veces, y de ese modo hubiera podido favorecer la política de su partido. Pero ante la oposición de la nobleza sólo supo acudir a la violencia, que ejercían sus lugartenientes sin freno ni control. Así se vio obligado, un día, a contenerlos por la fuerza, y perdió su prestigio entre los populares sin lograr la estimación de la nobleza, cuyo jefe, Sila, se levantó contra él y lo desplazó del poder.

Sila alcanzó esa situación de caudillo de la oligarquía también por sus méritos militares. Conjuró los peligros de la insurrección que habían desatado los aliados itálicos —irritados por la inferioridad política en que se los mantenía— y luego venció a Mitrídates, rey del Ponto. Con el prestigio ganado en estas luchas y con la ventaja que le daba el apoyo de la nobleza senatorial, que lo reconoció como su jefe, Sila regresó a Italia desde el Oriente en el año 84 dispuesto a apoderarse del mando, que en ese momento detentaban los populares. Sila entró con sus fuerzas en Roma e instauró una dictadura violenta. Las penas capitales, las confiscaciones y proscripciones que ordenó le permitieron destruir toda organización enemiga, y así pudo dictar una serie de leyes que aseguraran a la nobleza el monopolio del poder.

Sin embargo, su obra fue efímera. Cuando creyó que había cumplido su misión abandonó la dictadura; pero sus antiguos partidarios comprendieron que era imposible mantener la organización del Estado que él creara y se dispusieron a modificarla para favorecer a los elementos populares, labor que cumplieron Pompeyo y Craso. Pompeyo, sobre todo, se benefició con esta política, que le atrajo la simpatía de los humildes y de los ricos. Se le concedieron mandos militares importantes, y así pudo contar también con el apoyo de las tropas, gracias a lo cual su posición dentro del Estado se hizo privilegiada. Sin embargo, su posición intermedia entre sus antiguos partidarios y sus nuevos favorecedores permitió que, de uno y otro bando, surgieran hombres que podían hacerle sombra: fueron Cicerón en el bando senatorial y Julio César en el de los populares.

Una circunstancia singular, acrecentó la autoridad de Cicerón, famoso orador y prudente político. El grupo extremista de los populares organizó una conjuración que dirigía Catilina. Cicerón, que el año 63 ocupaba el consulado, la denunció enérgicamente y contribuyó a sofocarla, uniéndose de ese modo definitivamente al partido senatorial, que vio en él a su representante más eminente. Debido a ello, Pompeyo, que acababa de regresar de una campaña triunfal por el Oriente, decidió apoyarse en los populares y concertó un acuerdo con Julio César y Craso; se formó entonces un triunvirato que repartió entre sus miembros los puestos más importantes, gracias a lo cual pudieron controlar el Estado.

JULIO CÉSAR Y LA GUERRA CIVIL

Mientras Pompeyo obtenía el mando militar de España, Julio César alcanzaba el consulado el año 59. Su política fue netamente popular y le atrajo la adhesión incondicional de ese partido, así como el odio de la nobleza senatorial; pero Julio César tenía un plan bien madurado y no le atemorizaba arrostrar las iras de los poderosos; en efecto, al concluir su mandato recibió el proconsulado de Galia, con el cual obtenía un ejército que él podía robustecer haciendo nuevas levas en la provincia. Julio César emprendió una campaña gracias a la cual agregó al territorio romano toda la Galia Transalpina —la actual Francia—, pero que, para sus fines personales, significó sobre todo la posesión de un formidable ejército que estaba atado a él con lazos indisolubles.

El crecimiento del poderío de César aterró a los nobles, y no asustó menos a Pompeyo. Ante el aspecto que tomaban los sucesos, Pompeyo volvió a pasarse al bando senatorial y se dispuso a combatir a César. Pero éste tenía su decisión tomada. Así, cuando, en el año 49, llegó el momento de deponer su autoridad —y con ella sus fuerzas— exigió que se le concediera otro mando militar, y, al no obtenerlo, resolvió desencadenar la guerra civil.

El Senado intimó a César para que se despojara del mando, en cuya situación podía ser víctima de los odios de la nobleza. César se opuso, y para no dar tiempo al Senado y a las fuerzas de Pompeyo que lo respaldaban, entró en Italia repentinamente con sus tropas. El Senado resolvió escapar llevando consigo las fuerzas de Pompeyo, y cruzó el mar dirigiéndose al África. César, por su parte, ocupó la península y se consagró dictador. Poco después partió en persecución de sus enemigos y venció a Pompeyo en la batalla de Farsalia, Grecia, el año 48.

El gobierno dictatorial de César duró cuatro años, durante los cuales debió realizar numerosas expediciones para derrotar a los antiguos pompeyanos. En ese tiempo, numerosas medidas de carácter social, económico y político pusieron de manifiesto el propósito de César de reorganizar la república según nuevas bases. A la autoridad de un jefe absoluto correspondería una masa estrechamente solidarizada con él y que gozaría de la protección del Estado; la antigua nobleza, en cambio, quedaría definitivamente excluida del poder y perdería sus privilegios.

Este plan suscitó en los miembros de la clase amenazada una violenta indignación. Sus privilegios parecían unidos a la constitución del Estado, y los ataques de César parecían dirigirse no sólo contra ellos sino también contra la tradición política de la ciudad. Una conspiración encabezada por Marco Bruto puso fin a la vida de César, el año 44, y el primer gran ensayo revolucionario quedó terminado. Pero la república no se salvó por ello, porque estaba condenada ya por un siglo de profundos conflictos sociales a los que era menester hallar solución.


La época de Augusto

La muerte de César inauguró un período confuso en la historia política de Roma. Los que habían organizado la conjuración esperaban que las cosas volvieran a su antiguo cauce, pero las situaciones nuevas creadas en los últimos años, y, sobre todo, la aparición de algunos presuntos herederos de la gloria política de César, provocaron un desarrollo inesperado en los acontecimientos. Uno de ellos, Octavio, dominó finalmente la situación y gobernó a Roma durante largos años, dando a su tiempo, con su personalidad y su obra, un sello singular.

DE LA MUERTE DE CÉSAR AL ENCUMBRAMIENTO DE OCTAVIO

Los funerales del dictador asesinado probaron que el pueblo no había dejado de amarlo y que estaba dispuesto a seguir la bandera de quien prometiera continuar su política. Su lugarteniente Marco Antonio fue, en el primer momento, el sucesor con más probabilidades de triunfo; pero muy pronto tuvo que compartir esta posibilidad con Lépido —otro de los antiguos oficiales de César— y Octavio, hijo adoptivo del dictador, sellándose entre los tres un pacto para apoderarse del control del Estado. Con el título de triunviros, se hicieron cargo del poder y se dedicaron a afianzar su posición mediante el exterminio de sus enemigos. Hubo confiscaciones y sentencias capitales, y, finalmente, una enérgica acción militar contra Marco Bruto y sus secuaces, que se habían refugiado en Grecia.

Sin embargo, este acuerdo entre los rivales no podía ser sino efímero. Se dividieron el imperio y Octavio se hizo cargo del Occidente mientras Marco Antonio quedaba con el gobierno del Oriente; pero el comportamiento de ambos fue muy distinto; Octavio afirmó su autoridad en el viejo solar romano, en tanto que Marco Antonio debilitó su causa casándose con Cleopatra, reina del Egipto, y presentándose ante los ojos de sus conciudadanos como un renegado de la tradición patria. Octavio explotó hábilmente esta situación y concitó el odio de los romanos contra su rival, de modo que no le fue difícil desatar una guerra civil que, con el pretexto de aniquilar las ambiciones monárquicas de Marco Antonio, estaba, en realidad, dirigida a eliminarlo como rival. En la batalla naval de Accio, el año 31, Octavio destruyó las fuerzas de Marco Antonio —que se suicidó poco después— y como ya había logrado eliminar a Lépido, se encontró dueño absoluto del poder. Así, cuando consiguió suprimir todos los focos de resistencia, devolvió solemnemente al Senado, el año 27, todos los poderes extraordinarios que le habían sido conferidos y proclamó el comienzo de una era de paz y la restauración de las antiguas instituciones. Sin embargo, un nuevo régimen había surgido para Roma, que se conoce con el nombre del principado.

EL PRINCIPADO

En efecto, Octavio era dueño absoluto de la situación. Si pretendía haber restaurado la república era solamente porque no quería provocar, como César, la hostilidad de los tradicionalistas que abominaban del poder unipersonal; pero él ejerció una autoridad de esa clase, disimulada tras las formas republicanas.

Cuando, en el año 27, Octavio declinó las facultades extraordinarias, sabía muy bien cuál iba a ser la reacción del Senado.

El supremo cuerpo político del Estado le confirió el título de Augusto —esto es, sagrado— y le devolvió el mando supremo de los ejércitos así como también el gobierno de algunas provincias. Las instituciones republicanas se mantuvieron, pero Augusto ocupó cuantas magistraturas quiso, pudiendo, además, sugerir cuáles eran los candidatos de su predilección para los distintos cargos. La costumbre hizo lo demás.

Los magistrados perdieron su antigua independencia y se hizo entonces norma política el acatar las indicaciones de Augusto, que, sin embargo, procuró ser moderado en todo aquello que no implicaba merma para su autoridad de hecho. El régimen del principado —que él inauguró y que le sobrevivió durante más de dos siglos— fue, en el fondo, una ficción jurídica; la república subsistía en la forma, pero el poder era unipersonal en la realidad. Sólo los amigos y consejeros personales de Augusto lograron tener alguna injerencia en la vida del Estado; con ellos formó el príncipe un consejo, al que pertenecieron Mecenas y Agripa, el primero de los cuales se distinguió por la protección que prestó a artistas y poetas, y el segundo por su actividad militar.

LA POLÍTICA INTERIOR, ROMANIZADORA, Y LA POLÍTICA EXTERIOR

El principal mérito de Augusto ante los ojos de sus contemporáneos fue el restablecimiento de la paz. Tras largos años de lucha civil, los romanos ansiaban la tranquilidad a cualquier precio y no tuvieron inconveniente ya en enajenar una parte de sus derechos políticos con tal de lograrla. Augusto la aseguró con firmeza y energía, y en las provincias especialmente, las consecuencias fueron notables. La administración fue más honesta y las actividades productivas fueron protegidas y estimuladas por el Estado romano, que, al mismo tiempo, organizó el régimen municipal para dar cierta participación a los provinciales en el gobierno local. También merecieron su atención los impuestos, que hizo cobrar directamente y de manera más justa de acuerdo con las posibilidades económicas de cada región. Como administrador, Augusto mostró una extremada habilidad y echó las bases de un sistema que duró largo tiempo dando excelentes resultados.

Políticamente, su destreza para el manejo de los hombres le permitió realizar el tránsito entre la antigua y la nueva forma de gobierno sin suscitar mayores resistencias. Supo contener cuantos intentos se insinuaron de restaurar el régimen antiguo y logró incorporar al mecanismo estatal a los sectores económicos y sociales más significativos, especialmente a los ricos, con los cuales reemplazó los restos de la antigua nobleza republicana que aun quedaban en el Senado. Así, cuando murió, el Estado había sufrido una total modificación no sólo en sus mecanismos administrativos y políticos, sino también en las fuerzas humanas que lo tonificaban y lo movían.

Conservador por temperamento, Augusto advirtió el peligro que corría el imperio si el Estado no realizaba una labor de romanización de las distintas comarcas sometidas a su autoridad. Para lograrlo, comenzó por estimular el retorno a las antiguas costumbres en Italia, porque veía en ella el núcleo de donde debían irradiar los principios unificadores. Combatió el lujo, las formas exóticas de religiosidad, los hábitos y costumbres provenientes del Oriente y Grecia, todo aquello, en fin, que se opusiera a las tradiciones romanas. Siguiendo la misma política, se preocupó por llevar a las provincias esas mismas tradiciones y costumbres, tratando de que en ellas se produjera, lentamente, su asimilación. Así, vio en los campamentos militares y en las colonias de ciudadanos romanos los instrumentos para la romanización, cuya labor se complementaba con la difusión de los cultos oficiales de Roma y, especialmente, el culto del emperador, alrededor del cual quiso crear el vínculo de unión entre tantas y tan distintas regiones como poseía el imperio.

Augusto no era, por temperamento, hombre propenso a las grandes aventuras militares; sin embargo, es posible que pensara en un principio en la posibilidad de acrecentar sus territorios, especialmente aquellos que podían considerarse, por la naturaleza de sus pobladores, como una amenaza para la seguridad de las fronteras. Quiso, por eso, conquistar la Germania; el año 9 a. de J. C., una poderosa fuerza romana al mando de Druso y Tiberio había logrado introducirse más allá del Rin, pero los germanos prepararon una emboscada y aniquilaron completamente, en la selva de Teutoburgo, dos legiones comandadas por el general Varo. Este desastre, así como la grave insurrección de las provincias del alto Danubio, orientó definitivamente su política militar, que desde entonces fue estrictamente defensiva.

Durante su largo gobierno, Augusto reorganizó el ejército y dio cabida en él a los provinciales; luego distribuyó las legiones a lo largo de las fronteras, y fortificó las líneas utilizando los recursos naturales cuando era posible; a veces consideró imprescindible, para ese fin, emprender la conquista de algunas zonas con cuyo dominio podía alcanzarse un obstáculo natural de importancia para el sistema defensivo; otras, formó nutridas colonias militares que defendían la retaguardia de las fuerzas avanzadas; así, en cada caso, pudo lograr la mayor seguridad para el imperio que, en general, quedó protegido por los ríos Rin, Danubio y Eufrates y por los desiertos de Arabia y Sahara.

LAS ARTES Y LAS LETRAS

Si esta época mereció el nombre de “siglo de Augusto”, no fue solamente por la paz que proporcionó a Roma ni por la estructura política y administrativa que supo crear; fue también por el esplendor que alcanzaron por entonces las artes y las letras, a las que estimuló el príncipe con su protección a los poetas y a los artistas.

Roma se cubrió por entonces de hermosos monumentos. Arquitectos y escultores, muchos de ellos traídos de Grecia, pusieron al servicio del engrandecimiento de la ciudad su talento y su experiencia; se levantaron templos, palacios y estatuas, y se construyeron también obras públicas de importancia para la vida urbana, especialmente puentes sobre el río Tiber.

Pero lo que tuvo un brillo inusitado en la época de Augusto fue la poesía. Vivió por entonces Virgilio, el gran poeta mantuano a quien protegió Mecenas. Dos obras poéticas —las Bucólicas y las Geórgicas— lo acreditaron como espíritu de inspiración fresca y profunda; describía en ellas la vida de los campos y servía indirectamente, de ese modo, los ideales de Augusto en cuanto procuraban devolver a las viejas costumbres el perdido encanto. Donde Virgilio mostró su madurez poética, sin embargo, fue en otro poema de corte épico que tituló la Eneida. Era un poema histórico, en el que narraba el lejano y legendario origen de los romanos, a quienes, según cierta tradición, emparentaba con los griegos. El poema no sólo posee raras cualidades literarias sino que se caracteriza también por el fervor patriótico del poeta, a quien mueve la visión de la grandeza de Roma.

Horacio, el autor de las Epístolas y las Odas, de las Sátiras y del Canto Secular, mereció también el apoyo de Augusto y de Mecenas. Era un temperamento menos apasionado que Virgilio, menos profundo, pero más intencionado y crítico. A su lado florecieron otros poetas: Ovidio, el autor de las Metamorfosis y los Fastos, y Propercio, de quien se conservan las Elegías. Pero es necesario no olvidar otras formas literarias que alcanzaron por entonces alto vuelo, especialmente la Historia.

Ya durante la época republicana hubo historiadores eminentes, como Salustio y Julio César. Contemporáneo de Augusto fue Tito Livio, cuya Historia de Roma constituye un inmenso monumento a la antigua gloria de la ciudad. Los relatos sobre los orígenes del pueblo romano y de la ciudad, las narraciones de las batallas y de los actos heroicos, los discursos de los más eminentes ciudadanos, todo constituyó, con el tiempo, la versión oficial de la historia del pasado romano. Por eso tiene importancia no sólo como obra histórica sino también como testimonio del alma nacional, que se vio reflejada en ella con sus más señalados caracteres.

Durante los siglos siguientes no faltaron en el imperio poetas y prosistas de valor, pero no volvió a darse nunca esta conjunción de figuras excelsas, y por eso el siglo de Augusto adquiere en la historia de Roma una significación inigualable.


El Imperio durante el siglo I

Augusto no dejó sucesión directa, pero trasmitió su autoridad a su hijastro e hijo adoptivo, Tiberio. Así se creó un régimen de sucesión que tuvo cierto valor durante toda la historia romana, aunque no llegó a precisarse nunca en un principio jurídico estricto. En el curso del siglo I d. de J. C., dos familias poseyeron el poder: los Julio-Claudios y los Flavios.

LOS JULIO-CLAUDIOS

Tiberio, el sucesor de Augusto, alcanzó el poder a la muerte de su padre adoptivo, en el año 14. Sin embargo, había desempeñado durante toda su vida funciones de importancia, excepto algunos períodos en que estuvo confinado por razones políticas. Era hombre experto en el manejo de los negocios públicos, mesurado en sus actos y buen general; todo ello decidió la elección de Augusto —a quien se le habían muerto los herederos directos— y determinó para Roma una época de tranquilidad durante sus primeros años de gobierno. Si su gobierno (14-37) presenta un rasgo característico es, sobre todo, la anulación de los comicios, que Augusto había respetado pese a que hubo de privarlos de toda significación; desde entonces no hubo más asambleas populares, y la función legislativa recayó en el Senado, ante el cual Tiberio mantuvo siempre una actitud respetuosa.

Sin embargo, la segunda mitad de su gobierno se caracterizó por su arbitrariedad; el pueblo comenzó a odiarlo por la sospecha de que hubiera mandado asesinar a su sobrino Germánico, y él respondió a ese odio con una política de represión, cuyo instrumento fue la ley de majestad, por la cual se castigaban con extremo rigor los delitos de opinión y de crítica. Aprovechando el descontento general, el prefecto del pretorio, Sejano, organizó una conspiración, pero fue descubierto y condenado. Tiberio abandonó Roma y se refugió en Capri, desde donde ejerció el gobierno de manera más despótica aún que antes. Por eso, a su muerte, el pueblo romano respiró con alivio.

Se equivocaba. El sucesor, Calígula, (37-41) debía ser peor aún, y su crueldad fue más refinada; atropelló el Senado, derrochó los caudales públicos, humilló a los magistrados y a las magistraturas y hasta insinuó su aspiración a establecer, definitivamente, un régimen absolutista con caracteres de despotismo oriental. Sus maldades provocaron una conjuración y Calígula fue asesinado en el año 41.

Desde 41 hasta 54 ocupó el principado Claudio, tío de Calígula, a quien, según se cuenta, descubrieron los soldados de la guardia oculto en el palacio durante el tumulto que siguió al asesinato del príncipe; confiados en su debilidad, lo proclamaron emperador, suponiendo que podría ser instrumento de sus deseos. Así ocurrió, en parte; pero no fueron sólo ellos quienes lo dominaron; ejercieron más influencia sobre su espíritu un grupo de libertos, a quienes entregó los principales resortes del gobierno, y, sobre todo, sus dos esposas, Mesalina primero, y Agripina después. Esta última logró que Claudio desheredara a su propio hijo, Británico, en beneficio de un hijo que ella había tenido en su primer matrimonio, llamado Nerón.

Con todo, el gobierno de Claudio fue honorable. No sólo restauró la dignidad del Senado y de las magistraturas, sino que se preocupó por la administración interior del imperio y por su expansión. En el primer aspecto, Claudio ordenó la administración. provincial y estimuló el desarrollo de las diversas regiones; en el segundo, logró la anexión de Bretaña y Mauritania. Así, pues, pese a su carácter y al ambiente de intriga que predominó en la corte, el gobierno de Claudio resultó ejemplar comparado con el de su antecesor.

Su época, además, pudo considerarse feliz al lado de la que le siguió. Nerón —cuyo gobierno duró desde 54 hasta 68— no parecía revelar, al principio, malas cualidades; había sido educado por el filósofo Séneca y estuvo, durante los primeros años de su gobierno, bajo la influencia de algunos hombres ponderados y rectos. Sin embargo, pronto mostró que escondía un temperamento cruel y ambicioso; comenzó por alejar a su madre —a cuyas malas artes debía el poder—, y alejó luego a sus consejeros de más influencia; así, al poco tiempo, su gobierno se precipitó en una serie de violencias y atropellos que degeneraron en crueldades sin cuento.

Como Calígula —y como otros después— Nerón demostró que le molestaban las limitaciones que la tradición del principado —tal como lo había diseñado Augusto— imponía a su voluntad. La humillación del Senado y de los magistrados fue el signo de su rebeldía contra esa tradición; Nerón deseaba que se reconociera en él un señor absoluto, y persiguió todo cuanto podía significar un resabio de la antigua libertad republicana. Pero como, además, era impulsivo y estaba dominado por una intensa vanidad, cometió desmanes inexplicables que le atrajeron el odio concentrado tanto del pueblo como de la nobleza.

Ni su familia ni sus amigos se libraron de la crueldad de Nerón. Británico, su hermanastro, despojado en su provecho, su propia madre y su esposa Octavia fueron asesinados por su orden, al tiempo que ordenaba la persecución de muchos personajes importantes. Incendió la ciudad y culpó a los cristianos, a quienes ordenó castigar con rigor. Y, mientras tanto, se llenaba de ridículo presentándose ante el público para que admirara sus habilidades de poeta y de músico.

No faltaron las conjuraciones para asesinar a Nerón. Finalmente se produjo una rebelión contra él, y huyó despavorido hasta que decidió darse muerte. Así concluyó la familia Julio-Claudia, que había dado a Roma figuras ilustres y príncipes nefastos.

LAS LUCHAS DE LOS AÑOS 68 Y 69. LOS FLAVIOS

A la muerte de Nerón, el Senado proclamó emperador a Galba, pero, entre tanto, algunos ejércitos provinciales designaron a sus jefes para ocupar el principado, y se inició entonces una era de sangrientas luchas. Galba fue derrotado por Otón, jefe de la guardia pretoriana y antiguo amigo de Nerón. Éste a su vez fue vencido por el jefe del ejército de Galia, Vitelio, cuyo gobierno demostró su pequeñez moral y su incapacidad. Y entre tanto, los ejércitos del Oriente proclamaron emperador a su jefe, Flavio Vespasiano, cuyas fuerzas derrotaron a Vitelio a fines del año 69.

Poco más tarde llegaba el propio emperador y se hacía cargo del poder, iniciando una nueva era de paz en la ciudad y en el imperio.

Vespasiano era un hombre de origen humilde, cuyos méritos militares merecían el mayor respeto. Su principal obra de gobierno fue restablecer la perdida disciplina en los ejércitos; pero, logrado eso, se afanó por restaurar el funcionamiento de los diversos órganos de gobierno para que funcionara el sistema del principado de acuerdo con la tradición impuesta por Augusto. En Roma, demostró una notable capacidad administrativa y logró devolver al erario público la antigua solidez, contra la que habían conspirado los derroches de Calígula y de Nerón. En las provincias, se mostró igualmente activo, procurando que el régimen impositivo fuera justo aunque él mismo acrecentara el monto de algunas contribuciones.

Desde el punto de vista militar, Vespasiano encargó a su hijo Tito que completara las operaciones militares que él había emprendido. Los judíos se habían sublevado y Jerusalén estaba sitiada; Tito emprendió el asalto de la ciudad y, una vez tomada, ordenó su destrucción el año 70. fue entonces cuando más intensa se hizo la diáspora o dispersión de los hebreos. En otras comarcas, sus generales lograron aplacar las insurrecciones que estallaron y avanzar las fronteras romanas, fortificándolas convenientemente; así ocurrió en la actual Holanda, en Bretaña y en las regiones danubianas. Al morir Vespasiano, en el año 79, el imperio estaba en paz y el régimen institucional había sido reparado, aun cuando Vespasiano inaugurara cierto tipo de autoridad militar que, más tarde, tendría importantes repercusiones.

Dos años solamente duró el principado de su hijo Tito (79-81), de cuya virtud y bondad guardó una inextinguible memoria la tradición romana. Pero a su muerte lo sucedió su hermano Domiciano (81-96), que, por el contrario, pasó a la Historia como un déspota cruel y brutal.

También él —como Nerón— comenzó su gobierno mansamente, mostrándose respetuoso de las instituciones y estimulando el desarrollo de las provincias. Pero se apoderó de él, más tarde, una especie de locura que lo impulsó a pretender la sumisión religiosa de sus súbditos, gracias a la cual todos los resortes del poder debían quedar en sus manos. Asesinatos y desmanes sin número lo hicieron odioso, y así, tras una larga y oscura época de tiranía, encontró la muerte a manos de unos conjurados. Con él se extinguió la dinastía de los Flavios.

LA CULTURA DEL PRIMER SIGLO DEL IMPERIO

La época de los Julio-Claudios y de los Flavios mantuvo el impulso que infundieron en el espíritu romano Augusto y su círculo.

En las artes plásticas, fueron numerosos los exponentes de la capacidad constructiva de los romanos. El Panteón, el anfiteatro Flavio o Coliseo, el arco de Tito, las lujosas casas particulares de Pompeya, todo ello son signos del esplendor que por entonces alcanzó la arquitectura. En general, se manifiesta una evidente perduración de los modelos griegos; pero se le imprimen algunos caracteres peculiares tales como el uso de la cúpula —como en el Panteón— o el desarrollo de la ornamentación. Además, las dimensiones de los edificios romanos fueron muy superiores a las que usaron los griegos, así que el aspecto de sus construcciones difería notablemente de las de aquéllos, porque tenían que combinar los distintos elementos ornamentales para romper la monotonía de los extensos muros.

El conocimiento de los principios de la construcción permitió emprender vastas obras públicas, de las cuales no están ausentes ciertos rasgos fundamentales del gusto romano. Si las calzadas —extensas y numerosas— no revelaban otra cosa que un profundo dominio de la técnica, los acueductos y los puentes revelan cómo sabían combinar las exigencias prácticas con la armonía de las líneas

En cuanto a la escultura, los romanos revelaron —a diferencia de los griegos— una marcada predilección por el retrato. Estatuas y bustos de notable precisión en el modelado de la fisonomía, muestran cómo el escultor perseguía la fidelidad a su modelo, sin perjuicio de una búsqueda de valores estrictamente plásticos.

No faltaron en este primer siglo poetas de valor, como Lucano, el autor de la Farsalia, Estacio, que nos ha dejado un poema titulado Tebaida, y los satíricos Juvenal y Marcial. Petronio escribió, en prosa y verso, una obra de singular mérito, titulada el Satiricón, que nos provee de una ingente cantidad de datos preciosos para conocer las costumbres de la época. En la filosofía descolló Séneca, el autor de diversos tratados morales, y en la historia se destacaron Suetonio, el autor de la Vida de los Césares, y Tácito, acaso el más grande historiador romano, al que debemos una Historia y unos Anales, modelos en su género.


La aparición del Cristianismo

MIENTRAS el imperio alcanzaba su mayor esplendor, precisamente cuando Augusto y Tiberio echaban las bases de su organización definitiva y ofrecían al mundo el espectáculo de una hegemonía indiscutida, se originó en Palestina un movimiento religioso destinado a tener intensas consecuencias. En el seno de la comunidad judía, y siguiendo las huellas de los más nobles profetas, un predicador llamado Jesús comenzó a enseñar una nueva doctrina moral y religiosa, que, emanando de las viejas creencias, las depuraba y enaltecía.

JESÚS Y SU DOCTRINA

A diferencia de todos los otros pueblos orientales, los hebreos elaboraron una creencia monoteísta. En general, era una religión muy apegada a la forma de los ritos, pero hubo muchos profetas —Isaías y Jeremías, especialmente —qué predicaron la necesidad de practicar una religión íntima, mística, en la que el ritualismo fuera reemplazado por la fe profunda. Siguiendo este pensamiento, Jesús predicó una doctrina de fraternidad y de amor, que conmovió profundamente a muchos hebreos, que se hicieron discípulos suyos.

Enseñaba Jesús que la verdadera vida no es ésta que vive el cuerpo, sino la vida eterna del alma, para la cual la existencia terrena es preparación y prueba. Aquí, en la tierra, era necesario demostrar la virtud para merecer el bien después de la muerte, y esa virtud consistía en la firme fe en Dios y en el ejercicio de una moral superior. El desprecio por las riquezas, el amor al prójimo, la resignación ante las calamidades de la vida, el ejercicio de la misericordia y la caridad, todo ello constituía un conjunto de reglas cuyo cumplimiento estimaba muy superior al frío ejercicio de un culto minucioso como el del templo de Jerusalén.

Esta última circunstancia le atrajo a Jesús el odio y la persecución del Sanedrín —que era el Senado de la ciudad— y de los sacerdotes. Oían que por todas partes se atribuía a Jesús el maravilloso poder de obrar milagros, que se reconocía en él al Hijo de Dios, al Mesías esperado y ungido por Dios mismo; y temerosos de no poder contener el avance de la nueva doctrina, comenzaron a hostilizarlo para perderlo. El pueblo, en efecto, le seguía devotamente, porque su palabra tenía un extraño poder de sugestión y era, además, convincente y sencilla; enseñaba por medio de parábolas que llegaban al corazón de quienes lo escuchaban y sus promesas de redención encontraban eco en los espíritus acongojados. Era, pues, imprescindible, para los sacerdotes del templo, impedir que siguiera una predicación que amenazaba socavar su predominio.

No pudiendo condenarlo por razones religiosas, el Sanedrín y los sacerdotes aprovecharon el prestigio popular de Jesús para presentarlo como un caudillo revolucionario que quería rebelar al pueblo contra la autoridad romana. Como esta clase de movimientos no eran inverosímiles en Palestina, el procurador de Galilea, Poncio Pilatos, dio por fundada la acusación y, no sin vacilaciones otorgó su consentimiento para que Jesús fuera condenado a muerte. Así fue como lo crucificaron entre dos ladrones, en el año 33 de nuestra Era, en el monte denominado Gólgota, es decir, monte de las Calaveras.

LA DIFUSIÓN DEL CRISTIANISMO

Después de su muerte, sus palabras se difundieron con intenso fervor por quienes las habían escuchado, y comenzaron a ponerlas por escrito para evitar que se perdieran. Los apóstoles, esto es, aquellos que habían rodeado a Jesús y habían recibido directamente su enseñanza, comenzaron a propagar su doctrina no solamente por todos los rincones de Palestina sino aun más lejos. Algunos de ellos emprendieron largos viajes para llevar la palabra divina a los grupos judíos de las grandes ciudades del Mediterráneo, a los que acaso había llegado el rumor de la aparición del esperado Mesías; la reacción fue diferente, según los casos, porque unos creyeron que, en efecto, lo era, y otros se resistieron a dar fe a la fausta noticia; por eso las sinagogas de casi todas aquellas ciudades se dividieron — como había ocurrido en la misma Palestina— entre los que seguían fieles a la antigua ley —la Torá— y los que se declararon cristianos, aceptando la doctrina de Jesús.

La propagación de la doctrina se hizo, principalmente, por medio de los Evangelios. Fueron éstos los libros que escribieron algunos de los discípulos de Jesús, narrando su vida, sus enseñanzas, su pasión y su muerte. Tres de ellos, los de San Marcos, San Mateo y San Lucas, son bastante semejantes entre sí, y se los llama, por eso, sinópticos, en tanto que el cuarto —el de San Juan— revela una elaboración más prolija y acaso más profunda; poco a poco, comenzaron a aparecer otras narraciones de la vida de Jesús que, a pesar de ser consideradas apócrifas por la Iglesia, contienen datos de considerable valor. Pero, en todo caso, ninguno de los Evangelios circuló profusamente durante el siglo I, y puede decirse que, durante este primer período, fue exclusivamente la propaganda oral la que logró atraer adeptos a la nueva doctrina en todos los ámbitos del Mediterráneo.

SAN PABLO

Entre estos propagandistas de la nueva fe, ninguno tiene tanta importancia como San Pablo. Judío de origen, había sido educado según las costumbres helénicas y conocía bien las doctrinas filosóficas griegas. Según la tradición, persiguió durante sus primeros años a los cristianos, pero tuvo una revelación en el camino de Damasco, después de la cual se convirtió y dedicó su vida a enseñar las doctrinas de Jesús. Se le llamó el “apóstol de los gentiles”, porque sostuvo la necesidad de predicar la nueva fe entre todos los hombres, sacándola así del seno de las comunidades judías, donde algunos querían mantenerla encerrada. San Pablo universalizó la doctrina cristiana, y a sus esfuerzos se debió la aparición de comunidades de esa fe en todas las ciudades importantes del Mediterráneo.

Tan activa fue la propagación del cristianismo, que, ya en época de Nerón, se suscitó una cruel persecución que costó la vida a muchos fieles de esa fe. Más tarde, en época de Domiciano, volvió a repetirse con mayor crueldad, pero también con el mismo resultado; porque, en efecto, las persecuciones no sólo no debilitaron al cristianismo sino que, por el contrario, lo fortalecieron con el sacrificio de los fieles. Con todo, durante este siglo, y aun en el curso del siguiente, el número de cristianos no fue muy considerable fuera de las regiones orientales del imperio. Será en el siglo III cuando se notará en las filas del cristianismo un movimiento de intensa propagación, que preparará su reconocimiento por Constantino en el siglo IV.


El siglo de los Antoninos

Cuando en el año 96 cayó asesinado Domiciano, subió al poder un hombre eminente del orden senatorial: Nerva. Su breve gobierno se caracterizó por el respeto a la ley y a las normas del principado según la tradición de Augusto; pero lo que merece señalarse por sobre todo en su breve gobierno es que estableció el principio de la adopción para asegurar la sucesión imperial, principio según el cual cada príncipe elegiría cuidadosamente el hombre más calificado para sucederle y lo adoptaría como hijo, de modo que su derecho fuera inobjetable cualquiera que fuera el criterio que se siguiera. A esta circunstancia debió Roma el tener, durante el siglo II, la serie más brillante de príncipes que registra su historia.

TRAJANO

La elección de Nerva fue feliz. Trajano, que mereció tal distinción, era un soldado eminente y se reveló como un gobernante enérgico y prudente. Sus convicciones —y acaso su ambición de gloria— lo llevaron a romper la tradición imperial en materia de conquistas, y aplicó su celo a extender las fronteras romanas. Hizo para ello numerosas campañas. El resultado fue favorable, y quedaron incorporadas al imperio la Dacia —actual Rumania—, la Mesopotamia y la Armenia, la Siria y la Arabia.

De todos estos nuevos territorios, la Dacia fue la región que se logró romanizar mejor. Las gentes que la poblaban aceptaron el idioma y las costumbres romanas y, sobre todo, recibieron en su territorio importantes colonias destinadas a guarnecer la región. Así fue como, a pesar de que se la abandonó luego, permaneció dentro de la zona de influencia cultural de Roma. Los territorios anexados en Asia, en cambio, no ofrecían, a los ojos romanos, otro interés que el de contribuir a la defensa contra los partos; éstos, relegados más allá del Tigris, eran menos peligrosos que cuando estaban sobre las rutas de invasión, ya que la experiencia enseñaba a los romanos que sus ejércitos no eran muy eficaces para la lucha en los desiertos. Estas regiones también fueron abandonadas pronto.

En lo interior, Trajano demostró un verdadero celo por el bienestar de sus súbditos. Desarrolló las instituciones de ayuda a los necesitados que había implantado Nerva y facilitó el trabajo de los agricultores ofreciéndoles créditos liberales. Sobre todo se preocupó por las provincias; él era español de origen y conocía cuán necesitadas estaban de protección oficial, de modo que procuró por todos los medios asegurar su prosperidad mediante un gobierno regular y justo que estimulara la riqueza y la tranquilidad de los provinciales. Numerosas obras públicas —caminos, puertos, puentes— permitieron el desarrollo económico de algunas regiones hasta entonces descuidadas, al tiempo que servían a la defensa militar del imperio.

ADRIANO

Siguiendo el principio establecido por Nerva, Trajano adoptó a Adriano, que le sucedió en el poder a su muerte, en 117. Adriano fue un celoso administrador y un verdadero tutor de las provincias, cuyas necesidades conoció y estudió personalmente por medio de frecuentes viajes. No sólo estimuló la vida económica del imperio, sino que trabajó intensamente en su administración y se preocupó, sobre todo, por la ordenación de la justicia. Quizá la obra más significativa de su gobierno fue el Edicto Perpetuo, recopilación de los antiguos edictos pretoriales realizada por el sabio jurisconsulto Salvio Juliano. Desde entonces, el derecho quedó ordenado en un cuerpo de disposiciones de fácil consulta.

Adriano se apartó de la tradición de su antecesor en cuanto a la política militar. Consideraba que la extensión del imperio comprometía su seguridad, y no vaciló en desprenderse de las conquistas que Trajano había hecho en Oriente; organizó cuidadosamente, en cambio, la política defensiva, ordenando la construcción de fortificaciones en Retia, Germania y Bretaña, estableciendo guarniciones y vigilando estrechamente a los pueblos vecinos. Así pasó a la historia como un gobernante prudente y previsor, que supo descubrir la amenaza que para la Roma imperial podían llegar a significar los germanos.

ANTONINO PÍO Y MARCO AURELIO

Adriano murió en 138 y lo sucedió Antonino Pío, a quien había adoptado. fue un espíritu superior, a quien apasionaba la justicia; se sentía esclavo de sus deberes, y, aunque no innovó en materia política o militar, condujo el gobierno del imperio con tanta equidad y prudencia, que su tiempo pareció a los romanos el más feliz que el imperio conociera. Sus dotes de hombre íntegro se pusieron de manifiesto, finalmente, en la elección de su sucesor, Marco Aurelio, que ocupó el poder a su muerte, en 161; sin embargo, le dio como colega a Lucio Vero, un hombre de escasa virtud, al que Marco Aurelio supo contener en sus apetitos. Reinaron juntos hasta que murió Lucio Vero en la guerra contra los sármatas, marcomanos y cuados, que habían invadido las provincias danubianas. Marco Aurelio continuó esta campaña con singular energía hasta su muerte, que ocurrió en Viena, el año 180 de nuestra era.

Marco Aurelio no era un temperamento belicoso. Amaba la paz y el reposo, y su vocación profunda era la filosofía, que había estudiado con pasión, adhiriéndose a la doctrina estoica. Fruto de sus reflexiones fueron las notas para un libro que no llegó a escribir y que han llegado hasta nosotros con el título de Pensamientos; en esas líneas, breves y profundas, se refleja no sólo la hondura de sus meditaciones sino también la grandeza de su espíritu de gobernante. fue justo y, pese a sus aficiones, supo cumplir con su deber de gobernante aunque tuviera que sacrificar lo que le era más caro en la vida: el estudio y la reflexión.

Una sola debilidad tuvo en su vida: la elección de su hijo Cómodo para el gobierno del imperio. Conocía el sabio emperador sus defectos y sus vicios, su carácter tortuoso y su sensualidad; pero no supo dominar su amor paternal, y el imperio debió sufrir durante trece años —desde 180 hasta 193— un gobierno tiránico y desordenado, durante el cual se malograron todos los esfuerzos de sus antecesores para sujetar la vida pública a las leyes. No fue lo menos grave de su acción el descuidar la vigilancia de las fronteras que su padre defendiera hasta la muerte, preparando con ello las invasiones que más tarde se precipitaron sobre el imperio. Tras muchas angustias, se conjuraron para darle muerte sus propios parientes, pero fracasaron y sufrieron el condigno castigo. Pero, al fin, Cómodo no pudo evitar otra celada y fue asesinado en 193.

LA CULTURA DEL SEGUNDO SIGLO DEL IMPERIO

Tiempo de paz y de esplendor, las grandes construcciones abundaron por entonces. Se reconstruyó el templo del Panteón, se delinearon nuevos foros — como el de Nerva y el de Trajano— en los que se elevaron suntuosos edificios, y fueron numerosos los monumentos de gran calidad arquitectónica que se levantaron por entonces. Merece recordarse el mausoleo que se construyó para Adriano, enorme construcción circular que, luego modificada, se conoce hoy con el nombre de Castillo de Sant’ Angelo; y son igualmente significativos la villa de Adriano en Tívoli, el arco de Trajano en la ciudad de Benevento y las columnas de Trajano y de Antonino Pío en Roma. No faltó por entonces una escultura de singular calidad, y testimonia su desarrollo el inmenso relieve en espiral que cubre la Columna Trajana, en el que se representan los principales episodios de las campañas de Dacia.

En el campo de las letras, hubo escritores de calidad, como Apuleyo, el autor de las Metamorfosis, una novela que se conoce también con el nombre de El asno de oro, y Plinio el Joven, de quien se han conservado, fuera de numerosas cartas, un Panegírico de Trajano. Marco Aurelio ha pasado a la inmortalidad como eximio exponente del pensamiento filosófico de los estoicos, y hoy conocemos también las cartas de uno de sus maestros, Frontón, que pasó en su tiempo por insigne orador. Finalmente, pertenece a esta época Aulo Gelio, el autor de las Noches áticas, obra a la que debemos infinidad de noticias sobre cosas y hombres de la Antigüedad.


La crisis del siglo III

La muerte de Cómodo sumió al imperio en una nueva crisis política. Los soldados de la guardia pretoriana y los diversos ejércitos pugnaron por llevar al poder a sus jefes, con la esperanza de gozar luego de los mayores privilegios. Sin embargo, triunfó en la contienda un hombre que procuraría retrasar el desencadenamiento de la anarquía: Septimio Severo, cuyos sucesores pertenecieron a su misma familia durante algún timpo.

LOS SEVEROS

Septimio Severo (193-211) no encontró otro camino para conjurar la naciente anarquía que el establecimiento de una verdadera dictadura militar. Era necesario someter a los numerosos grupos militares que estaban lanzados hacia la conquista del poder, y ello sólo podía hacerse contando con un poder militar más fuerte. Así comenzó un período oscuro para la historia de Roma, en el que sólo la fuerza tuvo significación.

Con todo, Septimio Severo fue un hombre recto que procuró ejercer el poder con mesura; pero no pudo ni quiso devolver al estado su antigua estructura, y así fue entregando la totalidad del poder al ejército. Esta política fue llevada hasta sus últimas consecuencias por su hijo y sucesor, Caracalla, cuyo poder tiránico llevó a Roma a las mayores humillaciones (211-217). Durante su gobierno, Caracalla dictó un edicto por el cual se concedía el derecho de ciudadanía a todos los habitantes del imperio (212), medida que llegaba en momentos en que la ciudadanía no entrañaba privilegio alguno. Pero las cosas empeoraron todavía más durante el reinado de Heliogábalo (218-222).

En efecto, además del descalabro general de la administración y de la disciplina militar, Heliogábalo, que era un príncipe inmoral y vicioso, se caracterizó por su predilección por el culto sirio del Sol, del que se constituyó Sumo Sacerdote. Con ello, los cultos exóticos entraron en Roma con fuerza torrencial y atrajeron hacia ellos a las multitudes supersticiosas, de modo que muy pronto se perdieron las hondas raíces de la romanidad. Cuando, a la muerte de Heliogábalo, su sucesor Severo Alejandro (222-235) quiso restablecer la disciplina y reorganizar la vida pública, ya era tarde; fue asesinado, pero no por la irritación provocada por sus crímenes, como Heliogábalo, sino por su virtud, que resultaba ya intolerable para los espíritus acostumbrados a los desbordes de todas las pasiones. Así concluyó, en 235, la dinastía de los Severos, inaugurándose la era de la anarquía militar.

LA ANARQUÍA MILITAR

Desde la muerte de Severo Alejandro hasta la asunción del poder por Diocleciano, el imperio se sume en una terrible confusión. Los diversos ejércitos provinciales se negaron a reconocer autoridad alguna que no hubiera sido nombrada por ellos, y así, al cabo de poco tiempo, comenzaron las luchas entre los distintos emperadores que, simultáneamente, eran designados por las diferentes fuerzas militares.

Las consecuencias fueron terribles. De la antigua disciplina, de la organización institucional y legal del imperio, no quedó nada en pie en medio de este cataclismo general. Ni siquiera se salvó la unidad del imperio, porque algunas regiones —Galias, el reino de Palmira— se independizaron en la práctica, mientras las otras luchaban entre sí con una violencia extremada. Pero no fue eso la única consecuencia. Los enemigos que hasta entonces habían estado contenidos más allá de las fronteras encontraron propicia la ocasión para introducirse en el territorio imperial, y así se produjo la primera gran invasión bárbara en el imperio. Fueron los godos, sobre todo, los que más daños produjeron; entraron en la península de los Balcanes y la recorrieron y saquearon sin piedad, ante la impotencia de los ejércitos imperiales, a los que carcomía el virus de la guerra civil. Pero quedaban algunas reservas todavía en el viejo imperio, y, a partir del reinado de Claudio II, una marcada reacción comenzó a hacerse visible.

Durante su breve reinado —desde 268 hasta 270—, Claudio II, a quien llamaron el Gótico, pudo organizar sus fuerzas y afianzar su autoridad en la medida necesaria para oponerse con éxito a los godos, a quienes logró expulsar de la Península Balcánica. Su sucesor, Aureliano (270-275), logró asimismo alejar de territorio romano a otros pueblos invasores panonios y alemanes, y adoptó algunas medidas para prevenir nuevos peligros; así, ordenó construir un muro —que se llamó Aureliano— para asegurar a la ciudad de Roma contra posibles asaltos y dispuso el abandono de la Dacia para fortalecer las líneas romanas detrás del Danubio. Luego incorporó al imperio las regiones de Galia y Palmira que se habían separado, y, de ese modo, completó su labor de reordenación del imperio. Sólo quedaba por lograr la reorganización interna, y esa misión correspondió a un emperador de extraordinarias calidades como hombre de mando, llamado Diocleciano.

DIOCLECIANO

Diocleciano subió al poder el año 285. Era de origen ilirio, y se había formado en las filas del ejército, donde había adquirido prestigio y experiencia en los negocios públicos. Su obra de gobierno, cumplida a lo largo de veinte años de infatigable labor, tuvo consecuencias definitivas para el imperio, sobre todo en cuanto a su organización interior, hasta el punto que su reinado constituye un jalón en la historia romana: con él se inicia el Bajo Imperio.

La transformación introducida por Diocleciáno se caracterizó por el propósito de crear un régimen absolutista. Era la época en que florecía el Imperio Parto, cuyas modalidades políticas impresionaron a los romanos; en efecto, aquel florecimiento del viejo país persa fue explicado por el régimen autocrático que impuso la dinastía parta, y fueron muchos los jefes del imperio —sobre todo los de origen oriental, como Diocleciano— que juzgaron que la solución del problema romano consistía en imitar aquella organización. Esta idea dirigió los pasos de Diocleciano. Los restos de la tradición republicana que aún subsistían fueron eliminados. El emperador se hizo llamar dominus, que quería decir señor, y los súbditos fueron obligados a saludarlo con una genuflexión, como la que se acostumbraba a hacer ante los reyes orientales. Además, todas las funciones públicas se concentraron en manos de una burocracia directamente dependiente del emperador, transformándose el Senado en un cuerpo municipal de la ciudad de Roma.

Diocleciano quiso, también, poner freno a las luchas civiles mediante un riguroso sistema para determinar la sucesión imperial. Dividió el imperio en dos partes —el de Oriente y el de Occidente— y, sin perder él la máxima autoridad, se reservó el mando directo del Imperio de Oriente, entregando el de Occidente a un colega. Además, cada uno de los emperadores debía nombrar un César, que sería su lugarteniente y, luego, su sucesor. A este sistema se le llamó la “tetrarquía”, y Diocleciano lo puso en vigencia inmediatamente.

Una política estatal muy firme y acentuada caracterizó el gobierno de Diocleciano. Todo aquello que, de cerca o de lejos, podía importar a la vida colectiva fue minuciosamente ordenado por el Estado, que legisló sobre precios, estableció controles oficiales sobre las diversas actividades y, sobre todo, procuró mantener a cada individuo en la misma profesión u ocupación que tenía, sin permitir a los soldados o a los campesinos, por ejemplo, que cambiaran de oficio. De este modo, Diocleciano inmovilizó la sociedad romana, y si bien es cierto que evitó, de momento, que se volvieran a desencadenar los conflictos civiles, detuvo también todos los gérmenes de evolución y de progreso. Así ocurrió que el estancamiento general, y especialmente el estancamiento económico, prepararon la decadencia del imperio, que Diocleciano sólo pudo contener en su aspecto formal y exterior.


El Imperio durante el siglo IV

Si Diocleciano logró llevar la paz al imperio durante su gobierno, el sistema que tan pulcramente había ideado para evitar males en lo futuro fracasó después de su retiro de la función pública. En efecto, estaba tan seguro de las bondades del régimen de la tetrarquía que en 305, considerando cumplida su misión, abdicó el poder y obligó a que lo hiciera a su colega Maximiano.

Pero muy pronto advirtió su error. Las ambiciones no habían sido contenidas, y el régimen de la sucesión imperial no funcionó como él lo había previsto. Un hijo del César de Occidente, llamado Constantino, no se resignó a perder, pese a su parentesco, toda posibilidad de reinar, y desencadenó un conflicto armado que le permitió dominar casi todo el Occidente.

CONSTANTINO

Sólo le quedaba, al llegar al año 312, conquistar Italia para dominar toda esa región. Allí mandaba Majencio, un hombre que, según los principios de Diocleciano, sostenía la necesidad de afirmar la tradición pagana de Roma para fortalecer y tonificar al imperio. Constantino se apoyó en los ya numerosos cristianos, y, según la tradición, obtuvo la promesa del triunfo si luchaba por la Cruz. En 312 invadió Italia y venció a Majencio en la batalla del Puente Milvio, después de lo cual su autoridad quedó afirmada en la mitad del imperio. Entonces resolvió poner fin a la persecución de los cristianos, para lo cual dio el año 313 un edicto en la ciudad de Milán por el cual autorizó el culto cristiano. A partir de ese momento, las conversiones se realizaron en masa, y, poco después, el cristianismo llegó a ser la religión más importante del imperio.

Pero Constantino no se contentó con poseer el Occidente y procuró por todos los medios llegar a ser señor de todo el imperio. Tuvo que esperar algunos años, pero después de muchas luchas logró derrotar al emperador de Oriente, Licinio, y, desde 323, fue el único emperador. Ya desde antes, y en la zona sometida a su autoridad, había trabajado por afirmar la organización centralista y autocrática tal como la había esbozado Diocleciano; ahora, transformado en señor de todo el mundo romano, quiso dar a esa autoridad un marco apropiado y dispuso la fundación de una nueva ciudad en las orillas del Bosforo, a la que llamó Constantinopla. La ciudad se levantó sobre la base de una antigua ciudad griega, Bizancio, a la que se agregó una nueva zona urbana caracterizada por la suntuosidad de sus construcciones; allí estableció la sede de su gobierno Constantino, otorgando al Oriente —como ya lo había hecho Diocleciano— una jerarquía superior al Occidente.

De todos los aspectos de la obra de Constantino, el que tiene más importancia es el religioso. La tolerancia del culto cristiano fue acompañada por una serie de concesiones que dieron muy pronto una situación de ventaja a la Iglesia. Se ha discutido mucho sobre si Constantino era o no un sincero creyente; de todos modos, lo cierto es que apoyó a la Iglesia y que contó entre sus consejeros a varios altos dignatarios de ella. Constantino recabó para sí, en la práctica, cierta superintendencia en los asuntos eclesiásticos, y él presidió el concilio de Nicea, en 325, en el que se condenó la herejía de Arrio y se definió el dogma cristiano. Acaso un objetivo político guiaba los pasos de Constantino: la utilización de la influencia del sacerdocio para sus propios fines. Pero las consecuencias de esa política fueron tales que muy pronto la Iglesia pudo constituirse como un poder dentro del Estado.

LA REACCIÓN DE JULIANO EL APÓSTATA

Constantino murió en 337 y sus tres hijos recibieron una parte cada uno del extenso imperio de su padre. Uno de ellos, Constancio, reveló poseer las mismas ambiciones que Constantino, y logró poco a poco eliminar a sus rivales hasta quedar solo en el gobierno. Pero esta época de los hijos de Constantino está manchada por los crímenes familiares más oscuros y repugnantes; todos aquellos que podían constituir un estorbo para las ambiciones de los tres hijos primeros, y de Constancio después, sufrieron una persecución despiadada y cayeron en la lucha.

Sin embargo, sobrevivió un sobrino de Constantino llamado Juliano, a quien las circunstancias permitieron llegar a ocupar altos cargos. Juliano creció y se educó en el odio de Constantino, de sus descendientes y de la política sustentada por todos ellos. Así fue como decidió restaurar el paganismo, acaso no tanto por admiración a su contenido religioso como porque el cristianismo estaba unido, a sus ojos, con la tradición constantiniana. Dos años solamente reinó Juliano, desde 361 a 363; durante ese tiempo, el cristianismo, aunque no fue perseguido, conoció el repudio y el desprecio oficial, en tanto que el Estado apoyaba el resurgimiento de los antiguos cultos. Pero la obra de Juliano quedó inconclusa con su muerte, y se desbarató prontamente.

La Iglesia había adquirido ya una fuerza incontrastable; pudo resistir con éxito la ofensiva de Juliano y preparó, a su vez, el contraataque, por medio de las poderosas influencias que había adquirido en la corte imperial. Así, cuando llegó Teodosio al poder, la Iglesia ganó definitivamente la batalla.


Las primeras invasiones y el reinado de Teodosio

Durante los últimos años del siglo IV, los pueblos germánicos del Danubio entraron en el imperio y produjeron una terrible conmoción. Sin embargo, Roma conservaba todavía algunas reservas y pudo afrontar la situación, gracias a la capacidad de Teodosio, a quien la historia ha llamado el Grande. Su reinado fue, en verdad, la última etapa del imperio.

LA INVASIÓN DE LOS VISIGODOS

El pueblo germano de los godos vivía en las orillas del Danubio, del otro lado de la frontera romana. Desde hacía mucho tiempo se había mostrado amistoso con respecto a los romanos y había sido sensible a su influencia, de modo que no parecía constituir una amenaza grave; pero en los últimos tiempos del siglo IV, una circunstancia inesperada provocó un cambio en la situación.

En efecto, un pueblo mongólico, los hunos, apareció desde el Este y avanzó arrolladoramente por las costas del mar Negro hacia el Danubio amenazando someter a cuantos pueblos encontraba a su paso. Una rama de los godos, los ostrogodos, cayó bajo su autoridad; pero otra, la de los visigodos, decidió sustraerse al peligro y cruzó la frontera romana en demanda de protección y auxilio.

El emperador Valente les fijó una comarca para que se instalaran, pagando un tributo; allí estuvieron algún tiempo, pero, de pronto, y a causa de las exacciones que sufrían, los visigodos se sublevaron y atacaron a las fuerzas imperiales, a las que derrotaron, dando muerte al propio emperador en la batalla de Andrianópolis, el año 378.

Para afrontar la situación, el emperador de Occidente envió a su mejor general, Teodosio, quien consiguió someter a los visigodos y, sobre todo, reanudar con ellos relaciones pacíficas. Esta labor fue consolidada cuando Teodosio, en premio a sus servicios, recibió el imperio de Oriente.

TEODOSIO EL GRANDE

El gobierno de Teodosio fue difícil por las diversas preocupaciones que tuvo que atender. Un usurpador, Máximo, se apoderó del Occidente, y Teodosio tuvo que combatirlo hasta que consiguió vencerlo, después de lo cual reunió en sus manos la totalidad del imperio. Entre tanto, su principal preocupación fue perseguir las sectas heréticas y defender la unidad de la Iglesia. Al fin, en 392, decidió prohibir los cultos paganos y el cristianismo quedó reconocido como religión oficial del imperio.

Entre tanto, las fronteras, tanto de Oriente como de Occidente, seguían amenazadas y era menester estar atento a su defensa. Para facilitar el gobierno, Teodosio, previendo su muerte, dispuso que el imperio se dividiera entre sus dos hijos, Honorio y Arcadio, al primero de los cuales le correspondería el Occidente, mientras el segundo retendría el Oriente. Así se hizo, cuando, en 395, el último gran emperador murió.

LA CULTURA DE LOS ÚLTIMOS TIEMPOS DEL IMPERIO

El rasgo predominante de la cultura del Bajo Imperio es su orientalización. La fundación de Constantinopla y la radicación de la sede del gobierno en ella no son hechos circunstanciales. Por esa época, era el Oriente la parte más importante del imperio y eran las influencias orientales las que se sentían con mayor intensidad. Esta característica se acusó muy pronto, sobre todo en las artes plásticas.

