Simón Bolívar y José Luis Romero

CARLOS MALAMUD
(Real Instituto El Cano de Estudios Estratégicos de Internacionales)

Simón Bolívar ha tenido una presencia importante en la obra de José Luis Romero, reiterada en muchos de sus trabajos. Para calibrarla mejor hay que considerar los grandes desafíos que debió afrontar en relación con las ideas de Bolívar, comenzando por su intento de definir el pensamiento del Libertador, algo de no fácil solución.

El primero se relaciona con Bolívar en tanto personaje público y actor político, una cuestión no menor, a la vista de lo cambiante de sus posiciones a través del tiempo. ¿Bolívar era demócrata o autoritario? ¿liberal o conservador? ¿centralista o federalista? ¿monárquico o republicano? Dada la proliferación de sus escritos, y su propia naturaleza, enfrentó un problema complicado, agravado por una dificultad adicional que el propio Romero ha reconocido, como es diferenciar claramente un liberal conservador de un conservador liberal. ¿Qué distingue al uno del otro, más allá de sus posicionamientos relativos al catolicismo y a la Iglesia? Precisamente, parte de su obra está dedicada a dilucidar esta cuestión.

Como San Martín, Bolívar fue un militar, un hombre de acción, más que un intelectual o incluso más que un político, si bien la producción escrita del caraqueño ha sido más prolífica que la del correntino. Aquí radica, precisamente, la segunda cuestión, ya que la producción escrita de Bolívar está compuesta mayoritariamente por miles de cartas y decenas de discursos. Esto complica el proceso de su selección, algo fundamental al compilar fuentes documentales en función de temas previamente escogidos, como El pensamiento de la emancipación o El pensamiento conservador latinoamericano del siglo XIX.

En años recientes, desde posiciones chavistas autodefinidas como bolivarianas, ha sido frecuente presentar a un Bolívar socialista y revolucionario enfrentado a otro conservador. Si bien las posiciones de Bolívar sobre su mundo circundante se modificaban a medida que cambiaba la coyuntura (no era lo mismo, por ejemplo, enfrentarse a una España liberal y constitucionalista que a una España absolutista), Romero no enfrentó este problema, ya que entonces prácticamente nadie pensaba en un Bolívar socialista y revolucionario.

Ante la teoría de los dos Bolívares, el radical de la juventud y el conservador y autoritario de la madurez, Nikita Harwitch acude a Aníbal Romero para negar tal contradicción. Basándose en los escritos del Libertador, Aníbal Romero destaca ciertos atributos de Bolívar asentados en un “gran sentido de continuidad”. José Luis Romero, insiste en una valoración semejante. Esta idea responde al desarrollo temporal del pensamiento político bolivariano que, como recuerda Aníbal Romero, se articuló en torno a tres principios básicos: “el rechazo al radicalismo ideológico, la idea de la política como un proceso de conciliación y la noción de que la mejor política es la política de “lo posible””[1].

En buena medida, la evolución del Libertador se vincula a las posturas cambiantes de sus contemporáneos, superpuestas al intenso debate de entonces sobre el tamaño del estado y la forma de gobierno. Estos tres grandes ejes que articulaban la discusión política, vinculada a la construcción del entramado estatal – institucional, estaban bien definidos: liberales y conservadores, centralistas y federalistas y monárquicos y republicanos. Pese a la claridad de su planteamiento, el debate no era entre posicionamientos políticos o ideológicos concretos, ya que las posturas solían cruzarse y traspasaban banderías, ideas y filiaciones de los distintos actores.

Liberales y conservadores podían ser al mismo tiempo centralistas o federalistas, incluso monárquicos o republicanos, según sus convicciones y su manera de concebir la realidad. Era común que cambiaran de postura según la evolución de la coyuntura. Pero, era corriente que los centralistas solieran estar más convencidos de las virtudes de un gobierno fuerte mientras los otros veían en el federalismo un sistema más democrático.

Para John Lynch, Bolívar era un caso singular en la constelación política latinoamericana: podía ser, simultáneamente, liberal, conservador y centralista. Apoyándose en esta forma de pensar tantas veces contradictoria, el Libertador recomendaba con cierta frecuencia el ejercicio del poder absoluto mediante la ocupación militar para garantizar el usufructo de las libertades[2]. Por eso, en tanto abogaba por un país grande y centralizado, no monárquico, y con un gobierno fuerte capaz de enfrentar la anarquía, opuesto al federalismo y a la descentralización, Natalio Botana lo definió como un “arquitecto frustrado de gobiernos mixtos impostados en la forma republicana”[3].

