Sobre mutaciones y singularidades de la escritura histórica medieval

Horacio Botalla
(UBA-UNTREF)

Pacino de BuonaguidaFederico II captura el carroccio de Milán después de la batalla de Cortenuova (1237). En Giovanni Villani,  Cronaca.  C. 1348

En 1954, José Luis Romero llamaba la atención sobre un fenómeno de la historia de la historiografía occidental: la negación de una incidencia positiva de la escritura histórica durante los diez siglos que median entre san Agustín y Maquiavelo[1]. A pesar de su brevedad, en ese texto hay un recorrido autoral que dista de ser un elenco impresionista. En la génesis de aquel lugar común se reconoce un rasgo fundamental de la Modernidad: el de autoconstruirse como anti-Medioevo y agregar, a las otras oscuridades que se le achacaban a la Edad Media, la de no haber producido propiamente historia, más allá de esquemáticas secuencias de episodios, no siempre relevantes e, inclusive, más o menos inconexas. Romero podría haberse asociado a ese imaginario, si pensamos que, en perspectiva, su trayectoria como historiador también estuvo marcada por su especial atención a lo que se hallaba detrás de la pluma de quienes ejercieron su oficio a través de los tiempos. Sin embargo, su preocupación por detectar los sustratos y los entrelazamientos de los procesos que involucran ámbitos y duraciones considerablemente más amplios le permitió sentar bases para develar rasgos sustantivos de la evolución historiográfica, no solamente en autores singulares, sino también en fenómenos más extendidos de la escritura histórica. ¿Qué condiciones presentó la praxis histórica medieval para configurar la que se generará en la Modernidad? ¿Podemos distinguir un continuum que trascienda las transformaciones abruptas? Estos clivajes inspiran las referencias y llamados de atención de estas breves notas.

¿A quiénes estaban dirigidas las obras de Tucídides o de Tácito? ¿No fueron, acaso, las circunstancias, los contextos, los que convocaron a ese saber y a esa práctica? ¿Qué es lo que podía llega a ser, si se me permite el término, lo “historiable” para el mundo posromano? La historiografía griega y la romana construyen sus objetos: desde la ciudad, desde la polis, hasta encabalgar con la Roma de Tito Livio o Tácito, con su tema de la expansión y la hegemonía imperial y, en este marco, la clave de la visión histórica se encuentra en la percepción del contraste. Es con esta condición que, frente a la naturaleza regular de la vida cotidiana, la guerra pone en evidencia la contrastación por antonomasia y carga de inquietudes e interrogantes a quienes la experimentan, por lo que no fue casual que estuviera en el centro del primer monumento de la escritura histórica occidental aquella en que Heródoto narra la beligerancia entre las ciudades helenas y el Imperio multiforme de Persia.

Son numerosos los factores que condicionan esa percepción del contraste y, en tal sentido, el mundo del Imperio no era el mundo de los señoríos: en su realidad parcelada, primaba la inmediatez de la percepción local y la posibilidad de vislumbrar estructuras que la trascendieran, para plasmar objetos narrativos como el de las perspectivas universalistas. A estos efectos, disponer de situaciones singulares para compararlas y contar con un patrimonio textual orientador se tornaban cruciales a la par de enfrentar contextos poco favorables.

Emergencias, rupturas y supervivencias

En el siglo IV, ya en las postrimerías del Imperio, se origina un nuevo fenómeno historiográfico. Eusebio de Cesarea (ca. 263-339) compone un texto que define un nuevo género, el de la historia eclesiástica que manifiesta un interés y una morfología textual particulares. En efecto, se configura a partir de unas instancias posibles en un espacio –el Imperio romano– a la vez continente y discontinuo que, no obstante, dejó establecidos los basamentos de muchos de los rasgos que se reconocerían como propios de la llamada “historiografía del Medioevo”.

Las ecclesiae cristianas, ahora legalizadas, salieron a la luz poniendo en evidencia las modalidades bajo las cuales se venían organizando, esto es, como unas comunidades urbanas dispersas, afectando una disposición horizontal en su conjunto, sin cabeza visible, con sus obispos como líderes, cuya autoridad devenía de poder alegar una traditio que se remontara a los primeros entornos de seguidores de Jesús. De este conglomerado de circunstancias se derivaba una secuencia, en que Eusebio se enfocó y llamó diadochai epoiesamen[2], sumando a su relato el reconocimiento de quienes habían aportado al establecimiento y a la explicación doctrinal, así como la denuncia de quienes la habían tergiversado, esto es, los heréticos. Y, ciertamente, tal dispersión no podía sino agudizarse con el estatuto clandestino. Esta distribución no se encontraba exenta de eventuales contactos regionales y del hecho de que ciertas ciudades acogían sedes de mayor envergadura, como la propia Roma, Cartago, Alejandría o Antioquía, que distinguían a sus figuras episcopales y por las que habían pasado personajes señalados por sus victorias en la propagación de la fe. Este panorama se manifestó, desde la perspectiva del modelo textual, en la obra de Eusebio, que logró contener y expresar esta suerte de conjunción de la actividad confesional de las iglesias y sus obispos, desplazando el interés en las acciones de gobierno imperial, en las guerras internas o contra extranjeros.