Quizá la obra maestra de la arquitectura de este período sea el magnífico palacio —una verdadera ciudad— que Diocleciano mandó construir en Spalato, en la actual Yugoeslavia. Predominaban en él las líneas curvas y se notaba cómo por entonces prefería el gusto romano las bóvedas y las cúpulas; estos elementos formaban parte ya de la estructura de las termas de Caracalla, y aparecieron también en la basílica de Constantino —ambos edificios en Roma—, y en las construcciones que adornaron Constantinopla. Los arcos de triunfo se modificaron. El de Septimio Severo y el de Constantino revelan ya una complejidad en las formas que los diferencia sensiblemente de los antiguos; y la suntuosa decoración que aparece ornamentando todas las construcciones revelan, decididamente, la influencia oriental. Del mismo modo, las estatuas que nos han llegado de los emperadores —las de Constantino, especialmente— son, en este período, producto de una sensible transformación del gusto; por sus proporciones, generalmente monumentales, por su expresión y por su técnica, son, en general, de marcada influencia oriental.

Las letras revelan, durante el Bajo Imperio, cierta declinación; el latín se barbariza y falta la inspiración, a la que reemplaza cierto alarde retórico. Los escritores paganos se dedican a la historia, como Aurelio Víctor, Eutropio o los autores de la Historia Augusta; otros cultivan la poesía, como Claudiano o Rutilio; y algunos practican el género epistolar u oratorio. Hubo también, en esos siglos, escritores cristianos de valor, entre todos los cuales los de mayor significación son Tertuliano, el autor de El apologético, y San Jerónimo, de quien nos han quedado unas magníficas cartas y algunos tratados históricos y religiosos.

Hubo también, por entonces, un extraordinario florecimiento de la literatura religiosa en lengua griega: Orígenes y Clemente de Alejandría son, sin duda, los más significativos; pero no faltó a la tradición pagana quien la defendiera, como lo hicieron Celso y Porfirio. Época de intensa inquietud, la polémica fue la actividad constante de jos hombres de pensamiento, y ese carácter revela la producción filosófica y literaria.


La crisis del Imperio

El reparto que había proyectado Teodosio el Grande se hizo efectivo a su muerte, en 395. Desde entonces, las circunstancias separaron definitivamente las dos mitades del imperio, y, mientras el Oriente logró sobreponerse a la crisis y subsistir durante largos siglos, el Occidente cayó al cabo de poco tiempo, víctima de las invasiones germánicas.

LOS VISIGODOS. ALARICO

Al morir Teodosio, los visigodos consideraron que el pacto que tenían con el imperio había caducado. Los mandaba ahora un jefe decidido y capaz, Alarico, y resolvieron lanzarse a la conquista. Así, se sublevaron contra el imperio y recorrieron los territorios de la Península Balcánica, devastando los campos y saqueando las ciudades —Atenas entre ellas—, hasta que Alarico logró que se le reconociera a su pueblo la calidad de aliado del imperio. Como por entonces habían surgido algunos conflictos entre los dos emperadores, Alarico decidió invadir Italia, y si bien es cierto que al principio fracasó, lo logró en 408. Dos años más tarde se presentaba ante los muros de Roma y, por primera vez desde la época de los galos, invadió la ciudad y la saqueó sin piedad.

Alarico tenía el propósito de crear un reino visigodo en territorio romano; su plan era trasladarse a África —región que por su fertilidad constituía el granero de Italia—, no sólo para establecerse allí, sino para controlar, de paso, el resto del imperio. Pero la expedición fracasó, y Alarico murió poco después. Su proyecto fue retomado por sus sucesores, que entraron en alianza con el imperio y recibieron el encargo de pacificar las provincias de Galia y España. Allí, en efecto, otros pueblos germánicos habían entrado a saco y dominaban algunas regiones.

LA INVASIÓN DE GALIA. ESTABLECIMIENTO DE LOS INVASORES

En efecto, en el año 405, precisamente cuando se temía la invasión de Alarico a Italia y se preparaba la defensa, el jefe de los ejércitos romanos, Estilicón, había retirado de la frontera renana las mejores fuerzas militares con el objeto de fortalecer las líneas defensivas de Italia. Esta circunstancia fue aprovechada rápidamente por algunos pueblos germánicos vecinos del Rin. Los vándalos, los suevos y los alanos cruzaron el río que señalaba la frontera y se introdujeron en Galia, a la que recorrieron y saquearon durante algún tiempo. Con la esperanza de recoger mejor botín, cruzaron luego los Pirineos y entraron en España, en algunas de cuyas regiones repitieron sus expediciones de pillaje. Pero ellos, como los otros grupos de su mismo origen, deseaban fijarse definitivamente en alguna zona rica y fértil, y procuraron delimitar los territorios para asentar sus reales.

Los vándalos eligieron la zona meridional de la península, que recibió de ellos el nombre de Vandalucía; los suevos, por su parte, se instalaron en Galicia y los alanos se quedaron en el actual Portugal.

fue entonces cuando el emperador de Occidente encomendó a los visigodos que, en calidad de aliados del imperio, expulsaran a los otros pueblos germánicos de las provincias de España y Galia. El precio de esta ayuda era tentador; los visigodos podrían establecerse en esas provincias definitivamente como aliados, y, ante tal perspectiva, lucharon con denuedo para someter a los otros invasores. Así, los alanos, suevos y vándalos fueron dominados y sometidos poco a poco, emigrando los últimos hacia la costa africana en 429; de ese modo, los visigodos consiguieron establecerse en el vasto territorio comprendido entre el río Loira y el estrecho de Gibraltar.

Entre tanto, otros pueblos germánicos se habían movido desde sus antiguos territorios hacia el imperio. Los burgundios, tras múltiples peripecias, se instalaron en el valle del río Saona, región que por ellos se llamó Burgundia primero y luego Borgoña. Los anglos, los jutos y los sajones cruzaron el mar y se instalaron en la provincia de Bretaña, en la actual Inglaterra, donde fundaron cierto número de pequeños reinos. Así, poco a poco, el imperio se disgregaba, no conservando el emperador autoridad efectiva sino sobre el norte de Francia y en Italia.

LA INVASIÓN DE LOS HUNOS Y LA CAÍDA DEL IMPERIO. LOS OSTROGODOS Y LOS FRANCOS

Al promediar el siglo v, una nueva ola de invasores se presentó en las fronteras imperiales. Era un pueblo de origen mongol que venía mandado por un caudillo implacable: Atila; lo seguían numerosos pueblos que había sometido y con ellos constituía una inmensa masa humana que amenazaba aplastar cuanto se opusiera a su paso.

Los hunos se lanzaron sobre Galia, pero el jefe de los ejércitos romanos, Aecio, consiguió formar con sus tropas y las de los pueblos aliados un ejército poderoso que derrotó a Atila en la batalla de los Campos Cataláunicos, en el año 451. La victoria fue tan efectiva que los hunos debieron alejarse, y, aunque provocaron nuevos males para el imperio, dejaron de constituir un peligro. Poco después murió Atila y el imperio que había formado se deshizo, quedando en libertad los pueblos que le estaban sometidos.

Sin embargo, el Imperio de Occidente no pudo aprovechar esta victoria. La autoridad del emperador estaba corroída y la púrpura imperial caía en manos de quienes señalaban los ejércitos bárbaros más poderosos e influyentes en cada momento. Finalmente, el jefe de los ejércitos mercenarios del imperio, Odoacro, decidió poner fin a la dignidad imperial, y sublevándose, depuso al emperador Rómulo Augusto y se proclamó rey de Italia, sin que volviera a elegirse emperador en Roma. Así terminó el imperio, de tan gloriosa tradición.

Después de la desaparición del imperio, dos nuevos pueblos germánicos aparecieron en territorio imperial para establecerse allí definitivamente. Los ostrogodos, mandados por Teodorico, recibieron del emperador de Oriente la misión de expulsar a Odoacro de Italia y establecerse allí en calidad de aliados y en nombre del imperio. Teodorico logró su propósito y así nació un nuevo, reino: el de los ostrogodos de Italia. Por la misma época, aunque en condiciones distintas, los francos se apoderaron del norte de Galia y se establecieron allí definitivamente. Nada quedaba ya del antiguo imperio occidental que no hubiera caído sucesiva pero definitivamente en manos de los invasores germánicos.


HISTORIA MEDIEVAL


El ámbito de la cultura medieval

La caída del Imperio Romano de Occidente abre, para esta región del mundo antiguo, una nueva era a la que la historia conoce con el nombre de Edad Media. Es importante tener presente que, en rigor, la expresión Edad Media sólo tiene valor para esa región. Carece, en cambio, de significado para la China, la India y América, zonas que tienen una evolución cultural independiente y sobre la cual no repercute, naturalmente, la caída del imperio.

La Edad Media es, pues, el período de tiempo que transcurre entre la caída del Imperio de Occidente, en el siglo v, y la época del descubrimiento de América. Suelen indicarse estos hechos u otros como signos simbólicos; en realidad no existen divisiones tan absolutas en el proceso histórico y no hay que tomar estas fechas sino como meramente convencionales. Pero estos diez siglos no corresponden a la Edad Media sino en la cuenca del Mediterráneo, esto es, allí donde perdura, en mayor o menor medida, el recuerdo de la tradición romana.

Sobre el fondo común de la tradición romana, en efecto, se superpusieron nuevas influencias. Nuevos pueblos —los germanos, los árabes, y algunos grupos menores— se apropiaron del suelo y elaboraron a su modo la antigua cultura dando a las regiones que ocuparon un aire peculiar. Nuevas corrientes culturales incidieron sobre esas zonas; por una parte, las que llevaban consigo los pueblos invasores; por otra, las de la tradición griega que resurgió en el Imperio de Oriente, y las del cristianismo, que cuajó vigorosamente en todo el mundo mediterráneo. Es imprescindible, para comprender la evolución espiritual de la Edad Media, tener presente la significación de cada uno de estos elementos.

LA TRADICIÓN ROMANA Y EL IMPERIO DE ORIENTE

Pese a la decadencia política del imperio, su cultura no pereció con las invasiones ni con la caída del poder político en el Occidente. Por lo pronto, el hecho de que perdurara el Imperio de Oriente permitió que se siguiera pensando que el imperio no había desaparecido sino en parte y, acaso, transitoriamente; pero, además, las formas de vida y la tradición espiritual de Roma no fueron arrasadas en todas partes, sino que subsistieron en vastas zonas; y aún en aquellas donde no gozaron de la estimación de los conquistadores, se filtraron sus recuerdos y perduraron sus reminiscencias. Así, la tradición romana constituyó, en diversa medida, la base de la cultura medieval.

La mitad oriental del imperio sufrió los primeros golpes de los invasores germánicos y debió soportar luego nuevas olas de pueblos diversos; además, heredó las preocupaciones de la defensa de la frontera parta, que tantas dificultades había creado al imperio. Pero pudo sobreponerse a todo y, pese a la disminución progresiva de su territorio y a los graves peligros en que estuvo, perduró durante diez siglos.

Desde el punto de vista de la cultura, el Imperio de Oriente —conocido durante la Edad Media con el nombre de Imperio Griego o Imperio Bizantino— mantuvo encendido el fuego de la tradición clásica, si bien acentuó la significación de los elementos griegos, que eran los originarios de esa región. Desde el punto de vista político, perpetuó la tradición del Bajo Imperio y se ofreció como modelo a los estados que surgieron durante la Edad Media. Para muchos, y aún muchos siglos después de la caída del Imperio de Occidente, el imperio seguía viviendo en virtud de esta supervivencia del emperador de Constantinopla.

EL CRISTIANISMO

En el área geográfica del antiguo imperio, el cristianismo fue la religión predominante. A partir de su reconocimiento por Constantino, a principios del siglo IV, la Iglesia se organizó ajustándose a la organización administrativa y política del imperio, de modo que, desaparecido éste en Occidente, conservó la tradición de su autoridad universal. Así lo reconocieron los distintos reinos que aparecieron en esa región, que vieron en el papado el heredero de aquella autoridad. La Iglesia fue, así, el vínculo de unión que impidió la disgregación espiritual del Occidente, al que mantuvo unido por la comunidad de la fe.

La autoridad de la Iglesia mantuvo también la unión entre el Occidente y el Oriente, hasta que, en el siglo XI, se produjo la escisión entre las dos iglesias por el llamado Cisma de Oriente. Pero aún después, la comunidad de la fe unió a las dos antiguas regiones romanas frente a los infieles musulmanes, afirmando la radical unidad espiritual por encima de las divisiones políticas e incluso eclesiásticas.

El cristianismo destruyó algunos de los ideales más característicos de la tradición romana, pero no fue totalmente impermeable a esa tradición y se desvió, en muchos aspectos, de sus contenidos primitivos para amoldarse a la concepción romana de la vida que predominaba en lo que había sido el imperio. Puede decirse que el cristianismo se romanizó, y la organización de la Iglesia constituye, en este aspecto, el testimonio más evidente, sin ser el único. Por otra parte, como el cristianismo se acuñó con determinados caracteres durante los últimos tiempos del imperio, el recuerdo de Roma quedó indisolublemente unido al cristianismo, que eternizó la lengua latina y el nombre de la Ciudad Eterna.

LOS GERMANOS

Los germanos constituyeron, después de las invasiones, la clase dominante en todos los estados que surgieron del seno del Imperio Romano de Occidente. Se ha discutido mucho cuál era el grado de su civilización en el momento de la conquista, y cuál fue la influencia que sus tradiciones ejercieron. Sin duda habían alcanzado un nivel considerable de desarrollo; se habían hecho sedentarios, vivían en aldeas, cultivaban la tierra y mantenían un activo comercio con las zonas fronterizas romanas, gracias al cual se había producido ya un activo intercambio en el campo de las costumbres y las ideas. En lo fundamental, sin embargo, mantuvieron sus antiguos hábitos. Eran de temperamento violento y, en general, dados a la caza y a la guerra, no sólo por necesidad, sino también por vocación. Su organización política era de tipo democrático; la asamblea de hombres libres constituía la más alta potestad en materia política y era ella la que decidía con su voto en las más graves cuestiones de la comunidad. A veces el régimen se tornó en una suerte de aristocracia, y otras, llegó a constituirse bajo la forma monárquica. Pero, en este último caso, las atribuciones de los reyes eran muy limitadas y estaban controladas por los consejos y asambleas.

En lo jurídico, los germanos mantuvieron sus tradiciones. La venganza de sangre, la composición, o sea la indemnización por el daño causado, el juicio por ordalías, la limitación de la propiedad privada, eran otros tantos rasgos de su vida jurídica, que diferían de los principios del derecho romano. Y en cuanto a su religión, creían en ciertos dioses de la naturaleza, presididos por Odín o Wottan. Los dioses, decían los germanos, viven en un paraíso, el Walhala, al que llegarán todos aquellos que mueran como valientes en los combates. Allí gozarán de toda clase de delicias y serán servidos por las hermosas walkirias. Después de ingresar en territorio romano comenzó a producirse la conversión de los germanos al catolicismo, al que llevaron, por su parte, crecida cantidad de sus antiguas supersticiones y creencias; sólo los godos habían sido convertidos antes por los misioneros.

LOS MUSULMANES

Los árabes también invadieron parte del Imperio Romano. Eran pueblos nómadas de la Arabia que, en el siglo VII, se aglutinaron alrededor del profeta Mahoma, cuya fe monoteísta abrazaron con ardor y violencia. Poco después ocuparon extensas zonas del imperio y se establecieron en ellas, con su autoridad política, sus costumbres y tradiciones. Sin embargo, pese a la diversidad de sus hábitos, los musulmanes supieron hallar en la tradición romana elementos de valor, especialmente en el campo de las artes y de las ciencias. Los musulmanes fueron, en verdad, los mejores herederos de la tradición científica de la antigüedad, que perpetuaron y desarrollaron.

Éstos fueron los diversos elementos étnicos y espirituales que incidieron sobre la tradición romana para formar ese complejo mundo que se conoce con el nombre de Edad Media. Tres grandes bloques se constituyeron en la cuenca del Mediterráneo; el Imperio Bizantino, el Califato musulmán —luego disgregado— y el que componían los diversos estados romanogermánicos, unidos por la autoridad espiritual del papado, y, eventualmente, por un emperador. Por épocas, estos bloques parecieron incomunicados entre sí; pero hoy sabemos que no fueron estériles los períodos durante los cuales se establecieron relaciones entre ellos. Muchos aspectos aparentemente confusos de la historia y la cultura medievales se explican por el entrecruzamiento de estas diversas influencias. En rigor, no existe una época homogénea a la que pueda llamarse con propiedad Edad Media, como si fuese una sola cosa. Distinta en cada uno de aquellos tres bloques, es también distinta en cada una de las tres etapas que la caracterizan en el Occidente: la época de los reinos romano-germánicos, la época del feudalismo y la época burguesa, llamada generalmente baja Edad Media.


Los reinos romanogermánicos

Una vez que las distintas ramas del pueblo invasor se hubieron instalado en los diversos territorios del antiguo imperio, comenzó cada uno de ellos una etapa diferenciada de su historia. Es útil seguir los pasos de su evolución por separado; pero luego será necesario ver cómo mantuvieron algunos caracteres comunes; de ese modo se explicarán los caracteres de las distintas nacionalidades y también la unidad que perduró en el Occidente europeo.

EL REINO VISIGODO

Al recibir del imperio las provincias occidentales, los visigodos prefirieron mantenerse en la Galia y establecieron su capital en Tolosa. Sin embargo, no descuidaron por eso España, a la que procuraron limpiar de enemigos sometiendo a los invasores que les habían precedido. Así, de uno y otro lado del Pirineo se extendía su autoridad, sin que pudieran hacerla efectiva totalmente debido a su escaso número.

En los primeros años del siglo VI, los francos, que habían conquistado ya la región septentrional de la Galia hasta el Loira, iniciaron una recia ofensiva contra los visigodos; el rey de los francos, Clodoveo, logró derrotarlos y expulsarlos más allá de los Pirineos, con lo cual los visigodos quedaron reducidos a España; poco después, sus reyes fijaron su capital en Toledo.

Los visigodos dominaron el país, pero tuvieron que afrontar algunos fuertes enemigos, especialmente los bizantinos, que lograron apoderarse de la zona sudeste de la Península Ibérica en el siglo VI. Los visigodos se habían convertido desde tiempo atrás al cristianismo, pero se mantuvieron en su mayoría dentro de la secta arriana; los bizantinos eran, en cambio, católicos, y acaso a sus vinculaciones con los visigodos de esa misma fe se debieron las operaciones militares que concluyeron con la dominación bizantina en el sudeste. Poco después, el número de católicos había crecido notablemente; a fines del siglo VI, el más importante de los obispos era el de Sevilla, Leandro; fue él quien logró convertir en el año 587 al rey Recaredo al catolicismo, a quien acompañaron en su conversión casi todos los nobles visigodos. Desde entonces, el papel de los católicos fue importantísimo dentro del reino, tanto que suele decirse que la monarquía visigoda constituyó una verdadera teocracia. Los más importantes asuntos públicos se dilucidaban en los concilios que se reunían en Toledo, y las resoluciones que allí se adoptaban —no siempre de acuerdo con el rey— tenían fuerza legal.

En materia de derecho, los visigodos fueron adoptando cada vez más las antiguas leyes romanas. Se trataba siempre de armonizarlas con los principios tradicionales del derecho germánico que tenían vigor entre los visigodos, de modo que, con frecuencia, los principios jurídicos parecían inciertos y sujetos a interpretación. Para dar mayor fijeza al orden legal, la monarquía visigoda ordenó, en el siglo VI, la compilación de un código; su última versión —porque fue retocada varias veces— se conoce con el nombre de Libro de los Juicios, y subsistió durante toda la Edad Media en la España cristiana con el nombre de Fuero Juzgo.

El reino visigodo fue uno de los que conservó mejor la tradición espiritual de Roma. Los estudios se abandonaron menos que en otras regiones y hubo allí centros en los que se conservaron los libros antiguos y se mantuvo el hábito de la lectura y la meditación. Sevilla fue, quizá, la ciudad más celosa de esa tradición intelectual. Allí brillaron los obispos Leandro e Isidoro, el segundo de los cuales fue, acaso, la figura más extraordinaria de su tiempo por su inmenso saber y su clara inteligencia. A su obra múltiple se debe la conservación de muchos conocimientos que, de otro modo, hubieran perecido.

El reino visigodo entra en un período de crisis política después de promediar el siglo VII. Algunos reyes aspiraban a ejercer una autoridad absoluta de acuerdo con la tradición romana; otros quisieron imponer a sus hijos como sucesores con detrimento de los derechos de la nobleza; todo ello creó rivalidades y odios entre las distintas facciones, y un día, una de ellas llamó, para que la auxiliaran contra otra rival a los musulmanes del norte de África. El año 711, los musulmanes invadieron la península y derrotaron al rey Rodrigo en la batalla del Guadalete; pero entonces ya no pensaron en entregar el territorio a sus aliados sino que decidieron aprovechar su conquista en propio beneficio. Así acabó el reino visigodo y comenzó en España la dominación musulmana.

EL REINO OSTROGODO DE ITALIA

Los ostrogodos habían estado sometidos a los hunos y quedaron en libertad cuando el imperio de los mongoles se deshizo tras la muerte de Atila, en 453. Desde entonces quedaron en las orillas del Danubio y, en general, mantuvieron relaciones cordiales con los romanos.

Después que Odoacro se hubo apoderado de Italia, deponiendo al emperador Rómulo Augústulo, el emperador de Constantinopla quiso salvar sus derechos enviando fuerzas militares a que la reconquistaran. Pero, como carecía de ejército, decidió recurrir a los ostrogodos en calidad de aliados. Los mandaba a la sazón Teodorico Ámalo, que había permanecido muchos años en Constantinopla en calidad de rehén, y que, en consecuencia, era hombre de cierta confianza del imperio por sus costumbres romanizadas.

Teodorico aceptó la misión de reconquistar Italia. Invadió el territorio y venció a Odoacro, fundando, en 493, un reino que, si bien reconocía la supremacía del emperador de Constantinopla, era, en la práctica, independiente. Teodorico alcanzó muy pronto una situación de primacía en el Occidente; sus condiciones personales, su poder militar y, sobre todo, la posesión de Italia, le otorgaron sobre los demás reyes germánicos cierto ascendiente. Prudente y mesurado, trató en todo lo posible de mantener las tradiciones romanas, y llamó a su consejo a nobles romanos expertos en los asuntos públicos, de los que sólo prescindió cuando creyó que lo traicionaban en combinación con Constantinopla, celosa de su creciente autonomía.

El reino ostrogodo fue modelo en las relaciones entre vencidos y vencedores. Sus leyes mantuvieron las tradiciones jurídicas romanas, con las modificaciones impuestas por los usos germánicos, las tierras fueron distribuidas con ecuanimidad y las posibilidades de vida y de acción no se cerraron del todo a los vencidos. Gracias a ello, el equilibrio interno del reino no fue alterado mientras Teodorico vivió.

Después de su muerte, acaecida en 526, su política prudente no fue siempre seguida. Aparecieron los conflictos internos y las inevitables apelaciones a las fuerzas extrañas para apoyar a las partes. Debido a ello, el emperador de Constantinopla, Justiniano, decidió emprender la reconquista de Italia. No le fue fácil. Sus generales lucharon casi veinte años, y al fin pudieron derrotar a los jefes ostrogodos, quienes, fieles a su doctrina arriana, merecían la hostilidad de los católicos. Fueron éstos quienes apoyaron a Justiniano en su empresa de reconquista. En 555, el reino ostrogodo desapareció y los bizantinos organizaron en Italia un exarcado o virreinato.

LOS REINOS ANGLO-SAJONES

La provincia romana de Bretaña atrajo a algunos pueblos germánicos que vivían en la zona de la actual Holanda y que, acaso, tenían ya alguna experiencia náutica. En efecto, los anglos, los jutos y los sajones se lanzaron a través del canal de la Mancha en los primeros años del siglo v y se instalaron sin hallar mayor resistencia en la vasta llanura del Támesis, internándose luego hacia el Norte. La población de origen romano era allí escasa, porque el imperio no había realizado nunca con intensidad la colonización de ese territorio; la mayoría de la población era de origen celta, y ésta fue la que sintió más directamente las consecuencias de la invasión: una parte se sometió, pero otra procuró escapar y se refugió en las montañas de Gales, Cornuailles y Escocia, y algunos huyeron a Irlanda o a la península que, por ellos, se llamó luego Bretaña, en Francia.

Los invasores no se mantuvieron unidos, fundaron varios pequeños reinos, cuyo número fija la tradición en siete, por lo que suele hablarse de la Heptarquía anglo sajona; pero por épocas fueron más. Poco a poco fue estableciéndose entre ellos cierta jerarquía según su poderío; en los siglos VII y VIII predominó el reino anglo de Mercia y, al fin, en el siglo IX, predominó el reino sajón de Wessex, cuya capital era Londres. Pero la suerte no fue favorable a este reino. Ya en el siglo VII, habían comenzado a aparecer en las costas nuevos invasores; eran los daneses, un pueblo normando de origen germánico que, habiéndose quedado en las tierras del mar Báltico, se había dedicado a la navegación y vivía principalmente de la piratería. Los daneses hicieron numerosas incursiones, muchas de las cuales fueron rechazadas, pero durante el siglo IX, el reino sajón fue atacado con más violencia y fue necesaria toda la prudencia y todo el valor de Alfredo el Grande para contener a los invasores. El rey Alfredo, sin embargo, no tuvo más remedio que ceder a los daneses algunos territorios, con lo cual facilitó la llegada de nuevos grupos hasta que, al fin, todo el territorio inglés fue conquistado por los daneses que mandaba el rey Knut el Grande, en el siglo XI.

EL REINO FRANCO

Cuando los vándalos, los suevos y los alanos cruzaron el Rin y se precipitaron sobre la Galia, un pueblo que estaba más hacia el interior de la Germania avanzó hasta ocupar las orillas orientales de aquel río que había sido la frontera del imperio: los francos. Constituían varios grupos y eran muy valientes y audaces; pero diversas circunstancias impidieron que se lanzaran inmediatamente a la invasión del imperio. En efecto, tras el paso de los primeros invasores, los nobles romanos de la región norte de la Galia se habían organizado bajo las órdenes del patricio Egidio y habían asumido la defensa de la región comprendida entre los ríos Rin y Loira aproximadamente. Ya no era, pues, posible una sorpresa, y los francos, disgregados, no tenían fuerza suficiente para violar la frontera.

En el año 481, un hombre de raras condiciones de conductor asumió el mando de los francos salios: Clodoveo. Poco después, por la violencia casi siempre, Clodoveo consiguió dominar las otras tribus francas y preparó a su pueblo para la invasión. Al cabo de un tiempo, en 486, consiguió derrotar al hijo de Egidio, Siagrio, que lo había sucedido en el mando, y los francos se instalaron en la Galia septentrional como dominadores.

Clodoveo era ambicioso y tenía condiciones para triunfar. Mientras aniquilaba a los rivales germanos que podían amenazar su retaguardia, concibió el plan de convertirse de la religión germana que aun profesaba al catolicismo. Así lo hizo en 496, con intervención del obispo de Reims, San Remigio; gracias a ello, Clodoveo recibió el apoyo del papado, que vio en este jefe su mejor auxilio contra los germanos no convertidos. El papado ayudó, indirectamente, a la conquista del reino visigodo, en 507, y apoyó de diversos modos a Clodoveo para asegurarle un considerable prestigio entre los demás reyes; debido a esta circunstancia, el papel de los francos fue siempre decisivo en la historia de estos primeros siglos.

Clodoveo murió en 511 y repartió su reino entre sus cuatro hijos. Con ello dejó establecido el principio de sucesión sanguínea, así que fundó una dinastía que se conoce con el nombre de merovingia. Estos primeros reyes mantuvieron, en parte, el impulso de Clodoveo; así, uno de ellos conquistó el reino burgundio y completó la dominación de toda la Galia por los francos. Pero las luchas internas comenzaron y, al cabo de algunas generaciones, los reyes merovingios habían perdido casi completamente su poder, que pasó poco a poco a manos de los gobernadores de los distintos territorios. A partir del siglo VII, los condes y los duques francos —que tales títulos solían tener esos gobernadores— gozaban de la más alta autoridad dentro de sus jurisdicciones. Pero como no todos eran igualmente poderosos, surgió uno que logró cierta supremacía sobre los demás: el duque de Austrasia. Este personaje alcanzó el cargo de mayordomo real —una especie de primer ministro y general en jefe de las fuerzas— y lo transmitió a sus descendientes, de modo que muy pronto se transformó la casa de Austrasia en la más poderosa entre los francos.

Su prestigio creció más todavía cuando uno de sus miembros, Carlos Martel, obtuvo, en 732, la victoria de Poitiers contra los musulmanes, que, después de haber invadido España, querían continuar su conquista por la Galia. El hijo de Carlos Martel, Pipino el Breve, fue ya el verdadero dueño del poder; finalmente, se decidió a consolidar su situación de hecho y pidió autorización, indirectamente, al papado, para deponer al rey merovingio. Y una vez que la obtuvo, se hizo elegir por los guerreros francos y consagrar por el propio papa. Así terminó la dinastía merovingia y comenzó a reinar la que se llamó carolingia, en 751.

LOS CARACTERES GENERALES DE LOS REINOS ROMANOGERMÁNICOS

Todos estos reinos reciben un nombre genérico que los caracteriza: se los llama reinos romanogermánicos. Con esa designación se quiere dar a entender que se constituyen con elementos de uno y otro origen y que muchos de sus caracteres resultan de la fusión de esos elementos. Esta particularidad explica muchos de los rasgos de la historia y la cultura europeas.

Pese al nombre de bárbaros con que los romanos conocían a los germanos, nombre que entrañaba la idea de que eran extranjeros y escasamente civilizados, los germanos manifestaron una total admiración por la civilización romana. Es cierto que, en ocasiones, las circunstancias de la guerra los llevaron al saqueo de las ciudades y a la matanza de las poblaciones. Pero fue más bien resultado de las necesidades militares que no impulso destructor. En efecto, la suprema aspiración de los pueblos bárbaros fue instalarse en territorio romano, apoderarse de sus ciudades y gozar de las ventajas de la civilización que el imperio había creado. Esta admiración por la vida civilizada no excluía, sin embargo, cierto desprecio por los romanos mismos, a quienes juzgaban desprovistos de las virtudes varoniles que habían hecho, antaño, la gloria de Roma. Por eso ocuparon el país, mantuvieron de la civilización romana todo lo que no atentaba contra su seguridad y su poder, y desplazaron a los romanos de la dirección política y militar de sus estados.

Los distintos pueblos germanos monopolizaron, en efecto, las funciones militares; lo que restaba del ejército romano desapareció o fue absorbido por la organización germánica. Lo mismo pasó con las funciones políticas, aunque en menor escala; junto a las autoridades germánicas subsistieron, a veces, algunas instituciones que, por su complejidad, quedaron en manos de romanos de confianza. En cambio, los germanos mantuvieron la organización civil de los romanos, sobre todo en cuanto se refería a la población de ese origen, que seguía siendo la mayoría. Sólo para los germanos se mantuvieron las disposiciones civiles tradicionales entre ellos, las cuales se aplicaban también cuando surgía una cuestión entre un romano y un germano.

Así se fue produciendo la fusión legal, que originó la aparición de los más curiosos documentos de esta época: la “Ley romana de los visigodos”, la “Ley romana de los burgundios” y tantos otros. Eran códigos en los que se ajustaban los principios del derecho romano —común a todas aquellas regiones— a las necesidades específicas de cada uno de los reinos, según la situación y el carácter del pueblo conquistador.

Lo que pasó con la legislación pasó con la lengua. También el latín era lengua común en toda la extensión del imperio; pero la deformación que los diversos pueblos introdujeron en el tronco originario dio lugar a la progresiva diferenciación de las lenguas romances. Y aun en otros aspectos se produce el mismo fenómeno, que caracteriza la unidad que subsiste por sobre la variedad propia del mundo europeo.

LA CULTURA DE LA ÉPOCA DE LOS REINOS ROMANOGERMÁNICOS

Naturalmente, la época de las invasiones no era propicia para el desarrollo de la cultura; pero no fue tampoco, como suele creerse, una época totalmente incapaz para el cultivo de las letras y aun de las artes. Las primeras tuvieron —en los monasterios— más posibilidades de desarrollo que las segundas, más unidas a las contingencias del mundo real.

En casi todos los reinos romano-germánicos apareció alguna figura importante en el campo de las letras. En el reino visigodo descolló San Isidoro de Sevilla; en sus Etimologías recogió las enseñanzas que, en diversos campos, pudo recoger de la Antigüedad, y cultivó, además, la historia y la teología. En el reino franco, Gregorio de Tours recogió la historia de los reyes de su país y nos ha dejado una fresca crónica de los sucesos y las costumbres de esos siglos titulada Historia de los francos; entre los ostrogodos, Jornandés resumió las obras históricas de Casiodoro, entre las cuales había una Historia de los godos.

Podrían citarse algunos poetas, teólogos y, sobre todo, biógrafos de santos; pero sus nombres son oscuros y no alcanzan mayor relieve; sépase solamente que hubo muchos, y que en los monasterios no se abandonó —dentro de los límites posibles en una época tan turbulenta— el cultivo de los clásicos y el estudio de los grandes autores cristianos. En materia de artes plásticas, sólo vale la pena citar la influencia que por entonces ejerció en el Occidente, y sobre todo en Italia, el estilo bizantino. Hubo una arquitectura ostrogoda —recuérdese la tumba de Teodorico en Ravena—; una arquitectura visigoda, ejemplificada hoy, especialmente, en la iglesia de San Juan de Baños (España); una arquitectura franco-merovingia, de la que queda como testimonio, por ejemplo, el baptisterio de San Juan, en Poitiers (Francia). Los caracteres de esta arquitectura son el resultado de cierta mezcla de la tradición romana con las influencias bizantina y germánica, esta última especialmente en la ornamentación.


El Imperio Bizantino

Mientras el Occidente caía en manos de los germanos y se rompía la antigua unidad para dejar paso a los distintos reinos romano-germánicos, el Imperio Romano de Oriente conseguía sortear el peligro y mantener su organización política y la unidad territorial.

EL IMPERIO BIZANTINO ANTES DE JUSTINIANO

Según el reparto de Teodosio, el Oriente correspondió a Arcadio, el cual, siendo muy joven, debía gobernar bajo la tutela de los principales jefes políticos militares del Imperio: Rufino primero y Eutropio después. Su reinado fue oscuro y no tuvo otro timbre de honor que el haber podido orientar hacia el Occidente las olas invasoras, salvando así el territorio de la ocupación extranjera.

Sucedió a Arcadio, en 408, Teodosio II. Durante su gobierno, la capital del Imperio —Constantinopla— fue rodeada por una poderosa muralla que debía permitirle mirar con más confianza el porvenir. Por esa misma época, se emprendieron dos empresas de cultura muy significativas. En 425 se fundó la Universidad de Constantinopla, que se transformó en un importante centro de estudios clásicos, precisamente cuando esas disciplinas comenzaban a ser olvidadas en el Occidente. Y poco después se ordenó la compilación de un código en el que se recogieron las principales disposiciones dictadas por los emperadores a partir de Constantino.

Hubo durante el resto del siglo v varios emperadores más. A todos ellos preocupó principalmente la defensa de las fronteras, amenazadas sucesivamente por pueblos germánicos y mongólicos; pero lograron salir airosos de la empresa de defenderlas. No pudieron, en cambio, prestar ayuda sino muy circunstancial al Imperio de Occidente; y no era porque hubiesen renunciado a esos territorios; en efecto, según una antigua tradición, la desaparición de un emperador ponía en las manos de su colega el territorio que quedaba acéfalo, de modo que, en derecho, el emperador de Constantinopla lo era ahora también de Occidente; ninguno de ellos renunció a esa autoridad, pero no pudieron hacerla efectiva porque no se consideraban con recursos suficientes.

Así, durante todo el siglo V, contemplaron cómo se escapaban de sus manos tan vastos e importantes dominios, esperando la ocasión de recuperarlos.

A fines del siglo, el emperador Zenón hizo un intento para recobrar Italia, enviando allí a Teodorico para que, en su nombre, expulsara al usurpador Odoacro. El hecho tenía valor porque atestiguaba el derecho del emperador, pero no tuvo por el momento otra significación, porque, en la práctica, los ostrogodos constituyeron allí un reino autónomo.

JUSTINIANO Y SU ÉPOCA

Sobre este antecedente se basó Justiniano, emperador desde 527 hasta 565, para intentar la reconquista de sus perdidos dominios. Justiniano constituye un hito en la historia del Imperio Bizantino. De familia humilde, su tío —Justino I— había escalado el imperio por obra de la intriga y de la fuerza; a su muerte entregó el poder a su sobrino Justiniano, quien había sido su consejero durante su reinado, y entonces comenzó una era de esplendor para Constantinopla. Justiniano era hombre de resoluciones arriesgadas, y acaso lo era aun más su esposa, la emperatriz Teodora, que tenía sobre él gran ascendiente; pero era, sobre todo, hombre de extraordinario talento como organizador administrativo y político. Logró, pues, reconstruir las fuerzas del imperio y ponerlas en condiciones de servir sus ambiciosos planes.

Su política exterior fue categórica. Debía reconquistar la mitad del imperio que había caído en manos de los enemigos, a la cual no habían renunciado nunca los emperadores de Constantinopla y cuyo derecho, en verdad, tampoco había sido negado por los reyes germánicos. Para cumplir este plan comenzó por gestionar una paz con el Imperio Parto, cuya frontera constituía una constante amenaza para los bizantinos. Una vez lograda, preparó sus fuerzas y lanzó una vigorosa ofensiva contra el reino vándalo de África, que el general Belisario consiguió reconquistar en una campaña bastante breve, en el año 534.

El norte del África occidental fue, desde entonces, una excelente base de operaciones contra Italia, que constituía la aspiración suprema de Justiniano. En 540 comenzó la campaña contra los ostrogodos; apoyaba a los bizantinos, dentro de Italia misma, la antigua población romana y, especialmente, los católicos, frecuentemente perseguidos por el Estado ostrogodo, que profesaba el arrianismo. Sin embargo, no fue la campaña ni fácil ni breve. Los ostrogodos se resistieron fieramente y, entre tanto, la eficacia de las armas bizantinas se vio disminuida por la rivalidad entre los generales Belisario y Narsés, que se disputaban con variable éxito el favor del emperador. La consecuencia fue que la campaña se prolongó durante quince años, a lo largo de los cuales los ostrogodos estuvieron a punto de malograr los esfuerzos de sus enemigos; pero al fin, algunas discordias surgidas entre ellos facilitaron el éxito y toda la Italia cayó en manos del ejército de Constantinopla en 555.

También intentaron por entonces los bizantinos apoderarse de España. Valiéndose de las disputas entre católicos y arrianos, apoyaron al primero de esos grupos y desembarcaron en el sudeste de la península, instalándose allí por algún tiempo. Pero el destino de la ocupación bizantina era precario. Si Justiniano pudo polarizar los esfuerzos hacía ese objetivo durante algún tiempo, otras graves preocupaciones debían atraer su atención y la de sus sucesores, de modo que muy pronto debieron ceder posiciones en el Occidente.

En efecto, las fronteras del Imperio Bizantino sufrieron durante el siglo VI serios embates. Los hunos, los búlgaros, los eslavos y algunos otros pueblos aparecieron en son de conquista y se necesitaron serios esfuerzos para contenerlos más allá del Danubio. Justiniano no confió sólo en sus ejércitos; hombre de empuje, resolvió levantar sobre toda la frontera del imperio una vasta línea de defensas amuralladas en las cuales encontraban apoyo las tropas defensoras. De estas obras quedan en pie algunos restos que muestran aún su solidez.

La obra jurídica de Justiniano. — Mientras atendía a tan graves preocupaciones exteriores, Justiniano no desatendía el gobierno interior del imperio. Una vasta reforma administrativa puso en sus manos abundantes recursos y, sobre todo, el estrecho control de todo el imperio. Al principio de su reinado había tenido que reprimir una violenta insurrección, y le pareció necesario ajustar, todos los resortes del poder para evitar que se repitiese el intento.

Pero, por encima de su labor de administrador, lo que constituye el principal mérito de Justiniano es su obra legislativa. Desde la época de Teodosio II, la legislación se había desarrollado considerablemente y Justiniano consideró necesario realizar un nuevo ajuste. Para ello, encomendó a una comisión de jurisconsultos el examen y la clasificación de las constituciones imperiales desde la época de Adriano; todo este material fue ordenado y publicado de manera que permitiera su fácil manejo en lo que se llamó el Código Justiniano. Además, se encomendó a otra comisión, presidida esta vez por Triboniano —uno de los redactores del Código— la selección y compilación de los textos más importantes de los mejores jurisconsultos romanos, a fin de que se pudiera esclarecer la opinión de jueces y abogados con este importantísimo material. A esta compilación se le llamó el Digesto, conociéndosela, también con el nombre griego de Pandectas. Finalmente, conociendo las dificultades del aprendizaje del derecho, Justiniano encargó a Triboniano, Teófilo y Doroteo estos últimos, profesores de derecho de la Universidad de Constantinopla— la redacción de un manual para principiantes que ha sido llamado Instituta.

La construcción de Santa Sofía . — Católico fervoroso, Justiniano dio pruebas de su celo persiguiendo severamente los restos del antiguo paganismo. Para evitar la difusión de esas doctrinas, ordenó, en 529, la clausura de las escuelas de Atenas. En cambio, favoreció la difusión del cristianismo, sin perjuicio de exigir para sí el estrecho control de la organización eclesiástica.

Como testimonio de su fe, Justiniano ordenó construir en Constantinopla una suntuosa catedral que puso bajo la advocación de Santa Sofía. La construcción comenzó en 532 bajo la dirección de dos arquitectos, Anthemio de Tralles e Isidoro de Mileto. Cinco años después se inauguraba la iglesia, en medio de la admiración de todos.

Santa Sofía es uno de los grandes monumentos del arte cristiano y su influencia fue enorme en el desarrollo del arte medieval. Tiene tres naves y la cubre una inmensa cúpula, cuyo diámetro es de treinta y un metros, que se apoya en cuatro arcos, asentados, a su vez, en otros tantos pilares. Completan la techumbre dos semicúpulas, también de grandes dimensiones.

Lo más característico —fuera de la cúpula— es la decoración. Contribuyeron a su realización artistas de diversas partes del imperio, cada uno de los cuales aportó las influencias predominantes en su país de origen; así se recogieron allí las tradiciones ornamentales de Siria, de Persia y hasta del Egipto. Lo más notable es la suntuosidad de los materiales, En los revestimientos abundan los mármoles de distintos colores, los pórfidos, los metales preciosos. Cubren sus superficies lisas magníficos mosaicos y sus capiteles asombran por su fino trabajo. Todo ello dio origen a un estilo arquitectónico —el bizantino— que luego se imitó por todas partes, porque Santa Sofía fue la más importante construcción religiosa que se realizó por aquellos siglos en el mundo cristiano.

Las influencias orientales cristalizaron de manera evidente en el modo de representar la figura humana; en los mosaicos, en las tallas y en las pinturas, se prefirió decididamente el estatismo oriental —que ya se había difundido durante el Bajo Imperio— y se rehuyó la representación del volumen. Así se definió la iconografía cristiana primitiva, que prevaleció durante toda la Edad Media.

EL IMPERIO BIZANTINO DESPUÉS DE JUSTINIANO

A la muerte de Justiniano, el imperio se vio obligado a abandonar sus conquistas. Aquel esfuerzo había sido, en verdad, desproporcionado con respecto a las posibilidades normales, y no se pudo mantener, sobre todo porque los vecinos tornaron cada vez con mayor violencia contra las fronteras. Mientras los persas golpeaban vigorosamente sobre la del Éufrates, los ávaros, y, sobre todo los eslavos, acudieron a la frontera danubiana con renovado ímpetu. En 626, Constantinopla estuvo a punto de caer en manos de sus enemigos persas y ávaros aliados entre sí, y se requirió toda la energía del emperador Heraclio para impedirlo. Pero en 634, un nuevo enemigo hizo su aparición sobre territorio bizantino: los árabes. Entre 635 y 640, toda la Siria y el Egipto han caído en sus manos, y las huestes de los califas llegan a amenazar la frontera del Taurus, donde, finalmente, los contendrá el emperador León III Isáurico, en 739.

A todo esto, el Imperio Bizantino ha orientado cada vez más su atención hacia el Este, desentendiéndose de la suerte de las comarcas occidentales. Las influencias predominantes serán griegas y orientales, y hasta el latín comienza a ser olvidado y reemplazado por el griego, que nunca se había dejado de hablar en esas regiones. El Occidente conocerá, por eso, al Imperio Bizantino con el nombre de Imperio Griego. Y a medida que el tiempo pasa, sus fronteras se irán reduciendo y sus territorios se irán abriendo a los invasores, que el imperio, con rara habilidad consiguió asimilar.


Los musulmanes

El nombre de los musulmanes se ha mezclado ya varias veces en la narración; se los ha visto atacando al Imperio Bizantino, al reino visigodo y al reino franco, conquistando parte del territorio de ellos y extendiendo su dominación por una zona cada vez más vasta a partir del siglo VII. En efecto, poco antes, el pueblo árabe hasta entonces oscuro, se había lanzado a la guerra, llegando a convertirse en la primera potencia militar del Mediterráneo.

LOS ÁRABES ANTES DE MAHOMA

La gran transformación que sufrió el pueblo árabe fue obra de Mahoma, un predicador religioso que vivió durante los últimos años del siglo VI y los primeros del VII. Mahoma logró infundir en los árabes algunos sentimientos que antes les habían sido ajenos. En efecto, hasta entonces, los árabes constituían un conjunto de tribus nómadas con escasa relación entre sí, algunas de las cuales habían comenzado a fijarse en las regiones fértiles de la costa del mar Rojo. De raza semítica, eran de preferencia comerciantes o navegantes, y practicaban un politeísmo fetichista, en el que comenzaron a ejercer alguna influencia las religiones de los persas y los hebreos.

Estas tribus tenían algunos vínculos que las unían. En un cruce de caminos, en las proximidades de un rico manantial, se había levantado una pequeña ciudad, llamada La Meca, en la que guardaban algunos objetos sagrados que merecían el respeto de todos los árabes. Se veneraba allí una piedra negra, en la que se decía que había apoyado su cabeza el que fuera tronco de la raza árabe, Ismael, hijo de Abraham; estaba custodiada en una construcción de forma cúbica —La Caaba— donde se conservaban también los fetiches de las distintas tribus, y era costumbre que todos los árabes hicieran una peregrinación anual a La Meca para visitar el santuario, en ocasión de celebrarse allí la feria a la que concurrían las distintas tribus para intercambiar sus productos: cueros, perfumes, dátiles, metales preciosos, etc.

El cuidado y la administración del santuario de La Caaba corría por cuenta de la tribu de los koreichitas, la que obtenía, como consecuencia de esta misión, importantes privilegios. En el seno de esta tribu nació, hacia 570, Mahoma.

LA VIDA Y LA DOCTRINA DE MAHOMA

Temperamento místico, Mahoma se vio obligado por las necesidades de la vida a ocuparse en el tráfico de las caravanas. Esta actividad le permitió entrar en contacto con algunas comunidades judías y cristianas del norte de Arabia y de Siria, de las que aprendió los principios del monoteísmo. Así se fue preparando su espíritu, que cada día se inclinó más a la meditación, hasta sentirse, un día, inspirado por una revelación divina que le ordenaba predicar. Ya por entonces había abandonado los viajes, pues su casamiento con Kadidja le permitió vivir en La Meca sin preocuparse de nada que no fuera su propio pensamiento. Mahoma comenzó entonces a ordenar sus ideas y empezó a enseñar, en el seno de su familia y sus amigos, una doctrina religiosa en la que se mezclaban algunos elementos de la antigua creencia de los árabes con otros sacados de las religiones vecinas.

Esta doctrina era monoteísta y, en consecuencia, representaba un peligro para el templo de La Caaba. Los koreichitas se sintieron amenazados, y, cuando vieron que comenzaba Mahoma a hacer adeptos, decidieron perseguirlo hasta lograr que saliera de la ciudad.

En el año 622, Mahoma huyó de La Meca y se refugió en Yatreb, ciudad que después se llamó Medina. Esta fecha fue considerada luego como el punto de partida de la era musulmana, que se conoce con el nombre de Hégira, esto es, huida. En Yatreb halló Mahoma mejor acogida para su enseñanza, porque allí no se oponían a ella los intereses del santuario y porque, además, el contacto con hebreos y cristianos hacía menos extraña una doctrina monoteísta. Poco después el número de sus fieles había crecido mucho, no sólo porque Mahoma estaba cada vez más apasionado por su fe, sino porque había sabido amoldar su doctrina a las modalidades de su pueblo. En efecto, Mahoma había abandonado los preceptos de paz del cristianismo y enseñaba ahora, en cambio, la necesidad de la guerra santa contra los infieles; de ese modo, los hábitos belicosos de los árabes encontraban una derivación apropiada.

Cuando se consideró suficientemente fuerte, Mahoma ordenó a sus fieles la conquista de La Meca. La ciudad cayó en sus manos en el año 630 y muy pronto obtuvo el Profeta —como se le empezó a llamar— la sumisión y la conversión de casi todos los árabes. Dos años después moría, pero su fe estaba ya definitivamente arraigada.

La doctrina de Mahoma reposaba sobre la creencia en un solo Dios, al que conocía con el nombre de Alá. A su alrededor había ángeles y genios, y su existencia se había anunciado ya antes por varios profetas: Moisés y Jesús entre ellos; pero sólo Mahoma había traído la palabra definitiva. Cediendo a las predisposiciones del espíritu árabe, Mahoma sostenía que los designios de Alá eran insondables y que sólo cabía resignarse ante su fatalidad. Esta resignación —el Islam— constituía el acto fundamental de la fe musulmana, que, de ese modo, afirmaba la predestinación del hombre. Sin embargo, y como resultado de su contacto con las doctrinas hebreo-cristianas, Mahoma anunciaba también el juicio final, en el que todos los hombres recibirían el premio o el castigo que hubiera merecido su conducta en la tierra.

Esta doctrina incluía, subsidiariamente, consejos de toda índole respecto a múltiples aspectos de la vida cotidiana. Mahoma hablaba con cierto desorden y sus palabras eran recogidas por algunos de sus discípulos con la mayor fidelidad posible; cuando murió y esas palabras adquirieron carácter sagrado, se ordenó compilarlas en un libro que se llamó El Corán. Su texto definitivo fue establecido por orden del califa Otmán en 653, y consta de 114 suratas o capítulos que se agrupan en tres series: una de llamadas a la fe y de anatemas contra los incrédulos; otra sobre el papel de Mahoma, y otra de preceptos religiosos y civiles para la comunidad de los creyentes.

La doctrina islámica se hizo muy formalista y exigió el riguroso cumplimiento de ciertos ritos, algunos de los cuales son resabios de la antigua tradición árabe. Los fieles debían hacer sus plegarias cinco veces por día, ofrendar la limosna, hacer las abluciones purificatorias y el ayuno en el mes de Ramadán, realizar un peregrinaje a La Meca —una vez al año, primero, y una vez en la vida cuando el mundo islámico se extendió— y, finalmente, hacer la guerra santa a los infieles. Quien cumpliera rigurosamente estos preceptos era un buen musulmán y merecería la salvación eterna.

LA EXPANSIÓN MUSULMANA

Guerreros consumados, los árabes se sintieron movidos por las palabras de Mahoma a la lucha incesante contra sus vecinos infieles. La lucha, además, no era difícil, porque los estados que rodeaban al mundo árabe —el Imperio Bizantino y el Imperio Persa— no parecían por entonces capaces de ofrecer gran resistencia. Así fue como los sucesores de Mahoma —que recibieron el nombre de califas— emprendieron la conquista de las regiones vecinas.

El primero de las califas, Abú-Bekar, cuyo reinado duró desde 632 hasta 634, debió afirmar la autoridad de los musulmanes sobre la Arabia, donde había todavía infieles y muchos que, al morir Mahoma, habían abandonado la fe. Pero en dos violentas campañas pudo echar las bases del imperio con la conquista de la Palestina, que arrebató al Imperio Bizantino, y de la Mesopotamia, que quitó a los persas.

Su sucesor fue Omar. En los diez años de su gobierno (634-644), Omar terminó la conquista de la Siria y llegó a las puertas del Asia Menor ante el espanto de los bizantinos, que no sospechaban el vigor de este nuevo enemigo. Pero no concluyó allí su empresa; marchó sobre el Egipto y se apoderó de él, agregando luego la Persia a la ya vasta extensión del califato. Con ello, Omar se halló dueño de un inmenso territorio que, de no organizarse prestamente, podía disgregarse. Omar se dedicó, pues, a ordenar su gobierno y su administración, revelando en esta empresa un raro talento.

El Corán decía: “La tierra es de Dios, quien concede su gobierno a los musulmanes”. Este principio legitimaba la conquista y daba fundamento suficiente a la autoridad de los califas. Pero Omar era, además, un hábil político y procuró no desatar contra la dominación musulmana el odio de las poblaciones dominadas. En consecuencia, permitió que los no musulmanes siguieran poseyendo sus bienes y aun profesando su religión, con la condición de que, en ambos casos, pagaran el correspondiente impuesto. Poca cosa fue lo que innovó el califa en materia de organización municipal o en lo referente a la propiedad de la tierra; confiado en las guarniciones militares que custodiaban las ciudades y los lugares estratégicos, Omar no vaciló en entregar la administración a funcionarios originarios de la región, a los que hacía vigilar celosamente hasta convencerse de su fidelidad. De ese modo, la conquista árabe, en general, no fue mal vista y permitió el desarrollo de los distintos países, en mejores condiciones, a veces, que antes.

Los dos califas que le siguieron, Otmán (644-656) y Alí (656-661), no extendieron las conquistas porque sus reinados se vieron comprometidos por los primeros síntomas de la contienda civil. En efecto, hasta ahora, la sucesión del Profeta había caído en manos de sus fieles más adictos, de modo que sus derechos parecían indiscutibles; pero resultaba cada vez más difícil determinar quién heredaría el califato, puesto que no había quedado regla alguna al respecto. La familia del Profeta, por una parte, y los otros aspirantes al poder por otra, iniciaron una contienda que muy pronto bañaría en sangre al mundo islámico. En 661, Alí fue asesinado; el gobernador de Siria, Moawiya, encabezaba la oposición y pudo, con sus fuerzas, apoderarse del poder; entonces se estableció la sede del gobierno en Damasco y empezó una nueva era en la historia del islamismo, que se apartaba por primera vez de La Meca, la antigua capital religiosa.

EL CALIFATO DE DAMASCO

La dinastía que fundó Moawiya se conoce con el nombre de oméyade y residió en Damasco. Su gobierno duró hasta mediados del siglo VIII, en que fue depuesta por una nueva guerra civil.

A los esfuerzos de los califas omeyas se debió la conquista del norte de África y, luego, de la Península Ibérica y el sur de Francia; hacia el Este, entre tanto, los musulmanes se extendieron desde el Korassán hasta la China occidental, estableciendo así un vínculo con el Oriente lejano que estaba destinado a tener importantes consecuencias. Por el Norte, en cambio, sus progresos fueron escasos, porque en 739 el emperador de Constantinopla, León III Isáurico, los detuvo en el Taurus y fijó allí la frontera entre ambos estados.

La época del califato de Damasco es muy importante en la evolución del mundo islámico. De acuerdo con su política, los árabes no destruyeron nada de lo que encontraron; por el contrario, trataron de asimilar todo lo que allí les pareció estimable, y, en consecuencia, se comenzó entonces a realizar la fusión cultural que, con el sello islámico, dio contenido a la cultura musulmana.

De las tradiciones bizantina y persa obtuvieron los califas de Damasco las mejores enseñanzas en materia de organización política y administrativa; no desdeñaron la ayuda de los antiguos funcionarios de uno y otro origen, y ellos montaron el sistema de gobierno del califato, para el cual, sin duda, no proporcionaba elementos la tradición del Corán. Sólo cuando había contradicción flagrante con los preceptos coránicos se dejaban de lado los principios políticos, administrativos y jurídicos de los países conquistados, o también si entrañaban algún peligro para la seguridad de la conquista o para su conveniente explotación. Algo semejante ocurrió en materia de economía. Ni las técnicas agrícolas ni los métodos industriales ni la organización comercial de aquellos dos estados —Bizancio y Persia— fueron destruidos o descuidados; por el contrario, se los desarrolló y se los llevó, si convenía, a los lugares donde no habían arraigado. Y, finalmente, cosa semejante ocurrió en materia de artes plásticas y de toda clase de conocimientos; allí conocieron los estilos arquitectónicos de antigua tradición, las obras griegas de filosofía y de ciencia, las tradiciones orientales sobre problemas religiosos y cosmológicos; todo ello fue estudiado con celo, conservado con fervor y profundizado con paciencia. Así se formó, con el aporte de aquellas culturas seculares, ese complejo que se llama cultura islámica. Digamos desde ahora que no por eso careció de originalidad. Los musulmanes tenían una concepción de la vida y del mundo muy arraigada para poder desprenderse de ella, y supieron infundir a aquella amalgama un sello peculiar, caracterizado sobre todo por la doctrina que se expresa en el Corán.