Hay otro rasgo de Bolívar que Romero se encarga de subrayar, vinculado a su fuerte pesimismo, más intenso antes de su muerte en 1830. La frase comúnmente atribuida al Libertador: “arando en el mar, sembrando en el viento” reflejaría claramente su sentimiento[4]. Echando mano de Ezequiel Martínez Estrada, Romero compara el pesimismo de Bolívar con el de Sarmiento (“Martínez Estrada: un renovador de la exégesis sarmientina” (1956), ya que ambos, de alguna manera, compartían el ideario liberal. Algunas de las cosas que dice Martínez Estrada sobre Sarmiento y que Romero reproduce, podrían aplicarse con algunas matizaciones a Bolívar: “Sarmiento no encontró ni entre sus admiradores quien lo entendiera, y esta es la más triste manifestación de la más real extranjería. Además de un hombre en el destierro, fue un hombre en la soledad.”[5]

Los precedentes

Las ideas de Bolívar, como las de la mayor parte de sus contemporáneos, hunden sus raíces en el pensamiento político de la Emancipación, inicialmente influido por la particular forma en que la ilustración influyó en España y sus colonias. Al respecto apunta Romero: “Las ideas de la Ilustración habían penetrado, ciertamente, en ese mundo colonial, pero por vías diversas y en distintos contextos. Para muchos hispanoamericanos, las ideas de los pensadores franceses llegaron a través de sus divulgadores españoles, para los cuales ciertos aspectos de ese pensamiento estaban vedados o fueron cuidadosamente omitidos, [como] los temas que tenían implicancia religiosa [o] los que se relacionaban con el sistema político vigente en España”[6]. Hubo otros “que frecuentaron directamente las obras de los filósofos franceses, corriendo el riesgo de ser perseguidos o encarcelados”.

 Desde esta perspectiva se entiende por qué, salvo alguna rara excepción, “todos los hombres que promovieron el movimiento emancipador y todos los documentos que produjeron se esforzaron en declarar enfáticamente su adhesión a la religión católica, inclusive los más jacobinos”. Simultáneamente observa una gran unanimidad en torno “al valor atribuido a la educación y a la cultura general”. 

El problema de crear un nuevo Estado, surgido de las cenizas del Imperio que se quería destruir, supuso grandes retos para los intelectuales y los dirigentes independentistas, comenzando por dotar a las nuevas instancias territoriales emergentes (todavía ni países ni repúblicas) de un marco jurídico capaz de asegurar la independencia. Para Romero, entonces era frecuente que ni siquiera se supiera “hasta dónde llegaría la jurisdicción territorial del nuevo gobierno, puesto que no en todas partes era acatado del mismo modo”, ni tampoco había certeza plena de la subsistencia o la destrucción del viejo orden colonial. 

Tampoco se puede olvidar a Francisco de Miranda, con quien Bolívar coincidió al inicio de su vida pública, aunque su relación tuvo un desenlace trágico. En Miranda, la idea de la independencia de la América española surge de su experiencia europea, cuando contemplaba al Imperio español como “un mundo anacrónico”, que requería una urgente modernización. Sus planes constitucionales, que Romero interpreta como sus “documentos más representativos”, muestran su preferencia “por el modelo político inglés, acaso modificado en un sentido más autoritario”. De todos modos, su conclusión sobre las propuestas de Miranda es rotunda y concluyente: planes utópicos, poco prácticos y, sobre todo un profundo desconocimiento de la realidad latinoamericana y “de la verdadera situación social y política de su… tierra natal”.

Los primeros pasos de la emancipación y la discusión centralismo/federalismo

Iniciado el proceso emancipador, tras los estallidos revolucionarios ocurridos desde 1809 hasta la restauración de Fernando VII (1814) y el retorno del absolutismo, el independentismo mostró su propósito de separarse de España “mediante la acción revolucionaria y radicalizada”. Al mismo tiempo, intentaban dotarse de reivindicaciones sociales y políticas. Sin embargo, esto se produjo de un modo “difuso y contradictorio”, ante la presencia de influencias diversas y diferentes modelos políticos. Esto era así, al punto que, como sostiene Romero enfáticamente, “Hubo un pensamiento político de la Emancipación”.

En esta coyuntura marcada incierta, algunos preferían “pactar con el pasado”, mientras otros, como Mariano Moreno en el Plan que se le atribuye, José María Morelos con su “guerra a muerte” o Bolívar en el Manifiesto de Cartagena, querían desterrar el pasado “y construir a sangre y fuego un nuevo orden político, social y económico”. Por eso, “lo importante era destruir el pasado, destruyendo a quienes lo representaban, a sus defensores, y también a los tibios que se resistían a sumarse a la acción revolucionaria o que, por omisión, la obstaculizaban. La destrucción era para ellos el principio de la creación, seguros de que sólo su inflexible seguridad podría erigir un nuevo orden basado en principios preestablecidamente perfectos. Un voluntarismo exacerbado —un jacobinismo— parecía la única esperanza para prevenir la derrota o el caos”.

Desde esta perspectiva, la permanencia de los viejos privilegios coloniales en el nuevo orden fue esencial, conduciendo a lo que Romero estima el “más grave problema postrevolucionario: el enfrentamiento entre las viejas capitales coloniales y las regiones interiores de cada virreinato o capitanía general”. Para muchos, “el dilema fue elegir entre un gobierno centralizado”, que consolidaba el orden anterior, “y un régimen federal”, que promoviera a las regiones interiores.

“En términos doctrinarios, centralismo o federalismo fueron dos posiciones políticas antitéticas. El modelo político norteamericano sirvió de apoyo a los federalistas, cuyos argumentos esgrimieron sus partidarios en el congreso venezolano de 1811”. La fuerza del radicalismo “radicaba, sobre todo, en las tendencias regionalistas que presionaban fuertemente para neutralizar la influencia de las antiguas capitales coloniales, deseosas de mantener su antigua hegemonía”.