No sorprende, por lo demás, que en el Occidente latino, junto a la traducción de Rufino de Aquileia (340-410), se utilizara, de manera más o menos inmediata, la Historia de Eusebio para elaborar una colección de biografías, el De viris illustribus de Jerónimo de Estridón, prontamente continuada por Genadio de Marsella, en la segunda mitad del siglo V. Además, durante la primera mitad del siglo V, se concreta un fenómeno cultural de crisis, destinado a travesar los imaginarios históricos de la cristiandad occidental: Paulo Orosio (ca. 383-ca. 420), en sus Historiae adversus paganos, va a redactar el epítome de la mayor parte del patrimonio historiográfico de la Roma pagana y la instalará como correlato de la monumental Ciudad de Dios de su maestro, Agustín de Hipona (354-430), cuyo éxito llegará al punto de convertir aquella obra en fuente principal del pasado de la Antigüedad.

Las cesuras de la significación histórica

Las preguntas que se suscitaban a los autores griegos y romanos hasta las postrimerías del Imperio occidental ya no eran posibles para los clérigos de la Cristiandad latina, como tampoco para los escritores del remanente imperial de Oriente, donde se degradaba el sentido de ecumenismo, que Roma había hecho característico.

Los avatares del Imperio condicionaron los formatos posteriores del género. El Oriente muestra una inercia más clara del modelo eusebiano con autores como Sócrates de Constantinopla, Sozómeno de Gaza y Teodoreto de Ciro. Lo que sucede al respecto en el ámbito occidental da cuenta de las direcciones que tomarán los antiguos enclaves del Imperio. Bajo los auspicios de Casiodoro, nos encontramos nuevamente con la intervención de alguien que compila y traduce: alrededor de 550 d.C., Epifanio Escolástico reunió en la Historia Tripartita esas tres historias eclesiásticas, volcando ese epítome al latín. En el programa que Casiodoro elaboró en sus Institutiones divinarum et saecularum litterarum (Instituciones de las letras divinas y seculares)para el monasterio y centro de estudios de Vivarium, un enclave que representó el aislamiento a que se vieron sometidos los espacios que el Imperio romano había mantenido interconectados, incluía la Historia y ofrecía un elenco de autores que dejaría una marca notoria en la posteridad medieval. La lista se inicia con Flavio Josefo (37-ca. 100) y Eusebio, relegando la tradición pagana; incorpora, además, los De viris illustribus de Jerónimo (ca. 340-420) y deGenadio, en la tradición de la biografía romana, un género eminentemente centrado en la ejemplaridad, que no podía sino suscitar interés entre los cristianos, a la hora de erigir nuevos paradigmas de conducta, desde las prácticas de la piedad al sacrificio martirial. Estas tareas de salvaguarda cultural implicarán también un paso más en el acotamiento de las órbitas lingüísticas, en especial la latina, y sus derivaciones en los focos de tematización y narración histórica. Un tiempo después, llegó el momento de tipificar los saberes sobre el pasado; encontramos su definición en la labor enciclopédica de las Etimologías, que Isidoro de Sevilla (ca. 560-636) compuso en el primer tercio del siglo VII.

Los autores posteriores que incorporaban o abrevaban del pasado fijado en los libros, despertaron el inetrés de Romero en tanto tendían a establecer un pretérito compuesto de narraciones, que habían tornado irregular los avatares de la fortuna. Así, el debilitamiento de algunos géneros como el de la monografía romanas en la clave de Salustio (86-36 a. C.), como tipo de texto temático, colabora para que la conjugación entre registrar, valorar o entre explicar e interpretar, se configure como fenómeno de desenvolvimiento paulatino. En tanto que el abad Eginardo (ca. 70-840) puede ya mirar a Suetornio (c. 70- post 126) para pergeñar su biografía de Carlomagno, la Vita Karoli, instalándolo -y legitimándolo- en el elenco de los gobernantes preclaros del Imperio, al tiempo, que una lista episcopal sólo podía incorporarse, eventualmente, a obras como la Historia de los francos de Gregorio de Tours (538-594) o instituirse en un género menor, adosando glosas a cada nombre, como sucede con los Libri pontificales.

La fragmentación occidental condujo a circunscribirse al ámbito de las iglesias locales, como sucede con la obra de Gregorio de Tours en dominio franco, o la de Beda el Venerable (ca. 672-735) en el anglosajón. Esta característica tipológica sirvió de premisa para la inventio, esto es, el establecimiento de las condiciones de posibilidad de un relato histórico abocado a los nuevos protagonistas, los bárbaros, unos pueblos “sin historia”. Afincados en porciones del antiguo territorio imperial, venían con una relación con el pasado limitada a una oralidad centrada, de ordinario, en la épica mientras, en las nuevas circunstancias, los “hombres de Iglesia”, depositarios de la cultura letrada, los dotaron de una historia escrita en la inerte lengua latina, acorde a las pautas del modelo grecorromano, con sus criterios cronológicos, encadenamientos factuales y modalidades narrativas. El mencionado Gregorio de Tours, Isidoro de Sevilla o Paulo Diácono (ca. 720-ca. 799) llevaron adelante esta operación creativa y sumaron otro elemento fundamental del complejo proceso de asimilación de los bárbaros a realidades que habían sido definidoras de la cultura latina. En la balanza civilizatoria, un peso más a favor de Roma y una motivación crucial para la continuidad, en medio de tantas circunstancias difíciles, de la práctica de la escritura histórica dispersa, pero constante.