A guisa de ejemplo, digamos que de esta época datan las primeras construcciones musulmanas, la mezquita de Omar, en Jerusalén, y la gran mezquita de Damasco.

EL CALIFATO DE BAGDAD

Al promediar el siglo VIII, una nueva guerra civil se encendió en el mundo musulmán y puso fin a la dinastía oméyade. El jefe del movimiento, Abul-Abás, fundó una nueva dinastía —llamada abbasida— cuyo centro fue la Mesopotamia, porque de allí provenían las fuerzas que la apoyaban; allí se fundó luego la nueva capital del califato: Bagdad.

El califato de Bagdad duró mucho tiempo, pero desde el comienzo su historia se caracteriza por las sucesivas secesiones que se operan en su territorio. En los primeros tiempos, y como consecuencia inmediata de la guerra civil, un descendiente de la dinastía oméyade —acaso el único que había escapado a la cruel persecución de Abul-Abás— huyó a España y consiguió que su autoridad fuese reconocida allí, de modo que muy pronto ese territorio quedó transformado en un emirato independiente, que luego fue erigido en califato. Más tarde, el Egipto se separó también, y, a medida que se debilitó el poder central, otras regiones fueron adquiriendo autonomía. Así, el califato de Bagdad subsistió durante un largo plazo, pero a costa de que su autoridad disminuyera sensiblemente.

El califato de Bagdad, cuya sede estaba en el corazón del antiguo Imperio Persa, sufrió la influencia de las tradiciones que allí predominaban. En verdad, la cultura que se constituyó por entonces podría definirse como perso-musulmana, como se refleja claramente en el más claro testimonio que de ella nos ha quedado, que es el conjunto de narraciones titulado Las mil y una noches. Muchos de los cuentos que comprende reflejan la época más brillante del califato, esto es, el reinado del califa Harum-Al-Raschid, en el siglo IX, y nos revelan la supervivencia de la organización política y administrativa, las costumbres y los gustos de origen persa. Del mismo modo, los poetas y los prosistas comenzaron a retomar los temas persas, olvidando las tradiciones estrictamente árabes, y los arquitectos siguieron los modelos que se levantaban ante sus ojos.

La dinastía abbasida cayó a manos de las tropas mercenarias que se insubordinaron; eran éstas, preferentemente, de origen mongol, y fue un jefe de esta raza, Seldyuk, quien, al fin, se apoderó del califato, devolviéndole, en el siglo XI, el vigor que había perdido en las manos de los últimos abbasidas.


Orígenes y desarrollo del Imperio Carolingio

La unidad espiritual que, bajo el signo del catolicismo, conservaba la Europa occidental, permitió que un hombre de profundo genio militar y organizador realizara su unificación política. Fue en el reino franco donde apareció este notable personaje, a quien la historia conoce con el nombre de Carlomagno.

CARLOMAGNO Y LA FORMACIÓN DEL IMPERIO

Carlomagno era hijo de Pipino el Breve, aquel mayordomo real que, en 751, había depuesto a Childerico III y fundado una nueva dinastía en el reino franco. Había heredado el reino con su hermano Carlomán, pero a la muerte de éste, quedó como único señor de sus estados. Desde que subió al trono, en 768, su principal preocupación fue asegurar su autoridad en su reino, para lo cual tuvo que acudir con la fuerza contra varios señores que resistían su poder. Cuando hubo sometido la Aquitania, Carlomagno decidió invadir el reino lombardo de Italia, cuyas amenazas habían movido al papado a pedir auxilio al rey franco.

Carlomagno cruzó los Alpes y puso sitio a Pavía, la capital lombarda; entonces se restablecieron las relaciones de alianza entre el papado y Carlomagno, y éste, una vez tomada la plaza, se coronó rey de los lombardos en 775 y confirmó al papa en la posesión de los estados que, en Italia, le había cedido su padre, Pipino el Breve.

Poseedor ya de dos coronas, Carlomagno intensificó la lucha en los otros frentes. Por el Sur, combatió a los musulmanes, expulsándolos de Francia meridional y persiguiéndolos más tarde hasta más allá del río Ebro; en el territorio comprendido entre ese río y los Pirineos fundó la Marca Hispánica, que sirvió de bastión contra los posibles intentos de los musulmanes contra Francia. Por el Este, Carlomagno conquistó la Sajonia después de numerosas campañas y llevó su autoridad hasta el río Elba; y, entre tanto, dominó la Baviera y siguió el curso del Danubio hasta dar con los ávaros, que, fortificados en la actual Hungría, amenazaban con sus constantes invasiones; Carlomagno los derrotó y creó allí otra provincia fortificada, la marca del Este, en la actual Austria. Todavía llevó sus tropas más al Este en la región del Elba, y combatió con los eslavos, pero no para anexarse nuevos territorios sino para asegurar la línea de ese río como límite de su imperio; allí fundó la marca de Magdeburgo, origen lejano del reino del Prusia.

LA CORONA IMPERIAL

En el curso de estas conquistas, germinó en el espíritu de Carlomagno la idea de restaurar el poder imperial. El papado era partidario de esta medida, pues el imperio significaba, de acuerdo con su doctrina política, la posesión de un instrumento para su poder espiritual. Así, Carlomagno decidió ir a Roma para coronarse emperador en el año 800, proyectando hacer su proclamación imperial de acuerdo con la tradición romana, esto es, mediante la proclamación por el pueblo. Sin embargo, el papa acariciaba el plan de coronar por sus manos al emperador, con lo cual dejaría demostrada su calidad de supremo representante de Dios y, en tal condición, dispensador del poder terrenal. Para realizarlo, el papa León III esperó que el emperador acudiera a la catedral de San Pedro la noche de Navidad del año 800, y allí colocó la corona imperial sobre las sienes de Carlomagno.

La coronación imperial de Carlomagno trajo consigo un conflicto con la emperatriz de Constantinopla, Irene, quien vio en ese acto un ataque a sus derechos no renunciados al Occidente; pero Carlomagno aceptó el desafío y atacó las posesiones bizantinas de Italia, apoderándose de Venecia, tras de lo cual se iniciaron nuevas negociaciones que condujeron al reconocimiento de Carlomagno como emperador de Occidente.

LOS SUCESORES DE CARLOMAGNO Y EL TRATADO DE VERDÚN

Carlomagno procuró organizar su vasto imperio de manera que su autoridad se hiciera sentir en todas partes con rigor y eficacia. En efecto, el basamento de la organización imperial era el poder omnímodo del emperador, de quien emanaban, en última instancia, todas las órdenes y toda autoridad.

Rodeaba al emperador una corte, a la que se designaba con el nombre de “palacio”; esta corte fue, durante mucho tiempo, ambulante, pero se fijó, a veces, en Tréveris, y, finalmente, en Aquisgrán, lugar propicio, por las aguas termales que poseía, para los males que sufría el emperador. Integraban el palacio el senescal o jefe de la disciplina doméstica, los condes, a quienes se les encargaba de las diversas funciones de gobierno o actuaban como consejeros, y los funcionarios de la cancillería y de la capilla.

Para el gobierno del vasto territorio, Carlomagno lo dividió en provincias o condados, cada uno de los cuales estaba a cargo de un conde. Si el condado estaba en una región fronteriza, se le llamaba marca, y el conde recibía el nombre de margrave o marqués, con un considerable aumento de sus atribuciones; lo mismo ocurría si la provincia estaba en pie de guerra por el temor de sublevaciones, caso en el cual el conde, que era a la vez jefe del ejército, se denominaba duque. Para vigilar el comportamiento de estas autoridades, Carlomagno despachaba dos veces por año unos inspectores —los “missi dominici” o enviados del señor— uno de los cuales debía inspeccionar la obra cumplida por las autoridades civiles mientras el otro lo hacía con las autoridades eclesiásticas. Si lo estimaba necesario, el inspector convocaba una asamblea o capítulo, en el que cada uno podía exponer las quejas que tuviera contra las autoridades locales.

Carlomagno murió en 814. Sus dotes de organizador, su actividad incansable y su enorme prestigio habían contribuido eficazmente al logro de la unificación imperial; pero esas virtudes personales no podían asegurar sino el éxito inmediato; en cambio, la perduración de su obra estaba librada al azar de las condiciones de gobierno de sus sucesores, que no se mostraron capaces de contener las fuerzas de disgregación que ya asomaban durante el reinado del propio Carlomagno.

Luis el Piadoso —el único hijo del emperador— heredó la corona. Tuvo que luchar contra los señores, que se hacían poderosos en las comarcas cuyo gobierno les había sido encomendado y en las que aspiraban a perpetuarse; pero más grave fue el conflicto que tuvo que afrontar con sus propios hijos, impacientes por alcanzar la dignidad que les prometía su origen. Hubo entre ellos, y, a veces, con el propio emperador, guerras encarnizadas, al cabo de las cuales se llegó a un acuerdo general formalizado por el tratado de Verdún, firmado en 843. Por él se establecía cuáles serían los territorios que corresponderían a cada uno de los pretendientes. Como Luis el Piadoso había muerto en 840, la corona imperial pasó al mayor de sus hijos, Lotario, a quien correspondían también Italia, Champaña, Provenza, Borgoña, Lorena y los Países Bajos, todo lo cual formaba una faja continua que se extendía desde el Mediterráneo al mar del Norte; quedaba establecido, además, que la corona imperial no daría una efectiva autoridad a Lotario sobre sus hermanos. A Carlos el Calvo le tocó la actual Francia y la marca Hispánica y a Luis el Germánico las tierras al este del Rin, cuyo territorio constituía la Germania.

Así se configuraron dos reinos con caracteres definidos: Francia y Germania. Los estados de Lotario, en cambio, se disgregaron y sólo Italia mantuvo en parte cierta unidad. Pero la autoridad que pudieron ejercer los reyes carolingios sobre esos estados no contribuyó a asegurar su unidad, sino, por el contrario, a disgregarlos. En efecto, la tendencia a la autonomía casi feudal que se notó durante la época de Carlomagno, y que éste logró neutralizar se acentuó más todavía en la época de sus sucesores debido a que la debilidad o ineptitud de los reyes facilitó el ejercicio incontrolado de la autoridad de los señores locales. Así, con los últimos carolingios —en el curso de los siglos IX y X— se preparó el terreno para la creación de una organización social, política y económica peculiar, que se conoce con el nombre de organización feudal.

EL RENACIMIENTO CAROLINGIO

Si por la organización política y administrativa de sus estados, Carlomagno constituye una excepción, no lo es menos por la preocupación que demostró en favor de la cultura. Se ha hablado de un Renacimiento carolingio porque, en efecto, tras la época de las invasiones, se notó en tiempos del gran emperador un marcado desarrollo de los estudios y cierto interés por el cultivo de las letras y las artes.

Carlomagno gustaba de rodearse de letrados y no vaciló en llamar a su corte a todos aquellos que se habían ilustrado por su saber. Eran, generalmente, monjes que habían dedicado su vida a los estudios sagrados, pero que, al mismo tiempo, leían las obras de autores profanos que llegaban a sus manos. Con ellos constituyó la llamada escuela palatina, cuyos miembros gozaban de ventajas, que les permitían proseguir sus estudios y actuaban, al mismo tiempo, como consejeros del emperador para diversos asuntos de Estado.

Entre todos se destacó Alcuino; por su saber y su contracción al estudio fue designado abad de la abadía de San Martín de Tours, que era, por entonces, el más importante centro de estudio del imperio; allí hizo escuela y formó discípulos, al tiempo que trabajaba en su propia obra, dedicada especialmente a los problemas de la teología. Alrededor de Alcuino trabajaron otros estudiosos; Paulo Diácono escribió una Historia de los lombardos, cuyas noticias son inapreciables para el conocimiento de la historia de ese pueblo y de la de Italia; Eghinardo nos ha dejado una Vida de Carlos que constituye nuestra mejor fuente de noticias sobre el emperador y sobre la vida de la época; Teodulfo de Orleáns, Pedro de Pisa y otros muchos completaron aquel círculo de consejeros, con el que gustaba platicar Carlomagno y al que recurría para asesorarse sobre los problemas de más difícil resolución.

También fue ésta una época de cierto desarrollo para las artes plásticas. A diferencia de los tiempos inmediatamente anteriores, en éstos se emprendió la construcción de algunas obras importantes. Entre todas, la más significativa fue el gran palacio que mandó edificar Carlomagno en la ciudad de Aquisgrán; de él sólo se conserva lo que era la capilla, y que es actualmente la catedral de esa ciudad, llamada hoy Aachen o Aix-la-Chapelle. El recinto principal tiene forma de octógono, cuyo perímetro está formado por una serie de pilares; dos galerías superpuestas dan a la capilla considerable altura, contando la tradición que desde una de ellas solía asistir a misa el emperador, sentado en un trono de piedra que aún se conserva. En sus líneas generales, el edificio es de inspiración romana, aunque hay ya algunos signos de la influencia bizantina.


La Europa feudal

El tratado de Verdún selló el destino del Imperio Carolingio. Su extenso territorio quedó dividido en reinos, primero, y en señoríos, más tarde, como consecuencia de la creciente autonomía que alcanzaron los señores locales. Diversas circunstancias favorecieron esta progresiva independencia de las diferentes regiones de cada uno de los reinos; surgió, así, en ellas, un régimen singular que en términos generales suele conocerse con el nombre de régimen feudal, tipo de organización que maduró hacia el siglo XI y que mantuvo su total vigencia dos siglos más. Después perduró; pero combatido por nuevas fuerzas que trataban de modificarlo, de modo que la era estrictamente feudal se extiende desde el siglo IX hasta el XIII. De este período analizaremos sucesivamente el régimen social, político y económico, el desarrollo de los diversos reinos y la evolución de la cultura.

LAS INVASIONES DE LOS SIGLOS IX Y X

Ya se ha dicho que los reinos romano-germánicos mostraban una marcada tendencia a la disgregación. La escasa significación de la autoridad real, el poder de la aristocracia y los derechos que daba la conquista contribuían a debilitar la autoridad central y a fortalecer las de los delegados que gobernaban directamente en una comarca. Pero aun así hubiera podido contenerse esa disgregación si, como en el caso de Carlomagno, la corona real hubiera recaído en manos de hombres de excepcionales dotes de gobernantes. No ocurrió así después del gran emperador y, por el contrario, nuevas circunstancias agravaron la situación; en efecto, durante el siglo IX comenzaron a aparecer en las regiones fronterizas nuevas olas de invasores, cuya amenaza puso a prueba la eficacia de la monarquía; la experiencia enseñó entonces que cada cual debía defenderse por sus propios medios; por eso la monarquía salió debilitada de la prueba, y fortalecida, en cambio, la autoridad de los señores locales.

Estas segundas invasiones tuvieron un carácter distinto con respecto a las del siglo V. Más que pueblos lanzados en masa para ocupar los territorios, fueron ahora bandas desprendidas de pueblos en muchos casos ya fijados, cuya finalidad era exclusivamente el saqueo y el pillaje. Su ataque se sintió en todas las fronteras y su rechazo correspondió a quienes, en esas regiones limítrofes, debían sufrir los más duros embates.

Las costas del Mediterráneo sufrieron los ataques de los musulmanes; instalados en España y en África, les era fácil llegar por sorpresa a las costas meridionales de Francia y a las de Italia, donde, a veces, trataron de establecerse, pero donde, sobre todo, procuraban obtener el rápido provecho que proporcionaba el asalto de las naves mercantes o el saqueo de las ciudades. Del mismo modo actuaron los normandos en las costas del Báltico, del mar del Norte, del Atlántico y aun del Mediterráneo; de origen germánico, los normandos se habían quedado en la Península Escandinava y en Dinamarca y habían llegado a ser marinos consumados, cuya actividad predominante fue el comercio y la piratería. Esta última actividad los llevó a acercarse a las costas de Germania, de los reinos anglo-sajones de Bretaña, de Francia, de España y de Italia, con el afán de apoderarse de lo que estuviera al alcance de su mano.

Por tierra, atacaron repetidas veces las fronteras del Danubio y del Oder los pueblos eslavos y mongólicos. Sus ataques solían ser violentos y las bandas agresoras no vacilaban en quedarse temporalmente en las vecindades de las regiones elegidas, esperando siempre el momento de entrar a saco en las ciudades. Los eslavos se dividieron en varias ramas; mientras una de ellas cruzaba la llanura rusa y se instalaba en las regiones del Vístula y del Oder, otra se encaminó hacia Bohemia y Moravia y una última se dirigió hacia las orillas del Adriático. Los húngaros —de raza mongólica— se encaminaron siguiendo la ruta del Danubio y se fijaron, finalmente, en el curso medio del río.

Todas estas bandas invasoras asestaban sus golpes, como se ve, sobre las regiones fronterizas, y sólo cuando la resistencia flaqueaba se atrevían a internarse. Debieron responder a esos ataques los gobernadores de esas zonas que, con ello, vieron crecer su autoridad y recibieron la adhesión de las poblaciones que sólo de ellos podían esperar auxilio eficaz.

LOS ORÍGENES DEL RÉGIMEN FEUDAL

Frente al peligro, en efecto, la monarquía demostró su impotencia. Los ataques sorpresivos y constantes no permitían las operaciones militares en gran escala, sino que exigían la constante atención de la gente de la comarca y la enérgica resolución de los jefes. Estos jefes —o los simples particulares que supieron hacer sus veces cuando ellos desfallecían— recogieron, como premio de su conducta, la adhesión y la obediencia de los comarcanos; contaron con ejércitos y, sobre todo, con la sumisión y la lealtad de quienes veían en ellos los factores eficaces de la defensa, gracias a lo cual su poder fue real y efectivo, en tanto que la autoridad de los reyes no pasaba de ser un mero recuerdo lejano.

Los señores levantaron fortalezas para defenderse y para acoger a quienes se confiaban a su protección. Eran, al principio, simples recintos rodeados por una empalizada y un muro de tierra, pero, poco a poco, se fueron mejorando hasta convertirse en sólidas construcciones. La posesión de estas fortificaciones dio a los señores una categoría superior dentro de la comarca. Quienes querían recibir su ayuda se apresuraban a prometerles lealtad y fidelidad personal. Y como esta costumbre de la vinculación de hombre a hombre tenía ya mucho arraigo en la tradición germánica y en la de los últimos tiempos del Imperio Romano, poco a poco se creó un régimen social en el cual lo característico no fue la autoridad de derecho público que ejercía el rey o sus delegados sino esta otra que ejercía un noble sobre aquellos con quienes había formalizado ese pacto privado. Generalmente, el pacto personal se perfeccionaba mediante la entrega de tierras por parte del gobierno y el ofrecimiento del servicio personal por parte del que se acogía a su protección, y así, al poco tiempo, la organización política, económica y social de los reinos romano-germánicos adquirió esa fisonomía peculiar que caracteriza al orden del mundo feudal.

EL ORDEN FEUDAL

El orden feudal reposa en el principio de la desigualdad de las clases. Mientras la nobleza y el clero poseen privilegios y no tienen más deberes que aquellos a los que se han sometido libremente, los colonos libres y los siervos carecen de casi todos los derechos y están obligados —por el solo hecho de pertenecer a determinada clase— a innumerables cargas tributarias y personales.

Pero el principio de la desigualdad no vale solamente para las clases entre sí; también tiene vigencia dentro de cada una de las clases, y, de ese modo, la nobleza y el clero quedan escalonados según el índice de sus privilegios de acuerdo con su categoría. Esta categoría está dada por el vínculo de vasallaje; quien ha recibido sus tierras del rey es sólo vasallo del rey y puede, en cambio, otorgar parte de esa tierra en feudo o beneficio a otro noble que, de ese modo, se torna su vasallo. Como esta serie puede prolongarse, se constituye una jerarquía dentro de la nobleza cuyos grados implican, al mismo tiempo, relaciones de superioridad y de inferioridad. Cabe señalar que el alto clero era de origen noble y que, en consecuencia, valen para él las mismas características; el bajo clero, en cambio, reclutado a veces entre gentes de la clase no privilegiada, sólo adquiría las prerrogativas inherentes a su calidad eclesiástica.

El vínculo feudal se establecía mediante dos actos; por uno de ellos —el homenaje— un señor se reconocía vasallo de otro; desde entonces el vasallo se consideraba “hombre” de su señor, esto es, su auxiliar en la guerra y en los lances judiciales, jurándole fidelidad; por otro —la investidura— el futuro vasallo recibía de su futuro señor ciertas tierras que, en adelante, constituían su feudo o beneficio.

El feudo o beneficio era un territorio que el vasallo poseía en usufructo mientras mantuviera su vínculo de vasallaje con su señor. Podía trabajarlo por medio de siervos y colonos libres o podía cederlo en parte a otro señor para hacerlo, a su vez, su vasallo; pero no podía enajenarlo, porque no tenía el dominio sobre él. En general, ningún señor —cualquiera fuera su categoría— poseía pleno dominio sobre sus tierras, pues los más altos señores reconocían que los feudos que otorgaban los habían recibido, a su vez, en feudo del rey, del emperador o del papa. Sobre el feudo ejercía el señor no sólo los derechos propios del usufructuario —esto es, acciones de derecho privado— sino también los inherentes al gobierno —o sea, acciones de derecho público—. En realidad, los principios de uno y otro derecho se confundían en la persona del señor y por eso suele decirse que, durante el período feudal, no hay organización estatal en sentido estricto.

LA VIDA Y LAS COSTUMBRES. LOS SEÑORES

Cualesquiera fueran las diferencias que los separaran en la escala feudal, los señores participaban todos de una misma concepción de la vida. Querían alcanzar la gloria terrena y la salvación eterna mediante el ejercicio de la heroicidad, y dedicaban su vida a luchar, fuera con los infieles, o con los enemigos propios o los de su señor. Cuando no guerreaban, se preparaban para la lucha mediante la ejercitación que les proporcionaban las cacerías de animales feroces o los torneos, que eran los deportes caballerescos por excelencia.

Generalmente, los caballeros vivían en su propio castillo o en el castillo de su señor. Era el castillo una vasta residencia fortificada en la que, además de los recintos dedicados a vivienda, había amplios espacios para alojar a los pobladores de la zona y para guardar los ganados y las cosechas en caso de ataque de los enemigos. El castillo había sido en un principio nada más que un recinto fortificado mediante un terraplén y una empalizada de madera, en cuyo interior se levantaba una torre para avizorar al enemigo; pero, poco a poco, los señores fueron levantando murallas de piedra para protegerse mejor, al tiempo que edificaban en el interior todas las construcciones necesarias. En los últimos siglos del feudalismo, los castillos eran enormes construcciones que podían considerarse no sólo cómodas sino también inexpugnables.

Al llegar al castillo, lo primero que se encontraba era el foso, generalmente cubierto de agua, y que sólo podía cruzarse a través de un puente levadizo que al mismo tiempo servía de puerta al castillo. El segundo obstáculo para el enemigo era la muralla exterior, generalmente tan ancha como para que las guardias pudieran caminar por su borde superior; ese camino estaba protegido mediante almenas que permitían guarecerse de las armas arrojadizas del enemigo, y, de tanto en tanto, había balcones desde cuyos salientes se podía atacar al que había logrado acercarse al pie de la muralla. Pesadas rejas que cerraban las puertas constituían la primera defensa. Generalmente, había dentro de ese recinto otro interior con otra muralla; dentro de él estaba la residencia del señor, compuesta de la capilla, las habitaciones privadas, las habitaciones para huéspedes de calidad, las caballerizas y dependencias, y la gran torre donde estaba la sala para ceremonias, llamada torre del homenaje. Allí se hacían las reuniones a que solía convocar a sus vasallos cada señor, ya para obsequiarlos con suntuosos festines, ya para presenciar el juramento de otro vasallo o para cualquier solemnidad pública o privada. Finalmente, fuera de ese recinto interior, estaban los graneros y los establos, los cobertizos para alojar a los que se acogían a la protección del señor, y el gran patio del castillo donde se hacían las reuniones al aire libre y, a veces, los torneos.

En estas residencias, algo sombrías porque la seguridad exigía que no abundaran las aberturas, solían pasar los señores largas temporadas, tanto por razones de clima como por razones de precaución. En ese tiempo, trovadores, juglares y titiriteros alegraban las largas veladas, mientras las mujeres hilaban o tejían; así se divulgaron los romances épicos, en los que se narraban las hazañas de los caballeros. Cuando comenzaba la primavera, los caballeros iniciaban sus campañas o, si no tenían enemigos que combatir, se dedicaban a la caza u organizaban torneos; eran estos últimos simulacros de combate, generalmente con las armas embotadas, en los cuales se lucía la destreza, la fuerza y la caballerosidad de los contendientes.

Si un señor tenía que hacer la guerra a otro señor o acudir a regiones apartadas, se convocaba para determinado día a todos los vasallos, quienes debían concurrir con todos sus hombres, provistos de todas sus armas, y con el número de auxiliares que pudieran o conviniera para la empresa. Así integrada, la pequeña hueste —pues nunca solía ser muy numerosa— emprendía la campaña a las órdenes del señor; pero este mando era más aparente que real, porque durante esta época se había olvidado la táctica conjunta y, en realidad, el combate no era sino un conjunto de duelos parciales. Las operaciones solían comenzar con la depredación de las tierras del enemigo y concluían en batalla campal, aunque no era raro que uno de los combatientes se refugiara en su castillo y se sometiera al asedio que iniciaba entonces su enemigo. También era frecuente que la guerra se decidiera mediante una lucha singular entre dos caballeros que representaban sus respectivos bandos.

Así transcurría la existencia de estos señores, que consideraban deshonroso dedicar parte de su tiempo a la lectura y el estudio; no poseían otra cultura que la que emanaba de las enseñanzas religiosas, ni realizaban otro ejercicio espiritual que el que exigía la práctica celosa del culto. Puede decirse que, durante la época feudal, sólo los clérigos mantuvieron el interés por el cultivo del espíritu, y esto, a veces, con bastantes limitaciones. Pero nuevas fuerzas comenzarían a trabajar para renovar este sistema social, y una de ellas fue la preocupación que apareció en cierto grupo por el saber.

EL CLERO

Alto y bajo clero se confundían en una misma aspiración: la santidad. Aunque esta aspiración solía no ser, a veces, sino un remoto ideal, en otros casos guiaba la conducta severa de los monjes que, en efecto, despreciaban todo lo terreno por alcanzarla.

En cambio, desde el punto de vista de su vida y de sus posibilidades, el alto y el bajo clero se diferenciaban profundamente. El alto clero era el que ocupaba las altas dignidades, los obispados y las abadías; pero como estas dignidades eclesiásticas traían consigo el goce de vastos feudos adscritos a ellas, sólo las alcanzaban los que por su nacimiento pertenecían a la nobleza. Eran, en efecto, segundones de familias nobles los que, generalmente, llegaban a regir los obispados o los grandes y ricos monasterios, de modo que unían a los privilegios propios del orden sacerdotal, los que les correspondían por su origen. Su vida no se diferenciaba, pues, de la de los señores sino en la medida en que la auténtica vocación ascética y la disciplina contenían las tendencias caballerescas. Si, por el contrario, el dignatario eclesiástico carecía de vocación y había aceptado la dignidad solamente por usufructuar los feudos eclesiásticos, su vida seguía siendo la de los señores, y era frecuente que ni siquiera residiese en el territorio de su jurisdicción.

Él bajo clero se reclutaba frecuentemente en las clases más humildes; solía ocurrir que un hombre humilde prefiriera ese género de vida como un medio para escapar de las penurias propias de su condición, pero, en general, salían de aquella clase los hombres de más severa vocación, razón por la cual era frecuente que ingresaran en los monasterios como monjes regulares. Los monasterios nacieron como resultado de un anhelo intenso de paz espiritual y devoción. Sin duda, sólo en sus claustros —y no siempre— podía estarse al margen de la inquietud y los sobresaltos de la vida cotidiana en esos tiempos de luchas casi constantes. Allí llevaban los monjes una vida de trabajo y dedicaban la mayor parte de su tiempo a ejercicios piadosos, sin desdeñar el estudio de los autores sagrados y aun profanos; había en los monasterios, en efecto, reducidas bibliotecas que, pese a su parquedad, eran los únicos repositorios importantes de libros durante esos tiempos. De los monasterios salieron las copias de importantes manuscritos, que circularon por otros monasterios y que iban, a veces, a parar a los castillos cuando, por excepción, había señores que mantenían algún interés por el estudio.

No fue menor la significación de los monasterios desde el punto de vista de la acción social. Sólo en ellos se practicaba la ayuda a los menesterosos, a los enfermos y a los huérfanos y viudas, y esta conducta trascendía de su propia acción porque los monjes no abandonaban nunca su prédica para lograr que los señores contuvieran sus impulsos violentos y guiaran su conducta por los preceptos cristianos de la caridad y la misericordia.

LOS COLONOS LIBRES Y LOS SIERVOS

Entre los hombres que carecían de privilegios existían dos grupos bien diferenciados: los que conservaban su libertad y los que no la poseían. Los primeros eran libres por su nacimiento y podían buscar su subsistencia trabajando como mejor les pareciera; naturalmente, en una época en que la economía era casi exclusivamente raíz, no tenían más recurso que ofrecer sus servicios a los señores o monasterios propietarios de la tierra; si eran aceptados, se instalaban con sus familias y se dedicaban a trabajar el suelo, recibiendo en compensación una parte de las cosechas. Su situación era harto desgraciada; no sólo estaban indefensos desde el punto de vista jurídico y sometidos a la arbitrariedad de los señores, sino que debían aceptar el cumplimiento de diversas obligaciones y cargas penosas, tales como el pago de ciertas contribuciones, y la realización de ciertos trabajos. Así, pues, el único signo de su condición libre era la posibilidad de abandonar las tierras en que trabajaban y buscar otras cuyos señores les fueran más propicios.

El siervo, en cambio, no poseía ese derecho; estaba atado a la gleba, se traspasaba de un señor a otro con la tierra misma, y se lo contaba como un objeto en el dominio señorial. No sólo no era dueño de su movimiento; no lo era de su persona ni del destino de su familia, porque si la tierra se dividía, solían repartirse los hijos del siervo como se repartían los animales o los objetos. Naturalmente, debía trabajar sin descanso y no recibía en pago nada más que lo necesario para subsistir en las más misérrimas condiciones. Y como no tenía significación jurídica, su vida estaba a merced del señor, que podía matarlo sin otra responsabilidad que la puramente moral.

LA EVOLUCIÓN Y TRANSFORMACIÓN DEL RÉGIMEN FEUDAL

Este tipo de sociedad —es necesario no olvidarlo— no tuvo en todas partes de la Europa occidental los mismos caracteres. No era el resultado de ninguna legislación, sino que se fue constituyendo como consecuencia de circunstancias y tendencias análogas pero no idénticas. Así, sería largo señalar las diversidades regionales que la organización feudal acusó en distintos países y comarcas.

Puede decirse, en general, que la sociedad se constituye con estos o con semejantes caracteres en casi todo el occidente de Europa hacia el siglo X u XI. Pero muy pronto comienza a insinuarse dentro de esa estructura algún resquebrajamiento. Uno sobre todo estaba destinado a tener, andando el tiempo, notables consecuencias: el desarrollo de las ciudades y la aparición y desarrollo de la burguesía.

Las ciudades romanas no habían desaparecido. Muchas de ellas se transformaron en aldeas insignificantes y algunas llegaron a desaparecer, pero otras muchas, aunque languidecieron, mantuvieron alguna importancia y constituían centros de atracción, fuera por los mercados que en ellas se celebraban o por las peregrinaciones que atraían sus iglesias o sus reliquias. En el siglo XII los reyes comenzaron a proteger las ciudades contra los privilegios que sobre ellas ejercían señores u obispos. Como querían aprovechar los tributos que podían pagar sus habitantes, estimularon su comercio y crearon de ese modo otra posibilidad de vida que no era el trabajo de la tierra. Así comenzaron por entonces a afluir a las ciudades algunos colonos libres y, luego, algunos siervos que eludían la vigilancia de los señores y se acogían a la protección real; una vez en la ciudad, comenzaban a ejercer sus oficios o a desarrollar algún pequeño comercio que les permitía vivir y aun acumular algún dinero con el que hacían prosperar sus actividades. De ese modo nació y creció una nueva clase social que no se encuadraba dentro del orden feudal y que, por el contrario, tenía intereses adversos a los de los señores. Si pudo crecer y progresar, fue porque los reyes vieron en sus miembros a los aliados que podían colaborar con ellos en la tarea de dominar el orgullo y el poder de los señores feudales; y, en efecto, con su dinero y con sus hombres, los burgueses contribuyeron a robustecer el poder de los reyes, que, poco a poco, comenzaron a limitar los derechos de los señores y a afirmar su propio poder. Ya en los últimos siglos de la Edad Media —el XIV y el XV—, los feudales debieron ceder ante el avance de la realeza, y los burgueses, en cambio, afirmaron el poder de su clase, cuyo fundamento residía en su riqueza.


Los reinos feudales

La progresiva separación de los señoríos feudales entre sí no llegó nunca a provocar la disolución de los reinos antiguos y de definida personalidad. Francia, Germania, España o Inglaterra eran ya regiones de innegable unidad desde la época romana, y naturalmente, su fisonomía se hizo más neta cuando se constituyeron en reinos autónomos en virtud de su conquista por los germanos: así, pese a la disgregación feudal, la conciencia de que ciertos señoríos integraban una unidad mayor no llegó a perderse, y la corona real fue el símbolo de esa unidad. Los señores pugnaban, sin duda, por amenguar los poderes del rey; pero, en teoría, no se dejaba de admitir la existencia de una autoridad que correspondía a la totalidad del reino.

De ese modo, la historia interior de los principales reinos feudales se caracteriza por la lucha entre la monarquía y los señores; pero, al mismo tiempo, el reino como tal tiene una historia común, un desarrollo conjunto que envuelve y supera el proceso político-social del feudalismo. Este desarrollo es el que señalaremos ahora para cada uno de los cuatro más importantes reinos de la Europa occidental.

FRANCIA

Del Imperio Carolingio se desprendieron —después del tratado de Verdún, en 843— dos reinos de definida personalidad: el de Francia y el de Germania.

La dinastía carolingia se dividió desde entonces en dos ramas, y su destino fue semejante en cada uno de los dos países: se cumplió en ellos el proceso señalado en el apartado anterior, y los reyes cayeron ante el ímpetu de los señores locales, debilitándose hasta tal punto su autoridad efectiva, que el poder de la corona real se fue desplazando hacia las manos de otras familias, cuyos miembros se habían mostrado más esforzados, especialmente en la lucha contra los invasores.

En la actual Francia, las agresiones más encarnizadas provinieron de los normandos. Sus bandas llegaban a las costas del mar del Norte y del océano Atlántico y solían introducirse en el corazón del territorio a través de los ríos Sena, Loira y Garona. Los señores locales defendieron con entereza sus territorios, pero allí fue más evidente la incapacidad real, porque los ataques, por razones geográficas, se producían en las vecindades de las propias tierras del rey. A principios del siglo X, el rey Carlos el Simple se vio obligado a pactar con una poderosa banda normanda que había llegado al mando de Rolón; Carlos el Simple les entregó las tierras al sur del Sena y así se constituyó el ducado de Normandía, cuya independencia efectiva estimuló a los señores franceses para lograr una situación semejante frente al rey. Esta situación se hizo tan general, que la autoridad de los últimos reyes carolingios se desvaneció. Así, en 987, un señor feudal que se había distinguido en la lucha contra los normandos, el conde Hugo Capeto, puso fin a la dinastía carolingia y ocupó el trono.

La dinastía de los Capetos, pese a su origen señorial, trató de robustecer la autoridad de los reyes. En esta tarea empeñaron su esfuerzo durante varios siglos, sin lograr apenas contener la soberbia de los feudales, y sólo en el siglo XII consiguieron algunas ventajas. Ya para entonces habían comenzado a resurgir algunas ciudades y la naciente burguesía ofrecía su apoyo a los monarcas a cambio de protección contra las pretensiones de los señores. A este progresivo afianzamiento de la monarquía, respondieron los feudales con una intensa ofensiva que encontró pretexto en la rivalidad entre el rey Luis VII y el conde de Anjou, Enrique Plantagenet.

Originado en una puja entre ambos por la posesión de la Aquitania, el conflicto se generalizó; los señores formaban al lado de Enrique Plantagenet y se opusieron al rey; pero pronto la situación se hizo más aguda porque poco después, en 1154, Enrique heredó la corona de Inglaterra. A partir de entonces la guerra se desenvolvió durante más de un siglo con variada intensidad.

El sucesor de Luis VII, Felipe Augusto, continuó la lucha; durante su época, uno de los herederos de Enrique, Juan Sin Tierra, organizó una vasta coalición contra su rival, en la que entraron no sólo importantes señores que querían frenar las pretensiones reales, sino también el emperador de Alemania. Pero Felipe Augusto los venció a todos en la batalla de Bouvines (1214) y consolidó de ese modo su autoridad en el oeste del país, donde se quedó con todas las regiones costeras al norte del río Loira, que antes poseyera el conde de Anjou. Fuera de las ventajas territoriales, esta victoria contribuyó a fortalecer la posición de Felipe Augusto frente a los señores; en los nuevos estados se situaron hombres fieles al monarca. v las ciudades comenzaron a prosperar bajo la protección del rey.

A Felipe Augusto sucedió Luis VIII, cuyas campañas lograron un éxito acabado; casi todas las regiones meridionales de Francia cayeron en las manos del rey y los ingleses sólo quedaron en posesión de una pequeña zona; esta situación movió a Enrique III de Inglaterra a pedir la paz a Luis IX de Francia, que en 1226 había sucedido a Luis VIII. El rey —conocido por San Luis—, que amaba la paz y aconsejaba la fraternidad cristiana, concedió a su rival condiciones honrosas y le devolvió los territorios conquistados por Luis VIII, pero conservando las regiones del norte ganadas anteriormente por los franceses. Así, en 1258, y mediante el tratado de París, concluyó la guerra secular emprendida entre el rey y la nobleza y transformada luego en guerra internacional.

El reinado de San Luis se caracterizó por su piedad. Desde hacía mucho tiempo se venían organizando en Europa unas campañas militares contra el Oriente que se conocieron con el nombre de cruzadas. Los caballeros franceses habían tenido en ellas una participación destacada, pero nadie realizó un esfuerzo tan puro para lograr la derrota de los infieles como San Luis, que marchó dos veces a luchar contra ellos y encontró la muerte en Túnez, en 1270.

Al finalizar el siglo XIII llegó al trono francés el nieto del santo rey, a quien la historia conoce con el nombre de Felipe el Hermoso. Su reinado, que se extendió desde 1285 hasta 1314, no se distinguió por sus triunfos militares; en efecto, pretendió asegurar su dominio sobre los territorios flamencos y fue derrotado en la batalla de Courtrai; pero, en cambio, su política interior fue extremadamente hábil y consiguió dar un paso firme en el camino de la afirmación de la autoridad real.

Felipe el Hermoso sostuvo el principio de que su autoridad debía apoyarse en las reglas establecidas por el derecho romano, de acuerdo con las cuales la potestad real resultaba más absoluta que si se mantenían las tradiciones germánicas. Para esta época, ya había aparecido en las universidades un manifiesto interés por los problemas del Derecho y se había producido un verdadero renacimiento del derecho romano; fácil fue, pues, para el rey apoyarse en los legistas o jurisconsultos que se habían formado en las universidades para defender doctrinariamente sus aspiraciones políticas, cada vez más amenazadoras frente a las atribuciones tradicionales de los señores feudales. De acuerdo con esa política, el rey apoyó a la burguesía urbana, a la que, a cambio de su protección, comenzó a exigir el pago de fuertes contribuciones que permitieron al rey contar con recursos propios para la guerra y, sobre todo, para realizar su política interior y exterior con independencia de sus vasallos feudales, ya que, con frecuencia, esa política estaba dirigida contra ellos.

También afirmó Felipe el Hermoso su independencia frente al papado. Ya se verá, estudiando la historia de la Germania, cómo había logrado el papado introducirse en la vida política de Europa, afirmando —según la tradición de aquel papa que había coronado con sus manos a Carlomagno— que el poder civil, por provenir de Dios, sólo podía recibirse por intermedio de la Iglesia. Ya en el siglo XIII esta política del papado había sufrido algunos rudos contrastes; pero fue Felipe el Hermoso quien le asestó un golpe definitivo.

En efecto, el papa Bonifacio VIII quiso, en 1301, designar en Francia un obispo enemigo notorio del rey para una nueva sede que acababa de crear; Felipe el Hermoso se opuso y encarceló al presunto obispo, a lo que contestó el papa excomulgando al rey en 1303. Así planteado el conflicto, el rey acudió a todos los medios para vencer la resistencia del papa; pretendió acusarlo por herejía y, sobre todo, trató de hacerlo asesinar mientras residía en su retiro de Anagni, en Italia; el golpe fracasó, pero Bonifacio VIII murió poco después y, tras algunas dificultades, logró Felipe que se eligiera pontífice a un obispo francés, quien decidió trasladar la sede pontificia a la ciudad de Avignon, sobre el Ródano. Así consiguió Felipe el Hermoso tener bajo su autoridad a la más alta potestad eclesiástica, situación de la que sacaron muchas ventajas los monarcas franceses.

GERMANIA

Los carolingios alemanes fueron menos afortunados aún que los franceses. Ya en los primeros años del siglo X —exactamente en 911— la dinastía se extinguió con Luis el Joven. Los señores feudales resolvieron entonces que, de allí en adelante, el poder seguiría siendo electivo y no se admitirían privilegios dinásticos, de modo que, en cada caso, se designara rey al que pareciera más capaz. En rigor, lo que se perseguía era que el elegido careciera de poder efectivo sobre los señores.

Mientras tanto, durante el siglo IX, se habían constituido en Germania cuatro grandes ducados, cuyos señores se consideraban tan poderosos que no podían admitir sobre sí sino una autoridad real puramente nominal. Estos ducados eran los de Sajonia, Franconia, Suabia y Baviera; el de Sajonia comprendía toda la vasta llanura que se extiende a lo largo de la costa del mar del Norte; el de Franconia comprendía todo el valle del río Meno; el de Suabia correspondía a las regiones montañosas comprendidas en la zona de la Selva Negra y los Alpes de Suabia; y, finalmente, formaban la Baviera las tierras del alto Danubio hasta los Alpes. Cada uno de estos ducados se dividía en numerosos señoríos, de modo que sus duques poseían ingentes recursos propios, lo que les permitió mantener su independencia; era, pues, natural que los últimos carolingios no pudieran defender su posición frente a tales vasallos, sobre todo si se tiene en cuenta que las invasiones de eslavos, húngaros y normandos favorecieron la autoridad de los señores locales.

En 911, los grandes feudales eligieron rey al duque de Franconia, Conrado I. A su muerte, en 918, ocupó el trono un duque sajón, Enrique I, cuya política estuvo destinada a comprometer a los señores para que, después de él, eligieran a su hijo; dádivas y promesas aseguraron esta elección; y como sus sucesores hicieron lo mismo, durante casi un siglo los señores alemanes eligieron reyes a los duques sajones, que formaron, así, una dinastía que reinó hasta el año 1002. De todos, fue Otón I el Grande, el hijo de Enrique, el más ilustre por sus hechos y por el rumbo que dio a la política del reino germánico.

Otón el Grande se propuso, como los Capetos en Francia y pese a su origen señorial, afirmar el poder monárquico. Desde que subió al trono, en 936, procuró reprimir la autoridad de los señores, para lo cual, además de combatirlos hasta lograr la debida obediencia, adoptó algunas sabias medidas de gobierno; así, por ejemplo, otorgó tierras a los dignatarios eclesiásticos en el seno de los feudos, con lo cual procuró asegurarse un aliado, pues él se reservaba la designación de obispos y abades; además, designó condes palatinos encargados de representar su autoridad en los distintos feudos, y de ese modo pudo vigilar constantemente a los feudales más soberbios.

Su política se afirmó con sus éxitos. No sólo logró derrotar a los húngaros en la batalla de Lech, sino que consiguió coronarse rey de Italia; pero no se detuvo allí; la posesión de Italia por un rey poderoso parecía asegurar a su dominador la corona imperial, y Otón la solicitó con éxito; el papa Juan XII lo coronó en 962, y así cobró de nuevo existencia el antiguo imperio, por tantos años desaparecido. Se conoció la nueva entidad con el nombre de Sacro Imperio Romano Germánico, por el origen de la investidura y por el núcleo político que ahora constituía su principal punto de apoyo; porque, en efecto, aunque su título no fue discutido, en la práctica sólo tuvo valor en el antiguo reino de Germania.

Los sucesores de Otón I no supieron mantener la autoridad que el fundador del imperio había establecido. Los señores feudales lograron, entonces, reivindicar su independencia, y, pese a la corona imperial que ostentaban, el poder de los reyes no fue sino el de un señor más. Por otra parte, la política de Otón I había legado al imperio algunos problemas graves; en efecto, tanto la pretensión del emperador de ejercer una efectiva autoridad en Italia como la de designar a los señores de los feudos eclesiásticos en Alemania, hicieron cada vez más tensas las relaciones entre el imperio y el papado. Así se originó un conflicto que estallaría en el siglo siguiente, durante el gobierno de los emperadores franconios.

En 1002, la dinastía sajona concluyó y fue elegido un duque de Baviera; pero a su muerte, los señores designaron rey a Conrado II, duque de Franconia, el cual, por medios semejantes a los utilizados por Enrique I, aseguró para su descendencia la corona real y, con ella, el título imperial. Durante el reinado de Conrado II se unió al reino de Germania el reino de Arlès, nombre con que por entonces se conocía a todo el valle de los ríos Ródano y Saona, lo cual, unido a la posesión del norte de Italia, daba a los reyes alemanes una extraordinaria gravitación en Europa. Su sucesor, Enrique III, gobernó el imperio desde 1039 hasta 1056 y, al morir, legó el trono a su hijo Enrique, cuya corta edad obligó a que los destinos del reino quedaran en manos de la reina madre, la regente Agnese. Esta circunstancia fue fatal; hasta la mayoría de edad de Enrique IV todos los problemas que estaban latentes en el reino se desataron y así se inició una época de total predominio feudal, que el papado —ahora robustecido bajo las inspiraciones de la orden de Cluny— quiso aprovechar para afirmar su poder en desmedro de la autoridad imperial.

Así ocurrió; llegado a su mayoría Enrique IV, pretendió ejercer el poder como lo habían hecho los más enérgicos de sus predecesores; pero la situación no le era favorable; los grandes feudales se sublevaban a cada instante y, sobre todo, contaban con el auxilio del papado, que los instigaba a rebelarse contra el emperador. Enrique IV decidió afrontar la situación con energía no exenta de violencia. El papa Gregorio VII sostuvo que era derecho del pontífice el nombrar a los obispos, y exigió que el emperador se abstuviera de hacerlo; el emperador, por su parte, quiso hacer condenar al papa por un concilio de obispos alemanes, y el papa respondió con la excomunión. En esta situación, el rey no tenía otra salida que defender sus derechos por la fuerza, pero su excomunión autorizaba a sus vasallos a desentenderse de sus juramentos, de modo que no podía contar con la ayuda de sus guerreros. No tuvo el emperador, pues, otra posibilidad que ceder, y así lo hizo, presentándose en el castillo de Canosa, en Italia, donde residía el papa, para solicitar humildemente el perdón de sus pecados.

Gregorio VII perdonó al emperador y le levantó la excomunión, no sin humillarlo de modo tan patente que no quedara duda alguna de la superioridad del poder del papado sobre el del emperador. Pero Enrique IV no contaba con soportar definitivamente esta situación. Vuelto a Alemania, recibió de nuevo la obediencia de sus vasallos, y, lentamente, trató de ajustar los resortes de su autoridad para impedir que volvieran a repetirse los intentos de sublevación.

Una vez que lo hubo conseguido, el emperador marchó sobre Italia y se apoderó de Roma; el papa había salido de la ciudad y murió poco después; pero sus sucesores se mantuvieron firmes en la defensa de sus derechos y el conflicto con el imperio siguió arrastrándose durante muchos años.

Durante el reinado del sucesor de Enrique IV —su hijo, Enrique V— se llegó a una fórmula transaccional. El emperador y el papa Calixto II firmaron en 1122 el concordato de Worms, por el cual se convenía en que el papa nombraría a los obispos, pero que éstos no entrarían en posesión de los feudos que les correspondían si no recibían la investidura del emperador. De ese modo quedó zanjado el conflicto que se conoce con el nombre de Querella de las investiduras, y que corresponde al momento de mayor autoridad que el papado alcanzó en Europa.

Tras el reinado de Lotario, duque de Sajonia, llegó al poder Conrado III, duque de Suabia, quien aseguró también a sus descendientes el trono imperial. Su hijo, Federico I, llamado Federico Barbarroja, fue, sin duda, la figura más destacada de la dinastía y, acaso, del imperio. Llegó al trono en 1152 y reveló muy pronto su decisión de gobernar como un monarca absoluto, y no solamente en Germania, sino en Italia también. Era ya la época en que el comercio comenzaba a reanudarse en Italia, y las ciudades del Norte de la península aseguraban a sus señores abundantes rentas que el emperador no quería dejar escapar.

Tanto en Alemania como en Italia, su política encontró serias resistencias. Detrás de los señores feudales alemanes y detrás de los burgueses italianos estaba la mano del papado, que no vacilaba en soliviantar a los vasallos del emperador con el fin de minar su poder. Federico Barbarroja combatió a unos y otros con energía. Pero si bien logró someter a todos sus vasallos en Alemania, fracasó al cabo en Italia, donde las ciudades lombardas, unidas en una liga cuya política recibía sus inspiraciones de Roma, lo vencieron en la batalla de Legnano en 1176. Desde entonces, Federico debió contentarse con un señorío nominal sobre Italia; pero ni allí desaparecieron sus partidarios, ni en Alemania, donde había triunfado, desaparecieron los del papa; en efecto, todo el imperio se dividió en dos grandes fracciones, la de güelfos y la de gibelinos, cuyas luchas fueron crueles y socavaron la estabilidad del imperio hasta empujarlo a su desintegración política.

A la muerte de Federico I reinó su hijo Enrique VI, quien, por matrimonio, logró incorporar al imperio el reino de las Dos Sicilias, en el sur de Italia; de ese modo, los Estados pontificios quedaron encerrados entre las posesiones del imperio, situación que movió al papado a extremar sus esfuerzos para abatir el poder imperial. Las consecuencias de esta política debió afrontarlas Federico II, nieto de Barbarroja, que llegó al poder en 1220. Comenzó entonces la etapa más dramática del duelo entre el papado y el imperio, y al morir el emperador en 1250, el triunfo del primero se manifestó en un hecho extraordinario: se dejó de elegir emperador, y durante veintitrés años el imperio se mantuvo disgregado. Este período —el gran interregno alemán— permitió que se desarrollaran extraordinariamente algunos Estados, especialmente las ciudades comerciales e industriales de Italia y de Alemania, que, por entonces, alcanzaron una casi total autonomía.

ESPAÑA

España había sido unificada por los visigodos, cuyo reino subsistió hasta que, en el año 711, lo abatieron los invasores musulmanes. Vencido el rey Rodrigo en la batalla del Guadalete, los visigodos emprendieron una retirada vertiginosa perseguidos por las huestes islámicas; muchos de ellos cayeron bajo la dominación de los invasores, que, en dos años, completaron la conquista de casi toda la península; pero otros, en cambio, lograron escapar y refugiarse en el reino franco o en las regiones montañosas del norte, zona ésta donde la población astur había conservado cierta independencia gracias a lo abrupto de aquellas comarcas. Allí se formó un conglomerado de gentes que pudo hacer frente a los intentos de avasallamiento que hicieron los musulmanes.

En efecto, repetidas veces quisieron los invasores forzar el último reducto de la resistencia, pero los desfiladeros de los Cantábricos dificultaban la empresa, y, en 722, según parece, los astures lograron derrotarlos en la batalla de Covadonga. Mandaba entonces las huestes cristianas el conde don Pelayo, que desde entonces asumió la corona del nuevo reino astur, cuya capital quedó emplazada en Cangas de Onís. A partir de esos años, el pequeño reino cristiano empezó a afirmarse y a extenderse por los valles vecinos. Los musulmanes, por su parte, se extendieron hacia el nordeste, llegaron al Pirineo y cruzaron las montañas; es sabido cómo los detuvo en 732 el mayordomo real del reino franco, Carlos Martel, en la batalla de Poitiers; pero, pese a la derrota, los musulmanes conservaron el sur de Francia.

La Península Ibérica quedó, así, dividida en dos zonas: la España musulmana y la España cristiana. La España musulmana fue durante estos primeros siglos de la conquista la región más civilizada y rica. Comprendía casi toda la península y, hasta mediados del siglo VIII, fue una dependencia del califato de Damasco; pero al producirse la guerra civil que dio el triunfo a los abbasidas, un descendiente de la dinastía depuesta de los omeyas, Abderramán, llegó a España y logró que se reconociera la legitimidad de su derecho; en consecuencia, España se constituyó como un emirato independiente que los abbasidas no pudieron reducir pese a los esfuerzos que hicieron. Más tarde, en 912, Abderramán III se proclamó califa, y desde entonces la sede de su poder, Córdoba, adquirió un extraordinario brillo no sólo por su poderío material sino también por el desarrollo de su cultura.

Los emires y los califas quisieron contener el desarrollo del reino astur; pero el esfuerzo continuado y tesonero de las huestes cristianas logró vencer las reiteradas ofensivas islámicas y el pequeño reino se extendió poco a poco hacia Galicia y León. Después de haber sido Oviedo la capital del reino, León adquirió esta jerarquía, y la conquista continuó aún más hacia el sur, en los campos castellanos. En el siglo X el territorio astur-leonés llegaba hasta el Duero y cada año se realizaban nuevos esfuerzos para adelantar la línea fronteriza hacia el sur; así surgió el condado de Castilla como provincia fronteriza, erizada de castillos, los cuales le prestaban una fisonomía tan singular que le dio su nombre a la comarca. Tal importancia adquirió la provincia fronteriza, que muy pronto se separó del tronco común para constituir un reino independiente; pero volvió luego a unirse, esta vez con caracteres de región hegemónica, y, así, la totalidad del reino cristiano del Noroeste comenzó a llamarse Castilla.

Mientras tanto, en el Nordeste, nuevas contingencias habían contribuido a provocar el retroceso de los musulmanes. Luego de varias campañas, Carlomagno había conseguido no sólo expulsar a los musulmanes de Francia, sino también arrebatarles la zona comprendida entre el Ebro y el Pirineo aproximadamente. Después del tratado de Verdún, en 843, esta región corrió la suerte de todo el Imperio Carolingio y se parceló en dos estados feudales: el condado de Barcelona y el reino de Navarra, del primero de los cuales se desprendió luego el reino de Aragón. Así, al comenzar el siglo XI, se sumaban al reino de Castilla estos tres estados cristianos en el norte de la península.

El destino de las dos Españas sufrió en el siglo XI una transformación radical. En el año 1031, el califato de Córdoba cayó en medio de la guerra civil y su territorio se distribuyó en una serie de reinos independientes llamados reinos de Taifas. Esta atomización del mundo musulmán fue inmediatamente aprovechada por los reinos cristianos, que redoblaron sus esfuerzos para apresurar la conquista del territorio. En 1085, el rey de Castilla, Alfonso VI, llegó al río Tajo y consiguió tomar la ciudad de Toledo, antigua capital visigoda y uno de los puntos estratégicos más importantes de la península; al mismo tiempo, los aragoneses comenzaban a bajar por la costa mediterránea y amenazaban los reinos del Levante; en tal situación, los reyes musulmanes pidieron auxilio a una población africana, los almorávides, para contener a los cristianos.