El federalismo tuvo fuertes opositores. Algunos querían mantener la hegemonía de las capitales. Pero otros, como Antonio Nariño en Nueva Granada y Bernardo de Monteagudo y Moreno en el Río de la Plata, “veían con preocupación el debilitamiento que el federalismo significaba para el gobierno revolucionario, que sólo podía concebir como un instrumento vigoroso y eficaz para consumar el proceso emancipador”. Incluso Bolívar, como sostenía en el Manifiesto de Cartagena, optaba por el centralismo, después de aprender de los errores de la experiencia venezolana de 1812, que habían llevado a la formación de repúblicas aéreas, “que imaginándose, han procurado alcanzar la perfección política, presuponiendo la perfectibilidad del linaje humano. Por manera que tuvimos filósofos por jefes, filantropía por legislación, dialéctica por táctica y sofistas por soldados”.

En dicho Manifiesto, redactado tras la derrota de Miranda, Bolívar analiza las causas del fracaso revolucionario, comenzando por el federalismo. Esto ocurrió, según Bolívar, por seguir “las máximas exageradas de los derechos del hombre, que autorizándolo para que se rija por sí mismo, rompe los pactos sociales, y constituye a las naciones en anarquía”. Tres años más tarde, en 1815, en la Carta de Jamaica, Bolívar era más categórico. Por entonces, las fuerzas de Pablo Morillo amenazaban las posiciones conquistadas por los independentistas[7].

En ella, Bolívar repasaba los errores para afrontar la siguiente etapa en mejores condiciones. Para comenzar, la inexperiencia política de los criollos los había conducido por derroteros inadecuados. Ni un gobierno totalmente democrático ni el federalismo permitían una acción gubernamental firme y decidida en pos de sus objetivos. Como corrobora Romero, tras los primeros fracasos y para mantener firme la causa independentista se viró hacia posiciones más conservadoras, “como si se hubiera desatado un acentuado temor por las formas tumultuosas que podía tomar el pleno ejercicio de la soberanía popular desprovista de ciertos frenos institucionales”.

La influencia de Estados Unidos

En El pensamiento político de la emancipación, Romero constata que el vacío de poder provocado por la crisis española de 1808 llevó a los españoles americanos a optar “entre la sujeción a una autoridad inexistente y una independencia riesgosa”, y que entonces adquirieron importancia los modelos políticos elaborados en Europa y Estados Unidos, comenzando por la experiencia constitucionalista de la Francia revolucionaria y las 13 Colonias. El constitucionalismo irrumpía en escena, convertido en una gran obsesión. “Sin que se pudieran establecer principios válidos de representatividad, se convocaron por todas partes congresos que debían asumir la soberanía de la nueva nación y sancionar la carta constitucional que, de arriba hacia abajo, moldearía la nueva sociedad”. 

Por eso Romero se pregunta reiteradamente por la influencia de la independencia de las 13 Colonias y su modelo constitucional e institucional en la emancipación hispanoamericana y, más específicamente, en el pensamiento de Bolívar. Da un paso más al incluir a la Revolución Francesa. De estas cuestiones se ocupa en “La independencia de Hispanoamérica y el modelo político norteamericano” (1976).

Romero insiste en dos cuestiones fundamentales del modelo político norteamericano: el principio republicano y el federal. Sin embargo, no solo estos principios sino también el modelo eran rechazados por los partidarios de un régimen monárquico o de un poder ejecutivo fuerte equivalente a una monarquía. Esto ocurría con Miranda, que había optado por “una monarquía de estilo inglés…—aunque hablara de “incas”—“ y también con Bolívar, como lo registró en el discurso de Angostura (1819).

Si bien, “buena parte de las nuevas burguesías urbanas pensaban sustituir el “despotismo ilustrado” de los Borbones por una “democracia ilustrada” que mantuviera cerrado el cuerpo político, ….el proceso revolucionario hispanoamericano… [propició] una vigorosa tendencia a abrir el cuerpo político. Se plegaron al modelo norteamericano quienes se adhirieron a esa tendencia, ideólogos de tradición intelectual en muchos casos, pero también grupos sociales que querían romper el monopolio político de las burguesías urbanas”.

Con el fin de enfrentar exitosamente al enemigo español, y teniendo presente las limitaciones de una Venezuela pequeña y débil, Miranda y Bolívar pensaron en confederaciones partiendo de las grandes unidades administrativas y políticas del período colonial. “Para ellos, ése era el significado de la palabra confederación. Pero el proceso revolucionario siguió otros cauces. Afirmó la unidad y la autonomía de las nuevas nacionalidades constituidas sobre aquellas unidades coloniales, entendiendo como utópicas las vastas confederaciones; y en cambio, puso de manifiesto la personalidad de cada una de las regiones que de hecho componían esas unidades, y expresó con la palabra federación el sistema que debía agruparlas, otorgándoles personería política. El distingo era decisivo. En el segundo sistema, se reconocía implícitamente la necesidad de una apertura del cuerpo político para dar lugar a vastos sectores populares, antes marginales, que expresarían su vocación regional sin renegar del sentimiento nacional. Quienes optaron por ese sistema se adhirieron al modelo norteamericano, en tanto que lo rechazaron por inadecuado quienes temían las peligrosas consecuencias sociales, económicas y políticas de esa apertura. De ese modo, el republicanismo mismo pareció peligroso, y más peligroso aún si se lo combinaba con el sistema federal entendido como reunión de las regiones que empezaba a despertar”.

