Dante Alighieri, Dino Compagni y Giovanni Boccaccio como exponentes contradictorios de la mentalidad burguesa

Pedro Becchi
Universidad Nacional de Mar del Plata

Gustave Doré, Paolo e Francesca, 1860

Introducción

Objetivos

El presente artículo se propone analizar los estudios que José Luis Romero dedicó a tres figuras centrales de la crisis bajomedieval italiana: Dante Alighieri, Dino Compagni y Giovanni Boccaccio. Para ello, examinaremos una serie de problemas comunes presentes en sus producciones literarias y cronísticas: el modo en que perciben la crisis del mundo comunal, la forma en que se sitúan frente a ella, las operaciones historiográficas que realizan sobre su presente y sobre el pasado inmediato, y la relación que estos elementos guardan con la conceptualización de la mentalidad burguesa elaborada por Romero.

Antes de abordar este análisis, resulta necesario considerar las distintas formas en que Romero se vinculó, a lo largo de su trayectoria intelectual, con la historia medieval, con la producción historiográfica dedicada a ese período y con uno de los ejes centrales de su obra: el estudio de la mentalidad burguesa. En este sentido, el presente trabajo requiere un breve recorrido por estas líneas de reflexión como marco para el análisis posterior.

Adelantamos que del examen de los tres personajes se desprende una relación compleja y problemática con la mentalidad burguesa en formación. En el curso dictado por Romero en 1970, publicado posteriormente como Estudio de la mentalidad burguesa[1], se recuerda que “El análisis histórico consiste precisamente en estudiar cuál es la relación, compleja y dialéctica, entre la estructura real y la ideológica, o sea entre las cosas, lo que hay, lo que pasa y la imagen que el individuo se hace de ellas” (p.14). Creemos que las representaciones construidas por Alighieri, Compagni o Boccaccio se corresponden con esta dificultad: lejos de insertarse de manera coherente en este naciente esquema de actitudes frente a la vida, resultan ser exponentes contradictorios de la mentalidad burguesa.

Romero y los historiadores

            En su prólogo[2] a ¿Quién es el burgués? y otros estudios de historia medieval  el historiador italiano Ruggiero Romano destaca una particularidad del argentino José Luis Romero; su notable dedicación al ensamblado, en distintas épocas y desde distintos enfoques, de unas pocas ideas fundamentales. Dice Romano: “José Luis Romero fue (o es) un gran historiador. Pero es o fue un gran historiador, no tanto por la multiplicidad de sus intereses, sino más bien porque hizo converger esa multiplicidad hacia un centro catalizador” (p.2).

Ese centro catalizador es, en sí mismo, una filosofía de la historia, y podría traducirse en la tendencia a capturar la transformación como gran convergencia de elementos que operan en los muy distintos niveles de la historia, donde los sujetos históricos son parte -pero también contradicción o lejano eco- de la estructura y el proceso. Omar Acha[3] propone lo siguiente:

“Toda la comprensión de lo histórico propuesta por Romero reposaba en una convicción esencial: la transformación de las formaciones socioculturales configura un sentido en la historia, constituyéndose en un proceso articulador del pasado, el presente y el futuro (…) La actuación de los sujetos humanos dentro de la estructura histórica que ellos mismos modifican y cuyas coerciones sufren como régimen de posibilidades de acción, conforma un proceso histórico (…)”. (p.19)

Esta tendencia a querer capturar el momento y, sobre todo, a recuperar el valor de la historiografía como práctica humana lo hizo volcarse hacia los momentos de crisis, de nacimiento y de transformación, que son también los momentos más fructíferos para la escritura de la historia. De ello surge que el historiador es uno de los sujetos primordiales del estudio romeriano. La historiografía es, de hecho, su vaso comunicante entre distintos periodos históricos; fue profesor de Historia de la historiografía desde 1942 en La Plata y desde 1948 en Montevideo. No es desacertado considerar que el estudio de la historiografía -y la biografía- representa para el Romero de este periodo una forma primordial de reflexión sobre su propia labor histórica.[4]

Un texto interesante que deja ver el lugar de la historiografía en su concepto de historia es Historiadores medievales.[5] Romero, partiendo de la crítica al esquematismo sobre la historiografía medieval, explora la producción de los cronistas e intelectuales “que median entre San Agustín y Maquiavelo”. Opta por subdividir el milenio en unidades de sentido; la primera es la reelaboración de los géneros prosaicos latinos a la luz de la cultura hebreocristiana por parte de San Agustín o Paulo Orosio; en segundo lugar ubica  los intentos de escritura providencial de los historiadores romanogermánicos -Beda el Venerable, Isidoro de Sevilla o Gregorio de Tours; en tercer lugar ubica la reconfiguración del mundo cultural operada en tiempos carolingios y por último emplaza a las expresiones cronisticas de los siglos XI-XIII -desde Liutprando hasta Salimbene de Adam.

Es en ese mismo trabajo donde además de sugerir movimientos fundamentales en el orden conceptual de la cultura, propone que la Baja Edad Media presenta un punto de clara ruptura: 

“(…) las cruzadas, en coincidencia con otras causas, originaron transformaciones de distinta índole que dieron a los dos siglos siguientes —el XIV y el XV— una distinta fisonomía. La orientación del pensamiento histórico comenzó a variar poco a poco y, además de cierto debilitamiento de la doctrina agustiniana, se advirtió mayor influencia de la personalidad del historiador. La crónica se hizo más típicamente nacional, porque el reino cobraba personería frente al rey mismo, y en la explicación del devenir histórico empezaron a pesar más las razones terrenas: el poder, la riqueza” (p.5).

Resulta de interés recoger esta consideración e intentar procesar las obras que hemos seleccionado bajo esta óptica, que no es otra que la de los cambios profundos que se operan en Occidente a la luz del nacimiento de la mentalidad burguesay sus pujas contradictorias. Y, sin embargo, tampoco es suficiente. En un pasaje de su  principal obra sobre los historiadores, De Herodoto a Polibio. El pensamiento histórico de la cultura griega[6], señala la “pronunciada historicidad del pensamiento histórico”. Agrega: “En la medida en que la historia es –quiérase o no– historia viva, y en la medida en que recibe –voluntaria o involuntariamente– la corriente de la vida que circunda al historiador, el conocimiento histórico adquiere una dimensión peculiar: la historicidad” (p. 8).

Que el pensamiento histórico sea acusadamente historicista presupone todo una serie de tareas metodológicas. Analizar las presencias, los silencios, los recortes temáticos y las lógicas internas se vuelve tan necesario como la exégesis primaria del corpus textual. La obra de cada historiador presupone un mundo insondable de lo que Bourdieu[7] ha denominado “disposiciones duraderas” que de manera más o menos consciente hilvana el pensamiento histórico. Ese es el microcosmos que interesa a Romero.

A la luz de esta relación primordial que Romero establece con quien se ocupó anteriormente de la producción del saber histórico, nosotros hemos optado por analizar a Alighieri, Boccaccio o Compagni; porque a Romero le interesan como productores de sentido histórico, como sujetos conscientes del gran drama de la crisis bajomedieval, de la que son parte y testigos.