Al mando de Yusuf, los almorávides entraron en España y presentaron batalla a los cristianos. Alfonso VI fue derrotado en la batalla de Zalaca, en 1086 pero logró retener Toledo; los almorávides hubieran podido sacar mejor provecho de su victoria, pero bien pronto entraron en conflicto con los reinos de Taifas, porque demostraron su afán de quedarse en la península y reconstruir en su provecho el califato; las consecuencias no se hicieron esperar y los castellanos retomaron la ofensiva. En el Levante, un caballero castellano, Rui Díaz de Vivar, conocido como el Cid Campeador, consiguió conquistar Valencia, y, entre tanto, el rey castellano logró restablecer su dominación en las zonas que los almorávides le habían arrebatado en los últimos tiempos.

Viendo en peligro otra vez sus posiciones, los reyes musulmanes llamaron en su auxilio a otro pueblo africano: los almohades. En 1195, el rey de Castilla, Alfonso VIII, quedó derrotado en la batalla de Alarcos y todo parecía asegurar un poderoso avance de las huestes musulmanas. Pero en ese momento se combatía en todo el Mediterráneo contra los infieles y le fue fácil al rey organizar una verdadera cruzada en España. En 1212, Alfonso VIII tomó su desquite; pese a que, al fin, quedaron solas las fuerzas del rey castellano, los musulmanes cayeron derrotados en la batalla de las Navas de Tolosa.

Durante la primera mitad del siglo XIII reinó en Castilla Fernando III, llamado el Santo. Sus repetidas campañas le dieron el dominio de casi toda Andalucía, las más poderosas ciudades cayeron en sus manos, y los musulmanes se fueron replegando hacia las montañas de Sierra Nevada, donde quedó constituido su último baluarte, el reino de Granada, que conservarían hasta fines del siglo xv.

Después de Fernando III la reconquista cristiana de España se contuvo por mucho tiempo; hubo acciones parciales e intrascendentes, pero las guerras civiles que estallaron en Castilla y la falta de interés por esa empresa que demostró el reino de Aragón permitieron al reino granadino subsistir con cierta tranquilidad.

En Castilla reinó, después de Fernando, Alfonso X el Sabio. Su reinado fue harto desgraciado por las guerras que se suscitaron entre los miembros de la casa real, pero fue particularmente brillante en otros aspectos. El apelativo con que se conoció al rey no se debió sólo al interés que por los estudios demostró él mismo, sino también a la preocupación general que se mostró por ellos, y que el monarca estimuló decididamente. De esta época es la redacción de la Crónica General, las Siete Partidas y algunas otras obras importantes en las que colaboró el propio rey. El código de las Siete Partidas no llegó a tener absoluta vigencia, pero sus principios influyeron mucho en el desarrollo político y jurídico de España; se trasunta en él una tendencia a restaurar los principios del derecho romano, tendencia generalizada por entonces en Europa y que recibía el apoyo de los reyes porque contribuían a afirmar su poder. Alfonso el Sabio, en efecto, procuró estimular el desarrollo de la burguesía de las ciudades, y dio marcada importancia a las cortes, en las que se reunían representantes de todos los grupos sociales del reino, pero su afán era consolidar su propio poder; sólo las necesidades de la reconquista y la defensa de las posiciones avanzadas permitieron a los señores feudales de España mantener sus derechos y privilegios.

Si en Castilla lograron los señores defender sus derechos, no tuvieron menos éxito en Aragón, donde consiguieron, en 1283, que el rey Pedro III reconociera la validez del Privilegio General que le impusieron, por el cual se limitaban los derechos reales y se sancionaban los que correspondían a los señores; sin embargo, la burguesía aragonesa se afirmaba poco a poco, gracias a los espléndidos resultados de su acción comercial en el Mediterráneo, y paso a paso conseguiría afirmar su posición social.

PORTUGAL

El reino de Portugal fue, originariamente, un condado del de Castilla. El rey Alfonso VI lo entregó en 1094 al conde Enrique de Borgoña, que había acudido en su auxilio y a quien casó luego con su hija. Pero poco después, en 1139, Alfonso Enriquez, que lo había heredado, se independizó y, desde entonces, constituyó un reino independiente. Portugal se distinguió por su esforzada y sostenida lucha contra los musulmanes, a quienes arrebató poco a poco las tierras de la costa atlántica. La dinastía borgoñona mantuvo el poder hasta fines del siglo XIV.

INGLATERRA

La provincia romana de Bretaña, como ya se dijo, fue invadida en el siglo v, por un grupo de pueblos germánicos: los anglos, los jutos y los sajones. A diferencia de lo que ocurrió en otras provincias romanas, no surgió allí un solo reino, sino que se formaron varios; fue solamente en el siglo IX cuando se unificaron los que ocupaban la actual Inglaterra, bajo la autoridad de los reyes sajones de Wessex.

El reino tuvo que sufrir desde el siglo VIII la amenaza de los invasores normandos; pero a principios del siglo XI la amenaza, que hasta entonces sólo había tenido como consecuencia el establecimiento parcial de algunas bandas, se tornó realidad con la expedición del rey de Dinamarca Knut el Grande. En 1035 Inglaterra quedó vinculada a ese país bajo la autoridad del conquistador, cuyos estados estaban unidos —más que separados— por las aguas del mar del Norte, teatro de sus hazañas de piratería y de conquista.

Los daneses no constituyeron en Inglaterra una aristocracia excluyente; se mezclaron con los anglosajones, y así fue posible que, en 1042, llegara al trono un rey que tenía entre sus antepasados miembros de una y otra raza: Eduardo el Confesor. Su reinado fue ejemplar por su moderación y su tino político, pero, a su muerte, legó a su país un grave problema, porque, no habiendo dejado sucesión, había hecho en cambio algunas promesas que luego hicieron valer dos pretendientes. En efecto, el príncipe Haroldo era, según los nobles sajones, quien debía suceder al rey, pero el duque de Normandía, Guillermo, aseguraba también que era él a quien Eduardo deseaba como sucesor. Haroldo ocupó el trono, pero su rival se preparó para la lucha y organizó en su ducado un ejército con el que se lanzó contra Inglaterra, donde desembarcó poco después. En la batalla de Hastings (1066), Haroldo fue vencido y muerto, así como también la mayoría de los señores sajones. Guillermo, llamado desde entonces el Conquistador, subió al trono y se dispuso a organizar el reino de manera que su poder estuviera seguro, para lo cual otorgó a sus guerreros las tierras de la antigua nobleza. Pero Guillermo, como no tenía obligaciones contraídas con ellos sino que estaba en situación de dispensar mercedes en la medida que quisiera, se reservó el derecho de ejercer su autoridad en los distintos condados por medio de sus propios funcionarios: los sherifs. De ese modo, el régimen feudal inglés fue mucho menos vigoroso que los del continente, y los reyes que sucedieron a Guillermo el Conquistador tuvieron una autoridad muy superior a la de los demás reyes.

La dinastía normanda se extinguió a mediados del siglo XII y el trono inglés correspondió al conde de Anjou, Enrique Plantagenet, que reinó con el nombre de Enrique II (1154-1189). Desde los primeros tiempos se puso de manifiesto que al nuevo rey le importaban más sus estados franceses que el reino de Inglaterra, pese a lo cual trabajó por la organización de la justicia y la administración del país. La mayor parte de su actividad debió dedicarla a la guerra que sostuvo con el rey de Francia, conflicto que legó a sus hijos Ricardo Corazón de León (1189-1199) y Juan Sin Tierra (1199-1216). El primero luchó en Francia, pero interrumpió esta empresa para acudir al Oriente a fin de coadyuvar a la conquista del Santo Sepulcro en la tercera cruzada; el segundo quiso poner término a aquella guerra organizando la coalición a que ya nos hemos referido y que terminó en la batalla de Bouvines (1214).

La derrota sufrida por Juan Sin Tierra tuvo inmediata repercusión en Inglaterra. Los barones se sublevaron contra él y le exigieron que aceptara un documento por el que se establecían las libertades fundamentales a que tendrían derecho los señores; se llamó este documento Carta Magna y fue firmado por el rey en 1215. Se establecía en ella que no podría el rey poner ningún impuesto sin el consentimiento de los barones, que no podrían éstos ser condenados sino por sus pares; que no se podría condenar a nadie sino con el consentimiento de un jurado; que no se podría mantener a nadie en prisión sin someterlo a juicio y contenía numerosas disposiciones de menor importancia por las cuales la nobleza se aseguraba el reconocimiento de todos sus privilegios.

La Carta Magna fue la piedra angular del régimen político y social inglés; el sucesor de Juan Sin Tierra, su hijo Enrique III (1216-1272), pretendió rebelarse contra sus principios, fundándose en las imperiosas necesidades de la guerra que mantenía con Francia; pero en 1253, después de la aceptación del tratado de París —que implicaba una derrota para los ingleses— los señores volvieron a sublevarse y, encabezados por Simón de Montfort, exigieron un nuevo compromiso del rey, esta vez más explícito y concreto. En efecto, por los Estatutos de Oxford, convenidos en 1258, se exigió que el rey gobernara con un consejo de quince barones, quienes nombrarían los principales funcionarios del reino. Enrique III creyó que podría sacudir ese yugo y volvió a sublevarse, pero los caballeros recurrieron a las armas y el rey fue hecho prisionero en 1261. Simón de Montfort desempeñó la regencia del reino hasta que el príncipe Eduardo derrotó a los barones y restableció a su padre en el trono. A la muerte de éste, lo sucedió, y contribuyó a organizar el sistema político de acuerdo con la situación creada por las demandas señoriales. Así se afirmó la organización del parlamento, institución que adquirió poco a poco una notable autoridad.


La cultura de la Europa feudal

Sin ser una época brillante desde el punto de vista de la cultura, la época feudal presenta algunas manifestaciones de actividad espiritual que merecen señalarse; y no solamente por el valor que tienen en sí mismas, sino también porque constituyen los primeros pasos de las culturas nacionales de Europa occidental.

Como toda la cultura medieval, la de la época feudal ofrece como rasgo primordial el de ser de neta inspiración cristiana; de ese origen son las preocupaciones, los temas, las ideas directrices, todo cuanto contribuye a caracterizarla de alguna manera. Sin duda había en el fondo reminiscencias clásicas, especialmente romanas; pero los elementos heredados aparecen filtrados a través de la mentalidad cristiana, que los conforma según sus propios ideales y sus principios de valor.

Todavía siguen siendo los monasterios los hogares más importantes de la vida espiritual; pero ya se insinúan los ambientes caballerescos como propicios a ciertas formas de creación estética, la cual, naturalmente, adoptaba allí otro aspecto que la diferenciaba de la que surgía en los centros de vida ascética y encerrada dentro de las exigencias de la ortodoxia religiosa. Acaso el rasgo más señalado de esta nueva línea de creación sea, en lo literario, el uso de la lengua vulgar en vez de la latina. Así aparecieron los primeros monumentos de las literaturas en lenguas romances, tras de los cuales se desarrollaron ricamente las formas nacionales.

No carecieron de importancia, por esta época, las artes plásticas. Un estilo de singulares características aparece por entonces: el románico, al que se deben importantes monumentos religiosos y civiles; hubo, paralelamente, cierto desarrollo de la pintura y la escultura.

LOS MONASTERIOS Y LA CULTURA MONACAL

Los monasterios —que aparecen en Europa desde el siglo VI— atrajeron a todos los espíritus reflexivos y ascéticos. San Benito había establecido para el que fundó en Monte Cassino, cerca de Nápoles, una regla muy severa; según ella, una de las actividades a que debían dedicarse los monjes era el estudio y la copia de manuscritos; así resultó que, al poco tiempo, y mientras desaparecía todo ambiente propicio para el saber en la vida civil, los monasterios se transformaron en los únicos centros de estudio. Y no sólo porque era propio de los monjes el dedicarse a la lectura y la reflexión, sino porque los monasterios fueron los únicos lugares donde se guardaron los escasos manuscritos que se conservaban; allí se custodiaban con amor y, como los monjes apreciaban su valor y conocían el deseo de poseer copias que abrigaban otras comunidades, se dedicaron a hacer copias, gracias a lo cual se aseguró la subsistencia de muchas obras antiguas que, de otro modo, se hubieran perdido.

Ya hemos visto cómo, ya en los primeros tiempos de la Edad Media, aparecieron monjes que alcanzaron un vasto saber. Esa tradición se mantuvo en la época feudal, aunque declinara en algunas regiones; pero en San Martín de Tours, en Fulda, en San Gall, en Santo Domingo de Silos y en muchos otros monasterios, abundaron los monjes contraídos al estudio y la meditación, cuyo esfuerzo, si no cuajó siempre en obras, aseguró la conservación del saber para épocas más propicias.

Una actividad importante de los monasterios fue, frecuentemente, la redacción de anales señoriales o reales, compuestos por encargo de quienes querían dejar memoria de sus hazañas. Gracias a eso —y a los simples anales de los propios monasterios— poseemos una rica colección de noticias sobre la vida de la época. Además, solía haber en los conventos escuelas en las que se enseñaban las artes liberales, la teología y la filosofía. En este último campo se destacó, entre otros, Pedro Abelardo (1079-1142), así como también Bernardo de Clairvaux, con quien aquél mantuvo famosa polémica.

LAS LETRAS

En los monasterios se cultivaron las letras; abundó la poesía religiosa, muchas veces en lengua latina y otras en lenguas romances, y se cultivó también el teatro, bajo la forma de misterios y representaciones cuyo tema era generalmente la vida de santos.

Pero la más significativa de todas las manifestaciones literarias de este período es la poesía épica. En verso romanceado y en lengua vulgar, el trovador componía la narración de las hazañas de un caballero; a veces solía tratarse de un solo episodio; otras, se narraba una serie de hazañas que componían casi una vida del héroe. Estos romances se divulgaban en los castillos y en las ferias donde se reunía el pueblo, al que entusiasmaba oír elogiar a sus figuras predilectas.

En España, el héroe que mereció más asidua recordación fue Rui Díaz de Vivar, a quien los musulmanes llamaron El Cid, nombre que pasó luego a los romances. Seguramente se compusieron sobre su vida y sus proezas contra los moros múltiples romances; pero luego se compuso uno extenso —acaso reunión de otros breves— que se conoce con el nombre de Cantar de Mio Cid. Se le considera el primer monumento en lengua castellana y revela el entusiasmo que provocaba en el pueblo el valor, la magnanimidad y el éxito del héroe castellano. En la misma lengua se compusieron poemas destinados a narrar las aventuras de los infantes de Lara o del conde Fernán González; y, llevados por la misma inspiración y el mismo entusiasmo heroico, cantaron los trovadores las proezas de Alejandro el Grande, de los héroes de las cruzadas o de Carlomagno.

En Francia, la poesía épica giró, en su mayor parte, alrededor de la figura de Carlomagno y las de sus caballeros. El más famoso de los poemas épicos es la Canción de Rolando, en la cual se cuentan las proezas que realizaron el sobrino del gran emperador y sus compañeros, cuando fueron sorprendidos en las gargantas del Pirineo por los sarracenos. La aventura —deformada por la leyenda— corresponde a una de las guerras por la conquista de España, y aparece en la Canción exaltada hasta un grado inverosímil; como en otros poemas de la época, los héroes combaten con denuedo contra huestes diez veces más numerosas que las suyas, parten en dos a sus enemigos con un golpe de su espada y llevan a cabo otras hazañas extraordinarias. Comparado con la Canción, el Cantar de Mio Cid es más humano y menos heroico, pero ambos revelan el mismo sentido señorial, la estimación por los mismos ideales, la vigencia de los mismos principios sociales y morales.

Junto a la épica heroica se desarrolló una forma caballeresca, de marcado sentido romántico. De origen bretón, la leyenda del rey Artús, de sus caballeros y de sus damas, se difundió por las cortes provenzales y luego por las más alejadas comarcas, llevando el soplo de una nueva inspiración. Allí las proezas del héroe se mezclaban con el apasionado y melancólico relato de sus amores, y la dura fisonomía del guerrero se suavizaba con la evocación de sus cuitas sentimentales. A este ciclo pertenece, por ejemplo, el relato de los amores de Tristán e Iseo, reveladores de una nueva sensibilidad y de renovadas formas de convivencia, en las que la mujer poseía una significación ignorada por la épica heroica.

Finalmente, entre las formas literarias de la época deben mencionarse las obras históricas. Ya hemos citado las crónicas anónimas, generalmente compuestas en los monasterios, pero hubo también cronistas que quisieron dar a su obra cierto aire personal, como Joinville, que nos ha dejado una vida del rey San Luis, o Villehardouin, de quien poseemos una crónica de la conquista de Constantinopla. También tuvo ese carácter, en cierto modo, la Crónica General que mandó componer —y compuso en parte— el rey Alfonso el Sabio de Castilla.

Desde el punto de vista de las artes plásticas, la época feudal vio nacer —hacia mediados del siglo IX— un estilo arquitectónico de características definidas. Surgió favorecido por el desarrollo de las construcciones civiles y religiosas —castillos e iglesias— y, por la naturaleza de sus elementos se lo conoce con el nombre de estilo románico, palabra que alude a sus primitivos orígenes. En efecto, el uso del pilar y del arco de medio punto, así como también la concepción apaisada de los edificios, recuerdan claramente la inspiración romana que lo guía.

El estilo románico se pone de manifiesto en los castillos y en los puentes; pero en ese tipo de construcciones las necesidades prácticas limitan el vuelo de la creación plástica. En cambio, en los monasterios y en las iglesias el arquitecto tiene mayor libertad para combinar los distintos elementos y suele, en consecuencia, hallar nuevas formas y combinaciones que manifiestan claramente los gustos predominantes. En los monasterios se advierten las fachadas compuestas con arcos de medio punto, combinados a veces formando pórticos, pero lo más característico suele ser el claustro, galería cuadrada en la que las columnas presentan, casi siempre, originales capiteles en los que se esculpen figuras historiadas y elementos naturales más o menos estilizados. En las iglesias, la fachada suele componerse de uno o más pórticos; el interior solía dividirse en naves, separadas por pilares o columnas de capiteles decorados, que se iluminaban mediante un rosetón y, a veces, vitrales.

No faltó, en los edificios de este estilo, la ornamentación pictórica y escultórica. Los pórticos solían componerse reemplazando las columnas por figuras talladas, y en las capillas abundaban las imágenes, así como también las pinturas en algunos paños de pared o en el techo. Tanto la pintura como la escultura revelan cierta influencia bizantina, patente en el quietismo de las figuras; pero sobresale, sobre todo, la inspiración religiosa que mueve al artista, que desprecia los elementos corporales para ahondar en la expresión patética.

Abundan los monumentos de este estilo que aún se ofrecen a la contemplación. En España son famosos el monasterio de Santo Domingo de Silos, la catedral de Santiago y la colegiata de San Isidoro de León; en Francia, la iglesia y el claustro de San Trófimo de Arlés, las catedrales de Poitiers y Angulema y la iglesia de Vezelay; en Italia, la catedral de Pisa y las iglesias de San Miniato de Florencia y San Ambrosio de Milán, y en Alemania merecen recordarse las catedrales de Maguncia y de Bamberg.


Europa en la época de las Cruzadas

La Europa feudal manifestó una marcada tendencia a circunscribir la vida dentro de los estrechos límites de los señoríos locales. Desde el punto de vista económico, los señoríos se bastaron a sí mismos y no hubo ocasión que favoreciera el activo intercambio de productos; correlativamente, ni las personas ni las ideas tenían tendencia a salir de sus hogares, con lo cual el aislamiento se acentuó y llegó a provocar una ignorancia inverosímil de los caracteres de otros lugares, aun próximos. Así se explican las innumerables leyendas sobre cosas maravillosas y fantásticas que surgieron por entonces, resultado del desconocimiento que en ese tiempo se tenía del mundo.

Esta característica dio su fisonomía en un principio a la época feudal; pero un acontecimiento singular quebró esta línea de desarrollo y provocó un cambio radical, que, en gran parte, produjo la disolución de esa organización social. En efecto, en la segunda mitad del siglo XI irrumpieron en las fronteras del Imperio Bizantino las fuerzas musulmanas, renovadas ahora en su ímpetu por obra de un nuevo grupo dominador: los turcos seldjúcidas. Mercenarios hasta entonces, los turcos lograron apoderarse del califato de Bagdad y renovaron la guerra santa, que con los abbasidas se había olvidado. Y ante tal amenaza, el Imperio Bizantino, sintiéndose impotente, comenzó a pedir auxilio al papado, contando con que los caballeros cristianos acudirían en su ayuda. Así se abrió, para los rudos señores del occidente de Europa una nueva era; ahora podrían ejercitar su bravura en más vastos escenarios, podrían alcanzar gloria imperecedera y, además, podrían adquirir tierras y riquezas en regiones lejanas y extrañas, aventura seductora para su espíritu cargado de fantasías.

Alejo Comneno, emperador de Constantinopla, se dirigió al papa Gregorio VII —aquél del conflicto con el emperador de Alemania— pidiéndole que convocara a los caballeros cristianos para que acudieran en su ayuda. Para estimular el interés de los guerreros, el emperador no habló del peligro que corrían sus propios dominios; habló, en cambio, de las iniquidades que cometían los infieles musulmanes con los peregrinos que llegaban a visitar el Santo Sepulcro en Jerusalén, y propuso como objetivo de la empresa la conquista de Tierra Santa para que no la hollaran los servidores de Mahoma. La empresa tomaba así un fuerte carácter religioso, que sería propicio a sus propios intereses de Estado.

Gregorio VII hubiera querido acudir al llamado del emperador; no hacía mucho tiempo que la iglesia de Constantinopla se había separado de la obediencia de Roma, y el papa vio la ocasión de volver a someterla. Pero el agudo conflicto que mantenía con Enrique IV le impidió cumplir su propósito, y el emperador de Constantinopla no recibió respuesta. Poco tiempo después, como el peligro arreciara, Alejo Comneno repitió su llamado, esta vez al papa Urbano II. Las circunstancias eran más favorables, y el pontífice decidió obrar con rapidez; en 1095 convocó a un gran concilio en la ciudad de Clermont, y predicó con vigor y elocuencia incitando a todos los cristianos fervorosos a que corrieran en defensa del sagrado sepulcro de Cristo. Los caballeros presentes proclamaron inmediatamente su voluntad de cumplir con ese deber, y allí mismo se declararon “cruzados”, señalándose en tal calidad con una cruz que pusieron sobre sus vestidos. Y, mientras tanto, todos los prelados que habían acudido a Clermont partían para sus comarcas a fin de predicar entre los caballeros la necesidad de la cruzada, para lo cual se movilizaron todos los recursos disponibles.

LA PRIMERA CRUZADA

Los caballeros de las más diversas regiones comenzaron los preparativos para la marcha. Pero, entre tanto, una multitud inmensa de gentes humildes manifestó un incontenible afán de dirigirse a Tierra Santa para luchar contra los infieles, y no vacilaron en formar una nutrida y extraña columna, a cuyo frente se pusieron un caballero, Gualterio el Pobre, y un monje, Pedro el Ermitaño. Sin otras armas que las hoces o los cuchillos que poseían, sin alimentos ni cabalgaduras, aquellos peregrinos iban a una muerte segura, guiados por el afán de alcanzar la salvación por el sacrificio. Y así ocurrió. Cruzaron Europa, saqueando los lugares que recorrían para poder comer, y alcanzaron finalmente los muros de Constantinopla, que veía con temor la llegada de unas olas inmensas de hombres y mujeres hambrientos y desarmados para luchar con los guerreros más terribles de que hubiera memoria. El emperador, para alejarlos de sus territorios, les facilitó el tránsito a las costas asiáticas, y, poco después, los peregrinos caían aniquilados a manos de los infieles. Así terminó la cruzada popular, extraño episodio revelador del alma medieval.

A todo esto, los caballeros habían concluido sus preparativos. En cuatro grupos se dirigieron a Constantinopla, mandados por señores, porque los reyes más importantes estaban por entonces excomulgados. Allí se comprometieron con el emperador Alejo a entregarle el Asia Menor si la conquistaban, y a tal precio recibieron facilidades para emprender el cruce del estrecho.

Era el año 1097. Los caballeros se internaron en el territorio enemigo y pusieron sitio a la ciudad de Nicea, que consiguieron tomar poco después. Los turcos les ofrecieron batalla en Dorilea, pero los cruzados lograron el triunfo y, poco después toda el Asia Menor estaba en su poder, de modo que los cruzados lograron dirigirse a la Siria, confiados en su superioridad. Una vez que cruzaron el Taurus sitiaron y tomaron la ciudad de Antioquía, donde luego quedaron sitiados a su vez; pero consiguieron quebrar el asedio y, finalmente, emprendieron la marcha hacia Jerusalén, último objetivo de su campaña.

Cuando estuvieron al pie de las murallas de la ciudad santa, los cruzados organizaron el asedio; la operación fue larga y los defensores resistieron vigorosamente, pero la certeza de la victoria dio renovados bríos a los cristianos y, al aproximarse la fecha en que se conmemoraba la pasión de Jesucristo, decidieron emprender el asalto final. La lucha fue sangrienta, y el Viernes Santo del año 1099 los cristianos entraron en la ciudad, cuyos defensores cayeron en racimos ante el ímpetu de los asaltantes. Poco después, asegurada la posesión de la zona circunvecina y organizada militarmente la defensa, se trató el destino que se daría a aquella ciudad legendaria. Esas deliberaciones fueron largas y difíciles; el legado pontificio quería asegurar al papado la posesión del Santo Sepulcro, pero los caballeros resistían esa proposición; finalmente se resolvió constituir un estado autónomo con el nombre de Reino Cristiano dé Jerusalén, a cuya cabeza estaría uno de los guerreros de más prestigio: el conde Godofredo de Buillon; le fue ofrecido el título de rey, pero Godofredo lo rechazó afirmando que nadie tenía derecho a llevar título de rey en la ciudad donde yacía Jesucristo, de modo que asumió solamente el de Protector del Santo Sepulcro.

LA SEGUNDA CRUZADA Y LA PÉRDIDA DE JERUSALÉN

La conquista de la ciudad de Jerusalén sacudió a los distintos emires seldjúcidas que dominaban las comarcas vecinas. Desde ese momento trataron de recobrarse de la sorpresa y reconquistar la ciudad; pero los cruzados lograron asegurar la posesión de algunos puntos importantes para fortalecer su situación, y especialmente algunos puertos de la costa siria. Sin embargo, las discordias surgieron muy pronto entre los señores que defendían la plaza, especialmente después de la muerte de Godofredo de Buillon, y poco a poco la situación se tornó más comprometida para los defensores de Jerusalén, de modo que comenzaron a pedir angustiosamente auxilio a los principales reinos europeos y al papa.

Una segunda Cruzada se organizó entonces, en ayuda de los defensores de Jerusalén. Luis VII de Francia y Conrado III de Alemania encabezaron las expediciones que la componían, dirigiéndose el primero directamente hacia la costa siria, en tanto que el segundo iba, por Constantinopla, al Asia Menor. Las expediciones fracasaron; los alemanes fueron derrotados en la batalla de Dorilea, en 1147, y no pudieron pasar de allí, en tanto que los franceses, una vez llegados a Siria, sitiaron la ciudad de Damasco y esterilizaron sus esfuerzos en una operación difícil e inútil. Así fue cómo la situación se agravó para los defensores de Jerusalén, debido a la manifiesta incapacidad que demostraban los ejércitos feudales frente a las fuerzas organizadas de los turcos.

Con todo, lo más grave no había ocurrido todavía. En la segunda mitad del siglo xII, los distintos emiratos turcos comenzaron a caer dentro de la órbita de un jefe militar de extraordinarias condiciones, llamado Saladino, que organizó desde el Egipto un estado casi equivalente al antiguo califato. Saladino comenzó a eliminar los principales centros avanzados de la resistencia cristiana y, finalmente, atacó a la misma Jerusalén, que logró tomar en 1187.

Una vez perdida la ciudad que guardaba el Santo Sepulcro, parecía como si la empresa de los cruzados hubiera perdido su sentido. Sin embargo, las cosas habían cambiado mucho. La posesión de algunos puertos importantes en la costa mediterránea del Levante había contribuido, durante el siglo XII, a estimular un enorme desarrollo del tráfico comercial en Europa occidental.

Estos intereses —no religiosos sino comerciales —obligaban también a conservar las posiciones logradas; a ello se debió que el impulso que se había desatado a fines del siglo XI se mantuviera ahora; y, en efecto, tras la pérdida de Jerusalén, nuevas expediciones llegaron al Oriente para combatir contra los infieles y asegurar el mantenimiento del rico comercio que de modo tan satisfactorio re percutía en Europa.

LA TERCERA y LA CUARTA CRUZADAS

La noticia de la caída de Jerusalén y del repliegue de los cristianos a los puertos del Mediterráneo movió a los más poderosos reyes de Occidente a organizar una tercera Cruzada. Felipe Augusto de Francia, Ricardo Corazón de León, heredero de la corona inglesa, y Federico Barbarroja, de Alemania, se aprestaron para acudir con sus vasallos; los dos primeros convinieron una tregua en la guerra que sostenían y organizaron sus huestes para marchar a Siria, donde llegaron casi al mismo tiempo; Barbarroja, por su parte, se dispuso a cruzar Europa y llegó al fin al Asia Menor por Constantinopla.

Los esfuerzos de los tres reyes resultaron infructuosos. Barbarroja murió al intentar el cruce de la cordillera del Taurus, en 1190, y sus hombres se dirigieron a Siria maltrechos y diezmados. Por su parte, Ricardo Corazón de León consiguió apoderarse de San Juan de Acre, aumentando así el número de puertos con que contaban los negociantes europeos; pero, en cambio, Felipe Augusto decidió retornar sin intervenir mayormente en la lucha, debido a su disconformidad con la política seguida por su rival, Ricardo, que atendía con más diligencia a sus propios planes políticos que no al objetivo común de reconquistar Jerusalén. De este modo, la tercera Cruzada no logró la finalidad perseguida, aun cuando dejó una pequeña ventaja en favor de los cristianos.

Ya se veía que el impulso religioso que moviera a los primeros cruzados había sido desplazado por otros móviles, especialmente económicos. Pero cuando ello se puso totalmente en evidencia fue en el curso de la cuarta Cruzada. Organizada por caballeros franceses, sus jefes acudieron a los venecianos para que se encargaran del transporte marítimo de las fuerzas; los venecianos exigieron que, antes de dirigirse a Siria, los cruzados colaboraran con ellos en la lucha que por razones comerciales sostenían por entonces con Constantinopla, y una vez convenido así, lograron que la atención general se concentrara en esta operación que prometía a todos grandes ventajas. Los cruzados se dispusieron a la lucha, y tuvieron tal éxito, que, casi sin sospecharlo, se apoderaron en 1204 de la ciudad, en la que los francos establecieron un estado: el Imperio Latino de Oriente.

Este Estado duró hasta 1261, pero reducido a la región europea del antiguo imperio; los bizantinos, en cambio, se refugiaron en el Asia Menor y allí esperaron hasta que, en aquella fecha, pudieron expulsar a los conquistadores. En la región balcánica y en las islas del mar Egeo aparecieron, entre tanto, numerosos señoríos fundados por caballeros europeos, a quienes llamaban los franceses de Constantinopla para robustecer sus filas, y los comerciantes de todas las ciudades del Mediterráneo aprovecharon esta situación para intensificar sus actividades, cuyo rendimiento repercutió notablemente en la prosperidad de las ciudades y de la clase burguesa que predominaba en ellas.

LAS ÚLTIMAS CRUZADAS

Dos Cruzadas de muy distintos resultados se organizaron luego: la quinta, encabezada por el rey de Hungría y el caballero francés Juan de Brienne, y la sexta, dirigida por el emperador Federico II. Si la primera no logró resultado alguno, la otra dio como resultado el establecimiento de un extraño pacto entre el emperador cristiano —aunque excomulgado— y los musulmanes. Según ese convenio, la ciudad de Jerusalén pasó a manos cristianas, con excepción de aquellos barrios donde vivían musulmanes y estaba la mezquita; el emperador quedó también en posesión de una ruta de acceso al mar, y, de ese modo, se aseguró la continuidad de la peregrinación y, sobre todo, del desarrollo normal del comercio.

Finalmente, el rey de Francia Luis IX organizó otras dos cruzadas, que fueron las últimas. En 1248, San Luis dirigió sus huestes contra el Egipto y logró algunos éxitos en las primeras acciones, hasta conseguir ocupar la ciudad de Damieta; pero el rey decidió entonces internarse más de lo prudente en el territorio, y sus fuerzas fueron sorprendidas por la creciente del Nilo, en cuya circunstancia los musulmanes las derrotaron, tomando prisionero, aprovechando esa contingencia, al rey.

Cuando logró su libertad, gracias al pago de un subido rescate, Luis volvió a Francia, y más tarde comenzó a preparar una nueva expedición contra los infieles. En 1270 decidió emprender las operaciones y, llevado por el consejo de su hermano Carlos, rey de Sicilia, acometió contra Túnez, estado vasallo del Egipto y que tenía alguna importancia estratégica. Las operaciones no fueron desfavorables a los cristianos, pero mientras estaban bajo los muros de la ciudad sitiada, una epidemia hizo presa del ejército sitiador y el propio rey murió. Poco después, los franceses se apoderaron de la ciudad, y la cruzada terminó con esta operación, que se relacionaba sólo remotamente con su objetivo fundamental, aunque interesaba muy directamente al rey de Sicilia, Carlos de Anjou, bajo cuya directa influencia quedó esa región de allí en adelante.

CONSECUENCIAS DE LAS CRUZADAS

Las Cruzadas modificaron profundamente la vida medieval, y puede decirse que el siglo XIII —durante el cual comenzaron a percibirse sus consecuencias— separa dos períodos de caracteres harto diferentes: el período feudal y el período burgués.

En efecto, las repercusiones económicas, políticas y sociales de las cruzadas fueron múltiples. A la economía cerrada propia del orden feudal sucedió una economía abierta, desarrollada gracias al incremento que tomó el comercio marítimo occidental con motivo de la posesión de algunos puertos orientales y del control de Constantinopla a partir de 1204. Así comenzaron a crecer las ciudades y a desarrollarse las actividades comerciales e industriales, todo ello, naturalmente, en detrimento de la riqueza y poderío de los señores feudales. De aquí la profunda significación de las Cruzadas en el plano social. El crecimiento de esas actividades originó una economía monetaria con cuyo régimen se benefició la burguesía; esta clase creció en número y en poder, y bien pronto fue un factor decisivo en la vida social y política, porque su riqueza no sólo le proporcionaba medios para hacerse fuerte en las ciudades, sino también para intentar el avasallamiento paulatino de los señores.

Con todo esto, un nuevo panorama quedaba diseñado en la vida medieval; agréguese todavía que las largas expediciones diezmaron la clase de los caballeros y que la burguesía buscó y obtuvo el apoyo de los reyes a cambio de su ayuda en la lucha entre la monarquía y los señores feudales; así quedó quebrado el antiguo equilibrio y comenzó a perfilarse un nuevo orden social que va cuajando en los últimos siglos de la Edad Media y alcanza su esplendor en la Edad Moderna.


Las transformaciones en la sociedad feudal

Suele conocerse con el nombre de baja Edad Media el período comprendido entre el siglo XIII y el XV. Podríamos caracterizar este tiempo —atendiendo a las circunstancias que lo desencadenan y le ponen fin— como nacido a raíz de las Cruzadas y finiquitado en la época de la toma de Constantinopla por los turcos y los grandes descubrimientos geográficos de fines del siglo XV. Con respecto a la época feudal, todo va cambiando aceleradamente: los ideales de vida, las formas de la existencia cotidiana, las estructuras sociales y políticas. Pero lo que se presenta a primera vista ante el observador en los orígenes de esta mutación es, antes que nada, la transformación de la vida económica.

LAS TRANSFORMACIONES ECONÓMICAS

Con la disolución del Imperio Carolingio —y aun antes— la actividad comercial, que hasta entonces mantenía las características de la época romana, declina rápidamente en la Europa occidental cristiana; esta declinación significó para la Europa feudal un retorno a cierta forma de economía natural, cuyo ámbito es el feudo, sin que se insinúen esfuerzos para reconstruir los lazos económicos interfeudales o internacionales. El comercio mediterráneo quedó muy pronto en manos de los musulmanes, que, aunque raramente llegaban a las zonas cristianas, poseían en el Occidente los puertos de África, España e Italia para sus actividades. Sólo le hacían una pequeña competencia las naves bizantinas y venecianas, cuyo comercio, sin embargo, era bastante reducido por entonces.

Esta situación cambió considerablemente a partir de la primera Cruzada. La posesión de puertos en el Oriente, como Antioquía y San Juan de Acre, permitió el establecimiento de un tráfico regular entre el Oriente y el Occidente cristiano, del cual se beneficiaron algunos puertos italianos, como Génova, Pisa, Nápoles o Amalfi y, luego, algunos franceses o españoles, como Marsella o Barcelona. El resultado de este intercambio fue harto provechoso. Del Oriente se trajeron productos manufacturados y, especialmente, artículos de lujo, de modo que, con mucha frecuencia, bastaban a un negociante dos o tres viajes afortunados para amasar una considerable riqueza en buena moneda. Estos productos comenzaron a tener gran aceptación; las telas finas, los perfumes, los objetos de marfil o de ámbar, las maderas perfumadas, los aceites y tantos otros artículos fueron muy pronto imprescindibles en las cortes feudales y reales, que de groseras y rudas se tornaban refinadas y lujosas.

Muy pronto, el comercio y el naciente capital comenzaron a estimular las industrias, de modo que el tráfico se complicó con la exportación de objetos manufacturados de origen occidental. Así apareció muy pronto un comercio terrestre que puso en comunicación al Mediterráneo con algunas regiones del interior de Europa occidental y, además, con otro ámbito comercial sumamente importante: el del Báltico y el mar del Norte. En efecto, a partir del gran interregno alemán (1250-1273), las ciudades marítimas de Alemania comenzaron a desarrollar sin limitaciones una viva actividad comercial; Bremen, Hamburgo, Lübeck, Colonia y varias otras comenzaron a realizar no sólo un activo tráfico mutuo, sino también un comercio de vasto alcance que pronto las puso en relación estrecha con ciudades alejadas. Así se formó un sistema comercial que anudó ciudades tan distantes como Bergen, en Noruega o Novgorod, en Rusia —de donde provenían pieles y maderas—, y Londres, en donde se compraban lanas para las tejedurías; en este sistema entraron las ciudades alemanas nombradas y, además, ciudades flamencas como Amberes, Brujas y Gante, y holandesas, cual Rotterdam, Amsterdam y Utrecht.

Muchas de estas ciudades, como otras, francesas, italianas y españolas, comenzaron a desarrollar una vigorosa industria, ante el estímulo del naciente comercio internacional. Las ciudades flamencas y del Norte de Francia elaboraban las lanas que provenían de Inglaterra y comerciaban considerables cantidades de tejidos; los vinos y los objetos, de metal hicieron la riqueza de otras, y en todas comenzaron a aparecer los talleres, en los que hábiles artesanos producían en cantidad suficiente como para asegurar un ritmo comercial cada vez más acelerado. A esta organización comercial e industrial siguió, naturalmente, la aparición de una economía monetaria. Muy pronto, por sobre los comerciantes y los industriales, surgieron los banqueros y los financieros, cuya red internacional se extendió hasta unir las dos áreas comerciales: la del Mediterráneo y la del Báltico y el mar del Norte. Los valles de los ríos Ródano, Saona y Sena, así como los pasos que comunicaban a Italia con Alemania, fueron las rutas preferidas para este activa intercambio, cuyas repercusiones, sólo en los problemas políticos es fácil, advertir.

Con todo, la más importante consecuencia de estas transformaciones económicas fue el notable progreso de las ciudades. Actividades urbanas por excelencia, el comercio y la industria contribuyeron a hacer de las ciudades los núcleos sociales más importantes. A diferencia del período feudal, en el cual la vida es preferentemente rural, la baja Edad Media tiene su centro en las aglomeraciones urbanas que se van formando ante la incitación de un enriquecimiento fácil y rápido. Los mercados y ferias, los talleres, el puerto, las tiendas, las nacientes instituciones de crédito, todo contribuye a que la ciudad constituya un poderoso foco de atracción hacia el cual se encamina todo el que puede y aspira a mejorar su suerte. Y así se crean nuevas formas sociales, cuya trascendencia en la gran mutación que se está operando, es inmensa.

LAS TRANSFORMACIONES SOCIALES

Desde el punto de vista social, el hecho decisivo es la aparición de la burguesía. En efecto, dentro del orden feudal no cabían más que aquellos grupos que compartían el tipo de vida en el que predominaban los señores. La burguesía escapa del orden feudal y, desde que aparece, se pone frente a él porque no sólo no puede compartir sus ideales de vida y su régimen económico-social sino que sus intereses son profundamente diversos y hasta antagónicos.

Por su origen, la población burguesa proviene de las clases no privilegiadas dentro del orden feudal; los burgueses son antiguos colonos libres o aun siervos, que escapan de los dominios señoriales para acogerse a las libertades que ofrece la ciudad. Allí comienzan a rehacer su vida con el trabajo, y como su éxito proviene de su asiduidad, se incapacitan para seguir juzgando con benevolencia aquella otra forma de vida —la feudal— cuya concepción estriba en el enaltecimiento del ocio heroica o el ocio místico. Psicológicamente, feudalismo y burguesía son formas antinómicas; social y económicamente lo serán, pero de modo más categórico aun. El rico en dinero comienza a tener bajo su influencia, directa o indirectamente, a esos antiguos usufructuarios de tierras que no obtienen de ellas ganancias en moneda con las cuales puedan adquirir todo aquello que ahora se ofrece en el mercado y que parece imprescindible para mantener la jerarquía aristocrática. La burguesía tiene ahora un arma: el dinero; y con ella compra sus libertades políticas, sus privilegios municipales y la ayuda real para justificar su independencia de los señores.

LAS TRANSFORMACIONES POLÍTICAS

Fueron los reyes quienes más contribuyeron a acelerar esta mutación política que se adivinaba como inminente. Desde el siglo x, esto es, tan pronto como se insinúa el predominio señorial, los reyes comienzan la batalla contra sus ambiciones. Durante varios siglos no obtienen sino escasísimos resultados, pero desde que cuentan con el apoyo de la burguesía y, sobre todo, con el apoyo de su dinero, la batalla comienza a tornarse favorable para ellos.

Las cortes y los parlamentos se constituyen con burgueses y señores; los últimos están porque son, tradicionalmente, los consejeros del rey, pero los primeros se incorporan ya desde el siglo XII en algunos reinos, porque el rey aspira a que consientan en pagar en dinero ciertos derechos con cuyo monto espera proveerse de recursos para independizarse de la ayuda feudal. Así se constituye el tesoro real, gracias al cual adquieren los reyes poder e independencia; pero la burguesía recibe también importantes beneficios, porque se conceden privilegios o fueros gracias a los cuales la ciudad se convierte en municipio independiente también de la tutela feudal. La ciudad es, desde entonces, una entidad política que posee notable importancia en el juego político. Se gobierna a sí misma con escasas restricciones, y aun éstas procura suprimirlas en cuanto puede con nuevos privilegios adquiridos a fuerza de dinero o gracias a los ejércitos mercenarios que, también con su dinero, puede ahora formar. Poco tiempo después, si las circunstancias son propicias —como ocurrió en Alemania e Italia cuando el interregno alemán— las ciudades se tornan estados independientes. He aquí cómo, sobre la ya frágil trama del feudalismo, se dibuja una nueva ecuación de fuerzas políticas.


Los principales Estados en la baja Edad Media

Durante la baja Edad Media, tres Estados de la Europa occidental —Inglaterra, Francia y España— logran unificarse bajo la autoridad cada vez más firme de los reyes. Otros dos, en cambio, se mantienen disgregados, con grave perjuicio para su posición dentro del equilibrio político occidental; son Alemania e Italia.

FRANCIA E INGLATERRA

Un largo conflicto —la guerra de los Cien Años— vincula indisolublemente a estos dos países durante toda la baja Edad Media, no sólo por las relaciones que crea la guerra misma, sino por la similitud de situaciones que se plantean después de terminada.

Después del secular conflicto entre Capetos y Plantagenets, Francia e Inglaterra mantuvieron sus relaciones dentro de cierto inestable equilibrio. Los intereses de ambos países chocaban en algunas partes, especialmente en Guyena, donde los ingleses conservaban un señorío bajo el vasallaje del rey de Francia, y en Flandes, donde se habían creado ciertas diferencias de carácter económico. Estas últimas adquirieron con el tiempo carácter decisivo.

Las ciudades flamencas eran, ya en el siglo XIV, centros industriales y comerciales de considerable importancia; mantenían relación con Inglaterra, porque allí compraban las lanas que tejían sus talleres, y también con Francia, por cuyo territorio se hacía el tránsito de sus productos hacia el Mediterráneo, siguiendo preferentemente la ruta de Borgoña. En la época de Felipe el Hermoso, Francia dejó entrever ya su deseo de dominar Flandes, pero los flamencos resistieron y derrotaron al rey en la batalla de Courtrai, en 1302. Inglaterra se mantuvo prevenida, mas concertó un tratado con el rey de Francia, una de cuyas cláusulas era el matrimonio de Isabel, la hija de Felipe el Hermoso, con el rey de Inglaterra Eduardo II. Pero este vínculo no debía traer sino nuevas dificultades.

En efecto, después de Felipe el Hermoso, muerto en 1314, reinaron sucesivamente sus tres hijos varones, el último de los cuales murió en 1328 sin dejar herederos. El problema tocaba a Inglaterra, pues Eduardo III aducía derechos a la corona de Francia por su madre; pero los señores franceses resolvieron apelar a una vieja disposición franca para descartar la sucesión por línea femenina, y luego eligieron rey a Felipe de Valois, un sobrino de Felipe el Hermoso, que fue consagrado con el nombre de Felipe VI. Por el momento, Eduardo III aceptó la solución, pero cuando el rey de Francia quiso llevar adelante los planes de su abuelo y dirigió su atención hacia las zonas de influencia inglesa —el señorío de Guyena y las ciudades flamencas—, el conflicto se desató con violencia y Eduardo exigió el reconocimiento de sus derechos a la corona. Así comenzó, en 1337, la guerra que se llamaría de los Cien Años.

El primer período del conflicto se extiende desde 1337 hasta 1378. Los ingleses, con la ayuda flamenca, dominaron el mar del Norte y desembarcaron en Normandía en 1346, derrotando a Felipe VI en la batalla de Crécy y apoderándose luego del puerto de Calais. Las operaciones se paralizaron por una epidemia, pero, al reanudarse, los invasores lograron adentrarse en el territorio francés y derrotaron al rey Juan II —hijo de Felipe VI— en la batalla de Poitiers (1356). El rey cayó prisionero y poco después logró su libertad a cambio de un tratado —la paz de Bretigny— por el que cedía al rey inglés toda la costa occidental francesa desde Calais hasta el río Loira.

Francia cayó entonces en una terrible anarquía. El rey había perdido su prestigio, y los ejércitos mercenarios licenciados se desparramaron por las ciudades cometiendo toda clase de tropelías.

En esta situación, el nuevo rey, Carlos V, encargó a Beltrán Du Guesclin que reclutara todas esas fuerzas y las condujera a España para luchar al lado de Enrique de Trastamara, que se había sublevado contra su hermano, el rey Pedro I de Castilla. Du Guesclin organizó de ese modo un ejército eficaz que coadyuvó a la victoria de Enrique, y en 1369 regresó a Francia para utilizar sus fuerzas contra los ingleses. En una larga campaña, Du Guesclin, rehuyendo las batallas campales, logró derrotar a los invasores, quienes, en 1378, quedaron reducidos al puerto de Calais. Así terminó el primer período de la guerra, porque una conmoción política que se produjo por entonces en Inglaterra impidió que sus reyes pudieran ocuparse de las operaciones en suelo francés.

En efecto, durante el reinado de Ricardo II (1377-1399) ocurrieron en Inglaterra algunos serios conflictos sociales y políticos. El rey tuvo que abdicar y, con él, cayó la dinastía de los Plantagenet, cediendo el paso a una de sus ramas colaterales, los Lancaster. Enrique IV llegó al trono y ejerció su autoridad con entereza desde 1399 hasta 1413, pero la necesidad de atender a su propia seguridad le impidió que pudiera dirigir su atención a la guerra con Francia. En 1413 lo sucedió Enrique V, quien, ya seguro en su país, reinició las hostilidades.

Entre tanto, también en Francia la situación se había hecho difícil. Los borgoñones, tradicionalmente unidos a Flandes por sus intereses económicos, no aprobaban la política seguida contra Inglaterra, de modo que, al presentarse una ocasión favorable, quisieron apoderarse del poder. La ocasión fue la llegada al trono, en 1380, de Carlos VI, quien, poco después, demostró estar demente. Los partidarios del rey impusieron como regente al duque de Orleáns, pero el duque de Borgoña, Juan Sin Miedo, lo hizo asesinar, y provocó con ello una guerra civil que dividió a Francia en dos partidos: los borgoñones y los armagnacs.

En estas circunstancias se abre el segundo período de la guerra, con la invasión inglesa en 1413. Poco después, los borgoñones sellaron su alianza con los ingleses y contribuyeron a derrotar a los armagnacs en la batalla de Azincourt, en 1415, tras de la cual rodearon al rey, poniéndole los vencedores bajo su tutela. Los armagnacs, entre tanto, rodearon al delfín Carlos y decidieron sostenerlo; pero en 1420 el rey Carlos VI firmó con los ingleses el tratado de Troyes, por el que desheredaba a su hijo y concedía a su hija en matrimonio al rey de Inglaterra, que, de este modo, se transformaba en presunto heredero de la corona de Francia.

La guerra tomó un nuevo giro en 1422. Ese año murieron Carlos VI de Francia y Enrique V de Inglaterra, y quedaron frente a frente los dos presuntos herederos; el delfín, Carlos, fue proclamado como Carlos VII por los armagnacs en tanto los anglo-borgoñones proclamaron a Enrique VI como rey de Inglaterra y Francia; en tal situación, la suerte comenzó a favorecer a los anglo-borgoñones, quienes reanudaron su marcha victoriosa a través del territorio francés, hasta que sitiaron Orleáns; pero allí ocurrió lo imprevisto: una muchacha que se sentía iluminada por Dios, Juana de Arco, comenzó a levantar el ánimo de las armagnacs y llegó a conmover al apático Carlos VII; su resolución permitió la salvación de Orleáns y, sobre todo, la reactivación de la campaña; Carlos VII fue coronado solemnemente en la reconquistada Reims, y sus defensores se aprestaron para intensificar su lucha. Sin embargo, Juana de Arco no tuvo la fortuna de asistir al triunfo; tomada prisionera, los borgoñones la vendieron a los ingleses, quienes la hicieron condenar a muerte en 1431. Pero su semilla fructificó, y, más tarde, los borgoñones decidieron unirse a sus compatriotas desligándose de la alianza extranjera. El tratado se firmó en Arras en 1435, y, desde entonces, la reconquista del territorio francés comenzó a avanzar. Así, hacia 1453, sólo el puerto de Calais quedaba en poder del invasor, que no pudo volver a iniciar nuevas operaciones por los conflictos que conmovían a Inglaterra.

Efectivamente, la derrota de las armas inglesas repercutió desfavorablemente en el país, y se hizo responsable de ella al rey Enrique VI. La discordia renovó el conflicto dinástico, y el duque de York negó a los Lancaster el derecho al trono, sosteniendo que su casa tenía para ello mejores títulos. Poco después de la casi total evacuación de Francia, en 1455, los York se sublevaron contra la autoridad del rey y dieron comienzo de esta manera a la guerra que se conoce con el nombre de las Dos Rosas, porque una roja servía de insignia a los Lancaster y una blanca caracterizaba a los York.

En 1461 triunfaron los York, que dieron a Inglaterra dos reyes, Eduardo IV y Ricardo III; pero las violencias no cesaron y las luchas señoriales —terribles y sangrientas— continuaron. Al fin, en 1485, un Lancaster, Enrique Tudor, se sublevó contra Ricardo y, con un ejército preparado en Francia, invadió el país y derrotó a Ricardo III en la batalla de Bosworth. La victoria dio al nuevo rey —Enrique VII— una autoridad total, y los señores se vieron reducidos a la impotencia, no sólo por las bajas que se habían producido en sus filas durante la guerra civil, sino también por la enérgica política de Enrique VII, que asentó su autoridad sobre el principio de su absoluto derecho de conquistador. Así puede decirse que concluyó el feudalismo inglés como fuerza política.

Un proceso semejante, aunque más lento, se observó en Francia. Los reyes que sucedieron a Carlos VII trataron de reducir a los grandes feudales, y en esa tarea se destacó Luis XI, que reinó desde 1461 hasta 1483. Valiéndose de una extremada astucia, Luis XI consiguió neutralizar el poder efectivo de los señores más temibles; sólo uno parecía realmente peligroso por la magnitud de su poder: el duque de Borgoña Carlos el Temerario. Luis lo hizo combatir por los pueblos vecinos —los suizos especialmente— y tuvo la fortuna de que su rival muriera en el sitio de Nancy, en 1477. Desde entonces, la autoridad de los reyes franceses fue, como en Inglaterra, firme y casi absoluta, porque los señores, aunque conservaron largo tiempo los privilegios feudales, dejaron de poseer significación política.

ESPAÑA

A partir del siglo XIII, los musulmanes habían quedado reducidos en España al reino de Granada, en el sudeste de la península. Rodeábanlo los reinos cristianos, que por entonces eran cuatro: Navarra, Aragón, Portugal y Castilla, de los cuales sólo el último mantenía, aunque en pequeña medida, la lucha contra los infieles.

En efecto, tanto Navarra como Portugal carecían de fronteras directas con territorio musulmán; Portugal, por su parte, trataba de tomar nuevamente contacto con los infieles de África, pensando que podría atacarlos por la retaguardia si desembarcaba en las costas atlánticas, donde además, podía hallar riquezas valiosas que tonificaran su economía. A su vez, Aragón había orientado su política hacia el mar; después de las Cruzadas, y especialmente después de la conquista de Constantinopla por los franceses, Aragón se dedicó activamente a la guerra y al comercio marítimos; Jaime I el Conquistador se había adueñado de las islas Baleares en 1229; Pedro II conquistó Sicilia en 1283; y, finalmente, Alfonso V logró quedarse con todo el reino de Nápoles, en tanto que, desde el siglo XIII eran numerosos los señores aragoneses que habían conseguido dominios en el Mediterráneo oriental. El objetivo de estas conquistas era el desarrollo del comercio; los puertos aragoneses vieron llegar ricos cargamentos que llenaban las arcas de la burguesía y dejaban pingües ganancias a los señores. Nada movía, pues, a los aragoneses a empeñar la lucha para conquistar el pequeño territorio que aún poseían los musulmanes en la península, territorio que, por lo demás, habría que compartir con Castilla.

Eran los castellanos quienes sí tenían verdadero interés en completar la reconquista. Si durante los últimos siglos de la Edad Media las operaciones fueron reducidas, ello se debió a que los conflictos internos que minaban el reino impidieron que se organizara un esfuerzo continuado para realizarlas con éxito. En efecto, frecuentes guerras civiles habían carcomido a Castilla. Ya durante la segunda mitad del siglo XIII, el rey Alfonso el Sabio se vio empeñado en una guerra con sus propios hijos, pese a lo cual trató de continuar la guerra contra los infieles, con escaso resultado. Y a principios del siglo XIV, una invasión de los Beni Merines obligó al rey Alfonso XI a realizar un vasto esfuerzo contra ellos, gracias al cual logró derrotarlos en la batalla del Salado, en 1340.

El reinado de Pedro I (1350-1369) se vio oscurecido por la lucha que debió sostener contra la nobleza insurrecta y acaudillada por su propio hermano Enrique de Trastamara. Con la ayuda de Du Guesclin, Enrique triunfó y reinó desde 1369 hasta el año 1379, en que lo sucedió Juan I; fue este rey quien pretendió anexarse Portugal, fracasando en su empeño al ser vencido en la batalla de Aljubarrota, en 1385.

Ni el reinado de Juan II ni el de Enrique IV fueron épocas propicias para la reconquista. La nobleza estaba dividida en facciones que luchaban constantemente entre sí, y los caballeros posponían la lucha contra el infiel a sus intereses banderizos.

Se sucedían las pequeñas aventuras, pero ninguna operación militar de aliento se emprendió por entonces con éxito. Al promediar el siglo xv, el aspecto del reino castellano colmaba de dolor a los espíritus elevados, que lamentaban la magnitud de los vicios y la incapacidad de los reyes.

Sin embargo, las cosas cambiaron bien pronto. Isabel la Católica ocupó el trono de Castilla en 1474, y su entereza devolvió al reino su perdido esplendor; se había casado poco antes con Fernando de Aragón, que recibió la corona de ese reino en 1479, y, así unidos los dos más poderosos reinos cristianos, la situación se tornó favorable para reanudar la lucha contra los musulmanes.