Constantino entrega al papa Silvestre su diadema imperial.  Oratorio de San Silvestre. Basilica dei Santi Quattro Coronati, Roma. 1248

Los restos del Mediterráneo. La Roma oriental y el Islam

El desprendimiento de ambas áreas del Imperio supuso una cesura de los pasados. El resquebrajamiento de la unidad mediterránea imperial puso en evidencia fenómenos cruciales en el ámbito de la escritura histórica que, ciertamente, se hallaban en ciernes como contracara del propio proceso de articulación del Imperio: ese conglomerado, producto de la agregación, conservó en estado de sustrato la singularidad de los espacios, poblaciones y perfiles culturales que incorporó; estos comenzaron a resurgir al relajarse, paulatinamente, los elementos que los mantenían unidos. El legado en el Imperio oriental sufre una continua erosión territorial y de autoridad que condiciona la persistencia de modelos historiográficos conocidos. Desde Procopio de Cesarea (ca. 500-ca. 560), la contracción del espacio historiográfico al epicentro de Constantinopla y a la lengua griega resulta ya notorio. Tal vez, el rasgo saliente resida en la continuidad de la dignidad imperial y de su corte, poco proclive a las innovaciones, con una mirada constante hacia el patrimonio historiográfico del pasado helénico, que no estuvo mayormente sometido al desgaste ni a la destrucción de los repositorios occidentales. Esa suerte de historia desde la corte explicaría la escasez de plumas destacadas, como Miguel Psellos (c. 1017-1078) o Nicetas Coniates(c. 1155-1216).

Casi en contrapartida, la historia que se escribe en los dominios del Islam encuentra en el período que nos ocupa, precisamente, un esplendor especial, alcanzando con algunos autores unas cotas de reflexión que sólo encontrarán parangón en la Modernidad occidental. Es el caso de Ibn Jaldún (1332–1406) y su obra Kitab-al-Ibar (“Libro de lecciones”), escrita en 1377, especialmente sobresaliente por su al-Muqaddima o “Prolegómenos”, por la operación intelectual que presenta, motivada por la necesidad de dar una explicación a los contrastes que había experimentado su autor a lo largo de sus viajes por un Mediterráneo que vuelve a mostrar la densidad del acontecer de otros tiempos.

Singularidades

Los términos que designan estas prácticas, historia, annales, res gestae, chronica, aparecen, de ordinario, como sinónimos. Emprender la escritura histórica implicaba disponer de escasas mediaciones a la hora de recabar fuentes y testimonios, con el predominio, para las realidades coetáneas, de la dependencia de informantes. La circulación de noticias podía ser fortuita, sin patrones de búsqueda sistemáticos, siendo el cronista, de ordinario, un receptor de lo que le podían acercar, de modo que un historiador del norte de la actual Francia, como Alberico de Trois-Fontaines (muerto en 1250) podía estar enterado de eventos italianos y considera relevante registrarlos. Como consecuencia, crónicas y anales constituían textos que se definían en el fragmento. En efecto, en el circuito de las narraciones que se despliega en el mundo letrado medieval, ambos géneros se muestran proclives a la disrupción informativa, con la incorporación aleatoria de peripecias y la inclusión de otras tipologías de género, cosa que puede complicar su unidad narrativa, fenómeno que todavía los mantiene alejados de las preocupaciones por el enfoque, típicas de la narración de la Modernidad.

Hay que subrayar que la historia no funciona del mismo modo que saberes centrales como la teología, sino en calidad de auxiliar de ellos. Así, mientras que la filosofía aparece como servidora de la teología (ancilla theologiae), la historia se nos muestra aún más subordinada y, por ende, quien se dedica a escribir, el clericus, suele terminar por ser un polígrafo, entre cuyos textos puede llegar a encontrarse una pieza histórica: abrevando de sus lecturas, casi nunca programadas y siempre dependientes del material de que pudiera disponer, termina por inclinarse a respetar la auctoritas de quienes lo precedieron, con poco espacio para los cuestionamientos. Imita, en última instancia,  textos, imita una impostación. Las matrices del tiempo y los modos de tomar conciencia de él, así como las líneas rectoras del acontecer y, de modo determinante, los marcos de valoración, no podían eludir los modelos determinados previamente por las autoridades, la Biblia y los Padres de la Iglesia, circunstancia que converge con la idea de que las peripecias que el cronista alcanza a recoger no son tratadas con la densidad que las convertiría en centro de un saber autónomo. En consecuencia, no podía haber una formación específica para aquellos que se dedicaban a la historia.

Materialidades

Un factor clave de la cultura histórica medieval se puede discernir en el peso que adquieren los epítomes o compendios abreviados. Se trata de un mundo del manuscrito, en el que la reproducción material resulta ardua y singular, que desemboca rápidamente en formas de resumen con las que se pueden multiplicar los ejemplares y, al mismo tiempo, facilitan su uso. La obras de historia suelen ser particularmente extensas, dando lugar a volúmenes frondosos, lo que impulsa el recurso a los epítomes y torna rara en numerosas ocasiones la presencia de los textos completos. Es probable que, un siglo después de su composición, las historias de Tito Livio hayan circulado fundamentalmente como epítomes.

Las vicisitudes materiales de los ejemplares fueron decisivas para establecer las condiciones de dependencia textual concreta. La inflexión más señalada en la cultura histórica se sitúa en la etapa imperial franca carolingia, con el empeño de buscar, copiar y acopiar el patrimonio textual de los antiguos griegos y romanos. Este proceso de salvaguarda cultural, a pesar de sus conatos de sistematicidad, no podía resultar otra cosa que azaroso y, consecuentemente, de sus resultados desiguales surgieron los paradigmas de imitación e inspiración que marcaron los siglos sucesivos.