Romero y la mentalidad burguesa

Uno de los interrogantes clave de la obra romeriana es el cuándo: la puesta en marcha de la mentalidad burguesa es un momento sensible de esta nueva forma de pensar la historia que prolonga  sus consecuencias hasta el presente en que él mismo escribe. Como también recuerda Romano en el prólogo que hemos referido más arriba, a Romero le interesa obsesivamente ubicar el momento en que una estructura comienza a nacer dentro de otra.

Un lugar especial en este entronque, esto es, en el desenvolvimiento de las fuerzas socio históricas que redundaran en el socavamiento del mundo feudal,lo conserva el conflicto comunal del norte italiano entre los siglos XIII y XIV; Romero visita en más de una ocasión los momentos de esta crisis y sus consecuencias en el entramado literario e historiográfico de Italia, no solo como testimonio, sino como consecuencia de cruces generativos más amplios. Visitar las transformaciones del mundo comunal tiene el sentido lógico de capturar la relación entre la cultura material y las mentalidades, que son una forma concreta de traducir esas experiencias en marcos ideológicos.

En algunas de sus principales obras dedicadas al período que nos ocupa, como La cultura occidental o La Edad Media, así como en numerosos artículos, el historiador argentino destacó las transformaciones en el orden de las mentalidades derivadas de la estratificación productiva e institucional de las ciudades. En ese marco, reconstruyó el proceso mediante el cual la burguesía pasó de definirse por la función que desempeñaba en la sociedad a hacerlo por una actitud específica frente al mundo; paralelamente, su programa institucional dejó de responder a un conjunto de necesidades prácticas para articular un proyecto de reformas más complejo, sustentado en alianzas con otros sectores sociales.[8]

El problema se presenta como poliédrico, y de allí se desprende la  necesidad exegética de los textos claves del período como la Divina Commedia (en adelante, DC) dantesca, la Cronica delle cose occorrenti ne’ tempi suoi de Dino Compagni (en adelante, Cronica), y el Trattatello in Laude a Dante o Vita di Dante de Giovanni Boccaccio (en adelante, Vita), con enfoques siempre distintos y originales, que repasaremos en estas páginas. Si los primeros dos textos interesan en tanto operaciones historiográficas hechas durante el conflicto comunal, el tercero interesa en tanto interesante operación historiográfica hecha en tiempos posteriores.

En La cultura occidental[9] Romero señala los elementos constitutivos de lo que llama la Segunda Edad y el papel fundamental que la nueva mentalidad burguesa tuvo en esa transformación, que se prolonga hasta la Tercera Edad, es decir la época contemporánea. Y en esta última destaca por su protagonismo, que penetra profundamente en las estructuras jurídicas. En esta compleja relación entre las tradiciones cristiana, germánica y romana, Romero sugiere que la romanidad “despertó con la naciente burguesía, que basaba sus posibilidades en el activismo –el activismo romano– y comenzó a desdeñar la pura contemplación y a estimar el mundo más que el trasmundo.” (p. 28). La progresiva relativización del trasmundo es un elemento fundamental de la forma burguesa de concebir la vida que se agudiza en el análisis dantesco de la crisis, como veremos más adelante.

Hemos propuesto que los autores que son objeto del presente estudio guardan relaciones contradictorias con la mentalidad burguesa. Deberemos explicar por qué, remitiéndonos a la obra de Romero. En el ya mencionado Estudio de la mentalidad burguesa (1987), cuyo tentativo primario es teorizar sobre el origen y el despliegue de dicho fenómeno, Romero nos propone que “Desde el siglo XI, y al ritmo de la formación de una nueva estructura socioeconómica que se yuxtapone a la tradicional, se constituye un tipo de mentalidad, cuyo desarrollo se prolonga, aunque con variantes importantes, hasta nuestros días. (…) La etapa originaria se prolonga hasta el siglo XIV.” (p. 20-21). La primera etapa de formación se sustenta en cambios del orden material que aún no logran consolidar bases programáticas, ideológicas si quisiéramos. Podríamos aseverar que “lo burgués” es una mentalidad pragmática pero no una ideología, ya que como leemos mas adelante “los grupos burgueses no se detienen a pensar acerca de las implicaciones que tienen sus nuevas actitudes, y simplemente operan”(p.21). No es raro, entonces, pensar que Dante, Dino Compagni o Boccaccio se inserten en estas disposiciones prácticas, y a la vez anclan su pensamiento en las estructuras ideológicamente “sólidas” de la mentalidad feudal.

Si inicialmente los burgueses -intuitivamente Romero decide separar el cuerpo productivo-artesanal del comercial- desarrollan necesidades prácticas que se traducen en legislaciones y no buscan desplazar el orden feudal-urbano, con el tiempo tenderán a crear un universo identitario distinto del caballeresco pero que absorbe, nostálgicamente, algunos de sus valores trascendentales. Eso explica, entre otras cosas, la tendencia acentuada a cierta producción de tema caballeresco -preferentemente unificando el ciclo carolingio y el artúrico- en Italia a caballo entre Renacimiento y Manierismo: piénsese en el  Orlando Furioso, en la Gerusalemme Liberata.

El resultado imprevisto es que la mentalidad burguesa trastoca definitivamente ese orden, pero quiere incluirse en él; su vertiente más patética y exagerada se presenta en las formas alegóricas de Dante, agudo observador de la decadencia del mundo medieval. El patetismo medieval, en términos romerianos, aparece como la problematización posible que se yergue a la distancia entre el orden y la realidad histórica, o bien la tensión trágica del divorcio entre destino terreno y destino ultraterreno.[10] Formas más clásicas centradas en los conflictos políticos organizan la obra de Compagni. Operaciones de integración discursiva son en cambio más evidentes en Boccaccio como biógrafo de Dante. A lo largo de este artículo abordaremos el lugar de estos tres testigos de la crisis bajomedieval en el orden conceptual de la obra de Romero, intentando relacionarlos con sus preocupaciones por el pensamiento histórico y por la mentalidad burguesa.

1. Dante, parte y nostalgia[11]

1.1. Los tópicos fundamentales de la DC en la obra de Romero

Uno de los nodos centrales de la lectura romeriana de las diversas mutaciones del orden urbano y político ha sido el desarrollo y la puesta en acto de la mentalidad burguesa. Delineada como abierta contraposición al orden trascendente del mundo cristiano-feudal -y a su vez, derivada de él-, sugiere en su construcción uno de los gérmenes transicionales hacia un mundo donde el burgués toma, paulatinamente, las riendas de la cultura, de la producción y de los imaginarios.

El célebre Dante Alighieri (1265-1321) representa una parte importante de dichas mutaciones. En La Edad Media[12] Romero define al poeta como un hombre de transición: “Es Dante Alighieri, cuya Comedia, tan grande por su valor poético, es grande también como documento de la disolución del orden medieval, que el poeta amaba, y de la aparición de un sistema de ideales y formas de vida que exaltaba algunos de los elementos que integraban aquel orden en perjuicio de otros (…) Con su vasta creación poética, Dante Alighieri inicia la era en que el orden medieval se quiebra, y representa el momento inaugural de la baja Edad Media” (p.189).