La Constitución venezolana de 1812 señalaba que “El Poder Supremo debe estar dividido en Legislativo, Ejecutivo y Judicial, y confiado a distintos Cuerpos independientes entre sí, y en sus respectivas facultades. Los individuos que fueren nombrados para ejercerlas se sujetarán inviolablemente al modo y reglas que en esta Constitución se les prescriben para el cumplimiento y desempeño de sus destinos.” Esta formulación fue rechazada por Miranda, argumentando que de su redacción “puede resultar que en lugar de reunimos en una masa general o Cuerpo social, nos divida y separe, en perjuicio de la seguridad común y de nuestra independencia”.

Romero insiste en que, sin duda, “Bolívar y los mantuanos… pensaban como [Miranda]. Pero predominaba el sentimiento de que el sistema federal emanaba de la voluntad mayoritaria, acaso indefinida y quizá ingenua, así como de la tradición colonial… Parece evidente que respondía a la tendencia de los grupos que observaban la emergencia política de las sociedades regionales, aun cuando eventualmente equivocaran el diagnóstico acerca de las posibilidades prácticas de poner en funcionamiento un sistema institucional muy perfeccionado, como el que establecería el modelo norteamericano, en el seno de una sociedad en la que el sentimiento regional era todavía difuso”.

El liberalismo de Bolívar

En su trabajo sobre “Liberalismo”, José Luis Romero señala como estas ideas influyeron en los movimientos emancipadores de 1810 en Buenos Aires, Santiago, Bogotá y Caracas, incluso en aquellos otros que no triunfaron inmediatamente. Por supuesto, había matices y posturas más o menos radicales. Entre sus inspiradores estaban los franceses Rousseau, Montesquieu y Voltaire, los ingleses, Locke y Paine y los tratadistas norteamericanos que dieron sustento teórico a la independencia de las 13 Colonias y a la república federal. Por eso, Romero dice que fue liberal “el mensaje revolucionario que llevaron a diversos países los ejércitos libertadores de San Martín y de Bolívar. Y liberales fueron las instituciones con que se constituyeron las nuevas repúblicas latinoamericanas, inspiradas —en teoría al menos— en los principios de la soberanía popular, los derechos individuales, la igualdad, la fraternidad y, sobre todo, la libertad, palabra clave reiteradamente repetida y sobre cuyos alcances se abriría una tensa polémica muy poco después”.

Las ideas de Rousseau aparecieron reiteradamente “en los escritos de los patriotas ilustrados —y propensos a la radicalización— que creyeron en la necesidad de buscar un nuevo fundamento para las nuevas sociedades”. Sin embargo, el espíritu tradicionalista, el pensamiento conservador no terminó con la emancipación. “Los movimientos rebeldes abortaron en México y América Central, y las clases conservadoras retuvieron el poder. Y aun allí donde esos movimientos triunfaron, se vio muy pronto reagruparse a los tradicionalistas al acecho de una circunstancia favorable para dar la batalla contra los grupos revolucionarios, lo que era, en el fondo, una batalla contra el liberalismo”.

Una tendencia del período pos revolucionario fue la denuncia de los males que había aportado el liberalismo, como “la anarquía, el desorden, el empobrecimiento general, la decadencia de las ciudades”. Incluso Bolívar respaldó esta explicación, “no tanto para cuestionar los principios básicos del liberalismo como para afirmar su inadecuación a la realidad de los nuevos países”.

En este contexto, agravado por el deterioro de la coyuntura internacional, la dirección del movimiento emancipador pasó de los ideólogos a los soldados “dispuestos a afrontar los nuevos riesgos hasta las últimas consecuencias y con los medios más eficaces”. En esta línea se manifestaba Bolívar en su Carta de Jamaica y lo suscribía San Martín, mientras expresaban un fuerte sentimiento antiespañol. Pese a estas dificultades, el ideal republicano se extendió por el antiguo Imperio. “Quizá en los hechos las nuevas sociedades políticas conservaron sus viejos prejuicios y sin duda la “gente decente” seguía despreciando al indio, al esclavo o, simplemente, al indigente. Pero el espíritu con que se concibieron las nuevas sociedades por parte de los que se sentían responsables de su nuevo ordenamiento jurídico y social fue esencialmente republicano y, explícita o implícitamente, igualitario y democrático”.

Bolívar: ¿monárquico o conservador y autoritario?

Más que en el componente liberal de Bolívar, Romero puso el acento en sus dimensiones conservadoras y autoritarias, aunque insistiendo en que su republicanismo se imponía a sus pulsiones monárquicas. Como se vio, algunas tendencias conservadoras comenzaron a manifestarse a partir de 1808, con Miranda jugando un papel importante. En El pensamiento político de la emancipación se refleja su postura contraria a girondinos y jacobinos, para que estos no “contaminaran el continente americano, ni bajo el pretexto de llevarle la libertad”, al temer más “la anarquía y la confusión” que el sistema colonial. Cuando intervino en el Congreso que aprobó la Constitución de 1811, dejó claro que el régimen político, y especialmente el federalismo, iba en contra de “sus convicciones, en el fondo autoritarias”.