Las condiciones de supervivencia de las obras han llegado a ser extremas, como sucede con la Germania de Tácito, mutilada y en un solo manuscrito, el Codex Vitt. Em. 163, de la Biblioteca Nacional Central de Roma[3]. En  el otro extremo de la producción manuscrita, hay que señalar que la elaboración de volúmenes cuidados y suntuosos, característica de textos sagrados y de devoción, terminó por alcanzar también a los escritos de historia, lo que manifiesta la significación que adquirían: un ejemplo notable lo encontramos en las 253 miniaturas que, hacia mediados del s. XIV, realizó el taller de Pacino di Buonaguida para acompañar el manuscrito Chigiano L. VIII 296, de la Biblioteca Apostólica Vaticana, para la Cronica Nuova de Giovanni Villani.

La actitud compilatoria, que marca a la analística y a la cronística, se mostrará persistente, compartiendo su perfil con formas como las colecciones de exempla y los florilegios. Esa ya mentada “cultura del fragmento”, con su disposición de referencialidad puntual y, por tanto, con la capacidad de facilitar la utilización erudita, episódica, ilustrativa, privilegiando la orientación ejemplar de las conductas, diferirá las concepciones integradoras de un discurso histórico que pudiera estimular el cuestionamiento y la preocupación por las causalidades.

Bisagras: siglos XIII a XIV

Este es un período de actores sensibles al relato de situaciones nuevas, de construcción de objetos, al tiempo que se acrecienta la voluntad de meditar y explicar. Múltiples discursos están originando nuevos perfiles de acontecimientos, diversos géneros, que fueron posibles gracias a nuevos principios axiológicos. De tal suerte, comienzan a hacerse presentes en los escritos de impostación histórica, las razones para reinar y gobernar, las justificaciones de la plenitudo potestatis, del ban o del regimiento comunal que inducen a remontarse en el tiempo para identificar los orígenes, una de las formas de la causa.

Desde el inicio de su Chronicon, de principios del siglo XIII, Sicardo, obispo de Cremona (1155–1215) dejó en claro en qué medida el elenco autoral de Casiodoro había atravesado el tiempo, al tiempo que establece los principios que sostenían su cultura históric: “Por lo tanto, a partir de la historia profética de Moisés, siervo de Dios, y los demás libros del canon antiguo y nuevo, de las crónicas de Josefo, Metodio, Eusebio de Cesarea, Jerónimo el presbítero, Próspero, Mileto, Rufino y Genadio, también de la historia romana compilada por Eutropio y Paulo el diácono, y de la obra tripartita de Sócrates, Sozómeno y Teodoreto, traducida por el estudio de Casiodoro, y también de otros panegíricos, sean auténticos o apócrifos, como si se recogieran de campos racionales, escogiendo las mejores palabras, en parte de aquellas que he reconocido por los relatos veraces de tiempos anteriores, en parte de los testimonios más fieles de mis propios ojos, me esfuerzo por reunir en un solo cuerpo una crónica, es decir, una narración cronológica, desde el principio del mundo, de los tiempos, las personas y sus obras, pero, no de todas, sino de aquellas que, aún hoy, nos parecen convenientes como ejemplo y para la memoria y el conocimiento de las Escrituras, reuniendo las flores recogidas en un ramo[4]. Señalemos que esta verdadera guía de autores, a pesar de las condiciones de la transmisión, atravesó los siglos y, en términos generales, se ha correspondido con los resultados de las búsquedas eruditas de la posteridad.

El perfil sociocultural de los cronistas y sus contextos de actividad resultan fundamentales para definir sus inquietudes temáticas, sus focos de interés, la dirección de sus miradas. El mundo post romano parte de dos clases de “hombres de Iglesia”. Por un lado, el monje, personaje del ámbito rural y circunscripto a su sede monástica. Por otro lado, también posee una visión restringida el obispo, que observa desde la ciudad que rige.

El disperso mundo feudal transmite también sus relatos fragmentarios, se expresa en géneros que se activan en grado sumo, como sucede con la literatura genealógica. Las narraciones de construcción de linajes pronto comienzan a interactuar con la analística, aunque aún no en una integración narrativa sino como resultado de la mera agregación o intervención textual, como es el caso de la genealogía de la casa de los milites de Wattrelos, introducida por el monje Lamberto (1ª mitad del siglo XII) en su redacción de los Annales cammeracenses, una comisión del obispo de Cambrai a cuya colegiata pertenece.  No obstante, pronto, la tensión interna de los distintos ordenamientos feudales entre señores ve el paulatino resurgimiento de la autoridad monárquica con su fisco, su burocracia contenida por la fidelitas, su fuerza militar propia y, además, sus escuelas y universidades.