De esa misma época es su artículo sobre Dante, que citaremos a lo largo de esta sección[13], un ensayo innovador sobre algunas de las preocupaciones fundamentales del historiador en relación al poeta que se repetirán en otros trabajos y que configuran el núcleo de su interpretación de la DC como obra clave en el pasaje hacia la Baja Edad Media. Romero se ocupa de entrelazar dos niveles exegéticos en la obra del florentino, que nos parecen relevantes para la materia aquí tratada; por un lado Dante como testigo y analista de la transformación de su mundo -de lo que se desprenden a su vez otras capas semánticas interesantes; la idealización del pasado, la nostalgia por un orden pretendidamente perfecto, la invectiva moral- y Dante como parte integrante de esa misma transformación, aún en abierta confrontación con los valores que percibe como decadentes. El eje que une a ambos tópicos no es otro que el crudo conflicto comunal que atraviesa a Florencia, que es a su vez parte de las más grandes desavenencias entre el derecho territorial, la presencia del Papa y del Emperador y los valores en que se funda la lectura profética de Dante.

Para articular estas lecturas, Romero se sirve de algunos pasos fundamentales de la narrativa dantesca: el encuentro de Dante con Farinata degli Uberti, en el Canto X del Infierno, y el diálogo del poeta con su antepasado Cacciaguida, en el Canto XIV del Paraíso.

Estos dos encuentros condensan dos de los puntos más importantes en la crítica de Dante a su propia época: la negación del plano trascendente y de la existencia del trasmundo -base ideológica del orden cristiano de los siglos X-XIII y cadena de sentido que Dante intenta recomponer ante la crisis inminente- y el olvido de los valores fundamentales que, para el propio poeta, permitieron en un pasado idílico el desarrollo y la expansión virtuosa de su propia patria, Florencia. Se podría argumentar, con cierta razón, que ambos temas demuestran un continuum ideológico, pero su distingo en el interior de la DC responde a una cuestión de magnitudes; la respuesta que articula Dante frente a la incredulidad y a aquellas concepciones que son englobadas bajo el término de epicureísmo es su visita a los reinos del trasmundo, y por lo tanto toda la fisonomía literaria es parte de este problema. Al segundo argumento, en cambio, dedica momentos específicos[14], siendo el encuentro con Cacciaguida el más paradigmático.

El primer tópico -el debilitamiento del trasmundo como ordenador social- se presenta en todas las lecturas romerianas del período, de manera que es útil retomar sus palabras en el mencionado artículo sobre Dante: “Pero de todos los rasgos de su tiempo, acaso el que más profundamente hiere la conciencia de Dante es el ascenso de los valores referidos al mundo, que se corresponde con la omisión del trasmundo.  Aferrado a la convicción —sólo en parte fundada— de que en otro tiempo, en ese “antes” nostálgico, habían prevalecido los ideales del espíritu puro, y sobre todo los que ponían el acento de la vida en el más allá de la existencia, descubría en su tiempo una adhesión cada vez más visible a los intereses inmediatos de lo terrenal, una excluyente preocupación por las cosas más próximas y perecederas” (p.11).

Los dos tópicos, podríamos agregar, se entrelazan polémicamente con las respectivas crisis del Imperio y del Papado, escenario natural del desenvolvimiento de la crisis comunal que Dante denuncia enfáticamente y, en boca de algunos de sus personajes, es causa concomitante y consecuencia de las anteriores tendencias. Y si admitimos que es la comuna uno de los epicentros del desarrollo primigenio de la mentalidad burguesa, la contradicción del poeta en insertarse en una lo lleva a identificarse problemáticamente con la otra.

Gustave Doré, Retrato de Dante, 1860

2.2. Farinata y la negación del trasmundo

En el Canto X del Infierno, en el sexto círculo que hospeda a los herejes, Dante y Virgilio avanzan entre sepulcros ardientes que albergan a quienes sostuvieron doctrinas contrarias a la inmortalidad del alma. Allí se yergue, “com’avesse l’inferno a gran dispitto” (Inf, X: 36), la figura altiva de Farinata degli Uberti, jefe gibelino y protagonista de la historia faccional florentina reciente. El epicureísmo atribuido a Farinata (“che l’anima col corpo morta fanno”) no es sólo una herejía doctrinal en el sentido más estrecho atribuible a estas discordias, sino la cifra de una actitud ante el mundo que prescinde del orden trascendente como horizonte último de sentido.

Romero observa, siempre en el dicho artículo, que “La incredulidad acerca de la otra vida esconde el último secreto de la crisis que Dante contempla. La larga línea de la incredulidad medieval —o de una credulidad harto tibia incapaz de incidir sobre la radical actitud ante la vida— adquiría una notable significación tras el ejemplo de Federico II, ‘homo pestifer et maledictus, scismaticus, hereticus et epycurus’, como dice Salimbene. Dante la había visto antes —sin extrañeza, por cierto— en Cavalcanti, pero sólo ahora descubría las proyecciones que esa actitud entrañaba. Y símbolo elocuente de esa actitud era el grande y noble Farinata degli Uberti a quien, aun sometido al tormento, concede el poeta la entereza de perseverar en su incredulidad.” (p. 9).

Este último punto del encuentro resulta ambivalente; no queda claro si Farinata es gibelino y además epicúreo o es una cosa porque es la otra, ya que el diálogo se articula, en apariencia, en torno a la suerte de las facciones y al destino de la ciudad. Farinata, aun condenado, se muestra magnánimo -Dante de hecho le confiere una magnanimidad que niega a personajes de su propia parte, como Brunetto Latini- y orgulloso de haber defendido a Florencia de la destrucción; Dante, por su parte, replica desde su pertenencia güelfa y desde el dolor del exilio.

En términos narrativos, el episodio condensa una tensión central de la DC: la tentativa de restituir un orden trascendente frente a una experiencia histórica que parece desmentirlo. Farinata encarna, en este sentido, una forma extrema de inmanencia. Su negación del trasmundo, leída por la tradición como adhesión al materialismo epicúreo, puede interpretarse como síntoma de una mutación más amplia, esto es la progresiva autonomización de la esfera cultural desarrollada en los circuitos urbanos respecto del marco teológico que había estructurado el universo cristiano-feudal. En “El espíritu burgués y la crisis bajomedieval”  Romero enumera algunos de los elementos de esta nueva actitud hacia la vida donde despuntan conexiones que luego resultaron centrales en la producción cultural renacentista: el naturalismo, el materialismo y la reivindicación de la corporalidad. La actitud nostálgica de Dante es una reacción similar a la que podemos imputar a Petrarca o a Santa Catalina frente a la siguiente crisis del orden, esto es, la Peste de 1347-1348. Cabe precisar que Dante pertenece, originalmente, al estrato burgués que es uno de los grandes “productores” de la crisis política del siglo XIV.