Aspiraron los Reyes Católicos a realizar la unidad de la España cristiana, y, si no lo lograron, dieron al menos algunos pasos decisivos para conseguirlo. Uno de ellos fue la expulsión de los musulmanes de Granada, que consiguieron después de una importante campaña en 1492. Pero, al mismo tiempo, trataron de tomar otras medidas destinadas al mismo fin. Así, procuraron suprimir la antigua autonomía de los municipios, la prepotencia de los señores, el poder de las órdenes militares, y todo cuanto pudiera oponerse a la autoridad real. A tal fin conducía la creación, en los concejos municipales, del cargo de corregidor, cuya misión era representar la opinión del rey en el seno de esas corporaciones, y que llegaron a absorber totalmente la jurisdicción concejil. Igualmente revelaba el mismo propósito la creación de la Santa Hermandad para que ejerciera la policía en los dominios señoriales donde antes no entraba la autoridad real; y no tenía otra finalidad la hábil política de Fernando, gracias a la cual consiguió dominar a las órdenes militares —la de Alcántara, la de Santiago y otras—, cuyo poder quedó desde entonces en sus manos.

Si estas medidas conducían a lograr la unidad política, la creación o reorganización del tribunal del Santo Oficio tenía como finalidad asegurar la unidad religiosa de España, comprometida por los numerosos judíos y musulmanes que aún vivían en el territorio.

Los Reyes Católicos dieron a sus dos reinos —que mantenían, sin embargo, una absoluta independencia mutua— una orientación política común. En ambos se procuró que el poder real fuera fuerte; en ambos se trató de que las Cortes representaran a la burguesía rica, que podía proporcionar importante ayuda económica; en ambos se trató de restringir las leyes o tradiciones que acordaban excesivos privilegios a los señores. Así se preparó la efectiva unidad de España, que luego realizó, de hecho, el nieto de los Reyes Católicos, Carlos V.

ALEMANIA

Después de la muerte de Federico II, el papado consiguió conjurar el peligro que lo amenazaba; en efecto, durante veintitrés años no se eligió emperador, y la enérgica política de los Hohenstaufen quedó malograda. Las consecuencias del interregno alemán —que se prolongó desde 1250 hasta 1273— fueron inmensas. Los emperadores elegidos después de esta última fecha carecieron, en general, de recursos para emprender una política centralista frente a los grandes feudales, los cuales, en consecuencia, afirmaron su autonomía y tornaron el Sacro Imperio Romano Germánico en una ficción con la que se encubría una suma de Estados independientes.

En 1356, los señores más poderosos lograron que el emperador Carlos IV estableciera —en un documento que se llamó la Bula de Oro— el sistema para la elección imperial. De allí en adelante, sólo siete señores elegían al emperador: los obispos de Colonia, Tréveris y Maguncia, el rey de Bohemia, el duque de Sajonia, el conde del Palatinado y el margrave de Brandeburgo. Los demás señores sólo tenían posibilidad de hacer oír su voz en la dieta o asamblea del imperio, que convocaba el emperador. Así se fue creando un sistema de dominación que controlaban los feudales más poderosos, en cuyas manos quedaba prisionero el emperador.

Con todo, los duques de la casa de Habsburgo —a la que pertenecía el primer emperador elegido después de 1273— consiguieron que la elección recayera repetidas veces en su familia. Salvo algunas interrupciones, ejercieron el restringido poder imperial durante largos períodos, y, a fines del siglo xv, Maximiliano de Habsburgo hizo esfuerzos eficaces para robustecer su posición.

Evidentemente, no resurgiría el poder imperial en Alemania. Se oponían a ello los grandes señores; pero no se oponían menos las grandes ciudades comerciales e industriales del Hansa germánica. Su aspiración fundamental era. que el poder político no dificultara en modo alguno sus actividades mercantiles, mas, en última instancia, preferían el gobierno propio y procuraban no ceder en sus pretensiones. Esa resistencia sorda de todos los elementos del imperio restringió las posibilidades de establecer un gobierno central fuerte; pero no impidió menos la unificación del país. En efecto, cuando las principales potencias occidentales se aglutinaban bajo el poder real, Alemania mantuvo su estructura feudal, razón por la cual entró en la Edad Moderna con una marcada desventaja en la lucha por el equilibrio del poder.

ITALIA

Desde hacía siglos, Italia no era sino una unidad geográfica, dentro de la cual coexistían diversos poderes políticos. Durante la baja Edad Media eran numerosos los Estados que se habían constituido; en el Sur hubo dos: Sicilia y Nápoles, que, habiendo estado unidos hasta el siglo XIII, se separaron luego y volvieron a unirse en el siglo xv bajo la autoridad de la dinastía aragonesa; en el centro estaban los Estados papales, en los cuales había algunas ciudades importantes y muchos señoríos que gravitaban considerablemente en la política de los pontífices; y en el Norte, en fin, estaban las ricas ciudades libres, que constituían por entonces uno de los núcleos más importantes de la vida económica del Mediterráneo.

En general, estas ciudades habían pertenecido —o pertenecían— al Sacro Imperio, pero habían logrado, total o parcialmente, su independencia. Esta situación se debía al esfuerzo de la activa burguesía que, en el comercio, en la industria o en las finanzas, había logrado acumular grandes riquezas, con las cuales la ciudad podía asegurar y defender su autonomía. En efecto, casi todas las ciudades lograron sus privilegios con su dinero; pero no es menos cierto que, muy pronto, organizaron ejércitos mercenarios que pudieran servirlas; los condotieros o jefes a sueldo los mandaban con mayor o menor fidelidad, y algunas ciudades guardaban recuerdo imborrable de sus hazañas; así Venecia y Padua inmortalizaron en el bronce a Colleoni y a Gattamelata, por obra de Verrochio y Donatello.

Gobernadas por la burguesía, las ciudades italianas solían dividirse en partidos políticos que, con frecuencia, correspondían a intereses encontrados de diversos grupos; a veces, las reyertas civiles adquirieron proporciones de verdadera guerra, y, casi siempre, denotaban una extraordinaria intensidad en las pasiones.

En el Norte, podían advertirse, en la baja Edad Media, tres núcleos bien definidos. Milán aglutinaba al Piamonte y la Lombardía y ponía bajo su autoridad a Génova, que le servía de puerto; Venecia reunía todo el este de la llanura italiana del Norte y extendía su influencia por la costa adriática; y, finalmente, Florencia tendía a tornarse cabeza de la Toscana y extendía aun más allá su acción económica.

Milán había llegado a ser la ciudad más importante de la Liga Lombarda, constituida en el siglo XII para luchar contra el emperador de Alemania; desde entonces, y pese a algunos reveses, no había dejado de prosperar económicamente por la actividad de su comercio y sus industrias; así, llegó un momento en que sus fuerzas militares —constituidas por soldados pagados y mandadas por un condotiero— debieron ser considerables para asegurar su hegemonía. Esta circunstancia trastornó su vida política; los condotieros se apoderaron del poder y la ciudad perdió su antiguo régimen democrático para transformarse en un ducado, beneficiándose con la dignidad ducal los Visconti primero y los Sforza después.

Por su parte, Venecia marchó desde el régimen democrático hacia una aristocracia comercial cada vez más hermética. La ciudad había medrado gracias a sus relaciones con el Imperio Bizantino, que le habían permitido desarrollar un comercio bastante activo por las rutas del mar Adriático y del Mediterráneo oriental; después de la cuarta cruzada —en 1204— esas rutas pasaron a ser exclusivas de Venecia, que se enriqueció enormemente, pues por aquéllas se difundía en Europa el comercio de Oriente que llegaba a la rica ciudad del Bosforo. En los últimos siglos medievales, la riqueza que afluyó a la ciudad se fue concentrando en las manos de los negociantes más poderosos, los cuales procuraron restringir el acceso al poder de todos los que no pertenecían a su pequeño círculo. Esa aristocracia mercantil fue la que, en realidad, gobernó la ciudad. Si al frente del gobierno había un dòge, que tenía la apariencia del poder, en la práctica todos los mecanismos políticos contribuían a asegurar a los ricos comerciantes el control de la vida pública; y cuando alguno de los dòge pretendió ejercer un poder personal, la aristocracia mercantil cayó enérgicamente sobre él y desbarató sus planes.

Desde el siglo xv, la situación de Venecia comenzó a debilitarse; la aparición de los turcos otomanos y su progresivo dominio del Mediterráneo oriental comenzaron a limitar las posibilidades comerciales de la ciudad del Adriático y la obligaron a buscar en Italia su área de expansión; de ese modo se vio mezclada en las luchas que ensombrecieron la península a fines del siglo xv, y en ellas comenzó a perder la situación de predominio que había alcanzado como potencia marítima.

Florencia, por su parte, hizo su fortuna con el trabajo de sus talleres y de sus artesanos. Si las tejedurías tuvieron que soportar al principio la competencia de la producción flamenca, en cambio la industria de lujo, y especialmente la orfebrería, le permitió afirmar su riqueza; poco después, el afinamiento de su industria textil le aseguró una posición destacada, y su situación en el centro de Italia le proporcionó una actividad comercial singularmente fructífera. Así surgió en Florencia una burguesía rica y próspera, ambiciosa e inteligente; la pasión del poder dividió a los florentinos en facciones que lucharon con frecuencia entre sí; primero los güelfos y gibelinos; luego los blancos y los negros; finalmente, los gremios de intereses encontrados. Esta larga sucesión de conflictos civiles dio una notable intensidad a la vida política florentina, y, al fin, permitió el encumbramiento de una familia de banqueros que dominó todos los resortes de la vida pública. Esta fue la famosa familia de los Médicis.

La influencia de Florencia se extendió poco a poco por toda la Toscana; una a una cayeron bajo su autoridad las más importantes ciudades vecinas, y Pisa se tornó el puerto de toda la región, bajo la autoridad de Florencia. De ese modo, entró en competencia con los otros dos grandes núcleos políticos de la Italia septentrional —Milán y Venecia— y esta situación contribuyó a afirmar el desmembramiento de Italia. En efecto, como Alemania, Italia se mantuvo disgregada y fue, por su riqueza y su debilidad, la presa ambicionada de los poderosos estados vecinos que se habían consolidado formando unidades de poder cuyo potencial superaba al de los pequeños estados italianos: España y Francia.


La filosofía, las letras y las artes en la baja Edad Media

La baja Edad Media es una época de intensa actividad espiritual. fue un hecho decisivo la aparición de una numerosa burguesía que, concentrada en las ciudades, contó con medios para estimular el desarrollo de la cultura; esa burguesía nutrió los cuadros de las universidades, y de su seno salieron numerosos ingenios que se destacaron en las letras y en las artes; ella costeó también la construcción de monumentos en los que brilló la inspiración plástica; y, sobre todo, ella inspiró la renovación de ideales de vida que animarían, en los últimos siglos medievales, la vida del espíritu.

LA TEOLOGÍA Y LA FILOSOFÍA

La intensa preocupación por los problemas religiosos que manifestó la Edad Media tuvo, en este último período, una característica singular. Las Cruzadas habían puesto a los cristianos de la Europa occidental en contacto con un mundo que durante siglos habían ignorado; en el Imperio Bizantino y en las zonas de influencia musulmana que habían conocido aprendieron que en las doctrinas heterodoxas e infieles se ocultaba cierta dignidad de pensamiento que no podía invalidarse con la simple condenación; y aprendieron también que la tradición del saber antiguo estaba viva en muchos lugares, de todo lo cual podía inferirse que el Occidente cristiano no constituía, por cierto, la región de mayor brillo espiritual. Esta comprobación quedó grabada en muchos espíritus, y por eso las Cruzadas modificaron, indirectamente, el panorama de la cultura occidental.

Si en los aspectos profanos se manifestó este intenso afán de renovación, en los estudios religiosos no dejó tampoco de advertirse. La incredulidad había cundido como consecuencia de tanto andar y ver; debido a esto, la preocupación religiosa se orientó hacia la renovación de sus métodos y así se fortificó el método escolástico, cuyo principio elemental era el afán de probar con argumentos racionales las verdades que la fe intuía. La Escolástica la había fundado, en el siglo XI, San Anselmo; la desarrollaron con intensidad en el siglo siguiente Abelardo y Juan de Salisbury, y culminó, finalmente, en el siglo XIII, con Alberto Magno, Tomás de Aquino y Duns Escoto. Es, sobre todo, la Suma Teológica del segundo la más formidable creación del genio escolástico.

LAS UNIVERSIDADES. — La enseñanza de la teología constituyó el núcleo central de las universidades, que comenzaron a florecer en el siglo XII. A estos estudios se agregaron los de derecho —tanto el civil como el canónico— y los de medicina, sin contar con la filosofía que, dentro del pensamiento de la época, se consideraba como “sierva de la teología”. Bolonia, París, Oxford, Salamanca, Cambridge, Praga y otras ciudades fueron las primeras que contaron con universidades en Europa.

Las universidades se constituyeron por disposición pontificia las más de las veces, aunque en ocasiones fueron los reyes quienes dispusieron su creación. Eran centros de estudio que agrupaban a profesores y estudiantes, venidos unos y otros, casi siempre, de lejanas regiones para enseñar o para aprender. A falta de libros, el profesor solía leer el texto que constituía el núcleo de la lección, y luego desarrollaba sus glosas. Si en el campo de la teología fue notable la influencia de las universidades —de ellas salió el movimiento conciliar que negaba la autoridad omnímoda del papa— no lo fue menos en el de los estudios jurídicos, en el que se echaron las bases del renacimiento del derecho romano. Con estos juristas de nuevo cuño contaron los reyes para afirmar su poder frente a los señores feudales, y ellos constituyeron los consejos de Federico II de Sicilia, de Felipe el Hermoso de Francia y de tantos reyes empeñados en la misma lucha.

Este desarrollo de los estudios exigió que se difundieran los libros; la copia de manuscritos fue una industria importante, y debido a la enorme demanda que comienza por esta época empiezan a realizarse los primeros intentos para las ediciones múltiples, esfuerzos que culminarán con el invento de la imprenta.

LA LITERATURA

También la literatura recibió un considerable estímulo con el acceso de la burguesía al plano de la cultura. En el Libro de buen amor, del Arcipreste de Hita; en los Cuentos de Canterbury, de Chaucer; en el Libro de los ejemplos del Conde Lucanor, del infante don Juan Manuel; en El gran testamento, de François de Villon; en el Decameron, de Boccaccio, en El Corbacho, del Arcipreste de Talavera —todas ellas obras representativas de la literatura de la baja Edad Media— se advierte cómo se refleja no sólo el ambiente de las ciudades, sino también los nuevos módulos que rigen la vida y la conducta.

También satisfacía al gusto burgués —por vía de compensación— la novela de caballerías, último destello de la inspiración caballeresca, en la que se mezclaba ya el interés por lo exótico y maravilloso que habían suscitado las Cruzadas. Y en las cortes de Italia o de España recibían el agasajo de los poderosos los poetas que, en lengua vulgar, reflejaban los más delicados sentimientos; fue Dante, con sus poesías de La vida nueva, quien inauguró esta escuela en la que brillaría sobre todo Petrarca, el dulce poeta de los sonetos a Laura, y, en España, el marqués de Santillana y los poetas galaico-portugueses.

Con todo, la más grave voz de la Edad Media resonó en Dante, cuando resumió en la Divina Comedia el nuevo gusto literario y la tradicional concepción de la vida. Dante Alighieri admiraba a Virgilio e impuso su admiración por los poetas latinos; en la Divina Comedia, la inspiración de Virgilio es innegable, pero está saturada por el pensamiento doctrinario del cristianismo. Y en el Paraíso —donde no aparece ya Virgilio, que lo había conducido por el infierno y el purgatorio— surge la figura de Beatriz, la amada inalcanzada, reflejo de una concepción de la mujer nutrida de los antiguos y los nuevos ideales.

LAS ARTES PLÁSTICAS

El desarrollo de las ciudades dio un nuevo impulso a las artes plásticas. Ya el estilo románico había diseñado una tendencia arquitectónica bien definida, que se puso de manifiesto en castillos y catedrales; pero el estilo románico poseía cierta simplicidad —de abolengo clásico— que no satisfizo el gusto de los burgueses, a los cuales la riqueza y el conocimiento de las artes orientales conducían a una concepción monumental y ornamental de la arquitectura. Así, sobre los esquemas constructivos del estilo románico, comenzó a elaborarse un sistema arquitectónico más complejo: el estilo ojival, llamado también estilo gótico.

Los monumentos más notables del estilo ojival fueron las catedrales. Emplazada en un lugar prominente de la ciudad, la catedral debía ser el orgullo de sus habitantes; se la construyó generalmente con la ayuda económica de todos y aun con el trabajo desinteresado de muchos; por eso se elevó despaciosamente, cambiando a veces el plan primitivo, y agregando siempre lo que, según los gustos predominantes, podía hacerla más hermosa, más llamativa, más imponente. Obra colectiva, la catedral era no sólo un monumento a la fe sino que lo era también al poderío material de la burguesía.

Las catedrales ojivales mantuvieron la planta de las románicas. Solían tener tres o cinco naves separadas entre sí por hileras de columnas, y no faltaba la nave transversal, que formaba el crucero, ni los ábsides, que perfeccionaban su diseño. La mayor ostentación solía estar en las fachadas, que presentaban tantos pórticos como naves, componiéndose cada uno de ellos de una puerta y un conjunto ornamental de columnas y arcos. A los costados y en el centro se levantaban las torres, en número variable según la suntuosidad de la construcción.

Como en el estilo románico, la iluminación del interior se lograba por medio de ventanas que se cerraban con vitrales de fino trabajo. Uniendo fragmentos de vidrio, con unas varillas de plomo se perfilaban figuras de fino dibujo y colores vivos; gracias a estos vitrales —que, a veces, como en la catedral de Chartres, son obras maestras en el género— las catedrales recibían una luz tenue y coloreada que creaba un ambiente recogido y espiritualizado. En el frente, solía hallarse un rosetón —ahora de arcos ojivales— que también se cerraba con vitrales.

Lo propio del estilo ojival es la prolijidad con que se confeccionaban todos sus elementos. La enorme altura de las naves obligaba a reforzar exteriormente los muros con unos arbotantes, cuya piedra se labraba cuidadosamente; lo mismo pasaba con las columnas, que debían ser sólidas, aunque se aligeraban uniendo en haces varias columnas finas y esbeltas y rematadas en hermosos capiteles esculpidos. Pero donde el gusto ornamental quedaba más en evidencia, era en las numerosas estatuas que adornaban el templo. Ya los pórticos mostraban enjambres de figuras —una por columna— cada una de las cuales merece hoy la admirativa contemplación del entendido. En el interior, en las hornacinas y capillas, se veían imágenes llenas de patetismo y de belleza formal, en las que, naturalmente, no primaban los principios estéticos del clasicismo sino otros cánones originales, nacidos del sentimiento propio de la época.

Quizá haya sido en Francia donde el estilo ojival alcanzó más alto esplendor. Las catedrales de París, Reims, Chartres, Amiens, Laon, Estrasburgo, Bourges y tantas otras ponen de manifiesto la audacia de la concepción y la finura de la labor de los arquitectos y artesanos. En Alemania se destacan las catedrales de Colonia, de Francfort, de Tréveris, de Ulm y de Ratisbona, y las iglesias de San Sebaldo y San Lorenzo en Nuremberg. Deben citarse, en otros países: en España, las catedrales de Toledo, Burgos, Ávila, Sevilla y Barcelona; en Bélgica, la iglesia de Santa Gúdula, en Bruselas y la catedral de Malinas; en Italia, las de Milán y Bolonia; en Inglaterra, las de Salisbury, York y Lincoln.

Además de las catedrales, se construyeron en estilo ojival algunos monasterios magníficos por su estructura arquitectónica y su decoración; pero no se agota con esto la veta de este estilo, sino que queda todavía por señalar la importancia que adquirió por entonces la arquitectura civil.

Los edificios más característicos fueron las casas municipales y los mercados. Las casas municipales eran vastos edificios de varios pisos en los cuales tenía su sede el gobierno de la ciudad; estos edificios fueron particularmente suntuosos en las ricas ciudades comerciales y, sobre todo, en las ciudades libres. Como la catedral, la casa municipal era el orgullo de los ciudadanos y se solía confiar su decoración a los más afamados artistas, de modo que, tanto en su exterior como en los interiores, tales edificios presentaban un aspecto rico y agradable.

Merecen citarse, entre todos, los edificios del concejo de las ciudades de Malinas y Bruselas; son también hermosos ejemplares los de Brujas, en Bélgica; Oberlanhstein, en Alemania; Perusa y Venecia, en Italia, este último conocido con el nombre de “palacio de los dogos” y sumamente original por sus caracteres exteriores y el lujo de su decoración interior. También es muy característico el mercado de Brujas y no lo es menos la Casa Lonja de Zaragoza.


El Imperio Bizantino, los mogoles y la invasión de los turcos otomanos

Gracias a la ayuda de los caballeros cristianos, el Imperio Bizantino logró contener la grave crisis del siglo XI, provocada por los turcos seldjúcidas; pero los mismos que entonces lo ayudaron fueron los que, más tarde, a principios del siglo XIII, se lanzaron contra Constantinopla, conquistando todo el territorio europeo del imperio; los bizantinos se hicieron fuertes en el Asia Menor, donde esperaron la ocasión propicia para reconquistar los territorios perdidos; y allí pudo Miguel Paleólogo preparar las fuerzas que, finalmente, en 1261, lograron vencer la resistencia del Imperio Latino de Oriente y aniquilarlo. Así volvió a tener el Imperio Bizantino todos sus antiguos dominios; pero la posesión de tan extensas regiones trajo consigo todas las viejas dificultades, a las que muy pronto se agregarían otras nuevas.

En efecto, por la frontera danubiana apareció ya en el siglo XIV la amenaza de un pueblo invasor, los serbios, que muy pronto logró su propósito y se apoderó de un extenso territorio en la costa occidental de la Península Balcánica. Pero el mayor peligro —con ser muy serio— no fue el del Norte, sino el que se anunció en ese mismo siglo por el Sur, al aparecer una nueva ola mongólica que hizo temblar a Occidente: los turcos otomanos.

LOS MONGOLES

De la Mongolia habían salido en varias oportunidades gruesas masas emigratorias que se habían desparramado por toda el Asia, y que habían llegado luego a Europa hasta ocupar definitivamente algunas regiones. En el siglo v, las hordas de Atila dejaron como saldo de su paso un grupo relativamente reducido, los ávaros, que fue aniquilado después por Carlomagno. Los húngaros se instalaron más tarde —en el siglo X— en la región que hoy ocupan, y, por cierto, abandonaron sus hábitos primitivos y se convirtieron al cristianismo en tiempos del rey San Esteban (997-1038). Pero a fines del siglo XII hizo su aparición otra ola mongólica, esta vez inmensa y terrible, cuyo jefe supo crear un inmenso imperio: Gengis Kahn.

Gengis Kahn salió del desierto de Gobi con sus huestes interminables y se lanzó a la conquista del Asia. Muy pronto logró apoderarse de las regiones orientales, en las que entró a sangre y fuego; luego se dirigió al Asia central y dominó, una tras otras, todas las comarcas que hallaba a su paso; finalmente se encaminó al Turquestán, y derrotó a los turcos, apoderándose de las ricas ciudades de Bokara y Samarcanda, grandes emporios del comercio de la seda. Las huestes mongólicas no pararon allí; unas se lanzaron sobre Persia y los Estados del califato de Bagdad, que lograron conquistar, y otras siguieron su marcha a través del Cáucaso y aparecieron en Ucrania, donde establecieron el reino de la Horda de Oro, el más lejano del vasto Imperio Mongólico.

LOS TURCOS OTOMANOS

A la muerte de Gengis Kahn, ocurrida en 1227, el imperio subsistió, aunque muy pronto comenzaran sus distintos reinos a separarse. Los turcos quedaron en libertad y se lanzaron hacia el Oeste, a fines del siglo XIII, donde los antiguos Estados del califato de Bagdad, disgregados desde la época de Gengis Kahn, se ofrecían como fácil presa. Los turcos, llamados por entonces otomanos por el nombre del jefe que los condujo a la victoria, conquistaron toda el Asia Anterior, y llegaron hasta la península de Anatolia; poco después pasaron a Europa y desembarcaron en los Balcanes, desde donde amenazaban la Europa central, porque parecían dispuestos a lanzarse por la tradicional vía de invasión del Danubio. Los Estados cristianos se pusieron rápidamente en guardia y organizaron un fuerte ejército al mando del duque de Borgoña Juan Sin Miedo, pero los turcos le ofrecieron batalla en Nicópolis y los derrotaron en 1396. Poco después los invasores se dirigieron a Constantinopla, y en 1402 le pusieron sitio; pero una circunstancia imprevista los obligó a abandonar prontamente sus posiciones.

TAMERLÁN. — En efecto, una nueva horda mongólica había irrumpido por el Este al mando de Timur, un jefe a quien los pueblos occidentales conocieron con el nombre de Tamerlán. En rápida y devastadora ofensiva había llegado hasta los dominios recientemente conquistados por los turcos otomanos, y en 1402 estaban en el corazón del Asia Menor. Los turcos abandonaron, pues, el sitio de Constantinopla y se dirigieron al encuentro de los mongoles, mas fueron vencidos en la batalla de Angora. El sultán Bayaceto, el héroe de la conquista de Europa, quedó prisionero de los mongoles y, por un momento, su obra pareció aniquilada.

No fue así, sin embargo. Antes que los turcos hubieran sido deshechos, Tamerlán murió en 1405 y los vencidos pudieron recomenzar su obra. Otra vez sus huestes se lanzaron sobre los Balcanes, y otra vez los turcos derrotaron a los cristianos que se habían organizado para resistir, a las órdenes del rey de Hungría. En la batalla de Varna, en 1444, los turcos quedaron dueños de la situación, y muy pronto pudieron marchar hacia su ansiado objetivo; Constantinopla.

LA CAÍDA DE CONSTANTINOPLA

Todo hacía suponer que los días de la antigua capital del Imperio estaban contados. En 1447, el emperador Juan VIII consiguió acordar una tregua con los otomanos, porque éstos estaban por entonces preocupados por asegurar su dominación en los Balcanes; pero poco después la ofensiva comenzó de nuevo, y Constantino IX —él último de los emperadores bizantinos— apresuró el fin con su inhábil política de provocación.

En abril de 1453, el sultán Mohamed llegó hasta los muros de Constantinopla y puso sitio a la ciudad. Una inercia suicida había paralizado al pueblo de la capital, al cual el clero incitaba a orar antes que a combatir; las tropas, en cambio, trabajaban febrilmente en la defensa, inutilizando las minas que colocaba el enemigo y rechazando los ataques parciales de los genízaros. Tan eficaz parecía la defensa, que el emperador Constantino rechazó la intimación del sultán para que entregara la ciudad. Pero sus esperanzas fueron vanas, y el 29 de mayo Mohamed ordenó el asalto, que concluyó en poco tiempo con la caída de la ciudad.

La mortandad fue espantosa. La ciudad quedó sembrada de cadáveres y por sobre ellos entró al siguiente día el sultán, cuando se dirigió a Santa Sofía para consagrarla como mezquita de la fe musulmana. El Imperio Bizantino había sucumbido, y con él un bastión poderoso para la defensa del occidente europeo.

LAS CONSECUENCIAS DE LA CAÍDA DE CONSTANTINOPLA

En efecto, la primera consecuencia que tuvo la caída de Constantinopla fue la transformación del panorama político europeo. Hasta entonces, el extremo sudeste de Europa no constituía apenas preocupación para cada uno de los estados occidentales, cuyo problema fundamental era el establecimiento de la hegemonía con respecto a sus vecinos. Desde entonces, en cambio, la principal preocupación debía ser atender a la amenaza de este nuevo Imperio que se había constituido en los Balcanes, el cual, a partir de este momento, no tenía rival que lo atemorizara en esas regiones.

Los estados occidentales no se engañaban. El Imperio Turco ambicionaba extender sus conquistas por Europa central, y no podía preverse si, en caso de favorecerlo la fortuna, no intentaría llegar más allá todavía. Para precaver tal peligro, sobró ánimo a los reyes cristianos, que no sólo veían amenazado su propio poder, sino también la religión cristiana y la cultura occidental. Una batalla afortunada contuvo a Mohamed frente a Belgrado en 1456. Desde entonces, y a pesar de que no abandonaba sus propósitos de lanzarse sobre el Occidente, se limitó a los territorios conquistados de los Balcanes, sin que por ello disminuyera la tensión que su amenaza provocara en Europa.

El domino de los turcos en el Mediterráneo oriental empobreció las ciudades comerciales e industriales de los reinos del Occidente. Esta circunstancia promovió la navegación atlántica, que tantas sorpresas y tantas ventajas deparó a Europa. No influyó poco, por otra parte, en ese movimiento espiritual que se conoce con el nombre de Renacimiento, porque fue considerable el número de hombres ilustrados que, ante la inseguridad y la amenaza, abandonaron sus países para refugiarse en Italia especialmente. Y, a la larga, suscitó un grave problema político relacionado con el destino de las comunidades cristianas sometidas a los turcos, el que alcanzó su mayor gravedad en el siglo XIX.


HISTORIA MODERNA


El ámbito de la cultura moderna

En el mundo occidental, un conjunto de circunstancias del más variado carácter —técnicas, económicas, sociales, espirituales— comenzó a operar en los últimos siglos de la Edad Media una transformación tan honda y decisiva que poco tiempo después había de alterarse fundamentalmente la fisonomía de su vida y su cultura. Esa época que se inicia por entonces, en fecha que no es fácil precisar, es la que suele llamarse “Edad Moderna”.

DE LA EDAD MEDIA A LA EDAD MODERNA

Suele decirse que ciertos hechos —sea la toma de Constantinopla por los turcos, sea el descubrimiento de América— pueden servir como hitos para separar la Edad Media de la Edad Moderna. Quienes se inclinan a favor de esta idea, suponen que hay entre las dos épocas una interrupción brusca, una mutación repentina que puede fijarse en el tiempo con toda exactitud. Así lo han sostenido algunos historiadores; pero hay otros que, por el contrario, opinan que las transformaciones que han motivado un cambio en la fisonomía de la vida y la cultura sólo se han operado paulatinamente, en forma gradual. Este punto de vista parece estar más de acuerdo con la realidad; en muchos aspectos es imposible advertir interrupciones súbitas, pero es fácil, en cambio, notar un proceso de progresivas variaciones. Se puede, pues, hablar de períodos de transición, y entonces es más fácil establecer algunas fechas.

Para quien observe las obras de arte, o lea las de filosofía o literatura, o estudie las instituciones, será evidente que en el largo plazo que corre entre los siglos XIV y XVI se produce en los países del oeste de Europa esa mutación mediante la cual se pasa de lo medieval a lo moderno. Podría precisarse aún más, y afirmar que hay en el transcurso del siglo XV signos evidentes de que por entonces se produce una crisis en la vida y en la cultura. Pero ninguna de estas fechas tiene un valor universal. En principio, valen para el mundo occidental en su conjunto, pero sólo es posible precisarlas si se analiza por separado el desarrollo de los distintos países que lo constituyen. Así, en Italia esa crisis se produce en el siglo XIV, en tanto que en los demás países se produce después, en el XV en unos y en el XVI en otros. Del mismo modo, tampoco la celeridad del proceso es igual en todas partes, pues mientras en algunas es acentuadísima, en otras es escasa.

No hay, pues, una cesura definida entre la Edad Media V la Edad Moderna, sino más bien un movimiento que nace en el seno de la primera y provoca el advenimiento de la segunda, movimiento en el cual, por otra parte, ni se destruye todo ni se crea todo de nuevo. Pero como puede ser necesario un punto de referencia para establecer los contrastes entre una época y otra, podría decirse que el tránsito se produce a través de la intensa crisis que se manifiesta, especialmente, a lo largo del siglo XV en el occidente de Europa y repercute inmediatamente en buena parte del mundo.

EL AMBITO GEOGRÁFICO DE LA CULTURA MODERNA

Durante la Edad Media, en efecto, la cultura occidental se caracteriza por su impotencia para desarrollarse y difundirse fuera del ámbito en que se había formado. Poco a poco apareció en ella esta tendencia a la expansión, y puede decirse que ese rasgo es uno de los que caracterizarán a la Edad Moderna. En plazo breve, los pueblos del occidente de Europa se lanzan a explorar los mares, toman posesión de territorios de los cuales apenas tenían antes noticias, y se establecen en ellos superponiendo su cultura y su civilización sobre la propia de los naturales del lugar. Se inicia entonces una “occidentalización” del mundo. América, Asia, África y, finalmente, Oceania, reciben en sus costas los grupos de pobladores desprendidos de la Europa occidental, y con ellos comienzan a recibir también las influencias culturales del Occidente. En algunos lugares, y especialmente en Asia, la influencia occidental ha tenido que librar una dura batalla con las milenarias tradiciones de cultura que prevalecían en ellos, y ha logrado solamente imponer las formas de la civilización material; pero en otros, en América, en Oceania y algunas regiones del África, su triunfo ha sido completo y puede decirse que esos territorios son hoy prolongaciones en las cuales se ensancha el ámbito de la cultura occidental. De ese modo, con la Edad Moderna, se produce una vasta expansión de la que fuera antes cultura específica del oeste de Europa, transformada por obra de esa tendencia difusionista en una cultura de alcance mundial. Advertimos desde ahora que ha sido, sobre todo, la capacidad técnica lo que ha permitido esa expansión; pero no se debe olvidar que tras esa capacidad técnica hay toda una concepción del mundo y de la vida que la ha hecho posible y que se filtra luego por las brechas que su superioridad técnica abre en el frente de las otras culturas que coexisten con ella.


La crisis del siglo XV y los albores de la Edad Moderna

Época de transición, el siglo xv muestra ya, sin embargo, en la Europa occidental, los signos inequívocos de una nueva época, distinta de la Edad Media. Distintas son las circunstancias económicas, sociales y políticas; distinta también la mentalidad que se va constituyendo en el hombre europeo; distinta la capacidad técnica puesta al servicio del designio de dominar la naturaleza; y distinto, en fin, el ámbito geográfico en que ha de vivir, en lo futuro, el hombre occidental. Esta diferenciación se opera, en su casi totalidad, en el siglo XV.

LA CRISIS ECONÓMICA, SOCIAL Y POLÍTICA

Durante la baja Edad Media, el régimen feudal había entrado en una época de declinación, y con él, todo el sistema económico que lo acompañaba. Acaso pudiera situarse el origen de este proceso en las Cruzadas y en las profundas transformaciones económicas que trajo consigo. De todos modos, lo cierto es que en el siglo XIV ya se insinuaba en algunos lugares de Europa un desarrollo de las manufacturas y del comercio que amenazaba —y habían ya condenado definitivamente— el tipo de economía agraria propio de aquellas épocas y regiones en que predominara el régimen feudal. Poco a poco, el centro económico de las comarcas dejó de ser la villa a cuyo alrededor se levantaba el horno, el lagar y el molino; ya no concluía allí el ciclo de la producción, la distribución y el consumo; ahora la actividad de productores y consumidores se concentraba en las ferias o mercados, alrededor de los cuales se levantaron muchas ciudades europeas. Allí se desarrollaba una naciente economía monetaria que había de adquirir suma importancia en poco tiempo, y allí se refugiaban los siervos fugitivos y los libres de baja condición que podían sustraerse a la explotación de los feudales poderosos. De ese modo se constituyó progresivamente una nueva clase social: la burguesía.

Nacida en las ciudades, gracias a la posibilidad de producir y vender libremente los productos que manufacturaba, la burguesía pudo prosperar por la ventajosa competencia que el dinero comenzó a hacer a la economía rural, pero sobre todo por el franco apoyo que le prestó la monarquía. El guantelete del rey colocado en lo alto de una pica significaba que en el mercado y en la villa toda se ejercía su alta protección. Y aun las ciudades en las que un señor laico o un obispo mantenía su autoridad, la secreta ayuda del monarca solía estimular a los burgueses a exigir una libertad cada vez mayor para su actividad económica y, a veces, para intervenir en la solución de los problemas internos de la ciudad.

En el siglo XV, esta burguesía era ya capaz, en efecto, de reclamar en todas partes la misma libertad que por entonces había conquistado en algunos lugares. Por otra parte, era la clase más ilustrada y casi siempre la más poderosa económicamente. Y como coincidía con la realeza en su odio a los señores feudales, sus miembros fueron elegidos para cumplir importantes funciones por los reyes que deseaban organizar su autoridad de manera tal que pudiera resistir a la tradicional influencia de la nobleza ensoberbecida. Debido a estas circunstancias, los ricos comerciantes, los poderosos manufactureros y los letrados eruditos, constituyeron una clase social que se opuso con energía a las pretensiones de predominio de la nobleza.

Empero, si los reyes protegieron a la burguesía no fue por altruismo. La necesitaban para afirmar su autoridad por sobre la nobleza, porque estaban librando, por esta época, una batalla decisiva contra ella. Luis XI de Francia, Enrique VII de Inglaterra, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón son los ejemplos típicos de este género de monarcas que aspiran a constituir un reino centralizado y regido por su autoridad omnímoda. Si lo lograron en mayor o menor escala, obra fue de las circunstancias; pero esa tendencia aparece señaladamente como uno de los rasgos más notables de esta época de transición. Y, ciertamente, Francia, Inglaterra, España y algunos otros estados, revelaron en el curso de la Edad Moderna que este proceso se había cumplido con éxito. La nobleza mantendrá sus privilegios sociales durante largo tiempo, mas su predominante influencia en la vida política declinaba de manera visible.

LA CRISIS ESPIRITUAL

A la burguesía naciente se debió también la intensa actividad espiritual que caracterizó los últimos siglos de la Edad Media. De sus filas salieron la mayoría de los monjes y los clérigos seculares que poblaban las aulas de las universidades medievales, ya fuera para enseñar, ya para aprender. Y a pesar de que la teología era la disciplina fundamental que se estudiaba en ellas, poco a poco comenzó a desarrollarse una inquietud intelectual que no se satisfacía con el contenido dogmático que entrañaba aquella enseñanza. De ese modo, se empezaron a buscar nuevos caminos, ya en los últimos siglos de la Edad Media, y por ellos se llegó a una paulatina transformación del espíritu occidental, que es perfectamente visible en el siglo XV.

No podría decirse que la concepción cristiana de la vida haya sido aniquilada, ni siquiera desalojada del primer lugar. Pero lo cierto es que se han constituido por todas partes minorías escépticas, que buscan otras orientaciones: unas a través de los autores paganos, estudiando la filosofía, la ciencia y la política que se escondía en las obras fundamentales que la Antigüedad había legado; y otras a través del estudio de la naturaleza y de sus fenómenos, ensayando nuevos métodos y arriesgando nuevas conclusiones.

Para estas minorías intelectuales —cuyas ideas conquistarían poco a poco otras napas sociales— el centro del universo, el objetivo fundamental de sus estudios y preocupaciones, el más alto valor a que procuraban referirse, no era ya el Dios de la teología cristiana, sino el individuo mismo y la naturaleza circundante, tras de lo cual cabía imaginar una divinidad que, sin embargo, difería en algo de la que imponía el dogma. Los humanistas del siglo XV no siempre se mostraban ateos, pero sus inquietudes intelectuales, los problemas que los angustiaban y las soluciones que proponían revelaban a las claras que no compartían aquellas creencias que predominaron totalmente algunos siglos antes. Ni siquiera los contenía la autoridad de las Escrituras, porque algunos sabios se atrevieron a afirmar —después de largos estudios— que no era la tierra sino el sol el centro del sistema planetario. Esta afirmación de Copérnico fue defendida, por las minorías cultas, y como ésta, otras muchas fueron expuestas y sostenidas a pesar de su heterodoxia. Una nueva sed de saber se ha apoderado del hombre, y para saber abandona el hombre la actitud sumisa frente a los dogmas y procura indagarlo todo según su mente y sus sentidos. Esta transformación espiritual anuncia más que ninguna otra cosa los albores de la modernidad.

NUEVOS PROGRESOS TÉCNICOS

El afán por conocer los secretos de la naturaleza no era sólo el resultado de una inquietud desinteresada; provenía también del marcado interés del hombre de esta época por dominarla, someterla a su voluntad y sobreponerse a su imperio. Por esta razón, además del desarrollo del conocimiento estrictamente científico que se advierte, es visible un desarrollo de la técnica. Fruto de ese desarrollo es la posesión de nuevos y diversos métodos y procedimientos para realizar variadas operaciones con mayor eficacia que antes. Tan característica de esta época como la transformación espiritual, es la transformación técnica que empieza a operarse.

Dos hechos de extraordinaria trascendencia se producen en el campo de la técnica durante el siglo XV: la producción de un tipo de libro económico y de gran tiraje y el establecimiento de nuevos métodos para la navegación en mar abierto. Por el primero se hizo posible la difusión de la cultura en tal grado que pudieron tener acceso a ella las masas burguesas que en los últimos tiempos habían avanzado hacia el primer plano de la vida social; por el segundo fue posible dar libre curso al afán expansionista que demostraba el hombre occidental, recorriendo rutas hasta entonces desconocidas y tomando posesión de territorios hasta entonces fuera de su alcance y su explotación.

El libro económico y de gran tiraje fue el resultado de la utilización conjunta de dos posibilidades conocidas desde antaño pero no utilizadas: un material abundante y barato en que imprimir, y un sistema de reproducción múltiple. Ni el papiro ni el pergamino reunían aquellas condiciones, pues eran escasos y, en consecuencia, caros; mas poco a poco empezó a difundirse un método para fabricar con restos de tejidos un material nuevo: el papel, que satisfacía plenamente las necesidades del libro. Sobre este papel podía aplicarse un procedimiento de impresión multiejemplar que no era ignorado —pues los sellos súmeros lo anunciaban— pero que sólo tenía importancia si había un material barato para imprimir. Fueron muchos, seguramente, los que trabajaron para hallar ese procedimiento y para perfeccionarlo; se grabaron textos en planchas de madera que, entintadas, se reproducían sobre el papel, y se hicieron luego tipos separados de madera para componer las líneas de cada texto diferente. Pero correspondió a Gutenberg el hallazgo de un procedimiento definitivo. En su taller de Maguncia creó los moldes para fabricar tipos de metal en número indefinido, y de ese modo solucionó el problema técnico de la imprenta. Su primer libro impreso vio la luz en 1456, y al cabo de cincuenta años se imprimían libros en todo el occidente de Europa. El Renacimiento artístico y literario, y sobre todo la Reforma religiosa del siglo XVI, son hechos derivados directamente de este invento. Pero el invento no se realizó hasta que las condiciones de la vida social y espiritual no lo tornaron imprescindible.

La navegación de alta mar no progresó menos. Mientras la navegación fue exclusivamente mediterránea, el problema de la orientación no llegó a tener una importancia fundamental. Pero la caída de la cuenca oriental del Mediterráneo en manos de los turcos obligó a los comerciantes a buscar otras rutas por el océano. Entonces fue preciso aprender a determinar el rumbo por otros medios: y el medio apareció muy pronto.

Las propiedades de la aguja imantada permitieron idear la brújula para que los navegantes se orientaran en alta mar; y sobre la base de los nuevos conocimientos cosmográficos se imaginó un instrumento llamado astrolabio con el cual podía determinarse la latitud con alguna precisión. De este modo, los intrépidos pilotos a quienes se confiaba la busca de rutas antes inexploradas o de tierras no conocidas, pudieron avanzar por los mares con cierta seguridad y guiando su marcha en el sentido previsto. Los resultados no se hicieron esperar: nuevos descubrimientos geográficos vinieron a acrecentar el ámbito de acción del hombre del siglo XVI.

LOS DESCUBRIMIENTOS GEOGRÁFICOS

Quizá desde el siglo XIII había aparecido en Europa la preocupación por emprender la navegación de la costa africana, pero este designio no se llevó a cabo en gran escala sino en el siglo XV. Mientras los españoles continuaban ocupados en la guerra contra los moros que todavía vivían en el territorio peninsular, los portugueses —ya libres de esa preocupación— comenzaron a arriesgarse por el océano. En 1415 se apoderaron de Ceuta, y por entonces se fundó en Sagres —por obra del príncipe don Enrique el Navegante— una escuela de náutica destinada a formar pilotos y acumular informaciones sobre las regiones marítimas. Poco después las expediciones comenzaron a sucederse sin interrupción. En 1418 llegaron a las islas Madera; en 1432 a las Azores; en 1434 alcanzaron el cabo Bojador; en 1456 cruzaron hasta el archipiélago de cabo Verde; en 1472 llegaron a la línea ecuatorial; y en 1488 Bartolomé Díaz llegó al cabo de Buena Esperanza. Una vasta zona había sido incorporada al área de acción de Portugal, que podía obtener de ella algunas sustancias muy apetecibles, y sobre todo, esclavos negros.

Poco tiempo después —en 1492— España se decidió a seguir el ejemplo de Portugal y autorizó a Cristóbal Colón para que marchara en busca de tierras al oeste de las islas Canarias. Ese viaje permitió el descubrimiento de un nuevo continente, y sus peripecias merecen capítulo aparte. Pero Portugal no se amilanó, sino que, por el contrario se sintió estimulado a nuevas empresas. Vasco de Gama recibió, en 1497, el encargo de llegar a la India dando la vuelta al cabo de Buena Esperanza, designio que cumplió tras un viaje difícil que inmortalizó Luis de Camoens en su poema Los Lusiadas. Poco después, nuevos viajes debían afirmar la conquista en tierras africanas y asiáticas, en las que los portugueses trataron de establecer factorías con el fin de asegurar una provechosa explotación comercial.


Renovación cultural y religiosa

La crisis espiritual que culmina en los albores de la Edad Moderna se insinúa desde mucho antes en Italia. Ya en el siglo XIV era visible, y en el siglo XV había llegado a lograr cierto equilibrio del cual resultó una época de vigoroso impulso creador. En esa última fecha la influencia italiana comenzó a difundirse por otros países, y la cultura de los siglos XV y XVI acusa en toda Europa ciertos rasgos que denuncian el foco de donde irradiaba la luz.

EL HUMANISMO

Quienes comenzaron a sentirse insatisfechos con las formas tradicionales de la vida medieval, con sus ideales y su cultura, comenzaron a dirigir sus ojos hacia otros modelos que pudieran ofrecerles nuevas posibilidades. Esos modelos no podían ser sino los que ofrecía la tradición de la antigüedad clásica, y hacia ellos se volvieron los espíritus más finos de la Italia del siglo XIV. A quienes se manifestaron atraídos por la búsqueda de antiguos manuscritos de autores griegos o latinos, por el aprendizaje de las lenguas clásicas, por el conocimiento de la vida y la cultura antiguas, suele llamárseles humanistas: Dante Alighieri, Francisco Petrarca y Juan Boccaccio son los ejemplos más brillantes de este nuevo tipo de intelectuales.

La influencia de este movimiento fue inmensa. Desde el punto de vista del conocimiento de la antigüedad latina, significó una intensificación notable de los estudios de algunos autores y el descubrimiento de otros hasta entonces olvidados. Pero desde el punto de vista de la antigüedad griega constituye un verdadero redescubrimiento. Numerosos eruditos griegos —como solía llamárseles a los naturales del Imperio Bizantino— habían emigrado a Italia y se dedicaban allí a la enseñanza de su lengua natal. De este modo, las obras no traducidas al latín de los antiguos autores de la Hélade comenzaron a ser leídas de nuevo, y por cierto que provocaron una profunda admiración en los humanistas.

A partir de entonces, una sensación de disgusto empezó a apoderarse de las minorías intelectuales frente a las obras de la Edad Media. Ni los poemas épicos, ni las catedrales góticas, ni las obras de piadosa exaltación mística parecieron a sus ojos dignas de valor. Se deseaba volver a la claridad de Virgilio o a la armonía del Coliseo. Los poetas, los filósofos, los oradores, los arquitectos y los escultores se pusieron a recoger las enseñanzas de los maestros antiguos y a tratar de imitarlos. Así se inició una nueva era en el campo de las humanidades y en el campo de la creación estética.

EL RENACIMIENTO

En cuanto se refiere a la creación tanto en la literatura como en las artes plásticas, esta nueva era se sintetiza en una palabra que ha adquirido intenso poder evocativo: Renacimiento. Si se quisiera precisar qué es lo que renace, habría que destacar el retorno de la actitud que tenía el hombre antiguo frente a la naturaleza y el retorno de su sensibilidad. Desde este punto de partida, los artistas del Renacimiento intentan imitar a los antiguos, pero no los siguen fielmente sino que buscan sus propias maneras de expresión y logran crear formas originales que, en efecto, corresponden a contenidos originales.

Este renacimiento de la actitud frente a la naturaleza y de la sensibilidad antiguas se opera principalmente en Italia, a partir del siglo XIV. Suele decirse que Dante Alighieri, Giotto, Francisco Petrarca y Juan Boccaccio son los precursores. Podría ser esta lista mucho más numerosa, aunque es innegable que son ellos los más significativos. Y lo son, efectivamente, en ciertos aspectos, aunque en otros estén firmemente adheridos al espíritu medieval. Todos ellos provienen de la Toscana, porque en esta región florece ese espíritu renovador y en ella dará sus primeros frutos ya en el siglo XIV y sobre todo en el xv. Ésta es la época de Marsilio Ficcino, de León Bautista Alberti y de Pico de la Mirándola; de los poetas Pulci y Poliziano; de los arquitectos Brunelleschi y Majano; de los escultores Donatello y Verrochio; de los pintores Masaccio, fray Angélico, Piero de la Francesca, Melozzo de Forli y Sandro Botticelli. Todos ellos hallaron la decidida protección de los grandes señores que amaban las artes y prodigaban sus recursos para estimular la creación, y todos ellos fueron admirados en las cortes señoriales, en las que las damas y los caballeros se enorgullecían de su saber y su sensibilidad.

Ya por esta época comienza a difundirse el espíritu renacentista por algunas otras regiones de Europa, pero es todavía en la misma Italia donde dará sus más altos frutos. Ahora el centro de la actividad artística se ha desplazado hacia Roma, y poco después se trasladará a Venecia. Leonardo, Miguel Ángel y Rafael; Ariosto y Tasso; Maquiavelo y Guicciardini; tales son las cumbres de esta época, tan rica en temperamentos creadores que aun las figuras que se esconden tras éstas de primer plano, hubieran alcanzado renombre universal en cualquier otro tiempo.

Ya por entonces brillaban en otros países europeos figuras ilustres. En España hubo poetas altísimos, como Garcilaso de la Vega o fray Luis de León; artistas vigorosos y delicados, como Alonso Berruguete o el Greco; novelistas y dramaturgos de tan excelsa gloria como Cervantes, Lope de Vega, Tirso de Molina o Calderón de la Barca. Francia vio por entonces brillar el genio de un humanista como Montaigne, de un novelista como Rabelais, de un poeta como Ronsard, de un pintor como Clouet. En Alemania y los Países Bajos aparecieron filósofos ilustres como Lutero o Erasmo y artistas valiosos como Cranach, Durero, Holbein o Rubens. Y en Inglaterra, tras la figura severa de Tomás Moro, brillará la de Shakespeare, el más extraordinario dramaturgo de los tiempos modernos.

Sobre todos estos personajes, y sobre otros muchos que sería ocioso nombrar, hallará el lector noticias en otras partes de esta obra. Pero no podrían dejar de mencionarse en una historia de la Edad Moderna, porque todos ellos componen un vasto movimiento espiritual que tiene en la vida de su tiempo y en la del que siguió luego, una importancia decisiva. Es entonces cuando se constituyen las nuevas minorías directoras cuya huella habrá de ser seguida a través de varios siglos por quienes presidan la vida colectiva. En su tiempo —no debe olvidarse— no fueron sino minorías las que compartieron las ideas y las tendencias de estos hombres. Estaban agrupados, generalmente, alrededor de ciertos grupos directores de la opinión, y de allí sacaron su fuerza y su prestigio, pero las masas no compartían sus ideales y seguían aferradas a ciertas tradiciones de las que ellos hacían burla. Frente a la actitud crítica de un Erasmo o de un Moro, subsistía la vieja credulidad de las masas; frente a las preferencias estéticas de Miguel Ángel o del Greco, perduraba en ellas las que se habían formado poco a poco en la contemplación del arte medieval. Pero eso no fue obstáculo para que triunfara y se difundiera el espíritu renovador y conquistara capas sociales cada vez más extensas para sus ideales.

Bien mirado, el movimiento renacentista corresponde a una crisis decisiva del espíritu europeo. Surge como un alarde de grandeza en una Italia cuya decadencia económica y política era visible; se propaga como una tendencia universal cuando tienden a definirse las nacionalidades; y de ese vasto conjunto de ideas y de preferencias estéticas, sólo algunas darán sus frutos sazonados, en tanto que otras se frustrarán poco después para permitir, inclusive, que brotaran de nuevo las que habían combatido y parecían sepultadas en el olvido.

Signo de una intensa inquietud, el Renacimiento corresponde, en el plano de la creación, a otro movimiento no menos intenso en el campo de la vida espiritual: la Reforma religiosa, en la que se pondrá de manifiesto la misma inquietud, el mismo afán renovador, la misma celosa afirmación del primado del individuo.

LA REFORMA RELIGIOSA

En principio, el movimieno reformista que se desencadenó en Alemania a principios del siglo XVI pareció un episodio más del proceso de descomposición que se advertía en la Iglesia desde fines de la Edad Media. Era también, en efecto, un movimiento disconformista surgido en el seno del clero. Sin embargo, sus raíces eran muy profundas, y aunque participaba de ciertos caracteres semejantes a los de otros movimientos, entrañaba ciertos principios que le proporcionaban un aire verdaderamente revolucionario.

Ya en el siglo XIV, con motivo del cisma eclesiástico, se había manifestado una clara tendencia a la renovación de la Iglesia. El llamado “movimiento conciliar”, que aspiraba a reemplazar la autoridad pontificia por la de los concilios ecuménicos, hizo tambalear por un instante el orden eclesiástico; y la prédica de Wiclef en Inglaterra, así como la de Juan de Hus en Bohemia, probaron que una intensa agitación reinaba entre los fieles. Pero el movimiento fue favorecido, sobre todo, por la difusión del texto de las Escrituras, gracias a la imprenta y al abaratamiento del libro. En las manos de todos, las páginas del Evangelio obraron como un poderoso revulsivo de las conciencias y despertaron el espíritu crítico. El papado y la corte de Roma, los altos dignatarios de la Iglesia, los monjes y los seculares, todos parecieron susceptibles de la más violenta crítica, y el ejemplo de sus vidas pareció apropiado para revelar la corrupción que carcomía las instituciones religiosas, en violento contraste con las enseñanzas de Cristo.

El movimiento entró en una nueva etapa a partir de los comienzos del siglo XVI. Para concluir el templo de San Pedro, en Roma —en el que trabajaban las más ilustres figuras artísticas de la época— el papa León X concibió la idea de vender indulgencias, esto es, canjear por dinero la remisión de los pecados. El asunto adquirió todavía más gravedad, porque se convino con una casa de banca en que ella adelantaría el dinero al papa y se encargaría luego de recobrarlo por medios coercitivos, como si se tratara de una deuda corriente de los donantes. De este modo, la venta de las indulgencias tomó un aspecto groseramente mercantil que sublevó a los espíritus verdaderamente religiosos.

Encabezó la protesta en Alemania un monje agustino llamado Martín Lutero (1483-1553), hombre de temperamento místico y exaltado, y, al mismo tiempo, con una cierta capacidad de acción y organización. Comenzó criticando duramente la venta de las indulgencias y el aspecto que tomaba su tráfico en Alemania; pero poco después se atrevió a discutir el valor mismo de las indulgencias concedidas por el papado; y más tarde algunos de los dogmas más importantes del cristianismo. En noventa y cinco proposiciones fijó el sistema de sus ideas, rechazando algunos sacramentos, recomendando la supresión del sacerdocio y propugnando, en fin, la lectura directa de las Escrituras por los fieles. Este documento mereció la condenación del papado, que rechazó como heréticas muchas de sus tesis. Y como Lutero quemara en la plaza de Wittenberg la bula papal, fue excomulgado desde Roma, en 1520.

El movimiento de Lutero tenía considerable apoyo y repercusiones políticas. El emperador Carlos V convocó una dieta en Worms (1521) con ánimo conciliador, pero Lutero se mantuvo firme y la dieta ratificó la condenación, debido a lo cual tuvo que salir protegido por el elector de Sajonia. Desde entonces los príncipes alemanes se dividieron en favorables y hostiles a Lutero, relacionándose la preferencia con la situación en que se hallaran respecto al emperador. Pero, sin duda, el movimiento creció, y no careció de importancia la recomendación que hiciera Lutero a los príncipes de que se apoderaran de los bienes de la Iglesia para someterlos a su jurisdicción secular.