Por su parte, están surgiendo nuevos protagonistas.  Entre los clérigos, no es casual que sean los frailes mendicantes, franciscanos y dominicos, los que se hallen desafiados, estimulados, por experiencias que modifican los focos de atención histórica. Desenvuelven así sus perfiles a partir de especificidades vocacionales: los dominicos, la Orden de los frailes Predicadores, moldeados por la cultura letrada desde el principio, instruidos para polemizar y refutar la heterodoxia, habrán de articular una estructura escolar y, a través de ella, abrevarán de lo que les ofrecen los resabios del patrimonio historiográfico antiguo, procurarán recoger la visión ecumenizante de la historia imperial, en papas y emperadores (Martín de Troppau, Jacobo de Varazze). En tanto, los seguidores del santo de Asís, la Orden de los Frailes Menores, darán origen a unas prácticas historiográficas influidas también por las manifestaciones concretas de sus experiencias en diálogo con las prescripciones de su regla y sus modelos de santidad. Forjados por su itinerancia al encontrarse abocados a predicar en las plazas a todos los individuos, sin distinción, para inculcar la imitatio Christi, tomando distancia, como pretendía su fundador, de las prácticas letradas. De tal modo, se los verá sumando las perspectivas de los lugares por los que transitan, generando relatos de interacción entre ciudades y señoríos, sobre todo en Italia, pero no solamente en ella (Tomás de Eccleston, Salimbene de Parma). Entre los franciscanos, un fenómeno particularmente relevante lo constituye la diversidad socio-cultural de sus adherentes –sobre todo en los explosivos momentos iniciales de su difusión–, por la que se volcaron directamente de manera aluvional al seno de la Orden, sin encuadramientos provistos por una educación formal uniforme, los bagajes de origen y de experiencia, sus adscripciones de oficio, en unas condiciones que enriquecieron su accionar. Por añadidura, la itinerancia desataría una praxis por la que las fidelidades locales se desdibujarán, lo mismo que sus alineamientos políticos en la medida en que se expresaban por las inserciones familiares. Recorriendo conventos, predicando a lo largo de los caminos, fueron aprendiendo a relativizar los contrastes y recogieron relatos que circulaban entre los feligreses para ilustrar sus sermones, regidos por los textos bíblicos. Sus frecuentes actitudes equidistantes y los diferentes aspectos de su piedad, los convirtieron en numerosas ocasiones en mediadores y pacificadores en la convulsionada Cristiandad, en especial en la Italia de las facciones, así como en líderes de devociones colectivas – el Alleluia, los flagelantes, …- que consideraron objeto de sus relatos históricos.

No podemos dejar de considerar ocasiones polémicas que se manifestaron en la producción textual, inclusive involucrando géneros alejados de las controversias, pero que dieron la pauta de lo que podía conllevar el uso de tales escritos. Sucede así con la controversia hagiográfica, con su pugna por el testimonio confiable, en torno a los testimonios sobre la vida de san Francisco de Asís. Las tensiones que surgieron al respecto incidieron en la conformación de faccionalismos dentro de la Orden, algunos de gran severidad al punto de afectar el gobierno de la comunidad minorita. Así, se encontraron en contrastación fray Tomás de Celano (1200-1260) y sus dos Vitae del santo, los llamados “Tres compañeros” (los frailes León, Rufino y Ángel) y el texto que se les atribuía, los diversos anónimos (como el Anónimo de Perusa y la Leyenda de Perusa, el Sacrum Commercium o el Speculum perfectionis (“Espejo de perfección”), hasta que fray Buenaventura de Bagnoregio (1221-1274), en su carácter de ministro general, impone su versión como definitiva, la Legenda maior, en 1263. La validación de las autoridades de gobierno de la Orden no impidió que se gestara todo un entramado especialmente conflictivo, del que se siguieron divisiones entre los mismos Minoritas y, no casualmente, un prolongado debate historiográfico a partir de los trabajos del erudito Paul Sabatier (1858-1928), conocido como “Cuestión franciscana”.

La creciente complejidad de las actividades urbanas y el regimiento comunal darán lugar a la emergencia de la figura del notario. Básicamente, este trata de plasmar los fundamentos del dominio territorial de la ciudad, expresar sus poderes, cuantificar sus producciones y el movimiento de los bienes, las percepciones tributarias que, necesitadas de números precisos, incorporan crecientemente este nuevo elemento a sus narraciones, dejando atrás las cantidades simbólicas de caídos en una batalla o de pobladores de una localidad. Una catástrofe de la magnitud de la Peste Negra, que mata a los hermanos cronistas Giovanni y Matteo Villani y deja en una sobrevivencia dolorosa al sienés Agnolo di Tura, ahora nutre historias que reclaman la atención de los cronistas: la de la enfermedad, la historia que contabiliza a los muertos, que llega a distinguir sexos y edades, el relato de las alarmas y el pesar.

Es en especial en las comunas italianas donde se comienza a dar un componente jurídico en las obras históricas de los notarios, que comienzan a incluir documentación en sus crónicas y, aun, buscan hacer de la propia crónica un documento. La pluma de quienes frecuentaban las nuevas usinas de saber, las universidades, comienza a volcarse hacia la crónica y la historia.  Saba Malaspina (muerto ca. 1297 o 1298), que escribe una historia del reino de Sicilia (Liber gestorum regum Sicilie, el maestro Tolosano (muerto en 1226), el principal autor del Chronicon Faventinum (Cronicón de Faenza), o Rolandino da Padua (1200-1276), profesor del studium de esa ciudad, adquieren formación letrada laica, educación jurídica, en la práctica del derecho, de las cuales se sirven las cancillerías y las administraciones monárquica, y, por añadidura, se trata de individuos que pueden articular la apología y la propaganda, de los poderes regios a los que sirven.