Es precisamente en este punto donde la lectura de José Luis Romero adquiere su por qué. Para Romero, el conflicto comunal que enmarca a Dante en tanto testigo de la crisis no es únicamente una pugna de bandos -como el diálogo entre los personajes sugiere a los lectores- sino una suerte de laboratorio donde se ensayan nuevas formas de inteligibilidad histórica. Es por esto que afirmamos en la introducción que la obra de Dante interesa a Romero particularmente en tanto operación historiográfica. En su intercambio con Farinata, Dante dramatiza la crisis del principio trascendente que había garantizado la cohesión simbólica del orden medieval, y Romero recoge esa sutileza para abonar su interpretación de la crisis en el mundo de las ideas. Y, como nos sugiere un examen rápido de las tendencias culturales de los dos siglos inmediatamente posteriores a la profecía literaria dantesca, el poeta tenía razón; subraya Romero (2004: 39) que una parte fundamental del traspaso a la Segunda Edad es la afirmación del principio material de la vida, que se acompaña al naturalismo, activismo e individualismo.

2.3. Cacciaguida y la Florencia perdida

Tras la danza de los beatos de la cuarta estación del Paraíso, Dante asciende junto con Beatriz al quinto cielo. El mismo está regido por el signo de Marte, cuerpo celeste que, como recuerda el cronista güelfo Dino Compagni, gobernaba los cielos en el momento de la fundación de la ciudad de Florencia. Tras un estado de éxtasis (Io m’innamorava tanto quinci/ che ‘nfino a lì non fu alcuna cosa /che mi legasse con sì dolci vinci, Par. XIV; 127-129) Dante encuentra a los spiriti combattenti del quinto cielo y, entre ellos, a su antepasado Cacciaguida (1091-1147). En un intercambio que fue a menudo considerado el núcleo del mensaje civil de la DC Cacciaguida nos ha dejado un cuadro sugestivo sobre la antigua ciudad de Florencia, despojada aun de la acumulacion desmedida y el lujo;

Fiorenza dentro da la cerchia antica,
ond’ella toglie ancora e terza e nona,
si stava in pace, sobria e pudica.
Non avea catenella, non corona,
non gonne contigiate, non cintura
che fosse a veder più che la persona.
Non faceva, nascendo, ancor paura
la figlia al padre, ché ‘l tempo e la dote
non fuggien quinci e quindi la misura.
(Par, XV: 97-105)

La evocación de Cacciaguida resulta en una declaración de nobleza del propio Dante -su antepasado fue investido caballero por el emperador Conrado III en ocasión de la Segunda Cruzada- y confluye armoniosamente en el corazón del porqué de la misión dantesca tras su viaje en el Más Allá; la escritura de un poema sacro. Esta declaración desdice otras consideraciones anteriores del poeta que eran verdaderos lugares comunes entre los doctos coetáneos, como la tesis de la nobleza de ánimo.

La nostalgia dantesca hacia un pasado idealizado donde si stava in pace y las hijas no inspiraban el pavor de los padres que debían darlas prematuramente en matrimonio es uno de los puntos más trabajados por la crítica dantesca y, como ha notado el mismo Romero, refleja una notoria contradicción; Dante demuestra su nostalgia por un mundo que le es ajeno y niega su filiación al sistema de ideas que resultan en la decadencia de ese mundo que recuerda con nostalgia. Dante es, esencialmente, un burgués definido en el amplio sentido de Romero; aunque se reconoce como un noble de origen -se ha discutido sobre este punto-, ha absorbido los usos y costumbres de esta nueva clase; su idiosincrasia, sus prácticas culturales, sus formas de ver el mundo. Y con ello precede una característica para nada menor de la producción cultural del Quattrocento y Cinquecento: la necesidad de las clases sociales en ascenso de anclarse en el sistema de ideas del mundo feudal-caballeresco.

Gustave Doré, Cacciaguida

2.4. La operación historiográfica de Dante en relación a la mentalidad burguesa

Nos interesa agregar algunos tópicos al análisis romeriano de Dante en tanto observador de la crisis; no se trata solamente de un poeta que ve en el pensamiento burgués un ataque al mundo del que se siente parte; es un hombre que nace en el seno de la mentalidad burguesa pero que, en cierto modo, renuncia a ella para denunciar los peligros inherentes a sus formas de percibir la vida y a su forma de relacionarse con el orden terrenal y ultraterrenal. Como recuerda Mariano Pérez Carrasco “En ese cuadro historiográfico, Dante ocupa el puesto de uno de los últimos, nostálgicos defensores de ese orden tradicional que, en definitiva, estaba condenado a desaparecer.”[15]

La toma de conciencia de Dante frente a este mundo emergente, que parece socavar las bases reales del mundo al que -en un segundo momento- decide adscribirse de manera nostálgica, parece apuntar resueltamente a su forma de concebir las relaciones políticas, sociales y, haciendo caso del análisis de la situación del trasmundo, espirituales.

En su ensayo De Heródoto a Polibio. El pensamiento histórico de la cultura griega, referido anteriormente, Romero analiza un aspecto particular y sugerente del nacimiento de la historia griega “La nueva actitud histórica ha aparecido en el siglo VI, cuando comienzan a cristalizar en formas precisas las conmociones producidas en los tiempos inmediatamente anteriores”. (p.41). Si quisiéramos aplicar esta lente interpretativa a la obra de Dante, de la que la DC representa su corazón hermenéutico, deberíamos llegar a la conclusión de que el exilio y la evidente falla del sistema comunal y sus facciones podrían ser el punto de inflexión en un Dante que pasa de parte integrante e inconsciente de la mentalidad burguesa a detractor de sus postulados.

¿Desde qué elementos que conmocionan su presenteDante elabora una operación historiográfica de reverente alejamiento del sistema de ideas que parece subvertir el orden anterior?

Es difícil establecerlo con claridad, pero hay pasajes de la DC que lo sugieren. Uno de ellos podría estar en la toma de posición de Dante frente a los enamorados Paolo y Francesca[16], que codifica en cierto modo la concepción que él mismo tiene sobre la literatura:

Noi leggiavamo un giorno per diletto
di Lancialotto come amor lo strinse;
soli eravamo e sanza alcun sospetto.
Per più fiate li occhi ci sospinse
quella lettura, e scolorocci il viso;
ma solo un punto fu quel che ci vinse.
Quando leggemmo il disiato riso
esser basciato da cotanto amante,
questi, che mai da me non fia diviso,
la bocca mi basciò tutto tremante.
Galeotto fu ‘l libro e chi lo scrisse:
quel giorno più non vi leggemmo avante”
(Inf, V: 127-138)

Paolo y Francesca aparecen en el canto V del Inferno entregados a la lectura compartida de un romance caballeresco; la escena está marcada por la irrupción de una fuerza que parece exceder a su voluntad, sugerida por el verbo sospinse, significativamente asociado a li occhi. La caída en el pecado se consuma en el instante del beso, que subraya la conciencia de la transgresión. El descubrimiento del adulterio por parte de Gianciotto Malatesta culmina en el asesinato de ambos. La exégesis dantesca tradicional ha visto en este episodio una condensación de dos aspectos centrales de la concepción de Dante Alighieri acerca de la literatura: por un lado, la sospecha frente a la lectura per diletto, entendida como práctica potencialmente desordenada; por otro, la consiguiente problematización de los textos que tematizan el amor cortés, convertidos en objetos moralmente riesgosos per se. No es casual que los amantes sean castigados eternamente en la bufera infernal (v. 31), arrastrados sin reposo por una pasión cuyo detonante inmediato fue precisamente un libro.