En su Diccionario de Historia Universal (1944), Romero incluye una sucinta biografía de Bolívar. En ella, y tras dejar constancia de la fundación de la república del Alto Perú, posteriormente Bolivia en su honor, señala que cuando regresó a su patria encontró entre sus antiguos partidarios “una abierta hostilidad originada en su carácter autoritario”. Romero vincula, aunque sin mencionarlo expresamente, la Constitución boliviana de 1826 con su deriva conservadora y autoritaria.

En El pensamiento conservador en el siglo XIX (1978), Romero muestra a un Bolívar que, en su rol de hombre fuerte, se dota de todos los caracteres de la legitimidad: carisma personal, prestigio, autoridad indiscutible y sustento institucional, que nadie le negaba, aunque fuera con reticencias. “Pero el mismo Bolívar se encargó de condenar la imagen del hombre fuerte por sí mismo y puntualizó que aspiraba a que el poder fuera institucionalmente fuerte”.

Tanto las constituciones conservadoras como los planes de gobierno del mismo matiz intentaron imponer la idea de un ejecutivo fuerte, junto a parlamentos aristocráticos elegidos con voto calificado. La más extrema fue la de Bolivia, “tan admirada por algunos peruanos… que quisieron tomarla como modelo”. Así, se generalizó la idea de que “sólo un régimen militar podía restaurar el orden, una palabra que se transformó en sacrosanta y que muy pronto fue palabra clave del pensamiento conservador”. Aquí orden aparece en clara contraposición a libertinaje. “El tema del orden frente a la anarquía fue el más importante entre los que desarrolló el pensamiento político conservador durante las tres o cuatro décadas que siguieron a los movimientos emancipadores y revolucionarios de 1810”.

La Constitución elaborada por Bolívar sentó las bases del modelo de Estado republicano autoritario, que si bien salvaba el fundamento de la soberanía popular y respetaba el principio de la división de poderes y las libertades individuales, dejaba en el poder político numerosos recursos para evitar las presiones corporativas y de los distintos grupos políticos y la anarquía.

Pero, como bien dice Romero en El pensamiento conservador en el siglo XIX (1978), no era sencillo identificar a quienes ejercían de conservadores, no solo porque pocos se reivindicaban abiertamente como tales, sino también porque “había muy buenas razones para que el pensamiento político conservador se manifestara como impreciso. A diferencia de lo que genéricamente podría llamarse el pensamiento liberal, aquel no pretendió generalmente manifestarse con intención de propaganda o de docencia”.

Coincidiendo con el inicio del proceso independentista emerge un pensamiento político conservador, “como una inevitable contrafigura de la ideología del movimiento emancipador, que acusó desde el primer momento un aire jacobino más o menos acentuado”. Esta reacción conservadora se expresó en la oposición contrarrevolucionaria de Liniers en el Río de la Plata, en el apoyo popular que recibió Boves contra Bolívar o en la deriva independentista en Perú y Nueva España.

Cuando Romero abordó la dimensión monárquica liberal vinculada al Pensamiento político de la derecha latinoamericana (1970), también incursionó en la forma en que Bolívar se aproximó a la misma, bajo la inspiración de las monarquías constitucionales o parlamentarias que tanto encandilaron a los liberales de la primera mitad del siglo XIX. Partía de las reflexiones de Lucas Alamán sobre Iturbide y Bolívar y de las explicaciones del propio Bolívar sobre el fracaso de la monarquía en la América antes española. Sin embargo, el Libertador no solo rechazaba la monarquía por oponerse al proyecto republicano, sino también, como puntualiza Romero, la dictadura. En su lugar apostaba, sin tapujos, por un poder constitucional fuerte. Su esquema “no fue desdeñado por los liberales, muchos de los cuales, llegados al gobierno, adoptaron un estilo autoritario aun cuando su política estuviera destinada a instaurar los principios del liberalismo”.

En una carta a Santander, de 1822, Bolívar apuntaba: “creo que Iturbide con su coronación ha decidido el negocio de la independencia absoluta de Méjico; pero a costa de la tranquilidad y aun de la dicha del país. Es muy probable que el clero esté muy descontento, porque le piden dinero, y más descontento aún el pueblo con el nuevo emperador, que más pensará en sostenerse contra los patriotas que en destruir a los realistas. En Méjico se va a repetir la conducta de Lima, donde más se ha pensado en poner las tablas del trono, que libertar los campos de la monarquía”.

Para Bolívar, el objetivo central de su lucha era la destrucción de los realistas y la derrota definitiva de España. Sin embargo, “surgieron sospechas de que Bolívar, pese a sus categóricas opiniones anteriores, comenzaba a deslizarse hacia la aceptación de la solución monárquica”. Una de las primeras cosas que Romero constata es que “el límite que separa un régimen monárquico del sistema republicano instaurado en la constitución boliviana de 1826 es casi imperceptible, como era tenue, efectivamente, la diferencia que percibían entre la monarquía y la república todos los que, habiendo tenido una formación liberal, se sentían empujados por la experiencia a una corrección de sus puntos de vista”.