Fray Salimbene de Adam. Profecía sobre el papa Gregorio X. Siglo XIII

La crónica como red informativa y como horizonte de incorporación de géneros

Las cinco figuras que Romero señaló como ilustres, en el siglo XIII, a saber Mateo de París, Salimbene de Adam, Joinville, Rodrigo Jiménez de Rada y Snorre Sturleson, conforman una bisagra simbólica que, con sus singularidades, despliegan nuevos y múltiples rumbos que habrán de madurar rápidamente con mayor fluidez de la que los imaginarios rupturistas con que se autoconstruye la Modernidad permiten concebir. Es significativo que cada uno de ellos está representando áreas específicas de la Cristiandad occidental, desde la Cruzada, que vuelve a movilizar la escritura sobre la guerra, a la biografía regia, en un panorama de fortalecimiento del poder de los monarcas. Snorri ofrece el notable ejemplo de un tipo de narración en prosa que logra el maridaje entre las formas de los relatos de ficción y el decurso de los gobiernos monárquicos y señoriales: pensemos en la estructura de la Saga de Egil Skallagrimmson y la Heimskringla (“Disco del mundo”) con su Saga de los Reyes. Sin que se avizoren estos ejemplos como precursores incidentes en la escritura histórica de la Modernidad, sí pone en evidencia que el patrimonio textual existente daba lugar a nuevos modelos. El arzobispo Jiménez de Rada, por su parte, con su De rebus Hispaniae (Acerca de las cosas sucedidas en España) demostró un interés excepcional por la fuerte alteridad que habitaba la península ibérica, la musulmana, y que supuso cuestionar tácitamente la incidencia de las fuentes en la elaboración de la situación factual, desembocando en la redacción de una Historia arabum. Hay que destacar que el perfil de estas obras marcó, poco después, la composición de la Estoria de España del rey castellano Alfonso X el Sabio.

En su dinámica de tipología aluvional, de incorporación de géneros, la crónica alcanza uno de los perfiles de mayor versatilidad respecto de otras formas textuales. La crónica, de este modo, puede comunicar, promover o, aun, advertir. La práctica de intervenir el cuerpo de la crónica con diversos tipos de textos llega a convertirla en un género definido por la combinatoria. En la crónica de fray Salimbene de Parma, encontramos pequeños tratados, como el Liber de prelato (Libro acerca del prelado), una crítica sistemática contra fray Elías de Cortona, ministro general de los franciscanos, colecciones de exempla –el De calliditate demonum (Sobre la astucia de los demonios), o, inclusive, narraciones de episodios específicos, como las Gesta regis Karuli… (Las hazañas del rey Carlos…), que relataba, desde la perspectiva de Carlos de Anjou, las incidencias de su duelo con Pedro III de Aragón, en julio de 1285.  Asimismo, fray Salimbene introdujo piezas poéticas, profecías, como los Dicta Merlini (Dichos de Merlín) o los Futura presagia Lombardie, Tuscie, Romagnole et aliarum partium (Presagios futuros sobre Lombardía, Toscana, Romaña y otras partes) atribuidos a Miguel Escoto, astrólogo del emperador Federico II. Lo relevantes para nuestras consideraciones es que estas profecías ofician como interpretación de acontecimientos, y parten de una proliferación de  auctoritates ajenas al horizonte bíblico, como  Merlín o las Sibilas, que al traspasar el canon tradicional, dejaban entrever las limitaciones de este a la hora de dar respuesta y sentido a un presente que se había tornado acuciante para los individuos por su conflictividad. ¿Qué hacer con la violencia ya endémica? ¿Qué hacer con una turbulencia desordenada, sin direcciones discernibles, los turbina mundi de fray Salimbene? Hay que considerar como un fenómeno relevante para el oficio histórico que la profecía aflora en los siglos centrales del período medieval y, en particular, en el ámbito de la Italia comunal, ante las numerosas pugnas de poderes y facciones, para advertir de sus peligros, para encauzar el pesimismo antes la factibilidad de la pacificación, entre otros móviles, pero también acaba funcionando como instrumento de interpretación de toda esa conflictividad, evocando causas y desarrollos que pueden pasar al discurso histórico como una forma de explicación.

Un aspecto de impacto notorio en los perfiles socio-culturales afecta el plano lingüístico en la escritura cronística e histórica. Si bien el predicamento del latín conservará su predominio, se abren paso en la cultura letrada las lenguas vernáculas y lo significativo es que la historia se cuenta entre los géneros que las incorporan de manera cada vez más consecuente, develando la presencia de nuevos lectores, un nuevo público, aunque también más restringido, más atenido a lo local. La comisión que Alfonso X el Sabio hizo de la historia universal que llamó Grande e general estoria, impuso que se la escribiera en castellano, una medida inusual de impulso a la lengua vulgar, si se tiene en cuenta la tradición de ese género histórico asociado al prestigio del latín.

La ilustración histórica medieval: la Donación de Constantino

Si la historia de la historiografía es también la historia de su recepción, un ejemplo que evidencia las transformaciones que sufren ciertos tópicos y sus interpretaciones en la diacronía, así como la medida en que involucran, inclusive, diversas formas de género, es el de la “Donación de Constantino” (Donatio Constantini).

De Eusebio de Cesarea (ca. 263-339) hasta Lorenzo Valla (407-457), podemos trazar una trayectoria que nos permite observar la construcción y las transformaciones de lo que, en las prácticas, se concebía como materia a historiar en el período medieval, al punto que esos cambios trascenderían la mera aportación de nuevas peripecias singulares. Sin tomar en consideración las circunstancias que incidieron en su gestación, lo cierto es que la recepción eventual de las versiones y las preponderancias relativas marcan los usos e imaginarios sobre el pasado.