En este sentido, el propio Dante parece insinuar una dimensión autocrítica: al haber contribuido al universo de los rimatori d’amore al que Francesca alude (v. 100), el poeta se sitúa en una posición ambigua, oscilante entre la condena moral y la conciencia de su implicación en la tradición lírica que alimenta la tragedia narrada. Puesto en otros términos, Dante desconoce su propia labor anterior a la elaboración del poema sacro.

Podemos extender este razonamiento a otros desarrollos del pensamiento dantesco; su pertenencia al partido güelfo y su posterior adhesión filo-imperial cruzan la misma línea argumentativa. La operación historiográfica de Dante retomada por Romero, es posible gracias a su anterior lugar en el sistema de ideas que podríamos definir como burgués; y es su vasto conocimiento del mismo y la toma de conciencia sobre aquél lo que le permite ser un observador apasionado pero certero.

Gustave Doré, Los avariciosos

2. Compagni, el historiador clandestino

La traducción de Romero[17] de la Cronica delle cose occorrenti ne’ tempi suoi ha resultado en el conocimiento de dicha fuente entre numerosos estudiantes argentinos. El libro tomó cierto caudal en Italia gracias a su coetaneidad con Dante -quien es incluso mencionado- y a la questione dinista de los archivistas del siglo XIX. A excepción del notable Isidoro del Lungo, no había sido trabajado con profundidad hasta los trabajos de Marco Berisso y Davide Cappi. Otras obras del siglo XIV han sido atribuidas a Dino Compagni -como el poemetto ‘L’intelligenza’-, lo que ha suscitado distintos debates sobre la autenticidad de las fuentes y su autoría, hoy mayormente aceptada para el caso de la Cronica[18]. Recordamos las palabras de Romero en el estudio preliminar a la traducción: “Pero tiene aún otros muchos que lo hacen valioso por sí mismo, porque, a diferencia de otras crónicas, palpitan en él múltiples y variadas preocupaciones humanas y se agitan en su seno pasiones y esperanzas de este mundo, cuyo espectáculo suscita de inmediato un apasionado interés en el lector” (p. I).

Los tres libros de Compagni tienen por protagonista no la historia florentina, sino la historia de la fractura del orden ciudadano operada en su seno; este criterio selectivo acorta de manera natural su estructura general pero condensa los hechos y permite la presencia de las emociones y los testimonios directos. Este notorio rasgo partidario ha siempre llamado la atención de los historiadores.[19].

El mercader Aldobrandino Compagni es un gran ejemplo del experimento emergente que se desarrolló en las ciudades italianas del siglo XIII. Escasamente alfabetizado, ignorante del latín, es un hombre pragmático que toma la labor política como parte de su horizonte de posibilidad en tanto hombre burgués. Y, a pesar del condenatorio nombre dado a su obra en el siglo XIX por Isidoro Del Lungo (picciol libro de’ tempi di Dante), escribió una breve crónica de profundo interés para el especialista en los conflictos políticos en el mundo comunal. A diferencia de sus “contrapartes” victoriosas, Romero intuye que Compagni fue otro tipo de hombre: “Apresurémonos a decir que la obra de Dino Compagni no es una crónica en el estricto sentido técnico de la palabra. Lejos de ello, la narración depende de una intencionada elaboración y revela un claro criterio selectivo” (p. I).

Nos permitimos notar, como hemos hecho en otros trabajos, que la elección del título “Cronica de los blancos y los negros” por sobre otras plausibles interpretaciones –Crónica de las cosas ocurridas en sus tiempos, o como se opta actualmente en el mundo académico italiano, Cronica, a secas- nace de la adopción del principio constitutivo operado por el mismo Compagni; para él importa la recoleccion de datos solo en relación al conflicto. Compagni allana el camino para una eventual legitimación del bando derrotado ante una posible intervención “extranjera”.

Una breve enumeración de los momentos claves de la Cronica nos puede ayudar a confirmar este razonamiento. El libro primero se estructura alrededor del nacimiento del faccionalismo florentino: Compagni ubica en 1215 un hecho fundamental de esta génesis, para luego adelantarse a la década de 1280, en los prolegómenos del siglo XIV. El segundo libro, de mayor extensión narrativa, narra los hechos de 1301-1303, que decantaron en el ostracismo doméstico de su autor y en el exilio y el ajusticiamiento de otros tantos correligionarios. El tercer libro se extiende hasta el momento de la escritura de la Cronica, que presumiblemente fue hecha desde este punto hacia atrás, con las renovadas esperanzas puestas por Enrique VII y su expedición italiana. A diferencia de otros cronistas de la época, Compagni no se detiene en el pasado remoto por un afán enciclopedista, sino para servirse de ciertas explicaciones sobre hechos del presente.

El criterio metodológico es también esclarecedor, el mismo Compagni lo explicita: “Cuando comencé, me propuse escribir la verdad acerca de las cosas ciertas que he visto y he oído pero que fueron importantes (…) y decidí escribir según lo que oyera aquellas cosas que no he visto claramente (…) según la mejor tradición” (p. 9). Al cronista le interesa insertarse de manera personal e individual en el complejo entramado de vicisitudes políticas, y es también parte de su íntimo tejido emotivo. Por eso, sus supuestos “metodológicos” son también de naturaleza sensorial.[20]

Compagni se inserta en una línea de sentido compartida por Herodoto, Isidoro de Sevilla, Maquiavelo o incluso Mitre. Para cada uno de ellos, en la explicación de Romero, podemos hacer extensiva la necesidad de la otredad para constituir la labor del historiador: en Compagni es necesaria la división faccional como lo fuera para Herodoto la presencia persa.

La atención romeriana por las formas culturales capaces de registrar la transición encuentra en la escritura cronística de Compagni un espacio particularmente fértil. Allí donde la obra dantesca elabora el conflicto en clave simbólica, como hemos notado, la Cronica de Compagni, urbana y terrena, lo captura en su inmediatez, como experiencia vivida de la fractura comunal. El autor espera ser útil a la posteridad. La narración del presente se transforma así en un laboratorio que permite observar el modo en que las ciudades italianas procesan la emergencia de nuevas formas de poder y de identidad social.

En esta perspectiva, la Cronica de Dino Compagni permite examinar la crisis no sólo como sucesión de acontecimientos sino como problema de inteligibilidad histórica. Actor y testigo, Compagni intenta restituir un orden narrativo a la descomposición de las solidaridades comunales, articulando juicio moral, memoria política y -nos detendremos en este particular- experiencia personal. La lectura romeriana encuentra en esta tentativa un indicio decisivo: la conciencia de crisis constituye ya una forma de elaboración burguesa del conflicto, en la medida en que desplaza la explicación desde la Providencia o la legitimidad heredada hacia la responsabilidad de los grupos urbanos y sus prácticas. Compagni, de hecho, adelanta una serie de signos que le resultan indicativos de esta fractura moral operada por los grupos de poder de la Comuna; el descreimiento de los pactos realizados sobre los Evangelios es quizá el más importante.