Bolívar creía que la monarquía parlamentaria, en su versión inglesa, era “el más perfecto de los sistemas políticos posibles en la época”. Sin embargo, el análisis detallado de la coyuntura surgida de las guerras de independencia y el peso alcanzado por el ideal republicano lo llevaron a descartar de plano la solución monárquica. Su punto de vista contrario a la monarquía y favorable a la república quedaba reflejado en la Carta de Jamaica: “Pienso que los americanos ansiosos de paz, ciencias, artes, comercio y agricultura, preferirían las repúblicas a los reinos, y me parece que estos deseos se conforman con las miras de la Europa“.

Pero una cosa era rechazar la monarquía como institución y otra descartar en la construcción de un nuevo Estado algunas instituciones monárquicas básicas, como el senado hereditario y el poder ejecutivo vitalicio. Recuerda Romero que la república soñada por Bolívar tenía limitaciones y no debería establecerse a cualquier precio. Ésta debía excluir la “libertad ilimitada” y la “forma federal” de gobierno, ya que el federalismo debilitaba enormemente las posibilidades de un triunfo militar contra el imperio español. Romero vuelve a la “Carta de Jamaica” para ilustrar las preferencias políticas del Libertador, que sigue decantado por el modelo inglés.

La preferencia bolivariana por el senado hereditario y el poder ejecutivo vitalicio llevaron a pensar en una deriva conservadora y en una preferencia, aunque velada u oculta, por la monarquía. Para muchos de sus adversarios, con este giro, Bolívar inspiraba ideológicamente al partido conservador. Ese giro se refleja en la apuesta por el senado hereditario, que confirmaría su conservadurismo en defensa de la autoridad y contrario a la anarquía y las guerras civiles ante los desbordes populares y los excesos gubernamentales.

Romero recuerda el “Discurso de Angostura”: “Si el Senado en lugar de ser electivo fuese hereditario, sería en mi concepto la base, el lazo, el alma de nuestra república. Este cuerpo en las tempestades políticas pararía los rayos del Gobierno, y rechazaría las olas populares… Es preciso que en todos los gobiernos exista un cuerpo neutro que se ponga siempre de parte del ofendido, y desarme al ofensor. Este cuerpo neutro para que pueda ser tal, no ha de deber su origen a la elección del Gobierno, ni a la del pueblo; de modo que goce de una plenitud de independencia que ni tema, ni espere nada de estas dos fuentes de autoridad”. El mismo “Discurso” añade: “Estas mismas ventajas son, por consiguiente, las que deben confirmar la necesidad de atribuir a un Magistrado Republicano, una suma mayor de autoridad que la que posee un príncipe constitucional”.

En El pensamiento conservador Romero analiza la apuesta monárquica de Brasil y México, como “la única manera de asegurarse un gobierno fuerte y estable”. Pese a ello, Bolívar la condenó en el discurso introductorio a la Constitución de Bolivia, al preferir las instituciones republicanas a las monárquicas. Romero alude a la “aguda capacidad de análisis” del Libertador: “La libertad de hoy más, será indestructible en América. Véase la naturaleza salvaje de este continente, que expele por sí sola el orden monárquico; los desiertos convidan a la Independencia. Aquí no hay grandes nobles, grandes eclesiásticos… Aunque la Iglesia goza de influencia, está lejos de aspirar al dominio, satisfecha con su conservación. Sin estos apoyos los tiranos no son permanentes; y si algunos ambiciosos se empeñan en levantar imperios, Dessalines, Cristóbal, Iturbide, les dicen lo que deben esperar. No hay poder más difícil de mantener que el de un príncipe nuevo… Y si el gran Napoleón no consiguió mantenerse contra la liga de los republicanos y de los aristócratas, ¿quién alcanzará, en América, fundar monarquías en un suelo encendido con las brillantes llamas de la libertad y que devora las tablas que se le ponen para elevar esos cadalsos regios?”

En una interesante comparación, Romero contrapone a Bolívar con Portales, quien en una carta escrita en 1822 decía: “La democracia que tanto pregonan los ilusos, es un absurdo en los países como los americanos… La monarquía no es tampoco el ideal americano: salimos de una terrible para volver a otra… La república es el sistema que hay que adoptar; pero, ¿sabe como yo la entiendo para estos países? Un gobierno fuerte, centralizador, cuyos hombres sean verdaderos modelos de virtud y patriotismo, y así enderezar a los ciudadanos por el camino del orden y de las virtudes. Cuando se hayan moralizado, venga el gobierno completamente liberal, libre y lleno de ideales, donde tengan parte todos los ciudadanos”. Según Romero, sus opiniones “se asemejaban notablemente a las de Bolívar, y por ellas fue considerado conservador por los liberales. Respetaba, por cierto, los principios de orden heredados de la Colonia, pero no es igualmente exacto que procurara consolidar el sistema económico y social de la Colonia”.

En su trabajo sobre “Bogotá en el siglo XIX”, Romero insiste en el conservadurismo de Bolívar, al hablar del surgimiento de la Gran Colombia y la constitución de 1821, aprobada en el Congreso de Cúcuta. La actividad militar del Libertador hizo que el gobierno quedara en manos de Santander, “cuyas ideas políticas se deslizaban cada vez más hacia el liberalismo en tanto que las de Bolívar adquirían una tendencia conservadora”. Por eso, algunos de sus seguidores le ofrecieron asumir la dictadura.