El núcleo de la cuestión se asienta en una discrepancia entre dos fuentes cristianas. La versión instituyente surge también de un escrito de Eusebio, la Vita Constantini, en que el erudito ofrece un nuevo ejemplo de innovación al reformular la vieja tradición de la biografía de emperadores, articulándola con elementos que serían caracterizadores del naciente género típicamente cristiano de la hagiografía: desde el tópico del “sueño de Escipión” a la intervención divina, Constantino alcanza a ser distinguido con unos toques de sacralidad que ya toman distancia del paganismo. Es fundamental tener en cuenta que, durante el siglo y medio posterior que conduce a la crisis imperial occidental, se producen una serie de fenómenos fundamentales para definir los legados culturales de la estructura romana. Las matrices de la escritura y el bilingüismo greco-latino vuelven a escandirse marcadamente hasta el grado que lo que no se ha traducido a la otra lengua queda prácticamente encapsulado en los respectivos ámbitos del Mediterráneo occidental y oriental respectivamente. Es por esto que, en nuestro ejemplo, Rufino de Aquileia (340-410) marca una bisagra cultural al traducir al latín la Historia eclesiástica de Eusebio y sentar las bases del tema en esa lengua.

En el transcurso de fines del siglo IV y principios del siglo V, un escrito hagiográfico instala una versión distinta de la biografía del emperador: los llamados Acta Silvestri (Hechos deSilvestre) abrevan en diversas tradiciones, algunas siríacas, y trasladan el eje de atención a la figura papal, a través de un conjunto de peripecias pergeñadas en torno a Silvestre I. Su influencia se siente, inclusive, en un texto de gran capacidad de legitimación como es el listado papal conocido como Liber ponificalis, compilado a partir de la primera mitad del siglo VI. El impacto de este escrito se manifestó, de manera crucial, en la elaboración de la Donatio Constantini (Donación de Constantino): la cancillería papal gestó el texto, probablemente a mediados del siglo VIII, utilizando la narración hagiográfica, avalada luego por Adriano I, llegando a remitir la versión a la misma corte de Constantinopla.

Una vez fraguada en la cancillería pontificia la Donatio Constantini, las circunstancias hicieron que las asimetrías de poder de hecho limitaran sus efectos. Para el momento de auge carolingio, a fines del siglo VIII y principios del IX, la monarquía franca se desentendió del texto, pero durante los tiempos siguientes, la ignorancia sobre las condiciones históricas que habían hecho posible el texto impidió su refutación: los que se sentían perjudicados por el documento no podían hacer otra cosa que negarlo. De tal suerte, a mediados del siglo XII, el obispo e historiador Otón de Freising (ca. 1114-1158), tío del emperador Federico I Barbarroja, no podía pasar de recoger la sospecha de la condición apócrifa de esa versión.

Dada la situación, la denominada “Querella de las Investiduras” –que agudizó la pugna por la plenitudo potestatis entre el pontificado y el Imperio–  fue ocasión eminente de las posibilidades de ambos. Apuntalada por la reforma del papa Gregorio VII y propugnada su definición doctrinal y jurisdiccional definitiva a través del inequívoco Dictatus papae de 1076, la actitud del emperador Enrique IV puso en evidencia la continuidad de la situación problemática en el transcurso del conflicto: frente a la excomunión y la interdicción papal, demostró a todas luces y pese a la envergadura de quien respondía, la carencia de herramientas argumentales, impedida de anclarse en las raíces del problema que la perspectiva de la historia podía proveer. Los intelectuales dedicados al esclarecimiento teológico, sobre todo durante los siglos XIII y XIV, sofisticaron sus instrumentos de raciocinio sin zanjar la cuestión de fondo.

En 1247, en un momento álgido el conflicto entre papas y emperadores como es el que gira en torno del accionar de Federico II, la Donatio entró en juego en el plano iconográfico con la comisión del ciclo de frescos de la capilla dedicada a San Silvestre en la iglesia de los Cuatro Santos Coronados, que presenta de manera historiada las incidencias de la leyenda. El impacto de la cuestión alcanzó al propio Dante Alighieri, que la ubicó como uno de los focos principales de su Monarchia, aunque no la olvidó en la Comedia, cuando alude claramente a la donación en el círculo en donde, precisamente, penan los simoníacos, al dirigirse, irritado, al papa Nicolás III:

Ahi, Costantin, di quanto mal fu matre,
non la tua conversion, ma quella dote
che da te prese il primo ricco patre! ́ ́[5].
(Infierno XIX, vv. 115-117).

Finalmente, un erudito que se convertiría en referente clave del Humanismo, Lorenzo Valla, redacta, en 1440, el De falso et ementita Constantini donatione declamatio (Declamación sobre la donación falsa y fabricada de Constantino), un tratado en que consigue demostrar la falsedad del texto en cuestión. Valla logró reconocer elementos implicados en su elaboración, básicamente, los usos lingüísticos del latín, por cuanto, recurriendo a la comparación, se detectaban contrastes formales que le conducían a descartar la lengua como una estructura estable para comenzar a concebirla como una realidad sometida al cambio y, por tanto, concluir que se trataba de una entidad histórica.

En consecuencia, el periplo que recorre la Donatio es de notable trascendencia desde el momento en que va desde el plano de las meras creencias a los fundamentos de la crítica y, de esta manera, deviene un hito de la historia del método histórico y del análisis morfológico. Ese camino recorrido condujo de la hagiografía al tratado de argumentación crítica que, por añadidura, se erigió en uno de los textos fundantes de la teoría política, si bien, para poder lograrlo, debió hurgar en el pasado, al efecto de poder esclarecer las condiciones de posibilidad de su surgimiento.