Algo que llama la atención de Romero es la inserción que Compagni proyecta para su obra, que desagrega en distintas categorías; como individuo, como parte, como historiador y como sujeto emocionalmente ligado a los sucesos. La intención que rodea la composición de la obra -esto es, un testimonio personal que aspira a tener utilidad pública a través de la modesta escritura- nace de una actitud genuinamente burguesa (siempre en su definición romeriana) frente a la vida, pero también reniega de dicha actitud en una forma menos elaborada y consciente de lo que sucede en la Comedia de Dante. Compagni es un burgués, claro está, y es parte -en su acepción histórica- del programa alentador que Giano della Bella piensa para los burgueses. Su reconocimiento como individuo (incluso dentro de las corporaciones de su época) y su testimonio como individuo se insertan en una cadena de formas literarias que se desligan lentamente de las formas “corporativistas” típicamente medievales, incluso si tiene antecedentes claros. Se esfuerza en dar cuenta de la materialidad del conflicto, y de ahí la presencia de los enfrentamientos urbanos y sus consecuencias en los cuerpos de los ciudadanos, pero también en dar cuenta de cómo los valores materialistas -la avaricia, la soberbia o la envidia- son la base de la fractura entre los ciudadanos florentinos.

La operación historiográfica de Compagni, por lo tanto, nace de la misma colisión de valores que percibimos en la nostalgia de Dante, y de la consecuente negación (parcial o total, moral o política) de la pertenencia del cronista a la clase que engendra y profundiza la crisis. Por eso, como precisara Romero en su estudiopreliminar, “Vuelva a leerse La Commedia, después de este libro, y se descubrirá más claro y preciso el mundo histórico del poeta, que gira alrededor de esta Florencia de Compagni, esta Florencia. ‘ch’è piena/ d’invidia sì che già trabocca il sacco’ pero a la que amaba, como Compagni, con entrañable, inextinguible amor.” (p. XII).

Gustave Doré, El barquero celestial

3. Boccaccio y su Vita di Dante

El certaldés Giovanni Boccaccio (1313-1375) es una de las figuras más ricas de este complejo pasaje entre configuraciones culturales que estamos revisando. Partícipe de un incipiente mundo de estudios que revaloriza el griego como lengua de cultura -y que en Italia estará presente gracias a los poetas de la Arcadia-, fue también autor de libros que rápidamente entraron en el Index Librorum Prohibitorum de la Iglesia contrarreformista. Las razones son evidentes, y debemos rastrearlas en la ambivalencia de la época que le tocó vivir. En La cultura occidental Romero recuerda esta contradicción entre sentimiento religioso y actitudes filosóficas frente a la existencia:

“Este valor atribuido a la naturaleza –y a lo que hay de naturaleza en el hombre– explica la nueva actitud, a primera vista inexplicable, de Boccaccio, de Chaucer o del Arcipreste de Hita. El amor, la sensualidad, el goce de la vida atraen al hombre con fuerza incontenible, y la Iglesia tiene que apelar a dramáticos llamamientos para contrarrestar esa tendencia fugitiva: al Decamerón corresponden las Danzas de la muerte” (p.29)

En el marco del mismo ciclo de inquietudes intelectuales que vieron nacer la traducción de la Cronica de Compagni y los análisis sobre Dante, Romero hizo una traducción[21] de la Vita di Dante (originalmente llamada Trattatello in laude di Dante Alighieri)de Giovanni Boccaccio. El estudio preliminar[22] ha sido posteriormente insertado en distintas colecciones de ensayos. La traducción no ha gozado del relativo éxito que tuvo la Crónica de Compagni, reeditada en diversas ocasiones, pero se mantiene como un antecedente fundamental en el campo de las “Opere minori” de Boccaccio.[23]

Con esta elección confirma una de sus preocupaciones clave del período, esto es, las distintas operaciones historiográficas que nacen en el seno de la crisis del orden feudal en compleja interrelación con los múltiples fenómenos de la época; Boccaccio -recordemos, proveniente de una familia burguesa que itinera entre Toscana, Francia y la Campania- vive en el arco de tiempo que va desde la muerte de Enrique VII  -y con ella la disolución del endeble orden imperial en Italia-  hasta el desarrollo incipiente del Humanismo -del que es parte ineludible-, pasando por la Peste Negra, el nodo de su literatura que más sobrevivió al tiempo.

Giovanni Boccaccio representa, en cierto sentido, los valores burgueses en ascenso que Dante -sobre quien opera una interpretación historiográfica- se esfuerza en negar, como hemos visto, a través de cierto patetismo de un pasado idealizado. El Boccaccio del Decameron es, probablemente, uno de los mayores representantes de la mentalidad burguesa naturalista, individualista y mundana. Recuerda Romero en La Cultura Occidental que “Naturalismo, activismo e individualismo están en estrecha correspondencia. Casi todo proviene de cierto trasfondo romano que se rebela contra la coerción cristianofeudal, estimulado acaso por el incitante contacto de culturas que se ha operado y sigue operándose en los siglos XIV y XV” (p. 39). 

Gracias a esta inserción social y cronológica es también, como recuerda Romero en su estudio preliminar, “un testigo agudo, un observador minucioso y sagaz” (p.5) del fin del proceso que moviera a Dante -entre muchos otros factores- a elaborar su poema sacro; de manera diversa a como él hipotetiza, el final de la crisis comunal no es la anarquía sino la imposición de novedosos regímenes señoriales. Boccaccio obra desde este marco sociopolítico que comienza a ordenarse mientras emergen algunas de las características culturales fundamentales del Humanismo en que se insertan él y Petrarca. 

También aquí la intuición de Romero es acertada. Si bien no es fácil ahondar en los personalísimos móviles que movieron al poeta a realizar una biografía de quien considerara su maestro espiritual, podemos captar una dimensión ineludible del espíritu detrás del Vita; Boccaccio, como hiciera Dante en fechas posteriores al exilio, muta notablemente su pensamiento y decide separarse parcialmente de su producción literaria anterior, marcadamente licenciosa y nacida en el seno de una despreocupada vida cortesana; tanto que, aún hoy, boccaccesco designa en italiano a un libro o un film licencioso.

Por ello urge analizar las diferencias estructurales entre obras del mismo autor, como los Ninfali, jocosas y liberales, y el Corbaccio, una invectiva moral con reminiscencias misóginas, para descubrir la notable mutación de perspectiva que adviene con toda seguridad en tiempos del resurgir místico-cristiano[24] posterior a la Peste: “cierta derivación hacia una actitud menos mundanal, que se precipita en 1362 cuando llega a sus oídos la severa admonición del monje que se decía portador del mensaje póstumo de fray Pietro Petroni, anunciándole la necesidad de abandonar su actividad literaria y seguir una vía de perfeccionamiento interior” (p. 4).

Probablemente -nos encontramos siempre en el terreno de las hipótesis- se sintiera identificado con Dante, y viera tanto en su rebeldía respecto del mundo que se estaba configurando como en su marcada civilidad comunal dos modelos a seguir para reestructurar su propio universo literario. La relativa rehabilitación social de Dante, al que Boccaccio consideró injustamente olvidado, también podía ingresar en la dimensión semántica de su propia labor política. Sin necesitar de otro talento por fuera del suyo, Boccaccio inaugura una vera e propria tradición de estudios dantescos.