Entre tanto, el emperador buscaba la manera de contener el desarrollo del movimiento cismático. En 1529 se reunió en Espira una dieta, que acordó admitir la nueva doctrina donde ya se la profesase, pero impedir que se propagara. Y en 1530, la dieta de Augsburgo propuso una nueva conciliación, de cuya gestión salió redactado el manifiesto o credo de los protestantes, llamado “confesión de Augsburgo”. Mas el resultado fue negativo, y los bandos en lucha se dispusieron para el combate. Los príncipes protestantes se unieron en la llamada Liga de Esmalcalda, en 1531, y estrecharon sus filas esperando que el emperador los atacara. Ocurrió al fin, y se desencadenó una guerra que duró hasta 1555, en que se firmó la paz de Augsburgo.

Pero entre tanto, el movimiento reformista se había difundido fuera de Alemania. En Suiza —con Ulrico Zwinglio—, en Suecia y en Noruega ganó prontamente adeptos y desencadenó algunos conflictos que se combinaron con otros problemas. En Francia, Juan Calvino (1509-1564) comenzó a elaborar una doctrina en parte divergente de la de Lutero, e hizo muchos adeptos en su país y luego en Suiza, donde residió largamente y llegó a ser señor de Ginebra. Y en Inglaterra, el propio rey Enrique VIII inició un movimiento cismático que puso la iglesia de Inglaterra bajo su dirección, aun cuando no alterara el contenido mismo de la religión. Así quedó dividida en poco tiempo la cristiandad en dos grupos, uno adicto y otro hostil al papado de Roma.

Hasta 1540, la Iglesia creyó que era posible esperar una reconciliación con los disidentes; pero a partir del momento en que se convenció de que era imposible, comenzó a tomar sus medidas para evitar la difusión del protestantismo, y para combatirlo allí donde estaba ya arraigado. Mediante la ayuda de la Compañía de Jesús —fundada por Ignacio de Loyola— procuró reconquistar la opinión pública, especialmente en los círculos dominantes; mediante la Inquisición procuró reprimir todo intento de pensamiento libre o de tendencia reformista; y, finalmente, mediante la convocatoria de un magno concilio en la ciudad de Trento, procuró establecer firmemente los principales puntos del dogma y las reglas disciplinarías fundamentales para no volver a ofrecer blanco a la crítica. De este modo, al reformismo protestante se opuso el movimiento católico llamado de la Contrarreforma o Reforma católica.


La época de Carlos V

El movimiento reformista había estallado en el ámbito de la más grande y poderosa entidad política de la época: el imperio de Carlos V. Fuera de él no había en Europa, en verdad, sino un estado poderoso, el cual era Francia. Con él se inició un largo duelo que duró hasta su reinado y que constituye uno de los episodios más significativos de la época.

LOS ESTADOS DE CARLOS V Y SUS VECINOS

Carlos V era hijo de Juana de Castilla y de Felipe de Austria, nieto, por lo tanto, de los Reyes Católicos y los emperadores de Austria. Por tal razón heredó tan vastos estados que pudo decirse de él que “en sus tierras nunca se ponía el sol”. Dominaba en vastas extensiones de la Europa central —Austria, Tirol, Estiria, Carintia y Carniola—, en los Países Bajos, en Flandes, en el norte de Francia, en Castilla y Aragón, en Cerdeña, Nápoles y Sicilia, y, finalmente, en América, que revelaba cada día nuevas riquezas. En 1519 fue elegido emperador de Alemania, y con tal jurisdicción se tornó el más poderoso de los señores de Europa.

Encerrada dentro de sus dominios quedaba Francia, ahora cada vez más poderosa y con evidentes propósitos de expansión en Italia. Era, además, el obstáculo para que los estados de Carlos V tuvieran unidad territorial. Todo esto —y la circunstancia de que su rey, Francisco I, hubiese aspirado a competir con Carlos V por la corona imperial— debía conducir a un conflicto entre ambas potencias.

El duelo era sólo aparentemente desigual. Francia podía apelar —como apeló en una oportunidad— al imperio otomano, que se levantaba poderoso en el sudeste de Europa, y amenazaba la frontera oriental del imperio de Carlos V. Del otro lado del canal de la Mancha, Inglaterra asistiría al duelo sin mezclarse demasiado, mientras se esforzaba por alcanzar una situación de primera potencia que todavía no poseía, como no intervendría Portugal, celoso de conservar su imperio colonial. Y de manera pasiva, como la más importante de las presas en disputa, Italia soportaría el choque de ambas fuerzas, sin posibilidades de ser por sí misma un factor decisivo debido, sobre todo, a su división política.

EL GOBIERNO INTERIOR DE CARLOS V

Tan poderosos como pudieran parecer, los estados de Carlos V tenían una estructura interna que disminuía notablemente su fuerza. Era, en efecto, un conjunto heterogéneo de naciones que sólo estaban unidas por el emperador, y cuyos problemas diferían fundamentalmente. Además, dentro de cada una de ellas tenía Carlos V problemas gravísimos, entre los cuales merecen ser destacados dos: los de Alemania y los de España.

En Alemania, el poder imperial había sido siempre débil, y pese a los esfuerzos de los antecesores inmediatos de Carlos V, no podía decirse por entonces que la autoridad imperial estuviese firmemente asentada. En efecto, en cuanto se promovió el conflicto religioso desencadenado por Lutero, los príncipes se dividieron, y los menos adictos al emperador se unieron al protestantismo más como acto de hostilidad contra el imperio que no como signo de firmes convicciones religiosas. A este conflicto tuvo que dedicar Carlos V preferente atención. Se mostró conciliador a veces, enérgico otras, pero siempre procuró no dar un paso definitivo que implicara la desintegración del imperio. Entre tanto, en el otro extremo, Castilla y Aragón se doblegaban con dificultad ante este rey extranjero, rodeado de flamencos como él y alejado de los problemas españoles. Allí, Carlos V procuró apresurar la obra de sus abuelos de consolidación de España mediante la fusión de los dos reinos. Para ello, era menester ejercitar una autoridad firme y quebrar los privilegios que se oponían a la instauración de un régimen uniforme. También aquí los designios de Carlos V promovieron una guerra: la de los comuneros, que estalló en Castilla en 1520 y fue reprimida violentamente tras la derrota del ejército sublevado de Juan de Padilla en la batalla de Villalar en 1521. La consecuencia fue la instauración de un régimen absolutista que acabó con todos los fueros castellanos; y si en Aragón se mantuvieron por entonces, desaparecerían poco después, por obra de su hijo Felipe II.

LA GUERRA INTERNACIONAL

En los últimos años del siglo xv, los franceses y los españoles habían dirigido sus ojos a Italia con ánimo de establecerse en ella. Existían allí un cierto número de estados independientes y rivales que, por su debilidad y su riqueza, tentaban a los poderosos señores vecinos: fuera de los Estados Pontificios, los ducados de Milán y Saboya, las repúblicas de Venecia, Génova y Florencia, y el reino de Nápoles eran los más importantes.

En 1499, Luis XII de Francia tomó posesión del Milanesado y lo retuvo algunos años; pero el papa Julio II organizó contra él una alianza general y logró expulsarlo de allí en 1513. Sin embargo, el nuevo rey de Francia, Francisco I, logró reconquistar esa región en 1516, después de triunfar en la batalla de Mariñán.

En el sur, también quiso Luis XII apoderarse de Nápoles, que estaba en manos de Federico III, de origen aragonés. Para neutralizar el apoyo que pudiera prestarle el rey de Aragón, Fernando el Católico, de quien era primo, Luis ofreció a este último realizar conjuntamente la operación y dividirse el territorio. Fernando aceptó, y con la ayuda de las tropas españolas pudo Luis XII terminar prontamente la conquista en 1500. Pero la aventura no terminó allí; en 1502 Fernando decidió arrebatarles a los franceses el reino de Nápoles y se volvió contra él; dos años después, Nápoles era posesión exclusivamente española y se agregaba a los estados que debía recibir luego Carlos V.

Así, enfrentados en Italia, donde cada uno de ellos poseía una sólida base de operaciones, Francisco I y Carlos V no podían sustraerse a las asechanzas de la guerra. Todo contribuía a ponerlos frente a frente: la Borgoña, Navarra, el Milanesado, en parte por razones de seguridad de uno o de otro, en parte por necesidades estratégicas o políticas. En 1520 se iniciaron las operaciones, y Carlos logró apoderarse del Milanesado, pero los franceses, mandados por el propio Francisco I, lo reconquistaron y comenzaron a presionar a los imperiales. En esas circunstancias, en la batalla de Pavía, el rey de Francia fue hecho prisionero y llevado a Madrid, donde se lo retuvo hasta que firmó un tratado desastroso para su patria, pues reconocía el derecho español a la Borgoña y cedía los suyos a Flandes, Artois, Nápoles y Milán (1526).

Las guerras se sucedieron con sólo breves interrupciones. Vuelto a Francia, Francisco I buscó aliados, y si el emperador anuló la posible acción del papa entrando a saco en Roma (1527), Francisco I logró que las fuerzas otomanas amenazaran la capital del imperio por la retaguardia; ante este riesgo, Carlos V cedió y se avino a firmar un tratado por el que renunciaba a la Borgoña (1529). Dos veces más, desde 1536 hasta 1538 y desde 1544 hasta 1546, volvieron a combatir las fuerzas rivales con éxito variado pero nunca concluyente. Y cuando murió Francisco I, en 1547, su hijo Enrique II debió continuar la guerra contra el enemigo de su padre, aliándose esta vez a los príncipes protestantes que lo combatían en Alemania. De este modo, Carlos se vio complicado en una guerra civil y extranjera a un tiempo, y comenzó a perder terreno, hasta el punto de ser derrotado gravemente frente a la ciudad de Metz, en 1553.

Poco después, Carlos V resolvió abdicar y dividió sus estados. Su hijo Felipe recibió el trono de España, Italia y los Países Bajos, con los territorios americanos anexos a la corona de Castilla. En cuanto a las posesiones tradicionales de los Habsburgo, fueron transferidas a su hermano Fernando, en quien recayó también la corona imperial en 1556.

La abdicación de Carlos V resolvió, en cierto modo, el problema que planteaba a los demás estados su indiscutible hegemonía, aun cuando la solidaridad de las dos ramas de la casa de Austria volviera a ponerse de manifiesto en otras ocasiones. Pero todo parecía revelar que un imperio tan vasto era ya en Europa una quimera irrealizable.

LA EUROPA AJENA A CARLOS V

Francisco I, el rival de Carlos V, gobernó a Francia en una época de cierto esplendor. Ya estaba lejos el tiempo de las guerras civiles, y el rey se manifestaba como un espíritu abierto y generoso. A él se debió el desarrollo en Francia del movimiento renacentista; a él la llegada a Francia de algunas figuras ilustres de Italia; a él la implantación de nuevas instituciones para el cultivo de las nuevas corrientes humanísticas.

En Inglaterra, el rey Enrique VIII (1509-1547) trataba de sortear las dificultades que le planteaba el conflicto entre las dos grandes potencias del continente. Por razones de familia estuvo cerca del imperio hasta 1527, porque, en efecto, estaba casado con una tía de Carlos V, Catalina de Aragón; pero en ese año decidió divorciarse, y a este deseo siguió su cambio de actitud frente al papado, que condujo a la reforma anglicana, y su cambio de actitud frente al emperador, a quien se opuso desde ese mismo año. Absolutista y muy personal en el manejo de los negocios públicos, Enrique VIII fijó el tipo de autoridad propio de los Tudores, en el que se destacaría luego su hija Isabel.

Finalmente, sobre la frontera oriental del imperio cristiano, se levantaba otro imperio musulmán; el de los turcos otomanos, a cuya cabeza estaba por entonces uno de los sultanes más notables que tuviera: Solimán el Magnífico, que reinó desde 1520 hasta 1566. Fijado en sus fronteras, el imperio otomano se había afianzado y se sentía ahora en condiciones de reiniciar la ejecución de su nunca abandonado proyecto de marchar sobre el centro de Europa; así, al requerimiento de Francisco I, no vaciló en lanzarse contra Hungría y poner sitio a Viena.

Fracasó en esta última empresa, pero no por eso fue menos evidente que constituía un peligro terrible para la Europa cristiana, a la que, además, proporcionaba un modelo de organización política: la autocracia, que no dejó de tentar a algunos monarcas.

LA ÉPOCA DE CARLOS V

Acaso a manera de resumen sea útil recordar que por esta época, mientras combatían sin tregua las casas de Austria y de Francia, se desarrollaron los episodios más notables de la Reforma y se produjeron las obras más notables del Renacimiento. De León X, el que protegió a los artistas que decoraban la Capilla Sixtina y excomulgó a Lutero, así como también de Julio II, el que dirigió la liga contra los franceses, poseemos magníficos retratos pintados por Rafael. Tiziano pintó a Carlos V, Juan Clouet a Francisco I, y Hans Holbein a Enrique VIII. Discípulos y amigos de Erasmo eran consejeros en la corte del emperador y del rey de Inglaterra. Pero lo que no debe olvidarse es que, mientras todas estas cosas ocurrían, Hernán Cortés conquistaba México y Francisco Pizarro se apoderaba del Perú. Otras muchas expediciones recorrían diversos lugares del nuevo continente, y se echaban las bases de nuevas poblaciones. América comenzaba a ser una realidad, y, por el momento, modificaba las condiciones económicas de Europa volcando en ella sus inmensas riquezas. Más tarde, y sin interrupción, se advertirán otras formas de contacto entre el nuevo y el viejo mundo, cuyo despertar corresponde, exactamente, a la época de Carlos V.


La época de Felipe II

Así como la primera mitad del siglo XVI corresponde a la época de hegemonía de Carlos V, la segunda mitad es aproximadamente la de su hijo Felipe II, que lo sucedió en muchos de sus estados sin que le correspondiera, en cambio, la corona imperial. También él se empeñó en defender sus estados y sus principios políticos y religiosos frente a todo el resto de Europa. Y sin abandonar la tradicional lucha con Francia, se enfrentó con Inglaterra y con el imperio otomano, con Portugal y los Países Bajos, mientras sus avanzadas de aventureros seguían conquistando palmo a palmo la tierra americana. Su obsesión fue contener la disolución del catolicismo, y puso todo el peso de su poder en favor de la Contrarreforma. Así resultó que no pudo desarrollarse abiertamente en sus estados el pensamiento libre, precisamente en la época en que comenzaba a adquirir vuelo en otras partes de Europa.

LOS ESTADOS IMPERIALES

Tras la abdicación de Carlos V, los estados que la familia de los Habsburgo poseía en Alemania pasaron a manos de su hermano Fernando I. En éste recayó luego la corona imperial, en época en que —de acuerdo con la paz de Augsburgo—, cada principe era libre de imponer en su propia comarca la religión que él prefiriera. Su gobierno fue prudente, pero ni él ni sus sucesores —Maximiliano II y Rodolfo II— pudieron hacer nada para contribuir a fundir a Alemania en una unidad. Ahora no sólo la minaba, como antes, la rivalidad de los príncipes y el interés de todos en limitar la autoridad del emperador, sino también las luchas religiosas. Todo hacía suponer que, pasada la fatiga que condujo a la paz de Augsburgo, volverían a desencadenarse los conflictos.

ESPAÑA BAJO FELIPE II

Felipe II consideró que el centro de sus estados era España, y en ella estableció la sede de su gobierno. Ella fue también el centro de su política y de su acción respecto a los grandes problemas internacionales. Hombre severo y reconcentrado, preocupado de manera fundamental por los problemas religiosos, dirigió los asuntos de estado de manera personal, y no quiso conceder su confianza sino en contadas ocasiones.

Una de las personas que la mereció, su secretario Antonio Pérez, fue causa de un grave conflicto de importantes consecuencias. Implicado en un delito —o acaso injustamente acusado—, fue puesto en prisión y pudo escapar luego refugiándose en Aragón, bajo la protección de los privilegios que conservaba esa región. Pero Felipe II no vaciló en obrar violentamente. Entró en Aragón —de donde escapó Antonio Pérez— y cobró allí la deuda con los insurgentes, a quienes castigó con crueldad y despojó luego de los fueros tradicionales. Este episodio —como el de los comuneros de Castilla— contribuyó a realizar la unificación política de España.

Desde el palacio del Escorial, que él mandó construir, Felipe II vigilaba celosamente la difusión del protestantismo y la secreta resistencia de los conversos a abandonar definitivamente sus antiguos cultos. Felipe II prestó su apoyo más decidido a la Contrarreforma para impedir que en sus estados se propagaran las religiones reformadas y tomó diversas medidas para evitar que sus súbditos recibieran el influjo de las ideas que por entonces circulaban por casi toda Europa. Así, por ejemplo, les vedó que fueran a estudiar a universidades extranjeras y encomendó a la Inquisición que vigilara el desarrollo de la vida intelectual del reino. Respecto a los moriscos, Felipe II se decidió a someterlos de una vez y desde entonces no quedó rastro alguno de disidencia religiosa que fuera tolerada.

FELIPE II Y EUROPA

Heredero de la tradición de su padre, Felipe II continuó la guerra contra Francia, a cuyo rey, Enrique II, derrotó en 1557 en la batalla de San Quintín; sin embargo, los franceses pudieron reaccionar y lograron algunas ventajas tras las cuales Felipe II se avino a firmar un tratado no demasiado desventajoso para ellos. Por la paz de Cateau-Cambresis, España y Francia llegaron a un entendimiento bastante duradero, que puso fin a una guerra que llevaba medio siglo.

Sin embargo, la época que comenzó por entonces no fue de paz para Francia, porque a la guerra exterior siguió un estado de guerra civil casi constante, motivada por razones religiosas. El calvinismo había cundido en Francia entre ciertas capas sociales poderosas, y las rivalidades de los grupos nobles se enconaron al complicarse con las divisiones religiosas. La lucha se hizo más aguda a partir de 1560, cuando subió al poder Carlos IX; la más poderosa influencia del reino era por entonces la reina madre —Catalina de Médicis—, y a su alrededor se movían las del almirante Coligny, jefe del partido hugonote o protestante, y la del duque de Guisa, jefe del partido católico; todavía podían advertirse tras ellas las influencias de Felipe II y de Isabel de Inglaterra, apoyando cada uno de ellos a católicos y protestantes.

Este complicado juego de fuerzas se fue resolviendo hasta presentarse como las de dos grupos irreductiblemente hostiles. En 1562 hubo una matanza de hugonotes en Vassy, a la que siguió una guerra civil continuada hasta 1570; se hizo entonces una tregua, de la que resultó un ascenso de los jefes protestantes a ciertas posiciones destacadas; y por esta causa, los celos del grupo católico, estimulado por Catalina de Médicis, desencadenaron la matanza de la noche de San Bartolomé (1572). El episodio fue nuevo punto de partida para intensas luchas civiles que duraron casi hasta fines del siglo XVI; en 1589 subió al trono Enrique de Navarra —Enrique IV— que era de origen protestante, y aunque tuvo que arrostrar la resistencia de los católicos más intransigentes apoyados por Felipe II, concluyó al fin por imponerse luego de haberse convertido al catolicismo en vísperas de su entrada en París. En 1598 dictó el rey el famoso edicto de tolerancia, dado en Nantes, por el que establecía la tolerancia religiosa y separaba el problema religioso de las cuestiones de estado.

También fue un conflicto civil, en cierto modo, el que tuvo que afrontar Felipe II en los Países Bajos por razones religiosas. Habíase difundido allí intensamente el protestantismo y Felipe II encomendó a la Inquisición que lo reprimiera. Pero a la represión siguió el levantamiento, que exigió la mano dura del duque de Alba para ser contenido; sus tropas ocuparon las ciudades y estableciéronse severísimos tribunales para juzgar a los rebeldes; pero ni aun así se puso fin a la contienda; antes bien, la insurrección se hizo general y la encabezó el príncipe Guillermo el Taciturno, el cual, con la ayuda de Inglaterra, pudo declarar la independencia de España y continuar la lucha hasta conseguir su objetivo. Sólo Flandes, donde predominaban los católicos, abandonó la resistencia y se mantuvo al lado de España.

Entre tanto, Felipe II tuvo que sostener duras guerras exteriores con el Imperio otomano, con Inglaterra y con Portugal.

Los turcos, que habían operado contra Carlos V en unión de Francia, parecían llegados a su máximo poder en época de Solimán el Magnífico (1520-1566). Su acción se hacía sentir sobre todo en el Mediterráneo, y por tal razón Felipe llegó a un acuerdo con Venecia para enfrentarlos decididamente. El resultado de ese acuerdo fue una campaña naval que culminó en la batalla de Lepanto (1571). Mandaba la flota española don Juan de Austria, y servía en una de las naves Miguel de Cervantes Saavedra, el autor del Quijote. La victoria española puso un freno a la expansión marítima de los turcos.

En Inglaterra, la reina Isabel había subido al trono en 1558, y desde entonces habían cobrado apoyo decidido los protestantes de dentro y fuera del reino. Por su intervención indirecta en la rebelión de los Países Bajos, la reina Isabel se atrajo el odio del rey de España, el cual, a su vez, no vaciló en apoyar a la pretendiente católica a la corona, María Estuardo. Esta lucha se puso de manifiesto cuando los corsarios ingleses, con el beneplácito de la reina, comenzaron a interponerse en las rutas de las naves españolas que venían de América para apoderarse de las riquezas que transportaban. Felipe II decidió acabar de una vez con aquella situación y preparó una formidable escuadra que transportaría un ejército de invasión. Pero la fortuna no le fue favorable; una tempestad dispersó los barcos, hundió muchos de ellos y malogró la operación, mientras las naves inglesas completaban la obra atacando una a una a las de los enemigos (1587).

De esta lucha, España salió disminuida en su prestigio e Inglaterra, en cambio, fortalecida. Con el apoyo del conde de Essex, de Francisco Drake, de Walter Raleigh, la reina Isabel iba afirmando la posición de su país en los mares, y lograba al mismo tiempo ordenar su gobierno absolutista sobre sólidas bases. A ella se debió la organización definitiva de la religión anglicana, fundada por su padre Enrique VIII, en la que mantuvo el ritual católico, pero prefiriendo el sistema dogmático ideado por Calvino. Su época fue también la más brillante desde el punto de vista de la cultura, pues por entonces floreció Shakespeare.

Con respecto a Portugal, Felipe II sustentaba la idea de que era imprescindible su anexión para completar la unidad de España, cuyo proceso iniciaron los Reyes Católicos. La ocasión pareció favorable en 1578, cuando murió el rey don Sebastián. Felipe pretendió que se reconocieran los derechos que aducía por ser hijo de Isabel de Portugal; pero al ver que los portugueses pretendían llevar al trono a otro pretendiente, decidió invadir el país y pudo completar la operación rápidamente (1580). Desde entonces, y durante sesenta años, la Península Ibérica formó un solo cuerpo político.

LAS PROYECCIONES DE LA CONQUISTA AMERICANA

La época de Felipe II es la que recoge el primer saldo desfavorable de la conquista de América. Durante algunos años, la llegada de grandes cantidades de oro y plata había producido a los españoles la ilusión de que entraban en una era de indefinido enriquecimiento. Pero el oro y la plata de América no paró en España, que carecía de manufacturas, y corrió hacia Flandes, Alemania, Inglaterra y Francia para pagar las importaciones. Las consecuencias fueron visibles en España, y luego en toda Europa. Subieron los salarios, se produjo un encarecimiento general de la vida, y hasta el propio fisco español llegó a carecer totalmente de dinero. Este fenómeno tuvo importantes consecuencias en la vida social española. Hubo descensos de clase, empobrecimientos repentinos, y no hubo, en cambio, un movimiento destinado a provocar un florecimiento de la economía nacional. Así se preparó la declinación de España como potencia de primera clase, declinación que había de advertirse ya con el primer sucesor de Felipe II. Acaso este sentimiento de la perdida grandeza es el que inspira las páginas de Don Quijote de la Mancha, que Cervantes escribía por entonces.


La guerra de los Treinta Años

En los albores del siglo XVII, un largo conflicto arrastró a las principales potencias europeas y provocó una mutación fundamental en sus relaciones recíprocas: a la hegemonía española, reconocida durante el siglo XVI, sucedió la hegemonía francesa, que perdurará durante todo el siglo XVII.

EL IMPERIO ALEMÁN A PRINCIPIOS DEL SIGLO XVII

El rasgo distintivo de la política del siglo XVI parecía ser la autocracia. España, Francia, Inglaterra marchaban lenta pero firmemente hacia un tipo de autoridad cada vez más absoluto, y con ello lograban una más ajustada concurrencia de todas las fuerzas de la nación hacia sus principales objetivos políticos. Todo hacía suponer que, sin unificación nacional y sin autoridad absoluta, era imposible entrar en la competencia por el predominio europeo.

Este punto de vista era particularmente grave en el caso del imperio. Desde la Edad Media, su característica era el estar constituido por un conjunto de estados casi autónomos, sobre cuyos príncipes ejercía el emperador una autoridad harto restringida. En las postrimerías del siglo xv, Maximiliano de Austria había logrado reforzar su posición, y Carlos V hubiera podido concluir su obra a no mediar el desencadenamiento de las guerras religiosas, que minaron su poder y dividieron el cuerpo mismo del imperio. Esa situación no pudieron corregirla los emperadores que le siguieron, cuya aspiración fue, sobre todo, poner coto a las guerras civiles y establecer un orden en los problemas religiosos, sobre la base aceptada tras la paz de Augsburgo, esto es, que la religión del príncipe debía ser considerada la de los súbditos.

A principios del siglo XVII, las pasiones se habían calmado. Empero, las posibilidades del imperio como potencia internacional parecían depender de una más estrecha unidad de sus estados y de una autoridad más absoluta por parte del emperador. Para asegurarlas y tornarlas en realidades, el emperador Fernando II, elegido en 1619, resolvió hacer la unidad sobre la base de la religión católica y de la obediencia a su autoridad absoluta. La guerra no se hizo esperar en Alemania, y en ella se complicó luego media Europa.

Antes de ser elegido emperador, Fernando II heredó Bohemia, un estado de población eslava que había manifestado desde la Edad Media una acentuada inquietud religiosa. Para proseguir su tarea de unificación católica que había comenzado en Estiria, Fernando comenzó a perseguir a los protestantes, que eran muy fuertes en Bohemia. En 1618, dispuso prohibir las reuniones religiosas, y los protestantes respondieron a ese decreto sublevándose y arrojando por la ventana de la fortaleza de la capital a los funcionarios reales: fue ésta la llamada “defenestración de Praga”. Poco después, los sublevados declararon depuesto del trono a Fernando y eligieron rey al elector del Palatinado, Federico V, un príncipe calvinista yerno del rey de Inglaterra y nieto de Guillermo el Taciturno de Holanda. Todo hacía esperar que Federico renovara el espectáculo de la resistencia protestante frente a la Contrarreforma; pero Federico V no supo mantener las posiciones conquistadas y poco después, en 1620, se dejó derrotar por Fernando II, que acababa de ser elegido emperador y volcó en la lucha no sólo sus fuerzas católicas sino también las luteranas del elector de Sajonia.

La represión fue enérgica; pero como no abarcó solamente la Bohemia, el conflicto se generalizó, porque el emperador despojó a Federico del Palatinado —que era el centro del calvinismo alemán— y lo entregó a Maximiliano de Baviera, jefe de la Liga católica. Entonces los protestantes se sintieron seriamente amenazados y pidieron ayuda a Cristián de Dinamarca.

LA INTERVENCIÓN DANESA

Dinamarca era uno de los estados que aspiraban, tras la declinación del Hansa Germánica, a ejercer el predominio sobre el mar Báltico. Como además tenía pretensiones a ciertos dominios del norte de Alemania, Cristián IV no vaciló en erigirse en protector de los protestantes alemanes, y levantó un ejército con el cual se dirigió contra el emperador. Éste había constituido un ejército propio que le permitiera prescindir de Maximiliano de Baviera, y lo había puesto a las órdenes de un condotiero bohemio llamado Wallenstein. El encuentro de las dos fuerzas se produjo en agosto de 1626, y Cristián IV resultó derrotado.

Seguro de sí mismo, Fernando II quiso aprovechar esta victoria en todas sus posibilidades. Obligó a los daneses a firmar un tratado en Lübeck por el que aceptaban no volver a tomar participación en el pleito alemán, y resolvió ordenar que se entregaran al imperio las tierras de origen eclesiástico que los príncipes retenían en su poder desde la época de la secularización de los bienes de la Iglesia propugnada por Lutero; estas tierras comenzaron a ser entregadas a sus antiguos propietarios —católicos todos ellos—, y fue otra vez el enérgico e inescrupuloso Wallenstein quien se ocupó de que las órdenes fueran cumplidas. La reacción de los príncipes alemanes no se hizo esperar, y en ella se confundieron luteranos y católicos, apoyados por el propio Maximiliano de Baviera, celoso de la influencia del jefe bohemio. Pidieron que Wallenstein abandonara sus funciones, y lo obtuvieron, pero en la negociación se advirtió el comienzo de un conflicto entre los príncipes alemanes y el emperador austríaco, conflicto que aprovecharía prontamente Francia para intervenir indirectamente, estimulando al rey de Suecia para que entrara en Alemania en defensa de los protestantes. Es así como se iban entretejiendo las fuerzas que compondrían la tramazón bélica de la guerra de los Treinta Años.

También Suecia tenía interés en asegurarse el predominio del mar Báltico, y con tal fin había luchado en los últimos tiempos con Rusia, Dinamarca y Polonia. En estas guerras se había distinguido Gustavo Adolfo, rey desde 1611, y organizador de uno de los mejores ejércitos de Europa.

Si como rey de Suecia Gustavo Adolfo deseaba adquirir una posición firme sobre las costas, como protestante acariciaba la ilusión de abatir a los católicos. Ahora bien, esta ilusión coincidía con sus designios políticos en la medida en que los proyectos de unificación de Fernando II constituían una amenaza para todos los estados bálticos, que veían con temor la constitución de un poderoso imperio alemán.

Conociendo este estado de espíritu, el cardenal Richelieu, primer ministro francés, comprendió que el rey Gustavo Adolfo era el hombre indicado para hacer frente a una situación que interesaba a Francia, pero en la que le era difícil intervenir por tratarse, en el caso de Alemania, de un monarca católico en lucha contra príncipes protestantes. Mediante un tratado que se negoció en 1631, Francia aseguró al rey de Suecia los medios económicos necesarios para una campaña contra el emperador, en tanto que Gustavo Adolfo ponía a contribución su formidable ejército.

En 1630 Gustavo Adolfo invadió Alemania y realizó, en el curso del año siguiente, una campaña brillante y eficaz, que concluyó con la ocupación de Munich, capital de Baviera. Pero su éxito no debía ser duradero. Los católicos, a pesar de entenderse secretamente con Richelieu por temor a las desmedidas ambiciones del emperador, no consiguieron mantener buenas relaciones con Gustavo Adolfo y hubo conflictos en Baviera. Por otra parte, Wallenstein había vuelto a actuar otra vez, ahora al frente de un ejército poderosísimo con el que le fue posible derrotar a Gustavo Adolfo en Nuremberg. El rey sueco pudo tomar venganza en la batalla de Lützen, en la que sus tropas resultaron triunfantes, pero Gustavo Adolfo halló la muerte en el combate (1632), y las operaciones prosiguieron, conducidas por sus mariscales. Frente a ellos, Wallenstein se mantuvo inexplicablemente inmóvil, a pesar del avance con que amenazaban a Viena. Entonces el emperador y sus aliados reaccionaron vivamente, y, al tiempo que eliminaban a Wallenstein sospechado de traición, vencían a los protestantes en Nördlingen (1634). Al año siguiente se firmaba una paz en Praga, de acuerdo con la cual los suecos quedaban excluidos de Alemania y quedaba afirmada la autoridad imperial. Esta vez, Richelieu se decidió a obrar por sí mismo.

RICHELIEU

El cardenal Richelieu había llegado a ser ministro de Luis XIII de Francia tras una breve lucha cortesana durante la época de la regencia de María de Médicis. A la muerte de Enrique IV (1610), la situación del reino era bastante intranquila porque, a pesar de los esfuerzos del monarca y de su ministro Sully, las luchas religiosas habían dejado un rescoldo que amenazaba reavivar el fuego en cualquier momento. Se sucedieron los ministros de la regencia, pero ninguno pudo afrontar la grave situación con energía hasta que, en 1624, entró a formar parte del consejo del rey el cardenal Richelieu, cuya política debía dirigirse a afirmar por sobre todo la autoridad real siguiendo tres caminos concurrentes: sometimiento de la nobleza, desarme de los protestantes y afianzamiento de la posición internacional de Francia.

Esta labor fue cumplida metódica e implacablemente por Richelieu, que gobernó dictatorialmente hasta 1642. Con la nobleza fue inexorable, y no vaciló en condenar a muerte a los hombres más encumbrados de sus filas para hacer respetar las medidas tomadas en nombre del rey: así pereció, por ejemplo, el duque de Montmorency. Respecto a los protestantes —o hugonotes, como se les llamaba— no fue menos enérgico. Los combatió como partido y decidió arrebatarles las cien plazas fuertes que le habían sido concedidas por el edicto de Nantes que dictara Enrique IV. Para ello tuvo que decidirse a afrontar una guerra, en la que los protestantes contaron con el auxilio de Inglaterra, pero en la que no pudieron sobreponerse a la resuelta acción del ministro. Tomada La Rochela, los protestantes quedaron indefensos y su situación fue reglada por la gracia de Alais (1629), por la que se les reconocía libertad de culto, pero se les negaba todo derecho a organizarse como partido.

El punto más delicado de su política debía ser el que se relacionaba con la situación internacional de Francia. No sin temor, Richelieu observaba cómo parecían cumplirse los designios de Fernando II de Austria, destruyendo los obstáculos que se le oponían. Si, en efecto, llegaba a triunfar, Francia tendría al este una potencia unida y de extraordinario poder, en condiciones, por otra parte, de aliarse con España, gobernada por otra rama de los Habsburgo. El peligro era inminente, y Richelieu, pese a su condición de cardenal de la Iglesia católica, no vaciló en apoyar a los príncipes y reyes protestantes que pudieran contribuir a frustrar las ambiciones del emperador. Pero cuando cayó Gustavo Adolfo en la batalla de Lützen y los protestantes resultaron vencidos en Nórdlingen, Richelieu comprendió que era necesario echar en la balanza todos sus recursos para decidir en su favor la cuestión de la hegemonía europea.

LA INTERVENCIÓN FRANCESA EN LA GUERRA

Richelieu abrió contra el emperador una vasta campaña diplomática y consiguió la alianza de varias potencias: Suecia, los príncipes protestantes, Holanda, y otras de menor significación contribuyeron a formar una fuerza con la cual afrontó el problema en toda su magnitud. En efecto, Richelieu declaró la guerra a Austria y a España en 1635 y llevó sus fuerzas a los dos frentes.

La guerra fue larga y costosa. Las tropas españolas comenzaron invadiendo Francia, pero fueron contenidas y finalmente debieron ceder a las de Richelieu la posesión de Artois y del paso del Rosellón. En el campo de batalla de Rocroi, el duque de Enghien obtuvo una victoria formidable en 1643, con la que complementaba el triunfo naval de los holandeses en Las Dunas (1639). Y en 1648, tanto la victoria francesa en Lens como el peligro en que pareció hallarse Viena, decidieron al emperador a pedir la paz, dejando a España sola en el conflicto.

El objetivo militar más importante de Richelieu había sido conseguido, y si Richelieu había desaparecido, estaba ahora en su lugar, para negociar una paz que recogiera los frutos de la victoria un hombre en nada inferior a él en cuanto a aptitudes diplomáticas: Mazarino. A él le correspondió negociar los tratados de Westfalia y luego la paz de los Pirineos con España.

MAZARINO

Mazarino había sido señalado como su sucesor por el propio Richelieu, que conocía su capacidad y lo sabía dispuesto a continuar la política que él había iniciado. No tenía Mazarino, ciertamente, la áspera energía de su antecesor, pero la suplía con una extraordinaria habilidad que hacía de él un político sutil y un consumado diplomático. La época en que le tocó actuar fue extremadamente difícil. A la muerte de Richelieu (1642) siguió la del rey Luis XIII (1643), y Mazarino tuvo que actuar durante la menor edad de Luis XIV, bajo la regencia de la reina Ana de Austria. Esta circunstancia pareció favorable a la nobleza para intentar la reconquista de las posiciones perdidas, y organizó un movimiento —que recibió el nombre de Fronda— gracias al cual logró imponerse en cierta oportunidad. Mazarino fue uno de los objetos de la persecución de la nobleza; pero el hábil cardenal logró sortear todas las dificultades y, aunque con intervalos, continuó en la dirección de la política francesa hasta su muerte.

Los frutos más brillantes de su acción fueron los pactos que negoció al fin de las guerras con los Habsburgo. En 1648 firmó los tratados de Westfalia, por los cuales se mantenía la organización tradicional de Alemania, y, con el pretexto de garantizar la libertad de los príncipes contra el emperador, las potencias vencedoras aseguraban un régimen de desunión en el país vencido: así se organizó un sistema político que se conoció con el nombre de “equilibrio europeo”. Entre tanto, continuó la guerra entre Francia y España; pero al cabo de once años, y tras algunos triunfos franceses, Mazarino pudo imponer a España el tratado de los Pirineos, por el que obtenía el Rosellón y Artois (1659). De este modo, quedaba consagrada la hegemonía de Francia en Europa.


La época de Luis XIV

La política de Richelieu y Mazarino triunfó definitivamente con Luis XIV, que supo llevar personalmente hasta sus últimas consecuencias los puntos de vista que habían defendido los dos grandes ministros de la monarquía en época de sus antecesores. Los principios de la monarquía absoluta quedaron sólidamente establecidos, la unidad religiosa del reino firmemente afianzada, y la posición internacional de Francia alcanzó un nivel tal que no admitía comparación con la de ninguna otra potencia. En efecto, no hubo problema europeo que no girara dentro de la órbita de Luis XIV, a quien se llamó el “Rey Sol” y cuya corte fue el centro de la vida europea.

LA POLÍTICA INTERIOR DE LUIS XIV

Luis XIV mantuvo al cardenal Mazarino en su cargo hasta su muerte, que se produjo en 1661. Pero a partir de ese momento no confió a nadie la dirección de los negocios públicos, y trabajó él personalmente a la cabeza de la administración. Contó, eso sí, con eficaces secretarios, que él eligió entre los hombres que consideró más capaces en sus respectivas funciones, cuidando de que no tuvieran otra significación que la que él quisiera otorgarles. La figura más destacada entre sus colaboradores fue Colbert, a quien encomendó los asuntos económicos. Colbert, de origen burgués, transformó el régimen impositivo haciéndolo más eficaz y, sobre todo, procuró por todos los medios estimular la industria y el comercio, mediante la formación de compañías por acciones para la producción y el intercambio. A su lado, Louvois se encargó de dirigir las actividades militares y Vauban puso al servicio de los planes bélicos sus extraordinarias dotes de ingeniero. Pero todos recibían las directivas y la aprobación del propio rey, que no era ajeno a la solución de ningún problema fundamental del reino.

A la centralización política y administrativa, correspondió una actitud enérgica respecto a la nobleza y a los protestantes. La nobleza había ensombrecido la niñez del rey con sus sublevaciones en la época de la Fronda, debido a las cuales había tenido que escapar de París. Luis XIV se propuso dominarla y someterla, y realizó sus designios cautelosamente pero con firmeza. En general, no usó la violencia. Su método consistió, más bien, en arrancarlos de sus posesiones para impedir que ejercieran en ellas una autoridad que resultaba inevitable debido al prestigio tradicional de las viejas familias en sus respectivas comarcas. Al crear la corte de Versalles, tuvo como principal intención transformar a la nobleza feudal en una nobleza cortesana, que todo lo esperara del rey y que no se moviera sino a su sombra. Otorgó pensiones y dignidades, pero sólo a condición de que estuvieran a su alrededor y se mostraran obsecuentes. De ese modo, eliminó el problema de los nobles rebeldes, al mismo tiempo que minaba sus posibilidades con hábiles medidas económicas y administrativas.

En cuanto a los protestantes, no se contentó con la situación en que los había puesto la gracia de Alais. Bajo la influencia de su esposa morganática, la señora de Maintenon, revocó el edicto de Nantes y suprimió la libertad de conciencia, no sin antes haber tomado diversas medidas para obstaculizar los cultos reformados. Debido a esta política, abandonaron el país crecido número de personas distinguidas, que hallaron refugio en otros países en donde predominaba su religión.

LA VIDA SOCIAL Y LA CULTURA

Las necesidades de una administración centralizada, que debía hacer frente, además, a los ingentes gastos provocados por la guerra, obligaron a Luis XIV a imponer a la burguesía urbana y rural importantes gravámenes. Esta circunstancia le proporcionó cierta antipatía entre esas clases, sobre todo debido al destino que se daba a grandes sumas de lo recaudado. En efecto, uno de los renglones más importantes de los gastos del monarca era el mantenimiento de la suntuosa corte de Versalles y otro no menor, el pago de pensiones a muchos miembros de la nobleza.

Ya han sido señalados los móviles políticos que, en el fondo, tenían estas medidas. Luis XIV extremó el boato y la suntuosidad de su corte no sólo porque efectivamente satisfacía de ese modo su inmenso orgullo, sino también porque trataba de exaltar la dignidad real más allá de toda comparación. A su alrededor se congregaron los nobles designados para las mil menudas labores de palacio, y los que, simplemente, querían estar atentos a la primera ocasión que se les ofreciera para aparecer cerca del omnipotente monarca. Y en las magníficas fiestas, el rey podía sentirse orgulloso de ver en torno de él los miembros de las más altas familias, antes inclinadas a la sedición y ahora sumisas a la voluntad de su señor.

Para alojar su corte, Luis XIV mandó construir el palacio de Versalles que, por su elegancia y su belleza, constituye una obra maestra de la arquitectura. Rodeado por vastos y deliciosos jardines, el palacio tenía numerosos departamentos privados y vastos salones entre los cuales descuella por su lujo el llamado “de los espejos”. Abundaban en él las ricas porcelanas, las vajillas preciosas y las obras de arte de todo género, porque Luis XIV puso a contribución a todo el país para perfeccionar el palacio, en el que no veía solamente la residencia del rey sino también el adecuado marco de la autoridad omnímoda de la nación.

fue su época rica en figuras ilustres, tanto que lo que se llama “el siglo de Luis XIV” es sin disputa el más grande de la historia de la cultura francesa. Corneille, Racine y Molière en el teatro; Descartes y Pascal en la filosofía; Bossuet en la historia; La Fontaine en la poesía; Le Brun y Lorrain en la pintura, son testimonios del nivel que alcanzaron por entonces el pensamiento, las letras y las artes en Francia.

LA POLÍTICA EXTERIOR DE LUIS XIV

La política de Luis XIV con respecto a Europa estuvo dirigida por el principio de que Francia debía alcanzar sus fronteras naturales, entendiéndose por tales el Rin y los Alpes. Si afirmó sus derechos a intervenir en los asuntos españoles, fue para tratar de conseguir algunos de esos territorios; pero mientras llegaba el momento de la muerte del rey Carlos II de España, se apresuró a apoderarse de Flandes sosteniendo que le pertenecía (1667). Quiso luego apoderarse de Holanda, e invadió el país en 1672; pero los holandeses resistieron encabezados por Guillermo de Orange, provocando sin vacilar la inundación del territorio antes que consentir en su ocupación. Holanda fue desde entonces el punto de reunión y la base continental de operaciones de los enemigos de Luis XIV, especialmente Inglaterra. Ésta no intervino sino más tarde. Pero entre tanto, se desencadenó una guerra en 1673, porque España y el Imperio ayudaron a Holanda durante varios años, aunque con escaso resultado, hasta el punto de que tuvieron que aceptar la paz de Nimega, que les impuso Luis XIV en condiciones desventajosas (1678). La situación se tornaba grave por el ascendiente que Francia había alcanzado. Es entonces cuando Inglaterra se decidió a intervenir (1688), precisamente cuando ocupó su trono el mismo Guillermo de Orange que antes había defendido a Holanda como estatúder de ese país. La nueva guerra duró hasta 1697 y concluyó con la paz de Ryswick, por la cual se ponía coto al expansionismo francés.

En ese momento se abría la perspectiva inminente de una nueva lucha, motivada por la vacancia del trono de España que se esperaba de un momento a otro. Francia, el Imperio e Inglaterra se preparaban para ella, y la paz de Ryswick no fue en realidad sino una tregua.

ESPAÑA EN LA ÉPOCA DE LOS ÚLTIMOS AUSTRIAS

Todo el período de ascenso internacional de Francia había correspondido a un período de descenso en España. A la muerte de Felipe II le sucedió su hijo Felipe III, y a éste Felipe IV. Ambos reinados se caracterizaron por el abandono que hicieron de sus deberes los dos monarcas, confiando las riendas del poder a ministros omnipotentes o a camarillas que se enriquecieron envileciendo la vida pública. El duque de Lerma en época de Felipe III y el conde-duque de Olivares en la de Felipe IV fueron en verdad los que gobernaron el país; y si no pudieron sobreponerse a la corrupción general que se advertía en el reino, tampoco pudieron evitar la declinación que amenazaba al prestigio internacional de España. Olivares fue quien tuvo que consentir en la firma del tratado de los Pirineos con Mazarino, después de haber estimulado a los nobles franceses contra él en un esfuerzo desesperado por contener la marcha de Francia hacia su hegemonía.

Con todo, España no había apurado las heces de su desgracia. A Felipe IV le sucedió su hijo Carlos II (1665), que por su enfermedad congénita era absolutamente incapaz para ejercer el gobierno y no debía dejar descendencia. Desde el primer momento, Carlos II —a quien llamaron “el hechizado”— fue prisionero de diversas camarillas de cortesanos que gobernaban en su nombre y, sobre todo, en su propio palacio. Las colonias de América no producían ya las riquezas que habían proporcionado a España en el siglo anterior, y, por el contrario, exigían a la metrópoli un esfuerzo económico y humano muy considerable. Y como su muerte pareció inminente —a pesar de que reinó treinta y cinco años— las principales potencias europeas tejieron alrededor de la corte de Madrid una apretada red de intrigas para sacar ventajas de la situación.

Esta época, sin embargo, es una de las más importantes en la historia de la cultura española. Los nombres más ilustres de las letras y de las artes corresponden a ella. Cervantes alcanzó los tiempos de Felipe III, como Lope de Vega y Tirso de Molina. Durante los reinados de Felipe III y Felipe IV vivieron Pedro Calderón de la Barca; el insigne autor de La vida es sueño y El alcalde de Zalamea, y Francisco de Quevedo y Villegas, a quien se deben magníficas obras en prosa, como el Buscón y la Vida de Marco Bruto, así como también otras poéticas de extraordinario valor; entre estas últimas merecen destacarse aquellas en que censura virilmente el estado de corrupción moral en que vivía España.

Lo más importante es el desarrollo que alcanzaron por entonces las artes plásticas. Ciertamente, no merecía Felipe IV que el pintor de la corte fuera nada menos que Diego Velázquez, que nos ha dejado, entre tantas obras maestras, los retratos del rey y de su privado el conde-duque de Olivares. También corresponden a esta época los pintores Bartolomé Murillo, Francisco Zurbarán y José Ribera, y el escultor Juan Martínez Montañés. Y acaso fuera injusto olvidar a un pensador tan original como Baltasar Gracián, el autor de El criticón.

Bien mirado, son muchos los autores de esta época que advirtieron la declinación moral de España y aun la pérdida de su poderío internacional. Pero, sin duda, más directamente lo percibían los políticos extranjeros, que no vacilaron en tender sus redes para tratar de recoger en alguna medida la cuantiosa herencia que según todos los indicios estaba por quedar vacante.

LA GUERRA POR LA SUCESIÓN DE ESPAÑA

Ya en 1668, Francia y el emperador de Austria trataron de concertar un acuerdo para repartirse las posesiones que dejaría vacante la esperada muerte de Carlos II. Nuevos acuerdos siguieron a éste, según los azares de los conflictos internacionales desencadenados en Europa por Luis XIV, pero ello no fue obstáculo para que, en la corte de Madrid, los embajadores de Francia y del imperio austríaco siguieran tratando de conseguir que el rey testara en beneficio de sus respectivas dinastías. Fue Francia la que, finalmente, obtuvo lo que deseaba, y en 1700 Carlos II instituyó como heredero de todos sus Estados a Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV.

Poco después murió Carlos II y se hizo público el testamento, que todas las potencias, excepto Austria, se mostraron dispuestas a aceptar. Pero era condición expresa de ese documento que Francia no intentara de ningún modo unir los dos reinos, y Luis XIV no se mostró discreto al respecto, sino que insinuó su propósito de enlazarlos en una misma política. La guerra sobrevino entonces, promovida por Inglaterra, que organizó en 1702 una vasta coalición contra Francia.

La guerra duró largos años, y Luis XIV debió apelar a todos sus recursos para defenderse de las tropas enemigas que mandaban jefes tan eficaces como el duque de Marlborough y el príncipe Eugenio de Saboya. Pero Francia contó, a su vez, con otros no menos experimentados, como el mariscal Villars, y pudo hacer frente a la situación. Finalmente, Felipe de Anjou —ya Felipe V de España— logró imponerse en el territorio de su reino a su rival austríaco, el archiduque Carlos, y su autoridad se hizo efectiva. Una circunstancia favoreció a Francia: la muerte del emperador de Austria, por la cual llegaba Carlos al trono imperial y quedaba en situación de reunir en sus manos España y el Imperio. Inglaterra consideró que el objeto de la guerra había desaparecido, y firmó con Francia el tratado de Utrecht (1713), por el que reconocía a Felipe V como rey de España. La guerra siguió, sin embargo, con Austria hasta el año siguiente, en que se le puso fin mediante el tratado de Rastadt. Desde entonces, una dinastía borbónica gobernaría en España, aun cuando quedara pendiente la situación de los dominios españoles en Italia.


La revolución en Inglaterra

Durante el siglo XVII, Inglaterra fue teatro de un proceso político de vastas consecuencias. En 1603 —al morir la reina Isabel— subió al poder la casa escocesa de los Estuardo, quienes quisieron extremar la tradición absolutista de los Tudor. Como para entonces habíanse producido ciertos cambios en la situación del país, el intento promovió una intensa resistencia que culminó en una violenta revolución. De ella debía salir un nuevo régimen político para Inglaterra, que influiría luego sobre los países vecinos.

LOS PRIMEROS ESTUARDOS

El reinado de Isabel habíase prolongado durante casi medio siglo, y en ese tiempo se había afirmado el principio del absolutismo. Pero Isabel conducía los negocios públicos con astuta prudencia, no había suscitado conflictos fundamentales sin tener la seguridad de que podría dominar la situación. Esta virtud faltó a los reyes de la casa escocesa que la sucedieron.

En 1603, en efecto, el trono inglés pasó a manos del rey de Escocia, Jacobo, a quien sucedió a su muerte (1625) su hijo Carlos I. En ambos se vio patente la intención de acentuar el carácter absolutista de su autoridad y limitar la del Parlamento; y si con Jacobo I el problema no adquirió demasiada violencia, no pasó lo mismo con su hijo Carlos.

Intolerancia religiosa, premeditada resistencia frente al Parlamento, impolítica tenacidad en sus propósitos, tales eran los rasgos que puso de manifiesto el nuevo rey, a poco de subir al poder en 1625. Había sido recibido con entusiasmo, esperando que corrigiera los defectos que hicieron odioso a su padre, pero consiguió tornar en decidida resistencia aquella buena disposición originaria de sus súbditos.

Dos principios parecían dirigir su política: la afirmación del absolutismo real y la defensa del anglicanismo como religión única de estado. Para decidirlo a tomar esta decisión acaso contribuyera el ejemplo de la política que, contemporáneamente, seguía el cardenal Richelieu en Francia. Era éste el jefe de la potencia más peligrosa para Inglaterra en ese momento, pero Carlos I no perdía de vista los métodos por los cuales el cardenal ganaba en eficacia y poderío. No contribuyeron menos sus ministros y consejeros: el obispo Laud y el conde de Strafford, fieles ejecutores de su política.

LA REVOLUCIÓN

La primera dificultad que tuvo Carlos I surgió en Escocia, en 1638, y el rey resultó derrotado por un ejército escocés que invadió Inglaterra. Para oponerse a los sublevados, Carlos I convocó al Parlamento a fin de que le proporcionara los medios necesarios, pero, una vez reunido, en 1640, el Parlamento se mostró tan hostil al rey como los mismos escoceses y se opuso categóricamente a la política de la monarquía, llegando hasta a decretar la prisión de los ministros. Una “solemne amonestación” al rey completó la ofensiva.

La respuesta de Carlos no se hizo esperar y ordenó la prisión de los miembros más caracterizados del Parlamento; pero la orden no pudo cumplirse porque tuvieron tiempo para huir y, entre tanto, todo Londres se levantó contra el rey, hasta el punto de verse obligado a abandonar su capital: así comenzó la guerra civil en 1642. Al principio, los caballeros que formaban el ejército real pudieron imponerse, pero poco después las fuerzas del Parlamento encontraron un jefe extraordinariamente capaz en uno de sus miembros, Oliverio Cromwell, con cuyo empuje las tropas de Carlos I fueron derrotadas y él mismo se vio obligado a escapar. Llegado a Escocia, fue hecho prisionero y entregado a sus enemigos ingleses, entre quienes logró sembrar la discordia y separarlos en fracciones antagónicas; algunos miembros del Parlamento se unieron a él contra Cromwell y sus partidarios —de la secta de los independientes—, pero éste apeló a la violencia y los expulsó del Parlamento, consiguiendo que los representantes que quedaron en sus funciones depusieran al rey (1648). La monarquía fue suprimida y se constituyó una república de la cual el Parlamento fue el poder legislativo, y en la que se confiaba la autoridad ejecutiva a un consejo.

CROMWELL

Desde entonces, la autoridad de Cromwell fue la que orientó todos los actos del gobierno. Al año siguiente el rey fue condenado a muerte y se ejecutó la condena sin vacilaciones. Cromwell manifestaba una voluntad férrea, y gracias a ella pudo hacer frente a los distintos problemas con eficacia. Irlanda y Escocia fueron obligadas a seguir su política y Holanda fue llevada a la guerra para asegurar a Inglaterra una situación favorable en el mar.

En 1653, Cromwell apoyándose en el ejército, disolvió el Parlamento y se proclamó “lord protector de Inglaterra”. Desde este cargo procuró reorganizar el sistema político para transformarlo en fiel ejecutor de su voluntad y siguió una política exterior beneficiosa para los intereses económicos de Inglaterra. Pero no logró, en cambio, dar forma definitiva al régimen político instaurado por la revolución, y a su muerte, en 1658, legó su cargo a su hijo Ricardo, que lo abandonó al poco tiempo por propia voluntad. En estas circunstancias, los defensores de los intereses dinásticos de los Estuardo comenzaron a trabajar activamente para devolverles el trono.

LA RESTAURACIÓN

El heredero del trono había vivido durante los años del destierro en el continente y había aprendido mucho. Además, era Carlos II un hombre de clara inteligencia, de modo que pudo acomodarse a la nueva situación, y cuando asumió el poder, en 1660, buscó la manera de conciliar sus inclinaciones —inequívocamente autoritarias— con las tradiciones parlamentarias. En realidad, apenas existió conflicto en este aspecto; pero lo hubo, en cambio, muy pronto, porque Carlos II había estado en contacto con los católicos durante su destierro y había decidido llegar a imponer en Inglaterra una política de libertad en materia religiosa. Cuando este designio se hizo visible, el Parlamento se levantó violentamente y se opuso con energía: ordenó la persecución de los católicos e hizo jurar a los funcionarios su fidelidad al anglicanismo. Extremando las medidas, declaró excluido de la sucesión real al duque de York, hermano del rey, por la sola circunstancia de ser católico. Esto provocó una tensión cada vez mayor entre el rey y el Parlamento, pero tuvo además otra consecuencia más grave, pues dividió la opinión pública entre los partidarios del derecho dinástico y los partidarios de la exclusión del duque de York. A los primeros se les llamó tories y a los segundos whigs.