Apostillas

Signadas por espacios, medios e intereses, las gentes de la Edad Media se configuraron como delimitadas no solamente por las aptitudes para leer y, eventualmente, escribir, sino también por sus inserciones y prácticas sociales, todo ello enmarcado en las condiciones materiales de la comunicación en un mundo de “tracción a sangre”. En esos ámbitos definidos por parcelas con interconexiones diversificadas, la conciencia del acontecer se articulaba tanto con lo vivido y lo recordado, como con lo leído, con lo construido en los libros. Paulatinamente, con estos elementos toma cuerpo la tendencia a profundizar la observación, la formulación de preguntas y las posibilidades a llevar a cabo proyecciones desde los acontecimientos, procurando dar sentido a la diversidad de las contingencias para las que ya son insuficientes las seguridades del pensamiento teológico.

Las transformaciones y dinámicas que dieron origen al horizonte de las prácticas actuales de la escritura histórica no siguieron un curso lineal y nítido. En perspectiva, no podemos concebir una interrupción de diez siglos, y las concreciones y principios de la historiografía moderna no son consecuencia de un salto desde las excelencias de la tradición de los antiguos, sino un prolongado y complejo proceso de la multiforme producción de escritores de la Cristiandad occidental. Entre San Agustín y Maquiavelo, se traza un decurso que se extiende desde Sobre la Ciudad de Dios (De civitate Dei), la primera gran reflexión compleja legada por la cristiandad latina, hasta los Discursos sobre la primera Década de Tito Livio (Discorsi sopra la prima deca di Tito Livio), de 1531, la reflexión laica sobre un extenso período de la historia de Roma, en busca de sus claves de conjunto, más allá de la tradición de la mera cita ejemplar.

En tiempos en que saberes, desde la exégesis bíblica hasta las diferentes vertientes que proporcionó el análisis estructural en lingüística o en antropología, enriquecen decisivamente nuestras aproximaciones a los testimonios originales, el Medioevo desempeñó un papel en la emergencia de rasgos y perfiles fundamentales del escribir y el pensar históricos que cultivamos al día de hoy.

José Luis Romero, consciente de las insuficiencias de los recorridos formales sobre la historiografía, ya nos transmitía la idea de que el saldo de las experiencias de la escritura histórica del Medioevo no podía resultar ni uniforme ni, por tanto, negativo. De la diversidad de sus perfiles derivaron mitos, como el de los “terrores del Año Mil” (Raúl Glaber…) y las condiciones de posibilidad de la crítica histórica. Es la experiencia y la praxis histórica de los medievales que comienzan a tomar forma principios intelectuales que permitirán redimir los antagonismos de lo opinable, tal como lo ejerció Lorenzo Valla. Cuando Nicolás Maquiavelo escribe la biografía del condottiero Castruccio Castracani, no sabe que se está convirtiendo en el primer historiador que se enfoca en un tema que se adscribirá a un Medievo que ya está surgiendo en el imaginario de algunos de sus coetáneos.

Maestro de la coronación de Carlos VI. Grandes Chroniques de France. Carlomagno y Eginardo. Fines del siglo XIV

Textos de José Luis Romero relativos al tema:


[1] ROMERO, José Luis. “Historiadores medievales”. En La Nación, Buenos Aires, 5 de septiembre de 1954.

[2] Eusebio de Cesarea, Historia eclesiástica, I, 4. “Nosotros, habiendo recogido de estos testimonios todo lo que consideramos útil para la presente obra, y como si lamiéramos de prados espirituales los dichos apropiados de los antiguos escritores, intentaremos conferirle forma histórica, contentándonos al recobrar, si no todas, por lo menos las más notables de las sucesiones de los apóstoles de nuestro Salvador, las que todavía se recuerdan en las iglesias más insignes”.

[3] Antes Codex Aesinas Latinus 8, de la biblioteca condal Baldeschi Balleani, de Iesi.

[4] INCIPIT PROLOGUS SUPER CRONICAM A DOMINO SYCARDO CREMONENSI EPISCOPO EDITAM. Ex profetica igitur hystoria Moysi famuli Dei ceterisque veteris et novi canonis libris, ex cronicis preterea Iosephi, Metodii, Cesariensis Eusebii, Iheronimi presbiteri, Prosperi, Mileti, Rufini atque Gennadii, ex hystoria quoque Romana ab Eutropio Pauloque diacono conpilata et ex tripartita Socratis, Sozomeni  et Theodoriti translata studio Cassiodori, rursus et ex panigericis aliis vel autenticis vel apocrifis, velut ex racionabilibus campis, flosculos verborum decerpens, partim et ex his que veridica relatione priorum, partim fidelioribus testimoniis oculorum agnovi, cronicam, id est temporalem narracionem ab exordio mundi de temporibus et personis et gestis earum, non omnibus, sed que nobis et nunc ad exempli et cautele memoriam scripturarumque noticiam expedire videntur, in unum corpus coaugmentare satago, decerpta in serti fasciculum redigendo. SICARDUS CREMONENSIS Chronica, ed. O. Holder-Egger, MGH., SS., XXXI. Hannover 1903, Prologus, pp. 78-9.

[5]Ay Constantino! ¡De cuánto mal fuiste madre,
no al convertirte, sino por aquella dote
que de ti recibió el primer rico padre!”. En Monarchia III, X, 1, Dante menciona la donación tras la curación de la lepra