Analicemos someramente el contenido de la obra: se trata, en su edición más extensa, aquella de 1362, de una colección de treinta breves capítulos en los que Boccaccio retoma aspectos relevantes de la historia antigua florentina y de los antepasados de Dante (cap. II), su vida en Florencia, su actividad política y su compromiso ciudadano. En otro orden evoca y explica su formación poética, la magnitud de la figura de Beatriz en su vida, su obra literaria y otros tópicos que rápidamente podrían llamar la atención, como el sueño premonitorio de la madre de Dante (cap. XXVIII y XXIX). Boccaccio se documenta con distintos métodos que van desde el análisis sobresaliente de la obra dantesca -fue uno de sus más agudos comentaristas, y a él le debemos el apelativo “Divina” para la Comedia- hasta el material narrativo al que probablemente accedió en su encuentro con la monja Beatriz, hija de Dante.

Boccaccio toma la oportunidad para desarrollar algunos pormenores históricos de su interés. En el capítulo II, por ejemplo, parte del epíteto sobre el nacimiento de Florencia, presente en numerosos textos de la época, y decide operar como intérprete del conflicto comunal que convulsiona la vida de Dante: el capítulo IX, en el original, se llama “La lotta delle parti lo coinvolse”.  Boccaccio establece una notoria diferencia con los involucrados y establece una distancia con los mismos a través del lenguaje: Era al tempo di costui la fiorentina cittadinanza in due parti perversissimamente divisa (Vita, IX), en el original italiano. Al tempo di costui [Dante] hace referencia a los años en que se desarrollaba la infancia del mismo Boccaccio; nótese que la evocación es intencionalmente arcaizante para dar sentido de distancia.

El opúsculo mezcla varias tradiciones y metodologías diferentes y las confunde en una única pieza narrativa que es a la vez estudio historiográfico, al modo de Compagni, y biografía de una figura ejemplar. La construcción de figuras ejemplares -recurso que viene de griegos y romanos y llega hasta el presente- permite a la cultura urbana dotar de coherencia a un proceso histórico que, vivido en su presente, aparece como disperso y contradictorio. En este desplazamiento, la biografía se vuelve un instrumento para pensar la legitimidad cultural de la nueva sociedad ciudadana -Boccaccio trabaja para el Comune de Florencia- y para establecer genealogías simbólicas capaces de anclar la experiencia burguesa en un horizonte de autoridad.

La Vita de Giovanni Boccaccio se inscribe en esta lógica, pero de manera contradictoria. Al reconstruir la vida del poeta florentino, Boccaccio intenta denodadamente consolidar una memoria literaria que reordena el significado del conflicto comunal del que Dante fue parte, transformándolo en episodio fundacional de una tradición cultural: podríamos argumentar como tantos otros que el certaldés funda los estudios dantescos. Desde la óptica romeriana, esta operación resulta reveladora: la cultura burguesa no se limita a registrar la crisis, sino que la reinscribe en narrativas que legitiman su propio lugar en la historia, articulando la nostalgia por el orden feudal y la afirmación de nuevas formas de prestigio intelectual y ciudadano.

En tiempos recientes distintos académicos italianos han analizado el complejo relacionamiento entre ambas contingencias históricas. El historiador de la literatura Giulio Ferroni insiste en que la operación de Boccaccio -la recuperación retórica hecha en clave humanística del valor de la poesía que vemos en el capítulo XXII de la Vita– despoja a la Comedia dantesca de su valor polémico original, ya que actúa con impostada objetividad sobre las disputas faccionales y el rol en ellos de la comuna florentina: Boccaccio es embajador de la misma y se encarga de llevar un resarcimiento a la hija de Dante en nombre del cuerpo político florentino.[25]

Pero querer esquematizar esta operación historiográfica podría resultar en un ejercicio fútil si no capturamos a Boccaccio en su contradicción biográfica; él mismo, de manera similar a como sucedió con los anteriores Dante y Dino Compagni, mantiene una relación tensa con sus propios ideales burgueses. La niega, la reelabora, intenta integrarla en el horizonte de sus nuevas lecturas morales sobre la vida y, escribiendo la historia de su congénere, probablemente intenta entenderla.  Pero, como puntualiza Romero en su estudio, “este Boccaccio, aparentemente tan distinto del autor del Decamerone, es en el fondo el mismo, con las mismas ambiciones de gloria, con los mismos impulsos de burgués florentino que busca la fama inmortal en el cultivo de la sabiduría.” (p. 6)

Andrea del Castagno, Bocaccio, 1450

4. Dante, Compagni y Boccaccio como exponentes contradictorios de la mentalidad burguesa

Siguiendo la línea conceptual propuesta por Romero en su Estudio sobre la mentalidad burguesa debemos aprehender que hasta el siglo XIV la norma es encontrarse con producciones culturales que no asumen plenamente su lugar simbólico en el nuevo orden material de Occidente.  Es decir, que se relacionan contradictoriamente con sus propios supuestos filosóficos que aún no se han condensado de manera explícita.

Si el conflicto comunal constituye, en la lectura de José Luis Romero, un epifenómeno privilegiado para observar el pasaje del mundo cristiano-feudal al universo urbano-burgués, entonces los textos que lo registran o lo interpretan adquieren un valor heurístico excepcional. No se trata únicamente de documentos literarios o cronísticos que testimonian una crisis política localizada en la Florencia de los siglos XIII y XIV; se trata, más bien, de espacios donde la mentalidad burguesa -en formación, contradictoria, nostálgica y a la vez afirmativa- se vuelve consciente de sí misma, reniega de sí misma o combate contra sí misma. En esta perspectiva, las obras de Dante Alighieri, Dino Compagni y Giovanni Boccaccio no reflejan fielmente el conflicto, sino que lo modifican y lo traducen en lenguaje simbólico, narrativo, histórico o biográfico.

Para concluir, volveremos sobre uno de los puntos iniciales de este artículo: la aparente dispersión temática -o, mejor, documental- que atraviesa la obra de Romero, y que llama la atención a golpe de ojo, se desvanece ante un estudio atento de su obra. Estas tres fuentes que repasamos son parte del mismo universo semántico en cuanto son atravesadas por el conflicto comunal y el desarrollo de la mentalidad burguesa, pero son primordialmente tres formas de pensar históricamente el propio tiempo. Otro hilo se sugiere en esta conclusión, y es que los tres autores se muestran como verdaderos agentes de la crisis, ya que mantienen una relación poco lineal con la ideología burguesa y su propia inserción en el nuevo tejido social es contradictorio y conflictivo.

Y es esta una de las búsquedas más profundas de Romero, la del entronque, la de lo aparente que se contradice, la de las complejas interrelaciones entre los sujetos y su propio tiempo. En sus propias palabras  “Así, este estudio de las mentalidades, cuyos aspectos más generales acabo de esbozar, nos permite percibir el juego de estas dos corrientes de la vida histórica: lo ya creado, con una fuerza organizada que se impone a la sociedad, y lo que esa sociedad va creando cada día, siempre a partir de las estructuras, pero también siempre contra ellas, aun cuando se crea estar defendiéndolas.”