El sucesor de Carlos II extremó las cosas aun más. Jacobo II era, en efecto, católico aunque lo ocultara, y estaba además en excelentes relaciones con Luis XIV de Francia, de modo que cuando subió al trono, en 1685, desencadenó una oposición decidida. Sin inmutarse, pretendió instaurar el culto católico en su propio palacio, y tuvo que hacer frente a una insurrección motivada por ese hecho, después de la cual estableció la libertad de cultos. La situación se mantuvo tirante durante algunos años; pero en 1688, Jacobo II, que tenía dos hijas educadas en el anglicanismo, tuvo un hijo varón al que hizo bautizar en la religión católica. Y esta vez, la insurrección se tornó en un movimiento general contra el rey.

LA REVOLUCIÓN DE 1688

Los jefes del movimiento anglicano buscaron entonces una solución adecuada. Ofrecieron el trono a Guillermo de Orange, estatúder de Holanda, casado con la princesa María, con la condición de que interviniera militarmente en Inglaterra para proteger a los anglicanos. Guillermo aceptó y desembarcó en Inglaterra, obligando a huir a Jacobo II. Entonces se declaró el trono vacante y se formalizó el ofrecimiento a Guillermo, con la condición de que aceptara algunas condiciones preestablecidas.

Esas condiciones quedaron fijadas en un documento — la Declaración de derechos—, en el que se establecían las limitaciones de la autoridad real por el Parlamento, al que se reservaba la jurisdicción sobre ciertas cuestiones muy importantes, y en especial, lo que se refería a los impuestos y a la leva militar. María y Guillermo prestaron su conformidad y se los proclamó reyes de Inglaterra. Entonces se inició una nueva era, durante la cual debía afianzarse cada vez más —sólo con breves interrupciones— el régimen parlamentario.

LA COLONIZACIÓN DE AMÉRICA DEL NORTE

Durante el gobierno de los Estuardo comenzó a desarrollarse la colonización de las costas de América del Norte, mediante compañías privadas a las cuales autorizaba el Estado para que organizaran colonias con pobladores ingleses. La Compañía de Londres fundó en 1607 Jamestown, en Virginia, y poco después surgieron otras ciudades en la misma región. En el norte, en cambio, fracasó la Compañía de Plymouth; pero esas tierras fueron pobladas por los puritanos ingleses que escapaban a la persecución de Jacobo I. El primer contingente, el de los Padres peregrinos, fundó Nueva Plymouth en 1621, y poco después, en 1630, se fundó la ciudad de Boston. Alrededor de ellas surgieron más tarde nuevos centros de colonización, y al cabo de algún tiempo, se habían constituido establecimientos prósperos que pudieron sobreponerse a las dificultades de la naturaleza y a los obstáculos que les imponían los naturales de la región.

Estas colonias tuvieron un régimen curioso. Algunas dependían del gobierno de la corona, pero el gobernador estaba auxiliado en sus funciones por cuerpos colegiados elegidos por los colonos. En otras, como Massachusetts, Rhode Island y Connecticut, los colonos tenían más autonomía y, en las dos últimas, hasta elegían al gobernador. Estas colonias contribuyeron al desarrollo económico de Inglaterra durante el siglo XVII.


El Imperio Otomano y los pueblos eslavos hasta el siglo XVIII

En el centro y el este de Europa, un largo duelo entre el imperio otomano y los países cristianos caracteriza todo el curso de esta época. Tras la conquista de parte de la península balcánica, los turcos comenzaron a presionar por tierra y por mar hacia el oeste y tuvieron en jaque a Hungría y Bohemia, avanzadas de la Europa occidental, hasta que lograron imponerse. Entre tanto, Polonia y Rusia se desarrollaron lentamente, y la última consiguió alcanzar, a fines del siglo XVII, una situación privilegiada en el panorama político de Europa.

EL IMPERIO OTOMANO

Tras la conquista de Constantinopla, el sultán Mohamed se lanzó a la realización de un vasto plan que sólo tenía como límite el dominio de toda Europa por el Islam. A la conquista del Asia Menor se agregó la de los territorios que restaban de la península balcánica, y sus naves operaron en forma amenazante por el Mediterráneo oriental. A la muerte de Mohamed, en 1481, lo sucedió Bayaceto, y a éste, en 1512, Selim I, que se apoderó de Arabia, Egipto y Siria. Ya completado el dominio de los turcos sobre todo el mundo islámico, su sucesor, Solimán I, que llegó al trono en 1520, pudo poner en ejecución el viejo proyecto de lanzar la invasión musulmana sobre los territorios de la Europa cristiana.

Desde Belgrado, que los musulmanes poseían ya en 1389, los turcos amenazaban Hungría. Los húngaros, conscientes del peligro, se habían preparado para la guerra, y bajo el mando de Matías Corvino habían sabido resistir los sucesivos embates. Empero, un largo conflicto religioso con los bohemios condujo al debilitamiento de las energías de ambos países, cuya dirección cayó en manos de un príncipe polaco sin aptitudes para tan difícil empresa: Ladislao Jagellon. La avanzada cristiana comenzó a perder posiciones, y finalmente, en 1526, Solimán el Magnífico derrotó sus ejércitos en la decisiva batalla de Mohacs. Desde entonces, Hungría quedó anexada al imperio otomano, y la amenaza turca estuvo pendiente sin tregua sobre las fronteras del imperio austríaco. Entre tanto, las naves otomanas siguieron incursionando por el Mediterráneo oriental, y lograron derrotar a los Caballeros del Hospital que defendían Rodas, apoderándose de esa base naval en 1552. Desde entonces sus amenazas se extendieron hacia el Occidente, y fue necesaria la enérgica acción de España en la batalla de Lepanto (1571) para contenerla.

A principios del siglo XVII, la fuerza expansiva de los turcos comenzó a declinar, y sólo en la segunda mitad del siglo volvió a reaparecer, aunque esta vez de manera menos eficaz. Los límites entre el imperio de los Habsburgos y el imperio otomano habían quedado fijados por el tratado de Torok, en 1606, y sufrieron pocas variaciones. Juan Sobieski, jefe del ejército de Polonia, derrotó a los turcos en Khoczim en 1673 y les arrebató algunos territorios, y un intento de apoderarse de Viena se vio frustrado en 1683. Desde entonces, los turcos dejaron de constituir una amenaza inminente y sufrieron una grave derrota en Zenta, en 1699, a manos del príncipe Eugenio de Saboya con las tropas del imperio, que les arrebató Hungría y Transilvania, Polonia y Ucrania. Así quedó consignado en la paz de Carlowitz, tras de la cual la declinación otomana pareció indiscutible.

POLONIA

En Polonia, había gobernado desde la Edad Media la dinastía de los Jagellones. Pero en 1572 la aristocracia se impuso y estableció una monarquía electiva, eligiendo como primer rey a Enrique de Valois. El país entró entonces en una era desgraciada por la profunda desorganización en que cayó; los reyes no pudieron sobreponerse al orgullo y a las exigencias de la poderosa nobleza, y no había en el país, por otra parte, una burguesía en que pudieran apoyarse como hacían por entonces otros monarcas de la Europa occidental. Había además graves problemas de diverso tipo. El problema religioso, tras diversas alternativas, se tornó gravísimo cuando el rey Segismundo III Wasa —de origen sueco— se convirtió al catolicismo y desencadenó con ello una guerra contra Suecia, que se mantenía protestante. No eran fáciles tampoco los problemas regionales, pues a la hostilidad de Lituania —unida a Polonia en 1569— había que sumar la de los cosacos ucranianos que se sublevaron en 1648. Finalmente, la situación internacional de Polonia era también particularmente difícil. Solicitada su alianza por Francia, estaba unida al imperio de los Habsburgos por el peligro común de los turcos; y entre tanto, procuraba mantener su hegemonía sobre Rusia, en momentos en que el vasto país —todavía de aspecto oriental— comenzaba a despertar y a manifestar su anhelo de engrandecimiento nacional.

El movimiento nacional ruso que estalló en 1612 señaló el momento de declinación de la influencia de Polonia, que debía perder, medio siglo después, Kiev y la pequeña Rusia (1667). Así las cosas, las luchas contra los turcos revelaron un verdadero conductor en Juan Sobieski, que fue elegido rey en 1674. Las cosas parecieron cambiar desde entonces. Era Sobieski un hombre de gran empuje y notable eficacia militar, a quien sus victorias le proporcionaron una indiscutida autoridad. Gracias a ella pudo recuperar Polonia algunos territorios que había perdido en el Sur: Podolia y Ucrania. Pero a su muerte las cosas volvieron a empeorar, y el ascenso de Rusia se transformó en una amenaza constante que habría de hacerse efectiva más tarde, al decidir las potencias occidentales y Rusia el reparto de su territorio.

RUSIA HASTA LA ÉPOCA DE PEDRO EL GRANDE

Por obra de Iván IV (1533-1584), el gran ducado de Moscovia concluyó por imponerse a toda la Rusia septentrional, y él mismo pudo adoptar el título de zar. Pero su dinastía —la vieja dinastía normanda de Rurik— fue eliminada poco después por obra de Boris Godunov (1598), y comenzó entonces una dura lucha entre los pretendientes al gobierno y las fuerzas sociales que tenían algún poder. A ese estado de cosas puso fin el ascenso al trono de Miguel Romanoff en 1613, tras el cual reinaron sus descendientes sin solución de continuidad. A esa dinastía se debió el asentamiento del poder ruso durante el siglo XVII, después de haber estado durante algún tiempo a punto de sucumbir bajo la acción de Polonia.

Durante todo ese período se insinúa cierta tendencia de Rusia a acentuar sus relaciones con el Occidente; pero quien le da a esa política un fuerte empuje es Pedro el Grande, que subió al poder por la violencia en 1689. Empezó a realizar sus planes de engrandecimiento de Rusia atacando a los turcos, a quienes arrebató la fortaleza de Azoff en 1696; pero luego orientó decididamente su política hacia el Occidente, a raíz de un viaje que hizo en 1697, y en el que recogió buenas lecciones de Holanda e Inglaterra. Se propuso entonces borrar todos los signos primitivos de la vida rusa e introdujo enorme cantidad de innovaciones para transformar exteriormente a su país. No sólo dispuso que se adoptara la vestimenta europea, sino que hizo importantes reformas administrativas y financieras para montar el Estado sobre nuevas bases. Una eficiente policía, que no tenía reparos en llegar a los más brutales suplicios, fue su principal instrumento político, con el cual contuvo todos los intentos de rebelión, sin perdonar a su propio hijo Alejo, a quien condenó a muerte.

Para asegurar su expansión por el Norte, desencadenó una guerra con Suecia, que le impedía llegar al Báltico. La guerra fue dura, pero la victoria de Poltava, en 1709, le aseguró el triunfo y el control de la costa sobre ese mar. Poco después fundó allí San Petersburgo, su nueva capital, de la que quiso hacer una ciudad moderna.

Desde el reinado de Pedro el Grande, que murió en 1725, Rusia conquistó una situación preponderante en Europa, debido a la cual entró a formar parte poco después del sistema de las grandes potencias.


Inglaterra y Holanda en el siglo XVIII

Pese a las posibilidades que brindaba a Francia la posesión del trono de España por parte de un príncipe de la dinastía borbónica, nada pudo evitar que el vasto desarrollo marítimo de Inglaterra pusiera a esta nación en una situación de potencia privilegiada y, muy pronto, alcanzara la hegemonía en Europa. Contribuyó en vasta escala a promover ese desarrollo el nuevo régimen político que quedó instaurado en Inglaterra después de la revolución de 1688, tras la cual alcanzaron un papel importante en la dirección del estado los grupos más directamente interesados en las actividades económicas.

EL REINADO DE GUILLERMO III

Guillermo III gobernó Inglaterra hasta 1702, y durante este período trabajó con empeño para pacificar el reino y asentarlo firmemente sobre sólidas bases, a fin de impedir el retorno de la agitación que tanto había costado al país durante la segunda mitad del siglo. Su labor se vio coronada por el éxito. El principal problema era el religioso, en cuanto se relacionaba, sobre todo, con el régimen de la sucesión real. Para resolverlo, se dictó en 1701 el Acta de establecimiento, mediante la cual se establecía categóricamente que la corona sólo podía pasar a manos de un príncipe que perteneciera a la religión anglicana.

En cuanto a la política exterior, Guillermo III mantuvo, como rey de Inglaterra, la misma línea de conducta, que había seguido antes como estatúder de Holanda. Así, se mantuvo firmemente hostil a Luis XIV y echó todo el peso del poderío inglés contra Francia. Él había sido quien organizara la Liga de Augsburgo en 1686, de modo que, cuando Luis XIV atacó el Palatinado, le fue muy fácil al nuevo rey de Inglaterra poner en movimiento una vasta coalición que tuvo en jaque a Francia desde 1688 hasta 1697.

Durante este largo período la guerra fue muy dura tanto por tierra como por mar. Luis XIV sostenía a Jacobo II como rey legítimo de Inglaterra, y sus corsarios obstaculizaban el comercio marítimo del enemigo, en tanto que Inglaterra contribuía con sus fuerzas al ataque de las fronteras francesas desde los Países Bajos. A esta guerra puso fin la paz de Ryswick, mediante la cual Francia reconoció la legitimidad de Guillermo III como rey de Inglaterra. Pero poco después se desencadenó la guerra por la sucesión de España, e Inglaterra volvió otra vez a combatir contra Francia.

LA REINA ANA

En 1702 murió Guillermo III y le sucedió en el trono la princesa Ana, hermana de María e hija también de Jacobo II. Durante todo su reinado —que duró hasta 1714— Inglaterra mantuvo la guerra contra Francia. Sus ejércitos, mandados por el duque de Marlborough, actuaron con marcada eficacia junto a las fuerzas imperiales contra los franceses, sosteniendo que la unión de Francia y España constituía un peligro inminente para Europa. Pero cuando un peligro semejante apareció por el lado de los Habsburgo, Inglaterra firmó con Luis XIV el tratado de Utrecht, con el que obtuvo algunas notables ventajas. En efecto, logró entonces Inglaterra varios territorios importantes en América, a costa de España y Francia, y quedó en posesión de Gibraltar, que le otorgaba el control del Mediterráneo. Pero además, obtuvo importantes ventajas económicas, pues pudo negociar con las colonias españolas y, sobre todo, encargarse del tráfico de esclavos con carácter de monopolio. Por esta última circunstancia, pudo tener bases de operaciones que, además, le servían para introducir otras mercaderías de contrabando.

En cuanto a la política interior, la reina Ana se preocupó por resolver el problema de las relaciones entre Inglaterra y Escocia. En 1707 se firmó el Acta de unión, mediante la cual Inglaterra y Escocia reconocían un mismo rey y un mismo Parlamento, aunque se autorizó a Escocía a que conservara la religión presbiteriana, así como también sus leyes tradicionales, según las cuales gobernaría el rey.

LA ÉPOCA DE LOS HANNÓVER

Vacante la corona en 1714, correspondía la sucesión según el Acta de establecimiento al elector de Hannóver, quien reinó con el nombre de Jorge I. Era éste un príncipe alemán que ignoraba el idioma inglés y que, en consecuencia, se abstuvo de intervenir en el gobierno, dejando que ejerciera libremente sus funciones el primer ministro. Éste, a su vez, solía ser representante del mayor grupo de opinión de los que formaban parte del parlamento, que eran por entonces los whigs. Con ellos gobernó Jorge I durante su reinado, mientras el partido adverso, el de los tories, se mantenía en una especie de postergación debido a su tendencia absolutista y a que, últimamente, había pretendido restaurar a los Estuardo.

La abstención del rey en los asuntos de gobierno contribuyó muy favorablemente al robustecimiento del poder del Parlamento. Esta situación se prolongó durante el reinado de Jorge II, quien llamó al ministerio a Guillermo Pitt, un político y estadista de inestimables dotes. A él se debió también el afianzamiento del régimen parlamentario, pues a pesar de que tuvo que gobernar en una época muy difícil —por las repercusiones sociales de la revolución industrial y las guerras exteriores— supo conducir el estado con mesura y robustecer el orden legal con energía.

Finalmente llegó al poder Jorge III, en 1760, y con él se inició un período de caracteres distintos a los de sus dos predecesores. Jorge III era ya inglés y se mostró decidido a no representar el papel que adoptaron aquellos que le habían precedido. Quiso gobernar por sí mismo, y no vaciló en apelar a toda clase de expedientes para lograr que el Parlamento no le fuera adverso, sin excluir el soborno o la amenaza. Los tories lo secundaron en sus planes y apoyaron su política, pero la reacción fue enérgica y desembocó en una agitación que frustró los propósitos del rey, quien se vio obligado a ceder.

El movimiento emancipador que estalló en las colonias de América del Norte contribuyó también a desacreditar el gobierno personal de Jorge III, y poco después los whigs fueron llamados nuevamente al gobierno. En 1783, el rey llamó al ministerio a Guillermo Pitt, el hijo del ministro del mismo nombre que había ejercido el poder en época de su padre, y la extremada habilidad del joven estadista pudo restablecer el libre ejercicio del gobierno parlamentario.

En la conducción de las relaciones exteriores, Guillermo Pitt reveló una clara visión de los intereses de Inglaterra y una formidable tenacidad para imponer sus designios. Durante su ministerio estalló en Francia la revolución de 1789, y Pitt encarnó desde el primer momento la reacción contra los principios que sustentaba aquélla, entendiendo que la transformación política de un pueblo sólo podía hacerse siguiendo la línea de sus tradiciones y no mediante la imposición de normas racionalmente determinadas. Sobre todo, Pitt se manifestó decidido a contener la expansión de las doctrinas revolucionarias y puso toda su energía en la labor de respaldar la resistencia de Europa. Desde entonces, Inglaterra asumió la misión de coordinar todos los esfuerzos contra Francia.

LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL

En cuanto a la política interior, Guillermo Pitt tuvo que afrontar las consecuencias económicas y sociales de la revolución industrial. En el curso del siglo XVIII había surgido el problema de hacer frente al acrecentamiento de la producción mediante una renovación del sistema manufacturero. Muy pronto comenzaron a inventarse aparatos mecánicos que podían producir más rápida y eficazmente que la mano del hombre; la máquina de hilar y el telar mecánico transformaron el proceso de elaboración textil, y poco después empezaron a utilizarse de modo sistemático el carbón mineral y el vapor.

Las consecuencias de estas innovaciones fueron múltiples. El aumento de la producción dio lugar a la aparición de una nueva clase de burgueses ricos y, al mismo tiempo, a una transformación sustancial de las clases asalariadas. Al principio, el hecho más notable fue la desocupación obrera; pero poco a poco se reorganizó la distribución del trabajo y se produjo un fenómeno inverso de mayor demanda de mano de obra. A raíz de esto, muchos trabajadores rurales abandonaron los campos y comenzaron a congregarse en las ciudades con la esperanza de obtener mejores jornales. Así surgieron los grandes centros fabriles —como Birmingham, por ejemplo—, en los que se aglomeraron millares de personas que tenían necesidades y problemas nuevos que no siempre se solucionaban rápida y fácilmente. La explotación inicua de los trabajadores, las miserables condiciones de vida que les proporcionaban las ciudades que inesperadamente tuvieron que albergarlos, el rápido encarecimiento de la vida y muchos otros problemas que traía aparejados la nueva situación, creó un clima de inquietud social que el gobierno tuvo que afrontar con ductilidad y energía.

HOLANDA EN EL SIGLO XVIII

La prosperidad económica de Holanda sufrió un rudo golpe a mediados del siglo XVII, cuando Inglaterra, en tiempos de Cromwell, decidió proteger su propio comercio marítimo mediante el Acta de navegación; según esta ley, no podía entrar en Inglaterra ningún barco que trajera mercaderías que no fueran de su país de origen; de este modo, los navíos holandeses que acarreaban gran parte de la producción europea se vieron privados de las posibilidades que les proporcionaba el tráfico con Inglaterra. Desde entonces, el poderío económico de Holanda comenzó a declinar, en un proceso que fue acentuándose por las terribles luchas que debió afrontar en la segunda mitad del siglo XVII debido a las ambiciones de Luis XIV.

Cuando en 1688 el estatúder de Holanda, Guillermo de Orange, fue llamado a ocupar el trono inglés, el comercio de los Países Bajos comenzó a girar dentro de la órbita de Inglaterra, más poderosa y de mayor gravitación internacional. Sin embargo, otras potencias concurrían a orientar la política holandesa, y especialmente Francia y Prusia. Además, la situación interna se vio complicada por los conflictos entre los partidarios del régimen monárquico —que representaba la autoridad del estatúder— y los que querían un gobierno con mayor intervención popular. Todas estas circunstancias originaron una marcada declinación de la significación internacional de los Países Bajos.


El liberalismo económico y el pensamiento de la Ilustración

Tan importante como el desarrollo de los hechos es, durante el siglo XVIII, el desarrollo de las ideas, especialmente en lo económico y en lo político. Las nuevas situaciones creadas por las transformaciones económicas desde comienzos de la Edad Moderna, que ya habían provocado hechos tan importantes como la revolución inglesa, ocasionaron un vivo desarrollo del pensamiento teórico, afanado por explicar los fundamentos de los fenómenos ya producidos y por hallar soluciones para el porvenir. Sobre la base de los principios fundamentales del pensamiento moderno, establecidos desde los tiempos del Humanismo y desarrollados luego por la filosofía racionalista, comenzaron a elaborarse nuevos sistemas de ideas sobre la realidad económica y política. Pero estos sistemas de ideas no quedaron en meros esquemas teóricos sino que se proyectaron en principios para la acción. Y la historia posterior fue, en parte, el resultado de su adopción por ciertos grupos sociales que se propusieron aplicarlos.

LOS FISIÓCRATAS

Las peculiaridades de la vida económica no habían atraído sino muy escasamente el interés de los estudiosos hasta el siglo XVIII. Pero la novedad de ciertas situaciones de la vida históricosocial y la certidumbre de sus proyecciones futuras hizo que, por entonces, algunos espíritus ilustrados se dedicaran a analizar su mecanismo y ordenaran ciertas ideas capitales sobre la base de algunos principios que consideraron fundamentales. Así surgió una nueva disciplina, la economía política, entre cuyos fundadores se encuentran, tras algunos pensadores ingleses cómo Petty, los franceses Quesnay, Gournay y Turgot. Se conoce a éstos bajo el nombre común de fisiócratas.

El punto de partida de los fisiócratas fue la certidumbre de que no era el comercio —como pensaba Colbert, por ejemplo— la fuente de la riqueza. Por el contrario, afirmaron que sólo la producción significa una riqueza segura, porque sólo ella tiene la posibilidad de dejar un excedente que pueda transformarse en capital acumulado, considerando que todo otro trabajo era en cambio estéril. Entre todas las formas de producción, afirmaron que la agricultura era la fuente más segura de riqueza, aunque alguno de ellos pensó que debía considerarse como tal a la industria. En todo caso, coincidieron todos en reprobar la acentuada intervención del Estado en la vida económica —tal como se ejercitaba, por ejemplo, en la Francia de Luis XIV y de Colbert— y propugnaron un sistema en el que predominara la libre competencia, y en el cual el Estado se abstuviera de intervenir como fuerza orientadora de la actividad económica. Muy al contrario, debía “dejar hacer, dejar pasar”, fórmula con la cual definieron los fisiócratas su concepción de la política estatal. De ese modo, directa o indirectamente, se procuraba dejar el camino abierto para que la nueva industria capitalista comenzara a desarrollarse y fortalecerse libremente.

SMITH Y RICARDO

Esta misma tendencia pusieron de manifiesto, de manera aun más decidida, los economistas ingleses de la segunda mitad del siglo XVIII. El hecho era explicable. Inglaterra había desarrollado una política colonial muy acentuada y había alcanzado luego un notable desarrollo capitalista que provocó una sensible alteración del panorama económico. Para facilitar la prosecución de ese desarrollo parecía necesario comprender a fondo cuál era el mecanismo del régimen capitalista, y a estudiarlo a fondo se dirigieron los esfuerzos de Adam Smith y David Ricardo, el primero en su obra titulada Investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones, y el segundo en sus Principios.

El análisis del funcionamiento de la economía capitalista tal como se manifestaba en su tiempo, y las perspectivas que ofrecía su desarrollo futuro constituyen los temas fundamentales de la obra de estos dos economistas a quienes se reconoce como los fundadores del sistema clásico de la economía política. Apoyándose en la tradición fisiocrática, pero avanzando considerablemente a partir de ella, coinciden ambos en admitir la existencia de un orden natural dentro del cual las relaciones económicas se desenvuelven según una lógica interna que no debe ser coaccionada por el derecho positivo. Es menester “dejar hacer” sin intentar la defensa de determinadas formas de producción, consumo o intercambio; es menester permitir el libre funcionamiento de la ley de la oferta y la demanda; es menester, en fin, atenerse al libre juego de las fuerzas económicas, guiadas internamente por ciertas leyes que le son propias.

Smith afirmó que la riqueza de una nación descansaba fundamentalmente en el trabajo productor y desarrolló una teoría del valor basada en el distingo entre lo que es valor de uso y lo que es valor de cambio. Ricardo estudió a fondo el problema de las utilidades —o plusvalía— y los salarios, y ensayó una interpretación de la evolución económica de la cual se desprendía un claro planteo de lo que sería el desarrollo futuro del capitalismo. Este vasto sistema de ideas contribuyó a establecer los principios del liberalismo económico en Inglaterra y luego, en mayor o menor medida, en Europa, difundiendo el principio de que cualquier intervención de origen externo era perjudicial para el desarrollo de la vida económica.

LA FILOSOFÍA POLÍTICA DE LA ILUSTRACIÓN

Mientras los economistas trataban de establecer una teoría de la vida económica que permitiera orientarla hacia su pleno desarrollo de acuerdo con las tendencias que se manifestaban, los filósofos comenzaron a interesarse por los problemas que las nuevas situaciones de hecho planteaban en el campo de la vida política. En cierto modo, esta preocupación tiene dos raíces. Por una parte proviene de las incitaciones que la realidad misma suscitaba; por otra, de las consecuencias necesarias que entrañaba el pensamiento filosófico moderno.

La revolución inglesa del siglo XVII había incitado a la reflexión sobre los hechos políticos que había desencadenado, y surgieron entonces algunos teóricos de gran vuelo que indagaron las causas de los procesos sociales y políticos y trataron de establecer las bases filosóficas y jurídicas en que debía apoyarse el gobierno del Estado. Entre ellos fueron los más notables Hobbes y Locke, el segundo de los cuales desarrolló la doctrina de la monarquía limitada en su libro titulado Tratado del gobierno civil. En esa tendencia se alinearon algunos filósofos que, ante el espectáculo del absolutismo y su indiferencia frente a la cambiante realidad, consideraron necesario defender la urgencia de ciertas reformas políticas. Montesquieu, Voltaire y Rousseau fueron las figuras descollantes de este movimiento doctrinario, que tanta resonancia debía tener poco después.

Si Francia logró ser escenario de esta profunda renovación doctrinaria, fue porque allí el Estado absolutista había alcanzado su más alto grado de desarrollo. Luis XIV había organizado un régimen de absoluta centralización, y Bossuet había renovado la doctrina del derecho divino en que se apoyaba. Pero en el curso del siglo XVIII las cosas cambiaban aceleradamente, y el esplendor que Colbert pudo asegurar durante algún tiempo mediante el sistema mercantilista se trocó en una progresiva declinación económica, que producía a su vez una correlativa inquietud social. Montesquieu criticó violentamente la situación en sus Cartas persas, y se dedicó a ahondar en el estudio de la evolución política de los Estados antiguos; fruto de esas preocupaciones fue su obra Grandeza y decadencia de los romanos y, sobre todo, la que tituló El espíritu de las leyes.

Montesquieu demostró una rara profundidad analizando el origen de las instituciones y la relación que hay entre éstas y las formas de la vida política y social de los pueblos. Su objetivo era afirmar la necesaria libertad del individuo mediante un sistema de garantías que contuvieran las tendencias absolutistas del Estado; en tal sentido propugnó como principio fundamental la división de los poderes: ejecutivo, legislativo y judicial, señalando que la reunión de todos, o de dos de ellos, en una sola persona constituía un gravísimo peligro para la libertad del individuo y la estabilidad del orden político.

En el mismo sentido se orientó la continuada prédica de Voltaire. Espíritu multiforme, sus obras más importantes se relacionan con la filosofía y la historia; pero su militancia política le proporcionó ocasión para exponer sus ideas en numerosos opúsculos de carácter combativo a los que debió muchas persecuciones. En Inglaterra conoció y aprendió a estimar el sistema de la monarquía limitada y parlamentaria, que elogió y trató de difundir en el libro que tituló Cartas sobre los ingleses. Ante el espectáculo de su patria, aprendió a odiar la injusticia y la intolerancia religiosa y la restricción de la libertad de pensamiento. Y de este modo, en la defensa directa de las víctimas de la opresión absolutista y en la exaltación del liberalismo político, fue sembrando nuevas inquietudes que trabajarían fuertemente el ánimo de sus compatriotas y los predispondría para tratar de conseguir una renovación de las formas estatales.

Por su parte, Rousseau contribuyó a fortalecer esta tendencia revolucionaria mediante el planteo que hizo del problema del origen del poder político en su libro El contrato social. Sostuvo allí que sólo en el pueblo residía la fuente de la soberanía, y que todo poder que no proviniera de su libre consentimiento era, en el fondo, ilegítimo. Esta afirmación se dirigía directamente contra la tesis del derecho divino de los reyes, en la que se apoyaba el absolutismo francés, y debía conmover la tradicional fidelidad a la monarquía que caracterizaba a Francia.

De este modo, mientras del pensamiento de Montesquieu y de Voltaire se derivaba una definida aspiración a una monarquía limitada, del pensamiento de Rousseau parecía desprenderse una aspiración al régimen republicano. Pero, de un modo o de otro, el conjunto de los grupos no privilegiados y oprimidos por el absolutismo real encontraba en estas nuevas ideas una esperanza que pudo moverlos, finalmente, en favor de la revolución.

LA ENCICLOPEDIA

El pensamiento de los filósofos políticos del siglo XVIII no era, en verdad, sino un aspecto de la notable mutación que se advertía en todos los dominios de la actividad intelectual. Desde comienzos de la Edad Moderna se manifestaba una activa inquietud que se proyectaba hacia la filosofía, pero también hacia las ciencias; y en todos los campos podía advertirse la decisión de desterrar los innumerables prejuicios que sobrevivían a pesar del vasto desarrollo que había alcanzado el saber. Esta nueva orientación del espíritu europeo se conoce con el nombre de Ilustración, y ha dejado como testimonio elocuente de su amplitud y su vigor una obra colectiva en la que se procuró sintetizar los resultados adquiridos hasta entonces por el espíritu moderno: la Enciclopedia, ideada y dirigida por Diderot, y en la que colaboraron los hombres más capaces de la época.

D’Alambert, Buffon, Condillac, Voltaire, Montesquieu, Helvetius y otros muchos aportaron sus conocimientos en sus respectivas disciplinas para proporcionar al lector medio una nueva visión del mundo. La acción de esta obra fue extraordinaria, y contribuyó a crear una nueva conciencia orientada hacia la acción renovadora.


Austria y el ascenso de Prusia

En el centro de Europa, el antiguo imperio de los Habsburgo que ahora comenzaba a ser llamado Austria, estuvo durante el siglo XVIII expuesto a perecer por la disgregación de los numerosos y heterogéneos Estados que lo componían. Sin embargo, pudo salvarse y aun reorganizarse con más vigor que antes gracias a algunos monarcas enérgicos e inteligentes, entre los cuales gozaban de cierto prestigio las nuevas ideas sostenidas por los brillantes filósofos franceses. Con todo, el hecho capital de la historia del siglo XVIII en el centro de Europa es, sobre todo, el ascenso del reino de Prusia, que alcanzó en brevísimo tiempo una posición de extraordinario poderío.

AUSTRIA Y LA GUERRA DE SUCESIÓN

Para el Imperio, la legitimidad de la sucesión tenía una importancia política decisiva. En efecto, la persona del monarca era, en realidad, el único nexo que unía al vasto conjunto de estados nacionales que formaban el Imperio, algunos de los cuales eran verdaderos reinos celosos de su relativa autonomía.

Ahora bien, entre 1711 y 1740 reinó en Austria Carlos VI, quien por no tener sino una hija mujer, veía con inquietud el futuro de la corona imperial. Las mujeres, en efecto, estaban excluidas por la ley Sálica de la herencia real, y Carlos VI suponía con fundamento que el conflicto a que daría lugar su sucesión contribuiría a desmembrar rápidamente el Imperio. Para impedirlo, resolvió el emperador modificar el régimen sucesorio y legalizar la situación de su hija María Teresa como heredera legítima al trono, y a tal fin dictó la Pragmática sanción que lo establecía así.

Era necesario que las potencias de Europa aceptaran esta decisión, y Carlos VI negoció su reconocimiento por Inglaterra y Francia. Con esta última, sin embargo, tuvo entre tanto un conflicto armado por la sucesión de Polonia, debido al cual se luchó en Italia desde 1733 hasta 1738. La consecuencia fue la expulsión de los austríacos del reino de Nápoles, donde se instauró una rama de la casa de Borbón; pero de esta guerra surgió un entendimiento entre Francia, Inglaterra y Austria, debido al cual esta última, a cambio de algunas pérdidas, obtenía el reconocimiento de la Pragmática sanción.

Sin embargo, cuando en 1740 subió María Teresa al trono, el conflicto no pudo ser evitado. Se oponía a sus derechos el elector de Baviera Carlos Alberto y el rey de España Felipe V, con quienes se aliaron Francia, Inglaterra y Prusia, movida cada una de ellas por distintos designios; y frente a esta vasta coalición, María Teresa, la joven emperatriz, no disponía sino de limitados recursos y de su escasa experiencia política. Empero, muy pronto dio muestras de su valor. Refugiada en Hungría, se aseguró la fidelidad y el apoyo de los húngaros y pudo negociar con Federico II de Prusia, que había intervenido en el conflicto sólo para obtener la posesión de la Silesia, con la que soñaba. Ante la gravedad de la situación, María Teresa sacrificó la Silesia, y una vez libre de preocupaciones por ese lado, dirigió todos sus esfuerzos contra Carlos Alberto de Baviera, cuyos territorios ocupó. Este cambio de la situación le permitió entablar negociaciones en condiciones más ventajosas, y aunque perdió definitivamente la Silesia —cedida a Prusia— y tuvo que entregar Parma a un hijo de Felipe V, su situación como emperatriz quedó firmemente establecida y nada pudo conmoverla de allí en adelante.

PRUSIA HASTA EL REINADO DE FEDERICO II

Quien había salido verdaderamente beneficiado con la guerra por la sucesión de Austria fue el rey de Prusia, Federico II, cuyo reino se convertía ahora en una potencia importantísima en la Europa central.

A fines del siglo XVII, el ducado de Prusia había comenzado a afirmar su poder y su autonomía hasta alcanzar el carácter de reino independiente por obra de Federico I, que adquirió el título real del emperador Leopoldo. El nuevo reino carecía de extensos territorios y además no estaba convenientemente protegido por defensas naturales, de modo que cuando subió al trono Federico Guillermo I en 1713, se propuso crear un ejército capaz de protegerlo y acaso acrecentarlo. Esta labor fue el objetivo de su vida, y por su minuciosa y constante preocupación por la preparación de sus tropas ha merecido el título de Rey Sargento con que se lo conoce. Gracias a esta tenacidad de Federico Guillermo I, su hijo y sucesor, Federico II, se encontró al hacerse cargo del poder en 1740 con un arma poderosa que supo utilizar con eficacia para conseguir la expansión de Prusia y el reconocimiento de su categoría de primera potencia. Durante el tiempo que duró su reinado, esto es, desde 1740 hasta 1786, Prusia conquistó la Silesia, que era una importante zona por sus riquezas y sus manufacturas, y la Prusia polaca, con la que lograba establecer la continuidad territorial de sus estados.

Pero su obra no fue sólo importante en el terreno militar y en el diplomático. Su gobierno interior se caracterizó por cierta mezcla de progresismo y autoritarismo que hace de él uno de los más altos ejemplos de ese tipo de político propio de esta época que se conoce con el nombre de “déspota ilustrado”. Amigo de filósofos, de literatos y de sabios, procuró dar a su corte un carácter culto y elegante; y en el palacio de Sans Souci, que hizo construir en Potsdam, reunió a los más altos espíritus de su tiempo porque amaba la conversación inteligente y el cultivo de las artes.

Nada de esto le impedía, sin embargo, ejercer una autoridad sin desmayos y mantener en su mano el control de toda la actividad de su reino. Era enérgico y lo caracterizaba un sentido práctico que daba gran eficacia a sus designios. Gracias a todo ello, Prusia alcanzó durante su reinado una situación envidiable, lograda en cierto modo a costa de Austria, contra la que no vaciló en luchar en defensa de sus aspiraciones reales.

LA GUERRA DE LOS SIETE AÑOS

Si con la guerra de la sucesión de Austria consiguió Prusia asegurarse la posesión de la Silesia, el conflicto que estalló en 1756 no sólo confirmó su conquista sino que aseguró su papel de potencia europea.

María Teresa de Austria, sin resignarse a sufrir las consecuencias de la guerra de sucesión, procuró establecer un sistema de alianzas que la favoreciera. Aprovechando de las sospechas que Francia alimentaba respecto a la actitud de Inglaterra, logró que aquélla se uniera a Austria, precisamente cuando esta última firmaba un tratado con Prusia. Así se delinearon dos frentes de combate que poco a poco fueron precisándose. A Francia y Austria se unieron Rusia, Polonia y Suecia, y contra ellas quedaron Inglaterra y Prusia, de las cuales la última debía soportar el mayor peso de la guerra en el continente; la primera, en cambio, debía afrontar serias hostilidades en sus fronteras coloniales.

En 1756 Federico II desató la guerra para precaverse de la ofensiva que sus enemigos proyectaban. Tuvo al principio del conflicto algunos triunfos, pero sufrió una grave derrota en 1759, de la que, empero, pudo evitar las consecuencias. En esas circunstancias, Rusia modificó su orientación política y se separó de Austria para unirse a Prusia, en tanto que Francia anunciaba su decisión de poner fin a sus hostilidades con Inglaterra. De este modo, una guerra en la que parecía seriamente comprometido el poder prusiano se tornó favorable por la endeblez de la combinación diplomática que unía a sus enemigos, y Federico II firmó la paz con Austria en 1763 en Hubertsburgo, sin haber perdido nada de lo que anteriormente había logrado.

Acaso los más importantes episodios de esta guerra se habían desarrollado fuera de Europa. Inglaterra, conducida por Guillermo Pitt, ministro de Jorge II, consiguió afirmar decisivamente sus posiciones en América del Norte y en la India, consolidando así un vasto imperio colonial en tanto que Francia veía frustrarse el suyo. De este modo, al tiempo que Prusia afirmaba su posición de gran potencia militar en Europa, Inglaterra alcanzaba una situación de indiscutible predominio en el mar.

LOS REINADOS DE MARÍA TERESA Y JOSÉ II

Austria había sufrido un rudo golpe. No sólo la pérdida de Silesia era importante para su vida económica, sino que el ascenso de Prusia comprometía su situación de predominio en Europa central. Pero María Teresa no se dejó abatir. Incansablemente, trató de reorganizar la administración de sus estados, acrecentar sus recursos, y montar, sobre todo, la máquina militar de manera que el imperio estuviera a cubierto de nuevas sorpresas frente a Prusia. Esta tarea estuvo presidida por los principios modernos que por entonces sostenían filósofos y economistas, al menos en la medida en que ellos no comprometieran el poder absoluto del emperador. Y esta conducta fue imitada celosamente por su hijo y sucesor, José II, cuyo reinado se extendió desde 1780 hasta 1790.

Innumerables reformas caracterizaron su gobierno. Compenetrado del pensamiento de los pensadores franceses, aseguró la tolerancia religiosa y sometió a la autoridad del Estado a la Iglesia Católica, a la que no vaciló en avasallar para defender la soberanía. Al mismo tiempo, procuró extender la educación pública, abolió la servidumbre, proclamó la igualdad de todos los súbditos del imperio, unificó las cargas impositivas, reformó el sistema penal, y trató de establecer un régimen administrativo y político que redundara en beneficio de la autoridad centralizada del emperador.

Todas estas reformas le suscitaron algunos conflictos graves; pero Austria ganó en vigor y en organización, en momentos en que se elevaba frente a ella una Francia convulsionada por la Revolución de 1789, cuyos principios se dirigían directamente contra el absolutismo del que Austria era el más importante defensor.


Los países del Báltico

El ascenso de Prusia se relaciona estrechamente con el vasto drama que se desarrolla en los países del Báltico durante el siglo XVIII. Suecia, la brillante Suecia de Gustavo Adolfo y de Cristina, debía lanzarse sobre Polonia y Dinamarca para tratar de avasallarlas y asegurar su predominio en el mar casi cerrado sobre el que desarrollaba su vida. El intento se vio frustrado; pero no por eso pudieron esos dos países librarse del todo de la acción de los enemigos. Siguieron a Suecia en su ofensiva por la costa báltica Prusia y Rusia, y estas dos potencias, que por entonces alcanzan tal calidad, dividieron el territorio de Polonia mediante repetidas negociaciones diplomáticas y se procuraron una situación de predominio a costa de ella. Si el ascenso de Prusia es un fenómeno decisivo en la historia europea del siglo XVIII, la aparición de Rusia sobre el mismo escenario no lo es menos y debía tener, a la larga, una extraordinaria trascendencia.

LA OFENSIVA SUECA

Tras el breve reinado de Cristina, sucesora de Gustavo Adolfo, había llegado al trono de Suecia Carlos X, en 1654. Sus campañas contra Polonia y Dinamarca, aunque muy espectaculares, no lograron éxito definitivo. Polonia, en efecto, fue respaldada por Austria, y Dinamarca fue apoyada por una coalición marítima de la que formaron parte Holanda, Francia e Inglaterra.

Esta primera guerra del Norte terminó en 1660. Cuarenta años más tarde debía estallar la segunda, en circunstancias todavía menos favorables para Suecia porque ya por entonces se levantaba Rusia con un aire amenazador. Fue el héroe de esa guerra el joven Carlos XII, ante cuya energía se descubrieron los más encarnizados de sus enemigos.

En 1697 llegó Carlos XII al trono, cuando era todavía un joven. Por obra de su padre encontró un reino organizado, con buenas rentas y buen ejército, aunque minado por la resistencia de la nobleza, sometida a la corona no sin violencia. A un miembro de esa nobleza se debió la gestión de la vasta alianza de los enemigos de Suecia. Entraron en ella Sajonia, Polonia, Dinamarca y Rusia, y desencadenaron la guerra en 1700 invadiendo Livonia. Pero Carlos XII se mostró entonces como un extraordinario conductor y venció a sus enemigos en todos los frentes. Desgraciadamente para él, consideró que el mayor peligro estaba en Polonia y Dinamarca, y dedicó a someterlas algunos años que Pedro el Grande de Rusia, por su parte, aprovechó para prepararse cuidadosamente. Por esa circunstancia, cuando Carlos XII se decidió a dar cuenta de las tropas rusas, e invadió el territorio helado, se encontró con un ejército formidable que lo derrotó en la batalla de Poltava, en 1709.

Carlos XII marchó a Turquía y trató de jaquear a Pedro de Rusia desde ese lado, pero no tuvo mayor éxito; con todo, mantuvo la guerra hasta su muerte, en 1718, y sólo tres años después, en 1721, lograron los rusos firmar la paz de Nystad, en la que se aseguraba su triunfo.

Desde entonces, la situación de Suecia quedó oscurecida por el vigor de la Rusia de Pedro el Grande y de Catalina, así como por la Prusia de Federico II. Las aspiraciones de Suecia a la hegemonía en el Báltico quedaron malogradas, tras haberse afirmado más de una vez por obra de los brillantes estrategos que ocuparon su trono.

POLONIA

A la muerte de Juan Sobyeski, el trono de Polonia recayó en un príncipe sajón, Federico Augusto I, cuyo reinado se vio ensombrecido no sólo por las victoriosas campañas de Carlos XII de Suecia sino también por la oposición de importantes sectores, que no vacilaron en apoyar a Estanislao I, colocado en el trono por el invasor. Después de Poltava, Federico Augusto I volvió a su trono, y entonces tuvo que resignarse a admitir la influencia rusa, que se hacía cada vez más acentuada.

La realidad era que Polonia estaba condenada a desaparecer por la debilidad de su situación interna. Desde que se había establecido el régimen electivo y el sistema de estrecho control de la monarquía por los cuerpos colegiados que representaban a la nobleza, los reyes carecieron de fuerza para oponerse a los poderosos vecinos que habían ido surgiendo a su alrededor: Suecia, Rusia, Prusia, sin contar la influencia que ejercían en su vida política Austria y Francia. Estanislao I Leszczynski, cuya hija había casado en 1725 con Luis XV de Francia, fue proclamado rey por segunda vez en 1733, al morir Federico Augusto I, con el apoyo de la nobleza; este hecho precipitó la intervención de Rusia, que lo consideraba hostil a sus intereses. Estanislao I debió abdicar y fue elegido entonces Federico Augusto II, que reinó desde 1734 hasta 1763. Durante su reinado, la familia de los Czartoryski procuró reformar la constitución polaca para fortalecer su estructura interna. Pero los monarcas europeos habían decidido ya repartirse Polonia y se opusieron a todo, de modo que, cuando murió el rey, impusieron a Estanislao II Poniatowski, favorito de Catalina de Rusia, para ocupar el trono polaco.

Este hecho tuvo consecuencias trágicas para Polonia. Los rusos comenzaron a intervenir aun más activamente en su política interior y sus tropas entraron en el país. Poco después, a raíz de la guerra entre Rusia y Turquía, Austria, Prusia y Rusia convinieron en repartirse el territorio polaco en 1772, y de ese modo se coligaron para resistir a los enemigos comunes. Más tarde, en 1793 y en 1795, se reajustó la división territorial hasta hacer desaparecer totalmente a Polonia.

RUSIA

Para Rusia, la obra de Pedro el Grande fue decisiva. Si en lo interior había logrado reorganizar el país y acrecentar notablemente sus recursos, en lo exterior consiguió resultados no menos trascendentales. En efecto, fue obra suya el aniquilamiento de Suecia, cuyo poder constituía un obstáculo fundamental para que Rusia pudiera volverse hacia el mar Báltico y, por esa vía, hacia el Occidente. Éste era, precisamente, el ideal de Pedro el Grande, y su victoria en Poltava había contribuido decididamente a realizarlo.

Sus sucesores durante la primera mitad del siglo xvm carecieron de relieve. Reaccionando contra las directivas políticas de Pedro, se desplazaron los hombres que estaban compenetrados de sus ideales y fueron reemplazados en los puestos más importantes por extranjeros, especialmente por alemanes, entre los cuales se destacó, por cierto, el conde Osterman, a quien la reina Ana encomendó el ministerio de Relaciones Exteriores. Por obra suya, Rusia se orientó decididamente hacia un entendimiento con Austria, en tanto que acentuaba su recelo respecto a Prusia. Aunque con altibajos, esta política se mantuvo aun después de caer en desgracia Osterman. Y aunque Federico II hizo esfuerzos para modificarla, no logró sino que se acentuara hasta el punto de que Rusia, deponiendo su resentimiento contra Francia, no vaciló en ingresar en la alianza que esta potencia había convenido con Austria. En tal situación intervino en la guerra de los Siete Años, al término de la cual ocupó el trono de Rusia Catalina II, cuyo reinado constituye una página brillante de su historia.

Esposa de Pedro III, nieto de Pedro el Grande, que llegó al trono en 1762, Catalina se desembarazó de su marido y lo reemplazó al año siguiente. De origen alemán, fue famosa por sus condiciones de inteligencia y de cultura, porque sorprendía con su vivacidad y despejo, tanto como por su profundo conocimiento de las obras fundamentales del pensamiento contemporáneo. Estuvo en relación con Voltaire y Diderot y en ciertos aspectos se mostró progresista en tanto que en otros no hizo sino extremar el rigor de la autocracia tradicional.

En realidad, su labor más importante fue cumplida en el campo de la política exterior. A diferencia de sus antecesores, Catalina II decidió iniciar una aproximación con Prusia, en cuya obra empezó a trabajar inmediatamente después de su ascenso y de la firma del tratado de Hubertsburgo que ponía fin a la guerra de los Siete Años. El objetivo de esta alianza debía ser, sobre todo, el reparto de Polonia, medida mediante la cual Catalina quería realizar el viejo sueño ruso de entrar en contacto directo con la Europa central. Catalina intervino activamente en la crisis polaca y precipitó luego el conflicto con Turquía, a raíz del cual decidió a Austria a que consintiera en el reparto de Polonia de 1772.

El conflicto con Turquía, desencadenado en 1768, tenía como objetivo la ocupación de Crimea y el establecimiento del Danubio como límite meridional de Rusia. Parte de todo ello obtuvo Catalina mediante el tratado de 1774, y tuvo la habilidad de arrastrar luego a Austria a una guerra conjunta contra Turquía, que estalló en 1787 y separó a Rusia de Prusia. Pero Turquía era todavía bastante fuerte y pudo resistir esos embates. De todos modos, la primacía de Rusia en el este de Europa quedó afirmada con su segura política, y el sistema de alianzas que contribuyera a forjar preparó la conducta de Rusia en el período subsiguiente.


Italia, España y Portugal

Fuera del círculo de las potencias directoras del siglo XVIII, Italia, España y Portugal se desenvolvieron con distinto perfil, pero sin poder evitar el reflejo de los grandes conflictos en que se debatía el problema de la hegemonía europea. Italia fue, en efecto, el campo de batalla de las dos dinastías que luchaban en el Occidente por la supremacía: los Borbones y la rama austríaca de los Habsburgo. España, gobernada por una rama borbónica, siguió de cerca las inspiraciones de Francia, a la que estuvo unida por el Pacto de familia. Y Portugal, como país marítimo, no pudo sustraerse a la influencia predominante de Inglaterra.

ITALIA

El tratado de Utrecht, que puso fin, en 1713, a la guerra por la sucesión de España, le arrebató a este país las posesiones que tenía en Italia. En efecto, mientras Sicilia le fue entregada al duque de Saboya, Nápoles y Cerdeña pasaron a poder de Austria, que había ya ocupado la Lombardia; pero poco más tarde se llegó a un trueque, y Austria obtuvo Sicilia a cambio de Cerdeña, con lo cual volvió a reconstituirse el reino de las Dos Sicilias en provecho del imperio (1720).

En el Norte, Venecia mantuvo su independencia, como asimismo la Saboya, Génova, Toscana, Parma y Módena. Pero la suerte de los Estados meridionales pareció inevitablemente sujeta a toda clase de contingencias. A pesar de los acuerdos establecidos, cuando estalló la guerra por la sucesión de Polonia, España ocupó militarmente el reino de las Dos Sicilias, en 1734, y fundó allí una dinastía borbónica, a consecuencia de lo cual, cuando se negoció la paz, Austria recibió el ducado de Parma y de modo indirecto el de Toscana. Esta situación se modificó mediante el tratado de Aquisgrán, que puso fin en 1748 a la guerra por la sucesión de Austria, según cuyos términos el ducado de Parma pasó a manos de Felipe de Borbón, hijo de Felipe V de España y de Isabel Farnesio.

A partir de entonces, Italia disfrutó de un período de paz que duró toda la segunda mitad del siglo XVIII. Durante ese tiempo, Carlos Manuel III, rey de Cerdeña y Piamonte, se esforzó por introducir profundas reformas en sus estados para fomentar su progreso. Lo mismo ocurrió con la Lombardía, sometida a los austríacos y beneficiada con los proyectos progresistas de María Teresa y José II. Algo semejante ocurrió en el gran ducado de Toscana y en el reino de Nápoles, durante la época de Carlos de Borbón y de su hijo Fernando.

Por el contrario, la situación de la república de Venecia demostraba que su esplendor había pasado. Conservaba Venecia su organización tradicional y la nobleza se resistía a toda innovación; sin embargo, sus dificultades exteriores, especialmente frente a Turquía, hubieran debido inducirla a reorganizar su estructura política y a vitalizarla con el aporte de fuerzas nuevas; pero no fue así, y en cambio podía advertirse una tendencia cada vez más acentuada al lujo y a la sensualidad. No faltaron, sin embargo, algunas figuras ilustres en las artes y las letras, y los nombres de Tiépolo y Goldoni recuerdan su esplendor, como recuerda su alegre despreocupación la fama del prolongado carnaval veneciano.

ESPAÑA

Los últimos tiempos del siglo XVII habían sido trágicos para España. El largo y nefasto reinado de Carlos II había servido para acentuar y evidenciar la declinación de ese país como potencia internacional, y su incapacidad como gobernante apresuró la descomposición interior que se anunciaba desde los tiempos de Felipe III. En tal situación, el papel que debían desempeñar los Borbones, que ocuparon el trono español desde 1701, estaba diseñado por las circunstancias. Era imprescindible reanimar un país vigoroso y pletórico de fuerzas contenidas, y reincorporarlo luego a la corriente general de actividad y pensamiento que triunfaba en Europa. Y puede decirse que, en cierta medida, este programa fue cumplido por Felipe V como así también por quienes le sucedieron en el trono.

Felipe V fue elegido por Carlos II como sucesor en la totalidad de sus estados, y tuvo que dedicar los primeros años de su reinado a defender su derecho frente a las pretensiones de los Habsburgo. Abandonado por Portugal, que se unió a los ingleses, tuvo que combatir en España contra un ejército inglés cuya jefatura ejerció el propio pretendiente austríaco al trono, el archiduque Carlos, a cuyo lado se pasaron algunas regiones españolas. Cataluña, especialmente, optó por Carlos después de haber sido tomada por las fuerzas de Marlborough, movida, ciertamente, por la poca afinidad que sentía respecto a Castilla. En tal situación la guerra se hacía difícil para Felipe V, que por dos veces tuvo que abandonar Madrid, en 1706 y en 1710. Pero afortunadamente para él, las fuerzas del mariscal Vendôme derrotaron a las imperiales en la batalla de Villaviciosa en 1710, y poco después su posición se vio robustecida. Al cabo de algún tiempo, Inglaterra abandonó a Cataluña y Felipe V puso sitio a Barcelona, ciudad que consiguió tomar tras un largo asedio en 1714. Ya para entonces, Inglaterra había hecho la paz con los Borbones, reconociendo a Felipe V como rey de España y sus colonias, aunque con la expresa condición de que renunciaba al trono de Francia.

A partir de entonces, el gobierno de Felipe V adquirió una fisonomía especial debido a la influencia que ejercía sobre el ánimo del rey su segunda esposa, Isabel de Farnesio. Con ella comenzó a prevalecer en la corte el abate Julio Alberoni, italiano de origen, cuya orientación política debía hacer desviar la atención del nuevo rey de España hacia los problemas italianos que, bien mirados, eran un poco accesorios respecto a aquel país. Pero Alberoni, como Isabel de Farnesio, tenían un interés directo por los asuntos de Italia, en la cual la guerra por la sucesión había comenzado a trastrocar las cosas, porque, en efecto, España acababa de perder sus dominios en el reino de Nápoles en beneficio de la casa de Austria y la de Saboya.

Alberoni movió a Felipe V a que no desmayara en la recuperación de la influencia de la corona española en aquella región, y como el conflicto fuera nefasto para España, Alberoni vio declinar su estrella en 1719, tras cinco años de ejercicio del poder. Su labor en los asuntos interiores había sido más afortunada. Para preparar a España según las necesidades de la lucha a que quiso lanzarla, reorganizó la administración y estimuló de diversas maneras su vida económica, estimulando las industrias y el comercio; además, quiso hacer de España una potencia militar y naval y no vaciló en realizar ingentes gastos con ese fin. Pero todo ello quedó malogrado por su arriesgada y endeble política exterior, en disonancia con el juego de fuerzas que por entonces se había establecido en Europa.

Felipe V se mantuvo en el gobierno hasta 1724, pero abdicó luego en favor de su hijo Luis I, a cuya muerte, sin embargo, tuvo que volver a hacerse cargo del gobierno. Entonces llamó como primer ministro a José Patiño, un espíritu progresista y un hombre de acción que quiso retomar el camino que Alberoni había seguido antes de él. También Patiño procuró por todos los medios vivificar la agricultura, las industrias y el comercio, y poner a España en un pie de igualdad diplomática y militar con las demás potencias, situación que había perdido ya mucho antes.

Para lograr esta última aspiración, creyó que la ocasión era llegada al trabarse el conflicto entre Francia y Austria por la sucesión de Polonia, en 1733. Más afortunado que Alberoni, sus designios fueron acompañados esta vez por el éxito aunque él mismo no alcanzara a ver los resultados. Austria fue derrotada y, en virtud del tratado de Viena de 1738, los Borbones españoles recibieron el reino de las Dos Sicilias; que Felipe V confió a su hijo Carlos. Acaso fue ésta la página más brillante del reinado de Felipe, que murió en 1746, totalmente desentendido ya de los asuntos del Estado.