La deriva conservadora y autoritaria de Bolívar respondía a un doble desafió. Primero, a la necesidad de obtener un rotundo triunfo militar sobre España, y segundo, pero vinculado a lo anterior, la urgencia de acabar con la anarquía. Según Romero, ésta “desacreditaba en Europa a los pueblos americanos”, “impedía el apoyo extranjero” y comprometía la victoria militar. En la visión de Romero, dos cuestiones vinculaban la anarquía y la forma de gobierno: la monarquía y el federalismo. La opción monárquica cobró fuerza tras la restauración absolutista de 1814 y del apoyo de la Santa Alianza. Si bien el independentismo era republicano, el clima político europeo facilitó la deriva monárquica, especialmente en su versión inglesa.

Miranda primero, Belgrano y San Martín después, buscaban en el rey la legitimidad necesaria para el sistema. Por eso pensaran en un inca para asumir la corona, “porque ella, y no las atribuciones conferidas por una constitución,… realmente podía contener el delirio político. No pudiendo resolver el problema de la legitimidad, no quedaba otra opción a quienes querían poner freno al desorden y la anarquía que el segundo recurso. La idea de un presidente vitalicio apareció como otra posibilidad; pero fue pensada sobre todo por aquellos que veían en la fuerza carismática de Bolívar un elemento extrajurídico que podía reforzar a la institución. Todos los recursos fracasaron y sólo hubo poder fuerte allí donde la fuerza —no las instituciones— lo respaldaron”. Pese a todo, el apoyo a la monarquía en esos momentos difíciles no fue unánime. Incluso entonces la república tuvo muchos defensores.

Romero identifica a los grandes responsables de la conducción militar como los mayores enemigos del federalismo, “preocupados obsesivamente por la concentración de los esfuerzos para la guerra, por la fortaleza del poder político que debía respaldar sus campañas, por el prestigio internacional de las nuevas naciones. Federalismo fue para ellos palabra maldita, sinónimo de anarquía y desorden. Sin duda los acompañaba una vigorosa corriente de opinión, sobre todo en las antiguas capitales coloniales”.

Nacionalismo y “patria grande” y la formación de grandes unidades nacionales

Según Romero, las tendencias centralistas, llevadas hasta el límite, “podían conducir a un proyecto práctico y a una política real de unificación americana, viejo ideal… desde la época de Miranda”. Este ideal pareció aumentar, al menos en América del Sur, tras la creación de la Gran Colombia, de la retirada de San Martín, del triunfo militar de Bolívar en Perú y el Alto Perú y de la debilidad de los pueblos rioplatenses, inmersos en una guerra civil. Sin embargo, “el sentimiento nacional y los intereses locales se mostraron suficientemente activos como para descubrir que la idea no era factible”.

La conclusión de Romero coincide con Bolívar, que en la “Carta de Jamaica” señalaba: “Es una idea grandiosa pretender formar de todo el mundo nuevo una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería por consiguiente tener un solo gobierno que confederase los diferentes Estados que hayan de formarse; mas no es posible porque climas remotos, situaciones diversas, intereses opuestos, caracteres desemejantes, dividen a la América”[8]. Es decir, Bolívar era plenamente consciente de las limitaciones del proyecto. Pese a ello, Romero insiste en la apuesta de Bolívar por la Patria Grande, aunque la califica de utópica, e incluye en el proyecto la convocatoria del Congreso Anfictiónico de Panamá. “El tiempo había pasado, y la línea predominante de las nacionalidades condenó al fracaso una aspiración tan sublime como utópica”.

El fracaso del proyecto bolivariano fue abordado tanto “La independencia de Hispanoamérica y el modelo político norteamericano” (1976) como en Latinoamérica; las ciudades y las ideas (1976).  En este último trabajo, Romero recuerda las nacionalidades surgidas de la división de los territorios coloniales, salvo Brasil. Pero distingue las regiones que querían ser naciones separadas de aquellas unidades mayores, hoy diríamos supranacionales, aunque no lo eran entonces, como las impulsadas por Bolívar (Gran Colombia), Morazán (República Federal de Centro América) y Santa Cruz (Confederación Perú Boliviana), sin olvidar a José Gervasio Artigas, cuyo proyecto incluía Uruguay, Paraguay y algunas de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Todos fracasaron.

En “Inquisiciones sobre el continente. El nacionalismo americano y la historia» (1935), Romero aborda desde una postura demasiado optimista la cuestión del nacionalismo y las dificultades que éste suponía para la construcción de la “patria grande: “Todo, todo se ahogó en Hispano-América bajo el peso de la nacionalidad. Hay que reconstruir, pues, el ideal americano en Hispano-América… No hay enemigos en Hispano-América, hay víctimas de un juego absurdo de oposición y distanciamiento, de un juego miserable que ha hecho quebrar en pedazos la unidad originaria del espíritu americano, su típico sentido de los problemas comunes, su característico impulso para la formación de un ser nuevo: América”. Este escrito temprano insiste en la idea: “Hay que volverse a Rodó y a Waldo Frank y decirles que la joven América ha entendido la voz de orden: hay que crear la nueva idea del americano. La nueva idea. América tuvo una realidad tan evidente, que durante largo tiempo la idea de americano se sobreponía a la más restringida de hombre de un país de América”.