Raffaello Morghen, Boccaccio, 1822

[1] José Luis Romero, Estudio de la mentalidad burguesa. Buenos Aires,  1987.  Disponible en: https://jlromero.com.ar/textos/estudio-de-la-mentalidad-burguesa-1987/

[2] Ruggiero Romano. “Entronque”. En: José Luis Romero, Quien es el burgués y otros estudios de historia medieval, Prólogo. Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1983. Disponible en: https://jlromero.com.ar/textos_sobre_jlr/ruggiero-romano-entronque-1983/

[3] Omar Acha. “La trama profunda. Historia y vida en José Luis Romero”. Buenos Aires, El Cielo por Asalto, 2005. Disponible en: https://jlromero.com.ar/textos_sobre_jlr/la-trama-profunda/

[4] Beatriz Bragoni, “Biografía e historia en la agenda intelectual de José Luis Romero”. En: Temas y conceptos, 2020, p. 3. Disponible en: https://jlromero.com.ar/temas_y_conceptos/biografia-e-historia-en-la-agenda-intelectual-de-jose-luis-romero/ 

[5] José Luis Romero, 1954,  Los historiadores medievales. En: La Nación, Buenos Aires, 5 de septiembre de 1954. Disponible en: https://jlromero.com.ar/textos/historiadores-medievales-1954/

[6] José Luis Romero. De Heródoto a Polibio. El pensamiento histórico de la cultura griega, Espasa Calpe, Buenos Aires, 1952. 2da ed., con prólogo de Domingo Plácido, Buenos Aires, Miño y Dávila, 2009. Disponible en: https://jlromero.com.ar/textos/de-herodoto-a-polibio-el-pensamiento-historico-de-la-cultura-griega-1952-2/

[7] Pierre Bourdieu. Sociología y cultura. México: Ed. Grijalbo. 1990. Traducción de Martha Pou. Pp. 52-53.

[8] José Luis Romero. “El espíritu burgués y la crisis bajomedieval”, en Revista de la Facultad de Humanidades y Ciencias, Montevideo, nº 6, 1950. Disponible en: https://jlromero.com.ar/textos/el-espiritu-burgues-y-la-crisis-bajomedieval-1950/

[9] José Luis Romero. La cultura occidental. Buenos Aires, Columba, 1953. 2da ed. aumentada, Buenos Aires, Legasa, 1986. 3ra. Ed. Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2004. 4ta ed. Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2011. Disponible en: https://jlromero.com.ar/textos/la-cultura-occidental-1953/

[10] José Luis Romero,  “El patetismo en la concepción medieval de la vida”. En: Revista Nacional de Cultura, nº 64, Caracas, septiembre-octubre de 1947. Disponible en: https://jlromero.com.ar/textos/el-patetismo-en-la-concepcion-medieval-de-la-vida-1947/

[11] Para las citas de la obra original usamos como referencia el texto Petrocchi. Ref: Dante Alighieri, La Commedia secondo l’antica vulgata, edición de Giorgio Petrocchi, 4 voll., Milan, Mondadori, 1966-1967. Disponible en: https://www.danteonline.it/opere/index.php?opera=Commedia%20-%20ed.%20Petrocchi

[12] José Luis Romero. La Edad Media. México, Fondo de Cultura Económica, 1949. Disponible en: https://jlromero.com.ar/textos/la-edad-media-1949/

[13] José Luis Romero. “Dante Alighieri y el análisis de la crisis medieval”. En Revista de la Universidad de Colombia, nº 16, Bogotá, 1950. [Incluido en Ensayos sobre la burguesía medieval. 1961]. Disponible en: https://jlromero.com.ar/textos/dante-alighieri-y-analisis-de-la-crisis-medieval-1950/ 

[14] Algunos son dejados afuera por Romero, como el encuentro de Dante y Brunetto Latini en el Canto XV del Infierno. En dicho diálogo -que se desarrolla, para problema de la crítica dantesca, en el girone de los sodomitas- Brunetto aporta sus propios elementos a la crisis ciudadana, siendo la migración de población rural uno de los principales. 

[15] Mariano Pérez Carrasco, “La nostalgia del orden: Dante Alighieri en la historiografía de José Luis Romero”, En: Temas y conceptos, 2021, p.11. Disponible en: https://jlromero.com.ar/temas_y_conceptos/la-nostalgia-del-orden-dante-alighieri-en-la-historiografia-de-jose-luis-romero/

[16] Resulta obligatorio nombrar en este análisis la fresca lectura de Mariano Pérez Carrasco, La palabra deseada. La Divina Comedia en el mundo contemporáneo, Buenos Aires: ed. Mardulce, 2021, que en su capítulo “Los peligros de la lectura” (pp.155-166) logra capturar muchos de los elementos de la crítica dantesca a las corrientes estéticas de los siglos XIII y XIV.

[17] Dino Compagni, Crónica de los blancos y los negros, Buenos Aires, Nova, 1948. Reeditado en 1983 por el Centro Editor de América Latina. Estudio preliminar disponible en: https://jlromero.com.ar/textos/estudio-preliminar-a-dino-compagni-cronica-de-los-blancos-y-los-negros-1948/

[18] Sobre este tópico, recomendamos la lectura de Ragone, Franca (1993). “Dino Compagni e i suoi nemici. Linguaioli e archivista nella Firenze postunitaria”. En: Quaderni Storici, 28 (82 (1)), 39–60.

[19] Para indagar la participación política de Compagni en profundidad, referimos la lectura de Arnaldi, Girolamo (1983) Dino Compagni; cronista e militante “popolano”, en: La Cultura, XXI.

[20] Pedro Becchi, “‘Propuosi di scrivere il vero delle cose certe che io vidi e udii’. Un abordaje sensorial de la Crónica de Dino Compagni”. En: Pasado Abierto, Revista del CEHIS, n. 21 (2025). Pp. 232-256.  

[21] Giovanni Boccaccio, Vida de Dante. Buenos Aires, Argos, 1947.

[22] Romero, José Luis Romero. “Estudio preliminar”. En Boccaccio, Vida de Dante, Buenos Aires, Argos, 1947. Disponible en: https://jlromero.com.ar/textos/estudio-preliminar-1947/

[23] La obra ha sido traducida nuevamente al castellano en 2025 por Marilena de Chiara para Alianza Editorial.

[24] Sobre la ambivalencia de las reacciones posibles a dicha crisis del orden, el mismo Romero puntualiza en su análisis del patetismo medieval: Porque, en efecto, todas estas variadas reacciones, despegadas de la pura actitud cristiana, no suponen, empero un olvido absoluto de cierta concepción que constituye la atmósfera inevitable del hombre medieval. De algún modo se procura encerrar esas reacciones variadas dentro de esa atmósfera, y poco a poco se constituye, en el plano intelectual, un esquema de firme base sobre el cual se sustenta la idea de un orden. (p.8).

[25] Giulio Ferroni Profilo storico della letteratura italiana. Milán: Einaudi, 1992. Páginas 182-183.