A su muerte, lo reemplazó su hijo Fernando VI, cuya esposa, de origen portugués, sirvió de vehículo para que prevalecieran ciertas influencias inglesas en la corte de Madrid. Desde ese momento, la política española osciló entre las dos influencias —la tradicional, francesa, y la nueva, inglesa— sin que el rey supiera dar una firme orientación durante todo el tiempo que ejerció el poder. Más enérgico se mostró su hermano y sucesor, Carlos, que dejó el trono de Sicilia para ocupar el de España en 1758. Espíritu liberal y progresista, enérgico y prudente, su época debía ser la más brillante de la España del siglo XVIII.

Su política exterior se orientó rápidamente hacia Francia y, mediante el Pacto de familia, se comprometió a mantenerse dentro de la línea de los intereses franceses. Por esa circunstancia tuvo que intervenir en la guerra de los Siete Años y sufrir la pérdida de algunas de sus colonias. Pero, en cambio, su actuación interna estuvo guiada por un claro propósito de renovación de la vida española, y contó para sus fines con el auxilio de excelentes consejeros y colaboradores.

Durante los primeros tiempos trabajó a su lado el marqués de Esquilache, que lo había acompañado desde Nápoles, pero un motín popular lo obligó a desprenderse de él, y entonces ocupó el ministerio el conde de Aranda, a quien se sumó luego el conde de Floridablanca. A su vez, supieron sus ministros rodearse de un equipo de colaboradores eficaces e inteligentes, y de este modo la obra que cumplió el gobierno se caracterizó por su eficacia.

Para vivificar la vida económica de la nación según los principios liberales, Carlos III no vaciló en suprimir muchos impuestos y reordenar la percepción de otros, de modo que, sin mayor perjuicio para el estado, pudo liberar a los particulares de las cargas que contenían y aumentaban su actividad productiva. Además, el gobierno los favoreció de manera directa, colaborando en el mejoramiento técnico de las industrias y haciendo las obras necesarias para que prosperara la agricultura. En poco tiempo, las consecuencias de estas medidas dieron sus frutos y se notó un resurgimiento del país que colmó de entusiasmo a los espíritus progresistas, prolongándose sus consecuencias hasta las colonias, que mejoraron notablemente en sus condiciones de vida y en sus perspectivas de desarrollo.

Como todos los soberanos liberales de su época, Carlos III procuró contener la exagerada influencia que la Iglesia ejercía dentro del Estado. Los jesuítas, sobre todo, parecieron constituir un peligro por su poder y su autonomía. Carlos III no vaciló en expulsarlos de sus dominios acusándolos de haber promovido una insurrección en el Río de la Plata y señalando el riesgo que entrañaba para el Estado una organización que, en la práctica, escapaba a su control.

A la muerte de Carlos III, en 1788, lo reemplazó su hijo Carlos IV. Nada más opuesto a su padre que el nuevo rey, espíritu apocado y sin iniciativa, que se dejó gobernar por su esposa María Luisa y su favorito Manuel Godoy.

Por otra parte, la época en que le tocó actuar hubiera puesto a prueba a hombres mejor templados que él, porque a poco de subir al poder estalló en Francia la Revolución de 1789 y España se vio inevitablemente arrastrada por los conflictos que se suscitaron en toda Europa con motivo de los violentos acontecimientos originados por el movimiento francés.

PORTUGAL

Por su situación y sus compromisos, Portugal tendía a mantener una relación estrecha con Inglaterra, y esta circunstancia presidió su política durante el siglo XVIII. Al comenzar la guerra por la sucesión de España, Portugal abandonó sus compromisos anteriores y se alió a Inglaterra en 1703, interviniendo en la guerra contra España tanto en el continente como en los dominios coloniales. En adelante, Portugal siguió las directivas inglesas para orientar su política exterior, y ya se ha dicho cómo intentó servir de intermediario para atraer a España dentro de la órbita de Inglaterra en los prolegómenos de la guerra de los Siete Años. Fracasado este propósito, Portugal se vio envuelto nuevamente en un conflicto con su vecina y los ejércitos españoles invadieron su territorio; pero como el resultado de la guerra fue favorable a Inglaterra, Portugal no sólo no tuvo que sufrir perjuicios sino que por el contrario obtuvo algunos territorios en las colonias del Río de la Plata.

Desde la muerte de Juan V (1750), ocupaba el trono de Portugal José I, quien entregó la dirección de los asuntos públicos en manos de un hombre excepcional, el marqués de Pombal. Gracias a su acción, Portugal se incorporó al movimiento liberal y progresista que por entonces predominaba en la mayoría de los estados europeos. Como Carlos III, trató de limitar la acción de la Iglesia, y se preocupó de reorganizar la hacienda, el ejército y la marina para hacerlos más eficaces. Al mismo tiempo, apeló a toda suerte de recursos para mejorar la riqueza de la nación, protegiendo y estimulando la agricultura, las industrias y el comercio, y, especialmente, la explotación de las ricas colonias que Portugal conservaba, el Brasil sobre todo.

En Portugal, los jesuítas contaron con el apoyo de la nobleza que, como aquéllos, odiaban al ministro. Un atentado sirvió de pretexto para que Pombal pusiera en ejecución sus designios; castigó severamente a la nobleza que se oponía a los planes progresistas del rey y ordenó la expulsión de los jesuítas de todos los dominios portugueses.

La suerte de Pombal quedó sellada con la muerte de José II, en 1777. Su sucesora, la reina María I, lo relevó de su cargo y hubo de ser perseguido por sus enemigos, que volvieron a gozar de los privilegios que Pombal les había arrancado. Los años que siguieron fueron difíciles para Portugal, cuya reina comenzó a demostrar que perdía la razón; con todo, ejerció nominalmente el poder hasta 1792, en que se encargó de la regencia su hijo Juan, casado con la princesa española Carlota. fue él quien tuvo que afrontar las dificultades que suscitó en Portugal la Revolución francesa y más tarde la política expansionista de Napoleón.


Francia hasta la víspera de la revolución

En la historia de Francia, el siglo XVIII es un período de decadencia. Alcanzada con Luis XIV la meta de las ambiciones políticas, Francia había insumido en las jornadas que le depararan tanto brillo no sólo sus recursos sino también sus reservas. Lo que es más grave, toda la política de Luis XIV fue montada sobre un principio de derroche que vedaba el mantenimiento de una conducta prudente con respecto a las riquezas de la nación. De ese modo, no sólo se gastaron sin tasa los recursos fiscales sino que se comprometieron las fuentes mismas de la riqueza nacional. A la situación que se derivó de esta política debieron hacer frente dos hombres insuficientemente dotados para tal misión: Luis XV y Luis XVI. Sus reinados no hicieron sino preparar el estallido de la Revolución de 1789.

LA REGENCIA DEL DUQUE DE ORLEÁNS

Al morir Luis XIV en 1715, su heredero sólo tenía cinco años de edad y fue menester que el gobierno se confiara a un consejo de regencia. Luis XIV había previsto cuidadosamente todas las contingencias, y había designado regente al duque de Orleáns, rodeándolo, sin embargo, de un consejo de regencia para que lo vigilara porque no merecía totalmente su confianza. Pese a todo, Orleáns supo maniobrar de tal manera que, al día siguiente de la muerte de Luis XIV, se encontró con todo el poder en su mano, y dispuesto a ejercitarlo según sus propias directivas.

Si Orleáns no gozaba de simpatías por su carácter disipado, políticamente representaba cierta reacción de la nobleza, a la que Luis XIV había apartado cuidadosamente del poder. Con este apoyo, y el que le ofrecían generosamente todos los que se habían sentido oprimidos por el absolutismo del Rey Sol, Orleáns creyó que podría desentenderse de quienes habían sido indicados por el testamento del rey para vigilarlo.

Dos grupos de problemas lo esperaban, frente a los cuales demostró Orleáns su escasa capacidad. Uno era el de los que se derivaban de la situación internacional, y otro el de los que provenían de la trágica situación fiscal.

Respecto al primero, Orleáns osciló torpemente entre la alianza de España y la de Inglaterra, descontentando a unos y a otros y debilitando la situación de Francia en circunstancias particularmente difíciles. Pretendió primero apoyarse en España y buscar su amistad, en circunstancias en que Alberoni preparaba sus planes contra Austria, y se unió luego a Inglaterra al descubrir que aquella política le era perjudicial. Pero posteriormente procuró aunar estas alianzas y pareció tener algún éxito en la empresa, todo lo cual concluyó en un sistema de vínculos matrimoniales. Respecto al segundo, su acción fue aun más insensata y peligrosa.

En efecto, tras muchas guerras y con una organización cortesana que costaba sumas ingentes, el estado había llegado a una situación de quiebra virtual, que comprometió, además, las riquezas de la nación. Para remediar la situación, Orleáns encomendó la presidencia del Consejo de Hacienda al duque de Noailles, quien proyectó un sistema de economías estrictas al que debían ajustarse los gastos por espacio de un largo período. Orleáns, y con él cuantos se habían enriquecido en la época de Luis XIV, se resistieron a esos planes, y prestaron oídos, en cambio, a los fantásticos proyectos de un hacendista de origen escocés, Juan Law, quien prometía restablecer la prosperidad financiera.

Su idea consistía en la creación de un banco emisor de papel moneda, que recibiría dinero a pequeño interés para invertirlo en vastas operaciones comerciales destinadas a producir una ganancia mucho mayor. Esas operaciones debían ser realizadas por una gran empresa que fundaría inmediatamente para explotar las incalculables riquezas que se suponía debía haber en la cuenca del río Mississipi. Orleáns prestó su asentimiento entusiasta a la idea, y en 1716 quedó fundado el banco, cuyos billetes debían ser recibidos por los agentes fiscales, en prenda de confianza. Al año siguiente se fundó la Compañía del Oeste y en 1718 el banco se transformó en organismo del estado.

Hasta aquí, el plan parecía bien fundado y sus posibilidades de éxito considerables. Pero Law comenzó a extremar sus ambiciones y a comprar cuanta compañía estaba establecida para la explotación de territorios coloniales, ofreciendo intereses cada vez más altos para sus acciones. Una verdadera fiebre de especulación fue la respuesta a esta política de Law, y al cabo de poco tiempo el edificio comenzó a flaquear en su base. El papel moneda y las acciones empezaron a desvalorizarse y el pánico cundió por toda Francia de modo incontenible, pese a que Orleáns echó todo el peso del estado en favor del papel moneda para restablecer la confianza. Empero, nada pudo hacerse, y en 1720 el sistema Law cayó en el fracaso más rotundo llevando a la miseria a muchos, y al propio Law al destierro.

El malestar general se agravó con esta aventura financiera, de la que era difícil saber hasta dónde había estado fundada en la buena fe. Orleáns sufrió considerablemente en su prestigio, y esta circunstancia no hizo sino agravar un estado al que también se llegaba por otras vías. En efecto, la sumisión del Parlamento —opuesto al sistema de Law— y el descontento de la nobleza desilusionada tuvieron como consecuencia el llamado complot de Cellamare, organizado por la duquesa de Maine, al que se sumaron los movimientos subversivos de la provincia de Bretaña. De este modo, cuando en 1723 Orleáns resignó la regencia y comenzó el reinado personal de Luis XV, su situación era casi insostenible.

LUIS XV

En 1723, Luis XV no tenía sino trece años, y en la práctica no podía hacerse cargo de la dirección de los asuntos públicos. Durante unos pocos meses, Orleáns siguió actuando como presidente del consejo, pero poco después, en 1726, todo quedó en manos del cardenal de Fleury.

Hombre de edad provecta y de espíritu temeroso, Fleury dirigió con parsimonia los asuntos exteriores de Francia y hubiera querido asegurar para ella la paz. Pero las circunstancias eran demasiado tensas para lograrlo. Un año antes de llegar Fleury al poder, Luis XV se había casado con María Leszczynska, hija del destronado Estanislao de Polonia, y esta situación llevó a Francia a intervenir en el conflicto que por la sucesión de ese país se desencadenó en 1733. Para asegurar su sistema de alianzas, Francia gestionó entonces un tratado con España, que se conoció con el nombre de Pacto de familia y que se firmó en ese mismo año. Pero Fleury era enemigo de esta guerra y, cuando la ocasión fue favorable, se apresuró a firmar la paz negociando en Viena un tratado. Sin embargo, el problema internacional seguía en pie, y la sucesión de Austria obligó a Luis XV a intervenir en un nuevo conflicto en 1740; el curso de la guerra condujo a una nueva aproximación entre Francia y España, que renovaron en 1743 el Pacto de familia. Ese mismo año moría Fleury, y la dirección de los asuntos públicos cayó más directamente en manos de Luis XV, sobre quien empezaron a obrar pronto las influencias de sus favoritas. Esto, y su notoria irresponsabilidad para manejar las más graves cuestiones públicas, condujo a Francia a una situación cada vez más grave.

El primer síntoma fue el absurdo desenlace que tuvo para Francia la guerra por la sucesión de Austria. Sus tropas habían conquistado los Países Bajos, pero por el tratado de Aquisgrán, firmado en 1748, Francia devolvió todas sus conquistas y hasta cedió algunos territorios. La indignación fue general, y comenzó a extenderse un grave malestar que terminó en un pronunciado odio hacia el rey.

Luis XV, ciertamente, no podía hacerse amar por sus súbditos. Totalmente ajeno a los problemas de estado, sólo tenía tiempo para sus entretenimientos privados y sus amores, que excedían la esfera privada por la gravitación que otorgó a sus favoritas en la esfera del gobierno. La señora de Pompadour fue, entre todas, la que mayor influencia ejerció en la vida pública francesa; pero todas ellas conspiraron contra las finanzas nacionales obteniendo del rey gruesas sumas. Este constante drenaje de las arcas fiscales llevó al país a una situación cada vez más crítica, y la oposición comenzó a fortalecerse, encontrando suficientes motivos para manifestarse con desusada libertad.

No mucho después de firmada la paz en Aquisgrán, la situación internacional comenzó a ponerse tensa nuevamente. Esta vez, Francia evolucionó con respecto a su posición de algunos años antes; María Teresa de Austria se empeñó en destruir la alianza que unía a Francia y Prusia, amenazadora para ella, y procuró atraerse a su antigua rival. Este cambio de frente fue posible en el momento en que Francia se enteró de que había sido firmado un tratado entre Inglaterra y Prusia. Ese mismo año —1756— se decidió a unirse con Austria, prestándose así a secundar los propósitos de ésta frente al creciente poderío de Federico II. Fue el rey de Prusia quien desencadenó la guerra, que duró hasta 1763, y Francia tuvo que afrontar el conflicto en sus colonias, especialmente en América del Norte y la India. Las consecuencias fueron desgraciadas, y cuando se firmó el tratado de París, la Luisiana quedó en manos de España y pasaron a las de Inglaterra el Canadá, el Senegal y la India. Era un terrible fracaso militar y diplomático, sufrido tras una guerra en la que no se esperaba ganar nada aun cuando se hubiera triunfado.

Por lo demás, la guerra en sí misma fue cara y había agudizado con los gastos originados por el conflicto la situación económica, ya grave desde antes. Había, pues, que hacer frente a un crecido déficit, y como por otra parte, era menester atender a los gastos de una corte extremadamente derrochadora, el rey no vaciló en extremar los recursos, y no faltó un ministro —el abate Terray— que echara mano, simple y lisamente, de los fondos depositados por particulares. Los precios subieron, y comenzaron a ser frecuentes los motines populares, alguno de los cuales pareció amenazar la vida misma del rey.

En este ambiente de prerrevolución, las minorías intelectuales ejercieron un papel importante. Por entonces es cuando Voltaire hace públicos sus más encendidos libelos y lanzan Rousseau y Diderot sus diatribas contra el régimen despótico que destruía a la nación. Ciertamente, la corte se mostró indiferente a esta expresión vibrante de la opinión pública, pero su voz alcanzó a los oídos de la burguesía que sufría en carne propia las consecuencias de la torpeza de Luis XV, y de ese modo comenzó a prepararse la atmósfera insurreccional que permitiría el estallido de la revolución. En 1774 Luis XV murió y lo sucedió su nieto Luis XVI, tan incapaz como él para hallar una solución a la difícil situación económica y social.

LUIS XVI

Acaso pudiera decirse que, a diferencia de su antecesor, poseía Luis XVI un deseo sincero de remediar los males que sufría Francia. Librado a su propia determinación, quizá hubiera tomado las medidas que exigía la situación, entre todas las cuales la más urgente e importante era la reducción de los inmensos gastos que demandaba la corte de Versalles, cuyo lujo y exigencias insumían buena parte de las rentas fiscales. Pero, así como las favoritas ejercieron una influencia absoluta sobre Luis XV, su nieto sufrió la de su propia esposa, la princesa austríaca María Antonieta, que se manifestó decididamente resuelta a no tolerar la declinación del boato real.

El rey era tímido y de carácter débil. María Antonieta, por el contrario, tenia una indomable soberbia y había sido educada por su madre, la emperatriz María Teresa de Austria, dentro de los más inflexibles principios del absolutismo. Sin tener una verdadera preocupación por los problemas de gobierno, intervenía, en cambio, en todo aquello que se relacionaba con la vida de la corte, en la que extremó los gastos a causa de su frivolidad y sus caprichos. Y como la situación era ya harto grave, los problemas nuevos se sumaron a los antiguos dificultando cada vez más el enderezamiento de la situación.

Guiado por sus honrados propósitos, Luis XVI quiso seguir la vía de algunos monarcas europeos y pretendió encomendar la solución de los graves problemas económicos a alguno de los hombres que encarnaban el pensamiento moderno. A tal fin, llamó para que dirigiera la hacienda pública a uno de los redactores de la Enciclopedia, Roberto Jacobo Turgot, que había publicado un libro sobre la grave cuestión económica y fiscal titulado Reflexiones sobre la formación y distribución de las riquezas. Un claro sistema de ideas permitiría a Turgot tomar las providencias necesarias para remediar el creciente déficit del erario y, sobre todo, estimular el desarrollo de la vida económica de la nación.

Desgraciadamente, Turgot sostuvo que toda reforma debía partir de una severa reducción de los gastos públicos, y especialmente de los que, como los que exigía el mantenimiento de la corte, eran totalmente improductivos. El resto de las medidas que tomó no preocuparon mayormente en Versalles. Pudo establecer la libertad para el comercio de granos, la igualdad en el régimen impositivo y la supresión de las corporaciones. Pero las economías en los gastos de la corte sublevaron contra él al grupo perjudicado por tal medida, y los numerosos nobles que recibían abundantes pensiones se vieron protegidos por María Antonieta, quien se opuso terminantemente a las iniciativas del ministro. Podía argüir en su favor el descontento que sus otras medidas habían provocado en las clases burguesas, que se veían perjudicadas por ellas; pero eran los nobles y ella misma quienes estaban resueltos a acabar con el ministro, y sobre todo, quienes podían hacerlo.

En efecto, tras algunas vacilaciones, y repitiendo muchas veces que estaba seguro de la rectitud de sus intenciones y la eficacia de sus planes, Luis XVI terminó por pedir en 1776 la renuncia de Turgot, que la entregó advirtiendo al rey de los peligros a que lo conduciría su debilidad. Y en efecto, el malestar se hacía cada vez más notorio, y se concentraba alrededor de la figura de la reina, a quien se juzgaba culpable de la mayor parte de los males.

La situación empeoró tras la salida de Turgot y el déficit se hacía insostenible, sobre todo después de la guerra mantenida contra Inglaterra a partir de 1778. Algunos años más tarde, la situación se precipitó con motivo de una proposición del ministro Calonne, que cayó en un terreno propicio para la insurrección. Calonne sostuvo la necesidad de crear un impuesto general, frente al cual no valdrían los antiguos privilegios; pero el Parlamento negó a la Corona el derecho de establecerlo y exigió la convocatoria de la asamblea de los tres estados —nobleza, clero y burguesía— que se conocía con el nombre de Estados Generales. Hubo resistencia del rey y agitación popular. Finalmente, cediendo a la presión, Luis XVI aceptó las imposiciones del Parlamento y los convocó para mayo de 1789.


El mundo oriental y el Imperio Otomano hasta fines del siglo XVIII

En el curso de la Edad Moderna, Europa estableció sus primeros contactos duraderos con el mundo del Asia central y oriental. Por entonces, el Japón, la China y la India cumplían una cierta etapa de su desarrollo histórico que es útil conocer, no sólo por el valor que encierra en sí misma sino también para explicarse las circunstancias en que se produjo la iniciación del proceso de occidentalización del mundo asiático. Porque desde nuestro punto de vista, el hecho decisivo es la paulatina pero firme intromisión del Occidente en aquel ámbito, debido a la cual se inaugura la época de los grandes imperios coloniales.

CHINA Y JAPÓN

En la China, la dinastía mongólica de los Yuan había durado hasta 1368, y fue reemplazada por la dinastía Ming, indígena, que gobernó el país hasta 1644. No fue una época de paz, porque una vez más se manifestó la tradicional tendencia a la disgregación y a la anarquía, de modo que fueron frecuentes las guerras civiles. Durante esta época se produjo el arribo de los primeros exploradores portugueses a las costas chinas, en 1517, y poco después llegaron embajadores portugueses a la corte de Pekín (1520).

En 1644 llegó al trono la dinastía manchú de los Tsing, y a ella correspondió reglar las relaciones con los exploradores occidentales, a quienes se resolvió abrir el puerto de Cantón. fue ésta una época de prosperidad y orden para la China, que se prolongó durante los siglos XVII y XVIII.

Al Japón llegaron los portugueses en el siglo XVI: Méndez Pinto en 1542 y poco más tarde, en 1549, los jesuítas encabezados por Francisco Javier. Era la época de la lucha entre los señores feudales y los shogun, que detentaban en la práctica el poder político y tenían reducido al mikado a una jurisdicción meramente religiosa. En 1603 la dignidad de los shogun recayó en la familia de los Toku-Gawa, y este cambio fue importante para las relaciones entre el Japón y los occidentales, pues en 1637 se resolvió cerrar el país a los extranjeros, debido a que tras los misioneros llegaban en número considerable los mercaderes holandeses e ingleses, cuya acción fue considerada por los shogun peligrosa para la independencia del Japón.

LA INDIA

A principios del siglo XVI, la India se constituyó como una unidad bajo la autoridad de los conquistadores mogoles. En efecto, un príncipe llamado Baber, de origen turco y descendiente de Tamerlán, emprendió la conquista del sultanato de Delhi, con motivo de la pérdida de sus estados. Iniciada la lucha en 1514, Baber obtuvo triunfo tras triunfo hasta asentar su autoridad en 1527.

A su muerte, en 1530, le reemplazó Humayún para quien la fortuna no fue tan favorable. Baber era un hombre de tradición irania, filósofo y poeta; pero estas circunstancias no habían obstado para que se condujera como un guerrero audaz y un hábil político, de modo que sus trabajos obtuvieron un óptimo fruto. Pero la conquista no estaba asentada definitivamente, y Humayún debió asegurarla. Surgieron entonces rivalidades por la herencia, complicadas con algunos conflictos internos, y Humayún consumió su existencia en defender sus derechos y los de su hijo Akbar. Sólo al fin de su vida pudo considerarse seguro, aun cuando quedaba mucho por hacer al producirse su muerte, en 1556.

Lo sucedió Akbar, que sólo tenía trece años, pero que dio muy pronto muestras de sus extraordinarias condiciones. No sólo suprimió todos los gérmenes de disolución, sino que organizó el imperio sobre sólidas bases y puede ser considerado como su verdadero fundador. Apoyándose en la aristocracia, creó un sistema de gobierno basado en la tolerancia religiosa, pues aunque él era musulmán ortodoxo, apoyó al shiismo —secta de su propia fe— y permitió los cultos hindúes dentro del mismo pie de igualdad que los musulmanes. Más aun, procuró, como filósofo, llegar a elaborar un sincretismo religioso que suprimiera las disidencias que debilitaban el imperio unificado, y en ese intento puso de manifiesto su vigor intelectual y la energía de su carácter. Pero sus planes fueron abandonados por Jahangir, que lo sucedió en 1605 y reinó hasta 1627. Era éste un entusiasta aficionado a las artes, y su época es brillante para la cultura india. En este aspecto, puede considerarse el reinado de Sha Jahan, desde 1627 hasta 1658, como la época de culminación espiritual del vasto imperio mogol.

Desde el punto de vista de la cohesión interior, el reinado de Aurengzeb (1659-1707) constituye el punto de partida de la declinación. Al principio de su gobierno anexó los últimos sultanatos independientes del Dekán y hasta puede decirse que afirmó el centralismo mogol. Pero todo ello no fue sino a base de una extremada violencia y una inexorable crueldad, que le atrajeron el odio de todos y prepararon la crisis que se manifestó después de su muerte. En efecto, a partir de 1707 comenzó una larga guerra por la sucesión que, a diferencia de las que habían estallado anteriormente, no se resolvió con el triunfo definitivo de uno de los aspirantes, de modo que el imperio comenzó a subdividirse. Se sumaron en seguida las sublevaciones de distintos pueblos, especialmente los que habían sido forzados por la persecución religiosa de los últimos sultanes, y en particular Aurengzeb, que habíase manifestado como un musulmán inflexible y fanático. En esta situación comenzó a hacerse visible la fuerte penetración de los occidentales que, al cabo de cierto tiempo, triunfarían en su empresa de predominio.

LA CONQUISTA DE LA INDIA

Cuando comenzó a operarse la declinación del poderío mogol, hacía algún tiempo que actuaban en la India dos compañías europeas para la explotación económica del territorio, una de capitales franceses y otra de capitales ingleses. Cada una de ellas tenía algunas bases importantes: Inglaterra las de Bombay, Calcuta y Madrás, y Francia las de Mahé, Pondicherry y Chandernagore. Además, cada una de ellas tenía una cierta zona de influencia, que se extendía preferentemente sobre algunos principados más o menos independientes, y en ciertos casos gozaba de privilegios concedidos por el mismo imperio mogol, como los que fueron acordados a Calcuta en 1717 por el gobierno de Delhi.

Por su organización, estas compañías eran de capital privado y eran dirigidas por sus propios accionistas; pero la índole de sus actividades condujo a una intervención cada vez más estrecha de los respectivos gobiernos. Así, por ejemplo, la compañía francesa pasó a ser casi completamente una dependencia del estado después de la aventura financiera del banquero Law, y lo mismo ocurriría con la compañía inglesa. Este proceso se acentuó cuando, debilitado el poder mogol, se adivinó la posibilidad de acrecentar el poder de las compañías y transformarlo dándole carácter territorial.

Los conflictos que se suscitaron en Europa durante el siglo XVIII entre Inglaterra y Francia tuvieron una repercusión inmediata en la India y desencadenaron un largo conflicto colonial. Al estallar la guerra por la sucesión de Austria, en 1740, la compañía francesa comenzó a obtener mayores ventajas y a superar a su competidora. Dupleix, gobernador francés, comenzó a gestionar alianzas con los jefes indígenas, y la acción de la flota de La Bourdonnais contribuyó a que la situación de Francia se tornara predominante. Pero la situación comenzó a modificarse por la resistencia del gobierno francés a acentuar su dominación colonial, precisamente cuando Inglaterra se mostraba más decidida a hacerlo.

El hombre que cumplió la hazaña de asegurar a Inglaterra el predominio de la India fue Roberto Clive, que se había iniciado como simple empleado en la Compañía de las Indias Orientales. Al estallar la guerra de los Siete Años, Clive comenzó a distinguirse y muy pronto se mostró capaz de llevar a cabo hazañas militares insospechadas. En 1757 logró apoderarse de Calcuta —que había caído el año anterior en manos del nabab de Bengala Siraj-Ud-Daulá— y poco después derrotó definitivamente a las tropas bengalíes en Plassey. Estos éxitos hicieron que Clive fuera nombrado gobernador de Bengala en 1758, donde afirmó la autoridad de Inglaterra expulsando del valle del Ganges a los holandeses y los franceses.

Estos últimos iban perdiendo visiblemente sus posiciones. En 1757, Francia confió sus territorios e intereses al conde de Lally, de origen irlandés, quien intentó hacerse fuerte en la India meridional apoyándose en Pondichery. Los ingleses le opusieron las fuerzas de Eyre Coote, que lo derrotó completamente en Wandewash en 1760, y lo sitió en Pondichery hasta que lo obligó a rendirse y entregar la plaza en 1761. Tras estas operaciones, los franceses perdieron casi totalmente sus posesiones en la India en beneficio de Inglaterra, y así quedó reconocido en el tratado de París, firmado en 1763. Warren Hastings, primer gobernador general de la India inglesa, puso fin a la obra de organización que había comenzado ya el propio Clive durante su segundo gobierno en Bengala.

EL IMPERIO OTOMANO

Durante el siglo XVIII comenzó a acentuarse la declinación del imperio otomano, cuyos progresos territoriales se habían detenido ya. Ahora, el gobierno otomano debía atender a la constante hostilidad de Rusia que, desde los tiempos de Pedro el Grande, se manifestaba dispuesta a extenderse hacia el Sur, amenazando la región caspiana. En 1736, Rusia le declaró la guerra y asaltó sus posiciones en el mar Negro con éxito relativo. La paz se firmó entre el imperio y Rusia en 1739, y si bien es cierto que Turquía no experimentó por el momento fuertes pérdidas, quedó demostrado que sus fuerzas habían perdido el carácter de imbatibles con que las adornaba la leyenda.

La guerra se reanudó en 1768, en época de Catalina II, y duró hasta 1774, perdiendo esta vez Turquía la Crimea y, sobre todo, el control del mar Negro. Por el tratado de Kutchuk-Kainardji, Crimea fue declarada independiente, pero Rusia no vaciló en anexársela, con lo cual se desencadenó un nuevo conflicto entre las dos potencias, que estalló en 1787. Las consecuencias de esta guerra fueron también desfavorables para Turquía, cuya frontera con Rusia quedó establecida en el río Dniester y la costa del mar Negro hasta el Cáucaso.

Quedaba todavía el problema de los Balcanes, donde la dominación turca no había logrado afianzarse a pesar del largo tiempo transcurrido desde la conquista. En efecto, la política religiosa del imperio otomano se caracterizó por desentenderse de toda labor de catequesis musulmana, quizá porque le resultaba más cómodo dejar que la Iglesia ortodoxa manejase a la masa conquistada y le asegurase al conquistador su docilidad. Por lo demás, el régimen político no se basaba en la incorporación de los pueblos conquistados sino en su mera sumisión; pero solamente un poder muy fuerte podía asegurar la perduración de este dominio en un territorio tan extenso y diverso.

Ahora bien, el siglo XVIII es la época de declinación de ese poder. Las circunstancias que permitieron las sucesivas derrotas de Turquía frente a Rusia fueron, precisamente, la crisis de las tradicionales calidades guerreras de los turcos. El poder central se había debilitado considerablemente, y por esta época podía decirse que era, prácticamente, prisionero de los genízaros que, sin poseer ya las antiguas virtudes militares que los caracterizaban, poseían el control de la capital e imponían su autoridad sobre los sultanes.

Sólo uno de ellos, Selim III, que subió al poder en 1789, trató de sacudir esta tutela y organizar una fuerza militar que por su instrucción, pudiera competir con las europeas. Pero los genízaros comprendieron que se amenazaba su poder y no vacilaron en tomarlo prisionero y asesinarlo poco después. De este modo, el imperio otomano marchaba hacia su disgregación, que debía comenzar precisamente en los Balcanes, donde su autoridad era más inestable.


HISTORIA CONTEMPORANEA


La Revolución francesa

El proceso revolucionario que se abre en Francia en 1789 constituye la primera página de la historia contemporánea, aun cuando sea menester no olvidar que significa también el desenlace de la moderna, en cuyo transcurso se incubaron las causas que lo promovieron. Pero la magnitud de los hechos y sus formidables y duraderas consecuencias permiten ver en la Revolución francesa un hito demarcador de las dos épocas.

EL ESTADO Y LA SOCIEDAD EN FRANCIA

Un profundo malestar económico y social podía advertirse en la Francia de Luis XVI. Si el rey, sus ministros y los que estaban próximos a la corte sólo descubrían la parquedad de los recursos fiscales y trataban de hallar un expediente para acrecentarlos, los nobles hostiles a los grupos dominantes y las clases no privilegiadas —esto es, el tercer estado— podían advertir que la inquietud era motivada por razones profundas. Para el rey no se trataba sino de hallar dinero; para los no privilegiados era menester un cambio total de la orientación política que impidiera la prosecución de un régimen de exacciones que había paralizado la vida económica del país y conducido a la miseria a las clases productoras y contribuyentes. Por esta dualidad de perspectivas, pudo el rey convocar con cierta esperanza a los Estados Generales y el tercer estado desencadenar luego una revolución a fondo.

LA REVOLUCIÓN

Los Estados Generales —o asamblea de la nobleza, el clero y el tercer estado— fueron convocados para mayo de 1789. El rey presidió la sesión inaugural y manifestó que era necesario que se estableciese orden en el sistema fiscal. No dijo más, y los diputados del estado llano se sorprendieron de que no se mencionase nada de lo que reclamaban sus electores. Éstos, en efecto, habían coincidido en solicitar la sanción de una carta constitucional que estableciese las principales garantías individuales, las normas básicas del régimen político y los principios de un nuevo sistema fiscal. Pero ni el rey ni la nobleza pensaban en tal cosa, y sólo en ese momento comenzaron a preocuparse por el rumbo que podrían tomar las deliberaciones. Entonces, como primera providencia, trataron de retardar el funcionamiento de la asamblea y lo lograron durante más de un mes. Pero sus planes fracasaron. Durante ese tiempo maduró el espíritu revolucionario y los diputados del tercer estado se reunieron el 17 de junio proclamando que constituían una Asamblea Nacional y resolviendo como primera medida que no podría imponerse ninguna contribución sin su consentimiento. Inútil fue que el rey hiciera clausurar el recinto de sesiones, pues los diputados se reunieron en el Juego de Pelota y juraron allí no separarse hasta sancionar la constitución.

Pocos días después, el rey acudió a la sesión y declaró nulo lo resuelto, disponiendo que los diputados se retiraran inmediatamente; pero la orden fue desobedecida y Luis no creyó prudente recurrir a la fuerza.

LA ASAMBLEA CONSTITUYENTE

De acuerdo con sus designios, los diputados del tercer estado resolvieron asignar carácter de constituyente a la asamblea de los estados. Para poner freno a ese propósito, los nobles y el clero se incorporaron a la asamblea y sancionaron con su voto la formación de esa asamblea, en tanto que el rey comenzó a forjar su plan de batalla, iniciado luego con la renuncia del ministro Necker. Pero entonces el pueblo de París recurrió a la fuerza, se lanzó a la calle, y en un arresto de entusiasmo se apoderó de la Bastilla, tradicional prisión de estado. Ese día —14 de julio de 1789— el pueblo se impuso a la voluntad real, y Luis debió ceder.

Pero el pueblo no se mantuvo en reposo. A comienzos de agosto comenzó a manifestar en toda Francia su hostilidad contra los señores que lo habían sojuzgado durante siglos, y la asamblea interpretó el anhelo popular decretando la abolición de todos los privilegios. Sobre esa base se resolvió asentar la nueva constitución, y se comenzó por aprobar su preámbulo, que recibió por título el de Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, y en el que se establecían los principios fundamentales de un orden político que se basaba en la igualdad, la libertad y la fraternidad.

Desde ese momento comenzaron los trabajos preparatorios de la constitución, no sin que la inquietud popular los interrumpiera con sus oleadas. El pueblo se desbordaba por las calles y en una ocasión no vaciló en asaltar el palacio de Versalles, de modo que el rey no tuvo más remedio que ceder y juró con Lafayette fidelidad al nuevo orden en la fiesta de la Federación, que simbolizó la unión de toda Francia. Pero esta actitud del rey sufrió un cambio importante cuando la asamblea votó la constitución civil del clero, por la que el estado se incautaba de los bienes eclesiásticos y ponía a los miembros de la Iglesia bajo su dependencia. El papa se opuso a esta medida, y el rey, aunque finalmente se vio obligado a sancionarla, no quiso comprometerse con su cumplimiento decidiendo entonces huir. Su plan fracasó y fue detenido en Varennes, trayéndosele a París, donde quedó prisionero y fue suspendido en sus funciones.

Finalmente, y a pesar del ambiente convulsionado, la asamblea concluyó de redactar la constitución, y Luis XVI le juró fidelidad en septiembre de 1791. Con ella quedaba establecida la monarquía constitucional.

LA MONARQUÍA CONSTITUCIONAL

Desde septiembre de 1791 hasta septiembre de 1792, ése fue el régimen político de la Francia revolucionaria. La constitución establecía la división de poderes y encargaba del ejecutivo al monarca, en tanto que el legislativo y el judicial se confiaba a mandatarios del pueblo.

El 1º de octubre de 1791 entró en funciones la asamblea legislativa, órgano parlamentario del nuevo régimen, en el que muy pronto se escindieron los conservadores de los republicanos, estos últimos orientados por los más extremistas que recibieron el nombre de jacobinos. Comenzó entonces la lucha de los partidos; pero la importancia de estas disidencias se vio disminuida por la gravedad de la situación exterior, pues crecido número de miembros de la nobleza se había escapado para refugiarse en Austria o en Prusia, y trabajaba activamente para que ambas potencias declararan la guerra a Francia. El peligro era inminente, y los republicanos, a su vez, creyeron que la guerra no podía sino fortalecer su posición. Así, obligaron al rey a constituir un ministerio de esa tendencia, y la asamblea votó la declaración de guerra a Austria en abril de 1792.

La campaña se inició en seguida y no fue favorable para los franceses. Poco después Prusia se unía a Austria, y el jefe de sus ejércitos, el duque de Brunswick, amenazó con arrasar París si se ponían obstáculos a sus fuerzas. Todo hacía suponer que el rey y la corte se entendían con el enemigo, y la opinión se volcó violentamente contra Luis XVI; el pueblo asaltó las Tullerías y poco después la asamblea votó la suspensión del rey en sus funciones (agosto de 1792).

LA CONVENCIÓN Y LA REPÚBLICA

La situación era caótica. El gobierno estaba en manos de un Consejo ejecutivo inspirado por Danton, pero debía contar con el comité llamado la Comuna insurgente —inspirado por Robespierre— que era el que había dirigido el asalto a las Tullerías e impuesto luego la suspensión de Luis. Esta diversidad de autoridades hizo crecer la anarquía y el pánico, acrecentados luego con las noticias que llegaban del frente, de modo que sólo se pensó en acudir en masa a la defensa contra los invasores, deteniéndose solamente un instante para dar cuenta de los presuntos enemigos que se emboscaban en París. Todos los realistas conocidos y cuantos sospechosos cayeron a mano fueron ultimados en pocos días. Y entre tanto, el ejército republicano a las órdenes de Dumouriez hizo frente a los prusianos y consiguió detenerlos en Valmy el 20 de septiembre de 1792. Ese día se disolvía la asamblea legislativa y se entregaba la totalidad del poder a una asamblea cuya misión era reorganizar totalmente el orden institucional del país: la Convención.

El nuevo cuerpo estuvo dominado por los jacobinos, presididos por Robespierre, alrededor de los cuales se agrupaban, aunque con disidencias, todos los grupos republicanos exaltados. Frente a ellos, los girondinos constituían la derecha de la Convención y se manifestaban partidarios de una política moderada y legalista. Finalmente, había entre ambos grupos extremos un conjunto de diputados indecisos —la llanura— que variaba en sus preferencias.

Dos días después de constituirse, la Convención proclamó la república y poco después ordenó el procesamiento del rey. La sentencia no se hizo esperar y declaró su culpabilidad como traidor a la patria, por lo que se le condenó a muerte. El 21 de enero de 1793 Luis XVI era guillotinado; la noticia conmovió a muchos franceses, y hubo importantes sublevaciones de campesinos y de soldados; pero la consecuencia más importante de esta medida fue la organización de una vasta alianza de todas las principales potencias europeas contra la República Francesa, cuyas fuerzas habían hecho importantes conquistas territoriales después del triunfo de Valmy. El ministro inglés Pitt organizó la coalición y poco después Francia fue invadida hasta que, a fines de 1793, los generales Jourdan y Hoche pudieron rechazar a los invasores.

Tan afortunado desarrollo de la guerra se debió a la acción del Comité de salvación pública, dirigido primero por Danton y luego por Robespierre, en el que la Convención delegó en cierto modo el poder ejecutivo. Esta y otras comisiones del cuerpo se preocuparon asimismo de asegurar el orden interior, y lo hicieron con una energía que muchas veces pareció crueldad o barbarie. Los girondinos fueron excluidos y condenados y tras ellos cayeron bajo la cuchilla de la guillotina un número enorme de condenados, entre ellos la reina María Antonieta. La época del Terror ocupa la historia de Francia desde mediados de 1793 hasta mediados de 1794, y durante todo ese tiempo la inspiración predominante fue la de Robespierre, cuya tenacidad y energía se impusieron a todos los que le disputaron el poder.

Pero no todo fue destrucción durante ese período. Mientras se atendía a la gravísima situación exterior, mientras se procuraba contener la reacción interna, la Convención halló reposo para adoptar innumerables medidas administrativas y políticas de trascendencia. Reorganizó la hacienda pública, echó las bases de la reforma de la enseñanza y penal y se preocupó por el desarrollo de la cultura superior. Muchas de sus iniciativas sólo pudieron lograr sus frutos algún tiempo más tarde, pero en el seno de la Convención habían hallado ambiente propicio para germinar.

A mediados de julio de 1794, mientras los generales Jourdan y Pichegru conquistaban para Francia nuevos territorios, los enemigos de Robespierre se complotaron para derribarlo, lográndolo inmediatamente. Robespierre fue condenado a muerte y ejecutado poco después. Hubo entonces un poderoso movimiento contra la república, pues mientras los moderados querían corregir su rumbo dentro de sus líneas principales, los realistas organizaron una insurrección. Entonces la Convención encargó su defensa al general Napoleón Bonaparte, que pudo someter a los rebeldes en octubre de 1795.

Ese año, la Convención había sancionado una nueva constitución republicana, llamada constitución del año III de la República. Apenas vencida la insurrección realista, la Convención se disolvió y entregó el poder a las autoridades que aquélla establecía.


Francia durante el Directorio y el Consulado

Cion la disolución de la Convención, en 1795, se cierra el primer período de la Revolución francesa, quizás el único período estrictamente revolucionario. El que le siguió fue de tendencia moderada y casi conservadora, acaso como consecuencia del cansancio que habían provocado en los ánimos tantos años de continua innovación y sostenida alarma. Durante ese tiempo se sucedieron dos regímenes, uno derivado de la constitución del año III, que fue el Directorio, y otro nacido del golpe de estado del 18 Brumario y la constitución del año VIII, el Consulado.

EL DIRECTORIO

La constitución del año III creaba un Cuerpo legislativo compuesto por dos consejos: el de los Quinientos, cuya misión era preparar las leyes, y el de los Ancianos, que debía aceptarlas o rechazarlas. El poder ejecutivo estaba confiado a una comisión de cinco miembros que recibía el nombre de Directorio.

La gestión de los directores no fue afortunada, en parte por las circunstancias y en parte por su falta de aptitudes. Las circunstancias eran, sin duda, favorables a una política moderada porque el sentimiento público era de fatiga después de la campaña extremista de la Convención; pero como los elementos extremistas subsistían era menester una política prudente para reducirlos sin incitarlos a nuevas agitaciones. No fue ésta, sin embargo, la conducta que siguió el Directorio, que apeló varias veces a medidas violentas y llegó hasta anular las elecciones de 1798 en las que habían triunfado los jacobinos. Por otra parte, la situación económica era angustiosa, y el Directorio impuso nuevos impuestos que provocaron profunda irritación en el pueblo.

A todo esto era necesario agregar las consecuencias que derivaban de la calidad personal de los hombres que se impusieron por entonces. Barràs era el ejemplo típico; intrigante, ambicioso y siempre dispuesto a sacar provecho de todas las situaciones, era el menos indicado para encarrilar la república dentro de un régimen de confianza y moderación. Así, el Directorio corrió aceleradamente hacia el desprestigio y sólo pudo computar como saldo favorable de su gestión el de las operaciones que el general Bonaparte realizó por entonces en Italia y Egipto.

BONAPARTE EN ITALIA Y EGIPTO

La primera coalición de potencias contra Francia se había organizado en 1793 y se mantuvo hasta 1795. En esa fecha, tras los triunfos franceses, Prusia y España se separaron de la coalición y firmaron con Francia la paz de Basilea por la que reconocían la posesión francesa de la orilla izquierda del Rin asegurada militarmente por la campaña del general Jourdan. Por otra parte, Holanda firmó también con Francia una paz en La Haya por la que admitía la conquista de las provincias que había ocupado el general Pichegru. Quedaban dispuestas a continuar la lucha solamente Austria e Inglaterra.

Para doblegar a Austria, el Directorio preparó una operación combinada. Un ejército trataría de dominar directamente el territorio austríaco mientras otro marcharía a Italia y, una vez dominada, se dirigiría también a Austria por los Alpes. El segundo de esos ejércitos, por indicación de Barràs, fue confiado al general Bonaparte.

El primer ejército no tuvo éxito en su empresa, pero Bonaparte, en cambio, realizó una campaña brillante en Italia. En abril de 1796 se hizo cargo del ejército cerca de Niza y en brevísimo tiempo lo reorganizó sometiéndolo a una estricta disciplina, tras de lo cual se lanzó sobre el Piamonte, que logró someter en pocos días. Dueño de Niza y Saboya, Bonaparte fue en busca de las fuerzas austríacas que dominaban el Milanesado y las derrotó en Lodi el 11 de mayo, con lo cual no sólo se apoderó de esa región sino que también sometió a los príncipes italianos vecinos. Hecho esto, se dirigió a Lombardia, sitió a Mantua y derrotó a los austríacos en Arcola y en Rivoli. De este modo, en enero de 1797 se halló dueño de todo el norte de Italia y se dispuso a cruzar los Alpes. Su empresa tuvo pleno éxito y en abril estaba a poca distancia de Viena, circunstancia que decidió a los austríacos a solicitar un armisticio que, algunos meses más tarde, se formalizó mediante el tratado de Campo Formio, firmado en octubre de 1797. Austria reconocía a Francia la frontera renana y la posesión de Bélgica, así como también la independencia de la República Cisalpina constituida sobre la base del Milanesado.

De este modo, tras una campaña fulminante, Bonaparte había anulado a Austria y dejado sola a Inglaterra. Al regresar a Francia, el Directorio le encomendó la dirección de la guerra contra esa última nación y quedó establecido que se trataría de abatir su poderío colonial mediante la ocupación de Egipto.

Con la misma formidable capacidad de organización que ya había puesto de manifiesto, Bonaparte puso en situación de combate un ejército de 35.000 hombres, preparó la flota y tomó sus disposiciones para cruzar el Mediterráneo sin ser molestado por las naves inglesas que dominaban ese mar. En 1798 había llegado a la costa africana, forzado el desembarco y ocupado El Cairo. Pero sus planes sufrieron entonces un entorpecimiento porque el almirante inglés Nelson derrotó a la flota francesa en Abukir dejándolo aislado en Egipto. Se dedicó entonces a organizar Egipto y a vencer a las tropas turcas que el sultán movió contra él, procurando apoderarse de Siria. Esta vez, fue menos afortunado porque San Juan de Acre resistió sin desmayo, y Bonaparte decidió abandonar la empresa.

Lo decidieron a adoptar esta resolución dos razones. Por una parte, la situación interna de Francia, que amenazaba con el derrumbe y había dado lugar a la aparición de un ambiente favorable para su intervención en el gobierno. Por otra, la agudización del peligro exterior, pues Inglaterra había organizado una segunda coalición con Austria, Rusia, Turquía y Nápoles, con cuyos ejércitos había iniciado una ofensiva triunfante. En estas condiciones, su presencia en Francia parecía imprescindible, y Bonaparte decidió emprender el viaje dentro de la mayor reserva, dejando al general Kleber en Egipto.

EL GOLPE DE ESTADO DEL 18 BRUMARIO

En realidad, fue Sieyès, el jefe de uno de los grupos rivales, quien había llamado a Bonaparte para colaborar con él en un golpe de Estado destinado a modificar la constitución. De acuerdo con sus planes, el presidente del Consejo de los Ancianos logró que el cuerpo se trasladara a Saint Cloud y encargara a Bonaparte de la vigilancia de París. Pero el Consejo de los Quinientos se manifestó hostil, y fue necesaria una audaz maniobra del presidente de la asamblea, Luciano Bonaparte, para impedir que su hermano fuera declarado fuera de la ley. El Consejo fue disuelto por los granaderos y poco después se constituía un comité de tres miembros llamados cónsules para que se hiciera cargo del poder ejecutivo en reemplazo del Directorio (1799).

EL CONSULADO

Integraban el comité Sieyès, Roger Ducos y Bonaparte; pero la influencia de este último resultó incontrastable desde el primer momento. Bonaparte preparó una nueva constitución —llamada del año VIII— y estableció la dignidad de primer cónsul; éste era en realidad el jefe absoluto del poder, en tanto que sus dos colegas sólo tenían papel de consejeros. El Cuerpo legislativo sólo podía aprobar o desaprobar las leyes que le presentaran el primer cónsul y el Consejo de estado, en tanto que el Senado debía limitarse a ejercer cierta vigilancia sobre el cumplimiento de las leyes. Por el mecanismo de las elecciones y por el sistema de su funcionamiento, todos los cuerpos colegiados se transformaron en dependientes de la autoridad ejecutiva.

Bonaparte fue, en efecto, el jefe del estado dentro de la organización que se llamó el Consulado. A él se debió la reorganización administrativa y fiscal de Francia, gracias a la cual se perfeccionó un régimen centralizado y eficaz para corregir los desórdenes a que había conducido, inevitablemente, la revolución. Del mismo modo, modificó el régimen de nombramientos de funcionarios locales y de jueces, que de allí en adelante no fueron elegidos por el pueblo sino por el gobierno central. Finalmente, para dar a la sociedad un instrumento que rigiera su convivencia, ordenó la preparación de un nuevo Código civil, en el que trabajaron eminentes juristas.

Consecuente con su propósito, Napoleón Bonaparte se propuso eliminar todas las dificultades que la revolución había deparado a Francia y que eran ahora obstáculo para su acción de gobierno y, sobre todo, para sus planes de conquista militar. En 1801 negoció un concordato con el papado por el que reconocía a la Iglesia y volvía a establecer con ella relaciones regulares. Quería, entre otras cosas, sustraerles a los realistas un arma poderosa, como era la prédica contra el régimen ateo; y para completar esta obra, ofreció la amnistía a los emigrados y, dentro de ciertos límites, la recuperación de sus bienes.

El mismo año que tomó esta medida —1802—, Bonaparte obligaba a los austríacos a pedir la paz. Sus fuerzas los habían vencido en Italia, en la batalla de Marengo (1800), y el general Moreau los derrotó de nuevo en Hohenlinden pocos meses después. Ante la amenaza de que ocuparan Viena, el emperador firmó con Bonaparte la paz de Luneville, complementada luego con el tratado de Amiens firmado entre Inglaterra y Francia (1802).

En esta situación, Bonaparte volvió a modificar la constitución para adoptar el título de cónsul vitalicio, y su orgullo creció sobre manera. Su prudencia no fue suficiente para frenar sus ambiciones y no vaciló en promover nuevamente la guerra contra Inglaterra, a cuyo embajador entregó los pasaportes en 1803, aduciendo que su país no había cumplido los compromisos de Amiens. Poco después, al conocer la conspiración de Cadoudal, creyó llegado el momento de asegurar su autoridad omnímoda y se hizo proclamar emperador.


Europa y la Revolución francesa

Nacida de circunstancias locales y como consecuencia de un proceso nacional, la revolución que estalló en Francia en 1789 tuvo inmediata repercusión en toda Europa por los contenidos ideológicos que entrañaba. Las grandes potencias la resistieron y hasta lograron, más tarde, aniquilar el poder de Francia; pero aquellos contenidos ideológicos fueron penetrando con mayor o menor intensidad hasta arraigar sólidamente en vastas capas de población. Unas inmediatas y otras remotas, la revolución de 1789 tuvo en toda Europa consecuencias decisivas.

LAS COALICIONES

Austria y Prusia sintieron desde el primer momento la gravedad de la situación creada en Francia, y en defensa de los principios absolutistas que sustentaban, se aprestaron a defender la causa de la monarquía y la nobleza, perseguidas por la revolución. Allí encontraron refugio los nobles emigrados y allí se prepararon las primeras fuerzas que desencadenaron la lucha contra la revolución triunfante. Pero el apoyo más tenaz y vigoroso que encontró la contrarrevolución fue el que le proporcionó Inglaterra.

Gobernada por Guillermo Pitt, Inglaterra se decidió a defenderse de las ideas revolucionarias y, sobre todo, de las amenazas de expansión de Francia, que ponían en peligro las conquistas comerciales que había logrado durante el siglo XVIII. Por eso, tras el fracaso de los ejércitos austroprusianos en 1792, Inglaterra organizó una coalición —la primera de una larga serie— en la que entraron, además de ella misma, Austria, Prusia, Holanda, España, Rusia y otros estados menores.

La primera coalición tuvo al principio algunos éxitos, pero fue vencida luego y se deshizo poco a poco con la sucesiva defección de sus componentes vencidos por Francia. Consumada en 1795 su disgregación, vencida Austria en 1796-97 y atacada Inglaterra en Egipto en 1797-99, esta última potencia volvió a sus planes originarios y se preparó para organizar una segunda coalición. Se unieron esta vez a Inglaterra, Rusia, Austria, Turquía y Nápoles y comenzaron las operaciones con éxito en 1799; pero al año siguiente, pese a los triunfos navales de Inglaterra, Rusia y Austria se vieron vencidas y pidieron la paz en 1802, gestión a la que se sumó luego la misma Inglaterra. En tal situación, Napoleón, dueño absoluto del poder, buscó a su vez la guerra y su amenaza desencadenó la constitución de nuevas alianzas entre sus enemigos.

LOS NUEVOS ESTADOS

Pero ya la acción de la Francia revolucionaria había logrado algunos éxitos firmes en Europa. La campaña de 1792, pese a la parquedad de los recursos con que contaba Francia, le había proporcionado el dominio de los territorios de la margen izquierda del Rin en gran parte de su extensión, Bélgica, Saboya y Niza, conquistas que fueron completadas en la campaña de 1794 y reconocidas en los tratados de Basilea y La Haya (1795). Y algo más importante: la República Bátava se organizó entonces siguiendo el modelo de las instituciones democráticas francesas.

Cosa semejante ocurrió con la República Cisalpina, constituida como resultado de la campaña de Bonaparte en Italia. También allí las ideas democráticas quedaron arraigadas después del tratado de Campo Formio, y ese territorio sería luego su centro de difusión en todo el territorio de la Italia septentrional y central.

En efecto, independientemente de los triunfos efectivos logrados mediante la organización de nuevos estados, el pensamiento revolucionario acompañó a los ejércitos de la república, como acompañaría luego, a pesar de todo, a los ejércitos del Imperio. Seguros del éxito de su propaganda, los generales y sus soldados afirmaban por todas partes que no eran los representantes de una nueva potencia conquistadora, sino los emisarios de una revolución de igualdad, libertad y fraternidad. Nada tan elocuente como la proclama de Bonaparte a los italianos en 1796: “¡Pueblos de Italia! El ejército francés viene a destruir vuestras cadenas; el pueblo francés es el amigo de todos los pueblos. Formad nuestra vanguardia. Vuestras propiedades, vuestra religión y vuestras costumbres serán respetadas. Hacemos la guerra como enemigos generosos y deseamos sólo la ruina de los tiranos que os oprimen”.

Esta propaganda surtió efecto. Bonaparte y sus tropas fueron recibidos en las ciudades italianas con el mismo entusiasmo con que lo fueron los otros ejércitos en las regiones renanas, por parte de las masas populares que veían abatirse los poderes autocráticos que las dominaban. Y aunque luego se sintieran oprimidos a su vez por el yugo francés, las ideas de libertad y democracia quedaron firmemente arraigadas en ellas, y aptas para germinar en nuevos intentos de tornarlas realidades.


El Imperio Napoleónico

Llegado a la culminación del poder dentro de su país, Bonaparte se decidió a afrontar la lucha sin descanso para asegurarse la dominación de Europa. Este ambicioso proyecto, que provocaría su caída, costó a Europa largos años de constantes y sangrientas guerras.

LA INS