Incluye a Bolívar, Alberdi y el chileno Montt entre los grandes impulsores de la “patria grande”, mientras apunta a Sarmiento como uno de sus detractores. “Sarmiento se oponía al Congreso Americano, porque pensaba que en la realidad los gobiernos que se harían representar no eran fiel expresión de los países”. “Había pues la urgencia de reconstruir, al menos en un mínimo de eficacia, la vieja unidad, la única posible unidad. Pero aún esta era ya apenas posible. La vida política parece como si tuviera a veces vida autónoma y creara entes independientes de todas las otras realidades. Eso parecían los países de Hispano-América, entidades políticas que se empeñaban en no ver las auténticas necesidades sociales… Pero había una cosa, que era el motor de toda esta vaga aspiración, que no podía evitarse. Era la solidaridad espiritual: no ya América como ser social, sino el americano, el hombre que sentía que en toda la extensión del continente encontraba seres con la misma aptitud joven que él”.

Recuerda Romero en El pensamiento político de la emancipación, que el sentimiento de nacionalidad desarrollado en poco tiempo, “se convirtió en una fuerza irreprimible. Fue un estado de conciencia colectivo, acaso difuso en cuanto a sus contenidos concretos, pero de una tremenda vehemencia. La idea de nación, un poco abstracta, se nutrió de la idea de patria, tanto más vivida cuanto que era, más que una idea, un sentimiento. Cada nuevo país —países apenas virtuales todavía muchos de ellos— se concentró en su propia personalidad colectiva, en sus hombres y en su paisaje, y se sintió seguro no sólo de ella sino también de cuanto la diferenciaba de los demás”. Pero, Bolívar insistía en la necesidad de construir “la “patria grande”, la soñada Colombia, en la que se unían voluntariamente las nacionalidades que invocaba Zea: “Pueblos de Venezuela… Pueblos de Cundinamarca… Pueblos de Quito… “, todos ellos unidos antes por un mismo terror y todos liberados por la tenaz voluntad de Bolívar. “Es gloria —decía Zea— pertenecer a un grande y poderoso pueblo, cuyo solo nombre inspira altas ideas y un sentimiento de consideración””.

Conclusión

Hemos visto las dificultades que afrontó José Luis Romero para definir el pensamiento de Bolívar, no solo por la evolución de muchas de sus opiniones, sino también por el acelerado período de cambio de los primeros años del proceso emancipador. Probablemente por eso da más peso a la deriva conservadora de los últimos años que al componente liberal presente al comienzo de su gesta militar. A las ideas particulares del Libertador se unía un entorno cambiante y el deseo de consolidar la independencia a costa de la derrota de España. Y para ello no había recetas previas, había que improvisar constantemente y, muchas veces, optar por el mal menor.

Sin duda alguna, todo ello complica la labor de cualquier historiador. También, y de forma simultánea se puede ver la evolución de Romero en sus juicios sobre Bolívar, sobre el proceso de emancipación y sobre la integración regional latinoamericana. Es indudable que la coyuntura también impactaba en su producción, como ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial. En “El escritor –que existe por la libertad– debe repudiar al nazismo” quedan claramente expresados unos puntos de vista, sobre los cuales volverá posteriormente, pero con menor ingenuidad.

Escribía Romero en 1940 que “América reúne excepcionales condiciones para tentar, frente a la constitución de las estructuras imperiales europeas, la formación de un bloque federal. La idea tiene precedentes, y Bolívar y Alberdi creyeron en ella. ¿No habrá llegado el momento de pensar con urgencia una solución de ese tipo? En todo caso, constituir en América una isla de libertad es empresa que justifica la movilización de las conciencias libres. Al escritor americano le corresponde precisar las líneas, las raíces, los contenidos de este ideal relativamente cercano que creo percibir en muchos hombres de nuestra generación”.


[1].- Nikita Harwitch Vallenilla, Estado ilustrado, nación inconclusa: la contradicción bolivariana, Aranjuez, Doce Calles, 2004, “Introducción”, p. 18.

[2].- John Lynch, Simón Bolívar, Barcelona, Crítica, 2006, p. 238.

[3].- Natalio Botana, Repúblicas y monarquías. La encrucijada de la independencia, Edhasa, Buenos Aires, 2016, p. 23.

[4] .- Carlos Malamud, El sueño de Bolívar y la manipulación bolivariana. Falsificación de la historia e integración regional en América Latina, Alianza, Madrid, 2021, pp. 11/2.

[5].- Las citas de José Luis Romero pertenecen a los textos listados en la Nota del editor.

[6].- Estas cuestiones fueron profundizadas por Ovidio García Regueiro, en Ilustración e intereses estamentales (Antagonismo entre sociedad tradicional y corrientes innovadoras en la versión española de la historia de Raynal), Madrid, Universidad Complutense, 1982.

[7].- Carlos Malamud, “Sin marina, sin tesoro y casi sin soldados”. La financiación de la reconquista de América, 1810-1826, Santiago de Chile, Bicentenario, 2007. 

[8].- José Luis Romero. “Prólogo”, En: José Luis Romero y Luis Alberto Romero, Pensamiento político de la emancipación, Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1977, t. II, pp. 83/99.